ANACONDA CUENTOS COMPLETOS HORACIO QUIROGA libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Horacio Quiroga (Salto, 1878 - Buenos Aires, 1937) Escritor uruguayo. Nació en Salto. Deportista y aficionado a las ciencias, funda la tertulia de Los tres mosqueteros y se inicia en las letras bajo el patrocinio de Leopoldo Lugones. Viaja a París en 1900 y hace una breve experiencia de la bohemia pobre. La mayor parte de su carrera transcurre en Argentina, donde llega a ser muy leído por sus cuentos publicados en revistas y recogidos en libro. Ejerce empleos consulares y la crítica de cine, y pasa largas temporadas en el medio rural de Misiones, en la frontera argentino-paraguayo-brasileña, ambiente del que tomará temas para sus narraciones. Su carrera se abre en la poesía, dentro del ámbito del modernismo, con Los arrecifes de coral (1901), obra sin mayor consecuencia. Una vida dramática, siempre cercana a la estrechez económica, matrimonios conflictivos, experiencias con el hachís y el cloroformo y el constante cerco del suicidio, alimentan su tarea cuentista, una de las más importantes de América. No le son ajenas las influencias de Rudyard Kipling, Joseph Conrad y, sobre todo, el magisterio de Edgar Allan Poe, por las atmósfera de alucinación, crimen, locura y estados delirantes que pueblan sus narraciones. A veces se remonta a escenas conjeturales de la vida prehistórica o mezcla, con extraña astucia, personajes humanos y animales que hablan, como en las fábulas clásicas, pero estableciendo una sutil frontera entre la vida natural y la civilización. Sus figuras de pioneros, de europeos abandonados en los confines de la selva, de cansados de la vida y de empresarios alocados, crean un mundo de intransferible personalidad, que no daña el habitual descuido de su redacción. Se suicidó en Buenos Aires en 1937 INDICE > Anaconda > El simún > El mármol inútil > Gloria tropical > El yaciyateré > Los fabricantes de carbón > El monte negro > En la noche > Las rayas > La lengua > El vampiro > La mancha hiptálmica > La crema de chocolate > Los cascarudos > El Divino > El canto del cisne > Dieta de amor > Polea loca > Miss Dorothy Phillips, mi esposa I Eran las diez de la noche y hacía un calor sofocante. El tiempo cargado pesaba sobre la selva, sin un soplo de viento. El cielo de carbón se entreabría de vez en cuando en sordos relámpagos de un extremo a otro del horizonte; pero el chubasco silbante del sur estaba aún lejos. Por un sendero de vacas en pleno espartillo blanco, avanzaba Lanceolada con la lentitud genérica de las víboras. Era una hermosísima yarará, de un metro cincuenta, con los negros ángulos de su flanco bien cortados en sierra, escama por escama. Avanzaba tanteando la seguridad del terreno con la lengua, que en los ofidios reemplaza perfectamente a los dedos. Iba de caza. Al llegar a un cruce de senderos se detuvo, se arrolló prolijamente sobre sí misma, removióse aún un momento acomodándose y después de bajar la cabeza al nivel de sus anillos. asentó la mandíbula inferior y esperó inmóvil. Minuto tras minuto esperó cinco horas. Al cabo de este tiempo continuaba en igual inmovilidad. ¡Mala noche! Comenzaba a romper el día e iba a retirarse, cuando cambió de idea. Sobre el cielo lívido del este se recortaba una inmensa sombra. -Quisiera pasar cerca de la Casa -se dijo la yarará . Hace días que siento ruido, y es menester estar alerta... Y marchó prudentemente hacia la sombra. La casa a que hacía referencia Lanceolada era un viejo edificio de tablas rodeado de corredores y todo blanqueado. En torno se levantaban dos o tres galpones. Desde tiempo inmemorial el edificio había estado deshabitado. Ahora se sentían ruidos insólitos, golpes de fierros, relinchos de caballo, conjunto de cosas en que trascendía a la legua la presencia del Hombre. Mal asunto... Pero era preciso asegurarse, y Lanceolada lo hizo mucho más pronto de lo que hubiera querido. Un inequívoco ruido de puerta abierta llegó a sus oídos. La víbora irguió la cabeza, y mientras notaba que una rubia claridad en el horizonte anunciaba la aurora vio una angosta sombra, alta y robusta, que avanzaba hacia ella. Oyó también el ruido de las pisadas, el golpe seguro, pleno, enormemente distanciado que denunciaba también a la legua al enemigo. -¡El Hombre! -murmuró Lanceolada. Y rápida como el rayo se arrolló en guardia. La sombra estuvo sobre ella. Un enorme pie cayó a su lado, y la yarará, con toda la violencia de un ataque al que jugaba la vida, lanzó la cabeza contra aquello y la recogió a la posición anterior. El hombre se detuvo: había creído sentir un golpe en las botas. Miró el yuyo a su alrededor sin mover los pies de su lugar; pero nada vio en la oscuridad apenas rota por el vago día naciente, y siguió adelante. Pero Lanceolada vio que la Casa comenzaba a vivir, esta vez real y efectivamente con la vida del Hombre. La yarará emprendió la retirada a su cubil llevando consigo la seguridad de que aquel acto nocturno no era sino el prólogo del gran drama a desarrollarse en breve. II Al día siguiente la primera preocupación de Lanceolada fue el peligro que con la llegada del Hombre se cernía sobre la familia entera. Hombre y Devastación son sinónimos desde tiempo inmemorial en el Pueblo entero de los Animales. Para las Víboras en particular, el desastre se personificaba en dos horrores: el machete escudriñando, revolviendo el vientre mismo de la selva, y el fuego aniquilando el bosque en seguida, y con él los recónditos cubiles. Tornábase, pues, urgente prevenir aquello. Lanceolada esperó la nueva noche para ponerse en campaña. Sin gran trabajo halló a dos compañeras, que lanzaron la voz de alarma. Ella, por su parte, recorrió hasta las doce los lugares más indicados para un feliz encuentro, con suerte tal que a las dos de la mañana el Congreso se hallaba, si no en pleno, por lo menos con mayoría de especies para decidir qué se haría. En la base de un murallón de piedra viva, de cinco metros de altura, y en pleno bosque, desde luego, existía una caverna disimulada por los helechos que obstruían casi la entrada. Servía de guarida desde mucho tiempo atrás a Terrífica, una serpiente de cascabel, vieja entre las viejas, cuya cola contaba treinta y dos cascabeles. Su largo no pasaba de un metro cuarenta, pero en cambio su grueso alcanzaba al de una botella. Magnífico ejemplar, cruzada de rombos amarillos, vigorosa, tenaz, capaz de quedar siete horas en el mismo lugar frente al enemigo, pronta a enderezar los colmillos con canal interno que son, como se sabe, si no los más grandes, los más admirablemente constituidos de todas las serpientes venenosas. Fue allí, en consecuencia, donde, ante la inminencia del peligro y presidido por la víbora de cascabel, se reunió el Congreso de las Víboras. Estaban allí, fuera de Lanceolada y Terrífica, las demás yararás del país: la pequeña Coatiarita , benjamín de la Familia, con la línea rojiza de sus costados bien visibles y su cabeza particularmente afilada. Estaba allí, negligentemente tendida como si se tratara de todo menos de hacer admirar las curvas blancas y café de su lomo sobre largas bandas salmón; la esbelta Neuwied , dechado de belleza, y que había guardado para sí el nombre del naturalista que determinó su especie. Estaba Cruzada -que en el sur llaman víbora de la cruz-, potente y audaz rival de Neuwied en punto a belleza de dibujo. Estaba Atroz, de nombre suficientemente fatídico; y por último, Urutú Dorado, la yararacusú , disimulando discretamente en el fondo de la caverna sus ciento setenta centímetros de terciopelo negro cruzado oblicuamente por bandas de oro. Es de notar que las especies del formidable género Lachesis, o yararás, a que pertenecían todas las congresales menos Terrífica, sostienen una vieja rivalidad por la belleza del dibujo y el color. Pocos seres, en efecto, tan bien dotados como ellas. Según las leyes de las víboras, ninguna especie poco abundante y sin dominio real en el país puede presidir las asambleas del Imperio. Por esto Urutú Dorado, magnífico animal de muerte, pero cuya especie es más bien rara, no pretendía este honor, cediéndolo de buen grado a la víbora de cascabel, más débil, pero que abunda milagrosamente. El Congreso estaba, pues, en mayoría, y Terrífica abrió la sesión. ¡Compañeras! -dijo-. Hemos sido todas enteradas por Lanceolada de la presencia nefasta del Hombre. Creo interpretar el anhelo de todas nosotras, al tratar de salvar nuestro Imperio de la invasión enemiga. Sólo un medio cabe, pues la experiencia nos dice que el abandono del terreno no remedia nada. Este medio, ustedes lo saben bien, es la guerra al Hombre, sin tregua ni cuartel, desde esta noche misma, a la cual cada especie aportará sus virtudes. Me halaga en esta circunstancia olvidar mi especificación humana: No soy ahora una serpiente de cascabel: soy una yarará, como ustedes. Las yararás, que tienen a la Muerte por negro pabellón. ¡Nosotras somos la Muerte, compañeras! Y entretanto, que alguna de las presentes proponga un plan de campaña. Nadie ignora, por lo menos en el Imperio de las Víboras, que todo lo que Terrífica tiene de largo en sus colmillos, lo tiene de corto en su inteligencia. Ella lo sabe también, y aunque incapaz por lo tanto de idear plan alguno, posee, a fuer de vieja reina, el suficiente tacto para callarse. Entonces Cruzada, desperezándose, dijo: -Soy de la opinión de Terrífica, y considero que mientras no tengamos un plan, nada podemos ni debemos hacer. Lo que lamento es la falta en este Congreso de nuestras primas sin veneno: las Culebras. Se hizo un largo silencio. Evidentemente, la proposición no halagaba a las víboras. Cruzada se sonrió de un modo vago y continuó: -Lamento lo que pasa... Pero quisiera solamente recordar esto: si entre todas nosotras pretendiéramos vencer a una culebra, no lo conseguiríamos. Nada más quiero decir. -Si es por su resistencia al veneno -objetó perezosamente Urutú Dorado, desde el fondo del antro-, creo que yo sola me encargaría de desengañarlas... No se trata de veneno replicó desdeñosamente Cruzada-. Yo también me bastaría... agregó con una mirada de reojo a la yararacusú. Se trata de su fuerza, de su destreza, de su nerviosidad, como quiera llamársele. Cualidades de lucha que nadie pretenderá negar a nuestras primas. Insisto en que en una campaña como la que queremos emprender las serpientes nos serán de gran utilidad; más: de imprescindible necesidad. Pero la proposición desagradaba siempre: -¿Por qué las culebras? -exclamó Atroz- Son despreciables. Tienen ojos de pescado agregó la presuntuosa Coatiarita. -¡Me dan asco! protestó desdeñosamente Lanceolada. -Tal vez sea otra cosa lo que te dan... -murmuró Cruzada mirándola de reojo. -¿A mí? -silbó Lanceolada, irguiéndose-. ¡Te advierto que haces mala figura aquí, defendiendo a esos gusanos corredores! Si te oyen las Cazadoras..." murmuró irónicamente Cruzada. Pero al oír este nombre, Cazadoras, la asamblea entera se agitó. ¡No hay para qué decir eso! gritaron-. ¡Ellas son culebras, y nada más! ¡Ellas se llaman a sí mismas las Cazadoras! -replicó secamente Cruzada-. Y estamos en Congreso. También desde tiempo inmemorial es fama entre las víboras la rivalidad particular de las dos yararás: Lanceolada, hija del extremo norte, y Cruzada, cuyo hábitat se extiende más al sur. Cuestión de coquetería en punto a belleza, según las culebras. -¡Vamos, vamos! -intervino Terrífica- Que Cruzada explique para qué quiere la ayuda de las culebras, siendo así que no representan la Muerte como nosotras. -¡Para esto! -replicó Cruzada ya en calma- Es indispensable saber qué hace el Hombre en la casa; y para ello se precisa ir hasta allá, a la casa misma. Ahora bien, la empresa no es fácil, porque si el pabellón de nuestra especie es la Muerte, el pabellón del Hombre es también la Muerte, ¡y bastante más rápida que la nuestra! Las serpientes nos aventajan inmensamente en agilidad. Cualquiera de nosotras iría y vería. Pero ¿volvería? Nadie mejor para esto que la Nacaniná. Estas exploraciones forman parte de sus hábitos diarios, y podría, trepada al techo, ver, oír, y regresar a informarnos antes de que sea de día. La proposición era tan razonable que esta vez la asamblea entera asintió, aunque con un resto de desagrado. -¿Quién va a buscarla? -preguntaron varias voces. Cruzada desprendió la cola de un tronco y se deslizó afuera. ¡Voy yo! -dijo- En seguida vuelvo. -¡Eso es! -le lanzó Lanceolada de atrás-. ¡Tú que eres su protectora la hallarás en seguida! Cruzada tuvo aún tiempo de volver la cabeza hacia ella, y le sacó la lengua, reto a largo plazo. III Cruzada halló a la Nacaniná" cuando ésta trepaba a un árbol. -¡Eh, Nacaniná! -llamó con un leve silbido. La Nancaniná oyó su nombre; pero se abstuvo prudentemente de contestar hasta nueva llamada. -¡Nacaniná! -repitió Cruzada, levantando medio tono su silbido. -¿Quién me llama? respondió la culebra. -¡Soy yo, Cruzada! -¡Ah, la prima...! ¿Qué quieres, prima adorada? -No se trata de bromas, Nacaniná... ¿Sabes lo que pasa en la Casa? -Sí, que ha llegado el Hombre... ¿Qué más? Y, ¿sabes que estamos en Congreso? ¡Ah, no; esto no lo sabía! -repuso la Nacaniná, deslizándose cabeza abajo contra el árbol, con tanta seguridad como si marchara sobre un plano horizontal-. Algo grave debe pasar para eso... ¿Qué ocurre? -Por el momento, nada; pero nos hemos reunido en Congreso precisamente para evitar que nos ocurra algo. En dos palabras: se sabe que hay varios hombres en la Casa, y que se van a quedar definitivamente. Es la Muerte para nosotras. Yo creía que ustedes eran la Muerte por sí mismas... ¡No se cansan de repetirlo! -murmuró irónicamente la culebra. ¡Dejemos esto! Necesitamos de tu ayuda, Ñacaniná. ¿Para qué? ¡Yo no tengo nada que ver aquí! ¿Quién sabe? Para desgracia tuya, te pareces bastante a nosotras, las Venenosas. Defendiendo nuestros intereses, defiendes los tuyos. -¡Comprendo! -repuso la Ñacaniná después de un momento en el que valoró la suma de contingencias desfavorables para ella por aquella semejanza. -Bueno: ¿contamos contigo? -¿Qué debo hacer? -Muy poco. Ir en seguida a la Casa, y arreglarte allí de modo que veas y oigas lo que pasa. -¡No es mucho, no! -repuso negligentemente Ñacaniná, restregando la cabeza contra el tronco-. Pero es el caso agregó- que allá arriba tengo la cena segura... Una pava del monte a la que desde anteayer se le ha puesto en el copete anidar allí... -Tal vez allá encuentres algo que comer -1a consoló suavemente Cruzada. Su prima la miró de reojo. -Bueno, en marcha -reanudó la yarará-. Pasemos primero por el Congreso. -¡Ah, no! -protestó la Ñacaniná-. ¡Eso no! ¡Les hago a ustedes el favor, y en paz! Iré al Congreso cuando vuelva... si vuelvo. Pero ver antes de tiempo la cáscara rugosa de Terrífica, los ojos de matón de Lanceolada y la cara estúpida de Coralina". ¡Eso, no! -No está Coralina. -¡No importa! Con el resto tengo bastante. -¡Bueno, bueno! -repuso Cruzada, que no quería hacer hincapié-.Pero si no disminuyes un poco la marcha, no te sigo. En efecto, aun a todo correr, la yarará no podía acompañar el deslizar -casi lento para ella- de la Nacaniná. -Quédate, ya estás cerca de las otras -contestó la culebra. Y se lanzó a toda velocidad, dejando en un segundo atrás a su prima Venenosa. IV Un cuarto de hora después la Cazadora llegabaa su destino. Velaban todavía en la casa. Por las puertas, abiertas de par en par, salían chorros de luz, y ya desde lejos la Nacaniná pudo ver cuatro honbres sentados alrededor de la mesa. Para llegar con impunidad sólo faltaba evitarel problemático tropiezo con un perro. ¿Los habría? Mucho lo temí¿ Nacaniná. Por esto deslizóse adelante con gran cautela, sobre todo cuando llegó ante el corredor. Ya en él observó con atención. Ni enfrente, ni ala derecha, ni a la izquierda había perro alguno. Sólo allá, en el corredor apuesto y que la culebra podía ver por entre las piernas de los hombres, un perro negro dormía echado de costado. La plaza, pues, estaba libre. Como desde el lugar en que se encontraba podía oír, pero no ver el panorama entero de los hombres hablando, la culebra, tras una ojeada arriba, tuvo lo que deseaba en un momento. Trepó por una escalera recostada a la pared bajo el corredor y se instaló en el espacio libre entre pared y techo, tendida sobre el tirante. Pero por más precauciones que tomara al deslizarse, un viejo clavo cayó al suelo y un hombre levantó los ojos. -¡Se acabó! -se dijo Ñacaniná, conteniendo la respiración. Otro hombre miró también arriba. -¿Qué hay? preguntó. -Nada -repuso el primero-. Me pareció ver algo negro por allá. -Una rata. -Se equivocó el Hombre -murmuró para sí la culebra. -O alguna ñacaniná. -Acertó el otro Hombre -murmuró de nuevo la aludida, aprestándose a la lucha. Pero los hombres bajaron de nuevo la vista, y la Nacaniná vio y oyó durante media hora. V La Casa, motivo de preocupación de la selva, habíase convertido en establecimiento científico de la más grande importancia. Conocida ya desde tiempo atrás la particular riqueza en víboras de aquel rincón del territorio, el Gobierno de la Nación había decidido la creación de un Instituto de Seroterapia Ofídica, donde se prepararían sueros contra el veneno de las víboras. La abundancia de éstas es un punto capital, pues nadie ignora que la carencia de víboras de que extraer el veneno es el principal inconveniente para una vasta y segura preparación del suero. El nuevo establecimiento podía comenzar casi en seguida, porque contaba con dos animales -un caballo y una mula- ya en vías de completa inmunización. Habíase logrado organizar el laboratorio y el serpentario. Este último prometía enriquecerse de un modo asombroso, por más que el Instituto hubiera llevado consigo no pocas serpientes venenosas, las mismas que servían para inmunizar a los animales citados. Pero si se tiene en cuenta que un caballo, en su último grado de inmunización, necesita seis gramos de veneno en cada inyección (cantidad suficiente para matar doscientos cincuenta caballos), se comprenderá que deba ser muy grande el número de víboras en disponibilidad que requiere un Instituto del género. Los días, duros al principio, de una instalación en la selva, mantenían al personal superior del Instituto en vela hasta medianoche, entre planes de laboratorio y demás. Y los caballos, ¿cómo están hoy? -preguntó uno, de lentes negros, y que parecía ser el jefe del Instituto. -Muy caídos -repuso otro-. Si no podemos hacer una buena recolección en estos días... La Nacaniná, inmóvil sobre el tirante, ojos y oídos alerta, comenzaba a tranquilizarse. -Me parece se dijo- que las primas venenosas se han llevado un susto magnífico. De estos hombres no hay gran cosa que temer... Y avanzando más la cabeza, a tal punto que su nariz pasaba ya la línea del tirante, observó con más atención. Pero un contratiempo evoca otro. -Hemos tenido hoy un día malo agregó alguno-. Cinco tubos de ensayo se han roto... La Nacaniná sentíase cada vez más inclinada a la compasión. -¡Pobre gente! murmuró-. Se les han roto cinco tubos... Y se disponía a abandonar su escondite para explorar aquella inocente casa, cuando oyó: -En cambio, las víboras están magníficas... Parece sentarles el país. -¿Eh? -dio una sacudida la culebra, jugando velozmente con la lengua-. ¿Qué dice ese pelado de traje blanco? Pero el hombre proseguía: -Para ellas, sí, el lugar me parece ideal... Y las necesitamos urgentemente, los caballos y nosotros. -Por suerte, vamos a hacer una famosa cacería de víboras en este país. No hay duda de que es el país de las víboras. -Hum..., hum..., hum... -murmuró Nacaniná, arrollándose en el tirante cuanto le fue posible-. Las cosas comienzan a ser un poco distintas... Hay que quedar un poco más con esta buena gente... Se aprenden cosas curiosas. Tantas cosas curiosas oyó, que cuando, al cabo de media hora, quiso retirarse, el exceso de sabiduría adquirida le hizo hacer un falso movimiento, y la tercera parte de su cuerpo cayó, golpeando la pared de tablas. Como había caído de cabeza, en un instante la tuvo enderezada hacia la mesa, la lengua vibrante. La Nacaniná, cuyo largo puede alcanzar a tres metros, es valiente, con seguridad la más valiente de nuestras serpientes. Resiste un ataque serio del hombre, que es inmensamente mayor que ella, y hace frente siempre. Como su propio coraje le hace creer que es muy temida, la nuestra se sorprendió un poco al ver que los hombres, enterados de que se trataba de una simple ñacaniná, se echaron a reír tranquilos. Es una ñacaniná... Mejor; así nos limpiará la casa de ratas. ¿Ratas?... -silbó la otra. Y como continuaba provocativa, un hombre se levantó al fin. -Por útil que sea, no deja de ser un mal bicho... Una de estas noches la voy a encontrar buscando ratones dentro de mi cama... Y cogiendo un palo próximo, lo lanzó contra la Nacaniná a todo vuelo. El palo pasó silbando junto a la cabeza de la intrusa y golpeó con terrible estruendo la pared. Hay ataque y ataque. Fuera de la selva, y entre cuatro hombres, la Ñacanina no se hallaba a gusto. Se retiró a escape, concentrando toda su energía en la cualidad que, juntamente con el valor, forman sus dos facultades primas: la velocidad para correr. Perseguida por los ladridos del perro, y aun rastreada buen trecho por éste -lo que abrió una nueva luz respecto a las gentes aquellas-, la culebra llegó a la caverna. Pasó por encima de Lanceolada y Atroz, y se arrolló a descansar, muerta de fatiga. VI -¡Por fin! exclamaron todas, rodeando a la exploradora--. Creíamos que te ibas a quedar con tus amigos los Hombres... ¡Hum!... -murmuró Nacaniná. -¿Qué nuevas nos traes? -preguntó Terrífica. -¿Debemos esperar un ataque, o no tomar en cuenta a los Hombres? -Tal vez fuera mejor esto... Y pasar al otro lado del río repuso Nacaniná. ¿Qué?... ¿Cómo?... -saltaron todas-. ¿Estás loca? -Oigan, primero. ¡Cuenta, entonces! Y Ñacaniná contó todo lo que había visto y oído: la instalación del instituto Seroterápico, sus planes, sus fines y la decisión de los hombres de cazar cuanta víbora hubiera en el país. -¡Cazarnos! -saltaron. Urutú Dorado, Cruzada y Lanceolada, heridas en lo más vivo de su orgullo-. ¡Matarnos, querrás decir! -¡No! ¡Cazarlas, nada más! Encerrarlas, darles bien de comer y extraerles cada veinte días el veneno. ¿Quieren vida más dulce? La asamblea quedó estupefacta. Ñacaniná había explicado muy bien el fin de esta recolección de veneno; pero lo que no había explicado eran los medios para llegar a obtener el suero. ¡Un suero antivenenoso! Es decir, la curación asegurada, la inmunización de hombres y animales contra la mordedura; la Familia entera condenada a perecer de hambre en plena selva natal. -¡Exactamente! -apoyó Nacaniná -No se trata sino de esto. Para la Nacaniná, el peligro previsto era mucho menor. ¿Qué le importaba a ella y sus hermanas las cazadoras -a ellas, que cazaban a diente limpio, a fuerza de músculos- que los animales estuvieran o no inmunizados? Un solo punto oscuro veía ella, y es el excesivo parecido de una culebra con una víbora % que favorecía confusiones mortales. Be aquí el interés de la culebra en suprimir el Instituto. -Yo me ofrezco a empezar la campaña -dijo Cruzada. -¿Tienes un plan? -preguntó ansiosa Terrífica, siempre falta de ideas. -Ninguno. Iré sencillamente mañana de tarde a tropezar con alguien. -¡Ten cuidado! -le dijo Nacaniná, con voz persuasiva-, Hay varias jaulas vacías... ¡Ah, me olvidaba! -agregó, dirigiéndose a Cruzada-. Hace un rato, cuando salí de allí... Hay un perro negro muy peludo... Creo que sigue el rastro de una víbora... ¡Ten cuidado! -¡Allá veremos! Pero pido que se llame a Congreso pleno para mañana de noche. Si yo no puedo asistir tanto peor... Mas la asamblea había caído en nueva sorpresa. -¿Perro que sigue nuestro rastro...? ¿Estás segura? -Casi. ¡Ojo con ese perro, porque puede hacernos más daño que todos los hombres juntos! -Yo me encargo de él -exclamó Terrífica, contenta de (sin mayor esfuerzo mental) poder poner en juego sus glándulas de veneno, que a la menor contracción nerviosa se escurría por el canal de los colmillos. Pero ya cada víbora se disponía a hacer correr la palabra en su distrito, y a Nacaniná, gran trepadora, se le encomendó especialmente llevar la voz de alerta a los árboles, reino preferido de las culebras. A las tres de la mañana la asamblea se disolvió. Las víboras, vueltas a la vida normal, se alejaron en distintas direcciones, desconocidas ya las unas para las otras, silenciosas, sombrías, mientras en el fondo de la caverna la serpiente de cascabel quedaba arrollada e inmóvil, fijando sus duros ojos de vidrio en un ensueño de mil perros paralizados. VII Era la una de la tarde. Por el campo de fuego, al resguardo de las matas de espartillo, se arrastraba Cruzada hacia la Casa. No llevaba otra idea, ni creía necesario tener otra, que matar al primer hombre que se pusiera a su encuentro. Llegó al corredor y se arrolló allí, esperando. Pasó así media hora. El calor sofocante que reinaba desde tres días atrás comenzaba a pesar sobre los ojos de la yarará, cuando un temblor sordo avanzó desde la pieza. La puerta estaba abierta, y ante la víbora, a treinta centímetros de su cabeza, apareció el perro, el perro negro y peludo, con los ojos entornados de sueño. ¡Maldita bestia...! -se dijo Cruzada-. Hubiera preferido un hombre... En ese instante el perro se detuvo husmeando, y volvió la cabeza... ¡Tarde ya! Ahogó un aullido de sorpresa y movió desesperadamente el hocico mordido. -Ya tiene éste su asunto listo... -murmuró Cruzada, replegándose de nuevo. Pero cuando el perro iba a lanzarse sobre la víbora, sintió los pasos de su amo y se arqueó ladrando a la yarará. El hombre de los lentes ahumados apareció junto a Cruzada. -¿Qué pasa? -preguntaron desde el otro corredor. -Una alternatus... Buen ejemplar -respondió el hombre. Y antes de que hubiera podido defenderse, la víbora se sintió estrangulada en una especie de prensa afirmada al extremo de un palo. La yarará crujió de orgullo al verse así; lanzó su cuerpo a todos lados, trató en vano de recoger el cuerpo y arrollarlo en el palo. Imposible; le faltaba el punto de apoyo en la cola, el famoso punto de apoyo sin el cual una poderosa boa se encuentra reducida a la más vergonzosa impotencia. El hombre la llevó así colgando, y fue arrojada en el Serpentario. Constituíalo éste un simple espacio de tierra cercado con chapas de cinc liso, provisto de algunas jaulas, y que albergaba a treinta o cuarenta víboras. Cruzada cayó en tierra y se mantuvo un momento arrollada y congestionada bajo el sol de fuego. La instalación era evidentemente provisoria; grandes y chatos cajones alquitranados servían de bañadera a las víboras, y varias casillas y piedras amontonadas ofrecían reparo a los huéspedes de ese paraíso improvisado. Un instante después la yarará se veía rodeada y pasada por encima por cinco o seis compañeras que iban a reconocer su especie. Cruzada las conocía a todas; pero no así a una gran víbora que se bañaba en una jaula cerrada con tejido de alambre. ¿Quién era? Era absolutamente desconocida para la yarará. Curiosa a su vez se acercó lentamente. Se acercó tanto, que la otra se irguió. Cruzada ahogó un silbido de estupor, mientras caía en guardia, arrollada. La gran víbora acababa de hinchar el cuello, pero monstruosamente, como jamás había visto hacerlo a nadie. Quedaba realmente extraordinaria así. -¿Quién eres? -murmuró Cruzada-. ¿Eres de las nuestras? Es decir, venenosa. La otra, convencida de que no había habido intención de ataque en la aproximación de la yarará, aplastó sus dos grandes orejas. -Sí -repuso- Pero no de aquí; de muy lejos... de la India. -¿Cómo te llamas? -Hamadrías... o cobra capelo real ". -Yo soy Cruzada. -Sí, no necesitas decirlo. He visto muchas hermanas tuyas ya... ¿Cuándo te cazaron? -Hace un rato. No pude matar. -Mejor hubiera sido para ti que te hubieran muerto... -Pero maté al perro. -¿Qué perro? ¿El de aquí? -Sí. La cobra real se echó a reír, a tiempo que Cruzada tenía una nueva sacudida: el perro lanudo que creía haber matado estaba ladrando... -¿Te sorprende, eh? -agregó Hamadrías-. A muchas les ha pasado lo mismo. -Pero es que mordí en la cabeza... -contestó Cruzada, cada vez más aturdida-. ¡No me queda una gota de veneno! -concluyó. Es patrimonio de las yararás vaciar casi en una mordida sus glándulas. -Para él es lo mismo que te hayas vaciado o no... -¿No puede morir? -Sí, pero no por cuenta nuestra... Está inmunizado. Pero tú no sabes lo que es esto... -¡Sé! -repuso vivamente Cruzada-. ¡Ñacaniná nos contó...! La cobra real la consideró entonces atentamente. -Tú me pareces inteligente... -¡Tanto como tú..., por lo menos! -replicó Cruzada. El cuello de la asiática se expandió bruscamente de nuevo, y de nuevo la yarará cayó en guardia. Ambas víboras se miraron largo rato, y el capuchón de la cobra bajó lentamente. -Inteligente y valiente -murmuró Hamadrías-. A ti se te puede hablar... ¿Conoces el nombre de mi especie? -Hamadrías, supongo. -O Naja búngaro... o Cobra capelo real. Nosotras somos respecto de la vulgar cobra capelo de la India, lo que tú respecto de una de esas coatiaritas... ¿Y sabes de qué nos alimentamos? -No. -De víboras americanas..., entre otras cosas -concluyó balanceando la cabeza ante Cruzada. Esta apreció rápidamente el tamaño de la extranjera ofiófaga. -¿Dos metros cincuenta? -preguntó. -Sesenta... dos sesenta, pequeña Cruzada -repuso la otra, que había seguido su mirada. -Es un buen tamaño... Más o menos, el largo de Anaconda, una prima mía. ¿Sabes de qué se alimenta? - -Supongo... -Sí, de víboras asiáticas -y miró a su vez a Hamadrías. -¡Bien contestado! -repuso ésta, balanceándose de nuevo. Y después de refrescarse la cabeza en el agua, agregó perezosamente: -¿Prima tuya, dijiste? -Sí. -¿Sin veneno, entonces? -Así es... Y por esto justamente tiene gran debilidad por las extranjeras venenosas. Pero la asiática no la escuchaba ya, absorta en sus pensamientos. -¡Oyeme! -dijo de pronto-. ¡Estoy harta de hombres, perros, caballos y de todo este infierno de estupidez y crueldad! Tú me puedes entender, porque lo que es ésas... Llevo año y medio encerrada en una jaula como si fuera una rata, maltratada, torturada periódicamente. Y, lo que es peor, despreciada, manejada como un trapo por viles hombres... Y yo, que tengo valor, fuerza y veneno suficiente para concluir con todos ellos, estoy condenada a entregar mi veneno para la preparación de sueros antivenenosos. ¡No te puedes dar cuenta de lo que esto supone para mi orgullo! ¿Me entiendes? -concluyó mirando en los ojos a la yarará. Sí -repuso la otra-. ¿Qué debo hacer? -Una sola cosa; un solo medio tenemos de vengarnos hasta las heces... Acércate, que no nos oigan... Tú sabes la necesidad absoluta de un punto de apoyo para poder desplegar nuestra fuerza... Toda nuestra salvación depende de esto. Solamente... -¿Qué? La cobra real miró otra vez fijamente a Cruzada. -Solamente que puedes morir... -¿Sola? -¡Oh, no! Ellos, algunos de los hombres también morirán... -¡Es lo único que deseo! Continúa. -Pero acércate aún... ¡Más cerca! El diálogo continuó un rato en voz tan baja, que el cuerpo de la yarará frotaba, descarnándose, contra las mallas de alambre. De pronto, la cobra se abalanzó y mordió por tres veces a Cruzada. Las víboras, que habían seguido de lejos el incidente, gritaron: -¡Ya está! ¡Ya la mató! ¡Es una traicionera! Cruzada, mordida por tres veces en el cuello, se arrastró pesadamente por el pasto. Muy pronto quedó inmóvil, y fue a ella a quien encontró el empleado del Instituto cuando, tres horas después, entró en el Serpentario. El hombre vio a la yarará, y empujándola con el pie, le hizo dar vuelta como a una soga y miró su vientre blanco. -Está muerta, bien muerta... -murmuro- Pero ¿de qué? -Y se agachó a observar a la víbora. No fue largo su examen: en el cuello y en la misma base de la cabeza notó huellas inequívocas de colmillos venenosos. -¡Hum! se dijo el hombre- Esta no puede ser más que la hamadrías... Allí está, arrodillada y mirándome como si yo fuera otra alternatus... Veinte veces le he dicho al director que las mallas del tejido son demasiado grandes. Ahí está la prueba... En fin -concluyó, cogiendo a Cruzada por la cola y lanzándola por encima de la barrera de cinc-. ¡Un bicho menos que vigilar! Fue a ver al director: -La hamadrías ha mordido a la yarará que introdujimos hace un rato. Vamos a extraerle muy poco veneno. -Es un fastidio grande -repuso aquél-. Pero necesitamos para hoy el veneno... No nos queda más que un solo tubo de suero... ¿Murió la alternatus? -Sí; la tiré afuera... ¿Traigo a la hamadrías? -No hay más remedio... Pero para la segunda recolección, de aquí a dos o tres horas. VIII ................................................................................................................................ ...Se hallaba quebrantada, exhausta de fuerzas. Sentía la boca llena de tierra y sangre. ¿Dónde estaba? El velo denso de sus ojos comenzaba a desvanecerse, y Cruzada alcanzó a distinguir el contorno. Vio -y reconoció- el muro de cinc, y súbitamente recordó todo: el perro negro, el lazo, la inmensa serpiente asiática y el plan de batalla de ésta en que ella misma, Cruzada, iba jugando su vida. Recordaba todo, ahora que la parálisis provocada por el veneno comenzaba a abandonarla. Con el recuerdo, tuvo conciencia plena de lo que debía hacer. ¿Sería tiempo todavía? Intentó arrastrarse, mas en vano; su cuerpo ondulaba, pero en el mismo sitio, sin avanzar. Pasó un rato aún y su inquietud crecía. -¡Y no estoy sino a treinta metros! -murmuraba-. ¡Dos minutos, un solo minuto de vida, y llego a tiempo! Y tras nuevo esfuerzo consiguió deslizarse, arrastrarse desesperadamente hacia el laboratorio. Atravesó el patio, llegó a la puerta en el momento en que el empleado, con las dos manos sostenía, colgando en el aire, la Hamadrías, mientras el hombre de los lentes ahumados le introducía el vidrio de reloj en la boca. La mano se dirigía a oprimir las glándulas, y Cruzada estaba aún en el umbral. -¡No tendré tiempo! se dijo desesperada. Y arrastrándose en un supremo esfuerzo, tendió adelante los blanquísimos colmillos. El peón, al sentir su pie descalzo abrasado por los dientes de la yarará, lanzó un grito y bailó. No mucho; pero lo suficiente para que el cuerpo colgante de la cobra real oscilara y alcanzase a la pata de la mesa, donde se arrolló velozmente. Y con ese punto de apoyo, arrancó su cabeza de entre las manos del peón y fue a clavar hasta la raíz los colmillos en la muñeca izquierda del hombre de lentes negros, justamente en una vena. ¡Ya estaba! Con los primeros gritos, ambas, la cobra asiática y la varará, huían sin ser perseguidas. -¡Un punto de apoyo! murmuraba la cobra volando a escape por el campo-. Nada más que eso me faltaba. ¡Ya lo conseguí, por fin! -Sí -corría la yarará a su lado, muy dolorida aún-. Pero no volvería a repetir el juego... Allá, de la muñeca del hombre pendían dos negros hilos de sangre pegajosa. La inyección de una hamadrías en una vena es cosa demasiado seria para que un mortal pueda resistirla largo rato con los ojos abiertos -y los del herido se cerraban para siempre a los cuatro minutos. IX El Congreso estaba en pleno. Fuera de Terrífica y Nacaniná, y las vararás Urutú Dorado, Coatiarita, Neuwied, Atroz y Lanceolada, había acudido Coralina -de cabeza estúpida, según Nacaniná-, lo que no obsta para que su mordedura sea de las más dolorosas. Además es hermosa, incontestablemente hermosa con sus anillos rojos y negros. Siendo, como es sabido, muy fuerte la vanidad de las víboras en punto de belleza, Coralina se alegraba bastante de la ausencia de su hermana Frontal", cuyos triples anillos negros y blancos sobre fondo de púrpura colocan a esta víbora de coral en el más alto escalón de la belleza ofidica. Las Cazadoras estaban representadas esa noche por Drimobia, cuyo destino 'es ser llamada yararacusú del monte, aunque su aspecto sea bien distinto. Asistían Cipó ", de un hermoso verde y gran cazadora de pájaros; Radínea, pequeña y oscura, que no abandona jamás los charcos; Boipeva , cuya característica es achatarse completamente contra el suelo, apenas se siente amenazada. Trigémina, culebra de coral, muy fina de cuerpo, como sus compañeras arborícolas; y por último Esculap¡a 23, también de coral, cuya entrada, por razones que se verá enseguida, fue acogida con generales miradas de desconfianza. Faltaban asimismo varias especies de las venenosas y las cazadoras, ausencia ésta que requiere una aclaración. Al decir Congreso pleno, hemos hecho referencia a la gran mayoría de las especies, y sobre todo de las que se podrían llamar reales por su importancia. Desde el primer Congreso de las Víboras se acordó que las especies numerosas, estando en mayoría, podían dar carácter de absoluta fuerza a sus decisiones. De aquí la plenitud del Congreso actual, bien que fuera lamentable la ausencia de la yarará Surucusú`, a quien no había sido posible hallar por ninguna parte; hecho tanto más de sentir cuanto que esta víbora, que puede alcanzar a tres metros, es, a la vez la que reina en América, viceemperatriz del Imperio Mundial de las Víboras, pues sólo una la aventaja en tamaño y potencia de veneno: la hamadrías asiática. Alguna faltaba -fuera de Cruzada-; pero las víboras todas afectaban no darse cuenta de su ausencia. A pesar de todo, se vieron forzadas a volverse al ver asomar por entre los helechos una cabeza de grandes ojos vivos. -¿Se puede? -decía la visitante alegremente. Como si una chispa eléctrica hubiera recorrido todos los cuerpos, las víboras irguieron la cabeza al oír aquella voz. -¿Qué quieres aquí? -gritó Lanceolada con profunda irritación. -¡Este no es tu lugar! -exclamó Urutú Dorado, dando por primera vez señales de vivacidad. -¡Fuera! ¡Fuera! -gritaron varias con intenso desasosiego. Pero Terrífica, con silbido claro, aunque trémulo, logró hacerse oír. -¡Compañeras! No olviden que estamos en Congreso, y todas conocemos sus leyes; nadie, mientras dure, puede ejercer acto alguno de violencia. ¡Entra, Anaconda! -¡Bien dicho! -exclamó Ñacaniná con sorda ironía-. Las nobles palabras de nuestra reina nos aseguran. ¡Entra, Anaconda! Y la cabeza viva y simpática de Anaconda avanzó, arrastrando tras de sí dos metros cincuenta de cuerpo oscuro y elástico. Pasó ante todas, cruzando una mirada de inteligencia con la Nacaniná, y fue a arrollarse, con leves silbidos de satisfacción, junto a Terrífica, quien no pudo menos de estremecerse. -¿Te incomodo? -le preguntó cortésmente Anaconda. -¡No, de ninguna manera! -contestó Terrífica-. Son las glándulas de veneno que me incomodan, de hinchadas... Anaconda y Nacaniná tornaron a cruzar una mirada irónica, y prestaron atención. La hostilidad bien evidente de la asamblea hacia la recién llegada tenía un cierto fundamento, que no se dejará de apreciar. La Anaconda es la reina de todas las serpientes habidas y por haber, sin exceptuar al pitón malayo . Su fuerza es extraordinaria, y no hay animal de carne y hueso capaz de resistir un abrazo suyo. Cuando comienza a dejar caer del follaje sus diez metros de cuerpo liso con grandes manchas de terciopelo negro, la selva entera se crispa y encoge. Pero la Anaconda es demasiado fuerte para odiar a sea quien fuere -con una sola excepción-, y esta conciencia de su valor le hace conservar siempre buena amistad con el hombre. Si a alguien detesta, es, naturalmente, a las serpientes venenosas; y de aquí la conmoción de las víboras ante la cortés Anaconda. Anaconda no es, sin embargo, hija de la región. Vagabundeando en las aguas espumosas del Paraná había llegado hasta allí con una gran creciente, y continuaba en la región muy contenta del país, en buena relación con todos, y en particular con la Nacaniná, con quien había trabado viva amistad. Era, por lo demás, aquel ejemplar una joven Anaconda que distaba aún mucho de alcanzar a los diez metros de sus felices abuelos. Pero los dos metros cincuenta que medía ya valían por el doble, si se considera la fuerza de esta magnífica boa, que por divertirse, al crepúsculo, atraviesa el Amazonas entero con la mitad del cuerpo erguido fuera del agua. Pero Atroz acaba de tomar la palabra ante la asamblea, ya distraída. -Creo que podríamos comenzar ya -dijo-. Ante todo, es menester saber algo de Cruzada. Prometió estar aquí en seguida. Lo que prometió -intervino la Nacaniná- es estar aquí cuando pudiera. Debemos esperarla. -¿Para qué? -replicó Lanceolada; sin dignarse volver la cabeza a la culebra. -¿Cómo para qué? -exclamó ésta, irguiéndose-. Se necesita toda la estupidez de una Lanceolada para decir esto... ¡Estoy cansada ya de oír en este Congreso disparate tras disparate! ¡No parece sino que las Venenosas representaran a la Familia entera! Nadie, menos ésa -señaló con la cola a Lanceolada , ignora que precisamente de las noticias que traiga Cruzada depende nuestro plan... ¿Que para qué esperarla...? ¡Estamos frescas si las inteligencias capaces de preguntar esto dominan en este Congreso! -No insultes -le reprochó gravemente Coatiarita. La Nacaniná se volvió a ella: -¿Y a ti, quién te mete en esto? -No insultes -repitió la pequeña, dignamente. Nacaniná consideró al pundonoroso benjamín y cambió de voz. -Tiene razón la minúscula prima -concluyó tranquila-; Lanceolada, te pido disculpa. -¡No es nada! -replicó con rabia la yarará. -¡No importa!; pero vuelvo a pedirte disculpa. Felizmente, Coralina, que acechaba a la entrada de la caverna, entró silbando: ¡Ahí viene Cruzada! -¡Por fin! -exclamaron los congresales, alegres. Pero su alegría transformóse en estupefacción cuando, detrás de la yarará, vieron entrar a una inmensa víbora, totalmente desconocida de ellas. Mientras Cruzada iba a tenderse al lado de Atroz, la intrusa se arrolló lenta y paulatinamente en el centro de la caverna y se mantuvo inmóvil. -¡Terrífica! -dijo Cruzada-. Dale la bienvenida. Es de las nuestras. -¡Somos hermanas! -se apresuró la de cascabel, observándola inquieta. Todas las víboras, muertas de curiosidad, se arrastraron hacia la recién llegada. -Parece una prima sin veneno -decía una, con un tanto de desdén. -Sí -agregó otra-. Tiene ojos redondos. -Y cola larga. -Y además... Pero de pronto quedaron mudas, porque la desconocida acababa de hinchar monstruosamente el cuello. No duró aquello más que un segundo; el capuchón se replegó, mientras la recién llegada se volvía a su amiga, con la voz alterada. -Cruzada: diles que no se acerquen tanto... No puedo dominarme. -Sí, ¡déjenla tranquila! -exclamó Cruzada-. Tanto más -agregó- cuanto que acaba de salvarme la vida, y tal vez la de todas nosotras. No era menester más. El Congreso quedó un instante pendiente de la narración de Cruzada, que tuvo que contarlo todo: el encuentro con el perro, el lazo del hombre de lentes ahumados, el magnífico plan de Hamadrías, con la catástrofe final, y el profundo sueño que acometió luego a la yarará hasta una hora antes de llegar. -Resultado -concluyó-: dos hombres fuera de combate, y de los más peligrosos. Ahora no nos resta más que eliminar a los que quedan. -¡O a los caballos! -dijo Hamadrías. -¡O al perro! -agregó la Nacaniná. -Yo creo que a los caballos -insistió la cobra real-. Y me fundo en esto: mientras queden vivos los caballos, un solo hombre puede preparar miles de tubos de suero, con los cuales se inmunizarán contra nosotras. Raras veces -ustedes lo saben bien- se presenta la ocasión de morder una vena... como ayer. Insisto, pues, en que debemos dirigir todo nuestro ataque contra los caballos. ¡Después veremos! En cuanto al perro -concluyó con una mirada de reojo a la Ñacaniná , me parece despreciable. Era evidente que desde el primer momento la serpiente asiática y la Ñacaniná indígena habíanse disgustado mutuamente. Si la una, en su carácter de animal venenoso, representaba un tipo inferior para la Cazadora, esta última, a fuer de fuerte y ágil, provocaba el odio y los celos de Hamadrías.. De modo que la vieja y tenaz rivalidad entre serpientes venenosas y no venenosas llevaba miras de exasperarse aún más en aquel último Congreso. -Por mi parte -contestó Nacaniná-, creo que caballos y hombres son secundarios en esta lucha. Por gran facilidad que podamos tener para eliminar a unos y otros, no es nada esta facilidad comparada con la que puede tener el perro el primer día que se les ocurra dar una batida en forma, y la darán, estén bien seguras, antes de veinticuatro horas. Un perro inmunizado contra cualquier mordedura, aun la de esta señora con sombrero en el cuello agregó señalando de costado a la cobra real-, es el enemigo más temible que podamos tener, y sobre todo si se recuerda que ese enemigo ha sido adiestrado a seguir nuestro rastro. ¿Qué opinas, Cruzada? No se ignoraba tampoco en el Congreso la amistad singular que unía a la víbora y la culebra; posiblemente, más que amistad, era aquello una estimación recíproca de su mutua inteligencia. -Yo opino como Nacaniná -repuso-. Si el perro se pone a trabajar, estamos perdidas. -¡Pero adelantémonos! -replicó Hamadrías. -¡No podríamos adelantarnos tanto...! Me inclino decididamente por la prima. -Estaba segura -dijo ésta tranquilamente. Era esto más de lo que podía oír la cobra real sin que la ira subiera a inundarle los colmillos de veneno. -No sé hasta qué punto puede tener valor la opinión de esta señorita conversadora -dijo, devolviendo a la Ñacaniná su mirada de reojo-.El peligro real en esta circunstancia es para nosotras, las Venenosas, que tenemos por negro pabellón a la Muerte. Las culebras saben bien que el hombre no las teme, porque son completamente incapaces de hacerse temer. -¡He aquí una cosa bien dicha! -dijo una voz que no había sonado aún. Hamadrías se volvió vivamente, porque en el tono tranquilo de la voz había creído notar una vaguísima .ironía, y vio dos grandes ojos brillantes que la miraban apaciblemente. ¿A mí me hablas? -preguntó con desdén. -Sí, a ti -repuso mansamente la interruptora-. Lo que has dicho está empapado en profunda verdad. La cobra real volvió a sentir la ironía anterior, y como por un presentimiento, midió a la ligera con la vista el cuerpo de su interlocutora, arrollada en la sombra. ¡Tú eres Anaconda! ¡Tú lo has dicho! -repuso aquélla inclinándose. Pero la Nacaniná quería de una vez por todas aclarar las cosas. -¡Un instante! -exclamó. -¡No! -interrumpió Anaconda- Permíteme, Nacaniná. Cuando un ser es bien formado, ágil, fuerte y veloz, se apodera de su enemigo con la energía de nervios y músculos que constituye su honor, como lo es el de todos los luchadores de la creación. Así cazan el gavilán, el gato onza, el tigre, nosotras, todos los seres de noble estructura. Pero cuando se es torpe, pesado, poco inteligente e incapaz, por lo tanto, de luchar francamente por la vida, entonces se tiene un par de colmillos para asesinar a traición, ¡como esa dama importada que nos quiere deslumbrar con su gran sombrero! En efecto, la cobra real, fuera de sí, había dilatado el monstruoso cuello para lanzarse sobre la insolente. Pero también el Congreso entero se había erguido amenazador al ver esto. -¡Cuidado! -gritaron varias a un tiempo-. ¡El Congreso es inviolable! -¡Abajo el capuchón! -alzóse Atroz, con los ojos hechos ascua. Hamadrías se volvió a ella con un silbido de rabia. -¡Abajo el capuchón! -se adelantaron Urutú Dorado y Lanceolada. Hamadrías tuvo un instante de loca rebelión, pensando en la facilidad con que hubiera destrozado una tras otra a cada una de sus contrincantes. Pero ante la actitud de combate del Congreso entero, bajó el capuchón lentamente. -¡Está bien! -silbó-. Respeto al Congreso. Pero pido que cuando se concluya..., ¡no me provoquen! -Nadie te provocará -dijo Anaconda. La cobra se volvió a ella con reconcentrado odio: -¡Y tú menos que nadie, porque me tienes miedo! -¡Miedo yo! -contestó Anaconda, avanzando. -¡Paz, paz! -clamaron todas de nuevo-. ¡Estamos dando un pésimo ejemplo! ¡Decidamos de una vez lo que debemos hacer! -Sí, ya es tiempo de esto -dijo Terrífica-. Tenemos dos planes a seguir: el propuesto por Nacaniná, y el de nuestra aliada. ¿Comenzamos el ataque por el perro, o bien lanzamos todas nuestras fuerzas contra los caballos? Ahora bien, aunque la mayoría se inclinaba acaso a adoptar el plan de la culebra, el aspecto, tamaño e inteligencia demostrados por la serpiente asiática habían impresionado favorablemente al Congreso en su favor. Estaba aún viva su magnífica combinación contra el personal del Instituto; y fuera lo que pudiere ser su nuevo plan, es lo cierto que se le debía ya la eliminación de dos hombres. Agréguese que, salvo la Nacaniná y Cruzada, que habían estado ya en campaña, ninguna se había dado cuenta del terrible enemigo que había en un perro inmunizado y rastreador de víboras. Se comprenderá así que el plan de la cobra real triunfara al fin. Aunque era ya muy tarde, era también cuestión de vida o muerte llevar el ataque en seguida, y se decidió partir sobre la marcha. -¡Adelante, pues! -concluyó la de cascabel-. ¿Nadie tiene nada más que decir? -¡Nada...! -gritó Nacaniná-. ¡Sino que nos arrepentiremos! Y las víboras y culebras, inmensamente aumentadas por los individuos de las especies cuyos representantes salían de la caverna, lanzáronse hacia el Instituto. -¡Una palabra! -advirtió aún Terrífica-. ¡Mientras dure la campaña estamos en Congreso y somos inviolables las unas para las otras! ¿Entendido? -¡Sí, sí, basta de palabras! -silbaron todas. La cobra real, a cuyo lado pasaba Anaconda, le dijo mirándola sombríamente: -Después... -¡Ya lo creo! -la cortó alegremente Anaconda, lanzándose como una flecha a la vanguardia. X El personal del Instituto velaba al pie de la cama del peón mordido por la yarará. Pronto debía amanecer. Un empleado se asomó a la ventana por donde entraba la noche caliente y creyó oír ruido en uno de los galpones. Prestó oído un rato y dijo: -Me parece que es en la caballeriza... Vaya a ver, Fragoso. El aludido encendió el farol de viento y salió, en tanto que los demás quedaban atentos, con el oído alerta. No había transcurrido medio minuto cuando sintieron pasos precipitados en el patio y Fragoso aparecía, pálido de sorpresa. -¡La caballeriza está llena de víboras! -dijo. -¿Llena? preguntó el nuevo jefe-. ¿Qué es eso? ¿Qué pasa...? -No sé... -Vayamos. Y se lanzaron afuera. -¡Daboy! ¡Daboy! -llamó el jefe al perro que gemía soñando bajo la cama del enfermo. Y corriendo todos entraron en la caballeriza. Allí, a la luz del farol de viento, pudieron ver al caballo y a la mula debatiéndose a patadas contra sesenta u ochenta víboras que inundaban la caballeriza. Los animales relinchaban y hacían volar a coces los pesebres; pero las víboras, como si las dirigiera una inteligencia superior, esquivaban los golpes y mordían con furia. Los hombres, con el impulso de la llegada, habían caído entre ellas. Ante el brusco golpe de luz, las invasoras se detuvieron un instante, para lanzarse en seguida silbando a un nuevo asalto, que dada la confusión de caballos y hombres no se sabía contra quién iba dirigido. El personal del Instituto se vio así rodeado por todas partes de víboras. Fragoso sintió un golpe de colmillos en el borde de las botas, a medio centímetro de su rodilla, y descargó su vara -vara dura y flexible que nunca falta en una casa de bosque- sobre el atacante. El nuevo director partió en dos a otra, y el otro empleado tuvo tiempo de aplastar la cabeza, sobre el cuello mismo del perro, a una gran víbora que acababa de arrollarse con pasmosa velocidad al pescuezo del animal. Esto pasó en menos de diez segundos. Las varas caían con furioso vigor sobre las víboras que avanzaban siempre, mordían las botas, pretendían trepar por las piernas. Y en medio del relinchar de los caballos, los gritos de los hombres, los ladridos del perro y el silbido de las víboras, el asalto ejercía cada vez más presión sobre los defensores, cuando Fragoso, al precipitarse sobre una inmensa víbora que creyera reconocer, pisó sobre un cuerpo a toda velocidad y cayó, mientras el farol, roto en mil pedazos, se apagaba. -¡Atrás! -gritó el nuevo director-. ¡Daboy, aquí! Y salieron atrás, al patio, seguidos por el perro, que felizmente había podido desenredarse de entre la madeja de víboras. Pálidos y jadeantes, se miraron. Parece cosa del diablo... -murmuró el jefe-. Jamás he visto cosa igual... ¿Qué tienen las víboras de este país? Ayer, aquella doble mordedura, como matemáticamente combinada... Hoy... Por suerte ignoran que nos han salvado a los caballos con sus mordeduras... Pronto amanecerá, y entonces será otra cosa. -Me pareció que allí andaba la cobra real -dejó caer Fragoso, mientras se ligaba los músculos doloridos de la muñeca. -Sí -agregó el otro empleado-. Yo la vi bien... Y Daboy, ¿no tiene nada? -No; muy mordido... Felizmente puede resistir cuanto quieran. Volvieron los hombres otra vez al enfermo, cuya respiración era mejor. Estaba ahora inundado en copiosa transpiración. -Comienza a aclarar -dijo el nuevo director, asomándose a la ventana-. Usted, Antonio, podrá quedarse aquí. Fragoso y yo vamos a salir. -¿Llevamos los lazos? -preguntó Fragoso. -¡Oh, no! -repuso el jefe, sacudiendo la cabeza- Con otras víboras, las hubiéramos cazado a todas en un segundo. Estas son demasiado singulares... Las varas y, a todo evento, el machete. XI No singulares, sino víboras, que ante un inmenso peligro sumaban la inteligencia reunida de la especie, era el enemigo que había asaltado el Instituto Seroterápico. La súbita oscuridad que siguiera al farol roto había advertido a las combatientes el peligro de mayor luz y mayor resistencia. Además, comenzaban a sentir ya en la humedad de la atmósfera la inminencia del día. -Si nos quedamos un momento más exclamó Cruzada-, nos cortan la retirada. ¡Atrás! -¡Atrás, atrás! -gritaron todas. Y atropellándose, pasándose las unas sobre las otras, se lanzaron al campo. Marchaban en tropel, espantadas, derrotadas, viendo con consternación que el día comenzaba a romper a lo lejos. Llevaban ya veinte minutos de fuga, cuando un ladrido claro y agudo, pero distante aún detuvo a la columna jadeante. -¡Un instante! -gritó Urutú Dorado- Veamos cuántas somos, y qué podemos hacer. A la luz aún incierta de la madrugada examinaron sus fuerzas. Entre las patas de los caballos habían quedado dieciocho serpientes muertas, entre ellas las dos culebras de coral. Atroz había sido partida en dos por Fragoso, y Drimobia yacía allá con el cráneo roto, mientras estrangulaba al perro. Faltaban además Coatiarita, Radínea y Boipeva. En total, veintitrés combatientes aniquilados. Pero las restantes, sin excepción de una sola, estaban todas magulladas, pisadas, pateadas, llenas de polvo y sangre entre las escamas rotas. -He aquí el éxito de nuestra campaña -dijo amargamente Ñacani-ná, deteniéndose un instante a restregar contra una piedra su cabeza- ¡Te felicito, Hamadrías! Pero para sí sola se guardaba lo que había oído tras la puerta cerrada de la caballeriza, pues había salido la última. ¡En vez de matar, habían salvado la vida a los caballos, que se extenuaban precisamente por falta de veneno! Sabido es que para un caballo que se está inmunizando, el veneno le es tan indispensable para su vida diaria como el agua misma y muere si le llega a faltar. Un segundo ladrido de perro sobre el rastro sonó tras ellas. ¡Estamos en inminente peligro! -gritó Terrífica-. ¿Qué hacemos? -¡A la gruta! -clamaron todas, deslizándose a toda velocidad. -¡Pero están locas! -gritó la Ñacaniná, mientras corría-. ¡Las van a aplastar a todas! ¡Van a la muerte! Óiganme: ¡desbandémonos! Las fugitivas se detuvieron, irresolutas. A pesar de su pánico, algo les decía que el desbande era la única medida salvadora, y miraron alocadas a todas partes. Una sola voz de apoyo, una sola, y se decidían. Pero la cobra real, humillada, vencida en su segundo esfuerzo de dominación, repleta de odio para un país que en adelante debía serle eminentemente hostil, prefirió hundirse del todo, arrastrando con ella a las demás especies. -¡Está loca Ñacaniná! -exclamó-. Separándonos nos matarán una a una sin que podamos defendernos... Allá es distinto. ¡A la caverna! -¡Sí, a la caverna! -respondió la columna despavorida, huyendo-. ¡A la caverna! La Ñacaniná vio aquello y comprendió que iban a la muerte. Pero viles, derrotadas, locas de pánico, las víboras iban a sacrificarse, a pesar de todo. Y con una altiva sacudida de lengua, ella, que podía ponerse impunemente a salvo por su velocidad, se dirigió como las otras directamente a la muerte. Sintió así un cuerpo a su lado, y se alegró al reconocer a Anaconda. -Ya ves -le dijo con una sonrisa- a lo que nos ha traído la asiática. -Sí, es un mal bicho... -murmuró Anaconda, mientras corrían una junto a otra. -¡Y ahora las lleva a hacerse masacrar todas juntas...! -Ella, por lo menos -advirtió Anaconda con voz sombría-, no va a tener ese gusto... Y ambas, con un esfuerzo de velocidad, alcanzaron a la columna. Ya habían llegado. -¡Un momento! -se adelantó Anaconda, cuyos ojos brillaban-. Ustedes lo ignoran, pero yo lo sé con certeza, que dentro de diez minutos no va a quedar viva una de nosotras. El Congreso y sus leyes están, pues, ya concluidos. ¿No es eso, Terrífica? Se hizo un largo silencio. -Sí -murmuró abrumada Terrífica-. Está concluido... -Entonces -prosiguió Anaconda volviendo la cabeza a todos lados-, antes de morir quisiera... ¡Ah, mejor así! -concluyó satisfecha al ver a la cobra real que avanzaba lentamente hacia ella. No era aquel probablemente el momento ideal para un combate. Pero desde que el mundo es mundo, nada, ni la presencia del Hombre sobre ellas, podrá evitar que una Venenosa y una Cazadora solucionen sus asuntos particulares. El primer choque fue favorable a la cobra real: sus colmillos se hundieron hasta la encía en el cuello de Anaconda. Esta, con la maravillosa maniobra de las boas de devolver en ataque una cogida casi mortal, lanzó su cuerpo adelante como un látigo y envolvió en él a la Hamadrías, que en un instante se sintió ahogada. La boa, concentrando toda su vida en aquel abrazo, cerraba progresivamente sus anillos de acero, pero la cobra real no soltaba presa. Hubo aún un instante en que Anaconda sintió crujir su cabeza entre los dientes de la Hamadrías. Pero logró hacer un supremo esfuerzo, y este postrer relámpago de voluntad decidió la balanza a su favor. La boca de la cobra semiasfixiada se desprendió babeando, mientras la cabeza libre de Anaconda hacía presa en el cuerpo de la Hamadrías. Poco a poco, segura del terrible abrazo con que inmovilizaba a su rival, su boca fue subiendo a lo largo del cuello, con cortas y bruscas dentelladas, en tanto que la cobra sacudía desesperada la cabeza. Los noventa y seis agudos dientes de Anaconda subían siempre, llegaron al capuchón, treparon, alcanzaron la garganta, subieron aún, hasta que se clavaron por fin en la cabeza de su enemiga, con un sordo y larguísimo crujido de huesos masticados. Ya estaba concluido. La boa abrió sus anillos, y el macizo cuerpo de la cobra real se escurrió pesadamente a tierra, muerta. -Por lo menos estoy contenta... -murmuró Anaconda, cayendo a su vez exánime sobre el cuerpo de la asiática. Fue en ese instante cuando las víboras oyeron a menos de cien metros el ladrido agudo del perro. Y ellas, que diez minutos antes atropellaban aterradas la entrada de la caverna, sintieron subir a sus ojos la llamarada salvaje de la lucha a muerte por la selva entera. -¡Entremos! -agregaron, sin embargo, algunas. -¡No, aquí! ¡Muramos aquí! -ahogaron todas con sus silbidos. Y contra el murallón de piedra que les cortaba toda retirada, el cuello y la cabeza erguidos sobre el cuerpo arrollado, los ojos hechos ascua, esperaron. No fue larga su espera. En el día aún lívido y contra el fondo negro del monte, vieron surgir ante ellas las dos altas siluetas del nuevo director y de Fragoso, reteniendo en traílla al perro, que, loco de rabia, se abalanzaba adelante. -¡Se acabó! ¡Y esta vez definitivamente! -murmuró Ñacaniná, despidiéndose con esas seis palabras de una vida bastante feliz, cuyo sacrificio acababa de decidir. Y con un violento empuje se lanzó al encuentro del perro, que, suelto y con la boca blanca de espuma, llegaba sobre ellas. El animal esquivó el golpe y cayó furioso sobre Terrífica, que hundió los colmillos en el hocico del perro. Daboy agitó furiosamente la cabeza, sacudiendo en el aire a la de cascabel; pero ésta no soltaba. Neuwied aprovechó el instante para hundir los colmillos en el vientre del animal; mas también en ese momento llegaban los hombres. En un segundo, Terrífica y Neuwied cayeron muertas, con los riñones quebrados. Urutú Dorado fue partida en dos, y lo mismo Cipó. Lanceolada logró hacer presa en la lengua del perro; pero dos segundos después caía tronchada en tres pedazos por el doble golpe de vara, al lado de Esculapia. El combate, o más bien exterminio, continuaba furioso, entre silbidos y roncos ladridos de Daboy, que estaba en todas partes. Cayeron una tras otra, sin perdón -que tampoco pedían-, con el cráneo triturado entre las mandíbulas del perro o aplastadas por los hombres. Fueron quedando masacradas frente a la caverna de su último Congreso. Y de las últimas, cayeron Cruzada y Ñacaniná. No quedaba una ya. Los hombres se sentaron, mirando aquella total masacre de las especies, triunfantes un día. Daboy, jadeando a sus pies, acusaba algunos síntomas de envenenamiento, a pesar de estar poderosamente inmunizado. Había sido mordido sesenta y cuatro veces. Cuando los hombres se levantaban para irse se fijaron por primera vez en Anaconda, que comenzaba a revivir. -¿Qué hace esta boa por aquí? -dijo el nuevo director-. No es éste su país... A lo que parece, ha trabado relación con la cobra real..., y nos ha vengado a su manera. Si logramos salvarla haremos una gran cosa, porque parece terriblemente envenenada. Llevémosla. Acaso un día nos salve a nosotros de toda esta chusma venenosa. Y se fueron, llevando de un palo que cargaban en los hombros, a Anaconda, que herida y exhausta de fuerzas, iba pensando en Ñacaniná, cuyo destino, con un poco menos de altivez, podía haber sido semejante al suyo. Anaconda no murió. Vivió un año con los hombres, curioseando y observándolo todo, hasta que una noche se fue. Pero la historia de este viaje remontando por largos meses el Paraná hasta más allá del Guayra, más allá todavía del golfo letal donde el Paraná toma el nombre de río Muerto; la vida extraña que llevó Anaconda y el segundo viaje que emprendió por fin con sus hermanos sobre las aguas sucias de una gran inundación -toda esta historia de rebelión y asalto de camalotes, pertenece a otro relato. En vez de lo que deseaba, me dieron un empleo en el Ministerio de Agricultura. Fui nombrado inspector de las estaciones meteorológicas en los países limítrofes. Estas estaciones, a cargo del gobierno argentino, aunque ubicadas en territorio extranjero, desempeñan un papel muy importante en el estudio del régimen climatológico. Su inconveniente estriba en que de las tres observaciones normales a hacer en el día, el encargado suele efectuar únicamente dos, y muchas veces, ninguna. Llena luego las observaciones en blanco con temperaturas y presiones de pálpito. Y esto explica por qué en dos estaciones en territorio nacional, a tres leguas distantes, mientras una marcó durante un mes las oscilaciones naturales de una primavera tornadiza, la otra oficina acusó obstinadamente, y para todo el mes, una misma presión atmosférica y una constante dirección del viento. El caso no es común, claro está, pero por poco que el observador se distraiga cazando mariposas, las observaciones de pálpito son una constante amenaza para las estadísticas de meteorología. Yo había a mi vez cazado muchas mariposas mientras tuve a mi cargo una estación y por esto acaso el Ministerio halló en mí méritos para vigilar oficinas cuyo mecanismo tan bien conocía. Fui especialmente encomendado de informar sobre una estación instalada en territorio brasileño, al norte del Iguazú. La estación había sido creada un año antes, a pedido de una empresa de maderas. El obraje marchaba bien, según informes suministrados al gobierno; pero era un misterio lo que pasaba en la estación. Para aclararlo fui enviado yo, cazador de mariposas meteorológicas, y quiero creer que por el mismo criterio con que los gobiernos sofocan una vasta huelga, nombrando ministro precisamente a un huelguista. Remonté, pues, el Paraná hasta Corrientes, trayecto que conocía bien. Desde allí a Posadas el país era nuevo para mí, y admiré como es debido el cauce del gran río anchísimo, lento y plateado, con islas empenachadas en todo el circuito de tacuaras dobladas sobre el agua como inmensas canastillas de bambú. Tábanos, los que se deseen. Pero desde Posadas hasta el término del viaje, el río cambió singularmente. Al cauce pleno y manso sucedía una especie de lúgubre Aqueronte -encajonado entre sombrías murallas de cien metros-, en el fondo del cual corre el Paraná revuelto en torbellinos, de un gris tan opaco que más que agua apenas parece otra cosa que lívida sombra de los murallones. Ni aun sensación de río, pues las sinuosidades incesantes del curso cortan la perspectiva a cada trecho. Se trata, en realidad, de una serie de lagos de montaña hundidos entre tétricos cantiles de bosque, basalto y arenisca barnizada en negro. Ahora bien: el paisaje tiene una belleza sombría que no se halla fácilmente en los lagos de Palermo. Al caer la noche, sobre todo, el aire adquiere en la honda depresión, una frescura y transparencia glaciales. El monte vuelca sobre el río su perfume crepuscular, y en esa vasta quietud de la hora el pasajero avanza sentado en proa, tiritando de frío y excesiva soledad. Esto es bello, y yo sentí hondamente su encanto. Pero yo comencé a empaparme en su severa hermosura un lunes de tarde; y el martes de mañana vi lo mismo, e igual cosa el miércoles, y lo mismo vi el jueves y el viernes. Durante cinco días, a dondequiera que volviera la vista no veía sino dos colores: el negro de los murallones y el gris lívido del río. Llegué, por fin. Trepé como pude la barranca de ciento viente metros y me presenté al gerente del obraje, que era a la vez el encargado de la estación meteorológica. Me hallé con un hombre joven aún, de color cetrino y muchas patas de gallo en los ojos. -Bueno -me dije-; las clásicas arrugas tropicales. Este hombre ha pasado su vida en un país de sol. Era francés y se llamaba Briand, como el actual ministro de su patria . Por lo demás, un sujeto cortés y de pocas palabras. Era visible que el hombre había vivido mucho y que al cansancio de sus ojos, contrarrestando la luz, correspondía a todas veras igual fatiga del espíritu: una buena necesidad de hablar poco, por haber pensado mucho. Hallé que el obraje estaba en ese momento poco menos que paralizado por la crisis de madera, pues en Buenos Aires y Rosario no sabían qué hacer con el stock formidable de lapacho, incienso, peterebí y cedro, de toda viga, que flotara o no. Felizmente, la parálisis no había alcanzado a la estación meteorológica. Todo subía y bajaba, giraba y registraba en ella, que era un encanto. Lo cual tiene su real mérito, pues cuando las pilas Edison se ponen en relaciones tirantes con el registrador del anemómetro, puede decirse que el caso es serio. No sólo esto: mi hombre había inventado un aparatito para registrar el rocío -un hechizo regional- con el que nada tenían que ver los instrumentos oficiales; pero aquello andaba a maravillas. Observé todo, toqué, compulsé libretas y estadísticas, con la certeza creciente de que aquel hombre no sabía cazar mariposas. Si lo sabía, no lo hacía por lo menos. Y esto era un ejemplo tan saludable como moralizador para mí. No pude menos de informarme, sin embargo, respecto del gran retraso de las observaciones remitidas a Buenos Aires. El hombre me dijo que es bastante común, aun en obrajes con puerto y chalana en forma, que la correspondencia se reciba y haga llegar a los vapores metiéndola dentro de una botella que se lanza al río. A veces es recogida; a veces, no. ¿Qué objetar a esto? Quedé, pues, encantado. Nada tenía que hacer ya. Mi hombre se prestó amablemente a organizarme una cacería de antas -que no cacé- y se negó a acompañarme a pasear en guabiroba- por el río. El Paraná corre allá nueve millas, con remolinos capaces de poner proa al aire a remolcadores de jangadas. Paseé, sin embargo, y crucé el río; pero jamás volveré a hacerlo. Entretanto la estada me era muy agradable, hasta que uno de esos días comenzaron las lluvias. Nadie tiene idea en Buenos Aires de lo que es aquello cuando un temporal de agua se asienta sobre el bosque. Llueve todo el día sin cesar, y al otro, y al siguiente, como si recién comenzara, en la más espantosa humedad de ambiente que sea posible imaginar. No hay frotador de caja de fósforos que conserve un grano de arena, y si un cigarro ya tiraba mal 30 en pleno sol, no queda otro recurso que secarlo en el horno de la cocina económica, donde se quema, claro está. Yo estaba ya bastante harto del paisaje aquel: la inmensa depresión negra y el río gris en el fondo; nada más. Pero cuando me tocó sentarme en el corredor por toda una semana, teniendo por delante la gotera, detrás la lluvia y allá abajo el Paraná blanco; cuando, después de volver la cabeza a todos lados y ver siempre el bosque inmóvil bajo el agua, tornaba fatalmente la vista al horizonte de basalto y bruma, confieso que entonces sentía crecer en mí, como un hongo, una inmensa admiración por aquel hombre que asistía sin inmutarse al liquidamiento de su energía y de sus cajas de fósforos. Tuve, por fin, una idea salvadora: tomáramos algo? -propuse-. De continuar esto dos días más, me voy en canoa. Eran las tres de la tarde. En la comunidad de los casos, no es ésta hora formal para tomar caña. Pero cualquier cosa me parecía profundamente razonable -aun iniciar a las tres el aperitivo-, ante aquel paisaje de Divina Comedia empapado en siete días de lluvia. Comenzamos, pues. No diré si tomamos poco o mucho, porque la cantidad es en sí un detalle superficial. Lo fundamental es el giro particular de las ideas, así la indignación que se iba apoderando de mí por la manera con que mi compañero soportaba aquella desolación de paisaje. Miraba él hacia el río con la calma de un individuo que espera el final de un diluvio universal que ha comenzado ya, pero que demorará aún catorce o quince años: no había por qué inquietarse. Yo se lo dije; no sé de qué modo, pero se lo dije. Mi compañero se echó a reír pero no me respondió. Mi indignación crecía. -Sangre de pato... -murmuraba yo mirándolo- No tiene ya dos dedos de energía... Algo oyó, supongo, porque, dejando su sillón de tela vino a sentarse a la mesa, enfrente de mí. Le vi hacer aquello un si es no es estupefacto, como quien mira a un sapo acodarse ante nuestra mesa. Mi hombre se acodó, en efecto, y noté entonces que lo veía con enérgico relieve. Habíamos comenzado a las tres, recuerdo que dije. No sé qué hora sería entonces. Tropical farsante... murmuré aún-. Borracho perdido... El se sonrió de nuevo, y me dijo con voz muy clara: -Óigame, mi joven amigo: usted, a pesar de su título y su empleo y su mariposeo mental, es una criatura. No ha hallado otro recurso para sobrellevar unos cuantos días que se le antojan aburridos, que recurrir al alcohol. Usted no tiene idea de lo que es aburrimiento, y se escandaliza de que yo no me enloquezca con usted. ¿Qué sabe usted de lo que es un país realmente de infierno? Usted es una criatura, y nada más. ¿Quiere oír una historia de aburrimiento? Oiga, entonces: Yo no me aburro aquí porque he pasado por cosas que usted no resistiría quince días. Yo estuve siete meses... Era allá, en el Sahara, en un fortín avanzado. Que soy oficial del ejército francés, ya lo sabe... Ah, ¿no? Bueno, capitán... Lo que no sabe es que pasé siete meses allá, en un país totalmente desierto, donde no hay más que sol de cuarenta y ocho grados a la sombra, arena que deja ciego y escorpiones. Nada más. Y esto cuando no hay siroco... Éramos dos oficiales y ochenta soldados. No había nadie ni nada más en doscientas leguas a la redonda. No había sino una horrible luz y un horrible calor, día y noche... Y constantes palpitaciones de corazón, porque uno se ahoga... Y un silencio tan grande como puede desearlo un sujeto con jaqueca. Las tropas van a esos fortines porque es su deber. También van los oficiales; pero todos vuelven locos o poco menos. ¿Sabe a qué tiempo de marcha están esos fortines? A veinte y treinta días de caravana... Nada más que arena: arena en los dientes, en la sopa, en cuanto se come; arena en la máquina de los relojes que hay que llevar encerrados en bolsitas de gamuza. Y en los ojos, hasta enceguecer al ochenta por ciento de los indígenas, cuanta quiera. Divertido, ¿eh? Y el cafard... ¡Ah! Una diversión... Cuando sopla el siroco, si no quiere usted estar todo el día escupiendo sangre, debe acostarse entre sábanas mojadas, renovándolas sin cesar, porque se secan antes de que usted se acuerde. Así, dos, tres días. A veces siete... ¿Oye bien?, siete días. Y usted no tiene otro entretenimiento, fuera de empapar sus sábanas, que triturar arena, azularse de disnea por la falta de aire y cuidarse bien de cerrar los ojos porque están llenos de arena... y adentro, afuera, donde vaya, tiene cincuenta y dos grados a la sombra. Y si usted adquiere bruscamente ideas suicidas -incuban allá con una rapidez desconcertante-, no tiene más que pasear cien metros al sol, protegido por todos los sombreros que usted quiera: una buena y súbita congestión a la médula lo tiende en medio minuto entre los escorpiones. ¿Cree usted, con esto, que haya muchos oficiales que aspiren seriamente a ir allí? Hay el cafard, además... ¿Sabe usted lo que pasa y se repite por intervalos? El gobierno recibe un día, cien, quinientas renuncias de empleados de toda categoría. Todas lo mismo... "Vida perra... Hostilidad de los jefes... Insultos de los compañeros... Imposibilidad de vivir un solo segundo más con ellos..." -Bueno -dice la Administración-; parece que por allá sopla el siroco. Y deja pasar quince días. Al cabo de este tiempo pasa el siroco, y los nervios recobran su elasticidad normal. Nadie recuerda ya nada, y los renunciantes se quedan atónitos por lo que han hecho. Esto es el guebli... Así decimos allá al siroco, o simún de las geografías... Observe que en ninguna parte del Sahara del Norte he oído llamar simún al guebli. Bien. ¡Y usted no puede soportar esta lluvia! ¡El guebli... ! Cuando sopla, usted no puede escribir. Moja la pluma en el tintero y ya está seca al llegar al papel. Si usted quiere doblar el papel, se rompe como vidrio. Yo he visto un repollo, fresquísimo al comenzar el viento, doblarse; amarillear y secarse en un minuto. ¿Usted sabe bien lo que es un minuto? Saque el reloj y cuente. Y los nervios y los golpes de sangre... Multiplique usted por diez la tensión de nuestros meridionales cuando llega allá un colazo de guebli y apreciará lo que es irritabilidad explosiva. ¿Y sabe usted por qué no quieren ir los oficiales, fuera del tormento corporal? Porque no hay relación, ni amistad, ni amor que resistan a la vida en común en esos parajes... ¡Ah! ¿Usted cree que no? Usted es una criatura, ya le he dicho... Yo lo fui también, y pedí mis seis meses en un fortín en el Sahara, con un teniente a mis órdenes. Éramos íntimos amigos, infinitamente más de lo que pudiéramos llegar a serlo usted y yo en veinte generaciones. Bueno; fuimos allá y durante dos meses nos reímos de arena, sol y cafard. Hay allá cosas bellas, no se puede negar. Al salir el sol, todos los montículos de arena brillan; es un verdadero mar de olas de oro. De tarde, los crepúsculos son violeta, puramente violeta. Y comienza el guebli a soplar sobre los médanos, va rasando las cúspides y arrancando la arena en nubecillas, como humo de diminutos volcanes. Se los ve disminuir, desaparecer, para formarse de nuevo más lejos. Sí, así pasa cuando sopla el siroco... Y esto lo veíamos con gran placer en los primeros tiempos. Poco a poco el cafard comenzó a arañar con sus patas nuestras cabezas debilitadas por la soledad y la luz; un aislamiento tan fuera de la Humanidad, que se comienza a dar paseos cortos de vaivén. La arena constante entre los dientes... La piel hiperestesiada hasta convertir en tormento el menor pliegue de la camisa... Este es el grado inicial -diremos delicioso aún de aquello. Por poca honradez que se tenga, nuestra propia alma es el receptáculo donde guardamos todas esas miserias, pues, comprendiéndonos únicos culpables, cargamos virilmente con la responsabilidad. ¿Quién podría tener la culpa? Hay, pues, una lucha heroica en eso. Hasta que un día; después de cuatro de siroco, el cafard clava más hondamente sus patas en la cabeza y ésta no es más dueña de sí. Los nervios se ponen tan tirantes, que ya no hay sensaciones, sino heridas y punzadas. El más simple roce es un empujón; una voz amiga es un grito irritante; una mirada de cansancio es una provocación; un detalle diario y anodino cobra una novedad hostil y ultrajante. ¡Ah! Usted no sabe nada... Óigame: ambos, mi amigo y yo, comprendimos que las cosas iban mal, y dejamos casi de hablar. Uno y otro sentíamos que la culpa estaba en nuestra irritabilidad, exasperada por el aislamiento, el calor, el cafard, en fin. Conservábamos, pues, nuestra razón. Lo poco que hablábamos era en la mesa. Mi amigo tenía un tic. ¡Figúrese usted si estaría yo acostumbrado a él después de veinte años (le estrecha amistad! Consistía simplemente en un movimiento seco de la cabeza, echándola a un lado, como si le apretara o molestara un cuello de camisa. Ahora bien; un día, bajo amenaza de siroco, cuya depresión angustiosa es tan terrible como el viento mismo, ese día, al levantar los ojos del plato, noté que mi amigo efectuaba su movimiento de cabeza. Volví a bajar los ojos, y cuando los levanté de nuevo, vi que otra vez repetía su tic. Torné a bajar los ojos, pero ya en una tensión nerviosa insufrible. ¿Por qué hacía así? ¿Para provocarme? ¿Qué me importaba que hiciera tiempo que hacía eso? ¿Por qué lo hacía cada vez que lo miraba? Y lo terrible era que estaba seguro -¡seguro!- de que cuando levantara los ojos lo iba a ver sacudiendo la cabeza de lado. Resistí cuanto pude, pero el ansia hostil y enfermiza me hizo mirarlo bruscamente. En ese momento echaba la cabeza a un lado, como si le irritara el cuello de la camisa. -¡Pero hasta cuándo vas a estar con esas estupideces! -le grité con toda la rabia provocativa que pude. Mi amigo me miró, estupefacto al principio, y en seguida con rabia también. No había comprendido por qué lo provocaba, pero había allí un brusco escape a su propia tensión nerviosa. -¡Mejor es que dejemos! -repuso con voz sorda y trémula-. Voy a comer solo en adelante. Y tiró la servilleta -la estrelló- contra la silla. Quedé en la mesa, inmóvil, pero en una inmovilidad de resorte tendido. Sólo la pierna derecha, sólo ella, bailaba sobre la punta del pie. Poco a poco recobré la calma. ¡Pero era idiota lo que había hecho! ¡El, mi amigo más que íntimo, con los lazos de fraternidad que nos unían! Fui a verle y lo tomé del brazo. -Estamos locos -le dije-. Perdóname. Esa noche cenamos juntos otra vez. Pero el guebli rapaba ya los montículos, nos ahogábamos a cincuenta y dos grados y los nervios punzaban enloquecidos a flor de epidermis. Yo no me atrevía a levantar los ojos porque sabía que él estaba en ese momento sacudiendo la cabeza de lado, y me hubiera sido completamente imposible ver con calma eso. Y la tensión crecía, porque había una tortura mayor que aquélla; era saber que, sin que yo lo viera, él estaba en ese instante con su tic. ¿Comprende usted esto? El, mi amigo, pasaba por lo mismo que yo, pero exactamente con razonamientos al revés... Y teníamos una precaución inmensa en los movimientos, al alzar un porrón de barro, al apartar un plato, al frotar con pausa un fósforo; porque comprendíamos que al menor movimiento brusco hubiéramos saltado como dos fieras. No comimos más juntos. Vencidos ambos en la primera batalla del mutuo respeto y la tolerancia, el cafard se apoderó del todo de nosotros. Le he contado con detalles este caso porque fue el primero. Hubo cien más. Llegamos a no hablarnos sino lo estrictamente necesario al servicio, dejamos el tú y nos tratamos de usted. Además, capitán y teniente, mutuamente. . Si por una circunstancia excepcional, cambiábamos más de dos palabras, no nos mirábamos, de miedo de ver, flagrante, la provocación en los ojos del otro... Y al no mirarnos sentíamos igualmente la patente hostilidad de esa actitud, atentos ambos al menor gesto, a una mano puesta sobre la mesa, al molinete de una silla que se cambia de lugar, para explotar con loco frenesí. No podíamos más, y pedimos el relevo. Abrevio. No sé bien, porque aquellos dos meses últimos fueron una pesadilla, qué pasó en ese tiempo. Recuerdo, sí, que yo, por un esfuerzo final de salud o un comienzo real de locura, me di con alma y vida a cuidar de cinco o seis legumbres que defendía a fuerza de diluvios de agua y sábanas mojadas. El, por su parte, y en el otro extremo del fortín, para evitar todo contacto, puso su amor en un chanchito, ¡no sé aún de dónde pudo salir! Lo que recuerdo muy bien es que una tarde hallé rastros del animal en mi huerta, y cuando llegó esa noche la caravana oficial que nos relevaba, yo estaba agachado, acechando con un fusil al chanchito para matarlo de un tiro. ¿Qué más le puedo decir? ¡Ah! Me olvidaba... Una vez por mes, más o menos, acampaba allí una tribu indígena, cuyas bellezas, harto fáciles, quitaban a nuestra tropa, entre siroco y siroco, el último resto de solidez que quedaba a sus nervios. Una de ellas, de alta jerarquía, era realmente muy bella... Figúrese ahora en este detalle- cuán bien aceitados estarían en estas ocasiones el revólver de mi teniente y el mío... Bueno, se acabó todo. Ahora estoy aquí, muy tranquilo, tomando caña brasileña con usted, mientras llueve. ¿Desde cuándo? Martes, miércoles... siete días. Y con una buena casa, un excelente amigo, aunque muy joven... ¿Y quiere usted que me pegue un tiro por esto? Tomemos más caña, si le place, y después cenaremos, cosa siempre agradable con un compañero como usted... Mañana -pasado mañana, dicen-- debe bajar el Meteoro. Se embarca en él y cuando vuelva a hallar pesados estos siete días de lluvia, acuérdese del tic, del cafard y del chanchito... ¡Ah! Y de mascar constantemente arena, sobre todo cuando se está rabioso... Le aseguro que es una sensación que vale la pena. ¿Usted, comerciante? -exclamé con viva sorpresa dirigiéndome a Gómez Alcain . ¡Sería digno de verse! ¿Y cómo haría usted? Estábamos detenidos con el escultor ante una figura de mármol, una tarde de exposición de sus obras. Todas las miradas del grupo expresaron la misma risueña certidumbre de que en efecto debía ser muy curioso el ejercicio comercial de un artista tan reconocidamente inútil para ello como Gómez Alcain. -Lo cierto es -repuso éste, con un cierto orgullo- que ya lo he sido dos veces; y mi mujer también -añadió señalándola. Nuestra sorpresa subió de punto: -¿Cómo, señora, usted también? ¿Querría decirnos cómo hizo? Porque... La joven se reía también de todo corazón. -Sí, yo también vendía... Pero Héctor les puede contar mejor que yo... El se acuerda de todo. -¡Desde luego! Si creen ustedes que puede tener interés... -¿Interés, el comercio ejercido por usted? exclamamos todos-. ¡Cuente en seguida! Gómez Alcain nos contó entonces sus dos episodios comerciales, bastante ejemplares, como se verá. Mis dos empresas -comenzó- acaecieron en el Chaco. Durante la primera yo era soltero aún, y fui allá a raíz de mi exposición de 1903. Había en ella mucho mármol y mucho barro, todo el trabajo de tres años de enfermiza actividad. Mis bustos agradaron, mis composiciones, no. De todos modos, aquellos tres años de arte frenético tuvieron por resultado cansarme hasta lo indecible de cuanto trascendiera a celebridades teatrales, crónicas de garden party 31, críticas de exposiciones y demás. "Entonces llegó hasta mí desde el Chaco un viejo conocido que trabajaba allá hacía cuatro años. El hombre aquel -un hombre entusiasta, si lo hay- me habló de su vida libre, de sus plantaciones de algodón. Aunque presté mucha atención a lo primero, la agricultura aquella no me interesó mayormente. Pero cuando por mera curiosidad pedí datos sobre ella, perdí el resto de sentido comercial que podía quedarme. "Vean ustedes cómo me planteé la especulación: "Una hectárea admite quince mil algodoneros, que producen en un buen año tres mil kilos de algodón. El kilo de capullos se vende a dieciocho centavos, lo que da quinientos cuarenta pesos por hectárea. Como por razón de gastos treinta hectáreas pedían el primer año seis mil doscientos pesos, me hallaría yo, al final de la primera cosecha, con diez mil pesos de ganancia. El segundo año plantaría cien hectáreas, y el tercero, doscientas. No pasaría de este número. Pero ellas me darían cien mil pesos anuales, lo suficiente para quedar libre de exposiciones, crónicas, cronistas y dueños de salones. "Así decidido, vendí en siete mil pesos todo lo que me quedaba de la exposición, casi todo, por lo pronto. Como ven ustedes, emprendía un negocio nuevo, lejano y difícil, con la cantidad justa, pues los ochocientos pesos sobrantes desaparecieron antes de ponerme en viaje: por aquí comenzaba mi sabiduría comercial. Lo que vino luego es más curioso. Me construí un edificio muy raro, con algo de rancho y mucho de semáforo; hice un carrito de asombrosa inutilidad, y planté cien palmeras alrededor de mi casa. Pero en cuanto a lo fundamental de mi ida allá, apenas me quedó capital para plantar diez hectáreas de algodón, que por razones de sequía y mala semilla, resultaron en realidad cuatro o cinco. "Todo esto podía, sin embargo, pasar por un relativo éxito; hasta que llegó el momento de la recolección. Ustedes deben de saber que éste es el real escollo del algodón: la carestía y precio excesivo del brazo. Yo lo supe entonces, y a duras penas conseguí que cinco indios viejos recogieran mis capullos, a razón de cinco centavos por kilo. En Estados Unidos, según parece, es común la recolección de quince a veinte kilos diarios por persona. Mis indios recogían apenas seis o siete. Me pidieron luego un aumento de dos centavos, y accedí, pues las lluvias comenzaban y el capullo sufre mucho con ellas. "No mejoraban las cosas. Los indios llegaban a las nueve de la mañana, por temor del rocío en los pies, y se iban a las doce. No volvían de tarde. Cambié de sistema, y los tomé por día, pensando así asegurar -aunque cara- la recolección. Trabajaban todo el día, pero me presentaban dos kilos de mañana y tres de tarde. "Como ven, los cinco indios viejos me robaban descaradamente. Llegaron a recogerme cuatro kilos diarios por cabeza, y entonces, exasperado con toda esa bellaquería de haraganes, resolví desquitarme. "Yo había notado que los indios -salvo excepciones- no tienen la más vaga idea de los números. Al principio sufrí fuertes chascos. -¿Qué vale esto? -había preguntado a uno de ellos que venía a ofrecerme un cuero de ciervo. Veinte pesos -me respondió. Claro es, rehusé. Llegó otro indio, días después, con un arco y flechas: aquello valía veinte pesos, siendo así que dos es un precio casi excesivo. "No era posible entenderse con aquellos audaces especuladores. Hasta que un capataz de obraje me dio la clave del mercado. Fui en consecuencia a ver al indio de los arcos y le pedí nuevo precio. Veinte pesos -me repitió. '-Aquí están -le dije, poniéndole dos pesos en la mano. Quedó perfectamente seguro de que recibía sus veinte pesos. "Aun más: a cierto diablo que me pedía cinco pesos por un cachorro de aguará, le puse en la mano con lento énfasis tres monedas de diez centavos: '-Uno... tres... cinco... Cinco pesos; aquí están los cinco pesos. El vendedor quedó luminosamente convencido. Un momento después, so pretexto de equivocación, le completé su precio. Y aun creyó acaso -por nativa desconfianza del hombre blanco-, que la primera cuenta hubiera sido más provechosa para él. "Esta ignorancia se extiende desde luego a la romana, balanza usual en las pesadas de algodón. Para mi desquite de que he hablado, era necesario tomar de nuevo los peones a tanto el kilo. Así lo hice, y la primera tarde comencé. La bolsa del primero acusaba seis kilos. -Cuatro kilos: veintiocho centavos -le dije. "El segundo había recogido cuatro kilos; le acusé dos. El tercero, seis; le acusé tres. Al cuarto, en vez de siete, cinco. Y al quinto, que me había recogido cinco, le conté sólo dos. De este modo, en un solo día, había recuperado setenta centavos. Pensaba firmemente resarcirme con este sistema de las pillerías y los adelantos. "Al día siguiente hice lo mismo. "Si hay una cosa lícita, me decía yo, es lo que hago. Ellos me roban con toda conciencia, riéndose evidentemente de mí, y nada más justo que compensar con la merma de su jornal el dinero que me llevan." "Pero cierto malhumor que ya había comenzado en la segunda operación, subió del todo en la tercera. Sentía honda rabia contra los indios, y en vez de aplacarse ésta con mi sistema de desquite, se exasperaba más. Tanto creció este hondo disgusto, que al cuarto día acusé al primer indio el peso cabal, e hice lo mismo con el segundo. Pero la rabia crecía. Al tercer indio le aumenté dos kilos; al cuarto, tres, y al quinto, ocho kilos. "Es que a pesar de las razones en que me apoyaba, yo estaba sencillamente robando. No obstante los justificativos que me dieran las doscientas legislaciones del inundo, yo no dejaba de robar. En el fondo, mi famosa compensación no encerraba ni una pizca más del valor moral que el franco robo de los indios. De aquí mi rabia contra mí mismo. "A la siguiente tarde aumenté de igual modo las pesadas de algodón, con lo que al final pagué más de lo convenido, perdí los adelantos y la confianza de los indios que llegaron a darse cuenta, por las inesperadas oscilaciones del peso, de que yo y mi romana éramos dos raros sujetos. "Este es mi primer episodio comercial. El segundo fue más productivo. "Mi mujer tuvo siempre la convicción de que yo soy de una nulidad única en asunto de negocios. -Todo cuanto emprendas te saldrá mal -me decía-. Tú no tienes absoluta idea de lo que es el dinero. Acuérdate de la harina. "Esto de la harina pasó así: Como mis peones se abastecían en el almacén de los obrajes vecinos, supuse que proveyéndome yo de lo elemental -yerba, grasa, harina- podría obtener un veinte por ciento de utilidad sobre el sueldo de los peones. Esto es cuerdo. Pero cuando tuve los artítulos en casa y comencé a vender la harina a un precio que yo recordaba de otras casas, fui muy contento a ver a mi mujer. -¡Fíjate! -le dije-. Vamos a ahorrar una porción de pesos con este sistema. Ya hemos ganado cuarenta centavos con estos kilos de harina. "Me quedé mirándola. Lo cierto es que yo no sabía lo que me costaba, pues ni aun siquiera había echado el ojo sobre la factura. "Esta es la historia de la harina. Mi mujer me la recordaba siempre, y aunque me era forzoso darle la razón, el demonio del comercio que he heredado de mi padre me tentaba como un fruto prohibido. "Hasta que un día a ambos -pues yo conté en esta aventura con la complicidad de mi mujer- se nos ocurrió una empresa: abrir un restaurante para peones. En vez de las sardinas, chipás o malos asados que los que no tienen familia o viven lejos comen en el almacén de los obrajes, nosotros les daríamos un buen puchero que los nutriría, y a bajo precio. No pretendíamos ganar nada; y en negocios así -según mi mujer- había cierta probabilidad de que me fuera bien. "Dijimos a los peones que podrían comer en casa, y pronto acudieron otros de los obrajes próximos. Los tres primeros días todo fue perfectamente. Al cuarto vino a verme un peón de miserable flacura. -Mirá, patrón me dijo-. Yo voy a comer en tu casa si querés, pero no te podré pagar. Me voy el otro mes a Corrientes porque el chucho... He estado veinte días tirado... Ahora no puedo mover mi hacha. Si vuelvo, te pagaré. "Consulté a mi mujer. -¿Qué te parece? -le dije-. El diablo éste no nos pagará nunca. -Parece tener mucha hambre... -murmuró ella. "El sujeto comió un mes entero y se fue para siempre. "En ese tiempo llegó cierta mañana un peón indio con una criatura de cinco años, que miró comer a su padre con inmensos ojos de gula. -¡Pero esa criatura! -me dijo mi mujer-. ¡Es un crimen hacerla sufrir así! "Se sirvió al chico. Era muy mono, y mi mujer lo acarició al irse. -Tienes hambre aún? -Sí, ¡hame! -respondió con toda la boca el hombrecito. -¡Pero ha comido un plato lleno! -se sorprendió mi mujer. -Sí, ¡pato! En casa... ¡hame! -¡Ah, en tu casa! ¿Son muchos? "El padre entonces intervino. Eran ocho criaturas, y a veces él estaba enfermo y no podía trabajar. Entonces... ¡mucha hambre! -¡Me lo figuro! -murmuró mi mujer mirándome. Dio al chico tasajo, galletitas, y a más dos latas de jamón del diablo que yo guardaba. -¡Eh, mi jamón! -le dije rápidamente cuando huía con su robo. -¿No es nada, verdad? -se rió-. ¡Supón la felicidad de esa pobre gente con esto! "Al otro día volvió el indio con dos nuevos hijos, y como mi mujer no es capaz de resistir a una cara de hambre, todos comieron. Tan bien, que una semana después nuestra casa estaba convertida en un jardín de infantes. Los buenos peones traían cuanto hijo propio o ajeno les era dado tener. Y si a esto se agregan los muchos sujetos que comprendieron que nada disponía mejor nuestro corazón que la confesión llana y lisa de tener hambre y carecer al mismo tiempo de dinero, todo esto hizo que al fin de mes nuestro comercio cesara. Teníamos, claro es, un déficit bastante fuerte. "Este fue mi segundo episodio comercial. No cuento el serio -el del algodón- porque éste estaba perdido desde el principio. Perdí allá cuanto tenía, y abandonando todo lo que habíamos construido en tierra arrendada, volvimos a Buenos Aires. Ahora -concluyó señalando con la cabeza sus mármoles- hago de nuevo esto. -¡Y aquí no cabe comercio! -exclamó con fugitiva sonrisa un oyente. Gómez Alcain lo miró como hombre que al hablar con tranquila seriedad se siente por encima de todas las ironías: -Sí, cabe -repuso-. Pero no yo. Un amigo mío se fue a Fernando Poo y volvió a los cinco meses, casi muerto. Cuando aún titubeaba en emprender la aventura, un viajero comercial, encanecido de fiebres y contrabandos coloniales, le dijo: -¿Piensa usted entonces en ir a Fernando Poo? Si va, no vuelve, se lo aseguro. -¿Por qué? -objetó mi amigo-. ¿Por el paludismo? Usted ha vuelto, sin embargo. Y yo soy americano. A lo que el otro respondió: Primero, si yo no he muerto allá, sólo Dios sabe por qué, pues no faltó mucho. Segundo, el que usted sea americano no supone gran cosa como preventivo. He visto en la cuenca del Níger varios brasileños de Manaos, y en Fernando Poo infinidad de antillanos, todos muriéndose. No se juega con el Níger. Usted, que es joven, juicioso y de temperamento tranquilo, lleva bastantes probabilidades de no naufragar en seguida. Un consejo: no cometa desarreglos ni excesos de ninguna especie; ¡usted me entinde! Y ahora, felicidad. Hubo también un arboricultor que miró a mi amigo con ojillos húmedos de enternecimiento. -¡Cómo lo envidio, amigo! ¡Qué dicha la suya en aquel esplendor de naturaleza! ¿Sabe usted que allá los duraznos prenden de gajo? ¿Y los damascos? ¿Y los guayabos? Y aquí, enloqueciéndonos de cuidados... ¿Sabe que las hojas caídas de los naranjos brotan, echan raíces? ¡Ah, mi amigo! Si usted tuviera gusto para plantar allí... -Parece que el paludismo no me dejará mucho tiempo -objetó tranquilamente mi amigo, que en realidad amaba mucho sembrar. -¡Qué paludismo! ¡Eso no es nada! Una buena plantación de quina y todo está concluido... ¿Usted sabe cuánto necesita allá para brotar un poroto... ? Málter -así se llamaba mi amigo- se marchó al fin. Iba con el más singular empleo que quepa en el país del tse-tsé y los gorilas: el de dactilógrafo. No es posiblemente común en las factorías coloniales un empleado cuya misión consiste en anotar, con el extremo de los dedos, cuántas toneladas de maní y de aceite de palma se remiten a Liverpool. Pero la casa, muy fuerte, pagábase el lujo. Y luego, Málter era un prodigio de golpe de vista y rapidez. Y si digo era se debe a que las fiebres han hecho de él una quisicosa trémula que no sirve para nada. Cuando regresó de Fernando Poo a Montevideo, sus amigos paseaban por los muelles haciendo conjeturas sobre cómo volvería Málter. Sabíamos que había habido fiebres y que el hombre no podía, por lo tanto, regresar en el esplendor de su bella salud normal. Pálido, desde luego. ¿Pero qué más? El ser que vieron avanzar a su encuentro era un cadáver amarillo, con un pescuezo de desmesurada flacura, que danzaba dentro del cuello postizo, dando todo él, en la expresión de los ojos y la dificultad del paso, la impresión de un pobre viejo que ya nunca más volvería a ser joven. Sus amigos lo miraban mudos. -Creía que bastaba cambiar de aire para curar la fiebre... -murmuró alguno. Málter tuvo una sonrisa triste. -Casi siempre. Yo no... -repuso castañeteando los dientes. Muchísimo más había castañeteado en Fernando Poo. Llegado que hubo a Santa Isabel, capital de la isla, se instaló en el pontón que servía de sede comercial a la casa que lo enviaba. Sus compañeros sujetos aniquilados por la anemia- mostráronse en seguida muy curiosos. -Usted ha tenido fiebre ya, ¿no es verdad? -le preguntaron. -No, nunca repuso Malter-. ¿Por qué? Los otros lo miraron con más curiosidad aún. -Porque aquí la va a tener. Aquí todos la tienen. ¿Usted sabe cuál es el país en que abundan más las fiebres? -Las bocas del Níger, he oído... Es decir, estas inmediaciones. Solamente una persona que ya ha perdido el hígado o estima su vida en menos que un coco es capaz de venir aquí. ¿No se animaría usted a regresar a su país? Es un sano consejo. Málter respondió que no, por varios motivos que expuso. Además confiaba en su buena suerte. Sus compañeros se miraron con unánime sonrisa y lo dejaron en paz. Málter escribió, anotó y copió cartas y facturas con asiduo celo. No bajaba casi nunca a tierra. Al cabo de dos meses, como comenzara a fatigarse de la monotonía de su quehacer, recordó, con sus propias aficiones hortícolas, el entusiasmo del arboricultor amigo. -¡Nunca se me ha ocurrido cosa mejor! -se dijo Málter contento. El primer domingo bajó a tierra y comenzó su huerta. Terreno no faltaba, desde luego, aunque, por razones de facilidad, eligió un área sobre toda la costa misma. Con verdadera pena debió machetear a ras del suelo un espléndido bambú que se alzaba en medio del terreno. Era un crimen; pero las raicillas de sus futuros porotos lo exigían. Luego cercó su huerta con varas recién cortadas, de las que usó también para la división de los canteros, y luego como tutores. Sembradas al fin sus semillas, esperó. Esto, claro es, fue trabajo de más de un día. Málter bajaba todas las tardes a vigilar su huerta -o, mejor dicho, pensaba hacerlo así-, porque al tercer día, mientras regaba, sintió un ligero hormigueo en los dedos del pie. Un momento después sintió el hormigueo en toda la espalda. Málter constató que tenía la piel extremadamente sensible al contacto de la ropa. Continuó asimismo regando, y media hora después sus compañeros lo veían llegar al pontón, tiritando. -Ahí viene el americano refractario al chucho -dijeron con pesada risa los otros-. ¿Qué hay, Málter? ¿Frío? Hace treinta y nueve grados. Pero a Málter los dientes le castañeteaban de tal modo, que apenas podía hablar, y pasó de largo a acostarse. Durante quince días de asfixiante calor estuvo estirado a razón de tres accesos. Los escalofríos eran tan violentos, que sus compañeros sentían, por encima de sus cabezas, el bailoteo del catre. -Ya empieza Málter -exclamaban levantando los ojos al techo. En la primera tregua Málter recordó su huerta y bajó a tierra. Halló todas sus semillas brotadas y ascendiendo con sorprendente vigor. Pero al mismo tiempo todos los tutores de sus porotos habían prendido también, así como las estacas de los canteros y del cerco. El bambú, con cinco espléndidos retoños, subía a un metro. Málter, bien que encantado de aquel ardor tropical, tuvo que arrancar una por una sus inesperadas plantas, rehízo todo y empleó, al fin, una larga hora en extirpar la mata de bambú a fondo de azada. En tres días de sol abierto, sus porotos ascendieron en un verdadero vértigo vegetativo, todo hasta que un ligero cosquilleo en la espalda advirtió a Málter que debía volver en seguida al pontón. Sus compañeros, que no lo habían visto subir, sintieron de pronto que el catre se sacudía. -¡Calle! -exclamaron alzando la cabeza-. El americano está otra vez con frío. Con esto, los delirios abrumadores que las altas fiebres de la Guinea no escatiman. Málter quedaba postrado de sudor y cansancio, hasta que el siguiente acceso le traía nuevos témpanos de frío con cuarenta y tres a la sombra. Dos semanas más y Málter abrió la puerta de la cabina con una mano que ya estaba flaca y tenía las uñas blancas. Bajó a su huerta y halló que sus porotos trepaban con enérgico brío por los tutores. Pero éstos habían prendido todos, como las estacas que dividían los canteros, y como las que cercaban la huerta. Exactamente como la vez anterior. El bambú destrozado, extirpado, ascendía en veinte magníficos retoños a dos metros de altura. Málter sintió que la fatalidad lo llevaba rápidamente de la mano. ¿Pero es que en aquel país prendía todo de gajo? ¿No era posible contener aquello? Málter, porfiado ya, se propuso obtener únicamente porotos, con prescindencia absoluta de todo árbol o bambú. Arrancó de nuevo todo, reemplazándolo, tras prolijo examen, con varas de cierto vecino árbol deshojado y leproso. Para mayor eficacia, las clavó al revés. Luego, con pala de media punta y hacha de tumba, ocasionó tal desperfecto al raigón del bambú, que esperó en definitiva paz agrícola un nuevo acceso. Y éste llegó, con nuevos días de postración. Llegó luego la tregua, y Málter bajó a su huerta. Los porotos subían siempre. Pero los gajos leprosos y clavados a contrasavia habían prendido todos. Entre las legumbres, y agujereando la tierra con sus agudos brotes, el bambú aniquilado echaba al aire triunfantes retoños, como monstruosos y verdes habanos. Durante tres meses la fiebre se obstinó en destruir toda esperanza de salud que el enfermo pudiera conservar para el porvenir, y Málter se empeñó a su vez en evitar que las estacas más resecas, reviviendo en lustrosa brotación, ahogaran a sus porotos. Sobrevinieron entonces las grandes lluvias de junio. No se respiraba sino agua. La ropa se enmohecía sobre el cuerpo mismo. La carne se pudría en tres horas y el chocolate se licuaba con frío olor de moho. Cuando, por fin, su hígado no fue más que una cosa informe y envenenada y su cuerpo no pareció sino un esqueleto febril, Málter regresó a Montevideo. De su organismo refractario al chucho dejaba allá su juventud entera, y la salud para siempre jamás. De sus afanes hortícolas en tierra fecunda, quedaba un vivero de lujuriosos árboles, entre el yuyo invasor que crecía ahora trece milímetros por día. Poco después, el arboricultor dio con Málter, y su pasmo ante aquella ruina fue grande. -Pero allá interrumpió, sin embargo- aquello es maravilloso, ¿eh? ¡Qué vegetación! ¿Hizo algún ensayo, no es cierto? Málter, con una sonrisa de las más tristes, asintió con la cabeza. Y se fue a su casa a morir. Cuando uno ha visto a un chiquilín reírse a las dos de la mañana como un loco, con una fiebre de cuarenta y dos grados, mientras afuera ronda un yaciyateré, se adquiere de golpe sobre las supersticiones ideas que van hasta el fondo de los nervios. Se trata aquí de una simple superstición. La gente del sur dice que el yaciyateré es un pajarraco desgarbado que canta de noche. Yo no lo he visto, pero lo he oído mil veces. El cantito es muy fino y melancólico. Repetido y obsediante, como el que más. Pero en el norte, el yaciyateré es otra cosa. Una tarde, en Misiones, fuimos un amigo y yo a probar una vela nueva en el Paraná, pues la latina" no nos había dado resultado con un río de corriente feroz y en una canoa que rasaba el agua. La canoa era también obra nuestra, construida en la bizarra proporción de 1:8 . Poco estable, como se ve, pero capaz de filar como una torpedera. Salimos a las cinco de la tarde, en verano. Desde la mañana no había viento. Se aprontaba una magnífica tormenta, y el calor pasaba de lo soportable. El río corría untuoso bajo el cielo blanco. No podíamos quitarnos un instante los anteojos amarillos, pues la doble reverberación de cielo y agua enceguecía. Además, principio de jaqueca en mi compañero. Y ni el más leve soplo de aire. Pero una tarde así en Misiones, con una atmósfera de ésas tras cinco días de viento norte, no indica nada bueno para el sujeto que está derivando por el Paraná en canoa de carrera. Nada más difícil, por otro lado, que remar en ese ambiente. Seguimos a la deriva, atentos al horizonte del sur, hasta llegar al Teyucuaré. La tormenta venía. Estos cerros de Teyucuaré, tronchados a pico sobre el río en enormes cantiles de asperón rosado, por los que se descuelgan las lianas del bosque, entran profundamente en el Paraná formando hacia San Ignacio una honda ensenada, a perfecto resguardo del viento sur. Grandes bloques de piedra desprendidos del acantilado erizan el litoral, contra el cual el Paraná entero tropieza, remolinea y se escapa por fin aguas abajo, en rápidos agujereados de remolinos. Pero desde el cabo final, y contra la costa misma, el agua remansa lamiendo lentamente el Teyucuaré hasta el fondo del golfo. En dicho cabo, y a resguardo de un inmenso bloque para evitar las sorpresas del viento, encallamos la canoa y nos sentamos a esperar. Pero las piedras barnizadas quemaban literalmente, aunque no había sol, y bajamos a aguardar en cuclillas a orillas del agua. El sur, sin embargo, había cambiado de aspecto. Sobre el monte lejano, un blanco rollo de viento ascendía en curva, arrastrando tras él un toldo azul de lluvia. El río, súbitamente opaco, se había rizado. Todo esto es rápido. Alzamos la vela, empujamos la canoa, y bruscamente, tras el negro bloque, el viento pasó rapando el agua. Fue una sola sacudida de cinco segundos; y ya había olas. Remamos hacia la punta de la restinga, pues tras el parapeto del acantilado no se movía aún una hoja. De pronto cruzamos la línea imaginaria, si se quiere, pero perfectamente definida-, y el viento nos cogió. Véase ahora: nuestra vela tenía tres metros cuadrados, lo que es bien poco, y entramos con 35 grados en el viento. Pues bien; la vela voló, arrancada como un simple pañuelo y sin que la canoa hubiera tenido tiempo de sentir la sacudida. Instantáneamente el viento nos arrastró. No mordía sino en nuestros cuerpos: poca vela, como se ve, pero era bastante para contrarrestar remos, timón, todo lo que hiciéramos. Y ni siquiera de popa; nos llevaba de costado, borda tumbada como una cosa náufraga. Viento y agua, ahora. Todo el río, sobre la cresta de las olas, estaba blanco por el chal de lluvia que el viento llevaba de una ola a otra, rompía y anudaba en bruscas sacudidas convulsivas. Luego, la fulminante rapidez con que se forman las olas a contracorriente en un río que no da fondo allí a sesenta brazas. En un solo minuto el Paraná se había transformado en un mar huracanado, y nosotros, en dos náufragos. Íbamos siempre empujados de costado, tumbados, cargando veinte litros de agua a cada golpe de ola, ciegos de agua, con la cara dolorida por los latigazos de la lluvia y temblando de frío. En Misiones, con una tempestad de verano, se pasa muy fácilmente de cuarenta grados a quince, y en un solo cuarto de hora. No se enferma nadie, porque el país es así, pero se muere uno de frío. Plena mar, en fin. Nuestra única esperanza era la playa de Blosset -playa de arcilla, felizmente-, contra la cual nos precipitábamos. No sé si la canoa hubiera resistido a flote un golpe de agua más; pero cuando una ola nos lanzó a cinco metros dentro de tierra, nos consideramos bien felices. Aun así tuvimos que salvar la canoa, que bajaba y subía al pajonal como un corcho, mientras nos hundíamos en la arcilla podrida y la lluvia nos golpeaba como piedras. Salimos de allí; pero a las cinco cuadras estábamos muertos de fatiga, bien calientes esta vez. ¿Continuar por la playa? Imposible. Y cortar el monte en una noche de tinta, aunque se tenga un Collins en la mano, es cosa de locos. Esto hicimos, no obstante. Alguien ladró de pronto -o, mejor, aulló; porque los perros de monte sólo aúllan-, y tropezamos con un rancho. En el rancho habría, no muy visibles a la llama del fogón, un peón, su mujer y tres chiquilines. Además, una arpillera tendida como hamaca, dentro de la cual una criatura se moría con un ataque cerebral. -¿Qué tiene? -preguntamos. -Es un daño -respondieron los padres, después de volver un instante la cabeza a la arpillera. Estaban sentados, indiferentes. Los chicos, en cambio, eran todo ojos hacia afuera. En ese momento, lejos, cantó el yaciyateré. Instantáneamente los muchachos se taparon cara y cabeza con los brazos. -¡Ah! El yaciyateré -pensamos- Viene a buscar al chiquilín. Por lo menos lo dejará loco. El viento y el agua habían pasado, pero la atmósfera estaba muy fría. Un rato después, pero mucho más cerca, el yaciyateré cantó de nuevo. El chico enfermo se agitó en la hamaca. Los padres miraban siempre el fogón, indiferentes. Les hablamos de paños de agua fría en la cabeza. No nos entendían, ni valía la pena, por lo demás. ¿Qué iba a hacer eso contra el yaciyateré? Creo que mi compañero había notado, como yo, la agitación del chico al acercarse el pájaro. Proseguimos tomando mate, desnudos de cintura arriba, mientras nuestras camisas humeaban secándose contra el fuego. No hablábamos; pero en el rincón lóbrego se veían muy bien los ojos espantados de los muchachos. Afuera, el monte goteaba aún. De pronto, a media cuadra escasa, el yaciyateré cantó. La criatura enferma respondió con una carcajada. Bueno. El chico volaba de fiebre porque tenía una meningitis y respondía con una carcajada al llamado del yaciyateré. Nosotros tomábamos mate. Nuestras camisas se secaban. La criatura estaba ahora inmóvil. Sólo de vez en cuando roncaba, con un sacudón de cabeza hacia atrás. Afuera, en el bananal esta vez, el yaciyateré cantó. La criatura respondió en seguida con otra carcajada. Los muchachos dieron un grito y la llama del fogón se apagó. A nosotros, un escalofrío nos corrió de arriba abajo. Alguien, que cantaba afuera, se iba acercando, y de esto no había duda. Un pájaro; muy bien, y nosotros lo sabíamos. Y a ese pájaro que venía a robar o enloquecer a la criatura, la criatura misma respondía con una carcajada a cuarenta y dos grados. La leña húmeda llameaba de nuevo, y los inmensos ojos de los chicos lucían otra vez. Salimos un instante afuera. La noche había aclarado, y podríamos encontrar la picada. Algo de humo había todavía en nuestras camisas; pero cualquier cosa antes que aquella risa de meningitis... Llegamos a las tres de la mañana a casa. Días después pasó el padre por allí, y me dijo que el chico seguía bien, y que se levantaba ya. Sano, en suma. Cuatro años después de esto, estando yo allá, debí contribuir a levantar el censo de 1914, correspondiéndome el sector Yabebirí-Teyucuaré. Fui por agua, en la misma canoa, pero esta vez a simple remo. Era también de tarde. Pasé por el rancho en cuestión y no hallé a nadie. De vuelta, y ya al crepúsculo, tampoco vi a nadie. Pero veinte metros más adelante, parado en el ribazo del arroyo y contra el bananal oscuro, estaba un muchacho desnudo, de siete a ocho años. Tenía las piernas sumamente flacas -los muslos más aún que las pantorrillas- y el vientre enorme. Llevaba una vara de pescar en la mano derecha, y en la izquierda sujetaba una banana a medio comer. Me miraba inmóvil, sin decidirse a comer ni a bajar del todo el brazo. Le hablé, inútilmente. Insistí aún, preguntándole por los habitantes del rancho. Echó, por fin, a reír, mientras le caía un espeso hilo de baba hasta el vientre. Era el muchacho de la meningitis. Salí de la ensenada: el chico me había seguido furtivamente hasta la playa, admirando con abiertos ojos mi canoa. Tiré los remos y me dejé llevar por el remanso, a la vista siempre del idiota crepuscular, que no se decidía a concluir su banana por admirar la canoa blanca. Los dos hombres dejaron en tierra el artefacto de cinc y se sentaron sobre él. Desde el lugar donde estaban, a la trinchera, había aún treinta metros y el cajón pesaba. Era esa la cuarta detención -y la última-, pues muy próxima la trinchera alzaba su escarpa de tierra roja. Pero el sol de mediodía pesaba también sobre la cabeza desnuda de los dos hombres. La cruda luz lavaba el paisaje en un amarillo lívido de eclipse, sin sombras ni relieves. Luz de sol meridiano, como el de Misiones, en que las camisas de los dos hombres deslumbraban. De vez en cuando volvían la cabeza al camino recorrido, y la bajaban en seguida, ciegos de luz. Uno de ellos, por lo demás, ostentaba en las precoces arrugas y en las infinitas patas de gallo el estigma del sol tropical. Al rato ambos se incorporaron, empuñaron de nuevo la angarilla, y paso tras paso, llegaron por fin. Se tiraron entonces de espaldas a pleno sol, y con el brazo se taparon la cara. El artefacto, en efecto, pesaba, cuanto pesan cuatro chapas galvanizadas de catorce pies, con el refuerzo de cincuenta y seis pies de hierro L y hierro T de pulgada y media. Técnica dura, ésta, pero que nuestros hombres tenían grabada hasta el fondo de la cabeza, porque el artefacto en cuestión era una caldera para fabricar carbón que ellos mismos habían construido y la trinchera no era otra cosa que el horno de calefacción circular, obra también de su solo trabajo. Y, en fin, aunque los dos hombres estaban vestidos como peones y hablaban como ingenieros, no eran ni ingenieros ni peones. Uno se llamaba Duncan Dréver, y Marcos Rienzi, el otro. Padres ingleses e italianos, respectivamente, sin que ninguno de los dos tuviera el menor prejuicio sentimental hacia su raza de origen. Personificaban así un tipo de americano que ha espantado a Huret , como tantos otros: el hijo de europeo que se ríe de su patria heredada con tanta frescura como de la suya propia. Pero Rienzi y Dréver, tirados de espaldas, el brazo sobre los ojos, no se reían en esa ocasión, porque estaban hartos de trabajar desde las cinco de la mañana y desde un mes atrás, bajo un frío de cero grado las más de las veces. Esto era en Misiones. A las ocho, y hasta las cuatro de la tarde, el sol tropical hacía de las suyas, pero apenas bajaba el sol, el termómetro comenzaba a caer con él, tan velozmente que se podía seguir con los ojos el descenso del mercurio. A esa hora el país comenzaba a helarse literalmente; de modo que los treinta grados del mediodía se reducían a cuatro a las ocho de la noche, para comenzar a las cuatro de la mañana el galope descendente: -1, -2, -3. La noche anterior había bajado a 4, con la consiguiente sacudida de los conocimientos geográficos de Rienzi, que no concluía de orientarse en aquella climatología de carnaval, con la que poco tenían que ver los informes meteorológicos. -Este es un país subtropical de calor asfixiante -decía Rienzi tirando el cortafierro quemante de frío y yéndose a caminar. Porque antes de salir el sol, en la penumbra glacial del campo escarchado, un trabajo a fierro vivo despelleja las manos con harta facilidad. Dréver y Rienzi, sin embargo, no abandonaron una sola vez su caldera en todo ese mes, salvo los días de lluvia, en que estudiaban modificaciones sobre el plano, muertos de frío. Cuando se decidieron por la destilación en vaso cerrado, sabían ya prácticamente a qué atenerse respecto de los diversos sistemas a fuego directo, incluso el de Schwartz . Puestos de firme en su caldera, lo único que no había variado nunca era su capacidad: 1.400 CM'. Pero forma, ajuste, tapas, diámetro del tubo de escape, condensador, todo había sido estudiado y reestudiado cien veces. De noche, al acostarse, se repetía siempre la misma escena. Hablaban un rato en la cama de a o b, cualquier cosa que nada tenía que ver con su tarea del momento. Cesaba la conversación, porque tenían sueño. Así al menos lo creían ellos. A la hora de profundo silencio, uno levantaba la voz: -Yo creo que diecisiete debe ser bastante. -Creo lo mismo -respondía en seguida el otro. ¿Diecisiete qué? Centímetros, remaches, días, intervalos, cualquier cosa. Pero ellos sabían perfectamente que se trataba de su caldera y a qué se referían. Un día, tres meses atrás, Rienzi había escrito a Dréver desde Buenos Aires, diciéndole que quería ir a Misiones. ¿Qué se podía hacer? El creía que a despecho de las aleluyas nacionales sobre la industrialización del país, una pequeña industria, bien entendida, podría dar resultado por lo menos durante la guerra. ¿Qué le parecía esto? Dréver contestó: "Véngase, y estudiaremos el asunto carbón y alquitrán". A lo que Rienzi repuso embarcándose para allá. Ahora bien; la destilación a fuego de la madera es un problema interesante de resolver, pero para el cual se requiere un capital bastante mayor del que podía disponer Dréver. En verdad, el capital de éste consistía en la leña de su monte, y el recurso de sus herramientas. Con esto, cuatro chapas que le habían sobrado al armar el galpón, y la ayuda de Rienzi, se podía ensayar. Ensayaron, pues. Como en la destilación de la madera los gases no trabajaban a presión, el material aquel les bastaba. Con hierros T para la armadura y L para las bocas, montaron la caldera rectangular de 4,20 x 0,70 metros. Fue un trabajo prolijo y tenaz, pues a más de las dificultades técnicas debieron contar con las derivadas de la escasez de material y de una que otra herramienta. El ajuste inicial, por ejemplo, fue un desastre: imposible pestañar aquellos bordes quebradizos, y poco menos que en el aire. Tuvieron, pues, que ajustarla a fuerza de remaches, a uno por centímetro, lo que da 1.680 para la sola unión longitudinal de las chapas. Y como no tenían remaches, cortaron 1.680 clavos, y algunos centenares más para la armadura. Rienzi remachaba de afuera. Dréver, apretado dentro de la caldera, con las rodillas en el pecho, soportaba el golpe. Y los clavos, sabido es, sólo pueden ser remachados a costa de una gran paciencia que a Dréver, allá adentro, se le escapaba con rapidez vertiginosa. A la hora turnaban, y mientras Dréver salía acalambrado, doblado, incorporándose a sacudidas, Rienzi entraba a poner su paciencia a prueba con las corridas del martillo por el contragolpe. Tal fue su trabajo. Pero el empeño en hacer lo que querían fue asimismo tan serio, que los dos hombres no dejaron pasar un día sin machucarse las uñas. Con las modificaciones sabidas los días de lluvia, y los inevitables comentarios a medianoche. No tuvieron en ese mes otra diversión -esto desde el punto de vista urbano- que entrar los domingos de mañana en el monte a punta de machete. Dréver, hecho a aquella vida, tenía la muñeca bastante sólida para no cortar sino lo que quería; pero cuando Rienzi era quien abría monte, su compañero tenía buen cuidado de mantenerse atrás a cuatro o cinco metros. Y no es que el puño de Rienzi fuera malo; pero el machete es cosa de un largo aprendizaje. Luego, como distracción diaria, tenían la que les proporcionaba su ayudante, la hija de Dréver. Era ésta una rubia de cinco años, sin madre, porque Dréver había enviudado a los tres años de estar allá. El la había criado solo, con una paciencia infinitamente mayor que la que le pedían los remaches de la caldera. Dréver no tenía el carácter manso, y era difícil de manejar. De dónde aquel hombrón había sacado la ternura y la paciencia necesarias para criar solo y hacerse adorar de su hija, no lo sé; pero lo cierto es que cuando caminaban juntos al crepúsculo, se oían diálogos como éste: -¡Piapiá! -¡Mi vida...! -¿Va a estar pronto tu caldera? -Sí, mi vida. --¿Y vas a destilar toda la leña del monte? -No; vamos a ensayar solamente. -¿Y vas a ganar platita? -No creo, chiquita. -¡Pobre piapiacito querido! No podés nunca ganar mucha plata. -Así es... -Pero vas a hacer un ensayo lindo, piapiá. ¡Lindo como vos, piapiacito querido! -Sí, mi amor. -¡Yo te quiero mucho, mucho, piapiá! -Sí, mi vida... Y el brazo de Dréver bajaba por sobre el hombro de su hija y la criatura besaba la mano dura y quebrada de su padre, tan grande que le ocupaba todo el pecho. Rienzi tampoco era pródigo de palabras, y fácilmente podía considerárseles tipos inabordables. Mas la chica de Dréver conocía un poco a aquella clase de gente, y se reía a carcajadas del terrible ceño de Rienzi, cada vez que éste trataba de imponer con su entrecejo tregua a las diarias exigencias de su ayudante: vueltas de carnero en la gramilla, carreras a babucha, hamaca, trampolín, sube y baja, alambrecarril, sin contar uno que otro jarro de agua a la cara de su amigo, cuando éste, a mediodía, se tiraba al sol sobre el pasto. Dréver oía un juramento e inquiría la causa. -¡Es la maldita viejita! -gritaba Rienzi-. No se le ocurre sino... Pero ante la -bien que remota- probabilidad de una injusticia propia del padre, Rienzi se apresuraba a hacer las paces con la chica, la cual festejaba en cuclillas la cara lavada como una botella de Rienzi. Su padre jugaba menos con ella; pero seguía con los ojos el pesado galope de su amigo alrededor de la meseta, cargado con la chica en los hombros. Era un terceto bien curioso el de los dos hombres de grandes zancadas y su rubia ayudante de cinco años, que iban, venían y volvían a ir de la meseta al horno. Porque la chica, criada y educada constantemente al lado de su padre, conocía una por una las herramientas, y sabía qué presión, más o menos, se necesita para partir diez cocos juntos, y a qué olor se le puede llamar con propiedad de piroleñoso. Sabía leer, y escribía todo con mayúsculas. Aquellos doscientos metros del bungalow, al monte fueron recorridos a cada momento mientras se construyó el horno. Con paso fuerte de madrugada, o tardo a mediodía, iban y venían como hormigas por el mismo sendero, con las mismas sinuosidades y la misma curva para evitar el florecimiento de arenisca negra a flor de pasto. Si la elección del sistema de calefacción les había costado, su ejecución sobrepasó con mucho lo concebido. Una cosa es en el papel, y otra en el terreno, decía Rienzi con las manos en los bolsillos, cada vez que un laborioso cálculo sobre volumen de gases, toma de aire, superficie de la parrilla, cámara de tiro, se les iba al diablo por la pobreza del material. Desde luego, se les había ocurrido la cosa más arriesgada que quepa en asuntos de ese orden: calefacción en espiral para una caldera horizontal. ¿Por qué? Tenían ellos sus razones y dejémoselas. Mas lo cierto es que cuando encendieron por primera vez el horno, y acto continuo el humo escapó de la chimenea, después de haberse visto forzado a descender cuatro veces bajo la caldera, al ver esto, los dos hombres se sentaron a fumar sin decir nada, mirando aquello con aire más bien distraído, el aire de hombres de carácter que ven el éxito de un duro trabajo en el que han puesto todas sus fuerzas. ¡Ya estaba, por fin! Las instalaciones accesorias -condensador de alquitrán y quemador de gases- eran un juego de niños. La condensación se dispuso en ocho bordelesas, pues no tenían agua; y los gases fueron envíados directamente al hogar. Con lo que la chica de Dréver tuvo ocasión de maravillarse de aquel grueso chorro de fuego que salía de la caldera donde no había fuego. ¡Qué lindo, piapiá! -exclamaba, inmóvil de sorpresa. Y con los besos de siempre a la mano de su padre: -¡Cuántas cosas sabés hacer, piapiacito querido! Tras lo cual entraban en el monte a comer naranjas. Entre las pocas cosas que Dréver tenía en este mundo -fuera de su hija, claro está- la de mayor valor era su naranjal, que no le daba renta alguna, pero que era un encanto de ver. Plantación original de los jesuitas, hace doscientos años, el naranjal había sido invadido y sobrepasado por el bosque, en cuyo sous-bois , digamos, los naranjos continuaban enervando el monte de perfume de azahar, que al crepúsculo llegaba hasta los senderos del campo. Los naranjos de Misiones no han conocido jamás enfermedad alguna. Costaría trabajo encontrar una naranja con una sola peca. Y como riqueza de sabor y hermosura aquella fruta no tiene rival. De los tres visitantes, Rienzi era el más goloso. Comía fácilmente diez o doce naranjas, y cuando volvía a casa llevaba siempre una bolsa cargada al hombro. Es fama allá que una helada favorece a la fruta. En aquellos momentos, a fines de junio, eran ya un almíbar; lo cual reconciliaba un tanto a Rienzi con el frío. Este frío de Misiones que Rienzi no esperaba y del cual no había oído hablar nunca en Buenos Aires, molestó las primeras hornadas de carbón ocasionándoles un gasto extraordinario de combustible. En efecto, por razones de organización encendían el horno a las cuatro o cinco de la tarde. Y como el tiempo para una completa carbonización de la madera no baja normalmente de ocho horas, debían alimentar el fuego hasta las doce o la una de la mañana hundidos en el foso ante la roja boca del hogar, mientras a sus espaldas caía una mansa helada. Si la calefacción subía, la condensación se efectuaba a las mil maravillas en el aire de hielo, que les permitía obtener en el primer ensayo un 2 por ciento de alquitrán, lo que era muy halagüeño, vistas las circunstancias. Uno u otro debía vigilar constantemente la marcha, pues el peón accidental que les cortaba leña persistía en no entender aquel modo de hacer carbón. Observaba atentamente las diversas partes de la fábrica, pero sacudía la cabeza a la menor insinuación de encargarle el fuego. Era un mestizo de indio, un muchachón flaco, de ralo bigote, que tenía siete hijos y que jamás contestaba de inmediato la más fácil pregunta sin consultar un rato el cielo, silbando vagamente. Después respondía: "Puede ser". En balde le habían dicho que diera fuego sin inquietarse hasta que la tapa opuesta de la caldera chispeara al ser tocada con el dedo mojado. Se reía con ganas, pero no aceptaba. Por lo cual el vaivén de la meseta al monte proseguía de noche, mientras la chica de Dréver, sola en el bungalow, se entretenía tras los vidrios en reconocer, al relámpago del hogar, si era su padre o Rienzi quien atizaba el fuego. Alguna vez, algún turista que pasó de noche hacia el puerto a tomar el vapor que lo llevaría al Iguazú, debió de extrañarse no poco de aquel resplandor que salía de bajo tierra, entre el humo y el vapor de los escapes: mucho de solfatara y un poco de infierno, que iba a herir directamente la imaginación del peón indio. La atención de éste era vivamente solicitada por la elección del combustible. Cuando descubría en su sector un buen "palo noble para el fuego", lo llevaba en su carretilla hasta el horno, impasible, como si