Los Apostólicos Benito Pérez Galdós libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Pérez Galdós, Benito (1842 – 1920) Escritor español, pertenece a la novela realista española. Nació en Las Palma, Gran Canaria en 1842, autor de una abundante producción de gran objetividad y realismo, situado como el gran escritor después de Cervantes; poseedor de una gran imaginación y dotes de fino observador, lo hacen creador de innumerables personajes y situaciones llenas de real humanidad. Aborda con naturalidad temas de inspiración social, política y religioso. En 1897 ingresa en la Academia Española; elegido diputado por el partido republicano, por su participación política, la Academia se niega a proponerlo para el premio Nobel. Protestario, simpatizante del socialismo, hombre progresista y rebelde como muchos buscadores de la verdad, se templó en medio de la intolerancia. Diez años antes de su muerte es afectado por una ceguera progresiva. Entre sus novelas más conocidas figuran: Fortunata y Jacinta, (1886) Doña Perfecta, (1876) Misericordia, Miau (1888); Nazarín, (1895) novela en la cual su personaje central logra una acertada mezcla entre Cristo y Don Quijote, intentando rescatar el verdadero sentido del cristianismo cuando está al servicio del ser humano; la voz que clama en el desierto. Muere el 4 de Enero de 1920. - I - Tradiciones fielmente conservadas y ciertos documentos comerciales, que podrían llamarse el Archivo Histórico de la familia de Cordero, convienen en que Doña Robustiana de los Toros de Guisando, esposa del héroe de Boteros, falleció el 11 de Diciembre de 1826. ¿Fue peritonitis, pulmonía matritense o tabardillo pintado lo que arrancó del seno de su amante familia y de las delicias de este valle de lágrimas a tan digna y ejemplar señora? Este es un terreno oscuro en el cual no ha podido penetrar nuestra investigación ni aun acompañada de todas las luces de la crítica. Esa pícara Historia, que en tratándose de los reyes y príncipes, no hay cosa trivial ni hecho insignificante que no saque a relucir, no ha tenido una palabra sola para la estupenda hazaña de Boteros, ni tampoco para la ocasión lastimosa en que el héroe se quedó viudo con cinco hijos, de los cuales los dos más pequeñuelos vinieron al mundo después que el giro de los acontecimientos nos obligó a perder de vista a la familia Cordero. Cuando murió la señora, Juanito Jacobo (a quien se dio este nombre en memoria de cierto filósofo que no es necesario nombrar) tenía dos meses no bien cumplidos, y por su insaciable apetito así como su berrear constante declaraba la raza y poderoso abolengo de Toros de Guisando. Sus bruscas manotadas y la fiereza con que se llevaba los puños a la boca, ávido de mamarse a sí mismo por no poder secar un par de amas cada mes, señales eran de vigor e independencia, por lo que D. Benigno, sin dejar de agradecer a Dios las buenas dotes vitales que había dado a su criatura, pasaba la pena negra en su triste papel de viudo, y ora valiéndose de cabras y biberones, cuando faltaban las nodrizas, ora buscando por Puerta Cerrada y ambas Cavas lo mejor que viniera de Asturias y la Alcarria en el maleado género de amas para casa de los padres; ya desechando a esta por enferma y a aquella por desabrida, taimada y ladrona, ya suplicando a tal cual señora de su conocimiento que diera una mamada al muchacho cuando le faltaba el pecho mercenario, era un infeliz esclavo de los deberes paternales y perdía el seso, el humor, la salud, el sueño, si bien jamás perdía la paciencia. En las frías y largas noches ¿quién sino él habría podido echarse en brazos la infantil carga y acallar los berridos con paseos, arrullos, halagos y cantorrios? ¿Quién sino él habría soportado las largas vigilias y el cuneo incesante y otros muchos menesteres que no son para contados? Pero D. Benigno tenía un axioma que en todas estas ocasiones penosas le servía de grandísimo consuelo, y recordándolo en los momentos de mayor sofoco, decía: -El cumplimiento estricto del deber en las diferentes circunstancias de la existencia es lo que hace al hombre buen cristiano, buen ciudadano, buen padre de familia. El rodar de la vida nos pone en situaciones muy diversas exigiéndonos ahora esta virtud, más tarde aquella. Es preciso que nos adaptemos hasta donde sea posible a esas situaciones y casos distintos, respondiendo según podamos a lo que la Sociedad y el Autor de todas las cosas exigen de nosotros. A veces nos piden heroísmo que es la virtud reconcentrada en un punto y momento; a veces paciencia que es el heroísmo diluido en larga serie de instantes. Después solía recordar que Catón el Censor abandonaba los negocios más arduos del gobierno de Roma para presenciar y dirigir la lactancia, el lavatorio y los cambios de vestido de su hijo, y que el mismo Augusto, señor y amo del mundo, hacía otro tanto con sus nietecillos. Con esto recibía D. Benigno gran alivio, y después de leer de cabo a rabo el libro del Emilio que trata de las nodrizas, de la buena leche, de los gorritos y de todo lo concerniente a la primera crianza, contemplaba lleno de orgullo a su querido retoño, repitiendo las palabras del gran ginebrino: "así como hay hombres que no salen jamás de la infancia, hay otros de quienes se puede decir que nunca han entrado en ella y son hombres desde que nacen". Con estos trabajos, que hacía más llevaderos la satisfacción de un noble deber cumplido, iba pasando el tiempo. El primer aniversario del fallecimiento de su mujer renovó en Cordero todas las hondas tristezas de aquel luctuoso día, y negándose al trivial consuelo de la tertulia de amigos y parroquianos, cerró la tienda y se retiró a su alcoba, donde las memorias de la difunta parecían tomar realidad y figura sensible para acompañarle. El segundo aniversario halló bastante cambiadas personas y cosas: la tienda había crecido, los niños también. Juanito Jacobo, ni un ápice mermado en su constitución becerril, atronaba la casa con sus gritos y daba buena cuenta de todo objeto frágil que en su mano caía. En el alma de D. Benigno iba declinando mansamente el dolor cual noche que se recoge expulsada poco a poco por la claridad del nuevo día. En el tercer aniversario (11 de Diciembre de 1829) el cambio era mucho mayor y D. Benigno, restablecido en la majestad de su carácter ameno, sencillo, bondadoso y lleno de discreción y prudencia, parecía un soberano que torna al solio heredado después de lastimosos destierros y trapisondas. No dejaron, sin embargo, de asaltarle en la mañanita de aquel día pensamientos tristes; pero al volver de la misa conmemorativa que había encargado, según costumbre de todo aniversario, y oído devotamente en Santa Cruz, viósele en su natural humor cotidiano, llenando la tienda con su activa mirada y su atención diligente. Después de cerrar la vidriera para que no se enfriara el local, palpó con cierta suavidad cariñosa las cajas que contenían el género; hojeó el libro de cuentas, pasó la vista por el Diario que acababan de traer; dio órdenes al mancebo para llevar a dos o tres casas algunas compras hechas la noche anterior; cortó un par de plumas con el minucioso esmero que la gente de los buenos tiempos ponía en operación tan delicada, y habría puesto sobre el papel algunos renglones de aquella hermosa letra redonda que ya sólo se ve en los archivos, si no le sorprendieran de súbito sus niños, que salieron de la trastienda cartera en cinto, los libros en correa, la pizarra a la espalda y el gorrete en la mano para pedir a Padre la bendición. -¡Cómo! -exclamó D. Benigno, entregando su mano a los labios y a los húmedos hociquillos de los Corderos-. ¿No os he dicho que hoy no hay escuela?... Es verdad que no me había acordado de decíroslo; pues ya había pensado que en este día, que para nosotros no es alegre y para toda España será, según dicen, un día felicísimo, todos los buenos madrileños deben ir a batir palmas delante de ese astro que nos traen de Nápoles, de esa reina tan ponderada, tan trompeteada y puesta en los mismos cuernos de la luna, como si con ella nos vinieran acá mil dichas y tesoros... hablo también con usted, apreciable Hormiga, pase usted... no me molesta ahora ni en ningún momento. Dirigíase Don Benigno a una mujer que se había presentado en la puerta de la trastienda, deteniéndose en ella con timidez. Los chicos, luego que oyeron el anuncio feliz de que no había escuela, no quisieron esperar a conocer las razones de aquel sapientísimo acuerdo, y despojándose velozmente de los arreos estudiantiles, se lanzaron a la calle en busca de otros caballeritos de la vecindad. -Tome usted asiento -añadió Cordero, dejando su silla, que era la más cómoda de la tienda, para ofrecérsela a la joven-. Ayude usted mi flaca memoria. ¿Qué nombre tiene nuestra nueva reina? -María Cristina. -Eso es... María Cristina... ¡Cómo se me olvidan los nombres!... Dícese que este casamiento nos va a traer grandes felicidades, porque la napolitana... pásmese usted... El héroe, después de mirar a la puerta para estar seguro de que nadie le oía, añadió en voz baja: -Pásmese usted... es una francmasona, una insurgente, mejor dicho, una real dama en quien los principios liberales y filosóficos se unen a los sentimientos más humanitarios. Es decir, que tendremos una Reina domesticadora de las fierezas que se usan por acá. -A mí me han dicho, que ha puesto por condición para casarse que el rey levante el destierro a todos los emigrados. -A mí me han dicho algo más -añadió Cordero, dando una importancia extraordinaria a su revelación-, a mí me han dicho que en Nápoles bordó secretamente una bandera para los insurrectos de... de no sé qué insurrección. ¿Qué cree usted? La mandan aquí porque si se queda en Italia da la niña al traste con todas las tiranías... Que ella es de lo fino en materia de liberalismo ilustrado y filosófico, me lo prueba más que el bordar pendones el odio que le tiene toda la turbamulta inquisidora y apostólica de España y Europa y de las cinco partes del globo terráqueo. ¿Estaba usted anoche aquí cuando el Sr. de Pipaón leyó un papel francés que llaman la Quotidienne? ¡Barástolis! ¡Y qué herejías le dicen! Ya se sabe que esa gente cuando no puede atacar nuestro sistema gloriosísimo a tiros y puñaladas lo ataca con embustes y calumnias. Bendita sea la princesa ilustre que ya trae el diploma de su liberalismo en las injurias de los realistas. Nada le falta, ni aun la hermosura, y para juzgar si es tan acabada como dicen los papeles extranjeros, vamos usted y yo a darnos el gustazo de verla entrar. La persona a quien de este modo hablaba el tendero de encajes no tenía un interés muy vivo en aquellas graves cosas de que pendía quizás el porvenir de la patria; pero llevada de su respeto a D. Benigno, le miraba mucho y pronunciaba un sí al fin de cada parrafillo. Conocida de nuestros lectores desde 1821, esta discreta joven había pasado por no pocas vicisitudes y conflictos durante los ocho años transcurridos desde aquella fecha liberalesca hasta el año quinto de Calomarde en que la volvemos a encontrar. Su carácter, altamente dotado de cualidades de resistencia y energía que son como el antemural que defiende al alma de los embates de la desesperación, era la causa principal de que las desgracias frecuentes no desmejorasen su persona. Por el contrario, la vida activa del corazón, determinando actividades no menos grandes en el orden físico, le había traído un desarrollo felicísimo, no sólo por lo que con él ganaba su salud sino por el provecho que de él sacaba su belleza. Esta no era brillante ni mucho menos, como ya se sabe, y más que belleza en el concepto plástico era un conjunto de gracias accesorias realzando y como adornando el principal encanto de su fisonomía que era la expresión de una bondad superior. La madurez de juicio y la rectitud en el pensar; el don singularísimo de convertir en fáciles los quehaceres más enojosos, la disposición para el gobierno doméstico, la fuerza moral que tenía de sobra para poder darla a los demás en días de infortunio, la perfecta igualdad del ánimo en todas las ocasiones, y finalmente aquella manera de hacer frente a todas las cosas de la vida con serenidad digna, cristiana y sin afán, como quien la mira más bien por el lado de los deberes que por el de los derechos, hacían de ella la más hermosa figura de un tipo social que no escasea ciertamente en España, para gloria de nuestra cultura. -Los que no la ven a usted desde el año 24 -le dijo aquel mismo día D. Benigno observándola con tanta atención como complacencia-, no la conocerán ahora. Me tengo por muy feliz al considerar que en mi casa ha sido donde ha ganado usted esos frescos colores de su cara, y que bajo este techo humilde ha engrosado usted considerablemente... digo mal, porque no está usted como mi pobre Robustiana ni mucho menos... quiero decir, proporcionadamente, de un modo adecuado a su estatura mediana, a su talle gracioso, a su cuerpo esbelto. Beneficios de la vida tranquila, de la virtud, del trabajo, ¿no es verdad?... Todos los que la vieron a usted en aquellos tristes días, cuando a entrambos nos pusieron a la sombra y colgaron al pobre Sarmiento... Este recuerdo entristeció mucho a la joven, impidiendo que su amor propio se vanagloriase con los elogios galantes que acababa de oír. Eran ya las once de la mañana, y vestida como en día de fiesta para acompañar a D. Benigno, esperaba en la tienda la señal de partida. -Aguarde usted: voy a hacer un par de asientos en el libro -dijo este sentándose en su escritorio-. Todavía tenemos tiempo de sobra. Iremos a la casa de D. Francisco Bringas, de cuyos balcones se ha de ver muy requetebién toda la comitiva. Los pequeños se quedarán con mi hermana y llevaremos a Primitivo y a Segundo. ¿Están vestidos? Los dos muchachos, de doce y diez años respectivamente, no tenían la soltura que a tal edad es común en los polluelos de nuestros días; antes bien encogidos y temerosos, vestidos poco menos que a mujeriegas, representaban aquella deliciosa perpetuidad de la niñez que era el encanto de la generación pasada. Despabilados y libertinos en las travesuras de la calle, eran dentro de casa humildes, taciturnos y frecuentemente hipócritas. Gozosos de salir con su padre a ver la entrada de la cuarta reina, esperaban impacientes la hora y formando alrededor de la joven grupo semejante al que emplean los artistas para representar a la Caridad, la manoseaban so pretexto de acariciarla, le estrujaban la mantilla, arrugándole las mangas y curioseando dentro del ridículo. La joven tenía que acudir a cada instante a remediar los desperfectos que los dos inquietos y pegajosos muchachos se hacían en su propio vestido, y ya atando al uno la cinta de la gorra o cachucha, o abotonándole el casaquín, ya asegurando al otro con alfileres la corbata, no daba reposo a sus manos ni tenía ocasión para quitárseles de encima. -No seáis pesados -les dijo con enfado su padre-, y no sobéis tanto a nuestra querida Hormiguita. Para verla, para darle a entender que la queréis mucho, no es preciso que le pongáis encima esas manazas... que sabe Dios cómo estarán de limpias: ni hace falta que la llenéis de saliva besuqueándola... Esta reprimenda les alejó un poco del objeto de su adoración; pero siguieron contemplándola como bobos, cortados y ruborosos, mientras ella, con la sonrisa en los labios, reparaba tranquilamente las chafaduras de su vestido y las arrugas del encaje, para abrir luego su abanico y darse aire con aquel ademán ceremonioso y acompasado, propio de la mujer española. Entretanto, allá arriba, en el piso donde vivía la familia oíanse batahola y patadillas con llanto y becerreo, señal del pronunciamiento de los dos Corderos menores, Rafaelito y Juan Jacobo, rebelándose contra la tiranía que les dejaba encerrados en casa en la fastidiosa compañía de la tía Crucita. -Ya escampa -dijo Cordero señalando al techo con el rabo de la pluma-, oiga usted al pueblo soberano que aborrece las cadenas... Verdad que mi hermana no es de aquellas personas organizadas por la Naturaleza para hacer llevadero y hasta simpático el despotismo. Y dejando por un momento la escritura entró en la trastienda dirigiendo hacia arriba por el hueco de la tortuosa escalerilla estas palabras: -Cruz y Calvario, no les pegues, que harta desazón tienen con quedarse en casa en día de tanto festejo. -Idos de una vez a la calle y dejadme en paz -contestó de arriba una voz nada armoniosa ni afable-, que yo me entenderé con los enemigos. Ya sé cómo les he de tratar... Eso es, marchaos vosotros, marchaos al paseíto tú y la linda Marizápalos, que aquí se queda esta pobre mártir para cuidar serpentones y aguantar porrazos, siempre sacrificada entre estos dos cachidiablos... Idos enhorabuena... a bien que en la otra vida le darán a cada cual su merecido. Violento golpe de una puerta fue punto final de este agrio discurso, y en seguida se oyeron más fuertes las patadillas infantiles de los corderos y el sermoneo de la pastora. -Siempre regañando -dijo D. Benigno con jovialidad-, y arrojando venablos por esa bendita boca, que con ser casi tan atronadora como la de un cañón de a ocho, no trae su charla insufrible de malas entrañas ni de un corazón perverso. Mil veces lo he dicho de mi inaguantable hermana y ahora lo repito: "es la paloma que ladra". Esto lo dijo Cordero guardando en su lugar las plumas con el libro de cuentas y todos los trebejos de escribir, y tomó después con una mano el sombrero para llevarlo a la cabeza, mientras la otra mano trasportaba el gorro carmesí de la cabeza a la espetera en que el sombrero estuvo. -Vámonos ya, que si no llegamos pronto encontraremos ocupados los balcones de Bringas. La joven alzaba la tabla del mostrador para salir con los chicos, cuando la tienda se oscureció por la aparición de un rechoncho pedazo de humanidad que casi llenaba el marco de la puerta con su bordada casaca, sus tiesos encajes, su espadín, su sombrero, sus brazos que no sabían cómo ponerse para dar a la persona un aspecto pomposo en que la rotundidad se uniera con la soltura. -Felices, Sr. D. Juan de Pipaón -dijo don Benigno observando de pies a cabeza al personaje-. Pues no viene usted poco majo... Así me gusta a mí la gente de corte... Eso es vestirse con gana y paramentarse de veras. A ver, vuélvase usted de espaldas... ¡Magnífico! ¡qué faldones!... A ver de frente... ¡qué pechera! Alce usted el brazo: muy bien. ¡Cómo se conoce la tijera de Rouget! De mis encajes nada tengo que decir... ¡qué saldrá de esta casa que no sea la bondad misma! Póngase usted el sombrero a ver qué tal cae... Superlative... ¡Con qué gracia está puesta la llave dorada sobre la cadera!... ¿Estas medias son de casa de Bárcenas?... ¡Qué bien hacen las cruces sobre el paño oscuro!... una, dos, tres, cuatro veneras... Bien ganaditas todas, ¿no es verdad, ilustrísimo señor D. Juan?... ¡Barástolis! parece usted un patriarca griego, un sultán, un califa, el Rey que rabió o el mismísimo mágico de Astracán. Conforme lo decía iba examinando pieza por pieza, haciendo dar vueltas al personaje como si este fuera un maniquí giratorio. Don Benigno y la joven, no menos admirada que él, ponderaban con grandes exclamaciones la belleza y lujo de todas las partes del vestido, mientras el cortesano se dejaba mirar y asentía en silencio, con un palmo de boca abierta, todo satisfecho y embobado de gozo, a los encarecimientos que de su persona se hacían. -Todo es nuevo -dijo la dama. -Todo -repitió Pipaón mirándose a sí mismo en redondo como un pavo real-. Mi destino de la secretaría de S. M. ha exigido estos dispendios. En seguida fue enumerando lo que le había costado cada pieza de aquel torreón de seda, galones, plumas, plata, encajes, piedras y ballenas, rematado en su cúspide por la carátula más redonda, más alborozada, más contenta de sí misma que se ha visto jamás sobre un montón de carne humana. -Pero no nos detengamos -dijo al fin-, ustedes salían... -Vamos a casa de Bringas. ¿Va usted también allá? -¿Yo?, no, hombre de Dios. Mi cargo me obliga a estar en palacio con los señores ministros y los señores del Consejo para recibir allí a... Acercó su boca al oído de D. Benigno y protegiéndola con la palma de la mano, dijo en voz baja: -A la francmasona... Ambos se echaron a reír y D. Benigno se envolvió en su capa diciendo: -¡Pues viva la reina francmasona! El desfrancmasonizador que la desfrancmasonice buen desfrancmasonizador será. -Eso no lo dice Rousseau. -Pero lo digo yo... Y andando que es tarde. -Andandito... -murmuró Pipaón incrustando su persona toda en el hueco de la puerta para ofrecerla a la admiración de los transeúntes-. Pero se me olvidaba el objeto de mi visita. -¿Pues no ha venido usted a que le viéramos? -Sí, y también a otra cosa. Tengo que dar una noticia a la señora doña Sola. La joven se puso pálida primero, después como la grana, siguiendo con los ojos el movimiento de la mano de Pipaón que sacaba unos papeles del bolsillo del pecho. -¿Noticias? Siempre que sean buenas -dijo Cordero cerrando y asegurando una de las hojas de la puerta. -Buenas son... Al fin nuestro hombre da señales de vida. Me ha escrito y en la mía incluye esta carta para usted. Soledad tomó la carta, y en su turbación la dejó caer, y la recogió y quiso leerla y tras un rato de vacilación y aturdimiento, guardola para leerla después. -Y no me detengo más -dijo Pipaón-, que voy a llegar tarde a palacio. Hablaremos esta noche, Sr. D. Benigno, señora doña Hormiga. Abur. Se eclipsó aquel astro. Por la calle abajo iba como si rodara, semejante a un globo de luz, deslumbrando los ojos de los transeúntes con los mil reflejos de sus entorchados y cruces, y siendo pasmo de los chicos, admiración de las mujeres, envidia de los ambiciosos, y orgullo de sí mismo. Cuando el héroe de Boteros, dada la última vuelta a la llave de la puerta y embozado en su pañosa, se puso en marcha, habló de este modo a su compañera: -¿Noticias de aquel hombre?... Bien. ¿Cartas venidas por conducto de Pipaón?... malum signum. No tenemos propiamente correo... Querida Hormiga, es preciso desconfiar en todo y por todo de este tunante de Bragas y de sus melosas afabilidades y cortesanías. Mil veces le he definido y ahora le vuelvo a definir: "es el cocodrilo que besa". - II - ¿Por qué vivía en casa de Cordero la hija de Gil de la Cuadra? ¿Desde cuándo estaba allí? Es urgente aclarar esto. Cuando pasó a mejor vida del modo lamentable e inicuo que todos sabemos D. Patricio Sarmiento, Soledad siguió viviendo sola en la casa de la calle de Coloreros. D. Benigno y su familia continuaron también en el piso principal de la misma casa. La vecindad continuada y más aún la comunidad de desgracias y de peligros en que se habían visto, aumentaron la afición de Sola a los Corderos y el cariño de los Corderos a Sola, hasta el punto de que todos se consideraban como de una misma familia, y llegó el caso de que en la vecindad llamaran a la huérfana Doña Sola Cordero. A poco de nacer Rafaelito trasladose don Benigno a la subida de Santa Cruz, y al principal de la casa donde estaba su tienda, y como allí el local era espacioso, instaron a su amiga para que viviera con ellos. Después de muchos ruegos y excusas quedó concertado el plan de residencia. En aquellos días se casó Elena con el jovenzuelo Angelito Seudoquis, el cual, destinado a Filipinas cuatro meses después de la boda, emprendió con su muñeca el viaje por el Cabo, y a los catorce meses los señores de Cordero recibieron en una misma carta dos noticias interesantes; que sus hijos habían llegado a Manila y que antes de llegar les habían dado un nietecillo. Lo mismo D. Benigno que su esposa veían que la amiga huérfana iba llenando poco a poco el hueco que en la familia y en la casa había dejado la hija ausente. Pruebas dio aquella bien pronto de ser merecedora del afecto paternal que marido y mujer le mostraban. Asistió a doña Robustiana en su larga y penosa enfermedad con tanta solicitud y abnegación tan grande que no lo haría mejor una santa. Nadie, ni aun ella misma, hizo la observación de que había pasado su juventud toda asistiendo enfermos. Gil de la Cuadra, doña Fermina, Sarmiento, doña Robustiana marcaban las fechas culminantes y sucesivas de una existencia consagrada al alivio de los males ajenos, siempre con absoluto desconocimiento del bien propio. Doña Robustiana sucumbió. Las buenas costumbres y el respeto a las apariencias morales, que no sin razón auxilian a la moral verdadera, no permitían que una joven soltera viviese en compañía de un señor viudo. Fue necesario separarse. D. Benigno tenía una hermana vieja y solterona, avecindada en Madrid, medianamente rica, y de cuya suavidad, semejante a la de un puerco-espín, tiene el lector noticia. Poseía doña Cruz Cordero un carácter espinoso, insufrible, inexpugnable como una ruda fortaleza natural de displicencia, artillada con los cañones de las palabras agrias y duras. No se llegaba al interior de tal plaza ni por la violencia ni por el cariño. No se rendía a los ataques ni se dejaba sorprender por la zapa. El pobre D. Benigno apuró todos los medios para conseguir que su hermana se fuera a vivir con él, a fin de constituir la casa en pie mujeril y poder retener a su lado a Sola sin miedo a contravenir las prácticas sociales. Pero Doña Cruz hacía tan poco caso de la voz de la razón como de las voces del cariño y se fortalecía más cada vez en el baluarte de su egoísmo. Todo provenía de su odio a los muchachos, ya fueran de pecho, ya pollancones o barbiponientes. En esto no había diferencias: aborrecía la flor de la humanidad cualquiera que fuese su estado, y seguramente se dudara de la aptitud de su corazón para toda clase de amor si no existiesen gatos y perros y aun mirlos para probar lo contrario. Si no pudo conseguir D. Benigno que Doña Cruz fuese a vivir con él, logró que admitiese en su compañía a Sola, no sin que pusiera mil enojosas condiciones la vieja. A aquella época pertenecen los apuros de D. Benigno, su soledad de padre viudo entre biberones y amas de cría y los otros ruines trabajos que hemos descrito al principio de esta narración. La de Gil de la Cuadra ayudábale un poco durante el día, pero no en las noches, porque doña Cruz había hecho la gracia de irse a vivir al extremo de la Villa, lindando con el Seminario de Nobles, y rarísima vez visitaba a su hermano en horas incómodas. Llegó un día en que la paciencia de Don Benigno, como todo aquello que ha tenido largo y abundante uso, tocó a su límite. Ya no había más paciencia en aquella alma tan generosamente dotada de nobles prendas por Dios. Pero aún había, en dosis no pequeña, la decisión para acometer grandes cosas, aquella bravura de la acción unida a la audacia del pensamiento que en una fecha memorable le pusieron al nivel de los más grandes héroes. So pretexto de una enfermedad grave, Cordero hizo venir a Doña Crucita a su casa, y luego que la tuvo allí, le endilgó este discurso, amenazándola con una gruesa llave que en la mano tenía: -Sepa usted, señora Doña Basilisco, que de aquí no saldrá si no es para el cementerio, siempre que no se conforme a vivir en compañía de su hermano. Solo estoy y viudo, con hijos pequeños y uno todavía mamón. Dígame si es propio que yo abandone los quehaceres de mi comercio para arrullar muchachos, teniendo, como tengo, dos mujeres en mi familia que lo harán mejor que yo... ¡Silencio, porque pego!... De aquí no se sale. Doña Crucita alborotó la casa, y aun quiso llamar a la justicia; pero D. Benigno, Sola y el padre Alelí que era muy amigo de ambos hermanos lograron calmarla, para lo cual fue preciso anteponer a todas las razones la traslación de todos los bichos que en su morada tenía la señora, añadiendo a la colección nuevos ejemplares que Cordero compró para acabar de conquistar la voluntad de la paloma ladrante. Al digno señor no le importaba ver su casa convertida en un arca de Noé, con tal de tener en ella la compañía que deseaba. Desde entonces varió la existencia de Cordero, así como la de Sola. Aquel volvió a sus quehaceres naturales. Los chicos tuvieron quien les cuidara bien y todo marchó a pedir de boca. Crucita, sin dejar de renegar de su hermano, de los endiablados borregos y del insoportable ruido de la calle, se fue conformando poco a poco. Pronto se conoció que el gobierno de la casa estaba en buenas manos. Sola la encontró como una leonera y la puso en un pie de orden, limpieza y arreglo que inundaba de gozo el corazón de D. Benigno. Ni aun en tiempo de su Robustiana había él visto cosa semejante. Ya no se volvió a ver ninguna pieza descosida sobre el cuerpo de los corderillos, ni se echó de menos botón, faja ni cinta. Ninguna prenda ni objeto se vio fuera de su sitio, ni rodaba la loza por el suelo, ni subía el polvo a los vasares, ni estaban las sillas patas arriba y las lámparas boca abajo. Todo mueble ocupó su lugar conveniente, y toda ocupación tuvo su hora fija e inalterable. No se buscaba cosa alguna que al punto no se encontrara, ni se hacía esperar la comida ni la cena. Los objetos preciosos no podían confundirse con los últimos cachivaches, porque había sido inaugurado el reinado de las distancias. El latón brillaba como la plata y el cerezo tenía el lustre de la caoba. D. Benigno estaba embelesado, y repetía aquel pasaje de su autor favorito: "Sofía conoce maravillosamente todos los detalles del gobierno de la casa, entiende de cocina, sabe el precio de los comestibles y lleva muy bien las cuentas. Tiene un talento agradable sin ser brillante, y sólido sin ser profundo... La felicidad de una joven de esta clase consiste en labrar la de un hombre honrado". La casa era grande, tortuosa y oscura como un laberinto. Había que conocerla bien para andar sin tropiezo por sus negros pasillos y aposentos, construidos a estilo de rompe-cabezas. Sólo dos piezas tenían ambiente y luz, y en una de ellas, la mejor de la casa, fue preciso instalar a Crucita con las doce jaulas de pájaros que eran su delicia. No faltaba en el estrado ningún objeto de los que entonces constituían el lujo, pues a D. Benigno se le había despertado el amor de las cosas elegantes, cómodas y decentes, y como no carecía de dinero, cada día daba permiso a su diligente Hormiga para introducir alguna novedad. Con las onzas de Cordero y el buen gusto de Sola viose pronto la casa en un pie de elegancia que era el asombro de la vecindad. Fue vestida la sala de hermoso papel imitando mármol, y una batería de sillas de caoba sustituyó a las antiguas de nogal y cerezo. El brasero era como un gran artesón de cobre, sustentado sobre cuatro garras leoninas, y con la badila y reja no pesaba menos de medio quintal. El sofá y los dos sillones, que hoy nos parecerían potros de suplicio, eran de lo más selecto. Las cortinas de percal blanco con franjas de tafetán encarnado, tenían aspecto risueño y se conceptuaban entonces como cosa de gran lujo y elegancia. No faltaban las mesillas de juego con sus indispensables candeleros de plata, ni las célebres y ya olvidadas rinconeras llenas de baratijas y objetos de arte y ciencia, tales como cajas, caracoles, figurillas de yeso, algún jarro, libros y un par de pajaritos disecados. En el marco del espejo apaisado veíanse algunas plumas de pavo real puestas con arte y simetría, como las pintan en las cabezas de los salvajes. En cuestión de láminas, habíanse conservado las antiguas que eran el León de Florencia devorando a un niño, la Desgraciada muerte de Luis XVI y la Caída de Ícaro. Vistos de la calle los balcones presentaban el aspecto más alegre que puede imaginarse. Los tiestos, con ser tantos, no eran bastantes para quitar sitio a las jaulas colgadas unas sobre otras. Interiormente no cesaba la algarabía formada por el piar de algunos pájaros, el canto de otros, el ladrido de los falderillos, el mayido de los gatos y los roncos discursos de la cotorra. El esmero con que Crucita atendía al cuidado y a las necesidades todas de su riqueza zoológica hacía que la existencia de tanto y tanto bicho no fuera incompatible con el perfecto aseo de la casa. D. Benigno estaba contentísimo del buen arreglo que Sola había puesto en el gabinete donde él vivía. Sus ropas abundantes y tan bien dispuestas que jamás notó en ellas rotura de más ni botón de menos, le recreaban la vista, así como la limpieza de su variada colección de sombreros. No le cautivaba menos el ver libres siempre de polvo sus adminículos de caza (diversión a que era muy aficionado), ni la buena colocación que se había dado a las estampas de Santa Leocadia y la Virgen del Sagrario (ambas proclamando el abolengo toledano del propietario), ni lo bien puestos que estaban los libros. Estos no eran muchos, pero sí escogidos, y sólo formaban dos obras: las de Rousseau, edición de 1827, en veinticinco tomitos, y el Año Cristiano en doce. Aunque alineados en dos grupos distintos, no por eso dejaban de andar a cabezadas, dentro de un mismo estante, el Vicario Saboyano y San Agustín. Con el orden perfecto en la disposición de todo lo de la casa corría parejas la buena concordia entre sus habitantes, si se exceptúan las genialidades de Crucita, que fueron menos molestas desde que Sola adoptó el sistema de hacerle poco caso sin aparentar contrariarla. Desapacible y brusca con los chicos, no consentía que se le acercaran a dos varas a la redonda. No obstante, el frecuente trato con ellos y la dulzura de su hermano y de la Hormiga fueron poco a poco arrancando las espinas de aquel carácter endiablado, y al fin sin dejar de hablarles en el lenguaje más duro y desabrido que se puede imaginar, manifestaba algún interés por los cuatro enemigos, ayudaba a cuidarles, y aun se permitía contarles algún trasnochado y soso cuento. Los muchachos, a excepción del más pequeño, eran pacíficos. Primitivo y Segundo adelantaban regularmente en sus estudios, y en cuanto a vocaciones, el tono especial de la época y los personajes de aquel tiempo despertaban en ellos ambiciones varias. El mayor quería ser Padre Guardián, para tomar mucho chocolate, dar a besar su mano a los transeúntes y salir a paseo entre un par de duques o marqueses. El segundo, que era vanidosillo y fachendoso, quería ser tambor mayor de la Guardia Real, porque eso de ir delante de un regimiento haciendo gestos y espantando moscas con un bastón de porra, le parecía el colmo de la dicha. Rafaelito era más modesto. No le hablaran a él de figuraciones ni altas dignidades: él no quería ser sino confitero, para poder atracarse de dulces desde la mañana a la noche y hacer bonitas velas para los santos. En cuanto a Juanito Jacobo, aunque no hablaba, bien se le conocía que su vocación era la de gigante Goliat o Hércules, según lo que destrozaba, berreaba y las diabluras que hacía andando a gatas, sin dejarse amedrentar por cocos ni espantajos. Tranquilo, feliz, gozoso del orden en que vivía y que amaba por naturaleza y costumbre, Cordero veía pasar suavemente los días. El método en la existencia le encantaba, y la semejanza entre el hoy y el ayer era su principal delicia. Hombre laborioso, de sentimientos dulces y prácticas sencillas; aborrecedor de las impresiones fuertes y de las mudanzas bruscas, D. Benigno amaba la vida monótona y regular, que es la verdaderamente fecunda. Compartiendo su espíritu entre los gratos afanes de su comercio y los puros goces de la familia; libre de ansiedad política; amante de la paz en la casa, en la ciudad y en el estado; respetuoso con las instituciones que protegían aquella paz; amigo de sus amigos; amparador de los menesterosos; implacable con los pillos, fuesen grandes o pequeños; sabiendo conciliar el decoro con la modestia y conociendo el justo medio entre lo distinguido y lo popular, era acabado tipo del burgués español que se formaba del antiguo pechero fundido con el hijodalgo, y que más tarde había de tomar gran vuelo con las compras de bienes nacionales y la creación de las carreras facultativas hasta llegar al punto culminante en que ahora se encuentra. La formidable clase media que hoy es el poder omnímodo que todo lo hace y deshace, llamándose política, magistratura, administración, ciencia, ejército, nació en Cádiz entre el estruendo de las bombas francesas y las peroratas de un congreso híbrido, inocente, extranjerizado si se quiere, pero que había brotado como un sentimiento o como un instinto ciego e incontrastable del espíritu nacional. El tercer estado creció, abriéndose paso entre frailes y nobles, y echando a un lado con desprecio estas dos fuerzas atrofiadas y sin savia, llegó a imperar en absoluto, formando, con sus grandezas y sus defectos una España nueva. Perdónesenos la digresión, y volvamos a Cordero, del cual nos falta decir que en los últimos años había prosperado grandemente en su comercio. Pocas noches antes de aquel día en que suponemos comenzada esta narración, el héroe estaba en su gabinete contando el dinero de la semana. Después que tomó nota de las cantidades y distribuyó estas cariñosamente en las cestillas de paja que servían para el caso, llamó a Sola, y haciéndola sentar frente a él, le dijo así: -Si no comunico a alguien lo que pienso en este instante, apreciable Hormiguita, reviento de seguro. Sola sonreía, dando más luz al quinqué que sobre la mesa colocado repartía en porción igual su resplandor a los dos personajes. Don Benigno se reía también, y ya se acariciaba la barba redondita y arrebolada, como una manzana recién cogida, ya se arreglaba las gafas de oro, cuya tendencia a resbalar sobre la nariz picuda y fina iba en aumento cada día. -Pues lo que pienso -añadió- es que sin saber cómo, me encuentro rico... es decir, no muy rico, entendámonos, sino simplemente en ese estado de buen acomodo que me permitiría, si quisiera, renunciar al comercio y retirarme a vivir tranquilo en mis queridos Cigarrales, donde no me ocuparía más que en labrar el campo y criar a mis hijos. Sola le respondió a estas palabras con otras de felicitación, y el héroe, que se sentía aquella noche con muchas ganas de charlar, continuó así: -Con usted no hay secretos. Sepa usted que ayer he pagado el último plazo de esta casa en que vivimos; de modo que es mía, tan mía como mis anteojos y mi corbata de suela. En los Cigarrales he comprado ya más de cien fanegadas para agregarlas a las que heredé de mis padres, y pienso comprar las del tío Rezaquedito, que saldrán a la venta muy pronto. De modo que ya estamos libres de perder el sueño por cavilar en el día de mañana, y si por acaso me da un torozón (que no me dará) no estaré afligido en mi última hora con la idea de que mis hijos tengan que vivir a expensas de parientes y amigos. Vea usted por dónde la Divina Providencia ha premiado mi laboriosidad, y nada más que mi laboriosidad, pues talentos no los tengo, y en cuanto a picardías, ya se sabe que esa moneda no corre dentro de mi casa. -Dios ha querido que un hombre tan bueno y tan cabal en todo -le dijo Sola-, tenga su merecido en el mundo, porque si al bueno no le da Dios los medios de ser caritativo y generoso ¿qué sería de los pobres, de los abandonados, de los huérfanos? -No, no... -replicó Cordero un si es no es conmovido-, no hay aquí generosidades que alabar ni virtudes que enaltecer. Algo he hecho por los menesterosos, y si alguna persona ha recibido especialmente de mí ciertos beneficios, estos han sido menores de los que ella se merece. Dios no puede estar satisfecho de mí en esta parte... Que se han sucedido buenos años para el género; que los cambios políticos, improvisando posiciones han desarrollado el lujo; que las modas han favorecido grandemente el comercio de blondas y puntillas; que la paz de estos años de despotismo ha traído muchos bailes y saraos, equivalentes a gran despilfarro de Valenciennes, Flandes y Malinas; que el restablecimiento del culto y clero después de los tres años trajo la renovación de toda la ropa de altar y mucho consumo de encajería religiosa; que mi puntualidad y honradez me dieron la preferencia entre las damas; que la corte misma, a pesar de que son bien notorias mis ideas contrarias a la tiranía, no quiere ver entrar por las puertas de palacio ni media vara de Almagro que no sea de casa de Cordero, y en fin, que Dios lo ha querido y con esto se dice todo. Bendigámosle y pidámosle luces para acertar a hacer el bien que aún no hemos hecho, y que es a manera de una sagrada deuda pendiente con la sociedad, con la conciencia... El héroe se atascó en su propia retórica, como le pasaba siempre que quería expresar una idea no bien determinada aún en su espíritu, y un sentimiento oprimido en las fuertes redes de la timidez y la delicadeza. -Acabe usted que me da gusto oírle -le dijo Sola sonriendo-, pero prontito, que hay mucho que hacer esta noche. -Descanse usted un momento, por amor de Dios. ¿Siempre hemos de estar sobre un pie?...¡Oh!, por mi parte, apreciable Hormiga, estoy decidido a descansar. Verdad es que no soy un niño. Tengo cincuenta y dos años. Dicho esto, D. Benigno miró como extasiado a su protegida, que a su vez contemplaba fijamente la luz a riesgo de quedarse deslumbrada toda la noche. -Cincuenta y dos años, que es mucho y es poco, según se considere -añadió el héroe con cierta turbación-. Todo es relativo, hasta los años, y yo con mi constitución recia y firme, mis acerados músculos, mi desconocimiento absoluto de lo que son médicos y boticas, no me cambio por esos pisaverdes de color de cera de muerto, que se llaman muchachos por una equivocación del tiempo. -Es usted rico; goza de perfecta salud -murmuró Sola, cuyas miradas, como mariposas, gustaban de recrearse en la llama-; es además bueno como el buen pan, tiene buen nombre y fama limpia, ¿qué más puede desear? Don Benigno dio un suspiro y mirando al tapete, dijo así: -Es verdad: nada puedo desear. Temeridad e impertinencia sería pedir más. Ambos callaron. -¿Tiene usted algo más que decirme? -preguntó Sola levantándose. -Nada, nada, apreciable Hormiga -dijo D. Benigno irradiando bondad y sentimientos puros de su cara de rosa-. Nada más sino que... Dios sobre todo. Después que la joven se fue, Cordero tomó a Rousseau como se toma el brazo de un amigo para apoyarse en él, y abriendo el libro por donde estaba la marca, indicando sin duda capítulo, párrafo o renglón de gran interés, se quedó un buen rato meditando en la extraordinaria profundidad, intención y filosofía de la sentencia con que el ginebrino encabeza el libro Quinto del Emilio. Dice así: No es bueno que el hombre esté solo. - III - El día era de los mejores que suele tener Madrid en invierno, con cielo limpio y espléndido sol. Los madrileños, que por su índole castiza, no necesitaban entonces ni ahora de grandes atractivos para echarse en tropel a la calle, invadieron aquel día la carrera de las procesiones regias que va desde Atocha a Palacio, vía ciertamente histórica y muy interesante, por la cual han pasado tantos monarcas felices o desgraciados, y no pocos ídolos populares. Si fuera posible reproducir la serie de comitivas diversas que han recorrido ese camino del entusiasmo desde la primera entrada de Fernando VII en Mayo de 1808, tendríamos una galería curiosa en la cual muy pocas pinceladas tendría que añadir la historia para hacer el cuadro completo de las sucesivas idolatrías españolas. El quemar de los ídolos, cuando estamos cansados de adorarlos, se verifica en otra parte. Estas grandiosas comparsas tienen una monotonía que desespera; pero el pueblo no se cansa de ver los mismos lacayos con las mismas pelucas, los mismos penachos en la frente de los mismos caballos, y el inacabable desfilar de uniformes abigarrados, de coches enormes más ricos que elegantes, de generales en número infinito, y el trompeteo, la bulla, el oscilar mareante de plumachos mil, el fulgor de bayonetas, y por último el revoloteo de palomitas y de hojas de papel conteniendo los peores sonetos y madrigales que pueden imaginarse. Aquel día de Diciembre de 1829 el pueblo de Madrid admiró principalmente la hermosura de la nueva reina, la cual era, según la expresión que corría de boca en boca, una divinidad. Su cara incomparablemente graciosa y dulce tenía un sonreír constante que se entraba, como decían entonces, hasta el corazón de todo el pueblo, despertando las más ardientes simpatías. Bastaba verla para conocer su agudo talento, que tanto había de brillar en las lides cortesanas, y para prever las nobles conquistas que la gracia y la confianza habían de hacer prontamente en el terreno de la brutalidad y del recelo. Jamás paloma alguna entró con más valentía que aquella en el negro nidal de los búhos, y aunque no pudo hacerles amar la luz, consiguió someterles a su talante y albedrío consiguiendo de este modo que pareciesen menos malos de lo que eran. Fue mirada su belleza como un sol de piedad que venía, si bien un poco tarde, a iluminar los antros de venganza y barbarie en que vivía como un criminal aherrojado, el sentimiento nacional. No ha existido persona alguna a quien se hayan dedicado más versos. Por ella sola se han fatigado más las deidades de Hipócrene y ha hecho más corvetas el buen Pegaso que por todas las demás reinas juntas. A ella se le dijo que si el Vesubio la había despedido con sombríos fulgores, el Manzanares la recibió vestido de flores; se le dijo que Pirene había inclinado la erguida espalda para dejarla pasar y que en los vergeles de Aretusa tocaba la lira el virginal concilio celebrando a la ninfa bella de Parténope. La hermosa reina fue también cantada por los grandes poetas; que no todo había de ser ruido en las diversas cataratas de versos que celebraron su casamiento, su entrada, su embarazo, sus dos alumbramientos, sus días, sus actos políticos más notables, y en particular el glorioso hecho de la amnistía. D. Juan Bautista Arriaza, que desde el año 8 venía haciendo todos los versos decorativos y de circunstancias, la letra de todos los himnos y las inscripciones de todos los arcos triunfales, echó el resto, como decirse suele, en las fiestas del año 29. Quintana dedicó al feliz enlace de Fernando VII una canción epitalámica que no quiso incluir en las ediciones de sus obras, y otros insignes vates de la época la ensalzaron en aquellas odas resonantes y tiesas, algo parecidas al parche duro y ruidoso de una caja de guerra, y cuya lectura deja en los oídos impresión semejante a la que produciría una banda de tambores en día de parada. Con todo, en la corona poética de esta insigne reina se encuentran altos pensamientos y graciosas imágenes, principalmente en todo aquello que aparece inspirado por la seductora sonrisa, que cuanto más se ve más enamora. Entró Cristina en coche acompañada de sus padres los reyes de Nápoles. Al estribo derecho venía el esposo y tío, rigiendo magistralmente su hermoso caballo. Era, según dicen, el primer jinete de su época; verdaderamente nuestro Rey tenía un aspecto tan majestuoso como gallardo cuando montaba en uno de aquellos apopléticos corceles cuya pesadez y arrogancia nos han trasmitido Velázquez y Goya. La alzada del animal, el corpulento busto del monarca, su rico uniforme, su alto sombrero de tres picos, muy parecido, según la absurda moda de la época, a las mitras o tinajones que llevan en su cabeza los bueyes de la arquitectura asiria, daban a la colosal figura no sé qué apariencia babilónica que infundía respeto y algo de supersticioso miedo. Pero la arrogancia de la majestad ecuestre, la misma riqueza abigarrada de su traje de gala no disimulaban en Fernando aquella decadencia precoz que le hacía viejo a los cuarenta y cinco años. En su rostro duro y de poco a propósito para ganar simpatías (por lo que se acomodaba perfectamente al carácter) parecía que la nariz se había agrandado, impaciente de juntarse al labio belfo, el que por su parte se estiraba a más no poder, como si quisiera echarse fuera de tal cara. Su color, que era una mezcla enfermiza del verdoso y del amoratado, extendía por sus mejillas como una sombra lúgubre, en la cual lucían mejor sus ojos grandes y negros, por donde en ciertos momentos se asomaban, con el instantáneo fulgor del relámpago, sus alborotadas pasiones. Pasaron. Aquel río de morriones, pelucas, sables desnudos, entorchados, pompones y cabezas mil que se movían al compás de la marcha de tanto caballo festoneado y lleno de garambainas; la sucesión de tanto y tanto coche, semejante a canastillas hechas con todos los materiales posibles desde la concha y el marfil hasta el cobre y la madera; el estruendo solemne de la marcha real y todo lo demás que realza estas procesiones tenían tan absorto y embobado al pueblo madrileño, amante de estas cosas como ningún otro pueblo del mundo, que si la Corte hubiera estado pasando y repasando de aquella manera por espacio de tres meses seguidos, no faltarían ni un momento las grandes líneas de gente con la boca abierta a un lado y otro de la carrera. Por la multitud de caras bonitas y la variedad de colores que en ellos había, parecían babilónicos jardines los balcones de las casas. En los de la de Bringas que daban a la calle Mayor, estaba D. Benigno con Sola y los chicos, amén de otras familias amigas del rico comerciante, que dio su nombre a los soportales cercanos a Platerías. Quiso la desgraciada suerte de Sola que le tocase salir al mismo balcón donde estaba una señora a quien ciertamente no gustaba de ver en parte alguna, y no porque la dama fuese de mal aspecto, sino por otros motivos muy poderosos. Era de tal manera hermosa que cautivaba los ojos y el corazón de cuantos la miraban. Por singular capricho de la Naturaleza, el tiempo que de ordinario es enemigo y destructor de la hermosura, allí era su cultivador y como su custodio, pues la conservaba fielmente y aun parecía aumentarla cada año. De esta galantería del tiempo unida a los adornos escogidos y a un esmero constante y casi religioso en la persona, resultaba el boccato di cardinale más rico que podría imaginarse. Para mayor gracia, había tenido el buen acuerdo de vestirse de maja, lo mismo que otras muchas damas que en aquel día clásico adoptaron el traje nacional. Llevaba, pues, falda de alepín inglés color de amaranto con abalorios negros, chaquetilla de terciopelo con muchos botoncitos de filigrana de oro, mantilla de casco de tafetán con gran velo de blonda, y peineta de pico de pato, todo puesto con extraordinaria bizarría. - IV - Cuando Sola se vio junto a ella tuvo que disimular su espanto, viéndose obligada a recibir el saludo de la dama y a devolverlo cortésmente. Después hablaron las dos de lo bonita que estaba la carrera, de la hermosura del tiempo, de los dichos y hechos que se contaban de la reina Cristina y del excesivo número de personas que había en casa de Bringas, las cuales rebosaban por los balcones como guindas en cesta. Ocupada la mejor parte de los balcones por las señoras, los hombres poco o casi nada podían ver. Cordero paseaba de largo a largo por la sala, charlando con su amigo D. Francisco Bringas de cosas sustanciosas y muy importantes, como la paz entre Rusia y Turquía, la cuestión de Grecia, que pronto iba a ser reino independiente, y las tristes nuevas que habían llegado de la expedición americana, deshecha y rota en Tampico, con lo que parecía terminada nuestra dominación en aquel continente. D. Benigno, que leía diariamente la Gaceta y Diario, estaba al tanto de todo y sobre cada asunto daba juiciosos dictámenes. Los impronunciables nombres de los puntos donde se batían turcos y rusos salían de la boca de nuestro héroe con no poca dificultad, y Bringas, que seguía con grandísimo ahínco el negocio de la nueva Grecia, barajaba los nombres gatunos de los personajes de aquel país, y así no se oía otra cosa que Miaulis, Mauromichalis y también Kalocotroni, Maurocordato y Capodistria. Pronto tomó la conversación otro rumbo con la llegada de cierto joven de arrogante presencia, alto de cuerpo, agraciadísimo de rostro, con el pelo en rizos, las mejillas rosadas, el color blanco, los ojos garzos, los ademanes desenvueltos, el vestir elegante. Respondía al nombre de Salustiano Olózaga y era un abogado de veinticuatro años, medio célebre ya por sus brillantes alegatos forenses, y mayormente por la defensa que había hecho ante el Consejo y Cámara de Castilla de un pobre albañil inclusero, condenado a muerte por el robo de dos libras de tocino. La Milicia Nacional, cuando había Milicia, el foro cuando había foro y la política siempre consumían todo el ardor de su existencia. Era el campeón juvenil de la idea naciente, y la Providencia habíale dado, entre otras notables prendas, elocuencia, si no brillante, varonil y sobria, con una lógica irresistible. Los jóvenes de hoy, alumnos aprovechados del eclecticismo y del justo medio, no comprenderán quizás el entusiasmo y valentía de aquellos muchachos que sintiendo en su mente, por la natural índole de los tiempos, una especie de inspiración sacerdotal, hablaban de los déspotas y de la libertad como hablaría un romano de la primera república. Y no se paraban en barras, y aun deseaban martirios heroicos, y se metían en las conspiraciones más absurdas e inocentes, y osaban decir en pleno foro, delante de los consejeros, cosas que pasman por lo valerosas e intencionadas. Desde que entró Salustiano no se habló más de Miaulis ni del bueno de Kalocotroni. Alejados un tanto del salón principal y reforzado el grupo con otras personas, el librero Miyar, el ingeniero Marcoartú y un comerciante de la calle de Postas, llamado Bárcenas, se despacharon todos a su gusto, siendo Olózaga tan hablador y contundente que no se paraba en pelillos y con su lengua que más bien era un hacha iba dejando muy mal parada a lo que todavía no se llamaba la situación. D. Benigno que no gustaba de engolfarse mucho en política por los peligros que pudiera traer, dejó a sus amigos para buscar en los balcones la tertulia más grata y segura de las damas. La que vestía de maja se había puesto a bromear con el marqués de Falfán de los Godos, el hombre más mujeriego de aquel tiempo y también el más fino y galante, si bien su persona, hecha ya ruina lastimosa, no le ayudaba nada en lo que él quisiera que le ayudase. A Sola, en tanto, le daba conversación una señora muy impertinente llamada doña Salomé Porreño, y a cada rato ponía los ojos en blanco y echaba suspiros, cual si no tuviera en el mundo otra misión ni empleo que estarse lamentando a todas horas de una cosa perdida. Al lado de ella estaba una joven muy bonita, casada y por añadidura en aquel interesante estado que anuncia la maternidad. La de Presentacioncita, que así se llamaba, debía estar ya muy próxima, según se echaba de ver al primer examen. Era su marido un tal D. Gaspar de Grijalva con más riqueza que buen seso, y muy aficionado a meterse en trapisondas políticas, por lo que Presentación se afligía mucho y estaba siempre sobre ascuas temiendo que le ahorcasen. Esta señora, lo mismo que Sola, parecían tener muy pocas ganas de conversación; pero doña Salomé que estaba entre ellas como una especie de mediador parlante, suplía la desgana de ellas con un insaciable apetito de palique, y así no cesaba de hacer preguntas y observaciones poniendo en el discurso, como se pone la sal en la comida, los suspiros y el incesante revolver de los ojos. Jenara, que era la maja, volví hacia atrás la cara a cada instante para responder a Falfán de los Godos, y en uno de estos dimes y diretes habló así: -Sí, hoy mismo he tenido noticias suyas. Pipaón me entregó esta mañana una carta que es de perlas, por las muchas cosas ingeniosas que me dice. Creo que en mucho tiempo no le veremos por acá. Me anuncia que piensa casarse. Jenara hablaba en voz muy alta; pero como Falfán de los Godos era algo teniente, es decir, sordo, nadie lo extrañaba. Al mismo tiempo la de Porreño daba con el codo a Sola y le decía: -¿Pero no me oye usted lo que le pregunto? Tres veces he preguntado a usted que si conoce a aquel comandante que pasa, y no me ha dado contestación... Por lo visto aquí todos son sordos... Se ha quedado usted lela; ¿en qué piensa usted que está tan pálida?... ¿no oye usted?... -Sí, sí -replicó Sola, como se replicaría a las avispas, si la picada de estas alimañas fuera, en vez de picada, pregunta-. He oído perfectamente. La de Porreño, al ver que por aquella banda no sacaba nada de provecho, se volvió a la otra y a Presentación. Después que la oyó, Presentación, que era muy maligna, dijo así: -Aguarde usted. Mandaré a casa por la Guía de Forasteros, y con ella en la mano le diré a usted los nombres de todos los comandantes, capitanes y coroneles que hay en España. La de Porreño miró al cielo, como si quisiera ponerle por testimonio de tanta injusticia. Bueno es decir que no vestía de maja ni de cosa que lo pareciera, sino a la moda pura y neta de 1822, con dulleta que ella misma había trocado en pelliza, aplicándole los restos de un capisayo antiguo. Su tocado era el llamado de turbante, guarnecido de cordones que fueron de oro y unas plumas que más parecían de escribano que de avestruz, como no pudiera aplicarse a uno y otro. -También a mí me han dicho que piensa casarse -manifestó Falfán de los Godos. Entonces se oyó un murmullo, una voz sorda y general que sin decir nada, claramente decía: "Ya viene, ya viene, ya, ya...". La multitud se agitó cual una gran culebra que pone en movimiento todas sus vértebras, y en los balcones hubo un hondo suspiro de ansiedad que corrió de un cabo a otro de la calle. Todos los ojos miraban a la Puerta del Sol, por donde sonaba como el mugido de un mar, y al poco rato se vio que se agitaba la superficie de cabezas y que brincaban saltando por encima de la gente penachos de caballos, plumas de morriones y espadas desnudas. El murmullo creció, estalló la marcha real como un trueno, y empezó a pasar la corte. Sola no veía nada, sino una confusa corriente de colorines y formas, caballos que parecían hombres, hombres que trotaban, y un rodar continuo de formas y magnificencias, todo en tropel y borrosamente al modo de nube formada de la disolución de todas las visiones humanas. Un cerebro que desfallece, permitiendo la alteración de las sensaciones ópticas suele producir desvanecimiento y síncope; pero Sola hizo un esfuerzo, cerró los ojos, dejando pasar la mareante comparsa, y así resistió, fuertemente asida a los hierros del balcón. Cuando, pasada la corriente de abigarrados coches, sólo quedaban los escuadrones de escolta, principió a serenarse; pero todavía su visión estaba perturbada, y las casas y balcones cuajados de damas seguían corriendo juntamente con la caballería. Principiado el desfile por delante de Palacio, los regimientos de infantería pasaban por la calle. -Ese, ese coronel, ¿quién es? -preguntó súbitamente la de Porreño. -Si no me engaño, es el moro Muza -replicó Presentación. Diciéndolo, el caballo que montaba el teniente coronel señalado por Salomé resbaló, y sin que el jinete pudiera sujetarlo, cayó pesadamente, arrastrando a este. La caída fue tremenda. Oyose inmensa gritería mujeril. Detúvose la gente, arremolinose el regimiento, acudieron soldados y paisanos al infeliz jinete, magullado y aturdido por la fuerza del golpe, y alzándole del suelo le entraron en una tienda para darle algún socorro. Era un hombre de cuerpo largo y flaco, cara morena y varonil. Al ser levantado del suelo hacía recordar involuntariamente la figura de D. Quijote tendido en tierra después de cualquiera de sus desventuradas aventuras. En los balcones de Bringas agolpáronse todos para ver al caído. -¡Pobre hombre! -exclamó Cordero. -¡Y qué bien iba en el caballo! -dijo la de Porreño. -Se parece al de la Triste Figura -indicó Bringas. -Es el mismísimo D. Quijote -observó Olózaga. Jenara volviose prontamente, y con cierto tonillo de enfado dijo así: -Pues no es D. Quijote, señor discursista, sino D. Tomás Zumalacárregui, apostólico neto y con un corazón mayor que esta casa. Cuando poco o nada había que ver en los balcones, Bringas obsequió a sus amigos con algunas golosinas, acompañadas de licores y agua fresca, y unos hartos de dulces, otros sin probarlos, empezó a desfilar. D. Benigno con Sola y sus hijos fue a recorrer las calles para ver los preparativos de las grandes fiestas que empezaban aquel día, y principalmente para contemplar y admirar por sus cuatro costados el templete, monumento de lienzo pintado de que se hablaba mucho y que con grandes dispendios se construyó en la Puerta del Sol sobre la misma Mariblanca. Era la máquina más bonita que habían visto los madrileños hasta entonces. Millares de personas la admiraban a todas horas formando un círculo de papamoscas, y a la verdad, las columnas pintadas, las cuatro estatuas y el globo terráqueo que lo tapaba todo como un bonete harían caer de espaldas a Miguel Ángel, Herrera y a todos los arquitectos habidos y por haber. Todo lo fue examinando Cordero, y sobre todos los preparativos dio opiniones muy discretas. En los días y noches siguientes llevó a su familia a ver las comparsas e iluminaciones y a admirar la gran novedad del carro triunfal alegórico mitológico manolesco, dispuesto por el corregidor Barrajón, y en el cual iban haciendo de ninfas varias bellezas de Madrid, entre ellas Pepa la Naranjera que subida en el escabel más alto representaba a la Diosa Venus. La gente decía que iba vestida de Venus, de lo que resultaba un contrasentido; pero el decoro de nuestras costumbres y la santidad de los tiempos no habrían consentido que las diosas salieran a la calle como andaban por el Olimpo. - V - Entre las muchas sociedades más o menos secretas que amenazaron el poder de Calomarde, hubo una que no precisamente por lo temible sino por otras razones merece las simpatías de la posteridad. Llamose de los Numantinos y componíase de mucha y diversa gente. Entre los atrevidos fundadores de ella hubo tres cuyos ilustres nombres conserva y conservará siempre la historia patria: llamábanse Veguita, Pepe y Patricio. El objeto de los Numantinos era, como quien no dice nada, derrocar la tiranía. Los medios para conseguir este fin no podían ser más sencillos. Todo se haría bonitamente por medio de la siguiente receta: matar al tirano y fundar una república a estilo griego. Retratemos a los tres audaces patriotas, ante cuya grandeza heroica palidecerían los Gracos, Brutos y Aristogitones. El primero, Veguita, tenía diez y ocho años y era de la piel de Barrabás, inquieto, vivo, saltón, con la más grande inventiva que se ha visto para idear travesuras, bien fueran una voladura de pólvora, un escalamiento de tapias, una paliza dada a tiempo o cualquier otro desafuero. Su casta americana se revelaba en el brillo de sus negros ojos, en su palidez y en sus extremadas alternativas de agitación e indolencia. Vino de América casi a la ventura. Su madre le envió a Europa para educarse y para heredar. Si esto último no fue logrado, en cambio su nueva patria heredó de él abundantes bienes de la mejor calidad. Pertenecía a la célebre empolladura del colegio de San Mateo, donde dos retóricos eminentes sacaron una robusta generación de poetas. Antes de ser derrocador de tiranos fundó la academia del Mirto, cuyo objeto era hacer versos, y allí entre sáficos y espondeos nació el complot numantino; que en España, ya es sabido, se pasa fácilmente de las musas a la política. El segundo, Pepe, tenía quince años. Nació en un camino, entre el estruendo de un ejército en marcha; arrullaron su primer sueño los cañones de la guerra de la Independencia. Creció en medio de soldados y cureñas, y a los cinco años montaba a caballo. Sus juguetes fueron balas. Ya mozo, era mediano de cuerpo, y agraciado de rostro, en lo moral generoso, arrojado hasta la temeridad, ardiente en sus deseos, pobre en caudales, rico en palabra, cuando triste tétrico, cuando alegre casi loco. Educose también en San Mateo con los retóricos y desde aquella primera campaña con los libros, le atormentaba el anhelo de cosas grandes, bien fueran hechas o sentidas. Los embriones de su genio, brotando y creciendo antes de tiempo con fuerza impetuosa, le exigieron acción, y de esta necesidad precoz salió la sociedad numantina. También le exigían arte, y por eso en las sesiones de la asamblea infantil, a Pepe le salía del cuerpo y del alma, en borbotones, una elocuencia inocentemente heroica que entusiasmaba a todo el concurso. Él no pedía niñerías, ni aspiraba a nada menos que a quebrantar las cadenas que oprimían a la patria, empresa en verdad muy humanitaria y que iba a ser realizada en un periquete. El tercero, Patricio, tenía como Veguita diez y ocho años. Se le contaba por lo tanto entre los respetables. Era formalillo, atildado, de buena presencia, palabra fácil y fantasía levantisca y alborotada. Sentía vocación por las armas y por las letras, y lo mismo despachaba un madrigal que dirigía un formidable ejército de estudiantes en los claustros de doña María de Aragón. También era orador, que es casi lo mismo que ser español y español poeta. En los Numantinos asombraba por su energía y el aborrecimiento que tenía a todos los tiranos del mundo. Insistía mucho en lo de hacer trizas a Calomarde, medio excelente para llegar después a la pulverización completa de la tiranía. Las reuniones se celebraban en una botica de la calle de Hortaleza las más de las veces, otras en una imprenta, y cuando había olores de persecución toda Numancia se refugiaba en una cueva de las que había en la parte inculta del Retiro no lejos del Observatorio. Los mayores de la cuadrilla no pasaban de veinte abriles: estos eran los ancianos, expertos, o maestros sublimes perfectos; que, a decir verdad, la pandilla gustaba de darse ciertos aires masónicos, sin lo cual todo habría sido muy soso y descolorido. Si aquello no era inocente lo parecía, porque a lo mejor, los enemigos del Tirano, bien se hallaran en la botica, bien en la novelesca cueva del Retiro, se distraían sin saber cómo de su misión heroica y se ponían a acertar charadas y a representar comedias. Otras veces, cuando alguno de ellos tenía dineros, cosa muy extraordinaria y fuera de lo natural, alquilaban borricos y se iban en escuadrón por las afueras, dando costaladas y buscando aventuras que siempre concluían con alguna pesada chanza de Pepe. Fuera o no pueril la sociedad Numantinos, lo cierto es que Calomarde la descubrió y puso la mano en ella, dando con todos los chicos en la cárcel de corte, y metiendo más ruido que si cada uno de ellos fuese un Catilina y todos juntos el mismo Averno. La importancia que dio aquel gobierno menguado y cobarde a la conspiración infantil puso en gran zozobra a las familias. Se creyó que los más traviesos iban a ser ahorcados, y había razón para temerlo, pues quien supo ahorcar a hombres y mujeres, bien podía hacer lo mismo con los muchachos, que era el mejor medio para extirpar el liberalismo futuro. Mas por fortuna Calomarde no gustó de hacer el papel de Herodes, y después de tener algunos meses en la cárcel a los que no se salvaron huyendo, les repartió por los conventos para que aprendieran la doctrina. Patricio se escapó a Francia. A Pepe me le enviaron al convento de franciscanos de Guadalajara, y a Veguita le tuvieron recluso en la Trinidad de Madrid. Esta prisión eclesiástica fue muy provechosa a los dos, porque los frailes les tomaron cariño, les perfeccionaron en el latín y en la filosofía, y les quitaron de la cabeza todo aquel fárrago masónico numantino y el derribo de tiranías para edificar repúblicas griegas. - VI - Lo azaroso de los tiempos traía entonces mudanzas muy bruscas en todo, y las pandillas variaban a menudo, modificadas por las muertes y destierros. En 1827 echábase de menos a Patricio, que estaba en París, y a Pepe que perseguido nuevamente por sus calaveradas se había marchado a Lisboa con muchas ilusiones y pocas pesetas, que por cierto arrojó al mar en la boca del Tajo. Quedaba Veguita, a quien hallamos siendo núcleo de una nueva cuadrilla. Ya no se ocupaba de política inocente. La juventud abría los ojos, columbrando la grandeza lejana de sus destinos. ¡Generación valiente, en buen hora naciste! Junto a Veguita hallamos a un joven riojano y por añadidura tuerto que hacía ya las comedias más saladas que podrían imaginarse. Había sido primero soldado raso y después empleado en los tres años, con su impurificación correspondiente el 24. Tenía las chuscadas más ingeniosas y las ocurrencias más felices. Hablaba mejor en verso que en prosa y montaba mejor en el Pegaso que en un burro alquilón, pues restablecido en la partida el uso de las expediciones asnales, nuestro soldado poeta apenas sabía tenerse sobre la albarda. Era el mismo demonio para contar cuentos y para buscar consonantes, siendo tal en esto su destreza que no le arredraban los más difíciles y enrevesados. El más notable, después de estos, era un muchacho que hacía muy malos versos y no muy buena prosa, medio traductor de Homero, casi abogado, casi empleado, casi médico, que había empezado varias carreras sin concluir ninguna. Sabía lenguas extranjeras. Tenía veinte años, y en tan corta edad había pasado de una infancia alegre a una juventud taciturna. Tan bruscas eran a veces las oscilaciones de su ánimo arrebatado en un vértigo de afectos vehementes, que no se podía distinguir en él la risa del llanto, ni el dudoso equívoco de la expresión sincera. Había en su tono y en su lenguaje un doble sentido que aterraba y un epigramático gracejo que seducía. Era pequeño de cuerpo y bien proporcionado de miembros. A su pelo muy negro acompañaban bigote y barba precoces, y su color era malo, bilioso, y sus ojos grandes y tristes. Tenía mala boca y peores dientes, lo cual le afeaba bastante. Fumaba sin descanso, como si padeciera una sed de humo, que jamás podía aplacarse, y era en su vestir pulcro, elegante y casi lechuguino. Educado en Francia, afectaba a veces desprecio de su nación y la censuraba con acritud, quejándose de ella como el prisionero que se queja de la estrechez incómoda de su jaula. Frecuentemente, después de alborotar en el grupo de un café con palabras impetuosas o mordaces, se retiraba a un rincón rechazando toda compañía, o despidiéndose a la francesa, huía. Después de largas ausencias tornaba a la pandilla con humor hipocondríaco. Daba su opinión sobre poesía y literatura con un aplomo y una originalidad de juicios que pasmaba a todos. Ni Veguita ni el tuerto autor de comedias tenían conocimiento, por lo que sus maestros de aquí les enseñaban, de aquel nuevo y peregrino modo de juzgar, buscando el fondo más bien que la forma de las obras. Pero cuando nuestro atrabiliario quería echarse a poeta, los mismos que le admiraban como juez, se reían en sus barbas diciéndole que una cosa es predicar y otra dar trigo. Por mucho tiempo fue objeto de risa y chacota su oda a los Terremotos de Murcia, que es de lo peor que en nuestra lengua se ha escrito. Cuando se anunció que la reina Cristina estaba en cinta, todos los poetas echaron otra vez mano a la lira, y el hipocondriaco endilgó su soneto Guarda ya el seno de Cristina hermosa vástago incierto de alta dinastía... Verdad es que no eran mucho mejores los que al mismo asunto compusieron Veguita y el autor de comedias. Había en la pandilla otros muchos chicos. De ellos algunos no serán mencionados en razón de la oscuridad en que siempre han vivido, otros lo serán más tarde cuando las necesidades de esta verídica historia lo reclamen. Reuníanse primero en el café de Venecia y después en el del Príncipe, que desde entonces sacó el nombre de Parnasillo. Entonces la juventud no tenía más que dos medios para dar desahogo a su ardor y eran hacer versos o hacer diabluras. Los estudios estaban muertos, la prensa no existía, las letras mismas y el teatro principalmente yacían encadenados por una censura bestial y vergonzosa, el conspirar olía a cáñamo, la política era patrimonio de las camarillas, las bellas artes, música y pintura estaban en su primera alborada. Los muchachos que no sentían gusto por los soeces ejercicios de la tauromaquia se entretenían en trepar por las asperezas del Olimpo, y como la mayor parte carecían de estro, no tenían más recurso que la murmuración y las travesuras. De todas las musas, la que más andaba entre los de la pandilla, tratándoles de tú, era la Décima, por otro nombre el hambre, a quien Veguita dedicó una composición muy chusca. Sin dinero, sin ocupación, sin estímulo, aquellos insignes poetas o prosistas o simples mortales vivían de la poderosa fuerza íntima que en unos era la fantasía, en otros la conciencia de un gran valer y en todos el presagio de que habían de ser principio y fundamento de una generación fecunda. Todo cansa en el mundo, hasta el hacer versos. Así es que no podían satisfacer al bullidor espíritu de tales muchachos las sesiones del Parnasillo y el ardiente disputar sobre odas, comedias y poemas. La juventud necesita acción, necesita el elemento dramático de la vida, sin el cual esta no es más que un soliloquio de dolor o un quietismo morboso. La juventud de aquel tiempo, la más ilustre que había tenido España desde que envejeció la gran pléyade del siglo XVII, no sabía vivir sin drama. Es verdad que había amores y de lo fino, pero las aventuras galantes no podían satisfacer completamente a aquella juventud que era la empolladura de una gran época. Si la hubiesen dejado, ella habría hecho revoluciones, derribado gobiernos, aplastado ídolos entre el tumulto estrepitoso de millares de discursos. Sentía en sí, mezclado con la facultad y con la facilidad versificante, el germen de la gloriosa oratoria parlamentaria, que en nuestra tierra y en nuestro genio es una especie de poesía combatiente. En España es común que el fuego de las ambiciones rompa las liras para forjar con ellas las espadas. La acción, que era una necesidad, un apetito irresistible de la insigne pandilla, estaba circunscrita por Calomarde a la esfera del Parnasillo. La policía no estorbaba que allí dentro se dispararan ovillejos, quintillas y décimas, llenas de pimienta como los antiguos vejámenes; pero el libro, el drama, el periódico, todas las grandes armas del pensamiento, les estaban vedadas. No se les permitía más que los alfileres. Su instinto de grandes empresas con la palabra o con la acción les llevaba derechamente a las travesuras, y aquellos rapaces inspirados se ocupaban de noche en salir por ahí a romper faroles y a dar bromazos a los vecinos pacíficos. ¡Romper un farol! ¡Cuántas delicias, cuánto ingenio, cuánta charla preparatoria y cuántos trámites para obra tan divertida! Escogida por el día la inocente víctima, bien por la diafanidad relativa de sus vidrios, bien por hallarse próxima a cualquier casa de habitantes pusilánimes, se le formaba causa criminal. Uno defendía en toda regla al farol, alegando sus buenos servicios, otro le acusaba probando su complicidad en las tinieblas de la calle, o por el contrario el robo que había hecho de los rayos del sol. Después de consultar toda la jurisprudencia farolística recaía sentencia en verso, y se nombraba la comisión ejecutiva. Por la noche un repentino estruendo y el salpicar de los vidrios rotos anunciaba el terrible cumplimiento de la justicia, y con la oscuridad, la alarma de los vecinos y la intromisión de algunos de estos en la gresca, venían nuevas trapisondas y al cabo palos y carreras. Otras veces se entretenían en llamar con fuertes aldabonazos a las puertas, y daban aviso a media docena de médicos, diciéndoles con mucho apuro que tal o cual enfermo se hallaba en crisis. Enviaban la partera a casa de quien menos la necesitaba y la caja de muerto a quien gozaba de excelente salud. Desde Santa Catalina hasta la Cuaresma, menudeaban entonces las reuniones de máscaras, diversión que prevalece en épocas de poca libertad. Eran célebres y vistosas las de Aristizábal, Commoto y Mariátegui, familias ricas y que recibían y obsequiaban en el tono y forma de la urbanidad moderna. Pero el españolismo rancio tenía tantas raíces que las tertulias de aquella especie eran señaladas y aun puestas en ridículo por los enemigos de los cumplimientos, partidarios de la antigua llaneza ramplona, de quien eran secuaces la incomodidad, el desaseo, los modales burdos y la grosería. Entre las pocas tertulias donde no imperaba el españolismo rancio, había una, que era sin duda la más agradable de todas. No ha llegado su fama hasta nuestros días; pero esto no importa ni hace al caso, toda vez que apenas hemos tenido, como los tuvo Francia, salones célebres que fueran centro de hábiles tramas políticas. La tertulia o salón de Doña Jenara, que tal nombre se le daba, no tuvo importancia mayor como centro político ni podía tenerla en aquellos días; no era tampoco de primer orden por la riqueza de su dueña, y sus únicas preeminencias consistían en el buen gusto, en el trato amable, festivo, ligero y exquisitamente urbano, tan distante de la afectada etiqueta como de la llaneza, en lo exquisito de los manjares, en la comodidad del servicio de estos, en la libertad un tanto excesiva de los juegos de azar, y principalmente en la chispa inagotable de la charla ingeniosa, rica en intención y en travesura. Era opinión común que allí no entraban los tontos. Concurrían a la tertulia menos mujeres que hombres. De los poetas nuevos no faltaba uno, y de la gente antigua y machucha iba toda la turbamulta volteriana. No quiere decir esto que la tertulia fuese un centro liberalesco, ni el volterianismo significaba de modo alguno entonces ideas avanzadas en política; por el contrario los más heterodoxos eran comúnmente los más cangrejos, como solía decirse. Si algún color político dominaba en las reuniones era el absolutista tolerante o ilustrado, el ideal monárquico con Carta a lo Luis XVIII, habilidosa componenda de donde en tiempos más próximos había de salir el Estatuto, y luego los moderados, doctrinarios, etc. La dueña de la casa parecía complacerse en sostener equilibrio perfecto entre el elemento apostólico y el reformista, pues ambos tenían algún adalid en sus tertulias. Pero no todo era política. Casi casi las tres cuartas partes del tiempo se invertían en leer versos y hablar de comedias, y la música no ocupaba el último lugar. Después que algún aficionado tocaba al clave una sonatina de Haydn o gorjeaba un aria de la Zelmira cualquier italiano de los de la compañía de ópera, solía el ama de la casa tomar la guitarra, y entonces... No hay otra manera de expresar la gracia de su persona y de su canto sino diciendo que era la misma Euterpe, bajada del Parnaso para proclamar el descrédito del plectro y hacer de nuestro grave instrumento nacional la verdadera lira de los dioses. Era hermosa sobre toda ponderación y mujer de historia. Estaba separada de su esposo y no se le conocían desvaríos. Si alguien se aventuraba a hablar de cosas que ofendieran su buen nombre, era tan por lo bajo que aquellos vientecillos de murmuración apenas salían de un pequeño círculo. Había viajado mucho y hablaba el francés con perfección, cosa que ya era de grandísimo valor entre los elegantes. Existían en su vida pasajes misteriosos que nadie acertaba a explicar bien, y que, por el mismo misterio, se trocaban en dramáticos; y finalmente, mariposeaban en torno a ella muchos individuos con pretensiones de cortejos; pero aunque a todas horas le echaban memoriales de suspiros o de galanterías, no dio ocasión a ninguno para que se creyera favorecido. La danza no podía faltar en las tertulias. ¡Ah!, entonces el baile era baile, un verdadero arte con todos los elementos plásticos que le hicieron eminente en Oriente y Grecia, por donde parece natural mirarle como antecesor de la escultura. Entonces había caderas, piernas, cinturas, agilidad, pies y brazos; hoy no hay más que armazones desgarbadas dentro de la funda negra del traje moderno. Al ver en estos últimos años a ciertos hombres eminentes que han sido (y los que viven lo son todavía) el summum de la gravedad en la magistratura, en la política y en el ejército, y al mirarles, repetimos, ora en el sillón presidencial del Senado, ora en el banco azul, ya vestidos con la toga de la justicia, ya con el respetabilísimo uniforme de generales, no hemos podido tener la risa considerando que vimos a esos mismos señores dando brincos y haciendo trenzados en el salón de doña Jenara con el más loco entusiasmo. La política se trataba en aquella casa con toda la discreción que la época exigía. Ninguno de los sucesos que ocuparon la atención pública desde 1829 a 1831 dejó de tratarse allí, mezclándose los exteriores con los de casa, según los traía la revuelta corriente del tiempo. Allí se dijo cuanto podía decirse de la trascendentalísima Pragmática Sanción del 29 de Marzo del 30, origen inmediato de varias guerras crueles, pretexto de esa horrible contienda histórica, secular, característica del genio español del siglo XIX y que no ha concluido, no, aunque así lo indiquen las treguas en que el pérfido monstruo toma aliento. Esa batalla grandiosa en que han peleado con saña los ideales más hermosos y las tradiciones poéticas, los entusiasmos más firmes y las ranciedades más respetables, los intereses más nobles y los más bastardos, mezclándose en una y otra parte el legítimo anhelo de la reforma con la terquedad de la costumbre, el generoso vuelo del pensamiento con la noble exaltación de la fe; esa batalla, digo, estaba trabada hace tiempo en el corazón y en el pensar de España y tarde o temprano había de venir al terreno de las armas. Así tenía que ser por ley ineludible. Quiso el cielo que nuestra revolución fuera larga, sangrienta, toda compuesta de fieros encuentros, heroísmos, infamias y martirios, como una gran prueba; quiso que se desataran las pasiones en una guerra sin fin, empezada, concluida y vuelta a empezar y concluir en larga serie de años de zozobra. Hay pueblos que se transforman en sosiego, charlando y discutiendo con algaradas sangrientas de tres, cuatro o cinco años, pero más bien turbados por las lenguas que por las espadas. El nuestro ha de seguir su camino con saltos y caídas, tumultos y atropellos. Nuestro mapa no es una carta geográfica sino el plano estratégico de una batalla sin fin. Nuestro pueblo no es pueblo sino un ejército. Nuestro gobierno no gobierna: se defiende. Nuestros partidos no son partidos mientras no tienen generales. Nuestros montes son trincheras, por lo cual están sabiamente desprovistos de árboles. Nuestros campos no se cultivan, para que pueda correr por ellos la artillería. En nuestro comercio se advierte una timidez secular originada por la idea fija de que mañana habrá jaleo. Lo que llamamos paz es entre nosotros como la frialdad en física, un estado negativo, la ausencia de calor, la tregua de la guerra. La paz es aquí un prepararse para la lucha, y un ponerse vendas y limpiar armas para empezar de nuevo. Pues esta guerra, esta inquietud que ha llegado a ser en la madre patria como un crónico mal de San Vito, se declaró abiertamente, después de ciertos amagos, cuando se quiso averiguar quién sucedería en el trono a nuestro amado soberano, toda vez que era creencia general que se nos moriría pronto. Felipe V establece la ley Sálica y Carlos IV la deroga en secreto. Fernando VII quiere hacerlo en público y lo hace. El problema terrible, o sea la rivalidad de las dos ideas cardinales, encuentra al fin un hecho en que encarnarse, la sucesión. Tradición y libertad se miran y aguardan con mano armada y corazón palpitante lo que dirá la esfinge. La esfinge en aquellos críticos días es una reina en cinta. ¿Varón o hembra? He aquí la duda, la pregunta general, la esperanza y el temor juntos, la cifra misteriosa. Cuando llegó el día 10 de Octubre de 1830, día culminante en nuestra historia, y retumbó el cañón llevando la alegría o el miedo a todos los habitantes de la Villa, el ingenioso cortesano de 1815, D. Juan de Pipaón, entró sofocado y sudoroso en casa de Jenara. Venía sin aliento, echando los bofes, con la cara como un tomate, por la violencia del correr y de las emociones. -¿Qué?... ¿qué es? -preguntó Jenara con calma. Pipaón se dejó caer en un sofá y dándose aire con el pañuelo exclamó: -¡Hembra!... España es nuestra. -¡Hembra! -repitió Jenara-. ¡Pobre España! - VII - Excusado es decir que las fiestas sucedieron a las fiestas, que a la alegría oficial correspondió la del inocente pueblo y que la inmensa mayoría de este no comprendió la importancia extraordinaria del suceso, origen de tanto cañoneo y regocijos tantos. Se había arrojado la moneda al juego de cara o cruz y había salido cara. Los de la cruz estaban como es fácil suponer. Había que oírles en sus camarillas, conventículos y madrigueras oscuras. No se hablaba más que de las Partidas, del Auto acordado y de la Pragmática Sanción, y la palabra legitimidad se escribió en la oculta bandera. Luego que Jenara y Pipaón dijeron lo que escrito queda, empezaron a llegar a la casa los amigos, unos contentos, otros reservados. Aquella misma noche leyeron algunos poetas los versos en que celebraban el feliz alumbramiento de la hermosa reina, y la señora de la casa obsequió a todos con espléndido ambigú, en el cual hubo tanta alegría y abundancia tal de exquisitos vinos, que algunos salieron a la calle con más soltura de lengua y más flaqueza de piernas de lo que fuera menester. Por mucho tiempo los temas de política extranjera cedieron en la tertulia ante el grave tema de nuestros negocios. Ya no se habló más de la revolución de Julio en Francia, asunto socorridísimo que dio para todo el verano y otoño, ni del nuevo reinillo de Grecia, ni del reconocimiento de Luis Felipe, ni de Polonia, ni aun siquiera del famoso decreto de 1º de Octubre, en el cual, para acabar más pronto con los llamados negros, se condenaba a muerte a todo el género humano o poco menos. Y la causa de esta barrabasada draconiana fue que el buenazo de Luis Felipe, viendo que aquí no le querían reconocer como Rey de los franceses, abrió la frontera a los emigrados y aun dícese que les dio auxilio y adelantó algunos dineros. Ellos que necesitaban poco para armarla, cuando se vieron protegidos por el francés, asomaron impávidos por diversas partes del Pirineo. Mina Valdés y Chapalangarra, acompañados de López Baños, Jáuregui Sancho y otros andantescos de la revolución aparecieron por Navarra. Cataluña vio en sus riscos a Milans y a Brunet, y por Roncesvalles vinieron Gurrea y Plasencia. En Gibraltar los más temibles aguardaban coyuntura para hacer un desembarco. Pero todos estos amagos no pasaron adelante. El gobierno acabó pronto con todas las partidas, y habiendo caído en la cuenta de que debía reconocer a Luis Felipe, hízolo así, y Francia cerró la frontera. De este modo ha jugado siempre la buena vecina con nuestras discordias, y lo mismo será mientras haya discordias, emigrados y fronteras. Muchas particularidades desconocidas del público y aun del gobierno en las frustradas intentonas, fueron sabidas de los tertulios de Jenara. En la casa de esta había un grupo que solía reunirse a solas presidido por la señora, y en él la confianza y la amistad habían apretado sus dulces lazos. Allí solían leerse algunas cartas venidas de Francia, no ciertamente con intento de conspirar, sino como mensajes de cariño. Vega (a quien ya no es conveniente llamar Veguita) contaba que Pepe Espronceda había estado en la frontera batiéndose al lado del bravo y desgraciado Chapalangarra. Todo lo sabía Ventura por una carta que recibió en Noviembre y en la cual se referían las aventuras que le salieron a Espronceda desde que entró en Lisboa hasta que pasó el Pirineo, las cuales eran tantas y tan maravillosas que bastaran a componer la más entretenida novela de amores y batallas. En Lisboa le metieron en un pontón donde se enamoró de la hija de cierto militar compañero de encierro. Este le parecía ya más que cárcel un paraíso, cuando me le cogieron y embarcándole en un pesado buque, me le zamparon en Londres. Allí vivió, mejor dicho, murió algún tiempo de tristeza y desesperación, cuando cierto día en que acertó a pasar por el Támesis vio que desembarcaba su amada. Días felices siguieron a aquel encuentro; pero cuáles serían las aventuras del poeta que tuvo que salir a toda prisa de Inglaterra y huir a Francia, donde encontró a muchos emigrados, y juntándose con ellos y con estudiantes y periodistas, empezó a alborotar en los clubs. Vinieron las célebres ordenanzas de Polignac contra los periódicos. Ya se sabe que de las ruinas de la prensa nacen las barricadas. Espronceda se batió en ellas bravamente, y sucio de pólvora y fango respiró con delicia y gritó con entusiasmo viendo por el suelo la más venerada monarquía del mundo, que con toda su veneración había caído ya tres veces con estruendo y pavor de toda Europa. Espronceda no se contentaba con libertar a Francia. Era preciso libertar también a Polonia. Entonces era casi una moda el compadecer al pueblo mártir, al pueblo amarrado, desnacionalizado, cesante de su soberanía. La cuestión polaca fue llevada al sentimentalismo, y al paso que se hicieron innumerables versos y cantatas con el título de Lágrimas de Polonia, se formaban ejércitos de patriotas para restablecer en su trono a la nación destituida. El que cantó al Cosaco se alistó en uno de aquellos ejércitos, que en honor de la verdad más tenían de sentimentales que de aguerridos. Pero afortunadamente para el poeta, Luis Felipe que como Rey nuevecito quería estar bien con todo el mundo, incluso con los rusos, prohibió el alistamiento. A la sazón el banquero Lafitte daba (con mucho sigilo se entiende), dinero y armas a los emigrados españoles para que vinieran a meter cizaña a la frontera. En esto era correveidile del francés que deseaba probar a España los inconvenientes de no reconocer a los reyes nuevos. Espronceda, que se ilusionaba fácilmente como buen poeta, al ver los aprestos de la emigración creyó que ya no había más que entrar, combatir, avanzar, ganar a Madrid, repetir en él las jornadas de Julio y quitar a Fernando el dictado de rey de España para llamarle de los españoles, trocándolo de absoluto y neto en soberano popular, bourgeois, bonnet de coton o como quisiera llamársele. Ya se sabe el término que tuvieron estas ilusiones. Después de las escaramuzas quedamos, con el sanguinario decreto de Octubre, más absolutos, más netos, más apostólicos, más narizotas y más calomardizados que antes. Si Vega y otros de los tertulios recibían de peras a higos alguna carta, Jenara las tenía constantemente y con puntualidad, cosa notable en un tiempo en que la correspondencia o no circulaba o circulaba después que la paternal policía se enteraba bien de su contenido para evitar camorras. La correspondencia de Jenara se salvaba por mediación del gran Bragas, que la sacaba incólume del correo, y al mismo tiempo recibía de él numerosas confidencias de sucesos más o menos misteriosos. De estas confidencias muchas no le servían para nada, otras las utilizaba para favorecer a los amigos que caían en desgracia del gobierno, y de todas tomaba pie para burlarse a la calladita de Calomarde, personaje a quien estimaba lo menos posible. Habían pasado muchos días desde el nacimiento de la princesa de Asturias, esperanza de la patria, cuando Pipaón fue a ver a Jenara y le anunció con misterio que tenía que comunicarle cosas de importancia. -O yo no soy quien soy -dijo sentándose junto a ella en el gabinete-, o yo he perdido el olfato, o nuestro endemoniado amigo está en Madrid. -¿Será posible? ¡En Madrid!... ¡qué locura!, ¡y sin ponerse bajo nuestra protección! -exclamó la dama palideciendo un poco. -Yo no le he visto; pero hay en Gracia y Justicia algunos datos que permiten creer que está aquí... Y no habrá venido seguramente a matar moscas. Algún jaleo lindísimo traen entre manos esos bribones, que no quieren dejarnos en paz. El Gobierno teme algo en Andalucía, por lo cual no hay carta que no se abra ni vivienda que no se registre. Manzanares, Torrijos y Flores Calderón andan por allá preparando algo, y al fin, tanto va a la fuente el cántaro de la represión que en una de estas se rompe... -¡Sangre... horca! -dijo maquinalmente Jenara mirando al suelo. -D. Tadeo pierde cada día su fuerza, y el Rey se está haciendo todo mantecas a medida que la gente de orden y el respetabilísimo clero ponen los ojos en el Infante, única esperanza de esta nación francmasonizada y hecha trizas por el ateísmo. Ya no es nuestro Rey aquel hombre que se ponía verde siempre que le hablaban de liberalismo. Con los achaques y el mal de ojo que le ha hecho la Reina, pues el amor que le tiene parece maleficio, está más embobado que novio en vísperas. Doña Cristina sabe a dónde va y dulcifica que te dulcificarás, está haciendo la cama al democratismo. Ya se habla de amnistía, de abrir la puerta a los lobos, señora, y traernos otros tres añitos como los de marras. Al decir esto, el ilustre D. Juan, inflamado en patriótica ira, dio un porrazo en el suelo con la contera de su bastón, añadiendo luego: -Pero no será, no será; que antes que doblar el cuello a las melifluidades pérfidas de la napolitana, antes que dejarnos llevar por ella a la ratonera liberalesca, echaremos a rodar Pragmática y Reina y la áurea cuna de la angélica Isabel, como dicen esos menguados poetastros, y habrá aquí un Vesubio, señora, un Etna... La señora no le hizo caso y seguía meditando. -Se levantará la nación -dijo el cortesano levantándose de la silla para expresar emblemáticamente su idea-, y veremos cuántas son cinco. Tenemos un príncipe varón, sabio, religioso, honesto; tenemos doscientos mil voluntarios realistas que se beberán el ejército como un vaso de agua, tenemos el reverendo clero con los reverendísimos obispos a su cabeza; tenemos el apoyo de la Europa, que, fuera de la nación francesa, marcha por las vías apostólicas. ¡Viva el señor Don...! -¡Silencio! -indicó la dama-. No me atormente usted con su entusiasmo. Estoy de apostólicos hasta la corona y deseo que los kirie-eleysones del cuarto de D. Carlos no lleguen hasta mi casa trayéndome el olorcillo a sacristía que tanto me enfada... Pasando a otra cosa, ¿sabe usted que es temeridad venir a Madrid sin ponerse bajo nuestro amparo?... Yo le ofrecí mi protección para que viniera... Sin ella está en grandísimo peligro y tan bien ahorca a Juan como a Pedro. -Exactamente. ¿Pero le ha visto usted hacer cosa alguna que no fuera temeridad, locura y disparate? -Trabajo le doy a quien intente averiguar dónde está escondido -dijo la dama sin cuidarse de disimular su inquietud-. ¿Será posible averiguarlo? -Muy posible -repuso Pipaón soplando fuerte; que era en él signo claro de legítimo orgullo-. Como que ya tengo si no averiguado, casi casi... -¿De veras? Estará en casa de algún amigo. -Que te quemas... digo, que se quema usted. -¿En casa de Bringas? -No. -¿En casa de Olózaga? -Nones. -¿En casa de Marcoartú? -Requetenones... En suma, señora mía, yo no sé fijamente dónde está; pero tengo una presunción, una sospecha... -Venga... Si no me lo dice usted pronto, le contaré a Calomarde sus picardías. -No por la amenaza de usted sino por mi cortesía y deseo de complacerla le diré que me tendré por el más bobo, por el más torpe de los cortesanos de este planeta si no resultase que nuestro temerario trapisondista está en casa de Cordero. -¡En casa de Cordero! La dama pronunció estas palabras con asombro y quedó luego sumergida en el mar de sus pensamientos, sin que los comentarios de Pipaón lograran sacarla a la superficie. -¿Estorbo? -dijo al fin el cortesano advirtiendo que la dama no le hacía más caso que a un mueble. -Sí -repuso ella con la franqueza que tanta gracia le daba en ocasiones. -¿Va usted de paseo? -No... me duele la cabeza... Abur, Pipaón, no olvide usted mis recomendaciones, a saber: la canonjía, la canonjía, Santo Dios, que esos benditos primos me tienen loca... la bandolera para el sobrino del canónigo; que su familia no me deja respirar... el pronto despacho en la censura de teatros de ese nuevo drama traducido por el busca-ruidos... en fin, no sé qué más. Esto no es casa, es una agencia. Despidiose Pipaón después de prometer activar aquellos asuntos, y la dama, al punto que se vio sola, empezó a vestirse con gran prisa y turbación. Le había ocurrido que aquel día necesitaba de ciertos encajes y no quería dilatar un minuto en ir a comprarlos. - VIII - A pesar de su amor a la vida inalterable y metódica, D. Benigno no veía con gusto que transcurriese el tiempo sin traer cambios o novedades en su existencia. Es que se había amparado del alma del héroe cierto desasosiego o comezoncilla que le sacaba a veces de su natural índole reposada. A menudo se ponía triste, cosa también muy fuera de su condición, y sufría grandes distracciones, de lo que se asombraban los parroquianos, los amigos y el mancebo. En la casa no había más variaciones que las que trae consigo el tiempo: los muchachos crecían, los pájaros se multiplicaban, los gatos y perros se rodeaban de numerosa y agraciada prole, Crucita gruñía un poco menos y Sola había engrosado un poco más. De todos los amigos de Cordero el más querido era el buen padre Alelí, de la orden de la Merced, viejísimo, bondadoso, campechano. Era de Toledo como D. Benigno y aun medio pariente suyo. Le ganaba en edad por valor de unos treinta años, y acostumbrado a tratarle como un chico desde que Cordero andaba a gatas por los cerros de Polán, seguía llamándole, por inveterado uso, chicuelo, Don Piojo, harto de bazofia, el de las bragas cortas. Cordero, por su parte, trataba a su amigo con mucho desenfado y libertad, y como las ideas políticas de uno y otro eran diametralmente opuestas y Alelí no disimulaba su absolutismo neto ni Cordero sus aficiones liberalescas, se armaba entre los dos cada zaragata que la trastienda parecía un Congreso. Felizmentetoda esta bulla acababa en apretones de manos, risas y platos de migas al uso de la tierra, rociadas con vino de Yepes o Esquivias. He aquí un modelo de conversación Alelí-Corderesca: -Buenos días, Benignillo. ¿Cómo vas de régimen nefando? -Padre Monumento, vamos tal cual. Los del régimen se entretienen en tirarse coces unos a otros y no se acuerdan de perseguirnos. -Don Fulastre, don Piojo, el asno será él. ¿Sabes algo del nuevo Papa que tenemos, Gregorio XVI, el cual, o no será tal Papa o no dejará un Rey liberal en toda la Europa? -¡Barástolis! No sé más sino que allá me las den todas y que le beso las manos a mi señor Don Gregorio como católico que soy. -¿Católico y jacobista? Átame esa mosca. Oye, tú, el de las bragas cortas; ¿qué pasaje leíste anoche? -Tío Latinajo, leí el pasaje que dice: He visto en la religión la misma falsedad que en la política. No hay religión, por buena que sea, que no haya derramado sangre inocente. -Sigue, que me muero de risa. Eres un filósofo de agua y lana. Cuando acabes de volverte loco con tu Emilio saldremos a enseñarte en las ferias a dos cuartos por barba. Ven acá, almacén de sandeces y tienda de majaderías, ¿qué sabes tú lo que es religión? -Me lo enseñan los de sayo y sandalia, a quienes se puede decir... "Je, je, son tontos y piden para las ánimas". -Cuando tú y tus amigos los liberales herejes os desocupéis de la paliza que os están dando en toda la Europa, y soltéis el ronzal para formar Congreso y decir: "señor presidente, pido el rebuzno", no faltará quien os enseñe a hablar con respeto de las cosas sagradas. -Día vendrá en que rompamos el ronzal, padre difinidor, y entonces difiniremos la conventualla, diciendo: Al fraile hueco, soga verde y almendro seco. -También se dijo: Donde las dan las toman. -Y también: Cuentas de beato y uñas de gato. -¡Ah!, mercachifle, si fueras bueno no serías rico. Esas sí que son uñas de gato, que es como decir de filósofo. -No sé si se dijo por mí aquello de A la puerta del rezador nunca eches tu trigo al sol. -Ladrón y rapante tú; mas no nosotros, que de limosna vivimos. -¿De limosna, eh? ¡Ah!, señor D. Cepillo de Ánimas, qué bien dijo el que dijo: Reniego de sermón que acaba en daca. -Yo he oído que tienes la cabeza a pájaros. -A propósito de pájaros. Yo he oído que el abad y el gorrión dos malas aves son. -Mira, Benigno -dijo Alelí cuando el tiroteo llegaba a este punto-, vete al mismo cuerno, y echa acá un cigarrillo. Cordero alargó su petaca al fraile, diciéndole: -A la paz de Dios. Viva mil años mi fraile. -¿Cómo están hoy tus nenes? -preguntó Alelí encendiendo su cigarro-. Lo de Rafaelillo resultó indigestión como te dije, ¿no es verdad? Dale hojas de Sen y créeme. -No sólo de Sen sino de Can y Jafet se las ha dado Cruz, que tiene en casa el herbolario más completo de Madrid. -¿Ha parido la podenca? -Todavía, no; pero parirá su merced. Para ser un Retiro a esto no le falta más que el estanque; que de animales y hierbas tenemos cuanto Dios crió, sin que falte el león, que es mi hermana... ¡Ah!, me olvidaba: las perdices que traje ayer las están aderezando a la toledana, a lo Castañar puro. Si viene usted tendremos para diez perdices cuatro. -¿Pues no he de venir, hombre de Dios? Sr. D. Ladrón de encajes. No faltaba más sino desairar a la tierra... ¿Hoy? -Hoy. Además yo tengo que hablar con usted de un asunto grave. Al decir esto, Cordero tomó un aire de seriedad y de temor, que puso en gran curiosidad al padre Alelí. -¿Un asunto grave? No será el primero que me consultas. -Pero es seguramente el más delicado, el más peliagudo. Necesito consejo y ayuda. -Para eso estoy yo. Vengan esos cinco. Se estrecharon las manos, y Cordero besó las flacas y temblorosas del anciano fraile con mucho cariño. -El mal camino andarlo pronto, y pues esto urge, tratémoslo ahora. -Cuando quieras hijo. A bien que ambos somos toledanos y parientes. -¡Viva la Virgen del Sagrario! -dijo Cordero con emoción-. Es temprano: ahora viene poca gente. El chico se quedará en la tienda. Subamos a mi cuarto y hablaremos. -¿Es cosa larga? -Primero una confesión, un secreto, que si no lo suelto pronto, creo que me hará daño; después un consejo sobre lo que se ha de hacer, y por último... a ver si se luce el buen Padre Engarza-credos con una comisión delicada. -Vamos, por el hábito que visto, que estoy curioso. Salieron. Media hora después, D. Benigno y su amigo reaparecieron en la trastienda. El comerciante traía el semblante alegre y las mejillas más que de ordinario encendidas. Alelí movía su cabeza con más nerviosidad y temblor que de ordinario, y al despedirse de su paisano, le dijo: -Me parece muy bien, Benigno de mi corazón. Yo quedo encargado de arreglarlo. - IX - Dulce melancolía inundaba el alma pura del buen Cordero. Parecíale que todo lo de la tienda, incluso el feo hortera, concordaba con el estado de su espíritu, tiñéndose de inexplicable color lisonjero, y que había una sonrisa general en todo lo externo, como si cada objeto fuera espejo en que a sí propio se miraba. Para más dicha, hasta hubo muchas ventas aquel día, que fue, si no estamos mal informados, uno de los de Febrero del año de 1831, al cual se podría llamar, como se verá más adelante, el año sangriento. Serían las once cuando entró en la tienda una dama y tomó asiento. Era parroquiana y amiga. D. Benigno la saludó y al punto empezó a sacar género y más género, blondas de Almagro, Valenciennes, Bruselas, Cambray, Malinas, en tal abundancia y variedad que no parecía sino que la señora iba a llevarse todo Flandes a su casa. -¡Qué carero se ha vuelto usted!... Ya no vuelvo más acá... Me voy a casa de Capistrana... ¿Cincuenta y seis reales?, ¡qué herejía!... Esto no vale nada... Es imitación... Vaya una carestía... No doy más que tres onzas por todo. -No es sino muy barato... Por ser usted lo llevará en cincuenta duros todo... ¿Capistrana? No hay allí más que maulas, señora... Volverá usted por más... Es legítimo de Malinas... lo recibí la semana pasada. Este encaje de Inglaterra me cuesta a mí veinticuatro. Pierdo el dinero. -Lo que pierde usted es la caridad... ¡Santo Dios, cómo nos desuella! Así está más rico que un perulero... Con estos precios que aquí usan, ¡ya se ve!, no es extraño que se compren casas y más casas. Tantos dimes y diretes concluyeron con que la dama pagó en buenas onzas y doblones. Mientras Cordero empaquetaba las compras para mandarlas a la casa de la señora, esta le preguntó si era cierto que se había hecho propietario de la finca donde estaba la tienda, y como el encajero le contestara que sí, la parroquiana aparentó alegrarse mucho diciendo: -Precisamente estoy muy descontenta del cuarto en que vivo y deseo mudarme. ¿No viven en este principal los de Muñoz? ¿No se van de Madrid? Pues si dejan la casa yo la tomo. -Mucho me alegraré -replicó el héroe-. Pero me figuro que mi principal será pequeño para quien tanto lujo tiene y a tanta gente recibe en sus tertulias. -¡Oh!, no... pienso reducirme mucho y vivir más para mí que para los otros -dijo la dama con mucha gracia-. Estoy cansada de poetas, de mazurcas y de chismes políticos. El Gobierno ha principiado a mirar con malos ojos mis reuniones, a pesar de que mi absolutismo pasa por artículo de fe. Ya sabe usted lo que es Calomarde y toda esa gente: van de exageración en exageración... están ciegos. El poder absoluto es como el vino, una cosa muy buena y un vicio, según el uso que de él se haga. No lo dude usted, esa gente está borracha, y mientras más bebe y más se turba más quiere beber. El año comienza mal, y según dicen, las conspiraciones arrecian y el Gobierno no se para en pelillos para ahorcar. -No faltará tampoco quien amanse y dulcifique -dijo Cordero apoyando sus codos en el mostrador para atender mejor a un tema tan de su gusto-. La Reina... - ¡Oh!, sí, la Reina... -exclamó la dama con ironía-. Sus dulcificaciones, de que tanto se ha hablado, son pura música. Ya lo ve usted, ha fundado un Conservatorio por aquello de que el arte a las fieras domestica. Me hace reír esto de querer arreglar a España con músicas. Al menos el Rey es consecuente, y al fundar su escuela de Tauromaquia, cerrando antes con cien llaves las Universidades, ha querido probar que aquí no hay más doctor que Pedro Romero. Eso es, dedíquese la juventud a las dos únicas carreras posibles hoy, que son las de músico y torero, y el Rey barbarizando y la Reina dulcificando nos darán una nación bonita... ¡Ah!, me olvidaba de otra de las principales dulcificaciones de Cristina. Por intercesión de ella ¡oh alma generosa!, se va a suprimir la horca para sustituirla ¡enternézcase usted, amigo Cordero!... para sustituirla con el garrote... No sé si en el Conservatorio se creará también una cátedra de dar garrote... con acompañamiento de arpa. D. Benigno se rió de estas despiadadas burlas; mas lo hizo por pura galantería, pues siendo entusiasta admirador de la joven y generosa Reina, no admitía las interpretaciones malignas de su parroquiana. -Ello es, querido D. Benigno -añadió esta- que yo he determinado quitarme de en medio. Presiento no sé qué desgracias y persecuciones. Deseo una vida retirada y oscura. No más tertulias, no más versos dedicados a bodas reales, embarazos de reinas y nacimientos de princesas, no más murmuración ni secreto sobre lo que no me importa. Si su casa de usted me gusta, a ella me vengo y en ella me encierro... Decidido, señor de Cordero. -Como buena y cómoda no hay otra en Madrid. -Yo quisiera verla. -Lo haré presente al señor de Muñoz y de seguro me dará permiso para que usted la vea. -No, no se moleste usted -dijo la dama, observando con atención el rostro de Cordero, por ver si se turbaba-. ¿No son iguales todos los pisos? -Todos enteramente iguales. -Pues enséñeme usted el entresuelo donde usted vive... Pero ahora mismo. Tengo prisa. Quiero decidir de una vez. Levantose resueltamente dirigiéndose a alzar la tabla del mostrador para pasar a la trastienda. De aquel modo brusco y ejecutivo hacía ella todas sus cosas. -No hay inconveniente, señora -dijo Cordero manifestando más bien agrado que contrariedad-. Pero la señora me permitirá que no la acompañe, porque tendría que dejar la tienda sola. El chico no está. -No faltaba más sino que también conmigo gastara usted cumplidos. Quédese usted... subiré sola, ya sé el camino... por esta escalerilla... -¡Sola!... ¡Cruz!... -gritó D. Benigno desde el primer peldaño. La dama subió con ágil pie por la escalera, la cual era tan estrecha que en la angostura de las paredes se le chafaron a la señora las huecas mangas de jamón, y el chal de cachemira se le resbaló de los hombros. En aquel mismo momento Crucita estaba limpiando jaulas y soplando la paja del alpiste, sin parar un momento en su conversación con todos los pájaros, la cual era un lenguaje compuesto de suavísimas interjecciones cariñosas, de voces incomprensibles, cuyas variadas inflexiones no expresaban ideas, sino un vago sentimiento de arrullo o los apetitos y anhelos del instinto. Era aquella charla como los rudimentos o albores de la palabra humana cuando el hombre pegado aún a la Naturaleza por el cordón umbilical de la barbarie, desconocía las relaciones sociales. ¡Oh!, ¡qué dato para aquel filósofo que tenía en D. Benigno el más entusiasta de sus admiradores! Oyendo hablar a doña Crucita con los habitantes enjaulados de su selva de balcón, Rousseau habría comprendido mejor el estado feliz y perfecto del hombre, y su amigo Voltaire se habría puesto de cuatro pies para practicar, no de burlas, sino de puras veras, las teorías del autor del Contrato. Doña Cruz era una mujercita seca y bastante vieja, muy limpia, fuerte y dispuesta como una muchacha, lista de pies y manos, con la cabeza medio escondida dentro de una escofieta que parecía alzarse y bajarse con el mover de la cabeza, como las moñas o tocas de ciertas aves. Para mirar daba a la cara un brusco movimiento lateral, lo mismo que los pájaros cuando están azorados o en acecho. Fuera por la asociación de ideas o por verdadera semejanza, ello es que al verla daban ganas de echarle alpiste. Interrumpida en lo mejor de su faena, doña Cruz se escandalizó, se asustó, aleteó un tanto con los bracitos flacos, miró de lado, graznó un poquillo. Al mismo tiempo dos, tres o quizás cuatro perrillos se abalanzaron a la dama, ladrando y chillando, rodeándola de tal modo que si fueran mastines en vez de falderos, la dejarían malparada. La cotorra y el loro ponían en aquel desacorde tumulto algunos comentarios roncos que aumentaban la confusión. La dama expresó el objeto de su subida al entresuelo, mas como Crucita no podía oírla, fuele preciso alzar la voz, y con esto alzaron la suya los perros, mayaron los gatos, se enfadaron cotorra y loro y los pájaros prorrumpieron en una carcajada estrepitosa de cantos y píos. Mientras más gritaba la turba animalesca más se desgañitaba doña Cruz diciendo: "¿Qué se le ofrece a usted? ¿Por quién pregunta usted?". Y a cada subida del diapasón de la vieja más elevaba el suyo la señora, mientras D. Benigno desde la escalera gritaba sin que le escucharan: "¡Cruz! ¡Sola!" armándose tal laberinto que sin duda hubiera parado en algo desagradable si no se presentara afortunadamente la Hormiga a desvanecer aquella confusión, imponiendo silencio y enterándose de lo que la dama quería. Sorprendida y algo cortada estaba Sola ante aquel brusco modo de ver casas, y pasado el asombro primero dio en sospechar que otra intención distinta de la manifestada tenía la dama. Aunque esta le inspiraba miedo, por figurársele que su presencia le anunciaba alguna trapisonda, quiso disimular su temor. Tan bien lo consiguió, que la señora empezó a sorprenderse a su vez de hallar en la protegida de Cordero un semblante tan festivo, un ánimo tan sereno y tal disposición a la complacencia, que dijo para sí con despecho y tristeza: -O esta disimula mejor que yo, o no hay aquí hombre escondido ni cosa que lo valga. - X - Vieron la casa toda, que la señora encontró más pequeña de lo que creía y bastante oscura en lo interior. Después Sola, que no había tenido tiempo de echarse un mantón por los hombros, ni aun de quitarse el delantal, que era su librea de gala por las mañanas, acompañó a la señora a la sala para que descansase y le pidió indulgencia por el mal pergenio con que la recibía. Considerándose ella como una especie de ama de gobierno más bien que como dueña de la casa, su posición frente a la otra era, en verdad, un poco desairada. Pero no le importaba nada ser allí un poco más o menos señora, y sentándose a cierta distancia de la visitante, esperó a que Crucita o el mismo D. Benigno vinieran a relevarla de su señorío provisional. Crucita se había encerrado en el gabinete para colgar las jaulas y echar agua a los tiestos, y no se cuidaba de que hubiese o no en el estrado una persona extraña. Cordero estaba vendiendo, y tampoco podía subir. En cambio, Juanito Jacobo se adelantaba lentamente pegado a la pared y rozándose con las sillas, como una babosa que marcha pegada a las piedras de una tapia. Con el ceño fruncido, un dedo en la boca y ambas manos teñidas con la pintura de un caballejo de palo, a quien acababa de dar un baño en la cocina, miraba a Sola y a la otra señora, esperando que cualquiera de ellas le llamase. -¿Es este el niño más pequeño de D. Benigno? -preguntó la dama. -Sí, señora... ¡y es tan malo!... Ven acá, chico, ven; saluda a esta señora. El muchacho no se hizo de rogar y vino con ademán de recelo y azoramiento, metiéndose, no ya el dedo, sino toda la mano dentro de la boca. La abundante pintura negra y roja que en los dedos tenía se le pasó a los labios y carrillos. -Estás bonito por cierto... pareces un salvaje -le dijo Sola-. ¿No te da vergüenza de que te vean así, grandísimo tunante? -No le riña usted. -¡Eh!... no te acerques a la señora con esas manazas puercas... Tira ese caballo, que está chorreando pintura. Le ha dado ahora por lavar todo lo que encuentra, y el otro día metió en la tinaja las gafas de su padre. -Es un fenómeno de robustez esta criatura -afirmó la señora acariciándole. -Eso sí; está más sano que una manzana y come más que un sabañón -dijo Sola apretándole una nalga y dándole un palmetazo en el cogote para que por el chasquido de las carnazas del chiquillo juzgase la señora de su robustez. Parecía una madre en plena manifestación de su orgullo de tal. Juan Jacobo miró a la señora con expresión de desvergüenza, la cual se aumentaba con los manchurrones de su cara. -¿Quieres mucho a esta señorita? -le preguntó la dama, dándole un golpe con su abanico. El muchacho, que apoyaba sus codos en la rodilla de Sola, alzó la pierna para montarse arriba. -No, no, fuera, fuera... -dijo Sola quitándose de encima la preciosa carga-. No faltaba más... A fe que es chiquito el elefante para llevarlo en brazos... Quita allá, mostrenco. -¿Un hombre como tú no tiene vergüenza de que le coja en brazos una mujer? -le dijo la señora riendo. -¡Le tenemos tan mimoso...! -dijo Sola con naturalidad-. Como es el más pequeño... Su padre está medio bobo con él, y yo... No pudo seguir porque el muchacho, que era tan ágil como fuerte, saltó de un brinco sobre las rodillas de Sola y echándola los brazos al cuello la apretó fuertemente. -Ya ve usted... -dijo ella-, me tiene crucificada este sayón... Si le dejaran estaría así todo el día... Vaya, vaya, basta de fiestas... Sí, sí, ya sé que me quieres mucho. Haz el favor de no quererme tanto... Abajo, abajo... ¡Qué pensará de ti esta señora! Dirá que eres un mal criado, un niño feo... -No extraño que los hijos de Cordero la quieran a usted tanto... -manifestó la dama-. Es usted tan buena, y les ha criado con tanto esmero... Así está D. Benigno tan orgulloso de usted, y así no concluye nunca cuando empieza a elogiarla. ¡Cómo la pone en las nubes!... Y verdaderamente el amigo Cordero ha encontrado una joya de inestimable precio para su casa. Yo creo que en el caso presente el agradecimiento le corresponde a él más bien que a usted. Sola protestó de esta idea con exclamaciones y también con movimientos negativos de cabeza. -¿Pues qué ha hecho usted sino sacrificarse? -añadió la dama-. Bien podría vivir hoy, si lo hubiera querido, en otra posición, en otro estado, que de seguro sería más independiente... pero dudo que fuera más tranquilo y feliz. -No creo que para mí pudieran existir posición ni estado mejores que los que ahora tengo - repuso la Hormiga con sequedad. -Verdaderamente así es, porque, si no recuerdo mal, usted se encontró después de la muerte de su señor padre, sola y abandonada en el mundo. Me parece haber oído que alguien la protegió a usted en aquellos días; pero como andando el tiempo, ese alguien o se murió o desapareció o no quiso acordarse más de usted, el resultado es, hija mía, que su orfandad no ha tenido verdadero y seguro amparo hasta que este angelical D. Benigno la trajo a su casa. En él tiene usted un padre cariñoso... ¡Oh!, páguele usted con un cariño de hija y no busque fuera de esta casa otros afectos ni otro estado de mejor apariencia. Cuidado con casarse; no cambie usted el arrimo de este santo varón por el de cualquier hombrecillo que no sepa comprender su mérito. Siguió apurando el tema la señora y vino a parar en una filípica contra los hombres, sin especificar si la merecían en el concepto de maridos o en el de novios o cortejos; pero deteniéndose de repente, se echó a reír. -Mas usted dirá que le doy consejos sin que me los pida y que hablo de lo que no me importa. -No, señora; todo lo que usted dice me parece muy puesto en razón, y es natural que dé el consejo quien tiene la experiencia... Estate quieto, por amor de Dios, chiquillo... -Bien, bien -dijo la dama riendo otra vez-. En fin, señora, yo estoy molestando a usted y quitándole el tiempo... -De ningún modo. Levantáronse ambas. -Tiene una hermosa sala el amigo Cordero -indicó la señora alargando la mano a Sola, y observando al mismo tiempo las cortinas blancas, las rinconeras, los candeleros de plata y las plumas de pavo real-. La parte de la casa que da a la calle me parece muy bonita... En fin, en mí tiene usted una servidora... Adiós, hermoso; dame un beso... ¡Ah!, ¿no sabe usted lo que me ocurre en este momento? La señora que ya iba en camino de la puerta, se detuvo, retrocedió algunos pasos y mirando a Sola fijamente, le dijo así: -Me olvidaba de hacer a usted una pregunta. Sola esperó, palideciendo un poco, por sentir corazonada de que la tal pregunta iba a ser de cosa triste. Su instinto zahorí lo adivinaba y parecía leer en los ojos de la hermosa dama la pregunta misma con todas sus palabras antes de que la primera de estas fuese pronunciada. -Dígame usted -preguntó la señora, afectando poco interés-, aquel caballero, aquel joven, aquel, en fin, a quien usted llamaba su hermano, ¿dónde está? -No lo sé, señora -replicó Sola pasando bruscamente de la palidez al rubor-. Hace tiempo que no sé nada. -¿Vive, o qué es de él? -No sé una palabra. Hace dos años que no me escribe... ¿Usted sabe algo? El rubor desapareció en ella dejándola en su natural color y aspecto tranquilo. -Dos años justos hace que tampoco sé nada... Es muy particular... Para la astuta dama no pasó inadvertida la circunstancia de que si la joven se turbó al recibir la primera impresión de la pregunta, supo contestar con serenidad a ella. Ya fuese por disimulo, ya porque realmente se interesaba poco por el personaje recordado tan bruscamente, no se afectó como la otra creía. -O está aquí -pensó la dama-, y la muy pícara lo oculta con admirable disimulo, o si no está, ella no se cuida ya de él para maldita la cosa. -Quiero ser franca con usted -dijo después de ligera pausa, en que la miró a los ojos como se miraría en un espejo-. Me dijeron hace días que estuvo en Madrid y que D. Benigno le había ocultado en su casa. -¡Aquí!... ¡señora! -exclamó Sola echando sorpresa por sus ojos con tanta naturalidad que la dama no pudo menos de sorprenderse también-. La han engañado a usted... Apuesto a que Pipaón... ¡Ah!, ese buen don Juan miente más que habla... Todos los días viene contando unas patrañas que nos hacen reír. En cuanto a ese desgraciado, yo creo que no puede ocultarse aquí ni en ninguna parte... -¿Por qué? -Yo tengo mis razones para creer... Sí, bien lo puedo asegurar casi sin temor de equivocarme: mi hermano ha muerto. Parecía que iba a llorar un poco; pero no lloró ni poco ni mucho. La dama vaciló un momento entre la emoción y la incredulidad. Llevose el pañuelo a la boca como si quisiera poner a raya los suspiros que contra todas las leyes del disimulo querían echarse fuera, y dijo esto: -¡Válganos Dios, y cómo mata usted a la gente!... Con permiso de usted no creo... ¡Horrible y nunca oída algazara! Quiso el Demonio, o por mejor hablar, doña Crucita, que en el momento de decir la señora no creo, se abriese la puerta del gabinete y diera salida a dos falderillos, un doguito y un pachón que soltando a un tiempo el ladrido atronaron la sala; y como por la misma puerta venía el chillar de los pájaros, y como de añadidura subían por la angosta escalera los tres chicos de Cordero, procedentes de la escuela, se armó un estrépito tal que no lo hiciera mayor la diosa misma de la jaqueca, caso de que pueda haber tal diosa. Los perros se tiraban a acariciar a los Corderillos, los Corderillos a los perros y en medio del tumulto se oyó la pacífica voz de D. Benigno que también por la escalera subía diciendo: "orden, silencio, compostura, que hay visita en casa". Detrás de D. Benigno apareció la figura de Zurbarán a quien llamaban padre Alelí, y con el furor que los chicos ponían en besar la mano del padre y la correa del amigo, se aumentó el estruendo, porque los perros también querían dar pruebas de su veneración con ladridos. Al fin, para que nada faltara, apareció doña Crucita echando toda la culpa de la bulla a los muchachos, y les llamó perros, y a los perros nenes y a su hermano borrego de Cristo y a Sola Doña Aquí me estoy, y al buen fraile el Zancarrón de Mahoma. -Cállate, Cruz del Mal Ladrón -dijo Alelí riendo-, y guarda adentro toda esta jauría del Infierno... ¡Oh! Cuánto bueno por aquí. Sí, ya me ha dicho Benigno que había subido usted a ver la casa. ¿Y qué tal? Tiene magníficas vistas nocturnas el patio, y en jardines colgantes no le ganaría Babilonia, así como en diversidad de alimañas no le ganaría el África entera. La dama habló un momento de las condiciones de la casa; después se despidió para marcharse, porque era la una, hora sacramental de la comida. -Un momento, señora -dijo D. Benigno, ahuyentando a sus hijos y a los perros-. Aquí tiene usted al buen Alelí con más miedo que un masón delante de las comisiones militares. Usted que tiene valimiento puede sacarle de este apuro. Figúrese usted... -Nada, nada, señora -dijo Alelí nerviosamente, con extraordinaria recrudescencia en el temblor de su cabeza sobre el cuello que parecía de alambre-. No es más sino que hace un rato se ha metido por la puerta de mi celda un emigrado, un terrible democracio que se ha colado en España sin pedir permiso a Dios ni al Diablo, y con palabras angustiosas me ha rogado que le ampare y le esconda allí... -¿Y qué es un democracio? -preguntó la dama riendo. -Un perdis, un masón, un liberalote, un conspirador, un democracio, así les llamamos. -¿Y cuál es su nombre? -Eso, señora -dijo Alelí con gravedad-, no lo revelaré, pues aunque estoy decidido a no tenerle oculto más que el tiempo necesario para que reciba contestación escrita de los que puedan o quieran protegerle mejor, no cantaré quién es, aunque me ahorquen. Confío en la discreción de todos los presentes. Bien saben que no amparo conspiradores contra mi rey y la religión que profeso, y si a este he amparado, hícelo porque me juró que no venía acá para armar camorra, sino para corregirse y vivir pacíficamente, confiado en el perdón que espera alcanzar de Su Majestad. -Sabe Dios a qué vendrá mi hombre -dijo Cordero, gozándose en aumentar el susto de su amigo-. Me parece que de la Trinidad Calzada van a salir sapos y culebras si Calomarde no da una vuelta por allí. -Yo me lavo las manos... y callandito, que estamos hablando más de la cuenta. Benigno, a comer se ha dicho. Esta señora nos va a acompañar a hacer penitencia. Rehusando los obsequios e invitaciones de aquella buena gente retirose la dama con harto dolor suyo, por no poder alcanzar el fin de la interesante noticia que el fraile traía del convento. Por la calle iba pensando en el desconocido que se acogía al amparo de la celda de Alelí. Al llegar a su casa encontró a Pipaón que la aguardaba. -¡Necio! -exclamó, sentándose muy fatigada-. En casa de Cordero no hay nada... Como siga usted rastreando de este modo, pronto le dedicará Calomarde a coger moscas... Pero una feliz casualidad... -¿Ha descubierto usted...? -Sí, hombre ¿qué cosa habrá que yo no descubra? Vea usted por dónde... Déjeme usted que descanse. -En Gracia y Justicia se sabe que continúa funcionando en Francia, más envalentonado que nunca, el famoso Directorio provisional del levantamiento de España contra la tiranía. -Noticia fresca. -Se sabe -añadió Pipaón dándose mucha importancia- que constituyen el tal Directorio los patriotas, o dígase perdularios, Valdés, Sancho, Calatrava, Istúriz y Vadillo. -Que Mendizábal es el depositario de los fondos. -Que Lafayette les protege ocultamente y les busca dinero, y finalmente que han enviado a Madrid a cierto individuo con nombre supuesto... -El cual, o yo soy incapaz de sacramento, o está en la Trinidad Calzada. Pipaón abrió su boca todo lo que su boca podía abrirse y después de permanecer buen rato haciendo competencia a las carátulas de mármol que de antiguo existen en los buzones del correo, repitió con asombro: -¡En la Trinidad Calzada! - XI - El padre Alelí amenizó la comida con su charla, que habría sido la más sabrosa del mundo, si por efecto de los muchos años no tuviera la cabeza tan desvanecida y descuadernada que todo era desorden y divagaciones en sus discursos. Sucedía que el buen señor empezaba a contar una cosa, y sin saber cómo se escurría fuera del tema principal y pasando de un incidente a otro hallábase a lo mejor a cien leguas del punto adonde quería ir. Era hombre que antes de llegar a la decrepitud, tuvo una memoria fresquísima y una chispa especial para contar cosas pasadas y presentes; pero estaba ya tan débil de cascos que de aquel recordar prodigioso y de aquel arte admirable para la narración ya no quedaba más que una facundia deshilvanada, un chorrear de ideas y palabras, y un grandísimo enfado si alguien le interrumpía o intentaba llamarle al orden. -Puesto que queréis conocer el caso del democracio que se ha metido por las puertas de mi celda -dijo al principiar la comida-, os lo voy a contar como se deben contar las cosas, con todos sus pelos y señales. Empecemos por donde debe empezarse. Pues señor... iba yo por la calle de Carretas arriba, y al llegar a la esquina de Majaderitos veo que viene hacia mí un elefante con los brazos abiertos. Era para causar espanto a cualquiera la acometida de aquel monstruo con sotana y manteo; pero yo que conozco a mis fieras me dejé abrazar y le abracé también con mucho gozo. "¿Cómo va? Bien, ¿y tú, gigantón?"... En fin, para no cansar, era Juan Nicasio Gallego. Ya sabéis que fue discípulo mío en Salamanca donde leí sagrados cánones por los años de 792 a 794. Era entonces Nicasio el jayán más guapote que había salido de la tierra del garbanzo; sus disposiciones eran grandes, tan grandes como su pereza, y hubiéramos tenido en él un acabado canonista si no cayera en la tentación de enamorarse de Horacio y Virgilio, fomentadores de la holgazanería. El bribón de Meléndez le tomó mucho cariño, y lo mismo el calzonazos de Iglesias que fabricó su reputación con chascarrillos... Yo digo que si Iglesias no se llega a morir a los treinta y ocho año