Los tigres de Mompracem Emilio Salgari libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Salgari, Emilio (1862-1911) Escritor italiano. Emilio Salgari nació en Verona en 1863. Sus viajes por mar se limitaron a breves periodos de navegación durante su juventud en un barco escuela y al tiempo en que prestó servicios a bordo de un mercantil que recorría la costa Adriática y parte del Mediterráneo. En ese periodo empezó a escribir poesía y relatos breves. Comenzó así su afortunada pero tormentosa carrera literaria. En su obra destacan algunos ciclos temáticos como la jungla, los piratas asiáticos, los corsarios del Caribe y las praderas norteamericanas. Sus libros se caracterizan por la simplicidad de los personajes y la viveza de la acción, aspectos que terminarían por renovar el panorama de la literatura juvenil. Por culpa de las penurias económicas y por una serie de desgracias familiares, su vida acabaría trágicamente. Entre su extensa producción literaria destacan "La cimitarra de Buda", "Los piratas de Malasia", "El Corsario Negro" y "Los tigres de Mompracem". Murió en Turín en 1911.    1 Sandokán y Yáñez La noche del 20 de diciembre de 1849, un violentísimo huracán se desataba sobre Mompracem, isla salvaje de siniestra fama, refugio de terribles piratas, situada en el mar de Malasia, a pocos centenares de millas de las costas occidentales de Borneo. Impulsados por un viento irresistible y entremezclándose confusamente, negros nubarrones corrían por el cielo como caballos desbocados, y de cuando en cuando dejaban caer sobre la impenetrable selva de la isla furiosos aguaceros; en el mar, levantadas también por el viento, olas enormes chocaban desordenadamente y se estrellaban con furia, confundiendo sus rugidos con las explosiones breves y secas unas veces, interminables otras, de los rayos. Ni en las cabañas alineadas al fondo de la bahía de la isla, ni en las fortificaciones que la defendían, ni en los numerosos barcos anclados al amparo de los arrecifes, ni bajo los bosques, ni en la alborotada superficie del mar se divisaba luz alguna; sin embargo, si alguien que viniera de oriente hubiera mirado hacia arriba, habría podido ver brillar en la cima de un altísimo acantilado cortado a pico sobre el mar dos puntos luminosos: dos ventanas vivamente iluminadas. Pero ¿quién podía velar, en aquella hora y con semejante tempestad, en la isla de los sanguinarios piratas? En medio de un laberinto de trincheras destrozadas, de terraplenes caídos, de empalizadas arrancadas, de gaviones1 rotos, al lado de los cuales podían divisarse todavía armas inutilizables y huesos humanos, se levantaba una amplia y sólida cabaña adornada en su cúspide con una gran bandera roja, que ostentaba en el centro la cabeza de un tigre. Una de las habitaciones de la vivienda está2 iluminada; las paredes están cubiertas de pesados tejidos rojos y de terciopelos y brocados de gran calidad, pero ya manoseados, rotos y sucios; y el suelo queda oculto bajo una gruesa capa de alfombras persas, relucientes de oro, pero también rotas y manchadas. En el centro hay una mesa de ébano, con incrustaciones de madreperla y adornada con flecos de plata, repleta de botellas y vasos del más puro cristal; en los ángulos se alzan grandes anaqueles, en parte caídos, llenos de jarrones rebosantes de brazaletes de oro, pendientes, anillos, medallones, preciosos ornamentos sagrados, retorcidos o aplastados, perlas procedentes sin duda de las famosas pesquerías de Ceilán,3 esmeraldas, rubíes y diamantes, que centellean como otros tantos soles bajo los reflejos de una lámpara dorada suspendida del techo. En un rincón hay un diván turco con los flecos arrancados en varios lugares; en otro, un armónium4 de ébano con las teclas destrozadas y, espaciados alrededor, en una confusión indescriptible, hay alfombras enrolladas, espléndidos vestidos, cuadros quizá debidos a célebres pinceles, lámparas derribadas, botellas de pie o volcadas, vasos enteros o rotos, y además carabinas indias con arabescos, trabucos españoles, sables, cimitarras, hachetas, puñales y pistolas. En esa habitación tan extrañamente decorada, un hombre está sentado en un butacón cojo: es alto, esbelto, de fuerte musculatura, con rasgos enérgicos varoniles, fieros, y de una extraña belleza. Largos cabellos le caen hasta los hombros: una barba negrísima le enmarca un rostro ligeramente bronceado. Tiene la frente amplia, sombreada por dos espesas cejas de arcos atrevidos; una boca pequeña que muestra unos dientes afilados como los de las fieras y relucientes como perlas; dos ojos negrísimos, que despiden un fulgor que fascina, que abrasa, que hace bajar la vista a cualquiera. Llevaba sentado unos cuantos minutos, con los ojos fijos en la lámpara y las manos cerradas nerviosamente alrededor de la preciosa cimitarra que le colgaba de una larga faja de seda roja, sujeta alrededor de una casaca de terciopelo azul con flecos de oro. Un estruendo formidable, que sacudió la gran cabaña hasta sus cimientos, lo arrancó bruscamente de aquella inmovilidad. Se echó hacia atrás los largos y ensortijados cabellos, se aseguró en la cabeza el turbante adornado con un espléndido diamante, grueso como una nuez, y se levantó de repente, echando a su alrededor una mirada en la que se podía leer un no sé qué de tétrico y amenazador. -Es medianoche -murmuró-. ¡Medianoche, y todavía no ha vuelto! Vació lentamente un vaso lleno de un líquido color ámbar, después abrió la puerta, se adentró con paso firme entre las trincheras que defendían la cabaña, y se paró al borde del gran acantilado, a cuyos pies rugía furiosamente el mar. Se detuvo allí unos minutos con los brazos cruzados, inmóvil como la roca que lo sostenía, aspirando por encima del mar revuelto; luego se retiró lentamente, volvió a entrar en la cabaña y se paró delante del armónium. -¡Qué contraste! -exclamó-. ¡Fuera el huracán y yo aquí! ¿Quién es más terrible de los dos? Deslizó los dedos sobre las teclas, obteniendo algunos sonidos muy rápidos, que tenían algo de extraño y salvaje; luego fueron disminuyendo, hasta que se perdieron entre el estruendo de los truenos y los silbidos del viento. De pronto, volvió con vivacidad la cabeza hacia la puerta que había dejado entreabierta. Se quedó unos momentos escuchando, inclinado hacia adelante, con los oídos atentos; luego salió rápidamente, llegando hasta el borde del acantilado. Al rápido resplandor de un relámpago divisó un pequeño barco, con las velas casi arriadas, que entraba en la bahía, confundiéndose en medio de los otros barcos anclados. Nuestro hombre acercó a sus labios un silbato de oro y emitió tres notas estridentes; un silbido agudo contestó unos momentos después. -¡Es él! -murmuró con viva emoción-. ¡Ya era hora! Cinco minutos después, un ser humano, envuelto en una amplia capa chorreando agua, se presentaba delante de la cabaña. -¡Yáñez! -exclamó el hombre del turbante, echándole los brazos al cuello. -¡Sandokán! -respondió el recién llegado, con un acento extranjero muy marcado-. ¡Brrr! ¡Qué noche de infierno, hermanito5 mío! -¡Ven! Atravesaron rápidamente las trincheras y entraron en la habitación iluminada, cerrando la puerta. Sandokán llenó dos vasos y, ofreciendo uno al extranjero, que se había desembarazado de la capa y de la carabina que llevaba en bandolera, le dijo con un acento casi afectuoso: -Bebe, mi buen Yáñez. -A tu salud, Sandokán. -A la tuya. Vaciaron los vasos y se sentaron delante de la mesita. El recién llegado era un hombre de unos treinta y tres o treinta y cuatro años, un poco mayor que su compañero. De mediana estatura, de constitución muy fuerte, tenía la piel blanquísima, las facciones regulares, los ojos grises, astutos, los labios finos y burlones, indicio de una voluntad de hierro. Se veía a primera vista que era europeo y que debía de pertenecer a alguna raza meridional. -Bueno, Yáñez -preguntó Sandokán con cierta emoción-: ¿has visto a la joven de los cabellos de oro? -No, pero sé cuanto querías saber. -¿No has ido a Labuán?6 -Sí, pero comprenderás que en aquellas costas, vigiladas por los cruceros ingleses, no nos resultará fácil desembarcar a gente como nosotros. -Háblame de esa joven. ¿Quién es? -Puedo decirte que es una criatura maravillosamente hermosa, tan hermosa que es capaz de embrujar al más formidable pirata. -¡Ah! -exclamó Sandokán. -Me han dicho que tiene los cabellos rubios como el oro, los ojos más azules que el mar, la piel blanca como el alabastro. Sé que Alambra, uno de nuestros más feroces piratas, la vio una tarde pasearse por los bosques de la isla, y quedó tan impresionado por aquella belleza, que detuvo su nave para contemplarla mejor, con peligro de haber sido destrozado por los cruceros ingleses. -Pero ¿a quién pertenece? -Algunos dicen que es hija de un colono; otros, que lo es de un lord, y otros, en fin, que es nada menos que pariente del gobernador de Labuán. -Extraña criatura -murmuró Sandokán oprimiéndose la frente con las manos. -¿Entonces...? -preguntó Yáñez. El pirata no respondió. Se levantó bruscamente, presa de una viva emoción, y, llegándose hasta el armónium, dejó que sus dedos se deslizaran por las teclas. Yáñez se limitó a sonreír y, descolgando de un clavo un viejo laúd, se puso a puntear sus cuerdas, diciendo: -¡Está bien! Vamos a tocar un poco. Pero apenas había comenzado a tocar un aire portugués, cuando vio a Sandokán acercarse bruscamente a la mesa, apoyando las manos en ella con tal violencia, que hizo que se doblara. Ya no era el mismo hombre de antes: su frente estaba borrascosamente fruncida, sus ojos despedían sombríos destellos, sus labios, separados, mostraban los dientes convulsamente apretados, y sus miembros se estremecían. En aquel momento era el formidable jefe de los feroces piratas de Mompracem, el hombre que desde hacía diez años ensangrentaba las costas de Malasia, el hombre que en todas partes había sostenido terribles batallas, el hombre a quien su extraordinaria audacia e indomable coraje le habían valido el apodo de Tigre de Malasia. -¡Yáñez! -exclamó con un tono de voz que ya no tenía nada de humano-. ¿Qué hacen los ingleses en Labuán? -Están fortificándose -contestó tranquilamente el europeo. -¿Quizá están tramando algo contra mí? -Eso creo. -¡Ah! ¿Lo crees? ¡Que se atrevan a levantar un dedo contra mi Mompracem! ¡Diles que intenten desafiar a los piratas en su escondrijo! El Tigre los destruirá hasta el último y se beberá toda su sangre. Dime, ¿qué dicen de mí? -Que ya es hora de que se acabe con un pirata tan audaz. -¿Me odian mucho? -Tanto, que consentirían perder todos sus barcos con tal de ahorcarte. -¡Ah! -¿Lo dudas? Hermanito mío, llevas ya muchos años haciendo una mala y otra peor. En todas las costas hay huellas de tus correrías; todos los pueblos y todas las ciudades han sido atacados y saqueados; todos los fuertes holandeses, españoles e ingleses han recibido tus balas, y el fondo del mar está erizado de naves que tú has echado a pique. -Es verdad, pero ¿quién tiene la culpa? ¿Acaso los hombres de raza blanca no han sido inexorables conmigo? ¿Acaso no me destronaron con el pretexto de que me hacía demasiado poderoso? ¿Acaso no asesinaron a mi madre, a mis hermanos y a mis hermanas, para destruir mi estirpe? ¿Qué mal les había hecho yo a ellos? ¡La raza blanca no había tenido nunca nada contra mí y a pesar de ello quisieron aplastarme! Ahora los odio, sean españoles, holandeses, ingleses o tus compatriotas portugueses; los maldigo y mi venganza será terrible: ¡lo juré sobre los cadáveres de mi familia y mantendré mi juramento! Si he sido despiadado con mis enemigos, espero que alguna voz se levantará para decir que a veces también he sido generoso. -No una, sino cientos, miles de voces pueden decir que con los débiles has sido hasta demasiado generoso -dijo Yáñez-. Pueden decirlo todas las mujeres que han caído en tu poder y que has llevado a los puertos de los hombres blancos, con peligro de que los cruceros te echaran a pique; pueden decirlo las débiles tribus que has defendido de los saqueos de los poderosos, los pobres marinos privados de sus barcos en la tempestad y que tú has salvado de las olas y cubierto de regalos, y otros cientos y miles que siempre recordarán tu benevolencia, Sandokán. Pero dime, hermanito mío, ¿dónde quieres ir a parar? El Tigre de Malasia no contestó. Se puso a pasear por la habitación con los brazos cruzados y con la cabeza inclinada sobre el pecho. ¿En qué pensaba aquel hombre formidable? El portugués Yáñez, aunque hacía mucho tiempo que lo conocía, no podía adivinarlo. -Sandokán -dijo al cabo de algunos minutos-, ¿en qué piensas? El Tigre se detuvo mirándolo fijamente, pero no respondió. -¿Te atormenta algún pensamiento? -prosiguió Yáñez-. ¡Bah! Diríase que te afliges porque te odian tanto los ingleses. Pero también entonces permaneció el pirata silencioso. El portugués se levantó, encendió un cigarrillo y se acercó a una puerta oculta por el cortinaje, diciendo: -Buenas noches, hermanito mío. Sandokán, al oír aquellas palabras, se sobresaltó y, deteniendo a su amigo con un ademán, dijo: -Una palabra, Yáñez. -Habla, entonces. -¿Sabes que quiero ir a Labuán? -¡Tú...! ¡A Labuán! -¿Por qué tanta sorpresa? -Porque eres demasiado audaz y cometerás alguna locura en el escondrijo de tus más encarnizados enemigos. Sandokán lo miró con dos ojos que despedían llamas y emitió una especie de sordo rugido. -Hermano mío -prosiguió el portugués-, no tientes demasiado a la suerte. ¡Estáte en guardia! La hambrienta Inglaterra ha puesto sus ojos sobre nuestra Mompracem y quizá no espere tu muerte para lanzarse sobre tus cachorros y destruirlos. Estáte en guardia, porque he visto un crucero erizado de cañones y repleto de armas rondando por nuestras aguas, y ése es un león que sólo está esperando su presa. -¡Pero encontrará al Tigre! -exclamó Sandokán apretando los puños y temblando de pies a cabeza. -Sí, lo encontrará y quizá sucumba en la batalla, pero su grito de muerte llegará hasta las costas de Labuán y otros se moverán contra ti. Morirán muchos leones, puesto que tú eres fuerte y terrible, ¡pero morirá también el Tigre! -Yo... Sandokán había dado un salto hacia adelante con los _brazos contraídos por el furor, los ojos centelleantes y las manos apretadas como si empuñaran las armas. Pero fue un relámpago: se sentó a la mesa, apuró de un solo trago una copa que había quedado llena y dijo con voz perfectamente tranquila: -Tienes razón, Yáñez; a pesar de todo, mañana iré a Labuán. Una fuerza irresistible me empuja hacia esas playas, y una voz me susurra que debo ver a la joven de los cabellos de oro, que debo... -¡Sandokán...! -Silencio, hermanito mío, vámonos a dormir. 2 Fiereza y generosidad Al día siguiente, unas horas después de aparecer el sol, salía Sandokán de la cabaña, dispuesto a emprender la arriesgada empresa. Iba vestido de guerra: se había puesto largas botas de piel roja, su color preferido, y una espléndida casaca de terciopelo también roja, adornada con bordados y flecos, y largos pantalones de seda azul. Llevaba en bandolera una preciosa carabina india con arabescos y de largo alcance; a la cintura, una pesada cimitarra con la empuñadura de oro macizo y un kriss, ese puñal de hoja ondulada y envenenada tan apreciado en aquellas poblaciones de Malasia. Se detuvo un momento a la orilla del gran acantilado, recorriendo con su mirada de águila la superficie del mar, que se había quedado lisa y tersa como un espejo, y miró a oriente. -Es allá -murmuró, después de algunos instantes de contemplación-. Extraño destino que me empujas allí, ¡dime si me serás fatal! ¡Dime si esa mujer de los ojos azules y de los cabellos de oro, que cada noche turba mis sueños, será mi perdición!... Movió la cabeza como queriendo ahuyentar un mal pensamiento; luego bajó con paso lento una estrecha escalera abierta en la roca y que conducía a la playa. Un hombre lo estaba esperando abajo: era Yáñez. -Todo está dispuesto -dijo-. He mandado preparar las dos mejores embarcaciones de nuestra flota, reforzándolas con dos gruesas espingardas.7 -¿Y los hombres? -Todas las bandas están formadas en la playa, con sus respectivos capitanes. No tendrás más que escoger a las mejores. -Gracias, Yáñez. -No me des las gracias, Sandokán: quizá haya preparado tu ruina. -No temas, hermano mío; las balas tienen miedo de mí. -Sé prudente, muy prudente. -Lo seré y te prometo que en cuanto haya visto a esa joven volveré aquí. -¡Condenada mujer! Estrangularía al pirata que la vio por primera vez y te habló de ella. -Vamos, Yáñez. Atravesaron una explanada defendida por grandes baluartes, terraplenes y fosos profundos, y armada de gruesas piezas de artillería, y llegaron a la orilla de la bahía, en medio de la cual flotaban doce o quince veleros, de los llamados praos.8 Delante de una larga hilera de cabañas y de sólidos edificios, que parecían almacenes, trescientos hombres estaban perfectamente alineados, en espera de una orden cualquiera para arrojarse a los barcos, como una legión de demonios, y llevar el terror a todos los mares de Malasia. ¡Qué hombres y qué tipos! Había malayos, de estatura más bien baja, vigorosos y ágiles como monos, cara cuadrada y huesuda, color oscuro, hombres famosos por su audacia y ferocidad. Los había de Batjan,9 de color aún más oscuro, conocidos por su afición a la carne humana, aunque dotados de una civilización relativamente avanzada; de Dayako, isla próxima a Borneo, de alta estatura, bellos rasgos, célebres por sus estragos, que les valieron el título de «cortadores de cabezas»; de Siam, con su rostro romboidal y ojos con reflejos amarillentos; de Cochinchina, de color amarillo y con la cabeza adornada por una cola desmesurada; había también indios, buquineses, javaneses, tagalos de Filipinas y, en fin, negritos' con sus enormes cabezas y rasgos repelentes. Al aparecer el Tigre de Malasia, un bramido recorrió la larga fila de piratas; todos los ojos parecieron incendiarse y todas las manos empuñaron las armas. Sandokán echó una mirada complacida a sus cachorros, como le gustaba llamarlos, y dijo: -Patán, acércate. Un malayo de alta estatura, poderosos miembros y color aceitunado, vestido con una simple falda roja adornada de plumas, avanzó con ese balanceo típico de los hombres de mar. -¿Con cuántos hombres cuenta tu banda? -le preguntó. -Cincuenta, Tigre de Malasia. -¿Todos buenos? -Todos sedientos de sangre. -Embárcalos en aquellos dos praos y deja la mitad al javanés Giro-Batol. -¿Y adónde vamos? Sandokán le lanzó una mirada que lo hizo estremecerse por su imprudencia, aunque era uno de esos hombres que se ríen de la metralla. -Obedece sin rechistar, si quieres seguir viviendo -le dijo Sandokán. El malayo se alejó rápidamente, llevándose tras él su banda, compuesta de hombres valerosos hasta la locura, y que a una señal de Sandokán no habrían dudado en saquear el mismísimo sepulcro de Mahoma, aunque eran todos mahometanos. -Vamos, Yáñez -dijo Sandokán, cuando vio que todos estaban embarcados. Estaban a punto de llegar a la playa, cuando fueron alcanzados por un feo negro de enorme cabeza, con manos y pies de una grandeza desproporcionada, un verdadero campeón de aquellos horribles negritos que podían encontrarse en el interior de casi todas las islas de Malasia. -¿Qué quieres y de dónde vienes, Kili-Dalú? -le preguntó Yáñez. -Vengo de la costa meridional -contestó el negrito, respirando afanosamente. -¿Y qué nos traes? -Una buena nueva, jefe blanco; he visto un gran junco10 que navegaba hacia las islas Romades. -¿Iba cargado? -Sí, Tigre. -Está bien; dentro de tres horas caerá en mi poder. -¿Y después irás a Labuán? -Directamente, Yáñez. Se detuvieron ante una soberbia ballenera, montada por cuatro malayos. -Adiós, hermano -dijo Sandokán, abrazando a Yáñez. -Adiós, Sandokán. Cuidado con hacer locuras. -No temas, seré prudente. -Adiós, y que tu buena estrella te proteja. Sandokán saltó a la ballenera, y en pocas paladas se acercó a los praos, que estaban desplegando sus inmensas velas. Desde la playa se alzó un inmenso grito: -¡Viva el Tigre de Malasia! -Vámonos -ordenó el pirata dirigiéndose a las dos tripulaciones. Levaron anclas las dos escuadras de demonios, color verde aceituna o amarillo sucio, y las dos embarcaciones, dando dos bordadas, se lanzaron a alta mar, resoplando sobre las azules olas del mar malayo. -¿Ruta? -preguntó Patán a Sandokán, que se había puesto al mando del barco mayor. -¡Directos a las islas Romades! -contestó el jefe. _Después, dirigiéndose a las tripulaciones, gritó: -¡Cachorros, abrid bien los ojos; tenemos que saquear un junco! El viento, que soplaba del sudoeste, era bueno, y el mar, ligeramente picado, no oponía resistencia al curso de los dos barcos, que en poco tiempo alcanzaron una velocidad superior a los doce nudos, velocidad realmente poco común en los barcos de vela, pero no extraordinaria para los barcos malayos, que llevan velas inmensas y son de casco estrechísimo y ligero. Los dos barcos con los que el tigre iba a empezar la audaz empresa no eran dos verdaderos praos, los cuales ordinariamente son pequeños y sin puente. Sandokán y Yáñez, que en lo tocante a cosas del mar no tenían rival en toda Malasia, habían modificado todos sus veleros para atacar con ventaja a las naves que perseguían. Habían conservado las inmensas velas, cuya longitud alcanzaba los cuarenta metros, e igualmente los mástiles, gruesos pero dotados de cierta flexibilidad, y los cabos de fibra de gamut y de rotang,11 más resistentes que las maromas y más fáciles de encontrar. En cambio, habían dado a los cascos mayores dimensiones, una forma más esbelta a la quilla, y a la proa una solidez a toda prueba. Además, en todos los barcos habían construido un puente y abierto agujeros en los costados para los remos; habían eliminado uno de los dos timones que llevaban los praos y suprimido los balancines para que no pudieran dificultar los abordajes. A pesar de que los dos praos se encontraban aún a una gran distancia de las islas Romades, hacia las cuales se suponía que se dirigía el junco descubierto por Kili-Dalú, apenas se corrió la noticia de la presencia de aquel barco, los piratas pusieron enseguida manos a la obra, para poder estar prestos para el combate.. Los dos cañones y las dos gruesas espingardas fueron cargados con el máximo cuidado; dispusieron en el puente una gran cantidad de balas y granadas para lanzarlas a mano, y luego fusiles, hachas, sables de abordaje, y colocaron en la borda los garfios de abordaje para lanzarlos sobre las jarcias del buque enemigo. Hecho esto, aquellos demonios, cuyas miradas ya se encendían de ardiente deseo, se pusieron en observación, unos sobre las batayolas, otros sobre los flechaste y otros a horcajadas sobre las vergas12 todos ansiosos de descubrir el junco, que prometía un rico saqueo, pues tales naves procedían ordinariamente de los puertos de China. También Sandokán parecía participar de la ansiedad y excitación de sus hombres. Caminaba de proa a popa con paso nervioso, escudriñando la inmensa extensión de agua y apretando con una especie de rabia la empuñadura de oro de su espléndida cimitarra. A las diez de la mañana Mompracem desaparecía en el horizonte, pero el mar seguía desierto. Ni un escollo a la vista, ni una columna de humo que indicase la presencia de un piróscafo, 13ni un punto blanco que señalase la proximidad de algún velero. Una viva impaciencia empezaba a adueñarse de la tripulación de los dos barcos: los hombres subían y bajaban de los aparejos maldiciendo, artillaban las baterías con fusiles y hacían destellar las relucientes hojas de sus kriss envenenados y de las cimitarras. De pronto, poco después del mediodía, desde lo alto del palo mayor se oyó una voz: -¡Eh! ¡Alerta a sotavento! Sandokán interrumpió su paseo. Lanzó una rápida mirada sobre el puente de su propio barco, otra sobre el mandado por Giro-Batol; y luego ordenó: -¡Cachorros! ¡A vuestros puestos de combate! En menos tiempo de lo que se tarda en decirlo, los piratas que habían subido a los palos bajaron a cubierta, ocupando sus puestos asignados. -Araña de Mar-dijo Sandokán, volviéndose hacia el hombre que había quedado de vigía en el mástil-. ¿Qué ves? -Una vela, Tigre. -¿Es un junco? -Es la vela de un junco, sin lugar a dudas. -Hubiera preferido un barco europeo –murmuró Sandokán, frunciendo el ceño-. Ningún odio me empuja contra los hombres del Celeste Imperio. Pero quién sabe... Reemprendió el paseo y no volvió a hablar. Pasó una media hora, durante la cual los dos praos ganaron cinco nudos. Luego, volvió a oírse la voz de Araña de Mar. -¡Capitán, es un junco! -gritó-. Tened cuidado, porque nos ha divisado y está cambiando de rumbo. -¡.Ah! -exclamó Sandokán-. ¡Eh, Giro-Batol! Maniobra de forma que le impidas la huida. Los dos barcos se separaron y, describiendo un amplio semicírculo, se dirigieron con todas las velas desplegadas al encuentro del barco mercante. Era ésta una de esas pesadas embarcaciones llamadas juncos, de forma burda y de dudosa solidez, utilizadas en los mares de China. En cuanto se percató de la maniobra de los dos barcos sospechosos, contra los cuales no podía competir en velocidad, el junco se paró enarbolando un gran estandarte. Al ver el estandarte, Sandokán dio un salto hacia adelante. -La bandera del rajá Brooke, el exterminador de los piratas -gritó, con un indescriptible acento de odio-. ¡Cachorros! ¡Al abordaje! ¡Al abordaje!... Un alarido salvaje, feroz, estalló en las dos tripulaciones, las cuales no ignoraban la fama del inglés James Brooke,14 que se había convertido en rajá de Sarawak, y era enemigo despiadado de los piratas: un gran número de ellos había caído bajo sus golpes. Patán, de un salto, alcanzó el cañón mientras los demás apuntaban la espingarda y armaban las carabinas. 26 LOS TIGRES DE MOMPRACEM -¿Empiezo? -Sí, pero no desperdicies la bala. -¡Está bien! De pronto, una detonación retumbó a bordo del junco y una bala de pequeño calibre pasó con un agudo silbido a través de las velas. Patán se agachó sobre su cañón e hizo fuego; el efecto fue inmediato: el palo mayor del junco, roto por la base, osciló violentamente hacia adelante y hacia atrás y cayó sobre cubierta, con las velas y todos los cordajes. A bordo del desafortunado junco se vio a algunos hombres correr al costado del barco y después desaparecer. -¡Mira, Patán! -gritó Araña de Mar. Un pequeño bote, montado por seis hombres, se alejaba del junco y huía hacia las Romades. -¡Ah! -exclamó Sandokán con ira-. ¡Hay hombres que huyen en lugar de luchar! ¡Patán, haz fuego sobre esos cobardes! El malayo disparó a flor de agua una carga de metralla que destrozó el bote, fulminando a todos los que iban en él. -¡Bravo, Patán! -gritó Sandokán-. Y ahora, déjame ese barco raso como una barcaza, pues veo aún sobre él una numerosa tripulación. ¡Después lo enviaremos a reparar a los arsenales del rajá, si los tiene! Los dos barcos corsarios reemprendieron la infernal música, lanzando balas, granadas y ráfagas de metralla hacia el pobre barco, destrozando el palo del trinquete y desfondando las amuras y los costados, reduciendo su maniobrabilidad y matando a sus marineros, que se defendían desesperadamente a tiros de fusil. -¡Bravos! -exclamó Sandokán, que admiraba el valor de los pocos hombres que habían quedado en el junco-. ¡Tirad, tirad aún contra nosotros! ¡Sois dignos de combatir contra el Tigre de Malasia! Los dos barcos corsarios, envueltos en una nube de los siete u ocho hombres que aún sobrevivían, viendo a los otros piratas invadir la cubierta, tiraron las armas. -¿Quién es el capitán? -preguntó Sandokán. -Yo -contestó un chino, y se adelantó temblando. -Eres un valiente y tus hombres son dignos de ti -dijo Sandokán-. ¿Adónde vais? -A Sarawak. Una profunda arruga se dibujó en la amplia frente del pirata. -¡Ah! -exclamó con voz ronca-. Vas a Sarawak. ¿Y qué hace el rajá Brooke, el exterminador de los piratas? -No lo sé, porque falto de Sarawak desde hace varios meses. -No importa, pero le dirás que un día iré a echar el ancla a su bahía y que allí esperaré sus barcos. ¡Y veremos si el exterminador de los piratas será capaz de vencer a los míos! Después se arrancó del cuello una hilera de diamantes de trescientas o cuatrocientas mil liras de valor y, ofreciéndosela al capitán del junco, dijo: -Tómalos, valiente. Siento haberte destrozado el junco, pero con estos diamantes podrás comprarte otros diez. -Pero ¿quién sois vos? -preguntó el capitán, estupefacto. Sandokán se le acercó y, poniéndole las manos en los hombros, le dijo: -Mírame bien: yo soy el Tigre de Malasia. Y luego, antes de que el capitán y sus marineros pudieran reponerse de su asombro y terror, Sandokán y sus piratas ya habían vuelto a sus barcos. -¿Ruta? -preguntó Patán. El Tigre levantó el brazo indicando hacia el este; luego, con voz metálica, en la que se notaba una gran vibración, gritó: -¡Cachorros, a Labuán! ¡A Labuán! 3 El crucero Después de haber abandonado el desarbolado y hendido junco, que sin embargo no corría peligro de irse a pique, al menos por el momento, los dos barcos de presa reemprendieron el curso hacia Labuán, la isla habitada por aquella joven de los cabellos de oro, a la que Sandokán quería ver a toda costa. El viento se mantenía al noroeste y era bastante fresco; el mar seguía tranquilo, favoreciendo el curso de los dos praos, que corrían a diez u once nudos por hora. Sandokán, después de haber mandado limpiar el puente, arreglar las jarcias cortadas por las balas enemigas, arrojar al mar el cadáver de Araña y de otro pirata muerto de un balazo, y cargar los fusiles y las espingardas, encendió un espléndido narguile15, procedente sin duda de algún bazar indio o persa, y llamó a Patán. El malayo se apresuró a obedecer. -Dime, malayo -dijo el Tigre, clavándole en el rostro dos ojos que infundían pavor-. ¿Sabes cómo ha muerto Araña de Mar? -Sí -respondió Patán, estremeciéndose al ver al pirata tan ceñudo. -Cuando yo voy al abordaje, ¿sabes cuál es tu sitio? -Detrás de vos. -Y tú no estabas allí, y Araña ha muerto en tu lugar. -Es verdad, capitán. -Debería fusilarte por esta falta, pero tú eres un valiente y no me gusta sacrificar inútilmente a los valientes. Pero, en el primer abordaje, te dejarás matar a la cabeza de mis hombres. -Gracias, Tigre. -Sabau -exclamó después Sandokán. Otro malayo, cuyo rostro estaba cruzado por una profunda herida, se acercó. -¿Has sido tú el primero en saltar al junco detrás de mí? -le preguntó Sandokán. -Sí, Tigre. -Está bien. Cuando muera Patán, tú le sucederás en el mando. Dicho esto, atravesó a pasos lentos el puente y bajó a su camarote, situado a popa. Durante el día, los dos praos continuaron navegando por aquel trecho de mar comprendido entre Mompracem y las Romades al oeste, la costa de Borneo al este y al noroeste, y Labuán y las Tres Islas al norte, sin encontrar ningún barco mercante. La siniestra fama de que gozaba el Tigre se había esparcido por aquellos mares, y muy pocos barcos se atrevían a aventurarse por aquellos lugares. La mayor parte huían de aquellos parajes, continuamente transitados por los barcos corsarios, y se mantenían al socaire de la costa, dispuestos, al primer peligro, a lanzarse a tierra, al menos para poder salvar la vida. Apenas cayó la noche, los dos barcos amainaron las grandes velas para protegerse contra inesperadas ráfagas de viento, y se acercaron el uno al otro para no perderse de vista y estar preparados para ayudarse mutuamente. Hacia la medianoche, en el momento mismo en que pasaban por delante de las Tres Islas, que son los centinelas avanzados de Labuán, Sandokán se presentó en el puente. Seguía presa de una gran agitación. Se puso a pasear de proa a popa, con los brazos cruzados, encerrado en un feroz silencio. Pero, de cuando en cuando, se paraba para escudriñar la negra superficie del mar, subía a las amuradas para abarcar mejor el horizonte y después se agazapaba y se ponía a la escucha. ¿Qué esperaba oír? ¿Quizá el gruñido de alguna máquina que le indicase la presencia de un crucero, o acaso el ruido de las olas que se iban rompiendo sobre las costas de Labuán? A las tres de la mañana, cuando las estrellas empezaban a palidecer, Sandokán gritó: ¡Labuán! En efecto, hacia el este, allí donde el mar se confundía con el horizonte, se podía divisar confusamente una estrecha línea oscura. -¡Labuán! -repitió el pirata, respirando como si se hubiera quitado de encima un gran peso que le oprimía el corazón. -¿Tenemos que seguir adelante? -le preguntó Patán. -Sí -respondió el Tigre-. Entraremos en el río que ya conoces. La orden fue transmitida a Giro-Batol, y los dos barcos se dirigieron en silencio hacia la suspirada isla. Labuán, cuya superficie no rebasa los 116 kilómetros cuadrados, no era en aquellos tiempos el importante puerto que es hoy. Ocupada en 1847 por sir Rodney Mandy, comandante del Iris, por orden del gobierno inglés', que intentaba aniquilar la piratería, sólo contaba entonces con un millar de habitantes, casi todos de raza malaya, y unos doscientos blancos. Por entonces habían fundado apenas una ciudadela, a la que habían dado el nombre de Victoria, fortificándola con algunos baluartes, para impedir que fuera destruida por los piratas de Mompracem, que ya varias veces habían saqueado sus costas. El resto de la isla estaba cubierto por espesos bosques, todavía poblados de tigres, y sólo algunas factorías se habían construido en sus alturas o en sus praderas. Los dos praos, después de haber costeado durante algunas millas la isla, entraron silenciosamente en un pequeño río, cuyas orillas estaban cubiertas de una riquísima vegetación, y lo remontaron unos seiscientos o setecientos metros, anclando bajo la oscura sombra de grandes árboles. Un crucero que hubiera batido las costas no habría logrado descubrirlos, ni habría podido sospechar la presencia de aquellos cachorros, emboscados como los tigres de las sunderbunds16 indias. A mediodía Sandokán, después de haber enviado dos hombres a la desembocadura del río y otros dos a la selva para no ser sorprendido, se armó de su carabina y desembarcó seguido de Patán. Había recorrido alrededor de un kilómetro, adentrándose en la espesura de la selva, cuando se detuvo bruscamente al pie de un colosal durion17, cuyo delicioso fruto, erizado de durísimas espinas, se agitaba bajo los picotazos de una bandada de tucanes. ¿Habéis visto algún hombre? -preguntó Patán. -No, escucha -contestó Sandokán. El malayo aguzó el oído y escuchó unos lejanos ladridos. -Hay alguien de cacería -dijo, levantándose. -Vamos a ver. Reemprendió el camino, pasando bajo los pimenteros, cuyas ramas estaban cargadas de racimos rojos, bajo los artocarpus18 o árboles del pan y bajo las arecas19, entre cuyas hojas volaban batallones de lagartos voladores. Los ladridos del perro se acercaban cada vez más, y en pocos momentos los dos piratas se encontraron en presencia de un feo negro, vestido con unos pantalones rojos y que llevaba atraillado un mastín. ¿Adónde vas? -le preguntó Sandokán, cortándole el paso. -Busco la pista de un tigre -contestó el negro. -¿Y quién te ha dado permiso para cazar en mis bosques? -Estoy al servicio de lord Guldek. -¡Está bien! Ahora dime, esclavo maldito, ¿has oído hablar de una joven que se llama la Perla de Labuán? -¿Quién no conoce en esta isla a esa bella criatura? Es el buen genio de Labuán, a quien todos quieren y adoran. -¿Es hermosa? -preguntó Sandokán emocionado. -Creo que ninguna mujer se le puede comparar. Un fuerte sobresalto se apoderó del Tigre de Malasia. -Dime -volvió a preguntar después de un instante de silencio-, ¿dónde vive? -A dos kilómetros de aquí, en medio de una pradera. -Me basta con eso; vete y, si estimas en algo tu vida, no mires para atrás. Le dio un puñado de monedas de oro y, cuando el negro desapareció, se sentó a los pies de un gran artocarpus, murmurando: -Esperamos la noche, y después iremos a echar un vistazo por los alrededores. Patán lo imitó, tumbándose a la sombra de una areca, pero con la carabina a mano. Serían las tres de la tarde, cuando un acontecimiento imprevisto vino a interrumpir su espera. Del lado de la costa se oyó un cañonazo, que hizo callar bruscamente a todos los pájaros que poblaban los bosques. Sandokán se puso en pie de un salto, con la carabina entre las manos, completamente transfigurado. -¡Un cañonazo! -exclamó-. ¡Vámonos, Patán! ¡Veo sangre! Y se lanzó a saltos de tigre a través de la selva, seguido por el malayo, que, a pesar de ser ágil como un ciervo, a duras penas podía mantenerse detrás. 4 Tigres y leopardos En menos de diez minutos, los dos piratas alcanzaron la orilla del río. Todos los hombres habían subido a bordo de los praos y estaban desplegando todas las velas aunque hacía muy poco viento. -¿Qué sucede? -preguntó Sandokán, saltando al puente. -Capitán, nos están atacando -dijo Giro-Batol-. Un crucero nos cierra la salida en la desembocadura del río. -¡Ah! -dijo el Tigre-. ¿Vienen a atacarme hasta aquí esos ingleses? ¡Pues bien, mis cachorros, empuñad las armas, y nos haremos a la mar! ¡Vamos a demostrar a esos hombres cómo luchan los tigres de Mompracem! -¡Viva el Tigre! -gritaron las dos tripulaciones con terrible entusiasmo-. ¡Al abordaje! ¡Al abordaje! Un instante después, los dos barcos bajaban por el río y tres minutos más tarde se encontraban en pleno mar. A seiscientos metros de la orilla, un gran buque, que rebasaba las mil quinientas toneladas, poderosamente armado, navegaba a poco vapor, cerrándoles la salida del oeste. Sobre su puente se oían redoblar los tambores que llamaban a los hombres a sus puestos de combate y se oían las órdenes de los oficiales. Sandokán miró fríamente a aquel formidable adversario, y en lugar de asustarse de sus dimensiones, de su numerosa artillería y de su tripulación, tres o cuatro veces más numerosa que la suya, ordenó: -¡A los remos, mis cachorros! Los piratas se precipitaron bajo el puente, poniéndose a los remos, mientras los artilleros apuntaban los cañones y espingardas. -Ahora nos toca a nosotros, barco maldito -dijo Sandokán, cuando vio los praos dispararse como flechas bajo el empuje de los remos. Súbitamente un chorro de fuego brilló sobre el puente del crucero, y una bala de grueso calibre pasó silbando entre la arboladura del prao. -¡Patán! -gritó Sandokán-. ¡A tu cañón! El malayo, que era uno de los mejores artilleros de que pudiera jactarse la piratería, encendió la mecha a su pieza. El proyectil se alejó silbando y fue a estrellarse en el puente del comandante, destruyendo al mismo tiempo el asta de la bandera. El barco de guerra, en lugar de contestar, dio una bordada, ofreciendo el costado de babor, del cual salían las extremidades de una media docena de cañones. -¡Patán! No desperdicies ni un solo tiro –dijo Sandokán, mientras un cañonazo retumbaba sobre el prao de Giro-Batol-. Destroza la arboladura de ese maldito, rómpele las ruedas,20 desmonta sus piezas y, cuando ya no tengas puntería, déjate matar. En aquel instante, el crucero pareció incendiarse. Un huracán de hierro atravesó los aires y alcanzó de lleno a los praos, arrasándolos como si fueran barcazas. Espantosos alaridos de rabia y de dolor se alzaron entré los piratas, sofocados por una segunda ráfaga que lanzó por los aires remeros, artillería y artilleros. Hecho esto, el barco de guerra, envuelto en remolinos de humo negro y blanco, dio una bordada a menos de cuatrocientos metros de los praos y se alejó un kilómetro, dispuesto a reemprender el fuego. Sandokán, que había quedado ileso, aunque derribado por una verga, se levantó enseguida. -¡Miserable! -tronó, mostrando los puños al enemigo-. ¡Huyes, cobarde, pero te alcanzaré! Con un silbido, llamó a sus hombres a cubierta. -¡Rápido, instalad una barricada delante de los cañones! ¡Y después, adelante! En un momento, a proa de los dos barcos fueron apilados palos de repuesto, barriles llenos de balas, viejos cañones desmontados y escombros de todo género formando una sólida barricada. Los veinte hombres más fuertes volvieron a bajar para maniobrar los remos, mientras los demás se colocaban detrás de las barricadas empuñando las carabinas y llevando entre los dientes sus puñales, que centelleaban entre los labios temblorosos. -¡Adelante! -ordenó el Tigre. El crucero había detenido su marcha hacia atrás y ahora avanzaba a poco vapor, vomitando torrentes de humo negro. -¡Fuego a discreción! -aulló el Tigre. Desde ambos lados se reemprendió la música infernal, respondiendo disparo por disparo, proyectil por proyectil, metralla contra metralla. Los tres barcos, decididos a sucumbir antes que retroceder, casi no podían verse, envueltos como estaban en inmensas nubes de humo, que una calma obstinada mantenía sobre los puentes, aunque rugían con el mismo furor y los relámpagos sucedían a los relámpagos y las detonaciones a las detonaciones. El buque tenía la ventaja de su volumen y de su artillería, aunque los dos praos, que el valeroso Tigre conducía al abordaje, no cedían. Rasos como barcazas, horadados en cien lugares, hendidos, irreconocibles, con el agua ya en la bodega, llenos ya de muertos y heridos, continuaban avanzando a pesar de la continua tempestad de balas. El delirio se había apoderado de aquellos hombres que no deseaban más que poder subir al puente de aquel formidable buque, si no para vencer, por lo menos para morir en campo enemigo. Patán, fiel a su palabra, se había dejado matar detrás de su cañón, pero enseguida otro hábil artillero había ocupado su lugar. Varios hombres habían caído, y otros, horriblemente heridos, con las piernas o los brazos cortados, se debatían aún desesperadamente entre torrentes de sangre. Un cañón había sido desmontado en el prao de Giro-Batol, y una espingarda ya casi no funcionaba, pero eso ¿qué más daba? Sobre el puente de, los dos barcos quedaban otros tigres sedientos de sangre, que cumplían valerosamente con su deber. El hierro silbaba por encima de aquellos valientes, desprendía brazos y destrozaba pechos, regaba los puentes, quebraba las amuradas, rompía cuanto pillaba, pero nadie hablaba de retroceder, antes bien insultaban al enemigo y hasta lo desafiaban, y, cuando una ráfaga de viento desembarazaba a aquellos pobres barcos de los nubarrones que los cubrían, se veían, tras las semiderruidas barricadas, rostros hoscos y desencajados de furor, ojos inyectados en sangre, que despedían fuego a cada relampagueo de la artillería, y dientes que crujían sobre las hojas de los puñales; y, en medio de aquella horda de auténticos tigres, su capitán, el invencible Sandokán, que, con la cimitarra en la mano, la mirada ardiente, los largos cabellos desparramados por los hombros, animaba a los combatientes con una voz que resonaba como una trompeta entre el retumbar de los cañones. La terrible batalla duró veinte minutos; después, el crucero se desplazó unos seiscientos metros, para no ser abordado. Un alarido de furor resonó a bordo de los dos praos, ante aquella nueva retirada. Ya no había posibilidad de luchar contra aquel enemigo, que, aprovechándose de sus máquinas, evitaba todo abordaje. Pero Sandokán no quería retroceder. Derribando de un irresistible empujón a los hombres que le rodeaban, se agachó sobre el cañón que aún estaba cargado, corrigió la puntería y encendió la mecha. Pocos segundos después, el palo mayor del crucero, alcanzado en su base, se precipitaba al mar, llevándose consigo a todos los tiradores que se encontraban en las cofas y crucetas. Mientras el buque se detenía para salvar a los hombres que iban a ahogarse y suspendía el fuego, Sandokán aprovechó para embarcar en su propio barco a la tripulación del prao de Giro-Batol. -¡Y ahora a la costa volando! -tronó. El prao de Giro-Batol, que aún se mantenía a flote por un verdadero milagro, fue desalojado enseguida y abandonado a las olas con su cargamento de cadáveres y con sus piezas de artillería ya inservibles. Velozmente los piratas se pusieron a los remos y, aprovechándose de la inactividad del buque de guerra, se alejaron con rapidez, refugiándose en el río. ¡No pudo ser más a tiempo! El pobre barco, que hacía agua por todas partes, a pesar de los tapones puestos apresuradamente en los agujeros abiertos por las balas del crucero, se hundía lentamente. Gemía como un moribundo bajo el peso del agua que lo invadía, y escoraba, tendiendo a inclinarse a babor. Sandokán, que se había puesto al timón, lo dirigió hacia la orilla próxima y lo embarrancó en un banco de arena. Apenas se dieron cuenta los piratas de que ya no corría peligro de hundirse, irrumpieron sobre cubierta como una manada de tigres hambrientos, con las armas en la mano, los rasgos contraídos por el furor, dispuestos a recomenzar la lucha con igual ferocidad y resolución. Sandokán los detuvo con un gesto, y luego, mirando el reloj que llevaba en la cintura, dijo: -Son las seis: dentro de dos horas el sol habrá desaparecido y las tinieblas se apoderarán del mar. Que todos se pongan a trabajar con rapidez, de manera que a medianoche el prao esté listo para volver al mar. -¿Atacaremos al crucero? -preguntaron los piratas, agitando frenéticamente las armas. -No os lo prometo, pero os juro que muy pronto llegará el día en que vengaremos esta derrota. Y junto al relampagueo de los cañones, se verá ondear nuestra bandera en los baluartes de Victoria. -¡Viva el Tigre! -gritaron los piratas. -Silencio -tronó Sandokán-. Que vayan dos hombres a la desembocadura del río a espiar el crucero y otros dos a los bosques para evitar toda posible sorpresa; curad a los heridos, y después, todos a trabajar. Mientras los piratas se apresuraban a vendar las heridas que habían sufrido sus compañeros, Sandokán se acercó a popa y se quedó algunos minutos en observación, dirigiendo su mirada hacia la bahía, cuyo espejo de agua podía verse a través de un desgarrón, de la selva. Intentaba sin duda descubrir el crucero, que al parecer no se atrevía a aproximarse demasiado a la costa, quizá por miedo a encallar en los numerosos bancos de arena que se extendían por aquel lugar. -Sabe con quién se enfrenta -murmuró el formidable pirata-. Espera que nos hagamos nuevamente a la mar para exterminarnos; pero se engaña si cree que voy a mandar a mis hombres al abordaje. El Tigre también sabe ser prudente. Se sentó sobre el cañón y luego llamó a Sabau. El pirata, uno de los más valientes, que se había ganado ya el grado de lugarteniente después de haberse jugado veinte veces la piel, acudió. -Patán y Giro-Batol han muerto -le dijo Sandokán con un suspiro-. Se han dejado matar sobre su prao, a la cabeza de los valientes que intentaban arrojarse contra ese maldito navío. El mando te corresponde ahora a ti, y yo te lo confiero. -Gracias, Tigre de Malasia. -Tú serás tan valiente como ellos. -Cuando mi capitán me mande dejarme matar, estaré dispuesto a obedecerle. -Ahora, ayúdame. Uniendo sus fuerzas, empujaron a popa el cañón y las espingardas, y las apuntaron hacia la pequeña bahía para poder barrerla a golpes de metralla, en caso de que los botes del crucero intentaran forzar la desembocadura del río. -Ahora podemos estar seguros -dijo Sandokán-. ¿Has enviado dos hombres a la desembocadura? -Sí, Tigre de Malasia. Deben de estar emboscados entre los bambúes. -Muy bien. -¿Esperaremos a la noche para salir al mar? -Sí, Sabau. ¿Lograremos engañar al crucero? -La luna aparecerá bastante tarde y quizá ni se divise. Veo acercarse algunas nubes desde el sur. -¿Tomaremos la ruta de Mompracem, capitán? -Directamente. -¿Sin vengarnos? -Somos muy pocos, Sabau, para enfrentarnos con la tripulación del crucero; y además, ¿cómo responder a su artillería? Nuestro barco ya no está en condiciones de sostener un segundo combate. -Es verdad, capitán. -Paciencia por ahora; el día de la revancha llegará muy pronto. Mientras los dos jefes charlaban, sus hombres trabajaban con febril encarnizamiento. Eran todos valientes marinos, y entre ellos no faltaban carpinteros ni maestros del hacha. En sólo cuatro horas construyeron dos nuevos palos, arreglaron las amuradas, taparon todos los agujeros y repusieron las jarcias, ya que tenían a bordo abundancia de cables, fibras, cadenas y gúmenas.21 A las diez, el barco podía no sólo hacerse de nuevo a la mar, sino incluso emprender otro combate, pues habían levantado también barricadas formadas con troncos de árbol para proteger el cañón y las espingardas. Durante aquellas cuatro horas, ningún bote del crucero se había atrevido a mostrarse en las aguas de la bahía. El comandante inglés, sabiendo con quién tenía que luchar, no había considerado oportuno comprometer a sus hombres en una batalla terrestre. Por otra parte, estaba absolutamente seguro de obligar a los piratas a rendirse o de rechazarlos nuevamente hacia la costa, si hubieran intentado atacarlo o lanzarse a mar abierto. Alrededor de las once, Sandokán, que había tomado la resolución de intentar la salida al mar, llamó a los hombres que había mandado a vigilar la desembocadura del río. -¿Está libre la bahía? -les preguntó. -Sí -contestó uno de los dos. -¿Y el crucero? -Se encuentra delante de la bahía. -¿Muy lejos? -A media milla. -Tendremos espacio suficiente para pasar -murmuró muró Sandokán-. Las tinieblas protegerán nuestra retirada. Después, mirando a Sabau, dijo: -En marcha. Enseguida, quince hombres se pusieron al banco de los remos y con un poderoso impulso empujaron el prao hasta el río. -Que nadie grite, bajo ningún pretexto -dijo Sandokán con voz imperiosa-. Tened bien abiertos los ojos y las armas preparadas. Nos estamos jugando una partida tremenda. Se sentó junto al timón, con Sabau a su lado, y guió resueltamente el barco hacia la desembocadura del río. La oscuridad favorecía la huida. No había luna en el cielo y no se veía una estrella, ni siquiera esa vaga claridad que proyectan las nubes cuando el astro de la noche las ilumina desde arriba. Gruesos nubarrones habían invadido la bóveda celeste, interceptando completamente cualquier luz. Y la sombra proyectada por los gigantescos durion, las palmeras y las desmesuradas hojas de los plátanos era tan densa que Sandokán apenas si podía distinguir las dos orillas del río. Un silencio profundo, apenas roto por el leve rumor de las aguas, reinaba sobre aquella pequeña corriente de agua. No se oía ni el susurro de las hojas, dado que no se movía un soplo de viento bajo las tupidas bóvedas de aquellos grandes vegetales, y tampoco sobre el puente del barco se percibía el menor ruido. Parecía que todos aquellos hombres, agazapados entre la proa y la popa, habían dejado de respirar, por temor a perturbar la calma. El prao estaba ya muy cerca de la desembocadura del río, cuando tras un leve choque se detuvo. -¿Encallados? -preguntó Sandokán. Sabau se inclinó sobre las amuradas y escudriñó atentamente las aguas. -Sí -dijo luego-. Hay un banco debajo de nosotros. -¿Podremos pasar? -La marea sube rápidamente y creo que dentro de unos minutos podremos continuar el descenso del río. -Esperemos, pues. La tripulación, aunque ignoraba por qué se había detenido el prao, no se movió. Pero Sandokán había oído el crujido característico de las carabinas al ser montadas, y había visto a los artilleros curvarse en silencio sobre el cañón y las dos espingardas. Pasaron algunos minutos de angustiosa espera para todos; luego se oyeron hacia proa y bajo la quilla algunos crujidos. El prao, levantado por la marea, que subía rápida, se deslizaba sobre el banco de arena. Al poco rato, se había librado de aquel fondo firme, balanceándose levemente. -Desplegad una vela -ordenó Sandokán a los hombres de maniobra. -¿Será suficiente, capitán? -preguntó Sabau. -Por ahora sí. Un momento después, una vela latina se desplegó sobre el trinquete. La habían pintado de negro, para que pudiera confundirse completamente con las tinieblas de la noche. El prao descendió con rapidez, siguiendo las tinieblas del río. Superó felizmente el bajío, pasando entre los bancos de arena y los arrecifes, atravesó la pequeña bahía y salió silenciosamente al mar. -¿Y el buque? -preguntó Sandokán, poniéndose de pie. -Allí está, a media milla de nosotros -contestó Sabau. En la dirección indicada se divisaba confusamente una masa oscura, sobre la cual se levantaban de cuando en cuando pequeños puntos luminosos, indudablemente chispas que salían de la chimenea. Escuchando con atención, se podían oír también las sordas vibraciones de las calderas. -Aún tiene las calderas encendidas -murmuró Sandokán-. Así pues, están esperándonos. ¿Pasaremos inadvertidos, capitán? -preguntó Sabau. -Eso espero. ¿Ves alguna chalupa? -Ninguna, capitán. -Pasaremos rozando la playa, para confundirnos mejor con la masa de los árboles, y después enfilaremos el mar abierto. El viento era débil y el mar estaba tranquilo como si fuera de aceite. Sandokán mandó que se desplegara una vela más, en el palo mayor; después puso rumbo al sur, siguiendo las sinuosidades de la costa. Como la playa estaba cubierta de grandes árboles, los cuales proyectaban sobre las aguas su tupida sombra, había pocas probabilidades de que el pequeño barco corsario pudiera ser descubierto. Sandokán, siempre al timón, no perdía de vista al formidable adversario, que de un momento a otro podía despertarse repentinamente y cubrir el mar y la costa de huracanes de hierro y plomo. Se disponía a engañarlo; pero en el fondo de su alma, aquel hombre soberbio se lamentaba de tener que dejar aquellos parajes sin tomarse la revancha. Habría deseado encontrarse ya en Mompracem, pero también habría deseado otra tremenda batalla. Él, el formidable Tigre de Malasia, el invencible jefe de los piratas de Mompracem, casi se avergonzaba de andar así, a escondidas, como un ladrón nocturno. - Esta sola idea le hacía hervir la sangre y hacía que sus ojos llamearan con una cólera tremenda. ¡Oh! ¡Cómo habría saludado un cañonazo, aunque fuera la señal de una nueva y más desastrosa derrota! El prao se había alejado ya unos quinientos o seiscientos pasos de la bahía y se preparaba para salir a mar abierto, cuando a popa, sobre la estela, apareció un extraño resplandor. Parecía como si miríadas de pequeñas llamas salieran de las profundidades tenebrosas del mar. -Nos estamos traicionando -dijo Sabau. -Mucho mejor -contestó Sandokán con una sonrisa feroz-. No, esta retirada no era digna de mí. -Es verdad, capitán -contestó el malayo-. Mejor , morir con las armas en la mano que huir como cobardes. El mar continuaba volviéndose fosforescente. Delante de la proa y detrás de la popa del velero, los puntos luminosos se multiplicaban y la estela se hacía cada vez más luminosa. Parecía que el prao dejaba atrás un surco de alquitrán ardiendo, o de azufre líquido. Aquel rastro que brillaba vivamente en la oscuridad que los rodeaba no podía pasar inadvertido a los hombres que estaban de guardia en el crucero. De un momento a otro, el cañón podía tronar de improviso. También los piratas, tendidos sobre cubierta, se habían percatado de aquella fosforescencia, pero ninguno había hecho ningún gesto, ni había pronunciado una sola palabra que pudiera traicionar cualquier aprensión. Tampoco ellos podían resignarse a huir sin haber disparado un solo tiro de fusil. Una granizada de metralla habría sido saludada con un alarido de alegría. Habían transcurrido apenas dos o tres minutos, cuando Sandokán, que tenía siempre los ojos fijos en el crucero, vio encenderse las luces de posición. -¿Se han dado cuenta de nuestra presencia? -se preguntó. -Eso creo, capitán -contestó Sabau. -¡Mira! -Sí, veo que salen más chispas de la chimenea. Están alimentando las calderas. En un instante Sandokán se puso de pie empuñando la cimitarra. -¡A las armas! -gritaron a bordo del barco de guerra. Los piratas se habían levantado apresuradamente, mientras los artilleros se precipitaban al cañón y a las dos espingardas. Todos estaban dispuestos a emprender la lucha definitiva. Tras aquel primer grito, sucedió un breve silencio a bordo del crucero; pero luego la misma voz, que el viento llevaba con claridad hasta el prao, repitió: -¡A las armas! ¡A las armas! ¡Los piratas huyen! Poco después, se oyó el redoblar de un tambor sobre el puente de la nave inglesa. Estaban llamando a los hombres a sus puestos de combate. Los piratas, apoyados en las amuradas o amontonados detrás de las barricadas formadas con troncos de árbol, no respiraban, pero sus facciones, volviéndose feroces, traicionaban su estado de ánimo. Sus dedos oprimían las armas, impacientes por apretar los gatillos de sus formidables carabinas. El tambor seguía redoblando sobre el puente del barco enemigo. Se oía rechinar las cadenas de las anclas al pasar por sus guías, y los golpes secos del cabrestante22 El buque se preparaba para desatracar y poder atacar al pequeño navío corsario. -¡A tu cañón, Sabau! -ordenó el Tigre de Malasia-. ¡Ocho hombres a las espingardas! Apenas había dado aquella orden, cuando una llama brilló en la popa del crucero, sobre el castillo, iluminando bruscamente el trinquete y el bauprés. Retumbó una aguda detonación, acompañada seguidamente del ruido metálico del proyectil silbando a través de los estratos del aire. El proyectil cortó la extremidad del palo mayor y se perdió en el mar, levantando una gran masa de espuma. Un alarido de furor se oyó a bordo del barco corsario. Ahora había que aceptar la batalla, y era eso lo que deseaban aquellos valientes marinos del mar malayo. Un humo rojizo salía de la chimenea del buque de guerra. Se oía las ruedas morder velozmente las aguas, el ronco borbotear de las calderas, las órdenes de los oficiales y los pasos precipitados de los hombres. Todos se apresuraban a situarse en sus puestos de combate. Las dos luces de posición se movieron. Ahora el buque corría al encuentro del pequeño barco corsario, para cortarle la retirada. -¡Preparémonos a morir como valientes! -gritó Sandokán, que ya no se hacía ilusiones sobre el resultado de aquella tremenda batalla. Un solo alarido le contestó: -¡Viva el Tigre de Malasia! Sandokán, con un vigoroso movimiento de timón, dio una bordada y, mientras sus hombres orientaban rápidamente las velas, lanzó el velero contra el buque, para intentar abordarlo y arrojar a sus hombres sobre el puente enemigo. Bien pronto comenzó el cañoneo por una y otra parte. Se disparaban balas y metralla. -¡Ánimo, mis cachorros, al abordaje! -tronó Sandokán-. ¡La partida no está igualada, pero nosotros somos los tigres de Mompracem! El crucero avanzaba rápidamente, mostrando su agudo espolón y rompiendo las tinieblas y el silencio con un furioso cañoneo. El prao, verdadero juguete frente a aquel gigante, al cual le bastaba un solo choque para cortarlo en dos y echarlo a pique, avanzaba también con una audacia increíble, cañoneando lo mejor que podía. Sin embargo, la partida, como había dicho Sandokán, no estaba igualada, o mejor aún, era muy desigual. Nada podía intentar aquel pequeño barco contra una poderosa nave hecha de hierro y fuertemente armada. El resultado final, a pesar del valor desesperado de los tigres de Mompracem, no podía ser difícil de adivinar. No obstante, los piratas no se desanimaban y quemaban las cargas con admirable rapidez, intentando exterminar a los artilleros de cubierta y derribar a los marinos de las jarcias, disparando furiosamente sobre el casco, sobre el castillo de proa y sobre las cofas. Sin embargo, dos minutos más tarde, su barco, aplastado por los disparos de la artillería enemiga, no era más que un montón de escombros. Los palos habían caído, las amuras habían sido desfondadas, y ni siquiera las barricadas de troncos de árbol ofrecían protección alguna ante aquella tempestad de proyectiles. El agua entraba ya por los numerosos agujeros, inundando la bodega. A pesar de ello, nadie hablaba de rendirse. Todos querían morir, pero arriba, sobre el puente enemigo. Las descargas, entretanto, se hacían cada vez más tremendas. El cañón de Sabau estaba desmontado, y media tripulación yacía sobre cubierta, destrozada o acribillada por la metralla. Sandokán comprendió que había sonado la última hora para los tigres de Mompracem. La derrota era completa. No había ninguna posibilidad de hacer frente a aquel gigante, que vomitaba nubes de proyectiles sin interrupción. No quedaba más alternativa que intentar el abordaje, una locura, ya que ni sobre el puente del crucero la victoria podía ser de aquellos valientes. No quedaban en pie más que doce hombres, pero eran doce tigres, guiados por un jefe cuyo valor era increíble. -¡A mí, mis valientes! -les gritó. Los doce piratas, con los ojos extraviados, espumantes de rabia, con los puños cerrados como tenazas sobre las armas, escudándose en los cadáveres de sus compañeros, se pusieron a su alrededor. El buque navegaba a toda marcha hacia el prao, para hundirlo con el espolón; pero Sandokán, en cuanto lo vio a pocos metros, con un movimiento de timón evitó el choque, y lanzó su barco contra el costado de babor del enemigo. El choque fue violentísimo. El barco corsario se hundió hacia estribor, embarcando agua y arrojando muertos y heridos al mar. -¡Lanzad los garfios! -tronó Sandokán. Dos garfios de abordaje se engancharon en los flechaste del crucero. Entonces los trece piratas, locos de furor, sedientos de venganza, se lanzaron como un solo hombre al abordaje. Ayudándose con manos y pies, agarrándose a las gúmenas y cuerdas que colgaban de las baterías, treparon por los tambores de las ruedas, alcanzaron las amuras y se precipitaron sobre el puente del crucero, antes de que los ingleses, asombrados de tanta audacia, hubieran pensado rechazarlos. Con el Tigre de Malasia a la cabeza, se arrojaron contra los artilleros, matándolos al pie de sus propios cañones; destrozaron a los fusileros que habían acudido a cortarles el paso, y luego, blandiendo la cimitarra a diestra y siniestra, se dirigieron a popa. A los gritos de los oficiales, se habían reunido allí enseguida los hombres de la batería. Eran sesenta o setenta, pero los piratas no se pararon a contarlos, y se lanzaron furiosamente sobre las puntas de las bayonetas, empeñados en una lucha titánica. Golpeando desesperadamente, tronchando brazos y abriendo cabezas, gritando para causar mayor terror, cayendo y volviendo a levantarse, ora retrocediendo, ora avanzando, durante algunos minutos pudieron resistir a todos aquellos enemigos, pero al fin, acosados por los mosquetes de los hombres de las cofas y por los sables de los que estaban a su espalda, hostigados por las bayonetas, aquellos valientes cayeron. Sandokán y otros cuatro, cubiertos de heridas, con las armas ensangrentadas hasta la empuñadura, en un esfuerzo prodigioso, se abrieron paso e intentaron ganar la proa para detener a cañonazos aquella avalancha de hombres. Ya en mitad del puente, Sandokán cayó alcanzado en pleno pecho por una bala de carabina, pero enseguida se levantó gritando: -¡Matadlos! ¡Matadlos! Los ingleses avanzaban a paso de carga con las bayonetas caladas. El choque fue mortal. Los cuatro piratas se habían puesto delante de su capitán para cubrirlo, y cayeron bajo una descarga de fusil, quedando clavados en el suelo. Pero no sucedió así con el Tigre de Malasia. Aquel formidable hombre, a pesar de la herida de la que le manaban oleadas de sangre, de un salto inmenso alcanzó la amura de babor, tumbó con la cimitarra tronchada a un gaviero que trataba de detenerlo y se lanzó de cabeza al mar, desapareciendo bajo las negras olas. 5 Fuga y delirio Un hombre como aquél, dotado de una fuerza tan prodigiosa, de una energía tan extraordinaria y de un valor tan grande, no podía morir. En efecto, mientras el piróscafo proseguía su curso, transportado por los últimos impulsos de las ruedas, el pirata, de un vigoroso impulso, volvía a subir a la superficie y se retiraba hacia alta mar, para no ser cortado en dos por el espolón del enemigo o alcanzado por algún tiro de fusil. Conteniendo los gemidos que le arrancaba la herida y reprimiendo la rabia que lo devoraba, se encogió, manteniéndose casi completamente sumergido, en espera del momento oportuno para ganar las costas de la isla. El barco de guerra daba entonces una bordada a menos de trescientos metros. Avanzó hacia el lugar donde se había hundido el pirata, con la esperanza de despedazarlo bajo las ruedas, y luego volvió a virar. Se detuvo un momento, como si quisiera escudriñar aquel espacio de mar agitado por él; luego reemprendió la marcha, cortando en todas las direcciones aquella porción de agua, mientras los marinos, descolgándose en la red para delfines o colocándose en las bancadas, proyectaban por doquier la luz de algunos faroles. Cuando se convencieron de la inutilidad de búsqueda, por fin se alejaron en dirección a Labt El Tigre emitió entonces un grito de furor. ¡Vete, buque maldito! -exclamó-. ¡Vete, pero llegará el día en que te demostraré cuán terrible es mi venganza! Se puso la faja sobre la sangrante herida, para detener la hemorragia, que podía matarlo, y luego, haciendo acopio de fuerzas, se puso a nadar, buscando las playas de la isla. Veinte veces todavía se detuvo aquel hombre formidable para mirar el barco de guerra que apenas si podía distinguir, y para lanzarle una terrible amenaza. A veces el pirata, quizá mortalmente herido, quizá demasiado lejos aún de las costas de la isla, incluso se ponía a perseguir al barco que le había hecho morder el polvo, y lo desafiaba con alaridos que ya ni humanos parecían. Finalmente venció la razón, y Sandokán reemprendió el fatigoso ejercicio, escudriñando las tinieblas que le ocultaban la costa de Labuán. Nadó así durante mucho tiempo, parándose de cuando en cuando para recuperar fuerzas y desembarazarse de los vestidos que le impedían los movimientos; luego empezó a notar que sus fuerzas disminuían rápidamente. Se le entumecían los miembros, la respiración se le iba haciendo cada vez más difícil y, para colmo de desgracias, la herida seguía sangrando, produciéndole dolores agudos al contacto con el agua salada. Se encogió sobre sí mismo y se dejó transportar por la marea, agitando débilmente los brazos. De esta forma intentaba descansar para recobrar el aliento. Al poco rato emitió un golpe. Algo le había tocado. ¿Había sido quizá un tiburón? Ante tal idea, a pesar de tener el coraje de un león, sintió que se le ponía la carne de gallina. Alargó instintivamente la mano y agarró un objeto escabroso que parecía flotar en la superficie del agua escabroso que parecía flotar en la superficie del agua. Tiró de él hacia sí y vio que se trataba de un pecio23. Era un trozo de la cubierta del prao, al cual estaban aún enganchados unos cabos y una verga. -¡Qué oportuno! -murmuró Sandokán-. Mis fuerzas se acababan. Subió fatigosamente sobre aquel pecio, poniendo al descubierto la herida, de cuyos bordes, hinchados y rojos por la acción del agua marina, aún manaba un hilo de sangre. Durante otra hora, aquel hombre que no quería morir, que no quería darse por vencido, luchó con las olas, que poco a poco sumergían el pecio; pero seguía perdiendo fuerzas, y se quedó postrado sobre sí mismo, aunque seguía con las manos cerradas alrededor de la verga. Empezaba a clarear cuando un choque violentísimo lo arrancó de aquella postración, que casi podía llamarse desvanecimiento. Se incorporó fatigosamente apoyándose en los brazos y miró delante de él. Las olas se rompían con estruendo alrededor del pecio, enroscándose y espumando. Parecía que estaban dando vueltas sobre bajíos. Como a través de una niebla ensangrentada, el herido divisó a corta distancia una costa. -Labuán -murmuró-. ¿Arribaré aquí, en la tierra de mis enemigos? Experimentó un momento de duda, pero luego, reuniendo fuerzas, abandonó aquellas tablas que lo habían salvado de una muerte casi segura, y sintiendo bajo sus pies un banco de arena, avanzó hacia la costa. Las olas lo golpeaban por todas partes, bramando a su alrededor como perros dogos furiosos, intentando abatirlo y empujándolo o rechazándolo. Parecía que querían impedirle alcanzar aquella tierra maldita. Avanzó tambaleándose a través de los bancos de arena y, después de haber luchado contra las últimas olas de la resaca, alcanzó la orilla, coronada por grandes árboles, dejándose caer pesadamente en el suelo. A pesar de sentirse agotado por la larga lucha sostenida y por la gran pérdida de sangre, destapó la herida y la observó detenidamente. Había recibido un balazo, quizá de pistola, bajo la quinta costilla del lado derecho, y aquel pedazo de plomo, después de habérsele deslizado entre los huesos, se había perdido en el interior, pero, al parecer, sin tocar ningún órgano vital. Quizá aquella herida no era grave, pero podía serlo si no se curaba pronto, y Sandokán, que entendía un poco de eso, lo sabía. Oyendo a breve distancia el murmullo de un arroyo, se arrastró hacia allí, abrió los labios de la herida, que se había inflamado por el prolongado contacto con el agua marina, y los lavó cuidadosamente, comprimiéndolos después hasta hacer salir aún algunas gotas de sangre. Volvió a juntarlos bien, los vendó con un trozo de su camisa, única indumentaria que aún llevaba puesta, además de la faja que sostenía el kriss. -Me curaré -murmuró cuando terminó la operación, y pronunció aquellas palabras con determinación, como si él fuera árbitro absoluto de su propia existencia. Aquel hombre de hierro, a pesar de verse abandonado en aquella isla, donde no podía encontrar más que enemigos, sin refugio, sin recursos, sangrando, sin una mano amiga que lo socorriese, todavía estaba seguro de salir victorioso de tan desesperada situación. Bebió algunos sorbos de agua para calmar la fiebre que comenzaba a apoderarse de él, y luego se arrastró bajo una areca, cuyas hojas gigantescas, de quince pies de largo por cinco o seis de ancho como mínimo, proyectaban a su alrededor una fresca sombra. Apenas acababa de llegar, cuando de nuevo sintió que le faltaban las fuerzas. Cerró los ojos, rodeados de un cerco sanguinolento, y, después de haber procurado en vano mantenerse erguido, cayó entre las hierbas, quedando inmóvil. No volvió en sí hasta pasadas muchas horas, cuando ya el sol, después de haber tocado su cenit, bajaba por occidente. Una ardiente sed lo devoraba, y la herida, otra vez calenturienta, le producía agudos dolores insoportables. Intentó incorporarse para arrastrarse hasta el riachuelo, pero enseguida volvió a caer. Entonces aquel hombre, que quería ser tan fuerte como la fiera cuyo nombre llevaba, con un esfuerzo sobrehumano se puso de rodillas, gritando casi en tono de desafío: -¡Yo soy el Tigre!... ¡A mí, mis fuerzas!... Agarrándose al tronco del árbol, se puso de pie y, manteniéndose erguido por un prodigio de equilibrio y energía, se encaminó hasta la pequeña corriente de agua, en cuya orilla volvió a caer. Apagó la sed, bañó nuevamente la herida, luego tomó su cabeza entre las manos y miró fijamente el mar, que venía a romperse a pocos pasos, borbollando sordamente. -¡Ah! -exclamó, rechinando los dientes-. ¿Quién hubiera dicho que un día los leopardos de Labuán vencerían a los tigres de Mompracem? ¿Quién hubiera dicho que yo, el invencible Tigre de Malasia, acabaría aquí, derrotado y herido? ¿Y cuándo llegará la venganza...? ¡La venganza...! ¡Todos mis praos, mis islas, mis hombres y mis tesoros, con tal de destruir a los odiados hombres blancos que me disputan este mar! ¿Qué importa que hoy me hayan hecho morder el polvo, cuando dentro de un mes o dos volveré aquí con mis barcos y lanzaré sobre estas playas mis formidables bandas sedientas de sangre? ¿Qué importa que hoy el leopardo inglés esté orgulloso de su victoria? ¡Será él entonces el que caerá moribundo bajo mis pies! ¡También entonces todos los ingleses de Labuán, porque mostraré a la luz de los incendios mi sangrienta bandera! Hablando de este modo, el pirata se había levantado de nuevo con los ojos llameantes, agitando amenazadoramente la mano derecha, como si blandiera todavía la terrible cimitarra, bramando tremebundo de cólera. Aun herido, seguía siendo el indomable Tigre de Malasia. -Paciencia, por ahora, Sandokán -prosiguió, volviendo a caer entre las hierbas y los retoños-. Me curaré, tendré que vivir un mes, dos, tres en esta selva, y alimentarme de ostras y frutas; pero, cuando haya recuperado las fuerzas, volveré a Mompracem, aunque tenga que construirme una barca o asaltar una canoa y conquistarla a golpes de kriss. Se quedó varias horas tendido bajo las largas hojas de la areca, mirando sobriamente las olas que venían a morir casi a sus pies entre miles de murmullos. Parecía estar buscando bajo aquellas aguas los cascos destro zados de sus dos barcos hundidos en aquellos parajes, o los cadáveres de sus desgraciados compañeros. Entretanto, una fiebre fortísima lo atacaba, mientras sentía oleadas de sangre que se le agolpaban en el cerebro. La herida le producía espasmos continuos; pero ningún lamento salía de los labios de aquel hombre formidable. A las ocho, el sol se precipitó en el horizonte, y después de un brevísimo crepúsculo las tinieblas se cernieron sobre el mar e invadieron la selva. Aquella oscuridad produjo una inexplicable impresión en el alma de Sandokán. ¡Tuvo miedo de la noche, él, el fiero pirata que nunca había tenido miedo a la muerte y que había afrontado con valor desesperado los peligros de la guerra y los furores de las olas! -¡Las tinieblas! -exclamó, arañando la tierra con las uñas-. ¡No quiero que caiga la noche!... ¡No quiero morir!... Se comprimió con ambas manos la herida y luego se levantó de un salto. Miró al mar, que ya se había vuelto negro como si fuera de tinta; miró bajo los árboles, examinando sus tupidas sombras; luego, quizá asaltado de improviso por el delirio, se puso a correr como un loco, adentrándose en la selva. ¿Adónde iba? ¿Por qué huía? Ciertamente un miedo extraño se había apoderado de él. En su delirio, le parecía oír en la lejanía ladridos de perros, gritos de hombres, rugidos de fieras. Quizá creía que ya lo habían descubierto y que venían persiguiéndolo. Pronto aquella carrera se hizo vertiginosa. Completamente fuera de sí, se precipitaba hacia adelante enloquecido, arrojándose en medio de la fronda, saltando sobre troncos derribados, atravesando torrentes y estanques, aullando, maldiciendo y agitando locamente el kriss, cuya empuñadura, cuajada de diamantes, despedía fugaces destellos. Continuó así durante diez o quince minutos, adentrándose cada vez más entre los árboles, despertando con sus gritos los ecos de la selva tenebrosa, y luego se detuvo jadeante y fatigado. Tenía los labios cubiertos de una espuma sanguinolenta y los ojos extraviados. Agitó los brazos y después cayó al suelo como un árbol cortado por el rayo. Deliraba; le parecía que la cabeza estaba a punto de estallarle y que diez martillos le golpeaban las sienes. El corazón le saltaba en el pecho como si quisiera salírsele, y de la herida le parecía que brotaban torrentes de fuego. Creía ver enemigos por todas partes. Bajo los árboles, bajo las matas, en medio de las piedras y raíces que serpenteaban por el suelo, sus ojos divisaban hombres escondidos, mientras le parecía ver volar por el aire legiones de fantasmas y esqueletos, danzando en torno a las grandes hojas de los árboles. Seres humanos surgían del suelo, gimiendo, aullando, unos con la cabeza sangrando, otros con los miembros tronchados o los costados descuartizados. Todos reían a carcajadas, como si se burlaran de la impotencia del terrible Tigre de Malasia. Sandokán, presa de un espantoso acceso de delirio, se revolcaba por el suelo, se levantaba, caía, tendía los puños y amenazaba a todos. -¡Fuera de aquí, perros! -gritaba-. ¿Qué queréis de mí?... ¡Yo soy el Tigre de Malasia y no os temo!... ¡Venid a atacarme si os atrevéis!... ¡Ah! ¿Os reís? ... ¿Me creéis impotente porque los leopardos han herido y vencido al Tigre?... ¡No, no tengo miedo!... ¿Por qué me miráis con esos ojos de fuego?... ¿Por qué venís a bailar a mi alrededor?... ¿Tú también, Patán, vienes a burlarte de mí?... ¿También tú, Araña de Mar?... ¡Malditos, os haré volver al infierno de donde habéis salido!... ¿Y tú, Kimperlain, qué quieres?... Así que no ha bastado mi cimitarra para matarte... ¡Fuera todos, volved al fondo del mar..., al reino de las tinieblas..., a los abismos de la tierra, u os mataré otra vez a todos! ¿Y tú, Giro-Batol, qué quieres? ¿La venganza? Sí, tú serás vengado, porque el Tigre se curará... ¡Volverá a Mompracem.... armará sus praos... y volverá aquí para exterminar a los leopardos ingleses, a todos... todos hasta el último!... El pirata se detuvo, agarrándose los cabellos con las manos, los ojos en blanco, las facciones espantosamente te alteradas, y entonces, levantándose con ímpetu, reemprendió su loca carrera gritando: -¡Sangre!... ¡Dadme sangre que apague mi sed!... Yo soy el Tigre de Malasia... Corrió durante mucho tiempo, siempre gritando y amenazando. Salió de la selva y se precipitó a través de una pradera, en cuyo extremo le pareció ver confusamente una empalizada; después volvió a pararse y cayó de rodillas. Estaba deshecho, jadeante. Se quedó algunos minutos encogido sobre sí mismo, volvió a intentar levantarse, pero al poco rato las fuerzas le abandonaron, un velo de sangre le cubrió los ojos y cayó al suelo, exhalando un último grito que se perdió en las tinieblas. 6 La Perla de Labuán Cuando volvió en sí ya no se encontraba, para su gran sorpresa, en la pequeña pradera que había atravesado durante la noche, sino en una espaciosa habitación tapizada con papel floreado de Fung, y estaba acostado en un cómodo y suave lecho. Al principio creyó que estaba soñando y se restregó los ojos varias veces como para despertarse, pero bien pronto se convenció de que todo aquello era realidad. Se incorporó para sentarse, preguntándose repetidas veces: -Pero ¿dónde estoy? ¿Estoy aún vivo o estoy muerto? Miró a su alrededor, pero no vio ninguna persona a quien dirigirse. Entonces se puso a observar minuciosamente la habitación: era amplia, elegante, iluminada por dos grandes ventanas, a través de cuyos cristales se veían árboles altísimos. En un ángulo vio un piano, sobre el cual había esparcidas unas partituras de música; en otro, un caballete con un cuadro que representaba una marina; en el centro, una mesa de caoba recubierta con un tapete bordado, sin duda por las manos de una mujer, y al lado de la cama un rico escabel incrustado de ébano y marfil, sobre el cual Sandokán vio, con verdadera complacencia, su fiel kriss, y al lado un libro entreabierto con una flor marchita entre sus páginas. Aguzó los oídos, pero no oyó ninguna voz; sin embargo, de lejos le llegaban unas notas delicadas que parecían los acordes de un laúd o de una guitarra. -¿Dónde estoy? -se preguntó por segunda vez-. ¿En casa de amigos o de enemigos? ¿Y quién ha vendado y curado mis heridas? Poco después, sus ojos se detuvieron de nuevo sobre el libro que se encontraba sobre el escabel y, empujado por una irresistible curiosidad, alargó una mano y lo tomó. En la cubierta vio un nombre estampado en letras de oro. -¡«Marianna»! -leyó-. ¿Qué quiere decir? ¿Es un nombre o una palabra que no entiendo? Volvió a leer y, cosa extraña, se sintió agitado por una sensación desconocida. Algo dulce golpeó el corazón de aquel hombre, aquel corazón de acero, que permanecía cerrado ante las más tremendas emociones. Abrió el libro: las páginas estaban impresas con un tipo de letra ligero, elegante y claro, pero no consiguió entender aquellas palabras aunque algunas se parecían a la lengua del portugués Yáñez. Sin querer, empujado por una fuerza misteriosa, tomó delicadamente aquella flor que poco antes había visto y la miró largamente. La olió varias veces, procurando no romperla con aquellos dedos que sólo habían estrechado la empuñadura de la cimitarra, sintiendo por segunda vez una extraña sensación, un misterioso temblor, un no sé qué en el corazón; después, ¡aquel hombre sanguinario, aquel hombre de guerra se sintió tentado por un vivo deseo de llevársela a los labios!... La volvió a poner casi con disgusto entre las páginas, cerró el libro y volvió a colocarlo en el escabel. En aquel mismo instante, se movió el picaporte de la puerta, y entró un hombre caminando lentamente y con la rigidez típica de los hombres de raza anglosajona. Era un europeo, a juzgar por el color de la piel, un hombre robusto y más bien alto. Aparentaba unos cincuenta años; tenía la cara enmarcada por una barba rojiza que empezaba a blanquear, y dos ojos azules, profundos; en su porte se adivinaba que era un hombre acostumbrado a mandar. -Me alegro de veros tranquilo: desde hace tres días el delirio no os ha dejado un solo momento de descanso. -¡Tres días! -exclamó Sandokán con estupor-. ¿Llevo ya tres días aquí?... ¿Entonces no estoy soñando? -No, no soñáis. Estáis entre buenas personas, que os curarán con afecto y harán lo posible para que os restablezcáis. -Pero ¿quién sois vos? -Lord James Guillonk, capitán de navío de Su Majestad, la reina Victoria. Sandokán se sobresaltó y su frente se ensombreció; sin embargo se repuso enseguida y, haciendo un supremo esfuerzo para no traicionar el odio que sentía contra todo lo inglés, dijo: -Os doy las gracias, milord, por todo lo que habéis hecho por mí, por un desconocido, que podría ser vuestro mortal enemigo. -Era mi deber acoger en mi casa a un pobre hombre, herido quizá de muerte -contestó el lord-. ¿Cómo estáis ahora? -Me encuentro bastante fuerte y no siento dolores. -Me alegro mucho. Ahora decidme, si no os importa, ¿quién os ha dejado de esta forma? Además de la bala que os extraje del pecho, vuestro cuerpo estaba lleno de heridas producidas por arma blanca. Sandokán, a pesar de esperar aquella pregunta, no pudo evitar sobresaltarse fuertemente. No obstante, no se traicionó ni perdió la calma. -No sé qué deciros, porque yo mismo lo ignoro -respondió-. He visto cómo algunos hombres asaltaban de noche mis barcos, subían al abordaje y mataban a mis marinos. ¿Quiénes eran? No lo sé, puesto que al primer choque caí al mar cubierto de heridas. -Sin duda habéis sufrido el asalto de los piratas del Tigre de Malasia -dijo lord James. -¡De los piratas!... -exclamó Sandokán. -Sí, de los de Mompracem, que hace tres días se encontraban en los alrededores de la isla, pero que fueron después destruidos por uno de nuestros cruceros. Decidme, ¿dónde os asaltaron? -Cerca de las Romades. -¿Y habéis llegado a nuestras costas a nado? -Sí, agarrado a unas tablas. Pero ¿dónde me habéis encontrado? -Tumbado entre las hierbas y presa de un tremendo delirio. ¿Adónde os dirigíais cuando fuisteis atacados? -Llevaba unos regalos al sultán de Varauni, de parte de mi hermano. -¿Quién es vuestro hermano? -El sultán de Shaja. -¡Entonces vos sois un príncipe malayo! -exclamó el lord tendiéndole la mano, que Sandokán, tras una breve duda, apretó casi con asco. -Sí, milord. -Me siento honrado de haberos ofrecido mi hospitalidad, y haré todo lo posible para que no os aburráis cuando os hayáis restablecido. Y, si no os molesta, iremos juntos a visitar al sultán de Varauni. -Sí, y... Se interrumpió, adelantando la cabeza como si intentara escuchar algún rumor lejano. Desde fuera llegaban los acordes de un laúd, quizá los mismos sonidos que había oído poco antes. -¡Milord! -exclamó, presa de una gran agitación, cuya causa en vano intentaba explicar-. ¿Quién toca? -¿Por qué, mi querido príncipe? -preguntó el inglés, sonriendo. -No lo sé, pero tengo un verdadero deseo de ver a la persona que toca así... Se diría que esa música me llega al corazón... y me hace experimentar una sensación nueva e inexplicable. -Esperad un instante. Le hizo una seña para que se acostara y salió. Sandokán permaneció unos instantes tendido, aunque enseguida volvió a levantarse como impulsado por un muelle. La inexplicable emoción que había experimentado poco antes volvía a prenderlo con mayor violencia. El corazón le latía de tal forma que parecía querer salírsele del pecho; la sangre le corría furiosamente por las venas y extraños temblores recorrían sus miembros. -¿Qué me pasa? -se preguntó-. ¿Es que vuelve a asaltarme el delirio? Apenas había pronunciado estas palabras, cuando regresó el lord, pero no solo. Detrás de él avanzaba una espléndida criatura, a cuya vista Sandokán no pudo reprimir una exclamación de sorpresa y de admiración. Era una joven de dieciséis o diecisiete años, pequeña, pero esbelta y elegante, de formas soberbiamente modeladas, con la cintura tan estrecha que una sola mano hubiera bastado para rodearla, y la piel sonrosada y fresca como una flor recién abierta. Tenía una cabecita admirable, con ojos azules como el agua del mar, y una frente de incomparable precisión, bajo la que resaltaban dos cejas encantadoramente arqueadas y que casi se tocaban. Una cabellera rubia le caía en pintoresco desorden, como una lluvia de oro, sobre el blanco corpiño que le cubría el seno.24 El pirata, al ver a aquella mujer que parecía una verdadera niña a pesar de su edad, se sintió estremecer hasta el fondo de su alma. Aquel hombre tan fiero, tan sanguinario, que llevaba el terrible nombre de Tigre de Malasia, se sentía por primera vez en su vida fascinado por aquella gentil criatura, por aquella encantadora flor nacida en los bosques de Labuán. Su corazón, que poco antes latía precipitadamente, ahora ardía, y le parecía que por sus venas corrían lenguas de fuego. -Bueno, mi querido príncipe, ¿qué os parece esta graciosa jovencita? -le preguntó el lord. Sandokán no respondió. Inmóvil como una estatua de bronce, miraba fijamente a la jovencita con ojos que despedían relámpagos de ardiente ansiedad y parecía que ya no respiraba. -¿Os sentís mal? -preguntó el lord, que lo observaba. -¡No!... ¡No! -exclamó vivamente el pirata, agitándose. -Entonces, permitidme que os presente a mi sobrina lady Marianna Guillonk. ¡Marianna Guillonk!... ¡Marianna Guillonk!... -repitió Sandokán con sordo acento. -¿Qué encontráis de extraño en mi nombre? -preguntó la jovencita, sonriendo-. Diríase que os ha producido mucha sorpresa. Sandokán, al oír aquella voz, se sobresaltó fuertemente. Nunca un sonido tan dulce había acariciado sus oídos, acostumbrados como estaban a escuchar la infernal música del cañón y los gritos de muerte de los combatientes. -Nada encuentro de extraño -dijo con voz alterada-. Es que vuestro nombre no me resulta desconocido. -¡OH! -exclamó el lord-. ¿Y de quién lo habéis oído? -Lo había leído antes en el libro que podéis ver ahí, y me había imaginado que quien lo llevara tenía que ser una espléndida criatura. -Estáis bromeando -dijo la joven lady, sonrojándose. Después, cambiando de tono, preguntó-: ¿Es verdad que los piratas os han herido gravemente? -Sí, es verdad -respondió Sandokán con voz sorda-. Me han vencido y herido, pero un día me curaré, y entonces, ¡ay de los que me han hecho morder el polvo! -¿Y os duele mucho? -No, milady; y ahora menos que antes. -Espero que os curéis rápidamente. -Nuestro príncipe es fuerte -dijo el lord-, y no me asombraría verlo de pie dentro de diez días. -Eso espero -contestó Sandokán. De pronto, apartando los ojos de la cara de la joven, que de cuando en cuando se sonrojaba, se levantó impetuosamente, exclamando: -¡Milady!... -Dios mío, ¿qué tenéis? -preguntó la lady aproximándose. -Decidme, vos tenéis otro nombre infinitamente más bello que el de Marianna Guillonk, ¿verdad? -¿Cuál? -preguntaron a un tiempo el lord y la joven. -¡Sí, sí! -exclamó con más fuerza Sandokán-. ¡Sólo vos podéis ser la criatura que todos los indígenas llaman la Perla de Labuán!... El lord hizo un ademán de. sorpresa y una profunda arruga surcó su frente. -Amigo mío -dijo con voz grave-. ¿Cómo puede ser que vos sepáis esto, si me habéis dicho que veníais de la lejana península malaya? -No es posible que este sobrenombre haya llegado hasta vuestro país -añadió lady Marianna. -No lo oí en Shaja -respondió Sandokán, que casi se había traicionado-, sino en las islas Romades, en cuyas playas desembarqué hace unos días. Allí me hablaron de una joven de incomparable belleza, de ojos azules y cabellos perfumados como los jazmines de Borneo; de una criatura que cabalgaba como una amazona y que cazaba valerosamente las fieras; de una vaporosa jovencita a la que muchas tardes, al caer el sol, se veía aparecer por las orillas de Labuán, fascinando a los pescadores de las costas. ¡Ah, milady, también yo un día quiero oír esa voz! -¿Todas esas virtudes me atribuyen? -respondió la joven riendo. -¡Sí, y veo que los hombres que me hablaron de vos no han exagerado! -exclamó el pirata apasionadamente. -Adulador -dijo ella. -Querida sobrina -dijo lord Guillonk-. Embrujarás también a nuestro príncipe. -¡Yo estoy seguro de ello! -exclamó Sandokán-. Y, cuando deje esta casa para volver a mi lejano país, diré a mis compatriotas que una joven blanca ha vencido el corazón de un hombre que creía tenerlo invulnerable. La conversación duró todavía un poco, girando ya sobre la patria de Sandokán, los piratas de Mompracem o sobre Labuán; después, llegada la noche, el lord y la oven se retiraron. Cuando el pirata se vio solo, permaneció largo tiempo inmóvil, con los ojos fijos en la puerta por donde había salido aquella jovencita. Parecía presa de profundos pensamientos y de una viva conmoción. Quizá en aquel corazón, que nunca hasta entonces había latido por una mujer, estaba desencadenándose en aquel momento una terrible tempestad. De pronto, Sandokán se estremeció, y algo así como un sonido ronco se agolpó en el fondo de su garganta, pronto a irrumpir, pero los labios permanecieron cerrados, y apretó los dientes con más fuerza, rechinando largamente. Permaneció algunos minutos así, inmóvil, con los ojos ardiendo, el rostro alterado, la frente perlada de sudor, las manos escondidas entre los largos y abundantes cabellos; luego, aquellos labios que no querían abrirse, se movieron y dejaron escapar un nombre: -¡Marianna! Entonces el pirata ya no pudo contenerse. -¡Ah! -exclamó, casi con rabia, y retorciéndose las manos-. ¡Siento que estoy enloqueciendo.: que...la amo...! 7 Curación y amor Lady Marianna Guillonk había nacido bajo el hermoso cielo de Italia, en las orillas del espléndido golfo de Nápoles, de madre italiana y de padre inglés. Quedó huérfana a los once años y, heredera de una considerable fortuna, fue recogida por su tío James, el único pariente que se encontraba entonces en Europa. En aquellos tiempos, James Guillonk era uno de los más intrépidos lobos de mar del mundo, propietario de una nave armada y equipada para la guerra, que le ser vía para cooperar con James Brooke, el cual se convirtió más tarde en rajá de Sarawak y se dedicó al exterminio de los piratas malayos, terribles enemigos del comercio inglés en aquellos lejanos mares. A pesar de que lord James, hosco como todos los marinos, incapaz de alimentar un afecto cualquiera, no sintiera excesiva ternura por su joven sobrina, antes que confiarla a manos extrañas, la embarcó en su propio barco, conduciéndola a Borneo y exponiéndola a los graves peligros de aquellas duras travesías. Durante tres años la niña fue testigo de aquellas sangrientas batallas, en las que morían miles de piratas, y que dieron al futuro rajá Brooke aquella triste celebridad que conmovió profundamente e indignó a sus propios compatriotas. Pero un día lord James, cansado de carnicerías y peligros, y tal vez pensando en su sobrina, abandonó el mar y se estableció en Labuán, ocultándose entre aquellos grandes bosques del centro. Lady Marianna, que tenía entonces catorce años y que durante aquella vida peligrosa había adquirido una energía y fiereza extraordinarias, a pesar de parecer una frágil niña, había intentado rebelarse contra los deseos de su tío, creyendo que no podría acostumbrarse a aquel aislamiento y aquella vida casi salvaje; pero el lobo de mar que no parecía alimentar mucho afecto por ella, permanecía inflexible. Obligada a soportar aquel extraño cautiverio, la joven se había dedicado enteramente a completar su propia educación, que hasta entonces no había tenido tiempo de cuidar. Dotada de una tenaz voluntad, poco a poco había ido dominando los instintos feroces que había contraído en aquellas duras y sangrientas batallas y la rudeza adquirida en el continuo contacto con la gente de mar. Y así, se había convertido en una apasionada cultivadora de la música, de las flores, de las bellas artes, gracias a las instrucciones de una antigua amiga de su madre, muerta más tarde a consecuencia del ardiente clima tropical. Con el progreso de la educación, aun conservando en el fondo de su alma algo de aquella antigua fiereza, se había vuelto bondadosa, gentil y caritativa. No había abandonado la pasión por las armas y los ejercicios violentos, y a menudo, como una indómita amazona, recorría los grandes bosques, persiguiendo incluso a los tigres, o, semejante a una náyade, se lanzaba intrépidamente a las azules olas del mar malayo; pero con más frecuencia se encontraba allí donde había miseria y desventura, llevando socorro a todos los indígenas de los contornos, aquellos mismos indígenas que lord James odiaba a muerte, como descendientes de antiguos piratas. Y así, aquella joven, por su intrepidez, bondad y belleza, se había merecido el sobrenombre de Perla de Labuán, sobrenombre que había volado tan lejos y que había hecho latir el corazón del formidable Tigre de Malasia. Bajo aquellos bosques, casi alejada de toda criatura civilizada, la niña había crecido casi sin darse cuenta de que se había hecho mujer; pero, cuando vio a aquel fiero pirata, había experimentado sin saber por qué una extraña turbación. ¿Qué era? Lo ignoraba. Pero siempre tenía ante sus ojos, y de noche volvía a verlo en sueños, a aquel hombre de figura casi fiera, que tenía la nobleza de un sultán y que poseía la galantería de un caballero europeo; aquel hombre de ojos centelleantes, de largos cabellos negros, con aquel rostro en el que podía leerse claramente un coraje indomable y una energía, más que excepcional, única. Después de haberlo fascinado con sus ojos, su voz y su belleza, había quedado a su vez fascinada y vencida. Al principio intentó reaccionar contra aquel latido de su corazón que para ella era nuevo, como lo era para Sandokán; pero en vano. Sentía siempre que una fuerza irresistible la empujaba a volver a ver a aquel hombre, y que no encontraba la calma más que a su lado; sólo se sentía feliz cuando se encontraba junto a su lecho, y cuando le aliviaba los agudos dolores de la herida con su charla, sus sonrisas, su voz incomparable y su laúd. Y había que ver en aquellos momentos a Sandokán, cuando la joven le cantaba las dulces canciones de su lejano país natal, acompañándolas con los delicados sones de su melodioso instrumento. Entonces dejaba de ser el Tigre de Malasia, dejaba de ser el sanguinario pirata. Mudo, anhelante, empapado de sudor, reteniendo la respiración para no turbar con su aliento aquella voz argentina y melodiosa, escuchaba como un hombre que sueña, como si hubiera querido grabar en su mente aquella lengua desconocida que lo embriagaba y que le mitigaba las torturas de la herida; y cuando la voz, después de haber vibrado por última vez, moría con la última nota del laúd, se le veía permanecer largo tiempo en aquella postura, con los brazos tensos, como si quisiera atraer hacia sí a la joven, con su mirada llameante fija en la mirada húmeda de ella, con el corazón en vilo y los oídos atentos, como si escuchase todavía. En aquellos momentos ya no se acordaba de que era el Tigre, olvidaba su Mompracem, sus praos, sus cachorros, y al portugués, que quizá en aquella hora, creyéndolo perdido para siempre, estaba vengando su muerte acaso con alguna sangrienta represalia. Los días pasaban de esta forma volando, y su curación, poderosamente ayudada por la pasión que le devoraba la sangre, proseguía rápidamente. En la tarde del decimoquinto día, entró el lord de improviso y encontró al pirata de pie, listo para salir. -¡Oh, mi buen amigo! -exclamó alegremente-. ¡Me alegro mucho de veros de pie! -No me era posible quedarme más tiempo en el lecho, milord -respondió Sandokán-. Por lo demás, me siento tan fuerte como para poder luchar contra un tigre. -¡Magnífico! Entonces os pondré pronto a prueba. -¿De qué forma? -He invitado a algunos buenos amigos a la cacería de un tigre que viene por aquí a menudo y anda rondando junto a los muros de mi jardín. Y, puesto que os veo curado, esta noche iré a advertirles que mañana por la mañana iremos a cazar la fiera. -¡Participaré en la batida, milord! -Lo creo; pero decidme ahora: espero que os que daréis algún tiempo más, como huésped mío. -Milord, graves asuntos me reclaman, y tengo que apresurarme a dejaros. -¿Dejarme? ¡Ni pensarlo! Para los negocios hay siempre tiempo, y os advierto que no os dejaré partir antes de algunos meses; vamos, prometedme que os quedaréis. Sandokán le miró con ojos que despedían relámpagos. Para él quedarse en aquella quinta, al lado de aquella jovencita que lo había fascinado, era la vida, lo era todo. No pedía más por el momento. ¿Qué le importaba a él que los piratas de Mompracem le lloraran dándole por muerto, cuando podía volver a ver durante muchos días más a aquella divina joven? ¿Qué le importaba su fiel Yáñez, que quizá lo estaba buscando ansiosamente en las orillas de la isla, jugándose su propia existencia, cuando Marianna empezaba a amarlo? ¿Qué le importaba a él dejar de oír el tronar de la humeante artillería, cuando podía seguir oyendo la deliciosa voz de la mujer amada; o experimentar las terribles emociones de la batalla, cuando ella le hacía experimentar emociones más sublimes? ¿Y qué le importaba, en fin, correr el peligro de ser descubierto, quizá apresado, incluso muerto, cuando podía seguir respirando el mismo aire que alimentaba a su Marianna y vivir en medio de los grandes bosques donde ella vivía? Lo habría olvidado todo por seguir así durante cien años: Mompracem, sus cachorros, sus barcos y hasta sus sangrientas venganzas. -Sí, milord, me quedaré hasta que queráis -dijo con ímpetu-. Acepto la hospitalidad que tan cordialmente me ofrecéis, y si un día (no olvidéis estas palabras, milord) tuviéramos que volver a encontrarnos no ya como amigos, sino como fieros enemigos, con las armas en la mano, sabré recordar entonces el agradecimiento que os debo. El inglés lo miro estupefacto. -¿Por qué me habláis así? -preguntó. -Quizá un día lo sepáis -respondió Sandokán con voz grave. -No quiero averiguar por ahora secretos -dijo el lord, sonriendo-. Esperaré ese día. Sacó el reloj y lo miró. -Tengo que marcharme enseguida, si quiero avisar a mis amigos de la cacería que emprenderemos. Adiós, mi querido príncipe -dijo. Iba ya a salir, cuando se detuvo y añadió: -Si queréis bajar al jardín, encontraréis allí a mi sobrina, que espero sabrá haceros buena compañía. -Gracias, milord. Era aquello lo que Sandokán deseaba: poder encontrarse, aunque fuera por unos minutos, a solas con la jovencita, quizá para descubrirle la pasión gigantesca que le devoraba el corazón. Apenas se vio solo, se acercó rápidamente a una ventana que daba a un inmenso jardín. Allí, a la sombra de una magnolia de China cuajada de flores de penetrante perfume, sentada sobre el tronco caído de una areca, estaba la joven lady. Se hallaba sola, en actitud pensativa, con el laúd sobre las rodillas. A Sandokán le pareció una visión celestial. Toda la sangre se le subió a la cabeza, y el corazón comenzó a latirle con una vehemencia indescriptible. Permaneció allí, con los ojos ardientemente fijos en la jovencita, reteniendo incluso la respiración, como si tuviera miedo de turbarla. Pero de pronto retrocedió, sofocando un grito, que parecía un lejano rugido. Su rostro se alteró espantosamente, adquiriendo una expresión feroz. El Tigre de Malasia, fascinado hasta ese momento, embrujado, se despertaba de improviso, ahora que se sentía curado. Volvía a ser el pirata despiadado, sanguinario, de corazón inaccesible a cualquier pasión. -¿Qué iba a hacer? -exclamó con voz ronca, pasándose las manos por la ardorosa frente-. ¿Será realmente verdad que amo a esa joven? ¿Ha sido un sueño o una inexplicable locura? ¿Es posible que ya no sea yo el pirata de Mompracem, pues me siento atraído por una fuerza irresistible hacia esa hija de una raza a la que juré odio eterno? ¡Amar yo!... ¡Yo, que no he experimentado más que impulsos de odio y que llevo el nombre de una bestia sanguinaria!... ¿Acaso puedo olvidar mi salvaje Mompracem, a mis cachorros, a mi Yáñez, que quizá me están esperando ansiosamente? ¿Acaso he olvidado que los compatriotas de esa joven sólo están esperando el momento propicio para destruir mi poder? ¡Fuera esta visión que me ha perseguido durante tantas noches, fuera estos temblores indignos del Tigre de Malasia! ¡Apaguemos este volcán que arde en mi corazón y hagamos surgir en su lugar mil abismos entre mí y esa sirena hechicera!... ¡Vamos, Tigre, deja oír tu rugido, sepulta el agradecimiento que debes a estas personas que te han curado; vete, huye lejos de estos lugares, regresa a ese mar que sin quererlo te empujó a estas playas, vuelve a ser el temido pirata de la formidable Mompracem! Hablando así, Sandokán se había puesto de pie ante la ventana con los puños cerrados y los dientes apretados, todo él temblando de cólera. Le parecía que se había convertido en un gigante y que oía en la lejanía los aullidos de sus cachorros, que lo llamaban a la batalla, y el retumbar de la artillería. No obstante, permaneció allí, como clavado, delante de la ventana, sujeto por una fuerza superior a su furor, con los ojos siempre ardientemente fijos en la joven lady. -¡Marianna! -exclamó de pronto-. ¡Marianna! Ante aquel nombre adorado, aquel impulso de ira y odio se esfumó como la niebla ante el sol. ¡El Tigre volvía a ser hombre y cada vez más enamorado!... Sus manos se dirigieron involuntariamente hacia el pestillo, y con un rápido gesto abrió la ventana. Un soplo de aire templado, cargado del perfume de mil flores, entró en la habitación. Al respirar aquellas fragancias balsámicas, el pirata se sintió embriagado y notó cómo volvía a despertar en su corazón, más fuerte que nunca, aquella pasión que había intentado sofocar momentos antes. Se apoyó sobre el alféizar y se quedó mirando en silencio, temblando, delirante, a la vaporosa lady. Una fiebre intensa lo devoraba, el fuego se le deslizaba por las venas hasta ir-a parar al corazón, nubes rojas le corrían delante de los ojos, pero incluso en medio de ellas veía siempre a la que lo había embrujado. ¿Cuánto tiempo permaneció allí? Mucho sin duda, pues, cuando volvió de su ensimismamiento, la joven lady ya no estaba en el jardín, el sol se había puesto, las tinieblas habían descendido y en el cielo titilaban miríadas de estrellas. Se puso a pasear por la habitación, con las manos cruzadas sobre el pecho y la cabeza inclinada, absorto en profundos pensamientos. -¡Mira! -exclamó, volviendo hacia la ventana y ofreciendo la frente ardorosa al fresco aire de la noche-. ¡Aquí la felicidad, aquí una nueva vida, aquí una embriaguez, dulce, tranquila; allí Mompracem, una vida tempestuosa, huracanes de hierro, tronar de artillerías, carnicerías sangrientas, mis rápidos praos, mis cachorros, mi buen Yáñez!... ¿Cuál de estas dos vidas elegir? ¡Y sin embargo, toda mi sangre arde cuando pienso en esta joven que ha hecho latir mi corazón antes de verla, y siento en mis venas correr bronce fundido cuando pienso en ella! ¡Diríase que estoy anteponiéndola a mis cachorros y a mi venganza! ¡Y pese a ello, me avergüenzo de mí mismo, pensando que es hija de esa raza que odio tan profundamente! ¿Y si la olvidase? ¡Ah! ¿Sangras, pobre corazón mío, no quieres entonces? ¡Antes era el terror de estos mares, antes nunca había sabido qué era el afecto, antes sólo me gustaba la embriaguez de las batallas y de la sangre... y ahora siento que ya nada podrá gustarme lejos de ella!... Calló y se puso a escuchar el susurro de las frondas y el silbido de su sangre. -¿Y si interpusiera entre mí y esa divina mujer la selva, luego el mar y al fin el odio?... prosiguió-. ¡El odio! Pero ¿podré odiarla? ¡Sin embargo tengo que huir, volver a mi Mompracem, entre mis cachorros!... Si continuase aquí, la fiebre acabaría por devorar toda mi energía, siento que se apagaría para siempre mi poder, que no volvería a ser el Tigre de Malasia... ¡Vamos, andando! Miró abajo: sólo tres metros lo separaban del suelo. Aguzó los oídos y no oyó rumor alguno. Brincó por encima del alféizar, saltó ligeramente entre las plantas y se dirigió hacia el árbol bajo el que pocas horas antes Marianna estaba sentada. -Aquí reposaba ella -murmuró con voz triste-. ¡Oh, qué hermosa estabas, Marianna!... ¡Ya no volveré a verte! ¡No volveré a oír tu voz, nunca... nunca!... Se agachó bajo el árbol y recogió una flor, una rosa de los bosques, que la joven lady había dejado caer. La admiró detenidamente, la olió muchas veces y la escondió apasionadamente en su pecho; después se dirigió a buen paso hacia la cerca del jardín, murmurando: -Vamos, Sandokán. ¡Todo ha terminado!... Se hallaba junto a la empalizada y estaba a punto de saltar, cuando retrocedió vivamente, con las manos en los cabellos, la mirada torva, emitiendo una especie de sollozo. -¡No!... ¡No!... -exclamó con acento desespera -. ¡No puedo, no puedo!... ¡Que se hunda Mompracem, que maten a todos mis cachorros, que desaparezca mi poder, yo me quedo!... Se puso a correr por el jardín como si tuviera miedo de volver a encontrarse bajo la empalizada de la cerca, y no se detuvo hasta que llegó bajo la ventana de su habitación. Vaciló otra vez, y luego, de un salto, se agarró a la rama de un árbol y alcanzó el alféizar de la ventana. Cuando volvió a encontrarse en aquella casa que había dejado con la firme determinación de no volver más, un segundo sollozo vibró en el fondo de su garganta. -¡Ah! -exclamó-. ¡El Tigre de Malasia está a punto de desaparecer! A la caza del tigre Cuando al alba el lord vino a llamar a su puerta, Sandokán aún no había conseguido pegar ojo. Al acordarse de la cacería, en un abrir y cerrar de ojos saltó del lecho, escondió entre los pliegues de la faja su fiel kriss y abrió la puerta, diciendo: -Aquí estoy, milord. -Estupendo -dijo el inglés-. No creía hallaros ya preparado, querido príncipe. ¿Cómo os encontráis? -Me siento con fuerzas para derribar un árbol. -Entonces, démonos prisa. En el parque nos están esperando seis bravos cazadores, que ya están impacientes por descubrir al tigre que mis hombres persiguieron en su batida por el bosque. -Estoy listo para seguiros. ¿Vendrá con nosotros lady Marianna? -Por supuesto. Creo que ya está esperándonos. Sandokán sofocó a duras penas un grito de alegría. -Vamos, milord -dijo-. Ardo en deseos de encontrar al tigre. Salieron y pasaron a un saloncito, cuyas paredes estaban tapizadas con toda clase de armas. Allí Sandokán encontró a la joven lady, más hermosa que nunca, fresca como una rosa, espléndida en su traje azul, que resaltaba vivamente bajo sus rubios cabellos. Al verla, Sandokán se detuvo deslumbrado, y dirigiéndose rápidamente a su encuentro, le dijo, apretándole la mano: -¿También vos participáis en la batida? -Sí, príncipe; me han dicho que vuestros compatriotas son muy valientes en este tipo de cacerías, y quiero veros. -Yo mataré al tigre con mi kriss y os regalaré su piel. -¡No!... ¡No!... -exclamó ella espantada-. Podría sucederos una nueva desgracia. -Por vos, milady, me dejaría despedazar; pero no temáis: el tigre de Labuán no llegará a arrojarme al suelo. En ese momento se aproximó el lord, ofreciendo a Sandokán una rica carabina. -Tomad, príncipe -dijo-. Una bala en ocasiones vale más que un kriss bien afilado. Y ahora vámonos, que los amigos nos esperan. Bajaron al parque, donde estaban esperándolos cinco cazadores; cuatro eran colonos de los contornos, y el quinto, un elegante oficial de marina. Sandokán, al verlo, sin saber con exactitud por qué, experimentó enseguida una profunda antipatía hacia aquel joven, pero reprimió aquel sentimiento y estrechó la mano a todos. El oficial, por el contrario, lo miró detenidamente y de una manera extraña; luego, aprovechando un momento en que nadie se fijaba en él, se aproximó al lord, que estaba examinando la montura de un caballo, y le soltó a quemarropa: -Capitán, tengo la impresión de haber visto antes a ese príncipe malayo. -¿Dónde? -preguntó el lord. -No me acuerdo bien, pero estoy seguro de ello. -¡Bah! Os equivocáis, amigo mío. -Ya lo veremos, milord. -Está bien. ¡A caballo, amigos; todo está preparado!... Tened cuidado, porque el tigre es muy grande y tiene poderosas garras. -Lo mataré de un solo balazo y ofreceré su piel a lady Marianna -dijo el oficial. -Espero matarlo antes que vos, señor -replicó Sandokán. -Lo veremos, amigos -dijo el lord-. ¡Vamos, a caballo! Los cazadores montaron los caballos que habían sido conducidos por algunos criados, mientras lady Marianna saltaba sobre un bellísimo pony con el pelo blanco como la nieve. A una señal del lord todos salieron del jardín, precedidos por algunos batidores y dos docenas de grandes perros. Apenas estuvieron fuera, el pequeño grupo se dividió, para rastrear un gran bosque que se extendía hasta el mar. Sandokán, que montaba un fogoso animal, se lanzó por un estrecho sendero, adelantándose audazmente para ser el primero en descubrir la fiera; los demás tomaron diferentes direcciones y senderos. -¡Vuela, vuela! -exclamó el pirata, espoleando furiosamente al noble animal, que iba en pos de algunos perros que ladraban-. Tengo que demostrar a ese impertinente oficial de lo que soy capaz. No, no será él quien ofrezca la piel del tigre a la lady, aunque tenga que perder los brazos o dejarme despedazar. »Han descubierto al tigre -murmuró Sandokán-. ¡Vuela, corcel, vuela! Atravesó como un relámpago un trecho de selva erizado de durion, palmitos,25 arecas y colosales alcanforeros, y alcanzó a ver a seis o siete batidores que huían. ¿Adónde vais? -preguntó. -¡El tigre! -exclamaron los fugitivos. -¿Dónde está? -¡Cerca del estanque! El pirata descabalgó, ató el caballo al tronco de un árbol, se colocó el kriss entre los dientes y, empuñando la carabina, se lanzó hacia el estanque indicado. Se percibía en el aire un fuerte olor salvaje, el olor peculiar a felino, que perdura algún tiempo después de que han pasado. Miró sobre las ramas de los árboles, desde las que el tigre podía saltarle encima y siguió con precaución por la orilla del estanque, cuya superficie había sido ligeramente removida. -La fiera ha pasado por aquí -dijo-. El ladino ha atravesado el estanque para hacer perder el rastro a los perros, pero Sandokán es un tigre más astuto. Volvió al caballo y montó de nuevo. Estaba a punto de volver a marcharse, cuando oyó cerca un disparo, seguido de una exclamación, cuyo acento lo hizo sobresaltarse. Se dirigió rápidamente hacia el lugar donde se había escuchado la detonación, y en medio de una pequeña explanada vio a la joven lady, sobre su pony blanco, con la carabina aún humeante entre las manos. En un instante se le acercó, dando un grito de alegría. -¡Vos... aquí... sola! -exclamó. -Y vos, príncipe, ¿cómo os encontráis aquí? -preguntó la joven ruborizándose. -Seguía el rastro del tigre. -Yo también. -¿Contra quién habéis disparado? -Contra la fiera, pero ha huido sin haber sido alcanzada. -¡Gran Dios!... ¿Por qué exponéis así vuestra vida? -Para impediros cometer la imprudencia de apuñalar a la fiera con el kriss. -Os habéis equivocado, milady. Pero la fiera está viva todavía y mi kriss está pronto para abrirle el corazón. -¡No lo hagáis! Sois valiente, lo sé, lo leo en vuestros ojos, sois fuerte, sois ágil como un tigre, pero una lucha cuerpo a cuerpo con la fiera podría seros fatal. -¡Qué importa! Quisiera que me causara tan crueles heridas, que me duraran un año entero. -¿Y por qué? -preguntó la jovencita, sorprendida. -Milady -dijo el pirata aproximándose aún más-, ¿no sabéis que mi corazón estalla cuando pienso que llegará un día en que tendré que dejaros para siempre y no volver a veros jamás? Si el tigre me destrozara, al menos podría permanecer aún bajo vuestro techo, gozaría otra vez de esas dulces emociones experimentadas, cuando vencido y herido yacía sobre el lecho del dolor. ¡Sería feliz, muy feliz, si otras crueles heridas me obligaran a permanecer todavía junto a vos, respirar vuestro mismo aire, oír vuestra deliciosa voz, embriagarme con vuestra mirada y vuestras sonrisas! Milady, vos me habéis embrujado, siento que lejos de vos no podría vivir, no volvería a tener paz, sería un desgraciado. ¿Qué habéis hecho de mí? ¿Qué habéis hecho de mi corazón, en otro tiempo inaccesible a cualquier pasión? Mirad: sólo de veros estoy temblando y siento que la sangre me quema en las venas. Ante aquella apasionada e inesperada confesión, Marianna se quedó muda, estupefacta, pero no retiró las manos que el pirata le había cogido y que apretaba con frenesí. -No os enfadéis, milady -prosiguió el Tigre, con voz que descendía como una música deliciosa hasta el corazón de la huérfana-. No os enfadéis si os he confesado mi amor, si os digo que yo, a pesar de ser hijo de una raza de color, os adoro como a un dios, y que un día vos me amaréis. No sé, pero desde el primer momento en que aparecisteis ante mí, no me he sentido bien sobre la tierra; mi cabeza se ha extraviado, os tengo siempre aquí, fija en mi pensamiento, día y noche. Escuchadme, milady, ¡es tan fuerte el amor que arde en mi pecho, que por vos lucharé contra todos, contra el destino, contra Dios! ¿Queréis ser mía? ¡Yo os haré la reina de estos mares, la reina de Malasia! A una sola palabra vuestra, trescientos hombres más feroces que los tigres, que no temen el plomo ni el acero, surgirán e invadirán los estados de Borneo para daros un trono. Decidme todo lo que la ambición os haya podido sugerir y lo tendréis. Tengo oro suficiente para comprar diez ciudades, tengo navíos, tengo soldados, tengo cañones, y soy poderoso, más poderoso de lo que os podéis imaginar. -¡Dios mío! ¿Quién sois vos? -preguntó la jovencita, aturdida por aquel torbellino de promesas y fascinada por aquellos ojos que parecían despedir llamas. -¡Quién soy yo! -exclamó el pirata, mientras su frente se ensombrecía-. ¡Quién soy yo!... Se acercó más a la joven lady y, mirándola fijamente, le dijo con voz profunda: -Hay unas tinieblas a mi alrededor, que es mejor no desgarrar por ahora. Sabed que detrás de esas tinieblas hay algo terrible, tremendo, y sabed también que llevo un nombre que aterroriza no sólo a todas las poblaciones de estos mares, sino que hace temblar al sultán de Borneo e incluso a los mismos ingleses de esta isla. -Y vos, tan poderoso, decís que me amáis -murmuró la jovencita con voz sofocada. -Tanto que por vos sería capaz de hacer cualquier cosa; os amo con ese tipo de amor que hace milagros y comete delitos a un tiempo. Ponedme a prueba: hablad y os obedeceré como un esclavo, sin una queja, sin un suspiro. ¿Queréis que sea rey para daros un trono? Lo seré. ¿Queréis que yo, que os amo con locura, vuelva a la tierra de donde salí? Volveré, aunque martirice mi corazón para siempre. ¿Queréis que me mate delante de vos? Me mataré. ¡Hablad, que mi cabeza se extravía, que la sangre me abrasa, hablad, milady, hablad!... -Entonces... amadme -murmuró la jovencita, sintiéndose vencida por tanto amor. El pirata lanzó un grito, uno de esos gritos que raramente salen de una garganta humana. Casi al mismo tiempo oyeron dos o tres disparos de fusil. -¡El tigre! -exclamó Marianna. -¡Es mío! -exclamó Sandokán. Clavó las espuelas en el vientre del caballo y partió como un rayo con los ojos chispeantes de ardor y el kriss en la mano, seguido de la jovencita, que se sentía atraída hacia aquel hombre, dispuesto a jugarse tan audazmente la existencia por mantener una promesa. Trescientos pasos más allá estaban los cazadores. Delante de ellos, a pie, avanzaba el oficial de marina, con el fusil apuntando hacia un grupo de árboles. Sandokán se arrojó del caballo, gritando: -¡El tigre es mío! Parecía un segundo tigre; daba saltos de dieciséis pies y rugía como una fiera. -¡Príncipe! -gritó Marianna, que se había bajado del caballo. Sandokán no oía a nadie en aquel momento y seguía avanzando a toda carrera. El oficial de marina, que lo precedía a diez pasos, oyéndolo acercarse, apuntó rápidamente el fusil e hizo fuego sobre el tigre, que se hallaba a los pies de un grueso árbol, con las pupilas contraídas, abiertas sus poderosas garras y dispuesto a saltar. Todavía no se había disipado el humo, cuando se vio al tigre atravesar el espacio con un ímpetu irresistible y derribar por tierra al imprudente y desmañado oficial. Estaba a punto de saltar nuevamente y lanzarse sobre los cazadores, pero Sandokán no le dio tiempo. Empuñando fuertemente el kriss, se precipitó contra la fiera, y antes de que ésta, sorprendida de tanta audacia, pensara en defenderse, la derribó al suelo, apretándole con tal fuerza la garganta que sofocaba sus rugidos. -¡Mírame! -dijo-. Yo también soy un tigre. Luego, rápido como el pensamiento, hundió la hoja serpenteante de su kriss en el corazón de la fiera, que cayó como fulminada cuan larga era. Un ¡Hurra! fragoroso acogió aquella proeza. El pirata, que había salido ileso de la lucha, lanzó una mirada de desprecio al oficial, que estaba levantándose del suelo, y luego, volviéndose hacia la joven lady, que se había quedado muda de terror y angustia, con un gesto del que se hubiera sentido orgulloso un rey, dijo: -Milady, la piel del tigre es vuestra. 9 La traición La cena ofrecida por lord James a sus invitados fue una de las más espléndidas y alegres que se habían dado hasta entonces en la quinta. La cocina inglesa, representada por enormes beefsteaks26 y colosales puddings, y la cocina malaya, representada por asados de tucanes, ostras gigantescas llamadas de Singapur, tiernos bambúes cuyo sabor recuerda los espárragos de Europa, y una montaña de fruta exquisita, fueron saboreados y alabados por todos. Ni que decir tiene que todo fue rociado con gran número de botellas de vino, gin, brandy y whisky, que servían para brindar repetidamente en honor de Sandokán y de la tan gentil como intrépida Perla de Labuán. A la hora del té, la conversación se puso animadísima, y se habló de tigres, cacerías, piratas, navíos de Inglaterra y de Malasia. Sólo el oficial de marina se mantenía silencioso y parecía ocupado únicamente en estudiar a Sandokán; en efecto, no lo perdía de vista un solo instante, y no se dejaba escapar una sola de sus palabras, ni uno solo de sus gestos. De pronto, dirigiéndose a Sandokán, que estaba hablando de la piratería, le preguntó bruscamente: Perdonadme, príncipe, ¿hace mucho tiempo que habéis llegado a Labuán? -Llevo aquí veinte días, señor -respondió el Tigre. -¿Por qué razón no se ha visto vuestra nave en Victoria? -Porque los piratas me arrebataron los dos praos en que venía. -¡Los piratas!... ¿Vos habéis sido asaltado por los piratas? ¿Y dónde? -En las cercanías de las Romades. -¿Cuándo? -Pocas horas antes de mí llegada a estas costas. -Sin duda os equivocáis, príncipe, porque justamente entonces nuestro crucero navegaba por esos parajes y no oímos ningún cañonazo. -Quizá el viento soplaba de levante -respondió Sandokán, que comenzaba a ponerse en guardia, no sabiendo adónde quería ir a parar el oficial. -¿Y cómo llegasteis hasta aquí? -A nado. -¿Y no habéis asistido a un combate entre dos barcos corsarios, que se dice iban mandados por el Tigre de Malasia, y un crucero? -No. -¡Qué extraño! -Señor, ¿ponéis en duda mis palabras? -preguntó Sandokán, poniéndose en pie. -¡Dios me libre, príncipe! -respondió el oficial, con ligera ironía. -¡Oh! ¡Oh! -exclamó el lord, interviniendo-.Baronet William, os ruego que no arméis disputas en mi casa. -Perdonadme, milord, no era mi intención -respondió el oficial. -No se hable más, pues. Probemos ahora otro vaso de este delicioso whisky y luego levantaremos la mesa, porque la noche ha caído ya, y las selvas de la isla no son seguras cuando hay mucha oscuridad. Los convidados hicieron honor por última vez a las botellas del generoso lord; luego se levantaron todos y salieron al jardín, acompañados de Sandokán y de la lady. -Señores -dijo lord James-. Espero que volvamos a encontrarnos pronto. -Podéis estar seguro de que no faltaremos -dijeron a coro los cazadores. -Y esperamos que no os falte la ocasión de ser más afortunado, baronet William -añadió, volviéndose hacia el oficial. -Tiraré mejor -respondió éste, dejando caer sobre Sandokán una mirada iracunda-. Permitidme ahora una palabra, milord. -Y dos también, amigo mío. El oficial le murmuró al oído algo que nadie más pudo oír. -Está bien -respondió el lord-. Y ahora, buenas noches, amigos, y que Dios os guarde de malos encuentros. Los cazadores montaron a caballo y salieron del jardín a galope. Sandokán, después de haber saludado al lord, que parecía haberse puesto de pronto de bastante mal humor, y tras haber estrechado apasionadamente la mano a la joven lady, se retiró a su propia habitación. En vez de acostarse, se puso a pasear, presa de una viva agitación. Una vaga inquietud se reflejaba en su rostro y sus manos apretaban la empuñadura del kriss. Pensaba sin duda en aquella especie de interrogatorio a que lo había sometido el oficial de marina y que podía esconder una trampa hábilmente urdida. ¿Quién era aquel oficial? ¿Qué motivos lo habían empujado a interrogarlo de aquel modo? ¿Acaso lo había encontrado sobre el puente del piróscafo en aquella noche sangrienta? ¿Había sido reconocido o el oficial sólo tenía una simple sospecha? ¿Acaso se estaba tramando en aquel momento algo contra el pirata? -¡Bah! -dijo finalmente Sandokán, encogiéndose de hombros-. Si se preparase alguna traición, yo sabría ahuyentarla, porque siento que sigo siendo todavía el hombre que nunca ha temido a estos ingleses. Vamos a descansar, y mañana veremos lo que se debe hacer. Se echó sobre el lecho sin desnudarse, colocó a su lado el kriss y se durmió tranquilamente con el dulce nombre de Marianna entre los labios. Se despertó a eso del mediodía, cuando el sol entraba ya por la ventana, que se había quedado abierta. Llamó a un criado y le preguntó dónde estaba el lord; éste le respondió que había salido a caballo antes del alba, en dirección a Victoria. Aquella noticia, que ciertamente no esperaba, lo llenó de estupor. -¡Se ha marchado! -murmuró-. ¿Se ha marchado sin haberme dicho nada anoche? ¿Por qué razón? ¿No se estará tramando alguna traición contra mí? ¿Y si esta noche volviera no como amigo, sino como fiero enemigo? ¿Qué haré con este hombre que me ha curado como un padre y que es tío de la mujer que adoro? Tengo que ver a Marianna antes de que sepa nada. Bajó al jardín con la esperanza de encontrarla, pero no vio a nadie. Sin querer, se dirigió al árbol caído, donde ella solía sentarse, y se detuvo, dando un profundo suspiro. -¡Ah, qué hermosa estabas, Marianna, aquella tarde en que yo pensaba huir! – murmuró pasándose una mano por la ardorosa frente -. ¡Tonto de mí, yo intentaba alejarme para siempre de ti, adorable criatura, cuando tú también me amabas! ¡Extraño destino! ¿Quién habría dicho que un día llegaría a amar a una mujer? ¡Y cómo la amo! Tengo fuego en las venas, fuego en mi corazón, fuego en mi cerebro e incluso en mis huesos, y va creciendo a medida que la pasión se agiganta. Siento que por esa mujer sería capaz de hacerme inglés, por ella me vendería como esclavo, abandonaría para siempre la borrascosa vida de aventurero, maldeciría a mis cachorros y este mar que domino y que considero como sangre de mis venas. Inclinó la cabeza sobre el pecho, sumiéndose en profundos pensamientos, pero poco después volvió a levantarla, con los dientes convulsamente apretados y los ojos llameantes. -¿Y si ella rechazase al pirata? -exclamó con voz silbante-. ¡Oh, no es posible, no es posible! ¡Aunque tenga que vencer al sultán de Borneo para darle un trono o prender fuego a toda Labuán, ella será mía, mía!... El pirata se puso a pasear por el jardín, con el rostro descompuesto, presa de una violentísima agitación que lo hacía temblar de pies a cabeza. Una voz bien conocida, que sabía encontrarle el camino del corazón incluso a través de la tempestad, lo hizo volver en sí. Lady Marianna había aparecido a la vuelta de un sendero, acompañada de dos indígenas armados hasta los dientes, y lo llamó. -¡Milady! -exclamó Sandokán, corriendo a su encuentro. -Os buscaba, mi valeroso amigo -dijo ella enrojeciendo. Luego se llevó un dedo a los labios, como para recomendar silencio, y, tomándolo de la mano, lo condujo a