libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Pérez Galdós, Benito (1842 – 1920) Escritor español, pertenece a la novela realista española. Nació en Las Palma, Gran Canaria en 1842, autor de una abundante producción de gran objetividad y realismo, situado como el gran escritor después de Cervantes; poseedor de una gran imaginación y dotes de fino observador, lo hacen creador de innumerables personajes y situaciones llenas de real humanidad. Aborda con naturalidad temas de inspiración social, política y religioso. En 1897 ingresa en la Academia Española; elegido diputado por el partido republicano, por su participación política, la Academia se niega a proponerlo para el premio Nobel. Protestario, simpatizante del socialismo, hombre progresista y rebelde como muchos buscadores de la verdad, se templó en medio de la intolerancia. Diez años antes de su muerte es afectado por una ceguera progresiva. Entre sus novelas más conocidas figuran: Fortunata y Jacinta, (1886) Doña Perfecta, (1876) Misericordia, Miau (1888); Nazarín, (1895) novela en la cual su personaje central logra una acertada mezcla entre Cristo y Don Quijote, intentando rescatar el verdadero sentido del cristianismo cuando está al servicio del ser humano; la voz que clama en el desierto. Muere el 4 de Enero de 1920. Los condenados Drama en tres actos, precedido de un prólogo Benito Pérez Galdós PERSONAJES ACTORES   SALOMÉ, (24 años), sobrina de Gastón. SEÑORITA COBERA. MÓNICA, ancianita enjuta y espiritual, conocida familiarmente por SANTAMONA. SEÑORA RUIZ. FELICIANA BELLIDO, (34 años), viuda rica. SEÑORA ALVERÁ. SANTIAGO PATERNOY, (45 años.) SEÑOR CEPILLO. JOSÉ LEON, (30 años), vagabundo. SEÑOR THUILLIER. BARBUÉS, (50 años), ansotano pudiente. SEÑOR CIRERA. JERÓNIMO GASTÓN, (60 años), ricacho de Ansó. SEÑOR URQUIJO. GINÉS, (23 años), pícaro, ex sacristán. SEÑOR BALAGUER. VICENTA sobrinas de Gastón. SEÑORITA MOLINA (Adela.) PRISCA SEÑORITA MOLINA (Amparo.) MOZO 1.º SEÑOR DEL CERRO. ÍDEM 2.º SEÑOR ABOJADOR. SOR MARCELA. SEÑORITA LÓPEZ. LA SUPERIORA DE LA ESCLAVITUD. SEÑORITA CANCIOAcción contemporánea.- País de Ansó y Berdún. Prólogo Esta obra, estrenada en el teatro de la Comedia la noche del 11 de Diciembre, no agradó al público. No necesito encarecer mi fusión y tristeza, casi estoy por decir mi vergüenza ante el con u fracaso, pues compuse el drama con la franca ilusión de que sería bien acogido; llegué a figurarme, trabajando en él con ciego entusiasmo, que lograba expresar ideas y sentimientos muy gratos a la sociedad contemporánea en los tiempos que corren; lo terminé a conciencia, lo corregí y limé cuanto pude, y persuadido de no haber hecho un despropósito, ni mucho menos, lo entregué confiado y tranquilo a D. Emilio Mario, que tuvo la bondad de mandar sacarlo de papeles sin pérdida de tiempo, y de repartirlo y ensayarlo con el esmero que es de ritual en aquella casa. El estreno, como brusca sacudida que nos transporta del ensueño a la realidad, me presentó todo al revés de lo que yo había pensado y sentido. El teatro es esto. Las obras de uno y otro género, así las muy pensadas y con cariño escritas, como las compuestas a vuela pluma, no son más que la mitad de una proposición lógica, y carecen de sentido hasta que no se ajustan con la otra mitad, o sea el público. ¿Casa? Resulta el conjunto verdad, el éxito. ¿No casa? Pues de seguro hay error grave en una de las partes, o en las dos. Debo decir que la mayoría de las personas que acudieron al teatro en aquella desgraciada noche, iban con el deseo y quizás con la confianza del éxito. Otras, en cambio, las menos sin duda, llevaron la previsión y la seguridad de la derrota. Más que la alegría de éstas (cosa muy propia de las luchas literarias, y que no debe asustar a nadie), me duele a mí el desengaño de las primeras. La pena que mostraban en el curso de la representación, y al retirarse de la sala, centuplicaba el desconsuelo con que actores y autor veíamos perdido nuestro trabajo, y malo gradas las esperanzas de la empresa. Pero no tardó en venir a mi espíritu una resignación plácida, que me permitió apreciar los hechos con serenidad. El fin de toda obra dramática es interesar y conmover al auditorio, encadenando su atención, apegándole al asunto y a los caracteres, de suerte que se establezca perfecta fusión entre la vida real, contenida en la mente del público, y la imaginaria que los actores expresan en la escena. Si este fin se realiza, el público se identifica con la obra, se la asimila, acaba por apropiársela, y es al fin el autor mismo recreándose en su obra. El drama LOS CONDENADOS no produjo en el público, al menos en la ocasión de su estreno, el efecto a que aspira toda obra de teatro. Pero aunque en la representación resultara una tentativa infeliz, creo que no debe recaer sobre él inmediatamente el olvido, por lo cual, siguiendo el ejemplo de ilustres compañeros, y maestros del arte, determino imprimirlo. Seguramente, muchas personas que no asistieron al estreno gustarán de apreciar por sí mismas las causas de la caída. Por añeja costumbre de examen de conciencia, en la noche del estreno, y en el curso mismo de la representación, cuando yo veía que, escena tras escena, se iban marchitando las ilusiones que forjó mi deseo de acierto, no cesaba de investigar con rápida crítica la razón de que no interesaran al público pasajes y conceptos que juzgué ¡ciego de mí! de posible, de casi seguro efecto. He aquí el eterno enigma del teatro, la esfinge, en cuyo rugoso entrecejo, si nunca supieron leer los maestros, ¿cómo han de saberlo los aprendices? El público desvanece el misterio con brutal e irrevocable sentencia. Diríase que en unos casos crea la obra con los datos que le da el autor, y que en otros de vuelve fríamente los datos, quedándose con un deforme embrión entre las manos. Es la obra que soñada entrevió, que quiso crear sin poder conseguirlo, ya porque los elementos venidos de la otra parte eran infecundos, ya porque no encontraron medio apropiado para su desarrollo. ¿Esto quién lo sabe? Pues bien: aunque no he llegado al conocimiento preciso de las causas del desacuerdo entre autor y público, pensando en ellas desde la noche del estreno, quiero apuntar con absoluta sinceridad todas las que se me han ocurrido. ¿Cayó la obra por la marcha calmosa de la exposición, y la desusada longitud de algunas escenas? Podrá ser; pero no puedo olvidar que en otras obras he incurrido, quizás más ostensiblemente, en el mismo defecto, si defecto es, y el público no ha mostrado impaciencia; ha sabido escuchar y esperar. ¿Cayó por el pecado de lógica, que si muchas veces es venial en el teatro, otras merece terrible anatema? Esto ya es más grave. Debo decir que si el público me ha perdonado la falta de concisión, también me ha consentido los agravios a la lógica, inevitables en la estrechez del mecanismo teatral. Ni en las creaciones más acabadas se encuentra una lógica perfecta. La verdad es que las incongruencias en la soldadura o en el engranaje de los hechos que com ponen el argumento, saltan a la vista cuando el interés languidece, y se ocultan cuando éste adquiere fuerza bastante para subyugar al espectador. La importancia de los vicios de lógica se subordina, pues, a la intensidad de los efectos, con que un autor hábil sabe producir el goce estético, que al propio tiempo que aplaude, absuelve. Por consiguiente, bien podría ser que influyeran en la condenación de LOS CONDENADOS, más que los errores de lógica, la impericia del autor para desvanecerlos o ahogarlos bajo el peso de una profundísima emoción. Apunto esta idea como probable, sin estar seguro de haber encontrado la razón que busco. Quizás la encuentre en que toda la cimentación de la obra es puramente espiritual, y lo espiritual parece que pugna con la índole pasional y efectista de la representación escénica, según los gustos dominantes en nuestros días, pues no admito tal incompatibilidad, de un modo absoluto, entre el desenvolvimiento psicológico de un plan artístico y las eternas leyes del drama. Y ya que hablo de acción psicológica, ¿consistirá mi yerro en haber empleado con imprudente profusión imágenes, fórmulas, y aun denominaciones de carácter religioso? ¿Será que la idea religiosa, con la profunda gravedad que entraña, tiene difícil encaje en el teatro moderno, y que el público, que goza y se divierte en él cuando ve reproducidos los afanes secundarios de la vida, se pone de mal humor cuando le presentan los elementales y primarios? ¿Es esto así, y debe ser así? Pues cuando categóricamente lo afirmen los doctores de la iglesia literaria, no los bachilleres, lo admitiré y tendré por dogma indiscutible. Y ahora quiero indagar fuera de la escena la causa del des acuerdo. ¿Será que el público, por instinto de ponderación, en el cual palpita un gran principio de justicia, se cansa de ser benévolo con este o el otro autor, y que por haberle enaltecido más de la cuenta, se complace después en arrojarle por el suelo? Yo oigo una voz que viene de la sala, no ciertamente de las filas contrarias, sino de las amigas y la cual me dice: «Mira, hijo, mucho te he querido y te quiero. Durante veinte años, en otra región literaria, donde la vida es más tranquila y el ambiente menos tempestuoso, aplaudí tu laboriosidad. Después he premiado con mi benevolencia tus tentativas en el arte escénico. Pero, créelo, ya me van causando tus pesadeces, tus aficiones analíticas, tus preferencias por la acción interna o psicológica. Vuelve en ti, hijo mío, y no apures mi divina paciencia. Yo vengo aquí en busca de emociones fáciles, de ideas claras, de accidentes alegres o patéticos, presentados con arte y brevedad, y tus filosofías me aburren. Te lo manifiesto ahora en forma cortés, porque no puedo olvidar que algún derecho tienes a mi circunspección; pero no me busques el genio, que ya sabes que las gasto pesadas. Te perdono esta culpa, con tal que te retires por el foro, prometiéndome traer otra vez cosa más acomodada a mis gustos y aficiones.» Examinadas las causas probables, y no sabiendo fijamente cuál es la verdadera, se me ocurre que hay que buscar en la conjunción de todas ellas la razón del desgraciado éxito. De éste me declaro único responsable, pues los actores, sin excepción alguna, representaron la obra con inteligencia y esmero, venciendo en lo posible la turbación que debía producirles la inutilidad de sus esfuerzos ante un público en parte distraído, en parte hostil. El público aprueba o desaprueba, por sentimiento, por instinto crítico, razonando vagamente y por tópicos casi siempre rutinarios, lo que ha visto y oído. Después viene la prensa, cuya misión debe ser examinar con criterio inteligente las obras literarias. He tenido la paciencia, que paciencia y no poca se necesita para ello, de leer todo lo que sobre LOS CONDENADOS se escribió; pocos artículos de crítica formal, sin fin de revistillas que respiraban malquerencia, sueltos informativos, conteniendo juicios precipitados, de una severidad enfática y ridículamente sentenciosa. En periódicos que me distinguieron siempre con su amistad, vi la tristeza del fracaso, y una crítica indulgente y cariñosa. Muchos venían tan alegres como si les hubiera tocado el premio gordo de la lotería. Algún crítico, que goza fama de mordaz, se mostraba duro con la obra, con su autor, considerado y respetuoso. Otros, en cambio, salieron tan desmandados, como si se tratara del último esperpento de los teatros por horas, de una de esas efímeras piezas, cuya crítica suele hacer el aburrido público con las extremidades inferiores. Entre tantas y tan diversas formas de censura, he encontrado un artículo crítico que me ha sido muy grato, aunque no es de los menos severos, pues en él se ve a un escritor que sabe lo que trae entre manos, y que acostumbra mirar con seriedad las obras del entendimiento, producto más o menos feliz de un honrado trabajo. Me refiero al Sr. Villegas, periodista distinguidísimo, de claro juicio y vasta erudición literaria. No sé si me equivocaré; pero ello es que he creído ver en el artículo del Sr. Villegas, como un tímido esfuerzo para sustraerse a la su gestión que sus compañeros de oficio ejercieron mancomunada mente sobre él. Claro que no pudo librarse, porque el esfuerzo, como digo, fue de los más tímidos, y la sugestión debió de ser, por las trazas, de las más enérgicas. Pero nadie me quita de la cabeza que se inició el esfuerzo o tentativa de independencia. ¡Bueno fuera que en tantos años de trajín literario, no hubiera uno adquirido un poquito de perspicacia para deletrear el pensamiento ajeno! Digo esto, porque en el mencionado escrito encuentro ideas, que son mis ideas, sorprendidas en la representación de LOS CONDENADOS, y transportadas a las columnas de La Época, donde las he visto con alegría. Verdad que después de esto, el Sr. Villegas incurre en la flaqueza de narrar con dudosa exactitud, y algunos ribetes de mala fe, el argumento de la obra. Pero esto no es ahora del caso, y voy a lo principal. Yo acepto la interpretación que da el articulista al pensamiento inicial de la obra, y lo agradezco mucho que la haya manifestado resueltamente. Antes y después de esta espontaneidad, dice cosas el Sr. Villegas, con las cuales no estoy de acuerdo, aunque las acojo, como suyas, con toda la consideración del mundo, y me permitirá que les ponga algunos reparos. Esto del simbolismo es ahora la ventolera traída por la moda, y muchos que de seguro no la entienden al derecho, nos traen mareados con la tal palabreja. Para mí, el único simbolismo admisible en el teatro es el que consiste en representar una idea con formas y actos del orden material. En obras antiguas y modernas hallamos esta expresión parabólica de las ideas. Por mi parte, la empleé, sin pretensiones de novedad, en La de San Quintín. En LOS CONDENADOS no hay nada de esto, ni fue tal mi intención, porque eso de que las figuras de una obra dramática sean personificaciones de ideas abstractas, no me ha gustado nunca. Reniego de tal sistema, que deshumaniza los caracteres. Y también me permito indicar al Sr. Villegas que ningún autor ha influido en mí menos que Ibsen, o, mejor dicho, que si en el pecado de obscuridad incurrí, no debe atribuirse a las lecturas del dramaturgo noruego. Influyen en un autor inferior las obras de autor superior que le cautivan, que le embelesan, infiltrándose insensiblemente en su espíritu. Divido las de Ibsen en dos categorías. Las de complexión sana y claramente teatral, como La casa de muñecas, Los aparecidos, El enemigo del pueblo, me enamoran, y parécenme de soberana hermosura. Las que comúnmente se llaman simbólicas, como El pato silvestre, Solness, La dama del mar, han sido para mí ininteligibles; y fuera de alguna escena en que maravillosamente se revela el altísimo ingenio de su autor, no he hallado en ellas el deleite que seguramente encontrarán los que sepan desentrañar su intrincado sentido. Mal pueden influir en mis composiciones, cuyo superior mérito reconozco, fiándome del criterio ajeno más que del propio. Lo que de nebuloso y soporífero se haya encontrado en la infeliz obra que motiva estas líneas, hay que achacarlo a errores intrínsecos, y quizás a malogrados esfuerzos por alcanzar un ideal, hacia el que, con alas tan cortas y pulmones tan débiles, no debí tender el vuelo. Hecha esta aclaración, tengo mucho gusto en reproducir aquí apreciaciones del Sr. Villegas. Palabras suyas son; pero las ideas me pertenecen, y me siento muy honrado con que un crítico, a quien esta vez no tenga por amigo, escriba lo que pensé. «Condenados estamos a la mentira, sometidos a un convencionalismo falso que nos arrastra de error en error, y de caída en caída. Para librarnos de este ambiente malsano que por todas partes nos rodea, es preciso ser sinceros, abrazarnos a la verdad, y tener el valor de arrojar de nosotros nuestras faltas después de reconocidas. Solamente así se regenera el hombre; solamente cuando, por el esfuerzo de su voluntad y en uso de su libre albedrío, acepta la expiación, es cuando cumple con la ley que rige su esencia divina. Mas esta verdad no se conquista en la tierra: para poseerla es preciso ir más allá; la verdad está tras las fronteras de la otra vida, y sólo pasando por los dinteles de la muerte, puede alcanzársela». Al final del artículo, añade el Sr. Villegas: «Bien sé que en obras de arte no salva la intención; pero justo es consignar que, en el drama de Galdós, con harta más claridad que la significación simbólica, se ve el propósito de dirigir los ojos del público, o más bien, de la sociedad hacia las grandes cuestiones o conciencia, tan olvidadas en medio de la atmósfera positivista que nos envuelve». Cierto es que la intención no salva a los autores; pero también le digo al Sr. Villegas (y ahora me toca a mí coger por un momento las disciplinas) que no es propio de un escritor serio y que conoce las dificultades del arte, referir el argumento de una obra con infidelidad manifiesta, hija sin duda de la precipitación y el desenfado con que aquí se hilvanan ahora las críticas literarias, como se podrían narrar los incidentes de una bufonada grotesca. Bien comprende el discreto articulista que no hay obra que resista a esa manera de contar lo que en ella ocurre. Hágase la prueba. Cójase el drama o comedia de mayor perfección y hermosura: refiérase su asunto con ese pérfido humorismo, a estilo de chismografías de café, y el público que lo desconozca y se fíe de tales informaciones, creerá que el autor a quien se quiere juzgar, es un estafador literario. Críticos hay a quienes nada se les pide, porque difícilmente podrían darlo; pero al señor Villegas, que tiene entendimiento, buen gusto y claridad de juicio, hemos de exigirlo rectitud de conciencia, en el sentido literario, pues no poseyendo esta cualidad preciosa, de poco va len las demás para ganar nombre y autoridad de crítico. Ya que he dicho algo del pensamiento de LOS CONDENADOS Y de su acción psicológica, déjenme apuntar algo también acerca de los caracteres. Creí firmemente, y en esto consistió quizás mi equivocación más grave, que los tipos de Santamona y Paternoy habían de cautivar al público. En ambos puse, con esmero y buena voluntad, el fundamento moral del drama. Pero sea porque los caracteres de excepcional grandeza moral no aploman bien en la escena, tal como hoy la vemos y entendemos; sea porque no supo darles vida y relieve, manejando con destreza de prestidigitador los resortes teatrales, ello es que ni Santamona ni Paternoy penetraron en el corazón del público, no ciertamente por culpa de la actriz y del actor encargados de aquellos papeles. Ni una ni otra figura son abstracciones filosóficas, sino personas (al menos intenté hacerlas tales), y en la vida real existe seguramente el modelo de ambas, aunque no puede decirse que abunda. La razón de que el público las acogiera con frialdad, podrá quizás encontrarse en defectos internos de la composición, según el criterio dominante; en la imprudente manía de desechar por anticuadas ciertas combinaciones que ya arrojan vivísima luz, ya sombra densa sobre las figuras; en la torpeza del autor para contrastar la preparación sagaz con la brusca sorpresa. Cierto que, en una obra teatral, nada es defendible si en el conjunto no tiene defensa; pero, por lo que valga, declaro que cuanto he puesto en boca de Paternoy y de Santamona lo conceptúo natural, y naturales creo también sus acciones, incluso el juramento falso, del cual no tengo por qué arrepentirme, por ser un acto de alta caridad, en el cual la letra tiene que ser arrollada por el espíritu, y la fórmula por la intención. La brutalidad de los hechos les pone en el trance ineludible de faltar a la verdad temporal, dirigidos los ojos del espíritu a la verdad infinita, y la voluntad al fin supremo de salvar, no sólo una vida, que esto poco valdría, sino un alma. Si me arguyen, demostrándolo (y quizás no sería difícil la demostración), que los incidentes preparatorios del juramento pecan de artificiosos, y que la ineludibilidad de la fórmula falsa no está clara y patente, me callaré, pues no extremo la defensa, ni dejo de conocer cuántos puntos débiles ofrece este drama a una crítica perspicaz. Pero admitidos los antecedentes, el juramento falso me parece de una lógica firme, y tengo por farisaicos los escrúpulos que algunos han manifestado sobre este particular. Lo que hay es que los efectos teatrales se subordinan, a veces, a causas de una sutileza casi inapreciable. Dependen del movible estado de ánimo del público, y de los rapidísimos cambios que sufre en él la receptividad de las emociones. Pensando en esto, he llegado a creer que el juramento falso, consumado por dos personas de incontestable virtud, puede hacer mal efecto, por el eclipse que en un momento brevísimo sufre la belleza moral de los personajes allí representados. Cierto que, pasado aquel momento, ambos recobran su ser luminoso; pero ha habido eclipse, y los eclipses, en toda situación culminante, son siempre peligrosos. Menos difícil de defender es la conducta de Paternoy al final del primer acto, cuando permite el casamiento de Salomé, abusando un poco tal vez de la autoridad, en cierto modo hipnótica, que ejerce en la familia y en todo el pueblo. Las razones de moral elevada que da para obrar de este modo, condenando a los amantes al purgatorio que resulta de la derivación de los errores humanos, podrían ser apreciados por un lector. Para un público son quizás tesis imprudente y peligrosa. Posible es que éste fuera el punto en que la armazón de la obra empezó a resquebrajarse. Y en cuanto a José León, personaje complejo y escabroso, debo decir que si su lenguaje se justifica por su superior educación, sus actos, teatralmente considerados, no son tan fáciles de defender. Errores hay que no se ven en veinte lecturas, ni en doscientos ensayos, y en la noche del estreno resplandecen súbitamente, iluminados por fugaz relámpago, en la conciencia literaria del autor. La obscuridad que envuelve al personaje no se desvanece hasta que formula su declaración en la última escena de la obra. Es mucho esperar éste para un público, lo reconozco. Cuando la declaración llega, el auditorio se ha desorientado sin número de veces, y ha sufrido bruscas alternativas en su manera de pensar y sentir. El momento supremo del arrepentimiento de José León y de la efusión de su conciencia, parece que debía ser inmediatamente después del perjurio de Paternoy y Santamona, y como ofrenda de su alma dañada a las almas purísimas de las dos personas que acababan de salvarle. La obstinación del pecador en el mal, si real y lógica en la vida, pudo ser causa en el teatro de que se malograra una situación de legítimo efecto. Ya ven que doy argumentos a la crítica, y que no disimulo las brechas por donde el drama pudiera ser noblemente atacado. Digo con expansiva sinceridad todo lo que pienso, y si no me callo lo favorable, tampoco hago un misterio de lo adverso. Presumo que algunos que de teatros escriben, sabrán estas cosas mejor que yo; pero no han querido sin duda examinar la obra con seriedad, y la han tratado como a una farsa sin sentido. Con esto no me conformo, y por decoro del arte, he de protestar de tales procedimientos, por desgracia muy arraigados en las costumbres de la prensa y de la crítica. Creo que toda obra de arte, producto más o menos feliz del entendimiento, con el entendimiento debe juzgarse, y el que no lo tenga para estas cosas, dedíquese a cualquier otra profesión, o al oficio a que le llamen sus aptitudes. Y en el caso presente, refiriéndome tan sólo a las producciones literarias, no a la personalidad de los que cultivan las letras, creo y sostengo que hay clases ¡medrados estaríamos si no las hubiera!; o, en otros términos, que los grados de culpabilidad de un autor a quien se acusa de equivocación, no pueden ser independientes de las dificultades del género que cultiva, ni de las asperezas del asunto que trata. Una mojiganga insustancial, hilvanada en veinticuatro horas para entretener a un público infantil, y una composición detenidamente escrita con fines artísticos y morales, no deben ser condenadas con un solo gesto de grotesco desdén, y una crítica indocta y vacía. Como no me duelen prendas, he de ser ingenuo y claro hasta no poder más. Acato el veredicto del público, aun en los casos en que pudiera tenérsele por precipitado. En cuanto a lo que suele llamarse enfáticamente fallo de la prensa, ése, ni lo admito ni lo acato, sino que me rebelo absolutamente contra la idea de que tal fallo pueda existir en los tiempos que corren. Las razones de esto las verá el que tenga la paciencia de seguir le yendo. A pesar de sus evidentes progresos en el arte de escribir y en la amenidad de sus escritos, no ha llegado aún la prensa entre nosotros a ser maestra de la opinión ni a llevársela de calle en todos los asuntos. Hoy se lee más que antes, pero se creo menos en las aseveraciones de nuestros buenos chicos de la prensa, entre los cuales hay muchos de brillante y agudísimo ingenio. Y se cree menos en ellos, porque desde que los periódicos se transformaron, trocando la sequedad sectaria del instrumento de partido por la ligereza anecdótica del órgano de información, si se lograron algunas ventajas, perdiéronse cualidades, morales y literarias, que convendría restablecer para que la prensa cumpliera totalmente su misión. La fiebre informativa ha llegado a ser tan intensa, que ella consume toda la savia intelectual del periodismo, destinada a emplearse en objetos diferentes. Algunos de estos objetos son tratados con excesiva amplitud; otros, como las letras y cuanto a la vida intelectual se refiere, con desdeñosa restricción. En remotos tiempos, que ahora motejamos de atrasados, y cuando los periódicos eran pobres, y casi de milagro vivían, no había ninguno que dejase de tener en su redacción una pluma perita que trataba desahogadamente, con libre criterio, los asuntos literarios. Hoy, la prensa rica, potente y bien administrada, no les presta la atención debida. La crítica de teatros no es más que una mal razonada noticia del éxito o el fracaso, y como para esto no se necesita calzar muchos puntos en materia estética, comúnmente vemos que periódicos poderosos mandan al estreno de una producción literaria al revistero de toros, sujeto muy apreciable sin duda, pero que no puede, con la mejor voluntad del mundo, desempeñar su cometido. A los pelotaris, a los ciclistas, y a los lidiadores de reses bravas, consagra nuestra prensa mayor espacio y atención más cariñosa que a todas las artes liberales. Personas inteligentísimas y escritores de gallardo estilo trabajan hoy en los diarios de Madrid y provincias. Sin adulación se puede decir que los que treinta años ha tuvieron fama de grandes estilistas, no sabían tanto, ni escribían tan bien como muchos jóvenes y viejos que hoy dan sus fugaces escritos a la prensa. Pero estos tales, y todos los que en periódicos muy leídos descuellan por su inteligencia, menosprecian la vida literaria, o no han parado mientes en ella. La entregan al brazo débil de los inferiores de la redacción, para dedicarse a las embriagueces de la política. En cuanto se meten en el Congreso pierden la cabeza, y con ella la noción total de la vida del país, de la cual sólo perciben una fase. Cierto que hay excepciones; pero éstas sólo se manifiestan en inseguras tentativas de reforma. Se ve un deseo generoso, no una voluntad organizadora. Periódico hay, de los más populares, que consagra semanalmente un día a la colaboración literaria; otros ofrecen diariamente a su parroquia lecturas amenas y eruditas; algunos conservan la tradición del crítico literario y del musical; pero todo ello sin amor, sin dirección, sin criterio elevado ni atención esmerada, siempre relegando el arte y las letras a un término menos que secundario, como cosa que importa poco a la nacionalidad. Y al menos las obras de teatro pueden contar con la información segura. De todo drama, comedia o sainete se habla en los periódicos al día siguiente de su estreno, aunque sólo sea en unas cuantas líneas dictadas por la amistad, el compañerismo o el pandillaje. ¡Pero la novela...! De eso no hablemos. La novela ha sido, durante mucho tiempo, una infeliz desheredada, y su existencia un verdadero milagro del Señor, que milagro es vivir sin calor, sin movimiento y hasta sin atmósfera. Para dar más fuerza al argumento que emplearé, prescindo ahora de lo que a mí me ha ocurrido en veinticinco años de fatigas literarias, luchando a brazo partido con el público; y omito el aislamiento y la obscuridad de los tiempos de aprendizaje, sin apoyo en la prensa grande, con una sola excepción, de que hablaré después. Los desdenes del cuarto poder del Estado hacia todas las formas literarias, se demuestran mejor diciendo que autores eminentísimos, cuyo nombre ño hace al caso, han dado al público en los últimos diez años obras que harán época en nuestra historia artística, sin que en los días de su aparición, ni en mucho tiempo después, se encuentre mención de ellas en los periódicos de más lectura que en Madrid se publican. Novelas magistrales, estudios de alta critica y enciclopedias de saber estético andan por esos mundos que no me dejarán mentir. Recórranse cuidadosamente colecciones de diarios importantes, y no se encontrará ningún examen critico de aquellas obras, maravilla del ingenio y gloria de la patria: aun la noticia escueta y desdeñosa de su aparición en las librerías, es difícil encontrarla. En los últimos años, justo es decirlo, se ha querido corregir este abandono, y los órganos de la opinión admiten gustosos capítulos de novela próxima a publicarse, o recién publicada, como un fácil anuncio, que los autores agradecen, echando siempre muy de menos, dentro y fuera del periodismo, la atmósfera literaria. Después, recae nuevamente el olvido sobre los pobres frutos del ingenio, que han de abrirse camino como Dios les dé a entender. Cierto que en esto no hay malicia, sino incuria. Privadamente, se encuentra en todos y cada uno de los grandes periodistas, un perfecto literato, amante del arte y muy amigo de sus amigos; pero el vértigo de la profesión, hoy viciada por la política, les arrastra, y sin darse cuenta del daño que ocasionan, no conceden desenvolvimiento de la vida intelectual ni al examen sistemático de toda producción artística, la atención conveniente. Por eso, los que con ingrata perseverancia se dedicaron al libro, tuvieron que ganarse su público a pulso, como vulgarmente se dice; y cuando han llegado a tenerlo, han visto menos ceñudo el rostro de la diosa prensa. Por mi parte, debo manifestar que en los cruelísimos años de una lucha trabajosa por llegar al corazón y a la inteligencia del público, poco tuve que agradecer a los periodistas de alto vuelo, y sólo hago una excepción en favor del que fue mi querido amigo, D. Eduardo Gasset y Artime, fundador de El Imparcial. A otras personas que en la dirección literaria de aquel diario lo sucedieron, debo también una benevolencia cariñosa, y no creo inoportuno consignarlo aquí, sin que esto invalide ni poco ni mucho las ideas que vengo sosteniendo. Pues sí la novela y otras manifestaciones del arte, poco o nada deben a la prensa contemporánea, el teatro no sale mejor librado. Al día siguiente de un estreno, unos cuantos caballeros, designados para esta fácil labor por cada periódico, publican una impresión ligerísima, generalmente sin conocimiento de causa, juzgando, así para aplaudir como para censurar, por medio de recetas, que unos a otros se sugieren masónicamente. Y después, así sea la obra elevada a las nubes, así arrojada a los profundos abismos, ya no se vuelve a hablar de ella, ni se la analiza, ni se la toma en cuenta para nada. Se ha registrado el caso en la estadística de la diaria información, como un juego de pelota feliz o infortunado, y después a otro suceso, a otra emoción, a otra noticia. Pues bien: a una prensa que no vive en comunión perfecta con las letras, ¿cómo se la ha de tener por infalible en materias literarias? ¿Ni cómo se ha de creer en los fallos de un tribunal que no está constituido para poder darlo conforme a derecho? ¡Qué fallo ni qué garambainas! Forzoso es reconocer la autoridad del público que vivifica o mata las obras con una lógica inapelable y fatalista. Pero la autoridad de la prensa no debe merecernos igual acatamiento, hoy por hoy, y sus dictámenes no son más que opiniones, en algunos casos respetables, en otros no, y en ninguno ejecutivas. No hay quien me persuada de que los estrenos, tal como hoy se verifican, sean la mejor manera de dar a las obras dramáticas una sanción clara y definitiva. Ni los grandes éxitos, ni los fracasos ruidosos convencen a todo el mundo. Cierto que nadie ve un sistema mejor, ni hay medio de modificar prácticamente lo que tiene profunda raíz en las costumbres. Pero ello es cosa mala, y porque no se le vea el remedio, como a otras cosas malísimas, no por eso hemos de tenerla por irremediable. Casos hay de obras aplaudidas, y aclamadas después por la prensa con grandes aspavientos, que a los tres o cuatro días de su estreno se han visto totalmente desamparadas del público. Ejemplos hay también de lo contrario, aunque menos frecuentes. Eso de que el auditorio de la primera noche acierta siempre, es un gran despropósito. En el éxito, bueno o malo, hay algo de la eventualidad lotérica. La suerte teatral no debe fascinar a un espíritu sereno, ni la desgracia confundirlo y acobardarlo. Escribir las obras para el triunfo de una noche, en las condiciones que éste se da o se niega, entraña cierto rebajamiento de la dignidad del arte. Creo asimismo que ningún autor debe abandonar sus obras, aunque el público las oiga con frialdad y el frívolo reporterismo las maltrate. Nada más ridículo que ver a los monos sabios erigiéndose en jueces de la lidia, mandando al corral del olvido obras y autores, e impidiendo a éstos la defensa o siquiera la explicación de motivos que la justicia permito a los mayores criminales. Esto es absurdo. Todo autor que tiene lazos de simpatía y de gratitud con el público, está obligado, hasta por cortesía, a decir algo a éste sobre la obra que no fue de su agrado, a defenderla si puedo, a explicarla si es obscura, a declarar sus errores, si los ve, a trazar, en fin, una línea divisoria entre la crítica formal y la garrulería impertinente. Otra cosa. Nadie necesita hoy, que sepamos, título de autor dramático para dar una obra a las empresas teatrales. Ni he visto yo que éstas, cuando se les presenta un drama o comedia, exijan al autor la papeleta de comunión, o sea el diploma que, por lo visto, se expide en los corrillos de los cafés, o en la redacción de algún periódico. Al menos, a mí ninguna empresa me ha pedido la tal papeleta, señal de que no es necesaria, o de que los directores de compañías son hombres de manga ancha y expansivo criterio. El que esto escribe no cede a nadie en entusiasta respeto hacia los que con su ingenio potente han ganado fama y autoridad de maestros en el arte dramático. Ante ellos se quita, no digamos el sombrero, sino el cráneo, y les ensalza y reverencia con toda su alma. A otros, más jóvenes, les aplaude y admira por la arrogancia con que acometen los más delicados problemas de la sociedad y de la familia. Los que en la comedia urbana, y en la de entretenimiento, y en el picante sainete hacen maravillas, lo cautivan también. A todos les pone sobre su cabeza, convencido de que, con ser ellos en conjunto y personalmente tan grandes, no han pensado en arrogarse el monopolio del arte escénico. El desestanco del teatro es un hecho incontrovertible. La escena es hoy un campo abierto a todas las tentativas, a todas las aspiraciones, a formas que cada cual presentará como le cuadre. No hay más que una ley de existencia: agradar o no al público, y ser o no compatible con el interés de las empresas. Los que de otro campo hemos venido, y carecemos de abolengo dramático, no por eso nos detenemos tímidamente en el dintel de la casa de Talía, ni menos pedimos un pase a quien ya lo querría para sí. Provincianos somos, ciertamente; pero hasta ahora, ninguna ley dispone que sólo los cortesanos puedan entrar en la Corte. Y no nos hablen de incompatibidad entre el arte de construir dramas o comedias y otras arquitecturas más o menos similares. Está muy bien la afirmación de que tal autor, acertó más en la novela, o en la poesía, o en la didáctica que en el teatro. Pero querer poner con esto valladares al humano esfuerzo; llegar hasta la afirmación de que las dotes del novelador o del poeta estorban al conocimiento de la complicada armazón escénica, me parece de una tontería inefable. Cuanto sobre este particular han dicho algunos señores, téngolo por crítica del género angelical. De esto puedo hablar a ciencia cierta, porque yo también he sido angelical. En mis verdes años padecí, como tantos, ese sarampión de las letras, que consiste en la fiebre del criticismo impertinente. Contraviniendo la ley de Naturaleza, por la cual el juzgar las obras del entendimiento es labor más propia de la madurez experta que de la infancia presumida, lancé a la publicidad innumerables escritos de ciencia literaria; me metía con todo el mundo, daba Consejos a los mayores en edad, saber y gobierno, y sostenía con pueril gravedad los mayores desatinos. Verdad que nadie me hacía caso, y por esto sin duda llegué a comprender, con la ayuda de Dios, que por aquel camino no se iba a ninguna parte. Rasgué mi toga de juececillo literario, y busqué en la reflexión y en el trabajo la senda verdadera. Conste, pues, que eso de ser o no ser autor dramático no significa nada para los que venimos del campo vecino, para los que vendrán después; y según mis noticias, vendrán, a Dios gracias, en mayor número de lo que se cree. Por mi parte, haré o no haré más obras dramáticas, según me acomode. Ni engreído por un triunfo, ni abatido por un desaire, subordino mis planes al buen o mal éxito, ni menos a la petulancia de los que quieren llevar el padrón de autores sin haber podido, en una larga vida de infructuosas tentativas, incluirse en él. Al fin y a la postre, el público es quien tiene las llaves del templo de Talía, y bien sabemos que lo abre para toda persona de regular entendimiento y buena voluntad. Sólo a los tontos les da con la puerta en los hocicos. Así ha sido siempre, y será por los siglos de los siglos. Si Jesucristo hubiera podido descender a estas menudencias del arte, de seguro habría dicho: Siempre habrá majaderos entre vosotros. Condición es de la vida literaria el escucharles y sufrirles, respirando el mismo ambiente que ellos respiran. Y hay más; creo que son necesarios, y que sin ellos, la humana labor tendría menos vitalidad. Siempre sabia y previsora, la Naturaleza ha creado esto légamo extentísimo de la majadería, para que fecunde los terrenos en que otras fuerzas crecen con más o menos vigor. Las de menos savia parece que se robustecen con todo ese material de acarreo, que cae sobre ellas con intento de ahogarlas. No conservo, pues, en mi espíritu ninguna clase de rencor, ni aun de resentimiento, contra los que han escrito acerca de LOS CONDENADOS cosas que tengo por injustas y descorteses, alardeando de un rigor crítico en el cual no se ve proporcionalidad entro la sentencia y los errores la cosa juzgada. Después de todo, en ello hay más ignorancia que malicia, y una y otra son accidentes comunes de la lucha por la existencia artística, ruda en todas las esferas del pensamiento, y en el teatro formidable. Yo aseguro con toda ingenuidad, que esta excitación de la lucha produce en mi ánimo el contento del vivir, y me despierta ambiciones disparatadas, que en otras circunstancias no habría sentido seguramente. Y como no convienen escenas largas, ni prólogos desmesurados, aquí termino éste. Al escribirlo, he creído cumplir un deber de conciencia, y dar una prueba de consideración al público en general, y particularmente a mis habituales lectores. Algo más podría decir referente al teatro y a su precaria existencia; pero quédese para otra ocasión, y con lo dicho hasta y sobra por hoy. B. Pérez Galdós. Madrid, Diciembre de 1894. Acto I Patio que separa las dos casas de GASTÓN. Al fondo, un muro de piedra, de poca altura, con paso practicable a una callejuela. En el forillo, paisaje, con fondo de altas montañas pobladas de pinos. A derecha e izquierda, las casas, de fachadas irregulares y techos muy apuntados. Mesa tosca de madera, sobre la cual hay tazas, botellas y servicio de café, en desorden. En el suelo una herrada. Un par de sillas o banquetas rústicas. Es de día. Derecha e izquierda se entiende del espectador. Escena I VICENTA y PRISCA, ocupadas en los quehaceres de la casa. La primera concluye de barrer el patio. La segunda entra por la derecha con una cesta vacía, en la cual VICENTA recoge el servicio; FELICIANA, por el fondo, en traje ansotano de lujo. FELICIANA.- ¡Hola, Vicenta!... ¡Prisca! VICENTA.- Buenos días, Feliciana Bellido. PRISCA.- ¡Mujer, qué hermosa estás! FELICIANA.- Ayer llegué. ¿Y qué tal? ¿Muy atareadas estos días? Vuestro tío, el primer ricacho de Ansó, sabe ser rumboso con sus huéspedes. VICENTA.- ¡Ya lo creo! FELICIANA.- ¿Y la otra sobrinita, Salomé? PRISCA.- En la cocina, friendo las truchas. FELICIANA.- Trabajáis sin descanso las tres. ¡Qué vida, qué costumbres, qué esclavitud para el bello sexo!... ¿No entendéis? El bello sexo somos nosotras, las mujeres. VICENTA.- ¡Ah, sí! PRISCA.- Ya, ya. FELICIANA.- (Examinando las casas.) ¡Cómo ha variado esto! Y esa casona ha sido restaurada... VICENTA.- La arregló el tío para la primera de nosotras que se case. Abajo tenemos el granero, el establo... FELICIANA.- ¿Y nadie vive aquí? PRISCA.- En lo de arriba, vive madre Mónica. VICENTA.- La santa del pueblo. FELICIANA.- Sí, sí; Santamona, que tiene la manía de recoger en el monte ramos de hierbas aromáticas para adornar las habitaciones... (Riendo.) y ahuyentar los malos pensamientos. VICENTA.- Sí. Hoy, por ser la fiesta del bendito San Pedro, patrono de la villa, vendrá cargada de hojarasca muy linda. PRISCA.- (Mirando por el foro.) Por allí va. FELICIANA.- La encontré hace un rato. Volvía del monte, engalanada como la borriquita del Domingo de Ramos. ¡Pobre santa, qué divina inocencia! PRISCA.- (A su hermana.) ¿Traigo más agua? VICENTA.- Sí. (PRISCA se pone la herrada en la cabeza.) FELICIANA.- Por mí, no os entretengáis. PRISCA.- Con tu licencia. (Vase por el fondo.) FELICIANA.- Yo espero a tu tío. VICENTA. Hasta luego. (Vase por la izquierda, llevándose la loza en una cesta.) Escena II FELICIANA; BARBUÉS, por el fondo, con aire arrogante y voz altanera, la chaqueta al hombro, un garrote en la mano. BARBUÉS.- ¡Eh... Jerónimo!... (Llamando.) ¡Jerónimo Gastón! FELICIANA.- No ha venido aún. Ya no tardará. BARBUÉS.- ¡Válgate Dios con la pachorra! (Indignado, dando una patada.) ¡Zapa, contra-zapa! FELICIANA.- (Asustada.) ¡Jesús, qué genio de hombre! BARBUÉS.- Perdone usted, señora doña Feliciana. (Se descubre.) Tengo un genio muy áspero, el peor genio de Ansó, y de todo Aragón. ¡Le parece a usted que...! (Impaciente recorre la escena.) FELICIANA.- Sí; es tremendo. ¡No estar aquí Jerónimo cuando a usted se le ocurre venir! BARBUÉS.- Es que tengo que decirle cosas de re-muchísima gravedad. FELICIANA.- Pues yo no vengo más que a firmar las cuentas de los bienes que Jerónimo me administra, y a pagar la visita a su sobrino y huésped, Santiago Paternoy, ese solterón venerable y reverendísimo que ha vuelto de Francia con una buena porrada de cuartos. BARBUÉS.- Ganados honradamente en el comercio de nuestras lanas. FELICIANA.- De las de nuestras ovejas, querrá usted decir. BARBUÉS.- Eso... ¡zapa con las retólicas! FELICIANA.- No se enfade. (Con interés.) ¿Y es cierto que quieren casarle con una de las sobrinitas de Gastón? BARBUÉS.- Con Salomé. FELICIANA.- ¡Pues vaya un partido que se calza esa mocosa! Porque Santiago... cierto que no es muy joven... ¡pero qué arrogante figara, qué gravedad! BARBUÉS.- Hombre más completo no nació de madre. Como que se dijo que iba para santo. FELICIANA.- De caballería, como el apóstol del propio nombre. BARBUÉS.- Y que repartía toda su riqueza entre los pobres. FELICIANA.- Para sentar plaza de Trapense. BARBUÉS.- Pero ahora sale con que la mejor de las Trapas es el santísimo matrimonio. FELICIANA.- (Con malicia.) Diga usted, Barbués... No me gusta hablar mal de nadie, no. Pero... vamos, yo tengo mis motivos para creer que no se casará. BARBUÉS.- Y yo también. Como que... No, cállate, boca. FELICIANA.- Dígalo. BARBUÉS. Usted habrá oído ciertos rumores... FELICIANA.- Y usted también. BARBUÉS. Como que de eso quiero hablar hoy mismo a Jerónimo. FELICIANA.- En fin, de usted para mí, (Secreteando.) la sobrinita esa se perderá. BARBUÉS. Démosla por perdida. FELICIANA.- ¡Ah! Fíese usted de las costumbres patriarcales, de la vida sencilla y honesta, disciplinada con rudos trabajos, en el encierro de este valle, que no es más que un bonito presidio. BARBUÉS.- ¿Reniega de su querida tierra de Ansó? FELICIANA.- ¡Tanto como renegar...! Ya ve usted, acato la tradición vistiéndome a estilo del país. Pero ¡ay! ¿cree usted que después de haber vivido en contacto con la ilustración, puede una acostumbrarse a la estrechez de estas breñas inaccesibles, y al rigor de las costumbres ansotanas? BARBUÉS.- ¡Ja, ja!... Pues si tanto le disgusta su tierra, ¿a qué demonios viene acá? FELICIANA.- He venido a que mis niños respiren el aire puro de la montaña, y de paso inspecciono mis propiedades. Tengo mil y setecientas cabezas. BARBUÉS.- Mil y pico de cabezas, y entre ellas una... muy mala. FELICIANA.- ¡Bah!... Pues crea usted que allá estaba mejor, en mi Zaragoza de mi alma, tratando con señoras y caballeros de la mejor sociedad. ¡Seis meses en compañía de mi prima Josefa, cuyo marido es catedrático de Historia en el Instituto! Figúrese usted si habré aprendido cosas. Al volver a mi patria, pueblo, costumbres, trajes... parécenme... ¿a que no sabe usted qué?... parécenme... (Marcando la expresión.) de la Edad Media. Usted no entiende el término. BARBUÉS.- Ni falta... (Picado.) Significa que somos, como el otro que dice... salvajes. FELICIANA.- (Riendo.) No -tanto... primitivos. BARBUÉS. Primitivo es mi nombre. FELICIANA.- ¡Y qué bien le cae! Tiene usted fama de ser hombre de pasiones violentas, rencoroso, vengativo... BARBUÉS. ¡Templado decimos por acá! FELICIANA.- ¡Noblote!... Vamos, lo mismo que su hermano Alonso Barbués, el hombre más bravucón, más fiero y montaraz que había por estas tierras. Naturalmente, acabó mal. Le mataron ¡pobrecito! Y para que todo resultase dramático y envuelto en el misterio... medieval (así se dice), aún no se ha podido averiguar quién fue el matador. BARBUÉS.- Porque no hay justicia, ni... (Reprimiendo su cólera.) Señora, no me busque el genio. FELICIANA.- (Apartándose.) ¿Estaremos seguros?... BARBUÉS.- Es que cuando me tocan esa tecla, ¡cógilis! (Apretando los puños.) Señora, mire que... FELICIANA.- ¡Dios mío, qué hombre tan bárbaro!... (Corrigiéndose.) en el buen sentido. Quiero decir... carácter enérgico... BARBUÉS.- (Con virilidad.) Me zumban todas las ternillas del cuerpo. Es la dignidad; la gran bestia, señora, que patalea dentro de mí en cuantico le hacen cosquillas. Escena III Dichos; GINÉS, que aparece medroso por el fondo, cuando BARBUÉS dice las últimas expresiones. Entra recatándose. GINÉS.- ¡Válgame Santa Orosia bendita, abogada contra los malos encuentros!... ¡Éstos aquí... y Vicenta no!... ¿Y cómo le doy yo a Vicenta la cartita para...? (Mirando a las dos casas.) BARBUÉS.- (Sorprendido al verle.) ¡Eh!... ¿Quién es? GINÉS.- (Con timidez.) Nadie, señor... digo, yo. Buscaba a Vicenta. Me prometió una trucha. BARBUÉS. ¡Trucha! Eso eres tú... (Observándole fijamente.) Y yo voy a escabecharte con este palo. (Le amenaza.) GINÉS.- ¡Oh, señor! (Huyendo.) ¡Vicenta! BARBUÉS.- ¡Pillete! FELICIANA.- (Conteniéndole.) Busca a Vicenta. Será tal vez su novio... GINÉS.- (Temblando.) Sí, señora... su... novio... FELICIANA.- Búscala por ahí. (Señalando a la derecha.) GINÉS.- Voy... ¡Gracias!... ¡Qué fiera de hombre!... (Entra en la casa de la derecha.) BARBUÉS.- (Que le ha examinado con atención.) ¿Ve usted ese danzante? Apostaría que es de la cuadrilla de vagabundos que tanta guerra dieron por acá el año pasado, y el otro... Pues ahora... pongo mi cabeza a que este pájaro anda en la compañía de un sujeto sospechoso... pero muy sospechoso, que suele morar en la Canal de Berdún, o en Biniés, y en ciertas épocas del año, se corre por los montes de Ansó hasta los puertos. FELICIANA.- (Curiosa.) ¿Su nombre?... BARBUÉS.- José León le llaman. FELICIANA.- (Asombrada.) José León... (Queriendo disimular su asombro; se turba.) Ya... José León... BARBUÉS. (Que ha notado su turbación, la mira fijamente.) Vamos... que le conoce usted GINÉS.- (Por la derecha, con una rebanada de pan y una trucha, comiendo.) Gracias a Santa Orosia bendita, di la carta a Vicenta y ella me obsequió con esta benditísima trucha. BARBUÉS.- (Abalanzándose a él.) Ven acá, títere. GINÉS.- ¡Ay, ay! BARBUÉS.- Díme la verdad, o te mato. (Le coge por una oreja.) ¿Andas tú en compañía de ese que llaman José León, habitante en las huertas de Biniés? GINÉS.- No... digo, sí... Es mi amigo... No vivimos ya en las huertas; nos hemos venido más acá, a las ruinas del Temple, junto a Santa Lucia... ¡ay, ay! BARBUÉS.- Ya le dirá yo a Gastón qué clase de avechuchos entran en su casa. GINÉS.- Señor, yo soy un hombre honrado. BARBUÉS.- Largo pronto de aquí, si no quieres que... FELICIANA.- ¡Deje al chico, por Dios! ¡Pero qué feróstico y qué...! GINÉS.- Con permiso. ¡Pies para qué os quiero!... (Vase corriendo y comiendo.) Escena IV BARBUÉS y FELICIANA. FELICIANA.- Va como el viento. BARBUÉS.- (Cogiéndole una mano.) Venga usted acá. ¡Eh, no se me vuelva atrás ahora! La señora doña Feliciana Bellido, cuando nombré a José León, se puso un poquitico colorada. FELICIANA.- ¿Yo?... BARBUÉS.- Usted... ¡Zapa!... No me lo niegue. FELICIANA.- ¿Yo, por qué? BARBUÉS.- Usted le conoce. FELICIANA.- No tengo por qué negarlo... la verdad... le conocí en Zaragoza y en Saugüesa, hace dos años, si no recuerdo mal. BARBUÉS.- ¡Ajajá!... Poco a Poco se va descubriendo... Y dígame... A ver si es cierto lo que sospecho. FELICIANA.- ¿Qué? BARBUÉS. Que ese José León, no se llama José León. FELICIANA.- ¡Ah!... No sé... BARBUÉS.- Haga memoria, señora doña Feliciana. FELICIANA.- Bueno... pues, sí, tengo una idea... Yo le traté muy poco; pero lo bastante para comprender que es hombre nacido en altas esferas, y de educación muy esmerada. En Sangüesa se decía que, por querellas de familia, por un duelo, o no sé qué, ocultaba en estas apartadas tierras su verdadero nombre y calidad. BARBUÉS.- Total... que anda huido... y nuestras montañas le sirven de burladero contra la justicia de por allá... ¿Pero no sabe usted lo mejor? Ese perdulario, con visos de caballero disfrazado, es el que le birla la sobrinita a Gastón, ¡ja, ja! FELICIANA.- Eso ya lo sabía. BARBUÉS.- Y por sospechas de cosa más grave, tengo yo entre ojos a ese... (Viendo venir a GASTÓN y a PATERNOY.) ¡Silencio! Aquí están ya Jerónimo y su huésped. Escena V Dichos; GASTÓN y PATERNOY, por el fondo; poco después VICENTA y PRISCA. FELICIANA.- ¡Gracias a Dios! GASTÓN.- (Riendo.) ¡Oh, aquí está la viuda correntona, (Saludándola.) mi señora...! PATERNOY.- (Saludándola.) ¡Está aquí mi señora doña Feliciana! BARBUÉS.- (Incomodado.) ¡Y aquí está mi señor don yo, esperándoos hace un siglo! GASTÓN.- (Rechazándole y volviéndole la espalda.) ¡Déjame en paz! (A VICENTA y PRISCA, que entran, la primera por la izquierda; la segunda por el fondo, con la herrada a la cabeza.) Oye tú... y tú... Ordeno y mando... (Deteniéndose para consultar con Paternoy.) ¿Te parece que vistamos de gala a Salomé? PATERNOY.- Me parece muy bien. FELICIANA.- (Riendo.) Vamos, ni en cosas tan pequeñas se decide aquí nada sin consultar... (Por PATERNOY.) al Concilio de Trento. PATERNOY.- Se empeñan en que he de tener aquí poder absoluto, así en lo espiritual como en lo temporal, y... ya ve usted... no me gusta mandar, pero me resigno... y mando... y me obedecen... y soy el tirano por fuerza... GASTÓN.- (A sus sobrinas.) Ya lo habéis oído... La basquiña nueva y los manguitos bordados; las alhajas de su tía... Encargaos las dos de vestirla, y de ponérmela como un sol de guapa. VICENTA.- Bien, señor. (Se retiran, y Gastón las detiene.) GASTÓN.- ¡Ah!... y luego irá con nosotros a la plaza. (Consultando a Paternoy.) ¿No es eso? PATERNOY.- Sí, sí... a bailar un poquito. (Vanse VICENTA y PRISCA por la derecha.) GASTÓN.- ¿Y usted, Feliciana? FELICIANA.- (A Paternoy, festivamente.) Dígame, señor Pontífice Máximo, ¿puede una viuda honesta dar un par de vueltas por el corro del baile? PATERNOY.- En usted no mando yo. GASTÓN.- Dile que sí. En honor al santo patrono, San Pedro, bailará conmigo. PATERNOY.- En todo caso, cenará usted con nosotros. FELICIANA.- ¡Oh, no, gracias! Al obscurecer me voy a mi granja del Temple, donde pasará la noche y el día de mañana. GASTÓN.- ¿Tan lejos? PATERNOY.- ¿Teniendo casa en el pueblo? FELICIANA.- Voy para que mis niños corran y brinquen en la huerta, que es hermosísima. BARBUÉS. Mala vecindad tiene usted en las ruinas del castillo. FELICIANA.- ¡Las ruinas! ¿Pues qué hay allí? BARBUÉS.- Por temporadas se dan bandidos. FELICIANA.- ¡Jesús! GASTÓN.- ¡Cómo desbarras, Primitivo! (A PATERNOY.) Tú, mándale a este bruto que cierre la boca. BARBUÉS. Lo que has de mandarle a este tonto es que abra las orejas. ¡Pues no es poco urgente, en gracia de Dios...! (Queriendo llevarle aparte.) Con permiso... GASTÓN.- (Resistiéndose.) ¡Al demonio con tus urgencias! La señora viudita me aguarda para firmarme las cuentas de administración. FELICIANA.- Verdad. Ya no me acordaba. Entremos un momentito. GASTÓN.- Por aquí. (Entran en la casa de la derecha.) Escena VI BARBUÉS, PATERNOY. BARBUÉS.- Pues este majadero de Gastón no quiere oírme, hablaré contigo. PATERNOY.- (Sentándose meditabundo, algo fatigado.) Di lo que quieras. BARBUÉS. (Que permanece en pie.) Allá voy. Dispensa la curiosidad, Santiago de mi alma. Pero te quiero, y... Vamos a ver, ¿es cierto que te casas con la sobrinita? PATERNOY.- Hombre... ¡qué sé yo!... La chiquilla me gusta, y aunque le doblo la edad, podría ser que... Verás: hace más de quince años, más, sí... antes de irme a Francia... cuando yo era un mocetón y ella una criatura, que levantaba del suelo tanto así, iba conmigo al monte a coger avellanas. Yo charlaba con ella en lenguaje infantil... «¿quere niña mí?» Esto me encantaba. Y ella: «yo tigo, yo tigo, siempre tigo.» ¡Me quería más la chiquilla!... BARBUÉS.- Pues ya no te quiere. PATERNOY.- ¿Tú que sabes? BARBUÉS.- Has estado ausente el tiempo necesario para que la niña crezca y se despabile... y ahora, cuando sube al monte, en vez de coger avellanas maduras, coge hombres verdes. PATERNOY.- ¡Barbués! BARBUÉS.- Lo dicho dicho... ¿Pero no has visto mi impaciencia, mi comezón por coger de mi cuenta a Jerónimo, y quitarle de los ojos las telarañas, que no le dejan ver su deshonra? PATERNOY.- ¡Deshonra! (Exaltándose.) Barbués, corazón duro, alma seca, lengua dañina, eso no es verdad. (Le agarra violentamente por la muñeca, y le sacude. Pero se domina de improviso con poderosa voluntad.) ¡Oh!... Pierdo la calma... yo, que había hecho propósito de no incomodarme nunca... (Con frialdad, sentándose de nuevo.) Sigue. BARBUÉS.- Pues revolotea por aquí un gavilán, que ha hecho presa en la chica. PATERNOY.- ¡Mira lo que dices! BARBUÉS.- Rumores de deshonra han llegado a estos oídos... Estos ojos, algo vieron también, no diré dónde ni cuándo, en la noche obscura. PATERNOY.- (Después de una pausa.) ¿Y quién es... él? BARBUÉS.- ¿Has oído hablar de un tal José León? PATERNOY.- (Recordando.) José León... ¡Ah, sí! Buena presencia, aire de persona fina, despejado él... sí, sí. BARBUÉS.- Endemoniada la tiene ese pillo. Si tú le oyes hablar, te engatusa también, y te vuelve loco. Porque no hay otro de más sal en la mollera, ni de más prontitud y soltura en el voquible. ¡Pero a mí!... (Con misterio.) Y si yo te dijera en confianza, Santiago... PATERNOY.- ¿Qué? BARBUÉS.- Pues... sospecho que ese hombre tuvo arte y parte en la muerte de mi hermano Alonso. PATERNOY.- ¿De veras? BARBUÉS.- Y en el incendio de tus casas, de las casas de los Paternoy, en Hecho. PATERNOY.- (Flemático.) ¿Sospechas nada más? BARBUÉS.- Corazonadas que a mí no me engañan. Mi corazón sabe mucho, y yo le creo como a la palabra de Dios. Si ese tunante me hurga tanto así, te juro que le quito de enmedio en menos que se dice. PATERNOY.- ¡Rencoroso! ¿Cuándo ha sido cristiano castigar un crimen con otro crimen? BARBUÉS.- Ojo por ojo. PATERNOY.- Pues qué, ¿ya no hay justicia? BARBUÉS.- (Con gran energía.) No. PATERNOY.- ¿No hay tribunales? BARBUÉS. No. PATERNOY.- (Recobrando su calma.) Pues mejor. Deja que le castigue Dios si lo merece. BARBUÉS.- Anda, que con esas... tiologías, tu rinconcico del Limbo no hay quien te lo dispute. Te birla la muchacha y encima le das chocolate con mojicón. PATERNOY.- No seas bruto, y óyeme tranquilo. Indagaremos, buscando la verdad, la evidencia. Si ello resulta como tu malicia lo cuenta, ¿qué remedio tengo más que conformarme? Te diré: hace más de un año que se inició en mí el hastío del trabajo mercantil, el asco de las riquezas, la repugnancia de las mil vanidades que componen esto que llamamos mundo... Sentí anhelos de vida religiosa, austera... Al principio, creí que esto era como un empacho, el dejo amargo de la refinada civilización que nos rodea. «Yo estoy monomaniaco, yo estoy enfermo,» me decía... Vine a mi país natal, donde los hombres son tan inocentes como bravía la Naturaleza, y aquí no tardé en sentirme curado, a mi parecer. Ver a Salomé y cambiar de ansiedades, fue todo uno... ¡Matrimonio, una mujer hermosa y buena, mi casita, hijos...! ¡Qué encanto! Y cátate que cuando más encariñado estoy con tan risueñas imágenes, vienes tú, y me echas en el oído este veneno, y en el alma estas hieles... (Suspirando fuerte.) Pues aquí me tienes otra vez solicitado de aquella idea que juzgué insana, y ahora veo que fue sugerida por Dios. A ella me atengo, a Dios, al claustro, a la paz y a la purificación del alma. Lo que creí falsa vocación es la verdadera, Sí. (Levántase y se expresa con ardor.) ¡Ah! Si me pierdo, Barbués amigo, no me busques donde haya bullicio, placeres, cariños mundanos; búscame donde haya soledad, penitencia, pobreza voluntaria y sacrificio... Cierto que tu revelación me causa algún trastorno. ¿Pero qué es ello? Nada. Un relámpago de ira o despecho, remusguillo del amor propio, un poco de dolor aquí, y después... calma otra vez; esa calma de que sólo goza el que posee la verdadera salud. BARBUÉS. (Con entusiasmo, descubriéndose.) ¡Santo, santo, santo!... ¡Hosanna... Alleluia... (Bendiciéndole cómicamente.) Benedictus... in nomine patri!... Escena VII Dichos; SANTAMONA, por el foro, trayendo en ambas manos malas de diferentes plantas. Al mismo tiempo, FELICIANA y GASTÓN, por la derecha; al fin de la escena, VICENTA. SANTAMONA. (Risueña, avanzando con lentitud.) La paz de Dios sea con todos. GASTÓN.- (Recibiéndola con alegría.) ¡Oh, la santita del pueblo! FELICIANA.- ¡Santamona! BARBUÉS. Ya tenemos aquí toda la corte celestial. GASTÓN.- ¡Anda, anda! Cargadita de hierbas olorosas, para engalanar las viviendas. FELICIANA.- Para sanearlas y espantar los pecados, ¿verdad? (Apártase con PATERNOY a la derecha del proscenio.) SANTAMONA.- (Dejando las ramas sobre la mesa, y escogiendo matitas que distribuye.) Esto no es más que un recreo de los ojos y el olfato. Suele pegarse algo a la voluntad. (Da un ramito a Gastón.) Toma, Vejete, harto de goces. Tomillo. Es muy bueno contra la gula y el empacho de felicidades y riquezas. GASTÓN.- (Poniéndoselo en el pecho.) Dame acá. SANTAMONA.- (A Barbués.) Toma tú, cascarrabias. Mejorana. Excelente contra la ira y los berrinches. BARBUÉS.- Venga. (Como todos los demás, se lo pone en un ojal.) FELICIANA.- (Aparte, a Paternoy, a la derecha del proscenio.) Nada le falta a mi querido Ansó para ser un pueblo medieval. (Marcando bien la palabra, con pedantería.) Trajes medievales, costumbres medievales, rudeza y pasiones de lo más primitivo. Completan el carácter unas miajas de bandidos; y en fin, para que resulte Edad Media completísima y perfectísima, también tiene su santa. PATERNOY.- (Pasando al centro de la escena para saludar a Santamona, a quien besa la mano.) La inocente y angelical ancianita, en quien Dios mora. GASTÓN.- Santa, sí, orgullo y alegría de Ansó. SANTAMONA. Santiaguillo, chico... espejo de los ángeles, Dios te bendiga. (Le pone las manos sobre el pecho.) Y a ti, Feliciana, Dios te guarde. FELICIANA.- (Con ligera inflexión festiva.) Amén... ¿Y para mí, no hay un ramito? SANTAMONA.- (Sigue escogiendo matas.) Ahora. (A PATERNOY.) Toma tú. Enebro. Preciosísimo contra la soberbia. PATERNOY.- ¡Soberbio yo! (Ríen todos.) SANTAMONA.- Contra el flujo de mando y el querer gobernará todo el mundo. PATERNOY.- ¡Qué cosas tienes! (Risas.) FELICIANA.- ¿Y yo?... SANTAMONA.- Para ti... torongil y ruda mezclados. Cosa buena contra la presunción. FELICIANA.- (Riendo con todos, y poniéndose el ramo en el seno.) ¡Qué graciosa! ¡Si yo no presumo! (Rumor lejano de bandurrias.) GASTÓN.- ¡Ea, a la plaza! FELICIANA.- Animada está la gente. SANTAMONA.- Corred a la fiesta, bailad, divertíos sin ofender a Dios. GASTÓN.- -Vamos. (A Vicenta que ha salido por la derecha.) ¿Y Salomé? ¿Todavía componiéndose? VICENTA.- Sí, señor. GASTÓN.- Tú, Mónica, dale prisa, y échala para allá. SANTAMONA.- Sí, sí. (Se sienta fatigada. Salen primero FELICIANA y GASTÓN, PATERNOY y BARBUÉS les siguen.) PATERNOY.- (Con tristeza.) Urge informar a Jerónimo... BARBUÉS.- (Vivamente, queriendo adelantarse.) Ahora mismo. PATERNOY.- (Deteniéndole.) No... al regreso del baile. SANTAMONA.- (Después de aguardar a que se alejen.) ¿Pero qué hace? VICENTA.- Ya está vestida. Pero dice que no va a la plaza, como no la lleven muerta. ¡Pobrecilla! Tan pronto llora, como se pone de rodillas, con las manos así, rezando... Da pena verla y oírla. SANTAMONA.- Dile que estoy aquí. Puede bajar sin miedo. VICENTA.- (Mirando por la puerta de la derecha.) Ya viene. SANTAMONA.- Vete tú a tus quehaceres. (Vase VICENTA por la derecha.) Escena VIII SANTAMONA; SALOMÉ, que aparece por la derecha en traje de gala. Revela consternación y sobresalto, y se detiene en la puerta, temerosa de encontrar gente. SANTAMONA.- Ven mujer... Aquí me tienes ya. No hay nadie. Todo el pueblo en la plaza. SALOMÉ.- (Avanzando un poco.) ¿De veras no hay nadie? ¡Santamona de mi alma! Tú que eres una santa, alma de Dios, conciencia pura, dime, aconséjame... sácame de esta tribulación. SANTAMONA.- A eso he venido. SALOMÉ.- ¿Qué debo hacer? SANTAMONA.- (Con dulzura, unción y cierto gracejo delicadísimo en toda la escena.) Confesar la verdad, la verdad entera, niña... Pero siéntate. (SALOMÉ se sienta en una banqueta muy baja, apoyando los codos en las rodillas de la santa.) Por lo poco que me dijiste anoche en la cocina, por otro poquito que yo he sabido, y otro poquito que adiviné... entiendo, hija mía, que tu alma está dañada. Para limpiarla, confesión. Siéntate. SALOMÉ.- ¡Ay, no puedo, no puedo! SANTAMONA.- (Remedándola.) ¡No puedo, no puedo! Señal de que el daño es hondo. Vamos a cuentas. Jerónimo bebe los vientos por casarte con tu primo, hombre sin par, hombre extraordinario, que... SALOMÉ.- (Interrumpiéndola.) No necesitas alabarle. Yo... SANTAMONA.- Clarito: que con todo su mérito, no te agrada ser su esposa. SALOMÉ.- Es que... SANTAMONA.- (Haciéndola callar.) Ya Sé... Tienes tus razones. Quieres a otro hombre. No; si hasta aquí no hay pecado. Pero has de corresponderá la lealtad de Santiago con tu lealtad; es preciso que a tu buen tío, sin pérdida de tiempo, le digas la verdad. SALOMÉ.- (Con desaliento.) ¡Imposible... imposible!... SANTAMONA.- ¡Ay! es que tu amor es deshonroso, es que... Hija, no llores; serénate y hablemos con calma. Sí es muy sencillo, tonta. Vas a tu tío y le dices: «Querido tío... yo...». (SALOMÉ, consternada, hace enérgicas denegaciones con la cabeza.) ¿No te atreves? Bueno, bueno; ¡pobrecilla! (Acariciándole las mejillas.) Ea... pues vas a confesármelo todo a mí. SALOMÉ.- A ti sí, viejecilla de mi alma... Pero, decírtelo yo... contarte... SANTAMONA.- Ya. Eres como los chicuelos que van a confesarse por primera vez. Creen que son grandes pecadores, y como el cura no les pregunte, no hay modo de sacarlos una picardía del cuerpo. SALOMÉ.- Así soy. SANTAMONA.- Bueno. Yo iré preguntando. Lo primero, dime: ¿cuánto tiempo hace que conociste a ese hombre? SALOMÉ.- Tres meses. Fue la víspera de Pascua, Sábado Santo. SANTAMONA.- ¿Dónde? ¿cómo? SALOMÉ.- Bajaba yo del monte mirando al suelo... Buscaba una aguja de media que se me había perdido... De repente, se me apareció él junto a un matorral que ardía. Creí verle salir de en medio de las llamas, negro, echando fuego por los ojos. Tuve mucho miedo. SANTAMONA.- Parecería el demonio. SALOMÉ.- Un demonio... bien parecido. SANTAMONA.- Ya... En fin, que tiznadito y todo, te habló, le hablaste. SALOMÉ.- Sí; su habla me pareció la más bonita que yo había oído en mi vida. El acento sonábame a música que venía de muy lejos; y lo que decía, la substancia, el... la... SANTAMONA.- Ya... la miga... el alma, la... SALOMÉ.- ¡Era de una novedad para mí!... ¡Y todo tan precioso!... Santamona, vamos.. tan rebién parlado, que me tenía el alma suspensa y como entontecida. SANTAMONA.- El demonio tiene mucha labia. En fin, que un día y otro, volviste al monte en busca de la aguja que se te había perdido. SALOMÉ.- Sí. SANTAMONA.- ¿Y a cuántos días del encuentro empezaste a quererle? SALOMÉ.- Pues... (Pausa. Mira al suelo, jugando con sus dedos.) Desde el primer día. Al cuarto de hora de hablarle, ya le quería... Mira tú qué raro. ¡Ay, madre Santamona, tú que te has pasado la vida sirviendo y adorando a Dios, no comprendes este querer de la mujer al hombre y del hombre a la mujer; este fuego que viene al alma de repente, y como si las palabras fueran rama seca, y el mirarse un viento muy fuerte, fu... u... u... allá va la llamarada! SANTAMONA.- ¿Que no lo comprendo?... Por eso me lo explicas tú. SALOMÉ.- Y yo te pregunto: ¿el querer es siempre así? Esto de enloquecer una, y ver delante a la persona noche y día, y hablar con ella ausente, y presente no saber qué decirle; y alegrarse una de estar triste, y llorar cuando debiera reír, y preferir la deshonra, la muerte, a que no nos quieran... ¡Ay, yo no sé! Dime tú: ¿de este modo quieren todas las personas? SANTAMONA.- (Riendo.) Creo que sí, sobre todo, la primera y la última vez. SALOMÉ.- (Con viveza y asombro.) ¿Pero se quiere más de una vez? No, Santamona, eso sí que no te lo admito. Se quiere una vez sola, y cada alma no tiene ni puede tener más que un amor. SANTAMONA.- Dejemos eso, que nos marearía la cabeza, y sigamos nuestra confesión. Lo más delicado entra aquí. ¿Siempre le has visto en el monte? SALOMÉ.- Precisamente en el monte... SANTAMONA.- Vamos, un poquito más acá... Quizás en el campo de Garcés, al otro lado del Veral... SALOMÉ.- ¿Al otro lado...? (Dudando.) SANTAMONA.- O al lado de acá, en el campo de lino... SALOMÉ.- Me parece que sí... SANTAMONA.- Luego... Pasaba el río... SALOMÉ.- ¿El río...? No sé... ¡Llevaba tan poca agua... SANTAMONA.- Y os veíais quizás en el robledal de abajo. SALOMÉ.- Pues sí, algún ratito... SANTAMONA.- ¿Siempre de día? SALOMÉ.- Alguna vez entre día y noche. SANTAMONA.- ¿Entre día y noche? ¡Cómo se entiende eso! ¿Había obscuridad? SALOMÉ.- Obscuridad, sí; pero yo no sabía la hora. Arriba, en el cielo, muchísimas estrellas, y allá, el lucero de la mañana. SANTAMONA.- ¡De la mañana! SALOMÉ.- Es que madrugábamos. SANTAMONA.- Ya... ¿Algunas noches, dime la verdad, no te saliste descalza de tu casa, y bajaste al huerto, que sólo está separado del robledal por una tapia bajita? SALOMÉ. A ver si recuerdo... ¿Una tapia dices?... SANTAMONA.- Sí... fácil de saltar. SALOMÉ.- Si está caída... Con la obscuridad, yo no podía ver hasta dónde llegaba. SANTAMONA.- ¿Y no recuerdas... aguza la memoria... si alguna vez estuviste de palique la noche entera? SALOMÉ.- ¡Ahí no, Santamona, no digas eso. ¡Qué cosas tienes! Pues nada más que desde las diez, hasta que nos daba en los ojos la claridad... SANTAMONA.- ¿Del día? SALOMÉ.- No, no; debía de ser la luna. Sí, ya me acuerdo: eran noches de luna, y noches muy cortas, pero muy cortas... SANTAMONA.- ¡Ay, hija de mi alma, estás perdida, perdida sin remedio si no vuelves en ti; pero pronto, pronto! Has de saber que ese hombre... SALOMÉ.- ¿Qué? SANTAMONA.- ¿Se llama José León? SALOMÉ.- Sí. SANTAMONA.- Pues cuantos le conocen no dicen de él cosa buena. ¿No has oído que su primera aparición en el país fue en una cuadrilla de cómicos o danzantes? SALOMÉ.- Para disfrazarse mejor. SANTAMONA.- ¿Y no sabes que en la Canal anduvo acompañado de gente mala, y que por esto alguien le cree autor de la muerte del pobre Alonso Barbués? SALOMÉ.- Eso sí que no es verdad, no, no. Yo te aseguro, madre Mónica, que José León es un caballero. Tiene mucha idea, mucha, y entiende de mil clases de trabajo. SANTAMONA.- ¿Caballero y trabajador? ¡Qué maravilla! ¿Y si con todas esas prendas resultara que es tan malo como dicen? SALOMÉ.- Eso no es posible. Pero si fuese malo, casi, casi, me alegraría un poquito. SANTAMONA.- ¡Jesús! SALOMÉ.- Para hacerle yo bueno, Creo que lo había de conseguir. Pero no es malo, no. Es desgraciado, y por desgraciado le quiero más. (Con entusiasmo ardiente.) Por sus desdichas le quiero, por sus persecuciones, por su resignación para sufrirlas, por su esperanza de ganar conmigo la dicha y la paz. Por eso le quiero, y me comería a bocados a quien le tocase al polo de la ropa. SANTAMONA.- Bueno. Y dime otra cosa: ¿no ha pasado por tu magín la idea de que José León quiera a otra mujer? SALOMÉ.- (Con asombro.) ¡A otra! (Con ira.) ¡A otra! (Levántase furiosa, apretando los puños.) Santamona, mucho te quiero; pero si me lo vuelves a decir... SANTAMONA.- ¡Ay, qué tonta! SALOMÉ.- ¿Por qué me lo dices? SANTAMONA.- Hija mía, no afirmo Dada. Dije tan sólo que podías creer que te quiere a ti sola, y luego resultar... SALOMÉ.- Ah, no; por algo lo has dicho tú... SANTAMONA.- Que no. (Haciéndola sentar.) ¡Vaya!... SALOMÉ.- ¡Me has hecho un daño!... ¡Querer a otra?... Entre bromas y veras me has clavado un puñal en el corazón. SANTAMONA.- Pues, hija, de poco te asustas. Ea, ten juicio. (Le coge las manos.) ¡Pobrecita de mi alma! siento decírtelo, pero no hay más remedio. Estás condenada. SALOMÉ.- ¡Condenada! La Santísima Virgen me ampare. Tú, Mónica mía, no me abandonarás. SANTAMONA.- ¡Abandonarte! ¡Nunca, nunca! Irá contigo a donde tus errores y el pecado te lleven. Si Dios te diera la felicidad, no me verías junto a ti; pero como te da la desgracia y el castigo, donde quiera que estés, tendrás a esta pobre vieja para infundirte valor y fe, y enseñarte el camino del bien. (Se abrazan y besan llorando.) SALOMÉ.- ¡Oh, qué buena eres, santa de Ansó! SANTAMONA.- (Con resolución, levantándose.) Ánimo, hija mía. No perdamos tiempo. Resolvamos algo. ¡Ay, si tuvieras tú valor y arranque para una cosa que voy a proponerte! SALOMÉ. ¿Que? SANTAMONA.- A ver si puedes... Prométeme no ver más a ese hombre. SALOMÉ.- ¡No verle más! ¡Ay, santica, dime que te prometa morirme, y verás qué pronto lo cumplo! SANTAMONA. ¿Acaso piensas verle pronto... hoy?... SALOMÉ.- (Después de vacilar.) Sí. SANTAMONA.- ¿Dónde? SALOMÉ.- No me riñas... Aquí. SANTAMONA.- ¡Oh! SALOMÉ.- Aguarda... Con Ginés me mandó una cartita... Dice que quiero hablarme, aprovechando la ocasión de estar todos en la plaza. (Aparecen por el fondo JOSÉ LEÓN y GINÉS. Exploran la escena recelosos, sin pasar de la puerta.) SANTAMONA.- (Sin ver a los hombres.) Salomé, niña querida, no le recibas. Por la Santísima Virgen, escóndete. Yo lo diré que no estás. SALOMÉ.- No puede ser; te digo que no puede ser. Vendrá, y he de verle aunque me maten. SANTAMONA.- (Mirando hacia el fondo.) ¡Ah!... ¡Aquí están!... ¡No tienes salvación, hija mía! Escena IX SALOMÉ, SANTAMONA, JOSÉ LEÓN y GINÉS. SALOMÉ.- Aquí estoy... Entra... No temas GINÉS.- (Examinando el foro.) Hasta los gatos están en la plaza. Con todo, es gran temeridad... JOSÉ LEÓN.- (Bruscamente.) ¿Quién es esta vieja? SALOMÉ.- ¿No la conoces? La santa del pueblo. JOSÉ LEÓN.- (Fijándose en SANTAMONA y recordando.) ¡Ah! Es la ancianita que corta ramos en el monte. GINÉS.- Y la que reparte pan a los necesitados que vivimos valle abajo. JOSÉ LEÓN.- Ya. Sí, te he visto en Santa Lucia. ¿Y tú, me has visto a mí en alguna parte? SANTAMONA.- Sí; en la iglesia. JOSÉ LEÓN.- (Riendo.) ¡En la iglesia! SANTAMONA.- Y en un altar. JOSÉ LEÓN.- ¡Ja, ja!... SANTAMONA.- En un altar, a los pies del Arcángel San Miguel. (Ríen.) JOSÉ LEÓN.- Según eso, soy el demonio. ¡Bromistas son las santas del día! GINÉS.- ¡Si nos quiere mucho! JOSÉ LEÓN.- ¿Pero de veras eres santa? GINÉS.- Santa, sí; y yo, humilde pecador, le beso la orla del vestido. (Se la besa.) SANTAMONA.- ¡Quita allá, farsante! GINÉS.- Santamona bendita, haga su merced un milagro. JOSÉ LEÓN.- ¡Ja, ja!... El milagro de que no venga nadie mientras hablo con Salomé. GINÉS.- Eso SALOMÉ.- (Mirando por el foro.) Soledad completa. SANTAMONA.- El milagro que yo haría, si pudiera, grandísimos tunantes, sería volveros personas honradas. Salomé, hija mía, entra en tu casa; no escuches las palabras engañosas de este hombre. JOSÉ LEÓN.- ¿Por qué, sin conocerme, me juzgas así? SANTAMONA.- ¡No sé!... Yo me meto en mi casa. SALOMÉ.- Quédate. Hablaremos delante de ti. (A JOSÉ LEÓN.) Santamona me quiere, y no nos hará traición. SANTAMONA.- No temáis que os denuncie, ni esperéis que os ampare... Por eso me voy... ¡Adiós! (A SALOMÉ.) ¡Siempre te quiero! Seré contigo en la desgracia. (La abraza. Mientras se despiden en una corta escena muda, JOSÉ LEÓN y GINÉS siguen el diálogo.) GINÉS.- ¿Quieres que vigile la calle, y te guarde la retirada? JOSÉ LEÓN.- ¿Para qué? Me basto y me sobro. Puedes volverte. GINÉS.- ¿A Santa Lucia? JOSÉ LEÓN.- Irás antes a Biniés. Hay que acabar la mudanza. Recoge lo que allá quedó, y tráetelo pronto. GINÉS.- Está bien. (Vase por el fondo.) Escena X SALOMÉ, JOSÉ LEÓN. JOSÉ LEÓN.- Mejor es, sí, que hablemos sin testigo. SALOMÉ.- (Mirando por el fondo con temor.) No sé por qué, hoy me asusta la soledad. JOSÉ LEÓN.- ¿Quieres que vengan? SALOMÉ.- (Con temor.) ¡No, no! JOSÉ LEÓN.- Pues a mí no me importa. (Alzando la voz.) ¡Señor Gastón, Señor Paternoy, vengan, si gustan, a oírme decir al ángel de esta casa que ha llegado la hora de abandonarla! SALOMÉ.- ¡Oh, no... es muy pronto, León! Déjame pensarlo. ¿Pero qué... tú mismo no temes...? JOSÉ LEÓN.- ¿Yo? ¿Qué he de temer yo teniéndote a ti, a ti que eres mi fe, mi fuerza, el estímulo de esta voluntad que a nada se rinde?... (Impaciente.) Ea, prepara todo. Tu ropa de diario. No saques alhajas, ni vestidos de lujo. A las diez, te espero en el robledal. SALOMÉ.- ¿Esta noche?... ¡Qué prisa!... No, no. JOSÉ LEÓN.- ¿Por qué te asustas?... ¡Ah! sin duda, alguien te ha trastornado refiriéndote las mil patrañas que corren acerca de mí. Estos pobres ansotanos han hecho de José León un héroe de romance, de esos que cantan y venden los ciegos en las romerías. Que me como los niños crudos; que soy de sangre real, pero con un sin fin de demonios metidos en el cuerpo; que sé volar por los aires, o desaparecer como un espíritu, o filtrarme en las entrañas de la tierra; que he cometido mil crímenes, muertes, incendios, qué sé yo... SALOMÉ.- (Riendo.) ¡Qué lindos disparates! No, no eres endemoniado, ni criminal. Si lo fueses, Dios no habría permitido que yo te quisiera como te quiero. Pero hay en ti... ¿lo digo? hay en ti un secreto, un... no sé decirlo. JOSÉ LEÓN.- Misterio. SALOMÉ.- Eso es... ¡Si no sé hablar!... Vamos, eres como una mascarita que no quiere enseñar el rostro. JOSÉ LEÓN.- No hay tal, hija mía. Pero si lo sabes todo, y para ti no existe tal misterio. Enterada estás de las razones que tuve para expatriarme y buscar un refugio en este rincón del Pirineo, disfrazando nombre y persona, y escondiendo mi educación, mis maneras debajo de la tosquedad de este traje y de estas salvajes apariencias. ¡Ah! (Suspirando con tristeza.) ¿Sabes de qué proviene la malquerencia de tus paisanos? Pues de la superioridad mía, que no puedo disimular todo lo que quisiera. Me niegan el agua y el fuego. No doy un paso sin tropezar con algún estorbo, y la vida material es para mí un problema terrible. Pues todo eso, y aun más, soportaré por ti, pero teniéndote a mi lado. No más, no más separación, Salomé, (Con profundo cariño.) sal de mi vida... (La mira fijamente, y observando su indecisión, prosigue en tono grave.) ¿Pero qué, dudas todavía? Habíamos convenido en huir juntos; hablamos acordado aprovechar la ocasión más propicia. Pues bien; la ocasión ha llegado. SALOMÉ.- (Temblando.) Todavía no, no... Un poco más. JOSÉ LEÓN.- (Con severidad.) ¡Oh! no quieres seguirme... SALOMÉ.- Sí, sí; contigo siempre, siempre... Pero no olvides la condición primera que te puse. JOSÉ LEÓN.- Que nos casaremos, sí. SALOMÉ.- Pero pronto, pronto. JOSÉ LEÓN.- Tan pronto, que si sales de aquí esta noche, mañana tempranito serás mi mujer. SALOMÉ.- ¿De veras? ¿Me lo aseguras? JOSÉ LEÓN.- Ya te dijo que hay en Biniés un curita que me ha prometido casarnos. Es grande amigo mío. El pobrecito está enfermo. Hoy fui a verle, y me dijo: «Date prisa, date prisa, que yo me muero.» SALOMÉ.- ¡Ángel de Dios! Que viva siquiera un poquito más, para que nos eche las santas bendiciones... (Con alegría.) ¿Pero es verdad que nos casaremos? ¿No me engañas? JOSÉ LEÓN.- (Ofendido.) ¡Oh! SALOMÉ.- Te creo. Debo creerte... No extrañes que dude de todo, pues desde que nos queremos, y por querernos tan a la calladita, vivimos tú y yo encenegados en la mentira... ¡la mentira! que es lo que más he odiado siempre. ¡Oh! si me llevas, que sea para entrar muy a mis anchas en la ley, para no ocultar nada y sacar al rostro la conciencia. ¡Nos casamos; soy tu mujer; cumplimos con Dios y con los hombres, y viva la santísima verdad! JOSÉ LEÓN.- (Meditabundo.) ¡La verdad!... ¡Ay, Salomé de mi vida, yo también quiero poseerla y respirarla, como el asfixiado que anhela llenarse de aire los pulmones! SALOMÉ.- Así te quiero. ¡Qué gusto oírte maldecir la mentira! JOSÉ LEÓN.- La mentira mala, se entiendo. SALOMÉ.- Pues qué, ¿hay mentiras buenas? JOSÉ LEÓN.- Te diré: de algunas no podemos renegar, sin renegar de la vida. SALOMÉ.- Explícame eso. JOSÉ LEÓN.- Eres una inocente, y por tu inocencia te quiero más. Óyeme: ¿cómo hemos de condenar en absoluto la mentira, si mentiras hay de tal poder y hermosura que ellas gobiernan el mundo?... Ficciones y engaños nos envuelven, Salomé. El orden social, todo ese mecanismo del cual ves aquí la última ruedecilla, se funda en mil cosas contrarias a la verdad. La verdad apenas existe en el mundo. Sólo es verdad Dios Omnipotente y su ley soberana. ¿Y qué sería de nosotros, pobres desterrados en este mundo tristísimo, si ese Dios tan bueno no hubiera puesto en lo mejor de nuestra alma la imaginación, la gran mentirosa, que nos consuela con deliciosos embustes? SALOMÉ.- La imaginación... (Aturdida.) ¿Qué es? JOSÉ LEÓN.- Si lo sabes. SALOMÉ.- ¡Ah, sí!... soñar despierta; creer lo que nos gusta, y figurarnos tener lo que no tenemos. JOSÉ LEÓN.- La imaginación arrulla nuestra alma y adormece nuestras penas. A ella debemos mil consuelos: la poesía, que es como un cristal, por el cual vemos todas las cosas más bellas de lo que son. SALOMÉ.- ¡Oh, qué bonito! JOSÉ LEÓN.- Pues si esa facultad preciosa nos engaña para endulzarnos la vida, la Naturaleza no es menos mentirosa, porque ahí tienes el cielo que parece azul... SALOMÉ.- (Comprendiendo.) Ya... JOSÉ LEÓN.- Y ese sol que parece que anda, y... SALOMÉ.- (Festivamente, interrumpiéndole.) Bueno; deja al sol y al cielo que mientan todo lo que quieran, y reneguemos nosotros de la mentira. Por vivir en ella, tú y yo estamos condenados. JOSÉ LEÓN.- ¡Condenados, sí! El vivir solo es ya condenación. Pero el amor salva, el amor redime, y prevalece contra todos los infiernos de acá y de allá. SALOMÉ.- ¿Contra todos? JOSÉ LEÓN.- (Con efusión.) Sí, Sí. SALOMÉ.- (Con entusiasmo y amor.) ¡Oh, me enloqueces con lo que dices... y la manera de decirlo! ¿Dónde, dónde has aprendido eso? ¿En cuantas Universidades estudiaste? ¿O es cosa de tu talento natural, sin ninguna ciencia? JOSÉ LEÓN.- Esto lo sabe cualquiera, vida mía. SALOMÉ.- Pues mira: no vas descaminado. Porque todo eso que has dicho, todo, todo, lo había pensado yo. ¿Qué tal? Lo que no tengo en mí es la palabra para poder decirlo. Tú has leído mucho, y sabes cuanto hay que saber. Hablas como los libros más bonitos. Tu lenguaje me trastorna, y yo te quiero con toda mi alma. (Se abrazan.) JOSÉ LEÓN. ¡Corazón divino; noble criatura!... (Transición.) Pero no perdamos tiempo. ¿Estás dispuesta a seguirme? SALOMÉ.- (Con resolución.) Sí. JOSÉ LEÓN.- ¿Esta noche? SALOMÉ.- (Después de vacilar.) Sí. JOSÉ LEÓN.- Dios te bendiga. SALOMÉ.- No creas; ¡siento una pena...! JOSÉ LEÓN.- Fuera miedo. Comprendo, eso sí, que ha de dolerte la separación de cosas y personas que has visto desde niña. SALOMÉ.- ¡Ay, qué pena!... ¡La casa... mi pobre tío, que es tan bueno y me quiere tanto!... Estas paredes, aquellos árboles... (Mirándolo todo con amor.) las montañas, hasta el suelo, León... ¡Qué triste se pone todo, cuando pienso que me voy! Lloran las cosas, ¿verdad? ¿Pues y los pobres animalitos? ¡Parece que lo han comprendido, y me miran con una cara tan triste?... Todo, todo. También las piedras tienen algo que hablar cuando las piso, y esta mañana, cuando fui a la fuente, hasta el chorrillo del agua me decía: «Salomé, no te vayas.» JOSÉ LEÓN.- (Abrazándola con pasión.) Pues yo te digo: «Salomé, alma mía, ven.» Y vendrás. Ánimo. Tú me has dicho: «Contigo, al fin del mundo.» SALOMÉ.- Y más allá; (Con infantil alegría.) pues donde acaba el fin del mundo, empieza el principio de la eternidad. JOSÉ LEÓN.- ¡Qué hermoso es amar! Bendigo mi desgracia, porque a ella debo el conocerte y hacerte mía. SALOMÉ.- ¿Iremos a Francia? JOSÉ LEÓN.- Si no arrecia la persecución contra mí, pienso arrendar una granja modesta y bonitísima... río abajo: verás... con buena casa, molino, huerta... Limpiaré los cauces, transformaré el molino, aplicando el salto de agua a una pequeña industria. Podré mover un torno para fabricar objetos de boj. Al propio tiempo, cultivaré la huertecita a estilo de la Ribera, con un esmero que desconocen los labradores de por acá. SALOMÉ.- ¡Oh, qué bonito! (Batiendo palmas.) Trabajaremos. Pues mira, León: hasta podría suceder que nos hiciéramos ricos. JOSÉ LEÓN.- ¡Quién sabe! SALOMÉ.- Y entonces, el tío Gastón y el primo Santiago nos perdonarán. JOSÉ LEÓN.- Pero no cantes victoria tan pronto. Aún no tengo la granjilla, y mientras la consigo, nos estableceremos en Santa Lucia, en una casita vieja construida entre las ruinas del castillo de los Templarios. No falta comodidad. (Poco antes aparece Barbués por el fondo cautelosamente, y les oye las últimas expresiones. Aguarda como esperando a que vengan los demás. VICENTA y PRISCA entran precipitadamente por la derecha, y despavoridas se abalanzan a SALOMÉ.) Escena XI Dichos; VICENTA, PRISCA y BARBUÉS. VICENTA.- ¡Que vienen! PRISCA.- ¡Que están ahí! (En el mismo momento avanza BARBUÉS, como cerrando el paso a JOSÉ LEÓN.) BARBUÉS.- ¡Alto! (SALOMÉ da un fuerte grito, y espantada se aparta de JOSÉ LEÓN.) SALOMÉ.- ¡Ay! (VICENTA y PRISCA la cogen violentamente.) VICENTA.- ¡Ven! PRISCA.- ¡A casa! (Huyen las tres despavoridas y se meten en la casa.) Escena XII JOSÉ LEON y BARBUÉS; poco después PATERNOY y GASTÓN, por el fondo. Con ellos vienen y entran algunos hombres; entre ellos dos Mozos, que hablan. Hombres, mujeres y chiquillos aparecen en la calle, y contemplan la escena por encima del muro, que tiene poco más de un metro de altura. JOSÉ LEÓN.- ¿Qué es esto? BARBUÉS.- ¡No pienses escaparte! JOSÉ LEÓN.- No he pensado en tal cosa. BARBUÉS.- (Impaciente, llamando por el foro izquierda.) ¡A prisa, a prisa! (A JOSÉ LEÓN.) ¡Quieto ahí! JOSÉ LEÓN.- ¡Si no me muevo! BARBUÉS.- Ya he dicho a Jerónimo lo que ocurre. Lo dudaba, y tú me proporcionas prueba plena. PATERNOY.- (Entra con GASTÓN; ambos presurosos.) ¿Qué, qué hay? GASTÓN.- ¿Qué? BARBUÉS.- ¡Les he sorprendido!... ¡Salomé aquí... sola con él! ¡Sin duda concertaban la escapatoria! GASTÓN.- ¡Oh, qué villanía! ¡Y no mato a ese perdido! PATERNOY.- (Conteniéndole.) Calma... GASTÓN.- Di, ¿qué buscas aquí? JOSÉ LEÓN.- (Con acento firme.) El bien de mi vida, y habiendo tenido la suerte de encontrarlo... GASTÓN.- ¡En mi casa! JOSÉ LEÓN.- Vengo para cogerlo y llevármelo a la mía. GASTÓN, ¡Oh, qué afrenta! MOZO 1.º.- ¡Canalla! MOZO 2.º.- ¡Salteador! (Quieren arremeterle. PATERNOY les detiene.) GASTÓN.- ¡Ladrón de mi honra! Si sales vivo de aquí, será para ir a la cárcel. JOSÉ LEÓN.- Señor Gastón, no es noble que usted ultrajo y permita ultrajar dentro de su casa, a un hombre que difícilmente puede defenderse en lucha tan desigual. BARBUÉS.- Contra los bandidos como tú, no hay ley de igualdad para la lucha. JOSÉ LEÓN.- Ese que me ha llamado bandido, me hará el favor de repetirlo fuera de aquí, donde no haya tanta gente a su favor. BARBUÉS.- Aquí y en donde quiera. (Acometiéndole furioso.) ¡Dios! PATERNOY.- (Deteniéndole con vigoroso brazo.) Que no. ¡Atrás! (Conteniendo también a los Mozos.) ¡Atrás he dicho! BARBUÉS.- ¡Que salga! PATERNOY.- (Con autoridad enérgica.) ¡Quieto todo el mundo! Amigos, tened calma. Yo le interrogaré. No saldrá de aquí sin que oigamos sus descargos. (Rumores de protesta. PATERNOY alza más la voz.) ¡Silencio digo! (Callan todos.) JOSÉ LEÓN.- Al fin suena una voz razonable en medio de este tumulto de rencores. Yo reconozco en Santiago Paternoy autoridad sobrada para interrogarme, para juzgarme si hay por qué, para condenarme si lo merezco. Callen la ignorancia y la rudeza, y hable la razón serena y persuasiva. Yo, que no cedo ante brutales amenazas, me inclino respetuoso (Se descubre.) ante el hombre de acrisolada rectitud, que en todo el país es mirado como persona superior a las flaquezas humanas. PATERNOY.- Basta de lisonjas. JOSÉ LEÓN.- No es lisonja... es verdad. BARBUÉS. Lo primero que tiene que decir... PATERNOY.- Silencio he dicho. (Con solemnidad.) Tú, Gastón, ¿me autorizas para hablar en tu nombre? GASTÓN.- Sí. PATERNOY.- ¿Y tú, Barbués? BARBUÉS.- Sí. PATERNOY.- Pues basta. Oír y callar. (Pausa.) A ver; lo primero, ¿cómo te llamas? JOSÉ LEÓN.- José León. BARBUÉS.- Es falso. PATERNOY.- No es ése tu verdadero nombre. JOSÉ LEÓN.- Pues si no es ése, dilo tú, si lo sabes. PATERNOY.- Me tutea. JOSÉ LEÓN.- Como tú a mí. PATERNOY.- Está bien. Ignoro tu nombre verdadero; si lo supiera, no te lo preguntaría. (Entra FELICIANA por el foro, y sorprendida de la escena, avanza lentamente.) Escena XIII BARBUÉS, GASTÓN, PATERNOY, JOSÉ LEÓN; FELICIANA por el orden que se indica, de izquierda a derecha del espectador. Los demás personajes se agrupan en segundo término. FELICIANA.- (¿Qué pasa aquí?) JOSÉ LEÓN.- Pues a otro que no fuera el hombre respetable y dignísimo que me interroga, no le contestaría. Ante él, y sólo porque él me lo pide, declaro que mi verdadero nombre no es el que uso. BARBUÉS.- A ver, a ver. (Todos demuestran gran curiosidad.) JOSÉ LEÓN.- Me llamo Don Fernando de Azlor. Pertenezco a una ilustre familia aragonesa. Zaragoza es mi patria. En Urrea existe mi solar. Discordias de familia, que no tengo por qué relatar ahora, obligáronme a huir de mi casa, las razones que tuve para ocultar mi nombre, las diré privadamente al señor Paternoy, si se digna escucharlas. GASTÓN.- ¡Azlor! FELICIANA.- (Asombrada, persignándose.) (¡Ave María purísima!) BARBUÉS.- ¿Será verdad? GASTÓN.- ¿Noble? ¿Eres noble? (A PATERNOY.) Por su lenguaje, parece persona de esmerada educación. (A JOSÉ LEÓN.) ¿Podrías probar tu nobleza? JOSÉ LEÓN.- Sí por cierto. BARBUÉS.- Esa señora, Feliciana Bellido, que le conoce de Zaragoza, nos dirá si es verdad... PATERNOY.- Feliciana, usted... FELICIANA.- (Dudando.) Yo... JOSÉ LEÓN.- (Con audacia, después de dirigirá FELICIANA una mirada de inteligencia.) Que diga si soy o no don Fernando de Azlor. FELICIANA.- (Después de corta vacilación.) Digo que... en efecto, con tal nombre se le conocía en Zaragoza. JOSÉ LEÓN.- ¿Lo veis? (Asombro general.) PATERNOY.- Ahora... nos convendría saber que tu conducta es tan noble como tu apellido. BARBUÉS.- Eso... y que nos demuestre que no tuvo parte en el asesinato de Alonso Barbués. MOZO 1.º.- (Adelantándose con fiereza.) Y en el incendio de las casas de Paternoy, de tus casas, Santiago. MOZO 2.º.- (Lo mismo.) Y de las cabañas de la Gorgocha. PATERNOY.- ¿Qué dice usted? JOSÉ LEÓN.- ¿Yo? ¿Qué he de decir? Nada sé de esos delitos. Los que torpemente me acusan, son los obligados a demostrar mi culpa; y si no lo hacen, yo les enseñaré, aquí o en donde quieran, el respeto que se debe a la verdad y a la inocencia. FELICIANA.- (Bien: a bravura nadie lo gana.) BARBUÉS.- (Queriendo acometerle con los dos Mozos.) ¡Nos provoca el indino! PATERNOY.- (Conteniéndolos.) Quietos... GASTÓN.- No es ocasión de tratar de eso. Lo primero es lo primero. PATERNOY.- Y ese asunto incumbe a los tribunales. BARBUÉS.- (Con fiereza.) Cuando no hay justicia, nosotros, el pueblo, la inventamos. PATERNOY.- Calma. Ahora, explíquenos el señor don Fernando la razón de encontrarse en esta casa. GASTÓN.- ¡Eso! JOSÉ LEÓN.- Si ya lo saben, ¿a qué he de repetirlo? FELICIANA.- ¡Bah! Historia vieja y manoseada, señores míos. El pícaro amor, que concierta las voluntades de los jóvenes sin contar con la de los padres... y menos con la de los tíos. PATERNOY.- (A JOSÉ LEÓN.) ¿Se ha prendado usted de Salomé? JOSÉ LEÓN.- Sí, señor. Y a ella no le parece mal corresponderme. Será mi esposa. GASTÓN.- ¡Eso no... Cristo! Antes la vea yo muerta que en poder tuyo. JOSÉ LEÓN.- Salomé es libre, mayor de edad... GASTÓN.- Que no, digo. Primero la mato. PATERNOY.- Esas cuestiones no pueden resolverse así. GASTÓN.- ¡Y tú, tú, eres capaz de hacer causa común con ese hombre! PATERNOY.- No hago causa común más que con la razón y la verdad, según yo las entiendo. BARBUÉS. Santo eres, digno de estar en los altares; pero no tienes alma de aragonés. GASTÓN.- (A PATERNOY.) ¿Qué dices a eso? PATERNOY.- Que soy hijo de padre navarro y de madre aragonesa: de modo que tengo toda la tenacidad del mundo en mi alma, y que la pongo al servicio de lo que creo justo y humano. GASTÓN.- Bien, bien. JOSÉ LEÓN.- ¡Qué hombre! PATERNOY.- ¿Mi opinión, amigos míos, vale algo en esta casa y en este pueblo? GASTÓN.- Eso sí. TODOS.- Sí, Sí. PATERNOY.- ¿Me tienen por hombre recto y justo? TODOS.- Sí, Sí. PATERNOY.- ¿Me confirmas tú la autoridad que antes me diste? GASTÓN.- (Con desaliento.) Confirmada. Acatamos tu criterio. Decide tú. Figúrate que eres el padre... PATERNOY.- Pues decido que interroguemos a Salomé. Sin conocer sus sentimientos, no puedo resolver nada. BARBUÉS.- Bueno va... GASTÓN.- Oigámosla, pues. PATERNOY.- Voy por ella. (Sale por la derecha.) BARBUÉS.- ¡Zapa! Enredosos trámites veo aquí, muchos dimes y diretes. Más que de santidad, me da en la nariz olor de curia. GASTÓN. Aguardemos su resolución, que ha de ser de justicia. BARBUÉS.- (Mirando hacia la derecha.) Aquí vienen ya. Escena XIV GASTÓN, BARBUÉS y los DOS MOZOS, a la izquierda; JOSÉ LEÓN, en el centro derecha; FELICIANA, al extremo derecha; PATERNOY, trayendo de la mano a SALOMÉ, pasa al centro. PATERNOY.- Ven, no temas. SALOMÉ.- (¡La Virgen sea conmigo!) (Sin atreverse a levantar del suelo los ojos.) GASTÓN.- (A Barbués.) ¡La muy bribona... con esa cara de inocencia... engañarme así! BARBUÉS.- (A Gastón.) Lo que digo, Jerónimo. A estos ángeles, desde chiquitos, se les va enseñando con una vara. PATERNOY.- Hija mía, ¿amas la verdad? ¿Comprendes que diciéndola en ocasiones tan solemnes como ésta se sirve a Dios? SALOMÉ.- (Temblando.) Sí y señor, amo la verdad. FELICIANA.- ¡Infeliz, cómo tiembla! JOSÉ LEÓN.- (Sugiriéndole, aparte.) ¡Alma mía, ten valor! ¡La verdad, la verdad pura! PATERNOY.- Bien. Todos saben aquí que te hice proposiciones de casamiento. Nunca me respondiste con la claridad que yo pedía. Hazlo ahora... SALOMÉ.- (Trémula, azorada.) Yo... Santiago... yo... PATERNOY.- Ya sé que me estimas. Pero no es eso. No vaciles en hablar con toda la sinceridad del mundo. Yo no me ofendo. Echo los hierros a mi amor propio. A ver: te lo pregunto en la forma más sencilla. Salomé, tú... no quieres casarte conmigo. SALOMÉ.- (Sin alzar los ojos del suelo, después de una pausa, dice.) No, señor. JOSÉ LEÓN.- ¡Bendita boca! GASTÓN.- Es para matarla... No, Santiago, eso no vale. PATERNOY.- ¿Pues no ha de valer? Sigo. Salomé, alza los ojos. Mira a ese hombre, mírale... Ese hombre dice que tú le amas. ¿Es cierto? (Expectación: pausa.) ¿Es cierto, Salomé? SALOMÉ.- (Con gran esfuerzo.) Sí, señor. FELICIANA.- Total, que se han dado juramento de casarse o morir. (¡Habrá tontos...!) PATERNOY.- ¿Y es cierto lo que dice Barbués, que habías accedido a dejar tu casa y a huir con él...? SALOMÉ.- (¡Ay de mí!) (Con angustia.) PATERNOY.- Confesión difícil es ésta, hija mía. Haz un esfuerzo, y nada temas, que aquí estoy yo para defenderte. SALOMÉ.- Pues... sí... sí, señor... habíamos pensado... GASTÓN.- (Sin poder contenerse.) Ahora yo... Déjame, Santiago. Quiero decirle a esa ingrata, a esa pérfida, desleal criatura... (SALOMÉ solloza acongojada.) PATERNOY.- (Cortándole la palabra.) Basta... Ten calma y piedad. GASTÓN.- ¡Y tú sancionas con tu autoridad esta indigna ingratitud! PATERNOY.- Calma... Si no he concluido. Un momento más. Salomé, como ves, tu familia no quiere que seas mujer de ese hombre. Ni lo quiere tampoco el pueblo en que has nacido. TODOS.- No, no. (Callan JOSÉ LEÓN y FELICIANA.) PATERNOY.- Atendiendo a esto, y por si desearas tú, con la ayuda de Dios, poner un freno a tu loca inclinación, te propongo entrar como arrepentida, con clausura temporal, en el convento de la Esclavitud de Berdún, que yo protejo, y he dotado ampliamente. GASTÓN.- (Vivamente.) ¡Ahí sí; transijo... Buena idea. FELICIANA.- La esclavitud. Yo también protejo esa santa casa. GASTÓN.- La perdono si entra en las Esclavas... Salomé, hija mía, has de ir, quieras o no. PATERNOY.- Poco a poco. Si va, ha de ser por libre y espontánea voluntad. JOSÉ LEÓN.- Que lo diga redondamente; que declare si prefiere entrar en la Esclavitud, o unir para siempre su suerte a la de este desdichado. BARBUÉS.- Que lo diga. PATERNOY.- Vamos, dilo. SALOMÉ.- (Que se ha sentado desfallecida. PATERNOY, en pie junto a ella, como protegiéndola.) No sé expresarme... no puedo hablar. FELICIANA.- ¡Pobrecilla! PATERNOY.- Dos caminos tienes delante de ti, Salomé, y vas a elegir libremente uno de los dos. Yo te garantizo la libertad. Primer camino: el convento. Segundo camino: este hombre. ¿Cuál escoges? No tienes que decir más que una palabra. SALOMÉ.- (Después de honda y angustiosa lucha, responde, con voz alterada y trémula.) Éste. PATERNOY.- No hay más que hablar. JOSÉ LEÓN.- (Respirando con fuerza, muy satisfecho.) ¡Ay! GASTÓN.- ¡Infame! BARBUÉS.- ¡Bribona! FELICIANA.- Pero, señor, es natural que prefiera... GASTÓN.- (A PATERNOY.) ¿Y al fin, qué decidimos? PATERNOY.- ¿Soy yo el que decide? GASTÓN.- Tú. PATERNOY.- Pues que se cumpla la ley de amor. JOSÉ LEÓN.- Salomé ha confirmado mi declaración. PATERNOY.- La ha confirmado, y por mi dictamen, tuya es. GASTÓN.- ¡Suya!... ¡Santiago!... PATERNOY.- Mi leal parecer es que se la lleve, y que se casen sin dilación. BARBUÉS.- Eso es favorecer el mal. PATERNOY.- Esto es ponerles en el terreno de la responsabilidad, que es el de la justicia. GASTÓN.- (A Salomé, que llora acongojada, apretándose el pañuelo sobre los ojos.) ¡Infame, Dios te castigará! José León acude en su auxilio. Entran por la izquierda Vicenta y Prisca, y quieren ir también en auxilio de Salomé. Gastón las detiene.) No os acerquéis. Ya no existe para nosotros. BARBUÉS.- (Queriendo llevarse a GASTÓN.) ¡Retírate! GASTÓN.- Sí, no puedo ver esto. PATERNOY.- Me disteis poder para sentenciar, y he sentenciado conforme a mi conciencia. GASTÓN.- ¡Extraña justicia la tuya! (Retirándose hacia la derecha.) PATERNOY.- He querido imitar, en lo posible, al Supremo Juez, que da a cada uno su merecido, y se vale, para sus designios, de las propias pasiones, de los propios hechos humanos. BARBUÉS.- Debiste salvarla. PATERNOY.- Que se salven ellos, si quieren. Criminales de amor, les condeno a la vida, al amor mismo, y a las consecuencias de sus errores. GASTÓN.- (Desde la puerta.) ¡Donosa sentencia! (Óyense murmullos de la gente que presencia la escena.) PATERNOY.- ¿Quién me contradice? (Con arrogancia.) ¿Hay alguien que se atreva a replicarme? (Con despotismo.) ¡A casa todo el mundo! (En medio de un profundo silencio, empiezan a retirarse.) Aquí no ha pasado nada. Acto II Habitación humilde, construida sobre las ruinas de un edificio de Templarios. La mitad de la decoración, a la derecha, representa una arquitectura antigua y robusta, de gruesos sillares. La otra mitad, de construcción pobre, de adobes o tapiería ligera. Al fondo, una puerta ancha, que da al campo. A la derecha, escalera de piedra que conduce a las ruinas de una torre. En primer término, a la derecha, un paramento de estilo románico, en el cual un Crucifijo grande, tallado en el muro. Bajo la escalera, un hueco practicable. A la izquierda, una puerta ordinaria, que conduce a las habitaciones interiores. Al fondo, un arcón grande. En el centro, hacia la izquierda, una mesa rústica, algunas sillas o banquetas; en los muros, aperos agrícolas colgados. Madejas de hilo, colgadas de un palo, y una cesta con gruesos ovillos de hilo. Una devanadera. Es de día. Escena I SALOMÉ, devanando; JOSÉ LEÓN, dormido sobre el arcón; luego GINÉS, que entra por el fondo. SALOMÉ.- (Mirando a JOSÉ LEÓN con ternura.) ¡Pobrecito mío; le ha rendido el cansancio!... Tejeré hasta concluir las diez varas... ¡Virgen Santísima, que un hombre como éste, con crianza de caballero y estudios de persona fina, se vea obligado a cortar leña, a hacer carbón y a estos rudos menesteres...! ¡Oh, no; yo trabajaré para que él descanse! GINÉS.- (Entra por el fondo con algunos instrumentos de labranza y herramientas, que deja en un rincón.) Ea, ya tenemos aquí lo último que quedaba en la casa de Biniés. SALOMÉ.- ¿Has traído agua? GINÉS. Sí, señora; y he encendido la lumbre. No falta más que las especies nutritivas, vitalibus alimentis, sin lo cual excusada es la lumbre. SALOMÉ.- Aguarda un poco, hombre. Verás cómo el Señor nos manda algo. GINÉS.- ¡El Señor! ¡Fíese usted del Señor!... SALOMÉ.- Verás cómo sí. Ginés, eres hombre de poca fe. GINÉS.- ¡Oh, no, señora; fe no me falta! Yo creo en la misericordia divina; sé que al fin he de salvarme, a pesar de lo mucho que peco. La verdad: he sido malo hasta dejármelo de sobra. ¡Mire usted que abandonar a las santísimas Madres de la Esclavitud de Berdún, que me criaron, enseñándome a sacristán y jardinero... y lanzarme a una vida vagabunda por zancas y barrancas, vericuetos y llanuras sin fin!... ¡Y meterme a cómico trashumante, primero, a mercachifle después, entre hijos de tantas madres...! Pero bien lo pago, bien. Porque estos ayunos mayores, este miedo a la Guardia civil, ¿que son sino el palo que levanta sobre mí Su Divina Majestad? SALOMÉ.- Al fin, Ginesillo, nos reconciliaremos con Dios, y seremos felices y buenos. GINÉS.- Amén... ¿Quiere que vaya a la huerta de Bellido, ahí, detrás de la torre, y pida patatas, una col... et religua? SALOMÉ.- (Vivamente.) ¿Qué has dicho? ¡Si no te callas...! Antes pediré yo limosna por los caminos que humillarme a Feliciana, la viuda escandalosa... GINÉS.- Si está en Ansó... Rara vez viene acá. SALOMÉ.- Mejor... Ginés, no, no... Huye del demonio... GINÉS.- ¿El demonio?... ¡Si es muy guapa! SALOMÉ.- (Enojada.) Tonto... ¿qué sabes tú? JOSÉ LEÓN.- (Que despierta y se incorpora.) ¡Ginés! GINÉS.- ¿Qué? JOSÉ LEÓN.- ¿Has concluido la mudanza? ¿Está aquí todo, la herramienta, los aperos, los sacos de hilaza? SALOMÉ.- Todo está aquí. GINÉS.- Menos la maleta chica, que no he podido encontrar. JOSÉ LEÓN.- ¿Se habrá perdido? GINÉS.- No lo creo. Se encargó de traerla la tía Blasa, y... no sé. JOSÉ LEÓN.- Si se pierde... Pero nada hay en ella que pueda comprometerme... al menos no recuerdo... Bueno: ¿irás pronto a ese recado? GINÉS.- Ahora mismo. Y permita San Pascasio bendito, abogado de las respuestas favorables, que la tengamos conforme a nuestros deseos. (JOSÉ LEÓN indica por señas a GINÉS que no hable de aquel asunto delante de SALOMÉ.) ¡Ah, sí! JOSÉ LEÓN.- (En voz baja.) ¿Llevas la carta? GINÉS.- Aquí la tengo. JOSÉ LEÓN.- Pues date prisa... ¡Vivo, Ginés! GINÉS.- ¡Volando! (Vase por el fondo.) Escena II JOSÉ LEÓN, SALOMÉ. SALOMÉ.- ¿Qué recado es ése? JOSÉ LEÓN.- (Meditabundo, mirando al suelo.) Nada... Solicitando el arriendo de esa finquita... ya sabes... Allí estaremos muy bien, y podremos vivir, ¡ay! (Suspirando fuerte.) mejor que en estas desdichadas y tristes ruinas. SALOMÉ.- ¡Oh, sí; esto es muy triste!... Esa torre, la negrura de esas piedras... Pero nada me agobia el alma como la vecindad de la maldita viuda... (JOSÉ LEÓN, abstraído, no la oye.) Feliciana, hombre, ¿no oyes lo que te digo? JOSÉ LEÓN.- ¿Feliciana?... ¿Y qué te importa? SALOMÉ.- La aborrezco... ¡Dios me lo perdone!... desde que me dijeron que la habías tratado en Sangüesa. JOSÉ LEÓN.- (Sentándose a su lado.) ¡Bah, bah! No te ocupes de eso, vida mía. (Queriendo mudar de conversación.) SALOMÉ.- ¡Cuánto me gusta que me llames vida mía! Vida mía, vida tuya; es decir, que soy tu propia vida. JOSÉ LEÓN.- (Con ternura.) Y mi esperanza, y mi ser todo. Sin ti, no habría en mi alma más que tinieblas. Yo soy el mal, Salomé; y siendo el mal, he ganado el bien. ¡Qué cosa más rara! te he ganado a ti, te poseo, eres mía. Soy un réprobo que se cuela en el Paraíso. Eso de que Dios castiga a los malos, no es verdad siempre. A mí me ha premiado... ya ves. SALOMÉ.- ¡Lisonjero!... Por decirme una flor, no blasfemes. JOSÉ LEÓN.- Pues sólo te diré que te adoro, que quisiera tener muchas almas, para con todas ellas, adorarte; para, con todas ellas despreciar por ti los trabajos, las miserias, las persecuciones; para, con todas ellas, fundir mi voluntad en la tuya, y ser al fin a tu imagen y semejanza. SALOMÉ.- (Suspirando fuerte.) León de mi vida, tú no eres bueno. JOSÉ LEÓN.- ¿Por qué lo dices? SALOMÉ.- Tu conciencia no está tranquila. JOSÉ LEÓN.- (Con tristeza.) No. SALOMÉ.- (Parando de devanar, le mira fijamente.) Mírame, León. No sé qué veo en tus ojos... una sombra de cosa negra que anda por dentro... JOSÉ LEÓN.- Puede ser. SALOMÉ.- Algún recuerdito malo. Cuéntamelo todo. ¿No dices que mi vida es tu vida? Pues que sean míos tus secretos. JOSÉ LEÓN.- ¡Mis secretos! Ya posees algunos. SALOMÉ.- Sí; me has confesado una falta grave... la tremenda mentira que soltaste aquella tarde cuando Santiago te interrogó. Falso es también el nombre de don Fernando de Azlor. El verdadero ¡gracias a Dios! me lo has dicho a mí. JOSÉ LEÓN.- (Vivamente.) A ti sola... Cállate. SALOMÉ.- Gran pecado es usar un nombre falso. ¡Ah, la mentira! Aún vivimos en ella, León. (Con profunda pena.) Seis días hace que salí de casa de mi tío; ¡qué tarde aquella, qué vergüenza, qué angustia! salí con la certeza de que nos íbamos a casar en seguida, y todavía... JOSÉ LEÓN.- Pero ¿qué culpa tengo yo de que la misma tarde de San Pedro hiciera la gracia de morirse el curita de Biniés, que me había prometido casarnos? SALOMÉ.- Sí... ya sé que no es culpa tuya... JOSÉ LEÓN.- Nos casaremos... y pronto... A todo trance he de conseguir el molino y la huerta... ¡Verás qué hermosura de casita!... ¡Viviremos tan bien, tan bien...! No como ahora, hija mía; que esto no es vivir, pues cuando se carece hasta de lo más preciso para la subsistencia... SALOMÉ.- Pero no faltan almas piadosas que nos amparen. Tenemos a esa bendita Santamona, que nos trae víveres de lo que recoge en las casas de los ricos. (Mirando al fondo.) Aquí está ya. Escena III Dichos; SANTAMONA, por el fondo, con una gran cesta colgada del brazo. SANTAMONA.- Buenas tardes, condenaditos míos. Mirad, mirad lo que os traigo. SALOMÉ.- (Suspendiendo el trabajo.) ¿A ver, a ver? (Ponen la cesta de SANTAMONA sobre la mesa, y van sacando.) SANTAMONA.- Pan. JOSÉ LEÓN.- ¡Cuánta cosa buena! (Saca un porrón de vino.) SALOMÉ.- (Sacando paquetes.) ¡Azúcar, chocolate, café!... JOSÉ LEÓN.- ¡Pobre Santamona! Tan viejecita y tan incansable. Pero ¿no te fatiga el venir hasta aquí? SANTAMONA.- A mí no. JOSÉ LEÓN.- ¿Cuántos años tienes? SANTAMONA.- ¿Qué sé yo? SALOMÉ.- Ésta no tiene años. Es eterna. JOSÉ LEÓN.- Jamón. SALOMÉ.- (Gozosa.) Alubias; medio cabrito asado... Me río de la cara que va a poner Ginés cuando vea esto. JOSÉ LEÓN.- ¡Pero qué Santita esta tan re-mona! Y dime: ¿no temes que te acusen de proteger a pillos? Porque, francamente, habremos dejado en Ansó una fama horrorosa. SANTAMONA.- Oh, sí; medianilla fama dejasteis. Pero eso a mí poco me importa; ni nada tengo yo que ver con la opinión de tejas abajo. SALOMÉ.- Voy a preparar la cenita. (Coge varias cosas y se va por la izquierda.) JOSÉ LEÓN.- A ver, Santamona, con franqueza; ¿qué idea tienes de mí? SANTAMONA.- La peor idea que se puede tener. JOSÉ LEÓN.- (Con amargura.) Y con razón, Mónica bendita; yo no soy bueno. En mi vida hay bastantes puntos obscuros. SANTAMONA.- Guárdatelos. Nadie te pregunta nada. JOSÉ LEÓN.- ¿Por qué lo dices...? (Alarmado.) ¿Acaso sabes...? SANTAMONA.- No, hijo; yo no sé nada, ni quiero. JOSÉ LEÓN.- ¡Puedo asegurarte una cosa: a medida que iba yo tratando a Salomé, sentía en mí unas ganas de... de reconciliarme con Dios y los hombres! SANTAMONA.- Buen pájaro estás tú. (Levántase.) JOSÉ LEÓN.- Y desde que la traje conmigo, parece que la conciencia se me remueve desde lo más hondo, y mi alma se llena de una deslumbradora claridad. Ah, Santomona; yo quiero ser digno de la celestial criatura que me ha deparado mi destino. SANTAMONA.- Dios te ha tocado en el corazón. Pues vuélvete a Dios, regenérale, límpiate de tus horrorosos pecado!... JOSÉ. LEÓN.- ¡Límpiate! ¡límpiate! ¡Qué fácil de decir! SANTAMONA.- Más fácil de hacer. (Recogiéndose la basquiña.) Fíjate en el ejemplo que te doy. Voy a limpiaros toda la casita, y a dejárosla como un espejo. ¡Luego traeré mis yerbas del campo, y os lo pondré todo tan fresco y hermoso!... Verás. Escena IV JOSÉ LEÓN, SANTAMONA, GINÉS. GINÉS.- He sentido fragancia de víveres, y vengo desalado. JOSÉ LEÓN.- Ginesillo, hoy estamos en grande. GINÉS.- (Buscando algo que comer en la mesa.) Glorificada sea Santamona bendita. (Come pan.) Accípite panem... et manducate. SANTAMONA.- Goloso; no comas ahora, que se te quitará la gana. GINÉS.- Pues para eso cómo, ¡caramba! para que se me quite. SANTAMONA.- (Dándole el porrón.) Vaya, bebe un poquito, borrachón. GINÉS.- Simíliter et calicein. (Empina y bebe.) SANTAMONA.- ¡Ay qué gandules! Como no se los dé de comer toditos los días del año, ya les tiene usted cayéndose de hambre. GINÉS.- (Queriendo abrazarla.) Glorificamus te. SANTAMONA.- Quita, quita, moscón. (Dirígese a la izquierda y retrocede.) ¡Ah! se me olvidaba lo mejor. (Metiendo la mano en una profunda faltriquera de su refajo, saca unos cigarros.) Tomad... JOSÉ LEÓN.- (Gozoso.) ¡Tabaco! GINÉS.- ¡Hosannah!... SANTAMONA.- Ahí tenéis, perdularios, para que no os falte ningún vicio... (Vase por la izquierda, segundo término.) JOSÉ LEÓN.- No se olvida de nada. GINÉS.- ¡Beata, beatísima!... Escena V JOSÉ LEÓN, GINÉS. JOSÉ LEÓN.- (Cerrando las dos puertas de la izquierda, y cerciorándose de que no le oyen.) ¿Qué hay? ¿Qué noticias me traes? GINÉS.- Medianas... La viuda... JOSÉ LEÓN.- Habla bajo... Pero di, ¿cómo has vuelto tan pronto? GINÉS.- Si está aquí, en la huerta del Temple. Cuando yo iba para allá, me la encontré en su borriquilla. Hoy viene a pasar el día aquí, con los niños. JOSÉ LEÓN.- ¡Ah, maldita! ¿Sabes lo que esto significa? Una persecución en toda regla. GINÉS.- Pues volvime con ella. Hízome entrar en la casita... JOSÉ LEÓN.- ¿Leyó mi carta? GINÉS.- Sí; pero... como si no. JOSÉ LEÓN.- ¿Le dijiste de palabra lo que pretendemos? GINÉS.- ¡Menudo sermón eché por esta boca! JOSÉ LEÓN.- (Impaciente.) Pero ¿qué respondo? GINÉS.- A ver si recuerdo una por una sus palabras: «Dile a ese perdido que si quiere la granjilla y el molino, que se fastidie y venga a verme y a tratar conmigo, y que no me mande acá... pasmarotes.» JOSÉ LEÓN.- ¡Bribona! Quiere que yo la visite, le ruegue, le... ¡Oh, la conozco bien! GINÉS.- ¡Pues, hijo, vaya un trabajo!... Vas, le dices... JOSÉ LEÓN.- No, no iré. Salomé es muy celosa. Podría creer... GINÉS.- ¡Ay, Dios mío, qué escrúpulos! No veo yo por qué se ha de enterar Salomé... Pues no tendremos la granjilla si no vas, ea. La señora, bien se le conoce, quiere verte de cerca, hablar contigo... tiene de ti, según parece, recuerdos muy gratos. JOSÉ LEÓN.- No lo son tanto para mí. (Receloso de que le oigan, y bajando la voz.) A ti, Ginés, que eres mi amigo más leal, puedo contarte... Dos años ha me encontré a esa mujer en Sangüesa. Entonces tenía yo mejor pelaje que ahora. GINÉS.- Lo creo. JOSÉ LEÓN.- Entonces no era posible que viese yo a una mujer guapa, aldeana o señora, sin que al instante, con una audacia impetuosa y hasta grosera, no la requiriese de amores. ¡Oh, qué tiempos, Ginés! GINÉS.- Total, que... JOSÉ LEÓN.- Que a mi acometividad, para enamorarla, correspondió ella con su prontitud para prendarse de mí. Le caí tan en gracia, que... En fin, conquista más rápida y feliz, no podrías imaginarla. GINÉS.- (Oyéndole gozoso.) Todo, todito me lo imagino. Sigue. JOSÉ LEÓN.- Entonces era yo un perdido. GINÉS.- ¿Entonces? JOSÉ LEÓN.- Aún tenía algún dinero. No pensaba más que en satisfacer mis locos apetitos. Donde hubiera pendencias, desorden, aventuras, embriaguez, juego, mujeres, allí estaba yo. GINÉS.- (Regodeándose.) ¡Ay, qué vida! JOSÉ LEÓN.- Después... la cruel realidad me ha enseñado mucho; he cambiado radicalmente; y por fin, desde que me deparó mi suerte la incomparable mujer que a mi lado tengo, todo aquel pasado escandaloso me inspira vergüenza, repugnancia. GINÉS.- Ya... el diablo harto de carne... Sigue contando. JOSÉ LEÓN.- Pues si rápida fue la victoria, no tardó más mi cansancio. Mientras yo tenla que disimular con mil artificios corteses mi antipatía, dila me abrumaba con su amorosa constancia. Huí, me siguió, no ciertamente con pretensiones de matrimonio, pues no quiere volver a casarse. GINÉS.- Pues mira tú, ese desinterés me gusta. JOSÉ LEÓN.- Es, por demás, extraña esa mujer. Su egoísmo tiene un fondo de abnegación que le desconcierta a uno, y... En fin, Ginesillo, a fuerza de astucia y flexibilidad para no dejarme coger, logré poner entre esa mujer y yo, una honesta distancia. Acabó la historia de amor. Pero luego la fatalidad que llevo conmigo, me ha deparado dos o tres encuentros con mi antigua conquista. Y no es eso lo peor, sino que, siempre que con ella me tropiezo, se disponen los pícaros acontecimientos de modo que yo necesito de algún favor o auxilio, y que ella se brinda generosamente a prestármelos. Y aquí me tienes nuevamente amarrado a mi falta por la gratitud, que en este caso, como en otros muchos, mi querido Ginés, es un castigo, un cruelísimo castigo. GINÉS.- Pues, amiguito, vete a verla; pero pronto, pronto, y tendremos la granjilla. JOSÉ LEÓN.- ¿Lo crees tú? GINÉS.- Como si la tuviera en la mano. Y te va a conceder el arrendamiento gratis et amore... ¡Oh, ganga de las gangas! ¡Hombre, corre, no pierdas un minuto! Si no vas, no cuentes conmigo... yo te dejo... Yo no aguanto más esta vida de presidiario... Me vuelvo con mis monjitas. JOSÉ LEÓN.- (Meditabundo, mirando al suelo.) Iré; no hay más remedio que ir y humillarme... Tienes razón; lo primero es buscar medios de subsistencia, salir de este nido de lechuzas... GINÉS.- Pero, ¡qué mayor gloria para ti que tener el remedio de tus cuitas tan a la mano, en la voluntad de esa viuda tierna...! JOSÉ LEÓN.- Iré, no lo dudes... ¡pero si vieras lo que me cuesta! GINÉS.- Pues, chico, yo no tendría inconveniente en ir en tu lugar... JOSÉ LEÓN.- No bromees... GINÉS.- Y en último caso, ¿qué temes tú, que tu mujer...? Pero si no ha de saberlo. (Mirando por las rendijas de la puerta de la izquierda.) Salomé, muy enfrascada en sus pucheros; la santa, fregoteando con jabón y estropajo... ¡José León, ahora o nunca! Media horita, hijo, y mañana tenemos casa, huerta, molino, saltos de agua, y saltamos de la pobreza a la fortuna, y ganaremos dinero, y seremos ricos, digo, honrados, digo, las dos cosas. JOSÉ LEÓN.- (Decidiéndose, después de vacilar.) Tienes razón: el mal camino, andarlo pronto. (Da unos pasos hacia el fondo. GINÉS le detiene.) GINÉS.- Un momentito... Ya no me acordaba... JOSÉ LEÓN.- Qué, ¿hay alguien por ahí? Entonces, no voy. Me desagradaría que me viesen... GINÉS.- (Mirando al campo por el fondo.) Al venir acá, vi a Paternoy a caballo. JOSÉ LEÓN.- ¡Paternoy! GINÉS.- Parado estaba en las casas de Larraz. Habrá pasado ya... No le veo. JOSÉ LEÓN.- No salgo... Te digo que no voy. GINÉS.- ¡Ah, sí!... Mírale, más allá del puente, hablando con dos hombres a pie. Aguárdate a que pase. JOSÉ LEÓN.- ¿Y si no pasa? GINÉS.- ¡Ah! (Con una idea feliz.) Vete por ahí, por las ruinas. (Señalando la escalera de piedra.) ¡Qué tonto, no haber discurrido!... Mira, pasas por un gran hueco que hay en la parte de allá de la torre... sigues por el muro como unos diez pasos, luego un saltito, ¡pin! y estás en la huerta. JOSÉ LEÓN.- Pero de veras, ¿se puede...? GINÉS.- ¡Tonto, si por ahí salto yo todos los días para afanar un par de cebollas quandoque lechugam! Por ahí no te ven ni las moscas. JOSÉ LEÓN.- (Receloso, mirando a la izquierda.) Salomé... GINÉS.- No hay cuidado... (Vigilando las puertas de la izquierda.) Pronto, León... Luego te vuelves por afuera. JOSÉ LEÓN.- Allá voy... GINÉS.- Buena suerte, hijo. (Vase JOSÉ LEÓN por la escalera, procurando no hacer ruido.) Escena VI GINÉS, PATERNOY. GINÉS.- Por ahí nadie le ve... Que Dios le inspire, a ver si... (Aparece PATERNOY en la puerta, con botas de montar y látigo.) ¡Ah!... Señor don Santiago... Adelante... (Con desconfianza.) (¿Visita de santo? Malorum. No me fío.) PATERNOY.- (Avanzando despacio y observando la casa.) ¡Qué aspecto de miseria! ¿No está ese hombre? GINÉS.- No señor, ha ido al río, a ver si pescaba unas truchas... ¿Quiere el señor descansar?... ¿Viene de caza? PATERNOY.- No. GINÉS.- Ya le he visto a caballo... ¿Va el señor hacia la villa? PATERNOY.- (Secamente.) No. Preguntón estás... GINÉS.- Dispénseme. PATERNOY.- Ahora me toca preguntar a mí... ¿Has visto por aquí a Primitivo Barbués y otros amigos, que salieron de Ansó esta mañana? GINÉS.- No señor, no los he visto. (Aparte, receloso.) (¡Dios me valga, esos brutos aquí!) PATERNOY.- ¿Y a Jerónimo Gastón, mi tío, no le has visto tampoco? GINÉS.- Puede creerme que no. PATERNOY.- Sí te creo. ¿Pero no hay nadie en esta casa? Escena VII Dichos; SALOMÉ, por la izquierda. SALOMÉ.- ¡Oh, Santiago!... (Se asusta al verle.) PATERNOY.- No me esperabas. Descansará un momento. (Se sienta.) GINÉS.- (Mirando al campo por el fondo.) Ahora veo al señor Barbués, y a otro, que vienen como de las casas de Larraz. SALOMÉ.- (Asustada.) ¡Barbués! PATERNOY.- ¡Luego les veré! (A Ginés.) ¡Ah! antes que se me olvide. He dejado mi caballo atado a un chopo, al otro lado del puente. Harás el favor de cuidármelo... no se suelte... GINÉS.- Sí señor... Le daré un pienso... Voy. (Vase por el fondo.) Escena VIII PATERNOY, SALOMÉ. PATERNOY.- Parece que te has asustado al verme. SALOMÉ.- Sí: primo mío; la virtud sin tacha... me asusta un poquitín. PATERNOY.- ¿Dónde está... ese hombre? SALOMÉ.- (Turbada.) ¿Mi marido?... no sé... aquí estaba. PATERNOY.- Habla con más propiedad. SALOMÉ.- Le llamo así porque hemos tenido la intención de casarnos. Pero no sé si sabrás lo que ocurrió. PATERNOY.- Sí. ¡Casualidad como ella! ¡Morirse mosén Javierre la misma tarde!... ¡Pobre Salomé! ¡Pobrecita de mi alma! SALOMÉ.- No fue culpa nuestra que... PATERNOY.- No, si de la rectitud de tu intención no tengo duda. De la suya, no puedo decir lo mismo... ¡Ay, hija mía! yo creí que la enseñanza y la corrección de la realidad serían lentas, aunque al fin eficaces. Me equivoqué en la apreciación del tiempo. La ejemplaridad y tu castigo han venido demasiado pronto, mucho más pronto de lo que yo creía. SALOMÉ.- (Asustada.) ¿Qué me dices, Santiago? Ahora sí que me asusto de veras. PATERNOY.- Motivos tienes para ello. Dime, ante todo: ¿quieres a ese hombre... todavía? SALOMÉ.- ¿Por qué me lo preguntas?... Le quiero, sí. PATERNOY.- ¿Hoy como ayer...? SALOMÉ.- Más, más. PATERNOY.- Pues disponte para un atroz martirio. SALOMÉ.- ¡Santiago! PATERNOY.- La justicia le sigue los pasos... Y ahora parece que se ha encontrado un rastro seguro... SALOMÉ.- ¡La justicia!... ¿Por qué?... PATERNOY.- ¡Ah!... Escena IX PATERNOY, SALOMÉ; SANTAMONA, por la izquierda, segundo término, secándose las manos con un paño. SANTAMONA.- Te he puesto la alcobita como los chorros del oro. PATERNOY.- ¿Estabas tú aquí, Mónica? Me lo figuraba. Donde hay miserables que socorrer, tristes que consolar, no puedes faltar tú. SANTAMONA.- Ni tú. (Contempla a Santiago con cariño y admiración.) Aquí le tienes. Mirémonos en este espejo. ¡Un hombre que en la fuerza de la edad abandona el mundo, y desprecia todo, amores, riquezas, opinión, para ponerse al servicio de Dios en austera penitencia!... SALOMÉ.- ¡Qué hermosura! ¡Dichoso quien tiene ese valor! PATERNOY.- Ningún mérito hay en esa resolución que es hija del desaliento y del cansancio de tanta pequeñez y vanidad. SANTAMONA.- Aquí donde le ves, ya ha empezado a repartir su caudal entre los pobres. PATERNOY.- Calla. ¿Qué sabes tú? SANTAMONA.- Sí que lo sé, y lo digo. No te valen tus marrullerías. Verás: a Las Esclavas de Berdún les ha dado una casa magnífica, que fue convento del Císter; al hospital de Hecho... PATERNOY.- (Con altanería.) Basta. Suspende el panegírico. Tengo que hablar a ésta de cosas que le interesan más. SANTAMONA.- Ya... has venido a arreglarle el casamiento... PATERNOY.- Y para ello, lo primero que necesito saber, es el verdadero nombre y el estado civil de José León. SALOMÉ.- (¡Ay, Dios mío!) PATERNOY.- Porque aquello de «Soy don Fernando de Azlor», fue una picaresca improvisación, un rasgo teatral para salir del paso, y conjurar la tormenta que se le venía encima... El verdadero nombre es otro. SALOMÉ.- (Angustiada.) (¡La Virgen nos ampare!) PATERNOY.- (Clavando en ella una mirada penetrante.) Y tú lo sabes... Te lo conozco en la cara. SALOMÉ.- ¿A mí? PATERNOY.- (A SANTAMONA.) Y tú lo sabes también, viejecilla celestial. SANTAMONA.- ¿Yo? Estás fresco. PATERNOY.- Y vais a decírmelo... SALOMÉ.- (Vivamente, medrosa.) ¡Ay, yo no sé nada! SANTAMONA.- Ni yo... PATERNOY.- (Con ternura y generosidad.) Vamos, Salomé, primita mía, alma de Dios, si tu marido... ya ves... le doy ese nombre para halagarte... si tu marido me declara toda la verdad de sus mentiras, si le veo Yo lealmente arrepentido de sus culpas, de sus tremendas culpas, yo le salvaré de la justicia, y os caso, y os mando a Francia, y en paz... SANTAMONA.- Sí, sí, muy bien. Chiquilla, di que sí. SALOMÉ.- (Con brío.) No es criminal: digo y sostengo que no es criminal. No creas a esos locos que le acusan y le persiguen... por delitos inventados, que habrán cometido otros, él no. PATERNOY.- ¡Él no! ¿Estás segura de lo que dices? SALOMÉ.- Segura. PATERNOY.- ¡Pobrecilla! ¡Qué pena desvanecer tus ilusiones! SANTAMONA.- Pues ni ésta ni yo sabemos nada del nombre, ea... Cada cual que se llamo como quiera. Importan mucho las acciones, los nombres nada. PATERNOY.- Algo importan para la justicia. SANTAMONA.- La de Dios es la única verdadera. PATERNOY.- La humana no puede desatenderse. SANTAMONA.- La humana tiene sus Guardias civiles, sus jueces y escribanos... Que averigüen ellos los delitos y los nombres, y cuanto hay que averiguar... Salomé, chiquilla, si algo sabes, cállatelo... Que lo diga él, si quiere. PATERNOY.- Pues que venga; ¿dónde está? A todo trance quiero hablarle y entenderme con él. SALOMÉ.- Aquí estaba. Habrá ido al monte. PATERNOY.- (Recordando.) Ya sé... Me dijo su compañero que estaba en el río, pescando truchas. Santa incansable y vivaracha, vete a buscarle. SALOMÉ.- Sí, Sí. SANTAMONA.- Voy. ¡Qué buena ocasión! A la margen del río iba yo ahora para hacer mi recolección de follaje silvestre. SALOMÉ.- Allí le encontrarás. SANTAMONA.- (A PATERNOY.) Si le encuentro, le digo que... PATERNOY.- Procura no alarmarle. Podría escapársenos. SANTAMONA.- (Con gracejo.) Nada, que él está pescando, y yo voy, y le poseo a él. (Con decisión.) ¡Al río! (Vase.) PATERNOY.- (Viéndola salir.) Pescadora de almas, ¿quién lo duda? SALOMÉ.- (Cavilosa.) Me da el corazón que no le hallará en el río. PATERNOY.- Ya parecerá. Y ahora, ¿te obstinas en no confiarte a mí? (Cariñosamente, tomándole una mano.) SALOMÉ.- (Afligidísima.) ¡Oh! Santiago... no sé nada... no sé... Por Dios te pido que no me martirices más. PATERNOY.- Yo no te martirizo. Quiero salvarte a ti, y a él también. Y he de conseguirlo: soy muy terco, Salomé. (SALOMÉ llora.) Bueno, hija mía, ya no te pregunto nada. No quiero saber nada. Tú confías sin duda en que queriendo mucho a tu bandido, y sólo con quererle mucho, le traerás a Dios y a la ley. SALOMÉ.- ¡Oh, sí, sí! Con el amor puro y acendrado; con la ayuda de Cristo Nuestro Señor y de la Santísima Virgen, a quien fervorosamente se lo pido un día y otro, yo conseguiré traerle al buen camino. Escena X PATERNOY, SALOMÉ; BARBUÉS, por el fondo; ha oído las últimas palabras. BARBUÉS.- (Con violencia y sarcasmo.) Eso es: al buen camino... ja, ja... Y por cierto, que ahora le tienes en uno de los más extraviados. SALOMÉ.- ¿Qué dice este hombre? PATERNOY.- Salomé espera convertirlo con el amor, fortificado por la fe. BARBUÉS.- Pues empieza tu campaña, ahora que en el mismo infierno le tienes de patitas. A ver si le sacas y te luces, ángel de Dios. Puedes echarle un sermoncico desde aquí y mostrarle el santo escapulario, a ver si consigues que lo suelte el diablo gracioso que le tiene entre sus uñas. PATERNOY.- Pero ¿qué dices? (Con autoridad.) Habla claro. BARBUÉS.- Soy muy aragonés, y a claridad no me gana nadie. Allá voy ¡cógilis! y si duele, que duela. (A SALOMÉ.) Pues mientras tú discurres aquí, con éste mi señor apóstol, la manera de pescar con divinas redes a tu hombre, él se deja coger, muy místicamente, en las de la hermosa viuda Feliciana. SALOMÉ.- (Aterrada.) ¡Jesús!... No puede ser... ¡Calumnia infame! BARBUÉS.- ¿Mentiroso yo?... ¿Quieres verlo? SALOMÉ.- (Con vivísima ansiedad.) ¿Dónde? ¿cómo? BARBUÉS.- Por aquí. (Por la escalera de la derecha.) Subimos a las ruinas de la torre: te llevo con cuidadito por el muro, y desde el ventanal grande verás a tu condenado cogiendo cerezas, y a la otra condenada comiéndoselas. SALOMÉ.- ¡Oh! PATERNOY.- ¡Qué infame! ¿Le has visto tú? BARBUÉS.- (A SALOMÉ con sarcasmo.) Invoca a la Santísima Virgen. SALOMÉ.- (Desesperada.) ¡Quiero verlo! BARBUÉS.- Y al Santísimo Padre Eterno, y al Ángel de la Guardia civil de los cielos coronados... ja, ja... SALOMÉ.- (Furiosa.) ¡Qué Dios, ni qué Virgen, ni qué ángeles!... Oh, ya no soy quien soy... No siento a Dios en mí. La rabia me hará blasfemar. PATERNOY.- (Queriendo calmarla.) ¡Desdichada! ¡Y pensabas con tu bondad angelical enmendar a ese perverso! SALOMÉ.- (Trastornada.) ¡Bondad yo! No, no la tengo; nunca la tuve. (Apretando los puños.) Soy una mujer mala; soy una serpiente, una bestia feroz... ¿Pero es verdad? Sí, sí... Bien claro lo veo... No me engañó quien me dijo que fue su amante, que quizás lo era todavía... (Transición.) ¡Ay, no; no es verdad!... ¡Aquí, casi en mi propia casa, venderme así! Tú me engañas, Barbués; eres el odio, la ruin venganza... Tú, Santiago, que eres el perdón y la generosidad, dime que este hombre me engaña; quiere matarme. BARBUÉS.- Pues lo verás. SALOMÉ.- Sí, sí; ahora mismo. Aunque de rabia me muera, lo he de ver. Llévame, llévame; te lo pido. ¡Oh! y si es verdad, le ahogaré... mataré a alguien. Me siento criminal, me siento asesina... Llévame. BARBUÉS.- (Sin atreverse, consulta a PATERNOY.) ¿La llevo? ¿Conviene que vea...? PATERNOY.- Sí. SALOMÉ.- Vamos. BARBUÉS.- Por aquí, (Salen precipitadamente por la escalera de la derecha.) Escena XI PATERNOY; SANTAMONA, por el fondo, con un tajo de hierbas aromáticas. PATERNOY.- (Paseándose inquieto por la escena.) ¡Fatal complicación! SANTAMONA.- (Con tristeza.) Pues en el río no está. PATERNOY.- Se ha ido a pescar a otra parte, a la mar bravía. SANTAMONA.- Lejos están los mares de Dios. PATERNOY.- Más cerca de lo que tú crees. ¿Qué traes ahí? SANTAMONA.- Es mi pasión. Adornar las viviendas con romero y tomillo, y aromatizarlas después de bien limpias. PATERNOY.- Si se pudiera hacer lo mismo en las conciencias. SANTAMONA.- Algo se pega de las viviendas a las almas. PATERNOY.- (Oliendo los ramos.) Esto refresca el espíritu. Es como tu conciencia, que trasciende a las purezas del campo y a la paz de la Naturaleza. Pero en mala ocasión lo has traído, pobre santica. SANTAMONA.- ¿Por qué, hijo? (Se sienta, y extiende los ramos en la falda.) PATERNOY.- Porque mal dicen estos emblemas de la inocencia en la guarida de un criminal. SANTAMONA.- ¿Qué ocurre? (Alarmada.) He visto por ahí gente alborotada, rondadores de semblante ceñudo. Antes entró aquí Barbués... PATERNOY.- Aguárdale, y verás algún paso doloroso, que desgraciadamente ni tú ni yo podremos evitar. SANTAMONA.- Tú, sí; tú puedes evitarlo, porque a ti, malos y buenos, te respetan y te aman. Tu autoridad se impondrá hoy como siempre. No permitas que entre aquí la maldad. PATERNOY.- ¡Ay, la maldad no tiene que entrar aquí, porque está dentro! SANTAMONA.- (Haciendo ademán de recoger los ramos.) ¡Dentro! PATERNOY.- Sí: recoge, recoge. Llévate el ramaje oloroso para tu casita, que más bien es santuario. SANTAMONA.- ¿Pero es criminal? ¿Lo sabes ya? PATERNOY.- Casi, casi. SANTAMONA.- (Con gravedad, levantándose.) Santiago, no se puede juzgar a nadie sin ver su interior. ¿Has visto tú el de ese desdichado? PATERNOY.- No. SANTAMONA.- Pues Dios, que lo ve y lo conoce, le dará su merecido. (Cariñosamente.) Santiago, angelote mío, maravilla de esta tierra ansotana, no permitas que persigan cruelmente al prójimo, que le acosen, que le cacen como a las fieras del monte. PATERNOY.- (Con profunda tristeza, cogiendo maquinalmente un ramo.) No podré impedirlo. SANTAMONA.- Criminal o inocente, ampárale, escúdale tú. Así serás digno de tu nombre cristiano y de los dones que ha derramado el Señor sobre ti. Eres bueno, buenísimo; pues aspira a ser perfecto. ¿Lo harás? ¿Impedirás toda acción inhumana? Entre imitar a Barbués o imitar a ése... (Señalando al Cristo.) elige. PATERNOY.- (Meditabundo.) Se elige lo mejor, pero sólo se hace lo posible. SANTAMONA.- (Hablando con el Cristo.) ¿Verdad, Jesús mío, que con tu amparo impediremos la maldad? PATERNOY.- Ayúdame tú. SANTAMONA.- (Con una idea súbita.) Pongamos todo esto a los pies de la Santísima imagen. (Coge los ramos y entrega uno de los mayores a PATERNOY.) ¿Ves...? el laurel robusto y fragante, tu conciencia; que desprecia las tempestades, siempre mirando al cielo... Ponlo, ponlo tú, que eres más alto. Yo no alcanzo. Soy muy chica. PATERNOY.- (Poniendo los ramos a los pies del Cristo, en una repisa, que debe estar preparada, para hacerlo rápidamente.) Dame acá... Así... ahora, aquí... SANTAMONA.- (Contemplando la imagen.) Bien... ¡Qué precioso! PATERNOY.- (Poniendo más ramos, y sin volver la cabeza.) Pues, sí, viejecilla cándida, yo haré lo que pueda. Por de pronto, urge separar a Salomé de ese hombre. SANTAMONA.- (Sorprendida.) ¡Separarla! PATERNOY.- (Volviéndose, concluida la operación.) Sí: imposible que continúe a su lado. SANTAMONA.- ¿Por qué?... Escena XII PATERNOY, SANTAMONA; SALOMÉ, BARBUÉS, por la escalera de la derecha;