libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. HESSE, HERMANN Calw, (1877-1962). Hermann Hesse abandonó su familia desde muy joven y trabajó en distintos oficios hasta que consiguió publicar la novela Peter Camenzind (1904), donde Hesse expresaba la rebeldía de los hijos contra los padres, asunto recurrente en Bajo la rueda (1906). En Gertrudis (1910), Hesse narró la historia de un matrimonio desgraciado como fue el suyo y, un año después, realizó un viaje a la India que le inspiraría Siddharta (1922). Antes había publicado Demian (1919), su obra más conocida junto a El lobo estepario. Su última novela fue El juego de abalorios (1943), una tentativa de síntesis de la filosofía oriental y la occidental. El conjunto de su obra fue galardonado en 1946 con el Premio Nobel de Literatura. LA CIUDAD Hermann Hesse Esto Marcha!" -gritó el ingeniero cuando llegaba, sobre el tramo de vía que ayer habían acabado de instalar, el segundo tren repleto de gente, carbón, herramientas y víveres. La pradera ardía silenciosamente a la luz amarilla del sol, la alta cordillera boscosa se erguía en el brumoso azul del horizonte. Perros salvajes y búfalos de la pradera, sorprendidos, observaban como en la deshabitada comarca comenzaba el trabajo y el barullo, como sobre la tierra verde surgían manchas de carbón y cenizas, de papel y de hojalata. La primera garlopa rechinó estridente en la tierra asustada, el primer disparo de escopeta tronó y retumbó en las montañas, el primer yunque emitió su agudo sonido bajo los rápidos golpes de martillo. Surgió una casa de hojalata, y al día siguiente una de madera y otras más, cada día nuevas, y pronto las hubo también de piedra. Los perros salvajes y los búfalos se mantenían alejados, la región se hizo dócil y fértil. Ya al comenzar la primera primavera los verdes cereales ondeaban en la llanura, donde se alzaban corrales, establos y graneros al tiempo que las carreteras cortaban el desierto. La estación se terminó y se inauguró y también el Palacio de Gobierno y el Banco. Varias ciudades hermanas, apenas unos meses más jóvenes, crecieron en las proximidades. Llegaron obreros de todo el mundo, campesinos y ciudadanos, llegaron comerciantes y abogados, predicadores y maestros; se fundó una escuela, tres comunidades religiosas, dos periódicos. En el oeste se encontraron yacimientos de petróleo, la joven ciudad experimentó un notable bienestar. Al cabo de un año ya había carteristas, proxenetas, atracadores, un almacén, una liga antialcohólica, un sastre parisiene y una cervecería bávara. La competencia de las ciudades vecinas aceleró el ritmo. Nada faltaba ya, desde el mitin electoral hasta la huelga, desde una sala para cine y teatro hasta un club espiritista. Se podía conseguir en la ciudad vino francés, arenques noruegos, embutidos italianos, tejidos ingleses, caviar ruso. Al lugar llegaban ya de gira cantantes, bailarines, músicos de segunda fila. Y lentamente fue llegando también la cultura. La ciudad, que al principio había sido solamente un asentamiento, empezó a convertirse en una patria. Había aquí una manera peculiar de saludarse, una forma de inclinar la cabeza al encontrarse que se diferenciaba ligera y sutilmente de las maneras de las otras ciudades. Los hombres que habían tomado parte de la fundación de la ciudad disfrutaban de respeto y simpatía, irradiaban una cierta nobleza. Creció una nueva generación, la de aquellos para los que la ciudad resultaba una vieja patria con raíces que se hundían en la eternidad. El tiempo en que había retumbado el primer golpe de martillo, en el que se había producido el primer asesinato, en el que se había celebrado el primer oficio divino, en el que se había impreso el primer periódico, quedaba lejos en el pasado, ya era historia. La ciudad se había erigido en dominadora de las ciudades vecinas y en capital de un extenso territorio. Al borde de las anchas y alegres calles donde un día se habían situado junto a montones de ceniza y charcos las primeras casas de tablazón y hojalata, ahora se alzaban dignos y adustos ministerios y bancos, teatros e iglesias. Los estudiantes iban paseando a la universidad y a la biblioteca, las ambulancias se dirigían silenciosamente a las clínicas, el coche de un diputado era reconocido y aclamado; en veinte imponentes colegios de piedra y hierro se festejaba cada año el día de la fundación de la famosa ciudad con cánticos y discursos. La que en tiempos fue pradera ahora se encontraba cubierta de campos de cultivo, fábricas, pueblos y atravesada por veinte líneas de ferrocarril; la cordillera se había aproximado y había sido explorada hasta el corazón de sus gargantas gracias a un tren de montaña. Allí, o lejos junto al mar, los ricos tenían sus residencias veraniegas. Cien años después de su fundación un terremoto destruyó la ciudad reduciéndola a escombros. Ella se levantó de nuevo, y todo lo que había sido de madera se hizo ahora de piedra, todo lo pequeño se hizo grande, todo lo estrecho, ancho. La estación era la más grande del país, la bolsa era la mayor de todo el continente. Arquitectos y artistas embellecían la rejuvenecida ciudad con edificios públicos, parques fuentes y monumentos. A lo largo de este nuevo siglo la ciudad conquistó la fama de ser la más hermosa y opulenta del país, algo digno de visitarse. Políticos y arquitectos, técnicos y alcaldes de ciudades extranjeras viajaban hasta allí para estudiar las construcciones, los acueductos, la administración y otros servicios públicos de la famosa ciudad. Por entonces comenzó la construcción de un nuevo ayuntamiento, uno de los edificios más grandes y suntuosos del mundo, y como este período de incipiente riqueza y orgullo urbano coincidiera felizmente con el auge del buen gusto general, sobre todo por la arquitectura y la escultura, la ciudad, que crecía rápidamente, se convirtió en una maravilla audaz y atractiva. El centro de la ciudad, cuyos edificios eran sin excepción alguna de noble piedra gris clara, estaba rodeado por un ancho cinturón verde de magníficos parques. Al otro lado de este anillo, calles y casas se dispersaban suavemente, perdiéndose en la libre campiña. Muy visitado y alabado era un gigantesco museo, en cuyos cientos de salas, patios y galerías se representaba la historia de la ciudad desde su origen hasta su último desarrollo. En la impresionante antesala de esta institución se mostraba la primitiva llanura con sus bien cuidadas plantas y animales, maquetas exactas de aquellas primeras y miserable viviendas, callejuelas e instalaciones. Por allí deambulaba la juventud y contemplaba el transcurso de su propia historia, desde la tienda de campaña y el granero de tablazón, desde el primer tramo de vía desnivelado, hasta el esplendor de las avenidas de la gran ciudad. Y guiados e instruidos por sus profesores, aprendían a comprender las soberbias leyes del progreso y del desarrollo, cómo de lo tosco sale lo delicado, del animal el ser humano, del salvaje el ilustrado, de la indigencia la abundancia, de la naturaleza la cultura. En el siglo siguiente la ciudad alcanzó el cenit de su grandeza, puesta de manifiesto en un exuberante opulencia que aumentaba con rapidez, hasta que una sangrienta revolución de los estamentos sociales más bajos pusofina todo aquello. El populacho comenzó a incendiar muchas de las grandes refinerías de petróleo situadas a algunas millas de la ciudad, de tal manera que una considerable extensión del país, con fábricas, fincas y pueblos, en parte se quemó y en parte quedó asolada. Ciertamente la ciudad misma sufrió matanzas y horrores de todo tipo, pero se mantuvo en pie y se fue recuperando de nuevo lent amente en décadas de austeridad, aunque sin volver a conseguir jamás aquel relajado modo de vivir y construir de antaño. Y durante sus tiempos difíciles, un lejano país, que había prosperado de improviso al otro lado del mar, empezó a suministrar grano, hierro plata y otros tesoros, con la abundancia propia de un suelo no esquilmado que ofrece con generosidad todo lo que tiene. El nuevo país atrajo poderosamente hacia si las fuerzas improductivas, las aspiraciones y deseos del viejo mundo. Allí brotaron de la tierra ciudades durante la noche, los bosques desaparecieron, las cascadas fueron domeñadas. La hermosa ciudad comenzó a empobrecerse paulatinamente. Ya no era el corazón y el cerebro del mundo, ni tampoco el mercado y la bolsa de numerosos países. Tenía que conformarse con mantener su vida y no extinguirse totalmente en medio de la barahúnda de los nuevos tiempos. Las ociosas fuerzas, a no ser que marcharan al lejano nievo mundo, apenas si tenían algo que construir o que conquistar, apenas algo que negociar y ganar. En su lugar, sobre el humus cultural, ahora ya envejecido, germinó una vida intelectual. Sabios y artistas, pintores y poetas surgieron de esa ciudad en la que iba reinando el silencio. Los descendientes de aquellos que un día construyeron las primeras casas sobre el suelo virgen, pasaban satisfechos sus días en apacible y crepuscular florecimiento de aspiraciones y deleites intelectuales. Pintaban la melancólica suntuosidad de viejos jardines cubiertos de musgo, con estanques verdes y estatuas erosionadas por la acción del tiempo, y cantaban delicados versos que relataban tanto la lejana algarabía de los pasados tiempos como los apacibles sueños de hombres cansados en sus viejos palacios. Por todo ello, el nombre y la fama de esta ciudad restalló de nuevo por todo el mundo. Aunque en el exterior las guerras conmovieron las vidas de los pueblos y estos se afanaron en grandes empresas, aquí se sabía gobernar la paz en enmudecido aislamiento y se dejaba traslucir quedamente la brillantez de tiempos perdidos: calles serenas cubiertas con ramas floridas, fachadas de mayestáticas construcciones teñidas por la pátina del tiempo durmiendo en torno a silenciosas plazas, cálices de fuentes revestidas de musgo rebosantes de juguetonas aguas que producían dulces efectos musicales. Durante algunos siglos, la antigua y soñadora ciudad fue para el mundo un lugar venerable y amado, cantado por poetas y visitado por enamorados. Pero la vida de la humanidad empujaba cada vez con más ímpetu hacia otros continentes. Y en la ciudad misma los descendientes de las antiguas familias nativas empezaron a extinguirse o a decaer. Hacía ya mucho tiempo que el último florecimiento intelectual había alcanzado también su plenitud y solo quedaba un tejido en descomposición. Las pequeñas ciudades vecinas habían desaparecido totalmente en tiempos lejanos, convertidas en silenciosos montones de ruinas habitadas de cuando en cuando por gitanos y delincuentes fugitivos. Después de un terremoto, que a pesar de todo no afectó a la propia ciudad, el curso del río se desvió y una parte del asolado país quedó convertido en pantano, la otra en desierto estéril. Y desde las montañas, donde se desmoronaban restos de antiquísimas canteras y casas de campo, avanzaba el bosque, el viejo bosque, lentamente hacia abajo. Veía la extensa región yerma ante sí y pausadamente la engullía tramo a tramo, envolviéndola en su verde círculo, aquí cruzando un pantano con un susurrante verdor, allí cubriendo un montón de guijarros con jóvenes y resistentes coníferas. Al final ya no moraba ningún vecino en la ciudad, solamente chusma, gente bárbara y salvaje, que encontraba refugio en los palacios desplomados y hundidos mientras sus famélicas cabras ramoneaban en los antiguos jardines y avenidas. También esta última población se fue extinguiendo paulatinamente debido a enfermedades y cretinismo. Todo el territorio había sido invadido por fiebres a causa de la ciénaga y quedó sumido en el olvido. Los restos del antiguo ayuntamiento, orgullo de su época, se mantenían aún enhiestos y mayestáticos, ensalzados en canciones de todas las lenguas y fuente de innumerables sagas de pueblos vecinos, cuyas ciudades también, desde hacía tiempo, yacían abandonadas, mientras su cultura degeneraba. En cuentos infantiles de misterio y en tristes canciones bucólicas los nombres de la ciudad y de su pasada gloria aparecían transformados y desfigurados de manera fantasmagórica, y estudiosos de lejanos pueblos, cuyo período áureo aún florecía, venían de vez en cuando en peligrosas expediciones a las ruinas sobre cuyos misterios los jóvenes de lejanos países conversaban con entusiasmo. Se imaginaban pórticos de oro puro y tumbas rebosantes de piedras preciosas, y que las salvajes tribus nómades del lugar custodiaban restos olvidados de un milenario arte mágico propio de viejos tiempos de leyenda. Pero el bosque proseguía su descenso desde las montañas hacia la planicie, lagos y ríos nacían y desaparecían, y el bosque avanzaba acaparando y cubriendo lentamente toda la región, los restos de los antiguos muros, palacios, templos y museos; zorros y martas, lobos y osos repoblaban la inhóspita comarca. Sobre uno de los palacios derrumbados, sin piedra alguna en pie, se encontraba un joven pino que un año atrás había sido todavía el primer mensajero y precursor del creciente bosque. Ahora, en cambio, este pino contemplaba ante si la joven vegetación en lontananza. "Esto marcha!" -gritó un pájaro carpintero, que picoteaba un tronco, y miró satisfecho el creciente bosque y el espléndido y verdecido progreso sobre la Tierra La ciudad Hermann Hesse libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com..