libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Verga Giovanni (1840-1922) Novelista, dramaturgo y autor de relatos breves italiano, principal exponente del movimiento denominado verismo (realismo), y uno de los escritores italianos más influyentes. Nació en el seno de una familia de hacendados de Catania, Sicilia, y vivió en Florencia y Milán antes de regresar a Catania. En sus comienzos escribió novelas siguiendo las tendencias de la época; pero su verdadero talento surgió cuando empezó a escribir sobre los campesinos y pescadores sicilianos. En sus narraciones breves y en sus novelas Cavalleria rusticana (1880), Los malavoglia (1881) y Maese don Gesualdo (1889), Verga describió la vida y costumbres de los campesinos sicilianos por medio de un detallado, dramático y austero realismo, conocido como verismo, basado en la atenta observación, un estilo que influyó notablemente en los escritores y cineastas del periodo posterior a la II Guerra Mundial. También escribió una versión teatral de Cavalleria rusticana (llevada a los escenarios en 1884), que constituyó la base para la ópera homónima de Pietro Mascagni (1890). Asimismo, Luchino Visconti se inspiró en Los malavoglia para su película La terra trema (1948), obra fundamental del neorrealismo cinematográfico italiano. Caballería rusticana Giovanni Verga Turiddu Macca, el hijo de la tía Nunzia, como regresó de hacer el soldado, cada domingo se pavoneaba en la plaza uniformado de granadero y con la birreta roja, que parecía aquella de la buena ventura, cuando pone la mesa con la jaula de los canarios. Las muchachas se lo quitaban con los ojos, mientras iban a la misa con la nariz enfundada en la mantillita, y los rapaces le zumbaban en torno como las moscas. Se había llevado también una pipa con el rey a caballo que parecía vivo, y prendía los fósforos por detrás de los pantalones, subiendo la pierna, como si fuera a dar un puntapié. Pero con todo eso Lola del tío Ángelo no se había hecho ver ni a la misa, ni a la barandilla, pues se había casado con uno de Licodia, que hacía el carretero y tenía cuatro mulos de Sortino en el establo. Primeramente Turiddu como lo supo, ¡cuerpo de tal! querría sacarles las entrañas de la panza, ¡querría sacarle, a aquel de Licodia! Pero nada hizo, y se desahogó yendo a cantar todas las tonadillas de desdén que conocía bajo la ventana de la bella. - Pues, ¿nada tiene que hacer Turiddu de la tía Nunzia, -decían los vecinos, - que pasa la noche cantando como una gorriona solitaria? Finalmente se topó con Lola que regresaba del viaje a la Madona del Peligro, y al verlo, non se hizo ni blanca ni roja casi non fuera hecho suyo. - ¡Dichoso quien os ve! – le dijo. - Ah, compadre Turiddu, ya me habían dicho que habéis regresado al primero del mes. - ¡A mí me han dicho otras cosas aún! – contestó él. – Pues, ¿es verdad que os casáis con compadre Alfio, el carretero? - ¡Si hay la voluntad de Dios! –contestó Lola tirándose en la barbilla los dos picos del pañuelo. - ¡La voluntad de Dios la hacéis con el tira y afloja, así como os hace gracia! Y la voluntad de Dios era que tenía que regresar de tanto lejos para encontrar estas dichosas novedad, ¡tía Lola!- El pobretón tentaba aún de hacer el bueno, pero la voz se le era trocada fosca; y pisaba los tallones de la muchacha balanceándose con la borla de la birreta que le bailaba acá y allá por los hombros. A ella, en conciencia, le acongojaba verlo así cariacontecido, pero no tenía el corazón de lisonjearlo con bellas palabras. - Escucháis, compadre Turiddu, -le dijo al fin, - dejadme alcanzar mis compañeras. Pues, ¿qué dirían en el pueblo si nos vieran juntos?... - Es justo, -contestó Turiddu; -ahora que casáis compadre Alfio, que tiene cuatro mulos en el establo, es necesario hacer callar la gente. Mi madre en vez, pobrecita, hubo que venderla la mula baya, y aquel pedacito de viña en la carretera, al tiempo que yo era soldado. Pasó aquel tiempo que Berta filaba, y vos no pensáis más a cuando hablábamos por la ventana del patio, y me donasteis aquel pañuelo, antes de irme, que Dios sabe cuantas lágrimas he hecho adentro marchándome tan lejos que se perdía hasta el nombre de nuestro pueblo. Ahora adiós, tía Lola, facemu cuntu ca chioppi e scampau, e la nostra amicizia finiu 1-. La tía Lola se casó con el carretero; y por el domingo se ponía en la barandilla, con las manos en el vientre para hacer ver todas las gruesas sortijas que le había regalado su marido. Turiddu continuaba cruzando y recruzando por la callejuela, con la pipa en boca y las manos en los bolsillos, aparentando indiferencia, y oteando las muchachas; pero por adentras se consumía que el marido de Lola tenía todo aquel oro, y que ella fingiese de no fijarse en él cuando pasaba. - ¡Quiero hastiarla propio bajos los ojos a aquella perraza! -refunfuñaba De cara a compadre Alfio estaba el tío Cola, el viñatero, que era rico como un cerdo, decían, y tenía una hija en casa. Turiddu tanto dijo y tanto hizo que ingresó mayoral del tío Cola, y empezó a pendonear por la casa y a decir palabritas dulces a la muchacha. - ¿Por qué no le soltáis a la tía Lola esas cosas hermosas? – contestaba Santa. - ¡La tía Lola es una señorona! La tía Lola se ha casado con un rey de corona, ¡ahora! - Yo no los merezco los reyes de corona. - Os valéis cien de Lolas, y yo conozco uno que no miraría la tía Lola, ni a su santo, cuando estáis vos, pues la tía Lola, no es digna de llevaros los zapatos, no es digna. - El zorro cuando a las uvas no pudo llegar... - Dijo: ¡cómo estás preciosa, racinedda2 mía! - ¡Vaya! aquellas manos, compadre Turiddu. - ¿Tenéis miedo que os coma? - No tengo miedo ni de usted ni del vuestro Dios. - ¡Eh! vuestra madre era de Licodia, ¡ya lo sabemos! ¡Tenéis la sangre rojisa! ¡Ah! que os comería con los ojos. - Comedme también con los ojos, que migas no las haremos; pero entretanto echadme aquel fajo. - ¡Por usted echaría toda la casa, echaría! - Ella, para no ruborizarse, le echó un palo che tenía bajo mano, y no lo cogió por puro milagro. - Démonos prisa, que las chácharas no hacinan sarmientos. - Si fuera rico, querría buscarme una mujer como a usted, tía Santa. - Yo no me casaré con un rey de corona como la tía Lola, pero mi dote también yo la llevo, cuando el Señor me mandará alguien. - Ya lo sabemos que sois rica, ¡lo sabemos! - Bueno, si ya lo sabéis daos prisa, pues el tata ya llega, y no querría hacerme encontrar en la era-. - El tata empezaba ya a retorcer los morros, pero la moza fingía de no percatarse, pues la borla del granadero le había hecho cosquillas en el corazón, y le bailaba siempre delante los ojos. Como el padre sacó fuera del zaguán Turiddu, la hija le abrí la ventana, y estaba a cuchichear con él cada noche, y todo el vecindario no hablaba de otra cosa - Para ti me vuelvo loco, decía Turiddu, - y pierdo el sueño y el apetito. - Chácharas. - ¡Querría ser el hijo de Vittorio Emanuele3 para casarme contigo! - Chácharas. - ¡Por la Madona que te comería como el pan! - ¡Chácharas! - ¡Ah! ¡palabra de honor! - ¡Ah! ¡mamá mía!- Lola que escuchaba cada noche, escondida detrás la maceta de albahaca, y se volva pálida y roja, un día llamó Turiddu. - ¿Y así, compadre Turiddu, los viejos amigos non se saludan más? - ¡Pero! – suspiró el chaval, -dichoso quien puede saludaos! - ¡Si tenéis intención de saludarme, ya sabéis donde estoy de casa! –contestó Lola. Turiddu volvió a saludarla así a menudo que Santa se fijó en el, y le cerró la ventana en las narices. Los vecinos se lo enseñaban con una sonrisa, o con un ademán de la cabeza, cuando pasaba el granadero. El marido de Lola estaba por ahí en las fieras con sus mulas. - Por el domingo quiero ir a confesarme, ¡pues anoche soñé las uvas negras! –dijo Lola. - ¡Deja esto! deja esto! –suplicaba Turiddu. - No, ahora que llega la Pascua, mi marido lo querría saber porque no he ido a confesarme. - ¡Ah! – murmuraba Santa del tío Cola, esperando de rodillas su turno delante del confesionario adonde Lola estaba haciendo el lavado de sus pecados. – ¡Por mi alma no quiero mandarte a Roma por la penitencia!- Compadre Alfio regresó con sus mulas, cargado de plata, y llevó en obsequio a la mujer una preciosa veste nueva para las fiestas. - Tenéis razón a llevarle regalos, -le dijo la vecina Santa, - ¡porque mientras usted está fuera, vuestra mujer os adorna la casa!- Compare Alfio era de aquellos carreteros que llevan la birreta sobra la oreja, y a sentir hablar de ésta manera se demudó como si lo hubieran acuchillado. - ¡Cuerpo de tal! - exclamó, - ¡si no habéis visto bien, no os dejaré los ojos para llorar! ¡a usted y a todo vuestro parentesco! - ¡No estoy acostumbrada a llorar! – contestó Santa, no he llorado también cuando he visto con esos ojos Turiddu de la tía Nunzia entrar de noche en casa de la mujer de usted. - Está bien, -repuso compadre Alfio, muchas gracias-. Turiddu, ahora que el gato había regresado, no vagaba más de día por la callejuela, y gastaba la murria a la hostería con los amigos. La víspera de Pascua tenían en la mesa un plato de salchicha. Como entró compadre Alfio, sólo por el modo que le plantó los ojos encima, Turiddu entendió que había llegado por aquel asunto y dejó el tenedor en el plato. - ¿Tenéis que comandarme algo, compadre Alfio? – le dijo. - Ninguna plegaria, compadre Turiddu, hacía mucho que no os veía, y querría hablaos de aquella cosa que ya sabéis-. Turiddu primeramente le había presentado un vaso, pero compadre Alfio lo descartó con la mano. Entonces Turiddu se levantó y le dijo: - Aquí estoy, compare Alfio-. El carretero le echó los brazos al pescuezo. - Si mañana por la mañana querréis venir entre las cumbreras de la Canziria podríamos hablar de aquel asunto, compadre. - Esperadme en el camino al amanecer, y nos iremos juntos-. Con éstas palabras se cambiaron el beso de desafío. Turiddu apretó entre los dientes la oreja del carretero, y así le hizo la promesa solemne de no faltar. Los amigos habían dejado la salchicha callados callados, y acompañaron Turiddu hasta su casa. La tía Nunzia, pobrecita, lo esperaba hasta muy tarde cada noche. - Mamá, - le dijo Turiddu, - ¿ rememoraos cuando he ido soldado, que pensabais que nunca tenía que regresar? Daos un beso como entonces, por qué mañana me iré muy lejos-. Antes que amaneciese tomó su navaja, que había escondido bajo el heno, cuando había ido conscripto, y se puso en camino por las cumbreras de la Canziria. - ¡Oh! ¡Virgen María! ¿ adónde ibais así de furia? – lloriqueaba anonada Lola, mientras su marido estaba por salir. - Voy aquí cerca, -repuso compadre Alfio, -pero para ti fuera mejor que yo no regrese nunca-. Lola, en camisón, rezaba a los pies de la cama, apretujándose en los labios el rosario que le había llevado fraile Bernardino desde los Lugares Santos, y recitaba todas las avemarías que podían caber en él. - Compadre Alfio, - empezó Turiddu luego que hubo hecho un pedazo de camino junto a su compañero, que estaba callado, y con la birreta sobra los ojos, - como que hay un Dios en cielo ya sé que estoy en falta y me dejareis matar. Pero antes que viniera aquí he visto mi vieja que se había levantado para verme partir, so pretexto de cuidar el gallinero, casi le hablara el corazón, y como que hay un Dios en cielo os mataré como a un perro para non hacer llorar mi viejecita. - Sea en buen hora, -repuso compadre Alfio, despojándose del chaleco, y pegaremos fuerte cada unos. - Ambos eran bravos tiradores; Turiddu tocó el primero golpe, justo a tiempo de tomarlo en el brazo; come lo rindió, lo rindió bueno, y tiró a la entrepierna. - ¡Ah! compare Turiddu! ¡tenéis propio la intención de matarme! - Sí, ya os he dicho; ahora que he visto a mi vieja en el gallinero, me parece de tenerla siempre antes los ojos. - ¡Abrió bien los ojos! gritó compadre Alfio, pues estoy para rendiros la buena medida-. - Como él estaba en guarda todo encogido para tenerse la izquierda en la herida, que le hacía daño, y casi se arrastraba con el codo por el suelo, atrapó rápidamente un puñado de polvo y lo echó en los ojos del adversario. - ¡Ah! - aulló Turiddu cegado, - estoy muerto -. Él buscaba salvarse, haciendo atrás brincos desesperados; pero compadre Alfio lo alcanzó con un golpe en el estómago y otro a la garganta. - ¡Y tres! esto es para la casa que me has adornado. Ahora tu madre descuidará de las gallinas-. Turiddu tambaleó un rato acá y allá entre las cumbreras y luego cayó como una piedra. La sangre le gorgoteaba burbujeante en la garganta y no pudo proferir tampoco: - ¡Ah, mamá mía! – Fin Caballería Rusticana Giovanni verga libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com..