libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Hostos, Eugenio María de (1839-1903) Eugenio María de Hostos nació en Mayagüez (Puerto Rico), el 11 de enero de 1839. Cursó sus estudios primarios en el Liceo de San Juan de Puerto Rico, prosiguió sus estudios secundarios en España (Bilbao) y continuó en la Facultad de Derecho de Madrid. Viajó a París, de allí a Nueva York, desde donde luchó por la Independencia de Cuba (fundó el periódico "La revolución" con este fin) A partir de 1871 comenzó a recorrer América del Sur (Colombia, Perú, Chile, Argentina y Brasil), defendiendo su ideario antillano en defensa de la libertad de sus pueblos. En Chile profundizó en sus ideas educativas y en la instrucción de la mujer; allí publicó el Juicio crítico de Hamlet. Fue miembro de la Academia de Bellas Letras de Santiago. En Argentina propició la construcción del ferrocarril trasandino. La primera locomotora que cruzó los Andes se llamó Hostos en su honor. Publicó artículos en el Diario "La Nación". En Brasil se dedicó a escribir sobre la exuberancia de la naturaleza en esta zona. En 1874 dirigió con el escritor cubano Enrique Piñeyro la América Ilustrada. En este año regresó a Nueva York. En 1875 regresó a las Antillas, a la única isla libre, la República Dominicana; y en Puerto Plata, Santo Domingo, dirigió Las Tres Antillas. El ideal de Hostos era lograr la Confederación Antillana. Volvió nuevamente a Nueva York. Luego se dirigió a Caracas, y allí contrajo matrimonio con Belinda de Ayala Quintana. Al concluir la guerra de Cuba, con la firma de la paz del Zanjón, regresó a Santo Domingo, donde fue nombrado Director de la Escuela Normal y fue profesor de Derecho y de Economía Política en el Instituto Profesional. En 1889 fue a Chile, donde ejerció tareas docentes, fue Director del Liceo de Chillán y del Liceo Amunástegui de Santiago. Allí realizó varias publicaciones y estudios pedagógicos, literarios y políticos, Al estallar en 1898 nuevamente la guerra en Cuba, regresó a Puerto Rico para luchar por la libertad, pero la falta de esta en su país, hizo que en 1900 se radicara una vez más en Santo Domingo, donde fue designado Director General de Enseñanza Normal. Falleció en Santo Domingo el 11 de agosto de 1903. Artículos y ensayos Eugenio María de Hostos Artículos y ensayos Eugenio María de Hostos EL CHOLO El Nuevo Mundo es el horno donde han de fundirse todas las razas, donde se están fundiendo. La obra es larga, los medios lentos; pero elfinserá seguro. Fundir razas es fundir almas, caracteres, vocaciones, aptitudes. Por lo tanto, es completar. Completar es mejorar. La ciencia que se ocupa de las razas, Etnología, está dividida en dos campos: el de los pesimistas y el de los optimistas. Como de costumbre los pesimistas son tradicionalistas, autoritarios, protestantes del progreso. Los optimistas son racionalistas, liberales, creyentes del progreso. Los etnólogos pesimistas sostienen que fundir es pervertir; fusión de razas, perversión de razas. Se funden los elementos malos—dicen. Los etnólogos optimistas afirman que fusión es progresión. Se funden los elementos buenos—aseguran. El efecto producido fue de vivo interés. Era indudable que aquel hombre era el tipo de un cruzamiento, el ejemplar de una mezcla, el producto de dos razas. ¿En dónde estaban las razas productoras de él? Me fijé en el alma de la cara, me fijé en los ojos. Perplejidad completa. El ojo negro es común a los indios y blancos. Pero si los ojos son el alma de la cara y el alma es expresión del individuo, en esos ojos, negros como los ibéricos—me dije—, debe haber algún distintivo. Lo había; la mirada, melancólica, como la vida soñadora de los pueblos primitivos, como las ideas de los pueblos conquistados, como los sentimientos de las naciones que lloran grandezas, ya pasadas, era símbolo vivo de la raza indígena. Aquella mirada contaba, sin saberlo, la historia desesperante de los indios. La raza india predominaba en los ojos. Los primeros argumentan en hechos arbitrarios. Hacen abstracción de circunstancias sociales y políticas, aíslan al hombre de las influencias físicas, morales e intelectuales que pesan sobre él, y triunfan de la irreflexión, gritando: "Los mestizos son débiles de cuerpo y alma dondequiera que hay mestizos". Un etnólogo racionalista argumenta con la razón. Prescinde del hecho del momento, lo atribuye a las circunstancias que lo determinan, lo liga a las influencias, sociales, políticas, económicas, morales, que lo crean, y triunfan de la reflexión diciendo: "Los mestizos serán, aunque hoy no sean, el conjunto de fuerzas físicas y morales de las razas madres". América deberá su porvenir a la fusión de razas; la civilización deberá sus adelantos futuros a los cruzamientos. El mestizo es la esperanza del progreso. Y al primero que vi, lo contemplé con aquella reverencia cariñosa que tiene mi alma para todo lo que puede ser un bien. El primero que vi era un cholo recién exportado de la sierra. Era un hombre como los mil que se ven por esos valles. Estatura regular, musculatura enérgica, cráneo desarrollado, frente ancha, ojos intensamente negros, pómulos salientes, nariz aguileña, boca grande, cabellera abundante, barba rara, color bronceado, actitud indecisa entre humilde y soberbia; aspecto agradable. No era bello pero era sano. ¿Cuál de las dos predominaba en la frente? La raza europea. El ángulo facial del indio es más agudo, los senos de su frente menos bastos, la depresión de sus sienes es mayor. El indio reaparecería en los pómulos. En la nariz, el europeo. El color denunciaba la raza americana; el contorno del cráneo, a la caucásica. Estaba inquieto. En todo problema social busco yo el triunfo de la justicia: no concibo el triunfo de la justicia en el Nuevo Continente sino mediante la rehabilitación de la raza abrumada por la conquista, envilecida por el coloniaje, desamparada por la Independencia, y esa rehabilitación me parece imposible en tanto que la fusión no dé por resultado una raza que, poseedora de la inteligencia de los conquistadores, tenga también la sensibilidad de los conquistados y aquella voluntad intermedia, enérgica para el bien, pasiva para el mal, producto de una gran inteligencia y una gran sensibilidad que puede darse por la fusión de los caracteres definitivos de las razas europeas y la americana. Para mí, el cholo no es un hombre, no es un tipo, no es el ejemplar de la raza; es todo eso, más una cuestión social de porvenir. Si el cholo, en el cual predominan las cualidades orgánicas de la raza india, la gran cualidad moral de esa noble raza, abatida pero no vencida por la conquistadora, abrumada pero no sometida por el coloniaje, desenvuelve la fuerza intelectual que ha recibido de la raza europea, el cholo será un miembro útil, activo, inteligente, de la sociedad peruana; mediador natural entre los elementos de las dos razas que representa, las atraerá, promoverá aún más activamente su fusión, y la raza intermedia que él anuncia, heroicamente pasiva como la india, activamente intelectual como la blanca, alternativamente melancólica y frívola como una y otra, artística por el predominio del sentimiento y de la fantasía en ambas razas, batalladora como las dos, como las dos independiente en su carácter, formará en las filas del progreso humano, y habrá reparado providencial las iniquidades cometidas con una de sus razas madres. Entonces, los cholos, sin dejar de ser aptos para la guerra justa, dejarán de ser instrumentos de guerra; sin dejar de ser sencillos, dejarán de ser esclavos de su ignorancia y candor. Entonces no se regalarán cholos como se regalan chotos, y el hijo de un hombre será más respetado que el de un toro. Para eso ¿qué debe hacerse? Lo que siempre, seguir a la naturaleza. Ella ha mezclado las cualidades orgánicas, morales y mentales, de tal modo y en tales proporciones, que el producto de las razas cruzadas tenga todos los elementos buenos de ambas; pero el carácter interior y el aspecto exterior de la raza que más ha padecido. Educar, desarrollar por la educación esas cualidades, secundar los esfuerzos de la naturaleza, preparar para su próximo destino al que ha de ser pueblo de esta sociedad, ése es el deber. Hoy no se cumple. La Sociedad, Lima, 23 de diciembre de 1870 ************** LA ABOLICIÓN DE LA ESCLAVITUD EN PUERTO RICO  (Este capítulo ha sido publicado en Atenea, Revista de la Universidad de Puerto Rico, 3ª Época, Año XIV, Nº 1-2, en Diciembre de 1994.)      En tanto que el mundo civilizado aplaude la supuesta emancipación otorgada en 22 de marzo de 1873 por la asamblea nacional de España a los 31 mil esclavos de la isla de Puerto Rico, el gobierno republicano se ha burlado inicuamente de esos esclavos. En tanto que la filantropía universal se regocija de su triunfo, el triunfo que vitorea es una mentira indigna.      Nuestra época transige i aun se honra con los charlatanes que tienen sutileza o fuerza suficiente para imponer como hechos consumados la violencia que hacen a los principios, i no es extraño que esta crédula América latina entone loores al gobierno de la república española por un acto que sólo conoce por las interesadas relaciones del telégrafo. Pero si no es extraño, es repugnante que la mentira reciba las alabanzas que sólo merece la verdad y es doloroso que una apariencia mendaz pase como la realidad más lisonjera a los ojos de una generación.           La moralidad es, en las ideas como en los actos, una forma de la virilidad nada más, i la simple existencia de la repulsiva inmoralidad intelectual que domina en Europa i en América demuestra hasta qué punto de decrepitud, lógica allí, temprana aquí, hemos llegado.      Para reaccionar contra esa inmoralidad i para protestar contra esa decadencia de la virilidad voy a darme el trabajo de examinar en sus antecedentes i en sus consecuencias la ley española de abolición de esclavitud en Puerto Rico.      Con uno solo que me acompañe a condenar esa mentira inicua me daré por satisfecho. En tiempos de epidemia, la salud de uno solo nos alienta.      La isla de Puerto Rico, en una corta extensión, tiene una población extraordinaria: más de 1.800 habitantes por legua cuadrada, cerca de 700.000 para toda la superficie de la isla.      De esos 700.000 habitantes, cien mil se consagran al trabajo muscular en el campo, en las ciudades, en las playas, como estancieros, como jornaleros urbanos o rurales, como intermediarios del comercio o de la industria.      Entre esos 100.000 trabajadores libres hay, próximamente, un 25 por ciento, o 25.mil individuos, que fueron esclavos i que merced a su propio trabajo se emanciparon de la servidumbre.      La población restante (600.000 almas) está compuesta, en su inmensa mayoría, de criollos o nativos de la isla; de empleados, soldados i aventureros españoles, que formarán una cifra de 90.000 extranjeros españoles; de 8 a 12.000 extranjeros americanos i europeos, i de 31.000 esclavos africanos i criollos.      En el fondo de estas cifras hay dos hechos: primero, el desarrollo de población; segundo, el desarrollo del trabajo libre.      El primer hecho es portentoso; dado el sistema colonial, en ninguna parte más  coercitivo que en la isla de Puerto Rico, habría sido absolutamente imposible ese crecimiento espontáneo de la población si ésta no hubiera sido eminentemente productora i si el país no hubiera sido inagotablemente productivo.      El segundo hecho es increíble: dado el olvido desdeñoso en que España ha tenido siempre a aquella isla, ésta no hubiera llegado insensiblemente, como ha llegado, a organizar libremente su trabajo si la necesidad no hubiese sido superior a los obstáculos sociales, políticos i económicos que la metrópoli le oponía.  La necesidad superó esos obstáculos, i si es increíble que los superara, no lo es menos que la población, siguiendo el curso de la necesidad, haia tenido aptitud i recursos suficientes para hacerlo, oponiéndose al sistema omnipotente i aun contrariándolo i minándolo.      En los dos hechos señalados hay dos proporciones tan dignas de examen como ellos. La una, que hace corresponder el aumento de trabajadores libres al aumento de población; la otra, que patentiza la disminución de esclavos en razón del aumento de trabajo libre, demuestran que la isla hubiera por su propio esfuerzo, por el simple desarrollo natural de su vida, concluido espontáneamente con la esclavitud si el gobierno impuesto, que la hace necesaria, hubiera seguido el ejemplo de la sociedad i favorecido el desarrollo del trabajo libre.      Pero lejos de hacerlo el gobierno español debió  espantarse  de  la suma de elementos contrarios que la esclavitud, su institución favorita tenía en Puerto Rico, pues hizo cuanto pudo por ahogar la libertad del trabajo i por reanimar el tráfico de esclavos.      Para ahogar la libertad del trabajo lo reglamentó tan severamente i con tanta dureza se encadenó el trabajador libre a su patrón, que éste era un verdadero árbitro de aquél. Se instituyó el sistema de libretas, documentos por cuyo medio el prestador de trabajo se convertía en siervo del patrón, que a merced de préstamos dolosos i de créditos fraudulentos, ponía al trabajador en la alternativa de seguir trabajando siempre para su explotador o de perder la heredad, la cosecha, el hogar, el bien que su trabajo había conquistado.      Para reanimar a los negreros i devolver su antigua pujanza a la esclavitud, rodeó de traficantes de carne humana a las autoridades de la isla, las distinguió con honores repugnantes i consiguió que el número de esclavos, que en el decenio de 44 a 54 había disminuido, aumentara hasta los 31.000 a que se eleva desde 1863, en que el tráfico negrero murió por consunción en Puerto Rico. II      Entre tanto, la propaganda democrática llegaba en España a sus mejores días, i era de esperar, porque era lógico, que se extendiera hasta reivindicar para el miserable esclavo el derecho de vida i de libertad que le negaban.     ¿Se hizo lo que era lógico? Ni una sola vez desplegaron sus labios para clamar contra la esclavitud aquellos redentores del derecho que, ahuecando la voz i adecuándola al sentimentalismo mujeril en que ha vivido i vive la raza latina de ambos continentes, invocaban a Italia dormida en artículos insensatos que sólo la sensiblería desidiosa de los latinos de ambos mundos ha podido aplaudir i celebrar.      Hablar en favor de los esclavos era concitar un peligro en las Antillas, mientras que unirse a Italia que resucitaba o a Polonia que quería resucitar era atraerse la adhesión de todas las almas generosas.      Concitando un peligro en las Antillas, los propagandistas de la democracia española se exponían a perder su popularidad, i ninguno de aquellos grandes hombres ha sido nunca tan grande que se haya puesto a la altura de la justicia. Para esto se necesita una gran estatura moral e intelectual i no basta para tenerla, encaramarse en los hombros de un pueblo ignorante o adular las flaquezas de una raza enferma.        Claro está que en esta inconsecuencia de los demócratas españoles hubo, como en toda inconsecuencia, una torpeza i una prueba de ignorancia, pues hubieran podido ser lógicos i abogar continua i calurosamente por la abolición de la esclavitud, sin por eso enajenarse, antes haciéndola más eficaz, la adhesión de todo el mundo; pero el hecho es el hecho vergonzoso, i como el mundo de los españoles es España i allí están los enemigos de la abolición, es natural, aunque fuera bochornoso, que los demócratas callaran.      Lo único que hicieron (no estoy absolutamente seguro) fue consignar en el tan perseguido programa democrático de La Discusión unas palabras ambiguas.      De cuando en cuando consentían que La Democracia publicara algún artículo abolicionista, i el autor de ese artículo era siempre un antillano. III      Los  puertorriqueños  no  eran  demócratas ni eran nada, porque les estaba vedado serlo todo. I, sin embargo, ellos, en la cárcel de su isla, en la inquisición de su gobierno colonial, habían establecido una asociación secreta cuyofinexclusivo era comprar esclavos recién nacidos para darles libertad. Se descubrió la asociación i sus miembros fueron perseguidos i algunos de ellos fueron encarcelados, i más de uno tuvo que anticiparse voluntariamente al destierro con que era amenazado. Los demócratas españoles nunca sabían estas cosas: estaban vaciando su humanitarismo en Italia, en Polonia o en la boqui-abierta América latina, a quien hacían soñar en el gran día en que las expediciones científicas o las expediciones democráticas reanudaran los estrechos lazos que los crímenes del tiempo i no de España habían desanudado, no roto.      Pero si los demócratas no querían comprometerse a saber que había en Puerto Rico unos cuantos demócratas oscuros que por abolir prácticamente la esclavitud eran perseguidos, la isla desventurada lo sabía, i de ella salieron el primer propagandista, el primer escritor i los primeros representantes insulares que abogaron, demostraron i pidieron la abolición de la esclavitud.      Un joven que ha tenido la suerte de no vender nunca por aplausos los servicios que ha tratado de prestar a la justicia, a la verdad i a la libertad era en 1866 redactor del diario liberal La Nación i director de la Revista, que, con el mismo título, publicaba especialmente para estimular a las Antillas. Le importaba bastante poco la política española, entonces más brutal i más estúpida que nunca, i codiciaba ocasiones en que servir a su país, demostrando con claridad i sin violencia la inutilidad de contar para nada con España i la necesidad de resolver la cuestión de esclavitud.      Estaba solo en el palenque cuando se presentó en Madrid otro puertorriqueño, el señor Julio Vizcarrondo, perseguido en la isla por abolicionista, i anhelante de vengarse diciendo a gritos en España lo que no le habían dejado decir secretamente en Puerto Rico.      Vizcarrondo tenía todas las cualidades del propagandista i no carecía de ninguno de los defectos que parecen anexos al apostolado político. Quería a toda costa brillar i vengarse, i el brillo i la venganza eran una misma cosa si conseguía atraerse a los liberales de España i formar una sociedad abolicionista.                                                   Se encontró con los libre-cambistas sociedad de economistas jóvenes que por no haberse plegado a los apóstoles de la democracia vivían en el hambre de influencia política i social.      La idea de una sociedad abolicionista vista por el prisma de las ambiciones personales, era una idea encantadora, i la aceptaron con calor. No había que hacerle sacrificio alguno i pensaban deberle la popularidad que buscaban.      Nunca pensamiento generoso sirvió más a ideas menguadas. Pero como nunca tampoco fueron tantos los ávidos de estruendo i de renombre que se propusieron explotar un alto fin, nunca tampoco se constituyó más fácilmente una asociación propagandista en España      A los pocos días de asociados todos aquellos concupiscentes de influencia, la sociedad abolicionista era un hecho, i celebraba en un teatro su primera reunión, hábilmente reforzada a ruego de los abolicionistas por muchas señoras i señoritas de la corte.      Los demócratas no habían creído inconsecuente el silencio que hasta entonces habían guardado en la cuestión más trascendente i más ligada con los principios democráticos; pero hubieran creído criminal el perder la ocasión de conquistar aplausos, i el sonoro Castelar llenó de sonoridades el teatro.      Al día siguiente no hubiera sido demócrata el que no se hubiera sentido capaz de pedir la abolición de la esclavitud... en las tablas de un proscenio o en las columnas de un periódico.      Ah! es cosa de avergonzarse de ser hombres cuando se ven las infamias de los hombres!      No era el redactor de La Nación de los capaces de ser cómplice de esas indignas profanaciones de una idea, i en un articulo veraz, que le debió la honrosa enemistad de aquellos explotadores del principio abolicionista, escribió severamente estas palabras, que más tarde habían de ser utilizadas por un utilizador de cuantas ideas están triunfando: "La esclavitud, como todas las monstruosidades sociales, es una enfermedad que no se cura con música de palabras.  Ni música, ni anodinos. Abolición inmediata, ése es el medio i es el fin."      Un año después, i cuando se presentaron en Madrid los comisionados de las Antillas, los de Puerto Rico no vacilaron en pedir a la junta de información,  en la cual deliberaban, "la abolición inmediata, con o sin indemnización".      El autor de esa gloriosa proposición, Ruiz Belvis, moría desconocido i desamparado en Valparaíso pocos días antes de que los demócratas españoles, triunfando con la revolución de 1868, volvieran a gozar de su pletórica popularidad, i pocos días antes de que los economistas, que habían debido a la propaganda abolicionista su reconciliación con el partido militante de la libertad, ocuparan las ministerios que han ocupado. IV      Pero hay algo más digno de una pluma justiciera que el condenar las arterias de los burladores de ideas i sentimientos generosos, i es el hacer justicia a los que obedecen sin estruendo, sin egoísmo i sin falacia a móviles humanos.     La isla de Puerto Rico merece esa justicia.  No había en 1867 un solo puertorriqueño que no fuese abolicionista, i si hubo muchos habitantes de la isla que condenaran a Ruiz, a Acosta i a Quiñones por haber pedido la abolición inmediata de la esclavitud, no fueron nativos de la isla: eran españoles.      Para éstos, como para todos los gobiernos de España, la emancipación de la esclavitud significaba emancipación de las Antillas, i la independencia de éstas significaba la  ruina de todos los privilegios de que viven.      Motivos totalmente contrarios como son los a que   obedecen los puertorriqueños, para quienes la abolición de la esclavitud significa la realización de su mejor deseo la independencia de la isla, es fácil suponer que, precisamente por ser partidarios de la esclavitud los españoles residentes en la isla, habían de ser enemigos de ella los criollos.      Pero tenía bases más firmes i motivos más desinteresados el espíritu abolicionista de la isla.      A medida que crecía la población, las necesidades del trabajo aumentaban, i no bastando para satisfacerlas la clase formada por los mestizos i por los libertos, i estando exclusivamente consagrados al trabajo rural las negradas de esclavos, muchas familias de las ciudades comerciales de la isla, que tenían uno o muy pocos esclavos para su servicio, concibieron la idea de poner sus siervos a jornal en las faenas del tráfico urbano.      Poco a poco, cuantas familias poseían a su servicio los esclavos necesarios para él, viendo en el jornal diario o semanal de sus siervos un medio de aumentar su bienestar doméstico, imitaron a los poseedores de esclavos que habían tomado la iniciativa. De aquí se produjo insensiblemente un hecho que fue lentamente labrando en el ánimo de todos los criollos. Aquellos siervos que no habían hasta entonces servido para otrofinque el de bestia de carga en las haciendas o el de autómatas en los oficios del hogar, servían para redimir de la indigencia a una familia o para contribuir al bienestar de ella. Habían sido un capital inerte; se convertían en un capital activo. Como eran la inteligencia i la diligencia del esclavo las que daban precio i estimación a su trabajo, los amos empezaron a ver que era un ser inteligente i diligente el que hasta entonces habían tenido por acémila. Como las condiciones mismas del jornal ganado obligaban al siervo a permanecer horas enteras de cada día en la semi-libertad  del tráfico, los amos vieron que era capaz de libertad el ser infortunado a quien se tenía en eterno pupilaje. Como el esclavo no abusaba de su semi-libertad para sustraer su persona, o su salario, los amos vieron que había una personalidad responsable en él i que esa responsabilidad daba siempre por fruto un hombre honrado.      De aquí la constitución espontánea de un estado social para el esclavo, que si no era libertad completa, no era tampoco esclavitud completa. De aquí la elevación del siervo en su propio concepto i en el de todos. De aquí el cambio de relaciones entre la población libre i la esclavizada. De aquí la rápida desaparición de las preocupaciones de razas. De aquí la modificación de las costumbres. El esclavo doméstico había dejado de ser uno de los muebles de la casa para ser uno de los miembros de la familia.      Más o menos legalmente, ese esclavo engendraba, contrataba, poseía. Cuando su propiedad no bastaba para emancipar a su familia, bastaba para libertar a uno o algunos de sus hijos, i como cada familia veía en los hijos de sus esclavos unos componentes de la suya, i como el esclavo jornalero conciliaba fielmente su obligación de trabajar para su amo con la creciente necesidad de poseer para constituir una familia independiente, se establecía una relación de identidad entre el trabajo esclavo que él realizaba para su amo i el trabajo libre que para si mismo realizaba, i a medida que percibía esa relación, trabajaba más i mejor, se moralizaba más, i más merecía la casi paternal o fraternal consideración con que era tratado.     Aquí tomaba sus raíces otro hecho. El negro africano o criollo es esencialmente bueno en su naturaleza. Yo no conozco ser más agradecido que un negro ni más digno de los servicios que recibe. Adhesión más incondicional que la de un negro agradecido no la he estudiado ni admirado en ningún ser. Abnegación como la suya sólo en él la he notado i acatado. Reconocimiento de superioridad en el respeto cariñoso, humildad manifiesta en el fácil perdón de la injusticia, ninguna religión la ha impuesto artificialmente en el espíritu del hombre con tan firmes caracteres como la naturaleza, i su propia desventura la señala en el alma racional del negro esclavo. Las virtudes espontáneas de esa raza llenaban de tanta admiración mi espíritu, siempre enemigo de la iniquidad, siempre rebelde contra el mal que, siendo niño, me decía  con honda convicción: "Esta raza es superior en virtudes a la nuestra; estos esclavos valen infinitamente más que sus amos."      Tal vez éstos iban pensando involuntariamente como yo, pues al par que la semi-libertad iba probando las cualidades de la raza esclavizada iba mejorando en cada hogar el trato que los esclavos recibían. El esclavo, que para ser adicto servidor no había necesitado los motivos que empezaba a tener para serlo, desarrolló entonces todas las buenas cualidades de su raza, i no será una sola la familia puertorriqueña que, empobrecida o arruinada, haya debido a sus esclavos, a veces a uno solo, la parte menos amarga del pan de cada día.      A estos motivos inmediatos de cambio en la opinión individual i colectiva; a esta insensible propaganda abolicionista hecha por los méritos mismos de la raza esclavizada, se unieron la guerra social de los Estados Unidos, la creciente necesidad de libertad experimentada por todos los criollos i la cada vez más pujante influencia de las ideas modernas, que, predicadas i practicadas por todos los jóvenes que volvían educados de América o de Europa, adquirieron tanta más fuerza en el espíritu público del país cuanto más tenaces eran los obstáculos que les oponían los dominadores.      Así, cuando el director de la revista La Nación, demostrando que por sí misma, en treinta años se disolvería la institución doméstica en Puerto Rico, llegaba a la necesidad de abolirla inmediatamente; cuando el puertorriqueño Vizcarrondo creaba en Madrid la sociedad abolicionista; cuando los comisionados puertorriqueños Ruiz, Acosta i Quiñones, proponían la abolición inmediata de la esclavitud, con o sin indemnización, la isla entera, excepto los españoles de la isla, era quien se declaraba dispuesta a aceptar la inmediata emancipación de los esclavos. V      ¿Por qué no se oyó el voto de la isla?      Entre otras causas, porque los demócratas i los liberales que en 1868 triunfaron con la revolución de septiembre eran, en la práctica, enemigos de la abolición que teóricamente, i en reuniones públicas habían sostenido.      I ¿por qué eran en la práctica enemigos de la abolición que en principio defendían? Por lo mismo que en la práctica se muestran enemigos de la independencia: por cobardía política, porque no hay uno solo de los políticos  españoles que tenga el carácter, la alteza de carácter necesaria para oponer enérgica resolución a la ignorancia popular i actos categóricos a los explotadores españoles  que en las Antillas viven de la esclavitud social, política, económica, moral e intelectual.      Ejemplo abrumador de esta afirmación es toda la historia política i parlamentaria de la "Cuestión de Cuba" en España. Demostración repugnante de esa verdad es la conducta miedosa de todos los gobiernos, desde Serrano i Prim hasta Zorrilla i Figueras, observada con los voluntarios de Cuba. Comprobación odiosa es la indigna  inconsecuencia de la llamada república española, que sólo ha tenido adulaciones para los errores públicos al aclamar a diestro i siniestro "integridad nacional"; que sólo ha tenido miedo al promulgar una lei de abolición que es una hipocresía i una mentira procaz.       Véase esa lei de abolición:      "Artículo 1.º Queda abolida para siempre la esclavitud en Puerto Rico.      Art. 2.º Los libertos quedan obligados a celebrar contratos con sus actuales poseedores, con otras personas o con el estado por un tiempo que no bajará de tres años.      En estos contratos intervendrán, con el carácter de curadores de los libertos, tres funcionarios especiales nombrados por el gobierno superior con el nombre de protectores de los libertos.      Art. 3.º Los poseedores de esclavos serán indemnizados de su valor en el término de seis meses después de publicada esta lei en la Gaceta de Madrid.      Los poseedores con quienes no quisieran celebrar contratos sus antiguos esclavos obtendrán un beneficio del 25 por ciento sobre la indemnización que hubiera de corresponderles en otro caso.      Art. 4.º La indemnización se fija en la cantidad de 35 millones de pesetas, que se hará en efectivo mediante un empréstito que realizará el gobierno sobre la exclusiva garantía de las rentas de la isla de Puerto Rico, comprendiendo en los presupuestos de la misma la cantidad de 3.500.000 pesetas anuales para interés i amortización de dicho empréstito.      Art. 5.º La distribución se hará por una junta, compuesta del gobernador civil de la isla, presidente; del jefe económico, del fiscal de la audiencia, de tres diputados provinciales elegidos por la diputación; del síndico del ayuntamiento de la capital; de dos propietarios, elegidos por los cincuenta poseedores del mayor número de esclavos, i otros dos, elegidos por los 50 poseedores del menor número.      Los acuerdos de esta comisión serán tomados por mayoría de votos.               Art. 6.º Si el gobiemo no colocase el empréstito entregará los títulos a los actuales poseedores de esclavos.      Art. 7.º Los libertos entrarán en el pleno goce de los derechos políticos a los cinco años de publicada la lei en la Gaceta de Madrid.      Art. 8.º El gobierno dictará las disposiciones necesarias para la ejecución de esta lei i atenderá a las necesidades de beneficencia i de trabajo que la misma hiciera precisas."                                               VI      El Gabinete de Washington, cuya conducta en Cuba sería odiosa sino fuera tan repulsiva la de todas las naciones americanas, excepto Colombia i Venezuela; el gabinete de  Washington ha podido ordenar a su embajador en Madrid que alabe en una conferencia oficial, i pública, i solemne, la lei de abolición. Son intereses de Grant que un ciego ve, pero la razón humana que es mucho más lúcida que el actual burlador de la opinión norte-americana condenará siempre todos i cada uno de los artículos de la lei inicua.      Condenará el primero, porque es una mentira procaz.      Condenará el segundo, porque es la prueba de la mentira del primero.      Condenará el tercero, porque su segundo inciso, además de una desigualdad injusta, es preparación de un régimen de fuerza para la libertad del trabajo.      Condenará el cuarto, porque es una ruindad.      Condenará en masa los cuatro artículos restantes, porque están basados en los cuatro artículos anteriores.      Son muy matemáticos los dispuestos a aplaudir lo que han aplaudido los fuertes, i preguntarán por qué condena la razón los artículos de la lei de abolición.      Aquí el por qué:      Porque la abolición de la esclavitud es el hecho por el cual quedan los esclavos en inmediata libertad, en inmediata disposición de su persona, en inmediata posesión i disposición de su trabajo, i el artículo 2.º de esa lei de abolición obliga a los mal llamados libertos a celebrar contratos con sus actuales poseedores, con otras personas o con el Estado por un tiempo que no bajará de tres años. Obligados a celebrar contratos con sus mismos poseedores, siguen siendo esclavos de ellos. Obligados a celebrar contratos con otras personas, siguen siendo enajenables, puesto que no pueden disponer de la libertad civil. Obligados a servir al Estado, se hacen esclavos del Estado. Los curadores instituídos por el inciso 2º de ese artículo demuestran la esclavitud de esos libertos. ¿Qué son a los ojos de la lei? ¿Personas civiles? pues tienen personalidad jurídica i no necesitan curadores. ¿Son presuntos niños, menores, incapaces? pues son esclavos durante la presunta infancia, minoría, incapacidad.      Por qué condena la razón el artículo 1.º de esa lei no hay necesidad de decirlo después de haber analizado el artículo 2.º ¿Cómo ha de quedar abolida para siempre en Puerto Rico la esclavitud que se impone, por lo menos, tres años a los siervos a quienes se liberta? ¿En qué mundo de iniquidad i de mentira respiramos, que pase por justicia la injusticia, i se tome como verdad la burla de ella?      Cuando el inciso 2º del artículo 3.º preceptúa que "los poseedores con quienes no quieran celebrar contratos los antiguos esclavos obtendrán un beneficio del 25 por ciento sobre la indemnización que hubiera de corresponderles en otro caso", la razón humana debe, tiene que condenarlo, porque ese inciso altera todas las condiciones de igualdad, premia la perversidad, favorece voluntariamente el fraude i crea para días próximos una anarquía violenta en el trabajo de la isla.      Altera las condiciones de igualdad porque aumenta el tipo de la indemnización para una clase de privilegiados, que serán cuantos, no teniendo intereses permanentes en la isla i creyendo que sin esclavos perecerá (sic), se pondrán voluntariamente en el caso del inciso para aumentar la indemnización. Como los españoles son los que menos intereses permanentes tienen, ellos son los favorecidos.      Pero este inciso hace más: premia la perversidad. Entre los propietarios de esclavos hay unos que los tratan soportablemente, otros que se ensañan brutalmente en ellos.  Los primeros pueden contar con el contrato que el artículo 2.º de la lei impone; los segundos, si la lei es eficaz, verán desaparecer de sus haciendas, de sus estancias, de su servicio, a los libertos. ¿En qué derecho i en qué moral pueden fundarse el privilegio i el premio que se les otorga al concederles un beneficio del 25 por ciento como compensación de una pérdida que ellos mismos, por la brutalidad i la inhumanidad de su conducta provocaron?      Pero hay más i peor en el inciso comentado. Forzados a prestar su trabajo a sus antiguos poseedores, a otras personas que quieran contratarlos o al estado, los hipócritamente denominados libertos continuarán siendo francamente esclavos, i las condiciones del trabajo empeorarán, porque en vez de organizarse la libre competencia de trabajo, la lei de la demanda i de la oferta, la proporción entre el trabajo i el salario, se habrá organizado la anarquía económica, dentro de la cual podrán los actuales tenedores de esclavos imponer condiciones al trabajo, en vez de recibirlas i sufrirlas.      I se llama lei de abolición lo que, en vez de acatar la justicia, la igualdad i la libertad del trabajo, consagra una injusticia, sanciona la desigualdad, legaliza la esclavitud!      El artículo cuarto de la lei no se condena, se desprecia. Es una ruindad, porque, según él, España libertadora de esclavos, da la supuesta libertad con el dinero de la isla que ha arruinado. Es una nueva victoria de la desigualdad, porque hace que el dinero de todos los puertorriqueños, que es trabajo de todos los puertorriqueños, pague a los explotadores del trabajo esclavo la indemnización que ellos debieran pagar al explotado o que debieran recibir de España, que es quien ha autorizado sistemáticamente la explotación. VII      El sentido común se fatiga i la dignidad se mancha examinando los absurdos i las indignidades de esa lei. Preciso es que el sentido común de la humanidad i la dignidad de los hombres estén muy enfermos para que esa lei, en vez del anatema que merece, haya recibido los elogios con que ha llegado hasta nosotros.      Sanos de razón i de conciencia como estamos, no queremos continuar comentando ese innoble producto de la mala fé i la cobardía política.      Lo que debemos hacer es lo que vamos a hacer: a demostrar que los hombres del gobierno republicano de España no han tenido el valor de sus convicciones, si eran abolicionistas, o no eran abolicionistas si es producto de sus convicciones esa lei.      La marcha del proyecto de abolición ha sido ésta:      Habiendo los gobiernos de Estados Unidos e Inglaterra insinuado al gobierno de Amadeo, en notas que ha hecho famosas su violencia, la necesidad de abolir la esclavitud, i habiendo el príncipe italiano exigido a su primer ministro Ruiz Zorrilla, que llevara a las cámaras un proyecto de lei más radical que el antes presentado por Moret (abolicionista furioso cuando era economista, abolicionista parcial cuando ocupó el ministerio de ultramar), Ruiz Zorrilla, por medio de Mosquera, ministro de ultramar, propuso al congreso la abolición gradual en pocos meses.      Los negreros de Cuba, ya asustados desde el primer proyecto de Moret, tenían en Madrid una delegación formidable por el soborno a que apelaban i a que han sido tan dóciles los empleados españoles. Secundados por algunos miembros de la grandeza española  constituyeron en Madrid una Liga que por un momento asumió el carácter de un partido politico, i, sobornando empleados subalternos, diputados i periódicos, hicieron guerra secreta i guerra abierta al proyecto de lei.      Los políticos se asustaron; pero como Amadeo insistía i las exigencies de los gabinetes inglés i americano eran cada vez más apremiantes, se resolvieron a jugar el todo por el todo.      Los republicanos, que habían callado en tanto que el proyecto no pasó de tal, se espantaron de dejar a los radicales del gobierno monárquico la gloria de una reforma tan trascendental, i el señor Castelar presentó una proposición en que se pedía pura i simplemente la abolición inmediata de la esclavitud.      Pronunció un discurso de los suyos, en que hablando de todo, menos de la lei en discusión, i en que tomando i ampliando i aplicando a su capricho la teoría de los mediadores nacionales, inventada por Quinet para demostrar la necesidad de que Alsacia i Lorena fueran francesas, sacó partido para su fácil gloria. Dos días después, Amadeo se decretó la estimación de la Historia, renunciando a su corona de plomo.      El partido republicano, ya victorioso, empezó por aplazar la lei de abolición; pero urgido de nuevo por influencias exteriores, repuso en debate el proyecto atormentado.  La que había sido necesario para los radicales cuando eran poder les pareció fuera de él un gran peligro i llovieron mociones radicales en contra de la abolición inmediata.      Era cuestión de vida o muerte para el gobierno republicano i se esforzó por reducir a lei aquel proyecto. Los conservadores, viéndose perdidos sin remedio, apelaron al último de sus recursos: se declararon tan abolicionistas como los republicanos, i halagando por medio del ex ministro Salaverría la vanidad del ministro de estado, le impusieron la enmienda contenida sustancialmente en el artículo segundo.      Los republicanos respiraron. Los negros de Puerto Rico no eran libres, pero ellos quedaban libres del pesado problema. Entonaron el hosanna de todos los salvados de un peligro, se declararon libertadores, llamaron a España la nación magnánima, grandes patriotas a todos los partidos i se lavaron las manos.-Siempre se lavan las manos los que tienen sucia la conciencia.      Los habladores que han defraudado las esperanza de los esclavos i han engañado procazmente al mundo, presentándole como lei de abolición inmediata la lei en cuya virtud seguirán tres años más esclavizados los siervos de Puerto Rico, ¿son abolicionistas, han cumplido con su deber, han acatado los principios que intentan hacer triunfar?       Si hay alguien que responda afirmativamente, le deseo el pudor que le hace falta. LA EDUCACIÓN CIENTÍFICA DE LA MUJER Al aceptar nuestra primera base, que siempre será gloria y honra del pensador eminente que os la propuso y nos preside, todos vosotros la habéis meditado; y la habéis abarcado, al meditarla, en todas sus fases, en todas sus consecuencias lógicas, en todas sus trascendencias de presente y porvenir. No caerá, por lo tanto, bajo el anatema del escándalo el tema que me propongo desarrollar ante vosotros: que cuando se ha atribuido al arte literario elfinde expresar la verdad filosófica; cuando se le atribuye como regla de composición y de críticas el deber de conformar las obras científicas a los hechos demostrados positivamente por la ciencia, y el deber de amoldar las obras sociológicas o meramente literarias al desarrollo de la naturaleza humana, se ha devuelto al arte de la palabra, escrita o hablada, elfinesencial a que corresponde; y el pensador que en esa reivindicación del arte literario ha sabido descubrir la rehabilitación de esferas enteras de pensamiento, con sólo esa rehabilitación ha demostrado la profundidad de su indagación, la alteza de su designio, y al asociarse a vosotros y al asociaros a su idea generosa, algo más ha querido, quería algo más que matar el ocio impuesto: ha querido lo que vosotros queréis, lo que yo quiero; deducir de la primera base las abundantes consecuencias que contiene. Entre esas consecuencias está íntegramente el tema que desenvolverá este discurso. Esta Academia quiere un arte literario basado en la verdad, y fuera de la ciencia no hay verdad; quiere servir a la verdad por medio de la palabra, y fuera de la que conquista prosélitos para la ciencia, no hay palabra; quiere, tiene que querer difusión para las verdades demostradas, y fuera de la propaganda continua no hay difusión; quiere, tiene que querer eficacia para la propaganda, y fuera de la irradiación del sentimiento no hay eficacia de verdad científica en pueblos niños que no han llegado todavía al libre uso de razón. Como el calor reanima los organismos más caducos, porque se hace sentir en los conductos más secretos de la vida, el sentimiento despierta el amor de la verdad en los pueblos no habituados a pensarla, porque hay una electricidad moral y el sentimiento es el mejor conductor de esa electricidad. El sentimiento es facultad inestable, transitoria e inconstante en nuestro sexo; es facultad estable, permanente, constante, en la mujer. Si nuestrofines servir por medio del arte literario a la verdad, y en el estado actual de la vida chilena el medio más adecuado a esefines el sentimiento, y el sentimiento es más activo y por lo tanto más persuasivo y eficaz en la mujer, por una encadenación de ideas, por una rigurosa deducción llegaréis, como he llegado yo, a uno de los fines contenidos en la base primera: la educación científica de la mujer. Ella es sentimiento: educadla, y vuestra propaganda de verdad será eficaz; haced eficaz por medio de la mujer la propaganda redentora, y difundiréis por todas partes los principios eternos de la ciencia; difundid esos principios, y en cada labio tendréis palabras de verdad; dadme una generación que hable la verdad, y yo os daré una generación que haga el bien; daos madres que lo enseñen científicamente a sus hijos, y ellas os darán una patria que obedezca virilmente a la razón, que realice concienzudamente la libertad, que resuelva despacio el problema capital del Nuevo Mundo, basando la civilización en la ciencia, en la moralidad y en el trabajo, no en la fuerza corruptora, no en la moral indiferente, no en el predominio exclusivo del bienestar individual. Pero educar a la mujer para la ciencia es empresa tan ardua a los ojos de casi todos los hombres, que aquellos en quienes tiene luz más viva la razón y más sana energía la voluntad, prefieren la tiniebla del error, prefieren la ociosidad de su energía, a la lucha que impone la tarea Y no seréis vosotros los únicos, señores, que al llevar al silencio del hogar las congojas acerbas que en todo espíritu de hombre destila el espectáculo de la anarquía moral e intelectual de nuestro siglo, no seréis vosotros los únicos que os espantéis de concebir que allí, en el corazón afectuoso, en el cerebro ocioso, en el espíritu erial de la mujer, está probablemente el germen de la nueva vida social, del nuevo mundo moral que en vano reclamáis de los gobiernos, de las costumbres, de las leyes. No seréis los únicos que os espantéis de concebirlo. Educada exclusivamente como está por el corazón y para él, aislada sistemáticamente como vive en la esfera de la idealidad enfermiza, la mujer es una planta que vegeta, no una conciencia que conoce su existencia; es una mimosa sensitiva que lastima el contacto de los hechos, que las brutalidades de la realidad marchitan; no una entidad de razón y de conciencia que amparada por ellas en su vida, lucha para desarrollarlas, las desarrolla para vivirlas, las vive libremente, las realiza. Vegetación, no vida; desarrollo fatal, no desarrollo libre; instinto, no razón; haz de nervios irritables, no haz de facultades dirigibles; sístole-diástole fatal que dilata o contrae su existencia, no desenvolvimiento voluntario de su vida; eso han hecho de la mujer los errores que pesan sobre ella, las tradiciones sociales, intelectuales y morales que la abruman, y no es extraordinario que cuando concebimos en la rehabilitación total de la mujer la esperanza de un nuevo orden social, la esperanza de la armonía moral e intelectual, nos espantemos: entregar la dirección del porvenir a un ser a quien no hemos sabido todavía entregar la dirección de su propia vida, es un peligro pavoroso. Y sin embargo, es necesario arrostrarlo, porque es necesario vencerlo. Ese peligro es obra nuestra, es creación nuestra; es obra de nuestros errores, es creación de nuestras debilidades; y nosotros los hombres, los que monopolizamos la fuerza de que casi nunca sabemos hacer justo empleo; los que monopolizamos el poder social, que casi siempre manejamos con mano femenina; los que hacemos las leyes para nosotros, para el sexo masculino, para el sexo fuerte, a nuestro gusto, prescindiendo temerariamente de la mitad del género humano, nosotros somos responsables de los males que causan nuestra continua infracción de las leyes eternas de la naturaleza. Ley eterna de la naturaleza es igualdad moral del hombre y de la mujer, porque la mujer, como el hombre, es obrero de la vida; porque para desempeñar ese augusto ministerio, ella como él está dotada de las facultades creadoras que completan la formación física del hombre-bestia por la formación moral del hombre-dios. Nosotros violamos esa ley, cuando reduciendo el ministerio de la mujer a la simple cooperación de la formación física del animal, le arrebatamos el derecho de cooperar a la formación psíquica del ángel. Para acatar las leyes de la naturaleza, no basta que las nuestras reconozcan la personalidad de la mujer, es necesario que instituyan esa personalidad, y sólo hay personalidad en donde hay responsabilidad y en donde la responsabilidad es efectiva. Más lógicos en nuestras costumbres que solemos serlo en las especulaciones de nuestro entendimiento, aún no nos hemos atrevido a declarar responsable del desorden moral e intelectual a la mujer, porque, aún sabiendo que en ese desorden tiene ella una parte de la culpa, nos avergonzamos de hacerla responsable. ¿Por magnanimidad, por fortaleza? No; por estricta equidad, porque si la mujer es cómplice de nuestras faltas y copartícipe de nuestros males, lo es por ignorancia, por impotencia moral; porque la abandonamos cobardemente en las contiendas intelectuales que nosotros sostenemos con el error, porque la abandonamos impíamente a las congojas del cataclismo moral que atenebra la conciencia de este siglo. Reconstituyamos la personalidad de la mujer, instituyamos su responsabilidad ante sí misma, ante el hogar, ante la sociedad; y para hacerlo, restablezcamos la ley de la naturaleza, acatemos la igualdad moral de los dos sexos, devolvamos a la mujer el derecho de vivir racionalmente; hagámosle conocer este derecho, instruyámosla en todos sus deberes, eduquemos su conciencia para que ella sepa educar su corazón. Educada en su conciencia, será una personalidad responsable: educada en su corazón, responderá de su vida con las amables virtudes que hacen del vivir una satisfacción moral y corporal tanto como una resignación intelectual. ¿Cómo? Ya lo sabéis: obedeciendo a la naturaleza. Más justa con el hombre que lo es él consigo mismo, la naturaleza previó que el ser a quien dotaba de la conciencia de su destino, no hubiera podido resignarse a tener por compañera a un simple mamífero; y al dar al hombre un colaborador de la vida en la mujer, dotó a ésta de las mismas facultades de razón y la hizo colaborador de su destino. Para que el hombre fuera hombre, es decir, digno de realizar los fines de su vida, la naturaleza le dio conciencia de ella, capacidad de conocer su origen, sus elementos favorables y contrarios, su trascendencia y relaciones, su deber y su derecho, su libertad y su responsabilidad; capacidad de sentir y de amar lo que sintiera; capacidad de querer y realizar lo que quisiera; capacidad de perfeccionarse y de mejorar por si mismo las condiciones de su ser y por sí mismo elevar el ideal de su existencia. Idealistas o sensualistas, materialistas o positivistas, describan las facultades del espíritu según orden de ideas innatas o preestablecidas, según desarrollo del alma por el desarrollo de los sentidos, ya como meras modificaciones de la materia, ya como categorías, todos los filósofos y todos los psicólogos se han visto forzados a reconocer tres órdenes de facultades que conjuntamente constituyen la conciencia del ser humano, y que funcionando aisladamente constituyen su facultad de conocer, su facultad de sentir, su facultad de querer. Si estas facultades están con diversa intensidad repartidas en el hombre y la mujer, es un problema; pero que están total y parcialmente determinando la vida moral de uno y otro sexo, es un axioma: que los positivistas refieran al instinto la mayor parte de los medios atribuidos por los idealistas a la facultad de sentir; que Spinoza y la escuela escocesa señalen en los sentidos la mejor de las aptitudes que los racionalistas declaran privativas de la razón; que Krause hiciera de la conciencia una como facultad de facultades; que Kant resumiera en la razón pura todas las facultades del conocimiento y en la razón práctica todas las determinaciones del juicio, importa poco, en tanto que no se haya demostrado que el conocer, el sentir y el querer se ejercen de un modo absolutamente diverso en cada sexo. No se demostrará jamás, y siempre será base de la educación científica de la mujer la igualdad moral del ser humano. Se debe educar a la mujer para que sea ser humano, para que cultive y desarrolle sus facultades para que practique su razón, para que viva su conciencia, no para que funcione en la vida social con las funciones privativas de mujer. Cuanto más ser humano se conozca y se sienta, más mujer querrá ser y sabrá ser. Si se me permitiera distribuir en dos grupos las facultades y las actividades de nuestro ser, llamaría conciencia a las primeras, corazón a las segundas, para expresar las dos grandes fases de la educación de la mujer y para hacer comprender que si la razón, el sentimiento y la voluntad pueden y deben educarse en cuanto facultades, sólo pueden dirigirse en cuanto actividades: educación es también dirección, pero es externa, indirecta, mediata, extrapersonal; la dirección es esencialmente directa, inmediata, interna, personal. Como ser humano consciente, la mujer es educable; como corazón, sólo ella misma puede dirigirse. Que dirigirá mejor su corazón cuando esté más educada su conciencia; que sus actividades serán más saludables cuanto mejor desenvueltas estén sus facultades, es tan evidente y es tan obvio, que por eso es necesario, indispensable, obligatorio, educar científicamente a la mujer. Ciencia es el conjunto de verdades demostradas o de hipótesis demostrables, ya se refieran al mundo exterior o al interior, al yo o al no-yo, como dice la antigua metafísica; comprenden por lo tanto, todos los objetos de conocimiento positivo e hipotético, desde la materia en sus varios elementos, formas, transformaciones, fines, necesidades y relaciones, hasta el espíritu en sus múltiples aptitudes, derechos, deberes, leyes, finalidad y progresiones; desde el ser hasta el no-ser; desde el conocimiento de las evoluciones de los astros hasta el conocimiento de las revoluciones del planeta; desde las leyes que rigen el universo físico hasta las que rigen el mundo moral; desde las verdades axiomáticas en que está basada la ciencia de lo bello, hasta los principios fundamentales de la moral; desde el conjunto de hipótesis que se refieren al origen, transmigración, civilización y decadencia de las razas, hasta el conjunto de hechos que constituyen la sociología. Esta abrumadora diversidad de conocimientos, cada uno de los cuales puede absorber vidas enteras y en cada uno de los cuales establecen diferencias, divisiones y separaciones sucesivas el método, el rigor lógico y la especialización de hechos, de observaciones y de experimentaciones que antes no se habían comprobado, esta diversidad de conocimientos está virtualmente reducida a la unidad de la verdad, y se puede, por una sencilla generalización, abarcar en una simple serie. Todo lo cognoscible se refiere necesaria y absolutamente a alguno de nuestros medios de conocer. Conocemos por medio de nuestras facultades, y nuestras facultades están de tan íntimo modo ligadas entre sí, que lo que es conocer para las unas es sentir para las otras y querer para las restantes; y a veces la voluntad es sentimiento y conocimiento, y frecuentemente el sentimiento suple o completa e ilumina a la facultad que conoce y a la que realiza. Distribuyendo, pues, toda la ciencia conocida en tantas categorías cuantas facultades tenemos para conocer la verdad, para amarla y para ejercitarla, la abarcaremos en su unidad trascendental, y sin necesidad de conocerla en su abundante variedad, adquiriremos todos sus fundamentos, en los cuales, hombre o mujer, podemos todos conocer las leyes generales del universo, los caracteres propios de la materia y del espíritu, los fundamentos de la sociabilidad, los principios necesarios de derecho, los motivos, determinaciones y elementos de lo bello, la esencia y la necesidad de lo bueno y de lo justo. Todo eso puede saberlo la mujer, porque para todos esos conocimientos tiene facultades; todo eso debe saberlo, porque sabiendo todo eso se emancipará de la tutela del error y de la esclavitud en que la misma ociosidad de sus facultades intelectuales y morales la retienen. Se ama lo que se conoce bello, bueno, verdadero; el universo, el mundo, el hombre, la sociedad, la ciencia, el arte, la moral, todo es bello, bueno y verdadero en sí mismo; conociéndolo todo en su esencia, ¿no sería todo más amado? Y habiendo necesariamente en la educación científica de la mujer un desenvolvimiento correlativo de su facultad de amar, ¿no amaría más conociendo cuanto hoy ama sin conocer? Amando más y con mejor amor, ¿no sería más eficaz su misión en la sociedad? Educada por ella, conocedora y creadora ya de las leyes inmutables del universo, del planeta, del espíritu, de las sociedades, libre ya de las supersticiones, de los errores, de los terrores en que continuamente zozobran su sentimiento, su razón y su voluntad, ¿no sabría ser la primera y la última educadora de sus hijos, la primera para dirigir sus facultades, la última para moderar sus actividades, presentándoles siempre lo bello, lo bueno, lo verdadero como meta? La mujer es siempre madre; de sus hijos, porque les ha revelado la existencia; de su amado, porque le ha revelado la felicidad; de su esposo, porque le ha revelado la armonía. Madre, amante, esposa, toda mujer es una influencia. Armad de conocimientos científicos esa influencia, y soñad la existencia, la felicidad y la armonía inefable de que gozaría el hombre en el planeta, si la dadora, si la embellecedora, si la compañera de la vida fuera, como madre, nuestro guía científico; como amada, la amante reflexiva de nuestras ideas, y de nuestros designios virtuosos; como esposa, la compañera de nuestro cuerpo, de nuestra razón, de nuestro sentimiento, de nuestra voluntad y nuestra conciencia. Sería hombre completo. Hoy no lo es. El hombre que educa a una mujer, ése vivirá en la plenitud de su ser, y hay en el mundo algunos hombres que saben vivir su vida entera; pero ellos no son el mundo, y el infinito número de crímenes, de atrocidades, de infracciones de toda ley que en toda llora se cometen en todos los ámbitos del mundo, están clamando contra las pasiones bestiales que la ignorancia de la mujer alienta en todas partes, contra los intereses infernales que una mujer educada moderaría en el corazón de cada hijo, de cada esposo, de cada padre. Esta mujer americana, que tantas virtudes espontáneas atesora, que tan nobles ensueños acaricia, que tan alta razón despliega en el consejo de familia y tan enérgica voluntad pone al infortunio, que tan asombrosa perspicacia manifiesta y con tan poderosa intuición se asimila los conocimientos que el aumento de civilización diluye en la atmósfera intelectual de nuestro siglo; esta mujer americana, tan rebelde por tan digna, como dócil y educable por tan buena, es digna de la iniciación científica que está destinada a devolverle la integridad de su ser, la libertad de su conciencia, la responsabilidad de su existencia. En ella más que en nadie es perceptible en la América latina la trascendencia del cambio que se opera en el espíritu de la humanidad, y si ella no sabe de dónde viene la ansiosa vaguedad de sus deseos, a dónde van las tristezas morales que la abaten, dónde está el ideal en que quisiera revivir su corazón, antes marchito que formado, ella sabe que está pronta para bendecir el nuevo mundo moral en donde, convertida la verdad en realidad, convertida en verdad la idea de lo bello; convertida en amable belleza la virtud, las tres Gracias del mito simbólico descienden a la tierra y enlazadas estrechamente de la mano como estrechamente se enlazan la facultad de conocer lo verdadero, la facultad de querer lo justo, la facultad de amar lo bello, ciencia, conciencia y caridad se den la mano. Revista Sudamericana, Chile, junio de 1873. **************** José de San Martín Ensayos Biográficos en sus "Hombres de América" San Martín fue argentino por la cuna; pero era un hombre de Esparta por sus hábitos. Ningún hombre más sencillo, ni tampoco, más severo; ninguno más sobrio de palabras, pero tampoco más pródigo de su persona; ninguno más astuto en su prudencia, pero ninguno más imprudente en su deber. Visto en la hermosa estatua ecuestre que le ha consagrado agradecida Chile, parece un hombre de otros tiempos; tanto en su figura atlética, en su rostro enjuto, en sus ojos fríos, se denota la indiferencia por todo lo que es vano, y la atención exclusiva a lo que constituye el propósito de su existencia. San Martín tenía mejor vista que los otros, y había visto que, a pesar del denuedo y de la excelente organización de los patriotas chilenos, éstos iban a tener que cejar. Y San Martín quiso ponerse a tiempo en acecho del acontecimiento y en espera de los perseguidos que habían de tener que pedir auxilio. Y en efecto, fueron; y en efecto, les prestó San Martín el auxilio y la expedición chilena y argentina cayeron como un alud irresistible desde lo alto de la cuesta e hicieron con los españoles lo que hace el alud con lo que encuentra. Esa gran batalla de Chacabuco, que hizo dueños de Chile a los chilenos, no duró más que un momento: el necesario para aplastar. El otro paso de San Martín fue tan meditado como los anteriores. Se trataba nada menos que de poner al servicio del Perú, todavía esclavo, las fuerzas de Chile, todavía no por completo independiente. Verdad es que San Martín tuvo en su favor el espíritu chileno, espíritu varonil y generoso, y verdad es también que sus primeros auxiliares eran O´Higgins y otros padres de la patria chilena; pero no es menos verdad que sin la deliberada constancia de San Martín, ni Chile ni San Martín hubieran ido a emancipar al Perú. Pero fueron y lo emanciparon; tanta gloria como a Chile por su virtud y heroísmo, tocó a San Martín por su heroísmo y su virtud. El virreinato del Perú era una presa demasiado rica para que los españoles la soltaran fácilmente, así es que batallaron como perros de presa que están aferrados a la carne. Y tanto batallaron que Bolívar, ya seguro de Venezuela, y olfateando la gloria que tanto le embriagaba, decidió comprometer a las recién emancipadas esclavas del Norte en la emancipación de la esclava del Sur. Ya en camino se encontró con que los habitantes del Ecuador estaban todavía bajo las garras del león y en Pichincha lo arrojó del Ecuador. Para entonces había San Martín meditado el más misterioso de sus pasos en la historia: había meditado su entrevista con Bolívar. Para verificarla, tuvo que salir de Lima y presentarse en Guayaquil. Allí fue donde se vieron, se hablaron, se comprendieron y se separaron los dos hispanoamericanos que más habían influido en la independencia del continente del Sur. Aquella entrevista de Guayaquil promovió el paso más trascendental de San Martín: San Martín, libertador del Perú, libertador de Chile, soldado benemérito de la independencia de su patria, la hoy República Argentina, protector, o sin eufemismo, árbitro absoluto de los destinos del Perú, estaba antes y después de la entrevista de Guayaquil, en aptitud de ser opositor omnipotente de los designios de Bolívar. Pero en vez de la obra de mal en que pudiera ser admirado por todas las posteridades, prefirió la obra de bien que la posteridad no había ni siquiera de entender. "EL DIA DE AMÉRICA" Hoy, doce de octubre, es cumpleaños del Nuevo Continente. Hoy hace tantos años cuantos van transcurridos desde el doce de octubre de 1492 hasta este día, que nació el Nuevo Mundo para la Historia de la Civilización y de la humanidad occidental. En aquellas horas indecisas de la noche que convienen a la consumación de un acontecimiento extraordinario, porque simbolizan el tránsito de un día a otro día, distinguió en el espacio el ojo seguro de Colón, la luz que su razón profética había estado viendo en la soledad de la creencia combatida. La luz afirmaba una realidad; la realidad científica que Colón había sostenido en vano: La Tierra es redonda. Si no hubiera sido por esa convicción científica, el navegante genovés no hubiera emprendido su pavoroso viaje, ni llegado a un término de viaje tan incalculablemente superior al que se había propuesto, como era superior a la noción teológica del mundo, la noción positiva que lo había impulsado, sostenido y dirigido. Sí: la Tierra era redonda como es, y por eso llegó Colón a donde no pensaba. Partiendo de oriente hacia occidente la misma redondez del planeta le hubiera llevado a la parte de oriente que buscaba: Colón había calculado bien, y sin duda alguna habría llegado a la India, si entre el punto de partida y el de término no hubiera habido un continente. Mas como, a pesar de Colón y los cosmógrafos, que creían un tercio menos de lo que es en realidad el diámetro de la Tierra, podía caber un continente en el espacio que el error de ellos suprimía, América estaba en su puesto y cortaba el paso al navegante. Así fue cómo su fe en una verdad científica hizo a Colón el descubridor de dos trascendentes realidades: la una, el diámetro verdadero del planeta; la otra, el mundo nuevo que tantas verdades estaba llamado a proclamar, tantas novedades llamado a establecer, con tanta ciencia llamado a mejorar el orden material, con tanta cantidad de conciencia llamado a transformar el orden político y social. Mañana, cuando esa nación de Europa se apodere del centenario del Descubrimiento para hacer alardes a que tan propicias son la vanidad y la necedad de las naciones, estallará sin duda en el mundo de los propagadores de ruido, aquel siempre póstumo, siempre tardío concierto de alabanzas que recompensa en la Historia los sacrificios de una vida: tiempo será entonces de hacer de Colón lo que no fue: hoy nos baste pensar de su grandeza que fue tanta, que nos dio un mundo nuevo cimentado en la Verdad. Y tomando como base de juicio la idea de que el descubrimiento de América se debe a la Verdad, consagremos el aniversario del nacimiento a pedir rápida cuenta del empleo de su vida a nuestra patria inmensa. I Lo primero que la historia del Continente nos señala con su índice, es la diferencia de vida resultante de la diferente aplicación de la Verdad, que se ve en la formación, desarrollo y existencia de las dos grandes porciones que geográfica e históricamente lo constituyen. Mientras la una empieza por adoptar el régimen municipal y regional que conviene a una soberanía más exacta que la establecida en Europa, la otra fracción se somete a todos los errores políticos y administrativos que importó de Europa. En tanto que la una continúa la evolución del libre examen hasta llegar con los católicos de Maryland a la libertad de cultos y con los disidentes de Rhode Island a la separación de las órdenes temporal y espiritual, la otra fracción obedeció tan pasivamente a la contrarrevolución religiosa y filosófica, que ni siquiera se espanta de que le traigan la Inquisición. Al paso que la una rompe la atadura que embarazaba su desarrollo, y el mundo le es deudor de la democracia representativa, la más elevada concepción política y el régimen jurídico más poderoso a que los hombres han llegado, la otra fracción se hace independiente de una metrópoli incapaz, para hacerse dependiente de los errores políticos en que la había imbuido el coloniaje, y de las incoherencias doctrinales que resultaban alternativa o simultáneamente de la mala influencia de la Revolución Francesa y de la mal aprovechada influencia de la Revolución Americana. Una fracción, pensando en los deberes y en las responsabilidades de su desarrollo, reacciona previsoramente contra el exclusivismo, sacrifica leyes, instituciones, costumbres, modos ya tradicionales de su existencia colonial, y fabrica en la Federación la unidad nacional más extensa, más vigorosa, mejor articulada y más llena de fuerza orgánica que tiene el mundo: la otra fracción rompe la unidad tradicional a que durante más de tres siglos había vivido sometida, y en vez de labrar con ella la base de una existencia una y varia, nacional y regional, fabrica una porción de nacioncitas sin vigor, que están predestinadas por su propio origen y por la misma necesidad de su existencia colectiva, a pasar por vicisitudes perturbadoras, antes de encontrar la base de equilibrio y de reposo que en el primer momento malograron. II No obstante la diferencia de conducta, desarrollo y carácter que se patentiza en la vida particular de cada una de las fracciones del Continente, comunes a ambos son los más trascendentales beneficios que debe la Humanidad al descubrimiento del Nuevo Mundo, puesto que del nacimiento de ese mundo nuevo se han derivado las transformaciones que desde entonces ha estado realizando la Civilización. Si oportuno es este aniversario para indicar severamente las faltas de la gran vida colectiva que empezó en 1492, oportuno sea para enumerar con sobrio regocijo los bienes con que nuestro Continente de Colón ha contribuido al desenvolvimiento físico e intelectual de la Humanidad. Así completaremos el examen de conciencia con que debemos consagrar éste y todos los grandes días de la patria continental. III En el momento de aventurarse el Descubridor en las "tinieblas" del Atlántico, este camino de la civilización yacía desierto. La humanidad no había sabido utilizar la fuerza civilizadora que, en el plan de la naturaleza, era él, como son todos los océanos. Tan pronto como Colón lo recorrió, el Atlántico fue un elemento de civilización. Este, el primero de los grandes beneficios con que saludó América a la Historia, desde el primer momento equivalió a un aumento de fuerza física para la Humanidad. La aplicación, en grande escala, de la brújula, que sólo había servido para tímidas experiencias de los chinos y para ineficaces experimentos de los mareantes del Mediterráneo; el examen de la desviación de la brújula, que substancialmente equivalió al descubrimiento del Polo magnético; la forma esferoidal del planeta y su diámetro efectivo, beneficios inmediatos son que, con sólo nacer para la Historia, hizo a la ciencia el Nuevo Continente. Y como todas las varias consecuencias, así del orden material como intelectual, así sociales como religiosas, que han tenido en la vida humana aquellas verdades, son bienes reales para el Hombre, bienes han sido y son que debe a América. La afectividad no debe a continente alguno el noble desarrollo y la portentosa cantidad de materia poética y estética que debe al Mundo Nuevo, donde una raza inocente es víctima de su inocencia en las Antillas; donde una raza, generosa por realmente valerosa, perece, defendiendo su inteligente civilización, en Méjico; donde una raza benévola llora todavía, en las altiplanicies de los Andes bolivianos y peruanos, la asombrosa civilización a que quichuas y aymarás habían llegado bajo la conducta de los Incas; donde el prototipo del aborigen, el nobilísimo araucano, personifica con épico heroísmo la fuerza de resistencia opuesta a la invasión de hombres, instituciones, costumbres y gobiernos desconocidos, junto con la rápida apropiación de medios y recursos de ofensa y de defensa, para sostener su inquebrantable independencia. El arte, que sigue en Europa manoseando formas viejas y manipulando estrechos moldes, tiene en la ante-historia, en el Descubrimiento, en la Conquista, en el Coloniaje, en la Independencia, en la variedad de razas, en la diversidad de tipos, en la compenetración de lo nuevo por lo viejo, en la transformación de lo viejo por lo nuevo, en la grandeza imponente del escenario y en el espíritu nuevo del actor, los elementos de una lírica descriptiva y subjetiva; de una dramática social o familiar, de una épica narrativa o filosófica que, una vez reunidos e incorporados por cultivadores profundos de cada una de esas ramas de la poesía, darán a la dulce admiración del mundo y a la plácida complacencia de la humanidad futura, una poesía completa, no sólo porque recorrerá toda la variedad de formas y toda la variedad de géneros, sino porque la materia poética que está obligada a manejar y transformar, por ser más humana, es más universal. Tres razas madres, la autóctona, la conquistadora y la africana, han regado con su sangre el Continente y han peleado y pelean en él la durísima lucha de la vida; y las otras dos ramas de la especie humana que en un principio no habían tomado parte en las agitaciones de nuestra vida, vienen, representadas por el paria de la India (el coolie) y por el desheredado de la China, a poblar de lamentos nuestra atmósfera. Los dolores de la raza aborígen, exterminada en las Antillas, peor que exterminada, envilecida y azotada en el Continente, desde los hielos del Canadá y las praderas del Far West hasta las soledades del Amazonas y las pampas de la Patagonia; las inquietudes de la raza civilizadora, responsable de una nueva civilización en el Norte, enferma de pasado en Centro y Sur; las angustias de la raza etiópica, así cuando gime bajo el látigo y la cadena del esclavo, como cuando la hacen solidaria de una civilización que no comprende; las agonías del paria y del chino, condenados a incesante trabajo, como la hormiga, y sañudamente perseguidos porque desarrollan en su trabajo barato las virtudes de la hormiga, no piden otra cosa que un alma verdadera de poeta, que condense en su sollozo el vario lamentar de esa humanidad adoptada por América, para producir la lírica más bella, más profunda, más racional y más humana. La dramática miseranda que los dramaturgos europeos están reduciendo a crítica rimada de las malas costumbres europeas o a comentarios versificados de artículos de códigos penales, nacerá más persuasiva, más convincente, más ejemplar que fue en boca de los grandes poetas cómicos de China, Grecia, Roma, España, Francia, Inglaterra y Dinamarca: más lúgubre y patética que la hicieran Esquilo o Shakespeare, cuando haya en el Continente un poeta tan profundamente objetivo que reproduzca exactamente la completa realidad social del Continente; y tan noblemente subjetivo, que cuando salgan los personajes a la escena, se vea que salen de su conciencia. Sin duda fueron grandes motivos épicos la evolución de la raza helénica que Homero o los homéridas cantaron; sin duda que fue grande el prototipo nacional que cantó el épico de Roma; sin duda que Allighieri, al consignar en su Divina Comedia las evoluciones luctuosas de la Edad Media de Italia, consagró el pensamiento épico de una edad entera; sin duda que las luchas de las dos personificaciones soberanas del mal y el bien fueron una concepción épica tan sublime como el sublime ciego que le dio forma en Paradise Lost; sin duda que Klopstok acertó con una de las transformaciones más épicas de la sociedad occidental, cuando concibió y dio cima a la Cristiada; sin duda que los dos poemas dramáticos, de Goethe el más bello, de Byron el más épico, corresponden a la misma épica congoja del espíritu individual en todo tiempo; sin duda que, por encima de todos esos poemas, se levanta, como en la soledad ardiente del desierto líbico se eleva la pirámide de Cheops, aquella construcción monumental del Ramayama o aquella colosal conglomeración épica del Mahabarata; pero un día será cierto en la Historia de la Literatura universal, que el Descubrimiento, la Independencia, la vida compendiada de toda la humanidad en América y el ideal americano de una civilización universal, son elementos épicos tan superiores a todos los utilizados por los poetas épicos de Europa y Asia, como es más humana, más extensa, más completa la vida del Nuevo Continente. Ya, aún sin llegar a completo desarrollo el embrión poético de América, Heredia, Bello y Matta, han comprendido la lírica descriptiva, como ningún europeo contemporáneo; Longfellow, Guido Spano y J. J. Pérez se han lanzado a la verdadera fuente de inspiración lírica, a llorar los dolores de la familia humana avecindada en América o nacida en ella; Olmedo encontró una personificación épica de América; y Ercilla, el buen Ercilla, la mejor personificación de las virtudes del carácter ibérico, empezó a realizar en La Araucana, la más justiciera de todas las concepciones épicas, uno de los fines que el poema debe realizar, no el endiosamiento de una familia humana, sino el entronizamiento de la justicia. IV Los servicios que, con sólo ser venero de materia poética y estética, ha hecho a las Bellas Artes el Nuevo Continente, no pueden todavía pesar tanto en la gratitud del mundo, como los servicios que le ha hecho con la aplicación del vapor al movimiento, con la aplicación de la electricidad a la comunicación del pensamiento y los sentidos, o con la omnímoda aplicación de las ciencias a las artes de la vida, y es natural que estos servicios materiales sean mejor apreciados que aquellos servicios intelectuales y morales. Pero lo incomprensible es que no sean en general bien apreciados los dos mayores beneficios que el Nuevo Continente ha hecho al porvenir de la Humanidad. Esos dos beneficios, complemento el uno del otro, coinciden tan exactamente con el probable destino del Hombre en el planeta y con la secular tendencia de su naturaleza, que harán de América el centro de gravedad del mundo, el fundamento de todas las civilizaciones, el seno común de la Humanidad del porvenir. Esos dos beneficios son el descubrimiento del océano Pacífico y el descubrimiento de la Federación. El descubrimiento del Pacífico fue como un símbolo de la vida; la Federación fue como la expresión orgánica del símbolo. E1 camino del Pacífico era el camino del ideal americano; la fusión de las razas en una misma civilización. La Federación era la meta del ideal del Nuevo Mundo; la unión de todas las naciones. Sean todos los doce de octubre, día de conmemoración de ese ideal. Obras Completas, Vol. X: La Cuna de América. La Habana, 1939 Artículos y ensayos Eugenio M. de Hostos libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com..