libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Pardo Bazán, Emilia, Condesa de (1851 – 1921) Emilia Pardo Bazán nació en La Coruña (Galicia) en 1851. Pertenecía a una familia aristocrática y heredó de su padre el título de "Condesa de Pardo Bazán." El padre, don José Pardo Bazán, era liberal y favorecía la vocación literaria de su hija. También apoyaba las reivindicaciones feministas. Desde joven la escritora tenía acceso a una extensa biblioteca familiar. Empezó a escribir cuando era niña. Emilia Pardo Bazán pasó los inviernos de su niñez en Madrid en un colegio francés. Ya en su adolescencia escribió versos a escondidas y leía novelas románticas francesas. A los dieciséis años se casó con don José Quiroga, en el año mismo de la Revolución de Septiembre. En 1869 la familia se trasladó a Madrid, donde Emilia se inició en la vida social de la capital. Entró en la capital el año después de la llamada Gloriosa Revolución del 68, de la cual comentó años después que en aquel momento se contrastaban "una vieja España impotente para triunfar" con "una nueva España incapaz del triunfo." Al cabo de unos años doña Emilia empezó a aburrirse de la vida monótona de la capital. En 1871 se trasladó a Francia con su familia y allí volvió a su interés en la literatura. Aprendió inglés e italiano (ya sabía francés) y leía extensamente la literatura europea. En 1873 regresó a España, donde reemprendió su intensa actividad social sin dejar de desarrollar sus intereses literarios. Entró en contacto con el krausismo, una filosofía alemana muy de la época que insistía en el perfeccionamiento del individuo y de la sociedad a través de la educación. Conoció a don Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza. Nació su primer hijo, Jaime, en 1876 y en el mismo año doña Emilia ganó los juegos florales en Orense por sus versos y prosa. Nació su segunda hija, Blanca, en 1878. En pleno auge de la novela realista, Pardo Bazán comenzó a interarse por las obras de sus contemporáneos Valera, Galdós y Pereday empezó a leer a Zola. Publicó su primera novela Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina en 1879. Seguía su interés por los autores franceses y durante su estancia en el balneario de Vichy escribió su segunda novela Un viaje de novios (1880), ambientada en el mismo. Antes de volver a España, Pardo Bazán pasó por París, donde conoció a Víctor Hugo, el gran maestro de la novela decimonónica. En su tercera novela, La tribuna, doña Emilia relató la historia de una cigarrera. Para documentar bien la novela, Pardo Bazán observó el ambiente en una fábrica de tabacos en La Coruña. Al mismo tiempo, influenciada por la lectura de Zola y su interés por el naturalismo, Pardo Bazán escribió una serie de artículos sobre el naturalismo. Fueron recopilados bajo el título La cuestión palpitante y publicados como un libro en 1883. En estos artículos la autora adoptó una postura crítica ante el fondo filosófico del naturalismo por el determinismo radical de éste. Para Pardo Bazán el libre albedrío y la libertad del individuo eran inalienables. Sin embargo, la autora utilizó algunas de las técnicas literarias naturalistas como la objetividad narrativa y el uso del discurso indirecto libre. También le interesaba la posibilidad simbólica de la novela naturalista. La cuestión palpitante ocasionó muchas críticas y el marido de Pardo Bazán intentó que su mujer abandonara la literatura, lo cual produjo una separación. Doña Emilia se fue a Madrid para dedicarse de lleno a su vocación literaria. De Madrid viajó a París donde permaneció un año. Allí escribió El cisne de Vilamorta (1885). Siguen Los pazos de Ulloa (1886) y La madre naturaleza (1887). Sufrió de la envidia de los novelistas y críticos más destacados de la época. Cuando apareció su novela Insolación (1888) se creó una nueva polémica por la obvia sexualidad de la heroína. Se defiende en la novela la igualdad de hombres y mujeres en moral sexual. En España el naturalismo nunca consiguió los seguidores que logró en Francia. Doña Emilia continuó a desarrollar sus teorías literarias con respeto a otro movimiento literario más destacado en España: el realismo. El realismo comparte con el naturalismo la supuesta objetividad del narrador, pero no hace tanto hincapié en el determinismo. Doña Emilia sostenía que el espíritu del individuo podía vencer cualquier obstáculo material. En la cuestión de los relativos méritos del naturalismo y el realismo, Pardo Bazán terminó abogando por el realismo, creyéndolo "una teoría más ancha, completa y perfecta que el naturalismo." En 1890 Pardo Bazán fundó Nuevo Teatro Crítico, una revista que ella sola escribió y editó por tres años. A los cuarenta años ya era una escritora famosa, tanto en España como fuera del país. En la década de los noventa se prestó más atención a su obra crítica que a su producción novelística pero continuaba siendo una figura polémica. En los Cuentos de la Patria doña Emilia muestra su preocupación por los problemas de España ante la crisis del 98. Es obvio el pesimismo ideológico en estos cuentos; sin embargo, existe un contraste con su optimismo vital. La autora continuaba publicando y participando activamente en la vida intelectual y social del país. Su novela en clave La Quimera deja entrever ciertos elementos autobiográficos en cuanto a las relaciones de la novelista con el pintor gallego Joaquín Vaamonde. En el siglo veinte se afianzó la fama literaria de Pardo Bazán. En 1906 fue nombrada presidenta de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, la primera mujer de ocupar este cargo. En 1910, fue nombrada consejera de Instrucción Pública y en 1916 recibió el puesto de catedrático de Lenguas Neolatinas de la Universidad de Madrid. Allí el claustro de profesores y los mismos alumnos que boicotearon sus clases la rechazaron por ser mujer. Además, la eludieron siempre en la plaza vacante de la Real Academia. La última narración larga de doña Emilia se titula Dulce Dueño (1911). El tema de esta novela es la búsqueda de la felicidad en la forma del Amor Ideal. Emilia Pardo Bazán fue una autora de una extensa y variada obra literaria. Novelista, cuentista, ensayista, crítica literaria y profesora, escribía sobre las ideas más innovadoras de su época. En su obra es constante la dualidad entre ideales cristianos de abnegacíon y pleno amor a la vida. Emilia Pardo Bazán se murió en Madrid en 1921 a los setenta años, de una gripe que se complicó con su diabetes crónica. La casa de Pardo Bazán en La Coruña hoy es la sede de la Real Academia Gallega y la Casa Museo de la escritora. Doña Milagros Emilia Pardo Bazán Prólogo en el cielo EL HÉROE.-     (Deteniéndose en el umbral de la gloria.) Señor de cielos y tierra, ¿es verdad que voy a entrar en la mansión de los escogidos? Apenas me atrevo a creer tamaña ventura. ¿Cuáles han sido mis merecimientos, Señor, para que te dignes mirar con indulgencia a tu siervo? ¿Yo en la gloria? ¿Yo entre santos, mártires, confesores y vírgenes, tronos, jerarquías, potestades y dominaciones? VOZ DEL ESPÍRITU DE DIOS.-     (Que sale de una ardiente nube.)  No estarás entre los santos, ni entre los vírgenes, porque no lo eres. Entre los mártires y confesores bien podrías, pues algún martirio padeciste y algunas veces me confesaste. Si sólo los santos entrasen en el cielo, muy solitaria se hallaría mi mansión. La santidad, como el genio luminoso y la belleza soberana, es patrimonio de pocos. ¿Has imaginado tú que Yo crie, perfeccioné y redimí al género humano para destinarle a condenación eterna, verle retorcerse en el fuego del Purgatorio o aullar en los braseros del Infierno? EL HÉROE.-     (Transportado de alegría.)  Señor, es cierto que si pequé, mi corazón no es el de un malvado. Yo deseaba guardar tus mandamientos, aunque no los he guardado siempre, y en Ti he creído y esperado con firmeza. Nunca, aun en medio de las pruebas que te dignaste enviarme, se entregó mi alma a la negra desesperación, ni osó desconfiar de Tu providencia, ni censurar Tu obra, ni renegar del don precioso de la vida que otorgaste a Tus criaturas. No te serví con el celo y fervor que debiera, pero Tú sabes que no he sido impío. Sin embargo, estoy confuso... Nada hice bueno, y algo malo sí... ¡Algo muy malo!... VOZ DEL ESPÍRITU.-    (Suave, armoniosa y musical, como si brotase de los registros más delicados de un órgano.)  Has amado mucho. Recuerda que a quien mucho ama, mucho se le perdona. Tu corazón fue un foco de ternura. Eres el Padre, por otro nombre el Pelícano. En tus párpados hay huellas de llanto y señales de prolongadas vigilias. En tus manos no veo ni oro ni jirones de honra. Ábrelas... Están vacías. En una de ellas... EL HÉROE.-    (Temblando, lloroso y contrito.) Señor, Tú que todo lo comprendes, ¿no distingues esta... esta manchita... así... roja?... ¡Misericordia, Señor... Misericordia de mí! VOZ DEL ESPÍRITU.-    (Grave y serena.)  No; no la distingo. La vi cuando cayó. Después la ha borrado tu constante arrepentimiento. EL HÉROE.-    (Respirando y enajenado de gozo.)  ¿Con que no soy asesino? ¿No soy criminal? VOZ DEL ESPÍRITU.-    (Misteriosa y lejana.)  El hecho descarnado nada significa para mí. Mi justicia no se parece a la que tú conociste allá en el mundo. El beso de Judas fue asesinato; el tajo de Pedro, que cercenó la oreja a Malco, fue caricia. Cuando Pedro desenvainó la espada, rebosaba amor por mi Hijo. Intenciones, motivos, pensamientos... Hechos no. El hecho no existe en estas regiones. El hecho es la cáscara de la realidad. EL HÉROE.-     (Creyendo soñar.)  ¿He matado y estoy sin culpa? VOZ DEL ESPÍRITU.-     (Clara y firme.)  He medido y pesado los móviles de tu falta. Ya has expiado viviendo. El que mata y vive, expía. Con todo, aún te queda una penitencia que cumplir. Antes de entrar en el goce de la beatitud, bajarás otra vez a la tierra y escribirás tu historia, para bien de algunos de tus semejantes. EL HÉROE.-    (Asustado.)  ¡Señor! ¡Escribir! No ignoras que nunca aspiré a la gloria literaria. Ni aun he combatido en el estadio de la prensa. Es decir... Para que no se ría el diablo de la mentira, recuerdo haber puesto dos o tres comunicados en el Grito Cantábrico y en el Nautilense, cuando el ayuntamiento de Villalba, contra toda ley y razón, se empeñó en expropiarme... VOZ DEL ESPÍRITU.-     (Benévola.)  Ahora es asunto de mayor importancia. La narración de tu vida tendrá forma novelesca. EL HÉROE.-     (Más incrédulo que antes, temiendo ser víctima de una pesadilla.)  ¿Noveles...? VOZ DEL ESPÍRITU.-    (Enérgicamente.)  Novelesca. EL HÉROE.-    (A dos dedos de la más satánica rebeldía.)  Señor, ¿eres Tú quien me manda hacer una obra novelesca? ¿Una novela, hablando pronto? ¿Es Tu voz o es la de Lucifer la que escucho? ¿Yo que me he pasado la vida tapando los agujeros por donde pudiesen deslizarse en mi casa esos libros nefandos y pestilenciales, a fin de que no se posasen en ellos ¡ay de mí!, los ojos de mis amadas hijas? ¿Yo que he cazado folletines como quien caza serpientes? Ya sé que, según dicen, las novelas de ahora no se parecen a las de antes; pero tengo entendido que aún son peores, porque rompiendo todo freno presentan la vida humana con repugnante desnudez, y la fotografía pornográfica más descarada no llega adonde llegan tan asquerosos librotes. Pornográfica es palabra de un amigo mío sumamente ilustrado... que me dijo que así debían calificarse... VOZ DEL ESPÍRITU.-     (Con lentitud solemne.)  Obedece y calla. Yo soy, la Verdad, la Belleza y la Bondad juntas, y nada de lo que ha sido hecho se hizo sin Mí. En Mí está la Vida, y la Vida es la luz de los hombres. EL HÉROE.-    (Para sí, aturdido.)  Esto se me figura que lo dicen en la misa...  (Desvanécese la ardiente nube, y aparece otra nubecilla nacarada, y cabalgando en ella un ANGELITO muy risueño, pálido, que representa unos cuatro años de edad.)  EL ANGELITO.-    (Al HÉROE.)  Ven conmigo. Yo te guiaré a que cumplas tu expiación, como manda Papá del cielo. ¿Qué? ¿No me conoces? ¿Ya no te acuerdas de mí? EL HÉROE.-     (Haciendo pantalla con la mano.)  No... digo, sí... se me figura... no sé... EL ANGELITO.-   ¡Sí soy tu Moncho, tu Ramón, el que se cayó del tercer piso por un descuido de la niñera y se hizo tortilla contra las piedras de la calle! EL HÉROE.-     (Conmovidísimo.)  ¡Hijo de mi alma! ¡Monchito!¡Válgame Dios! Quién iba a conocerte con esas alas tan cucas, y esa claridad que te rodea, y esa cara de bienaventurado! ¡Ay! ¡Dichoso tú! ¡Si supieses las horas que pasé cuando te subieron sin vida, caliente aún tu pobre cuerpecito! No estabas nada desfigurado, ni tenías roto nada, al parecer... Sólo un cuajarón de sangre debajo de la naricilla... ¡Qué de besos te di! ¡Infelices padres los que tal ven! EL ANGELITO.-     (Riendo.)  Pues ahora consuélate, papá. Suerte como la mía... El trago fue para ti. Yo, tan contento. Nada me dolió: duró aquello un instante, y creo que ya llegué muerto a las losas. Aquí nada me falta. Tengo una legión de compañeritos, y jugamos a la pelota y al volante con unas estrellas más lindas... Ahora, a la tierra. Agárrate a mis alas. No, si están muy fuertes; no me las arrancas ni tú ni diez como tú. Así... fuera miedo. EL HÉROE.-    (Al atravesar el tercer cielo.)  Se va muy bien... me parece que soy pájaro y que he volado toda mi vida. Pero oye... Contigo tengo yo más confianza para hacer ciertas preguntas. ¿Es posible que Dios, sobre mandar escribir una novela, que ya es cosa bastante rara, se lo mande a quien ni tiene facultades, ni costumbre, ni...? ¿Cómo empezaré? ¡Sabes que me da en qué pensar? ¿Irá bien si empiezo: «En una serena tarde del mes de Julio...»? EL ANGELITO.-    (Riendo a carcajadas.)  Jesús, papá... Le cuelgas a Dios unas tonterías... Tú no tienes que escribir la novela. Basta con que la inspires. Yo te llevo a casa de un novelista de profesión; te acercas a su oído y susurras: «Mire usted, cuando vivía hice esto, aquello y lo otro; pensé así, sentí asado...». Y basta. Él se encargará del resto. EL HÉROE.-   Eso mismo dudo que pueda hacerlo de manera que el novelista saque algo en limpio de mi historia. Yo sé bien lo que me ha sucedido y lo que sentí allá por dentro; pero hijo, las explicaderas... EL ANGELITO.-    (Con ternura.)  Papá, ya verás cómo así que te llegues al novelista se te despabila el meollo y ves claramente muchas cosas que en vida no entendiste; y además te entran una franqueza y una elocuencia tales, que declaras los móviles de tus acciones más leves y ensartas los pormenores de los sucesos más insignificantes de tu verdadera historia. Y al irlos refiriendo, adivinarás la coordinación secreta de los efectos y sus causas en la vida... Has de pegarte algún cachete en la frente. ¿No ves cómo hablo y discurro yo, desde que subí al cielo? EL HÉROE.-     (Algo amostazado.)  Bien, obedezco... pero conste que no me explicar esta orden del Señor... En fin, quien manda, manda. EL ANGELITO.-   ¡Ay papá, qué descontentadizo! ¿Preferías un añito de Purgatorio? EL HÉROE.-   Yo qué sé... Ahora enciérrese usted en el cuarto de un escribidor, que será algún tugurio, y el dueño tal vez un perdis rematado... Me mirará por encima del hombro; me juzgará con dureza, y escudriñará impúdicamente el alma de mis desventuradas hijas. EL ANGELITO.-     (Partiéndose de risa.)  ¡Qué gracia papá, qué gracia! Cuando veas a donde te conduzco... EL HÉROE.-     (Colgado del ala de su hijo y mirando hacia abajo.)  ¿Qué es esto? ¡No es Marineda la ciudad que se extiende allá... sobre el azul? ¡No es esa la bahía redondeada en forma de concha, la torre del Faro, los amenos jardines del Terraplén? El corazón se me sale de alegría. ¡No es aquella la chimenea de mi propia casa? EL ANGELITO.-    (Cariñoso.)  Sí, papá... pero no la mires... Ahí no has de volver nunca. EL HÉROE.-    (Con ansia.)  Dos minutos... Verlas... ¡Por caridad! EL ANGELITO.-   No puede ser. Tu expiación comienza. EL HÉROE.-    (Afligido.) ¿A dónde me guías? EL ANGELITO.-   ¿Ves aquel caserón antiguo del Barrio de Arriba? ¿Balcón con palma en el primer piso...? EL HÉROE.-   ¿Galería en el segundo? EL ANGELITO.-   Justo... ¿Ves dos ventanas del tercero abiertas? ¡Una gran mesa... estanterías, libros, cachivaches, plantas, flores? ¿Una mujer que atraviesa la habitación con un violetero lleno de violetas en la mano...? EL HÉROE.-    (Admirado y gozoso.)  ¡Ah!.... de modo... con que es ahí... Ya... Claro... Respiro... Al menos hablaré con una persona del mismo Marineda, una señora, un alma compasiva... Ya sabrá ella parte de mi historia. EL ANGELITO.-   Anda, papá... Es preciso que entre allí tu espíritu antes de que se cierre la ventana... Va a llover y tengo mucha prisa de regresar al cielo. En este clima tan húmedo no hay modo de vivir sin paraguas, impermeable o cosa así. Cuélate pronto... y abur... ¡Hasta luego! ¡Que ya cierran la vidriera...! EL HÉROE.-    (Desde el alféizar de la ventana.)  Hijo mío, no te mojes... Arrópate bien en la nube... Mira que los catarros, ahora en esta estación... EL ANGELITO.-    (Con risa argentina y encantadora.)  Abur, abur. Volveré por ti cuando esté terminada la última cuartilla. 1 En la pila bautismal me pusieron el nombre de Benicio. Por el lado paterno llevé el apellido de los Neiras de Villalba, pueblo digno de eterno renombre, donde se ceban los más suculentos capones de la Península española. En el escudo de mi casa solariega, sin embargo, no campean estas aves inofensivas, sino un águila coronada y un par de castillos de sable sobre campo de gules. Tales zarandajas heráldicas no impidieron a mi padre, el mayorazgo, casarse con la hija de un confitero y chocolatero natural de Astorga, establecido en los soportales de la Plaza de Lugo. Era mi padre (Dios le haya perdonado) algo antojadizo y terco y bastante libertino; y como la recia virtud de mi madre no consintió rendirse a sus asaltos, a contrapelo de toda la familia la hizo su esposa. Yo creo que en tan desigual enlace quien salió perdiendo fue la confitera. Poseedora de las cualidades morales que faltaban a su marido; hacendosa, recta y cristiana a carta cabal, mi madre vivió sola, despreciada, maltratada y faltándole cariño, consagró el suyo entero a mi hermana y a mí. Digo mal: yo fui el preferido, el único amado tal vez, porque mi hermana, que pecaba de intrigante y chismosuela, fue desde pequeñita el ojo derecho de mi padre. Mi niñez corrió triste, viendo a mamá esconderse para llorar por los rincones de la casa, y echándome a temblar cuando papá gritaba y maldecía y soltaba cada terno que se venía abajo la bóveda celeste; pues una de las peores mañas del autor de mis días era jurar como un carretero desde que abría la boca; y recuerdo que mi madre me inculcó el odio a tan feo vicio, hasta hacerme caer en el extremo de considerar los juramentos, las blasfemias y las palabras soeces como el mayor y más estúpido pecado que puede cometer el hombre. Esta y las demás enseñanzas de mi madre se me grabaron indeleblemente, viniendo a ser la base de mis convicciones y principios; así como en el fondo de mi carácter quedó una blandura y un apocamiento, que atribuyo a haberme ensopado y reblandecido el corazón los terrores y las lágrimas maternales. Mi madre era mujer chapada a la antigua, e hizo predominar en mí el elemento tradicional sobre el innovador; porque (ahora lo discierno claramente) no cabía en sus facultades equilibrar los dos de tal manera que yo me encontrase en condiciones favorables para vivir en la época que Dios había señalado a mi paso por el mundo. Aprendí de mi madre la probidad, el horror a las deudas, el respeto de los contratos y de la honra de las mujeres, la modestia, la economía, la frugalidad, la veracidad, virtudes que adornan a la grave raza castellana, aunque se atribuyan en general a la ibérica. También me fue inculcado por mi madre otro sentimiento nada común en la sociedad actual: una consideración profunda por las personas de elevado nacimiento, unida a cierto democrático individualismo y a mucha llaneza con los inferiores. En cuanto a la enseñanza religiosa, por entero la debí a mi madre: ella me obligó a aprender de memoria el Catecismo, me hizo rezar diariamente el Rosario, me leyó en el Año Cristiano las vidas de los Santos y en el Kempis los capítulos referentes a la resignación, a la humilde sujeción, al hombre bueno y pacífico, a la tolerancia de las injurias, al puro corazón y la intención sencilla. Tales doctrinas prendieron en mí maravillosamente: sin duda existía oculta conformidad entre ellas y mi carácter; por lo cual llegué a imaginarme (a posteriori) que me hubiese convenido más ser amamantado en principios de energía, acción y violencia, porque hallándose estos en pugna con mi condición natural, se establecería el provechoso equilibrio donde quizá reside el secreto de la armonía, perfección y felicidad humana. Someto este problema a los doctos, y paso adelante. Cuando me veía quejoso y dolorido del proceder de mi padre, mamá me predicaba la conformidad más entera. «Las faldas del marido -me decía- no excusan jamás las de la mujer. Él es el jefe de la casa, y se le ha de obedecer y se le ha de querer bien, todo lo que no sea esto se queda para bribonas infames. Rezar mucho a ver si se convierte y se hace bueno... y paciencia, y que cada cual acepte su cruz. Contra el marido y el padre jamás tiene razón la mujer y el hijo. Silencio... y Dios sobre todo». Uno de los sanos consejos de la que me llevó en sus entrañas, fue el de seguir una carrera. «Hijo -me decía- Dios sabe a dónde llegaremos... Puede suceder que tengamos que pedir limosna». La vida rota y relajada de mi padre daba cierta verosimilitud a tan tristes profecías. Asistí, pues, al Instituto, con propósito de ingresar más tarde en el Seminario, ordenarme y conseguir un curato de aldea donde viviríamos mi madre y yo, humildemente, según el espíritu del Kempis, pero sin mendigar. La muerte de mi madre, casi súbita, de un ataque de reuma al corazón, malogró estos planes. Por consejo de mi tío Ventura Neira, el abogado, se me envió a la Universidad compostelana a cursar leyes. Cuento mis épocas de estudiante como las mejores de mi vida. La alegría y descuido de la mocedad, el trato regocijado de los amigos, las bromas y los entretenimientos propios de mi edad y mi estado, me dejaron delicioso recuerdo. Debo advertir que esto ocurría allá por los años 45 a 50, cuando todavía decir estudiante era decir buen humor, chispa, viveza, ingenio, travesura. Ahora las estudiantinas (todos los Carnavales se presenta alguna en Marineda) parecen cuadrillas de penitentes, según lo compungidas y contritas que se muestran: ni por casualidad provocan el más leve desorden; ni siquiera galantean a las muchachas; embolsan el dinero que las dan, con la misma tristeza con que los pobres vergonzantes se guardan el socorro; andan como si se hubiesen tragado el molinillo; en fin, estos no son escolares. Nosotros armábamos cada guitarreo y cada baile de máscaras y cada gresca, que si me acuerdo aún me río. Yo no figuraba entre los inventores de las diabluras; pero no descomponía partido; se contaba conmigo siempre, y una vez metido en danza, no me quedaba atrás (entendiéndose que nuestras humoradas no pertenecían al género de las que dejan en pos de sí deshonor y llanto). Excuso decir que ni rastros persistían en mí de la supuesta vocación eclesiástica. Al contrario... Confesémoslo sin rebozo: mi corazón juvenil latía dulcemente solicitado por misteriosas voces y por ansias indefinibles. Un aguijón, un estímulo suave me incitaba sin cesar a que me aproximase a la mitad bella de la humana progenie. Estudiante más enamoradizo que yo, dudo que haya existido desde que hay aulas en el mundo. Sólo que en mí no llegaba a adquirir la pasión amorosa el grado de concentración y de fijeza que la hace terrible: a fuerza de gustarme tanto las mujeres, no me perdía por ninguna. Verlas y derretirme en babas, era todo uno; sus insinuaciones me encontraban siempre rendido, galante, hecho un caramelo; hoy me mareaban unas pupilas de azabache, mañana dos ajos azules me volvían tarumba... y, al fin, nada; revoloteos de mariposa, sin consecuencias ulteriores. Mi espíritu no anhelaba los torturadores goces del amor culpable, pagarlos con el desasosiego de la conciencia: lo que me sonreía, en medio de tantos zascandileos amorosos, era la perspectiva de la honesta felicidad conyugal. «No hay remedio: me caso no bien acabe la carrera», decía, pareciéndome lo más natural del mundo que como el ave busca pareja y nido, busque compañera y hogar el hombre. Así es que apenas tuve en el bolsillo mi título de licenciado, empecé a tender la vista, por si distinguía la media naranja... No fue en Compostela, centro al fin de vida un poquillo disipada, donde se me apareció, sino en Monforte, la villa medioeval, legendaria, que aún domina, ceñudo y fiero, el torreón de los Hidalgos. ¡Allí te encontré, cara esposa, Ilduara mía, en quien hasta el nombre revistió carácter de noble severidad, de dignidad austera! ¡Algunas veces, al ver tu majestuoso continente, tus formas en que cada año fue acentuándose más la línea recta, y sobre todo, tu energía indomable, tu intransigencia loabilísima, te he comparado al torreón de tu pueblo natal! Sin embargo, al tiempo que te conocí, la amable risa descendía aún a tus ojos y a tus labios. ¡Después del primer año de boda fue cuando empezó a ocurrírseme que te parecías al torreón! Poseía mi Ilduara bienes y casas en Monforte, y allí vivimos algún tiempo y nacieron nuestros primeros vástagos. Porque esta fue otra excelencia y cualidad singular de mi esposa: rendir infaliblemente su cosecha anual. Fecundidad semejante es extraordinaria aun en Galicia misma. En esta narración se irá patentizando hasta dónde llegaba la fertilidad de Ilda: debo decir que no puede compararse sino con el prodigioso desarrollo del sentimiento de la filogenitura en mí. Tal sentimiento dormía en las profundidades de mi ser afectivo, y sólo aguardaba, para revelarse en toda su fuerza, la abundancia de prole con que quiso Dios bendecir mi casa. Desde los paseos a las altas horas, descalzo y con el canario de alcoba muy agasajadito en el pecho, hasta las corridas a cuatro patas con el nene montado sobre el espinazo; desde la fabricación de trompos y cometas hasta los perennes repasos de silabario y Astete, recorrí todos los grados de la paternidad celosa y babosa: mi Ilduara bastante tenía con parir... Un trágico acontecimiento fue el primer cáliz de amargura que me hizo apurar la paternidad. Mi primogénito era un varón, de lo más travieso, adelantado y listo que se ha visto nunca: un fenómeno de talento para sus cuatro años. Con decir que ya juntaba las letras... Cierto día se puso la criada a vestirle, teniéndole sentado en el hueco de una de esas ventanas antiguas que forman como nichos hondos. La vidriera estaba entornada... En una vuelta que dio la infante mujer, el niño se inclinó... La cabeza le pesaba más que el cuerpo... ¡Ay, de mí! Desde entonces Monforte se me hizo aborrecible. Los guijarros de las calles tenían sangre de mi pequeño. Nos trasladamos a Lugo. Encontré a mi padre completamente subyugado por el marido de mi hermana, un procurador llamado Garroso, lo más fullero y tramposazo que han conocido los siglos. Mi Ilduara, desde el primer instante, adivinó la situación, y las dos cuñadas se declararon guerra a muerte, sin tregua ni cuartel posible. Guerra solapada, eso sí, pero doblemente feroz: tiroteo incesante de chismes, delaciones, enredos, competencias, murmuraciones, desdenes y mal encubiertas groserías. Lo primerito que hicieron, ponerse motes. Mi hermana apodó a mi esposa el Estandarte, y mi esposa se vengó llamando a mi hermana la Dulcera. ¡Inconsiderada profanación de la memoria de mi santa madre! No es decible la hiel que yo tragué con semejantes rencillas. El dolor causado por la desgracia de mi Monchito era al menos un dolor noble y que podía confesar y desahogar ante las gentes; pero estas miserables cuestiones, si pudiese, me las callaría a mí mismo. Andaba avergonzado. Comprendí entonces por primera vez que el esposo, cuando no establece desde un principio su autoridad doméstica y su legítimo ascendiente, queda anulado, sometido a la que, de súbita, se trueca en tirana fiera. Ilduara desoyó mis ruegos, se mofó de mis consejos y hasta volvió contra mí las faltas de los míos. Mi padre tomó, por supuesto, el partido de mi hermana, y, enfermo de gravedad, no quería recibirme ni sufrirme a su cabecera. Falleció, y ni aun después de muerto me lo dejaron ver. Se abrió el testamento, y aparecí perjudicado en todo lo posible, con la saña y la mala voluntad que podrían desplegarse contra el hijo más calavera e ingrato. Yo me inclinaba a conformarme y tomar lo que buenamente me diesen; pero Ilduara, sin conocimiento mío, consultó a varios abogados, y me forzó a entablar una serie de litigios, de lo más embrollado que registran los laberínticos anales de la curia gallega. Allí tuve ocasión de comprobar el acerado temple de alma de mi esposa. Ella aseguraba que su bello ideal era pleitear «hasta quedarse por puertas» con tal de ver a la familia de Garroso pidiendo también limosna. El lecho conyugal, campo reservado a más tiernas expansiones, se convirtió para mí en antecámara de la Audiencia marinedina, y todas las noches oí hablar de incidentes, vistas, juicios, sala, autos, documentos -mezclado con invectivas y furibundos ataques a mis padres, cuñado, hermana, etcétera-. ¡Qué intimidades, santo Dios, qué intimidades! Dos años duró este tósigo. Al fin, mi cuñado me propuso secretamente una transacción. Leonina, claro está; pero si el pleito de partijas continuaba, todos quedaríamos iguales, en camisa... Temblé por mis pobres chiquillos, y esta idea me dio fuerzas para abrazar una resolución sin consentimiento de Ilduara. Abracela, y firmé... Menos funesto hubiese sido para mi paz doméstica abrazar a todas las mozas de seis leguas en contorno. ¡Oh firma, oh rúbrica, que aún me parece estar viendo al pie de la escritura, con vuestras letras encogidas, con vuestros trémulos rasgos! Por obra vuestra descendí definitivamente desde el augusto solio de jefe de familia al humilde lugar de esclavo consorte; vosotras, como las letras de fuego que mudaron la faz del destino del monarca babilónico, señalasteis en mi existencia de esposo y padre un trágico momento de crisis. Desde entonces fui el acusado, el culpable, el traidor de la familia; todas nuestras escaseces y adversidades se achacaron a aquel Benicio Neira y Quiñones... en mal hora estampado; cuantas veces intenté hacer prevalecer mi opinión en mi hogar, o emanciparme en algo, vino la fatídica firma a taparme la boca, y oí resonar la frase tremenda: -Como tú arruinaste a tus niños con la escritura de partijas... A fuerza de oírlo repetir, llegué a creerlo yo mismo; sí, llegué a creer que, en efecto, con la malhadada firma, había consumado la perdición de tan queridos seres. Sin embargo, para que se vea lo que son las pequeñeces y cuánto pesan en la balanza de nuestra vida, no fue la desdichada transacción, sino otro suceso harto insignificante, lo que hizo rebosar el vaso de la cólera y disgusto de mi Ilduara, y la movió a adoptar una determinación tan radical como la de trasladar nuestra residencia fuera de Lugo. Es el caso que el odio que mi esposa sentía hacia la familia de mi hermana se comunicaba a nuestra progenitura, y ya varias veces mi hija mayor, Gertrudis, había andado a la greña, en la escuela, con las chiquillas de Garroso. Sólo el varón primogénito de los Garroso, llamado Luis, de cinco años, se empeñaba, con magnanimidad notoria, en echar pelillos a la mar; y apenas me veía desde cien leguas, ya estaba gritando: «¡Tío Benitio... tío Benitio!... ¡Tayamelos!...». En épocas de relativa concordia había yo contraído el hábito de regalarle, siempre que le encontraba, dos o cuatro cuartos de esta golosina; y el ángel de Dios, por no perder la costumbre, venía a reclamar su renta. Era tan guapote, tan colorado y tan zalamero aquel sobrino mío; se parecía tanto a la pobre mamá, que, vamos, cada vez que le hacía un desaire, me dolía el corazón. Una tarde salía yo de la Catedral, de oír la plática del señor Penitenciario sobre el perdón de las injurias, cuando me veo venir disparado al rapaz, repitiendo su estribillo: «¡Tío... tayamelos... tayamelos!...». Agarrado a mi gabán, y saltando a la patacoja, me llevó hacia los soportales, a la más próxima confitería. Tuve un momento de flaqueza. «Mira que no digas nada a nadie, Luisito...». Y le puse en las manos un cucurucho. Cuando salíamos de la confitería vi en los soportales de enfrente a mi hija Gertrudis, por donde comprendí que se preparaba un conflicto, y me propuse agachar las orejas y callar. Mas ¿cómo podía figurarme que, en vez de los sermones a que iba habituándome ya, mi mujer me recibiese con estas palabras disparadas a boca de jarro? -He escrito a Marineda preguntando por los alquileres de las casas. -Por los alq... -Mañana empezaremos a levantar esta. Yo no sigo viviendo en infierno semejante: no y no. -Pero esposa, Ilda... Cuando comprendí que la cosa iba de veras, me resigné. ¿Qué había de hacer? Un infierno era realmente nuestra existencia, envenenada por lo que más repugna a mi carácter: odios, luchas y desazones diarias. Sólo que, si se hubiese querido oír mi consejo, sería contrario a la traslación de domicilio a Marineda, donde según mis noticias, la vida empezaba a complicarse con exigencias de lujo que me asustaban, y favorable a Monforte, residencia más conveniente para un matrimonio tan prolífico como el nuestro. Ha de decirse la verdad. Yo no creo que la tontería aquella de los caramelos bastase a precipitar a Ilduara de tal modo. Juzgo que influyó muchísimo su vanidad, o, mejor dicho, su justo amor propio de esposa del mayorazgo de Neira, que se ve arrojada de la casa solariega por manejos más o menos turbios de un procurador; pues este era el caso verdaderamente triste en que nos encontrábamos, y el aguilucho y los torreones de Neira, como todo lo más lúcido de un patrimonio, después de la consabida transacción, a mi cuñado pertenecían. Se me figura, pues, que Ilduara, creyó humillante la retirada a Monforte, y dio por cierto que la marcha a Marineda revestía cierto carácter triunfal, como si por medio de ella dijese a su aborrecida cuñada: «¡Usurpadora, ave de rapiña, quédate ahí hecha una lugareña, una procuradora de mala muerte! Nosotros, los Neiras verdaderos, nos vamos adonde la gente fina ha de apreciarnos más, adonde están nuestros iguales, adonde vivamos en la esfera que nos corresponde y en el pie que nos compete». Para mí el trasplante fue doloroso. Y si analizo bien los motivos de la pena que sentí al dejar a Lugo, sus humedades y sus brumas, yo mismo declaro que pertenecen al número de aquellos sentimientos que demuestran que está lleno de contradicciones el corazón humano. Me afligía dejar a Lugo, por lo mismo que en él no gocé ni por casualidad un rato bueno. Y aquella gente ávida, indelicada, sin fe, entre cuyas manos se quedaba lo mejor de mi herencia paterna y la paz de mi hogar, me angustiaba, ¡quién lo dijera!, el perderla de vista, porque de tal pasta soy, que no puedo desencariñarme de cosa ni de persona alguna... Además, parecíame destruir, con el cambio de horizontes, mi ser tradicional de propietario e hidalgo, en el cual fundaba, no diré mi orgullo, pues esta profana virtud o nervio viril del orgullo, brillante vicio del alma superior, me faltó siempre, pero sí mi modestísima dignidad, y el ambiente de lo que puedo llamar mi vida histórica. Yo venero el pasado. Jamás miré sin respeto las miniaturas de mis abuelas y tías, con sus mangas de jamón y su peinado a lo nene; nunca creí que se pudiese ser cosa mejor que Neira de Villalba; y la conservación de los muebles, inmuebles y fincas legadas por los antecesores, la juzgué religioso deber. Uno de mis dolores del alma fue que ciertos estafermos que poseíamos desde tiempo inmemorial, ciertos majestuosos muebles apolillados, se vendiesen a una prendera, por imposibilidad de acomodarlos en nuestra residencia marinedina. Después supe que entre aquellos trastos nos deshicimos de algunas antiguallas de mérito. Quizá por la prevención que llevaba conmigo, al pronto Marineda no me agradó. Luego fui convenciéndome de que se la puede contar entre las más lindas capitales de provincia de España, si se exceptúan tres o cuatro ciudades de gran importancia, como Barcelona y Sevilla. En esto convenían todos los forasteros. Lo que me arrebató y cautivo fue el mar. Ni nunca lo había visto, ni nunca pude imaginarme la hermosura, la atracción, la grandeza de tan magnífico elemento. Los pensamientos religiosos y hasta filosóficos que me sugería, no los quiero revelar, porque no sé si parecerían disparates, y además porque tiene algo de vago e intraducible, que sólo podría condensarse en palabras si Dios me hubiese otorgado dotes poéticas. Lo cierto es que la ocupación de contemplar el mar vino a ser predilecta para mí, y si los días de tormenta y vendaval me extasiaba el soberano espectáculo del Océano en el Varadero, los días tranquilos me embelesaba con el siempre variado cuadro de la bahía, la entrada y salida de vapores, el movimiento de la grúa y el ir y venir de las lanchas pasajeras cargadas de gente. No disponía, sin embargo, de mucha libertad de espíritu para semejantes contemplaciones, porque mi vida doméstica era agitada, angustiosa, merced a la repetición periódica del fenómeno de la paternidad. Desde la llegada a Marineda, en vez de amainar, había arreciado el chaparrón de hijos (lo cual podía atribuirse a influencias del aire salitroso). De esta cosecha no toda llegó a espigar y lograrse; pero entre embarazos, partos, amas, niñeras, médicos, denticiones, escarlatinas, escuelas y maestras de costura, estábamos que no nos llegaban a media muela el tiempo ni los cuartos. No obstante, hacia el principio de la década de 1878 a 88, Dios consintió algún alivio a nuestra enfermedad, que maliciosamente llamaría alguien plétora de salud. Sea que experimentásemos cierto cansancio vital, sea por otras causas desconocidas, pasaron cinco o seis años, ¡cinco o seis años!, sin que amenazase caer de nuevo sobre nuestras cabezas la bendición del Señor. Yo miraba a mi Ilduara de reojo, y me congratulaba viendo su talle, no ya esbelto, sino plano. Esta satisfacción la amargaba aun poco la decadencia física de mi leal compañera, en quien notaba cuantos la conocían, un estado de salud nada floreciente. ¿Y cómo era posible otra cosa después de tan continuas batallas, de fecundidad tan increíble? Padecía mi esposa diversísimos achaques, unos acabados en algias, como neuralgias, gastralgias y cefalalgias; otros en agias, como hemorragias; otros en emia, como anemia...; pero todo ello, hablando en cristiano, se podía encerrar en dos síntomas funestos: debilidad de un organismo gastado, pérdidas de sangre que agotaban su escaso caudal de vigor. Lo extraño es que semejantes empobrecimientos y aflicciones no paraban en apagarle el carácter a Ilda, ni en doblegar su firmeza. Al contrario, aquel carácter de bronce parecía más recio y bravo con los males físicos; a semejanza de los mártires que en el tormento cobraban fuerzas, mi mujer se crecía más cuanto más sufría. Nunca ejerció mejor la dictadura; nunca la familia se inclinó más sumisa bajo su férreo, aunque provechoso yugo. Aquel cuerpo, en vez de rendirse, parecía curtirse a la intemperie, como el famoso torreón; aquel genio, en vez de amansarse, se volvía más arisco y fiero; aquella boca, en vez de ayes, exhalaba filípicas y regaños por cualquier motivo leve, o sin motivo ni sombra de él. Era esto bien contrario a mi índole, pacífica de suyo y codiciosa de tranquilidad en el sagrado recinto de mis lares; y nuevamente lamenté no haber desplegado, desde los primeros días del matrimonio, un poco de energía y de tesón que alcanzase en mis manos el cetro de la autoridad, mía y sólo mía en su divino origen, como varón que soy. Si en casa de mis padres obedecía siempre la mártir mujer, en la mía el marido era... francamente: era la carabina de Ambrosio. No obstante, lo llevaba todo con paciencia: asperezas, persecuciones, bufidos, el amargo y perpetuo reproche de haber arruinado a nuestros hijos, de ser un panarra y un hombre inútil: sólo llegó a sacarme de quicio cierta peregrina manía que a deshora padeció Ilduara... y fueron los... risa da escribirlo... los furiosos celos que impensadamente empezaron a torturarla... digo mal... a torturarme a mí. Siempre había notado en mi esposa atisbos de esa rabiosa enfermedad; caso tanto más raro, cuanto que Ilda (dígase en honor suyo) nunca se mostró en nuestra relación conyugal extremosa y apasionada, como yo la hubiese deseado allá en los venturosos días de Monforte, aurora de nuestro amor; sino que supo guardar, hasta un extremo inconcebible y para mí muy doloroso al principio, aquella casta rigidez y recato de la verdadera esposa cristiana, y aquella reserva y aparente frialdad que, si enojan al enamorado loco, deben satisfacer profundamente al marido cuerdo. Respecto a los celos de Ilda, mi ejemplar conducta, mi fidelidad a prueba, el empeño que ponía en desvanecer y calmar sus aprensiones, habían impedido que llegasen a adquirir carácter perturbador de nuestra tranquilidad. ¡Y lo que no había sido en la mocedad más que transitoria afección, retoñaba después de los años mil, adquiriendo proporciones alarmantes! Yo no volvía de mi asombro, en especial cuando me miraba al espejo. Si allá, por los tiempos en que era Neirita el estudiante y rasgueaba en la guitarra, en tertulias caseras, la Marcha de Luis XVI yendo al cadalso, pude alabarme de una regular presencia, ahora de todo apenas quedaban señales; y como no soy fatuo ni me dio nunca por hacer el pisaverde, lo declaro y pongo aquí el inventario descriptivo de mis gracias: Mediana estatura; cabeza pequeña y piriforme, cubierta de un cepillo cerdoso y entrecano; bigote híspido y color de ala de mosca; dientes largos, calzados de verdín, como teclas de piano viejo que atacó la humedad; ojos... vamos, los ojos podían pasar, y aun creo que en su negra profundidad se reflejaba la honradez de mi alma, por la cual su expresión no carecía de atractivo. Para definir de una vez lo peculiar de mi aspecto, diré que mi cara era una cara de época, atrasada, como reloj que se ha parado, de estas que en mi país se llaman caras antiguas; pero no de carácter histórico tan remoto como esta frase parece significar, pues la fecha que marcaba mi semblante era la de Espartero y la milicia; estaba diciendo Constitución o muerte. Creo que a ello ayudaba mi manera anticuada de afeitarme, rasurándome todo el vello facial, excepto el bigotillo de hisopo y la saliente mosquita. Volviendo al asunto por que saqué a relucir mi facha, claro que esta no justificaba la rara aprensión que le entró a mi buena esposa, aprensión de la cual debo hablar con indulgencia, pues demuestra gran amor, aunque extraviado. En gracia de él la perdoné y vuelvo de todo corazón a perdonarla aquel tomar y despedir de criadas, cocineras y niñeras, aquel andar buscando para nuestro servicio las más feas jimias y los más espantables monstruos, aquel humillante espionaje a que me vi sometido, aquellas insensatas acusaciones y aquellas denigrantes sospechas. Se las perdoné, claro está, aunque en el momento me consternaban, a mí que profeso la religión del lazo conyugal y que desde mis bodas no había encaminado mi gusto sino por la honesta vía del deber. En ocasiones me daba al diablo, no sabiendo qué idear para devolver el juicio a la digna matrona. En lo más enconado de este período de celosa furia, medió algo que me hizo sentir escalofríos de terror. Ilduara mandó bajar del desván cierto mueble arrinconado hacía tiempo: la cuna, la vieja cunita de forma de nao, estrenada por mi primogénito en Monforte veintinueve años antes, y en que tantos pimpollos míos durmieron el primer sueño... Pero ¿es posible, oh Providencia dadivosa, más bien derrochadora? ¡La cuna, la cuna otra vez! 2 Creo que ha llegado el momento de decir cuál era el estado de mi familia, o más bien la de mi tribu, cuando bajó del desván la ya arrumbada cuna. Me vivían entonces diez retoños; seis estaban en el cielo. Por mandato de Dios, y ejecutando sus inescrutables designios, la muerte se había cebado en los varones, dejándome casi todas las niñas. Para nueve damas, sólo tenía un galán. Aunque en el curso de estas páginas irá apareciendo mi prole, trazaré una especie de índice cronológico de sus individuos. Debe decir en elogio de mi hija mayor, Gertrudis o Tula, que poseía las dotes de gobierno de su madre, y aun aquella misma índole suspicaz y algo avinagrada. En lo físico era también muy semejante a Ilda, pero faltábale la beldad correcta y majestuosa que me había hechizado algunos lustros antes. Tenía de mi Ilduara la curva nariz y los ojos grises, el talle recto y las formas angulosas, y su rostro ofrecía semejanzas con la agorera y meditabunda faz de una lechuza. Clara, la segunda, a quien Tula llevaba lo menos cuatro años, ofrecía el mismo tipo, que, según oí decir a un amigo entendido en ciencias de estas de moda, es el de la raza sueva, de la cual se conservan en Galicia muy caracterizados ejemplares: rubia, alta, seria, nariz de caballete, ojos claros, bastante linda; pero no tanto como la que la sigue, María Rosa, en la cual (sin vanidad) prevalecía el tipo paterno; y con no ser el papá ningún Adonis, ella había salido una muchacha notable, fresca como las flores -por lo cual la llamamos Rosa a secas-. Dentro de la diversidad de gustos que inspira los juicios humanos, podía no obstante discutir si la palma de la hermosura, en mi descendencia, tocaba a mi tercer hija o a la cuarta, María Ramona. Rosa tenía en su abono el esplendor de la tez, la perfección y la irreprochable plástica de su cuerpo pero la belleza de María Ramona llegó a ostentar un carácter tan expresivo y tan dramático, que era imposible mirarla con indiferencia. Para especificar el mérito de María Ramona, diré con qué mote la conocíamos. Siendo niña aún, el Penitenciario de Lugo, admirado de su cara pálida y perfecta como la de una imagen, y de sus ojazos guarnecidos con una rejilla de pestañas que parecían plumas de cuervo, la llamó Argos divina, nombre que un librote del siglo pasado da a la Virgen del camarín de la Catedral, más conocida por Nuestra Señora de los ojos grandes. Estas cuatro, Tula, Clara, Rosa y Argos divina, y la quinta, Constanza, eran las que ya gozaban del fuero de mujeres hechas y derechas. Las demás estaban en la categoría de niñas aún. Después de estos cinco pimpollos femeniles venía el varón, Froilancito, llamado así por devoción al santo patrono de Lugo (excuso decir que en Froilancito tenía yo cifradas mis esperanzas todas). Seguía a Froilán una niña muy revoltosa y diabólica, extravagante, mimosa, a quien conocíamos con el nombre de la primera de las virtudes teologales, Fe; por lo cual sus hermanas, empeñadas en hacerla rabiar siempre, no la llamaban más que Feíta (y la verdad es que no se pasaba de hermosa). Había luego dos chicuelas, Rosario y Mizucha (diminutivo de Mercedes), y, por último, el grupo de mi familia remataba, como esos racimos humanos que en los circos forman los gimnastas, en un saladísimo angelón la hembra de cinco años, que por haber caído su venida al mundo días antes o después de las Candelas, respondía al bonito y comprometido nombre de Pura. Los intervalos entre estos retoños los habían llenado diferentes malos partos, y los ángeles que perdí. Del trabajo que costaba al familión encontrar casa donde alojarse, no hablaría aquí si no fuese por observar de paso que uno de los ramos más caros en Marineda es el de alquileres. Cuando por última vez bajo del desván la cuna, habitábamos una de las casas acabadas de construir en el Páramo de Solares, que unía al barrio de Arriba con el de Abajo y ya iba trocando el antiguo nombre por el de Plaza de Marihernández, pues tenía los lados de su rectángulo casi guarnecidos de construcciones, entre las cuales se contaba la casa de Correos, con su esquinal siempre helado, siempre barrido por la ventolera furiosa. Pertenecen las casas nuevas del páramo a esa clase de edificios que, pactando secretamente con el genio de la molestia y de la mezquindad, levantan el bienestar de oropel y el engañoso lujo moderno. El portal, embaldosado con rombos de mármol negro y blanco, ostentaba una portería ilusoria, pues no había ocurrido jamás que el infeliz visitador pudiese averiguar en ella dato alguno que le ahorrase la ascensión de los seis pisos. Estos se contaban con las falaces y sutiles distinciones madrileñas, destinadas a halagar la vanidad de los inquilinos haciéndoles tragar que viven en un segundo cuando realmente habitan un sexto. Para fomento de la susodicha vanidad, no faltaba mucho medallón de yeso, mucho rodapié pintado, mucho barniz, mucho chinero en el comedor, mucho papel estampado, mucha alcoba estucadita, y, en fin, mucho de todo eso que remeda la comodidad y aun la elegancia. En cambio, la distribución era lastimosa; los dormitorios estaban sacrificados al quiero y no puedo de la sala y el gabinete; los tabiques, mejor que a salvaguardar la independencia y el aislamiento que aun en el seno de la familia reclaman el pudor y la dignidad del individuo, parecían llamados a servir de conducto acústico, de tal manera se oía todo al través de ellos; en la antesala tenía que pedir permiso el que entraba al que abría la puerta, por no caber los dos juntos, y los pasillos, más que pasillos, semejaban intestinos ciegos. De las estrecheces de otras piezas muy necesarias, nada quiero decir sino que eran ocasionadas a percances harto ridículos. En lo que se había corrido el arquitecto, era en la altura de techos, haciéndola tan disparatada y fuera de proporción con la importancia de la vivienda, que yo pensaba para mí la gran lástima que era no poder tumbar nuestro piso dejándole de ancho lo que tenía de alto, y lamentaba que las camas de los niños no pudiesen ponerse como jaulas de pájaros, colgadas de las paredes. Dos resultados daba esta altura de techos descomunal: el primero, que no había cortinas que alcanzasen y a todas fue preciso añadir una especie de volante o faldamentas; el segundo, que la cantidad de escaleras que subíamos para llegar a nuestro domicilio era capaz de poner enfermo del corazón a quien más sano lo tuviese. ¡Ah! Esto de la casa me había dado y siguió dándome mucho en qué pensar. Imaginé mil veces que la angostura en que vivíamos tuvo bastante culpa de habérsele agriado el genio a Ilduara. No hay nada que impaciente como vivir estrecho, físicamente comprimido. Y ese malestar lo habíamos de sentir doble los que veníamos de un pueblo como Lugo, más atrasado y barato que Marineda, y donde por ínfima renta se podía disfrutar de un caserón. Si mis hijas se conformasen con irse a vivir al Barrio de Arriba, la parte antigua y aristocrática de Marineda, podríamos encontrar refugio en algún edificio viejo, más o menos destartalado -pocos van quedando ya, pues Marineda se reconstruye toda de unos treinta años a esta parte-. ¡Pero váyales usted con eso a las niñas; impóngales usted que habiten en aquellos barrios desiertos, en la melancólica zona que comprende el Hospital militar, las iglesias románicas y el triste Jardín de amarillentas flores, colgado sobre el mar como un nido de gaviota y adornado, en vez de fuentes y estatuas, con un sepulcro! No hubo más remedio sino ir acercándose al Barrio de Abajo, centro del comercio, de las distracciones y de la vida marinedina. Lo que decían las pobres muchachas: -Si una no puede salir, al menos se asoma a la galería y ve pasar la gente-. Para complacerlas, nos apretamos y nos desprendimos de los pocos muebles que aún recordaban los esplendores de la casa solariega. ¡Ay! ¡Qué desplumado se iba quedando el aguilucho aquel de nuestro blasón! Así vivíamos, como sardina en banasta. Para mí, la civilización, los adelantos de la edad moderna, tomaron desde el primer distante forma... ¿cómo diré? forma asfixiadora. En Villalba y Lugo, sobrábale a nuestro cuerpo espacio donde moverse, aire que respirar, alimentos con que sustentarse y leña para quemar durante el invierno. En Marineda todo venía con estrecha medida y tasa, todo mermado por la angustia del bolsillo, que se echaba a temblar ante las cuentas. Ilduara solía repetir: ¡tiento!, ¡mucho tiento! Ninguna de estas circunstancias era a propósito para reconciliarme con la nueva vida. Mas si a todo me avenía con tal que no se alterase la paz doméstica, en un punto no supe allanarme a las circunstancias, y si en este punto me contrariasen, capaz sería de dar al traste con mi condición bonachona y de lanzarme a la revolución. Este punto era... convengo en la puerilidad del caso... que yo no quise, no pude, no supe acostumbrarme al pan marinedino, amasado con harinas de afuera, importadas de Santander. En balde me objetaban que peor era aún el agua que el pan; que este, en suma, si no por exquisito, pasaba por tolerable; yo lo declaraba un asco, un veneno, y le echaba la culpa de todas las enfermedades novísimas -tuberculosis, difteria, reblandecimiento, diabetes-. No me dijesen a mí: ¿pues quién oyó, veinte años hace, mentar semejantes padecimientos? Cuando se comía el honrado trigo mariñán y el no menos honrado centeno montañés, nadie padecía de esas enfermedades solapadas y traidores. Fiel a mi convicción, todos los miércoles y sábados, que son en Marineda los días de mercado, una panadera rural, venida desde la inmediata aldeíta de la Erbeda, a lomos de ágil borriquillo, entregaba en mi casa un reverendo mollete, cortezudo, bazo, a medio cocer, para que pesase más; y al hincarle el diente, no me trocara yo por el rey de España. Sería un capricho mío esto del pan de la Erbeda, pero también podría ser el instinto del propietario territorial, que en la introducción de las harinas forasteras presentía la quiebra de nuestros míseros cereales. No fue este el único alarde de independencia, la única manifestación de personalidad que me permití, a riesgo de concitar las iras de mi Ilduara. A la verdad, tampoco quisiera que se creyese que Ilduara no me consentía, con su cuenta y razón, hacer mi gusto. Yo había contraído el hábito de entretener parte de la noche en la Sociedad de Amigos de Marineda. ¡Sombra de mi Ilduara, no te vuelvas hacia mí, ceñuda y destellando indignación! Lo que me llevaba allí era el profundo e inefable deseo de libertad. ¡Oh nombre dulce entre todos, qué música misteriosa encerrarán tus tres sílabas para que así hechices nuestra alma! Es evidente, y lo afirmo con sinceridad de hombre de bien, que yo no tenía ni quería tener pensamiento, palabra ni obra cuyo último fin no fuesen las cuatro paredes de mi hogar; que al encerrar en él mis aspiraciones encerré también mi ternura; que por cuanto oro hay en el mundo, no rompería un solo eslabón de la sagrada cadena que me echaban al cuello mis deberes de esposo y padre. Pues con ser esto tanta verdad, no lo es menos que la cadena que no quería romper, me encantaba levantarla un ratito y no sentir su peso; que ese hogar donde tenía depositado acendradísimo amor, me hacía feliz perderlo de vista dos o tres horas; y que, fanático de mi casa, me gustaba la Sociedad de los Amigos porque... porque no era mi casa, precisamente. Reflexionando sobre los casinos, círculos y sociedades, he caído en la cuenta de que, con mis gravísimos defectos ¡vaya si son graves!, tienen ventajas suficientes para que no se deba pensar en suprimirlos, (al menos mientras no se perfeccione bastante la institución matrimonial); y entre ellas, la de hacerlo a uno olvidar las penalidades domésticas. A los pobres diablos como yo, que ni se pueden solazar con las grandes concepciones del arte ni chapuzarse hasta la coronilla en las hondas corrientes de la ciencia, y tampoco han de buscar en el trabajo manual la fatiga que trae la sedación del sueño, quíteles usted esta válvula, y capaces son de pegar un estallido. ¿Quién sabe? Si las mujeres pudiesen gozar del mismo desahogo, quizá no tomase nunca su carácter la acritud y displicencia que desgraciadamente adquirió el de mi esposa. El encierro atiranta los nervios. La familia, foco dulcísimo de calor, pero que a veces tuesta y sofoca, para los hombres tiene una ventanita que da aire respirable. Sin ese aire, la atmósfera se carga, la electricidad se condensa y la tormenta es inminente. Con anuencia tácita de mi esposa, pasaba yo en la Sociedad de Amigos unas horitas algo retasadas, pero entretenidas, aperitivas, excitantes hasta por el estímulo de la oposición y contrariedad entre mi genio y el de la mayor parte de los concurrentes a aquel Centro, -el que en Marineda reunía más gente granada por lo cual tenía sus ínfulas y se preciaba de no admitir a cualquiera-. Yo allí me sentía bien, aun cuando experimentaba, en lo moral, una impresión parecida a la que en lo físico me causaba el ponerme delante de un espejo: encontrábame algo anticuado, retrasado en ideas y gustos, y muy distante del aplomo, resolución, dogmatismo de opiniones y arrojo en la lucha por la existencia que creía notar en los demás. Por eso en las discusiones me mostraba tímido: apenas me atrevía a meter cucharada, prefiriendo los apartes en la sala de lectura o en algún sofá, a las grandes polémicas en que terciaban, hablando a voces y sin entenderse, más de una docena de socios. En aquellas grescas cotidianas, que siempre tenían por origen cualquier futesa, -pues no he visto discutir sobre la punta de un alfiler como allí se discutía- no dejaba de divertirme el papel de escucha; y más si se discutiese con modo, y no tan aturdidamente, que no valían argumentos ni razones y se llevaba el gato al agua quien vociferase más. Gimnasia de pulmones y derroches de laringe. Otra cosa desagradable: allí se hablaba con libertad excesiva, por no decir con soberana desvergüenza. Todas las interjecciones y palabrotas del idioma español salían a relucir; el anfiteatro de disección estaba siempre abierto, siempre preparadas las mesas y afilados los escalpelos y bisturíes. Allí se contaba, se comentaba y se exageraba cuanto ocurría en Marineda: las honras se hacían añicos, las más veces sin dañino propósito, bien como las olas del mar, por la sola virtud de su maquinal embate, minan los cimientos de una torre. Falta de miramiento es lo que había en la Sociedad de Amigos de Marineda y en otros muchos centros análogos. Y entiéndase que esta palabra miramiento, que yo empleo muy a menudo, encierra multitud de conceptos; es la fórmula del respeto a infinidad de cosas respetables, que la gente moderna propende a desacatar: honra de la mujer, creencias religiosas, principio de autoridad en las sociedades y las familias... sacras ideas en las cuales se funda muestra vida moral. Lo confieso: si generalmente procuraba oír como quien oye llover las atrocidades que se decían en la Sociedad, a veces también montaba en cólera y protestaba indignado. Y estos breves momentos de enojo (véase qué extraña es la condición humana) eran de lo que más me apegaba al salón de los Amigos. En mi hogar sólo tenía el derecho de enfadarse mi dulce costilla. Siquiera en la Sociedad me dejaban derramar la bilis. En tales momentos me creía más hombre. ¡Qué descansado me quedaba después, y con cuánto alivio subía las escaleras de mi casa! Sí; la Sociedad de Amigos había llegado a serme tan indispensable como el aire que respiramos. ¿Dónde sino allí encontraba yo a los cuatro o seis conocidos que ayudaban con su amena conversación a disipar las sombras que acumulaban en mi espíritu las inevitables preocupaciones caseras? ¿Cómo evaluar la suma de bien que me hacían las sensatas razones de Mauro Pareja, a quien propios y extraños conocen por el Abad; las lucubraciones profundas de Arturito Cáñamo, lumbrera de la ciencia penal española; las graciosas chifladuras del insigne matemático Díaz del Alimón; la inspiración irrestañable del frondoso poeta Ciriano de la Luna, y las donosísimas humoradas de Primo Cova, siempre oportuno y regocijado, capaz de extraer el bálsamo de la risa de las tablas de un ataúd? ¡Oh caros contertulios, cuánto os ha debido de consuelo mi atribulado espíritu durante los momentos de angustia que sobran en este valle de lágrimas! Aunque no aparezca bullicioso, soy sociable, amigo de la conversación y de la broma; desde mis tiempos de estudiante me acostumbré a la pandilla, al compañerismo, a vivir de prestado sobre la alegría, la cháchara y el buen humor ajeno, y nunca se ha apoderado de mí la negra misantropía, el tedio de la humanidad. Y no omitiré, entre los encantos que para mí tenía la Sociedad de Amigos, la relativa anchura de sus salones, comparada con la exigüidad de mi vivienda. Por último... en la Sociedad de Amigos yo satisfacía un hábito vicioso, el único, según creo, que se ha aposentado en mi alma: mi afición al tresillo. 3 Tenía muy mal naipe. Generalmente, al final de la temporada me encontraba con un mediano déficit en los escasos fondos que para el bolsillo me otorgaba mi prudente esposa. La cual era dueña absoluta de la llave de la gaveta, o dígase de la cómoda donde guardábamos el dinero... Costábame trabajo confesar mis pérdidas; y por eso (lo escribo con rubor) me reservé el importe de ciertas pensiones que se me abonaban por conducto de un procurador amigo mío, a fin de poder asegurar a Ilduara que habíamos salido de la temporada pie con bola. Asusta pensar de lo que hubiera sido yo capaz, a dominarme otras pasiones menos inocentes que la del tresillo. La ocultación de las pensiones demuestra que no es oro todo lo que reluce en mi hombría de bien. Hacía ya un mes que la cuna había vuelto a salir del desván, y, limpia de telarañas, ocupaba un rincón de nuestra reducida alcoba, cuando mi esposa dio en mostrarse peor humorada que nunca, y en renegar de su estado, que ella afirmaba no haber sido jamás tan penoso, quejándose de síntomas extraños, de inusitado peso y volumen, de raras perturbaciones y de anormales sufrimientos. Por esparcir mi ánimo acongojado, frecuenté más la Sociedad de Amigos, y justamente entonces apretó mi mala suerte en el juego. Racha tan fatal, no la recordaba nadie. Me vi en la precisión de confesar a mi mitad las reiteradas pérdidas. Solía Ilda ponerme como un trapo en ocasiones semejantes; pero observé con sorpresa que prefería verme salir y jugar, a que me quedase en casa, asistiendo a la tertulia que formaban mis hijas con la vecina del principal y los del tercero de la derecha. Aprovechando benignidad tan desusada, me cebé en la partida con el afán del desquite, que así acudía al febril ruletero, como al morigerado tresillista. Casi todo el mes de octubre estuve tan de malas, que alrededor de nuestra mesa se formó un corro alborozado, sólo para jalear mi perra suerte. Me crucificaban a chistes. Estas bromitas llegaban a veces a sacarme de mis casillas; peor para mí, pues las guasas llovían más espesas. Una de las estúpidas matracas favoritas, era la de suponerme felicísimo en empresas galantes, por aquello de «afortunado en amores», etc. Si esta chanza se contuviese en justos límites, anda con Dios; pero la llevaban a tal extremo y la adornaban con pormenores tan feos y chabacanos, que serían capaces de ruborizar a los bustos de piedra del paseo de las Filas. Aquella gente se relamía de gusto oyendo las impertinencias de Primo Cova, bufón de la Sociedad. Descuajábanse de risa al asegurar Primo que me había visto con sus propios ojos, al anochecer, atravesando la calle del Varadero (la más sospechosita de Marineda), muy embozado y en compañía de la graciosa modista B o la salada cigarrera H. Últimamente el pesado guasón daba en la flor de embromarme con la venia del principal, la esposa del comandante del regimiento de Otumba... y aunque el marido, un colosal asturianazo, andaba por allí dando vueltas, no había modo de conseguir que Cova pusiese término a crianza tan inconveniente. Cierta noche -¡noche memorable!- me dirigió una sonrisa la coqueta de la suerte, en forma de solo de esos llamados de Fernando Séptimo. Seis triunfos de espada, mala, rey, caballo, en palo corto; dos fallos y un monarca. Imperdible. Mi cara lo estaba proclamando a voces; mis ojos bailaban de gusto, y mis manos temblaban ligeramente, estrujando contra el pecho el haz de cartas. Para mayor fortuna andaban en el platillo dos puestas gemelas, encimadas -al tanto a que se jugaba, representarían un duro. Ante todo importa declarar que no era sólo el vil interés causa de la placentera excitación que me obligaba a teclear sobre las cartas y sonreír de júbilo. No se me estaban pudriendo en el bolsillo los pesos; sin embargo, lo que irradiaba triunfalmente en mis pupilas era el puro e ideal deleite de la victoria. Era el amor propio, interesado en chafar a los majaderos mirones que me acribillaban a chirigotas. Por ellos, por ellos me alegraba. ¡Condenados! Yo creo que aquellos malditos, sospechando la condición suspicaz de mi Ilduara, tenían gusto en propalar ciertos absurdos a fin de producirme desazones. -¡Tienda usted las cartas, hombre! -me decía el coronel de ingenieros Díaz del Alimón-. ¡Si es rodado! ¡Qué carabina! -No -respondía yo alardeando de modestia para disimular el gozo-. Jugarlo, señores, jugarlo, que no sabemos todavía... Si la contra está en una sola mano... Salgo de espada... no me la fallen ustedes... (la gracia de esta agudeza, que suele repetirse por término medio quince veces cada noche, sólo pueden percibirla los que conocen la marcha del tresillo). Convencidos de la infalibilidad del coronel de ingenieros, autoridad en la materia (aunque por economía no jugase jamás) y espejo de la ciencia matemática, los compañeros se rindieron, y volqué en mi exangüe cesto el platillo repleto de fichas. Dieron nuevamente, y... ¡ah, qué brinco pegó mi corazón de tresillista! Otro solo, morrocotudo, un solo que pararía en bola quizá. -¿Don Benicio? -articuló a mis espaldas una voz sumisa y oficiosa. -¿Eh? ¿Es por mí? ¿Qué se ofrece? -respondí sin volver la cabeza, por no distraerme en momentos tan dulces. ¡Implacables mirones! Ellos fueron los que gritaron, llenos de feroz contento: -Es el mozo, que quiere hablar con usted... ¡Cómo se ceba en las ganancias este hombre! Me volví. -¿Qué hay, Antón? -Una joven, que pregunta por usted. ¡Cristo, qué alboroto! Tuve que alzar la voz y exclamar. -¡Tengan ustedes miramientoooo...! ¿A ver? ¿Por mí? ¿Una joven? -Sí, señor... Una chica así... bastante simpática, no despreciando. Dice que es la de usted... -¿La mía? Cuidado con lo que se habla... ¿La mía? ¿Qué es eso de la míiiiiaaa? Expectación. -Ella dijo así... Y que se llama Eduarda. -¡Acabáramos! La criada, señores... Ya me parecía... Pregúntele, Antón, a ver, qué ocurre... ¡Eh, sigamos el juego!... Tres bazas... y arrastro... No podía dudarse, era una bola. Sí, una bola, de esas que bien llevadas no las corta ni el verbo. Estaba en lo más comprometido de la jugada, cuando he aquí que vuelve el mozo, arrastrando los pies. -Señor, que vaya usted a casa... La señora, su mujer, está con dolores. ¡Con dolores!... ¡Ah, conocidísima frase! Sí; eran los dolores clásicos, los dolores por antonomasia, los únicos que no necesitan más calificativo: los dolores... Recordé. A la hora de comer y por la tarde, Ilduara ya se había quejado, no muy fuerte, pero varias veces. Mas a los veteranos en estas lides no incruentas, nos sucede lo mismo que a los de otras cruentísimas: nos dormimos sobre el cañón cargado, fumamos sobre el barril de pólvora, y disfrutamos del más regalado descuido momentos antes de la batalla. Mi mujer con los dolores... ¡Pobrecita! Bueno... El mozo insistió. -Con dolores... vamos, de parir. Toda la Sociedad soltó la carcajada. Creo que se rieron hasta las alfombras y las fichas del tresillo. -Esas tenemos, ¿eh? ¿Aumento de familia? Don Benicio... ¡Pillín! Pero ¿cuándo se jubila usted con el haber que por clasificación le corresponde? ¿Chiquillos a estas alturas? -Digo que es una inmoralidad... Debía prohibirse... Raya en desvergüenza. -Hombre, que le pensione a usted el Estado... ¿De qué taberna gasta usted el vino? Queremos las señas... (Esto fue Primo Cova). -Miramiento, señores... Permítanme dar un recado al mozo... -exclamé con desconsuelo, porque faltaban dos bazas no más para ganar aquella bola suspiradísima-. Oiga... dígale que voy ahora mismo... Que vaya avisando al señor de Moragas, ¿eh? Al médico, para que se haga cargo. -¡Hombre, qué lástima! -exclamó uno de los tresillistas, el secretario del Gobierno civil-. Ahí estaba Moragas no hace un cuarto de hora en el salón de lectura. -Sí, pero son las diez y media largas -detallé-; ya se recogió a casa, de seguro- objetó el Comandante del puerto. Todos aprobaron. En Marineda, y particularmente en aquel foco de hablillas que se llama la Sociedad de Amigos, sábese puntualmente a qué hora está cada quisque en su domicilio o en el ajeno, sin que en el cálculo de probabilidades quepa más error que el de minutos arriba o abajo. A no mediar caso análogo al mío, Moragas se encontraría en su alcoba, leyendo, para conciliar el sueño, alguna revista francesa: hasta de esta clase de pormenores estábamos al corriente. Seguro, pues, de que la fámula acertaría con el comadrón y este correría a mi casa, me creí con derecho a terminar la jugada, que, según mis presentimientos, resultó bola. Alguien me preguntó si liquidaba: ¡liquidar! el favor de la suerte me embriagaba de tal modo, que manifesté deseos de dar un par de vueltecillas más, hasta sacar todas las puestas. A la verdad, también me satisfacía tener un pretexto para dilatar el regreso adonde me esperaba una escena siempre desagradable; desacostumbrado ya de ella por el largo interregno, me infundía ahora ese sentimiento que yo llamaría pavor doméstico, miedo que cobramos a ciertos deberes y actos de la vida familiar, y que tal vez no es sino una forma del hastío. Y al mismo tiempo que me dejaba dominar por la cobardía, sin ver que las más elementales nociones del deber conyugal me llamaban al lado de Ilda, deseaba aturdirme, matar la fiebre de mi emoción con el choque de las fichas y el zumbido de la charla. -Cerca de treinta años hace que me casé, señores, y he visto nacer diez y seis hijos, sin contar el que está llamando a la puerta. Felicitaciones, vítores. -Pero no me viven todos. Sólo conservo diez. Los otros... -esto debí de decirlo con los ojos algo húmedos y la voz ronca- andarán allá pidiendo por mí... Crean ustedes que, desde el tercero, preferiría uno que no viniesen; pero si uno los ve aquí, no desea que se vayan. Sobre todo, el de la desgracia, el mayorcito, Moncho... señores, me dejó unos recuerdos... es decir, empezaba a deletrear... ¡Juego! Una entradita... Gané una jugada magnífica, y la satisfacción me puso más excitado. Proseguí: -A mí nadie me quita de la cabeza que aquella criatura, si no llega a desgraciarse, honra a la familia... ¡Era mucho despejo el suyo! A esto contestó Mauro Pareja, por sobrenombre el Abad, que acababa de entrar y miraba por cima de mi hombro el juego. -Señor de Neira, más valió que se le muriese a usted ese niño de tantísimo talento, que sus preciosas hijas. Al menos, nosotros los solteros opinamos así. Se alzó un clamor aprobando el parecer del Abad y a renglón seguido acercose a la mesa mi vecino el comandante de Otumba, a quien la noticia de mi nueva paternidad traía desde el cuarto de lectura a darme la enhorabuena. Y para repetir los términos en que me la dio el bueno de don Tomás Llanes, yo me vería en mediano apuro, si no recordase cómo su propia esposa explicaba aquel modo pintoresco de hablar, diciendo que su marido, al despertarse, lo primero que soltaba era una colección de peinetas y otra de moños. Don Tomás, que tenía las proporciones y el aspecto de un oso velludo, de aquellos que se merendaron al rey astur, acercose a mí y dándome, con su finura acostumbrada, una palmadaza en el hombro, exclamó: -Moño, y qué suerte de hombre... Peineta, otro chiquitín... y con veinticuatro lo menos que ha tenido ya... ¡Moño, y para los demás ninguno! ¡Yo que llevo diez años de casado, y ni noticia! -¿Y eso, qué? -respondí demostrando fe inquebrantable en la fecundidad humana-. Ya cuajará... Mire usted, por mi casa hubo años estériles... y también tuvimos fracasos... -¿Eso más? -preguntó Primo Cova-. Pero hombre, usted cultiva todas las formas de la paternidad, incluso la frustrada... la tentativa de paternidad. Acababa de sacar otra puesta, y de buen humor con este triunfo, respondí: -Tan cierto eso, que hasta tuvimos un embarazo falso... Se armó una greguería, y hube de dar explicaciones a los solteros, que se fingían asustados. -Era lo que llaman una mole, señores... una mole... un pedazo de carne, sin hechura, sin ojos, sin cabeza... No sé en qué pararían las risotadas que arrancó este boceto, a no haber distraído la atención un incidente, una disputa entre tresillistas y mirones. -¿Pero cómo juega usted, Domingo, hombre? ¿No está usted viendo que ahí el arrastrar de bajo es una barbaridad? -Manía de meterse en negocios ajenos. Si sabré lo que me hago, sin necesidad de que me aconsejen. -Así dicen todos los chambones. Si sólo se perjudicase usted, corriente. Pero hace usted daño a los compañeros. Es una calamidad el que usted tenga que ir a la contra. -Esas apreciaciones... -Nada, yo soy así; antes que todo la franqueza. -Cualquiera es franco metiéndose en camisa de once varas... -Hay que pensar lo que se dice... -¡Moño! ¡Peineta! Señores... -¡Señores... miramiento, miramiento! -intervine yo, pues no gusta ver a dos personas regulares, o por lo menos obligadas a serlo, poniéndose como un trapo por si debieron soltar la sota y largaron el siete, verbigracia. La discusión empeñaba a aplacarse, cuando he aquí que el mozo, arrastrando los pies y con aquella cara de memo malicioso que hacía la felicidad de Primo Cova, entró y se acercó a mí, murmurando misteriosamente: -Señor... Señor Neira... Está ahí su chica... Me volví sobresaltado, restituido a la conciencia de mi deber. -¿Qué... qué pasa? Voy, voy... -Dice... -secreteó el mozo- que la señora, su mujer... ya... ya salió de apuros, vamos... Respiré anchamente. ¡Tan pronto! Mejor, mejor; ya estamos fuera del paso: ¡gracias, San Ramón de mi vida! Entre el coro de plácemes, alcé la voz para preguntar: -¿Te dijo si era niño o niña? El mozo me miró con ojos que parecían los de un pez, y articuló soñolientamente: -Dice que tiene una niña... Los solteros vinieron a darme la mano, a sacudírmela con gran énfasis, y a repetir: -Dentro de veinte años... cuente usted conmigo, don Benicio, cuente usted conmigo. -Aunque sea dentro de quince -murmuró reposadamente el Abad. -Aunque sea dentro de trece -balbució el sonámbulo Díaz del Alimón, aficionado al pan tierno. Cuando me dejaron respirar, exclamé dirigiéndome al mozo que seguía allí hecho un poste: -¿Estás seguro de que dijo niña? Y entonces... ¡oh cielo pródigo, cielo que no mides, ni tasas, ni regateas los bienes de este mundo; cielo que siembras tus dádivas como quien siembra alcacer!... el mozo, columpiándose y sin alzar la voz, respondió: -Dijo una niña, sí señor... y que vaya allá en seguida, que va a nacer otra. ¡Naturaleza, naturaleza! Me quedé lo mismo que el náufrago cuando una ola le zapatea contra el casco del buque. ¡Un parto doble! Me iluminó como luz fatídica el recuerdo de aquellos extraños fenómenos que contaba Ilda, de aquellos padecimientos raros, de aquella anormal gravidez. ¡Un parto doble! ¡Géminis! Al verme en la calle, corrí como un loco. Y entre el desorden de mis pensamientos y la muchedumbre de mis cuidados, predominaban los siguientes: -Hay que comprar otra cuna... hay que buscar dos amas... ¿Y dónde duermen, santo Dios? ¿Dónde? Lo dicho: como no se invente colgar las camas por la pared... 4 Cuando empecé a ascender fatigosamente las escaleras de mi casa, subía delante de mí la mujer del oso, la comandante de Otumba, doña Milagros. Ya sabemos que marido y mujer eran nuestros vecinos, sólo que vivían menos alto que nosotros, y no disfrutaban de tan hermosa vista al mar. Por cierto que de esta vista nació la intimidad de doña Milagros en mi casa, pues iba a extasiarse, las tardes que hacía bueno, con aquella gloria de Dios. -Como en mi pueblo -decía. Y en seguida añadía indefectiblemente-: Porque ya sabrán ustés que yo soy gaditana. No creo atentar a la fidelidad que debí a mi Ilduara querida, si reconozco que la señora de Llanes me pareció entonces, más que de costumbre, y acaso por contraste con la gente que dejaba en la Sociedad de Amigos, un objeto muy grato de contemplar. No diré que la comandanta fuese una belleza acabada y sorprendente, pero poseía en grado altísimo ese don de su raza que se conoce por sandunga. Hasta sus defectillos eran de los que prenden y enganchan la voluntad mejor que las perfecciones clásicas. La sombra oscura sobre el labio superior, carnosito y de un rosa algo pálido; el lunar castaño con cerdas rizadas en el carrillo izquierdo; la abultada cadera, las ojeras cárdenas y la voz gruesa y un tanto bronca, no acierto a decir si la desmejoraban, o si, por el contrario, la hacían seductora en grado sumo. Estos puntos yo los había oído debatir en la Sociedad de Amigos con gran calor, cuando el maridazo volvía la espalda, pues doña Milagros era mujer muy discutida, y no caía sobre ella ese olvido indiferente en que envuelven los varones a las hembras que no excitan su malsana curiosidad. Mientras la señora subía la escalera, añadiré que siempre que en la Sociedad se trataba de doña Milagros, o se me daban con ella bromas inconvenientes, yo sufría. En torno de la comandante existía una atmósfera que me causaba enojo, persuadido como estaba de que todo eran injusticias y hablillas, sin más base que los pruritos de la maledicencia. Cada vez que veía a aquella excelente señora y adivinaba la franqueza de su carácter y la bondad de su corazón, experimentaba un sentimiento de lástima. ¿Lo habría adivinado la pobre? Porque me demostraba a su vez una simpatía, una inclinación honesta, una particular deferencia halagadora, que no sabía yo a qué atribuir. Y es el caso que mi Ilduara, sea que esas voces maldicientes hubiesen llegado hasta ella, sea que las bondades de doña Milagros para mí la alarmasen, profesaba a la graciosa comandanta ojeriza tanto más tenaz, cuanto que la disimulaba bajo apariencias engañosamente cordiales, y sólo la desahogaba con pasajeras indicaciones, rápidas y agudas como saetas. De cuanto se murmuraba acerca de la comandante, lo que más recogía mi esposa eran los rumores sobre origen plebeyo. Lamento tener que descubrir estas flaquezas de mi Ilda: cuando llegamos a Marineda, supuso que todo el aristocrático barrio de Arriba iba a dejarse caer en peso en nuestra mansión, para atendernos y festejarnos: mas nada de esto ocurrió, y los moradores de los cuatro o seis edificios blasonados que en Marineda se conservan aún, no hicieron el menor caso de nosotros, pobres hidalgüelos de gotera, quedándose reducidas nuestras relaciones a las que ofrecía la vecindad, y a dos o tres familias procedentes de Lugo, que se enteraron de que existíamos. Esta herida de amor propio se le enconó a Ilda, y en vez de buscar a toda costa relaciones, volviose más relamida, tiesa y difícil, dándose a inquirir los antecedentes de las personas que nos trataban. Doña Milagros tenía su expediente en regla. -Pero esposa -decía yo en tono conciliador-, ¿qué sabes tú de malo respecto a doña Milagros? A mí me parece una señora como todas las demás; es mujer de un comandante; su categoría social la permite rozarse con lo mejorcito. Mi mujer fruncía el entrecejo, apretaba los labios y rezongaba no sé qué de un puesto de verdura en el mercado de Chipiona, donde la madre o la tía carnal de doña Milagros... no consta cuál de las dos... -¡Mujer, cada uno es hijo de sus obras... el trabajar no deshonra, y el vender berzas no es oficio infamante! -Pues traeremos a casa a las verduleras para que traten con tus niñas, si te parece -respondía echando lumbres mi mitad. -Ilda querida... No es eso. Si doña Milagros vendiese berzas hoy, corriente... Pero en el día es la mujer de su marido, y, por lo mismo, una señora. Hasta para ese argumento, al parecer concluyente, tenía respuesta Ilda. -Señora, señora... A saber, a saber... Estas gentes que vienen así, de donde Cristo dio las tres voces... A luengas tierras, luengas mentiras... Han estado en Ultramar, allá en Cuba... (A mi mujer la escamaban muchísimo los que habían estado en Ultramar, y los juzgaba ipso facto trapisondistas). A ver, hijo del alma (cuando mi mujer me daba este dulce nombre, era para hacerme sentir mejor el peso de su cólera), a ver, tú que tanto cargas en lo del señorío, ¿estás bien seguro de que son marido y mujer verdaderos? Y, en efecto, no podía yo tener lo que se llama certeza absoluta, no habiendo asistido a las bodas ni visto los registros parroquiales. Juraría, así y todo, que no existía allí ni sombra de contrabando. Mi mujer comprendía, a pesar de mi silencio, que no se me comunicaba su escepticismo, y añadía enrabiada. -Y además, hombre, ¡qué gente tan ordinaria! ¡Cómo se les ve que son señores hechos a puñetazos! Él habla igual que un carretero y tiene pelos hasta en el paladar; ella parece una cualquier cosa, con aquel meneo tan descarado que lleva por la calle. Así es que todo el mundo se la atreve, porque la confunden con una tía pindonga. He de salir yo cien veces a misa, y nadie me seguirá, de fijo; y a ella el otro día la iba siguiendo Baltasar Sobrado. ¡No me lo niegues, que yo lo vi! Lejos de mí el pensamiento de negar semejante noticia; para aquietar a Ilduara, exhalaba una especie de gruñido de conformidad. -No, no tengas miedo de que persigan así a una mujer de bien... Lo que es a mí... ¡A mí no se me atreven! ¿Y quién había de atrevérsete ¡oh Ilduara mía! con aquel gesto tuyo y aquel entrecejo y aquella austeridad de líneas que alejaba todo pensamiento profano? En eso sí que estuvimos acordes, mujer incomparable. -En fin, son gentecilla; él huele a cuchara, y lo que es ella, no quiero pensar a qué huele... Temeroso de que mi esposa cometiese con el matrimonio Llanes algún exabrupto no me metía en defensas, mantuve mi acostumbrado sistema de decir amén a todo. Allá en mi interior, esta inicua confabulación dentro y fuera de mi casa contra una persona a quien no veía hacer nada malo, me infundía mayor interés hacia ella. Muy bajito, protestaba contra las necedades y preocupaciones del mundo, que no se contenta con que una mujer sea noble y servicial, sino que además la exige que al andar no columpie las caderas, y que sus tías no vendan zanahorias. Porque aquella doña Milagros tan duramente juzgada; aquella bendita señora, objeto de comentarios tan poco caritativos, era una criatura de bondad, que se desvivía por encontrar manera de servir de algo a sus semejantes, y en particular a los vecinos. Pronta y fogosa para todo, nadie tan capaz de sacrificarse con verdadera abnegación por lo que no le iba ni le venía. Se lo hice observar tímidamente a Ilduara. -Mujer, la debemos un ciento de favores. -Nadie se los ha pedido -contestaba Ilda con acento que parecía el ruido de un ascua encendida al caer en el agua. Al encontrármela yo en la escalera, doña Milagros subía con brioso taconeo, haciendo vibrar los peldaños, de prisa, como persona a quien no pesan aún la edad ni las carnes, a pesar de hallarse estas en condiciones de lozanía muy apetecibles y simpáticas, y alcanzar todo el turgente desarrollo que requiere la hermosura femenil. Siguiendo con la vista la alternativa de la claridad de la suela y la negrura del zapatito que calzaba el pie meridional de la señora, me distraje de aquella pavorosa perspectiva de las amas por partida doble, pensando que era lástima que mi Ilduara no reuniese, a su aire digno, algo de la morbidez de la señora de Llanes. Mientras se ocurrían estos pensamientos, los tacones diminutos confirmaban produciendo agradable repique sobre la escalera. Cerca ya de la puerta de mi piso, doña Milagros notó que alguien subía detrás, se volvió rápidamente, y me saludó con efusión que rayaba en exaltada ternura. -¡Ay don Benisio del arma!... Mare mía de la Consolación... ¡Ay!, ¿pero usted sabe lo suseío? Si es un milagro e los grandes... ¡Grasia a Dió que ha venío usté! ¡Jesú, hombre! Si ya creí que se nos quedaba poallá, sin vení a ve la sal del mundo, la cosa más chistosa... ¡Ay qué envidia le tengo a su mujé, santo varón! Monáa como las tales gemeliyas... ¡Por unas así daba yo sangre e la vena!... ¡No etiman la suerte argunas!... ¡Es usté un cabayero, don Benisio! Al oír estos dichos, propios de tan apasionada señora, reparé que llevaba las manos ocupadas con un sinnúmero de objetos; tiras de lienzo, tabletas de chocolate, una cazuelita chica, una maquinilla de esas de hervir agua con alcohol, un cucurucho, no sé qué más cachivaches... -Pues apenas va usted cargada. -Quia, hombre... Menuensias que hasen farta en casos como estos... Yo nunca me vi en ellos, por mi suerte desdichá; pero con la afisión a los chicos, tengo ya más práctica... En cuanto supe que yegaba el lanse, arriba me planté, a ofreserme pa to lo que haga farta, con confiansa, como si fuese de la familia, lo mismito. Más veses yevo subío y bajao... El sobrealiento de la señora probaba su afirmación, y al verla así, tan cordial, tan cariñosa conmigo, no fui dueño de contener la gratitud que se me subía a la garganta, y murmuré alargando las manos. -Doña Milagros... es usted muy buena. Ella, no menos conmovida, quiso y no pudo echarme un brazo al cuello, murmurando. -Cáyese usté. ¡Vaya unas bondaes, cristiano! Ea, cargue usted con este artilugio. (Y entregó la maquinilla). Andando, andando, que no estamos pa paliques. No fue preciso tocar a la campanilla. Como si detrás de mi puerta nos acechase un ser invisible, entreabriose calladamente y apareció la nariz de mi hija mayor, Tula, cuyos ojos, que no por denigrarlos sino por definir su especial mirada, he comparado a los de una lechuza, se clavaron en la comandanta y en mí. Y por entre el hueco de la puerta y de la persona de Tula se deslizó Feíta, deteniendo a doña Milagros, que iba a entrar como una manga de agua o un ciclón, y diciendo: «¡Chist! Cuidado con meter bulla, por causa de mamá». -Aquí tenéis espliego -dijo la señora entregando a Tula el cucurucho-. Sahúma, hija, sahúma, que es lo ma sano pa las parías... Toma la estufilla: verá tú como en un verbo hasemo agua santa, agua paná, agua de tilo... Cortó la inspiración hidráulica de la buena señora la aparición de otros dos vástagos míos, Clara y Constanza, con lo cual la antesala quedó de suerte que no nos podíamos revolver. Y detrás apareció Rosa, emperejilada según costumbre, con su cara deslumbradora, y una dalia prendida detrás de la oreja. ¡Para dalias estábamos! -¡Dos niñas, papá! ¡Dos niñas! -exclamó con diferentes entonaciones el coro femenil. -¡Dos niñas! -repetí, sin que otra cosa se me ocurriese-. ¿Y mamá, qué tal? Feíta se adelantó, me cogió de la manga, y en voz apagada y discreta, voz de enfermera, murmuró: -Dice el señor de Moragas que bien... Ahora dormita... Venga, papá; venga a ver la cucada, la gracia del mundo, las gatiñas recién nacidas... Las estábamos lavando... ¡Si viese qué idénticas!... Como dos gotas. Más lindas... El señor de Moragas está ahí; pero se va a largar, que tiene que hacer... Entré de puntillas, no en la alcoba conyugal, por respetar el sueño de mi esposa, sino en el gabinete que confinaba con ella. Moragas salió a recibirme, felicitándome en un tono en que discerní compasión y algo de chunga. ¡Malditas casas pequeñas, sin comodidad ni desahogo! Allí mismo, en el gabinete, entre el armario de luna y el sofá, se había tenido que extender una sábana, y sobre ella, en un lebrillo lleno de agua tibia, mi hija Argos y la criada lavaban a las gemelas, palpando torpemente los cuerpos blandujos. No se entendían para fajarlas; y sin consultar mi voluntad, me pusieron una en cada brazo, envueltas en la toalla húmeda. -¿Eh? ¡Qué bonitas! ¡Qué iguales! La que nació primero es esta; tiene atado a la muñeca un estambre verde para diferenciarla. Yo las miraba, girando la cabeza del lado derecho al izquierdo. Parecíanme diminutas, color de berenjena y algo hinchadas: esto es común en los recienes, e indica que de grandes serán excesivamente blancos. Al fin, inclinándome, les di a mis niñas un beso. Entró en esto doña Milagros, y me las arrebató, y empezó a chillarlas. -Monáas, tesoros, cominiyos, peasos de masapán... ¡Ay qué judiá, tenerlas así en cuero, arresiditas de frío! ¡A ver, a ver, un capiyito, que la quiero vetir a esta emperatrís de la China! La andaluza tomó el capillito templado, la faja, el pañolico triangular, la gorra, y empezó a vestir a una de las gemelas con extraña habilidad. Cualquiera pensaría que la comandante había parido y criado media docena de chicos lo menos. Manejaba aquella masa gelatinosa con incomparable soltura, y enrollaba la faja alrededor del cuerpo lo mismo que si no hubiese hecho en su vida otra cosa. En cambio, Argos y Clara se veían y se deseaban para arreglar la suya. Feíta se entrometía, pretendiendo arrancársela de las manos. -¡Yo!... ¡Yo la amañaré! -Quita, mocosa, chiquilicuatra -contestaban desdeñosamente-. Si te remangamos las faldas, verás qué azotes. -Papá... que me dejen... -articuló Feíta dirigiéndose a mí, con la garganta atascada de sollozos-. Que me dejen. ¡Ya verán si sé! Moragas, siempre en pleito con Feíta, y al mismo tiempo encariñado con ella y protegiéndola, indicó: -Déjenla ustedes a ver cómo se las compone esta mona sabia... Puede que haga prodigios. -Bueno, que la vista... -ordené yo. ¡Quién vio a Feíta! Iluminose repentinamente su rostro con una expresión que, a no ser ella tan diablillo, podría llamarse angelical; y tornando a la niña, sentose en la butaca y la acomodó en el regazo. Yo la miraba atónito, mientras Moragas me daba disimulados codazos, como diciendo: «¿Ve usted?». En efecto, aquella empecatada chicuela, que no podía coger nada sin romperlo, que tenía los movimientos y las actitudes de un muchacho revoltoso, se transformaba de repente en la mujer más cuidadosa y solícita. Apretando y haciendo embudo con los labios, fijos los ojos en la criatura, con manos que la tocaban como se toca a una santa reliquia, trémula de gozo y de orgullo al mismo tiempo, Feíta la vistió en tres minutos perfectamente. Y cuando estuvo liado el paquetito, lo levantó en alto, lo arrimó a la cara, y chilló con delirio. -¡Uuuuú... Moniña, moniña! Y luego, volviéndose hacia las hermanas mayores, que parecían burlarse de su triunfo, les sacó una cuarta de lengua, y les gritó: -¡Aaaá... Pasmosas, chapuceras, envidiosas! Ellas contestaron sotto voce: -¡Pericón! La cosa no tuvo más consecuencias. Doña Milagros estaba en su elemento, daba órdenes, hacía preguntas: parecía un general en jefe, y por ese instinto que hace que obedezcamos a las personas de iniciativa, mis hijas ejecutaban sus mandatos al punto, excepto Tula, que hasta se me figura que la respondió dos o tres veces con aspereza. Sobre el velador, retirado el tapete de croché, hervía con simpáticos gorgoritos no sé qué infusión en el cazo de la estufilla: era un brebaje para paladear a las pequeñas: la comandanta, soplando en la cucharilla antes, se la metía entre los labios, y las oruguitas hacían gestos muy cómicos, entre estornudo y mueca, al percibir aquella primera sensación de los órganos del gusto. Luego doña Milagros comenzó a lamentarse de que no hubiesen traído un indispensable jarabe, a lo cual mi hija Tula contestó agriamente que no se podía pensar en todo y que bastante se había hecho. La comandanta entonces salió disparada, regresando a los dos minutos con la noticia de que ya iba por el jarabe su asistente; y como Moragas y yo conferenciásemos en el hueco de una ventana, se vino a nosotros hecha un basilisco, y cual si se tratase de su propia alimentación, me interpeló acerca de la de mis hijas. «¿Cómo estábamos de amas?». Sí, empleó el plural. -A ver, usté, señó Neira, ¿qué jase usté ahí tan parao? ¿Cuándo dispone que tengan teta etas dos asuseniya? -Si no se la damos usté o yo, señora... -contesté riendo, porque no había medio de formalizarse con una mujer tan excelente, aunque tan entrometida. -¿Yo?... Peasitos de mi corasón, con vía y arma se la daría. ¡Qué felisiá, criar un nene! ¡Pa qué quería yo más! Pero esto no pue seguí así. Hijas, yorá pa que os busquen teta, que os tienen desfayesías. Lo mismo que si obedeciesen a un conjuro, las gatitas dejaron oír quejumbrosos mayidos, que resonaron en mis blandísimas entrañas de padre. Entre el médico, la señora y yo comenzamos a debatir aquella pavorosa cuestión de subsistencias, que más bien era de capacidad. El bolsillo, trémulo de pavor, se arriesgaría a afrontar la doble lactancia; pero era humanamente imposible buscar acomodo al ama sufragánea. Para alojar a la que ya estaba contratada en la Erbeda y sólo aguardaba aviso, había sido indispensable repartir a los niños en los cuartos de sus hermanos, y convertir en dormitorio un chiribitil antes destinado a cuarto de plancha y leonera. ¿Qué hacer? ¿Qué hacer, Dios santo? -Mire usté -exclamó con fuego doña Milagros-. Por eso no se apure usté ná. Abajo sobra sitio. Tan holgaos estamos, que para ca pierna y ca brazo hay su habitasión. Se bajan el ama y el angeliyo, y abajo duermen y abajo están tó el santo día. Tomás, loco con la gurruminita; yo, con más babas que un caracol; y se ha sarvao la patria. Todo lo facilitaba, y por poco me convence, aunque yo opinaba que aguardásemos a que despertara mi esposa, cuyo sueño encargaba Moragas que no se perturbase, por la necesidad que tenía de reponer sus fuerzas. Pero cambió nuestros planes el ver entrar a mi hija Feíta empuñando una botella llena de un líquido blanco. Nunca mostró la cara tan animada y satisfecha como entonces. -Papá... mira lo que he discurrido. Con esta botella hago un biberón, y le doy de mamar a las niñas. No se necesita ama ninguna. Son unas galopinas, unas cargantes. Yo, yo sola crío a las pequeñas. Y divinamente. Verás. Nos burlamos de la chiquilla; pero Moragas, risueño y todo, la cogió por la barba, la pasó la mano por el cabello, y dijo: -Sí, Lucifer, trasto, tú salvarás a tus hermanas... No vendrá más que un ama, y la otra será la señorita Fea... Ya verás cómo te doy un curso de cría con biberón... En tres lecciones te gradúas de doctora. Así quedó resuelto el espantable conflicto. Al otro día muy temprano llegó de la Erbeda el ama, y por la tarde se bautizaron las gatitas. Se les puso por nombre, a una María Remedios y a otra María Teresa, por haber nacido el día 14 de octubre, fiesta de Nuestra Señora de los Remedios, y bautizádose el 15 del mismo mes, fiesta de la santa doctora de Ávila. Mis hijas y doña Milagros hicieron prodigios para adornar a las gemelas. Encaje de aquí, cinta de acá y bordado de acullá, me las pusieron tan majas. Al volver de la iglesia, el ama alzó los pañolitos de nipis que tapaban la cara a mis dos retoños, y me dijo las palabras sacramentales: «Llevé unas moras y traigo unas cristianas». Miré a las inocentes criaturas, que dormían. Disipada la hinchazón de sus caritas, con la aureola de encajes de las gorras, no se puede negar que estaban hechiceras. Las tomé en peso, una en cada brazo, y la idea de ser autor de aquellos ángeles me hizo pensar entre orgulloso y triste: -¡Quién duda que son unas monadas!... Si no fuese que ya tiene uno en casa otras diez... Si el zapatero y el panadero no enviasen cuentas... Si estuviésemos en el Paraíso terrenal... 5 La venida al mundo de las dos encantadoras criaturitas pesó sobre mi espíritu como losa de plomo: acaso por primera vez comprendí la gravedad de la obligación en que me había puesto al decidirme a ser padre de doce hijos. En mis meditaciones solitarias y penosas; en mis horas de considerar el negro porvenir, me acusaba a mí mismo, por no acusar a las instituciones sociales. Era clarísimo que no debí haber engendrado aquellos dos vástagos más, y su existencia probaba de un modo evidente y casi afrentoso para mí que yo no tenía un adarme de juicio, de buen gusto, ni de sentido común. Cuando dos seres humanos, en todo el hervor y fuego de la edad juvenil, siendo su cómplice la naturaleza, que les brinda una primavera llena de flores y fragancias, que les canta en las espesuras el epitalamio con coros de avecillas, y les alumbra las bodas con la lámpara de plata de la luna, se dejan arrastrar a cualquier flaqueza, el desliz les condena a reprobación, y le ocultan como si fuese el mayor atentado. Y en cambio, si dos personas como Ilduara y yo, que nos acercamos a la vejez, sin aliciente alguno, en prosa vulgar, damos al mundo seres que ni tenemos medios de sostener, ni tiempo de ver criados, a nadie se le pasa por las mientes discutir si sería lícita acción semejante, y se festeja el nacimiento como si fuese algún motivo de regocijo y zambra. Lo único que tranquilizaba un poco mi conciencia (tranquilidad puramente negativa), era pensar que el mayor tanto de culpa quizá no me correspondía a mí, sino a mi pobre esposa, y que algo pudieron dañarnos sus desatentados celos y sus absurdas suspicacias... Líbreme Dios de profundizar tan delicado asunto, y Él me preserve también de censurarla por lo que mostraba a las claras su conyugal amor, en el cual creo a pesar de todo... Probablemente la firmeza y la prudencia faltaron en mí; tal vez no supe, con finas y tiernas demostraciones, de un orden ideal y delicado, persuadirla de lo invariable de mi lealtad... En fin, lo cierto es que ahí estaban las mellizas, dos seres desvalidos y adorables, que sólo de mí esperaban protección, sustento, y lo que debe la vida a cada individuo... ¿Y cómo iba yo a cumplir, ¡Señor Dios!, obligación tan perentoria y sagrada? ¿Cómo sostener dos boquitas más, donde ya sólo a fuerza de orden podíamos soportar las exigencias de una posición falsa y de una vida, aunque modesta, mucho más lujosa de lo que permitían nuestros medios? Empecé a ver que lo que complicaba la situación de mi familia, era la fatalidad de que la naturaleza se empeñase en regalarme hembras y no varones. Son las hembras, desde tiempo inmemorial, la plaga, la aflicción y el castigo de la fecundidad humana. He oído que en algunos países se acostumbra darlas muerte al nacer; y aunque se me haga duro creer tan horrible crueldad, lo cierto es que aquí, si no las matamos, renegamos de ellas. Once veía yo a mi alrededor, como los retoños de la oliva: cinco casaderas, una que lo sería bien pronto, y las demás, pobres criaturitas indefensas, desarmadas para todas las luchas, sin más apoyo que la protección de un hombre ya entrado en años, con un pie en el sepulcro. Si aparecían maridos, soberbio; pero si no aparecían, ¿qué iba a ser de mi prole? ¿Qué comerían hoy o mañana? ¡Como no echasen en el puchero el consabido aguilucho!... Si Froilancito despuntaba, las ampararía... ¡Era preciso que Froilancito nos saliese una eminencia! Me distrajeron de estas cavilaciones otras más urgentes. Es el caso que mi Ilduara quedó exhausta desde la última y onerosa contribución pagada a la naturaleza. Contemplándola después de su doble parto, me asustó: parecía un cirio. La maternidad, que embellece y refresca a las mujeres relativamente jóvenes, había acabado de aniquilar el ya gastado organismo de mi pobre compañera, y comprendí que para reponerse necesitaría muchos meses de absoluto reposo, y, añadió Moragas, «el aire del campo». Desgraciadamente estábamos en octubre, y cuando Ilduara pudiese ponerse en camino, sería bien entrado noviembre. No cabía ni soñar en irse a una aldea, sin recursos, con frío, con lluvias incesantes. A falta de campo, se ordenó una alimentación nutritiva, y yo no sé lo que gasté en gallinas durante los días de la convalecencia. Si iba en persona al mercado (¿quién se fía de criadas?), encomendaba a doña Milagros este pormenor, que no me atrevía a encargar a la inexperiencia de mis hijas; y en el pasillo nos encontramos más de una vez la comandanta y yo, muy ocupados en sopesar y en soplar el obispillo a una gorda gallina, discutiendo si valía o no los doce reales que costaba. Es de advertir que en cuanto mi esposa recobró ánimos, impacientose con la inmixtión de la comandanta en nuestros asuntos domésticos. Ilda siempre había sido guardadora de su autoridad, lo cual, añadido a la prevención que contra doña Milagros alimentaba, dio por resultado una tirantez de espíritu y una sobreexcitación que se declaraban sólo con sentir los pasos de la infeliz señora en el recibimiento. Acaso la debilidad había desatado los nervios de Ilda, porque nunca la vi en estado semejante. Por desgracia, la andaluza subía más que nunca: nos la encontrábamos hasta en la sopa. Había cobrado a mis gemelas tal cariño, que rayaba en frenesí, y no sabía pasarse dos horas sin echarles la vista encima. Lo que sobre todo embelesaba a doña Milagros, era la dificultad de distinguir a las gemelas, por lo muchísimo que se parecían. ¿Hay encanto como no saber cuál es Zita ni cuál es Media? (Mi hija pequeña, Pura, las confirmó así con una media lengua y su ceceo incorregible). Para señal, doña Milagros había traído una medallita de plata del Carmen, y una del Corazón de Jesús; y todo el día andábamos con el ajetreo de abrirles el capillo a las mellizas y exclamar: «¡Ay, ama, que esta niña no ha mamao... A ver... la medaya... Pues no, esta es Zita... esta si se echó una buena tragantá al cuerpo... es la otra la que está muerta de hambre!... ¡Gloria er mundo, biscochiyo, reina regente! ¡Te comería... huuum, te comería! ¡Pues si se ríe ya... ama, se ríe... ya se ríe!». Otras veces ayudaba a Feíta en sus tareas de nutriz, en las cuales se lucía el diablillo. Moragas le había explicado la higiene de la botellita vital, destinada a reemplazar el calor y la afluencia del seno humano, y la chiquilla se penetró tan perfectamente de aquello de la limpieza, y la temperatura, y las cantidades de agua y leche, que las niñas tomaban con igual gusto el pezoncillo de goma que el pecho del ama. Era esta una moza soltera, costurera de oficio, que ya por segunda vez ejercía el de alquilar su cuerpo, convirtiendo en granjería la quiebra de su virtud. Doña Milagros no estaba a bien con la muchacha, ni le parecía ama suficiente para una sola de las niñas, cuanto más para las dos, por mucho que las ayudase la botellita dichosa: y el ama, notando que la comandanta no era amiga suya, le había cobrado una inquina sorda y solapada, pero fiera. Yo llegué a sospechar más adelante, cuando sobrevinieron acontecimientos funestísimos, que aquella pécora contribuyó a sobreexcitar a mi esposa. Pero también alguna de mis hijas entraba en la conspiración doméstica contra doña Milagros. Tula, en todas las cosas tan semejante a su madre, lo fue asimismo en esta. Es imposible describir su gesto al ver a la andaluza. Esta marejada me disgustaba mucho, no solamente por lo que a mi parecer tenía de injusto, sino principalmente porque contribuía a que se empeorase Ilduara, cuya enfermedad tomaba forma de malquerencia contra doña Milagros. Yo veía a mi esposa cada día más extenuada, sin fuerzas para levantarse, porque generalmente, cuando a fin de mullir su cama la trasladábamos a un sillón, solía acometerla algún desvanecimiento. Para evitar que perdiese la poca vida que le quedaba, recomendábale Moragas que se mantuviese con los pies más altos que la cabeza, y que guardase la mayor inmovilidad posible; pero sólo con oír la voz de la comandanta en la antesala, mi mujer se retorcía como pisada culebra, y vibrando odio por ojos y boca, exclamaba: -Vamos, bueno... ¡Ya está allí esa mujer! Los ofrecimientos y servicios de la complaciente andaluza, en vez de calmar a mi esposa, acrecentaban su furia de un modo que para mí sería increíble si no lo hubiese visto. Y el caso es que fundaba su enojo en razones enrevesadas y estrambóticas, y argumentaba sin permitir que yo abogase en favor de aquella excelente señora. -Se necesita poca vergüenza para meterse así en las casas ajenas, donde no le llaman a uno, ni le necesitan. Gente ordinaria al fin y al cabo, militarotes de cucharón, furrieles indecentes, acostumbrados a comer del rancho y dormir en cama redonda. ¿Quién llama aquí a esa chula -porque es una chula-, Benicio, desengáñate? Viene a curiosearlo todo, a enredarlo todo. Luego, qué frescura, qué falta de pundonor. Le ve a uno serio, y nada, cara de corcho. Hasta que la echen a puntapiés... -¡Ilda... Ilda! -murmuraba yo-. Hay que tener miramiento... Eso que dices es terrible. La señora de Llanes se desvive por obsequiarnos. -¿Y quién le pide semejantes obsequios? Sin ellos hemos vivido siempre, sin ellos seguiremos viviendo muy contentos y felices, en paz y en gracia de Dios. ¿Se los has ido tú a mendigar? Puede que sí. -No, mujer, por los clavos de Cristo... Pero la buena voluntad se estima, aunque no se solicite. Son atenciones que, al fin, nadie las tiene con uno más que esa señora. -Atenciones, atenciones... Abusos e impertinencias les llamo yo. -Ya sabes que mima muchísimo a nuestros niños... ¿Cuántas veces se los lleva a merendar y jugar abajo? -Para sonsacarlos y averiguar todo lo que aquí sucede. Tú eres un papamoscas: a ti te pasan las cosas delante de los ojos, y como si nada. Olvidando el estado de mi esposa, que me imponía la obligación de asentir a cualquier absurdo, me formalicé, tan infundada me pareció la acusación. -Pero vamos a ver, Ilduara querida, tómate el trabajo de discurrir con la cabeza. ¿Qué diablos tiene que averiguar doña Milagros de lo que aquí sucede? ¿Qué le importa? En resumen, ¿qué sucede aquí? Ni le hacemos falta para nada, ni ella viene sino porque es así, una infeliz, amiga de servir y de complacer, y acabose. Tú eres la que ves visiones y armas líos, hija. Me detuve, porque Ilda, incorporándose en la cama, con las mejillas encendidas y la voz ronca, gritó frenética. -Ciertas defensas me llaman la atención... Sacar la espada por ciertas personas, no se comprende sino mediante ciertas razones. Si entre doña Milagros y tu familia escoges a doña Milagros, a esa verdulera, y la prefieres a una mujer que te ha parido diez y ocho hijos, entonces dilo claro y entendámonos de una vez. Si no, sírvate de gobierno que esa individua no ha de venir más a entrometerse donde sólo yo mando. En mi casa soy la reina, y como vuelva aquí a mangonear, la canto las verdades del barquero. ¡Ya lo sabes! A mí no me engañan las amabilidades ni los servicios de ciertas pájaras. No me la pegan las doñas Milagros, ¡desinterés, atención! Ya sabemos lo que viene a buscar. Lo que no tiene en su casa. ¡Y no me obligues a desbocarme, porque saldrán sapos y culebras! Quedé aterrado. Sapos y culebras parecíame que, en efecto, se asomaban a aquella calenturienta boca. En primer lugar, preveía un disgusto feroz con la familia Llanes; en segundo, veía a mi esposa al borde de una recaída, arriesgando su salud por un furor inexplicable. ¡Ah, Ilduara mía, compañera fiel y leal, casta y honrada esposa! Créelo: en aquel momento lamenté de todo corazón mi carácter débil y la resignación completa que en tus manos hice del poder desde que nos unió la santa coyunda. Toda autoridad que se subvierte, se corrompe. ¿Quién sabe si, con más tesón, poseería sobre ti el ascendiente necesario para traerte entonces al camino de la razón, de la delicadeza y de la sensatez, y evitar las desgracias que sobrevinieron? Intenté apaciguar a mi esposa con dulzura; pero vi que, lejos de lograr el objeto apetecido, sólo conseguía aumentar su enojo; noté que la irritaba el eco de mi voz y hasta mi tono humilde. Seriamente preocupado, como si el corazón me avisase de alguna desdicha, me aparté de su cabecera, saliendo a la galería, por donde empecé a pasearme angustiadísimo. No sé si lo que influía en mí era aquella vieja educación cortés, la enseñanza materna, que me ordenaba guardar consideración a las mujeres, y me hacía temer que a una maltratasen bajo mi techo... o si era la ardiente simpatía que me inspiraba la señora de Llanes; pero el caso es que sentí turbación y una pena y una vergüenza mortal. Con las manos atrás, caída la cabeza sobre el pecho, empecé a medir la galería de arriba abajo, tropezando en los tiestos y cajones de flores y enredaderas que aglomeraran allí mis hijas. Aquel cierre de cristales tenía una particularidad que lo diferenciaba de los restantes de Marineda: y es que su parte baja la componían vidrios alternados de distintos colores, azules, rojos, verdes y amarillos, al través de los cuales se veía el puerto y el anfiteatro de montañas que lo corona, teñidos de un matiz fantástico, semejante a la de los cosmoramas. La vistosa alternativa de los cristales me sugería ideas, ya lúgubres, ya consoladoras. El país de oro que veía al través del vidrio amarillo me reanimaba, y la fúnebre palidez del azul me abatía y acoquinaba enteramente. Entre vuelta y vuelta, la idea de bajar y espontanearme con doña Milagros se me apareció como un faro salvador. La señora, enterada de las rarezas de Ilda y prevenida contra cualquier rasgo de barbarie, hasta ayudaría a desterrar aquella mala disposición de mi esposa, ya presentándose menos, ya empleando algún otro artificio, fácil para su entendimiento y despejo natural. Se me venían a la imaginación cláusulas enteras del discurso que iba a espetarla. «Mire usted, doña Milagros, en este mundo cada uno tiene sus manías, y usted, con su buen talento, ha de saber dispensar ciertas cosas...». Y delante del vidrio dorado, la cosa me parecía, no sólo fácil, sino grata, porque me lisonjeaba la idea de desahogar mis cuitas en el corazón de aquella bondadosísima señora, que no dejaría de compadecerme y consolarme. Pero al pasar delante del vidrio azul, melancólico y afligido, se me ocurrieron todas las dificultades de la empresa. ¿Si doña Milagros lo tomaba por donde quema y subía a pedir cuenta a mi esposa de sus extrañas prevenciones? ¿Si aun cuando doña Milagros guardase el secreto, averiguaba Ilduara mi visita al piso de abajo y mi entrevista con la comandanta, por la bien montada policía de mis hijas? Tampoco era fácil encontrar fórmula adecuada. «Mire usted, doña Milagros, mi mujer dice que no quiere que aporte usted por casa en los días de su vida». «Oiga... ¿por qué? ¿Se pué saber?». «Pues porque cree que usted es una métome-en-todo, y una revoltosa y una pues, y una tal y una cual...». ¡En fin, que ciertas cosas no hay medio humano de decirlas! Mientras me hallaba en esta perplejidad, vino a librarme de ella un suceso que no me dio tiempo de poner por obra ninguna resolución. Y fue, que viendo un día de otoño bastante claro y sereno, dispuso Ilduara que sacase el ama a las gemelitas a tomar el aire. Rosa, siempre dispuesta al callejeo, y Constanza, fueron comisionadas para acompañar y vigilar al ama. Arregláronse y bajaron todos; pero apenas haría diez minutos que habían salido, cuando ¡tilín, tilín! volvimos a sentir en la antesala el estruendo de sus voces, y el llanto de una de las niñas. Ilduara, que se levantaba por tercera o cuarta vez, hallábase tendida en el sofá. Al ver regresar el grupo, saltó sorprendida. -Ama, ¿qué es eso? ¿Por qué vuelves? ¿Se ha olvidado algo? -Es que doña Milagro... -pió el ama con su vocecilla remilgada de costurera campesina- nos mandó... El rostro de mi esposa se puso del color de los tomates maduros; tan rápidamente acudió a él la poca sangre que andaba repartida por las venas de su cuerpo. Y manoteando y enronquecida ya, gritó furiosa: -Conque doña Milagros, ¿eh? Magnífico... ¡Pues me hace gracia! ¿De manera que ya no puede cada uno disponer de su casa y de sus hijos, sino que ha de venir la gente de fuera a enmendarle la plana? ¿Y a ti, santa boba, quién te dice que obedezcas a cualquiera? Y vosotras -añadió dirigiéndose a Rosa y Constanza-, ¿para qué os envío con las pequeñas, sino para hacer respetar la voluntad de vuestra madre? ¡Ahora mismo... ahora mismo me estáis bajando otra vez a la calle, y me paseáis a las niñas hasta las doce de la noche! ¿Habéis oído? Hasta las doce. Si volvéis un minuto antes, cuidado conmigo... A ver si aquí manda quien debe, o las desvergonzadas. Yo, que presenciaba esta escena y escuchaba esta filípica, me quedé helado al ver que por la abertura de la puerta asomaba doña Milagros su rostro moreno. -Esposa... Ilda... ¡Por la Virgen... mira que está ahí... que te oye! -supliqué con angustia, acercándome a mi mujer. -Mejor -chilló Ilda más alto-. Lo que estoy deseando es que oiga. No lo ha oído más pronto porque no ha querido. No hay peor sordo... Ya entraba la impetuosa andaluza como un rehilete, sin fijarse en lo que Ilduara decía, atenta sólo a su idea. -¡Ay, Jesús!... ¡Fortuna han tenido esos cachos de sielo en encontrarse conmigo!... ¡Pulmonía como la que piyan si no!... ¡Yo no sé cómo hay való pa enviá a esos angeliyos fuera con una tarde tan fría! ¡Y desabrigás! ¡Ni el ganbansiyo e franela yevaban! De forma que dije: Ama, arribita con eyas...». Charlando así, había tomado en brazos a una de las gemelas, y la cubría de besos gorjeados y sonoros. Yo temblaba, mirando a mi esposa inmóvil, erguida como el torreón aquel, con un aspecto arquitectónico y una calma fría del peor agüero. Tan significativo y terrible era su ademán, que mi hija Rosa, muy partidaria de doña Milagros, se atrevió a murmurar: -Mamá, es cierto... Hace un frío que pela, ahí en los soportales... A las niñas, aun no bien salieron, se les puso morado el hociquito. Ilda ni siquiera prestó atención. Con una decisión glacial que me asustó mucho más que un acceso de cólera, se adelantó hacia la comandanta, y, arrancándole de las manos la criatura que en ellas tenía y restallando cada frase como un latigazo, dijo así: -Señora, usted a disponer en su casa, pero no en las ajenas. Y si quiere usted manejar chiquillos, haga por tenerlos, que los míos son míos y de nadie más. ¿Ve usted esa galería? Pues si me da la gana de tirar por ella a la niña, la tiro... ¿ve usted? La tiro... así. Echó a andar hacia la vidriera abierta, muy encendida de color, temblando de ira, con la nena en alto; en la sala resonó un grito terrible, que a un mismo tiempo lanzamos la andaluza, Rosa y yo. Por mis ojos pasó una nube, o mejor dicho, un relámpago lívido, y en vez de ver en aquella acción de mi esposa un recurso oratorio, feroz sí, pero teatral, vi sencillamente el cuerpo de la niña que volteaba en el espacio e iba a estrellarse contra las losas de la calle, como un día se estrelló el de su desgraciado hermanito. Mi clamor fue de agonía; dando un salto de tigre, me arrojé a cortar el paso a Ilduara, y valiéndome de su debilidad, le arranqué la pequeña, ayudándome doña Milagros, que sujetó por la cintura a mi frenética esposa. La cual gritaba, ya fuera de tino: -¿Para qué me pone usted las manos encima? ¿No ve usted que yo no soy una verdulera como usted, sino una señora? Una señora de toda la vida, ¿entiende usted? de padres a hijos, porque los Pimenteles de Monforte siempre fueron caballeros. Una señora no se mete en las casas de los demás... una señora se está en la suya... Si usted lo fuera, hace tiempo que no pondría aquí los pies. Pero lo que es usted todos los saben, y si usted quiere, se lo digo yo ahora mismo. La fina tez de la andaluza palideció bajo este chaparrón de injurias: en sus preciosos ojos se pintó el asombro de verse tratada así, y medio sollozando, exclamó: -¡Ay, Jesú!... ¡Pero esta mujé está de luna!... ¡En nada la he fartao, y me sapatea!... Señó e Neira, ¿qué pasa, qué tiene su señora de usté? ¿Se ha güerto loca? ¿Está arrebatáa con sus enfermeaes y su pariura?... ¡Y grasia que no ha tirao er angeliyo por la ventana! ¡No ma queao gota e sangre en las venas!... ¡Jesú, Jesú!... ¡Una hiena del África parece! ¡Que yamen al señó e Moragas volando! -¡Doña Milagros... si le quedan a usted unas miajas de vergüenza... no se queje a mi esposo! ¡Lárguese usted! A todo esto, los gritos habían atraído a la sala a mis hijas; y al través de la puerta, la criada, atónita, miraba el escándalo. La andaluza se volvió como el toro cuando se ve en el redondel acosado y aturdido. -Pues ná, que esta mujer se ha guillao -dijo, dirigiéndose al público-. Me dise verdulera, al mismo tiempo me farta y arma la bronca conmigo, conmigo que no la farto en ná... Me echa como a un perro. Por vosotras lo siento, angeliyos, que os quiero más que a las telas der corasón. En mi casa me tenéis pa lo que se os ocurra. Señó Neira, haga usté favó de declarar aquí que no les debo dinero, grasia a Dió, y que no me habrá usté visto portarme mal en ná. ¿Digasté? ¿Me tiene uté, sí o no, por una señora? Un impulso irresistible puso en mi boca estas palabras, mientras, penetrado aún del terror pasado, estrechaba a la recién nacida contra el pecho. -Doña Milagros, usted es toda una señora, y yo no puedo decir otra cosa, porque sería mentir, y Benicio Neira no miente. Ilduara me miró con extraviados ojos, y viniéndose sobre mí... la sinceridad me obliga a no omitirlo... pero no lo repitan ustedes... ¡me puso... me puso en la faz la mano...! Retrocedí; ella quiso hablar y no pudo, y negra de furor, se desplomó en brazos de Tula, que la sostuvo y la condujo al sofá. Hubo un silencio entrecortado por exclamaciones de angustia: -Un ataque... -¡Ay Dios mío!... -¡Papá, papá... mamá se muere!... -sollozó Argos, cogiéndose a mi manga-. ¡Ay, papá! -Papá -dijo Tula, pálida y severa, acercándose a mí- que se vaya la señora de Llanes. Ya debía irse cuando mamá la echó... Ahora, échala tú... porque mamá agoniza. Yo creía volverme loco. Solté la pequeña dándosela al ama, me llegué a doña Milagros, y le dije con acento suplicante: -Señora, me parece mejor que baje usted... Ya ve en qué circunstancias nos encontramos... Dios me pone a prueba muy dura... La andaluza me contestó entre lástima y enfado: -Ya tomo la puerta, ya... Encaríñese usted con la gente pa esto... Vaya por Dios... ¿Me dejasté dar un beso a las gatiyas? -Es mala ocasión... En otra... Todo se arreglará... Váyase usted... Me pareció mentira cuando la sentí cerrar la puerta y, pude atender a Ilduara, a quien trasladamos a la cama lo mejor que supimos. Salió la cocinera a buscar al médico, y mientras las niñas prestaban a su madre los cuidados que su estado requería, yo me quedé al pie del lecho abrumado por el presentimiento de una gran desgracia. El cariño por mi desdichada esposa se despertó con toda la fuerza de los sentimientos inveterados, que están en nosotros sin que notemos su presencia, como no notamos la de los órganos que sostienen nuestra vida. Me entró inmenso remordimiento de haber provocado con palabras quijotescas el mal de mi esposa; y de todo corazón me arrepentí de haberlas pronunciado. Las exclamaciones de dolor de mis hijas me partían el alma. «Mamá... mamá querida... Vinagre... un poco de éter... Que se muere, Virgen de los Dolores... Sujetarla... No se puede... La arde la frente... Se ha sofocado muchísimo... ¿Qué tiene, mamá? Hable, diga por Dios...». Sintiéronse en la antesala pasos de hombre y me precipité, creyendo que venía el señor de Moragas. Ya anochecía. En el pasillo me tropecé con un bulto ingente, enorme, una especie de animalazo barbudo, peludo y bronco, y entreoí lo que sigue: «Moño, vecino; aquí vengo a cantarle a usted...». Comprendí que el comandante de Otumba quería pedirme una satisfacción por los insultos a su esposa. ¡Cuánta mayor prudencia demostraría doña Milagros -la verdad- no enterando a su marido! Pero, ¿pueden guardar reserva personas de un carácter tan fogoso y tan polvorilla? El comandante, viendo mi silencio, me echó la zarpa al brazo. -¡Peineta, hijo, no se escurra usted...! Vengo a decirle dos o tres cosas calientes, y a ver si está usted conforme, moño, en que nos rompamos las narices, remoño peinero... ¡A mi señora, peineta, nadie la falta estando yo a su lado, y hay ciertas cosas, moño, que sólo yo se las puedo decir; pero, peineta, a los demás no se las aguanto, retemoño! -¡Tenga usted miramiento! -contesté al bárbaro-. Ahí al lado hay una señora enferma, ¿está usted? enferma de gravedad; y hay también señoritas que no deben oír la ristra de cebollas que usted ensarta constantemente; y esto no es cuartel, ni las personas regulares somos quintos. -¡Peineta, peine! Aquí se ha ofendido, moño, a mi señora, y... yo vengo a armar la de Dios es Cristo, y a quemar, moño, la casa y hasta el barrio... No me salga usted con que si hay enfermos, si no hay enfermos... A las señoras, moño, se las respeta siempre... El oso me sacudía el brazo con ira. La puerta del recibimiento se abrió de repente, doña Milagros, en bata y zapatillas, se apareció y se me figuró una visión angelical. Con aquella voz de almíbar y aquel salado ceceo suyo, y con sobrealiento que parecía el azorado anhelar de las palomas cuando alguien las coge y las aprieta, se dirigió al bruto, y le dijo tartamudeando de emoción: -A ver si dejas en pas al señó Neira... Bastante abroncao estará el pobre hombre con las majaerías y los selos y los sopitipandos e su mujé... No me ha fartao él, y la señora está medio espichando y toa entrambilicáa... Vámono a nuestra casa, que aquí naa se no pierde. ¡Ay, Jesú!... ¡Qué geniasos hay po el mundo! -Moño, como me dijiste, moño... -No he dicho ná. Abajito ma pronto que la lus. ¡Buena, dulce doña Milagros! Mi corazón se inundó de gratitud hacia ella en aquel instante, como en la escalera la noche del nacimiento de las gemelitas, y con los ojos repentinamente humedecidos, murmuré: -¡Si supiese usted qué mala está Ilduara! -¡Sea por Dios! -exclamó la andaluza-. Si hago farta, naa de remilgos: mandar recao. No soy rencorosa. Oigo yo a las locas como si oyese cantá la sartén. Y se retiró, arrastrando a su marido. Moragas vino de allí a poco. Enterado del suceso, y habiendo visto a la enferma, puso cara grave y sombría, cosa tan desusada en él cual lo sería el bigote en un niño de seis años. No dijo nada, pero pronta y enérgicamente ordenó varios remedios, revulsivos la mayor parte. -Ahora hay modorra -indicó-. Temo que por la noche habrá mucha temperatura. Prescribió lo que debíamos ejecutar y en qué caso convendría llamarle; y, en efecto, a las altas horas de la madrugada fue preciso enviarle apremiantísimo recado. La casa estaba en la mayor desolación. Tratábase de una supresión y un retroceso a la cabeza, que constituía verdadera congestión cerebral. Al corto abatimiento había sucedido la agitación, hiperemia, y luego altísima fiebre. Serían las tres cuando comenzó a delirar. A las primeras palabras que pronunció roncamente, con voz que parecía salida de lo más profundo de su ser, Moragas me hizo expresiva seña, y ordené a mis hijas que se retirasen. Obedecieron de mal talante, y sólo el médico y yo presenciamos el tremendo desvarío de aquella mujer dignísima, de aquella madre de familia ejemplar, que a última hora, perdido el albedrío, adoptaba en breves y tristes instantes la máscara de una arpía furiosa. ¡Qué lenguaje, Dios mío, y cuánto sufrí al escucharlo! ¡Qué horribles acusaciones las que me lanzó, no mi esposa, sino su fiebre, su locura! ¡Con qué desesperación la oí renegar de su maternidad, maldecir la tarea que la dignificaba a mis ojos, y abrumarme con un aborrecimiento sañudo y atroz! Diríase que, abierta la misteriosa llave del corazón, salía de él algo tan cínico y tan feo, que yo retrocedía de espanto. Ilduara se jactaba de haberme devuelto mal por mal, condenándome a la servidumbre doméstica más ignominiosa. «Calzonazos, pelele», repetía con expresión que no puedo recordar sin estremecerme aún. ¡Pobre esposa de mi vida! No tomas, no, que yo te atribuya a ti la que puso en tus labios el genio del mal, para desmentir en minutos toda una vida consagrada al deber y al conyugal amor; ¡porque tú me amabas, Ilda de mi corazón, compañera de treinta años, santa madre de mis hijos, y aquellas frases preñadas de odio y de hiel, aquellos espumarajos de desprecio, burla y rabia, no eran sino las convulsiones de una epiléptica agonía, que a costa de mi propia vida quisiera yo ahorrarte!... Al amanecer después de tan funesta troche, cesó el desvarío sobrevino un estado comatoso, profundo y mortal. Ni el Viático pudo traerse. Luego sobrevino cavernoso estertor, se apagó la pulsación y se vidriaron las pupilas... Así me quedé viudo. 6 El golpe de la pérdida de su madre influyó de modo muy diverso en cada una de mis hijas. Las que yo creí que se afligirían más (verbigracia, Tula, tan semejante a Ilduara, tan identificada con ella), fueron las que, por el contrario, conservaron bastante sangre fría; eso sí, Tula se manifestó dispuesta desde el primer instante a empujar las riendas del poder doméstico, y gobernarnos a todos, recogiendo la autoridad correspondiente a su derecho de primogenitura. Tampoco en Rosa -pagado el tributo de lágrimas que las mujeres no regatean a casos mucho menos lastimosos- duró la pena: los arreglitos, los fúnebres perifollos del luto la distrajeron, y no tardaron en volver a sus mejillas los sonrosados colores, y a sus ojos el radiante brillo. En Constanza no sé si he dicho que nada hacía mella, o por lo menos nada se exteriorizaba: era imposible averiguar cuándo a aquella criatura la complacían los sucesos, ni cuándo no: tan extremada era su indiferencia, su pasividad, su apatía de linfática. Lloraba sin alterar la expresión del rostro, y sus lágrimas ni siquiera conseguían enrojecerla los párpados. Agua pura. Las que dieron señales de pena grande y profunda fueron Clara, Argos... y Feíta. Eran estas tres, cada cual a su modo, mujeres de viva sensibilidad, y Argos sobre todo propendía a exaltarse y a tomar las cosas de un modo arrebatado y vehemente; en casa la llamábamos centellita, y recordábamos algunos rasgos y anomalías de su infancia y de su primera juventud, que denotaba un «alma montada sobre alambres eléctricos», según frase de Moragas. En la ocasión del fallecimiento de Ilduara revelose este ser característico de Argos con caracteres muy alarmantes. Ha de saberse que a la hora y media escasa del tránsito de mi pobre compañera, presentose doña Milagros vestida de lana negra, con los ojos húmedos, el rostro expresando piedad, el aliento congojoso y la voz timbrada de emoción; y en palabras cordiales y casi humildes me explicó que venía, como siempre, a servir de algo, que sentía reconcomio y pesadumbre inmensa por haber ocasionado involuntariamente la catástrofe, y juraba y perjuraba que, si nosotros no le habíamos cobrado aborrecimiento, ella estaba allí invariable, a nuestra disposición con vida, alma y voluntad. Tula recibió a la comandanta tiesa como un palo; pero mis otras hijas se la echaron en brazos sollozando y gimiendo, y los chiquillos, que la querían por lo mucho que les mimaba, también la besaron tristones y calladitos, como suelen estar los inocentes ante la muerte. Al acercarse la señora a Argos y verla color de cera, muda, agitada por un temblorcillo, con los ojos secos y contraída la boca, hízome una señal afectuosa y significativa, y, llevándome al hueco de la ventana, secreteó: -Es preciso que esta chica yore. -Sí, señora... -contesté- pero, ¿qué le hago si no llora? Y vaya si alivia el llanto -añadí, enjugándome los párpados con el pañuelo. -Pues e que si no yora la chiquiya, verá usté lo que pasa. Vamo a tené lanse. Quedándose así cortá, ar momento meno pensao, verá usté; un sopitipando, o un mal del corasón. Yorará. Déjeme usté a mí... Capás soy de haser yorar a un guijarro. Los mil tristes quehaceres que acarrea la pérdida de un ser querido me hicieron olvidar la cuestión del llanto de mi hija. Doña Milagros bullía, trajinaba, activa, infatigable, presente doquiera, arreglándolo todo, dando cien vueltas en un minuto y evitándonos rozamientos, de esos que son tan dolorosos cuando, por decirlo así, está el espíritu en carne viva. Ni aquel día, ni en la mañana siguiente, pudo lograrse que asomase a los ojos de Argos esa lluvia bienhechora, indispensable para que el dolor no se derrame interiormente y nos sofoque. Recursos ingeniosos se emplearon para conseguir que Argos llorase; mas no dieron resultado. La recordaron palabras de su madre; trajeron a sus hermanitas y se las pusieron en brazos, diciéndola que aquellas huérfanas reclamaban amor y protección, administraron medicamentos; fue inútil, y al cumplirse las veinticuatro horas del fallecimiento de Ilda, realizáronse las profecías de doña Milagros. Vino el anunciado sopitipando, la convulsión con sus arrechuchos delirantes, sus contorsiones frenéticas, sus chillidos, sus ímpetus suicidas de batir la frente contra los hierros de la ca