libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Pérez Galdós, Benito (1842 – 1920) Escritor español, pertenece a la novela realista española. Nació en Las Palma, Gran Canaria en 1842, autor de una abundante producción de gran objetividad y realismo, situado como el gran escritor después de Cervantes; poseedor de una gran imaginación y dotes de fino observador, lo hacen creador de innumerables personajes y situaciones llenas de real humanidad. Aborda con naturalidad temas de inspiración social, política y religioso. En 1897 ingresa en la Academia Española; elegido diputado por el partido republicano, por su participación política, la Academia se niega a proponerlo para el premio Nobel. Protestario, simpatizante del socialismo, hombre progresista y rebelde como muchos buscadores de la verdad, se templó en medio de la intolerancia. Diez años antes de su muerte es afectado por una ceguera progresiva. Entre sus novelas más conocidas figuran: Fortunata y Jacinta, (1886) Doña Perfecta, (1876) Misericordia, Miau (1888); Nazarín, (1895) novela en la cual su personaje central logra una acertada mezcla entre Cristo y Don Quijote, intentando rescatar el verdadero sentido del cristianismo cuando está al servicio del ser humano; la voz que clama en el desierto. Muere el 4 de Enero de 1920. Aita Tettauen Benito Pérez Galdós Primera parte Madrid, Octubre-Noviembre de 1859 - I - Antes de que el mundo dejara de ser joven y antes de que la Historia fuese mayor de edad, se pudo advertir y comprobar la decadencia y ruina de todas las cosas humanas, y su derivación lenta desde lo sublime a lo pequeño, desde lo bello a lo vulgar, cayendo las grandezas de hoy para que en su lugar grandezas nuevas se levanten, y desvaneciéndose los ideales más puros en la viciada atmósfera de la realidad. Decaen los imperios, se desmedran las razas, los fuertes se debilitan y la hermosura perece entre arrugas y canas... Mas no suspende la vida su eterna función, y con los caminos que descienden hacia la vejez, se cruzan los caminos de la juventud que van hacia arriba. Siempre hay imperios potentes, razas vigorosas,   -6-   ideales y bellezas de virginal frescura; que junto al sumidero de la muerte están los manantiales del nacer continuo y fecundo... En fin, echando por delante estas retóricas, os dice el historiador que la hermosura de la sin par Lucila, hija de Ansúrez, se deslucía y marchitaba, no bien cumplidos los treinta años de su existencia. Quien hubiera visto aquel primoroso renuevo del árbol celtíbero en la edad de su primaveral desarrollo, cuando con ella volvían al mundo las gracias y la donosura de la princesa Illipulicia, secundum Miedes, soberano arqueólogo; quien gozara del aspecto helénico, de la estatuaria majestad de aquella figura transportada de la edad homérica y emigrante de Troya, no la habría reconocido en la dama campesina de 1859, cuyo rostro y talle iban embutiendo sus líneas en la grasa invasora, producto en aquel cuerpo, como en otros, de la vida regalona y descuidada, del comer metódico, del matrimonio sin glorias ni afanes, con cinco alumbramientos y el trajín de labradora rica, que más convida al desgaire que a la compostura... A poco de casarse, dio Lucila en engordar, con gran regocijo de su esposo el buen Halconero, que a menudo la pesaba (en el aparato que le servía para el romaneo de sus carneros, destinados al Matadero de Madrid), y celebraba triunfante las libras que en cada trimestre iba ganando aquel lozano cuerpo. ¡Adiós ideal; adiós, leyenda; clásicas formas, adiós!   -7-   Cinco vástagos, reducidos a cuatro por muerte del segundo, componían la prole de Halconero y Lucila en 1859. Sólo en las facciones del primogénito, nacido en Diciembre del 52, se reprodujo la hermosura de la madre; los otros tres, una niña y los dos varoncitos menores, sacaron las narices romas y aplastadas, características de la raza de Halconero, y no apuntaba en sus rostros un tipo de atávica belleza. Más que de la gallarda familia de los autrigones, según Ptolomeo, o allotriges, como los designaron Strabón y don Ventura Miedes, parecían reproducción de los feos y rudos turmodigos, que designa Plinio como pobladores de la comarca llamada conventus cluniensis (hoy Coruña del Condado). El niño mayor, Vicente como su papá, sí que se traía todos los rasgos étnicos de los autrigones; y si viviera el gran anticuario de Atienza, le diputaría por acabado tipo de la tribu de los Segisamunculenses, que habitaron en Osma, no lejos de la ciudad donde hubo de ver la luz Jerónimo Ansúrez el Grande, en quien revivió la más potente y hermosa casta de españoles. Por desgracia suya y de la familia, el gallardo niño, que se criaba como un rollo de manteca hasta cumplir los tres años, desde esta edad dio en encanijarse, sin que acertaran a combatir el raquitismo con sus consumadas artes y buena voluntad el médico y boticario de la Villa del Prado. Cayendo y levantándose llegó Vicentito   -8-   al 59, el rostro como de un ángel, torcido y desaplomado el cuerpo, y así estaba cuando, de resultas de la caída de un caballo (de cartón), se le formó un bulto en la pierna, y este se resolvió en tumor, que hubieron de sajarle los doctores del pueblo con éxito equívoco, pues luego se reprodujo con mala traza y acerbos sufrimientos de la criatura. Afligidos los padres, y temerosos de que su primogénito, si curaba, se les quedase cojo, acordaron trasladarse a Madrid para emprender allí nuevo tratamiento con asistencia de los mejores facultativos de la capital. Ved aquí la razón de que en el verano y otoño del 59 les halláramos instalados en Madrid, plazuela de la Concepción Jerónima, atentos marido y mujer a las opiniones de diferentes médicos famosos, y a la probatura de variadas preparaciones farmacéuticas. El pobre niño, aunque mejoraba de la pierna, padecía en Madrid de aplanamiento y opacidad del ánimo, sin duda por el trasplante desde el ambiente campesino a la estrechez de una rinconada, en la cual ninguna distracción hallaban sus ávidos ojos ni su despabilada mente. Densas melancolías le asaltaron; perdió el apetito, y costaba Dios y ayuda hacerle tomar las medicinas. Imposibilitado de andar, y sujeto a un encierro y quietud tan contrarios a la viveza de la infancia, no podían los padres proporcionar al enfermito más distracción que la que pudiera gozar arrimado a los cristales   -9-   de un angosto balcón. La plazuela, abierta sólo por un lado, ofrecía la soledad inquietante de un recodo traicionero. Las personas que por allí pasaban se podían contar, y eran siempre las mismas: por la mañana, gentes piadosas, que acudían a las pocas misas celebradas en la Concepción Jerónima; por la tarde, gentes de viso en coche o a pie, visitantes del palacio del Duque de Rivas, frontero a la casa donde habitaban los Halconero. El cascado cimbalillo y las campanas de las monjas entristecían más aquel apartado lugar con su tañer continuo, que marcaba diferentes horas del día y de la noche, haciéndolas odiosas. Todos se afligían de ver tan mustio al chiquillo; pero sólo su madre, la persona más lista de la casa, dio en el quid de los motivos de aquella turbación, y propuso el remedio más adecuado, según consta en la crónica coetánea que nos ha conservado algunos coloquios familiares entre Lucila y Halconero. «La razón de la tristeza del pobre ángel y de su desgana para todo -dijo Lucila- no es otra que el apartamiento de esta maldita casa en que nos hemos metido, pues aquí no puede distraerse con lo que más le gusta y enamora, que es ver soldados. El Ejército es su delirio: sueña con cazadores y se desvela pensando en los artilleros. En el pueblo, con sólo repasar las aleluyas de tropa que le comprábamos, aprendió a distinguir los uniformes de toditas las armas, y mi padre le enseñó a conocer   -10-   las insignias de grados y empleos... capitán, comandante, coronel, y de ahí para arriba. El día que entramos en Madrid por la puerta y calle de Toledo, pasaron cuatro lanceros y un cabo, y el pobre niño sacó medio cuerpo por la ventanilla... Creímos que se tiraba del coche... Pues ahora, dime tú si puede estar contento el hijo en esta plazuela encantada, por donde no pasa un soldado ni para un remedio. El alma mía sufre y no se queja; es prudentito y aguanta su tristeza y soledad, pensando que le engañábamos cuando le decíamos: 'En Madrid verás pasar batallones con música, escuadrones de caballería tocando los clarines, y artillería con cañones y todo'. Y nada de esto ha visto; ni podrá verlo en mucho tiempo, porque el médico nos dice que tiene para rato, con la pierna estirada y sin movimiento... Hazte cargo de lo que te digo, Vicente, y considera que necesitamos levantarle los espíritus al niño, para que el alma ayude al cuerpo, y los dos a la medicina... Al médico no le gusta que esté triste: bien nos lo ha dicho... Si mi consejo vale, salgamos pronto de este escondrijo, y vámonos a donde encontremos luz, alegría... y soldados. En la calle Mayor, entre Platerías y la Almudena, ha visto mi padre hoy más de tres y más de cuatro pisos segundos y terceros con papeles... Esos papeles nos están diciendo: 'Lugareños, veníos acá'». No necesitó el rico labrador que Lucila ampliara sus razonamientos, pues con lo dicho   -11-   quedó plenamente convencido. «Sí, mujer -fue su respuesta-: has hablado como quien eres, y toda la razón está contigo. Hemos de dar al niño satisfacciones de su gusto militar, para que se le pongan los espíritus en aquel punto de alegría que ha de ayudar a las potencias corporales... Bien dijo quien dijo que alma lleva cuerpo, y que los humores del físico se arreglan o descomponen según el mandamiento de esa gobernadora que llevamos en donde nadie la ve hasta que Dios nos la pide... Sin saber lo que hacíamos, hemos metido al niño en una cárcel...; y a ti, que por estar al cuidado de las criaturas poco o nada callejeas, tampoco te hace provecho esta vivienda. Sólo con mirarte día tras día, y sin necesidad de ponerte en la romana, veo que desde que estamos aquí has perdido tres libras, y mucho será que no pierdas para fin de año mayor peso... Tomaremos una de las casas que ha visto tu padre en la calle Mayor, para que nuestro pobre baldadito tenga un buen miradero en que recrearse con los militares que van y vienen por allí, sueltos o en formación. Y a la cuenta que han de ser muchos, porque, a lo que parece, la Reina ha determinado declararle la guerra al Moro, por no sé qué tropelías, y hemos de tener en la Corte movimiento de tropas; que en Madrid pienso yo que se juntarán las de toda España para ir a esa guerra, debajo de las banderas de los Católicos Reyes doña Isabel y don Francisco. ¡Qué regocijo para nosotros   -12-   ver que el niño se anima, y animándose suelta el maleficio de la pierna!... Todo ello por la virtud de su entusiasmo, oyendo el redoblar de sin fin de tambores, y viendo pasar cientos de miles de hombres a caballo con las banderas de los diferentes reinos de España... Y por cierto que no llego a comprender de quién saca nuestro hijo tal afición a las armas, pues en tu familia, según me ha dicho Jerónimo, no hubo guerreros, que se sepa, y en la mía lo mismo. Yo apaleo las ramas de mi árbol genealógico, a ver si cae un militar, y no encuentro más que a un don Pierres Jacques, francés de nación, al servicio de España, primo segundo de mi abuela materna, el cual don Pierres perdió un brazo en la defensa de Mahón, allá por los tiempos de Maricastaña. Venga de donde viniere la devoción militar del niño, Dios nos le conserve y nos le cure para que sea un buen soldado de su patria... que en este caso digo yo: 'alférez te vean mis ojos, que general, como tenerlo en la mano'». Transcurrida una semana después de esta conversación, ya estaba la familia en su nueva casa, calle Mayor, esquina a Milaneses, todos contentos y Vicentito en sus glorias, pues raro era el día, que no veía pasar un batallón de línea o de cazadores atronando la calle con su vibrante música. Le encantaba la infantería, los de a caballo le embelesaban y los artilleros le enloquecían. A poco de vivir allí, pasándose las horas arrimadito al balcón, extendida la pierna sobre   -13-   cojines, sabía de milicia y de jerarquías militares casi tanto como la guía de forasteros... Y en esto ocurrió que un día de aquel mes y año (Octubre de 1859) entraron de la calle Jerónimo Ansúrez y don Vicente Halconero, este último con el rostro encendido por ráfagas de entusiasmo que de los ojos le salían, la voz balbuciente: «Lucila, hijos míos -exclamó plantado en medio de la sala-, declarada la guerra... la guerra... de... clarada en el Congre... ¿no lo creéis?... greso... Congreso levántase O'Donnell y dice: 'Gue... al Moro, guerra... declarada por O'Donnell...'». Tras de Halconero permanecía rígido y mudo Jerónimo Ansúrez: su rostro castellano, de austera y noble hermosura, que podía dar idea de la resurrección de Diego Porcellos, de Laín Calvo o del caballeresco abad de Cardeña, expresaba un vago renacer de grandezas atávicas. - II - Había sufrido el rico labrador de la Villa del Prado un ataque ligero de parálisis, meses antes de lo que ahora se cuenta. Fue un aviso de su naturaleza apoplética recomendándole que se moderase en el comer. Sujeto a un régimen de sobriedad por su cara esposa, tasaba sus atracones en la comida y particularmente en la cena, con lo que se le compuso aquel desarreglo, quedándole sólo   -14-   el achaque de tartamudear en los momentos de viva emoción o de coraje, y la inseguridad de piernas... La prudente Lucila le recomendó aquella tarde (22 de Octubre, si no miente la Historia) que no tomase tan a pecho la guerra que se anunciaba, pues él no estaba para bromas, ni podían hacerle provecho los malos ratos que suelen darse los patriotas por saber quién gana o pierde las batallas. No podía someterse el buen señor a este criterio, porque las glorias de su patria le importaban más que la vida, y prefería morir de un reventón de gusto a vivir en la indiferencia de estas glorias ahora refrescadas. Aquella noche, cenando y empinando más de lo determinado por la discreta Lucila, se dejó decir que España entraría en Marruecos por una punta y saldría por otra, no dejando títere ni moro con cabeza en todo el imperio. Y no debían los españoles contentarse con hacer suya toda la tierra de berberiscos, y abatir sus mezquitas y apandar sus tesoros, sino que al volverse para acá victoriosos, debían dejarse caer como al descuido sobre Gibraltar, y apoderarse de la inexpugnable plaza antes que la Inglaterra pudiese traer acá sus navíos. Una vez dueños del famoso peñasco, quedaría bien zurcido aquel jirón de la capa nacional, y ya podíamos los españoles embozarnos muy a gusto en ella. También en el viejo Ansúrez hervía la efusión patriótica; mas no eran sus demostraciones tan infantiles como las de Halconero.   -15-   Su espíritu reflexivo, dotado de tanta claridad y agudeza que fácilmente penetraba hasta la entraña de todas las cosas, ponía en el examen de la anunciada guerra el sentido más puro de la realidad. «Buena será esta campaña -decía-, y debemos alabar al señor de O'Donnell por la idea de llevar nuestros soldados al África; que así echamos la vista y el rostro fuera de este patio de Tócame Roque en que vivimos. ¡Con doscientos y el portero, que ya nos apesta la política, siempre el mismo sainete representado en los mismos corredores de vecindad! Bien, muy bien... Pero esta guerra será dura, y nos ha de costar trabajo volver con provecho y gloria. No es el moro enemigo de poca cuenta, y en su tierra cada hombre vale por cuatro... Otra cosa les digo para que se pongan en lo cierto al entender de guerras africanas, y es que el moro y el español son más hermanos de lo que parece. Quiten un poco de religión, quiten otro poco de lengua, y el parentesco y aire de familia saltan a los ojos. ¿Qué es el moro más que un español mahometano? ¿Y cuántos españoles vemos que son moros con disfraz de cristianos? En lo del celo por las mujeres y en tenerlas al por mayor, allá se van unos con otros; que aquí el que más y el que menos no se contenta con la suya, y corre tras la del vecino. Los harenes de aquí se distinguen de los de allá en que están abiertos, y así nuestras moras salen y entran cuando les da la gana, y hacen su santo gusto. No hay cosa más   -16-   fácil que venir acá un moro, aprender el habla en poco tiempo y hacerse pasar por español neto. Yo he conocido un moro de Larache, que aquí se llamaba Pablo Torres, y ni el diablo conocía el engaño. Las caras y los modos de accionar son los mismos acá y allá; y si se pudiera cambiar fácilmente de lengua como de vestidos, vendría la confusión de pueblos... Yo he visto el parentesco muy cerca de mí. Mi segunda mujer, alpujarreña, me tenía siempre la casa llena de sahumerios, y sabía poner el alcuzcuz. Contábame que su madre se pintaba de amarillo las uñas, y que su padre se sentaba siempre en el suelo con las piernas cruzadas. Era mi señora suegra mujer humilde, y según me contaron, no se incomodaba porque su marido, mi señor suegro, se regalase con otras dos mujeres de añadidura. Con que ya ven... Otros ejemplos sacaré si por lo que he dicho no me confiesan que esta guerra que ahora emprendemos es un poquito guerra civil... Pero civil o de naciones, adelante con ella, y veamos otra vez a Cristo vencedor de Mahoma. Yo digo... oigan esto... yo digo que entre un vascongado que se deja matar por don Carlos y por la Virgen, su Generalísima, y un andaluz de los que por la Libertad se metieron con Torrijos en la trampa de González Moreno, hay más diferencia que entre el malagueño y el berberisco que ahora van a pelearse por una brizna de honor... o por el viceversa de quítate tú, Alcorán, para ponerme yo, Evangelio...».   -17-   En este punto le interrumpió su hija, que con cierta inquietud veía las frecuentes libaciones del celtíbero entre bocado y bocado de la cena. «Padre -le dijo-, ha bebido usted más de la cuenta, y ya empieza a desbarrar. Cierre el pico, y váyase a la cama». Pudo más en Halconero el efecto congestivo de la cena que el interés del tema de África, y hundiendo en el pecho la barba y alargando los morros, atronó el comedor con la cadencia de sus ronquidos. El niño Vicente, sentado junto a su madre, se comía con los ojos al abuelo, y no perdía sílaba de las extraordinarias opiniones de este sobre Moros y Cristianos. A todos les levantó Lucila de la mesa, arreando con empujones a su marido, cargando con ayuda de Jerónimo al chiquillo enfermo. Ya los otros dormían... No tardó Halconero en estirar su pesado cuerpo en el lecho matrimonial, bramando con más fuerza y más desahogo de pulmones. Ansúrez se metió en su cuarto. En el próximo a la alcoba principal, desnudaba Lucila a su hijo enfermo para meterle en la cama, y el chiquillo, más despabilado aquella noche que de costumbre, no paraba en su charla candorosa. «Madre -decía-, y ahora, con esta guerra, ¿qué hará mi tío Gonzalo Ansúrez, que se hizo moro antes de que yo naciera, mucho antes, y allá vive como un príncipe? Tú me contaste que tiene palacio de mármol, y muchas criadas moras que le arreglan la cama de seda y le sirven la comida en platos de oro... Tú me dijiste...».   -18-   -Cállate, hijo mío: si te calientas ahora la cabeza, te desvelarás, y tú y nosotros pasaremos mala noche. -Tú me decías... ¿ya no te acuerdas?... Fue cuando estuve tan malo, tan malo ¡ay!... parecía que me metían en la carne clavos ardiendo... Para que tomara las medicinas, me decías: «Va a venir tu tío Gonzalo el moro, y te traerá muchos regalos, un vestido verde bordado de oro, espadas muy bonitas, y un caballo... de carne». Dice mi abuelo que los caballos moros son los mejores del mundo... corren como el viento, y no les falta más que hablar para ser como las personas... Pues ni vino mi tío, ni me trajo el caballo, ni nada... -Cállate... que no podrás coger el sueño, y te entrará calentura. -Y yo te pregunto ahora: si la Reina de España le declara la guerra al Rey de los moros, ¿qué hará mi tío don Gonzalo? ¿Peleará con los de allá, o se vendrá con los españoles? Contéstame pronto. -Yo no sé nada... Mañana lo averiguaremos. -Porque si no pelea con los cristianos, ni es caballero ni español... ¿Cómo quieres tú que yo duerma, pensando que mi tío es traidor a España?... Tú sabrás si se hizo mahometano de verdad, o de comedia, con el aquel de sonsacar los secretos de la morería y contárselo todo al Gobierno español. -¿Qué sé yo de eso? Ea, niño, a dormir. -Pues dime que vendrá mi tío a tratar   -19-   con la Reina del modo de embestir a esos perros... y a traerme el caballo... Mira, madre, armas no quiero, porque yo aquí no voy a matar a nadie... El caballo sí me hace falta... porque la pierna se me va curando... En cuanto que pueda doblar la rodilla, cojo mi caballo, me monto en él, y verás... Te digo que lo manejaré como a los de cartón, y para que sea manso y bueno, le daré terrones de azúcar y alguna mantecada de Astorga... Verás cómo lo hago brincar y correr. Ya sé que tú y Nicasia os pondréis a chiflar de miedo cuando me veáis metiéndole las espuelas para que corra más... No tengáis cuidado, que no me caeré... Sé montar... Soy un gran jinete, madre, un gran jinete... Tanto hizo Lucila por sosegarle, poniendo una de cariño y otra de autoridad, que el chiquillo se calló... se durmió... Mas no fue su sueño tranquilo: a media noche daba voces... reía, suspiraba... le dolía la pierna... el caballo no quería pararse, y corría por rápida pendiente hacia un despeñadero. Acudió su madre a medio vestir, y no bastando sus caricias para calmarle, se acostó con él. Sacudidas nerviosas interrumpían el sueño del pobre hijo. Lucila no cesaba de pulsarle. «No tiene fiebre -se decía-; no es nada: es tan sólo el talento, que por ser mayor de lo que corresponde a la edad del niño, no le cabe en la cabeza...». La certera observación hecha por Vicentito respecto al caso de su tío Gonzalo Ansúrez,   -20-   quedó bien fija en el pensamiento de la madre. ¿Qué partido tomaría, en la guerra de España con Marruecos, el español que había renegado de su pueblo y de su fe, adoptando la religión y patria berberiscas? De esto habló Lucila con su padre al siguiente día, y el celtíbero no se mordió la lengua para contestarle: «Si tu hermano fuese un lameplatos y un roemendrugos, tal vez se aprovecharía de la guerra para decir yo pequé, y arrimarse a los suyos. Pero Gonzalo es allí hombre de riñón bien cubierto; vive considerado de grandes y chicos, y el mismísimo señor Sultán le llama su amigo, toma de él consejo, y le ha obsequiado con algunas cargas de dinero contante... En Tetuán se ha establecido, y su casa, si no la mejor, no es de las peores del pueblo. Comercia en lanas, comercia en almendras, y de un punto que llaman Tafilete le traen sus recuas de camellos, un mes sí y otro no, pieles magníficas, de las que manda una parte a Marsella, y otra parte allí se queda para ese calzado ancho y suelto que llaman babuchas. Todo esto lo sé por aquel señor que de allá vino el año pasado, y me trajo carta de mi hijo, acompañada de las cinco onzas que te di para que me las guardaras. Era el mensajero un señor llamado don Jacob Méndez, que los más de los años viene a España y la recorre de punta a punta, comprando esmeraldas, que ahora están en alza, y aljófar, perlitas menudas, que en la Morería tienen gran salida y precio muy   -21-   bueno. El tal me pareció hombre corriente y de mundo. Aunque no hablamos palabra de religión, túvele por judío: su nombre, su rostro afilado, su desconfianza y el comercio que traía, así me lo declaraban. Se aposentó en la Posada del Peine; allí le vi dos o tres tardes, y me refirió de mi hijo mil cosas que yo ignoraba, pues sólo dos veces tuve con él correspondencia escrita. Lo que el señor don Jacob me contaba fue para mí de grande admiración, y más que nada me agradó saber que Gonzalo es hombre de cuenta, y que ha labrado su acomodo con el trabajo y el buen cumplimiento comercial. Habla la lengua arábiga tan de corrido como si la mamara con la leche. Y es al modo de literato, porque en romance llano y en copias altas escribe cosas magníficas que suspenden. Es querido y respetado de todos... También tuvo sus quiebras el pobre hijo mío, pues en un pueblo que llaman Alcázar-Quebir tomó partido por un bando de dos o tres que se formaron en no sé qué revuelta, y su cabeza estuvo a dos dedos de ser cortada. Milagro fue que escapara; pero aquello se arregló cortando y salando otras cabezas, y con la paz volvió Gonzalo a la querencia del señor Sultán, lloviendo sobre él riquezas y honores... De estas cosas y otras que sé tocantes a tu hermano, no he hablado contigo todo lo que quisiera, porque rara vez te encuentro sola, y delante de Halconero no nombro yo a mi Gonzalo por nada de este mundo. Ya sabes que a tu marido   -22-   le hace poca gracia tener un cuñado mahometano, y dice que mayor deshonra no podría caer sobre mi familia». Requirió Lucila a Jerónimo para que le dijese el nombre arábigo que en su vida musulmana usaba Gonzalo, y Ansúrez dijo que habiendo interrogado sobre ello al buen don Jacob, este pronunció una gran retahíla de voces que eran como si echase fuera el aliento para volverlo a tomar, escupiendo sílabas, una por una, después de enjuagarse con ellas. «Como yo no entendía nada de aquel murmullo -añadió Ansúrez sacando de su bolsillo una mugrienta cartera, y de esta un papel-, le rogué a don Jacob que me lo escribiera con letras castellanas, para ver de aprendérmelo de memoria... Aquí lo tienes. Por más que he trabajado en retener estos terminajos, aún no puedo pronunciarlos de corrido. En el largo rótulo se dice que Gonzalo se llama como Mahoma, que es hijo mío, y que ha estado en la Meca, lo cual es tener como un divino certificado de fiel creyente». Leyó Lucila en el papel este nombre de nombres, trazado con elegantes rasgos que parecían de cálamo más que de pluma: Sidi El Hach Mohammed Ben Sur El Nasiry.   -23-   - III - «Madrita, también a ti te gustan los militares... no me digas que no... Bien conozco que te gustan, picarona... No pasa tropa formada, con música, sin que te asomes conmigo a verla...». Esto decía Vicentito a su madre, ambos en el balcón, viendo la cola de un regimiento que desfilaba con marcial ritmo hacia el centro de la Villa. Ya llegaba la banda a la casa de Cordero; ya la vanguardia de chiquillos, fascinados por los graciosos aspavientos que hacía con su bastón de porra el tambor mayor, se espaciaba en la Puerta del Sol; ya la bandera iba más allá de Platerías, replegada, firme como una antena en mar tranquilo; las últimas filas de la formación, semejante a un inmenso anélido, pasaban bajo los balcones de Lucila. Esta respondió a su hijo, acariciándole el cabello: «Miro a los soldados porque te gustan a ti, tontín. Si no fueran tu delirio los soldados, yo ni los miraría siquiera». -Estos soldados son los más guapos que he visto. Llevan uniformes nuevos. Les he mirado el número, que es un 7. -El 7 es África. -¿África el 7? Y luego dices que no entiendes de tropa. Si sabes todos los números de la infantería de Línea y de Cazadores, ¿por qué no me los enseñas? -Conozco algunos... muy pocos... números   -24-   sueltos que se aprenden sin saber cómo. -Yo no sé pasar de los primeros: 1, Inmemorial del Rey; 2, Reina; 3, Príncipe; 4, Princesa; 5, Infante... No has querido enseñarme más. -Pues sigue la cuenta: 6, Saboya; 7, África... -Y más, más, madrita... dímelos todos. -No sé, no sé, hijo... No te pongas pesado. ¿De dónde quieres que sepa yo esas cosas? -Un día... bien me acuerdo... pasaban Cazadores, y tú dijiste: 11, Arapiles. -Sí... ese número sé por casualidad... por casualidad sé otros, como 28, Luchana. -¿Cazadores? -No, hijo: Luchana es de Línea. Insistió el gracioso chiquillo; pero su madre tuvo arte para poner punto final a un tema que la mortificaba. Como la mañana estaba fresca, hízole retirar del balcón, acomodándole en el sofá de Vitoria con blanda colchoneta, donde pasaba las lentas horas. Se aproximaba la de la visita del médico, que de día en día hacía más lisonjeros augurios... Llegó el doctor más pronto de lo que se esperaba, y mientras duró el examen de la pierna y se hizo la cura, mortificando grandemente al pobre chico, riñó a este y a la madre porque no se observaba la quietud indispensable para la curación. Debía Vicentito moderarse en sus entusiasmos militares y ecuestres, esperando mejores días para entregarse a ellos. Lloriqueaba el enfermo, no   -25-   tanto por el dolor de la cura como por ver que se le tasaban los goces de su ardiente afición. Halconero le consolaba con la promesa de traerle una colección de vistas de batallas que, puestas dentro de una caja negra, se miraban por un cristal de aumento, y ello resultaba como si estuviese uno en medio del campo de acción viendo pelear a moros con cristianos. Era la campaña de los franceses en Argel, en láminas iluminadas, que parecían la verdad misma, todo muy propio y con su color natural. Con esto se fue sosegando el chico y resignándose a la quietud. Solo con su madre otro día, al caer de la tarde, le dijo: «Me estaré quieto si tú estás conmigo siempre, y me cuentas cosas, aunque no sean cosas de militares. A ti te quiero más que a nadie, y todo lo que me dices me lo creo, aunque sea mentira...». Entretúvole Lucila con diversas historias, mitad verídicas, mitad inventadas por ella: consejas de animales, de cacerías de leones, de naufragios terribles, de islas que salían del mar y se volvían a meter en él, de milagros estupendos y apariciones de vírgenes en un árbol, en una peña, en una gruta... «Espérate un poco, madrita -dijo el chico con jovialidad picaresca-, que tengo que hablarte de una cosa. Ahora me acuerdo, por las apariciones que me estás contando. Hace tres noches, aquella noche que saliste con padre a dar el pésame al señor de Centurión porque se le murió su mujer... Pues aquí se quedaron mi abuelo, don Bruno y   -26-   Juanito, el amigo que yo quiero más, porque lo que dice parece cantado». -Juanito Santiuste es un magnífico cantor de historias. ¡Lástima que no vaya al Congreso!... A veces llora una oyéndole: no se puede remediar. -Pues aquella noche habló de ti... Dijo que tú eras, no sé cuándo, la mujer más hermosa que había en el mundo... -¡Jesús, qué disparate! -Que él no te había visto; pero que lo había oído... que eras tan guapa como la Virgen, y que en un castillo te apareciste... sin zapatos... quiere decir, con pies como los de las estatuas, y que los que te vieron aparecer se cayeron al suelo encandilados de ver tu hermosura... -¡Jesús! Hijo mío, no hagas caso. Juanito quería burlarse de los que le escuchaban. -No, no, que lo decía muy serio, ¡vaya!... Él no lo vio; pero se lo contaron, y en Madrid está quien lo sabe... ¿Fue milagro, madre? Juanito dice que salió en papeles y hasta en un libro... No me lo niegues... Explícame tú cómo te apareciste. ¿Venías del Cielo? ¿Bajaste volando? A mí no me niegues nada. Y si te apareciste por arte del diablo, dímelo, que yo te guardaré el secreto. -Chiquillo, no sé si enfadarme o reírme -respondió Lucila prefiriendo la demostración de gozo-. Disparates sin pies ni cabeza es lo que os contó Juan. Como que Juan es loco. ¿No lo has conocido? Dicen que tiene   -27-   mucho talento, y que repite todo lo que habla ese Castelar... -Es verdad, madrita. Loco parece Juan algunas veces. Aquel día, cuando se puso en medio de la sala, y mirándote a ti, que entrabas de la compra con mantón y dos cebollas en la mano, te soltó aquellos gritos de... ¿Cómo era, madre? -«¡Virgen democracia, yo te saludo!». Nos moríamos de risa oyéndole, y él, con nuestras risas, se dislocaba más. La entrada de Jerónimo y de Leoncio Ansúrez, que venían de la calle, desvió la conversación hacia puntos de mayor interés. La guerra empezaría pronto. Ya se habían dado las órdenes para la movilización de fuerzas, concentrando batallones en Cádiz, Málaga y Algeciras. El bueno de Leoncio, aunque domesticado por las dulzuras de la familia, tiraba siempre al monte de las aventuras guerreras, como genuino celtíbero, y ya no pensaba más que en ir a campaña. Su habilidad de armero le aseguraba la incorporación en cualquiera de los Cuerpos de Ejército o en el Cuartel general. Un famoso general le estimaba por su destreza y prontitud en la compostura de toda clase de armas de fuego. Seguiría, pues, la formidable corriente que a todas las actividades españolas arrastraba hacia la tierra berberisca. Lo único que le entorpecía la voluntad era el desconsuelo de separarse de su mujer y de su hijo. Quería que mientras él estuviera en África, Virginia y Lucila viviesen juntas,   -28-   acompañándose las mujeres y los niños, con lo que la soledad de Mita sería más llevadera. Desde luego accedió Lucila, y Halconero, que a la sazón entró, dijo que su mayor gusto era dar albergue a la mujer de Leoncio, mientras este anduviera en el servicio de la patria. Todo español estaba obligado a prestar su ayuda al glorioso ejército. También él se pondría las botas, si no estuviera tan viejo y achacoso. ¡Qué gusto plantarse en África, a la zaga de la tropa, y allí, si no podía batirse, fregar las cacerolas del rancho, ayudar a la colocación de tiendas, o dar el pienso a los caballos!... El hombre vibraba de entusiasmo, y no quería que se hablase más que de guerra y de las indudables hazañas que, antes de consumadas, ya andaban en lenguas de la gente. La opinión enloquecida escribía la Historia antes que la engendrara el Tiempo. Cuando acababan de cenar, entró Juanito Santiuste, habitante en casa próxima, amigo de Halconero por la amistad de Leoncio. Solía concurrir a la sobremesa del buen hidalgo campesino, y como por su trato se revelaba excelente muchacho, ameno, decidor y cantor de ideales generosos, Halconero y Lucila veían con gusto su compañía, y le celebraban las gracias oratorias. Conviene decir, ante todo, que Santiuste, después de mil peripecias en su romántica y azarosa vida, había vuelto a las primitivas aficiones literarias. La realidad le hizo ver que no le llamaba Dios por el camino de la herrería   -29-   mecánica, y que mejor que armas de fuego, construiría poemas, cuentos y artículos de periódico. El mismo Leoncio, que le había tomado grande afecto, le empujó hacia el sendero angosto de las letras, que entonces empalmaba con el ancho camino de la política. Sucedió además que, cuando menos lo esperaba, le cayó un destinillo como llovido del Cielo, que le permitía vivir sin ahogos. Vieron algunos en esto la mano blanca, escondida, de Teresa Villaescusa. Podía ser: sin duda fue ella la deidad bienhechora; mas no dio la cara, y aparecía como protector el Marqués de Beramendi. Ello es que a Juanito le vino Dios a ver: se proveyó de ropa decente; pudo acomodarse en una casa de huéspedes de mediano trato; erigió sobre su cabeza el sombrero de copa, prenda indispensable del empleado y literato; frecuentó círculos donde jamás había puesto los pies, y, en fin, tomó airecillos de importante personalidad. Bien merecía el pobre salir de la tenebrosa obscuridad y miseria en que había vivido, y espaciar en ambiente de cultura su corazón hermoso y su despejada inteligencia. Era colaborador gratuito de más de un periódico, y en uno solo cobraba por sus trabajos míseras cantidades, que a él le parecían los tesoros de Creso; tan hecho estaba el hombre a la pobreza degradante. Apenas le vio entrar Halconero, le pidió noticias. Él, como periodista, solía llevarlas frescas, y cuando no las tenía, las inventaba,   -30-   llegando a creer en conciencia que eran la verdad pura: «Ya tenemos plan de campaña. Dividido el ejército de África en tres cuerpos, ya están designados los generales que han de mandarlos. Estos son Echagüe, Ros de Olano y Zabala. Pero hay más, hay más: se dice que irá también Prim». -¡Prim... Prim! -repitieron con más curiosidad que asombro las bocas de Halconero, de Ansúrez y de don Bruno Carrasco, que a la sobremesa llegó minutos antes que Santiuste. -Prim ha venido del extranjero a escape y le ha dicho a don Leopoldo: «¿Pero qué es esto? ¿Yo, Prim, no mando tropas en África?». Y dice O'Donnell: «Habéis llegado tarde, General. Los jefes de los tres cuerpos de Ejército están ya nombrados». Y Prim: «Bien. Pero si no hay cuerpo de Ejército, habrá una brigada, un regimiento, un batallón, una compañía que yo pueda mandar». A esta manera de pedir no podía responder O'Donnell más que creando una División de reserva para que al frente de ella luzca el de Reus su bizarría... -¡Prim!... ¡oh! -repitieron las bocas de todos, expresando con dos monosílabos la admiración dubitativa del héroe inédito, cuya leyenda estaba a medio formar. Luego tomó Santiuste la flauta, y dijo: «¡Qué hermoso espectáculo el de un pueblo que antes de ver realizadas las hazañas ya las da por hechas! Lo que la Historia no ha escrito aún, lo ve la Fe con sus ojos vendados.   -31-   Creer ciegamente en el fin glorioso de la campaña, equivale a la realidad de ese fin. Ved cómo las madres pobres de las aldeas no se afligen de ver partir a sus hijos para el África. Oíd a los viejos, que, como Horario, pronuncian el terrible ¡que mueran!... si muertos sellan con su sangre el honor de España. Ved cómo la Nación entrega cuanto posee, para que nada falte al soldado. Aquí dan dinero, allá provisiones, acullá las damas destejen con sus finos dedos las telas... quiero decir que sacan hilas para curar a los heridos. Quién da caballos, quién mulas... Los pueblos ricos dan zapatos; los pobres, alpargatas. Los obispos empeñan la mitra, y los catedráticos sacrifican parte de sus míseras pagas... ¡Espectáculo admirable, sublime, que nos consuela de las vulgaridades y miserias de la política!». El sagaz Ansúrez agregó a los toques de flauta estas prosaicas observaciones: «Aún no sabemos lo que será O'Donnell como General en Jefe del ejército de África: es de creer que sepa conducirlo y acaudillarlo con la mayor ventaja nuestra y daño grande del enemigo. Esto lo veremos. Lo que no tiene duda es que el buen señor se acredita con esta guerra de político muy ladino, de los de vista larga, pues levantando al país para la guerra y encendiendo el patriotismo, consigue que todos los españoles, sin faltar uno, piensen una misma cosa, y sientan lo mismo, como si un solo corazón existiera para tantos pechos, y con una sola idea se alumbraran   -32-   todos los caletres. ¿Les parece a ustedes poco? Esto es lo más grande que se ha hecho en España desde que yo nací, y me alegro, pues en mi larga vida no he visto más que trifulcas entre españoles, guerra de sangre, de discursos, motines, y persecuciones de estos contra los otros...». -El Progreso -afirmó don Bruno Carrasco poniendo en la declaración toda su seriedad de paquidermo-, ha plegado su bandera política y ha enfundado sus agravios ante la declaración de guerra, hecho que a todos los partidos impone un silencio patriótico y una expectación patriótica... Puesta a un lado la flauta, cogió Santiuste el cornetín, y tocó estas cláusulas vibrantes: «El ideal de la patria se sobrepone a todos los ideales cuando el honor de la Nación está en peligro. Puede la Nación vivir sin riquezas, sin paz, y aun privada de los bienes del progreso puede vivir; pero sin honor nunca vivirá. O lava con sangre los ultrajes hechos a su nombre y representación, o arrastrará una existencia de vilipendio, despreciada de todo el mundo». Así siguió un rato; pero como no hiciera su música el efecto que buscaba, soltó el cornetín, cogió la trompa, y soplando en ella con toda su fuerza, produjo estos bélicos sonidos: «¡Qué gloria ver resucitado en nuestra época el soldado de Castilla, el castellano Cid, verle junto a nosotros y tocar con nuestra mano la suya, y poder abrazarle y bendecirle en la realidad, no en libros y papeles!   -33-   Reviven en la edad presente las pasadas. Vemos en manos del valiente O'Donnell la cruz de las Navas, y en las manos de los otros caudillos, la espada de Cortés, el mandoble de Pizarro y el bastón glorioso del Gran Capitán. Las sombras augustas del emperador Carlos V y del gran Cisneros, nos hablan desde los negros muros de Túnez y de Orán. La epopeya, que habíamos relegado al Romancero, vuelve a nosotros trayendo de la mano la figura de aquella excelsa y santa Reina que elevó su espíritu más alto que cuantos soberanos reinaron en esta tierra, la que al clavar la cruz en los adarves de Granada, no creyó cumplida con tan grande hazaña su histórica empresa, y con gallardo atrevimiento y ambición religiosa y política nos señaló el África como remate y complemento del solar español. Al volar desde este mundo al Cielo, donde la esperaba el premio de sus virtudes, Isabel ordenó a sus herederos que arrebatasen a la Media Luna el suelo mauritano, español suelo, y formasen el futuro reino de España con los extremos de los dos continentes. El bravo mar que entre ellos corre no los enemista y separa, sino, antes bien los une y acaricia, besando ambas orillas con alternados ósculos, y cambiando entre una y otra signos de paz y amor. Del Pirineo al Atlas, todo será España». - IV - Vibraban todos los presentes al son de estos roncos trompetazos. Lucila, sin poder impedir que se le saltaran las lágrimas, decía: «Este Juan es un loco, que dice tonterías bonitas». Halconero, deshaciéndose en entusiasmo que le mantenía rebelde al sueño, mandó traer Jerez para festejar al trompista y regalarse todos. Cogiéndole un momento aparte, Lucila dijo a Santiuste: «Hágame el favor, Juanito, de no contar estas cosas tan rimbombéricas cuando esté mi niño delante. Yo quise acostarle; pero cualquiera le arranca de aquí cuando viene usted con estas tocatas. Mírele allí junto a su padre, comiéndosele a usted con los ojos... Se trastorna, se desvela, y luego las malas noches me tocan a mí: no es usted quien las pasa. Ya tenemos jaqueca para toda la noche con lo que usted ha dicho del Cid, de Cortés, de Pizarro y del Gran Capitán o del Gran Teniente... Buena la hemos hecho. Acostadito el niño y sin poder dormir, empiezan las preguntas; y yo, que soy tan ignorante, me veo negra para responderle. Con que hágame el favor de dejar la trompa cuando esté aquí mi hijo; coja el flautín o la zambomba, y cuéntenos algo que nos entretenga y nos haga reír». El buen Jerez prodigado por Halconero avivó los fuegos patrióticos de la tertulia,   -35-   cuidando el amo de la casa de ser el primero en las alegres expansiones. Alborotadamente trataron de diversos puntos relacionados con la guerra, y Carrasco y Santiuste afirmaron que Moros y Cristianos son en alma y cuerpo diferentes, como el día y la noche. Ansúrez, cuya natural capacidad ilustraba todas las cuestiones, sostuvo que las apariencias de desemejanza las daba, más que la religión y el lenguaje, el hecho de no existir en la Morería lo que aquí llamamos modas. El moro no sabe lo que es esto. Sus armas, sus vestidos, sus hábitos, sus alimentos, se perpetúan al través de los siglos, y lo mismo se eternizan sus modos de sentir y de pensar. Aquí, por el contrario, tenemos la continua mudanza en todo: modas en el vestir, modas de política, modas de religión, modas de filosofía, modas de poesía. Ideas y artes sufren los efectos del delirio de variedad... Hoy se llevan estas corbatas; mañana serán otras. Hoy se gobierna por este sistema; mañana será por el contrario. Filósofos y sombrereros, poetas y peinadoras, tienen su figurín distinto para cada quince años. Al otro lado del Estrecho les dura un figurín, para todo, la friolera de diez o doce siglos... Y así, hemos dado en creer que esta permanencia es señal de poca o ninguna civilización, lo cual no es justo, pues ni ellos son bárbaros por no conocer las modas, ni nosotros civilizados por tenerlas y seguirlas tan locamente. La civilización consiste en ser buenos, humanos y   -36-   tolerantes, en hacer buenas leyes y en cumplirlas... No expresó el agudo celtíbero estas ideas en la forma que aquí se les da, sino con la frase seca, desnuda y categórica que usar solía. Las presentes páginas sólo transmiten textualmente el final, que fue de este modo: «Entre las cosas santas y buenas que nos recomendó Jesucristo al fundar nuestra doctrina, yo no he podido encontrar nada que sea recomendación de las modas. Dijo: «amaos los unos a los otros»; pero no dijo: «sed veletas en el pensar y en el vestir, en el comer y en el edificar». Y aunque nada dijo de estas veleidades de los hombres, entiendo que las condenó en el Desierto cuando el Demonio quiso tentarle. Sabéis que le llevó a un alto, y mostrándole toda la tierra, se la ofreció en dominio si le adoraba. Para mí que le dijo: «Ahí tienes el mundo de las modas: adórame y será tuyo». El Señor, a mi parecer, contestó: «Vete al infierno tú y tus modas, y no tientes al Señor tu Dios». Sin comprender la sutil argumentación del viejo Ansúrez, los amigos la tomaron a chacota, y por divertida más que por razonable la celebraron... Y a otra cosa. Aunque Lucila llamaba disparates a las huecas declamaciones del joven de la trompa, y se burlaba de él por disimular su devoción de las cosas guerreras, se alegraba de verle entrar, y no perdía sílaba de sus peroratas, exuberantes de elocuencia y de histórica poesía. Clavijo, Santiago, los Alfonsos, el   -37-   Cid, la cruz de las Navas, la cruz del Cardenal Mendoza, la cruz de Lepanto y otras famosas cruces; las torres de Granada, las carabelas de Colón, los tercios de Flandes y demás estrofas sublimes del gran poema, conmovían todo su ser, y le disparaban el corazón a un palpitar loco; de su pecho irradiaba un calorcillo que encendía en su rostro matices de embriaguez dulce. Cierto que procuraba repeler hacia adentro la emoción; pero no siempre lo conseguía, pues la viveza y humedad de los ojos desmentían las burlonas palabras. Una noche, acostando a Vicente, después de curarle la pierna con amoroso cuidado, el chiquillo le dijo: «Madrita, estoy enfadado contigo... pero muy enfadado...». -Yo te desenfadaré, si me dices pronto en qué ha podido ofenderte tu madre. -¡Zalamera! Estoy enfadado por tres cosas... tres perradas me has hecho... -¿La primera...? -Que le dices a Juanito que no nos cuente cosas de guerra... para que yo no me despabile... Pues bien te gustan a ti las cosas de guerra. ¿Crees que no te he visto llorando cuando Juan contaba lo que hizo Hernán Cortés en la Habana... o en otro punto de las Américas, no sé...? El hombre quemó sus navíos para que los hombres que iban con él no pudieran volverse acá, y luego se metió, espada en mano, por un río arriba, y conquistó un imperio de negros más grande que de aquí a la Villa del Prado... Luego te   -38-   pregunto yo: «Madre, ¿quién era ese Hernán Cortés?». Y tú me respondes: «Un vago, un perdido...». -Tiempo tienes de saber esas cosas, hijo del alma. Ahora estás enfermito, y no conviene que te calientes la cabeza, ni que pierdas el sueño. ¿Y de dónde sacas tú que soy yo guerrera? ¡Vaya una tontería! Yo no estoy en el mundo más que para cuidar a tu padre, a ti y a tus hermanitos, y las guerras de hoy, como las de tiempos pasados, me importan un bledo. Naturalmente, una es española, y cuando tocan el chin chin de las glorias de esta tierra, el corazón baila un poquito... Segunda cosa... -Que tú, por llevarme la contraria, y porque se te ha metido en la cabeza que yo no sé montar, has escrito al tío Gonzalo... o será mi abuelo el que ha escrito, no sé... habéis escrito para que el tío no me traiga el caballo que me prometió. ¡Y yo aquí con esta pierna tiesa!... Pues te digo que así no me curaré nunca. Ya puedo doblar la rodilla sin que me duela mucho... ¿Ves cómo la doblo? Yo te digo que no me ha de costar trabajo apretar los muslos para agarrarme bien, ni meter espuelas con gana para correr... ¡hala!... correr como el viento. -¡Ay, bobito mío... pues no estás poco avispado con tu caballo árabe!... Espera, espera un poco. La semana que entra, dice el médico que podrás andar con muletas... Lo que hemos escrito a mi hermano el moro, es que tenga preparado el caballo, y la silla,   -39-   y todo, para cuando se le avise... Ahora, la tercera cosa. -Pues... no quería decírtelo... pero te lo digo... Ya sabes que una noche contó Juanito que tú te apareciste en un castillo, y que al verte aparecer, los que allí estaban se cayeron al suelo del susto y de... de... de ver lo guapa que eras... Eras como la Virgen, o como otras vírgenes que hubo antes de la del Pilar y la del Rosario... Yo no sé... Juanito te comparó con unas vírgenes, santas o no sé qué... Para que se vea si eres mala. ¡Aquellos que estaban en el castillo te vieron aparecerte, y no quieres que te vea tu hijo! Si tú te desapareces y vuelves a salir cuando te da la gana, ¿por qué no lo haces delante de mí para que yo te vea? Todas las noches te pido este favor, y tú te ríes y me mandas a paseo. -Y ahora también me río, bobito, porque esas apariciones son cuentos y desvaríos de Juan. Yo me aparezco... cuando entro por esa puerta. No he aprendido otra manera de hacer mi aparición. -Bueno, bueno... Sigo muy enfadado, madrita... No creas que me desenfado con tus besos, con tus carantoñas... Y para que veas si soy bueno, me voy a dormir... No tendrás que chillarme, ni decirme que te estoy martirizando... Me dormiré ahora mismo... ya me estoy durmiendo... y no soñaré nada, no quiero... Dijo don Bruno que mañana, mañana... pasará mucha tropa... mucha tropa... Salen para la guerra... de aquí   -40-   van a la guerra... Va el tío Leoncio... esta tarde lo dijo... Yo me asomaré a ver la guerra... la tropa que va a la guerra... pum, pum; chan, charanchán... Se durmió como un ángel, a quien Marte arrullara en sus brazos. No fue tan dichosa Lucila, que padeció inquietud y desvelo hasta muy alta la noche, mortificada por visiones y pensamientos lastimosos, y por el desasosiego de su marido, con quien compartía el no muy ancho tálamo. Daba vueltas sin cesar sobre sí mismo el buen don Vicente, llevándose tras sí sábanas y mantas, con lo que quedaba desamparada de abrigo la dama celtíbera. Y sobre tantas molestias, el rico labrador pronunciaba frases incoherentes, cortadas por estruendosos regüeldos; cantaba el himno de Riego y la Marcha fusilera, dejando oír entre estas músicas alguna vaga modulación de alarido patriótico, como ecos lejanos de un tumulto callejero. Con paciencia sufría la esposa estas incomodidades, y en la cavidad verdinegra del insomnio revolvía historias pasadas y presentes. La mirada de su hijo, dulce y quejumbrosa, con que expresaba su ardimiento militar cohibido por la cojera, permanecía estampada en la retina de la madre. Eran los ojos de Vicentín negros como los de ella, luminosos, bañados en esa tristeza cósmica que envuelve las estrellas, así en las claras como en las obscuras noches. En los ojos del niño guerrero veía Lucila algo como la   -41-   regresión de un ideal que ella tenía por muerto y desvanecido; ideal que salía de su tumba para volver a la realidad viviente. También Lucila había sido guerrera, y la gallardía militar, así en los hechos como en las personas, fue objeto de su culto. Llevose el diablo estas aficiones; cambió el teatro de la vida de la joven celtíbera, y desgarrada una decoración, pusieron otra que hizo olvidar la pasada idolatría... Pues ahora, un niño inocente, precoz, enfermo, imposibilitado hasta de jugar con cosas guerreras, hacía que por la decoración nueva se transparentasen las líneas y colores de la antigua... Otra cosa: no eran estas reapariciones de lo pasado el único suplicio de Lucila en sus horas de insomnio. Debe decirse con claridad que, desde su casamiento, ningún hombre, fuera de su buen marido, cautivó su corazón. Pero en mal hora vino el espiritual Santiuste a desmentir la regla general. No le quería, no hacía ningún cálculo de amor referente a él; pero posaba con harta frecuencia su pensamiento en la persona del desgraciado joven, como un ave cansada de volar por los espacios altos del deber. Por su cuñada Virginia conoció a Santiuste; por Leoncio supo su miseria y desamparo, y la dignidad con que el muchacho soportaba tantas desventuras. A menudo se decía: «¿Pero cómo se arreglará ese hombre para vivir con tanto apuro?... ¿Será verdad que le quería una mujer del mundo llamada   -42-   Teresa? Y si le quiso y le quiere, ¿cómo le consiente tan destrozadito de ropa y tan vacío de alimento?». El cambio de fortuna del cantor de la edad heroica colmó de satisfacción a Lucila... ¡Gracias a Dios que el pobre chico podía vivir, aunque modestamente! ¡De buena gana le habría ella cosido y arreglado la ropa, y regalado unas botas decentes para entrar con pie seguro en la nueva vida! Si le gustaba por pobre desvalido, más le agradó por las bondades de su corazón, que claramente en toda ocasión se manifestaban, y por la rectitud inflexible que movía sus acciones. Su inteligencia y saber, su facundia prodigiosa, descollaban en aquella sociedad vulgarísima como el águila caudal entre humildes y rastreros patos. Y cuando, por la declaración de guerra, desenfundó Santiuste la trompa y empezó a soltar notas de epopeya, si todos le oían con admiración, Lucila se arrebataba interiormente en un fuego de entusiasmo, que en su seno escondía con violentos disimulos. El ideal guerrero tan pronto revivía en los ojos del niño doliente, como en los labios de aquel otro niño grande que jugaba con el Romancero. Interrumpió estas cavilaciones de la celtíbera la claridad del día que por las rendijas de la ventana se colaba, y ante ella puso la señora término a su mental suplicio, y se lanzó del lecho, dejando al esposo en postura de tranquilidad, panza arriba, estiradas las extremidades, y echando de su abierta   -43-   boca los ronquidos como el resoplar cadencioso de una máquina de vapor. Vistiose a prisa la hija de Ansúrez, ávida de lanzarse al trajín casero, que era como el organismo supletorio de su ser moral... Ya no pensaba más que en despertar a la muchacha, sacándola a tirones de su camastro, y en encender lumbre. Luego prepararía el desayuno de Jerónimo, que era el primero en dejar las ociosas lanas; el de los niños, que aún dormían como pajaritos apegados al calor del nido. Pronto llegaría el panadero... Ya se sentían en la escalera los pasos de plomo del aguador... Empezaba el día, la rutina normal y fácil, el conjunto de menudas obligaciones que, al modo de tejidos de mimbres, forman el armadijo consistente de una existencia mediocre, honrada, sin luchas. - V - Los niños menores, Pilarita y sus hermanillos Bonifacio y Manolo, contagiados de los gustos del primogénito, despreciaban toda clase de juguetes para consagrarse al militar juego, aprovechando el material de guerra desechado por Vicente: cañones, tropa y oficialidad de cartón o de estaño, banderolas, espadas de palo y morriones de papel. La niña, desmintiendo su sexo apacible, era la más brava en las marchas, en las escaramuzas y refriegas, que algún día le valieron solfas de Lucila en semejante parte.   -44-   Empezó figurándose cantinera, por algo que había oído a su hermano mayor: aguardiente vendía en un cacharrito de lata, y cigarros de papel torcidos por ella misma. Mas pronto se cansó de estos femeninos menesteres de guerra, y arrollando a sus hermanos pequeños y arrebatándoles espada y casco, se puso al frente de ellos, y les condujo más de una vez a la victoria, o a nuevas solfas de la madre, que no podía resistir tanta batahola y entorpecimientos en las habitaciones y pasillos de la casa. Con sillas armaban plazas fuertes, bajo la dirección técnica de Vicente, y en la última torre de ella se colocaba Pilarita dando voces, atribuyéndose, no sólo entidad militar de plaza sitiada, sino la divina entidad de Virgen del Pilar, y clamaba: «¡Yo no quiero ser francesa... francesa no... Aragoneses, defendisme...!». Adoptaba Bonifacio para embestir la plaza el ariete romano, y Manolo imitaba la artillería con los más fuertes zumbidos que articular podía su gran boca. En el asalto eran tan fieros, que los muros y bastiones se desplomaban, y entre el deshecho montón de sillas caía la Pilarica con chichones en la frente... Inmediatamente venía la zurribanda, y con ella los gritos, ayes, lamentos y otras voces guerreras. «Por Dios, Vicente, no les azuces a estas diabluras. Ten juicio tú, ya que ellos no pueden tenerlo. Y a esta mocosa la voy a mandar a la escuela, para que allí me la sujeten y me le quiten sus mañas hombrunas...».   -45-   Entrado Noviembre, todo Madrid repetía en variedad de formas el juego de guerra de los niños de Halconero. Los señores mayores, las damas de viso, hombres y mujeres de las clases inferiores, procedían y hablaban, poco más o menos, como los chiquillos que esgrimen espadas de caña en medio de la calle y se agrandan la estatura con morriones de papel. Guerra clamaban las verduleras; venganza y guerra los obispos. No había español ni española que no sintiera en su alma el ultraje, y en su propio rostro la bofetada que a España dio la kabila de Anyera, profanando unas piedras y destruyendo nuestras garitas en el campo de Ceuta. El agravio no era de los que piden reparación de sangre. Fueron los españoles a la guerra porque necesitaban gallear un poquito ante Europa, y dar al sentimiento público, en el interior, un alimento sano y reconstituyente. Demostró el general O'Donnell gran sagacidad política, inventando aquel ingenioso saneamiento de la psicología española. Imitador de Napoleón III, buscaba en la gloria militar un medio de integración de la nacionalidad, un dogmatismo patrio que disciplinara las almas y las hiciera más dóciles a la acción política. Con las victorias de Crimea y de Italia fabricó Napoleón patriotismo más o menos de ley, que hubo de servirle para consolidar su imperio. Francia nos daba las modas del vestir, las modas del pensar y del sentir artístico: nos hacía los ferrocarriles; nos ponía, con mano   -46-   de niñera ilustrada, en los andadores del progreso; de Francia trajimos también una remesa de imperialismo casero y modestito, que refrescó nuestro ambiente y limpió nuestra sangre viciada por las facciones. Los partidos de oposición, deslumbrados por el espejismo histórico, cayeron en el artificio. Olózaga y Calvo Asensio cantaron en el Congreso las mismas odas que en sus púlpitos entonaban los obispos... Decía Calvo Asensio que el dedo de Dios nos marcaba el camino que debíamos seguir para aniquilar al agareno. Estas y otras elocuentes pamplinas arrebataban al auditorio y encendían más la hoguera patriótica. Un representante de la nobleza, ofreciendo al Trono el concurso de sus iguales, decía, mutatis mutandis, lo mismo que la ínfima plebe en tabernas y mercados. Contra el pobre agareno iba el furor de pobres y ricos, de Clero y Nobleza, de niños pequeños y niños grandes. La Reina, al despedir a O'Donnell con frases de sincera emoción, le echaba al cuello medallitas que tenía por milagrosas. Sentía Isabel no ser hombre para coger un arma y acudir a tan santa guerra; y era verdad lo que expresaba, pues nadie como ella sintió el intenso amor de las aventuras españolas, mezcla de fe religiosa, de locura caballeresca y de gallarda superstición. El efecto de unanimidad y de embriaguez sintética estaba conseguido. Gran triunfo del irlandés, de intención honrada y vista penetrante.   -47-   En cada mesa de cada café funcionaba un consejo de grandes tácticos y peritos estrategas. Eran, por lo común, empleados de mediano sueldo, retirados del ejército, o cesantes que llevaban su abnegación hasta el punto de alabar al Gobierno, de posponer su hambre a las altas miras de la patria y a la gloria del ejército. Allí se vio la grande generosidad de este pueblo, que olvidaba sus miserias, resignándose a comer entusiasmo y glorias, mal aderezadas con pan seco. Las madres ofrecían todos sus hijos, y los viejos querían alargar su vida para presenciar tantas victorias; los curas tocaban el clarín, y salpicaban de agua bendita los roses de los soldados, incitándoles a no volver sin dejar destruido el islamismo, arrasadas las mezquitas, y clavada la cruz en todos los alcázares agarenos. Gentes había mal nutridas, que lloraban oyendo hablar del próximo embarque de tropas, y darían su última pitanza por que nada faltase a nuestros valientes soldados. Nunca habían visto los nacidos un movimiento de opinión tan poderoso y unánime... De este sentimiento y convicciones salían tantos planes de guerra como bocas había en cada círculo de café. «Es indudable que nosotros desembarcaremos en Malabatah, cerca de Tánger... Tomamos Tánger, no sin pérdidas, y en seguida vamos a ocupar el monte de las Monas...». Esto decía Leovigildo Rodríguez. Le cortaba la palabra Federico Nieto (alias don   -48-   Frenético), diciendo con airadas voces: «Cállese usted y no extravíe la opinión. Tánger no puede ser el objetivo... Mi primo Joaquín, que ha estado en Ceuta y conoce aquello palmo a palmo, me ha dicho que todo lo que no sea tomar tierra en aquella plaza y subir derechitos a lo que llaman Sierra Bullones, es andarse por las ramas...». -¡Oh, eso no puede ser! -aseguró Agustín Fajardo, pasando su dedo por la mesa como por un plano imaginario-. Fijarse bien, señores. Aquí está Tánger... aquí está Ceuta... aquí Tetuán... Unamos por tres líneas estos tres puntos. Resulta un triángulo de lados desiguales... ¿El lado más corto cuál es? El que une a Tetuán con Ceuta... Pues mi teoría es esta: Otras naciones irán a su objetivo por el camino más largo. España debe ir siempre por el más corto. Si no lo hiciera, no sería España... Esta es mi teoría, señores; es mi teoría. Con estos desatinos fantásticos iba la gente alimentando la pasión patriótica, que a todos sostenía en un cierto estado de iluminismo alegre. Nadie dudaba del triunfo: el esplendor de nuestras armas traería después bienes sin cuento, que cada cual se imaginaba conforme a sus gustos y necesidades. El buen Halconero, que en patriótico fanatismo daba quince y raya a todos los españoles, pensaba que después de la guerra los laureles nos abrumarían. Probablemente, tras la campaña en África vendrían otras marimorenas con diferentes naciones   -49-   europeas o asiáticas, y de este continuo pelear resultaría mucha, muchísima gloria y poco dinero, porque los brazos abandonaban la cosecha del trigo por la de laureles. ¿Pero qué importaba? Con tal de ver a España tosiendo fuerte, escupiendo por el colmillo en el ruedo de las naciones europeas, nos allanaríamos a sustentarnos con piruétanos y tagarninas. Obligado el insigne paquidermo don Bruno Carrasco a tocar su pito en la orquesta patriótica conforme a la tregua concedida por el Progreso, no podía saciarse de política, su comidilla sabrosa y constante. Los temas desde la subida de O'Donnell hasta el Otoño del 59 habían pasado a la Historia. Ya Carrasco no podía poner en su púlpito más que el paño de gala para cantar himnos al Ejército y al Dios de las Batallas. Era ya fiambre manido el asunto de los Cargos de piedra, y la acusación y proceso contra Esteban Collantes, farsa de justicia que encubría el propósito de inutilizar a los moderados por la difamación. No era culpable el ex-ministro de Fomento en el Gabinete Sartorius: la culpa venía de arriba y de peticiones de dinero que el Gobierno no podía desatender. Fue verdad que el valor de los ciento treinta mil cargos de piedra se aplicó a objeto distinto de la reparación de carreteras; cierto que la cantidad fue sustituida por otra igual dada por Salamanca; indudable que don Agustín Esteban Collantes, días antes de la caída de San Luis, ordenó que   -50-   el milloncejo se reintegrase a su primitivo destino; verdad fue que en el camino hacia la casilla del presupuesto, se perdieron los cuartos, y que la responsabilidad de tal extravío recaía exclusivamente sobre el Director General de Obras Públicas, y que este trasladó a Londres su residencia. Ruidoso escándalo trajo la grave acusación, una de las mayores torpezas de la Unión Liberal, porque en el proceso salieron a relucir infinidad de suciedades de nuestra administración, y nadie a la postre fue castigado. El ex-ministro se defendió con maestría y sutileza grandes. Inmensa labor fue, para el que se sentía inocente, demostrarlo sin dirigir un solo golpe al punto delicado de donde procedía la infracción de ley... Pues sobre este embrollo y sobre los incidentes del dramático proceso, habló don Bruno tres meses, sin descanso de su lengua ni agotamiento de su saliva. Él lo sabía todo: la inocencia de Collantes, la dudosa conducta de Mora, el origen palatino de aquella irregularidad. Las relaciones entre los partidos de gobierno quedaron rotas y envenenado el ambiente político. Si no inventa O'Donnell la guerra de África, sabe Dios lo que habría pasado. Fue la guerra un colosal sahumerio... Casi tanto como los Cargos de piedra, sacó de quicio a don Bruno la intentona republicana que estalló y fue sofocada en el curso del estío. En aquella locura pereció el más loco de nuestros demócratas, Sixto Cámara, joven, apuesto,   -51-   de rostro interesante y algo místico. Trató de sublevar a la guarnición de Olivenza: no pudo conseguirlo; huyó, y perseguido por la Guardia Civil en los campos extremeños, murió de calor y de sed. Místico fue el martirio de aquel visionario que padeció la generosa demencia de querer implantar la República con tres republicanos. En los claros que dejaban estos asuntos de real importancia, subía don Bruno a su púlpito para condenar los resellamientos y pasar revista a los nuevos periódicos, La Discusión, inspirado por Rivero; El Estado, dirigido por el poeta Campoamor; El Horizonte, hechura de don Luis González Bravo, papel impulsivo y un tanto burlesco con remembranzas de El Guirigay... De El Contemporáneo, el periódico elegante, órgano de la fracción más europeizada del moderantismo, hablaba pestes el buen don Bruno; odiaba con toda su alma a los caballeros del guante blanco, que derramaban sus luces en aquel diario, dándole la nota de la distinción y del saborete inglés, a los que llamaban Sincretismo a la Unión Liberal, y a cada momento empleaban términos tan estrambóticos como el Self-government y el Habeas Corpus... ¡Qué tendría que ver con la política el Santísimo Corpus Christi! Una mañana de Noviembre, hallándose don Bruno y Halconero en casa de este charlando de la movilización de tropas, entró jadeante Juanito Santiuste con la noticia de que él, también él, ¡feliz mortal!, iría... «¿A   -52-   dónde, hijo mío?». ¡A la guerra! Por el Marqués de Beramendi, su amigo, había conseguido una plaza en la Sección Volante de la Imprenta de Campaña. Ya tenía preparado su equipaje, que era de los más exiguos, y aquella misma tarde... ¡Cielo santo, Juanico a la guerra! ¡Y él también sería héroe, y a más de ser héroe, tendría la gloria de ver tantas grandezas...! Y andando el tiempo, dentro de un siglo, sus inocentes biznietos dirían: «Mi abuelo estuvo en la más alta acción, etcétera...». Fuese porque aquel día estuviera don Vicente amagado de un nuevo ataque de su mal, fuese porque la noticia de la partida del trovador colmara su exaltación, ello es que el hombre rompió en llanto. Su trabada lengua decía: «Tú vas, Juan, y yo no... Yo inútil, yo... trasto viejo... tú gloria, yo estropajo... Abrázame... te quiero... ¡Viva España...! Hijos míos... Lucila, venid... ¡Que me traigan a Donnell... que me traigan a Prim!». Dichos estos y otros desatinos, salió disparado por el pasillo, los brazos en alto, el andar tan inseguro que daba encontronazos en los tabiques, rebotando de uno en otro. Seguíanle todos asustados de aquel delirio. Al volver a la sala, su rostro amoratado indicaba fuerte congestión; su voz, ya ronca y casi ininteligible, repetía: «¡Prim... ejército... march...!». Para mayor duelo, los chicos menores, que aquel día tuvieron la humorada de disfrazarse de moros, se habían ennegrecido la cara con tizne de la cocina, y   -53-   haciendo pucheros marchaban detrás de su padre, dando al cuadro, con la mayor inocencia, un tono de trágica burla. Halconero, girando sobre la pierna derecha que de improviso se le quedó como si fuera de palo, cayó al suelo sin que Lucila ni los demás pudieran contener la caída. Pesaba mucho: la palabra escapaba mugiendo de su boca torcida, como escapan los habitantes de una casa que se desploma. Con gran dificultad, entre Lucila, don Bruno y Santiuste, levantaron en vilo el pesado cuerpo, y lo tendieron en la cama. - VI - El médico, llamado a toda prisa, no recetó más que la Extremaunción. Acudieron a la casa Virginia y Leoncio; pero este, como Santiuste, no tardó en salir, pues ambos debían prepararse para partir aquella misma tarde. El niño cojo, que arrimado al balcón había presenciado el accidente y caída de su padre, recibió tan fuerte impresión, que en largo rato no pudo moverse ni pronunciar palabra. Los pequeños, que a la cocina huyeron aterrorizados, mojaron con sus lágrimas el tizne, y diluido este en las caras como pintura de acuarela, se convirtieron en mulatos. En su aflicción y espanto encontró Lucila una ligera pausa para salir a consolar a Vicente, que junto al balcón permanecía. «Tu padre está malito... pero no   -54-   te asustes... Ha sido un ahogo. Dios querrá que se le pase pronto... Me parece, hijo mío, que tú quieres llorar y no puedes. Llora un poquito, sí; aunque... ya te digo... tu padre está mejor... Ya he mandado a la Nicasia que te ponga tu silla en el comedor... Me vuelvo al lado de tu padre; pero ya saldré un ratito... te haré compañía y te contaré cosas... Tus hermanos, que hoy están muy mañosos y pintados de negro, se meterán contigo en el comedor. Tú cuidarás de que guarden silencio... Entretenles enseñándoles las vistas de batallas... Adiós, Vicente: llora un poquito... no te importe llorar...». Volvió la madre a su obligación. Durante la breve ausencia, el enfermo había recobrado el sentido, aunque sólo de una manera borrosa, crepuscular, pronunciando palabras confusas. Don Bruno Carrasco a gritos le interrogaba, creyendo que de este modo sería mejor entendido. Conoció don Vicente a su mujer, y haciendo por cogerle una mano, intento que no pudo realizar, le dijo: «Luci... di... dile a Prim que... que pase... a Donnell que... pase... a Chagüe... pase...». A esto siguieron mugidos, como una recriminación a su propio cuerpo por aquella mala partida de no querer moverse... Sólo el brazo derecho tenía un resto de vida, estirándose y encogiéndose como el alón de un ave moribunda. Entró de la calle Jerónimo Ansúrez, que, ignorante del grave suceso, tuvo más palabras para el estupor que para el remedio, y   -55-   con penetración clínica de hombre tan ducho en vidas como en muertes, juzgó desesperado el caso. Ayudó a su hija en la aplicación de sinapismos, y viendo que a las quemaduras de la mostaza no respondía ni con vibraciones de dolor aquel madero que había sido cuerpo humano, propuso que, conforme al dicho del médico, se mandara al diablo la Medicina y se llamase a la Religión. Él mismo llevó el aviso a la parroquia, y a eso de la una dieron la Extremaunción a don Vicente, pues para otros auxilios del alma no tenía el enfermo la necesaria lucidez. No obstante, cuando sonaron en la sala los pasos del sacerdote, la consternada Lucila creyó descubrir en el moribundo una chispa de conocimiento... Cariñosa atención puso en aquellos mugidos, y hasta llegó a traducirlos libremente de este modo: «Luci... di... dile a Dios que... pase». Las tres serían cuando entregó a Dios su alma el bueno, el honrado, el sencillo labrador don Vicente Halconero, que jamás hizo mal a nadie, y a muchos bien sin tasa; varón de grande utilidad en la República, o por mejor decir, en el Reino, porque no devoraba porción ninguna del Tesoro Nacional, sino que creaba, con su labor de la tierra, nueva riqueza cada año. No aumentaba la confusión de opiniones, sino que tendía con su patriótica fe a simplificar las ideas, y a buscar la síntesis que pudiera traer a nuestro país positivas grandezas. Su trabajo agrícola era un beneficio para España, y   -56-   otro su inocencia, virtud preciada contra la invasión de maliciosos. Fecundaba la tierra, fecundaba el ambiente. Soltó Lucila las exclamaciones de su duelo con afluencia que del corazón y del alma le salía. Era un poema de gratitud, tributo al hombre que la sacó de la soledad triste, ignominiosa, y que, al dignificar su persona, le dio paz, bienestar, honor, y cuanto pudiera ambicionar la mujer menos humilde. Había sido Halconero el maravilloso príncipe de los cuentos orientales, que ofrecen su mano y su reino a la niña despreciada, víctima de las brutalidades de un genio maléfico. El buen caballero labrador, que tenía por blasón su arado y podadera, y por leyenda el Super omnia rura, la hizo reina de su casa, de sus abundantes cosechas, de sus ganados, que poblaban praderas y montes. En este trono, al que subió la celtíbera como por milagro, quedaron borradas las sombras de un pasado triste, y hasta los amargos dejos de sus desdichas se extinguieron en tantas dulzuras. Luego vino su coronación de reina, los hijos, las sagradas prendas de aquella unión bendita. Con los frutos de ella, la casa labradora se perpetuaba y prometía mayores bienandanzas en edades futuras... Por las notas agudas del llanto de Lucila, que hasta el comedor llegaban, comprendió Vicentito que su padre no existía ya. Era un niño de conocimiento y alcances superiores a su edad. Su misma dolencia, que a forzosa quietud le sometía, daba mayor lucidez a   -57-   su mente para las cosas graves. La falta de ejercicio corporal, entorpeciendo la acción del niño, permitía un precoz desarrollo de las facultades del hombre... Como se ha dicho, los ecos de la voz plañidera de su madre, difundidos por la casa muda, dieron al chiquillo la idea y sensación del gran infortunio de la familia: sintió el vacío de padre, la repentina ausencia de una suprema autoridad y custodia... Viéndole llorar, también lloraron sus hermanitos. Pero él les dijo: «No lloremos todos a un tiempo, que haremos demasiado ruido... Si la madrita nos oye llorar, se pondrá más triste... No es más sino que el padre está malo... pero ahora viene el médico y se pondrá bueno». Con estas y otras exhortaciones les hizo callar, y él, sin limpiarse las lágrimas, dio algunas vueltas, con sus muletas, en torno a la mesa del comedor, aún sin manteles ni preparativo alguno de comida, aunque había pasado la hora. Después se sentó, estirando su pierna sobre otra silla, y permaneció pensativo un buen rato, mientras Pilarita y los pequeños, sentados en ruedo casi debajo de la mesa, repasaban las vistas de batallas, agregándoles innumerables detalles, ya con trazos de lápiz gordo, ya con la impresión de sus manos puercas... Entró en esto Nicasia llorosa. Vicente no le dijo nada, ni necesitó que ella le contase lo ocurrido. Venía, por orden de la señora, no más que a darles de comer, y a recomendarles que no hiciesen ruido, y que fuesen aquel día los niños   -58-   más buenos del mundo. Puesto un mantel en media mesa, en un santiamén les dio de comer la moza, sirviéndoles sopa fría, carne y garbanzos del cocido a medio hacer, tortilla improvisada, como remedión, higos y nueces de postre. Vicentito fue excesivamente parco con el comer. Entró Jerónimo Ansúrez con rostro grave cuando aún no habían concluido, y a todos les acarició diciéndoles: «¡Qué guapos son estos niños, y qué bien se portan hoy! Les voy a traer almendras confitadas y unos candeleritos con velas de colores, con su Virgen de la Paloma y todo. Luego vendrá Virginia con su nene, y jugaréis a los altaricos». Se fue a tratar del féretro y demás, en una tienda de la Concepción Jerónima. Vicente se puso a repasar un librillo de estampas de animales, y aún estaba en las primeras hojas, cuando vio entrar a Juan Santiuste, de puntillas, la consternación pintada en su rostro estatuario, que si era comúnmente fiel intérprete de la alegría, mejor expresaba el dolor. Llegose derecho al cojito y le estrechó las manos... Se sentó a su lado... No habló del padre muerto, ni había para qué. Había venido Juan a ver cómo seguía don Vicente. Los porteros confirmaron lo que él temía. Subió desolado. Nicasia, enterándole en breves palabras de la muerte, le dijo: «Pase, don Juan, al comedor: allí están los niños». No acertó el chico a decirle palabra. Dejándose acariciar de él, le miraba con arrobamiento.   -59-   Juan le pasó la mano por los cabellos negros, sedosos, atusándoselos con gracia... «Vicente -le dijo-, te quiero tanto, que no siento irme a la guerra más que por no poder estar contigo y verte todos los días». -¡Te vas a la guerra, Juan...! Verás: antes quería yo que fueses a la guerra, y hoy me da pena de que te vayas... ¡Tanto tiempo sin verte; tanto tiempo solo!... ¿Y si cuando vengas me encuentras más cojo que ahora? No: yo no quiero estar cojo. Oyéndole sintió Santiuste un arrebato de amor tan grande por aquel niño enfermo, prodigio de graciosa inteligencia, que no pudo reprimirse, y cogiéndole la cabeza le besó con ardor en los cabellos, en la frente, en las mejillas, y no paró en sus demostraciones hasta que el chiquillo protestó con cariñosa queja: «¡Juan, que me ahogas!». Santiuste oprimía contra su pecho la cabeza del niño, diciéndole: «No sabes cuánto te quiero, hijo mío... No te lo había dicho nunca... Ahora te lo digo, porque sí; porque quiero que lo sepas... Eres muy bueno, Vicente, y por bueno te quiero yo...». -Pues si me quieres -replicó el chico-, escríbeme de allí todo lo que vaya pasando en la guerra, para que yo me entere. Escribes y le mandas las cartas a mi madre, y ella y yo las leeremos juntos, y nos acordaremos de ti. Mi madre también te quiere: se lo he conocido; te quiere como si fueras mi hermano, y me parece que no le hace mucha gracia que te vayas a la guerra. Podría   -60-   cogerte una bala, y matarte o dejarte derrengado... o con la cara rota, sin tu guapeza natural. -Ya cuidaré yo de que no me cojan balas; y en lo de escribiros cartas a tu madre y a ti, estad tranquilos. Todo, todito lo que vaya pasando, batallas, victorias, lo sabréis ella y tú tan pronto como el Gobierno... Déjame que te bese otra vez, criatura... La idea de que estaré tanto tiempo sin verte me vuelve loco... En el nuevo arrebato de su cariño ardiente, no pudo Santiuste contener sus lágrimas; y viéndole llorar, Vicente también lloró. «Hoy estoy triste, Juan -le dijo-. La verdad, no debieras marcharte... voy a quedarme muy solo... Si no tienes prisa y esperas a que salga mi madre, verás cómo ella te dice también que no te vayas...». Acongojado y con un nudo en la garganta, Santiuste no sabía qué decir... «No, no estaré hasta que tu madre venga -murmuró al fin, mirando con pavor a la puerta-: tengo mucha prisa...». La presencia de Lucila le infundía miedo en aquella fúnebre ocasión. Verla y oírla era ordinariamente su encanto; mas aquel día la imagen y la voz de la celtíbera debían ser guardadas en arqueta de oro, de donde se sacarían a su debido tiempo... Tal era su temor de verla, que con súbito movimiento cogió el sombrero para marcharse. Quiso detenerle Vicentillo. «¿Quieres que llame a Nicasia para que le diga a madrita que estás aquí?».   -61-   -No, no, no -replicó Juan con mayor espanto-; madrita no puede venir ahora... Yo me voy... Déjame darte muchos besos... y también a tus hermanitos... Tú, Vicente, no te olvides de mí. ¡Mira que te quiero mucho, y pensaré en ti a todas horas...! En el corazón me llevo tu cara, que es la cara de tu madre... quiero decir, que te pareces a ella... Adiós... Recibiréis cartas, y hoy os contaré una batalla, mañana otra. No perderé ninguna, para que toda la guerra quede bien referida. Hoy sale O'Donnell; yo también. Vamos juntos a Cádiz, y allí nos embarcamos... Ya te dije que Cádiz es puerto de mar... -Tú, que sabes tanto, le dirás a O'Donnell lo que tiene que hacer... Y tú llevarás tu fusil... Pongo que te encuentras por delante a un moro: te matará si no le matas a él... -Naturalmente, allí me darán armas... Y yo te aseguro que si algún morazo se me pone a tiro, lo mando al otro mundo con un recadito para Mahoma. -Dice mi abuelo Jerónimo que los moros tienen su cielo separado del nuestro, donde está Majoma con muchísimas mujeres, bailando y divirtiéndose. ¿Será verdad eso, Juan? «Debe de ser verdad... Cuando yo vuelva te daré noticias de la tierra y del cielo moro... Adiós, niño mío; no puedo detenerme más». El temor de que Lucila entrase, singular ejemplo de delicadeza llevada a un   -62-   extremo increíble, le hacía temblar. Besó de nuevo al chiquillo con ardiente ternura, repartió besos entre los demás, y salió con pisar blando. - VII - Pero al bajar vio que subían el ataúd, y como era tan angosta la escalera, hubo de volver hacia arriba y meterse en la casa, única manera de dar paso al fúnebre cajón. En aquel instante, gran estrépito militar venía de la calle, por la cual marchaba un batallón con música, y bullicio y vítores de la gente. Favorecido de aquel estruendo, pudo Santiuste escabullirse hacia el interior de la casa mortuoria, y volvió a meterse en el comedor, después de cerciorarse por Nicasia de que los chicos continuaban solos en aquella pieza. Fascinado Vicentito por la bullanga marcial que atronaba la calle, creyó que su amigo Juan volvía para echar con él otro parrafito de cosas de la guerra. «¿Qué tropa es esa, Juan?». -Cazadores de Ciudad-Rodrigo, que van a la estación. -Ciudad-Rodrigo, número 9... ¡Y no puedo asomarme! -No, hijo mío; no te muevas de aquí. Verás a los cazadores de Ciudad-Rodrigo cuando vuelvan de África vencedores... Estoy aquí otra vez porque no he podido pasar... Y me alegro de volver, porque se me   -63-   olvidó decirte que... Vicente, dirás a tu madre que siento mucho no despedirme de ella; que... -Que nos escribirás, que nos quieres... -Que siento no despedirme, Vicente: no le digas más que eso... por ahora. Y cuando llegue mi primera carta, le dirás... eso... que os quiero mucho, que os llevo en el alma... No, no digas nada de esto... Adiós, hijo mío... Si me detengo más, me quedo en tierra. Adiós. Otro beso, otro... Salió como un cohete, y no hallando obstáculo en la escalera, pronto pisó la calle, donde no era fácil el tránsito por la muchedumbre que al batallón aclamaba y en su marcha le seguía. Ventanas y balcones rebosaban de gente: lo que esta no podía expresar con la boca, lo expresaba con los pañuelos desplegados al viento. Subió Santiuste en cuatro brincos a su casa, cerró la maletilla en que metido había todo su ajuar, envolvió en un papel algunos objetos que en la maleta no cabían, y acompañado de un chico de la patrona que se brindó por patriotismo a llevarle el equipaje, se metió por la Plaza Mayor, para coger la calle de Atocha, que a la estación del mismo nombre debía conducirle. Apretando el paso llegaron el viajero y su ayudante de carga al crucero de Atocha, donde era tan grande el tropel de gente, que no había medio de romperlo para pasar al embarcadero del ferrocarril. La multitud no cabía en el suelo, y se extendía por alto: los chicos, encaramados   -64-   en la fuente de la Alcachofa y en los árboles; las mujeres del pueblo, subidas al cerrillo de San Blas y al techo de la ermita. Coches de lujo, con señoras y caballeros de la mejor sociedad, trataban de navegar en la masa humana, que se movía como el mar, con oleaje de estrujones y espuma de gritos. Era felizmente un mar alegre. Nadie se quejaba de las apreturas: la molestia y el vaivén penoso eran motivo de risa, de graciosos dicharachos. Poco terreno habían ganado Santiuste y la compañía, abriéndose hueco a fuerza de vigorosos codazos, cuando vieron un coche abierto en que venía O'Donnell con Posada Herrera y Armero. Apenas se dibujó sobre las olas la figura del General, los vivas a España, a O'Donnell y al Ejército formaron un ruido de huracán. Miles de manos se agitaban por encima de las cabezas. Navegaba el coche con suma dificultad, y el cochero entraba en familiar conferencia con la multitud. «Pero dejen pasar... No puedo ir por otro lado... Hagan el favor... despejen». Y una mujer del pueblo: «Atrás todo el mundo. Pase, Leopoldo...». Con esfuerzo de brazos y suprema inspiración, Santiuste y su compañero levantaron en alto, el uno la maletilla, el otro su envoltorio de papeles, gritando: «Señores, que yo también voy a la guerra... déjenme paso...». «¿Y a qué vais vosotros allá, lambiones?». Las burlas y chirigotas que oyeron no les acobardaron: entre risas y algún trastazo llegaron a poner la mano en la capota   -65-   del coche del General, y con tal arrimo, náugrafos asidos a una lancha, llegaron al puerto de la estación. El gabancillo de Santiuste no salió de aquel mal paso sin lastimosos desgarrones, y del envoltorio de papel, chafado y roto, se escaparon una zapatilla, una pistola y un tintero de bolsillo. En la plazoleta de la estación, vio Santiuste más coches, y en ellos damas que lloraban y señores que hacían pucheros. La patriótica ternura se desbordaba en todas las almas. Allí los vivas eran más cultos, y nadie pedía orejas de moros, mas no era menor el estruendo. Entre mil caras, distinguió Juan el interesante rostro de Teresa Villaescusa... También lloraba, pues aunque mala mujer, era una furibunda patriota. Iría de cantinera si la dejaran. Santiuste la vio, mas no fue visto de ella. Atendía la guapa mujer a un señor viejo que en el coche la acompañaba, y que sin duda le decía: «No es propio de las señoras llorar tanto por cosas de patriotismo, ni dar vivas. Para dar vivas estamos los hombres, y para llorar, los niños y las mujeres de pueblo. Las hembras que no son de pueblo, deben entusiasmarse con dignidad, sin lágrimas ni voces descompuestas... Pon tú cara risueña, que es lo que te corresponde, y yo grito, como vas a oír: '¡Viva España, viva la Reina!'». Alelado, primero con la visión de Teresa, después entristecido por otras añoranzas de mayor intensidad en su espíritu, Santiuste   -66-   pudo sobreponer fácilmente a estas flaquezas la grande ilusión de África: este manantial de felicidad era entonces abundante y puro, y en él encontraba el alma todos los consuelos que pudiera necesitar... Despidiose de su machacante el expedicionario, y penetró en la estación. Entre el barullo que allí había, no tardó en encontrar amigos: el Marqués de Beramendi, que le había proporcionado la dicha de acompañar al ejército en calidad de cronista; Manolo Tarfe, el mayor entusiasta de O'Donnell, que a todos embarcaba para la guerra y se quedaba en Madrid; el Capitán Navascués, que iba en la escolta del General en Jefe; O'Lean, Gallo, Pulpis, y por fin, Rinaldi, el prodigioso políglota a quien O'Donnell llevaba de intérprete. Era Aníbal Rinaldi joven de lenguas, más bien niño, nacido en Damasco, recriado en Granada; hablaba con perfección el árabe, su idioma natal, y otros doce de añadidura. Con este simpático mozo trabó amistad Santiuste, días antes de la partida, cautivado por su saber filológico y por la dulzura y franqueza de su trato. Concertáronse para ir juntos en uno de los coches destinados a intérpretes, cronistas y demás elemento auxiliar, y colocadas las maletas de uno y otro en dos extremos del departamento, Santiuste ocupó su sitio. Tan nervioso estaba, que temía que el tren partiera sin él si se entretenía en despedidas y salutaciones. Los minutos que faltaban para la salida se le hacían años en que todos los días fueran Cuaresma.   -67-   Quería partir, correr, volar... Por fin, un clamoreo de vivas expresó la salida, y el tren dio los primeros pasos, hiriendo la calzada de hierro con las suelas del mismo metal. «Gracias a Dios -dijo Santiuste a Rinaldi, sentado frente a él-; ya partimos, ya vamos... Será un sueño llegar al África; pero ya no lo es salir de Madrid, y salir con O'Donnell. Si él llega, llegaremos nosotros». -Dormiremos -dijo Aníbal requiriendo las blanduras del rincón junto a la ventanilla. -Yo no duermo -replicó Santiuste-. No quiero dormir. Temo soñar que no he salido, que me he quedado en Madrid. Pasaré la noche mirando los fantasmas del campo, el suelo de España que corre hacia atrás, como formas yacentes y líneas acostadas... Bufaba el tren en las cortas pendientes, echando fuego por las narices... A lo largo de las planicies fáciles, se dormía en un ritmo ternario, imitando el trote del Clavileño. Segunda parte África.- De Ceuta al Valle de Tetuán: Noviembre y Diciembre de 1859.- Enero de 1860 - I - Seis días tardó de Madrid a Cádiz el Clavileño, que sólo era ferrocarril hasta Tembleque; lo demás lo anduvo por caminos carreteros. El 14 se embarcó O'Donnell en el vapor Vulcano para hacer un reconocimiento de la costa africana. En Cádiz esperaban orden de embarque las tropas del Segundo Cuerpo al mando de Zabala, y allí quedó también Santiuste, quien, si por una parte se alegró de aquel descanso junto a sus buenas tías, por otra renegaba de la tardanza en pisar la tierra berberisca, objeto de sus más ardientes ansias. Por fin, regresó a Cádiz el General en Jefe, pasó revista a las tropas el 19, santo de S. M., y a los pocos días partió con el Segundo Cuerpo, desembarcando en Ceuta casi al mismo tiempo que lo hacía Prim con la división de Reserva, procedente de San Roque y Algeciras. Dura fue la travesía por causa del maldito   -70-   Levante, que en los meses de erre suele jugar con las aguas del Estrecho, alborotándolas furiosamente. El pobre Santiuste, que era el hombre menos marinero del mundo, pasó fatigas de muerte, tumbado en la cubierta del vapor, sin más consuelo de aquel terrible sufrimiento que lanzar maldiciones contra Neptuno y Eolo... Llegó a sentirse como un pellejo vacío que no podría jamás tenerse en pie... Por fin, oyó decir que ya se veía Ceuta. Transcurrido un lapso de tiempo que a él le pareció de muchas horas, oyó decir que el vapor fondeaba. Los tremendos balances no amenguaban por esto, y el pobre mareante, incorporándose con supremo esfuerzo para mirar por encima de la borda, vio el Hacho, vio la ciudad tendida en el istmo, como un gran telón que por el cielo arriba se encaramaba, después se hundía en los abismos profundos... Las maniobras y el barullo del desembarco diéronle algún aliento. Deseaba ser de los primeros en tomar tierra; pero fue de los últimos. Con dificultad podía tenerse en pie, y el uniforme que le habían dado antes de salir de Cádiz le pesaba y estorbaba horriblemente, no acertando ni a meter los botones en sus ojales respectivos para conservar la dignidad de la persona y del traje; el ros se le perdió en las fatigas del mareo: pusiéronle otro, que se le encasquetaba hasta las orejas. Con tal facha, y viendo que cielo, mar, barco y tierra continuaban en angustioso sube y baja delante de su vista,   -71-   obligándole a cerrar los ojos para reconstruir en su retina las líneas fijas del Universo, fue llevado como en vilo hacia la escala, y de allí le bajaron a un bote, que también se hundía y se encaramaba... No pudo decir lo que le pasó hasta sentirse arrojado como un fardo sobre los losetones del muelle. Su amigo el Capitán Pulpis vino a darle ánimos. Sacó Santiuste fuerzas de su extenuación, y evocando su dignidad y mirándose el uniforme que vestía, se puso en pie, anduvo... Entre soldados que se reían de su facha y desaliento, llegó a un sitio donde le dieron vino y pan. Habría preferido café, caldo, cualquier bebida caliente; pero hubo de conformarse, pues no estaba el tiempo para pedir cotufas en el golfo. Vio mujeres que, al paso de la tropa, le miraron compasivas. La mirada de las hembras levantó un poco su espíritu y le entonó el desmayado cuerpo. Oyó salutaciones, clamor de vítores. Con decir ¡viva la Reina!, lo decían todo pueblo y soldados. Llegaba la hora del sacrificio por la patria, y era indecoroso pensar en comer. Adelante, adelante. La muchedumbre militar, en cuya retaguardia iba el mísero poeta y orador Santiuste, marchaba por la población ante un abigarrado gentío. Vio casas de desigual altura, unas con tejado, otras con azoteas; vio que por encima de algunas tapias asomaban palmeras y naranjos... vio caras compungidas y caras risueñas... Luego pasó por un conducto obscuro   -72-   y estrecho, semejante a los túneles del ferrocarril; pasó por un puente levadizo, bajo el cual se extendía profundo foso vestido de hierba; vio bastiones, plazas de armas con pirámides de balas negras junto a los cañones verdes, inválidos; franqueó puertas rematadas con el escudo nacional, y, por fin, vio campo, terreno inculto a derecha e izquierda, lomas áridas con algunos grupos de chumberas o palmitos, entre peñas, y ya no veía mujeres ni paisanos. La tropa, en cuyas filas iba, avanzaba silenciosa: a lo lejos, a medida que el paisaje se abría, divisó el cronista soldados de todas armas, en grupos, no en actitud de combatir, sino de descanso; acémilas que volvían descargadas, camillas que aún no transportaban heridos. De moros no veía Juan ni rastro por ninguna parte. Agradeció mucho el poeta militar que la masa de tropa, dentro de la cual era como gota de agua en la ola movible, suspendiera su marcha, alcanzado quizás el término de ella. Difícilmente se tenía ya en pie, y necesitaba evocar toda su dignidad y todo su patriotismo para no tumbarse a un lado del sendero. Algo le consoló ver que los soldados reconocían los sitios en que debían armar sus tiendas, y observó con gozo todos los indicios de esta función doméstica que aun en la vida de campaña es indispensable. Oyó que aquel lugar se llamaba El Otero; le animó mucho el notar que los soldados, alegres y activos, no se recataban para manifestar   -73-   su horroroso apetito. Desde la salida de Cádiz no había vuelto a ver a su amigo Rinaldi: le suponía junto al General en Jefe, y a este se le figuraba en Ceuta, ordenando la situación de las fuerzas en los puntos convenientes para comenzar la campaña. La atenuación física desmedraba de tal modo las facultades mentales de Santiuste, que apenas podía discurrir, y al intentarlo no lograba traer a sus juicios la lógica fugitiva. No sabía en qué Cuerpo de Ejército se encontraba, ni si era su Jefe Prim o Zabala. El capitán Pulpis, única persona con quien hablar podía, pues los demás no paraban mientes en él ni le hacían ningún caso, le dijo que más adentro, fuera ya del campo neutral, había un caseretón llamado El Serrallo, que fácilmente ocupó Echagüe días antes. Rodeado aquel sitio de cerros eminentes, en estos se levantaron fuertes. Atacaron los moros; se les rechazó en cuantas embestidas dieron. Habíamos tenido pérdidas; ellos muchas más... Ya que pisaban territorio marroquí dos Cuerpos de Ejército, y el Tercero no tardaría, pronto veríamos formidables batallas... Todo esto le hubiera parecido muy bien al amigo Santiuste, si se encontrara en el estado de equilibrio fisiológico que permite la fácil apreciación de los planes guerreros, pues los estómagos vacíos obscurecen las facultades del alma, y esta no puede darse cuenta de cosa alguna referente a la gloria y al patriotismo. Más   -74-   que las noticias de los encuentros, honrosamente sostenidos por Echagüe, agradeció Santiuste que Pulpis le brindara el abrigo de la tienda, acabada de armar por los soldados; allí esperaría la comida que les diesen, la cual no había de ser mucha, pues las raciones venían escasas por no poderse transportar desde Cádiz, Málaga y Algeciras todo lo necesario. Iba cayendo la tarde. El machacante de un sargento, de la compañía de Pulpis, dio pan al extenuado cronista; este se reanimó; fue recobrando su ser, desvirtuado por el mareo, el cansancio y el ayuno, y pudo esperar, con relativa paciencia, la hora feliz en que repartieran algo caliente y sabroso. Esto llegó al fin, y devorado fue sin que nadie pusiese el menor reparo. Dio Santiuste gracias a Dios y a Pulpis por la reparación de su cuerpo, que le devolvía gradualmente las luces y el vigor del alma. Un poco de café, mal colado y caliente, iluminó más el cerebro del héroe por fuerza, poniéndole en condiciones de enterarse de todo, de apreciar los juicios que oía referentes a hechos y a personas. Recostado en la parte de la tienda donde menos estorbo podía causar su cuerpo, escuchó comentarios que los oficiales hacían de la situación y objetivos del Ejército, y pudo entender que aún no se sabía con certeza si iríamos sobre Tánger o sobre Tetuán. Dominaba entre los contendientes la opinión de que lo segundo era difícil, y lo primero imposible.   -75-   El comandante don Luis de Castillejo, hombre de historia militar y social muy cuajada de peripecias, y además despejadísimo, aseguró que si el objetivo era Tetuán, el Ejército debió tomar tierra africana en la desembocadura del Río Martín. Él conocía palmo a palmo toda la costa, por haberla recorrido a pie o en lancha, en ocasiones dramáticas de su vida. Además, había servido en Ceuta, en Alhucemas y en Chafarinas; conocía también parte del territorio de Anyera, y podía resueltamente asegurar que el mejor punto de desembarco para contener a los anyerinos y expugnar a Tetuán era el Río Martín. ¿Cómo no lo vio así el General en Jefe cuando salió en el Vulcano a recorrer la costa? O no pudo acercarse bastante por causa del ventarrón que aquel día reinaba, o los técnicos que llevó consigo no pudieron asesorarle bien, por no haber estudiado previamente la costa entre Cabo Negro y Cabo Mazari, ni las débiles defensas que tienen los moros en la boca del río. El sueño cerró las bocas de los oficiales, y Santiuste se adormeció pensando en su compromiso de referir puntual y rectamente cuanto viese. Su amigo y protector Beramendi le había dicho: «Hágase cuenta de que escribe para mí solo, y sea esclavo de la verdad». Ajustando sus ideas al recuerdo de la voluntad del Marqués, se durmió con este propósito: «Mañana escribiré que todavía no sabemos a dónde vamos... que quizás el Estado Mayor tampoco lo sabe... que el   -76-   desembarco en Ceuta es un disparate estratégico...». Y despertando al toque de diana, que en el campamento sonaba como himno religioso, pensó que si debía ser estrictamente sincero con el simpático Fajardo, a su amiguito Vicente Halconero, hijo de Lucila, escribiría en tonos de patriotismo infantil y sonrosado, así, por ejemplo: «Todo admirable, todo conforme al ensueño... los generales acertadísimos... los soldados alegres, deseando batirse, batiéndose como leones... como españoles bien comidos... la pitanza pronta en todo caso, y abundante... los moros iracundos en el ataque... cayendo como moscas... el país precioso, con oasis, palmeras, camellos... higos chumbos por todas partes... las mezquitas arrasadas por los nuestros... la Cruz triunfante, y ¡viva España!». Medio repuesto ya del gran quebranto del viaje, salió Juan a pasear por el campamento, y no fue poco su asombro al ver que, recorriendo un gran espacio de terreno, no dejaba de ver tropas y más tropas. Queriendo llegar al fin de aquel humano enjambre, siguió laderas abajo y laderas arriba hasta dar en un cerro que llamaban del Renegado. Desde allí se veía el mar por una parte, por otra las alturas en que se alzaban los fuertes que mandó levantar Echagüe. Internándose un poco, vio el Serrallo, construcción vieja, almenada, y en torno a ella más tropas... Aunque no conocía, como Vicentito, los números de los Cuerpos, pudo apreciar, por la   -77-   variedad de cifras, la muchedumbre de aquellos. Cuarenta y un batallones, según alguien le dijo, ocupaban aquel territorio. Los soldados, alegres y bulliciosos, deseaban que les echaran moros para dar cuenta de ellos. Volvió a su tienda el trovador, y se ocupó en escribir sus primeras cartas, lo que hizo con la prolijidad y cuidado de un primerizo en tales obligaciones. Aún conservaba el sentimiento de su deber, no turbado por el cansancio; aún hervía en su mente la ilusión de grandezas épicas, anunciadas por la voz inequívoca de los corazones, así como por la profética voz de los vates políticos y literarios. Dio Santiuste, en sus dos cartas, noticias desacordes: en una pintaba la realidad; en otra dejaba correr su loca fantasía. Pero ya porque no tuviese costumbre de poner la debida atención en las cosas prácticas, ya porque su cerebro no estaba aún bien firme, equivocó los sobrescritos de los pliegos, enviando a Beramendi la carta imaginativa, la real a Lucila y su niño... El cantor de glorias no se enteró del trueco hasta muchos días después, cuando vio en un periódico las lindas parrafadas poéticas que dirigió al adorado hijo de la celtíbera. Ansiaba Santiuste ver moros, y presenciar una gallarda pelea. Poco hubo de esperar para la satisfacción de su anhelo, porque a mediodía del 30 vomitó Sierra-Bullones gran morisma. Bajaban y se escondían entre matorrales, rompiendo el fuego contra   -78-   los españoles. Estos acudían hacia ellos; daban el cuerpo los berberiscos con espantosa gritería; cundía el fuego en extensión considerable. Desde la vertiente sur de la hondonada del Serrallo, donde se hallaba Juan, no podía ver este sino una parte de la acción. Subiendo un poco para ver mejor, sin cuidado de mayor riesgo, encontrose a unos cuantos mirones junto a un peñasco guarnecido de chumberas. Arrimose también allí. Un amigo le cogió por el brazo: era Enrique Clavería, de Administración militar, jovenzuelo muy simpático, hijo del Coronel de un regimiento que había quedado en la Península. Santiuste y el joven Clavería, que también era un poco literato y enjaretaba versos como todo buen español de veinte años, pusieron toda su atención en el espectáculo que delante tenían. Vueltos de cara al Oeste, por donde se columbraba la angostura llamada boquete de Anyera, vieron que los moros salían por aquella parte como nube de moscas. Admiraba el cronista su agilidad de saltamontes; las burdas chilabas, del color de la tierra, les confundían con esta; se les veía perderse entre matorrales y salir de ellos saltando, con rápida flexión de sus zancas obscuras. Todo lo que Santiuste ignoraba respecto a Cuerpos y personal del Ejército, lo sabía Clavería. Este le designaba los movimientos, y qué fuerzas los efectuaban. «¿Ves cómo se despliegan en línea? Allí está la izquierda; la derecha nos la tapa esa loma,   -79-   que no nos deja ver el barranco del Infierno». -¿Y tu General dónde está? -¿Echagüe? ¿Dónde ha de estar sino en el sitio de mayor peligro? Allí, en la derecha le tienes: no podemos verlo. Fíjate ahora en el ala izquierda... Enfila tu vista por aquel pedazo de muralla con dientes, que parece ruina de una mezquita... ¿Ves de dónde sale tanto humo? Pues allí está Lassausaye, ese inglés valiente como un gallo de pelea... Es de los que no retroceden así les parta un rayo... -¿O'Donnell dónde está? Se habrá quedado en el Otero dando sus disposiciones. -¡Quia!... le tienes aquí... ¿Ves el Serrallo?... Enfílate por la torre del Este... un poquito más allá... -Ya, ya veo... distingo la escolta... Ahora pica espuelas, sube hacia la línea de combate. ¿Será que la cosa anda mal? -El General en Jefe avanza... Va en busca de Zabala. ¿No ves a Zabala?... Allí, junto a la loma que nos tapa la vista del ala derecha. Los otros mirones, que eran acemileros del Primer Cuerpo, y un médico del Segundo, prorrumpieron en exclamaciones de júbilo al ver la gran polvareda y el humazo que marcaban una tenacísima refriega en el ala izquierda. Aseguró uno que veía moros sin cuento cayendo patas arriba; otros, con bárbara temeridad, se aproximaban a los españoles, disparando sus espingardas casi a boca de jarro. «Ese Lassausaye es de hielo   -80-   por de fuera, y por dentro todo fuego -exclamaban-. ¡Bien por Simancas, bien por Las Navas!... ¡Vaya una muestra de cazadores!...». Loco de entusiasmo, un acemilero se puso las manos en la boca formando caracol, con el vano intento de llevar su voz a tanta distancia, y con toda la fuerza de sus pulmones gritó: «Simancas, hijo mío, ¡bravo!... Aquí está España mirándote... ¡Bravo, Simancas, hijo!». - II - «¿Y Talavera?» preguntaba el médico. -Talavera está con Echagüe... allá... detrás de la loma. No podemos verlo... Pero los tiros y el humo dicen que los moros cargan por aquella parte. En efecto, los moros se corrían hacia las alturas del Renegado: querían envolver a Echagüe. Pero allí tenían la peor de las posiciones, por causa de los cantiles que precipitaban el suelo hacia la mar. Con todo su valor insensato, nada lograron a la postre. Talavera y Borbón les sacudieron de firme en todo el resto de la tarde, y al fin, los que no pudieron ganar el monte se arrojaron por el cantil abajo, para esconderse entre las peñas donde reventaban las olas. Ya anochecía cuando Santiuste y los demás vieron regresar a O'Donnell con Zabala hacia el Serrallo; después bajó Echagüe. Todos traían cara de haber cumplido su deber con   -81-   fruto. El llamado Dios de las Batallas les había dado el éxito de cada día... No fue ciertamente victoria sin quebrantos, pues muertos quedaron siete oficiales y cuarenta y tres soldados. Los heridos fueron doscientos sesenta, contándose entre ellos tres jefes y catorce oficiales. En marcha hacia su campamento, situado entre el Otero y la Veguilla, no lejos del Cuartel general, Juan sintió el descenso de su entusiasmo, al ver que en una camilla traían al pobre Pulpis gravemente herido. Metiose con él en la tienda, decidido a ser el primero en asistirle, y pasó una noche tristísima oyendo los lamentos del capitán, acribillado a balazos y con una grave herida en la cabeza. Aunque el médico aseguró que no había peligro de muerte, no se calmaba el afán de Santiuste ante el lastimoso estado de su amigo, ni este se conformaba con que le enviaran, como cuerpo inútil, a los hospitales de Ceuta, privándole de compartir las glorias de Simancas en los restantes lances de la guerra... Pero el descorazonamiento del cronista no llegó a las frialdades más negras hasta la siguiente mañana, cuando le dio por recorrer todo el lugar de la acción del 30. Los heridos que en las tiendas de sanidad veían eran cientos, y a él le parecieron miles. Los muertos que vio recoger y conducir a las sepulturas, formaban en su mente fúnebre legión. Iba el capellán castrense de un lado para otro echando responsos con militar presteza, y   -82-   a su paso desaparecían bajo la tierra tantos y tantos jóvenes que horas antes fueron vigorosos, sentían intensamente la alegría de vivir, y se juzgaban mantenedores del honor de su patria. Por esta caían en el hoyo, como los musulmanes perecían también por el honor de la suya, juntándose debajo de la tierra los dos honores, que en la descomposición de la carne quedarían reducidos a un honor solo. El noble corazón del orador y poeta sintió la misma lástima ante los muertos berberiscos que ante los cristianos. Estos eran enterrados con mayor respeto; los otros por simple ley de sanidad, para que no corrompieran el aire. Vio en los moros caras muertas de pavorosa hermosura. Muchos contraían los labios con sonrisa de burla o de orgullo desdeñoso. Las cabezas rapadas, oprimidas por el lío de cuerdas de pelo de camello, al modo de turbante, tenían el color de las calabazas de peregrino; las manos, por fuera negras, amarillas por la palma, ofrecían con sus crispados dedos las más extrañas formas... las piernas flacas y de color terroso, en algunos teñidas de sangre, mostraban, como los brazos, inverosímiles contorsiones y posturas de una gimnasia fantástica. Todo esto lo vio y pensó Juan, observando cómo los vivos se desembarazaban de los muertos. Los cadáveres moros, que yacían no lejos del mar, eran arrojados por el cantil abajo, y algunos quedaban con medio cuerpo en el agua y medio en las rocas, para   -83-   el equitativo reparto entre aves y peces. Empezó a soplar aquel día Levante furioso, que por la noche trajo abundante lluvia. Vio Santiuste que el África se envolvía en nube de tristeza, y que los vivos colores de su suelo se desleían en un medio fangoso y opaco. Del mismo modo, en el alma del solitario joven se iba marchitando y desluciendo la ilusión de guerra. Quizás, pensó, no había visto aún bastante guerra para conocer y juzgar fríamente este aspecto de la acción humana, tan antiguo como el mundo... Quizás influía en su ánimo el feísimo cariz del tiempo, la lluvia constante, la suciedad del piso y la consiguiente inacción del Ejército, que además de aburrirse, sufría escasez por no andar muy corriente el servicio de bucólica. Las operaciones, en aquellos húmedos días, de suelo enfangado y pardo cielo, no tuvieron importancia: redujéronse a tentativas aisladas de los moros contra los fuertes que dominaban el Serrallo. Trasladado a Ceuta el capitán Pulpis con todos los remiendos que en su agujereado cuerpo pudo hacer la Facultad, quedó Juan más desconsolado y triste. Asistir y curar al herido, charlar con él, más en broma que en serio, cuando le veía en buena disposición mental, era inefable consuelo para el alma de Santiuste, encendida siempre en fuego de amor al prójimo... Pero Dios, que miraba por el hombre bueno y piadoso, le deparó, a cambio de la amistad perdida, otra de bastante   -84-   precio; y fue que a punto de ver partir a Pulpis, hizo conocimiento con un clérigo castrense, llamado don Toribio Godino, el cual, desde las primeras palabras, se le reveló como varón sencillísimo, de corazón generoso y ameno trato. Grandes coloquios tuvieron el cura y el desengañado poeta en aquellos días de calma tediosa, arrimados al hueco menos frío de una tienda. Franqueándose uno y otro, como si toda la vida se hubieran conocido, resultó que el señor Godino era primo de doña Celia, la señora de Centurión; que había sido muy amigo del coronel Villaescusa, padre de la famosa Teresita; que a esta y a la Manuela, su madre, las conocía como si las hubiera... dado a luz... Peor era la madre que la hija, pues esta tenía buen corazón, y si pecaba era por despojar a los ricos para dar a los pobres. Gracias a ella don Toribio no se había muerto de hambre en el invierno del 57, que fue de los más crudos. Teresa robaba a los ángeles su figura y modos para meterse en líos de caridad. Era un contrasentido, un disparate moral... De confianza en confianza, hizo don Toribio historia de los hechos culminantes de su vida, ya bastante larga, pues andaba al ras de los setenta. En su juventud había conocido y tratado a famosos clérigos, como Ruiz Padrón, Muñoz Torrero y otros, de quienes se le pegó el tufillo liberal, que no pudo echar fuera de sí en sucesivos años. Fue perseguido el 24 con tal encarnizamiento, que si   -85-   no se refugiara en Portugal, le habrían quitado la vida. Repatriado en tiempos de la Regencia, vivió gracias a la protección del señor Garelly, y de don Javier de Burgos, que si no le estimaba mucho como sacerdote, apreciábale como latinista... Míseramente pudo sostenerse en curatos rurales, luchando con la malquerencia de facciosos más o menos encubiertos. Siguió hasta el 50 amparado de la obscuridad, sin poder aspirar a mejor acomodo; pero en aquella fecha se desencadenó contra él furioso viento de persecución, sin saber de dónde venía, y obligado a trasladarse a Madrid, se le acusó de masonismo y se le retiraron las licencias. Tales injusticias y crueldades indujeron al don Toribio a ser poco discreto en la manifestación de sus ideas, un tanto libres en todo lo que no perteneciese al dogma. Siempre fue ortodoxo; mas no lo creían así sus colegas, sin duda por ser hombre que al pie de la letra practicaba el in dubiis libertas. Por fin le vino Dios a ver en la persona del General Zabala, el cual, apiadado de él y juzgándole sin prejuicios ni malquerencias, le sacó de aquel anticipado Purgatorio y le trajo al clero castrense, donde el pobre señor respiró viéndose rodeado de compañeros buenos y tolerantes. En su ardiente gratitud, aplicaba al digno General el Deus nobis haec otia fecit, y se sentía capaz de dar la vida, si necesario fuese, por la de su noble bienhechor. En sucesivas conversaciones, cuando lo   -86-   permitía el ocio del campamento, Santiuste confió al buen clérigo algunos particulares de su vida; y una tarde, viniendo a parar a sus recientes dudas o desfallecimientos en la fe y devoción de la guerra, le dijo: «¿Cree usted, amigo don Toribio, que existe el llamado Dios de las Batallas? ¿Cree usted en esa confusión del Marte pagano con nuestro Cristo Redentor, que jamás cogió una espada? ¿Qué piensa usted de la Virgen, como dispensadora del triunfo en las guerras, al modo de aquellas diosas que tomaban partido por los griegos o por los troyanos? ¿Al Apóstol Santiago le tiene usted por verdadero general de españoles y matador de moros? ¿Dónde está el texto de Cristo en que dijera a sus discípulos: 'montad a caballo y cortadme cabezas de los hijos de Agar?'». Sonrió el castrense mirando al suelo, y rascándose la barba, no afeitada en seis días, respondió de este modo a la consulta: «Hijo mío, nos hemos encontrado esas tradiciones de fe, y tenemos que respetarlas sin meternos en libros de Teologías. A mí, la verdad, no me caben en la cabeza Dios guerrero, ni Jesucristo militar, ni Nuestra Señora con bastón de Capitana Generala; pero eso pertenece al conjunto de creencias y de actos sacramentales que me dan de comer. De todo ese conjunto como, y el alimento es cosa capital, hijo mío; pues si yo observo los ayunos y abstinencias que la Iglesia me manda, no estoy por pasar hambre   -87-   todo el año. Ya sabes que el abad de lo que canta yanta. Yo canto todo lo que sea preciso para un yantar moderado y sin gula. Y no te digo más, que con lo dicho basta para que sepas la opinión de un capellán de tropa que sabe cumplir sus deberes... Y ya que de comer tratamos, sabrás que nos esperan fatigas y no pocos ayunos, fuera de los días de rúbrica, porque vamos hacia el Sur. ¿No lo sabías? Sí: de esta ratonera en que estamos no podemos salir más que escabulléndonos por la costa. Ya tienes al Tercer Cuerpo, que manda el general Ros, acampado en esa parte del Tarajar: ya han empezado allá las obras que han de proteger nuestro camino. Hacia Río Martín vamos, de donde subiremos a Tetuán, si Dios lo quiere, pues aunque no exista el de las Batallas, Dios hay que sobre todos los actos de los hombres impera, así moros como cristianos...». Recluido Juan en el campamento del Otero, apenas se dio cuenta de la acción del 12, en que Prim, con los regimientos del Príncipe, de Granada, cuatro compañías de Almansa, cazadores de Vergara y otras fuerzas, acudió a la defensa del camino que abrían los ingenieros junto al reducto del Príncipe Alfonso, para franquear la marcha a lo largo de la costa. Atacaron los moros con fiereza; pero pudo más Prim, que los destrozó y dispersó, secundado por el coronel del Príncipe, don Cándido Pieltaín, y el coronel de Granada, don Miguel Trillo... En esta rápida y   -88-   vigorosa acción, murió el coronel de Artillería don Juan Molíns. Gran duelo hizo todo el Ejército a este ilustrado y valiente militar... La acción del 15, parte por lo que pudo ver, parte por lo que le contaron, la relató Santiuste en las dos cartas que escribió a Madrid, con corta diferencia en el sentido y tono de una y otra. El nubarrón de moros que descargó por el boquete de Anyera parecía como un diluvio de hombres. Tras los de a pie, que no bajarían de catorce mil, se desgajaron de la altura como unos mil de caballo, turbamulta vistosa, pintoresca, de pasmosa agilidad y gallardía en sus movimientos. Se creyó, y luego quedó plenamente confirmado, que al frente de los gallardos jinetes venía Muley el Abbás, hermano del Emperador y caudillo de su Ejército. El incansable inglés Lassausaye y el General Gasset, con fuerzas del primer Cuerpo, reciben dignamente a toda aquella caterva; mientras avanza O'Donnell hasta el centro de la línea de combate, el General García desbarata la falange mora, haciéndola retirar hacia el mismo boquete por donde había entrado en escena; hasta muy cerca de la bahía de Benzú persigue Lassausaye a los jinetes, que huyen, con la fantástica presteza que ponían en todos sus movimientos: se les ve como una nube de saltamontes que levanta el vuelo... Tendidos sobre el cuello de sus veloces caballos, al viento los alquiceles blancos, parecían visiones de hipogrifos   -89-   que tornan a sus cuadras mitológicas, entre el cielo y la tierra. ¡Hermosa y teatral acción, tan decisiva y brillante para los españoles, que algunos pudieron creer reproducida la milagrosa intervención del Apóstol Santiago! Por esto decía Santiuste en su carta a Lucila y Vicentito: «No vimos a Santiago; pero allí estaba... yo sentí estremecido el suelo por las herraduras de su caballo». - III - En las acciones del 20, 22 y 25 de Diciembre, repitieron los moros su intento de interrumpir los trabajos del camino de Tetuán. Pero en el espacio que mediaba desde el boquete de Anyera al campamento del Tercer Cuerpo, no lejos de los bosques donde aquellos se guarecían, O'Donnell puso doce piezas de montaña, y ocho de artillería rodada. Decir que los pobres hijos de Mahoma fueron barridos, no expresa bien la rapidez pavorosa de su fuga. Otros intentaron atacar el frente del Tercer Cuerpo; pero Ros de Olano, que les aguardaba prevenido, mandó avanzar su vanguardia, protegida por cuatro cañones de montaña, y no fue menester más para que los enemigos tornaran con pie ligero a los altos de Sierra-Bullones. Del reconocimiento que hizo Prim el día 22 en el camino de Tetuán, habló también Santiuste en sus cartas, ateniéndose a   -90-   lo que le contaron, pues nada vio de aquel suceso. Ello fue que Prim batió y dispersó a la caballería mora, en la entrada del Valle de los Castillejos. Fiados en la ligereza de sus caballos, los árabes hacían simulacro de retiradas, volaban hacia los montes, volvían de improviso con veloz carrera y vocerío formidable... De la prodigiosa táctica de los jinetes berberiscos, que suplían la fuerza con la agilidad, habló Santiuste a su amigo Vicentito Halconero, añadiendo teorías militares impropias de la débil comprensión de un niño. Pero el triste poeta no sabía lo que hacía: sin equivocarse en los sobrescritos, trocaba los asuntos, transmitiendo a Beramendi relatos e ideas infantiles, mientras al amado nieto de Ansúrez endilgaba las consideraciones más sutiles que la campaña sugerían. A uno y otro amigo les contó que O'Donnell había mandado repartir a la tropa castañas y batatas, para que el 24 celebraran el Nacimiento del Niño Dios. Concedió asimismo dos horas de esparcimiento, después del toque de retreta, para que los soldados se divirtieran, recordando el bullicio y alegría de sus hogares en tan memorable noche. Era quizás la primera vez que en la casa misma del Islamismo sonaba el Gloria a Dios en las alturas, transformado en rudas coplas por diez y ocho siglos de poesía cristiana. Se permitió a los soldados que encendiesen hogueras; tocaron las músicas, y el campamento español, en toda su   -91-   largura, desde el Otero hasta la Concepción, resplandecía con rojas luminarias, que lo mismo que las alegres voces eran expresión del regocijo familiar. Reían, bailaban y se divertían los pobres soldados a dos pasos de un enemigo feroz, y sobre un terreno por conquistar. Con forzado júbilo disimulaban los españoles la tristeza de la patria ausente, y así, cuando las cornetas, a las diez en punto, tocaron a silencio y se dio por terminada la huelga, los más divertidos cayeron en opacas añoranzas. La Noche-Buena prosiguió dentro de las tiendas, ya en meditaciones sobre la suerte que Dios nos depararía en Marruecos, ya en apagados coloquios que traían a los labios de los combatientes nombres y dichos de seres amados... Y no bien apuntó el día, vinieron los moros a despertar a los durmientes y a sacudir de su modorra a los cavilosos. El tiroteo de las trincheras anunció batalla; el enemigo, que creía habérselas con un Ejército embriagado, lo halló bien prevenido. Toda la mañana se tirotearon españoles y marroquíes, empeñando hacia la mitad del día combates encarnizados. Repetían los moros su táctica de sorpresa y fingida retirada; mas el juego, descubierto por los de acá, era completamente ineficaz... Acababan desbandándose, sin ganar una pulgada de terreno... Escasas pérdidas tuvo España el día de la Natividad; los moros cayeron en gran número, unos acribillados por las bayonetas, otros despeñados   -92-   en los cantiles. En su azorada fuga corrían hacia el mar, y en las peñas o en medio de las olas encontraban los más de aquellos infelices la muerte, los menos su salvación. El día 29 de Diciembre, hallándose el trovador con ganas de sacudir la inacción en que le tenían sus murrias, montó en el caballejo que le habían destinado, y después de subir a las alturas para ver trincheras y fortines, dirigiose al campamento del Tercer Cuerpo, donde tenía buenos amigos, que no había visto desde que pisara el suelo africano. No era mal jinete Juan, y su figura escueta, en un caballo de pocas carnes como el que montaba, no carecía de donaire estético. Podía pasar por un Don Quijote en la flor de su edad (veinticinco años), caballero en un Rocinante desmedrado por la mala vida más que por los años... Salió mi hombre del Otero, y faldeando el cerro que divide las alturas del Serrallo del arroyo de Anyera, se dirigió al campamento de la Concepción con ánimo de seguir adelante, para enterarse de las obras del camino de Tetuán. El día era espléndido: un sol brillante pintaba de oro y siena los montes; cielo y mar sonreían ante las alegrías de la Naturaleza. Sintió el poeta en su alma como una disipación de las nieblas que la envolvían, y esta claridad se le convirtió en regocijo cuando vio venir por el cerro abajo a Leoncio Ansúrez. Este le llamaba con fuertes voces, adelantándose a los soldados con quienes venía...   -93-   Paró Juan su caballo al reconocer a su amigo; hizo por abrazarle desde la altura de la silla; el armero le echó los brazos a la cintura. ¡Qué feliz encuentro! No se habían visto desde que llegaron al África. «¿Pero qué es de ti?... ¿Cómo te prueba esto? ¿Estás contento? ¿Qué noticias tienes de Madrid?...». Estas y otras preguntas fueron el exordio de una conversación que de lo familiar pasó a las cosas de interés militar y público. «Dime, Juan, ¿te has batido?». -Yo no, Leoncio. Mi misión aquí no es hacer la Historia, sino contarla. Soy español de paz, por no decir moro de paz. ¿Y tú? No habrás matado sólo conejos. -He matado moros... no creas que uno ni dos... -Como eres gran tirador, te habrán dejado meter baza... -Tú lo has dicho. Me arrimo a Cazadores de Baza, que son mis amigos... ¡y qué quieres!... doy gusto al dedo. Muchísimos moros me deben el encontrarse ya en el paraíso del señor Mahoma... Por cierto que esos perros tienen amigos que les han traído armas mejores que la espingarda... mejores para ellos; para nosotros, todo lo contrario. Mira. -¿Qué es eso? -Balas que he recogido en el campo de las acciones últimas. Veníamos notando en sus tiros mayor alcance. El General me ha mandado recoger balas, y aquí llevo las que he podido encontrar... Por el hilo se saca el   -94-   ovillo, y por el proyectil el arma... Yo digo y sostengo que el nuevo armamento de algunos moros es el rifle inglés de espiga. Ya verá el General Ros, ya verá el General en Jefe, ya verá España que hay aquí mano oculta... -El oro inglés, como solemos decir... -Pero no les vale, no... En Tetuán hablaremos, señores ingleses. -¿Crees tú que llegaremos a Tetuán? -Como creo que llegamos a mi campamento... Ya estamos en él... Entremos por allí, que es la puerta más próxima. Llamamos a esa entrada la Puerta de Alcalá. Era el fortificado campamento como un pueblo con calles de tiendas, en líneas cruzadas a escuadra. Gran animación había en la ciudad de lona. Todo el vecindario estaba en las avenidas y calles, gozando de la hermosura del día y del calorcillo del sol. Unos ponían a secar ropas recién lavadas; otros se fregoteaban el cuerpo, desnudos de la cintura arriba. En el barrio de provisiones humeaban los peroles sobre las trébedes; en estos ardía la leña verde con alegre estallido. Más allá, los caballos comían su ración en sacos colgados de su propio cuello... Monturas, camas, mantas, todo salía en busca del beneficio del sol... Se apeó Santiuste, entregando su rocín a unos ordenanzas, amigos de Leoncio, y dijo a este: «Quiero estirar mis piernas ateridas. Te participo que no me voy de tu campamento sin ver a Perico Alarcón. Tú me dirás   -95-   dónde puedo encontrarle». Respondiole Ansúrez que Alarcón, si no estaba en su tienda, estaría en la del General o en la del Duque de Gor. Siguieron andando, y en esto observaron que las alturas que dominaban la costa, sobre la ensenada llamada Uad Arrial, estaban pobladas de curiosos, oficiales en su mayor parte, vueltos hacia el mar, algunos provistos de anteojos. ¿Qué pasaba en el mar? Corrieron hacia allá los dos amigos, y antes de que llegaran a las alturas, voces alegres de los que volvían les enteraron del caso. ¡Era la escuadra, la escuadra española, que navegaba hacia el Sur para bombardear los fuertes moros de Cabo Negro y Río Martín! Se veían perfectamente, sin anteojos, las gallardas naves... Por allí, por allí... ¿Cuántos buques son?... ¡Seis, siete... son nueve, entre vapores y de vela!... Ya se veía la nave delantera desaparecer tras la punta del Cabo; ya iban entrando una tras otra en la ensenada de Río Martín; pronto se oirían cañonazos... Pasó algún tiempo, y un silencio religioso se cernía como nube sobre los grupos de mirones. Entre ellos estaba el General del Tercer Cuerpo, el Coronel Duque de Gor, los Brigadieres Cervino y Mogrovejo: allí multitud de jefes y oficiales; pero Alarcón no parecía. Después de mirar detenidamente en todos los grupos, supieron, por referencias de un amigo de Enrique Clavería, que el cronista del Tercer Cuerpo había ido al Cuartel general, a que don Leopoldo le diera   -96-   informes oficiales de aquel movimiento de la escuadra, para poder escribir su próxima carta De un testigo con el debido conocimiento de las operaciones proyectadas... En esto sonó tiroteo próximo... De improviso todos los curiosos volvieron más que de prisa al campamento. Sonaron las cornetas llamando a formación. Con rapidez eléctrica, los hombres dispersos en las calles de la ciudad de lona se agruparon en haces guerreros. Oyó Santiuste que gritaban: ¡Baza, Baza! Iban a salir los Cazadores de este nombre para rechazar a los moros, que ya zancajeaban dando alaridos de peña en peña. El enjambre corría no lejos del campamento, extendiéndose por las alturas que descienden hasta el mar, cerca ya de los Castillejos... Sale Baza con mágica presteza; le siguen fuerzas de Llerena, Granada y Zamora... El enemigo embiste a los soldados de Vergara que protegían los trabajos del camino... Y cuando el tiroteo es más sonoro, óyense los zambombazos de los barcos de guerra, hacia el Sur, repercutiendo en los aires como truenos lejanos... Fascinado Leoncio por la marcha de los de Baza, corrió tras ellos, dejando solo a su amigo. Pensaba este retirarse, y cuando iba en requerimiento de su caballo, que pastaba en un padrillo del Tarajar con otros jamelgos y dos burros de los cantineros, vio venir a Perico Alarcón presuroso, en dirección a su campamento. Los dos amigos se reconocieron y gozosos se juntaron. No se habían   -97-   visto desde Madrid; anhelaban referirse mutuamente sus impresiones de la guerra... Mas la ocasión de charlar no era la más propicia, porque el uno quería volverse a su campamento; el otro, ardiendo en curiosidad, se iba con el alma y con los ojos hacia el camino de Tetuán, donde sonaba el vivo tiroteo. «Déjame aquí, Pedro -dijo Santiuste, oponiendo su pesada inercia a la viveza de su amigo-. Estoy enfermo. Vete tú, y si no tardas en volver, te aguardaré donde me indiques». No necesitó Alarcón más licencia para salir disparado, diciendo a Juan que le esperase en tal tienda de Ciudad-Rodrigo, una de las más próximas al sitio donde se separaron. En cuanto estuvo solo Santiuste, dejó al Acaso que guiara su ambulación incierta: lleváronle sus pasos ante una gran tienda, que al punto reconoció como Hospital de Sangre, por el número de camillas que en su interior desde fuera se veían y por los olores farmacéuticos envueltos en exclamaciones de dolor que en la puerta recibían al visitante. Entró Juan, a punto que sacaban en parihuelas un soldado muerto para llevarle a enterrar. Tres heridos graves yacían sobre colchonetas, rígidos, en posición supina, alguno de ellos con la cara tan cruzada de vendajes, que no se le veían las facciones, y más parecía envoltorio que ser humano. Hacia el fondo de la tienda, un oficial agonizaba: tenía puesto el ros, desnudo el pecho de ropa, mas no de bizmas y vendajes,   -98-   pues toda la región torácica era una criba. Además, le habían amputado un brazo. A una señal del médico, un auxiliar sanitario quitó el ros al moribundo y le cubrió con sábana y manta hasta la boca. Los ojos tenía muy abiertos... El cura, después de mascullar latines para encomendar el alma, rezaba en silencio... Retirose el médico para arrimarse a otros en quienes aún podía ser eficaz la ciencia. Aproximándose al expirante, Juan le vio dar las boqueadas, con que pasó de la vida a la muerte. El castrense dijo a Santiuste: «¡Lástima de chico! Es hijo del coronel Gallo, y acabadito de salir de la Academia de Toledo le trajeron a esta campaña». Acongojado estaba Juan ante el espectáculo de aquellos martirios; pero no sabía salir del hospital. Viendo a un herido que en su delirar ardiente cantaba coplas obscenas, a otro que se condolía de su suerte con ahogados acentos, observándolos a todos, y el entrar y salir de médicos o asistentes de Sanidad, se le pasaba el tiempo sin sentirlo. Menos espanto le causaban aquellas lástimas que el horrible tiroteo, a cada instante más nutrido y cercano... Cuando ya la tard