libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Pérez Galdós, Benito (1842 – 1920) Escritor español, pertenece a la novela realista española. Nació en Las Palma, Gran Canaria en 1842, autor de una abundante producción de gran objetividad y realismo, situado como el gran escritor después de Cervantes; poseedor de una gran imaginación y dotes de fino observador, lo hacen creador de innumerables personajes y situaciones llenas de real humanidad. Aborda con naturalidad temas de inspiración social, política y religioso. En 1897 ingresa en la Academia Española; elegido diputado por el partido republicano, por su participación política, la Academia se niega a proponerlo para el premio Nobel. Protestario, simpatizante del socialismo, hombre progresista y rebelde como muchos buscadores de la verdad, se templó en medio de la intolerancia. Diez años antes de su muerte es afectado por una ceguera progresiva. Entre sus novelas más conocidas figuran: Fortunata y Jacinta, (1886) Doña Perfecta, (1876) Misericordia, Miau (1888); Nazarín, (1895) novela en la cual su personaje central logra una acertada mezcla entre Cristo y Don Quijote, intentando rescatar el verdadero sentido del cristianismo cuando está al servicio del ser humano; la voz que clama en el desierto. Muere el 4 de Enero de 1920. Casandra Benito Pérez Galdós Representose en el TEATRO ESPAÑOL de Madrid, el 28 de febrero de 1910. REPARTO PERSONAJES   ACTORES   CASANDRA,   veinticinco años. SEÑORA COBEÑA. DOÑA JUANA,   setenta ídem. SEÑORA CIRERA. CLEMENTINA,   treinta y cinco ídem. SEÑORA LASHERAS. ROSAURA,   treinta y siete ídem. SEÑORA BADILLO. MARÍA JUANA,   diecisiete ídem. SEÑORITA GARCÍA PEÑARANDA. BEATRIZ,   dieciséis ídem. SEÑORITA SAMPEDRO. PEPA,   criada joven (servicio de DOÑA JUANA) SEÑORITA CAÑETE. MARTINA,   criada madura (ídem id). SEÑORA ÁLVAREZ. SEVERIANA,   criada de ROSAURA. SEÑORITA GONZÁLEZ. LA INSTITUTRIZ SEÑORITA BARAL. ALFONSO DE LA CERDA,   cuarenta años. SEÑOR RUIZ TATAY. ISMAEL,   cuarenta ídem. SEÑOR COMES. ZENÓN DE GUILLARTE,    cuarenta ídem. SEÑOR RAMÍREZ. ROGELIO,   veintiséis ídem. SEÑOR CALVO. INSÚA,   sesenta ídem. SEÑOR MANSO. CEBRIÁN,   sesenta ídem. SEÑOR COBENA. Dos niños pequeños, hijos de ROSAURA.   Época contemporánea.   Acto I   Sala baja en el palacio de DOÑA JUANA. En el fondo, ventanal y puerta de cristales que dan al jardín. Dos puertas a cada lado: la segunda de la derecha es la de la capilla; la primera es puerta de servicio. La segunda de la izquierda conduce al salón: la primera, a las estancias interiores. En los paramentos de ambos lados, entre las puertas, cuelgan dos retratos grandes de medio cuerpo y tamaño natural. El de la derecha es de DOÑA JUANA; el de la izquierda, de DON HILARIO, y ambos ostentan moda y elegancia de 1870. Los muebles son de un lujo anticuado. Es de día. Derecha e izquierda se entienden las del espectador.   Escena I   DOÑA JUANA, señora tan respetable como adusta, vejancona y fláccida, cargadita de hombros, el rostro amarillo rugoso, la mirada oblicua; al andar se gobierna con un palo; viste de   estameña parda o negra; está sentada junto a una mesita donde tiene apuntes de cuentas y libros de devoción; PEPA, criada joven y linda; MARTINA, madura, opulenta de carnes.    (Entrando.)  MARTINA.-  No se descuide la señora... Ya llegan. DOÑA JUANA.-   (Disciplente.)  ¿Quién? MARTINA.-   Los parientes de la señora. DOÑA JUANA.-  Que esperen... No hay prisa. PEPA.-  Vienen a felicitar a la señora por su mejoría. DOÑA JUANA.-  Traerán la máscara de alegría... Pero yo, tras el cartón de las caretas, veo la tristeza de las almas desconsoladas... que lloran porque vivo. PEPA.-  No piense mal la señora. MARTINA.-   Vamos, que bien la quieren algunos. DOÑA JUANA.-  Sí... Cierto que algunos me quieren. No puedo dudar del amor de Clementina, hija de mi querida hermana María. Pero su marido, el estirado prócer Alfonso de la Cerda, desea y aguarda mi muerte como agua de mayo, para derrochar mi dinero en máquinas de agricultura, que no sirven más que para hacer ricos a los ricos y más pobres a los pobres...  (A MARTINA.)  ¿Viste si con Clementina y Alfonso vienen sus dos niñas? MARTINA.-  Sí, señora; ahí están Juanita y Beatriz... lindas, elegantitas...  (Por adulación.)  y tan religiosas que da gozo verlas. DOÑA JUANA.-  Sí, sí: frecuentan el culto y rezan de carretilla, para que Dios les dé buenas dotes con que enganchar a marqueses o duques tronados. Decidme: ¿ha venido también mi sobrino Ismael? MARTINA.-   El primerito que llegó. DOÑA JUANA.-  El pobre Ismael es de los más desesperados en el plantón que mi vida les da. Pero ¿quién tiene la culpa de que Rosaura le haya salido tan paridora? En diez años de matrimonio, diez alumbramientos y ocho crías vivas... y lo que venga. ¿Qué beneficio trae al mundo ese nacer, nacer y nacer de criaturas? PEPA.-   (Sin poder contenerse.)  Señora, es el amor que... DOÑA JUANA.-   (Vivamente.)  ¿Tú que sabes, mozuela sin juicio? Aprende primero la virtud, y luego entenderás del amor honesto. PEPA.-  No nos riña, señora, que somos buenas. DOÑA JUANA.-    (Severa.)  Medianas y tolerables no más; gracias a mí, que os tengo bien sujetas y no os permito hablar con ningún hombre... PEPA.-  Así es, señora, y estamos muy agradecidas. MARTINA.-   Muy agradecidas. DOÑA JUANA.-   (A PEPA, displicente.)  Retírate ya. PEPA.-   (Con hastío retirándose.)  Vieja ñoña, quien te herede que te aguante.  (Dirígese a la puerta de la derecha inmediata al foro; y antes de salir entra INSÚA, y permanecen ambos un rato en la puerta secreteándose expresivamente.)  DOÑA JUANA.-   (A MARTINA creyendo que ha salido PEPA.)  Vigílame a esa loca... Me ha dicho Paca la lavandera que le hace cucamonas un tipejo llamado «Apolo», no sé si por mal nombre...  (MARTINA se asusta: disimula su turbación.)  ¿Has visto tú algo? MARTINA.-   Nada, señora. Creo que Paca ve visiones. DOÑA JUANA.-  Un carpinterillo fantasioso, que viste ropa muy ajustada... ¡qué indecencia!... como los toreros. ¿Dices que es cuento? MARTINA.-   Así lo creo. DOÑA JUANA.-  No la pierdas de vista... MARTINA.-   Así lo haré. Descuide la señora. DOÑA JUANA.-   (Advirtiendo el cuchicheo de INSÚA.)  ¿Quién es? INSÚA.-   (Avanzando.)  Soy yo, señora.  (Desaparece PEPA; se va tras ella MARTINA.)  Escena II   DOÑA JUANA e INSÚA.   DOÑA JUANA.-   (Sorprendida.)  ¡Insúa!... No le he sentido entrar. ¿Hablaba usted con Pepa? INSÚA.-   Le daba un recado para mi escribiente. Que no me espere en el despacho, y que puede marcharse.  (Se sienta junto a DOÑA JUANA.)  ¿Y qué tal? Bravamente... mejorando cada día.  (Con lisonjero optimismo.)  Un desvanecimiento sin importancia... Pero ya pasó... muy bien... ya pasó. DOÑA JUANA.-  Es tarde: despachemos. INSÚA.-   (Saca lentes de oro y papeles.)  La liquidación de las cuentas del   —1158?   año anterior da un sobrante de pesetas dos millones trescientas doce mil, después de cubiertos todos los gastos de casa y entretenimiento... DOÑA JUANA.-  Y el sinfín de pensiones, socorros y alivios que destino a mis parientes... INSÚA.-  Atendido todo, gasta usted menos de la cuarta parte de sus rentas... ¡Ah señora!... otros años, por este tiempo, cuando yo presentaba a usted la liquidación total, con un sobrante de millón y medio o dos millones de pesetas, disponíamos la compra de una dehesa más, para agregarla a ese inmenso grupo de propiedad que don Hilario y usted han formado en una veintena de años, y que llaman por ahí «el latifundio de doña Juana». DOÑA JUANA.-  Ya no más. Pongo punto a la consolidación de propiedad rústica... que es un estorbo... bien lo sabe usted... para mi magno plan... Y a propósito: ¿ha pensado usted en la forma de transmisión...? INSÚA.-   Es facilísimo. Ayer, como usted me indicó, vi al amigo Cebrián, que ya tiene estudiados los aspectos jurídicos de la cuestión. Me ha dicho que hablará con usted... DOÑA JUANA.-  Esta tarde le espero. Tengo en mi capilla rosario, plática y salve, y Cebrián es de los que no me faltan. INSÚA.-  Cebrián opina, como yo, que antes de ocho días puede quedar todo despachado y concluso. DOÑA JUANA.-  Así lo espero. Sigamos. INSÚA.-    (Apunta. Saca otro papel.)  «Lista de socorros». Conforme a las órdenes que usted me dio, entregaré a su sobrino Ismael los cinco mil duros que pidió para construir los nuevos modelos de ascensor hidráulico. DOÑA JUANA.-  ¿Cinco mil duros... a ese loco? INSÚA.-   La señora, delante de mí, si no estoy trascordado, dijo a Ismael que contara con... DOÑA JUANA.-  Quizá ofrecí los cinco mil duros hallándome en los albores del ataque... Mi cabeza ya no estaba firme... mi razón se desvanecía entre celajes... No vale, no vale lo que dije... Borre usted, Insúa. INSÚA.-  Borro... Clementina espera... Entiendo que habló con usted. DOÑA JUANA.-  Sí; daré a Clementina el auxilio de treinta mil reales que me ha pedido para equipar decorosamente a sus niñas y llevarlas a Biarritz... INSÚA.-   (Apunta.)  Siete mil quinientas pesetas a Clementina... ¿Y al sobrino de su esposo de usted, Zenón de Guillarte? DOÑA JUANA.-  ¿A ese figurón extravagante y cínico? Su mensualidad, y gracias. INSÚA.-   No he contestado a la petición de Rogelio, porque usted me dijo que le llamaría, que hablaría con él... DOÑA JUANA.-   (Asaltada de inquietudes.)  ¡Rogelio!... Ese es el punto delicado, la llaga, la herida... El hijo natural de mi esposo, el fruto maldito de la infidelidad, me trae estos días muy cavilosa... INSÚA.-   (Mirándola por encima de los lentes.)  El testamento de Hilario es bien explícito... En una sola cláusula legó a su hijo medios materiales de vida, y le impuso un freno moral. DOÑA JUANA.-  A uno y otro fin debo atender. INSÚA.-  Ya sabe usted que vive con una moza guapísima, llamada Casandra... DOÑA JUANA.-  Sí... hija de un famoso escultor... He tomado informes... INSÚA.-  ¿Y sabe usted que Casandra es madre de dos niños? DOÑA JUANA.-  Lo sé... ¡Qué pena! ¡Infelices hijos criados entre un padre loco y una madre aventurera! INSÚA.-   (Denegando con respeto.)  Debo indicar a usted que nunca oí nada malo de la hermosa Casandra. DOÑA JUANA.-  Buena será quizá... Hay casos. INSÚA.-    (Curioso, tratando de penetrar en el pensamiento de la señora.)  Me dijo usted que su plan magno se relaciona en cierto modo con Rogelio... DOÑA JUANA.-  No, Insúa. En su conjunto y fines altos, mi plan está muy por cima de esas miserias; mas para poder efectuarlo con desahogo es forzoso que liquide ciertas obligaciones de conciencia... INSÚA.-  Ya... ¿Quiere usted que llame a Rogelio? DOÑA JUANA.-  Ayer le vi... hablamos... Le dije que, sin ver y tratar a esa Casandra, no puedo determinar la forma y calidad de la protección que debo dar al hijo de mi esposo... Dígale usted que esta tarde, después de mi fiesta religiosa,   —1159?   me traiga esa preciosidad... Hay que verlo todo, hasta las hermosuras de carne. INSÚA.-  Muy bien.  (Se levanta.)  Y ya es hora de que empiece el besamanos. DOÑA JUANA.-  Sí... Pero que no entre toda la caterva de una vez. No está mi cabeza para tanto barullo. INSÚA.-    (Dirígese a la puerta. Aparece SATURNO, criado viejo, al cual da órdenes.)  Que pasen los señores marqueses del Castañar.  (Se despide afectuosamente. Saluda a los marqueses. Retírase.)  Escena III   DOÑA JUANA, CLEMENTINA, DON ALFONSO, MARÍA JUANA y BEATRIZ.   CLEMENTINA.-   (Corriendo hacia DOÑA JUANA.)  ¡Tía del alma! DOÑA JUANA.-   (Abrazándola.)  ¡Clementina... hija! ALFONSO.-  ¿Qué tal, señora? DOÑA JUANA.-  Querido Alfonso, ya estoy bien: ya pasó el arrechucho.  (A las niñas.)  Venid a mis brazos, María Juana y Beatriz. MARÍA JUANA.-  ¡Qué alegría!  (Ambas la besan.)  BEATRIZ.-  Buen susto nos hemos llevado. CLEMENTINA.-  Muy enojada, pero muy enojada con usted... ¡Estar tan malita y no decir una palabra! BEATRIZ.-  ¡No mandarnos un recadito! ALFONSO.-  Nada supimos. MARÍA JUANA.-  La primera noticia que llegó a casa fue que ya estaba mejor. DOÑA JUANA.-   Más vale así. Os evité un disgusto. CLEMENTINA.-  Pero nos privó del consuelo de asistirla. ALFONSO.-   Y ¿qué ha sido al fin? DOÑA JUANA.-  Un imprevisto achaque, distinto de los que ordinariamente padezco... o quizá el que viene como avisador de un fin próximo. CLEMENTINA.-  Por la Virgen, no diga esas cosas. DOÑA JUANA.-  A mí no me asusta la muerte, pues para ella estoy, gracias a Dios, bien preparada. Demasiado sé que nuestra vida es un castigo, la muerte un indulto. ¿Qué hacemos en este presidio? El único solaz que en él hallamos es pedir a Dios que nos dé libertad y nos lleve consigo. BEATRIZ.-  Tiíta, no nos hables de cosas tristes. DOÑA JUANA.-  Hablaré de lo que queráis.  (Les indica que se sienten.)  Vosotras a mi lado.  (Las niñas se sientan a un lado y otro de DOÑA JUANA; DON ALFONSO permanece en pie.)  Dime, Alfonso: ¿qué tal, qué tal esas campañas agrícolas? ¿Van bien? ALFONSO.-  A un soldado que pelea sin armas no le pregunte usted por sus victorias. DOÑA JUANA.-  Ciego estás, Alfonso, si no ves que en tierra de Castilla serán siempre perdidos tus esfuerzos. El suelo rapado y seco, los ríos sin agua y los montes desnudos, han dado de sí santos y guerreros; nunca darán labradores primorosos. ALFONSO.-   Guerreros y santos da también ahora la tierra campa de Castilla; pero los santos son de los que acaban en el infierno: los guerreros, de los que concluyen apaleados, como el generoso Don Quijote... Eso es hoy el agricultor castellano: santo condenado y guerrero sin gloria. DOÑA JUANA.-  No te canses; no porfíes con la Naturaleza, con Dios, que creó los países pobres para fundar en ellos las escuelas de la humildad y la paciencia.  (ALFONSO y CLEMENTINA se miran de soslayo, refrenando su enojo.)  ALFONSO.-   Yo, señora, creo que Dios nos ha dado los países yermos y huraños para que los hagamos hospitalarios, risueños. Se educan las tierras como las personas, y se doman los campos como las fieras. DOÑA JUANA.-   (Con frase cortante y seca.)  Eso será muy bonito; pero es un disparate. CLEMENTINA.-   (Acudiendo en apoyo de ALFONSO.)  Sus empresas, tía, no le parecerían a usted desatinadas si las conociera bien. Trabaja con fe y ahínco, y usted debe ayudarle para que veamos el fruto de tantos afanes. DOÑA JUANA.-  Yo le ayudo... como puedo. Y no voy más allá, porque los tiempos están malos. ALFONSO.-    (Desabrido, irónico.)  Malos, sí: malos están siempre... Y esa ruindad de los tiempos no acabará mientras los españoles no aprendamos a prestarnos auxilio unos a otros; mientras los   que poseen con exceso no alarguen su mano a los que sufren escasez, a los que, cargados de hijos y de obligaciones duras, no pueden vivir ni respirar... Malo está y estará todo mientras el egoísmo sea ley de las almas. DOÑA JUANA.-   (Con afectado celo y tonillo eclesiástico.)  ¡El egoísmo! Cierto que es la primera de las plagas humanas. Para combatirlo, cultivemos con preferencia los campos del espíritu. ALFONSO.-   Tengo cinco hijos que mantener y obligaciones que cumplir. Sin dejar de dar al cielo lo que es del cielo, doy a la tierra lo suyo. DOÑA JUANA.-   (Vivamente.)  Sí; pero no te conformas con la voluntad de Dios. ALFONSO.-   (Con igual viveza.)  Sí me conformo... Nos conformamos demasiado. Mi voluntad es reflejo de la de Dios, y Dios me manda que...  (BEATRIZ, próxima a su padre, le tira de la levita.)  DOÑA JUANA.-  Pero no te incomodes, hijo. CLEMENTINA.-  ¡Alfonso, por Dios!...  (A DOÑA JUANA.)  No le haga usted caso... Es un disputador incorregible. DOÑA JUANA.-   (Con forzada jovialidad, que torpemente oculta su orgullo.)  Nada... siempre que nos vemos Alfonso y yo, nos peleamos. Él es terco; yo, más. Cada cual suelta sus terquedades, y luego... tan amigos. CLEMENTINA.-   (Bruscamente, queriendo variar de tema.)  Hablemos de otra cosa. Ya sé, tía, que esta tarde tiene usted gran fiesta en su capilla. DOÑA JUANA.-   (Gozosa.)  Sí... Ya iba a deciros que os deis por invitadas. Tengo plática... Cantarán las niñas de San Hilario. MARÍA JUANA.-   ¡Ay, qué gusto!... ¡y poco que me gusta a mí la plática! BEATRIZ.-  Y a mí el coro de niñas... Cantaremos con ellas. DOÑA JUANA.-   (Las besa.)  Niñas del alma, mucho me agrada que prefiráis este recreo del espíritu a los paseos vanos y a la cháchara frívola con amiguitas sin seso.  (Entra MARTINA y anuncia en voz baja a la señora que han llegado los reverendos Sacerdotes.)  Ya es la hora.  (Se levanta impaciente y con dificultad, ayudada por CLEMENTINA.)  Vamos...  (Coge su bastón. Toma el brazo de CLEMENTINA.)  Acompañadme a mi catedral casera. Veréis qué bonita está...  (A ALFONSO.)  A ti no te digo que vengas... Temo que te fastidies. ALFONSO.-   Sí, señora; me aburro.  (Corrigiéndose con presteza.)  No, no; he querido decir que...  (Entra ISMAEL presuroso por el fondo; saluda a DOÑA JUANA. Es hombre de cuarenta años, regular figura, por demás inquieto y nervioso, el genio pronto, el pensamiento rápido, la voz y el mirar siempre delante del pensamiento.)  Escena IV   Los mismos e ISMAEL.   CLEMENTINA.-  Ya está aquí mi hermano. ISMAEL.-   Perdóneme, querida tía, si rompo la consigna. Tan impaciente estaba por felicitar a usted... que no he podido contenerme.  (Le besa la mano.)  DOÑA JUANA.-  Tonto, ¿por qué no has entrado antes? ¿Y tu mujer? ISMAEL.-   Pronto vendrá. Quedó arreglando la chusma infantil para mandarla de paseo. DOÑA JUANA.-  Tampoco a ti te instaré para que vengas a mi capilla. Quédate con Alfonso, que, como tú, no gusta de fiestas religiosas, aunque por agradarme haya dicho lo contrario. ALFONSO.-    (Confuso.)  He dicho sinceramente que... DOÑA JUANA.-  Quedaos, digo. Aquí os divertiréis más, parloteando de vuestros negocios...  (Con marcada unción.)  que Dios prospere, aumente y bendiga.  (Vase por la derecha, apoyada en CLEMENTINA y seguida de las niñas.)  Escena V   Con ALFONSO e ISMAEL.   ISMAEL.-   (Como azarado, paseándose de largo a largo.)  Lléveme el diablo si no está enteramente loca. ALFONSO.-    (Sereno y burlón.)  Y un loco hace ciento, querido Ismael, porque tú lo estás de remate. ISMAEL.-   No es locura, es rabia. Figúrate que acabo de ver al reverendo administrador don Damián Insúa... ALFONSO.-   Ya entiendo. La entrega de los cinco mil duros se aplaza... ¿por cuántos días?   —1161?   ISMAEL.-   Las promesas de esta buena señora nos traen la alegría del mañana... Luego se van, se van...  (Párase un momento.)  ALFONSO.-  ¿Adónde? ISMAEL.-   A la consumación de los siglos.  (Sigue su paseo vertiginoso.)  ALFONSO.-    (Riendo.)  Piensa doña Juana que eres eterno, como ella. ISMAEL.-    (Parándose ante ALFONSO.)  Dime, Alfonso... pero con sinceridad: ¿crees tú que mi tía es santa, como dice la gente? ALFONSO.-  No sé qué responderte. No entiendo yo bien las psicologías de la santidad. Juzgando a doña Juana por los efectos de su carácter sobre mi familia y sobre mí, no vacilo en asegurar que es la mujer más mala que Dios ha echado al mundo. ISMAEL.-    (Caviloso.)  No tanto... no. La verdad es que a Clementina y a mí, sus sobrinos carnales, nos ha trastornado con las esperanzas que nos arroja al rostro, como polvillo de oro que nos deslumbra, nos ahoga... y nos ciega. ALFONSO.-   (Con repugnancia del asunto.)  Así es. Pero ¿a qué hablar de eso? ISMAEL.-  Yo no sé hablar de otra cosa. Parece natural que a mí, su sobrino carnal, pobre, creador de familia, trabajador en varias industrias, me auxilie con algún capital... Con que me diera los intereses del lote que me tiene destinado en su testamento, me haría feliz. No quería yo más para vivir en mis glorias, labrando nueva riqueza, multiplicando familia y productos industriales... Y en el propio caso estás tú... Que te dé una parte de las rentas del «latifundio» y transformarás tus campos míseros... ALFONSO.-   (Amargado, le interrumpe.)  Cállate... No me trastornes... Resuelto estoy a desentenderme de las vanas esperanzas de mi esposa... Sustituyo la paciencia con la confianza en mí mismo... Trabajaré como un pobre hidalgo de secano... No valgo yo para sobrino pordiosero: ni soy tan flaco de moral que subordine mis cálculos a la muerte de una persona, y descuente las ventajas de una herencia... que podrá ser... Podrá no ser... ISMAEL.-   Ha de ser, Alfonso... Cree como yo, y espera... ALFONSO.-    (Viendo entrar a ROSAURA.)  Cuéntale todo eso a tu cara mitad... Escena VI   DON ALFONSO, ISMAEL y ROSAURA. Su modestia no da publicidad a sus virtudes, más excelsas por ser inconscientes, luminosas tan sólo en la oscuridad.   ROSAURA.-   (Risueña.)  Alfonso, Dios te guarde. No creí yo encontrarte en el besamanos. ALFONSO.-    (Irónico.)  ¡Cómo había de faltar yo a esta solemnidad! ISMAEL.-  ¿Has visto a Insúa? ROSAURA.-  Sí...  (Con tristeza.)  Ya me ha dicho... ISMAEL.-  Un desengaño más, Rosaura. Mañana mismo cierro el taller y despido a mis operarios. ALFONSO.-  ¿Y ustedes, en ese subir fatigoso por la cuesta de las promesas, aún esperan...? ISMAEL.-   Con media lengua fuera esperamos... Nuestro sino es creer que tarde o temprano mi tía nos sacará de penas. ROSAURA.-   (Suspirando, se sienta.)  Pues que sea pronto, hijo, porque yo estoy cansadísima. ALFONSO.-    (Con galante admiración.)  Nadie como tú, amiga mía, tiene derecho al descanso. Pero no lo tendrá. La Humanidad rara vez sabe premiar a sus grandes heroínas. La corona de descanso y paz que tú mereces. Rosaura, no se la pidas a la gazmoñería. ROSAURA.-  Ni merezco coronas, ni espero tener descanso hasta que me muera. ALFONSO.-  Extraordinaria mujer tienes, Ismael. Desamparados de doña Juana, trabajo les mando para navegar con tanta familia en una cáscara de nuez... por mares revueltos... ROSAURA.-  Navegamos... porque sabemos guardar el equilibrio en medio de tales tumbos... Yo trabajo como una esclava... Por virtud de nuestra economía, y de algún milagro de Dios, ello es que mis ocho hijos comen lo necesario y van vestiditos con decencia. ALFONSO.-   Sin darnos cuenta de ello, cultivamos todas las virtudes. La tía acabará por hacer perfectos a todos sus herederos... Dime, Rosaura, ¿quién ha quedado en el salón? ROSAURA.-  No he visto más que a Ventura Nebrija con sus hijas. ISMAEL.-   Es el pariente más lejano de   —1162?   doña Juana, y el más afortunado, según dicen, por haber dedicado a sus hijas a la sastrería santurrona. Hacen trajes para el Niño Jesús. ROSAURA.-  No murmures, marido mío. ¿Y Rogelio no está? ISMAEL.-  Rogelio entró conmigo. En mitad del jardín le perdí de vista... También quedó en el jardín Zenón, paseándose a la sombra y hablando con los árboles. ALFONSO.-   (Mirando por el ventanal.)  ¿Por qué no sube? Lo que dice a los árboles que nos lo diga a nosotros, y nos divertiremos con su filosofía desesperada.  (Vuelve al proscenio.)  Creí que el primer concurrente al besamanos sería Rogelio, el pariente más favorecido de doña Juana, según parece. ISMAEL.-    (Sintiendo pasos.)  Alguien viene. Paréceme que es Rogelio.  (Mira por el fondo.)  No; es el gran filósofo cínico y somnámbulo, Zenón de Guillarte. Escena VII   Los mismos y ZENÓN DE GUILLARTE. Entra en escena por el fondo, hablando a los aires, y ayudando su monólogo con discreta acción de la mano derecha. Esconde la izquierda en la solapa. No repara en sus amigos, que le miran sin asombro y le oyen risueños.   ZENÓN.-   Y si es ley inconcusa que la Naturaleza tiene horror al vacío, no lo es menos que esa misma Naturaleza se apresura a llenarlo, así en las magnitudes del Universo como en las pequeñeces de la existencia individual... Yo sostengo, y lo probaré cuando se quiera, para que los más incrédulos se penetren de estas verdades; yo afirmo y demuestro que el derecho a la vida será una vana fórmula si no lo consagráis con la equitativa distribución del riego monetario... ROSAURA.-  ¡Eh, somnámbulo... que estamos aquí! ISMAEL.-  Zenón de Guillarte, ¿no ves a tus amigos? ZENÓN.-   (Como quien ve y no ve.)  Ya os he visto. ALFONSO.-  Del riego monetario tratábamos aquí. ZENÓN.-    (Fijándose vagamente en ellos.)  Alfonso, Rosaura, Ismael, borregos del rebaño de la paciencia, tengo el honor de saludaros... ISMAEL.-  Te escuchamos como a la propia Sabiduría. ZENÓN.-   Digo que si mi tío, hermano de mi buena madre...  (Señala el retrato.)  vedle allí... si mi tío ilustre, don Hilario de Berzosa, primer marques de Tobalina, designó por heredera de sus cuantiosos bienes a su dignísima esposa...  (Señala el retrato.)  vedle qué guapetona y elegante... encargándole que mirase por todos los parientes de él y de ella; si la antedicha señora... contemplad la serenidad de su rostro... no se muere sin distribuir entre los afines su colosal riqueza, tocándome a mí un puñado de valores mobiliarios, que suben a sesenta mil duros, yo debo estar muy agradecido a mi señora doña Juana y a mi señor tío don Hilario. ALFONSO.-  Pero, di, Zenón, ¿agradeces dormido o despierto? ISMAEL.-   Este ve en sueños mundos rosados. ROSAURA.-  Nosotros tenemos paciencia; él, no. ISMAEL.-  Nosotros trabajamos; tú haces vida de club. ALFONSO.-  Abandona su voluntad a la embriaguez vesánica en la sala del crimen. ROSAURA.-  Se da vida de príncipe: viste con lujo, come a lo grande. ISMAEL.-   Y en su incorregible manía de grandezas, alterna con duques y millonarios... ZENÓN.-  Alterno con mis amigos de toda la vida. ¿Qué culpa tengo de haber nacido en cuna de plata sobredorada, por no decir de oro? ROSAURA.-  Es latón que se empeña en parecer plata. ZENÓN.-   ¿Queréis que me dedique a fabricar cestas o escobas, a pegar carteles o a vender cerillas? No; no he nacido para menesteres bajos. Dadme dinero, y lo multiplicaré sin abandonar mis hábitos de gran señor... Que me anticipe doña Juana el capitalito asignado en su testamento, y yo haré maravillas... me dedicaré a la granjería, que estimo más provechosa y, si me apuran, más apropiada a la moral incierta de estos tiempos; cultivaré la honrada, la santa usura, contra la cual hemos dicho mil denuestos los que fuimos sus víctimas. ISMAEL.-  No va descaminado. Rómpase la tradición sentimental. ALFONSO.-   Su paradoja es humorística,   —1163?   y encierra un fondo de venganza lógica. ZENÓN.-   Devorado por la terrible usura, me vuelvo a ella y le digo: «Yo, tu víctima, seré ahora tu amigo. Monstruo, ante tus altares me inclino y de tu Corte quiero ser cortesano. Devuélveme, ¡oh vampiro mío!, la sangre que me chupaste». ROSAURA.-  ¡Qué atrocidad! Pero ¿tomáis en serio estas aberraciones? ZENÓN.-   (Vuelvese hacia el retrato de DON HILARIO y habla con él como con una persona viva.)  Desde la mansión de los justos, donde mora, mi noble tío me sonríe, me felicita, me aplaude. ¿Verdad, amado señor, que gozarás viéndome seguir tu huella gloriosa? ¿Qué hiciste tú en tu fecunda vida más que practicar la dulce usura?  (Encarándose con el retrato de DOÑA JUANA.)  Y vos, señora dulcísima ¿me negaréis que sois la mayor y más sublime usurera? ROSAURA.-  ¡Eh, Zenón, hasta ahí podían llegar las bromas! ZENÓN.-   Miradla. Me sonríe cariñosa. Afirma con la cabeza. ROSAURA.-  No sonríe, no dice sino que eres un farsante. ZENÓN.-  Ha dicho que sí con la cabeza. Sed testigos, Ismael y Alfonso.  (Estos ríen.)  Y se ha reído al dar la cabezada.  (Habla con el retrato.)  Vos, noble dama, tenéis una bendita hucha que llamáis caridad, beneficencia, donativos de piedad y devoción, amparo a los parientes menesterosos. En esta hucha soberana vais poniendo cada día partículas de vuestras copiosas rentas... Queréis juntar así un inmenso capital de gloria. ¿No es esto una imposición de fondos a interés compuesto, un Montepío de la Bienaventuranza eterna? ISMAEL.-  Confiesa, Zenón, que eres sacrílego. ROSAURA.-  ¡Tonto! Maldita gracia me hacen a mí esos desatinos. ZENÓN.-   La misma gracia me hace a mí ser pobre...  (Óyense por la derecha acordes lejanos de órgano.)  ROSAURA.-  Avanzada está la función en la capilla. Pero aún falta mucho para que concluya.  (Impaciente, se levanta.)  ¡Y yo aquí, con tanto que tengo que hacer en mi casa! ALFONSO.-  ¿Te vas? A doña Juana le sabrá mal que no pases a la capilla. ROSAURA.-  Y tú, ¿por qué no vas? ALFONSO.-   Porque en ese acto piadoso estoy representado por mi mujer y mis hijos. ROSAURA.-  ¿Está ahí Clementina? Pues no me voy sin verla. Acompáñame, Alfonso. Nada pierdes con que doña Juana te vea en su catedral casera.  (A su marido.)  Ismael, ¿te quedas? ISMAEL.-   Luego iré.  (Entra ROGELIO por la derecha, puerta de la capilla.)  ROSAURA.-  Rogelio, ¡qué aparición! ¿Vienes de la capilla? ROGELIO.-   (Restregándose los ojos como luchando con el sueño.)  Vengo huyendo del fastidio. Me espantaba la idea de quedarme dormido frente a... ROSAURA.-  Frente a doña Juana; dilo. ISMAEL.-   Ahora empezará a plática. ROSAURA.-   (Irónica.)  Pues Alfonso y yo queremos oírla. ALFONSO.-   (Resignado.)  Vamos.  (Vanse ROSAURA y ALFONSO hacia la capilla.)  Escena VIII   ISMAEL, ZENÓN y ROGELIO, que se sienta en un sillón luchando aún con su somnolencia.   ISMAEL.-  Pues aquí nos tienes discurriendo el modo de hacernos usureros. ZENÓN.-   Y sobre el caso he pedido consejo a tu augusto padre, a quien tienes colgado de esa pared, imponente y grandioso con su banda de Carlos Tercero. El buen señor me ha dicho que con los particulares no pasaba del cincuenta por ciento, pero que con el Estado se corría hasta el doscientos. ROGELIO.-    (Siéntase.)  Dejad en paz a mi padre. Yo le respeto, aunque en rigor no le debo más que la vida, donativo poco estimable cuando es vida desnuda de recursos. ISMAEL.-  Mala partida te jugó tu don Hilario engendrándote para vida pobre. ZENÓN.-   Mejor habrá sido para ti que te dejara nadando en la nada de la mente divina. ROGELIO.-  He tenido la mala sombra de salir al mundo en la peor casilla social, donde patalean los hijos ilegales de padre casado y rico y de madre soltera y pobre. Infusorio soy, que bebo y vomito sin cesar el agua de la gota en que me ha tocado vivir. Dependo del arbitrio de doña Juana, que viene a ser mi madrastra póstuma.   —1164?   ISMAEL.-   Y ¿cómo no viniste a preguntar por ella cuando estuvo tan malita? ROGELIO.-   No lo supe. Ignorándolo, me libré del oprobio de alegrarme de su enfermedad. ZENÓN.-   Yo sí lo supe y unas seis veces al día me informaba de su estado, poniendo al entrar aquí una cara muy triste* (Hablando con el retrato.)  Noble y santa señora, yo me permito preguntaros: ¿Por qué no procedéis con estos tristes parientes en forma tal que nos inspiréis amor? Unos os llevarían sobre sus hombros contando loores y otros bailarían delante de vos, como David delante del Arca.  (Sigue hablando solo por el fondo de la habitación y entra un rato en la capilla.)  ISMAEL.-   (A ROGELIO.)  Ya te habrá dicho Insúa que doña Juana quiere que te traigas a Casandra hoy mismo. ROGELIO.-  Sí, y esto me llena de confusión... ¿Qué querrá hacer con nosotros esa mujer?... Tú has dicho que el carácter y la conciencia de tu tía son un misterio impenetrable. Yo creo conocer ese carácter, Ismael. Yo te aseguro que doña Juana lleva consigo el diablo de los celos y de los rencores de mujer contra mujer. ¿No lo entiendes? Doña Juana aborreció a mi pobre madre; me aborrece a mí, nacido de la infidelidad conyugal... Soy el espurio, el maldito... ISMAEL.-   Según ella, naciste malo, y la falta de educación te hizo peor. ROGELIO.-   Claro. Mi madre era muy buena, pero educar no sabía. Murió antes de ser vieja y antes de que el ramillete de su hermosura se ajara... Quedé solo. Doña Juana, estéril, siguió aborreciendo a mi madre después de muerta, porque soy el hijo que don Hilario quiso tener fuera y lejos de ella. ISMAEL.-   Basta. ROGELIO.-   No he concluido. Abandonado de mi padre, mirado de través como una vergüenza, crecí en libertad, dejé correr la imaginación, me embriagué en las cosas fáciles, amé la Naturaleza y en ella puse el nido de mis creencias. Era romo el salvaje que funda su vida en los elementos primarios: el miedo, el valor, el placer, el misterio... me sentía en un medio mitológico y miraba la sociedad como un mundo extranjero, al cual no había de pertenecer nunca... En esta vida libre y desmandada conocí a Casandra. Enamorados yo de ella y ella de mí, me la llevé a mi vida suelta y tormentosa. Éramos felices en nuestro desorden, y entregados al azar y al tiempo, sin conocer de este más que el día presente, gozábamos la tranquilidad de los pájaros errantes en país donde no existen cazadores. ISMAEL.-   No; que al fin os cazó doña Juana... a ti por lo menos. ROGELIO.-   Me cogió en las redes de una pensioncita para vivir medianamente. ISMAEL.-   Y traído a la vida regular, te has reformado. ROGELIO.-   Mi reformadora es Casandra, en quien veo una gran maestra, educadora de pueblos, pues me ha educado a mí, que soy todo un pueblo por la complejidad de mis rebeldías... ISMAEL.-  Pues cuando doña Juana te llama, cuando llama también a tu mujer libre, deseosa de conocerla, será que quiere aumentar sus favores. Pretenderá casaros... ROGELIO.-    (Con expresión de disgusto.)  ¡Valiente favor! ISMAEL.-  La misma Casandra, que ve claro y lejos en los horizontes de la vida, no desea otra cosa... Con tus intransigencias no se puede vivir en sociedad, Rogelio. Cásate, y obtendrás de doña Juana favores más positivos. ROGELIO.-   Yo no quiero de tu tía más que lo que me pertenece por disposición de su esposo. Sé que mi padre, apiadado de mí en sus últimos años, dispuso que una parte de sus riquezas pasara a mis manos. Ese montoncito de oro me pertenece, es mío; lo necesito para completar mi existencia, y doña Juana tiene la obligación de dármelo. ISMAEL.-  Sí... pero... conviértete, amigo querido, a la religión de la flexibilidad y haz una discreta, una sutil abjuración de tus rebeldías. ROGELIO.-   (Dudando.)  No sé, no sé. ISMAEL.-  Ponte en la razón... no seas imaginativo en grado de locura. Sé menos poeta y más hombre, Rogelio. ROGELIO.-   Soy lo que soy y no puedo ser de otra manera. Mis amores son Casandra, mis hijos, el sol, mi libertad, sol y cielo de mi espíritu. Todo esto lo poseo; me falta un bien que anhelo y no quiere ser mío: el oro. ISMAEL.-    (Alegre, risueño.)  El sol, reducido   —1165?   a cosa manejable, que se da o se toma y se mete en el bolsillo. ZENÓN.-   (Hablando solo frente a la puerta de la capilla.)  Estoy conforme, absolutamente conforme con todo lo que ha dicho el señor predicador, que en este momento veo bajar del púlpito. Yo no he tenido el gusto de oírle; pero...  (Óyese el órgano.)  ISMAEL.-   (Riendo.)  ¡Tonto!... ¿Con quién hablas? ZENÓN.-   (Avanzando hacia sus amigos.)  Decía que, sin haber oído el sermón, lo celebro, lo aplaudo... ROGELIO.-   ¿Habrá dicho que doña Juana es una santa? ZENÓN.-   Y si no lo ha dicho, lo digo yo, lo sostengo, lo hago cuestión personal. ISMAEL.-  Así, así se gana el cielo. ROGELIO.-  O la tierra. Escena IX   Los mismos, CLEMENTINA y ROSAURA, que vienen de la capilla.   CLEMENTINA.-  Aquí respiro... El olor de la cera y el moscosuena de la plática me han levantado dolor de cabeza. ROSAURA.-  Pues yo, a media plática, tuve que pellizcarme para no dormirme. CLEMENTINA.-  Ya conocí yo que tu atención no era muy intensa y que, rezando con la boca, tenías el pensamiento en tu cocina. ROSAURA.-  No pensaría en ella si tuviera yo unos ángeles que, mientras rezo, me hicieran la comida, como aquellos de San Isidro, que araban mientras el santo estaba en oración. CLEMENTINA.-  Amiga mía, ten fe, y no te faltarán ángeles cocineros, barrenderos... ROSAURA.-  Y que vayan a la compra y me arreglen a los hijitos. CLEMENTINA.-  Todo eso podrás tener. Oye otra cosa: parece que doña Juana ha citado a esa para una entrevista familiar. ¿Conoces a esa mujer? ROSAURA.-  Sí; vivimos Casandra y yo en la misma calle. No tengo por qué ocultar que somos amigas. CLEMENTINA.-  Y ¿qué idea has formado de ella? ROSAURA.-  Que se equivocan los que ven en Casandra una mujer desordenada y voluntariosa... Tiene bastante gobierno, es muy viva y despierta, cariñosa de trato, pronta de genio... empecé por compadecerla y acabé por admirarla. CLEMENTINA.-  ¿Y los niños? ROSAURA.-  Son preciosos. En mi casa los tengo alguna tarde jugando con los míos. Su madre los adora y los lleva muy bien arregladitos. ZENÓN.-  Por lo visto, las señoras también se aburren ahí dentro y salen al pórtico de la catedral a distraerse con un poquito de cháchara y murmuración. CLEMENTINA.-  Ni nos aburrimos allá ni aquí murmuramos. ROSAURA.-  Mientras nosotras rezamos, usted aquí despellejando al prójimo. ZENÓN.-   Yo despellejo blandamente, sin hacer daño, y también rezo... a mi modo. ISMAEL.-  Pues no vale rezar en el pórtico. La función no ha concluido, y aquí viene el señor de Cebrián reclutando a los prófugos. Todos tenemos que ir allá. ROSAURA.-   (Pesarosa.)  ¡Ay Dios mío! Escena X   Los mismos y CEBRIÁN, señor de edad madura, muy pulcro, finísimo, de habla melosa y exquisita cortesía.   CEBRIÁN.-    (Entra por la capilla.)  Clementina, Rosaura, perdonen mi atrevimiento, pero debo decirles que la señora doña Juana parece un poquito lastimada de que sus sobrinas no estén presentes en esta parte de la función, que es la más interesante, la más tierna sin duda. ROSAURA.-  ¡Todavía más! CEBRIÁN.-   En este momento la piadosa señora se digna obsequiar con una rica merienda a las niñas del colegio de San Hilario, que han venido a cantar. Ella misma les sirve. Vengan, vengan. Y la propia advertencia me permito hacer a estos dignos caballeros. ¡Será tan grato la señora verles allí! CLEMENTINA.-  Iremos, sí; pero... ROGELIO.-    (A la derecha, aparte, a ISMAEL.)  ¿Quién es ese punto? ISMAEL.-    (A parte, a ROGELIO.)  Cebrián. ¡Huy! El ministro, el canciller de doña Juana. Gran jurisconsulto, gran moralista, hombre de consejo. ZENÓN.-    (Adulando.)  ¡Hermoso, divino cuadro el de la ilustre señora sirviendo a los niños inocentes.  (A CLEMENTINA y ROSAURA les contraria el volver adentro.)  CEBRIÁN.-    (A ISMAEL y ROGELIO.)  Los discretos jóvenes darán mayor brillo a la piadosa ceremonia. ISMAEL.-   Iremos, señor de Cebrián; irá también Rogelio. CEBRIÁN.-    (Señalando con extraordinaria finura.)  ¡Ah don Rogelio! ¡Cuánto gusto!  (ROGELIO le hace reverencia y se deja estrechar la mano.)  Le vi a usted en la capilla. No tenía el honor de conocerle. Ya sabe usted que en cuanto la señora acabe de obsequiar a las niñas tendrá el gusto de recibir a la señorita Casandra. ROGELIO.-   Ya Sé... CEBRIÁN.-  No necesito decir a usted que en esta ordenada casa es de rigor la puntualidad. ROGELIO.-   Casandra vendrá de un momento a otro. Quizá esté ya en el jardín. CEBRIÁN.-    (Dando prisa.)  Vamos, señoras mías. ROSAURA.-   (Aparte.)  ¡Qué fastidio! ZENÓN.-  Un momento. En seguida voy.  (Hace que se va y retrocede desde la puerta. Vanse por la derecha las señoras y CEBRIÁN.)  Escena XI   ROGELIO, ISMAEL, ZENÓN y, después, CASANDRA.   ISMAEL.-  Relamido es el canciller. ROGELIO.-  Astuto y sutil como la serpiente. ZENÓN.-   ¿Qué pensáis? ¿Entramos? ROGELIO.-   Yo, no. ISMAEL.-   Ya está Casandra en el jardín. Miradla. ZENÓN.-    (Que ha mirado por el ventanal.)  En la alameda de tilos se pasea meditabunda.  (A ROGELIO.)  Llámala. Hazle una seña. ROGELIO.-   (Llamando hacia afuera.)  ¡Pchs!... Ya me ha visto. Ya viene. ZENÓN.-  No te enfades, chico, si me oyes decir que posees una de las pocas mujeres deliciosas que van quedando; deliciosa sin ser mala. Aún no hemos llegado a que maldad y hermosura sean un solo defecto.  (ROGELIO, en la puerta de cristales, esperando a CASANDRA.)  ISMAEL.-  Pronto acude a la cita. Aún han de esperar un rato. ZENÓN.-  ¡Linda mujer! ¡Qué majestad, qué andares de diosa helénica! ISMAEL.-   He visto una estatua muy semejante a esta mujer. ZENÓN.-   ¿Estatua desnuda o vestida? ISMAEL.-   Vestida, hombre. Hay diosas muy decentes.  (CASANDRA entra por el fondo. Viste traje rojizo, de sencillez elegante; guantes blancos. Detiénese como asustada en la puerta.)  ROGELIO.-   Pasa, mujer, sin temor; estamos solos. ZENÓN.-   Aún no ha salido el coco. CASANDRA.-   (Avanzando.)  Aún puedo respirar. ISMAEL.-  Respiramos todos. ZENÓN.-  Casandra, por algo tiene usted nombre de profetisa. ¿Quiere usted adivinarnos el porvenir, descifrarnos el tremendo enigma que a Ismael y a mí nos trae locos? CASANDRA.-  Yo no adivino más que lo que ignoran los tontos y lo que olvidan les desmemoriados. ZENÓN.-  ¿Seremos nosotros desmemoriados en vez de pobres? ISMAEL.-   ¿Seremos ricos... sin acordarnos de ello? ROGELIO.-   Sois somnámbulos que aquí andáis sobre montones de oro, creyendo que pisáis tocino del cielo. CASANDRA.-  ¿Quieren que les adivine si serán un día ricos? Bueno... Pues sí: serán riquísimos. ISMAEL y ZENÓN.-   ¡Bien, bravo! CASANDRA.-  Poco a poco... He dicho que serán riquísimos un día. ISMAEL y ZENÓN.-  ¿No más que un día?... ¡Oh! CASANDRA.-  Más vale algo que nada. ISMAEL.-   Parece que está usted algo medrosa. CASANDRA.-  No he visto nunca a doña Juana. Vengo a su casa porque ella me ha llamado... Mientras no sepa lo que quiere de mí, no debo afligirme ni alegrarme. Rogelio, serénate. Cada uno, dentro del castillo de sus pensamientos y de su conciencia, es rey. ¿Crees que sólo el dinero es la fuerza? ROGELIO.-  Yo no sé si es la fuerza; pero sé qué la da. CASANDRA.-  Lo que importa es tener razón, que el dinero...   —1167?   ROGELIO.-  ¿Sostienes tú que la razón da dinero? CASANDRA.-  Cállate la boca. Mi tema es... razón y siempre razón. Escena XII   Los mismos y PEPA, por la derecha.   PEPA.-  ¿La señorita Casandra...? ZENÓN.-    (Cortándole el paso.)  Pepilla graciosa, si me buscas a mí, aquí me tienes. ISMAEL.-   Déjala, que esta ya se ha entendido con Insúa. PEPA.-  Déjenme en paz. Vengo a decir que ha terminado la merienda. La señora recibirá inmediatamente a la señorita Casandra. CASANDRA.-  ¿Dónde? PEPA.-  Aquí. La señora viene en seguida. ISMAEL.-   Vámonos. ZENÓN.-    (Presuroso.)  No nos encuentre aquí. Pepilla, no me olvides. CASANDRA.-   (A parte, a ROGELIO.)  Espérame en el jardín. Ya que no estés aquí conmigo, quiero que estés cerca de mí. ROGELIO.-  Ánimo. Ya sabes. CASANDRA.-  Sí, ya, ya. Déjame. ROGELIO.-   Si veo que tardas, entraré... PEPA.-   (Mirando por la derecha, primer término.)  Ya viene la señora. ISMAEL.-   Despejemos.  (Vanse los tres presurosos por el fondo.)  CASANDRA.-  ¡Razón, no me abandones!  (PEPA permanece en la puerta. Entra DOÑA JUANA con lento paso, apoyada en su bastón. PEPA cierra la puerta y se va.)  Escena XIII   CASANDRA y DOÑA JUANA.   CASANDRA.-   (Avanza al encuentro de DOÑA JUANA.)  Señora... DOÑA JUANA.-  Casandra, hija mía... Deseaba mucho conocerte... Siéntate.  (Se sientan las dos a un lado y otro de la mesita.)  Veo que no exageran los que tanto alaban tu hermosura. CASANDRA.-  Gracias, señora. DOÑA JUANA.-   (La examina con el impertinente.)  Dios ha querido darte la belleza física en su mayor grado. Si en el mismo punto tuvieras la belleza moral, no serías mal prodigio... Por mi edad podré tomarme la licencia de hablar con toda franqueza. CASANDRA.-  Sin duda. DOÑA JUANA.-  Pues te diré que ese vestido colorado y ese sombrero no son lo más propio para una mujer de juicio. CASANDRA.-   (Gravemente.)  Este vestido es el mejor que tengo; el único presentable, debo decir. Me lo regaló Rogelio al entrar la primavera. Pensé hacerme otro gris o azul marino; mas no he podido pasar del deseo... Me puse a economizar... llegué a reunir una corta cantidad... que fue preciso aplicar a cosas más urgentes. DOÑA JUANA.-  A compromisos de Rogelio quizá... Claro, con ese desorden no extraño que sean insuficientes los cien duros que os doy cada mes... ¿Qué irás explicarme...? CASANDRA.-  Mucho más de la mitad de esos cien duros tengo que dedicar a las deudas de Rogelio... DOÑA JUANA.-  ¡Jesús, Jesús! ¡Infame libertino es el hombre con quien vives!... Tú y él condenados sois, muy difíciles de redimir. CASANDRA.-   (Soltándose en el pensar y el decir.)  No es malo Rogelio, señora. Está usted en un error, del que yo quisiera sacarla. DOÑA JUANA.-  Es para mí la encarnación de una deslealtad que me hirió en lo más vivo. Mi esposo... se dejó enloquecer por la gracia desvergonzada de una mujer que cantaba coplas obscenas y alzaba la pata con indecencia en un teatrucho... CASANDRA.-  Señora, si para usted pasaron ya esas amarguras, ¿a qué viene recordarlas? DOÑA JUANA.-  Lo que acabas de oír no te atañe por ti misma, pobre criatura insignificante, sino por algo que de ello se deriva... Yo tengo un plan... un plan de reparación... Antes de realizarlo he querido verte y tratarte. Vamos a nuestro asunto.  (CASANDRA es toda curiosidad.)  Respóndeme... háblame como hablarías al confesor... ¿Amas verdaderamente a Rogelio? CASANDRA.-  Por lo que de él he dicho, comprenderá usted cuánto amo a Rogelio. DOÑA JUANA.-  ¿Qué has encontrado en ese perdido? ¿Qué prendas, qué cualidades has visto en él? CASANDRA.-   (Resplandeciente de ingenuidad.)  Sus desdichas, el vivir suyo solitario, sin familia ni afectos; su corazón bueno, que le sale a la boca cuando habla; su gallardía y el fuego de su imaginación. DOÑA JUANA.-  ¡Cuánta baratija, sin ninguna joya entre ellas!... ¿Puede ser eso causa de verdadero amor? CASANDRA.-   (Vehemente.)  Señora, yo le juro... DOÑA JUANA.-  No jures, que es pecado. CASANDRA.-  Yo tengo el orgullo de decir que... DOÑA JUANA.-   (Cortándole la palabra.)  No seas orgullosa, que también es pecado... Respóndeme a otra pregunta: ¿ha sido Rogelio tu primer amor? CASANDRA.-   (Suspensa y grave.)  Primero y único. Pensar otra cosa es ofenderme. DOÑA JUANA.-  No hay ofensa en lo que te digo... Estás enamoriscada, encandilada, como quien dice, con los resplandores, con las desdichas y el hablar gracioso de ese hombre... Pero no me sorprenderá que el mejor día te canses de sus vicios y de sus dicharachos y traslades tus entusiasmos a otro... más bonito o más feo, más formal o más pillo... a otro cualquiera, en fin, de los muchos que hay. CASANDRA.-  Sin quererlo, señora, usted me ofende más con esa explicación. Yo respeto a usted... la respeto sin olvidar mi dignidad y el respeto que me debo a mí misma. DOÑA JUANA.-  Está muy bien, está muy bien que te respetes. Eso me gusta... Yo vuelvo a decirte que no fue mi ánimo lastimarte.  (Examinándola con el impertinente, se levanta y da una vuelta en derredor de CASANDRA, que también se pone en pie.)  Pero también debo decir que el tipo de tu hermosura de museo, que es algo de hermosura pública para recreo de la muchedumbre; la arrogancia de tu actitud y de tu mirada, parecen... no digo que sean... parecen revelar a la mujer enamorada de sí propia y atenta no más que al arte de agradar... de esas que no ven en la vida más que un perpetuo motivo de lucimiento...  (Notando que CASANDRA se enoja más.)  sin que esto quiera decir que sean malas... Dios me libre... ¿Qué? ¿También esto es ofensivo? CASANDRA.-   (Sollozando.)  Sí, señora: y tanto, que le pido permiso para retirarme.  (Aléjase hacia el fondo.)  DOÑA JUANA.-   (Buscando la atenuación festiva.)  Vamos... ya una persona experimentada, cargada de años y de autoridad, no puede aventurar una opinión sobre estas mocosas.  (Autoritaria.)  No te doy permiso para retirarte... Basta de mimo... No es para llorar... Siéntate, que aún tengo mucho que decirte.  (Coge a CASANDRA de la mano y la obliga a sentarse.)  Vamos, siéntate...  (CASANDRA se sienta.)  Ya no hablo más de Rogelio... Hablaré de ti misma. Dime otra cosa. Era lo primero que pensé preguntarte y se me fue de la memoria... Ese nombre tuyo de Casandra, ¿es nombre cristiano? CASANDRA.-  No sé, señora... Por cristiano lo tuve siempre. DOÑA JUANA.-  Yo no he visto en las Vidas de los santos ni en ninguna relación de mártires el nombre de Casandra... Sólo recuerdo haberlo visto en algún novelón... no sé si en una tragedia. CASANDRA.-   (Turbada, sin saber qué decir.)  Pues... no sé... Ahora recuerdo que una vez pregunté lo mismo a mi padre... y mi padre me dijo que había una Santa Casandra... DOÑA JUANA.-  Como buen escultor, se guiaba por algún almanaque gentil. Dime otra cosa: ¿te enseñó alguien la doctrina?... CASANDRA.-   (Insegura en la respuesta.)  Sí... creo... Sí, señora... algo... me enseñaron. DOÑA JUANA.-  ¿Nada más que algo? ¿Tu madre?... CASANDRA.-  Yo no conocí a mi madre. Cuando murió tenía yo diez meses. Las criadas de mi casa me enseñaron a rezar, y luego en el colegio... Doctrina y mucha Historia Sagrada, que se me ha olvidado. DOÑA JUANA.-  ¿Y tu madre...? Perdona esta pregunta, que es penosa, pero necesaria... Tu madre... ¿estaba casada con tu padre? CASANDRA.-   (Turbada.)  Sí... no... no sé... ¡Ah! Ya me acuerdo... Se casó cuando estaba malita... para morirse. DOÑA JUANA.-  Vamos... menos mal. Llénate de paciencia para responderme a otra pregunta. Tu madre... ¿qué era? CASANDRA.-   (Sofocada.)  ¿Cómo que... qué era? Era... mi madre. DOÑA JUANA.-  Quiero decir que cuál   —1169?   era su clase y condición... ¿No lo sabes, o no quieres decirlo?  (Pausa.)  CASANDRA.-  No lo sé. DOÑA JUANA.-  ¿Era tu madre de clase humilde?... Acaso... acaso fue criada de tu padre... modelo de tu padre. CASANDRA.-  No sé...  (Balbuciente.)  No me pregunte usted cosas que ignoro... y... que son para mí sagradas, desconociéndolas. DOÑA JUANA.-  Quizá tu padre... esto es un suponer... conoció a tu madre en alguna fiesta pública o privada... quizá en algún lugar adonde van los hombres en busca... de alegría, de libertad. CASANDRA.-   (Defendiéndose con la sinceridad.)  Mi padre, al hablar de mi madre, no me ha dicho más sino que era muy hermosa. Retratada la tenía en varios bustos y figuras. DOÑA JUANA.-   (Implacable.)  ¿Desnudas? CASANDRA.-  El busto de mi madre no tiene más que... hasta aquí...  (Marcando el seno.)  y esto vestido. DOÑA JUANA.-  Pero la representaría tu padre en otras figuras. CASANDRA.-  Sí, señora... Había en el estudio muchas que a mi madre se parecían: una Diana, una Astarté. DOÑA JUANA.-  ¿Es cierto que has pasado toda tu infancia en el estudio de tu padre? Alguna vez también tú servirías de modelo. CASANDRA.-  Alguna vez. DOÑA JUANA.-   (Después de una pausa.)  ¿Desnuda? CASANDRA.-  ¡Ay, no! DOÑA JUANA.-  No te ofendas. Dicen los artistas que, en la estatuaria, la desnudez es honesta, casta... ¡Qué cosa más rara! CASANDRA.-  Por honesta la tenía yo. Pero mi padre no me desnudaba cuando yo le servía de modelo. Una vez me puso para el grupo alegórico de un sepulcro... Yo representaba la Inocencia. DOÑA JUANA.-   (Irónica.)  ¡Famosa inocente serías! Y dime otra cosa: ¿tu padre no te llevaba a la iglesia, a misa, a confesar?... CASANDRA.-   (Declarando penosamente.)  No... señora... no me llevaba. Ya ve usted con qué sinceridad le respondo... Mi padre... era... poco creyente... o lo decía. En general, los hombres... apenas creen. DOÑA JUANA.-   (Sarcástica.)  ¡Vaya, vaya! Has aprovechado bien la edad inocente. CASANDRA.-  Muerto mi padre, las tías que me recogieron y con quienes viví muy mal, no me hablaron nunca de cosas de fe ni de doctrina. Abandoné todo acto religioso y...  (Se interrumpe temerosa.)  DOÑA JUANA.-   (Iracunda.)  Acaba... Aún te falta lo peor, lo más ignominioso... Que te uniste a Rogelio sin ley ni religión, casamiento de animales... que con él has vivido en las tinieblas del ateísmo! ¡Qué horror! CASANDRA.-  Me pide usted la verdad... se la doy... Desde que me uní a Rogelio, los afanes de cada día me embargaron la voluntad de tal modo, que no he tenido tiempo para pensar en cosa distinta de las realidades de la vida. DOÑA JUANA.-  ¡Desgraciada!... No sé cómo tengo paciencia para oírte. Y ¿es cierto, como dicen, que tus hijos no están bautizados? CASANDRA.-  Lo están, señora, aunque Rogelio diga lo contrario y de ello se envanezca. Yo les mandé secretamente a la pila del bautismo... sin que Rogelio se enterase. Es la única cosa... puede creérmelo, señora... la única cosa en que le he engañado. DOÑA JUANA.-   (Agriamente.)  ¡Tu único engaño!... El bautismo de tus hijos, administrado con sigilo y vergüenza, no me inspira confianza. Será forzoso renovar el sacramento. Yo me encargo de eso. CASANDRA.-  Como usted quiera. DOÑA JUANA.-   (Con sequedad.)  Has de saber que, aunque no amo ni estimo a Rogelio, es mi ánimo protegerle, aliviar su vida. CASANDRA.-  Hará usted una buena obra. DOÑA JUANA.-   Hágola por mandato de mi conciencia, cumpliendo la voluntad de mi esposo... Rogelio ama las riquezas... las tendrá. Escoria es el oro; escoria humana, sois vosotros... Arrastraos por el suelo hasta que os barra la muerte. CASANDRA.-   (Afanada, medrosa.)  No nos maldiga, señora... Deseo que Rogelio sea mi marido con posición o sin ella. Lo mismo le amaré rico que pobre. Pobre le amé: mi vida es suya, y lo será siempre, siempre, aunque lleguemos a la miseria, a la mendicidad. DOÑA JUANA.-   (Irónica.)  Muy bien... Veo que tienes más mundo de lo que yo creía. Sabes tomar actitudes airosas... De casta le viene al galgo... Dígolo porque conservas los hábitos de escultura, de modelo de estatuas... CASANDRA.-   (Afligida.)  En mí no ve usted más que la estatua de la mujer ambiciosa, deshonrada y sin juicio. DOÑA JUANA.-  No es eso, no. Estatua o mujer, me inspiras compasión. Yo miraré por ti. CASANDRA.-   (Llorosa.)  Lo agradezco, señora... y si le parece bien, daremos la audiencia por terminada.  (Se levanta.)  DOÑA JUANA.-  Como gustes. A mí no me molestas. ¿Tienes que hacer en tu casa? CASANDRA.-  Sí, señora. DOÑA JUANA.-  Yo te ampararé...  (Fríamente.)  Ten confianza en mí... Recibirás aviso para que vuelvas a verme y hablemos otro poquito... En mí tendrás la mejor consejera, la maestra más cariñosa.  (Levántase.)  CASANDRA.-  ¡Maestra! DOÑA JUANA.-  Yo te guiaré en tu camino doloroso. CASANDRA.-    (Sin comprender.)  ¡Caminos dolorosos! ¿Cuáles son? ¿Iré por ellos? DOÑA JUANA.-  Todos los caminos del mundo son dolorosos, cuando no conducen al fin infinito... CASANDRA.-   (Con vago mirar, hablando sola.)  Tristeza sin fin... Escena XIV   Las mismas y ROGELIO, que entreabre la puerta del fondo y avanza cautelosamente.   DOÑA JUANA.-   (Afectuosa en la superficie, glacial en el fondo.)  Aunque tú no me quieres, yo te quiero a ti. Debemos amar a los débiles más que a los fuertes, y a los desgraciados más que a los felices... Puedes retirarte... CASANDRA.-   (Atónita, casi muda.)  Adiós. DOÑA JUANA.-   (Mirando al fondo.)  Ahí tienes a tu hombre. Salid por aquí.  (Por la derecha.)  CASANDRA.-   (Aterrorizada.)  Rogelio, sácame de esta casa. ROGELIO.-   Ven, alma mía. DOÑA JUANA.-  Alma tuya es.  (Viéndoles partir por la derecha.)  ¡Pobres almas!  (Telón.)  Acto II   Despacho elegante en la casa de los marqueses del Castañar. Puerta al fondo y laterales. Es de día.   Escena I   ALFONSO, afanado, escribiendo, y CLEMENTINA, que entreabre la puerta.   CLEMENTINA.-   (Sofocada, acaba de entrar de la calle.)  ¡Alfonso, Alfonso mío! ALFONSO.-   ¿Qué? CLEMENTINA.-  ¿Estás muy ocupado? ALFONSO.-   Ocupadísimo. Déjame un momento... Sabes que en el Pardal tenemos casi perdida toda la cosecha... Trato de salvar una parte, utilizando la concesión para tomar agua del Tajo... pero no tengo máquina... Escribo a los González Alonso proponiéndoles que me arrienden la suya. CLEMENTINA.-   (Entra.)  Luego resolverás eso... Tengo que hablarte... ALFONSO.-  ¿Es cosa urgente? CLEMENTINA.-  Urgentísima. ALFONSO.-    (Alarmado.)  ¿Ocurre alguna desgracia? CLEMENTINA.-  No... digo, sí... un hundimiento. ¡Espantosa catástrofe! Se ha hundido el caletre de mi reverenda tía doña Juana. Esparcidos están por el suelo los pedazos del cascote cerebral. ALFONSO.-  Algún disparate muy gordo. Serán hablillas... No des crédito... CLEMENTINA.-  Me lo ha dicho ella misma. De allá vengo. ALFONSO.-    (Impaciente.)  Pero ¿qué es? CLEMENTINA.-  Para que no te atormentes... mi tía ha determinado hacer efectiva   —1171?   la recomendación testamentaria de don Hilario... en lo referente a Rogelio. ALFONSO.-   Ya... le asigna un capital, que puede ser de un millón, de dos millones de pesetas... CLEMENTINA.-  Dos millones. ALFONSO.-  Y le obliga a casarse con Casandra. CLEMENTINA.-  En eso no aciertas. Es todo lo contrario... Le impone el divorcio, que llamaremos «concubinal». De la entrevista que celebró mi tía con Casandra sacó el convencimiento de que esta lleva en sí todos los signos de la predestinación... de que es demasiado estatuaria para ser buena. ALFONSO.-   ¡Oh iniquidad!... ¡Qué afán de calificar las conciencias juzgándolas, no por lo que son, sino por lo que pueden ser!... Sigue. ¿Y los hijos? CLEMENTINA.-  Pásmate... Ahora resulta que no están bautizados... Por lo menos, hay dudas... Lo primera será incluirlos solemnemente en la grey de Cristo. Luego, para darles la educación sana, religiosa, de que carecen, doña Juana piensa ponerlos bajo la custodia de su prima Cayetana Yagüe, que es muy para el caso... Nota al margen: cuenta con la aquiescencia de Rogelio. ALFONSO.-   Pero ¡es monstruoso!... Y ¡esa pobre mujer...! Será todo lo que quieran... Yo no la trato... Pero, aunque fuese de la peor índole y su conducta de las mas depravadas... CLEMENTINA.-  Y ¿quién te dice que ella no pasará por todo con tal de adquirir la libertad, que es el ambiente en que viven mejor las estatuas vivas? ALFONSO.-  ¡Ah!... Si es así, no digo nada. CLEMENTINA.-  Fíjate en la cláusula del testamento de don Hilario, que recomienda... ALFONSO.-   Sí... dice poco más o menos: «Encargo a mi esposa que mire por Rogelio, y que si contrae relaciones nefandas, procure apartarle de ellas». CLEMENTINA.-  Moribundo, se cala el capuchón ese diablo harto de carne. ALFONSO.-  Dice más: «Constitúyale un capital de un millón de pesetas, o de dos millones, si por su buena conducta lo mereciese: y si a la fecha de la resolución de mi esposa estuviese soltero, proporciónele casamiento con doncella honesta de nuestra clase, mejor de nuestra familia...». Que el don Hilario de Berzosa era un inmenso mentecato en todo lo que no fuese sacar el dinero de debajo de las piedras o del bolsillo de todo español descuidado, lo demuestra esa cláusula de su testamento cominero, egoísta, ridículamente previsor y minucioso. CLEMENTINA.-  La cláusula es un gran desatino. Don Hilario debió de morirse muy satisfecho de tal engendro. Pero no está menos orgullosa mi tía de su buena mano para llevarlo a la práctica. Es una idea doblemente redentora... y qué sé yo qué... No sé si habrás comprendido que la doncella honesta que ha de compartir los millones de Rogelio es una de las chicas de Nebrija. ALFONSO.-  Me lo he figurado. ¿Cuál de ellas? Será la que hace trajes azules para la Concepción y colorados para el Niño Jesús. CLEMENTINA.-  Es la otra, Casilda, tan ñoña, sandia y rasa de instrucción como Amelia, pero un poquito menos esguízara y antipática. ALFONSO.-  ¡Y ese Rogelio es capaz...! ¡Qué bajeza de hombre! CLEMENTINA.-  Entiendo que Cebrián le ha cazado, deslumbrándole con un espejo al sol, como a las alondras. ALFONSO.-  Es poeta y pagano, de los que adoran al sol bajo la especie de billete de Banco...  (Hastiado del asunto.)  Total: que doña Juana ha dado colocación a esa joven, artículo de muy difícil salida. ¿Y a nosotros qué nos importa eso, ni en qué puede afectarnos? CLEMENTINA.-   (Con tristeza.)  ¡Ay!, puede afectarnos más de lo que tú crees... porque tras ese disparate vendrán otros. Tengo por seguro que ha inaugurado mi tía una serie de lamentables despropósitos. ALFONSO.-  ¿En qué te fundas para creerlo así? CLEMENTINA.-  Es un presentimiento... más bien un resultado de mis observaciones. Conozco el carácter de mi tía; leo en sus ojos y en su acento las ideas que andan por aquel interior tenebroso. ALFONSO.-  ¿Y qué has leído en ese manual de la perfecta hipócrita? CLEMENTINA.-  Por de pronto... Fíjate en este dato: hoy me ha tratado mi tía con una sequedad y un despego que me han llenado de sobresalto. Al pedirme mi opinión sobre esta ridiculez que has oído, le dije que me parecía muy bien.  Pongo mucho cuidado en no decirle nada que hiera su desmedido orgullo. Cualquier dureza la ofende, la mejor sombra de contradicción la enoja, la enfurece... ALFONSO.-  ¿No será suspicacia, cavilación tuya? CLEMENTINA.-  No, Alfonso de mi alma. Ignoro la razón de esta sequedad. Yo veo una sombra, una nube negra, un no sé qué... No puedo precisar lo que veo ni darte idea de la calidad del desastre que barrunto. ALFONSO.-    (Principiando a sentir inquietud.)  Es tu imaginación... es... esa ansiedad en que vives... es el vértigo insano de las esperanzas siempre marchitas y siempre verdes.  (Perdiendo su reposado talante.)  Vive Dios que he de cerrar los ojos al espejismo vano, al fantasma de las promesas. ¿Y no será prudente y cuerdo desprendernos de esta soñación quimérica y acomodarnos a una pobreza decente y tranquila? CLEMENTINA.-   (Gravemente.)  Tenemos hijos, Alfonso. ALFONSO.-   Tenemos hijos... Pero también es cosa fuerte que por los hijos vivamos humillándonos un día y otro ante esa esfinge sentada sobre un cofre atestado de riquezas. CLEMENTINA.-   (Con gravedad casi lúgubre.)  Tenemos hijos. ALFONSO.-    (Subiendo de tono.)  Por Santa Bárbara que me has contagiado de tus presentimientos... ¡Qué tontería!... Y acabaremos por que todo será infundado... vanas aprensiones de mujeres nerviosas... Trataremos de averiguar si continuará doña Juana incubando despropósitos... ¿Crees que nuestro amigo Insúa tendrá franqueza bastante para decirnos...? CLEMENTINA.-   (Con súbito recuerdo, llevándose las manos a la cabeza.)  ¡Ah, tonta de mí!, se me olvidaba contarte la gran novedad. ALFONSO.-  ¿Más? CLEMENTINA.-  Se me fue del pensamiento lo que creí menos interesante. Pásmate, Alfonso. Doña Juana ha despedido a su administrador. ALFONSO.-   ¡Loca perdida! CLEMENTINA.-  ¡Le ha puesto en la calle... con treinta años de servicios! ALFONSO.-  De servicios absolutamente leales. Pero ¿estás segura? CLEMENTINA.-  Hoy lo supe. Según me han dicho, es público desde anteayer... Riámonos un poco, que todo no han de ser tristezas. La tía sorprendió al grave don Damián Insúa en amorosa connivencia con Pepa, la criada joven y bonita. ALFONSO.-   (Riendo.)  Nunca falta la inflexión cómica en las situaciones más serias. No me coge de nuevo. Ya es sabido que Insúa las mata callando... ¡Pero si tengo aquí una carta suya!...  (Buscando entre las cartas que hay sobre la mesa.)  Me dice que quiere hablarme... y yo no hice caso. Creí que lo mismo podía contestar hoy que mañana.  (Encuentra la carta; lee rápidamente.)  «Sirvase indicarme hora... deseo hablarle de asuntos de extraordinario interés».  (Queda suspenso.)  CLEMENTINA.-   (Después de una pausa, en que ambos se miran perplejos.)  Contéstale ahora mismo. ALFONSO.-   Pensé que quería proponerme la expropiación de los molinos del Pardal.  (Se sienta y escribe.)  Le diré que venga cuando quiera, que no saldré en todo el día... CLEMENTINA.-   (Que ha caído en meditación honda.)  Asuntos de extraordinario interés... ALFONSO.-    (Asaltado de misteriosa inquietud.)  ¿Qué piensas? CLEMENTINA.-  La carta de Insúa ennegrece más la sombra que me persigue desde esta mañana, y la acerca más a mí... ¡Siento frío... terror...! ALFONSO.-   (Llama; da la carta a un criado que aparece en la puerta.)  ¿De qué? CLEMENTINA.-  De mayores dislates de doña Juana, de acciones vesánicas que puedan afectarnos...  (Consternada.)  Esto no es vivir. ALFONSO.-    (Furioso, manoteando.)  ¡Ah... el maldito esperar, el ansia nunca satisfecha, la horrible interinidad en que nos tiene esa vieja loca! CLEMENTINA.-   (Con acento lúgubre.)  Nuestras almas, como reos en capilla, suspiran entre la vida y la muerte. ALFONSO.-  No más, no más, Clementina.  (Con desvarío.)  Huyamos de este suplicio... Retirémonos al Pardal... Casemos a nuestras hijas con gañanes...  (Airado.)  Viviremos de lo que nos dé el terruño. Madrid, te odio; vanidades, os pisoteo; esperanzas, os arrojo al fuego; doña Juana, te arrojo más allá del fuego... No sé, no sé lo que digo.   Escena II   Los mismos, MARÍA JUANA, BEATRIZ y la INSTITUTRIZ, que entran por el fondo.   CLEMENTINA.-  ¡Ah! ¿Ya estáis aquí? MARÍA JUANA.-  Mama, no me culpes a mí. Es Beatriz la que se aburre en el taller benéfico. BEATRIZ.-  Sí, mamá, no puedo negártelo; me aburro cosiendo camisitas, enagüitas y chambritas toda la santa tarde. CLEMENTINA.-  ¡Holgazana! ¿Y usted no la riñe, «madamoiselle»? INSTITUTRIZ.-   (Con marcado acento francés.)  Verdaderamente, señora, las dos se aburren un poquito trabajando para el santo Asilo. Pero Juanita sabe bien disimular su fastidio. Su amor propio la salva. Sabe adoptar la «pose» de la paciencia. MARÍA JUANA.-  Paciencia tengo. ¡Pues no he dado pocas puntadas esta tarde! ALFONSO.-  Hijas mías, si más que esa labor de puro «snobismo» benéfico os agrada el pasear por el Retiro, yo os alabo el gusto. «Mademoiselle», mientras mis hijas no se vean en la necesidad de coser su propia ropa, llévelas usted de paseo. BEATRIZ.-   (Palmoteando.)  ¡Ay, que alegría! INSTITUTRIZ.-  Opino como el señor marqués. CLEMENTINA.-  ¡Ay, no! Cosen para los pobres. ALFONSO.-  Coser para los pobres es un lujo de las señoritas ricas. Aún no sabemos qué porvenir reserva Dios a nuestras hijas. Por de pronto deben atender a su salud, hacer ejercicio, robustecerse, prepararse para las lucha de la vida... CLEMENTINA.-  Sí, pero...  (Suena timbre interior. MARÍA JUANA mira por la puerta del fondo.)  ALFONSO.-   ¿Será Insúa? CLEMENTINA.-  ¿Quién es? MARÍA JUANA.-   (En voz baja, volviendo junto a su madre.)  Rosaura y otra señora. BEATRIZ.-   (Mirando por el fondo.)  Mamá, la que viene con Rosaura es esa... ¿cómo se llama, Señor?  (Recordando.)  Casandra. CLEMENTINA.-   (Con severidad.)  Pero ¿de qué conoces tú a esa mujer? BEATRIZ.-  La vi un día en la calle. Íbamos con Amalia Nebrija. Pasó esa señora, y Amalia nos dijo: «Esa es... la Casandra». MARÍA JUANA.-  ¿Les digo que pasen a la sala? ALFONSO.-   No. Las recibiremos aquí. CLEMENTINA.-  Vosotras retiraos pronto, pronto; no quiero que...  (Las empuja hacia la derecha, y salen las niñas y la INSTITUTRIZ.)  Escena III   ALFONSO, ROSAURA y CASANDRA.   ROSAURA.-  Perdonadme, Alfonso, Clementina, si vengo a importunaros.  (Sin saber cómo empezar.)  Se trata de... Esta amiga mía... CLEMENTINA.-  Sí, ya sé... ALFONSO.-   ¿Es usted Casandra? CASANDRA.-  Casandra soy.  (Con timidez.)  He contado mis tribulaciones a Rosaura, y ella... ha querido presentarme a ustedes... Para... ROSAURA.-  Yo lo diré. Pues esta infeliz me ha referido el conflicto en que se ve... y yo, ¡cuitada de mí!, ni sé aconsejarla, ni acierto a indicarla el remedio... la solución. CASANDRA.-  Bien sé que es impertinencia venir a pedir a ustedes que intercedan en favor mío; pero... ya se sabe, el desvalido busca el amparo de las personas compasivas y generosas. ROSAURA.-  Alfonso, Clementina, con vuestra autoridad podréis... Yo nada puedo. Yo no soy nadie. CLEMENTINA.-  Poco más que nadie somos nosotros. En fin, explíquense. ALFONSO.-  Ya comprendo. Trátase de los planes de doña Juana con respecto a Rogelio, el hijo de su esposo. CASANDRA.-  Eso, eso. CLEMENTINA.-  Algo he sabido yo. CASANDRA.-    (Vivamente.)  Pues si conoce usted los planes de doña Juana, sabrá cuánta iniquidad hay en ellos. CLEMENTINA.-   (Con cierta severidad.)  ¡Ah!, perdone usted. Yo tengo que respetar las ideas y las determinaciones de mi tía. ALFONSO.-  Enterémonos bien.  (A CASANDRA.)  Siéntese usted. Siéntate, Rosaura.  (Se sientan CASANDRA, ROSAURA y   CLEMENTINA. A la derecha de CASANDRA permanece ALFONSO, en pie.)  CLEMENTINA.-  Por la propia doña Juana sé que pronto será efectiva la disposición testamentaria de don Hilario en favor de su hijo natural. ALFONSO.-   (A CASANDRA.)  Esto, seguramente, no puede serle a usted desagradable. CASANDRA.-  La herencia, ¿a qué negarlo?, me sería grata si no trajese la destrucción de la familia que Rogelio y yo hemos formado. CLEMENTINA.-  ¡Ya, ya! Tiene usted hijos... Háblenos usted con absoluta sinceridad. Lo primero que me permito preguntarle es si usted ha querido, ha deseado, ha intentado legitimar sus relaciones con Rogelio. CASANDRA.-   (Enérgicamente.)  Sí, señora; se lo juro a usted. ROSAURA.-  Sí, sí. Me consta. Mil veces le oí expresar este deseo. Él, Rogelio, es quien ha resistido siempre por sus ideas locas, extravagantes. CLEMENTINA.-  Respóndame usted ahora como respondería a un confesor. ¿Sintió usted ese anhelo de matrimonio cuando Rogelio no veía delante de sí más que soledad y pobreza? CASANDRA.-   (Con dignidad.)  ¡Ah señora! Esa pregunta, casi con las mismas palabras, me hizo a mí doña Juana la primera vez que la vi. Usted, como su tía, cree que mis deseos de casarme cristianamente se han despertado ante el cambio de posición social. ROSAURA.-  No. No es de hoy; yo doy fe de ello. CASANDRA.-   (Con vehemencia.)  Hoy volvió a llamarme doña Juana. La he dicho la verdad, y esa señora me ha contestado con vaguedades irónicas, como si no diera crédito a mis palabras, salidas del corazón... Ni ella, ni ese caballero anciano que hoy dirige sus asuntos... no me acuerdo de su nombre... ALFONSO.-  Cebrián. Don Francisco Cebrián. CLEMENTINA.-  Persona dignísima. CASANDRA.-  Un señor muy suave, muy atento, de palabra resbaladiza, de mirar oblicuo, de una cortesía empalagosa... Pues decía que ni doña Juana ni ese señor se han expresado ante mí con claridad. Todo ha sido medias palabras, reticencias, indicaciones equívocas que lastimaban mi decoro, sospechas de maldades que jamás han existido en mí. En fin, he salido de allí en una confusión espantosa. He salido de allí loca, desesperada. ¡Y esta es la hora, Dios mío, en que no sé lo que esa terrible santa quiere hacer de Rogelio, de mis hijos y mí! ALFONSO.-   Sosiéguese. Quizá peca usted de exceso de suspicacia y de pesimismo. CASANDRA.-  Doña Juana y su consejero han envuelto mi espíritu en tinieblas densísimas que no me permiten ver con claridad lo que me rodea. ROSAURA.-  Tú, Clementina, como la persona más querida de doña Juana, podrías disipar estas tinieblas. ¿Por qué no le dices...? CLEMENTINA.-  ¡Oh, no! Por lo mismo que soy la primera en el corazón de mi tía, no debo meterme a investigar sus ideas ni a contrariar sus planes, que siempre responden a un fin elevado. Sólo puedo dar a usted un buen consejo... CASANDRA.-  ¿A ver...? CLEMENTINA.-  Procure usted, cuando hable con mi tía, no lastimar su fe ardiente, extremada quizá, con cierto aire de fanatismo... CASANDRA.-  No está mal aire. Huracán dirá usted. CLEMENTINA.-  Arrepentida usted de sus errores, si los hubo, y poniéndose a tono con ella, adaptándose digo, logrará usted... CASANDRA.-  En ese terreno de la adaptación hice cuanto pude, mostrando a la señora mi conciencia con perfecta diafanidad. Entre ella y su nuevo administrador, o director de lo terrenal, me han sometido a un examen escrupuloso de doctrina cristiana. He contestado a sus preguntas declarando lo que sé y lo que ignoro, sin ocultar mis dudas... CLEMENTINA.-   (Vivamente.)  Dudas, no, no. No hay que dudar. ROSAURA.-  Creer, creer ciegamente. CASANDRA.-  Por fin me sometí a cuanto quisieron imponerme, y a comenzar de nuevo mi educación espiritual. Pero esto no me ha valido. Me piden algo que no puedo dar. Sin decírmelo claramente, quieren que me resigne a una gran desdicha, que será para mí peor que la muerte. ALFONSO.-   Ahí está el punto: ahí está el nudo de la cuestión. Afrontémosla con valor. Doña Juana enriquece a   —1175?   Rogelio y le impone la separación, el divorcio civil podríamos decir. CASANDRA.-  Y a eso no accederé nunca. Para consumar tal sacrificio no hallo resignación bastante en todo el cristianismo pasado y presente. CLEMENTINA.-  El conflicto es este: usted ama a Rogelio, y él es, él, no mi tía, el causante de su desdicha. CASANDRA.-  No lo sería si doña Juana procediese con menos rigor en su afán de arreglar la vida humana. ALFONSO.-  Entendámonos. Rogelio pasa por todo con tal de... CLEMENTINA.-  Se ve que no es hombre de corazón. CASANDRA.-  Corazón tiene; pero su fantasía desbordada le aturde, le extravía. ROSAURA.-  Cuéntales todo, Casandra; que sepan las vacilaciones de Rogelio, sus ensueños locos. CASANDRA.-  Rogelio ha vivido siempre en una ligereza descuidada, simpática y graciosa, y ahora quiere parecerse a los que entristecen su alma con los negocios. Rogelio era la franqueza, el desprecio de la adversidad; era el ingenio, la poesía, y ahora se ha vuelto sombrío, caviloso, y se pasa la vida haciendo números. ALFONSO.-    (Risueño.)  Transición de las musas al positivismo. Los poetas se vuelven capitalistas; la imaginación se ha hecho conservadora. Es un fenómeno natural en los tiempos que corren. CLEMENTINA.-  ¿Y cree usted que en esa evolución ha perdido el amor de Rogelio? CASANDRA.-  No, no. Rogelio no ha dejado de amarme. ROSAURA.-  La quiere lo mismo. ALFONSO.-  Pero se va, se metaliza. Hija mía, aplíquese usted con todas las fuerzas de su alma a retener al hombre, y deje a la santa en su altar. CLEMENTINA.-  Ahora veo bien claro que ha equivocado usted el camino al venir a nosotros. Nada podemos hacer en su obsequio, y lo sentimos mucho, créalo. CASANDRA.-   (Levantándose.)  Señora, otra vez pido a ustedes perdón, y aunque me juzguen impertinente, diré que la clave de este asunto es doña Juana... doña Juana es la clave. Yo, no sólo acepto el casamiento religioso, sino que lo deseo; lo he deseado siempre. ¿Por qué ese afán de separarnos? Esto y mucho más he dicho a la señora, y ella rigurosa, y su director suavísimo, hablan de salvar mi alma, que yo no creo perdida. Si ustedes, señor marqués y marquesa del Castañar, quisieran interceder por mí, haciendo ver a doña Juana que no soy una mujer mala, si le tocaran al corazón hablándole de mis hijos, de mis pobres niños, de los cuales no me separaré mientras no me hagan pedazos; si ustedes le dicen esto, y algo más que les dicte su mucha bondad, seguramente la señora variará de propósito, y todos viviremos. Rogelio y yo seremos felices. CLEMENTINA.-  Hija mía, no puedo... Doña Juana es muy buena, pero se aferra tenazmente a sus ideas, y si yo intentara desviarla de ellas, podría suceder... ¿No lo crees, Alfonso?... Podría suceder que se nos ocasionaran disgustos y algo más quizá. ALFONSO.-  ¡Oh!, no creo... Tú tienes su confianza... CLEMENTINA.-  Si tengo su confianza, y ello es dudoso, no quiero perderla... No, no. Casandra, no podemos intervenir... ROSAURA.-  Sí podréis. Compadecedla. Dadle siquiera esperanzas. CASANDRA.-   (Apartándose del grupo con intención de salir.)  Basta. No quiero molestar a estos señores con mis cuitas amargas, que debo devorar sola. CLEMENTINA.-  Confíe usted en Dios.  (Entra INSÚA y permanece en el fondo de la escena.)  CASANDRA.-  En Dios confío, y también en mi derecho... ¡Pues no faltaba más!... Confío en mi derecho y en mi tesón para mantenerlo. La mujer desvalida se defenderá por sí propia. Pidió amparo a los seres felices, y estos se lo niegan, temerosos de comprometer su felicidad.  (Con solemnidad y cierta inflexión irónica.)  Que Dios les conserve su ventura, que la gocen por muchos años... Mil perdones otra vez.  (Hace una reverencia y se retira hacia la puerta.)  ROSAURA.-  ¡Qué dolor!  (Compadecida, va detrás de CASANDRA.)  CLEMENTINA.-  De veras siento no poder... ROSAURA.-  ¡Ah! ¿Tú, Alfonso, no podrías...? ALFONSO.-   Imposible. Tiemblo ante la esfinge  (Salen por el fondo CASANDRA, ROSAURA y CLEMENTINA, que va a despedirlas.)  Escena IV   ALFONSO, CLEMENTINA e INSÚA.   INSÚA.-  ¡Pobrecilla! Le ha llegado su hora. ALFONSO.-  Es la primera víctima. CLEMENTINA.-   (Volviendo por el fondo.)  Para mí que está loca perdida. INSÚA.-   Ya, ya... No será el último caso de locura. ALFONSO.-   Y vamos a lo nuestro. Esperábamos a usted, amigo, Insúa, con verdadera ansiedad. INSÚA.-   No pude venir por la mañana. ¿Es esta buena hora? CLEMENTINA.-  Para usted ninguna hora es mala. Tome asiento. INSÚA.-   ¿Estarán ustedes solos un largo rato? ALFONSO.-  No esperamos a nadie. CLEMENTINA.-   (Recelosa.)  ¿Por qué esa pregunta? INSÚA.-   Es que... Hablaré a ustedes de asuntos reservadísimos, en extremo delicados, que han de quedar, por ahora, entre nosotros. CLEMENTINA.-  Descuide usted. Seremos la misma discreción.  (Cierra la puerta.)  ALFONSO.-   ¡Vaya, vaya, que se ha portado doña Juana con usted!  (Se sientan los tres.)  CLEMENTINA.-  ¡Pagar así treinta años de leales servicios! INSÚA.-   De la honradez y lealtad de mis servicios no debo hablar yo... Mi rectitud está de tal modo grabada en la opinión, que no necesito salir en mi defensa... Dejo la administración de doña Juana tan pura como en ella entré. ALFONSO.-   Cierto... Ella es la que pierde... CLEMENTINA.-  Ha sido ingratitud grande de esa buena señora... Y todo por una tontería...  (Pausa.)  INSÚA.-    (Tras un momento de vacilación, se arranca por la sinceridad.)  Nada... señora mía, nada... Con ustedes, personas razonables, personas de mundo, puedo tener esta confianza... En efecto, la Pepa... válgame la verdad... la Pepa me agrada. Hace tiempo que buscaba yo una muchacha humilde y limpia que me gobernara la casa... La rasa de un viudo sin hijos presentes, tiene no poco que arreglar... La Pepa me ha conquistado, más que por sus ojuelos negros, por sus cualidades... Yo, desde que era tamaña así, la conocía... pues al padre de ella le tuve de ordenanza cuando yo administraba la Sacramental de San Nicolás... Luego la recomendé a doña Juana... CLEMENTINA.-   (Ardiendo en impaciencia, aprovecha el nombre de DOÑA JUANA para dar un corte a la amorosa historia.)  ¡Ah doña Juana!... Háblenos usted de ella, y luego nos contará lo demás... INSÚA.-   Lo mío no puede interesarles... Cosas de mayor importancia quería comunicar a ustedes... para que antes que nadie conozcan y aprecien el desquiciamiento cerebral de esa buena señora... ALFONSO.-  De los últimos estragos de esa máquina descompuesta ya tenemos conocimiento. CLEMENTINA.-  Sí, amigo Insúa... No se moleste en contarnos lo que yo he sabido por ella misma... Su plan de reconocer a Rogelio un capital de dos millones... ALFONSO.-  Y de casarle con la chica de Nebrija. INSÚA.-    (Poniéndose muy serio.)  No era eso... no era ese el asunto que yo quería comunicar a usted cuando le pedí hora para una conferencia. ALFONSO.-   Ya presumo que algo más grave ha de ser, pues ni Rogelio ni su casorio nos afectan nada. INSÚA.-   Y esto sí, esto les afecta... y de un modo gravísimo... Perdónenme, queridos amigos, si la fatalidad me hace portador de las noticias más desagradables... CLEMENTINA.-   (En gran consternación.)  ¿Ves, Alfonso, ves?... ¡La sombra negra que era mi espanto desde que hablé con la tía esta mañana!... Lo que te dije: desviada de nosotros... enojada con nosotros... ¡Oh Dios mío! ALFONSO.-    (Tranquilizándola.)  Deja, deja que hable Insúa. INSÚA.-   Yo no tengo que guardar consecuencias a la señora marquesa de Tobalina, que me ha despedido como a un lacayo. Consecuencia guardo a ustedes, que siempre me han considerado y distinguido... Estimo a ustedes y empiezo por decirles que lo mismo debe importarles ya el enojo que el desenojo de esa funesta señora.  (CLEMENTINA traga saliva y oye, dudando de lo que oye.)    —1177?   Viven mis buenos amigos pendientes... esa es la palabra... pendientes de una esperanza, del testamento que otorgó doña Juana en diciembre de mil novecientos uno... pendientes, digo, materialmente colgados viven de aquella disposición testamentaria, porque en ella adjudica doña Juana a su sobrina carnal, aquí presente, todos los bienes raíces del llamado «latifundio»... con más buena cantidad de riqueza mobiliaria...  (ALFONSO no hace más que sobar su barba y mover nerviosamente los párpados. CLEMENTINA no tiene ya más saliva que tragar.)  Pues bien... es muy duro decirlo: esas esperanzas y ese testamento y ese «latifundio» son ya hojas secas que se ha llevado el...  (Pausa. Silencio lúgubre.)  que se ha llevado el viento.  (Lo repite con honda ronquera.)  que se ha llevado el viento. ALFONSO.-   (Sin volver de su estupor.)  Un testamento no puede ser anulado más que por otro testamento. INSÚA.-  Un testamento es nulo desde el momento en que desaparece la materia testable. CLEMENTINA.-   (Intentando recobrar el uso de la palabra.)  Pero... explique... Mi tía, ¿loca?... INSÚA.-   Doña Juana se desprende de toda su fortuna por medio de donaciones «inter vivos». Así le queda el alma más ligera y ágil para volar al cielo... ¿Qué? ¿No lo creen?  (CLEMENTINA, como idiota, no afirma ni niega.)  Lo dice quien ha preparado todo la documentación. ALFONSO.-   (Queriendo aparentar serenidad.)  Pero ¿cómo puede ser?... Tenga la bondad, amigo Insúa, de explicarnos la tramitación de ese increíble reparto «inter vivos». INSÚA.-  Lo primero ha sido instituir en la cabeza destornillada de Rogelio los dos millones... Es para doña Juana cuestión de conciencia, un tributo necesario, siquier tardío, a la memoria de su esposo. Después se distribuye la cuantiosa propiedad urbana en diferentes donaciones; la riqueza mobiliaria fácilmente y sin ninguna ficción sigue el mismo camino: y en cuanto al «latifundio», ultimada la negociación con el Banco General de Agricultura, quedará convertido en mobiliario.  (CLEMENTINA clava sus dedos en los brazos del sillón, horadando la tela.)  Mi sucesor, el mismo Cebrián, terminará entre mañana y pasado las operaciones por mí preparadas, y... me han asegurado que algunas escrituras están ya extendidas... En fin, que todo acabó... Vean un mundo que se deshace...  (ALFONSO hunde la barba en el pecho.)  CLEMENTINA.-   (Balbuciente, con lengua que quiere paralizarse.)  Pero ¿a quién?... ¿en favor de quién?... INSÚA.-   Ya debió usted comprenderlo. El «para quién» está bien a la vista... como que está en todas partes. De todo ese caudal, que no baja de diecisiete millones... pero de duros, ¿eh?, será pronto heredero... ya lo adivinan... Dios, muy necesitado de bienes materiales según doña Juana... Dios, creador y dueño de todo lo creado... Descalzo, pobre, sin tener una piedra en que reclinar su cabeza, anduvo Nuestro Señor Jesucristo por el mundo, enseñando su doctrina sublime... Pobre y descalzo, le llevamos nosotros en nuestros corazones. Doña Juana, más cristiana que el mismo Cristo según ella, se aflige de ver a Nuestro Redentor tan menesteroso, y emplea todo su dinero en proporcionarle zapatos de oro, corona de pedrería, manto bordado... ALFONSO.-   ¡Horrible ironía! INSÚA.-   (Mirando al techo.)  Figúrense ustedes el gusto con que recobrará Dios todo ese capital, que era suyo y le fue arrebatado por el ladrón de Mendizábal. El noble Hilario, sin saber lo que hacía, compró el latifundio con dineros mal adquiridos... Pero al fin todo queda en casa, y el Altísimo muy contento con que las fincas urbanas y rústicas, y el cúmulo de acciones del Banco y de valores públicos, vuelvan al sagrado Tesoro... CLEMENTINA.-   (Sofocada.)  No siga usted, amigo Insúa... Yo le suplico que calle. ALFONSO.-   ¡Es increíble, monstruoso! CLEMENTINA.-  Es una infamia, es desprecio de Dios y burla de los sentimientos más elementales... de la sociedad, de la familia. Pero dígame, Insúa: ¿reparte todo absolutamente? ¿Y ella...? INSÚA.-   Para sí reserva sólo cien mil duros, y del mundo se retira, desengañada de sus falaces pompas. Para estar más segura contra vanidades y más resguardada contra tentaciones, se recoge al convento de monjas Franciscas de Medina de Pomar, donde ya le están preparando habitaciones con tribuna cómoda   —1178?   sobre la iglesia. Allí vivirá en éxtasis, hasta que Dios, su padre y heredero amantísimo, quiera llevarla a la eternidad gloriosa. ALFONSO.-   (Levántase con brusca distensión de sus piernas.)  Siento aversión, asco de una sociedad en que son posibles estas indignidades; repugnancia también y desprecio de nosotros mismos, que hemos vivido tanto tiempo engañados por las promesas y el falso cariño de esa mujer. Basta. Hablemos de cualquier abominación de las muchas que existen en el mundo. Las más atroces nos refrescarán de la irritación de esta. CLEMENTINA.-  ¿Y es permitido que los locos destruyan así la sociedad y la familia? INSÚA.-  Señora, innumerables locos sueltos vemos por ahí, y ellos son los que nos dirigen y gobiernan. CLEMENTINA.-   (Echada atrás en el sillón, mirando al techo.)  ¡Y para ver esto vivimos! ALFONSO.-   Vivimos en un mundo de ficciones, en un armadijo de noblezas figuradas y de distinciones mentirosas. Los ricos aparentan mayor riqueza, y los de un mediano pasar decoramos con talco nuestra medianía para parecer opulentos. Todo en nuestra vida es ilusorio, teatral y fantástico... Ningún noble empobrecido tiene arranque para irse a labrar las tierras vírgenes de América, ni virtud para esconder su pobreza en un rincón campesino entre villanos y animales. Ese valor lo tendré yo, yo, Alfonso de la Cerda. No quiero vivir más tiempo engañando al mundo y engañándome a mí mismo. CLEMENTINA.-  Casi, casi, sin acordarme de que era huérfana me he criado yo, pues padres míos se llamaban don Hilario y doña Juana. No fue culpa mía tenerles por padres, ni ha sido disparate pensar y creer que heredaría parte de su fortuna. ¿Por qué desde niña no me inclinaron a la pobreza? ¿Por qué no me echaron a una aldea, donde yo cuidaría ovejas o cabras, traería agua de la fuente y me casaría con un pastor? ¿Qué culpa tengo de que la propia doña Juana, ella, ella, me criara señorita, con todo el regalo y las pretensiones de una heredera de marqueses...? No, no es una ridiculez, no es locura que yo me haya colgado a esas esperanzas, que haya vivido de la sustancia de ellas y que las haya hipotecado a la sociedad, tomando de esta la representación que por mis esperanzas me daba. ALFONSO.-   Clementina, seamos humildes. CLEMENTINA.-  Yo no puedo serlo. Esta desesperación ha de matarme. No sobreviviré a esta burla indigna, que pisotea toda mi existencia.  (En un arrebato de furor se pone en pie, altanera, majestuosa.)  Debiéramos las madres pobres ahogar a nuestros hijos antes que criarlos en la ilusión de una herencia. ¡Maldita sea la hora en que fui madre y aumenté el número de los engañados por fantasmagorías vanas! ¿Por qué no fui estéril?... Una sociedad como esta, incapaz de impedir iniquidades de tal calibre, debe ser aniquilada, dejando el territorio a las cuadrillas de gitanos. ¡Oh problema sin solución y angustia sin alivio!... Yo me sentía fuerte en la sociedad; andaba en ella con paso firme... Ahora tendré que andar azarada y corrida.  (Con desvarío.)  ¡Ah!, no, no quiero oír las burlas  (Tapándose los oídos.)  no quiero oír los chistes con que celebrarán mi horrible desengaño... no quiero, no quiero.  (Déjase caer en el sillón.)  ALFONSO.-    (Acude a ella, asiéndola por los brazos.)  Clementina, por Dios, ¿qué delirio es ese...? INSÚA.-   Señora, sosiéguese... Piense en sus queridos hijos. CLEMENTINA.-   (Con mayor trastorno.)  Hijos, más os valiera no haber nacido, que crecer en el regazo de una madre idiota...;porque lo he sido; idiota he sido hasta hoy... Vea usted, señor de Insúa: mis pobres niñas, María Juana y Beatriz, tan buenas, tan inocentes, tan puras, serán las primeras en llamarme imbécil... Para tener a doña Juana contenta, les hemos puesto un director espiritual, que no las deja respirar, que llena sus pobres almas de terror y las priva de los esparcimientos más inocentes... ¡Horrible, horrible! Cuando mis hijas despierten de esa embriaguez y comprendan toda la hipocresía que encierra, no maldecirán a doña Juana, sino a mí, a su madre... Y lo merezco... lo merezco.  (Presa de un violento furor, se abofetea. ALFONSO trata de calmarla.)  ALFONSO.-  Vida mía... ¿qué es eso... qué dices... qué haces? CLEMENTINA.-   (Cae en el sillón, como   —1179?   si cediera súbitamente el espasmo.)  ¡Alfonso, Alfonso... hijos míos! ALFONSO.-    (Muy cariñoso.)  Clementina, no desesperes. Dios no nos abandonará. CLEMENTINA.-   (Trincando los dientes.)  ¡Dios!  (La dama parece hacer violenta presión sobre sí misma.)  No, no diré una blasfemia... Mi tía me ha enseñado a no creer... No me enseñará a blasfemar. ALFONSO.-  ¡Por Dios, no desvaríes! INSÚA.-    (Consternado.)  Siento haber sido causa de esta turbación... digo, causa no soy. ALFONSO.-    (A INSÚA.)  Hágame el favor... Avise a las niñas...  (Desaparece INSÚA presuroso por la puerta de la derecha, para volver al instante con las niñas.)  CLEMENTINA.-   (Acometida de risa histérica.)  ¡Ja, ja!; me río de mí misma; me muero de ridiculez; ¡ja, ja! Escena V   Los mismos, MARÍA JUANA y BEATRIZ, presurosas; tras ellas, INSÚA; después, la INSTITUTRIZ y una criada.   MARÍA JUANA.-   (Corriendo hacia su madre.)  Mamá, ¿qué es eso? BEATRIZ.-   (Lo mismo.)  Mamá, mamita. ALFONSO.-  No es nada. Un vahído... INSÚA.-   No se asusten... Una pequeña contrariedad. MARÍA JUANA.-   (Lloriqueando.)  ¡Ay, Dios mío! ALFONSO.-  Chiquillas, no es nada. Se pondrá peor si os ve llorar. BEATRIZ.-  Una taza de tila. INSÚA.-   Sí, Sí.  (Sale BEATRIZ corriendo por la derecha.)  MARÍA JUANA.-   (Viendo que CLEMENTINA cierra los ojos.)  Mamá, mamá. CLEMENTINA.-   (Que ha pasado bruscamente del estado histérico a un estado de sopor.)  Dios se ha dormido... Durmamos... El mundo se muere de imbecilidad...  (Queda como aletargada.)  ALFONSO.-   (Llamándola.)  Clementina.  (Entran corriendo BEATRIZ, la criada y la INSTITUTRIZ.)  MARÍA JUANA.-  Mamita, vuelve en ti. BEATRIZ.-  Mamita, ¿no nos ves? Somos tus hijitas.  (CLEMENTINA abre los ojos, yergue la cabeza, mira a todos como asustada.)  ALFONSO.-  Ya pasó; ya estás bien. CLEMENTINA.-   (Con voz lúgubre, cavernosa.)  Si yo fuera hombre no pasarían estas infamias... o, tendrían el debido escarmiento. ¿Verdad, Alfonso, que ya no hay hombres? ALFONSO.-  Ya no. Los hombres se fueron. CLEMENTINA.-   (Repitiendo como un eco que se extingue.)  Ya no hay hombres... Los hombres se fueron.  (Levántase bruscamente creyendo oír pasos.)  ¿Quién es? ¿Quién entra?  (Ábrese lentamente una de las hojas de la puerta del fondo.)  ALFONSO.-   No viene nadie. MARÍA JUANA.-  Nadie viene. BEATRIZ.-  Nadie, mamá. CLEMENTINA.-   (Con exaltación y desvarío.)  Es ella, es ella; ven, pasa. TODOS.-  ¿Pero quién? CLEMENTINA.-   (Delirante, fija sus ojos en la puerta. Sigue con la mirada y la indicación de la mano a una figura invisible que entra.)  ¿No la veis? Casandra...  (Todos se miran aterrados.-Telón.)  Acto III   Habitación amplia y modesta en casa de ISMAEL y ROSAURA, dispuesta para los trabajos de ingeniería industrial y mecánica. Mesas de escribir y de dibujar; librería; en las paredes, grandes planos de máquinas y edificios industriales, instrumentos de física, muestras de hierros, cables, etcétera. Puerta al fondo, por donde entran los que vienen de la calle; puertas laterales. Es de día.   Escena I   ISMAEL, trabajando en la mesa de dibujo. Por la puerta del fondo, abierta, se ve desfilar a los niños y niñas mayores de ISMAEL, y se oye su alegre cháchara al salir para el colegio. ZENÓN DE GUILLARTE, que entra por el fondo después que han pasado los chicos.   ZENÓN.-  ¡Demonio con la fecundidad! Creí que me arrollaba el rebaño de tus hijos, que salen para el colegio. Seis he contado. ISMAEL.-   Pues aún quedan aquí los dos pequeños. ZENÓN.-   ¡Ocho críos! Parecen ochenta por el ruido que meten. ISMAEL.-   Y ochocientos por los zapatos que me rompen. ZENÓN.-   Divertido estás, como hay Dios. Pero, en fin, gracias a ti y a esa santa fecundísima que tienes por mujer, no se acabará el mundo por ahora... ¿Trabajas? ISMAEL.-    (Sin mirarle.)  Ya lo ves. ZENÓN.-    (Mirando el dibujo.)  Ascensores eléctricos. ¿Te estorbo? ISMAEL.-    (Displicente.)  Sí. ZENÓN.-   Pues abur. ISMAEL.-   No, aguárdate, amable cínico. Dime algo que me quite esta melancolía negra. ZENÓN.-  ¿Murrias tenemos?  (Con sonrisa de satisfacción.)  Pues yo... ¿No me ves? ISMAEL.-   (Vivamente.)  ¿Qué?... ¿Qué dices, qué sabes? ZENÓN.-    (Muy risueño.)  No sé si será discreto que yo te revele la causa de mi júbilo. ISMAEL.-   (Irritado.)  ¿Qué es? Dilo pronto. ZENÓN.-   Verás... Te advierto que mi sinceridad no me permite enmascarar mi alegría con falsas demostraciones de duelo. ISMAEL.-    (Airado.)  ¿Acabarás? ZENÓN.-   No acabo, sino que empiezo contándote que el médico de doña Juana, señor Bustamante, lumbrera de ciencia, me ha dicho hoy... fíjate en esto, Ismael: hoy, que tu señora tía no resistirá un segundo ataque. ISMAEL.-    (Con gesto despectivo.)  Déjame en paz. Siempre viviendo de ilusiones fúnebres. Anda, que si mi mujer te oyera, buena se pondría.  (Vuelve a su trabajo.)  ZENÓN.-   (Fluctuando entre la risa y la seriedad.)  No es que yo me alegre del pronóstico de Bustamante, ¡pobre doña Juana! Yo sentiré que se pierda esa existencia preciosa. ISMAEL.-    (Sin apartar los ojos de su dibujo.)  Lárgate, Zenón. Tus desatinos me ponen de peor temple. ZENÓN.-   Bien dice Insúa que todos los herederos de doña Juana están desequilibrados. Yo, no. Zenón el cínico se mantiene en su dulce serenidad.  (Paseándose tranquilamente por la estancia, se para frente a un gran dibujo de máquinas colgado en la pared derecha.)  Mientras tú dibujas, yo admiraré tus magníficos proyectos.  (Hablando con el dibujo.)  Hermoso artificio, ingeniosa creación de la mecánica, tú funcionarás con provecho cuando sobrevenga lo que espero, lo que está al caer. ¡Ah!, en ese día venturoso, Alfonso con su agricultura y este con su industria, saldrán de sus estrecheces angustiosas.  (Sigue hablando solo, paseándose por el proscenio.)  Ellos serán trabajadores, yo bandolero, o lo que es lo mismo, facineroso que acecha al caminante en las encrucijadas de la usura. ISMAEL.-    (Soltando los lápices, se vuelve furioso hacia ZENÓN.)  ¿Qué hablas ahí, majadero? ZENÓN.-    (Impasible.)  Yo pienso. Tú dibujas. Veremos qué máquinas valen más, esas o las mías.  (Apuntando a su sien.)  ISMAEL.-   Pero ¿a qué vienes tú aquí, pelmazo? ZENÓN.-   He venido a hacer tiempo. ISMAEL.-   Di que vienes a quitármelo. ZENÓN.-    (Con gran flema, sentándose.)  Yo hago tiempo. ISMAEL.-   ¿Para qué? ZENÓN.-  Para ir a enterarme de ciertas cosas que a todos nos interesan. ISMAEL.-   (Con viveza.)  ¿Sabes algo? Dímelo pronto. ZENÓN.-   Sé que en el segundo ataque... ISMAEL.-   ¡Bah, bah!... ZENÓN.-    (Con misterio.)  He visto a Cayetana Yagüe entrar presurosa y escurridiza en el palacio de doña Juana. ISMAEL.-  Entraría como una rata que olfatea el queso. Y ¿qué llevaba? ZENÓN.-   Un manojo de cirios envueltos en un paño negro. ISMAEL.-   ¿Cirios? ¿Iba sola? ZENÓN.-  Con ella iba un ratoncillo: Rogelio. ISMAEL.-    (Asombrado.)  Desde ayer le estamos buscando, y no hemos podido dar con él. La pobre Casandra está desolada. ¿Por qué no vas a coger a ese pillo a la salida del palacio y nos le traes aquí? ZENÓN.-  No querrá venir. Se encuentra en una grave crisis... ISMAEL.-   Crisis de infidelidad y traición. ZENÓN.-   Crisis de vida. El dinero es la vida, y la vida es evolución constante... pero Rogelio, creo yo, estudia una metamorfosis con engaño supuesto y traición fingida. Como buen poeta, hace de lo negro blanco. ISMAEL.-  Mala cosa es encender una vela al amor o a las musas, y otra a la presa vil de los intereses. ZENÓN.-  Yo creo que Rogelio nos prepara un poema en que al fin quedará burlada doña Juana. ISMAEL.-   Ella será siempre la burladora. ZENÓN.-  Mientras viva, sí; pero... ISMAEL.-  Eres la corneja agorera de muertes. ZENÓN.-   Di que soy profeta.  (Cerrando los ojos.)  En este momento, una visión telepática me dice que del palacio de doña Juana sale alguien corriendo... para avisar a la funeraria. ISMAEL.-    (Sonriente.)  ¡Qué celebre! ¿Has dicho que en el palacio acecharás la salida de Rogelio? ZENÓN.-   No. Le cogeré en el café de esa esquina, donde está citado con Adrián Bermejo, otro de los parientes pobres que esperan la caída del maná. ISMAEL.-   ¿En ese café?...  (Con idea repentina.)  Pues te acompaño. Así sabremos...  (Nervioso, impaciente, buscando su sombrero.)  Mi sombrero... ZENÓN.-    (Impasible.)  No hay prisa. Aún es temprano. ISMAEL.-  No, no puedo ir contigo. No me muevo de aquí hasta que venga Rosaura, que también ha ido a casa de la tía. Vivo en una incertidumbre horrible. Estoy en capilla. Mi alma es un péndulo.  (Balanceándose.)  La ejecución, el indulto; el indulto, la ejecución. ZENÓN.-   (Mirando el reloj.)  Seguiré haciendo tiempo un poquito más. ISMAEL.-   (Paseándose con gran desasosiego.)  No quiero yo hacer tiempo, sino deshacerlo. Rosaura me traerá la verdad. ZENÓN.-    (Flemático.)  Quizá tu mujer no vuelva tan pronto. Yo adivino, Ismael; yo veo lo distante. Rosaura tendrá que asistir a doña Juana, ponerle sinapismos, prolongarle la vida con balones de oxígeno. ISMAEL.-  No sueñes, Zenón. Pon un freno a tu cinismo. ZENÓN.-    (Tentado a la jovialidad.)  La sutileza de mis sentidos me dice, querido Ismael, que debemos estar alegres.  (Le palmotea en el hombro.)  ISMAEL.-   Quita, quita; déjame. ZENÓN.-   Pues, chico, tú estarás todo lo triste que quieras... ISMAEL.-   (Paseándose con gran agitación.)  Desesperado. ZENÓN.-   (Risueño.)  Pero yo, ya lo ves, no puedo ocultar mi contento, alegría cínica si quieres. Yo entiendo por cinismo todo lo contrario de la hipocresía. ISMAEL.-   ¡Qué ansiedad! ¿Será cierto que...?  (Se golpea el cráneo.)  ZENÓN.-  Impaciente aguardas a tu mujer. Pues ahora vas a ver mi poder de adivinación. Rosaura ha entrado en el portal, y ya sube la escalera. ISMAEL.-  ¡Oh! ¡Si fuera verdad! La pobre sube con lentitud; tardará un rato en llegar.  (Llégase a la puerta y pone el oído a los ruidos de la escalera.)  Me parece que has acertado. ZENÓN.-  ¿Lo ves? ISMAEL.-  Pues, aciértame otra cosa, cínico. Mi mujer, ¿viene triste o alegre? ZENÓN.-   ¡Ah! Rosaura trae máscara tristísima, máscara de abatimiento. Lo que hay debajo de esa careta, no lo sé. Mis ojos de cínico no llegan a tanto. ISMAEL.-   (En la puerta.)  Pues sí que es ella. Voy a abrirle. ZENÓN.-   Estos pobres tontos sufren y se afligen porque no estudian como yo la lógica vital.  (Reclinada la cabeza, mirando al techo, se entrega a sus meditaciones.)  Ochenta mil duros me tocan, ochenta mil, que deducido los derechos reales quedan en setenta y dos mil. Colocada esta suma al ochenta por ciento, tendré...  (Entran por la izquierda los dos chiquillos menores -cuatro y seis años- con la criada, SEVERIANA. Visten modestamente, con delantalitos blancos. Corren al encuentro de la madre, gritando: «¡Mamá, mamita!».)  Escena II   Los mismos y ROSAURA, que entra con ISMAEL por el fondo.   ROSAURA.-   (Fatigada y displicente.)  Gracias a Dios que me veo en mi casa.  (Se sienta. Los chiquillos la rodean; quieren subirse a su regazo. La besan y acarician.)  ¡Ay hijos!; dejadme ahora. ZENÓN.-   (Saludándola muy fino.)  «Máter admirábilis, máter fecundíssima». Celebro ver a usted tan contenta. ROSAURA.-   (Con acento tristísimo.)  ¿Contenta yo? ¡Qué burla!  (A la criada.)  Llevátelos, Severiana. Entretenlos allá.  (Besa a los chiquillos.)  Prenditas, idos al comedor. Yo iré pronto allá.  (Vase SEVERIANA con los niños.)  ZENÓN.-   ¿Y qué? ¿Está bien mi amada tía política? ROSAURA.-  No va mal. La encuentro muy entonadita. ISMAEL.-  ¿Ves? ZENÓN.-    (Aparte, a ISMAEL.)  ¡Cómo disimula tu mujer la verdadera situación! ROSAURA.-  ¡Pillo! Usted no quiere a su tía, que es tan buena... ZENÓN.-   ¡Oh!... Sí la quiero. Mi mayor gozo es que alargue sus preciosos días. ISMAEL.-   Eso deseamos todos.  (Impaciente.)  Bueno, Rosaura, dime... ZENÓN.-  Si estorbo me retiro. ROSAURA.-  Espere un ratito. ISMAEL.-  Tiene que ver a Rogelio en el café de la esquina. ROSAURA.-  No se ocupen ya de ese hombre, que tengo por cosa perdida. ISMAEL.-  ¿Le viste en casa de la tía? ROSAURA.-  Allí estaba, pero no le vi. Oí el runrún de su voz y de la voz de Cebrián hablando en la estancia próxima. Si no me engaño, oí también el mosconeo de Cayetana Yagüe, la tos perruna de Nebrija y el chillido de Amelia. ISMAEL.-   Ya. ROSAURA.-  Yo suplico a Zenón que se desentienda de Rogelio y me haga un recadito. ZENÓN.-   Estoy a sus órdenes. ROSAURA.-  Hágame el favor de ver a Casandra, que estará en su casa, y decirle que se llegue acá lo más pronto que pueda. Estoy fatigadísima, me han dado para ella una comisión, un encargo muy delicado que debo cumplir personalmente. ISMAEL.-   Anda, anda; te la traes acá. ZENÓN.-  Al momento... si quiere venir. ROSAURA.-  Vendrá. ZENÓN.-    (Aparte, a ISMAEL.)  Yo veo aquí un gran misterio. Sácale a tu mujer la verdad.  (Bajando más la voz.)  Doña Juana está moribunda. ISMAEL.-    (A parte, a ZENÓN.)  Todo se sabrá. Vete pronto.  (Vase ZENÓN por el fondo.)  Escena III   ISMAEL y ROSAURA.   ISMAEL.-  Dime la verdad. ¿Ha tenido la señora otro ataque? ROSAURA.-  Quita, hombre. ¡Si está vendiendo vidas! ISMAEL.-   ¿Por qué has tardado tanto? ROSAURA.-  Porque me entretuvo con sus divagaciones por lo terrenal y por lo místico. Tú sabes que repite una idea veinte veces, y que nunca se explica con claridad. ISMAEL.-   (Impaciente.)  ¿Para qué te llamó? ROSAURA.-  Para confiarme una misión delicada. ISMAEL.-   Para fastidiar, para quitarnos el tiempo.  (Viendo que ROSAURA saca del pecho dos sobres que contienen billetes.)  A ver... ¿Te ha dado algo? ROSAURA.-  Sí... Este... no me vaya a equivocar...   es para nosotros... Cien duros... ISMAEL.-   (Sarcástico, cogiendo el sobre.)  El socorro extraordinario para estos pobres... Lo terrible es que sobre tales miserias tiene uno que poner la flor de la gratitud. ROSAURA.-  Este otro es para que lo de a Casandra, al tiempo de notificarle las amarguras que la esperan. ISMAEL.-   (Displicente.)  Para esas encomiendas de traer y llevar amarguras, estamos aquí nosotros... Y estos burros de carga, auxiliares de sus planes malditos, ¿no merecen mejor trato?... ¿No le has dicho el conflicto en que estoy? ROSAURA.-  Hoy, como siempre, le eché la jaculatoria de tus industrias, de tu falta de capital... pero ya sabes. Ella cumple con su risilla helada, y su frase de letanía: «Tantas máquinas darán a Ismael mucho dinero». ISMAEL.-   Mis máquinas no darán nunca tanto provecho como la santurronería fetichista y grosera. Yo no adulo a doña Juana. La adulación pugna con mi carácter honrado y leal. ROSAURA.-  Siempre he creído que debemos ser buenos, y cumplir sencillamente y sin aparato nuestros deberes. Yo sigo adelante por mi camino estrecho, con mi carga de obligaciones, fatigada, pero con mi conciencia bien tranquila, eso sí, esperando lo bueno y lo malo que Dios quiera mandarme. ISMAEL.-  Por eso eres tú la verdadera santa: no ese ídolo chinesco, que se adora a sí mismo. ROSAURA.-  No soy santa; pero sí creyente, y como creyente, siempre espero. ISMAEL.-  ¡Esperar! No pronuncies el verbo fatídico que creo ha de ser la inscripción del Purgatorio: «Aquí están los que esperan»... Pero hemos olvidado lo principal. Dime, Rosaura: hablando con doña Juana, observándole el rostro, olfateando el ambiente que la rodea, personas y objetos, las vagas proyecciones de lo espiritual sobre lo material, ¿has podido confirmar lo que anoche nos dijo Pepa? ROSAURA.-  Oí, vi y observé: mas no pude confirmarlo. Tal monstruosidad no puede ser cierta. ISMAEL.-   Los planes monstruosos suelen ir hacia la certeza más aprisa que los razonables... Si hace mi tía lo que Pepa nos anuncia, es que quiere hundirnos, quiere aplastarnos... Quizá lo merecemos. Hace tiempo que veo en doña Juana el mensajero del alma, el ángel terrible que trae a la Humanidad todos los trabajos y dolores a que esta condenada. ROSAURA.-   (Medrosa.)  No pienses eso, Ismael... me da miedo ver en ti ese pesimismo negro. No, no. Escena IV   Los mismos y SEVERIANA.   SEVERIANA.-    (En la puerta de la derecha.)  Señora, un momento.  (Acércase ROSAURA a la puerta y habla con SEVERIANA en voz baja.)  ISMAEL.-  ¿Qué ocurre? ¿Quién ha venido? ROSAURA.-   (Después de oír a la criada.)  Clementina. ISMAEL.-   ¿Por qué no pasa? ROSAURA.-   (Trémula.)  Dice que quiere hablar conmigo. ISMAEL.-  Hablar contigo a solas. Vete. Sepamos de una vez... Inmenso enigma nos rodea. Si hemos de morir, muramos pronto. ROSAURA.-  Aguárdame.  (Vase.)  ISMAEL.-  Severiana.  (Acércase esta.)  ¿Ha venido sola Clementina? SEVERIANA.-   Sola... Por cierto que al pronto no la conocí; tan desmejorada está. Su palidez es como de persona muerta o convaleciente de larga enfermedad. ¡Cosa más rara! Ayer la vi lozana y hermosa... Viste de luto riguroso. Su voz me ha sonado como un responso... Me da miedo, señor. ISMAEL.-   Y yo tiemblo. ¿Qué tremenda fatalidad nos acecha?... Vete allá... Que acaben pronto. Que me saquen de esta horrible agonía. SEVERIANA.-    (Dirígese a la puerta.)  Señor, ya vienen. Escena V   ISMAEL, ROSAURA y CLEMENTINA: aparece primero por la derecha ROSAURA, consternada, tapándose la boca con el pañuelo: tras ella CLEMENTINA, que permanece junto a la puerta en grave actitud de duelo, rígida. Su palidez intensa revela un estado de atonía dolorosa. Vase SEVERIANA.   ROSAURA.-   (Avanzando hacia su marido.)  Ismael, querido Ismael... ISMAEL.-   (Con viva ansiedad.)  ¿Qué? ROSAURA.-  Clementina me dijo que debía prepararte. ISMAEL.-   Dilo sin preparación. Prefiero el golpe duro. Prefiero el hachazo. ¿Es verdad lo que nos dijeron anoche? ROSAURA.-  Sí. ISMAEL.-   Todo acabó. ¡Maldita ilusión, terminada en catástrofe! CLEMENTINA.-   (Con acento sibilítico.)  Tú lo has dicho. Es la catástrofe de las esperanzas, del engaño sostenido por ella misma... Conocemos todos los pormenores de este acto de barbarie. ¡Bien nos la ha jugado! ¡Con qué crueldad nos arroja al abismo esa... esa señora, que a ti y a mí, cuando éramos niños, nos acariciaba con mano blanda de madre; y después, año tras año, nos ha hecho creer que nuestros hijos eran su natural familia, como nacidos de sus entrañas!  (ISMAEL, desesperado, cae en una silla, y se agarra el pelo con la mano crispada.)  ROSAURA.-   (Cariñosa, tocando en el hombro a su marido.)  No es desgracia irreparable. Tenemos tesón y fibra para esa desventura y para muchas más. ISMAEL.-   (Con cierto desvarío.)  ¡Dios omnipotente, creador de los cielos y de la tierra, heredero de doña Juana! Con esto pensará mi tía sacar del purgatorio al ladrón de don Hilario... será para llevárselo consigo al infierno... ¡Es para reír! ¡Cómo se alegrará el infierno! ROSAURA.-  ¡Hijo mío, no maldigas, no blasfemes! CLEMENTINA.-   (Aproximándose.)  Yo también maldije y blasfemé: yo también perdí la razón al conocer esta iniquidad. ¡Horrible noche! Al amanecer, recobrada ya de mi locura, lloré por mi marido y por mis hijos... La voz de Dios resonó en mi alma, diciéndome: «Ni tú ni tus hijos me maldigáis. Al daros vida, os entregué a los azares del mundo. Todos habéis nacido desnudos y pobres... La riqueza es manejo vuestro. Los humanos la recogéis y la repartís a vuestro gusto. No por ricos, sino por humildes, entraréis en mi reino». ROSAURA.-  Y, sobre todo, Ismael, pongámonos en el terreno de la razón. Tu tía es dueña de hacer con sus capitales lo que quiera. CLEMENTINA.-  Según la razón pura... así es. ROSAURA.-  Has de conceder que no tenemos derecho... ISMAEL.-   Derecho, conforme al llamado Derecho, no tenemos... eso es verdad... CLEMENTINA.-  Pero conforme a la ley de Dios, a la ley de Naturaleza... entendámonos... teníamos derecho... ISMAEL.-   Teníamos derecho... Es tan claro como la luz. CLEMENTINA.-   (Enérgica.)  Tan claro como el sol que nos alumbra. Se nos ha engañado. ISMAEL.-    (Dándose un fuerte golpe en la rodilla.)  ¡Se nos ha robado! ROSAURA.-   (Muy apurada.)  No, no, Ismael; no, Clementina. Es absurdo negar el derecho de la tía... ISMAEL.-   (Gritando.)  Pero el derecho no es razón, Rosaura. ¿O es que entiendes tú por razón la propia sinrazón?  (Se levanta, da vueltas por la estancia.)  CLEMENTINA.-   (A ROSAURA, con mayor vehemencia.)  No sostengas ahora que ha hecho bien. ROSAURA.-  ¡Si yo no digo que ha hecho bien, Clementina!... No es eso. El proceder de doña Juana ha sido muy malo. ISMAEL.-    (Airado, manoteando.)  Ha procedido como una hipócrita malvada y cruel... CLEMENTINA.-  Como una madre desnaturalizada. ROSAURA.-  No exageréis. Cierto que no ha sido leal, porque os hizo creer que seríais sus herederos... pero como derecho... ISMAEL.-    (Echando luego por los ojos.)  ¿Tú qué sabes? ROSAURA.-  Es cuestión no más que de sentido común. ISMAEL.-    (Disparándose.)  No me repliques. Yo afirmo que hemos sido estafados, y a lo que yo digo y sostengo no tienes tú que replicar.  (Gritando.)  ¿Oyes lo que digo? ROSAURA.-   (Humilde.)  Sí, oigo. ISMAEL.-   (Ciego, fuera de sí.)  ¿Y todavía insistes?... ¡Mira que...! ROSAURA.-  No, hijo: no insisto. Tú tienes razón; yo, no. CLEMENTINA.-  No te exaltes, Ismael... Calma, calma. Tu mujer no merece estos chillidos: considera que la sociedad esta llena de injusticias, contra las cuales nada podemos. ROSAURA.-  Nada podemos. La miseria y el dolor nos acechan siempre. CLEMENTINA.-  El mundo se compone de emboscada traicioneras. Es nidal de bandidos. ROSAURA.-  Lugar de sufrimiento, valle de lágrimas. ISMAEL.-    (Sombrío.)  Así lo llaman los que lloran. «Valle de risas» debieran llamarlo los que tienen acotados para sí todos los goces de la vida. ROSAURA.-  ¡Cálmate, por Dios! ISMAEL.-  No me resigno a ser el eterno llorón en las partes sombrías de ese valle donde otros ríen y gozan.  (A CLEMENTINA.)  Y ¿cómo ha quedado Alfonso después del terremoto? CLEMENTINA.-  Alfonso es un carácter entero y magnánimo. Acepta sin ira los hechos, y confía en su propia voluntad para luchar con el Destino. Esta tarde se va al Pardal, nuestro único abrigo después del terremoto. Ha quedado en venir a recogerme aquí. Alfonso, como yo, te dirá: «Ismael, no te rindas; ármate de paciencia y energía; trabaja, y Dios te ayudará». ISMAEL.-   ¿Cuál de los dioses? CLEMENTINA.-  ¿Acaso hay más de uno? ISMAEL.-  Hay dos: el de doña Juana y el de sus víctimas. ROSAURA.-  No hay más que uno, Ismael: el mío. ¿No conoces el mío? ISMAEL.-  Le conocía... Pero después de este cataclismo, mi mente y mis ojos me dan la impresión de una divinidad de dos caras, como el Jano de los antiguos... Sin duda existen dos Dioses, el Dios de los ricos y el de los pobres. El primero es el que sostiene a todos los gobiernos y el inspirador de los que legislan: un Dios político, gubernamental, militar, judicial, administrativo y un poquito burocrático. Este Dios de los ricos es el que ordena y dirige la beneficencia pública, el que manda pagar las contribuciones, el que distribuye libros y programas a los maestros, fusiles a la Guardia Civil y millones a los frailes; bendice los altares, las máquinas, las banderas, los barcos, y me parece que bendice también la Gaceta; este Dios, en fin, es el que nos hizo creer que seríamos ricos, y ahora nos deja en la mayor pobreza y abandono... El otro Dios, el de los pobres, es el que recoge a los que se pasan la vida encorvados sobre la tierra, sobre una máquina, sobre un pupitre, trabajando sin recompensa. Este Dios triste es invocado en los hospitales, en las guardillas, en las cárceles. Su nombre encabeza las cesantías, los desahucios, los embargos, y se confunde con todo suspiro y toda expresión de congoja... Pues bien, Clementina: tú y Alfonso, desairados por el Dios oficial, legal y pontificio, revestido de púrpura, os encomendáis al Dios de los pobres, andrajoso y mísero, sin influencia en la cosa pública ni bienestar en la privada. Yo, no, Clementina; puedes decírselo a tu marido; yo no me paso del Dios rico al Dios pobre; yo no quiero cuentas ya con ningún Dios grande ni chico, rico ni pobre, sino que arramblo con todos los Dioses y los arrojo en esta hoguera que tengo aquí encendida por la iniquidad de doña Juana. ROSAURA.-  ¡Cómo estás, Ismael! ISMAEL.-    (Cruzándose de brazos ante su mujer y CLEMENTINA.)  ¿Paciencia me pedís? ¿Trabajo me recomendáis? Si diez años ha me hubieran dicho esto, yo habría tomado otro rumbo. ¿Puedo tomarlo ahora?... ¡Empezar de nuevo, cuando se creía llegado el fin!... ¡Imposible! ¡No me pidáis trabajo superior a las fuerzas humanas!... Ignoro lo que haré... Por de pronto, no se me ocurre más que gritar. Chillaré, alborotaré dentro y fuera de casa... no puedo contenerme. Reclutaré a todos los desesperados que encuentre, y han de ser muchos porque estamos en la tierra de la desesperación; reclutaré pilletes, ociosos y vagabundos, que los hay: son contingente infinito... Me declaro revolucionario callejero entre tantos que lo son y no se atreven a mostrarlo fuera de sus casas; soy rebelde que chilla, para ejemplo de los miles de rebeldes solapados que callan...  (Circula por la habitación manoteando.)  Esta noche acabaré en la cárcel... Pero ni en la cárcel me humillaré ante ninguna divinidad rica ni pobre.  (Trata de salir; las señoras le contienen.)  ROSAURA.-  Juicio, Ismael. CLEMENTINA.-  No le dejes salir. ISMAEL.-   (Rechazando las manos de su mujer, que quiere retenerle.)  Quita, quita... Dejadme, mujeres débiles, encadenadas a la mentira. CLEMENTINA.-  ¡Jesús! ISMAEL.-   (Descompuesto, trastornado.)  Quiero salir. Quiero gritar: ¡Abajo las fortalezas de injusticia y opresión! ¡Arriba   nosotros, la turba, los desesperados, los desengañados! ROSAURA.-   (Lloriqueando.)  Por la Virgen, Ismael, no pierdas la razón. ISMAEL.-  Suéltame, lloricona... ¡También tú!... Eres la oveja sin seso que se humilla ante la superstición... Déjame, pasta de bondad inútil, de clemencia vana. ROSAURA.-   (Sintiendo que entra alguien.)  Aguarda. Alguien entra. ¿Será Casandra? CLEMENTINA.-  Creo que es Alfonso.  (Va hacia la puerta.)  ISMAEL.-  ¡Oh Alfonso, grande amigo! Ven, ven. Tú eres de los míos, de los desengañados, de los desesperados. Escena VI   Los mismos y ALFONSO, que al entrar por el fondo ha oído las últimas palabras de ISMAEL.   ALFONSO.-   Desengañado, sí; desesperado, no. Temblé de sorpresa y coraje al saber por Insúa la tremenda verdad. Pero, pasada la tormenta, el alma se me despejó como un cielo que recobra todas sus luces. Ya vivo en mi propio ser. Ya he roto todo lazo con el ser de doña Juana. Ya no me cuido del Destino que llevan riquezas que no fueron mías ni lo serán jamás. ISMAEL.-  Yo no me resigno; yo protesto... ALFONSO.-   ¿No me ves tranquilo? ¿No me ves contento? ROSAURA.-  Mírate en mí espejo, marido mío. ISMAEL.-  Alfonso es un alma grande; el alma mía es enana y rastrera. CLEMENTINA.-  Los pequeños, hermano mío, debemos ponernos al abrigo de los grandes. ROSAURA.-  Sí, sí. ALFONSO.-    (Abrazándole.)  Con este abrazo, querido Ismael, te infundo valor y dignidad. ISMAEL.-   Bien quisiera ser como tú: pero no puedo... Tú al menos tienes un Pardal en que refugiarte con tu mujer y tus hijas. Para mi familia y para mí no habrá ya más campo que el campo santo. ROSAURA.-   (Abrazándole.)  No me atormentes. ISMAEL.-   Antes la muerte que la miseria degradante. CLEMENTINA.-  No, no. ROSAURA.-  No... Alfonso, por Dios, llévatele contigo, distráele. ISMAEL.-   Saldremos a maldecir en medio de la calle; pero antes, dime, Alfonso: ¿sabes algo más de doña Juana? ALFONSO.-  No nos ocupemos ya de esa señora. CLEMENTINA.-  Considerémosla ya muerta y enterrada. ALFONSO.-  Acaban de decirme que ha despedido a todos sus criados. ROSAURA.-  Ahora me explico... Esta mañana noté en la casa cierta soledad. ALFONSO.-  Me han asegurado que esta tarde, a las cuatro, se firmará el convenio con el Banco General, y mañana la escritura de donaciones «inter vivos». ROSAURA.-  Allá se las haya. CLEMENTINA.-  Ya ha comenzado el ajetreo de llenar baúles y embalar imágenes y muebles... ALFONSO.-  Preparando el tránsito de la señora al convento de Medina de Pomar. ISMAEL.-    (Con amarga ironía, exaltándose otra vez.)  Y de allí al cielo, a un cielo empedrado de intenciones piadosas.  (Abatido, se sienta.)  CLEMENTINA.-  Sosiégate, hermano querido. ROSAURA.-   (Acariciando a ISMAEL, que permanece taciturno.)  Marido mío, nosotros nos arreglamos muy bien en el cielo de nuestra casita. ALFONSO.-  Traedle a los chiquillos, que alegrarán su espíritu. CLEMENTINA.-  Sí, sí: voy por ellos. ROSAURA.-  Están en el comedor. Dales alguna golosina y tráelos acá.  (En la puerta del fondo aparece CASANDRA. CLEMENTINA, que se va hacia la derecha, se detiene asustada.)  CLEMENTINA.-  ¡Ah! ¡Casandra! ROSAURA.-  Pasa, mujer.  (Seguida de ZENÓN, entra CASANDRA, despacio. La blancura de su rostro, su ceño y su mirada, su rigidez escultórica, dan impresión de sorpresa y temor a las cuatro personas presentes. Viste traje sencillísimo, enteramente blanco.)      Escena VII   Los mismos, CASANDRA y ZENÓN.   CASANDRA.-  Creí que estabas sola. CLEMENTINA.-  Reunidos estamos aquí todos los tristes.  (Cariñosa.)  El Destino nos ha igualado a toctos en la desgracia. Sea usted bien venida, y reciba el homenaje de nuestra simpatía y nuestra compasión. CASANDRA.-   (Secamente.)  Gracias, señora. ISMAEL.-  Compadezcamos para que nos compadezcan.  (Vase CLEMENTINA por la derecha.)  ROSAURA.-   (Acudiendo a CASANDRA.)  Te mandé llamar. Te esperaba... Vente aquí.  (La lleva a la derecha del proscenio y se sientan juntas. ZENÓN pasa a la izquierda, donde están sentados ISMAEL y ALFONSO, y permanece en pie tras ellos.)  ALFONSO.-    (Aparte, a ISMAEL y ZENÓN.)  Su dolor le da una hermosura terrible. ZENÓN.-   ¡Lástima de mujer! ALFONSO.-  ¿Qué será de esta infeliz sin hombre y sin hijos? ZENÓN.-  Para mí, que tiene un camino florido y brillante: puede hacerse actriz. CASANDRA.-  ¿Para qué me has llamado? ROSAURA.-   Te lo diré... pero has de prometerme tener juicio... Sabes que Rogelio, al fin... CASANDRA.-  Sí. Anoche su demencia ha sido espantosa. Esta mañana, muy temprano, sacó de paseo a los niños.  (Pausa; se miran las dos.)  No ha vuelto. ROSAURA.-  Quizá tarde en volver. No te aflijas demasiado... Resígnate, como nos resignamos nosotros.  (Atenuando.)  Todavía puedes... tu situación no es desesperada. CASANDRA.-   (Con gran viveza y energía.)  No me des cloroformo. Corta por donde quieras. Sé resistir el dolor, por terrible que sea. ROSAURA.-  Como sospechábamos, pasa Rogelio a formar nueva familia... conforme al testamento de don Hilario. CASANDRA.-  Le separan de mí. ROSAURA.-  Para casarle con una señorita de la familia... conforme al maldito testamento... Doña Juana quiere colocar a su predilecta, Casilda Nebrija, que es un coquito de santidad... Para coger al «leopardo vagabundo», como dice doña Juana, han armado una trampa con cebo de dos millones de pesetas. CASANDRA.-  Pero él... parece que aún duda. ROSAURA.-  Siento decirte, amiga del alma, que el leopardo no es digno de ti  (CASANDRA permanece muda.)  ¿Qué piensas? CASANDRA.-  Pienso que Rogelio, caiga o no caiga, nunca dejará de amarme. ROSAURA.-  ¡Pero te abandona! ¿Eres capaz de conceder tu cariño a un hombre semejante? CASANDRA.-  No puedo querer a otro. Ni aun volviendo a nacer podría. ROSAURA.-  Y en su conducta, ¿no ves una traición villana? CASANDRA.-  Enamorada estoy de sus defectos. Vamos a otra cosa, Rosaura... ¿Y mis hijos? ¿Qué hace de mis hijos esa mujer, que aquí reparte bienes y males, alegrías y dolores, paz y guerra, quitándole a Dios el cetro del mundo? ROSAURA.-  Pues tus hijos... Doña Juana se encarga de su educación cristiana... Sospecha que no están bautizados. CASANDRA.-  Lo están. ROSAURA.-  Por si acaso, quiere repetir... Y les criará y educará... les dará carrera. CASANDRA.-  ¿Lejos de mí? ROSAURA.-   (Después de una pausa, temerosa de decirlo.)  Así parece. CASANDRA.-  Por la ley, ¿no debe encargarse de criarlos su padre, o yo, yo misma, aun siendo tan... deshonrada como doña Juana quiere que sea? ROSAURA.-   (Afligida.)  Doloroso es decírtelo... Comprenderás que... el hecho de acceder Rogelio a... CASANDRA.-  A quitarme los cachorros... Ese hecho, según tú, todo lo justifica. ¿Sobre eso te habló doña Juana concretamente? ROSAURA.-  No con toda claridad. CASANDRA.-  Pues alguien tendrá que explicármelo. ROSAURA.-  Rogelio. CASANDRA.-  No... Ella, ella, que es quien arma las trampas y todo lo dispone.  (Clava los ojos en ROSAURA.)  ¿No crees que es ella... ella, la que debe decírmelo?  (Cruza los brazos, frunce más el entrecejo, y permanece un rato mirando al suelo.)  ALFONSO.-   (En voz baja, en el grupo   —1188?   de la izquierda.)  Va tragando el acíbar con paciencia estoica. ISMAEL.-  Paréceme que tiene menos paciencia que nosotros. ZENÓN.-   En su actitud veo yo la fiera que se recoge para dar el salto... Ea, ¿me dejáis profetizar? ISMAEL.-   No, no profetices. ALFONSO.-   Cállate ahora. ROSAURA.-   (Sobrecogida.)  ¿Qué piensas, amiga mía?  (Pausa.)  En otras cosas fue más explícita doña Juana. CASANDRA.-  ¿En qué? ROSAURA.-   (Saca de su seno el sobre.)  Mira también por ti... Cuidará de ti... Al encargarme que te pusiera al tanto de sus resoluciones, me dijo que es obligación suya el ampararte. CASANDRA.-  Y te ha dado una cantidad para que me la entregues. Con el dinero, con una sola llave, abre esa mujer piadosa las puertas del cielo para sí; para mí, las del infierno. ROSAURA.-   (Creyendo notar en CASANDRA repugnancia del donativo.)  Cuando me dio esta comisión de entregarte el dinero, le dije que tú, quizá por dignidad, no querrías tomarlo. CASANDRA.-  Y a eso, ¿qué respondió? ROSAURA.-  Pues dijo: «Ella no tiene dignidad; pero si la fingiera y no gustase de recibir dinero mío, vendrás a devolvérmelo». CASANDRA.-  Pues... ajustándome a la idea de la santa, no tengo dignidad y tomo el dinero.  (Arrebata vivamente el sobre de manos de ROSAURA.)  ROSAURA.-  Cuéntalo. Son diez mil pesetas. CASANDRA.-  No me importa la cantidad.  (Lo guarda en su seno.)  ROSAURA.-  Veo que te resignas, que tienes juicio y calma... CASANDRA.-  Lo que yo no entendía cuando me hablaba esa mujer, ahora lo veo muy claro. Me empuja, me arroja. Puedo seguir ahora dos caminos, que para ella son carreras, como las que siguen los hombres: la carrera de mujer mala o la de mujer arrepentida. ROSAURA.-  Así es. Si vas por el camino del bien y quieres abrazar vida religiosa, te facilitará cuanto para esa vida sea menester... Si te lanzas al mundo, no podrá seguirte más que con su compasión y el socorro de sus oraciones.  (Observa con atento examen el rostro de CASANDRA; mas en él sólo ve una profunda concentración del pensamiento.)  Hay otro camino, Casandra; otra carrera... y es que vivas de un honrado trabajo. Ya ves: con ese dinero podrás establecerte. Doña Juana me indicó que si adoptabas ese partido seguiría socorriéndote... siempre que te establecieras fuera de Madrid y dieras garantías de moralidad intachable...  (Pausa.)  Esta solución me parece la mejor para ti... Yo, que te quiero, que soy tu mejor amiga, puedo y debo aconsejarte... CASANDRA.-   (Con voz lúgubre.)  Tomaré consejo de mí misma. Mi dolor me ilumina.  (Entra por la derecha CLEMENTINA con los chiquillos. Cada uno trae en la mano un pedazo de pan.)  CLEMENTINA.-  Venid, nenes, a dar alegría y consuelo a vuestro papá. CASANDRA.-  ¡Ah, tus niños! Déjame que los bese.  (Llévanle los chiquillos. Los abraza.)  ROSAURA.-  ¡Pobrecilla!... Por un instante figúrate que son los tuyos. CASANDRA.-  Hijos míos, ¿dónde estáis?... Ya no os veré más.  (La escena hasta fin del acto es muda. CASANDRA besa y acaricia a los dos niños, derramando sus lágrimas sobre las cabecitas de ellos. ISMAEL y ALFONSO y ZENÓN contemplan con emoción viva el cuadro tiernísimo. Los gemidos de CASANDRA son lo único que rompe el grave silencio. ROSAURA y CLEMENTINA, en pie tras ella, lloran también, el pañuelo en los ojos. Levántase CASANDRA de súbito. La expresión de la idea impulsiva que estalla en su pensamiento, y que hace vibrar todo su ser, queda encomendada al talento de la actriz. Lanzando un gruñido, sale con la velocidad del rayo por la puerta del fondo. Telón rápido.)  Acto IV   La decoración del acto primero. En una mesa central con rico tapete están colocados y como expuestos diversos objetos de valor: alhajas en sus estuches, cubiertos y bandejas de plata, armas elegantes y arreos de caza que fueron de DON HILARIO. Es de día. Al alzarse el telón da las tres el reloj de la casa.   Escena I   MARTINA, colocando en la mesa los objetos que regalará DOÑA JUANA; CEBRIÁN, que entra por la izquierda.   CEBRIÁN.-    (Impaciente.)  ¡Las tres ya! Dese usted prisa, Martina. ¿Ya está todo aquí? MARTINA.-  Véalo, señor. Alhajas, pedrería, plata, armas y arreos de caza que fueron de don Hilario. Contentos quedarán los parientes de la señora con los regalos que les hace al retirarse del mundo. CEBRIÁN.-   Como ella dice, se desprende hasta de las últimas raspaduras de su riqueza y las derrama en el campo de la vanidad... ordénelo usted todo metódicamente para que la señora pueda hacer, sin fatiga, la lista de regalos. MARTINA.-   Pongo aquí las alhajas, aquí la plata y demás. CEBRIÁN.-  Bien, bien. Y no se olvide, Martina, de bajar al sótano y dar prisa a los carpinteros para que activen el embalaje de imágenes y muebles. MARTINA.-  La señora me ha mandado que lleve a los carpinteros unas copas de jerez para que se animen, ¡los pobres!, y puedan acabar en todo el día. CEBRIÁN.-  Pero... Que no se excedan en la bebida, ¡cuidado!; que se contengan en los límites de la templanza: y usted, hija mía, no les dé cuerda en el charlar ocioso, que suele degenerar en conceptos impúdicos. ¡Cuidado! MARTINA.-   ¡Señor, no diga! Buena soy yo para conversaciones que no sean el mismo comedimiento. Escena II   Los mismos y DOÑA JUANA.   DOÑA JUANA.-   (Llamando desde dentro.)  ¡Martina!... CEBRIÁN.-   Aquí viene la señora. DOÑA JUANA.-    (Por la izquierda.)  Yo llamándote, y tú... MARTINA.-  Ya tiene la señora bien ordenados los regalitos. DOÑA JUANA.-   (Viendo a CEBRIÁN.)  Don Francisco, ¿aún está usted aquí? CEBRIÁN.-  Me voy ahora mismo, señora. A las cuatro en punto volveré con los del Banco General para ultimar el asunto. DOÑA JUANA.-   (Sentada en el sillón junto a la mesa.)  Aquí le espero. Rezaré un poquito y haré la lista de los regalos.  (Coge de la mesa una carterita de señora y un lápiz y se dispone a hacer sus cuentas.)  CEBRIÁN.-   ¿Tiene algo más que mandarme la señora? DOÑA JUANA.-  Nada, mi buen amigo: aquí quedo ansiosa de mi descanso. CEBRIÁN.-   Hasta luego, señora.  (La besa la mano. Al dirigirse al fondo, llama por señas a MARTINA. Esta se acerca a él.)  Cierra por aquí. Como hay poca servidumbre, ten cuidado... MARTINA.-   Váyase tranquilo, señor.  (Después que sale CEBRIÁN cierra por dentro y vuelve junto a DOÑA JUANA.)  ¿Quiere la señora que la acompañe? DOÑA JUANA.-  No: mejor estoy sola. Vete a tus quehaceres. MARTINA.-   Como hoy no tenemos cocinera, ¿quiere que me vaya...?  (Señalando hacia la derecha.)  DOÑA JUANA.-  Antes de ir a la cocina, vete a mi alcoba y ve poniendo en los baúles la ropa que apartamos. MARTINA.-  Bien.  (Dirígese hacia la izquierda.)  DOÑA JUANA.-  Otra cosa. No olvides lo que te mandé. A ver si esos hombres concluyen hoy. MARTINA.-   Sí, señora, sí.  (Vase por la izquierda.)   Escena III   DOÑA JUANA y después CASANDRA.   DOÑA JUANA.-   (Apuntando en la carterita.)  Para Rosaura, la sortija de perlitas y esmeraldas... Docena de cubiertos para Ventura Nebrija... Los pendientes de rubíes para la hija mayor de Clementina... Para Beatriz, los de zafiros...  (Fatigada, suelta el lápiz.)  ¡Cómo me hastían estos cuidados menudos de la vida temporal!  (Ávida del manjar mítico, abre un libro de rezos y lee.)  «Levántate ¡oh alma que me visitas!... Abandona tus riquezas, que aquí estoy para enriquecerte de gracias... Date prisa; llégate a mí; no temas mi majestad... eres 'mi amiga', no im enemiga; eres mi 'hermosa' porque mi gracia te ha embellecido... Ven acá; abrázate conmigo, y pídeme cuanto quisieres con toda confianza».  (Súbitamente, requiriendo la lista.)  Otro esfuerzo y arrojaré el último puñado de estas porquerías. Los dos solitarios, a Clementina. La tercera bandeja de plata, ¿para quién será? Para Cayetana. A Casilda Nebrija dejaré el collar de perlas. Bien se lo merece la pobre... Las armas y los arreos de caza, ¿a quién se los doy?...  (Con hastío, deseando acabar.)  Ea, sean todos para Alfonso, y así concluyo de una vez.  (Escribe dos palabras y suelta con alegría el lápiz.)  ¡Ay, gracias a Dios, ya acabé! Ya estoy libre; ya eché lejos de mí la última de estas menudencias, bagatelas frívolas con que sueñan los niños grandes. Todo lo doy, todo quiero entregarlo. Soy pobre, quiero serlo... ¡qué alegría inefable! Mis riquezas caudalosas, que para nada me sirven, pronto volverán al legítimo dueño de todo, que sabrá despojarlas de su original vileza y aplicarlas al bien de las almas.  (Entreabre CASANDRA la puerta de la derecha; asoma la cabeza, el busto explorando la estancia.)  La mía, ¡oh mi Dios amante y misericordioso!, te da infinitas gracias por haberme inspirado esta resolución.  (Avanza CASANDRA pasito a paso.)  Monarca de los Cielos y de la Tierra, dale a tu esclava humildes alas para volar hacia ti.  (CASANDRA retrocede hacia la puerta para cerrarla. El ligero ruido que esto hace llega al oído de DOÑA JUANA.)  ¡Martina!  (Alarga el cuello, creyendo que es la criada quien entra. CASANDRA avanza lentamente.)  ¿Ocurre algo?  (CASANDRA se detiene mírandola. DOÑA JUANA la reconoce.)  ¡Ah!... CASANDRA.-  No es Martina, soy yo. DOÑA JUANA.-  Casandra...  (Con ligero temor.)  ¿Cómo has llegado aquí? ¿No había nadie en el jardín? CASANDRA.-  Nadie... Entré por la puerta de servicio. DOÑA JUANA.-  Pero... yo no te he llamado. CASANDRA.-  Hay ocasiones en la vida, señora, en que es forzoso venir aunque a una no la llamen. DOÑA JUANA.-  Ya... vienes aquí después de hablar con Rosaura. CASANDRA.-  He hablado con Rosaura. Me ha dicho lo que usted le mandó... DOÑA JUANA.-  Yo le encargué que te lo dijese con dulzura, procurando no herirte. CASANDRA.-  Ha cumplido el encargo con dulzura infinita. DOÑA JUANA.-  Un poco duro ha sido, pobrecilla... Pero has de conformarte con la voluntad de Dios... ¿Vienes resignada? CASANDRA.-  Vengo convencida. DOÑA JUANA.-  Yo... he procedido conforme a mi conciencia, oído el parecer de personas sabias, que no podían engañarse ni engañarme... Y aún no me has dicho si Rosaura te entregó... CASANDRA.-  Sí; el dinero...  (Saca de su seno el sobre. Pausa. Alarga lentamente hacia DOÑA JUANA la mano con el sobre.)  DOÑA JUANA.-  ¿Qué? ¿No aceptas? ¿Crees que te ofendo? Ese rasgo de dignidad, con apariencias de gallardía, no viene al caso... Podría parecer un poquito afectado, artificioso...  (CASANDRA alarga más la mano, sin decir nada.)  Pero... ¿de veras... no aceptas? Aunque no fuera más que por gratitud... CASANDRA.-  No es eso, señora. Acepto y agradezco. Pero es que...  (Encontrando una idea.)  Como he de estar errante algún tiempo... yo le ruego que me guarde ese dinero. DOÑA JUANA.-   ¿Hasta cuándo?  (Sin quitar los ojos del rostro de CASANDRA, coge el sobre.)  CASANDRA.-  Hasta que venga yo a pedírselo. DOÑA JUANA.-   (Tranquilizándose.)  ¡Ah!; eso es otra cosa.  (Después de examinar el contenido del sobre, deja este sobre la mesita.)  ¿Y has dicho que vivirás errante? ¡Qué locura! Pobre mujer, ¿por qué no adoptas vida tranquila y resignada, de pura honestidad y modestia? CASANDRA.-  No podré, señora.  (Con siniestra ironía.)  Soy muy mala. La perversidad me dio el ser... Bien conoció usted mi condición maligna... Yo quería fingir... hacerme pasar por buena... pero no me valió el disimulo... no pude engañar a usted. DOÑA JUANA.-   (Sin comprender la cruel ironía.)  Hija mía, un arrepentimiento sincero ya sabes lo que vale. Proponte ser buena... Acércate... Yo te aleccionaré... yo te enseñaré los caminos para llegar a Dios... Ven, hablaremos... siéntate. CASANDRA.-   (Secamente, sin desclavar de ella los ojos.)  Estoy mejor en pie. DOÑA JUANA.-   (Desalentada y otra vez recelosa.)  ¡Con qué desdén orgulloso rechazas mi mediación para salvarte! CASANDRA.-  Soy orgullosa, sí, señora. DOÑA JUANA.-  Pues ya que no seas bastante humilde para entrar en vida religiosa, ten el orgullo de ser una mujer oscura y honrada. Con ese dinero podrás establecerte. Me ha dicho Rosaura que eres hábil para los trabajos de modas y sombreros. CASANDRA.-  Algo entiendo de eso y de otras cosas; pero no quiero establecerme. DOÑA JUANA.-  Pues entonces, si no te arrepientes ni piensas trabajar, ¿qué consejo vienes a pedirme, qué buscas? Dímelo pronto. CASANDRA.-   (Empezando con mucha calma su conminación.)  He venido... he venido para pedir cuentas a la mujer santa de la conducta que ha observad conmigo, que no soy santa, pero soy mártir de usted...  (Gradualmente llega al tono iracundo.)  Quiero decírselo, y arrojarle a la rostro toda mi amargura. DOÑA JUANA.-   (Con alarma súbita.)  ¿Qué dices, desgraciada? CASANDRA.-  Verdades diré que usted no ha oído nunca. No es justo que usted se muera sin oír otras voces que las de la adulación y la mentira DOÑA JUANA.-  Vete pronto. Sal de aquí. CASANDRA.-  Calma. No me iré tan pronto. Tenga usted paciencia. Virtud primera de los santos de la paciencia. DOÑA JUANA.-   (Llamando.)  ¡Martina!...  (Intenta levantarse.)  ¿Pero no hay nadie en esta casa? ¡Martina!...  (Vuelve a caer en el sillón.)  CASANDRA.-  No hay nadie. Dios la deja a usted sola; Dios la abandona a usted a la justicia, que ahora soy yo. DOÑA JUANA.-  Sal de aquí, te digo. CASANDRA.-   (Impetuosa, elocuente.)  Mujer idiota y perversa, vengo a pedirte cuenta del mal que me has hecho, y a devolvértelo con mi odio, que es por lo menos tan respetable como tu falsa santidad. DOÑA JUANA.-   (Abrumada.)  ¡Jesús, Jesús! CASANDRA.-   (Acercándose a ella hasta ponerle cerca de los ojos sus manos, que acentúan vivamente la imprecación.)  Yo soy la más ofendida de tu maldad; yo. Pobre mujer que no te hice ningún daño, que merecía más que ninguna tu protección y tus consejos. A todos ofendiste, a todos lastimaste, y a mí me has arrancado el corazón, porque yo esperaba de ti que legalizaras mi unión con el hombre que amo... Era tu deber... tu conciencia te lo dictaba... ¿Pero a qué hablar de conciencia? Alma llena de telarañas, voluntad cruel y sin amor, me has robado mi único bien, porque yo he dado a Rogelio mi vida, y sin él no hay para mí paz ni alegría, ni puede haber virtud. DOÑA JUANA.-   (Balbuciente.)  Rogelio... un perdido... Yo no le quiero, no le quiero... Esto que se ha hecho con él es... por cumplir voluntades de su padre... mi marido... que dispuso... ya lo sabes. Si Rogelio consiente, pídele cuentas a él... a ese loco... CASANDRA.-  A ese loco, yo con mi cariño y mis cuidados le dominaba, le corregía. Yo enfrené su imaginación desbordada; yo iba trocando sus defectos en virtudes... ¡Y esta obra de piedad y de amor has destruido tú con malas artes, con la hechicería de tu infame riqueza!... A él le has hecho peor de lo que era, y en mí has encendido las llamas del infierno. DOÑA JUANA.-  A él le mejoro, y a ti, rebelde y descreída, te dejo en lo que eres: una mala mujer.   —1192?   CASANDRA.-  Yo he sido y soy una mujer buena... A la calle me arrojas. Si yo te pervirtiera, mis malas acciones serían virtudes en ti, monstruo de hipocresía y de crueldad. DOÑA JUANA.-  ¡Virgen santa, Jesús mío!...  (Llamando.)  ¡Martina!... CASANDRA.-  No llames... no te oirán. Dios ha ensordecido las paredes de tu casa, y a tus sirvientes, y al mundo entero, para que no acudan a ti... Dios está conmigo. DOÑA JUANA.-   (Furiosa.)  ¡Mentira!...¡Mujerzuela!... ¡Sacrílega! CASANDRA.-  Aunque tu voz clame como mil truenos, no te oirán. Aunque extremes tus ridículas devociones, no engañarás a Dios.  (La coge de un brazo y la sacude violentamente.)  ¡A Dios no le engañas tú, miserable! DOÑA JUANA.-   (Aterrada, vencida del miedo.)  ¡Oh!... no quise ofenderte... perdóname. CASANDRA.-  ¿Para qué invoca el perdón quien no tiene ni chispa de cristiandad en su corazón resecado por la santurronería? Para ti no hay piedad, ni es justo que la haya. Has hecho mucho mal; has trastornado las conciencias de tus parientes, engañándoles con promesas falaces; me has robado mis amores, y todo esto has de pagarlo. DOÑA JUANA.-   (Con terror supersticioso.)  Diablo... diablo que me atormentas, vete... déjame.  (Se santigua; murmura una oración, elevando los ojos.)  CASANDRA.-  No me voy, porque aún tengo algo que decirte y tu que responderme. No te dejo sin que me digas qué has hecho de mis hijos. ¿Dónde están? ¿Me los has quitado para devolvérmelos? Si es así y los tienes en tu casa, ordena que me los entreguen... pero al instante. DOÑA JUANA.-   (Con torpe lengua sobreponiendo la terquedad al miedo.)  No puede ser... Esa pobres criaturas... ¡Oh, no! Sus tiernas almas a tu lado se perderían para siempre. Es mi deber, es mi gloria apartarlas de ti... y criarlas para Dios. CASANDRA.-   (Apretando los puños.)  No, no irán mis niños a ese Limbo de tu falsa santidad... ni a ninguna clase de educación irán sin su madre. ¿Están aquí? Dámelos, dámelos pronto. DOÑA JUANA.-   (Atontada, medrosa.)  ¿Yo?... Yo no. Pídelos a Rogelio. Él te los dará, si quiere. CASANDRA.-  Cierto que Rogelio los sacó de mi casa pretextando llevarlos de paseo; pero lo hizo por instigación tuya. Con tu dinero maldito le has corrompido y le has cegado; le has traído a la maquinación de casarle con otra mujer, y de llevarse a mis hijos... A él, no, a él, que tan sólo ha sido un instrumento de tu hipocresía, no tengo que pedirle las criaturas que me ha robado; a él, no; sino a ti, que con extraña mano has cometido este crimen... La infamia no es tanto del que la ejecuta como del que la compra. DOÑA JUANA.-  ¡A él... a mí, no! CASANDRA.-  A ti, a ti los pido. Son mis hijos, de mis entrañas nacidos, no de las tuyas estériles. DOÑA JUAN.-  De tus entrañas de pecado nacieron. Hijos tuyos son... No puedo asegurar que sean hijos de Rogelio. CASANDRA.-   (Su indignación llega al delirio.)  ¡Ah, víbora!... Me robas, y encima me ultrajas... Espérate... llegó tu hora.  (Con mirada rapidísima y ágiles manos, busca un arma sobre las mesas, llenas de objetos diferentes. Encuentra un cuchillo de fino puño damasquinado. Lo coge.)  DOÑA JUANA.-   (Temblando.)  ¿Qué haces? CASANDRA.-  ¡Matarte!... He venido con la resolución de matarte si no me devolvías mis hijos. DOÑA JUANA.-  Casandra... mujer... CASANDRA.-   (Frente a ella, en actitud arrogante y trágica.)  Si no estás preparada, preparate pronto, arregla brevemente tus cuentas con Dios. DOÑA JUANA.-   (En el colmo del terror.)  No estoy preparada, no... no. Tu presencia ha despertado en mi el pecado de la ira. CASANDRA.-  Pues deséchalo pronto. A los condenados a muerte se les concede espacio para el arrepentimiento. Yo te lo concedo, condenada. Soy menos dura que tú. DOÑA JUANA.-   (Preparando un quiebro para esquivar el golpe.)  ¡Morir! No podrás matarme... Dios no lo consentirá... CASANDRA.-  Si ha consentido tus crímenes, ¿cómo no consentir este? Pronto... mis hijos o la muerte.   —1193?   DOÑA JUANA.-  Muerte, no... Tus hijos, tampoco.  (Huye.)  CASANDRA.-   (Corre tras ella; alcánzala detrás del sillón.)  Muere, santa de caña y de hielo. Dios te dará lo que mereces.  (La hiere.)  DOÑA JUANA.-  ¡Ay! ¡Misericordia!...  (Cae; expira.)  CASANDRA.-   (Arroja el cuchillo.)  ¡Monstruo, ya no harás más daño en el mundo que te crió!  (Examina el cadáver.)  No respira, no tiene sangre. Su veneno no es rojo.  (Se mira las manos y la ropa.)  Nada... su veneno no me ha manchado.  (Entran precipitadamente por la derecha MARTINA y CEBRIÁN.)  Escena IV   CASANDRA, MARTINA y CEBRIÁN.   CEBRIÁN.-    (Presagiando el atentado.)  ¿Qué hace usted aquí? MARTINA.-    (Ve el cuerpo de DOÑA JUANA; corre hacia ella.)  ¡La señora... la señora...! CEBRIÁN.-    (Acudiendo rápidamente.)  ¡Desmayada! CASANDRA.-  Desmayada, no; muerta...  (Con bárbara entereza.)  ¡He matado a la hidra que asolaba la tierra!... ¡Respira, Humanidad!  (Telón.)      FIN DE «CASANDRA» libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com..