libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Pardo Bazán, Emilia, Condesa de (1851 – 1921) Emilia Pardo Bazán nació en La Coruña (Galicia) en 1851. Pertenecía a una familia aristocrática y heredó de su padre el título de "Condesa de Pardo Bazán." El padre, don José Pardo Bazán, era liberal y favorecía la vocación literaria de su hija. También apoyaba las reivindicaciones feministas. Desde joven la escritora tenía acceso a una extensa biblioteca familiar. Empezó a escribir cuando era niña. Emilia Pardo Bazán pasó los inviernos de su niñez en Madrid en un colegio francés. Ya en su adolescencia escribió versos a escondidas y leía novelas románticas francesas. A los dieciséis años se casó con don José Quiroga, en el año mismo de la Revolución de Septiembre. En 1869 la familia se trasladó a Madrid, donde Emilia se inició en la vida social de la capital. Entró en la capital el año después de la llamada Gloriosa Revolución del 68, de la cual comentó años después que en aquel momento se contrastaban "una vieja España impotente para triunfar" con "una nueva España incapaz del triunfo." Al cabo de unos años doña Emilia empezó a aburrirse de la vida monótona de la capital. En 1871 se trasladó a Francia con su familia y allí volvió a su interés en la literatura. Aprendió inglés e italiano (ya sabía francés) y leía extensamente la literatura europea. En 1873 regresó a España, donde reemprendió su intensa actividad social sin dejar de desarrollar sus intereses literarios. Entró en contacto con el krausismo, una filosofía alemana muy de la época que insistía en el perfeccionamiento del individuo y de la sociedad a través de la educación. Conoció a don Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza. Nació su primer hijo, Jaime, en 1876 y en el mismo año doña Emilia ganó los juegos florales en Orense por sus versos y prosa. Nació su segunda hija, Blanca, en 1878. En pleno auge de la novela realista, Pardo Bazán comenzó a interarse por las obras de sus contemporáneos Valera, Galdós y Pereday empezó a leer a Zola. Publicó su primera novela Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina en 1879. Seguía su interés por los autores franceses y durante su estancia en el balneario de Vichy escribió su segunda novela Un viaje de novios (1880), ambientada en el mismo. Antes de volver a España, Pardo Bazán pasó por París, donde conoció a Víctor Hugo, el gran maestro de la novela decimonónica. En su tercera novela, La tribuna, doña Emilia relató la historia de una cigarrera. Para documentar bien la novela, Pardo Bazán observó el ambiente en una fábrica de tabacos en La Coruña. Al mismo tiempo, influenciada por la lectura de Zola y su interés por el naturalismo, Pardo Bazán escribió una serie de artículos sobre el naturalismo. Fueron recopilados bajo el título La cuestión palpitante y publicados como un libro en 1883. En estos artículos la autora adoptó una postura crítica ante el fondo filosófico del naturalismo por el determinismo radical de éste. Para Pardo Bazán el libre albedrío y la libertad del individuo eran inalienables. Sin embargo, la autora utilizó algunas de las técnicas literarias naturalistas como la objetividad narrativa y el uso del discurso indirecto libre. También le interesaba la posibilidad simbólica de la novela naturalista. La cuestión palpitante ocasionó muchas críticas y el marido de Pardo Bazán intentó que su mujer abandonara la literatura, lo cual produjo una separación. Doña Emilia se fue a Madrid para dedicarse de lleno a su vocación literaria. De Madrid viajó a París donde permaneció un año. Allí escribió El cisne de Vilamorta (1885). Siguen Los pazos de Ulloa (1886) y La madre naturaleza (1887). Sufrió de la envidia de los novelistas y críticos más destacados de la época. Cuando apareció su novela Insolación (1888) se creó una nueva polémica por la obvia sexualidad de la heroína. Se defiende en la novela la igualdad de hombres y mujeres en moral sexual. En España el naturalismo nunca consiguió los seguidores que logró en Francia. Doña Emilia continuó a desarrollar sus teorías literarias con respeto a otro movimiento literario más destacado en España: el realismo. El realismo comparte con el naturalismo la supuesta objetividad del narrador, pero no hace tanto hincapié en el determinismo. Doña Emilia sostenía que el espíritu del individuo podía vencer cualquier obstáculo material. En la cuestión de los relativos méritos del naturalismo y el realismo, Pardo Bazán terminó abogando por el realismo, creyéndolo "una teoría más ancha, completa y perfecta que el naturalismo." En 1890 Pardo Bazán fundó Nuevo Teatro Crítico, una revista que ella sola escribió y editó por tres años. A los cuarenta años ya era una escritora famosa, tanto en España como fuera del país. En la década de los noventa se prestó más atención a su obra crítica que a su producción novelística pero continuaba siendo una figura polémica. En los Cuentos de la Patria doña Emilia muestra su preocupación por los problemas de España ante la crisis del 98. Es obvio el pesimismo ideológico en estos cuentos; sin embargo, existe un contraste con su optimismo vital. La autora continuaba publicando y participando activamente en la vida intelectual y social del país. Su novela en clave La Quimera deja entrever ciertos elementos autobiográficos en cuanto a las relaciones de la novelista con el pintor gallego Joaquín Vaamonde. En el siglo veinte se afianzó la fama literaria de Pardo Bazán. En 1906 fue nombrada presidenta de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, la primera mujer de ocupar este cargo. En 1910, fue nombrada consejera de Instrucción Pública y en 1916 recibió el puesto de catedrático de Lenguas Neolatinas de la Universidad de Madrid. Allí el claustro de profesores y los mismos alumnos que boicotearon sus clases la rechazaron por ser mujer. Además, la eludieron siempre en la plaza vacante de la Real Academia. La última narración larga de doña Emilia se titula Dulce Dueño (1911). El tema de esta novela es la búsqueda de la felicidad en la forma del Amor Ideal. Emilia Pardo Bazán fue una autora de una extensa y variada obra literaria. Novelista, cuentista, ensayista, crítica literaria y profesora, escribía sobre las ideas más innovadoras de su época. En su obra es constante la dualidad entre ideales cristianos de abnegacíon y pleno amor a la vida. Emilia Pardo Bazán se murió en Madrid en 1921 a los setenta años, de una gripe que se complicó con su diabetes crónica. La casa de Pardo Bazán en La Coruña hoy es la sede de la Real Academia Gallega y la Casa Museo de la escritora. Pardo Bazán, Emilia, Condesa de Cuentos nuevos Índice Cuentos nuevos La niña mártir El Cinco de Copas Náufragas Las dos vengadoras La mariposa de pedrería El ruido El tornado Agravante La hierba milagrosa Sobremesa Evocación Confidencia Piña La calavera Cuatro socialistas El tesoro La paloma negra Sedano El milagro del hermanuco Madre Cuento primitivo La cena de Cristo Apostasía La flor de la salud La flor seca La cruz roja Linda Rosquilla de monja... Geórgicas El voto Los huevos arrefalfados El baile del Querubín Coleccionista En verso El sino Paracaídas Cuentos nuevos Emilia Pardo Bazán La niña mártir No se trata de alguna de esas criaturas cuyas desdichas alborotan de repente a la prensa; de esas que recoge la policía en las calles a las altas horas de la noche, vestidas de andrajos, escuálidas de hambre, ateridas de frío, acardenaladas y tundidas a golpes, o dilaceradas por el hierro candente que aplicó a sus tierras carnecitas sañuda madrastra. La mártir de que voy a hablaros tuvo la ropa blanca por docenas de docenas, bordada, marcada con corona y cifra, orlada de espuma de Valenciennes auténtico; de Inglaterra le enviaban en enormes cajas, los vestidos, los abrigos y las tocas; en su mesa abundaban platos nutritivos, vinos selectos; el frío la encontraba acolchada de pieles y edredones; diariamente lavaba su cuerpo con jabones finísimos y aguas fragantes, una chambermaid británica. En invierno habitaba un palacete forrado de tapices, sembrado de estufas y caloríferos; en verano, una quinta a orillas del mar, con jardines, bosques, vergeles, alamedas de árboles centenarios y diosas de mármol que se inclinan parar mirarse en la superficie de los estanques al través del velo de hojas de ninfea... Si quería salir, preparado estaba en todo tiempo el landó o el sociable; si prefería solazarse en casa, le abrían un armario atestado de juguetes raros, y salían de él, como salen de una viva imaginación los cuentos, seres maravillosos, creaciones de la magia moderna: el jockey vestido de raso azul y botón de oro, con su caballo que galopa de veras y salta zanjas; la muñeca que mueve la cabeza, y abre los ojos, y llama a sus papás con mimoso quejido infantil; la otra muñeca bailarina que, asiendo un aro de flores, gira, revolotea, se columpia, danza y repica con los pies y, por último, saluda al público, enviándole un beso volado; el cochecillo eléctrico, el acróbata, el mono violinista, el ruiseñor mecánico, que gorjea, sacude la cabeza y eriza las plumas; todos los autómatas, todos los remedos, todos los fantoches de la vida, que a tanto alto precio se compran para entretener a los hijos de padres acaudalados. Pues no obstante, yo os digo que la niña de mi cuento era mártir, y que mártir murió, y que después de muerta, su cara, entre los pliegues del velo de muselina, mostraba más acentuada que nunca la expresión melancólica y grave, tan sorprendente en una criatura de diez años, adorada y criada entre algodones. Mártir, creedlo; tan mártir como las abandonadas que en las noches de enero se acurrucan tiritando en el umbral de una puerta. La vida es así; para todos tienen destinado su trago de ajenjo; sólo que a unos se lo sirve en copa de oro cincelada, y a otros en el hueco de la mano. El dolor es eternamente fecundo; unas veces da a luz en sábanas de holanda, y otras, sobre las guijas del arroyo. Hija de padres machuchos, que contaban perdida toda esperanza de sucesión; única heredera de ilustre nombre y de pingües haciendas, la niña fue desde sus primeros años víctima de sus propios brillantes destinos. Pendientes de sus más leves movimientos, espiando su respiración, contando los latidos de su corazoncillo inocente, los dos cincuentones la criaron como se creía en el invernáculo la flor rara, predestinada a sucumbir al primer cierzo. Un médico, que bien podemos llamar de cámara, tenía especial encargo de llevar el alta y baja de las funciones fisiológicas de la criatura. Se apuntaban las chupadas de leche que pasaban del seno del ama a la boquita de la nena. Un reloj puntualísimo marcaba por minutos el sueño, el despertar, las horas de comer, la del aseo, la del paseo. Un termómetro graduaba el temple del agua de las abluciones; fina balanza pesaba el alimento y las ropas, según las prescripciones y órdenes minuciosas del doctor. Cuando vino la crisis de la dentición, y con ella el desasosiego, la impaciencia, la casa se convirtió en una Trapa: nadie alzaba la voz; nadie pisaba fuerte por no sobresaltar a la niña, por no quitarle el sueño. El régimen pareció higiénico y se hizo permanente ya. Diríase que aquella morada sordomuda era una capilla erigida al dios del silencio; y la niña, con la singular adivinación que a veces demuestra la infancia, comprendiendo que allí los ruidos no tendrían eco, ni eco las risas, fue, desde que rompió a andar, calladita, formal, obediente, seria... tan seria y tan obediente, que daba una lástima terrible. Hubo un terreno en que no pudo ser tan dócil. Desplegando la mejor voluntad, la niña no lograba sacar buen color, el color de manzana sanjuanera que alegra a las madres. Su tez de seda, satinada y transparente por la clorosis, se jaspeaba con venitas celestes y a trechos con la suave amarillez del marfil. Sus ojos azules, de un azul oscuro, eran hondos, tranquilos y resignados. Su boca parecía una rosa desteñida, mustia ya. Sea por el cuidado que habían puesto en que no sintiese nunca la menor impresión de frío, o sea por el mismo empobrecimiento de la sangre, era tan friolera, que en el rigor del verano, vestía de lana blanca, con polainas y guantes blancos también. Al verla pasar toda blanca, esbelta, derecha, despaciosa, grave, las ideas sanas y humorísticas que infunde la niñez cedían el paso a otras ideas fúnebres, de claustro y de mausoleo. No creáis que sus padres no advertían que la niña era una lamparita de ésas que apaga un soplo. Tanto lo advertían, que por eso mismo cada día calafateaban mejor las rendijas por donde pudiese deslizarse una ráfaga perturbadora. Así que blindasen, acolchasen y forrasen completamente la casa, no penetraría el hálito sutil de la muerte. Vengan algodones, vengan telas, vengan clavos; aislemos a la niña. ¡Ah! ¡Si la madre pudiese restituirla a la concavidad del claustro materno, y el padre al calor de las entrañas generadoras! ¡Si fuese dable meterla en la campana neumática, o alojarla en la máquina donde incuban los polluelos! Por la ventana, entreabriendo los pesados cortinajes, la niña veía a veces jugar en la calle a los desharrapados granujas. Frescos, risueños, turbulentos, derramando vida, los chicos se embestían con una cabeza de toro hecha de mimbres, o se liaban a cachete limpio, o se santiguaban con peladillas. En la quinta, desde donde se dominaba la playa, granujas también, los hijos de los pescadores, que, desnudos, bronceados, ágiles y saltadores como peces y, en bandadas como ellos, se bañaban, permaneciendo horas enteras dentro del agua verdosa en que se zampuzaban a manera de delfines. Por orden del médico, la niña se bañaba también. Le habían preparado una cómoda y ancha caseta; allí la desnudaban y, arropada en mil abrigos, la llevaban a los brazos del bañero, que la sepultaba un momento en el mar y la sacaba inmediatamente, recibida la impresión. Esta impresión era, por cierto, terrible. La sangre fluía al corazón de la criatura: trémula y con las pupilas dilatadas, miraba aquel infinito espantable, aquel abismo de agua verde y rugiente, la ola que avanzaba pavorosa, cóncava, cerrándose ya como para devorarla; y los dientes de la niña castañeteaban, y pensaba para sí: "Tengo miedo." Pero ni un grito ni un suspiro la delataban. El voto de silencio no lo rompía ni aun entonces. Sólo que después, al ver desde la ventana a los traviesos gateras en familiaridad con las terribles olas, jugueteando con ellas lo mismo que gaviotas, pensaba la niña mártir: "¿Cómo harán para ser tan valientes esos chicos?" Entre tanto, la Muerte, riéndose con siniestra risa de calavera, se acercaba a la señorial y cerrada mansión. Es de saber que no encontró ni puerta por donde pasar, ni siquiera por donde colarse, y hubo de entrar, aplanándose, por debajo de una teja, a la buhardilla; de allí, por el ojo de la llave, pasar a la escalera, y desde la escalera, enhebrarse por debajo de la levita del médico, que se metió casa adentro muy impávido, con la Muerte guardadita en el bolsillo, detrás de la fosforera. A causa de tantas dificultades como encontró para insinuarse en la casa de la niña, la Muerte quedó algo quebrantada, y no se presentó con empuje y arresto, sino con mansedumbre hipócrita, tardando bastante en llevarse a la criatura. El tiempo que aguardó la Muerte a tomar bríos fue para la mártir larga cuestión de tormento. Drogas asquerosas, pócimas nauseabundas por la boca, papeles epispásticos y vejigatorios sobre la piel; cauterio para las llagas que abría en su garganta la miseria de su organismo; todo se empleó, sin que rompiese el voto del silencio la víctima, y sin que sus verdugos atendiesen la súplica de sus vidriados ojos..., porque aquellos verdugos la idolatraban demasiado para perdonarle ni un detalle del suplicio. Sólo en el último instante, cuando todavía le presentaban una cucharada de no sé qué mejunje farmacéutico, la niña suspiró hondamente, se incorporó, dijo que no tres veces con la cabeza y, echando los brazos al cuello de la insensata madre, pegando el rostro al suyo, murmuró muy bajo: "Abre la ventana, mamá." Era, sin duda, la congoja del postrer ataque de disnea que empezaba. Poco duró. Y la mártir quedó bonita, cándida, exangüe, pero con una expresión de amargura reconcentrada, como el que se va de la vida dejándose algo por hacer, por decir o por sentir; algo que era quizá la esencia de la vida misma. En el ataúd forrado de raso, bajo las lilas blancas que la envolvían en aristocráticos aromas, los pobres despojos pedían justicia, se quejaban de un asesinato lento. Por ser la estación primaveral y la noche templada y por disipar el olor a cera y a difunto, los que velaban a la niña abrieron la ventana. Al entrar la bienhechora bocanada de aire libre, la carita demacrada pareció adquirir plácida expresión de reposo. Tal vez no quería pasar sin orearse del encierro de su casa al encierro del nicho. "Nuevo Teatro Crítico", núm. 26, 1893. El Cinco de Copas Agustín estudiaba Derecho en una de esas ciudades de la España vieja, donde las piedras mohosas balbucean palabras truncadas y los santos de palo viven en sus hornacinas con vida fantástica, extramundanal. A más de estudiante, era Agustín poeta; componía muy lindos versos, con marcado sabor de romanticismo; tenía momentos en que se cansaba de bohemia escolar, de cenas a las altas horas en La flor de los campos de Cariñena, apurando botellas y rompiendo vasos; de malgastar el tuétano de sus huesos en brazos de dos o tres ninfas nada mitológicas, de leer y de dormir; y como si su alma, asfixiada en tan amargas olas, quisiese salir del piélago y respirar aire bienhechor, entraba en las iglesias y se paraba absorto ante los ricos altares, complaciéndose en los primores de la talla y las bellezas de la escultura, y sintiendo esa especial nostalgia reveladora de que el espíritu oculta aspiraciones no satisfechas y busca algo sin darse cuenta de lo que es. Entre las iglesias a que Agustín se sentía más atraído, había dos adonde le llamaban no sólo la nostalgia consabida, sino -fuerza es decirlo- otros móviles asaz profanos. Era la una soberbia basílica en que el arte del Renacimiento había agotado sus esplendores, y en ella, destacándose sobre el fondo de la luz de ancha ventana, se admiraba la escultura de cierta Magdalena bellísima, vestida sólo de un pedazo de estera y de sus ondeantes y regios cabellos. Al través de la crencha rubia y del grosero tejido, se adivinaban líneas de euritmia celestial. Agustín devoraba con ojos ávidos a la santa meretriz y se deshacía en afán de resucitarla. En el otro templo predilecto de Agustín no había pecadoras bonitas, ni siquiera maravillas de arte; paredes casi desnudas, salpicadas por los sombríos lienzos del vía crucis; retablos humildes, una pila ancha, honda, llena de agua hasta el borde, y allá en el techo, en vez de emperifollada e historiada cúpula, un solo emblema pictórico, muy triste; sobre la fría blancura, cinco manchas de almazarrón, que recordaban a los distraídos cómo aquel templo pertenecía a una comunidad franciscana. Agustín llamaba a los chafarrinones bermejos el Cinco de Copas. No podía acertar Agustín con la razón de sus visitas a la iglesia austera, desprovista de esa opulencia ornamental que fascina los sentidos. Quizá la soledad del convento, situado a un extremo de la población, al pie de una colina, en el repuesto Valceleste; quizá la misma silenciosa nave, donde retumbaba el ruido de los pasos; quizá las sugestivas figuras de los dos frailes, en oración a uno y otro lado del altar; quizá el oficio de difuntos, que ciertos días salmodiaba la comunidad de un modo tan profundo y extraño... Agustín, sin embargo, atribuía su interés por la escondida iglesia al Cinco de Copas embadurnado de almazarrón. Le inspiraba una especie de aversión atractiva. Irritábale lo grosero de la pintura, y, más que nada, sus denegridos y secos tonos. "Eso no ha sido sangre nunca. ¿En qué se parece eso a la sangre? ¡Vaya una manera de representar llagas! ¡Y qué frailes estos, que dejan ahí en el techo ese naipe ordinario y no lo borran siquiera por decoro!" Algunas veces el estudiante se llevaba a Valceleste a sus compañeros de aula y también de jarana y francachela, y, apoyados en la pila del agua bendita, no sin prodigar carantoñas a las devotas vejezuelas que entraban persignándose, hacían chacota del Cinco de Copas, celebrando la ocurrencia de quien tan oportuna y gráficamente lo bautizara. De pronto, un interés nuevo y avasallador llenó la vida de Agustín. Había llegado al pueblo, estableciéndose en él, una familia que el estudiante conocía casualmente, relación de temporada de balneario; y como entrase a visitarlos algo temprano, antes de la hora de comer, tropezóse en el pasillo con la hija mayor, Rosario, de quince años, que salía de su cuarto, suelto el pelo y en ligerísimo traje. Chilló y huyó la niña; quedóse el estudiante confuso, pero la imagen apenas entrevista, el rielar del flotante pelo rubio sobre las carnes de nácar, le persiguió como visión de la fiebre, mezclando en su desenfrenada imaginación la inerte escultura de la Magdalena y la escultura viva de la doncella. Del matrimonio pensaba horrores Agustín; constábale, además, que en muchos años no tenía probabilidad racional de sostener una familia; y aunque asomos de innata honradez le decían que era infame perder a la hija de unos amigos confiados y afectuosos, el mal deseo pudo más. Miradas, sonrisas, paseos por la calle, encuentros en la catedral, palabras de miel, cartas abrasadoras... No tanto se requería para vencer a la criatura inexperta, que ignoraba toda la extensión del mal. Al cabo de cuatro meses de asedio, Rosario otorgó la peligrosa cita. Sus padres salían del pueblo, a una aldeíta próxima; ella se quedaba sola, veinticuatro horas lo menos, con la vetusta y sorda criada; todo dispuesto a maravilla, como por el gran galeoto Lucifer. Al recibir el aviso, Agustín sufrió un acceso de alegría insana; sus nervios se cargaron de electricidad, y sintióse poseído de tal necesidad de correr, gesticular y pegar brincos, que parecía loco. Faltaba una semana aún, y la enervante espera le sacaba de quicio. Llevaba cinco noches sin dormir y cinco días en que, rehusando el alimento sano y sencillo, le sostenían algunas copas de coñac. Cuando solo una tarde y una noche le separaban del instante supremo, resolvió dar largo paseo, a fin de que el ejercicio violento le permitiese dormir de víspera, por no caer malo y desperdiciar la ocasión. Salió del pueblo, subió carretera arriba, respirando con deleite la frescura de la tarde, el olor de los pinares y de los prados, y dando un gran rodeo a campo traviesa alcanzó la senda que guiaba a lo alto de la colina, bajo la cual descansan Valceleste y el convento. Al llegar a la cruz del Humilladero, desde donde los peregrinos, cara contra el polvo, saludaban a la santa ciudad, Agustín sintió que le rendía la fatiga, y sentándose en las gradas durmió. ¿Cuánto tiempo? ¿Media hora? Tal vez más; porque cuando despertó, el sol ya quería transponer las violadas crestas del monte. Su primer pensamiento, al recordar, no fue para Rosario ni para las esperadas venturas, sino para el Cinco de Copas. "¡Cuánto tiempo hace que no veo aquel mamarracho!", dijo entre sí el mozo, riendo en alto y registrando con la vista, allá en el fondo de Valceleste, el convento, el claustro, la huerta, las torres de la iglesia, que ya empezaban a anegarse en las sombras del crepúsculo. Casi al mismo tiempo que se acordaba de los rojos brochazos, sintió levísimo roce de pisadas, y un fraile, calada la capucha, sepultadas en las mangas ambas manos, cruzó por delante de él. Nada tenía de extraño que pasase un fraile a tales horas; sin duda, por ser la de la queda, regresaba a Valceleste; y, con todo, el estudiante percibió esa sensación súbita que no puede definirse y que es preludio del miedo. Antes de salvar el recodo de la senda, volvióse el fraile, y su cara puntiaguda, exangüe, sumida, chupada, momia, surgió de la capilla; sus pupilas cóncavas y ardientes se clavaron en Agustín y, sacando de la manga una pálida mano, hízole una seña... El estudiante se estremeció, pero al punto saltó del asiento de piedra. "¡Bueno, y qué! Un fraile que me saluda... La cosa no tiene nada de particular... He de saber quién es, o no me llamo Agustín." Bajó precipitadamente la agria cuesta; ya no se veía allí rastro de fraile. No obstante, al acercarse al atrio, parecióle a Agustín que le veía entrar en el templo. "Irá a rezarle al Cinco de Copas. Allá voy yo también, y si el fraile flaco me habla, le digo que borren semejante adefesio." El templo estaba completamente vacío y casi oscuro; Agustín alzó la mirada hacia la cúpula, y apenas distinguió los cinco brochazos, confusos y lívidos. La idea fija de toda la semana remaneció entonces, al disiparse la vaga impresión de temor causada por la aparición frailesca. Mientras echaba atrás la cabeza para ver el famoso naipe. Agustín, súbitamente, recordó con gran lucidez a Rosario, y su inocencia, y su frescura de azucena en capullo... Sus oídos zumbaron, secósele el paladar..., y apenas la voluptuosa imagen invadió sus sentidos, notó que, de pronto, los cinco redondeles del techo adquirían color sangriento, abriéndose y palpitando como los labios de una herida. De su vivo seno fluían líquidas gotas, que empezaron a caer lentamente, con centelleo de rubíes, y que salpicaron el suelo todo alrededor del estudiante. -¡Ahora veo que son verdaderas llagas! -gimió Agustín sin poder bajar las pupilas. Una gota más gruesa, roja, resplandeciente, descendía de la llaga central, y despaciosa, pesada como plomo, vino a rebotar sobre la frente del estudiante... *** Hace bastantes años que viste el sayal, habiéndose dejado en el mundo, para que otros los recojan, versos, devaneos, libros de Strauss y Buchner, naipes y risas. Alguna vez, en la portería de Valceleste, le he preguntado, a fin de animarle y ver qué contesta: -Padre, ¿se acuerda del Cinco de Copas? "Nuevo Teatro Crítico", núm. 26, 1893. Náufragas Era la hora en que las grandes capitales adquieren misteriosa belleza. La jornada del trabajo y de la actividad ha concluido; los transeúntes van despacio por las calles, que el riego de la tarde ha refrescado y ya no encharca. Las luces abren sus ojos claros, pero no es aún de noche; el fresa con tonos amatista del crepúsculo envuelve en neblina sonrosada, transparente y ardorosa las perspectivas monumentales, el final de las grandes vías que el arbolado guarnece de guirnaldas verdes, pálidas al anochecer. La fragancia de las acacias en flor se derrama, sugiriendo ensueños de languidez, de ilusión deliciosa. Oprime, un poco el corazón, pero lo exalta. Los coches cruzan más raudos, porque los caballos agradecen el frescor de la puesta del sol. Las mujeres que los ocupan parecen más guapas, reclinadas, tranquilas, esfumadas las facciones por la penumbra o realzadas al entrar en el círculo de claridad de un farol, de una tienda elegante. Las floristas pasan... Ofrecen su mercancía, y dan gratuitamente lo mejor de ella, el perfume, el color, el regalo de los sentidos. Ante la tentación floreal, las mujeres hacen un movimiento elocuente de codicia, y si son tan pobres que no pueden contentar el capricho, de pena... Y esto sucedió a las náufragas, perdidas en el mar madrileño, anegadas casi, con la vista alzada al cielo, con la sensación de caer al abismo... Madre e hija llevaban un mes largo de residencia en Madrid y vestían aún el luto del padre, que no les había dejado ni para comprarlo. Deudas, eso sí. ¿Cómo podía ser que un hombre sin vicios, tan trabajador, tan de su casa, legase ruina a los suyos? ¡Ah! El inteligente farmacéutico, establecido en una población, se había empeñado en pagar tributo a la ciencia. No contento con montar una botica según los últimos adelantos, la surtió de medicamentos raros y costosos: quería que nada de lo reciente faltase allí; quería estar a la última palabra... "¡Qué sofoco si don Opropio, el médico, recetase alguna medicina de estas de ahora y no la encontrasen en mi establecimiento! ¡Y qué responsabilidad si, por no tener a mano el específico, el enfermo empeora o se muere!" Y vino todo el formulario alemán y francés, todo, a la humilde botica lugareña... Y fue el desastre. Ni don Opropio recetó tales primores, ni los del pueblo los hubiesen comprado... Se diría que las enfermedades guardan estrecha relación con el ambiente, y que en los lugares solo se padecen males curables con friegas, flor de malva, sanguijuelas y bizmas. Habladle a un paleto de que se le ha "desmineralizado la sangre" o de que se le han "endurecido las arterias", y, sobre todo, proponedle el radio, más caro que el oro y la pedrería... No puede ser; hay enfermedades de primera y de tercera, padecimientos de ricos y de pobretes... Y el boticario se murió de la más vulgar ictericia, al verse arruinado, sin que le valiesen sus remedios novísimos, dejando en la miseria a una mujer y dos criaturas... La botica y los medicamentos apenas saldaron los créditos pendientes, y las náufragas, en parte humilladas por el desastre y en parte soliviantadas por ideas fantásticas, con el producto de la venta de su modesto ajuar casero, se trasladaron a la corte... Los primeros días anduvieron embobadas. ¡Qué Madrid, qué magnificencia! ¡Qué grandeza, cuánto señorío! El dinero en Madrid debe de ser muy fácil de ganar... ¡Tanta tienda! ¡Tanto coche! ¡Tanto café! ¡Tanto teatro! ¡Tanto rumbo! Aquí nadie se morirá de hambre; aquí todo el mundo encontrará colocación... No será cuestión sino de abrir la boca y decir: "A esto he resuelto dedicarme, sépase... A ver, tanto quiero ganar..." Ellas tenían su combinación muy bien arreglada, muy sencilla. La madre entraría en una casa formal, decente, de señores verdaderos, para ejercer las funciones de ama de llaves, propias de una persona seria y "de respeto"; porque, eso sí, todo antes que perder la dignidad de gente nacida en pañales limpios, de familia "distinguida", de médicos y farmacéuticos, que no son gañanes... La hija mayor se pondría también a servir, pero entendámonos; donde la trataran como corresponde a una señorita de educación, donde no corriese ningún peligro su honra, y donde hasta, si a mano viene, sus amas la mirasen como a una amiga y estuviesen con ella mano a mano... ¿Quién sabe? Si daba con buenas almas, sería una hija más... Regularmente no la pondrían a comer con los otros sirvientes... Comería aparte, en su mesita muy limpia... En cuanto a la hija menor, de diez años, ¡bah! Nada más natural; la meterían en uno de esos colegios gratuitos que hay, donde las educan muy bien y no cuestan a los padres un céntimo... ¡Ya lo creo! Todo esto lo traían discurrido desde el punto en que emprendieron el viaje a la corte... Sintieron gran sorpresa al notar que las cosas no iban tan rodadas... No sólo no iban rodadas, sino que, ¡ay!, parecían embrollarse, embrollarse pícaramente... Al principio, dos o tres amigos del padre prometieron ocuparse, recomendar... Al recordarles el ofrecimiento, respondieron con moratorias, con vagas palabras alarmantes... "Es muy difícil... Es el demonio... No se encuentran casas a propósito... Lo de esos colegios anda muy buscado... No hay ni trabajo para fuera... Todo está malo... Madrid se ha puesto imposible..." Aquellos amigos -aquellos conocidos indiferentes- tenían, naturalmente, sus asuntos, que les importaban sobre los ajenos... Y después, ¡vaya usted a colocar a tres hembras que quieren acomodo bueno, amos formales, piñones mondados! Dos lugareñas, que no han servido nunca... Muy honradas, sí...; pero con toda honradez, ¿qué?, vale más tener gracia, saber desenredarse... Uno de los amigos preguntó a la mamá, al descuido: -¿No sabe la niña alguna cancioncilla? ¿No baila? ¿No toca la guitarra? Y como la madre se escandalizase, advirtió: -No se asuste, doña María... A veces, en los pueblos, las muchachas aprenden de estas cosas... Los barberos son profesores. Conocí yo a uno... Transcurrida otra semana, el mismo amigo -droguero por más señas- vino a ver a las dos ya atribuladas mujeres en su trasconejada casa de huéspedes, donde empezaban a atrasarse lamentablemente en el pago de la fementida cama y del cocido chirle... Y previos bastantes circunloquios, les dio la noticia de que había una colocación. Sí, lo que se dice una colocación para la muchacha. -No crean ustedes que es de despreciar, al contrario... Muy buena... Muchas propinas. Tal vez un duro diario de propinas, o más... Si la niña se esmera..., más, de fijo. Únicamente..., no sé... si ustedes... Tal vez prefieren otra clase de servicio, ¿eh? Lo que ocurre es que ese otro... no se encuentra. En las casas dicen: "Queremos una chica ya fogueada. No nos gusta domar potros." Y aquí puede foguearse. Puede... -Y ¿qué colocación es esa? -preguntaron con igual afán madre e hija. -Es..., es... frente a mi establecimiento... En la famosa cervecería. Un servicio que apenas es servicio... Todo lo que hacen mujeres. Allí vería yo a la niña con frecuencia, porque voy por las tardes a entretener un rato. Hay música, hay cante... Es precioso. Las náufragas se miraron... Casi comprendían. -Muchas gracias... Mi niña... no sirve para eso -protestó el burgués recato de la madre. -No, no; cualquier cosa; pero eso, no -declaró a su vez la muchacha, encendida. Se separaron. Era la hora deliciosa del anochecer. Llevaban los ojos como puños. Madrid les parecía -con su lujo, con su radiante alegría de primavera- un desierto cruel, una soledad donde las fieras rondan. Tropezarse con la florista animó por un instante el rostro enflaquecido de la joven lugareña. -¡Mamá!, ¡rosas! -exclamó en un impulso infantil. -¡Tuviéramos pan para tu hermanita! -sollozó casi la madre. Y callaron... Agachando la cabeza, se recogieron a su mezquino hostal. Una escena las aguardaba. La patrona no era lo que se dice una mujer sin entrañas: al principio había tenido paciencia. Se interesaba por las enlutadas, por la niña, dulce y cariñosa, que, siempre esperando el "colegio gratuito", no se desdeñaba de ayudar en la cocina fregando platos, rompiéndolos y cepillando la ropa de los huéspedes que pagaban al contado. Solo que todo tiene su límite, y tres bocas son muchas bocas para mantenidas, manténganse como se mantengan. Doña Marciala, la patrona, no era tampoco Rotchschild para seguir a ciegas los impulsos de su buen corazón. Al ver llegar a las lugareñas e instalarse ante la mesa, esperando el menguado cocido y la sopa de fideos, despachó a la fámula con un recado: -Dice doña Marciala que hagan el favor de ir a su cuarto. -¿Qué ocurre? -No sé... Ocurría que "aquello no podía continuar así"; que o daban, por lo menos, algo a cuenta, o valía más, "hijas mías", despejar... Ella, aquel día precisamente, tenía que pagar al panadero, al ultramarino. ¡No se había visto en mala sofocación por la mañana! Dos tíos brutos, unos animales, alzando la voz y escupiendo palabrotas en la antesala, amenazando embargar los muebles si no se les daba su dinero, poniéndola de tramposa que no había por dónde agarrarla a ella, doña Marciala Galcerán, una señora de toda la vida. "Hijas", era preciso hacerse cargo. El que vive de un trabajo diario no puede dar de comer a los demás; bastante hará si come él. Los tiempos están terribles. Y lo sentía mucho, lo sentía en el alma...; pero se había concluido. No se les podía adelantar más. Aquella noche, bueno, no se dijera, tendrían su cena...; pero al otro día, o pagar siquiera algo, o buscar otro hospedaje... Hubo lágrimas, lamentos, un conato de síncope en la chica mayor... Las náufragas se veían navegando por las calles, sin techo, sin pan. El recurso fue llevar a la prendería los restos del pasado: reloj de oro del padre, unas alhajuelas de la madre. El importe a doña Marciala..., y aún quedaban debiendo. -Hijas, bueno, algo es algo... Por quince días no las apuro... He pagado a esos zulúes... Pero vayan pensando en remediarse, porque si no... Qué quieren ustés, este Madrid está por las nubes... Y echaron a trotar, a llamar a puertas cerradas, que no se abrieron, a leer anuncios, a ofrecerse hasta a las señoras que pasaban, preguntándoles en tono insinuante y humilde: -¿No sabe usted una casa donde necesiten servicio? Pero servicio especial, una persona decente, que ha estado en buena posición..., para ama de llaves... o para acompañar señoritas... Encogimiento de hombros, vagos murmurios, distraída petición de señas y hasta repulsas duras, secas, despreciativas... Las náufragas se miraron. La hija agachaba la cabeza. Un mismo pensamiento se ocultaba. Una complicidad, sordamente, las unía. Era visto que ser honrado, muy honrado, no vale de nada. Si su padre, Dios le tuviere en descanso, hubiera sido como otros..., no se verían ellas así, entre olas, hundiéndose hasta el cuello ya... Una tarde pasaron por delante de la droguería. ¡Debía tener peto el droguero! ¡Quién como él! -¿Por qué no entramos? -arriesgó la madre. -Vamos a ver... Si nos vuelve a hablar de la colocación... -balbució la hija. Y, con un gesto doloroso, añadió: -En todas partes se puede ser buena... "Blanco y Negro", núm. 946, 1909. Las dos vengadoras Al conde León Tolstoi Había un hombre muy perseguido, no tanto por la suerte como por los demás hombres, sus prójimos y, especialmente, por los que debieran profesarle cariño y tenerle ley. No parecía sino que, por negra fatalidad, a Zenón -que así se llamaba- toda la miel se le volvía hiel o mejor dicho, ponzoña. Sus hermanos, que eran dos, se concertaron para despojarle de la herencia paterna y le dejaron en la calle, sin más ropa que la puesta, sin techo ni lumbre. Casóse, y su mejor amigo le afrentó públicamente con su mujer y, como si no bastase, la vil pareja le acusó de falsario, forjó pruebas contra él y logró que le sentenciasen a presidio, donde, inocente, arrastró largo tiempo el grillete de los criminales. Aunque Zenón tenía al principio el alma abierta y generosa, el carácter noble y suma bondad, las traiciones, persecuciones y calumnias, el deshonor, los ultrajes y los desengaños fueron ulcerando su espíritu y cambiando su ser de tal manera que, en vez de resignarse y perdonar, como perdonó el Maestro, sintió poco a poco crecer en su corazón un espantable deseo, una sed ardentísima de venganza. Ya no ansiaba cumplir el tiempo de su condena por ser libre y volver a la sociedad, sino por buscar ocasión de saciar la ira que, gota a gota, había ido destilando. Pasábase las noches en vela fraguando planes que ejecutaría al punto de terminarse su cautiverio. Con paciencia, hilo a hilo, iba tejiendo la trama, y restregándose las manos gozoso, decía para sí: "Hoy salgo y mañana vuelvo a la prisión, pero de esta vez vuelvo por algo, por haber pagado a mis enemigos con usura el mal que me hicieron. Inocente me encerraron aquí, y otra vez me encerrarán culpable, pero habiendo saboreado las delicias del desquite. Véngueme yo, y álcese el patíbulo después." Cumplió Zenón su tiempo y salió de las cárceles, resuelto a poner por obra sus airados propósitos. Lo primero que determinó fue pegar fuego a la casa solariega que le pertenecía y de donde sus hermanos le habían expulsado con dolo. Aprovecharía las sombras de la noche y, disfrazado de pordiosero, oculto en un cobertizo, esperaría a que todos se entregasen al descanso, obstruiría bien las cerraduras de puertas y ventanas, y cuando estuviesen en el descuido del primer sueño, prendería las virutas impregnadas de resina, a fin de que todo ardiese como yesca. Así que las llamas subiesen muy altas y los clamores de los encerrados fuesen extinguiéndose -lo cual probaría que ya los tenía asfixiados el humo-, Zenón huiría, yendo a introducirse secretamente en su propia casa, donde la falsa mujer y el mal amigo estarían juntos. Zenón conocía bien las entradas y salidas y podía deslizarse y esconderse sin ser observado de nadie. Compró un puñal, porque a éstos deseaba verlos morir y saborear las convulsiones de su agonía. Así que se puso el sol, vistió sus ropas de mendigo y, apoyado en un palo, tomó el camino de la casa que pensaba incendiar. Caminaba como el Destino, entre tinieblas más densas cada vez, cuando a una revuelta de la carretera advirtió cierta claridad misteriosa que alumbraba vivamente el paisaje, y se le aparecieron, juntas y cogidas de la mano, dos mujeres que formaban singular contraste. Una era amarilla, escuálida, tan escuálida que los huesos se entreparecían bajo la seca piel; tenía palmas de esqueleto, y al través de los polvorientos crespones negros que la cubrían, se notaba que carecía de seno y de toda redondez femenil; con la mano derecha empuñaba y esgrimía reluciente hoz. La otra mujer era lozana, mórbida, colorada, blanca y de un rubio encendido los cabellos; vestía gasas de mil colores: rojo, verde, rosa, azul, aunque pegada al cuerpo llevaba una túnica negrísima. Zenón miraba a las dos apariciones, como preguntando qué le querían, hasta que ambas dijeron a una voz: -Somos las Vengadoras y nos presentamos para que elijas, entre las dos, la que creas más eficaz. -Yo -añadió la mujer escuálida- me llamo Muerte, y soy por ahora tu preferida. Has apelado a mí para vengarte de tus enemigos, y tienes resuelto carbonizar a los unos y coser a puñadas a los otros. Heme aquí dispuesta a complacerte sin tardanza; así como así, poco trabajo me cuesta darte gusto, porque es cuestión de adelantar los sucesos: año arriba o abajo, tus enemigos no podrán librarse de esta hoz que empuño. -Escucha -intervino la lozana mujer-: antes de que te entregues a mi hermana, que te engatusará por lo sencillo y expeditivo de los recursos que emplea, atiéndeme a mí, y de seguro que yo seré la elegida. Para convencerte no necesito sino enseñarte los cuadros de mi linterna mágica. Abre los ojos y mira bien. Zenón miró, y sobre el fondo blanco del paño que extendía la mujer hermosa, vio agitarse las siluetas de sus aborrecidos hermanos. El menor echaba a hurtadillas una pulgarada de polvos blancos en la taza del mayor, y el mayor, después de haber bebido lo que contenía la taza caía al suelo entre horrendas convulsiones; pero no moría; arrastrábase largo tiempo apoyado en un báculo, y en cada plato que le servía el menor, mezclaba nuevo tósigo, hasta que el envenenado se iba quedando imbécil, reducido a la idiotez y abandonado de todos y cubierto de miseria expiraba en un rincón. Así que moría, su espectro comenzaba a aparecerse en sueños al culpable, a quien Zenón veía erguirse en la cama, trémulo, con el pelo erizado y los ojos fuera de las órbitas. Cambió de personajes la linterna, y se destacaron las siluetas de la esposa y del amigo de Zenón: ella siguiendo a su querido como la sombra al cuerpo, abrasaba en celos rabiosos; él procurando huir, lleno de hastío, de aquella amante ya marchita por la edad y las pasiones. Escondíase él, o se pasaba el día en casa de otras mujeres, y ella lloraba, y sus lágrimas eran como gotas de fuego que abrasaban el paño donde caían. Ya cansado de que le espiasen y le acusasen, él se volvió y Zenón fue testigo de cómo el seductor de su mujer le ponía en el rostro la mano... -Esta será mi obra -pronunció la Vida solemnemente- si no se atraviesa mi hermana y me apaga la linterna. Ahora, tú dirás, Zenón, cuál de nosotras dos te conviene para Vengadora. ¿Sigues con el propósito de incendiar y acuchillar? ¿Quieres que te ayude la Muerte? -No -respondió Zenón, que se limpió una lágrima-. Si la crueldad y el odio aún persistiesen en mí, lo que pediría a tu hermana sería que tardase muchos, muchos años en pasar el umbral de mis enemigos, y que te dejase a ti paso franco. -Con tanta más razón -dijo irónicamente la Muerte, algo despechada, pues al fin es mujer, y no gusta de que la desairen- cuanto que yo, tarde o temprano, no he de faltar, y que en mi danza general todos harán mudanza, sin que les valgan excusas. *** Zenón escribió a sus enemigos para advertirles que les perdonaba, y se retiró a un desierto, donde vive cultivando la tierra y sin querer ver rostro humano. "El Imparcial", 29 de agosto de 1892. La mariposa de pedrería Érase que se era un mozo muy pobre, y vivía en una guardilla de las más angostas y desmanteladas de la gran capital. Los muebles del tugurio se reducían a dos sillas medio desfondadas, un catre con ratonado jergón, una mesilla mugrienta, un tintero roñoso y un anafre comido de orín. El mozo -a quien llamaré Lupercio- cubría sus carnes con traje sutil de puro raído y capa ya transparente. Las botas, entreabiertas; por ropa blanca, cuatro andrajos de lienzo; por corbata, un pingo. Así es que Lupercio sufría grandes fatigas y rubores, y cuando al salir a la calle para comprar un panecillo o diez céntimos de leche se cruzaba con alguna niña bonita, limpia y bien puesta, ardiente oleada de fuego le subía al rostro. Para evitar el bochorno de que las mujeres se fijasen en su pergeño, sólo salía al anochecer, cuando es más fácil pasar inadvertido entre la gente que por las calles se codea y empuja. Entonces Lupercio, llevado por la marejada del gentío, veía y hasta rozaba cuerpos gallardos, recibía el rayo de fulgurantes pupilas, sentía el roce eléctrico de la seda crujidora y aspiraba bocanadas de finas esencias. Sus ojos ávidos seguían al tren de lujo, maceta de donde emergen, blandamente columpiadas, aristocráticas flores. Detrás de los vidrios de las tiendas alzábanse pirámides de botellas de vinos generosos, y la luz se filtraba al través de su vientre con reflejos de oro y de sangre. Otros escaparates presentaban el libro nuevo, gentil, de lustrosa cubierta, o el rancio infolio, clave del pasado. Y Lupercio temblaba de fiebre, de ansia de amar, de gozar, de aprender, de vivir. Una noche subió a su guardilleja más calenturiento que nunca. Encendió mortecina lámpara, abrió la ventana para que el tabuco se ventilase y, dejando caer la cabeza sobre la mano, poco tardó en rezumar por entre sus dedos lágrima abrasadora. Alzó la frente, miró al anafre y se le ocurrió que en él estaba el remedio de cuantos males hay en el mundo. Estas cosas, lector amigo, de cien veces que se piensen, dígote en verdad que no se hacen una. Lupercio, que realmente estaba triste, triste hasta morir, de pronto cogió la pluma, la sepultó en el roñoso tintero, la paseó sobre un fragmento de papel... y salieron renglones desiguales, los primeros que había compuesto nunca. Cuando terminó la composición, o lo que fuese, el mozo vio, a la luz de la mortecina lámpara, posado sobre su tintero, un insecto extraño, fúlgido, deslumbrador: una mariposa de pedrería. Su abdomen era de una perla oriental: de esmeraldas su corselete; sus alas de rubíes y brillantes, y al remate de sus antenas temblaban, como gotas de rocío, dos cristalinos solitarios de incomparable pureza. Lo más encantador de la mariposa es que, siendo de pedrería, estaba viva, pues al tender Lupercio la mano para cogerla, voló la mariposa y fue a posarse más lejos, a la orilla de la mesa. El mozo se quedó sobrecogido; si se empeñaba en cogerla, de fijo que la mariposa huiría por la ventana abierta. Renunciando a perseguir al resplandeciente insecto, Lupercio se contentó con admirarlo. La mariposa tenía, sin duda alguna, luz propia, porque apartada de la escasa de la lámpara, centelleaba más, proyectando irisados reflejos sobre toda la guardilla. Y es el caso que, a la claridad emanada de la mariposa, así se transformaba la vivienda de Lupercio, que no la conocería nadie. Invisibles tapiceros revistieran las paredes de telas, cuadros, espejos y colgaduras; del techo pendían arañas de veneciano vidrio y cubría el suelo alfombra turquesca de tres dedos de gordo. ¡Qué metamorfosis! En las Gorgonas de Murano se deshojaban rosas: sobre un velador árabe tentaban el apetito frutas, dulces y refrescos; blancas melodías de laúd acariciaban el aire y, abriéndose sutilmente la puerta, una mujer, digo mal, una diosa, envuelta en gasas tenues y sin más tocado que las rubias hebras de febeo cabello, se adelantó, tomó del velador una granada entreabierta, reventando en granos de púrpura, y se la ofreció a Lupercio con lánguida sonrisa... Todo este misterio duró hasta que la mariposa, desde el borde de la ventana, alzó su vuelo, perdiéndose en la oscuridad de la noche. Aunque al volar la mariposa de pedrería la guardilleja volvió a su prístina y natural fealdad, miseria y desaliño, desde aquel día Lupercio no pensó en la muerte. Tenía un interés, una esperanza: que repitiese su visita la encantada bestezuela. Y la repitió, en efecto, al conjuro de la pluma mojada en tinta y los renglones desiguales. Volvió la mariposa, y esta vez convirtió la guardilla en jardín tropical, poblado de naranjos y palmeras, donde vírgenes africanas ofrecían a Lupercio agua fría en ánforas rojas estriadas de plata y azul. Así que se habituó a responder al conjuro, la mariposa fue transformando la mansión de Lupercio, ya en gruta oceánica, con náyades, corales y espumas, ya en bahía polar que alumbra boreal aurora, ya en patio de la Alhambra, con arrayanes y fuentes de mármol, donde se leen versículos del Corán; ya en camarín gótico, dorado como un relicario... Mientras tanto, un periódico imprimía los versos de Lupercio -porque versos eran, ya es hora de confesarlo- y, poco a poco, los fue conociendo, estimando y luego admirando el público. Tras la admiración y el aplauso del público vino la envidia de los rivales, la curiosidad de los poderosos y la protección de algunos más inteligentes; con la protección, un poco de bienestar; luego, algo que pudiera llamarse desahogo y, por último, una serie de felices circunstancias -herencia, lotería, negocios-, la riqueza. Lupercio vivió, amó, gozó, rodó en carruaje al lado de pulcras damiselas, con trajes de seda de eléctrico roce..., y no necesito decir que, impulsado por el aura de la fortuna, fue bajando, primero de su guardilla al piso segundo; después, del segundo al primero, hasta que resolvió construir para su residencia un lindo palacio, a orillas del mar, en Italia. Había en él jardines, salones, tapicerías, brocados, alfombras, objetos de arte; en suma, cuanto pudo soñar Lupercio en la guardilla de los años juveniles. Sin embargo, su mujer, sus hijos, sus amigos, sus criados, le veían cabizbajo, abatido, deshecho y notaban que, de día en día, se iba agriando su carácter, y ennegreciéndose su humor, y rebosando en él tedio y hastío. Nadie se explicaba el cambio, porque nadie sabía que la mariposa de piedras, la maga de la guardilla, la que también había frecuentado el piso segundo y honrado alguna que otra vez el principal, no se dignaba apoyar sus patitas de esmalte en el reborde de las ventanas del palacio, abiertas siempre en verano como en invierno, para dejarle franca la entrada. Lupercio se ponía de pechos en la rica balconada de mármol que dominaba el jardín, y desde la cual se divisaba la extensión del golfo de Nápoles y se oía el murmurio de sus aguas, y miraba a las estrellas por si de alguna iba a bajar la mariposa; pero las estrellas titilaban indiferentes y, de mariposa, ni rastro. Lupercio abría a centenares botellas de generosos vinos -de aquellos que en la mocedad le tentaban como un sueño irrealizable-, y en el fondo espumoso del cristal no dormía la mariposa tampoco. Lupercio comía granadas con algunas risueñas beldades muy aficionadas a la fruta, y tampoco en el seno de púrpura se ocultaba la mariposa maldita, la de las alas de rubíes... ¿Que si había muerto? ¡Para morir estaba ella! Sabe, ¡oh lector!, que las mariposas de pedrería son inmortales. Sólo que la tunanta no tenía ganas de perder el tiempo con gente machucha, y andaba transformando en palacio, jardín o edén otro domicilio modesto, donde un mozo soñador garrapateaba no sé si verso o prosa... "El Imparcial", 18 de julio de 1892. El ruido Camilo de Lelis había conseguido disfrutar la mayor parte de los bienes a que se aspira en el mundo y que suelen ambicionar los hombres. Dueño de saneado caudal, bien visto en sociedad por sus escogidas relaciones y aristocrática parentela, mimado de las damas, indicado ya para un puesto político, se reveló a los veintiséis años poeta selecto, de esos que riman contados perfectísimos renglones y con ellos se ganan la calurosa aprobación de los inteligentes, la admirativa efusión del vulgo y hasta el venenoso homenaje de la envidia. Sobre la cabeza privilegiada de Camilo derramó la celebridad su ungüento de nardo, y halagüeño murmullo acogió su nombre dondequiera que se pronunciaba. Abríase ante Camilo horizonte claro y extenso; la única nubecilla que en él se divisaba era tamaña como una lenteja. No obstante, el marino práctico la llamaría anuncio de tempestad. Para comprender la trascendencia de la nubecilla, conviene saber que la originalidad literaria de Camilo consistía en una tan delicada, refinada y exquisita construcción del período, que las palabras, engarzadas como eslabones de primorosa cadena de esmalte, se realzaban unas a otras y hacían música como de agua corriente o de arpas estremecidas por el viento y que despiden sones aéreos, prolongados y dulcísimos. El efecto que las rimas de Camilo producían en el lector era el de una vibración lenta y profunda, suave y embelesadora. Diríase que los tales versos nacían hechos, ordenados, sin esfuerzo alguno por el instinto, como producto natural de la espontaneidad de un gran artista; más lejos de ser así, Camilo de Lelis, premioso, exigente consigo mismo e idólatra de la forma pura, desdeñando por ella la realidad, dedicaba, no sólo a cada frase, sino a la elección de cada verbo, horas de reflexión, de trabajo mnemotécnico, repasando las palabras que más halagan el oído, buscando el adjetivo plástico que pone de manifiesto casi visiblemente la línea, el color y el relieve de los objetos, aunque no engendre el inefable y espiritual goce de sentir, pensar y soñar. Ello es que al joven poeta le costaba sudor de sangre cada renglón. Y fue lo malo que, cuando se hubo embriagado con los elogios tributados a la factura de sus primeros poemas, aún refinó más la de los siguientes, y los cinceló con rabia, con encarnizamiento, encerrándose en su gabinete de estudio y negándose a salir, hasta para comer, mientras no encontrase el efecto de sonoridad o de dulzura que recreaba su oído de melómano. No tardó mucho en notar cómo le era imposible semejante labor en aquél pícaro gabinete, donde se oían todos los ruidos de la calle céntrica: paso de ómnibus y tranvías, que hacían retemblar las vidrieras; rodar atronador de coches, que imponían al pavimento viva y momentánea trepidación; pregones de verduleras, que rompían con entonaciones ásperas y guturales las cadencias de sílabas que arrullaban a Camilo; riñas callejeras; trotadas de caballo; rebuznos asnales y pianos mecánicos, más insufribles aún que los rebuznos. Al principio estos ruidos importunaban al escritor, como importuna una sensación de conjunto, la bárbara irrupción de una murga, el vocerío de una feria; pero así que fijó su atención en el hecho de que la calle era bulliciosa, infernalmente estrepitosa, notó con angustia que cada ruido se destacaba de los demás y se precisaba y definía, obstruyéndole el cerebro y no permitiéndole tornear un solo verso. Los tranvías le pasaban por las sienes; los coches rodaban sobre su tímpano; los apremiantes pregones, los apasionados y rijosos rebuznos parecían feroces gritos de guerra; las tocatas de los pianos eran gatos de erizada pelambre que sobre la mesa de escritorio bufaban enzarzados o trocaban maulladas ternezas. Crispado y dolorido ya, Camilo de Lelis recordó que tenía dinero y podía permitirse el lujo de un estudio silencioso. Gastó varios días en recorrer la capital, hasta que en un barrio limítrofe con el campo descubrió una casita o más bien hotel, de estos a la malicia que ahora se usan, que por lo retirado del movimiento y tráfago de las calles y por el jardincillo que tenía al frente, pareció al artista el refugio que soñaba. Realizó la mudanza con apresuramiento febril; instaló sus libros, sus muebles tallados, sus cacharros, sus damasquinas armas y bordadas telas -porque Camilo necesitaba verse rodeado de atmósfera de elegancia para trabajar-, y cuando todo estuvo en orden, antecogió las cuartillas y enristró la pluma. Apenas llevaba trazadas las tres estrellas, único título del poema que proyectaba, agitóse convulso en el sillón como si hubiese recibido eléctrica corriente. Era que de la calle desierta, abriéndose paso por entre las éticas lilas y los polvorientos evónimos, entraba una especie de gorjeo infantil, entrecortado de risa, de chillidos gozosos, de monosílabos palpitantes de curiosidad: en suma, la charla fresca de unos chicos que delante de la verja jugaban a la rayuela con cascos de teja, despojos de la tejera próxima. El poeta se llevó las manos a las sienes, y poco después, como el parloteo de los gurriatos no cesaba, cogió el tintero y lo arrojó contra la pared, lo cual prueba que la cabeza de Camilo de Lelis empezaba a trastornarse. Sin embargo, resolvió esperar a la noche, hora del silencio, según todos los vates clásicos, y así que las tinieblas colgaron sus pabellones de crespón, he aquí que vuelve a llamar a la musa... Y cuando mentalmente apareaba el consonante del primer verso con el del tercero -como quien aparea soberbias perlas para pendientes de una hermosa-, oyó otra vez rumor junto a la verja... No como antes, espontáneo, regocijado y bullicioso, sino reprimido, suave, tímido, dialogado, interrumpido de tiempo en tiempo por calderones que estremecían y exaltaban hasta el paroxismo el cerebro del que oía... ¡Dos enamorados! ¡Una pareja! ¡Allí! El poeta se puso a renegar del amor, lo mismo que si el arte no existiese por él y para él... Y a la mañana siguiente Camilo de Lelis tomaba el tren y buscaba en la soledad de una provincia retiro bronco, la guarida de una fiera montés. Hallóla a medida del deseo. Era, en la vertiente de una montaña, un conventillo en ruinas, donde mandó hacer los reparos necesarios para dejarlo habitable. Encerróse allí sin más compañía que una anciana criada. Parecía aquello el mismo palacio del Silencio augusto y reparador; y el poeta, al entrar en su mansión romántica, suspiró de gozo y se puso a escuchar las mudas armonías del desierto. Cuando pensaba saborear la callada paz de la atmósfera, el canto de un gallo resonó, imperioso y clarísimo. ¡Aquí de Dios! Al punto se le retorció el pescuezo al gallo; pero el sacrificio fue estéril, y Camilo no tardó en convencerse de que el viejo conventillo era cien veces más ruidoso que las calles de la corte. Sordos arrullos de palomas torcaces; correrías de ratones por los desvanes oscuros; zumbido de abejas que entraban por la ventana; coros de árboles agitados por el viento, y, sobre todo, el eterno plañir de la cascada, que desplomándose de lo alto de la roca al fondo del valle, deshecha en irrestañable llanto, inundaba de desesperación el alma del artista, ya reducido a la impotencia y presa en breve de la insania. *** A los treinta años, casi olvidado de sus admiradores de un día, Camilo de Lelis expiraba en el manicomio. Su primera impresión, al encontrarse en el nicho, fue -no se admire el lector- de inmenso bienestar. Por fin habían cesado los malditos ruidos de la tierra, por fin su cerebro no sentía las horribles punzadas de agujas candentes y los tenazazos que por el oído llegaban a las últimas células de la sustancia gris... ¡Qué hermoso silencio absoluto, eterno, sin límites, como océano extendido desde lo infinito terrestre a lo infinito celestial! De pronto... ¡No, si no puede ser! ¿Se concibe que existan ruidos dentro de una tumba, que atraviesen las paredes de un nicho, la espesura de una caja de cinc y de un recio ataúd forrado de paño grueso? No se concebirá, pero lo cierto es que algo suena... Camilo de Lelis se estremece, quiere incorporarse, quiere gemir... El ruido que le quita las dulzuras del perenne reposo es la fermentación que comienza, son los gusanos, que no tardarán en pulular sobre su pobre cuerpo... ¡Tampoco el sepulcro está solitario, y el adorador de la pura e inalterable Forma encuentra en él a su enemiga la Vida! "El Imparcial", 21 de noviembre de 1892. El tornado Entre las caras aldeanas, a la salida de misa, se destacaba siempre para mí, con relieve especial, la de un presbítero, que era aldeana, por las líneas y no por la expresión. Las caras no van más allá que las almas, y es el alma lo que se revela en los rasgos, en el pliegue de la boca, en la luz de los ojos. Aquel cura, arrinconado en la montaña, no sé qué presentaba en su fisonomía de resuelto y de advertido, de dolorido y de resignado, que me advirtieron, sin necesidad de preguntar a nadie, que tenía un pasado distinto del de sus congéneres de misa y olla, los cuales, desde el seminario, se habían venido a la parroquia, a no conocer más emociones que las del día de la fiesta del Patrón o las de la pastoral visita. Habiéndole manifestado mi curiosidad al señorito de Limioso, se echó a reír a la sombra de sus bigotes lacios. -Pues apenas se alegrará Herves cuando sepa que usted quiere oírle la historia... Como que los demás ya le tenemos prohibido que nos la encaje... Solo se la aguantamos una vez al año, o antes si hay peligro de muerte... Convenido; vendría el cura aquella tarde misma. Le esperé recostado en un banco de vieja piedra granítica, todo rebordado de musgos de colores. Hacía frío, y el paisaje limitado, montañoso, tenía la severidad triste del invierno que se acercaba. Uno de esos pájaros que se rezagan y todavía se creen en tiempo oportuno de amar y sentir, cantaba entre las ramas del limonero añoso, al amparo de su perfumado y nupcial follaje perenne. En las vides no quedaban sino hojas rojas, sujetas por milagro y ya deseosas de soltarse y pagar su tributo a la ley de Naturaleza. Hay en estos aspectos otoñales del paisaje una melancolía tranquila y, por lo mismo, más profunda, un mayor convencimiento de lo efímero de las cosas... Cuando entraron el cura y el señorito, dispuestos a satisfacer una curiosidad tan transitoria como la vida, ya mi espíritu andaba muy lejos: se había ido a donde no hay curiosidades, a una región de contemplativa serenidad. Media hora después oía yo el relato de una aventura vulgar, pero que había bastado para dar aroma de pena antigua a la existencia de aquel hombre y para sugerirle un romanticismo, allá a su manera, complicado de cierto orgullo... Por la aventura podía mirar con superioridad, en lo interno, a sus compañeros, y en las largas sobremesas de los convites parroquiales, excitada la imaginación a poder del generoso y el anisete, revivir los dramáticos momentos, ser otra vez el que corrió graves peligros y estuvo a punto de que un vórtice le tragase... -Al concluir la carrera -díjome después de recogerse un momento, como si no se supiese la relación de memoria- me encontré con que se murió una buena señora que era mi madrina de misa, y tuvo la ocurrencia de legarme una manda regular. Eché mis cuentas, y en vez de prestar a réditos para sacar al año una pequeñez, cargando además mi alma con responsabilidades, acordé salir un poco a ver el mundo. Yo hijos no había de tener; mis sobrinos..., ¡que se arreglasen!..., y como el viajar es la única diversión que no se mira mal en nosotros, ¡viajemos! Casi siempre, en tocando a salir de casa, mis colegas la emprenden hacia Roma. Una peregrinación..., ¡y adelante! Muy natural... Pero a mí, no sé por qué me entró afán de hacer todo lo contrario. Lo más diferente de Roma y de cuanto conocemos -pensé- serán los Estados Unidos... Y allá me fui, en un buque hermosísimo, y llegué a Cuba sin el menor tropiezo, y de la Habana, que por cierto me gustó de veras (a poco me quedo allí a vivir), pasé a la América del Norte, hallando tantas cosas de admirar que, para lo que me resta de estar en el mundo, tengo que rumiar memorias. Todo lo apunté en unos cuadernos para que no se me olvidase; y cada vez que leo en la Prensa algún invento o algún caso que parece mentira..., de mis cuadernos echo mano... y digo para mí... -Y para los demás también -advirtió el señorito-. ¡Pues no nos tendrá leídos los cuadernitos que digamos! -Y, bueno ¿de qué voy a tratar? ¿De política? ¿De chismes? ¡Ello es que en mis cuadernitos será raro que no se halle ya mencionado lo que nos dan por grandes novedades los periódicos...! En fin, yo me pasé más de un año entre aquella gente, sin conocer a nadie, con barbas y sin corona, aunque, gracias a Dios, sin faltar a las obligaciones de mi estado. Y así me estaría hasta la consumación de los siglos si no llega a escasearme el dinero, droga más necesaria allí, según pude advertir, que en parte alguna... Como no era cosa de echarme a pedir limosna, y a más no es costumbre de aquella gente el darla, tomé el partido de embarcarme otra vez, y la travesía desde Nueva York a la Habana fue una delicia... En la Habana -donde no quise saltar a tierra, temeroso de no decidirme luego a salir de allí, aunque para mantenerme en aquel paraíso hubiese de ponerme a hacer la zafra en lugar de un negro- subió a bordo una señora joven, de riguroso luto -no despreciando, bien parecida-, con un niño muy guapo, de unos seis años. Éramos la señora y yo de los pocos españoles que en el buque iban; éramos ambos pasajeros de segunda, y por educación y porque me daba lástima empecé a saludarla y a entretenerme con el niño, una monada de listo y de cariñoso. El padre, por lo visto, era empleado, y se había muerto del vómito. Cada vez que salía la conversación, la viuda, lamentando su desamparo, lloraba; pero poco a poco se puso casi alegre, me gastaba bromas, y siempre procuraba encontrarse conmigo en el puente para charlar. No sabía que yo era sacerdote, y yo, vamos, no se lo dije: me parecía raro, con la barba que me llegaba a las solapas del chaleco. Al desembarcar, después de rasurarme..., bueno que lo supiese. Como un golfín iba la embarcación hasta llegar a la altura de las Azores. Sin embargo, el capitán había torcido el gesto al ver un celaje muy descolorido, que luego fue volviéndose cobrizo al anochecer, y ya de noche, negro, lo propio que si en el cielo se hubiese volcado un tonel de tinta... Algunas exhalaciones parpadearon en el horizonte; pero la calma era tal, que el agua parecía aceite grueso. No se acostó el capitán, y yo tampoco; no sé qué inquietud me desvelaba. Al amanecer, el celaje se mostró más negro si cabe, y una ceja gigantesca, un arco inmenso apareció casi encima de nosotros, dibujado como por mano firme y maestra. -¿Qué hay, capitán?- le pregunté al verle tan sombrío como el cielo. -¡Qué ha de haber, me...! -y juró entre dientes-. ¡Que tenemos encima el tornado... y que será de los de primera! ¿No ve usted qué perfecto es el arquito? Ya había yo oído en el pasaje mentar el tornado con expresiones de terror; el tornado es el coco de aquellos mares. Así y todo, como la calma era tan absoluta y yo no entendía de achaque de navegación, no sentí al pronto mucho miedo. Empecé a sentir las cosquillas cuando pasajeros y tripulación salieron al puente y en voz baja se cambiaron impresiones. Todos mirábamos fijamente a aquella ceja colosal de un ojo terrible, inmóvil, que nos amenazaba. La calma era de plomo; no sé expresarlo sino así; en plomo nos creíamos envueltos. Una pluma de ave echada al aire permanecía en suspensión. Y nuestras almas estaban como aquella pluma; pendientes y esperando el primer soplo... En aquellos segundos de ansiedad trágica en que ni respirábamos, fue cuando la viuda, con su niño de la mano, su ropa negra, y más blanca la cara que un papel, se acercó a mí y me dijo de una manera que me llegó al corazón: -No tenemos a nadie en este mundo... Yo sólo en usted he puesto mi esperanza... Si sucede algo, ¿nos amparará? Esta criaturita sin padre... Y, sin duda, yo estaba loco del susto que todos teníamos metido en el cuerpo, porque le contesté cogiéndola de las manos: -A no ser que muriese yo primero, ni usted ni el niño han de pasar daño ninguno. El padre del niño aquí está. Aún no hube proferido tal dislate..., ¡zas!, prorrumpe el huracán por el Nordeste con una fuerza inaudita; una fuerza tal, que todo el barco tembló y se paró; y no era que se hubiese roto la máquina -que se rompió después-, sino que ni con cien máquinas avanzaría... Saltaron luego unas olas..., ¡vaya unas olas de horror! Nadie creería que de aquella mar de aceite podían levantarse semejantes monstruos... Caíamos al fondo, y nos veíamos de repente en la cumbre de una muralla altísima, y debajo nos esperaba, para recogernos en otra caída, un abismo sin fin... El capitán estaba como loco; dos veces rodó al suelo, y en una de ellas, por desdicha, se rompió la cabeza contra no sé qué... Tomó el mando el segundo. Era mucho menos hombre, de menos agallas marineras, y comprendimos que estábamos perdidos sin remedio. El barco, al tener que ascender, se cansaba como una persona, se dormía cada vez más tiempo y no aguardábamos sino el instante en que, sin fuerzas la embarcación para vencer la espantosa subida, la ola se cerrase sobre nosotros y nos quedásemos allá abajo, en el remolino que produjésemos al ser absorbidos. Entre la confusión y el alocamiento de todos -cada uno pensaba en sí o en los suyos y nadie atendía a nadie- la viuda, sin saber lo que hacía, se me agarró a los hombros y empezó a decirme disparates..., ¡porque estaba como los demás: fuera de juicio!... Yo no iba a seguirla por el camino que emprendía..., y a su oído, murmuré: -No puedo hacerle más favor que darle la absolución... Soy sacerdote, y vamos a morir en este instante... Pegó un chillido y se apartó de mí... Y en el mismo momento, al rolar al Sur y al Sudeste, abonanzó de un modo tan repentino que parecía cosa milagrosa... Los oficiales dijeron después que sucede así con los tornados, que si duraran como dan... En el resto de la travesía no volví a acercarme ni siquiera al pobre del niño. Desembarqué lo más pronto posible; en Lisboa. Y a veces, en esta paz que ahora disfruto, me parece que cuanto me pasó no me pasó, sino que lo habré soñado. -Por eso nos lo cuenta cada año doce veces -arguyó, escéptico, el señorito-. Contándolo se convence de que no es inventiva... Así nos convenciese a los demás... "Blanco y Negro", núm. 928, 1908. Agravante Ya conocéis la historia de aquella dama del abanico, aquella viudita del Celeste Imperio que, no pudiendo contraer segundas nupcias hasta ver seca y dura la fresca tierra que cubría la fosa del primer esposo, se pasaba los días abanicándola a fin de que se secase más presto. La conducta de tan inconstante viuda arranca severas censuras a ciertas personas rígidas; pero sabed que en las mismas páginas de papel de arroz donde con tinta china escribió un letrado la aventura del abanico, se conserva el relato de otra más terrible, demostración de que el santo Fo -a quien los indios llaman el Buda o Saquiamuni- aún reprueba con mayor energía a los hipócritas intolerantes que a los débiles pecadores. Recordaréis que mientras la viudita no daba paz al abanico, acertaron a pasar por allí un filósofo y su esposa. Y el filósofo, al enterarse del fin de tanto abaniqueo, sacó su abanico correspondiente -sin abanico no hay chino- y ayudó a la viudita a secar la tierra. Por cuanto la esposa del filósofo, al verle tan complaciente, se irguió vibrando lo mismo que una víbora, y a pesar de que su marido le hacía señas de que se reportase, hartó de vituperios a la abanicadora, poniéndola como solo dicen dueñas irritadas y picadas del aguijón de la virtuosa envidia. Tal fue la sarta de denuestos y tantas las alharacas de constancia inexpugnable y honestidad invencible de la matrona, que por primera vez su esposo, hombre asaz distraído, a fuer de sabio, y mejor versado en las doctrinas del I-King que en las máculas y triquiñuelas del corazón, concibió ciertas dudas crueles y se planteó el problema de si lo que más se cacarea es lo más real y positivo; por lo cual, y siendo de suyo propenso a la investigación, resolvió someter a prueba la constancia de la esposa modelo, que acababa de abrumar y sacar los colores a la tornadiza viuda. A los pocos días se esparció la voz de que la ciencia sinense había sufrido cruel e irreparable pérdida con el fallecimiento del doctísimo Li-Kuan -que así se llamaba nuestro filósofo- y de que su esposa Pan-Siao se hallaba inconsolable, a punto de sucumbir a la aflicción. En efecto, cuantos indicios exteriores pueden revelar la más honda pena, advertíanse en Pan-Siao el día de las exequias: torrentes de lágrimas abrasadoras, ojos fijos en el cielo como pidiéndole fuerzas para soportar el suplicio, manos cruzadas sobre el pecho, ataques de nervios y frecuentes síncopes, en que la pobrecilla se quedaba sin movimiento ni conciencia, y sólo a fuerza de auxilios volvía en sí para derramar nuevo llanto y desmayarse con mayor denuedo. Entre los amigos que la acompañaban en su tribulación se contaba el joven Ta-Hio, discípulo predilecto del difunto, y mancebo en quien lo estudioso no quitaba lo galán. Así que se disolvió el duelo y se quedó sola la viudita, toda suspirona y gemebunda, Ta-Hio se le acercó y comenzó a decirle, en muy discretas y compuestas razones, que no era cuerdo afligirse de aquel modo tan rabioso y nocivo a la salud; que sin ofensa de las altas prendas y singulares méritos del fallecido maestro, la noble Pan-Siao debía hacerse cargo de que su propia vida también tenía un valor infinito y que todo cuanto llorase y se desesperase no serviría para devolver el soplo de la existencia al ilustre y luminoso Li-Kuan. Respondió la viuda con sollozos, declarando que para ella no había en el mundo consuelo, además de que su inútil vida nada importaba desde que faltaba lo único en que la tenía puesta; y entonces el discípulo, con amorosa turbación y palabras algo trabadas -en tales casos son mejores que muy hilados discursos-, dijo que, puesto que ningún hombre del mundo valiese lo que Li-Kuan, alguno podría haber que no le cediese la palma en adorar a la bella Pan-Siao; que si en vida del maestro guardaba silencio por respetos altísimos, ahora quería, por lo menos, desahogar su corazón, aunque le costase ser arrojado del paraíso, que era donde Pan-Siao respiraba, y que si al cabo había de morir de amante silencioso, prefería morir de rigores, acabando su declaración con echarse a los diminutos pies de la viuda, la cual, lánguida y algo llorosa aún, tratándole de loquillo, le alzó gentilmente del suelo, asegurando benignamente que merecía, en efecto, ser echado a la calle, y que si ella no lo hacía, era sólo en memoria de la mucha estimación en que tenía a su discípulo el luminoso difunto. Y, sin duda, la misma estimación y el mismo recuerdo fueron los que, de allí a poco -cuando todavía por mucho que la abanicase, no estaría seca la tierra de la fosa de Li-Kuan- impulsaron a su viuda a contraer vínculos eternos con el gallardo Ta-Hio. Vino la noche de bodas, y al entrar los novios en la cámara nupcial, notó la esposa que el nuevo esposo estaba no alegre y radiante, sino en extremo abatido y melancólico, y que lejos de festejarla, callaba y se desviaba cuanto podía; y habiéndole afanosamente preguntado la causa, respondió Ta-Hio con modestia que, le asustaba el exceso de su dicha, y le parecía imposible que él, el último de los mortales, hubiese podido borrar la imagen de aquel faro de ciencia, el ilustre Li-Kuan. Tranquilizóle Pan-Siao con extremosas protestas, jurando que Li-Kuan era, sin duda, un faro y un sapientísimo comentador de la profunda doctrina del Libro de la razón suprema, pero que una cosa es el Libro de la razón suprema y otra embelesar a las mujeres, y que a ella Li-Kuan no la había embelesado ni miaja. Entonces Ta-Hio replicó que también le angustiaba mucho estar advirtiendo los primeros síntomas de cierto mal que solía padecer, mal gravísimo, que no sólo le privaba del sentido, sino que amenazaba su vida. Y Pan-Siao, viéndole pálido, desencajado, con los ojos en blanco, agitado ya de un convulsivo temblor... -Mi sándalo perfumado -le dijo-, ¿con qué se te quita ese mal? Sépalo yo para buscar en los confines del mundo el remedio. Suspiró Ta-Hio y murmuró: -¡Ay mísero de mí! ¡Que no se me quita el ataque sino aplicándome al corazón sesos de difunto! -y apenas hubo acabado de proferir estas palabras cayó redondo con el accidente. Al pronto quedó Pan-Siao tan confusa como el lector puede inferir; pero en seguida se le vino a las mientes que, en los primeros instantes de inconsolable viudez, había mandado que al luminoso Li-Kuan le enterrasen en el jardín, para tenerle cerca de sí y poderle visitar todos los días. A la verdad, no había ido nunca: de todos modos, ahora se felicitaba de su previsión. Tomó una linterna para alumbrarse, una azada para cavar y un hacha que sirviese para destrozar las tablas del ataúd y el cráneo del muerto; y resuelta y animosa se dirigió al jardín, donde un sauce enano y recortadito sombreaba la fosa. Dejó en el suelo la linterna y el hacha, dio un azadonazo..., y en seguida exhaló un chillido agudo, porque detrás del sauce surgió una figura que se movía, y que era la del mismísimo Li-Kuan, ¡la del esposo a quien creía cubierto por dos palmos de tierra! -Sierpe escamosa -pronunció el filósofo con voz grave-, arrodíllate. Voy a hacer contigo lo que venías a hacer conmigo; voy a sacarte los sesos, si es que los tienes. Entre mi discípulo Ta-Hio y yo hemos convenido que sondaríamos el fondo de tu malicia, y, sobre todo, de tu mentira. No castigo tu inconstancia que sólo a mí ofende, sino tu fingimiento, tu hipocresía, que ofenden a toda la Humanidad. ¿Te acuerdas de la dama del abanico? Y el esposo cogió el hacha, sujetó a Pan-Siao por el complicado moño, y contra el tronco del sauce le partió la sien. "El Liberal", 30 de agosto de 1892. La hierba milagrosa Explicaciones Al cuento La hierba milagrosa debe preceder, a título de explicación, la carta que dirigí al señor don Miguel Moya, director de El Liberal. Madrid, 22 de octubre de 1982. Mi distinguido amigo: Al llegar a esta corte y registrar la pirámide de papeles y libros que me esperaban, encuentro un número de La Unión Católica, donde se dice que mi cuento Agravante, que El Liberal insertó el 30 de agosto próximo pasado, no es mío, sino de Voltaire. Me ha caído en gracia el que un periódico se tome la molestia de investigar la procedencia del cuento, cuando yo la declaraba en el cuento mismo, diciendo expresamente que lo había encontrado en las propias hojas de papel de arroz donde se conservaba la historia de la dama del abanico blanco, igualmente publicada por El Liberal bajo la firma del distinguido escritor Anatole France. Lo que me pareció excusado añadir -porque lo saben hasta los gatos- es que esas hojas de papel de arroz, de donde tomó Anatole France su historieta y yo la mía, son las de los auténticos y conocidísimos Cuentos chinos, que recogieron los misioneros y coleccionó Abel de Remusat en lengua francesa. En esa colección, la historia de la dama del abanico blanco y la de la viuda inconsolable y consolada forman un solo cuento. Pero no es allí únicamente donde existe la tal historia, pues con sólo abrir (¡recóndita erudición!) el Gran Diccionario Universal de Larousse, que forma parte integrante del mobiliario de las redacciones, hubiese visto La Unión Católica que esa historieta es conocida en todas las literaturas bajo el título de La matrona de Efeso, y que igualmente se encuentra en la India, en la China, en la antigüedad clásica y en la inmensa mayoría de los modernos cuentistas, que dramática y sentenciosa entre los chinos, ha tomado en otras naciones, en boca de los narradores de fabliaux y en Apuleyo, Boccaccio, La Fontaine y Voltaire, sesgo festivo y burlón; y añade el socorrido Diccionario: "Esta ingeniosa sátira de la inconstancia femenil parece tan natural y verdadera, que se diría que brotó espontáneamente en la imaginación de todo cuentista, y no hay que recurrir a la imitación para explicar tan singular coincidencia." De estas laboriosas investigaciones se desprende que el cuento es tan de Voltaire como mío, e hicimos bien Anatole France y yo en repartírnoslo según nos plugo, y hasta pude ahorrarme la declaración de su procedencia. En efecto, por mi parte, para remozar esa historia, no la he leído en Voltaire ni en ningún autor moderno, sino en la misma colección de Cuentos chinos; y estoy cierta de que mi versión se diferencia bastante de las demás. Si entrase en mis principios dar por mío lo ajeno, o sea gato por liebre, no juzgo difícil la empresa. Claro está que yo no había de ser tan inocente que ejercitase el instinto de rapiña en lo que cada quisque conoce -o debe conocer por lo menos, pues se dan casos, y si no ahí está el descubrimiento de La Unión-. Sobran libros arrumbados: el que quiera tener algo bien oculto, que lo guarde en uno de esos libros. Ea, a la prueba me remito: vamos a hacer una experiencia. Al que acierte y diga qué autor español refiere en pocos renglones el caso que va usted a publicar bajo mi firma con el título de La hierba milagrosa, le regalo una docena de libros, que no diré que sean buenos, pero corren como si lo fuesen. Queda excluido de concurso Marcelino Menéndez y Pelayo. De v. siempre afectísima amiga s.s.q.b.s.m. Emilia Pardo Bazán. Publicada esta carta con el cuento La hierba milagrosa, recibí algunas donde se me indicaban libros y autores que contenían el argumento del nuevo cuentecillo; no obstante, ninguna de aquellas cartas se refería a autor español; la mayor parte de mis corresponsales citaban a Ariosto, en cuyo poema Orlando furioso ocupaba el episodio de La hierba milagrosa un canto casi íntegro. Por fin, el señor don Narciso Amorós, escritor de erudición varia y peregrina, nombró a un autor español que traía el caso de la hierba, y aun cuando no era el mismo autor de donde yo lo había tomado -Luis Vives, en su Instrucción de la mujer cristiana, tratado de las vírgenes-, me pareció que no por eso dejaba de llenar el señor Amorós las condiciones del certamen, y tuve el gusto de ofrecerle el insignificante premio. Como se ve, el acertijo no era ningún enigma de la esfinge para quien poseyese cierto caudal de doctrina bibliográfica. Sin embargo, siendo tan fácil descifrar la charada, mi acusador de La Unión Católica no la descifró, por no molestarme, según declaró poco después. Páguele Dios atención tan extraña, pues ningún género de molestia, al contrario, me causaría ver consagrar a que se esclareciesen los orígenes de La hierba milagrosa igual diligencia que a descubrir el panamá de Agravante. *** El caso que voy a referiros debió de suceder en alguna de esas ciudades de geométrica traza, pulcras, bien torreadas, de apiñado caserío, que se divisan, allá en lontananza, empinadas sobre una colina, en las tablas de los pintores místicos flamencos. Y la heroína de este cuento, la virgen Albaflor, se parecía, de seguro -aunque yo no he visto su retrato- a las santas que acarició el pincel de los mismos grandes artistas: alta y de gráciles formas, de prolongado corselete y onduloso y fino cuello, de seno reducido, preso en el jubón de brocado, de cara oval y cándidos y grandes ojos verdes, que protegían con dulzura melancólica tupidas pestañas; de pelo dorado pálido, suelto en simétricas conchas hasta el borde del ampuloso traje. La tradición asegura que Albaflor, pudiendo competir en beldad, discreción, nobleza y riqueza con las más ilustres doncellas de la ciudad, las vencía a todas por el mérito singularísimo de haber elevado a religioso culto el amor de la pureza. La devoción a su virginidad rayaba en fanatismo en Albaflor, revelándose exteriormente en la particularidad de que cuanto rodeaba a la doncella era blanco como el ampo de la intacta nieve. Albaflor proscribía lo que no ostentase el color de la inocencia, y allá en el interior de su alma -si el alma tuviese ventanas de cristal- también se verían piélagos de candor y abismos de pudorosa sensibilidad, que siempre vigilante, vedaba el ingreso hasta el más ligero, sutil y embozado deseo amoroso, rechazándolo como rechaza el escudo de acero la emponzoñada flecha. ¿Decís que era virtud? Virtud era, pero también muy principalmente labor estética; delicada y mimosa creación de la fantasía de Albaflor, que se complacía en ella cual el artista se complace en su obra maestra, y la retoca y perfecciona un día tras otro, añadiéndole nuevos primores. La que sentía Albaflor al registrar su alma con ojeada introspectiva y encontrarla acendrada, limpia, tersa, clara como luna de espejo, como agua serenada en tazón de alabastro, envolvía un deleite tan refinado y original, tan aristocrático y altivo, que no se le puede comparar ninguna felicidad culpable. Sabíanlo ya los mancebos de la ciudad y habían renunciado a galantear y rondar a Albaflor. Cuando la veían pasar por la calle, semejante a una aparición, recogiendo con dos dedos la túnica de blanco tisú, la saludaban inclinándose y la seguían -hasta los más disolutos- con ojos reverentes. Aconteció por entonces que un conquistador extranjero invadió el reino y puso sitio a la ciudad donde vivía Albaflor. La desesperada resistencia fue inútil; no dio más fruto que encender en furor al jefe enemigo, inspirándole la bárbara orden de que la ciudad fuese entrada a sangre y fuego. La soldadesca se esparció, desnuda la espada y al puño la tea, y pronto la triste ciudad se vio envuelta en torbellinos de humo y poblado el ambiente de gemidos, gritos de espanto y ayes de agonía, mezclados con imprecaciones y blasfemias espantosas. Estaba la morada de Albaflor situada a un extremo de la población, y como el padre de la doncella, habiendo salido a defender las murallas, yacía cadáver sobre un montón de escombros, Albaflor, transida de angustia, se había encerrado en sus habitaciones, y rezaba de rodillas, viendo al través de los emplomados vidrios cómo el sol tramontaba envuelto en celajes carmesíes. De improviso saltó hecha pedazos la vidriera, y se lanzó en la cámara un hombre, un soldado -mozo, gallardo, furioso, implacable-, pero que de improviso se paró, sorprendido, quizá, por el aspecto de la cámara. Revestían las paredes amplias colgaduras blancas, sujetas con tachones y cordonería de plata reluciente. Del techo colgaba una lámpara del mismo metal. Pieles de armiño y vellones de cordero mullían el piso. El sillón y el reclinatorio eran chapeados de marfil, como asimismo el diminuto lecho. En una jaula se revolvía cautiva nevada paloma. Y sobre los poyos del balcón, en vasos de mármol blanco, se erguían haces apretadísimos de azucenas, centenares de azucenas abiertas o para abrir, y campeando en medio de ellas, airoso y nítido como garzota de encaje, un tiesto de cristal, de donde emergía el lirio blanco, al que su dueña regaba con religioso esmero, viendo en la soñada flor un símbolo... Como si al iracundo vencedor la hermosura y el aroma de las flores le despertasen ideas de destrucción y exterminio, blandió la espada, segó y destrozó colérico el embalsamado bosque de azucenas. Las flores cayeron al suelo rotas y el soldado las pisoteó; después alzó el puño y fue a arrancar el lirio. Oyóse un sollozo. Albaflor lloraba por su lirio emblemático, tan fresco, tan fino, de hojas de seda transparente, que iba a ser hollado sin piedad... Al sollozo de Albaflor, el soldado volvió la cabeza y divisó a la virgen arrodillada, vestida de blanco, destacándose sobre el fondo de oro de la tendida cabellera, y con rugido salvaje se precipitó a destrozar aquel lirio, más bello y suave que ninguno. Presa Albaflor en los brazos de hierro, se crispó, defendiéndose rabiosamente, y en un segundo, en que se aflojó algún tanto la tenaza, dijo con anhelo al soldado: -Déjame y te daré un tesoro. -¿Tesoro? -respondió él, estrechándola embriagado-. Cuanto hay aquí me pertenece, y el tesoro lo mismo. No te suelto. -Es que el tesoro sólo yo lo conozco -respondió afanosamente la doncella-. Si no lo aceptas, te pesará. Si muero, me llevaré el secreto a la tumba; y yo moriré si no me sueltas; ¿no ves cómo se me va la vida? En efecto: el soldado vio que la doncella, lívida y desencajada, parecía ya un cadáver. -¿Qué tesoro es ése? -preguntó, desviándose un poco-. ¡Ay de ti si mientes! De nada te servirá; no me engañes. -Hay -dijo Albaflor, serenándose y con energía- una hierba milagrosa. El que la lleva consigo no puede ser herido por arma ninguna. Si la pones bajo tu coraza, harás prodigios de valor en los combates, y serás invulnerable, y llegarás a conquistar mayor gloria que el gran Alejandro. La hierba sólo crece en mi jardín, y nadie la conoce y sabe sus virtudes sino yo, que he ofrecido, por saberlas, perpetua castidad. Si me desfloras, no podré enseñarte la hierba. Yo misma no la encontraré si pierdo mi honor. -Vamos -exclamó el soldado casi persuadido, aunque todavía receloso-. La hierba, ahora mismo; a ser cierto lo que aseguras, a pesar de tu belleza, te miraré como miraría a mi propia madre. Juntos salieron al jardín Albaflor y su enemigo. Recorrieron sus sendas, y en el sombrío rincón de una gruta inclinóse la doncella, y registrando cuidadosamente la espesura, dio un grito de triunfo al arrancar una planta menuda que presentó al soldado. Este la tomó meneando la cabeza desconfiadamente. -¿Quién me asegura, doncella, que no me engañas por salvarte? -murmuró al recibir la hierba milagrosa-. ¿Quién me hace bueno que al entrar en batalla no será esta hierba inútil y vano amuleto, como los que fabrican las viejas con cuerda de ahorcado? ¡Creo que soy el mayor necio en perder el tesoro real y efectivo de tu belleza por este mentiroso hechizo! -Ahora mismo -dijo Albaflor, mirando fijamente al mozo- vas a cerciorarte de que no te engañé y a probar las virtudes de la hierba. Desnuda tienes la espada; aquí hay un banco de piedra; yo pongo en él el cuello, con la hierba encima, y tú, de un tajo bien dado, pruebas a degollarme. Hiere sin temor -añadió la doncella, sonriendo gentilmente-, emplea toda tu fuerza, que no lograrás producirme ni una rozadura. ¡Ea! ¿Qué aguardas? Ya estoy, ya espero... Asegúrame de los cabellos, que así te es más fácil el golpe... El soldado, lleno de curiosidad, cogió la rubia mata, se la arrolló a la muñeca, tiró hacia sí y de un solo golpe segó el cuello del cisne, horrorizado cuando un caño de sangre roja y tibia le saltó a la cara, envuelto en la hierba milagrosa... Así salvó Albaflor el simbólico lirio blanco. "El Liberal", 24 de agosto de 1892. Sobremesa El café, servido en las tacillas de plata, exhalaba tónicos efluvios; los criados, después de servirlo, se habían retirado discretamente; el marqués encendió un habano, se puso chartreuse y preguntó a boca de jarro al catedrático de Economía política, ocupado en aumentar la dosis de azúcar de su taza: -¿Qué opina usted de la famosa teoría de Malthus? Alzó el catedrático la cabeza, y en tono reposado y majestuoso, moviendo con la sobredorada cucharilla los terrones impregnados ya, dijo con expresivo fruncimiento de labios y pronunciando medianamente la frase inglesa: -Moral restraint... ¡Desastroso, funesto para la vida de las naciones! Error viejo, ya desacreditado... Pregúntele usted al señor Samaniego de Quirós, que tan dignamente representa a la república de Nueva Sevilla, si está conforme con Malthus y su escuela. -Distingo -contestó el ministro americano, deteniendo la taza de café a la altura de la boca, por cortesía de responder sin tardanza-. Soy partidario en Europa y enemigo en América. Nosotros poseemos una extensión enorme de tierra fertilísima, y hemos cubierto el territorio de ferrocarriles y salpicado el litoral de magníficos puertos; ahora sólo nos faltan brazos que beneficien esa riqueza, y nos convendría que el tecolote, o lechuza sagrada, que en nuestra mitología indiana estaba encargada de derramar los gérmenes humanos sobre el planeta, nos sembrase un hombre detrás de cada mata, para convertir en Paraíso terrenal cultivado lo que ya es paraíso, pero inculto. -No les hacía a ustedes la pregunta sin intríngulis -advirtió el marqués-. Quería saber su opinión para formar la mía respecto a una mujer que fue condenada a cadena perpetua y que yo no he llegado a convencerme de si era la mayor criminal o la más desdichada criatura del mundo. -Pues ¿qué hizo esa mujer? -preguntaron a la vez y con el interés que siempre despierta el anuncio de un drama todos los convidados del marqués, apiñándose alrededor de la mesilla cargada con el cincelado servicio de café y las botellas de licores color topacio. -Lo habrán ustedes leído quizá en los periódicos; pero esas noticias telegráficas, en estilo cortado, se olvidan al día siguiente, a no ser que, como a mí, produzcan impresión tan profunda que luego se quiera averiguar detalles y que, averiguados, quede fija en el alma la terrible historia en forma de problema, de remordimiento y de duda. La van ustedes a oír..., y si la sabían ya, me lo dicen, y también lo que piensan de ella, a ver si me ilumina su ilustrado parecer. En uno de los barrios más destartalados y miserables de este Madrid, donde se cobija tanta miseria, ocupó un mal zaquizamí una pareja de pobretes; él, obrero gasista; ella, hija del arroyo. El marido trabajó algún tiempo... regular; en fin, que comían casi siempre o poco menos. Vinieron los chiquillos, más espesos que las hogazas; hizo falta trabajar firme, pero el hombre flojeó, mientras la mujer se agotaba lactando. La historia eterna, reproducida a cientos de miles de ejemplares: un poco de fatiga y desaliento trae la holganza; la holganza llama por la bebida; la bebida, por el hambre; el hambre, por las quimeras; de las quimeras se engendran la riña y la separación. El obrero, una noche abandonó el tugurio, soltando blasfemias y maldiciendo de su estrella condenada, porque, según él, quien se casa es un bruto; quien tiene hijos, dos brutos, y quien los mantiene, tres brutos y medio, y jurando que cuando él volviese a aportar por semejante leonera habría criado pelos la rana. Allí se quedó sola la mujer, con los cinco vástagos, la mayor de diez años, de once meses el menor. Buscó labor, pero no la encontró, porque no podía apartarse de los niños y, en especial, del que criaba, ni se improvisan de la noche a la mañana casas donde admitan a una asistenta o una lavandera desconocida, famélica, hecha un andrajo, con un marido borrachín y de malas pulgas. El único trabajo que le salió, como ella decía, fue recoger huesos, trapos y estiércol en las carreteras; gracias a este arbitrio se ganaba un día con otro sus tres o cuatro perros grandes. Vino un invierno lluvioso y muy crudo, y el recurso faltó, porque la lluvia es la enemiga del trapero; le hace papilla la mercancía. Transcurrió una semana, y en ella empezaron a debilitarse de necesidad los niños. La madre andaba escasa de leche; el crío lloraba la noche entera, tirando del pecho flojo. El panadero, a quien se le debían ya dieciséis pesetas, se cerró a la banda, negándose a fiar. La Sociedad de San Vicente dio unos bonos, y comidos los bonos, el hambre y el desabrigo volvieron. La mujer salió de su casa una tarde -víspera, por cierto, de Reyes- y vendió su única joya, una chivita blanca, muy hermosa, por la cual sacó algunos reales. Fuese a la plaza Mayor, compró unos Reyes Magos, preciosos, a caballo, con su estrella y su portalillo; además atestó los bolsillos de piñonate y se echó una botella de vino bajo el brazo. Llevó pan, garbanzos, tocino; llegó a su casa; puso el puchero, y los niños, locos de alegría, después de jugar mucho con los Santos Reyes, comieron olla y golosinas, y se acostaron atiborrados, y se durmieron al punto. La madre también comió y bebió vino a placer. Con el alimento y el arganda sintió que subía la leche a su seno: se desabrochó y dio un solemne hartazgo al pequeñillo. Así que le vio tan lleno que cerraba los ojos, le metió de firme el pulgar por el cuello, asfixiándole. Se llegó luego al mal jergón donde juntos dormían la niña de tres años, el niño de seis y el de nueve. A la de tres le apretó el gaznate hasta dejarla en el sitio. Al de seis, igual. Pero el mayorcito se despertó, y sintiendo las manos de su madre en el pescuezo, se defendió como un fierecilla. Mordía, saltaba, pateaba, no quería morir; la madre consiguió batirle la cabeza contra la pared y así aturdido, ahogarle. Volvióse entonces y vio a la niña mayor, de diez años, incorporada en su jergón, con los ojos dilatados de horror y las manos cruzadas, chillando, pidiendo misericordia. Tenía aún sobre la almohada las figuritas de los Santos Reyes. "Paloma -dijo la madre, acercándose-, tu padre se ha largado, a tus hermanitos los he despachado, y yo llevaré el mismo camino en seguida, porque no puedo más con la carga. ¿Te quieres tú quedar sola en este amargo mundo?" Y la chiquilla, convencida, alargó el pescuezo y se dejó estrangular sin defenderse; como que, muerta, tenía una expresión dulce y casi feliz. Cubrió la madre a las cinco criaturas con unos trapos y las mantas, encendió el anafre, cerró las ventanas, se tendió en la cama y esperó. Los vecinos habían oído gritar al chico y a la niña. Percibieron tufo de carbón, recelaron y rompieron la puerta. La madre se salvó de morir; la llevaron a la cárcel entre una multitud que la amenazaba y maldecía; la juzgaron, y en la duda de si era fingido o no era fingido el suicidio, ni se atrevieron a enviarla al palo ni a absolverla. Lo que hicieron fue sentenciarla a cadena perpetua. Al pronto, nadie comentó la historia del marqués, tan impropia de un amo de casa que obsequia a sus amigos. Por fin, el catedrático de Economía murmuró sentenciosamente: -No veo clara la conducta de esa mujer. ¿Por qué no ahorró los dineros producto de la venta de la cabra, en vez de malgastarlos en figuritas de Reyes y estrellas de talco? Con esos cuartos vivían una semana lo menos. El pobre es imprevisor. ¡Ah, si pudiésemos infundirle la virtud del ahorro! ¡Qué elemento de prosperidad para las naciones latinas! -Y usted -preguntó el marqués, sonriendo-, ¿enviaría a esa mujer a presidio? -¡Qué remedio! -exclamó el interrogado, presentando las suelas de las botas al calorcillo de la chimenea. "El Liberal", 16 de enero de 1893. Evocación El marqués de Zaldúa era, al entrar en la edad viril, secretario de Embajada, garzón cumplido y apuesto, con una barba y un pelo que parecían siempre acabados de estrenar, manos tan pulcras como las de una dama, vestir intachable, y conversación variada y en general discreta; en suma, dotado de cuantas prendas hacen brillar en sociedad a un caballero. Y en sociedad brillaba realmente el marqués; sonreíanle las bellas, y de buen grado se refugiaban en su compañía, a la sombra de una lantana o de un gomero, en una serre, a charlar y oír historias, a desmenuzar el tocado o a comentar los amoríos de los demás. Su brazo para ir al comedor, su compañía para el rigodón, eran cosas gratas; su saludo se devolvía con halagüeña cordialidad, de igual a igual; ramo que él regalase se enseñaba a las amigas, previo este comentario: "De Zaldúa. ¡Qué amable! ¡Qué bonitas flores!" En vista de estos antecedentes, no faltará quien crea que nuestro diplomático es un afortunado mortal. No obstante, el marqués, que por tener buen gusto en todo hasta tiene el de no ser jactancioso ni fatuo, afirma, cuando habla en confianza absoluta, que no hay hombre de menos suerte con las mujeres. -Si me pasase lo contrario; si fuese un conquistador, me lo callaría -suele añadir, sonriendo-. Pero puesto que nada conquisto, no hay razón para que me haga el misterioso y oculte mis derrotas. Soy el perpetuo vencido: ya he desesperado de sitiar plazas, porque sé que habría de levantar el cerco prudentemente, para salvar siquiera el amor propio. Reflexionando sobre el asunto, he dado en creer que mi mala ventura es hija de lo que llaman mis éxitos de salón. ¿Ha observado usted que las mujeres menos amadas son esas tan festejadas, esas reinas mundanas que al pasar levantan rumor de admiración y a quienes todos los hombres tienen alguna insustancialidad que decir? Algo parecido nos debe de suceder a los que en los círculos muy escogidos no hacemos papel del todo desairado. También creo que me perjudica..., no vaya usted a reírse..., la buena educación de familia. Me la inculcaron desde niño, y soy extremadamente cortés con las señoras: imposible que nadie las trate con más respeto, con más delicadeza. Al hablarles las incienso; al sonreírles les dedico un poema. Y aunque parezca extraño..., a veces se me ocurre que las mujeres, por la dependencia en que vive su sexo desde hace tiempo inmemorial, tienen un flaco inconfesado por los hombres insolentes y duros, reconociendo en ellos al amo y señor. Los que estamos dispuestos a descolgar la luna para complacerlas, quizá pasamos por sandios o por débiles: dos cosas igualmente malas. Cierto día, hablando así el marqués a un amigo suyo, el amigo le preguntó si era posible que tanta galantería, tanta corrección, no le hubiesen valido algo más que simpatías, y si nunca se había creído dueño del corazón de una dama. El marqués, después de algunos instantes de perplejidad, contestó: -En fin, ya ha pasado tiempo, la interesada no existe, y si usted me permite callar el nombre, contaré la única fortunilla que tuve... Después que usted se entere, no me llamará alabadizo por haberla contado... Es una victoria negativa, que concurre a demostrar lo mismo que decíamos antes -y aquí el marqués sonrió con cierto humorismo triste-; a saber, que no eclipsaré yo a los Tenorios ni a los Mañaras. Una de las veces que vine a España con licencia a ver a mi madre, encargóme ésta que, cuando regresase a París, visitase a una duquesa amiga suya, a quien no había visto en muchos años, porque vivía retirada, desde la muerte de una hija muy querida, en soberbia quinta, a poca distancia de Bayona. Resuelto a cumplir el deseo de mi madre, resolví también no aburrirme, o al menos no demostrarlo, en las horas que la visita durase. Me bajé en la estación más próxima a la quinta, donde ya me esperaba el capellán de la duquesa con un break. A fuer de señora fina, la duquesa me recibió con muestras de contento, y salió a saludarme al vestíbulo, toda de luto, sin más adorno que unos pendientes de perlas de inestimable precio, por lo iguales, lo gruesas y la hermosura de su oriente... -¿Como aquellas dos perlas que usted lleva en la pechera muchas noches? -Justo. Mi primer movimiento, al ver a la señora, fue tomarle la mano y besársela con devoción y viveza. Noté, sorprendido, que tan sencilla atención le hacía salir el color a las mejillas. ¡Cuánto tiempo que nadie le besaba la mano! No sé por qué, al advertirlo, me ocurrió lisonjear un poco a la pobre señora, tratándola como trata a una mujer joven, guapa y digna un muchacho de buena sociedad, con hábil mezcla de respeto y galantería. Las primeras palabras de la duquesa fueron para notar mi gran parecido con mi madre, y lo dijo con la tierna turbación del que recuerda afectos y alegrías pasadas. Después añadió que, comprendiendo lo que son muchachos, me rogaba que me considerase en su casa enteramente libre, y que sabiendo las horas de comer, y enterado de que en la quinta había coches y caballos a mi disposición, podía arreglar los días a mi gusto. Respondí con calor que no me había desviado de mi camino sino para verla y acompañarla, y que ella no sería tan cruel que no me permitiese gozar, aunque solo fuese por breve tiempo, de su conversación y trato. Nuevamente se coloreó su cara, y como hiciese una indicación al capellán para que me mostrase la quinta, le supliqué, si no le era molesto, que me la enseñase ella misma, a la hora que tuviese por más conveniente, porque el recuerdo de aquella finca se uniese al de su dueña en el santuario de mi memoria. Al punto, la duquesa pidió su sombrilla su sombrerito de jardín, y, sin dilación, quiso que fuésemos a recorrer arriates, estufas, bosques y granja o caserío de los colonos. Le presenté el brazo y la sostuve con vigor, con la tensión de músculos que en un baile desarrollamos para pasear por los salones a la reina de la fiesta y ostentarla. Durante el paseo la fui animando, a fuerza de atención, a que hablase mucho, y dos o tres veces la hice reír, y contestar en tono chancero. En el invernáculo nos paramos delante de una flor rara, el jazmín doble, y alabando su aroma, le rogué que me pusiese una rama en el ojal. Consintió, declarando que yo era muy caprichoso: y mientras me sujetaba la rama con sus dedos torneados aún, la miré al fondo de las pupilas, con una gratitud risueña y..., no sé cómo diga..., iba a decir amorosa..., en fin, con un no sé qué, que le hizo bajar los ojos... ¡Sí, bajarlos! Volvió de la excursión algo fatigada; subió a arreglarse para comer, y durante la comida procuré seguir entreteniéndola, sin que la conversación languideciese un minuto. A los postres, volví a ofrecerle el brazo, y ya lo tomaba para pasar al salón, cuando el capellán, asombrado, le recordó que faltaba dar las gracias. Rezamos, y ya en el salón, me senté al lado de la duquesa, e insensiblemente la traje a hablar de su juventud, de sus triunfos. Al contarme que en un baile de casa de Montijo llevaba traje rosa salpicado de jazmines -justamente de jazmines-, exclamé, como involuntariamente: "¡Qué hermosa estaría usted!" Volvió la cabeza, hubo un silencio eléctrico de algunos segundos..., y noté que su respiración se hacía difícil. Al retirarme a mi cuarto, recapacité y me alarmé, lo confieso; vi en perspectiva la ridiculez posible de una situación hasta entonces tan original, tan graciosa, tan culta..., y resolví marcharme a coger el tren que pasa al amanecer por Bayona. Dicho y hecho: salté de la cama, me vestí, bajé a la cuadra, mandé poner el break y dejé una cartita para la duquesa, donde, presentándole todas mis excusas, indicaba que las despedidas son siempre melancólicas, y que mi deseo era que no quedase ningún mal recuerdo de mi breve estancia. El día de Año Nuevo recibí en París una caja. No contenía más que jazmines dobles. El día de mi santo recibí otra. Igual contenido. Al cumplirse un año -día por día- de mi llegada a la quinta, más jazmines. Ya no pude dudar de la procedencia. La duquesa los criaba a precio de oro y me los enviaba en toda estación. Después nada recibí... más que la noticia de la muerte de la duquesa, y a poco me entregaron esas perlas que usted sabe -sus pendientes-, que en su testamento me legaba, a título de recuerdo del día en que nos conocimos. Así rezaba la cláusula: en que nos conocimos. Ea, ya sabe usted mi conquista... -¿Y usted cree -preguntó el amigo, con suma curiosidad- que la duquesa no enfermó de pena de no verle? -La duquesa tenía sesenta y cinco años -dijo, por vía de contestación, Zaldúa. "El Liberal", 10 de agosto de 1892. Confidencia Nunca me había sido posible adivinar qué oculto dolor consumía a Ricardo de Solís, imprimiendo en sus facciones una huella tan visible de siniestra amargura. Todos cuantos le veían experimentaban la misma curiosidad punzante, igual deseo de conocer el secreto -que había secreto saltaba a los ojos- de por qué aquel hombre parecía la tétrica imagen de la pena. Los más sagaces ni presumían siquiera dónde podría hallarse la clave del misterio. Ricardo de Solís era soltero; su hacienda, mucha; limpia y noble su ascendencia; vigorosa su complexión; su presencia, gallarda. Alguien atribuyó su abatimiento a males físicos; su médico lo desmintió, asegurando que nada le dolía a Solís. Las damas cuchichearon no sé qué de amores imposibles y secretos lazos ilegales; púsose en acecho la malicia, fisgoneando como entremetida dueña, y sólo descubrió patentes indicios de una indiferencia suprema en cuestiones femeniles. Se habló de pérdidas en Bolsa, de deudas, de usuras, de atolladeros sin salida; pero el agente que manejaba fondos de Solís, su abogado, sus proveedores, sus compañeros de Casino, desmintieron tales voces, declarando que no existían en Madrid cien fortunas tan saneadas ni tan bien regidas como la de don Ricardo. Por ninguna parte se veía el punto negro, y justamente el no verlo excitaba más la sed de saber y enterarse de lo que a nadie importa, sed que aflige y caracteriza a los desocupados e inútiles, o sea, a la mayoría social. A mí también declaro que me daba en qué pensar el enigma; pero mi curiosidad -y perdónenme los demás curiosos- tenía alguna justificación, al modo que la tiene la crueldad del vivisector que despelleja a un conejo en interés de la ciencia. Cuanto más vivo, más voy creyendo en la Biblia en cuyas páginas se estudia el supremo saber de la humanidad. Como los rancios y primorosos horarios que iluminaba la mano paciente del monje en la Edad Media, el libro del corazón humano no tiene página que sea igual a otra. Como en esos mismos horarios, al lado de la página donde los ángeles, cercados de luz, saludan a la Inmaculada Doncella, está la página donde los vicios, representados al natural o en forma de inmundas alimañas, ostentan sin rebozo su fealdad y desnudez. Como en los mismos horarios, la impresión definitiva que produce en el alma el conjunto de divina pureza y desnuda fealdad, es una impresión religiosa. Defendida así mi propia causa, diré que puse en juego todos los recursos decorosos y lícitos, todas las estratagemas de buena guerra, para descifrar el logogrifo viviente. Busqué con maña el trato de Solís, estudié el modo de atraerle a mi casa, le serví en dos o tres asuntos de poca monta y tuve la habilidad de presentarme como persona a quien son profundamente indiferentes las historias ajenas. No sé si lo creyó, pues la impertinencia de las gentes le tenía muy prevenido y en guardia; sé que aparentó creerlo, y estimó mi cauta discreción en lo que valía. Quizá lisonjeado por ella -la discreción es siempre una lisonja, pues implica respeto-, fue dejándose ganar al trato frecuente, siempre reservado, siempre serio, siempre mudo sobre lo esencial, lo que todos deseaban saber, y yo más que todos. Cuando ya íbamos siendo amigos, me pareció notar que la escondida llaga de la vida de Solís se enconaba. La contracción de su rostro, lo torvo de su mirar, la expresión de condenado visible en ojos, boca y hasta en la nerviosa dilatación de la nariz -por donde exhalaba involuntariamente el suspiro de agonía a que los apretados labios no querían abrir camino-, eran otros tantos indicios delatores del desastre moral, sujeto, como el físico, a las leyes fatales de progresión. El alma de Ricardo de Solís naufragaba; hundida en las olas y sin fuerza ya para combatirlas, sacaba a flor de agua la cabeza, miraba con desesperación al cielo y volvía a sentirse absorbida por el remolino inexorable. Al mismo tiempo que observé todos estos síntomas alarmantes, creí percibir otros... -¡cuán leves eran!, ¡cuán vagos!, ¡cuán indefinibles!- de una tendencia a quebrantar aquel horrible silencio, a deshacer el nudo de la garganta, a despedazar la glacial costra, dejando paso al torrente de lava que estremecía el subsuelo. Los librepensadores que hacen mofa de la confesión auricular desconocen la íntima contextura de nuestro espíritu, que rara vez puede resistir sin desfallecer el peso del secreto propio. El reo que, acosado, acorralado, con la sentencia de muerte encima, sabe que el confesar es peligroso, pero confiesa, porque no puede menos, saborea un placer inefable, cuya causa no adivina, porque ignora que la afirmación de la verdad complace a nuestra alma racional, como a nuestra vista la línea recta. Tal era, sin duda, el estado psíquico de Ricardo de Solís: en varias ocasiones sospeché que le subía a la boca la confesión, y allí se paraba, espantada de sí misma. Y, por último, adquirí el convencimiento de que Solís -un día u otro, quizá mañana, quizá dentro de un año- hablaría, porque era necesario, era fatídico que hablase. Lejos de facilitarle ocasión, me esmeré más que nunca en que me creyese indiferente y distraída. Los cismáticos griegos se confiesan a una pared y no tienen rubor. Yo fingí ser de cal y canto, para que, al llegar la segura y tremenda confidencia, fuese absoluta, sin hipócritas reticencias, ni atenuaciones, ni distingos. Una noche entró Solís. Nadie estaba conmigo; ardía mansamente la chimenea; la pantalla verde apenas dejaba filtrar la claridad del quinqué; el aposento se encontraba a esa fantástica semiluz que favorece la expansión de la confianza. Fuera zumbaba el viento de invierno, lúgubre y sordo; dentro la alfombra y las cortinas amortiguaban el ruido más leve. En el modo de saludar, de sentarse, de iniciar la conversación, comprendí ¡desde el primer instante! que aquella noche se descorría el velo misterioso. He de confesar mi cobardía. A las primeras palabras de la historia de Solís sentí impresión tal, que quise rechazar la confidencia, y aconsejé al desgraciado que fuese a arrodillarse a los pies de un hombre bueno y justo, con facultad para absolver a los mayores culpables en nombre del que murió por ellos. Mi repulsa fue hábil, pues acrecentó en Solís el ansia de abrir su corazón. -No hay sacerdote para mí -me dijo, ronco y tembloroso, apoyando en las manos la frente-. Ni hay sacerdote, ni yo quiero ser perdonado... ¡El perdón me horroriza! -añadió, rechinando los dientes-. No, no se asuste usted todavía. Ahora verá usted. ¿Usted sabe lo que quieren a sus hijos las madres? Pues pinte usted el cariño de cien madres de las más extremosas, y comprenderá usted lo que era la mía... No me separé de ella desde el día en que nací, y creo que eso mismo..., creo que el exceso... Lo cierto es que, cuando fui un minuto hombre, hirvió en mí un ansia insensata de libertad. Quería vivir a mi gusto, no sé si mal, o si bien, pero dueño de mí, sin traba ninguna de voluntad ajena. Un instinto diabólico me llevaba a hacer todo lo contrario de lo que quería y aconsejaba mi madre. Sospecho que aquello tenía algo de manía o demencia. El alma es insondable. No sé cómo fue, puedo jurarlo; pero lo cierto es que la contradecía, la afligía, la maltrataba con rabia, primero de palabra, después... Aquí Solís exhaló una especie de gemido convulsivo y calló. Yo me guardé muy bien de manifestar que me asustaba la revelación horrenda. Mi silencio y mi serenidad animaron al reo. -Lo que más la angustiaba era el que yo bebiese..., y, sin ganas, bebía..., solo por mortificarla, por... Adquirí costumbre... Sucedió que una vez vine a casa... ebrio..., ebrio... Con toda la energía de su amor me reprendió, afeó el mal hábito..., y... después... quiso acostarme, cuidarme como cuando era niño... Salté furioso..., la rechacé brutalmente..., no sé lo que dije..., la amenacé, jurando que si se empeñaba en tratarme como a un muñeco, pegaría fuego a la casa... Y al decirlo, arrimé la luz que estaba sobre la mesa a una cortina... La llama subió de prisa, culebreando... Yo entonces tuve no sé qué vislumbre de razón, y huí pidiendo a voces: "¡Agua, socorro!" Por pronto que acudieron los criados, que ya dormían... mi madre..., desmayada, aturdida del golpe que le di al rechazarla..., caída en el suelo al pie de la cortina..., su traje en comunicación..., rodeada de llamas... El parricida alzó la cabeza y clavó en mí dos ojos que eran dos ascuas vivas. Pedí a Dios que les enviase a aquellos ojos una lágrima..., y Dios, compasivo, debió de oírme, porque las ascuas se apagaron, se vidriaron... Un sollozo acompañó el fin de la confesión. -Mi madre dijo a todos que ella misma, con la bujía, se había prendido fuego a la ropa... De allí a ocho días..., porque duró ocho días..., entre sufrimientos que hacen erizar los pelos... Las ballenas del corsé, de acero, incrustadas en la carne... La camisa adherida a la piel, que salió con ella a tiras...; los ojos, ciegos...; las costillas, descubiertas; el hueso del brazo, hecho carbón... -Segura estoy -dije, interrumpiendo a Solís- de que su madre de usted, antes de morir, le perdonó y le bendijo. Contestóme un ahogado grito del hombre que ya no podía reprimir la convulsión, y su voz, que apenas se oía: -Eso..., eso fue lo malo... el perdón maldito... No, si yo no tengo remordimientos..., si yo no me arrepiento, no... Solo quiero me quiten aquel perdón..., y volveré a gozar, a reír, a tener amores, a comer, a vivir como los demás... El perdón... El perdón que me dio agonizando... ¡Ese perdón! ¡Ah! ¡Qué venganza tan infame! El perdón es lo que yo tengo aquí... ¡De eso me muero! Y seco ya el llanto, rugió una maldición y salió huyendo como en la noche de su crimen. Oí el portazo que dio, y quedé trémula, pesarosa de saber y queriendo saber más todavía. No supe más. Ricardo de Solís no volvió a mi casa. Pocos días después desapareció de la villa y corte. Se cuenta que pasó al África, y que en Tánger se pegó un tiro en la sien. "El Imparcial", 5 de diciembre de 1892. Piña Hija del sol, habituada a las fogosas caricias del bello y resplandeciente astro, la cubana Piña se murió, indudablemente, de languidez y de frío, en el húmedo clima del Noroeste, donde la confinaron azares de la fortuna. Sin embargo, no omitíamos ningún medio de endulzar y hacer llevadera la vida de la pobre expatriada. Cuando llegó, tiritando, desmadejada por la larga travesía, nos apresuramos a cortarle y coserle un precioso casaquín de terciopelo naranja galoneado de oro, que ella se dejó vestir de malísima gana, habituada como estaba a la libre desnudez en sus bosques de cocoteros. Al fin, quieras que no, le encajamos su casaquín, y se dio a brincar, tal vez satisfecha del suave calorcillo que advertía. Solo que, con sus malas mañas de usar, en vez de tenedor y cuchillo, los cinco mandamientos, en dos o tres días puso el casaquín majo hecho una gloria. El caso es que le sentaba tan graciosamente, que no renunciamos a hacerle otro con cualquier retal. Porque es lo bueno que tenía Piña: que de una vara escasa de tela se le sacaba un cumplido gabán, y de medio panal de algodón en rama se le hacía un edredón delicioso. ¡Y apenas le gustaba a ella arrebujarse y agasajarse en aquel rinconcejo tibio, donde el propio curso de su sangre y la respiración de su pechito delicado formaban una atmósfera dulce, que le traía vagas reminiscencias del clima natal! De noche se acurrucaba en su medio panalito; pero de día, la vivacidad de su genio no le daba lugar a que permaneciese en tal postura, y todo se le volvía saltar, agarrarse a una cuerda pendiente de un anillo en el techo, columpiarse, volatinear, enseñarnos los dientes y exhalar agrios chillidos. Si le llevábamos una avellana, media zanahoria, una uva, tendía su mano negra y glacial, de ágiles deditos, trincaba el fruto, la golosina o lo que fuese, y mientras lo mordiscaba y lo saboreaba y lo hacía descender, ya medio triturado, a las dos bolsas que guarnecían, bajo las mejillas, su faz muequera, nos miraban con benevolencia y no sin algún recelo sus contráctiles ojos de oro, ojos infantiles, que velaba una especie de melancolía indefinible. Mucho sentíamos verla prisionera detrás de aquella reja de alambre; pero ¡el diablo que suelte a una criatura por el estilo! No quedaría en casa, a la media hora de haberla soltado, títere con cabeza. Un día que logró escaparse, burlando nuestra severa vigilancia, causó más averías que el ciclón. Volcó dos jarrones de flores, haciéndolos añicos, por supuesto; arrancó las hojas a tres o cuatro volúmenes; paseó por toda la casa la gorra del cochero, acabando por arrojarla en el fogón; destrozó un quinqué, se bebió el petróleo, y, por último, apareció medio ahorcada en los alambres de una campanilla eléctrica. De milagro la sacamos con vida, demostrándonos una vez más su escapatoria que la libertad no conviene a todos, sino tan sólo a los que saben moderadamente disfrutarla. Pero, claro está, la infeliz Piña, al verse libre y señera, se había creído en sus florestas del trópico, donde nadie arma bronca a nadie por rama tronchada más o menos. Pasado el desorden de su primera embriaguez, cayó Piña en abatimiento profundo, no sé si por reacción de la febril actividad gastada en pocas horas, o si por obra de la turca de petróleo. Causaba pena verla al través del enrejado, tan alicaída, tan pálida, con el pellejo de las fauces tan arrugado y el pelo tan erizado y revuelto. Su inmovilidad entristecía la jaula, y su plañidero gañido tenía cierta semejanza con la queja sorda del niño debilitado y enfermo. Comprendimos que era preciso intentar algún remedio heroico, y al primer capitán de barco que quiso aceptar la comisión le encargamos un novio para Piña. ¡Nada menos que un novio! Porque conviene saber que Piña conservaba el candor, la inocencia, la honestidad y todas esas cosas que deben conservar las damiselas acreedoras a la consideración y respeto del público. La flor -si así puede decirse- de su virginidad estaba intacta. Y aunque ningún indicio justificara la atrevida y ofensiva suposición de que Piña estuviese atravesando la sazón crítica en que las doncellas se pirran por marido, la pena y decaimiento en que se encontraba sumergida eran motivo suficiente para que le proporcionásemos la suprema distracción del amor y del hogar. Aflojamos, pues, cinco duros, y el novio, muy lucio de pelaje y muy listo de movimientos, entró en la jaula como en territorio conquistado. ¿Estaría aquel galán empapado en las teorías de Luis Vives, fray Luis de León y otros pensadores, que consideran a la hembra creada exclusivamente para el fin de cooperar a la mayor conveniencia, decoro, orgullo, poderío y satisfacción de los caprichos del macho? ¿Se habría propuesto llevar a la práctica el irónico mandamiento de la musa popular, que dice Tratarás a tu mujer como mula de alquiler..., o procedería guiado por un espíritu de venganza y resentimiento, al notar que la joven desposada le recibía con frialdad evidente y con despego marcadísimo? Lo que puedo afirmar es que, desde el primer día, el esposo de Piña -al cual pusimos el nombre significativo de Coco- se convirtió en aborrecible tirano. Yo no sé si medió entre ellos algo semejante a conyugales caricias; respondo, sí, de que, o por exceso de pudor -raro en gentes de su casta- o porque tales caricias no existieron, jamás advertimos que Coco y Piña, en sus mutuas relaciones, se hubiesen de otra manera sino de la que voy a referir. Encogida Piña en un rincón de la jaula, entre jirones de verduras, peras aplastadas y destrozadas zanahorias, llegábase a ella su marido, y bonitamente se le sentaba encima del espinazo, lo mismo que en cómodo escabel, poniéndole las dos patas sobre las ancas, y agarrándose con las dos manos al pescuezo de la infeliz, a riesgo de estrangularla. En tan difícil posición se sostenía en equilibrio Coco, sirviéndole de entretenimiento el atizar de cuando en cuando a su víctima un mordisco cruel, un impensado zarpazo o una bofetada en los ojos. Ella, trémula, engurruminada, hecha un ovillo, se mantenía quieta, porque la menor tentativa de escapatoria le costaría mordiscos y lampreazos sin número. Era inconcebible que el verdugo no se fatigase de estar así en vilo, pero no se fatigaba, y permanecía enhiesto en su pedestal viviente, como los sátrapas orientales que extendían al pie de su trono una alfombra de cuerpos humanos. Si nos acercábamos a la jaula, ofreciendo a la pareja alguna finecilla de dulces o frutas, la zarpa de Coco era la que asomaba al través del enrejado de alambre, y sus papos los únicos donde iban a esconderse las fresas o las almendras presentadas al matrimonio. Por ventura, dominada del instinto de la golosina, intentaba Piña alargar la diestra, mientras en sus ojos mortecinos, de arrugado y sedoso párpado, brillaba una chispa de deseo; pero inmediatamente, los dientecillos del marido hacían presa en sus orejas, el bofetón caía sobre sus fauces, y todo estímulo de la gula cedía ante la presión del dolor y del miedo. Miedo, ¿por qué? He aquí el problema que preocupaba, cuando me ponía a reflexionar en la suerte de la maltratada cubanita. Su marido, por mejor decir, su tirano, era de la misma estatura que ella; ni tenía más fuerza, ni más agilidad, ni más viveza, ni dientes más agudos, ni nada, en fin, sobre qué fundar su despotismo. ¿En qué consistía el intríngulis? ¿Qué influjo moral, qué soberanía posee el sexo masculino sobre el femenino, que así lo subyuga y lo reduce, sin oposición ni resistencia, al papel de pasividad obediente y resignada, a la aceptación del martirio? Los primeros días, en una lucha cuerpo a cuerpo, sería imposible profetizar quién iba a salir vencedor, si el macho o la hembra, Piña o Coco. La hembra ni siquiera intentó defenderse: agachó la cabeza y aceptó el yugo. No era el amor quien la doblegaba, pues nunca vimos que su dueño le prodigase sino manotadas, repelones y dentelladas sangrientas. Era únicamente el prestigio de la masculinidad, la tradición de obediencia absurda de la fémina, esclava desde los tiempos prehistóricos. Él quiso tomarla por felpudo, y ella ofreció el espinazo. No hubo ni asomo de protesta. Y Piña se moría. Cada día estaba más pálida, más flaca, más temblona, más indiferente a todo. Ya no se rascaba, ni hacía muecas, ni nos reñía, ni trepaba por la soga. Su débil organismo nervioso de criatura tropical se disolvía; la falta de alimento traía la anemia, y la anemia preparaba la consunción. Nosotros habíamos desempeñado hasta entonces el papel de la sociedad, que no gusta de mezclarse en cuestiones domésticas y deja que el marido acabe con su mujer, si quiere, ya que al fin es cosa suya; pero ante el exceso del mal, determinamos convertirnos en Providencia, y estableciendo en la jaula una división, encerramos en ella al verdugo, dejando sola y libre a la mártir. Pintar los visajes y chillidos de Coco sería cuento de no acabar nunca. Al ver que le ofrecíamos a Piña golosinas y alimento, sus gritos de envidia y cólera aturdían la jaula. Y al pronto, Piña..., ¡oh hábito del miedo y de la resignación!, no se atrevía a saborear el regalo, como si aún al través de la reja, en la imposibilidad de hacerle daño alguno, le impusiese el déspota su voluntad. Con todo, según fueron pasando días, renació en Piña la confianza, lo mismo que en su desollado cogote brotaba nuevamente el pelo. Reflorecía su salud, engruesaba, sus ojos de ágata brillaban, sus dientes parecían más blancos, su rabo prehensil estaba muy juguetón, y sus manos traviesas retozaban fuera de los alambres, complaciéndose en espulgar, por vía de caricia, a todo el que se acercaba a su prisión. Si a esto se añade la proximidad del verano, lo suave de la temperatura, las frecuentes visitas del sol a la galería de cristales donde teníamos la jaula, se comprenderá la dicha de la esposa de Coco, su alegría y su nueva juventud, revelada en lo fino de su pelaje y en lo rápido de sus movimientos y gesticulaciones. Para mayor felicidad de Piña, nos trasladamos a La Granja, y allí se le permitió explayarse por los jardines, subiéndose a los árboles cuanto consentía el largo de una cadenita ligera. Ella danzaba por la copa de las acacias y entre el follaje de las camelias, soñando tal vez que el cielo era no azul celeste, sino turquí, que el bosquecillo de frutales se convertía en cerrado manglar, y que en el estanque nadaban, en lugar de rojos ciprinos, pardos caimanes que dejaban en el agua un rastro de almizcle. Ya no la prendíamos en jaula; nos contentábamos con amarrar su cadena, de noche, a una argollita. Cierta mañana encontramos la argolla y algún eslabón roto de la cadena, pero a Piña, no. Apareció, después de largas pesquisas, en un alero del tejado, tiritando y medio muerta. Ebria de libertad y de luz, confundió las noches de Galicia con las luminosas y tibias noches antillanas, y el rocío, la niebla, el frío del amanecer la hirieron con herida mortal. Expiró lo mismo que una persona, o, por mejor decir, que una criatura: tosiendo, gimiendo blandamente, con agonía estertorosa, vidriándose sus ojos y humedeciéndose sus lagrimales. Mis niños quisieron enterrarla solemnemente en el jardín; cavaron su fosa al pie del gran naranjo bravo, no lejos de un pie de salvia todo florido; depositaron el cuerpo envuelto en un paño blanco; lo recubrieron de tierra, echaron sobre la sepultura flores, conchas, hasta cromos y aleluyas, y mientras los dos mayores lloraban todas las lágrimas de su corazoncito piadoso, la pequeña, haciendo trompeta con el hocico salado y ensayando los gestos y pucheros que juzgó más adecuados para expresar el dolor, pronunció estas palabras, condena del sentimentalismo y fórmula de un carácter jovial y antirromántico: -Yo también quería llorar por la mona. ¡Pero no puedo! "La Ilustración Artística", núm. 447, 1890. La calavera El chiflado habló así: -Desde que, por imitar a Perico Gonzalvo, que la echa de elegante y de original, puse en mi habitación, sobre un zócalo de terciopelo negro, la maldita calavera (después de haberla frotado bien para que adquiriese el bruñido del marfil rancio), empecé a dormir con poca tranquilidad, y a sentirme inquieto mientras velaba. La calavera me hacía compañía y estorbo, lo mismo que si fuese una persona, y persona fiscalizadora, severa, impertinente, de esas que todo lo husmean y censuran nuestros menores actos en nombre de una filosofía indigesta y melancólica, de ultratumba. Cuando por las mañanas me plantaba yo frente al espejo para acicalarme, tratando de reparar, dentro de lo posible, el estrago de los cuarenta en mi rostro y cuerpo, no podía quitárseme del magín que la calavera me miraba, y se reía silenciosa y sardónicamente cada vez que aplicaba yo cosmético al bigote y traía adelante el pelo del colodrillo para encubrir la n