libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. ALGO DE MÍ MISMO RUDYARD KIPLING Escritor inglés. Novelista inglés laureado con el Premio Nobel. Kipling escribió novelas, poemas y relatos ambientados principalmente en la India y Birmania durante la época de gobierno británico. Nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay (India) y a la edad de 6 años lo enviaron a estudiar a Inglaterra. Pasó cinco años en un hogar social de Southsea, experiencia detestable que describe en su relato 'La oveja negra'. Regresó a la India en 1882 y a partir de ese momento trabajó para la Civil and Military Gazette de Lahore hasta 1889, en calidad de editor y escritor de relatos. Más tarde publicó Cancioncillas del departamento (1886), una serie de versos satíricos sobre la vida civil y militar en los cuarteles de la India colonial, así como una colección de sus relatos escritos para la prensa recopilados en Cuentos de las colinas (1887). Su fama literaria se consolidó con seis historias sobre la vida de los ingleses en la India, publicadas entre 1888 y 1889, que revelaban su profunda identificación con las gentes y el paisaje de su país. Posteriormente viajó por Asia y Estados Unidos, donde contrajo matrimonio con Caroline Balestier en 1892 y vivió durante un breve periodo en Vermont. En 1903, se estableció en Inglaterra. Kipling fue un escritor prolífico y popular. En 1907 obtuvo el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer autor inglés merecedor de este galardón. Kipling figura entre los principales escritores de relatos ingleses. Como poeta destaca por sus versos escritos en la jerga habitual de los soldados británicos. Su literatura gira siempre en torno a tres ejes: el patriotismo, el deber de los ingleses de llevar una vida de intensa actividad y el destino de Inglaterra, llamada a ser un gran imperio. Su insistencia en este último aspecto era sin duda un eco del pasado victoriano y perjudicó gravemente su reputación como escritor en los años posteriores a la I Guerra Mundial. RUDYARD KIPLING ALGO DE MÍ MISMO PARA MIS AMIGOS CONOCIDOS Y DESCONOCIDOS CAPÍTULO 1 UNA INFANCIA 1865-1878 Dadme los seis primeros años de la vida de un niño y tendréis el resto Al mirar atrás desde éstos mis setenta años, tengo la impresión de que, en mi vida de escritor, todas las cartas me han tocado de tal modo que no he tenido más remedio que jugarlas como venían. Así pues, atribuyendo cualquier buena fortuna a Alá, de quien todo viene, doy comienzo: Mi primer recuerdo es el de un amanecer, su luz y su color y el dorado y rojo de unas frutas a la altura de mi hombro. Debe de ser la memoria de los paseos matutinos por el mercado de frutas de Bombay, con mi aya y después con mi hermana en su cochecito, y de nuestros regresos con todas las compras apiladas en éste. Nuestra aya era portuguesa, católica romana que le rezaba -conmigo al lado- a una Cruz del camino. Meeta, el criado hindú, entraba a veces en pequeños templos hindúes en los que a mí, que no tenía aún edad para entender de castas, me cogía de la mano mientras me quedaba mirando a los dioses amigos, entrevistos en la penumbra. A la caída de la tarde paseábamos junto al mar a la sombra de unos palmerales que se llamaban, creo, los Bosques de Mhim. Cuando hacía viento, se caían los grandes cocos y corríamos -mi aya con el cochecito de mi hermana y yo- a la seguridad de lo despejado. Siempre he sentido la amenaza de la oscuridad en los anocheceres tropicales, lo mismo que he amado el rumor de los vientos nocturnos entre las palmas o las hojas de los plátanos, y la canción de las ranas de árbol. Había barcos árabes que se iban muy lejos por las aguas color perla, y parsis ataviados alegremente, que desembarcaban a adorar la puesta de sol. Nunca supe nada de sus creencias, ni que cerca de nuestra pequeña casa de la Explanada estaban las Torres del Silencio, donde los muertos son expuestos a los buitres que esperan en los aleros de las torres; buitres que empezaban a andar y a desplegar las alas nada más ver abajo a los portadores del muerto. No entendí la pena de mi madre cuando encontró “una mano de niño” en el jardín de casa y me dijo que no hiciera preguntas sobre aquello. Yo quería ver aquella mano de niño. Pero el aya me lo contó. En el calor de las tardes, antes de la siesta, o ella o Meeta nos contaban historias y canciones infantiles indias que nunca he olvidado, y nos mandaban al comedor una vez que nos habían vestido con la advertencia de «Ahora, a papá y a mamá, en inglés». Así que uno hablaba «inglés» traducido con titubeos del idioma vernáculo en que uno pensaba y soñaba. Mi madre cantaba maravillosas canciones al piano, un piano negro, y después salía a Grandes Cenas. Una vez volvió muy pronto, estaba yo aún despierto, y me dijo que «al gran Lord Sahib» lo habían asesinado y ya esa noche no iba a haber Gran Cena. Se trataba de Lord Mayo, asesinado por un indígena. Meeta nos explicó después que le habían «clavado un cuchillo». Meeta me salvaba, sin saberlo él, de cualquier temor nocturno o del miedo a la oscuridad. El aya, por una curiosa y servicial mezcla de cariño de verdad y estrategia burda, me había contado que la cabeza disecada de leopardo que había en el cuarto de los niños estaba allí para asegurarse de que me iba a la cama. Pero Meeta le quitó importancia a aquella «cabeza de animal», de la que yo me olvidé como fetiche, bueno o malo, porque no era más que un «animal» sin especificar. Fuera de la casa y de los espacios verdes que la rodeaban había un sitio estupendo, que olía mucho a pintura y óleo y con pegotes de barro con los que jugar. Era el taller de la Escuela de Arte de mi padre. Y un ayudante suyo, el señor «Terry Sahib», a quien mi hermana adoraba, era muy amigo nuestro. Una vez, al ir solo hacia allá, pasé por el borde de un enorme barranco de dos palmos, en donde me atacó un monstruo alado igual de grande que yo, y eché a correr llorando. Mi padre me hizo un dibujo de la tragedia, con unos versos debajo: Un niño de Bombay huyó de una gallina. Le dijeron mocoso. Y dijo: bueno, sí, pero es que no me gustan. Me consolé con eso y, desde entonces, siempre me han caído bien las gallinas. Después pasaron aquellos días de luz clara y de oscuridad, y hubo un tiempo en un barco con grandes semicírculos que tapaban la vista a los dos lados. (Debió de ser el viejo vapor Ripon, de la P. & O.) Hubo un tren que atravesaba un desierto (aún no se había abierto el Canal de Suez) y un alto en la travesía, y una niña pequeña envuelta en un chal en el asiento frente al mío, y cuya cara permanece. Hubo después un país oscuro y una habitación fría y más oscura en uno de cuyos muros una mujer blanca preparaba un fuego y yo lloré de pánico. No había visto nunca una chimenea. Vino luego otra casa pequeña, que olía a sequedad y a vacío, y el adiós de mi padre y de mi madre al amanecer, cuando me dijeron que tenía que aprender pronto a leer y escribir para que me pudieran enviar cartas y libros. Pasé en aquella casa cerca de seis años. Era de una mujer que hospedaba a niños cuyos padres estaban en la India. Su marido era un viejo capitán de la Armada que había sido guardiamarina en Navarino y después había tenido un accidente con la cuerda del arpón mientras pescaba ballenas: se enredó y la cuerda lo arrastró hasta que consiguió desprenderse de puro milagro. Pero la cicatriz se le quedó en el tobillo para toda la vida: una cicatriz negra y seca, que yo solía mirar con tanto horror como interés. La casa estaba en los arrabales últimos de Southsea, cerca de un Portsmouth que no había cambiado mucho desde Trafalgar. Era el Portsmouth de junto al cenador de Celia de Sir Walter Besant. Se amontonaba allí madera para una Armada cuyos acorazados, como el Inflexible, estaban todavía en fase experimental. Los pequeños bergantines-escuela pasaban por delante del castillo de Southsea, y el fuerte de Portsmouth era como siempre había sido. Aparte de todo esto estaba la desolación de la isla de Hayling, el fuerte de Lumps, y la aislada aldea de Milton. Yo daba largos paseos con el capitán, y una vez me llevó a ver un barco llamado Alert (o Discovery), a su vuelta de unas exploraciones árticas y con la cubierta llena de viejos trineos y troncos y con el timón de repuesto cortado a trozos para que se los llevaran de recuerdo. Un marinero me dio un trozo, pero lo perdí. Después el viejo capitán murió y yo lo sentí mucho, porque era la única persona de aquella casa que me dirigió, que yo recuerde, alguna palabra amable. Era una casa llevada con todo el vigor de la Iglesia Evangélica revelada a aquella mujer. Yo nunca había oído hablar del infierno, así que allí me adentraron en todos sus horrores; a mí y a cualquier pobre criada que hubiera en la casa, cuyo severo racionamiento la hubiera obligado a robar comida. Vi una vez a la mujer pegarle de tal modo a una niña, que ésta estuvo a punto de defenderse con el atizador de la cocina en alto. Yo mismo me llevaba constantes palizas. La mujer tenía un solo hijo, de doce o trece años y tan religioso como ella. Yo era una especie de juguete para él, y cuando su madre me había dado la paliza diaria, él (dormíamos en el mismo cuarto) me cogía por su cuenta y me daba el resto. Si se le pregunta a un niño de siete u ocho años lo que ha hecho durante el día (sobre todo cuando está deseando irse a dormir), incurrirá en bastantes contradicciones. Si cada contradicción se considera una mentira y se le afea en el desayuno, la vida empieza a no ser fácil. He conocido bastantes maneras de intimidar, pero aquello era tortura premeditada, tan religiosa como científica. No obstante me sirvió para darme cuenta de las mentiras que muy pronto me vi obligado a decir: es, supongo, el origen de una vocación literaria. Me salvó mi ignorancia. Se me obligaba a leer sin explicaciones bajo el frecuente miedo al castigo. Y llegó un día en que recuerdo que la «lectura» aquélla ya no era «había un gatillo en un esterillo», sino el camino hacia algo que habría de hacerme feliz. Así empecé a leer todo lo que encontraba. Tan pronto como se supo que esto me daba placer, la privación de la lectura se añadió a los castigos. Fue entonces cuando empecé a leer a escondidas y en serio. No había muchos libros en aquella casa, pero mi padre y mi madre, nada más saber que había aprendido a leer, empezaron a enviarme volúmenes magníficos. Hay uno que todavía conservo, un ejemplar encuadernado del Aunt Judy's Magazine de principios de los años setenta, y que incluía el De los seis a los dieciséis años de la señora Ewing. A ese cuento, en cuestión de circunloquios, le debo muchísimo. Llegué a sabérmelo, y todavía me lo sé, casi de memoria. Se hablaba allí de personas y cosas de verdad. Era mejor que los Cuentos de la hora del té de Knatchbull-Hugessen; mejor incluso que El viejo Shikarri, con sus grabados de jabalíes que embestían y de tigres furiosos. De otra categoría era una vieja revista donde venía el «Subí a la cumbre oscura del gran Helvellyn» de Scott. Nunca llegué a entenderlo, pero aquellas palabras tenían emoción y me gustaban. Lo mismo me pasaba con fragmentos de poemas de «A. Tennyson». Un visitante, también, me regaló un pequeño libro de cubierta granate y contenido de moral muy severa titulado La esperanza de los Katzekopfs, acerca de un niño malo que se volvía bueno, pero que contenía un poema que empezaba «Adiós, prodigios y recompensas» y terminaba con una invitación «A rezar por la “mollera” de William Churne de Staffordshire». Esto habría de dar fruto. Y, no recuerdo cómo, di con un cuento sobre un cazador de leones en Sudáfrica, que acabó entre unos leones que eran todos de la masonería y con ellos formó una confederación contra unos monos perversos. Creo que también esto se me quedó aletargado hasta que empezó a surgir El libro de la selva. Aquí me viene a la cabeza la memoria de dos libros de versos sobre la vida en la infancia cuyos títulos he intentado recordar en vano. Uno, grueso y azul, describía «nueve lobos blancos» que venían «de las dunas» y me conmovía en lo más hondo; y también ciertos salvajes que «pensaban que el nombre de Inglaterra era una cosa que no podía arder». El otro libro -grueso y marrón- estaba lleno de hermosas historias en métricas extrañas. Una niña se convertía en rata de agua «de modo natural»; un muchacho le curaba la gota a un viejo con una hoja fría de col y, no se sabía cómo, «cuarenta duendes malvados» se colaban en el argumento; y un «Encantamiento» salía de las tuberías de la casa con una escoba y trataba de barrer del cielo las estrellas. Debió de ser un libro impropio de aquella edad, pero nunca he sido capaz de recordar su título, como tampoco la canción que una niñera me cantaba en la playa, en las puestas de sol de Littlehampton, cuando yo aún no había cumplido los seis años. Pero la impresión de maravilla, fascinación y miedo y las franjas rojas del sol poniente permanecen, más nítidos que nunca. Uno de los criados de la Casa de la Desolación era de Cumnor, nombre que yo asociaba a la tristeza y a la soledad y a un cuervo que «agitaba las alas». Años después identifiqué los versos: «Y tres veces el cuervo agitó el ala/ cerca de las torres de Cumnor». Pero me resulta imposible precisar cómo y cuándo oí por primera vez los versos que dan esa sombra. A no ser que el cerebro retenga todo lo que roza los sentidos y seamos nosotros los que no lo sabemos. Cuando mi padre me envió un Robinson Crusoe con ilustraciones, puse por mi cuenta un negocio de trata de esclavos (los capítulos del naufragio no me interesaron nunca mucho), y establecí mi solitaria sede en un sótano húmedo. Mi utillaje era una cáscara de coco atada con una cuerda roja, un cofre de lata y una caja de embalar que era la frontera con el resto del mundo. Así protegido, todo lo que quedaba dentro de la cerca era verdadero, aunque se mezclara con el olor de los aparadores mohosos. Si alguna tabla se caía, tenía que reanudar la magia. Después he sabido, por niños que juegan solos, que esta norma del constante volver a empezar en este tipo de juego fantasioso no es infrecuente. Por lo visto la magia reside en el cerco o refugio que uno se construye. Recuerdo que una vez me llevaron a una ciudad que se llamaba Oxford y a una calle que se llamaba Holywell, donde me llevaron a ver a un dios que, me dijeron, era el preboste de Oriel; nunca lo entendí, pero supuse que era una especie de ídolo. Y fuimos dos o tres veces, todos nosotros, a pasar un día entero de visita a casa de un señor mayor que vivía en el campo cerca de Havant. Allí todo era maravilloso y muy distinto de mi mundo, y él tenía una hermana, también vieja, que era amable, y yo jugaba en el calor de los prados, que olían bien, y comía cosas que nunca había probado. Tras una de aquellas visitas, la señora y su hijo me sometieron al tercer grado preguntándome si yo había dicho al señor mayor que yo estaba más orgulloso de él que el hijo de ella. Debió ser el final de alguna que otra intriga sórdida, pues el señor mayor era pariente de aquella infeliz pareja. Pero me era imposible comprender aquello. Lo único que me había preocupado era un cariñoso poni que había visto en la finca. No sirvieron de nada mis confusos intentos de aclarar el malentendido, y una vez más la alegría que me habían notado quedó compensada con los castigos y la humillación, sobre todo humillación. Esa alternancia era constante. No puedo sino admirar la laboriosidad infernal de aquellas tramas. Exempli gratia. Un día, al salir de misa, sonreí. El Muchacho Diabólico me preguntó por qué. Con sinceridad de niño, le dije que no sabía. Él añadió que tenía que saberlo. La gente no se ríe por nada. Sabe Dios qué explicación improvisé, pero fue transmitida a la mujer como «mentira». Resultado: toda la tarde en el piso de arriba a aprenderme oraciones. Me aprendí así la mayoría de las oraciones y buena parte de la Biblia. El hijo, tres o cuatro años después, entró a trabajar en un banco y a la vuelta solía estar demasiado cansado para torturarme, salvo cuando las cosas le habían ido mal. Empecé a saber qué iba a ocurrir por el ruido de sus pasos al entrar en la casa. Pero todos los años, durante un mes, yo poseía un paraíso que sin duda fue lo que me salvó. Pasaba todos los diciembres con mi tía Georgie, hermana de mi madre que estaba casada con Sir Edward Burne-Jones, en «The Grange», en North End Road. Las primeras veces debí de ir acompañado, pero luego ya iba solo y, al llegar a la casa, alcanzaba de puntillas la campana de hierro labrado de la maravillosa puerta que daba a la felicidad. Cuando de mayor tuve casa propia y «The Grange» ya no era lo mismo, rogué y conseguí que me diesen para la puerta aquel llamador, que puse con la esperanza de que otros niños serían también felices al hacerlo sonar. En «The Grange» me daban todo el cariño que el más exigente -y yo no era muy exigente- hubiera podido desear. Había un maravilloso olor a pintura y a trementina que venía del gran estudio del piso de arriba, donde mi tío pintaba. Yo disfrutaba de la compañía de mis dos primos y había un árbol con moras, inclinado, al que nos subíamos para tramar juntos. Había, en el cuarto de juegos, un caballo que se balanceaba y una mesa que, inclinada sobre dos sillas, se convertía en un magnífico tobogán. Había cuadros, terminados o a medio terminar, de colores preciosos y, en los cuartos, sillas y aparadores únicos en el mundo, porque William Morris -nuestro «Tío Topsy» adoptivo- empezaba a fabricarlos por aquel entonces. Había un constante ir y venir de jóvenes y mayores que siempre estaban dispuestos a jugar con nosotros, excepto un anciano llamado «Browning», que inexplicablemente no prestaba atención a las peleas que estaban ocurriendo cuando entraba. Lo mejor de todo, sin comparación, era cuando mi amada tía nos leía El pirata o Las mil y una noches, en tardes en que uno se tumbaba en los grandes sofás, tomaba tofis y llamaba a los primos «¡Eh, nene!» o «Hija de mi tío» o «Inocente». Más de una tarde, el tío, que tenía una voz magnífica, jugaba con nosotros, aunque en realidad lo que hacía era dibujar en medio de nuestro alboroto. Nunca estaba inactivo. Hicimos que una silla del vestíbulo, cubierta con una tela, le sirviera de asiento a «Norma la cambiante» y le hacíamos preguntas hasta que el tío se metió debajo de la tela y empezó a darnos respuestas que nos emocionaban y nos daban escalofrío, con la voz más grave del mundo. Y una vez bajó en plena jornada con un tubo de pintura «Mummy Brown» en la mano, y dijo haber descubierto que estaba hecha de faraones muertos y que, como tal, teníamos que enterrarla. Así que todos salimos y le ayudamos, según los ritos de Mizraim y Menfis, confío. Todavía hoy yo podría ir con una pala y errar muy poco el punto exacto donde aquel tubo seguirá enterrado. A la hora de acostarnos corríamos por los pasillos, donde infinidad de bocetos se apoyaban en las paredes. El tío solía pintar primero los ojos y dejar el resto al carbón, lo que hacía un efecto impresionante. De ahí nuestra prisa en subir hasta el rellano de la escalera, desde donde podíamos asomarnos y oír el ruido más agradable del mundo: la risotada grave y unánime de los hombres durante la cena. Era una mezcla de delicias y emociones que culminaba cuando nos dejaban tocar el gran órgano del estudio para la buena de mi tía, mientras el tío pintaba o «Tío Topsy» entraba con mil pretextos sobre marcos de cuadros o vidrios de colores o acusaciones generales. Era entonces difícil mantener bajo la raya de tiza la pequeña plomada, y si el órgano terminaba desafinando la tía lo lamentaba. Nunca se enfadaba. Nunca. Por lo general Morris no se enteraba de nada que no tuviera en la cabeza en ese momento. Pero recuerdo una asombrosa excepción. Mi prima Margaret y yo, que tendríamos entonces ocho años, estábamos en el cuarto de los niños comiendo pan negro con manteca de cerdo, que es un manjar de dioses, cuando oímos a «Tío Topsy» que llamaba en el vestíbulo, como solía, a «Ned» o a «Georgie». Eso quedaba fuera de nuestro mundo. Por eso nos impresionó más el que, al no encontrar a los mayores, entrara y nos dijera que iba a contarnos un cuento. Nos sentamos debajo de la mesa que solíamos usar de tobogán y, tan serio como siempre, se subió a nuestro gran caballo de juguete. Así, balanceándose lentamente mientras el pobre animal crujía, nos contó una historia fascinante y terrorífica, sobre un hombre que había sido condenado a tener pesadillas. Una de ellas era la de un rabo de vaca que se movía desde un montón de pescado seco. Después, el tío se fue tan de repente como había venido. Con los años, cuando crecí lo bastante para conocer las angustias del escritor, caí en la cuenta de que aquel día seguramente oímos la saga de Njal el Quemado, que entonces lo ocupaba. A falta de adultos, y con la necesidad de decir la historia en voz alta para clarificarla, recurrió a nosotros. Pero llegaba el día -uno intentaba no pensar en élen que el maravilloso sueño terminaba, y había que volver a la Casa de la Desolación, y allí amanecer llorando los dos o tres días siguientes. Con la consecuencia de más castigos e interrogatorios. Muchas veces, con el tiempo, mi amada tía me preguntó por qué nunca le había contado a nadie cómo me trataban. Los niños cuentan casi tan poco como los animales, y es que aceptan lo que les ocurre como algo eternamente establecido. También es que los niños maltratados se hacen una idea muy clara de lo que les puede ocurrir si revelan los secretos de una cárcel antes de salir de ella. Para ser justos con aquella mujer, debo decir que me daban bien de comer. (Me acuerdo de un regalo que le hicieron, unas «frutas» rojas llamadas «tomates», que, después de mucho pensarlo, hirvió con azúcar, y estaban asquerosos. La carne en conserva de aquellos días era ternera australiana en una manteca que se cuarteaba, y cordero asado, difícil de tragar.) Y aquella vida no era mala preparación para el futuro, en cuanto que requería constante cautela, la costumbre de observar, el reparar en ánimos y humores, y en la frontera entre las palabras y los hechos, una cierta reserva en la conducta, y la automática sospecha sobre los favores repentinos. Fra Lippo Lippi descubrió en su propia infancia, aún más dura, por qué, tan aguzada el alma como el juicio, distingue la apariencia de las cosas, pero para aprender. Lo mismo me pasaba a mí. Los problemas se me solucionaron a los pocos años. Se me estropeó la vista y no podía leer bien. Razón por la cual tuve que leer más y con menos luz. La consecuencia fue que se resintió mi trabajo en el pequeño y terrible colegio al que me habían enviado y las notas mensuales así lo demostraban. La supresión de tiempo de lectura fue el peor de mis castigos «para casa» por el mal rendimiento escolar. Una de las notas fue tan mala que la tiré y dije que no me la habían llegado a dar. Pero este mundo es muy complicado para el mentiroso aficionado y la trama de mis engaños fue rápidamente desvelada -al hijo, después del trabajo en el banco, le quedaba aún tiempo para contribuir al auto de fe- y me volvieron a pegar y me enviaron al colegio por las calles de Southsea con un cartel a la espalda que decía Mentiroso. A la larga, estas cosas y muchas otras parecidas, me anularon toda capacidad de verdadero odio personal para el resto de mi vida. Así de cerca están cualquier pasión, de las que llenan la vida, y la contraria. «¿Cómo le va preocupar el vidrio a quien conoce el diamante?». Debió de venir después algún tipo de crisis nerviosa, porque yo creía ver sombras y cosas que no había y que me preocupaban más que aquella mujer. Mi pobre tía debió de enterarse y vino un hombre a verme los ojos y concluyó que estaba medio ciego. Esto también cayó bajo sospecha de ser «mentira» y llegaron a separarme de mi hermana -otro castigo- como a una especie de leproso moral. Entonces -no recuerdo que hubiera aviso previovolvió mi madre de la India. Con el tiempo me contaría que la primera vez que subió a mi cuarto a darme un beso de buenas noches, yo levanté el brazo para defenderme del bofetón al que me tenían acostumbrado. Me sacaron enseguida de la Casa de la Desolación. Durante meses corrí a gusto por una pequeña granja junto al bosque de Epping, donde no había motivos para acordarme de mi pasado culpable. Salvo con las gafas, que eran algo infrecuente en aquella época, era allí completamente feliz con mi madre y con la gente del lugar, que incluía para mí a un gitano llamado Saville que me contaba historias sobre cómo vender caballos a los poco entendidos; la mujer del granjero; su sobrina Patty, que hacía la vista gorda en nuestras incursiones a la despensa; el cartero, y los mozos de la granja. Al granjero no le parecía bien que yo enseñara a una de sus vacas a quedarse quieta para que la ordeñara en el campo. A mi madre no le gustaba que viniera a comer con las botas rojas de haber visto la matanza del cerdo, o negras después de explorar los atractivos montones de estiércol. Eran las únicas restricciones que recuerdo. Un primo mío, que con el tiempo llegaría a ser primer ministro, solía venir de visita. El granjero sostenía que la influencia mutua no era buena, pero lo peor que recuerdo fue una guerra suicida, es decir, la esforzada guerra que mantuvimos contra un avispero, que estaba en la fangosa isleta de un lago todavía más fangoso. Nuestras únicas armas eran ramas de brezo, pero derrotamos al enemigo sin sufrir daños. En casa, lo único que les preocupaba era el paradero de un enorme pastel de grosella, en forma de rollo, un «brazo de gitano» de medio metro. Nos lo habíamos llevado para que nos mantuviese con fuerzas en la batalla, y acerca de él se oyó más de un comentario de Patty aquella noche. Entonces nos fuimos a Londres y pasamos varias semanas en una pequeña casa de huéspedes del barrio semirrural de Brompton Road, casa que era cuidada por un ex-mayordomo de cara macilenta y con patillas como de lord y su paciente esposa. Allí por primera vez sufrí insomnio. Me levanté y estuve vagando alrededor de la casa hasta que amaneció y me metí en el pequeño jardín cercado y vi salir el sol. Todo habría salido bien de no haber sido por Pluto, un sapo que yo me había traído del bosque de Epping y que vivía en uno de mis bolsillos. Me pareció que igual tenía sed y entré al cuarto de mi madre para darle agua de la jarra. Pero la jarra se me resbaló y se rompió, y se armó un gran revuelo. El ex-mayordomo no entendía por qué me había pasado toda la noche despierto. Yo no sabía entonces que un desvelo nocturno como aquél marcaría el resto de mi vida, ni que la hora de dormirme sería el amanecer, cuando sale el sol y empieza a soplar brisa del suroeste. Mi madre, muy preocupada, nos compró a mi hermana y a mí unos abonos para el museo antiguo de South Kensington, que estaba nada más cruzar la calle. (En aquella época no había que preocuparse del tráfico.) Muy pronto ambos, de tanto visitarlo, porque ya habían empezado las lluvias, hicimos nuestro aquel sitio, y sobre todo a uno de los policías. Cuando íbamos con los mayores, nos saludaba muy solemnemente. Recorríamos el museo a nuestras anchas, desde el enorme Buda que tenía una pequeña puerta en la espalda, hasta los grandes coches antiguos de oro viejo, y los carros labrados que había en la oscuridad de los pasillos largos; incluso los lugares que estaban señalados con el rótulo de Prohibido el paso, donde siempre estaban desempaquetando tesoros nuevos. Y nos repartíamos los tesoros como suelen hacer los niños. Había instrumentos musicales con incrustaciones de lapislázuli, aguamarina y marfil; gloriosas espinetas y clavicordios con adornos de oro; el mecanismo de un gran reloj Glastonbury; muñecos mecánicos; pistolas con culata de plata y acero; dagas y arcabuces -los rótulos equivalían por sí solos a unos estudios-; y una colección de piedras preciosas y anillos -nos peleábamos por ellos-, y un enorme libro azulado que era el manuscrito de una de las novelas de Dickens. A mí me parecía que aquel hombre era muy descuidado al escribir; se dejaba muchas cosas fuera y luego tenía que apretujarlas entre líneas. Estas experiencias fueron una inmersión en los colores y los diseños y, por encima de todo, el aroma del museo en sí; y me han acompañado siempre. Hacia el final de aquella larga vacación llegué a saber que mi madre había escrito versos, que mi padre también «escribía algo» y que los libros y la pintura se encontraban entre los mayores acontecimientos del mundo. Que podía leer todo lo que quisiera y preguntar el significado de las cosas a cualquiera que yo conociese. Había descubierto también que uno podía coger la pluma y poner por escrito lo que uno pensaba sin que nadie le acusara de «mentir» por eso. Leí mucho: Sidonia la hechicera, los poemas de Emerson, los cuentos de Bret Harte, y me aprendía todo tipo de poemas por el placer de repetírmelos mentalmente antes de dormir. CAPÍTULO 2 EL COLEGIO ANTES DE TIEMPO 1878-1882 Llegó entonces el momento de ir al colegio, en la otra punta de Inglaterra. El director era un hombre flaco, lento al hablar, barbudo, con aspecto de árabe y a quien enseguida reconocí como uno de mis tíos adoptivos de «The Grange»: Cormell Price, o «Tío Crom». Mi madre, a su vuelta a la India, nos dejó a mi hermana y a mí bajo el cuidado de tres damas encantadoras, que vivían al final de Kensington High Street, cerca de Addison Road, en una casa llena de libros, paz, amabilidad, paciencia y lo que hoy llamaríamos «cultura». Pero que allí era la atmósfera natural. Una de las señoras escribía novelas, con el manuscrito en las rodillas, junto al fuego, y sentada lo suficientemente al margen de la conversación, bajo dos pipas de porcelana atadas con un lazo negro, en las que alguna vez había fumado Carlyle. Todas las personas a las que nos llevaban a visitar, si no escribían pintaban cuadros o, como en el caso de un matrimonio llamado Morgan, azulejos. Me dejaban jugar con aquella extraña pintura resbaladiza. En alguna parte, como en segundo plano, había gente que se podía llamar Jean Ingelow o Christina Rossetti, pero nunca tuve la suerte de visitar a aquellas sensibilidades especiales. En las estanterías de libros, había de todo lo que a uno le pudiera apetecer, desde el Firmilian a La piedra lunar y La dama de blanco y, no se sabía cómo, los despachos de Wellington desde la India, que me encantaban. Fui descubriendo estos tesoros en aquellos primeros años. Mientras tanto -primavera del 78-, después de mi experiencia en Southsea, la idea de ir al colegio no me atraía mucho. El United Services College era una especie de asociación creada por funcionarios, oficiales modestos y así, para que la educación de sus hijos les resultase asequible. Estaba en Westward Ho!, cerca de Bideford. Era básicamente un colegio de casta. Más del setenta por ciento habíamos nacido fuera de Inglaterra y la mayoría quería seguir la carrera de sus padres en el Ejército. Cuando yo entré, no llevaba más de cuatro o cinco años fundado. Se había inaugurado a instancias de Cormell Price, quien se inspiró en Haileybury, cuyo modelo seguía, y yo creo que con bastantes «casos difciles» procedentes de otros colegios. La organización era, incluso para aquella época, bastante primitiva, y la comida hubiera provocado hoy un motín en Dartmoor. No recuerdo ni un solo momento en que, una vez gastada la paga que nos daban en casa, no comiéramos pan duro, si podíamos robarlo de las bandejas que había en el sótano, antes de la merienda. Pese a todo, sólo hubo que usar la enfermería para un accidente fortuito y no recuerdo que muriera ningún niño. Sólo hubo una epidemia, de varicela. Aquella vez el director nos reunió a todos y se condolió con nosotros de tal modo que creíamos que se iba a cerrar inmediatamente el colegio y que empezaríamos a vitorearle. Pero lo que dijo fue que seguramente lo mejor era no hacerle demasiado caso al incidente y que «no apretarían mucho» durante el resto del curso. Así lo hicieron, y la epidemia se pasó enseguida. Como en cualquier colegio, en el de Westward Ho! reinaba la natural violencia; pero, aparte del repertorio de palabrotas que todo niño tiene la obligación de aprender para luego olvidarlo hacia los diecisiete años, era un colegio más pulcro que todos los colegios de los que me han hablado luego. No recuerdo ningún caso de perversión, ni siquiera sospechada. Tengo la teoría de que, si los profesores no sospecharan tanto y no lo demostraran tanto, no habría tanta maldad en otros colegios. Una vez, ya fuera del colegio, hablando con Cormell Price me confesó al respecto que su única profilaxis contra ciertos microbios inmundos era «procurar que nos acostásemos muy cansados». De ahí la libertad que disfrutábamos y que él hiciese oídos sordos ante nuestras peleas constantes y ante las batallas entre los distintos pabellones. Al terminar el primer curso, que fue horroroso, mis padres no pudieron venir de vacaciones a Inglaterra y tuve que pasarlas con unos chicos mayores que estudiaban para el ingreso en el Ejército y con los demás niños que tenían lejos a la familia. Al principio me esperé lo peor, pero cuando los supervientes nos quedamos allí, en las aulas con eco, mientras los demás se iban a la estación en un coche que les habían puesto, la vida empezó de pronto a ser algo nuevo, gracias a Cormell Price. Los mayores, que habían estado tan distantes, se convirtieron en tolerantes hermanos mayores que dejaban que los alevines anduviésemos a nuestras anchas. Compartían con nosotros las golosinas de su merienda e incluso se interesaban por nuestras aficiones. No había mucho trabajo que hacer y nos divertíamos mucho. Al empezar de nuevo el curso «se cortaron de golpe las sonrisas», como era lo lógico. A mí me compensaron con unas vacaciones cuando mi padre vino a Inglaterra, y con él me fui a la Exposición de París del 78, en la que él dirigía el Pabellón de la India. A mis doce años me dejó total libertad para conocer aquella ciudad grande y amable y para recorrer los espacios y edificios de la Exposición. Aquello equivalía por sí solo a unos estudios y sentó la base de mi amor a Francia para toda la vida. También, a mi padre le pareció que yo debía aprender francés, aunque sólo fuese para distraerme, y me dio a Julio Verne para empezar. En los colegios de aquella época el aprendizaje del francés no estaba muy bien visto y quien lo hablaba caía bajo la sospecha de cierta tendencia a la inmoralidad. Por lo que a mí respecta, Tengo por cierto lo que aquél cantó en melodía inédita: que quien de joven en París despierta ya cerca del verano, despierta al Paraíso. Para quienes puedan estar interesados en estas cosas, escribí sobre esta parte de mi vida en unos Recuerdos de Francia que tienen mucho que ver con lo que viví en aquellos días. Mi primer año y medio de colegio no fue muy agradable. El fanfarroneo más pesado no es tanto el de los chicos mayores, que se limitan a dar una patada y seguir en lo suyo, como el de los pequeños diablos de catorce años que se ponen de acuerdo para arremeter contra un único objetivo. Por suerte para mí, yo era físicamente grande para mi edad y gané cierto crédito al nadar en el mar o tirarme al agua desde el peñón de Pebble. Jugaba al rugby, pero también en esto se me interpuso el problema de la vista. No llegué a jugar ni siquiera en el segundo equipo. Nadie se atrevió a meterse conmigo una vez que, a los catorce años, empecé de pronto a estar fuerte. Yo tampoco me metía con nadie, no sé si por mi indolencia natural o por las experiencias que había sufrido. Por aquel entonces ya tenía dos amigos con los que, mediante un sistema de ayuda mutua muy bien organizado, pasé dos años de colegio protegido por principios de cooperación. Nuestra unión, que está en el origen de mis personajes Stalky, M'Turk y Beetle, no recuerdo cómo empezó; pero lo cierto es que nuestra triple alianza era ya muy sólida antes de que tuviéramos trece años. Nos había fastidiado mucho un chico alto y fuerte que nos robaba lo que teníamos en nuestras pobres taquillas. Hasta que fuimos a por él, en una larga operación conjunta de acoso y derribo casi de verdad. Al final ganamos nosotros. Lo habíamos rodeado y aplastado como las abejas bloquean a la reina, y no volvió a molestarnos nunca. Turkey hacía gala de un perpetuo distanciamiento -mucho más allá de la mera insolencia- hacia todo el mundo, y de una lengua que, cuando se ponía a hablar, parecía haberla mojado de algún ácido irlandés. Por lo demás, se refería sinceramente a los profesores como «ujieres», lo cual no dejaba de tener cierta gracia. Su actitud en general era la que, por aquella época, mantenía Irlanda hacia todo lo inglés. En cuanto a nuestra capacidad de acción, a la organización de ataques, represalias y retiradas, dependíamos de Stalky, nuestro comandante y jefe de su propio Estado Mayor. Venía de un hogar muy disciplinado y se entrenaba, supongo, en las vacaciones. Turkey nunca nos contó nada de sus orígenes. Distante, inescrutable, respondón, se incorporaba al curso generalmente uno o dos días tarde, en el paquebote de Irlanda. Se encargó de la decoración de nuestro cuarto, porque él rendía culto a un extraño dios llamado Ruskin. Discutíamos entre nosotros «metódica y fielmente como esposos», pero cualquier deuda que tuviéramos con quien fuese era no menos fielmente pagada por los tres. Nuestra «socialización de las oportunidades educativas» nos permitió seguir a salvo en el colegio, hasta que quien sirvió de base para mi personaje Little Hartopp, haciéndome con demasiada insistencia determinada pregunta, llegó a la conclusión de que yo no sabía lo que era un coseno y me comparó con las bestias. Le enseñé a Turkey lo poco de francés que llegó a saber y él a su vez nos enseñó a Stalky y a mí algo de latín. Mucho puede decirse en favor de este sistema, si se quiere que un niño aprenda algo: siempre recordará lo que le venga de un igual, mientras que las palabras del profesor se le olvidan. Del mismo modo, cuando Stalky creyó conveniente que yo ingresara en el coro, me enseñó a canturrear «Conozco yo a una guapa señorita» dándome golpes en los riñones mientras dábamos vueltas por el campo de cricket. (Pero algún pequeño problema relacionado con un trozo de mármol que cayó de la faltriquera de una toga, escaleras del coro abajo hasta el tejado de la nave lateral, acabó con la aventura.) Creo que era su increíble frialdad lo que condicionaba nuestras guerras y nuestras paces. Era capaz no sólo de vernos a nosotros, sino también de verse a sí mismo desde fuera, y al correr los años y encontrármelo en la India o en cualquier otro sitio, no había perdido esta capacidad. Al final, cuando con una escuadra de dudosos coches Ford y unas tropas muy heterogéneas se marcó un monumental farol contra los bolcheviques en algún lugar de Armenia (lo cuenta en sus Aventuras de Dunsterforce), casi lo aniquilan, y escribió a las autoridades responsables. Le pregunté qué pasó luego. «Me dijeron que ya no requerían mis servicios». Naturalmente le dije que lo sentía. «Tan equivocado como siempre», me añadió entonces el ex-jefe del aula quinta. «Si cualquier oficial a mis órdenes llega a escribir lo que le escribí al Ministerio de la Guerra, yo habría ordenado que lo hicieran pedazos». Esta anécdota resume bien al hombre, y al niño que había sido nuestro jefe. Creo que hice bastante de amortiguador entre sus impulsos, sus broncas verbales y las campañas en que éramos una potencia, y el agrio Turkey demoledor que, como he escrito luego, «amaba destruir ilusiones y para ello vivía» aunque a pesar de todo se esforzaba por perseguir la belleza. Me invadieron la mesa de la vocación literaria, irrumpieron en mis sueños, se burlaron de mis dioses; me robaron, arrasaron o vendieron las propiedades que yo tenía descuidadas o a la intemperie. Y no podía pasar una semana sin ellos, ni ellos sin mí. Pero me vengué de sobra. He dicho que yo era fisicamente precoz. Durante el último curso, en las clases desafié altivamente a C. Un día estalló y me dijo que no podía soportar más la visión y me mandó afeitarme. Me fui con esta orden al director de la Residencia y éste, que ya hacía tiempo que me tenía por una ciénaga de iniquidad, barruntó la confirmación de su sospecha y me escribió una recomendación para que un barbero de Bideford me diese navaja y todo lo demás. Amablemente invité a mis amigos a venir a ayudarme y luego, por el camino, lamenté la pesadez que para mí suponía el afeitado obligatorio. No hubo ripostes. No hubo comentarios de mal gusto. Pero no entiendo cómo Stalky y Turkey no se cortaban la garganta con aquella herramienta. Volvamos a la vida salvaje en que lo común era ese tipo de sucesos prodigiosos. Fumábamos, por supuesto: pero el castigo, cuando nos descubrían, era duro porque los prefectos, que eran todos de la clase militar y se estaban preparando para Sandhurst o para el acceso a Woolwich, sólo podían fumar en pipa, y con restricciones. Si uno del montón era sorprendido fumando, debía comparecer ante los prefectos, no por razones morales, sino por haber usurpado un privilegio de la casta dominante. La frase habitual era: «¿Se cree usted un prefecto, no? Muy bien. Haga el favor de pasarse por mi clase a las seis». Esto parecía dar más resultado que las lecturas religiosas y que, incluso, las expulsiones con las que algunas instituciones afrontaban este terrible pecado. Lo curioso es que nadie «esclavizaba» a nadie, aunque la palabra «esclavo» se usaba bastante, como término despectivo, como signo de la subordinación de los de secundaria. Si se necesitaba un lacayo para limpiar el cuarto o para que hiciera recados, era motivo suficiente para una negociación particular en la única moneda que teníamos: la comida. Algunas veces, el servicio le otorgaba protección a quien lo prestaba, por considerarse una insolencia que alguien molestase a un lacayo acreditado. Por mi poca capacidad de limpieza, nunca hice de tal; pero nuestro cuarto contaba de vez en cuando con alguno, al que explicábamos muy bien nuestras obligaciones de amas de casa. Pero solía ser Turkey quien lo ordenaba todo como la solterona con que siempre lo comparábamos. Los deportes eran obligatorios, a menos que uno se excusara por escrito ante la autoridad competente. El castigo por abandono voluntario era tres azotes con rama de fresno por parte del delegado de deportes. Una de las cosas más difíciles de explicar a alguna gente es que un chico de diecisiete o dieciocho años pudiera pegarle a otro apenas un año menor y que, tras el castigo, se fueran a pasear juntos sin que a ninguno de los dos le quedara orgullo ni rencor. En la guerra del 14 a algunos caballeros jóvenes les costaba lo mismo entender que el ayudante que durante la revista los insultaba fuese amable con ellos durante el rancho y que este cambio de actitud no obedeciese a un deseo de compensar la dureza previa. No recuerdo, salvo en un par de casos, haber recibido sermones o regañinas de índole moral. No siempre es conveniente estimular el sentimiento religioso de los adolescentes: parece claro que los distintos grupos de nervios se comunican entre sí, y quién sabe qué minas puede hacer estallar un sermón. Pero el acceso a los dormitorios, en los que entraba el viento, no eran puertas que se pudieran cerrar con llave, como tampoco las aulas tenían ningún tipo de cerradura. Los profesores, con la excepción de uno que vivía fuera, eran solteros. Los edificios del colegio, que en su día habían sido casas de alquiler baratas, estaban en fila frente a una ladera, y en medio quedaba el espacio por el que se movían los muchachos. No habrían estado mejor vigilados los internos de una cárcel, aunque no nos dábamos cuenta. Por suerte, había conciencia de poco más que la inmediata obligación diaria y la necesidad de ingresar en el Ejército. Del mismo modo creo que, cuando trabajábamos, trabajábamos más que en la mayoría de los colegios. El director de mi residencia era extremadamente consciente y cuidadoso con su deber. No sé hasta dónde alcanzarían sus éxitos. Sus errores lo eran por pura bondad excesiva. Siempre sospechaba oscuramente de mis compañeros y de mí, que lo sabíamos y que, pequeñas bestias que éramos, lo hacíamos sudar a la menor provocación. Quien año tras año me fue interesando más fue C., mi profesor de lengua y humanidades, remero de físico portentoso, y erudito que vivía con la secreta esperanza de traducir dignamente a Teócrito. Tenía mucho temperamento, lo cual no le impedía manejarse muy bien con muchachos acostumbrados al lenguaje directo. Tenía el don de un «sarcasmo» profesoral que para él sería un desahogo y a mí me parecía una auténtica maravilla. Era también un buen director de residencia, de la que se sentía orgulloso. Con él aprendí, ya que me hizo el honor de hablar mucho conmigo, que las palabras pueden ser un arma. Nuestras discusiones de clase, curso a curso, nos dieron mucho juego. Se aprende más de un erudito apasionado que de un montón de ganapanes de ardua brillantez. Y que en clase lo conviertan a uno en blanco de los propios compañeros, no es mala preparación para experiencias posteriores. Tengo entendido que este método se desestima ahora por miedo a herirles la sensibilidad a los jóvenes, pero en el fondo no era más que el tintineo de lata o la bengala con que se estimula a los potros. No recuerdo haber sentido más que alegría o envidia cuando C. me lanzaba sus agudas invectivas. Intenté dar pálida cuenta de sus maneras cuando se acaloraba, en un pasaje de uno de los cuentos sobre Stalkie, «Régulo», pero ya hubiera querido yo retratar exactamente el entusiasmo que ponía al leer la gran «Oda a Cleopatra», la número 27 del libro tercero. Lo exasperó una vez mi pésima interpretación literal de los primeros versos. Después de aniquilarme, arrasó mi cadáver al llevar a cabo una traducción, inigualable en fuerza y comprensión, del resto de la «Oda». Dejó sin respiración hasta a la clase militar. Debe de haber aún profesores tan sinceros como él, y la grabación en disco de personas así, casi capaces de llegar a la blasfemia en su lucha con una forma latina, sería mucho más útil para la educación que montones de libros publicados. C. consiguió que me pasase dos años odiando a Horacio, que luego lo tuviese veinte años olvidado y que al final lo amara para siempre y que me haya acompañado en no pocas noches de insomnio. Fue después del segundo año de colegio cuando me entró la fiebre de escribir. En las vacaciones, las tres señoras -y a mí me bastaba eso- me escuchaban cualquier cosa que tuviera que decir. Me inspiraba en los libros de su biblioteca, desde La ciudad de la noche terrible, que me conmovió hasta lo más hondo de mis tiernas entrañas, a las Parábolas de la Naturaleza de la señora Gatty, las cuales imitaba desde la convicción de ser original. Y muchos otros libros. Pocas atrocidades de forma o de métrica se me quedaron sin perpetrar, y con todas disfrutaba. Descubrí también las posibilidades que ofrecían los pareados personales y satíricos sobre mis compañeros. En colaboración con uno de nariz colorada y temperamento voluble, exploté la idea, no sin cierto revuelo. Después vino mi hallazgo de que con la métrica de Hiawatha se ahorraba uno todas las complicaciones de la rima. Y había existido un hombre llamado Dante, que vivía en un pueblecito italiano y siempre de pleito con sus vecinos, para muchos de los cuales inventó graves tormentos en un infierno de nueve círculos, donde los exhibió para la posteridad. Decía C.: «Debió de hacerse infernalmente impopular». Yo alternaba mis influencias. Me compré un gran cuaderno de los de tipo americano, forrado de tela, y empecé a escribir un Inferno en el que sometí a la tortura correspondiente a todos mis amigos y a la mayoría de los profesores. El trabajo me cundía al no tener más que cantar la futura condena de víctimas que pasaban bajo la ventana del estudio de mis dos compañeros y mío. Tennyson y Aurora Leigh aparecieron del modo más natural, durante unas vacaciones, y C., una vez, en clase, me tiró literalmente a la cabeza Hombres y mujeres. Ahí me encontré con «El obispo ordena hacer su tumba», «Amor entre las ruinas» y el «Fra Lippo Lippi» que es, me atrevo a pensar, antecendente no demasiado remoto del mío. Debí de leer por primera vez los poemas de Swinburne en casa de la tía. No conmovieron especialmente mi muy tierno espíritu hasta que leí Atalanta en Calydon y una estrofa escogida, que se adaptaba con exactitud al ritmo de mi natación entre las grandes olas. Algo así: Y quién te buscará y conseguirá devolverte tu día (media ola) en el que la paloma hundió las alas y los remos se abrieron su camino (la otra media) entre islas y estrechos blanqueados por la espuma (avanzar con la ola) Si se recita el último verso de modo que termine en forma de gran ola que nos rompa en la cabeza, la cadencia es perfecta. Llegué a perdonar a Bret Harte, a quien debía mucho, el que adoptara en vano esta métrica en su Chinos paganos. Pero nunca perdoné a C. por ponerme en conocimiento del hecho. Sólo años después, al hablar un día con «Tío Crom», supe que injusticias así no se cometen sin intención. «En aquella época había que actuar con mano dura», me decía despacio. «C. la tuvo contigo». «Sí», dije yo, «y también H.», el profesor casado al que todo el colegio temía. «Me acuerdo», contestó Crom. «Sí, conmigo también pasó.» Se refería a una redacción titulada «Un día de las vacaciones» o algo así. C. era quien había ordenado hacerla, pero tenía que corregirla H. La redacción me salió con una variada pero absoluta mala calidad, supongo que forjada en la lectura, en vacaciones, de un periódico llamado The Pink'Un. Ni yo mismo había escrito nada peor. Lo normal hubiera sido que H. le enviara sin comentario las notas a C. En esta ocasión, sin embargo (estaba yo en clase de latín), H. entró y pidió la palabra. C. se la cedió de mala gana, y fue entonces cuando H., ante el regocijo de mis compañeros, me puso en evidencia con su mejor estilo, ácido y ofensivo. Concluyó con unas cuantas observaciones generales acerca del «acabar siendo un periodista vulgar». (Y ahora pienso que seguramente H. leía también el Pink'Un.) El tono, el argumento y la intención de su discurso fueron de una brutalidad premeditada, como la del tirón del bocado que encabrita a un potro demasiado fogoso. C., a la salida de H., remató con un par de añadidos. (¿Pero quiso Alá castigar a H. al pasar los años? Me lo encontré en Nueva Zelanda; dirigía un colegio mixto en el que daba clases de latín a chicas. «Y cuando miden mal los versos, como usted solía hacer, me echan miraditas.» Me acordé de las madrugadas frías en que, de su implacable mano, yo estudiaba el Nuevo Testamento en griego y la verdad es que lo compadecí hasta lo más profundo de mi alma.) Sí, Crom y los suyos debían de «acunarme» mucho. Por eso, cuando me vio irremediablemente destinado al tintero, ordenó que yo fuese el director del periódico del colegio y que tuviera acceso a la biblioteca de su estudio. Supongo que también a eso se debió un permiso similar de C., quien me lo daba y quitaba según las fluctuaciones de nuestra guerra particular. También, la idea del director de que yo debía aprender ruso con él (a lo más que llegué fue a saberme algunos números cardinales) y, más tarde, lo que él llamaba la escritura en estilo précis. Consistía en la severa compresión del material hasta su sequedad última, sin omitir ningún hecho esencial. Todo quedaba suavizado por el recuerdo de personas que Crom había conocido de joven y, con su hablar lento y grave y el humo de su invariable Vevey, aclaraba el uso de las palabras. Que Dios me perdone, pero yo pensaba que aquellos privilegios se debían a la trascendencia de mis méritos personales. Muchos queríamos al director por lo que había hecho por nosotros, pero yo le debía más que todos mis compañeros juntos, y creo que lo quería más que ellos. Un día me dijo que, tras las vacaciones, me iba a ir a la India, a trabajar en un periódico de Lahore, donde mis padres vivían, y que ganaría nada menos que cien rupias de plata al mes. Al final del curso organizó, con evidente injusticia, un certamen poético con el tema obligado de «La Batalla de Assaye» y en el que, al no haber competidores, gané con un poema cuya métrica me venía del último «contagio»: Joaquin Miller. Y al entregarme el libro que se dio de premio, Competition Wallah, de Trevelyan, Crom Price dijo que, si yo seguía adelante, algún día se hablaría de mí. Los últimos días antes de embarcar los pasé con mi querida tía, en la pequeña granja que los Burne-Jones habían comprado para pasar las vacaciones en Rottingdean. Desde allí contemplaba el prado de la aldea y el estanque de una casa a la que daban nombre unos olmos y que estaba tras un muro de piedra; también la iglesia que tenía enfrente y -de haberlo sabido entonces- «los restos de quienes estarán en las casas de la Muerte y del Nacimiento». CAPÍTULO 3 SIETE AÑOS DIFÍCILES Soy, con la venia, el pobre hermano Lippo. No me acerquéis al rostro las antorchas. Fra Lippo Lippi Así pues, a los dieciséis años y nueve meses, aunque aparentaba cuatro o cinco años más, y con unas patillas que mi madre, escandalizada, hizo desaparecer nada más verlas, me encontraba en Bombay, donde había nacido. Volvía a visiones y olores que me arrancaban frases vernáculas cuyo significado ignoraba. Otros muchachos nacidos en la India me han contado que alguna vez les pasó igual. Me quedaban aún tres o cuatro días de tren hasta Lahore, donde estaban los míos. Y esos días iban a bastar para borrar mis años ingleses, que creo que nunca han vuelto del todo. Fue un feliz regreso a casa y es que, imaginaos, me reencontraba con un padre y una madre a los que había visto muy poco desde los seis años. Podría haberme ocurrido que mi madre no fuese «la clase de mujer que a uno le gusta», como en un caso terrible que conozco, o que mi padre resultase inaguantable. Pero mi madre demostró ser más encantadora de lo que yo hubiera podido imaginar o recordar; y mi padre no sólo era una mina de sabiduría y de valiosa ayuda, sino también un compañero experto, tolerante y lleno de buen humor. Me dieron habitación propia en la casa. El criado de mi padre, con toda la solemnidad de un contrato matrimonial, me cedió a su hijo para que fuese criado mío. Dispuse también de caballo, carruaje, mozo de cuadra, horario de oficina, responsabilidades directas y, oh felicidad, un maletín propio, como el que mi padre llevaba todos los días al Museo de Lahore y a la Escuela de Arte. No recuerdo la menor fricción en ningún detalle de nuestras vidas. Disfrutábamos más en familia que en compañía de los extraños y cuando, algo después, llegó mi hermana, la felicidad fue total. No sólo éramos dichosos, sino también conscientes de serlo. Pero el trabajo era difícil. Yo era el cincuenta por ciento del «equipo editorial» del único diario del Punjab, hermano pequeño del gran Pioneer de Allahabad, que era del mismo propietario. Y un diario sale todos los días aunque la mitad de su equipo esté con fiebre. Mi jefe me llevó, como quien dice, de la mano y, durante tres años o así, lo odié. Tuvo que adiestrarme y yo no tenía idea de nada. No sé hasta qué punto mi aprendizaje lo hizo sufrir, pero todo lo objetivo que llegara yo a ser, todo el hábito que adquiriese en verificar fuentes y en conseguir trabajar sin moverme del despacho, se lo debo a Stephen Wheeler. Nunca trabajé menos de diez horas al día, y rara vez más de quince al día. Como nuestro periódico era vespertino, sólo vi la luz del mediodía los domingos. También tuve fiebres, frecuentes y tenaces, a las que se unió durante un tiempo una disentería crónica. De todos modos descubrí que un hombre puede trabajar con cuarenta de fiebre, aunque al día siguiente tenga que preguntar quién escribió su propio artículo. El encargado indígena de la sección de noticias, Mian Rukn Din, caballero mahometano de buen corazón y de infinita paciencia, a quien nunca vi excedido por una situación, se convirtió en amigo mío para siempre. Desde una perspectiva moderna, supongo que aquélla era una vida perra; pero mi mundo estaba lleno de muchachos que, con muy pocos años más que yo, vivían solos y morían de fiebre tifoidea a los veintipocos años. En nuestra casa, si alguien tenía que morir, estábamos los cuatro juntos. Y lo demás se iba en el trabajo cotidiano, y el amor lo atenuaba todo. No había libros, cuadros, obras de teatro, ni más entretenimientos que los deportes que permitía el invierno. El transporte se limitaba a los caballos y al ferrocarril que buenamente había. Esto significaba que el radio normal de viaje podía ser de unos diez kilómetros a la redonda, y que hubieran hecho falta otros diez para volver a encontrar gente de raza blanca. La muerte era siempre una compañera cercana. Una vez, en nuestra comunidad blanca de setenta personas, se dieron once casos de una epidemia tifoidea. Como todavía no existían las enfermeras profesionales, los hombres cuidaron a los hombres, y las mujeres a las mujeres. Murieron cuatro de nuestros pacientes y pensamos que habíamos hecho lo que teníamos que hacer. Por lo demás, los hombres y las mujeres caían allí donde estuviesen, de lo que se derivaba la costumbre de ir en busca de cualquiera que no acudiese a las reuniones diarias. Nos acompañaban los difuntos de todos los tiempos, en el gran cementerio musulmán abandonado, que estaba cerca de la estación y donde, cualquier mañana, el caballo podía pisar fácilmente un cadáver medio desenterrado. Los cráneos y huesos afloraban entre los muros de adobe del jardín. Las lluvias los volvían a desenterrar y había tumbas a cada paso. El lugar de las meriendas campestres, igual que algunas de las oficinas públicas, había servido de monumento a mujeres que en vida habían sido muy deseadas, y Fort Lahore, donde descansaban las viudas de Runjit Singh, era un mausoleo de fantasmas. Así era mi mundo. Y su centro, para mí -socio a los diecisiete años-, era el Club del Punjab, donde hombres en su mayoría solteros se reunían para degustar comidas de escaso mérito entre hombres cuyos méritos eran bien conocidos. Mi jefe, que estaba casado, no iba casi nunca, por lo que me correspondía a mí escuchar cada noche los defectos del periódico de aquel día, afeados en el lenguaje más directo. Los cajistas, que eran indígenas, no tenían ni idea de inglés y transcribían palabra por palabra, con lo que salían erratas memorables y a veces obscenas. Los correctores de pruebas, de los que llegamos a tener un par, bebían, como era previsible; pero su sistemático y prolongado delirium tremens me obligaba a compartir con ellos más trabajo de la cuenta. En el club, y en todas partes, no conocía más que a hombres muy especializados en su trabajo -funcionarios civiles, militares, de la enseñanza, forestales, ingenieros, de aguas, de ferrocarriles, médicos, abogados-, ejemplares de cada ramo que hablaban cada cual de su oficio. Fue así como la «demostración de conocimientos técnicos» que luego se me ha reprochado me vino dada allí hasta la saciedad. Tan pronto como el periódico pudo confiar un poco en mí, que había hecho bien el trabajo rutinario, me envió primero a hacer informaciones locales y, después, a las carreras de caballos, donde pasé tardes curiosas en el tenderete de las apuestas. Vi una de esas tiendas arder una vez, cuando un propietario furioso le arrojó una lámpara de petróleo a su rival, justo la noche en que el propietario concurría a las elecciones del Club. Fue la primera y última ocasión en que vi cómo se gastaban todas las bolas negras disponibles y los socios pedían más. Después hice informaciones sobre la inauguración de grandes puentes, lo que suponía una noche o dos con los ingenieros; o sobre inundaciones en las vías férreas, y ahí las noches lo eran bajo la lluvia con los equipos de auxilio. Informé sobre fiestas de aldea, con las inevitables epidemias de cólera o viruela; sobre motines populares a la sombra de la mezquita de Wazir Khan, donde las pacientes tropas, tendidas en los parques o en las callejuelas laterales, esperaban la orden de cargar contra la multitud y pegarle a la gente en los pies con la culata del fusil (en aquella época, la Administración civil consideraba que matar equivalía a reconocer un fracaso). Y así la ciudad vociferante, enfervorizada, ebria de sus propias convicciones, era dominada sin derramamiento de sangre o con la comparecencia de un Virrey que gesticulaba mucho. Relaté también visitas de virreyes a los príncipes vecinos, junto al gran desierto de la India, donde había que lavarse las manos y la cara con soda; revistas de ejércitos dispuestas a invadir Rusia a la semana siguiente; recepciones de algún potentado afgano con el que el Gobierno indio quería estar a bien (éstas incluyeron un paseo hasta el Khyber, donde me alcanzó el disparo perdido de un bandido que no aprobaba la política exterior de su Gobierno); juicios por asesinato o divorcio y -tarea bastante desagradable- una investigación sobre el porcentaje de leprosos que había entre los carniceros que surtían de vacuno y cordero a la comunidad europea de Lahore. (Aquí aprendí que la verdad desnuda de los hechos no suele estar bien vista por las autoridades responsables.) Era el método de enseñanza de Squeer, pero ¿cómo me iba a proporcionar menos estímulo del que yo necesitaba? Me saturaba de material y, si me faltaba algún detalle, el Club se ocupaba del resto. Recibí el primer intento de soborno a la edad de diecinueve años, cuando me encontraba en un Estado indígena donde, naturalmente, uno de los afanes de la administración era conseguir más salvas de honor para el representante oficial en sus visitas a la India británica, propósito para el que podía ser útil hasta la recomendación de un corresponsal perdido. A esto se debió que, en la dali o cesta de frutas que dejaban a diario en mi tienda, me encontrara una mañana un billete de quinientas rupias y un chal de Cachemira. Como el remitente era de casta alta, le devolví el regalo mediante un barrendero, que era de una casta inferior. A partir de este momento mi criado, que se hacía responsable de mi bienestar ante su padre y el mío, me dijo fríamente: «Hasta que lleguemos a casa, come y bebe lo que yo te dé». Y así lo hice. De vuelta al periódico, me encontré con que el director estaba enfermo y tenía que quedarme al cargo. Entre la correspondencia editorial, había una carta del mismo Estado indígena, en la que se daba cuenta de la visita de «su reportero, un tal Kipling» que, al parecer, había violado uno por uno los diez mandamientos desde el rapto al robo. Les contesté que acusaba recibo de la queja en calidad de director interino, pero que debían comprender en mí cierta parcialidad ya que la persona de la que se quejaban era yo mismo. Volví a visitar alguna vez aquel Estado y nada ensombreció ni por asomo nuestras relaciones. Yo tenía ya práctica en el insulto a la manera oriental, que ellos entendían. Y me devolvieron la pelota a la manera asiática, que yo entendía, y asunto concluido. El segundo intento de soborno llegó cuando trabajaba a las órdenes del sucesor de Stephen Wheeler, Kay Robinson, hermano del Phil Robinson autor de En mi jardín de la India. Con él, y gracias a como me había adiestrado su predecesor, la relación fue magnífica. Nos encontrábamos con el mismo problema de las salvas de honor; y con la misma argucia de la cesta de frutas, los chales y el dinero para ambos. Pero esta vez cometieron el error de dejarlo impúdicamente en la terraza de la redacción. Kay y yo dedicamos media hora bastante divertida a rayar con alfiler en los billetes la frase «Timeo Danaos et dona ferentes», mientras lamentábamos no poder quedárnoslos, como tampoco los chales, y tener que hacer como si nada. El tercer y más interesante intento de soborno fue cuando cubría un caso de divorcio en la sociedad eurasiática. Una negra enorme me acorraló y me ofreció darme, si omitía su nombre, los detalles más íntimos. Lo cual empezó a hacer en ese mismo instante. Antes de cerrar el trato, le pregunté su nombre. «Ah, soy la demandada. Por eso se lo pido.» Es difícil informar sobre algunos dramas si no hay Ofelia o si no hay Hamlet. Pero me compensó de la ira de aquella mujer el momento en que el tribunal le preguntó si alguna vez había tenido ganas de bailar sobre la tumba de su marido. Ella, que hasta entonces lo había negado todo, siseó un largo «Sssí» y añadió: «Y muy a gusto y muy bien que lo haría». A un soldado al que yo conocía lo habían condenado a cadena perpetua por un asesinato que, según pruebas no aducidas en el juicio, parecía claro que había cometido. Lo vi después en la cárcel de Lahore, y estaba haciendo una tarea muy complicada a base de plumas de escribir con tinta de distintos colores y clavadas en una especie de lona que, puesta sobre un papel, decidía cómo había que rellenar los impresos de la declaración de la renta. Aquello parecía tremendamente monótono, pero el espíritu humano es invencible. «Con un milímetro que me equivocara al marcar estas líneas, echaría a perder todas las cuentas del Alto Punjab», decía. En cuanto a los lectores del periódico, eran al menos tan educados como la mitad de nuestro «equipo de redacción»; y a fuerza de llevar la vida que llevaban, no se escandalizaban por nada ni nada les conmovía. No sabíamos lo que era un titular grande o unos tipos de letra especiales, y me temo que la cantidad de espacio en blanco de los periódicos actuales nos habría parecido una vulgar estafa. Sin embargo, los temas que solíamos tratar les habrían proporcionado a los periódicos de hoy noticias sensacionales casi a diario. Mi verdadero puesto en el periódico era el de subdirector, lo que significaba un eterno extractar originales tediosos, como los discursos sobre cuestiones abstrusas relacionadas con los impuestos y la Hacienda Pública que enviaba un importante y docto ciudadano, cuya caligrafía era la peor que nuestros cajistas habían visto en su vida, o artículos literarios sobre Milton. (¿Y cómo iba yo a saber que el autor era pariente de uno de los propietarios y que creía que nuestro periódico existía para dar salida a sus teorías?) En esto las enseñanzas de Crom Price sobre el estilo précis me ayudaron mucho a distinguir el grano de la paja al leer aquellas pesadeces. Manteníamos intercambio con otros periódicos, desde Egipto a Hong Kong, a los que había que echar un vistazo casi todos los días y, una vez por semana, los periódicos ingleses de los que se echaba mano en caso de necesidad. A los corresponsales nacionales, de pueblos apartados, había que leerlos con cuidado por si la inocencia de sus alusiones disimulaba una difamación. No faltaban cartas de broma de algún empleado, contra las que había que estar prevenido (yo piqué un par de veces); quedaba luego, por supuesto, la clasificación de cablegramas, en la que más valía no equivocarse: yo los apuntaba al teléfono, primitivo y misterioso poder cuyo operador indígena decía sílaba a sílaba todas las palabras. Uno de nuestros problemas recurrentes era un maldito periódico moscovita, el Novoie Vremya, escrito en francés y que estuvo mucho tiempo publicando, semanalmente, los diarios de guerra de Alikhanoff, general ruso que por aquella época asolaba los dominios de los kanes de la Rusia central. Daba el nombre de todos los campamentos que había asaltado, y contaba cómo sus tropas se calentaban con hogueras de sax-aul, que supongo que debía de ser artemisa. Una semana después de haber traducido la última entrega, no recordaba yo ni un solo detalle de la serie. Diez o doce años después, caí enfermo en Nueva York y tuve un largo delirio que, por desgracia, recordaba luego, ya consciente: en una de sus fases mandaba un batallón montado en caballos rojos ensillados en cuero flamante, a la luz de una luna verde y por estepas tan vastas que permitían adivinar la mismísima curva del planeta. Descansábamos en uno de los campamentos nombrados por Alikhanoff en su diario (yo veía el nombre escrito al límite de la Tierra), donde nos calentábamos con hogueras de sax-aul y donde, abrasado por un lado y helado por el otro, me quedaba sentado hasta que mis infernales escuadrones seguían rumbo al siguiente alto previsto, y así toda la serie. A principios de los años ochenta, llegó al poder un gobierno liberal que actuaba de acuerdo a los «principios» liberales, los cuales, hasta donde yo he podido observar, no es raro que acaben en derramamiento de sangre. Era entonces cuestión de principio que jueces indígenas juzgaran a las mujeres blancas. Indígena, en este caso, equivale directamente a hindú; y la idea que el hindú tiene de la mujer no es muy elevada. Nadie había solicitado aquella medida, y mucho menos la judicatura afectada. Pero los principios son los principios, caiga quien caiga. Se molestó mucho la comunidad europea, que llegó al extremo de la revuelta, es decir, a que incluso los funcionarios públicos y sus esposas dejaran de asistir a las recepciones del entonces Virrey, hombre orondo y desorientado, preso de tendencias religiosas. Para apadrinar aquella ley se trajo a la India a un apacible caballero inglés llamado C. P. Ilbert. Me parece que también él estaba un poco desorientado. Nuestro periódico, como la mayor parte de la prensa europea, empezó por desaprobar enérgicamente la medida y publicó muchos comentarios e informaciones que hoy serían, supongo, tachados de «desleales». Una tarde, mientras cerraba la edición, eché el habitual vistazo al artículo de fondo. Era el tipo de artículo desequilibrado, semijudicial, que se había prodigado en los periódicos ingleses en los años 1832 y 1834 con motivo del Documento Blanco de la India y, como todos ellos, exponía con poco disimulo los mismos altos ideales del Gobierno. Con el tiempo se aprendía a identificar mejor aquel estilo, pero en aquel momento me desconcertaba. Le pregunté a mi jefe qué significaba. Me contestó como yo lo hubiera hecho en su lugar: «¿Y a usted qué demonios le importa?» y, como estaba casado, se marchó a casa. Yo en cambio acudí al Club, que, no se olvide, era todo mi mundo exterior. Nada más entrar al largo y destartalado comedor, en el que todos compartíamos una sola mesa grande, estalló una pitada unánime. Fui lo bastante ingenuo para preguntar: «¿A qué juegan?, ¿a quién le silban?». «A usted», dijo el hombre de mi lado. «Su maldito periodicucho ha traicionado el proyecto de ley.» No es agradable seguir tranquilamente sentado mientras a uno, a los veinte años, todo su universo le dedica una pitada. Entonces se levantó un capitán, nuestro ayudante de Voluntarios, y dijo: «¡Basta ya! El muchacho se limita a hacer aquello por lo que le pagan». Cesó la manifestación, pero yo había empezado a ver claro. El capitán había dicho la pura verdad. Yo era un mercenario y me pagaban para lo que me pagaban. No me encantó la idea. Alguien dijo amablemente: «Jovenzuelo, ¿es usted tan burro que ignora que su periódico tiene la contrata de prensa del Gobierno?» No lo ignoraba, pero hasta aquel momento no me había parado a relacionar. A los pocos meses, uno de los dos principales accionistas del periódico fue condecorado Caballero. Mucho empezó a llamarme la atención la melosidad con que algunos funcionarios veían con buenos ojos la medida del Gobierno y, no se sabía por qué, de pronto cambiaban el calor por el mejor clima del cantón de Simia. Gracias a astutos orientadores, a menudo indígenas, seguí la trama sutil de maneras con que un gobierno presiona solapadamente a sus empleados, en una tierra donde todas las circunstancias y relaciones de la vida de un hombre son de dominio público. Por eso, cuando la importante e histórica Ley de la India se retomó cincuenta años después, me sentí como quien vuelve a recorrer los tortuosos caminos de su juventud. Uno reconocía las frases textuales, las mismas garantías de los viejos tiempos todavía en buen uso y uno se esperaba, como en sueños, las fórmulas con que se excusaban quienes abandonaban convicciones. Algo así: «Puedo servir de conciliador, ya sabe. En todo caso, evito que entre en juego otro más extremista». «Sería insensato oponerse a lo inevitable». Y todos los demás camuflajes que el Diablo facilita al pecador que no quiere quedar mal con nadie. En el año 1885, me hice masón por dispensa (Logia Esperanza y Perseverancia 782 E.C.) sin haber cumplido la edad preceptiva, porque la Logia quería un buen secretario. No lo tuvo, pero ayudé y aconsejé al Maestro en la decoración de las paredes vacías con telas, según la norma del templo salomónico. Allí conocí a musulmanes, hindúes, sijs, miembros del Aya Samaj y del Brahma Samaj y a un Gran Vigilante de la Logia que era sacerdote judío y carnicero en su pequeña comunidad ciudadana. Aún se me abría, de este modo, otro mundo que necesitaba. Mi madre y mi hermana pasaban la época de calor en la montaña, donde a su debido tiempo se les unía mi padre. A mí me llegaban las vacaciones cuando el periódico podía prescindir de mí. Por eso me pasaba mucho tiempo solo en aquella casa tan grande, donde pedía a gusto comida indígena, menos repugnante que los guisos de carne; incorporaba así el empacho a mis posesiones más íntimas. En aquellos meses -entre mediados de abril y mediados de octubre-, había que coger el catre y andar de cuarto en cuarto hasta encontrar el de menos calor; o dormir en la azotea y que el aguador le echara a uno de vez en cuando medio odre de agua por el cuerpo abrasado. Así se cogían fiebres, pero se evitaba el desmayo por el calor. Muchas noches las pasaba tan en vela como las de la casa de Brompton Road, y vagaba hasta el amanecer por todo tipo de sitios curiosos: tabernas, garitos de juego y fumaderos de opio, que no son nada misteriosos; locales periféricos de diversión, de títeres o de danzas indígenas; o me metía por las estrechas galerías que hay bajo la Mezquita de Wazir Khan por el puro gusto de mirar. Alguna vez la policía se me acercaba, pero conocía a la mayoría de los oficiales, y mucha gente de algunos barrios me conocía por ser hijo de mi padre, lo que en Oriente es más útil que en ninguna otra parte. Por lo demás, bastaba con la palabra «periódico», aunque al mío no le facilité mucha reseña de aquellos merodeos. Al salir el sol, volvía uno a casa en algún carruaje noctámbulo de alquiler, que hedía a humo de narguile, a flores de jazmín y a madera de sándalo; y, si el conductor tenía ganas de charla, le contaba a uno un montón de cosas. En la India, buena parte de la vida se hace en las noches de calor. Es la razón de que la plantilla indígena de las oficinas no esté para mucho a la mañana siguiente. Todas las oficinas indígenas cierran como mínimo entre mayo y septiembre. Los archivos y la correspondencia, del modo más natural, se amontonan sin abrir en las esquinas para ser puestos al día o despachados cuando el tiempo refresca. Pero los ingleses que van a la metrópoli de vacaciones, después de haber impuesto a los hijos de sus hijos las horas fijas de una jornada nórdica de trabajo, se sorprenden de que la India no trabaje como ellos. Es una de las razones por las que sería interesante que la India fuese autónoma. Y había también noches «húmedas», en el Club o en algún comedor militar, en las cuales una mesa abarrotada de muchachos, medio enloquecidos por el calor, pero con la cordura necesaria para seguir con la cerveza y con unas entrañas que raramente les traicionaban, buscaban diversión y la conseguían como fuese. Me acuerdo de una noche en que comimos haggis en lata, cuando había cólera en los cuarteles, «para ver qué pasaba»; y otra en que a un caballo semental asalvajado, con el arnés puesto, le pusieron delante toda una pierna de cordero, justo cuando iba a morder. En teoría es un procedimiento para quitarles esa tendencia, pero lo que hizo fue volverlo aún más caníbal. Llegué a conocer a los soldados de aquella época en mis visitas a Fort Lahore y, en menor medida, a los acantonamientos de Mian Mir. Mi primer y más querido batallón fue el Quinto de Fusileros número 2, con quienes cené, en temeroso silencio, a las pocas semanas de serles presentado. Cuando se marcharon, seguí con sus sucesores, el 30 de East Lancashire, otro regimiento de la parte norte del país; y, finalmente, con el 31 de East Surrey, confederación reclutada en Londres entre ladrones profesionales, algunos de los cuales se convirtieron en buenos y leales amigos míos. Había, también, cenas fantasmales con los alféreces encargados del destacamento de Infantería de Fort Lahore, donde, entre estancias vacías, revestidas de mármol, que habían pertenecido a reinas muertas, o bajo las cúpulas de viejos panteones, las comidas empezaban con treinta gramos de quinina en el jerez, tal como ordenaba el reglamento, y terminaban... como Alá quería. Soy, por cierto, uno de los pocos civiles que han hecho guardia con las tropas de Su Majestad. Fue en una madrugada fría de invierno, hacia las dos, en el fuerte, y aunque supongo que me habían dicho la contraseña al irme del comedor, la olvidé antes de llegar a la guardia principal, y cuando me interpelaron me presenté solemnemente como «visita de inspección». El revuelo de los hombres fue tal que le pregunté al sargento si había visto en su vida un grupo de sinvergüenzas más noble que aquél. Esto me costó litros de cerveza, pero mereció la pena. Libre de un puesto militar concreto, y llevado por mi trabajo, podía andar a mis anchas por la «cuarta dimensión». Llegué a observar en toda su crudeza los horrores de la vida del soldado raso, y los tormentos innecesarios que tenía que soportar a cuenta de la doctrina cristiana, que sostiene que la muerte es el pago por el pecado. Se consideraba impío que las prostitutas del mercado pasaran control médico, o que los hombres tomaran las precauciones elementales en su trato con ellas. Esta virtud oficial le costó a nuestro Ejército de la India el que cada año nueve mil soldados blancos, cuyo sostenimiento era caro, tuvieran que guardar cama por enfermedades venéreas. Las visitas a los hospitales especializados en éstas me hicieron desear, tan sinceramente como lo deseo hoy, disponer de seiscientos sacerdotes -en especial obispos de la autoridad- y tratarlos durante seis meses tal y como trataban a los soldados de mi juventud. Bien sabe Dios lo rápido que se moría de fiebres tifoideas, que parecían debidas al agua, aunque no podíamos asegurarlo; o del cólera, que era claramente una maldición del Diablo capaz de matar a toda una sección del dormitorio de tropa y dejar vivos a los demás; o de las fiebres de temporada; o de lo que llamaban «intoxicación de la sangre». Lord Roberts, en aquel tiempo comandante en jefe de la India, que conocía a mi familia, se interesó por los soldados y -yo había escrito por aquel entonces un par de relatos sobre ellos- el mayor orgullo de mi juventud fue ir a caballo a su lado hasta Simia Mall, él en su fogoso caballo árabe de siempre, mientras me preguntaba qué pensaban aquellos hombres de su situación, sus lugares de recreo y detalles por el estilo. Se lo conté y me dio las gracias tan gravemente como si yo hubiera sido todo un coronel. Mi mes de vacaciones en Simia, o en cualquier otro lugar de montaña al que fuese mi familia, era diversión pura, sin desperdiciar ni un instante. La vacación tenía un arranque incómodo y caluroso, en tren y por carretera. Cuando se llegaba, de noche ya hacía frío y cada cuarto tenía su chimenea de leña, y a la mañana siguiente -¡con otras treinta por delante!-, una primera taza de té, traída por mi madre, y nuestras largas conversaciones, todos juntos de nuevo. Había tiempo, también, para dedicarse a cualquier tarea que a uno se le ocurriera por gusto, y se nos ocurrían muchas. Simia fue otro mundo nuevo para mí. Allí vivía la jerarquía y se veía y oía funcionar tal cual la maquinaria de la Administración. Estaban los jefes del cuartel militar del Virrey, el estado mayor y sus ayudantes; y estaba, jugando a las cartas con los grandes, que le facilitaban noticias especiales, el corresponsal de nuestro hermano mayor en la prensa, el Pioneer, que era entonces una institución en el país. He olvidado las fechas, pero no las imágenes, de aquellas vacaciones. Hubo un momento en que nuestro mundo estuvo lleno de resonancias de la teosofía que predicaba Madame Blavatsky a sus seguidores. Mi padre conocía a aquella dama, con quien discutía de asuntos totalmente profanos y que le parecía uno de los impostores más interesantes y faltos de escrúpulos que había visto jamás. Esto, con las experiencias que había vivido mi padre, constituía un gran elogio. No tuve tanta suerte, si bien conocí a curiosos ancianos, un poco idos, que vivían en un clima constante de «fenómenos» manifestados en sus casas. Lo cierto es que el momento auroral de la teosofía arrasó en el Pioneer, cuyo director se convirtió en un devoto creyente y usaba el periódico como vehículo de propaganda hasta un punto que crispaba los nervios no sólo de los lectores, sino también de un corrector de pruebas que una vez, a última hora, aderezó un artículo muy exaltado sobre el asunto con la siguiente frase entre corchetes: «¿Qué se apuestan a que es una vulgar patraña?» El director se enfadó de un modo muy poco teosófico. Durante uno de mis descansos en Simia -había vuelto a tener disentería-, me mandaron a recuperarme al camino entre el Himalaya y el Tíbet, con un funcionario enfermo y su mujer. Mi compañía estaba formada por mi criado -el que me había dado de comer en el Estado indígena del que ya he hablado-; Dorothea Darbishoff, alias Dolly Bobs, toda una yegua de temperamento; y cuatro porteadores a los que había que atender o sustituir en las paradas. Conocía las estribaciones de las grandes montañas tanto desde Simia como desde Dalhousie, pero nunca me había adentrado por ellas. Fueron para mí una revelación de «todo el poder, la majestad, el dominio y la energía, de ahora y de siempre», tanto por el color como la forma y la naturaleza indescriptible. Algo de todo lo que vi entonces habría de volver en Mm. El día de regreso a Simia -mis compañeros seguían camino-, mi criado se enzarzó en una pelea con un nuevo cuarteto de porteadores y le hirió el ojo a uno de ellos. A muchísima distancia estábamos del hombre blanco más cercano y no me apetecía nada que me llevaran ante algún pequeño Rajá de las montañas, sabiendo como sabía que los porteadores jurarían todos a una que el ataque lo había ordenado yo. Así que pagué aquella sangre y me retiré estratégicamente; la mayor parte del camino, a pie, porque a Dolly Bobs le mareaban todas las vistas y casi todos los olores del paisaje. Tuve que dejar que los porteadores, que querían un puesto mejor, como los políticos, fuesen delante de mí por el sendero de apenas metro y medio de ancho. Y, como pasa siempre que uno está en apuros, empezó a llover. Mi principal objetivo era hacer el camino de tres días en uno, cosa de unos cuarenta kilómetros. Los porteadores querían escaparse a su pueblo para gastarse su mal ganada plata. Me tocó la desoladora tarea de dirigir una retirada. No creo que aquel día recorriésemos mucho menos de sesenta kilómetros, montes arriba y valles abajo. Pero me sentó bien y me permitió tomar varias botellas de la cerveza fuerte del Ejército al terminar el día en el refugio. El último día una tormenta que había estado tronando por debajo de nosotros alcanzó la cumbre que estábamos atravesando y nos cayó encima. Nos tiró a todos al suelo y, cuando pude volver a levantar la vista, observé que medio tronco de un pino grande, sajado longitudinalmente como una cerilla con un cortaplumas, caía pendiente abajo por su propio peso. Como el ruido de la tormenta lo invadía todo, la caída del tronco parecía un espectáculo de mimo. Y cuando empezó a dar saltos -tremendos saltos verticales- el efecto fue de puro delirium tremens. De todos modos, los porteadores, a quienes sus antecesores les habían contado mis delitos, matizaron que, si los dioses locales habían fallado el fácil blanco que yo les ofrecía, después de todo no debía considerarme desafortunado. Fue en este viaje donde vi una familia feliz de cuatro osos, que habían salido juntos de paseo y charlaban entre ellos a gritos. Y también me pasé un buen rato contemplando cómo un aguila, unos metros por debajo de mí y con el brillo del sol en las alas, se cernía sobre el valle en forma de mapa donde tenía el nido. De vuelta a casa, entregué mi criado a su padre, quien fielmente le regañó por haber puesto en peligro al hijo del mío. Lo que no le dije fue que mi criado, musulmán del Punjab, en un primer momento de pánico, se había abrazado a los pies del porteador montañero herido, que no era musulmán, y le pidió que se apiadase. Un criado, precisamente por serlo, tiene su izzat -su honor- o, como dicen los chinos, su «rostro». Si preserváis su honor, se os rendirá. Nunca se le debe reñir delante de otros criados, y si os sabe conscientes del significado de las palabras que le proferís, hay palabras o frases que no deben emplearse. Pero a un joven recién llegado de Inglaterra, o a un viejo a cuyo servicio ha envejecido, se les permite todo. En el primer caso puede que el criado diga: «Es muy joven. Esas palabrotas las ha aprendido de su novia». Y no perderá la calma, incluso aunque el amo use la peor jerga de las mujeres. En el segundo caso, el anciano y consciente servidor dirá: «No es nada. Pasamos la juventud juntos. ¡Había que oírlo entonces!» La recompensa de esta mínima consideración es un servicio de tal calibre que uno lo aceptaba como la cosa más natural... hasta que lo perdía. Mi criado iba todos los meses al banco local a recoger mi sueldo, en monedas, y lo llevaba a casa oculto en el fajín, como todo el mercado sabía. Luego lo ponía en un viejo armario, de donde yo lo sacaba para mis gastos, hasta que se agotaba. Sin embargo, para su honor profesional era importante presentarme todos los meses la lista de los gastos que había hecho a mi cuenta -petróleo para los faroles de la calesa, cordones de zapatos, hilo para los calcetines, botones que había tenido que coser-, todo escrito en el inglés del mercado por el escritor de cartas de la esquina. El total coincidía, por supuesto, con mi sueldo, y de cada rupia de esta cuenta mi criado llevaba la comisión de Oriente: la decimosexta o la décima parte de cada rupia. Por lo demás, nunca se me ocurría vestirme solo ni cerrar una puerta interior de la casa -iba a decir cerrar con llave, pero la verdad es que no había cerraduras-. Me tomaba, eso sí, la molestia de meterme en la ropa que sostenían para mí después del baño, y de salir de ella cuando me ayudaban a desvestirme. Y -lujo con el que todavía sueño- me afeitaban antes de que me despertase. Todo esto hay que contraponerlo al sabor de la fiebre en la boca; el zumbido de la quinina en los oídos; el estado de ánimo soliviantado por el calor hasta casi el límite, pero sólo hasta ahí para no volverse loco; la lenta llegada de la noche en atardeceres insufribles; y, menos soportables todavía, los amaneceres de un calor atroz y rancio, que eran así la mitad del año. Cuando mi familia se iba a la montaña y me quedaba solo, el criado de mi padre se quedaba al mando de la casa. En los detalles cotidianos empezaba a notarse uno de los peligros de la vida solitaria. Conforme el número de asistentes al Club disminuía entre abril y mediados de septiembre, los hombres se volvían cada vez más descuidados, hasta que porfina nuestro secretario le remordía la conciencia y, culpable él mismo, nos llamaba al orden a empellones y nos prohibía cenar en camiseta y pantalón de montar o poco más. La tentación era mayor en la propia casa, aunque uno sabía que, si rompía con el ritual de vestirse para la última comida del día, perdía su tabla de salvación. (Los caballeros jóvenes de hoy, más tolerantes, consideran esto de vestirse para la cena una afectación comparable a la «corbata del antiguo colegio». Daría mi sueldo de varios meses por el privilegio de desengañarlos.) De esto se ocupaba el mayordomo. «Por el honor de la casa, debe darse una cena. Hace tiempo que el Sahib no invita a comer a sus amigos.» Yo protestaba como un niño penoso. Y él replicaba: «Salvo de los nombres de los invitados del Sahib, de todo me encargo yo». Entonces uno, con desgana, rescataba del olvido a cuatro o cinco compañeros. Se ponían en la mesa lamentables caléndulas marchitas y, con todo un acompañamiento de cristalería, plata y mantelería, se celebraba el rito, y el honor del mayordomo quedaba a salvo durante algún tiempo. En el Club se despertaban de repente, entre amigos, odios injustificados que enseguida se disipaban como el humo; se recordaban viejos agravios y se repasaban en voz alta; el libro de reclamaciones se llenaba de acusaciones e invenciones. Todo lo cual quedaba en nada cuando llegaban las primeras lluvias. Después de unos tres días de invasión de unas cosas que se arrastraban por el suelo y trepaban por los muebles, interrumpían la partida de billar y casi apagaban las lámparas en que se quemaban, la vida resurgía con la llegada del bendito refrescar del tiempo. Pero era una vida extraña. Un día, de pronto, en la sala de espera del Club, un hombre le pidió al que tenía al lado que le alcanzara el periódico. «Cójalo usted mismo», fue la respuesta propia del calor. El hombre se levantó, pero, al ir hacia la mesa, se cayó y empezó a retorcerse del primer ataque del cólera. Se lo llevaron a casa, llamaron al médico, y en tres días pasó todas las fases de la enfermedad, incluida la típica pérdida, primero, del color de las encías y, luego, de las encías mismas. Luego se recuperó y le contaba a todo el que se interesaba por él: «Sólo recuerdo que me levanté a por el periódico, pero después le aseguro que no recuerdo nada hasta que Lawrie dijo que ya volvía en mí». Con el tiempo he oído que a veces la vida nos concede ese olvido. Aunque me libré de los peores horrores, gracias a la presión de mi trabajo, la disponibilidad para leer, el placer de escribir todo lo que se me ocurría, cada vez me derrotaba más el calor y, en cuanto aparecía, se me venía el alma a los pies. Es el momento adecuado para contar una experiencia «clave» y colocarla al lado de la que me ocurrió en el Club con el ayudante de Voluntarios. Fue una noche de mucho calor, del año 1886 o así, cuando creí que ya no podía más. Entré en la casa vacía al anochecer y sentí que en mi interior no había más que el horror de una gran oscuridad, contra la que seguramente me había pasado varios días luchando; salí a salvo de aquella oscuridad, pero no sé cómo. Muy avanzada la noche, cogí un libro de Walter Besant, que se titulaba Todos en un bello jardín y trataba de un joven que quería ser escritor y descubría las posibilidades que había en las cosas normales que veía. Al final lograba su objetivo. No sé el valor «literario» que desde el punto de vista actual pueda tener el libro. Lo que sé sin duda es que me salvó en un momento de acuciante necesidad personal. Y que, en sucesivas lecturas, se me convirtió en una revelación, una esperanza y una fuente de energía. Yo contaba, me decía a mí mismo, con los mismos dones que el protagonista y, alfiny al cabo, no tenía que quedarme en la India para siempre. Podía marcharme y medir mis propias fuerzas contra los umbrales de Londres, tan pronto como tuviera algo de dinero. Decidí, pues, ahorrar, ya que me había dado cuenta de que, fuera de mí mismo, no había razones para no hacer lo que creía conveniente. De hecho, de modo esporádico pero sincero, intenté ahorrar y fui perfilando, siempre con ayuda del libro, el sueño de un futuro que me animaba. Se lo debo única y exclusivamente a Walter Besant. Se lo conté cuando nos conocimos. Se rió, se meció en el sillón y pareció agradarle. Durante el feliz reinado de Kay Robinson, el segundo jefe que tuve, el periódico cambió de formato y de estilo. Esto nos llevó, durante una semana o así, las veinticuatro horas del día y a mí me costó una depresión debida a la falta de sueño. Pero los dos quedamos orgullosos del resultado. Una sección nueva fue el «folletín» diario -parecido al del pequeño Globe rosa de la metrópoli-, de poco más de una columna. Naturalmente, la «redacción» tenía que proporcionarlos casi todos y otra vez me vi obligado a «escribir breve». Todas las curiosidades del mundo exterior pasaban tarde o temprano por nuestro lugar de trabajo: podía ser un capitán recién dado de baja por sus tremendas borracheras, que nos lo contaba con cara de pena, como pidiendo ayuda, y que luego desaparecía. O un hombre que por la edad podía ser mi padre y al que se le saltaban las lágrimas porque en los honores de la Gazette había bajado un puesto. O tres miembros del 9° Regimiento de Lanceros, uno de los cuales, compañero mío de colegio, había llegado a general gracias a su campaña en África Oriental durante la Gran Guerra. Los otros dos también eran caballeros de la reserva, de alta graduación. Los hombres que uno conocía allí recorrían, hacia arriba y hacia abajo, todos los peldaños de la miseria y el éxito. Una noche hubo un idiota que se encontró una víbora medio muerta y la trajo a la cena del Club en un tarro. Uno de los socios la puso en el mantel y se entretuvo con ella un rato hasta que alguien le advirtió que dejara de tocarla. Unas cuantas semanas después, algunos comprendimos que habría sido mejor para aquel hombre seguir haciendo lo que aquella noche le pedía un ánimo premonitorio. Pero el tiempo fresco lo compensaba todo. La familia volvía a estar junta y, salvo el ucase por el que mi madre les prohibía a sus hombres comer con tomos del Illustrated London News encuadernado -reminiscencia salvaje del calor-, todo era maravilloso. Por ejemplo, en la estación buena del 85 hicimos entre los cuatro un anuario de Navidad titulado Quartette, del que quedamos muy contentos y que llamó bastante la atención. (Después, mucho después, se convirtió en «pieza de coleccionista» en el mercado del libro de los Estados Unidos, hasta tal punto emborronó los recuerdos felices de su nacimiento.) En el 85 empecé a escribir una serie de relatos para la Civil and Military Gazette, que se titulaban Cuentos de las colinas. Los publicaban cada vez que había un hueco que rellenar. En el 86 publiqué también una recopilación de poemas de periódico sobre la vida angloindia, titulada Canciones coloniales que, como trataban de cosas que mucha gente conocía y sufría, fueron bien recibidas. Me habían dado permiso, además, para que enviase colaboraciones, distintas de las que quería nuestro periódico, a otros de fuera, como al Indigo Planters' Gazette de Calcuta. Así empecé a darme a conocer incluso en Bengala. Pero obsérvese la discreción con que iban saliendo las cosas. Hasta el 87, mi trabajó no pasó de la digna oscuridad del rincón de una provincia remota, en una comunidad especializada que no le interesaba a nadie, salvo a sí misma. Yo era como un caballo joven que llevaban a carreras de pueblos pequeños, para que me acostumbrara al ruido y a la gente y me cayera hasta aprender a correr y a no asustarme con el fragor de otros caballos tras de mí. Lo mejor era ir al paso en mi trabajo de oficina, «demasiado bueno para andarse con preguntas», y cuyo sentido -descubrir existencias humanas de toda clase y condición y hacer posible que otros las descubriesen- no me dejaba tiempo para «descubrirme» a mí mismo. Ésa era la modesta idea que tenía de mi propia posición, al cabo de mis cinco años de virreinato en la pequeña Civil and Military Gazette. Yo seguía siendo el cincuenta por ciento del equipo editorial aunque por un momento llegué a tener a alguien a mis órdenes. Pero, alabados sean los dioses, ese lacayo era «literario» y se empeñaba en escribir artículos al estilo de los ensayos de Elia en vez de ceñirse a lo estipulado. Comprendí, para mi pesadumbre, que cualquier loco se cree escritor. A mí me tocaba el trabajo de corregir lo que hacían y darle cierta forma. Cualquier otro loco podía hacer reseñas de libros (yo mismo, en caso de urgencia, había reseñado las últimas obras de un escritor llamado Browning, y lo que mi padre opinó de aquello habría sido impublicable). La información en sí era una sección menor, aunque nunca lo reconocíamos. Yo mismo podía traer como reportero una noticia un día y, al día siguiente, como subdirector, tirarla a la papelera sin remordimiento. Me parecía, así, que la diferencia entre mi caso y el de la vulgar multitud que «escribe en los periódicos» era como el abismo que hay entre el cura beneficiado y las damas y caballeros que contribuyen con calabazas y dalias a la fiesta de la cosecha. Decir que sobrevaloraba mi trabajo es quedarse corto, pero tal vez esto me evitaba sobrevalorarme indecorosamente a mí mismo. En el 87 llegó la orden de trasladarme al Pioneer, nuestro hermano mayor de Allahabad, a miles de kilómetros hacia el sur, donde yo iba a tener como mínimo tres compañeros e iba a ser como el niño que llega nuevo a un gran colegio. Pero las provincias del noroeste, tal como eran entonces, en su mayor parte hindúes, me resultaban extrañas. Me había pasado la vida entre musulmanes y uno elige un camino u otro según sus costumbres primeras. El Club, grande y bien decorado, donde el póquer acababa de desbancar al whist y los hombres lo jugaban muy serios, estaba lleno de funcionarios aburridos y de una respetabilidad que para mí era insólita. El fuerte, donde las tropas se acuartelaban, tenía su atractivo, pero uno de los bastiones se adentraba en un río muy sagrado y los cadáveres medio incinerados solían encallar justo bajo los cuartos de los alféreces, hasta tal punto que tenían encargado un experto en apartarlos con una pértiga y empujarlos río abajo. En Fort Lahore, al menos, lo peor con que tratábamos era con fantasmas. Además el Pioneer estaba siempre vigilado por el propietario, que pasaba varios meses del año en una casamata cercana. Cierto que yo le debía una oportunidad vital, pero cuando uno ha sido el segundo de a bordo, aunque sea de un crucero de tercera clase, no le gusta a uno tener al almirante permanentemente anclado a pocos metros. Su amor por el periódico, que en gran medida había creado él mismo con su genio y habilidad, le llevaba a veces a «echar una mano a los muchachos». Entonces el día era de mucho ajetreo (porque ponía y quitaba hasta el último minuto) y respirábamos cuando el periódico lograba alcanzar el correo del sur. Pero tenía paciencia conmigo, igual que los otros, y gracias a él se me amplió el campo de visión de la «fuente de inspiración exterior». Se iba a hacer una edición semanal del Pioneer para la metrópoli. ¿Quería yo dirigirla, aparte de mi trabajo normal? Cómo no iba a querer. Habría narraciones, que la cadena de periódicos daba por entregas y había comprado a las agencias de Inglaterra, cuyos nombres venían al pie. Iban a ocupar toda una gran página. Pero la «intuición del método para hacer mal las cosas» dio el resultado habitual: ¿por qué comprar las entregas de Bret Harte, pregunté, si yo estaba dispuesto a proporcionar puntualmente las de mi propia cosecha? Y así lo hice. Puede que mi dirección del Weekly fuese un poco superficial -alfiny al cabo, me limitaba a rehacer y reorganizar noticias y artículos-. Tenía la cabeza llena de ideas que me parecían mucho más importantes. Así que llegué a adaptar al espacio fijo no sólo cuentos sencillos de mil doscientas palabras, sino también artículos de tres mil a cinco mil palabras una vez por semana. Es lo que le pasó al joven Lippo Lippi, de quien yo era hijo, cuando miró las paredes vacías de su monasterio al recibir el encargo de pintarlas. «Fue llegar y topar, y elige porque hay más.» Sólo que de verdad. Supongo que el cambio de aires y de perspectivas precipitó mi vocación. Al principio tuve una experiencia que, en mi ingenuidad, me pareció que se debía a señales de mi Daimon. Debí sobrellevar una carga excesiva con «Gyp», porque se me apareció en escenas tan nítidas como las de un estereoscopio un autour du mariage angloindio. La pluma empezó a correr y yo, muy sorprendido, la veía escribir para mí, hasta la madrugada. Bauticé el resultado con el nombre de «La historia de los Gadsbys», y cuando se publicó por vez primera en Inglaterra me felicitaron por mi «conocimiento del mundo». Una vez que se supo de mi indecorosa experiencia, ya no se habló tanto de ese don. Pero, como mi padre me dijo con lealtad: «No estaba tan mal del todo, Ruddy». -Sea como sea, seguí con el Weekly a la vez que con historias de soldados, cuentos indios y cuentos sobre el sexo opuesto. Hubo uno de éstos últimos que, por una duda, le pasé a mi madre, quien lo rompió y me escribió: «No vuelvas a hacerlo». Pero volví a hacerlo y me las arreglé para terminar no del todo mal un cuento titulado «Una comedia sin importancia», en el que trabajé mucho para conseguir cierta «economía de incidencias» y creí haberla conseguido en una frase de menos de doce palabras. Más de cuarenta años después, un francés que les estaba echando un vistazo a mis primeros libros citó esta frase como el quid del relato y la clave de su método. Fue un tardío elogio a la «cocina literaria» que agradecí. De este modo empecé a hacer mis propios experimentos sobre los pesos, los colores, el aroma y los atributos de las palabras en su relación con otras palabras, con la lectura en voz alta hasta que sonaban bien, o disponiéndolas en la página de tal modo que atrajesen la mirada. No hay una sola línea de mi poesía o de mi prosa que no haya saboreado hasta suavizarla con la lengua y hasta que la memoria, después de repetirlas mucho en voz alta, haya eliminado lo superfluo. Estas cosas me tenían ocupado y contento, pero, aparte de eso, me di cuenta de que yo no terminaba de encajar en los planteamientos del Pioneer y de que mis superiores opinaban lo mismo. Mi trabajo al frente del Weekly no era verdadero periodismo. Mi ligereza al mando de lo que se me había confiado no era bien vista por el Gobierno ni por el oficialismo colonial, del que el Pioneer dependía directamente para las noticias confidenciales o las primicias, que obtenía en Simla o en Calcuta nuestro corresponsal-jefe más importante. Supongo que los propietarios consideraron que yo estaba más a salvo si me enviaban fuera que sentado en la redacción, por lo que me mandaron a ver las minas, los molinos, las fábricas de los estados indígenas. En esto creo que llevaban toda la razón. El propietario del periódico en Allahabad tenía que seguir el juego (que le había valido en su momento la condecoración de Caballero) y, hasta cierto punto, mis caprichos podían ponerlo en un aprieto. De hecho, hubo uno que lo puso. El Pioneer, en un editorial, aunque con cautela de perro que rastrea a un puercoespín, había insinuado que rozaban el nepotismo algunos de los nombramientos militares que por aquella época había hecho Lord Roberts. Era una proclama apesadumbrada y serena. Mi comentario en verso, que no sé cómo el director llegó a publicar, decía exactamente lo mismo, pero en menos augusto. Sólo recuerdo que terminaba con dos versos descarados: Y si está molesto el Pioneer, ¡qué molesto estará el Lord! No creo que le gustaran a Lord Roberts, pero me consta que no le molestaron ni la mitad que al dueño del periódico. Por mi parte, me encontraba en un buen momento para cambiar de vida y, siempre gracias a Todos en un bello jardín, sabía en qué sentido. Haber estado tan metido en los relatos del Pioneer Weekly, que quería dejar, me había pospuesto los planes; pero cuando, a finales del 88, vi que acababa alfinaquella tremenda racha de trabajo, retomé mi proyecto. Necesitaba dinero. Hice el recuento de mis bienes. Eran: un libro de poemas, ídem de prosa y-gracias al permiso del Pioneer- una serie de seis pequeños volúmenes en rústica, de librería de estación, que recopilaban la mayoría de los cuentos que había sacado en el Weekly, cuyos derechos bien podría haber reclamado el Pioneer. El hombre que entonces dirigía las librerías del ferrocarril de la India era de una raza imaginativa, acostumbrada a arriesgar. Le vendí los seis libros en rústica por doscientas libras y un pequeño tanto por ciento de la venta. Los Cuentos de las colinas los vendí por cincuenta libras y no recuerdo cuánto me dio el mismo editor por las Canciones coloniales. (Fue la primera y última vez que traté directamente con editores.) Con la seguridad que me daba esta riqueza, y con seis meses de sueldo de indemnización por despido, dejé la India y me fui a Inglaterra después de pasar por el Extremo Oriente y los Estados Unidos. Atrás quedaban seis años y medio de trabajo duro y una razonable cantidad de padecimientos. El encargado de desearme suerte fue el administrador, un señor de gran instinto comercial que nunca había ocultado su certeza de que a mí me pagaban demasiado y que, al hacerme las últimas liquidaciones, me dijo: «Créame, a nadie le va a parecer que usted valga más de cuatrocientas rupias al mes». Por simple orgullo debo decir que en aquel momento cobraba setecientas. Pero el ajuste de cuentas llegó sorprendentemente rápido. Cuando la fama se me vino encima, les empezaron a pedir los originales, con firma o sin firma, que no había recogido en libro; y hubo búsqueda general, en los cajones de desperdicios, de cualquier papel que se pudiera publicar o vender a particulares. Esto frustró mi esperanza de publicar mis libros de un modo responsable y digno, y produjo confusión. Pero luego me dijeron que el Pioneer, con este tráfico de borradores, había ganado tanto como lo que me pagó en sueldos desde que llegué. (Lo que demuestra que es imposible competir con señores de gran instinto comercial.) Pero no tenemos más remedio que amar aquello por lo que hemos trabajado y con lo que hemos sufrido. Cuando al final el Pioneer, el periódico mayor y más prestigioso de la India, que pagaba el veintisiete por ciento a los accionistas, entró en una mala racha y fue a peor todavía como por embrujo, se procedió a venderlo a un sindicato y recibí una carta que empezaba «Suponemos que le interesará saber que», etc, curiosamente me sentí solo y desamparado. En cambio mi primer y más sincero amor, la pequeña Civil and Military Gazette, aguantó el temporal. Aunque sean míos, es cierto lo que dicen estos versos: Nadie, por más que quiera, se separa de su primer amor. Si le dan a elegir, el marinero vive cerca del mar. Pastor y feligreses y monarcas, lo sabéis como yo: virginidad sólo se pierde una y allí donde se pierde se queda el corazón. Y además, en la que fue mi oficina de Lahore hay, o había, una placa con la inscripción de que allí «trabajé». Y Alá sabe que también eso es verdad. CAPÍTULO 4 EL INTERREGNO El joven que se aleja cada día más y más del Oriente... Wordsworth Y en el otoño del 98 entré en una especie de sueño dorado al empezar a levantar, como si nada, los magníficos naipes que el destino quería repartirme. Los viejos referentes de mi juventud aún permanecían. Allí estaban mis queridos tíos, la casita de las tres viejas damas y, en un rincón, la figura que junto al fuego escribía tranquilamente su novela con el manuscrito en las rodillas. Fue en una merienda muy sosegada, en este círculo, donde me presentaron a Mary Kingsley, la mujer más valiente que he conocido. Charlamos largo durante el té y después, de camino a casa, seguimos la charla; ella me hablaba de los caníbales del oeste de África y cosas así. Al final, olvidándome del mundo, le dije: «Suba a mi habitación y allí seguimos hablando.» Ella asintió, como lo habría hecho un hombre; y después, como si hubiera recordado algo de repente, dijo: «¡Huy! Se me olvidaba que soy una mujer, me temo que no debo». Y me di cuenta de que yo iba a tener que redescubrir todo mi mundo. Algunos -muy pocos- de los que pertenecían a él habían muerto, pero los demás estaban dispuestos a vivir como mínimo veinte años más. Mujeres blancas se levantaban y le servían a uno. Todo era muy precipitado y difícil de entender. Pero mi haber de libros era bastante conocido en ciertos ámbitos, y era notable la demanda de originales míos. No recuerdo que moviera un solo dedo para conseguir nada: todo me venía. Fui, a invitación suya, a ver a Mowbray Morris, editor del Macmillan's Magazine, quien me preguntó qué edad tenía y, cuando le dije que a finales de año iba a cumplir veinticuatro, no se lo podía creer. Se quedó con un cuento indio y con algunos poemas, que, con buen criterio, retocó un poco. Salió todo en el mismo número del Magazine, lo uno con mi nombre y lo otro con el de «Yussuf». Todo esto me confirmó la sensación, que luego he tenido más veces a lo largo de mi vida, de que «No soy yo, es la misericordia del Señor». Después me pidieron más cuentos y el editor de la St. Jame's Gazette me pidió artículos sueltos con y sin firma. Me resultaba más fácil gracias al entrenamiento de los folletines de la Civil and Military y, de un modo u otro, me sentía mejor con un periódico bajo el brazo. En aquella época me hicieron una entrevista para un semanario, y mientras me la hacían tenía la impresión de que no estaba en mi sitio: era yo el que debía estar entrevistando al entrevistador. Poco después, ese mismo semanario me hizo una oferta que no vi oportuno aceptar, y entonces anunció que estaba «empezando a creérmelo». Pero dejando muy claro, eso sí, que los primeros en darme motivos habían sido ellos. Como en ese momento estaba abrumado, por no decir aterrorizado, de la buena suerte que tenía, aquel apunte me dio confianza. Si eso era lo que el mundo exterior pensaba de mí, estupendo. Porque, naturalmente, yo creía que el mundo entero estaba pendiente sólo de mí, igual que cada soldado cree ser el centro de la batalla. Mientras tanto, había encontrado alojamiento en calle Villiers, en el Strand, donde hace cuarenta y seis años las costumbres y las gentes eran primitivas y apasionadas. Mi apartamento era pequeño y no demasiado limpio ni bien cuidado, pero desde mi mesa se veía, por la ventana, el teatro de variedades Gatti y, por el montante de abanico de su entrada, casi hasta el escenario. Desde un lado del edificio, los trenes de Charing Cross me atronaban los sueños. Desde el otro, el bullicio del Strand. Frente a la ventana, el Padre Támesis, al pie de la Torre Vieja, con su tráfico para arriba y para abajo. Al principio andaba tan confundido y me administré tan mal que, durante un tiempo, me encontré con que me debían dinero por encargos que había escrito, pero estaba sin fondos. Toda reclamación de dinero, por muy justificada que esté, deja mala impresión; mi querida tía, o alguna de las tres viejas damas, me lo habrían dado sin dudarlo, pero pedirlo era como reconocer un fracaso nada más empezar. El alquiler estaba pagado, tenía un traje que ponerme y no tenía nada que empeñar salvo una colección de camisas sin marca, compradas una en cada puerto, así que improvisé para arreglármelas con el poco dinero que tenía en el bolsillo. Mi apartamento estaba encima de un local de Harris el Rey de las Salchichas, que, por dos peniques, daba salchichas con puré de patata como para aguantar todo el día, siempre que uno cenara luego con gente amable que no viviera a base de salchichas. Por otros dos peniques se podía cenar de verdad. También por dos peniques se podía fumar el excelente tabaco de aquella época, si no se aficionaba uno al «Shag», que costaba tres peniques, o le daba por el «Turkish», que costaba seis. Por cuatro peniques se entraba en el Gatti y el precio incluía una cerveza rubia o negra. Fue allí donde, en compañía de una camarera, anciana pero muy derecha, que trabajaba en un pub cercano, escuché las canciones, incisivas e irresistibles, de los Lion y los Mammoth Comiques y las no menos «incisivas» estridencias de las Bessies & Bellas, a quienes oía discutir con los cocheros, debajo de mi ventana, cuando corrían de un teatro a otro. Alguna vez, una de las cantantes nos deleitó con una versión de viva voz de «lo que acaba de pasarme ahí fuera, aunque ustedes no se lo crean», para después arrancarse con una de sus improvisaciones. ¡Claro que podíamos creérnoslo! Lo más probable era que muchos de los del público hubiéramos sido testigos del jaleo que había habido a la entrada, al llegar ella. No podía yo ni soñar con imitar esos monólogos, pero el humo, el estruendo y la camaradería relajada del Gatti me dieron la pauta de cierto tipo de canción. Al Soldado Raso de la India me parecía conocerlo bastante bien. Su Hermano Inglés (por lo general, de la Guardia) se sentaba y cantaba a mi lado cualquier noche que yo decidiera ir, y el coro griego eran los comentarios de mi camarera, profunda y desapasionadamente versada en el conocimiento de toda la maldad que veía desde detrás del zinc que se pasaba la vida limpiando. (Años después escribí un poema titulado «María, ten piedad de las mujeres», basado en lo que me contó de «una amiga mía que se equivocó de hombre».) En aquel momento lo que escribí fue el primero de unos poemas llamados «Baladas de cuartel» que le mostré a Henley, del Scots -lo que luego fue el National Observer-, y me pidió más. Y así pasé a ser, durante un tiempo, uno de los afortunados que se reunían en un pequeño restaurante cerca de Leicester Square a arreglar el mundo literario hasta las tantas de la madrugada. Admiraba mucho el verso y la prosa de Henley. Si fuera posible un comercio así en una próxima vida, de buena gana daría gran parte de lo que he escrito por un solo pensamiento, glosa, evocación o como se le quiera llamar, de los que escribió acerca de Las mil y una noches en un pequeño libro de ensayos y reseñas. Por lo que respecta a su verso libre, una vez, con la ayuda de un poco de Chianti, saqué a relucir la vieja idea de que el verso libre era como pescar con anzuelos sin punta. La respuesta fue inmediata: «Lo importante es la cadencia». Tenía razón; pero, para mí, sólo él la dominaba, como Maestro Artesano que se había pagado el aprendizaje. Los defectos de Henley los sacaron a la luz amigos queridos suyos y, por supuesto, después de morir él. Yo tuve la suerte de conocer sólo al Henley amable, generoso, joya de editor capaz de destacar lo mejor de su cuadra con palabras que asombraban al más pintado. Mostraba, además, un desprecio integral hacia Gladstone y todo tipo de liberalismo. Un comité de investigación gubernamental examinaba en aquellos días un caso clarísimo de asesinato entre miembros de la Liga Irlandesa y había exculpado a toda la cuadrilla. Escribí, sobre eso, un poema nada comedido que titulé «¡Inocentes!», que al principio el Times parecía dispuesto a publicar, pero después rechazó. Me recomendaron que lo llevara a una revista mensual de variedades editada por un tal Frank Harris, que resultó ser el único ser humano con quien era imposible que me llevara bien. También él se espantó de los poemas. Se los mandé entonces a Henley, que como no tenía el más mínimo sentido de la decencia política los publicó en su Observer. Tras un prudente intervalo, el Times los sacó completos. Esto me recordaba mucho algunas de mis experiencias en la India y me dio todavía más confianza. Para mi orgullo resulté elegido miembro del club Savile -«El pequeño Savile», que entonces estaba en Picadilly- y el día de mi presentación cené nada menos que con Hardy y con Walter Besant. Aquel día se acrecentó mi gratitud a Besant, y recordaréis que ya le debía bastante. Su opinión particular sobre los editores le estaba haciendo fundar, si no la había fundado ya, la Sociedad de Autores. Me aconsejó que tuviera un agente literario y me mandó al suyo propio: A. P Watt, que tenía un hijo de mi edad. El padre tomó las riendas de mis asuntos inmediata y muy sabiamente y, al morir, su hijo lo sucedió. No recuerdo que en más de cuarenta años tuviéramos ninguna diferencia que no se solucionara con tres minutos de conversación. Esto también se lo debí a Besant. Pero su bondad no acababa ahí. Con aquella barba que era como de escarcha y aquellos anteojos que centelleaban, se sentaba a hablar sabiamente de lo incomprensible que era el mundo nuevo. Había buena conversación en el Savile. Gran parte de ella era el desconsiderado toma y daca del taller cuando los modelos ya se han ido y se despelleja a los maestros y se critican todas las tendencias menos la propia. Pero Besant veía más lejos y me recomendó «no andar a la greña». Me dijo que si me unía a un grupo tendría que separarme del otro y que al final todo acaba como «en los colegios de niñas, que se sacan la lengua unas a otras al pasar»: también en eso tenía razón. Señores de una edad muy respetable malbarataban su energía y su buen nombre en contar «intrigas» contra ellos y en hablar de quienes les habían apuñalado y de aquéllos a quienes ellos querían apuñalar. (Me recordaban un poco a los funcionarios jubilados que, en mi antigua oficina, lloraban por no haber recibido los honores que esperaban.) Parecía que lo mejor era quedarse al margen. Por esta razón no he criticado nunca, ni directa ni indirectamente, la obra de ningún compañero de oficio, ni animado a ningún hombre o mujer a que lo hiciera, como tampoco he abordado a nadie que se pudiera ver en la obligación de comentar lo mío. Mi relación con los contemporáneos ha sido, desde el principio hasta el final, muy limitada. Del «pequeño Savile» recuerdo mucha amabilidad y tolerancia. Estaba, por supuesto, Gosse, con susceptibilidad felina para detectar el ambiente que había, pero muy valiente cuando se trataba de defender la buena literatura; el humor grave y amargo de Hardy; Andrew Lang, solitario en apariencia, pero -había que conocerlo en eso- más amable con uno cuando más distanciado parecía; Eustace Balfour, grande y adorable, y uno de los contertulios más amenos, que murió demasiado pronto; Rider Haggard, a quien le tomé cariño enseguida, porque era la clase de persona que desde el primer momento despierta admiración en los niños y desde el primer momento inspira confianza a los mayores, y contaba chistes, la mayoría sobre sí mismo, con los que nos partíamos de risa; Saintsbury, un monumento a la sabiduría y genialidad, a quien reverenciaré toda mi vida: un intelectual de verdad, que también dominaba el arte de la buena vida. Recuerdo un desayuno en el Albany, con él y con Walter Pollock, del Saturday Review, para el que trajo una exquisitez oriental especialmente endemoniada que cocinamos al fuego de nuestra ignorancia común. ¡Estaba estupenda! Nunca sabré por qué aquellos dos hombres se tomaron la molestia de reparar en mi existencia; sólo sé que terminé fiándome del todo del juicio de Saintsbury cuando se trataba de las cuestiones mayores de técnica literaria. Hacia el final de su vida, me fue de gran ayuda en el ensayo «Las pruebas de la Sagrada Escritura», que habría sido en vano sin sus libros. Lo conocí en Bath, cuando preparaba, con erudición sólo comparable a su seriedad, la bodega de la Casa de Muñecas de la Reina. Sacó una botella de Tokay auténtico, que probé, y me lucí cuando dije que me sabía a vino medicinal. Cierto que se limitó a llamarme blasfemo, pero lo que pensó prefiero no imaginármelo. Había cantidad de hombres buenos en el Savile, pero la peculiaridad y el rostro de los que he nombrado son los que más fácilmente me vienen a la memoria. Mi vida en casa -había un abismo entre Picadilly y la calle Villiers- era diferente, en la sorpresa constante de aquellos primeros meses de mi vuelta a Inglaterra. Ese período fue en su totalidad, como ya he dicho, un sueño en el. que me sentía capaz de mover montañas, invadir fortalezas y andar sobre las aguas. Y sin embargo era tan ignorante que no sabía que, cuando la niebla envolvía Londres, había trenes que podían llevarme a la luz y al sol de unos cuantos kilómetros a las afueras. Una vez, me pasé cinco días sin ver por la ventana nada más que mi cara en el espejo negro como el azabache del cristal. Cuando la niebla se disipó un poco, me asomé y vi a un hombre de pie enfrente del pub donde trabajaba la camarera. A aquel hombre, de pronto, se le puso el pecho de un rojo claro, como el de un petirrojo, y se cayó al suelo, porque se acababa de clavar un cuchillo en el cuello. En pocos minutos, más bien segundos, llegó una ambulancia y se llevó el cadáver. Un empleado de por allí echó un cubo de agua hirviendo que hizo correr la sangre hacia la alcantarilla y los curiosos que se había agolpado se dispersaron. Uno llegaba a familiarizarse con aquella ambulancia (que venía de algún lugar a la espalda de St. Clement Danes) y con la policía de la división Este, incluso en Picadilly Circus, donde, en cualquier momento, después de las diez y media de la noche, podía verse a las fuerzas de orden público en litigio con las «señoras». Y por entre todo el trajín y el griterío de las prostitutas se abrían camino, de vuelta del teatro, el pío propietario inglés y su familia, con la mirada fija al frente, como quien no ha visto nada. En mi casa vivía también, entre otros, uno de los Lions Comiques del Gatti. Un artista con una idea muy clara de lo que era el arte. Según él, «había que enganchar al público» (lo de «transmitir mensaje» vendría más tarde) «pero, aparte de eso, un hombre necesita tener donde agarrarse y yo lo tendría, si no fuera por el maldito whisky, pero, si me lo quitan, la vida es un pajolero lío». Y la mía sin duda lo era; pero, en buena medida, mi entrenamiento en la India me servía de escudo. No paraban de asegurarme, tanto de viva voz como en recortes de prensa -que son una droga que no recomiendo a los jóvenes-, que «desde Dickens no se había visto nada» comparable a «mi meteórica llegada a la fama», etc. (Pero estaba vacunado, si no inmune, contra lo más rotundos comentarios de prensa.) Y ahí estaba mi retrato, que se iba a pintar para la Real Academia, en prueba de mi notoriedad. (Sólo que me opuse, como un mahometano, a que me retrataran, por temor al mal de ojo, y así conseguí que el bombo no fuera excesivo.) Y ahí estaban los montones de cartas con opiniones de todo tipo. (Si las hubiera contestado todas habría sido como volver a mi antigua mesa de trabajo.) Y allí estaban las proposiciones de «cierta gente importante», pesada y sin escrúpulos como tratantes de caballos, que me decían que «tenía la pelota a los pies» y que sólo tenía que darle la patada -que consistía en repetir la misma canción y en llevar por caminos imposibles a personajes que ya había «creado»- para lograr todas clase de fines apetecibles. Pero en mi mundo anterior había visto malearse y quedarse atrás a hombres, lo mismo que a caballos. Lo único que estaba claro en aquel embrollo era que estaba ganando dinero, mucho más de cuatrocientas rupias al mes, y cuando mi cartilla me dijo que tenía ahorradas mil libras justas, no cabía de felicidad en el Strand. Había planeado un libro «para aprovechar la coyuntura del mercado». Tuve el buen sentido suficiente para desechar la idea. Lo que más necesitaba era que mi familia viniera y viese lo que estaba siendo de su hijo. Lo hicieron, en una visita relámpago, y mi «pajolero lío» tuvo algo de sentido. Como siempre, parecían no aconsejar nada ni meterse en nada, pero allí estaban los dos, mi padre con la actitud sagaz y sabia de los de Yorkshire y mi madre, celta por los cuatro costados y llena de pasión. Ambos, tan inmensamente comprensivos que, salvo cuando se trataba de asuntos menores, apenas si necesitábamos palabras. Creo que puedo decir, en honor a la verdad, que ellos eran el único público por el que en aquel entonces sentía algún respeto. Y así fue hasta que murieron, cuando yo ya tenía cuarenta y cinco años. Su visita facilitó las cosas y me confirmó algo que llevaba tiempo barruntando: parecía bastante fácil «enganchar al público», pero ¿qué se conseguía, aparte de acalorarse en el intento? (No caí en que mis dos abuelos habían sido ministros hasta que la familia me lo recordó.) Había estado trabajando en el borrador de un poema que más tarde se llamó «La bandera inglesa» y me había atascado en un verso que tenía que ser clave pero se empeñaba en quedar «flojo». Como era normal entre nosotros, pregunté, como hablando conmigo mismo: ¿qué es lo que quiero decir? Al instante, mi madre -movía mucho las manos al hablardijo: «Lo que intentas expresar es: “¿Qué saben de Inglaterra los que sólo conocen Inglaterra?”». Mi padre lo confirmó. El resto del poema me fue fácil: no eran más que imágenes vistas, como si dijéramos, desde la cubierta de un barco que casi navegaba solo. En las siguientes conversaciones les expuse mi idea de intentar contarles a los ingleses algo sobre el mundo de fuera de Inglaterra, no directamente, sino de una manera implícita. Lo comprendieron, y sin dejarme acabar mi madre resumió: «Ya sé: “Les descubrió su nido de cisne entre los juncos.” Gracias por hacérnoslo saber, hijo.» La cuestión quedó así zanjada, y cuando Lord Tennyson (a quien no tuve, ay, la suerte de conocer) expresó su aprobación del poema al publicarse, lo tomé como señal de buena suerte. A mucha gente que no tiene más remedio que hacer un trabajo en concreto, se le desarrolla una facilidad técnica que le da ventaja sobre otros compañeros menos preparados. Mi trabajo en las redacciones de los periódicos me había enseñado a concebir una idea al detalle, quedármela en la cabeza y trabajar en ella, fragmento a fragmento, en cualquier lugar. La aglomeración y el traqueteo de los antiguos autobuses tirados por caballos habían acunado muy bien ese tipo de cavilación. Poco a poco la idea original crecía hasta convertirse en un largo y vago esquema -o catálogo de almacén militar, si se quiere- del alcance total y significado de las cosas y los esfuerzos y los orígenes a lo largo y ancho del Imperio. Concebía la idea, igual que hago con casi todas, bajo especie de semicírculo de edificios y templos destacados sobre un mar, pero de sueños. Fuese como fuese, una vez que lo tenía todo en la cabeza, dejaba de sentir la necesidad de «enganchar al público» en abstracto. De la misma manera, en mis paseos más allá de la calle Villiers, había conocido a algunos hombres y a alguna que otra mujer por los que no sentía el más mínimo afecto. Hablaban demasiado bajo o demasiado alto y se dedicaban a perniciosas variedades de sedición con tal de quedar siempre a salvo. La mayoría parecía suministrar lujos a una aristocracia cuya destrucción proclamaban a voz en grito desear. Se mofaban de mis pobres dioses orientales y aseguraban que los violentos ingleses de la India se pasaban la vida «oprimiendo» a los indígenas. (Esto lo decían en un país donde las niñas blancas de dieciséis años, por entre doce y catorce libras de salario anual, subían cuatro plantas con quince o veinte litros de agua para el baño, en un solo viaje.) Hasta el más sutil de ellos tenía planes, que me contaban, de «quitarle a Inglaterra las armas cuando no esté mirando -como un niño travieso- para que cuando quiera pelear se dé cuenta de que no puede.» (Desde entonces se ha llegado lejos por ese camino.) Por lo demás su objetivo era la penetración intelectual y pacífica y la creación, en cuchitriles sin ventilación, de lo que hoy se llamarían «células». En colaboración con esa clase acomodada había multitud de liberales mitad largos de miras, mitad largos de lengua, que daban consejos trufados de eslóganes muy nobles pero disgregadores, y se preocupaban de vivir pero que muy bien. Les seguían el juego varios periódicos, nada mal escritos por cierto, que tenían una habilidad envidiable para enturbiar o tergiversar todo lo que no convenía a sus biliosas doctrinas. Tal y como yo la veía, la situación general prometía un interesante «andar a la greña» en que no tenía que tomar parte activa, porque, pasado el primer momento de esplendor, mi trabajo habitual parecía tener el don de escarnecer per se justo a la gente que menos me gustaba. Y además tuve la suerte de que no se me tomara en serio durante algún tiempo. Se hablaba, razonablemente, de peleas y adhesiones; y aquel genio, J. K. S., hermano de Herbert Stephen, se encargó de Rider Haggard y de mí en un epigrama que habría dado cualquier cosa por haber escrito yo mismo. En él se pedía que llegaran días mejores en que Se deje de admirar el talento de un Asno y las pifias excéntricas que comete un muchacho. Y, juntos, pelma y joven callen amordazados. No arrullará más Kipling y no hará el ridi Haggard. Recorrió jocosamente los periódicos y todavía queda algún eco. Como le advertí a Haggard, puede que su aroma perdure cuando se haya olvidado todo menos nuestros curiosos nombres. Algunos críticos irreprochables también me echaron una mano con su teoría de que había llegado a donde estaba sólo por una serie de golpes de suerte. Hubo uno muy amable que se tomó, incluso, algunas molestias, incluida una buena cena, para comprobar personalmente «lo que yo había leído». No tuve más remedio que confirmar sus peores sospechas, porque ya me habían «pescado» de esa manera, una vez, en el Club del Punjab, hasta que mi examinador se dio cuenta de que le estaba tomando el pelo y me persiguió por todo el recinto. (A los jóvenes hay que tenerles mucho respeto. Cuando se enfadan, tienen poco que perder.) Pero con todo aquel jaleo de trabajo hecho o previsto, encargos, distracciones, emociones y confusiones de todo tipo, mi salud se volvió a resentir. En la India había caído enfermo dos veces, como consecuencia directa del exceso de trabajo más las fiebres y la disentería, pero esta vez la desidia y la depresión dieron lugar a una gripe auténtica, durante la cual todos mis microbios indios se cogieron de las manos para cantar a coro durante un mes en la oscuridad de la calle Villiers. Así que me embarqué para Italia, donde coincidí con Lord Dufferin, el embajador inglés, que había sido virrey de la India y había conocido a mi familia. Yo, además,