libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Pérez Galdós, Benito (1842 – 1920) Escritor español, pertenece a la novela realista española. Nació en Las Palma, Gran Canaria en 1842, autor de una abundante producción de gran objetividad y realismo, situado como el gran escritor después de Cervantes; poseedor de una gran imaginación y dotes de fino observador, lo hacen creador de innumerables personajes y situaciones llenas de real humanidad. Aborda con naturalidad temas de inspiración social, política y religioso. En 1897 ingresa en la Academia Española; elegido diputado por el partido republicano, por su participación política, la Academia se niega a proponerlo para el premio Nobel. Protestario, simpatizante del socialismo, hombre progresista y rebelde como muchos buscadores de la verdad, se templó en medio de la intolerancia. Diez años antes de su muerte es afectado por una ceguera progresiva. Entre sus novelas más conocidas figuran: Fortunata y Jacinta, (1886) Doña Perfecta, (1876) Misericordia, Miau (1888); Nazarín, (1895) novela en la cual su personaje central logra una acertada mezcla entre Cristo y Don Quijote, intentando rescatar el verdadero sentido del cristianismo cuando está al servicio del ser humano; la voz que clama en el desierto. Muere el 4 de Enero de 1920. EPISODIOS NACIONALES POR B. PÉREZ GALDÓS LA CAMPAÑA DEL MAESTRAZGO MADRID 1889 La campaña del Maestrazgo Benito Pérez Galdós - I - En la derecha margen del Ebro y a cinco leguas de la por tantos títulos esclarecida Zaragoza, existe la villa de Julióbriga, fundación de romanos, según dicen libros y rezan lápidas desenterradas, la cual, en tiempos remotos, mudó aquel nombre sonoro por el de Fuentes de Ebro, con que la designaron cien generaciones aragonesas. No por los hechos históricos que ilustran esta villa (pues en lo antiguo dicen que fue lugar de moros, y algún chinazo le tocó en la guerra de la Independencia y en los dos inmortales sitios); no por la fertilidad de su término, regado por el Canal Imperial; no por las estameñas que fabrican sus tejedores, ni por las excelentes lechugas que crían sus huertas, ni tampoco por su gótica iglesia parroquial, donde yacen, en desmoronados sepulcros, multitud de Condes de Fuentes que rabiaron o hicieron rabiar al pueblo, aparece este en la primera página de la presente relación, sino por la fama del parador de Viscarrués, situado en la plaza junto a la llamada casa del Rey, el cual gozaba de gran crédito y favor entre los arrieros y trajinantes que comunicaban a Zaragoza con el Reino de Valencia. Asimismo confluían allí los trayectos peoniles y carromateros de la parte de Alcañiz, del Maestrazgo y Vinaroz, de la tierra baja de Teruel, Híjar y la cuenca del río Martín. Los barqueros del Canal Imperial, así como todo el personal de fontanería, eran también fieles parroquianos de Viscarrués, el cual daba excelente trato a las caballerías primero, a las personas después, y poseía un amplio local con cuadras extensas, donde podían acomodarse, entre animales y arrieros, como unos treinta pares. En el piso alto no faltaban aposentos para señores, algunos hasta con camas, otros bien acondicionados de mullidos jergones. Era la cocina monumental, con el hogar guarnecido de poyos, y por uno y otro lado mesas largas, donde podían tomar el pienso hasta veinte parroquianos. Servía Viscarrués un Cariñena superior, sin competencia en cuatro leguas a la redonda, y para todo pasto un tintillo de Contamina que en lo de alegrar corazones y cabezas parecía hermano de la jota. Uno y otra procedían de la misma cepa. Los más de los días Viscarrués y su familia no tenían manos para servir a la mucha y diversa gente que en el parador se juntaba. Uno de los criados, llamado Guasa (verdadero apellido, no apodo), natural de Jaca, y más vivo que el azogue, hacía milagros de ubicuidad y diligencia. Pero llegó un día; mejor dicho, llegaron tres días, en que ni el ventero con sus hijas y su mujer, ni Guasa con toda su agilidad ratonil, pudieron atender al golpe de personas y acémilas que se metieron por aquellas puertas con hambre y sed, pidiendo vino, cebada, carne y un montón de paja para dormir. Furioso Viscarrués por no disponer de cuádruple local, se tiraba de los pelos, y su mujer del moño; Guasa andaba de coronilla; la parroquia se impacientaba; todos pedían a un tiempo su remedio. Con gran trabajo y a puñados les iban acomodando aquí y allí, metiendo ocho en cada cuarto de arriba, estibando a otros en las cuadras, por grupos, por series, por manadas: y para dar de comer se ponían los platos en el suelo, por no haber ya mesas, los jarros de vino pasaban de boca en boca, sin vasos; los guisados iban a la rueda en grandes fuentes, chorreando salsa, y no se oían más que voces airadas del que pedía su parte, del que, no contento con la primera ración, pedía la segunda. Aquí esgrimían cucharas, allá repicaban en los vasos con toque de cuchillos. El vino abundante suplía las escaseces del comer, y si en una parte echaban maldiciones a Viscarrués, en otra le vitoreaban como al primer posadero del mundo. «Hay que días como este», decía él, rascándose la cabeza, luego los brazos, levantándose después la faja que se le caía. A Guasa colmábanle de injurias, que le excitaban a un enojo risueño; y era tal su sofocación, que regaba con honrado sudor los manjares que servía. Fue a causa de tan desmedida aglomeración la coincidencia de dos caravanas de pasajeros, la una que venía de Oriente huyendo de la guerra, la otra de Occidente que hacia la guerra iba. Componían la primera familias neutrales o que querían serlo, algunos lisiados y enfermos; la segunda constaba, principalmente, de la oficialidad y clases de una columna enviada del Norte para incorporarse a la brigada de Borso di Carminati. La guerra mata y resucita; destruye y crea. La sangre que no se derrama en los combates, circula con más vigor, y nutre partes desmedradas del organismo social, mientras otras perecen. Viscarrués, que se estableció sin un cuarto en 1830, se retiró el 46 con el riñón bien cubierto. Sus hijos siguieron carrera en Zaragoza. Traspasado el parador a Guasa, este se hizo también rico, y en 1860 poseía casas en la Almunia, un café en Cariñena, y suyos eran los coches de la estación de Calatayud, y los que hacían el servicio a Paracuellos de Jiloca. Volviendo a lo que se refiere, debe decirse que aquel tumulto del parador de Fuentes de Ebro pertenece a las cronologías del año 37, que hasta en los mesones había de ser año de confusión y trapisondas: el mes era Febrerillo loco. Un solo dato pudo arrancar el historiógrafo a la empedernida memoria de Mateo Guasa: era que aquel día fue el primero del año en que se agregaron al cocido las habas verdes. Y que estaban muy buenas, como declararon todos, con excepción de una señora, ribereña de Navarra, que sostuvo la superioridad de las habas de tierra de Cintruénigo... A esto observó uno, después de empinar el codo, que mejor que las habas le sabían a él las hembras de la Ribera, y buena muestra del género era lo presente, cuya gentileza y hermosura a todos cautivaban... Replicó ella con donaire que no era ensalada más que para un solo y único dueño, el cual no admitía bromas. Pronto se corrió entre los individuos de aquel jovial grupo que la tal moza era casada, y que iba a la guerra con su marido, sargento recientemente ascendido a alférez, el cual se alojaba también allí, y había salido a ocupaciones del servicio. Entrando en conversación la hermosa mujer, en quien habrá reconocido el lector a Salomé Ulibarri, les dio cuenta, con abundosa y pintoresca verbosidad, de los prodigios de Luchana y Banderas, y de las proezas que allí había realizado Baldomero Galán, su esposo, secundando las disposiciones del otro Baldomero. El empleo de alférez era recompensa mezquina para servicios tan eminentes... Despertada en el auditorio la curiosidad, se prolongó el relato de lo de Bilbao bastante tiempo, tan gustosos ellos de oír a la historiadora, como esta de pregonar tan lucidas hazañas. Emprendieron después los otros historia fresca de lo del Maestrazgo, que habían visto; pero a lo mejor de ella, solicitada de otra parte la atención de Saloma, se apartó de la mesa. Mirando casualmente hacia la escalera del parador, vio que por ella descendía un caballero anciano en compañía de dos mozos, al parecer de su servidumbre, el cual, renegando con agrias voces de no encontrar alojamiento adecuado a su categoría, avanzó hacia la calle cogido al brazo de un criado. Tanto el fláccido rostro del noble señor, como su desmayado cuerpo y su deslucida y polvorienta ropa, declaraban el cansancio de un largo camino. Fue tras él Saloma, y viéndole parado en medio del portal, se le puso delante en actitud de quien intenta dar una sorpresa; mas no hizo el buen señor ademán de conocerla. Impaciente y desconcertada la moza, además movida de grande compasión hacia el caballero, le tocó suavemente en el brazo, diciéndole: «¿Pero es posible que no me conozca o no quiera conocerme el Sr. D. Beltrán de Urdaneta?». «¡Saloma... hija... chica! -exclamó el prócer abriendo los brazos-. ¿Tú por aquí?... Maña, te he conocido por la voz... ¿No sabes? ¡Ay, me estoy quedando ciego!... Salgamos un poquito afuera, para que con la luz de la calle pueda ver tu hermosura. -¿Pero a dónde va por aquí tan descarriadico, señor? -Hija... es largo de contar -replicó Don Beltrán, sacando un pesado suspiro de las honduras de su pecho-. Me muero de fatiga, de hambre... y ese bruto de posadero no quiere alojarme... No puedo ya con mi cuerpo... ni con mi alma. -Todo lo de arriba está lleno... En cada aposento siete personas... como sardinas. Tampoco yo tengo cuarto. -Déjame, déjame que te mire... -dijo el prócer acercando su rostro al de ella, embobado, sobreponiendo su afición estética a las tristezas del desamparo en que se veía-. Sí, sí: te reconozco... ¡Qué linda eres! Si no fuera sacrilegio suponer que Dios se equivoca, le preguntaría por qué no te hizo nacer en posición elevada. Habrías sido una gran mujer, una gran dama, una.»... Más atenta a proporcionar al noble señor el reparo que necesitaba que a sus delicados galanteos, le dijo que urgía disponerle al instante la mejor comida que se pudiese. Enganchándole del brazo, le condujo hacia la cocina, dando voces al paso, en requerimiento de Guasa y de los demás servidores de la posada. «¡Qué desconsiderados sois! -dijo al propio Viscarrués-. ¿Pero no conocéis al señor, el primer noble de Aragón? No sabéis tratar más que con animales». Disculpose el ventero, alegando que no había conocido al Sr. D. Beltrán, y se apresuraron amo y criados a ofrecerle cuanto tenían. A ratos ayudando a servirle, a ratos sentada frente a él viéndole comer y beber con gana, nuevamente le interrogó Saloma sobre su viaje, movida no tan sólo de la mujeril curiosidad, sino del interés afectuoso y desinteresado que el ilustre viejo le inspiraba. «¿Va el señor a Zaragoza, o viene de allí? -Vengo, hija, vengo... He salido de Cintruénigo con ánimo de no volver más allá. Un rapto de cólera, de orgullo, de dignidad más bien... Yo soy así: no tolero que nadie me humille; y las impertinencias y groserías de Rodrigo y de Doña Urraca han sido tales, que no he tenido alma para tolerarlas más tiempo. Salí del caserón de Idiáquez como un colegial que se escapa. A la falta de libertad, al despotismo de Doña Urraca y de su hijo, prefiero la vagancia, la miseria, la muerte misma... No más, no más... -Supe que el señor había ido a Medina de Pomar. -Y no encontré ¡ay de mí! la acogida que esperaba... Ya no hay hijos, quiero decir, hijos buenos. Esa raza concluyó. Con estas malditas guerras entre hermanos, parece que ha venido al suelo toda ley de humanidad, y hasta los sagrados fueros del parentesco y de la sangre... Al hablar de estas cosas, se me atraviesa aquí en el pecho un bulto, una cosa dura y lacerante que no me deja comer ni respirar... Espérate a que pase... Ya pasa... Te contaré en dos palabras que al volver de Mena, donde, lo repito, encontré más egoísmo que piedad, desconsideraciones que me han llegado al alma, recibiéronme los Idiáquez de un modo muy desapacible. Los morros de Doña Urraca se extendían cuarta y media fuera de las líneas borriquiles de su rostro, y mi esclarecido nieto no hacía más que contrariar mis hábitos y rodearme de estrecheces indecorosas. ¿La causa de esto? Es muy sencilla. Sabrás que entre mi nuera y Doña María Tirgo habían concertado la boda de Rodrigo con una rica heredera de La Guardia. Celebráronse vistas. No sé lo que pasó, pues yo me hallaba en Mena; sólo supe, antes de salir de allí, que de improviso y con algo de estruendo se vino a tierra todo aquel tinglado de la boda. -¿Y le echaron al señor la culpa? -Naturalmente: yo soy el gato, el niño enredador causante de todas las roturas de platos y demás averías que ocurren en la casa. No hay quien le quite de la cabeza a Juana Teresa que por intrigas mías se deshizo el bodorrio. Y yo te aseguro que no he tenido arte ni parte en ello. Declaro ingenuamente, eso sí, que me alegré y me alegro del percance, festejándolo como justicia de Dios y castigo de la conducta inhumana de los Idiáquez con este pobre viejo. Pero nada más, nada más... Cansado al fin de la reglamentación de colegio a que pretendían sujetarme, me vi en el duro caso de preferir la miseria a la esclavitud, y la libertad al vivir triste, al régimen conventual de la casa de Cintruénigo. La imagen de Doña Urraca se me ha hecho tan odiosa, que por no verla me iría descalzo y pidiendo limosna a la más lejana región del mundo. Créelo, chica. Soy noble: no tolero la humillación. En cualquier estado sabré conservar mi dignidad». Con pena y lástima muy vivas oyó Saloma el relato de D. Beltrán, no atreviéndose a contradecirle ni a proponerle la vuelta al hogar abandonado, porque el respeto a tan gran caballero y a su desgracia la cohibía. Atenta al alivio de su necesidad, le dijo que pues era totalmente imposible recabar de Viscarrués un buen aposento, no había más remedio que acomodar al señor en la cuadra. Ella respondía de arreglarle en aquel humilde lugar un lecho abrigado y cómodo, combinando los haces de paja y las buenas mantas que ella traía, de tal modo que no echara de menos los infames camastros de la posada. Accedió a esto D. Beltrán con expresiones de gratitud, muy conmovido, sonándose fuerte, y añadió que pues Jesucristo Nuestro Señor nos había dado ejemplo de humildad naciendo en un pesebre, bien podía sin desdoro un noble, que nada tenía de divino, dormir y hasta terminar su existencia en montones de paja, al abrigo de gentes sencillas y de rústicos animales. - II - «Ya sé -dijo después el prócer a la guapa moza, plegando los ojos para verla mejor-, que al fin te has casado con Baldomero. No ha sido poca suerte para ese bruto. ¡Vaya una hembra que se lleva! -Sí, señor... ¿Pero usía no sabe que es alférez? -¡Qué me dices!... ¡Alférez! ¡Hola, hola!... ¡Todo un oficial del ejército! Siempre fue arrojadísimo, con una cabeza más dura que el mármol, y un corazón insensible al miedo... Vaya: ¿y está aquí, en la columna que ha llegado del Norte? -¡Y que no se alegrará poco de ver a Vuecencia! No tardará en venir». A uno de los mozos de Urdaneta, que en otra mesa comían, ordenó Saloma que saliese a buscar a Galán por las calles del pueblo, y a darle conocimiento de la presencia de su antiguo amo. Nacido en Fuenmayor y recriado en Cintruénigo, Baldomero había servido a D. Beltrán antes de entrar en el militar servicio. Seis años comió el pan de Idiáquez y Urdaneta, ya en el empleo de ayuda de cámara, ya en el ejercicio de montería, o en otros menesteres de la casa. Bien quisto de sus amos, dejó en la familia memoria de leal y honrado, aunque muy duro de mollera. Andando el tiempo, ya soldado distinguido, sargento después, siempre que su batallón pasaba por Cintruénigo, visitaba a los señores. Allí conoció a Saloma, que, rodando de aquí para allá con borrascosa y turbada vida, después del fusilamiento de su padre en Miranda de Arga, fue a parar a casa de una tía materna, que tenía en arrendamiento tierras de Idiáquez y vivía en una torre próxima al palacio señorial. Toda esta parte de la historia de Galán y Saloma es algo obscura, y no ofrece bastante interés para que se emprendan, por esclarecerla, investigaciones muy minuciosas. Volviendo al relato, se dirá que D. Beltrán manifestó a su amiga que no iba, no, a la ventura por aquellos derroteros, pues le guiaba un fin concerniente a sus intereses y al remedio inmediato de su actual posición lastimosa. «Ya te lo explicaré cuando esté más sosegado -agregó recobrando algo de su animación-, pues supongo que iremos juntos largo trecho. Por de pronto, sólo te digo que salí de Cintruénigo con recursos muy inferiores a lo que exige mi categoría, que tendré que resignarme a ciertas privaciones... Mi principal inquietud es que me corten el paso las tropas de Cabrera o las partidas que, sueltas y desmandadas infestan toda la tierra de Teruel. Otro temor me quita el sueño, y es que los dos únicos chicos que he podido traerme, Tomé, el de la Chata, y Francisquillo Maestre, no puedan seguir en mi compañía más allá de Híjar, por el peligro de que les coja la facción. Tú les conoces: dos chicarrones de diez y nueve años, que no manejarían mal el chopo, y de uno de ellos sospecho que lo cogería de buena gana, por dar gusto al dedo. En fin, si les pierdo, ya sea por medrosos, ya por atrevidos, tendré que ir solo, encomendándome a Dios y a la Virgen, pues no puedo abandonar mi empresa, única solución decorosa para los pocos días que me restan de vida». En esto entró Baldomero, que derechamente, morrión en mano, se fue a besar la de D. Beltrán, y poco le faltó para hincar una rodilla en tierra. Sincero, nacido del corazón era su acatamiento, pues amaba al anciano; y cuando este abrió sus brazos para expresarle con un buen apretón su enhorabuena y el regocijo de verle oficial, Galán hizo pucheros, y algunas lágrimas bajaron a humedecer su bigote de moco, imitación del de Espartero. «Bien, hijo, bien, adelante... Capitán, será ya como tenerlo en la mano. Date prisa a ganar empleos, porque antes de morirme quisiera ver a Saloma hecha una señora coronela». Era Baldomero Galán un mocetón en quien la estampa no desmerecía del apellido, alto, garboso, mejor formado de cuerpo que de facciones, pues su nariz excedía un tanto de la medida proporcional, y sus ojos, hermosos y grandes, bizcaban un poco, resultando una desmedida fiereza de expresión. Indomable en la guerra, fiel a sus deberes cual ninguno, pronto a dar la vida cien veces por el honor de su bandera, en la vida doméstica era un angelón, y su esposa no tenía que hacer el menor esfuerzo para dominarle. Hízole sentar D. Beltrán a su izquierda: le sirvió vino, después de obsequiarle con un puro. Fumando los dos, el pobre viejo, gozoso de tener a quien contar sus infortunios, hizo segunda edición de lo que ya había referido a Saloma, recargando amargura en las acusaciones contra su nieto y nuera. Suspiraba Galán al compás de los suspiros de su antiguo señor; y no acertando con la mejor fórmula de consuelo, se ofreció a prestarle en su viaje toda la ayuda que el servicio le permitiera. «Tanto Saloma como yo, Sr. D. Beltrán, estamos a la disposición de usía para lo que guste mandarnos, y le cuidaremos y asistiremos como a un padre». Urdaneta le apeó el tratamiento, pues del chicarrón que tuvo a su servicio al señor alférez que delante veía, había distancia social muy grande: agradeciendo al matrimonio sus ofrecimientos, manifestó que deseaba recogerse. «Véase -dijo a Galán, mientras corría Saloma en busca de las mantas-, cómo Dios no abandona a los buenos. Solo y triste venía yo por esos caminos, agobiado del peso de mis desdichas, afligido al propio tiempo por mi ceguera que crece de día en día, y cuando menos lo esperaba, me salen al encuentro dos amigos cariñosos, dos almas caritativas que me consuelan, que me alientan... ¡Qué hermoso es encontrar en nuestro camino la gratitud! Tú y tu mujer me debéis algunos beneficios; también los prodigué yo al buen Adrián Ulibarri, padre de Saloma, y ahora me veo recompensado por vosotros... ¡Ah! si me pierdo, que me busquen entre los humildes, que son siempre los agradecidos y generosos». Irguiéndose, como si al restaurar las fuerzas de su cuerpo recobrase también vigor y esperanza su espíritu, emprendió, asido del brazo de Galán, el camino de la cuadra. Parándose a cada instante, decía: «No, no: Urdaneta no puede ni debe terminar sus días en la humillación. Oye, Mero: ¿será fácil penetrar en tierra de Teruel hasta Mora de Rubielos, siquiera hasta los montes de Gúdar? -Señor, las hordas de Cabrera son dueñas de casi todo el país -replicó Galán, que hablando de guerra solía emplear las fórmulas usuales de la prensa patriótica, de las proclamas y órdenes generales en campaña-; y mientras no consigamos limpiar de enemigos fratricidas todo el territorio de esta Comandancia general, no le aconsejo a nadie que penetre, señor... a menos que lleve un salvoconducto en regla, expedido por el obcecado Pretendiente. -Ya, ya lo pensaremos, pues entre los cabecillas facciosos no me faltan amigos». En esto, Saloma escogía el rincón más abrigado de la cuadra, el mejor defendido contra las corrientes de aire y las patadas de los mulos, para armar en él un mullido nidal donde descansase el noble viejo. Fue robando puñaditos de paja en este y el otro montón; apartó toda la basura; hizo mudar de sitio a un gallo con varias gallinas, y la obra quedó terminada pronto a satisfacción del que debía disfrutarla. Todas las mantas que tenía las aplicó a la comodidad de Don Beltrán, unas debajo, otras encima de su cuerpo. Mientras Mero le quitaba las botas, envolviéndole los pies en la manta de Tomé, Saloma le liaba a la cabeza una ancho pañuelo de seda, despojándole antes de su levitón y dejándole en mangas de camisa. Ofrecía el aristócrata una extraña figura, de la que él mismo se reía, cuando se tendió de largo a largo sobre la paja. Con refajos y ropa suya improvisó Saloma una almohada, y no pareciéndole bastante, propuso que ella se acomodaría sentada junto a la pared, formando como cabecera del improvisado lecho, y sobre sus rodillas se apoyaría la almohada, sosteniéndola en alto de modo que no se hundiese la cabeza de D. Beltrán. Para completar la obra, se convino en que Galán pasaría la noche a los pies del señor, para contener el frío por aquella parte, mientras por la otra sostenía el calor el gentil cuerpo de Saloma. Hallábase Urdaneta algo acatarrado, y estornudaba constantemente; mas no sintiendo otra molestia real que el frío, procuraba agazaparse bien, y en medio de las mantas recobró su buen temple y jovialidad, dando por excelente tal situación y creyéndola un especialísimo favor de Dios en aquellos tristes días. «Paréceme, hijos míos, que no debo quejarme -les dijo risueño-, ¿pues qué más puedo ambicionar que este tranquilo reposo, este abrigo que me habéis dado, y, sobre todo, el calor de vuestra compañía cariñosa? Os veo como a dos ángeles que Dios me envía para asistirme. Y es como si con vuestra presencia me dijera: 'Ya ves, Beltrán mío, que no te abandono'. En verdad os aseguro, que no cambiaría este lecho por el del Papa o el Emperador de Rusia. Aquí se está muy bien, con un guardián y calentador por la cabeza y otro por los pies... y esta sencillez, y esta libertad... Vamos, que estoy contentísimo, y ahora me permito despreciar todos los cuartos de fonda, con sus camas frías y sucias, y su soledad triste... Bien, bien: Mero y Saloma, mis buenos amigos, sed caritativos hasta el fin; y pues el sueño se ha declarado mi enemigo, contadme alguna cosita para engañar el tiempo». Reclinado a los pies del señor, Galán habló largamente de la campaña del Centro, a la cual se daría gran impulso para exterminar de golpe a los satélites del obscurantismo. No lejos de ellos había otros grupos; y a medida que avanzaba la noche, fueron entrando en la cuadra más huéspedes, y se formaron entre paja y dornajos montones de humanidad que producían extraños ruidos: aquí conversaciones y disputas vehementes, allá un roncar estruendoso. «Mero, hijo mío -dijo al alférez D. Beltrán, de cuya persona no asomaba entre las mantas más que la nariz-, por alguna palabra que llega a mis oídos de lo que hablan esos tres hombres que están a tus pies, entiendo que son de Rubielos. Acércate y pregúntales si conocen a Juan Luco, rico propietario en término de Mora, alcalde que era de esta villa hace dos años». Poco después se aproximó un hombre, de estatura más que alta gigantesca, vestido a estilo aragonés neto, con su pañizuelo en la cabeza, faja morada y muy caída, mal envuelto en una manta, como herido o enfermo, un brazo en cabestrillo, la faz atezada, ruda, huraña. De su andar no debía decirse que era cojo, sino que cojeaba, y uno de sus pies, envuelto en un lío de trapos, abultaba como la pata de un elefante. Sus primeras palabras, al acercarse al grupo, fueron torpes, balbucientes: «El señor alférez me manda... que le diga... Gran señor, yo no veo dónde está su Ilustrísima, ni sé quién dimonios es... ¡Otra!... Ya le veo como enterrao en el panizo... -Siéntate... tú eres de Teruel: no puedes negarlo -dijo D. Beltrán sin moverse, no enseñando de su persona más que los ojos sin vista y la nariz sin olfato-. Descansa, que, por las trazas, bien lo necesitas». Con lentitud y ayes de dolor fue doblando su corpachón el aragonés hasta hundir la paja con sus asentaderas, no lejos del puesto de Galán, y cuando halló postura cómoda, dijo que de Teruel mismamente no era, sino de Cuatro Dineros, barrio de Montalbán, y que conocía todo el país entre Ademuz y Puerto de Beceite como la palma de su mano. «¡Ah -exclamó Saloma prontamente-, si ya te conocemos! Yo bien decía: conozco a este bruto. Tú eres Joreas, el que hace dos años trajinaba con mulas desde Vinaroz a Tudela... Y después te fuiste a la facción, y de la facción vienes ahora, puerco. -Con perdón de la señá tinienta y de la compañía, digo que lo de puerco no es razón, y sí lo es que me llamo Tanasio Joreas. Como hombre honrado y cabal, no niego haber estuvido en la faición a las órdenes del Serrador primero, del Royo de Nogueruelas dispués, porque sentía de mi natural que debíamos ensalzar los divinos derechos del Rey D. Carlos... Pero aquí me tienen harto de desengaños, con más balazos en mi cuerpo que pelos en la cabeza, muerto de hambre, con mi casa y familia perdidas, porque una de mis masadas la arrasó el liberal, otra el legítimo... mis hijos muertos, todo hecho cenizas, y yo poco menos que cadavérico. Lo que no me ha quitado el neto, me lo ha quitado la usurpadora; y al fin, cansado de pelear, y de sufrir, y de ver espantos, y de pisar tripas de cristianos, dije: «No más derechos legítimos ni no legítimos, no más, no más», y me escapé, y huyendo de la tremolina vengo por trochas y atajos en busca de un terreno donde haiga paz, donde los hombres sean cristianos, no carniceros... Yo he sido malo; yo he sido, como tantos, lo que dice la señora, faicioso y peleador y verdugo de mi natural; pero ya le he tomado asco al matadero. Me llamo Joreas el escarmentado, y voy a Zaragoza en busca de un pedazo de pan que yo pueda meter en la boca sin que, al mascarlo, me parezca que lo han amasado con sangre». Callaban todos los oyentes, entristecidos por las lúgubres palabras del escarmentado, y al fin rompió el silencio D. Beltrán, diciendo: «Pobre Joreas, tu arrepentimiento es de celebrar, y ojalá se convencieran todos como tú y siguieran tu camino... Pero vamos a lo que me importa. Conocerás a Juan Luco. -De los mejores hombres de Aragón... sí, señor... gran presona... Y con muchas talegas. Suyas eran las dos masadas de Rubielos, y en Mosqueruela y Forniche Bajo tenía más de mil cabezas... hombre cabal, buen amigo y padre del pobre... -Hablas como si Luco no existiera. Explícate: ¿ha muerto? -Señor, no se enfade conmigo, que yo no he sido más que destrumento. A la vuelta de Manzanera nos salió con catorce hombres armados de escopetas... Le cogió la partida de Peinado, donde yo iba, y no tuvimos más remedio que afusilarle... Señor, puede creérmelo: como Dios es mi padre le digo que le digo la verdad... Fue que cuando me mandaron tirarle y le tiré, las lágrimas me corrían... Yo decía para mí: perdóneme, Don Juan, que no soy más que destrumento... - III - -¡Qué horror! -exclamó D. Beltrán, haciendo sonar la paja con el estremecimiento de todo su cuerpo-. Bandido, quítate de mi presencia... No, no te vayas: da más explicaciones... -Bandido no, señor... Yo lloraba... Es la guerra, señor, la guerra. Aluego que le enterramos fuimos a quemarle la masada de Cabra de Mora. -¿Y la incendiasteis? -No pudo ser, señor, porque... la habían quemado ya los cristinos el día antes, llevándose dos yeguas. Fue la columna del coronel Buil, uno muy perro, que fusiló en Concud a mi hijo Agustín. -Ojo por ojo y diente por diente. Los hijos de Luco vengarán a su padre. -No, señor. ¿Les conoce Vocencia? -Sí, y sé que son valientes. -Eran. -¿También han muerto? -No me eche a mí la culpa, sino al Nogueras, el más bruto que hay en la Usurpación. -¿Luego eran carlistas? -Bruno sí, señor: desde el tiempo de Carnicer se alistó en las sacras banderas. Luego andaba con el Fraile Esperanza y con el Organista de Teruel. No tenía trato con su padre ni con su hermano Cinto, el cual seguía la bandera puerca de Isabel... Por esto dicen que esta guerra se ha vuelto tan farisea o faricida. -Fratricida, que quiere decir guerra entre hermanos. -Y entre padres e hijos, y maridos y mujeres. Cinto Luco, casado en Aliaga con la hija mayor de Crescencio Marlofa, salió con los urbanos de la villa y un destacamento de tropa. D. Ramón, el propio D. Ramón, les deshizo... Escapó Cinto con su mujer y el chico menor de Marlofa, y se escondieron los tres en una cueva de Peñarroya de los Pinares, donde, descubiertos por el cura Lorente... -¿También fusilados? ¡Qué villanía! -No, señor... les pusieron en cueros, sin distinguir... vamos, que a la chica le quitaron hasta la camisa, y luego les alancearon... -Cállate, por Dios... Vete, vete a expiar tus delitos. -Es la guerra, señor. Yo no tuve culpa, ni estuve en eso... Me lo contaron». Habíanse agregado otros dos al grupo, recostándose junto a Joreas. Por las trazas eran sus compañeros, como él, escarmentados o arrepentidos. «Yo le vi -dijo uno de ellos, joven y de palabra fácil y correcta, revelando mejor educación y origen social que sus compañeros-, y desde aquel día me escapé con otros seis de la partida de Lorente, y nos agregamos a Forcadell. Nos teníamos por guerrilleros, no por bandidos. -No sigáis -dijo D. Beltrán, que no sentía ya frío, sino un calor sofocante, y sacó los brazos fuera de las mantas-; no sigáis, por Dios, pues también vais a decirme que el hijo menor de mi queridísimo Juan Luco, el pequeño, mi ahijado, Francisquín, ha perecido también en esa guerra de cafres. -Francisquín fue pasado por las armas en la acción de Liria -afirmó Joreas. -Tú no sabes de eso -dijo prontamente el segundo escarmentado-. Yo estuve en Liria, y puedo contarlo. -Mi parecer -dijo Mero-, es que todas esas historias fratricidas deben quedarse para mañana. -Lo mismo pienso -manifestó Saloma-. El señor necesita descanso, y no se le han de contar tragedias, sino chascarrillos y donaires. -Gracias, hijos míos; pero la ocasión es trágica: no podemos sustraernos a estos horrores... Que sigan: usted, joven, infórmeme de lo de Liria y de la suerte de mi ahijado Francisco Luco. ¿Es usted de este país? -Eustaquio de la Pertusa, natural de Binéfar, en tierra baja de Huesca, para servir a usted; estudiante de Teología y Cánones hasta febrero del 35; después ayudante de Cabañero, alférez en la columna de Pertegaz, y, al fin, escarmentado y desengañado. Pues el 29 de marzo... recuerdo bien la fecha, porque eran mis días: San Eustaquio, Obispo... sorprendimos la plaza de Liria. Don Ramón recorría el llano de Valencia recogiendo mozos, dinero y caballos. Pertegaz fue el encargado de la sorpresa. Antes de romper el día nos llegamos callandito a las puertas de la ciudad, defendida por nacionales. Abrieron ellos confiados, sin tener noticia de que estábamos en acecho, y fácil nos fue entrar, despachando en la primera embestida siete, después nueve, y cogiendo veintisiete prisioneros, con algunos vecinos del pueblo. Saqueamos no más que dos horas; y al salir, D. Ramón, que acampado estaba en Puebla de Balbona, nos mandó ir a Chiva con los prisioneros. -¿Y entre ellos estaba el pobre Francisquín?... ¡ay! -Sí señor. Yo le conocía del Seminario de Huesca, donde juntos estudiábamos Teología, y por el camino de Chiva hablamos, y le dije que tuviera paciencia, que de fusilarles, lo haríamos previa confesión, según costumbre y ley de nuestro ejército, con lo que, si se perdía el cuerpo, se ganaba el alma, que es lo principal. -Grandísimo perro... la hipocresía de tu ferocidad me causa horror -exclamó Don Beltrán sin poder contenerse-. ¡Pobre Francisquín! Sigue, sigue. -Pues en Chiva se mandó confesar a los prisioneros, que para estos casos lleva cada partida, por pequeña que sea, su capellán... y... -Basta. ¿Tendrás valor para referir que hiciste fuego sobre tu pobre amigo, tu compañero de estudios teológicos?... ¡Bonita Teología aprendiste, mal hombre, mal subdiácono, si lo eres, mal español!... Si vives tranquilo será porque no tienes conciencia, porque no sabes lo que es Dios, aunque mil veces le hayas nombrado estudiando cosas que no has entendido... No me levanto -agregó el señor excitadísimo, retirando su abrigo y removiéndose sobre la paja-, no me levanto y te doy un par de pescozones, porque creería deshonradas mis manos de caballero poniéndolas en la cara de un bandido. -¡Eh! sepa el vejete -dijo el otro levantándose de un brinco-, que mi cara no han de tocarla manos nobles y plebeyas. Y si es usted una senectud y no puede hacer la prueba, destaque alguno de estos, y salgamos afuera. -El que sale afuera bailando, con una patada que voy yo a darte ahora mismo, eres tú, so deslenguado -dijo con fosca serenidad Baldomero, disponiéndose a ejecutar lo que decía, como la cosa más natural del mundo». D. Eustaquio se engalló también; pero Joreas y el otro le contuvieron diciéndole: «Guarda, hijo, que es tiniente. -Y sepan -añadió Galán- que si los señores escarmentados no guardan el respeto debido a las personas, aquí no faltará quien les dé la última mano del escarmiento. -También aquí fusilamos -dijo Saloma iracunda-. ¿Pues qué creen estos? ¿Que somos de manteca?». El tercero, que aún no había dicho nada, y era inclinado a la paz y enemigo de pendencias en tal sitio, tiró del brazo del teólogo D. Eustaquio para apartarle, ayudándole también Joreas, que venía de la guerra con el cansancio y aborrecimiento de toda querella homicida. Terminó el lance de buena manera; alejáronse los dos más levantiscos; sólo quedó en el corrillo de D. Beltrán el tercero, que se declaró escarmentado incondicionalmente, con propósito firme de no volver a las andadas; y aproximándose, como deseoso de ganar confianza, hizo la siguiente manifestación: «Yo soy de Ablitas, Sr. D. Beltrán de Urdaneta, y con nombrarle ya está dicho que le conocí desde que le vi meterse en la paja. Conozco también a Saloma Ulibarri y a Baldomero Galán, y a todos me recomiendo para que no me estimen en menos de lo que soy por esta locura de haber ido a la facción». Maravilláronse todos de aquel encuentro, y el primero que rompió a reconocerle fue Baldomero, que le dijo: «¡Ajo! ¿no eres tú Vicente Sancho, hijo de José Sancho? Desde que te vi me chocó el cariz tuyo, y dije: 'Yo conozco a este pícaro'. -El mismo soy. A todos les conocí; pero no quería dar la cara, por vergüenza. -¡Vaya con Sanchico! -dijo Urdaneta-. Hombre, me alegro de que seas tú de allá... Oye: ¿no era tu abuelo Bartolomé Sancho albéitar en Monteagudo? -Sí, señor... Pues verán... Son estos dos amigos el uno muy bruto, y el otro, el Epístola, que así le llamamos aunque no tiene las órdenes, muy vivo de sangre... No quisieron ofender al Sr. D. Beltrán; y como les pidió que refirieran, empezaron a contar, poniendo las cosas como fueron, que harto malas son ellas, sin que tenga la culpa el que cuenta con natural. -Cierto: yo me acaloré -dijo el prócer-. Si a ellos se les ha pasado el enfado, que vuelvan y acaben de contarme lo de Chiva. -Yo le enteraré mejor que ellos -dijo Sanchico-. Yo estuve también en Liria y Chiva; formé en el cuadro de los fusilamientos, y puedo asegurar que no matamos a Francisquín. En el camino de Chiva se nos perdió, bien porque lograra escapar, bien porque algún amigo le amparase. Matamos a los prisioneros en el patio de un convento, después de desnudarles. Luego, los que tenían gusto para estas cosas y mala entraña, se entretenían en quemarles los bigotes cadavéricos y en pegarles cuchilladas... -¡Qué espanto! ¡No puedo oír esto! -murmuró D. Beltrán-... ¿De modo que el pobre Francisquín...? -Bien pudo ser que estuviera entre los que quedaron para otro día. Nosotros seguimos con D. Ramón, que dio una batalla al general Palarea, en la cual no salimos bien. Nos retiramos ordenadamente hacia Liria. Sé que en Villar del Arzobispo fusilaron el sobrante de Chiva, menos unos cuantos que fueron llevados prisioneros a Beceite y de allí a Cantavieja. Tengo por muy probable que entre esos esté Francisquín Luco. -Dime, Sanchico -preguntó Baldomero-. ¿Estuviste tú en lo de Alcotas? Porque allí pasaron por las armas a un primo mío, cabo primero en el regimiento de Ceuta. -Aquel día estaba yo en Torrijas, a donde se nos mandó para pegar fuego al pueblo, después de fusilar al alcalde porque no suministró las raciones que se le pidieron. Al volver al Cuartel general supe lo de Alcotas. Fue que a D. Ramón le llevaron el soplo de que estaban allí los de Ceuta... Corre allá: los de Ceuta habían salido del pueblo; les sigue, les alcanza, les envuelve. -Capitularon cuando se les concluyeron los cartuchos... Así lo oí... Y el tigre les dio palabra de respetar las vidas. -Pues el no cumplir fue porque el Padre Escorihuela llevó el cuento de que los de Ceuta habían hecho el entierro de Cabrera, en chanza, cantándole responsos por las calles de Alcotas, y que en la iglesia hicieron burla de los santos. Como D. Ramón tenía el alma requemada por lo de su madre, les mandó fusilar. Eran ciento cuarenta y cinco. -Les confesarían antes -dijo Urdaneta, que había recobrado su actitud de momia egipcia, y adormecía su pensamiento en una resignación filosófica no exenta de humorismo. -El mismo Padre Escorihuela que le contó al General las picardías de los capitulados, se puso a confesarles de prisa y corriendo. Pero como D. Ramón quería llegar de día a Manzanera y no sobraba el tiempo, no confesaron más que los oficiales... los soldados no. -Dime tú, Sanchico -preguntó D. Beltrán inmóvil-. Cuando pasaban esas cosas, ¿no caían del cielo rayos y centellas que hicieran polvo a ese padre Estercolera, o como quiera que se llame? -De eso de caer rayos nada sé: yo no estaba presente, señor. Mi partida se incorporó a Quílez, que nos llevó a tierra de Monreal, cerca de Daroca, donde derrotamos a los Voluntarios de Soria, mandados por Valdés. -¿Y a cuántos fusilasteis? -Cayeron treinta y tres Oficiales y diez miñones. -Bien, hijo, bien. ¿Y hay todavía humanidad, género humano quiero decir, en esa condenada tierra? -Fuera de los que combaten, señor, por ver quién reina, hombres, ninguno hay; mujeres y caballerías, pocas. -Ahora que hablamos de mujeres: mi amigo y protegido Juan Luco, además de sus tres hijos varones, tenía una hija. -Que es monja penitente; no sé... De esto le noticiará Joreas, que, como de Rubielos, conoce a toda la familia...». Diciendo esto, Sanchico miraba con recelo a un hombre que entró a dar pienso a dos caballerías. A la mortecina luz del candilejo que alumbraba la anchurosa cuadra de negro techo festoneado de telarañas, apenas se distinguía el rostro del tal sujeto; pero el chico debía de conocerle y temerle, porque al verle pasar cerca, en dirección de una de las puertas, se tiró boca abajo sobre la paja, haciéndose el dormido. Pasado el susto, el muchacho se incorporó diciendo: «Es mi padre, José Sancho, que anda al servicio de un señor italiano, muy rico y principal. Llegó esta mañana, y cuando le vi no supe dónde meterme, de la vergüenza que me daba... y del miedo, porque mi padre, al saber que yo me había ido a la facción, dijo que si no me mataban en la guerra, me mataría él cuando me encontrase, por haberle deshonrado... que a deshonra le sabe el ver a un hijo suyo debajo de la bandera de Carlos V». - IV - Ya tenía D. Beltrán la palabra en la boca para pedir más referencias de aquel señor extranjero, cuyo nombre y diplomático carácter no le eran desconocidos, cuando se armó un gran tumulto al otro lado de la cuadra. Empezaron peleándose dos, se enredaron luego cuatro, dándose morradas y coces; la querella habría pasado quizás a mayores, si no intervinieran Baldomero Galán y dos sargentos que a la sazón entraron, los cuales, sacudiendo de plano, y deshaciendo a tirones el racimo que formaban los contendientes, restablecieron el orden. A unos les hicieron salir, a otros arrojáronles sobre la paja, y ya no se oyó más que el resoplido de las cóleras sojuzgadas. «Es la de todos los días -dijo Baldomero volviendo al lado de D. Beltrán-, la cuestión entre Cabreristas y Nogueristas. Unos dicen y sostienen que la madre de Cabrera estuvo bien fusilada, como castigo de ese tigre sanguinario, y otros que no, que el haberla matado sin culpa de ella ha traído esta situación tan fratricida. Ya les hemos aplacado los humos; y como repitan, se mandará dar un recorrido de palos, para que callen y nos dejen en paz. -Y ahora, señor, que tenemos algún sosiego -dijo Saloma-, haga por dormirse, que ya es tarde, y todos necesitamos cobrar fuerzas para el ajetreo de mañana. -Procuraré seguir tu sabio consejo -replicó el anciano, tomando postura cómoda y cubriéndose bien de nariz para abajo-. Pero dudo que pueda coger un buen sueño, pues ahora me doy a cavilar si ese señor italiano será o no será quien yo me figuro: uno que de Madrid y Nápoles fue comisionado al Cuartel de D. Carlos para tratar de un arreglo que pusiese fin a estos horrores. No me acuerdo del apellido de ese sujeto, pues ya no hay nombre que quiera guardarse en la jaula deshecha de mi memoria; pero me da el corazón que es el mismo de quien tuve noticia por cierto caballerito que conocí y traté caminando hacia Villarcayo. Lo primero que has de hacer mañana es llegarte a Sancho y sonsacarle todo lo que de su señor quiera decirte: te informas de si va para Zaragoza, o para Levante, pues en este caso me convendría su amistad, que de seguro irá el hombre bien pertrechado de pasaportes. Y no sería malo que tú, tan despabilada y francota, te fueras a él, metiéndote en su cuarto, si es que lo tiene, con el pretexto de saber cuándo se va para ocuparlo yo, y una vez metida le dijeses quién soy, y como me veo en estas estrechuras impropias de mi nobleza...». Prometiole la hermosa navarra conquistarle al italiano, y a toda la Italia si fuese menester; y en aquel punto, Galán, que había salido a recorrer los alojamientos de los soldados, volvió diciendo que corría por el pueblo el notición de la muerte de Cabrera. Sobre esto hicieron los tres comentarios prolijos, conviniendo en que si resultaba cierto, sería gran merced de Dios, apiadado al fin de la pobre España. Y ya no pensaron más que en dormir lo que pudiesen, cosa no fácil, por los ruidos que a cada instante en el ancho local se levantaban, así de inquietudes de animales como de personas, y por los feroces ronquidos de algunos durmientes. Pudo vencer D. Beltrán la molestia que estos le causaban; y cuando ya iba cogiendo el sueño, le despabilaron las voces de un condenado hombre que, sentado en el suelo, en postura turquesca, junto a la pared, solo, parecía rezar en alta voz con plañidera monotonía desesperante. «¿No podríamos conseguir -dijo D. Beltrán entre suspiros-, que ese demonio de hombre se fuese a rezar a la calle? Si se va por una peseta, dásela, Saloma. -Es el pobre Muel -dijo condolido Galán-, que de ver morir a tres de sus hijos, fusilados en Alventosa, se ha vuelto loco, y se pasa la vida predicando por estos caminos en canto llano. -Alventosa... ya sé... es en tierra de Rubielos. Alguna de las propiedades que vendí a Luco allí están... Creo que fue un espanto la matanza que ordenó y ejecutó ese bribón del cura Lorente. -Fusiló setenta y siete hombres y un niño de diez años, hijo de un capitán. Eran del regimiento de Extremadura, donde yo he servido. Les cogieron el Royo y Peinado en Arcos; les llevaban prisioneros, y el capellán Lorente propuso fusilarlos. Los dos cabecillas no querían; el clérigo, a fuerza de ruegos y amenazas, consiguió que mataran veintidós. Al siguiente día, en ese pueblo de Alventosa, volvieron a cuestionar sobre si mataban o no a los demás: Lorente, que sí; Peinado y Royo, que no. En un descanso, el capellán mandó destapar un barrilito de aguardiente que llevaba. Bebieron, y con la borrachera, el Royo se puso de parte de Lorente. Salieron los vecinos del pueblo con su párroco a la cabeza, y de rodillas imploraron la vida de los desgraciados prisioneros. Lorente le dijo al párroco: «Confiéselos ahora mismo; y para acabar más pronto, yo empiezo a confesar por una punta y usted por otra». Negose el cura de Alventosa, y se echó a llorar... El capitán pidió entonces a los cabecillas que no matasen al niño; pero para más crueldad, fusilaron primero a la criatura, por que el padre lo viese, y luego a este y a todos los demás después de desnudarlos... Al ponerse en marcha, Lorente dijo al cura de Alventosa que, so pena de la vida, dejara los cuerpos insepultos para escarmiento de las tropas cristinas que pasasen... -¿Y no ha habido un hombre honrado, valiente y justiciero -dijo D. Beltrán, dando un salto en su lecho-; no ha habido un hombre, un aragonés, que haya cogido a ese vil clérigo, a ese sacrílego, y le haya colgado vivo, por las patas, de la más alta rama de un alcornoque, o del campanario de una iglesia, para que se lo comieran los buitres?... Desconozco a mi raza... esto no es Aragón. Si yo fuera mozo, créanlo, iría a esa guerra, no para defender ambiciones y derechos de reyes más o menos legítimos, sino para perseguir y castigar tan salvajes crímenes, para vengar a Dios de los ultrajes que unos y otros le infieren; sería implacable con los cobardes asesinos de uno y otro bando, llamáranse Nogueras, llamáranse Cabrera, y vengaría a la madre de este, y a la esposa de Fontiveros, y a todos esos infelices sacrificados con barbarie tan horrenda y estúpida. -Está muy bien, señor -le dijo Saloma, cogiéndole de los brazos para hacerle acostar-; pero sosiéguese y no se desabrigue, que puede coger una pulmonía». No había medio de aplacarle; de rodillas sobre la paja, apoyaba con enérgico ademán su ardiente protesta: «No, no puedo sosegarme oyendo estas cosas. Esto no es Aragón, esto no es mi raza, la raza justiciera por excelencia, fuerte y benigna, guerrera y cristiana, iracunda y generosa... ¡Y ese pobre hombre es víctima de este furor de matanzas! ¡Y ha perdido la razón viendo cómo los hombres se vuelven maestros de las fieras en la crueldad!... Ven acá tú, buen amigo, y hallarás aquí un corazón aragonés compasivo, no más que compasivo, pues que la vejez no permite otra cosa... Ven acá, y nos consolaremos todos los buenos, abominando de los que pisotean la justicia humana y remitiéndolos a la divina». El otro infeliz, oyéndose llamado, acudió allá con paso lento. Era un hombre de aventajada estatura, flaco, de tez tan morena, que a la escasa luz de la cuadra parecía negra; el pañizuelo liado a la cabeza; el cuerpo cubierto de un luengo camisón, sin faja; los pies desnudos, negros también, como la cara, como las manos, semejantes a manojos de sarmientos; todo él perfecto plagio de un santón árabe. Al aproximarse, venía rezando en alta voz, y una vez junto al grupo soltó esta terrorífica declamación con duro y ronco acento: «No te salvas, no te escapas, malvado Lorente, aunque te escondas entre pajas, teniendo por guardianes, por los pies a tu Rey y señor, y por la cabeza a la Reina de tu Iglesia maldita... No te escapas ya, clérigo de Satanás, serpiente, que mis ejércitos rodean ya toda esta fortaleza, y no hallarás puerta ni hendidura ni resquicio por donde puedas escabullirte... No morirás, no... Con el zumo de unas hierbas que hay en la torre de Pepo, nada más que allí, se te untará todo el cuerpo, y vivirás mil años, ¡mil años! infame Lorente; y en todas las partes de tu persona, pecho, espalda, muslos, barriga y lo demás, te nacerán, por la virtud de aquella hierba, ojos, ¡ojos como los de la cara! que vean, y delante de cada uno de estos ojos se te pondrá un fusilado para que lo estés viendo día y noche... Y horrorizado de lo que ves con tantos ojos, querrás descansar y dormir; pero no podrás, no podrás, porque esos ojos no duermen, ni pestañean, ni lloran, y los tendrás siempre bien abiertos y despabilados, mirando con cada uno de ellos a un fusilado por ti... y así estarás mil años, trescientos sesenta y cinco mil noches y días... Luego se te dejará otros mil años ciego y sordo, para que veas dentro de tu conciencia, y se te quitará la razón para que no puedas arrepentirte ni confesarte... y se te pondrá una lengua venenosa para que blasfemes a todas horas, y se te secará el agua de lágrimas para que no puedas llorar ni afligirte... -Basta, basta ya -dijo D. Beltrán horrorizado-... No tanto, pobre Muel... Es demasiado castigo, infinitamente mayor que la culpa... Perdóname ya. -Todavía no, todavía no... Otros mil años disparándote a cada minuto por el oído izquierdo un tiro de fusil con bala, la cual, después de retumbar dentro de tu calavera, saldrá por el oído derecho sin matarte... -No más, no más, Muel... Perdón, perdón. -Otros mil años... -No, no... Baldomero, quítame de aquí a ese hombre... Por Dios te lo pido». Suavemente le cogió de un brazo Galán y se lo llevó sin que hiciera resistencia, pues su locura era pacífica; inocente en las acciones, desbordada en las palabras. Día y noche se le oía la perorata cadenciosa y lúgubre: arengaba a sus imaginarias tropas, vencía y aprisionaba a Lorente; llevábale arrastrando por valles y montes hasta la torre de Pepo; encerrado allí el vencido monstruo, le imponía los sutiles castigos por series de mil años, hasta que, cansado de inventar horrores, volvía a los de la realidad y a la tragedia de Alventosa. Había sido maestro de escuela y diestro pendolista; no pedía limosna, comía lo que le daban; dormía en despoblado, o bajo techo si se lo permitían, y vagaba en un radio de cinco leguas alrededor de Quinto, su patria. Echado al corral por Galán, volvió este al lado del señor, a punto que Saloma, vencida del cansancio, cerraba los ojos y hacía reverencias. Durmiose al fin, apoyada la cabeza en la pared, y el prócer y Baldomero siguieron charlando en voz baja de cosas de guerra y política hasta que oyeron el diligente estridor de la diana, que, avisando a todos el fin del sueño, fue principio del de D. Beltrán, el cual, por añeja costumbre, dormía las mañanas. - V - Cuando el pobre anciano despertó, después de dar a sus huesos algunas horas de plácido reposo, contáronle sus amigos las novedades ocurridas en el parador durante su sueño. Había conseguido Galán reconciliar a Sanchico con su padre Sancho, no sin que este se mostrara largo rato rebelde a las paces, haciéndose el inflexible con desmedida afectación, hasta que, desahogando su severidad en una descarga de bofetadas, lloró el chico, se aplacó el padre, y todo quedó perdonado, a condición de que el joven partiese aquel mismo día para Ablitas y no volviese a separarse de sus tíos. En la ruidosa querella de hijo y padre, salió a relucir que Sanchico se había largado a la facción por contrariedades lastimosas de amor. Entre tirarse al Ebro y hacerse faccioso para que una bala le matase, prefirió esto último. El cuento fue que las balas no se metieron con él, y que el trajín de la guerra le curó de la morriña que le enfermaba el alma. Volvía, pues, mejor de lo que fue, saludable, fuerte, aleccionado del mundo, y habiendo visto sucesos mil, lisonjeros o desgraciados, que servían de grande enseñanza. Por lo demás, su afecto a la causa de D. Carlos había sido puramente circunstancial, y lo mismo le importaban a él los derechos del Rey legítimo que la carabina de Ambrosio. Cuando Urdaneta supo que Sancho iba para la Ribera, ordenó que se fuese con él uno de sus criados: se arreglaría sólo con Tomé; que los tiempos eran apretados, y había que mirar por la economía. Pero la gran novedad de aquella mañana fue que la gentil y desenvuelta Saloma logró avistarse con el italiano, sorprendiéndole en su cuarto cuando daba la última mano en su retoque personal. Desempeñado había con extraordinaria agudeza el encargo que le confirió D. Beltrán, ganando, si no la confianza, las atenciones de aquel señor. Por las referencias de Saloma y el nombre del criado, se afirmó Urdaneta en que el tal no era otro que el siciliano de que Fernando Calpena le habló, intermediario clandestino entre las dos ramas borbónicas que se disputaban el Trono. Toda la madrugada, hasta que se durmió, había estado el prócer devanándose los sesos por recordar la gracia de aquel sujeto. Su memoria era ya para los nombres un verdadero caos. Mas cuando Saloma le contaba su entrevista, se le metió súbitamente en el cerebro a D. Beltrán el perdido nombre, y gritó: «¡Rapella, Rapella! Ya me acuerdo. En la punta de la lengua lo tenía». Díjole por fin la navarra que el señor extranjero se alegró mucho al saber que en el propio parador se hallaba persona de tan alta alcurnia, a quien conocía de fama por sus amigos de Madrid, y que deseando el honor de tratarle, le invitaba a almorzar. «¿Ves? -dijo Urdaneta con alborozo, dando pataditas en el portal para entrar en calor-. Tú me has traído la suerte, pues yo venía con mala pata, y desde que te encontré, todas las cartas me salen buenas». Antes de la hora del almuerzo juntáronse el viejo aristócrata y el pintado diplomático en la calle, y cambiando mil finuras, hablaron después cuanto les dio la gana, sin parar hasta que terminó el comistraje. Hizo gala Rapella de su cortesanía, y derrochó sin tasa el énfasis de su especial oratoria familiar. Aseguró a D. Beltrán que le conocía por lo que de él le habían hablado sus grandes amigos Bernardino Frías, Luis Córdova, Paco Malpica, Martínez de la Rosa, Quintana y otros. Hablaron luego de Fernando Calpena, mostrándose Rapella muy gozoso de saber que vivía, pues ya le consideraba muerto; y por fin se eternizaron en el comentario de las cosas políticas y militares, la revolución de la Granja, las nuevas Cortes, la situación política en Madrid y en la corte carlista, las intrigas de una y otra parte, Espartero, Cabrera, las expediciones de Gómez, D. Basilio y Batanero... el buen giro de la guerra en el Norte, el mal cariz de la misma en el Maestrazgo. Por más empeño que en ello puso, no pudo el viejo conseguir que Rapella se clareara en lo de las misiones y recados que traía y llevaba de corte en corte. Se escabullía gallardamente de todas las trampas que el otro le armaba con capciosas preguntas. A veces la agudeza de D. Beltrán le cogía en contradicción. Dijo primero que iba hacia Vinaroz, donde le aguardaba un barco que debía llevarte a Nápoles; después indicó que el objeto de su viaje en tal dirección era sólo avistarse con su íntimo amigo Borso di Carminati, para darle un abrazo y pasar unos días con él. Tenía en el ejército del Centro excelentes amigos, entre ellos su paisano Cialdini, muchacho de gran porvenir, ayudante de Borso. Inútil fue también el empeño que puso D. Beltrán en sonsacarle noticias y cuentos de las interioridades del Cuartel de D. Carlos... Nada: el siciliano no daba lumbres. Y si no su locuacidad perdía un poco de su finura cuando el otro quería llevarle a cierto terreno, apartándole de los temas que él elegía, siempre vagos, de generalidades y lugares comunes. Por fin llevó la conversación a la persona y hechos de Cabrera, de quien se mostró admirador, sosteniendo que era ya vulgaridad insigne tenerle por uno de tantos cabecillas, notable sólo por su inquietud y ferocidad. Desde que apareció en la guerra, conmoviendo y abrasando el país como fuego del cielo, mostrose gran caudillo, tan buen conocedor del suelo como de los hombres, táctico y estratégico de primera, audaz, incansable, heroico; y por entre estas cualidades apuntaba ya un gran político. «¡Oh, no tanto! ¿Ya quiere usted hacer de él un Napoleón? -Un Napoleón de montaña, amigo mío». Respecto a las tan cacareadas crueldades del jefe carlista, dijo Rapella que habían sido estrictamente de carácter disciplinario militar hasta que los cristinos derramaron con bárbara torpeza la sangre de María Griñó. El asesinato de una mujer, sin más delito que ser madre de Cabrera, creó nueva ordenanza militar, dando una infernal lógica las horrendas carnicerías consumadas por uno y otro ejército. Fuera de esto, para abrirse camino el travieso bigardón de Tortosa, y pasar en breve tiempo de seminarista pendenciero a caudillo y gobernador de hombres en los campos de batalla, no podía menos de emplear, como resorte de dominio, el terror, la fiereza y la brutalidad. No se había formado dentro de un organismo, sino que tenía que sacar el organismo del caos social, y esto no se hace sino desplegando desde los primeros momentos un genio implacable, aterrador, extraordinaria viveza para aplicar justicias rápidas, de moral severa y primitiva; haciendo sentir el peso de su mano antes de que pudiera discutirse el derecho con que la levantaba. En las guerras civiles, los hombres culminantes nacen así, o no nacen nunca. No le parecieron mal a Urdaneta estas razones, y como sacara a relucir la especie, muy corriente en aquellos días, de la muerte del famoso guerrero, negola el siciliano, sosteniendo que había, sí, corrido grandísimo peligro en los últimos días de Diciembre; pero que estaba vivo, aunque al parecer no muy sano. En Septiembre del año anterior habíase unido Cabrera en Utiel a la expedición de Gómez. Juntos recorrieron Cuenca, Albacete, la Mancha, Andalucía y Extremadura... Si las tropas cristinas que les perseguían no pudieron deshacerles, tampoco ellos lograron su intento de sublevar las comarcas que invadían. Un correr continuo; exacciones y rapiñas en ciudades y aldeas; aislados lances de guerra sin plan ni concierto, gloriosos unos para los liberales, como el de Villarrobledo, ventajosos otros para los carlistas, pero sin que de ninguno resultara el aniquilamiento de la expedición, ni tampoco su triunfo; tal fue la obra combinada de Cabrera y Gómez, caracteres antitéticos, de cuya unión no podía resultar nada eficaz. La falta de engranaje entre uno y otro temperamento militar fue marcándose en desavenencias, luego en discordias, y los dos cabecillas, que juntos no podían formar una cabeza, riñeron al fin, a la vuelta de Cáceres, campando cada uno por sus respetos. Cabrera se escabulló fugaz y resbaladizo por el caminito que creyó más seguro para volver a sus riscos y barranqueras del Maestrazgo, donde en su ausencia las cosas de la guerra no iban muy prósperas, y amenazaba desbaratarse lo que él con paciencia, rigor y firme mano organizado había. Lo primero que intentó al pisar su terreno fue pasar al Cuartel general de D. Carlos en el Norte, para dar cuenta a este de la desavenencia con Gómez y proponerle un nuevo plan de campaña en el Centro. Llegose al Ebro, eligiendo el vado de Rincón de Soto como el único que en aquella estación cruda era practicable; pero le salió mal la cuenta, porque fue sorprendido por la columna de Iribarren, que le deshizo, matándole muchos hombres y dispersándole los que quedaron con vida. La suya estuvo en gran peligro. Acribillado de balazos, quedó al amparo de la obscuridad junto a una pared, donde le recogió uno de los suyos, el cabecilla que llamaban La Diosa, y le llevó atravesado en una caballería, como un saco, pues montar no podía. Perseguido por las tropas de Iribarren, debió su salvación a un cura que le escondió en el sótano de su casa; allí pasó largos días y noches entre la vida y la muerte, hasta que, mejorado de sus heridas, le trasladaron a un abrupto monte, espesura más propia de lobos que de seres humanos, donde permaneció en escondite, recobrando poco a poco la sangre perdida, y con ella el brío y la ferocidad. De este apartamiento provino la noticia de su muerte, que corrió por toda España, descorazonando a los suyos, y llenando de tristeza y confusión a todo el carlismo de aquende y allende el Ebro; pero ya en los últimos de Enero (como unos quince antes de la fecha en que esto se relata) se supo a ciencia cierta que vivía, y que sin reponerse de sus heridas y enfermedades, preparaba nuevas correrías por la Plana de Castellón y riberas del Turia: que en tal hombre la ociosidad era imposible, mientras alguna vida le quedase. Cuando esto narraba el señor Rapella, no podía decir fijamente dónde se hallaba el famoso caudillo; presumía que, medio muerto o medio vivo, recogía sus fuerzas, las reorganizaba, lanzándose al terreno que la Naturaleza parecía haber amoldado a la hechura intelectual y física del que bien podía llamarse, si no el león, el gato montés de la guerra. «A fe mía -dijo D. Beltrán-, que está usted bien informado. Ya cuidará de decir a su amigo Borso que se ande con tiento, pues este mozo no es de los que fácilmente se dejan destruir y aniquilar». Por lo que a renglón seguido hablaron, comprendió el buen Urdaneta que en los cálculos de su flamante amigo no entraba el llevarle en su compañía, aunque en ello tuviera gusto, como se dejaba traslucir de lo que manifestó con exquisita urbanidad y palabras equívocas. Delicado en extremo, y muy ducho en artes mundanas, dio a entender D. Beltrán que los fines de su viaje exigíanle también ir solo, sin más acompañamiento que el de sus criados; manifestación que puso en gran cuidado al otro, recelando que llevase también misión diplomática, quizás como apoderado o mensajero del patriciado aragonés. Pero no atreviéndose a entrar en explicaciones, cada cual, como de zorro a zorro, se encerró en su discreción, preparándose para continuar su caminata. D. Beltrán partiría con la columna que a la sazón estaba en Fuentes, y a que pertenecía Baldomero; D. Aníbal aguardaba otra fuerza que llegaría por la tarde, mandada por un coronel, íntimo amigo suyo. Apercibiéndose para la partida, preguntó Galán a su antiguo señor que de dónde había sacado el hermoso caballo que traía, el cual, mientras Tomé lo limpiaba en el corral, era objeto de la admiración y curiosidad de todos los allí presentes. Replicó Don Beltrán que había ganado aquella joya en una donosa y feliz apuesta; sin dar pormenores del caso, mandó venir a su presencia a los dos escarmentados Joreas y el Epístola, y en un poyo del portalón les interrogó acerca de los hijos supervivientes del desgraciado Juan Luco. De Francisquín nada sabían a ciencia cierta; de su hermana, monja profesa en el Monasterio de Sigena, a cuatro leguas de Sariñena, dio el Epístola informes más concretos. Había despuntado Marcela, desde su entrada en religión, por su ciencia grave y su lúcido ingenio; sabía latín, y dándose a la lectura, lo mismo platicaba de teología que enjaretaba versos y prosas en loor de los sagrados Misterios. «Hace tiempo -dijo D. Beltrán-, que a mí llegó la fama, no sólo de su santidad, sino de su vivo entendimiento. - VI - -Me contaron -añadió Joreas-, que otra más leída y escrebida no la hubo nunca en aquel sacro monasterio, más antiguo que las Tablas de la Ley, pues lo hicieron en cuantico que empezó la cristiandad, hace unas docenas de miles de años. Oí que Sor Marcela pasmaba a todos con sus latines hablados por gramática, y que a verla iban el arcipreste de Mequinenza, el abad de Veruela y muchos calonges y prestes de Huesca, Tarragona y hasta de Aviñón, que es la Roma de esta parte de Francia. -Me consta -dijo el Epístola-, porque lo he visto y leído en parte, que escribió un lindo poema sobre el milagro de los Corporales de Daroca, y también conozco unas quintillas a la Transfiguración del Señor. Sé que de diversas partes iban personas eruditas a consultar con ella puntos graves de moral, de filosofía o de religión, y que el meollo de sus sentencias era el asombro de cuantos la oían. En el monasterio, con ser ella de las monjas más jóvenes, considerábanla como autoridad, y como a vieja la respetaban. En los principios de la guerra, dicen que llamó a D. Ramón para iniciarle a no emplear medios de crueldad, y lo mismo hizo con Nogueras. El general Mina la visitó, y también fueron a platicar con ella en el locutorio Masgoret y Tristany. Pero el año que acaba de pasar, allá por Septiembre, si no recuerdo mal, cuando Maroto vino a mandar en Cataluña, que más valía que no viniera, la partida de Llarch de Copons y la de otro cabecilla que llaman Camas Crúas, bajaron huidas de la parte de Lérida, donde Gurrea les pegó de firme; tomaron la vuelta de Benabarre y Albalate para pasar el Cinca, y con el furor que traían cometieron mil desmanes, saqueando las aldeas y arrasando cuanto encontraban. Incendiados por estos bárbaros el claustro alto y aposentos capitulares de Sigena, salieron dispersas las señoras monjas, como las abejas cuando les ahúman la colmena. Cada religiosa tiró por su lado, buscando el amparo de otros conventos o de casas honestas; y Sor Marcela, a quien se creyó muerta o extraviada, apareció en una ermita solitaria de la Sierra de los Monegros, vestida con un saco al modo de penitente, el cabello suelto, como pintan a la Magdalena, sólo que más corto; los pies descalzos, una cuerda a la cintura; y diz que iba predicando a los pastores y gente rústica para que se apercibiesen a la guerra en nombre de Cristo, peleando contra los dos ejércitos, cristino y carlino, según ella legiones de Satanás, que quieren dominar la tierra y establecer el imperio de la injusticia. -¡Vaya con la sabia!... -dijo D. Beltrán-. Pues no me parece descaminada su locura, o más bien, creo que debajo de ese desvarío se esconde la misma discreción... Y díganme ahora, señores escarmentados: ¿qué tal cariz tiene la monjita? ¿Es su rostro de buen ver? Su facha y apostura, ¿responden a la hermosa raza de los Lucos? -Señor -dijo el Epístola con extremos de admiración-, es mujer de tanta gallardía y belleza, que aun con aquel desavío de penitente, da quince y raya a las señoras más bien aderezadas. Y no diré yo que el empaque de santidad a lo anacoreta, como figura de retablo, la desfavorezca, que más bien me inclino a creer que su traje, al modo de mujer de la Biblia, hace lucir más todo aquel contorno de cuerpo que no tiene semejante, pues no ha visto usted escultura que pueda comparársele». En esto se alejó el Epístola, llamado por sus amigos, y Joreas hubo de completar las informaciones con un dato, que apuntó en la forma más descarnada y picante: «Este bribón de Epístola se calla lo mejor del cuento, señor, y es que, habiendo encontrado sola a la Marcela en un camino junto al Pueyo, la requebró de amores, uniendo a las palabras de solicitación las acciones atrevidas. Pero no contaba con el geniecico de la que él llama estatua de bulto. Arreole Doña Marcela tan fuerte bofetada, que le tiró al suelo, y cuando pataleaba para levantarse, con un madero, que unos dicen era cruz y otros una tranca, le dio tales golpes en la cabeza, que, si no acuden a la defensa del chico los compañeros que por allí cerca andaban, la santa habría dado cuenta del Epístola y del mismo Evangelio, si así se llamara este pillo. -¿Qué me cuentas? ¡Sobre la sabiduría, ese tesón, ese poder!... Vamos, que ya rabio por conocer a ese prodigio; y si no tuviera precisión de verla para que me informe de ciertos asuntos de su padre que me interesan como los míos, sólo por apreciar sus méritos, y admirarlos en lo que mi corta vista me lo permita, iría en su busca». Lo último que dijeron Joreas y el Epístola, al despedirse para continuar hacia Zaragoza, fue que la Marcela penitente andaba por aquellos meses en el Desierto de Calanda o en tierra de Alcañiz. Observó Don Beltrán, al quedarse solo reflexionando en lo que veía y oía, que desde que llegó a Fuentes de Ebro todo le anunciaba la entrada en el reino de lo excepcional y maravilloso. Nada era ya común ni vulgar. Personas y cosas traían la impresión de un mundo trágico, el cuño de una poesía ruda y libre, emancipada de toda regla. No sentía más el buen señor que ser tan viejo y andar tan mal de la vista: que si él tuviera treinta años menos y sus ojos bien listos, había de serle muy grato el ver y tocar de cerca un mundo que de modo tan peregrino quebrantaba las rutinas sociales. También le contrariaba mucho su escasez de dineros; mas como los fines de su viaje no eran otros que proveerse del precioso metal, a quien amaba más que a las niñas de sus perdidos ojos, la esperanza de alcanzarlo y poseerlo le alentaba. Salió en su hermoso caballo, marchando a retaguardia de la columna, y gran parte del camino fue al estribo, si así puede decirse, del carro en que con una señora capitana y otras dos mujeres iba Salomé Ulibarri; y por no desmentir su índole caballeresca y hábitos de sociedad, no cesó de entretener a las cuatro hembras con frases galantes, de refinada gracia sin faltar a la decencia, y a todas festejaba por igual llamándolas hermosas, sin distinguir entre la belleza de la mujer de Mero y la fealdad repulsiva de la capitana, entre la desabrida juventud de la tercera y la vejez de la cuarta. Pero como él no veía bien, todas le parecían iguales, y por no haber allí género más noble y elegante, tratábalas como a damas de alta educación. Por dicha, la columna no encontró facciosos en el camino, y el viaje fue de los más felices, fuera de las molestias, del hambre, polvo y frío, que alguna tarde y mañana se dejó sentir, llegando el buen señor bastante molido a la ciudad del Compromiso, la noble Caspe. Constante la fortuna en favorecer al caballero, encontró este en la histórica ciudad a su antiguo amigo D. Blas de la Codoñera, que allí era de los más pudientes, propietario de tierras y montes, padre de numerosa familia. Llevole a su casa, y le aposentó como a tan insigne caballero correspondía, tratándole a cuerpo de rey. Mucho agradecieron los asendereados huesos del buen Urdaneta la blandura de aquella cama, tan grande como la Colegiata, y las suculentas comidas y cenas con que le regalaron. Aún estaba la familia de luto por la muerte del hijo mayor, uno de los urbanos que fusiló Cabrera cuando entró a saco la ciudad en mayo del 35. La señora y señoritas de Codoñera no se hallaban exentas de la rudeza baturra: su habla carecía de finura; su educación, perfecta en lo moral y religioso, era muy rudimentaria en lo social. Con todo, D. Beltrán se hallaba en tal compañía muy a gusto, y se desvivía por corresponder con su exquisita urbanidad a los obsequios de la hidalga familia. Había sido el D. Blas constitucional templado hasta el día funesto de la entrada de Cabrera; pero desde tal fecha se trocó en furibundo patriota, enemigo acérrimo del obscurantismo y de las antiguallas que quería traernos D. Carlos. En la exacerbación de su sentimiento liberal, que ya era insano, llegaba hasta la impiedad y el volterianismo, abominando de la hipocresía, de la piedad extremada y hasta de las prácticas religiosas, con excepción del culto de la Virgen del Pilar. No pensaba abandonar a Caspe, pues ni él ni su familia tenían miedo; y como volviera Cabrera con su patulea de ladrones y asesinos, D. Blas se batiría en la muralla rodeado de sus hijos de ambos sexos: los chicos bien armados de fusiles, las niñas y la señora bien preparadas con piedras y ollas de agua hirviendo. Eran los hijos guapos, aunque abrutados, y tan liberalicos como su padre. A todos ellos pidió D. Beltrán noticias de la monja de Sigena, y los muchachos, que la habían visto y oído, se dividían en sus opiniones, pues mientras Rafael sostenía que era una mujer estrafalaria y medio loca, que ocultaba con las formas de penitencia sus ganas de corretear por el mundo, Pepe la tenía por hembra superior y de pasmosa virtud, que la distinguía de todas las gentes de nuestra edad, y a los mismos santos la equiparaba. Como expresara Urdaneta el firme propósito de ir en su busca, hízole presente Don Blas el gran peligro a que se exponía viajando por aquellas tierras; expuso el otro lo inexcusable de su determinación, y, hallándose en estas conferencias, trajo uno de los chicos la noticia de que la monja Marcela se hallaba cerca de Alcañiz asistiendo a su hermano Francisco en una grave enfermedad, con lo cual se le avivaron al anciano las ganas de ir a donde su interés le llamaba. De nuevo le pintó el Sr. de la Codoñera lo arriesgado de tal expedición, maravillándose de que D. Beltrán hallase gusto en el trato de una monja retrógrada y obscurantista. «A mí no me hable usted de gente levítica -dijo, recalcando esta palabra, que recientemente había adquirido en la tertulia de la botica de Cornejo-. Tengo declarada la guerra a esas ideas rancias, tan contrarias al espíritu del siglo». Tampoco le gustaba a D. Beltrán la gente levítica; pero sus necesidades le obligaban a emprender aquel viaje, que felizmente no se alargaría más allá de Alcañiz. Todo se presentaba favorable al ilustre aristócrata, pues Borso di Carminati, desde Maella, ordenó que la columna recién venida se incorporase a las fuerzas acantonadas en Alcañiz. Disponiéndose Saloma para seguir a su esposo, se lamentaba de no poder acompañarle en las operaciones, pues había orden deque la impedimenta faldamentaria no saliese de los puntos de guarnición. Despidiose a la mañana siguiente D. Beltrán de su generoso amigo. Tanto este, como su esposa, e hijos de ambos sexos, vieron salir con pena y lástima al noble anciano; y sospechando que tales calaveradas revelaban falta de seso y desvaríos de la senectud, presagiaban una desgracia. Las señoras le encomendaron a Dios, y lo mismo hizo Don Blas, pues su aborrecimiento de lo levítico no le quita el ser buen cristiano. Muertas de miedo iban Saloma y las otras militaras, y a cada rato creían oír tiros y ver un nublado de boinas aparecer por los cerros lejanos, lo que no era absurdo, pues días antes había pasado por allí el Royo de Nogueruela en dirección a Graus y Benabarre; tampoco andaban lejos Cabañero, Tena y Maestre. Contrastando con las señoras, Don Beltrán era todo intrepidez y desprecio del peligro; y en su imaginación de viejo, reverdecida en la puerilidad, no veía más que bienandanzas. Habiéndole manifestado Saloma la inquietud con que le veía entrar en el teatro de tan bárbara guerra, le dijo: «Cuando lleguemos a la gran Alcañiz que, entre paréntesis, es patria de mi abuelo materno, D. Diego de Paternoy, almirante de Aragón, señor de las casas y encomiendas de Isún de Basa y Usé, etcétera... te contaré por qué voy a donde voy, y por qué busco a quien busco. Y si ahora supones en mi conducta un desarreglo del sentido, verás luego en ella la misma cordura... Es para mí cuestión de vida o muerte, de dignidad o vilipendio... No creo que nos salgan partidas; y si salen, ya les sacudiremos. También te digo, que si es Cabañero el que nos acomete, no temo nada. Le cuento entre mis mejores amigos, y no había de consentir que me tocaran al pelo de la ropa». A la caída de la tarde entraron en la noble Alcañiz, que desde Roma viene fatigando a la Historia, ciudad vieja, como un libro de antigüedades de Aragón y un muestrario de piedras elocuentes. A la luz crepuscular, los esquinazos góticos y mudéjares parecían bastidores de teatro, dispuestos ya, con las candilejas a media luz, para empezar el drama. Resonaban las herraduras de los caballos en el pedernal de las calles levantando chispas, y el ruido de tambores jugaba al escondite, sonando aquí, apagándose allá, en los dobleces de la edificación, y volviendo a retumbar a retaguardia de la tropa. Las plazuelas se unían por pasadizos, y las calles se retorcían unas sobre otras, obscuras, ondulantes. Soldados y algunos viejos se veían discurriendo por las calles; mujeres en algunas puertas... Triste y belicosa parecía la ciudad, como un guerrero herido que se ve forzado a combatir con la mano que le queda. - VII - Metieron a D. Beltrán en una casona llamada Corte que hace esquina con el Ayuntamiento, gótica, de ojivales porches al exterior, interiormente muy capaz, con ventanas pequeñas, las puertas no muy holgadas. Allí se alojaban oficiales de distintas graduaciones. Al pasar por un gran aposento abovedado, donde había gran chimenea encendida con troncos de encina, a cuyo calorcillo se arrimaban ateridos todos los que entraban de la calle, vio D. Beltrán, agrupados en torno a una mesa, a varios oficiales y urbanos de tropa que se engolfaban en el juego, atentos con alma y vida a las manos del banquero y a las cartas que lentamente pasaba. Fuéronsele a Urdaneta los ojos hacia la timba, y subió con ánimo de volver luego, pues vio también que cubrían de manteles las mesas, como si aquella pieza fuese comedor. El cuarto en que le pusieron, juntamente con las militaras, no tenía camas; cada cual se arreglaría con las mantas, alforjas o sacos que llevase. Seis personas debían repartirse el suelo, que venía como a la medida, sin que sobrase ni una cuarta. El cenar fue más difícil operación; y si no se plantan Saloma y la capitana en la cocina, no les tocara nada de las judías y gachas, que era lo único que había, con pan moreno y algunas raciones de cecina. Pero al fin aplacaron su hambre las afligidas damas; D. Beltrán, gozoso y dicharachero, tratando de alegrarlas con sus galanterías y con enfáticos elogios de las miserables viandas que comieron. Observó Saloma que al viejo aristócrata se le iban los ojos a la mesa de los jugadores, y como ya tomaba confianza con él, se permitió decirle: «Señor D. Beltrán, noto que mira Vuecencia para el vicio, como si más en él que en nosotros y nuestra conversación tuviera toda el alma. Pues yo le digo que sería muy feo que con sus años y su respetabilidad diera el mal ejemplo de ponerse a tallar o apuntar entre aquellos perdidos. Si así lo hiciera y se dejara vencer de la tentación del juego, que ha sido la causa de su ruina, sepa que me enfado, y no le quiero, ni le cuido, ni le mimo, ni nada». Dicho esto a hurtadillas, sin que los demás se enterasen, contestó Urdaneta en la misma forma, reconociendo el buen juicio que tal advertencia revelaba, y ofreció no discrepar ni un punto de lo que su decoro y años le imponían. Si miraba era por observar las caras y ver quién perdía y ganaba. Antes de levantarse de las flacas mesas hizo conocimiento, por mediación de Galán, con dos oficiales muy simpáticos, uno de los cuales se había separado poco antes de la mesa de juego con los bolsillos totalmente vacíos. Informados de que el señor deseaba ver y tratar a la monja Marcela, brindáronse a llevarle hasta su presencia, en el cerro de Santa Lucía, donde a la sazón moraba; ambos la conocían y habían tenido más de una entrevista con tan extraña mujer, platicando de cosas de guerra, filosofía y religión, permitiéndose bromear con ella y echarle requiebros, que Marcela, en la multiplicidad pasmosa de su disposición y en la riqueza de su entendimiento, para todo tenía una palabra feliz y oportuna. No se le cocía el pan a Urdaneta hasta que no llegase la hora de la mañana que los oficiales fijaron para la visita, y pensando en ella se pasó la noche de claro en claro. Un poquito durmió el viejo después de amanecer, levantándose con los huesos doloridos de la dureza de aquellas mal cubiertas tablas. Saloma le preparó un aceptable desayuno, con huevos y chorizo que afanó como pudo en la cocina, y a las nueve ya estaba mi hombre junto a la chimenea esperando a sus flamantes amigos. Sólo uno se presentó, por tener el otro servicio extraordinario en el castillo, y sin más espera condujo al anciano hacia la puerta de la ciudad que da al río Guadalope y al grandioso puente. Fría estaba la mañana, los campos escarchados, el aire empañado por una niebla que borraba toda visión a regular distancia. Iba D. Beltrán asido al brazo de su criado, necesaria precaución por la cortedad de su vista, que con la niebla era casi ceguera total. Pasado el puente, avanzaron buen trecho por una alameda interminable; y como levantara la bruma, el teniente hizo notar la gallardía de los desnudos álamos del paseo, y mirando hacia atrás, la hermosa vista de la ciudad, coronada por el castillo y ceñida por el Guadalope. Sin enterarse bien, manifestó D. Beltrán su admiración, pues no gustaba de dar a entender que veía poco. «¿Con que es usted aragonés?... Repítame su apellido, pues ya no me acuerdo. -Estercuel. -¡Hombre, Estercuel!... ¿Es usted de Ayerbe? -Sí señor. Mi padre, D. Celestino Estercuel, administraba los estados de Ayerbe y de Boltaña; mi tío, D. Bernardino Estercuel, canónigo de Jaca... -Ya, ya... ¿Y usted por dónde me conoce a mí? -No hay en todo Aragón persona más nombrada y famosa que D. Beltrán de Urdaneta, a quien pobres y ricos señalan como el tipo de la grandeza, de la caballerosidad... Era yo muy niño y oía contar casos muy singulares de esplendidez... -A ver, a ver... ¿qué casos? -dijo D. Beltrán, risueño y malicioso, deteniéndose. -Pues que usted, poseedor de una riqueza incalculable, había mandado traer de París seis perros de caza, los cuales vinieron cuidados y asistidos por cuatro monteros y un mayordomo... Y un día, siendo yo muchacho, vi pasar unos trenes magníficos que iban para Canfranc. ¡Qué sillas de postas, qué caballos, qué galera con provisiones de cama y boca!... Pues mi tío, que entonces era capellán en la casa de Ayerbe, dijo: 'Ahí va D. Beltrán el Grande con los Duques de tal y de cual...'. -¡Ay, hijo mío! -exclamó Urdaneta melancólico, acelerando el paso-. Aquellos eran otros tiempos. ¡Lo que va de ayer a hoy!... -Y decía mi padre que sólo en Mora de Rubielos y en la Sierra de Mosqueruela poseía usted más de diez mil cabezas. -Sí, sí: muchas cabezas tenía entonces, y ahora creo que ninguna, ni aun la mía propia. Pues en Mora de Rubielos me resta algo, y aun algos, que intento recobrar... Pero hablar de mí es mirar a lo pasado, visión triste; alegremos nuestro espíritu hablando de lo presente, de la juventud, de usted... ¿Qué tal, vamos adelantado en la carrera militar? ¿Siente usted ambición de gloria?... -No mucha, señor... Un año llevo en esta vida, y le aseguro a usted que deseo la paz, aunque me quede en el grado que tengo. Y esta campaña del Centro no es para despertar verdaderas aficiones a la milicia regular. Aquí todo es cuestión de picardía, astucia y agilidad; todo cuestión de Geografía... andada, ciencia de los pies. Además, el carácter de cacería feroz que va tomando esta guerra, no es para mi genio. He sido poco afortunado, pues desde que salí a campaña no he visto más que horrores; y desgracias de nuestras armas. Para tener mala pata en todo, me estrené con un acto militar que ha dejado en mi espíritu una sombra lúgubre, algo como una mancha que no puedo borrar: el fusilamiento de la madre de Cabrera. -¡Qué dolor!... ¡Barbarie inútil, impolítica! -Empecé mi carrera destinado al regimiento de Bailén, 5º de Ligeros, que daba guarnición en Tortosa, y mandé el piquete que dio muerte a la infeliz mujer. Cuando al amanecer del 16 de Febrero del año pasado se nos dijo que a las diez íbamos a fusilar a María Griñó, no lo creíamos. Los Nacionales negábanse a cumplir la sentencia. Nosotros no podíamos menos de obedecer; pero aún esperábamos que tal atrocidad se aplazara indefinidamente, y aplazarla era como un indulto disimulado. Entre nosotros se decía que el alcalde de Tortosa, Don Miguel de Córdova, protestaba de tal iniquidad, y que quiso inducir al Gobernador, general D. Gaspar Blanco, a no dar cumplimiento a la bárbara orden. Ello era cosa Nogueras, que ofició al General Mina, y de los allegados de este... Reconocía el Gobernador que disponer tal muerte no era propio de caballeros, y que si en algún caso procedía desobediencia, había llegado la hora de poner en el oficio la fórmula: se acata, pero no se cumple. Mas el hombre no se atrevió, y su desmayada voluntad y su corazón vacilante nos dieron aquel terrible ultraje de la justicia. Dicen que al resistirse a los ruegos del alcalde y de otras personas calificadas de la población, se echó a llorar... Sus lágrimas fueron de ésas que no producen ningún bien ni evitan los males... Ello es que metimos a Doña María en el calabozo, y la cargamos de grillos, y le llevamos al cura D. José María Trench, hombre bueno y compasivo, que también, llorando a moco y baba, fue a interceder con el Gobernador, sin conseguir ablandarle. Confesada, mas no comulgada, pues para esto no le dimos tiempo, la llevamos a la barbacana. Por el camino, al paso de la pobre víctima, se agolpaba poca gente, pues la mayoría de los vecinos no se había enterado todavía; de los que vio, se despedía con palabras sencillas y cariñosas, como si para un viaje saliera. No puedo olvidar su figura modesta ni su traje, el mismo que tenía en la prisión: saya de cotolina azul, ya muy usada; jubón de pana verde. Llevaba al cuello un pañuelo obscuro con fleco, y a la cabeza otro, blanco, sin atar las puntas. Era delgada, de mediana estatura, rostro moreno y curtido con arrugas en la frente, el mirar dulce, expresión candorosa. En sus manos atadas llevaba una cruz. Su resignación, la paz de su alma, su tranquilidad sin artificio, nos maravillaban; el no pronunciar palabra ofensiva para nadie, nos colmaba de pena, oprimiéndonos el corazón. La fortaleza con que afrontaba el suplicio hacía más vergonzosa la innoble cobardía con que nosotros, con tanto aparato de fuerza, destruíamos aquella vida que no había hecho daño a nadie. «¿Qué resulta contra ella?» nos preguntábamos, o lo pensábamos, por no atrevernos a decirlo. No resultaba más sino que había dado el ser a Cabrera... Llegados a la barbacana, la hicimos avanzar como a veinte pasos del baluarte... El cura que la asistía, D. Joaquín Curto, no se separaba de su lado tan pronto como convenía. La mirada que nos echó María Griñó al entrar en el cuadro no se me olvidará si mil años vivo. ¿Fue de menosprecio, de compasión? De cólera no era, ni tampoco suplicante... no nos pedía que la perdonásemos. Tal vez quiso decirnos que ansiaba terminar pronto, concordando en esto fatalmente con las órdenes que habíamos recibido. Se le vendaron los ojos. Fue preciso, para abreviar, tirarle suavemente del manteo al cura para que se retirara. El pobre señor estaba turbadísimo: le dijo de cerca que rezara el Credo, y luego en voz más alta, alejándose, le anunció que iba a gozar de Dios... Yo tenía que dar la orden de fuego agitando un pañuelo. Me pasó por la mente la idea de no darla, sublevándome en nombre de Cristo. Pero la fuerza de la disciplina, de que no nos damos cuenta, se impuso. Ello es que sonaron los tiros, y cayó la mujer al suelo, de golpe, sin ruido ni contorsiones, como un vestido, como un colgajo de trapos que cae de una percha... -¡Horrible... y estúpido! -exclamó Don Beltrán-. Si tiene usted más hazañas de estas en su hoja de servicios, no me las cuente. Mi pobre corazón viejo no resiste esas emociones ni aun contadas. -Tres días estuve enfermo, sin poder apartar de mí la mirada de María Griñó, ni aquel modo de caer al suelo, como un vestido que se desprende de un clavo... El vecindario de Tortosa quiso alborotarse, y tuvimos que contenerle. Los Nacionales trinaban y creían que se habían deshonrado por formar en el cuadro media compañía. Aseguraban que si se les hubiera mandado formar el piquete de fuego, no habrían obedecido... Desde aquel día es para mí esta guerra una nube de plomo posada sobre mis ojos, como un telón a medio echar. Ni sube, ni baja... ni veo bien la guerra, ni veo la paz... No habrá ya paz en la tierra de España. ¿Sabe usted lo que dijo Cabrera cuando supo la muerte de su madre? Mirando a las cumbres que cercan a Valderrobles, dijo que la sangre subiría hasta las cimas más altas. Y va subiendo, va subiendo... Para no cansar a usted, Sr. Don Beltrán, le diré que mis campañas desde entonces no han sido más que una cacería infatigable. En multitud de encuentros me he visto, todos encarnizados: estuve en las acciones de La Jana y de Toga, al mando de Buil; allí tuvimos la suerte de derrotar al Serrador. En Ulldecona, cuando Iriarte dio una tremenda paliza al Organista y a Llangostera, también tuve la honra de encontrarme. Marchas penosas, hambres y trabajos mil he pasado; peleando sin cesar, no veo que el aspecto de la guerra cambie. Siempre es lo mismo: las ventajas de hoy son el descalabro de mañana. Si una columna vence aquí, otra sucumbe dos leguas más allá. Se les echa de un valle, y aparecen en otro. Creyérase que salen de debajo de las piedras, y que la sangre de tantas víctimas, caliente y rabiosa, aun después de derramada, engendra facciosos en los bosques, en los charcos de los barrancos, en los escombros de las masadas destruidas. Esto no es guerra, digo yo: es un duelo feroz, nunca suspendido. Nogueras conoce el terreno, pero le falta cabeza. Borso tiene intención, pero no domina el suelo. Sin darse de ello cuenta, conduce sus tropas por el camino más largo. No encuentra nunca al cabecilla que busca, sino a otro que le sale inesperadamente por retaguardia, cuando no le salen dos. Así no acabamos nunca. Si no traen un ejército muy grande para ocupar todas las posiciones y pueblos de importancia, a la defensiva, tapándoles los boquetes y pasadizos para sus correrías, matándoles de hambre y provocándoles a que se enzarcen unos con otros, tenemos guerra para un siglo. Yo me doy a pensar en esto, y digo: «¿Por qué combatimos?». Ahondando en el asunto, encuentro que no hay razón para esta carnicería. ¡La Libertad, la Religión!... ¡Si de una y otra tenemos dosis sobrada! ¿No le parece a usted?... ¡Los derechos de la Reina, los de D. Carlos! Cuando me pongo a desentrañar la filosofía de esta guerra, no puedo menos de echarme a reír... y riéndome y pensando, acabo por convencerme de que todos estamos locos. ¿Cree usted que a Cabrera le importan algo los derechos de Su Majestad varón? ¿Y a los de acá los derechos de Su Majestad hembra?... Creo que se lucha por la dominación, y nada más, por el mando, por el mangoneo, por ver quién reparte el pedazo de pan, el puñado de garbanzos y el medio vaso de vino que corresponde a cada español... ¿No opina usted lo mismo? -Lo mismo, querido Estercuel, lo mismo. Es usted un sabio. ¡Tan joven, y ya profundiza! - VIII - En esto llegaban al término de la extensísima olmeda, de donde a los ojos se ofrecía un hermoso espectáculo: la cascada que forma el río Alto al precipitarse en el Guadalope. Cerros enhiestos formaban el marco de tan bello paisaje, que D. Beltrán pudo gozar, porque despejada la niebla, daba el sol relieve y colorido a todos los objetos. «Si es este el lugar que esa sierva de Dios ha elegido para sus penitencias -dijo el anciano-, a fe mía que ha tenido buen gusto. -En aquella casucha que ve usted junto a dos peñas muy grandes, sombreada por una encina que parece partida por un rayo, moraba estos días la que llamaré ermitaña trashumante. Aunque no estaba seguro D. Beltrán de ver lo que su amigo le indicaba, allá se encaminó a buen paso; y antes de llegar al sitio designado, vieron que hacia ellos venían dos vejetes con trazas de pastores, por sus vestiduras de pieles más parecidos a osos que a personas, uno de los cuales, al llegar a donde pudo ser oído, les dijo: «Si van en busca de la maestra, vuélvanse, que no la encontrarán. -¿Pues dónde ha ido mi señora y capellana? -preguntole Estercuel, sospechando que no le decía la verdad. -¡Por vida de...! -exclamó Urdaneta, golpeando airado el suelo con su bastón-. No creí que la buena estrella que me guía en este viaje se eclipsara tan pronto. ¿Sabéis, buenos amigos, si ha ido muy lejos? Porque si supiera que no estaba distante, iría en su busca, que con mis setenta y tantos años, no me arredran un par de leguas. -Ayer de mañana -dijo el viejo-, fue a la Ginebrosa con mi sobrino, y nos mandó que por hoy al mediodía la esperáramos en Castellseras, para ir juntos a donde ella disponga. -Entre paréntesis: ¿sabéis si vive y dónde está Francisquín Luco, hermano de Marcela? -Vive, gracias a Dios... pero del paradero no le diré, señor -replicó el anciano receloso, después de pensar lo que decía-. No sé... -Sí sabes, tunante; pero no quieres decirlo. ¿No estaba gravemente enfermo? ¿No le asistía su hermana? -Así parece, señor... -Está bien... Por ventura, ¿no tendríais en vuestra covacha algo de comer? Porque con el fresco de la mañana y el paseo me siento un tanto desfallecido. -Cuando les vimos venir estábamos cortando el pan para hacer unas pobres migas. Si los señores quieren participar de esta humildad, el gusto será nuestro, y la penitencia de los señores. -Discreto eres... Ea, preparad esas migas con prontitud, y allá va con vosotros mi criado para que nos avise cuándo podemos ir a matar el hambre». Al quedarse solos D. Beltrán y Estercuel, sentaditos en una piedra, dijo el militar al prócer: «Se me había olvidado informar a usted de lo que en el país se cuenta de las idas y venidas de la monja suelta, y de la prontitud, al modo teatral, con que aparece y se oculta, sin que nadie pueda saber de dónde viene ni por dónde se escabulle. Es una conseja, y a título de tal se lo cuento, advirtiéndole que esta guerra ha resucitado en el país la Edad Media, tan bien acomodada a su naturaleza bravía, a la rudeza de sus habitantes y a la muchedumbre de castillos, monasterios y santuarios que por todas partes se ven. -Ya había pensado yo eso de que por ensalmos nos encontramos en siglo de feudalismo. Cuente, cuente pronto esa leyendita, que quizás no lo sea. -Pues se dice, y hay quien lo jura, que el padre de esta señora ermitaña o peregrina era hombre muy rico. -¿Y a eso llama usted conseja? Puedo dar fe de las propiedades que poseía Juan Luco, las cuales fueron mías... -Y a más de la propiedad, dicen que poseía grandes cantidades de dinero metálico... -Naturalmente: era hombre que apenas gastaba el tercio de sus rentas... ¿Y qué más? -Que antes de lanzarse a pelear por Isabel, Juan Luco puso en un lugar seguro una olla de onzas... -Precaución muy acertada... -Y en otro lugar seguro, a bastantes leguas del primer sitio, otra olla de onzas. -Tenía propiedades en Rubielos... -Y en Valderrobles, y en Calanda, y en Morella... sus hijos hicieron lo propio. El primogénito sepultaba ollas en este monte, y el segundo en aquel barranco... De modo, señor mío, que por todas estas tierras y por parte de las del Maestrazgo, están esparcidas las riquezas de Luco. -Pues, amigo mío -dijo D. Beltrán grandemente excitado, levantándose y haciendo rápidos molinetes con su bastón-, no veo la conseja... no veo más que un caso muy natural, la pura lógica, señor mío, el puro sentido común. -Ollas en los montes de Gúdar, ollas en el desfiladero de Vallivana, ollas en Mosqueruela, ollas en Beceite, ollas en Calanda, en Peñagolosa... y quién sabe si aquí mismo, bajo nuestros pies, habrá un puñadito de oro... -Hijo, podrán ser más, podrán ser menos -dijo D. Beltrán con grande animación, iluminado el rostro, brillantes los ojos, revelando una credulidad infantil-. El número de ollas no lo sé... pero que las hay... ¡ah! lo creo y lo creo, como si las hubiera enterrado yo mismo... Y no me contradiga usted, porque cuando afirmo verdades como esta, no es prudente contradecirme... -No, si no me parece absurdo... Pero falta lo mejor de la conseja. Dice el pueblo, y cuando el pueblo lo dice es porque lo cree como el Evangelio, que esta señora monja ha tomado ese empaque ermitañesco y peregrino para recorrer y vigilar los lugares donde yacen escondidas las preciosas tinajas... Sin duda conoce los sitios por inspiración del cielo, o por topografías milagrosas que le ha comunicado el Espíritu Santo... -No se burle usted, amigo mío, que estas cosas no son para tratadas con genio maleante... Y le advierto que me desagrada oír chanzas aplicadas a cosas y objetos de la mayor seriedad. -Serio, profundamente serio es cuanto digo, si aceptamos la ficción de hallarnos en plena Edad Media. Prepárese usted, si persiste en penetrar en el país, a ver milagros y hazañas, casos inauditos de santidad o sortilegio, brujas, duendes, apariciones; subterráneos que empiezan en un castillo y acaban en un monasterio a siete leguas de distancia; verá usted hombres feroces, hombres heroicos, mujeres endemoniadas o angelicadas; verá usted, en fin, a la hermosa y andante Marcela, con aliento guerrero y olorcillo de santidad, corriendo por montes y barrancos para tomar nota de las mil y quinientas ollas de Luco, y trasladar a lugar seguro y profundísimo las que fueron escondidas a flor de tierra en parajes muy transitados; prepárese usted a ver todo esto, y si algo descubriese contante y sonante, avise, Sr. D. Beltrán, que no ha de faltarle un buen amigo que, armado de pala y azadón, le preste ayuda. -¡Tunante! -dijo el anciano, que gozoso se lanzaba a la confianza paternal-, si tuviera usted la suerte de encontrar uno de esos nidos, ya sé que le faltaría tiempo para ponerlo a un maldito caballo, o a un as indecente... No quiero dejar pasar esta ocasión sin echarle un réspice... mi ancianidad me da derecho a ello... Yo te vi a usted anoche encenagado en el feo vicio. Paréceme que era usted el que tallaba... -Sí, señor, por mi desgracia. No sé si advertiría usted que me desplumaron. -Tanto como eso no reparé... Y ¿qué tal? ¿Eran atrevidos aquellos puntos? ¿Se traían alguna martingala?... Sea lo que quiera, un joven de sus méritos no debe dejarse dominar por la pasión del azar... Todo el dinero que caiga en sus manos guárdelo usted, hijo, guárdelo para sus necesidades de mañana. Piense en la vejez, que si en todo caso es triste y desabrida, sin dinero es suplicio grande. Pero, si no me engaño, oigo la voz de Tomé que nos llama, señal de que esas benditas migas nos esperan». No tardaron en llegar a la choza; y tan grande apetito se le había despertado al buen señor por causa de la frescura matinal, del paseíto, o quizás por la risueña visión de las ollas auríferas, que empezó a tragar migas, todavía calientes, a riesgo de abrasarse el gaznate; y comiendo decía: «Pues de tal modo me interesa avistarme hoy mismo con la venerable madre Marcela, para tratar con ella de un grave punto de religión, que si estos señores van en su busca, les acompaño... No, no puedo detenerme... No trate usted de disuadirme, amigo Estercuel. Ni a mí ni a mi criado nos arredran ladrones ni carlistas. Si usted los teme, vuélvase tranquilo a Alcañiz. -No por miedo, Sr. D. Beltrán, sino porque mis deberes militares al pueblo me llaman, me veo precisado a dejarle partir solo. -¡Ah! la obligación es antes que la devoción. El buen militar no se pertenece... Pues iré con Tomé y estos ancianitos. ¿Qué distancia me ha dicho? ¿Legua y media? A pie mejor que a caballo. Me conviene un poco de ejercicio... sí... Aún tengo bríos para andar largo trecho. Si he de decir la verdad, me siento... así como rejuvenecido... Sin duda es el aire de esta tierra, no sé qué gozo del ánimo... Hasta parece que veo mejor... Sí, sí... distingo perfectamente las pieles de estos hombres, la sartén, todo... No hay duda, no hay duda: veo mejor, amigo Estercuel... Y apostaría que, después de un paseo de dos leguas, se me aclarará la vista notablemente... ¿Y qué tal?, ¿Se conserva bien la hermana Marcela? No la he visto desde que era muy niña...». Atacado de una locuacidad que no podía contener, enjaretaba cláusulas sin el debido enlace entre unas y otras. Como los ancianos no decían una palabra ni comían, pidioles cuenta D. Beltrán así de su silencio como de su falta de apetito, y el uno de ellos respondió que delante de tan gran señor no era decente que ellos, infelices mendigos, hablasen ni comiesen. Replicó a esto el afable aristócrata, que ante Dios, Padre común del género humano, todos los hombres eran iguales, y que, pues allí les reunía el acaso, no se acordasen de vanas categorías. Si ellos eran pastores, ¿qué oficio y estado superaba en nobleza y antigüedad al de conducir rebaños? Pastores fueron los patriarcas en aquel pueblo que Dios llamó suyo; pastores fueron los primeros que adoraron y reconocieron al Redentor del Mundo en Belén, y este había representado su misión debajo del simbolismo de un pastor del gran rebaño de la Humanidad. A esto replicaron los vejetes que no eran ellos pastores, y que usaban aquellos pellejos, y los peales y zurrón por ser el traje más adecuado a la frialdad del tiempo y a la fragosidad del país. «¿Pues qué sois? -dijo el prócer, suspenso, preparándose a probar de un queso que le ofrecían. -Nuestro oficio es el de sepultureros; sólo que ya hemos dejado aquel empleo tan humilde por acompañar y seguir a la divina Marcela. -¡Hombre, hombre... sepultureros, enterradores! -exclamó Urdaneta con asombro-. Pues también es ocupación noble, antiquísima como el mundo, pues desde que hubo vida, hubo muerte. Y oficio santo además, que en él se cifra una de las obras de Misericordia. Muy bien, muy bien, pobrecitos. Me agrada vuestra compañía. Enterrar los muertos es noble misión. Dios manda que, después de recoger Él el alma, se dé a la tierra lo que le pertenece. ¿Y quién sabe si revivirá algo de lo que habéis soterrado? No todo lo que entra en la tumba es muerte. La fosa recoge también la vida, para sustraerla a la codicia y al latrocinio... Y difuntos aparentes habréis sepultado, que volverán a la vida y... Pero de estas filosofías no entendéis vosotros... Y dime otra cosa: desde que os encontré, tú solo hablas. ¿Por qué no hemos oído la palabra de tu compañero? -Porque se le traba la lengua, y no quiere que le oigan... -Es tartamudo... mudo quizás. Ya sabe Marcela lo que hace, rodeándose de hombres callados, silenciosos, y cuando no, discretos como tú... Pero no perdamos más tiempo y pongámonos en camino. Levantose ágil, sin esfuerzo, con sorpresa de todos, y emprendieron la bajada al camino, al llegar a este se despidió del amable militar, que deseándole un regreso pronto y feliz, le dijo: «Ya ve el Sr. D. Beltrán cómo va resultando lo que anuncié. Edad Media, pura Edad Media... Supongo que le veremos esta noche por Alcañiz, y ya nos contará, ya nos contará... Quiera Dios que no tenga un mal encuentro... Es posible que pueda ir y volver felizmente, porque no hay noticias de que ahora anden por aquí partidas. Abur. A Sor Marcela le da usted expresiones de mi parte, y que se deje ver... De buena gana me ajustaría yo en su cuadrilla de sepultureros, si supiera que tocaban a desenterrar... lo que usted sabe. Adiós». Internándose a buen paso en la olmeda que conduce a la ciudad, decía para su sayo el bueno de Estercuel: «El pobre señor, reverdecido en la niñez, está ya en su elemento: la conseja». - IX - Anduvo larguísimo trecho D. Beltrán por la margen izquierda del Guadalope, sin encontrar alma viviente, pues los caseríos estaban desamparados, los ganados dispersos, hombres y animales del campo huídos; y tan presuroso iba por el estímulo de su deseo, que al llegar a las primeras casas de una aldea desierta, que debía de ser Castellseras, faltáronle súbitamente al anciano los alientos, y dejándose caer en un montón de tierra, cercano a un edificio en ruinas, dijo a sus acompañantes: «Amigos míos, la costumbre de andar en coche y a caballo ha quitado vigor a mis piernas para la marcha peonil. Vosotros andáis sin fatigaros muchas leguas, yo no puedo. Me rindo, me entrego, y pues ya no estamos lejos del punto en que os habíais citado con la maestra, os ruego que os adelantéis y le digáis que la espero aquí. Recordad bien mi nombre: D. Beltrán de Urdaneta... el grande amigo y en otro tiempo protector de su padre...». Obedecieron sin chistar los dos viejos, y D. Beltrán se quedó solo con su criado Tomé, el cual no hacía más que mirar a los cerros cercanos, pues en todos veía fusiles y boinas su medrosa fantasía. Por indicación suya, se pusieron al abrigo y sombra de aquellas derrumbadas paredes, de donde vigilarían quién viniera, y podrían esconderse si alguien se acercaba con malas intenciones. Allí se aguantaron como unas dos horas, y ya se impacientaba Urdaneta, cuando Tomé, encaramado en lo más alto, avisó la presencia de cuatro personas por el camino que habían seguido los viejos al partir. «¿Ves a los enterradores? -preguntó Don Beltrán ansioso-. ¿Viene con ellos una señora vestida de monja o penitente? -A los dos abuelicos les veo -dijo Tomé cuando las cuatro figuras se aproximaron-; pero no viene ninguna monja, sino dos chicarrones, uno de ellos con sotana. -¿Estás bien seguro del sexo? -¿Qué dice, señor? Si llama sexo a lo de distinguir de machos y hembras, apuesto lo que quiera a que los cuatro son hombres naturales, aunque al uno no le veo piernas por bajo, y por arriba le veo melenicas como las de una imagen. -¿Luego viene uno con faldas? -Mas no son faldas ni andares de mujer, sino al modo de las túnicas de los santos, que siempre usaban sayos o camisones». Y cuando ya cerca estaban, y amo y criado salían de las ruinas para recibirles, gritaba Tomé: «Señor, señor, déjeme que me santigüe, pues esto no es cosa buena. El de los pelos largos y caídos es un muchacho amujerado, o mujer hombruna. No he visto otra... -Cállate, simple, y ponte a un lado, que ya veo los bultos, y me adelanto a saludar a Marcela». Del grupo que venía, se adelantó una figura híbrida, tal y como Tomé la había descrito, para mozuelo, de regular talla, para mujer, de elevada estatura, con gallarda medida y proporción. Era el rostro moreno, tan tostado del sol que semejaba al de una efigie secular, cuyo barniz el tiempo ha obscurecido dándole una dulce pátina con vislumbre sienoso. Los ojos grandes, negros y de profundo mirar, parecían de hombre; de la nariz para abajo representaba cara fina y graciosa de hembra, con hoyuelos en la barbilla, y un poco de vello sobre el labio superior. El cabello caía en guedejas que parecían plumas de un gallo negro, y le llegaba hasta mitad del pescuezo, no menos tostado que el rostro, partiéndose en la frente en dos ramales espesos, ásperos, que a veces nublaban los ojos. Era el cuerpo de rara perfección, más de hombre que de mujer, pues no se le notaba elevación del seno, el cual era poco más alto que el de un mocetón de anatomía lozana; bien sentidas la cintura y cadera, sin ofrecer curvas muy acentuadas; el pie desnudo, de color de antigua caoba, de mediano tamaño tirando a grande, y admirable forma. El sayal que vestía, de parda estameña, remedaba un hábito franciscano de varón; pero sin cuello ni capucha, sencillísimo en su traza y corte, ceñido a la cintura por una cuerda. Llevaba el rosario en un bolsillo interior del hábito, que se manifestaba en una abertura vertical al costado derecho, por donde asomaba la cruz de bronce. Mayor bulto que el de un rosario se veía por aquella parte; señal de que guardaba otros objetos, pañuelos quizás, o sabe Dios qué. La voz, que hirió con sonoro timbre los oídos de Don Beltrán en el primer saludo, era como de muchachón tierno, engrosada por la constante vida al aire libre en país tan frío. «Aunque estos pobrecitos -dijo Marcela- equivocaron el nombre... Don Jordán de la Beltraneta, ya comprendía, señor, ya comprendí que era usted... el que me hacía el honor de venir en mi busca... -El honor es mío -replicó D. Beltrán descubriéndose y besándole la mano-, y me considero feliz de ver en opinión de santa a la que conocí muy niña... Ya, ya se anunciaba en ti la mujer superior, extraordinaria, eminente... -Mi padre le apreciaba a usted de veras -dijo Marcela, cortando el elogio-. Diez días antes de morir, estuvo a verme, y hablamos largamente del Sr. D. Beltrán... -Siempre tuve a Luco -afirmó el prócer, gozoso de lo que la ermitaña relataba-, por uno de mis mejores amigos. De cuantas personas he tratado en mi larga vida, Juan fue la única en quien vi siempre la flor de la gratitud... Sabrás que a mi protección decidida debía tu padre los adelantos de su fortuna. -Lo sé... y a gala tenía el recordarlo... A mis hermanos y a mí, cuando éramos niños, nos enseñó a pronunciar con el mayor respeto el nombre para él sagrado de Urdaneta... Pero si el señor gusta de que hablemos, no piense en volverse hoy a Alcañiz, y véngase conmigo despacito hacia Calanda, que allí tengo un alojamiento regular, y podré darle algo de comer, siempre dentro de la suma pobreza». Tan grata impresión habían hecho en el viejo las primeras palabras de la santa mujer, que a todo se prestó gozoso, diciendo: «Vamos a donde tú quieras, hija mía, y no creas que me asusta la pobreza, pues he llegado a una situación en que mi gloria es confundirme con los humildes. -Vivimos en el reino de la desventura -dijo la ermitaña con austeridad-. El azote de Dios nos ha reducido a todos, ricos y pobres, hombres y mujeres, a las extremidades de la miseria, y a no contemplar más que espectáculos de tristeza y dolor. El Señor nos ha castigado, nos somete a prueba durísima, desatando a la Muerte para que a ninguno perdone. Convenzámonos de que sólo breves instantes nos faltan para morir, que no hemos muerto ya por cansancio de la misma Muerte, la cual apenas tiene aliento para cortar tantas vidas, y preparémonos... -¡Oh! sí, bien preparado estoy para cuando el Señor lo disponga... -Y en tanto, fortifiquemos nuestras almas con la paciencia, con el gusto de las adversidades, y celebremos las miserias y trabajos que Dios nos envía. -Sí, hija mía, sí... celebrémoslo... ya lo creo que debemos celebrarlo... -'Que los trabajos bien recibidos y padecidos son, no sólo útiles y provechosos, sino gustosos y sabrosos...'. Esto lo dijo Nicéforo, famoso historiador de la Iglesia, y añade que 'son las adversidades satisfactorias por los pecados, y que los trabajos nos son útiles por la fortaleza que con ellos se gana'. Tengamos fortaleza, Sr. D. Beltrán, esta soberana virtud con que se vencen y encadenan todos los males. -Sí, hija mía, sí -murmuraba D. Beltrán-: seamos fuertes; yo busco la fortaleza. -Dice el bienaventurado San Juan Crisóstomo que 'aunque los trabajos no tuvieran otro bien sino el que el hombre recibe con su paz y quietud cuando le faltan, fueran de muy grande codicia'. -Paz y quietud anhelo yo, hija mía, y por Cristo, que a mis años, después de tantas luchas y fatigas, bien merezco el reposo. Y bien podría el Señor concedérmelo en premio de la valentía con que me lanzo por estos caminos infestados de facciosos. Cierto que cuando Dios nos manda trabajos y adversidades, ya se sabrá por qué lo hace; pero yo te digo ahora, con perdón de San Nicéforo y San Crisóstomo, que maldita gracia me hará que nos salga una partida carlista y nos deje en cueros, o nos apalee o nos fusile... -El verdadero cristiano -dijo la beata peregrina con acento firme, sin afectación-, no sólo no teme la muerte, sino que la desea. Cuenta Eusebio en sus Anales que, 'hallándose los mártires presos, se alegraban creyendo habían de ser los primeros que sacasen a martirizar, y cuando no lo eran, quedaban desconsolados'. -Pues perdóneme el señor Eusebio... -Y testifica San Jerónimo que el bienaventurado mártir San Ignacio escribía a Siria desde Roma, poco antes de su martirio: 'Plegue a Dios dejarme gozar de las bestias que me esperan, las cuales ruego a Dios no sean perezosas en acabarme...'. Donde dice bestias ponga usted facciosos, y digamos: 'Que vengan cuando quieran y nos despedacen'. -Todo eso es muy bonito para dicho; pero como no soy santo, quiero guardar de ésos los pocos días que me restan». Si en los comienzos del diálogo le encantaba a Urdaneta la firmeza de convicciones de la peregrina y el severo estilo con que la manifestaba, en cuanto empezó a largar citas se le hizo un poquito indigesta tanta sabiduría. Preguntole que cómo podía repetir sin equivocarse tantos textos de sagradas escrituras, y ella lo explicó por su prodigiosa retentiva... Lo que una vez leía, no se le olvidaba nunca, y su mente era una copiosa biblioteca, que usaba sin compulsar libros. Por todo el camino fue soltando citas de Santos Padres y de Aristóteles y Cicerón; que también éranle familiares los filósofos profanos; y ya un tanto mareado D. Beltrán con aquella erudición fastidiosa, diputó a Marcela por un papagayo con más memoria que discernimiento. Aún era muy pronto, dice el narrador, para formar juicio tan terminante. Al caer de la tarde, llegaron a un barrio de Catanda, y metiéronse en una casa mísera, donde había tres mujeres. Ningún hombre se veía en todo el lugarejo ni en sus contornos. Impaciente por hablar largo y tendido con la santa, hizo propósito D. Beltrán de plantear el magno asunto en cuanto despacharan la frugal cena de alubias, habas secas, y algunos huevos con que fue regalado el huésped. Como si le leyese en el rostro los pensamientos, Marcela se apartó con él a un rincón de la estancia donde comieron, que era un establo de cabras, sin cabras, y le dijo: «Sr. D. Beltrán, antes que empiece yo mis rezos y ejercicios de la noche, y antes que usted se acueste... que para su nobleza se prepara en esta humildad un mediano lecho... quiero que me diga la razón de venir a buscarme. -Precisamente, ya se me hacía tarde el hablarte de ello, hija mía. Bien comprenderás que si a los riesgos de este viaje expongo mi ancianidad, es porque me lo exige mi decoro, el honor de mi nombre. -Fuertes razones habrá sin duda. Recordando lo que del Sr. D. Beltrán me dijo mi padre días antes de morir, lo que después oí a mis hermanos, y agregando lo que yo con mi pobre entendimiento adivino, creo conocer los motivos que acá le traen. -Si lo has adivinado, me libras del enojo de decírtelo, que nunca es grato en un hombre de mi condición declarar sus necesidades. Pero algo debo referirte como antecedente necesario, y es el hecho de las desavenencias graves con mi familia, y mi resolución de abandonar la casa de Idiáquez para no volver más a ella. -También sé algo de esto -indicó la monja con un dejo de severidad-, y creo que no es toda la culpa de su familia, que buena parte de esa culpa debe recaer sobre usted. -Puede... sí... no digo que no... -murmuró desconcertado el aristócrata. -Porque las opiniones están conformes en que ha sido usted un pródigo incorregible... Ha derramado su caudal, y ahora se encuentra escaso y pobre. Effusus es sicut aqua; non cresces. «Derramado has como agua, y ahora no creces, no tienes», como Jacob dijo a su hijo Rubén. -Sí, es cierto... sí... Pero yo, por mi condición generosa y mis hábitos de gran señor, desprecié siempre las cosas menudas, pequeñas... -¡Ah! señor mío. El Eclesiástico lo ha dicho: qui spernit modica, paulatim decidet. ¿Lo entiende usted? -Hija mía, se me ha olvidado el poco latín que aprendí en mi niñez. Háblame castellano. En castellano neto te digo yo que si es cierto que con mi conducta he creado mis daños, ya no estoy en edad de corregirme. -Bueno, señor. Pues mi padre... -Tu padre era, el primer año del siglo, un triste labrador que llevaba en arrendamiento algunas de mis tierras de Rubielos. Gran trabajador, gran economizador, el año 6 y 7 quiso comprarme las piezas de Alventosa y el prado grande de Alcalá de la Selva. Aunque otros compradores me ofrecían mayores ventajas, preferí a Luco, atento a su honradez y puntualidad... Además, siempre me ha gustado dar la mano al pobre. Quedose tu padre con aquellas tierras, luego con otras, y me pagaba cuando quería, a su comodidad y desahogo. ¿Es esto cierto? -Usted lo ha dicho. -Siempre se mostró tu padre agradecido, y andando los años recibí pruebas de la estimación en que me tenía. -Y jamás le apremió usted por los pagos; lo sé. -Ni le cobré intereses por las demoras. Al fin, todo fue suyo; todo no: quedábanme el monte de Mosqueruela y la encomienda de Forniche Bajo. El 22, hallándose ya Luco en gran prosperidad, por las buenas cosechas y el gran incremento que tomó el comercio de lanas, propúsele yo que me comprase la Mosqueruela para que redondeara sus estados, y accedió a ello, abonándome, desde aquella fecha hasta el 30, los plazos en que estipulamos la venta. El año 33, hallándome yo algo escaso de fondos, y necesitando reunir una cantidad para atenciones ineludibles, pedí a Luco dos mil duros, que me mandó al instante. Le cedí las rentas de la Encomienda por todo el tiempo que fuese preciso hasta la extinción de la deuda, y al año siguiente le propuse que me comprase también esta finca por la valoración que estimara justa. Todo se hizo conforme a la voluntad de tu padre, pues ni yo regateaba con un hombre de tanta rectitud y conciencia, ni me hallaba en aquellos días, por el aturdimiento que me causaban mis afanes, en disposición de apreciar mil duros más o menos en mis negocios. Siempre he sido lo mismo. Pasó tiempo; y hace unos meses, hallándome yo en Villarcayo, recibo una carta de tu padre en que me decía: «Sé, mi noble señor, que por ruindad de los tiempos y caídas de grandezas humanas, se halla Vuecencia en escasez de posibles. Si con el caudal no ha perdido la memoria, recuerde que está en el mundo Juan Luco, y no olvide que Juan Luco no consentirá jamás que padezca necesidades el primer caballero de Aragón». -Así es -dijo la venerable, afirmando además con una fuerte cabezada. -Y hay más, hay más, mi bendita señora -dijo D. Beltrán, animándose con el buen giro que, a su parecer, llevaba el asunto-. En la misma carta decía: «Recuerde también el señor, y medite y repare que lo de la Encomienda fue más ventajoso para un servidor que para usía; y pues Juan Luco ha sido siempre hombre de conciencia, hoy, ante la verdad clara de sus adelantos de fortuna, quiere serlo en mayor grado, y más que condenarse por egoísta, le gustará salvarse por generoso. Dígame, pues, el señor lo que necesita, y no será él tan presuroso en decírmelo como yo en acudir a su alivio y remedio...». Esto decía; y si lo dudas, angélica mujer, aquí tengo la carta... -No, no ha de mostrármela, señor, pues lo que me dijo pocos días antes de morir mi honrado padre es en todo conforme con el tenor de su carta». - X - Echó D. Beltrán de su pecho, al oír tan consoladoras palabras, un suspiro muy grande, con el cual pareció que se descargaba de la pesadumbre de sus desdichas. Miró a la santa mujer, que al suelo inclinaba sus ojos sin expresar nada inteligible en su rostro de imagen. Pasado un ratito, la penitente miró al anciano, diciéndole: «Hora es ya de que descanse, señor. Por lo que hemos hablado, bien se ve que sus deseos son recoger ahora lo que le ofreció mi buen padre, cosa en verdad fácil en mi voluntad, pero dificultosa en la de Dios, que es quien dispone las cosas... No puedo darle tan pronto respuesta terminante, pues ello ha de ser muy pensado... Recójase ya, duerma tranquilo, y persuádase de que, puesto su negocio en mis manos, de la hija de Juan Luco no ha de recibir usted ningún mal, sino todos los bienes posibles...». Aunque estas vaguedades no satisfacían por entero las aspiraciones de Urdaneta, que quería solución clara y pronta, fuese el hombre al camastro esperanzado de lograr sus deseos, y confiando en la rectitud de la piadosa mujer. Pasó la noche intranquilo, febril, y en los breves ratos de sueño creíase transportado a subterráneos de castillos o criptas de iglesias, donde entre tumbas aparecían ánforas llenas de plata y oro. Despabilado desde el alba, llamó a su criado para que le vistiera, y Tomé se apresuró a comunicarle lo que pensaba de la monja y de su compañía. «Señor, debe de ser santa, porque la vi de rodillas más de cuatro horas, y a ratos echábase de cara contra el suelo, y parecía que lloraba con ansias y congojas... Las otras dos mujeres también rezaban, aunque con menos figuraciones; para mí son, como ella, monjas desperdigadas y salidas... Yo no pude dormir del frío que hacía en aquella cuadra, y viendo tanto rezar, me puse a hacer lo mesmo... Los viejos y el muchacho, arrimaicos a la pared roncaban como tocinos». Algo más hablaron, comunicándose uno a otro sus impresiones. Sirvieron a D. Beltrán las mujeres, muy de mañana unas sopas que le supieron a gloria; y mientras las comía, díjole Marcela que habían de ponerse en camino inmediatamente, tomando ella con los viejos la vuelta de Alcañiz, por el vado de Torrevelilla, pues tenían que hacer en la Codoñera. Irían juntos, y por el camino sabría D. Beltrán lo que ella durante la noche había pensado del asunto que al señor tanto interesaba. Para resolverlo del modo más equitativo había pedido luces a la Divina Ciencia, recogiendo su espíritu en oración muy fervorosa, a fin de que Dios la iluminase en el fallo que tenía que dar sobre cosas temporales. Ya empezaba el caballero a inquietarse con estos requilorios, y se dispuso a seguir a la santa, ansioso de escuchar pronto su resolución o sentencia. Salieron por un caminejo de herradura en busca del Guadalope, que por aquella parte corre encajonado entre cerros de mediana elevación. Marcela echó por delante a Tomé y a los dos viejos sepultureros, y abordó con D. Beltrán el magno asunto: «Ante todo, hija mía -le preguntó el prócer-, ¿por qué tus viejos, a quienes no sé si llamas discípulos o hermanos, llevan el uno una pala y el otro un azadón? -Se han impuesto por penitencia dar sepultura a todos los muertos que dejan tras de sí, en sus horribles batallas, liberales y absolutos. Por mi cuenta han enterrado ya como tres centenares de cristianos sacrificados a la ambición de los poderosos del mundo. -Dios les reciba en su santo seno... Pues satisfecha esta curiosidad, dime ahora si debo esperar que des cumplimiento a la voluntad de tu padre con respecto a mí; voluntad bien manifiesta...». Con el estilo severo y elegante, aunque algo duro, que en la lectura de autores místicos se había asimilado, interpolando a cada instante citas de Santos Padres, o de Aristóteles, Longinos, Teofrasto Paracelso y otros sabios, como si con la erudición quisiera dilatar la sentencia, Marcela manifestó a D. Beltrán que ella y su hermano Francisco ignoraban dónde yacían soterrados los dineros que Juan Luco poseía en sus últimos años, salvo una pequeña parte, cuyo paradero, por declaración de su difunto hermano Cinto, conocían; que si lograban descubrirlo y asegurarlo todo, cosa en extremo difícil en medio de guerra tan desaforada, lo destinarían a una obra de gran piedad, como desagravio al Señor por las iniquidades que las dos catervas de combatientes cometían. Ambos hermanos estimaban, en su acendrada fe, que dar tal destino a las riquezas de su buen padre sería muy grato al alma de este, ya se hallara purgando sus pecados en el fuego del Purgatorio, ya estuviese gozando de Dios, purificada y limpia por su martirio. Francisco Luco, el menor de los tres hermanos varones, había hecho en Huesca sus estudios eclesiásticos y disponíase a recibir las sagradas órdenes, cuando el maldito clarín de guerra, hiriendo sus oídos y despertando en él ideas de bandería política y militar soberbia, le indujo a tomar parte por Isabel en la querella. Breves y no felices habían sido sus hazañas. En Liria fue verdadero milagro que no le fusilaran. Dolorosos meses de cautiverio pasó en Cantavieja. Libre al fin, al tomar la plaza el General San Miguel, volvió a sus anhelos pacíficos y religiosos, horrorizado de la guerra y de sus desmanes. Ante su hermana, y cuando esta le asistía en la penosísima enfermedad contraída en el cautiverio, hizo voto solemne de consagrar a Dios su vida, su alma y sus pensamientos todos, sin esperar a ponerlo por obra más que el tiempo que se tardase en preparar las cosas materiales para tal objeto... «Según eso -dijo D. Beltrán, a quien con tales santidades se le había puesto un nudo en el tragadero, sin poder pasarlo para arriba ni para abajo-, tu hermano entra en religión... cantará misa, profesará en alguna Orden. ¿Dónde está? Yo quiero verle. -Espérese usted... Francisco abrazará la vida religiosa; pero antes de abandonar el siglo, tratará de descubrir y reconocer dónde se hallan los bienes en especie que padre trató de sustraer a manos rapaces. Y con decir yo esto, y usted con oírlo, queda manifestado, y por usted comprendido, que hemos de destinar íntegro todo el caudal a una fundación santa para religiosos de la Orden que abrace mi hermano, y a restaurar mi glorioso convento de Sigena. -Sí, hija mía, sí... comprendido. Pero dime: tu hermano, ¿dónde está? -Hállase actualmente no muy lejos de nosotros, atento a lo que a él y a mí tanto nos importa; mas para poder efectuar sus pesquisas en materia tan delicada, ha sido menester que se agregase a una columna cristina, so color de prestar en ella servicio hospitalario, que otro servicio más guerrero no podría, por causa del grave detrimento de su naturaleza... -No dudo -dijo D. Beltrán, cuya vista se nublaba, como si su pena fuera una obscurísima visera que le caía sobre los ojos-, que si yo hablara con Francisco Luco en tu presencia, ambos me darían prueba inequívoca de su piedad y rectitud declarándome poseedor de aquello que vuestro padre determinó que había de ser mío. -Si he de hablar al Sr. de Urdaneta con la plenitud de verdad que se desborda de mi corazón -dijo la monja endulzando la voz-, le manifestaré que me parece impropio de sus años ese insano apetito de las riquezas. En la declinación de la vida, y cuando Dios ha decretado ya para usted el acabamiento de todas las vanidades, ¿para qué quiere lo que no puede disfrutar, ni tiempo tiene para ello? -Hija mía, es que... -Padre y señor mío, la verdad sale de mis labios sin que mi respeto pueda contenerla. Debiera usted despreciar las riquezas, y alegrarse de haberlas perdido, renegar de que quieran dárselas... y apartarlas de sí como se aparta la podredumbre pestilente... Sí, D. Beltrán. Le recordaré, por si lo ha olvidado, lo que dijo San Pablo a los hebreos: 'Con alegría recibisteis el robo que os hicieron de vuestros bienes'. Sí, sí, noble señor: alégrese de que le hayan despojado de sus tesoros, y no ansíe volver a poseerlos... -Pero...». No siguió el desgraciado anciano por que tanto se le apretaba el nudo en su gaznate, que no pudo articular palabra. «Llénese, señor -continuó la santa con inspirado acento-, llénese de aquella virtud de la paciencia, que todas las demás virtudes compendia y resume; ame la pobreza, bendiga el no tener... -¡Pero... hija mía... -pudo decir al fin D. Beltrán-, si a paciencia nadie me gana!... Verás... Yo... -Tertuliano dijo: 'Donde Dios se halla, allí está con Él su amiga la paciencia'. -Estamos conformes... Tertuliano y yo... -Y no olvide, Sr. D. Beltrán, que la Divina Sabiduría dice en los Proverbios: O viri, ad vos clamito, et vox mea ad filios hominum... Mecum sunt divitiae... fíjese D. Beltrán... mecum sunt divitiae, et gloria, opes superbae, et justitia. -¡Oh, la mère latiniste!... Je n'aime pas les gens qu'a tout propos crachent du grec et du latin. -Señor D. Beltrán, yo no sé francés. -Señora Doña Marcela, yo no sé latín. Hablemos en la lengua común. -Pues en ella digo a usted que ya estamos en el Guadalope, y que callemos ahora, pues juntamente con Tomé y con los ancianos que allí nos esperan, emprenderemos el paso del río por aquel vado». Efectuado sin contratiempo alguno el tránsito de una orilla a otra, siguió D. Beltrán por aquellos vericuetos, taciturno y suspirante; a su lado iba la peregrina, rosario en mano, rezando al compás de la marcha lenta y fatigosa, al través de montes solitarios, en un día destemplado y brumoso. En las agrias pendientes solía D. Beltrán pedir descanso, para dar paz a sus viejos pulmones; y en una de e