libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. El filósofo autodidacta Abentofail (1110-1185) Filósofo y médico hispanoárabe. Nació en Guadix (Granada) hacia el año 1110, fue médico del sultán almohade Abü Ya'qub Yusuf y ocupó un puesto de influencia en el que le sucedió el gran filósofo Averroes. En el núcleo de sus ideas filosóficas se encuentra el problema de la unión del entendimiento humano con Dios. Su obra principal fue conocida en Occidente con el título de El filósofo autodidacto. En ella, Abentofail estudia cómo es posible que el hombre en completa soledad pueda alcanzar la unión con Dios mediante el entendimiento. Tras analizar las opiniones más importantes de los filósofos anteriores a él (Avempace, Algazel, Avicena, Alfarabí), Abentofail expone los descubrimientos que realiza el protagonista de su obra hasta alcanzar la unión con Dios. Prólogo del autor ¡En el nombre de Dios, clemente y misericordioso! Bendiga Dios a nuestro Señor Mahoma y a su familia y compañeros, y deles la paz. Motivo ocasional de este libro: el éxtasis Me pediste, hermano sincero (Dios te dé la inmortalidad eterna y te haga gozar la perpetua felicidad), que te comunicase aquellos misterios de la Sabiduría iluminativa que me fuera posible divulgar, los cuales menciona el maestro y príncipe [de los filósofos] Abu Ali b. Sina. Has de saber, pues, que el que quiera alcanzar la verdad pura, debe estudiar estos secretos y esforzarse por conocerlos. Tu pregunta ha sugerido en mi ánimo una noble idea, que me ha conducido a la visión intuitiva de un estado [místico o éxtasis], que antes no experimenté, y me ha llevado a un término tan maravilloso, que ni lengua alguna podría describir [su naturaleza] ni razonamiento alguno demostrar [su existencia], porque es de una categoría y de un mundo completamente distinto de ellas; sólo que la alegría, contento y placer que este estado lleva consigo, no permiten que la persona que a él llega o que alcanza algunos de sus grados, pueda ocultarlo y guardarlo secreto, sino que, dominado por la emoción, el entusiasmo, la alegría y la satisfacción, se inclina a manifestarlo, de una manera vaga e indistinta. Si es hombre inculto, habla de él sin tino, hasta llegar a decir alguno, a propósito de este estado: «¡Glorificado sea yo! ¡Cuán grande es mi condición!». Otro dijo: «Yo soy la Verdad». Y otro: «No hay, bajo estos vestidos, sino Dios». El maestro Abu Hamid al-Gazali [Algazel], cuando alcanzó este estado, aplicóle el verso siguiente: Sea lo que quiera (que yo no he de decirlo), cree tú que es un bien y no pidas de él noticias. Pero este [filósofo] era experto tan sólo en los conocimientos racionales y estaba versado únicamente en las ciencias. Opinión de Avempace acerca del éxtasis Considera luego las palabras de Abu Bark b. al-Sayg [Avempace] que van a continuación de su tratado, en el que describe la unión: [del entendimiento humano con Dios]: «Cuando se comprende, dice, el sentido oculto a que se aspira, se ve claramente que ningún conocimiento de las ciencias ordinarias puede ser colocado en su mismo rango, y que quien de él se forma idea viene a estar, cuando comprende ese sentido oculto, en una condición [o grado] en el cual se ve a sí mismo, separado ya de todo cuanto antes conoció, con otras creencias que no son materiales, pues que son demasiado nobles para referirlas a la vida física; son estados más bien propios de los bienaventurados, que están ya limpios de toda composición inherente a la vida física, dignos de ser llamados estados divinos, que Dios concede a aquellos de sus siervos a quienes bien le place». A esta condición, que indica Abu Bakr, se llega por el método de la ciencia especulativa y de la investigación racional. Él, sin ninguna duda, la alcanzó y no la perdió nunca. Por lo que toca al grado que hemos citado primeramente, es distinto de éste, si bien es el mismo en el sentido de que no se manifiesta en él nada que sea diferente de lo que en éste se manifiesta, pero de él se distingue tan sólo por una mayor evidencia; su visión intuitiva se produce por una que nosotros, sólo metafóricamente, llamamos potencia, por no encontrar en la lengua vulgar ni en la terminología técnica nombres que signifiquen esta cosa, en cuya virtud se produce esta especie de visión intuitiva. Opinión de Avicena acerca del éxtasis El estado que antes hemos mencionado y a cuya primera intuición o gusto nos ha llevado tu pregunta, es el número de aquellos estados a que aludía el maestro Abu Ali [Avicena] al decir: «Después, cuando el esfuerzo constante por lograr la perfección espiritual y la doctrina ascética han llevado al hombre hasta un cierto grado, se le aparecen fugitivos y gratos destellos de la luz de la Verdad, semejantes a relámpagos, que de pronto alumbran y velozmente se extinguen. Después, se le multiplican estos desvanecimientos extáticos, si persiste en la práctica preparatoria de la disciplina ascética, luego, ahondando más en ella, llega hasta producirlos sin aquel ejercicio. De todas las cosas que vislumbra, solamente considera su relación con la Santidad Divina, aunque dándose alguna cuenta de las cosas mismas. Después, una nueva iluminación le desvanece y ve ya en casi toda cosa a Dios, que es la Verdad. Finalmente, el ejercicio lo conduce a un punto, en que el carácter transitorio [de la intuición] se cambia en permanente, lo fugitivo viene a ser habitual, el relámpago se convierte en estrella brillante, y alcanza el místico ya una intuición definitiva, como si constantemente le acompañase». Sigue luego Avicena describiendo los grados sucesivos, que terminan en la obtención, que es un grado en el cual «lo íntimo de su alma viene a ser como un espejo pulimentado en el cual se refleja un aspecto de la Verdad. Entonces se derraman sobre él los deleites sublimes y su alma se regocija por los vestigios de la Verdad que hay en ella. Tiene ya en este grado una mirada para la Verdad y otra para su alma, fluctuando de la una a la otra, hasta que termina por perder la conciencia de sí mismo, no mirando sino a la Santidad Divina; y si a su alma mira, únicamente lo hace considerándola en cuanto que ella es quien contempla; y entonces es cuando tiene lugar la unión completa». Con estos estados que Avicena describe, quiere sólo significar que ellos son para el [místico] una intuición, y no al modo de la percepción especulativa que se obtiene de razonamientos formados con premisas y consecuencias. Diferencia entre la percepción mística y la percepción filosófica. Si quieres un ejemplo que te manifieste claramente la diferencia que existe entre la percepción, tal como la entiende esta escuela [sufí], y la percepción, tal como los demás la entienden, imagínate a un ciego de nacimiento, pero que sea de buen talento natural, de entendimiento penetrante, de memoria tenaz, de espíritu recto, que se haya criado desde su niñez en una ciudad cualquiera, a cuyas gentes conozca perfectamente; que conozca también muchas especies de animales y de minerales, las calles y callejuelas de la ciudad, sus casas, sus mercados, usando sólo de las percepciones de los sentidos que le quedan, hasta el extremo de andar por esa ciudad sin lazarillo y de conocer de primera intención a todo el que se tropieza; los colores, los conoce también por explicación de sus nombres y por algunas definiciones que los designan. Suponte, pues, que, tras de haber llegado a este estado, sus ojos se abren, adquiere la vista y recorre toda la ciudad, dándole la vuelta. No encontrará en ella nada, distinto de lo que él se creía, ni cosa alguna, que no reconozca; coincidirán los colores con las descripciones que de ellos se le habían dado. Solamente encontrará nuevo, en todo esto, dos grandes cosas, consecuencia la una de la otra: una mayor evidencia y claridad y un más grande placer. El estado de los hombres que investigan la verdad por las solas fuerzas de la razón, que no han alcanzado el grado de la santidad perfecta, es el primer estado del ciego; los colores que en este estado son conocidos sólo por descripción de sus nombres, son aquellas cosas de las que dijo Abu Bakr [Avempace] que son «demasiado nobles para referirlas a la vida física, y que Dios concede a quien le place de entre sus siervos» ; el estado de los hombres que investigan la verdad por las solas fuerzas de la razón, pero que alcanzan el grado de la santidad perfecta y a quienes otorga Dios aquella cosa, que nosotros hemos llamado metafóricamente potencia, es el estado segundo de aquel ciego. Pero es muy raro encontrar un hombre que sea siempre de vista perspicaz, con los ojos abiertos, y que no necesite de la especulación racional. Y con la frase «percepción de los hombres que investigan la verdad por las solas fuerzas de la razón», no entiendo yo lo que ellos perciben del mundo de la naturaleza física, ni por «percepción de los santos», lo que ellos entienden de lo metafísico, pues estas dos percepciones se diferencian mucho entre sí y no se confunde la una con la otra; lo que yo entiendo por «percepción de los hombres que investigan la verdad por las fuerzas de la razón», es aquello que ellos perciben de lo metafísico o suprasensible, como lo que percibió Abu Bakr [Avempace]. Es condición precisa, en esta clase de percepción, que lo percibido sea verdad positiva, y, por tanto, la diferencia entre la percepción de los que emplean sólo las fuerzas de la razón y la percepción de los santos, está en que éstos conocen lo suprasensible en sí mismo, penetrando su esencia íntima, aparte de una mayor claridad y una gran delectación. Abu Bakr [Avempace] prostituyó este deleite, ofreciéndoselo al vulgo; lo atribuyó a la facultad imaginativa y prometió describir de una manera clara y precisa cómo debe producirse entonces el estado de los bienaventurados. Convendría decirle a este propósito aquello de «no digas que es dulce ningún alimento sin probarlo, ni pisotees los cuellos de los hombres veraces». Pero nuestro hombre no hizo nada de lo que dijo ni cumplió su promesa. Parece que le dificultó su intento la falta de tiempo a que él mismo alude y sus ocupaciones en el viaje a Orán; y acaso vio que, si describía este estado, tendría necesidad de decir cosas que afearan su manera de vivir y que desautorizaran todos los esfuerzos que él había hecho para adquirir y acumular grandes riquezas, y todas las variadas artes con que se ingenió para procurárselas. Pero nos hemos apartado del propósito a que nos había conducido tu pregunta, un poco más de lo que era necesario. Naturaleza de la visión extática Por lo expuesto se ve claramente que tu pregunta tiene por objeto uno de dos fines: puede ser que preguntes por lo que ven los que gozan ya de la visión intuitiva, de la experiencia mística y de la presencia de Dios en la cumbre de la santidad perfecta; y ésta es una de aquellas cosas cuya naturaleza real no puede consignarse exactamente en un libro; y cuando alguno intenta hacerlo y se esfuerza en explicarla por medio de la palabra o de la escritura, la naturaleza real de esto que quiere explicar se cambia y viene a parar al otro género, al especulativo; porque al revestirse con letras y sonidos y aproximarse al mundo sensible, no le queda absolutamente nada del carácter y condición que antes tenía; y las explicaciones que acerca de ella se dan son, además, varias y muy diferentes: unos se apartan [al dar esas explicaciones] muy lejos del camino recto, creyendo que otros se han apartado, cuando no ha sido así. Y ello se debe únicamente a que se trata de explicar una cosa infinita, que se refiere a una epifanía divina de tan amplios horizontes, que abarca o comprende sin poder ser comprendida o abarcada. El segundofinque dijimos podía tener tu pregunta, es que quieras conocer esta cosa por el método de aquellos que investigan la verdad por las solas fuerzas de la razón; y esto (¡hónrete Dios con su santidad!) ya es cosa que puede ser consignada en los libros, y de la cual cabe dar explicaciones; pero ella es más escasa que el azufre rojo, y señaladamente en este país en que vivimos, pues tal conocimiento es en él tan raro, que sólo algún individuo aislado tras otro logran adquirirlo, y el que consigue conquistar algo de ello, no lo comunica a la gente sino por medio de alegorías, porque la religión musulmana y la ley verdadera prohiben dedicarse a su estudio y ponen en guardia contra él. Estado de los conocimientos místicos en Al-Andalus Ni vayas a creer que la filosofía que ha llegado hasta nosotros en los libros de Aristóteles y de Abu Nasr [al-Farabi] y en el libro al-Safa [de Avicena] bastan para lograr lo que tú quieres, ni pienses tampoco que ningún andalusí haya escrito acerca de esto nada que sea suficiente. Porque todos los hombres de espíritu elevado que han vivido en al-Andalus, antes de que se divulgase en este país la ciencia de la lógica y de la filosofía, consagraron su vida únicamente a las ciencias matemáticas, alcanzando en ellas un alto grado, y no pudieron estudiar lo demás. Después, sucedió a éstos otra generación que profundizó más que ellos en el conocimiento de la lógica. Éstos sí que especularon ya en esta ciencia, pero ella no les condujo a la verdad perfecta. Hubo entre ellos uno que dijo: Estoy muy afligido porque las ciencias de los hombres son dos y nada más que dos: Una, verdadera, cuya adquisición es difícil; y otra, fácil de adquirir, pero inútil. Escritos de Avempace sobre filosofía Después de éstos, vino otra generación de hombres más hábiles en la especulación y más próximos a la Verdad. Ninguno hubo entre ellos de entendimiento más fino, de especulación más segura, de visión más veraz, que Abu BaKR b. al-SaYg [Avempace]; pero las cosas de este mundo lo tuvieron tan ocupado, que la muerte lo arrebató antes de que publicase los tesoros de su ciencia y divulgase los secretos de su sabiduría. La mayor parte de las obras suyas que se han conservado están incompletas y sin terminar, como, por ejemplo, su Libro sobre el alma, El régimen del solitario, sus escritos sobre lógica y sobre física. En cuanto a sus obras completas, son libros abreviados y tratados escritos de prisa. Él mismo lo confiesa, diciendo que la idea que trata demostrar en su Tratado de la unión [con el entendimiento activo] no la demuestra claramente este libro, sino después de gran trabajo y dificultad; que el orden de su exposición en algunos lugares no se sujeta al método más perfecto; y que si hubiese podido disponer de más tiempo, se habría decidido a modificarlo. En este estado ha llegado hasta nosotros la ciencia de este hombre, a quien por otra parte, no hemos conocido personalmente. Respecto a algunos contemporáneos suyos que son considerados como de su mismo nivel intelectual, no hemos visto de ellos ninguna obra, y por lo que toca a sus sucesores y contemporáneos nuestros, o están aún en vías de desarrollo, o se han detenido antes de llegar a la perfección, o no ha llegado a nuestra noticia su verdadera labor. Escritos de Al-Farabi, conocidos de los españoles En cuanto a los escritos de Abu Nasr [al-Farabi] que han llegado hasta nosotros, la mayor parte se refieren a la lógica; y los que tratan de la filosofía, contienen muchas cosas dudosas. Así, en el Kitab al-milla al-fadila afirma que las almas de los malos, después de la muerte, permanecen eternamente en tormentos sin fin; pero después, en su Siyasa al-madimiyya, dice francamente que estas almas se disuelven y reducen a la nada, y que no sobreviven, sino las almas virtuosas y perfectas; finalmente, en su comentario al Kitab al ajlaq, describe algo de lo que se refiere a la felicidad humana, y allí dice que sólo se la halla en esta vida y en este mundo. A continuación añade una frase cuyo sentido es: «Y todo lo que se diga, fuera de esto, son chocheces y cuentos de viejas». Esta doctrina hace desesperar a los hombres de la misericordia de Dios, pues pone al bueno y al malo en el mismo nivel, al afirmar que elfinde todos es la nada. Tal aserto es un error que no tiene nombre y una falta que no tiene perdón. Sin contar, además, las perversas teorías que profesa respecto de la profecía, que él cree una propiedad natural de la facultad imaginativa, inferior en rango a la filosofía; con otras muchas cosas que no tenemos necesidad de recordar aquí. Obras de Avicena referentes a mística Por lo que toca a los escritos de Aristóteles, el maestro Abu Ali [Avicena] se encarga de explicarnos su contenido y sigue el método de su filosofía en el Kitab al-Safa . Al principio del libro, dice que la Verdad es, en su opinión, cosa distinta de cuanto en el libro trata, y que únicamente lo ha compuesto siguiendo la doctrina de los peripatéticos, pero que quien quiera conocer la Verdad pura, debe leer su Libro sobre la filosofía iluminativa. El que se tome el trabajo de leer el Kitab al-Safa y las obras de Aristóteles, verá con evidencia que coinciden en la mayor parte de las cosas, aunque hay en el Kitab al-Safa algunas que no han llegado a nosotros por medio de Aristóteles. Mas si se toman todas las doctrinas de los libros de Aristóteles y del Kitab al-Safa en su sentido literal, sin tratar de penetrar su sentido secreto y esotérico, no se llegará con ellas a la perfección, según advierte el maestro Abu Ali en su Kitab al-Safa. Ideas de Al-Gazali en punto a mística Tocante a los escritos del maestro Abu Hamid [Al-Gazali], hay que advertir que, como habla para el vulgo, ata en un lugar y desata en otro, anatemiza ciertas doctrinas, que después él mismo profesa. Entre las doctrinas de los filósofos que condena como impías en su libro al-Tahafut, está la negación de la resurrección de los cuerpos y la afirmación de que los premios y los castigos recaerán sólo sobre las almas, luego, en el principio de su libro al-Mizan, dice que esta opinión es de los doctores sufíes, exclusivamente; después, en su libro al-Munqid min al-dalal wa-l-mufasih bi-l-ahwal, afirma que el opina lo mismo que los sufíes y que llegó a esta convicción después de un largo examen. Y cosas de esta especie verás muchas en sus libros quien los examine y estudie atentamente. Ha tratado de excusarse de tal conducta, al final del libro Mizan al-amal, diciendo que hay tres clases de opinión: la que uno profesa acomodándose a la que el vulgo sigue; la que se acomoda a la consulta hecha por el que pregunta y desea ser dirigido; y, finalmente, la que tiene el hombre para sí mismo y que no manifiesta sino a quien comparte sus convicciones. Después de lo cual añade: «Y aunque estas palabras no tuviesen otra virtud que la de hacerte dudar de tus convicciones heredadas, tendrían ya utilidad suficiente; porque el que no duda, no mira; el que no mira, no ve; y el que no ve, permanece en la ceguera y en la perplejidad». Luego cita este verso proverbial: Toma lo que ves y deja lo que has oído decir: cuando sale el Sol, te puedes pasar sin Saturno. Tal es la característica de su doctrina. La mayor parte de ella consiste en alegorías y alusiones, que no le pueden ser útiles sino al que fija en ellas, primero, la mirada de su alma, y luego se las oye a sí mismo interiormente, o al que, siendo de un espíritu despierto, está ya preparado para comprenderlas, porque le basta la más pequeña alusión. En su libro al-Yawahir, dice el mismo autor que él ha compuesto libros esotéricos, en los cuales se contiene la verdad pura; pero, que nosotros sepamos, ninguno de ellos ha llegado a al-Andalus; mejor diré: han llegado libros que algunos piensan que son esos libros esotéricos, pero no es así. Estos libros son el Kitab al-ma'arif al-aqliya, el Kitab al-nafj wa-l-taswiya y una colección de cuestiones, distinta de los libros anteriores. Estos libros, aunque contienen algunas alusiones, no añaden mucha mayor ilustración respecto de lo que ya consta en sus libros conocidos. En el titulado al-Maqsad al-asna se encuentran cosas más oscuras que las tratadas en aquellos libros; él declara que el citado libro no es esotérico, de lo cual resulta necesariamente que los libros de este autor que han llegado [a nosotros] no son los esotéricos. Un autor moderno sospecha que el pasaje que se encuentra alfinde su libro al-Miskat contiene un gravísimo problema, que hace caer a al-Gazali en un precipicio sin salvación. Y es que, después de enumerar allí las clases de hombres ofuscados por los velos de las luces [divinas], al pasar luego a mencionar los que ya han llegado [a la unión con Dios], dice que éstos advierten que este Ser está dotado de un atributo incompatible con la unidad pura. Quieren inferir de aquí que [Algazel] creía que en la esencia del Ser Primero, de la Verdad (¡glorificado sea!), hay cierta multiplicidad. ¿Dios está muy por encima de lo que de Él dicen los hombres injustos! A nosotros, sin embargo, no nos cabe duda alguna de que el maestro Abu Hamid [al-Gazali] fue de los que alcanzaron la felicidad suprema y de que llegó a los grados más sublimes de la unión [con Dios]; pero sus libros esotéricos, los que tratan de la ciencia de la revelación extática, no han llegado hasta nosotros. Ibn Tufayl se declara discípulo de Al-Gazali y de Avicena, con cierto eclecticismo Aun así, la verdad a la que nosotros hemos llegado y que es elfiny meta de nuestra ciencia, no la hemos alcanzado sino siguiendo la doctrina de al-Gazali y la del maestro Abu Ali [Avicena], relacionándolas entre sí una con otra y ambas con las opiniones que han aparecido en nuestros días, adoptadas fervorosamente por gentes que hacen profesión de filósofos, hasta que así hemos llegado a alcanzar la Verdad, primero, por el método de la investigación y de la especulación racional, y obteniendo después por la visión intuitiva esta exigua dosis de experiencia mística que ahora gustamos. Quiere comunicar sus ideas acerca de la mística, y para ello escribe este libro con la historia de Hayy Ibn Yaqzan y la de Absal y Salaman Entonces nos hemos creído ya en condiciones de decir alguna cosa que deje huella de nosotros, y nos hemos resuelto a que seas tú el primero a quien regalemos lo que poseemos [de estas cosas] y a quien lo expongamos, movidos por la sinceridad de tu amistad y por la pureza de tu cariño. Sólo que si te damos a conocer los resultados a que hemos llegado en esta materia, sin asegurarte previamente en sus principios, no te servirá esto más de lo que te serviría una doctrina sumaria, impuesta por la mera autoridad de un maestro, como tampoco te serviría de nada si nos dieses tu aprobación por causa del cariño y la íntima amistad que nos profesas, y no porque creas que justamente merecemos que se acepten nuestras doctrinas. Nosotros no nos contentaremos tampoco con que tu alcances este grado, ni quedaremos de ello satisfechos si no te elevas luego hasta otro grado que está por encima de él, pues ese grado no te garantiza la salvación, ni mucho menos el acceso al más alto de los grados. Queremos llevarte por los caminos por los cuales nosotros hemos caminado antes que tú; queremos hacerte nadar en el mar que nosotros hemos atravesado primero, para que tú llegues adonde hemos llegado nosotros, y veas lo que nosotros hemos visto, y te cerciores por ti mismo de todo lo que nosotros nos hemos cerciorado, y no tengas necesidad de atar tu ciencia a lo que nosotros hemos conocido. Tal intento exige un espacio de tiempo no pequeño, ausencia de preocupaciones y aplicación de todos los esfuerzos a este género de estudio. Si tomas sinceramente esta determinación y tienes intención pura de trabajar activamente para lograr este fin, alabarás al amanecer tu viaje nocturno, recibirás la bendición divina por tus esfuerzos y habrás satisfecho a tu Señor, que también quedará satisfecho de ti. Por mi parte, estoy a tu disposición para conducirte cuando quieras por el camino más recto, más libre de obstáculos y accidentes; y aunque por ahora sólo se me aparece una pequeña vislumbre, a modo de estímulo y acicate para entrar en el camino te contaré la historia de Hayy ibn Yaqzan y de Asal y Salaman, a quienes puso nombre el maestro Abu Ali [Avicena]. Su historia sirve de lección a los hombres dotados de penetración, que, sin detenerse en la corteza de los problemas, profundizan lo más abstruso de ellos, su médula y esencia, y «de aviso a todo hombre que tiene corazón, que escucha y que ve». Historia de Hayy Ibn Yaqzan Posibilidad de que haya una región en el mundo, en la cual el hombre nazca por generación espontánea Cuentan nuestros virtuosos antepasados (¡Dios se compadezca de ellos!) que hay una isla en la India, situada bajo la línea ecuatorial, en la cual nace el hombre sin madre ni padre, a causa de ser la temperatura de aquel lugar la más templada de la faz de la tierra y de resultar la mejor dispuesta para recibir los rayos de luz [de la región] más alta. Ciertamente que tal aserto está en contradicción con lo que opina la generalidad de los filósofos y grandes médicos, quienes afirman que la temperatura más templada del mundo es la de los países habitados del cuarto clima. Si dicen esto porque creen cosa segura que no los hay en la línea ecuatorial, a causa de una dificultad propia de aquel suelo, tienen alguna razón al afirmar que el clima cuarto es el más templado en el resto del mundo. Pero si solamente quieren decir con semejante afirmación que los países situados bajo la línea ecuatorial son muy calurosos, según manifiesta la mayoría de los autores, es un error, cuyo contrario puede demostrarse. Está admitido como cierto en las ciencias naturales que el calor no puede producirse sino por una de estas causas: el movimiento, el contacto con los cuerpos cálidos, o la luz. También se demuestra en ellas que el sol, por su esencia, no tiene calor propio, ni está dotado de ninguna de las cualidades inherentes a los cuerpos mixtos. Y en las mismas ciencias se prueba también que los cuerpos que mejor reciben la luz son los pulimentados no transparentes, siguiéndoles en esta condición receptiva los opacos no pulimentados; los transparentes sin opacidad alguna no reciben la luz de ninguna manera. Ésta es una de las cosas que sólo el maestro Abu Ali [Avicena] ha demostrado, sin que la hubiera mencionado ninguno de sus predecesores. Si estas premisas son ciertas, forzoso es concluir de ellas que el sol no calienta a la tierra, en la misma forma en que los cuerpos cálidos calientan a otros cuerpos con los que están en contacto, puesto que el sol, por su esencia, no tiene calor. La tierra tampoco se calienta por el movimiento, porque está inmóvil y en un mismo estado, al tiempo de la salida del sol y al de su puesta, y porque los sentidos nos manifiestan sus diferentes estados de calefacción y de enfriamiento en estas dos fases distintas. Tampoco se puede decir que el sol calienta primero a la atmósfera y, por medio del calor atmosférico, calienta luego a la tierra. Si esto fuera así, ¿cómo explicar que hallemos, en el tiempo del calor, las capas atmosféricas más cercanas a la tierra mucho más calientes que las superiores, más lejanas? Resta, pues, que la calefacción del sol a la tierra se haga únicamente por medio de la luz. Porque el calor sigue siempre a la luz, hasta el extremo de que si la luz se concentra en espejos ustorios, enciende lo que se coloque frente a ella. Además, consta en las ciencias matemáticas, por demostraciones convincentes, que el sol es de figura esférica, lo mismo que la tierra; que aquél es mucho más grande que ésta; que la parte de la tierra alumbrada por el sol es siempre más de su mitad; que de esta mitad alumbrada de la tierra, la parte que en todo tiempo tiene más cantidad de luz es la central, porque es el lugar más retirado de la oscuridad y porque presenta frente al sol una superficie mayor; y que lo más cercano a la periferia tiene menos luz, hasta llegar a la oscuridad en la periferia del círculo que constituye la parte iluminada de la tierra. Solamente un lugar es el centro del círculo de la luz, cuando el sol está en el cenit de los que habitan en aquel lugar, en tal caso, el calor será allí el más fuerte posible. Si el lugar es tal, que el sol se aleja en él de su cenit, el frío será muy fuerte; si el lugar es tal, que el sol gira en él hacia su cenit, el calor será extremo. Mas la astronomía ha demostrado que en la superficie de la tierra situada sobre la línea ecuatorial, el sol no está en el cenit sino dos veces en el año: cuando pasa por los signos de Aries y Libra, respectivamente; en el resto del año está seis meses al Norte y otros seis al Sur; no tienen, pues, en esta línea ni calor ni frío excesivos, y su clima es, por tanto, siempre uniforme. Esta doctrina exige una demostración más extensa que la expuesta y que no cae dentro de nuestro propósito; solamente la hemos hecho notar, por ser una de las cosas que confirman la exactitud de la opinión que admite la posibilidad de que en esta región el hombre nazca sin madre ni padre. Algunos cortan la cuestión y resuelven diciendo que Hayy ibn Yaqzan es uno de los que han nacido en esta región, sin madre ni padre. Otros lo niegan, y cuentan la historia de ese asunto en la forma que te vamos a referir. Opinión de los que creen a Hayy hijo de una princesa, que para evitar el deshonor se ve obligada a abandonarlo, arrojándolo al mar Dicen que enfrente de esta isla en la que Hayy vivió, había otra, más grande, de playas extensas, de muchas riquezas y muy populosa, en la cual reinaba un hombre de carácter altanero y orgulloso. Este rey tenía una hermana, a quien impedía contraer matrimonio. Rechazaba todos los pretendientes, por no encontrar ninguno que le pareciera digno de ella. La joven tenía un vecino, llamado Yaqzan, con quien casó secretamente, según uso permitido por la religión dominante entonces en aquel país. Ella concibió de él y parió un niño. Y temiendo que se descubriese su deshonor y se revelase su secreto, colocó al niño (después de haberle dado el pecho) en una caja, cuya cerradura aseguró; salió con su preciosa carga al principio de la noche, acompañada de sus esclavas y personas de confianza, hacia la orilla del mar, llevando su corazón abrasado de amor hacia el niño y lleno de temor por su causa. Luego, se despidió de él diciendo: «¡Oh, Dios! Tú eres quien ha creado este niño, que no era nada ; Tú lo has alimentado en lo profundo de mis entrañas y Tú te has cuidado de él hasta que ha estado acabado y perfecto. Temerosa de este rey violento, orgulloso y terco, yo lo confío a tu bondad, y espero que le concederás tu favor. Está a su lado y no lo abandones, ¡oh, el más piadoso de los piadosos!». Después arrojó la caja al agua. Una ola impetuosa la arrastró y la llevó, durante la noche, a la playa de la vecina isla, anteriormente citada. Hayy, salvado en tierra, es recogido por una gacela La marea llegaba en aquel entonces a un lugar al que no podía alcanzar hasta pasado un año. La ola llevó la caja a un bosquecillo de espesa maleza, de suelo agradable, resguardado contra los vientos y la lluvia, a cubierto del sol, cuyos rayos «no podían penetrar allí, mientras que subía ni mientras que bajaba». Después la marea empezó a bajar, y la caja quedó en aquel sitio. Las arenas subieron, hasta el punto de impedir la entrada de agua al bosquecillo y de no permitir que las olas llegaran hasta él. Cuando el movimiento del agua arrojó la caja a este lugar, se habían roto sus cerraduras y desunido las tablas. El niño, atormentado por el hambre, comenzó a llorar, a sollozar y a intentar moverse. Su llanto llegó a oídos de una gacela, que había perdido su cría. El animal siguió la voz creyendo que era la de su cachorro, y llegó hasta la caja. Intentó abrirla con sus pezuñas, a la vez que el niño, desde dentro, empujaba al moverse, hasta que saltó una tabla de la caja. La gacela tuvo compasión del niño, sintió cariño hacia él y le presentó sus pezones, dándole de mamar toda la leche que él quiso. Después no dejó de visitarle, y le crió apartándole de todos los peligros. Tales son los principios de la historia de Hayy, según los que niegan el nacimiento sin padre ni madre. Después contaremos nosotros cómo se crió y los progresos que tuvo hasta alcanzar la más alta perfección. Explicación que dan los partidarios del nacimiento de Hayy por generación espontánea Los que opinan que nació sin padre ni madre, dicen: Que en el centro de esta isla existía una arcilla o tierra que había fermentado en el transcurso de los años, de manera que el calor y el frío, la humedad y la sequedad se habían mezclado en ellas por partes iguales y con perfecto equilibrio de fuerzas. Era la fermentada una cantidad muy grande, y parte de ella superaba a la otra por la exactitud de la composición y por la disposición para formar los humores seminales. La parte central de aquella tierra era la más proporcionada y la que tenía un parecido más perfecto con el compuesto humano; al agitarse, produjo, por causa de su viscosidad, unas burbujas, como las del agua que hierve. En el centro de ella apareció una burbuja pequeñísima, dividida en dos partes por una finísima membrana, y llena de un cuerpo sutil, aéreo, constituido exactamente según las convenientes proporciones. Entonces se unió a este cuerpo el espíritu que emana de Dios, con una unión tan perfecta, que ni los sentidos ni la razón pueden concebir que se separe. Emanación del espíritu Pues está demostrado que este espíritu emana perennemente de Dios, el Glorioso, el Alto. Es comparable a la luz del sol, que constantemente se extiende sobre el mundo. Hay cuerpos que no reflejan su luz, como es el aire muy transparente. Hay otros que la reflejan en parte; tales son los opacos no pulimentados; estos difieren en cuanto a la reflexión, y, en la misma forma, respecto a sus colores. Y otros cuerpos la reflejan en el más alto grado; éstos son los pulimentados, como los espejos y sus semejantes; y si los espejos son cóncavos de una forma determinada, se produce en ellos el fuego por el exceso de luz. Lo mismo es el alma, que emana de Dios: fluye, se extiende sobre todos los seres. Y hay algunos que no manifiestan los vestigios de ella, porque les falta aptitud; tales son los minerales, que no tienen vida: corresponden al aire en el ejemplo citado. Otros hay que los muestran, según sus diversas aptitudes; así, las distintas clases de plantas; corresponden a los cuerpos opacos del mismo ejemplo. Y otros que lo hacen completamente; tales son las diversas especies de animales: corresponden a los cuerpos pulimentados en el ejemplo anterior. Hay cuerpos pulimentados que tienen una gran capacidad receptiva de la luz del sol, hasta el punto de reflejar una imagen semejante. Así también entre los animales los hay que reciben muy fácilmente el espíritu, hasta el punto de que lo reflejan y son hechos a su imagen. El hombre es el más especial de estos animales y a él se alude en el dicho del Profeta: (¡bendígale Dios y sálvelo!) «Creó Dios a Adán a su imagen». Y si en el hombre se robustece esta imagen, hasta el extremo de que las demás imágenes o formas se desvanezcan ante aquélla, quedando sola y consumiendo la majestad de sus esplendores todo cuanto la misma alcanza, entonces viene el hombre a ser algo así como el espejo cóncavo que incendia todos los demás objetos en el ejemplo anterior. Tal cosa no acaece sino en los Profetas (¡las bendiciones de Dios sean sobre ellos!). Todo está demostrado en los lugares correspondientes. Pero, en fin, veamos qué es lo que opinan quienes creen en este modo de generación. Las potencias se someten al espíritu Una vez que el espíritu -dicen- fue fijado en aquel lugar, se le sometieron todas las potencias y se inclinaron completamente ante él por orden de Dios. Enfrente de este receptáculo se formó otra burbuja, dividida en tres compartimentos, a los que separaba una membrana finísima y comunicantes por aberturas, llenos de un cuerpo aeriforme parecido al que ocupa el recinto primero, pero todavía más tenue que él; en estos tres departamentos, divididos de una sola concavidad, se alojaron una porción de aquellas potencias que se habían sometido al primer espíritu. Éstas fueron encargadas de guardar a las otras, de cuidarlas y de hacer llegar al espíritu, colocado en el primer receptáculo, todas las modificaciones, pequeñas o grandes, que en ellas se observasen. Enfrente del primero, por la parte opuesta al segundo receptáculo, se formó una tercera burbuja, llena de un cuerpo aeriforme, pero más denso que los dos primeros, y en el cual se alojó otra parte de las potencias sometidas, que fue encargada de guardarlas y cuidarlas. Los tres departamentos fueron lo primero que se formó de la arcilla fermentada, por el orden que hemos dicho. Tenían necesidad unos de otros: el primero necesitaba de los demás para hacerse servir y obedecer, y éstos de aquél, como los dirigidos precisan del director, y los gobernados del gobernante; todos eran, por razón de los miembros formados de ellos, gobernantes y no gobernados; uno, el segundo, era superior al tercero en poder directivo. Formación del corazón y del resto del cuerpo El primero de estos tres, una vez que se le unió el espíritu y se desarrolló su calor, tomó la figura cónica del fuego; el cuerpo denso que lo rodeaba, la tomó también, y vino a ser una carne dura, por encima de la cual se formo una envoltura membranácea que la protegía. La totalidad de este órgano se llamó corazón. Como el calor produce la disolución y destrucción de los humores, este órgano necesitaba de alguna cosa que lo repusiese, lo alimentase y le restituyera continuamente lo que perdía y sin lo cual no podía subsistir; también necesitaba percibir lo que le convenía, para adquirirlo, y lo que le era contrario, para rechazarlo. Uno de los órganos, por medio de las potencias, de las que era asiento y origen, se encargó de satisfacerle la primera necesidad; y el otro órgano se encargó de subvenir a la segunda. El encargado de la percepción fue el cerebro; y el de la alimentación, el hígado. Estos dos órganos necesitaban del corazón, para que los proveyese de su calor y de las fuerzas peculiares a cada uno de los dos, pero originarias de aquél. Para esto se formó entre los citados órganos una red de sendas y de caminos, unos más anchos que otros, según pedía la necesidad: las arterias y las venas. Después siguen describiendo los partidarios de esta teoría la creación de todo el cuerpo, en la forma en que los físicos entienden que se desarrolla el embrión en la matriz, sin omitir detalle, hasta llegar a la formación completa del organismo y de sus miembros, y hasta el momento en que el feto está preparado para salir del vientre de la madre. En toda esta exposición, han acudido a la hipótesis de la arcilla grande y fermentada, que era apta para sacar de ella todo lo que es preciso en la formación del hombre: las membranas que protegen el feto. Cuando estuvo completamente formado, estas envolturas se separaron de él, como ocurre en el parto, y se abrió el resto de la arcilla por acción de la sequedad. Después, el niño empezó a gritar, a causa de la falta de alimento y acuciado por el hambre. Una gacela que había perdido la cría, vino en su auxilio. Hayy es criado por la gacela y vive los primeros años entre estos animales Desde aquí coinciden los partidarios de la segunda versión con los de la primera, respecto al crecimiento del niño. Dicen, de común acuerdo, que la gacela que lo había recogido, encontró pastos abundantes y fuertes y engordó; tuvo mucha leche, hasta el extremo de criarlo de la mejor manera posible. Estaba con él, sin apartarse de su lado más que cuando le obligaba la necesidad de ir a pacer. El niño se acostumbró de tal modo a la gacela, que, cuando se retardaba, con su llanto la hacía volver apresuradamente a su lado. Creció el niño, en esta isla, libre de animales dañinos, criándose con la leche de la gacela, hasta alcanzar los dos años de edad. Aprendió a andar y echó los dientes. El niño la seguía, y ella era buena y complaciente con él. Lo llevaba a los sitios en que había árboles frutales, y le daba a comer los frutos que se caían del árbol, dulces y maduros; si tenían cáscara dura, los partía con sus muelas; cuando él volvía a las ubres, lo amamantaba; cuando quería agua, lo llevaba a abrevar; si el sol le molestaba, lo ponía a la sombra; si tenía frío, lo calentaba; y al llegar la noche, conducíale a su primera guarida y lo cubría con su mismo cuerpo y con plumas que quedaban allí, resto de las que había en la caja en que lo arrojaron al mar. Un rebaño de gacelas tenía costumbre de acompañarles al pasto por la mañana y por la tarde, y de pasar la noche en el mismo lugar que ellos. El niño siguió viviendo con las gacelas en la forma dicha; imitaba los gritos de ellas con su voz, hasta el punto de no hallarse diferencia entre ambos, y del mismo modo reproducía, con gran exactitud, todos los cantos de pájaros o gritos de otras especies de animales que oía. Pero lo que mejor imitaba eran los gritos que daban las gacelas en demanda de socorro, para comunicarse, para pedir algo o para rechazarlo; porque los animales en cada uno de estos distintos estados, dan un grito diferente. Ellos y Hayy se conocían mutuamente, y no se repelían ni se trataban como extraños. Cuando se habían fijado en el espíritu del niño las representaciones de las cosas, una vez desaparecida su percepción actual, nacía en él o el deseo hacia algunas de ellas, o la aversión respecto de otras. Observa Hayy las diferencias que tiene respecto de los demás animales, viéndose inferior a ellos A la vez que todo esto, él miraba a los demás animales y los veía revestidos de pelo, de lana o de pluma; observaba su rapidez para la carrera, su fuerza y las armas de que estaban dotados para rechazar al que los persiguiese, como, por ejemplo, los cuernos, los colmillos, los cascos, los espolones, las garras. Luego, contemplándose a sí mismo, veía su desnudez, su falta de armas, su lentitud para la carrera, su poca fuerza respecto de los animales que le disputaban los frutos, que se los apropiaban en contra de su voluntad y le vencían en la lucha, sin que pudiese repelerlos ni escapar de ninguno de ellos. Veía también que a sus compañeros, los hijos de las gacelas, les salían cuernos que primeramente no tenían; que se volvían fuertes en la carrera, cuando antes eran débiles. Y en sí mismo no veía nada de esto; reflexionaba acerca de ello y no encontraba la causa. Y al no hallar en sí mismo ningún parecido con los animales, los juzgaba deformes o enfermos. Se puso a observar los esfínteres en los otros animales, y vio que estaban resguardados: el anal por las colas; el urinario por pelos o cosa parecida, además de que sus uretras estaban más ocultas que la de él. Estas observaciones le afligían y atormentaban. A los siete años de edad, Hayy se viste con hojas de los árboles y emplea varas como armas en su lucha con los animales Como su tristeza por tal causa se prolongase mucho tiempo y, llegando a tener cerca de siete años, desesperase de alcanzar aquellas cosas cuya falta le producía dolor, cogió hojas grandes de árboles, y unas se las puso por detrás y otras por delante, e hizo con hojas de palmera y de esparto un cinturón que rodeó a su cuerpo, con el cual sujetó las hojas. Pero éstas tardaron poco tiempo en marchitarse, secarse y caer. Siguió cogiendo otras y las colocaba en capas superpuestas; quizá duraban algo más, pero siempre poquísimo tiempo. Tomó ramas de árboles como lanzones, las igualó en sus extremos, las unió por las puntas y las empleaba contra los animales con quienes peleaba, atacando a los más débiles y resistiendo a los más fuertes. Entonces concibió cierta idea de su poder y vio que su mano tenía una gran superioridad sobre las garras de los animales, puesto que con ella le era posible cubrir sus vergüenzas y coger bastones con los que se defendía de los seres que le rodeaban, lo cual le permitía pasarse sin cola y sin armas naturales. Se viste con las plumas y la piel de un águila muerta Durante este intervalo creció y sobrepasó los siete años de edad. Siguió teniendo el cuidado de renovar las hojas con que se cubría. Entonces le ocurrió la idea de coger la cola de un animal muerto para colocársela él mismo; sólo que como había visto que los animales vivos se guardaban de los muertos y huían de ellos, no se atrevía a hacerlo; hasta que un día encontró por casualidad un águila muerta y pudo realizar su deseo. Aprovechó la ocasión viendo que los animales no se asustaban de ella, y se dirigió adonde estaba; cortó las alas y la cola, enteras y cabales; le arrancó el plumaje; quitóle el resto de la piel y la dividió en dos partes: una se la colocó él mismo a la espalda, y la otra sobre el ombligo y las partes pudendas; colgóse la cola sobre el trasero y las dos alas sobre sus brazos. Hayy adquirió así un vestido con que cubrirse y calentarse y con que imponer respeto a todos los animales, hasta el punto de que ninguno peleaba con él, ni le resistía, ni se le acercaba ya más, excepto la gacela que lo había amamantado y criado; ambos, jamás se separaron. Muerte de la gacela: Hayy trata de explicarse este fenómeno La gacela envejeció y enfermó. Hayy la llevaba adonde había buenos pastos, le cogía frutos dulces y se los daba a comer. Pero la debilidad y la extenuación no dejaron de seguir en aumento, hasta que alfinle sobrevino la muerte; pararon todos sus movimientos y cesaron todos sus actos. Cuando el niño la vio en aquel estado, se afligió vehementísimamente y poco faltó para que muriese de dolor. Llamábala con el grito con que ordinariamente se buscaban, alzando la voz todo lo fuerte que podía; pero no veía en ella ningún movimiento ni cambio alguno. Miraba sus orejas y sus ojos y no observaba en ellos daño manifiesto; asimismo miraba sus restantes miembros, y en ninguno de ellos encontraba lesiones. Deseaba ardientemente descubrir el lugar donde radicase el mal, para quitárselo, y que volviese al estado anterior; pero nada de esto se le manifestaba, y él nada podía hacer. Lo que a Hayy había inspirado esta idea fue algo que observara en sí mismo anteriormente: notó que si cerraba los ojos o los tapaba con un objeto cualquiera, no veía nada hasta que se removía aquel obstáculo; que si metía los dedos en los oídos y los apretaba, nada oía mientras que no desaparecía tal impedimento; que si se tapaba las narices con los dedos, no percibía ningún olor hasta que las abría de nuevo. De esto dedujo que todas las facultades de percepción y de acción tenían en la gacela obstáculos que les impedían [ejercitarse], y que si él pudiera libertarla de ellos, volverían a obrar. Piensa que la muerte de la gacela había sido originada por un daño en algún miembro oculto del cuerpo Como hubiese examinado todos los miembros externos del animal sin encontrar en ellos daño aparente, y a la vez hubiese visto que la inacción era total y no limitada a un miembro determinado, pensó que el daño que la había conducido a aquel estado radicaba en un órgano oculto a sus ojos, situado en el interior del cuerpo; supuso que aquel sería indispensable a los otros exteriores para sus acciones respectivas; y que, cuando sufre una lesión, se generaliza el daño y viene la paralización total. Suponía que si encontraba este órgano y quitaba de él [el obstáculo] que le había sobrevenido, volvería la gacela a su primer estado, habría de extenderse por todo el cuerpo el alivio y recuperaría sus funciones como anteriormente las tenía. Este órgano debe radicar en el centro del cuerpo Ya antes había observado, en los cadáveres de los animales salvajes y otros, que todos sus miembros eran macizos, y que sólo tenían concavidad el cráneo, el pecho y el vientre. Entonces pensó que el órgano en cuestión debía radicar en uno de estos tres lugares. Iba venciendo en él poderosamente la idea de que acaso se hallaría en el medio de esos tres lugares, puesto que él creía firmemente que todos los otros órganos del cuerpo necesitaban de él, y, según esto, era necesario que se hallase situado en el centro; a más de que si ponía atención en sí mismo, sentía en su pecho algo semejante a lo que sospechaba. Y como quiera que, suspendiendo la acción de sus miembros, como la mano, el pie, el oído, la nariz y el ojo, podía privarse de ellos, juzgó que no le eran indispensables; pero cuando reflexionaba sobre este algo que tenía en su pecho, veía que no podía prescindir de él, ni durante un abrir y cerrar de ojos. Asimismo, en sus luchas con los animales, lo que más procuraba librar de sus cuernos era el pecho, por la presunción de lo que dentro de él hubiera. Una vez que tuvo el convencimiento de que el miembro en el que había acaecido el daño a la gacela no podía estar más que en su pecho, se resolvió a observarlo y a examinarlo, pues quizá encontrase allí el obstáculo, y, en este caso, lo quitaría del animal. Pero temió que lo que iba a hacer fuese peor que el mal existente y ocasionase a la gacela un perjuicio [irreparable]. Luego, reflexionó si acaso había visto algún animal salvaje o semejante que, habiendo venido a parar a este estado [a la muerte], volviera de nuevo a su primera condición, y no encontró ninguno. Desesperó, por tanto, de que la gacela volviese a ser como era, si él la abandonaba, y, en cambio, le quedaba alguna esperanza de que pudiese revivir, si encontraba el órgano indicado y quitaba de allí el mal. Se decidió, pues, a abrirle el pecho y a buscar lo que en él hubiese. Hayy hace la disección de la gacela y halla el corazón Cogió trozos de piedras duras y astillas de caña seca, semejantes a cuchillos, y con ellas hizo una incisión por las costillas, hasta cortar la carne que hay entre ellas, llegando a la envoltura interior de las costillas[la pleura]. Al verla resistente, se fortificó su creencia de que semejante envoltura no podía servir sino para un órgano como [el que él deseaba hallar]. Esperaba que, de pasar adelante, encontraría lo que iba buscando, y quiso cortarla; pero esto le era difícil por la falta de instrumentos, puesto que no tenía más que piedras y cañas. Las repasó, las aguzó y se esforzó por hendir la envoltura, hasta que logró cortarla y se encontró con el pulmón. Al principio creyó haber hallado lo que iba buscando, y no cesaba de examinarlo y de investigar el sitio en el que pudiese estar el mal, pero de primera intención sólo encontró la mitad del pulmón, que está en un lado del pecho, y cuando la vio inclinada hacia un costado (como él entendía que el órgano [que buscaba] no podía estar más que en el centro, así a lo ancho como a lo largoo del cuerpo), no dejó de sondear en el centro del pecho, hasta que dio con el corazón. Violo revestido de una envoltura extremadamente fuerte, sujeto por ligamentos muy sólidos, rodeado por el pulmón en el sitio en que empezó a cortar. «Si este órgano - decía Hayy entre sí- tiene por el otro lado una parte igual a la de éste, sin duda ninguna está en el centro y no hay dificultad en que sea el que yo busco, sobre todo considerando la excelencia de su posición, la elegancia de su forma, su gran cohesión, la dureza de su carne y la envoltura que lo protege, distinta de la que tienen los restantes órganos que conozco». Examinó por el otro lado del pecho y encontró la envoltura interior de las costillas y un pulmón igual que el primero. Juzgó, pues, que este órgano, el corazón, era el que buscaba. Quiso rasgar la envoltura del corazón y abrir sus membranas. Lo consiguió, no sin trabajo y esfuerzo, después de haber puesto en el intento su mayor diligencia. Después de un minucioso análisis del corazón, Hayy se convence de que el ser que había en sus compartimentos se ha marchado Puso al descubierto el corazón y lo halló macizo por todos sus lados. Miró para ver si encontraba en él algún daño aparente, y nada vio. Lo apretó con la mano y notó que estaba hueco. «Tal vez lo que busco -pensó- sólo se halla dentro de este órgano, y hasta ahora no he dado con ello». Abrió, pues, el corazón y encontró en él dos cavidades: una al lado derecho, otra al izquierdo. La del derecho estaba llena de sangre coagulada; la otra, vacía completamente. «Es preciso -reflexionó- que lo que yo busco se encuentre en uno de estos dos compartimentos. En el de la derecha no veo más que sangre cuajada; no hay duda de que la coagulación no se ha verificado hasta que todo el cuerpo ha venido a parar al estado [actual]» (porque Hayy había observado que la sangre, cuando fluye y sale del cuerpo, se coagula y espesa). «Esta sangre debe de ser como todas las demás; noto que se halla en todos los órganos, y no exclusivamente en uno. Ahora bien, lo que busco no es una cosa de esta naturaleza; la que anhelo encontrar es algo que tenga a este miembro como lugar propio suyo y sin la cual no puedo subsistir ni siquiera un instante, y tras la que voy desde el principio. Por lo que toca a la sangre, ¡cuántas veces me han herido los animales en la lucha y he derramado gran cantidad, sin sentir daño alguno, ni perder nada de mis facultades! En este comportamiento, pues, no está lo que yo busco. En cuanto al de la izquierda lo veo absolutamente vacío; pero no puedo creer que sea inútil. Yo he visto que cada órgano tiene su función propia. ¿Cómo ha de ser inútil ese compartimiento, cuya perfección he comprobado? No puedo menos de creer que lo que busco estaba en él, pero que se ha marchado y lo ha dejado vacío; y a consecuencia de esto ha sobrevenido al cuerpo la paralización actual, ha perdido las percepciones y se ha visto privado de los movimientos». Y cuando vio que el ser, habitante de aquel compartimiento, se había marchado antes de su disgregación, abandonándolo, intacto aún, juzgó más natural pensar que no había de volver después del daño y destrucción que se le había ocasionado. Siente desprecio por el cuerpo y admiración por el ser que lo gobernaba Entonces el cuerpo entero le pareció vil y sin valor, en relación con aquel ser, de cuya residencia allí durante algún tiempo estaba firmemente convencido, y se apartó del cadáver en seguida. Concentró, pues, toda su reflexión sobre aquel algo, [intentando averiguar] qué y cómo era, qué nexo tenía con el cuerpo, adónde se había ido, por qué puertas salió al abandonarlo, qué causa lo expulsó, y si su salida fue obligada, o qué motivo le hizo odioso el cuerpo, hasta el extremo de abandonarlo, si esto sucedió por propia voluntad. Reflexionó mucho sobre estas cuestiones; perdió de vista el cuerpo y dejó de pensar en él. Comprendió que su madre, que tan buena fue siempre con él y lo había amamantado, era sólo el algo que había desaparecido y del cual emanaban todos sus actos, y no aquel cuerpo inerte, que realmente sólo era como un instrumento, a semejanza de las estacas que el cogía para pelear con los animales. Apartó desde entonces todo su afecto del cuerpo, para ponerlo en el dueño y motor de él, y sólo para éste tuvo cariño. A imitación de un cuervo, Hayy entierra a la gacela que lo había criado Comenzó entonces el cadáver a corromperse y a exhalar olores pestilentes; lo cual acrecentó la aversión que le había tomado y tuvo deseos de no verlo más. Observó entre tanto a dos cuervos que luchaban y cómo uno de ellos abatía muerto al otro. Después el superviviente se puso a escarbar el suelo hasta que hizo un hoyo, en el cual enterró al cadáver. «¡Qué bien está -dijo entre sí el niño- lo que hace este cuervo enterrando el cadáver de su compañero, aunque realmente haya obrado mal en matarlo! ¡Con cuánta más razón debo yo realizar este acto con mi madre!». Y cavó una fosa, poniendo en ella los restos de la gacela y cubriéndolos después con tierra. Hayy toma cariño a las gacelas; no halla en la isla ningún individuo de su propia especie, y cree que todo el mundo se reduce a aquella isla Siguió meditando acerca de aquel algo que gobierna el cuerpo, sin comprender lo que era. Pero como había observado a todas las gacelas individualmente, viendo que eran de la misma forma y figura que su madre, dominaba en él la idea de que cada una de ellas era movida y dirigida por algo semejante a lo que había movido y dirigido a su madre; y de frecuentar el trato de las gacelas, les tomó cariño a causa de tal semejanza. Así continuó durante un largo espacio de tiempo, examinando cuidadosamente todas las especies de animales y de plantas. Recorrió las playas de la isla, para buscar si existía algún semejante suyo, según había visto que los tenían todos los individuos, animales o vegetales, y no encontró ninguno. Y habiendo observado que el mar rodeaba la isla por todas partes, creyó que no existía más tierra que aquélla. Conoce Hayy el fuego y lo mantiene vivo en su cueva; aprende a comer carne asada y se ejercita en la caza y en la pesca Ocurrió cierto día que, al frotar por acaso unas cañas secas, prendióse fuego en el montón. Cuando se dio cuenta, quedó aterrado ante el espectáculo, y observó que era de una naturaleza desconocida para él. Detúvose lleno de admiración, aunque sin dejar de acercarse a él lentamente. Vio el resplandor de su llama, su irresistible acción, hasta el punto de que todo lo que se le acercaba era atraído y convertido prestamente a su propia naturaleza. La admiración que sentía por el fuego, acuciada por el natural ingenio y audacia con que Dios le dotara, lleváronle a extender las manos hacia la llama para cogerla; pero cuando la tocó, quemóse los dedos sin lograr sujetarla. Entonces pensó agarrar un tizón que el fuego no hubiese consumido por completo; lo tomó por el extremo intacto, mientras que el otro estaba ardiendo, y llevóle al lugar que le servía de abrigo, una cueva profunda, escogida para habitación tiempos atrás. No cesó desde entonces de alimentar la hoguera con hierbas secas y trozas de ramas, permaneciendo a su lado día y noche, alegre y admirado de verla. Aumentaba durante la noche el agrado de su compañía, puesto que reemplazaba al sol en la luz y en el calor; y en la oscuridad nocturna, agrandándose, lo iluminaba; llegó a creer que era la cosa más excelente que había a su alrededor. Al notar que siempre se movía verticalmente, tendiendo hacia arriba, robustecíase su creencia de que el fuego era una de las sustancias celestiales, que vagamente percibía. Experimentaba la fuerza de acción del fuego respecto de las demás cosas: si las arrojaba en él, veíalo adueñarse de todo, rápida o lentamente, según que el cuerpo echado a su seno fuera más o menos combustible. Para experimentar la energía del fuego, le echó, entre otras cosas, varias especies de animales marinos, que las olas habían arrojado a la playa. Cuando se hubieron asado y Hayy aspiró su olor, excitósele el apetito. Comiólos y le gustaron, con lo cual fue acostumbrando su paladar a la carne. Desde entonces se ingenió para la pesca y la caza, llegando a ser habilísimo en ambas. Y aumentó cada vez más el afecto que tenía al fuego, ya que mediante su acción había encontrado alimentos buenos que antes desconocía. Sospecha que el ser desaparecido del corazón de la gacela fuera de la misma naturaleza del fuego Habiendo crecido su pasión hacia este elemento, por la excelencia de sus efectos y por la grandeza de su poder, que Hayy observara, llegó a pensar si lo [94] que había desaparecido del corazón de la gacela, su nodriza, sería una sustancia de la misma naturaleza o del propio género. Le confirmó en esta idea lo que había visto en los animales: o sea, que tienen calor en vida y frío después de muertos; y esto siempre, sin excepción alguna; y también lo que en sí mismo había notado: a saber, la fuerza del calor en su pecho, en el lugar correspondiente a aquel por el cual él abriera a la gacela. Imaginó que si cogía a un animal vivo, le abría el corazón y observaba el compartimento que hallara vacío cuando abrió el de su nodriza, acaso lo encontrase lleno de aquel algo que en él reside, y podría comprobar si efectivamente era de la misma sustancia del fuego y si tenía o no luz y calor. Después de hacer la disección de animales vivos, se convence de la existencia del alma animal, que gobierna al cuerpo Cogió un animal, atóle por las paletillas y lo abrió, de la misma forma que había hecho con la gacela, hasta llegar al corazón. Buscó primeramente el lado izquierdo y, al abrirlo, encontró ese compartimiento lleno de un aire vaporoso, semejante a una niebla blanquecina. Metió en él su dedo, notando tal calor, que estuvo a punto de quemarse; el animal murió en seguida. Entonces se convenció [de varias cosas]: de que este vapor caliente era el que movía a aquel animal; de que los demás tenían otro semejante, y de que cuando se retiraba de ellos, perecían. Sintió, pues, el deseo de examinar los restantes miembros del animal, su organización, sitios, número y modo de estar unidos entre sí; cómo este vapor caliente se extiende por ellos hasta darles la vida; cómo se conserva mientras el cuerpo subsiste; por dónde se expande; por qué no se pierde su calor. Siguió [estudiando] todas estas cosas por la disección de los animales vivos y muertos, y no dejó de observarlas atentamente y de reflexionar sobre ellas, hasta llegar a saber de estos asuntos tanto como los grandes físicos. Adquirió la certeza de que todo animal, individualmente, a pesar de la multiplicidad de sus miembros y de la variedad de su sensaciones y movimientos, es uno por causa de esta alma, que desde un centro fijo se reparte por todos los miembros, que no son, respecto de ella, otra cosa sino sus servidores o instrumentos; y que el papel de ella en la gobernación del cuerpo venía a ser igual que el del propio Hayy, al manejar los instrumentos, que le servían, unos, para luchar con los animales, otros para cazarlos, para descuartizarlos alguno. Los primeros se dividían [en dos clases]: aquellos con que se evitan las heridas del contrario, y aquellos con que se les hiere [defensivos y ofensivos]. También los de caza se dividían [en dos grupos]: según fuesen para los animales acuáticos (marinos) o para los terrestres. Los instrumentos cortantes tenían tres aplicaciones: unos para rajar, otros para descuartizar, y perforadores otros. Pero el cuerpo era uno solo y manejaba estos útiles de diversas maneras, según convenía a cada uno de ellos y según los fines perseguidos. Del mismo modo, esta alma animal es una, y si obra con el instrumento ojo, su acción será la vista; sin con el oído, la audición; si con la nariz, el olfato; si con la lengua, el gusto; si actúa por medio de la piel y de la carne, ejercitará el tacto; si por medio de los miembros, su acción será el movimiento, y, finalmente, si lo hace por medio del hígado, dará lugar a la nutrición y la digestión. Cada una de estas funciones tiene, pues, un miembro propio que la ejecuta; pero ninguna de ellas se perfecciona, sino mediante la parte que del alma les llega, por los conductos llamados nervios. Cuando estos conductos se cortan u obstruyen, paralízase la acción del miembro [correspondiente]. Los nervios reciben el alma exclusivamente de las cavidades del cerebro, el cual, a su vez, la adquiere del corazón. En el cerebro hay muchas almas, porque es un lugar dividido en múltiples compartimientos. Cualquier miembro, privado del alma, sea por la causa que fuere, deja de funcionar, y queda como un instrumento abandonado, al que nadie gobierna, y con el cual no se obtiene utilidad alguna. Si el alma sale por completo del cuerpo, o se aniquila, o se disuelve por alguna razón, entonces todo el cuerpo se paraliza y le sobreviene la muerte. Al llegar al tercer septenario de su vida, Hayy se había hecho vestidos, armas y choza y había domesticado ciertos animales Llegó al término de tales consideraciones en el momento de alcanzar el tercer septenario de su vida, o sea a los veintiún años de edad. En este intervalo desarrollóse mucho su ingenio. Se vestía y calzaba con las pieles de los animales por él cazados; hacía hilos con pelos, y con corteza de malvavisco, malva, cáñamo o cualquier otra planta filamentosa; alcanzó este resultado, después de haber utilizado el esparto; preparaba leznas con espinas fuertes y cañas afiladas con piedras. Había llegado hasta la construcción, según lo que veía hacer a las golondrinas; fabricóse una choza y asimismo alacena para las provisiones sobrantes, defendiéndola con una puerta, hecha de cañas unidas, para que ningún animal entrase en ella mientras él anduviese fuera, ocupado por otros quehaceres. Había domesticado aves de rapiña, para emplearlas en la caza, y cogido gallinas, para aprovechar sus huevos y sus pollos. Utilizaba los cuernos de los bueyes salvajes como puntas de lanza, atándolas a cañas fuertes, en ramas de encina o de otros árboles, y, ayudándose en esta operación con el fuego y con hachas de piedra, llegó a fabricar rudimentarios lanzones. Se había arreglado un escudo con pieles superpuestas. Llegó a hacer todo esto, cuando observó que carecía de armas naturales y comprobó que su mano le podía procurar todas las que le faltasen. No le hacía frente ningún animal, de cualquier especie que fuere, sino que, por el contrario, lo evitaban y huían de él. Pensó en medio para [cogerlos] y no halló treta más afortunada que amaestrar a algunos, rápidos en la carrera, y atraérselos, dándoles una comida que les conviniese, hasta que le permitieran montarlos y dar así caza a los animales de otras especies. Había en esta isla caballos silvestres y asnos salvajes. Cogió algunos y los domó, hasta conseguir su propósito. Con correas y pieles, hízoles una especie de bocados y sillas, pudiendo de esta forma, según esperaba, dar caza a aquellos animales, para cuya captura no hallaba [antes] medio. Solamente se había ocupado en estos asuntos, durante el tiempo en que se dedicó a la disección de los animales y en que tuvo pasión por conocer las particularidades y diferencias de sus órganos, o sea, según dijimos, hasta los veintiún años. Hayy observa las coincidencias y diferencias en las distintas clases de seres del mundo Interesóse luego por otros temas; examinó todos los cuerpos que existen en el mundo de la generación y de la corrupción: los animales en sus distintas especies, las plantas, los minerales y clases de piedras, la tierra, el agua, el vapor, el hielo, la nieve, el frío, el humo, la llama, la brasa. Vio que tenían propiedades numerosas, acciones distintas y movimientos concordantes y divergentes. Reflexionó con atención sobre todo ello durante algún tiempo, y observó que en unas cualidades coinciden y en otras difieren, y que consideradas en cuanto que coinciden, no son más que una cosa, y en cuanto que difieren, diversas y múltiples. Estudiaba las particularidades de los seres, aquello que diferencia a unos de otros, y los veía múltiples, innumerables y extendiendo su existencia hasta lo infinito. Incluso su misma esencia le parecía múltiple, al ver Hayy la diversidad de sus miembros, cómo cada uno de ellos se distinguía por un acto o por una cualidad especial, y cómo admitía una división en muchísimas partes. Por lo cual juzgaba que su esencia era múltiple, y que también lo era la esencia de todo ser. Luego, volviendo a otro aspecto por diferente camino, veía que sus miembros, aunque múltiples, estaban todos juntos entre sí, sin ninguna separación y bajo una sola ley [directiva]; que no se distinguían más que por las diferencias de sus actos, y que éstas sólo tenían su origen en la [distinta] fuerza que cada uno de los [miembros] recibía del alma animal, a cuya comprensión había llegado al principio; esta alma, una en su esencia, era además la realidad de la esencia, y todos los órganos venían a ser como instrumentos [suyos]. Su propia esencia pareció entonces a Hayy una, en virtud de este método. Encuentra la unidad de cada especie, a pesar de la multiplicidad de sus individuos, y comprende la unidad del reino animal Paró mientes después en todas las especies de animales y vio que cualquier individuo es uno, considerado desde el punto de vista anterior. Los observó luego especie por especie, como gacelas, caballos, asnos y las distintas clases de pájaros una por una, y encontró que los individuos de cada especie eran semejantes entre sí en los miembros exteriores e interiores, en las percepciones, en los movimientos, en los instintos; no encontró diferencia entre ellos sino en pocas cosas en relación a las otras en que convenían. Y juzgaba que el alma, que cada especie tiene, es sólo una, y que no se diversifica sino en cuanto se divide entre muchos corazones; que si fuese posible reunir todo lo que está repartido entre estos corazones, y colocarlo en uno solo, acaso sería una sola cosa, así como el agua o el vino, que siendo uno, se reparte en muchos recipientes, y después vuelve a reunirse: en cada estado, de dispersión o de reunión es una sola cosa, y sólo le sobreviene la multiplicidad per accidens. Veía que toda la especie, bajo este aspecto, era una, y comparaba la multiplicidad de sus individuos a la de los miembros de cada uno de ellos, que en realidad no es tal multiplicidad. Después reflexionaba, recorriendo mentalmente todas las especies de animales y observando que convenían en sentir, en nutrirse, en moverse voluntariamente en la dirección que quieren; pero ya sabía Hayy que estos actos son característicos del alma animal, y que las demás cosas que diferencian a las especie, fuera de estas comunes, ya citadas, no le son verdaderamente peculiares. Esta reflexión le hizo ver claramente que tal alma, propia de todo el reino animal, es una en realidad, aunque tenga pequeñas diferencias de una especie a otra, así como un agua repartida en varios recipientes, unos más fríos que otros, en su origen es una; así todas las partes de agua que tienen un mismo grado de frío representan lo que es peculiar del alma animal en una especie; por consiguiente, de la misma manera que toda el agua es una, así también el alma animal es una, aunque la multiplicidad le sobrevenga per accidens. Considerándolo en tal manera, todo el reino animal le parecía uno. Halla la misma unidad en el reino vegetal Pasó luego revista a las diversas especies de plantas, y vio que en cada una de sus individuos se parecen entre sí en las ramas, hojas, flores, frutos y acciones. Los comparaba con los animales y comprendía que todos tienen una cosa común, que hace en ellos las veces del alma animal, y por la cual todos son uno [forman un todo]. Asimismo consideraba el reino vegetal, y deducía su unidad, basándose en las funciones comunes que en él veía, o sea la nutrición y el crecimiento. Encuentra ciertas coincidencias entre el reino animal y el vegetal Reunió después en su pensamiento al reino animal y al vegetal y vio que ambos coinciden en la nutrición y en el crecimiento, sólo que el primero tiene de ventaja sobre el segundo las sensaciones, las percepciones y los movimientos. Tal vez en las plantas aparece algo semejante a esto, verbigracia, el volverse algunas corolas hacia el sol, el movimiento de sus raíces buscando el sitio en que puedan nutrirse, etc Por virtud de estas reflexiones, le parecían las plantas y los animales una sola cosa, porque tienen en común algo, que en uno de los reinos es más acabado y perfecto, mientras que en el otro está detenido por cualquier impedimento: tal sería, siguiendo el ejemplo citado, la cantidad de agua, dividida en dos partes, una helada y otra líquida. Por consiguiente, consideró como uno los reinos animal y vegetal. Halla también la unidad del reino mineral Reflexionó después acerca de los cuerpos que no sienten, ni se nutren, ni crecen, como las piedras, la tierra, el agua, el aire, la llama, y vio que son cuerpos que se miden por longitud, latitud y profundidad; que sólo se diferencian en que unos tienen color y otros no; unos son calientes, otros fríos, y en varias diferencias más por el estilo. Veía que los que son calientes se vuelven fríos, y los que son fríos se tornan calientes; observaba que el agua se convierte en vapor, y el vapor en agua; que las cosas que se queman, hácense brasas, ceniza, llama, humo; y que el humo, si tropieza en su ascensión con una bóveda de piedra, se transforma en algo parecido a una sustancia terrosa. De aquí dedujo que todos estos cuerpos eran, en realidad, una sola cosa, y que la multiplicidad les es inherente per accidens, del mismo modo que lo es a los animales y a las plantas. Coincidencias que ve Hayy entre el reino vegetal y el mineral Luego consideró la cosa que, a su juicio, unía aquéllos con éstas, y vio que era un cuerpo como los referidos, dotado de longitud, latitud y profundidad, caliente o frío, igual que los que no sienten ni se nutren, distinto de ellos únicamente por los actos que de él provienen mediante los órganos animales y vegetales. Pero quizá tales actos no le son esenciales, sino que proceden de causa externa; y si se producen en otros cuerpos, serán semejantes a él. Consideraba aquel punto de unión en su esencia, como algo separado de los actos que, a primera vista, parecen dimanar de él, y veía que no era más que un cuerpo de éstos. Tal reflexión le mostró que todos los cuerpos son una sola cosa, ya sean vivos, ya inanimados, bien estén en movimiento, bien en reposo; sólo que a él le parecía que algunos producían, por medio de órganos, ciertos actos, y no sabía si les son esenciales o les vienen de fuera de su naturaleza, porque en este estado [de reflexión filosófica], Hayy no veía sino los cuerpos. Por este camino consideraba todos los seres en uno sólo, mientras que desde el punto de vista primero veía a los seres como múltiples, con una multiplicidad sin límites y sin fin. En tal estado de juicio, permaneció durante algún tiempo. Hayy observa que todos los cuerpos tienen movimiento, o hacia arriba o hacia abajo Examinó luego todos los cuerpos, vivientes o inanimados, que, unas veces, juzgaba ser unidad, y otras creía ser múltiples hasta lo infinito, y vio que cada uno de ellos tiene imprescindiblemente una de estas dos cualidades: o se mueve hacia arriba, como el humo, o se mueve en sentido contrario a éste, es decir, hacia abajo, como el agua, los trozos de tierra, de plantas, los animales, etc. Cada uno de estos cuerpos no puede menos de tener uno de estos dos movimientos dichos, ni reposa sino cuando se le opone un obstáculo que le corta el camino, como la piedra que al caer encuentra a ras de tierra un suelo resistente al que no puede perforar, porque si pudiese lo haría; por eso, si te levantas, ves que ella te resiste, inclinándose hacia abajo, buscando la caída. Asimismo, el humo no se para en su ascensión, sino cuando encuentra una bóveda resistente que lo detiene; entonces se reparte a derecha e izquierda, y luego, como se ve libre de la bóveda, hiende la atmósfera, ya que el aire no puede detenerlo. Veía también que si se llena de aire un zaque de piel y se le ata y sumerge en el agua, tiende a subir, resiste a quien lo sujeta debajo del líquido elemento, hasta que no llega a la atmósfera; entonces queda en reposo, y la resistencia y la tendencia ascensional, que antes tenía, desaparecen. Indagó si por ventura existiría cuerpo que careciese, siquiera un instante, de una de estas dos cualidades, o de la tendencia de ellas, y no lo encontró entre los que le rodeaban. Buscaba Hayy un cuerpo de esta condición, esperando que, si lo hallaba, podría considerar la naturaleza del cuerpo en cuanto cuerpo, libre de todas las cualidades que son el origen de la multiplicidad. Ve que los cuerpos han de tener, por lo menos, pesadez o ligereza, y se convence de que la realidad esencial de los cuerpos se compone del atributo corporeidad con otros diferentes añadidos Cuando estas investigaciones le cansaron, observó los cuerpos dotados de poco número de cualidades, y vio que necesariamente habían de tener una de estas dos: pesadez o ligereza. Reflexionó sobre si ambas pertenecerían al cuerpo en cuanto cuerpo, o a título de propiedad sobreañadida a la corporeidad. Le pareció que ello era por el último título, porque si perteneciesen al cuerpo en cuanto cuerpo, no se hallaría ninguno que no tuviese las dos: vemos que en lo pesado no se encuentra la ligereza, ni en lo ligero se encuentra la pesadez; realmente son dos cuerpos; cada uno, a más de corporeidad, tiene un atributo con el que se diferencia del otro y que sirve para individualizarlo, ya que de no ser así, resultarían ambos una sola cosa desde todos sus aspectos. Entonces tuvo la evidencia de que la realidad esencial de cada uno de estos dos cuerpos, el pesado y el ligero, está compuesta de dos propiedades: una, que les conviene a ambos en común, y que es la corporeidad; la otra, que es la que diferencia sus realidades esenciales: en el uno, la pesadez; la ligereza, en el otro; unidas están cada una de ellas con la corporeidad, y son respectivamente la cualidad en cuya virtud el uno se mueve hacia abajo y el otro hacia arriba. Igualmente examinó los demás cuerpos, inanimados o vivientes, y observó que la realidad esencial de cada una de las dos clases está compuesta del atributo corporeidad y de otra cosa, bien una, bien múltiple, añadida a la corporeidad. Deduce la existencia del alma animal, del alma vegetativa y de la naturaleza de los seres inanimados Así le parecieron las formas de los cuerpos en su diversidad, siendo esto lo primero que vislumbró del mundo espiritual, puesto que tales formas no se alcanzan por medio de la sensibilidad, sino por un cierto modo de especulación. Y una de las cosas que comprobó entre todo esto fue que el alma animal, cuya sede es el corazón, y de la que antes se ha tratado, sin duda debe tener también un atributo añadido a la corporeidad; con este atributo se pone en condiciones de ejecutar los actos extraordinarios, especiales suyos, que son las distintas clases de sensaciones, las diferentes especies de percepciones y los diversos modos de movimientos. Este atributo es su forma y la diferencia que lo separa del resto de los cuerpos; es lo que los filósofos designan con el nombre de alma animal. De la misma manera, la cosa que en las plantas hace las veces del calor natural en los animales tiene algo peculiar suyo que es su forma: lo que llaman los filósofos alma vegetativa. Asimismo, a más de los animales y de las plantas, todos los cuerpos inanimados del mundo dela generación y de la corrupción tienen algo peculiar suyo, por medio de lo cual realiza cada uno su operación propia, como las diversas clases de movimiento, los diferentes modos de cualidades sensibles; esto es, la forma de cada uno de ellos y lo denominado por los filósofos naturaleza. Dedica su atención a conocer el alma Cuando logró saber, por esta reflexión, que la realidad esencial del alma animal, que él tanto había deseado [conocer] siempre, estaba compuesta del atributo corporeidad y de otro añadido a ella, y que el primero le era común con todos los cuerpos, mientras que el otro añadido, y por el que se distingue, era exclusivo de ella, le pareció despreciable el atributo corporeidad y dejó de reflexionar acerca de él, prefiriendo, en cambio, dedicar sus especulaciones al atributo segundo que es el denominado alma. Llega a discernir las funciones del alma vegetativa Deseando conocerlo con exactitud, reflexionó profundamente sobre él. Inició su especulación por el examen de los cuerpos todos, no en cuanto que son cuerpos, sino en cuanto que están dotados de formas, que llevan inherentes cualidades peculiares, causa de la distinción de unos y otros. Aplicando tal método, grabó esta idea en su mente, al ver que una categoría de cuerpos tiene de común cierta forma, de la cual derivan uno o varios actos; que una clase de esta categoría, a más de la forma común con ella, tiene otra, causa también de algunos actos; y que un grupo de esta clase, además de las formas primera y segunda, comunes a toda ella, tiene una tercera forma, asimismo productora de ciertos actos. Ejemplo: todos los cuerpos terrestres, como tierra, piedras, minerales, plantas, animales y demás cuerpos pesados, integran la primera categoría, que tiene común una forma, de la cual procede el movimiento hacia abajo, cuando no se opone ningún obstáculo a su caída: si acaso se les impulsa hacia arriba violentamente y luego se les abandona, en virtud de su forma, caen. Una clase de esta categoría (plantas y animales), además de la forma común con la categoría anterior, tiene otra, causa de la nutrición y el movimiento. La nutrición consiste en que el ser que se nutre reemplace las partes de su cuerpo que han desaparecido, por asimilación a su misma sustancia de una materia apropiada; el crecimiento, en el movimiento en las tres direcciones, guardada la debida proporción entre longitud, latitud y profundidad. Estas dos funciones son comunes a las plantas y a los animales, y proceden indudablemente de una forma igual en ambas, que es la denominada alma vegetativa. Un grupo de esta clase, los animales especialmente, además de la forma primera, común con la clase anterior, tiene otra tercera, de la cual proceden la sensación y la facultad de trasladarse de un lugar a otro. Vio además que cada especie animal tiene además una cualidad peculiar, por la que se aparta y se distingue de todas las demás. Y reconoció que esta cualidad emana de una forma propia, añadida al atributo forma, común a todos los animales. Lo mismo sucede a cada especie vegetal. Naturaleza de los cuatro elementos Comprendió con evidencia que de todos los cuerpos sensibles, existentes en el mundo de la generación y de la corrupción, hay unos cuya realidad esencial se compone de muchos atributos, añadidos al de la corporeidad, y otros, que lo están de pocos. Considerando que era más fácil el conocimiento de lo poco que el de lo mucho, se dedicó primeramente al estudio de la realidad esencial de aquellos seres, cuya naturaleza fuese de pocos atributos. Vio que la realidad esencial de los animales y de las plantas está compuesta de muchos, según la diversidad de sus actos; por lo cual dejó para más tarde el estudio de sus formas. Observó también que unas partes de la tierra eran más simples que otras, proponiéndose estudiar las más simples que pudiese encontrar. Fijóse en que el agua es materia de poca composición, por la escasa cantidad de actos que proceden de su forma; lo mismo notó en el fuego y en el aire. Anteriormente había pensado Hayy que estos cuatro [elementos] se cambian unos en otros, y que tienen de común el atributo corporeidad; que tal atributo convine que esté libre de aquellos que distinguen a unos de otros; que no puede moverse hacia arriba ni hacia abajo; que ni puede ser caliente ni frío, húmedo ni seco; porque ninguna de estas cualidades es común a todos los cuerpos, y, por tanto, no puede pertenecer al cuerpo en cuanto cuerpo. Si pudiese existir uno sin forma alguna añadida a la corporeidad, carecería de todas estas cualidades y de otra cualquiera que no fuese común a los demás cuerpos, cualquiera que fuese el número de sus formas. La extensión, cualidad corpórea Trató de encontrar una cualquiera común a todos los cuerpos, vivos e inanimados, y no consiguió hallar otra, sino la propiedad de la extensión en las tres dimensiones, que existe en todos y que se denomina longitud, latitud y profundidad. Conoció que esta propiedad la tiene el cuerpo en cuanto cuerpo; pero los sentidos no le descubrieron la existencia de un cuerpo con esta cualidad única, que no tuviera ninguna propiedad añadida a la citada de la extensión y que estuviera totalmente privado de las otras formas. Pensó luego si acaso esta extensión en tres dimensiones sería o no un atributo del cuerpo mismo, sin la adición de ningún otro, y vio que detrás de la extensión hay otro atributo, en el cual ella existe; que la extensión sola no podría subsistir por sí misma, así como tampoco podría hacerlo la cosa extensa sin la extensión. Tomó como ejemplo algunos cuerpos sensibles dotados de formas, v. gr., la arcilla. Vio que si se le da una figura cualquiera, como la esférica, tiene latitud, longitud y profundidad en una medida determinada. Si esta misma esfera se la coge y se la convierte en una figura cúbica u ovoidal, la longitud, latitud y profundidad [primeras] cambian y tienen otra medida distinta de la que antes tenían. La arcilla es la misma en sí, no se cambia, pues necesariamente ha de tener longitud, latitud y profundidad, en alguna medida, y no puede prescindir de ellas. Ahora bien, la sucesión de estas dimensiones en la arcilla le demostraba que son un atributo distinto de la arcilla misma; la imposibilidad, empero, de prescindir de ellas totalmente, le demostraba que pertenecían a su misma esencia. La forma y la materia de los cuerpos Vio claro por estas consideraciones que el cuerpo, en cuanto cuerpo, está compuesto en realidad de dos cualidades: una hace las veces de la arcilla en la esfera del ejemplo citado; y la otra hace las veces de la longitud, latitud y profundidad de la esfera, cubo o figura que tenga; que el cuerpo no se comprende sino compuesto de estas dos cualidades, y que una de ellas no puede existir sin la otra. Pero que aquella que puede cambiar y variar en aspectos sucesivos (la cualidad de la extensión) es como la forma en todos los cuerpos que la tienen; la que permanece en un mismo estado (la que hace el papel de la arcilla en el anterior ejemplo), es como la cualidad corpórea en todos los cuerpos dotados de forma. A lo que hace el papel de la arcilla llaman los filósofos materia o hyle, que está totalmente desnuda de formas. Como al llegar a esta altura de sus reflexiones se había separado bastante del mundo sensible y se había elevado a los límites del mundo inteligible, sintió nostalgia y deseo de volver a las cosas de aquél, a que estaba más acostumbrado. Retrocedió, pues, un poco: dejó el cuerpo en abstracto, puesto que es cosa que el sentido no percibe ni alcanza, y se fijó en los cuerpos sensibles más simples que conocía: a saber, los cuatro elementos, acerca de los que reflexionara anteriormente. El cambio de forma en el agua sugiere a Hayy la idea vaga de un «creador» de la forma El primero que consideró fue el agua; y vio que si se la deja en el estado que exige su forma, manifiesta un frío sensible y una propensión a caer; calentándola por medio del fuego o del calor del sol, pierde el frío primero, quedándole, sin embargo, la tendencia a caer; y al aumentar su calefacción, cambia esta última cualidad por su contraria. Ha perdido, pues, las dos cualidades que procedían de su forma habitual. No sabía Hayy de la forma del agua, sino que producía estos dos actos: cuando desaparecen, pierde su carácter, dejando de estar en este cuerpo, desde el momento en que ha dado lugar a actos que por su naturaleza proceden de otra forma, y se produce en él otra, que antes no existía, por medio de la cual emanan de este cuerpo actos que no eran de su naturaleza, en tanto que tenía la primitiva forma. Entonces comprendió que necesariamente todo lo que es producido necesita un productor; de tal modo se manifestaron en su alma los vestigios generales y confusos de la noción de un hacedor de la forma. Luego siguió estudiando una por una todas las formas que ya conocía, y vio que todas ellas son producidas y que necesitan por tanto, un hacedor. Consideró también las esencias de las formas, y notó que no eran más que una capacidad del cuerpo para producir tal acto; así, por ejemplo, el agua, cuando se calienta mucho, se dispone y se acomoda para el movimiento hacia arriba, y esta aptitud es su forma. En realidad aquí no hay más que un cuerpo, cosas sensibles que antes no existían, procedentes de él (cualidades y movimientos), y un agente que las crea; ahora bien, la adaptación del cuerpo a unos movimientos con exclusión de otros es su disposición y su forma. Esto mismo comprobó en todas las demás formas. De donde adquirió la evidencia de que cuantos actos de ellas emanan, no existen realmente en las mismas y sólo son debidos a un agente que por su intermedio obra los actos que con ellas se relacionan. Esta idea que surgió en su mente es la misma contenida en el dicho del Enviado de Dios (¡bendígalo Dios y lo salve!): «Yo soy el oído por el cual oye, y la vista con la cual ve»; y en el libro claro de la Revelación: «No los habéis matado vosotros, sino Dios los mató; no has arrojado tú [Mahoma] la flecha cuando la has arrojado, sino que Dios la arrojó». Comprende Hayy que el «agente» productor de las formas no puede ser cuerpo de este mundo sensible, y estudia los cuerpos celestes Una vez que hubo descubierto lo dicho, relativo a la idea de agente, en general y de un modo confuso, sintió un vivo deseo de conocerlo precisa y distintamente. Como no se separaba del mundo sensible, púsose a buscar en él este agente, del cual ignoraba si era uno o era múltiple. Examinó todos los cuerpos que le rodeaban y sobre los que había siempre reflexionado, y vio en todos que unas veces nacen, otras veces perecen; aquellos a quienes no alcanza íntegramente la descomposición, les alcanza del modo parcial, como el agua y la tierra, cuyas partes veía corromperse por el fuego. Asimismo observaba que todos los demás cuerpos del mundo sensible no se eximían de ser producidos y de tener necesidad de un agente. Por tanto, abandonó [la reflexión acerca de] todos ellos, y puso su atención en los cuerpos celestes. Condensó este pensamiento, alfinde los cuatro septenarios de su existencia, o sea a los veintiocho años de edad. Comprendió que los cielos, y las estrellas que en ellos hay, son cuerpos, ya que tienen extensión en las tres dimensiones: longitud, latitud y profundidad; ninguno carece de esta cualidad; pero como todo el que la ostenta es cuerpo, ellos lo son también. Pensó luego si tales cuerpos serían extensos, sin límite alguno, y se alejarían siempre, sin fin, en la longitud, latitud y profundidad, o si serían finitos, encerrados en ciertos límites en los cuales terminan, y más allá de los cuales no es posible que exista la extensión. Es imposible un cuerpo infinito: razonamientos de Hayy Embarazóse un poco con este problema. Pero luego, gracias a la fuerza de su reflexión y agudeza de su ingenio, vio que un cuerpo infinito es absurdo, imposible e ininteligible. Se confirmó en tal juicio con muchos argumentos que le venían a las mientes. «Este cuerpo -se decía- es limitado por la parte en que yo me encuentro, hasta donde mis sentidos alcanzan. No hay duda, desde el momento en que lo veo. Por lo que toca al lado opuesto, respecto del cual podría surgirme incertidumbre, también sé que es imposible su extensión hasta lo infinito. Porque si imagino dos líneas, que comiencen en esta parte limitada y se prolonguen sinfina través de la profundidad del cuerpo, según su propia extensión; si luego imagino que de una de estas dos líneas se corta un trozo grande, por el lado en que es limitada, y, tomando lo restante de la línea y los dos trozos, el cortado y el que no lo está, se superponen haciendo coincidir ambas líneas, siguiéndolas con el pensamiento en la dirección en que se supone son infinitas, sucederá [una de estas dos cosas]: o las dos líneas se prolongarán siempre hasta lo infinito, sin que la una sea más corta que la otra, y entonces la cortada será igual que la que no lo está, lo cual es absurdo, o la línea disminuida no se prolongará siempre a la par que la otra, sino que se detendrá y dejará de extenderse junto con ella, y entonces será finita; si después se le vuelve a colocar el trozo que primeramente se le cortara y que era finito, resultará también finita toda la línea; ya no será, pues, ni más corta que la línea no cortada, ni más larga, sino igual a ella; pero ésta [la cortada] es finita; luego aquélla también lo será. El cuerpo en que se supongan estas líneas, será finito; pero en todo cuerpo se pueden suponer estas líneas; luego si suponemos un cuerpo infinito, hemos supuesto una cosa absurda e imposible». Llega a la conclusión de que el cosmos o reunión de los cuerpos celestes es esférico Cuando, gracias a su despierta inteligencia, que le había hecho fijarse en un argumento como éste, tuvo la certeza de que el cuerpo celeste es finito, quiso saber qué figura tiene, y cómo lo limitan las superficies que lo terminan. Consideró primero el sol, la luna y las demás estrellas, observando que todas salen por oriente y se ponen por occidente. De entre ellas, las que pasaban por su cenit, describían un círculo grande; las que, apartándose de él, se inclinaban hacia al Norte o hacia al Sur formaban otros, menores que aquéllos. Todas las más alejadas del cenit, hacia cualquiera de las dos partes, tenían sus círculos menores que las más próximas; de modo que los círculos más pequeños en que se mueven los astros, son dos: uno alrededor del polo Sur, o sea, la órbita del Suhayl, y el otro alrededor del polo Norte, es decir, la órbita de al-Farqadan. Como [nuestro solitario] habitaba en la línea del Ecuador, según dijimos al principio, todos estos círculos eran perpendiculares al plano de su horizonte y estaban dispuestos simétricamente por el Sur y por el Norte; Hayy veía los dos polos a la vez. Fijábase en que cuando una estrella se levanta en un círculo grande y otra en uno pequeño, si las salidas son simultáneas, también lo son las puestas. Como esto sucedía en todas las estrellas y en todos los tiempos, se convenció de que el cielo tiene figura esférica. Confirmóle tal creencia el observar que el sol, la luna y las estrellas salen por oriente, después de haberse ocultado por occidente, y que aparecían a su vista con un mismo tamaño a la salida, a mediado de su carrera y al ocaso. Si su movimiento no fuera circular, sería posible que en algún tiempo las viera más próximas; y siendo así, sus dimensiones y sus volúmenes le aparecerían distintos, y las vería mayores cuando estuvieran cercanas, y menores a medida que se alejasen: pero como no sucedía así, afirmábase en la idea de la esfericidad. Siguió observando el movimiento de la luna, tomado de occidente a oriente, y también el de los planetas, hasta llegar a conocer una gran parte de la ciencia del cielo. Vio claro que sus movimientos se desarrollan en muchas esferas, contenidas todas en una sola, que es la más alta y la que mueve todo, de oriente a occidente, en el período del día y de la noche. Exponer sus progresos en esta ciencia sería largo y es asunto divulgado en los libros; para nuestro propósito basta con lo que hemos expuesto. Semejanzas del mundo celeste con el mundo sublunar Cuando llegó a este grado de conocimientos, diose cuenta de que la esfera celeste y lo que gira a su alrededor, es a manera de un todo, cuyas partes están unidas entre sí; de que los cuerpos, acerca de los cuales había reflexionado antes, como la tierra, el agua, el aire, las plantas, los animales, etc, están contenidos y permanecen en ella; de que en su totalidad la esfera misma es algo semejante a un individuo de la especie animal: sus estrellas brillantes hacen las veces de los sentidos; las diversas esferas unidas entre sí, son como los miembros; y todo lo que, dentro de ella, pertenece al mundo de la generación y de la corrupción, desempeña el papel que en el interior de los animales realizan los diferentes residuos y humores, en los cuales muchas veces se forman otros seres, como sucede en el macrocosmos. Piensa Hayy si el mundo sería producido o eterno. Razones que halla en pro y en contra de cada tesis Una vez que tuvo la certeza de que el conjunto celeste es, en realidad, como un solo individuo, y cuando redujo en su mente a unidad las múltiples partes, usando el mismo razonamiento que empleara para reducir a la unidad los cuerpos existentes en el mundo de la generación y de la corrupción, pensó si el universo mundo sería algo producido, después que no existió, y que de la nada ha venido al ser, o bien sería algo que no ha dejado de existir en el pasado y que no ha sido precedido por la nada, bajo ningún aspecto. Dudó en esta ocasión y ninguna de las dos opiniones pesó en su ánimo más que la otra. Porque cuando se decidía por la tesis de la eternidad, le salían al paso muchas objeciones respecto a la imposibilidad de la existencia infinita, semejantes al razonamiento por el que había llegado a concluir la no existencia de un cuerpo infinito. Veía también que esta [existencia] no está libre de [accidentes] producidos y no es posible que exista antes que ellos; y lo que no puede preexistir a los [accidentes] producidos, es, por tanto, producido. Y cuando se decidía por la opinión de la producción [de la nada], le salían al paso otras objeciones. Veía que la tesis de la creación del mundo, después de no haber existido, no se puede concebir, sino justamente con la idea de que el tiempo lo haya precedido; pero éste es una parte de la totalidad del mundo, inseparable de él; luego no se puede uno imaginar el mundo posterior al tiempo. Además, se decía: «Si el mundo es producido, necesariamente ha de tener un productor; éste, ¿por qué lo ha hecho surgir en tal momento y no antes? ¿Le ha sobrevenido una novedad, no existiendo nada fuera de él, o ha sido por un cambio verificado en su esencia? Pero, ¿quién habrá producido este cambio?». Y no cesó de pensar en este asunto durante años, saliéndole siempre al paso objeciones, sin que lograra decidirse por una opinión. Si el mundo es producido, necesita un creador, que no será cuerpo Cansado de estas investigaciones, se puso a reflexionar acerca de las consecuencias que se derivan de las dos opiniones, pues acaso serían las mismas en ambas. Entonces comprobó que, suponiendo la producción del mundo y su venida a la existencia desde la nada, se deduce necesariamente que no se pudo haber hecho por sí mismo, y, por tanto, que le es preciso un hacedor que lo haya traído a la existencia; que este hacedor no puede percibirse por medio de ningún sentido, porque, de suceder así, sería un cuerpo; si fuese un cuerpo, formaría parte del mundo, sería producido y necesitaría un productor; si este segundo productor fuese también un cuerpo, necesitaría otro tercero, y este tercero, un cuarto, y así sucesivamente hasta el infinito, lo cual es absurdo. El mundo exige, por tanto, un hacedor que no sea cuerpo; y si no es cuerpo, no habrá medio de percibirlo por ningún sentido, puesto que los cinco sentidos sólo perciben los cuerpos o sus accidentes; si no puede ser percibido, tampoco puede ser imaginado, porque la imaginación no es más que la representación de las formas de las cosas sensibles, cuando éstas han desaparecido; si no es cuerpo, son imposibles en él todas las cualidades corpóreas, y le es extraña la primera de ellas, a saber: la extensión en longitud, latitud y profundidad, con todas sus consecuencias. Si el mundo, pues, tiene un hacedor, sin duda que éste tendrá poder sobre aquél y lo conocerá; «¿no lo conocerá quien lo creó? Él es bueno y sabio». Si el mundo es eterno «a parte ante», necesitará un motor, exterior a él e incorpóreo, que haya producido su movimiento Si suponía la preexistencia del mundo, es decir, que siempre hubiera sido como es y que no lo hubiese precedido la nada, veía deducirse de esto que su movimiento es eterno a parte ante, puesto que no lo ha precedido ningún reposo, tras el cual haya comenzado. Pero todo movimiento exige necesariamente un motor que, o es una fuerza extendida en un cuerpo, bien sea el mismo del motor, bien sea otro exterior a él, o es una fuerza que no está extendida ni repartida en un cuerpo. Ahora bien, toda fuerza extendida y repartida en un cuerpo, se divide cuando él se divide, doblándose cuando éste lo hace; v. gr., el peso de la piedra, que la mueve hacia abajo: si la piedra se divide en dos partes, su peso se divide en otras tantas; si se le añade otra, su peso se aumenta en lo mismo; si fuera posible que la piedra aumentase hasta lo infinito, su peso aumentaría en igual proporción; y si llegase a una magnitud determinada y en ella se detuviese, el peso llegaría también a un cierto punto, en que se detendría. Pero ha quedado demostrado que todo cuerpo es, indudablemente, finito; luego la fuerza que radique en él lo será también; por tanto, si encontramos una fuerza que produzca un acto infinito, seguramente no radica en un cuerpo. Pero observamos que la esfera celeste se mueve siempre con un movimiento sinfiny sin interrupción, puesto que la suponemos eterna a parte ante; luego necesariamente resulta que la fuerza que la mueve no está en su mismo cuerpo, ni en otro situado fuera de ella, y que pertenece a algo extraño a los cuerpos, a lo cual no se le pueden atribuir cualidades corporales. Ya había descubierto Hayy, en sus primeras reflexiones sobre el mundo de la generación y de la corrupción, que la realidad de la existencia de todo cuerpo sólo proviene de su forma, o sea, su disposición para los distintos movimientos; y que la existencia que el cuerpo tiene por parte de su materia es inconsistente y casi imperceptible. Por tanto, la existencia del mundo entero proviene sólo de su disposición para el movimiento dado por este motor, el cual está libre de materia y de cualidades corpóreas, exento de todo lo que es perceptible por los sentidos o accesible a la imaginación; y si este motor es el autor de los distintos movimientos del cielo, por medio de un acto permanente, continuo e ininterrumpido, indudablemente ha de tener poder sobre ellos y los ha de conocer. Se confirma Hayy en su idea de la existencia de un autor incorpóreo Vino a parar, pues, por este camino a lo mismo que había concluido en su primer razonamiento, sin que fuese obstáculo la duda que tenía respecto a la eternidad del mundo o a su producción: los dos razonamientos le certificaban a la vez la existencia de un Autor incorpóreo, que no está unido a ningún cuerpo, ni separado de él, ni dentro ni fuera de ninguno, puesto que la unión y la separación, la interioridad y la exterioridad son, todas, cualidades corpóreas, y Él está exento de ellas. Este autor será causa de los demás seres, creador de ellos Como la materia en todo cuerpo necesita de la forma, puesto que sólo por ella subsiste y sin ella no tiene ninguna realidad, y como no se tiene certeza de la existencia de la forma, sino después de cerciorarse de la existencia de este Autor, convencióse de que todos los seres lo necesitan para existir, y que ninguno puede subsistir sino por Él; Él es, por consiguiente, su causa, y los seres, sus efectos, bien hayan sido traídos a la existencia desde la nada, bien no hayan tenido principio en el tiempo y jamás aquélla les precediese. En ambos casos, estos seres son efectos, y en su existencia necesitan y dependen del Autor; sin la subsistencia de Él, no subsistirían; sin la existencia de Él, no existirían; sin su eternidad, no serían eternos; Y Él, en su esencia, prescinde y está libre de ellos. ¿Podría no ser así? Ya se ha demostrado que la fuerza y poder de este Autor son infinitos, y que todo cuerpo, así en su esencia como en sus accidentes, es finito, limitado. Por lo tanto, el mundo todo con lo que contiene -los cielos, la tierra, los astros, lo que entre ellos, encima o debajo, hay- es acto y creación suya, y es posterior a Él per se [con posterioridad de naturaleza], aunque en el tiempo no fuera posterior. Es como si coges un cuerpo cualquiera en tu mano y luego lo mueves: sin duda ninguna, este cuerpo seguirá el impulso de la mano, con un movimiento posterior al de ella, con posterioridad de naturaleza, aun cuando no de tiempo, pues ha sido simultáneo. Así también el mundo todo es efecto y es creado, fuera del tiempo, por este Autor, «que no tiene más que mandar, cuando Él quiere una cosa, diciéndole: -«Sé», y ella es». Huellas de este autor, que Hayy ve en todos los seres Cuando vio que todos los seres son obra de este Autor, examinólos de nuevo, buscando manifestaciones de su poder, de su admirable y rara obra, de su amorosa providencia y de su ciencia sutil. Y en los pequeños seres, y más aún en los grandes, se le aparecieron huellas tales de sabiduría y de arte extraordinario, que lo llenaron de admiración, cerciorándose de que esto no podía proceder sino de un Autor perfectísimo y superior a la perfección, «a quien no se escapa el peso de un átomo en los cielos o en la tierra, ni nada que sea más pequeño o más grande». Tiene este autor todas las cualidades de la perfección y está libre de las de la imperfección Examinó después atentamente todas las especies de animales y vio cómo este Autor había dado a cada una su forma y enseñándole después a emplearla; porque si Él no hubiese guiado a los animales en el uso de los miembros de que los dotara, mostrándoles las ventajas que con ellos podrían conseguir, no los hubiesen utilizado, y hubieran sido una carga para ellos. Por eso conoció que Él era generoso entre los generosos, misericordioso entre los que más. A partir de este momento, cada vez que veía algún ser dotado de belleza, de esplendor, de perfección, de poder, o de una superioridad cualquiera, reflexionaba y reconocía que era un efluvio de este Autor, de su existencia, de su acción. Comprendió, por tanto, que todo lo que a Él pertenece por su esencia, es más grande que estas cualidades [citadas], más perfecto, completo, bello, brillante, hermoso y durable, sin relación con ellas. No dejó de rebuscar las cualidades de la perfección, y vio que todas las tiene emanan de Él, y que es más digno de ellas que los demás seres que las poseen. Consideró luego las cualidades de la imperfección, y vio que Él estaba libre y exento de ellas. ¿Y cómo no lo había de estar? ¿No es la idea de imperfección la de la nada pura, o de lo relacionado con la nada? ¿Cómo se ha de unir o mezclar la nada con el ser puro, el que existe necesariamente por su esencia, el que da la existencia a todos los demás seres, sin el cual no la hay, puesto que Él es la existencia y Él es la perfección, la plenitud, la belleza, el resplandor, la potencia, la ciencia y, en suma, Él? «Todo perece si no es su faz». Hayy se siente inclinado hacia este autor, cuya existencia conoció a los treinta y cinco años de edad Alcanzó Hayy este grado de conocimiento a los cinco septenarios de su vida, o sea, a los treinta y cinco años de su edad. Afirmábasele tanto en el corazón la idea de este Autor, que no ocupaba su pensamiento sino en Él, olvidando el examen y la investigación de los seres a que antes se había dedicado, hasta el extremo de que no paraba mientes en cosa alguna, sin que le reflejase vestigios de su arte; luego dirigía el pensamiento hacia el Artista, dejando a un lado la obra; entonces se volvía ardientemente hacia Él, y su corazón se desplazaba, con fuerza y por completo, del mundo sensible para sumirse en el inteligible. Trata de saber con qué facultad había conocido a este ser: no había sido por medio de los sentidos ni por la imaginación Cuando consiguió el conocimiento de este Ser, cuya existencia no tiene causa, siendo Él la causa de la existencia de los demás, quiso saber por qué medio había conseguido él mismo tal conocimiento y con qué facultad había conocido este Ser. Examinó sus propios sentidos, a saber: el oído, la vista, el olfato, el gusto y el tacto, viendo que a todos ellos sólo llegan los cuerpos o sus accidentes: el oído no percibe más que los sonidos originados por las ondas del aire al tropezarse con los cuerpos; la vista, únicamente los colores; el olfato, los olores; los sabores, el gusto, y el tacto, las temperaturas, lo duro y lo blando, la aspereza y la suavidad. Del mismo modo, la imaginación no alcanza ninguna cosa, sino las dotadas de longitud, latitud y profundidad. Todas estas percepciones son cualidades corpóreas, y a los sentidos no puede llegar otra cosa, ya que son facultades extendidas por los cuerpos y repartidas conforme a las divisiones de ellos, no pudiendo afectarles, por tanto, más que lo que es divisible. Pues si la imaginación está repartida, como se ha dicho, indudablemente, al percibir un objeto cualquiera, éste se dividirá conforme a la naturaleza de ella. Por consiguiente, toda facultad que radica en un cuerpo no percibe más que los cuerpos o sus accidentes. Pero ya queda demostrado que este Ser, de existencia necesaria, está exento de toda clase de cualidades corpóreas; por tanto, no se le puede percibir, sino mediante algo que no sea cuerpo, ni facultad que en él radique o tenga alguna relación con él, cualquiera que sea. Lo había conocido por su propia esencia, por estar impreso en su alma el conocimiento de él Entonces se cercioró de que conocía a aquel Ser por medio de su esencia misma, y que el conocimiento de Él estaba impreso en su alma. Vio también claro que su propia esencia, por medio de la cual lo conocía, era algo incorpóreo, sin ninguna cualidad de los cuerpos; que todo lo exterior y lo corporal, que percibía en sí mismo, no era la realidad de su esencia, puesto que ella sólo se encontraba en aquello por medio de lo cual conocía al Ser de existencia necesaria. El alma es incorpórea e incorruptible Cerciorado ya de que su esencia no era el cuerpo que perciben los sentidos y la piel cubre, desprecióle totalmente y se puso a reflexionar acerca de aquella otra, nobilísima, por medio de la cual se conoce a este Ser supremo y necesario. Pensó si ella podría perecer, corromperse o desaparecer, o si, por el contrario, tendría duración eterna. Y vio que la corrupción y la desaparición son cualidades únicamente de los cuerpos, en cuanto que pierden una forma y revisten otra: verbigracia, el agua cuando se vuelve aire, el aire cuando se torna agua, las plantas cuando se cambian en tierra y ceniza, y la tierra cuando se convierte en plantas; ésta es, en efecto, la cualidad de corrupción. En cambio, no puede concebirse de ninguna manera la corrupción de lo que no es cuerpo ni necesita de él para subsistir y que está libre en absoluto de la corporeidad. Hayy trata de averiguar cuál será el destino del alma después que el cuerpo haya desaparecido Convencido Hayy de que su esencia real no era corruptible, intentó averiguar cuál sería su condición, una vez que abandonase el cuerpo y se liberase de él. Ya antes se había cerciorado de que no lo abandona, sino cuando el cuerpo no le sirve como instrumento. Examinó entonces todas las facultades perceptivas, y vio que cada una de ellas funciona en potencia unas veces, en acto, otras; como, por ejemplo, el ojo, cuando está cerrado o desviado del objeto visible, sólo percibe en potencia (el sentido de la frase percibir en potencia es que no lo hace en el momento, sino que puede hacerlo en lo futuro); en cambio, cuando está abierto y dirigido hacia el objeto visible, percibe en acto (es decir, en el momento). Asimismo, cada una de estas facultades puede hacerlo de estas dos maneras. Si una de ellas no lo ha realizado jamás en acto, mientras esté en potencia no desea la percepción de su objeto propio, porque no lo conoce; ejemplo, el ciego de nacimiento. En cambio, si lo ha hecho alguna vez y luego ha venido a quedar en potencia, mientras continúe así deseará la percepción en acto, porque ella ha conocido ya su objeto propio, se le ha unido y se ha inclinado hacia él; ejemplo, el que se queda ciego, después de haber tenido vista: que siempre deseará [volver a ver] los objetos visibles. Y cuanto más hermosa, espléndida y perfecta sea la cosa percibida, tanto mayor será el deseo hacia ella y más grande el dolor por su pérdida; ésta es la causa de que el dolor de quien pierde la vista después de haberla disfrutado sea mayor que el de quien queda sin el olfato, porque las cosas visibles son más perfectas y más hermosas que las relativas al olfato. Pues si entre las cosas hay una, cuya perfección es infinita, cuya hermosura, belleza y esplendor no tiene límites, que está sobre estas cualidades hasta el extremo de que ninguna puede existir sino procedente de ella y fluyendo de su ser, es indudable que quien pierda la percepción de esta cosa, después de haberla conocido, sentirá, mientras dure su pérdida, dolores infinitos; así como quien logre poseerla eternamente tendrá un placer no interrumpido, una felicidad sin fin, una alegría, un gozo y un contento sin límites. Diversa situación del alma si, durante la vida del cuerpo, no conoció al ser necesario, si lo conoció y se apartó de él, o si lo conoció y no se separó de él. Pero antes se había convencido Hayy de que el Ser necesario está dotado de todos los atributos de la perfección, libre y exento de todas las cualidades de la imperfección. También se había cerciorado de que la esencia, mediante la cual el propio Hayy llegaba a percibir este Ser, no es nada que se parezca al cuerpo, ni corruptible como él. De lo cual dedujo que si el ser que tiene una esencia de esta naturaleza, capaz de tan alta percepción, abandona al cuerpo por la muerte, se dará uno de estos tres casos: Si antes de esto, en el período en que gobernó al cuerpo, no conoció jamás al Ser necesario, ni se unió con Él, ni oyó nada respecto de Él, la separación del cuerpo no le producirá deseo de este Ser, ni dolor por su pérdida; porque todas las facultades corpóreas desaparecen con la eliminación del cuerpo y no desean tampoco sus objetos propios, ni tienden hacia ellos, ni se duelen por su pérdida, siendo ésta la condición de los animales irracionales, tengan o no la forma humana. Si antes, en el tiempo que gobernó al cuerpo, conoció a este Ser, sabiendo de sus perfecciones y de su hermosura, pero se desvió de Él, arrastrado por sus pasiones, y la muerte le sorprendió en tal estado, privándole, por tanto, de la visión intuitiva, entonces la deseará, pero permanecerá en un largo castigo y en sufrimientos infinitos, y podrá librarse de ellos después de una larga prueba y gozar luego de la visión intuitiva que anhela, o bien continuará sumido eternamente en sus dolores, según que en la vida corpórea se haya dispuesto para uno de estos dos destinos. Y si conoció a este Ser necesario antes de separarse del cuerpo, dedicándose a Él totalmente y pensando siempre en su hermosura, belleza y esplendor, sin separarse de Él hasta que la muerte le sorprendió en estado de contemplación y visión intuitiva actual, al separarse del cuerpo permanecerá en un placer infinito, en una alegría, gozo y contento perdurables, producidos por la unión de su visión de este Ser necesario, visión exenta de turbación y mezcla, y despojada de todas las cosas sensibles que las facultades corpóreas exigen, las cuales, en relación con este estado, son dolores, males y obstáculos. Hayy trata de mantenerse siempre en el estado de visión intuitiva de Dios, que es la perfección y el placer de su propia esencia Una vez que Hayy se cercioró de que la perfección y el placer de su propia esencia sólo consistían en la visión intuitiva, perpetua y siempre en acto, de este Ser necesario, hasta el punto de que no se debía apartar de Él ni un abrir y cerrar de ojos, para que, sorprendiéndole la muerte en estado de visión en acto, alcanzase un placer sin mezcla de mal alguno, se puso a reflexionar cómo podría conseguir la continuidad de esta visión intuitiva, de modo que no le ocurriese interrumpirla. Aplicaba un momento su reflexión a este Ser; y en seguida aparecía a su vista cualquier objeto sensible, hería sus oídos el grito de un animal, representábasele una imaginación, sentía dolor en algún miembro, experimentaba hambre, sed, calor o frío, o había de levantarse para hacer sus necesidades; y entonces se turbaba su reflexión, apartándose del estado obtenido, siéndole muy difícil volver sin gran esfuerzo al estado anterior, y temía que se le presentase la muerte hallándose en tal apartamiento y caer en la eterna desgracia y en el dolor de la separación. Ve que los animales y las plantas no conocen a este ser Esta situación le afligía, sin que pudiera encontrarle remedio. Se puso a observar todas las especies de animales, examinando sus actos y sus inclinaciones, por si acaso podía ver alguno que conociese a este Ser y tendiera hacia Él, para aprender cuál era la causa de su felicidad. Y vio que todos los animales se ocupan solamente en procurarse alimento, en la satisfacción de sus apetitos nutritivos y sexuales, en buscar la sombra o el calor: a esto dedican los días y las noches, hasta el momento de su muerte, delfine su existencia; y no halló a ninguno que se desviase de esta regla, ni se inclinara a otra cosa en momento alguno. Por lo cual se convenció de que los animales no tienen noticia de este Ser, ni deseo de él, ni lo conocen en ningún aspecto, sino que tienden a la nada o a un estado semejante. Formulado este juicio respecto de los animales, vio que era extensivo a las plantas, desde luego, puesto que no tienen sino parte de las facultades de que gozan los animales; y si los de percepción más perfecta no alcanzan este conocimiento, mucho menos lo obtendrán quienes las poseen más imperfectas. Tanto más cuanto que veía que todos los actos de las plantas no pasan de la nutrición y de la reproducción. Sospecha que los cuerpos celestes, en cambio, lo conocen Observó después los astros y las esferas, y vio que todos tienen movimientos ordenados y recorren su órbita de un modo regular; que son transparentes y brillantes, inaccesibles a la mutación y a la corrupción. Supuso vehementísimamente que, además de cuerpos, tienen esencias que conocen a este Ser necesario, y que tales esencias cognoscentes no son cuerpos ni están impresas en ellos. ¿Y cómo no habían de tenerlas, libres de la corporeidad, si él mismo poseía una, a pesar de su insignificancia y de su absoluta dependencia de las cosas sensibles? Pues él formaba parte de los cuerpos corruptibles, y, no obstante ser imperfecto, su esencia no podía menos de estar desligada de los cuerpos y de ser incorruptible. De aquí tuvo por evidente que los cuerpos celestes están, desde luego, en este caso, y comprendió que conocen al Ser necesario y lo ven siempre en acto, puesto que en los cuerpos celestes no se encuentra ninguno de los obstáculos, derivados de la intervención de las cosas sensibles, que en él interrumpían la continuidad de la visión intuitiva. Los cuerpos celestes son incorruptibles Reflexionó después acerca de por qué solamente él, entre las demás clases de animales, tenía esta esencia, por la cual se asemejaba a los cuerpos celestes. Ya se había cerciorado antes, al tratar de los elementos y de sus cambios mutuos, de que nada de lo que hay sobre la faz de la tierra mantiene su forma, sino que en todas las cosas se suceden siempre la generación y la corrupción; de que la mayor parte de estos cuerpos son mixtos, compuestos de cosas contrarias, por lo cual terminan alterándose; de que ninguno de ellos es puro y de que el que más se acerca a la pureza, a la falta de mezcla y de adulteración, es el que está más distante de corromperse, como el oro y el jacinto. Pero los cuerpos celestes son simples, puros; luego son incorruptibles y en ellos no se suceden las formas. Los seres son más perfectos a medida que tienen más formas También estaba cierto de que, entre los cuerpos existentes en el mundo de la generación y de la corrupción, hay unos, cuya realidad esencial subsiste por más de una forma, como las plantas, los animales. Los de la primera clase tienen pocos actos y están muy distantes de la vida, y si les faltara totalmente la forma, no tendrían ningún camino para vivir, viniendo a parar a un estado semejante a la nada. Los de la segunda tienen muchos actos y es más fácil su acceso a la vida; y si esta forma fuese tal que no hubiese medio para separarla de la materia que le es peculiar, entonces la vida alcanzaría el mayor grado de manifestación, permanencia e intensidad. La cosa privada totalmente de forma es la hyle, la materia: en ella no hay vida alguna, y es semejante a la nada. Las cosas subsistentes por una sola forma son los cuatro elementos, que están en el grado inferior del ser [respecto de la materia] en el mundo de la generación y de la corrupción; de ellos se componen las cosas dotadas de muchas formas; su vida es muy débil, pues no tienen más que un solo movimiento, y esa debilidad radica en que para cada uno de ellos hay un contrario, manifiestamente opuesto, que lo contrarresta en su tendencia natural y que propende a despojarlo de su forma; por lo cual no se consolida su existencia y su vida es débil. Las plantas tienen una vida más fuerte [que la que tienen los cuatro elementos]; los animales, mayor todavía, según lo que sigue: si en uno de estos compuestos la naturaleza de un elemento lo domina, éste, por razón de su poder, domina también la de los restantes, anula sus fuerzas, y el compuesto se somete al elemento dominador; por lo cual -de la misma manera que él- no es apto sino para unavida rudimentaria y débil. Si, por el contrario, no hay en el compuesto ningún elemento predominante, entonces todos los que lo integran son proporcionados e iguales; por tanto, ninguno anula la fuerza del otro en más proporción de lo que la suya propia, sino que los unos obran en los otros acciones iguales, ningún elemento actúa de modo más manifiesto que el otro, ni se apodera de él, y el compuesto está lejos de parecerse a ninguno de los elementos, como si su forma no tuviese contrario; por tanto, es apto para la vida. Por ende, cuanto mayor, más completa y más distante del desequilibrio es esta proporción, tanto más alejado está el compuesto de tener un contrario y es más perfecta su vida. Mas como el alma animal, que reside en el corazón, es precisamente muy proporcionada, ya que es más sutil que la tierra y el agua y más densa que el fuego y el aire, viene a estar en el término medio y ningún elemento le es contrario de un modo manifiesto, por lo cual resulta capaz de la forma de la animalidad. Razonamientos que mostraron a Hayy el parecido de su alma con los cuerpos celestes Vio Hayy deducirse de aquí necesariamente que la mejor proporcionada de estas almas animales es la más apta para la vida más perfecta que se halle en el mundo de la generación y de la corrupción; de esta alma casi puede decirse que su forma no tiene contrario; se parece, por tanto, a los cuerpos celestes, cuyas formas carecen de él. El alma de este animal, como realmente es medio entre los elementos, no se mueve de un modo absoluto ni hacia arriba ni hacia abajo; antes por el contrario, si se pudiese colocar a mitad de la distancia que hay entre [el centro del mundo] y la parte más alta a que puede alcanzar el fuego, sin sufrir ninguna corrupción, quedaría inmóvil en este sitio, sin tender a subir ni a bajar; si se moviese con movimiento de traslación, sería para girar alrededor del centro, como se mueven los cuerpos celestes; si lo hiciera con movimiento de rotación, sería para girar alrededor de sí mismo, tomando inevitablemente la figura esférica. Tiene, por tanto, gran semejanza con los cuerpos celestes. Hayy se ve entonces distinto de los demás animales Como Hayy había examinado los modos de ser de los animales, no viendo en ellos nada por lo cual pudiera suponer que tenían noción de la existencia del Ser necesario, y en cambio sabía de su propia esencia que la tenía, concluyó que él era el animal dotado de alma proporcionada, semejante a los cuerpos celestes a que antes se aludió. Cercioróse de que él era de una especie distinta a la de los restantes animales y de que había sido creado para otrofiny con un destino más alto que ninguna otra especie animal. Bastábale para suponer su nobleza el ver que la parte más vil de las dos que lo componían, o sea, la corpórea, era la cosa más parecida a las sustancias celestes, situadas fuera del mundo de la generación y de la corrupción, exentas de las novedades de la imperfección, modificación y cambio. Y la más noble de ambas era aquella por medio de la cual conocía la existencia del Ser necesario: algo soberano y divino, que no tiene inherente la corrupción, que no puede calificarse con nada de lo que determina a los cuerpos, que no se percibe por los sentidos, que no se imagina, a cuyo conocimiento no puede llegarse por otro medio que por él mismo, pero capaz de conocerse a sí propio; que es a la vez el inteligente, lo entendido y la intelección, el sabio, lo sabido y la ciencia, y que no se diversifica por esto, pues la diversidad y la separación son cualidades de los cuerpos y propiedades inherentes suyas, y aquí no hay cuerpo ni cualidad ni propiedad corpórea. Juzga necesario asemejarse a los cuerpos celestes y al ser necesario Cuando se cercioró de cómo se distinguía de las demás clases de animales por su semejanza con los cuerpos celestes, vio que le era necesario parecerse a éstos, imitar sus actos y poner su esfuerzo en asemejárseles. Vio también que él mismo se parecía algo al Ser necesario, gracias a su parte más noble, con la cual lo conociera, en cuanto que estaba exenta de cualidades corpóreas, de la misma manera que dicho Ser. Entonces comprendió que tenía la obligación de trabajar por adquirir para sí mismo, de cualquier modo posible, los atributos de Aquél, revestirse de sus cualidades, imitar sus acciones, esforzarse en cumplir su voluntad, poner en sus manos todos los asuntos, conformarse de corazón, interior y exteriormente, y hasta con alegría, con todos sus juicios, aunque fueran para su cuerpo una causa de dolor, un perjuicio y aún su ruina total. Otras asimilaciones que había de procurar, por ser cuerpo, por ser animal y por tener alma Vio asimismo Hayy que se parecía a las restantes especies de animales por razón de su parte vil, la cual pertenece al mundo de la generación y de la corrupción, o sea, el cuerpo tenebroso y grosero que le exigía diversas cosas sensibles, como la comida, la bebida, la unión sexual; que este cuerpo no le había sido dado inútilmente, ni unídosele en vano, por lo cual tenía la obligación de cuidarlo y de ocuparse de sus necesidades, y este cuidado no lo podía tener, sino por medio de actos semejantes a los de los animales. Los actos que tenía obligación de ejecutar se le representaban, pues, con una triple finalidad: unos, por los que se asemejaba a los animales irracionales; otros, por los que se parecía a los cuerpos celestes; y otros, en fin, por los que tendía hacia el Ser necesario. La primera asimilación le obligaba, en cuanto que tenía un cuerpo tenebroso, dotado de miembros diferentes, de facultades diversas y de instintos variados. Obligábale la segunda, en cuanto tenía un alma animal, cuya sede es el corazón, principio de todo el cuerpo y de las facultades que en él existen. Y, finalmente, la tercera, en cuanto que él era la esencia por cuyo medio conocía al Ser necesario; y ya sabía él que su felicidad y su salvación del mal sólo estribaban en la continuidad de su visión intuitiva de este Ser necesario, hasta el punto de no apartarse de ella ni un abrir y cerrar de ojos. Ventajas e inconvenientes de las tres asimilaciones dichas Reflexionó después en el medio por el cual alcanzaría esta continuidad, y sus cavilaciones le llevaron a juzgar que le era necesario obtener las tres clases de asimilación. La primera no le serviría de nada para conseguir la visión intuitiva; antes por el contrario, lo desviaba y le impedía su consecución, puesto que se ocupaba de las cosas sensibles, y todas ellas son un velo que la intercepta. Pero esta asimilación es necesaria para la conservación del alma animal, con la que se consigue la segunda asimilación, o sea, la de los cuerpos celestes; por esta razón es necesaria, aunque no esté exenta del citado perjuicio. La segunda asimilación ciertamente que le procuraría una gran parte de la visión intuitiva continua; pero ésta estaría mezclada, puesto que quien posee tal modalidad de visión intuitiva continua, tiene, al mismo tiempo, conciencia de su propia esencia y se vuelve a ella, según se demostrará más adelante. La tercera asimilación le procuraría la visión intuitiva pura, la absorción absoluta, en la que por ninguna razón se tiende a otra cosa que hacia el Ser necesario: del que consigue esta visión intuitiva, se borra, se desvanece, desaparece su propia esencia; y lo mismo le ocurre con las demás esencias, muchas o pocas, excepto la esencia del Ser uno, la Verdad, el Necesario (¡honrado, enaltecido y ensalzado sea!). Limitaciones que puso Hayy a su vida material, que era necesaria para su vida espiritual Cuando se cercioró de que su último objetivo era esta tercera asimilación, y que no la podría obtener sino a fuerza de hábito y ejercicio en la segunda, durante largo tiempo, y que este plazo no podría prolongarlo sino mediante la primera -la cual él sabía que, a pesar de ser necesaria, era un obstáculo per se, aunque una ayuda per accidens-, se obligó a no ocuparse de ella sino en la medida necesaria, es decir, la menor cantidad suficiente, con la cual pudiera subsistir el alma animal. Vio que para que el alma subsista, se requieren necesariamente dos cosas: una, la que al interior la provee y repara las pérdidas que haya tenido, es decir, el alimento; otra, la que la preserva del exterior y aparta de ella toda causa de perjuicio, como el frío, el calor, la lluvia, el ardor del sol, los animales dañinos, etc. Comprendió que si tomaba estas cosas necesarias sin peso y sin medida y conforme le ocurriese, tal vez caería en el exceso y tomara más de lo suficiente, trabajando en contra de sí mismo sin darse cuenta. Creyó, pues, que debía fijarse unos límites que no traspasara, unas medidas que no pudiera rebasar; y comprendió que debía fijar también el género de las cosas con que se alimentara: cuáles serían, en qué cantidad y con qué intervalo entre comida y comida. Clases y cantidad de alimentos que debía tomar Consideró primero los géneros de las cosas de que debía alimentarse, y vio que eran de tres clases: plantas que no han acabado su crecimiento, ni han alcanzado el límite de su desarrollo, o sea, las diferentes clases de legumbres verdes, que se pueden comer; frutos de plantas, perfectos, llegados a sazón, que han producido sus semillas para que de ellas nazca otro ser de su especie, es decir, las distintas clases de frutos verdes o secos; y los animales comestibles, bien sean terrestres, bien sean marinos. Ya sabía él que todos estos géneros de alimentos eran obra del Ser necesario, en cuya aproximación había él visto que consistía su felicidad y al cual tendía a asemejarse. Sin duda que el alimen