B. PÉREZ GALDÓS libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Pérez Galdós, Benito (1842 – 1920) Escritor español, pertenece a la novela realista española. Nació en Las Palma, Gran Canaria en 1842, autor de una abundante producción de gran objetividad y realismo, situado como el gran escritor después de Cervantes; poseedor de una gran imaginación y dotes de fino observador, lo hacen creador de innumerables personajes y situaciones llenas de real humanidad. Aborda con naturalidad temas de inspiración social, política y religioso. En 1897 ingresa en la Academia Española; elegido diputado por el partido republicano, por su participación política, la Academia se niega a proponerlo para el premio Nobel. Protestario, simpatizante del socialismo, hombre progresista y rebelde como muchos buscadores de la verdad, se templó en medio de la intolerancia. Diez años antes de su muerte es afectado por una ceguera progresiva. Entre sus novelas más conocidas figuran: Fortunata y Jacinta, (1886) Doña Perfecta, (1876) Misericordia, Miau (1888); Nazarín, (1895) novela en la cual su personaje central logra una acertada mezcla entre Cristo y Don Quijote, intentando rescatar el verdadero sentido del cristianismo cuando está al servicio del ser humano; la voz que clama en el desierto. Muere el 4 de Enero de 1920. MADRID 1871 El audaz Historia de un radical de antaño Benito Pérez Galdós Capítulo Primero Curioso diálogo entre un fraile y un ateo en el año de 1804 I El padre Jerónimo de Matamala, uno de los frailes más discretos del convento de franciscanos de Ocaña, hombre de genio festivo y arregladas costumbres, dejó la esculpida y lustrosa silla del coro en el momento en que se acababa el rezo de la tarde, y muy de prisa se dirigió a la portería, donde le aguardaba una persona, que había mostrado grandes deseos de verlo y hablarle. Poco antes un lego, que desempeñaba en aquella casa oficios nada espirituales, había trabado una viva contienda con el visitante. Empeñábase éste en ver al padre Matamala, contrariando las prescripciones litúrgicas que a aquella hora exigían su presencia en el coro; se esforzaba el lego en probar que tal pretensión era contraria a la letra y espíritu de los sagrados cánones, y oponía la inquebrantable fórmula del terrible non possumos a las súplicas del forastero, el cual, fatigado y con muestras de gran desaliento, se apoyaba en el marco de la puerta. Hablaba con descompuestos ademanes y alterada voz; contestábale el otro con rudeza, orgulloso de ejercer autoridad aunque no pasara de la entrada; y el diálogo iba ya a tomar proporciones de altercado, tal vez la cuestión estaba próxima a descender de las altas regiones de la discusión para expresarse en hechos, cuando apareció fray Jerónimo de Matamala, y abriendo los brazos en presencia del desconocido, exclamó con muestras de alborozo: -¡Martín, querido Martín, tú por aquí! ¿Cuándo has llegado?... ¿De dónde vienes? Contestole con frases afectuosas el viajero, y ambos entraron. Al avanzar por el claustro pudo el lego notar que hablaban con mucho calor; que el visitante no había dejado de ser displicente; que continuaba con el mismo aspecto de hastío y desdén, y que el padre Matamala se mostraba en extremo cariñoso y solícito con él. El forastero (conviene darle a conocer antes que refiramos, textualmente, como es nuestro propósito, el acalorado diálogo que ambos personajes sostuvieron en la huerta del convento) era un joven llamado Martín Martínez Muriel; y no será aventurado asegurar que intervendrá con frecuencia en la mayor parte de los hechos de esta puntual historia. Había nacido en un pueblo de la áspera y fragosa sierra que se extiende en el centro de la Península, y de la cual, con las corrientes de los ríos y las ramificaciones de las montañas, parece emanar y difundirse por todo el suelo el genio de las dos Castillas. A la edad en que lo conocemos (no podemos afirmar que hubiera llegado a los treinta años; pero, a juzgar por su fisonomía, no necesitaba largas jornadas para llegar a ellos), había tenido una vida tan borrascosa, eran tantas y tan prodigiosas sus aventuras, que refiriéndolas llenaríamos este volumen. Algunas, sin embargo, hemos de sacar del olvido en que yacen a causa de los desdenes de la Historia. Hijo de un hombre cuya vida fue serie no interrumpida de desventuras, aquel joven las compartió todas por una excesiva severidad del destino de su familia. Fueron sus primeros años agitados y tristes, porque de la casa habían huido las alegrías mucho tiempo antes; y siendo niño tuvo que hacer esfuerzos de hombre y de héroe para sobrellevar la vida. Semejante escuela no podía menos de robustecer su voluntad para lo sucesivo, dándole una iniciativa de que carecen los que no conocen las enseñanzas de la contrariedad. Adquirió un valor moral que rara vez nace y crece en el teatro de la dicha, y al mismo tiempo todos sus actos, lo mismo que su lenguaje y modales, adquirieron un sello de seriedad algo torva, favoreciendo en él el ejercicio de una cualidad innata de su espíritu, que en los desahogos íntimos de su ambición sintetizaba esta palabra: mandar. Muriel había nacido para mandar, para dirigir, para legislar, y como el Destino no puso en su mano las riendas de un Estado, ni la disciplina de un ejército, ni la soberanía de un pueblo, ofreció su vida toda una contradicción misteriosa, aunque no muy rara vez en esta edad. Los enigmas indescifrables que a veces presentan a nuestra observación ciertos caracteres que hallamos en la jornada de la existencia, proceden de una contradicción horrorosa entre la aptitud y la vida. No se explican de otro modo algunas catástrofes individuales anatematizadas por el Derecho y la Religión, y ante las cuales, absortos y conmovidos, no nos atrevemos a dar nuestro fallo. Luchando con el tiempo y las circunstancias, los caracteres se ven en singularísimos trances que los trastornan profundamente. Volvamos a su vida. Su padre, hijo de labradores, no había podido nunca substraerse a los golpes de una suerte adversa. Había heredado una escasa fortuna territorial; pero ni sacó de ella gran provecho ni pudo enajenarla, por estar afecta a un señorío. Era hombre emprendedor, se sentía con facultades no comunes para el comercio, y al fin, dominado por la idea de su engrandecimiento pecuniario, idea en que la avaricia tenía parte muy pequeña, abandonó el suelo nativo, traspasando sus inmuebles a otro colono, y se marchó a Andalucía. Allí casó con la hija de un comerciante en situación nada próspera; entró en el comercio con fe; pero sus primeros pasos en una carrera en que el éxito parece depender de misteriosa y voluble deidad, fueron fatales. Regresó a Castilla, administró las fincas de un caballero segoviano que le pagó cruelmente, y esto, lejos de sacarlo de apuros, aumentó el catálogo de sus desgracias; porque su probidad se puso en duda, y hubo proceso, del cual salió con honor, aunque dejando sus ahorros en las garras de los leguleyos. Deseoso nuevamente de probar fortuna en el comercio, volvió a Andalucía, dejando a su familia en Castilla: se embarcó para América y volvió a los tres años con muy escasas ganancias. Seis años de una prosperidad trabajosa, en que los reveses fueron pocos y ligeros, dieron algún desahogo a la familia Muriel, que vivía ya sin ilusiones. Pero de pronto un suceso doloroso vino a perturbarla de nuevo: la esposa, carácter firmísimo y tierno que había logrado aplacar el funesto ardor aventurero de Muriel, murió joven aún, dejando dos hijos de muy diferente edad: el uno nacido en los primeros años de matrimonio, y el otro en el último, poco antes de que la noble alma de la que le dio el ser saliera de este mundo. Desde entonces las desdichas no conocieron obstáculo ni dique: desbordáronse sobre la familia, produciendo, como primer triste resultado, la separación voluntaria del padre y el hijo más viejo. Pusiéronle pleito los parientes de la difunta, y aunque no vieron resuelta la cuestión, ni creemos que se haya resuelto todavía, perdieron cuanto tenían, siendo preciso que cada cual se buscase la vida como Dios mejor le diera a entender. Fue D. Pablo a Granada, donde a fuerza de recomendaciones logró administrar las grandes fincas del conde de Cerezuelo, y encargarse al mismo tiempo de activar un pleito que este noble señor tenía en la Cancillería de aquella ciudad. Pero los pleitos marchaban entonces con más embarazo que ahora y se embrollaban con más facilidad. No fue lo peor la dilación ni el embrollo, sino que unos amigos oficiosos de Cerezuelo, administradores a quienes Muriel había substituido, se dieron tal arte, que hicieron aparecer a éste como falsificador de un documento, acusándole además de haber desfigurado otro en extremo favorable a los derechos de su protector. Muriel fue exonerado de sus poderes administrativos y encerrado en la cárcel; este nuevo proceso tenía todo el horror de lo criminal sin carecer de las complicaciones dilatorias de la justicia civil. Era una muerte lenta, una inquisición, que no mataba, pero que deshonraba con calma, con método, digámoslo así, día por día; escribiendo una infamia en cada hoja de un protocolo interminable; añadiendo en cada hora una sospecha, una declaración capciosa, un testimonio falso al catálogo de vergüenzas arrojadas sobre la frente del hombre justo; quitándole una a una todas las simpatías, todos los afectos, desde la amistad más decidida hasta la compasión más desdeñosa, dejándole al fin en espantosa soledad física y moral, sin más mundo que la cárcel para el cuerpo y su conciencia para el espíritu. La suerte de aquel hombre íntegro, que no tenía más defecto que carecer de sentido práctico y ser inclinado a dejarse arrastrar por la imaginación, había empleado en su daño todos los sinsabores de la vida. No lo faltaba más que la deshonra, y ésta fue el triste epílogo de sus desventuras. II En esta vida de contratiempos y luchas creció el desdichado Martín, que fue triste en su niñez y grave antes de ser hombre. Su padre, que había descubierto en él facultades intelectuales dignas de ser cultivadas, le destinó a las letras y al foro, no inclinándole a la carrera eclesiástica porque desde la infancia había mostrado gran repulsión a los hábitos. Más le gustaba la milicia; pero no era posible, por la falta de recursos y su origen plebeyo, hacerle entrar en el camino de las glorias militares. Dejole su padre en Sevilla, y allí algunas travesuras cometidas le atrasaron en sus estudios. Pero lo que más contribuyó a extraviarle, decidiendo al mismo tiempo su carácter definitivo o influyendo hondamente en el resto de su vida, fueron las amistades que contrajo en aquella ciudad. En los primeros años del siglo presente, lo mismo que en los últimos del anterior, se habían extendido, aunque circunscritas a muy estrecha esfera, las ideas volterianas. La revolución filosófica, tarda y perezosa en apoderarse de la masa general del pueblo, hizo estragos en los tres principales centros de educación, Madrid, Sevilla y Salamanca, y es seguro que las escuelas literarias de estos dos últimos puntos, escuelas de pura imitación, no fueron ajenas a este movimiento. Pero donde más y mejor prendió el fuego del volterianismo fue en Andalucía, cuya raza, impresionable y fogosa, es inclinada a la rebeldía, así política como intelectual, y se deja conmover fácilmente por las ideas innovadoras. La tradición y la historia guardan el recuerdo de caracteres viriles, alucinados por diabólico espíritu de protesta, tales como Gallardo, Marchena y Blanco White, hijos los tres de Andalucía y primeros héroes y víctimas de nuestras discordias religioso-políticas. Por mucho rencor que la posteridad guarde al Gobierno de Godoy, no puede menos de conceder que fue tolerante en materias de libertad intelectual, y que siempre le hallaron poco dispuesto a secundar las bárbaras aspiraciones de la teocracia. Entonces era fácil procurarse los libros más contrarios a nuestro antiguo genio castizo; y los que entendían alguna lengua extranjera, podían satisfacer fácilmente su curiosidad sin temor de que el Santo Oficio les molestara ni de que el brazo secular les persiguiera. Cundió el volterianismo y la democracia platónica de Rousseau. Como la exageración acompaña siempre fatalmente a todo movimiento revolucionario, no faltaron en esta corriente invasora las doctrinas del más bestial y ridículo ateísmo, de aquel dios llamado Ibrascha, a quien tributó culto D. José Marchena en la Conserjería de París en 1793. La raza holgazana de los abates encontró en esto un motivo de entretenimiento; y el cultivo de la poesía pastoril y amatoria, pagana, fría y no repudiada por nadie, no dejó de contribuir a la realización de aquel contrabando de ideas. Toda irrupción literaria lleva en sí el germen de una irrupción filosófica. No escaparon del estrago algunos clérigos de audaz imaginación, mal comprimida por el sacramento, a los que se unió tal cual regular; pero estos casos no eran frecuentes, sobre todo en los últimos. Por lo común, aunque algunas ideas vagas cundieron por toda la sociedad, la idea revolucionaria no salió de círculos muy reducidos, y acaso a esta concentración debió la enorme violencia con que se manifestaba en determinados individuos. Tal vez por no haberse difundido, haciendo de este modo imposible la controversia, pudo el ateísmo hacer tantos estragos en algunas nobles inteligencias. El espíritu de protesta, que al principio fue puramente religioso, pasó después a ser social. En esta protesta no cabía la transacción. Sus negociaciones eran categóricas y rotundas. En dos puntos concentraba todo su odio: en la nobleza y en el clero. La imaginación arrebatada del joven Muriel fue una tierra fecundísima en que las nuevas ideas germinaron con asombroso desarrollo. El espíritu revolucionario, explosión de la conciencia humana, se mostró en él rudo, implacable, radical, sin la depuración que después han traído el estudio y el mejor conocimiento del hombre. La abolición de privilegios, la negación del derecho divino, la soberanía nacional, los derechos del hombre. He aquí los grandes problemas planteados en aquellos días. El que conozca la sociedad de entonces disculpará la exageración. Fuerza es que se la disculpemos a Muriel, que al acoger aquellas ideas experimentó el único goce de su espíritu. Su nacimiento, su vida, sus desgracias, ¿no eran otras tantas circunstancias atenuantes? La felicidad en las naciones, como en los pueblos, nunca es innovadora. Profesaba a la nobleza un odio vivísimo; pero no pasó de ser un resentimiento platónico, digámoslo así, un rencor puramente ideal, aprendido en los libros y no en la vida. El tiempo y las circunstancias pudieran haberlo atenuado o destruido. Pero no: el tiempo y las circunstancias confirmaron y aumentaron aquel odio. Entretanto abandonó sus estudios escolásticos, sin que por eso dejara de entregarse noche y día a la lectura de sus queridos libros. Devoraba cuantos describieran y comentaran la revolución francesa. Las grandezas asombrosas y los inmensos horrores de aquella época producían en su ánimo estupefacción semejante a la que produciría el presenciar las primeras conmociones de la sociedad humana en los más remotos tiempos, tales como Babel o el Diluvio, tragedias espantosas. Compartían su espíritu el entusiasmo y el asombro; en su mente el hecho horrible se sublimaba al contacto de la noble idea: perdíase en una contemplación sin fin, durante la cual se le representaban en la fantasía los caracteres y los hechos de la pavorosa catástrofe; y cuando concluían sus éxtasis, era para dar lugar a una inquietud extraordinaria. Iba y venía reconcentrado y solo; algunos le tenían por demente, y él se juzgaba viviendo en un desierto. Muriel no se parecía en nada a la sociedad de su tiempo, pues hasta los pocos que como él pensaban eran de muy diferente manera. En él estaba como en depósito la idea que más tarde había de expresarse en hechos. Mientras no llegara este momento, aquel joven era una excentricidad y una rareza. Si el tiempo no hubiera venido a darle razón, habría pasado siempre por un loco, y, en tal caso, escribir su vida sería locura mayor que la suya. Pero el tiempo ha justificado su carácter, y la personificación de aquellas ideas que tan pocos profesaban entonces, es una tarea que el arte no debe desdeñar. III En tal situación de espíritu se hallaba Muriel cuando supo que su padre estaba preso en Granada, en compañía de su hermanito, chicuelo de nueve años. Ambos sin fortuna, sin hogar, solos, abandonados, perseguidos, aquel anciano y aquel niño inocente no tenían más asilo que la cárcel, abierta para ellos por la maldad y la envidia. No es de este lugar referir los padecimientos de los seres infelices, de tan diversa edad, y condenados a repartirse el breve espacio de un calabozo; el uno con los ojos constantemente fijos en el suelo, el otro con la vista clavada en la reja, al través de cuyos hierros se veía un pedazo de cielo; el primero buscando un hoyo en que reposar, el segundo constantemente atraído por el espacio, por la vida. Muriel vivía pobremente en Sevilla; se alimentaba de milagro, no bastando sus tareas de escribiente en casa de cierto curial para sacarle de miseria, mucho más porque era tan pródigo como pobre, y antes abría la mano para dar que para recibir sus mezquinas ganancias. Con el comer corría parejas el vestir, y su vida era una serie de apreturas, cuyo fin no distinguía en el porvenir. Cuando supo lo que ocurría en Granada, cuando supo que su padre y hermano se morían en una prisión a causa de un proceso en que la envidia y codicia de sus enemigos habían desempeñado el principal papel, la primera determinación que tomó en su violento arrebato de cólera fue dirigirse inmediatamente a Madrid, con intención de mover cuantos resortes estuvieran a su alcance para sacar a su padre de la cárcel. Él tenía amistad muy íntima con un clérigo sevillano, poeta incurable de aquella escuela, bastante contaminado por las nuevas ideas, persona de amenas costumbres, y que inspiraba respeto a cuantos lo trataban. Como era voz pública que se carteaba con varios personajes de la Corte, pidiole Muriel su protección, la cual no le negó el canónigo. Además recogió cuantas cartas pudo de otros individuos, y se fue a Madrid, esperando que le ayudara también en sus propósitos un religioso de Ocaña, pariente de su madre, y al que había conocido en el poco tiempo que residió en la Corte, mientras su padre estaba en América. De este fraile se contaba que tenía gran amistad con graves y encopetados señores. Fue Muriel a la capital, y allí sus tormentos no son para referidos. En ninguna parte le hacían caso. Iba y venía de palacio en palacio, de casa en casa, sufriendo desaires las pocas veces que se le recibía. La pobreza que su persona revelaba, la estrechez en que vivía, obligándole a acompañarse de personas bien poco cultas, contribuyeron al descalabro de su pretensión, que era considerada como una locura sin ejemplo. Había sido recomendado a un petimetre famoso, que era el dios de las ruidosas tertulias de Pepita Tudó; y este joven, ser ridículo y despreciable, hizo objeto de burlas al pobre, pretendiente, obligándole a pasar mil sonrojos. Traía además carta para el prior de la Merced, el cual no dejó de mostrarse algo propicio; pero como un día Muriel, en el curso de una familiar conversación, dejase escapar algunas apreciaciones poco ortodoxas y de un marcado olor revolucionario, amoscose el padre, retirole su protección, y, más que en servirle, empleó su valimiento en contrariarle. El conde de Cerezuelo no lo quiso recibir, porque cedía a las influencias de sus satélites, empeñados en la completa perdición y deshonra del antiguo administrador. También había llevado epístola para un grave, estirado y almidonado alcalde de Casa y Corte; más éste se mostraba muy afable y no hacía nada. ¿Cómo prestar oídos a la exigencia de un joven pobre, obscuro, advenedizo y misántropo en un asunto en que estaba interesada una poderosa familia? Comprendió al cabo Muriel que la lucha era imposible. Recorrió todas las oficinas y covachuelas, tocó todos los registros de nuestra complicadísima administración. Nada era posible lograr. El Estado en masa estaba en contra suya. Coger una montaña y echársela a cuestas hubiera sido más fácil que salir adelante en aquella empresa. Su desesperación no conoció límites cuando llegó a entender que empleando la venalidad conseguiría su deseo. Viendo de cerca la maquinaria mohosa y podrida de nuestra administración judicial y civil, conoció que desde el Príncipe de la Paz hasta el último rábula resolvían todas las cuestiones a gusto del interesado y mediante una cantidad proporcional. La corrupción era general y crónica. Comprábanse los destinos y la justicia era objeto de granjería. Él, a ser rico, hubiera comprado a España entera. En aquellos días su rencor era tan profundo, que sin escrúpulo de conciencia se hubiera vendido a Napoleón, a los ingleses, al demonio. Hubiera visto con júbilo desplomarse todo aquel alcázar de corrupción, sepultando entre sus ruinas a Carlos IV, a María Luisa, a Godoy, a Escoiquiz, a Fernando, a los frailes, a la nobleza, al clero, a la magistratura. Ya en una esfera puramente ideal había pronunciado sentencias contra todo esto. Pero al ver de cerca las cosas, conociendo la ignorancia y frivolidad de la alta clase, la degradación de los regulares, en quienes no resplandecía ya ni un destello del antiguo misticismo, la infame corruptela que gangrenaba el cuerpo político, su saña se enconó, y de aquel espíritu lleno de tribulaciones se apoderó al fin por completo lo que era a la vez un sentimiento y una idea: la revolución. Tal era la situación de Muriel, cuando un acontecimiento inesperado vino a poner fin a su lucha, llenándole a la vez de tristeza. Su padre murió en la cárcel de Granada. Sintió con esto el joven, al par de la pena, una especie de alivio. Parecía que su agitada inteligencia necesitaba descanso, y aquella muerte que arrancaba de la tierra el alma del varón justo para llevarla a su verdadero sitio, le parecía más bien un beneficio que un agravio. Dios había tomado a su cargo el asunto y lo había resuelto. Muriel, que no estaba seguro de creer en Dios, pensó mucho en esto. Marchó entonces a Andalucía con intento de recoger a su hermano, y aquí nos hallamos con un incidente imprevisto, que no es fácil podamos explicar ahora. Su hermano no estaba allí. Investigando sobre los sucesos de esta historia, hemos averiguado que, conociendo el anciano que su fin estaba próximo, quiso escribir a su hijo, de quien en la prisión había recibido varias cartas. Dijéronle que su hijo había muerto, y no sabemos si se pensó engañarle o si efectivamente las personas que tal dijeron creían que Martín había desaparecido del mundo. Si fue lo primero, ignoramos los móviles; mas tal vez en el curso de esta narración se esclarezca un asunto que originó en el moribundo la determinación que vamos a referir. Lo que está fuera de duda es que éste, viendo que aquel niño iba a quedar sin amparo en el mundo, ideó, llevado de su buen corazón, un plan que juzgaba el más razonable en aquellos momentos. Creyó que no debía pedir protección sino al que aparecía como autor de su desventura, al propio conde de Cerezuelo. Fija esta idea en su mente, y considerando que, después de haberle causado tanto daño, el conde no podía guardar rencor a aquella criatura, resolvió enviárselo. Contaba con herir la cuerda de la conmiseración en su antiguo protector, que no podía llevar su saña más allá de la tumba. Además, el conde no era inhumano; las personas a cuyas sugestiones había cedido, no se opondrían a que amparara al hijo de la víctima, niño infeliz, que era el mejor testimonio de las crueldades cometidas con su padre. Muriel contaba hasta con los remordimientos de sus enemigos para esperar aquel resultado, y al mismo tiempo recordaba que el ilustre prócer tenía una hija, de cuya sensibilidad el pobre preso había formado muy alto concepto. Estas consideraciones le afirmaron en su propósito, y dominado por una idea que tiene explicación en su inmensa bondad, escribió al conde una carta, de la cual hemos oído referir algunos párrafos, sin que nunca hayamos podido haberla a mano. En esta carta patética, en que se reflejaba la turbación de espíritu del buen hombre, estaba escrita su única disposición testamentaria. Murió al día siguiente de escribirla, y una persona, más compasiva con él entonces que lo fue en vida, se apoderó del muchacho y lo envió a Alcalá, donde habitualmente residía el conde. Grande fue la sorpresa de Martín cuando al llegar a Granada supo lo que había pasado. No podía explicarse la determinación de su padre, ni conocía los móviles que pudieron inclinarle a obrar de aquel modo. En su confusión, quiso volver inmediatamente a Castilla, pero se lo impidió una grave y repentina enfermedad, contraída a causa de la hondísima alteración de su ánimo y de la considerable fatiga de su cuerpo. Exánime y trastornado, estuvo cuarenta días en un hospital, y hasta la misma caridad cuidaba con algún desvío aquel cuerpo calenturiento y moribundo, en el cual se creía que no podía habitar sino un alma extraviada. En sus delirios creyó ver cercana la muerte; y ésta, en realidad, no andaba lejos. La idea de aquel Dios que se había complacido en olvidar iluminó su inteligencia en momentos de amargura. Aspiraba al descanso eterno, y la idea de la justicia de ultratumba era la única luz que iluminaba aquella conciencia turbada por la negación. Su fe, sacudida por el análisis, se fortaleció en lo relativo a la creencia en un Dios justo y bueno, porque en su noble espíritu no cabía el materialismo soez que hace del hombre una máquina más perfecta que las que hacen los ingenieros. Restableció todo lo divino y todo lo eterno; y el ídolo, caído a impulso de la filosofía, volvió a ocupar en el cielo vacante su trono inmortal. El ateo se complacía en deslumbrar sus ojos con la luz que esparcía por los mundos aquel altísimo ser. No lo negaba: pero su creencia era vaga y obscura, sin que en ella hubiera nada de la entidad personal de que había oído hablar a los teólogos. Su fe en este punto no era otra cosa que el último refinamiento de la duda. En creer lo que creía, con el único objeto de buscar consuelo en la justicia de ultratumba, había algo de egoísmo. Más que fe, aquello era esperanza. Por lo demás, ni el dolor ni la proximidad de la muerte atenuaron en él el odio a la sociedad de su tiempo y a sus instituciones fundamentales. Convaleciente, débil y dominado por tenaz hipocondría, se ocupaba en imaginar vastos planes de destrucción. Sentíase crecer: inmensos ejércitos le obedecían. Temblaba la sociedad convulsa y herida bajo sus pies. Invocaba no sé qué fuerzas desconocidas y ocultas en el seno de la sociedad misma, y traía a la memoria la combustión horrible que, inflamando al pueblo francés, revolvió y depuró sus elementos. Ante la majestad de la idea de depuración, no le mortificaba ver los maderos de un patíbulo en que purgase sus faltas la Humanidad extraviada y corrompida. Restablecido al fin por completo, no pensó más que en trasladarse a la Corte. Una fuerza secreta le impulsaba hacia allá. La miseria que había observado en su viaje anterior no le desanimaba. Creía, sin saber por qué, en la existencia de un incógnito problema por resolver; había en él cierta propensión a dejar de ser ideólogo, a obrar en cualquier sentido, a hacer algo que sacara al exterior aquella balumba de ardientes deseos que, comprimidos y encerrados, le producían malestar horrible. Ésta fue la causa principal de su determinación, si bien existían otras de índole puramente externas, tales como recoger a su hermano y exigir a Cerezuelo el pago de cierta cantidad que su padre nunca pudo hacer efectiva, a pesar de ser enteramente ajena al motivo de la prisión. Púsose en marcha, y no quiso dejar de visitar a su paso por Ocaña al padre Jerónimo de Matamala, el único que le había servido antes con algún interés, aunque sin fruto. Llegó al convento, y después del ligero altercado que hemos referido, entró y habló ligeramente con su amigo, diciendo uno y otro lo que fielmente vamos a reproducir. IV Hallábanse en la huerta del convento, sentados en un banco de piedra. Caía la tarde, y los últimos rayos del sol hacían proyectar oblicuamente la sombra de los grandes chopos, trazando largas y paralelas fajas en el suelo. Era la huerta un inmenso rectángulo formado por elevados muros, sin más comunicaciones con el exterior que una enorme portalada, por la cual, en el momento a que nos referimos, entraban dos asnos cargados con la colecta y conducidos por un buen lego que, sin compasión, y profiriendo tal cual terno, los arreaba. Enorme y frondosísimo olmo extendía su follaje obscuro muy cerca de la tapia y dando sombra a una noria, cuyo rumor, producido al perezoso girar de una paciente mula, era un arrullo que convidaba a la somnolencia. La vista y el oído reposaban dulcemente ante el efecto a la vez óptico y acústico de los círculos sin fin descritos por el humilde animal y de la periódica y regular caída del agua, arrojada a compás por los canjilones. Cavaba con mucho denuedo un padre en uno de los cuadros, de cuyos apelmazados terruños surgían las hojas exuberantes, retorcidas, verdeazuladas de las coles que allí se desarrollaban con frondosidad que tenía algo de voluptuosa. No se oía más que el ruido de la noria, el golpe de la azada, el canto de algún labriego que por el camino cercano pasaba, y los precipitados pasos de alguna res ansiosa de llegar al hogar. El viento era tan tenue que apenas movía los últimos y más endebles penachos de los chopos, plantados en uno de los lados del rectángulo. Ni una nube empañaba el cielo. No hacía ni frío ni calor. La uniformidad, la calma, la monotonía convidaban a fijar la mente en un solo pensamiento. Tal vez por eso no parecía muy deseoso de hablar el joven, y dirigía la vista al suelo como abstraído. Pero el fraile, que era sumamente decidor, pugnaba por avivar la conversación siempre que su amigo la dejaba languidecer. -Pues si quieres que te diga la verdad con franqueza, querido Martín -dijo-, yo creo que haces mal en ir ahora a Madrid. Vuélvete a tu Sevilla, donde mal que bien puedes vivir. Pero en la Corte... tú no eres abogado, tú no eres médico, tú no eres militar, tú no eres fraile, tú no eres clérigo, tú no eres petimetre, tú ni siquiera eres abate... Y a propósito: ¿por qué no solicitas un beneficio simple y te ordenas de menores, y te buscas una renta sobre cualquier diócesis? Ésta de Toledo no las tiene malas. -¡Yo solicitar! -exclamó Muriel con expresión de desprecio-. Solicitar es comprar, es corromper al Estado entero, desde el alcalde de Casa y Corte y el corregidor perpetuo con juro de heredad, hasta el pinche de las cocinas del Rey y el limpiabotas de Godoy. Yo no solicito, porque soy pobre. -Déjate de burlas, hijo, que es buena idea la que te he indicado sobre el cómo y cuándo de hacerte abate. Ese cargo no te estorba: es la carrera de los que no hacen nada; quedas libre para dedicarte a tus estudios, para leer los diarios y escribir en ellos si te acomoda. Pero, ¡ah!, Martincillo, si tu quisieras seguir mis consejos... si tú entraras en nuestra santa Orden. Hazte fraile y verás. Rétirate del mundo, donde no hallarás más que penas. ¿Te parece que aún no has tenido bastantes? -Si yo me propusiera burlarme de la sociedad, de seguro haría lo que usted me dice -contestó Muriel sin mirar al padre-. A veces he tenido tentaciones de buscar la soledad y el retiro; pero ahora lo que deseo es presenciar los hechos del mundo y tomar parte en ellos. La soledad me mata. -¡Pues si vieras qué buena en la soledad! -dijo el padre con expresión contemplativa -. No es necesario que renuncies por eso completamente al mundo. Por el contrario -añadió, dando a sus palabras cierto tono de positivismo-; desde aquí, y sin ser molestado por nadie, puedes influir en él y hasta ser poderoso. Desengáñate, hijo. La felicidad en la tierra está en estas santas casas. Tranquilidad y bienestar, ¿qué más puedes desear? -Falta saber, padre, si eso durará mucho -replicó Muriel, que trazaba cuidadosamente algunas rayas en la tierra, con la punta de su bastón, observando con gran cuidado lo que hacía, como si aquello fuera un dibujo admirable-. Yo preveo el día en que todos ustedes salgan por ahí a buscarse la vida como voy yo ahora. -¡Jesús y el seráfico! -exclamó el fraile- Yo creí que con la edad se te curarían esas herejías. Nosotros que somos el amparo y el sostén del hombre; nosotros que le enseñamos a vivir y a ser bueno... Esas ideas que han venido de fuera nos van a dar que hacer... Pero, ¡ay!, Martincillo: eso no sienta bien en un joven como tú, de corazón y de ingenio. Pase que los que quieren encubrir sus criminales intentos con palabras filosóficas... Sobre todo, hijo mío, ya que tienes esas ideas, no las publiques. Cállate y aprende a vivir en el mundo... ¿No ves que así el mundo te despreciará y serás perseguido? -Yo no puedo disimular -dijo Muriel borrando rápidamente todas las rayas que había trazado-. Expreso lo que siento, y no puedo renunciar a este placer, por ser el único que tengo. -Mal camino, hijo. Yo sé -dijo el buen religioso bajando la voz-, yo sé que si nos metemos a averiguar ciertas cosas, encontraremos sapos y culebras; pero yo tengo experiencia y opino que el mundo debe dejarse como está. Sigue mi consejo. Deja esas ideas. Mira que son peligrosas, y algún día podrás ser perseguido y con razón. Ahora con el Gobierno de ese vil favorito, la religión santísima está bien defendida; pero deja que suba al trono nuestro muy deseado príncipe Fernando, y verás adonde van a parar los filósofos. -Si no viene todo al suelo mientras reine el deseado Príncipe -exclamó con cierta expresión profética el joven-. Será más tarde o más temprano, pero que se viene al suelo es indudable. -¿Qué? -dijo vivamente el padre, creyendo que la tapia no estaba segura. -Ustedes, los privilegios, los mayorazgos, los diezmos, el Rey, Godoy y todo este modo de gobernar que hay ahora. Esto es tan indudable, que es preciso estar ciego para no verlo. -Ríete de eso: lo que tiene por base la santa religión y este amor que hay aquí a los reyes... Aquí han hablado de Constituciones y cosas como las que hay en esos pueblos de allá... Pero eso no cuaja en esta tierra de la lealtad. Somos demasiado buenos para eso. Es de advertir que fray Jerónimo de Matamala era hombre de instrucción y claro talento, y había sido de los que primero dieron oído a las nuevas ideas. Educado en Salamanca, fue uno de los más afamados poetas de aquella insulsa escuela, donde se le conocía con el pastoril nombre de Liseno. Como fray Diego González y el padre Fernández, no se desdeñaba de cultivar la poesía amatoria, fingiéndose pastor y creando un tipo de mujer a quien dirigía sus versos. Esto era costumbre y nadie se escandalizaba por ello. Pero a fines de siglo las ideas de indisciplina filosófica y política cundieron por las aulas salmantinas. Fray de Matamala, que fue de los primeros en quienes hizo efecto la invasión, se contuvo más por cálculo que por fe: guardábase muy bien de mostrar lo que había aprendido, matando en flor en su entendimiento la naciente protesta. Sabía muy bien lo que eran los derechos del hombre, y conocía todos los argumentos del ateísmo; conocía a Rousseau y aun algo más; pero afectaba una ignorancia absoluta de tan peligrosas materias. Esto parecía pasar por hipocresía; pero nosotros creemos que aquello no era sino miedo. Quería engañarse a sí mismo, quería olvidar lo que había aprendido, y le parecía que olvidándolas, aquellas ideas dejarían de existir. Cerraba los ojos ante el abismo, esperando de este modo, si no evitarlo, vivir tranquilo hasta que llegara la catástrofe. Instalado en Ocaña, Matamala sostenía correspondencias muy activas con varios personajes de la Corte, por lo cual vivían sobre ascuas sus cofrades, sospechosos de que tomaba parte en alguna intriga política. Al buen franciscano no le faltaban entretanto mil recursos para desvanecer estas sospechas. -Bien; dejemos este asunto -dijo, afectando una compunción que no sentaba mal a sus hábitos sacerdotales-. Yo te profeso un afecto entrañable; yo fui amigo de tu padre, que gloria haya... pero no renovaré tu sentimiento. Vamos al caso. Aunque no quieres seguir mis consejos, quiero servirte, y hoy mismo le voy a escribir a un señor de Madrid, amigo mío, para que te proporcione algún trabajo, y te ayude en eso que vas a pedirle al conde de Cerezuelo. Pero, hijo, sé bueno. Cree en Dios. No pierdas por lo menos el respeto exterior que se debe a sus ministros. Esto es lo importante. Sé respetuoso con los grandes señores, con los personajes de ilustre prosapia. -Sí -contestó el joven con desdén-; cuando les veo entregados a todos los vicios, ignorantes, llenos de preocupaciones, holgazanes, indiferentes al bien de estos reinos y de la sociedad. Poseen todas las riquezas de que no es dueño el clero. Comarcas enteras se esquilman en sus manos y se acumulan de generación en generación, siempre en la cabeza de un primogénito inepto, que no sabe más que alborotar en los bailes de las majas, hacer versos ridículos en las academias o lidiar toros en compañía de gente soez. No encontraréis entre ellos personas de algún valer, con muy contadas excepciones. Los colonos se mueven de hambre sobre el terreno, los derechos señoriales hacen que sea ficticia toda propiedad que no sea la de grandes familias; y en cada generación aumenta el número de pobres, por los segundones que se van segregando del tronco de las familias nobiliarias para entrar en la gran familia de la miseria. -¡Santo Dios y el seráfico patriarca! -exclamó el fraile, tapándose los oídos-. No hables más. ¡Qué pestilencial doctrina! ¡Oh, Martincillo!, es preciso que te enmiendes. Tú no tienes instinto de conservación. ¡Yo que deseo verte hecho un hombre de pro; yo que voy a inclinarte a que busques apoyo en la nobleza!... -¡Apoyo en la nobleza! - contestó Muriel con vehemencia-. La detesto de muerte. La aborrecía antes de saber lo que era. Conocida, nada puede dar idea de mi odio. La aborrezco más que a los frailes. -¡Jesús, por los sacrosantos clavos! No blasfemes. -¡Blasfemar! ¿Y por qué?- continuó con creciente agitación-. Decir que todos ustedes son holgazanes, glotones, sibaritas, dueños de la mitad del territorio, disolutos, hipócritas: ¿decir esto es blasfemar? ¿Quién ofende a Dios: ustedes que son como son, o yo que lo digo? Muriel se expresó con alguna violencia, y había alzado un tanto la voz. El religioso se escandalizó; encendiose su rostro, mirando azorado a un lado y a otro, temeroso de que alguno de los padres que paseaban por la huerta hubiera oído las infernales palabras de aquel réprobo. -Ustedes han de desaparecer; irán arrastrados por una tempestad, que trastornará otras muchas cosas. Los privilegios tienen que venir a tierra. Temblarán los nobles en sus palacios y los frailes en sus claustros. Los primeros tendrán que repartir su fortuna por igual entre sus hijos, creando así una clase poderosa, intermedia entre la grandeza y el pueblo, que será la que más influya en la nación; y ustedes se verán reducidos a la cristiana pobreza con que fueron instituidos, pasando sus inmensas riquezas a ser patrimonio de la nación. -¡Nuestros bienes! ¡Tú estás loco! -exclamó atortolado el padre, como quien escucha una gran novedad, un despropósito inconcebible, lo más disparatado que pudiera imaginarse. -Dios os ha mandado ser pobres, y vosotros os habéis hecho ricos. -Nosotros tenemos lo que nos han dado. ¿Pero tú sabes lo que has dicho? ¿La conciencia no te arguye de ser tan irrespetuoso con las cosas de Dios? -Es que yo no creo en Dios, padre -dijo Muriel con una seguridad que hizo temblar a fray Jerónimo, el cual miró a un lado y otro, agitado y confuso, temiendo otra vez que hubiera oído la blasfemia alguno de los frailes que allí cerca distraía el ocio con la lectura de algún piadoso libro. -¡Jesús, qué horror! ¡Vade retro, Satanás! -exclamó, cerrando los ojos y pronunciando entre dientes una oración. -Es decir -continuó el joven-, yo creo en mi Dios, en un Dios a mi manera. Yo no creo en un Dios vengativo y suspicaz que ustedes han hecho a imagen y semejanza del hombre. -Querido Muriel -dijo Matamala, reponiéndose del susto y abriendo los ojos-, estás comprendido en los anatemas de la santa Iglesia. Si yo fuera débil, ahora mismo te arrojaría de esta santa casa, que estás profanando con tu presencia. Pero yo espero traerte al buen camino. Tú serás bueno. San Agustín era como tú. Oirás la voz del Señor, y te convertirás. Tú amarás todo lo que ahora detestas; amarás a los nobles, protectores de las industrias y ejemplo de buenas costumbres; amarás a los reyes, imágenes de Dios en la tierra, que administran la justicia y se desvelan por el bienestar de sus leales vasallos; amarás a los frailes, pobres, humildes criaturas, que enseñan la buena doctrina, combaten los errores y consuelan a los afligidos. -Si fuera como usted dice, padre, yo amaría todas esas cosas. Si los nobles no ofrecieran en su conducta el ejemplo de todos los vicios; si yo viera en ustedes hombres de caridad, enemigos de las riquezas, en vez de hombres ociosos, ignorantes y fanáticos; si viera en la Corte y en el Gobierno hombres dignos que no tuvieran por único propósito esquilmar a la nación en provecho propio, yo les amaría. V Como se ve, Muriel no perdonaba a ninguna de las instituciones de que habló las faltas de sus individuos. Era inexorable, como lo era la revolución entonces. Dominado por su idea, no conocía la transacción. Creía que era posible reformar destruyendo; no conocía la enormidad de las fuerzas del enemigo; ignoraba que lo que se intentaba aniquilar era inmensamente más poderoso que los razonamientos de dos o tres individuos; que aquello tenía la fuerza de los hechos, de un hecho colosal, consagrado por los siglos y aceptado por la nación entera. Además no comprendía que si la idea vence alguna vez a la fuerza, no es fácil que venza a los intereses. La transformación con que él soñaba era obra lenta y difícil. Sólo intentarla costó después mucha sangre. Fray Jerónimo, que había vuelto a rezar, dijo al terminar su breve oración, y trazándose sobre el cuerpo la señal de la cruz: -Yo rezaré por ti, pecador empedernido. Y entretanto voy a hacer por tu bien todo lo que está en la facultad de un pobre fraile. -Yo, aunque pienso así, padre Matamala -dijo Muriel-, no soy ingrato; no aborrezco a las personas, salvo alguna que otra, a quien detesto con todo corazón. -Bien -dijo el fraile, deseoso de que aquella conversación se acabara, aunque parecía dispuesto a perdonar a su amigo todas sus herejías-. Bien: yo escribiré esta noche misma a una persona de Madrid, a quien estimo. Verás cómo ese señor, que es poderoso y modesto, consigue para ti lo que deseas. Pero haz por ocultarle tus ideas, ¿entiendes? El te dirá lo que debes hacer; y si por su conducto no logras nada de Cerezuelo, da el asunto por concluido. -¿No le conocía usted la otra vez? -No. ¡Qué lástima! Si entonces hubiéramos tenido esa palanca... -¿Y quién es? ¿Cómo se llama? -Es persona, como te he dicho, modesta, pero de gran poder. Su nombre no suena como el de otras; pero a cencerros tapados... Te advierto que es enemigo de Godoy, y tal vez en eso consiste que pueda tanto. Ya, ya me agradecerás, Martincillo, esta recomendación que te hace amigo del Sr. D. Buenaventura Rotondo y Valdecabras. -Ese nombre no me es desconocido -dijo Muriel recordando. -Sí, le habrás oído nombrar -añadió Matamala temiendo que su amigo tuviera ya noticias de aquel personaje, y que estas noticias fueran malas-. Ya le escribiré explicándole lo que deseas. ¡Ah! Te advierto que es hombre rico. Pero oye una cosa: conviene que disimules tus opiniones, porque, aunque él no es gazmoño... esta enterado de todo eso... y nada de cuanto digas le cogerá de nuevo. -¿Y ese señor es abogado, comerciante?... -Eso es, se dedica al comercio; suele prestar dinero; y la verdad es que ha hecho fortuna. -¿Y es gran amigo de usted? -¡Ya lo creo! Nos escribimos con mucha frecuencia... Esto te lo digo acá para inter nos. Querido Martincillo, si la otra vez no pude hacer nada por ti, lo que es ahora... Yo iré también pronto a Madrid. -Diga usted, ¿Cerezuelo sigue viviendo en Alcalá? -Sí; allí se ha encerrado y no hay quien le saque de escondrijo. Su hija es la que vive en Madrid. Ya tendrás noticias de ella: una muchacha bastante orgullosa y desenvuelta. Cuando ese basilisco no influye en el ánimo de su padre, éste es un hombre razonable y humano... Pero no quiero detenerte más -concluyó el fraile levantándose-; ya es de noche. Vete, Martín. Se va a cerrar la puerta del convento. Muriel se levantó también. -¡Ah! Dame las señas de la casa en que vas a vivir -dijo el fraile. -Voy a vivir con el pobre, aunque siempre feliz, Leonardo. -¿Sigue tan calavera? -Siempre lo mismo; pero siempre bueno. -Espero veros pronto, tanto a ti como a él. Yo también tengo que hacer algo en la Corte -manifestó el fraile, abriendo, con ayuda del lego, la gran puerta del convento. -Adiós, padre -dijo Muriel-. Hasta luego. -Adiós, Martincillo -exclamó el religioso, abrazándole con afectada ternura-. Hasta luego. Se despidieron. Muriel le dio nuevamente las gracias por la recomendación, hizo el religioso ardientes protestas de solicitud, y se separaron. El lego, reconciliado con el forastero después de la favorable acogida que a éste dispensó un fraile tan respetable como el padre Jerónimo Matamala, le hizo al verle salir una profunda reverencia. Para que nuestros lectores comprendieran la importancia del diálogo que hemos referido y el valor que tiene en esta historia, sería preciso que conociesen la carta que fray Jerónimo Matamala escribió a la persona a quien iba recomendado su joven amigo. Por ahora no nos es posible dar a conocer ese documento, que revela cuáles eran las relaciones del sagaz franciscano con algunas personas de la Corte; mas en los siguientes capítulos, la oportuna aparición del Sr. D. Buenaventura Rotondo y Valdecabras podrá dar alguna luz sobre el particular. Capítulo II El señor de Rotondo y el abate Paniagua I Tenía Muriel un amigo que era segundón de familia nobilísima. Desheredado por la ley, que acumulaba todas las riquezas y todas las glorias de una familia en un primogénito; sin más fortuna que su valor y su ingenio, había abandonado la casa paterna, olvidando completamente a su hermano. Como no había recibido instrucción alguna, Leonardo, que así se llamaba, no pudo aspirar a suplir con el valor intelectual la falta de recursos. Además se inclinaba por temperamento a la vida holgazana; y como su pobreza y su falta de posición lo libraban de las responsabilidades que la sociedad exige a los poderosos, entregose a la cómoda ocupación de no hacer nada. Pocos han realizado como él la evangélica máxima de no cuidarse del día de mañana. Su familia era extremeña, y él se había establecido en Sevilla, donde hacía versos, lidiaba toros, frecuentando todos los círculos en que había gente de buen humor. La mayor parte de sus amigos eran estudiantes, si bien los libros no fueron nunca para él contagiosos; y en materia de doctrinas, aunque de ninguna entendía gran cosa, se deleitaba con las revolucionarias, como si en ellas encontrara un fondo de justicia que las preocupaciones de su época y de su clase no le impedían ver. Pero, por lo general, no se preocupaba mucho de sus filosofías. La algazara y las aventuras con caracteres de libertinaje eran las condiciones elementales de su vida, que era una vida de estudiante sin estudios. Reunido constantemente con jóvenes de la clase popular, Leonardo había olvidado que era noble, si bien alguna vez la vanidad innata se mostraba por un resquicio de su carácter, y entonces solía describir su escudo con una prolijidad que promovía grandes burlas entre sus compañeros. Estrecha amistad le unía con Muriel, que le había perdonado el ser noble. Juntos vivieron en Sevilla bastante tiempo, y la suerte, que algo le tenía reservado, quiso que juntos viviesen después en Madrid; porque Leonardo, que con motivo de un lance desagradable había tenido que huir de Andalucía, se estableció, como él decía, en la Corte, y allí estaba cuando llegó Muriel, a quien alojó en su casa. Ésta, que era el segundo piso de un inválido edificio de la calle de Jesús y María, en que habitaban multitud de familias, ofrecía a los dos amigos las comodidades de un palacio, a pesar de la estrechez de su recinto. Vivían solos en compañía de dos personas, de quienes nos será lícito hablar un poco, aunque su papel en esta historia no sea de gran importancia. Era la primera una especie de ama de gobierno o patrona de huéspedes, que se hallaba en el ocaso de la edad y de la gloria, y vivía en una lamentación continua, recordando los venturosos días en que su esposo tocaba el violín e improvisaba madrigales en las más frecuentadas tertulias de Madrid. Doña Visitación procuraba sofocar los dolores y soledades de su marchita viudez por medio de un continuado y estrecho trato con todos los santos y santas de la corte celestial, y la vida devota ofrecía ancho campo a su espíritu para distraerle de sus pertinaces melancolías. La otra persona que habitaba la casa era un criado a quien llamaban Alifonso, el cual desempeñaba las funciones de barbero y peluquero, hacía de comer cuando doña Visitación se extasiaba en la iglesia más de lo ordinario y tenía además habilidad no común para todos los recados, que exigieran astucia y agudeza de ingenio, revelando en esto la educación frailuna que había recibido. Ensanchábase además la vasta esfera de los conocimientos de Alifonso con su aptitud maravillosa para suplir la carencia absoluta de sastre, que era peculiar en la casa de un pobre como Leonardo. No se sabe dónde adquirió el mancebo tan extraordinaria destreza; pero es lo cierto que componía las casacas de su amo y hacía como nuevas las más viejas y raídas, prodigio en que la tijera y la química obraban de común acuerdo. Una particularidad digna de ser notada es que doña Visitación y Alifonso se aborrecían de muerte: antipatía mortal, profunda, eterna, les dividía. Eran irreconciliables como la noche y el día. La vieja había llegado a creer que el travieso doméstico era el demonio disfrazado de aquella forma para su tormento, opinión que consultó varias veces con su confesor sin obtener respuesta categórica, por no ser fuerte este venerable en el tratado de re daemoniorum. Detenidas y eruditas investigaciones hechas después que subió al cielo doña Visitación han dado a conocer que la causa de aquella antipatía había sido el siguiente suceso. La vieja se fue muy temprano a la iglesia en cierto día de gran ceremonia, dejando en la cocina una gran cazuela donde se guisaba corpulento jamón que le habían regalado unos extremeños. Alifonso lo sacó con mucho donaire, y puso en su lugar el violín del difunto y nunca olvidado esposo de doña Visitación, reliquia que la viuda conservaba con respeto religioso y fanático, cual si fuera parte integrante de la persona que con tanta gloria lo usó en vida. Cuando la santa mujer volvió de su rezo, cuando entró en la cocina, cuando se acercó a la cazuela, cuando asió el mango del violín creyendo era el hueso del jamón (pues era corta de vista), cuando destapó, vio y tocó, cerciorándose de tamaña profanación, su furor llegó al grado de violencia de la tragedia griega; sus nervios se alteraron y cayó con un síncope de que no había ejemplo en su borrascosa vida. Aquella noche, en su agitado y calenturiento sueño, vio la irritada sombra de su esposo, tocando en el malhadado instrumento, que lanzaba lúgubres quejidos, y a su lado a Alifonso con rabo y cuernos, teniendo en su mano el jamón, que apoyaba en el hombro para remedar, tocando con un asador, los movimientos del airado fantástico músico. Desde entonces, a la supersticiosa mente de doña Visitación se adhirió con invencible fuerza la idea de que Alifonso no era otra cosa que el demonio mismo vestido de carne humana para su tormento. Éstas son las dos personas que compartían las pobrezas de Leonardo, el cual, con su escasísima renta, que cobraba tarde y mal, sostenía la casa y daba habitación y alimento a su desdichado amigo. II Leonardo consagraba su vida y su tiempo a lo que entonces se designaba con una palabra un poco malsonante hoy, pero que emplearemos por necesidad, a cortejar. No indica precisamente esta voz corrompidas costumbres ni licencioso libertinaje. Más general, expresa la ocupación, en cierto modo insulsa, de los que aman por pasatiempo y por una especial necesidad de espíritu en que la pasión tiene muy poca parte. Leonardo, pues, cortejaba, siguiendo la corriente poderosa de la juventud de su tiempo, que no conocía ocupaciones de otra especie, que no tenía libros en que estudiar, ni cátedras o tribunas donde discutir. El último tercio del siglo XVIII y los primeros años del presente fueron la época de las caricaturas. La de D. Juan no había de faltar en aquella sociedad, que Goya y D. Ramón de la Cruz retrataron fielmente y con mano maestra. Leonardo, pobre, caído desde la altura de su noble origen a la miseria de su humilde existencia, se ocupaba en enamorar escofieteras y tal cual petimetra de la clase media, perdida a prima noche en los laberintos de Maravillas o Lavapiés. Pero la indigencia no podía desmentir su alta prosapia, y ésta se manifestaba en un presuntuoso deseo de llevar su derecho de conquista a una sociedad más distinguida. En tan atrevida aspiración, deparole el Cielo o el infierno una misteriosa y recatada beldad en cierta novena de San Antonio, a que asistía con hipócrita fervor; y aquí comenzó al par que una serie de amorosas glorias y platónicos deleites, la serie de sus grandes apuros económicos. Era en extremo curioso entonces ver el afán con que Alifonso componía la casaca de su amo, dándole un corte que, si bien la dejó algo rabicorta, la asimilaba a las que en aquellos días eran de moda entre los currutacos. Al mismo tiempo cogía los puritos a las medias y galonaba la chupa; robaba con mucha gracia a sus compañeros de profesión algunas esencias con que perfumar los pañuelos de Leonardo, condición indispensable para ser caballero entonces, y, por último, planchaba y pulía el arrugado sombrero, haciéndole pasar por joven, sobre todo si la noche se encargaba de ocultar sus tornasoladas tintas y tapar otras muchas inveteradas fealdades. Con este atavío, el galanteador salía a la calle hecho un marqués, sobre todo de noche, pudiendo así retardar lo más posible el desengaño de la dama, y ocultar la desnudez efectiva de quien no tenía más tesoros que los de su fácil afecto. Cuando Muriel llegó, Alifonso hubo de hacer un nuevo alarde de su fecundo genio, pues los vestidos del joven filósofo no eran los más a propósito para presentarse delante de una persona como D. Buenaventura Rotondo y Valdecabras. Sujetose a prolongado tormento la única casaca que poseía; empleáronse las prodigiosas lejías que habían rejuvenecido las chupas de Leonardo, y el sombrero gimió bajo las planchas del hábil confeccionador, por lo cual, y mientras duraron tan complicadas operaciones, tuvo Martín que guardar un encierro de cuatro días, viéndose imposibilitado de visitar a la persona a quien había sido recomendado. Ésta, sin embargo, quiso anticiparse, tal vez deseosa de conocerle, y una mañana, cuando menos se la esperaba, se presentó en la casa de la calle de Jesús y María en busca de Muriel. Era el Sr. de Rotondo persona de mediana edad, amable, pero con cierto agrado empalagoso, que más parecía obra de un detenido estudio que espontánea cualidad de su carácter. Vestía con extremada pulcritud, y en su andar, como en sus miradas, había siempre expresión de recelo. Cauteloso o asustado siempre, no se atrevía a dar un paso sin mirar antes donde ponía el pie. Su vista al entrar en un sitio recorría las paredes, escudriñaba las puertas, parecía querer penetrar en el interior de lo más reservado y oculto, y al sentarse, sus manos tanteaban el asiento, como si temiera ser víctima de alguna burla o asechanza. Pero en ninguna ocasión se ponía en ejercicio su desconfianza observadora tan activamente como mientras conversaba con alguien. El Sr. de Rotondo no perdía sílaba, ni modulación, ni gesto, ni ligera contracción facial, nada. Su atención era provocativa, y por su parte él hablaba despacio, como no queriendo decir palabra alguna que no fuera precedida de una seria meditación. En general, ni su presencia, a pesar de ser persona siempre acicalada y compuesta, ni su conversación, a pesar de ser hombre culto y con cierto gracejo, despertaban ningún sentimiento afectuoso. No se podía mirar sin recelo a quien era el recelo mismo. Al presentarse ante Muriel, hízole varias cortesías con muy artificiosa finura, y después de pasear su mirada por cuantos objetos había en la habitación, tomó una silla, y asegurándose con cuidado de su solidez, se sentó en ella, entablando con el joven la siguiente conversación. III -Mi amigo -dijo Rotondo- el reverendo fray Jerónimo de Matamala me habla largamente de usted en su última carta. Aquí estoy para servir a usted en lo que pueda. -Yo lo agradezco -contestó Martín-, tanto más cuanto que otra vez estuve en Madrid con pretensiones parecidas y no hallé ninguna persona que se interesara por mí. -¡Oh, no hay que esperar nada de esa gente! -dijo Rotondo bajando la voz y como si temiera ser oído-. Aquí hay una falta muy grande de amor al prójimo. Y lo que usted pretende, ¿qué es? -Que el conde de Cerezuelo me pague cierta cantidad que a mi padre debía desde antes de la prisión de éste. El proceso no afecta en nada a esta deuda, motivada por haber anticipado mi padre... -Ya, ya... -dijo D. Buenaventura, demostrando que la historia del desdichado D. Pablo no le era desconocida. -No creo que esto se me niegue ahora. Yo he de ir a Alcalá muy pronto en busca de mi hermano, a quien quiero apartar de esa maldita familia, y espero conseguir... -Cerezuelo está enfermo y dominado por la melancolía. La separación de su hija, más aficionada a la vida bulliciosa de la Corte que a las soledades de Alcalá, le contraría mucho. Si usted pudiera lograr la protección y la recomendación de su hija... -Me han dicho que es el ser más orgulloso y despótico que ha nacido. -Es más que eso: es cruel. Fáltale la delicada sensibilidad propia de su sexo, y su trato desagrada a cuantas personas no se ocupan en galantearla, aspirando a domar por el amor aquel carácter inflexible y refractario a todas las ternuras. -Entonces no creo que pueda favorecerme. -Hay que esperar poco de la gente noble -dijo don Buenaventura, prestando atención a la voz de Alifonso, que reñía con doña Visitación en el cuarto inmediato-. La gente noble, insubstancial y frívola para todo lo que es el servicio y mejora del reino, no lo es para oprimir al pobre. -¡Oh, está bien dicho; es muy exacto! -exclamó el joven, que no esperaba declaración semejante en el amigo íntimo del padre Matamala. -Los privilegios se han de acabar aquí, como se acabaron en Francia, y, o mucho me engaño, o ese día no está lejos. Muriel se admiró de encontrar tan revolucionario a quien se había figurado como un señor muy beato, enemigo, como la mayor parte, de las cosas extranjeras. -Debe usted dirigirse al mismo Cerezuelo -continuó el visitante-, pues aunque influyen en su ánimo los clérigos y frailes de que está llena siempre su casa... -¡Clérigos y frailes! -exclamó Martín, más asombrado cada vez del poco respeto que su nuevo amigo mostraba hacia las instituciones venerandas. -Sí -añadió el otro mirando en derredor con cierta zozobra, como si fuera muy grave lo que pensaba decir-. Sí, la carcoma de la sociedad. ¡Oh, cuándo será el día...! Ya sé yo que usted es filósofo; que usted ha desechado ciertas preocupaciones. -Yo me hallo en una situación muy especial -repuso Martín-; tengo motivos muy positivos para aborrecer ciertas cosas. -Usted será, por lo tanto, hombre de acción -dijo D. Buenaventura, dirigiendo toda la atención de su mirada hacia el rostro del joven, con ansia de leer allí sus deseos y propósitos. -¡Hombre de acción! ¿Pues qué...? -exclamó Muriel como si hubiera escuchado una revelación-. ¿Será posible aquí otra cosa que la humillante paciencia y una deshonrosa conformidad con nuestro destino? -¡Oh! ¡Quién sabe! Tal vez. La sociedad está muy agitada... Ya usted ve cómo está el mundo -dijo Rotondo-. Sin embargo, conviene esperar... Ese amado Príncipe inspira mucha esperanza. Mientras pronunciaba estas últimas palabras, dichas al parecer con el único objeto de sostener la conversación por pura cortesía, D. Buenaventura mostraba en su actitud y en sus miradas la mayor zozobra. Dirigía la vista a la puerta con visible inquietud, alterándose en cuanto sonaba el menor ruido. Un repentino y estrepitoso repique de la campanilla de la puerta le produjo fuerte excitación, y se levantó agitado y nervioso, exclamando con ira: -¡Esto es insoportable! Me han de perseguir en todas partes. No puedo dar un paso sin que me siga un espía. Muriel, sorprendido de aquel inesperado arrebato, procuró serenar a su nuevo amigo. -Cálmese usted -le dijo-. Mientras esté en nuestra casa, no podrá hacérsele daño alguno. -¡Ay de ellos si se atreven a tocarme! Su único objeto es seguirme a dondequiera que voy, enterarse de mis acciones, ver con quién hablo y con quién me trato. ¡Oh! ¡Pero me tienen miedo! Martín era todo confusiones en presencia de aquel hombre exasperado e inquieto, que hablaba con tanto calor y se creía rodeado de espías y satélites. Entretanto, un individuo extraño entraba en la casa, y preguntando no sé por quién, procuraba enterarse, en animado diálogo con Alifonso, de los nombres, edad y oficio de las personas allí residentes. No tuvo el astuto barbero la precaución o la malicia de callar, y dijo el nombre de su amo, con lo cual, satisfecho, se marchó el curioso, dejando a D. Buenaventura, que todo lo oía desde la sala, en el colmo de la rabia. -¿Siempre lo mismo! -exclamó cuando el ruido de los pasos del espía se perdió en lo más bajo de la escalera-. Ya saben que estoy aquí, ya le conocen a usted. ¡Oh! ¡Ni un momento de libertad! Sr. D. Martín, yo necesito hablar con usted; es preciso que hablemos largo, largo, largo. Y al decir esto estrechaba la mano del joven, revelando en sus ojos profundas intenciones, con tal ademán de misterio y en tono tan grave, que la fogosa imaginación de Muriel no aceptó la espera, y preguntó con viveza: -¿De qué? -Ya lo sabrá usted -añadió Rotondo algo aplacado de su furor-. Es preciso que nos veamos en otro sitio; en mi casa, en cierta casa... Mañana a las diez, en la calle de San Opropio, número 6... ¿Nos veremos? ¿Irá usted? -Sí; sin falta. A las diez. -Pues adiós. Despidiose afectuosamente el señor de Rotondo y se marchó, dejando al pobre Martín más confuso que cuando le decía: «¿Usted será hombre de acción?» En verdad, el joven más sentía gozo que pena al verse repentinamente ligado a una persona que se quejaba de tan obstinadas persecuciones. Hostigábale en sumo grado la curiosidad por saber cuál sería el grave asunto que iba a confiarle al día siguiente aquel hombre singular, que en su corta visita había revelado un mundo de ideas y acciones a la ardiente fantasía del buen volteriano. Aquel hombre conspiraba. ¿Cuáles eran sus planes? ¿Por qué le perseguían? ¿De qué grande idea, de qué gigantesca empresa quería hacerlo partícipe? Estas cuestiones, que en tropel se ofrecían al entendimiento de Martín, obteniendo de él mismo mil respuestas diversas, no podían menos de impulsar su ánimo hacia aquel hombre desconocido. Todo lo peligroso atraía a Muriel. Todo aquello que fuese extraordinario, aventurero, lo fascinaba. En el fondo de su naturaleza existía latente y comprimida una actividad poderosísima que necesitaba espaciarse y aplicarse, buscando con afán la vida exterior como el modo más propio de aquel inquieto y siempre ávido espíritu. En él había desde mucho tiempo antes un ardiente y secreto deseo de probar la fuerza de su pensamiento en el yunque de la vida práctica: entreveía hechos colosales, pero vagos, de que él era principal y vigoroso motor; mas nunca había llegado a hacerse cargo de los medios que pudiera emplear para dejar de ser ideólogo. Así es que, cuando las circunstancias le ofrecían probabilidades, aunque fueran remotas y muy problemáticas, de llegar a aquella realidad tan deseada, su inquietud no tenía límites: se avivaba la perenne excitación de su cerebro, y se complacía en dar proporciones enormes al hecho vagamente concebido y ardorosamente esperado. Por eso la promesa grave y misteriosa de aquel hombre no bien conocido aún, picó vivamente su curiosidad despertando en él el vivo interés de lo maravilloso. ¿Quién sería? ¿Conspirar, preparar alguna explosión revolucionaria, que transformara la sociedad y echara al suelo el caduco edificio del derecho divino? ¿Sería una simple cuestión personal de Rotondo? ¿Qué parte tenían en aquel asunto las audaces ideas que él, filósofo indisciplinado, consideraba como su único tesoro? La curiosidad le punzaba, como un apremiante escozor del espíritu. Pero en su temperamento, esperar era la peor de las torturas, y su imaginación se anticipó a satisfacer aquella curiosidad forjando mil desvaríos. IV Aquel mismo día Alifonso y doña Visitación, poco después de salir la visita, eran víctimas del mal humor del enamorado Leonardo, el cual, irritado porque no había visto en la misa de doce de la Trinidad a la persona por quien tan puntualmente y con tanta contrición asistía al oficio divino, creía, como suelo acontecer en los amantes incorregibles, que todos los seres vivientes tenían la culpa de aquella contrariedad inaudita. En vano el festivo barbero se esmeraba en barnizar los zapatos de su amo con una solicitud demasiado servil; en vano obedecía sus ordenes con cristiana paciencia. Leonardo no cesaba de reñirle profiriendo ternos de varios calibres, que erizaban el cabello de doña Visitación, dándole materia para que por tres días seguidos se estuviera lamentando de vivir con aquellos herejes. El amartelado joven no tenía consuelo, y dominado por el pesimismo que se apodera de los amantes cuando experimentan un ligero revés, sea de entrevista, sea de carta, lo que menos se figuraba era que doña Engracia (pues tenía este nombre) se había muerto; que había sido envenenada, o gemía en las cárceles de la Inquisición, puesta allí por la bárbara mano del intolerante sacerdote que tanto influía en el ánimo de su madre. No es de este momento el informar al lector de quién era doña Engracia, ni quién su madre, tipo arqueológico que el siglo decimoctavo, por una singular complacencia, había prestado al decimonono, ni quién el amigo espiritual y consejero áulico de esta veneranda señora. Por ahora baste decir que Leonardo hubiera llegado al último grado de la desesperación, si un ángel tutelar, un nuncio de felicidad no se presentara a deshora en la casa, quitándole de pronto sus melancolías y haciéndolo el más dichoso mortal de la tierra. Nuestros lectores no conocen a D. Lino Paniagua, uno de los abates más ociosos y al mismo tiempo más útiles del reinado del Sr. D. Carlos IV. Si le conocieran, ya podían asegurar que sólo en su trato hallarían suficientes documentos históricos para juzgar la sociedad matritense, de aquellos días. No es difícil hacerse cargo de lo que era aquel hombre incomparable, que no desapareció de la tierra hasta el año 1833, en que con el alma de Fernando VII se fue para siempre de España el absolutismo con muchas de sus cosas inherentes; no es difícil, repetimos, hacerse cargo de la poderosa entidad social que convenimos en designar con el nombre del abate Paniagua. Algo existe hoy entre nosotros que nos le recuerda. La publicidad propia de la época en que vivimos ha hecho de la prensa un órgano eficaz que satisface a multitud de pequeñas necesidades sociales. Hay en la prensa una parte llamada gacetilla, donde las luchas de la política no logran penetrar; parte destinada a que todas las clases de la sociedad escriban su palabra y graben sus impresiones, como esos voluminosos libros en blanco, colocados en sitios de peregrinación para que todo viajero, alegre o triste, jovial o aburrido, deje una señal de su paso. La vida social tiene un álbum gigantesco e inacabable en la gacetilla. ¿Quién habrá entre nosotros que no haya puesto en él un renglón, una frase, un garabato? El que da un baile, el que ha perdido un perro, el que se casa, el que nace, el que se muere, el que escribe un libro, el que lo lee, el que va a viajar, el que vuelve, todos están allí. Ningún individuo, a no ser un hipocondríaco, refractario a la luz de su época, como lo es el búho a la del sol, escapa a la investigación insaciable de la gacetilla; y aun ese mismo hipocondríaco escribirá en ella el párrafo más siniestro, si ansioso de la soledad de la tumba, tiene un día un mal pensamiento y se suicida. Lo que pasa con las personas ocurre también con los hechos. La función que más boga alcanza en los teatros, el sermón que más ha gustado en la última novena, la calle que se proyecta construir, el cuento que con más éxito circula de boca en boca, las nieves que han caído en tal o cual punto, las telas que están en moda, el atroz incendio ocurrido en alguna ciudad de los Estados Unidos, la pendencia que ensangrentó las heroicas calles de las Vistillas, la grandiosa insurrección de las cigarreras, la marcialidad de los regimientos que desfilaron en la última parada, todos los accidentes de la vida colectiva se expresan allí, formando día tras día como un registro universal, en que los movimientos, las palpitaciones, los gestos, aun los más insignificantes de la sociedad, quedan anotados con la exactitud de la calcografía o del daguerrotipo. Pues bien; en la época en que venimos refiriéndonos no existían estos órganos impresos de la vida común, que mantienen perpetua relación entre todos y cada uno. Había, sin embargo, ciertas entidades, pertenecientes a la especie humana, que hacían el papel de aquellos conductos de que hemos hablado, y eran providenciales precursores de la gacetilla moderna, del mismo modo que los correos peatones han precedido al telégrafo eléctrico. La legislación eclesiástica se había apresurado a llenar el vacío que en la sociedad existía, suministrándole aquellos diligentes órganos; había creado una clase parásita con objeto de consumir el exceso de la cuantiosa renta del clero, y como no le dio ocupación secular ni canónica, esta clase se consagró a menesteres no siempre dignos, como traer y llevar recados, dirigir las modas, enseñar música y cantarla en las tertulias, componer versos ridículos, disponer el ceremonial de un bautizo, de una boda, de un entierro: buscar amas de cría y bordar en cañamazo, cuando las circunstancias lo exigían. Dentro del tipo general del abate había una variedad considerable, pues mientras algunos eran hombres licenciosos y corrompidos, que se valían de su traje, convencionalmente respetable, para penetrar con ambigüedad en los estrados, como dice D. Ramón de la Cruz, otros eran unos pobres diablos, inofensivos a la moral pública, si es que ésta no se vulneraba con la protección de secretos e inocentes amores, que a veces traían grandes cismas a las familias. El abate Paniagua era de estos últimos. Su extraordinaria aptitud para los recados de importancia, su memoria vastísima, en la cual guardaba como en rico archivo todos los santos, festividades, ya fijas, ya movibles, todas las ferias, plenilunios, solsticios y equinoccios, hacían que fuese de gran utilidad a las familias. Tenía anotados en el registro de su cabeza el precio de los comestibles, el nombre de los predicadores que subían al púlpito en todas las iglesias de Madrid, los días de vigilia, el número de cintas que se ponían a las escofietas, la cantidad de purgas que tomara tal o cual señora para curar su inveterada dolencia, los días o meses que a otra le faltaban para llegar al ansiado instante de su alumbramiento, y otras muchas curiosísimas cosas, que le daban el valor de un verdadero tesoro. Era Almanaque y Guía, y su complacencia no conocía límites; servía con desinterés por satisfacer una irresistible necesidad de su naturaleza, que le inclinaba a aquel oficio de saberlo y contarlo todo. Así es que no había casa en la Corte donde D. Lino no tuviera entrada; pues por un privilegio reservado sólo a los abates, tenía estrecho lazo con todas las clases. La aristocracia le abría sus salones, la clase media sus estrados y el pueblo le daba agasajo en sus miserables zahúrdas. Ningún elemento social podía renunciar a la útil amistad de aquel hombre enciclopédico que al entrar en el hogar doméstico llevaba todo el mundo exterior, el mundo de la calle en su cerebro. Él, por su parte, siempre fue hombre sin ambición: consumía su renta sin aspirar nunca a acrecentarla, y parecía feliz desempeñando el papel que su época le había encargado. Era hombre tímido, y en los círculos que frecuentaba era tratado con agasajo, pero sin verdadero afecto. Cierta benevolencia un poco humillante, algo parecida a la que inspiraban algunos bufones, le bastaba. Jamás aspiró a ser objeto de un grande amor ni de un profundo respeto, pues él mismo conocía que la índole de sus funciones no era la más propia para ocupar un puesto digno, ni aun en aquella sociedad frívola que rastreaba por el suelo sin grandes ideas ni altas aspiraciones. Su bondad extremada y floja voluntad hacían cada día menos respetable su papel social; pues enternecido con las angustias de los amantes, no podía menos de favorecerles en sus correspondencias, y se complacía en apresurar el deseado momento del matrimonio. Por eso tenía cierto orgullo en ser la paloma a cuyo cuello ataran los novios sus patéticas esquelas. En cuanto una pasión estallaba en el recinto de recatado y escrupuloso hogar, el pobre corazón herido y preso no tenía más comunicación con el exterior que D. Lino Paniagua, diligente vehículo que llevaba al través de las prosaicas calles de la capital las palpitaciones ardorosas, las delicadas ternuras, los suspiros, las languideces, las esperanzas, los sueños y desesperaciones del amor. Hacía esto el abate con tanto más agrado y desinterés cuanto que nunca fue amado, y la pasión dormía en su pecho callada y solitaria, tal vez porque su timidez y su mala figura le habían impuesto silencio y obligado a la quietud en los grandes dramas de la vida. En el fondo de la frivolidad o insubstancial ligereza de Paniagua, había una tristeza crónica que no era ajena a aquella entrañable simpatía que le inspiraban todos los amantes; simpatía cuya causa podría encontrarse en que una aspiración vaga de su vida juvenil no encontró nunca ocasión de manifestarse, ni objeto a quien dirigirse, como no fuese en un culto platónico y secreto sin ningún accidente exterior. Por eso el pobre abate, ya en edad madura, y apartado personalmente de todo lance amoroso, por la ridiculez de su persona y el indeleble sello de prosaísmo que había en sus funciones, se contentaba con amar a todos los que amaban. Padre cariñoso de todos los novios, participaba de sus alegrías y de sus penas, les daba consejos y procuraba llevarles por el camino del matrimonio, porque era enemigo de las uniones ilícitas y gustaba de que sus protegidos fuesen castos, lo mismo que el billete garabateado por la pasión, que él llevaba de una casa a otra, guardándolo en el pecho, como si su corazón solitario se complaciera en ser tocado por aquel cariño escrito. V Conocida esta persona y su importancia, se comprenderá la alegría del desesperado Leonardo al verla entrar y al leer en su rostro la felicidad que le traía. -¡Querido D. Lino, incomparable abate! -exclamó abrazándole con afecto-. Siempre viene usted a tiempo. En este momento pensaba salir para ir a su casa. -¿Sí? No me hubiera usted encontrado -contestó el abate, sentándose con señales de fatiga-. Estoy fuera desde el amanecer. ¡Cuánta ocupación Sr. D. Leonardo; esto no es vivir! No sé cómo me las componga para poder evacuar tanto negocio importante como a mi cargo tengo. Esta mañana fui a buscar una nodriza por encargo de la señora de Valdecabras, que se ha visto obligada a despedir a la que tenía, por haber encanijado al niño. Al fin encontré una, recién venida de la montaña; me han asegurado que tiene buena leche; y en efecto... -¿Pero no me dice usted nada de...? -preguntó Leonardo con la mayor impaciencia. -Ya hablaremos -dijo el abate, que no quería poner a la orden del día el peligroso asunto objeto de su visita, mientras estuviera allí Muriel, persona a quien no conocía-. Ya hablaremos. ¡Pero qué cansado estoy! He andado cinco horas sin parar. Tuve también que ir a comprar veinte varas de cinta para doña Pepita y a hablar con el pintor que ha de hacer el telón para el teatro del marqués de Castro-Limón. Van a representar la Ifigenia. ¡Qué trajes, qué lujo! Hoy he ido también a encargar la peluca que debe sacar Agamemnón, y las hebillas que ha de ponerse Ulises en los zapatos... porque esta es gente de gusto. Estará de lo más lucido que en la Corte se haya visto. Luego he tenido que ir a hablar con el prior de Porta-Coeli a ver si quiere prestar los tapices de aquella iglesia para una función que hacen las Hermanas del Amor Hermoso en los italianos; y después fui a ver si los arrieros de Extremadura habían traído la galga que ha encargado el señor fiscal de la Rota. Unos amigos de la calle de Mesón de Paredes me entretuvieron, haciéndome beber algunas copas, porque tienen bautizo; y después marché a casa de la escofietera de doña Bárbara Moreno para decirle el corte que debe darle al tocado que lo está haciendo para el día de la boda de su hermana. ¡Ay!, no tengo piernas; me rindo. Y después de tanto mareo no he podido asistir al entierro del señor oficial mayor de Palacio, persona a quien no conocí, pero que me recomendaron después de muerto. Tampoco he podido asistir a la función del Sacramento, donde predicaba un amigo mío... y qué sé yo. Si no me multiplico no voy a poder vivir. -¿Y no ha estado usted en casa de...? -dijo Leonardo sin poder contener su ansiedad. El abate miró a Martín con recelo, demostrando que los graves secretos de que era emisario no podían comunicarse en presencia de un desconocido. -Éste -dijo Leonardo señalando a Muriel- es un amigo mío muy querido. Nos conocemos desde la niñez. Le confío todos mis secretos, y él a mí todos los suyos. -¡Ah! -exclamó Paniagua saludando a Martín con la sonrisa en los labios-, entonces... Pues daré a usted, señor D. Leonardo, una buena noticia. -¿Buena noticia? -dijo D. Leonardo- ¿Es que ha reventado doña Bernarda o ha reñido con el padre Corchón? -¡Oh, no! -contestó D. Lino riendo y poniendo la mano en el hombro de su joven amigo-. Mi señora doña Bernarda no tiene novedad, aunque las muelas le molestaron anoche, para lo cual le he llevado hoy raíces de malvavisco. En cuanto al padre Corchón nunca ha estado mejor que ahora, según me acaba de decir, pues con los pediluvios se le ha quitado la ronquera, y volverá a lucir su hermosa voz en el púlpito de San Ginés. -¡Que no le vea estallar como un cohete! -dijo Leonardo-. Pero a ver la buena noticia. -Pues madama -prosiguió el abate con malicia-, va el domingo a la Florida con algunas amigas y amigos, a pasar un día, a comer bajo los árboles, a saltar y brincar al modo de la poesía pastoril. Quiere que vaya usted. -¿Yo... en presencia de doña Bernarda, que irá también? -dijo Leonardo. -Ella no le conoce a usted. Yo le presento... y a propósito: yendo también su amigo, puede arreglarse mejor la cosa. Yo les presento como que son dos forasteros, que vienen de visitar las cortes de Europa, y al llegar a Madrid me han sido recomendados para enseñarles las cosas de esta villa y darles a conocer en los estrados. -¡Qué buena idea! ¿Vas, Martín? -preguntó Leonardo volviéndose hacia su amigo o interrogándole más con sus alegres ojos que con la palabra. -Vamos. Aunque no fuera sino por hacer más fácil la presentación. -Va mucha gente; damiselas y petimetres. Les aseguro a ustedes que se divertirán de lo lindo -dijo Paniagua. -¡Oh! ¡Si no fuera doña Bernarda! ¡Si tropezara dislocándose un pie o se le subieran los vapores al cerebro de modo que no se tuviera en pie en una semana...! -Entonces no iría su hija. ¡Pobre madamita! ¡Siempre tan triste...! -repuso el abate. -¡Oh! D. Lino -exclamó el enamorado joven- ¡Cuándo...! -Ya conozco sus nobles sentimientos, Sr. D. Leonardo. Merecedor como ninguno es usted de tamaña dicha. Pero qué remedio... Esperar, esperar. Ya llegará el día. Y como ella es tan buena, tan guapa, tan sensible... Ayer me contaba las penas que pasó con su difunto esposo, y no pudo menos de llorar. ¡Pobrecita! Es que el guardia de Corps era hombre cruel, Sr. D. Leonardo. ¿Ella no le ha contado a usted de cuando la encerraba, teniéndola dos o tres días sin probar bocado? Es cosa que parte el corazón. -Sí, ya sé -dijo Leonardo, a quien importunaba el recuerdo de los sufrimientos de la discreta y sensible Engracia en vida de su esposo-. ¿Y a qué hora es el viaje a la Florida? -Por la mañana. Yo vendré por ustedes. Va Pepita la del corregidor, doña Salomé Parreño, la de Cerezuelo y otras. ¡Qué ocasión, amigo D. Leonardo!; doña Bernarda se dormirá sobre la hierba apenas coma un bocado. -Si despertara en el valle de Josafat. Pocas explicaciones serán necesarias para enterar por completo al lector de los amores de Leonardo. Pasaremos por alto los sucesos del período incipiente, con los primeros pasos de aquella aventura, cuyo fin estamos muy lejos de conocer todavía. Engracia, a quien el abate llamaba frecuentemente madama, siguiendo la costumbre de la época, era viuda de un guardia de Corps, que no la pudo martirizar más que siete meses, después de los cuales se marchó a mejor vida, dejando a su mujer en la gloria, si bien más tarde cayó en el temido infierno de la casa de su madre doña Bernarda, que se constituyó en celosa guardiana. La muchacha, por demás sensible, hacía cuanto en su mano estaba para romper la clausura en que vivía; pero los lazos a la vez domésticos y religiosos en que estaba aprisionada, únicamente podían desatarse por la astucia o romperse por el valor, y de ambas cualidades carecía la pobre viudita. Ella misma no podía explicarse cómo habían nacido aquellos peligrosos amores; pero es indudable que la propia cautela y atroz intolerancia de doña Bernarda fueron causa de la aventura, que no era más que el ansia de libertad expresada en la relación afectuosa con alguien de fuera, con alguien de la calle. Tal vez había poco o ningún amor por parte de ella en las primeras comunicaciones epistolares y visuales; pero la costumbre es poderosa en esta como en otras muchas cosas, y al fin Engracia profesó al ilustre mendigo verdadero cariño. La dificultad de las comunicaciones, las contrariedades que entre uno y otro surgían a cada paso, avivaron el incendio, y la pobre viuda se encontró doblemente presa. Incapaz por su débil carácter de tomar una solución, esperaba en silencio a que la Providencia resolviera aquel problema, y se contentaba con frecuentar lo más posible los novenarios y demás fiestas religiosas, donde le era posible el culto profano de un santo semoviente, que iba tras ella a todas las iglesias y oía todas las misas en que embebía su espíritu, ansiosa de dejar este mundo, la buena de doña Bernarda. Respecto del padre Corchón, teólogo eminente que dirigía el ánimo de aquella insigne mujer no sólo en las cuestiones religiosas, sino en las domésticas, nada diremos hasta que la imagen de hombre tan grande aparezca, llenándolo todo con su estatura física y moral en el escenario de esta historia. El abate Paniagua aún tenía una misión que cumplir. Metió la mano en su pecho, sacó un billete, y sonriendo (y aun diremos con cierto rubor) lo entregó a Leonardo. En el billete, además de muchas ternezas y honestas confianzas, hacía madama la misma invitación que de palabra había expresado ya al incomparable D. Lino. No copiamos la carta, porque habíamos de hacerlo con fidelidad, y las muchas faltas de ortografía de que estaba plagado aquel patético escrito, rebajarían el ideal tipo de la joven e interesante viuda. Las mujeres más novelescas suelen despoetizarse con su pluma, y aquélla no estaba libre de la común flaqueza gramatical propia de su sexo. Dejemos la carta relegada a profundo olvido y conservemos a su bella autora resplandeciendo en la altura del idealismo, muy por encima de la vulgaridad de sus garabatos. Cumplido el objeto de la visita, se levantó Paniagua para marcharse. Entonces pudo Muriel observar mejor la pobre facha del corredor de asuntos amorosos. Era D. Lino pequeño y débil como un sietemesino; y no se concebía cómo aquellas piernecitas tan cortas y endebles podían trasladarlo de un punto a otro de Madrid con tanta actividad, para traer y llevar los infinitos recados que a su cargo tenía. Esta mezquindad de piernas y su voz atiplada y aguda como la de un niño eran los rasgos característicos del ser físico, como la debilidad y la complacencia lo eran del ser moral. Su cabeza era de configuración rara, y la bóveda del cerebro era semejante al polo ártico de un medallón: allí residía en perenne actividad el órgano de la protección a los amantes. De modales flexibles, de gran movilidad en la cintura y pescuezo, el cuerpo de Paniagua había nacido para doblegarse, lo mismo que su espíritu existía para complacer. No inspiraba aversión, ni afecto, y el respeto propio de su traje semieclesiástico se combinaba con el desprecio inherente a su frívolo oficio para producir un resultado de indiferencia, que era lo que realmente inspiraba a todo el mundo. Capítulo III La sombra de Robespierre I A la hora fijada por el Sr. de Retondo, Muriel tomó el camino de la calle de San Opropio, ansioso de satisfacer su curiosidad. Llegó, y después de mirar el número de algunas casas, se paró ante una que mostraba ser antiquísima, de enorme y desigual fachada, y en tal estado de deterioro, que parecía mantenerse en pie por milagroso equilibrio. Las ventanas y puertas cerradas, la total carencia de vidrios y cortinas, indicaban que allí no podía vivir ningún ser humano. Acercose Muriel a la puerta, la empujó y entró, hallándose en ancho zaguán, que daba a un patio, desierto y sucio, donde las maderas y las piedras hacinadas en desorden indicaban que alguna parte interior de la casa se había venido al suelo. Pasó el zaguán, cuyo piso era de puntiagudos y mal puestos guijarros, y entró en el patio, que recorrió con la vista buscando un ser viviente. No se sentía el más insignificante ruido. Dio algunas palmadas, pero nadie apareció; llamó de nuevo con más fuerza, y el eco de su palmoteo se perdió en aquel recinto solitario y misterioso. De repente, y cuando prestaba atención con más cuidado, esperando oír los pasos de alguna persona, sintió una voz que resonaba allá dentro en punto muy recóndito de la casa; voz lejana, pero muy fuerte, que decía: «¡Danton, Danton; pérfido Danton!» Muriel, a pesar de no ser supersticioso, no pudo prescindir de cierto temor, y permaneció un momento absorto. La voz continuó al poco rato y más lejana, diciendo: «¡Danton, Danton!», y el eco de estas palabras se perdía como si la persona que las pronunciaba estuviera cada vez más lejos. Llamó otra vez, y entonces sintió el rechinar del gozne de una puerta. Alguien venía. Miró al ángulo del patio, por donde parecía haberse sentido aquel rumor, y vio aparecer, saltando y cacareando, nada menos que a una gallina. Muriel estuvo a punto de reír al ver quién salía a recibirle. Al fin había visto algo vivo en tan desierta casa. Ya se dirigía hacia aquella puerta, cuando salió una vieja que, corriendo tras el travieso volátil, le dirigía toda clase de apóstrofes con muestras de gran enfado: «¡Anda bandolera, retozona, callejera, mala cabeza, loquilla!» Y al mismo tiempo la buena mujer describió con su tardo e inseguro andar los mismos círculos del rebelde animal, hasta que al fin éste, comprendiendo su deber, se entró a buen paso por la puerta; cerró la vieja, profiriendo al mismo tiempo nuevos denuestos sobre las tendencias de emancipación de la gallina, y por fin se dirigió a Muriel, preguntándole: -¿A quién busca usted? - Al Sr. de Rotondo. -¿Al Sr. de Rotondo? -dijo la vieja, dudando qué respuesta debía dar-. El Sr. D. Buenaventura... no está. -¿No está? -dijo Martín con asombro-. Me ha dicho que a las diez... ¿Volverá pronto? -No lo sabemos. Pero puede usted esperar. Ahí está el tío Robispier. -¿El tío Robispier? -preguntó Muriel con la mayor extrañeza al oír un nombre que le parecía corrupción del de Robespierre-. ¿Y quién es ese hombre? -Así le llamamos, porque siempre está con ese nombre en la boca. Como está mal de la cabeza... -dijo la vieja llevándose a la sien su dedo índice. -¿Loco? -Sí. Parece que lo embrujaron allá, cuando estuvo. ¡Y qué hombre tan cabal era el Sr. D. José de la Zarza hace cuarenta años! Era un santo varón, muy devoto de la Virgen. Dicen que por un pecado que cometió, Dios le ha castigado cuajándole el cerebro. Puede usted subir. No hace daño. Si quiere usted esperar al Sr. D. Buenaventura... Muriel se sorprendía cada vez más, y ya estaba tan vivamente picada su curiosidad, que resolvió subir, como le indicaba la vieja. La soledad y el vetusto aspecto de la casa, la anciana haraposa, que parecía una emanación del estiércol y los escombros acumulados en el patio; hasta la aparición de la gallina, único ser que intentaba alegrar con su juvenil cacareo aquel triste recinto, todo contribuía a aumentar el misterioso estupor que al oír la palabra Danton, resonando dentro como un eco infernal, había sentido, -Suba usted -dijo la vieja-. El tío Robispier no hace daño. Hoy le toca escribir, y no se le puede hacer levantar los ojos de sus garabatos. Grita mucho y parece que se va a tragar a uno, pero no hace nada. ¡Pobre Sr. de la Zarza! Yo, que conocí a su mujer allá por los años... sí -añadió recordando-, fue cuando el Sr. D. Carlos III echó de España a los jesuitas. Doña Rosa tenía un hermano en el Colegio Imperial, y fue preciso esconderlo. Era amigo de mi difunto, que murió en la guerra del Rosellón... Martín, decidido a esperar a Rotondo, y curioso al mismo tiempo por ver al misterioso personaje de quien la viuda del ilustre mártir del Rosellón le hablaba, subió precedido por ésta. Los peldaños de la escalera, cediendo al peso de los pies, crujían y chillaban en discordante sinfonía; los restos de un artesonado, que se caía pieza a pieza, mostraban que aquella mansión había sido suntuosa allá por los tiempos en que el Sr. D. Felipe V vino a España, y alguna vieja, descolorida e informe pintura, conservada aún en la pared, demostraba que las artes no eran extrañas a los que allí vivieron. Muriel atravesó un largo pasillo donde el mal olor de las húmedas y olvidadas habitaciones producía gran molestia, y al fin llegaron. La vieja se paró ante una puerta, y permitiéndose una sonrisa, en que se unían groseramente la burla y la conmiseración, señaló adentro, indicando al joven que entrara. Detúvose Martín, miró al interior, y vio en el centro de espaciosa sala a un viejo que, sentado junto a una mesa y violentamente encorvado, escribía, expresando gran exaltación. El cuarto no podía estar más en armonía con el personaje: espesa capa de polvo cubría el suelo y los objetos, y todo allí era confusión y desorden. Disformes y mutilados muebles se veían colocados en un testero; mugrientas ropas cubrían un jergón puesto sobre tablas, y algunas armas rotas y mohosas yacían en un rincón en compañía de un arpa vieja y de unos vasos de tosco barro. Muchos papeles y legajos cubrían parte del suelo, lo mismo que la mesa, cargada también con el peso de varios libros y de un tintero en que mojaba su pluma con frenética actividad el extraño habitador, de aquel tugurio. Martín le observó antes de entrar: era un hombre de aspecto decrépito, flaco y apergaminado. Cubríase con una especie de sotana verdinegra y raída, que parecía ser su único traje, formando sobre sus carnes como una segunda piel, y en toda su persona revelaba un abandono que sólo en locos rematados pudiera ser permitido. Con mano trémula escribía sin cesar, mojando la pluma a cada instante, y siempre con el rostro tan inclinado sobre el papel, que la nariz y la péñola parecían trabajar de acuerdo en aquel borrajear infatigable. Murmuraba alguna vez voces ininteligibles, siempre sin interrumpirse, y al concluir una hoja del cuaderno en que escribía, la volvía sin cuidarse de secarla, y continuaba en su trabajo con precipitación febril. Ya hacía un momento que Martín le contemplaba, cuando volvió el rostro hacia la puerta, y exclamó con alegría: -Mi querido Saint-Just. Al fin vienes. Entra, entra. Quedose más absorto Muriel al oírse llamar de aquella manera; mas la voz y ademanes del pobre hombre no le infundieron temor, y entró. II -No puedo descansar ni un momento -dijo el loco, escribiendo de nuevo con la misma velocidad y ahínco-; este informe ha de estar concluido dentro de dos horas. No hay más remedio; es preciso que se acabe el Terror, y el Terror no se acaba sino sacrificando de una vez a todos los malos ciudadanos. Quedan todavía muchos en el seno mismo de las Comisiones. Todos irán a la guillotina. Acercose Muriel y notó que aquel hombre trazaba sobre el papel rasgos y garabatos que en nada se parecían a los signos de la escritura. No escribía, pintaba una especie de rúbrica interminable. -¿Y qué es lo que escribe usted? -preguntó Martín. -¡Oh! ¡El informe! Robespierre lo lee mañana en la Convención. Vendrá pronto por él. ¡Y aún lo estoy empezando! ¿No vas esta noche a los jacobinos? -Sí, pienso ir -dijo Muriel, buscando un tema de conversación con el loco-. ¿Y tú, irás? -¿Pues no he de ir? -contestó el viejo, apartando la vista del papel-. Es preciso proponer de una vez al pueblo que confiera el poder supremo al gran Robespierre. ¡Pero hay aún tantos miserables! ¡Infame Tallien, infame Collot de Herbois, miserable, Barrère! -Vamos, ya ha escrito usted bastante -dijo Muriel, queriendo obligarle a entrar en conversación-. Descanse usted. -¡Oh!, no, estoy empezando -contestó el pobre Zarza-, y he de concluir dentro de dos horas. Si viene Robespierre y no está concluido... Es preciso organizar la República, organizarla tomando por base la justicia, que emana del Ser Supremo. -Sí, eso es cosa urgente -dijo el joven. -Una vez proclamado el Ser Supremo, es preciso buscar en él el origen de la justicia. Robespierre, Robespierre: si hubiera semidioses, tú serías uno de ellos. Tú serás el árbitro de la República. Los malvados que te estorban el paso serán aplastados. Aún la guillotina no ha cercenado todas las cabezas de víbora que impiden el triunfo completo de la verdad. Fue preciso sacrificar a la familia real, y se sacrificó; fue preciso sacrificar a los girondinos, y los veintidós malvados fueron al cadalso. Aún no bastaba; fue preciso acabar con todos los vendidos a la emigración, a los realistas, a todos los malos patriotas, sobornados por los vendeanos, y se creó el Tribunal revolucionario. Aún no era suficiente; fue preciso extirpar a los dantonistas, hombres venales y corrompidos que deshonraban la República, y todos, llevando a la cabeza al pérfido Danton, presumido hasta la hora del suplicio, marcharon a la guillotina. Aún no bastaba; fue preciso inmolar a cuantos parecieran cómplices del complot extranjero, y el proceso de Cecilia Renault dio ocasión para derribar muchas cabezas. Aún no basta; faltan algunos traidores por inmolar. Ánimo: un esfuerzo más, y Francia quedará libre de pícaros. Quedan pocos. Audacia hasta el fin, Robespierre, y serás el cerebro de la República. Al concluir esta desordenada serie de imprecaciones que pronunciaba con creciente agitación, el infeliz dejó de escribir, arrojó la pluma lejos de sí, y se levantó, comenzando a dar paseos de un ángulo a otro del cuarto con mucha prisa y zozobra. Muriel estaba algo impresionado por el violento lenguaje de aquel hombre. Al oírle evocar con tanta energía, y dominado por una especie de fiebre, los principales acontecimientos de la Revolución francesa, su asombro tenía algo de terror, sin que lo atenuara el considerar que de las palabras de un demente no debía hacerse gran caso. Fijando la vista en el desgraciado anciano, pensó en la serie de desventuras que sin duda le trajeron a tan miserable estado y en la triste historia que irremediablemente había precedido a su enajenación. Pensó preguntarle algunos antecedentes de su vida, mas se contuvo por temor de apartarle de aquella interesante locura que le hacía expresarse con tanto calor, refiriéndose a sucesos propios para excitar la más reposada fantasía. Resuelto a hacerle hablar más en el mismo sentido, Muriel le dijo: -¡Más sangre, todavía más sangre! ¿Crees que aún no hemos derramado bastante? -¿Bastante? -dijo el loco, parándose ante Martín-. No; hace falta más, más. Cuando Mr. Veto pereció en la guillotina, se creyó que bastaba; pero no, el mal tiene hondas raíces, Saint-Just, y es preciso extirparlo por completo. -¿Te acuerdas de Mr. Veto? -preguntó Muriel, deseoso de que refiriese aquel caso. -¡Que si me acuerdo! Yo entré con el pueblo en las Tullerías el 20 de junio. ¡Qué bien lo habíamos preparado! El infame Capeto insistía en poner el veto a la ley sobre el clero: el pueblo quiere elevar una petición al trono rogándole que retirara aquel maldecido veto. Este era el motivo aparente de aquella memorable jornada; pero la causa real era que el pueblo quería pisar las alfombras de palacio, pasearse como único dueño y señor por los salones de las Tullerías, y ver cara a cara al descendiente de cien reyes, trémulo y humillado. El pueblo quería poner su mano sobre el hombro del hijo de San Luis en señal de que no hay poder, por orgulloso y fuerte que sea, que no ceda ante la majestad de la nación. No puedo darte idea, querido Saint-Just, del aspecto de aquella muchedumbre que desfilaba por París ocupando todas las calles desde el Marais hasta los Fuldenses. Hombres, mujeres, niños, todos animados del mismo encono contra Mr. Veto y la Austriaca desfilaban con algazara, llevando en sus manos armas, trofeos, banderas, palancas, asadores, garrotes, andrajos enarbolados a manera de estandarte; todo lo que cada uno encontró más a mano y podía llevar con más desembarazo. Un tarjetón llevado en alto por un carbonero de la calle de San Dionisio, decía: «La sanción o la muerte». En una bandera que enarbolaba una mujer, se leía: «¡Tiembla, tirano: tu hora ha llegado!» Yo pude improvisar un cartel, en que escribí: «¡Mueran Veto y su mujer!» Otros llevaban en lo alto de un palo vestidos desgarrados e infames harapos con que se quería simbolizar la venganza de la miseria popular, enseñoreada ya del mundo y más poderosa que los reyes. Detrás de Lambertina de Mericourt, que arengaba con su ronca voz al gentío, gritando: «¡Vivan los descamisados!», iba Santerre, que había llevado sus guardias nacionales a fraternizar con nosotros. El marqués de Saint Huruge, patriota exaltado, me daba el brazo, y detrás de mí iban Henriot y Lesouski. Marat gritaba ebrio de furor, y Camilo Desmoulins reía como ríen los locos, con una carcajada que infunde espanto. Un hombre llevaba en una pica un corazón de buey con un letrero que decía: «Corazón de aristócrata», y las gotas que de este horrible despojo manaban nos caían en el rostro a los más cercanos, de tal modo que parecía que alguien nos escupía sangre desde el cielo. Aquel entusiasmo en que se mezclaba a un furor frenético una alegría delirante, nos hacía horribles: causábanos terror nuestra propia voz y cada uno se espantaba de los demás. Ninguno era dueño de sí mismo; todos habían abdicado su persona ante la colectividad y cada cual dejó de ser un individuo para no ser más que muchedumbre. Palpitante, furiosa, ronca, ebria, llega ésta a la sala del Picadero, donde estaba la Asamblea, y se empeña en desfilar ante ella. Se oponen los constitucionales; pero los girondinos y jacobinos quieren que entremos. La discusión fue larga, y al fin entramos. ¡Qué espectáculo! Más de treinta mil desfilamos ante los diputados aterrados o absortos, y ante el gentío de las tribunas que nos aplaudía con frenesí. Nuestros andrajos y nuestra miseria se pasearon ante la majestad de la representación nacional como poco después ante la majestad del rey. Blandíanse allí dentro los sables y se agitaban las picas y banderolas con una amenaza, indicando a los diputados del pueblo que éste podía quitarles el Poder y despojarles de todo prestigio, como aquéllos habían hecho con la dignidad real. El corazón de buey que destilaba sangre, y la horca portátil de que pendía la efigie de María Antonieta, hicieron estremecer de horror a todos los hombres allí reunidos; nuestros gritos ensordecían el recinto: chillaban los chicos, vociferaban las mujeres y todos añadíamos un rugido o una imprecación a aquel infernal concierto. «¡A las Tullerías, a las Tullerías!», dicen mil voces, y corremos allá. En vano se quiere oponer la fuerza de algunos gendarmes y granaderos al impulso incontrastable del pueblo. Derribamos las puertas del Carrousel, penetramos en el patio, algunos artilleros quieren oponérsenos, pero los dispersamos arrebatándoles un cañón, que subimos después en brazos al piso principal del palacio. Forzamos la puerta real, ocupamos el gran pórtico y nos precipitamos por las escaleras gritando: «¡Mr. Veto, Mr. Veto! ¿Dónde está Mr. Veto?» Recorrimos las salas y galerías. La multitud no podía expresar lo que sentía al ver reproducidas en los espejos del palacio de los reyes de Francia sus hambrientas caras, los jirones de sus vestidos, sus desnudos miembros fortalecidos por el trabajo, al oír repetido en la concavidad de las suntuosas salas el eco de su ruda e imponente voz, que entonaba en discordante algarabía el himno informe de sus agravios satisfechos, de su secular injuria vengada. La plebe estaba más orgullosa y enfatuada que nunca en aquellos momentos Sólo una débil puerta la separaba de Luis XVI, del rey ungido, que, rodeado de su familia, temblaba como la hoja del árbol, creyendo que el menor movimiento de aquel gran monstruo que se le había entrado por las puertas lo aniquilaría con su mujer y sus hijos. La plebe entraba en palacio no como esclava, sino como señora; no iba a pedir, sino a mandar. Mr. Veto sería pronto en sus manos lo que es un juguete en las de un niño. La plebe se reía anticipadamente de la broma, y aquella algazara jovial, resonando bajo los ricos artesonados construidos con el oro de cien generaciones de despotismo, parecía la expresión de venganza de los siglos, la gran carcajada de la Historia, que así se burla de los más orgullosos poderes. La pica que yo llevaba fue la primera que golpeó la puerta que nos separaba del rey. La puerta cedió, y entramos. Mr. Veto se ofreció a nuestra vista pálido y humillado: le devorábamos con nuestras miradas, centenares de sables amenazaban su cabeza, y los muchos emblemas irrisorios o amenazadores que llevábamos, lo mismo que el corazón de buey, se presentaron a sus atónitos ojos como la expresión concreta de nuestro resentimiento. «¿Dónde está la Austriaca? ¡Abajo el Veto! ¡Queremos el campamento en las cercanías de París!», exclamaban algunos. Un ciudadano se adelanta hacia el rey y le ofrece su gorro frigio. El rey se lo pone. Otro ciudadano se acerca con un vaso y una botella y dice: «Si amáis al pueblo, bebed a su salud»; y el rey bebió esforzándose en sonreír. Esto, que parecía un sarcasmo, era en la plebe la sincera idea de la igualdad. Quería no elevarse hasta el rey, sino hacerle bajar hasta ella. No se contentaba con la concordia entre el trono y el pueblo, sino que aspiraba a la familiaridad. La muchedumbre hubiera podido inmolar a Capeto con toda su familia en aquel momento; pero si alguno tuvo intenciones en este sentido, la mayoría de los manifestantes las sofocó: algunos se enternecieron, advirtiendo la debilidad del contrario. ¡Ah! Los papeles se habían trocado. El hombre cuya voluntad disponía a su antojo de veinticinco millones de seres, temblaba sobrecogido y aterrado ante unos cuantos individuos del pueblo. ¡Qué momento aquél! Todas las angustias, toda la ignominia, toda la miseria de tantos siglos estaban vengados. El pueblo no podía haberse mostrado más digno, dada su condición y su estado. Respetó la persona del rey, y si expresó su deseo en formas rudas y violentas, es porque no se le había enseñado a hablar de otra manera. Los sentimentales dirán que aquello fue una profanación salvaje; se llenarán de horror y cerrarán los ojos con repugnancia y asco al recordar los innobles vestidos de la muchedumbre, su falta de pulcritud y de cultura, el desenfado de las mujeres, las embriagadas voces, los aullidos, los pisotones, la hediondez, la espuma de los labios, el fulgor de los ojos, la insolente apostura de aquella gente desenfrenada. Los sentimentales clamarán al Cielo, y dirán: «¡Plebe soez, canalla, gentuza, mal nacida!» ¡Ah, malvados, pérfidos aristócratas, verdugos del pueblo! No sólo queréis atar nuestros brazos para que no os hieran, sino que intentáis también tapar nuestra boca para que no os maldigamos. Habéis considerado al pueblo durante siglos enteros como traílla de esclavos; os habéis enriquecido a sus expensas, guardándoles menos consideración que la que os merecen vuestros perros de caza y vuestros halcones. ¡Miserables aristócratas! Habéis formado una casta privilegiada, rodeada de inmunidades, de garantías, de riquezas, y queréis perpetuarla, vinculando en ella todo el poder de las naciones. La inteligencia, el valor, la sensibilidad que en los demás hombres pudiera existir, ha de quedar relegada al olvido; calidades y virtudes perdidas en el océano de la miseria general, como las perlas en la profundidad de los mares. No hay más vida que la vuestra. ¡Ah! ¡Viles aristócratas! La guillotina funcionando noche y día no bastará a vengar al mundo de vuestros atropellos. Robespierre, aún quedan muchos. Mata, mata sin cesar. El demente calló obligado por la fatiga que le debilitaba y enronquecía su voz. Muriel lo escuchaba con aterrados ojos. Creía tener delante al genio decrépito de la Revolución francesa expiando con una espantosa enfermedad del juicio sus grandes crímenes; genio a la vez elocuente y extraviado, sublime por las ideas y abominable por los hechos. III -Algunos -continuó La Zarza- entraron en el cuarto inmediato donde estaba la Austriaca. Yo no sé lo que allí pasó; pero, según me dijeron, hubo mujeres que se enternecieron ante la reina y otras que la insultaron. También el Capetillo hubo de ponerse el gorro frigio. ¡Qué irrisión del Destino! En otra ocasión, su madre hubiera creído que sólo el aliento de un hijo del pueblo haría daño al ilustre niño, y en aquella ocasión el desdichado se sofocaba entre la multitud, recibiendo de sus pulmones el aire plebeyo de la miseria en que vivimos. «Ya hemos destronado a Luis XVI», dije yo a Legendre, el carnicero, cuando bajábamos la escalera de las Tullerías. «Sí -contestó él-, le hemos puesto la caña en las manos y el Inri en la frente». -«¡Qué pequeña es la majestad mirada de cerca -decía Camilo-; es como las decoraciones de los teatros! Desde fuera, ¡cuán hermosas! Nosotros hemos entrado hoy entre bastidores, y nos hemos complacido en dar de puntapiés a los figurones de cartón que antes nos parecían magníficas estatuas». Concluida la demostración, la muchedumbre se desbandó, no sin aclamar antes a Petión, al rey Petión, a quien llevamos en hombros un buen trecho. ¡Oh, qué días aquellos! Después han pasado muchas cosas, y algunos, no pocos, de los héroes de aquel acontecimiento, han perecido después por haber hecho traición al pueblo. Éste es inexorable. Sus largos sufrimientos lo disculpan del sistema de no perdonar. Aquel mismo Petión fue proscrito un año después. Los más eminentes de entre los girondinos, los héroes del 10 de agosto, subieron al cadalso. ¡Traidores! Yo recuerdo bien el día en que esto sucedió. -Cuéntalo, cuéntalo -dijo vivamente Muriel, a quien impresionaba la relación del infeliz demente. -No -contestó-. ¿Crees que puede perderse el tiempo en conversaciones? Tú eres un holgazán, Saint-Just; tú no tienes más que lengua. Te pasas el día charlando, cuando la República está en peligro. Es preciso salir de esta situación. El informe de Robespierre que estoy escribiendo ha de poner término al Terror por el exceso del mismo. Todos los malos ciudadanos perecerán bien pronto. Es preciso escribir ese informe. Robespierre viene; ya siento sus pasos. Escucha. Al decir esto, el infeliz prestaba atención señalando al exterior, donde no se sentía ruido alguno. Por el contrario, el silencio era grande, y unido a la obscuridad que allí reinaba, hacía más imponente la escena. Muriel no pudo menos de sentir cierto calofrío al ver que el loco, inmutado el rostro, se volvía hacia uno de los ángulos de la sala, como si hubiese allí alguna persona a quien miraba con atención. -¡Ah, Robespierre! -exclamó el loco señalando hacia el sitio donde su enferma fantasía veía la imagen del célebre convencional-. Robespierre, el día ha llegado; no lo dejes pasar. No tiembles; coge con mano fuerte el Poder que está en las uñas de una Asamblea envilecida. ¿Estás airado, hombre divino?... ¿Qué tienes? Maximiliano, Maximiliano, valor. Es preciso un esfuerzo más; la guillotina espera las últimas víctimas. Muriel observaba aquello con espanto, y los informes objetos que en el cuarto había, la escasa luz, la impresión causada en su ánimo por el anterior relato, parecían contribuir a hacerle partícipe de la alucinación del desdichado La Zarza. Éste continuaba hablando con el espacio y se paraba a intervalos escuchando, como si le contestara el supuesto fantasma. -¡Hombre divino! -continuaba el viejo-. El pueblo te adora. No temas a esos infames de las Comisiones. Tú triunfarás. No lo crees, y me señalas tu cuello manchado de sangre. No, tú no irás a la guillotina. Si vas, yo te acompaño; morir contigo es asegurar la inmortalidad. Los jacobinos son tuyos. Aquella tribuna es tu trono. El pueblo correrá a defenderte. Preséntate en la Convención con tu informe, y ¡ay del que se atreva a ser tu enemigo! Alzaba tanto la voz y se agitaba tanto en su diálogo con la sombra, que Muriel ya se sentía mortificado con aquel espectáculo. Solo en tan vasto y solitario edificio, cuyos únicos habitantes parecían ser una gallina, una vieja y un furioso; en aquella habitación sombría, ocupado por el recuerdo vivo de una época histórica interesante y terrible a la vez; oyendo las desentonadas voces de un hombre que hablaba con la Historia, con la muerte, con lo desconocido. Martín no pudo resistir a un sentimiento supersticioso. Su imaginación creyó ver surgiendo de la ennegrecida pared del fondo la imagen de un hombre con desencajados ojos, ancha frente, puntiaguda nariz y labios rasgados y finos, que avanzaba lentamente sin que sus pasos se sintieran; mirándole con terrible expresión y señalando su propio cuello, del cual salía un chorro de sangre que inundaba la habitación. Muriel se levantó cubriéndose el rostro con las manos y salió de allí. No había dado dos pasos por el corredor, inundado de luz, cuando ya reía de su supersticioso miedo. La gallina cacareaba en el patio, y la vieja la reprendía por su desenvoltura. Un rato estuvo apoyado en el antepecho del corredor, entregado a sus meditaciones. Desde allí oía los gritos del insensato, cuya manía más le causaba asombro que risa. Trataba de explicarse el origen de tan rara demencia, y al mismo tiempo quería representarse de nuevo las escenas que acababa de oír contar, cuando de pronto siente una mano sobre su espalda. Estremécese todo; se vuelve rápidamente, y ve una cara animada por dos ojos muy vivos, de nariz pequeña y puntiaguda, frente espaciosa y labios muy delgados, que se rasgaban en una singular sonrisa, la misma cara que creyó ver poco antes en el fondo obscuro de la habitación. Dio un grito de espanto, pero ¡ay!, ¡qué tontería!, era el Sr. de Rotondo. Esta serie de impresiones fue rápida como un relámpago. Sentir el peso de la mano en el hombro, volverse, dar un grito de espanto al ver aquella cara y después reconocer a D. Buenaventura, fue obra de un segundo. ¡Cuántas veces nos ocurre que al primer golpe de vista no reconocemos la fisonomía que más acostumbrados estamos a ver! Estos errores son instantáneos, y cuando la aparición nos coge de improviso, que es cuando generalmente ocurre el fenómeno, nos preguntamos: «¿Quién es éste?» Y es nuestro amigo más conocido, tal vez es la persona en quien vamos pensando en aquel momento. IV Muriel había visto a Rotondo tan sólo una vez; pero recordaba bien su fisonomía. No sabemos si había relacionado ésta con la imagen de Robespierre, que conocía en estampa. Quizás. -Le he asustado a usted -dijo sonriendo-. Ya sé que ha estado usted entretenido con las locuras del pobre Zarza. -Me ha impresionado, no puedo negarlo -dijo Martín-. Yo no había visto locos así. Me ha contado varias cosas con una elocuencia, con un calor... -¡Oh!, sí: dentro de su manía es inimitable. No disparata sino cuando escribe el informe. Hace diez años lo está empezando. El infeliz me gasta algunas arrobas de papel y algunas azumbres de tinta al año. Ya habrá usted visto cómo emborrona un cuaderno sin escribir nada. Habla a todas horas con Robespierre, como usted ha oído, y así pasa la vida. -¿Y este hombre, quién es? -Su historia sería larga de contar. Es un desgraciado; yo le tengo ahí recogido por lástima; porque fui amigo de su familia hace muchos años. Si yo lo abandonara serviría de diversión a los chicos por esas calles. -¿Pero él ha presenciado los sucesos que refiere? -dijo Martín. -Ya lo creo: todos. Fue a Francia con Cabarrús. Este pobre Zarza tenía talento y mucha imaginación. Aquí fue siempre muy filósofo, y hasta llegó a escribir algunas obras. En Francia abandonó a Cabarrús. Aquellos acontecimientos le excitaron en extremo, y pocos tomaron parte con más calor que él en las sediciones y motines de tan afamada época. Fue primero gran amigo de Barbaraux y después de Robespierre, a quien sirvió mientras el uno tuvo razón y el otro vida. Furibundo jacobino, fue comprendido en las últimas proscripciones del Terror, y encerrado en la Abadía mucho tiempo, esperaba la muerte todos los días. La larga prisión, el pavor que le infundía la guillotina, la humedad del calabozo, le hicieron contraer una penosa dolencia. Cuando después de sano lo pusieron en libertad, estaba loco. Unos españoles le trajeron acá y en esta casa vive hace diez años. -Es particular -dijo Muriel, preocupado con la historia del desdichado Zarza. -Pero dejemos eso, y vamos a hablar de nuestras cosas -dijo Rotondo llevando al joven a una habitación algo decente, que abrió con llave-. Siéntese usted y hablemos. Fray Jerónimo de Matamala me decía que era usted un hombre de bríos y de ideas muy arraigadas. ¿Desea usted hacer fortuna? -Nunca he sentido ambición de lucro -dijo Muriel-. Lo que me ha preocupado noche y día es un deseo muy grande de influir para que este país se transforme por completo y cambie parte de su antigua organización por otra más en armonía con la edad en que vivimos. -Eso es lo que yo deseo -contestó Rotondo-. Pero usted será de esos que quieren hacer las cosas a sangre y fuego. ¿Eh? -No sé; creo que es difícil antes de hacer las revoluciones decir cómo se han de hacer. Los medios se vienen a las manos cuando se está con ellas sobre la masa. -Bien dicho. ¿Pero usted no cree que la astucia es mejor que la fuerza? -La astucia no sirve de nada cuando es preciso destruir -dijo Martín-. Si usted quisiera echar al suelo esta casa, ¿emplearía la astucia? -Ciertamente que no -contestó riendo D. Buenaventura-. Pero quiero decir... Aquí hay enemigos terribles... los frailes, los aristócratas. ¿No le parece a usted que atacando de frente tales enemigos hay peligro de ser derrotado? ¿La insurrección, cree usted que por ese camino...? -No sé -dijo Martín-; si en el orden natural de las cosas está que España se transforme por ese medio, así pasará. Si no... -Supongamos -dijo Rotondo- que hay aquí un partido que desea esa transformación; supongamos que ese partido es numeroso; ¿no sería el mejor camino aspirar a apoderarse de las riendas del Estado, y después...? -¡Qué ilusión! Aquí no se apoderan de las riendas del Estado sino los guardias de Corps, que han agradado a alguna elevada persona. Con el absolutismo no hay salvación posible. Es preciso que todo el edificio venga a tierra, y no por medio de la astucia, sino por medio de la fuerza. -Veo que es usted un hombre atrevido -dijo Rotondo con complacencia, sin duda, porque Muriel era como él lo quería-. Vamos a ver: ¿cómo arreglaría usted este asunto? -No aspiraría a que mis ideas principiaran por apoderarse del mando. Las haría cundir por el pueblo para que éste obligase al rey a aceptar una Constitución, y si el rey se oponía... La Zarza le diría a usted lo que era conveniente hacer. -Pues es usted un hombre decidido, y por lo mismo creo que está usted llamado a figurar... Hay aquí muchos hombres de corazón que están dispuestos a... -dijo Rotondo deteniéndose, como si temiera ser demasiado explícito-, dispuestos a hacer esa transformación que todos deseamos. Muriel comprendió ya que aquel hombre conspiraba. El objeto y el fin político es lo que aún no conocía. -Ya usted debe comprender -continuó D. Buenaventura- que el primer obstáculo que ha de echarse a tierra es ese miserable e insolente favorito que nos deshonra y nos arruina. Usted debe saber que hay un Príncipe de grandes esperanzas, que merece el respeto y la admiración de todo el reino. Carlos no puede seguir en el trono. Es preciso hacerle abdicar, y que se vaya con su mujer y su Manuel a otra parte. Es preciso acelerar el reinado del Príncipe. Y se detuvo un momento leyendo en el rostro de Muriel el efecto que aquellas declaraciones le habían causado. El joven, que estaba silencioso y meditabundo, habló al fin, después de hacer esperar un breve rato a su interlocutor, y dijo: -Bien; se trata de elevar al trono a Fernando. ¿Cree usted que con eso ganaremos algo? Todo quedará lo mismo. La cuestión es distinta. Esta gente no aprende nunca. Lo mismo Fernando que Carlos se opondrán a desprenderse de una parte de su poder. El absolutismo no abdica nunca. Hay que hacerle abdicar. -Bien; pero poco a poco. Pongamos a Fernando en el trono, y después... -Después quedará todo como está ahora. -¿Quién sabe? El Príncipe es despabilado... -¿Pero usted -dijo vivamente Muriel- está empeñado en algún complot? No puede ser menos. Las persecuciones de que me habló ayer, esto que ahora ha dicho... -Diré a usted, amigo -indicó Rotondo cuando se hubo repuesto de la sorpresa que tan franca pregunta le produjo-. Yo deseo, como ninguno, el bien de mi patria. Yo no tengo ambición; soy medianamente rico. ¿En qué mejor cosa pudiera ocuparme que en procurar la caída del infame Godoy? -¿Pero quién se ocupa seriamente en eso con plan fijo y ordenado? Porque yo creí que la animosidad que contra él existe no pasaría de la impopularidad para llegar a la insurrección. -Sí llegará -dijo Rotondo-, llegará; por eso buscamos gente decidida; jóvenes que se asocien a tan grande idea. -¿Luego hay conjuración? ¿Pero es simplemente para quitar al que nos gobierna y poner a otro, quizá peor? ¿No hay en eso ninguna idea política, ningún plan de reforma? -Eso después se verá -dijo D. Buenaventura contrariado de encontrar a Muriel menos complaciente de lo que creyó al principio-. Por ahora... -Yo creo que de ese modo no adelantamos un paso. -¿No se asociaría usted al pensamiento? ¿No comprende usted que cuantos aspiren a reformas políticas deben empezar por quitar de en medio la corrupción, la venalidad, la insolencia, la ignorancia, que están personificadas en ese ruin favorito? -Así parece -repuso el joven, los ojos fijos en el suelo y como abstraído-. Pero... ¿y si no se consigue nada? ¿No sería mejor desde luego...? -Usted sueña con un cataclismo: pues lo habrá. Se puede unir el nombre de Fernando a una idea de reformas. Bien; si usted lo quiere así... Don Buenaventura se apresuraba, a cambiar de rumbo. Era preciso fingir cierta conformidad con las ideas exageradas del ardiente joven. -En nuestra bandera -añadió- cabe todo eso. Como usted ha dicho antes muy bien, una vez que se está con las manos sobre la masa es cuando se sabe qué medios se han de emplear. -Bien -dijo Martín con expresión que demostró a don Buenaventura la dificultad de que ambos llegaran a avenirse-. Pero todo hombre que toma parte en una conjuración, debe saber cuál es el objeto de ésta. Si hay unas cuantas personas decididas que trabajan con objeto de derribar a Godoy y para hacer aceptar al nuevo rey una Constitución, yo soy de ésos. Si no, tan sólo sería instrumento de ambiciosas miras, contribuyendo a conmover el país, sin hacerle beneficio alguno. -Sí; deben hacerse esas reformas -afirmó Rotondo ya bastante atolondrado-; pero antes... ¿no le entusiasma a usted la idea de ver por tierra al célebre Manuel? Muriel no contestó; estaba profundamente pensativo. D. Buenaventura casi se sentía inclinado, a pesar de su natural reserva, a ser más explicito, confiándole pormenores de la conspiración; pero temía revelar secretos importantes a una persona que no se había mostrado desde el principio muy favorable a la idea. Le mortificaba que Martín no se hubiera entusiasmado con su pequeño plan revolucionario, porque los informes que el padre Matamala le había dado del joven, hacían esperar que fuera más dócil a las sugestiones de quien le ofrecía posición, fortuna y gloria. Creía que la imaginación del filósofo provinciano se excitaría con facilidad ante un porvenir de luchas y triunfos. Su desengaño fue grande al ver que picaba más alto. Rotondo, en medio de su despecho, conoció la superioridad, y experimentó, respecto a él, un sentimiento en que se mezclaba cierto respeto a la conmiseración. Al mismo tiempo sentía el haber comenzado a tratar con un hombre que rechazaba sus proposiciones; no podía menos de deplorar la impericia del padre Jerónimo, que le había mandado un filósofo, cuando no se le había pedido sino un charlatán. Quiso, sin embargo, hacer el último esfuerzo, y dijo: -Estoy seguro de que le pesará no seguir mis consejos. -Si usted me entera con más franqueza de ciertos pormenores; si usted me dice quiénes son las personas altas o bajas que se interesan en la misma causa; si usted me da noticia de las influencias extranjeras que pueden intervenir en semejante asunto, tal vez yo me comprometa. -¡Oh! Me pide usted demasiado -replicó el otro en el colmo de la confusión, al ver que el que exploraba como instrumento quería ser motor. Aquel orgullo irritó un poco al Sr. de Rotondo, que cada vez sentía crecer al humilde recomendando del padre Matamala. El brazo quería convertirse en cerebro. Lo que podía ser útil podía trocarse en un peligro. Era preciso batirse en retirada por haber dado un paso en falso. -No puedo hacerle a usted ese gusto -continuó-. Lo que usted me pide es demasiado. Parecía que era ya imposible la avenencia después de la pretensión de uno y de la negativa del otro. Arrepentíase Rotondo de su ligereza, y para no romper bruscamente sus frescas relaciones con el joven exaltado por temor de que su enemistad le perjudicara, le dio a entender que esperaba convencerle en una segunda conferencia. -El no podernos arreglar hoy, no quiere decir que no lo intentemos otra vez -dijo con disimulada amabilidad-. Yo ando perseguido como usted sabe; no podré ir a su casa con frecuencia. Pero si usted quiere, aquí nos veremos. Esta casa no es mía; pero la tengo alquilada, y aquí me reúno con ciertos amigos para desorientar a mis perseguidores. Nadie me ve entrar ni salir. Estamos seguros. Si usted desease verme algún día... ¡Ah! Ya recuerdo que me necesita usted para que le recomiende al señor conde de Cerezuelo. -Es verdad: hemos de vernos... -dijo Martín con frialdad. -En la otra cuestión espero convencerle a usted -añadió D. Buenaventura levantándose, como para hacer ver a Martín que no había inconveniente en que se marchara. -Lo veremos -murmuró Martín deseoso ya de salir de aquella casa. Atravesaron el corredor en dirección de la escalera. Al pasar por delante de la puerta del cuarto donde se espaciaba en su magnífica y elocuente locura el desdichado La Zarza, el joven se detuvo a contemplar de nuevo aquel raro ejemplar de la insensatez humana. El loco había cesado de perorar con la sombra de Robespierre, y se ocupaba en redactar su inacabable informe con la misma diligencia que antes. Cuando advirtió la presencia de aquellos dos bultos que le interceptaban la luz, se volvió hacia ellos, y con terrible voz exclamó: «¡Todos, todos a la guillotina!» Capítulo IV La escena campestre I -Acepta el brazo del Sr. D. Narciso y no seas tan desabridota -decía por lo bajo a su hija la buena de doña Bernarda al entrar por la alameda central del paseo de la Florida. Obedeció la desventurada Engracia, más convencida por la elocuencia de un disimulado pellizco que su madre le dio en el brazo que por las palabras transcritas, fiel expresión de aquel espíritu intolerante y autoritario. La comitiva avanzaba, y todos estaban alegres, especialmente el citado D. Narciso, quien, como vulgarmente se dice, no cabía en su cuerpo de satisfacción. ¡Infeliz! Pocas veces contaba en el número de sus glorias la de llevar del brazo a la interesante y hermosa viuda. En el transcurso de su larga aspiración amorosa no había tenido ocasión de contemplar durante medio día, bajo los árboles y en delicioso y apartado sitio, la melancólica y dulce faz de la que él, fanático admirador de la poesía de Cadalso, llamaba su ingrata Filis. Pero la hija de doña Bernarda (digamos esto en honor suyo) no podía ver ni pintado a D. Narciso Pluma, a pesar de ser éste uno de los jóvenes de más etiqueta que había en su tiempo: pulcro en el vestir, poético en el hablar y en todo persona de muy buen gusto. Su apellido le sentaba perfectamente, y no porque fuese amigo de las letras, sino porque su persona era tan acriforme como su carácter, toda suavidad, toda refinamiento, toda sutileza. Así como otros tienen la vanidad de su talento o de sus riquezas, Pluma tenía la vanidad de su vestido, y blasonaba de usar los más delicados perfumes con la variedad que la moda exigía; de peinarse con un esmero y pompa que recordaba el siglo anterior, fecundo en prodigios capilares, y de usar en sus corbatas y pecheras las más finas blondas de las fábricas nacionales y extranjeras. Pluma era rico y podía consagrar seis horas de cada día a los cuidados de su tocador, ocupando las restantes en pasear por Platerías o por el Prado y en visitar la gente de etiqueta en los principales estrados de la Corte. Aquí su influencia y prestigio era grande; adoraba al bello sexo y era admirado por los hombres como un apóstol de la moda, «Pluma, ¿hacia qué lado debe inclinarse el pico del sombrero, hacia el derecho o hacia, el izquierdo?» «Pluma, ¿deben las puntas de las orejas quedar dentro o fuera del corbatín?» «Pluma, ¿qué chupas son de más etiqueta, las de lista verde o las de lista encarnada?» Éstas eran las cuestiones que se sometían a la ortodoxia de D. Narciso, poniéndole a veces en gran aprieto. Si se trataba de organizar un minueto, las damas decían: «Eso Pluma es quien lo entiende». ¿Se trataba de dar un concierto? «Pluma dirá si se toca la jota o algo de El matrimonio secreto». En el juego de prendas, Pluma era un asombro, y por esta y otras cualidades el aéreo y sutil petimetre era denominado el Bonaparte de las tertulias. -En verdad, doña Engracia -decía avanzando, como hemos dicho, por la alameda central de la Florida-, ya no sé qué pensar de tantas esquiveces. ¡Oh! ¡No hay hombre más desg