libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Pérez Galdós, Benito (1842 – 1920) Escritor español, pertenece a la novela realista española. Nació en Las Palma, Gran Canaria en 1842, autor de una abundante producción de gran objetividad y realismo, situado como el gran escritor después de Cervantes; poseedor de una gran imaginación y dotes de fino observador, lo hacen creador de innumerables personajes y situaciones llenas de real humanidad. Aborda con naturalidad temas de inspiración social, política y religioso. En 1897 ingresa en la Academia Española; elegido diputado por el partido republicano, por su participación política, la Academia se niega a proponerlo para el premio Nobel. Protestario, simpatizante del socialismo, hombre progresista y rebelde como muchos buscadores de la verdad, se templó en medio de la intolerancia. Diez años antes de su muerte es afectado por una ceguera progresiva. Entre sus novelas más conocidas figuran: Fortunata y Jacinta, (1886) Doña Perfecta, (1876) Misericordia, Miau (1888); Nazarín, (1895) novela en la cual su personaje central logra una acertada mezcla entre Cristo y Don Quijote, intentando rescatar el verdadero sentido del cristianismo cuando está al servicio del ser humano; la voz que clama en el desierto. Muere el 4 de Enero de 1920. EPISODIOS NACIONALES POR B. PÉREZ GALDÓS HALLMA MADRID 1899 Hallma Benito Pérez Galdós Halma Benito Pérez Galdós Primera parte - I - Doy a mis lectores la mejor prueba de estimación sacrificándoles mi amor propio de erudito investigador de genealogías... vamos, que les perdono la vida, omitiendo aquí el larguísimo y enfadoso estudio de linajes, por donde he podido comprobar que doña Catalina de Artal, Xavierre, Iraeta y Merchán de Caracciolo, Condesa de Halma-Lautenberg, pertenece a la más empingorotada nobleza de Aragón y Castilla, y que entre sus antecesores figuran los Borjas, los Toledos, los Pignatellis, los Gurreas, y otros nombres ilustres. Explorando la selva genealógica, más bien que árbol, en que se entrelazan y confunden tan antiguos y preclaros linajes, se descubre que, por el casamiento de doña Urianda de Galcerán con un príncipe italiano, en 1319, los Artales entroncan con los Gonzagas y los Caracciolos. Por un lado, si los Xavierres de Aragón aparecen injertos en los Guzmanes de Castilla, en la rama de los Iraetas corre la savia de los Loyolas, y en la de los Moncadas de Cataluña la de los Borromeos de Milán. De lo cual resulta que la noble señora no sólo cuenta entre sus antepasados varones insignes por sus hazañas bélicas, sino santos gloriosos, venerados en los altares de toda la cristiandad. Como he lado al buen lector mi palabra de no aburrirle, me guardo para mejor ocasión los mil y quinientos comprobantes que reuní, comiéndome el polvo de los archivos, para demostrar el parentesco de doña Catalina con el antipapa D. Pedro de Luna, Benedicto XIII. Busca buscando, hallé también su entronque lejano con Papas legítimos, pues existiendo una rama de los Artal y Ferrench que enlazó con las familias italianas de Aldobrandini y Odescalchi, resulta claro como la luz que son parientes lejanos de la Condesa los Pontífices Clemente VIII e Inocencio XI. De monarcas no se diga, pues el árbol aparece cuajado, como de un lozano fruto, de apellidos regios, y allí veis los Albrit y Foix de Navarra, los Cerdas y Trastamaras de acá, y otros mil nombres que a cien leguas trascienden a realeza, como los de Rohan, Bouillón, Lancaster, Montmorency, etc... Fiel a mi compromiso, envaino mi erudición, y emprendo la reseña biográfica, designando a doña Catalina-María del Refugio-Aloysa-Tecla-Consolación-Leovigilda, etc... de Artal y Javierre como tercera hija de los señores Marqueses de Feramor. Huérfana de padre y madre a los siete años, quedó al cuidado del primogénito, actualmente Marqués de Feramor, y de su hermana doña María del Carmen Ignacia, Duquesa de Monterones. En 1890, casó con un joven agregado a la embajada alemana, el Conde de Halma-Lautenberg, matrimonio que hubo de realizarse contra viento y marea, pues los hermanos de ella y toda la familia se opusieron tenazmente por cuantos medios les sugerían su orgullo y terquedad. Querían desposarla con un individuo de la casa de Muñoz Moreno-Isla, de nobleza mercantil, pero bien amasada con patacones. Catalina, que desde muy niña mostraba increíbles ascos al vil metal, se prendó del diplomático alemán, que a su seductora figura unía un desprecio hermosísimo de las materialidades de la existencia. Grandes trapisondas y disturbios hubo en la familia por la tiránica firmeza de los hermanos mayores, y la resistencia heroica, hasta el martirio, de la enamorada doncella. Casados al fin, no sin intervención judicial, el esposo fue destinado a Bulgaria, de aquí a Constantinopla, y allá le siguió doña Catalina, rompiendo toda relación con sus hermanos. Calamidades, privaciones, desdichas sin fin la esperaban en Oriente, y al conocerlas la familia de acá, por referencias de diplomáticos extranjeros y españoles, no veía en todo ello más que la mano de Dios castigando duramente a Catalina de Artal por la amorosa demencia que la llevo a enlazarse con un advenedizo, de familia desconocida, hombre sin seso, desordenadísimo en sus ideas, desatado de nervios, y habitante aburrido de las regiones imaginativas; Para colmo de infortunio, Carlos Federico era pobre, con el título pelado, y sin más renta que su sueldo, pelado también, pues la familia de Halma-Lautenberg, que desciende, según noticias que tengo por fidedignas, del Landgrave de Turingia y Hesse, Hermann II, había venido tan a menos como cualquier familia de por acá, de las que, después de mil tumbos y vaivenes, caen a lo hondo del abismo social para no levantarse nunca. Contratiempos mil, reveses de fortuna, escaseces y aun hambres efectivas padeció la infeliz doña Catalina en aquellas lejanas tierras, sin más consuelo que el amor de su esposo, que nunca le faltó, ni de él tuvo queja, pues Dios, al privarla de tantos bienes, concediole con creces la paz conyugal. Tiernamente amada y amante, la íntima felicidad de su matrimonio la compensaba de tanta desdicha del orden externo. Carlos Federico era bueno, dulce, aunque medio loco según unos, y loco entero según otros. La mala opinión acerca de su gobierno cerebral debió trascender hasta la Cancillería de Berlín, porque fue destituido de su cargo. La joven pareja se encontró a merced de la Divina Voluntad, que sin duda quería someter a durísima prueba el alma fuerte de la dama española, pues a los dos meses de la destitución, y cuando, en espera de recursos para venirse a Occidente, vivía obscuro y resignado el matrimonio en una humilde casita de Pera, se le declaro al esposo una tisis, con tan graves caracteres, que no era difícil presagiar un desenlace fúnebre en breve plazo. Reveló entonces su temple finísimo el alma de Catalina de Artal, pues cobrando ánimos con aquel nuevo golpe, aventurose a pedir auxilio a sus hermanos de Madrid, que si al principio se hicieron un poco de rogar, cedieron al fin, mirando más al decoro de la familia que a la caridad cristiana. Con el mezquino socorro que le enviaron, pudo la heroína transportar a su pobre enfermo a la isla de Corfú, afamada por la benignidad de su clima. Allí vivieron, si aquello era vivir, en un pie de milagrosa economía; supliendo con el cariño los recursos materiales, y las comodidades con prodigios de inteligencia, él resignado, ella valerosa y sublime como enfermera, amantísima como esposa, diligente en el manejo de la humilde casa, hasta que al fin Dios llamó a sí al infeliz Conde de Halma en la madrugada del 8 de Septiembre, día de la Natividad de Nuestra Señora. - II - Refieran en buen hora los sufrimientos de Catalina de Artal en aquellos tristes días y en los que siguieron a la muerte de su adorado esposo, los que posean mística inspiración, y estén avezados a relatar vidas y muertes de mártires gloriosos. Yo no sé hacerlo, y dejando este trabajo a plumas expertas, que seguramente escribirán la edificante historia, no hago más que apuntar los hechos capitales, como antecedentes o fundamento de lo que me propongo referir. ¿Qué puedo decir del hondísimo dolor de la dama al ver expirar en sus brazos al que era su vida toda, amor primero, alegría última, único bien terrestre de su alma? La opinión del mundo, que rara vez deja de equivocarse en sus precipitados y vanos juicios, había contrahecho la persona moral del señor Conde, pintándole en los círculos de Madrid con colores de malicia. Pero al historiador de conciencia, bien enterado de su asunto, toca el borrar toda falsedad con que los habladores y envidiosos ennegrecen un noble carácter. Esto hago yo ahora, asegurando que Carlos Federico de Halma era un bendito, y que la investigación más rebuscona y pesimista no encontrará en su conducta, después de casado, ninguna tacha. Desbarato resueltamente la reputación que lenguas demasiado sueltas le hicieron en Madrid, y reconstruyo su verdadera personalidad de hombre recto, leal, sincero, añadiendo a estas cualidades las que adquirió en la convivencia con su digna esposa. No poca parte había tenido en la dudosa reputación del alemán, antes del casorio, la voluntad de sus ideas, la ligereza de sus juicios, sus distracciones, que llegaron a formar un verdadero centón anecdótico, sus displicencias negras alternadas con hervores de loco entusiasmo por cualquier motivo de arte o amoríos, su prolijidad machacona en las disputas, y un sinnúmero de manías, algunas de las cuales no le abandonaron hasta su muerte. Se calentaba la cabeza pensando en la habitabilidad de todas las estrellas del cielo, chicas y grandes, y el que quisiera sacarle de sus casillas, no tenía más que poner en duda la infinita difusión de familias humanas por la inmensidad planetaria. Del absoluto menosprecio de toda religión positiva había pasado, poco antes de casarse, y por influencia de la angelical Catalina, a un ferviente ardor cristiano, más imaginativo que piadoso, sed del alma que apetecía, sin satisfacerse nunca, no devociones externas y prácticas litúrgicas, sino embriagueces de la fantasía, mirando más a la leyenda seductora que al dogma severo. En Oriente, la esposa logró poner algún orden en los descabellados entusiasmos de Carlos Federico, hasta que, atacado de cruelísima dolencia, tan difícil era combatir en él la fiebre abrasadora, como el espiritualismo delirante. Uno y otro fuego le consumían por igual, y creyérase que ambos, juntando sus llamas, le redujeron a ceniza impalpable. La noche misma de su muerte, refirió a su mujer, entre dos ataques de disnea, un sueño que había tenido por la tarde, y como viese Catalina en aquel relato una extraña lógica y cierta lucidez clásica, se afligió extremadamente, pensando que su pobre enfermo entreveía ya los horizontes del reino de la eterna verdad. Tanto sentido, tanta sindéresis en la composición de un poemita fantástico, pues no otra cosa era el bien relatado sueño, ¿qué podían significar si no que el poeta se moría? Así fue en efecto. En los últimos minutos de vida se lanzaba, con desbocada imaginación, a un proyecto de viaje por Asia Menor y Palestina, con el doble objeto de visitar las ruinas de Troya, primero, y el país de Galilea después. (Átense estos cabos.) En su pensamiento se entrelazaron dos nombres: Homero-Cristo. Y al querer dar la explicación de aquel abrazo histórico y poético, gimió, dio una gran voz... «¡ah!» y expiró... Podría creerse que la muerte del Conde fue el último dolor de la infortunada Catalina de Artal, y que tras aquella tribulación le concedió el cielo días de descanso, ya que no de ventura. Pues no fue así. Sobre la tristeza de su viudez, y el recuerdo siempre vivo del pobre muerto, viose agobiada de calamidades de otro orden. Hasta entonces había conocido las humillaciones y escaseces indecorosas que lastimaban su dignidad de aristócrata. Pero a poco de enviudar, y residiendo aún en Corfú por no tener medios de trasladarse a otro sitio, supo lo que es la miseria, la efectiva, horripilante miseria, y sufrió vejámenes que habrían abatido almas de peor temple que la suya. Alojada como de limosna en una casa inglesa, primero, en una hostería griega después, Catalina de Artal se vio privada de alimento algunos días, obligada a lavar su escasa ropa, a remendarse sus zapatos, y a prestar servicios que repugnaban a su delicado organismo. Pero todo lo llevaba con paciencia, todo lo aceptaba por amor de. Cristo, anhelando purificarse con el sufrimiento. Como se le ofreciera una coyuntura propicia para salir de aquella situación, quiso aprovecharla, más que por mejorar de vida, por encontrarse entre personas allegadas, en quienes emplear los cariños que atesoraba su hermoso corazón. Llegose un día inopinadamente a la isla jónica un hermano de Carlos Federico, grande aficionado a los viajes marítimos, y que divagaba por el Archipiélago en un yate de unos comerciantes del Pireo. Propúsole el tal llevarla a Rodas, donde era cónsul el Conde Ernesto de Lautenberg, tío suyo y del difunto esposo de Catalina, caballero muy bondadoso y corriente, a quien la infeliz dama había conocido en Constantinopla. Dejose llevar la viuda por Félix Mauricio (que así se nombraba su cuñado), atraída principalmente por la esperanza de vivir en compañía de la Condesa Ernesto de Lautenberg, señora húngara, muy simpática y que había demostrado a la española, en los breves días de su trato, una cordial adhesión. Salieron, pues, de Corfú en la embarcación griega, mal llamada yate, pues por su pequeñez y escaso tonelaje no era más que un balandro bonito, propio para regatas y excursiones cortas. Iba tripulado por jóvenes dilettantis de la mar: A causa del mal gobierno y de la impericia del que hacía de capitán, no pudieron capear un furioso temporal que les cogió entre Zante y Cefalonia, y lanzados por el viento y el oleaje hacia el golfo de Patrás, entraron de arribada en Misolonghi con grandes averías. Días y días estuvieron allí, esperando buen tiempo, y lanzados de nuevo a la mar, llegaban siempre a donde no querían ir. Félix Mauricio y el amigote ateniense que capitaneaba la frágil nave, profesaban la teoría de que los temporales con vino son menos, y empalmaban las turcas que era una maldición. De este modo, y con tales ansiedades y vicisitudes, navegando a merced de Neptuno, y sin arte para dominarle, fueron dando tumbos por toda la vuelta Sur del Peloponeso. Como quien va describiendo eses por el laberinto de callejuelas de una ciudad tortuosa, tan pronto tropezaban en Candía, como en Cerigo (la antigua Cytheres); metiéronse a la buena de Dios por entre las Ciclades, tocando el Milo y Paros, luego recorrieron las Esporádicas, visitando Samos, Cos y otras hasta parar en Rodas, después de dos meses largos de endemoniada navegación. Como todo se disponía en contra de los deseos de la infeliz viuda, resultó que el Conde Ernesto se había ido a Alemania con licencia, y que su esposa, la simpática y bonísima húngara, se había muerto tres meses antes. Aceptó resignada la Condesa de Halma esta nueva decepción, y tratando con su cuñado de la necesidad de que la trasladase a Corinto o Atenas, desde donde podría comunicarse con su familia de Madrid, y preparar su vuelta a España, contestole el joven en forma tan descarnada y grosera, que no pudo la señora, por más esfuerzos que hizo, poner su humildad por encima de su orgullo en la réplica. Hallábanse en un fonducho próximo al muelle. Renunció la dama la hospitalidad a bordo, que el capitán del balandro le ofrecía, y enterada de que existía en Rodas un convento de la Orden Tercera, allá se dirigió volviendo la espalda para siempre al Conde Félix Mauricio, y a sus insensatos compañeros de aventuras marítimas. Gracias a los buenos franciscanos, la noble señora fue alojada decorosamente, y empezaron las negociaciones para su regreso a la madre patria. Dígase de paso, a fin de completar la información, que el tal Félix Mauricio era lo peorcito de la familia Halma-Lautenberg. Había pertenecido al cuerpo consular, sirviendo en Alicante y en Smyrna. Aquí casó con una griega rica, y abandonando la carrera se dedicó al comercio de esponjas, con varia fortuna. Cuando le encontramos en el balandro había logrado rehacerse de su primera quiebra. Su carácter violento y quisquilloso, su exterior desagradable, y más que nada su inclinación irresistible a las libaciones alcohólicas, le hacían poco estimable y estimado de propios y extraños. Una tarde, hallándose doña Catalina platicando con el guardián del convento, vio al yate darse a la vela, y le hizo la señal de la cruz. Perdonó a la nave y a sus tripulantes, y dio gracias a Dios por haber salido en bien de su peligrosísima aventura por los mares de Grecia. Los caritativos frailes lograron arreglar a la infortunada Condesa su regreso a Occidente, y tomándole billete en el Lloyd Austriaco, la expidieron para Malta, donde otros religiosos de la misma regla se encargarían de reexpedirla para Marsella, y de allí a Barcelona. Pero como el Lloyd Austriaco no tocaba en Rodas, la viajera tuvo que hacer la travesía entre esta isla y el punto de escala, que era Smyrna, en una goleta turca que cargaba frutas y trigo. Nuevos contratiempos para la pobre señora Condesa, pues aquellos demonios de turcos hicieron la gracia de llevar un formidable contrabando, y la goleta fue visitada en aguas de Chío por un falucho de guerra, y apresada y detenida con todos sus pasajeros y tripulantes, hasta que el bajá de Smyrna decidiera el número de palos que le habían de administrar al patrón. Entre tanto, pasaba doña Catalina mil privaciones y amarguras, pues allí no había frailes Franciscos que mirasen por ella. Y gracias que al fin logró verse a bordo del vapor austriaco, el cual, para que en todo se cumpliese el sino de la dama sin ventura, era un verdadero inválido. Recelaba ella de todo, del mar y del cielo, y de los desmanes de la gentuza de varias razas orientales que en aquellas embarcaciones entra y sale de continuo. Pero ni el cielo, ni la mar, ni el pasaje ocasionaron a la señora ningún disgusto. Fue la endiablada máquina del vapor la que se encargó de interrumpir lastimosamente la navegación, rompiéndose en la demora de Candía. Quedose el buque como una boya, con el árbol de la hélice en dos pedazos, sin gobierno el timón por rotura de los guardines. Dio al fin remolque un vapor inglés, y le llevó a Damieta; allí trasbordaron, pasando a Alejandría, donde, por variar, sufrieron un nuevo y penoso trasbordo con pérdida del equipaje, y mojadura total de la ropa puesta. En rumbo para Malta, con divertimiento de Siroco fortísimo, golpes de mar, y por fin de fiesta, a la entrada de La Valette, rotura de una de las palas de la hélice, retraso, peligro... En Malta, la dama errante fue atacada de calenturas intermitentes. Dos semanas de hospital, riesgo de muerte, consternación, abandono. Por fin, cumpliéndose en aquel triste caso lo de Dios aprieta, pero no ahoga, Catalina de Halma puso el pie en Marsella en un estado deplorable por lo tocante a nutrición, vestido y calzado, y cinco días después, los señores Marqueses de Feramor vieron entrar en su casa a una mujer que más bien parecía espectro, el rostro descarnado, como de la tierra comido, los ojos brillantes y febriles, las ropas deshechas por el tiempo, el viento y la mar, roto el calzado..., lastimosa figura en verdad. Y como el señor Marqués, poseído de espanto, la mirase ceñudo y dijese: «¿quién es usted?», hubo de contestarle Catalina: «¿Pero de veras no me conoces? Soy tu hermana». - III - No dio su brazo a torcer la Condesa de Halma en las primeras explicaciones y coloquios con sus hermanos, el Marqués de Feramor y la Duquesa de Monterones, es decir, que no se declaró arrepentida de su matrimonio, ni renegaba de este por los trabajos y desventuras sin cuento que de su unión con el alemán se derivaron. La memoria de su esposo prevalecía en ella sobre todas las cosas, y no permitía que sus hermanos la menoscabaran con acusaciones, o chistes despiadados. Había venido a que la amparasen, dándole el resto de su legítima si algo restaba, después de saldar cuentas con el jefe de la familia. Pero no se humillaba, ni al pedirlo y tomarlo, en caso de que se lo dieran, había de abdicar su dignidad, achicándose moralmente ante sus hermanos, y dándoles toda la razón en el negocio de su casamiento. No, no mil veces. Si no le daban auxilio ni aun en calidad de limosna, no le faltaría un convento de monjas en que meterse. Tampoco repugnaría el entrar en cualquiera de las Ordenes modernísimas que se consagran a cuidar ancianos, o a la asistencia de enfermos, que entre tantas Congregaciones, alguna habría que admitiese viudas sin dote. Replicole a esto gravemente su hermano que no se precipitase, y que por de pronto no debía pensar más que en reponerse de tantos quebrantos y desazones. Cerca de un mes estuvo doña Catalina en la morada de su hermano sin ver a nadie, ni recibir visitas, sin dejarse ver más que de la familia, y de la criada que la servía. De las ropas que le ofrecieron, no aceptó más que dos trajes negros, sencillísimos, haciendo voto de no usar en todo el resto de su vida vestido de color, ni de seda, ni galas de ninguna especie. Modestia y aseo serían sus únicos adornos, y en verdad que nada cuadraba mejor a su rostro blanquísimo y a su figura escueta y melancólica. Como todo se ha de decir, aquí encaja bien el declarar que doña Catalina no era hermosa, por lo menos, según el estilo mundano de hermosura. Pero el paso de tantas desdichas había dejado en su semblante una sombra plácida, y en sus ojos una expresión de beatitud que era el recreo de cuantos la miraban. Tenía el pelo rubio tirando a bermejo, la nariz un poco gruesa, el labio inferior demasiado saliente, la tez mate y limpia, la mirada dulce y serena, la expresión total grave, la estatura talluda, el cuerpo rígido, el continente ceremonioso. Algunos, que en aquellos días lograron verla, aseguraban hallarle cierto parecido con doña Juana la Loca, tal como nos han transmitido la imagen de esta señora la leyenda y el pincel. Es caprichoso cuanto se diga de otras semejanzas del orden espiritual, como no sea que la Condesa de Halma hablaba el alemán con la misma perfección y soltura que el español. No era muy grato al señor Marqués aquel aislamiento monástico en que vivía su hermana, ni le hacían gracia sus propósitos de renunciar absolutamente a la vida social. Aún podría, según él, aspirar a un segundo matrimonio, que la indemnizara de las calamidades del primero; mas para esto era forzoso abandonar la tiesura de imagen hierática, las inflexiones compungidas, no vestirse como la viuda de un teniente, y frecuentar el trato de los amigos de la casa. De la misma opinión era la Marquesa, y ambos la sermoneaban sobre este particular; pero la firmeza con que defendía Catalina sus convicciones, manías o lo que fuesen, les hizo comprender que nada conseguirían por el momento, y que debían confiar al tiempo y a las evoluciones lentas de la voluntad humana la solución de aquel problema de familia. Aunque es persona muy conocida en Madrid, quiero decir algo ahora del carácter del señor Marqués de Feramor, cuya corrección inglesa es ejemplo de tantos, y que si por su inteligencia, más sólida que brillante, inspira admiración a muchos, a pocos o a nadie, hablando en plata, inspira simpatías. Y es que los caracteres exóticos, formados en el molde anglo sajón, no ligan bien o no funden con nuestra pasta indígena, amasada con harinas y leches diferentes. Don Francisco de Paula-Rodrigo-José de Calazans-Carlos Alberto-María de la Regla-Facundo de Artal y Javierre, demostró desde la edad más tierna aptitudes para la seriedad; contraviniendo los hábitos infantiles hasta el punto de que sus compañeritos le llamaban el viejo. Coleccionaba sellos, cultivaba la hucha, y se limpiaba la ropita. Recogía del suelo agujas y alfileres, y hasta tapones de corcho en buen uso. Se cuenta que hacía cambalaches de tantas docenas de botones por un sello de Nicaragua, y que vendía duplicados a precios escandalosos. Internó en los Escolapios, estos le tomaron afecto, y le daban notas de sobresaliente en todos los exámenes, porque el chico sabía, y allá donde no llegaba su inteligencia, que no era escasa, llegaba su amor propio, que era excesivo. Contentísimo del niño, y queriendo hacer de él un verdadero prócer, útil al Estado, y que fuese salvaguardia valiente de los intereses morales y materiales del país, su padre le mandó a educar a Inglaterra. Era el señor Marqués anglómano de afición o de segunda mano, porque jamás pasó el canal de la Mancha, y sólo por vagos conocimientos adquiridos en las tertulias, sabía que de Albión son las mejores máquinas y los mejores hombres de Estado. Allá fue, pues, Paquito, bien recomendado, y le metieron en uno de los más famosos colegios de Cambridge, donde sólo estuvo dos años, porque no hallándose su papá en las mejores condiciones pecuniarias, hubo de buscar para el chico educación menos dispendiosa. En un modesto colegio de Peterborough, dirigido por católicos, completó el primogénito su educación, haciéndose un verdadero inglés por las ideas y los modales, por el pensamiento y la exterioridad social. En Peterborough no había los refinados estudios clásicos de Oxford, ni los científicos de Cambridge; los muchachos se criaban en un medio de burguesía ilustrada, sabiendo muchas cosas útiles, y algunas elegantes, cultivando con moderación el horse racing, el boat-racing, y con la suficiente práctica de lawn-tenis para pasar en cualquier pueblo del continente por perfectas hechuras de Albión. Hablaba el heredero de Feramor la lengua inglesa con toda perfección, y conocía bastante bien la literatura del país que había sido su madre intelectual, prefiriendo los estudios políticos e históricos a los literarios, y siendo en los primeros más amigo de Macaulay que de Carlyle, en los segundos más devoto de Milton que de Shakespeare. Tiraba siempre a la cepa latina. Al salir del colegio, consiguiole su padre un puesto en la embajada, para que por allá estuviese algunos años más empapándose bien en la savia británica. En aquel período se despertaron y crecieron sus aficiones políticas, hasta constituir una verdadera pasión; estudió muy a fondo el Parlamento, y sus prerrogativas, (1) sus prácticas añejas, consolidadas por el tiempo, y no perdía discurso de los que en todo asunto de importancia pronunciaban aquellos maestros de la oratoria, tan distintos de los nuestros como lo es el fruto de la flor, o el tronco derecho y macizo de la arbustería viciosa. Ya frisaba D. Francisco de Paula en los treinta años cuando por muerto de su señor padre heredó el marquesado; vino a España y a los diez meses casó con doña María de Consolación Ossorio de Moscoso y Sherman, de nobleza malagueña, mestiza de inglesa y española, joven de mucha virtud, menos bella que rica, y de una educación que por lo correcta y perfilada a la usanza extranjera, no desmerecía de la de su esposo. Poco después casó la hermana mayor del Marqués con el Duque de Monterones. Catalina, que era la más joven, no fue Condesa de Halma hasta seis años después. Pues señor, con buen pie y mejor mano entró el decimoséptimo Marqués de Feramor en la vida social y aristocrática del pueblo a que había traído las luces inglesas, y la ortodoxia parlamentaria del país de John Bull. Afortunadísimo en su matrimonio, por ser Consuelo y él como cortados por la misma tijera, no lo fue menos en política, pues desde que entró en el Senado representando una provincia levantina, empezó a distinguirse, como persona seria por los cuatro costados, que a refrescar venía nuestro envejecido parlamentarismo con sangre y aliento del país parlamentario por excelencia. Su oratoria era seca, ceñida, mate y sin efectos. Trataba los asuntos económicos con una exactitud y un conocimiento que producían el vacío en los escaños. ¿Pero qué importaba esto? Al parlamento se va a convencer, no a buscar aplausos; el Parlamento es cosa más seria que un circo de gallos. Lo cierto era que en aquella soledad de los bancos rojos, Feramor tenía admiradores sinceros y hasta entusiastas, dos, tres y hasta cinco senadores muchachos, que le oían con cierto arrobamiento, y luego salían poniéndole en los cuernos de la luna: «Así se tratan las cuestiones. Aquí, aquí, en este espejo tienen que mirarse todos: esto es lo bueno, lo inglés de la tía Javiera, la marca Londón legítima, de patente». - IV - Fuera del Senado, el Marqués tenía también su grupito de admiradores, que le citaban de continuo como un modelo digno de imitación. Por él, y por otros muy contados próceres, se decía la frase de cajetín: «¡Ah, si toda nuestra nobleza fuera así, otro gallo le cantara a este país!». El amanerado argumento de achacar nuestras desgracias políticas a no tener un patriciado a estilo inglés, con hábitos parlamentarios y verdadero poder político, llegaba a ser una cantinela insoportable. Es muy digno de notarse que Feramor desmentía la vulgar creencia de que todo inglés de alta clase ha de ser caballista, y delirante por cualquiera de los sports que en Albión se usan. Para gloria suya, no había importado del país serio, más que la seriedad, dejándose del lado allí del canal las chifladuras hípicas. Aunque algo y aun algos entendía de lo referente al turf, no se ocupaba de ello sino con frialdad cortés, marcando siempre la distancia que media intelectualmente entre un handicap y un discurso político, aunque sea ministerial. Y si era cazador, y de los buenos, no mostraba por esta afición una preferencia sistemática y absorbente. Así los gustos como las obligaciones existían en él en su valor propio y natural, y la inteligencia era siempre la maestra y el ama de todo. En el concierto de sus facultades, dominaba la que Dios le había dado para que gobernase a las demás, la facultad de administrar, y mientras llegaba el caso de llevarle las cuentas a la Nación, llevaba las suyas con un acierto y una nimiedad que eran un nuevo tema de aplauso para sus admiradores. «¡Un aristócrata que administra! ¡Oh, si hubiera muchos Feramor en nuestra grandeza, la nación no andaría tan de capa caída!». La fortuna patrimonial del Marqués no era grande, porque su padre había puesto en práctica doctrinas que se daban de cachetes con la regularidad administrativa. Pero la riqueza aportada al matrimonio por la Marquesa fortalecía considerablemente la casa, en la cual reinaba un orden perfecto, gastándose tan sólo la mitad de las rentas. Vivían, pues, con decoro y modestia, sometidos gustosamente a un régimen de previsión, entre dos jalones, el de delante fijando el límite de donde no debía pasar el lujo, para evitar despilfarros, el de atrás marcando la raya de la economía, para no llegar a la sordidez. A mayor abundamiento, la Marquesa, que parecía hecha a imagen y semejanza de su esposo, y que con la convivencia se asimilaba prodigiosamente sus ideas, salió tan administrativa y administradora como él, y le ayudaba a sostener aquel venturoso equilibrio. Ambos lucían en el gobierno de la casa, con una perfecta entonación económica, si es permitido decirlo así. Diversas eran las opiniones mundanas sobre esta manera de vivir, pues si les criticaban por no tener una cuadra de gran importancia hípica, como correspondía a los gustos ingleses del Marqués, otros le elogiaban sin tasa por su excelente biblioteca, principalmente consagrada ¡oh!... a ciencias morales y políticas. Su mesa era inferior a la biblioteca, y superior a la cuadra. Sólo había cinco convidados un día por semana. Expresadas las opiniones, conviene apuntar las hablillas, aunque estas desdoren un poco la noble figura de los Feramor. Lenguas, que evidentemente eran malas, decían que el Marqués colocaba el sobrante de sus rentas a préstamo con réditos enormes, sacando de apuros a sus compañeros de grandeza, comprometidos en el juego, en el sport, o en otros vicios. En esto la maledicencia no acertaba, como casi siempre sucede, pues los préstamos del Marqués no eran de calidad extremadamente usuraria. Se reforzaba, sí, con buenas hipotecas, y cuando la garantía floja, y el reembolso problemático, sus principios económicos le aconsejaban aumentar prudencialmente los intereses. Ello es que si en rigor de verdad no debía ser llamado usurero, tampoco habría mayor injusticia que aplicarle el calificativo de generoso. Ni la adulación, que todo lo puede, podía llamarle así. Los amigos más benévolos no acertaban a descubrir en él un rasgo de desprendimiento, o un ejemplo de favor desinteresado. Era todo exactitud en el pensar, precisión matemática en las acciones, como una máquina de vida social en la que se suprimieran los movimientos de la manivela afectiva. No faltaba jamás a sus deberes, no so le podía coger en descuido de sus compromisos; pero tampoco se le escapaba la sensiblería de hacer el bien por el bien. Siempre en guardia, y custodiándose a sí propio con llaves seguras que sólo él manejaba, no permitía nunca que la espontaneidad abriese su interior de hierro, ni menos que mano profana penetrase en él. Ved aquí por qué no gozaba de simpatías, y los que le admiraban como el último modelo inglés de corte de personas, no le querían. Encontrábanle todos poco español, privado de las virtudes y de los defectos de la compleja raza peninsular. Habríanle querido menos reglamentado moralmente, menos exacto, y un poquitín perdido. Físicamente, era hermoso, pero sin expresión, de facciones a las cuales no se podía poner la menor tacha, rematadas por una corona negativa, es decir, por una calva precoz, lustrosa y limpia, que él consideraba como la más airosa tapadera de la seriedad británica. Su trato fuera de casa era delicado y fino, dentro de una elegante tibieza, y en la intimidad doméstica seco y autoritario, sin ninguna disonancia, pero también sin asomos de dulzura, como un preceptor o intendente, más que como padre y esposo. De la señora Marquesa, que no era más que el feminismo del carácter de su marido, poco hay que decir. La asimilación había llegado a ser tan perfecta, que pensaban y hablaban lo mismo, usando las propias locuciones familiares. Ambos se expresaban en inglés con notable soltura. Y la asimilación no paraba en esto, pues ocurría en aquel matrimonio joven lo que en algunos viejos, reducidos por larga convivencia a una sola persona con dos figuras distintas. El Marqués y la Marquesa se parecían físicamente; ¿qué digo se parecían?, eran iguales, a pesar de señalarse ella por poco bonita y él por bastante guapo; iguales el mirar, el respirar, los movimientos musculares del rostro, el aire grave de la frente, el temblor imperceptible de las ventanillas de la nariz, la manera de llevar los quevedos, pues ambos eran miopes, la boca, la sonrisa de buena educación más que de bondad. Decía un guasón, amigo de la casa, que si uno de los dos se muriera, el superviviente sería viudo de sí mismo. Vivían en la casa patrimonial de los Feramor, en una de las plazoletas irregulares próximas a San Justo, con vistas a la calle de Segovia y al Viaducto por la parte de Poniente; casa vetusta, pero que con los remiendos y distribuciones hechas por el Marqués no había quedado mal. La parte baja, agrandada y mejorada notablemente, se dividía en dos cuartos de renta, y se alquilaron, el uno para litografía, el otro para las oficinas de una Sacramental. El segundo, distribuido al principio en tres cuartos de alquiler, fue después anexionado a la casa para aposentar convenientemente a los niños mayores, a la institutriz y a parte de la servidumbre. En aquel piso escogió su habitación doña Catalina, no permitiendo que fuera amueblada con lujo, sino más bien como celda de convento, a lo cual se opusieron los Marqueses, enemigos declarados de toda exageración. La exageración les sacaba de quicio, y por tanto arreglaron la estancia modestamente, pero evitando la afectación de pobreza monástica. Al mes de su regreso a Madrid, la triste viuda empezó a salir de aquel estupor doloroso en que había venido. Ya tomaba gusto a la vida de familia, rompía la melancólica solemnidad de su silencio, y se distraía algunos ratos en la sociedad inocente de sus sobrinitos, dándoles de comer, ayudando a la institutriz, o bien recreándoles con cuentecillos y juegos que no fueran ruidosos. Nunca bajaba al comedor grande a la hora oficial de comida. O se la servía en su cuarto, o con la familia menuda, en el comedor de arriba. Su vida era simplísima, y de una regularidad conventual; se levantaba al romper el día, oía misa en el Sacramento o en San Justo, volvía sobre las ocho, rezaba o leía haciendo labor de gancho, y el resto del día lo empleaba en repasar a los chiquillos la lección, volviendo de rato en rato a la misma tarea de la lectura, el gancho y el rezo. Su cuñada subía con frecuencia a darle conversación y distraerla; su hermano rara vez remontaba su seriedad al segundo piso, y cuando tenía algo de interés que comunicarle la llamaba a su despacho. Una mañana, después de preparar el discurso que había de pronunciar aquella tarde en el Senado, extrayendo mil y mil datos de revistas y periódicos que trataban de la monserga económica, habló largamente con su hermana de lo que se verá a continuación. - V - «Y yo te pregunto, querida hermana: ¿vas a estar así toda la vida? ¿No es ya bastante duelo? ¿No te hartas todavía de obscuridad, de silencio, de rezos monjiles y de ese quietismo, que al fin dará al traste con tu salud y hasta con tu vida?... ¿No respondes? Bueno. Conociendo tu terquedad, ese silencio me indica que aún tenemos melancolías y soledades para un rato. ¡Ah! Catalina, ¿por qué no eres como yo?, ¿por qué no tienes un poco de sentido práctico, y das de mano a esas exageraciones? Ea, planteemos la cuestión en terreno despejado. ¿Piensas consagrar absolutamente tu vida a las devociones, a la religión, en una palabra?». -Sí -respondió la de Halma con lacónica firmeza. -Bueno. Ya tenemos una afirmación, ya es algo, aunque sea un disparate. Vida religiosa: corriente. ¿Y tú lo has pensado bien? ¿No temes que venga el desaliento, el cambio de ideas cuando ya sea tarde para el remedio? -No. -Corriente. Una negación tan rotunda ya es algo. Adelante... Luego, tu determinación es irrevocable; luego, te sientes con fuerzas para afrontar esa vida, que yo soy el primero en alabar y enaltecer... esa vida, ¡ah!, de la cual hallamos ejemplos tan hermosos en los tiempos pasados, pero que en los presentes... ¡ah!... Resumiendo: que te propones ingresar en alguna de las Órdenes existentes, y acabar tu vida en un claustro. Perfectamente; pero aquí entro yo, aquí entra tu hermano mayor, el jefe actual de la familia, el cual tiene la suerte de ver las cosas con gran claridad, y de plantear todas las cuestiones en el terreno positivo. Yo te pregunto: ¿es tu deseo pertenecer a alguna de las Órdenes claustradas y reclusas, o a estas modernas, a la francesa, que persiguen fines esencialmente prácticos y sociales? Te lo pregunto, querida hermana, no porque piense oponerme a tu resolución en ninguno de los dos casos, sino para fijar bien los términos de la cuestión, y puntualizar las relaciones ulteriores con la familia bajo el punto de vista social y económico. Conviene tratar el tema de la dote, o sea de tu religiosidad bajo el aspecto de los intereses materiales... Porque si no fijamos bien... si no demarcamos bien... Doña Catalina interrumpió con nerviosa impaciencia a su hermano, en el momento en que este acentuaba sus argumentaciones con los dos dedos índices sobre el filo de la elegantísima mesa de su despacho. «No te canses en tratar este asunto como si fuera una discusión del Senado. Esto es sencillísimo; tanto, que yo sola puedo resolverlo sin consejo ni auxilio de nadie. Quédense tus sabidurías para cosas de más importancia. Yo tengo más ideas...». Aquí la interrumpió él prontamente, apoderándose de la frase para comentarla con cierta acritud: «Eso es lo que yo temo, señora hermana; y cuando te oigo decir: 'Tengo mis ideas', me echo a temblar, porque los hechos me prueban que tus ideas no son de una perfecta congruencia con la realidad». -Ello es que las tengo, querido hermano -dijo la Condesa de Halma con humildad-, y tú tienes las tuyas. Fácil es que no concuerden unas con otras. Pensamos, sentimos la vida de una modo muy distinto. Déjame a mí por mi camino, y sigue tú el tuyo. Quizás nos encontremos, quizás no. ¿Eso quién lo sabe? Cierto es que yo quiero hacer vida religiosa. No puedo decirte aún si entraré en las Órdenes antiguas o en las modernas. Soy un poco lenta en mis resoluciones, y mis ideas han de madurar mucho para que yo me decida a ponerlas en práctica. Quizás te sorprenda con algún proyectillo que pase un poquito la línea de lo común. No sé. Cada cual tiene sus aspiraciones. Yo las tengo en mi esfera, como tú en la tuya. -Ya, ya -dijo el Marqués, encontrando un fácil motivo de argumentación humorística-. Mi señora hermana pica alto. La fuerza de su humildad le sugiere ideas que se parecen al orgullo como una gota a otra gota. No encuentra dignas de su ardor religioso las Órdenes consagradas por el tiempo, y aspira a eclipsar la gloria de las Teresas y Claras, fundando una nueva Regla monástica para su recreo particular... Y yo pregunto: ¿corresponderán las facultades intelectuales de mi querida hermana a la nobilísima aspiración de su alma generosa? Me permito dudarlo... No me niegues que has pensado en ello, Catalina, y que sueñas con la celebridad de fundadora. Te lo he conocido en lo que callas, conversando conmigo, más que en lo que dices. Te lo he conocido en ciertas reticencias sorprendidas en ti, cuando de soslayo tratamos alguna vez del empleo que pensabas dar a los restos de tu legítima. Y ahora, hermana mía, abordo nuevamente la cuestión de intereses, asaltado de una duda. Yo pregunto: ¿mi señora hermana, en el estado cerebral particularísimo que es producto infalible del misticismo, está en el caso de apreciar con exactitud la cuantía de su legítima, después de los suplidos de Oriente, que no hay para qué recordar ahora? Permítaseme dudarlo. -Creo poder apreciarlo -dijo la de Halma con firmeza-; aunque, según tú, me falta el sentido de las cosas materiales. -No es caprichosa esa opinión mía, pues la fundo en una triste experiencia. Por no haber sabido a tiempo amaestrar la imaginación, esta te desfigura los hechos, te agranda todo lo que pertenece al concepto ventajoso, y te empequeñece lo... -¡Ay, no! -replicó la viuda con viveza-. ¿Piensas que la imaginación me empequeñece lo malo?... Di más bien lo contrario. Veo siempre considerablemente extendido todo aquello que me perjudica... -Seguramente creerás que la parte de tu legítima que está en mi poder -dijo D. Francisco de Paula con cierta conmiseración-, se eleva a una cifra fabulosa. Fuera de que la legítima era en sí bastante menor de lo que pudimos creer en vida de nuestro querido padre (que de Dios goce), hay que tener en cuenta que tu disparatado casamiento más ha sido para disminuirla que para aumentarla. -Dejaremos esta cuestión para cuando sea más oportuno tratarla -dijo doña Catalina levantándose. -Como quieras. Pero no te impacientes por subir a tu nido, y oye la observación que quiero hacerte respecto a tus proyectos de vida monástica. Siéntate un momento más, y bueno será que atiendas ahora, más que otras veces lo hiciste, a las sanas advertencias de tu hermano, que a falta de otra sabiduría, tiene la de presentar las cuestiones en su aspecto serio. No te censuro que te lances con ardor a la vida religiosa y santa. También eso, aunque con apariencias imaginativas, puede ser práctico, esencialmente práctico. Si tu conciencia, si tu corazón te impulsan por ese camino, síguelo, que tu carácter y los hábitos adquiridos no te permitirán quizás, o sin quizás, ir por otro. Mi aprobación en toda regla. Cuanto pertenezca al orden de la piedad, y a los supremos intereses espirituales, me tendrá siempre en favorable disposición. Pero concrétate a un papel puramente pasivo, pues no naciste tú para la iniciativa ni para la actividad, en su acepción más lata. Temo mucho a tus ambiciones de fundadora, y veo en peligro los reducidos intereses que constituyen tu legítima. Con ellos se te podría constituir una dote decorosa, y si me apuran, una dote espléndida. Pero si en vez de concretarte a ser humilde oveja, como piden tu carácter débil y, permíteme que lo diga, tus cortos alcances, te quieres meter a pastora, no tienes ni para empezar. ¡Ah!, vivimos en un siglo en que no se pueden desmentir las leyes económicas, querida hermana; y el que no tenga en cuenta las leyes económicas, se estrellará en toda empresa que acometa, aun aquellas del orden espiritual. Así como no se puede hacer una tortilla sin romper huevos, no puede emprenderse cosa alguna sin capital. Hoy no se crean Órdenes o Congregaciones con el esfuerzo puro de la fe y del ejemplo edificante. Se necesita que el que funda, posea una fortuna que consagrar al servicio de Dios, o que encuentre protectores ricos y piadosos. Tú no los encontrarás para ese objeto, si piensas buscar apoyo en la familia. Los parientes próximos, puedo citártelos uno por uno, no están en disposición de consagrar a un negocio tan problemático como la salvación de las almas propias y ajenas sus apuradas rentas. De modo, que si te obstinas en llevar adelante un pensamiento demasiado ambicioso, no harás nada de provecho, y perderás en vanas tentativas lo poco que tienes. Nuestra época admite los arrebatos místicos, pero con la razón siempre por delante; admite la caridad en grado heroico, pero con capital a la espalda, capital para todo, hasta para allanarle a la humanidad los caminos del cielo. Tú no posees ni ese capital encefálico que se llama razón, ni esa razón suprema de los actos colectivos, que se llama capital. Intenta algo que se salga de lo común, y veras cómo sale un despropósito. Siembra tu pobre iniciativa, y cogerás cosecha de tristes desengaños. -¿Has concluido?... ¡Qué bien se explica el señor senador! -le dijo Catalina con gracejo-. ¿Y si te dijera que no me has convencido? Me reñirías un poquito más. ¿Y si al reñirme más, yo me permitiera el atrevimiento de no hacerte caso? Pero si no conoces mis ideas, ni mis planes, ¿para qué los criticas? Es una verdadera desdicha que seas tan parlamentario, porque a todo le das el giro de discusión de negocio grave, y te sale un debate político de cada dedo. Yo no discuto, ni critico, ni parlamenteo nada. Lo que pienso hacer lo haré si puedo, y si no, no. ¿Ya te estás curando en salud, creyendo que voy a pedirte algo que no sea mío? Respira tranquilo, hombre práctico, apóstol del dogma económico, y de las sacrosantas doctrinas del capital y la renta, y tal y qué sé yo. Niégame que existe un capital más eficaz que el que se forma con el dinero y la razón. -A ver... ¿qué? -La fe... No te rías... -Si no me río. Pues estaría bueno que yo me riera de la fe... no, querida y respetada hermana... Debo poner punto por hoy en estas discusiones. Sé que no he de convencerte. Yo digo: «terquedad, tu nombre es Catalina de Halma...». Espero que otro será más afortunado que yo. -¿Quién? -Don Manuel... Nuestro buen amigo triunfará de tus manías. En aquel punto entró en el despacho la Marquesa, que acababa de llegar de misa, y cogiendo al vuelo las últimas palabras, terció en el debate, repitiendo, como un eco de su marido: «Don Manuel, D. Manuel te convencerá». - VI - Y como si las palabras de Consuelo fueran una evocación, apareció en la puerta, sin que antes se le sintieran los pasos, un clérigo alto y viejo, que sonriendo y con blanda vocecilla, decía: «Don Manuel, sí, aquí está D. Manuel, dispuesto a convencer a la misma sinrazón... ¡Oh, ni señora doña Catalina!... A fe de Manuel Flórez que no esperaba tan grato encuentro, y pensaba, antes de almorzar, darme una vueltecita por arriba». -Hoy es día solemne -dijo el Marqués con su habitual cortesía-; hoy tenemos a almorzar al Sr. D. Manuel, y mi hermana, que sabe cuánto se merece un amigo de tal calidad, quebranta su clausura, baja al comedor y nos acompaña a la mesa. -No merezco yo tanto... ¡oh! Doña Catalina quiso protestar sin ofender al venerable sacerdote; pero su voz fue ahogada por admoniciones cariñosas, y poco después pasaron los cuatro al comedor. Por el camino, decía el simpático Flórez a la Condesa de Halma: «No está de más, mi buena y santa amiga, aflojar un poquito la cuerda de vez en cuando». Con decir que la educación del Marqués y la de su esposa era exquisita, se dice que en el curso del almuerzo no se habló más que de cosas gratas, en las cuales pudieran todos decir su palabra sin ninguna violencia. Catalina estuvo melancólica y amable, D. Manuel festivo, el Marqués reservado, y Consuelo con todos fina y obsequiosa. Nada ocurrió, pues, que merezca especial mención. Dijeron algo de política, que Feramor trataba siempre con criterio muy elevado, huyendo de las personalidades, cuatro palabras de literatura y academias, y un poco también del proceso del cura Nazarín, que por aquellos días monopolizaba la atención pública, y traía de coronilla a todos los periodistas y reporters. Divididos los pareceres sobre aquella extraña personalidad, unos le tenían por santo, otros por un demente, en cuyo cerebro se habían reunido con extraordinaria densidad los corpúsculos insanos que flotan, por decirlo así, en la atmósfera intelectual de nuestro tiempo. Interrogado sobre tan peregrino caso, el bonísimo D. Manuel dijo que aún no tenía datos suficientes para formar criterio en aquel punto, y que se reservaba su opinión para cuando hubiese estudiado, con repetidas visitas y conferencias, al loco, santo, o lo que fuera. La de Halma no dijo esta boca es mía, ni aun demostró interés en un asunto, que por ser cosa que andaba en los periódicos, debió de parecerle de interés vano y pasajero. Después del almuerzo, subieron D. Manuel y doña Catalina al aposento de esta, y se entretuvieron largo rato charlando con los chiquillos y la institutriz, la cual era inglesa, de edad madura, con rostro de pájaro disecado, buena persona, que sabía su oficio y cumplía muy bien, transmitiendo a las criaturas sus maneras finísimas, y sus tópicos de ciencia fácil para uso de familias bien acomodadas. Cuatro eran los niños de los señores Marqueses, y a todos se les nombraba con los diminutivos familiares, a la usanza inglesa. Alejandrito, el mayor, (Sandy) despuntaba por su corrección de pequeño gentleman, y era un fiel trasunto de su papá, por lo comedido, lo económico, y la precocidad de las cosas prácticas. Seguía Catalinita, (Kitty) ahijada de su tía del mismo nombre, monísima criatura, muy espiritual y un poquitín traviesa. Paquito (Frank) era un poco abrutado, pero en él despuntaba una inteligencia sólida para la mecánica y... las obras públicas. Como que su juego preferido era imitar el ferrocarril, haciendo él de locomotora. Seguía Teresita, de tres años, a la cual llamaban Thressie, gordinflona, comilona, y nada espiritual, por el momento. Se pirraba por chapotear en agua, lavar trapos, y otras ordinarias ocupaciones. Era la que más daba que hacer a la miss, a quien llamaban Dolly, que es lo mismo que Dorotea. Fuéronse todos de paseo muy bien arregladitos, pastoreados por la inglesa, y solos ya la Condesa y D. Manuel, se encerraron, quiero decir, que a solas estuvieron larguísimo tiempo, casi toda la tarde, charlando de cosas graves de religión y de beneficencia. No es posible continuar en esta verídica narración sin afirmar que D. Manuel Flórez era un sacerdote muy simpático: sus singulares prendas lo mismo le daban prestigio y consideración en las clases altas, que popularidad en las inferiores. Entre diversos linajes de personas andaba de continuo, codeándose con aristócratas, o alternando con la pobreza humilde, y arriba y abajo sabía emplear el lenguaje más propio para hacerse entender. En él eran de admirar, más que las virtudes hondas, las superficiales, porque si no carecía de austeridad y rectitud en sus principios religiosos, lo que más en él resplandecía era la pulcritud esmerada de la persona, la dulzura, la benevolencia, y el lenguaje afectuoso, persuasivo y en algunos casos retórico de buen gusto. La malicia pudo alguna vez tratar de mancharle, arrojándole salpicaduras de lodo callejero; pero siempre salió limpio y puro de aquellos ataques por su constancia en despreciarlos y no darles ningún valor. Nunca tuvo ambición eclesiástica. Hubiera podido ser obispo con sólo dejarse querer de las muchas personas de gran influencia política que le trataban con intimidad. Pero creyó siempre que, mejor que en el gobierno de una diócesis, cumpliría su misión sacerdotal utilizando en servicio de Dios la cualidad que Este, en grado superior, le había dado, el don de gentes. ¡Prodigiosa, inaudita cualidad, cuyos efectos en multitud de casos se revelaban! No era sólo la palabra, ya graciosa, ya elocuente, familiar o grave según los casos; era la figura, los ojos, el gesto, el alma flexible y escurridiza que se metía en el alma del amigo, del penitente, del hermano en Dios, y aun del enemigo empecatado. Podría creerse que tal cualidad serviría para lucir en el púlpito. Pues no señor. En su juventud había probado la oratoria sagrada con éxito dudoso. Predicador adocenado, pronto hubo de conocer que a ninguna parte iría por aquel camino. Su apostolado tenía por órgano la conversación, y el trato social era el campo inmenso donde debía ganar sus grandes batallas. Vivía Flórez con independencia, de la renta de dos buenas fincas que heredó de sus padres, en Piedrahita. No tenía, pues, que afanarse por la pícara olla, ni que volver los ojos, como otros infelices, al palacio episcopal, a las parroquias o al Ministerio de Gracia y Justicia. Dios le había hecho vitalicio el pan de cada día, poniéndole en condiciones de ejercer su ministerio con la eficacia que da... una alimentación perfecta. No le venía mal la independencia hasta para la conservación de su fácil ortodoxia, de su perfecta conformidad con el espíritu y la letra de cuanto enseña y practica la Santa Iglesia. Vestía con pulcritud y hasta con cierta elegancia dentro de la severidad del traje eclesiástico, sin que en ello hubiera ni asomos de afectación, pues en él el aseo y la compostura eran cosa tan natural como el habla correcta y la bondad de las acciones. Era elegante, por la misma razón porque cantan los pájaros y nadan los peces. Cada ser tiene su epidermis propia, producto combinado de la nutrición interior, y del medio atmosférico. La ropa es como una segunda piel, en cuya composición y pátina tanta parte tiene lo de dentro como lo de fuera. Importantísimo debía de ser lo que hablaron aquella tarde D. Manuel y doña Catalina, porque la encerrona fue larga. Despidiose el buen sacerdote al fin, diciendo al coger su teja: «Quedamos en eso... ¿eh?». -Yo no diré nada, ni haré nada. -Corriente, mi buena y santa amiga. Si algo le dicen a usted, desentiéndase. Si sobreviene algún disgustillo, écheme la culpa. No tiene más que decir: «cosas de D. Manuel». -Perfectamente. Si consigo lo que deseo, a usted lo deberé todo, y suya será la gloria. -No, eso no: la gloria es de usted, quedamos en eso, en que la gloria es de usted. No soy más que el ejecutor o el auxiliar de una grande, de una excelsa idea. Adiós, adiós. - VII - Bajó despacito las escaleras, fija la vista en los peldaños, mientras volteaba en su mente la grande, la excelsa idea, y en el portal se encontró a los señores Marqueses que regresaban de su paseo en coche. «¿Todavía por aquí, D. Manuel?». -¿Quiere quedarse a comer? -Gracias mil. Ya saben que no como a estas horas. Mi chocolatito, y a la cama como un ángel. Consuelo, buenas tardes. -¿Y cuándo tendremos el gusto de volver a verle por aquí? -le preguntó el Marqués. -Ese gusto lo tendrán ustedes mañana. -El disgusto será de usted. -Quizás... Pero en fin, mañana hablaremos. Abur, abur. Requirió el manteo, y se fue, dejando a su buen amigo un tanto caviloso con aquel anuncio de conferencia, que debía de ser, se lo decía el corazón, alguna extravagancia de su señora hermana la Condesa. Preparose, pues, prejuzgando todos los órdenes de razonamientos con que podría embestirle D. Manuel, y le aguardó tranquilo. Las diez no eran todavía cuando el sacerdote entró en la casa, y ambos en el despacho, sentaditos a uno y otro lado de la mesa, hablaron largo tiempo. El Marqués, si le dejaban, era un águila para las amplificaciones; pero Flórez sabía ser lacónico y contundente cuando el caso lo exigía. La confianza autoritaria, de superior a inferior, con que le trataba, por haber sido su maestro antes de la partida de Feramor para Inglaterra, facilitaba mucho a D. Manuel las fórmulas de concisión. «Ya, ya me lo figuraba -dijo el Marqués, oída la breve exposición que hizo D. Manuel de su visita-. Desde que usted me indicó anoche... Bajaba usted de su cuarto, donde estuvo en cónclave con ella toda la tarde... En seguida comprendí. Mi señora hermana desea que le entregue su legítima». -Exactamente. -¿Y para eso tanto misterio, y conferencias tan largas entre usted y ella? ¿Por qué no me lo dice? ¿Acaso me niego a entregarle lo suyo? ¿Por ventura no tengo mis cuentas bien claras, y mi conciencia muy tranquila, y todos los asuntos tan en regla, que fácilmente podría contestar a cuantas objeciones se me hicieran? Vea usted, vea usted... Y diciendo esto saco un legajo cuyo rótulo decía: «Cuenta de las cantidades suplidas a mi señora hermana Catalina». «Ya, ya -dijo el clérigo continuando de memoria la lectura del rótulo-. Suplidos en Madrid cuando se casó... y después en Sophia, Constantinopla, Corfú...». Dame acá. Y tomó los papeles, y sin dignarse pasar por ellos la vista, con resolución firme y calmosa empezó a romperlos, no pudiendo hacerlo con todo el legajo de una vez, por ser demasiado grueso. «¡Qué hace usted, D. Manuel!» exclamó el Marqués, abalanzando su cuerpo por encima de la mesa, pero sin atreverse a quitarle al otro de las manos los papeles que rompía pausadamente, echando los pedazos en una cestita próxima. -Ya lo ves... Hago lo que tú harías si fueras como Dios y yo queremos que seas, lo que harías seguramente si reflexionas en ello... Déjame, déjame que deshaga toda esta podredumbre... -Pero... -No hay pero que valga. ¡Si has de concluir por aprobarlo, y ayudarme a romper los que quedan! Hijo mío, tengo de ti mejor idea de lo que parece, y aunque te empeñes en disimular tu buen corazón con esas apariencias de egoísmo que te impone la sociedad, no has de conseguirlo. Ya, ya estás comprendiendo que debes entregarle a tu hermana su legítima íntegra, y esa resta infame que tenías preparada no es propia de un caballero cristiano... como debes ser... como eres, lo digo y lo repito, como eres. -¡Don Manuel! -Don Manuel te quiere mucho, y cuando te ve desfigurado por el egoísmo, que todo lo contamina, te rehace a su gusto... Yo quiero que seas conforme al tipo de caballero cristiano que quise formar en ti cuando te llevaron a tierras de ingleses metalizados. No pongas esa cara compungida, ni abras esos ojazos, Paco, amigo mío y discípulo amado. Los anticipos que hiciste a tu hermana son miserias... miserias para ti, que eres rico; y si retienes esas cantidades al entregarle su legítima, rebajas tu dignidad, y te pones al nivel de la gente mal nacida. Prueba que eres noble, no sólo de nombre, sino de hechos, y perdónale a tu pobre hermana las limosnas que le hiciste, que si el no dar limosna es cosa fea, el reclamar la que se dio es cosa feísima, plebeya, vil. -Permítame usted, mi querido Flórez -dijo el Marqués palideciendo, sin ningunas ganas de ceder, pero también sin ánimo para oponerse al rasgo de su amigo y maestro-; permítame usted que le diga que no es la manera de tratar las cuestiones de intereses. Discutamos... -Eso es lo que tú quieres, discutir, porque en ello siempre llevas ventaja. Pues yo aborrezco las discusiones; soy muy poco parlamentario. ¿Y para qué habíamos de discutir? Ya han desaparecido en pedacitos mil tus famosas cuentas. Mía es la responsabilidad de este crimen de lesa majestad... económica. Pero mi conciencia está tranquila, y aquí donde me ves, al romper tus papelotes he sentido en mi interior un goce vivísimo. ¡Si tú eres bueno, si tú mismo no sabes lo bueno que eres! Ea, voy a echármelas de parlamentario. Discusión: planteo el debate. Seré breve. Escúchame. Tú eras rico, tu hermana pobre. Tú habías hecho un buen casamiento, bajo todos puntos de vista; tu hermana lo había hecho detestable. Tú eras feliz, ella desgraciada. ¿Qué menos podías hacer que socorrerla en su miseria, cuando aún no podías entregarle su legítima, por no estar ultimada la testamentaría? La socorriste, fuiste buen hermano, buen caballero, y ahora, cuando ella te pide la herencia de vuestro padre, te adelantas gallardamente y le dices: «Querida hermana, toma lo que te pertenece, y olvida los sinsabores que te causé, como yo olvido los socorros que te di». Esto hace un prócer, esto hace un caballero, esto hace el primogénito de una casa ilustre que hoy se encuentra en posesión de grandes riquezas. -No me deja usted hablar... ¡Pero D. Manuel de mi alma!... -Si estoy yo en el uso de la palabra, como decís allá. Después hablará su señoría, que aún tengo mucho que decir... Sigo. Pues me figuro que tengo delante de mí a tu padre, o mejor aún, que el hombre que tienes frente a ti, no soy yo, sino aquel bonísimo aunque desordenado Pepe Artal, mi noble amigo. ¿Por qué me decidí a romperte todo este papelorio? Porque tenía la seguridad de que él lo hubiera roto. No era yo, era él, quien lo rompía. Hago revivir ante ti la imagen, más que la memoria, de tu padre, para que le imites en este caso, aunque en otros me guardaría muy bien de presentártelo como modelo. ¡Ah!... Paco mío, tu padre era un perdido... digo, tanto como un perdido no, era un mala cabeza, el desbarajuste, la imprevisión. Cabeza de trapo, corazón de oro. ¡Qué corazón el de Pepe Artal! Era el caballero español, dispuesto a todas las barbaridades imaginables; pero también generoso, verdaderamente noble y magnánimo. El pobrecito no conoció a los economistas ingleses, ni siquiera por el forro. Había oído hablar con grandes encarecimientos de los políticos de allá: Lord Palmerston, Pitt, qué sé yo; pero él no les conocía más que yo a los sacerdotes de Confucio. Creía que todo lo bueno ha de traer una marca que diga Londón, y se empeñó en que tú habías de entrar en el mundo social y político con esa etiqueta. Fuiste allá, volviste hecho un inglesote. Vales mucho, yo no lo niego. Serás capaz de arreglar la Hacienda española... trabajo te mando... como has arreglado la tuya. Tienes grandes cualidades, algunas muy raras aquí, y que nos hacen mucha falta; pero careces de otras, quizás las más elementales... Pero yo, que te quiero tanto, tanto, te cojo, como se coge un muñeco o cualquier figurilla de materia blanda, y te retuerzo, y te doy una gran vuelta, hasta enderezar en ti lo que me parece torcido, y hacerte a mi gusto... Con que, se acabó el discurso. Quedamos en eso: en que le entregarás a tu hermana su legítima sin escatimarle las sumas con que acudiste a sus necesidades en los tiempos de su extrema pobreza... ¿Estamos? Pues bien, ahora, yo que soy un gran embustero cuando el caso llega, subiré a ver a Catalina, y le soltaré una mentira muy gorda, pero muy gorda... -¡Qué! -Que tú, por tu propia iniciativa, como saliendo de ti, ¿me entiendes?, has tenido ese rasgo. Que yo no te he dicho nada, que los papeles los rompiste tú, mejor, que ya los habías roto; en fin, yo me entiendo. -¿Y eso dirá usted a mi hermana? -Eso mismo, tal como lo oyes. -Pues no lo creerá -dijo Feramor, sonriendo por primera vez después del sofoco que acababa de pasar. -Tanto peor para ella y para ti... Pero sí lo creerá. Basta que se lo diga yo. -Con muchos actos de veracidad como este... -¡Pero si en rigor no es mentira lo que pienso contarle! ¡Si tú, al fin, sientes ya no haber tenido aquella espontaneidad, porque tu corazón se ha vuelto del lado de la esplendidez galana y noble! Y el aceptar ahora gozoso lo que antes no hiciste, es lo mismo que si lo hubieras hecho, y llegas a creer que tú mismo rompiste las cuentas, y... Vaya, confiésame que te has penetrado de tu papel de caballero y de buen hermano, y que estás contento de haberlo mostrado con una gallardísima acción. Confiésalo, di que sí, y con esa declaración me quedo yo más tranquilo, y no me remorderá la conciencia por el embuste que voy a encajarle a la Condesa... -Hm... - VIII - -Mire usted, mi querido D. Manolo -dijo el Marqués sentándose, después de dar dos o tres vueltas por la estancia-. Sin esfuerzo alguno, y con sólo una ligera indicación de usted o de ella misma, habría usted visto en mí eso que llama rasgo, si supiera yo que al entregar a mi hermana su legítima, daba un empleo útil a ese pequeño capital... Déjeme usted seguir, que ahora me toca hablar a mí. ¡Pues no faltaba más si no que usted se lo dijera todo! Continúo en el uso de la palabra. Cúreme usted a mi hermana de sus manías de fundadora... -Pero ven acá, majadero, ¿acaso la fe es una enfermedad? -Que hablo yo ahora: no se interrumpe al orador. Quítele usted de la cabeza a mi señora hermana esas ideas y esos planes para cuya realización no le ha dado Dios el cacumen que se necesita, y no sólo le entregaré gustoso lo que le pertenece, sin merma alguna, sino que añadiré algo, siempre que ella se humanice, dejándose de aspirar a la canonización, y vuelva al mundo, mirando por su propio interés y por el de la familia. De buen grado daré todo el esplendor posible a la posición que ella podría bien casándose con el viudo. Muñoz Moreno-Isla, bien con... -¡Paco, por Dios, no desbarres!... Sí, te interrumpo, no te dejo hablar, no consiento que barbarices de ese modo. ¡Pero tonto, si su grande espíritu la llama hacia cosas bien distintas de eso que llamas posición!... ¡vaya una posición! ¡Si ella quiere la más alta de todas, la que será siempre inaccesible para todos esos Casa-Muñoz y demás traficantes ennoblecidos que se revuelcan en la vulgaridad, entre barreduras de plata y oro! ¡Buena está Catalina para vender la alegría de su alma, que consiste en estar siempre en Dios y con Dios, por el dinero de esos publicanos! ¡Divertida estaría tu hermana con esa gente, pues a trueque de poseer unas cuantas acciones del Banco, tendría que soportar a su lado noche y día al de Casa-Muñoz y oírle decir áccido, carnecería, y otros barbarismos! ¡Y de añadidura, tener por cuñada a la Josefita Muñoz, la reina de las tintas, como la llama no sé quién, y oírla y aguantarla y estar cerca de ella, cosa tremenda, porque es público y notorio que le huele mal el aliento!... Yo no me he acercado... tate... Me lo han dicho. Pues otra: la madre de esos tenía su tienda en la calle de la Sal. ¡Dios misericordioso, las varas de sarga que me ha medido a mí la buena señora para sotanas! ¡Y hoy sus hijos son Marqueses, y en señal de finura se llevan la mano a la boca cuando les viene un eructo (2), y van a París como maletas para introducir en España la moda... de los huevos al plato! ¡Y esa es la posición que quieres para tu hermana! -No se puede con usted, mi buen D. Manolo, cuando toma las cosas en solfa -replicó el Marqués festivamente-. Búrlese usted todo lo que quiera; pero yo repito y sostengo que no hay otro medio, para crear clases directoras en esta desquiciada sociedad, que cruzar la aristocracia de pergaminos con la de papel marquilla, dueña del dinero que fue de la Iglesia y de las casas vinculadas. Yo le aseguro a usted... -No me asegures nada... Tu hermana no quiere ser clase directora en el sentido social. Puede serlo en otro mucho más elevado. Sus desgracias le han hecho aborrecer toda esa miseria dorada del mundo. Ningún amor terrestre puede sustituir en su alma al cariño que tuvo a su esposo. Ahí donde la ves, con todo ese aire de poquita cosa, es una heroína cristiana. Fue buena esposa, mártir de sus deberes; la memoria del pobre muerto es su consuelo, y la llama vivísima de fe que arde en su alma se traduce en la ambición de consagrar su vida al bien de sus semejantes, a aliviar en lo posible los males inmensos que nos rodean, y que vosotros los ricos, los prácticos, los parlamentarios, veis con indiferencia, cuando no los escarnecéis, queriendo aplicar a su remedio las famosas leyes económicas, que vienen a ser como la receta del italiano contra las pulgas. -Pero si yo no me opongo a que mi hermana sea piadosa... Accedo a que no se case, a que se dedique a la oración en la soledad de un claustro. Soy creyente, bien lo sabe usted... -Hm... ¡Creyente! Todos los señores prácticos, políticos y parlamentarios lo son por conveniencia, por decoro y exterioridad. Van con vela a las procesiones, y cuando se arrodillan ante el Santísimo y ven elevar la hostia, están pensando en que los cambios suben también, o bajan. Dijo esto D. Manuel nervioso, impaciente, levantándose y dando tumbos por el cuarto. De pronto entra Sandy a pedir a su padre los sellos que había recibido aquellos días, y el buen sacerdote, después de acariciarle, le dice: «Corre al segundo, alma mía, y a tu tiita Catalina que baje al momento, que tu papá y yo tenemos que hablarle». Subió el chiquillo como una exhalación, y en el tiempo transcurrido hasta que se presentó la Condesa, el Marqués hubo de parafrasear sus últimas afirmaciones para evitar que Flórez las interpretara torcidamente. Era hombre práctico, y humillándose ante los hechos consumados, quería quedar bien con todo el mundo. «He querido decir, Sr. D. Manuel, que no ha demostrado mi hermana, hasta ahora, aptitudes para cosa tan grande, para una empresa que no sólo requiere piedad, sino inteligencia, saber del mundo y de los negocios. Eso sostuve y sostengo. ¿Pero acaso el que no haya demostrado aptitudes, significa que no pueda adquirirlas cuando menos se piense? La fe hace milagros, ¿quién lo duda? La fe puede mucho». -Según tú, los milagros los hace la santa economía. -También. Y la inteligencia, y el método, y... La entrada de su hermana le cortó la palabra. Antes de saludarla, D. Manuel le alargó desde lejos los brazos, diciéndole con tanta seriedad como alegría: «Venga usted aca, señora Condesa de Halma, y dé las gracias a su hermano, este noble hijo de su padre, esta gloria de los Artales y Javierres... El señor Marqués, no bien le indiqué los proyectos de usted, abrió, como quien dice, si corazón y su alma toda, inundada de fe cristiana y de entusiasmo católico. Y nada... que disponga usted de su legítima, sin merma alguna, que no hay cuentas, ni las hubo, ni puede haberlas entre dos hermanos que tanto se aman... que si no basta, él está dispuesto...». -Poco a poco, D. Manuel... Yo... -Sí, sí, quiere decir que no nos abandonará en caso de... En fin, se ha portado como quien es, como un prócer castellano, caballero de la fe de Cristo. Ya lo esperaba yo, que conozco la raza, y he llorado de satisfacción viendo cómo sus ideas a las mías respondieron, como su noble corazón se inundó de regocijo ante los sublimes proyectos de su bendita hermana. ¡Vivan los Artales y Javierres, cuyo blasón no tiene igual en nobleza, cuya historia está llena de actos magnánimos, de virtudes heroicas! ¡Viva la familia que cuenta más santos que príncipes en su árbol genealógico, y príncipes a centenares, y felicitémonos todos, y yo el primero, por la honra de ser amigo de tan ilustres personas! -Bien, muy bien -dijo doña Catalina entre dos sonrisas, demostrando en la frialdad con que pronunció aquellas palabras, que no aceptaba como artículo de fe las del clérigo. -No me opongo jamás -dijo Feramor tragando saliva, para ahogar con ella la tumultuosa procesión que le andaba por dentro-, no me opongo a nada que sea razonable. Cuando lo espiritual se presenta en condiciones prácticas, soy el primero... ya se sabe... Mis ideas generales, mis ideas políticas, concuerdan con todo lo que sea el fomento y protección de los intereses religiosos. La fe es una fuerza, la mayor de las fuerzas, y con su ayuda, las demás fuerzas, ora sociales, ora económicas, podrán realizar maravillas. Toda empresa de mejora moral me tiene a su lado, porque no veo más camino para el perfeccionamiento humano que las creencias firmes, la misericordia, el perdón de las ofensas, la protección del fuerte al débil, la limosna, la paz de las conciencias. -¡Qué hermosas ideas! -dijo D. Manuel con fingido entusiasmo-. ¡Benditas sean las riquezas que atesoras, porque con ellas harás el bien de tus semejantes desvalidos! Si todos los ricos fueran como tú, no habría miseria, ¿verdad?, ni el problema social sería tan pavoroso. Al llegar a este punto, el Marqués necesitaba violentarse mucho para no coge una silla y dejarla caer sobre la cabeza del ladino y maleante sacerdote. Pero su corrección social, como una conciencia más fuerte que la conciencia verdadera, se sobrepuso a su enojo, y ni un momento desapareció de sus labios la sonrisa, que parecía esculpida, de la buena educación... ¡Ah, la buena educación! Era la segunda naturaleza, la visible, la que daba la cara al mundo, mientras la otra, la constitutiva, rara vez salía de la clausura en que las bien estudiadas formas urbanas la tenían recluida. Prescindir de aquella segunda naturaleza para todos los actos públicos y aun domésticos, era tan imposible como salir la calle en cueros, en pleno día. Los refinamientos de la educación, si en algunos casos corrigen las asperezas nativas del ser, en otros suelen producir hombres artificiales, que por la consecuencia de sus actos se confunden con los verdaderos. Apurando los inagotables recursos de su buena educación, de aquella fuerza en cierto modo creadora y plasmante que hace hombres, o por lo menos estatuas vivas, el Marqués sostuvo el papel que le había impuesto el eclesiástico amigo de la casa, y terminó la conferencia diciendo graciosamente a su hermana: «Dispón de... eso cuando quieras. Estoy a tus órdenes. Y, como te ha dicho muy bien D. Manuel, entre nosotros, entre hermano y hermana, no se hable de cuentas, ni de anticipos... No, no me des las gracias. Es mi deber perdonarte una deuda insignificante. La fortuna me ha favorecido más que a ti; ¿qué digo la fortuna? Dios, que es quien da y quita las riquezas. Si a mí me las ha dado, es para que puedas consagrarte... consagrarte...». No acabó el concepto, porque la buena educación, empleada a tan altas dosis, hubo de agotarse... Para disimular la repentina extinción de aquella fuerza, el Marqués no tuvo más remedio que fingir una tosecilla. Y D. Manuel, sacando una cajita de cartón, le dijo con buena sombra: «Tome usted, señor parlamentario, una pastillita de las que yo gasto». Segunda parte - I - Véanse ahora los artificios que en la conducta del Marqués de Feramor determinaba su segunda naturaleza, el ser urbano y correcto, pues el impulso adquirido le llevó a distancias considerables de su verdadera índole interna, petrificada en el egoísmo. Aquella noche y las siguientes, platicando en su tertulia con las personas graves de ambos sexos que a ella concurrían, indicó con discreta jactancia su propósito de coadyuvar a las empresas religiosas de su hermana la Condesa. Verdad que todo esto era de dientes afuera. Hay que manifestar que le incitaba a la expresión de tales ideas y otras semejantes la atmósfera que reinaba en su tertulia, y que no era más que una prolongación del ambiente total. Porque en aquellos días, que no están muy lejanos, había venido sobre la sociedad una de esas rachas que temporalmente la agitan y conmueven, racha que entonces era religiosa, como otras veces ha sido impía. El fenómeno se repite con segura periodicidad. Vienen vientos diferentes sobre la conciencia pública a veces como una moda de exaltaciones democráticas; a veces la moda del ideal contrario. En literatura también vienen y van ventoleras furibundas, que harían grandes estragos si no pasaran pronto. Sopla a veces un realismo huracanado que todo lo moja; a veces un terral clásico que todo lo seca. La religión no se libra de esta elasticidad atmosférica, que en cierto modo es saludable, dígase lo que se quiera. Vienen altas presiones de indiferentismo; siguen otras de piedad. En los días a que me refiero, la racha religiosa venía con fuerza, y en los salones de Feramor se arremolinaba furibunda. Hablábase con preferencia de Roma y del Santo Padre; a cualquiera se le ocurrían frases felices para ridiculizar a los incrédulos, o para encomiar las hermosuras del simbolismo cristiano y de las artes auxiliares del culto; otros señalaban decadencia, síntomas de ruina moral en los países protestantes. Sostenían estos la frecuencia de las conversiones al catolicismo, y aquellos recordaban con encarecimiento las vidas de santos y fundadores, encontrándolas más bellas que las de los héroes de Plutarco. Se proyectaban viajes en cuadrilla para admirar catedrales y huronear monasterios derruidos, y los aficionados a la estética reconocían más talento en los escritores ortodoxos que en los impíos o indiferentes. Algunos que nunca fueron beatos, enseñaban bajo la mundología una punta de oreja pietista, y los que lo eran se crecían y amenazaban comerse el mundo. De fuera, por el vehículo de la prensa, que siempre ha sido extraordinariamente sensible a estas mudanzas atmosféricas, venía la racha, empujando más cada día, porque los periódicos tachados de librepensadores y que lo eran realmente, al llegar Semana Santa, salían con todas sus columnas abarrotadas de una santurronería que habría hecho palidecer de ira a los progresistas de hace treinta años. Las señoras, naturalmente, aventaban más y más la racha con el aire de sus abanicos y con el aliento de su apasionada fraseología, hasta conseguir que se hinchara como tromba. Ignoraban que cuando se apaciguaran aquellos vientos, vendrían otros con nuevas ideas y pasiones nuevas. Pues bien, en una atmósfera densa de revindicaciones (3) religiosas, vertía el Marqués de Feramor sus ideas artificiales, que se llaman así para diferenciarlas de las ideas verdaderas, encerraditas muy adentro, lejos del histrionismo seco de la buena educación. Se esforzaba en mostrarse contento por auxiliar a su hermana doña Catalina en las formidables empresas cristinas que acometería muy pronto. ¡Oh, como representante de las clases directoras, él estaba obligado a contribuir a cuanto favoreciera los grandes intereses espirituales de la sociedad! No todo había de ser fomentar obras públicas, y defender como artículo de fe la asociación mercantil. Había que mirar al más allá, enseñar a las clases proletarias el olvidado camino del Cielo, y preparar la vuelta de los grandes ideales. De este modo daba alimento a su vanidad, preconizando en público lo que en su fuero interno detestaba, y hacía propósito de sacar partido de lo que tan contra su voluntad se fraguaba, en el piso segando de su casa, entre la testaruda Condesa de Halma y el complaciente D. Manuel Flórez. Los concurrentes a su tertulia se veían obligados a mayores alabanzas que las que constantemente le tributaban por su sentido inglés, y su desprecio de las exageraciones. A excepción del Conde de Monte-Cármenes, equilibrista incorregible, que se ponía siempre en un justo medio muy cómodo, equidistante del misticismo y de la impiedad, los amigos de Feramor le veían con gusto en aquel camino. Naturalmente, los hombres de capacidad intelectual y pecuniaria como él, estaban obligados a dar vigor al poder público, vigorizando el resorte religioso. El Marqués de Cícero no podía contener su entusiasmo; Jacinto Villalonga, que al conseguir la senaduría vitalicia se había constituido en adalid de los grandes principios, deploraba no ser rico para ayudar a la Condesa de Halma en sus empresas espirituales, que eran lo mismo que una gran batalla dada a las revoluciones; los Trujillos, los Albert y Arnaiz, de la nobleza frescachona, opinaban que los títulos debían ponerse al frente del movimiento de regeneración; el Conde de Casa-Bohío, Tellería de nacimiento, casado con una cubana rica, declaraba su conformidad y aprobación entusiasta... en nombre de Europa y América. El general Morla no hacía más que repetir y confirmar sus ideas de toda la vida. Severiano Rodríguez cerdeaba un poco; pero sin lanzarse resueltamente a la oposición, porque su urbanidad se lo vedaba. Pero el que con mayor vehemencia y aspavientos más enfáticos hizo la apología de los intereses espirituales, fue un tal José Antonio de Urrea, primo del Marqués, parásito en la casa por temporadas, hombre inconstante, ligero y de dudosa reputación. Más joven que Feramor, algo se le parecía en lo físico, en lo moral poco, porque era la cabeza más destornillada de la familia, y la mayor calamidad que pesaba sobre ella. El Marqués le profesaba una antipatía que a veces era mortal odio, y había hecho los imposibles por mandarle a Cuba, a Filipinas, al fin del mundo, y librarse de sus furiosas acometidas en demanda de socorros pecuniarios. Las adulaciones del dichoso pariente le sacaban de quicio, porque tras ellas venía siempre el golpe inexorable. Verdaderamente, José Antonio de Urrea era más desgraciado que perverso. Huérfano en edad temprana y sin patrimonio, no tuvo quien le mandase a estudiar a Inglaterra ni a parte alguna. Los parientes ricos quisieron darle carrera; empezó sucesivamente tres o cuatro, Infantería, Montes, Administración Militar, Telégrafos, y no llegó ni a la mitad de ninguna. A los veintidós años, fue preciso conseguirle un destino. Feramor contaba por centenares los viajes al Ministerio para pedir la reposición o el traslado. Ello es que le echaban de todas las oficinas, porque, o no iba, o iba arde, y no hacía más que fumar, dibujar caricaturas y enredar con los compañeros. Abandonado de sus parientes, dedicábase a desconocidos negocios. Veíasele algún tiempo bien vestido, gastando en coche y teatros, sin que nadie supiese de dónde salían aquellas misas. Tras un largo período de eclipse, aparecía mi José Antonio hecho una lástima, enfermo, roto, muerto de hambre; pero con ideas de un gran negocio, que estudiaba y que seguramente sería su salvación. Feramor y su mujer, la Duquesa de Monterones y su marido le compadecían, y haciéndole prometer la enmienda, se dejaban expoliar. El pícaro se valía de mil graciosas artimañas para conquistar los de las señoras; on el socorro que recogía restauraba su ropa o la hacía nueva, y allá le teníais otra vez de punta en blanco, día y noche, de servilleta prendida, y amenizando las tertulias con su fácil ingenio. Su inconstancia no era inferior a su desvergüenza: a veces desaparecía de las casas de Feramor y Monterones, y parasiteaba en otras, donde sin duda le pagaban con el plato sus amenidades, que no siempre eran de buen gusto. Ello es que en la mesa y tertulia de la parentela pagaba el trato con una adulación asfixiante, y en las casas ajenas se vengaba de la humillación recibida hablando mal de su familia, ridiculizando el anglicanismo de su primo, las vanidades de la Marquesa y de Ignacia Monterones. Tras esto solía venir otro largo chapuzón en obscuridades desconocidas, para resurgir luego arrepentido, implorando misericordia. En cuanto su primo le veía con el incensario en la mano, se echaba a temblar, porque las lisonjas eran siempre precursoras de un golpe despampanante con el mandoble, que manejaba como nadie. Y así, cuando le vio tan entusiasta de los ideales religiosos, el Marqués se dijo: «Este viene armado esta noche. Preparémonos». En efecto, aprovechando una ocasión propicia, José Antonio le asaltó en un ángulo del billar, y allí, con alevosía, premeditación y ensañamiento, descargó sobre su cabeza el filo cortante, quedándose el Marqués tan aturdido del tremendo golpe, que no supo contestarle. El terrible sablista mostrose muy animado con la esperanza de un seguro negocio, para el cual reunía el capitalito necesario, y sólo le faltaba una cantidad, una miseria, que su primo, su querido primo, su opulento primo y Mecenas le facilitaría al día siguiente... si podía ser por la mañana, mejor. - II - «¿Pero tú estás loco? ¡Que te dé mil pesetas! -le dijo la víctima poniéndole la mano en el pecho, y apartándole de sí como un peso que se le venía encima-. ¡Vaya una historia! ¿Negocios tú...? Y qué es, ¿se puede saber?». -Un negocio editorial, pero seguro, Paco, tan seguro, que ganaré con él en poco tiempo, unos cuantos miles de duros. -Echa por esa boca. La historia de siempre. ¿Y con mil pesetas estableces una casa editorial? -¿No me has oído? Tengo más; pero me falta ese pico. -Lo que a ti te falta es vergüenza -respondió el Marqués, que ante aquella calamidad de la familia se veía privado hasta de su buena educación-. Déjame en paz, o te echo de mi casa. -Bueno, no es motivo para que te enfades. Me niegas el auxilio que yo, pobre industrial, vengo a pedirte. Y luego me decís: «Trabaja, trabaja, sé hombre, sienta la cabeza». Pues señor, siento la cabeza, me descrismo trabajando; pero ¡ay!, la pícara ley económica se interpone... ¿El capital dónde está? Lo busco; encuentro parte; voy a mi opulento primo a que me lo complete, y mi opulento primo me echa de su casa, me condena a la miseria, me ata las manos... Bien, Paco bien... Siempre te querré, y te respetaré siempre... -¡A fe que están los tiempos para poner dinero en empresas editoriales..., precisamente cuando hemos convenido en dedicarlo a las espirituales! -Tú puedes atender a todo. Estás en el deber de fomentar lo de Dios y lo del César. -Sí, sí, con la saca que me espera estos días. ¿Sabes que tengo que dar a mi hermana...? -Lo sé. Le das lo suyo. -Pero... -Convenido; tu hermana está loca. -Habla con más respeto. -Loca perdida. Locura sublime, si quieres. Yo que tú, no le daba un cuarto. Lo sublime deja de serlo en cuanto le pones dinero encima. Dame a mí lo que te pido, que estoy bien cuerdo y bien pedestre, con mi trabajito metódico, y mis hábitos de hombre previsor y ordenado. En efecto, dígase porque es verdad, el pobre Urrea llevaba medio año de vida totalmente contraria a la que le diera fama tan triste. Había conseguido dar forma práctica a su habilidad para la fotografía, y asociándose con un industrial muy activo, hizo una excursión por las provincias andaluzas, y se trajo una colección de clichés de monumentos, que le valieron algunos cuartos. Esto le alentó. Fundó un periódico, estudiando la Cincografía (4) y el Heliograbado; pero la endeblez de la parte literaria hizo fracasar la publicación. Con nuevos elementos intentaba la creación de otro semanario ilustrado, esperando obtener considerables ganancias, y juntaba dinero para el material indispensable, y para los primeros gastos. El impresor le exigía, a más del papel, una cantidad en fianza para responder de la composición y tirada de los dos primeros números. Hablando de estas materias, metiéndose de lleno en la explicación técnica del negocio por ver si ablandaba a su primo, afiló más el arma, llegando a fijar en dos mil pesetas la suma que necesitaba. -¡Dos mil! -Sí, y tú me las vas a dar. Eres mejor de lo que tú mismo crees. -No; si yo me tengo por inmejorable. Por serlo, no te doy las dos mil pesetas: sería lo mismo que tirarlas a la calle... Oye: una cosa se me ocurre. Pídeselas a mi hermana, que ahora tiene dinero, o lo tendrá pronto, y según dice D. Manuel, lo dedica al socorro de la miseria humana. Claro que tú, con tu flamante industria editorial, estas comprendido en esa humanidad miserable, a la cual piensa Catalina redimir. -Pues mira tú, no es mala idea... ¡Ah!, tu hermana es una santa, una heroína cristiana. Yo la admiro, y siempre que la veo, me dan ganas de arrodillarme delante y rezar... Mi palabra de honor... Pues sí, ¡famosa idea! -Hazle comprender que la protección a las industrias nacientes y a los hombres emprendedores y formales como tú, debe contarse entre las obras de misericordia, y que la caridad empieza por la familia... ¿entiendes? ¡Quién sabe, hombre, quién sabe si...! -No lo tomes a broma, que bien podría... Se intentará, hombre, se intentará, Catalina es realmente un ángel, y sus desgracias le dan una extraordinaria penetración para comprender las ajenas. Bien mirado el asunto, debe comenzar su campaña caritativa por mí, el más desgraciado de la familia, más que ella seguramente, más, más. Y creo que, en conciencia, bien puedo pedirle tres mil pesetas. -Sí... sube, hijo, sube. -Pero ¡ay! -exclamó Urrea desalentado súbitamente, llevándose la mano al cráneo-, no me acordaba de... ¡Ay, no puede ser, Paco de mi alma, no puede ser! ¡Qué tontos tú y yo! Claro que dejándose llevar mi prima de su magnánimo corazón, no habría caso. Pero como el que gobierna en su voluntad es ese congrio de D. Manuel... Figúrate. -No te permito hablar así de nuestro dignísimo amigo. -Perdóname... No le ofendo. ¡Triste de mí! ¡Cuando digo que la mayoría de los males que afligen a la humanidad son de un origen eclesiástico...! ¡Ah!, pues si yo cogiera libre a mi prima, quiero decir, en el libre ejercicio de su misericordia, créete que mis cuatro mil pesetillas no habría quién me las quitara. Mi palabra... -Veo que si no te las dan pronto, acabarás por pedir un millón. -Se me ocurre una idea... Quizás podríamos... Hay que verlo. ¿Puedo contar contigo? -¿Conmigo?, ¿para qué? -Para apoyarme, en caso de que ese reverendísimo percebe informe, como parece natural, en contra de mi pretensión. -Yo... ¿Cómo? -Diciéndole a la señora Condesa de Halma que ya no soy lo que era, que me he corregido, que trabajo, que con mi pequeña industria doy de comer a multitud de familias indigentes, en fin, que defiendo a raja tabla los grandes ideales cristianos, y que sería obra de caridad muy meritoria auxiliarme con cinco mil... -¡Calla, hombre, calla! Yo no puedo apoyarte. Creerán que me he vuelto loco. En todo caso, demuéstrame que tus propósitos de enmienda son verdaderos, y tus planes de trabajo cosa seria y decisiva. Dijo esto el Marqués, pasando al salón próximo, como si por la fuga quisiera librarse de mosca tan importuna; pero el pariente pobre le seguía, cosido a sus faldones, desplegando la pertinaz voluntad de esos caracteres que no desmayan hasta no conseguir lo que se proponen. Minutos después, Feramor se sentó en un diván para hablar de política con Manolo Infante. El parásito hubo de agregarse con oficiosidad pegajosa; la conversación rodó insensiblemente hacia el terreno periodístico, y al instante Urrea se dejó caer con esta indirecta: «Como yo consiga echar a la calle mis Sabatinas, verán ustedes. Cosa nueva, la actualidad presentada con arte y chic, precio fenomenal, digo, baratísimo; la parte literaria de primera, la heliografía ídem de lienzo, en fin, un negocio que sólo espera un poquitín de apoyo para enriquecer a alguien. El primer número, que ya está preparado, lo dedico al célebre apóstol de nuestros tiempos, el gran Nazarín, de quien presento noticias estupendas, la biografía completa, retratos de él y sus discípulas...». -Pero ese Nazarín, ¿qué es? -preguntó el Marqués a Manolo Infante-. Ya nos trae locos la prensa con la dichosa cuadrilla nazarista, y el proceso, y las interviews... ¿Le has visto tú? -No necesito verle -replicó Infante-, para pensar, como tu primo, que es el pillo más ingenioso que ha echado Dios al mundo. -Poco a poco -dijo Urrea con el desparpajo que gastar solía, para desmentirse-. Yo no pienso tal cosa. -Hace un rato nos contabas a Severiano y a mí que le habías visto, y charlado con él y sus compañeras, y que le tenías... son tus palabras... por un impostor vulgarísimo. -¿Eso dije?... Vamos, os revelaré todo el intríngulis de mi diplomacia. Por desorientaros a ti y a Severiano os dije la opinión corriente y vulgar, reservando para mi público la novedad, la sorpresa. Yo presento a Nazarín como resulta del sondeo que he hecho de su carácter, visitándole en el hospital uno y otro día. -Y opinas que es un santo. Pues eso no es nuevo, porque no ha faltado quien lo haya sostenido ya. -Pero no presentan los elementos de prueba que presentaré yo. Es un hombre extraordinario, un innovador, que predica con actos, no con palabras, que apostoliza con la voluntad, no con la inteligencia, y que dejará, no se rían ustedes de lo que afirmo, un profundo surco en nuestro siglo. -¡Pero si nos has dicho hace media hora que ni siquiera es loco, sino un aventurero que se hace el demente para vivir sobre el país! -No me convenía hace media hora decirte mi verdadera opinión. En diplomacia y en industria es permitido el engaño. Antes no me convenía propagar la verdad; ahora me conviene. -A este le entiendo yo mejor que nadie -dijo Feramor riendo-. Tiene sus planes, persigue su negocio, y repentinamente, un cambio atmosférico le hace cambiar de rumbo para llegar más pronto a donde se propone. Es muy astuto mi primo, y ahora quiere ponerse a bien con los que dedican su dinero a los eternos ideales, a las campañas de la caridad evangélica. ¿Es esto, sí o no? Y a propósito, Manolo, ¿sabes tú de alguien que quiera tomar parte en una empresa editorial, con tendencias religiosas, nota bene, con tendencias religiosas, haciendo un pequeño sacrificio de seis mil pesetas? -Poco a poco... -dijo con viveza José Antonio-. La participación en los beneficios no puede darse sino aportando al negocio siete mil pesetas. Feramor e Infante rompieron a reír, y el otro, sin cortarse ni abandonar el campo de su formidable sport, prosiguió de este modo: «A reír, a reír... Ya veremos quién se ríe el último. Y volviendo a mi héroe, les enseñaré algunas pruebas de las diferentes fotografías que he podido sacarle en el Hospital... También tengo las de sus compañeras. Verán». Echando mano al bolsillo, mostró distintas pruebas fotográficas, obra suya, las cuales fueron examinadas con intensa curiosidad por las distintas personas que al instante formaron grupo. «¿Con que este es el famoso Nazarín?... A ver, a ver...». -Digan ustedes si cabe en lo humano un rostro más inteligente. -Parece moro. -Lo que parece es una figura bíblica. -¿Y esta mujer...? -Vean, vean esa cabeza, y díganme si la impostura puede llegar jamás a esa ideal belleza. -Bonito perfil. Pero aquí hay retoque. -Más que la Beatrice del Dante, parece un Dante joven. -Digan que es una pitonisa, con la inspiración pintada en sus ojos. -O una Santa Clara. -Eso no; no es figura medieval, es bíblica. -Del Antiguo Testamento. No confundir... -¿Y este? ¿Qué mico es este? -Esa es Ándara... la monstruosa, porque en su rostro hay un guiño del infierno y otro del Cielo... -¡Ándara!... ¡Jesús, qué endiablada fisonomía! -Todo es extraño, sublimente enigmático y misterioso en esa familia, o dígase tribu... Pero fíjense, fíjense bien en la cara de Nazarín. ¿Es Job, es Mahonia, es San Francisco, es Abelardo, es Pedro el Ermitaño, es Isaías, es el propio Sem, hijo de Noé? ¡Enigma inmenso! Desembuchaba estos calurosos encarecimientos el bueno de Urrea, como un viajante que enseña las muestras de los artículos que ofrece al comercio. Y en tanto, las fotografías corrían de mano en mano. Las señoras principalmente las arrebataban, y ponían en ellas su atención con una curiosidad intensísima, insaciable, febril. - III - «Pero, amigo Urrea -dijo el Marqués de Cícero con sinceridad infantil-, esto debe publicarse». -Se publicará. -¿Y el texto... cosa buena? -¡Ah!... -Pero es tan considerable el gasto -dijo Feramor-, que la empresa que ha tomado a su cargo la propaganda nazarista, solicita una subvención de ocho mil pesetas. -¡Oh!... No has exagerado, querido primo -manifestó Urrea-. Y también te aseguro, palabra de honor, que para hacerlo bien, a la altura del asunto, no vendrían mal nueve mil. -Chico, más vale que llegues de una vez a la cifra redonda: dos mil duros. -Para mil cosas baladís han dado eso, y mucho más, Mecenas que yo conozco. Palabra que sí. Lo que se pretende ahora está circunscrito dentro de los términos de una modestia casi inverosímil: diez mil pesetas. ¿Qué menos? -No me parece mucho. Que se las dé a usted el Gobierno. -O pedirla a las Sacramentales -dijo Manolo Infante-, que tienen la contrata de la conducción a la vida inmortal. -Mejor a las empresas funerarias, porque el nazarismo hace propaganda de la muerte. -Pues yo que usted, Urrea -indicó una dama que sabía tomar el pelo con suave mano-, pediría la subvención al gremio de constructores de imágenes y de pasos para la Semana Santa. No se acobardaba el ingenioso aventurero por la rechifla graciosa con que los amigos de la casa acogían sus proyectos; antes bien, hallábase excitado, sentía en su mente audaces iniciativas y una pasmosa fecundidad de recursos para trabajar en aquel negocio. La idea sugerida por Feramor era felicísima. ¡Ah, si él pudiera maniobrar en terreno libre, es decir, en el bondadoso corazón de su primal! Pero aquel intruso y pegadizo. D. Manuel Flórez, tamiz por donde pasaban todos los pensamientos y actos de Catalina de Halma, le desconcertaba, infundiéndole la tormentosa duda del éxito. Para discurrir a sus anchas sobre problema tan difícil, necesitaba estar solo, aguzar su ingenio hasta lo increíble, prepararse, en fin, con todo el aparato de artimañas y sutilezas que, en su larga experiencia de aquella esgrima, le habían dado tantas victorias. Despreciando las burlas de que era objeto en casa de Feramor, salió de allí presuroso, sin despedirse de nadie; contra su costumbre, se fue a su casa, y en su reducida alcoba se encerró a meditar el plan de ataque, tratando de prever las posiciones del enemigo para escoger bien el palmo de terreno en que embestirle debía. Al meterse en la cama, con los pies fríos y la cabeza caliente, se dijo: «No hay que achicarse: la timidez será mi fracaso. Concretando mi honrada petición a dos mil duros, podrían creer que es para vicios. Para que vean que es un negocio serio, un asunto en que median los grandes intereses del espíritu humano, necesito correrme a tres mil». Durmiose a la madrugada, y si al principio soñó que D. Manuel Flórez, al oír su demanda, le disparaba a quemarropa un cañón Hontoria, su sueño fue después optimista y placentero, porque se vio abrazado tiernamente por el dicho Flórez, mientras Catalina sacaba del vargueño una arqueta gótica, y de ella muchos fajos de billetes de Banco, de los cuales daba una parte a Nazarín y otra a él; y como Nazarín era todo abnegación y menosprecio de los bienes terrestres, le regalaba su parte sin mirarla siquiera. El movimiento pudoroso del apóstol mendigo al coger el dinero, prevaleció en la mente de Urrea aún después de haber pasado de aquel sueño a otro bien distinto. Soñó que con parte de aquel numerario compraba una mina de hierro, que en poco tiempo le daba rendimientos fabulosos; con las ganancias de la mina compraba dos manzanas de casas, y mucho papel del Estado, y negociando por alto, llegaba a hacerse dueño de toda la red de ferrocarriles de España... aquí que no peco... y de Francia o Inglaterra... Y todas estas, Nazarín apartando de sí la resma de billetes con apostólica repugnancia. Al romper el día, mientras cosas tan inauditas pasaban en el cerebro de un hombre dormido, D. Manuel Flórez, que vivía en la misma calle, frente por frente al soñador Urrea, salía de su domicilio. Fue con vivo paso a decir su misa, entretuvo después un par de horas en esta y la otra iglesia, y a eso de las diez se dejó caer en la casa de Feramor. Entrando sin anunciarse en el despacho del Marqués, que trabajaba con su administrador y apoderado, le dijo: «Querido Paco, quisiéramos que eso se ultimara pronto, si fuera posible, hoy». -¿Pues no ha de ser posible? Hoy mismo, mi querido D. Manolo. Mucha prisa tiene la redentora por entrar en funciones. -La miseria humana, hijo mío, es la que tiene prisa, el hambre humana, la sed y la desnudez humanas. -Pues por mí no quede. Terció el administrador, asegurando que ya estaba avisado el notario para preparar la documentación, y que si terminaba aquel día, en el siguiente quedaría hecha la entrega de la legítima de la señora Condesa, parte en fincas o valores, parte en dinero contante. -Perfectamente -dijo el buen sacerdote acariciándose una mano con otra-. Y ya que estás hoy de vena de amabilidad... -¿Pero no se sienta, D. Manuel? -No; me voy en seguida. Digo que ya que te encuentro en vena de concesiones, me atrevo a hacerte presente un antojito de tu hermana, cosa insignificante; verás... -Acabe usted pronto, que ya empiezo a sentir escalofrío. -¿Por qué, hijo de mi alma? -Porque podría ser que para redimir a la pobrecita humanidad, no lo bastase su legítima, y en nombre del Dios Uno y Trino me pidiese también la mía... y podría suceder que usted se empeñase en que se la diera. -Vamos, no bromees. Lo que te pide es que le adjudiques la torre de Zaportela, en Aragón. En esa casona destartalada pasó ella parte de su infancia con tu tía doña Rudesinda. Tiene recuerdos...; en fin, que para nada te sirve a ti ese nidal de lagartijas, y ella tiene el capricho de restaurarlo, y... -Es que la casa de Zaportela y dos predios adyacentes se los tengo dados en usufructo a los Urreas, los tíos de este perdido de José Antonio, pedigüeños insaciables como él, que practican la mendicidad por el terror. Si les echo de allí, son capaces de quemarme todas las casas que tengo en Aragón. -Bueno, pues en vez de Zaportela, le darás el castillo de Pedralba en esta provincia, término de San Agustín; ya sabes... un caserón viejo, con una torre, y no sé qué ruinas de un monasterio cisterciense... Con que no hay que vacilar, hijo mío, y agradéceme que abra anchos horizontes a tu generosidad. Eres un ángel, y el perfecto tipo del caballero cristiano. -Basta, basta. No necesita usted emplear la lisonja para desbalijarme. Eso se arreglará. Particípele usted a su discípula que no llore por el castillo. Pedralba será suyo. -Se lo participarás tú, porque yo no subo hasta la tarde -dijo Flórez mirando su reloj-. Tengo mucha prisa. A las once he de ver al señor Vicario; y a las doce me esperan en Gracia y Justicia para ir a la Nunciatura... Bueno, señor, bueno. -¿Qué más? -Nada más. ¿Te parece poco? -Creí que me iba usted a pedir el coche para todos esos viajes. -No pensaba pedírtelo; pero lo tomo si me lo das. Está Madrid perdido de barros. Bueno, señor, bueno. Poco después salía gozoso y vivaracho el buen D. Manolo, y en el portal, ¡zas! José Antonio de Urrea que entraba. Quedose el joven como quien ve visiones, y no acertaba a saludar al respetable limosnero de la casa. «¡Pepillo, dichosos los ojos...! ¡Ven acá, hijo mío, dame un abrazo! -le dijo el clérigo con efusión-. ¿Pero qué tienes? Te has puesto pálido. ¿Estás enfermo...? Tiemblas». -No señor... La emoción... Cabalmente venía pensando en usted -replicó Urrea besándole la mano-. ¿Cree usted que ver, después de tanto tiempo, a este amigo venerable, a este ángel tutelar de toda la familia, no es cosa que impresiona...? -Calla, calla, zalamero. -Deme usted a besar otra vez esas manos. -Basta, basta. Ya sé, ya sé que estás muy corregido. Sé que trabajas, que has sentado la cabeza. Ya era tiempo, hijo mío. -¿Quién se lo ha dicho a usted? -preguntole Urrea con cierta alarma, temiendo las ironías de su primo Feramor. -Me lo han dicho... ¿A ti qué te importa? Tus primas, las de Hinestrosa me lo han dicho, ea. -Soy otro hombre. ¡Y que bueno es ser bueno, D. Manuel! ¡Qué hermosura es una conciencia tranquila, una pobreza honrada, y una conducta normal, ordenada y perfectamente correcta! ¡Qué descanso la pureza de las intenciones, la sujeción de los deseos, la adaptación de nuestros goces a la medida de la realidad! ¡Qué consuelo tan grande vivir en armonía con todo el mundo, y sentirse querido, respetado!... -Sí, hijo mío, sí. -Verdad que mi vida es azarosa, pues no puedo prescindir de ciertos hábitos de decencia, y careciendo de bienes de fortuna, el pan de cada día, mi queridísimo D. Manuel, representa para mí esfuerzos hercúleos. -Dios bendecirá tu trabajo. Adelante por ese camino. Persiste en tus ideas; ten constancia, valor, confianza en ti mismo. -Así lo haré. Descuide. -¿Vas a ver a Consuelo? -No, voy a visitar a Halma. Con esta brevedad familiar, Halma, nombraba comúnmente el parásito a su prima. «Bien, bien. ¡Acompañar a los desgraciados, endulzar su tristeza con palabras de consuelo! La pobrecita te lo agradecerá mucho. Hazme el favor de decirle que no puedo ir hasta la tarde... ¡ah!, y que eso, ya sabe lo que es, quedará ultimado mañana. Anda, anda, hijo mío. Y que el Señor te conserve en esa buena disposición. Adiós...». Volvió a besarle la mano, y después de acompañarle a entrar en el coche, subió el gran Urrea, más que gozoso, ebrio de entusiasmo y felicidad, porque las cosas se lo deparaban mejor de lo que en los desenfrenos de su optimismo hubiera podido imaginar. Primer golpetazo de la suerte: encontrarse a D. Manuel Flórez en aquel pie de increíble benevolencia, enterado ya de sus nuevas costumbres laboriosas. Segundo golpetazo: saber que hasta la tarde no iría el susodicho a la débil fortaleza, amenazada de un terrible asedio. Cierto que el enemigo podía presentarse a última hora con un socorro formidable, ideas y autoridad de refresco; pero también podía suceder que llegase tarde, y que, arrancada por el sitiador una promesa, la egregia dama no tuviera más remedio que cumplirla. El hombre se creció moral y hasta físicamente al subir la escalera, derecho al cuarto segundo. Se sentía impetuoso, audacísimo, invencible, y sobre todo grande, enorme. Creía tocar con su cabeza en el tramo alto de la escalera, y que las puertas no tenían bastante hueco para darle entrada. Sin duda la Providencia Divina se ponía de su parte. ¡Qué bien había hecho aquella mañana en rezar al Padre Eterno, a la Virgen y a San Antonio bendito, implorando su eficaz auxilio! ¡Qué diantre! ¿No era él un pobre, no era un triste, un mísero? ¿Pues qué hacía más que pedir una limosna, y proporcionar a las buenas almas el ejercicio de la más hermosa de las virtudes, la caridad? «Fuera timideces, fuera mezquindades que podrían comprometer el éxito -se dijo al traspasar la puerta, soberbio y arrogante, como un campeón que anhela engrandecer los peligros para que sea mayor la gloria de vencerlos-. Allá van los hombres valientes. Le pido... pst... veinte mil pesetas». - IV - Siempre que entraba D. Manuel, después de larga ausencia de medio día o día entero, en el cuarto de su noble amiga la Condesa de Halma, engontrábala sumergida en una melancolía profunda y tenebrosa, como nadadora que bucea en una cisterna. Abierto sobre la falda el libro de la Ciudad de Dios, de San Agustín, o alguna otra obra mística; apoyada la mejilla en la mano derecha, el codo del mismo lado sostenido en la mano izquierda y esta en la rodilla derecha, que se elevaba por tener el pie sobre un taburete, parecía un Dante pensativo, revolviendo en su mente los círculos negros del Infierno, o los luminosos del Paraíso. Viéndola en tales tristezas negada, silenciosa y ceñuda, procuraba D. Manuel alegrarle los ánimos con su grata conversación, y unas veces lo conseguía y otras no. Pues aquella tarde ¿cual no sería la sorpresa del simpático Flórez al encontrar a su ilustre amiga en un estado de inquietud placentera? No daba crédito a sus ojos viéndola en pie, corriendo de un lado a otro de la estancia, como si arreglara y pusiera en orden los libros y objetos de devoción que en varios estantillos tenía. Y lo más extraño era que en su rostro resplandecían la animación, la vida. Sus ojos, siempre apagados, brillaban con fulgor de fiebre; sus mejillas, siempre macilentas, habían tomado un rosado tinte, como si volviera de un paseo por el campo, harta de sol y de aire. «¿Qué tiene usted, mi noble y santa amiga? -le preguntó el sacerdote-. ¿Qué le pasa?». -Nada, no me pasa nada. Estoy contenta. ¿Esto es pasar algo? -Sí... Me alegro mucho de verla tan gozosa. No conviene dejar caer el espíritu en la tristeza. La virtud es por naturaleza alegre, y la conciencia pura se regocija en sí misma... -Siéntese usted si gusta, y déjeme a mí en pie. Siento una inexplicable necesidad de andar, de moverme. De repente, la quietud ha empezado a serme molesta. -La he recomendado a usted un ejercicio prudencial. La virtud no requiere precisamente la postración sedentaria, que hasta puede llegar a ser un vicio y llamarse pereza. -Y ahora me preguntará usted el motivo o razón de este contento que en mí observa. -En efecto, señora mía, se lo pregunto a usted. -Y yo le respondo que no lo sé; que no puedo explicar qué pasa esta tarde en mi alma. Veremos si llego a darme cuenta de ello. Y ahora, voy a interrogar yo. Dígame: ¿quién es Nazarín? Quedose un rato suspenso el buen Flórez, y miró el rostro de la Condesa como quien quiere descifrar un obscuro acertijo. «Pues Nazarín...» murmuró. -¿Qué hombre es ese? ¿Le conoce usted? -Sí señora. -¿De ahora, o le conoce usted hace tiempo? -Es un sacerdote, manchego, de mediana edad. Hace dos o tres años, no recuerdo bien la fecha, tuve ocasión de tratarle en la sacristía de San Cayetano. Pareciome un hombre excelente, de costumbres purísimas, humilde, de no común inteligencia, parco de palabras... Después me le encontré alguna que otra vez en la calle; hablamos. El infeliz parecía disgustado; revelaba una pobreza honda, sin quejarse de ella. Creí que su cortedad de genio y su extremada delicadeza le tenían en tal estado, y le aconsejé que se sacudiera, procurando adquirir un poco de don de gentes. Después le he visto incluido en un proceso escandaloso, y su nombre arrastrado por la vía pública. Francamente, me supo muy mal que un sacerdote viniese a tal situación, ya fuese por debilidad de carácter, ya por verdadera malicia. Supe que estaba en el hospital, convaleciente de un tifus agudísimo, y, ¿qué cree usted?... me fui a verle. Yo soy así: me gusta enterarme por mí mismo. Le vi, hablamos largamente, y... -¿Opina usted como casi todo el mundo, que es un pobre loco? -Esa es la opinión general. -Pero la de usted, la de usted es la que yo quiero saber. -La mía no tiene importancia. Expertos facultativos le han examinado, profesores de enfermedades mentales y nerviosas. -Pero usted tiene bastante entendimiento para no necesitar de los juicios ajenos para formar el suyo. Dígame lo que piensa, en conciencia, de ese hombre. ¿Es un pillo? -Creo que no. -¿Firmemente que no? -Sostengo con plena convicción que no es un malvado. -Luego, es un loco. -No me atrevo a decir tanto. -Luego, es un hombre de miras elevadas, un hombre que... -Tampoco afirmo eso. -Luego, usted no ha podido formar una opinión concreta. -No señora, no he podido. Y, créame usted, ha sido para mí el tal Nazarín objeto de grandes confusiones. -¿Cómo no me había hablado de eso, don Manuel? -Porque no pensaba que tal asunto mereciera fijar la atención de la señora Condesa. -¿Sabe usted que anda por ahí un libro que trata de Nazarín, en el cual se cuenta cómo salió a sus peregrinaciones, cómo encontró prosélitos, cómo realizó actos de verdadero heroísmo y de sublime caridad? -He leído ese libro, que me regaló su autor, con una dedicatoria muy expresiva. Pero no me fío de lo que allí se cuenta, por ser obra más bien imaginativa que histórica. Los escritores del día antes procuran deleitar con la fantasía que instruir con la verdad. -¿Puedo yo leer ese libro? -Seguramente. Pero sin olvidar que es novela. -Entonces prefiero otra cosa. -¿Qué? -Ver al propio Nazarín. El sujeto vivo dará más luz que una historia cualquiera, aun suponiendo que no fuese fantástica, y tan solo escrita para entretenimiento de los desocupados. -¿Ver a Nazarín? ¿Dónde?... -En cualquier parte. En el hospital..., aquí. -Eso me parece más grave. Con todo, no digo que no. -Diga usted que sí, y acabaremos más pronto. Ahora, punto y aparte: hablemos de otra cosa. -Pues a otra cosa -repitió Flórez, algo caviloso por el repentino salto de la tristeza al contento en el ánimo de la ilustre señora-. Ya sabe usted que mañana se hará la entrega de la legítima. Ya hemos salido de eso. -¡Gracias a Dios! Mucho tengo que agradecer también a mi hermano -dijo Catalina sentándose algo fatigada, cual si sus excitados nervios entraran en sedación-. Si he de decirle a usted la verdad, veo con absoluta indiferencia la llegada de ese dinero a mis pobres manos. -La persona que mira al cielo -dijo el cura entornando los ojuelos para ver mejor el rostro de su amiga-, se acostumbra mejor que otras a despreciar los bienes terrenales. -Y respecto al empleo que debemos dar a ese capitalito, ya hablaremos despacio. -Si no recuerdo mal, ya hemos hablado bastante. Convinimos en que usted fundaría, en pleno campo y lejos del bullicio, un instituto de caridad, con rentas propias... -Y que antes, se reservaría una suma para repartirla entre los necesitados. -Sí; pero eso es difícil, porque no tendríamos ni para empezar. La caridad debe hacerse con método, apoyándose en el criterio de la Iglesia, y favoreciendo los planes de la misma. No vale dar limosna sin ton ni son. Falta saber a quién se da, y cómo se da. -¿Sabe usted, mi buen D. Manuel, que no entiendo bien eso? -Se lo expliqué a usted con toda latitud ayer mismo. -Pues lo he olvidado. Poro no hay que repetirlo. Ya lo comprenderé cuando tenga la cabeza más serena. De repente, el buen clérigo se dio un golpe en la frente, como si quisiera matar un mosquito que le picaba, y exclamó: «¡Ah, ya caigo, ya, ya!». -¿Qué? -Nada, que mientras hablábamos, me devanaba yo los sesos pensando quién habría estado aquí hoy de visita. Y ahora me ha venido súbitamente a la memoria. -Mi primo Pepe Antonio de Urrea. -Le encontró en el portal: él entraba, yo salía. Me han dicho que es hombre corregido. -Así parece... ¡pobrecillo! Me ha conmovido contándome sus apuros para ganarse la vida con un rudo trabajo. -Y seguramente le ha pedido a usted dinero para sus empresas. -Sí... -Y le ha hablado a usted de Nazarín. -Exactamente. -Pero no puedo encontrar la relación entre Nazarín y los conflictos pecuniarios del descendiente de los Urreas. -Le he prometido estudiar su petición, y resolverla de acuerdo con usted. -Lo menos le habrá pedido a usted dos o tres mil reales. -Algo más: cinco mil duros. -¡Ave María purísima!... ¡San Antonio bendito! -Crea usted que me reí, y desde que me habló de esto, empecé a sentirme alegre. Los apuros de un hombre por cosa que tan poco vale, como es el dinero, me causan alegría. Es como el rechazo de todo lo que yo he sufrido por el maldito dinero, en los días terribles en que me hacía tanta falta. Y ahora que en nada de mi propio interés puedo emplearlo, pues perdí el bien de mi vida, ahora que tengo bajo tierra los restos del que era mi único amor, y considero en el cielo su alma, me alegra el gemido de los que piden dinero con apremiante necesidad, y al ver que lo tengo, me alegro más. Experimento, créalo usted, como un secreto anhelo de venganza..., sí, quiero vengarme de mi destino, que a tantas privaciones me sujetó, y tantas amarguras me hizo pasar... Y cuando se acerca a mí un desgraciado pidiéndome aquello que yo no pude tener cuando lo necesitaba, y que poseo ahora que no lo necesito... -Se venga usted... negándoselo. -No señor, dándoselo... Es una venganza en la cual confundo a mi destino y al mismo dinero, materia vil y despreciable, cuyo reparto no debe someterse a ninguna regla de orden y gobierno. Las leyes económicas de mi hermano me parecen una de las más infames invenciones del egoísmo humano. -¿De modo que usted, señora mía, cree que para despreciar al dinero y castigarlo por su vileza, debe dárselo al primer loquinario que lo pide sin que sepamos en qué lo ha de emplear? -Creo que el empleo final de la moneda es siempre el mismo, dese a quien se diere. Caiga donde caiga, va a satisfacer necesidades. El manirroto, el disipado, el vicioso mismo, lo hacen pasar a otras manos, que lo aprovechan en lo que debe aprovecharse. Lance usted un puñado de billetes a la calle, o entrégueselo al primer perdido que pase, al primer ladrón que lo solicite, y ese dinero, como van todas las aguas a los ríos, y los ríos al mar, irá a cumplir su objeto en el mar inmenso de la miseria humana. Cerca o lejos, aquí o allá, con ese dinero arrojado por usted a la calle se vestirá alguien, alguien matará su hambre y su sed. El resultado final de toda donación de numerario es siempre el mismo. -Señora mía -dijo D. Manuel un poco aturdido-. No seamos paradójicos..., no seamos sofísticos. Si usted me permite que la contradiga, que le llaga una demostración clara de su error en esa materia... El hombre no podía expresarse bien. Estaba sofocadísimo, sentía calor, y se abanicaba con su teja. - V - «Por más que usted diga -prosiguió la Condesa-, yo creo que la limosna consiste esencialmente en dar lo que se tiene al que no lo tiene, sea quien fuera, y empléelo en lo que lo empleare. Imagine usted las aplicaciones más abominables que se pueden dar al dinero, el juego, la bebida, el libertinaje. Siempre resultará que corriendo, corriendo, y después de satisfacer necesidades ilegítimas, va a satisfacer las legítimas. ¡Dar a los pobres, nada más que a los pobres! Sobre que no se sabe nunca quiénes son los verdaderos pobres, todo lo que se da va a parar a ellos por un camino o por otro. Lo que importa es la efusión del alma, la piedad, al desprendernos de una suma que tenemos y que otro nos pide». -¿Y usted siente esa efusión del alma al dar a su primo el auxilio que solicita? -Sí señor; la siento, porque veo tras su petición un mundo de necesidades abrumadoras, de martirios horribles, en que igualmente gimen el alma y el cuerpo. Veo la falta de alimento, la estrechez de la vivienda, la persecución de los acreedores, la vida angustiosa, llena de humillaciones y vergüenzas ocultas, la disparidad terrible entre los medios de existencia y el nombre retumbante que se lleva en el mundo. Yo creo que en mi primo son ciertos los propósitos de enmienda; pero demos de barato que no lo sean; admitamos que nos engaña, que es un perdido, un tronera lleno de vicios, entre los cuales descuella el de la postulación a diestro y siniestro. ¿Y qué hará usted para sacarle del infierno de esa vida? ¿Predicarle? Nada se conseguirá mientras no se lo ponga en condiciones de variar de conducta, y por más que usted se devane los sesos, no hallará otra manera de redención que darle lo que no tiene, porque su mala vida no es más que el resultado fatal, inevitable, de la pobreza. -¿Según eso, señora mía -dijo el sacerdote con cierta severidad-, usted piensa darle a José Antonio los cinco mil duros que le pide? -Sí señor, he resuelto dárselos, y así se lo he prometido. Mi palabra es oro. Pero... -¿Pero qué?... -¡Oh!, aún falta lo mejor. Para que vea usted que no soy paradójica ni sofista, se los doy y no se los doy. -¿Se los presta usted? -Tampoco. Se los doy en una forma que usted ha de aprobar seguramente. Le adjudico la cantidad, quedando esta en mis arcas, a disposición de sus administradores. -Que son... -Usted y yo. Nosotros nos encargamos de arreglarle una casa decente, de asegurarle la subsistencia durante el tiempo que se determinará, y, por añadidura, le pagamos sus deudas, le rompemos esas cadenas infames que le condenan en vida a un horrible infierno, le libramos de la vergüenza del sablazo, de la humillación de carecer de todo. Completaremos nuestra obra dándole medios de trabajar en esa empresa que dice trae entre manos, especulación que conviene estudiar detenidamente para ver si en efecto es tal que en ella puede formarse un hombre honrado. Vamos, ¿qué me dice de esta forma de practicar la caridad? ¿Cree uste que hay otra manera de traer al buen camino a un hombre lleno de defectos, desquiciado, empedernido en mil hábitos perniciosos? -Contesto, señora mía, que en principio aplaudo su pensamiento. Respecto a la práctica... no sé... Dígame usted: ¿José Antonio acepta el auxilio en la forma y condiciones que usted acaba de indicarme? -El pobrecillo se echó a llorar. Bien conocí que sus lágrimas brotaban del corazón. «Eres la Providencia misma -de decía-, y realizas el sueño de mi vida; tú me salvas, tú me redimes, tú haces de mí otro hombre, y por ti, Halma, bien puedo decir que vuelvo a nacer». Y diciendo esto me besaba las manos. -Y yo también se las beso a usted ahora -dijo D. Manuel, haciéndolo con verdadero enternecimiento-. Es usted una santa... a su manera, quiero decir que cada día saca usted una nueva forma de santidad. Debo decirle, en conciencia, que en estas cosas, la originalidad suele ser un poquitín peligrosa; pero hasta ahora vamos bien, y que siga el Señor inspirándole esas benditas iniciativas. -Me complace que usted apruebe mi plan -dijo Catalina, excitada por el aplauso-, y que se compadezca de ese desgraciado primo mío, el cual, claramente lo veo, tiene más viciada la cabeza que el corazón. Cierto que es la informalidad andando, que no acaba cuando se pone a embustes, que por procurarse el pan de cada día, comete mil bajezas. Por eso mismo, por ser un enfermo del alma, le está perfectamente indicada la medicina de la caridad tutelar y educativa. ¿No estoy en lo cierto? -Sí, señora mía -replicaba Flórez entornando los párpados, y afirmando con la cabeza. -La caridad se ha de ejercer en toda clase de enfermos y en toda clase de miserables, y este Urreíta es un pobre de solemnidad... de tres capas, un desgraciado, cuyas angustias parten los corazones. Él me lo decía, haciéndome reír y llorar al mismo tiempo: «Querida prima, el último de los pordioseros es un millonario comparado conmigo. Recoge zoquetes de pan y peladuras de patatas; pero se lo come en paz, y su espíritu vive con la serenidad y la alegría del pájaro, que al amanecer canta saludando al día... Hasta los ciegos que andan por ahí tocando la flauta o el violín son menos desdichados que yo. Envidio a los vendedores de periódicos, a los mozos de cuerda, y a los poceros de la Villa. Todos comen su bazofia sin comerse al propio tiempo la vergüenza, que es amarga como la hiel». ¡Pobrecillo de mi alma! No puedo menos de considerarle, Sr. D. Manuel, como un niño mañoso a quien hay que educar. Le haremos todo el bien posible, sin escatimar los azotes. Porque eso sí, mucha caridad, pero mucho rigor. Eso, eso; y si conseguimos su enmienda, habremos hecho una obra meritoria y grande -dijo suspirando el sacerdote, que si al principio sintió su poquito de resquemor ante la hermosa iniciativa de su discípula, no tardó en apropiarse las ideas de ella, con la mira de vigorizarlas y recobrar de este modo su magisterio. -Y nadie me quita de la cabeza -prosiguió Halma-, que el corazón de Pepe es bueno, y que hay en él, aunque por muy escondido no se vea, materia abundante para obtener la verdadera virtud. De niño era un ángel. Somos de la misma edad, y juntos vivimos algún tiempo en Zaportela: su madre, mi tía Rudesinda, me quería locamente, y como yo era endeblilla y enfermucha, me llevaba consigo al campo para que me repusiera. Pepe Antonio y yo pasábamos largas temporadas hechos unos salvajes, corriendo por praderas y sembrados, declarando la guerra a los pobres grillos, y comiéndonos no sólo la fruta madura, sino la verde. Pues mire usted: yo era mucho más traviesa que Pepe Antonio, yo solía tener malicias, inocentes, eso sí, pero malicias, y él no, él parecía un santito en agraz; y no es que fuera hipócrita, no; era la bondad misma, la pureza y la abnegación. Un día, delante de mí, se quitó la camisita para, dársela a un niño pobre. Todo lo daba, no era glotón, ni avaricioso, ni envidiosillo, como todos los chicos. Mis faltas las tomaba para sí, y se dejaba castigar para que no me castigaran. Luego, tomó camino tan diferente del mío, que estuvimos sin vernos muchísimo tiempo. Cuando volvimos a encontrarnos, ya era él un hombre, y hacía en Madrid una vida de vértigo y desorden. La orfandad, la miseria vergonzante corrompieron aquella alma buena, que parecía creada para el bien. -¡Qué cabeza la mía, señora Condesa! -dijo D. Manuel, que con un gesto renegaba de su flaca memoria-. ¿Pues no se me había olvidado darle la buena noticia?... Esos recuerdos infantiles de Zaportela me hacen recordar que el señor Marqués ha convenido conmigo en adjudicar a usted, no esa finca, sino otra mejor, el castillo de Pedralba, en esta provincia. ¡Tanto le dije, que...! -¡Oh, qué dicha!... ¿Pero es cierto? ¡Pedralba nada menos! Tiene usted razón, mi hermano es la misma bondad, y yo no sé cómo agradecerle tantos beneficios. De niña, también viví en Pedralba: no puede usted figurarse el cariño que tengo a las viejas y carcomidas piedras del castillo, que de tal no tiene más que el nombre. -Y la propiedad de esa finca sin duda facilita los proyectos de fundación... ¿No es eso, señora Condesa? Doña Catalina no contestó, y su meditación silenciosa llenó nuevamente de recelo el espíritu del buen sacerdote. La pregunta que antecede había sido formulada por Flórez con objeto de explorar el pensamiento de su noble amiga, el cual cada día se concentraba más, arrojando de súbito alguna claridad esplendorosa, que al propio tiempo que deslumbraba al buen maestro, le ponía en gran confusión. Tras largo silencio, la Condesa reanudó el diálogo diciendo: «Quedamos en eso». -En que... si... en que Pedralba puede servir de base... -No pensaba yo en Pedralba. Lo que digo es que usted no se opone a que vea yo a ese que llaman Nazarín. -¡Ah!... sí... en efecto... Pues, sí, no hay inconveniente... -¿Usted no se atreve a afirmar si es loco o santo? -Al menos, hasta ahora... -Pues yo quiero saberlo, me conviene saberlo con certeza. -Espero llegar a la certidumbre con sólo tratarle un poco, analizar sus ideas y someter a un examen prolijo sus acciones. -Y aunque para mi convencimiento me baste el dictamen de usted, ¿será impropio, será impertinente que yo misma le vea y le hable, si no por otro motivo, por satisfacer una curiosidad que me inquieta? -No creo improcedente que usted aprecie por sí misma su estado cerebral -repuso el clérigo, midiendo bien las palabras-. Pero antes conviene que le examine yo, que hablemos despacio. Luego determinaremos en qué sitio y ocasión puede usted satisfacer su curiosidad. -Perfectamente... Pero prontito, D. Manuel. -Mañana mismo le haré una visita en el hospital. Ea, es muy tarde, y usted va a comer, y yo a mi casa. Es de noche. Adiós, amiga mía, y a descansar. Descanse no sólo el cuerpo sino el pensamiento, que harto trabaja en idear cosas grandes. Adiós... Hasta mañana. - VI - Retirose D. Manuel bien embozadito en su luenga pañosa, porque apretaba el frío, y meditabundo y un poco descontento de sí, por el camino se decía: «Esta doña Catalina es el demonio... ¡qué barbaridad! Quiero decir que es un ángel, un ser extraordinario. Ya no me queda duda. Tiene mucho más talento que yo, sabe más que yo, y descubre cosas que nadie ve, que si al principio parecen disparates, bien examinadas resultan con toda la hermosura y toda la grandeza de Dios. Cada día sale con una novedad. ¿Y qué ideas, Dios mío? ¿Qué me reservará para mañana?». Esto decía, sintiendo un poquitín la humillación del maestro que se ve convertido en educando. Pero como era tan buena persona, y no dejaba entrar nunca en su alma la ruin envidia, y ademá