libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Scheler, Max (1874-1928) Max (Ferdinand) Scheler nació y desarrollo prácticamente toda su carrera en el sur de Alemania. Formado en la prestigiosa universidad de Jena, donde se "habilitó" en 1901, para seguir cursando estudios en Munich, ciudad en la que se había establecido un sólido núcleo de intelectuales interesados en la fenomenología de Husserl. Después de la Primera guerra mundial se estableció en Colonia para ser, a los 45 años, profesor titular en la universidad, ciudad que sólo dejó el año de su muerte para incorporarse a la universidad de Francfort. Coincide en ello con otros insignes intelectuales de su época, en los que su vasta influencia se ejerce no única ni directamente desde la cátedra universitaria, a la que acceden tarde o no acceden, sino por su presencia a través de publicaciones e intervenciones públicas. Fue considerado uno de los más eminentes discípulos del fundador de la fenomenología, aunque siguiendo rutas muy distintas del maestro, pasando su pensamiento por varias fases con cambios pronunciados. Sin embargo, y esto es lo que identifica su pensamiento, siempre se movió en el campo de la filosofía de la cultura y de la antropología en un sentido amplio. Así deben entenderse sus aportaciones en teoría de los valores, sociología del saber, filosofía de la religión, etc., campos en los que publicó obras consideradas fundamentales en las respectivas especialidades, siempre conectadas y con la vista puesta en el que fue su problema teórico fundamental y central: el del hombre. El campo de la antropología es, consecuentemente, uno de los más importantes y cuantitativamente más extensos de su producción. A la vez uno en los que ejerció y ha ejercido más influencia, destacando su producción por el intento de sintetizar una teoría que volviera a pensar la cuestión de la esencia del hombre (en una época como la suya marcada por la profunda crisis que recorrió la Europa de entreguerras) unida con una especial atención a la aplicación de este pensamiento a los problemas más urgentes que se le planteaban a la cultura (como la europea de aquél momento, que se entendía ella misma como una cultura en decadencia y que era necesario revitalizar). Valga como ejemplo o detalle del contexto el hecho de que Oswald Spengler, autor de la famosísima obra La decadencia de Occidente, de tanta influencia en aquél momento y no solo en Alemania (recordemos el caso de Ortega y Gasset en España), pertenece a la misma generación, a la misma región geográfica, y la obra se publica entre 1818 y 1822, el período más fecundo de Scheler. Fruto de su intención de volver a pensar cual es la esencia del hombre y cual es su relación con el mundo que le rodea, en aquél momento una relación tan problemática, es el libro El puesto del hombre en el cosmos (1928). De inmediato éxito, tras la muerte del autor el mismo año de la publicación, la obra se convirtió en punto de referencia de una antropología filosófica renovada y de corrientes de pensamiento que siguieron su planteamiento hasta convertirla en la obra fundacional de la antropología filosófica moderna que actualmente se investiga en la universidades. La líneas fundamentales esbozadas en esta obra se concretan en intervenciones sobre problemas y cuestiones concretas, la más frecuente de las cuáles fue para Husserl el tema de la guerra y del militarismo. Primero por su inmediatez como problema (una Europa salida de una sangrante guerra y perceptiblemente preparándose para otras) y después por su conexión con el tema (¿es el hombre fundamentalmente un ser animal y, por tanto, agresivo, por el contrario, es un ser cultural y social?). Fruto de estas intervenciones es la conferencia La idea de la paz y el pacifismo, pronunciada en Berlín en 1927, y no publicada hasta después de su muerte. Las dos obras conjuntamente ofrecen una visión clara de las preocupaciones de Scheler y, por extensión, de la cultura europea de ese período tan importante pero a la vez tan difícil, respecto de temas que no sólo no han cesado de aparecer como interesantes sino incluso actuales y de una inmediatez más que evidente. EL PUESTO DEL HOMBRE EN EL COSMOS Max Scheler El inesperado fallecimiento de Max Scheler en 1928 produjo un sentimiento en que el estupor se mezclaba con la aflicción. Su pérdida asumía literalmente el carácter de lo irreparable. Una serie magnífica de libros y estudios le habían conquistado una indiscutible posición de primera fila en la filosofía actual; no eran pocos los que veían en él su representante máximo y por excelencia. La riqueza de su pensamiento con dificultad admitía parangón. En la filosofía universal no escasean los hombres de las grandes ideas, de las concepciones de vasto alcance; tampoco son raros los filósofos que ofrecen con prodigalidad pensamientos agudos, brillantes y justos, pero que no llegan a definir una postura general y sistemática. El filósofo completo ha de conciliar las ideas ordenadoras y la riqueza de contenido concreto; las síntesis sumas y los más menudos mecanismos conceptuales capaces de aprisionar la pluralidad de la experiencia y conducirla en esencia hacia las últimas síntesis. Scheler poseía la capacidad admirable de sobresalir tanto en la idea genial como en los pensamientos menores; el esquema general dibujado por unas cuantas concepciones fundamentales, se llenaba en él con profundas intuiciones parciales, con observaciones precisas, con distingos sutiles. Manejaba con destreza semejante el análisis y la síntesis; un finísimo don de comprensión psicológica venía en ayuda de la especulación del filósofo, y el erudito aportaba por su lado un saber de historia de la filosofía que, apretado en fórmulas concisas en oposiciones e identificaciones atrevidísimas a veces y casi siempre sorprendentes, estimulaba la mente del lector tanto como las tesis originales. Aun a la distancia se adivinaba la intensidad de esta hoguera filosófica, que no llegaba al lector únicamente como un resplandor, sino que parecía traer hasta él el calor y aun las crepitaciones del fuego en que el filósofo se consumía. Sabido es que Scheler se adhirió a los principios de Husserl y figuró en las filas de la Fenomenología, el movimiento iniciado por Husserl, que heredó la hegemonía filosófica retenida hasta su advenimiento por las direcciones neokantianas, especialmente la de Marburgo. Pero pocos filósofos entre sí más distintos que Husserl y Scheler. Husserl era ante todo un lógico, una mente formada en la meditación matemática; Scheler prefería cuanto atañe más de cerca al hombre, y se preocupaba principalmente de los problemas del espíritu y de los valores. Husserl publicaba relativamente poco; le agradaba conservar inéditos sus manuscritos, únicamente accesibles al círculo de los iniciados. Scheler prodigaba libros y ensayos, en un ritmo que cuenta entre los más acelerados de la productividad filosófica de la época. Las coincidencias fundamentales entre Husserl y Scheler constan en el manifiesto fenomenológico de 1913, antepuesto al primer volumen del Anuario de filosofía y de indagación fenomenológica: había que retroceder hasta las fuentes vivas de la intuición hasta las esencias dadas intuitivamente y a priori, para esclarecer los conceptos y poner los problemas sobre sólidos basamentos. Luego se vio que ni la captación esencial ni las esencias mismas eran cosas idénticas para Husserl y Scheler. Para Scheler, el volverse hacia las esencias tiene un sentido y un alcance metafísicos, ajenos de todo punto al pensamiento del fundador de la fenomenología. En cuanto a las esencias, Scheler ampliaba fundamentalmente el cuadro de Husserl poniendo al lado de las esencias pensables o significativas —tomadas en cuenta por Husserl— otras desprovistas de significado realizable o pensable, irracionales: los valores, cuya teoría desarrolló en su libro famoso y magistral El formalismo en la ética y la ética material de los valores. Sus discrepancias de Husserl alimentan los brotes capitales de su filosofía. En su peculiar interpretación y estimación de la aprehensión esencial se apoya su metafísica; su doctrina de los valores parte del convencimiento de que el campo de las esencias, además del sector manifiesto a la razón, tiene otro que sólo es captable emocionalmente. Pero si es palmario que Scheler se afirma a sí mismo en cuanto difiere y se aparta de Husserl, lo es también que Husserl le proporcionó el método por el cual le fue posible crear su filosofía, asumiendo una posición resueltamente original en los cuadros del pensamiento de la etapa postrera. En este punto conviene advertir que Scheler traía una singular preparación, obtenida a lo largo de muy tempranas meditaciones, para interpretar y aun hacer entrañablemente suyo el método recién propuesto; en efecto, en su trabajo de 1900, El método trascendental y el método psicológico, palpitaba la exigencia de un método nuevo para la filosofía. Una de las peculiaridades de Max Scheler es desarrollar su propio pensamiento en permanente confrontación y contraste con los resultados del pensamiento ajeno, tanto del individual como del que oscuramente se va condensando en vastas representaciones colectivas. Su filosofía atiende de continuo a las demás vistas filosóficas, a las doctrinas científicas aun en sus últimas expresiones, a las tesis e intuiciones de “concepción del mundo”. Otra señalada nota suya es la tensión, apasionada intensidad del pensamiento. Manuel García Morente ha ejemplificado en tres símbolos tomados del arte tres actitudes del que piensa: la del vago ensueño (Il Pensieroso), la del buceo solitario y doloroso en la propia profundidad (Le Penseur de Rodin) y la de la meditación en solidaridad y diálogo (El Doncel de Sigüenza, que medita ante un libro abierto). Scheler adopta sin duda esta última actitud; ante él están los libros, todos los libros; están también las ideas que acaso nunca fijadas en el papel, viven a nuestro alrededor y se nos insinúan, más imperiosas y vitales por lo mismo que no escritas y apenas conscientes. Pero acaso no baste el símbolo del Doncel, demasiado apacible, para significar la manera de Scheler; el libro ante él no siempre se puede imaginar seguro. La mano que pasa las páginas la adivinamos crispándose de pronto, estrujando violentamente el volumen mientras la mirada se vuelve hacia adentro y el pensamiento atiende sólo a su propia hondura, en el olvido de todo lo demás, tal como nos lo representa la efigie rodiniana. La tensión espiritual de Scheler tiene una de sus manifestaciones en las sucesivas correcciones de sus puntos de vista. Nunca temió corregirse y aun indica al lector alguna vez la pista de sus evoluciones, que no en todos los casos transcurrieron sin atraerle críticas agresivas y aun ataques violentos, dentro y fuera del campo filosófico. En su estilo se suele reflejar tal tensión de modo diverso, y aun quien lo lee en traducciones percibe un eco de ella, bien en la apasionada elocuencia de ciertos pasajes de El puesto del hombre en el cosmos y de El saber y la cultura, bien en el paso rápido de la Sociología del saber, donde las ideas se suceden como empujándose y hasta superponiéndose, obligando al lector a distinguir y separar por su cuenta lo que se le va ofreciendo en serie apretadísima y seguida. Pero acaso la más evidente muestra de lo intenso de su actividad intelectual está en la reelaboración y ampliación a que con frecuencia sometía sus libros, en su planeo de obras nuevas, en la referencia habitual a los escritos en preparación. La obra producida no quedaba definitivamente atrás, sino que seguía en el taller, se rehacía en la mente del autor; la obra futura se prefiguraba y hacía presente en la obra actual. Y en cada uno de sus momentos el pensador parecía vivir todo su pensamiento, el logrado, el actual y el previsto, en una sorprendente dinámica creadora. Max Scheler nació en Munich en 1875; recorrió los grados inferiores de la docencia universitaria en Jena y Munich, y tras largo alejamiento de la cátedra ocupó la de titular en Colonia (1919). Influido primeramente por Eucken, se adhirió después, como ya se ha dicho, a la Fenomenología figurando como uno de los colaboradores iniciales del Anuario editado por Husserl a partir de 1913. La muerte —en Francfort, a poco de iniciar sus enseñanzas en aquella Universidad— le sobrevino a consecuencia de una falla cardiaca, y vino a rubricar así coherentemente una vida dedicada en su parte esencial a desentrañar las posibilidades encerradas en las referencias pascalianas a un “ordre du coeur”, a una “logique du coeur”. Su obra principal, El formalismo en la ética y la ética material de los valores (1913-1916), aparecida en primera edición en el Anuario de Husserl, documenta desde el título una de las características del procedimiento de Scheler, la manera dialogal de su pensamiento. No se limita a exponer y fundamentar una ética material (esto es, de los contenidos éticos, no de las meras formas éticas), sino que desarrolla sus ideas llevando de frente una crítica al formahsmo ético de Kant; pero tanto como contra el formalismo kantiano, combate contra el empirismo ético, contra todo relativismo y psicologismo. Aunque lo ético es el tema central del libro, este motivo anida y se ensambla en una vasta y profunda doctrina general de los valores, cuyos antecedentes son conocidos hasta Lotze y Brentano, pero cuyo designio y desarrollo son inalienable propiedad de Scheler. Indudablemente estamos aquí ante uno de los libros más poderosos y originales de la filosofía actual, un libro que podría llamarse definitivo —si lo definitivo tuviera su patria en la filosofía, cuya consigna y destino son adelantar sin reposo1 Prescindiendo de sus escritos no traducidos que él mismo agrupa alrededor de El formalismo en la ética, conviene aproximar a este libro otros dos, El resentimiento en la mora2 y Esencia y formas de la simpatía3. En el primero, la extraordinaria penetración psicológica del filósofo, que se manifiesta a menudo en casi todos sus escritos, se mueve libremente y patentiza su doble virtud, la capacidad para la intuición descubridora y la destreza para el análisis de increíble finura. Sobre este tema del don psicológico de Scheler hay que destacar que, no admitiendo acaso comparación sino con las facultades de Nietzsche y Klages, aparece en Scheler sin el vicio correspondiente, es decir, sin la general postura psicologista característica de aquéllos. El enérgico rechazo de todo psicologismo por parte de este hombre que como pocos comprendió y vivió el psiquismo humano, es para mí uno de sus más singulares caracteres, y acaso sea uno de los signos de su genialidad. En cuanto a Esencia y formas de la simpatía, reúne tres grupos de problemas: los de la simpatía o participación afectiva; los del amor y odio, sentimientos que para Scheler son independientes de aquellos otros, y las cuestiones atinentes a la percepción del yo ajeno, a las que da una solución tan personal como atrevida. Todo el libro está gobernado por una concepción general que es también uno de los sustentáculos de su ética: la te-sis de que, al lado de las leyes causales y de la dependencia psicofísica que ligan la vida emocional a los fenómenos corporales, hay otras de índole autónoma que rigen ciertas for-mas superiores de lo emocional y les confieren un sentido irreductible a cualquier relación psicofísica. La indagación se acompaña de un examen detallado y crítico de las posiciones adversarias, que importa una revisión casi total del problema, especialmente en lo tocante a los dos primeros órdenes de cuestiones, ya que el tercer punto (percepción del prójimo), aunque ampliado en la segunda edición, no llegó a perder del todo el carácter de apéndice con que figuraba en la primera redacción. En la reelaboración de su escrito, el autor lo concibió como cabeza de una serie de estudios sobre las leyes de la vida emocional, en la que figurarían trabajos sobre los sentimientos de pudor, los de angustia y miedo y los del honor. Otro aspecto relativamente independiente de su incansable actividad lo proporciona la Sociología del saber. También de este importante escrito dio dos redacciones, la primera (1924) como una especie de introducción o presentación general de problemas que otros investigadores perseguían en el mismo volumen en lo particular y monográfico; la segunda (1926), rehecha parcialmente y ampliada en una tercera parte4, en el volumen Las formas del saber y la sociedad, juntamente con un extenso e importante estudio sobre teoría del conocimiento y un ensayo sobre la Universidad. Así como los problemas del valor ético, según hemos visto, están presentados en El formalismo en la ética dentro del marco de una teoría general de los valores, los problemas de la sociología del saber van precedidos del esbozo total de una sociología, para separar en ella el especial dominio de la sociología de la cultura, en la cual a su vez, como porción principal, está la sociología del saber en opinión de nuestro autor. Por lo que toca a la sociología en su conjunto, distingue Scheler en ella dos sectores, la sociología real y la de la cultura. El supuesto para la primera es una teoría de los impulsos humanos, mientras que el de la segunda es la teoría del espíritu humano; ambas doctrinas debían ser desenvueltas en la Antropología filosófica, libro cuya aparición anunciaba Scheler para 1929. El puesto del hombre en el cosmos, según el propio autor advierte, da en resumen sus ideas sobre los puntos capitales de la antropología en cuanto doctrina filosófica del hombre. Todo intento serio de comprender cumplidamente a Scheler debe apoyarse ante todo en su teoría de los valores y en sus ideas sobre el ser del hombre, recogidas en El puesto del hombre en el cosmos5 Es éste también un libro dialógico; en el que el pensamiento del autor marcha en grandes tramos apareado al pensamiento ajeno en referencia explícita o en alusión más o menos transparente, para rebatirlo, para asentir a él más o menos parcialmente, para subrayar una estima o una censura. Y como su origen fue una conferencia, mantiene la exposición un tono vivaz, y a la señalada manera dialogal viene a sumarse ese otro rudimento de diálogo que hay siempre en las palabras que marchan directas hacia un auditorio. Como el título lo dice, la materia antropológica consignada en el libro se dispone y orienta según un fin preciso, el de estatuir la situación del hombre en la totalidad del ser. Durante el siglo xix era un tema bastante común éste de fijar la posición del hombre en el mundo, que de ordinario se resolvía en la dirección de un naturalismo biologista que demandaba a Darwin sus mejores razones. Contra tales vistas, que suponen un único principio en lo humano, el principio vital de la serie animal, depurado a lo largo de la evolución, pero sin romper de ninguna manera en provecho del hombre la unidad de los seres vivos. Scheler renueva un dualismo frecuente en la mejor filosofía, que ve en el hombre el habitante de dos reinos diferentes. La clave de la posición de Scheler está en dos concepciones suyas que estrechamente se relacionan, la noción de valor y la de espíritu. Los valores constituyen un orden de instancias objetivas y absolutas, de momentos definidos por una validez y prestigio ajenos a cualquier condicionalidad, a cualquier relatividad y contingencia. El espíritu, a su vez, se define por su capacidad para volverse hacia ese mundo sui generis de los valores y de las esencias. Como se ve, hay una notable unidad en el pensamiento del filósofo, aunque la dispersión de sus escritos no la muestre siempre con evidencia. Lo dicho es suficiente para mostrar el acuerdo o, mejor dicho, la perfecta coherencia entre su antropología y su axiología; tampoco es difícil ver cómo de su concepción dualística del hombre, ser de impulsos y de espíritu al mismo tiempo, brota su sociología, igualmente dualística en cuanto sociología real y sociología de la cultura. Y con idéntica consecuencia en lo esencial se eleva a los supremos supuestos metafísicos, que el lector puede atisbar en algunos pasajes de El puesto del hombre en el cosmos y de El saber y la cultura6. Niega Scheler tanto que la inteligencia propiamente dicha sea una posesión exclusiva del hombre, como que, por poseerla en común con el animal, no exista diferencia fundamental entre ambos. El ser psicofísico o vital recorre grados cuyas estaciones son el impulso afectivo, el instinto, la memoria asociativa, la inteligencia práctica. La inteligencia práctica se da así en los animales superiores como en el hombre: “Entre un chimpancé listo y Edison (tomado éste sólo como técnico), no existe más que una diferencia de grado, aunque ésta sea muy grande”. El hombre, hasta en cuanto sujeto de inteligencia práctica o utilitaria, pertenece a la serie vital; pero posee otro principio, irreductible al orden biológico, que lo singulariza y aparta, situándole en un solitario recinto del cosmos que en exclusividad le pertenece. Este principio es el espíritu, que Scheler determina con una clarividencia en que se aparean el atrevimiento en la afirmación de lo que le parece indudable y la medida prudencia en lo dudoso. Frente a cualquier naturalismo, las precisiones de Scheler proporcionan, para la doctrina del espíritu, las bases acaso más firmes y de más largo porvenir que podamos hallar en toda la filosofía reciente; frente a las amables ensoñaciones de algunos arrojados filósofos de la espiritualidad, sus cautelas garantizan una marcha segura, protegida contra el argumento fácil del adversario. FRANCISCO ROMERO PRÓLOGO DEL AUTOR Este trabajo representa un breve y comprimido resumen de mis ideas sobre algunos puntos capitales de la Antropología filosófica, que tengo entre las manos hace años y que aparecerá a principios del año 1929. Las cuestiones: “¿Qué es el hombre y cuál es su puesto en el ser?”, me han ocupado de un modo más directo y esencial que todas las demás cuestiones de la filosofía, desde el primer despertar de mi conciencia filosófica. Pero desde el año 1922 los largos esfuerzos que he hecho, abordando el problema por todos los lados posibles, se han concentrado en la composición de una gran obra, dedicada a este asunto; y he tenido el placer creciente de ver que la mayor parte de los problemas filosóficos, que ya había tratado, convergían más y más sobre esta cuestión. Repetidamente se me ha expresado el deseo de ver publicada parte de mi conferencia El puesto singular del hombre, que di en Darmstadt en abril de 1927, con motivo de la reunión de la Escuela de la Sabiduría (véase también El Candelabro, VIII, 1927). La presente obra satisface ese deseo. Si el lector quiere conocer las etapas de la evolución de mis ideas sobre este gran tema, le recomiendo que lea sucesivamente: 1. El ensayo Sobre la idea del hombre, publicado por primera vez en la revista Summa, 1918, y recogido más tarde en mi colección de artículos y ensayos Del derrocamiento de los valores, tomo 1, 3ª edición, 1927, Leipzig, Editorial “Neuer Geist”, y mi ensayo El resentimiento en la moral (en las publicaciones de la Revista de Occidente); 2. Los capítulos correspondientes de mi obra El formalismo en la ética y la ética material de los valores (1913), 3ª ed, Niemeyer, Halle, página 9277; y los capítulos correspondientes, sobre la especificidad de la vida afectiva humana, en mi libro Esencia y formas de la simpatía, 3ª edición, Cohen, Bonn (hay traducción francesa). 3. Sobre la relación del hombre con la filosofía de la historia, y la sociología debe consultarse mi artículo El hombre y la historia, en la Neue Rundschau, noviembre de 1926, que aparecerá, probablemente, como folleto en otoño de 1928, en la editorial de la Neue Schweizer Rundschau, Zurich, y mi obra Las formas del saber y la sociedad, editorial “Neuer Geist”, 1926. Sobre la relación del hombre, el saber y la cultura, véase El saber y la cultura, publicación de la Revista de Occidente. 4. Mis opiniones sobre las posibilidades evolutivas del hombre han sido expuestas por mí en la conferencia El hombre en la época venidera del equilibrio, impresa en la obra colectiva y de próxima aparición, El equilibrio, como programa y destino, editada por la Escuela Superior de Política, en la serie “Ciencia política”, Berlín, editorial W. Rothschild, 1928. En mis lecciones sobre los “Fundamentos de la Biología”, sobre “Antropología filosófica”, “Teoría del Conocimiento” y “Metafísica”, dadas en la Universidad de Colonia entre 1922 y 1928, he expuesto repetida y extensamente los resultados de mis investigaciones, superando con mucho los fundamentos aquí indicados. Puedo comprobar con cierta satisfacción que los problemas de antropología filosófica han llegado actualmente en Alemania a ocupar el centro de la preocupación filosófica; y aun más allá del círculo profesional de la filosofía también los biólogos, médicos, psicólogos y sociólogos trabajan en bosquejar una nueva imagen de la estructura esencial del hombre. Pero, prescindiendo de esto, los problemas que el hombre se plantea acerca de sí mismo han alcanzado en la actualidad el máximo punto que registra la historia por nosotros conocida. En el momento en que el hombre se ha confesado que tiene menos que nunca un conocimiento riguroso de lo que es, sin que le espante ninguna respuesta posible a esta cuestión, parece haberse alojado en él un nuevo denuedo de veracidad; el denuedo de plantearse este problema esencial de un modo nuevo, sin sujeción consciente —o sólo a medias o a cuartas partes consciente— a una tradición teológica, filosófica y científica, como era usual hasta aquí; el denuedo de desenvolver una nueva forma de la conciencia y de la intuición de sí mismo, aprovechando a la vez los ricos tesoros de saber especializado, que han labrado las distintas ciencias del hombre. Francfort del Meno, fin de abril de 1928. MAX SCHELER. I N T R O D U C C I Ó N EL PROBLEMA EN LA IDEA DEL HOMBRE Si se pregunta a un europeo culto lo que piensa al oír la palabra hombre, casi siempre empezarán a rivalizar en su cabeza tres círculos de ideas, totalmente inconciliables entre sí. Primero, el círculo de ideas de la tradición judeocristiana: Adán y Eva, la creación, el Paraíso, la caída. Segundo, el círculo de ideas de la antigüedad clásica; aquí la conciencia que el hombre tiene de sí mismo se elevó por primera vez en el mundo a un concepto de su posición singular mediante la tesis de que el hombre es hombre porque posee “razón”, logos, fronesis, ratio, mens, etc., donde logos significa tanto la palabra como la facultad de apresar el “qué” de todas las cosas. Con esta concepción se enlaza estrechamente la doctrina de que el universo entero tiene por fondo una “razón” sobrehumana, de la cual participa el hombre y sólo el hombre entre todos los seres. El tercer círculo de ideas es el círculo de las ideas forjadas por la ciencia moderna de la naturaleza y por la Psicología genética y que se han hecho tradicionales también hace mucho tiempo; según estas ideas, el hombre sería un producto final y muy tardío de la evolución del planeta Tierra, un ser que sólo se distinguiría de sus precursores en el reino animal por el grado de complicación con que se combinarían en él energía y facultades que en sí ya existen en la naturaleza infrahumana. Esos tres círculos de ideas carecen entre sí de toda unidad. Poseemos, pues, una antropología científica, otra filosófica y otra teológica, que no se preocupan una de otra. Pero no poseemos una idea unitaria del hombre. Por otra parte, la multitud siempre creciente de ciencias especiales que se ocupan del hombre, ocultan la esencia de éste mucho más de lo que la iluminan, por valiosas que sean. Si se considera, además, que los tres citados círculos de ideas tradicionales están hoy fuertemente quebrantados, y de un modo muy especial la solución darwinista al problema del origen del hombre, cabe decir que en ninguna época de la historia ha resultado el hombre tan problemático para sí mismo como en la actualidad. Por eso me he propuesto el ensayo de una nueva antropología filosófica sobre la más amplia base. En lo que sigue quisiera dilucidar tan sólo algunos puntos concernientes a la esencia del hombre, en su relación con el animal y con la planta, y al singular puesto metafísico del hombre —apuntando una pequeña parte de los resultados a que he llegado. Ya el término y el concepto de hombre encierran una pérfida anfibología, sin aclarar la cual ni siquiera se puede acometer la cuestión del singular puesto del hombre. La palabra hombre indica en primer lugar los caracteres morfológicos distintivos que posee el hombre como subgrupo de los vertebrados y de los mamíferos. Es claro que —cualquiera que sea el resultado que ofrezca este modo de formar el concepto de hombre— el ser vivo llamado hombre, no sólo está subordinado al concepto de animal, sino constituye también una provincia relativamente muy pequeña del reino animal. Así continúa siendo el caso, aun cuando, con Linneo, llamemos al hombre el “ápice de la serie de los vertebrados mamíferos” —lo que, por lo demás, es muy discutible objetiva y conceptualmente—; pues también este ápice, como todo ápice de una cosa, sigue perteneciendo a la cosa de que es ápice. Mas prescindiendo por completo de semejante concepto, que junta en la unidad del hombre la marcha erecta, la transformación de la columna vertebral, el equilibrio del cráneo, el potente desarrollo cerebral del hombre y las transformaciones orgánicas que la marcha erecta tuvo por consecuencia (como la mano de pulgar oponible, el retroceso de la mandíbula y de los dientes, etc.), la misma palabra “hombre” designa en el lenguaje corriente y en todos los pueblos cultos, algo tan totalmente distinto, que apenas se encontrará otra voz del lenguaje humano en que se dé análoga anfibología. La palabra hombre designa, en efecto, asimismo un conjunto de cosas que se oponen del modo más riguroso al concepto de “animal en general” y, por lo tanto, también a todos los mamíferos y vertebrados y a éstos, en el mismo sentido que, por ejemplo, al infusorio Stentor, aunque no es discutible que el ser vivo llamado hombre es, desde el punto de vista morfológico, fisiológico y psicológico, incomparablemente más parecido a un chimpancé que el hombre y el chimpancé a un infusorio. Es claro que este segundo concepto del hombre ha de tener un sentido y un origen completamente distintos del primero, que designa sólo un rincón muy pequeño de la rama de los vertebrados8. Llamaré a este segundo concepto el concepto esencial del hombre, en oposición a aquel primer concepto sistemático natural. El tema de nuestra conferencia es: si ese segundo concepto, que concede al hombre como tal un puesto singular, incomparable con el puesto que ocupan las demás especies vivas, tiene alguna base legítima. I LOS GRADOS DEL SER PSICOFISICO El puesto singular del hombre nos aparece claro cuando dirigimos nuestra atención a la es-tructura total del mundo biopsíquico. A este fin voy a partir de una serie gradual de las fuerzas y facultades psíquicas, en la forma en que la ciencia la ha ido estableciendo paulatina-mente. Por lo que se refiere al límite de lo psíquico, coincide con el límite de la vida en general9. Junto a las propiedades objetivas que pertenecen esencialmente al fenómeno de las cosas llamadas vivas (en cuyo detalle no puede entrar, por ejemplo, el automovimiento, la autoformación, la autodiferenciación, la autolimitación en sentido espacial y temporal) presentan los seres vivos otro carácter, para ellos esencial y que es el hecho de que no sólo son objetos para los observadores externos, sino que poseen además un ser para sí, un ser intimo, en el cual se hacen íntimos consigo mismo. De este carácter puede demostrarse que posee, en su estructura y en la forma de su curso, la más estrecha comunidad ontológica con aquellos fenómenos objetivos de la vida. IMPULSO AFECTIVO - (PLANTA) El grado ínfimo de lo psíquico, o sea, de lo que se presenta objetivamente (o por fuera) como “ser vivo” y subjetivamente (o por dentro) como “alma”, y a la vez el vapor que lo mueve todo, hasta las alturas luminosas de las actividades espirituales, suministrando la energía a los actos más puros de pensamiento y a los actos más tiernos de radiante bondad es el impulso afectivo sin conciencia, ni sensación, ni representación. Como la misma palabra “impulso” indica, en él no se distinguen todavía el “sentimiento” y el “instinto” que, como tal, tiene siempre una orientación y finalidad específica “hacia” algo, por ejemplo, hacia el alimento, hacia la satisfacción sexual, etc. Una mera “dirección hacia” y “desviación de” (por ejemplo, de la luz), un placer y un padecer sin objeto, son los dos únicos estados del impulso afectivo. Pero este impulso se distingue ya netamente de los centros y campos de fuerza, que están en la base de las imágenes trasconscientes llamadas cuerpos inorgánicos. En ningún sentido puede atribuirse a éstos un ser íntimo. Debemos y podemos adjudicar ya a las plantas este primer grado de la evolución psíquica, que se presenta en el impulso afectivo10. Pero de ningún modo es lícito concederles también sensación y conciencia, como hizo Fechner. Quien con éste considere —ilegítimamente. La “sensación” y la “conciencia” como los componentes más elementales de lo psíquico, deberá negar que las plantas estén animadas. El impulso afectivo de las plantas está ya, sin duda, adaptado a su medio, a un desarrollo en su medio, con arreglo a las direcciones finales del “arriba” y el “abajo”, o sea, hacia la luz y hacia la tierra; pero esta adaptación lo es sólo al conjunto inespecificado de estas direcciones del medio —a posibles resistencias y efectivdades (importantes para la vida del organismo) en ellas, no a componentes del mundo ambiente, no a estímulos determinados, a los cuales correspondan especiales cualidades sensibles y elementos representativos—. La planta reacciona, por ejemplo, específicamente a la intensidad de los rayos luminosos; pero no de modo diferente a los colores ni a las direcciones de los rayos. Según las recientes y detenidas investigaciones del botánico holandés Blaauw, no se puede atribuir a las plantas ningún tropismo específico, ninguna sensación, ni tampoco los menores indicios de un arco reflejo, ni asociaciones, ni reflejos condiciona-dos, ni, por tanto, ninguna clase de “órganos sensoriales”, como los que Haberlandt trató de definir en una detenida investigación. Los fenómenos de movimiento, provocados por estímulos y que eran referidos antes a ese grupo de cosas, se han revelado partes de los movimientos generales de desarrollo en la planta. Preguntémonos ahora cuál es el concepto más general de la sensación. En los animales superiores, los estímulos ejercidos sobre el cerebro por las glándulas sanguíneas, representa-rían las “sensaciones” más primitivas y constituirían la base tanto de las sensaciones orgánicas como de las sensaciones procedentes de procesos exteriores. Pues bien, el concepto de sensación contiene: 1º) cierto anuncio interno específico que de un estado orgánico y cinético momentáneo del ser vivo llega a un centro, y 2º) cierta modificabilidad de los movimientos, que se producen en el momento subsiguiente inmediato, a consecuencia de dicho anuncio. Según esta definición del concepto de sensación, la planta no posee ninguna sensación; ni tampoco ninguna “memoria” específica, que rebase la dependencia en que sus esta-dos vitales se encuentran respecto del conjunto de su historia anterior; ni tampoco verdadera capacidad de aprender, como la que revelan ya los infusorios más sencillos. Algunas investigaciones que pretendieron descubrir en las plantas reflejos condicionados y cierta capacidad de adiestramiento, habían incurrido sin duda en errores. El empuje general de crecimiento y reproducción, contenido en el “impulso afectivo”, es lo único que hay en la planta de eso que llamamos vida instintiva en los animales. La planta suministra, por tanto, la prueba más clara de que la vida no es esencialmente voluntad de poderío (Nietzsche), puesto que ni busca espontáneamente su sustento, ni en la reproducción elige de un modo activo su pareja. Es fecundada pasivamente por el viento, las aves y los insectos; y, puesto que ella misma se prepara en general el alimento que necesita, con materias inorgánicas, que existen en cierta medida por todas partes, no ha menester como el animal dirigirse a determinados lugares para encontrar su sustento.,. El hecho de que la planta no disponga de libre espacio para el movimiento espontáneo de traslación, que tiene el animal, y no posea ninguna sensación ni instinto específico, ninguna asociación, ningún reflejo condicionado ni verdadero sistema nervioso y de poderío, constituye por lo tanto un conjunto de deficiencias, que se comprenden de modo perfectamente claro e inequívoco por su estructura ontológica. Cabe demostrar que si la planta tuviese una sola de esas cosas, necesitaría tener también otra y todas las demás. Como no hay ninguna sensación sin impulso motor y sin conato simultáneo de acción motriz, debe faltar todo sistema de sensaciones allí donde falte el sistema de poderío (la captura activa de la presa, la elección sexual espontánea). El repertorio de las cualidades sensibles que posee un organismo animal nunca es mayor que el repertorio de sus movimientos espontáneos; y es siempre una función de este último. La dirección esencial de la vida, que designa la palabra vegetativo —los muchos fenómenos de transición entre la planta y el animal, ya conocidos por Aristóteles, prueban que los conceptos de que nos ocupamos aquí no son conceptos empíricos— es un impulso dirigido íntegramente hacia fuera. Por eso llamo extático al impulso afectivo de la planta, para indicar que a ésta le falta totalmente el anuncio retroactivo de los estados orgánicos a un centro, anuncio que es propio de la vida animal; le falta completamente esa reversión de la vida sobre sí misma, esa reflexio, por primitiva que sea, de un estado de intimidad “consciente”, por débil que sea. Pues la conciencia surge en la reflexio primitiva de la sensación, y siempre con ocasión de las resistencias que se oponen al movimiento espontáneo primitivo11. Ahora bien: la planta puede carecer de sensaciones, porque —químico máximo entre los seres vivos— se prepara ella misma el material de su arquitectura orgánica con las sustancias inorgánicas. Su existencia se reduce, pues, a la nutrición, al crecimiento, a la reproducción, a la muerte (sin una duración específica de vida). No obstante, existe ya en la existencia vegetativa el fenómeno primordial de la expresión, cierta fisiognómica de los estados internos: marchito, lozano, exuberante, pobre, etc. La “expresión” es, en efecto, un fenómeno primordial de la vida y no, como Darwin pensaba, un con-junto de acciones atávicas adaptadas. En cambio, lo que falta asimismo completamente a la planta son las funciones de notificación que encontramos en todos los animales y que determinan el trato de unos animales con otros, y emancipan ampliamente al animal de la presencia inmediata de las cosas, que tienen para él una importancia vital. Pero sólo en el hombre se alza sobre las funciones de expresión y notificación la función de representación y denominación de signos, como veremos. Con la conciencia de la sensación falta también a la planta toda vida, de “vigilia”; la cual nace de la función vigilante de la sensación. Por añadidura, su individualización, la medida de su hermetismo espacial y temporal, es mucho menor que en el animal. Se puede afirmar que la planta testimonia mucho más que el animal la unidad de la vida, en sentido metafísico, y el paulatino carácter evolutivo de todas las formas de la vida, modeladas en complejos cerrados de materia y energía. Tanto para sus formas como para sus modos de conducirse fracasa por completo el principio de la utilidad, tan desmedidamente sobreestimado por los darwinistas como por los teístas; y por completo también fracasa el lamarckismo. Las formas de sus partes foliadas revelan, con más insistencia aún que las innumerables formas y colores de los animales, un principio de fantasía juguetona y puramente estético en la raíz ignota de la vida. No encontramos aquí el doble principio del guía y los secuaces, del ejemplo y la imitación, tan esencial en todos los anima les que viven en grupos. La deficiente centralización de la vida vegetativa, y muy en especial la falta de sistema nervioso, hace que la dependencia de los órganos y las funciones orgánicas sea justamente en la planta más íntima por naturaleza que en los animales. Cada estímulo modifica el estado total de la vida en la planta, mucho más que en el animal; la causa de ello es la naturaleza del sistema histológico encargado de conducir los estímulos en la planta. Por eso es más difícil y no más fácil (en general) dar en la planta una explicación mecánica de la vida que no en el animal. Con la mayor centralización del sistema nervioso en la serie animal surge también una mayor independencia de sus reacciones parciales; y con ésta se produce cierta semejanza del cuerpo animal a la estructura de una máquina. Este primer grado del aspecto interior de la vida, el impulso afectivo, existe también en el hombre. Como veremos, el hombre contiene todos los grados esenciales de la existencia, y en particular de la vida; y en él llega la naturaleza entera (al menos en las regiones esencia-les) a la más concentrada unidad de su ser. No hay sensación, ni percepción, por simple que sea, ni representación, tras de la cual no esté ese oscuro impulso, el cual alimenta la sensación con ése su fuego, constante cesura entre los períodos de vigilia y de sueño. Aun la sensación más simple es siempre función de una atención impulsiva, nunca mera secuela del estímulo. Al mismo tiempo, este impulso representa la unidad de todos los instintos y afectos del hombre, tan numerosos y variados. Según modernos investigadores, estaría localizado en el tronco cerebral del hombre, que probablemente es también centro de las funciones glandulares endocrinas, agente de los procesos corporales y psíquicos. El impulso afectivo es, además, el sujeto —también en el hombre— de esa primaria sensación de resistencia, que constituye la raíz de toda posesión de “realidad” y “efectividad” y en especial la raíz de la unidad de la realidad y de la impresión de la realidad, que precede a todas las funciones representativas, como he demostrado ampliamente en otros lugares [Cf. mis ensayos El trabajo y el conocimiento en Las formas del saber y la sociedad, Leipzig, 1926, y El problema de la realidad, Cohen, Bonn, 1928]. Las representaciones y el pensamiento mediato nos indican solamente el modo de ser y el diferente ser de esa realidad; pero ella misma, como “realidad” de lo real, nos es dada en una resistencia universal, acompañada de angustia, o en una sensación de resistencia. El sistema nervioso “vegetativo”, que regula ante todo la distribución de los alimentos representa organológicamente, como ya indica su nombre, la vegetalidad existente aún en el hombre. Una periódica sustracción de energía al sistema animal, que regula las relaciones externas de poderío, a favor del vegetativo, es, probable-mente, la condición fundamental del ritmo de los estados de vigilia y sueño; el sueño es, por lo tanto, un estado relativamente vegetativo del hombre. INSTINTO (ANIMAL) La segunda forma psíquica esencial, que sigue al impulso afectivo extático en el orden gradual y objetivo de la vida, es el instinto palabra de sentido e interpretación muy oscuros y discutidos. Evitaremos esta oscuridad, absteniéndonos en un principio de toda definición por conceptos psicológicos y definiendo el instinto exclusivamente por la llamada “conducta” del ser vivo. La conducta de un ser vivo es, en primer término, objeto de una observación externa y posible descripción Pero esta conducta en circunstancias cambiantes del medio, puede determinarse independientemente de las unidades fisiológicas de movimiento, que la sustentan; y puede determinarse también sin introducir en su característica conceptos de estímulos físicos o químicos. Podemos determinar unidades y variaciones de la conducta, en circunstancias variables, independientemente y antes de toda explicación causal; y obtenemos así relaciones fijas, que tendrán sentido, puesto que presentan un carácter integral y teleoklino. Es un error de los “behavioristas” el admitir ya en el concepto de la conducta la génesis fisiológica de su producción. Lo más valioso en el concepto de la conducta es justamente el ser un concepto psicofísicamente indiferente. Es decir: que toda conducta es siempre también expresión de estados internos. Puede y debe, por tanto, ser explicada siempre de dos modos, fisiológica y psicológicamente a la vez. Tan erróneo es preferir la explicación psicológica a la fisiológica como ésta a aquélla. En este sentido, llamamos instintiva una conducta que posee las siguientes notas: ha de tener, en primer lugar, relación de sentido, ya porque posea positivamente sentido, ya porque sea errada o estúpida —es decir, que ha de ser tal, que resulte teleoklina para el todo del viviente o el todo de otros vivientes (o en servicio propio o en servicio ajeno); ha de transcurrir, en segundo lugar, con cierto ritmo. Los movimientos adquiridos por asociación, ejercicio, hábito —con arreglo al principio que Yennings ha llamado principio de “la prueba y el error”—, aunque están dotados asimismo de sentido, no poseen ese ritmo, esa forma temporal, cuyas partes se exigen mutuamente. La reducción de las formas de conducta instintiva a combinaciones de reflejos particulares y encadenados y a tropismos, ha resultado imposible (Yen. fliflgs, Alverdes, etc.). La relación de sentido no necesita referirse a las situaciones presentes; puede enderezarse también a situaciones muy lejanas en el tiempo y en el espacio. Un animal prepara algo con sentido para el invierno o para la puesta de los huevos, por ejemplo; aunque se puede probar que no ha vivido todavía como individuo situaciones análogas y que están descartadas también la comunicación, la tradición, la imitación y la copia de otros compañeros de su misma especie. El animal se conduce como se conducen los electrones, según la teoría de los cuantos: como si previese un estado futuro. Un tercer carácter de la conducta instintiva es que sólo responde a aquellas situaciones que vuelven de un modo típico y son importantes para la vida de la especie, mas no para la experiencia particular del individuo. El instinto está siempre al servicio de la especie, ya sea la propia, ya una especie extraña u otra con la cual la especie propia se encuentra en importante relación vital (como las hormigas y sus huéspedes, las agallas de los vegetales, los insectos y las aves que fecundan las plantas, etc.). Este carácter distingue netamente la conducta instintiva: primero, del “autoadiestramiento” por la prueba y el error, así como de todo “aprendizaje” y segundo, del uso del intelecto, que están ambos primordialmente al servicio del individuo y no al de la especie. La conducta instintiva no es nunca, por tanto, una reacción a los contenidos especiales del medio, contenidos que cambian de individuo en individuo, sino a una estructura totalmente singular, a una disposición típica y específica de las partes posibles del mundo ambiente. Mientras los contenidos especiales pueden cambiar ampliamente, sin que el instinto se extravíe y conduzca a acciones fallidas, la menor alteración de la estructura tendrá extravíos por consecuencia. En su grandiosa obra Souvenirs entomologiques, ha descrito Fabre con gran precisión un ingente repertorio de estos modos de conducirse. A esta utilidad para la especie responde también, en cuarto lugar, el hecho de que el instinto sea en sus rasgos fundamentales innato y hereditario; y lo sea en cuanto facultad específica de conducirse y no sólo en cuanto facultad general de adquirir determinados modos de conducta, como naturalmente son la facultad de habituarse, adiestrarse, comportarse con inteligencia. El innatismo no quiere decir que la conducta digna del nombre de instintiva haya de entrar en juego inmediatamente después de nacer; significa tan sólo que es correlativa a determinados períodos de desarrollo y madurez, y eventualmente incluso a diferentes formas de los animales (en el polimorfismo). Un carácter muy importante del instinto es, por último, que representa una conducta independiente del número de los ensayos que hace un animal para afrontar una situación; en este sentido, puede decirse que el instinto está “listo” de antemano. Así como la organización propia de los animales no puede considerarse originada por pequeñas variaciones diferenciales, tampoco puede considerarse el “instinto” como una suma de movimientos parciales triunfantes. El instinto puede, sin duda, especializarse por obra de la experiencia y del aprendizaje, como se ve, por ejemplo, en los instintos de los animales cazadores, en quienes es innato perfectamente el instinto de perseguir una pieza determinada, mas no el arte de practicar esta caza con éxito. Pero lo que el ejercicio y la experiencia consiguen en esto es comparable exclusivamente a las variaciones de una melodía, no a la obtención de una melodía nueva. Lo que un animal puede representarse y sentir viene en general determinado y dominado a priori por la relación de sus instintos con la estructura del mundo circundante. Lo mismo pasa con las reproducciones de su memoria, que tienen lugar siempre en el sentido y en el marco de sus “funciones instintivas” predominantes; la frecuencia de los enlaces asociativos, de los reflejos condicionados y de la práctica, tiene sólo una importancia secundaria. Todas las vías nerviosas aferentes se han formado en la historia de la evolución después de la disposición de las vías nerviosas eferentes y de los órganos del éxito. El instinto es, sin duda alguna, una forma del ser y del acontecer psíquicos más primitiva que los complejos anímicos determinados por asociaciones. Por eso el instinto no puede reducirse, como creía Spencer, a una herencia de formas de conducta fundadas en el hábito y el auto-adiestramiento. Podemos demostrar que los procesos psíquicos que siguen la ley asociativa están localizados en el sistema nervioso mucho más arriba que las formas instintivas de conducta. La corteza cerebral parece ser esencialmente un órgano de disociación frente a las formas de conducta biológicamente más unitarias y localizadas más profunda-mente; no es, pues, un órgano de asociación. Pero tampoco puede reducirse la conducta instintiva a una automatización de la conducta inteligente. Antes bien, podemos decir que si ciertas sensaciones y representaciones relativamente aisladas se destacan de complejos difusos (y se enlazan con enlace asociativo) y si asimismo un impulso determinado, que demanda satisfacción, se destaca de un nexo de conducta instintivo lleno de sentido, estas formaciones, como por otra parte los comienzos de la inteligencia —que intenta devolver “artificialmente” su sentido al automatismo despojado ya de sentido—, genéticamente vistas, son productos evolutivos, igualmente primarios, de la conducta instintiva. En general caminan rigurosamente al mismo paso, tanto unos con otros, como con la individuación del ser vivo y la emancipación del individuo respecto de los lazos de la especie; y marchan también al mismo paso que la diversidad de las situaciones individuales particulares a que puede llegar el ser vivo. El proceso básico de la evolución vital es disociación creadora, no asociación o síntesis de trozos sueltos. Y lo mismo acontece fisiológicamente. También fisiológicamente el organismo se parece a un mecanismo tanto menos, cuanto más simplemente organizado está; pero produce una estructura cada vez más semejante a un mecanismo —fenomenalmente— hasta que sobreviene la muerte y la citomorfosis de los órganos. Asimismo, cabría demostrar que la inteligencia no se agrega a la vida psíquica asociativa, en un estadio superior de la vida, como cree, por ejemplo, Carlos Bühler. La inteligencia se produce, por el contrario, de un modo rigurosamente uniforme y paralelo a la vida anímica asociativa y no existe sólo en los mamíferos superiores, sino en los infusorios, como han mostrado recientemente Alverdes y Buytendyk. Dijérase, pues, que lo que en el instinto es rígido y ligado a la especie, se hace móvil e individualizado en la inteligencia; pero que lo que en el instinto es automático se torna en la asociación y en el reflejo condicionado, mecánico, esto es, relativamente sin sentido, pero a la vez susceptible de combinaciones mucho más variadas. Esto permite comprender por qué los articulados, que poseen morfológicamente una organización de base muy especial y mucho más rígida, tienen los instintos más perfectos, y en cambio apenas dan muestras de una conducta inteligente, y por el contrario el hombre, tipo de mamífero plástico, en el cual la inteligencia y no menos la memoria asociativa alcanzan su máximo desarrollo, tiene instintos sumamente retrasados. Intentando interpretar psíquicamente la conducta instintiva, diremos que representan una separable unidad de presciencia y acción, de tal suerte que nunca se da más saber del que entra simultáneamente en el momento subsiguiente de la acción. El saber, que reside en el instinto, parece ser, además, no un saber por representaciones e imágenes, ni menos pensamientos, sino sólo un sentir resistencias con matices de valor, diferenciadas según impresiones de valor, resistencias que serían atrayentes y repelentes. En relación al impulso afectivo, el instinto se dirige ya a componentes del mundo circundante que retornan con frecuencia, pero son específicos. Representan una especialización creciente del impulso afectivo y sus cualidades. No tiene, pues, sentido hablar de “representaciones innatas” en los instintos, como ha hecho Reimarus. MEMORIA ASOCIATIVA De las dos formas de conducta que brotan primariamente de la instintiva, la conducta “habitual” y la conducta “inteligente”, representa la habitual —que es la tercera forma psíquica que distinguimos—, la facultad que llamamos memoria asociativa (mneme) - Esta facultad no pertenece en modo alguno a todos los seres vivos, como Bering y Semon creían. Falta a las plantas, como ya Aristóteles había visto. Debemos atribuirla únicamente a los seres vivos, cuya conducta se modifica lenta y continuamente en forma útil a la vida, o sea, en forma dotada de sentido, y sobre la base de una conducta anterior de la misma índole, de suerte que la medida en que su conducta nos aparece con sentido en un momento determinado, está en rigurosa dependencia respecto del número de ensayos o de movimientos llamados de prueba. El hecho de que un animal haga espontáneamente movimientos de prueba (también los movimientos espontáneos de juego pueden contarse entre éstos) y además tienda a repetir los movimientos, lo mismo si tienen por consecuencia placer que disgusto, no obedece a la memoria, sino que es supuesto de toda reproducción y constituye una tendencia innata (la tendencia a la repetición). Pero el hecho de que el animal trate de repetir posteriormente los movimientos que tuvieron éxito para la satisfacción positiva de un impulso cualquiera, con más frecuencia que aquellos otros que condujeron a un fracaso, de suerte que los primeros se “fijan” en el animal, es justamente el hecho fundamental que llamamos principio del éxito y el error. Allí donde encontramos estos hechos decimos que hay ejercicio, cuando sólo se trata de lo cuantitativo; o adquisición de hábitos; o autoadiestramiento; o, cuando el hombre interviene, adiestramiento. La vida vegetativa desconoce, como hemos visto, todos estos hechos; y no puede conocerlos, porque ignora aquel anuncio retroactivo de ciertos estados orgánicos a un centro (la sensación). La base de toda memoria es el reflejo que Pavlov ha llamado reflejo condicionado. Por ejemplo, un perro segrega determinados jugos estomacales no sólo cuando la comida llega a su estómago, sino cuando ve la comida u oye los pasos de la persona que suele llevársela. El hombre segrega los jugos digestivos incluso cuando se le sugiere en sueños que está tomando el alimento correspondiente. Si al realizar un acto provocado por un estímulo, se hace sonar simultánea y reiteradamente una señal acústica, puede llegar a ejecución el acto citado, sin el estímulo adecuado, al presentarse la señal acústica. Estos hechos se llaman “reflejos condicionados”. La llamada ley asociativa —según la cual un complejo de representaciones tiende a reproducirse y a completar sus miembros ausentes, cuando es revivida sensorial o cinéticamente una parte de dicho complejo—. no es sino el análogo psíquico del reflejo condicionado. Asociaciones completamente rigurosas de representaciones aisladas, que sólo estuviesen sometidas a esta ley de contigüidad y de semejanza, esto es, de identidad parcial de las representaciones iniciales con complejos anteriores, no pueden darse nunca; como tampoco un reflejo completamente aislado y siempre igual, de un órgano bien localizado; ni tampoco una sensación rigurosamente proporcional al estímulo, esto es, independiente de todas las cambiantes actitudes impulsivas y de todo el material de la memoria. Por eso es muy probable que todas las leyes de la asociación sean sólo leyes estadísticas, exacta-mente lo mismo que las leyes naturales de la física concernientes a procesos de conjunto. Todos estos conceptos (sensación, reflejo asociativo) tienen, por tanto, el carácter de conceptos límites, que sólo indican la dirección de cierta clase de transformaciones psíquicas o fisiológicas. Asociaciones aproximadamente puras sólo se encuentran en casos muy determinados de ausencia de factores directivos mentales; por ejemplo, las asociaciones auditivas externas de las palabras en el estado de fuga de ideas. Puede mostrarse también que, en la vejez, el curso anímico de las representaciones se acerca más y más al modelo de la asociación. En efecto, parecen testimoniarlo las modificaciones de la escritura, del dibujo, de la pintura y del lenguaje en esa edad; todas ellas toman un carácter cada vez más aditivo, no referido a la totalidad. Análogamente, en la vejez la sensación propende cada vez más a ser proporcional al estímulo. Así como el organismo corporal va produciendo en el curso de la vida cada vez más un conjunto relativamente mecánico, hasta hundirse por completo en el mecanismo cuando llega el momento de la muerte, así nuestra vida psíquica va produciendo cada día enlaces más puramente habituales de representaciones y de formas de la conducta Y el hombre va tornándose en la vejez el esclavo del hábito. Además, las asociaciones de representaciones aisladas siguen genéticamente a las asociaciones de complejos, que están algo más próximas a la vida instintiva. Así como la percepción escueta de los hechos, sin desbordamiento de la fantasía o elaboración mítica, es un fenómeno tardío de la evolución psíquica tanto del individuo como de pueblos enteros12 así también el enlace asociativo es igualmente un fenómeno tardío. Se ha reconocido igualmente que no hay casi asociación ninguna sin influencia intelectual. Nunca se da el caso de que el tránsito de la reacción asociativa casual a la reacción inteligible crezca en rigurosa relación de continuidad con el número de los ensayos. Las curvas presentan casi siempre irregularidades; y precisamente en el sentido de que el paso del azar al “sentido” tiene lugar algo antes de lo que el puro principio de la prueba y el error haría esperar, conforme a las reglas de la probabilidad. El principio de la memoria actúa hasta cierto grado en todos los animales y se presenta como consecuencia inmediata de la aparición del arco reflejo, es decir, de una separación de los sistemas sensorial y motor. Pero en su difusión hay enormes diferencias. Los típicos animales de instintos, con estructura cerrada como una cadena, son los que menos lo revelan; los que lo revelan más netamente son los animales de organización plástica, poco rígida, con grande y amplia facilidad para combinar movimientos parciales, convirtiéndolos en otros nuevos (como los mamíferos y los vertebrados en general). Desde el primer momento de su aparición, este principio se une estrechamente con la imitación de los movimientos y de las acciones, que se funda en la expresión de los afectos y en las señales de los compañeros de especie. La imitación y el “copiar” no son sino especializaciones de aquella tendencia a la repetición, que actúa primero frente a las propias vivencias y formas de conducta y representa, por decirlo así, el motor de toda memoria reproductiva. La unión de ambos fenómenos da origen al importante hecho de la tradición, que añade a la herencia biológica una dimensión completamente nueva: la determinación de la conducta animal por el pasado de la vida de los compañeros de especie. Este hecho debe, por otra parte, distinguirse con el mayor rigor de todo recuerdo consciente y libre de lo pretérito (anámnesis) y de toda tradición fundada en signos, fuentes y documentos. Mientras que estas últimas formas de tradición son peculiares sólo del hombre, aquella tradición aparece ya en las hordas, manadas y demás formas de sociedad animal. El rebaño “aprende” lo que los más adelantados hacen y puede transmitirlo a las generaciones venideras. La tradición hace posible cierto “progreso”. En cambio, toda auténtica evolución humana descansa esencialmente, en efecto, en un creciente descoyuntamiento de la tradición. El recuerdo consciente de los acontecimientos individuales, vividos una sola vez, y la continua identificación de una pluralidad de actos memorativos, referidos a una misma cosa pasada (todo lo cual es probablemente exclusivo del hombre), representa siempre la disolución, la verdadera muerte de la tradición viva. Los contenidos tradicionales nos son dados siempre como presentes; no tienen fecha y se muestran eficaces para nuestra acción presente, sin llegar a ser objetivos en una determinada distancia de tiempo. En la “tradición”, el pasado nos sugiere más de lo que sabemos de él. La sugestión y, según P. Schilder, probablemente el hipnotismo, es un fenómeno muy difundido en el mundo 8nimal. El hipnotismo habría surgido como función auxiliar del ayuntamiento y serviría ante todo para sumir a la hembra en un estado de letargia. La sugestión es un fenómeno primordial, comparado con la “comunicación”, por ejemplo, de un juicio, cuyo contenido objetivo es aprehendido en la “comprensión”. Esta “comprensión” de los contenidos objetivos mentados, sobre los que recae un juicio en una proposición, sólo se encuentra en el hombre. El derrumbamiento del poder de la tradición aumenta progresivamente en la historia humana. Es obra de la ratio, que en un mismo acto objetiva un contenido tradicional y al hacerlo lo lanza de nuevo, por decirlo así, al pasado, a que pertenece, dejando así libre el camino para nuevas invenciones y descubrimientos. De un modo análogo, en la historia, el peso que la tradición ejerce preconscientemente sobre nuestra conducta, disminuye sin cesar, merced al progreso de la ciencia histórica. La influencia del principio asociativo significa en la estructura del mundo psíquico la decadencia del instinto y de su peculiar “sentido”, así como el progreso de centralización y simultánea mecanización de la vida orgánica. Significa, además, que el individuo orgánico se va destacando y separando cada vez más de los vínculos de la especie y de la inadaptable rigidez del instinto. Pues sólo mediante el progreso de este principio puede el individuo adaptarse a situaciones nuevas, esto es, no típicas para la especie. Con esta adaptación, empero, cesa el individuo de ser un mero punto donde se cruzan los procesos de reproducción. Con respecto a la inteligencia técnica, el principio de la asociación es, pues, relativamente un principio de rigidez y de hábito —un principio “conservador”—; pero con respecto al instinto es un poderoso instrumento de liberación. Crea una novísima dimensión a las posibilidades que la vida tiene de enriquecerse. Otro tanto pasa también con los impulsos. El impulso, emancipado del instinto, aparece hasta cierto punto ya en los animales superiores, y con él el horizonte de la demasía; el impulso así emancipado se convierte en fuente de posibles placeres, independientemente del conjunto de las necesidades vitales. El impulso sexual, por ejemplo, es un incorruptible servidor de la vida, mientras queda sujeto al profundo ritmo de las épocas de celo, encajadas en los cambios de la naturaleza. Pero emancipado de este ritmo instintivo, tórnase más y más libre fuente de placer y puede rebasar con mucho el sentido biológico de su existencia, en los animales superiores, especialmente en los domesticados (ejemplo: el onanismo de los monos, perros, etcétera). Si la vida impulsiva, que en su origen se refiere únicamente a las formas de conducta y a los bienes, no al sentimiento del placer, es utilizada por principio como fuente de placer, según acontece en todo hedonismo, nos encontramos con una tardía manifestación decadente de la vida. La actitud vital que consiste en mera persecución del placer, representa una manifestación de vejez, no sólo en la vida del individuo, sino también en la de los pueblos, como atestiguan el viejo bebedor, que “apura la última gota”, y otros ejemplos análogos de orden erótico. Manifestación de vejez es asimismo la separación entre las alegrías consiguientes al ejercicio de las funciones psíquicas superiores e inferiores y el estado de deleite que acompaña la satisfacción de los impulsos, así como el predominio de este deleite sobre las alegrías propias de las funciones vitales y espirituales. Pero sólo en el hombre toman monstruosas formas ese aislamiento del impulso, que se separa de la conducta instintiva, y esa distinción entre el placer de la función y el deleite del estado. Por eso se ha dicho con razón que el hombre puede ser más o menos que un animal, pero nunca un animal. INTELIGENCIA PRÁCTICA (ANIMALES SUPERIORES) Siempre que la naturaleza ha producido esta nueva forma psíquica de la memoria asociativa, ha depositado ya en sus primeros brotes el correctivo de sus peligros, como he indicado antes. Y este correctivo no es otro que la cuarta forma esencial de la vida psíquica, la inteligencia práctica —como la llamaremos— que en principio está todavía orgánicamente condicionada. Enlazadas estrechamente con ella aparecen la facultad y la acción de elegir y la facultad de preferir entre los bienes o entre los compañeros de especie, en el proceso de la reproducción (comienzos del eros). Podemos empezar definiendo la conducta inteligente, sin recurrir a los procesos psíquicos. Un ser vivo se “conduce” inteligentemente cuando pone en práctica una conducta caracterizada por las notas siguientes: tener sentido, ya porque la conducta resulte “cuerda”, ya porque la conducta, fallando el fin, tienda empero manifiestamente al fin y resulte por tanto “necia”; no derivarse de ensayos previos o repetirse en cada nuevo ensayo; responder a situaciones nuevas, que no son típicas ni para la especie ni para el individuo; y acontecer de súbito y sobre todo independientemente del número de ensayos hechos con anterioridad para resolver un problema planteado por algún impulso. Hablamos de inteligencia orgánicamente condicionada, mientras el proceder interno y externo, que el ser vivo emplea, esté al servicio de un movimiento impulsivo y de la satisfacción de una necesidad. Llamamos, además, esta inteligencia práctica, porque su sentido último es siempre una acción, por medio de la cual el organismo alcanza o falla su fin impulsivo13. Pero si pasamos ahora al aspecto psíquico, podemos definir la inteligencia diciendo que es la evidencia súbita de un nexo objetivo o de valor en el mundo circundante, nexo que ni está dado directamente en la percepción ni ha sido percibido nunca, esto es, que no puede conseguirse por reproducción. Expresado positivamente: es la evidencia de un nexo objetivo sobre la base de una trama de relaciones, cuyos fundamentos están en parte dados en la experiencia y en parte completados por anticipación en la representación por ejemplo, sobre un estadio determinado de la intuición óptica. Este pensamiento no reproductivo, sino productivo, se caracteriza, pues, siempre por la anticipación de un hecho nuevo, nunca, vivido (prudentia, providentia, sagacidad, astucia). La diferencia respecto de la memoria asociativa es clara: la situación, que ha de ser aprehendida y a la que ha de responder prácticamente la conducta, no sólo es nueva y atípica para la especie, sino sobre todo es “nueva” también para el individuo. Una conducta semejante, llena de sentido objetivo, surge además, de súbito, antes de realizar nuevos ensayos e independientemente del número de los ensayos anteriores. Esta subitaneidad se manifiesta también en la expresión, especialmente de los ojos; por ejemplo, en ese brillo de los ojos que W. Kóhler interpreta de un modo muy plástico como expresión de la vivencia de un “¡ah!”. Por último, la nueva representación que contiene una solución del problema, no viene provocada por enlaces entre vivencias dadas sólo simultáneamente. Tampoco las estructuras fijas, típicas y reiteradas del mundo ambiente disparan la conducta inteligente. La nueva representación es producida más bien por relaciones objetivas entre los componentes del mundo ambiente que son seleccionadas, digámoslo así, por obra del fin impulsivo: relaciones como las de igual o semejante, o análogo a X, o función de medio para la consecución de algo o causa de algo, etcétera. Hay hoy una embrollada discusión, que científicamente no está resuelta y que sólo de un modo superficial puedo tocar aquí, sobre si los animales, en particular los antropoides superiores, los chimpancés, han alcanzado o no la fase de la vida psíquica que aquí describimos. La discusión, en que han sido parte casi todos los psicólogos, no se ha acallado aún, a pesar de haber publicado Wolfgang Köhler, en las Memorias de la Academia de Ciencias de Prusia, las experiencias que hizo con chimpancés durante varios años, y que llevó a término con asombrosa paciencia e ingeniosidad en el Instituto Alemán de Experimentación de Tenerife. K6hler atribuye acciones inteligentes muy sencillas a los animales de sus experimentos; y con plena razón a mi juicio. Otros investigadores las discuten. Casi todos tratan de corroborar con otras razones la doctrina antigua de que los animales no poseen más que memoria e instinto y de que la inteligencia, incluso en la forma de un razonamiento primitivo (sin signos) es un monopolio y aun el monopolio del hombre. Las experiencias de Köhler consistían en intercalar entre el fin del impulso (por ejemplo, una fruta, un plátano) y el animal, rodeos u obstáculos u objetos capaces de servir de “instrumentos” (cajones, palos, cuerdas, varios palos encajables unos en otros, palos que necesitarán ser antes fabricados o preparados para el fin), todos ellos cada vez más complicados, y observar si, cómo y con qué presuntas funciones psíquicas, sabe el animal alcanzar el fin de su impulso y dónde residen los límites precisos de sus facultades de ejecución. Las experiencias han demostrado claramente, a mi juicio, que las acciones de los animales no pueden explicarse todas por instintos y procesos asociativos, si-no que en algunos casos hay auténticas acciones inteligentes. Esbocemos de un modo breve lo que parece haber en esta inteligencia condicionada orgánica y prácticamente. En el momento en que el fin del impulso, por ejemplo, una fruta, brilla ante los ojos del animal y se destaca e mdividualiza enérgicamente sobre el restante campo visual, transfórmanse de un modo peculiar todos los objetos contenidos en el mundo circundante del animal, particularmente el campo óptico comprendido entre el animal y el mundo circundante. Este campo estructura de tal suerte las relaciones entre sus objetos y toma un relieve relativamente “abstracto” de tal índole, que ciertas cosas, que percibidas por sí solas parecen indiferentes, o se presentan como algo “para morder”, algo “para jugar”, algo “para dormir” (por ejemplo, una manta que el animal saca de su lecho para alcanzar una fruta situada fuera de la jaula y no asequible directamente), adquieren el carácter referencial dinámico de “cosa para coger la fruta”; no sólo, pues, los palos efectivos semejantes a las ramas de que penden las frutas en la vida normal arborícola del animal —esto podría interpretarse aún como instinto— sino también un pedazo de alambre, el ala de un sombrero de paja, pajas, una manta, en suma, todo lo que realice la representación abstracta de ser “largo y movible”. Es la dinámica misma de los impulsos del animal la que empieza aquí a realizarse y a dilatarse, invadiendo los componentes del medio. El objeto que usa el animal toma el valor funcional, dinámico, y en rigor puramente ocasional, de “algo para acercar la fruta”. Para el animal, la cuerda, el palo mismo parecen “dirigirse”, si no moverse, hacia el fin dado ópticamente. Aquí sorprendemos en su origen primero el fenómeno de la causalidad, que no consiste exclusivamente en una sucesión regular de los procesos. “Causar” es, pues, un fenómeno que se funda en la objetivación de la causalidad inherente a la acción impulsiva, causalidad vivida por el ser vivo en las cosas del ambiente y en este caso causar coincide aún por completo con servir de “medio”. Sin duda, la reestructuración descrita no tiene lugar por obra de una actividad consciente, reflexiva, sino mediante una suerte de “trastrueque” intuitivo de los ingredientes mismos del medio. La gran diferencia de disposiciones naturales que los animales revelan para conducirse de esta manera confirma, por lo demás, el carácter inteligente de estas acciones. Cosa análoga sucede en la elección y en la acción electiva. Es un error negar al animal la acción electiva y creer que siempre le mueve el impulso “más fuerte” en cada caso. El animal no es un mecanismo de impulsos. Sus impulsos están ya netamente organizados en impulsos superiores directivos e impulsos inferiores auxiliares ejecutivos; en impulsos para acciones generales e impulsos para operaciones especiales. Pero, además, el animal puede intervenir espontáneamente desde el centro de sus impulsos, en la constelación de éstos y desdeñar hasta cierto punto provechos inmediatos para alcanzar otras ventajas mayores, aunque más lejanas en el tiempo y sólo asequibles por medio de rodeos. Lo que el animal no tiene, seguramente, es la facultad de preferir entre los valores mismos —por ejemplo, lo útil a lo agradable— prescindiendo de los bienes concretos y singulares. En todo lo afectivo, el animal está mucho más cerca del hombre que en lo que se refiere a la inteligencia. Ofrendas, reconciliaciones, amistades y otras cosas parecidas pueden encontrarse entre los animales. II DIFERENCIA ESENCIAL ENTRE EL HOMBRE Y EL ANIMAL En este punto surge la cuestión decisiva para nuestro problema. Si se concede la inteligencia al animal, ¿existe más que una mera diferencia de grado entre el hombre y el animal? ¿Existe una diferencia esencial? ¿O es que hay en el hombre algo completamente distinto de los grados esenciales tratados hasta aquí y superior a ellos, algo que convenga específica mente a él sólo, algo que la inteligencia y la elección no agotan y ni siquiera tocan? Aquí es donde los caminos se separan más netamente. Los unos quieren reservar la inteligencia y la elección al hombre y negarlas al animal. Afirman, pues, sin duda, una diferencia esencial; pero la afirman donde, a mi juicio, no existe. Los otros, en especial todos los evolucionistas de las escuelas de Darwin y de Lamarck, niegan, con Darwin, Schwalbe y también W. Kohler, que haya una última diferencia entre el hombre y el animal, porque el animal posee ya inteligencia. Son, por tanto, partidarios en una u otra forma, de la gran teoría monista sobre el hombre, designada con el nombre de teoría del homo faber; y no conocen, naturalmente, ninguna clase de ser metafísico, ni metafísica alguna del hombre, esto es, ninguna relación característica del hombre como tal con el fondo del universo. Por lo que a mi toca, no puedo por menos de rechazar resueltamente ambas doctrinas. Yo sostengo que la esencia del hombre y lo que podríamos llamar su puesto singular están muy por encima de lo que llamamos inteligencia y facultad de elegir, y no podrían ser alcanza-dos, aunque imaginásemos esas inteligencia y facultad de elegír acrecentadas cuantitativa-mente incluso hasta el infinito. [Entre un chimpancé listo y Edison (tomando éste sólo como técnico) no existe más que una diferencia de grado aunque ésta sea muy grande]. Pero también sería un error representarse ese quid nuevo, que hace del hombre un hombre, simplemente como otro grado esencial de las funciones y facultades pertenecientes a la esféra vital, otro grado que se superpondría a los grados psíquicos ya recorridos —impulso afectivo, instinto, memoria asociativa, inteligencia y elección— y cuyo estudio pertenecería a la competencia de la psicología. No. El nuevo principio que hace del hombre un hombre, es ajeno a todo lo que podemos llamar vida, en el más amplio sentido, ya en el psíquico in-terno o en el vital externo. Lo que hace del hombre un hombre es un principio que se opone a toda vida en general; un principio que, como tal, no puede reducirse a la “evolución natural de la vida”, sino que, si ha de ser reducido a algo, sólo puede serlo al fundamento supremo de las cosas, o sea, al mismo fundamento de que también la “vida” es una manifestación parcial. Ya los griegos sostuvieron la existencia de tal principio y lo llamaron la “razón” [Cf. el articulo “El origen del concepto del espíritu entre los griegos”, por Julio Stenzel, en la revista Die Antike.] Nosotros preferimos emplear, para designar esta X, una palabra más comprensiva, una palabra que comprende el concepto de la razón, pero que, junto al pensar ideas, comprende también unas determinada especie de intuición, la intuición de los fenómenos primarios o esencias, y además una determinada clase de actos emocionales y volitivos que aún hemos de caracterizar: por ejemplo, la bondad, el amor, el arrepentimiento, la veneración, etc. Esa palabra es espíritu. Y denominaremos persona al centro activo en que el espíritu se manifiesta dentro de las esferas del ser finito, a rigurosa diferencia de todos los centros funcionales “de vida”, que, considerados por dentro, se llaman también centros “anímicos”. ESENCIA DEL ESPÍRITU. — LIBERTAD, OBJETIVIDAD, CONCIENCIA DE SI MISMO. Pero, ¿qué es este “espíritu”, este nuevo principio tan decisivo? Pocas veces se han cometido tantos desafueros con una palabra —una palabra bajo la cual sólo pocos piensan algo preciso—. Si colocamos en el ápice del concepto de espíritu una función particular de conocimiento, una clase de saber, que sólo el espíritu puede dar entonces la propiedad fundamental de un ser “espiritual” es su independencia, libertad o autonomía existencial —o la del centro de su existencia— frente a los lazos y a la presión de lo orgánico, de la “vida”, de todo lo que pertenece a la “vida” y por ende también de la inteligencia impulsiva propia de ésta. Semejante ser “espiritual” ya no está vinculado a sus impulsos, ni al mundo circundante, sino que es “libre frente al mundo circundante”, está abierto al mundo, según expresión que nos place usar. Semejante ser espiritual tiene “mundo”. Puede elevar a la dignidad de “objetos” los centros de “resistencia” y reacción de su mundo ambiente, que también a él le son dados primitivamente y, en que el animal se pierde extático. Puede aprehender en principio la manera de ser misma de estos “objetos”, sin la limitación que este mundo de objetos o su presencia experimenta por obra del sistema de los impulsos vitales y de los órganos y funciones sensibles en que se funda. Espíritu es, por tanto, objetividad; es la posibilidad de ser determinado por la manera de ser de los objetos mismos. Y diremos que es “sujeto” o portador de espíritu aquel ser, cuyo trato con la realidad exterior se ha invertido en sentido dinámicamente opuesto al del animal. En el animal, lo mismo si tiene una organización superior que si la tiene inferior, toda acción, toda reacción llevada a cabo, incluso la “inteligente”, procede de un estado fisiológico de su sistema nervioso, al cual están coordinados, en el lado psíquico, los impulsos y la percepción sensible. Lo que no sea interesante para estos impulsos, no es dado; y lo que es dado, es dado sólo como centro de resistencia a sus apetitos y repulsiones. Del estado fisiológico-psíquico parte siempre el primer acto en el drama de toda conducta animal, en relación con su medio. La estructura del medio está ajustada íntegra y exactamente a su idiosincrasia fisiológicá e indirectamente a la morfológica; y además, a la estructura de sus impulsos y de sus sentidos, que forman una rigurosa unidad funcional. Todo lo que el animal puede aprehender y retener de su medio, se halla dentro de los seguros limites e hitos que rodean la estructura de su medio. El segundo acto, en el drama de la conducta animal, consiste en producir una modificación real en el medio por virtud de la reacción del animal, dirigida hacia el fin objeto del impulso. El tercer acto es el nuevo estado fisiológico-psíquico engendrado por esta modificación. El curso de la conducta animal tiene, pues, siempre esta forma: Animal ??—?? Medio Ahora bien, un ser dotado de espíritu es capaz de una conducta, cuyo curso tiene una forma exactamente opuesta. El primer acto de este nuevo drama, el drama del hombre, consiste en que la conducta es motivada por la pura manera de ser de un complejo intuitivo, elevado a la dignidad de objeto; y es motivada, en principio, prescindiendo del estado fisiológico del organismo humano, prescindiendo de sus impulsos y de las partes externas sensibles del medio, que aparecen justamente en esos impulsos y están determinadas siempre modalmente, esto es, ópticamente, o acústicamente, etc. El segundo acto del drama consiste en reprimir libremente —o sea, partiendo del centro de la persona— un impulso, o en dar rienda suelta a un impulso reprimido en un principio. Y el tercer acto es una modificación de la objetividad de una cosa, modificación que el hombre vive como valiosa en sí y definitiva. Este “hallarse abierto al mundo” tiene, pues, la siguiente forma: Hombre ??—?? Mundo —?? . . . Esta conducta, una vez que existe, es por naturaleza susceptible de una expansión ilimitada: hasta donde alcanza el “mundo” de las cosas existentes. El hombre es, según esto, la X cuya conducta puede consistir en “abrirse al mundo” en medida ilimitada. Para el animal, en cambio, no hay “objetos”. El animal vive extático en su mundo ambiente, que lleva estructurado consigo mismo adonde vaya, como el caracol su casa. El animal no puede llevar a cabo ese peculiar alejamiento y sustantivación que convierte un “medio” en “mundo”; ni tampoco la transformación en objeto” de los centros de “resistencia”, definidos afectiva e impulsivamente. Yo diría que el animal está esencialmente incrustado y sumido en la realidad vital correspondiente a sus estados orgánicos, sin aprehenderla nunca “objetivamente”. La objetividad es, por tanto, la categoría más formal del lado lógico del espíritu. Sin duda el animal no vive ya sumido en su medio de un modo absolutamente extático, sin anuncio retroactivo de los estados propios del organismo a un centro interior, como el impulso afectivo de la planta, privada de sensación, representación y conciencia. Según vimos, el animal se ha recobrado a sí mismo, por decirlo así, mediante la separación entre la sensación y el sistema motor y mediante la continua notificación de su esquema corporal y de sus contenidos sensoriales. El animal posee un esquema corporal; pero frente al medio sigue conduciéndose extáticamente, aun en los casos en que se conduce de un modo “inteligente”. El acto espiritual, en la forma en que el hombre puede realizarlo y en contraste con este simple anuncio del esquema corporal del animal y de sus contenidos, está ligado esencialmente a una segunda dimensión y grado del acto reflejo. Tomemos juntamente este acto y su fin y llamemos al fin de éste “recogimiento en sí mismo” la conciencia que el centro de los actos espirituales tiene de sí mismo o la “conciencia de sí”. El animal tiene, pues, conciencia, a distinción de la planta; pero no tiene conciencia de sí, como ya vio Leibniz. El animal ni se posee a sí mismo, no es dueño de sí; y por ende tampoco tiene conciencia de sí. El recogimiento, la conciencia de sí y la facultad y posibilidad de convertir en objeto la primitiva resistencia al impulso, forman, pues, una sola estructura inquebrantable, que es exclusiva del hombre. Con este tornarse consciente de sí, con esta nueva reflexión y concentración de su existencia, que hace posible el espíritu, queda dada a la vez la segunda nota esencial del hombre: el hombre no sólo puede elevar el “medio” a la dimensión del “mundo” y hacer de las “resistencias” “objetos”, si no que puede también —y esto es lo más admirable— convertir en objetiva su propia constitución fisiológica y psíquica y cada una de sus vivencias psíquicas. Sólo por esto puede también modelar libremente su vida. El animal oye, y ve, pero sin saber que oye y que ve. Para sumergirnos en cierto modo en el estado normal del animal, necesitamos pensar en ciertos estados extáticos del hombre, muy raros, como los que encontramos en el despertar de la hipnosis, en la ingestión de determinados tóxicos embriagadores y en el uso de ciertas técnicas que paralizan la actividad del espíritu, por ejemplo, los cultos orgiásticos de toda especie. El animal no vive sus impulsos como suyos, sino como movimientos y re-pulsiones que parten de las cosas mismas del medio. Incluso el hombre primitivo —que se halla en ciertos rasgos próximo aún al animal— no dice: “yo detesto esta cosa”, sino: “esta cosa es tabú”. El animal no tiene una “voluntad” que sobreviva a los impulsos y a su cambio y pueda mantener la continuidad en la mudanza de sus estados psicofísicos. Un animal va siempre a parar, por decirlo así, a una distinta cosa de la que “quiere” primitivamente. Es profundo y exacto lo que dice Nietzsche: “El hombre es el animal que puede prometer”. De lo dicho resulta que son cuatro los grados esenciales en que se nos presenta todo lo existente, desde el punto de vista de su ser íntimo y propio. Las cosas inorgánicas carecen de todo ser íntimo y propio; carecen, por lo mismo, de todo centro que les pertenezca de un modo ontológico. Lo que llamamos unidad en este mundo de objetos, incluyendo las moléculas, átomos y electrones, depende exclusivamente de nuestro poder de dividir los cuerpos realiter o mentalmente. Toda unidad corpórea lo es sólo relativamente a una determinada ley de su acción sobre otros cuerpos. Un ser vivo, por el contrario, es siempre un centro óntico y forma siempre por sí “su” unidad e individualidad tempo-espacial, que no surge por obra y gracia de nuestra síntesis, condicionada biológicamente. El ser vivo es una X, que se limita a sí misma. Los centros inespaciales de fuerzas, que establecen la apariencia de la extensión en el tiempo, y que necesitamos suponer a la base de las imágenes de los cuerpos, son centros de puntos, fuerzas que actúan recíprocamente unas sobre otras y en las cuales convergen las líneas de fuerza de un campo. En cambio el impulso afectivo de la planta supone un centro y un medio en que el ser vivo, relativamente libre en su desarrollo, está sumido, aunque sin anuncio retroactivo de sus diversos estados. Pero la planta posee un “ser intimo” y, por tanto, está animada. En el animal existen la sensación y la conciencia, y, por tanto, un punto central al que son anunciados sus estados orgánicos; el animal está, pues, dado por segunda vez a sí mismo. Ahora bien: el hombre lo está por tercera vez en la conciencia de sí y en la facultad de objetivar todos sus procesos psíquicos. La persona, por tanto, debe ser concebida en el hombre como un centro superior a la antítesis del organismo y el medio. Dijérase, pues, que hay una gradación, en la cual un ser primigenio se va inclinando cada vez más sobre sí mismo, en la arquitectura del Universo, e intimando consigo mismo por grados cada vez más altos y dimensiones siempre nuevas, hasta comprenderse y poseerse íntegramente en el hombre. EJEMPLOS DE CATEGORÍAS ESPIRITUALES: SUSTANCIA; ESPACIO Y TIEMPO COMO FORMAS VACÍAS. Esta estructura ontológica del hombre —su ser dado para sí propio— permite comprender una serie de particularidades del hombre, alguna de las cuales indicaré brevemente. En primer lugar, sólo el hombre posee la categoría de cosa y sustancia plenamente expresa y concreta. Los animales superiores no parecen poseerla plenamente. Si se le da a un mono un plátano a medio pelar, huye de él; en cambio, si se le da del todo pelado, lo come, y si se le da sin pelar, lo pela y luego lo come. Para el animal, la cosa no se ha “modificado”, sino que se ha transformado en otra [Véase también el experimento de H. Volkelt sobre las arañas. Otros hechos que prueban esto mismo se encontrarán en gran número en mi Antropología ]. Manifiestamente, le falta un centro desde el cual poder referir a un mismo núcleo de realidad, a una misma cosa concreta, las funciones psicofísicas de su visión, audición, olfación, y las cosas aprehensibles visibles, tangibles, audibles, degustables y olfatibles que se presentan en ellas. En segundo término, el hombre tiene de antemano un espacio único. Lo que aprende, por ejemplo, el ciego de nacimiento operado, no es a sintetizar unos “espacios” primitivamente aislados (espacios kinestéticos, táctiles, visuales, auditivos, etc.) en una intuición espacial, sino sólo a identificar los datos de sus sentidos como símbolos de la cosa existente en un lugar. El animal no tiene esta función central, que da al espacio único una forma fija y previa a las distintas cosas y a la percepción de las mismas; pero sobre todo carece de aquella auto-concentración que recoge todos los datos de los sentidos, con sus correspondientes impulsos, y los refiere a un“mundo” ordenado sustancialmente. Como he demostrado detenidamente en otro lugar, el animal carece de un verdadero espacio universal, que persista como fondo estable, independiente de los movimientos de traslación que verifica. Carece asimismo de las formas vacías de espacio y tiempo, en las cuales concibe el hombre primariamente sumidas las cosas y los sucesos —y que sólo son posibles en un ser en quien la insatisfacción de los impulsos es siempre superior a su satisfacción—. La raíz de la intuición humana de espacio y tiempo, que precede a todas las sensaciones externas, está en la posibilidad orgánica espontánea de ejecutar movimientos y acciones en un orden determinado. Llamamos originariamente “vacío” al incumplimiento de las esperanzas que nuestro impulso abriga. Por eso el primer “vacío” es, por decirlo así, el vacío de nuestro corazón. El extraño hecho de que el espacio y el tiempo se presenten al hombre, en su concepción natural del Universo, como formas vacías, que anteceden a todas las cosas, es sólo comprensible por este exceso de la insatisfacción de los impulsos sobre su satisfacción. También el hecho de que el espacio táctil no esté directamente coordinado al espacio visual, sino que la coordinación tenga lugar por intermedio de las sensaciones kinestéticas —hecho que ha podido demostrarse en determinados casos anormales —indica que la forma vacía del espacio, al menos como “espaciosidad” todavía informe, es vivida ya antes de tener conciencia de cualesquiera sensaciones, sobre la base de impulsos motores y de la vivencia del poder producirlos. Estos impulsos de movimiento son, en efecto, los principales causantes de las sensaciones kinestéticas. Este primitivo espacio cinético, la “conciencia del alrededor”, sigue existiendo aun cuando esté ya edificado por completo el espacio óptico, único en que se da la diversidad continua y simultánea de la “extensión”. En el tránsito del animal al hombre encontramos, pues, una completa inversión de lo “vacío” y lo “lleno”, tanto respecto del tiempo como respecto del espacío. El animal no puede aislar las formas vacías del espacio y el tiempo, desprendiéndolas de las cosas contenidas en ellas, como tampoco puede aislar el número abstracto, separándole del número concreto mayor o menor residente en las cosas mismas. El animal vive completamente sumido en la realidad concreta de su actual presente. Es menester que las esperanzas nacidas de las tendencias y convertidas en impulsos de movimiento, excedan a la satisfacción efectiva, que las tendencias obtienen en una percepción o sensación, para que tenga lugar (como sucede en el hombre) el extraño fenómeno que consiste en que el vacío espacial, y análogamente el temporal, resultan anteriores, “básicos”, respecto de todos los contenidos posibles de la percepción y del mundo de las cosas. De este modo, y sin sospecharlo, el hombre contempla el vacío de su propio corazón como “vacío infinito” del espacio y del tiempo, como si el espacio y el tiempo existiesen, aunque no hubiese cosas. Sólo mucho más tarde rectifica la ciencia este enorme engaño, que comete la concepción natural del mundo, enseñándonos que el espacio y el tiempo sólo son órdenes, posibilidades de posición y sucesión de las cosas y que no tienen existencia alguna fuera e independientemente de éstas. Para el animal tampoco existe un espacio universal, como dije antes. Un perro vivirá durante años en un jardín y recorrerá frecuentemente todos los parajes del mismo, sin lograr nunca una imagen total del jardín y de la disposición que los árboles, arbustos, etc., tienen independientemente de la situación de su cuerpo, cualesquiera que sean las dimensiones de dicho jardín. Para el perro sólo existen espacios ambientes, que cambian cuando el perro se mueve, y el perro no logra coordinar esos espacios ambientes en el espacio total del jardín, independiente de la posición de su cuerpo. La razón de ello es que el animal no puede convertir su propio cuerpo y sus movimientos en objetos; no puede incluir la situación de su propio cuerpo, como elemento variable, en su intuición del espacio, y aprender a contar instintivamente, por decirlo así, con la contingencia de su posición, como hace el hombre sin necesidad de ciencia. Esto que primariamente hace el hombre es el principio de lo que luego prosigue la ciencia. La grandeza de la ciencia humana consiste justamente en esto: que el hombre aprende en ella a contar cada vez en mayor medida consigo mismo y con toda su organización física y psíquica, como si fuese una cosa extraña, que se encontrase en rigurosas relaciones de causalidad con las demás cosas; merced a lo cual el hombre ha sabido forjarse una imagen del mundo, en don. de los objetos son independientes en absoluto de la organización psicofísica, de los sentidos (y de sus umbrales) de las necesidades (y de los intereses que éstas sienten por las cosas) humanas, y por consiguiente permanecen constantes en medio del cambio de posición, de estado y de vivencia sensorial en el hombre. El hombre —en cuanto persona —es el único que puede elevarse por encima de sí mismo —como ser vivo— y partiendo de un centro situado, por decirlo así, allende el mundo tempo-espacial, convertir todas las cosas, y entre ellas también a sí mismo, en objeto de su conocimiento. Ahora bien; este centro, a partir del cual realiza el hombre los actos con que objetiva el mundo, su cuerpo y su psique, no puede ser “parte” de ese mundo, ni puede estar localizado en un lugar ni momento determinado. Ese centro sólo puede residir en el fundamento supremo del ser mismo. El hombre es, por tanto, el ser superior a si mismo y al mundo. Como tal ser, es capaz de ironía y de humor —que implican siempre una elevación sobre la propia existencia—. Ya Kant, en su profunda teoría de la apercepción trascendental, ha explicado en lo esencial esta nueva unidad del cogitare, la cual “es condición de toda experiencia posible y por tanto también de todos los objetos de la experiencia” —no sólo de la externa, sino también de esa experiencia interna mediante la cual nos es accesible nuestra propia vida interior—. Con esta teoría ha elevado Kant por primera vez el “espíritu” sobre la “psique”, negando expresamente que el espíritu sea sólo un grupo de funciones pertenecientes a una supuesta alma sustancial, cuya ficción es debida sólo a una injustificada sustancialización de la unidad actual del espíritu. EL ESPIRITU COMO ACTUALIDAD PURA Con esto hemos definido ya un tercero e importante carácter del espíritu. El espíritu es el único ser incapaz de ser objeto; es actualidad pura; su ser se agota en la libre realización de sus actos. El centro del espíritu, la persona, no es, por lo tanto, ni ser substancial ni ser objetivo, sino tan sólo un plexo y orden de actos, determinado esencialmente, y que se realiza continuamente a sí mismo en sí mismo. Lo psíquico no se realiza “a sí mismo”; es una serie de sucesos “en” el tiempo, serie que podemos en principio contemplar desde el centro de nuestro espíritu y hacer objetiva en la percepción y observación internas. Mas por lo que toca al ser de nuestra persona, sólo podemos recogernos en él, concentrarnos en él, pero no objetivarlo. Tampoco las demás personas pueden ser objetos, en cuanto personas. Sólo podemos llegar a tener parte en ellas realizando en nosotros y por nosotros mismos sus actos libres, “identificándonos”, como solemos decir, con la voluntad, el amor, etc., de una persona y a través de éstos, con ella misma. Sólo mediante correalización podemos participar en los actos de ese espíritu suprasingular y uno —que necesitamos admitir, a causa del nexo esencial e inviolable que existe entre la idea y el acto, si admitimos un orden de ideas que se realiza en ese mundo independientemente de la conciencia humana y lo atribuimos al ser primigenio como uno de sus atributos—. La antigua filosofía de las ideas, reinante desde San Agustín, había admitido ideae ante res, una “Providencia” y un plan de creación anteriores a la realidad del mundo. Pero las ideas no existen antes, ni en, ni después de las cosas, sino con las cosas, y son engendradas únicamente en el acto de la continua realización del mundo (creatio continua) en el espíritu eterno. Por eso nuestra correalización de estos actos, en tanto que pensamos “ideas”, no es tampoco un mero hallazgo o descubrimiento de un orden existencial y esencial independiente de nosotros, sino una verdadera coparticipación en la producción, en la generación de las ideas y de los valores coordinados al amor eterno, partiendo del origen mismo de las cosas. III EL CONOCIMIENTO IDEATORIO DE LAS ESENCIAS COMO ACTO FUNDAMENTAL DEL ESPÍRITU Para aclarar más en detalle la índole peculiar, la idiosincracia de eso que llamamos el “espíritu”, lo mejor será partir de un acto específicamente espiritual, el acto de la ideación. Es éste un acto completamente distinto de toda inteligencia técnica. Un problema de la inteligencia sería, por ejemplo, el siguiente: tengo ahora un dolor aquí en el brazo; ¿cómo ha surgido, cómo puede ser eliminado? Averiguar esto sería, en correspondencia, misión de la ciencia positiva. Pero puedo tomar el mismo dolor como ejemplo de esta realidad esencial, sumamente extraña y asombrosa: que este mundo está en general manchado de mal y de dolor. Entonces lo que preguntaré será: ¿qué es el dolor mismo, prescindiendo de que yo lo tenga aquí y ahora, y cómo debe de estar constituido el fondo de las cosas para que sea posible “el dolor en general”? La conocida historia de la conversión de Buda nos suministra un ejemplo grandioso de un acto ideatorio semejante. El príncipe ve un pobre, un enfermo, un muerto, después de haber permanecido años enteros en el palacio de su padre, alejado de todas las impresiones negativas; pero en seguida toma esos tres casos accidentales, “existentes ahora, aquí y de tal o cual manera”, como meros ejemplos de una esencial constitución del mundo, que podemos aprehender en ellos. Descartes trataba de explicarse la essentia del cuerpo material y su estructura esencial, sobre un pedazo de cera. Éstas son las cuestiones que plantea el espíritu corno tal. La matemática nos ofrece ejemplos contundentes en cuestiones de esta índole. El hombre puede separar del “número concreto” de tres cosas el “número abstracto” tres y operar con éste como con un objeto independiente, con arreglo a la íntima ley generatriz de la serie de estos objetos. El animal no puede hacer nada semejante. Ideación es, por tanto, la acción de comprender las formas esenciales de la estructura del universo, sobre cada ejemplo de la correspondiente región de esencias, prescindiendo del número de observaciones que hagamos y de las inferencias inductivas. El saber que logramos de este modo es válido, con generalidad infinita para todas las cosas posibles que sean de esa esencia, prescindiendo totalmente de nuestros órganos sensoriales contingentes y de la índole y grado de su excitabilidad14. Los conocimientos que obtenemos de esta suerte poseen una validez que rebasa los límites de nuestra experiencia sensible. En el lenguaje filosófico los llamamos conocimientos a priori. Estos conocimientos de las esencias realizan dos funciones muy diferentes. En primer término, suministran a todas las ciencias positivas los axiomas supremos, que señalan la dirección de una observación, inducción y deducción fecundas, realizadas por la inteligencia y el pensamiento discursivo. Mas para la metafísica filosófica, cuyo fin último es el conocimiento del ser que es absolutamente, constituyen las ventanas abiertas sobre lo absoluto, como decía exactamente Hegel. No es posible, en efecto, reducir a causas empíricas de naturaleza finita ninguna de las auténticas esencias, que la razón encuentra en el mundo, ni tampoco la existencia de “algo” participante de estas esencias. Todo ello sólo puede ser atribuido al espíritu suprasingular y uno, considerado como atributo del Ens a se suprasingular. Esta facultad de separar la existencia y la esencia constituye la nota fundamental del espíritu humano, en la que se basan todas las demás. Lo esencial al hombre no es que tenga saber, como ya decía Leibniz, sino que tenga esencia a priori o que sea capaz de adquirirla. No hay, empero, una organización racional “constante”, como la que admitía Kant; la organización racional está sometida en principio al cambio de la historia. Sólo es constante la razón misma, como disposición y facultad de producir y configurar formas siempre nuevas del pensamiento y de la intuición, del amor y de la valoración, poniendo en función esos conocimientos de las esencias. LA REDUCCIÓN FENOMENOLÓGICA COMO TÉCNICA PARA ANULAR LA RESISTENCIA (REALIDAD, RESISTENCIA, CONCIENCIA) Para penetrar desde aquí más profundamente en la esencia del hombre, debemos representarnos la trama de los actos que conducen al acto de la ideación. Consciente o inconscientemente, el hombre pone en práctica una técnica que puede llamarse anulación ficticia del carácter de realidad. El animal vive totalmente en lo concreto y en la realidad. Mas toda realidad implica o un lugar en el espacio, o un lugar en el tiempo, un ahora, un aquí, y, en segundo término, un modo de ser accidental, como el que suministra la percepción sensible de cada “aspecto”. Pues bien: ser hombre significa lanzar un enérgico “no” al rostro de esa clase de realidad. Ya Buda lo sabía, cuando decía que es magnífico contemplar todas las cosas, pero terrible ser una. Ya Platón lo sabía, cuando explicaba la contemplación de las ideas como un acto por el cual el alma se desvía de la faz sensible de las cosas y se encierra en sí misma para encontrar los “orígenes” de las cosas. Ni tampoco E. Husserl piensa otra cosa, cuando funda el conocimiento de las ideas en una reducción fenomenológica, esto es, en la operación de “borrar” o de “poner entre paréntesis” el coeficiente existencial (contingente) de las cosas, para alcanzar su essentia. No puedo asentir en detalle a la teoría de esta reducción dada por Husserl; pero sí debo conceder que en ella está significado el acto que define más propiamente al espíritu humano. Para saber cómo tiene lugar este acto de reducción, es necesario saber en qué consiste propiamente nuestra vivencia de la realidad. No puede señalarse sensación alguna (azul, duro, etc.) que corresponda especialmente a la impresión de la realidad. Ni la percepción, ni el recuerdo, ni el pensamiento, ni ningún otro acto perceptivo posible puede procurarnos esta impresión, pues lo que nos dan es exclusivamente la manera de ser las cosas, jamás su existencia. La existencia nos es dada por la vivencia de la resistencia que ofrecen las esferas del mundo ya descubiertas. Ahora bien: resistencia solamente la hay para nuestros impulsos, para nuestra vida impulsiva, para nuestro impulso vital central. La vivencia primaria de la realidad, como vivencia de “la resistencia que ofrece el mundo”, precede a toda conciencia, a toda representación, a toda percepción. La percepción sensible más penetrante no viene nunca condicionada por solo el estimulo y el proceso normal del sistema nervioso. Ha de existir a la vez un movimiento impulsivo, ya sea de apetencia o de repugnancia, aun cuando se trate de la más simple sensación. Por tanto, si una sacudida de nuestro impulso vital es condición ineludible de toda posible percepción, las resistencias ejercidas contra aquel impulso vital por los centros y los campos de fuerzas residentes en el fondo de las imágenes de los cuerpos que integran el medio —las “imágenes sensibles” mismas carecen de toda acción causal— pueden ser vividas ya en un punto del proceso temporal de una percepción, en el cual no se haya llegado todavía a la percepción consciente de una imagen. La vivencia de la realidad no es, pues, posterior, sino anterior a toda “representación” del mundo. ¿Qué significa, pues, aquel enérgico “no” de que antes hablábamos? ¿Qué significa desrealizar el mundo o “idear” el mundo? No significa, como cree Husserl, reservar el juicio existencial; significa más bien abolir, aniquilar, fictivamente el momento de la realidad misma, toda esa impresión indivisa, poderosa, de realidad, con su correlato afectivo; significa eliminar esa angustia de lo terreno que como dice Schiller profundamente, sólo “desaparece en aquellas regiones donde habitan las formas puras”. Este acto de desrealización, acto ascético en el fondo, sólo puede consistir —si existencia es “resistencia”— en la anulación, en la examinación de ese impulso vital, para el cual el mundo se presenta como “resistencia”, y que es a la vez la condición de toda percepción sensible del ahora, del aquí y del modo contingentes. Pero ese acto sólo puede ser realizado por aquel ser que llamamos “espíritu”. Sólo el espíritu, en su forma de “voluntad pura, puede operar la inactualización de ese centro de impulso afectivo, que hemos conocido como el acceso a la realidad de lo real. EL HOMBRE COMO ASCETA DE LA VIDA El hombre es, según esto, el ser vivo que puede adoptar una conducta ascética frente a la vida —vida que le estremece con violencia—. El hombre puede reprimir y someter los propios impulsos; puede rehusarles el pábulo de las imágenes perceptivas y de las representaciones. Comparado con el animal, que dice siempre “si” a la realidad, incluso cuando la teme y rehuye, el hombre es el ser que sabe decir no, el asceta da la vida, el eterno protestante contra toda mera realidad. En comparación también con el animal (cuya existencia es la encarnación del filisteísmo), es el eterno “Fausto”, la bestia supidissima rerum novarum, nunca satisfecha con la realidad circundante, siempre ávida de romper los límites de su ser ahora, aquí y de este modo, de su “medio” y de su propia realidad actual. En este sentido ve también S. Freud en el hombre el “represor de sus impulsos” —en su obra: Allende el principio del placer—. Y sólo porque es esto, puede el hombre edificar sobre el mundo de su percepción, un reino ideal del pensamiento; y por otra parte, puede canalizar la energía —latente en los impulsos reprimidos— hacia el espíritu que habita en él. Esto es: el hombre puede sublimar la energía de sus impulsos en actividades espirituales. IV TEORÍA NEGATIVA Y TEORÍA CLÁSICA DEL HOMBRE Ahora bien, en este punto surge la cuestión decisiva. ¿Nace el espíritu por obra del ascetismo, de la represión, de la sublimación, o sólo recibe de éstos su energía? Mi convicción es que esa actividad negativa, ese “no” opuesto a la realidad, no condiciona en modo alguno el ser del espíritu, sino tan sólo su aprovisionamiento de energía y su capacidad para manifestarse. El espíritu mismo es, en último extremo, como dijimos, un atributo del ser mismo, que se manifiesta en el hombre, en la unidad concentrativa de la persona, que se “recoge” en sí misma. Pero como tal, el espíritu en su forma “pura” carece originariamente de todo “poderío”, “fuerza”, “actividad”. Para que el espíritu adquiera el más mínimo grado de actividad, ha de agregársele ese ascetismo, esa represión de los impulsos y simultánea sublimación, de que hablábamos. Partiendo de aquí descubrimos dos primeras posibilidades de concebir el espíritu, que representan un papel fundamental en la historia de la idea del hombre. La primera de estas teorías, desarrollada por los griegos, atribuye al espíritu mismo, no sólo fuerza y actividad, sino el máximo de poderío y de fuerza. La llamaremos teoría clásica del hombre. Es parte integrante de una concepción general del universo, que afirma que el ser del “universo” (cosmos), existente desde un principio e invariable a través del proceso de la historia, tiene una estructura tal, que las formas superiores del ser, desde la divinidad hasta la materia bruta, son, a la vez, los modos del ser más dotados de poder y de fuerza, o sea, los modos causativos. El ápice de un mundo semejante es, naturalmente, el Dios espiritual y omnipotente, es decir, el Dios que es omnipotente por virtud de su espíritu. La segunda concepción, que llamaremos teoría negativa del hombre, defiende la tesis inversa: que el espíritu mismo —hasta donde se admite este concepto— o, por lo menos, todas las actividades humanas “productoras de cultura”, esto es, todos los actos morales, lógicos, de contemplación estética y de creación artística, nacen exclusivamente por virtud de aquel “no”. Yo rechazo ambas teorías. Yo sostengo que aquel acto negativo tiene por resultado dotar de energía al espíritu, que es impotente por naturaleza y consiste sólo en un grupo de puras intenciones. Pero niego que el espíritu “nazca” por obra de dicho acto. LA TEORIA NEGATIVA Y SU CRÍTICA Citaré algunos ejemplos —muy heterogéneos, sin duda— de la teoría negativa del hombre. Son éstos la doctrina de la salvación, en Buda; la teoría de la “autonegación de la voluntad de vivir”, en Schopenhauer; el notable libro de Alsberg El enigma de la humanidad, y, finalmente, las últimas doctrinas de S. Freud, sobre todo la expuesta en Allende el principio del placer. No pudiendo entrar en la exposición detallada de estas doctrinas, les dedicaré solamente unas palabras. Para Buda el sentido de la existencia humana culmina en la extinción del ser humano como sujeto de apetitos, o sea en el ingreso en un mundo de esencias, que es objeto de pura contemplación: la nada o el nirvana. Buda no tiene una idea positiva del espíritu ni en el hombre, ni en el fundamento del universo. Sólo ha conocido profundamente el orden causal en que las cualidades sensibles, las formas, las relaciones, la espacialidad y la temporalidad del ser van cayendo en pedazos, gracias a la técnica de la desrealización por la íntima abolición del deseo y de lo que Buda llama la “sed”. Schopenhauer ve la nota esencial que diferencia al animal del hombre exclusivamente en que el animal no puede llevar a cabo esa negación “salvadora” de la voluntad de vivir, que el hombre verifica en sus ejemplares supremos; negación que es para Schopenhauer, como para su maestro Bouterweck, la fuente de todas las “formas superiores” de la conciencia y del saber en la metafísica, en el arte, en la ética de la compasión, etc. Alsberg, discípulo de Schopenhauer, reconoce muy justamente que ningún carácter morfológico o fisiológico o psicológico-empírico puede justificar la convicción general que tiene el mundo culto de que existe una diferencia esencial entre el hombre y el animal. Alsberg ha ampliado la doctrina de Schopenhauer, sosteniendo que el “principio de la humanidad” reside exclusivamente en que el hombre ha sabido eliminar sus órganos de la lucha por la vida y conservación del individuo y de la especie, en beneficio de la herramienta, del lenguaje y de la formación de conceptos, que Alsberg reduce a eliminación de los órganos y de las funciones sensibles según el principio —formulado por Mach— del máximo “ahorro” posible de contenidos sensibles. Expresamente rechaza Alsberg la definición del hombre por el espíritu y la razón. La razón, que sólo conoce —erróneamente, como su maestro Schopenhauer— como pensamiento discursivo y en especial como formación de conceptos, es para él una consecuencia del lenguaje, no su raíz; y en cuanto al lenguaje mismo, lo considera como un “instrumento inmaterial”, destinado a eliminar el trabajo de los órganos de los sentidos. La causa de que aparezca este “principio de la humanidad” o tendencia de la vida a eliminar sus órganos y a establecer “herramientas” y en lugar de la función viva del órgano; la causa también de la creciente “cerebralización” del hombre en sentido morfológico y fisiológico es, segur Alsberg, la muy deficiente adaptación de los órganos humanos a su medio (carencia de pie prensil o pie trepador, de garras, de colmillos, de pelaje, etcétera), esto es, la falta de esas adaptaciones orgánicas específicas que poseen sus próximos parientes, los monos antropoides. El llamado “espíritu” es para Alsberg, por tanto, un sustitutivo tardío de una deficiente adaptación orgánica; o como se podría decir en el sentido de Alfredo Adler: la supercompensación de una deficiencia orgánica constitucional de la especie humana. También las últimas doctrinas de S. Freud entran en el círculo de las teorías negativas del hombre. Ya Schopenhauer había usado el término de “represión” de los impulsos y de los afectos para explicar determinadas “formas de los demencia”, como él dice expresamente. Es sabido con qué grandiosidad ha desarrollado Freud estas ideas para explicar el origen de la neurosis. Pero, según Freud, estas mismas represiones de los impulsos, que en una dirección explicarían la neurosis, engendrarían por otra parte nada menos que la capacidad para toda clase de creación cultural superior y aun la especificidad de la naturaleza humana misma, como dice Freud expresamente, en el caso de que la energía reprimida de los impulsos se sublimase. Así dice expresamente en Allende el principio del placer: “la evolución del hombre hasta el presente no me parece necesitar otra explicación que la de los animales. El afán incesante de mayor perfección, impulso que se observa en una mino-ría de individuos humanos, puede explicarse sin dificultad como consecuencia de esa represión de los impulsos, sobre la cual está edificado lo más valioso de la cultura humana”, etc. (p. 40). Se ha reparado poco todavía en que el Freud de la última época, desde que ha ex -puesto la doctrina dualista de los dos impulsos fundamentales, la libido y el impulso tanático, llega a una sorprendente coincidencia, no sólo con Schopenhauer, sino directamente con la doctrina de Buda. Según ambas doctrinas, todas las formas del espíritu, desde la cosa material, pasando por la planta, el animal, y el hombre, hasta el sabio que posee el “saber santo”, serían en el fondo, por decirlo así, grupos de una procesión petrificada hacía la nada silenciosa, hacia la muerte eterna. En efecto, para Freud —que atribuye al organismo en general (erróneamente, según creo), una tendencia a la pura y simple conservación de su naturaleza, una tendencia al reposo, a protegerse contra los estímulos, a “rehusar” los estímulos— el sistema del poderío, que en el animal se agrega a los sistemas de la nutrición, del crecimiento y de la reproducción y se intercala entre ellos y el medio (en contraste con la planta) es ya un producto relativo del impulso tanático, en el fondo destructor, sádico, nostálgico y primitiva aspiración de la vida “a retornar a lo inorgánico”. El defecto capital de todas las formas de esta teoría negativa del hombre es no dar la más mínima respuesta a las preguntas siguientes: ¿Qué es lo que niega en el hombre? ¿Qué es lo que anula la voluntad de vivir? ¿Qué es lo que reprime los impulsos? ¿Y por qué diversas y últimas razones la energía de los impulsos reprimidos se convierte unas veces en neurosis y se sublima otras veces en actividad creadora de cultura? ¿En qué sentido se subliman y cómo concuerdan, al menos parcialmente, los principios del espíritu con los principios del ser? Finalmente, ¿para qué se reprime, se sublima, se niega la voluntad de vivir? ¿Con vistas a qué valores y fines últimos? El mismo Alsberg no puede menos de preguntarse: ¿Quién realiza la eliminación de los órganos? ¿Quién inventa las herramientas materiales e inmateriales? La mera “necesidad”, que ya Lamarck sobreestimaba tan desmesuradamente en la formación de nuevos órganos, cuando la consideraba como la última “causa de su propia satisfacción”, no es bastante en modo alguno. ¿Por qué, pues, no se ha extinguido una especie tan mal adaptada, ya que se han extinguido otras muchas especies? ¿Cómo ha sido posible que este ser, ya casi condenado a muerte, este animal enfermo, retrasado, doliente, cuya actitud fundamental es la de encubrir y proteger medrosamente sus órganos mal adaptados, supervulnerables, se haya salvado en el “principio de la humanidad” y con éste en la civilización y en la cultura? Se ha dicho que el hombre tiene un exceso de impulsos como carácter específico originario (A. Seydel) y que por eso ha tenido necesidad de reprimirlos. Pero este exceso de impulsos parece ser más bien consecuencia de la represión de los impulsos, que no su causa. La teoría negativa del hombre presupone siempre lo que pretende explicar: la razón, el espíritu, la autonomía del espíritu y la identidad parcial de sus principios con los del ser. El espíritu es el que verifica la represión de los impulsos, mediante la voluntad, que, guiada por las ideas y los valores, rehúsa a los impulsos opuestos a dichas ideas y valores las representaciones necesarias para llevar a cabo una acción impulsiva, mientras por otro lado ofrece como un cebo ciertas representaciones conformes a las ideas y a los valores, a los impulsos latentes, para coordinarlos, de manera que ellos mismos ejecuten el proyecto de la voluntad, dictado por el espíritu. Llamaremos conducción a este proceso fundamental que acabamos de escribir y que consiste en “enfrenar” ciertos impulsos para desenfrenar otros; y entenderemos por dirección la presentación —digámoslo así— de la idea y del valor mismo, que se realizan en cada caso por medio de los movimientos impulsivos. Mas lo que el espíritu no puede hacer es engendrar o aniquilar por sí mismo energía impulsiva alguna. Pero no sólo esta represión por obra del espíritu; también su fin último es algo positivo: la íntima liberación y emancipación y el aprovisionamiento de poderío y actividad, en suma, la vivificación del espíritu. Sólo ésta merece con justicia llamarse sublimación de la vida en el espíritu; no un proceso místico, supuesto creador de nuevas cualidades espirituales. LA TEORIA CLÁSICA Y SU CRÍTICA Con esto volvemos a la llamada “teoría clásica”. Según ya he dicho, esta teoría es tan falsa como la negativa. Mas como domina casi toda la filosofía de Occidente, su error es mucho más peligroso para nosotros. Esta teoría, que tiene su origen en el concepto griego del espíritu y de las ideas, es la teoría de la autarquía de la idea, la teoría de que la idea está originariamente dotada de fuerza y actividad, es capaz de acción causal. Los griegos la concibieron por vez primera y gracias a ellos se ha convertido en una concepción básica para la mayor parte de la burguesía occidental15. Ahora bien, esta teoría clásica del espíritu —ya se ofrezca en el aspecto que le dieron Platón y Aristóteles, para quienes las ideas y las formas se presentan ante todo como fuerzas creadoras, que de un “~iI~v” (no ser) o del “ser posible” de la materia prima extraen y forman las cosas del mundo —ya se presente en el aspecto teísta de la religiosidad judeo-cristiana, que hace de Dios sólo un espíritu puro y le adjudica, como tal, no sólo la dirección y la conducción (“enfrenar o desenfrenar”), sino una voluntad positiva, creadora, omnipotente incluso —ya aparezca en la forma más panteísta de J. T. Fichte o del panlogismo de Hegel, según el cual la historia del universo se funda en el autodespliegue de la Idea divina, conforme a una ley dialéctica, siendo el hombre en el fondo tan sólo la conciencia naciente que la divinidad espiritual y eterna llega a tener de sí misma “en él”—, esta teoría clásica, digo, adolece siempre y dondequiera del mismo error, que consiste en creer que el espíritu y la idea poseen una fuerza primaria. Ahora bien; esta doctrina clásica del hombre se presenta, sobre todo, en dos formas capitales: la doctrina del alma humana sustancial y espiritual, y aquellas teorías según las cuales sólo existe un espíritu único, del cual todos los demás espíritus son meros modos o centros de actividad (Averroes, Spinoza, Hegel). La teoría del alma sustancial descansa en una aplicación completamente ilegítima de la categoría de cosa exterior, o —en su forma más antigua— en la distinción entre las categorías de “materia” y “forma”, inspirada en los organismos, y su aplicación a la relación del alma y el cuerpo (Santo Tomás de Aquino). Ambas aplicaciones de categorías cosmológicas al ser central del hombre fallan su blanco. La persona humana no es una “sustancia”, sino un complejo de actos organizados monárquicamente, esto es, de los cuales uno lleva en cada caso el gobierno y dirección. Pero dejemos la crítica de las formas particulares que adoptan estas doctrinas. El error fundamental de donde procede la teoría “clásica” del hombre es más profundo; es un error de principio, que se relaciona con la imagen total del universo, y consiste en suponer que este mundo en que vivimos, está ordenado desde su origen y constantemente de manera tal, que las formas del ser, cuanto más altas son, más aumentan no sólo en sentido y valor, sino también en fuerza y poderío. Para nosotros hay, pues, dos errores igualmente graves:el de pensar que las formas superiores del ser —por ejemplo, la vida frente a lo inorgánico, la conciencia frente a la vida, el espíritu en relación a las formas infrahumanas de la conciencia en el hombre y fuera del hombre— se originan genéticamente de procesos pertenecientes a las formas inferiores del ser (materialismo y naturalismo); y el de creer, a la inversa, que las formas superiores del ser son causa de las inferiores, por ejemplo, que hay una fuerza vital, una actividad de la conciencia, un espíritu poderoso y activo por propia naturaleza (vitalismo e idealismo). La teoría negativa conduce a una falsa explicación mecanicista de todas las cosas; la clásica, al inconsistente absurdo de una concepción “teleológica” del universo, como la que domina en toda la filosofía teísta de Occidente. Nicolás Hartmann ha expresado reciente-mente con mucha exactitud esta misma idea, que ya había defendido yo en mi Ética: “Las categorías superiores del ser y del valor son por naturaleza las más débiles”. RELACIÓN ENTRE EL ESPÍRITU Y EL PODERÍO EN LA NATURALEZA, EL HOMBRE, LA HIS- TORIA Y EL FUNDAMENTO DEL UNIVERSO La corriente de las fuerzas y las causas, única que puede poner la existencia y los modos accidentales de ser, no corre, en este mundo que habitamos, de arriba abajo, sino de abajo arriba. Ahí está, en la más orgullosa independencia, el mundo inorgánico con sus leyes propias. Ese mundo contiene en unos, muy pocos puntos, esos que llamamos “vivientes”. En orgullosa independencia existen la planta y el animal frente al hombre, si bien el animal depende mucho más de la existencia de la planta que ésta de la de aquél. La vida animal, en efecto, no significa sólo una ganancia frente a la vegetal, sino también una pérdida, puesto que el animal ya no posee ese comercio directo con lo inorgánico, que la planta debe a la forma de su alimentación. En análoga independencia vive la masa como tal en la historia; tienen leyes propias sus movimientos frente a las formas superiores de la existencia humana. Breves y raros son los períodos en que florece la cultura en la historia de la humanidad. Breve y raro es lo bello en su delicadeza y vulnerabilidad. La ordenación primaria que existe entre las formas superiores e inferiores del ser, de las categorías de valor, de las fuerzas y potencias en que aquéllas se realizan, queda caracterizada en los siguientes términos: “Originariamente, lo inferior es poderoso, lo superior es impotente”. Toda forma superior del ser es, con respecto a las inferiores, relativamente inerte, y no se realiza mediante sus propias fuerzas, sino mediante las fuerzas de las inferiores. El proceso de la vida es en sí mismo un proceso en el tiempo, con forma y estructura propias; pero se realiza exclusivamente por medio de las materias y fuerzas del mundo inorgánico. Enteramente análoga es la relación entre el espíritu y la vida. El espíritu puede lograr fuerza mediante el proceso de la sublimación. Los impulsos vitales pueden penetrar (o no penetrar) en las leyes del espíritu y en la estructura de las ideas y de los valores que el espíritu presenta a los impulsos al dirigirlos; y en el transcurso de esta penetración y compenetración en el individuo y en la historia, pueden los impulsos prestar fuerza al espíritu. Pero el espíritu no tiene por naturaleza ni originariamente energía propia. La forma superior del ser “determina”, por decirlo así, la esencia y las regiones esenciales en la configuración del universo; pero es realizada por otro, por un segundo principio, también originariamente propio del ser primigenio: el principio creador de la realidad y plasmador de las imágenes contingentes, el principio que llamamos impulso, o fantasía impulsiva y creadora, según los casos. Lo más poderoso que hay en el mundo, son pues, los centros de fuerza del mundo inorgánico, que son ciegos para las ideas y las formas y que constituyen los puntos de acción inferiores del “impulso”. Según cierta concepción de nuestra física teórica actual, concepción que se extiende cada vez con mayor fuerza, parece que estos centros no están sometidos en sus relaciones mutuas a una legalidad ontológicamente necesaria, sino tan sólo a una legalidad contingente, de índole estadística. El ser vivo —cuyos órganos sensoriales y cuyas funciones sensibles indican más los procesos regulares del mundo que los irregulares —es quien introduce en el mundo esas “leyes naturales” que la inteligencia descifra luego. No la ley reside tras el caos de la contingencia y la arbitrariedad, sino el caos yace en el fondo de la ley formal mecánica. Si triunfase la teoría de que todas las leyes naturales de estructura mecánica sólo tienen en último término una significación estadística y de que todos los procesos naturales (incluso los de la esfera microscópica) son procesos resultantes de la acción recíproca entre unidades dinámicas arbitrarias, nuestra imagen de la naturaleza experimentaría una enorme transformación. Las verdaderas leyes ónticas resultarían ser entonces las llamadas leyes de “figura”, esto es, las leyes que prescriben cierto ritmo temporal a los procesos y, en dependencia de éste, ciertas figuras estáticas a la existencia corpórea16. Y como en la esfera de la vida, tanto fisiológica como psíquica, las únicas leyes vigentes pertenecen, con seguridad, a la clase de las leyes de “figura” (aunque no necesariamente sólo las leyes materiales de la física), resultaría que la legalidad de la naturaleza volvería a ser, según esta concepción, rigurosamente unitaria. En este caso, no sería imposible extender formalmente el concepto de sublimación a todo el curso del universo. La sublimación tendría lugar entonces en todo proceso mediante el cual las fuerzas de una esfera inferior del ser se pusieran paulatinamente —en el proceso del mundo— al servicio de un ser y de un proceso de forma superior; como, por ejemplo, las fuerzas que juegan entre los electrones se ponen al servicio de la forma atómica, o las fuerzas que actúan dentro de mundo inorgánico al servicio de la estructura viviente. El advenimiento del hombre y del espíritu debería considerarse entonces como el último proceso de sublimación de la naturaleza, hasta el presente; proceso que se manifiesta simultáneamente: 1º) en la aplicación cada vez mayor de las energías exteriores, recogidas por el organismo, a los procesos más complicados, que conocemos a los procesos de excitación de la corteza cerebral; 2º) en el proceso psíquico análogo de la sublimación de los impulsos, como transformación de la energía impulsiva en actividad “espiritual”. En otra forma volvemos a encontrar este mismo proceso —del antagonismo entre el espíritu y la vida— en la historia de la humanidad. Seguramente no es válida tampoco aquí la tesis de Hegel, según la cual la his