libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Pardo Bazán, Emilia, Condesa de (1851 – 1921) Emilia Pardo Bazán nació en La Coruña (Galicia) en 1851. Pertenecía a una familia aristocrática y heredó de su padre el título de "Condesa de Pardo Bazán." El padre, don José Pardo Bazán, era liberal y favorecía la vocación literaria de su hija. También apoyaba las reivindicaciones feministas. Desde joven la escritora tenía acceso a una extensa biblioteca familiar. Empezó a escribir cuando era niña. Emilia Pardo Bazán pasó los inviernos de su niñez en Madrid en un colegio francés. Ya en su adolescencia escribió versos a escondidas y leía novelas románticas francesas. A los dieciséis años se casó con don José Quiroga, en el año mismo de la Revolución de Septiembre. En 1869 la familia se trasladó a Madrid, donde Emilia se inició en la vida social de la capital. Entró en la capital el año después de la llamada Gloriosa Revolución del 68, de la cual comentó años después que en aquel momento se contrastaban "una vieja España impotente para triunfar" con "una nueva España incapaz del triunfo." Al cabo de unos años doña Emilia empezó a aburrirse de la vida monótona de la capital. En 1871 se trasladó a Francia con su familia y allí volvió a su interés en la literatura. Aprendió inglés e italiano (ya sabía francés) y leía extensamente la literatura europea. En 1873 regresó a España, donde reemprendió su intensa actividad social sin dejar de desarrollar sus intereses literarios. Entró en contacto con el krausismo, una filosofía alemana muy de la época que insistía en el perfeccionamiento del individuo y de la sociedad a través de la educación. Conoció a don Francisco Giner de los Ríos, fundador de la Institución Libre de Enseñanza. Nació su primer hijo, Jaime, en 1876 y en el mismo año doña Emilia ganó los juegos florales en Orense por sus versos y prosa. Nació su segunda hija, Blanca, en 1878. En pleno auge de la novela realista, Pardo Bazán comenzó a interarse por las obras de sus contemporáneos Valera, Galdós y Pereday empezó a leer a Zola. Publicó su primera novela Pascual López. Autobiografía de un estudiante de medicina en 1879. Seguía su interés por los autores franceses y durante su estancia en el balneario de Vichy escribió su segunda novela Un viaje de novios (1880), ambientada en el mismo. Antes de volver a España, Pardo Bazán pasó por París, donde conoció a Víctor Hugo, el gran maestro de la novela decimonónica. En su tercera novela, La tribuna, doña Emilia relató la historia de una cigarrera. Para documentar bien la novela, Pardo Bazán observó el ambiente en una fábrica de tabacos en La Coruña. Al mismo tiempo, influenciada por la lectura de Zola y su interés por el naturalismo, Pardo Bazán escribió una serie de artículos sobre el naturalismo. Fueron recopilados bajo el título La cuestión palpitante y publicados como un libro en 1883. En estos artículos la autora adoptó una postura crítica ante el fondo filosófico del naturalismo por el determinismo radical de éste. Para Pardo Bazán el libre albedrío y la libertad del individuo eran inalienables. Sin embargo, la autora utilizó algunas de las técnicas literarias naturalistas como la objetividad narrativa y el uso del discurso indirecto libre. También le interesaba la posibilidad simbólica de la novela naturalista. La cuestión palpitante ocasionó muchas críticas y el marido de Pardo Bazán intentó que su mujer abandonara la literatura, lo cual produjo una separación. Doña Emilia se fue a Madrid para dedicarse de lleno a su vocación literaria. De Madrid viajó a París donde permaneció un año. Allí escribió El cisne de Vilamorta (1885). Siguen Los pazos de Ulloa (1886) y La madre naturaleza (1887). Sufrió de la envidia de los novelistas y críticos más destacados de la época. Cuando apareció su novela Insolación (1888) se creó una nueva polémica por la obvia sexualidad de la heroína. Se defiende en la novela la igualdad de hombres y mujeres en moral sexual. En España el naturalismo nunca consiguió los seguidores que logró en Francia. Doña Emilia continuó a desarrollar sus teorías literarias con respeto a otro movimiento literario más destacado en España: el realismo. El realismo comparte con el naturalismo la supuesta objetividad del narrador, pero no hace tanto hincapié en el determinismo. Doña Emilia sostenía que el espíritu del individuo podía vencer cualquier obstáculo material. En la cuestión de los relativos méritos del naturalismo y el realismo, Pardo Bazán terminó abogando por el realismo, creyéndolo "una teoría más ancha, completa y perfecta que el naturalismo." En 1890 Pardo Bazán fundó Nuevo Teatro Crítico, una revista que ella sola escribió y editó por tres años. A los cuarenta años ya era una escritora famosa, tanto en España como fuera del país. En la década de los noventa se prestó más atención a su obra crítica que a su producción novelística pero continuaba siendo una figura polémica. En los Cuentos de la Patria doña Emilia muestra su preocupación por los problemas de España ante la crisis del 98. Es obvio el pesimismo ideológico en estos cuentos; sin embargo, existe un contraste con su optimismo vital. La autora continuaba publicando y participando activamente en la vida intelectual y social del país. Su novela en clave La Quimera deja entrever ciertos elementos autobiográficos en cuanto a las relaciones de la novelista con el pintor gallego Joaquín Vaamonde. En el siglo veinte se afianzó la fama literaria de Pardo Bazán. En 1906 fue nombrada presidenta de la Sección de Literatura del Ateneo de Madrid, la primera mujer de ocupar este cargo. En 1910, fue nombrada consejera de Instrucción Pública y en 1916 recibió el puesto de catedrático de Lenguas Neolatinas de la Universidad de Madrid. Allí el claustro de profesores y los mismos alumnos que boicotearon sus clases la rechazaron por ser mujer. Además, la eludieron siempre en la plaza vacante de la Real Academia. La última narración larga de doña Emilia se titula Dulce Dueño (1911). El tema de esta novela es la búsqueda de la felicidad en la forma del Amor Ideal. Emilia Pardo Bazán fue una autora de una extensa y variada obra literaria. Novelista, cuentista, ensayista, crítica literaria y profesora, escribía sobre las ideas más innovadoras de su época. En su obra es constante la dualidad entre ideales cristianos de abnegacíon y pleno amor a la vida. Emilia Pardo Bazán se murió en Madrid en 1921 a los setenta años, de una gripe que se complicó con su diabetes crónica. La casa de Pardo Bazán en La Coruña hoy es la sede de la Real Academia Gallega y la Casa Museo de la escritora. Compatibles Emilia Pardo Bazán El Amor Asesinado Nunca podrá decirse que la infeliz Eva omitió ningún medio lícito de zafarse de aquel tunantuelo de Amor, que la perseguía sin dejarle punto de reposo. Empezó poniendo tierra en medio, viajando para romper el hechizo que sujeta al alma a los lugares donde por primera vez se nos aparece el Amor. Precaución inútil, tiempo perdido; pues el pícaro rapaz se subió a la zaga del coche, se agazapó bajo los asientos del tren, más adelante se deslizó en el saquillo de mano, y por último en los bolsillos de la viajera. En cada punto donde Eva se detenía, sacaba el Amor su cabecita maliciosa y le decía con sonrisa picaresca y confidencial: «No me separo de ti. Vamos juntos.» Entonces Eva, que no se dormía, mandó construir altísima torre bien resguardada con cubos, bastiones, fosos y contrafosos, defendida por guardias veteranos, y con rastrillos y macizas puertas chapeadas y claveteadas de hierro, cerradas día y noche. Pero al abrir la ventana, un anochecer que se asomó agobiada de tedio a mirar el campo y a gozar la apacible y melancólica luz de la luna saliente, el rapaz se coló en la estancia; y si bien le expulsó de ella y colocó rejas dobles, con agudos pinchos, y se encarceló voluntariamente, sólo consiguió Eva que el amor entrase por las hendiduras de la pared, por los canalones del tejado o por el agujero de la llave. Furiosa, hizo tomar las grietas y calafatear los intersticios, creyéndose a salvo de atrevimientos y demasías; mas no contaba con lo ducho que es en tretas y picardihuelas el Amor. El muy maldito se disolvió en los átomos del aire, y envuelto en ellos se le metió en boca y pulmones, de modo que Eva se pasó el día respirándole, exaltada, loca, con una fiebre muy semejante a la que causa la atmósfera sobresaturada de oxígeno. Ya fuera de tino, desesperando de poder tener a raya al malvado Amor, Eva comenzó a pensar en la manera de librarse de él definitivamente, a toda costa, sin reparar en medios ni detenerse en escrúpulos. Entre el Amor y Eva, la lucha era a muerte, y no importaba el cómo se vencía, sino sólo obtener la victoria. Eva se conocía bien, no porque fuese muy reflexiva, sino porque poseía instinto sagaz y certero; y conociéndose, sabía que era capaz de engatusar con maulas y zalamerías al mismo diablo, que no al Amor, de suyo inflamable y fácil de seducir. Propúsose, pues, chasquear al Amor, y desembarazarse de él sobre seguro y traicioneramente, asesinándole. Preparó sus redes y anzuelos, y poniendo en ellos cebo de flores y de miel dulcísima, atrajo al Amor haciéndole graciosos guiños y dirigiéndole sonrisas de embriagadora ternura y palabras entre graves y mimosas, en voz velada por la emoción, de notas más melodiosas que las del agua cuando se destrenza sobre guijas o cae suspirando en morisca fuente. El Amor acudió volando, alegre, gentil, feliz, aturdido y confiado como niño, impetuoso y engreído como mancebo, plácido y sereno como varón vigoroso. Eva le acogió en su regazo; acaricióle con felina blandura; sirvióle golosinas; le arrulló para que se adormeciese tranquilo, y así que le vio calmarse recostando en su pecho la cabeza, se preparó a estrangularle, apretándole la garganta con rabia y brío. Un sentimiento de pena y lástima la contuvo, sin embargo, breves instantes. ¡Estaba tan lindo, tan divinamente hermoso el condenado Amor aquel! Sobre sus mejillas de nácar, palidecidas por la felicidad, caía una lluvia de rizos de oro, finos como las mismas hebras de la luz; y de su boca purpúrea, risueña aún, de entre la doble sarta de piñones mondados de sus dientes, salía un soplo aromático, igual y puro. Sus azules pupilas, entreabiertas, húmedas, conservaban la languidez dichosa de los últimos instantes; y plegadas sobre su cuerpo de helénicas proporciones, sus alas color de rosa parecían pétalos arrancados. Eva notó ganas de llorar... No había remedio; tenía que asesinarle si quería vivir digna, respetada, libre..., no cerrando los ojos por no ver al muchacho, apretó las manos enérgicamente, largo, largo tiempo, horrorizada del estertor que oía, del quejido sordo y lúgubre exhalado por el Amor agonizante. Al fin, Eva soltó a la víctima y la contempló... El Amor ni respiraba ni se rebullía; estaba muerto, tan muerto como mi abuela. Al punto mismo que se cercioraba de esto, la criminal percibió un dolor terrible, extraño, inexplicable, algo como una ola de sangre que ascendía a su cerebro, y como un aro de hierro que oprimía gradualmente su pecho, asfixiándola. Comprendió lo que sucedía... El Amor a quien creía tener en brazos, estaba más adentro, en su mismo corazón, y Eva, al asesinarle, se había suicidado. ****** La Cabellera de Laura Madre e hija vivían, si vivir se llama aquello, en húmedo zaquizamí, al cual se bajaba por los raídos peldaños de una escalera abierta en la tierra misma: la claridad entraba a duras penas, macilenta y recelosa, al través de un ventanillo enrejado; y la única habitación les servía de cocina, dormitorio y cámara. Encerrada allí pasaba Laura los días, trabajando afanosamente en sus randas y picos de encaje, sin salir nunca ni ver la luz del sol, cuidando a su madre achacosa y consolándola siempre que renegaba de la adversa fortuna. ¡Hallarse reducidas a tal extremidad dos damas de rancio abolengo, antaño poseedoras de haciendas, dehesas y joyas a porrillo! ¡Acostarse a la luz de un candil ellas, a quienes había alumbrado pajes con velas de cera en candelabros de plata! No lo podía sufrir la hoy menesterosa señora, y cuando su hija, con el acento tranquilo de la resignación, le aconsejaba someterse a la divina voluntad, sus labios exhalaban murmullos de impaciencia y coléricas maldiciones. Como siempre los males pueden crecer, llegó un invierno de los más rigurosos, y faltó a Laura el trabajo con que ganaba el sustento. A la decente pobreza sustituyó la negra miseria; a la escasez, el hambre de cóncavas mejillas y dientes amarillos y largos. Entonces, con acerba ironía, la madre se mofó de Laura, que pensaba, la muy ñoña y la muy necia, asegurar el pan por medio de labor incesante y constantes vigilias. ¡Valiente pan comería así que se quedase ciega! Saldría con un perrito a pedir limosna... ¡Ah, si no fuese tan boba y tan mala hija - teniendo aquel talle, aquel rostro y aquella mata de pelo como oro cendrado, que llegaba hasta los pies -, no dejaría que su madre se desmayase por falta de alimento! Al oír estas insinuaciones, Laura se estremeció de vergüenza y quiso responder enojada; pero recordando que su madre estaba en ayunas desde hacía muchas horas, se cubrió el rostro con las manos y rompió a sollozar. De pronto, como quien adopta una resolución súbita y firme, púsose en pie, se envolvió en un ancho capuchón de lana oscura y salió a la calle, que raras veces pisaba, convencida de que el retiro es la salvaguardia del recato. Sin titubear fue en dirección de un tenducho que había entrevisto y donde creía poder feriar el solo tesoro de que estaba secretamente envanecida y orgullosa. Era dueña del baratillo la astuta vieja Brasilda - gran componedora de voluntades con ribetes de hechicera -, y muy encubierto el rostro, entró Laura en la equívoca mansión. Como Brasilda preguntase maliciosamente qué traía a vender la tapada y gallarda moza, Laura, sin dejar de esconder el semblante en un pliegue del manto, bajo el capuz, se volvió de espaldas y mostró tendida la espléndida cabellera rubia, brillante y suave más que la seda, y que, con magnífico alarde, rebosando de la orla de la saya, barría el suelo. - Esto vendo en diez escudos - exclamó -, y córtese ahora mismo. Convenía la proposición a la vieja, porque la mata de pelo daba para muchas pelucas y postizos, y, asiendo unas tijeras segó la copiosa melena. Al observar que la moza seguía encubriendo el rostro, y creyendo advertir que lloraba muy bajo, silbó a su oído: - Si eres doncella y tan hermosa como promete tu cabello, aquí te esperan, no diez escudos, sino cien o doscientos, cuando te venga en voluntad. Recogió Laura el dinero y alejóse sin responder palabra; en la puerta se cruzó con un caballero de buen talle y porte, que no reparó en ella; Laura sí le miró a hurtadillas, y, sin querer, le encontró galán. El caballero que penetraba en la mansión de la bruja era don Luis de Meneses, el mozo más rico, libre y desenfrenado de toda la ciudad, el cual no visitaba a humo de pajas a la madre Brasilda, sino que acudía allí como el cazador, a que le señalen do está la caza, y se la ojeen y acorralen para asegurarla y matarla a gusto. Después de un rato de conversación, don Luis divisó la soberana cabellera rubia que sobre un paño blanco había extendido la vieja, y en la cual los destellos del velón, siempre encendido en las oscuridades del tenducho, rielaban como en lago de oro. -¿De qué mujer es ese pelo? - preguntó, sorprendido, el galán. - A fe que no lo sé, hijo - contestó la vieja -. Una moza acaba de estar aquí, muy airosa de cuerpo, pero tapadísima de cara, que no logré vérsela; vendióme esa mata, cobró, y con extraño misterio se fue un minuto antes que entrases... -¿Por que no la seguiste, buena pieza?... - Porque sin duda ella está más pobre que las arañas, y volverá a ganar los cien escudos que le ofrecí... -¡Bruja condenada! Ese pelo es mío, y la mujer también, si aparece. Y don Luis aflojó la bolsa, cogió delicadamente el paño y el tesoro que contenía y, ocultándolo bajo el capotillo, se volvió a su casa. Desde aquel día realizóse en don Luis un cambio sorprendente. Renunciando a sus galanteos y aventuras, olvidando el juego, las burlas y los desafíos, pareció otro hombre. Se le veía, eso sí, en la calle, en el paseo, en las iglesias; sus ojos ávidos registraban y escudriñaban sin cesar, buscando algo que le importaba mucho; pero al anochecer se recogía, y en vida honesta y arreglada no tenían que reprenderle los devotos viejos, de grave apostura y rosario gordo. No faltó quien dijese que el mozo, tocado de la gracia, andaba en meterse capuchino; y es que ni sabían, ni podían sospechar, que don Luis estaba enamorado, ciegamente enamorado, de la cabellera rubia. Habiéndola colocado respetuosamente, atada con lazo de seda, en un cojín de tisú de plata, se pasaba ante ella las horas muertas, ya besándola en ideal éxtasis de devoción, como a venerada reliquia, ya estrujándola con frenesí de amante que quisiera despedazar y morder lo mismo que adora. Exaltada la imaginación de don Luis por la vista de aquella cascada de oro, de aquella crin en que Febo parecía haber dejado presos sus rayos juguetones, y de la cual se desprendía un aroma vivo, un olor de juventud y de pureza, fantaseaba el tronco a que tal follaje correspondía y adivinaba la mata larguísima, caudalosa, perfumada, cayendo en crenchas y vedijas sobre unas espaldas de nieve, sobre unas formas virginales de rosa y nácar, o rodeando, como nimbo de santa imagen, un rostro de angelical expresión, en que, se abrían las flores azules de los luminosos ojos. Había ideas y recelos que enloquecían al soñador amante. ¿Quién sabe si la infeliz hermosa, después de vender su cabello por conservar la honestidad, había tenido que perder la honestidad por conservar la vida? Con la fatiga de tal pensamiento, don Luis aborrecía el comer, se consumía de rabia y se abrasaba en extraños celos. Hecho un azotacalles, no cesaba de inquirir, pretendiendo ver al través de todos los postigos y calar todas las rejas y celosías. ¡Trabajo perdido! Ninguna cabeza juvenil cubierta de sortijas doradas y cortas de aquel matiz único, incomparable, se ofrecía a sus ojos. Don Luis adelgazaba, se desmejoraba, estaba a pique de desvariar cada vez que la vieja hechicera Brasilda, aturdida y desconsolada, repetía lazando las manos secas: - Bruja será también la del cabello de oro, y habráse untado y volado por la chimenea... No parece, hijo, no parece por más que me descuajo buscándola... Perdido ya de amores don Luis, como hombre a quien le han dado extraño bebedizo, llegó al caso de temer morirse de pasión y furia celosa, y apretando al corazón la cabellera, cuyas roscas le acariciaban las manos febriles, hizo un voto: «Que encuentre a tu dueña, y sea rica o pobre, buena o mala, noble o de plebeya estirpe, con ella me casaré. Pongo por testigo a este Crucifijo que me escucha». Después del voto, lleno de esperanza y de ilusión, salió don Luis a la calle, y, al oscurecer, como fuese muy embozado, le paró cerca de su puerta una pobre, envuelta y cubierta con un viejísimo capuz de lana. - Señor caballero - decía en voz lastimera y humilde -, ¿necesitan por casa de su merced una labrandera buena y diligente? No hay donde trabajar, y mi madre no tiene qué comer. - Esa es mi casa - respondió distraídamente don Luis, que pensaba en sus fantásticos amores -; ven mañana que tendrás harta labor... Toma a cuenta - y deja en la mano tendida un escudo. Al otro día, Laura, sentada en el hueco de una reja de la casa de don Luis, con una canastilla de ropa blanca delante, cosía en silencio, sin tomar parte en la charla de las dueñas; sufría al dejar su morada, su enferma, su retiro; la fatiga encendía sus mejillas antes pálidas. Entraban por la reja los dardos del sol, y se prendían en los anillos, cortos y sedosos como plumón de pajarito nuevo, de la cabeza descubierta, que no velaba el capuz. Y, casualmente, pasó don Luis tan absorto que ni miró a la joven labrandera. Pero ella, reconociendo en don Luis al caballero galán de quien no había cesado de acordarse - el que vio cuando salía de vender su cabellera en casa de la bruja -, exhaló un grito involuntario... Al oírlo, volvióse don Luis, y, cruzando las manos, creyó que alguna aparición del cielo le visitaba, pues reconoció el matiz único de la melena rubia en la ensortijada testa que bañaba el sol... Y dirigiéndose a las dueñas y a las mozas de servicio, con imperio y ufanía, dijo solemnemente: - No labréis más; hoy es día de fiesta: saludad a vuestra señora... ******* Compatibles El criado entró con una bandejilla, y en ella una tarjeta. -¡Ah! ¿Este señor? Que pase. Tres minutos después, el visitante se inclinaba ante Irene. Pero ella, irónica y afectuosa, le rió con los ojos: - Nada de cumplidos. Creo que nos conocemos bastante, perdulario. Era él un hombre aún joven, como de treinta y seis a treinta y ocho años, con ligeros toques de blanco en la obscura cabellera, peinada a la última moda, de un modo sobrio y recogido. El cuerpo gallardo, la cara simpática, morena y expresiva, sin hacer del visitante un Adonis, le incluían entre los tipos que atraen a primera vista y explican cualquier desvarío amoroso. Irene le indicó a su lado una silla. -¡Qué guapa estás! ¡Más que nunca! - murmuró él. Y envalentonado por la buena acogida, trató de apoderarse de una mano de la dama. Ella, sin esquivez, la retiró, diciendo: - Hablemos formalmente, ¿eh? -¿A qué llamas hablar formalmente? - A que sepamos a qué atenernos desde el primer instante. Yo no contaba con tu visita, lo cual no quiere decir que no la reciba con mucho gusto. Pero conviene que sepas que no pienso volver a casarme. Él sonrió con sorna, mortificado por el prematuro desahucio. -¿Y de dónde sacas, niña, que yo vine a hablarte de casamiento? - Está bien - repuso ella -. Entonces, si de eso no se trataba... Se levantó, haciendo ondular la cola de su graciosamente desmañado traje de interior, de «meteoro» malva, con bordados acachemirados y flequillos de seda floja; y, al dar la espalda a su interlocutor (aquel Francisco Javier Solano con el cual había flirteado tantas veces en tan diversas ocasiones), pudo él notar la plenitud que los treinta y tres años habían prestado a las bellas formas de Irene y el esplendor de su nuca, donde nacían, entre nácares y marfiles, rebeldes rizos cortos, aborrascados, como si un soplo ardiente los encrespase. - Estamos hechos un sol, criatura - murmuró, cual si hablase consigo mismo. Ella, entre tanto, sacaba de un secreter incrustado y taraceado, diminuto mueble de dama, unos papelitos, que puso en manos de su admirador. - Por lo mismo que entre los dos ya no hay ni esto - dijo con monería -, permíteme que te ofrezca un servicio de amigo..., de amigo cariñoso. -¿Me das dinero? - tartamudeó él -. ¿Por qué me das dinero, hija mía? - Porque si no has venido a hablar de casamiento, y amor no existe, ¿de qué tratamos sino de asuntos? Y yo conozco el estado de los tuyos y cómo te trae la juerga perenne en que vives. Y si somos, EA, amigos nada más..., la amistad..., me parece... - No. La negación fue firme y categórica, con sabor de dignidad varonil. - Mira, hija mía - añadió Solano, fijando sus ojos en Irene con insistencia abrasadora -. Es exacto que no he venido a hablarte de casamiento. Harías la mayor locura del mundo si te casases conmigo. No tengo cabeza ni sentido común, y lo sabes de sobra: soy incorregible; eres la mujer que más me gustas y no te sería fiel, porque me gustan, aunque en menor grado, las demás; tengo adoración por casi todos los vicios. ¡Bah! No parece sino que te estoy contando algo nuevo... Para marido no cuentes con este tipo, mujer... Yo soy el Enamorado, que es cosa muy distinta. ¿Reconoces que soy el Enamorado? - Corriente - murmuró ella, divertida e interesada, como siempre, por aquel diantre de hombre -. No quiero discutir. - Pues si lo reconoces, tienes que confesar también que a mí me corresponde el Amor; es mi lote, es mi hijuelo. Luego, niña, aunque yo no venga para decirte cosa alguna que tenga que ver con el santo yugo, no es razón para que no me escuches cuando te hable del santísimo y precioso amor. ¡Oye mi trova! Porque en mí debes ver a un trovador de aquellos tiempos en que se endechaba al pie de una ventana gótica... Sólo que los procedimientos se han perfeccionado: hemos progresado mucho, y ahora las trovas las cantamos en el propio y misterioso gabinete de nuestra dama. Y con mezcla de cómico y serio, Solano se medio arrodilló ante Irene, y en el respaldo de lira de una silla imperio hizo ademán de tocar la guzla. - Eres de remate - exclamó Irene, sofocada, a pesar suyo, por la risa. - Bueno - murmuró él, enderezándose -. Te hago reír. Preferiría otra nota... Pero ¿sabes lo que te profetizo? Que hoy has de pronunciar a solas mi nombre, suspirando. Sí, lo has de hacer, porque soy para ti eso que se sueña, a lo que aspira, sin saberlo nosotros mismos, todo nuestro ser. Nada te falta: fortuna, juventud, hermosura; el mundo te halaga, vas a todas partes...; pero eso, sin amor, es un paisaje que le falta el cielo. Y el amor no lo encontrarás en los salones, no lo encontrarás en los pretendientes que te salgan, no lo encontrarás sino en mí, Francisco Javier Solano, la calamidad... Te digo más: y es que tú me adoras. ¡Vaya si me adoras! Lo mismito que siempre, aun cuando me lo hayas negado si he conseguido hablarte o verte a solas. Tus ojos decían que sí y tu boca que no... Yo creo a tus ojos, a los dos negritos. - Mira - balbució ella, no sin un poco de sobrealiento y con la cara encendida -, tu conversación interesa; pero es la hora en que a algún amigo pueda ocurrírsele venir, y sabe Dios lo que pensarían... Estamos perdiendo el tiempo. Nuestras vidas van por distinta órbita... Es decir, que debes largarte. - Esos amigos que vienen a verte, ¿serán pretendientes! No, no creas que voy a pedirte cuentas. - Ni yo a dártelas... Un instante permanecieron mirándose, como si desafiasen sus almas en aquel duelo incruento de dos voluntades. Los ojos cruzaron un relámpago. Y, de pronto, Solano, con movimiento lleno de soltura, el airoso gesto del que recoge una flor, rodeó el talle de Irene, la atrajo a sí, y ella, vencida, se dejó ir, sintiendo sobre su pecho, entre un vértigo que la desvanecía, el batir y golpear del corazón de Solano... Las palabras que éste murmuraba a su oído eran como una música distante, más suave, arrobadora. -¿Lo ves? ¡Si yo lo sabía! En cuanto te acercases a mí... ¿Y qué tiene de extraño? ¿Lo ves, tonta, niña de mi alma? ¿Lo ves, gloria de mi vida? Y lo primero que ella pudo articular fue, en tono de súplica: - Mira, vas a irte... Te lo pido por favor... De un momento a otro espero gente. -¿Gente?... ¿Qué gente? Ni el uno ni el otro pensaban en lo que decían. Hablaban como se habla en sueños. Ella se desvanecía de felicidad. - Gente, gente... Qué más da? Visitas... - Si puedo volver esta noche..., te suelto ahora. Si no, me quedo, aunque venga el Papa. Y la ahogaba a caricias, entre un susurro tierno, mientras ella, rendida, ya había olvidado la inminencia de las visitas anunciadas, que no eran invención para alejarle, sino un hecho cierto que ocurriría de un momento a otro. Fue Solano, ducho en lances tales, el primero que recobró la razón. - Te dejo, no quiero perjudicarte, ¿entiendes? A las diez vuelvo..., y de tus visitas nos vamos a reír. Tú aguardas a un aspirante a tu mano... ¿A que sí? ¿A que he adivinado perfectamente? - No, te aseguro... -¡Boba! Pero si yo no vengo con buen fin... Todo se sabe, niña, todo, y he oído esta temporada muchas cosas... ¿A que te las cuento y no las puedes negar? Álvarez del Páramo, el senador por Vitoria... ¡Vaya, vaya! ¡Era verdad! ¡Te has sobresaltado! Pues sosiégate: ¡entre ese señor y yo no hay competencia ni afinidad! ¡Dale con confundir, nena! Si está bien, muy bien. Lo más indicado. Gordo, personaje, cincuentón, sus cien mil de renta, algunos negocios, cacho de influencia política... A pedir de boca. Mira, es preciso que acabes de enterarte... No tengo veta de marido yo. Y mientras ella, temblando aún, se alisaba el revuelto pelo, él, desde el umbral, la enviaba rápido halago de despedida... -¡Hasta luego, mi delirio! Era tiempo. En la antesala se cruzó con un señor apersonado, perfumado, pulcramente enguantado, que le saludó con llaneza cortés. - Irene le aguarda a usted - advirtió Solano. Y al estrechar la mano gruesa, un poco oprimida por el guante, añadió: -¿Cuándo hay boda? En el Casino dicen que pronto... - Malas lenguas, malas lenguas - murmuró el senador, recreciéndose satisfecho. Compatibles Emilia Pardo Bazán libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,.