libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Pérez Galdós, Benito (1842 – 1920) Escritor español, pertenece a la novela realista española. Nació en Las Palma, Gran Canaria en 1842, autor de una abundante producción de gran objetividad y realismo, situado como el gran escritor después de Cervantes; poseedor de una gran imaginación y dotes de fino observador, lo hacen creador de innumerables personajes y situaciones llenas de real humanidad. Aborda con naturalidad temas de inspiración social, política y religioso. En 1897 ingresa en la Academia Española; elegido diputado por el partido republicano, por su participación política, la Academia se niega a proponerlo para el premio Nobel. Protestario, simpatizante del socialismo, hombre progresista y rebelde como muchos buscadores de la verdad, se templó en medio de la intolerancia. Diez años antes de su muerte es afectado por una ceguera progresiva. Entre sus novelas más conocidas figuran: Fortunata y Jacinta, (1886) Doña Perfecta, (1876) Misericordia, Miau (1888); Nazarín, (1895) novela en la cual su personaje central logra una acertada mezcla entre Cristo y Don Quijote, intentando rescatar el verdadero sentido del cristianismo cuando está al servicio del ser humano; la voz que clama en el desierto. Muere el 4 de Enero de 1920. El abuelo Novela en cinco jornadas Benito Pérez Galdós Prólogo A los lectores que con tanta indulgencia como constancia me favorecen, debo manifestarles que en la composición de EL ABUELO he querido halagar mi gusto y el de ellos, dando el mayor desarrollo posible, por esta vez, al procedimiento dialogal, y contrayendo a proporciones mínimas las formas descriptiva y narrativa. Creerán, sin duda, como yo, que en esto de las formas artísticas o literarias todo el monte es orégano, y que sólo debemos poner mal ceño a lo que resultare necio, inútil o fastidioso. Claro es que si de los pecados de tontería o vulgaridad fuese yo, en esta o en otra ocasión, culpable, sufriría resignado el desdén de los que me leen; pero al maldecir mi inhabilidad, no creería que el camino es malo, sino que yo no sé andar por él. El sistema dialogal, adoptado ya en Realidad, nos da la forja expedita y concreta de los caracteres. Estos se hacen, se componen, imitan más fácilmente, digámoslo así, a los seres vivos, cuando manifiestan su contextura moral con su propia palabra, y con ella, como en la vida, nos dan el relieve más o menos hondo y firme de sus acciones. La palabra del autor, narrando y describiendo, no tiene, en términos generales, tanta eficacia, ni da tan directamente la impresión de la verdad espiritual. Siempre es una referencia, algo como la Historia, que nos cuenta los acontecimientos y nos traza retratos y escenas. Con la virtud misteriosa del diálogo parece que vemos y oímos sin mediación extraña el suceso y sus actores, y nos olvidamos más fácilmente del artista oculto; pero no desaparece nunca, ni acaban de esconderle los bastidores del retablo, por bien construidos que estén. La impersonalidad del autor, preconizada hoy por algunos como sistema artístico, no es más que un vano emblema de banderas literarias, que si ondean triunfantes, es por la vigorosa personalidad de los capitanes que en su mano las llevan. El que compone un asunto y le da vida poética, así en la Novela como en el Teatro, está presente siempre: presente en los arrebatos de la lírica, presente en el relato de pasión o de análisis, presente en el Teatro mismo. Su espíritu es el fundente indispensable para que puedan entrar en el molde artístico los seres imaginados que remedan el palpitar de la vida. Aunque por su estructura y por la división en jornadas y escenas parece EL ABUELO obra teatral, no he vacilado en llamarla novela, sin dar a las denominaciones un valor absoluto, que en esto, como en todo lo que pertenece al reino infinito del arte, lo más prudente es huir de los encasillados, y de las clasificaciones catalogales de géneros y formas. En toda novela en que los personajes hablan, late una obra dramática. El Teatro no es más que la condensación y acopladura de todo aquello que en la Novela moderna constituye acciones y caracteres. El arte escénico, propiamente dicho, ha venido a encerrarse en nuestra época (por extravíos o cansancios del público, y aún por razones sociales y económicas que darían materia para un largo estudio) dentro de un módulo tan estrecho y pobre, que las obras capitales de los grandes dramáticos nos parecen novelas habladas. Saltando de nuestras pequeñeces a los grandes ejemplos, pregunto: el Ricardo III de Shakespeare, colosal cuadro de la vida y las pasiones humanas, ¿puede ser hoy considerado como obra teatral práctica? Hace un siglo lo representaba Garrick íntegramente, y existía un público capaz de entenderlo, de sentirlo, y de asimilarse su intensísima savia poética. Hoy aquélla y otras obras inmortales pertenecen al teatro ideal, leído, sin ejecución; arte que por la muchedumbre y variedad de sus inflexiones, por su intensidad pasional, en un grado que no resiste lo que llamamos público (mil señoras y mil caballeros sentaditos en una sala), difícilmente admite intermediario entre el ingenio creador y el ingenio leyente, que ambos creo han de ser ingenios para que resulte la emoción y el gusto fino de la belleza. Que me diga también el que lo sepa si la Celestina es novela o drama. Tragicomedia la llamó su autor; drama de lectura es realmente, y, sin duda, la más grande y bella de las novelas habladas. Resulta que los nombres existentes nada significan, y en literatura la variedad de formas se sobrepondrá siempre a las nomenclaturas que hacen a su capricho los retóricos. Sólo tengo que decir ya a mis buenos amigos, que sin cuidarse de cómo se llama esta obra, humilde ensayo de una forma que creo muy apropiada a nuestra época, tan gustosa de lo sintético y ejecutivo, la acojan con benevolencia. B.P.G. DRAMATIS PERSONAE D. RODRIGO DE ARISTA-POTESTAD, Conde de Albrit, señor de Jerusa y de Polan, etc., abuelo de LEONOR (Nell), y DOROTEA (Dolly). LUCRECIA, condesa de Laín, madre de Nell y Dolly, y nuera del Conde. SENÉN, criado que fue de la casa de Laín; después, empleado. VENANCIO, antiguo colono de la Pardina; actualmente propietario. GREGORIA, su mujer. EL CURA DE JERUSA (D. Carmelo). EL MÉDICO (D. Salvador Angulo). EL ALCALDE (D. José M. Monedero). LA ALCALDESA (Vicenta). D. PÍO CORONADO, preceptor de las niñas Nell y Dolly. CONSUELO, viuda rica, chismosa. LA MARQUEZA, viuda campesina, pobre. EL PRIOR DE LOS JERÓNIMOS (Padre Maroto). La acción se supone en la villa de Jerusa y sus alrededores; las principales escenas en la Pardina, granja que perteneció a los Estados de Laín. Careciendo esta obra de colorido local, no tienen determinación geográfica el país ni el mar que lo baña. Todos los nombres de pueblos y lugares son imaginarios. Época contemporánea. Jornada I Escena I Terraza en la Pardina. A la derecha, la casa; al fondo, frondosa arboleda de frutales; a lo lejos, el mar. GREGORIA, junto a la mesa de piedra, desgranando judías en la falda; VENANCIO, que viene por la huerta y se entretiene con un criado, observando los frutales. En la mesa una cesta de hortalizas. GREGORIA.- ¡Eh... Venancio!... Que estoy aquí. VENANCIO.- Voy... Más de cincuenta duquesas se han caído con el ventoleo de anoche. GREGORIA.- ¡Anda con Dios!... Deja las peras y ven a contarme... ¿Es verdad que...? (Entra VENANCIO, respirando fuerte y limpiándose el sudor de la cabeza, trasquilada al rape. GREGORIA espera impaciente la respuesta. Son marido y mujer, de más de cincuenta años, ambos regordetes y de talla corta, de cariz saludable, coloración sanguínea y mirar inexpresivo. Pertenecen a la clase ordinaria, que ha sabido ganar con paciencia, sordidez y astucia una holgada posición, y descansa en la indiferencia pasional y en la santa ignorancia de los grandes problemas de la vida. El rostro de ella es como una manzana, y el de él como pera de las de piel empañada y pecosa. No tienen hijos, y cansados de desearlos principian a alegrarse de que no hayan querido nacer. Se aman por rutina, y apenas se dan cuenta de su felicidad, que es un bienestar amasado en la sosería metódica y sin accidentes. Gruñen a veces, y rezongan por contrariedades menudas que alteran la normalidad del reloj de sus plácidas existencias. En edad madura viven donde han nacido, y son propietarios donde fueron colonos. Su única ambición es vivir, seguir viviendo, sin que ninguna piedrecilla estorbe el manso correr de la onda vital. El hoy es para ellos la serie de actos que tiene por objeto producir un mañana enteramente igual al de ayer. Visten el traje corriente y general, así en pueblos como en ciudades, muy apañaditos, limpios, modestos. GREGORIA es hacendosa, guisandera excelente, tocada del fanatismo económico, lo mismo que su marido. Este entiende de labranza horticultura, de caza y pesca, de algunas industrias agrícolas y no es lerdo en jurisprudencia hipotecaria, ni en todo lo tocante a propiedad, arrendamientos, servidumbres, etc. Para entrambos la Naturaleza es una contratista puntual, y una despensera honrada, como ellos, prosaica, avarienta, guardadora.) VENANCIO.- ¡Brrr...! GREGORIA.- Pero, hombre, sácame de dudas. ¿Es cierto lo que han dicho? ¿Tendremos tarasca? VENANCIO.- Sí. ¿Has visto tú alguna vez que falle una mala noticia? GREGORIA.- (Suspensa.) ¿Y cuándo llega la señora Condesa? VENANCIO.- Hoy... Pero no te apures; se alojará en casa del señor Alcalde. GREGORIA.- Menos mal. (Volviendo a desgranar.) Pues otra... Si llega también el señor Conde, se juntarán aquí el agua y el fuego. VENANCIO.- Se pelearán hoy como ayer... Suegro y nuera rabian de verse juntos. Si no quedaran de uno y otro más que los rabos, ¡qué alegría!... Por supuesto, al señor Conde habremos de alojarle. GREGORIA.- ¿Qué duda tiene? No faltaba más... Yo digo: ¿vienen y se topan aquí por casualidad... o es que se dan cita para tratar de asuntos de la casa?... porque de resultas de la muerte del Condesito habrá enredos... VENANCIO.- ¿Yo qué sé? La Condesa Lucrecia vendrá, como siempre, a dar un vistazo a sus hijas. GREGORIA.- Y a pagarnos la anualidad vencida por el cuidado, manutención y servicio de las dos señoritas que puso a nuestro cargo... ¡Ah, ruin pécora...! Las tiene en este destierro para poder zancajear y divertirse sola por esos Parises y esas Ingalaterras de Dios... o del diablo... ¡Tunanta! Lo que yo digo, Venancio: comprendo que su suegro, el señor Conde de Albrit, que es el primer caballero de España, ¡y que lo digan! le tenga tan mala voluntad a esa condenada extranjera, de quien se enamoró como un tontaina su hijo (que esté en gloria)... Lo que no me cabe en la cabeza es que parezca por aquí, si sabe que ha de hocicar con ella... O será que lo ignora... ¿Qué piensas, hombre? VENANCIO.- (Revolviendo en la cesta de hortalizas.) Pronto hemos de ver si vienen a posta los dos, o si la casualidad les hace empalmar en Jerusa... ¡Y que no traerán ella y él las uñas bien afiladas!... Créetelo... hemos de ver por tierra mechones de barbas blancas o de pelos rubios, y tiras de pellejo... porque si el Conde D. Rodrigo quiere a su hija política como a un dolor de muelas, ella en la misma moneda le paga. GREGORIA.- Yo digo lo que tú: el pobre D. Rodrigo viene a que le demos de comer. VENANCIO.- Así lo pensé cuando supe su viaje. GREGORIA.- Es cosa averiguada que no ha traído de América el polvo amarillo que fue a buscar. VENANCIO.- Ha traído el día y la noche. Cuando embarcó para allá, había desperdigado toda su fortuna... Esperaba recoger otra, que le ofreció el Gobierno del Perú por las minas de oro que allá tuvo su abuelo, el que fue Virrey... Pero no le dieron más que sofoquinas, y ha vuelto pobre como las ratas, enfermo y casi ciego, sin más cargamento que el de los años, que ya pasan de setenta. Luego, se le muere el hijo, en quien adoraba... GREGORIA.- ¡Infeliz señor!... Venancio, tenemos que ampararle. VENANCIO.- Sí, sí, no salgan diciendo que no es uno cristiano, ¡Quién lo había de pensar!... ¡Nosotros, Gregoria, dando de comer al conde de Albrit, el grande, el poderoso, con su cáfila de reyes y príncipes en su parentela, el que no hace veinte años todavía era dueño de los términos de Laín, Jerusa y Polan!... Díganme luego que no da vueltas el mundo... GREGORIA.- (Acentuando con un manojo de judías.) ¿Oyes lo que te digo? Que tenemos que ampararle. Es nuestro deber. VENANCIO.- (Filosofando con un tomate que coge de la cesta.) ¡Qué caídas y tropezones, Gregoria; qué caer los de arriba, y qué empinarse los de abajo!... Claro, le ampararemos, le socorreremos. Ha sido nuestro señor, nuestro amo; en su casa hemos comido, hemos trabajado... Con las migajas de su mesa hemos ido amasando nuestro pasar. (Levántase con aire de protección.) Pues, sí: hay aquí cristianismo, delicadeza... (Coge otro tomate y admira su belleza y tamaño.) Estos son tomates, Gregoria... Que venga el Cura refregándonos los suyos por las narices... Pues, sí, mujer: me da lástima del buen D. Rodrigo. GREGORIA.- (Contestando a la apología del tomate.) Pero las judías no granaron bien. (Mostrándolas.) Mira esto... También a mí me aflige ver tan caidito al señor Conde... Parece castigo... y si no castigo, enseñanza. VENANCIO.- Castigo, has dicho bien. Todo ello por no ser económico, y no pensar más que en darse la gran vida, sin mirar al día de mañana. Ahí tienes el caso, Gregoria, y pónselo delante a los que le critican a uno por la economía. En fiestas y viajes, en caballos y trenes, en convitazos y otras mil vanidades, se le escurrieron al señor los bienes de la casa de Albrit, y parte de los de Laín, que eran de su madre. La casa venía empeñada de atrás, pues dicen las historias que ningún Conde de Albrit supo arreglarse. Mira por dónde las culpas de todos las paga este desdichado. Ya ves, después que le dejan en cueros los acreedores, le falla el negocio de América; luego le quita Dios el hijo, y se encuentra mi hombre al fin de la vida, miserable, enfermo, sin ningún cariño... Es triste, ¿verdad? GREGORIA.- Ahora caigo en que viene a ver a sus nietas: sí, Venancio, anda en busca de un querer que dé consuelo a su alma solitaria... VENANCIO.- (Cogiendo de la cesta una berenjena.) Puede ser... ¿Y qué tienes que decir de estas berenjenas? GREGORIA.- No son malas... Lo que digo es que al señor Conde le atrae el calorcillo de la familia. VENANCIO.- Pero ya verás: mi D. Rodrigo, buscando el agazajo, mete la mano en el nidal, y toca una cosa fría que resbala... ¡Ay! Es el culebrón de la madre, es la extranjera, la mala sombra de la familia, pues desde que el Conde D. Rafael casó con esa berganta, la casa empezó a hundirse... (Poniendo en el cesto la berenjena con que acciona.) En fin, que en tomates y berenjenas no hay quien nos tosa... pero no sabemos qué vientos echan para acá al señor Conde de Albrit. GREGORIA.- Él nos lo dirá. Y si se lo calla, no callarán sus hechos. (Dando por terminada su tarea, y pasando de la falda a un cesto las judías.) No te descuides, Gregoria; que venga por lo que venga, tienes que prepararle una buena mesa... Ya es un respiro que la extranjera no se meta en casa. VENANCIO.- Y aunque viniera... Nunca está más de dos días o tres. Jerusa es muy chica, y esa necesita tierra ancha para zancajear a gusto. GREGORIA.- (Asaltada de una idea.) ¡Ay, Venancio de mi alma, lo que se me ocurre! ¡No haber caído en ello ni tú ni yo! ¿Apostamos a que Doña Lucrecia viene a llevarse sus niñas? VENANCIO.- (Permaneciendo largo rato con la boca abierta.) Puede que aciertes... Ya son grandecitas... mujercitas ya. Pues, mira, nos fastidia... GREGORIA.- ¡Hijo de mi alma, cuándo nos caerá otra breva como esta! VENANCIO.- (Paseándose meditabundo.) No es mucho lo que nos pasa cada trimestre por cuidarlas y mantenerlas; pero algo es algo: rentita puntual, saneada... No, no: verás cómo no se las lleva. GREGORIA.- Ea, no nos devanemos los sesos por adivinar hoy lo que sabremos mañana. (Dispónese a pasar a la casa.) VENANCIO.- ¿Sabes tú quién nos lo va a decir? Pues Senén. Desde ayer está aquí. GREGORIA.- ¿Senén?... ¿El de la Coscoja?... Sí: las niñas me dijeron que le habían visto, y que está hecho un caballero. VENANCIO.- Empleado público, funcionario, como quien dice, nada menos que en las oficinas de Hacienda de Durante. Fue criado de la Condesa, que en premio de sus buenos servicios le ha dado credenciales, ascensos; en fin, que de un gaznápiro ha hecho un hombre. GREGORIA.- Le protege, según dicen, porque le servía de correveidile y de tapa-enredos en sus... VENANCIO.- Chist... Cuidado... puede llegar... Le espero. Ha quedado en traerme noticias. GREGORIA.- (Bajando la voz.) De tapadera en sus trapisondas amorosas... Ello es que siempre que nos visita la señora, recala Senén, y no la deja vivir con su pordioseo impertinente: que si la recomendación; que si la tarjeta al Jefe, que si la carta al Ministro, o al demonio coronado... Y como la tal Condesa es persona de grandes influencias, y trae a los personajes de allá cogidos por el morro... VENANCIO.- Senén es listo, se cuela por el ojo de una aguja. Pues me ha contado que doña Lucrecia salió de Madrid el 12, y que de aquí irá a visitar a los señores de Donesteve en sus posesiones de Verola. Todo lo sabe el indino. Él es quien ha dicho al Alcalde que la señora llega hoy, y... ¡Ah, pues se me olvidaba lo mejor! Le harán un gran recibimiento, por los grandes beneficios y mejoras que Jerusa le debe. GREGORIA.- ¡Festejos! ¡Y aquí no sabíamos nada!... Y de esta visita del Conde, ¿tenía Senén conocimiento? VENANCIO.- ¡Pues no! Como que se le han respingado las narices de tanto olfatear, de tanto meterlas en todos los secreticos de la casa en que sirvió antes de andar en oficinas. Se cartea con marmitones y cocheros de la casa de Laín, y allí no vuela una mosca sin que él lo sepa. GREGORIA.- (Alegre.) Pues ese, ese pachón de vidas ajenas nos ha de sacar de dudas. VENANCIO.- Ya tarda... Me dijo que a las diez. Ha ido a telegrafiar al jefe de la estación de Laín, y al Alcalde de Polan... GREGORIA.- (Mirando a la huerta.) Me parece que está ahí... Alguien anda por la huerta llamándote. VENANCIO.- Él es... (Llama.) ¡Senén, Senén, chicooo...! Escena II GREGORIA, VENANCIO; SENÉN, de veintiocho años, más bien más que menos, vestido a la moda, con afectada elegancia de plebeyo que ha querido cambiar rápidamente y sin estudio la grosería por las buenas formas. Su estatura es corta; sus facciones aniñadas, bonitas en detalle, pero formando un conjunto ferozmente antipático. Pelito rizado; chapas carminosas en las mejillas; bigote rubio retorcido en sortijilla. Lucha por su existencia en el terreno de la intriga, olfateando las ocasiones ventajosas y utilizando la protección y gratitud de las personas a quienes ha prestado servicios de ínfima calidad, sobre los cuales guarda cuidadoso secreto. Ya no se acuerda de cuando andaba descalzo y harapiento por las mal empedradas calles de Jerusa. Nacido de la Coscoja, viuda pobre que adormecía sus penas emborrachándose, Senén vivió de la caridad pública hasta que fue recogido por los Condes de Laín, que lo pusieron en la escuela y después le tomaron a su servicio. Fue pinche de cocina, escribiente, ayuda de cámara, hasta que su agudeza, reforzada por ardiente ambición de dinero, le emancipó de la servidumbre. En diversos trabajos y granjerías, hubo de probar fortuna: viajante de comercio, corredor de vinos, administrador de periódicos, y por fin la Condesa le abrió los espacios de la Administración pública con un destinillo de Hacienda, al que siguieron ascensos, comisiones y otras gangas. Compensa la cortedad de su inteligencia con su constancia y sagacidad en la adulación, su olfato de las oportunidades, y su arte para el pordioseo de recomendaciones. Su egoísmo toma más bien formas solapadas que brutales, y para disimularlo, el instinto, más que la voluntad, le sugiere la economía, y todo el ahorro compatible con el lucimiento y afeite de su persona. Guarda su dinero, y se apropia todo lo que sin peligro puede apropiarse. En lo que no es ostensible, o sea en el comer, gasta lo indispensable, reservando casi todo su peculio para el coram vobis. Su vicio es la buena ropa, y su pasión las alhajas; lleva constantemente tres sortijas de piedras finas en el meñique de la mano izquierda, y al llegar a Jerusa ha sacado a relucir un alfiler de corbata, que es ¡ay!, la desazón de sus compatriotas de ambos sexos. SENÉN.- Allá voy. Estaba mirando las peras... (Entra en la terraza.) Hola, Gregoria; usted siempre tan famosa. GREGORIA.- ¡Y tú qué guapo... y qué bien hueles, condenado! Estás hecho un príncipe. SENÉN.- Hay que pintarla un poquillo, Gregoria. Es uno esclavo de la posición. VENANCIO.- (Impaciente.) Vengan pronto esas noticias. SENÉN.- La Condesa llegará a Laín en el tren de las doce y cinco. He tenido un parte. (Mostrándolo.) Se lo he llevado al Alcalde, que no estaba seguro de la hora de llegada. GREGORIA.- Y D. José irá a esperarla en su coche. VENANCIO.- Claro. SENÉN.- (Sentándose con indolencia. Se cuida mucho de emplear un lenguaje muy fino.) Y el Municipio ¡oh!, le prepara un gran recibimiento, una ovación entusiasta. GREGORIA.- ¡A tu ama! SENÉN.- A la que fue mi ama. ¡Estaría bueno que no se hicieran los honores debidos a la ilustre señora; por cuya influencia ha obtenido Jerusa la estación telegráfica, la carretera de Jorbes, amén de las dos condonaciones! GREGORIA.- Puede que, si hay festejos, tengamos aquí a Doña Lucrecia más tiempo del que acostumbra. SENÉN.- Creo que no; está invitada a pasar unos días en Verola con los señores de Donesteve. VENANCIO.- ¿Y del Conde qué me dices? SENÉN.- Que Su Excelencia debió llegar a Laín anoche, o esta mañana en el primer tren. De modo que no me explico... digo que no me explico, mi querido Venancio, que no le tengas ya en tu casa. GREGORIA.- De fijo habrá ido a Polan a visitar el sepulcro de su esposa, la Condesa Adelaida. VENANCIO.- Bueno, Senén. Tú que todo lo sabes... naturalmente, has vivido en la intimidad de la familia, conoces sus costumbres, la manera de pensar de cada uno, sus discordias y zaragatas, dinos... ¿D. Rodrigo y su nuera se encontrarán aquí por casualidad, o es que...? SENÉN.- (Seguro, dándose importancia.) No: se han dado cita en Jerusa. GREGORIA.- ¿Cómo es eso? ¿Y para qué se citan los que se aborrecen? ¿Qué hacen? SENÉN.- Lo contrario de lo que hacen los que se aman. Los amantes se acarician; éstos se muerden. VENANCIO.- Vamos, es al modo de un desafío... Dicen: «en tal parte, a tal hora, nos juntamos para rompernos el bautismo.» GREGORIA.- Será que el señor Conde, que no ha visto a su nuera desde que él embarcó para el Perú, querrá ajustar con ella alguna cuenta... VENANCIO.- De interés, o de cosas tocantes al honor de la familia, pues para nadie es un secreto... no te enfades, Senenillo... que tu protectora la señora Condesa... En fin, no está bien que yo repita... SENÉN.- Sí, que el repetir es cosa fea. ¿Qué les importa a ustedes, ni qué me importa a mí, que el señor conde de Albrit y su nuera la Condesa viuda de Laín se peleen, se arañen y se tiren de los pelos por un pedacito así de honra, o por un pedazo grande...? Pongamos que es pedazo de honra tan grande como esta casa. VENANCIO.- Tiene razón Senén. Haiga virtud o no la haiga, nada nos dan ni nada nos quitan. SENÉN.- Yo no sé sino que el viejo Albrit, que hasta ahora, desde la muerte de su hijo, no se ha movido de Valencia, escribió a la Condesa... VENANCIO.- (Riendo.) Pidiéndole dinero. SENÉN.- Hombre, no: le proponía una entrevista para tratar de asuntos graves... GREGORIA.- De asuntos de familia. Y como la Condesa no quiere altercados en Madrid, porque allí puede haber escándalo, y se entera todo el mundo, y hasta lo sacan los papeles, le ha citado en este rincón de Jerusa, donde sólo vivimos cuatro papanatas, y si hay zipizape aquí se queda, y la ropa sucia en casita se lava. ¿Qué tal, señor cortesano, entiendo yo a mi gente? VENANCIO.- Di que no es lista mi mujer. SENÉN.- (Risueño y galante.) Sabe griego y latín. ¡Vaya un talento! Y para acabar de granjearse mi estimación me va a traer un vasito de cerveza. Estoy abrasado. GREGORIA.- Ahora mismo: hubiéraslo dicho antes. (Entra a la casa, llevándose las hortalizas.) VENANCIO.- Y tú, rey de las hormigas, ¿qué pretendes ahora de tu ama? ¿Otro ascenso, una plaza mejor? SENÉN.- Quiero adelantar, salir de esta miseria de la nómina, del triste jornal que el Gobierno nos da por aburrirnos, y aburrir al país que paga. VENANCIO.- Picas alto. Digan lo que quieran, chico, tú tienes mucho mérito. Yo te vi salir del lodo. SENÉN.- Y me verás subir, subir... El lodo, créeme, es un gran trampolín para dar el salto. GREGORIA.- (Que vuelve con la cerveza y copas, y les sirve.) Dime, Senenillo, ¿y para tus medros, no te agarras también a los faldones del señor Conde? SENÉN.- Albrit no tiene una peseta, y nadie le hace caso ya. VENANCIO.- Ese roble ya no da sombra, y sólo sirve para leña. GREGORIA.- (Que sentándose entre los dos bebedores de cerveza, acaricia a SENÉN.) Vamos a ver, hijo, ¿por qué no nos cuentas el por qué y el cómo de que tan mal se quieran la Condesa viuda y el abuelo? Tú lo sabes todo. VENANCIO.- Vaya si lo sabe; pero no muerde el gosque a quien le da de comer. (SENÉN paladea la cerveza, dándose aires de madrileño, y calla.) GREGORIA.- Ya lo ves: callado como un besugo. Dinos otra cosa. Será cuento todo eso que se dice de tu señora... Es cuento, ¿verdad? SENÉN.- (Enfático.) Me permitiréis, queridos amigos, que no hable mal de mi bienhechora. Os diré tan sólo que es un corazón tierno y una voluntad generosa y franca hasta dejárselo de sobra. No le pidáis gazmoñerías, eso no. Es mujer de muchísimo desahogo... Compadece a los desgraciados y consuela a los afligidos. Y como persona de instrucción, no hay otra: habla cuatro lenguas, y en todas ellas sabe decir cosas que encantan y enamoran. VENANCIO.- Todas esas lenguas, y más que supiera, no bastan para contar los horrores que acerca de ella corren en castellano neto. SENÉN.- (Endilgando sabidurías que aprendió en los cafés.) ¡Horrores!... No hagáis caso. La honradez y la no honradez, señores míos, son cosas tan elásticas, que cada país y cada civilización... cada civilización, digo, las aprecia de distinto modo. Pretendéis que la moralidad sea la misma en los pueblos patriarcales, digamos primitivos; como esta pobre Jerusa, y los grandes centros... ¿Habéis vivido vosotros en los grandes centros? VENANCIO.- Ni falta. SENÉN.- Pues en los grandes centros veríais otro mundo, otras ideas, otra moralidad. La Condesa Lucrecia no es una mujer: es una dama, una gran señora. ¿Qué? ¿Que le gusta divertirse? Cierto que sí; se divierte por la noche, por la mañana y por la tarde... No, no me saquéis el Cristo de la moralidad. Yo os digo, y lo pruebo, que es cosa esencial en las sociedades que las damas se diviertan; porque del divertirse damas y galanes viene el lujo, que es cosa muy buena... (Riendo del asombro de sus interlocutores.) Ya... papanatas; creéis que es malo el lujo... Vivís en Babia. Pues os digo, y lo pruebo, que el lujo es lo que sostiene la industria... la industria de los grandes centros, por la cual y con la cual, lo pruebo, come todo el mundo. Reasumiendo: que si hubiera moralidad, tal y como vosotros la entendéis, la gente no se divertiría, y sin diversiones, no tendríamos lujo, y por ende, no habría industrias: la mitad de los que hoy comen se morirían de hambre, y la otra mitad mascarían tronchos de berzas. VENANCIO.- Vaya que eres parlanchín, y entiendes la aguja de marear. GREGORIA.- (Imitando, sin saberlo, a las brujas de Macbeth.) ¡Senén, tú serás ministro! SENÉN.- ¿Ministro yo? No, no: mi ambición, como nacida del lodo, no quiere viento, sino barro, barro substancioso que amasar. Mis tendencias son a lo positivo; tiendo a ganar dinero, mucho dinero. No me conformo con un sueldo más o menos cuantioso; ambiciono más; ambiciono el trabajo libre... GREGORIA.- Manos libres, quieres decir. VENANCIO.- (Da un cigarro a SENÉN, y fuman los dos.) Lo que tú buscas, tunante, es una dote; andas a la husma de una rica heredera. GREGORIA.- Por eso vistes tan elegantito, y te quitas el pan de la boca para comprarte trapos... Por eso gastas anillos, y te echas esencia en el pañuelo. Vaya, que hueles bien. (Oliéndole.) ¿Qué es eso? ¿Heliotropo? SENÉN.- (Reventando de fatuidad.) Es mi perfume favorito... Pues no he pensado en casarme, y lo pruebo. Claro, si se me presentase una buena ganga matrimonial, no la desperdiciaría. Estamos a la que salta. GREGORIA.- Por un camino o por otro, has de ser rico. VENANCIO.- A trabajar, se ha dicho. En la corte hay mil maneras de afanar el garbanzo. GREGORIA.- Allí donde hay bambolla, derroche, y donde los ricos por su casa gastan, según dicen, más de lo que tienen, el pobre allegador, económico y despabilado como tú, sabe encontrar piltrafa. Ahí tienes el caso del señor Conde. Toda su riqueza se ha repartido entre muchos que andaban quizás con los codos al aire. VENANCIO.- Prestamistas, curiales, cuervos y buitres, y todos los golosos de carne muerta. SENÉN.- (Desdeñoso.) Mal fin ha tenido el prócer. Vaya usted preparando, Gregoria, las buenas calderadas de patatas, las sopitas de leche, para que se acostumbre a la frugalidad, y olvide sus hábitos gastronómicos. GREGORIA.- No, no: lo que es hoy, al menos, si viene, tengo que prepararle una buena comida. VENANCIO.- Como se entretenga en Polan y no coja el coche que ha salido de allí a las diez, no vendrá hasta mañana. SENÉN.- Me inclino a creer que le veremos venir en carreta, porque el buen señor padece tal tronitis, que no tendrá para el coche. GREGORIA.- No exageres... Esos nobles arrumbados siempre guardan algo para sus últimas, y también te digo que suelen encontrar algún tonto que les alimente los vicios. SENÉN.- Albrit no tiene más vicios que la rabia de verse pobre, y el orgullo de casta, que se le ha recrudecido con la pobreza. GREGORIA.- (Intranquila.) Dime, Senén, ¿y al señor Conde no le dará la ventolera de quitarnos las niñas? SENÉN.- ¿Para qué?... ¿Y a dónde las lleva? VENANCIO.- A un colegio de Francia. SENÉN.- No temáis perder esta ganga. El Conde no tiene con qué pagarles un buen colegio, y la mamá no está por esos gastos, que dejarían indotado su presupuesto. Todo es poco para ella. Además, la presencia de las niñas en sociedad junto a ella, la envejece. Su obsesión es ser joven, o parecerlo. VENANCIO.- Su... ¿qué has dicho? ¡Vaya unas palabras finas que te traes! GREGORIA.- (Incomodándose.) Pero ya son creciditas, jinojo... Algún día tiene que presentarlas en la corte, casarlas... SENÉN.- ¿Casarlas? Dificilillo es... y lo pruebo. GREGORIA.- ¿Cómo no, si son tan monas? SENÉN.- Les concedo el buen palmito. Pero cualquiera carga con ellas, educadas en la ñoñería, con hábitos y maneras de pueblo, y, por añadidura, pobres..., porque la Condesa está dando aire a la fortuna, y cuando toquen a liquidar no habrá más que pagarés vencidos, cuentas no liquidadas, y el diluvio... Ya lo dijo Luis XV (estropeando el francés): Apré muá, le diluch. GREGORIA.- (Incomodándose más.) La madre será lo que quieran: una feróstica, una púa extranjera; pero Dorotea y Leonor a ella no salen, digo que no salen... y lo pruebo también. VENANCIO.- Son buenísimas, aunque algo traviesas; almas puras, ángeles de Dios, como dice D. Carmelo. GREGORIA.- Créelo, Senén; las quiero como si fueran mis hijas, y el día que se las lleven me ha de costar algunas lágrimas. SENÉN.- (Con impertinencia.) ¿Y de instrucción, qué tal? VENANCIO.- Poca cosa les enseña D. Pío, el maestro jubilado del pueblo. Sobre que él sabe poco, no tiene carácter, y las chicas le han tomado por monigote para divertirse. GREGORIA.- Todo el día se lo pasan enredando. Ya se ve: no están en su esfera, como dice Angulo, nuestro médico. VENANCIO.- (Repitiendo una frase del Doctor.) Su institutriz es la Naturaleza, su elegancia, la libertad, su salón el bosque. Bailan al compás de la mar con la orquesta del viento. SENÉN.- (Que se levanta, recordando con inquietud algo que había olvidado.) ¡Buena la hemos hecho! VENANCIO.- ¿Qué te pasa? SENÉN.- Que con tanto charlar se me olvidó el encargo del señor Alcalde. GREGORIA.- ¿Para nosotros? SENÉN.- Sí... ¡qué cabeza! Pues que inmediatamente le llevéis las niñas, para que la Condesa las vea en cuanto llegue. VENANCIO.- Es natural. Y comerán allí. SENÉN.- ¿Están en casa? GREGORIA.- De paseo andan por el bosque. (Mirando hacia la izquierda.) No las veo. VENANCIO.- Correteando, y de juego en juego, se habrán ido a media legua de Jerusa. SENÉN.- ¿Y las dejáis andar solas por el bosque? GREGORIA.- Solitas van. Todo el mundo las respeta. VENANCIO.- Hay que ir corriendo a buscarlas. SENÉN.- Si queréis, iré yo... ¿No saben todavía que hoy viene su mamá? GREGORIA.- No lo saben... ¡pobres hijas! SENÉN.- Pues yo se lo diré, y las traeré por delante, como un pavero de Navidad. VENANCIO.- Las encontrarás, de fijo, bosque arriba, en el sendero de Polan... Pero mira, chico, no les hagas la corte. Verdad que sería inútil... SENÉN.- (Con ganas de irse pronto.) ¿La corte yo?... ¿Yo, este cura? ¡Señoritas que no viven en su elemento y reúnen todo lo malo, orgullo y pobreza...! GREGORIA.- Están verdes. SENÉN.- Que las madure quien quiera. ¿Decís que bosque adentro?... VENANCIO.- Vete, y tráelas pronto. GREGORIA.- Vivo...(Viéndole partir.) ¡Vaya un pájaro! VENANCIO.- ¡Vaya un peje! Escena III Bosque en las inmediaciones de Jerusa, formado de corpulentos robles, hayas y encinas. Lo atraviesa un tortuoso sendero, donde se ven los surcos trazados por los carros del país. Por el Norte, formidable cantil de roca y conglomerado, en cuyos cimientos baten las olas del mar; al Sur cierra el paisaje la espesura de la vegetación; hacia el Oeste serpentea y se subdivide el sendero, atravesando algunas calvas y espesos matorrales. LEONOR y DOROTEA, niñas de quince y catorce años respectivamente, lindas, graciosas, de tipo aristocrático, la tez bronceada por el aire marino y el sol. Son negros sus ojos, rasgados, melancólicos; negro también su cabello, peinado al descuido en moño alto. Se lo adornan con flores silvestres, que van clavando en él como se clavan los alfileres en un acerico. La diferencia de edad, un año y meses, apenas en ellas se distingue, y por gemelas las tienen muchos, viendo la semejanza de sus rostros, y la igualdad del talle y estatura. Son ágiles, corretonas, traviesas; dos diablillos encantadores. Visten, con sencillez graciosa y elegancia no aprendida, trajecitos claros, cortados y cosidos en Jerusa. La modestia da más realce a su gentileza vivaracha, y les imprime cierta gravedad dulce cuando están quietas. Desde la niñez, su madre, irlandesa, las nombraba con los diminutivos ingleses NELL y DOLLY, y estos nombres exóticos prevalecieron en Madrid como en Jerusa. Las acompaña y juega y brinca con ellas un perrito canelo, de pelo largo y fino, hocico muy inteligente, rabo que parece un abanico. Atiende por Capitán. DOLLY.- Estoy cansada; yo me siento. (Se recuesta en el tronco de un roble.) NELL.- Estoy entumecida; yo quiero correr. (Disparándose en carrera circular, vuelve al punto de partida.) DOLLY.- (Mirando a la copa del árbol.) ¡Qué gusto poder subir y posarse en una rama!... ¡Nell! NELL.- ¿Qué quieres? DOLLY.- Decirte una cosa. ¿Qué te apuestas a que me subo a este árbol? NELL.- Te desgarrarás el vestido... DOLLY.- Lo coseré... sé coser tan bien como tú... ¿A que me subo? NELL.- No está bien. Nos tomarían por chiquillas de pueblo. DOLLY.- (Que suspendiéndose de una rama, se balancea.) Pues ser chiquilla de pueblo o parecerlo, ¿crees tú que me importa algo? Dime, Nell, ¿andarías tú descalza? NELL.- Yo no. DOLLY.- Yo sí. Y me reiría de los zapateros. (Viendo que NELL se sienta y saca un librito.) ¿Qué haces? NELL.- Quiero repasar mi lección de Historia. Ya hemos corrido bastante; estudiemos ahora un poquito. Acuérdate, Dolly: ayer, D. Pío te dijo que no sabes jota de Historia antigua ni moderna, y en buenas formas te llamó burra. DOLLY.- Burro él... Yo sé una cosa mejor que él: sé que no sé nada, y D. Pío no sabe que no sabe ni pizca. NELL.- Eso es verdad... Pero debemos estudiar algo, aunque no sea más que por ver la cara que pone el maestrillo cuando le respondamos bien. Es un alma de Dios. DOLLY.- Mejor la pone cuando le damos alguna golosina, de las que guardamos para Capitán. NELL.- Anda, ven; estudiemos un poquito. ¿Sabes que es un lío tremendo esto de los Reyes godos? DOLLY.- El demonio cargue con ellos. Son ciento y la madre... y con unos nombres que pican como las zarzas, cuando una quiere metérselos en la memoria. NELL.- Ninguno tan antipático y majadero como este señor de Mauregato. DOLLY.- ¡Valiente bruto! NELL.- Nada: que tenían que echarle cien doncellas por año para desenfadarle. DOLLY.- Para desengrasar, como dice D. Carmelo. NELL.- La verdad es que la Historia nos trae acá mil chismes y enredos que no nos importan nada. DOLLY.- (Siéntase junto a su hermana. El perro se echa entre las dos.) Figúrate qué tendremos que ver nosotras con que hubiera un señor que se llamaba Julio César, muy vivo de genio... Ni qué nos va ni nos viene con que le matara otro caballero, cuyo nombre de pila era Bruto... ¿A mí qué me cuenta usted, señora Historia? NELL.- Pero, hija, la ilustración... ¿A ti no te gustaría ser ilustrada? DOLLY.- (Acariciando al perrito.) Ilústrate tú también, Capitán. La verdad: me carga la ilustración desde que he visto que también se ha hecho ilustrado Senén. ¿Te acuerdas de cuando estuvo aquí hace dos meses, creyendo que venía mamá? NELL.- Sí: a cada instante sacaba la Edad Media, y qué sé yo qué. DOLLY.- ¡Qué tendremos nosotras que ver con las edades medias o partidas!... Y el mejor día nos salen con que a Cleopatra le dolían las muelas. NELL.- O que a Doña Urraca le salieron sabañones. DOLLY.- Pero, en fin, nos ilustraremos algo, puesto que mamá, en todas sus cartas, nos manda que aprendamos, que seamos aplicaditas. NELL.- Mamá nos idolatra; pero no nos lleva consigo. (Con tristeza.) ¿Por qué será esto? DOLLY.- Porque, porque... Ya nos lo ha dicho. Como nos criamos tan raquíticas, quiere que engordemos con los aires del campo. Ya sabe mamá lo que hace. NELL.- Mamá es muy buena. Pero que venga al campo con nosotras a robustecerse también. DOLLY.- Tonta, ¿no le oíste que se espanta de engordar, y que lo que quiere ahora es enflaquecer? NELL.- Gorda o flaca, mamá es guapísima. DOLLY.- Sí que lo es... Ya nos llevará consigo cuando seamos mayores. Yo no tengo prisa. NELL.- (Rayando la tierra con un dedito.) Como prisa, yo tampoco. DOLLY.- Me gusta el campo. NELL.- Y la soledad, ¡qué me gusta! DOLLY.- En la soledad piensa una mejor que entre personas. NELL.- ¡Y esta libertad...! DOLLY.- (Poniendo en dos patas al perrito.) Yo te digo una cosa: creo que cuanto más salvajes, más felices somos. NELL.- Eso no: la civilización, Dolly... DOLLY.- Me carga la civilización desde que oigo hablar tanto de ella a nuestro amigo el Alcalde, que se ha hecho rico y personaje fabricando fideos. NELL.- (Mordiendo el palo de una florecita.) Salvaje no quiero yo ser... ni civilizada a estilo de D. José Monedero. También te digo que dentro de la civilización puede existir la soledad que tanto me agrada. ¿A ti no se te ha ocurrido alguna vez ser monjita? DOLLY.- ¡Ay, no! Nunca he pensado en eso. NELL.- Yo sí, sobre todo cuando nos llevan a misa a las Dominicas. ¡Qué iglesita más mona y más sosegada! Me figuro yo que de aquellas rejas para dentro hay una paz, una tranquilidad... DOLLY.- (Recogiendo piedrecitas.) La religión es cosa bonita... lo mejor entre lo bueno. El rezar consuela... Pero eso de estar siempre rezando, siempre, siempre... francamente, hija... Y metida entre rejas, como están las monjas, ni ves árboles, ni ves flores... NELL.- Tonta, si tienen huertas y jardines... DOLLY.- Pero no ves el mar. NELL.- ¡Bah!... Veo a Dios, que es más grande. DOLLY.- ¡Si Dios está en todas partes! ¿Crees que no está también aquí, oyendo todo lo que decimos? NELL.- Pero no le vemos ni le oímos nosotras. DOLLY.- Hay que mirar bien, Nell, y escuchar callandito. (Pausa. Las dos, silenciosas y un tanto sobrecogidas, exploran con lento mirar el horizonte, mar y cielo, y la sombría espesura del bosque.) NELL.- ¿Qué oyes? DOLLY.- Como un aliento muy grande. ¿Y tú, qué ves? NELL.- Como una mirada grandísima. (Otra pausa larga. Bruscamente, como quien vuelve sobre sí, se incorpora.) Pero se nos va el tiempo charlando, y no hemos estudiado ni una letra. DOLLY.- ¡Está el día tan hermoso! NELL.- Salimos con ganas de leer. Tú dijiste que estudiaríamos en el campo mejor que en casa. DOLLY.- Porque allí nos molestaban los berridos de Venancio. NELL.- (Repitiendo una frase de su maestro.) ¡Sus, valientes, y a los libros! (Dando a su hermana el manualito de Historia.) Mira, lees en alta voz, y así nos enteramos las dos a un tiempo. DOLLY.- (Toma el libro y levántase de un brinco.) Dame acá. ¿Sabes lo que se me ocurre? Que conviene que se instruyan también los pájaros... Toda la ciencia no ha de ser para nosotras. (Lanzando el libro a los aires con fuerte impulso.) NELL.- ¿Qué haces, tonta? (El libro, abierto en el aire y dando al viento sus hojas, describe una curva, y se detiene al fin en una rama de encina, como pájaro que se posa.) DOLLY.- Ya lo ves. (El perro se entrega al trajín inocente de cazar moscas.) NELL.- ¡Buena la has hecho! ¿Y cómo lo cogemos ahora? DOLLY.- De ninguna manera. Los pájaros se enterarán ahora de lo que hicieron D. Alejandro Magno, el señor de Atila y el moro Muza. NELL.- (Riendo.) ¡Si a los pajaritos todo eso les tiene sin cuidado! DOLLY.- Como a mí. NELL.- ¡Vaya un compromiso! ¡Si pasara por ahí un chiquillo que se subiera a cogerlo! DOLLY.- Me subiré yo. (Disponiéndose a encaramarse en la encina.) NELL.- (Tirándola de la falda.) No, no, que te desnucas. DOLLY.- Espérate; le tiraré piedras a ver si se atonta y cae. (Hace lo que dice.) NELL.- Hay viento... Puede que vuele el libro. DOLLY.- ¡Ay, no, que es muy pesado! (Tirando piedras.) A mí, bribón; baja, ven acá. (El perro cree de su obligación ladrar fuertemente al libro para que baje.) NELL.- (Sintiendo pasos.) Basta, Dolly. Viene gente... ¡Qué vergüenza! Te tomarán por una desarrapada del pueblo. DOLLY.- ¿Y qué me importa? NELL.- Que te estés quieta. (Mirando a lo largo del sendero.) Aquí viene un señor, un hombre... por el camino que baja de Polan, ¿ves?... Mira. (Aparece por entre los robles el CONDE DE ALBRIT, con lento paso.) DOLLY.- No le veo. NELL.- Mírale... Se ha parado al vernos, y allí le tienes como una estatua. No nos quita los ojos... Escena IV NELL y DOLLY, DON RODRIGO DE ARISTA-POTESTAD, CONDE DE ALBRIT, MARQUÉS DE LOS BAZTANES, SEÑOR DE JERUSA Y DE POLAN, GRANDE DE ESPAÑA, etc. Es un hermoso y noble anciano de luenga barba blanca y corpulenta figura, ligeramente encorvado. Viste buena ropa de viaje, muy usada; calza gruesos zapatones y se apoya en garrote nudoso. Revela en su empaque la desdichada ruina y acabamiento de una personalidad ilustre. NELL.- (Observándole medrosa.) Es un pobre viejo... ¿Por qué nos mira así? ¿Nos hará daño? DOLLY.- Parece el Santa Closs de los cuentos ingleses. Pero no trae saco a la espalda. NELL.- ¿Sabes que tengo miedo, Dolly? DOLLY.- Yo también. ¿Será un mendigo? NELL.- Si tuviéramos cuartos, se los daríamos... ¡Ay, no se mueve!... DOLLY.- Y ahora, en nosotras clava los ojos... NELL.- (Palideciendo.) Parece que habla solo... ¡Qué miedo! DOLLY.- (Trémula.) Y no pasa un alma. Si llamamos nadie nos oirá. NELL.- No nos hará nada, creo yo. DOLLY.- Lo mejor es hablarle. NELL.- Háblale tú... Dile: «Señor mendigo...» DOLLY.- Mendigo no es. Parece más bien una persona decente mal trajeada. (Lánzase el perrillo con furiosos ladridos hacia el CONDE.) NELL.- Capitán, ven acá... DOLLY.- ¡Ay, Nell, yo conozco esa cara!... NELL.- Y yo también. Yo le he visto en alguna parte... ¡Ay, ay! (Se juntan las dos, como para protegerse mutuamente.) Ahora se adelanta...Nos hace señas... DOLLY.- Parece que llora. ¡Pobre señor!... EL CONDE.- (Con voz grave, avanzando.) Preciosas niñas, no me tengáis miedo. ¿Sois Leonor y Dorotea? NELL.- Sí, señor: así nos llamamos. EL CONDE.- (Llegándose a ellas.) Pues abrazadme. Soy vuestro abuelo. ¿No me conocéis? ¡Ay! Han pasado algunos años desde que me visteis por última vez. Erais entonces chiquitinas, y tan monas... Me volvíais loco con vuestra gracia, con vuestra donosura angelical... (Las abraza, las besa en la frente.) DOLLY.- ¡Abuelito! NELL.- Yo decía: le conozco. DOLLY.- Por el retrato te conocemos. EL CONDE.- Y yo a vosotras por la voz. No sé qué hay en el timbre de vuestras vocecitas que me remueve toda el alma. ¿Y cómo es que los dos sonidos me parecen uno solo? Dejadme que os mire bien: ¿serán iguales vuestras caritas como lo son vuestras voces?... No, no puedo veros bien, hijas de mi alma. Estoy casi ciego. Vamos, sigamos hacia Jerusa. (Capitán abre la marcha.) NELL.- ¡Qué sorpresa tan agradable, abuelito! Pues, mira, te tuvimos miedo. EL CONDE.- ¿Miedo a mí, que os adoro? DOLLY.- Senén nos dijo anoche que venías; pero no creíamos que llegases tan pronto. NELL.- ¿Y cómo no has venido en el coche? EL CONDE.- Me molesta horriblemente el traqueteo de ese armatoste... y el venir prensado entre otras personas groseras y estúpidas... No, no... He preferido venirme a pie, sin más compañía que la de este palo, que me ha regalado un pastor de mis tiempos, a quien encontré en Polan. ¡Figuraos si será viejo el hombre! Era yo un niño, y él un mocetón como un castillo que me llevaba a la pela por estos montes... NELL.- ¿Pero vienes de Polan? EL CONDE.- Allí pasé la noche, en la cabaña de Martín Paz... Luego me he venido pasito a paso por el filo del cantil, recordando mis tiempos. ¡Ah!, todos los caminos y veredas de este país me conocen; conócenme las breñas, las rocas, los árboles... Hasta los pájaros creo que son los mismos de mi niñez... Esta hermosa Naturaleza fue mi nodriza. No podréis comprender, niñas inocentes que empezáis a vivir, cuán grato, y cuán triste al mismo tiempo es para mí recorrer estos sitios, ni cuánto padezco y gozo haciendo revivir a mi paso cosas y personas! Todo lo que me rodea paréceme a mí que me ve y me reconoce... y que desde el mar grande al insecto casi invisible, todo cuanto aquí vive, se queda en suspenso... no sé cómo decirlo... se para y mira... para ver pasar al desdichado Conde de Albrit. (Las dos niñas suspiran.) DOLLY.- Apóyate en mi brazo, abuelito. NELL.- En el mío. EL CONDE.- En los dos... Una por cada lado. Así... Me lleváis como en volandas. Escena V NELL, DOLLY; el CONDE; SENÉN, que ha presenciado de lejos, oculto tras un árbol, el encuentro del abuelo y sus nietas. SENÉN.- ¡Qué estropeado y qué caído está el viejo león de Albrit!... Hoy por hoy, no me conviene malquistarme con él. Nunca se sabe de qué cuadrante sopla la suerte. (Viendo avanzar el grupo, se adelanta sombrero en mano.) Señor Conde, bien venido sea, mil veces bien venido, a la tierra de sus mayores. ¡Qué hermosa figura hace Vuecencia en medio de estos dos ángeles! EL CONDE.- (Parándose.) ¿Quién me habla? NELL.- Es Senén, papá. DOLLY.- ¿No te acuerdas? SENÉN.- Senén Corchado, señor, el que fue... no me avergüenzo de decirlo.... criado del señor Conde de Laín. EL CONDE.- ¡Ah, lacayo! (Con súbita cólera, requiriendo el garrote.) ¿Vienes a que te dé dos palos? SENÉN.- (Retirándose.) ¡Señor...! NELL.- Abuelito, ¿qué haces? DOLLY.- ¡Si es de casa, si es nuestro amigo! EL CONDE.- (Reportándose.) Perdonadme, niñas queridas... he confundido sin duda... Y tú, Séneca, Cenón, o como quiera que te llames, perdóname también... te he tomado por otro. Pensé que eras tú el infame que se permitió decirme... Ven acá, dame la mano. Tengo el genio poco sufrido... SENÉN.- (Dándole la mano.) Siempre fue lo mismo Vuecencia. EL CONDE.- Luego, esta continua disminución de mi vista no me permite distinguir a los bribones de las personas honradas. La ceguera me hace irascible... ¿Y qué tal? Ya recuerdo que me hablaron de ti: sé que estás hecho un hombre. SENÉN.- (Con falsa humildad.) Aunque me iba muy bien en casa del señor Conde de Laín, me dio por abandonar la servidumbre y trabajar en cualquiera industria o negocio... EL CONDE.- Muy bien pensado. Así se hacen los hombres. ¿Y qué eres ahora? ¿Zapatero? SENÉN.- Señor, no. NELL.- Papá, si es empleado. DOLLY.- Empleado de Hacienda con tantos miles de sueldo. EL CONDE.- Vamos, que tú querías ganar dinero a todo trance... El dinero lo ganan, Senén, todos aquellos que con paciencia y fina observación van detrás de los que lo pierden: fíjate en esto. SENÉN.- (Inflándose.) La señora Condesa me consiguió un destinito... NELL.- Mamá le ha protegido y le protege, porque es buen muchacho... EL CONDE.- La Condesa es una gran potencia. Nadie le niega nada. Ya sabes tú, picaruelo, a qué aldabones te agarras. DOLLY.- Aquí donde le ves, papá, es la economía andando, y mira por su ropa como una mujer. EL CONDE.- Séneca, digo Senén, tú pitarás. Y ahora, ¿estás aquí con licencia? SENÉN.- He venido de Durante para tener el honor de saludar al señor Conde de Albrit y a la señora Condesa de Laín, que también debe de llegar hoy. NELL.- ¡Que viene mamá! (Despréndense las dos de los brazos de su abuelo, y saltan gozosas.) DOLLY.- ¡Jesús, qué alegría! NELL.- Pues no sabíamos nada. ¿Lo sabías tú, abuelito? EL CONDE.- (Pensativo.) Sí. DOLLY.- (Volviendo a coger el brazo de ALBRIT.) Vamos aprisita. NELL.- (Inquieta.) Tenemos que arreglarnos. SENÉN.- Las señoritas han de ir al hotel del señor Alcalde, a esperar a su mamá. NELL.- ¿Pero va mamá a casa del Alcalde? DOLLY.- ¿Por qué no viene a la Pardina con nosotros, con abuelito? (SENÉN se encoge de hombros.) EL CONDE.- La Pardina no le parecerá a tu mamá bastante cómoda... En fin, no quiero que os detengáis por mí... Vamos, hijas mías. NELL.- ¡Ah! Se me olvidaba... Amigo Senén, ¿querrías hacernos un favor? SENÉN.- Todo lo que las señoritas quieran. ¿Qué es? NELL.- Subirse a aquel árbol a coger la Historia. EL CONDE.- ¡A coger la Historia! DOLLY.- El pícaro libro, que se echó a volar. NELL.- Jugando, lo tiramos al aire. EL CONDE.- (Gozoso.) Comprendo, sí... Estudiáis mirando al cielo... Senén, intrépido Senén, sube pronto, hijo... Anda, que cuando eras muchacho ya treparías más de una vez para coger nidos. SENÉN.- (Disimulando su disgusto, se quita la americana.) Allá voy. NELL.- Ten cuidado no se te rompa el traje. SENÉN.- Que es nuevo... ya lo ven. DOLLY.- ¡Vaya un alfiler de corbata que te traes!... Por Dios, no te caigas. EL CONDE.- No temáis: éste sabe subir y agarrarse bien. Si cae, será porque le tiene cuenta. SENÉN.- Por ahora, señor Conde, me tiene más cuenta apoyarme bien en las ramas fuertes... Ajajá... Ya te cojo, Historia maldita. DOLLY.- Bájate pronto... (Desciende SENÉN a las ramas bajas, y se tira de un salto.) NELL.- (Cogiendo el libro.) Dios te lo pague. Vaya, sigamos. DOLLY.- ¿No quiere el abuelito entrar por el pueblo? EL CONDE.- No, no: vamos por el atajo, que nos lleva directamente a la Pardina sin pasar las calles de Jerusa. No quiero ver gente, y menos jerusanos. SENÉN.- (Poniéndose la americana.) ¡Lástima no haber sabido antes que venía el señor Conde! El pueblo le habría preparado un buen recibimiento. EL CONDE.- (Con desdén.) ¿A mí?... ¿A mí Jerusa?... Brrr... SENÉN.- Habría salido la música, el orfeón... No faltaría el arquito de ramaje, y luego lunch en la Casa Consistorial. EL CONDE.- Veo que eres un cursi tremendo. Conozco esos homenajes, que en otro tiempo, cuando los merecía y estaba en disposición de recibirlos, me halagaban, sí. Hoy me harían el efecto de una burla cruel. Antes de verme tan viejo y tan pobre como ahora, tuve ocasión de apreciar la villana ingratitud de mis compatriotas los habitantes del señorío de Jerusa. (Se detiene y suspira.) Veinte años ha, la última vez que aquí estuve, los colonos que habían llegado a ser ¡Dios sabe cómo! propietarios de mis tierras, los señoritingos nacidos de mis cocineras, o engendrados por mis mozos de cuadra, me recibieron con frío desdén, que me llenó de tristeza y amargura. Dijéronme que la villa se había civilizado. Era una civilización improvisada y postiza, como la levita que compra el patán en un bazar de ropas hechas. NELL.- Papaíto, no olvida tu pueblo los beneficios que de ti ha recibido. DOLLY.- No los olvida, no. La calle principal de Jerusa se llama de Potestad. NELL.- La fuente de los cinco caños, junto a la iglesia, se llama del Buen Conde. EL CONDE.- Sí, Sí, mi abuelo paterno. Historia, cosas pasadas, que sólo dejan tras sí un letrero, una inscripción... Todo se borra, ¡ay! aun las piedras escritas. Cuando la roña y el musgo las empuercan, y se han criado en ellas cien generaciones de arañas y lagartijas, viene el progreso, y las manda picar para escribir otra cosa... o aprovecharlas en una alcantarilla. No me quejo, no. Ese es el mundo. Rodamos todos hacia lo infinito. SENÉN.- (Enfáticamente.) Jerusa, por más que digan, no puede olvidar que debe su existencia a los Albrit de la Edad Media. EL CONDE.- (Meditabundo.) Y a mis abuelos y a mí todo lo que en ella es de algún valor. La casa Ayuntamiento, que era el primitivo palacio de los Condes de Laín, fue donada por D. Martín de Potestad, capitán de las galeras de Nápoles. La calzada de Verola y el puente sobre el río Caudo, obra fue de mi madre. Mi abuelo materno hizo el hospital y la casa-cuna; y yo traje las aguas riquísimas de Santaorra; levanté el muro de contención que defiende al pueblo de las avenidas del Caudo; fundé y doté la Hermandad de Pescadores, haciéndoles además una dársena para abrigo de sus lanchas; repoblé el monte comunal... sin contar otras mejoras de que ya no me acuerdo. ¿Y cómo pagaron mis paisanos tantos beneficios? Pues cuando me vieron mal de intereses, recargaban horrorosamente mis propiedades en todos los repartos de contribución para obligarme a vendérselas... Y lo conseguían... En sus manos rapaces está todo. NELL.- Abuelito, no pienses cosas tristes. DOLLY.- ¿No estás alegre de vernos y de tenernos a tu lado? EL CONDE.- (Deteniéndose para abrazarlas y besarlas con efusión.) Sí, sí, ángeles inocentes. Soy feliz con vosotras, y lo demás nada me importa. SENÉN.- (Con malicia indiscreta, que resulta más antipática por lo pedantesco de la expresión.) Y de que no seríamos justos achacando a Jerusa el pecado de la ingratitud, tenemos hoy una prueba elocuente, señor Conde, porque, sabida con antelación la llegada de la señora Condesa de Laín, se le prepara un recibimiento entusiasta, cual corresponde a quien tan grande fomento ha dado a los intereses materiales y morales de esta villa. Saldrá el Alcalde a la estación... EL CONDE.- Y se dispararán cohetes. Todo eso está muy en carácter. NELL.- (Impaciente.) ¡Cohetes, música...! Vamos, vamos pronto. DOLLY.- Abuelito, por aquí, si quieres que vayamos derechos a la Pardina. EL CONDE.- ¿Estamos ya en la loma que llaman la Asomada? SENÉN.- Sí, señor: de aquí se ve toda la villa; y si Vuecencia quiere dar un vistazo a la población, en dos minutos estamos en la plaza. EL CONDE.- No, no. Gracias. Por esta otra calleja bajamos a la Pardina. (Deteniéndose y mirando al pueblo, que en aquel punto se ve totalmente, rodeado de arboledas y verdes lomas.) Sí, sí... te conozco, Jerusa; distingo un montón de tejados rojos y de ventanales blancos... más allá manchas de verde lozano. Eres Jerusa; te siento bajo mis pies, te huelo al pisarte... Tu ingratitud me da en el olfato. Hiciste escarnio del que fue tu señor, aplicándole un mote burlesco... Pues ahora, el león flaco de Albrit, que nada te pide, que para nada te necesita, te manifiesta su desprecio con toda la efusión de su alma, no queriendo de ti ni un pedazo de tierra para sepultar sus pobres huesos. (Volviéndose hacia las niñas.) Si me muero aquí, que me lleven a enterrar a Polan, o que me tiren al mar. DOLLY.- Papaíto, no es hoy día de cosas tristes. NELL.- ¡Si estamos muy contentas! EL CONDE.- (Limpiándose una lágrima.) Sí, sí... Vamos, para que lleguéis a tiempo de presenciar los homenajes a vuestra mamá. SENÉN.- Por esta calleja llegamos en un instante a la Pardina. EL CONDE.- Conozco bien el camino... En este sitio, torciendo a la izquierda, dejamos de ver el mar. (Parándose a contemplar el Océano.) ¡Oh, qué hermosura! Es el amigo de mi infancia. NELL.- ¡Y qué espléndido, qué azul! Hoy se viste de gala para recibirte. EL CONDE.- ¿Sabéis por qué gozo tanto en mirarle? Porque le veo... es lo único que distingo bien, por razón de su magnitud. Desde que voy perdiendo la vista, hijas mías, mis pobres ojos no aprecian bien más que las cosas grandes... ¡Cuanto mayores son, mejor las veo! Quisiera que en el mundo fuera todo colosal, inmenso... Lo pequeño, creedlo, me entristece, me enfada... (Se internan en la calleja.) Escena VI Sala baja en la Pardina. En paredes, techo y muebles, aspecto de venerable antigüedad, bien conservada. GREGORIA y VENANCIO GREGORIA.- (Asomándose a una ventana.) Ya está aquí Capitán... ¡Oh!... allí vienen. (Asustada.) ¡Jesús, lo que veo! VENANCIO.- ¿Qué? GREGORIA.- ¡El Conde con ellas, el señor Conde! VENANCIO.- Sin duda ha venido a pie por el atajo del bosque. Es gran andarín. GREGORIA.- ¡Pero qué viejo está! Mira, mira. VENANCIO.- (Mirando.)¡Y qué mal trajeado! Da pena verle... ¡Quien fue siempre la misma elegancia...! GREGORIA.- ¿Sales a recibirle? VENANCIO.- (Con prisa.) A escape... Prepárale café, que de fijo lo pide al entrar... GREGORIA.- Sí, sí... VENANCIO.- (Desde la puerta.) Y manda un recado al señor Cura, que nos dijo que le avisáramos en cuanto el Conde llegase... GREGORIA.- (Aturdida, sin saber a qué atender primero.) El café... recado al Cura... ¿Y la comida? Voy. ¡Pero si ya están aquí! ¡Jesús me valga!... Escena VII GREGORIA, el CONDE, las dos niñas, SENÉN y VENANCIO. GREGORIA.- (Besando la mano al CONDE.) Bien venido sea mi señor... VENANCIO.- Y que entre en su casa con bendición. EL CONDE.- (Con señorial bondad.) Gracias, gracias, mis buenos amigos Venancio y Gregoria. Me alegro de veros contentos y saludables... digo, como veros... (Mirándoles fijamente.) No, no veo bien más que las cosas grandes. VENANCIO.- ¿Se sienta el señor aquí? (Conduciéndole a un sillón de vaqueta, junto a la mesa de nogal.) EL CONDE.- Donde quieras. NELL.- Y ahora nosotras, abuelito, hemos de vestirnos a escape... EL CONDE.- Sí, sí; no os detengáis. DOLLY.- Pronto volveremos, papaíto... Vendrá mamá con nosotras... supongo. EL CONDE.- Sí, sí... (Las besa.) Hasta luego... GREGORIA.- (Dándoles prisa.) Vivo, vivo... Vais a llegar tarde. (Vase GREGORIA con las niñas.) SENÉN.- Yo también, con permiso del señor Conde, me retiro. EL CONDE.- Sí, sí... Ve a disparar cohetes... SENÉN.- Si el señor me necesita... EL CONDE.- No... muchas gracias... Y me alegro de que te ausentes... No, no es por nada ofensivo para ti, Séneca... o Senén. ¿Te lo digo? SENÉN.- Nada que usía me diga puede ofenderme. EL CONDE.- Pues deseo que te marches, porque... Hijo, gastas un perfume, que marea. Los aromas demasiado fuertes me dan vahídos... Dispénsame... (Dándole la mano, y acariciando la de SENÉN.) perdóname que te despida con una impertinencia. SENÉN.- (Desconcertado.) Señor... una gotitas de heliotropo... EL CONDE.- No he dicho nada... Abur. SENÉN.- (Aparte, retirándose.) Malas pulgas trae el león flaco de Albrit. Escena VIII El CONDE y VENANCIO. Larga pausa. El CONDE inclina la cabeza sobre el pecho y se cubre los ojos con la mano. VENANCIO permanece en pie, a bastante distancia, contemplándole. EL CONDE.- (Alzando la cabeza y llevándose la mano al pecho, en que siente opresión.) ¡Ay, Venancio! La emoción que he sentido al entrar aquí, no me deja respirar... (VENANCIO suspira y calla.) No creí volver a verte, casa mía, casa bendita de mis mayores, de mi madre... No esperaba recibir en mi alma esta ola de vida, formada por los recuerdos, embate de calor y de salud, que al pronto reanima al ser caduco; pero después... mata, sí, mata. La memoria me abruma, el sentimiento me ahoga... (Vuelve a pasarse la mano por los ojos.) No debí venir, no, no. VENANCIO.- Señor, los recuerdos de la Pardina serán gratos para Vuecencia. EL CONDE.- (Señalando a la derecha.) En esa alcoba nací yo... En ella nació también mi madre, y en la de arriba murió... No sé si es que me engaña mi poca vista; paréceme que nada ha variado, que los muebles son los mismos... ¡Qué ilusión! VENANCIO.- Poco hemos cambiado. Se conserva todo a fuerza de cuidado y aseo. EL CONDE.- (Con profunda tristeza.) Aquí pasé mi infancia, al lado de mi madre, que enviudó a los pocos días de mi nacimiento... Heredero de los Condados de Albrit y de Laín, ¡cuántas veces, joven, en la plenitud de la vida, y con todo el verdor de las ilusiones fomentadas por la grandeza de mi linaje; cuántas veces, solo, con mi esposa, o con mis amigos, vine a pasar alegres temporadas en la Pardina! En aquel tiempo tú eras un niño. Tus padres, y otros padres de gentes ingratas que andan por esos mundos en diferentes oficios, eran entonces mis servidores. En mí veíais al señor, al rey de la Pardina, y hasta cierto punto, al amo de toda Jerusa... Pasó tiempo; creció mi hijo Rafael. Correspondiéronle por muerte de su madre, y según el fuero de Laín, este Condado y esta casa... Yo volví a la Pardina: ya no era el señor; mas era el padre del señor, y tú, ya grandecito, y los demás servidores de esta antigua casa, me mirabais con respeto, con cariño, con veneración. El Conde de Albrit, poderoso todavía, os remuneraba vuestros servicios con la noble largueza que era en él habitual. VENANCIO.- Siempre fue Vuecencia el primer caballero de España. EL CONDE.- (Con melancólica dignidad, levantándose.) Pues hoy, el primer caballero de España, el generoso y grande, viene a pedirte hospitalidad. Vicisitudes y trastornos que no quisiera recordar, esta revolución crónica que hace y deshace los Estados y las familias, y todo lo trueca y baraja, te han dado a ti la propiedad de la Pardina. En ella entro yo a pedirte albergue, no como señor, sino como desvalido sin hogar, abandonado de todo el mundo. Si me la das, ya sabes que has de hacerlo por pura caridad, no por remuneración ni recompensa. Soy pobre; todo lo he perdido. VENANCIO.- El señor Conde viene siempre a su casa, y nosotros, hoy como ayer, somos sus criados. EL CONDE.- (Se sienta.) Gracias... Te lo digo tranquilo y sin ninguna afectación, pues con la realidad no caben juegos de retórica. He llegado a los escalones más bajos de la pobreza; pero por mucho que descienda, no he llegado ni llegaré nunca al deshonor. Fuera de la decadencia material, soy y seré hasta el último día lo que fui. VENANCIO.- Y yo igualmente, hoy como ayer, servidor humilde del señor D. Rodrigo. EL CONDE.- Te lo agradezco, créeme que te lo agradezco en el alma... Pero... bien mirado, es tu obligación, y cumples como cristiano. Todo lo que eres y todo lo que tienes, me lo debes a mí. VENANCIO.- Sin duda. EL CONDE.- No haces nada de más en ampararme... en ver en mí a tu señor, y en respetar, no sólo mi nombre y mi historia, sino mi ancianidad, mis achaques... Las desgracias, hijo mío, me han hecho algo quejumbroso, algo impertinente. Mi genio altivo se exacerba cada día más con la pérdida de la vista... No puedo sofocar mis ímpetus de absolutismo, de persona acostumbrada a mandar. VENANCIO.- Bien, señor. EL CONDE.- Y a ser obedecida. VENANCIO.- También tengo el hábito de la obediencia... Y ante todo, señor, ¿en qué aposento quiere vuecencia dormir? EL CONDE.- Arriba, en la alcoba que fue de mi madre. VENANCIO.- (Contrariado.) ¿La que da al pasillo grande? La tenemos llena de trastos. EL CONDE.- Pues sacas los trastos y me metes a mí. VENANCIO.- Señor, es un trastorno... EL CONDE.- (Sulfurándose ligeramente.) ¿Ya empezamos? VENANCIO.- La hemos convertido en secadero: allí colgamos las judías... EL CONDE.- (Sulfurándose más.) Pon las judías en otra parte. ¿Vale tan poco mi persona que no merece... una molestia insignificante de las señoras hortalizas? VENANCIO.- (Sin acabar de resignarse.) Bien, señor... Ello es que... EL CONDE.- ¿Todavía refunfuñas? Debiste, desde que te lo dije, asentir con delicadeza obsequiosa. ¿Será preciso que te lo mande?... Por poco me apuras (golpeando el brazo del sillón.) ¡Oh, triste cosa es para mí ser huésped de mis inferiores! Venancio, quiero someterme al destino, quiero olvidarme de mí mismo, y no puedo, no puedo. La autoridad es esencial en mí. Por Cristo, súfreme o arrójame de mi casa, quiero decir, de la tuya. VENANCIO.- Eso no... (Viendo venir al CURA.) Ya tiene aquí a su amigo D. Carmelo. Escena IX El CONDE, VENANCIO y el CURA, hombrachón de buen año; de aventajadas dimensiones, enormemente barrigudo, sin carecer por eso de cierta agilidad y soltura de miembros. Su cara es arrebolada, su boca risueña, su nariz como pico de garbanzo, sus ojos pillines. Usa gafas de un azul muy claro, que se le corren sobre el caballete. Viene a palo seco, es decir, sin balandrán, por ser buen tiempo. Es limpio, y la sarga de su sotana, pulcra y reluciente, ciñe y modela sin arrugas la redondez del abdomen, bien atacados todos los botoncitos que corren desde el cuello hasta la panza. Un gorro negro alto, con caída de fleco, y paraguas de reglamento, que así le sirve [65] para el sol como para la lluvia. Entra en la casa y en la habitación presuroso metiendo bulla, y se dirige al CONDE con los brazos abiertos. EL CURA.- ¡Carísimo amigo y dueño, D. Rodrigo de mi alma!... EL CONDE.- (Abrazándole.) ¡Pastor Curiambro, ven a mis brazos!... Pero, hijo, ¡qué gordísimo estás!... No me cabes... ¿ves?, no me cabes... Me cuesta trabajo poner en tu espalda las palmas de mis manos. EL CURA.- ¡Qué sorpresa tan grata, qué alegría! EL CONDE.- (Tocándole.) Pero, chico, ¿es tuyo todo esto? ¿Es ésta tu barriga, o te has traído por delante el púlpito de tu iglesia? EL CURA.- (Riendo.) Es que en esta tierra, Sr. D. Rodrigo, de nada le sirve a uno hacer penitencia. EL CONDE.- ¿Penitencia tú? ¡Hombre, qué cosa tan rara!... En fin, siempre que des gusto a tus feligreses... VENANCIO.- (Lisonjero.) Tenernos un párroco que vale mas que pesa. EL CONDE.- ¿Y de salud, bravamente? Tu cara... (Observándole.) Pues, mira, te veo, te veo bien. ¡Como eres tan grandón! ¡Ah!... Me permitirás que te tutee, a pesar del tiempo transcurrido. EL CURA.- (Con modestia suma.) ¡Señor Conde, por amor de Dios!... EL CONDE.- (Muy cariñoso.) Bien, Carmelo; bien, Pastor Curiambro. Siéntate a mi lado. ¡Cómo corren, ¡ay!, cómo se escabullen los pícaros años! Tú... a ver si acierto... andarás en los cincuenta. EL CURA.- Andaba en ellos... dos años ha. VENANCIO.- Como yo. Somos del mismo tiempo. EL CONDE.- No podía ser menos. Tenías veintiséis cuando... EL CURA.- Cuando murió mi padre. A la generosidad del señor Conde debí el poder terminar mi carrera de Teología y Derecho. EL CONDE.- (Con natural delicadeza.) Pues, mira tú, de eso no me acordaba. EL CURA.- ¡Ah, yo sí! EL CONDE.- ¿Te acuerdas de aquellas merendonas del Soto de Aguillón? Desde entonces, te profeticé que serías la première fourchette de l'Espagne. EL CURA.- (Riendo.) Era un tenedor tremendo, sí, sí... EL CONDE.- ¿Y sigues con la higiénica costumbre de comer copiosamente, y de digerir clavos? EL CURA.- Ya no soy ni sombra de lo que fui; pero todavía... VENANCIO.- Todavía... si el caso llega, no deja mal puesto el pabellón. EL CONDE.- ¿Te acuerdas de cuando apostabas con Valentín, el escribano de Verola, a quién comía más? EL CURA.- (Riendo a carcajadas.) Y siempre le gané, siempre. EL CONDE.- Un día de vigilia..., Venancio, no lo creerás, pero es verdad... le vi comerse una langosta de este tamaño, entera y verdadera, detrás de un arroz con pescado y marisco... y delante de docena y media de torrijas. EL CURA.- Esos tiempos pasaron. VENANCIO.- Pero hasta hace poco... yo recuerdo el día de la jira en Novoa... su postre era un queso de bola, enterito. EL CONDE.- ¡Lo que yo gozaba viéndole comer! EL CURA.- Me tranquiliza sobre ese punto la opinión de San Francisco de Sales, que dice: «Lo que entra por la boca no daña al alma.» EL CONDE.- Y tenía razón. Escena X Dichos; GREGORIA, vestida para salir. Trae servicio de café. GREGORIA.- Aunque el señor no lo ha pedido, como sé que le gusta tanto el café... (Lo pone en la mesa.) EL CONDE.- ¡Oh, qué bien!... Tu previsión, hija mía, es muy de alabar. Carmelo, te sirvo... GREGORIA.- Las señoritas están concluyendo de arreglarse. En seguida nos iremos. EL CONDE.- Que no se entretengan; ya será hora. (Al CURA, sirviéndole azúcar.) A ti te gusta dulzón, si no recuerdo mal. EL CURA.- ¡Qué memoria tiene usted! EL CONDE.- No siendo para los favores que me hacen, también la pierdo, como la vista. GREGORIA.- ¿Se le ofrece algo más al señor? EL CONDE.- No... Gracias. (Vase GREGORIA.) EL CURA.- (Paladeando el café.) ¿Y qué?... Señor Conde, ¿qué le parecen a usted sus nietecitas? ¿No las había visto después de su regreso de América? EL CONDE.- No. EL CURA.- Son angelicales... ¡Y qué lindas, qué graciosas! Se le meten a uno en el corazón... Verlas, tratarlas y no quererlas, es imposible. (El CONDE, ensimismado, calla. Durante la pausa, D. CARMELO le observa.) Dios ha hecho en ellas una parejita encantadora, para regocijo y orgullo de su madre... y de usted. EL CONDE.- (Como volviendo en sí.) ¿Decías?... ¡Ah! Sí, son hechiceras las chiquillas. EL CURA.- (Queriendo sonsacarle el motivo de su estancia en Jerusa.) Comprendo la impaciencia de usted por verlas. Al santo anhelo de conocer a sus nietas y abrazarlas, debemos el honor de tenerle en Jerusa... EL CONDE.- Yo he venido a Jerusa, principalmente, por... (A VENANCIO, con autoridad, pero sin altanería.) Tú... VENANCIO.- ¿Señor?... EL CONDE.- Haz el favor de dejarnos solos. (Vase VENANCIO.) Escena XI El CONDE y el CURA. EL CURA.- Ya me dijo Senén que la Condesa y usted se habían citado aquí... (Su solapada curiosidad quiere apoderarse del pensamiento del CONDE, tomándole las vueltas.) Aquí pueden ventilar con toda calma las cuestiones de intereses... (Pausa. El CONDE no dice nada.) O las cuestiones de otra índole, cualesquiera que sean. EL CONDE.- Volviendo a las niñas, te diré, querido Carmelo, que han producido en mi alma una impresión hondísima. EL CURA.- ¿De alegría?... EL CONDE.- Sí... Estas alegrías pronto las convierto yo en intensísima tristeza, agobiado como me veo por crueles desgracias, perseguido de pensamientos revoltosos, obra de esta fiebre de análisis que traen consigo la experiencia del mal, el excesivo tesón de mi carácter, los años, la ceguera misma... Figúrome que no me entiendes, mi buen Carmelo, y has de permitirme que por ahora no te diga más. EL CURA.- Francamente, me he quedado en ayunas. EL CONDE.- (Con humorismo.) ¿En ayunas tú?... No lo creo. EL CURA.- ¿Tienen algo que ver esas tristezas, que sin duda son nerviosas, con el porvenir de las señoritas? EL CONDE.- (Rehuyendo entrar en el asunto.) No sé... Déjame que te diga otra cosa. Mi primera impresión al verlas y oírlas, fue... claro que fue excelente, de gran regocijo y orgullo, como has dicho. Creí notar una perfecta consonancia, igualdad más bien, en el timbre de sus voces. Como no veo bien, sus rostros me han parecido como dos reproducciones exactas de un mismo tipo. ¿Serán, por ventura, iguales también sus caracteres, sus almas? EL CURA.- (Después de un ratito de perplejidad.) ¡Oh, no, Sr. D. Rodrigo! Ni son iguales sus voces, ni sus caras, ni menos sus caracteres. EL CONDE.- (Con gran interés.) Pues siendo distintas, la una será forzosamente mejor que la otra. Dime, tú que las has tratado y visto bien, ¿cuál de las dos es la más inteligente; cuál la de corazón más puro, recto y generoso?... EL CURA.- Difícil es, a fe mía, la respuesta. Ambas son buenas, dóciles, inteligentes, de corazón hermoso y nobilísimo... algo traviesas, eso sí; pero observantes de la ley del pudor, muy firmes en los principios elementales, temerosas de Dios. EL CONDE.- Todo eso es lo que hay en ellas de común: comprendido. ¿Y qué las diferencia? EL CURA.- Pues discrepan... Verá usted... Dolly toma la iniciativa en las travesuras; Nell parece más inclinadita a las cosas graves, más previsora... Dolly es una imaginación viva, una voluntad impetuosa; Nell, una naturaleza reflexiva, más fija y constante que la otra en sus aficiones; Dolly, divagando, muestra pasmosas aptitudes para la vida práctica; Nell, haciendo diabluras, nos deslumbra con destellos de asombrosa inteligencia... ¿Pero qué he de decirle yo al señor D. Rodrigo, si en cuanto las trate familiar y diariamente, usted ha de conocerlas y diferenciarlas mejor que nadie? EL CONDE.- (Dejándose llevar de su sinceridad.) De eso trato; a eso he venido. EL CURA.- ¿Ha venido a...? EL CONDE.- A estudiarlas, a intentar un análisis detenido de sus caracteres... Las razones de esto no está bien que las sepas por ahora... (Variando de tono.) Oye, Carmelo, ¿por qué no te quedas hoy a comer conmigo? Gregoria no te tratará mal. EL CURA.- La conozco... y sé lo que vale. Pero sin perjuicio de tributar a Gregoria en otra ocasión los honores debidos, hoy, lo que es hoy, señor Conde de Albrit, se viene usted a mi casa, a hacer penitencia con este cura. EL CONDE.- Acepto; sí, señor, acepto... ¿A qué hora? EL CURA.- A la una y media en punto. Escena XII El CONDE, el CURA; el MÉDICO, joven, pequeñito, de conjunto simpático y mirar inteligente. Viene de levita y sombrero de copa, el cual revela en su forma de ser prenda de respeto, usada tan sólo de año en año, en ocasiones muy solemnes. EL CURA.- ¡Oh, mediquillo, ven!... (Presentándole.) Salvador Angulo, nuestro médico titular. EL CONDE.- (Estrechándole la mano.) Muy señor mío. EL MÉDICO.- Vengo a ofrecer mis respetos al Señor de Jerusa y de Polan... EL CONDE.- (Recordando.) Angulo, Angulo... espérese usted... EL CURA.- Es hijo de Bonifacio Angulo, aquél que llamaban aquí por mal nombre Cachorro, guarda de los montes de Laín. EL CONDE.- ¡Oh, sí!... Cachorro, hombre sencillo y un tanto rudo... servidor fiel... Le recuerdo perfectamente. (Le da otra vez la mano, que el MÉDICO le besa.) EL CURA.- Y no habrá olvidado el Sr. D. Rodrigo que a este chico le costeó la carrera en Valladolid. EL MÉDICO.- Por lo cual, debo al señor Conde lo poco que soy y lo poco que valgo. EL CONDE.- De eso no me acordaba... mi palabra que no me acordaba. EL CURA.- Pues ha de saber usted... no es porque esté delante... que este chico es una notabilidad... pero una notabilidad, en la ciencia médica. EL MÉDICO.- Por Dios, D. Carmelo. EL CONDE.- (Muy cariñoso.) Bien, hijo mío; dame un abrazo. (Le abraza.) Me permitirás que te tutee. No puedo corregir este hábito de familiaridad desde que entro en Jerusa. (El MÉDICO asiente con mudas demostraciones de respeto.) EL CURA.- Y ya, ya sé por qué vienes tan pitre, cañamoncito de Jerusa. EL MÉDICO.- Me han nombrado de la comisión que ha de recibir a la señora Condesa de Laín... Dispénseme, señor Conde, si después de saludarle con el debido respeto, me retiro... EL CURA.- Hijo, no hay prisa todavía. EL CONDE.- Sí, sí: ve, anda. EL CURA.- Oye, Salvador. en cuanto se acabe la función, una vez que el pueblo desfogue su entusiasmo con un poco de pólvora y cuatro berridos, y suene en los aires la última simpleza del discurso que ha de pronunciar D. José Monedero, te vienes corriendito a casa, y tendrás el honor de comer con el señor Conde y conmigo. EL MÉDICO.- Bien, bien. ¡Qué honra tan grande! EL CONDE.- (Con alegría.) ¡Qué feliz coyuntura para consultarle con toda calma! EL MÉDICO.- ¿Un padecimiento? EL CONDE.- No es eso. Tú conoces a mis nietecitas; las habrás asistido en alguna dolencia. EL MÉDICO.- Nell y Dolly disfrutan de una salud enteramente campesina y plebeya. Las he visitado para indisposiciones sin importancia. EL CONDE.- Pero que a ti, como perspicaz observador, te habrán bastado para conocer sus temperamentos, qué afecciones prevalecen en cada una, qué predisposiciones patológicas se marcan en una y otra naturaleza... porque de seguro habrá diferencia grande en la complexión, en la constitución anatómica y fisiológica de las dos chiquillas. No sé si me explico. EL MÉDICO.- Perfectamente. Pero hasta hoy no he tenido ocasión de determinar entre una y otra notorias diferencias. EL CURA.- En fin, ya tendrán ustedes ocasión de hablar largo y tendido. (Suena un cohete.) EL CONDE.- (Estremeciéndose.) Ya está aquí. EL MÉDICO.- (Con mucha prisa.) Ya llega... EL CONDE.- Anda, hijo, anda. EL MÉDICO.- Con su permiso... No necesito decirle... Humildísimo, incondicional servidor... (Suenan más cohetes.) EL CONDE.- (Al CURA.) ¿Y tú, no vas, Carmelo? EL CURA.- Indefectiblemente tengo que asomar las narices por allí. No diga la Condesa que soy descortés... EL CONDE.- No eche de menos la población figura tan culminante en esta clase de ceremonias. EL CURA.- Sí, sí... Me voy. Cuidado, señor Conde. A la una y media en punto. EL CONDE.- No faltaré. De las pocas cosas que me quedan, una es el respeto, la religión de la puntualidad. (Óyese música lejana.) EL MÉDICO.- Hasta luego. EL CONDE.- Divertirse... (Vanse el CURA y el MÉDICO.) EL CONDE.- (Solo, meditabundo.) ¿Me ayudarán éstos en mis investigaciones?... ¿Se penetrarán del espíritu de rectitud, del sentimiento de justicia con que procedo?... (Con desaliento.) Lo dudo... Viven en ambiente formado por las conveniencias, el egoísmo y la hipocresía, y cuando se les habla de la suprema ley del honor, ponen cara de asombro estúpido, como si oyeran referir cuentos de brujas. Si no me auxilian, trabajaré yo solo. El viejo Albrit se basta y se sobra. (Suenan más cerca la música y el rumor popular.) ¡Ah! Ya llega, ya entra en Jerusa Lucrecia Richmond... ¡Ya estás aquí, bestia engalanada, estatua viva, deshonesta! ¡Cuánto deseaba yo esta ocasión!... ¡Tú y yo solos, frente a frente! (Se asoma a una ventana.) No sé quién es peor: si tú que paseas impune por el mundo tu desvergüenza, o un pueblo servil y degradado que te festeja y te adula. (Óyense campanas.) Repican por ti... y luego tocarán a la oración. (Furioso, gritando en la ventana, hacia afuera.) ¡Pueblo imbécil, esa que a ti llega es un monstruo de liviandad, una infame falsaria! No la vitorees, no la agasajes. Apedréala, escúpela. FIN DE LA JORNADA PRIMERA Jornada II Escena I Sala baja en la casa del SEÑOR ALCALDE DE JERUSA, D. JOSÉ MARÍA MONEDERO, decorada con lujo barato, en toda la plenitud de la cursilería con dinero. Cubren las paredes paisajes al óleo, de los que en parejas, con marco y todo, se venden al aire libre en las calles céntricas de Madrid, obra de artistas desdichados. Hacen juego con estos mamarrachos, cromos de cacerías o de revistas navales, figuras de bazar, fruslerías bordadas, mil laborcillas fáciles de mujer, de esas cuya explicación y dibujo traen en su sección de recreos útiles los periódicos de modas. Flores de trapo, en tiestos de cartón, exhalan en los ángulos su fragancia de cola y tintes descompuestos. Piano desafinado, musiquero, retratos prendidos en esterillas japonesas, redoma con peces. NELL y DOLLY; LUCRECIA, CONDESA VIUDA DE LAÍN. Es mujer hermosa, de treinta y cuatro años, del tipo que comúnmente llamamos interesante, mezcla feliz de belleza, dulzura y melancolía; castaño el cabello, el rostro alabastrino, de un perfil elegante, precioso modelo de raza anglo-sajona, recriada en América. Sus ojos son grandes, obscuros, con ráfagas de oro, y el mirar sereno y triste, como de tigre enjaulado que dormita sin acordarse de que es fiera. En su talle esbelto se inicia la gordura, fácil de [82] corregir todavía con la ortopedia escultórica del corsé. Viste con elegancia traje de luto. En su habla, apenas se percibe el acento extranjero. LUCRECIA.- (Abrazando y besando a las niñas.) Hijas mías, no me harto de besaros. ¿Teníais ganitas de verme? NELL.- Figúrate... DOLLY.- Hemos venido a la carrera... ¡Cuánta gente! Creí que no podíamos entrar, y que nos atropellaban los coches. LUCRECIA.- ¡Qué fastidio! Vengo a Jerusa sólo por ver a mis niñas, y me encuentro con este horrible entorpecimiento del entusiasmo público. NELL.- Mamá, la gratitud del pueblo... LUCRECIA.- Creed que he pasado un sofoco y una vergüenza... DOLLY.- Te quieren. LUCRECIA.- Demostraciones tan molestas como ridículas. ¿Y a mí, por qué me aclaman?... En fin, ya hemos pasado el mal rato de la entrada triunfal... (Mirándolas cariñosamente.) Estáis muy bien... las caras tostaditas. Eso quiero: que se os ponga la tez como de manzanas pardas, señal de salud y de buena sangre... NELL.- Mamá, tú sí que estás guapísima. LUCRECIA.- (Besándolas otra vez.) Vosotras, mis ángeles salvajitos, sí que sois bellas y buenas, y... (La interrumpe la ALCALDESA entrando de improviso.) Escena II Dichas; la ALCALDESA, señora enjuta y menudita, que no tiene en aquel momento más preocupación que aparecer fina, y este singular estado de su espíritu, con la tirantez consiguiente, se revela en todos sus actos, en sus palabras melosas, y hasta en los mohines estudiados de su boca y nariz. Viste bata azul, elegante, que le han enviado de Madrid. Poco después de ella entra el ALCALDE, señorón macizo, sanote y jovial que, al contrario de su mujer, pone todo su esmero en parecer muy bruto, dejando al descubierto, desnudo de toda gala retórica, su natural llano y la tosca armazón de su ser moral. Entiende que los hombres deben ser claros, cada cual mostrándose como Dios le ha hecho. De origen humildísimo, empezó a sacar el pie del lodo con la carretería; trabajó honradamente después en distintas industrias, hasta que halló su suerte en la fabricación de pastas para sopa. Su laboriosidad le hizo rico, y la herencia de un tío de América le ascendió a millonario. Viste levita, y su chistera, que usa con frecuencia por razón de su cargo, [84] es sin disputa la mejor del pueblo. Su esposa cuida de renovar esta prenda con la precisa oportunidad para que no sea ridícula. LA ALCALDESA.- (Finísima.) Dispense usted, Condesa. Mi esposo y yo hemos tenido que convencer a los notables del pueblo de que usted, por razón de su luto y del cansancio del viaje, no puede recibir a nadie... NELL.- (Asomándose a la ventana.) Mamá, mamá, si está la plaza llena de gente. DOLLY.- Quieren que te asomes para darte vivas. LUCRECIA.- Por Dios, Vicenta, líbreme usted de este compromiso... ¡Vivas a mí! Yo no salgo; no sirvo para eso... Por Dios, que se vayan, que me dejen. Y lo agradezco en el alma... LA ALCALDESA.- Las ovaciones populares, por más que sean merecidas, molestan y fastidian... Jerusa no puede mostrarse ingrata, ni olvidar los beneficios que usted le prodigó... LUCRECIA.- (Aterrada del rumor popular.) ¿Qué beneficios ni qué niño muerto? Yo no he hecho nada, absolutamente nada. ¿Pero están locos aquí? Créalo usted, Vicenta, me da miedo la voz pública. NELL.- Mamá, que te asomes... Quieren despedirse de ti. DOLLY.- Hay pueblo y señores... y hasta curas... Mamita, ¿qué te importa que te vitoreen? Mira que si no sales, nos darán los vivas a nosotras. LUCRECIA.- Que no salgo, vamos. Vicenta, por Dios, que su marido de usted me haga el favor de echarles una arenga, diciéndoles... que estoy enferma, y que les agradezco infinito sus manifestaciones... que no las merezco... En fin, él sabrá. EL ALCALDE.- (Limpiándose el sudor de la frente, la levita desabrochada, el chaleco abotonado a medias.) Ya, ya se van... ¿Pero qué le costaba a usted, Condesa, asomarse un poquito? Con una inclinación de cabeza cumplía usted. Pero, en fin, respeto su repugnancia de la apoteosis. Lo mismo me pasa a mí. Siempre que me ovacionan me echo a llorar, y se me descompone el vientre. LUCRECIA.- ¿Pero qué he hecho yo, señor D. José de mi alma, para estos obsequios, este entusiasmo? LA ALCALDESA.- Hija, la carretera de Forbes, la estación telegráfica... la condonación... LUCRECIA.- Me bastó pedírselo al Ministro... EL ALCALDE.- Más que todo eso vale el Instituto de segunda enseñanza, que nos disputaban los de Durante. Nada agradecen tanto los pueblos, señora mía, como el que les den algo que se le quita al vecino. Cuestión de amor propio: la entidad pueblo es lo mismo que la entidad persona. Fastidiar al vecino, y caiga el que caiga. Jerusa verá siempre en la ilustre Condesa de Laín una individualidad digna de todos nuestros respetos. Y yo, que llevo el corazón en la mano, que digo siempre la verdad llana y monda... soy así, muy bruto, muy francote... le aseguro a usted que la queremos aquí... como sabe querer Jerusa; y si lográramos que nos concedieran la Escuela de Comercio que pretenden los de Durante, no le quiero decir a usted... La apoteosis que le haríamos retumbaría en la China. LUCRECIA.- (Sonriente.) Yo sí que no vuelvo de mi apoteosis. DOLLY.- (Desde la ventana.) Ya, ya se retiran. NELL.- Parece que van descontentos ¡Y cómo nos miran! LA ALCALDESA.- No extrañe usted, Condesa, las vehemencias de mi Marido. Desde que es edil (marcando bien la palabra), no vive. La fiebre de la cosa pública altera su genio pacífico. Verdad que no hay otro que mejor cumpla, ni que sepa consagrarse tan de lleno a los deberes de un cargo espinoso. LUCRECIA.- (Por decir algo.) Estos son los hombres, estos son los grandes ciudadanos... UNA CRIADA.- (Entrando con una bandeja de huevos moles.) Esto mandan a la señora Condesa las monjas Dominicas. NELL.- (Corriendo a verlo.) ¡Huevos moles! ¡Qué ricos! DOLLY.- ¡Vaya un regalo, mamá! EL ALCALDE.- Para que diga usted que no se portan bien las monjitas de mi tierra. LUCRECIA.- ¡Pobrecillas! Tendré que visitarlas. LA ALCALDESA.- Iremos. Son finísimas. OTRA CRIADA.- (Entrando con un descomunal ramo de flores.) De parte de los capataces de la Granja modelo... LUCRECIA.- También tendré que hacerles una visita. EL ALCALDE.- Iremos; sí, señora. Verá usted los carneros moruecos, que han traído ahora para padres. LA ALCALDESA.- (Que ha salido un momento, vuelve trayendo una labor de tapicería y mostacilla.) Mire usted, Lucrecia, lo que manda la maestra del colegio de niñas. NELL.- ¡Ay, qué precioso! DOLLY.- Mira, mamá. ¿Es un gorro? LUCRECIA.- No, hija: es un cosy para cubrir las teteras... LA ALCALDESA.- (Pesarosa de no haber acertado antes el uso de aquel chisme.) Es un adminículo extranjero. Aquí no lo usamos. EL ALCALDE.- Tiene usted que visitar el colegio. LA ALCALDESA.- ¡Pobre Condesa! Ya le cayó que hacer. EL ALCALDE.- Y podrá decir que en ninguna parte del mundo ha visto usted labores tan primorosas como las que hacen las alumnas del colegio de Doña Severiana. LA ALCALDESA.- Bordan a maravilla... Ya lo ve usted... Y allí tiene usted a las chicuelas todo el santo día sobre los bastidores... EL ALCALDE.- (Mirando su reloj, descomunal pieza de oro.) Y a todas éstas, Vicenta, son las tantas y no comemos. Mi señora Doña Lucrecia tiene apetito... las niñas están desfallecidas. ¿Verdad, Nelita y Dolita, que deseáis sentaros a la mesa?... y yo... ¿por qué no he de decirlo?, estoy ladrando de hambre... Con que... LUCRECIA.- Me arreglaré un momento. LA ALCALDESA.- Subamos a mi tocador. Mientras usted se arregla, dispondré que nos sirvan la comida. EL ALCALDE.- Y yo, si la señora Condesa me lo permite, voy a librarla de otra lata horrorosa. LUCRECIA.- ¿Qué? EL ALCALDE.- El orfeón del pueblo quiere venir a cantar durante la comida. LUCRECIA.- ¡No, por Dios! EL ALCALDE.- Ahí está el director. Voy a quitárselo de la cabeza... LUCRECIA.- Sí, sí; que lo agradezco, que siento mucho... LA ALCALDESA.- Que está muy fatigadita. Crea usted que no perdemos nada. Desafinan como perros. EL ALCALDE.- Y que, motivado al luto, no está usted para músicas... Ya, ya sabré despacharles... Y sobre todo, que lo mando yo, ea... (Vase presuroso.) Escena III Tocador de la ALCALDESA. LUCRECIA, DOLLY y NELL; una criada extranjera que ayuda a vestir a su ama y no habla; después la ALCALDESA. LUCRECIA.- ¡Qué descanso! Solas un momento. Prefiero una enfermedad a los entusiasmos de Jerusa. NELL.- Mamá, es que te quieren. LUCRECIA.- Sí, sí: cariños que reclaman la fuga inmediata, como quien escapa de una epidemia. Es violentísimo tener que mostrar gratitud ante estas mojigangas. DOLLY.- Mamá, ten paciencia. LUCRECIA.- (Bajando la voz.) Lo mismo que soportar las amabilidades de estos pobres cursis... Son muy buenos, lo reconozco... y les aprecio verdaderamente. Pero en Jerusa no quiero ver a nadie más que a vosotras. NELL.- Mamá, ¿cuándo nos llevas contigo? LUCRECIA.- (Meditabunda.) No sé... Tal vez muy pronto. Depende de circunstancias eventuales... DOLLY.- (Vivamente.) Mamá, ¿no sabes? Ha llegado el abuelito. LUCRECIA.- (Disimulando su disgusto, que sólo se trasluce en rápidos destellos de sus pupilas rasgueadas de oro.) Ya, ya lo sé... Llegó esta mañana. ¿Y qué? Tan gruñón y desabrido como siempre. NELL.- A nosotras nos quiere mucho. DOLLY.- Irás a verle... LUCRECIA.- Sin duda. Ya sé que hoy come con D. Carmelo... ¿Y con vosotras ha estado muy expansivo? ¿Qué hacíais cuando llegó? NELL.- Le encontramos en el bosque. Primero tuvimos mucho miedo, porque no le conocíamos. LUCRECIA.- Y después de conocerle, más. NELL.- No, no: el pobrecito no acababa de hacernos cariños. Nos da mucha lástima de verle tan agobiado, viejecito, casi ciego. LUCRECIA.- Y en el camino del bosque a la Pardina, ¿no habló con nadie? ¿No le salió al encuentro alguna persona conocida? DOLLY.- Sí, mamá: SENÉN. LUCRECIA.- (Disgustada.) Ya me han dicho que está aquí ese tábano. El tal marea... y pica. Os recomiendo el menor trato posible con él. LA ALCALDESA.- (Entrando.) Cuando usted quiera. LUCRECIA.- Ya estoy. LA ALCALDESA.- (Llevándola a la ventana, y mostrándole al Alcalde, que en la calle habla con un joven.) Vea usted, Lucrecia, los apuros que pasa mi esposo por defenderla a usted de impertinencias. Ese con quien habla es Pepito Cea, el periodista de Jerusa, que quiere colarse aquí para celebrar con usted una interview. LUCRECIA.- ¡Una interview!... ¿Pero está loco ese hombre? LA ALCALDESA.- Mire usted... mire usted a José María, más colorado que un pavo... Parece que quiere romperle el bastón en la cabeza... Ahora le coge de las solapas... Al fin parece que le convence. LUCRECIA.- ¿Pero qué quiere preguntarme ese tipo, ni qué tengo yo que decirle? LA ALCALDESA.- Pues nada: a qué hora entró en el tren; si le gustó el paisaje; si le prueba bien Jerusa; si quedó contenta de la ovación o le ha parecido poca, y, por fin, cuál es su actitud en el asunto de la Cámara de Comercio, es decir, si apoyará a raja-tabla en Madrid las pretensiones de esta villa. LUCRECIA.- ¡Dios me ampare! LA ALCALDESA.- (Mirando.) Ya, ya le ha despachado. Allá va el pobre Cea con viento fresco. Pondrá esta noche las paparruchas que le habrá encajado José María... Que usted adora al pueblo; que ha venido muy cansada y con dolores de reuma, y que se desvivirá por conseguirnos lo de la Cámara de Comercio, apabullando a los de Durante... Ya entra mi marido. Bajemos al comedor. LUCRECIA.- (Salen las dos señoras, enlazadas del brazo; las niñas delante.) Es delicioso. Pero no me hace ninguna gracia que ponga ese majadero la noticia falsa de mi reumatismo. Es una enfermedad que me desagrada más que otras, porque, no siendo grave, hace engordar. LA ALCALDESA.- (Bajando la escalera.) Es muchacho fino, y dirá que está usted nerviosa. LUCRECIA.- ¡Menos mal! En la puerta del comedor encuentran al señor ALCALDE, que ofrece su brazo a la CONDESA. Sofocado, aunque de buen humor, da cuenta del gracioso quite con que logró evitar la formidable tabarra con que les amenazaba el audaz foliculario. Debe decirse, tributando a la verdad los honores debidos, que fue excelente y copiosa la comida, feliz combinación del estilo de fonda y del arte casero en casa rica; el servicio atropellado y lento, pues las pobrecitas criadas no acertaban a desenvolverse en aquel mete-y-saca y quita-y-pon de platos, fuentes y salseras. Sentáronse a la mesa, a más de la CONDESA y sus hijas y los dueños de la casa, los dos niños de éstos, escolares escogidos que se hallaban en plena edad del pavo, y eran de lo más desaborido que en tan lastimosa edad comúnmente se ve. De personas extrañas sólo había una, la que toda Jerusa conocía por CONSUELITO, de apodo la Solitaria, prima del ALCALDE, viuda rica sin hijos, que en investigar vidas ajenas se pasaba mansamente la suya, y era, por tanto, un viviente archivo de historias, enredos y chismes. Amenizó el señor ALCALDE la comida con un jaquecoso disertar sobre las mejoras pasadas, presentes y venideras de Jerusa, y a nadie dejaba meter baza. Pugnaba su esposa por intercalar observaciones finas en medio de la gárrula oratoria del buen Monedero; pero rara vez vio coronado por el éxito su laudable propósito. Cuando servían el café (que, entre paréntesis, llegó a la mesa mal hecho, recalentado y frío), entraron a saludar a la CONDESA el señor CURA, que ya la había visto, y SENÉN, que aún no había tenido el honor de besarle la mano. Escena IV Jardín que no necesita descripción, pues ya se comprende que es un afectado y ridículo plagio en pequeño del estilo inglés en grande; trazado en curvas, con praderas, macizos, bosquecillos plantaciones ornamentales de variada coloración. LUCRECIA, NELL y DOLLY, el ALCALDE, la ALCALDESA, sus dos hijos, que no hablan, y peor sería que hablaran; CONSUELITO, el CURA y SENÉN. Fórmanse grupos distintos que cambian de figuras. EL CURA.- (Sentándose con la CONDESA y la ALCALDESA en un banco rústico, de los muchos que hay en el jardín, alternando con los civilizados.) Ya comprenderá la señora Condesa que no he venido esta tarde sólo por el gusto de verla, que siempre es grande, sino... LUCRECIA.- Ya, ya... Ha comido usted con él... y me trae algún mensaje; recadito por lo menos. EL CURA.- Dispénseme si le digo que se equivoca. El señor Conde no me ha dado ninguna comisión ni recado para la Condesa de Laín. LUCRECIA.- Entonces... EL CURA.- Lo que yo diga será por cuenta mía, por inspiración propia y consejo de amigo. LUCRECIA.- (A la ALCALDESA, que se aparta discretamente.) No, no se retire usted, Vicenta. No hablamos nada reservado. Puede usted oírlo. Siga, Don Carmelo. Mi ilustre papá político, como si lo viera, habrá dicho de mí... qué sé yo... horrores espeluznantes. EL CURA.- No, señora. Ni una sola vez la ha nombrado a usted durante la comida. LUCRECIA.- Permítame el Sr. D. Carmelo que no le crea, con todo el respeto debido. Es usted un santo, que en este instante no dice la verdad... por exceso de virtud. Se dan casos. EL CURA.- Habló mucho de su hijo muerto, dignísimo esposo de usted; ponderó sus virtudes, su mérito no común, lloró... LUCRECIA.- (Que palidece, e intenta desviar la conversación.) También hablaría de su desdichado viaje a América. Lo emprendió atraído por la ilusión, por el espejismo de un caudal que allí dejó su abuelo el Virrey, y después de mil fatigas y trabajos, sufriendo desaires y persecuciones, ha vuelto descorazonado y sin una peseta. Al diantre se le ocurre plantarse en el Perú a reclamar las famosas minas de Holgayos, olvidadas durante un siglo. EL CURA.- También nos habló de eso... y de otras cosas. Demuestra un cariño ardiente a sus nietas. Oyéndole hablar de ellas hemos observado Angulo y yo cierta exaltación del afecto paternal, y una tenacidad monomaniaca en el propósito de estudiar y desentrañar los caracteres de una y otra... Por la incoherencia con que se expresa, no hemos podido apoderarnos de su pensamiento, si es que alguno tiene. Angulo cree más bien que en aquella cabeza hay un desconcierto lastimoso, ideas de grandeza, ideas de venganza, el orgullo y la miseria, que rabian de verse juntos. LUCRECIA.- No será extraño que las desdichas, amargando su alma, toda soberbia y altanería, lleven al buen D. Rodrigo a la locura... EL CURA.- No diré yo tanto. Sólo apunto la idea de que el señor Conde, por su ancianidad, por su pobreza, por el estado de amargura e irritación de su espíritu, merece y reclama exquisitos cuidados, y de esto precisamente quería que hablásemos usted y yo. LUCRECIA.- Por mí no ha de quedar. Pienso decir a Venancio que si el Conde permanece en la Pardina tenga con él toda clase de miramientos, le cuide, le agazaje, atienda con delicadeza a sus necesidades. Pero yo dudo que acepte estos beneficios dispuestos por mí. Usted le conoce... EL CURA.- Sí, y sé que es atrabiliario, descontentadizo, y que la exaltación de la dignidad le impulsará a rechazar el bien que usted le ofrezca. LUCRECIA.- (Cruzándose de brazos.) Entonces, ¿qué debo hacer? Vicenta, dé usted su opinión. LA ALCALDESA.- (Con finura.) Yo... ¿Qué quiere usted que le diga? Paréceme que no será difícil encontrar un medio de darle amparo decoroso, digno de su alcurnia, sin que la vidriosa dignidad de D. Rodrigo se sintiera ofendida. EL CURA.- (Aprobando enfáticamente.) Mucho, mucho... Vicenta, con su talento admirable, nos indica el mejor camino. Pues bien: yo tengo una idea, que quiero someter al buen criterio de usted... EL ALCALDE.- (Presuroso, hacia la CONDESA.) Lucrecia, ahí tiene usted una visita. El Prior y dos Padres Jerónimos del convento de Zaratán vienen a ofrecer sus respetos. LUCRECIA.- ¡Ah!... Zaratán... Ya me acuerdo. Di una cantidad para la restauración... y Rafael consiguió del Gobierno un dineral para que estos benditos pudieran instalarse. LA ALCALDESA.- ¿Están en la sala? Vamos un momento. No tema usted que la fastidien. Son finísimos. EL CURA.- Vamos allá... ¡Qué oportunidad, qué feliz coincidencia! (Entran en la casa LUCRECIA, el CURA, el ALCALDE y su señora.) ENÉN.- (En otro grupo, con NELL y DOLLY, CONSUELITO y los niños del ALCALDE, que no hablan ni a tiros.) ¿Quieren ver la pajarera? NELL.- Lo que queremos ver es las sortijas que llevas tú en el dedo meñique. DOLLY.- Son preciosas. Ya podías regalárnoslas. SENÉN.- Están a su disposición. DOLLY.- ¡Truhán! Ya sabes que no las tomaríamos. SENÉN.- ¿Por qué no? Hagan la prueba. NELL.- Te morirías de rabia. CONSUELITO.- Las necesita para deslumbrar a las chicas del pueblo. DOLLY.- ¿Cuántas novias tienes? Dinos la verdad. NELL.- Lo menos dos docenas. CONSUELITO.- Que yo conozca, tres... A mí no me lo negarás, pillo, engañador. Te he visto de telégrafos con Delfina, la del confitero; sé que te carteas con Amalia Ruiz, y es de dominio público que le mandas versitos a ese retaco de Hilaria Sevillano, y que ella te envía, con la mujer del peón caminero, peras de su huerta. Todo se sabe, amiguito. SENÉN.- Sí, y lo primero que sabemos es que se deja usted tamañita a La Correspondencia. Todo lo averigua y todo lo trabuca. Para que se entere, no han sido peras, sino abridores. CONSUELITO.- Y ahora te está preparando una calabaza de cabello de ángel. Es rica la niña, aunque cargadita de espaldas; pero los padres, que son plateros y conocen el oro falso, no te pasan... Tienes liga... (No se oye lo que contesta SENÉN, porque NELL y DOLLY, viendo pasar a un sujeto al través de la verja que da a la calle de Potestad, se abalanzan gozosas a llamarle.) DOLLY.- ¡D. Pío, Pío, Piito, venga, ven acá!... entra. CONSUELITO.- (Dejando a SENÉN con la palabra en la boca.) ¿Es Coronado, vuestro maestro? NELL.- (Gritando.) Maestro, maestrillo, entra. Mamá quiere verte. DOLLY.- No seas vergonzoso... ven. SENÉN.- No entrará ni a tiros. Es muy corto de genio. (Se asoman los cuatro, y ven a un anciano que se aleja calle adelante, y risueño saluda con la mano.) NELL.- ¡Pobrecillo!... ¡Le queremos más!... (Los dos niños del Alcalde se dedican, con perseverancia digna de mejor causa, a untarse las manos de tierra mojada. La Solitaria, viendo salir a los frailes, y a las señoras, que en la verja de la plaza les despiden, corre a guluzmear. Fórmanse nuevos grupos: en un lado están el CURA, la ALCALDESA y CONSUELITO; en otro, el ALCALDE, la CONDESA, SENÉN y las niñas.) CONSUELITO.- (A la ALCALDESA.) ¿Se puede saber a qué han venido los padricos de Zaratán? LA ALCALDESA.- Visita de parabién, y nada más. (Al CURA.) La verdad, D. Carmelo, aquí que nadie nos oye: ¿D. Rodrigo le dijo o no le dijo a usted los horrores que supone Lucrecia? EL CURA.- (Escurriendo el bulto.) Psch... Exageraciones, monomanías... chocheces. CONSUELITO.- A esta buena señora no le vendría mal mirar un poquito por su reputación... Ella será buena; pero no puede hacerlo creer a nadie. LA ALCALDESA.- Chitón, Consuelo. Lucrecia está en mi casa. EL CURA.- De todas las historias que por ahí corren, descontemos lo que añaden la malicia, la envidia, el afán de los chistes, y... CONSUELITO.- Quite usted todo el jierro que quiera, y siempre quedará lo que es público y notorio. LA ALCALDESA.- ¿Y quién te asegura que no sea invención? CONSUELITO.- No creo en las invenciones, ni siquiera en la de la pólvora... Esta Vicenta, cuando se pone a no querer entender las cosas... LA ALCALDESA.- Indicábamos que podría ser invención... CONSUELITO.- ¿He inventado yo que esta buena señora no tenía ni pizca de amor a su marido... y que le dejó morir como un perro en una fonda de Valencia? LA ALCALDESA.- ¡Consuelo, por Dios...! CONSUELITO.- Hija, en Madrid lo oí... Los chicos de la calle no sabían otra cosa. Bueno: que es mentira. ¿Queréis que diga y sostenga que miente todo el mundo? Pues lo digo: a benevolencia nadie me gana. Pero también os aseguro una cosa: en mi fuero interno creo que el Conde de Albrit tiene razón en odiar a su nuera, y lo pruebo, como diría Senén. EL CURA.- (Riendo.) Recomiéndele usted a su fuero interno que no sea tan malicioso. CONSUELITO.- Pero no puedo recomendar a mis ojos que no vean lo que ven; y han visto que la cara de la Condesa se queda como el mármol cuando le nombran a su suegro. EL CURA.- De mármol blanco. Es que tiene una tez que ya la quisiera usted para los días de fiesta. CONSUELITO.- Yo no presumo. EL CURA.- Podía... LA ALCALDESA.- (Cortando la cuestión.) Basta. Mientras esta señora esté en mi casa, yo no tolero... CONSUELITO.- Claro... pero conste que ella viene a honrarse a tu casa... no eres tú quien se honra con recibirla y agasajarla. ¡Pues no le han dado hoy poquita ovación!... Y dice que no le gustan los vivas... A poco más revienta de orgullo. EL CURA.- Señora Doña Consuelito, no abre usted la boca sin decir algo en ofensa del prójimo. Haga caso de mí, que la quiero bien: ponga mesura en sus palabras, y enfrene un poco su curiosidad de las vidas ajenas. CONSUELITO.- ¿Qué mal hay en saber lo que pasa, siendo verdad? La curiosidad es hija de Dios, y de la curiosidad nace la historia que usted cultiva, y nace la ciencia que descubre tantas cosas. EL CURA.- La curiosidad perdió a Eva. CONSUELITO.- Hay opiniones... EL CURA.- (Riendo.) Es dogma. CONSUELITO.- Bueno... lo creo por ser dogma, que si no, no lo creía. Una cosa siento, acordándome de lo del Paraíso... Sí, señor, siento no haberlo visto yo, para que nadie me lo contara. LA ALCALDESA.- (Viendo llegar a la CONDESA.) Silencio... Aquí viene. LUCRECIA.- ¡Pobre Senén! Las chiquillas le traen loco. (La inopinada presencia del periodista en la verja de entrada exige una nueva intervención de la muleta del señor ALCALDE. Preséntase también el director del orfeón. La ALCALDESA se ve precisada a poner coto a los juegos inocentes de sus hijuelos, y acude al estanque, donde se lavan las manos, mojándose la ropita nueva. NELL y DOLLY llaman a CONSUELITO y al CURA. SENÉN y la CONDESA se encuentran un rato solos.) LUCRECIA.- (Sentada a la sombra de una magnolia frondosísima.) Ya sé que has visto a ese hombre, que le has hablado. SENÉN.- (En pie, respetuoso.) Viene de malas. LUCRECIA.- (Disimulando su miedo.) ¿Y qué me importa? Forzoso es darle algo para que viva... Me dejará en paz. SENÉN.- Lo dudo... Como soberbio que es, no querrá limosna; como quisquilloso y camorrista, querrá escándalo. LUCRECIA.- (Trémula.) ¡Escándalo!... ¿Qué?... ¿te ha dicho algo? SENÉN.- (Haciéndose el misterioso.) A mí, no... En Madrid, un amigo mío que vivió en Valencia con el señor Conde, me dijo que éste, desde la muerte de su hijo (Dios le tenga en su gloria), no vive más que para un fin: revolver lo pasado, los desechos del pasado... LUCRECIA.- Como los traperos en los motones de basura. SENÉN.- Revolver para sacar... lo que encuentre. LUCRECIA.- (Muy inquieta.) Y a ti te haría mil preguntas... Sabe que fuiste mi criado... y los criados siempre poseen algún secreto... digo mal, algún dato de las intimidades de sus amos. SENÉN.- (Enfáticamente.) En mí tuvo y tendrá siempre la señora Condesa un servidor leal... LUCRECIA.- Lo sé... Confío en ti. SENÉN.- Y aunque no me obligaran a la lealtad los motivos de agradecimiento que me hacen esclavo de la señora, seré fiel y seguro, porque tengo la honradez metida en las entrañas... LUCRECIA.- Lo sé... (Apuradísima por librar su olfato del insoportable perfume de heliotropo que SENÉN despide de su ropa, saca el pañuelo, y se acaricia con él la nariz, fingiendo constipación.) SENÉN.- Sirvo a la Condesa de Laín desinteresadamente en todo aquello que guste mandarme, sea lo que fuere... Pero no olvide la señora que su humilde protegido, el pobre Senén, no merece quedarse a mitad del camino en su carrera. LUCRECIA.- (Con hastío y desdén.) ¿Pero qué... quieres más? ¿Solicitas otro ascenso? Ahora es imposible. SENÉN.- (Quejumbroso.) No es eso. Por la administración a secas no se va a ninguna parte. LUCRECIA.- ¿Pues qué pretendes?... Dilo pronto y acaba de una vez. ¿Quieres el arzobispado de Toledo o la cruz laureada de San Fernando? SENÉN.- Aspiro a una posición obscura y de mucho trabajo, con lo cual podré asegurar mi subsistencia en lo que me quede de vida. LUCRECIA.- (Impaciente, deseando que se vaya.) Bueno: la tendrás. ¿Es cosa que puedo hacer yo? SENÉN.- Facilísimamente, no dejando pasar la ocasión. Es cosa muy sencilla. Que me nombren agente ejecutivo de la cobranza de Derechos Reales. LUCRECIA.- ¿Y eso da dinero? SENÉN.- ¡Que si da!... LUCRECIA.- ¿De modo que pidiéndolo al Ministro...? SENÉN.- Como tenerlo en la mano. LUCRECIA.- (Levantándose, por huir del perfume y del perfumado.) Si es así, cuenta con ello. SENÉN.- Permítame la señora un momentito... LUCRECIA.- ¡Insufrible pedigüeño! ¿Todavía más? SENÉN.- Se me olvidó decir a la señora que para desempeñar ese cargo necesito fianza. LUCRECIA.- (Muy displicente.) ¿También eso? SENÉN.- Una fuerte fianza. LUCRECIA.- (Sofocando su ira.) Yo no puedo ponértela... SENÉN.- (Dando un paso hacia ella.) Pero el señor Marqués de Pescara me la facilitará sólo con que la señora se lo diga... o se lo mande. LUCRECIA.- ¡Oh!... Esto ya es absurdo... Pides cosas difíciles, enfadosas. SENÉN.- (Dando un paso en seguimiento de la CONDESA, que se aleja.) Si la señora no quiere molestarse para que yo salga de pobre, no he dicho nada... Se me olvidaba manifestarle que el dinero estará seguro, y el señor Marqués cobrará intereses de la Caja de Depósitos. LUCRECIA.- (Deseando concluir.) Está bien... Pero es dudoso que yo pueda ver a Ricardo... SENÉN.- (Con seguridad.) Le verá mañana o pasado. LUCRECIA.- (Con súbito interés, aproximándose a él, sin temor a la fragancia hetiotrópica.) ¿Dónde?... ¿Qué dices?... ¿Dónde? SENÉN.- En Verola, a donde la señora va desde aquí. LUCRECIA.- ¿Y cómo lo sabes? SENÉN.- Cuando lo digo, es porque lo sé... y lo pruebo. LUCRECIA.- ¡Él también en Verola!... ¡Ah!, lo sabes por su ayuda de cámara, que es tu primo. ¿Estás seguro? SENÉN.- Prométame la señora que si encuentra allí al señor Marqués le pedirá la fianza. Con eso me basta. LUCRECIA.- (Rehaciéndose, avergonzada de sostener coloquio familiar con un inferior.) Yo veré... Ignoro en qué disposición encontraré a Ricardo. SENÉN.- (Muy animado.) Prométame hablarle de mi fianza si le encuentra en buena disposición. Me conformo. LUCRECIA.- Te prometo no olvidar el asunto, mirarlo con interés... siempre que tú me asegures una lealtad a toda prueba... SENÉN.- (Con aspavientos de adhesión.) ¡Señora!... LUCRECIA.- (Tapándose la nariz.) Retírate... SENÉN.- ¿Qué... está la señora constipada? LUCRECIA.- (Burlona.) No, hombre... Es que usas unos perfumes tan fuertes, que no se puede estar a tu lado... Vete ya. SENÉN.- (Turbado.) Pues yo creía... No molesto más... (Saludando a distancia.) Señora... LUCRECIA.- (Agitando con su pañuelo el aire, para alejar los miasmas olorosos.) ¡Qué desgraciada soy, Dios mío! ¡Tener que soportar a ese animalejo, y oírle, y olerle... sólo porque le temo!... LA ALCALDESA.- (Que vuelve a meter en cintura a sus niños.) ¿Qué hace usted, Lucrecia? LUCRECIA.- Limpiar la atmósfera de los perfumes que usa este imbécil. LA ALCALDESA.- (Riendo.) Sí, sí: tiene infestada... toda la población. (Entra en el jardín Capitán, el perrito de la Pardina, y corre hacia las niñas, brincando de alegría, y meneando el plumacho que tiene por cola.) DOLLY.- (Bajándose para cogerle de las patas delanteras.) Hola, pillo, ¿vienes a ver a tus niñas? NELL.- ¿Qué trae por aquí el chiquitín de la casa? Tú no has venido solo, Capitán. DOLLY.- ¿Con quién has venido? EL ALCALDE.- (A LUCRECIA.) Ahí tiene usted a Venancio, con un recado del León de Albrit... Cuidado que no le llamo flaco ni gordo, ni hablo de sus pulgas. LUCRECIA.- (Demudada.) Voy... ¿Qué será? (Entra en la casa, acompañada de la ALCALDESA.) EL ALCALDE.- (A CONSUELITO, que ávida de noticias se le aproxima.) Esta tarde no podremos librarnos del orfeón. Ya le he dicho a Fandiño que con un par de cantatas nos daremos por bien servidos. CONSUELITO.- Y echarán, aplicándolo a tu amiga, el coro dedicado a Isabel la Católica, que dice: «Salve, matrona excelsa...» (Cantando.) EL ALCALDE.- El tábano de Cea debiera celebrar su interbú contigo. Pero como estás sorda, le encargaré que se traiga una trompetilla. CONSUELITO.- (Amenazándole con su abanico.) ¡Sorda yo! EL ALCALDE.- Quiero decir que debieras serlo... y muda. CONSUELITO.- Eso quisieras tú, para hacer mangas y capirotes en el Ayuntamiento. LUCRECIA.- (Que vuelve de la casa, con la ALCALDESA y el CURA.) Mi noble suegro me pide hora y sitio para nuestra entrevista. He dicho a Venancio que le contestaré esta tarde. EL CURA.- Me parece bien que no se demore el careo. Sea usted humilde si él es orgulloso. Tiene usted la juventud, la fuerza, no sé si la razón... Él es anciano, infeliz... Merece indulgencia. LUCRECIA.- (Mirando más al suelo que a los que la rodean.) No sé qué pretenderá... Lo sabremos mañana. EL ALCALDE.- Citémosle aquí. Verá usted cómo conmigo no se desmanda. ¡Leoncitos a mí! LUCRECIA.- (Vacilando.) No sé... no sé... CONSUELITO.- Si quiere usted celebrar la entrevista en mi casa, pongo a su disposición una sala hermosísima... Con franqueza. Estarán ustedes solitos... Se cierran bien las puertas... LUCRECIA.- No, gracias... Iré a la Pardina. EL CURA.- Fije usted la hora, y yo le llevaré el recado. LUCRECIA.- Mañana, a las diez. LA ALCALDESA.- (Desconsolada.) ¡Mañana que pensaba yo llevármela a visitar a las monjitas! EL ALCALDE.- Y el colegio, y la fábrica, y el matadero, y los casinos de la masa obrera, y el hospital, y el instituto, y las escuelas... Condesa, que espere el león un día más. LUCRECIA.- No puede ser, mi querido D. José María, porque me voy mañana. LA ALCALDESA.- (Con asombro y cierta indignación, de que participa su esposo.) ¿Cómo es eso? ¡Lucrecia, por Dios...! EL ALCALDE.- (Dando resoplidos.) ¡Trómpolis! Eso no es lo tratado. LA ALCALDESA.- No, hija mía; no lo consentimos. Dijo usted que cuatro días. EL ALCALDE.- Me opongo. Saco la vara. EL CURA.- Y yo saco el Cristo. CONSUELITO.- ¡Ingrata! ¡Dejarnos tan pronto! LUCRECIA.- (Remilgada, suspirando.) Lo siento en el alma... EL CURA.- ¿Pero tan mal la tratamos? CONSUELITO.- (Poniendo morros.) Sin duda la tratan mejor en Verola, en el castillo de sus amigos los Donesteve. LUCRECIA.- Compromiso ineludible. Me esperan mañana. Pero no hay que apurarse... volveré. EL ALCALDE.- (Con grosería.) ¿De veras? ¡Cómo nos está tomando el pelo! LA ALCALDESA.- No, no nos engaña. Volverá. LUCRECIA.- Como que es muy probable que allí determine llevarme a las chiquillas... Francamente, me inquieta un poco dejarlas en Jerusa. EL CURA.- (Frunciendo el ceño.) Tal vez... NELL.- (Corriendo hacia su madre.) ¡Mamá, el orfeón! DOLLY.- ¡El orfeón! Ahí están. NELL.- (Batiendo palmas.) ¡Qué gusto! DOLLY.- ¡Qué alegría! CONSUELITO.- (Cantando bajito.) «Salve, matrona excelsa...» Escena V Sala baja en la Pardina. LUCRECIA, sentada, melancólica, mirando al suelo; el CONDE, que entra por el foro. EL CONDE.- Señora Condesa... (Se inclina respetuosamente. Saluda ella con fría reverencia.) Agradezco a usted que haya tenido la bondad de concederme esta entrevista, aunque para merecer yo favor tan grande haya tenido que venir a Jerusa. (Toma una silla, y se sienta cerca de ella.) LUCRECIA.- Es obligación sagrada para mí acceder a su ruego... aquí o en cualquier parte. Obligación digo: durante algún tiempo me ha llamado usted su hija. EL CONDE.- Pero ya no... Esos tiempos pasaron... Fue usted, como si dijéramos, una hija eventual... transitoria, una hija de paso... LUCRECIA.- (Esforzándose en sonreír para engañar su miedo.) Y a las hijas de paso... cañazo. EL CONDE.- Extranjera por la nacionalidad, y más aún por los sentimientos, jamás se identificó usted con mi familia, ni con el carácter español. Contra mi voluntad mi adorado Rafael eligió por esposa a la hija de un irlandés establecido en los Estados Unidos, el cual vino aquí a negocios de petróleo... (Suspirando.) ¡Funestísima ha sido para mí la América!... Pues bien: como todo el mundo sabe, me opuse al matrimonio del Conde de Laín; luché con su obstinación y ceguera... fui vencido. Me han dado la razón el tiempo y usted; usted, sí, haciendo infeliz a mi hijo, y acelerando su muerte. LUCRECIA.- (Airada, y todavía medrosa.) Señor Conde... eso no es verdad. EL CONDE.- (Fríamente autoritario.) Señora Condesa, es verdad lo que digo. Mi pobre hijo ha muerto de tristeza, de dolor, de vergüenza. LUCRECIA.- (Sacando fuerzas de flaqueza.) No puedo tolerar... EL CONDE.- Calma, calma. No se acalore usted tan pronto... cuando apenas he comenzado... LUCRECIA.- Es monstruoso que se me pida una entrevista para mortificarme, para ultrajarme. (Afligida.) Señor Conde, usted nunca me ha querido. EL CONDE.- Nunca... Ya ve usted si soy sincero. Mi penetración, mi conocimiento del mundo no me engañaban. Desde que vi a Lucrecia Richmond la tuve por mala, y si en algo han fallado mis augurios ha sido en que... en que salió usted peor de lo que yo pensaba y temía. LUCRECIA.- (Levantándose altanera.) Si esta conferencia, que yo no he solicitado, es para insultarme, me retiro. EL CONDE.- (Sin alterarse.) Como usted guste. Si prefiere que lo que tengo que decirle lo diga a todo el mundo, retírese en buen hora. Por la cuenta que le tiene, preferirá sin duda oírlo sola, por mucho que le desagraden mi voz y mis acusaciones. ¿No es eso? El oprobio de que pienso hablarle quedará entre los dos. Nos lo repartiremos por igual, sin dejar nada para los extraños. ¿No es esto mejor que arrojarlo fuera, a puñados, sobre la multitud? (La CONDESA, que vacila entre salir y quedarse, da un paso hacia su asiento.) ¿Ve usted como no le conviene dejarme con la palabra en la boca?... Así es mejor. LUCRECIA.- (Angustiada, pasándose la mano por los ojos y la frente.) Sí, sí... Le suplico la brevedad... Lo que se propone decirme, dígalo pronto, pronto... EL CONDE.- Es un poquito largo... (Le señala el asiento.) ¿A qué tanta prisa? ¡Cuánto mejor está usted aquí conmigo, oyendo las terribles verdades que salen de mi boca, que entre gentes aduladoras y embusteras, que públicamente la festejan, y en privado la denigran! ¿Acaso es usted tan candorosa que se paga de esa estúpida farsa de la ovación callejera, y los vivas y los cohetes? Todos los que se han quedado roncos aclamando a la Condesa de Laín, se aclaran la voz contando aventuras galantes, anécdotas maliciosas. Y también digo que, con ser usted mala, no lo es tanto como creen y afirman los imbéciles que ayer la victorearon. LUCRECIA.- (Queriendo serenarse.) ¡Más vale así!... Siempre es un consuelo ser mejor de lo que nos creen los amigos. EL CONDE.- Siéntese usted. Después de oír tantos embustes y lisonjas, no le viene mal oír la voz de la justicia, de la verdad... y oírla con paciencia cristiana. LUCRECIA.- ¡Paciencia! Ya ve usted que la tengo, aunque no sea tanta como su malicia. Pero no hay que abusar, señor mío; no vea usted cobardía en lo que es respeto a la ancianidad, a los lazos que nos unen y que usted no puede desconocer, a sus terribles infortunios... EL CONDE.- (Con gran abatimiento.) Sí, sí: soy muy desgraciado. LUCRECIA.- (Envalentonándose al ver desmayar a su enemigo.) Pero usted, Sr. D. Rodrigo, no aprende nunca. Las desgracias, que son lecciones y avisos de la Providencia, doman al más soberbio, y suavizan al más atrabiliario. Esta ley, sin duda, no reza con usted. Francamente, yo creí que la pérdida total de su fortuna y el horrible desengaño de América, amansarían su orgullo... Veo que no. El león, caduco y pobre, vuelve a España más fiero. EL CONDE.- ¿Qué quiere usted?... Dios me ha hecho fiero, y fiero he de morir. LUCRECIA.- (Intentando tomar una posición ofensiva.) Es usted, según creo, el hombre de las equivocaciones, y bien puede decirse que todo aquello en que pone la mano le sale mal. Le hacen creer que el Gobierno peruano está dispuesto a reconocerle la propiedad de las minas de Hualgayos, y se embarca, la cabeza llena de viento, discurriendo cómo traerá la enorme carga de millones que allá le tenían muy guardaditos... Pero la realidad le deparó tan sólo desprecios, cansancio inútil, humillaciones... Y no teniendo sobre quién descargar su despecho, se resuelve contra una pobre mujer, y la injuria y la maldice. EL CONDE.- Si al regresar de aquella excursión que consumó mi ruina hubiera yo encontrado a mi hijo vivo, su cariño me habría hecho olvidar mi triste situación. Pero la muerte de Rafael, acaecida hace cuatro meses, avivó en mí la irascibilidad, despecho si usted quiere, el sabor amargo que en mi alma dejaron las desdichas... y avivó también el odio a la persona que creo responsable de la infelicidad y de la muerte de aquel hombre tan bueno y leal. LUCRECIA.- (Altanera.) ¡Responsable yo de su muerte! Eso es una infamia, señor Conde. EL CONDE.- (Con gran entereza.) Mi hijo ha muerto... del abatimiento, del bochorno a que le llevaron los escándalos de su esposa. Eso lo sabe todo el mundo. LUCRECIA.- (Airada, levantándose.) Mire usted lo que dice. Se hace usted eco de viles calumnias. Tengo enemigos. EL CONDE.- Más que los enemigos, difaman a Lucrecia Richmond... sus amigos. LUCRECIA.- (Desconcertada.) Repito que es calumnia. EL CONDE.- (Levantándose también.) Ahora lo veremos... (Con cierta dulzura.) Lucrecia... aún podría suceder que yo me equivocara, que fuese usted mejor de lo que supongo... Este error mío lo confirmaría usted, dándome con ello una dura lección, si tuviera el arranque de confesarme la verdad... LUCRECIA.- (Aturdida.) ¿La verdad?... EL CONDE.- Sí... sobre un punto delicadísimo sobre el cual le interrogaré. LUCRECIA.- (Medrosa.) ¿Cuándo? EL CONDE.- Ahora mismo... sí, y contestándome sin pérdida de tiempo, me proporcionará el placer inefable de perdonarla. Crea usted que al fin de mi vida, quebrantado, triste, moribundo casi, el perdonar es gran consuelo para mí. LUCRECIA.- (Con terror.) ¡Interrogarme! ¿Soy acaso criminal? EL CONDE.- Sí. LUCRECIA.- (Luchando con su conciencia, que anhela manifestarse.) Todos somos imperfectos... No me tengo por impecable... ¿Pero a usted... quién le ha hecho confesor... y juez? EL CONDE.- Me hago yo mismo... Quiero y debo serlo, como jefe de la familia de Albrit, y guardador de su decoro. LUCRECIA.- (Con pánico, queriendo huir.) Esto es insoportable... No puedo más... EL CONDE.- (Deteniéndola por un brazo.) No, no. No puede usted negarse a responderme... al menos para demostrarme que no tengo razón, si en efecto no la tuviera y usted pudiese probarlo. Lo que voy a preguntar es grave, y el acto de preguntarlo yo, de contestarme usted, ha de revestir cierta solemnidad. Ahora no soy yo quien habla: es el marido de la que me escucha, es mi hijo, que resucita en mí... (Pausa.) Siéntese usted. (La lleva al sillón.) LUCRECIA.- (Cayendo desfallecida en el sillón.) Por piedad, señor... Me está usted martirizando. EL CONDE.- Perdóneme usted... Es preciso... Hay que sufrir algo, Lucrecia. No todo ha de ser gozar y divertirse. (Pausa. La Condesa, ansiosa, no se atreve a mirarle.) Al llegar a Cádiz de mi frustrado viaje, entregáronme una carta de Rafael, en la cual me manifestaba su dolor, su amargura hondísima. La vida había perdido para él todo interés. Hallábase enfermo, y en su desesperación no anhelaba curarse. Le consumía el desaliento, la pérdida de toda ilusión, la vergüenza de ver ultrajado su nombre... LUCRECIA.- (Revolviéndose.) ¡Señor Conde, por Dios...! EL CONDE.- Mi hijo vivía separado de su esposa desde el año anterior. LUCRECIA.- ¿Y quién asegura que fue culpa mía? EL CONDE.- Yo lo aseguro: por culpa de usted. LUCRECIA.- No es cierto. EL CONDE.- (Colérico.) No me desmienta usted. Calle ahora y escuche. (Recobrando el tono narrativo.) Rafael no me decía nada concreto. Expresaba tan sólo el estado de su espíritu, sin exponer las causas... LUCRECIA.- (Con viveza.) No decía nada concreto. Luego... EL CONDE.- Pero, a poco de recibir la carta, me dio cuenta detallada de las aventuras de la Condesa de Laín un amigo mío queridísimo, persona de intachable veracidad, que no sólo refería lo que era público y notorio, sino algo que por circunstancias excepcionales tuvo ocasión de conocer y comprobar; hombre que no ha mentido nunca, tan bueno y noble, que al hacerme la triste historia de aquellos escándalos, casi, casi los atenuaba... No necesito nombrarle. Usted le conoce. LUCRECIA.- (Aterrada, casi sin voz.) Yo... no. EL CONDE.- Usted sabe quién es. Y no se atreve, no se atreve a sostener que ha mentido, porque su conciencia, Lucrecia, se sobrepone a su cinismo; y antes dudará usted de la luz que de la veracidad de ese hombre, venerado de todo el mundo, gloria de la magistratura... LUCRECIA.- (Agarrándose a un clavo ardiendo.) El hombre más recto puede equivocarse.... sobre todo si respira un ambiente malsano de hablillas y embustes... EL CONDE.- Sigo. Me refirió todo, todo... es decir, todo no. Falta algo, tan secreto, que sólo usted lo sabe... y usted me lo va a decir. LUCRECIA.- (Con angustia de muerte.) ¡Qué suplicio, Dios mío! EL CONDE.- ¡Suplicio! No se acuerda usted del de su esposo, fugitivo, solo, muriendo de melancolía, sin que ningún cariño le consolara... porque yo estaba ausente, y usted, que no le amaba, no hacía más que rebuscar pretextos para apartarse de su lado... Claro que al recibir la carta y al oír los informes de mi amigo, me faltó tiempo para correr al lado de Rafael. Tomé el tren, y sin parar en ninguna parte, me fui a Valencia... LUCRECIA.- ¡Ay de mí! EL CONDE.- (Con voz lúgubre.) Dos horas antes de llegar yo, mi adorado hijo había muerto. Agravose su enfermedad en aquellos días. Él no hacía caso... Un tremendo acceso de disnea, el espasmo... la muerte. Todo en unas cuantas horas... (Llora. Pausa.) Murió en el cuarto de una fonda... vestido sobre la cama... mal asistido de gente mercenaria... ¡Jesús... qué dolor...! LUCRECIA.- (Muy conmovida, sollozando.) ¡Oh! Señor Conde, aunque usted no lo crea, yo le amaba... EL CONDE.- (Iracundo, limpiándose las lágrimas.) ¡Mentira! Si le amaba usted, ¿por qué no corrió a su lado al saber que estaba enfermo? LUCRECIA.- (Sin saber qué decir.) Porque... no sé... Complicaciones de la vida que no puedo explicar en breves palabras. Yo... EL CONDE.- Déjeme concluir... Fácilmente comprenderá mi desesperación al encontrarle muerto. ¡No escuchar de sus labios explicaciones que sólo él podría darme! Terrible cosa era perderle; pero más terrible aún verle yerto, frío, mudo para siempre, como le vi yo... y no poder consolarle, no poder decirle: «cuéntame tus martirios, y tu padre te contará los suyos.» (Cruza las manos, sollozando.) ¡Oh, pena inmensa, agonía lenta de mi vejez, más espantosa que cuantos males en todo tiempo sufrí! Verle cadáver, hablarle sin obtener respuesta, sin que a mis caricias respondiese con un gesto, con una mirada, con una voz. ¡Y sabiendo yo el infinito dolor que amargó sus últimos días, ver que todo se lo llevaba, todo, al abismo del silencio, la muerte, sin darme una parte, un poco de dolor suyo, que era su alma!... (La CONDESA, agitada y poseída de profunda emoción, llora, apretándose el pañuelo contra los ojos.) ¡Horrible, pavoroso!... Usted no tiene corazón y no sabe lo que es esto. (La ve llorar. Pausa.) ¡Qué hermoso sería que en este instante pudiéramos llorar usted y yo por aquel ser querido!... (La CONDESA da algunos pasos hacia él; están a punto de abrazarse... vacilan... El CONDE la rechaza secamente.) No... Tú, no...; usted, no. LUCRECIA.- Sinceras son mis lágrimas. EL CONDE.- Naturalmente... Viendo mi pena... No es usted de bronce, no es usted una fiera... Pero no, no sostenga que amaba a su esposo; al hombre que se ama no se le engaña solapadamente, pisoteando su honra, y arrojando al escándalo y a la befa del público su nombre sin tacha. (La CONDESA inclina la cabeza, y fija los ojos en el suelo, no dice nada.) Al fin calla usted. Ahora, ahora veo a la desdichada Lucrecia en el único terreno en que debe ponerse, que es el de la resignación sumisa, esperando un fallo de justicia. (Pausa.) ¿Declara usted que su conducta con mi hijo, al menos en determinadas épocas de su vida, no fue buena? LUCRECIA.- (Tímidamente.) Lo declaro... Pero algo debo decir en descargo mío... EL CONDE.- Ya escucho. LUCRECIA.- Mis desavenencias con Rafael son antiguas. EL CONDE.- Lo sé... Datan de los primeros años del matrimonio, porque usted, penoso es decirlo, no hubo de esperar mucho tiempo para lanzarse por mal camino. ¿Lo niega usted? LUCRECIA.- (Cohibida, abrumada, queriendo y no queriendo decirlo.) Acusada con tanta fiereza, no acierto a buscar razones, que algunas hay siempre en estos casos, para disculparme. EL CONDE.- Búsquelas usted... pero antes, ¿reconoce sus faltas? LUCRECIA.- (Con gran esfuerzo.) Las reconozco. Sería una hipocresía indigna de mí negarlas en absoluto. Pero... EL CONDE.- ¿Pero qué...? LUCRECIA.- Digo que Rafael, llevándome desde el principio, contra mi gusto, a la esfera social más favorable a la relajación del vínculo matrimonial, contribuyó a perderme. Me vi rodeada de gente frívola, de aduladores, de personas sin conciencia... EL CONDE.- ¡Sin conciencia! Tuviérala usted, ¿y qué le importaban los demás? LUCRECIA.- (Premiosa.) En aquel ambiente no supe o no pude combatir el mal. A mi lado no tenía un censor severo de mi propia debilidad, un guardián vigilante... EL CONDE.- Difícil es guardar a la que guardarse no quiere. LUCRECIA.- (Batiéndose desesperadamente.) ¡Oh, señor Conde: si hubiera usted encontrado vivo a su hijo, si hubiera podido escuchar de sus labios la confidencia o confesión que deseaba... estoy segura de ello, Rafael, que era sincero y justo, habría tenido la generosidad, la rectitud de decirle: «no sólo es ella culpable; yo también...!» EL CONDE.- No lo habría dicho, no. LUCRECIA.- (Con firmeza.) Creo, como esta es luz, que Rafael, al juzgarme, no habría sido extremadamente duro. EL CONDE.- Fue, más que duro, implacable. LUCRECIA.- ¿En sus últimos momentos? EL CONDE.- En sus últimos momentos: fíjese usted en lo que afirmo. LUCRECIA.- (Con estupor.) Pero si acaba usted de decirme... EL CONDE.- Que le encontré muerto... sí. LUCRECIA.- Entonces... (Pausa. Ambos se miran.) EL CONDE.- Los muertos hablan. LUCRECIA.- (Con terror.) ¡Y Rafael...! (Vacilante entre la incredulidad y un miedo supersticioso.) EL CONDE.- Desesperado, loco, permanecí... no sé cuántas horas.... ante el cadáver de mi pobre hijo, [133] sin darme cuenta de nada que no fuera él y el misterio inmenso de la muerte. Pasado algún tiempo, empecé a fijar mi atención en lo que me rodeaba, en sus ropas, en los objetos que le pertenecieron, en los muebles que había usado, en la estancia... (Pausa. La CONDESA le escucha con ansiosa expectación.) En la estancia había una mesa con varios libros y papeles, y entre ellos una carta... LUCRECIA.- (Temblando.) ¡Una carta...! EL CONDE.- Sí. Rafael estaba escribiéndola a las tres de la madrugada, cuando se sintió mal. Vino bruscamente la muerte, le atacó con furia, ¡ay!... El infeliz llamó; acudieron... Se le prestaron los auxilios más perentorios... Todo inútil... La carta allí quedó medio escrita... Allí estaba, ¡hablando... y viva!, hablando... ¡era él!... La leí sin cogerla, sin tocarla, inclinado sobre la mesa, como me habría inclinado sobre su lecho si le hubiera encontrado vivo... La carta dice... LUCRECIA.- (Casi sin aliento, la boca seca.) ¿Era para mí? EL CONDE.- Sí. LUCRECIA.- Démela usted. (El CONDE deniega con la cabeza.) ¿Pues cómo he de enterarme...? EL CONDE.- Basta que yo repita su contenido. La sé de memoria. LUCRECIA.- No basta... Si me acusa, necesito leerla, reconocer su letra... EL CONDE.- No es preciso. Yo no miento. Bien lo sabe usted... Principia con un párrafo de amargas quejas que pintan la discordia matrimonial, lo inconciliable de los caracteres. Siguen estos gravísimos conceptos (repitiéndolos palabra por palabra): «Te anuncio que si no me envías pronto a mi hija, la reclamaré. Quiero tenerla a mi lado. La otra... la que, según declaración tuya en la desdichada carta que escribiste a E