libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Pérez Galdós, Benito (1842 – 1920) Escritor español, pertenece a la novela realista española. Nació en Las Palma, Gran Canaria en 1842, autor de una abundante producción de gran objetividad y realismo, situado como el gran escritor después de Cervantes; poseedor de una gran imaginación y dotes de fino observador, lo hacen creador de innumerables personajes y situaciones llenas de real humanidad. Aborda con naturalidad temas de inspiración social, política y religioso. En 1897 ingresa en la Academia Española; elegido diputado por el partido republicano, por su participación política, la Academia se niega a proponerlo para el premio Nobel. Protestario, simpatizante del socialismo, hombre progresista y rebelde como muchos buscadores de la verdad, se templó en medio de la intolerancia. Diez años antes de su muerte es afectado por una ceguera progresiva. Entre sus novelas más conocidas figuran: Fortunata y Jacinta, (1886) Doña Perfecta, (1876) Misericordia, Miau (1888); Nazarín, (1895) novela en la cual su personaje central logra una acertada mezcla entre Cristo y Don Quijote, intentando rescatar el verdadero sentido del cristianismo cuando está al servicio del ser humano; la voz que clama en el desierto. Muere el 4 de Enero de 1920. EPISODIOS NACIONALES POR B. PÉREZ GALDÓS PRIM MADRID 1906 Prim Benito Pérez Galdós T - I - El primogénito de Santiago Ibero y de Gracia, la señorita menor de Castro-Amézaga, fue desde su niñez un caso inaudito de voluntad indómita y de fiera energía. Contaban que a su nodriza no tenía ningún respeto, y que la martirizaba con pellizcos, mordeduras y pataditas; decían también que le destetaron con jamón crudo y vino rancio. Pero estas son necias y vulgares hablillas que la historia recoge, sin otro fin que adornar pintorescamente el fondo de sus cuadros con las tintas chillonas de la opinión. Lo que sí resultaba probado es que en sus primeros juegos de muchacho fue Santiaguito impetuoso y de audaz acometimiento. Si sus padres le retenían en casa, lindamente se escabullía por cualquier ventana o tragaluz, corriendo a la diversión soldadesca con los chicos del pueblo. Capitán era siempre; a todos pegaba; a los más rebeldes metía pronto y duramente dentro del puño de su infantil autoridad. Ante él y la banda que le seguía, temblaban los vecinos en sus casas; temblaba la fruta en el frondoso arbolado de las huertas. La vagancia infantil se engrandecía, se virilizaba, adquiriendo el carácter y honores de bandolerismo. Desvivíanse los padres por apartar al chico de aquella gandulería desenfrenada, y aplicarle a las enseñanzas que habían de poner en cultivo su salvaje entendimiento; pero a duras penas lograron que aprendiese a leer de corrido, a escribir de plumada gorda, y a contar sin valerse de los dedos. Y aunque en todo estudio manifestaba despejo y fácil asimilación, el apego instintivo a la vida correntona y a los azares de la braveza dificultaba en su rudo caletre la entrada de los conocimientos. No concordaban los padres en el mejor método para enderezar el alma torcida de Santiago, desacuerdo que provenía de la distinta naturaleza y gustos de uno y otro. Gracia, que en su marido amaba al hombre fuerte y violento, no quería privar al chico de las cualidades más relacionadas con la virilidad. El padre, que amó en su esposa la delicadeza y la ternura, quería que también su hijo fuese tierno y delicado, cualidades que, transmitidas por la madre a la descendencia masculina, habían de ser mansedumbre, sensatez y aplicación a toda suerte de estudios. Más conspicua que los hombres y siempre soberana, la Naturaleza hizo al hijo semejante al padre, que en su mocedad y en aquellos mismos lugares había sido de la piel del demonio. Gracia y la Naturaleza estaban en lo cierto. El hijo segundo, Fernandito, modoso, cosido siempre a las faldas de la mamá, parecía cortadito para la carrera eclesiástica, y la niña Demetria, de opulenta complexión sanguínea, morenucha, saltona, los ojos como centellas, venía sin duda al mundo para dar de sí una vigorosa empolladura de Iberos bien bragados. El genio criador de la raza mira siempre por sus criaturas. No había cumplido el Ibero pequeño diez y ocho años, cuando fue acometido de terribles calenturas que le pusieron a dos dedos de la muerte. De milagro se salvó, quedando su naturaleza tan destrozada por los efectos del veneno tífico, que se le perdió toda la bravura. Con su voluntad desmayó su memoria, y, olvidado de haber sido león, vegetaba ceñudo y perezoso como un perro inválido que ha olvidado hasta los rudimentos del ladrido. Se pasaba los días enteros sin hablar palabra, y su mirada vagaba incierta por semblantes y cosas, no poniendo más interés en lo vivo que en lo inanimado. Como este lastimoso estupor se prolongara meses después de la convalecencia, y además sobreviniesen estados transitorios de inquietud, en los que el pobre mancebo echaba de su boca expresiones disparatadas e incongruentes, determinaron los padres llamar a consulta a los profesores facultativos de más crédito en aquellos contornos. El jubileo de médicos animó por cuatro días las calles de Samaniego, y avivó el chismorreo de las ancianas que hilaban a prima noche en los poyos de las cocinas. Los doctores de Oyón y de La Guardia opinaron que Santiaguito estaba tonto, y que para traerle a la discreción no había mejor tratamiento que los baños de mar. Los sabios de Vitoria y Salvatierra calificaron de locura la enfermedad, aconsejando el aislamiento, si no en casa de orates, en un lugar de montaña recogido y salubre. Estos y otros pareceres colmaron las dudas y confusión de los afligidos padres. Por fortuna, se les metió por las puertas, en los días de la consulta, don Tadeo Baranda, eclesiástico, primo carnal de Santiago Ibero por parte de madre, varón sesudo, leído, verboso, que presumía de poseer acción rapidísima para juzgar y resolver todas las dificultades. Si grata era siempre la visita del primo, en aquella sazón vino el tal como caído del cielo; y la solución que propuso a los padres del chico fue tan del gusto de estos, que al punto la hicieron suya, y previnieron lo preciso para realizarla sin demora. Harto sencillo y elemental era el plan curativo de don Tadeo: llevarse consigo al pobre loquinario, tontaina o lo que fuese. Con una temporadita de verano y otoño en la plácida residencia patriarcal que el buen señor poseía en la histórica ciudad de Nájera, quedaría el bobito bien reparado del caletre y con más talento que Salomón. Era el don Tadeo capellán mayor de Santa María, rico por su casa, como heredero del cura de Paganos, don Matías Baranda. Su vida era honesta y cómoda, feliz aleación de virtudes y riqueza; daba al trato social tanto como a Dios o poco menos; comía casi siempre con amigos; ponía especial esmero en sortear las disputas políticas y religiosas, y con esto y su buena mesa logró ser bienquisto de liberales y estimado de facciosos; salía de caza con buen tiempo, y el malo reservábalo para la lectura; hacía el reparto de estas dos nobles aficiones con tal escrúpulo, que el hombre se ilustraba más cuantos más días de lluvia viniesen en el año. Su biblioteca era escogida, de libros graves y profanos, prevaleciendo los de historia, con algo de poesía, poco de novela, y tal cual centón enciclopédico de los que suministran fáciles toques de sabiduría. Lo primero que hizo con el pobre chico de cuya cura se había encargado fue someterle, por vía de prueba, a las dos aficiones de caza y lectura, para observar cuál de las dos conquistaba más intensamente el ánimo del enfermo. Empezó Santiaguín por tomar muy a gusto los trajines de caza y pesca. Pero vino temporal frío y húmedo, y don Tadeo metió al sobrino en la biblioteca. Cautivado desde el primer día por la lectura, en ella zambulló su atención tan locamente, que no había medio de sacarle del mar hondo de las letras de molde. Pensó Baranda, viéndole tan aplicado, que por allí vendría la salud de la mollera, y no puso límites al atracón de lectura. Él a echarle libros y más libros, historias y más historias, y el enfermo a devorarlo todo sin hartarse jamás. La Conquista de Méjico, referida con retórica pompa y adorno por Solís, colmó el entusiasmo de Santiaguito, que no contento con leerla una vez, le dio segunda y tercera pasada, y aun se aprendió de memoria alguna de las infladas arengas que en aquel libro, como en otros de su clase y estilo, tanto abundan. El cerebro del joven, que ya venía recalentado con las Guerras civiles de Granada, de Hita; con la Expedición de catalanes y aragoneses, por Moncada, y otras historias o fábulas de extranjeros y nacionales a cual más seductora, llegó a encenderse hasta el rojo con las increíbles hazañas de Hernán Cortés, y de ensueño en ensueño, o de locura en locura, acabó por la de querer imitarlas o reproducirlas en nuestro tiempo. Clavose esta idea en el pensamiento de Iberito y su orgullo la remachó. Los extraordinarios sucesos de la Conquista le fueron tan familiares como si los hubiese visto; reproducía los incidentes de la rivalidad con Diego Velázquez, las épicas acciones de guerra en el río de Tabasco, la llegada a San Juan de Ulúa, la quemazón de las naves, la tenaz lucha contra los hombres y la Naturaleza, ya penetrando montes arriba, ya revolviéndose contra Pánfilo Narváez; las guerras y paces con Moctezuma, las peleas en las lagunas, y todo lo demás de aquel poema más hermoso en la realidad que en el espejo que llamamos Historia. Con memoria feliz retenía descripciones, retratos, y hasta las arengas, singularmente aquella con que responde Cortés a la de Moctezuma en este emperifollado estilo académico: «Después, señor, de rendiros las gracias por la suma benignidad con que permitís vuestros oídos a nuestra embajada, debo deciros...» y por aquí seguía endilgando sutiles conceptos, verbigracia: «Mortales somos también los españoles, aunque más valerosos y de mayor entendimiento que vuestros vasallos, por haber nacido en otro clima de más robustas influencias... Los animales que nos obedecen no son como vuestros venados, porque tienen mayor nobleza y ferocidad; brutos inclinados a la guerra, que saben aspirar con alguna especie de ambición a la gloria de su dueño... El fuego de nuestras armas es obra natural de la industria humana, sin que tenga parte alguna en su producción esa facultad que profesan vuestros magos, ciencia entre nosotros abominable, y digna de mayor desprecio que la misma ignorancia...». Por estos espacios navegaba el buen Santiaguito, cuando una noche del mes de Octubre, en la tertulia de su tío, a que solían concurrir los vecinos más calificados de la población, oyó decir que el Gobierno de Isabel II aprestaba soldados y pertrechos para enviarlos a Méjico, y que aquella brava milicia iría bajo el mando del general Prim, cuyas hazañas se le habían metido en el corazón al pueblo español. Cada uno de aquellos señores conspicuos expresó su parecer sobre la expedición, sin que ninguno acertara con la finalidad de ella, hasta que el insigne don Tadeo, que era el oráculo de Nájera por su ciencia y penetración, y el definidor de todas las cuestiones, soltó una tosecilla, limpió el gaznate, y ante el solemne silencio y expectación de los circunstantes, soltó este sibilítico discurso: «Desde que oí el anuncio del envío de estas tropas y máquinas de guerra a la parte de América que llamamos Nueva España, le calé la intención a O'Donnell, la cual no puede ser otra que emprender la reconquista de aquellos estados de Tierra Firme para volverlos al dominio de nuestra Patria, que así, poquito a poco, a esta quiero, a esta no quiero, será otra vez señora de todas las Américas... Claro que ni O'Donnell ni los ministros dicen que esta encomienda lleva Prim a Méjico: deben callarla, o echar a vuelo cualquier mentira para capotear a las Potencias... que siempre han de salir con algún enredo, metiéndose en lo que no les importa... Este es mi parecer... idea mía, que hemos de ver confirmada si Dios nos da vida y salud... El general Prim llevará, con el mando del ejército, el nombramiento de Adelantado de aquella comarca, para gobernarla conforme la vaya conquistando... ¿No les parece que veo largo? ¿Tengo yo buen ojo, amigos?... Idea que a mí me escarbe entre cejas, no falla...». La idea de Baranda, admitida y apoyada por los conspicuos, hubo de rematar el disloque de Iberito, que se pasó la noche en vela, voltejeando parte de ella en su cuarto, y el resto, hasta el amanecer, en la huerta, entre perales, cerezos y manzanos. Toda la lógica del mundo se condensaba en este pensamiento: «Es mi deber presentarme al general Prim y pedirle que me lleve como soldado a la conquista de Méjico, o como corneta de órdenes. Lo mismo puedo ir de cocinero que de mozo de acémilas; y una vez en aquella tierra, ya me abriré camino para poner mi nombre a la altura de los que más alto suban al lado del de Prim». Creía que todo el tiempo que tardase en poner en ejecución tan atrevido pensamiento, estarían suspensas o quebrantadas las leyes del universo. Su destino, que hasta entonces había sido un obscuro acertijo, estaba ya bien claro. Dios y la Naturaleza murmuraban en su oído: «Corre; no te detengas... ¿No ves al término de España una llanura sin fin entre azul y verde? Es el Océano ¿No distingues de la otra parte nuevas tierras? Es la inocente América. ¿Ves una figura de matrona que en las rocas traza inseguras rayas con un punzón?... Es la Historia, que ya está aprendiendo a escribir tu nombre». Pensó Iberito al día siguiente que si consultaba sus planes con don Tadeo Baranda y le pedía licencia para realizarlos, el buen cura soltaría la carcajada, y tomaría inmediatamente la llave del desván para encerrarle. No mil veces: a don Tadeo ni palabra. Con la intención tan sólo le diría: Llevad vos la capa al coro; yo el pendón a las batallas. Dicho y hecho: llegada la noche, aguardó Iberito la hora en que todos dormían, y por la puerta falsa del corral salió a un campo que no era el de Montiel, pero sí pariente suyo. Era el campo de la memorable batalla de Nájera, en que don Pedro I de Castilla derrotó a su hermano don Enrique. - II - Mientras duró la noche y en las primeras horas del día, anduvo Iberito con vivo paso, deseando ganar toda la distancia posible antes que los criados del cura saliesen a capturarle. Con tino estratégico abandonó el valle del Najerilla, pasándose a un afluente de este río. Hizo su primer descanso a la vista de San Millán de la Cogulla, y de allí tiró hacia los montes, por donde a su parecer podría pasar a tierras de Soria. Algún dinero llevaba, casi todo lo que le había dado su madre al salir de Samaniego, y cuidó de ocultarlo distribuyendo las monedas en distintos huecos de su ropa y en el propio calzado. Por única arma llevaba un cuchillo de monte que sustrajo en la armería cinegética de don Tadeo, y con esto y el corto caudal, y su animoso corazón que se creía suficiente para salir airoso en cuantos percances pudieran ocurrirle, iba tan contento y tranquilo como si consigo llevara un ejército. En su esforzada voluntad y en sus altas ambiciones verdaderamente lo llevaba. No contó Iberito con el riguroso clima que había de oponerle no pocos obstáculos de hielos y nieves al acometer el paso de la divisoria por los puertos de Piqueras o de Santa Inés. Pero todo lo vencían su intrépida confianza y el mismo desconocimiento de las dificultades del paso. Conducido por los ángeles que amparan la inocencia, franqueó los montes, atravesó extensos pinares sin el menor desmayo de su vigor físico, descansó en compañía de pastores y carboneros, con los cuales sostuvo amenas y candorosas pláticas, y al descender por ásperos vericuetos al valle del Duero, después de tres jornadas que para otro menos entusiasta habrían sido fatigosas, llegó a las puertas de Soria, pasando de largo por miedo al encuentro de los parientes de su padre que en aquella ciudad vivían. Siguió hacia el Sur por senderos de herradura, y al día siguiente de su paso por Soria, encontró a unos caminantes que llevaban dos recuas de yeguas y mulas cargadas de lana. Entablada conversación, invitáronle los trajineros a que cabalgase un buen trecho entre sacas de lana, y él aceptó gustoso, porque iba ya medio derrengado del continuo caminar. Abría la marcha una yegua corpulenta que llevaba un gran campano colgado del pescuezo, y tras ella las demás caballerías, atado el ramal de cada una en la cola de la delantera. Era la procesión pausada, pintoresca, y los pasos de las bestias marcaban el compás lento del esquilón de la yegua que guiaba. Los trajineros obsequiaron a Iberito con pan negro y chorizo, que fue para él sabroso desayuno. Le amaneció comiendo en grata conversación con la buena gente, y agradeció lo indecible aquel alivio de sus piernas y el reparo de su estómago. Dijéronle los caminantes que iban al mercado de Almazán a vender una partida de lana, y el pobre joven callaba, tiritando de frío y de hambre, pues el corto desayuno que le dieron, antes le aumentaba que le disminuía el bárbaro apetito que traía de las cumbres. No se alegró poco el inocente aventurero cuando vio próxima la gran villa de Almazán, cercada de murallas, coronada de románicas torres. La yegua delantera penetró por una de las arcadas puertas que daban ingreso a la villa, y avivando el sonido de su esquilón llegó a una extensa plaza, casi totalmente invadida ya por la muchedumbre campesina que al mercado concurría. Más que en admirar la variedad de especies que en grupos y montones ocupaban la plaza, granos, frutas, pucheros, leña, carbón, enjalmas, quesos, recoba y utensilios de labranza, ocupose Iberito en buscar albergue y comida. Encamináronle a un mesón cercano a la plaza, y como no inspirara gran confianza por su cara juvenil y el deterioro de su ropa de señorito, desenvainó un duro, y puesto en la mano de la posadera, no fue menester más para que le prepararan un platado de huevos y jamón frito con acompañamiento de vinazo y de pan sin tasa. Atracose el muchacho hasta dar a su cuerpo la reparación conveniente, y luego salió a ver el pueblo y a comprar calzado fuerte y una manta o bufanda de camino, con lo que quedó tan bien arranchado que no se cambiaría por un rey. Nada le ocurrió en la villa que merezca mención, como no sea un altercado en que se revelaron y surgieron de súbito los ímpetus anteriores a su enfermedad. Hallábase el hombre, por la noche, en la anchurosa cocina del mesón, donde algunos huéspedes, trajinantes y labradores, después de bien comidos y aún no bastante bebidos, jugaban al mus, mientras otros, entre jarros de vino, charloteaban con tanta viveza, que la conversación parecía disputa, y la disputa encarnizada riña. En aquellos rudos caracteres, el lenguaje hervía siempre, como el mosto recién sacado de las uvas exprimidas. En el grupo más animado, donde se bebía más que jugaba, pasaron de las cuestioncillas de campanario a las provinciales, y de estas a las generales o políticas. Iberito, que dormitaba en un rincón, se despabiló en cuanto percibieron sus oídos rumor de cosas públicas. Despotricaron aquellos bárbaros sin miramiento a persona alguna de las más encumbradas. Un zanganote montuno, negro como el carbón que acarreaba de los pinares, dijo que O'Donnell era un tal y un cual, y que estaba compinchado con La Patrocinio para el mangoneo en toda la Nación; un gordo sanguíneo aseguró que si la Reina no llamaba otra vez a Espartero, no acabaría sus días en el trono; y un tercero, cuya voz gargajosa y facha de sayón de los pasos de Semana Santa componían el tipo del pesimista siniestro, echó de sus labios cárdenos, donde tenía pegada una fética colilla, todo el amargor de la opinión recogida en los pueblos míseros. Ni grandes ni pequeños, ni liberales ni moderados se libraron de su sátira rencorosa. Los vicálvaros eran unos pillastres, que se estaban enriqueciendo con los bienes que fueron del sacerdocio; los del Progreso ladraban de hambre y querían el Poder para llenar la pandorga; la Reina era... mujer, con lo que se decía bastante... Las mujeres sirven para todo, menos para reinar. Habló luego de la maldita invención de los ferroscarriles, que significaban la miseria de toda la carretería. La guerra de África no había sido más que un engaña-bobos: O'Donnell volvió de ella con las manos en la cabeza; todas las hazañas que se contaban eran filfa; lo de Tetuán habría sido un desastre si no hubieran comprado a peso de oro la retirada de Muley Abbas; lo de los Castillejos no fue más que una comedia indecente, pues ni hubo los aprietos que decían, ni Prim había hecho más que sacrificar soldados, quedándose él en lugar seguro, haciendo el figurón. Ni era valiente, ni servía más que para intrigar, como lo demostró en los tratos que tuvo con Ortega para traer de Rey a Carlos VI... No bien oyó Iberito el nombre de su ídolo, sacado a colación con tanta ignominia, se levantó de su asiento con la pausa y aplomo de un valor sereno, y engallándose ante el procaz hablador, le echó esta rociada: «Caballero, quiero decir, caballo, lo que ha dicho usted del general Prim es una coz, y aunque a las coces no se contesta con palabras, yo, por respeto a la concurrencia, con palabras de mi boca le digo que a la gloria de Prim no pueden llegar las patadas de usted, so bruto; y si no está conforme, salga afuera y se lo diré de otro modo»... Levantose gran murmullo al oír estas bravatas tan disconformes con la edad del mancebo, y el feo hablador soltó una carcajada burlesca después de escupir la colilla que pegada a los labios tenía. Uno de los jugadores dijo que el mequetrefe era listillo, y que se le debía dar una mano de azotes y mandarle a la cama. El gordo grasiento quiso poner paz, declarando que a Prim no se le podía negar la nota de valiente, pero que había que agregarle la de farsante, pues las valentías le servían de gancho para sus negocios. La expedición a Méjico que le estaban preparando no era más que un arbitrio para traerse de allá una millonada de pesos duros. «Lo hemos de ver tal como lo digo. Llega el hombre a Méjico, desembarca las tropas, mete miedo a los insulanos con cuatro disparos de cañón, va de Zacatecas a Zacatacas, echando contribuciones, hasta que de unos y otros saca para redondear la pella, y compinchándose con el gran Repúblico para echar un pregón de paces, se vuelve a España repleto de dinero, y venga el darse tono aquí entre cuatro bobalicones, y venga el tocar el higno y el llamarnos todos héroes... o herodes por la perra de su madre. -No es eso, no es eso -gritó Iberito saliendo rápidamente del rincón en que estaba, y plantándose con gallarda fiereza en mitad de la cocina-. A Méjico no va don Juan Prim para negocio suyo, sino de la Nación, porque va para conquistarnos otra vez a la Nueva España y traerla por los cabezones a la soberanía de Isabel II. Yo lo digo y lo sostengo solo delante de los bárbaros que están en esa mesa; y sin reparar en si son dos, o son seis, o seiscientos, les mando que se desdigan de esos disparates o salgan a verse conmigo al corral, a la calle, o donde quieran, en la misma plaza, delante de Dios y de la luna que nos alumbra». Con tal brío y entereza soltó el chico su reto, que de primera impresión quedaron suspensos y atontados los habladores. Rehiciéronse al punto y empezó la rechifla; a las burlas siguieron las amenazas... Mal lo habría pasado el audaz Iberito si en aquel punto no apareciese junto a él un hombrón formidable, que se levantó de uno de los poyos de la cocina, y avanzaba con el contoneo de quien anda con un pie y una pata de palo. Era de rostro cetrino y disforme estatura; vestía de paño burdo con peluda montera; se auxiliaba de un grueso palo con nudos y porra... Pues llegándose a la mesa de los bárbaros, descargó el garrote sobre ella con tanta furia, que al tremendo golpe saltaron en añicos los vasos, y la tabla maestra se rompió en dos pedazos... Y con el estruendo de la madera y el vidrio se juntó el estentóreo vocerrón del hombre grande y cojo, que así decía: «Sepan los que han hablado mal de Prim, que yo, José Milmarcos, sargento de la guerra de África, me paso sus lenguas por donde me da la gana, maño y moño... Sepan que lo que ha dicho este mozalbete es como si yo lo dijera, moño, y los que no estén conformes que vayan saliendo afuera, con mil moños...». Saltó el gordo con palabras de paz. Hablaban perrerías por pasar el rato, sin mala intención. Y prosiguió el cojo: «Cosida por dentro del chaquetón llevo aquí mi medalla de la guerra, y la guardo porque no es bien que la vean los burros. Yo no enseño mi medalla a las caballerías, sino a los hombres racionales, instructivos, y el que se ría de lo que digo, que me toque los faldones... Ea, yo defiendo a este mozo, y el que le ponga mano en el pelo de la ropa, véase conmigo donde quiera». Era Milmarcos muy conocido en aquella sociedad. Su nombre fue aclamado entre pateos, berridos, chirigotas de algunos, jovial entusiasmo de otros. «¡Viva Milmarcos!... Fausta, tráele vino a Milmarcos». Dijo el sargento que no quería beber, y a una interrogación airada de la posadera respondió que lo roto debían pagarlo los puercos y deslenguados Carbajosa y Matarrubia, que eran causantes del estropicio. Viendo que la trapatiesta se resolvía pacíficamente, repitió el elogio del desconocido muchacho, alabando su valor sereno y el tesón con que salió a la defensa de la verdad y el honor militar contra la canalla envidiosa. «Señores -gritó luego-, yo puedo hablar gordo en lo tocante a la honrilla militar, porque he sido soldado; y como hombre de los que fueron a Marruecos, no me pesa de haber perdido esta pata, quiero decir, la otra que tuve en lugar de esta de palo. Bien perdida estuvo la pata por la gloria que alcancé... Y si veinte patas tuviera, las diez y nueve daría yo gustoso por este orgullo de haberme visto en los Castillejos... y por poder deciros: «Gandules, tengo la cruz pensionada, que vosotros no tendréis nunca... Borrachos, pagad los vasos rotos y la mesa rajada, que es lo menos que podéis pagar por los insultos a Prim... No me toquéis a Prim, hijos de perra. Y tú, Carbajosa, no te rías de verme lisiado, que por tigo no me cambio... Mi cruz, moño, vale una pierna». - III - Con cháchara gruesa y mugidos desfilaban los bárbaros hacia las cuadras en que tenían sus jergones. Milmarcos echó el brazo por los hombros a Iberito, y cariñoso le dijo: «¡Valiente!... Así me gustan a mí los hombres... Y que es de familia principal, se le conoce por la ropa y por el habla fina. ¿Va usted, aunque sea mala pregunta, a Madrid? ¿Y cómo va tan solo?». Respondió el chico que iba a Madrid de paso para Cádiz, donde se embarcaría para América. Y Milmarcos siguió: «¿Ha oído usted hablar de un pueblo que se llama Tor del Rábano? Pues es mi pueblo; en él nací y en él vivo descansado, con el real diario de mi pensión y otro par de reales que saco de mi trabajo. He traído una carguita de sal de Imón. Con lo que saqué de la sal he comprado dos bacaladas que me encargó el cura y otros encarguillos... Tor del Rábano es camino de Madrid, y si se viene conmigo, le llevaré en mi burra, que es poderosa y de buen paso. Le brindo mi burra porque me ha entrado usted por el ojo derecho con su valentía... Seis leguas tenemos por delante. Si se determina, esté listo para las seis de la mañana». No se hizo de rogar Iberito, y a la hora indicada salió de Almazán con Milmarcos, gozoso de ir en la honrosa compañía de uno de los de Prim. Le instaba el sargento a subirse en la burra; pero a esto no accedió Ibero: su delicadeza le vedaba montar, llevando de espolique al que por héroe y por inválido merecía todos los respetos. Lo más que pudo conseguir Milmarcos con sus redobladas instancias, fue que el joven subiese a la albarda breves ratos, sólo por probar la buena andadura de la bestia. Platicando agradablemente fueron por todo el camino. Milmarcos no acababa de entender por qué iba tan solo y a pie un joven cuyo mérito y noble condición saltaban a la vista. De la prontitud y arrogancia con que salió a la defensa de Prim, colegía el sargento que el chico era de la familia de los Prines de Reus. Interrogado sobre esto, Iberito negó rotundamente. Entonces Milmarcos le dijo: «Ya lo entiendo: ¿es usted mejicano, de la familia de la señora Generala doña Francisca de Agüero?». Ante una nueva negativa quedó el veterano en mayores confusiones. «Pues le contaré -dijo Milmarcos por amenizar la caminata, ya que no podía satisfacer su curiosidad-; le contaré que servía yo en el Regimiento del Príncipe, número 3 de Línea, y yendo de Málaga a Estepona con el Regimiento de Cuenca, núm. 27, el general Prim pidió veinte hombres para su escolta, los cuales no eran sorteados, sino que voluntariamente y de su motopropio pasaban a formarla. Yo fuí de los que se ofrecieron para la escolta, porque no miraba nunca al peligro, sino a la gloria. De Estepona fuimos a Algeciras, y allí embarcamos para Ceuta. Total: que por ser de la escolta, estuve al lado del General en toda la campaña hasta el 4 de Febrero, en que una judía bala me dejó sobre un pie como las grullas». El hombre iba desembuchando por todo el camino trozos de historia viva, no pasada por escritura ni por letras de molde. Ibero escuchaba silencioso, gozando en beber la historia en su fresco manantial. Entre otras cosas, refirió Milmarcos que Prim montaba un caballo inglés de largo pescuezo. Un macho grandísimo, conducido por un paisano, le llevaba provisión de comida fina y bebidas superiores, y avíos para su limpieza y tocador, todo bien guardado en un desmedido alforjón. No prescindía en campaña de sus hábitos de gran señor: por esto le habían comparado al Gran Capitán, que en su tienda se lavaba y perfumaba antes de entrar en batalla, y después de ella comía con refinada pulcritud y opulencia. «En aquellas alforjas de obispo llevaba el General, por un lado, ropa blanca y frascos de agua de colonia, y por otro, pastel de liebre en unas latas, jamón y cosas muy ricas...». Pues le diré a usted que, sirviendo a su lado y poniéndome como él en los sitios de mayor peligro, llegué a quererle tanto como quise a mi padre. También él me quería. Verdad que se acababan todos los cariños en momentos de apuro, de aquellos en que no había que decir más sino «voy a matar o a que me maten». Pero cuando no corría prisa de perder las vidas, el General sabía economizar nuestra sangre... De tanto verle y seguirle y mirarle a la cara para leerle las órdenes antes que las dijera, ya nos le sabíamos de memoria, y aprendíamos de él a despreciar la vida... Me parece que le veo al empezar la de los Castillejos... Sobre una peña plantó el caballo, y de allí nos gritaba que avanzáramos. Se puso tan alto para ver quién de nosotros tenía miedo y quién no... Cuando salíamos a tomar posiciones, mirábamos su cara. Si la veíamos más amarilla de lo que estar solía o tirando a verde, ya era seguro que nos aguardaba un día de compromiso. Si apretaba los dientes o se comía los pelos del bigote, ¡malo, malo! Pero la señal más segura de que íbamos a tener jarana y de que no debíamos dar un ochavo por nuestras pellejas, era ver a mi don Juan, con el caballo parado en firme, mirándose las manos y limpiándose las uñas con un hierrecillo que sacaba no sé de dónde... ¡Moño! arregladas las uñas se le avivaba el genio y nos metía en unos fregados horrorosos, él siempre por delante». A la admiración de Iberito contestó Milmarcos con esta frase sintética: «El General era su primer soldado». Dijo luego que vestía sencillamente, sin entorchados más que en la boca-manga, el ros bien ajustado a la cabeza, en el costado izquierdo dos placas con brillantes... Por cierto que la primera vez que Muley Abbas se avistó con O'Donnell para tratar de paces, le dijo: «Gran Cristiano, mándale a ese General que no se ponga en los combates esas placas que relumbran al sol, porque mis beréberes apuntan al brillo, y fácilmente le darán en el corazón». Lo que oyó Prim y dije al moro: «Apuntad como queráis, moros de mi alma, que la bala que a mí me mate no está echa todavía». Cuando esto decía Milmarcos vieron la torre del pueblo, asomada tras una loma; luego crecía, se echaba al llano cual si saliera a recibirles... Aparecieron después varias casas sentaditas en derredor de la torre; perros vinieron ladrando al encuentro de los viajeros; la burra alargó las orejas y avivó su andar; gallo y gallinas les dejaban libre el paso... Chiquillos se destacaron; luego el cura, dos viejas, un cerdo... La torre se dejó ver bien plantada y altiva, con su nido de cigüeña, y por fin, la casa de Milmarcos, terrera y gacha, sonrió a los llegantes con su puerta blanqueada, su gato escurridizo, su macho de perdiz en jaula, su parra trepadora y su Servanda, que este nombre tenía la mujer de Milmarcos, gorda, jovial y zalamera... No hay que decir que el sargento ejerció la hospitalidad como un gran señor que recibe en su casa a un príncipe. Servanda mató dos pollos y se excedió en la faena culinaria; por no tener lecho apropiado para tal huésped, prestó la alcaldesa un catre sobre el cual armaron un catafalco de colchones como para el obispo. Toda la flor y nata del pueblo visitó a Iberito, y el cura fue el más extremado en la amabilidad, porque Milmarcos había dicho a todos, en reserva, que su huésped era de la familia particular de Prim, como podía verse por la pinta del rostro, y que iba con su padre natural a la nueva conquista de Méjico. Muy a gusto pasó allí tres días Iberito, reponiéndose de su cansancio y dejándose querer de tan buena gente. Servanda se ufanaba de tenerla en su casa, y por ello se daba no poco pisto con las vecinas. Servíale buen comistraje en platos y cazuelas humildes, y para postre se arrancaba con natillas o arroz con leche. El día de despedida gustaron de unas guindas en aguardiente que regaló el cura, y Milmarcos, a fuer de señor hospitalario, brindó con una guinda al noble huésped, diciéndole con solemnidad: «¡Qué no diera yo, señor, por poder acompañarle a esa expedición, que pienso ha de ser sonada, moño! ¿Pero a dónde voy yo con mi pata de palo? Los cojos, moño, no servimos más que para estarnos en casa haciendo empleita, acordándonos de que así como tejemos hoy el esparto, tejimos un día la historia de España. ¿Verdad, señor, que así es?... Debe uno recordar siempre estas cosas, y a los que no tienen patriotismo y se den de ellas mandarles al moño de su madre... Siento que usted no estuviera aquí el día de San Roque, que es la fiesta del pueblo. En ese día santo, yo me pongo mi uniforme, y en el pecho me planto la cruz y la medalla. Estoy manífico, ¿verdad, Servanda? Pues sacamos en procesión el santo, y yo me pongo delante de las angarillas. Crea, señor, que hago más papel que el cura, estoy por decir que más que el santo, moño; todo por mi cruz, que da dentera a cuantos la ven... Y conforme vamos marchando con la procesión, salta uno y grita: «¡viva Milmarcos!». Pues no queda boca que no responda: «¡vivaaa!». Total, que desde que el santo sale hasta que volvemos a meterle en la iglesia, no se oye más que vítores a Milmarcos. ¿Verdad, Servanda? Yo me incomodo, o hago que me incomodo, y con la mano hago así... que se calmen, que me escuchen... y cuando los tengo muy callados echo todo el pulmón gritando: «¡viva Isabel II! ¡viva San Roque!». Descansado ya, muy agradecido a los obsequios de la sargenta y su digno esposo, Iberito salió de Tor del Rábano acompañado largo trecho por sinfinidad de chiquillos, a los que seguían personas mayores de ambos sexos, el cura y el alcalde. La burra y Milmarcos prolongaron la despedida hasta Rebollosa, y de aquí siguió el chico a Jadraque, donde se metió en un galeón que dos veces por semana hacía el servicio de viajeros de Sigüenza a Guadalajara. Pudo luego fácilmente continuar a Madrid en el coche correo. Cerca ya del término de su viaje, los atrevidos pensamientos que a tal aventura le habían lanzado iban descendiendo del ensueño a la realidad, y buscaban la forma y modo de encarnarse en hechos. Desde que tomó la temeraria resolución de abandonar al cura Baranda, hubo de pensar Iberito que en Madrid necesitaba una persona que le guiara en sus primeros pasos por la tumultuosa villa, y que le diese luz y norte para llegar hasta Prim. Lo demás se le presentaba llano y hacedero: tal era la fuerza del ensueño en su disparada imaginación, que contaba con la benevolencia del General en cuanto este le oyera expresar un deseo tan conforme con su propio genio aventurero y heroico. Las amistades de Iberito en Madrid eran de chicos de familias relacionadas con la suya, pretendientes o estudiantes, y entre estos eligió al que más afecto le inspiraba, Juanito Maltrana, hijo de Juan Antonio y de Valvanera, nieto del gran don Beltrán de Urdaneta y sobrino del marqués de Saviñán. Seis años más que Santiago tenía el chico de Maltrana; pero eran buenos camaradas, y juntos habían alborotado locamente en las calles de La Guardia y en la casa de tía Demetria, con los hijos menores de ambas familias. Pensando en tomarle por mentor y guía primero de Madrid, llevaba en un papel sus señas; y he aquí que, apenas pisó la calle de Alcalá el aventurero Iberito, tomó lenguas de los transeúntes para dirigirse al 17 de la calle de Jacometrezo, de la cual sabía que era de las más céntricas, angulosas y hormigueantes de aquel Madrid tan lleno de misterios. La suerte le favoreció aquel día, mejor dicho, noche, pues llamar en el piso segundo, abrir la puerta una moza guapa, preguntar por Juanito, dirigirse tras de la moza a un gabinete próximo, y encararse uno con otro y abrazarse cariñosamente Iberito y su amigo, fue obra de minuto y medio. Las primeras preguntas del cortesano al forastero fueron las generales de la ley estudiantil: «¿Cómo has venido tan tarde? ¿Vienes a estudiar Leyes? Ya está cerrada la matrícula. ¿Vienes a prepararte para Estado Mayor o Caminos? ¿Traes dinero?». Iberito, que era la misma sinceridad y no gustaba de colocarse en posiciones falsas, respondió como un examinando que sabe de memoria la lección: «No vengo a estudiar leyes, ni nada. Traigo muy poco dinero... Me he escapado de mi casa. -¡Bien, chico!.... ¡viva la Pepa! -dijo Maltranita con jovial admiración-. Eres el último romántico... porque ya no hay románticos. Los que quedan vienen de provincias, como tú, escapados y sin guita... Pero se me olvidaba lo más importante. No habrás comido... Tendrás gazuza. Un poco tarde llegas. Pero algo habrá quedado para ti». Apenas oída la breve respuesta del forastero, salió Maltranita a la puerta y llamó a la patrona con apremiantes voces: «¡Luisa, doña Luisa!». La cual no tardó en mostrar su agradable presencia. Era una mujer más que cuarentona, de tipo suave, de marchita belleza otoñal. «Aquí tiene usted un nuevo huésped -le dijo Maltrana-. Viene huido de su casa y con poco dinero... Pero no vacile usted en darle habitación y asistencia, que es de una gran familia. Yo respondo». Contrariada respondió María Luisa que había pasado la hora. Todos habían comido ya. Tendría que remediarse con lo que se pudiese preparar deprisa y corriendo. Mientras la señora cuidaba de disponer algo para el nuevo huésped, este oyó de boca de su amigo las mejores referencias acerca de aquella. «Es una persona decentísima, viuda, que ha venido a menos. Su padre, don José del Milagro, fue Gobernador de provincia en tiempo de Espartero. Su marido era un famoso bajo... -¿Bajo de cuerpo? -No, tonto... ¡qué cerril vienes!... Era bajo de voz, italiano: cantaba óperas y funerales de primera clase... Esta casa es de las mejores de Madrid. No ha sido para ti poca suerte haber caído en ella. Por doce reales estarás muy bien, y por catorce como un príncipe». Mientras Ibero cenaba, Maltranita se mudó de camisa, cepilló muy bien su americana y pantalón, y alisó esmeradamente con un pañuelo de seda la felpa de su sombrero. Era muy cuidadoso de su persona, y gustaba de presentarse en el café o en el teatro con facha parecida a la de un dandy. No había terminado sus arreglos, cuando volvió al gabinete el forastero, llena ya la tripa de la bazofia patronil. «Ya que has matado el hambre, y antes que nos vayamos al café -le dijo el cortesano-, vas a decirme a qué has venido a Madrid. No abandona casa y familia un muchacho como tú, sin que le mueva una idea, una pasión, algo que... Dímelo pronto». No se hizo de rogar Iberito, que a gala tenía manifestar lo que a su parecer le honraba y enaltecía sobremanera. Con firme acento y claridad que revelaban su convicción, declaró el por qué de su escapatoria, el por qué de su viaje... Oyó Maltrana como quien no da crédito a lo que oye; se hizo repetir la declaración, y asaltado de una de esas risas que destroncan, se tumbó en el sofá para reír a sus anchas. - IV - No se desconcertó Iberito ante la hilaridad epiléptica del cortesano, pues contaba con que no podía ser de todos comprendido. «Cada uno tiene sus fines, Juan -le dijo-. Si lo mismo pensáramos todos, el mundo sería poco divertido. ¿Crees que estoy loco? -O tonto de remate, Santiago -replicó el otro, apretándose la cintura para contener la risa-, y no acabo de comprender de qué nido te caes, ni de dónde has sacado esa idea. En primer lugar, el general Prim se ha marchado ya... Mira: aquí tienes Las Novedades de hoy que lo dice bien claro: 'Ayer salió para Cádiz...' Pero aunque no hubiera salido y estuviera en Madrid... ¿Crees que si a él pudieras presentarte con esa encomienda, habría de hacerte caso? ¡Llevarte consigo! ¿Pero cómo y en calidad de qué? ¿Irías de soldado, de machacante, de limpiabotas, de acemilero? -De ranchero iré si me lleva. -Pero aún hay en tu cabeza una tontería mayor. ¿De dónde has sacado que el general Prim lleva tropas a Méjico para conquistar aquella República y traerla al dominio de España? Eso es estar en Belén, y no conocer el mundo, ni la política, ni nada... Pero se nos hace tarde; vamos al café, y andando te explicaré a qué va Prim a Méjico... Te advierto que en el café no saques a cuento tu caballería andante. No me gustará que los amigos se rían de ti. Aunque no sea verdad, di que has venido a estudiar Leyes». Salieron. Por la calle, Maltrana informó a su amigo de lo que este ignoraba. Venía enteramente cerril, con ideas del tiempo de la Nanita y proyectos aprendidos en algún pliego de aleluyas. «Para que te vayas enterando y caigas de tu burro, el burro de la ignorancia, te diré que tres naciones, Inglaterra, Francia y España, han celebrado un tratado de intervención en Méjico, no para conquistarlo, sino para pedir reparación de ciertos agravios a nacionales de los tres países, y reclamar el pago de no sé qué deudas. Te daré un periódico en que lo veas bien explicado. Aquel país está en la anarquía... Parece que dos Presidentes se disputan el mando... Las naciones quieren que los mejicanos tengan juicio, que den descargos y satisfacciones por los europeos ofendidos o asesinados, que paguen lo que deben, etcétera. En fin, que todo es prosa... Estamos en un siglo enteramente práctico, fíjate bien en esto, Santiago... Y en cuanto a Prim, tu ídolo, te diré que yo tengo de él una idea muy mediana... Ya estamos en la Puerta del Sol. ¿Ves qué magnificencia? Los edificios de la curva ya están terminados. Faltan las dos cabeceras, que quedarán concluidas dentro de un año... ¿No se te ensanchan las ideas? ¿Y las telarañas que en tu cabeza traes, no se te deshacen viendo estas maravillas de la civilización? ¿No te asombras de lo bruto y atrasado que vienes? Y acordándote de la obscuridad de tu pueblo, ¿no te avergüenzas de traer acá ideas rancias y locas que allí debiste dejar entre las paredes ahumadas?... Ea, ya estamos en nuestro café». Dos palabritas biográficas acerca del joven Maltrana. De sus padres, Juan Antonio y Valvanera; de su abuelo materno, el insigne don Beltrán de Urdaneta, se ha dicho anteriormente cuanto había que decir. Criado Juanito en Villarcayo, recriado en Cintruénigo y La Guardia, instruido en Vitoria, acabado de pulimentar en un buen colegio de Burdeos, desde que traspasó los veinte años tomaron sus ambiciones el rumbo de un sensato positivismo. Anticipándose al deseo de su padre, pidió ir a los Madriles, estudiar Leyes, ensayarse sin pretensiones en la literatura y en el periodismo, seguir, en fin, la carrera de hombre público, a que le llamaban su natural despejo y su fácil palabra. ¿De dónde salían estas vocaciones, esta novísima orientación de la juventud en la segunda mitad del siglo? El demonio lo sabe. Serían tal vez producto de la desvinculación, del parlamentarismo, de las cuquerías doctrinarias que informaron la Unión Liberal, del estudio constante de la Economía política... Ello es que Juan, a poco de respirar los aires picantes de la Corte, hallábase aquí como el pez en el agua: en pocos días aprendió la cháchara fluida, graciosa y mordaz del madrileño de casta; se asimiló las diferentes formulillas para juzgar de política, de teatros, de arte; fue un lucidísimo alumno de la Universidad; logró, por la amistad de su padre con Salaverría, un destinejo en Hacienda, que, con la mesada y los regalillos de la mamá, le constituía un peculio espléndido para estudiante; vestía bien, sin soltar nunca la pomposa chistera; tenía relaciones; hablaba y entendía de política; se abría, en fin, un brillante camino con sus dotes ingénitas y la ciencia social que sin él notarlo se le iba metiendo por los poros. Tan joven, y ya tenía puesta la mira en dos puntos luminosos del porvenir: casamiento con una heredera rica, y posición política brillante. Y como tales bienes se le aparecían en término lejano, todos sus pensamientos polarizaban en aquella dirección; su voluntad rectilínea y sin el menor desvío hacia aquellos puntos como el imán al Norte constantemente señalaba. Llegaron los dos amigos a las mesas que ocupaban de tiempo inmemorial dos trincas o cuerdas de estudiantes de diferentes carreras. Eran la trinca riojana y otra mixta de burgaleses y vascongados. La facha de Iberito provocó sorpresa y sonrisas. Era un novato que se había traído el pelo de un gran número de dehesas. Su brusquedad en los saludos fue alegría de la reunión. En esta sólo encontró un muchacho conocido, Paco Cerio, hijo de un coronel carlista, convenido de Vergara, y natural de Salvatierra. Felizmente para Iberito, a poco de llegar a la reunión, quedó de figura silenciosa en el extremo de una mesa, pues los cafetómanos se enredaron en charlas, bromas y disputas, a las cuales era completamente extraño el aturdido forastero. Lo primero que este oyó fue la burla que hicieron todos del pobre Cerio, acribillándoles desde una y otra mesa con pullas acerbas. Le motejaban por neo: así lo entendió Iberito, sin llegar a penetrar claramente el sentido de esta palabreja, nueva para él. Observó que Paco se defendía bravamente, respondiendo con salidas maliciosas a cuantas saetas le dirigían los guasones. De buena gana se habría puesto Iberito al lado de su amigo y casi paisano, batiéndose con él y disparando a los otros, no chistes envenenados, sino una botella de las que cerca de su mano tenía. Pero no pasó del pensamiento; no conocía bien el terreno en que lo había metido Maltranita, ni acababa de desentrañar el significado de los vocablos neo y neísmo. Luego se enzarzaron en un guirigay político. Nunca hablaban menos de cuatro a un tiempo. Gritaban y reían como un coro de orates desmandados... Los más próximos al novato le preguntaron su opinión sobre la cosa pública, sin duda por mofa de su rusticidad, esperando oír graciosos disparates. Respondía el joven sacudiéndose las moscas: él no entendía... él acababa de llegar de su pueblo. Maltrana le dio lección política en la forma más elemental. Ibero resultaba muy torpe para comprender cosas tan extrañas, y el amigo le instruía con paternal interés. «Vienes en un estado completamente agreste y pecuario -le decía riendo-. ¿De veras no sabes lo que son los obstáculos tradicionales? ¿No tienes noticia de Olózaga, que es el autor de la frase? -De Olózaga sí tengo noticia -dijo Iberito gozoso de entender algo de tales monsergas-. Ese señor es de Oyón, cuatro leguas de mi pueblo... y amigo de mi padre. En mi casa de Samaniego le he visto; pero maldito si le oí hablar de esos obstáculos... -Pues esos obstáculos son... que en Palacio no quieren a los progresistas, y se ha determinado que no sean jamás poder... Ser poder quiere decir subir al gobierno, mandar...». Alargó la gaita hacia aquel extremo de la mesa un joven no bastante tierno para estudiante, sino más bien machucho, además largo de narices y socarrón de mirada, y en tonillo impertinente preguntó a Iberito: «¿Y qué nos dice usted de las disidencias? ¿En su pueblo de usted qué opinan de Ríos Rosas?». Respondió Ibero, sin turbarse, que le tenían descuidado las disidencias, y que en su pueblo nadie tenía noticias de Rosas ni de Ríos... «El pueblo de usted -dijo el narigudo con ínfulas de chistoso-, debe de ser Belén... ¿Y en Belén no tienen noticia de otro disidente, que es paisano de usted, Alonso Martínez, el más joven de los políticos?... ¿No le conoce?... Señores, propongo que la frase usual estar en Babia, se trueque por estar en Burgos. -Yo no soy burgalés, caballero... soy de Samaniego. -Ya... Samaniego es el país de las fábulas, donde hablan los animales. -Así es... En mi tierra hablamos los animales. Pero como queremos instruirnos, venimos a donde ladran las personas». Esta réplica vivaz y agresiva dejó a todos suspensos, y desconcertado al narigudo, que era un tal Segismundo Fajardo. Mas no tardó en rehacerse soltando otra saeta, a la que Iberito contestó con despejo y acritud. Ya se iba caldeando el diálogo; pero antes que llegase a temperatura explosiva, tiró Juan del brazo a su amigo, y pretextando que tenían que avisar a la Administración de Diligencias para que llevaran a la calle de Jacometrezo el baúl de Iberito (no tenía más equipaje que lo puesto), dijeron vámonos, y con esto y un buenas noches abandonaron la sociedad cafetera. «Este Segismundo -dijo el cortesano al forastero-, es un vago. Como tiene buenas aldabas, entre ellas su tío el marqués de Beramendi, nunca está cesante; pero no va a la oficina más que a cobrar. Su padre, don Gregorio Fajardo, se ha hecho riquísimo con la usura, y ya se habla de que le van a dar un título... No es constante Segismundo en nuestras mesas; viene a ellas cuando no tiene mejor tertulia en que pasar el rato... El hombre quedó atontado con tu réplica. Para entre mí, yo me reía la mar, porque es un bravucón que se achica en cuanto le hablan recio». La impresión que del café sacó Iberito en aquella su rápida visión fue que se asomaba a la puerta de una sociedad compleja, hirviente, de formas y caracteres desconocidos para él. Más risa que miedo causábale al primer vistazo la extraña sociedad, y no sentía su ánimo muy movido de curiosidad para conocerla mejor. Pensaba que detrás de aquel mundo había otro, más conforme con el suyo, con el que él llevaba dentro de sí, construido por sus propias ideas y por las sensaciones de su bulliciosa infancia. Justo es decir que Maltranita, aunque sus miras sociales le petrificaban en el egoísmo, fue generoso con Ibero, le garantizó el hospedaje y le dio alguna ropa para que se vistiese con decencia, hasta que proveyeran los padres. Y ved al hombre en Madrid, brujuleando en las calles, gozando de esa forma de soledad que consiste en andar entre el gentío sin conocer a nadie, observando cosas y personas, y tomando el tiento por de fuera al populoso mundo en que había caído. - V - Pronto aprendió, con o sin ayuda del amigo, a conocer las calles, y a meterse y sacarse por todas ellas buscando sorpresas y perdiéndose entre la muchedumbre. Gustaba de ir por las mañanas al relevo de la guardia en Palacio, y se extasiaba viendo aquel maniobrar ordenado de las tres armas, que en sus movimientos eran como el índice o catálogo de las energías militares. Las demás horas del día las empleaba en recorrer estos o los otros barrios: ya se espaciaba por Buenavista, ya por la Inclusa y Latina. La calle de Toledo, así como el Rastro y Embajadores, le entretenían singularmente, y no se cansaba de contemplar el ir y venir afanoso de la gente humilde, la muchedumbre de mujeres fecundas, los chiquillos de diferentes edades que de aquella fecundidad eran muestra y testimonio, los hombres peor comidos que bebidos, y que en diferentes industrias y oficios luchaban por el pan. Era el pueblo, que con su miseria, sus disputas, sus dichos picantes, hacía la historia que no se escribe, como no sea por los poetas, pintores y saineteros. Divagando siempre, vio más de una vez a la Familia Real de paseo. Doña Isabel, que por aquellos días volvió de su viaje triunfal a Santander, se mostraba en el camino de Palacio al Retiro, en coche abierto, precedida de batidores y caballerizo, y seguida de una escolta de húsares o lanceros. A su izquierda llevaba Isabel al Rey don Francisco: ella con inclinación de cabeza, él con un sombrerazo, contestaban al frío saludo de la gente que discurría por las aceras. Observó Iberito que las Majestades no levantaban a su paso más que un tenue vientecillo de cortesía respetuosa. Detrás de la Reina, en coche con tiro de mulas, solían ir la infantita Isabel, de diez años, y el Príncipe de Asturias, Alfonsito, de cuatro, asistidos de sus ayas y servidumbre. Algunos días iban por delante; todos se metían en lo reservado del Retiro, donde no entraban más que los personajes de la Corte. ¿Qué hacían allí? Sin duda jugarían los niños, y los padres pasearían a pie, con grave paso y soberano hastío. Y algunos ratos de la mañana perdía o empleaba Iberito metiéndose en la Universidad, y observando el entrar y salir de muchachos cargados de libros y apuntes. Le interesaba el espectáculo de aquellos claustros bulliciosos, sin que por ello te picaran ganas de estudio; al contrario, su repugnancia de las carreras y de los títulos académicos era más grande en el interior de la Universidad que en la libre calle bullanguera. ¡Leyes! ¿Y todos aquellos guapos y agudos chicos andaban allí para llenarse el cacumen de conocimientos jurídicos o curialescos? ¿Tantas leyes hay, que necesitamos un desmesurado edificio y un ejército de maestros para enseñarlas? ¿Y dónde, dónde, moño, se estudiaba el arte de aplicar la justicia y de gobernar al pueblo?... Cansado de vagar por la Universidad buscaba una iglesia, después otra, y con breve inspección recorría seis o siete en la mañana. Quería ver de cerca qué trazas tenían en la Corte los lugares de rezo y devociones. Vio cavidades obscuras, feas, despojadas de todo arte, como si las limpiara de belleza la escoba de la vulgaridad; vio feligresía de mujeres, más viejas que jóvenes, con predominio de la fealdad; vio curas y capellanes solícitos como abejas en su industria sacerdotal, y atentos a la obligación de criar las almas para el Cielo. Fuera de la iglesia, le sorprendían aquí y allí formas y aspectos interesantes de la sociedad española; pero en ninguna parte vio ni oyó cosa alguna que tuviera con su ídolo relación; nadie le habló de Prim. La imagen de este, fuera de una estampa que vio en el Rastro, parecía sustraída sistemáticamente a la admiración humana. Creyérase que al héroe de los Castillejos se lo había tragado la tierra, quizás el mar, y que este no quería ser conductor de nuevas epopeyas de España a las Indias. Iberito veía desvanecerse su ideal y caer desmoronado el castillo de su caballeresca ambición. Por fin, en su casa de huéspedes, cuando menos lo esperaba, encontró dos jóvenes a quienes pronto miró como amigos, sólo por ser ambos muy devotos de Prim. Era el uno Rufino Cavallieri, hijo de la patrona doña María Luisa, chico tan rebelde al estudio, que no pudo su madre meterle en ninguna carrera, ni aun en las más fáciles. Por fin, se le dedicó a un oficio, y trabajaba en un taller de dorado. El otro era un huésped llamado Rodrigo Ansúrez, violinista muy notable. Pensionado por el marqués de Beramendi, protector de las artes, había hecho sus estudios en Bélgica, y por países extranjeros andaba casi siempre dando conciertos y perfeccionándose en la armonía y contrapunto. Cuando a Madrid venía por temporadas cortas, moraba en casa de doña Luisa, que, como viuda de un bajo profundo, pretendía dar a su establecimiento un carácter, si no de templo, de hospedería musical. En efecto: allí vivían un barítono y dos partiquinos del Teatro de Oriente. Rufino Cavallieri tenía por principal en su taller a un catalán, del propio Reus, loco entusiasta de su paisano, de quien se decía pariente. Toda la vida del General, desde que apareció en la guerra civil como pesetero humilde hasta la gloriosa jornada de Castillejos, la tenía en la memoria, sin que se le olvidase ninguno de los hechos de armas con que don Juan ilustró su nombre desde 1834 a 1860. El buen dorador, mientras estofaba marcos, peanas y cornucopias, repetía, para recreo de sus oficiales y de algunos amigos, los trozos que más a pelo venían en las incidencias de la conversación. Todo ello se le fue pegando en las orejas y en el magín al joven Cavallieri, que pronto igualó a su maestro en el dorado y en adorar el nombre y los hechos de Prim. Verdad que al contárselos a Ibero trabucaba lugares y fechas; pero esto no importaba. De verdades aderezadas con mentiras se apacientan las almas. De muy diferente índole era el entusiasmo primista del músico. Hombre de menos palabras no se había conocido jamás. Todo se lo hablaba con el violín. Así, cuando Ibero mentaba a su ídolo, no decía más que «¡oh, Prim, grande hombre!»... y agarrando en seguida su instrumento, sacaba de las vibrantes cuerdas una declamación patética, en la cual, con graciosas modulaciones, se iban eslabonando las ideas en infinita serie, sin encontrar la fórmula final. Era Rodrigo Ansúrez un improvisador fecundo, que sólo con abandonarse a la habitual acción de ambas manos con el arco y las cuerdas, lanzaba al exterior los sucesivos estados de su espíritu. Ibero, que no conocía una nota, hallábase dotado de la percepción artística en su máxima intensidad. El ritmo, el concepto melódico y la armonía, le subyugaban; absolutamente ignorante de la técnica, se apropiaba como nadie el íntimo sentido musical, cuanto más vago, más adaptable a los distintos estados espirituales del oyente... «¡Oh, Prim, grande hombre!». ¡Si el músico era lacónico en la palabra, cuán elocuente en el violín! Toda su alma ponía Ibero en el oído. Alma y oído en perfecto consorcio saboreaban el Romancero de Prim, reducido a notas y ritmos. Claramente cantaba el violín las hazañas del héroe, su ardimiento, y reproducía su tonante voz en los combates. Una tarde, hallándose los dos amigos por tercera vez embelesados en la dulce tocata, el alma de Iberito se regalaba con nuevos desarrollos de la personalidad legendaria del héroe. Prim no era sólo el campeón intrépido contra moros; era también el expugnador de la tiranía; el conductor de pueblos, que los llevaba por sendero pedregoso y venciendo mil obstáculos a regiones de paz duradera. Todo esto cantaban las estiradas tripas, vibrantes de apasionada elocuencia, y aquel día dio el artista con el final sintético que en otras improvisaciones no pudo encontrar. Gradaciones rítmicas, modulaciones felices le llevaron insensiblemente a un pasaje de marcada inflexión trágica, o que trágicamente se proyectaba en el alma de Ibero, y luego a una tristísima salmodia fúnebre. O el Stradivarius no decía nada, o decía que el héroe sucumbía violentamente, víctima de la envidia y la ingratitud; final muy lógico, casi rutinario en el poema de las grandezas humanas. Poníase Ibero a punto de llorar con la melopea trágica y fúnebre, y a su amigo decía: «Acabe usted, por Dios, que el sentimiento de ese pasaje me destroza el alma». El músico no añadía una palabra sola a los épicos sones de su instrumento. Suspiraba como el intérprete que nunca se siente bastante hábil, y aspira con anhelo ardiente al absoluto dominio del lenguaje musical. Ibero le decía: «Vaya, vaya; eso es tocar la Historia». Y a su amigo Maltrana, que por aquellos días le incitaba al estudio y le ofrecía libros para que se fuese preparando a cualquier carrera, mientras disponían los padres si le dejaban o no en Madrid, le decía: «Déjame en paz; no quiero libros ni carreras... A ninguna siento inclinación. Quiero quedarme libre: salvaje he sido hasta hoy, y salvaje he de ser siempre. Mis libros serán la acción. No siento ningún deseo de conocer, sino de hacer». Si no lo dijo en esta forma, en otra parecida y más ruda fue. Aguardando la resolución de los padres de Iberito, Maltrana le abandonó como cosa perdida. No le veía más que a las horas de comer, y esto no siempre; hablaban poco. Algunas noches le redujo a ir al café de marras; otras, Santiago iba solo al de una trinca de aragoneses, donde le presentó un conocido suyo teniente, llamado Estercuel, a quien se encontró en la calle. Este le puso en relación con diversos puntos, entre ellos un don Víctor Ibrahim, capellán de tropa, el cual, con desordenado estilo y acento ceceoso defendió el catolicismo democrático, la devoción a la Virgen, el himno de Riego y la Constitución del año 12. Apenas le entraban a Iberito por una oreja las declamaciones del clérigo andaluz, ya le salían por la otra. No así lo que dijo Estercuel, que hablaba con sentido y daba a entender vagamente sus opiniones avanzadas. Una tarde, el cura y el teniente invitaron a Ibero a que de paseo les acompañase a Leganés, donde ambos tenían su residencia militar, y el aburrido joven aceptó gozoso, por espaciar su ánimo y alargar la cuerda que a Madrid le sujetaba. Allá se fueron los tres, y allá merendaron. Al volverse a Madrid solo, ávido de movimiento, se metió por las lindes del campo; recorrió largo trecho en soledad placentera, y cuando entraba en el camino real por el Alto Carabanchel encontró un grupo de militares, del cual se destacó un joven corriendo hacia Iberito con los brazos abiertos. Era Silvestre Quirós, sargento de Infantería, riojano alavés, natural de El Ciego. Su madre había sido cocinera por luengos años en la casa de Ibero, y en ella permaneció hasta su muerte, en jubilación decorosa. ¡Con qué alegría se vieron, y con qué emoción celebraron encontrarse juntos tan lejos de su patria! Silvestre tenía diez años más que Santiago. Hablábale más como amigo que como criado, o con la familiaridad respetuosa de los servidores que llevaron a sus amitos en brazos, a cuestas y a la pela, y les enseñaron a dar los primeros pasos. Allí fue el preguntar Silvestre por toda la familia y hasta por los animales de la casa, caballos, mulas, perros y gatos. De todo le informó Ibero, y como no tuvo más remedio que referirle su escapada y viaje libre a Madrid, hízolo con sinceridad y algún atenuante discreto para que Silvestre no le riñera. Frunció el ceño el militar; pero Santiago expuso razones de un orden espiritual que hasta cierto punto justificaban sus actos. ¡Y qué rara coincidencia resultó de estas explicaciones! También Quirós había sufrido el delirio de Prim y de América; también fue su sueño dorado ir en la expedición, y la imposibilidad de conseguirlo le había dejado con una murria de mil demonios... En fin, como la noche se venía encima y Silvestre tenía que seguir a Leganés sin demora, despidiéronse con la resolución de verse al día siguiente en el mismo sitio para charlar largo y tendido. Ya con aquel encuentro tenía Iberito la compañía más de su gusto, porque Silvestre, su amigo de más confianza, le comprendía mejor que nadie, le hablaba de empresas militares más soñadas que verdaderas, y coincidía con él en pensamientos audaces, jamás a su parecer ideados de otro alguno. A la cita de los Carabancheles acudió presuroso, encontrando a Silvestre al pie de un gran árbol hablando con dos paisanos, que al ver a Iberito quedaron mudos, como si lo que allí se trataba no debiera oírlo ningún cristiano. Apartose el joven discretamente; los desconocidos secretearon con Quirós algunas palabras o cláusulas breves al modo de consigna, y camino abajo se fueron, despidiéndose con esta concisa frase tres veces pronunciada: «Allá, mañana». Allá parecía ser Madrid. Dijo Silvestre a su señorito y amigo que al día siguiente podrían verse en Madrid. Indicó como punto de cita la iglesia de San Sebastián, y como hora, las seis de la tarde. Sospechó Ibero que su amigo andaba en algún misterioso enredo político-militar; pero esta idea no le retrajo de la amistad del sargento, antes bien le empujó más hacia él, por querencia del misterio romántico. Juntáronse dos días más en los Carabancheles, y aunque Ibero trató de explorar a su amigo, este no quiso clarearse. Por fin, una tarde entraron los dos a refrescar en un tabernucho situado en las primeras casas de Leganés. Arrimáronse a una mesa, donde estaba bebiendo cerveza uno de los dos individuos que Iberito había visto días antes en reservada conversación con su amigo; pidieron de beber, y mientras discutían con el otro si había de ser cerveza o vino, entró de súbito un sargento seguido de cuatro números de la guardia de prevención. Sin darles tiempo ni a las primeras exclamaciones de sorpresa, el sargento dijo: «Sargento Quirós, de orden del coronel, venga usted preso... y también estos dos pájaros...». Lívidos Silvestre y el desconocido, sereno y altivo Iberito, los tres mudos, siguieron al que les privaba de libertad. En aquel punto acabaron los datos y conocimientos que la Historia pudo reunir en su primer legajo para la vida y hechos del audaz Iberito. La persona de Este se pierde desde aquel suceso, como el hilo de agua que corriendo se desliza sobre un suelo de arena. Lenta evolución de la vida y del tiempo fue menester para que resurgiera de nuevo en la superficie, como verán los que sigan leyendo. - VI - Sábese, y si no se sabe se supone, que don Tadeo Baranal notar la ausencia de Santiaguito, despachó un propio su seguimiento, y pensando que el fugitivo no habría ido muy lejos, se abstuvo de notificar el caso a los padres, pues nada conducía darles tal disgusto si, como era presumible, el muchacho parecía pronto. Equivocose de medio a medio el buen cura, y su principal error fue mandar al criado, no en la dirección de San Millán de la Cogulla, sino en la de Santo Domingo de la Calzada, itinerario que seguían casi siempre en sus cacerías. El perseguidor debía prolongar su ojeo hasta Belorado, donde vivían dos chicas muy guapas, las de Corporales, que en Nájera pasaban el verano, y que por todas las trazas eran muy del gusto de Santiaguito. Volvió desconsolado el propio a los dos días, y antes de que diera parte al amo de la inutilidad de su exploración, don Tadeo, rabioso contra sí mismo, le dijo: «¡Pero, hombre, si estaba yo en la hora boba cuando te mandé a Belorado!... ¡No acordarme de que las niñas de Corporales están ahora en Herramélluri! Vete allá, cógeme de una oreja a ese pillo y tráelo amarrado si fuese menester». Nuevo fracaso del propio, y mayor tribulación de don Tadeo, que, sin perjuicio de seguir explorando hacia Carneros y Soria, dio parte a los primos de Samaniego cinco días después de haber tomado soleta el niño tonti-loco. La consternación de Santiago Ibero fue grande. Hallábase su esposa en La Guardia, pasando unos días con su hermana Demetria, que volvía de Royan y Burdeos, vendimiados ya los ricos viñedos que Calpena poseía en la Gironda. Las dos hermanas gozaban de verse juntas después de larga ausencia. No quiso, pues, Ibero informar a Gracia de la barrabasada de Santiaguito. ¿A qué aguar su felicidad con esta noticia, si el chico había de parecer pronto? A este fin, escribió a varios amigos suyos, uno de Zaragoza, otro de Madrid, para que buscasen al prófugo. Punzante corazonada le decía que a Madrid había ido Santiago, movido de su alocada imaginación. El amigo que en la Corte recibió el encargo de Ibero y poderes para buscar al fugitivo y apresarle con todo el rigor de su segundo padre, era el teniente coronel don Jesús Clavería, compañero inseparable de Ibero en las fatigas de la guerra, su fraternal amigo en la paz. Desgraciado en su matrimonio, Clavería obtuvo pocas ventajas en su carrera, por no disimular sus inclinaciones harto vivas al Progreso y la Democracia. Era un temperamento generoso, sincero, rectilíneo; miraba más a sus ideales patrióticos que a su personal provecho. Desde el 56 cayó en desgracia, viéndose obligado a pedir el cuartel. O'Donnell le tenía por sospechoso, y le molestó durante algún tiempo con vigilancias humillantes. A pesar de esto y favorecido por su conducta correctísima, vivía en Madrid bien quisto de todo el mundo; sus relaciones con personas de este y el otro partido eran muy cordiales; frecuentaba el Casino por no tener afectos en su vivienda solitaria, y era un ocioso simpático, uno de estos madrileños castizos que adornan todos los paseos y ocupan lugar preferente en el movible museo de caras conocidas. La primera diligencia de Clavería al recibir el encargo, fue echar un pregón en el Casino; luego lo echó en el café de la Iberia. Nadie daba razón del tal Iberito. Los círculos y peñas del Suizo tampoco respondieron. Un encuentro casual con Maltranita hizo al fin la luz. El prófugo había llegado a Madrid, instalándose en la casa de huéspedes de la Milagro; pero a los quince días de estar en ella desapareció por escotillón como había venido. «Salió una tarde diciendo hasta la noche, y todavía le estamos esperando». Así lo contaba Maltrana ya muy avanzado Diciembre. De este dato precioso partieron las gestiones emprendidas con febril ardor por Clavería, ayudado del joven estudiante. La primera indicación para una pista segura la dio Segismundo Fajardo, el ubicuo parroquiano de todos los cafés de Madrid, y por consejo de él fue interrogado don Víctor Ibrahim. Hombre muy tardo en sus respuestas, por el afán de rodearlas de misterio y de farandulería, el castrense recomendó que se buscase el testimonio del teniente Estercuel. Pero Estercuel había sido trasladado a Zamora días antes. Por fin, siguiendo el rastro al través de la oficialidad de Cazadores de Figueras, acuartelados en Leganés, se llegó al punto importante de la prisión del sargento Quirós y dos paisanos, uno de los cuales era un jovencillo imberbe. Amigo de Clavería era el teniente coronel de Figueras. A él se fueron los investigadores, sin obtener la claridad que perseguían. He aquí las manifestaciones del jefe del batallón. O el jovenzuelo detenido con el sargento había falseado su nombre, o no era el que buscaban con el nombre de Santiago. De su paradero nada sabía el teniente coronel, pues los dos paisanos entregados a la autoridad gubernativa salieron en cuerda de presos... ¿Para dónde? ¿Para Melilla, para el castillo de Gibralfaro en Málaga, para Cartagena? Ante estas vagas referencias, pateó y echó fieras maldiciones Clavería, gritando: «¿Pero así se encarcela a infelices ciudadanos, y se les conduce al destierro sin formalidad alguna ni decir siquiera a dónde los llevan? ¿En qué país vivimos? ¿Es esto España, o una colonia fundada por el Congo en tierras europeas?». Y el de Figueras, lastimado también y algo confuso, le contestaba: «Amigo mío, no hemos hecho los militares la Ley de Vagos. Es cosa del Gobierno, a quien los dedos se le antojan conspiradores. Hablen ustedes con el Gobernador civil, con el Ministro de la Gobernación, con el Ministro de Gracia y Justicia, con el Director de Penales, con el Presidente de la Junta de Cárceles, con el Inspector de la Guardia civil, con el Juez de la Inclusa... (siguió enumerando en broma), con el Comisario general de Cruzada, con la Secretaría de la Interpretación de Lenguas, con el Nuncio apostólico, con doña Polonia Sanz, con el padre Claret, con el moro Muza...». No exageraba el teniente coronel: la peregrinación que emprendieron los buscadores de Iberito, abrazó innumerables compartimientos de la superficie burocrática del Estado, toda llena de aposentos claros y obscuros, de cavernas, zahúrdas y pasadizos. Dos semanas de labor infatigable no dieron resultado alguno. Nadie sabía nada. En toda estancia de aquella Babel culpaban a la estancia vecina, y en ninguna faltó un hombre indolente que alzara los hombros significando su desprecio de la vida y de la libertad de los ciudadanos. Aburrido y desalentado, Clavería dio a Santiago Ibero cuenta de su indagatoria, tan prolija como ineficaz. Gran consternación en Samaniego y La Guardia. Enterada Gracia de la pérdida de su primogénito, sufrió terribles ataques nerviosos. Dejola Ibero al cuidado de la sin par Demetria y del marido de esta, y se fue a Madrid en Enero del 62. Juntos los dos amigos, repitieron las indagaciones, y, por fin, la Guardia civil señaló una pista con visos de segura. Según dijo Ibero, las diligencias del cura Baranda dieron por resultado el encuentro de un sargento inválido que iba semanalmente al mercado de Almazán con una carga de sal. Milmarcos, que así se llamaba, conoció a Santiaguito en el mesón de aquella villa, y le aposentó luego en su casa de Tor del Rábano. El móvil del descarriado muchacho no era otro que agregarse a las tropas que iban a Méjico al mando de Prim. Con esta idea coincidían las indicaciones de la Guardia civil, resultando de todo que bien podía suponerse, con probabilidades de certeza, que no fue Iberito el preso de Leganés... Al desaparecer de la casa de huéspedes debió de tomar el camino de Cádiz, y al fin, en esta plaza hallaría modo de introducirse en el vapor que últimamente transportó más tropas para la Habana. Pudo embarcarse el muchacho furtivamente y sin papeles, por el sistema escurridizo de los pasajeros apodados polizones... Resuelto a no desmayar en la cacería de la verdad, partió Ibero a Cádiz... Doloroso es consignar que volvió a Madrid a fines de Febrero con la pena y desesperación de un nuevo fracaso. O Iberito había logrado colarse en el vapor de Enero, o andaba escondido Dios sabía dónde, o era ya difunto. No acertando a consolar al afligido padre, Clavería y otros amigos daban por cierto que el chico pisaba ya el suelo americano, realizando con osadía caballeresca su pensamiento. Lo más práctico sería, pues, escribir a las autoridades de la Habana, o al mismo Prim a Méjico, para que buscaran al prófugo y bien custodiado lo mandasen a la Península... No alcanzando a estos dos personajes las relaciones de Clavería, solicitó este los auspicios de un buen amigo, el marqués de Beramendi, que se mostró en extremo bondadoso y servicial. «Mañana es correo -le dijo-. Yo escribiré a Serrano, presentándole el asunto como cosa mía, para que lo tome con interés. Con Prim no tengo confianza; pero Manolo Tarfe, que es uno de sus corresponsales en Madrid, y en todos los correos le da conocimiento de cuanto aquí pasa, le escribirá mañana mismo. Yo respondo de ello». Uniendo lo cortés a lo diligente, invitó a un almuerzo íntimo, para el día inmediato, a Clavería, Ibero, Manolo Tarfe y algún otro amigo. De sobremesa se trataría del asunto que bien pudiéramos llamar ibérico, y se escribirían las cartas. Así fue. Reuniéronse todos a la hora indicada. Ibero fue presentado a Tarfe, resultando que se conocían: ambos recordaron haber hecho juntos en diligencia la travesía de Las Landas, viniendo Ibero de Francia con su señora y dos niños pequeños... «Fue el 52, ¿no es eso? -El 52, justo -replicó Santiago-. Recuerdo la fecha porque veníamos de París, donde no se hablaba de otra cosa que del casamiento de Napoleón con Eugenia. -Y de lo mismo hablamos nosotros en el paso de Las Landas». Al sentarse a la mesa, dijo Beramendi que había escrito a Serrano recomendándole el asunto del niño perdido. Urgía que Tarfe hiciera con toda eficacia la misma recomendación al general Prim en la carta de aquel día. Así lo prometió, y esta incidencia llevó de lleno el pensamiento y la palabra de todos los presentes a la campaña de Méjico. «Para mí -afirmó Tarfe-, ya no hay secreto en la expedición: ya sé que Inglaterra y España van engañadas, vendidas... Así se lo escribo hoy al General... El convenio de Londres, después de establecer el objeto de la intervención, dice: 'Las altas partes contratantes declaran que no buscan ninguna adquisición de territorio, y que no ejercerán en los asuntos interiores de la Nación mejicana influencia alguna que menoscabe su derecho para escoger y constituir libremente su forma de gobierno'. ¿No dice esto? Pues todo es una comedia. Francia va resueltamente a cambiar allí la República por la Monarquía, y a colocar en el trono a un Príncipe europeo». Asombro de Ibero, novato en estos cubileteos de la diplomacia; dubitación de Clavería, risa de Beramendi, dejando traslucir que el notición no era cosa nueva para él. «Te ríes porque crees estar tan bien informado como yo. Por Guillermo Aransis, que llegó anteayer de Viena, sabes el nombre del candidato; pero ignoras cómo se ha fraguado este complot contra la República mejicana, y qué manos han tejido la fina trama. Yo he recogido excelentes testimonios, y hoy le mando al General un protocolo curiosísimo para que se divierta y rabie un poco... Ya verá en la que se ha metido. -El candidato es el archiduque Maximiliano -dijo Beramendi-, hermano del Emperador de Austria. Para mí no es ya rumor, sino hecho positivo. Maximiliano será Emperador de Méjico. ¿De dónde ha salido esta candidatura? Para mí no es difícil precisarlo... Ya sabes que en la gestación de las revoluciones, así como en la de las restauraciones, veo siempre manos femeninas. Es una manía, si quieres. Por algo la divinidad de la Historia es mujer: la musa Clío. Pues en París, hace ya algunos años, he visto de cerca la acción mujeril trabajando fieramente por la monarquía mejicana. ¿Conociste a la bella Errazu, a la Guibacoa, a la Uribarren, damas mejicanas, tan ricas como hermosas, y por añadidura furiosamente ultramontanas? Ya en los salones del Elíseo conspiraban contra la libertad de su país, y esas y otras, también fastuosas y bellas, han reanudado en Tullerías la intriga para cambiar en Méjico la forma de gobierno, condensando ya sus ideas en la persona de Maximiliano. -No han sido señoras, Pepe, sino hombres de fuste; ha sido la clase aristocrática y rica de la República, expatriada voluntariamente a la muerte de Santana, el único que allí contuvo los desvaríos democráticos; ha sido el arzobispo Labastida, que no se resignaba a la desamortización eclesiástica, llevada a efecto por Comonfort; ha sido el alto clero, la Curia romana... -Iniciadores fueron tal vez; pero sus planes habrían quedado reducidos a declamaciones de un coro sentimental, si las damas elegantes... ¡cuidado con ellas, que son de Caballería!... no se hubieran lanzado a la pelea. En estas campañas sólo la bandera es de los hombres; a las mujeres pertenece la gloria del combate y del triunfo. -No dudo que influya el bello sexo, Pepe; pero esto, según mis indagaciones, viene de más alto. Napoleón, por farolear en Europa y fascinar a los franceses, inventa las empresas militares más fantásticas. Un imperio en Méjico, ¡qué bonito! La bandera tricolor plantada en el árbol de la Noche triste, ¡qué teatral! Además, el hombre quiere hacer buenas migas con Austria... puesta la mira en el Rhin y en la Prusia Renana... El niño no tiene ambición que digamos... Luego, mi señora la Emperatriz Eugenia, ante quien me postro con toda la admiración y el respeto del mundo, gusta de improvisar tronos... ¡ella, que subió al de Francia con increíble suerte!... y ahora se solaza haciendo Emperador a un Príncipe austríaco, y Emperatriz a una Princesa belga... Es un bonito juego... Póngote de soberano en Méjico, aunque te ponga prendido con alfileres... -¿Lo ves, Manolo?... Y luego negarás que las faldas empollan los imperios... Para tu gobierno, te diré que la idea de llevar un Rey a Méjico es antigua. En mis mocedades de Roma conocí yo a un mejicano extravagante, Gutiérrez Estrada, que tenía por ídolo al príncipe de Metternich, y procuraba imitarle hasta en el vestir. Usaba unas corbatonas formidables y unos cuellos altísimos. En casa de Antonelli le vi algunas noches, con su levita color café, muy ajustada, y una placa de brillantes en el pecho... A lo mejor se lo encontraba uno en el Pincio, lleno el faldón de periódicos ultramontanos, L'Univers, La Civiltà Cattolica; leía febrilmente, y hablaba solo cuando no tenía con quién hablar. Yo le abordé algunas veces por pasar el rato, pues el hombre admitía conversación del primer paseante desconocido con quien topaba, y no hacía la menor reserva de sus pensamientos y sus planes. A vueltas andaba con una idea fija, que era cambiar la forma de gobierno en Méjico, con lo que ganarían mucho el orden y la religión. En Viena pasaba largos meses dando matraca al príncipe de Metternich, y por variar se iba después a Roma y la emprendía con Antonelli. Era un hombre afable y bastante instruido... ¡Pues, digo, si trabajó el hombre para plantar una corona sobre el escudo de su país! Muchos le tuvieron por loco. Luego ha venido la Historia a darle la razón, que esto está muy en la naturaleza de la Historia: dar la razón a los que no la tienen. Pero lo repito: ni Gutiérrez Estrada, ni los ricos mejicanos que trabajaron después por la misma idea, Sánchez Navarro, Hidalgo, Arroyo, ni Almonte últimamente, habrían visto en Méjico monarquía del tamaño de una lenteja, si las señoras no sacan del pecho el Cristo, y de la liga la navaja... -Oigame usted, Marqués -dijo a esta sazón Santiago Ibero-, y perdone que hable de mi pleito. Si tan grande es la influencia de las damas en los asuntos públicos, ¿por qué no ha de serlo en los privados? Pequeñísimo, insignificante asunto es este de la desaparición de mi hijo, pues sólo a mí y a mi familia interesa. Y pues nada hemos conseguido de las autoridades ni de los altos o medianos poderes, ¿sería locura que nos encomendáramos a una, o tres, o veinte señoras de esas ricas y guapas que según usted todo lo pueden? -Es una idea, es una idea -respondió Beramendi risueño y pensativo-; hay que pensar en ello... Yo pensaré...». - VII - Corrían las horas, arrastradas suavemente por la conversación amena, y Tarfe anunció que concluiría su correspondencia en el despacho del Marqués. Aún le faltaba lo mejor para dar al general Prim un informe interesantísimo, y era que doña Isabel, al enterarse de que los franceses, llevaban un Príncipe austríaco al trono de Méjico, puso el grito en todo el sistema planetario. Su Majestad habló así: «¿Cómo se entiende? ¿Un soberano a Méjico, y no es la reina de España quien lo elige? Ya verá Napoleón cuántas son cinco. ¡Como si no tuviera yo en mi familia príncipes para surtir a toda América! No daría yo poco, bien lo sabe Dios, por tener algún trono lejano donde colocar a Montpensier; a don Juan, mi primo, que acaba de reconocerme; a este otro primastro don Sebastián, y a los demás que me vayan reconociendo». ¿No crees que esto dijo doña Isabel, Pepe? -Tan bien la imitas, que me parece que la estoy oyendo. Pero no te entretengas; acaba tu carta. Me figuro que lo que le escribes a Prim de la candidatura de Maximiliano ya está harto de saberlo. También sabrá, por las cartas de Muñiz, toda la menudencia política de aquí, el cariño que le tienen los vicalvaristas, que esperan ver cómo se estrella en Méjico. Vete al despacho... y no te olvides de que has de poner en pliego aparte recomendación muy expresiva, para que se tome el trabajo de averiguar si entre las tropas, o entre los paisanos que siguen al ejército, está el hijo de este señor. Toma la nota con la filiación exacta». Retirose Tarfe a escribir, y con Beramendi quedaron solos Ibero, Clavería y otro comensal, no mencionado antes, porque durante el almuerzo no desplegó los labios más que para pronunciar tímidamente algún monosílabo de urbanidad o aquiescencia, y parecía estatua puesta a la mesa, con mecanismo para comer pausada y limpiamente. Era más que viejo, un hombre de buena edad, desmedrado y encanecido prematuramente, fláccido y chupadísimo el rostro, barba y bigote en parte rasos por alopecia, y lo demás rapado a filo de navaja; los ojos agobiados por párpados que se abatían como si fueran de plomo, el cuerpo todo ángulos, trémulas las manos y un poco gafos los dedos. Comía el misterioso sujeto callando, sin más señales de vida que el engullir con ceremonia, el modular alguna palabra insignificante, y el desparramar vagamente alguna mirada oblicua, a medio descorrer del párpado, sobre los otros comensales. En cuanto se fue Tarfe, levantose, desdoblando lentamente su estatura y dijo con voz ultraterrena: «Si el señor Marqués no me necesita, me retiro con su venia». Despidiole Beramendi con afabilidad y estas palabras cariñosas: «Hoy no leeremos, amigo Confusio. Yo tengo que salir con estos señores cuando Manolo despache su correspondencia. Vete a trabajar, y vuelve mañana por aquí». Hizo a todos reverencia el extraño sujeto, y salió como una sombra. «Quien conoció a este hombre hace un año y ahora le vea -dijo Beramendi-, no comprenderá que así podamos saltar de la juventud alegre a la triste vejez. El que se llamó Santiuste, ahora lleva el nombre de Confusio, que él mismo se aplica olvidado de su verdadero apellido. Una enfermedad terrible de la que escapó mal curado, para caer luego en un tifus horroroso, deshizo su naturaleza física y mental. Y el que ahora ven ustedes es un guapo mozo comparado con el que me encontré hace meses, cuando salió del hospital, y se arrastraba por los declives de Gilimón como un pobre animal moribundo. Yo le había perdido de vista: ignoraba su paradero y sus enfermedades... Pues Señor, le recogí; le puse en una vivienda saludable, al cuidado de personas caritativas. Se le reconstituyó lo mejor que se pudo. Fue como cadáver que resucitamos trayéndolo un poco más acá de los linderos de la vida. A fuerza de cuidados recobró la acción muscular, el uso de la palabra con torpeza de pronunciación y penuria de voces; luego vino la escritura, que con el ejercicio gradual llegó a ser lo que fue, a medida que se iba corrigiendo el temblor de la mano. La reparación del entendimiento fue más perezosa, y las facultades del hombre muerto reaparecieron en el resucitado como destello de la luz de otros días. Casi todas sus ideas habían volado; olvidó su nombre y los anteriores sucesos de su vida, que fueron complejos y muy interesantes, dramáticos los unos, otros graciosísimos. -Fue muy enamorado -indicó Clavería-. Yo recuerdo haberle visto cuando cortejaba a la Villaescusa... -Otro más mujeriego no conocí: sus pasiones pertenecían al reino de la novela romántica. En Madrid no le faltaron conquistas; en Tetuán robó judías, moras en Tánger, y de regreso a España hizo estragos en las amas de cura, que, según él, son lo más tentador del mujerío contemporáneo. Pues aquellas aficiones y aptitudes han quedado muertas en él, y hoy vive y procede como si no hubiera mujeres en el mundo... De su ser anterior y del desplome de su entendimiento y de su memoria, no resta más que el sentimiento patrio, y una idea, una sola idea y propósito, escribir la Historia de España, no como es, sino como debiera ser, singular manía que demuestra el brote de un cerebro brutalmente paradójico y humorístico. Como entiendo que la ociosidad ha de perjudicarle, en vez de combatir esa manía, le estimulo para que trabaje en eso que él llama Historia lógico-natural de los españoles de ambos mundos en el siglo XIX... El hombre lo ha tomado con ahínco, y cuanto más trabaja, más se afianza en la fortaleza de su ser nuevo, y más aguza las dotes paradójicas y lógico-naturales que le han salido ahora... Cada dos o tres días despacha un capítulo, que me lee antes de ponerlo en limpio. En su estilo no se advierte ninguna extravagancia; en la narración de los hechos está lo verdaderamente anormal y graciosamente vesánico, porque Confusio no escribe la Historia, sino que la inventa, la compone con arreglo a lógica, dentro del principio de que los sucesos son como deben ser. Anteayer me leyó un capítulo que me hizo morir de risa. Describe los sucesos del año 23, las artes solapadas de Fernando VII para ahogar en España el espíritu liberal, la intervención de los Cien mil hijos de San Luis para restablecer el absolutismo, los acuerdos de las Cortes, la declaración de la locura del Rey. Al llegar aquí, el hombre se quita de cuentos, y... ¿qué creerán ustedes que proponen, discuten y votan al fin las Cortes? Pues procesar al Rey. Toda la tramitación del proceso es tratada por el historiador lógico-natural magistralmente, con gran prolijidad de documentación sacada de su cabeza. Pásmense ahora: Fernando es condenado a muerte... y como no resulta decoroso ahorcarle, ni tenemos verdugos que sepan degollar, es fusilado con muchísimo respeto en Cádiz, en el baluarte próximo a la Aduana... ¿Se ríen ustedes? Pues si leyeran la solemne escena de Fernando en la capilla, su conferencia patética con Argüelles, Martínez de la Rosa y Toreno, su invocación a los juicios futuros de la Historia, y luego la marcha al suplicio al son de tambores destemplados, y lo que el augusto condenado dijo al cura que le auxiliaba, admirarían al historiador, que, según dice, no tiene por musa a la vieja Clío, sino a la conciencia humana. -¡Demonio de hombre!... -dijo Ibero riendo-. Bueno: muere Fernando VII, por sentencia de las Cortes. ¿No querías Constitución? Pues toma tiros... ¿Y los Cien mil niños de San Luis, qué se hicieron? -Esto no lo sé... pero ya se las compondrá mi Confusio para escabullirlos o evaporarlos por el sistema lógico-natural. -¡Ajusticiado Narizotas!... Hombre, me gusta. Ese historiador loco es atrozmente simpático. Y yo pregunto: condenado el Rey, ¿dónde está Cromwell? -Pues él verá de dónde lo saca y a quién da este papel, porque él inventa los hechos, y si es preciso, las personas». Y no se habló más de este asunto, porque volvió Tarfe del despacho con su correspondencia terminada y lista para el correo. De la expresiva recomendación a Prim quedaron Ibero y Clavería muy satisfechos, así como de la carta de Beramendi al Capitán General de Cuba. Al retirarse, iban los dos militares esperanzados y en extremo agradecidos. Debe decirse ahora que Manolo Tarfe y Pepe Fajardo, unidos en amistad estrecha, se hallaban, por aquellos días, a ceremoniosa distancia política de don Leopoldo, cabeza y pontífice de la Unión liberal. La culpa de esta frialdad no fue de la cabeza, sino del brazo, Posada Herrera, que desatendió las recomendaciones de los dos en asuntos locales, y privó a Tarfe, en las elecciones últimas, de aquel apoyo que hipócritamente llamaban influencia moral. Claro es que no se separaron ostensiblemente de la Familia feliz; pero sólo ponían un pie en ella; el otro lo tenían alzado sin saber aún dónde sentarlo. En el campo moderado no podía ser; en el progresista, tampoco. ¿A dónde irían, pues? Prim no era un partido; pero si una incógnita sugestiva, una bella esfinge, cuya postura majestuosa y mirar profundo anunciaban poder, fuerza, dominio. Desde que volvió de la guerra de África, adquirió ese respeto con que las clases intermedias de aquella sociedad miraban al futuro y probable caudillo militar, repartidor de mercedes, engarzador de voluntades, y clave de una situación política. Mezclando en sus largos coloquios la realidad tangible con las intangibles conjeturas, Tarfe y Beramendi construían la figura de Prim en los venideros espacios de la Historia, y después de engrandecerla a su gusto, se ponían a su lado, con perspicacia de hombres prevenidos. «La Unión Liberal no le traga -decía Tarfe con hondo convencimiento-. ¿Pues por qué le han mandado a Méjico? Por alejar un peligro: esto es bien claro. Lo que hace falta es que vuelva pronto. Cuando quiera será jefe del nuevo partido liberal, sinceramente liberal dentro de la Monarquía... a la inglesa. ¿No crees que será liberal a la inglesa? De su monarquismo no podemos dudar, después de lo que dijo a la Reina en el acto de cubrirse como Grande de España. -No te fíes, Manolo -replicó Beramendi, hombre de vista muy larga y atrevido sondador del alma humana-. Yo veo en la ambición de Prim lejanías que tú no ves. Te diré además que no veo en mi protegido Confusio un perturbado de tantos como andan por el mundo; téngole por una inteligencia de fuerza irregular y ciega, que se lanza sin tino a la cacería de las verdades distantes. Yo me siento algo Confusio; mis corazonadas se confabulan con mis desvaríos para no ver en Prim un General político y jefe de bando como los que ya tenemos... Ojalá vuelva pronto. Yo, cuando le vea, le diré: «Hola, Cromwell, ¿ya estás aquí? Me alegro de verte». Creyó Tarfe notar en su amigo un ligero amago del achaque mental que en ocasiones le acometía, y discretamente llevó la conversación a otro asunto. - VIII - Pasaron días, y el buen Ibero, ocioso en Madrid y atribulado por la inutilidad de sus pesquisas, se volvió a Samaniego, a donde le llamaban el cuidado de su familia y atenciones de su hacienda y labranza. Clavería quedaba en la Corte a la mira del asunto, aguardando noticias de la Habana y Veracruz... Siguió visitando a Beramendi una o dos veces por semana: el trato del Marqués, como el de Manolo Tarfe, le agradaba en extremo. Pero su trinca favorita, a más del Casino, era el café de la Iberia, donde diariamente se veía con Muñiz, Sagasta y Calvo Asensio, paisanos, con Moriones y Lagunero, militares. En aquella tertulia pudo hacerse cargo de que el verdadero confidente y corresponsal del general Prim era Muñiz, que le informaba de las menudencias políticas, por menudas importantes en esta sociedad más gobernada por la intriga que por las ideas. De Méjico llegaban noticias favorables o adversas, según venían por la vía francesa o la vía inglesa. Hoy: los jefes de las tres Potencias aliadas operaban en perfecta armonía. Mañana: Sir Charles Wike, Prim y Jurien de la Gravière andaban a la greña. Como hecho cierto, se supo que los aliados habían celebrado convenio con las autoridades de Méjico para instalarse en lugares menos insalubres que Veracruz. Franceses y españoles acamparon en Orizaba y Tehuacán... En sucesivas conferencias, Inglaterra y España reconocieron explícitamente la autoridad presidencial de Juárez, tratando con él por mediación de los ministros mejicanos Echevarría y Doblado. Uno de estos era tío de la marquesa de los Castillejos. El General de las tropas francesas, Lorencez, secundado por Almonte, Ministro de Méjico en París, que a la sazón desembarcó en Veracruz, se negó a todo trato con Juárez, y apuntó la idea de que al amparo de los aliados se convocase un Congreso nacional con carácter de constituyente. La intención de Francia no podía ser más clara ni más napoleónica. Asamblea de amigos y cacicones, reclutada más que elegida entre los pocos adictos a la idea monárquica; plebiscito a gusto de Francia; retablo mejicano movido por el Maese Pedro de las Tullerías. Trinó el inglés y bufó Prim. El primero, emisario de un país constitucional, determinó retirarse con las naves inglesas; el segundo, representante de otro país formalmente constitucional, aunque con obstáculos, se retiró con sus tropas a Veracruz, no pensando más que en embarcarlas para volver a España; y como no tuviese buques especiales a mano, embarcó en los ingleses, y a casa, es decir, a la Habana. ¡Cristo, la que se armó en Madrid cuando se supo la retirada de Prim, con la agravante de no consultar al Gobierno ni pedirle instrucciones! Los que fueron partidarios de la expedición, creyendo que íbamos a una gloriosa campaña militar que diera mayor fuerza y mangoneo al Vicalvarismo, o Familia feliz, no se paraban en barras. Lo menos que pedían era Consejo de guerra por abuso de atribuciones, severo castigo del General... Pero este, más avisado y perspicaz que todos sus contemporáneos, no hizo caso de la malquerencia y desvíos del Capitán General de Cuba, recogió a su esposa y familia, y partió para Nueva York, despachando previamente para España a sus ayudantes, coronel Conde de Cuba y teniente coronel Campos, con un protocolo dirigido a la Reina. En él le daba cuenta de los motivos de su retirada, acompañando antecedentes y papelorios para ilustrar la cuestión. En tanto Serrano, que como O'Donnell y los pájaros gordos unionistas temía rabietas de Napoleón, y aplacarlas creía castigando severamente a Prim por su retirada, despachó a don Cipriano del Mazo con otro cartapacio para el jefe del Gobierno, en el cual acumulaba fieros cargos contra el héroe de África. La suerte de Prim dependía de que su mensaje llegase antes que el de Serrano. Bien hizo en recomendar a sus ayudantes que no perdieran tiempo, y que llegados a España no pararan hasta Aranjuez, donde seguramente estaría la Reina, por ser la época de jornada en aquel Real Sitio. Su agudeza, su rápida visión de las cosas le sugirieron aquel arbitrio, fundándose en un hecho positivo, que amigos leales le habían comunicado desde Madrid. El ardiente españolismo de Isabel II se sublevaba y enfurecía viendo elegido para el trono de Méjico a un Príncipe austríaco, con desprecio de los españoles Príncipes. ¿Podía España tolerar tal vilipendio? No se concebían en América Majestades que no fueran de acá, de la raza y pueblo que descubrió, conquistó y civilizó, como Dios le daba a entender, aquellas doradas tierras. ¿No habían de ser españoles los soberanos de América? Pues quedárase esta con sus repúblicas, que bien españolas eran por sus dictaduras y sus pronunciamientos. Esto pensaba Isabel, y Prim supo que así pensaba. Ved ahora el gracioso paso de Aranjuez, que aunque parece inventado por el diablo de Confusio, es de incontestable realidad. Recibió el Duque de Tetuán a Cipriano del Mazo, que le llevaba el mamotreto enviado por Serrano, y al punto fue extendido un decreto desaprobando la conducta de Prim e imponiéndole una corrección proporcionada a la magnitud de su culpa. Al día siguiente, se celebraba Consejo en Aranjuez. Ya tenéis a los ministros encajonados en el tren-carreta, pues no merecía otro nombre la comunicación ferroviaria de aquel tiempo... Llegaron al Real Sitio y a Palacio, y en la antecámara hubieron de sufrir un plantón como para ellos solos, pues la Reina, que comúnmente no descollaba por la puntualidad, tuvo aquel día la humorada de dar la coba a los que se llamaban sus consejeros responsables. Estaban de guardia aquel día el Grande de España Duque de Vistahermosa y la marquesa de Belvís de la Jara. Otras dos damas, la Navalcarazo y la Villaverdeja, acompañadas de Manolo Tarfe y de Riva Guisando, permanecían a la expectativa en la Saleta, pues ya se sabía que O'Donnell llevaba en su cartera el tremebundo rapapolvo contra Prim. Así dábamos gusto al coco de Napoleón III, que se comía las naciones crudas... Pues Señor, después que hubo frito la sangre a los ministros con tan larga espera, apareció Isabel II sonriente, y sin dar tiempo a que O'Donnell le dirigiese la palabra, le dijo estas memorables: «¿Pero has visto qué cosa tan buena ha hecho Prim?... Ya estoy deseando verle para felicitarle...». Don Leopoldo masculló una respuesta. Su rostro, que había ostentado una serenidad majestuosa en la jornada del 4 de Febrero ante los muros de Tetuán, se turbó y descompuso: en sus labios fluctuaba la sonrisa conejil, singular mueca de los hombres graves, cuando se ven obligados a tragarse a sí mismos. Amplió la Reina sus conceptos con razones que anulaban toda opinión contraria; los ministros asintieron entre tosecillas, y el toque final de la escena fue que el de Tetuán no se atrevió a desenvainar su decreto, y que al regresar a Madrid se redactó otro que decía: «S. M. la Reina se ha enterado con el más vivo interés de los despachos de Vuecencia, etc... y oído el parecer de su Consejo de Ministros, se ha dignado aprobar la conducta observada por Vuecencia, etc., etc...». La escena de la cámara fue referida puntualmente por el Duque de Vistahermosa a las damas y caballeros apostados en la Saleta, que no se rieron poco del gracioso torniquete con que doña Isabel volvió del revés los propósitos de su primer ministro. Prim había ganado la partida por la feliz llegada de sus edecanes dos días antes que el señor Mazo, mensajero de Serrano. El acto de la Reina, de puro gobierno personal, fue aquella vez una feliz enmienda de la ligereza del Gobierno. Este, que sólo era constitucional a ratos, fluctuando a merced de la Providencia o del Acaso, si a veces erraba por su cuenta, acertaba siempre que sus decisiones coincidían con el regio capricho... Retiráronse los curiosos comentando el suceso de la cámara; Tarfe contentísimo, como partidario de Prim y su corresponsal de chismes políticos y sociales; otros y otras trinando en competencia con los ruiseñores de aquellas arboledas. Las damas entusiastas del Imperio francés, por moda política y dilettantismo fastuoso, ponían a Prim como un trapo, y la Navalcarazo llegó a decir: «Está visto que no ha querido apoyar al de Austria, porque es él su propio candidato. El hombre ha dicho: ¿Un rey en Méjico? Pues Prim o nadie». Almorzó Tarfe con Riva Guisando en el palacete de la amiga de este, la Duquesa de Gamonal, y con ambos y con Bermúdez de Castro sostuvo terrible discusión, abogando por Prim. Salió de esta batalla bien comido, pero mareadísimo del largo disputar sin convencer a nadie, y por la tarde se fue a visitar a la Marquesa de Villares de Tajo, pues Pepe Beramendi le había dicho: «No dejes de ver a Eufrasia, y entérate bien de lo que piensa de estas cosas». La viuda de don Saturnino del Socobio, ya cuarentona y ganando en inteligencia y travesura todo lo que en belleza perdía, le recibió amablemente, y le propuso dar un paseo, visitando de paso a las monjitas de San Pascual, a lo que se prestó Tarfe, que a todo sabía plegar su flexible espíritu. No le desagradaba la visita al convento, porque en los tiempos que corrían, las relaciones monjiles eran de buen tono y aseguraban el favor de las personas más elevadas. Fueron, pues, allá, y en el plácido locutorio charlaron cuanto les dio la gana con las benditas y elegantes reclusas. Satisfecho vio Tarfe que las esposas del Señor opinaban lo mismo que la Reina en el caso de Prim. Tenían conocimiento del mensaje traído a S. M. por los ayudantes, y declaraban que por obra de Dios habían estos llegado dos días antes que el señor Mazo... ¡Vaya que querer encajarle a Méjico un rey austriaco! ¿Pues no teníamos aquí para esa plaza al Infante don Francisco, a la Infanta Luisa Fernanda con su Montpensier, que mejor estaría en América que en España, y a otros Príncipes descarriados y costosos? En fin, que Prim había hecho muy bien en decir «ahí queda eso». Con su retirada se acreditaba de buen español y de leal amigo de la Reina. Todo esto le supo a Tarfe a las puras mieles. Para mayor amenidad de la visita, charlaron las monjas de todo lo mundano, en mixtura graciosa con lo político. De regreso a la casa de Eufrasia, se recluyeron en un saloncito decorado a la chinesca para charlar de cosas reservadas que nadie debía escuchar. Habló primero Tarfe, ampliando lo que ya dijo a su amiga cuando iban hacia el convento. Eufrasia, que, por la fácil rutina de politiquear en la intimidad, adquirido había un cierto retintín oratorio, dio esta entonada respuesta: «Claro es que Prim podría formar una situación con liberales o progresistas templados. Harta de unionistas y moderados está ya la Reina. Con esto de habernos mandado a Méjico de comparsa de Napoleón, don Leopoldo y los vicalvaristas han tocado el violón a toda orquesta. ¡En buena nos había metido! La Señora está contentísima de Prim, y no desea más que empujarle... Él es adicto leal a la Reina y a la Monarquía; tiene talento; ambición noble no le falta; parece aristócrata sin serlo; es un hombre cortado para reconciliar al pueblo con la Corona... La Reina, bien lo sabe usted, ama al pueblo... su corazón tierno y generoso simpatiza con los humildes. A Pepe Beramendi lo he dicho mil veces, y a usted se lo digo ahora: la Reina es liberal de corazón... No se asombre ni se ría. Es liberal; se paga muy poco de las grandezas heráldicas... esto me consta; puedo asegurarlo... y vería con gusto que gobernaran a España hombres liberales, aun de estos nuevos que, como jóvenes, son algo alborotados... Pero... aquí viene el pero... La Libertad entra de lleno en el alma de la Reina, y avanza, posesionándose de sus afectos, hasta el momento en que dentro de dicha alma se encuentra con el confesor... En este encuentro se acabaron las amistades; la Libertad sale despavorida del alma de la Reina... -Si es así, amiga mía, no siga usted... ¿De qué vale a la Libertad entrar en ese corazón, si allí se encuentra con un huésped a quien no puede arrojar fuera? -Intentar arrojarlo sería locura. El confesor, cualquiera que sea, hace allí su casa. ¿No sabe usted por qué hace su casa? Los que absuelven, los que prodigan la indulgencia recaban de la voluntad sometida concesiones proporcionadas a la magnitud del indulto. La Reina es creyente: ya lo sabe usted. Teme que por ser demasiado dichosa en la tierra pierda el Cielo. La mejor parte del Cielo es para los que aquí sufren. Los poderosos, a poco que se descuiden, se quedan sin un rincón celestial en que guarecerse... Isabel es mujer de conciencia: cree en las penas eternas y en el eterno galardón. ¿Cómo alcanzar este? Haciendo concesiones tan grandes como los perdones que recibe... Ya comprenderá usted por qué Isabel II no quiere reconocer el reino de Italia. -Ya, ya lo veo... Lo que no entiendo, Eufrasia, es cómo ha pensado usted que nosotros, liberales... seamos poder; vamos... teniendo tal enemigo en el corazón regio. -En política todo se hace y todo se puede con habilidad y trastienda, amigo mío. No se asuste. Déjeme que le explique... En el corazón de la Reina pueden entrar ustedes siempre que no pretendan echar de allí al confesor... y entrarán como por su casa si el propio confesor les lleva de la mano... ¿A qué ese asombro? ¿Qué quiere decirme con esa boca tan abierta que parece el buzón del correo?... Lo que acabo de decirle no tiene nada de absurdo... Ni vaya usted a creer que el confesor se come a los liberales en salsa de Concordato... Si es usted amigo de Prim, aconséjele que escoja en el Progresismo un par de docenas de hombres sentados y de buen criterio. ¡Los hay, vaya si los hay! Can tero, Santa Cruz, Perales, Cirilo Álvarez, Gómez de la Serna, Roda, Madoz... Con Olózaga no cuenten, porque ese... ya usted sabe... es de todo punto incompatible... Tampoco deben contar con don Manuel Cortina, no porque sea incompatible... todo lo contrario. Pero él ni a tiros quiere entrar en ninguna combinación de Gobierno... Pues sigo: una vez que haya juntado el amigo Prim un buen hatillo de progresistas serios y templados, tiene que pensar en construir su pirámide política sobre una base ancha, anchísima, Manolo... Pues... en el Ministerio que forme ha de entrar algún hombre significado en la retaguardia política; por ejemplo, don Pedro Egaña... ¿Qué? ¿se ríe usted... cree que estoy loca? ¿Pero, alma de Dios, no ha reparado que don Pedro Egaña y su periódico han sido los más entusiastas apologistas de Prim por su retirada de Méjico? -No ha sido por amor al General, sino por el odio que los neos tienen a Napoleón. -Sea por lo que fuese, Tarfe amigo, tenga usted por cierto que sería viable, como ahora dicen, un Ministerio de Progresismo tibio con tropezones de neísmo ilustrado. Me consta también que don Pedro Egaña no haría fu, y que se dejarían querer otros que han comido con Narváez, como Alejandro Castro, quizás Benavides... Ayer mismo, hablando con Carriquiri, hicimos un recuento de los moderados que están rabiando por deshacerse del Espadón... ¿Qué dice usted? ¿Se ha quedado lelo? La gramática política, que es parda como usted sabe, tiene por regla principal aprovechar las ocasiones... Recoger a los descontentos es otra regla muy práctica. Si usted no lo entiende, Prim, que es listo, lo comprenderá... Con que, ¿he dicho algo? -Más de lo que yo esperaba, y todo substancioso, como de quien conoce a fondo la realidad de las cosas y ve en la política un arte culinario, no para dar de comer a los pueblos, sino para matar el hambre de cuatro vividores... No creo, amiga mía, que esté el país para esos pistos o bodrios indecentes. Cuando Prim sepa la comida que usted le prepara... creo que se le revolverá el estómago... Y hasta otra tarde, mi dulce amiga. Me voy: temo perder el tren». Despidiéndole en la puerta, Eufrasia con fría serenidad sonriente le dijo: «El guiso que les ofrezco es el único. No hay otro, Manolito. Pruébenlo: no sabe mal. Todo es acostumbrarse... La cuestión es ir viviendo...». - IX - Cuando Tarfe contó a Beramendi la entrevista con Eufrasia, no advirtió en el rostro de su amigo sorpresa ni disgusto, sino más bien una tranquila indiferencia de las cosas reales. «Hace un rato -dijo el Marqués-, estaba yo embelesado con la Historia lógico-natural que escribe el gran Confusio para uso y enseñanza de los espíritus superiores, y vienes tú a darme un tirón para que descienda de las verdades sublimes a las verdades puercas, de lo estético a lo vulgar... Sabrás, carísimo Manolo, que con la muerte que mandaron dar nuestros constitucionales a Fernando VII, se produjo un estupor grande en toda la Nación; surgieron armados y feroces, los dos partidos apostólico y liberal, y estalló una nueva guerra de la Independencia, porque unidos los franceses de Angulema a nuestros absolutistas, los constitucionales se adjudicaron el nombre de españoles, y consideraron a los otros como extranjeros o afrancesados. Cinco años duró esta guerra, que Confusio describe con brillante colorido y verdad, refiriendo las acciones campales, sitios de plazas, sorpresas de guerrillas y demás incidentes de tan heroica tragedia. Tuvimos en esta campaña el auxilio de Inglaterra, y al cabo de mil peripecias quedó triunfante la bandera de la Constitución, y deshecho el malvado absolutismo. Luego viene el reinado de Isabel... -Pero tú y tu Confusio estáis locos. Muerto Fernando VII el 23, quedan descartados de la Historia el matrimonio con Cristina y el nacimiento de Isabel. -No, porque el historiador sapientísimo nos presenta a la actual Reina nacida de Isabel de Braganza. Desaparece, pues, la napolitana Cristina, y yo te juro, querido Manolo que no hemos perdido nada con la evaporación de esta figura. La Princesita Isabel, que sólo tenía meses a la muerte de su papá, es llevada a Portugal, donde la crían amorosamente sus tíos los Braganzas, y cuando tocan a restauración... el toque lo dio el partido más sensato entre los constitucionales... cuando tocan a restaurar, digo, hacia el 30, si no estoy equivocado, se forma una Regencia trina compuesta de Mendizábal, Istúriz y Zumalacárregui... -Basta, basta... ¿Cómo te diviertes con esos desatinos?... Yo me atengo a la realidad, y te pregunto cómo se arregla el historiador para explicarnos la guerra de Sucesión, y la disputa sangrienta entre los partidarios y los enemigos de la Ley Sálica. -No ha habido tal guerra. Suprimiéndola de un tajo, ha revelado el historiador su profundo ingenio. Hícele yo la misma pregunta que tú me haces ahora, y como le viera en gran perplejidad para responderme, le dije: «Lástima que al abolir a Fernando nos dejaras aquí a su dichoso hermanito». Y él: «Eso lo arreglo fácilmente, señor Marqués». ¿Qué se le ocurre al hombre? Rehacer el capítulo de la ejecución del Rey, agregando otros cuatro tiros para don Carlos... Ya ves de qué modo tan sencillo se deshizo el escritor de esa vergonzosa guerra civil que tanto había de afear y ennegrecer su historia. No hubo más guerra que la que te conté llamándola de Independencia, y en ella quedaron liquidadas y finiquitas todas las cuentas del absolutismo con la libertad, y del pasado con el presente. Naturalmente, como el mote o lema que encabeza la obra de Confusio es Aquí que no peco, el hombre altera fechas y lugares, modifica personas y caracteres, escamotea las figuras que le estorban, crea las que le convienen, infunde la vida en los organismos moribundos, todo lo embellece, todo lo ilumina... (Pausa.) ¿Qué quiere decir, Manolo, esa cara de idiota que pones oyéndome? ¿Te burlas de mis desatinos? ¿Te inspiro lástima? ¿No sabes que me revuelvo en la vulgaridad, yo, poseedor de todos los bienes materiales sin haberlos ganado por mí mismo? ¿Sabes que sufro un inmenso mal, la conciencia de no haber hecho en el mundo nada bello ni grande, nada que me diferencie del común de los hombres de mi tiempo? ¿No te he dicho mil veces que cuando me ennegrece el alma el tedio de la inacción, de la inutilidad, tengo para mi consuelo un remedio que tú no tienes, y es inflar mi globo, meterme en la barquilla, y subirme a las nubes, desde las cuales te veo como una pobre hormiga que se afana en la realidad, mientras yo respiro y gozo en las altas mentiras? -Basta, basta... Baja un poquito, Pepe, y hablemos de... -¿De qué? Déjame en paz. Cierto que te encargué visitar a Eufrasia... No debí darte a ti tal encargo, sino a Confusio, para que juntos trazaran el reinado glorioso de Isabel... ¿Qué vienes a contarme? No te escucho. Si vuelves a ver a esa desorejada de Eufrasia, le dices que se acuerde del tiempo en que ella y yo íbamos juntos por los aires... Otra cosa: ¿y de ese Iberito, has averiguado algo? Me interesa ese pájaro, que se ha soltado a volar con tanta bravura. Si yo lo encontrara, me guardaría mucho de volverlo a la jaula... Que no parece: mejor. Que estará en alguna partida de bandoleros: mejor. Que andará por los mares pirateando o contrabandeando: mejor. Que se habrá pasado al Rif y tendrá su harén: re-mejor. Todo es preferible a ser aquí teniente de Infantería, abogado picapleitos o empleado en Loterías con ocho mil reales. Las ambiciones de ocho mil reales merecen ochenta mil azotes. Admiro a ese chico que no quiere que le cuenten cómo es el mundo, y apretándose los calzones ha dicho: «Vamos a verlo». Entró en este punto María Ignacia, atraída de la vertiginosa cháchara de su marido, y con gesto gracioso y semblante risueño le mandó callar. Era la única persona que en él sabía calmar aquel hervor del pensamiento antes que llegase a la exaltación morbosa. Despidiose Tarfe. Saliendo con él hasta la antesala, María Ignacia le encargó que cuando Pepe se remontaba en el globo, le llamase al descenso con suaves modos, no con voces destempladas. A lo que respondió Manolo que lo más conveniente para el amigo sería cortarle toda comunicación con aquel chiflado Confusio que le llenaba la cabeza de disparates. «¡Ay, no, Manolo! No está usted en lo cierto. Si no fuera por ese cuitado de Confusio, mi marido andaría muy mal. ¡Pobre Pepe! Entregado a sus manías en la soledad, sin un chiflado de talento que alegre su espíritu, es hombre perdido. Confusio es para él el oxígeno, créame usted, el oxígeno». Sobre estas menudencias del orden privado y otras del orden político, no más trascendentales, cayó pronto el verano, ahogando en una ola de fuego ideas, sentires y propósitos. Prim, que había llegado a Madrid en Mayo, viose rodeado de mucha y diversa gente que en él veía un caudillo probable. Los españoles de la rama política y burocrática, que es la más numerosa, no pueden vivir sin capataz, es decir, sin una acción personal que supla la acción colectiva. Pero el de Reus, hombre cauto en las ocasiones que pedían cautela, como era el más arrojado cuando venía la oportunidad de obrar rápidamente, pensaba que, ante todo, debía defenderse en el Senado de las acusaciones que sobre él llovían por la retirada de Méjico. Llegó, por fin, el momento que Prim deseaba, en Diciembre del 62. Tres días duró el valiente discurso ante los senadores, que lo escucharon con la atención y el respeto que merecen los hombres que saben hacer grandes cosas, o dejar de hacerlas. Supo el General defender con maestría política y militar un acto negativo, y el que había sido héroe cautivó al Senado con las razones que dio para no desenvainar su espada victoriosa. Sobrio y elocuente estuvo el hombre, admirable en la defensa y en las réplicas que dio a los enamorados del Imperio francés, Bermúdez de Castro, don José de la Concha, los Marqueses de Novaliches y Miraflores, y otros. Y a pesar de tan dura lección, incurrimos en nuevas fanfarronadas, que tal fue, además de la anexión de Santo Domingo, la insensata campaña naval contra Chile y el Perú. En mal hora vino acá la moda imperial, con sus miriñaques primero, sus polisones después; vanidad de formas femeninas, vanidad de pompas bélicas. Poblaron las tribunas del Senado, en las tres sesiones que duró el alegato de Prim, damas elegantes, aficionadas al torneo de la palabra, y a ver sangre de reputaciones en la candente arena parlamentaria. La Navalcarazo y la Campofresco fueron de las madrugadoras para coger buen sitio; la Belvís de la Jara y la Gamonal, que eran de libras, ocupaban cada una dos lugares, y sudaban la gota gorda en pleno Diciembre. Aunque en la risueña bandada de señoras dominaba el criterio napoleónico, algunas, por agradar a la Reina, se iban del lado del de los Castillejos. Conviene mencionar aquí a una mujer hermosa, muy conocida en Madrid y sus aledaños por el carácter público de su liviandad, aunque no más liviana que las emancipadas dentro de la ley, mujer graciosa y despierta, Teresa Villaescusa, ya conocida del desocupado lector. Esta tal, con harto dolor suyo, no fue a las tribunas del Senado, porque en aquel tiempo la ilegalidad no tenía el fuero de exhibición en lugares destinados a la decencia pública; pero tuvo quien le contara ce por be todo lo que dijo Prim respondiendo a sus detractores, y devoró luego el Diario de las Sesiones, gustándolo como embriagadora novela o dulce poesía. Era frenética española y neta castellana; había declarado la guerra al Imperio francés en el terreno de las cuchufletas, y lanzaba toda su voluntad hacia las soluciones progresivas, sin saber lo que eran, por simpatía innata de lo nuevo y vibrante, o por concomitancias del corazón con hombre de ideas radicales. En fin, que se declaraba masona y descamisada, diciéndose con secreta presunción: «Amando las revoluciones, somos las mujeres más bonitas». Así, después de despotricar donosamente contra O'Donnell y Narváez, se miraba al espejo. Y a pesar de esto, tenía debilidad por la Reina; a su modo la quería, sin haberla visto nunca de cerca; disculpaba sus errores, y alababa el intenso espíritu democrático y absolutamente expansivo que la señora ponía en su existencia particular. La gloria presente y los venideros triunfos de Prim le quitaban el sentido; se revolvía contra los que le apoyaban con tibieza, y se dejaba decir: «No le defendemos resueltamente más que la Reina y yo». En tanto el vencedor de los Castillejos y retirado de Méjico visitó a la Reina. Así doña Isabel como don Francisco se mostraron muy amables; oyéronle referir curiosos pormenores de sus conferencias con los representantes de Francia en la expedición, y celebraron su entereza y españolismo. En sucesivas pláticas cordiales con la Reina sola, sacó Prim la impresión de que Isabel acariciaba en su mente el plan de gobierno adulterado expuesto por Eufrasia. Pero el General no se dio a partido: repugnaba formar Gabinete con fianza de unos cuantos clérigos de capa corta. Esto era humillante: su ambición no se satisfacía con vanos esplendores. No quería ser pavo real, sino águila; remontaba su pensamiento a las altas cumbres, y desde allí veía el inmenso páramo que esperaba nuevas ideas que lo fertilizaran... Con certera visión de la realidad, se hizo cargo de la extensión social del bando progresista, de la fuerza que le daban la candorosa fe y el entusiasmo de sus adeptos. ¿Por qué entre esta vigorosa familia y la Corona se interponían los famosos obstáculos? Sin duda, por no tener el Progreso una cabeza militar. Pues si Espartero se metía en su concha de Logroño, allí estaba Prim para plantar su cabeza sobre los hombros del formidable cuerpo progresista. En esto se metió por las puertas del mundo el año 63. Habló Prim en el Congreso, cerrando nuevamente contra los napoleónicos, y cuando menos se pensaba, cayó el Gobierno de O'Donnell, sin que se supiera por qué, ni se molestaran los ciudadanos en averiguarlo, hechos como estaban a las mutaciones telónicas del escenario político, las cuales removían el doloroso tumulto de los heridos por la cesantía o de los esperanzados de colocación. Cada crisis traía estridores de infierno y crujido de maldiciones. La bondadosa y antojadiza Reina no veía ni oía nada de esto. Descuidada dormía en sus esparcimientos por la virtud de las opiatas que le daban sus mayores enemigos, que eran los más próximos, sin que una voz patriótica gritara en su oído: «Mujer, las reinas no duermen tanto». El pueblo, en cambio, despertaba. Muchedumbre de voces airadas o burlonas, en toda la haz de la Península desde Pirene a Calpe, contaban los desvaríos de la Corte, la inepcia de los gobiernos, el abandono en que miserablemente yacía la vida nacional, como pupila recluida por sus tutores en un rincón de la casa. Las voces resonaban en las ciudades populosas, en las villas que parecían muertas, en las aldeas labradoras. Del conjunto de ellas resultaba un zumbido de inmenso moscardón que vagaba con vuelo de ondas inciertas, aquí más tenue, allá más profundo. Si lo aventaban, sonaba más fuerte. En todo tiempo ha flotado sobre los pueblos este invisible y runflante insecto; mas nunca, en lo que llevábamos de siglo, había expresado cosas tan feas ni tanto desprecio de los altos poderes. Nadie como el amigo Beramendi tuvo el oído más despierto para entender lo que decía el moscón en aquellos días de Marzo del 63. No mencionaba al nuevo Ministerio, ni a su Presidente Miraflores, ni al marqués de la Habana, Ministro de la Guerra, ni al de la Gobernación, don Florencio Bahamonde. Figuras insignificantes eran estas. El abejorro hablaba de más significativas personalidades, diciendo con zumbido: «Ya pareció Iberito... ya se sabe que vive y alienta el atrevido, el grande Iberito». - X - Era verdad lo que el abejarrón, con intenso run-run, cantaba en el oído que jamás dejó de percibir la voz pública. Las primeras nuevas del endiablado chico las tuvo en Marzo Maltranita por una carta sin firma ni fecha. El carácter de letra, no disimulado, declaraba la mano que la escribiera. Decía: «Alta mar a bordo del vapor de don Ramón. Estimado majadero: no estoy muerto. Vivo navegando y voy a donde me da la gana. Si me buscan, no parezco; si me siguen, no me cogen. Soy pez... Abur». Otra carta de la misma letra recibieron en Abril los padres, redactada en esta forma bien explícita: «Santiago Ibero y de Castro-Amézaga participa a sus buenos padres que está vivo y sano. ¿Dónde? No quieran averiguarlo». Firmaba Libertad. En cuanto Clavería tuvo conocimiento de las cartas habidas por Ibero y Maltrana, se lanzó a prolijas averiguaciones en los llamados Centros. De Gobernación no sacó ninguna luz; de Correos tampoco, porque la estampilla de la estafeta de origen estaba, como suele suceder, borrosa y confusa. En Marina trató de averiguar qué vapor era el que el anónimo designaba como de un don Ramón. ¿Era este el capitán, el armador o el consignatario? Nada se puso claro. Quedaba la esperanza de que nuevas cartas del caro vagabundo dieran luz y derrotero para cazarle o pescarle... En el tráfago de sus indagatorias, llevado además del gusto de la comidilla revolucionaria, fue a dar Clavería en la bonita, recatada y casi masónica vivienda de Teresa Villaescusa, donde buscaban cierta obscuridad para ideas y planes algunos progresistas de los llamados de acción, como Leal, Calvo Asensio, Muñiz, Montemar; los militares Moriones, Gaminde y Milans del Bosch, y a veces los demócratas Figueras y García Ruiz. En aquella reunión se incubaban las de mayor fuste que habían de celebrarse en la casa de don Joaquín Aguirre o en la de Olózaga. Había levantado el Gobierno gran marejada con su aviesa circular limitando las reuniones electorales. Los agraviados vociferaban amenazando con el retraimiento; dieron un Manifiesto a la Nación, documento larguísimo, quejumbroso, de intensa amargura, en el cual no se nombraba a la Reina. Esta seguía ciega y sorda. Aquel hermoso nombre que había sido emblema de libertad, alegría de los pueblos, corrompidos estaba ya en el corazón de las muchedumbres, y no sabía salir a los labios con ningún sentido respetuoso. Triste fue aquel verano. Murió Calvo Asensio de traidora enfermedad que hubo de rendirle y acabarle en pocos días, dando con todo su vigor físico y mental en la sepultura. Era un hombre de grande empuje para la destrucción política: para el construir habría sido seguramente un hombre útil, pues en su voluntad existían seguramente las dos caras de la acción. Su talento no era florido, sino adusto, genuinamente castellano; su palabra de secano, sin verdor ni lozanía; pero sabía, como pocos, imprimir a las ideas el germen fecundo y sembrarlas luego en millares de entendimientos. No había venido, como casi todos los políticos, de los campos abogaciles: era un farmacéutico que administró a su país enérgicas drogas tónicas y estimulantes. Su farmacia se llamaba La Iberia. Como no hay manera de separar aquí lo público de lo privado, digamos que la hermosa y desenvuelta Teresita Villaescusa fue atacada de la misma enfermedad que dio con Calvo Asensio en la sepultura. Pescó la pobre mujer su tifoidea en pleno verano, y con tal furia fue acometida de la terrible infección, que desde los primeros días se perdió la esperanza de sacarla adelante. Su madre, la sutil tramposa Manolita; su amigo contratista, González Leal, y su criada Felisa, asistíanla, rivalizando en cariño y esmero. Iban a velarla, por las noches, amigas y algún pariente; aunque la pobre con brava naturaleza se defendía del fiero mal, este podía más y se la llevaba, se la llevaba a rastras a la muerte. Espantoso era su delirio de media noche en adelante. Quería saltar de la cama; hablaba con imaginarias personas, monstruos o fantasmas; reía histéricamente, y se figuraba estar perseguida de gitanos o demonios. Repetía con absurdos trueques de nombres lo que había oído a los amigos que en los últimos meses iban a ojalatear a su casa. Había que oírla: «¿Ya está formado el Ministerio Prim-Gabino Tejado? No es esto, caraflis: es Prim-Cándido Nocedal. Este va a Gobernación, y a Fomento no se sabe: o Manuel Ruiz Zorrilla o González Bravo... No te fíes de los neos, Prim... Me ha dicho la Reina que te quiere mucho, que eres muy bravo... Su marido es el que no te traga... Cuando seas poder, hazme a mí de la camarilla... yo quiero ser de la camarilla...». «Esos que ahora entran, ¿quién son? ¡Ah! Pepe Alcañices y el padre Claret. Adelante: ¿tanto bueno por aquí?...». «Hola, Carriquiri, ¡qué caro se vende usted!... ¿Pero qué hace? No se meta debajo de la cama, que ahí está el gitano viejo esperando a que yo me muera para llevarme a enterrar. ¡Pero si todavía no me he muerto, caraflis! No me entierren, que estoy viva... La Reina me ha dicho que me llevarán al Escorial, donde tengo mi panteón, orilla del de los Reyes Magos... como magos, no; de los Reyes de copas... Eh, tú, dile a Prim que le van a matar... Los gitanos le matarán como me han matado a mí... sólo que yo estoy muriéndome y resucitando a cada momento. Me da la gana de resucitar, aunque no sea más que para dar un susto a ese neo, a ese padre Cirilo, que allí está mirándome y saca toda la lengua para hacerme burla... Pues yo te saco la mía, que es más larga, caraflis, caraflis...». Viéndola sin remedio, se determinó, por indicación del médico Augusto Miquis, darle los Sacramentos. Acogió ella con regocijo esta idea, pues en los instantes de remisión inclinaba su espíritu a lo religioso y al arreglo de su alma. La confesó el Padre Laforga, hombre para el caso y de manga anchísima, que hubo de perdonar a la pobre mujer todos sus pecados; y en verdad, el arrepentimiento y contrición que mostró ella, viéndose casi cogida ya por la mano esquelética de la muerte, no eran para menos... Lleváronle después el Viático, a que asistieron devotamente don Serafín del Socobio, Rafaela Milagro y otras personas muy calificadas de la vecindad (Plaza del Ángel). Y transcurridas no muchas horas desde este magno suceso, cuando ya esperaban todos ver a Teresita dando las boqueadas, he aquí que se determina una sedación intensa, que la enferma descansa, que su cerebro se normaliza, que la muerte no llega, que pasa un día, luego una noche, con mayor descanso y alivio, y en fin... que no se muere, que no la quiere la muerte. «Nada, Teresa -le dijo Augusto Miquis al declararla fuera de peligro-, que no puedo con usted... que no hay medio de matarla como no le pegue un tiro». A los quince días de esto, ya en franca convalecencia, su rostro había quedado como un pábilo, y los ojos engrandecidos parecían espantarse de su propia hermosura. Cortáronle el pelo: habría pasado por un lindo muchacho enflaquecido por los afanes del estudio, o víctima de ardientes pasiones. Viéndose viva, la pobre samaritana no cabía en sí de gozo, y agasajaba su espíritu en el abrigo consolador de las ideas religiosas. Su mantenedor González Leal dispuso llevarla a Valencia en la temporada de otoño, con lo cual Teresa completaría su reparación orgánica, y además podría cumplir la promesa