libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. London, Jack (1876-1916) Escritor estadounidense. Combina en su obra el más profundo realismo con los sentimientos humanitarios y el pesimismo. John Griffith London nació en San Francisco hijo de un astrólogo ambulante, al que no conoció, y de una espiritista que se casó con Yack London meses después del nacimiento de su hijo. Completó sus estudios de bachillerato mientras realizaba diversos trabajos. En 1897 y 1898 viajó a Alaska, empujado por la corriente de la fiebre del oro. Antes había sido marino, pescador, e incluso contrabandista. De regreso a San Francisco comenzó a relatar sus experiencias. En 1900 publicó una colección de relatos titulada El hijo del lobo que le proporcionó un gran éxito popular. Publicó más de 50 libros que le supusieron grandes ingresos pero que dilapidó en viajes y alcohol. Fue corresponsal de guerra y vivió dos matrimonios tormentosos. Se suicidó a la edad de 40 años. De ideas socialistas y siempre del lado de los trabajadores, London fue militante comunista e incluso agitador político. Pero, autodidacta como era, las lecturas del filósofo alemán Nietzsche le llevaron a formular que el individuo debe alzarse frente a las masas y las adversidades. Esta contradicción individualidad-colectividad está presente en su obra. Su tesis general es la de que el ser humano no es bueno por naturaleza, y sólo los fuertes consiguen alzarse en la vida que es dura; estos seres serán los que pongan los cimientos para una sociedad más justa. Muchos de sus relatos, entre los que destaca su obra maestra, La llamada de la selva (1903), hablan de la vuelta de un ser civilizado a su estado primitivo, y la lucha por la supervivencia. Su estilo, brutal, vivo y apasionante, le hizo enormemente famoso fuera de su país. Sus novelas se han traducido a numerosas lenguas. Entre sus principales obras cabe mencionar Los de abajo (1903), sobre la vida de los pobres en Londres; El lobo de mar (1904), una novela basada en sus experiencias como cazador de focas; Colmillo blanco (1906) un libro pesimista sobre la crueldad, la hegemonía de los más fuertes y la lucha por la libertad. John Barleycorn (1913), un relato autobiográfico sobre su batalla personal contra el alcoholismo, El vagabundo de las estrellas (1915), una serie de historias relacionadas entre sí sobre el tema de la reencarnación. EL LOBO DE MAR Jack London CAPITULO I Apenas sé por dónde empezar; pero a veces, en broma, pongo la causa de todo ello en la cuenta de Charley Furuseth. Este poseía una residencia de verano en Mill Valley, a la sombra del monte Tamalpaís, pero ocupábala solamente cuando descansaba en los meses de invierno y leía a Nietzsche y a Schopenhauer para dar reposo a su espíritu. Al llegar el verano, se entregaba a la existencia calurosa y polvorienta de la ciudad y trabajaba incesantemente. De no haber tenido la costumbre de ir a verle todos los sábados y permanecer a su lado hasta el lunes, aquella mañana de un lunes de enero no me hubiese sorprendido navegando por la bahía de San Francisco. No es que navegara en una embarcación poco segura, porque el Martínez era un vapor nuevo que hacia la cuarta o quinta travesía entre Sausalito y San Francisco. El peligro residía en la tupida niebla que cubría al mar, y de la que yo, hombre de tierra, no recelaba lo más mínimo. Es más: recuerdo la plácida exaltación con que me instalé en el puente de proa, junto a la garita del piloto, y dejé que el misterio de la niebla se apoderara de mi imaginación. Soplaba una brisa fresca, y durante un buen rato permanecí solo en la húmeda penumbra, aunque no del todo, pues sentía vagamente la presencia del piloto y del que ocupaba la garita de cristales situada a la altura de mi cabeza, que supuse sería el capitán. Recuerdo que pensaba en la comodidad de la división del trabajo, que me ahorraba la necesidad de estudiar las nieblas, los vientos, las mareas y el arte de navegar, para visitar a mi amigo que vivía al otro lado de la bahía. Estaba bien eso de que se especializaran los hombres, meditaba yo. Los conocimientos peculiares del piloto y del capitán bastaban para muchos miles de personas que entendían tanto como yo del mar y sus misterios. Por otra parte, en lugar de dedicar mis energías al estudio de una multitud de cosas, las concentraba en unas pocas materias particularmente, tales como, por ejemplo, investigar el lugar que Edgar Poe ocupa en la literatura americana, un ligero ensayo que acababa da publicar el Atlantic, periódico de gran circulación. Al llegar a bordo y entrar en la cabina, sorprendí a un caballero gordo que leía el Atlantic, abierto precisamente por la página donde estaba mi ensayo. Y aquí venía otra vez la división del trabajo; los conocimientos especiales del piloto y del capitán permitían al caballero gordo leer mi especial conocimiento de Poe, mientras le transportaban con toda seguridad desde Sausalito a San Francisco. Un hombre de rostro colorado, cerrando ruidosamente tras él la puerta de la cabina, interrumpió mis reflexiones. En mi mente se grabó todo esto para usarlo en un ensayo en proyecto que pensaba titular: La necesidad de la independencia. Una defensa para el artista. El hombre del rostro colorado dirigió una mirada a la garita del piloto, observó la niebla que nos envolvía, dio una vuelta, cojeando, por la cubierta (evidentemente llevaba las piernas artificiales), y se detuvo a mi lado con las piernas muy separadas y una expresión de satisfacción intensa en el semblante. No me equivoqué al conjeturar que había pasado la mayor parte de su vida en el mar. -Un tiempo asqueroso como éste hace encanecer antes de hora -dijo, señalando con la cabeza la garita del piloto. -Yo no me figuraba que esto exigiese ningún esfuerzo especial -repuse-. Parece tan sencillo como el a b c conocer la dirección por la brújula, la distancia y la velocidad. Lo hubiese llamado seguridad matemática. -¡Sencillo como el a b c! ¡Seguridad matemática! -dijo, excitado. Pareció crecerse y se me quedó mirando, con el cuerpo inclinado hacia atrás. -¿Cree usted que se aventuran muchos a cruzar con este tiempo la Puerta de Oro? preguntó, o mejor dicho rugió-. ¿Cómo avanzar a la ventura? ¿Eh? Escuche y verá. La campana de una boya; pero, ¿dónde se halla? Mire cómo cambian de dirección. A través de la niebla llegaba el triste tañido de una campana, y vi al piloto que hacía rodar el volante con gran presteza. La campana que me pareció oír a proa sonaba ahora a un lado. Nuestra propia sirena silbaba incesantemente y de vez en cuando nos llegaba el sonido de otras sirenas. -Será algún barco de los que cruzan la bahía -dijo el recién llegado, refiriéndose a un pito que oíamos a la derecha-. ¿Y esto? ¿Oye usted? Probablemente alguna goleta sin quilla. ¡Mejor será que vaya usted con cuidado, caballero de la goleta! ¡Ahora sube el demonio en busca de alguien! El invisible barco de transporte silbaba una y otra vez y el cuerno sonaba con muestras de terror. -Ahora están ofreciéndose mutuamente los respetos y tratando de salir del atolladero -prosiguió el hombre del rostro colorado al cesar aquella confusión. La excitación le hacía resplandecer la cara y brillarle los ojos cuando traducía al lenguaje articulado las expresiones de cuernos y pitos. -Eso es la sirena de un buque que pasa por la izquierda. ¿Y no oye usted a este individuo, que parece tener una rana en la garganta? Si no me equivoco, es una goleta de vapor que llega de los Heads luchando con la marea. Un pitido pequeño y estridente, silbando como un loco, llegaba directamente por la proa y de muy cerca. Sonaron los gongos del Martínez. Detuviéronse nuestras hélices, cesaron sus latidos y después comenzaron de nuevo. El pequeño pitido estridente, que parecía el chirrido de un grillo entre los gritos de animales mayores, cruzó la niebla por nuestro lado y se fue perdiendo rápidamente. Miré hacia mi compañero para que me ilustrara. -Una de esas lanchas del demonio -dijo-. ¡Casi hubiera valido la pena hundir a este bicho! Ellos son la causa de muchas calamidades. ¿Y a ver de qué sirven? Llevan a bordo un asno cualquiera, que los hace correr como locos, tocando el pito a toda orquesta para advertir a los demás que tengan cuidado, pues ellos no saben tenerlo. ¡Llega él y tiene uno que andar con precaución, dejarle paso y qué sé yo! ¡Claro que esto es de la más elemental urbanidad, pero ésos no tienen de ella la menor idea! A mí me divertía aquella cólera, que creía injustificada, y mientras cojeaba él indignado, yo me detuve a meditar sobre el romanticismo de la niebla. Y en verdad que lo tenia aquella niebla, semejante a la sombra gris del misterio infinito, que cobija a la tierra en su rodar vertiginoso; y los hombres, simples átomos de luz y chispas, maldecidos, con un mismo gusto por el trabajo montados en sus construcciones de acera y madera, cruzan el corazón del misterio, abriéndose a tientas el camino por entre lo invisible, gritando y chillando en un lenguaje procaz, en tanto pesa en sus corazones la incertidumbre y el miedo. La voz de mi compañero me hizo volver a la realidad con una carcajada. Yo también me había debatido mientras creía correr muy despierto a través del misterio. -Alguien nos sale al encuentro -decía-. Pero, ¿no oye usted? Viene corriendo y se nos echa encima. Parece que aún no nos ha oído. El viento llega en dirección contraria Teníamos de cara el aire fresco y a un lado, algo a proa, se oía distintamente el pito. -¿Un barco de transporte? pregunté. Asintió con la cabeza, y luego añadió -De lo contrario, no metería tanta bulla Parece que los de ahí arriba empiezan a impacientarse. Miré en aquella dirección. El capitán había sacado la cabeza por la garita del piloto y clavaba los ojos con insistencia en la niebla como si quisiese penetrarla con la fuerza de su voluntad. En su rostro se reflejaba la inquietud, lo mismo que en el del piloto, que habla llegado hasta la barandilla y miraba con igual insistencia en dirección del peligro invisible. Entonces ocurrió todo con una rapidez inaudita. La niebla se abrió como rasgada por una cuña, y surgió la proa de un vaporcillo, arrastrando a cada lado jirones de neblina. Pude distinguir la garita del piloto y asomado a ella un hombre de barba blanca. Vestía uniforme azul y sólo recuerdo su corrección y tranquilidad. Esta tranquilidad era terrible en aquellas circunstancias. Aceptaba el Destino, caminaba de su mano y media el golpe fríamente. Nos examinó con mirada serena e inteligente, como para determinar el lugar preciso de la colisión, sin darse por enterado, cuando nuestro piloto, pálido de coraje, le gritaba: "¡Usted tiene la culpa!". Al volverme comprendí que la observación era demasiado evidente para hacer necesaria la réplica. -Coja algo y prepárese me dijo el hombre del rostro colorado. Todo su furor había desaparecido y parecía haberse contagiado de aquella calma sobrenatural. -Y escuche los gritos de las mujeres prosiguió advirtiéndome, con espanto... casi con amargura, como si ya en otra ocasión hubiese pasado por la misma experiencia. Los barcos chocaron antes de que yo hubiese podido seguir su consejo. El golpe debió ser en el centro del buque, pues el extraño vapor había pasado fuera de mi campo de visión y no vi nada. El Martínez se tumbó bruscamente y se oyeron crujidos de maderas. Caí de bruces sobre la cubierta mojada y en el mismo instante oí los gritos de las mujeres. Ciertamente era un estrépito indescriptible, que me heló la sangre y me llenó de pánico. Me acordé de los salvavidas dispuestos en la cabina, pero en la puerta me vi repelido bruscamente por hombres y mujeres enloquecidos. Lo que sucedió durante los minutos siguientes no lo recuerdo bien, aunque conservo una memoria clara de unos salvavidas arrancados de los soportes, en tanto que el hombre del rostro colorado los sujetaba alrededor de los cuerpos de aquellos seres convulsos. El recuerdo de esta visión es el más claro de todos. Todavía parece que estoy viendo los bordes dentados del boquete en el lado de la cabina donde se arremolinaba la niebla gris; los cama- rotos vacíos, revueltos, con todas las muestras de una súbita huida, tales como paquetes, bolsas de mano, paraguas y envoltorios; el hombre gordo que estuvo leyendo mí ensayo embutido en corcho y lona conservando la revista en la mano y preguntándome con monótona insistencia sí creía que hubiese peligro; el del rostro colorado cojeando valerosamente por allí con sus piernas artificiales y proveyendo de salvavidas a cuantos iban llegando; y, finalmente, el grupo de mujeres chillando enloquecidas. Estos gritos era lo que más me atacaba los nervios. Idéntico efecto debían producirle al hombre del rostro colorado, pues conservo otra visión que jamás se borrará de mi mente. El hombre gordo, guardándose la revista en el bolsillo de la americana, miraba con curiosidad. Un revuelto grupo de mujeres, con los semblantes desencajados y las bocas abiertas, chillaban como almas en pena, y el hombre del rostro colorado, encendido de furor como si estuviera lanzando rayos, gritaba: "¡Cállense, oh, cállense!". Recuerdo que la escena me impulsó a reír de pronto, y un instante después me di cuenta de que yo también era presa del histerismo. Aquellas mujeres, que eran de mi propio raza, semejantes a mí madre y hermanas, se veían invadidas por el terror de la muerte y se negaban a morir. Aquellas voces traíanme a la memoria los chillidos de los cerdos bajo el cuchillo del carnicero y me horroricé ante tan completa analogía. Aquellas mujeres, capaces de las más sublimes emociones, de los más tiernos sentimientos, seguían dando alaridos. Querían vivir, estaban desamparadas y chillaban como ratas en una trampa. El horror de todo esto me empujó fuera de la cubierta. Sentíame mareado, y me senté en un banco. Como a través de una bruma vi y oí a los hombres precipitarse y dar voces en sus esfuerzos por arriar los botes. Era una escena como para ser leída en un libro. Las cuerdas estaban apretadas; nada obedecía. Descendió un bote sin los tarugos, ocupado por mujeres y niños, y al llenarse de agua se hundió. Otro bote fue arriado por un extremo y el otro continuó colgado del aparejo, donde quedó abandonado. No se veía nada del extraño buque que había ocasionado el desastre, pero oí decir a los hombres que indudablemente enviaría botes para socorrernos. Bajé a la cubierta inferior. Comprendí que el Martínez se hundía rápidamente porque el agua estaba ya muy cerca. Muchos de los pasajeros saltaban por la borda; otros, ya en el agua, clamaban que se les subiesen de nuevo al barco. Nadie les atendía. Se elevó un grito diciendo que nos hendíamos. Fui presa del consiguiente pánico y me lancé al mar entre una oleada de cuerpos. Ignoro cómo sucedió, pero comprendí instantáneamente por qué los que estaban en el agua deseaban tanto volver a bordo. Estaba fría, tan fría, que resultaba dolorosa, y cuando me hundí en ella su mordedura fue tan rápida y aguda como la del fuego. Mordía los tuétanos; parecía la presión de la muerte. Me debatí, abrí la boca angustiado, y antes de que el salvavidas me hubiese vuelto a la superficie, el agua me había llenado los pulmones. Sentí en la boca el fuerte sabor de la sal, y con aquella cosa acre en los pulmones y la garganta, me ahogaba por momentos. Pero lo que más me molestaba era el frío. Sentía que no podría sobrevivir sino muy pocos minutos. A mi alrededor había gente debatiéndose y luchando con el agua; les oía llamarse unos a otros. Y oí también ruido de remos. Evidentemente, aquel buque extraño había arriado los botes. Pasado algún tiempo me maravillé de continuar aún con vida; había perdido la sensación en los miembros inferiores y ya el frío empezaba a invadirme el corazón y a paralizarlo. Pequeñas olas erizadas de espuma rompían de continuo sobre mí, molestándome en grado sumo y produciéndome angustias indescriptibles. Los ruidos se fueron haciendo menos distintos, pero finalmente oí en lontananza un coro desesperado de gritos y comprendí que el Martínez acababa de hundirse. Más tarde, ignoro el tiempo que transcurriría, recobré el sentido con un estremecimiento de espanto. Estaba solo. Ya no se oían ni voces ni gritos..., únicamente el ruido de las olas, a las que la niebla comunicaba reflejos sobrenaturales. El pánico en una multitud unida en cierto modo por la comunidad de intereses no es tan terrible como el pánico en la soledad, y este pánico es el que yo sufría ahora. ¿Adónde me arrastraban las aguas? El hombre del rostro colorado había dicho que la corriente se alejaba de la Puerta de oro. Pues entonces, ¿me empujaba hacia afuera? ¿Y el salvavidas que me sostenía? Yo había oído decir que estos objetos eran de papel y cañas, por lo que pronto se saturaban y sumergían. Me sentía incapaz de nadar. Y estaba solo, flotando, aparentemente, en medio de aquella inmensidad gris y primitiva. Confieso que perdí la razón que chillé con todas mis fuerzas, como lo habrían hecho las mujeres, y agité el agua con las manos entumecidas. No tengo idea de cuánto duró esto, porque sobrevino una confusión de la que no recuerdo más de lo que se recuerda de un sueño inquietante y doloroso. Cuando desperté me pareció que habían transcurrido varias centurias; y vi surgir de la niebla, casi encima de mí, la proa de un barco y tres velas triangulares, ingeniosamente enlazadas entre sí e hinchadas por el aire. La proa cortaba el agua, formando borbotones de espuma, y no parecía abandonar el rumbo. Traté de gritar, pero estaba demasiado agotado. Al zambullirse la proa, faltó poco para que me tocara y me roció completamente la cabeza. Después comenzó a deslizarse por mi lado el costado negro y largo de la embarcación, y tan cerca, que hubiera podido tocarlo con la mano. Quise alcanzarlo con una loca resolución de agarrarme con las uñas a la madera, pero los brazos sin vida me pesaban enormemente. De nuevo hice esfuerzos por gritar, pero no logré emitir ningún sonido. Pasó la proa del barco hundiéndose en una concavidad formada por las olas; y distinguí a un hombre junto al timón y a otro que no parecía tener más ocupación que la de fumar un cigarro. Vi el humo salir de sus labios, cuando volvió la cabeza lentamente y fijó los ojos en el agua en dirección mía. Fue una mirada indiferente, impremeditada, una de esas cosas casuales que hacen los hombres cuando no les llama particularmente otra tarea más inmediata, pero que, sin embargo, han de realizarla porque viven y necesitan hacer algo. En aquella mirada se juntaban la vida y la muerte. Pude ver cómo la niebla se tragaba el barco; vi la espalda del hombre que estaba en el timón, y la cabeza del otro, hombre que se volvía lenta, muy lentamente, y su mirada rozaba el agua hasta dirigirse por casualidad hacia mí. En su semblante había una expresión de abandono, como de meditación profunda, y temí que aquellos ojos, no obstante estar fijos en mí, no me vieran. Pero me encontraron y se clavaron en los míos; y me vio, porque saltó sobre el timón, empujando al hombre a un lado, y viró en redondo al mismo tiempo que voceaba unas órdenes. El barco pareció trazar una tangente a su ruta anterior y saltó casi instantáneamente, perdiéndose en la niebla. Yo sentía cómo me sumergía en la inconsciencia, y trataba con la fuerza de mi voluntad de luchar contra aquella confusión que me ahogaba y las tinieblas que empezaban a envolverme. Un poco después oí golpes de remo que iban acercándose y las voces de un hombre. Cuando estuvo ya muy próximo, le oí gritar en tono enojado: %Por qué diablo no cantará?". Esto debía referirse a mí, pensé entonces; pero ya la confusión y las tinieblas me envolvieron por completo. CAPITULO II Creí estar balanceándome en un ritmo poderoso por la inmensidad de la órbita. Estallaban chispas de luz que pasaban raudas por mi lado. Comprendí que eran estrellas y cometas resplandecientes que acompañaban mi fuga por entre los soles. Cuando alcancé el límite de mi vuelo y me disponía a volverme, atronó los espacios el golpe de un gran gongo. Durante un período de tiempo inconmensurable, gocé y saboreé mi formidable vuelo envuelto en las ondulaciones de plácidas centurias. Después el sueño cambió de aspecto; yo me decía que no podía ser sino un sueño. El ritmo se fue acortando. Me sentía lanzado de un lado a otro con irritante rapidez. Apenas podía cobrar aliento, tal era la fuerza con que me veía impelido a través del espacio. El gongo sonaba con más frecuencia y más furia. Empecé a oírlo con un terror indecible. Después me pareció que me arrastraban por una arena áspera, blanca y caldeada por el sol. Esto dio lugar a una sensación de angustia infinita. Mi piel se chamuscaba en el tormento del fuego. El gongo retumbaba. Las chispas luminosas pasaban junto a mí en una corriente interminable, como si todo el sistema se precipitara en el vacío. Abrí la boca, respiré dolorosamente y abrí los ojos. A mi lado, y manipulándome, había dos hombres arrodillados. Aquel ritmo poderoso era el vaivén de una embarcación en el mar. El terrible gongo era una sartén colgada en la pared que resonaba a cada movimiento del barco. La arena áspera y ardiente, las manos de un hombre que me frotaba el pecho desnudo. Me encogí de dolor y levanté a medias la cabeza. Tenía el pecho rojo y desollado y vi asomar unas gotitas de sangre por la piel inflamada y lacerada. -Ya habrá bastante, Yonson -dijo uno de los hombres-. ¿No ves que has frotado hasta hacer salir sangre de esta piel tan delicada? El hombre a quien se había llamado Yonson, un tipo gigantesco de escandinavo, cesó de manipularme y se puso de pie pesadamente. El otro que había hablado no podía ocultar que era londinense, tenía los rasgos puros y de una belleza enfermiza, casi afeminada, del hombre que con la leche de su madre ha absorbido el sonido de las campanas de la iglesia de Bow. Una gorra sucia de muselina en la cabeza y un delantal de dudosa limpieza alrededor de sus angostas caderas proclamaban su condición de cocinero de la no menos sucia cocina del barco en que me hallaba. -¿Cómo se encuentra usted ahora, señor? -preguntó con una sonrisa servil, consecuencia de varias generaciones de antepasados acostumbrados a esperar la propina. Para responder, traté de sentarme, a pesar de mi gran debilidad, y Yonson me ayudó a ponerme de pie. Los golpes de la sartén me atacaban los nervios horriblemente. No podía reunir mis ideas. Apoyándome en las maderas de la cocina y debo confesar que la grasa de que estaban impregnadas me hizo rechinar los dientes-, alcancé el escandaloso utensilio por encima de los hornillos calientes, lo descolgué y lo dejé sobre la caja del carbón. El cocinero hizo una mueca ante mis manifestaciones de nerviosidad y me puso en la mano un vasito humeante, diciendo: `Esto le hará a usted bien". Era un brebaje nauseabundo -café de barco-, pero el calor me reanimó. Mientras tragaba aquella infusión dirigí una mirada a mi pecho desollado y sanguinolento, y me volví hacia el escandinavo. -Gracias, míster Yonson -dije-; pero, ¿no cree usted que sus remedios son algo heroicos? Más que el reproche de mis palabras, comprendió el de mi gesto, pues levantó la palma de la mano para examinarla. Era extraordinariamente callosa. Pasé la mía por las duras desigualdades y una vez más me rechinaron los dientes al contacto de tan horribles aspereza. -Mi nombre es Johnson, no Yonson -dijo en muy buen inglés, aunque un poco lento, con un acento extranjero apenas perceptible. En sus ojos de azul pálido asomó una dulce protesta, acompañada de franqueza tímida y de una dignidad que me ganaron por completo. -Gracias, mister Johnson -corregí, y le tendí la mano. Titubeó, un poco avergonzado, se apoyó en una pierna, luego en la otra, y después sonrojándose, cogió mi mano con vigoroso apretón. -¿Tiene ropa seca que pueda ponerme? pregunté al cocinero. -Sí, señor -contestó alegremente-. Bajaré corriendo y veré en mi equipaje, si usted, señor, no tiene inconveniente en usar mis cosas. Salió por la puerta de la cocina, o más bien, se escurrió, con un paso tan rápido y suave que me llamó la atención por ser al mismo tiempo felino y untuoso. Esta untuosidad, como pude comprobar más adelante, era el rasgo más saliente de su personalidad. -¿Y dónde estoy? -interrogué a Johnson, a quien tomé, acertadamente, por uno de los marineros-. ¿Qué clase de barco es éste y adónde se dirige? -A la altura de las Farallones, con la proa al Sudoeste -respondió lentamente y con método, como tanteando el inglés y observando estrictamente el orden de mis preguntas-. La goleta Ghost, que se dirige al Japón a pescar focas. -¿Y quién es el capitán? Necesito hablarle tan pronto como esté vestido. Johnson pareció aturullarse. Se quedó titubeando mientras medía sus palabras y componía una respuesta completa. -El capitán es Wolf1 Larsen, o al menos así le llaman los hombres. Yo nunca le oí otro nombre. Será bueno que le hable usted dulcemente. Esta mañana está loco. El segundo... Pero no concluyó. Acababa de entrar el cocinero. -Podrías salir de aquí, Yonson -dijo-. El viejo te necesitará en la cubierta, y no conviene que le exasperes. Johnson, obedeciendo, se volvió hacia la puerta, y al mismo tiempo, por encima del hombro del cocinero me hizo un ademán de una solemnidad aterradora, como para dar más energía a su interrumpida advertencia para hacerme comprender la necesidad de hablar dulcemente al capitán. Del brazo del cocinero pendían unas cuantas prendas de vestir revueltas, arrugadas, malolientas y de aspecto repugnante. -Están húmedas, señor -dijo a guisa de explicación-. Pero tendrá que remediarse con ellas mientras seco las suyas al fuego. Cogido e. las maderas, dando traspiés con el vaivén del barco y ayudado por el cocinero, conseguí meterme en una burda camiseta de lana. En el mismo instante me raspó la carne el desagradable contacto. Dándose cuenta de mis muecas y movimientos involuntarios, sonrió con afectación: -Supongo que no habrá usado en su vida nada semejante, porque tiene una piel tan fina, que más parece de mujer. En cuanto le vi, adiviné que era usted un caballero. Al principio me había inspirado repugnancia, pero cuando me ayudó a vestir, esta repugnancia fue en aumento. Había algo repulsivo en su contacto. Me aparté de sus manos, puesta toda mi carne en rebelión. Y entre esto y los olores que subían de los varios pucheros que hervían en la cocina, me hacían desear el momento de salir al aire fresco. Además, había necesidad de ver al capitán para ponernos de acuerdo sobre la manera de desembarcarme. Una camisa de algodón, barata, con el cuello rozado y la pechera descolorida por algo que juzgué antiguas manchas de sangre, me fue puesta, entre un tropel de comentarios y excusas vehementes. Encerraban mis pies unas botas de cuero sin curtir, como las que usan los obreros, y hacían las veces de pantalones unos calzones azules, deslavazados, de los cuales una pierna era diez pulgadas más corta que la otra. Esta última hacía pensar en un diablo que al querer apoderarse del alma del londinense se hubiese agarrado allí, quedándose con la materia en vez del espíritu. -¿A quién debo agradecer tanta amabilidad? -pregunté cuando ya estuve completamente equipado, con una gorrita de niño en la cabeza, y llevando en lugar de americana una chaqueta de algodón que me llegaba a la cintura y cuyas mangas apenas me cubrían los codos. El cocinero se apartó con un gesto de fingida humildad y una sonrisa implorante y servil. Si no me engañaba la experiencia adquirida con los mayordomos de los trasatlánticos al fin del viaje, hubiese jurado que esperaba una propina. Ahora que ya he tenido ocasión de conocer más a fondo aquel ser, comprendo que el gesto fue inconsciente, debido, sin duda, a un servilismo hereditario. -Mugridge, señor -dijo con tono adulador, mientras sus facciones afeminadas se dilataban en una sonrisa untuosa-. Thomas Mugridge, señor, servidor de usted. -Muy bien, Thomas -repuse yo-. Me acordaré de usted cuando esté seca mi ropa. Por su semblante se difundió una luz suave y brillaron sus ojos como si allá en las profundidades de su ser sus antepasados se hubiesen animado y removido con el recuerdo de las propinas recibidas en vidas anteriores. -Gracias, señor -dijo muy agradecido y muy humilde, en verdad. Se hizo a un lado al abrirme la puerta y salí a cubierta. A causa de mi prolongada inmersión, me sentía aún débil. Me sorprendió una ventada, y dando traspiés por la movediza cubierta, me dirigí hacia un ángulo de la cabina, en busca de apoyo. La goleta, con una inclinación muy alejada de la perpendicular, se balanceaba movida por el profundo vaivén del Pacifico. Si en realidad llevaba la dirección Sudoeste, como había dicho Johnson, el viento, entonces, según mis cálculos, debía soplar aproximadamente del Sur. La niebla había desaparecido y el sol llenaba de chispas e irisaciones la superficie del agua. Me volví cara al Este donde sabía que debía hallarse California, pero no pude ver sino unas masas de niebla a poca altura, indudablemente la misma que había ocasionado el desastre del Martínez y me había traído al presente estado. Por el Norte, y no muy lejos, surgía del agua un grupo de rocas desnudas, y sobre una de ellas se distinguía un faro. Hacia el Sudoeste y casi en nuestra ruta, vi el bastidor piramidal de unas velas. Después de haber reconocido el horizonte, volví me hacia lo que me rodeaba más inmediatamente. Mi primer pensamiento fue que un hombre llegado de manera tan inesperada, luego de codearse con la muerte, merecía más atención de la que yo recibía. Aparte del marinero que iba en el timón y que me observaba curiosamente por encima de la cabina, no atraje ya más miradas. Todos parecían interesados en lo que en el centro del barco ocurría. Allí, echado sobre las tablas, había un hombre gordo. Estaba completamente vestido, pero llevaba rasgada la camisa por la pechera. Sin embargo, no se veía nada de su pecho, pues lo cubría una masa de pelo negro semejante a una piel de perro. La cara y el cuello se ocultaban bajo una barba negra salpicada de gris, que de no haber estado chorreando y lacia por efecto del agua, debió ser tiesa y tupida. Tenía los ojos cerrados y parecía desvanecido, pero mostraba la boca muy abierta y el pecho anhelante, esforzándose ruidosamente por respirar. De vez en cuando, metódicamente, ya como una rutina, un marinero hundía en el mar un cubo de lona atado al extremo de una cuerda, lo subía braza a braza y vertía su contenido sobre el hombre postrado. Paseando de arriba abajo a lo largo de la cubierta y mascando furioso el extremo de un cigarro, estaba el hombre cuya mirada casual me había rescatado del mar. Tendría una altura quizás de cinco pies, diez pulgadas o diez y media, pero lo primero que me impresionó en él no fue eso, sino su vigor. A pesar de su constitución sólida y de sus hombros anchos y pecho elevado, no era la solidez de su cuerpo lo que caracterizaba su fuerza. Antes bien, consistía en lo que podríamos llamar nervio, la dureza que atribuimos a los hombres flacos y enjutos, pero que en él, a causa de su corpulencia, recordaba al gorila. No es que su exterior tuviese nada de gorila; lo que yo pretendo describir es su fuerza misma como algo aparte de su aspecto físico. Era esa fuerza que solemos asociar a las cosas primitivas, a las fieras y a los seres que imaginamos son el prototipo de los habitantes de nuestros árboles; esa fuerza salvaje, feroz, que este en sí misma, la esencia de la vida en lo que tiene de potencia del movimiento, la propia materia elemental, de la cual han tomado forma otros muchos aspectos de la vida; en una palabra, lo que hace retorcer el cuerpo de una serpiente después de haberle sido cortada la cabeza y cuando la serpiente, como a tal, puede considerarse ya muerta, o lo que persiste en el montón de la carne de la tortuga que rebota y tiembla al tocarla con el dedo. Esa fue la impresión de fuerza que me produjo el hombre que caminaba de un lado a otro. Se apoyaba sólidamente sobre las piernas; sus pies golpeaban la cubierta con precisión y seguridad; cada movimiento de sus músculos, desde la manera de levantar los hombros hasta la forma de apretar el cigarro con los labios, era decisivo y parecía ser el producto de una fuerza excesiva y abrumadora. Sin embargo, aunque la fuerza dirigía todas sus acciones, no parecía sino el anuncio de otra fuerza mayor que acechaba desde dentro, como si estuviera dormida y sólo se agitara de vez en cuando, pero que podría despertar de un momento a otro, terrible y violenta, cual la cólera de un león o el furor de una tormenta. El cocinero asomó la cabeza por la puerta de la Bocina, haciéndome muecas alentadoras y señalando al propio tiempo con el pulgar al hombre que paseaba por la cubierta. Así me daba a entender que aquél era el capitán, el alejo, según había dicho él, el individuo con quien debía entrevistarme, y al que ocasionaría la extorsión de tener que desembarcarme. Ya me disponía a afrontar los cinco minutos tempestuosos que, sin duda, me esperaban, cuando el desdichado que estaba en el suelo sufrió otro ataque más violento aún. Se retorcía convulsivamente. La barba negra y húmeda se tendió hacia arriba, al envararse los músculos de la espalda e hincharse el pecho en un esfuerzo inconsciente e instintivo para obtener más aire. Aunque no lo veía, adivinaba que bajo las patillas la piel se había puesto colorada. El capitán, o Wolf Larsen, como le llamaban los hombres, cesó de pasear y clavó la mirada en el moribundo. Tan cruel fue esta última lucha, que el marinero se detuvo en su ocupación de rociarle con agua, y con el cubo de lona a medias levantado y derramando su contenido por la cubierta, se le quedó mirando con curiosidad. El moribundo tocó un redoble con los tacones sobre el entarimado, estiró las piernas y con un gran esfuerzo se puso rígido y rodó la cabeza de un lado a otro. Después se relajaron los músculos, la cabeza dejó de rodar y de sus labios salió un suspiro como de profundo alivio; bajó la quijada, subió el labio superior, y aparecieron dos hileras de dientes oscurecidos por el tabaco. Parecía como si sus facciones se hubiesen helado en una mueca diabólica al mundo que había abandonado y burlado. Entonces sucedió una cosa sorprendente. El capitán se desató como una tormenta contra el muerto. De su boca salía un manantial inagotable de juramentos. Y no eran juramentos sin sentido o meras expresiones indecentes. Cada palabra (y dijo muchas) era una blasfemia. Crujían y restallaban como chispas eléctricas. En toda mi vida había oído yo nada semejante, ni lo hubiera creído posible. Por mi afición a la literatura, a las figuras y palabras enérgicas, me atrevo a decir que yo apreciaba mejor que ningún otro la vivacidad peculiar, la fuerza y la absoluta blasfemia de sus metáforas. Según pude entender, la causa de todo ello era que el hombre, que era el segundo de a bordo, había corrido una juerga antes de salir de San Francisco y después había tenido el mal gusto de morir al principio del viaje, dejando a Wolf Larsen con la tripulación incompleta. No necesitaría asegurar, al menos a mis amigos, cuán escandalizado estaba. Los juramentos y el lenguaje soez me han repugnado siempre. Experimenté una sensación de abatimiento, de desmayo y casi puedo decir de vértigo. Para mí, la muerte había estado siempre investida de solemnidad y respeto. Se había presentado rodeada de paz y había sido sagrado todo su ceremonial. Pero la muerte en sus aspectos sórdidos y terribles había sido algo desconocido para mí hasta entonces. Como digo, al par que apreciaba la fuerza de la espantosa declaración que salía de la boca da Wolf Larsen, estaba enormemente escandalizado. Aquel torrente arrollador era suficiente para secar el rostro del cadáver. No me hubiese sorprendido ver encresparse, retorcerse y andar entre humo y llamas la barba negra. Pero el muerto no se dio por aludido. Continuaba desafiándole con su risa sardónica y burlándose con cinismo. Era el dueño de la situación. CAPITULO III Wolf Larsen dejó de jurar tan súbitamente como había comenzado. Volvió a encender el cigarro y miró a su alrededor. Sus ojos se fijaron por casualidad en el cocinero. -¿Qué pasa? -dijo con una amabilidad acerada y fría. -Sí, señor -contestó presuroso el cocinero, tratando de calmarle y disculparse servilmente. -¿No te parece que ya has estirado bastante el cuello? Es malsano, ¿sabes? El segundo ha muerto, y no permito perderte a ti también. Tienes que cuidar mucho de tu salud, ¿entiendes? La última palabra contrastaba notablemente con el tono de las frases anteriores y hería como un latigazo. El cocinero quedó anonadado. -Sí, señor -respondió humildemente, al mismo tiempo que desaparecía en la cocina la cabeza delincuente. Ante esta ligera repulsa, que sólo se había dirigido al cocinero, el resto de la tripulación quedó indiferente y se ocupó en distintas tareas. Sin embargo, unos cuantos hombres que haraganeaban aparte entre la escotilla y la cocina y que no tenían aspecto de marineros, continuaron hablando en voz baja entre ellos. Más tarde supe que eran los cazadores, los que mataban a las focas, y que formaban una casta superior a la de los vulgares marineros. -¡Johansen! -llamó Wolf Larsen. Un marinero avanzó, obediente-. Toma la aguja y el rempujo y cose a este desdichado. En el cajón de las velas encontrarás lona vieja. Aprovéchala. -¿Qué le pondré en los pies, señor? -preguntó el hombre después del acostumbrado, "¡Ay, ay, señor!". -Ya veremos -contestó Wolf Larsen, y elevó la voz para llamar al cocinero. Thomas Mugridge salió de la cocina como un muñeco de resorte. -Baja y llena un saco de carbón... ¿Hay alguno de vosotros que tenga alguna Biblia o un libro de oraciones? -volvió a preguntar el capitán, dirigiéndose esta vez a los cazadores que haraganeaban por los alrededores de la escalera. Movieron la cabeza, y uno de ellos hizo alguna observación jocosa que no pude oír, pero que promovió una carcajada general. Wolf Larsen repitió la pregunta a los marineros. Las Biblias y los libros de oraciones parecían objetos raros; pero uno de los hombres se ofreció voluntariamente a proseguir la investigación entre los que estaban de guardia abajo, volviendo un minuto después con el informe de que no había ninguna. El capitán encogió los hombros. -Pues lo tiraremos sin discurso, a no ser que nuestros réprobos de aspecto clerical sepan de memoria el servicio de difuntos. En esto había dado una vuelta en redondo y estaba cerca de mí. -Tú eres predicador, ¿verdad? -me preguntó. Los cazadores, que eran seis, se volvieron como un solo hombre y me miraron. Yo comprendía dolorosamente mi semejanza con un espantajo. Al verme, prorrumpieron en una carcajada, que la presencia del muerto, tendido ante nosotros y con los dientes apretados, no fue bastante a moderar; una carcajada tan áspera, tan dura y tan franca como el mismo mar, una carcajada nacida de los sentimientos groseros y las sensibilidades embotadas de unas naturalezas que no conocían ni la nobleza ni la educación. Wolf Larsen no se rió, pero en sus ojos grises brilló una ligera chispa de alegría; y en aquel momento en que avancé hasta llegar junto a él, recibí la impresión del hombre en sí, del hombre que nada tenía de común con su cuerpo, ni con el torrente de blasfemias que le había oído vomitar. El rostro de facciones grandes y líneas pronunciadas y correctas, si bien proporcionado, a primera vista parecía macizo; pero después sucedía lo mismo que con el cuerpo, desaparecía esta impresión y nacía el convencimiento de una tremenda y excesiva fuerza mental o espiritual oculta que dormía en las profundidades de su ser. La mandíbula, la barba, la frente hermosa, despejada y abultada encima de los ojos, aunque fuertes en si mismos, extraordinariamente fuertes, parecían revelar un inmenso vigor espiritual escondido y fuera del alcance de la vista. No había manera de sondar un espíritu semejante, ni de medirlo o determinarlo con límites y medidas, ni de clasificarlo exactamente en un estante con otros similares. Los ojos -y yo estaba destinado a conocerlos bien eran hermosos, grandes y rasgados como los de los verdaderos artistas, protegidos por espesas pestañas y con unas cejas negras tupidas y arqueadas. Las pupilas eran de ese gris desconcertante que nunca es dos veces igual, que recorre muchos matices y colores como la seda herida por el sol, que es gris oscuro y brillante, gris verdoso, y a veces parece azul claro como las aguas marinas. Eran ojos que ocultaban el alma de mil maneras, y que algunas veces, en muy raras ocasiones, se abrían y le permitían salir, como si fuera a lanzarse desnuda por el mundo en busca de alguna aventura maravillosa; ojos que podían cobijar toda la melancolía desesperada de un cielo plomizo; que podían producir chispas de fuego como el choque de las espadas: que sabían volverse fríos como un paisaje ártico y de nuevo dulcificarse y encenderse con reflejos amorosos, intensos y masculinos; atrayentes e irascibles, que fascinan y dominan a las mujeres hasta que se rinden con una sensación de placer, de alivio y de sacrificio. Pero volviendo a lo primero, le dije que, desgraciadamente, para el servicio de difuntos yo no era predicador, y entonces me preguntó rudamente: -¿De qué vives, pues? Confieso que nunca se me había dirigido tal pregunta ni la había pensado jamás. Quedé del todo cortado, y al recobrar la serenidad, tartamudeé: -Yo..., yo soy... un caballero. Su labio se torció con un breve gesto de desdén. -He trabajado, trabajo -exclamé impetuosamente, como si él hubiese sido mí juez y necesitara justificarme, dándome cuenta al mismo tiempo de mi notoria estupidez al hablar de aquel asunto. -¿Para ganarte la vida? Había algo en él algo tan imperioso y dominador, que me sentía completamente fuera de mí y azorado, hubiese dicho Furuseth, como un niño ante un maestro de escuela inflexible. -¿Quién te mantiene? -fue la siguiente pregunta. -Poseo una fortuna -contesté resueltamente, y en el mismo instante me hubiese mordido la lengua-. Perdone usted, pero esto no tiene ninguna relación con lo que tenemos que tratar. El hizo caso omiso de mi protesta. -¿Quién la ganó, eh...? Ya me lo figuro: tu padre. Te sostienes sobre las piernas de un muerto. Nunca has usado las tuyas. No podrías andar solo un día entero, ni buscar el alimento de tu estómago para tres comidas. Enséñame la mano. Su formidable fuerza oculta debió removerse en aquel mismo punto, o debí descuidarme un momento, pues antes de que me apercibiese había avanzado dos pasos, cogido mi mano derecha con la suya, y la levantaba para examinarla. Traté de retirarla, pero sus dedos se cerraron sin esfuerzo aparente alrededor de los míos, hasta el extremo que creí me la machacaba. Bajo tales circunstancias era difícil conservar la dignidad. Yo no podía huir o luchar como un chiquillo, ni mucho menos podía atacar a aquel hombre, que me hubiese retorcido el brazo hasta rompérmelo. No me quedaba más remedio que estarme quieto y aguantar aquella vejación. Tuve tiempo de ver cómo vaciaban sobre cubierta los bolsillos del muerto y cómo su cuerpo y su mueca quedaban envueltos en una lona, cuyos pliegues cosía con burdo hilo blanco el marinero Johansen, dejando ver la aguja, que apoyaba ingeniosamente en un trozo de cuero ajustado a la palma de la mano. Wolf Larsen dejó caer la mía con un gesto desdeñoso. -Las manos de los muertos te las han conservado finas. Buenas únicamente para fregar platos y hacer trabajos de marmitón. -Deseo que se me desembarque -dije firmemente, porque sabía que observaban-. Pagaré cuanto juzgue usted que vale su molestia. Me miró con curiosidad y a sus ojos asomó la burla. -Voy a proponerte otra cosa, para bien de tu alma. Mi segundo ha muerto, y van a ascender todos. Un marinero subirá a popa para ocupar el lugar del segundo, el grumete pasará a ser marinero y tú serás grumete. Firmas el contrato para la expedición, veinte dólares mensuales, y ya está. ¿Qué dices a esto? Y piensa que es para bien de tu alma. Es precisamente lo que tú necesitas; así aprenderás a sostenerte sobre tus propias piernas y tal vez a hacer pinitos. Pero yo no me di por aludido. Las velas del barco que había visto a Sudoeste se habían hecho más grandes y más visibles. Eran de una goleta igual que el Ghost, aunque de casco más pequeño. Constituía un lindo espectáculo verla saltar y volar hacia nosotros, y seguramente iba a pasar muy cerca. El viento había arreciado de pronto y el sol había desaparecido, enojado tras sus vanos esfuerzos por seguir luciendo. El mar empezaba a agitarse, volviéndose de un color plomizo, desagradable, y comenzaba a lanzar a lo alto montañas de espuma. Habíamos aumentado la velocidad y el barco corría mucho más inclinado. Un golpe de viento hundió la borda, y el agua, por un momento, barrió la cubierta de aquel lado, haciendo levantar rápidamente los pies a dos marineros. -Aquel barco pasará pronto por aquí -dije después de un instante de silencio-. Como lleva dirección contraria, es probable que vaya a San Francisco. -Muy probable -respondió Wolf Larsen, volviéndose en parte y gritando: "¡Cocinero, cocinero!". El cocinero salió. -¿Dónde está aquel muchacho? Dile que le necesito. -Sí, señor. Thomas Mugridge corrió a popa y desapareció por otra escalera próxima al timón. Un momento después surgís un sujeto de dieciocho o diecinueve años, corpulento, de aspecto vil y enfurruñado, andando sobre los talones. -Ahí viene, señor -dijo el cocinero. Pero Wolf Larsen, sin fijarse en este héroe, se volvió hacia el grumete -¿Cómo te llamas, muchacho? -George Leach, señor -respondió de mal humor, y el continente del muchacho mostraba bien a las claras que adivinaba la razón por que había sido llamado. -No es un nombre irlandés -repuso el capitán con perversa intención-. O'Toole o McCarthy sentarían algo mejor a tu aspecto. A no ser que haya algún irlandés entre las relaciones de tu madre. Vi crisparse los puños del muchacho ante el insulto y la sangre le enrojeció la nuca. -Pero dejemos eso -continuó Wolf Larsen-. Debes tener excelentes razones para olvidar tu nombre, y me gustaría que no te ocasionara ningún perjuicio mientras permanecieras a bordo. Por supuesto, tú te inscribiste en el puerto de Telegraph Hill; pero como suelen hacerlo allí o más sucio todavía. Ya conozco la especie. Bueno, puedes decidir si quieres que lo suprimamos aquí. ¿Comprendes? A ver, ¿quién te embarcó? -McCready & Swanson. -¡Señor! -vociferó Wolf Larsen. -McCready & Swanson, señor -corrigió el muchacho, a cuyos ojos asomó la llama del odio. -¿Quién tiene el dinero que te adelanté? -Ellos, señor. -Me lo figuraba. Pudiste dejárselo bien contento. Todo era poco a cambio de desaparecer en seguida. Ya habrás oído decir que te están buscando varios caballeros. Instantáneamente el muchacho se trocó en una fiera. Encogió el cuerpo como si se dispusiera a saltar, y su semblante se metamorfoseó en el de un animal enfurecido cuando gritó: -Esto es una... -¿Una qué? -preguntó Wolf Larsen con una dulzura singular en la voz, como si sintiera una curiosidad invencible por conocer la palabra no pronunciada. El muchacho titubeó, después hizo un esfuerzo por dominarse. -Nada, señor, lo retiro. -Pues me demuestras que yo tenía razón -dijo, con una sonrisa satisfecha-. ¿Cuántos años tienes? -Acabo de de cumplir dieciséis, señor. -Mentira. Tú ya no cumplirás dieciocho. Con todo, estás desarrollado y tienes una musculatura de caballo. Coge el fardo y pasa al castillo de proa. Ahora eres remero; has ascendido, ¿ves? Sin esperar a que el muchacho aceptara, el capitán se volvió hacia el marinero que acababa la fúnebre tarea de coser el envoltorio del cadáver. -Johansen, ¿conoces algo de navegación? -No, señor. -Bueno, no importa; lo mismo puedes ser segundo. Lleva tus cosas a popa al sitio del segundo. -¡Ay, ay, señor! -respondió Johansen alegremente, dirigiéndose a proa. Mientras tanto, el grumete continuaba sin moverse. -¿Qué esperas? -preguntó Wolf Larsen. -Yo no me ajusté como remero, señor -repuso-. Entré de grumete y no quiero ser remero. -Anda y haz lo que te he dicho. Esta vez la orden de Wolf Larsen era extraordinariamente imperiosa. El muchacho le clavó la vista con obstinación y se negó a marcharse. Entonces hubo otro despertar de la formidable fuerza de Wolf Larsen. Fue algo completamente inesperado lo que sucedió en el intervalo de los segundos. Dio un salto a fondo, de seis pies, y metió el puño en el estómago de Leach. En el mismo instante, como si me hubiesen herido a mí, sentí un choque tremendo en la misma parte del cuerpo. Lo hago constar para demostrar cuán sensible era mi sistema nervioso y lo poco acostumbrado que estaba yo a espectáculos brutales. El grumete, que pesaría cuando menos ciento sesenta y cinco libras, se plegó alrededor del puño con la misma flexibilidad que un trapo mojado alrededor de un palo. Se levantó en el aire, describió una breve curva y cayó junto al cadáver, golpeando la cubierta con la cabeza y los hombros, y allí permaneció retorciéndose de dolor. -¿Qué hay? -me preguntó Larsen-. ¿Estás decidido? Yo había mirado casualmente hacia la goleta que se aproximaba, y ahora se hallaba a nuestra vista a una distancia no mayor de doscientas yardas. Era una embarcación pequeña, muy elegante y bien conservada. Sobre una de sus velas pude leer un gran número negro, y me pareció, recordando los dibujos que había visto, un barco-piloto. -¿Qué es este barco? -pregunté. -El barco-piloto Lady Mine -contestó Wolf Larsen de mala manera.-. Ha dejado a los pilotos y corre hacia San Francisco. Con este viento llegará en cinco o seis horas. -Entonces, ¿tiene usted la bondad de hacerles una seña, a fin de que pueda desembarcar? -Lo siento, porque he perdido el libro de señales -advirtió, y los cazadores celebraron la gracia con muecas. Reflexioné, mirándole directamente a los ojos. Había visto el terrible tratamiento de que había sido objeto el grumete, y sabía que probablemente me pasaría lo mismo, si no peor. Como digo, reflexioné, y entonces realicé el acto más valeroso de mi vida. Corrí hasta la borda agitando los brazos y gritando: -¡Lady Mine! ¡Desembárquenme! ¡Mil dólares si me desembarcan! Esperé, observando a dos hombres que estaban junto al timón, uno de ellos gobernando, el otro se llevaba un megáfono a los labios. Yo no volvía la cabeza, pero a cada momento esperaba un golpe mortal del bruto humano que había detrás de mí. Al fin, después de unos instantes, que me parecieron siglos, no pudiendo resistir aquella tentación, miré en derredor. No se había movido. Se hallaba en la misma posición, balanceándose blandamente con el vaivén del barco y encendiendo otro cigarro. -¿Qué pasa? ¿Alguna avería? Este grito procedía del Lady Mine. -¡Sí! -exclamé con toda la fuerza de mis pulmones-. ¡Vida o muerte! ¡Mil dólares si me desembarcan! -Demasiada confusión en San Francisco para la salud de mi tripulación -gritó Wolf Larsen después-. ¡Este -y me indicó a mí con el pulgar- cree ver ahora serpientes de mar y monos! El hombre del Lady Mine respondió con una carcajada a través del megáfono, y el barco-piloto pasó de largo. -¡Mándalo al infierno! -gritó finalmente, y los dos hombres agitaron los brazos en señal de despedida. Me apoyé desesperado sobre la barandilla, mirando cómo la elegante goleta hacía crecer la extensión desierta del océano que nos separaba y pensando que probablemente estaría en San Francisco dentro de cinco o seis horas. Parecía que la cabeza iba a estallarme; tenía un dolor en la garganta como si mi corazón hubiese subido hasta allí. Una ola rizada rompió en el costado y me salpicó los labios. El viento soplaba con fuerza y el Ghost corría mucho más, hundiendo la barandilla de sotavento. Oía cómo el agua se precipitaba sobre la cubierta. Cuando me volví un momento después, vi al grumete levantarse dando traspiés. Estaba mortalmente pálido y se encogía queriendo reprimir el dolor. Parecía enfermo. -Qué, ¿te vas a proa? -preguntó Wolf Larsen. -Sí, señor -respondió acobardado. -¿Y tú? -me interrogó a mí. -Le daré a usted mil... -empecé, pero fui interrumpido. -¡Guarda eso! ¿Estás dispuesto a cumplir tus deberes de grumete, o habré de enseñarte por mi mano? ¿Qué iba a hacer? Ser brutalmente apaleado, muerto quizás, de nada serviría en mi caso. Miré con fijeza en aquellos ojos grises, crueles. Toda la luz y el calor del alma humana que contenían debían estar petrificados. En los ojos de algunos hombres se ve la agitación de su alma; pero los suyos eran fríos y grises como el mismo mar. -¿Qué hay? -Sí -dije. -Di: sí, señor. -Sí, señor -enmendé. -¿Cómo te llamas? -Van Weyden, señor. -¿El primer nombre? -Humphrey, señor. Humphrey van Weyden. -¿Edad? -Treinta y cinco años, señor. -Bien va. Vete al cocinero y aprende tus obligaciones. Y así fue cómo pasé a un estado de servidumbre involuntaria con Wolf Larsen. El era más fuerte que yo, y esto era todo. Pero entonces me parecía muy irreal; y ahora, cuando miro hacia atrás, no me parece más real que entonces. Para mí será siempre una cosa monstruosa, inconcebible, una horrible pesadilla. -Alto, no te vayas ahora. Me detuve obedientemente en mi camino hacia la cocina. -Johansen, llama a los hombres ahora que lo hemos resuelto todo; celebraremos el entierro y libraremos la cubierta de trastos inútiles. Mientras Johansen bajaba a avisar a los del cuarto, dos marineros, bajo la dirección del capitán, colocaban el cadáver envuelto en lona sobre una tapa de escotilla. A cada lado de la cubierta, contra la barranquilla y con las quillas hacia arriba, había atados un buen número de pequeños botes. Varios hombres levantaron la tapa de escotilla con su fúnebre carga, la transportaron a sotavento y la colocaron encima de los botes con los pies afuera. Atado a los mismos iba el saco de carbón que el cocinero había llenado. Yo había imaginado siempre que un sepelio en el mar era una ceremonia muy solemne que inspiraba respeto, pero en éste, al menos, me llevé una gran desilusión. Uno de los cazadores, pequeño y de ojos negros, a quien sus compañeros llamaban Smoke contaba historias abundantemente salpicadas de juramentos y obscenidades, y a cada minuto, poco más o menos, el grupo de cazadores soltaba la carcajada, que me parecía un coro de lobos o de espíritus infernales. Los marineros se reunieron a popa ruidosamente, y algunos que subían del cuarto se frotaban los ojos cargados de sueño y hablaban entre ellos en voz baja. En sus semblantes había una expresión siniestra de enojo. Era evidente que no les gustaba la perspectiva de un viaje bajo las órdenes de tal capitán y comenzando bajo tan malos auspicios. De vez en cuando dirigían a Wolf Larsen miradas furtivas y pude comprender que recelaban de aquel hombre. Este avanzó hacia la tapa de la escotilla, y todas las cabezas se descubrieron. Los observé con la mirada: veinte hombres entre todos; veintidós, incluyendo al hombre del timón y a mí. Mi inspección curiosa podía perdonárseme, pues parecía ser mi destino convivir con ellos en aquella miniatura de mundo flotante, Dios sabría cuántas semanas o meses. Los marineros, en su mayoría, eran ingleses o escandinavos, y sus caras eran las de unos hombres torpes y estólidos. En cambio, los rostros de los cazadores, de líneas duras y con las huellas de todas las pasiones, revelaban más energía y variedad. Aunque parezca extraño, noté en seguida que las facciones de Wolf Larsen no representaban tanta perversidad. No descubría nada maligno en ellas. Es verdad que había líneas, pero sólo indicaban decisión y firmeza; antes bien, era un semblante franco y abierto, cualidades que acentuaba el hecho de estar completamente rasurado. Apenas podía creer, hasta que ocurrió el incidente referido, que aquel rostro fuese el de un hombre que pudiera comportarse como lo había hecho con el grumete. En aquel momento, cuando abrió la boca para hablar, las ráfagas de viento empezaron a golpear la goleta e hiciéronla hundir de costado. El viento entonaba un canto feroz a través de los aparejos; algunos cazadores miraron a lo alto con inquietud; la borda de sotavento, donde yacía el cadáver, estaba bajo el agua, y cuando la goleta se enderezó, las olas barrieron la cubierta, mojándonos más arriba de nuestros zapatos. Nos cayó encima un aguacero y las gotas nos herían como si fueran granizo. Cuando pasó, Wolf Larsen empezó a hablar, y los hombres, con la cabeza desnuda, se balanceaban al unísono con el vaivén del barco. -No recuerdo sino una parte del servicio -dijo-, que es: "Y el cuerpo se arrojará al mar". Así, pues, ya podéis arrojarlo. Cesó de hablar; los hombres que sostenían la tapa de la escotilla parecían perplejos, extraviados, sin duda, de la brevedad de la ceremonia. Se lanzó sobre ellos furioso. -¡Levantad este extremo, malditos! ¿Qué demonios os pasa? Levantaron la tapa de la escotilla con una precipitación sensible, y como un perro lanzado por la borda, se hundió el muerto en el mar empezando por los pies. El saco de carbón le arrastró hacia el fondo y desapareció. -Johansen -dijo Wolf Larsen brevemente al otro segundo-, que permanezcan todos sobre cubierta ahora que han subido; recoged las gavias y los foques y aseguradlos bien. Se nos viene encima un Sudeste; también convendrá que se rice el foque y la vela mayor mientras permanecéis por aquí. Un instante después había gran agitación en la cubierta. Johansen rugiendo órdenes y los hombres apretando, arriando cuerdas de diversas clases, siendo todo aquello confusión para un hombre de tierra como yo. Pero lo que me sorprendió particularmente fue la falta de sentimientos. El muerto era un episodio que ya había pasado, un incidente que se había hundido envuelto en una lona y con un saco de carbón, mientras el barco seguía su rumbo y continuaba su trabajo. Nadie estaba afectado. Los cazadores volvían a reír con una historia nueva de Smoke; los hombres tiraban y halaban, y dos de ellos trepaban a lo alto; Wolf Larsen observaba el cielo nuboso a barlovento, y el hombre muerto, sepultado con sordidez, hundiéndose, hundiéndose... Entonces fue cuando la crueldad del mar, su Inflexibilidad y su respeto se apoderaron de mí. La vida había perdido el valor y la seriedad y se había convertido en una cosa bestial y sin nombre; era el barco sin alma puesto en movimiento. Permanecí en la barandilla de sotavento, junto a los obenques, y mirando por encima de las tristes olas cubiertas de espuma los bancos de niebla poco elevados que impedían ver San Francisco y la costa de California. Caían algunos chaparrones que casi me ocultaban la niebla, y esta extraña embarcación, con sus hombres terribles, impelida por el viento y el mar y saltando acompasadamente, se dirigía hacia el Sudoeste, internándose en la gran extensión desierta del Pacífico. CAPITULO IV Todo lo que me sucedió después en la goleta Ghost, al tratar de adaptarme al nuevo ambiente, no puede sino formar parte del capítulo de dolores y humillaciones. El cocinero, a quien la tripulación llamaba el Doctor, Tommy, los cazadores y Cocinero, Wolf Larsen, se había trocado en otra persona. La diferencia sufrida en mi estado trajo una diferencia correspondiente en su trato conmigo. Todo lo que antes tuvo de servil y adulador, tenía ahora de dominante y belicoso. En realidad, yo no era ya el caballero distinguido, con una piel tan fina como la de una dama, sino un grumete vulgar y sin importancia. Insistía absurdamente en que le llamase míster Mugridge, y su conducta y su talante cuando me enseñaba mis deberes eran insufribles. Además de mi trabajo en la cabina, que se componía de cuatro camarotes, suponía que debía ser su ayudante en la cocina, y mi colosal ignorancia respecto a cosas como el mondar patatas y fregar cacharros grasientos era para él un manantial inagotable de admiraciones sarcásticas. Se negaba a tomar en consideración lo que yo era, o mejor dicho, cuáles habían sido mi vida y mis costumbres. Esta era en parte la actitud que había adoptado para conmigo, y confieso que antes de terminarse el día le odiaba con una intensidad tal, como nunca había odiado a nadie hasta entonces. El primer día resultó más difícil para mí por el hecho de que el Ghost, con todos los rizos (términos como éste no los aprendí hasta más adelante), capeaba lo que míster Mugridge llamaba un "Sudeste aullador". A las cinco y media, y bajo su dirección, puse la mesa en la cabina, con las bandejas para el mal tiempo, y después transporté desde la cocina el té y la carne asada. Con esta oportunidad no puedo evitar el relatar mi primera experiencia en un mar revuelto. -Anda con cuidado o irás de narices -ordenó míster Mugridge cuando salí de la cocina con una gran tetera en una mano y en el hueco del otro brazo varios panes tiernos. En aquel momento, uno de los cazadores, un mucho alto y espigado, llamado Henderson, se dirigía a popa, yendo desde la bodega (nombre con que jocosamente designan los cazadores la parte central del barco donde duermen) a la cabina. Wolf Larsen estaba en la toldilla fumando el sempiterno cigarro. -¡Ahí viene! ¡Agárrate bien! -gritó el cocinero. Me detuve, porque no sabía qué era lo que venía, y vi la puerta de la cocina cerrarse con estrépito. Después vi a Henderson saltar como un loco hacía el aparejo mayor subiendo por la parte interior, hasta que estuvo unos cuantos pies más alto que mi cabeza. Vi también una ola enorme retorcida y cubierta de espuma suspendida por encima de la barandilla. Me hallaba directamente bajo ella. Todo era tan nuevo y extraño que mirando no lo advertía con rapidez. Comprendí que me encontraba en peligro, y eso fue todo. Estaba sin movimiento, atemorizado. Entonces, Wolf Larsen gritó desde la toldilla: -¡Agárrate, tú! ¡Tú, Hump! Pero fue demasiado tarde. Di un salto en dirección del aparejo, al que hubiera- podido asirme, más viene sorprendido por el muro de agua al caer. Lo que sucedió después me parece muy confuso; estaba debajo del agua sofocado y ahogándome. Me sentí elevado del suelo dando vueltas y revueltas y por fin arrastrado no sé dónde. Varias veces choqué con objetos duros, y una de tantas recibí un golpe terrible en la rodilla derecha. Después cesó de pronto la inundación y volví a respirar el aire puro. Había sido barrido desde barlovento a los imbornales contra la cocina y alrededor de la escalera de la bodega. La rodilla herida me producía un dolor atroz; no podía apoyarme sobre ella, o cuando menos eso pensaba yo, y creía seguro haberme roto la pierna. Pero el cocinero estaba detrás de mí, gritando desde la puerta de la cocina que daba a sotavento. -¡Eb, tú! ¡No te entretengas toda la noche! ¿Dónde está la tetera? ¿Se ha caído al mar? ¡Ojalá te hubieses roto el cuello! Hice lo posible por ponerme de pie. Todavía conservaba en la mano la enorme tetera. Llegué cojeando hasta la cocina y se la di. Pero estaba completamente indignado, no sé si con indignación real o fingida. -Te aseguro que eres una calamidad. Me gustaría saber para qué sirves. ¿Para qué sirves? No sabes llevar un poco de té sin verterlo. Ahora tendré que hervir más... ¿Pero por qué resoplas? -estalló otra vez, con nueva rabia-. ¿Porque te has hecho daño en la piernecita, pobre nene, encanto de su mamá? Yo no resoplaba, aunque es posible que mi rostro expresara con algún gesto mi dolor. Pero hice un llamamiento a toda mi resolución, apreté los dientes, y sin más contratiempos anduve renqueando de la cocina a la cabina y de la cabina a la cocina, una y otra vez. Dos cosas había ganado con mi accidente: una desolladura en la rodilla, que me fastidió varios meses, y el nombre de Hump con que me había llamado Wolf Larsen desde la toldilla. Ya no se me conoció en todo el barco por otro nombre, hasta llegar esta palabra a formar parte de mis procesos imaginativos, de tal suerte, que llegué a pensar que yo era realmente Hump y que toda la vida no había sido otra cosa. No era empresa fácil servir a la mesa de la cabina, donde se sentaban Wolf Larsen, Johansen y los seis cazadores. Por de pronto, la cabina era pequeña y los cabeceos y movimientos de la goleta dificultaban más aún dar la vuelta a su alrededor, como me veía obligado a hacer. Pero lo que más me molestaba era la total ausencia de simpatía en los hombres a los cuales servía. A través de la ropa sentía hincharse la rodilla y estaba enfermo y extenuado del daño que me producía. En el espejo me veía el semblante pálido y cadavérico descompuesto por el dolor. Todos los hombres debieron ver mi estado, pero ninguno me hablé o se dio cuenta de mi presencia, tanto que casi le quedé agradecido a Wolf Larsen cuando más tarde, hallándome fregando los platos, me dijo: -No te preocupes por tan poca cosa. Con el tiempo te acostumbrarás. Cojearás un poco, pero eso no será obstáculo para que aprendas a andar. Eso es lo que vosotros llamáis una paradoja, ¿verdad? -añadid. Pareció complacido cuando incliné la cabeza con el acostumbrado "Sí, señor". -Supongo que conoces algo de literatura, ¿eh? Bien. Charlaremos algún rato. Y después, sin hacerme más caso, se volvió y subió a cubierta. Aquella noche, después de acabar con una cantidad abrumadora de trabajo, me enviaron a dormir en la bodega, donde me instalé en un camarote de reserva. Estaba contento de verme libre de la presencia detestable del cocinero y de poder acostarme. Me sorprendí al ver que las ropas se me habían secado encima, sin que notase síntomas de un resfriado a pesar del último remojón y de la inmersión prolongada a consecuencia del desastre del Martínez. En circunstancias ordinarias, después de todo lo que había sufrido, hubiera tenido que guardar cama y entregarme a los cuidados de una experta enfermera. La rodilla me molestaba horriblemente. A mi entender, la rótula se había puesto de canto en el centro de la tumefacción. Mientras estaba sentado en la litera, examinándola, los seis cazadores se hallaban todos en la bodega, fumando y hablando en voz alta. Henderson me dirigid casualmente una mirada. -Tiene mal aspecto -comentó-. Atale un trapo alrededor y no será nada. Eso fue todo. En tierra, hubiese estado en la cama tendido de espaldas, asistido por un cirujano, con la orden expresa de observar un reposo absoluto. He de ser, sin embargo, justo con aquellos hombres. Tan insensibles como se mostraban a mis sufrimientos, lo eran igualmente para los suyos cuando les ocurría algo, y esto, creo yo, era debido primero a la costumbre y después a que su temperamento era menos sensitivo. Me figuro que realmente un hombre de constitución delicada y sensibilidad exquisita sufriría dos o tres veces más que aquellos con el mismo daño. A pesar de estar tan cansado, agotado más bien, el dolor de mi rodilla me impedía dormir. Era todo lo que podía hacer para no quejarme a voces. En casa hubiese, sin duda alguna, desahogado mi angustia, pero este ambiente nuevo y primitivo, parecía exigir una represión feroz. Como los salvajes, estos hombres eran también estoicos para las cosas grandes, e infantiles para las pequeñas. Recuerdo haber visto después, durante el viaje, a Kerfoot, otro de los cazadores, con un dedo aplastado, hecho una papilla, y a pesar de eso ni siquiera murmuré o cambié la expresión de su semblante; sin embargo, he visto al mismo hombre arrebatarse exageradamente por una insignificancia. Eso es lo que hacía ahora: vociferaba, rugía, agitaba los brazos y juraba como un demonio, todo por un desacuerdo con otro cazador respecto si un cachorro de foca sabía nadar instintivamente; él sostenía que sí que podía nadar desde el instante en que nacía; el otro cazador, Latimer, un sujeto de tipo yanqui, flaco, de ojos pequeños y astutos, sostenía lo contrario: que el cachorro nacía en tierra por la sencilla razón de que no podía nadar viéndose por lo mismo la madre obligada a enseñarle, como los pájaros enseñan a sus pequeñuelos a volar. La mayor parte del tiempo, los cuatro cazadores restantes, apoyados o tumbados en sus literas, dejaban que discutiesen los dos rivales; pero estaban sumamente interesados, pues alguna que otra vez tomaban parte a favor de uno de ellos y a veces hablaban todos a la vez, hasta que sus voces sonaban como truenos. Con todo y ser tan pueril e insignificante el tópico, el carácter de sus razonamientos era todavía más pueril e insignificante. En realidad, había muy poco razonamiento o absolutamente ninguno; su método era de afirmación, suposición y amenazas. Ellos probaban que el cachorro de foca podía o no nadar al nacer, estableciendo muy belicosamente la proposición y haciéndola seguir de un ataque a la opinión del contrario, a su sentido común, nacionalidad o pasado histórico. La réplica era muy semejante. He relatado esto para demostrar el calibre mental de los hombres con quienes estaba en contacto. Intelectualmente, eran niños encerrados en el interior físico de hombres. Y fumaban, fumaban incesantemente un tabaco ordinario, barato y maloliente. La atmósfera estaba espesa y caliginosa con aquel humo, y esto, combinado con el movimiento violento del barco luchando con el temporal, me hubiese mareado seguramente, de haber tenido propensión a ello. Con todo, sentía náuseas, aunque bien pudieran ser debidas al dolor de mi pierna y a mi agotamiento. Mientras estaba allí acostado, reflexionando, púseme a pensar en mí y en la situación en que me encontraba. Era una cosa singular, nunca soñada, que yo, Humphrey van Weyden, sabio y diletante, con permiso de ustedes en objetos de arte y literatura, estuviese allí, a bordo de una goleta de caza del mar de Bering. ¡Grumete! Yo, que en toda mi vida había ejecutado un trabajo manual difícil, y mucho menos trabajos de marmitón, que había gozado una existencia plácida, regular, sedentaria, existencia de artista y de recluso con una renta cómoda y segura. Nunca me habían seducido la vida agitada y los deportes atléticos; siempre había sido una rata de biblioteca, como me llamaban mis hermanos y mi padre durante mi infancia. Sólo una vez había ido de excursión, y entonces abandoné a mis compañeros casi al principio de la expedición y me restituí a las comodidades y conveniencias de la vida bajo techado. Y ahora estaba allí, teniendo como perspectiva espantosa y sin fin el poner la mesa, mondar patatas y fregar platos. Yo no era robusto; los médicos habían dicho siempre que tenía una buena constitución, pero que debía haberla desarrollado mediante el ejercicio. Mis músculos eran pequeños como los de una mujer, al menos así lo aseguraban los galenos en el transcurso de sus tentativas para persuadirme de que debía aficionarme a los ejercicios de cultura física. Pero yo había preferido hacer trabajar la cabeza y no el cuerpo y ahora no estaba en condiciones para afrontar la vida que tenía delante. Estos son someramente algunos de los pensamientos que cruzaron por mi mente, y los he relatado para justificar por anticipado mi debilidad e inutilidad en el papel que estaba representando. Pensé también en mi madre y en mis hermanas, y me imaginé su pena. Yo figuraría en la lista de los muertos a consecuencia del desastre del Martínez; vendría a ser para ellas un cuerpo no recobrado. Leía los títulos de los periódicos, veía a mis compañeros del Club, de la Universidad y del Bibelot cómo movían la cabeza diciendo: "¡Pobre muchacho!", y veía finalmente a Charley Furuseth, cuando me despedía aquella mañana envuelto en una bata, tumbado en el diván de la ventana y recitando epigramas sombríos y pesimistas. Y a todo esto el Ghost se balanceaba, se zambullía, trepaba por las montañas movedizas y caía dando tumbos en los valles de espuma, internándose trabajosamente en el corazón del Pacífico, y yo me hallaba a bordo. Oía el viento encima de mí; llegaba hasta mi oído como un trueno velado; de vez en cuando alguien andaba por la cubierta. Una serie infinita de crujidos me rodeaba por todas partes, los maderos y las junturas se quejaban, gritaban y se lamentaban en mil tonos distintos. Los cazadores continuaban arguyendo y vociferando como una raza semihumana, anfibia. La atmósfera estaba llena de juramentos y expresiones soeces; veía sus caras rojas y coléricas, la brutalidad descompuesta y acentuada por la luz enfermiza o amarillenta de las lámparas que se balanceaban con los movimientos del barco. A través de la niebla del humo, los camarotes parecían los departamentos de los animales de una casa de fieras; de las paredes pendían impermeables y botas de agua, y aquí y allá, asegurados en los soportes, había rifles y escopetas. Era una decoración propia de filibusteros y piratas de épocas pretéritas. Mi imaginación corría alborotada, y seguía sin poder dormir. Fue una noche abrumadora, horrible e interminable. CAPITULO V Debo advertir que mi primera noche en el dormitorio de los cazadores fue también la última. Al día siguiente, Johansen, el piloto, fue despedido de la cabina por Wolf Larsen, con la orden de dormir en adelante en la bodega en tanto que yo tomé posesión del pequeño departamento de la cabina que ya durante el primer día de viaje había tenido dos amos. La razón de este cambio llegó rápidamente a conocimiento de los caza dores y dio origen a muchas quejas. Al parecer, Johansen revivía en sueños los acontecimientos del día. Wolf Larsen había encontrado excesivo aquel incesante hablar, gritar y rugir órdenes, y en consecuencia había endosado la molestia a sus cazadores. Tras una noche sin sueño, me levanté débil y dolorido, para renquear otro día por el Ghost. Thomas Mugridge me arrancó de la cama a las cinco y media, de forma muy parecida a la que Bill Sykes debía hacer levantar a su perro, pero la brutalidad que míster Mugridge usara conmigo le fue devuelta en calidad y con creces. El ruido innecesario que hizo (pues yo había estado toda la noche con los ojos abiertos) debió despertar a uno de los cazadores, porque un pesado zapato cruzó zumbando en la semioscuridad, y míster Mugridge, con un agudo alarido de dolor, pidió perdón a todos humildemente. Más tarde, en la cocina noté que tenía una oreja contusa e hinchada, que por cierto ya no recobró jamás la forma natural, y los marineros llamáronla "oreja de coliflor". El día transcurrió sin que ocurriera nada digno de mención. La noche anterior había recogido yo mis ropas secas de la cocina y lo primero que hice fue cambiarlas por las del cocinero. Busqué mí monedero, que la víspera, recuerdo contenía ciento ochenta y cinco dólares entre oro y papel y algo de calderilla, y debo hacer constar que para estas cosas tengo muy buena memoria. El monedero lo encontré, pero lo de dentro, con excepción de la calderilla, había sido sustraído. Hablé de ello al cocinero cuando subí a cubierta para comenzar mi trabajo en la cocina, y aunque ya suponía la respuesta que había de darme, no esperaba la arenga belicosa que me dirigió. -Mira, Hump -empezó, con un destello maligno en la mirada y gruñendo-, ¿tienes ganas de que te aporree la nariz? Si creías que yo era un ladrón, haberte guardado tú mismo el dinero. ¡No andas poco equivocado! ¡Y no es gratitud la que demuestras! Llegas aquí como una piltrafa, te admito en la cocina y te trato bien, ¿y así es como me lo pagas? La próxima vez ya podrás ir al infierno y te aseguro que te daré algo para el viajo. Mientras así hablaba, vino hacia mí con el puño en alto. Me avergüenza decir que rehuí el golpe y salí corriendo por la puerta de la cocina. ¿Qué otra casa podía hacer? En este barco de brutos sólo vencía la fuerza. Lo persuasión moral era una cosa desconocida. Figúrenselo ustedes: un hombre de estatura regular, delgado, de musculatura débil y falto de desarrollo, que había disfrutado una vida plácida y pacífica, y sin estar acostumbrado a ninguna clase de violencias, ¿qué podía hacer un hombre así? No había más razón para hacer frente a estas bestias humanas que pudiese haberla para hacer frente a un toro enfurecido. Eso pensaba yo entonces, sintiendo la necesidad de Justificarme y de estar en paz con mi conciencia. Esta justificación, sin embargo, no lograba satisfacerme; ni aún hoy consiente mi virilidad que, el pensar en aquellos acontecimientos, me encuentre completamente disculpado. La situación excedía en realidad a las fórmulas racionales de conducta y pedía algo más que las frías conclusiones de la razón. Visto con la luz de la lógica formal, no hay nada de que tengamos que avergonzarnos, y, no obstante, al recordarlo la vergüenza se levanta en mi interior y con el orgullo de mi virilidad siento que ésta ha sido mancillada por todos los medios imaginables. Mas volvamos a mi narración. La rapidez con que salí de la cocina me produjo un dolor horrible en la rodilla y caí sin fuerzas a la entrada de la toldilla; el cocinero no me había seguido. -¡Mirad cómo corre! -oíle gritar-. Y eso que tiene inutilizada una pierna. Ven a la cocina pobrecito mío. No te pegaré, ven. Volví y continué mi trabajo, terminando aquí el episodio por el momento, aunque más adelante debían tener lugar otros sucesos. Puse la mesa para el desayuno en la cabina, y a las siete serví a los cazadores y oficiales. El temporal había amainado evidentemente durante la noche, pero el mar seguía bastante recio y el viento soplaba aún con fuerza. De madrugada se había soltado más lona, de suerte que el Ghost corría con todas las velas, excepto las dos gavias y el foque pequeño. Según deduje de la conversación, estas tres velas se izarían inmediatamente después del desayuno; supe también que Wolf Larsen tenía gran interés en aprovechar el temporal, que le empujaba hacia el Sudoeste en aquella parte del océano, donde esperaba encontrarse con el contraalisio del Nordeste. Cuando él confiaba recorrer la mayor parte de la travesía al Japón fue antes de iniciarse este viento. Pensaba torcer al Sur, en dirección de los trópicos, y al aproximarse a las costas de Asia volver de nuevo hacia el Norte. Después del desayuno soporté otra experiencia nada envidiable. Cuando terminé de lavar los platos, limpié la estufa de la cabina y llevé la ceniza a cubierta para tirarla. Wolf Larsen y Henderson estaban junto al timón, enfrascados en una conversación profunda. El marinero Johnson gobernaba. Mientras me dirigía a barlovento le vi hacer un gesto rápido con la cabeza, que tomé equivocadamente por un saludo matinal al reconocerme. En realidad, trataba de advertirme que echara las cenizas por el lado de sotavento. Sin darme cuenta de mi desatino, pasé al lado de Wolf Larsen y del cazador y las lancé por barlovento. El viento las rechazó, no sólo encima de mi, sino también encima de Henderson y Wolf Larsen. Un instante después este último me daba un violento puntapié lo mismo que a un perro. Nunca hubiese creído que un puntapié doliera tanto. Me alejé de allí titubeando y me apoyé medio desvanecido contra la cabina. Todo empezó a flotar ante mis ojos y me mareé. Sentí náuseas y como pude me arrastré hacia el costado del barco. Pero Wolf Larsen ya no se preocupó de mí; se sacudió la ceniza de la ropa y reanudó su conversación con Henderson. Johansen, que desde la toldilla lo había presenciado todo, mandó dos marineros a popa para limpiar la suciedad. Muy entrada ya la mañana, recibí otra sorpresa de especie totalmente distinta. Siguiendo las instrucciones recibidas, había entrado en el camarote de Wolf Larsen para ponerlo en orden y hacer la cama. Junto a la cabecera de la misma, adosado a la pared, había un estante lleno de libros. Eché una ojeada, y no sin asombro leí nombres tales como Tyndall, Proctor y Darwin. Allí tenían su representación la astronomía y la física: La edad de la fábula, de Bullfinch; la Historia de la literatura inglesa y americana, de Shaw; la Historia natural, de Johnson, en dos grandes volúmenes. Había, además, una porción de gramáticas, como las de Metcalf, Reed y Kellog; sonreí al ver un ejemplar de El inglés del Deán. No podía relacionar aquellos libros con el hombre a quien pertenecían a juzgar por lo que de él había visto, y me maravilló la posibilidad de que pudiera leerlos. Pero cuando fui a hacer la cama encontré entre las mantas un Browning completo de la edición de Cambridge que, al parecer, se le debió escurrir al quedarse dormido. Estaba abierto por "En un balcón", y advertí aquí y allá pasajes subrayados con lápiz. Después, con una sacudida del barco, se me cayó el libro y salió una hoja de papel llena de diagramas y cálculos. Estaba patente que aquel hombre terrible no era un ignorante, como hubiera podido suponerse dadas sus manifestaciones de brutalidad. De pronto se convertía en un enigma. Cada una de las dos partes de su naturaleza era perfectamente comprensible, pero las dos juntas desorientaban. Yo ya había notado que su lenguaje era correcto, aunque desfigurado a veces por algún ligero descuido. Naturalmente, al hablar con los marineros y cazadores lo plagaba con frecuencia de faltas, lo cual se debía al mismo idioma vernacular; en las pocas frases que había cruzado conmigo se había expresado con claridad y corrección. La visión que acababa de tener de ese otro aspecto suyo debió animarme, porque resolví hablarle acerca del dinero que había perdido. -Me han robado -le dije un poco más tarde, cuando le encontré paseando solo por la popa. -Señor -corrigió, no con dureza, pero sí con seriedad. -Me han robado, señor -enmendé. -¿Cómo ha sido? -preguntó. Entonces le enteré de las circunstancias del incidente, cómo me había despojado de la ropa para que se secara en la cocina y cómo después el cocinero casi me pegó al mencionarle el asunto. -Raterías -concluyó-, raterías del cocinero. ¿Y no crees que tu vida vale este precio? Además, considéralo como una lección; así aprenderás a tener cuidado de tu dinero. Supongo que hasta ahora lo habrá hecho por ti tu abogado o tu agente de negocios. Sentí todo el desdén de sus palabras, pero pregunté -¿Cómo puedo recuperarlo? -Eso es cosa tuya; ahora no tienes abogado ni agente de negocios, así que habrás de contar contigo nada más. Cuando tengas un dólar, guárdalo bien; un hombre que se deja el dinero en cualquier parte, como tú haces, merece perderlo. Además, has pecado; no tienes derecho a poner la tentación en el camino de tus semejantes, tentaste al cocinero y él cayó. Has puesto, pues, en peligro su alma inmortal. Y a propósito: ¿crees en la inmortalidad del alma? Los párpados se levantaron perezosamente al hacer la pregunta, y pareció que aquellos abismos se descubrían para mí, para que yo mirara dentro de su alma; pero no fue sino una ilusión. Aunque se crea lo contrario, nadie ha podido penetrar nunca en el alma de Wolf Larsen ni mucho menos ha logrado verla; de esto estoy convencido. Era un alma solitaria, según pude comprender, que jamás se desenmascaraba, aunque en ciertos momentos, muy raros, lo aparentase. Leo la inmortalidad en sus ojos -respondí, suprimiendo el «señor» y haciendo una prueba que la intimidad de la conversación, según pensé, me autorizaba. El no se dio por enterado. Esto quiere decir -repuso- que ves algo que vive, pero que necesariamente no podría vivir siempre. -Leo más que esto -continué, audazmente. -Entonces tú lees la conciencia, la conciencia de la vida que vive, pero nada más, no una vida infinita. ¡Con qué claridad discurría y qué bien expresaba sus pensamientos! Después de mirarme con curiosidad, volvió la cabeza hacia barlovento y fijó la vista en el mar color de plomo. Sus ojos se oscurecieron y las líneas de su boca se hicieron más severas y más duras. Evidentemente, estaba de mal humor. -Entonces, ¿en qué para esto? -preguntó de pronto, volviéndose hacia mí-. Si soy inmortal... ¿por qué? Yo vacilaba. ¿Cómo explicar mi idealismo a este hombre? ¿Cómo expresar con palabras algo sentido, algo parecido a los sonidos que se oyen en sueños, algo que convence aun prescindiendo de las excelencias del lenguaje? -¿Qué es lo que cree usted, entonces? -dije, llevándole la contraria. -Creo que la vida es como una espuma, un fermento -respondió prontamente-; una cosa que tiene movimiento y que puede moverse durante un minuto, una hora, un año o cien años, pero que al fin cesará de moverse. El grande se come al pequeño, para poder continuar moviéndose; el fuerte al débil, para conservar la fuerza. El afortunado se come la mayor parte, y se mueve más tiempo, eso es todo. ¿Qué te parecen estas cosas? Dirigió el brazo con un gesto de impaciencia hacia unos cuantos marineros que maniobraban con unas cuerdas en el centro del barco. -Esos se mueven para que se mueva la materia, se mueven para comer y para poder seguir moviéndose, ahí lo tienes todo. Viven para el estómago, y el estómago existe para ellos. Es un círculo que no tiene salida. Ellos tampoco. Se detienen al fin, ya no se mueven, están muertos. -Pero sueñan -interrumpí yo-, tienen sueños radiantes, luminosos... -De comida -concluyó sentenciosamente. -Y de otras cosas... -¡Comer! Sueñan en tener más apetito y más suerte para satisfacerlo -su voz sonaba dura, monótona-. Porque, fíjate, ellos sueñan en hacer viajes productivos que les reporten más dinero, en llegar a ser segundos en los barcos, en encontrar fortunas... en una palabra, en mejorar de posición para comerse a sus semejantes, en tener buena comida todas las noches y que otros carguen con el trabajo despreciable. Tú y yo somos exactamente como ellos. No hay ninguna diferencia entre ellos y nosotros, como no sea aquella que estriba en tener más comida y mejor. Yo les como a ellos ahora y a ti también; pero en otros tiempos tú has comido más que yo, tú has dormido en lechos mullidos, has vestido ropas buenas y comido buenos alimentos. ¿Quién hizo aquellas camas y aquellas ropas y aquellas comidas? Tú no, tú nunca hiciste nada con tu propio sudor. Tú vives de la fortuna que ganó tu padre; tú eres como la conocida palmípeda que se deja caer sobre las bubias para robarles el pez que han cogido; tú formas parte de una multitud de hombres que han hecho lo que ellos llaman un Gobierno, y que dominan a los demás hombres, que se comen los alimentos que otros hombres han obtenido y que les hubiera gustado comerse ellos. Tú llevas las ropas que calientan; ellos las hicieron, pero van tiritando en sus andrajos y te piden a ti, a tu abogado o al agente de negocios que te administra el dinero, que se las compres. -Eso no tiene nada que ver con la cuestión -exclamé. -Ya lo creo -ahora hablaba rápidamente y sus ojos relampagueaban-. Esto es un egoísmo y esto es la vida. ¿De qué sirve o qué sentido tiene la inmoralidad del egoísmo? ¿Qué objeto tiene? ¿Qué dices a todo? Tú no has hecho la comida; sin embargo, lo que tú has comido o desperdiciado hubiese salvado la vida de una veintena de infelices que hicieron la comida, pero no la comieron. Considérate a ti mismo a mí. ¿Qué valor tiene tu ponderada inmortalidad, cuando tu vida discurre mezclada con la mía? Tú quisieras volverte a tierra, que es sitio más favorable para tu clase de egoísmo; yo, en cambio, tengo el capricho de tenerte a bordo de este barco, donde puedo abusar de ti; te doblaré o te romperé, podrás morir hoy, esta semana o el mes que viene y aún podría matarte ahora mismo de un puñetazo, porque eres un miserable alfeñique. Ahora bien; si somos inmortales, ¿qué razón hay para ello? El abusar como tú y yo hemos hecho toda la vida no parece que sea precisamente lo que deben hacer los mortales. De nuevo te pregunto: ¿qué dices a todo esto? ¿Por qué te he retenido aquí? -Porque usted es más fuerte -conseguí articular. -Pero, ¿por qué soy más fuerte? -continuó, con sus interminables preguntas-. Porque soy una porción mayor del fermento que tú. ¿Lo ves? -Esto es para desesperarse -protesté. -Estoy de acuerdo contigo -continuó-. Entonces ¿por qué nos movemos si el movimiento es vida? Sin moverse y ser una parte del fermento no habría desesperación. Pero, (y en esto está el toque) queremos vivir y movernos aunque no tengamos razón para ello, porque sucede que la naturaleza de la vida es vivir y moverse, querer vivir más. Si no fuera por eso, la vida moriría. A causa de esta vida que hay en ti, es por lo que sueñas en tu inmortalidad; la vida que hay en ti vive y quiere seguir viviendo eternamente. ¡Una eternidad de egoísmo! De pronto se volvió y se dirigió a popa; se detuvo junto a la toldilla y me llamó. -Veamos: ¿cuánto te ha sustraído el cocinero? -preguntó. -Ciento ochenta y cinco dólares, señor. Asintió con la cabeza. Un momento después, cuando me disponía a bajar la escalera para poner la mesa, le oí en el centro del barco cubrir de improperios a unos hombres. CAPITULO VI A la mañana siguiente el temporal había amainado por completo y el Ghost se balanceaba alegremente en un mar ensalmado, sin un soplo de viento. De vez en cuando se notaba, sin embargo, alguna brisa ligera y Wolf Larsen paseaba constantemente por la toldilla, escudriñando el mar por la parte del Nordeste, de cuya dirección debía soplar el gran contraalisio. Los hombres estaban todos sobre cubierta, ocupados en preparar los botes para la época de caza. Había a bordo siete botes, el pequeño del capitán y los seis que habían de utilizar los cazadores. La tripulación de cada bote la componían tres hombres: un cazador, un remero y un timonel. A bordo de la goleta, estos remeros y timoneles era como los tripulantes. Los cazadores se suponía también que formaban parte de las guardias y estaban siempre a las órdenes de Wolf Larsen. Todo esto y más había aprendido yo. El Ghost era la goleta más veloz de las flotas de San Francisco y Victoria. En realidad, había sido antes un yate particular, siendo por lo mismo construida con vistas a la velocidad. Aunque no entendía nada de estas cosas, sus líneas y su aspecto lo demostraban claramente. Johnson me hablaba de ella en una breve conversación que sostuvimos durante la segunda guardia de la mañana. Hablaba con un entusiasmo y un amor por una buena embarcación semejantes a los que sienten algunos hombres por los caballos. Estaba muy disgustado con la guardia y he creído comprender que Wolf Larsen tiene una reputación muy mala entre los capitanes de los barcos de caza. Fue la atracción del Ghost la que indujo R Johnson a engancharse para el viaje, pero, al parecer, empezaba a arrepentirse. Según me dijo, el Ghost es una goleta de ochenta toneladas, de un modelo excelente. Este pequeño mundo flotante que contiene veintidós hombres es un mundo muy pequeño, una mancha, un átomo, y yo me admiro de que los hombres se atrevan a cruzar el mar en barco tan pequeño y tan frágil. Wolf Larsen tiene fama también de ser muy abandonado en el cuidado del velamen. Sorprendí por casualidad a Henderson y a otro de los cazadores, Standish, un californiano, hablando de esto. Dos años antes durante un temporal en el mar de Bering desarboló al Ghost, después de lo cual se le pusieron los mástiles que ahora lleva, que de todos modos son más fuertes y resistentes. Todos los hombres de a bordo, excepción hecha de Johansen, que está engreído con su ascenso, parecen buscar una excusa para justificar el haberse embarcado en el Ghost. La mitad de los hombres de proa son marinos de alta mar y su excusa es que no sabían nada acerca del barco ni de su capitán. Otros dicen que los cazadores, aunque tiradores excelentes, son tan conocidos por su tendencia a disputar y cometer canalladas, que no pudieron contratarse en ninguna goleta decente. He hecho amistad con otro tripulante, llamado Louis. Es irlandés, de Nueva Escocia, rotundo, de rostro jovial muy sociable y aficionado a hablar mientras encuentra quien le escuche. Por la tarde, cuando el cocinero estaba durmiendo abajo y mondaba yo patatas, Louis penetró en la cocina para "pegar la hebra". Explica que se halle a bordo, porque al tiempo de contratarse estaba ebrio. Hace ya doce años que caza focas cada temporada y es considerado como uno de los mejores timoneles de ambas flotas. -Esta es la peor goleta que pudiste haber elegido, a no estar entonces borracho como yo -dijo siniestramente-. La caza de focas es el paraíso de los cazadores en otros barcos. Ya ha habido un muerto, pero fíjate bien en lo que digo: antes que termine el viaje habrá más. Este Wolf Larsen es un verdadero demonio, y el Ghost será un infierno, como lo ha sido siempre desde que cayó en sus manos. ¿Lo sabré yo? Hace dos años, en Hakodate, tuvo una riña con cuatro de sus hombres y los mató. Me hallaba yo en el Emma, a trescientas yardas de distancia. Y en el mismo año mató a otro hombre. Sí, señor, sí, le mató. Le aplastó la cabeza como si hubiese sido una cáscara de huevo. El gobernador de la isla de Kura y el jefe de policía, caballeros japoneses, vinieron invitados a bordo del Ghost, acompañados de sus esposas, unas mujercitas pequeñas y lindas como las que pintan en los abanicos. Cuando regresaban a tierra, Wolf Larsen, simulando un accidente dejó a los enamorados esposos en sus sampans. Y una semana después desembarcó a las pobres mujeres en el otro lado de la isla, con la perspectiva de una caminata a través de las montañas, calzadas con las frágiles sandalias de paja que no resistirían más de una milla. ¿Lo sabré yo? Este Wolf Larsen estaba hecho una bestia, la bestia monstruosa mencionada en el Apocalipsis, y de él no puede salir nada bueno. Pero como si no hubiera dicho nada, ¿eh? No he dicho una sola palabra; si se te soltara la lengua, este sería el último viaje del pobre Louis... ¡Wolf Larsen! -gruñó un momento después-. Escucha lo que voy a decirte. Un lobo... eso es, un lobo. No es que tenga el corazón negro como algunos hombres, no, carece de corazón absolutamente. Un lobo, eso es, un lobo exactamente. ¿No te admira lo bien que le va este nombre? -Pero ¿cómo, conociéndole, encuentra hombres para navegar? -¿Y cómo es que se encuentran hombres para todo en la tierra y en el mar? -replicó Louis-. ¿Cómo había de hallarme yo a bordo, de no haber estado borracho como un cerdo al estampar mi nombre? Los hay que no pueden navegar en mejor compañía, como los cazadores, y hay otros que nada saben, como estos pobres diablos de proa. Pero ya se enterarán, ya se enterarán, y maldecirán el día en que nacieron. Acuérdate de que no he dicho nada, ¿eh? Ni una palabra... Estos cazadores son unos malvados -continuó diciendo, porque padecía una abundancia oratoria-; pero espera que empiecen a mover escándalos. El les parará los pies, él será quien haga sentir el temor de Dios a estos corazones tan corrompidos. Fíjate en Horner, el cazador que va conmigo, Jock Horner, tan silencioso, con un hablar tan dulce como el de una doncella, pues el año pasado mató al timonel de su pote. Declararon el hecho como un accidente lamentable; pero yo encontré al remero en Yokohema y me lo contó todo. Y ahí está Smoke, ese diablejo moreno, a quien los rusos tuvieron tres años en las minas de sal de Siberia por cazar furtivamente en Copper Island, lugar acotado. Le encadenaron de pies y manos con su compañero, tuvo con éste una reyerta y lo mató, arrojando sus restos al fondo de la mina, hoy un brazo, mañana una pierna, al día siguiente la cabeza, hasta acabar con él. -¡Pero eso no es posible! -exclamé horrorizado. -Posible, ¿qué? -replicó rápido como una centella-. ¡Yo no he dicho nada, yo soy mudo, por vida de tu madre! ¡Jamás he abierto la boca si no es para decir cosas buenas de éstos y del otro, cuya alma maldiga Dios y se pudra en el purgatorio diez mil años, para hundirse luego en lo más profundo de los infiernos! Johnson, el hombre que me frotó hasta arrancarme la piel el primer día que llegué a bordo, parecía el menos equívoco de todos los hombres del barco. En realidad, no había nada equívoco en él; impresionaba por su rectitud y energía, que a su vez se veían moderadas por una modestia fácil de confundir con la timidez. Sin embargo, no era tímido; antes bien, parecía tener el valor de sus convicciones, la certeza de su virilidad. Esto fue lo que le hizo protestar de que le llamaran Yonson cuando nos conocimos. Y sobre esta circunstancia y su personalidad emitió Louis juicios y profecías. -Es un buen muchacho ese cabeza cuadrada de Johnson que tenemos a proa -dijo-. Es mi remero, el mejor marinero del barco. Tan cierto como la chispa vuela hacia arriba, que llegará a tener disgustos con Wolf Larsen. Eso lo sé yo; lo veo fermentar y crecer como una tormenta en el cielo. Le he hablado como a un hermano, pero no hace caso de avisos ni advertencias. Refunfuña cuando las cosas no le parecen bien, y no faltará algún soplón que vaya a contárselo a Wolf Larsen. Ese lobo es fuerte, y como los lobos odia la fuerza, y eso es lo que descubrirá en Johnson que no quiere someterse, ¡Oh, lo veo venir! Y Dios sabe dónde encontraré otro remero. ¿Sabes qué dice cuando el lobo le llama Yonson? "Pues mí nombre es Johnson, señor", y después lo deletrea letra por letra. ¡Habrías de haber visto la cara del lobo! Yo creí que le dejaba en el sitio. No lo hizo, pero no te quepa duda que acabará mal; le romperá el corazón a ese cabeza cuadrada, o sé yo muy poco de los hombres de mar. El cocinero había acabado por ponerse insoportable. Me veía obligado a llamarle "señor" cada vez que le dirigía la palabra. Una de las razones para ello es que Wolf Larsen parecía distinguirle. Es un hecho sin precedentes que un capitán intime con el cocinero; pero así lo hacía Wolf Larsen. Dos o tres veces había introducido la cabeza en la cocina y le había embromado bondadosamente, y aquella tarde charló con él en la toldilla más de quince minutos- Cuando terminaron, Mugridge volvió a la cocina dando muestras de una alegría pegajosa, y al emprender de nuevo el trabajo tarareaba canciones con un falsete tan discordante, que era un tormento para los nervios. -Yo siempre estoy en buenas relaciones con los oficiales -observó en tono confidencial-. Sé cómo hacerme indispensable. El último capitán que tuve me hacía bajar siempre a la cabina para charlar un rato y beber una copa como buenos amigos. "Mugridge -me decía-, Mugridge, has torcido tu vocación." "¿Cómo es eso?", decía yo. "Tú debiste haber nacido caballero, y así no hubieras tenido que trabajar para vivir." ¡Así Dios me castigue, Hump, si no decía eso y no me hacía entrar en su propia cabina, cómoda y agradable, a fumar sus cigarros y beber su ron! Estas confidencias me volvían loco. Jamás voz alguna me había parecido tan odiosa. Su tono untuoso e insinuante, su sonrisa pegajosa y su monstruosa vanidad me atacaban los nervios, hasta tal extremo, que a veces me ponía a temblar. Era positivamente la persona más repugnante y asquerosa con que he tropezado en mi vida. Sus guisos eran de una suciedad indescriptible; y cuando preparaba la comida, me veía obligado a escoger mi parte con gran circunspección, eligiendo del menos sucio de sus guisotes. Mis manos, que no estaban acostumbradas al trabajo me fastidiaban mucho. Se me pusieron morenas y descoloridas, y la piel estaba tan saturada de mugre, que ni con un estropajo se hubiese podido quitar. Después se me formaban ampollas, sucediéndose en dolorosa e interminable procesión, y me produje una enorme quemadura en el antebrazo al perder el equilibrio en un movimiento del barco y caerme encima de la cocina económica. Por otra parte, la rodilla no mejoraba ni disminuía la hinchazón y la rótula continuaba de canto. Lo que yo necesitaba, si es que había de curarme, era reposo y no andar cojeando de la mañana a la noche sin parar. ¡Reposo! Hasta entonces no había conocido el significado de esta palabra. Toda mi vida había estado reposando sin enterarme. Y ahora el poder sentarme media hora y no hacer nada, ni siquiera pensar, me hubiera parecido la cosa más deleitable del mundo. En cambio esto era para mí una revelación. En lo sucesivo podría apreciar la vida de la gente que trabaja. Yo no imaginaba que el trabajo fuese una cosa tan horrible. Desde las cinco y media de la mañana hasta las diez de la noche soy el esclavo de todo el mundo, sin tener un momento para mí, excepto los que puedo escamotear cerca del final de la segunda guardia de la mañana. Si me detengo un instante a contemplar el mar que centellea bajo el sol, a mirar a un marinero trepar hasta la vela de cangreja o subir por el bauprés, tengo la seguridad de oír la voz odiosa que dice: "Eh, Hump, no te entretengas, que te estoy viendo". Hay señales de agitación en la bodega y se murmura que Smoke y Henderson han reñido. Este último, un sujeto calmoso y difícil de excitar, parece el mejor de los cazadores, pero al fin habrán logrado hacerle perder la calma, porque Smoke llevaba un ojo contuso y amoratado, y cuando entró en la cabina para cenar tenía un aspecto particularmente sospechoso. Antes de cenar precisamente, sucedió algo cruel que confirma la dureza e insensibilidad de estos hombres, Entre los tripulantes hay un novato, llamado Harrison, muchacho campesino, torpe, dominado, creo yo por el espíritu de aventuras y que hace su primer viaje. Con el airecillo la goleta había virado mucho de borda, y cuando esto ocurre, se pasan las velas de un lado a otro y se manda a un hombre a lo alto para volver la gavia de sobremesana. Al parecer, una vez estuvo Harrison arriba, la vela se atascó a la garrucha por la que corre al extremo del botalón. Había dos maneras de librarla, según entendí yo; la primera arriando el trinquete, lo cual era relativamente fácil y nada peligroso y la otra trepando por las drizas del penol hasta la punta del botalón, acción ésta sumamente arriesgada. Johansen dijo a Harrison que subiera por las drizas. El muchacho se veía claramente que tenía miedo, y tenía motivos sobrados, pues había de trepar por aquellas cuerdas delgadas y movedizas a una altura de ochenta pies. De haber soplado un viento constante, hubiese sido menos difícil; pero el Ghost se balanceaba con las velas lacias en un mar tranquilo y a cada vaivén la lona aleteaba y las drizas se aflojaban y tendían. Hubieran lanzado a un hombre con la misma facilidad que un latigazo sacude a una mosca. Harrison oyó la orden y comprendió lo que de él se exigía, pero vaciló. Probablemente era la primera vez en su vida que subía allá arriba. Johansen, que copiaba las maneras imperativas de Wolf Larsen, se destapó con una rociada de insultos y juramentos. -Basta ya, Johansen -dijo Wolf Larsen bruscamente-. Te participo que el único que jura aquí en el barco soy yo; si necesito ayuda ya te avisaré. -Sí, señor -reconoció el segundo humildemente. Entretanto, Harrison había empezado a subir por las drizas. Yo le observaba desde la puerta de la cocina y le vi temblar de pies a cabeza como si tuviese calentura. Procedía muy lentamente y con precaución, avanzando por pulgadas. Trepaba por los bordes de la vela y como una araña gigantesca se recortaba en el azul pálido del cielo. Era una ascensión penosa porque el trinquete estaba muy alto, pero las drizas, pasando por varias garruchas del botalón y el mástil, le proporcionaban apoyos, aunque distantes, para pies y manos. La dificultad estribaba en que el viento no era lo bastante fuerte ni constante Para mantener hinchada la vela. Cuando Harrison estuvo a medio camino, el Ghost se inclinó a barlovento y después se hundió de nuevo en la depresión que quedó entre dos olas. El muchacho se detuvo, sosteniéndose con todas sus fuerzas. Desde ochenta pies más abajo distinguía yo la tensión angustiosa de sus músculos al aferrarse dominado por el instinto de conservación. Todo sucedió rápidamente, la vela se vació, el garfio cayó en el centro del barco, y se aflojaron las drizas, que vi ceder bajo el peso del cuerpo de Harrison. El garfio corrió entonces hacia un lado con repentina celeridad, la vela mayor retumbó como un cañonazo y las tres hileras de rizos restallaron en la lona lo mismo que una descarga de fusilería. Harrison se soltó, precipitándose por el aire vertiginosamente; de pronto se detuvo en su caída al tenderse las drizas con un golpe de viento. Aflojó la presión de sus manos, la una se desprendió de su asidero, la otra resistió durante un momento con desesperación y siguió el mismo camino. El cuerpo se lanzó en el vacío, pero él trató de salvarse con ayuda de las piernas, quedando suspendido con la cabeza hacia abajo. Un esfuerzo rápido llevó sus manos a las drizas; pero aún tardó mucho en recobrar la posición anterior y permaneció colgado como un objeto insignificante. -Apostaría cualquier cosa a que no tiene gana de cenar -oí decir a Wolf Larsen, cuya voz llegó hasta mí por detrás de la cocina-. Apártate, tú, Johansen. ¡Cuidado! ¡Ahí va! Verdad es que Harrison parecía muy enfermo, como si estuviese mareado, y durante un buen rato quedó suspendido, sin intentar moverse. Johansen, sin embargo, continuaba increpándole violentamente e instándole a que completara su tarea. -Esto es una vergüenza -dijo Johnson en correcto inglés, pronunciado con dolorosa lentitud. Se hallaba junto al aparejo mayor y no lejos de mí. El muchacho tiene buena voluntad. Si sale de ésta, aprenderá pronto. Pero esto es... -se detuvo un momento, porque la palabra "crimen" era el final de su juicio. -¡Chist! ¡Cállate! -le dijo Louis por lo bajo-. ¡Por el amor de tu madre, no hables! Pero Johnson continuó mirando y gruñendo. -Mira -dijo el cazador Standish a Wolf Larsen-, es mi remero y no quiero perderle. -Está bien, Standish -replicó-. Es tu remero cuando está en el bote; pero a bordo es mi marinero, y haré con él lo que me dé la gana. -Pero esto no es razón... -comenzó Standish, ya con violencia. -Basta ya y será mejor -le aconsejó Wolf Larsen-. Ya te he dicho lo que hay, y valdrá más que lo dejes estar. El hombre es mío, y puedo hacer con él una sopa y comérmelo si tal es mi deseo. A los ojos del cazador asomó una chispa de cólera, pero se volvió y entró en la escalera de la bodega y desde allí continuó mirando hacia arriba. Ahora se hallaban todos sobre cubierta y con los ojos en alto, donde una vida humana luchaba a brazo partido con la muerte. Era horrible la dureza de estos hombres, a quienes una organización industrial daba autoridad sobre las vidas de otros semejantes. Yo, que siempre había vivido alejado del torbellino del mundo, no había sospechado nunca que este trabajo se efectuara en esta forma. La vida me había parecido siempre una cosa sagrada; pero aquí no tenía ningún valor, era una cifra en la aritmética del comercio. Debo decir, no obstante, que los marineros estaban emocionados, ahí está el caso de Johnson; pero los patronos (los cazadores y el capitán) se mostraban insensibles e indiferentes. Aun la protesta de Standish nacía del deseo de no querer perder a su remero. Si hubiese tenido a mano otro, él, lo mismo que los demás, se hubiese divertido con aquello. Harrison, a pesar de los insultos y ultrajes que le dirigía Johansen, tardó más de diez minutos en volver en si. Un poco después llegó al extremo del botalón, y allí, a horcajadas sobre la verga, pudo continuar su trabajo con más suerte. Una vez desenredada la vela, quedó libre para volverse y descender lentamente a lo largo de las drizas del mástil. Su posición actual era harto insegura, pero estaba tan enervado, que le repugnaba abandonarla por la otra menos segura sobre las drizas. Contempló el camino aéreo que debía atravesar y después bajó los ojos hasta la cubierta; los tenía dilatados y fijos y temblaba violentamente. Yo no había visto nunca el espanto reflejarse con tal fuerza en un rostro humano. De un momento a otro estaba expuesto a caerse del botalón y en vano le gritaba Johansen que bajara. Estaba paralizado por el miedo. Wolf Larsen empezó a pasear hablando con Smoke y no volvió a parar mientes en él, aunque una vez gritó el hombre que estaba en el timón -¡Que pierdes el rumbo, amigo! ¡Ten cuidado, si no quieres que te pase algo! -¡Ay, señor! -respondió el timonel, haciendo bajar un par de rayos el volante. Se había apartado de la ruta a fin de que el vientecillo hinchase el trinquete y lo mantuviese en tensión, tratando de ayudar así al infortunado Harrison, aun a riesgo de incurrir en el enojo de Wolf Larsen. Pasaba el tiempo, y aquella tirantez de nervios era horrible para mí. En cambio, Thomas Mugridge lo consideraba un caso de risa y asomaba continuamente la cabeza por la puerta de la cocina para hacer observaciones jocosas. ¡Cómo le odiaba yo! Y durante aquel rato espantoso mi odio fue creciendo, creciendo hasta alcanzar proporciones gigantescas. Por primera vez en mi vida experimenté el deseo de matar; "lo vi todo rojo", como dicen algunos de nuestros escritores pintorescos. En general, la vida debe ser una cosa sagrada, pero en el caso particular de Thomas Mugridge se convertía en algo verdaderamente profano. Me asusté al darme cuenta de que "veía rojo", y por mi mente cruzó una idea: ¿acabaría yo también por contagiarme de la brutalidad de aquel ambiente? ¿Yo, que aun en los más graves delitos había negado la justicia de la pena capital? Transcurrió más de media hora, y entonces vi a Johnson y a Louis que sostenían una especie de altercado. Finalmente, Johnson se desasió del brazo del otro, que trataba de retenerle, y corrió a proa. Atravesó la cubierta saltó al aparejo delantero y comenzó a subir, pero la mirada rápida de Wolf Larsen le sorprendió: -Eh, tú, ¿a qué subes? -le gritó. Johnson se detuvo, miró de frente al capitán y contestó lentamente: -Voy a bajar a ese muchacho. -¡Lo que has de hacer es bajar de ese aparejo, y aprisa! ¿Oyes? ¡Abajo! Johnson dudó, pero los largos años de obediencia a los patronos de los barcos vencieron al fin. Descendió a cubierta y continuó hacia la proa. A las cinco y media bajé a la cabina para poner la mesa, sin saber a punto cierto lo que hacía, porque mis ojos y mi cerebro estaban ocupados con la visión de aquel hombre, pálido y tembloroso como un espectro, montado cómicamente sobre el azotado botalón. A las seis, cuando serví la cena, pasé por la cubierta para ir a la cocina a buscar la comida, y vi a Harrison en la misma postura. En la mesa, la conversación giraba sobre cosas muy distintas; nadie parecía interesarse por aquella vida tontamente comprometida. Algo más tarde hice un viaje extraordinario a la cocina, y tuve la satisfacción de ver a Harrison bambolearse débilmente desde el aparejo a la escotilla del castillo de proa. Al fin, reuniendo todo su valor, había logrado descender. Antes de terminar este incidente, debo anotar un fragmento de la conversación que sostuve con Wolf Larsen en la cabina mientras lavaba los platos. -Parecías disgustado esta tarde, ¿qué te pasa? -me dijo. Yo adiviné que él ya sabía qué era lo que me había puesto casi tan enfermo como al mismo Harrison y que trataba de sonsacarme, y contesté: -Era a causa del tratamiento brutal de que ha sido objeto aquel muchacho. Soltó una breve carcajada. Algo parecido al mareo, me parece. Hay quien tiene propensión a ello. -No es eso -objeté. -Es así precisamente -prosiguió-. La tierra está tan llena de brutalidad como el mar de movimiento, y unos hombres enferman en aquélla y otros en éste. He ahí la única razón. -Pero usted que juega con la vida humana, ¿no le da absolutamente ningún valor? -¿Valor? ¿Qué valor? -me miró, y aunque su mirada era fija y tranquila, me pareció ver en sus ojos una sonrisa cínica-. ¿Qué clase de valor? ¿Cómo lo mides? ¿Quién se lo da? -Yo -le respondí. -Entonces, ¿qué valor tiene para ti? Quiero decir la vida de otro hombre. Di, ¿qué valor tiene? ¿El valor de la vida? ¿Cómo podría yo darle un valor tangible? Yo, que siempre me he expresado con bastante facilidad, carecía de medios de expresión con Wolf Larsen. Después he comprobado que una parte de este fenómeno era debido a la personalidad de aquel hombre, pero que la mayor de ello se debía a nuestros puntos de vista totalmente distintos. Al contrario de otros materialistas con quienes había tropezado y con los cuales tenía alguna comunidad de principios, con él no tenía nada de común. Tal vez fuese también la simplicidad fundamental de su mente lo que me desconcertaba. Se dirigía con tal rectitud a la base del asunto, despojaba siempre la cuestión de todos los detalles superfluos y con tal decisión, que yo creía estar luchando en un mar sin fondo. ¿El valor de la vida? ¿Cómo contestar a una pregunta tan inesperada? Para mí era tan evidente que la vida tenía valor intrínseco, que jamás lo había puesto en duda; así que cuando recusó al axioma, me quedé sin saber qué contestar. -Ayer hablamos de esto -dijo-. Yo sostenía que la vida era un fermento algo espumoso que devoraba vida para poder vivir, en fin, que la vida era meramente el egoísmo afortunado. De las cosas sujetas a ofertas y demanda, la vida es la más barata del mundo. Hay una cantidad limitada de agua, de tierra, de aire, pero la vida que está pidiendo nacer es ilimitada. La vida es de una prodigalidad infinita. Pújate en el pez y en los millones de huevos que produce. Sin ir tan lejos, fíjate en ti, en mí. Nosotros llevamos el germen de millones de vidas. Si pudiésemos hallar tiempo y oportunidad para utilizar todas las partículas de vida futura que hay en nosotros, podríamos convertirnos en padres de naciones y poblar continentes. ¿La vida? ¡Bah! No tiene valor alguno; entre las cosas baratas, es la más barata. Se ofrece por todas partes. La Naturaleza la vierte con mano pródiga. En el lugar de una vida siembra mil, la vida devora a la vida, prevaleciendo la más fuerte y la más egoísta. -Usted ha leído a Darwin -dijo-, pero le ha leído sin comprenderle si deduce que la lucha por la existencia sanciona la loca destrucción de la vida. Se encogió de hombros. -Tú únicamente relacionas esto con la vida humana, porque en cuanto a los animales, a las aves y a los peces, destruyes tantos como cualquier otro hombre; pero la vida humana no es en modo alguno diferente, aunque tú lo sientes así y creas que razonas sus causas. ¿Por qué habría de ser yo parco con esta vida que es barata y no tiene ningún valor? Hay más marineros que barcos para ellos en el mar, más obreros que fábricas y máquinas para emplearlos- Bueno; tú que vives en tierra, sabes que relegáis a la gente pobre a los barrios infectos, que dejáis que el hambre y la peste se ceben en ellos, y que, a pesar de esto, siempre queda gente pobre que desea un mendrugo de pan y un pedazo de carne (que es vida destruida), y de los que no sabéis qué hacer- Se dirigió hacia la escalera, pero volvió la cabeza para decir la última palabra: -¿No sabes que el valor que tiene la vida es el que la misma vida se atribuye? Y se valúa con exceso, ya que por necesidad se la previene en favor de ella misma. Fíjate en el hombre que tenia yo allá arriba. Se sostenía como si hubiese sido un objeto precioso, un tesoro de más valor que diamantes y rubíes- ¿Por ti? No ¿Por mí? De ninguna manera- ¿Por él? Sí- Pero yo no acepto su apreciación. Se encarece a sí mismo de un modo lamentable- Hay vida en abundancia que no pide sino nacer. Si llega a caerse y a verter los sesos como la miel de un panal, para el mundo no hubiese sido ninguna pérdida; él no vale nada para el mundo La oferta es excesiva- Únicamente tiene valor para sí mismo, y para probar cuán ficticio es aún este valor después de muerto no se da cuenta de que se ha perdido- El solamente se estimaba en más que los diamantes y los rubíes, pero desaparecen los diamantes y rubíes arrastrados por un cubo de agua de mar y ni siquiera sabe que han desaparecido- Por tanto, no pierde nada, si con la pérdida de sí mismo pierde el conocimiento de la pérdida- ¿Lo ves? Y ahora, ¿qué tienes que decir a esto? -Que, cuando menos, es usted consecuente -fue todo lo que pude decir, y continué lavando los platos. CAPITULO VII Al fin, después de tres días de vientos variables, teníamos el contraalisio del Nordeste. Subí a cubierta tras una noche de reposo, a despecho de mi pobre rodilla, y encontré al Ghost corriendo con todas las velas desplegadas, excepto los foques, e impelido por un vientecillo de popa. ¡Oh, la maravilla del gran contraalisio! Navegamos todo el día y toda la noche y el día siguiente y el otro, día tras día, soplando siempre fuerte y constantemente el viento de popa. La goleta navegaba sola; no había necesidad de tirar de velas y jarcias, no había que mudar de sitio las gavias; los marineros no tenían más trabajo que el de gobernar. Cada día aumentaba el calor sensiblemente. De seis a ocho de la mañana, los marineros subían a cubierta desnudos y se rociaban unos a otros con cubos de agua. Ya empezaban a verse peces voladores, y durante la noche los hombres que estaban de guardia arriba, trataban de alcanzar a los que caían sobre la cubierta. Luego, debidamente sobornado, Thomas Mugridge los freía, embalsamando la cocina con tan delicioso aroma; otras veces servían en todo el barco carne de delfín, y Johnson, desde el extremo del bauprés, contemplaba la sorprendente belleza. Johnson parece invertir todo el tiempo que le queda libre allí o arriba, en la cruz, para mirar al Ghost hender las aguas, bajo la presión de las velas. En sus ojos hay pasión, adoración, va de un lado a otro como un sonámbulo, contempla extasiado las velas hinchadas, la estela espumosa, las palpitaciones del barco y su carrera sobre las olas que avanzaban con nosotros en procesión majestuosa. Los días y las noches son «toda una maravilla y un deleite violento" y a pesar de que mi horrible trabajo me deja poco tiempo, le robo algunos momentos para contemplar la gloria infinita de la que nunca imaginé pudiera estar el mundo poseído. Arriba, el cielo es de un azul inmaculado, azul como el mismo mar, el cual, bajo la gorja, tiene los reflejos del raso celeste. Cerrando el horizonte hay vellones de pálidas nubes Inmutables y quietas, que sirven de estuche a la uniforme turquesa del firmamento. -Siempre perdurará en mí el recuerdo de esta noche que en vez de dormir me había recostado en el castillo de proa y miraba los rieles de espuma que abría el Ghost. Su sonido traía a la memoria el murmullo de una fuente al borbotar sobre las piedras y musgos de un arroyo; aquella cantilena me hizo olvidar mi condición y el sitio en que me hallaba, hasta el extremo que ya no fui Hump el grumete, ni Van Weyden, el hombre que durante treinta y cinco años había soñado entre libros. Pero una voz detrás de mí, la inconfundible voz de Wolf Larsen, fuerte, con la seguridad invencible del hombre y dulce al dar su justo valor a las palabras que citaba, me sacó de mi ensimismamiento ¡Oh ardientes noches tropicales, en que la estela es una cinta de luz que retiene la tibia dulzura del cielo, y la proa poderosa hiende el solar sembrado de planetas que la ballena medrosa marca con su pasión! El sol une sus láminas, ¡oh doncella!, y el rocío pone las cuerdas en tensión; pero nosotros avanzamos por el antiguo sendero, nuestro sendero, el sendero del Más Allá, nos inclinamos hacia el Sur por el Largo Sendero... el camino que es siempre nuevo. -¡Eh, Hump! ¿Qué te parece? -dijo después de la pausa que las palabras y la situación requerían. Le miré a la cara, que resplandecía como el mismo mar, y sus ojos fulguraban a la luz de las estrellas. -Me parece singular, por no decir otra cosa, que pueda usted mostrar entusiasmo -respondí fríamente. -¿Por qué, hombre, si esto es la vida? ¡Es la vida! -exclamó. -Que es una cosa barata y sin valor alguno -repliqué con sus propias palabras. Se rió, y aquélla fue la primera vez que oí vibrar su voz con una alegría sincera. -¡Oh, no puedo hacerte comprender, no puedo meterte en la cabeza lo que es la vida! Por supuesto, la vida no tiene valor, excepto para ella misma. De la mía sé decirte que ahora precisamente es cuando vale mucho... para mí. No tiene precio, por lo que no dejarás de comprender que es apreciarla en demasía; pero no puedo evitarlo, porque es la vida que hay en mí la que le da valor. Parecía buscar las palabras con que expresar el pensamiento, y al fin prosiguió -Mira; me siento elevado de una manera extraña, como si el tiempo repercutiera en mí, como si fuesen míos todos los poderes. Conozco la verdad, distingo lo bueno de lo malo, mi visión es clara y lejana, casi podría creer en Dios. Pero -cambió su voz y desapareció el fuego de su mirada-, ¿a qué es debido este estado mío, esta alegría de vivir, este triunfo de la vida, esto que bien podría llamarse inspiración? Pues no es más que la consecuencia de una perfecta digestión, y ocurre cuando el estómago se halla en buenas condiciones y el apetito tiene un límite y todo marcha bien. Es la seducción de la vida, el champaña de la sangre, la efervescencia del fermento... es lo que inspira a algunos hombres ideas santas, y hace que otros vean a Dios o crean en él cuando no puedan verle. Eso es todo, la embriaguez de la vida, la excitación y el movimiento de la espuma, la cháchara de la vida que enloquece al saber que vive. Y... ¡bah! Mañana lo pagaré todo, como lo paga el borracho. Y sabré que he de morir en el mar probablemente, que cesará mi movimiento propio para confundirse con el movimiento de la corrupción del mar; serviré de alimento, me convertiré en carroña, entregaré toda la fuerza y movimiento de mis músculos para que se convierta en fuerza de aletas y escamas en los intestinos de los peces. ¡Bah! El champaña ya es Insípido. Han desaparecido las chispas y las burbujas, ya es una bebida sin sabor. Me dejó tan de repente como había venido, saltando a la cubierta con la ligereza y suavidad del tigre. El Ghost continuaba su camino. Advertí que el murmullo del agua se parecía mucho a un ronquido, y al escucharlo, el efecto de la rápida transición de Wolf Larsen, desde los transportes sublimes hasta la desesperación, se fue esfumando lentamente. Entonces en el interior del barco se elevó una hermosa voz de tenor, de algún marinero probablemente, entonando la Canción del alisio: ¡Oh, soy el viento que el marino ama... soy constante, fuerte y sincero; siguen mi rumbo cual las nubes en lo alto, por el azul insondable de los trópicos!... De día y de noche sigo el ladrido, conservo su ruta lo mismo que un perro. Al mediodía es mayor mi fuerza, pero bajo la luna también pongo en tensión la vela. CAPITULO VIII Muchas veces creo que Wolf Larsen está loco o al menos medio loco, tales son sus cambios de humor y extravagancias. Otras veces imagino que es un gran hombre, un genio fracasado, pero finalmente me he convencido de que es el prototipo del hombre primitivo, nacido mil años o generaciones demasiado tarde, constituyendo un anacronismo en este siglo cumbre de la civilización. Es, sin duda alguna, un individualista del tipo más pronunciado, y no solamente esto, sino que está muy aislado. No hay ninguna afinidad entre él y los demás hombres de a bordo. Su formidable virilidad y fuerza mental lo mantienen aparte; él los considera más bien como nifios, y como niños los trata, aun a los cazadores, descendiendo por fuerza hasta su nivel y jugando con ellos como si fueran cachorrillos. Y si no, les sondea con la crueldad de un disector, sigue sus procesos mentales y examina sus almas como si quisiera conocer la materia de que están formadas. En la mesa le he visto varias veces insultar, ora a un cazador, ora a otro, con mirada fría y tranquila, y observar al mismo tiempo sus acciones, sus respuestas o sus enojos pueriles, con cierto interés o curiosidad casi ridículos para mí, que era un espectador y lo comprendía. En cuanto a sus propios enfurecimientos, tengo la seguridad de que no son reales, que a menudo son experimentos, pero en su mayor parte proceden de la costumbre, de una actitud que ha creído conveniente adoptar con sus semejantes. Sé que con la posible excepción del incidente de la muerte del segundo, no le he visto verdaderamente enojado; no es que desee tampoco presenciar uno de sus momentos de genuino furor en que todas sus energías deben entrar en funciones. Por lo que respecta a la cuestión de sus extravagancias, voy a relatar lo que le aconteció a Thomas Mugridge en la cabina y así completaré un incidente al que ya me he referido en otras ocasiones. Cierto día, terminada la comida de las doce y cuando acababa yo de poner en orden la cabina, Wolf Larsen bajó la escalera en compañía de Thomas Mugridge. Aunque el cocinero tiene su madriguera en un departamento que comunica con la cabina, nunca se atreve a entretenerse o dejarse ver por allí y sólo un par de veces al día la cruza rápidamente, como un tímido espectro. -Así, pues, sabes jugar al "Nap" iba diciendo Wolf Larsen con una entonación alegre en la voz-. Debí suponerlo en un inglés. Yo lo aprendí en los barcos Ingleses. Thomas Mugridge estaba a su lado, estúpidamente satisfecho, encantado de ver que el capitán le trataba como a un camarada. Su petulancia y los esfuerzos que hacía al querer moverse con el desembarazo propio de gentes bien nacidas, hubieran sido insoportables de no haber sido ridículas. Mi presencia le pasó por completo desapercibida, aunque aseguraría que se hallaba simplemente imposibilitado de verme. Sus ojos claros, deslavazados, flotaban como olas indolentes de verano, pero las visiones de bienaventuranzas que pudiesen vislumbrar estaban fuera del alcance de mi imaginación. -Trae la baraja, Hump -ordenó Wolf Larsen cuando se sentaban a la mesa-. Y saca también los cigarros y el whisky, que encontrarás en mi camarote. Volví con las cosas requeridas, a tiempo para oír cómo el cocinero insinuaba groseramente que en su vida debía haber algún misterio, que debía ser fruto del error de algún caballero o algo por el estilo, y también que había sido alejado de Inglaterra, y ahora le pagaban a fin de que no volviese por allá. -Y bien pagado, señor -decía-, bien pagado para que eche el ancla y me esté quieto. Yo había traído las copas de licor usuales, pero Wolf Larsen frunció el ceño, movió la cabeza y me indicó con la mano que trajera los vasos grandes. Llenó dos tercios de éstos de whisky, puso "una bebida de caballeros", según dijo Thomas Mugridge, y brindaron por el glorioso juego del "Nap", luego encendieron cigarros y empezaron a barajar y repartir las cartas. Jugaban dinero, aumentaban las cantidades de las apuestas y bebían whisky, se lo acabaron todo y traje más. Ignoro si Wolf Larsen haría trampas, de lo cual era muy capaz, pero el caso es que ganaba constantemente. El cocinero hacía frecuentes viajes a su camarote en busca de dinero, y cada vez lo realizaba con mayor jactancia, pero sin traer nunca más que unos dólares. Según crecía su borrachera aumentaba también su familiaridad, y apenas podía sostener las cartas o mantenerse erguido. Antes de emprender otro viaje a su camarote clavó un dedo grasiento en el ojal de Wolf Larsen y reiteró estúpidamente varias veces: "Tengo dinero, ya le dije que tengo dinero, y que soy el hijo de un caballero". Wolf Larsen continuaba impasible, y eso que bebía vaso tras vaso y los suyos quizá fuesen los más llenos. No se operaba ningún cambio en él, ni siquiera parecía divertirse con las payasadas del otro. Finalmente, el cocinero, afirmando en alta voz que podía perder como un caballero, apostó el último dinero y lo perdió, después de lo cual apoyó la cabeza en las manos y se puso a llorar. Wolf Larsen le observaba con curiosidad, como si quisiera escudriñar en su interior; después cambió de parecer, cediendo probablemente a la conclusión de que nada había que hacer allí. -Hump -me dijo con exagerada cortesía-, ten la bondad de coger a míster Mugridge del brazo y acompáñale a cubierta, no se encuentra muy bien. Y di a Johnson que le vierta unos cuantos cubos de agua salada por encima. Esto último lo dijo en voz baja, para que sólo pudiera oírlo yo. Dejé a Mugridge en la cubierta en manos de dos marineros malhumorados que habían sido llamados para el caso. Mugridge, medio adormecido, seguía tartajeando que era hijo de un caballero; pero cuando bajé la escalera para limpiar la mesa, le oí chillar bajo la impresión del primer cubo de agua. Wolf Larsen contaba las ganancias. -Ciento ochenta y cinco dólares justos -dijo en voz alta-. Precisamente lo que yo me figuraba. El miserable llegó a bordo sin un centavo. -Lo que usted ha ganado es mío, señor -dije audazmente. Me favoreció con una sonrisa burlona. -En mi época, Hump, estudié gramática -dijo-, y me parece que has confundido los tiempos. "Era mío", debiste haber dicho, no "es mío". -Esto no es una cuestión de gramática sino de ética -respondí. Transcurrió un minuto antes de que volviese a hablar. -Mira, Hump -dijo con una alegre seriedad que encerraba un dejo indefinible de tristeza-, ésta es la primera vez que oigo la palabra "ética" en labios de un hombre. Tú y yo somos los únicos de a bordo que conocemos su significado... Hubo una época en mi vida -continuó después de otra pausa en que soñé que algún día hablaría yo con hombres que usaran este lenguaje, que podría elevarme del lugar de la vida en que había nacido y discutir y mezclarme con gentes que hablaran precisamente de cosas tales como la ética. Esta es la primera vez que oigo pronunciar la palabra, lo cual tiene poca importancia porque estás en un error. No es una cuestión de gramática ni de ética, sino de hecho. -Ya comprendo -dije-. El hecho es que usted tiene el dinero. Se le avivó el semblante y pareció satisfecho de mi perspicacia. -Pero esto es esquivar la verdadera cuestión -continué yo-, se trata de un hecho de justicia. -¡Ah! -observó haciendo un gesto con la boca-, por lo que veo, ¿sigues creyendo en esas cosas de justicia e injusticia? -Pero, ¿usted no? ¿No cree usted en eso? -De ninguna manera. Fuerza es razón y no hay más; la debilidad es culpa, lo cual es un pobre sistema para decir que el ser fuerte es bueno en sí mismo, como por la propia causa es malo ser débil, o mejor aún, el ser fuerte es agradable porque es provechoso y el ser débil es doloroso como lo es un castigo. Ahora precisamente, le posesión de este dinero es una cosa agradable, siempre es bueno tener dinero, y pudiendo poseerlo cometería una injusticia conmigo mismo y con la vida que hay en mi si te lo diera y renunciara al placer de poseerlo. -Pero reteniéndolo comete una injusticia conmigo -repliqué. -No lo creas; un hombre no p