libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Pérez Galdós, Benito (1842 – 1920) Escritor español, pertenece a la novela realista española. Nació en Las Palma, Gran Canaria en 1842, autor de una abundante producción de gran objetividad y realismo, situado como el gran escritor después de Cervantes; poseedor de una gran imaginación y dotes de fino observador, lo hacen creador de innumerables personajes y situaciones llenas de real humanidad. Aborda con naturalidad temas de inspiración social, política y religioso. En 1897 ingresa en la Academia Española; elegido diputado por el partido republicano, por su participación política, la Academia se niega a proponerlo para el premio Nobel. Protestario, simpatizante del socialismo, hombre progresista y rebelde como muchos buscadores de la verdad, se templó en medio de la intolerancia. Diez años antes de su muerte es afectado por una ceguera progresiva. Entre sus novelas más conocidas figuran: Fortunata y Jacinta, (1886) Doña Perfecta, (1876) Misericordia, Miau (1888); Nazarín, (1895) novela en la cual su personaje central logra una acertada mezcla entre Cristo y Don Quijote, intentando rescatar el verdadero sentido del cristianismo cuando está al servicio del ser humano; la voz que clama en el desierto. Muere el 4 de Enero de 1920. EPISODIOS NACIONALES POR B. PÉREZ GALDÓS LOS AYACUCHOS MADRID 1900 Los Ayacuchos Benito Pérez Galdós Los Ayacuchos Benito Pérez Galdós - I -      In diebus illis (Octubre de 1841) había en Madrid dos niñas muy monas, tiernas, vivarachas, amables y amadas, huérfanas de padre, de madre poco menos, porque ésta andaba como proscripta en tierras de extranjis, con marido nuevo y nueva prole, y aunque se desvivía por volver, empleando en ello las sutilezas de su despejado entendimiento, no acertaba con las llaves de la puerta de España. Vivía la parejita graciosa en una casa tan grande, que era como un mediano pueblo: no se podía ir de un extremo a otro de ella sin cansarse; y dar la vuelta grande, recorriendo salas por los cuatro costados del edificio, era una viajata en toda regia. Subiendo de los profundos sótanos a los altos desvanes, se podían admirar regiones y costumbres diferentes en capas sobrepuestas, [6] distintos estados de sociedad que encajaban unos sobre otros como las bandejas de un baúl mundo. En la bandeja central, prisioneras en estuches, vivían las dos perlas, apenas visibles en la inmensidad de su albergue.      La magnitud de éste daba a las niñas idea vaga de la grandeza de su familia, que era, como puede suponerse, de las más linajudas, y así lo pensaban, pues si en el albor de sus inteligencias creían que todas las casas del pueblo eran como la suya, no tardaron en comprender que la de ellas era, con gran diferencia, mucho mayor que todas, y más bonita por dentro y por fuera. A falta de padres, rodeábalas muchedumbre de personajes vistosos, de damas bien emperifolladas, de hombres muy graves con toda la ropa bordada de oro, y no se podían contar las tropas lindísimas que fuera y dentro de la mole palatina se congregaban día y noche para custodiar a las nenas, por donde venían éstas en conocimiento del valor y mérito de sus personitas, y adquirían el sentido de la realeza. Los primeros destellos de la razón llevaron a sus entendimientos la idea de que en derredor suyo existía mucha, mucha gente que las amaba. Y por ellas se trabó años atrás una espantosa guerra: ¡como que había también regular porción de gente que no las [7] quería nada! Su natural viveza y la intensidad de vida histórica que las rodeaba fueron parte a que se despabilaran pronto; todo lo entendían, y apoderada de sus cerebros la idea de Nación, participaron de las tristezas y alegrías de ésta. Con las primeras oraciones aprendieron los himnos que en loor de ellas cantaban los pueblos. «Me parece -dijo la hermanita menor a la mayor, después de oír cantata o recitación de poesías-, que eso de soles de inocencia lo dicen por nosotras». Y la mayor: «Claro que con nosotras va todo eso. Lo de augustos ángeles lo dicen por las dos, y lo de iris de paz por mí sola... porque a ti no te llaman iris (1)...».      La historia de España durmió con ellas en las doradas cunas, y tomaba, para penetrar mejor en el entendimiento y adherirse a la voluntad de las regias niñas, la forma y ademanes tiesos de las lindas muñecas con que jugaban. Aprendieron a leer más pronto que otras criaturas de su misma edad, y deletrearon los emblemas liberales, interpretándolos como el mimo que todo un pueblo les daba, o como el cariñoso arrullo para que se durmiesen. Tuvieron por coco al faccioso, uno a quien llamaban Pretendiente, y como a libertadores paladines de cuentos de hadas vieron a Córdova y Espartero, [8] a León y O'Donnell, caballeros fantásticos que corrían por los aires montados en hipogrifos, y volvían trayendo sartas de cabezas facciosas. Nunca llegaron a creer que su causa se perdía, pues en las horas de desaliento oían coros populares en que se ensalzaba la virtud del nombre de Isabel, mágico emblema que levantaba las piedras contra la Pretensión, y abría los abismos en que se hundía el monstruo rebelde. Se criaban y crecían en medio de una atmósfera poética, compuesta de marciales cánticos, y en su infantil imaginación veían adornados de rosas y claveles los fusiles de la tropa. Lloraban de gozo cuando veían a las multitudes acercarse a la casa grande cantando al paso de la marcha, y si la muchedumbre era de chiquillos, cosa frecuente, no era menor su alegría. La Milicia Nacional no les agradaba menos que la tropa, pues si ésta sobresalía por su marcialidad, aquélla daba los vivas con un ardor que hacía mucha gracia. De los enredos políticos, subidas y bajadas de ministros, no se enteraban, porque de estas cosas no les decían una palabra los palaciegos. Conocían a Mendizábal por sus largas levitas, al Duque de Frías por su peluca, a Toreno por su elegancia, a Montes de Oca por sus bonitos ojos, a Calatrava por sus blancas patillas, y no podían hacer [9] mayores distinciones. Los motines y disturbios ruidosos, desde el de La Granja en 1836 hasta el de Barcelona en 1840, sólo fueron para las niñas rumores ininteligibles, en que no fijaban su voluble atención. La historia viva no hizo impresión en ellas hasta los sucesos de Valencia, que hubieron de tomar en su mente color muy vivo por causa de la partida de la Reina mamá. Era la primera vez que la lección histórica les dolía, y con el dolor se les quedó presente. No entendían por qué se embarcaba su madre, dejándolas aquí, y al ver llorar a toda la gente de Palacio, eran un mar de lágrimas. La Princesa no tenía consuelo. Isabelita, que ya cumplía diez años y era muy precoz, comprendió mejor que su hermana la grave mudanza, y charlando las dos sobre ello, le decía: «No seas tonta; no es para que llores tanto. Yo también lloro, ya lo ves. Pero me hago cargo de que cuando mamá nos deja es porque así debe ser. Ya volverá. Espartero también nos quiere mucho; ya lo sabemos. Mamá nos deja encargadas a Espartero y a la Milicia Nacional, que es muy buena, pero muy buena».      Viéronse victoreadas con mayor estrépito que nunca en su viaje de Valencia a Madrid, y en la capital los milicianos hicieron locuras, igualando en sus demostraciones de entusiasmo a [10] Espartero y a las niñas. Entraron de nuevo en la casona grande, y no pasó mucho tiempo sin que se manifestara un cambio de costumbres y renovaciones del personal. Muchas damas salieron, entraron otras, y hasta en la baja servidumbre vieron las pequeñuelas sustitución de unas caras por otras. De aquí sobrevino cierta relajación en los estudios, lo que a ellas no les causó gran enfado, porque estudiando poco tenían más tiempo para jugar. Pudieron enterarse entonces de lo que eran periódicos, que habían visto más de una vez en manos de damas y gentileshombres, sin lograr que se les permitiese leerlos. Algunos llegaron al fin a poder de las niñas, y los leían, sin encontrar en lo más sustancial de ellos nada que las divirtiera, pues aquel continuo tratar de si venían o no venían las Cortes, maldito lo que les interesaba. ¿Qué eran las Cortes y por qué se hablaba tanto de ellas? Isabelita empezó a comprender que no eran cosa de juego, y que había dado y aún darían mucha guerra. En la historia de España que su maestro les iba enseñando a sorbitos, no se decía claramente lo que las Cortes significaban: de las antiguas se hacía mención; pero a la vista saltaba que aquellas Cortes eran de otro costal. La institución moderna que con aquel nombre designaban los [11] periódicos, escribiendo acerca de ello interminables parrafadas, continuaba nebulosa para las regias alumnas, porque el librito de Historia no decía nada de elecciones, ni de diputados que pedían la palabra, ni de la razón y objeto de aquel diluvio de retórica; no traía más que hazañas de caballeros, los hechos gloriosos de los reyes, guerras sin fin por pedazos gordos y a veces por piltrafas de reinos, y los casamientos de estos príncipes con aquellas princesas, de donde venían paces, cuando no guerras más encarnizadas.      Llegaron por fin días en que Isabelita, bastante inteligente para saber medir los vacíos de su instrucción, y ansiando acortar el inmenso campo de lo que ignoraba, dirigía preguntas mil a las personas de su elevada servidumbre: «Y estas Cortes, ¿qué harán ahora? ¿Van a poner otra Regencia? ¿Qué es eso de la una y la trina? Y de Espartero, ¿qué? ¿Gobernará trinando, como gobernaba mamá, hasta que yo sea grande y pueda gobernar sola?      Rodaron los días hasta que en uno de ellos vieron las niñas que era aclamado el duque de la Victoria, y que andaban por Madrid milicianos y pueblos con músicas, cantando los himnos de costumbre. Menos mal si siempre se destacaba entre la gritería el mágico nombre [12] de Isabel. Luego se presentó Espartero en Palacio, de gran uniforme; rodeábanle sin fin de personajes de la milicia y de lo civil, relucientes de bordados y cruces, y entre ellos, muchos de casaca negra, que debían de ser los de las Cortes. Vestidas las nenas de ceremonia, Espartero les besó la mano, y sonaron vivas. ¡Cómo las querían todos! Había venido Isabel al mundo con buena estrella: benéficas hadas rodearon su cuna y después su dorada camita de niña mayor. ¡Feliz ella, destinada a ser Reina de tal pueblo, y feliz el pueblo que se encontraba con aquel iris de paz después de tantas cerrazones y tempestades!      Pasado algún tiempo, que las regias señoritas no podían precisar, se personó en Palacio un señor viejo, alto, amarillo, con unas patillucas cortas, el mirar tierno y bondadoso, el vestir sencillísimo y casi desaliñado, sin ninguna cruz ni cintajo ni galón. Era D. Agustín Argüelles, elegido por las Cortes tutor de las hijitas de Fernando VII. ¡Y que no había visto poco mundo aquel buen señor! Condenado a muerte por el padre, al cabo de los años mil las Cortes le nombraban padre legal de las huérfanas. ¡Qué vueltas daba el mundo! En pocos años celebró cuartas nupcias el déspota; le nacían dos hijas; reñía con su hermano; reventaba [13] después, aligerando de su opresor peso el territorio nacional; renacían las Cortes odiadas por el Rey; surgía una espantosa guerra por los derechos de las dos ramas; vencía el fuero de las hembras; muerto el oscurantismo, lucía el iris con los claros nombres de Libertad e Isabel, y el que mejor había personificado la resistencia del pueblo a las maldades y perfidias del monstruo, entraba en Palacio investido de la más alta autoridad sobre las criaturas que representaban el principio monárquico. Sorprendió a éstas la extremada sencillez de su tutor, que más que personaje de campanillas parecía un maestro de escuela; pero éste no tardó en cautivarlas con su habla persuasiva, dulce, algo parecida al sonsonete de los buenos predicadores. Decía cosas muy bonitas, enalteciendo la virtud, el respeto a la ley, el amor de la patria y la unión feliz del Trono y la Libertad. Su palabra, educada en la tribuna y más diestra en la argumentación de sentimiento que en la dialéctica, iba tomando, con el decaer de los años, un tonillo plañidero; su voz temblaba, y a poquito que extremase la intención oratoria se le humedecían los ojos. Naturalmente, las Reales criaturas, cuya sensibilidad se excitaba grandemente con el ejemplo de aquel santo varón, concluían por echarse a llorar siempre que Don [14] Agustín a la virtud las exhortaba con su tono patético y la bien medida cadencia de su fraseo parlamentario, hábilmente construido para producir la emoción. Y no podían dudar que le querían: él se hacía querer por su bondad simplísima y por el aire un tanto sacerdotal que le daban sus años, sus austeras costumbres, su dulzura y modestia, signos evidentes de su falta de ambición. Caracteres hay refractarios al disimulo, y que en sus fisonomías llevan el verídico retrato del alma; a esta clase de personas pertenecía D. Agustín Argüelles, del cual sus enemigos pudieron decir cuanto se les antojó, pero a una le señalaron todos como ejemplo de un desinterés ascético, que ni antes ni después tuvo imitadores, y que fue su culminante virtud en la época de la tutoría y en el breve tiempo transcurrido entre ésta y su muerte. Baste decir, para pintarle de un rasgo solo, que habiéndole señalado las Cortes sueldo decoroso para el cargo de tutor de la Reina y princesa de Asturias, él lo redujo a la cantidad precisa para vivir como había vivido siempre, con limitadas necesidades y ausencia de todo lujo. Se asustó cuando le dijeron que el estipendio anual que disfrutaría no podía ser inferior al del intendente de Palacio, y todo turbado se señaló la mitad, y aún le parecía mucho. [15] Cobraría, pues, la babilónica cifra de noventa mil reales.      Pero si no le seducían las riquezas, su ánimo no podía librarse de la vanagloria tribunicia, ni su orgullo podía satisfacerse con otros lauros que los ganados en las Cortes. No en balde había visto nacer el Sistema, figurando en nuestras asambleas deliberantes desde la gloriosa aurora del 12, pasando por los torneos admirables del Trienio, renaciendo en el Estatuto después de la emigración, y en las tumultuosas Cortes de la Regencia. Había llegado a ser el patriarca parlamentario, y no sabía vivir fuera del templo y sacristía de aquella religión. En las postrimerías de su laboriosa existencia, su apego a la vida del Parlamento era tal, que se consideraba hombre perdido si le obligaban a cambiar por la tutoría la grata rutina de oír y pronunciar discursos. Aceptó el honroso cargo con la condición precisa de seguir presidiendo las Cortes. No quería sueldos, honores ni cruces: no quería más que hablar. Por su elocuencia, que en los albores del Régimen arrebataba, le llamaron Divino. La posteridad ha dejado prescribir aquel mote, fundado en vanas retóricas, y le ha puesto marca mejor: la de su honradez, que ciertamente en tales tiempos y lugares no parecía humana. [16] - II -      Estaba de Dios que las pobres niñas vieran cada día nuevas caras en su mansión regia, pues a poco de ser declaradas pupilas del orador asturiano, hicieron conocimiento con Doña Juana de Vega, Condesa de Mina, señora gallega, notoria por sus virtudes y grande ilustración. Designada para el cargo de aya de la Reina y Princesa, resistió con protestas vehementes la aceptación, temerosa de ahogarse en la atmósfera palatina. Pero al fin, los primates del partido lograron convencerla, y con su entrada en Palacio se alborotó el gallinero, como suele decirse; que en lo grande como en lo chico, las mismas causas traen iguales efectos. Marquesas y condesas de la antigua servidumbre se conjuraron para presentar sus dimisiones in solidum, con lo que creían poner al Gobierno en un grave conflicto. Bien se vio en ello una intriga de los retrógrados, que se tenían por irremplazables en el mangoneo de Palacio, y por depositarios exclusivos de la influencia en la voluntad, no formada todavía, de la Reina niña. No les salió el juego tan terrorífico como esperaban: aceptadas fueron las dimisiones, y [17] todo se redujo a buscar por Madrid damas que sustituyesen a las antiguas. Saludable política era ésta, y el despejo de la atmósfera debía facilitar la educación nacional de las niñas; pero a éstas no les hizo gracia el cambio de personal, porque tenían muy arraigadas sus afecciones, y el paso de las viejas a las nuevas les costaba no pocas lágrimas. Con palabra grotesca decía un grave personaje coetáneo, buena cabeza, lengua detestable, que ya se irían jaciendo. En efecto, se jacían a las nuevas amistades y cariños con la fácil adaptación de la infancia; y para que no extrañaran demasiado el cambio de escena, Argüelles repuso a no pocas personas de la servidumbre moderada, alejando de Palacio a las que se conceptuaban más peligrosas.      Casi al mismo tiempo que la Condesa de Mina entró en funciones la nueva camarera mayor, Marquesa de Bélgida, y poco después, D. Manuel José Quintana, nombrado ayo y director de estudios. La primera impresión de las niñas no fue la mejor, porque le encontraron muy feo; pero no tardaron en congraciarse con él y en hacerse sus amiguitas. El gran poeta se pasaba insensiblemente las horas departiendo con las regias chiquillas, atento al examen de sus caracteres y a las cualidades o defectos que [18] en ellas apuntaban. En ambas halló bien manifiesta la sensibilidad: en Isabel particularmente, la nobleza del corazón y los arranques gallardos y generosos; en Luisa Fernanda, mayor reserva en la manifestación de los mismos sentimientos, como si les impusiera el freno de la razón; en Isabel, suma espontaneidad, franqueza grande, que llegaba hasta la fácil confesión de sus yerros cuando los cometía; en Luisita, mayor capacidad para asimilarse el convencionalismo social. Pensó que en la crianza de Isabel, nuestra Reina constitucional, era forzoso desarrollar mayor reflexión a expensas de la espontaneidad generosa; infundirle el sentimiento claro de las funciones neutrales y del criterio sintético del Rey en el flamante Sistema; hacerle sentir vivamente la justicia, la equidad y la tolerancia de todas las opiniones, sin abrazarse con ninguna. Esto pensaba, y esto emprendería con paciencia y entusiasmo, si le dejaban. Necesitaba para ello tiempo y facultades amplísimas. Si contribuyó a la implantación del Régimen en la esfera representativa y popular, tendría la gloria de completar la maravillosa maquinaria, dotándola de su rueda más importante: el Rey. Materiales excelentes le deparaba Dios para su obra.      ¿Era esto una ilusión de poeta? El que [19] amaestrado había su espíritu, con supremo arte, en la fabricación de robustos versos pindáricos u horacianos, bien podía equivocarse soñando con el artificio de una organización política del más puro abolengo inglés. Mientras Quintana, en su ruda labor poética, forjaba el yunque y retorcía las voces y cláusulas del Romancero para componer odas, que eran el asombro de los académicos y que el pueblo no entendía ni gozaba, en otras manifestaciones literarias de la época, no menos lucidas, podía observarse que la lengua se rebelaba contra la esclavitud, rompía las cadenas pindáricas, y se volvía con gozosos brincos al Romancero, así como se escapaba del potro inquisitorial de la tragedia clásica para refugiarse en las amenas regiones del drama español y caballeresco. Pues si esto pasaba en literatura, bien podía la política reservarnos sorpresa igual en los desenvolvimientos futuros del Sistema; esto es, que la materia, o más bien los materiales, se rebelaban, se escabullían, no querían servir. Si era forzoso vivir a la moderna, ¿por qué los caballeros de 1812 y de 1820, en vez de estudiar la reforma en la emigración, no la estudiaban en el terruño patrio?      No le pasaban por las mientes estos recelos al bueno de D. Manuel José Quintana, empapado, [20] como padre de la criatura, en las ideas llamadas doceañistas, y entreveía un porvenir político venturoso. La Providencia nos había dado una cría de Rey en la cual resplandecían todas las cualidades de la raza española, y no era floja ventaja que la cría estuviera en poder de la Nación desde su edad temprana, coyuntura feliz para que la misma Nación a su gusto la moldeara, sin maléficos influjos de otros principillos ni de palaciegos del ominoso régimen.      Si algo había en la Reinita que le desagradaba, era ciertamente de un orden secundario: resabios, desenvolturas infantiles fáciles de corregir. En cambio, encantábale su escaso apego a las grandezas de pura vanidad, su gusto de la vida popular, la simpatía con que miraba a los humildes, a los pobres, a los que vivían de un honrado trabajo. Al propio tiempo, su amor al pueblo despertaba en ella el gusto de toda manifestación artística del genio español en las bajas esferas de la canción y del baile; y aunque estos pueriles entusiasmos debían corregirse o templarse, eran hermosos como síntoma y merecían un cultivo inteligente. Luego vendría la dignidad real a moderar el excesivo gusto de las cosas plebeyas, y la completa educación artística le enseñaría ideales más elevados que las malagueñas, el vito y la cachucha... En fin, [21] que estábamos de enhorabuena: poseíamos una tierna plantita de soberana, y la Nación no tenía que hacer más que poner a su lado buenos jardineros para criarla lozana y dirigirla derecha.      No era tiempo aún de enseñar a la Reina la teoría y práctica del mecanismo constitucional. Su inteligencia no estaba preparada para conocimientos tan sutiles; antes había que perfeccionarla en los estudios elementales, y aleccionarla en la historia general, pues la española no bastaba ciertamente para el caso, como escuela de la arbitrariedad y del absolutismo. En tanto que esta grave enseñanza se disponía, era forzoso atender a la instrucción primaria, que D. Manuel José encontró en las niñas muy débil, por el abandono y mala dirección de los años pasados. Lo primero que hizo fue organizar, de acuerdo con la condesa de Mina, un plan de lecciones y un método de trabajos que permitieran ganar el tiempo perdido por las regias educandas. Verdad que éstas no eran un modelo de subordinación; a lo mejor se pronunciaban no sólo contra el nuevo plan de estudios, sino contra los maestros fastidiosos y prolijos que les puso Quintana, y no había en Palacio quien osara someterlas a rigurosa disciplina. La etiqueta y la enseñanza no andaban muy acordes, [22] y tanto la autoridad del tutor como la del ayo se detenían balbucientes en los límites del respeto que las nietas de cien reyes les imponía. La condesa de Mina era la mejor domadora; pero en casos de rebelión declarada no tenía más remedio que doblegarse y dejar a las chiquillas que hicieran lo que les daba la gana. Valíase Quintana de los arbitrios más ingeniosos para hacer estudiar a unas criaturas contra cuya desaplicación no cabían castigos ni severidades; las entretenía con amenos discursos, con ejemplos, apólogos y parábolas que sacaba de su cabeza, y hacía que se enfadaba, y se ponía muy afligido, como si le ocurriese una desgracia. Algo conseguía con esto, porque las chicuelas eran de buena índole; pero no se las podía llevar más allá de su propio gusto, y cuando estallaba el pronunciamiento con todos los caracteres de brutalidad y de insolencia de esta enfermedad nacional, ¿quién era el guapo que intentaba restablecer el orden?      Y mientras el cantor de la imprenta pasaba estas fatigas, el divino Argüelles padecía crueles tormentos por la endiablada cuestión del personal palatino, que resultaba la más grave que a un estadista pudiera ofrecerse. Loco le traían los empleados salientes y los entrantes, y en un solo día recibió el buen señor cartas, [23] peticiones, memoriales y anónimos con que se podría cargar un carro. Los servidores despedidos ponían el grito en el cielo, declarándose víctimas de una clasificación injusta, pues no eran moderados ni cosa tal. Aseguraban que los de la cáscara amarga, los más afectos a Cristina y al oscurantismo, habían conseguido, con hipócritas manejos, quedarse dentro, y a los buenos y leales se les había quitado el garbanzo. A este rebullicio se unían los clamores de la gente nueva, que solicitaba puestos en Palacio, alegando lo conveniente que sería para las instituciones una servidumbre exclusivamente reclutada entre las filas del Progreso. Decía D. Agustín que manejar todos los Ministerios y conducir bajo una sola rienda todo el personal administrativo de España era tarea más fácil que gobernar la casa del Rey.      Siempre que visitaba a las nenas exhortábalas al estudio, pidiéndoles, casi con lágrimas en los ojos, que fuesen aplicaditas. España esperaba de ellas días gloriosos, y para corresponder a la idolatría de la Nación era preciso que se esmeraran en la escritura y tuvieran mucho cuidado con la ortografía... ¿Qué cosa más fea que una Reina ignorante de dónde se ponen las haches y dónde no? Pues la Aritmética también les era necesaria, pues aunque las testas coronadas [24] no tienen que andar en enredos de cuentas, deben saber cómo las hacen los intendentes, para no dejarse engañar. De la Gramática, ¿qué había de decirles, sino que en ella verían la imagen hablada de la Nación? Sin una buena sintaxis no puede un soberano ordenar los discursos que tiene que echar a los embajadores de otros monarcas, ni poner bien una carta sobre negocios de Estado. ¿Qué dirán los reyes y emperadores de Europa si reciben carta de la Reina de España con una mala construcción y un giro defectuoso? En cuanto a la Historia, estudiándola entablaban las niñas mental conocimiento con personas de su propia familia: sus abuelos y tatarabuelos. ¿Qué trabajo les costaba aprenderse de memoria todo el catálogo de reyes, y los nombres de las principales batallas, de los hechos culminantes y gloriosos descubrimientos? Nada más bonito, nada más ameno podían encontrar en letras de molde. Para los chicuelos de Juan Particular se escribían los cuentos comunes, inocente literatura de la infancia. Para las niñas de la Nación se había escrito el más bonito de los cuentos: la historia de España.      Lo mismo Quintana que D. Agustín concluían sus cariñosos sermones diciéndole a Isabel que su nombre glorioso la obligaba a emular [25] las virtudes y el talento de la otra Isabel, a quien apellidaron Católica. Todos, hasta los criados, le decían lo mismo. Con ello estaba conforme la hija de Fernando y Cristina, y por su parte procuraría dejar bien puesto el nombre. Preguntaba qué tendría que hacer para dar a su reinado los esplendores del de Isabel I, y nadie le daba respuesta clara... ¡Toma! Pues si los grandes no lo sabían, ella, tan chiquita, ¿cómo había de saberlo?... El cuento era que tenía que hacer algo, algo que llevase la fama de su reinado a los siglos venideros, para que todas las gentes dijesen: «¡Isabel II, ah!...». Pero si no se le presentaban ocasiones de descubrir otras Américas y de conquistar otras Granadas, ¿qué haría? Pues dar muchas limosnas para que no hubiera pobres en el Reino... Dinero no había de faltarle, corazón le sobraba... Pues ¡viva Isabel II! - III -      Día tras día, llegaron los de Octubre del 41. Respondiendo a voces internas (que en un corazón de once años no faltan cositas que vocear), Isabel se decía: «Tengo que fijarme en [26] todo lo que sucede, para ir viendo, para ir conociendo... Porque a lo mejor, aquí andan a tiros y se revoluciona toda la gente sin que una se entere de nada. ¿Qué es lo que quieren? ¿Por qué andan a la greña unos y otros? Es preciso que yo lo sepa y que tenga mucho cuidado con lo que ocurre. No se me pasará nada, y estaré con mucho ojo para que no puedan engañarme. A los malos habrá que castigarlos, y premiar a los buenos». Esto lo pensaba en la tarde del 7 de Octubre, paseando con su hermanita por lo reservado del Retiro. De regreso a Palacio les dieron de cenar, y luego emplearon un rato en la lección de música, bajo la dirección de la profesora doña Rosario Weiss, que aún no desempeñaba la plaza en propiedad. El maldito solfeo era un aburrimiento para las niñas, y la maestra tenía que desplegar toda su bondad y dulzura para contener la insubordinación que a menudo se manifestaba con síntomas alarmantes. Al fin transigían, compensando la aridez del solfeo con las canciones fáciles, aprendidas de memoria, al piano, música de Iradier, de Basili, de Cuyás o de la misma Weiss, quien empleaba esta enseñanza como prolegómenos del pomposo canto italiano.      Bueno, Señor. Acabáronse las lecciones, y las [27] niñas se acostaron y como ángeles se durmieron, sin advertir que bajo sus almohaditas sonaban mugidos de volcán. Quizás el historiador esté en lo cierto indicando el hecho de que la viva imaginación de Isabel no permitió a ésta un sueño sosegado. Por la tarde había pensado en la necesidad de observar los acontecimientos, en averiguar el porqué de las revoluciones, calentándose los cascos más de la cuenta con este discurrir cosas impropias de su edad. Fue, pues, muy lógico que turbaran su sueño sin interrumpirlo sonidos lejanos o próximos de tiros y zambombazos; como también pudo suceder que en sueños oyese rumor de batalla real, no soñada, no lejos de su dormitorio. Lo que no tiene duda es que al despertar de nada se acordaba. Sorprendidas y aterradas quedáronse las dos niñas cuando la condesa de Mina entró en el dormitorio y les dijo que aquella noche había ocurrido en Palacio un suceso muy grave: nada menos que una batalla en la escalera, entre unos locos que querían entrar y subir, y los alabarderos que supieron cumplir y cortarles el paso. No podía Doña Juana de Vega empequeñecer y desvirtuar la página histórica reduciéndola a las proporciones de un cuento de niños, y a las curiosas preguntas de la Reina y la Princesa contestó que [28] los tales locos eran generales... ¿Quiénes? Precisamente los más nombrados, los héroes de la última guerra, los Conchas, León, Pezuela... y tras ellos, coroneles, oficiales, alguna tropa... Pero no creyeran las niñas que el intento de éstos era matarlas o hacerles daño material, no: el ciego designio que les había impulsado a tan grande atropello no era otro que coger a la Reina y a su hermanita y llevárselas con muchísimo respeto a donde pudieran proclamar caducada la ley que felizmente nos regía, y establecer nueva Regencia. ¡Locos, locos rematados! Pero en el pecado llevaban la penitencia, porque el plan se les deshizo desde que quisieron ponerlo en ejecución, y antes de amanecer ya habían huido todos, escondiéndose cada cual donde pudo. No acababan las niñas de creer que era historia y no cuento lo que oían. La historia nace casi siempre así, adoptando formas de locura o de pueril conseja. Una de las dos hizo observaciones acerca del suceso, mostrando incredulidad, y la otra (no se sabe cuál) quitaba importancia al asunto: «Vaya, que no se enojará poco mamá cuando lo sepa. Se pondrá furiosa».      Isabel, que aprendiendo iba ya la asimilación de las ideas y las sentía pasar con murmullo grave en torno de su cabecita coronada, expresó [29] con toda formalidad esta opinión: «¿No será todo eso intriga de la Inglaterra?»      Sonrió la Condesa ante la ingenuidad y candor de sus discípulas, y añadió que no era la Inglaterra la que andaba en aquel fregado. «Más bien la Francia...». Dio luego explicaciones de lo sucedido. Mientras la tropa y los alabarderos andaban a tiros en la escalera, toda la baja y alta servidumbre se puso en pie, previniéndose para cualquier eventualidad, y los monteros de Espinosa permanecían en la antecámara, decididos a perecer antes que consentir el paso de los sublevados hacia las regias habitaciones. Hubo un momento de desconfianza, de ansiedad, de pánico, pero fue de corta duración; y cuando vieron que la Milicia Nacional rodeaba el Palacio y que no venían nuevas tropas sediciosas a reforzar a las que peleaban en la escalera, ya no dudaron de que la locura sería castigada. Quiso Isabel que la llevasen a la escalera para ver los estragos de la batalla, los cristales rotos, los agujeros que en la pared habían hecho los balazos, las manchas de sangre... pero la Condesa no lo permitió. Pronto advirtieron las hermanitas que todo estaba trastornado en Palacio, y que las caras no eran aquel día muy risueñas. En algunas se veía el estupor, en otras el miedo, en muy [30] pocas la confianza. Lo único bueno para las nenas de la Nación en aquel día triste fue que no había clase. Naturalmente, con tan desusados trastornos políticos, ¿quién pensaba en dar lecciones? Lo peor era que no habría tampoco paseo. Se entretendrían con las muñecas, o mirando desde los balcones la tropa que pasaba, la gente que a Palacio acudía, militares que entraban y salían a cada instante; atisbando también el ir y venir de palaciegos por la galería interior, o al través de los luengos pasillos y de la interminable serie de salas, saletas y salones.      A los diferentes conocimientos de las niñas habíase anticipado con singular precocidad el de la etiqueta, y cuando no conocían la Gramática ni la Geografía, y apenas sabían leer y escribir, érales familiar la ciencia de los uniformes, y distinguían admirablemente el carácter oficial de cada sujeto por los galones del casacón que vestía. Del personal de Palacio ningún individuo se les despintaba, en la vastísima escala que desde los servidores mercenarios más humildes asciende hasta los próceres más empingorotados. Muchos nombres sabían, y a falta de ellos aplicaban motes, fundados en las observaciones que de fachas y rostros hacían continuamente, así como de la delgadez o gordura [31] de pantorrillas revestidas de medias rojas, negras o de color de carne. El cambio político que arrojó de Palacio a una gran parte de la servidumbre rancia, llenó los huecos con gente nueva, recomendada por liberales, con lo que se quería renovar la atmósfera y meter en la morada de los Reyes el espíritu del siglo. A muchos de los nuevos tardaron las niñas en conocerles por sus nombres, y más cómodo que aprenderlos era para ellas sustituirlos con remoquetes de su propia inventiva y de significación pintoresca, los cuales se adaptaban fácilmente al tipo a quien eran aplicados. Había un sumiller que para las niñas era el bonito, y un gentilhombre a quien conocían por el patizambo. Con algunos personajes que por razón de su proximidad a las reales personitas las trataban con relativa confianza, subsistió la travesura de los apodos después de conocidos los hombres, y en este caso se hallaba el gentilhombre D. Mariano Díaz de Centurión, a quien pusieron el mote de Don Chepe, que habían aprendido en unos versos andaluces de Rubí o de Andueza. Hallábase entonces muy en boga el género andaluz, escenas de mujerío, guapezas de contrabandistas, amores y navajazos, con ceceo y habla macarena. Las niñas sabían de memoria trozos de esta literatura, y [32] en ella encontraron el Chepe, que aplicaron a una persona ceceosa, dicharachera y un poquito cargada de espaldas. El día de que se viene hablando, 8 de Octubre, jugaban Isabel y Luisa con sus amiguitas en la estancia interior que da a la galería, cuando vieron pasar por ésta al Sr. de Centurión. Isabel, que estaba pegando en la vidriera unos muñecos de papel recortado, obra de la niña de Álava, vio al cortesano y le llamó repiqueteando con los deditos en el cristal. Al propio tiempo, Luisa, antes que las dos azafatas de servicio pudieran impedirlo, abrió la otra ventana y gritó: «Chepe, Chepe...».      Aproximose el gentilhombre a la reja, y la primera que le habló fue Isabelita, agraciándole con estas cariñosas palabras: «No te incomodarás si te llamamos Don Chepe. Es una broma».      -Vuestra Majestad -replicó Centurión doblándose por el espinazo- puede llamarme como guste, y con cualquier nombre que me aplique me tendré por muy honrado.      -¡Qué fino eres, y qué lengua tan graciosa la tuya! Bien sabes que te estimamos. Oye una cosa: la Condesa no quiere que salgamos de paseo. ¿Por qué no influyes para que nos deje ir siquiera a la Casa de Campo?      -Don Chepe -dijo Luisa Fernanda [33] sacando sus dos manecitas por la reja-, no seas malo y haz que nos lleven de paseo. Estamos muy aburridas.      -Permítame Vuestra Majestad, permítame Vuestra Alteza que llame su atención sobre la inconveniencia de pasear esta tarde -declaró el cortesano, cuyo ceceo se omite por no molé-. En todo Madrid es grande la inquietud por los gravísimos sucesos de anoche. A la penetración, al buen sentido de Vuestra Majestad y de Vuestra Alteza, no se ocultará que la prudencia nos aconseja no proponer la salida de las reales personas... y menos hacia la Casa de Campo, donde, según la voz pública, se han ocultado más de cuatro pillos, de los que anoche quisieron dar a la patria un día de luto. Tomadas por retenes de tropa están todas las entradas y salidas de la real posesión, y como los ilussos, por no darles otro nombre, que se esconden en aquellos matorrales han de hacer alguna barbaridad en el último rapto de su locura y desesperación, no es prudente andar por allí. Hace un ratito creímos oír tiros hacia aquella parte.      -¡Qué miedo! Tienes razón. Mejor será que nos vayamos al Retiro.      -La más vulgar prudencia nos aconseja que tampoco vayan Su Majestad y Alteza del [34] lado del Retiro, no porque se estime peligroso, pues Madrid no anhela más que aclamar a su querida Reina, sino por otras razones. La primera es que el tiempo no es bueno: el cariz del cielo nos anuncia que nos mojaremos pronto. La segunda es que el serenísimo Regente vendrá esta tarde a visitar a Su Majestad y Alteza.      -¿Viene Espartero? Pues nos alegramos mucho.      -Ello será, según oí, después de las cinco, cuando termine el Consejo de los señores ministros. En tanto, si las señoras se aburren, yo les traeré otro romance andaluz, muy bonito...      -Ya hemos leído el de los guapos de Triana. Es precioso. ¡Cómo se parecen a ti en el modo de hablar!      -Los que se parecen -dijo Luisa Fernanda-, son el Curriyo y Media-Oreja, cuando se van al Perché y tiran de las navajas...      -Traeré a las señoras la Feria de Mayrena, descripción en el gusto clásico y castizo, sin perjuicio de la gracia andaluza. Voy por ella.      -Aguárdate un poco, y cuéntanos más cosas de lo de anoche.      -Si Vuestra Majestad me lo permite, le diré que no soy yo el llamado a referir a la Reina de las Españas los vergonzosos, los criminales sucesos de que fue teatro anoche el Alcázar [35] de nuestros Reyes. No hay en todita la Historia ejemplo de un atentado semejante. Repito que a mí no me incumbe relatarlo a Vuestra Majestad... Y con la licencia de mi Reina, me retiraré, pues no es bien que estemos pelando la pava en esta reja...      -No, no, Don Chepe; no te vayas -dijo Luisita agarrándose con fuerza a los hierros para columpiarse.      -Tenga cuidado Vuestra Alteza... Adiós. Si me dan permiso...      -¡No hay permiso!                                                   ¿Qué ez ezto, Zeñó, qué ez ezto?                             exclama saliendo Chepe.      Y después dice:                                                 ... Zus mersees                              han mojao la palabra... Ez que onde yo la mojo ni er Papa mezmo ze mete.      -¡Qué feliz retentiva la de Vuestra Majestad y Alteza!... Voy a traerles el otro romance. Y no se descuiden las señoras, que el Regente viene... Pronto las llamarán para vestirlas.      -¿Y tú no nos acompañas, querido Chepe?      -No estoy de servicio... Aprovecho la tarde en escribir a mi familia y amigos.      -¿Y qué les cuentas? Dínoslo... [36]      -¿Les hablas de nosotras?      -Naturalmente. Hablo de la felicidad que Dios ha concedido a España y del glorioso reinado que se aproxima...      -Dios te oiga, Don Chepe -dijo Isabel-. ¡Y no te has acordado de traerme el retrato que me prometiste de Isabel la Católica! El de mi libro de Historia es muy feo, y no da idea de aquella gran Reina.      -Pues el mío es muy guapo, y ahora mismo lo traeré... Ea, no más.      -Adiós. ¡Viva Don Chepe!      Fuese el gentilhombre por la galería adelante hasta la escalera de Cáceres, por donde debía subir a su habitación, y en todo el largo trayecto no enderezó la curva de su cuerpecillo ni deshizo la sonrisa que plegaba sus finos labios. Representaba D. Mariano Centurión cincuenta años, excediendo la edad aparente a la verdadera, que apenas de los cuarenta pasaba, diferencia que atribuían los chismosos a la disoluta vida del caballero. Segundón de una casa noble de Andalucía, criado desde su más tierna edad en la holganza, sin serios estudios, sin disciplina que le contuviera ni buenos ejemplos que le llevaran a mejores fines, acabó por perder la salud y el escaso caudal que heredó de su padre. Con estos segundones pobres reza el [37] adagio: Iglesia, Mar o Casa Real; mas no habiendo puesto Marianito sus miras oportunamente en el estado eclesiástico ni en el militar de mar o tierra, ya no tenía edad ni espíritu para procurarse otro refugio que el de un triste empleo; y repugnándole, por la dignidad de su noble alcurnia, las plazas de oficina, se dio a solicitar un puesto en Palacio, conforme le aconsejaba el sabio refrán. Era Centurión hombre de escasos conocimientos en los diversos ramos del saber, pero de mucho despejo natural y de memoria felicísima; narrador ameno de cuentos y sucedidos, y con instintos de escritor que habrían sido verdaderas dotes si los cultivara. Se había pasado la juventud, sin sentirlo, en los ocios corruptores de las vinas andaluzas: zambras y jaleos, peladuras de pava, cañas y toros, meriendas y timbas. Cuando empezó a comprender la vanidad de semejante vida, ya era tarde para emprender otros rumbos: encontrábase viejo a los cuarenta años, el cuerpo lleno de dolores y flaquezas que le obligaban a doblarse como una caña, el espíritu sin ilusiones, la bolsa enteramente vacía. Su hermano, con quien andaba continuamente a la greña por cuestiones metálicas, le negaba todo auxilio; y la demás parentela le hacía la cruz como a un pródigo que deshonraba la clase y [38] nombre ilustrísimo de los Centuriones. Rechazado el hombre en su patria, y no bien visto de sus compañeros de libertinaje, emigró a la Corte, dispuesto a coger una silla y un plato en el comedero social.      Lo infructuoso de las gestiones de Marianito en Madrid, y las miserias y desaires que aquí sufrió, le llevaron mansamente a un cambio radical de las ideas que trajo de Andalucía; y habiendo salido de allá con pelo moderado berrendo en absolutista, efectuó la muda tomando la pinta liberal, por ser liberales las únicas personas que le dieron socorro y le mataron el hambre. Su cruel destino empezó a marcar la mudanza favorable en los días del famoso pronunciamiento llamado de Septiembre. Un individuo de la Junta le dio un destinillo para que viviera, y González Brabo, a quien había caído muy en gracia, le presentó a personas que le tomaron bajo su protección. Una ilustre dama, cuyo nombre no hace al caso, le recomendó con eficaz empeño a cierto personaje, muy ligado con el duque de la Victoria; y cuando este volvió de Valencia presidiendo el Gobierno-Regencia, fue D. Mariano sorprendido con el nombramiento de Gentilhombre del Interior en la Casa Real, con servicio en la Cámara, cerca de las reales personas. Vio el cielo abierto [39] Centurión y se tuvo por el más feliz de los mortales, dando por bien empleados sus anteriores desdichas y humillaciones. Diósele aposento en los altos de Palacio; su trabajo era fácil y de pura ceremonia; veíase entre personas de alta categoría, y soñaba con mayores grandezas y honores, llegando hasta el atrevido ensueño de procurarse un bodorrio con viuda rica, aunque no fuese noble. La nobleza, fuera del aparato externo, representativo de un papel en el mundo, le importaba un comino. Buscaría, pues, con el cebo de su nombre y alcurnia, una consorte rica, a la cual no habría de hacer ascos porque perteneciese a la clase de carniceros o trajinantes enriquecidos. Los tiempos habían cambiado: la libertad y las ideas revolucionarias hacían mangas y capirotes de las antiguas jerarquías, y se estaba formando una sociedad nueva, una flamante aristocracia, cuyo blasón era una onza de oro sobre dos mundos de plata y el lema in utroque invicta.      Como se ha dicho, D. Mariano Centurión, apenas llegado a su aposento, bajó sin tardanza para llevar a las niñas lo que les había prometido. Satisfecho del cumplimiento de su deber, libre de servicio aquella tarde, y no teniendo que dar solemnidad con su persona al acto de la visita del Regente, volviose arriba, [40] y despojado de sus galas empezó a tirar de pluma, trazando una carta no breve con esmerado estilo y letra correctísima. No era la primera que a su buen amigo y favorecedor dirigía, ni había de ser la última. - IV - De D. Mariano Centurión a D. Fernando Calpena, residente en Barcelona Madrid, 8 de Octubre.      Ilustre señor: Cumplo la oferta que a usted hice de tenerle al corriente de todo suceso extraordinario que en estos alcázares ocurriese, y si persiste usted en su propósito de reunir estas y otras noticias para levantar con ella una torre histórico-social, a cuya altura pueda subirse el siglo venidero para ver y examinar las sinuosidades del nuestro, reciba con júbilo esta primera remesa de cosas reales, que ellas son carne pura, historia viva y vista, historia que duele, por ser nosotros miembros del grande cuerpo de España que la padece...      Nota. Amigo mío: Desde que estoy en este trajín palaciego, y consagro todas mis horas [41] baldías a la lectura de antiguos y modernos escritores, noto que va disminuyendo como por milagro mi ignorancia. No puedo olvidar que usted, en los primeros días de nuestro feliz conocimiento, me calificó de diamante en bruto. Esta benévola opinión me ha estimulado a darme con la lectura, o sea con el roce continuo del saber ajeno en la tosca superficie de mi rudeza, un pulimento que empezó por desbastarme y acaba por tallarme facetas que arrojan alguna lucecilla. Me asimilo fácilmente lo que leo, y se me pegan las formas de escribir; pero de ello resulta que, a medida que voy sabiendo algo, aprecio mejor mi insuficiencia, y soy más escrupuloso y descontentadizo: ya no poseo aquella facilidad del disparate que en otros tiempos aceleraba mi pluma; y mi afán del acierto es tal, que veo en mis escritos más faltas de las que cometo y ningún rasgo ingenioso que pueda ser grato a quien me lea. Digo esto, señor ilustrísimo, porque el parrafillo con que encabezo la carta ha sido para mí un parto laborioso. Tres o cuatro veces he tenido que escribirlo, intentando sacarlo a luz, ya por la cabeza, ya por los pies, y aun así no ha salido robusto y bien formado, sino enteco y con jorobas. ¿Pero qué le importan a usted las angustias de mi aprendizaje? Se las cuento para [42] que vea mi deseo de agradar a la persona que me sacó de la esclavitud y del desierto para traerme a esta vida de libertad y bienandanza. El Señor se lo pague, y a mí me dé larga vida para que se dilaten las expresiones de mi agradecimiento. Y para que no me tenga por maleante andaluz, ni crea que estoy contándole el cuento de Charpa, voy al asunto.      Ya sé que Ramón Nocedal le manda a usted hoy un relato prolijo de todo lo que hicieron esos tunantes para preparar la llamada revolución del orden, el plan que tramaron para cargar los unos con la Reina mientras los otros se apoderaban de la persona del Regente. Nocedalito, que está bien enterado de todo (ése... paréceme a mí que es de los que nadan y a un tiempo guardan la ropa, y perdone usted el paréntesis), le contará cómo se les frustró el magno complot, por precipitación, por azoramiento, y más que nada por obra de esta Providencia particular de nuestra España que nos saca de todos los apuros; le dirá también cómo sacaron a la Princesa (regimiento de línea) o parte de él, por la complicidad de Ramón Nouvilas; cómo les faltó la Guardia Real, gracias a las precauciones que tomó el Gobierno; cómo León, que debía ser el primero en la peligrosa lid, vino a ser el último; [43] cómo los Conchas, de quienes el Regente tenía seguridades de lealtad (pocos meses ha los egregios Duques concedieron a Pepe la mano de Vicentita, hermana de Doña Jacinta, y perdone usted este otro paréntesis), han sido los más audaces en el atentado, seguidos de Juanito Pezuela. A mí me corresponde tan sólo contar a usted lo que vi en Palacio; y a fuer de historiador puntual, no maleante, consigno que estaba yo comiendo en esta misma mesa las sopas de puchero, que son mi más gustoso alimento por las noches, cuando sentí el tumulto y los primeros tiros en la puerta del Príncipe. Salí despavorido, con la servilleta colgando, y al bajar por la escalera de Damas vi subir a dos ujieres y a un mozo de las cocinas, más que corriendo, volando con las alas que les ponía su miedo; y como dijeran que por la misma escalera subían los amotinados, tiramos todos hacia arriba, devorando escalones hasta dar con nuestros cuerpos en el tejado. Allí supimos que los raptores de la Reina daban el asalto por la escalera principal, y hacia las claraboyas del salón de columnas nos corrimos. Arriesgueme yo a mirar por los ventanales de la escalera, y vi... no fue más que un momento, porque el instinto de conservación echome para atrás... vi a los insensatos [44] de la Princesa, mandados por un paisano, el cual no era otro que Manuel Concha... Los alabarderos le intimaron la retirada; adelantose un tenientillo, que, según después he sabido, se llama Boria, y empezaron a tiros. Los alabarderos se parapetaron en las ventanas que dan a la galería, y en tan buenas posiciones, diez y ocho hombres (que no eran más; y juro a usted que ya no pondré más paréntesis) contuvieron a toda la chusma dirigida por un gachó tan valiente como Concha.      Ya comprenderá usted que, mientras esto pasaba, los altos del regio Alcázar se poblaban de personal palatino de ambos sexos, huyendo de la quema. También consigno que me aventuré a bajar al piso principal, para cerciorarme de que las niñas no corrían peligro. A las doce duraba todavía el fuego; pero no tan graneado y persistente como en los primeros instantes. Creo haber visto a León de gran uniforme atravesar el patio desde la puerta del Príncipe a la escalera grande, y volver luego con uno, que debía de ser Pezuela, al centro del patio; pero no lo aseguro, que en estos casos se confunden las cosas que uno ha visto con las que le cuentan. Contáronme, y de ello no dudo, que Fulgosio, viendo que venían mal dadas en la escalera, corría por las galerías bajas buscando otra entrada [45] y subida más fácil por donde colarse al robo de la Majestad. Y mire usted si sería precavido el hombre: llevaba sobre los hombros una luenga capa para envolver y abrigar a la Reina cuando, arrebatada de su camita, pudiera llevársela en la grupa del caballo, que debía de ser de la casta de Clavileño. ¡Si estarían locos!      Las doce o poco menos serían cuando por la puerta del Príncipe se retiraron con bastante bullicio, que me sonó a despecho y desesperación. El mismo demonio que los trajo se los llevaba, y la criminal intentona se desbarataba y deshacía como obra de insensatos o imbéciles. Al verlos partir, llorábamos de júbilo los leales; y cuando sentimos los tiros de la Milicia, posesionada de las calles del Viento y de Requena, dijimos: «Duro en ellos, y que la paguen. No haya misericordia para los que han querido robarnos el Trono y la Libertad».      Ha de saber usted que los caballeros del orden han tenido auxiliares dentro de la propia morada de nuestros Reyes, y sólo así se explica su audacia y el ardor y confianza con que se metieron aquí. Un caballerito oficial llamado Marchesi, que era el jefe de Parada, les franqueó la puerta del Príncipe, y dentro estaban en el ajo algunos gentileshombres, como el Marqués [46] de San Carlos y el conde de Requena, los cuales se pusieron a las órdenes de los sublevados, en traje de paisano el primero, el segundo luciendo su bordado casacón. ¡Y luego quieren que tengamos paz! ¡Paz cuando abrigamos en sus puestos a los que intentan derrocar la Regencia legítima votada por las Cortes, para restablecer a la Desgobernadora con su camarilla y sus Muñoces! Si nuestros gobernantes tuvieran sentido de la realidad, habrían hecho la limpia total de Palacio, contestando con hechos, no con floridas retóricas, al Manifiesto-protesta de Doña María Cristina, cuando fue nombrado tutor el señor Argüelles. El momento lógico de la limpia fue aquel en que presentaron en cuadrilla sus dimisiones la camarera mayor, marquesa de Santa Cruz, y las trece damas. En vez de concretarse el Gobierno a cubrir estas vacantes, debió hacer el general expurgo de personas, mandando a sus casas a todos los individuos de la servidumbre, nobles y villanos, altos y bajunos, de procedencia absolutista, o significados como sistemáticamente afectos a la madre de la Reina. Se contentaron con echar a los más rabiosos, abriendo algunos claros, en los cuales tuvimos colocación los que hoy representamos aquí a la Voluntad Nacional; pero dejaron en sus puestos [47] a los hipócritas, a los que se hacían los mortecinos para que no se les tocara... y órdenes de hacerse los tontos recibían de la Malmaison. Por estas condescendencias del Gobierno, tenemos hoy la Casa Real infestada de adictos a Cristina, que minuciosamente la informan de todo lo que aquí pasa y hasta de lo que hablamos en nuestras conversaciones reservadas. No quiero citar nombres; diré a usted tan sólo por ahora, con toda discreción y sin escrúpulo de conciencia, que aún colean aquí gentileshombres de Interior y de Cámara, que son hechura del duque de Alagón, y en el ramo de azafatas y mozas de retrete no escasea el género que aún obedece a la camarera dimisionaria. Esta servidumbre baja demuestra un celo terrible en el espionaje, y en llevar y traer cuentos y chismes. Veo y oigo cosas que me sacan de quicio, y la obligación de callarlas me pone a punto de reventar...      ¿No es un oprobio que todavía tengamos aquí, y que se codeen con nosotros, los representantes de la voluntad nacional, más de cuatro individuos de la cepa de los Muñoces de Tarancón? Y los tales están bien agarrados, pues haylos que se defienden quitándole motas a Don Martín de los Heros; haylos en la Capilla de Palacio, en forma de clérigos o capellanes más [48] o menos brutos; haylos y haylas en el servicio inmediato de Su Majestad y Alteza, bien avenidos, a fuerza de adulaciones, con la señora marquesa de Bélgida, hoy nuestra camarera mayor, de quien nada tengo que decir, como no sea que despliega excesiva indulgencia y blandura con el personal desafecto a la Regencia votada por las Cortes. ¡Oh, señor mío!, haga usted entender a quien corresponda que Palacio es madriguera de mucha y diversa humanidad dañada del repugnante absolutismo y del pérfido moderantismo; que urge entrar en este magno edificio con escobas y zorros para limpiar de basuras y telarañas todos los rincones, donde se esconden ¡ay! alimañas venenosas, cuya picadura es mortal para las libertades públicas.      Sé de buena tinta, y puedo tapar la boca con pruebas al que ose poner en duda lo que voy a decir, que en esta sangrienta y al par ridícula tentativa de robarnos a la Reina fue aplicado sin tasa el infalible unto para ganar voluntades de hombres reacios, o de leales sin grandes escrúpulos. ¿De dónde ha venido este numerario con que los caballeros del orden han seducido a tantos infelices para lanzarlos a la muerte? Pues no sólo ha salido de las aracas de Muñoz, sino de las del Gobierno francés, enemigo [49] declarado de la España desde el grito de Septiembre, que restableció la prepotencia de la Voluntad Nacional... En Palacio, puedo dar fe de ello, se trató de corromper a muchos para que franquearan esta o la otra puerta, y aun hubo quien discurrió convidar, con pretexto de la Virgen del Rosario, a los monteros de Espinosa, para emborracharlos, imposibilitándoles así de prestar su servicio junto al dormitorio de las reales personas. ¿Hase visto mayor abominación? Y crea usted que si de este nefando cohecho tengo certidumbre por la verídica confidencia de un amigo, de otros puedo dar fe por propio testimonio. A mí, D. Fernando, a mí, al gentilhombre del interior D. Mariano Díaz de Centurión, colocado en esta casa, más que por sus méritos, que son bien escasos, por el lustre de su nombre y por el apoyo de usted y del serenísimo Regente; a mí, Sr. D. Fernando, han querido corromperme también, y fue tercero del villano mensaje un clérigo insinuante y tierno de la real capilla, llamado Socobio, pariente del D. Serafín de Socobio, a quien dejaron cesante en Palacio para colocarme a mí. El hombre está que trina, lo que no ha impedido que tratara de comprarme, imitando a los ladrones que arrojan pan al perro guardador de la casa que intentan asaltar... ¡Mendruguitos a [50] mí para que no ladre! Lo que siento es que lo tomé a broma, y a nadie quise comunicar los halagos del clérigo; que si hubiera yo comprendido la malicia que el hecho entrañaba, mis ladridos se habrían oído en los antípodas.      No necesito dar a usted más noticias del intrigante y sutil Socobio, pues entiendo que conoce usted a esa familia, a quien más que por familia tengo por una dinastía de clérigos y seglares aclerigados, sanguijuelas del Reino y vampiros de la Administración. Entre todos ellos reúnen, según oí, diecinueve empleados muy pingües, ora en la Rota, ora en cabildos catedrales, éste en el Noveno y Excusado, aquél en Rentas Decimales, sin que falten chupadores del presupuesto en las secretarías del Despacho y en Tribunales y Consejos. Todos los individuos de esta tribu asoladora de los Socobios brillan por el frenesí rabioso de su absolutismo. El odio a la Libertad y a la ilustración se llama Socobio, y se personifica en una caterva de chupadores de la sangre nacional. Para mejor sostener su imperio y establecer una piña inexpugnable, se han dividido en dos secciones: la absolutista neta, con sus dos colores fernandista y carlista, que es el núcleo principal, y la moderada, que es el cuerpo avanzado por el cual se ponen en relación continua con el poder [51] público. En el seno de este rebaño de clerizontes de sotana y levita, hoy magistrados y consejeros, todos con el sello de Calomarde; militares que sirvieron con el conde de España, se batieron por D. Carlos, y luego, por gracia del famoso Convenio, han vuelto a los comederos de acá; monjas intrigantes y marisabidillas; empleados a la moderna, criados a los pechos de Cea Bermúdez, de Burgos, de Garelly y de Toreno; hay, por fin, el ejemplar de Socobio palatino que por milagro de Dios ha venido a quedar cesante en el último arreglo de la Casa Real.      Pues bien: el seráfico D. Serafín, mi antecesor en este puesto, mi enemigo capital, a quien deseo mil años de cesantía, y a los demás de la familia igual daño hasta que de cesantes se pudran, intentó corromper mi lealtad...      ¡Camaraíta, cómo se va el tiempo en la dulce tarea de comunicarle la palpitación vital para sus historias! Con adusta cara me dice el reloj que se aproxima la hora de volver al servicio.      Adiós, mi D. Fernando. Quédense para otro día las muchas cosas que aún tiene que contarle su muy atento servidor y agradecido amigo -Centurión. [52] - V - De D. Serafín de Socobio a D. Fernando Calpena 12 de Octubre.      Señor mío de toda mi estimación: Dios no ha querido que sean alegres las nuevas con que me estreno en el honroso cargo de suministrar a usted provisiones para la historia; pero hemos de acomodarnos a la divina voluntad, aceptando con resignación las amarguras que se digna enviarnos, en espera de lo bueno y dulce que vendrá... crea usted que vendrá, mi Sr. Don Fernando. Dios no abandona a los suyos.      Debo ante todo decirle, para su tranquilidad, que ninguna desazón ni estorbo me ocasiona esta faena de las cartas, pues bien sabe usted que estoy cesante, víctima de una ruin intriga, y en nada tan útil puedo emplear mis forzados ocios como en ir fijando en el papel la fugaz imagen de personas y sucesos para que no lo desfigure luego la infiel memoria. La delicadeza oblígame a prevenir una salvedad necesaria en estas informaciones, y es que por respeto a las buenas migas de usted con el Regente, callaré [53] las verdades amarguísimas que acerca de este funesto personaje sugieren los hechos. Pero si contra Espartero nada digo, permitirá usted que despotrique a toda mi satisfacción contra la cuadrilla masónica que le rodea, criminal autora de estos desastres, y que entone el tu nos ab hoste protege, que son palabras de completas... Sí, sí, mi Sr. D. Fernando; esta Regencia intrusa que nos han traído, dará al traste con España, si Dios misericordioso no pone mano en ello... que sí la pondrá... ya verá usted cómo la pone.      Voy a la carne, amigo mío. Por los papeles públicos y por cartas de otros amigos más diligentes, tendrá usted noticia del fracaso de los intrépidos caballeros que arriesgaron sus vidas para salvar a nuestra excelsa Reina y a su serenísima hermana de la esclavitud en que la tiene el jacobinismo, que allá se va esta situación de las personas reales con la de sus egregios parientes Luis XVI y consorte, con la diferencia de ser dorados estos calabozos, y los de allá negros y vestidos de suciedad y telarañas. La generosa empresa de los leales salió torcida por impericias en la preparación, y bien lo dije yo dos días antes, receloso del éxito al ver con cuánta ligereza prevenían el golpe los que en ello andaban. Escapó cada cual como pudo, [54] refugiándose algunos en los altos de Palacio, escabulléndose otros por las espesuras del Campo del Moro y de la Casa de Campo; no todos con igual suerte, pues si bien ambos Conchas y Pezuela, Lersundi y Nouvilas están ya salvos, y lo mismo creo de San Carlos y Marchesi, aunque no alcanza mi convicción tan largo como mi deseo, otros ¡ay! han caído en la garra del Cromwell de Granátula (perdone usted). Cayeron el bravo Quiroga y mi compañero en Palacio el señor conde de Requena, los heroicos tenientes Boria y Gobernado, el coronel Fulgosio; y por último, y esto es lo más sensible, víctima también de su sordera, fue sorprendido y hubo de entregarse en Colmenar Viejo el rayo de la guerra, el valiente entre los valientes, ante quien mudo se postró Marte; el héroe que hacía temblar el suelo de España con su pujanza, siendo temido hasta de la misma muerte; el que llevó siempre la victoria en la punta de su lanza, y con ella agujereaba los ejércitos enemigos como si fueran un pliego de papel. Permite Dios a veces cosas tan abominables, que necesitamos afianzarnos en nuestra fe y evocar toda nuestra sensibilidad religiosa para no protestar de ellas... Yo he llorado como un niño al saber que el moderno Cid era conducido a esta [55] Corte y encerrado en Santo Tomás como el último vocinglero de los clubs, a quien el hambre y la ignorancia convierten en furibundo maratista. ¡Belascoain prisionero de la revolución, a la cual con pleno derecho, como español, como militar y caballero combatía! Contra tal absurdo deben levantarse hasta las piedras. ¡Ay! las piedras no se han levantado; yo tengo por seguro que se levantarán... pero mientras llega el caso, el horrible contrasentido prevalece, y tenemos al Cid sometido a un Consejo de guerra. Por las formalidades de la Ordenanza, que en ciertos casos no favorecen más que a los pillos, vemos hollada la ley moral, la eterna ley. Esperemos. ¿Permitirá el Cielo que perezca la lealtad, aplastada bajo el pie grosero de la usurpación?      En tanto que se desarrolla este drama, del cual sólo hemos visto aún los primeros actos, repetiré una vez más que el principal resorte de la máquina esparterista no es otro que el oro inglés. Ya le veo a usted reírse de este concepto mío, que oye como la muletilla de un maniático; pero yo sigo en mis trece, y si antes a cada momento sacaba a relucir la seducción aurífera en nuestras disputas, ahora lo haré con mayor motivo y convicción más firme, porque ya no son runrunes, sino pruebas y hechos [56] innegables los que llegan a mí. En el plan de grandioso alzamiento para libertar a nuestra Reina hallábanse comprometidos generales, jefes, oficialidad y cuerpos en número harto mayor del que figuró en la desgraciada noche del 7. ¿Por qué faltaron en el momento preciso? Díganlo las conciencias poco fuertes, las voluntades flacas, fácilmente reductibles a los halagos del metal. Dentro de Palacio se contaba con la connivencia de más de cuatro caballeros de la alta y mediana servidumbre, que se brindaron a franquear las puertas interiores, y si no estoy equivocado, a producir una discreta somnolencia de los monteros de Espinosa. ¿Por qué sólo San Carlos y Requena respondieron a su compromiso? Averígüelo Vargas.      Créame usted, Sr. D. Fernando: la Inglaterra ha comprado a buen precio la ruina de nuestra industria algodonera, librándose, por el medio más sencillo, de un competidor formidable. El esparterismo, o sea la revolución, necesita, para sostenerse, del apoyo de los ingleses. ¿Quién gobierna en España? En apariencia, su ídolo de usted, elevado al poder supremo por las turbas indoctas; en realidad, el Embajador británico, asistido de la caterva de ayacuchos, que con nombre tan feo designamos a los que componen la camarilla del Regente. En cuanto al [57] Gobierno, Ministerio responsable, o como usted llamarlo quiera, téngolo por un insignificante grupo de personajes decorativos, inmóviles y estupefactos como figuras de cera vestidas con prestados trajes, y expuestos al público para producir la ilusión de que tenemos mandarines españoles al frente de cada ramo. Pero estos remedos de ministros a nadie interesan, y se cambian de un puntapié. Los ayacuchos son los que todo lo mangonean, ayudados del unto maravilloso que reciben de las arcas londinenses, y si usted lo duda, pronto ha de verlo, si observa todo el mecanismo interior del retablo de maese Baldomero. Verá usted que lo mismo da un Ministerio que otro, y que cuando se habla de crisis, Su Alteza les interpela con serenísimo desdén en lenguaje riojano o ayacucho, que viene a ser lo mismo: «Ea, chiquios, si queréis disus, disus, y si no estaisus, como vus dé la gana». Naturalmente, los Ministros prefieren quedarse, y así lo hacen hasta que salta un ayacucho que necesita entrar al pienso.      Concluyo ésta con la noticia, que acaban de darme, del fusilamiento de Borso di Carminati en Zaragoza. Empieza la carnicería: será muy chusco, de una ridiculez espeluznante, que a estos figurones se les ocurra emplear el rigor contra los sublevados, a quienes movió la ley de honor, [58] el respeto a las damas. Sublevarse por una reina ultrajada es de caballeros. He aquí un caso en que no es aplicable la pena de muerte como no sea pisoteando el almo código de la decencia. A pesar de esto, no estoy tranquilo, porque todo se puede temer de los ignorantes hinchados de soberbia. Dícenme que ayer, arengando Espartero a los pobrecitos milicianos, les soltó la bomba de que sería implacable en el castigo. Optimé trompetasti, digo yo, recordando los burlescos ejercicios oratorios de mis felices tiempos estudiantiles. Este señor siempre dice mu cuando habla. La indignación se desborda en mi alma. Pidiendo a Dios que envíe pronto un rayo para el aniquilamiento de todo el progresismo, a usted exclusivamente le pongo pararrayos, mi querido amigo, para que se salve solito entre tantos antipáticos o perversos. Por que no hay colectividad, por mala que sea, en la cual no haya algo bueno. Dios le guarde, y a mí me dé paciencia para ver lo que veo y oír lo que oigo. Siempre suyo -Socobio. [59] - VI - De D. Mariano de Centurión a D. Fernando Calpena Octubre 13.      Ilustre señor: A lo dicho anteriormente acerca del abortado crimen de lesa majestad y de lesa Patria, debo añadir que días antes del ataque a Palacio llegó a las narices del Gobierno el olorcillo de la conjuración, y la policía no cesaba de olfatear el rastro de los caballeros del orden, que escondidos unos en misteriosas casas, disfrazados otros en la calle, daban los pasos y ponían los puntos para coordinar su infamia. La policía, por cuya fidelidad no pongo mi mano en el fuego, no descubrió el lugar donde esos tunantes se reunían: cambiaban de escondrijo cada noche, amparados quizás de los mismos esbirros, a quienes no creo incapaces de dejarse deslumbrar por los ojos de buey, vulgo onzas, del tesoro cristino. Después del desastre se ha sabido que anduvieron en el ajo Andrés Borrego, hoy enemigo de la Libertad, y dos caballeros de mi tierra, Istúriz y Benavides, fanáticos por la llamada Reina madre. [60] A tientas, adivinando la conspiración antes que conociéndola, andaba en aquellos días el Gobierno, y en su perplejidad acertó en una de las medidas tomadas el 7 por la mañana. Separada toda la oficialidad del primero de la Guardia, y ascendidos a oficiales los sargentos, cuando los del orden se presentan en el cuartel para sacar a la tropa les reciben a tiros... He aquí el primer contratiempo de los ternes de Doña María, principio de su desconcierto y de las tonterías que hicieron en la noche que yo llamo de San Marcos. El jefe del movimiento debía ser León. Habían concertado que aquí se diese el grito y que secundasen en las provincias O'Donnell, Borso, Piquero y Urbistondo... Anticípanse los de allá; los de aquí dudan, no se determinan; les falta la Guardia; ciego se lanza Concha a Palacio; León tiene celos, creyendo que el otro gachó se le quiere poner por delante y obscurecerle; corriendo mil peligros, y cuando tropa y milicianos están ya sobre las armas, montan a caballo León y Pezuela y se plantan en Palacio, sabiendo que van a una muerte segura. Aquí de los crúos...      En Palacio arrecia el fuego. D. Domingo Dulce, a quien ni el plomo ni el oro rinden, les da toda la canela que piden, y los caballeros desocupan dejándose los dientes en la escalera. Lo [61] demás es ya público y notorio. León se entregó en Colmenar a los húsares de la Princesa, mandados por Laviña, y aunque éste quiso facilitarle la fuga, el nuevo Cid rehusó aceptarla. Dijo que no había huido nunca, y es verdad. Por Madrid se corre que no le aplicarán la última pena. Los que el día de su captura pedíamos su cabeza, andamos ahora compadecidos, que esto es condición de españoles. Si bien se mira, no fue Diego León el más culpable; y si a mí me dejaran aplicar justicia en este caso, mandaría pasar por las armas a los paisanos que han venido de París con este fregado, y a las cabezas pensantes del moderantismo. Uno de mis compañeros en funciones palatinas, jovellanista rabioso, me ha dicho que se alegrará de que haya víctimas, porque el sentimiento popular las convertirá pronto en mártires, y en el terreno del martirio germinará fácilmente la idea cristina, bien abonada con el parné, que lo hay, vaya si lo hay; y la Señora no omite gastos, ni escatima sangre contraria y propia para reponer las cosas en el estado que tenían antes de lo de Valencia. Como el Gobierno sabe que en la Malmaison anhelan que aquí se castigue y que les hagamos víctimas y mártires, es seguro que a León y compañeros de locura no se les mandará rezar el Credo. [62]      Y dejando este triste asunto, voy a llenar, ¡oh mi D. Fernando!, lo que me queda de este pliego con noticias más gratas, que no pertenecen a la serie de los hechos llamados históricos; son menudencias de la vida y observaciones del orden privado, de las cuales podremos sacar útiles enseñanzas. Mis impresiones acerca del carácter y cualidades de la Reina no pueden ser más excelentes: la veo todos los días, me honra departiendo conmigo familiarmente sobre diversos asuntos, y he formado el juicio de que tendremos en ella una gran Soberana. Buena falta nos hacía. Llevamos una temporadita de reyes malos, que ya, ya... Si tantas calamidades, léase Carlos IV, Fernando VII y María Cristina, vinieron sobre esta nación por los pecados de los españoles, ya debemos de estar limpios, porque la expiación ha sido tremenda.      Pues sí: hablo a menudo con nuestra gloriosa Reina, y siempre acabo diciéndole que si la queremos tanto es porque esperamos que deje tamañita a la primera Isabel. Ella se ríe: advierto a usted que es donosísima y muy salada, y que se va desarrollando tan bien que ha de tener el cuerpo de una mujerona. Su inteligencia es de las más vivas: todo lo comprende; tenemos que atajarla en su anhelo investigador [63] y en su preguntar continuo de todas las cosas. De su corazón no hablemos: es tan tierno y sensible, que por su gusto a nadie se castigaría, ni a los mayores criminales. Su generosidad ha de ser tal, si no se pone mano en contenerla, que no habrá tesoros bastantes para cansar su mano dadivosa. Hasta en sus travesuras demuestra la nobleza de su alma, y en sus juegos y recreaciones late el españolismo más puro. De tal modo se compendia en ella la raza, que para tenerlo todo, no le falta ni aun la insubordinación, que por la edad y el rango viene a ser en Isabel una gracia. Aunque no ignora la etiqueta, apuntan en Su Majestad tendencias a quebrantarla por cualquier motivo, y sin darse cuenta de ello ama la igualdad. Vea usted aquí, mi Sr. D. Fernando, por qué tengo a nuestro ídolo por la representación más pura de los principios que profesamos.      La afabilidad de la Reina fácilmente viene a parar en confianza, y sus etiquetas acaban en bromear con todos nosotros. No podemos resistir al encanto de sus donaires, y gozamos cuando nos demuestra con graciosas burlas su estimación. Yo digo: «¿No es esta confianza prenda segura de la feliz concordia entre la Monarquía y el Pueblo? Si la Reina ama al pueblo, si ante él no se muestra jamás estirada ni orgullosa, [64] ya tenemos realizado el fin supremo de ver reunidos, formando un solo ente, la Libertad y el Trono. Haya confianza mutua, y estamos salvados. Familiarícese la Reina con sus súbditos, y éstos con su Reina, y veremos el ideal de los estados florecientes». Decíame Don Manuel José Quintana, con quien he hablado más de una vez de asunto tan capital, que él quisiera más formalidad en Isabel II, menos propensión a familiarizarse y dar bromitas. Confía en que la edad y la educación modificarán este aspecto del carácter de la excelsa Soberana, y en que el ejercicio de la potestad le dará el grave conocimiento de la dignidad regia. Opine lo que quiera D. Manuel, los niños son niños, y cuanta más viveza y desenfado nos muestren, más claramente nos anuncian un fondo de lealtad. Por mi parte, cultivo la confianza de Isabel, y me congratulo de que me tome afecto, correspondiéndole yo con todo mi amor de súbdito fiel, para que la señora me perpetúe en su servicio. Tiemblo de pensar que los cambios políticos me priven de una posición en la que veo resuelto el problema de mi vida, permitiéndome disfrutar de un reposo muy honorífico al término de una juventud ignominiosa. ¡Qué buena es la regeneración del hombre, y qué saludable y útil! [65]      Adelante, mi querido amigo. Voy a contarle a usted que D. Manuel José Quintana, con ser el respeto mismo, no se ha librado de la graciosa, inocente malicia de Su Majestad y Alteza para poner motes. Me he permitido preguntar a las augustas niñas qué fundamento tiene y de dónde han sacado el remoquete de Tío Pasahuevos con que designan al gran poeta; pero ninguna de las dos ha sabido contestarme, y rompen en divinas carcajadas cuando les hablo de esto. Hayan sacado el tal nombre de algún entremés que han leído, háyanlo inventado ellas, no encierra significación ni malicia. Por Palacio se ha corrido la voz de que la Reina y Princesa habían dado al cantor del mar una pesada broma, y sobre ello debo hacer, después de referir a usted el bromazo, las rectificaciones oportunas. Es el caso que el señor Intendente entregó a las niñas, como regalo de la Fábrica de Moneda de Segovia, grande porción de ochavitos de plata, acuñados en aquel establecimiento. Lo que agradecieron Isabel II y su hermana este obsequio, fácilmente lo comprenderá usted. El juguete era de los más lindos; guardaban las niñas su tesoro en preciosos saquitos de seda, y se divertían contando cada una lo suyo, y haciendo distribuciones y partijos para reunirlo después y guardarlo: tan [66] encariñadas estaban con los chavitos de plata, que no daban uno a sus meninas ni por un ojo de la cara; y al mismo Quintana, que les pidió media docena para obsequiar a su sobrinito, se la negaron. Esto sucedía no hace tres semanas, y no hará diez días que corrió por Palacio la especie de que la Reina y la Princesa habían mandado traer unas yemas, e introduciendo moneditas en algunas de ellas, diéronlas a comer a sus servidores, y que D. Manuel fue uno de los que cayeron en el engaño y se tragaron con el dulce el pedacito de plata. Añadían que la travesura había sido ideada por la Princesa de Asturias, y puesta en ejecución por la Reina, que supo meter el matute con disimulo y arte en el sabroso corazón de la yema. Y como después de tragada la pieza insistiera el ayo en que sus excelsas alumnas le dieran las monedillas, empezaron ellas a batir palmas y a reír como locas, y Luisa Fernanda le dijo: «¡Pero, tonto, si la tienes ya dentro de tu barriga!»      Esto se dijo; y la malicia moderada, que no duerme, y de todo suceso, por insignificante que sea, saca partido para ensalzar a los suyos y vilipendiar a los de acá, trató de ridiculizar al respetabilísimo señor y maestro de la Reina y Princesita, por permitir a sus alumnas chanzas de este jaez. Pues bien, Sr. D. Fernando, [67] el hecho es cierto; pero el tragador del ochavo no fue Quintana, sino un servidor de usted, con lo cual queda probado que no hubo falta de respeto, pues las Reales niñas distinguen con su confianza, y nada tenía de indecoroso que en mí, como en humilde criado, ejercieran sus travesuras. Lo que habría sido irrespetuoso en D. Manuel José Quintana, figura magna del Reino, así en la literatura como en la política, varón digno de todo acatamiento por sus virtudes, por sus talentos y por sus años, no tiene gravedad alguna tratándose de mí, que nada soy ni nada valgo; si me quitan la casaca bordada, me quedo en clase de nulidad o de pelele para que conmigo se diviertan los chicos. Y si los de las calles podrían tomarme por juguete, ¡con cuánto mayor motivo podrán hacerlo los que a sus sienes ciñen la real diadema! Por lo demás, no llevaré mi condescendencia hasta sostener que me supo bien la pega, pues pasé veinticuatro horas con mediana ansiedad y en una expectativa dolorosa, si bien los retortijones no fueron tan acerbos como al principio temí. Puestas las cosas en su lugar, sólo tengo que añadir que en ello demostraron mi Soberana y la inmediata sucesora al Trono su donosura, señal de inteligencia y de la confianza con que me distinguen. Que esta [68] confianza dure, que con la edad se amplifique y extienda, trayéndonos la perfecta familiaridad entre el pueblo y la Corona, y seremos felices.      Creo en conciencia, y así lo digo a mis amigos, que todos nuestros esfuerzos deben dirigirse a modelar el carácter de Isabel II de modo que tengamos en ella una Soberana ferviente devota de nuestras ideas, un Jefe del Estado que pertenezca en cuerpo y alma al Progreso, y que excluya para siempre de sus consejos al infame moderantismo. Lo que del regio carácter conozco y veo me permite creer que así será; pero no hay que descuidarse, porque el enemigo, encastillado aquí en buenas posiciones, aprovecha cuantas ocasiones se le presentan para infiltrarse en la voluntad de nuestra muy amada Reina.      Y ya que de esto me ocupo, y he tenido la inmodestia de hablar de mí, apuntando los servicios que presto, y los mayores que puedo prestar aún a nuestro partido, acabo de quitarme la máscara de la vergüenza para decir a usted que me convendría muy mucho... a fin de realzar mi dignidad y darme en Palacio el lustre que no tengo... me convendría, digo, que el Serenísimo Regente me designara al señor Ministro de Gracia y Justicia como acreedor a ostentar [69] junto a mi nombre un título de Castilla, cosa en verdad no difícil, dada la antigüedad y nobleza de mi alcurnia, pues con revalidar alguno de los que pertenecieron a la casa de Centurión y que por incuria están preteridos, basta para llenar este vacío que hoy siento y que usted en su buen juicio apreciará. No lo olvide, y aproveche para darme ese gusto la primera coyuntura que se le ofrezca, en lo que dará un nuevo motivo de agradecimiento a su invariable y ferviente amigo. Mariano. Del mismo al mismo 14 de Octubre.      Apenas franqueada en el correo mi carta de ayer, llegó a mi noticia que D. Diego León ha sido condenado a muerte, y que mañana, ¡ay dolor!, se ejecutará la terrible sentencia. Me apresuro a comunicárselo, y omito por falta de tiempo los comentarios que este grave suceso me sugiere. Aún tengo esperanza de que un acto de clemencia detenga la mano de la justicia. Corren voces de indulto, y si viene, no seré yo de los últimos en aplaudirlo. Soy de los que piensan, mi buen D. Fernando, que sería torpeza insigne dar al bando contrario la ventaja que supone una víctima como León. Lo [70] que han perdido por su criminal atentado, lo ganarían con la gran fuerza sentimental que ha de darles el martirio de un héroe. En fin, no soy yo quien ha de decidirlo, y el señor Regente sabrá lo que más conviene al país y a la libertad. Suyo devotísimo. -Centurión. - VII - De D. Serafín de Socobio a D. Fernando Calpena 16 de Octubre.      Señor mío: Escribo a usted de tal modo traspasado por el dolor, que no acierto a concertar mis ideas con la buena estructura gramatical. El dolor desquicia mi entendimiento, y éste desconoce el arte de dirigir la pluma. Perdóneme usted; vaya leyendo hasta donde pueda, y lo que le resulte oscuro interprételo con buena voluntad.      Se confirmaron ¡ay! las corazonadas que a usted manifesté en mi carta de anteayer. No hubo clemencia. Ésta es virtud de las grandes almas, y la del Regente, con perdón de usted, de puro pequeña es totalmente invisible. Desearíamos creer que ese hombre no tiene alma. No obstante, como cristiano digo que quien no [71] la tuvo para la clemencia la tendrá para el arrepentimiento. De nada valieron los esfuerzos de tantas personas sensibles y honradas para enternecer el corazón de piedra del señor Duque-Regente. La marquesa de Zambrano, madre política del héroe condenado, se arroja a los pies de Su Alteza; la propia Doña Jacinta intercede con lágrimas. La Reina quiere escribir una cartita al tirano, y no la dejan. ¿Qué más? La Milicia Nacional, en quien el hombre de corazón duro funda y apoya su prepotencia, le dice: «No mates a León»; y el hombre fiero responde: «Yo no mato a León: le mata la Ley».      ¡Buena está esa Ley, que todos han hollado! ¡La Ley! ¡Del felpudo que han puesto como un guiñapo a fuerza de pisotones, quiere hacer Espartero un inmaculado emblema de la Justicia!... El argumento empleado por Roncali en la defensa de León no tiene réplica, y fue como decir al Regente que no podía tirar la primera piedra. Y es de oro lo que dijo uno de los jueces, el general Grases: «Si por sublevarse condenan a un hombre, ahorquémonos todos con nuestras fajas». No le relato a usted el juicio porque carece de interés: la carta que encontraron a León, y que éste no se cuidó de arrojar de sí, le comprometía seriamente. ¿Pero qué [72] importa todo esto? No era posible negar su parte en la conjuración. No se trataba más que de saber si merecen la muerte los que faltan a la disciplina con móviles políticos. Era un hecho que obedecían a la Regente legítima congregando al Ejército para reponerla en su autoridad. No eran desleales, no eran traidores: cumplían un deber sagrado. Yo reconozco que Espartero, en su posición, siquiera ésta sea usurpada, no podía apreciar el caso del mismo modo. Pero sobre el criterio estricto de la Ley están el buen sentido y el principio cristiano que dice: «O todos o ninguno». Espartero no ha mirado el porvenir, no ha visto las tremendas represalias. Lagos de sangre formará pronto el arroyo que sale de las venas de los primeros mártires: acusan los unos con razones; la defensa razona cumplidamente, y entre estos dos grupos de razones está Jesucristo con los brazos en cruz, que dice: «Sois unos grandes fariseos, esclavos de la letra. Callad y haced lo que en vuestro gárrulo lenguaje llamáis la vista gorda, perdonándoos la falta que unos contra otros y otros contra unos habéis cometido. Todos sois jueces, todos sois reos; los sillones del tribunal son banquillos de acusados, y las causas que escribís hacen víctimas de los verdugos y verdugos [73] de las víctimas, según se las lea por el derecho o por el revés».      Acongojado escribo que no hubo perdón, y a ratos me pasa por la mente la terrible idea de que para los grandes fines españoles y humanos el no haber perdón ha sido provechoso, pues la causa que con víctima de tal calidad se fortalece es causa ganada, y la que con tan torpe barbarie se envilece causa perdida es. A los sacros derechos de la Reina Gobernadora faltaba un holocausto: ya lo tiene... Mas por de pronto, el doloroso sacrificio hace brotar de nuestros ojos ríos de lágrimas. Lloremos, y nuestro llanto, mezclado con la sangre, fecundará la tierra.      Soy Hermano de la Paz y Caridad. ¿No lo sabía usted? He prestado auxilio a muchos reos de muerte, bandidos los unos, desgraciados aventureros políticos los otros, y aunque mi corazón está encallecido por las emociones de estos espectáculos y trances dolorosísimos, he sentido ahora la mayor angustia de mi vida. Era para volverse loco ver a tal hombre, en la plenitud de la vida, del vigor, todo nobleza y generosidad, separado de la muerte sólo por un instante y por una palabra. El instante, al tiempo implacable pertenecía; la palabra pudo salir y no salió de la boca de un déspota, que [74] quiso engrandecerse haciendo el papel de Fatalidad... No puedo expresar a usted mis sentimientos en aquellas horas del día 14 y de la mañana de ayer 15, día de la gloriosísima doctora Santa Teresa de Jesús. Llegué a creerme víctima de un sueño, de espantosa pesadilla, y que nada de lo que veían mis ojos era verdad. Hombre no me parecía ya el excelso León, sino más bien un ser sobrenatural y fabuloso. Le fusilaríamos, y las balas rebotarían en aquel pecho que ha sido el primer baluarte del honor patrio... Imposible que la muerte destruyera un ser tan grande, Aquiles que ni en el talón ni en parte alguna de su cuerpo podía ser vulnerable. ¡Qué llamear el de aquellos ojos negros, qué fiereza en la hermosura de su rostro, qué gallardía y robustez en su talle y apostura! Le vi por primera vez cuando acababa de confesar; le vi cuando mandó que rompieran en tres pedazos su lanza de combate; le vi cuando dijo con voz de trueno: «¡Y he de morir yo!...» le vi también resignado y tranquilo, platicando sosegadamente con Roncali; le vi y le hablé yo mismo, sin que pueda recordar ahora qué palabras comunes salieron de mis labios, ni descifrar las que él con tanta gravedad pronunció... y turbado de ver tanta desdicha en quien merecía todas las venturas, [75] y de considerar tan cerca del sepulcro al hombre más arrogante del Ejército español, al primer caballero del siglo, me salí despavorido, como el que presencia una grave alteración del orden de Naturaleza. El mundo se desquiciaba; tales abominaciones no podían pasar sin algún grave desconcierto en la máquina universal. Ausente de la capilla, vi a León tan grande, que los hombres en derredor suyo parecían hormigas. ¿Cómo podían matarle las hormigas, ni el feo y negruzco hormigón llamado Regente por uno de estos artificios de lenguaje que usamos en nuestra república de insectos?      La curiosidad llevome de nuevo a las lúgubres salas de Santo Tomás, y si hubiera tardado un minuto no habría visto salir al mártir para el lugar del suplicio... Me agregué a mis compañeros de la Hermandad que iban en el último coche, y seguí la fúnebre comitiva. De gran uniforme, cubierto el pecho de cruces, iba el General en carretela descubierta, a su lado el sacerdote, enfrente Roncali... ¿Qué pensaría el hombre que llevaban a ajusticiar cuando, al pasar la vista por las tropas que cubrían la carrera, reconoció los cuerpos que se habían comprometido con él para el movimiento del 7? Eran los que debieron ser suyos, y tan no eran ya suyos, que le conducían al matadero. [76] ¡A esto se llama justicia! Carnaval trágico debiera llamarse. Por momentos creí que León era conducido a una apoteosis, que aclamado sería por las tropas, y que éstas se volverían contra Espartero. ¡Y qué día espléndido, qué sol de fiesta, qué ambiente de alegría! Madrid quería estar fúnebre, y el cielo quería reír. La gente se agolpaba en la carrera por toda la calle de Toledo, resplandeciente de luz y de color; y cuando veía pasar al reo, tan gallardo y hermoso en su serena resignación, figura militar incomparable, que simbolizaba en la mente del pueblo las hazañas más estupendas de la guerra y los prodigios más extraordinarios del valor español, no daba crédito a lo que miraban sus atónitos ojos. No era así la Historia de España que estábamos acostumbrados a ver, compuesta de alternados espectáculos de revoluciones y patíbulos. No iban a la muerte hombres como aquél, que todo lo podían, que con un poco de suerte habrían destruido en un santiamén el régimen imperante. No podía ser que los sublevados cometieran las torpezas de la noche del 7, ni que Espartero tomara tan cruel venganza. Personas hubo (y así me lo han dicho más de cuatro) que no se persuadieron de la verdad del fusilamiento hasta que sonaron los tiros. La Milicia Nacional, que formaba en la plaza de la Cebada, [77] donde hoy está Novedades, le vio pasar con pena, y si la dejaran le habría tocado el himno de Riego, y cogídole en brazos para pasearle en triunfo. Y, sin embargo, Don Fatalidad manchego se salió con la suya. Había dicho muerte, y muerte fue.      No puedo pintarle a usted, Sr. de Calpena, mi impresión de piedad y espanto, cuando León, a quien vi en aquel instante como si tocara el cielo con su cabeza, se plantó en actitud majestuosa ante los granaderos, y les gritó: «¡No tembléis... al corazón!» Oyéndole estoy todavía. ¡Qué voz!... Yo miré a todos lados. ¿No vendría en aquel instante algún emisario de Espartero trayendo el indulto? No, señor, no vino nadie... Huí despavorido... A no sé qué distancia oí la voz del General dando los gritos de mando... Todavía los oigo, ¡ay!... después la descarga. Huí más rápidamente, aterrado, como si me persiguieran demonios, y me vi envuelto entre soldados. No quise ver al coloso muerto, ni me parecía que había suelo en que cupiera tan gran cadáver... No sé por dónde me vine a casa. Mi familia creyó que me había vuelto loco... Perdí el sombrero... y la cabeza con él. [78] Octubre 17.      Alea jacta est. A la bárbara provocación contestamos con un terrible «nos veremos». Contados están los días de este hombre, a quien no califico por respeto a la cordial amistad que usted le profesa. Si España ha de vivir, si España ha de ser algo más que un charco de ranas, entiéndase ayacuchos, urge apartar del Gobierno a esta gente, que quiere conducirnos a la disolución y anarquía más espantosas. Y la salvadora empresa debe empezar por la desinfección del Alcázar de nuestros Reyes, donde más que ninguna otra parte es nociva la pestilencia del Progreso. Pone los pelos de punta el pensar que inculquen a nuestra Soberana doctrinas peligrosas, y que la educación en general sea deplorable, liberalesca, y un si es no es enciclopedista. ¡Abominación y escándalo! Los que vemos en la calle a las regias personas, cuando pasan hacia el Retiro, hemos notado que están desmejoradas y que van perdiendo carnes de día en día, señal por lo menos de que no viven alegres, y de que se las martiriza con estudios impropios de su edad. Claro que en mis juicios acerca del nuevo estado palatino no voy tan lejos como el vulgo, que ha pronunciado sentencia terrible contra Quintana y Argüelles, dando [79] a éste el revolucionario mote de Zapatero Simón. No diré yo que las augustas niñas sufran malos tratos, hambres y golpes; pero debemos ver siempre en las exageraciones populares un fondo de verdad, y reconocer que ni el ayo ni el tutor son hombres cortados para la cría de reyes. Me consta que alguno de los preceptores ha hecho alarde de un descarado democratismo. No hay tiempo que perder: libremos pronto a nuestra Soberana de esa maligna influencia; y como al propio tiempo que se ha de barrer el suelo de la Nación hasta que no quede ni el menor rastro de progresismo, hemos de procurar que la Reina se penetre bien de la sana doctrina moderada, para que ésta sea norma de su conducta en lo por venir, y tengamos un reinado próspero, pacífico y glorioso.      Convendrá usted conmigo en que si el progresismo no es exterminado de modo que no pueda volver a levantar la cabeza, nuestra patria parecerá víctima del desgobierno y la anarquía. Sobre que estos hombres no pecan de escrupulosos en la administración del procomún (con excepciones, amigo mío, con raras excepciones que reconozco), no hay manera de hacerles comprender que las teorías políticas extranjeras más dañan que benefician trasplantadas a nuestro país. Son además groseros, visten [80] como espantajos, se pagan de la patriotería declamatoria, y todo lo arreglan con palabras huecas, sin sentido. No miran por los intereses creados, reforman sin criterio, persiguen a las clases conservadoras, aborrecen las camisas limpias, confunden la libertad con la licencia, y no saben poner sobre todas las cosas el principio de autoridad.      De los asuntos particulares que se ha dignado confiarme, nada nuevo puedo comunicar a usted. Estos días han sido inútiles para los negocios, y no he puesto los pies en ninguna oficina, seguro de no encontrar a nadie, o de hallar a mis señores funcionarios distraídos y atontados con los graves sucesos políticos. De añadidura, tenemos ahora el estero, que son tres días de holganza. Con todas estas demoras y la ignorancia del progresismo, bien puede decirse que no hay Administración. Vengan pronto Dios o el Diablo a traernos la vida, que no es otra cosa que el orden. Suyo, etc. -Socobio. [81] - VIII - Del mismo al mismo 29 de Octubre.      Mi Sr. D. Fernando: Demos gracias a Dios y a nuestro amigo D. Eduardo Oliván e Iznardi, uno de los pocos mortales que no comen el pan de la cesantía, por virtud especial que posee para salir a flote en todos los naufragios; démosles gracias, digo, porque sin ellos no podría yo mandarle noticias del expediente de Hacienda, ni de la favorable nota con que lo ha despachado la Asesoría general... Pero ha de saber usted que antes de llegar al señor Ministro, forzoso es que pase por tres o cuatro de los llamados centros, donde emplearán las semanas de Daniel en leerlo y resobarlo, en escudriñar precedentes y compulsar las distintas jurisprudencias que atañen al caso, antes de que se aproxime a la superior resolución. Reúna usted, pues, mi buen amigo, toda la paciencia necesaria, y apriete los resortes para que tanto en Madrid como en Barcelona operen con rapidez y desembarazo, resolviendo de plano y a gusto [82] de la parte interesada. Aproveche usted la situación presente, en la cual goza de toda la influencia, y de ninguna su infatigable enemigo el señor marqués de Sariñán y Villarroya, que si las tornas se vuelven pronto, como espero, y el moderantismo empuña el mango de la sartén, el señor Marqués será poderoso y usted no.      Hablé del caso con D. Manuel Cortina, uno de los pocos progresistas que merecen un trato afable y consecuente, y su opinión es que a los mayorazgos de Centellas y Valldeveu, de los estados de la casa de Loaysa, no pueden afectar las reclamaciones de la Real Hacienda contra la casa de Idiáquez. Esto es lo único que puede decir sin conocimiento de los orígenes de la cuestión. Secuestrado muy a su disgusto por la política, pronto reanudará los trabajos de bufete, y lo primero que detenidamente estudie será el asunto que a usted tanto inquieta. Así lo ha escrito a la señora Condesa en reciente carta; y ya que la nombro, no dejo pasar yo tan buena ocasión sin tributarle, por conducto de usted, mis homenajes más respetuosos.      Amigo mío, despeje su ánimo de esas aprensiones, y tome el camino de La Guardia, donde lo menos que puede hacer es casarse, si han llegado ambas familias a una feliz inteligencia... Quiero que conozca usted las contradictorias especies [83] que corren por aquí acerca de esa boda, que tan pronto se nos presenta por el lado claro, tan pronto por el oscuro. Mi primo D. Vicente de Socobio, canónigo patrimonial de Vitoria, en cuya casa pasó su grave enfermedad el señor D. Pedro Hillo, me escribe acerca del particular algo que no se compadece con las referencias del Sr. D. Víctor Ibraim, capellán de honor en la Real Casa, el cual asegura que la boda es un hecho, mas con variantes que han de causar grande sorpresa. No se casa usted con Demetria, sino con Gracia, y aquella sin par señorita, cuyas virtudes trompetean cuantos la conocen, ha resuelto consagrar su preciosa vida a vestir imágenes, o encerrar su virtud en las Huelgas de Burgos. Áteme usted esa mosca. Y cuando no me había repuesto del estupor que esta noticia me causó, viene mi tío Frey D. Higinio de Socobio y Zuazo, de la Orden de Calatrava, y me dice que Santiago Ibero ha dado un tremendo esquinazo a la niña menor de Castro-Amézaga, la cual, furiosa de verse plantada, no halla mejor consuelo de su desaire que aceptar las propuestas del férvido marqués de Sariñán. Bien podía usted enterarme de la verdad, si la sabe, en este juego de las dos niñas, que tan pronto se casan como se enclaustran, y de si triunfan los Idiáquez, pues desde aquí estoy viendo la [84] cuarta de jeta que alarga Doña Juana Teresa, si, como se dice, logra incorporar a su estado los predios de Páganos y Samaniego.      Y para que mi confianza, Sr D. Fernando, sea estímulo de la suya, le contaré lo que por mí mismo he podido averiguar, valiéndome de una terrible encerrona que di a Santiago Ibero la semana pasada. Le cogí por mi cuenta en el casino de la calle del Príncipe, y solos en un apartado aposento traté de confesarle. Mas no valían con él indirectas, y a mis preguntas sólo contestaba como el lego que reparte la sopa de San Francisco, echando cucharadas del caldo de arriba. «Hermano -le dije-, eche de profundis»; y, por fin, sacó de lo más hondo una parte de sus secretos, una parte no más, la que principalmente nos interesa. Pues el caso es que ha roto su compromiso con Gracia porque no se cree digno de ella. Añade nuestro buen amigo que se tiene por un miserable, que él mismo se desprecia y qué sé yo qué. Se ha pasado con armas y bagajes a la literatura de tumba y capuz de que tanto nos hemos reído, y sus melancolías entiendo que son una enfermedad ocasionada por desvaríos de amor. Me da mucha pena el pobre Santiago, que es un pedazo de pan, un niño cándido, de altas ideas y caballeresca voluntad, cuando no se deja embromar [85] por los mengues. Le hacía falta un buen amigo que le sacara de estas obscuridades; su apagada razón necesita otra refulgente como la de usted para lucir como debe.      Bomba. Sepa usted que Su Alteza Serenísima (hablo del Regente) emprenderá un viaje a Zaragoza, en busca de popularidad según creo, pues la de aquí parece que se le va disipando. El pobre señor no se ha enterado todavía de que el movimiento era contra él, contra su desdichada administración, contra su ineptitud para el gobierno. En sus alocuciones disimula la escama diciendo que los sublevados iban contra la Voluntad Nacional, contra los sacros principios, etc... Me recuerda al baturro que habiendo recibido un par de coces en la obscuridad de una cuadra, gritó: Alumbra, Magalena, que la borrica me ha tirao una coz, y no sé si me ha pegao a mío a la paré. Yo le diría a Su Alteza: «A la pared, señor mío, que es usted, y a usted, que es la pared, pues pared y Regente se confunden en una sola persona dura».      Supongo que irá usted a verle, y él le contará sus cuitas, que no son pocas, y algún proyecto descabellado para conjurar la tormenta que se le viene encima. ¿Querrá encomendarse a la Virgen del Pilar para que le saque del atolladero? No, no: la Pilarica no puede amparar al [86] que se complace en conceder mercedes a los rufianes y en fusilar a los caballeros... Dispénseme usted que le hable con esta libertad. Mi indignación no conoce freno: ansío que venga de la parte de Francia nueva tanda de paladines, bien repuestos de armas y de todo el oro francés, inglés o turco que puedan allegar, para que salgamos de esta esclavitud degradante. La jugada de Septiembre fue muy fea, y juro por el Cirineo de Cascante (como dicen los brutos de mi tierra) que nos la han de pagar. Noviembre (no marca el día).      Vivimos en la más estúpida de las tragedias, y hechos a sus horrores, hablo a usted de fusilamientos, como hablaría de una moda flamante o de una función de teatro. Ayer le quitaron la vida al pobrecito Boria, un teniente, una criatura, un héroe barbilampiño que hizo prodigios de bravura en el ataque a la escalera de Palacio. No quise ir a verle en la capilla; pero los Hermanos que fueron me han contado que no se ha visto otro ejemplo de fortaleza y elevación de ánimo. ¡Pobre niño, excelso mártir de la más gloriosa de las causas! El subteniente Gobernado sufrió la misma pena. No sé si he dicho a usted que días pasados pereció [87] también el brigadier Quiroga. Estas carnicerías se repiten con tal frecuencia, que ya se nos van de la memoria las víctimas, y cada día decimos: «¿a quién le toca hoy?...». Pero el que demuestra disposiciones más felices para la extirpación de españoles es el tal Zurbano, el Marat del Progreso, que en tierras de Vizcaya y Rioja se despacha a su gusto, repartiendo tiros sin ton ni son y llenando el suelo de cadáveres. Ahí tiene usted un esparterista que sabe su obligación. ¿Han llegado a conocimiento de usted las bárbaras proezas del hombre de la zamarra, personificación del fanatismo liberal en su más salvaje aspecto? Pues entérese y estudie el caso, que es interesante, pues estas violencias traen, en el ordenado vaivén del tiempo y de la historia, su propia reparación, y los que deseamos la ruina de esta Regencia, aplaudimos a los Zurbanos que se cuidan de desacreditarla y de hacerla odiosa. Vamos bien.      Ya tiene usted a su ídolo en Zaragoza, recibiendo el delirante aplauso de los nacionales. No le vale su escandaloso abuso de la oratoria militar, y caerá entre los mismos ruidos de su levantamiento. El trágala que en Septiembre del 40 cantó el señor Duque a la Reina madre, se lo cantarán pronto a él, con la propia música, los caídos del año anterior. La historia se [88] repite con acompasado amaneramiento, y los grupos o gavillas de hombres alternan en las mismas formas salvajes de darse y quitarse la tranca de gobernar. Ya oigo a los míos cantando bajito lo que mañana cantarán bien alto:                                                  A la tira-floja perdí mi caudal;                                    a la tira-floja lo volví a ganar.      Sea usted indulgente, mi buen amigo, con la irrespetuosa sinceridad de su devotísimo servidor. -Socobio. - IX - De D. Fernando Calpena a D. Mariano Díaz de Centurión Sitges, Diciembre.      Señor mío y amigo: La delicada salud de mi madre, que en el presente invierno ha redoblado mi inquietud, es el único motivo de mi permanencia en Cataluña, motivo que basta y sobra para que aquí nos plantemos, ella porque se encuentra en la costa de Levante mejor que en parte alguna, yo porque no quiero ni debo separarme de su lado, y no estoy bien sino donde ella está. Buscando un retiro sosegado, ameno, [89] de alegres horizontes por mar y por tierra, de ambiente puro, de vecindario sencillo y poco bullanguero, he creído encontrarlo en esta preciosa villa de Sitges, situada como a siete leguas al Sur de Barcelona, en la misma orillita del Mediterráneo. El mar es azul, la villa blanca, toda blanca; mirada de lejos, como un nido de palomas o de cualquier especie de aves cuya saliente cualidad sea la blancura; de cerca limpia, risueña, hospitalaria, amiga. Imposible ver este pueblo sin amarlo y querer ser suyo. No se ría usted: aquí es uno un poquillo poeta sin saberlo, sin intentarlo; sólo que en la expresión flaqueamos los que no hemos recibido del Cielo el sagrado numen. De los habitantes poco puedo decir aún, porque apenas los conozco; pero a la primera observación me han parecido sencillotes y honrados, de trato dulce, de carácter tímido, respetuoso con el forastero. Los ignorantes no llegan a zafios, y los más pobres parecen contentos de su estado, de la hermosa tierra que pisan y de la compañía de aquel mar placentero. Denme un pueblo que sepa los rudimentos de la cortesía, sin perder su rudeza, y no lo cambio por el señorío de ninguna ciudad grande.      Aquí nos instalamos hace seis días, alquilando una de las mejores casas del pueblo, [90] asentada en una peña donde rompen las olas; hemos traído de Barcelona todo el mueblaje necesario, de lo mejor que había, y ya falta poco para que nuestra vivienda sea el non plus ultra de la comodidad. He comprado una falúa magnífica, la mejor que se ha podido encontrar por aquí, sólida, grande, gallarda, provista de cuanto ordena el arte de la navegación a la vela y al remo. Los más hábiles carpinteros de ribera, los mejores calafates y los más entendidos artífices en obras de mar se ocupan en componerla y decorarla; será el asombro de Sitges y de los cercanos pueblecitos costeros; quiero que tenga la majestad, la hermosura y elegancia de un galeón de príncipes, o del maravilloso barquito en que salía de pesca la señora Cleopatra, según narra Suetonio, y si no es Suetonio, otro será el que lo cuente. Mi madre gusta mucho de los paseos marítimos, y yo he querido proporcionarle este recreo, que para mí también lo es. Siempre que haya buen tiempo nos lanzaremos al mar, llevando un patrón que, por las trazas, llama de tú a Neptuno, y ocho marineros que son la envidia de todo el personal de la costa, sólo por estar a nuestro servicio. Si queremos pescar, pescamos, y si no queremos más que deslizarnos mansamente sobre los hombros del Mediterráneo, sin otra ocupación [91] que admirar los grandiosos espectáculos de la costa, así lo haremos. Hemos bautizado a la barca con el lindo nombre de Nuestra Señora del Pilar.      Porque mi madre está contenta lo estoy yo, y porque su salud es aquí mejor que en otra parte, amo a este país. Claro que la felicidad completa, la íntegra satisfacción de los ideales y de los deseos no la tengo, no, y soberbia loca sería pedir al destino lo que rara vez es concedido a los mortales. Poseo muchos bienes, ¿quién lo duda? Pero alguno me falta, y en el vacío de esta falta suele hacer su nido la tristeza... Pero dejemos este asunto, cuya oportunidad es muy dudosa, y vamos al que principalmente motiva la presente.      Me hará usted un señalado favor, amigo Centurión, averiguando con la mayor prontitud posible qué es de Santiago Ibero, dónde está, qué le ocurre y por qué no ha contestado a las cinco cartas que desde Octubre le llevo escritas. A mí han llegado noticias contradictorias acerca de ese para mí tan caro amigo, algunas tan absurdas que no me atrevo a darles crédito, otras bastante extrañas y oscuras para llenarme de inquietud. Ruego a usted encarecidamente que le busque por todo Madrid, que indague y escudriñe cuanto pueda, hasta [92] dar con la extraviada persona del que familiarmente llamábamos el ángel negro por su morena tez y lo candoroso de su alma. Me permito incluir una carta cerrada para que tenga usted la bondad de entregársela en propia mano en cuanto pueda ponerle la suya encima. Yo he sabido, por conductos indirectos, que el sujeto a quien escribo la presente es visitante asiduo de una familia manchega, relacionada íntimamente con otra de Madrid. Alguien hay en ésta que puede dar razón de los laberintos en que se nos ha perdido Ibero. ¿Ve usted cómo todo se sabe, amigo Centurión? Por las damas manchegas introdúzcase en el sagrado de las madrileñas, que no son otras que las hijas de Milagro, mi compañero en la secretaría particular de Mendizábal, y hoy Gobernador de no sé que provincia. Fue muy amigo mío y me sirvió en juveniles amoríos de que no quiero acordarme; conocí también a las chicas. Y a propósito: ¿la hechicera de nuestro amigo es la que tocaba el arpa y traducía del francés, o la otra? Me acuerdo de sus caras como si las estuviera viendo; pero sus nombres han volado de mi memoria. Creo haber oído que una casó con un tenor y otra con un militarcillo. Ánimo y a ellas... Pero no: ahora caigo en que estoy actuando de diablillo tentador, y podría suceder que por [93] buscar a un perdidizo se nos perdiera hombre tan sesudo como D. Mariano Centurión. No me meto a señalarle a usted caminos que tal vez estén erizados de malezas y obstruidos por zanjas peligrosas. Búsqueme a Ibero, y cácemele como pueda, procurando guardarse de todo mal en las trochas por donde le persiga.      No concluiré sin decir a usted, mi noble amigo, que sus cartas me agradan en extremo y que mi mayor ventura sería que usted no se cansase de escribirlas. Pero si la relación de los hechos, tal como usted la hace, no merece más que alabanzas, me permitiré indicarle que en el juicio de las personas y en las apreciaciones políticas se va un poco del seguro, llevado de sus resentimientos personales, y del apego, muy natural por cierto, a su flamante posición. Reconozco que es difícil juzgar con frialdad los hechos recientes, en los cuales todos los vivos tenemos alguna parte más o menos activa; la imparcialidad, virtud del espectador lejano, rara vez se encuentra en los que ven la función sobre la misma escena. No pido ciertamente una rectitud de juicio que no podría tener el que se entretuviera en describir un incendio situándose en medio de las llamas; pero sí mayor serenidad para calificar los móviles humanos de los actos políticos, pues hombres son los que [94] politiquean, los que en la prensa o en las Cortes, a plumadas o a tiros, conducen por estos o los otros caminos al rebaño que llamamos Nación. Paréceme que no revela conocimiento de la humanidad el atribuir cualidades tan contradictorias a los que en uno y otro bando luchan por sus ideas, ni el suponer que éstos son ángeles y aquéllos demonios, que los de acá proceden por estímulos honrados y todo lo que piensan y hacen es la misma perfección, mientras los de allá no imaginan ni ejecutan nada que no sea perverso, criminal y desatinado. Con semejante criterio no lograremos fundar aquí sólidas instituciones, ni con tal manera de combatir se puede ir más que a la continua guerra civil, al desorden y a la barbarie.      Seamos menos exclusivos en nuestras apreciaciones, y no abramos un foso tan profundo entre las dos familias. Diré a usted que conozco a no pocos moderados que son personas excelentes, y todos conocemos a más de cuatro liberales sin ningún escrúpulo. Cosas muy buenas han legislado y dispuesto nuestros amigos, y otras que son evidentes disparates. No todo es oro acá, ni allá todo escoria, que en uno y otro montón abundan el precioso metal y las materias viles. No debemos despreciar, tratándose [95] de política, las formas, amigo mío, las socorridas formas, necesarias en este arte más quizás que en ningún otro; formas pido a los hombres en lo que escriben, en lo que decretan, en lo que hacen; formas en el trato político como en el social, y sin formas, las ideas más bellas y fecundas resultan enormes tonterías. No desconocerá usted que nuestros amigos tienen mucho que aprender en cuestiones de etiqueta del pensamiento, de la palabra y de la acción, así como también digo que los moderados están igualmente necesitados de disciplina en este y en otros puntos...      Perdóneme el sermón, amigo mío, y siga escribiéndome con libertad, juzgando cosas y personas como usted las vea. Ahora caigo en que la mejor historia debe de ser la guisada en su propio jugo, la que habla el lenguaje de su tiempo... No haga usted caso del sermón: no he dicho nada. Lo que sí digo y repito, más impertinente yo cuanto más servicial usted y cariñoso, es que me busque a Ibero y le dé mi carta, que me escriba lo que acerca de él indague, dirigiendo la carta a esta encantadora villa de Sitges. Mil años de vida le desea su buen amigo. -Fernando. [96] - X - De la señora de Maltrana a Pilar de Loaysa La Bastida, Diciembre.      Aún estamos aquí, mi adorada Pilar: ni Juan Antonio ni yo nos decidimos a volver a nuestra casa de Villarcayo, mientras no se amortigüe este dolor inmenso. Cuatro meses ha que perdí a mi hija, y aún me parece que fue ayer, y que la casa está llena del terror, de las angustias de aquella muerte; la idea sola de entrar en ella me hace temblar. Tú no sabes lo que es esto. A Dios gracias, los niños se defienden bien del crudo invierno. Esta casa de La Bastida, aunque de pocas anchuras, nos ofrece la ventaja de su abrigo seguro y de su situación risueña en medio del campo poblado de vides, poco húmedo, con llanadas sin fin donde pasear. Los alimentos son superiores, las aguas purísimas, el clima mucho más dulce que en Villarcayo, lo que nos mueve a permanecer aquí todo el invierno, y no me pesa, no sólo porque nos sentimos más distantes de nuestro dolor, sino porque veo a Juan Antonio muy entretenido en el cuidado y mejora de las tierras [97] que poseemos en La Bastida y en San Vicente.      De mi padre sólo puedo decirte que se mantiene acartonadito; come y duerme, y no pierde ocasión de asegurar que ha decidido no morirse todavía; pero ya no es aquel D. Beltrán tan ameno y señoril, que fue el encanto de tres generaciones: su palabra tropieza cuando quiere usarla demasiado, y de su inteligencia, que rápidamente se amortigua, no brotan ya los destellos que nos causaban tanta admiración. Pásase largas horas sentadito en su poltrona, se hace leer alguno de los papeles públicos que llegan acá, dormita cuando los chicos le dejan solo, y en más de una ocasión le he sorprendido rezando quedamente, cosa nueva en él, pues nunca fue hombre de grandes ni pequeñas devociones; pero ello es hoy muy natural, y demuestra no sólo que Dios le llama, sino que él le oye y quiere acabar santamente sus trabajados años.      No necesito deciros cuánto se acuerda de vosotros; no cesa de nombraros; en la mesa, o jugando con los chicos, o de paseo, le oímos a cada instante: «¿Qué diría Pilar de esto? ¿Qué haría Fernando si tal viese?» Os quiere con delirio. Bien le conozco que tiene rabiosas ganas de irse con vosotros; pero su vejez le ha hecho tímido y ya no manifiesta sus deseos. [98] Yo le proporcionaría este gusto, que es sin duda el último aliento de una vida caprichosa, ávida de los placeres sociales; pero no me atrevo a mandárosle allá, ni aun con buena escolta de criados. El pobrecito no está ya para tales trotes. Podría quedársenos en el camino.      Y voy al asunto magno, Pilarica de mi alma. Novedades muchas y gratas tengo que contarte. La primera visita de las niñas de Castro fue de pura etiqueta de duelo, y nada pudimos hablar. Como estamos tan cerca, fuimos a La Guardia Juan Antonio y yo a pagarles la visita, y tampoco pude meter baza, por estar las damiselas en plena cautividad de Doña María Tirgo y de las de Álava, que de ellas no se apartaban un momento. Dios dispuso luego las cosas para nuestra satisfacción y gusto: lo primero que hizo fue agravar los achaquillos reumáticos de la Tirgo para que no pudiera moverse ni acompañar a las niñas en sus viajatas por estas tierras; y hecho esto, inspiró a Demetria y a su hermana la feliz idea de llegarse acá una tarde, con lo que vi el cielo abierto.      Llegaron las niñas el viernes de la semana pasada en un lindo coche que tienen ahora para pasear, y como yo les manifestara mi sorpresa, no inferior al gusto que me daban, Demetria me dijo: «Me moría de ganas de hablar [99] con usted, Valvanera, y si no me engaña el corazón, también usted tiene ganitas de hablarme...». Ganitas rabiosas -le contesté-: como que habíamos tramado ya Juan Antonio y yo tomaros por asalto el mejor día».      Encargada Pepilla de entretenerme a Gracia todo el tiempo que yo necesitara para explicarme con la hermana mayor, cogí a ésta por mi cuenta, nos encerramos, y allí fue el derroche de confidencias y sinceridades que voy a referirte. Ya era tiempo, ¿verdad?      Déjame que tome respiro, que no puedo escribir muy largo; me sofoco; paréceme que hablo todo lo que escribo, y me falta el aliento. Para contarte lo que hablamos Demetria y yo, parte aquel día, parte el lunes en Samaniego, punto concertado para pagarles la visita, tengo que emborronar lo menos seis pliegos. Empiezo por decirte que con tantas penas la joven sin par no ha perdido nada de su belleza grave, que crece y brilla más cuanto más se la mira. En el tiempo transcurrido desde la muerte de su padre, la entereza, don primero de esta singular niña, se ha fortalecido con los sinsabores de la terrible lucha con su familia y los Idiáquez... En broma, en broma, tu presunta nuera anda ya en los veintiséis años, cifra que nos induce a no perder más tiempo, y que nos da [100] la explicación de que haya roto el papel que viene sosteniendo, harto enojoso y duro de representar a estas alturas. La pobrecilla oye dentro de sí las voces que le dan sus veintiséis años, juntamente con el bullicio de la naturaleza y los clamores revolucionarios de la juventud que reclama su fuero. Ha llegado el momento crítico de su voluntad, que ya no quiere ser esclava, sino señora, cosa muy natural, y darse el gobierno de sus propias acciones. Sábado.      Mira, Pilarica, lo que se me ha ocurrido: en ello verás la explicación de haber tardado ocho días en referirte todas estas cosas, que parecerían un buen trozo de novela sentimental si no fueran la verdad misma. Escribilo de primera intención todo seguido, poniendo en forma narrativa los conceptos que Demetria y yo nos decíamos, mezclados con las observaciones que se me iban ocurriendo. Pero leído por Juan Antonio mi cartapacio, encontrolo pesado y oscuro, y no fue preciso más para que mi lastimado amor propio de historiadora me inspirara la idea de darle forma distinta, en lo que se me fueron los días con sus primas noches. He pensado que resultará mayor claridad [101] para la lectora presentándole la copia de estas largas conferencias en disposición semejante a la de un catecismo, con preguntas y respuestas, que hacen imposible toda confusión. Verás lo que digo, metiéndole a la niña los dedos en la boca, y lo que ella con sereno juicio y corazón henchido de nobles sentimientos me responde. A su tiempo sabré si me he lucido con mi catecismo, o si ello es una extravagancia de que tú y Fernando os reiréis a costa mía. No me importa, con tal que te enteres bien. Allá voy.      PREGUNTA MÍA. -Lo primero que tienes que explicarme, querida, es lo que pasó entre vosotros, tú y Fernando, cuando éste, después del Convenio de Vergara, te escribió por sugestión de su madre una carta muy afectuosa, diciéndote que se acordaba mucho de ti, y otras cosillas dulces y discretas. Era natural que fuese él quien primero se insinuase. Esperábamos que de esta correspondencia saliera lo que nosotros deseábamos, y tú también, por lo que ahora me dices. No podía Fernando espetarte una declaración a boca de jarro: necesitaba explorar antes tus sentimientos... Tres cartas de él cruzáronse con dos tuyas. ¿Qué razón hubo para que este correo se suspendiese bruscamente, y para que tu carta [102] postrera fuese la misma frialdad y como un delicado aviso de ruptura?      RESPUESTA DE ELLA. -¡Ay! no fueron tres las cartas suyas, sino dos; si en efecto escribió esa tercera carta, y verdad debe de ser cuando usted lo afirma, yo no la recibí, puede creérmelo. No debe sorprendernos esta falta, porque precisamente en aquellos días los de Cintruénigo apretaban las clavijas, queriendo vencerme, ya con los halagos, ya con el miedo; mi tía, absolutamente a devoción de ellos, pretendía secuestrarme la voluntad, el pensamiento y hasta la respiración. No nos asombremos de que Doña María, en un arrebato de celo, retuviese en su poder la carta que para mí llegaba. La enfurecía mi correspondencia con D. Fernando, y siempre que me encontraba con la pluma en la mano, teníamos un disgusto. En cuanto a la frialdad de mi segunda carta, la explicaré por una de esas tonterías que hacemos las mujeres, engañadas del falso arte de amor que hemos aprendido en los libros. Se me puso entre ceja y ceja que debía emplear el jueguecito del desdén con el desdén, y ya ve usted qué mal me salió el meterme en tales dibujos. Escribí la carta fría, creyendo que él la contestaría con otra muy fogosa; la carta de él no pareció... creí que no quería más cuentas conmigo. [103] Lo que padecí en largos meses, después de aquella fecha, sólo Dios puede saberlo... Aprendí entonces que en los casos graves de la vida, los disimulos y las comedias no traen nada bueno, y que siempre debemos proceder con rectitud, expresando lo que pensamos, y no desfigurando con artificios de mujeres vanas la verdad que sale de nuestro corazón.      PREGUNTO YO. -¿Y cómo, hija mía, no se te ocurrió poner en práctica la sabia regla que acabas de exponer? ¿Por qué no expresaste en tu segunda carta la verdad de tus sentimientos?      RESPONDE ELLA.- Fíjese usted bien, Valvanera: era la situación mía muy distinta de la de D. Fernando. Yo no había querido a hombre ninguno antes de conocerle y tratarle, en el terrible tránsito de Oñate a mi tierra por los altos de Aránzazu... Para mí fue D. Fernando desde aquellos días, más que un hombre, un ángel, un caballero bajado de los cielos... Yo le quería... lo diré todo claro, pues usted así lo desea... yo le quería, y considerándome indigna de juntar para siempre mi existencia con la suya, me consolaba queriéndole a mi modo, sola conmigo y con las imágenes de él, que no me dejaban despierta ni en sueños... Pues bien: si yo no había tenido jamás ningún amor más que el de que estoy hablando, él amaba, bien [104] lo sabe usted, a otra mujer... Y aunque es público y notorio que esta mujer le había dado unas grandes calabazas, él no renunció a ella, y el año 38, cuando fue a Miranda, revolvía la tierra por encontrarla, y ella por otro lado corría en busca suya, no sé si cuerda o loca... Después oí contar que el señor de Calpena anduvo por tierras de Vizcaya y Guipúzcoa disfrazado de trajinante, negociando secretamente con Maroto las condiciones del Convenio. Dijéronme que Zoilo Arratia, el maridillo de Aura, se había dejado los huesos en Peñacerrada... La noticia vino de Cintruénigo, con indicaciones de que los amantes de Madrid, los separados en Bilbao por inconstancia o traición, se encontraban de nuevo, y libres ambos, hacían paces duraderas... Verdad que todo esto fue desmentido por ustedes; pero cuando D. Fernando me escribió, después del abrazo de Vergara, no me constaba de una manera cierta que su pasión por la de Madrid fuese una hoguera totalmente apagada... Ha dicho usted que D. Fernando no podía empezar su correspondencia con una declaración, ni menos con propuesta de matrimonio. Pues menos podía yo hacerlo. Su carta era muy afectuosa, revelaba una gran estimación de mí; pero esto no me satisfacía. Digan ustedes lo que quieran, en mi primera respuesta le abrí [105] camino para que se declarara. Él, la verdad, estuvo a dos deditos de la declaración. Tuve yo la ridícula idea de coquetear, como antes he dicho, y todo lo eché a perder. Crea usted que la falta de libertad, la horrorosa imposición de mis tíos son la causa de que todo ello no se decidiera en pocos días, pues si me dejan, yo habría traído a mis pies al caballero y le habría hecho confesar lo que ahora confiesa y reconoce, y es que si para Demetria no hay más hombres que él, para Don Fernando no hay otra mujer que yo. Las cosas claras.      HABLO YO. -Bien, niña mía. Así se expresa una mujer de corazón y de virtud inmaculada. Cuéntame ahora las peripecias de esas terribles luchas que has tenido que sostener con tus tíos. Durante el año 40 no cesaban de llegar a nosotros noticias de concordia entre las castellanas de Castro-Amézaga y el castellano de Idiáquez, y la insistencia de estos rumores les daba tal verosimilitud, que perdimos toda esperanza. A principios del 41, hallándose Rodrigo en Madrid, como diputado en las Cortes que eligieron Regente a Espartero (y él fue de los que dieron voto contrario), anunció a sus conocimientos que antes de primavera se casaba contigo. Luego vino el notición de que te metías monja. Explícame todo esto en breves palabras. [106]      HABLA ELLA. -No tiene usted ni idea de mis padecimientos en esos dos años: fueron tales, que pienso que ellos solos me bastarían para ganar la gloria eterna. Los de Cintruénigo, después de abrumarme con cartas de amor, alambicadas y fastidiosas, me abrumaban con regalos. Admitirlos no quería yo; pero mis tíos me cortaban la voluntad. Vino Doña María Tirgo con una corte de clérigos y hasta con el Obispo de Calahorra... Por cierto que en aquellos días parecía mi casa el Vaticano: no se veían más que sacerdotes elegantes, que gastaban rapé oloroso y hablaban latín fino; Doña María echábame homilías semejantes a las de los misterios gozosos y dolorosos; me aseguraba en todas ellas que se moriría de pena si no le daba yo el gusto de ser su hija. Todo el clero que a la de Idiáquez acompañaba no tenía más que una voz para prometerme la bienaventuranza eterna si me casaba con D. Rodrigo, y ella ponía el remate a la tentación diciéndome que era muy poco lustre para mí el título de Marquesa, que Rodrigo se proponía obtenerlo de mayor resonancia, y que él y yo ceñiríamos corona ducal. Figúrese usted lo que me importan a mí títulos ni relumbrones. Dijo también que a Rodriguito le habían prometido los moderados hacerle ministro en cuanto los perros cambiaran [107] de collar y echáramos al Regente, y qué sé yo qué más... ¡Dios mío, qué de cosas me han dicho, y qué valor y constancia he necesitado para mantenerme en mis trece!... Llegó después el Marquesito transformado de ropa, pues ya recordará usted que de sus primeros viajes a Madrid volvía siempre vestido con tres modas de atraso, revelando en su facha la miseria que no podía desechar de su alma. Alguien debió de advertirle que nada es tan necesario a un galán pretendiente como el revestirse de formas elegantes, según el estilo que viene de París. Traía muchos y variados levitones y levitines, y creía conquistarme mudándose de traje por la mañana, otra vez al mediodía, y luego por tarde y noche. Me daba fatiga ver a un hombre que no hace más que vestirse y desnudarse cuatro veces en la brevedad de un día... Bien comprende usted que con esto me convencieron menos que con las coronas ducales y marquesiles. Mi tía ponderaba la elegancia de Rodrigo, y yo, aburrida ya y deseando morirme, hacía lo propio, a ver si así lograba que el galán y su madre salieran con viento fresco y me dejasen tranquila. De aquí nació la falsa idea de que yo cedía, y empezaron a correr voces de avenencia... Como Doña María, reforzada con las de Álava, pretendiese un día arrancarme [108] declaración de consentimiento, me planté, soltando los registros más fuertes de la entereza que Dios me ha dado, y les dije que en todo haría el gusto a mis amados tíos, menos en casarme con un hombre que no inspiraba ningún amor. Fuese del seguro mi tía, y acabamos la función ella y yo, no con voces airadas, que eso no está en nuestra condición, sino echándonos a llorar como Magdalenas. Mi tío también lloraba, y a Gracia le dio un síncope que nos puso en gran alarma.      Al fin pronuncié yo la sentencia que me dictaba mi voluntad. De una vez para siempre declaré que no me casaría con D. Rodrigo, aunque me le trajesen encasquillado en oro, con perlas y brillantes; que no queriendo contrariar a mi familia ni acceder tampoco a pretensiones que ofendían mis sentimientos, me consagraba al servicio de Dios; que no me casaba, vamos, ni ahora ni nunca... Vuelta a llorar mi tía; Gracia pierde otra vez el sentido, y mi tío cae a mis pies y me los besa diciéndome que soy un ángel...      YO.- Pero no un ángel cualquiera, sino un ángel heroico, de la mejor y más sublime casta. Déjame que te abrace y te dé mil besos, y aun así no expreso toda la admiración que me causa tu firmeza de voluntad. [109]      ELLA. (Besándome con efusión y derramando un llanto dulce entre risas patéticas, estallido de un corazón que ya no sabe ni puede contener el brote descompasado de sus afectos.)- Lo que yo he padecido por mantenerme firme en esta guerra, y para no dejarme conquistar, no puede usted figurárselo... ni nadie lo entiende más que Dios. D. Fernando quizás lo comprenda si, como usted dice, de veras me ama. Bien puede agradecerme ese pillo la resistencia que he tenido que sacar de esta pobre alma mía y lo que me ha costado el guardarme para él... Yo me guardaba y esperaba... hasta el fin del mundo. - XI - (Continúa la carta de Valvanera) Domingo.      La segunda entrevista fue en Samaniego, que así lo determinó ella, fijándome día y hora. Convinimos en que yo iría con Juan Antonio, ella con Gracia y el mayordomo que suele acompañarlas, y podríamos estar juntas media tarde, libres y en todo el goce de la recíproca confianza, pues ya cuidaría ella de que ni los [110] tíos ni las amigas se le agregasen. Doy a esta segunda conversación la misma forma que a la primera di. Gracia no asistió a la conferencia; mi marido, sí; pero no figura en el coloquio hasta el momento final. Empieza ella diciéndome lo que copio:      «Con mi resolución de entrar en un convento no se dieron mis tíos por derrotados; mas cambiaron de método para mi conquista, y ya no vinieron contra mi voluntad frente a frente, sino de soslayo. No tenía yo que hacer misterio de mi inquebrantable adhesión a D. Fernando y del tenaz propósito de ser suya o de nadie. Trataron de quitarme de la cabeza esto que llamaban desvarío; pero viendo que con sus exhortaciones no lograban sino exaltarme más en él, dieron en denigrar a mi salvador, más que en su propia persona, en la de su señora madre. En rigor de verdad, mi tío, que es un santo, no decía cosa alguna que pudiera sonar a difamación: no hacía más que presentarme como inconveniente el matrimonio con D. Fernando, sin que ello le impidiera reconocer las admirables dotes de éste; mi tía no pronunciaba difamaciones ni alabanzas del