libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Balzac, Honorato de (1799-1850)) Nació el 20 de mayo de 1799 en Tours (Francia). Cursó estudios en el Colegio de Vendôme y más tarde de Derecho en la Sorbona por deseo de su padre entre 1818 y 1821. Posteriormente trabaja como pasante de un notario pero abandona pese a la oposición paterna para dedicarse a la escritura. Desde 1821 trabaja con Auguste Lepoitevin, entra en el taller de escritores a destajo de éste, y donde bajo seudónimos diversos, empieza a escribir novelas comerciales. Entre 1822 y 1829 vivió en la más absoluta pobreza, escribiendo teatro trágico y novelas melodramáticas que apenas tuvieron éxito. En 1825 probó fortuna como editor e impresor, pero se vio obligado a abandonar en 1828 al borde de la bancarrota y endeudado para el resto de su vida. En 1829 escribió la novela Los chuanes, la primera que lleva su nombre, basada en la vida de los campesinos bretones y su papel en la insurrección monárquica de 1799, durante la Revolución Francesa. Trabajador infatigable, produciría cerca de 95 novelas y numerosos relatos cortos, obras de teatro y artículos de prensa en los 20 a?os siguientes. En 1832 mantiene contacto a través de cartas con una condesa polaca, Eveline Hanska, quien prometió casarse con él tras la muerte de su marido. Éste murió en 1841, pero no se casaron hasta marzo de 1850. En 1834 concibió la idea de fundir todas sus novelas en una obra única, La comedia humana, pretendía ofrecer un retrato de la sociedad francesa en todos sus aspectos, desde la Revolución hasta su época. En una introducción escrita en 1842 explicaba la filosofía de la obra, en la cual se reflejaban algunos de los puntos de vista de los escritores naturalistas Jean Baptiste de Lamarck y Étienne Geoffroy Saint-Hilaire. La obra incluiría 150 novelas, divididas en tres grupos principales: Estudios de costumbres, Estudios filosóficos y Estudios analíticos. Entre las novelas más conocidas de la serie destacan Papá Goriot (1834), Eugénie Grandet (1833), La prima Bette (1846), La búsqueda del absoluto (1834) y Las ilusiones perdidas (1837-1843). Entre sus numerosas obras destacan, además de las ya citadas, las novelas La piel de zapa (1831), El lirio del valle (1835-1836), César Birotteau (1837), Esplendor y miseria de las cortesanas (1837-1843) y El cura de Tours (1839); los Cuentos libertinos (1832-1837); la obra de teatro Vautrin (1839); y sus célebres Cartas a la extranjera, que recogen la larga correspondencia que mantuvo desde 1832 con Eveline Hanska. En abril de 1845 recibe la Legión de Honor. Falleció el 18 de agosto de 1850. Lirio del Valle Honorato de Balzac A MONSIEUR J. B. NACQUART, de la Real Academia de Medicina. Mi querido doctor: Este libro es una de las mejores piedras del edificio literario que he construido laboriosa y lentamente. Al encabezarlo con su nombre, lo hago para dar un testimonio de gratitud al hombre que me salvó de la muerte, y para dar una prueba de cariño al amigo de siempre. BALZAC A LA SEÑORA CONDESA DE MANERVILLE No puedo dejar de complacerte. La mujer a la que amamos, aunque ella no nos ame como nosotros a ella, tiene por privilegio el trastornar nuestro juicio. Por no ver fruncirse su frente o porque desaparezca la más mínima tristeza, somos capaces de derramar nuestra sangre y de ofrendarla nuestro porvenir. Si deseas conocer la historia de mi vida, yo te la voy a relatar, aunque su relato me haya costado el vencer no pocas repugnancias. Dices que te llena de cólera mi silencio; que mis desvaríos te causan recelo. ¡Natalia! Mi carácter contradictorio debía bastarte para formar juicio, sin dirigirme preguntas mortificantes. ¿Hay en tu vida algún secreto que para ser perdonado exija el conocimiento de los míos? Natalia, lo has adivinado; por tanto, prefiero confesártelo todo. En mi vida, tan pronto como se le evoca, aparece un fantasma, y en lo profundo de mi alma existen dolorosos recuerdos que suben a la superficie como las algas marinas que viven en el fondo del Océano y son arrojadas a las playas por las tempestades. En mi confesión tal vez encuentres relámpagos que te hieran. No olvides que si la hago es por obedecerte, y no castigues mi obediencia con tu cólera. Dios quiera que mis confidencias aumenten tus ternuras. Hasta esta noche, Natalia. Tuyo para siempre, Félix. * * * ¿Qué poeta escribirá la más conmovedora elegía? ¿Qué pintor podrá expresar los tormentos sufridos silenciosamente por las almas cuyas raíces no encuentran sino pedruscos, y cuyos primeros brotes son destruidos por manos vengativas? ¿Qué poeta describirá el dolor de un niño que succiona en un seno amargo y cuya sonrisa es borrada por una mirada cruel? La ficción que este representase sería la historia de mi juventud. Si yo era recién nacido, ¿cómo podía herir ninguna vanidad? ¿Qué desgracia nutria el desvío de mi madre? ¿Era yo acaso hijo de pecado? Criado en el campo por una nodriza, al regresar, a los tres años, a la casa paterna, era tan mal mirado que excitaba la compasión. Recuerdo que a mis tres hermanos les agradaba hacerme sufrir. Existe en la infancia un pacto por el cual los niños ocultan las travesuras de sus compañeros; pero ese pacto a mí no me alcanzó nunca. Por el contrario, muchas veces fui castigado por ajenas culpas. El servilismo en germen les aconsejó que contribuyeran a las persecuciones que hacia mí veían en mi madre. Me hallaba huérfano de todo afecto, y sin embargo mi temperamento era cariñoso. Los sufrimientos continuos a muchos hombres los degradan, convirtiéndolos en esclavos; a mi, la injusticia prolongada me acostumbró a ejercitar una fuerza moral y predispuso mi alma a la resistencia. Esperaba siempre un nuevo dolor, como los mártires esperan un nuevo golpe. Todo mi ser expresaba una sombría resignación que ahuyentó de mí los dones y las gracias infantiles. Esta actitud fue juzgada como síntoma de idiotez, lo que confirmaba los horrorosos pronósticos de mi madre. La injusticia, en vez de rebajarme, me hizo altivo. Abandonado por mi madre, no por eso dejaba de ser objeto de su preocupación, pues solía hablar de mi instrucción y mostraba deseos de ocuparse de ella. Me hacía sufrir el pensamiento de que esto me obligaría a pasar muchos ratos a su lado. Me consideraba dichoso cuando me encontraba solo, jugando en el jardín, mirando al cielo o contemplando los insectos. La soledad debía conducirme al ensueño. Una noche, agazapado bajo una higuera, miraba una estrella con esa curiosidad que suele dominar a los niños, y a la que mi melancolía unía algo de sentimental inteligencia. Mis hermanas se distraían gritando, y sus gritos eran como una música que acompañara mi pensar. Cuando la noche llegó cesó el ruido, y mi madre se dio cuenta de mi ausencia. El aya Carolina trataba de disculparse diciendo que yo tenía horror a la casa; que yo no era imbécil, sino hipócrita, y que en mí alentaba el deseo de fugarme, porque no había un chico de peores inclinaciones. Hizo como que me buscaba. Llamó y le respondí. Se acercó a la higuera, donde estaba segura de encontrarme; pero no miró. Luego me preguntó: —¿Qué hacía usted ahí? —Estaba mirando una estrella. —Eso no es cierto—dijo mi madre llegando—. Tú no sabes astronomía. —Señora—dijo el aya—, lo que ha hecho es abrir la llave del depósito. Todo el jardín está convertido en un charco. Eran mis hermanas las que habían abierto el grifo. Me acusaron de haber sido yo, y, como negara, me tildaron de embustero. Imaginaron un castigo horrible. El de reírse de mi amor a las estrellas. Luego me prohibieron que bajara al jardín durante las noches. No hay cosa que avive un deseo como una prohibición injusta. La contemplación de la estrella me atrajo varios castigos, y, como no podía dar cuenta a nadie de mis infortunios, tomaba a la estrella por confidente. Cuando fui al colegio continué contemplándola. Mi hermano Carlos, que tiene cinco años más que yo, era un hermoso niño. Era el favorito de mis padres y la esperanza de la familia. El tenía un preceptor. A mí, a los cinco años, me llevaron a un colegio de la ciudad, donde iba a buscarme a la noche el ayuda de cámara. Iba a la ciudad con un cestito escasamente provisto, mientras mis compañeros llevaban abundantes provisiones. Esta disparidad entre mi pobreza de víveres y su riqueza me causó disgustos. Las salchichas de Tours constituían la base del alimento que tomábamos al mediodía. Es un manjar poco aristocrático, y, de no haber ido al colegio, no las hubiera visto nunca servidas en mi mesa. A mí las salchichas me inspiraron un gran deseo. Los niños adivinan loa deseos en las miradas, y yo me convertí en la burla de los colegiales. La mayoría de mis compañeros pertenecían a la clase media y me mostraban su pan y sus chicharrones, preguntándome si sabía dónde los fabricaban y quiénes los vendían. Registraban mi cesta, y, al no hallar en ella más que queso o frutas secas, me interrogaban sobre si no teníamos dinero para comprar otras cosas. El contraste entre mis desdichas y la felicidad ajena ajó mi juventud y marchitó mis rosas más frescas. La primera vez que me ofrecieron el deseado fiambre y alargué la mano para recogerlo, el que me lo ofrecía retiró la suya y se fue a reír en un grupo de burlones. Para evitar la humillación, apelé a las riñas, y la desesperación me dio un valor que me hizo temible. Esta actitud me acarreó el odio de todos y me entregó a las venganzas de los traidores. Una tarde, a la salida del colegio, me golpearon con un pañuelo lleno de piedras. El ayuda de cámara me defendió; pero contó el caso a mi madre, y ésta dijo: —¡Este chico nos está dando siempre disgustos! Como hallara en el colegio la misma repulsión que en mi familia, me produjo una gran desconfianza en mí mismo. E1 profesor, que me veía siempre sombrío, confirmó las sospechas de mi familia acerca de mi supuesto mal carácter. Cuando ya supe leer y escribir, mi madre me envió a Pont-le-Voy a una escuela dirigida por los padres del Oratorio, que recibían a niños pequeñitos en una clase que llamaban de los no latines. En aquel centro pasé ocho malos años, pues como no tenía más que tres pesetas para mis gastos, y éstas apenas bastaban para comprar el material escolar, no podía comprar ni zancos, ni trompas, ni ningún objeto de juego. Así, mientras los demás chicos jugaban yo permanecía leyendo. En la distribución de premios que se hizo después de mi ingreso obtuve dos; pero al ir a recibirlos al teatro vi que las familias de todos los colegiales, menos la mía, ocupaban la sala. Por la noche quemé en la estufa mis coronas. Los padres de los alumnos pasaban en la ciudad la semana de ejercicios que precedía a la distribución de premios, por lo que mis compañeros salían todos los días, mientras yo me quedaba con los de otra mar. Llamaban así a los muchachos que tenían sus padres en colonias. El día en que me acusé de haber maldecido mi existencia, el confesor me señaló el cielo. Después de mi primera comunión, animado por una ardiente fe, me entregué a la plegaria y rogué a Dios que renovase en mi favor los milagros que yo había leído en el Martirologio. El éxtasis me proporcionó inefables sueños que enriquecieron mi inteligencia y fortificaron mi ternura. Los ángeles dieron a mis ojos la facultad de ver el interior de las cosas. Mis visiones de niño han encendido en mi alma el fuego de la inspiración. Juzgó mi padre que la enseñanza que yo estaba recibiendo era muy limitada, y me envió a París a un instituto situado en el Marais. Me destinaron al tercer curso. Los mismos dolores que había sufrido en mi hogar y en las dos escuelas me esperaban, aunque de forma distinta, en el instituto Lepitre. Mi padre no me había dado dinero; creía que con tenerme instruido y alimentado era suficiente, y no se preocupó de más. Habré conocido en mi vida escolar unos mil alumnos, y a ninguno se le ha tratado de forma semejante. El señor Lepitre, partidario acérrimo de los Borbones, había tenido relación política con mi padre en la época en que algunos monárquicos furibundos habían pretendido sacar a María Antonieta de la prisión del Temple. El señor Lepitre subsanó el olvido de mi padre señalándome una cantidad mezquina todos los meses. Había allí un departamento para el portero, donde los colegiales ricos almorzaban. El señor Lepitre parecía ignorar el comercio de aquel modesto funcionario, llamado Doisy, que era todo un contrabandista, al que los alumnos mimaban porque era cómplice de nuestros extravíos e intermediario de los escolares con los vendedores de libros prohibidos. Desayunar una taza de café con leche era en aquella época un lujo, dados los precios que rigieron para los artículos coloniales en el Imperio de Napoleón; pero si para los padres era un lujo, para nosotros era una vanidad, y Doisy nos abría crédito, en la suposición de que todos tendríamos familiares que pagasen nuestras deudas. Yo resistí durante mucho tiempo; pero no podía, siendo tan niño, resistir la tentación y ver con indiferencia la mirada de desprecio de los otros. Cuando finalizaba el segundo año mis padres fueron a París. Su llegada me la anunció mi hermano, que, aunque vivía en la capital, no me había hecho ninguna visita. Mis hermanas les acompañarían. Iríamos al Palais Royal y al Teatro Francés. Yo sentí ese viento de tempestad de los que están acostumbrados a la desgracia. Tendría que confesar a mi padre que había hecho con Doisy una deuda de cien francos, pues ya el portero me amenazaba con darle a él cuenta personalmente si no le pagaba. Tomé a mi hermano por intermediario con mis padres. Mi padre se sintió inclinado a la indiligencia; pero mi madre se mostró inexorable. Si a los diez y siete años cometía aquellas calaveradas, ¿qué sería de mi más adelante? ¿Era yo su hijo? Tal vez me habría propuesto arruinar a la familia. La carrera que había elegido Carlos necesitaba una consignación independiente, que mi hermano merecía merced a su ejemplar conducta. Mis hermanas necesitarían dote para casarse, y, además, el café y el azúcar no son precisos para la alimentación. Después de aquel torrente de insultos, mi hermano me llevó de nuevo al colegio, y se me aguaron las fiestas. Esa fue la acogida que me hizo mi madre después de doce años de separación. Cuando terminé de estudiar Humanidades, mi padre encargó al señor Lepitre que me enseñara Matemáticas y me hiciera cursar el primer año de Leyes. Me quedé en París sin dinero. El señor Lepitre me hacía ir a la Escueta de Derecho acompañado por un criado que me dejaba en el aula y que iba a recogerme cuando terminaba la clase. Los colegiales piensan secretamente en el amor. En París, en aquella época, estaba de moda el Palais Royal, que era una especie de Eldorado del amor por el que, por las noches, corría el oro. Allí se aclaraban todas las dudas y podía saciar su curiosidad la juventud ansiosa de placeres. Todas las tentativas que hice para satisfacer esta curiosidad se vieron frustradas. Mi padre me había presentado en casa de una de mis tías, y allí iba yo a comer jueves y domingos, conducido por el señor Lepitre y su esposa, que en dichos días iban a dar un paseo y me recogían al regreso. La señora marquesa de Listemère era vieja corno una catedral, muy ceremoniosa, pero a la que nunca se le ocurrió ofrecerme un escudo. A su casa iban nobles apergaminados. Allí nadie me hablaba, y yo no me atrevía a dirigir a nadie la palabra. Esta indiferencia me dio alas un día para, cuando terminó la comida, volar al templo del placer, seguro de que nadie se apercibiría de mi ausencia, pues cuando mi tía empezaba a jugar al wisth no fijaba en mí su atención; pero al llegar al portal vi detenido el coche del señor Lepitre, quien se apresuró a llamarme. Un día se presentó mi madre inoportunamente. Napoleón se jugaba la última carta, y mi padre, previendo la restauración de los Borbones, iba a prevenir a mi hermano, que pertenecía a la diplomacia imperial. Habíamos dejado ya Tours, pues mi madre me había sacado de París, que creían muy amenazado los que se ocupaban de política. Mi madre me trató lo más fríamente que se puede imaginar. A cada relevo de caballos yo pretendía hablarle; pero su mirada fría me dejaba paralizado. En Orleans, al ir a acostarse, reprochó mi silencio. Y entonces me arrojé a sus pies y le abrí mi corazón con un acento que hubiera conmovido a la madrastra más desnaturalizada; pero mi madre me dijo que estaba representando una comedia. Al llegar a casa mis hermanas no manifestaron tenerme ningún cariño, aunque más adelante, por comparación, me pareciesen afectuosas. Para conocer su corazón tuve que observar a mi madre; tenía yo entonces veinte años, y me convencí de que era una señora fría y egoísta y que la impertinencia constituía el armazón de su carácter. No hablaba más que de deberes, y únicamente mi hermano mayor había conquistado lo poco de amor maternal que había en ella. Nos mortificaba con constantes ironías. Desesperado, me recluí en la biblioteca de mi padre y me entregué por completo a la lectura. Así logré espaciar mis entrevistas con ella; pero mi ruina moral fue completa. Algunas veces mi hermana mayor, que fue luego esposa del marqués de Listemère, procuraba consolarme; pero en aquella época mi mayor deseo era la muerte. Agitaron por entonces a Francia grandes acontecimientos. El duque de Angulema salió de Burdeos para reunirse en París con Luis XVIII. La vieja Francia acogía con júbilo la restauración borbónica. La Turena se hallaba delirante por la vuelta de la legitimidad; los balcones, adornados, y un entusiasmo que se me contagió y me hizo tener el deseo de ir al baile que daba el príncipe. Se lo dije a mi madre, que se hallaba enferma, para poder ir a la fiesta, y me contestó irónicamente que ya había pensado en ello; puesto que mi hermano estaba fuera y la familia necesitaba ser representada, iría yo al baile. Mis hermanas me dijeron que mi madre había llamado a su costurera, y que, sin decirme nada, me había hecho un frac azul. Me compraron medias de seda y escarpines nuevos. Por primera vez tuve camisa con chorreras. En la fiesta hubo mucho entusiasmo, y los tureneses vitorearon a la Restauración, a los Borbones y al duque de Angulema, de la misma forma que más tarde había de vitorear París el regreso de Napoleón de la isla de Elba. Como mi timidez me impedía sacar a bailar a ninguna muchacha, y además tenia miedo de que mi torpeza me descompusiese la figura, fui a sentarme en el extremo de una banqueta, donde estuve algún tiempo con los ojos fijos. Una dama se sentó a mi lado. Percibí un perfume femenino. La miré, y su hermosura me deslumbró más de lo que me había deslumbrado la fiesta. Mis ojos se fijaron en la blancura de sus hombros, blancura ligeramente rosada, como si aquella fuera la primera vez que se mostraban desnudos y esto les diera rubor. Hombros que tenían brillo de seda y que estaban separados por una línea que mi mirada recorrió. Me alcé ligeramente para ver su escote, y quedé fascinado ante un pecho que se hallaba pudorosamente cubierto con una gasa, pero cuyos senos se hallaban velados por encajes. Los detalles más nimios de su cabeza me hicieron soñar con placeres innumerables. Los cabellos se ondulaban sobre su cuello de niña. Entre las líneas blancas que en ellos trazara el peine, mi imaginación se perdió como entre senderos. Perdí el juicio. Cerciorándome antes de que nadie podía verme, me lancé a aquella espalda como un niño de pecho se abalanza al seno de su madre, y la besé en los hombros, queriendo aplacar con la frescura de su sangre el fuego que sentía yo en las entrañas. * * * La dama lanzó un grito que fue sofocado por el ruido de la música. Se volvió y me dijo ofendida: —¡ Caballero!... Me quedé mudo ante aquella mirada colérica, ante aquella cabeza coronada por una cabellera negra que formaba contraste con la blancura de los hombros. En su rostro, enrojecido por la vergüenza, leí el perdón de la mujer que comprende el entusiasmo cuando es ella misma la que lo inspira. Se alejó con ademanes de reina ofendida. Yo me di cuenta de lo ridículo de mi situación. Disfrazado como un mono, me avergoncé; pero al mismo tiempo me quedé saboreando la fruta que había hurtado, pues todavía conservaba en mis labios el calor de la carne que había respirado. Seguí con la vista a aquella mujer, que me pareció descendida del cielo. Vencido por aquella sensación nueva, que era fiebre carnal en mi corazón, entré en la sala de baile, que para mí fue lo mismo que si se encontrara desierta, porque no vi en ella a mi dulce desconocida. Con el alma cambiada me fui a acostar. Era, en efecto, un alma nueva; un alma que había roto la larva, y, a la manera de las hipsípilas, se había convertido en mariposa. Algo como si, caída de las altas esferas donde yo cuando era niño la admiraba, la estrella se hubiese convertido en mujer. Amaba sin saber aún lo que era amor. Es sorprendente la primera irrupción de este sentimiento en la vida del hombre. En los salones de mi tía había visto algunas jovencitas bellas; pero ninguna me había impresionado. ¿Será precisa una conjunción de astros, una hora especial o una reunión de circunstancias determinadas para que una pasión surja un en el momento en que el sexo reclama su preeminencia? Porque mi amada viviese en Turena, el cielo me parecía más azul y respiraba el aire con delicia. Si me trastorné mentalmente, también físicamente me puse enfermo, hasta el punto de que en los temores de mi madre hubo no poco de remordimiento. Me acurrucaba en un rincón del jardín para pensar en el beso que le había robado. A mi madre dejó de remorderle muy pronto la conciencia, y achacó mi malestar a las crisis naturales que sufren los jóvenes. Decidió mandarme, al campo, que es la gran panacea para curar las enfermedades que se desconocen, y el sitio elegido fue el castillo de Fraspelle, situado en la orilla del Indre, en casa de unos amigos suyos a quienes dio secretas instrucciones. Al verme en el campo me di cuenta de que tan recto me había lanzado al camino del amor que desconocía el nombre de mi amada. ¿Cómo llamarla? ¿Dónde encontrarla? ¿Y con quién hablar de ella? Mi timidez hacía aún más complicado mi mal de amor, haciéndome empezar por la melancolía, que suele ser por lo que los demás amores terminan. Con la audacia con que la juventud planea, me propuse ir recorriendo uno por uno todos los castillos de Turena y preguntar a cada torre: "¿Está aquí'?" La mañana de un jueves salí de Tours, atravesé el puente del Salvador y cogí el camino de Chinón. Por primera vez en mi vida tenía derecho a detenerme o a andar de prisa o despacio, según se me antojara, sin que nadie me importunase. Para un joven dominado por el despotismo, el uso de la libertad, aunque sea una cosa insignificante, proporciona cierta satisfacción. Aquel día fue para mí encantador. Los paseos de mi niñez no me habían alejado más de una legua de la ciudad, y en París no contemplé nunca la belleza del campo. Aunque aquella belleza campesina fuese nueva para mi, no dejaba yo de ser exigente, como ocurre a aquel que, aunque no conoce una cosa, se ha formado de antemano su ideal. * * * Para ir al castillo de Frapelle se acorta camino pasando por las llamadas "landas de Carlomagno", tierras situadas en la planicie que separa las aguas del Cher y las del Indre. Estas landas terminan en un sitio encantador que me inspiró un sentido de voluptuosidad preparado por la monotonía de las tierras arenosas que acababa de atravesar. Me pareció que la dama que yo había besado en el baile tenía que vivir dentro del panorama que contemplaban mis ojos. Me apoyé en un nogal, en el que desde entonces me detengo a reposar siempre que paso por aquel querido valle. "¡Ella habita aquí!—me dije—. El corazón no puede engañarme. El primer castillo que hay al pie de la colina, ésa será su casa." Cuando me senté bajo el árbol, el sol del mediodía se reflejaba en la pizarra del tejado y en los vidrios de la ventana. El punto blanco que distinguía junto a un cenador tenía que ser su falda. Ella era el lirio del valle, al que perfumaba con sus virtudes. El amor que llenaba mi alma lo representaba aquella cinta que resplandecía entre las hileras de álamos. Para curar las heridas sangrientas del corazón no hay nada como la contemplación de aquel paisaje en una tarde de otoño; para contemplar la belleza de la Naturaleza no hay nada como ver aquel paisaje en una mañana de primavera. Los molinos movidos por las aguas del Iser eran como la voz del paisaje; los álamos se balanceaban y el cielo estaba lleno de azul. No me preguntes más, por qué amo a Turena. La amo menos que a ti; pero tampoco sabría vivir sin Turena. Mis ojos continuaban contemplando el punto blanco. Descendí al fondo del valle y encontré una aldea que me pareció maravillosa. Tres molinos colocados en tres islas, graciosamente recortadas en medio de una pradera esmaltada de flores, y el agua del río ondulada por las piedras de moler. Un puente cubierto de hierbas y de musgo, con las barandillas inclinadas hacia el río. Más allá del puente había unas pequeñas granjas y un palomar, chozas limitadas por vallas cubiertas con enredaderas. En las puertas, galios y gallinas. Así es Pont-Ruan, la aldea que domina una iglesia batida en el tiempo de las cruzadas. Añosos nogales y jóvenes álamos con hojas del color del oro pálido. La mirada se pierde bajo un cielo vaporoso. Seguí el camino de Saché. Llegué a un parque lleno de árboles antañones que me revelaron la proximidad del castillo. Entré en el momento preciso en que la campana anunciaba la hora de la comida. Después de comer, mi huésped, no creyendo que había hecho el camino desde Tours a pie, me hizo recorrer sus posesiones. Desde un bosque de robles nudosos mis ojos tropezaron en la pendiente próxima con el castillo que había visto desde el final de las laudas y que yo había supuesto morada de la dama a quien besé en el baile. Me detuve para contemplarlo. Mi huésped me dijo: —Como los perros la caza, adivina usted la proximidad de una mujer bella. Aunque la comparación no fuera de mi agrado, le pregunté el nombre del castillo y quién era su propietario. —El castillo—me dijo—es del conde de Mortsauf, descendiente de una familia histórica en Turena, cuyos títulos datan de Luis XI. El conde se estableció en él al regreso de la emigración; pero el castillo pertenece a su esposa, de la casa de Lenoncourt-Givry, Son de escasa fortuna, y tal vez por esto permanecen siempre en Clochegourde. Partidarios de los Borbones. Cuando vine aquí el año pasado les hice una visita, que me devolvieron. La señora de Mortsauf puede ocupar en todas partes un puesto de preferencia. —¿Va con frecuencia a Tours?—pregunté. —No, no va casi nunca. La última vez fue al baile que se dio en honor del duque de Angulema. —¡ Es ella!—exclamé. —¿Y quién es ella? —Una dama que tiene muy bellos los hombros. —En Turena hay muchos hombros bellos; pero, si quiere usted reconocerlos, pasaremos el río y subiremos a Clochegourde. A las cuatro llegamos al lugar que hacía rato contemplaban mis ojos. La puerta vidriera de la galería está coronada por el escudo de los Clamont-Chauvry. La leyenda, "Mírame y no me toques", no dejó de sorprenderme. La revolución había arrancado la corona y la cimera. Era, en conjunto, un castillo de apariencia elegante, rodeado de viñas, cercados y tierras laborables. Mi corazón palpitaba, anticipándose a secretos acontecimientos. Yo respiraba con la fruición con que lo hacen los animales cuando presienten el buen tiempo. Me parecía que la Naturaleza se vestía con las mejores galas, como la mujer que sale al encuentro de su amado... Mi huésped y yo atravesamos el primer patio. Ladró el perro, y, advertido por sus ladridos, salió uno de los sirvientes, por el cual supimos que el señor conde había salido para Azay aquella mañana y que no podría tardar mucho en regresar. Yo temí que mi huésped no quisiera ver a la señora en ausencia de su esposo, y temblé; pero él desvaneció mi inquietud haciendo al criado que nos anunciase. Penetramos en la antesala. Enseguida oímos una voz dulce que decía: —Entren ustedes, señores. Yo reconocí inmediatamente aquella voz, aunque en toda mi vida no la hubiera oído pronunciar más que una sola palabra. Tuve miedo de que me reconociera, y hasta pensó en huir; pero no tuve tiempo, porque la condesa acababa de aparecer y nuestras miradas se encontraron. No sé cuál de los dos se puso más encarnado. Se turbó ella tanto que no pudo hablar. El criado nos acercó dos sillas. La condesa se sentó ante el bastidor de bordar y preguntó al señor de Chessel a qué feliz circunstancia obedecía nuestra visita. Mi huésped dijo a la condesa que yo me encontraba desde hacía pocos meses en Tours, donde mis padres me habían llevado cuando París estuvo amenazado por la guerra. Estábamos un poco cansados, y habíamos entrado a descansar en el castillo. Aquello era verdad; pero la dama debió sospechar que no lo era, pues me miró de una manera tan fría que me hizo bajar los ojos, mitad por una especie de humillación y mitad porque las lágrimas pugnaban por asomarse a ellos. Ella se dio cuenta de mi turbación, y entonces se mostró amable, ofreciéndome lo que me hiciera falta. Yo me ruboricé profundamente y le di las gracias por sus amabilidades. La condesa se dirigió a su vecino y le preguntó: —¿Me concederán ustedes el honor de comer en Clochegourde? Aunque la fórmula requiriese una negativa, yo dirigí a mi protector una mirada tan suplicante que éste accedió a que nos quedáramos. A la noche, cuando regresábamos, me extrañó oír decir a mi huésped: —Acepté la invitación para evitarle a usted un disgusto; pero "si no arregla las cosas", tal vez me malquiste con mis vecinos. Había dicho que si no arreglaba yo las cosas..., y estas palabras me hicieron reflexionar durante mucho tiempo. Si yo le era agradable a la señora de Mortsauf, ésta no debía odiar al que me había llevado a su casa. La condesa, después de aceptada la invitación, habló del país y de la agricultura, conversación en la que yo no tomé parte. Me arrellané en una butaca y me dejé mecer por la voz de la dama. El aliento de su espíritu se desarrollaba entre las silabas, como los sonidos de una flauta se repliegan entre los orificios, ondulando en el oído de quienes los escuchan. Su forma de pronunciar la i me parecía el canto de los pájaros. La ch en sus labios parecía una caricia, y la t era como el latido de un corazón. De esta manera prolongaba sin saberlo el sentido de las palabras. Su risa era como el canto de la golondrina. Su queja, como la del cisne llamando a su hembra. Pude examinarla merced a la poca atención que me dispensaba. Mi mirada la acariciaba, rodeaba su talle, besaba sus pies y se deslizaba entre sus. cabellos. Tenía el temor de que me sorprendieran con la vista fija en el lugar de sus hombros que yo había besado, y, por otra parte, este temor espoleaba mi curiosidad. Miré. Mis ojos rasgaron la tela, y volví a ver la mosca ahogada en leche que era su lunar... Podría describir los rasgos de su rostro. El dibujo más perfecto no puede dar idea de su belleza. Tenía los cabellos finos y abundantes, la frente encorvada, los ojos verdes, de mirada triste; pero cuando hablaba de sus hijos se le escapaban efusiones de alegría, lanzaban relámpagos de luz. Tenía una manera de mirar que hacía bajar la vista a los más osados. La condesa era fuerte; pero su fortaleza no aminoraba su gracia ni privaba de redondez a sus formas. Sus músculos se dibujaban suaves; sus brazos eran hermosos; sus manos, largas como las de las estatuas griegas y con dedos afilados; las uñas, sonrosadas, de curvatura suave. No te molestes por esta afirmación mía, porque tú eres la excepción; pero el talle recto aventaja al redondo. El redondo es indicio de fuerza, y las mujeres que lo poseen son altivas, más voluptuosas que las tiernas. El talle recto, por el contrario, designa abnegación, ternura, melancolía... Ya sabes, pues, cómo era aquella mujer. Tenía pies aristocráticos, pies que andan poco y en seguida se fatigan. Su aspecto revelaba sencillez. ¿Recuerdas el silvestre aroma del brezo? Compáralo con aquella dama y podrás saber cómo la condesa era lejos de la sociedad. Su cuerpo tenia la frescura de la flor recién arrancada. Era a la vez niña por el sentimiento y grave por el dolor. Su coquetería se había transformado en sueño. Hacía soñar, en lugar de inspirar amantes atenciones. A veces se le escapaban sonrisas alegres que las sepultaba bajo el continente severo que le había impuesto la vida. A excepción de sus hijos, no miraba a nadie. Daba solemnidad a sus palabras. Aquel día vestía un traje de color rosa, un cuello blanco y cinturón y bolitas negras; un peine de concha sostenía sus cabellos. Clochegourde tenía el sello de la distinción inglesa. El salón se hallaba ensamblado y pintado de gris; la chimenea tenía por adorno un reloj dentro de una vitrina de caoba y dos búcaros de porcelana blanca con filete de oro. Sobre la consola había un quinqué, y frente a la chimenea veíase un juego de chaquette. Esta sencillez no estaba desprovista de suntuosidad. Desde las ventanas del salón se podía contemplar la colina donde se alzaba Pont-Ruan, hasta el castillo de Azay, siguiendo las anfractuosidades recortadas por la torre de Fraspelle, la iglesia, la aldea y el castillo de Saché. Aquellos reposados panoramas transmiten al alma su serenidad. Si yo hubiese visto allí por primera vez a la condesa, rodeada de su esposo y de sus hijos, en lugar de encontrarla en el baile dado en honor del duque de Angulema, es seguro que no le hubiera dado aquel beso, cuyo remordimiento me asaltaba entonces, por considerar que comprometía enormemente el porvenir de mi amor. Yo sentía deseos de arrojarme a sus pies, de bañarlos con mis lágrimas y lanzarme después al Indre. Pero, después de aspirar el fresco jazmín de su rostro, el alma abrigaba esperanzas de humanas voluptuosidades. Deseaba continuar viviendo, con la esperanza del placer, como el salvaje espera el momento de la venganza. Si la condesa me hubiera pedido la flor que canta, yo hubiera acometido toda imaginable empresa para llevarle la flor. Cuando salí del sueño que la contemplación de mi ídolo me había producido, oí que hablaba del conde. Entonces pensé que una mujer sólo puede pertenecer a su marido, y este pensamiento me hizo daño. Experimenté deseos de conocer al dueño de aquel tesoro, y me sentí dominado a la vez por el miedo y por el odio. Un odio que no admitía obstáculos, porque los media sin temor, y un miedo vago y real, miedo al combate y a su término. —Ya ha llegado mi esposo—dijo la condesa. Al oír esta palabra me alcé, sin poderlo evitar, sobre mis piernas; pero ni el señor de Chessel ni ella me dijeron una palabra, porque en aquel momento entró una niña de unos seis años diciendo: —Aquí está papá. —¡ Magdalena!—exclamó su madre. La niña tendió la mano al señor de Chessel y me miró atentamente después de haberme hecho una profunda reverencia. —¿Cómo está la niña?—preguntó el señor de Chessel. —Está mejor—dijo la madre, acariciándole la cabeza. Por una pregunta que hizo el señor de Chessel supe que la nena tenía nueve años, y, como yo manifestara mi extrañeza, advertí que la frente de su madre se ensombrecía. Mi huésped me dirigió una de esas miradas que bastan a los hombres de mundo para dar una lección. Comprendí que se trataba de una de esas heridas cuyo apósito había que respetar. Magdalena no hubiera podido vivir en la atmósfera de una ciudad populosa. Era delgada, pequeña, y tenía el rostro blanco como una porcelana. El aire del campo y los cuidados maternales conservaban la vida dentro de aquel cuerpo delicado como una planta nacida en un invernadero. Tenía los cabellos ralos y negros, los ojos hundidos y las mejillas enflaquecidas. El pecho, hacia adentro, revelaba que sostenía lucha con la muerte. Fingía estar contenta para ahorrar lágrimas a su madre; pero cuando ésta no la observaba, su actitud era tan triste como la de un sauce. Se le podría confundir con una gitanilla hambrienta a la que habían engalanado para presentarse ante el publico. —¿Dónde está Santiago?—le preguntó la madre. —Está con papá. Entró el conde, llevando a su hijo cogido de la mano. Santiago se parecía a su hermana, y estaba tan débil como ella. Al ver a aquellos niños tan macilentos se comprendía el dolor de la condesa. El señor de Mortsauf, después de saludarme, me dirigió una mirada menos observadora que malévola. Después de haberse informado de mi situación y de haber oído mi nombre, se marchó. Sus hijos quisieron seguirla; pero ella se lo impidió, diciéndoles: —Quedaos, queridos míos. ¡Oh! ¿Qué no hubiera dado yo entonces por oírme llamar "querido mío"? Mi nombre hizo variar al conde de actitud. Me trató con consideración y pareció que le agradaba mi presencia. En otra época mi padre había jugado papeles peligrosos en conspiraciones legitimistas, y cuando todo se perdió por la subida de Napoleón al trono, retiróse a la vida oscura de provincias. Salario seguro de todos los conspiradores que han arriesgado mucho son las acusaciones duras e inmerecidas, y éstas también las sufrió mi padre. Yo desconocía aquellas particularidades a que se refería el señor de Mortsauf; pero hasta más tarde no supe el porqué de su acogida afectuosa. Cuando los niños se dieron cuenta de que estábamos distraídos conversando, se deslizaron como anguilas por la puerta entreabierta para ir en busca de su madre. Traté de adivinar el carácter del conde. El señor de Mortsauf tenía cuarenta años, pero aparentaba muchos más. Su rostro tenía cierto parecido con el de los lobos, y su aspecto era el .de un hombre que había sido combatido por diversas enfermedades. La frente la tenía demasiado ancha en relación con la cara, terminada en punta y con arrugas desiguales, que parecía delatar más bien al infortunio que a los esfuerzos hechos por evitarlo. Tenía ojos duros, desconfiados; boca imperiosa y barba larga. Era alto y delgado. El descuido en que vivía en el campo le había hecho no dar importancia a ciertos detalles de indumentaria, y su traje era el del campesino en quien los labradores no ven más importancia que la de sus dominios territoriales. Diez años en la emigración y diez de vida campestre tuvieron que influir necesariamente en su físico, y el liberal más envidioso habría reconocido en él al hombre religioso incapaz de ser útil a un partido, y muy capaz, por el contrario, de, con absoluta buena fe, perderlo por su desconocimiento de los asuntos de Francia. Y así era. Porque el señor de Mortsauf era uno de esos hombres rectos que no son útiles para nada y que a todo ponen dificultades, buenos para defender el puesto a que se les designe, pero avaros hasta el extremo de dar la vida antes que soltar sus monedas. Mientras comíamos comprendí que era él quien había legado a sus hijos el raquitismo que me había llamado la atención en Magdalena. El se condenaba a sí mismo; pero no permitía que los demás le condenasen. Su vida íntima debía proporcionarle amarguras y asperezas que se reflejaban en su mirada siempre inquieta. Al ver entrar a la condesa con los dos niños agarrados a su falda presentí una desgracia. Viendo reunidas a aquellas cuatro personas, y estudiando sus fisonomías y sus respectivas actitudes, se me ocurrieron pensamientos impregnados de melancolía que cayeron sobre mi corazón como la neblina que antes de anochecer oscurece el paisaje. El conde notificó a su esposa muchas particularidades de mi familia que a mí me eran desconocidas Me preguntó por mi edad y cuando se la dije, la condesa manifestó el mismo asombro que había manifestado yo al conocer la de su hija. Seguramente supuso que yo no tendría arriba de catorce años. Su maternidad, al verme tan flaco y tan descolorido, debió darle alguna esperanza, y, pensando en que yo tenía veinte años, se diría para sí, y refiriéndose a sus hijos: “¡Vivirán!” Me miró con curiosidad y dijo: —Si el estudio le ha hecho enfermar, los aires de nuestro valle servirán para restablecerle. A lo que añadió el conde: —Las enseñanzas modernas son funestas para nuestra juventud. Les llenarnos de matemáticas y de ciencia y los envejecemos prematuramente. Si la instrucción pública se devolviera a las comunidades religiosas, no sucedería esto de que la enseñanza esté al alcance de cualquiera con lo que quiere decirse que el mal nos amenaza. Estas palabras eran el colofón que ponía a otros que había dicho el día de las elecciones a un candidato monárquico al negarte su voto: “Desconfío de los hombres de talento.” Quiso que diéramos una vuelta por el jardín; pero su mujer le objetó que yo tenía que estar cansado, porque había ido desde Tours a pie, y el señor de Chessel, sin saberlo, me había hecho dar un largo paseo. Cuando se reanudó la conversación no tuvo inconveniente en reconocer que su monarquismo era de una feroz intransigencia, y que en efecto era difícil de navegar en aquellas aguas sin tropezar con sus escollos. Un criado anunció la comida. El señor de Chessel ofreció su brazo a la condesa y el conde se cogió con familiaridad a1 mío para entrar en el comedor. La pieza no carecía de elegancia. La mesa, si bien no era demasiado lujosa, se encontraba muy bien servida. El placer que en aquellos momentos experimentaba me impedía ver las dificultades que la vida ponía entre ella y yo. Estaba a su derecha y gozaba de la felicidad incomparable de servirla de beber. Pensaba en que su vestido me tocaba, en que comía su pan, en que mi vida, en cierto modo, se mezclaba con la suya, y por último, en que estábamos unidos por aquel beso terrible, que era a la manera de un secreto que nos inspiraba una vergüenza común. Me decidí a cometer una bajeza heroica. Me dediqué a complacer al conde. El amor tiene su intuición, como la tiene el genio, y comprendí que para echar abajo mis esperanzas no tenía más que mostrarme descortés o pedante. Terminó la comida. A mí aquellos momentos me produjeron una de las satisfacciones mayores. El amor tiene también su pubertad, y durante ésta se basta a sí mismo por eso no me dolió la frialdad de la condesa. Y el resto del tiempo a mí se me antojó que era un sueño delicioso que tuvo fin cuando, en la noche clara y a la luz de la luna, atravesé el Indre entre las sombras flotantes sobre los prados, oyendo el croar de las ranas, que desde aquel día escucho con complacencia. * * * Antes de llegar al castillo de la Fraspelle dirigí la mirada hacia Clochegourde y vi una barca amarrada a un fresno, que el agua balanceaba. Era el señor de Mortsauf, que la utilizaba para salir a pescar. —Bueno—me dijo el señor de Chessel, cuando ya nos habíamos alejado lo bastante para que nadie pudiera oírnos—. Me parece que no necesito preguntarle si ha encontrado usted los bellos hombros que andaba buscando. Además, debo felicitarle por la favorable acogida que le ha dispensado el señor Mortsauf... Estas palabras pusieron de nuevo en pie mi corazón. No había abierto los labios desde que habíamos salido de Clochegourde, y el señor de Chessel debía atribuir mi silencio a la felicidad que seguramente disfrutaba. —¿Cómo?—pregunté. —Jamás dispensó a nadie una acogida tan afectuosa. —Yo mismo estoy asombrado de ello—murmuré, comprendiendo que una interna amargura había dictado la frase de mi huésped. Mi inexperiencia no me permitió adivinar la causa de aquella amargura; pero me sorprendió, por lo menos, su expresión. Mi huésped se llamaba de apellido Durand, y había incurrido en la fatuidad de renegar del apellido paterno para coger el de Chessel, que era el de su esposa, perteneciente a una antigua familia de magistrados. Su padre se había enriquecido durante la revolución, y al señor Durand le pareció que su apellido desentonaba con su fortuna. Un príncipe había dicho estas palabras: "El señor de Chessel se manifiesta demasiado Durand." Y esta frase había recorrido toda la Turena, y fue para él causa de pesar. El señor de Chessel había tenido en su carrera política éxitos y fracasos; fue dos veces diputado, y en otras dos ocasiones le derrotaron en la elección; director general un día, y al otro sin ninguna representación. Estas alternativas habían dado aspereza a su carácter, y además, en las altas esferas, donde los rostros de los envidiosos de las glorias ajenas son mal mirados, no fue bien acogido. Si su ambición hubiera sido menor, seguramente hubiese logrado más de lo conseguido. A mí sus maneras de gran señor, que tal vez fueran afectadas, me parecían perfectas. Por otra parte, me resultó agradable, porque en su casa disfruté por primera vez de reposo. Como dentro de mi familia era tan desgraciado, el interés que por mí mostraba se me antojó casi paternal, y como los cuidados que puso en la hospitalidad que me dispensó eran mucho mayores que los que recibía yo en mi casa, no podía menos de manifestarle mi gratitud. Más tarde, en el asunto de las cartas-patentes, pude dispensarle algunos favores. La ostentación que el señor de Chessel hacía de su riqueza molestaba a sus vecinos. Las tierras que poseía eran muy extensas. La acogida que el señor de Mortsauf me había dispensado sirvióle, ya que yo era hijo de una familia noble arruinada, para humillar la brillante situación económica del señor de Chessel, que no era caballero y que se dio en seguida cuenta de los propósitos del conde. Sus relaciones lo eran únicamente políticas, sin la intimidad que debía haber entre dos castillos solamente separados por el Indre, y que desde el uno podía divisarse perfectamente el otro. El señor de Mortsauf se había visto precisado a emigrar cuando daba principio a su segunda educación, que fue la que llegó a faltarle. Su destierro pasó en la ociosidad más lamentable, porque fue de los que creyeron siempre en la proximidad de la restauración de los Borbones. Fue uno de los primeros en alistarse en el ejército de Condé, y cuando dicho ejército fue dispersado, no creyó necesario, como lo hicieron otros nobles, el buscarse un medio de vida. Le faltó el valor suficiente para renunciar a sus prerrogativas aristocráticas y ganarse su pan. Tampoco quiso ponerse al servicio de las naciones extranjeras, y los sufrimientos empequeñecieron su valor. La miseria alteró su salud. Pasó caminando por las tierras de Hungría, inspirando compasión y comiendo el pan que le daban los pastores, y que hubiera rechazado de manos del señor. Los cabellos blancos del señor de Mortsauf me revelaron lo mucho que había sufrido. La alegría de la Turena murió en su alma el día que tuvo que acudir a que le curasen a las salas de un hospital alemán. Su enfermedad le condujo a la hipocondría. Los amores que en su juventud tuvo fueron de la más baja esfera y arruinaron su salud, a la vez que comprometieron su porvenir. Después de haber pasado doce años de miseria volvió a Francia, acogiéndose al decreto de Napoleón que autorizaba su regreso. Cuando, después de haber pasado el Rin, vio el campamento de Estrasburgo, exclamó: "¡Francia! ¡Francia!", de la misma manera que un niño hubiera exclamado: "¡Madre! ¡Madre!" Se encontraba pobre. Nacido para mandar, se veía sin autoridad y sin porvenir. Regresaba falto de fuerzas físicas y morales. Falto de fortuna, y con el antecedente de haber servido en los ejércitos de Condé, su susceptibilidad se exasperó hasta el extremo de serle difícil la vida en Francia, Llegó casi moribundo al Maine, donde, por causa de la guerra civil, el Gobierno revolucionario se había olvidado de vender una extensa finca que el arrendatario conservaba, haciendo creer que la tenia en propiedad. Cuando la familia de Lenoncourt, que residía en Givry, que era un dominio próximo a la finca condal, se enteró de la llegada del conde, puso a su disposición un apartamento para que lo habitase mientras se disponía la finca de su propiedad. La familia de Lenoncourt se mostró generosa con el repatriado en los meses que vivió con ellos. Los Lenoncourt habían tenido pérdidas de gran consideración, y el señor de Mortsauf era para su hija un partido aceptable. La señorita de Lenoncourt no sólo no rechazó al conde, sino que hasta pareció aceptarle con alegría, tal vez porque este matrimonio le permitiera vivir junto a su tía la duquesa de Verneuil, que era para ella como una segunda madre. La señora de Verneuil formaba parte de una sociedad religiosa cuya alma era un individuo nacido en Turena, apellidado Saint-Martín, a quien se conocía por el apodo del Filósofo Desconocido, y cuyos discípulos practicaban las virtudes que él les aconsejaba. La doctrina de este filósofo pretendía dar la clave del mundo divino por medio de transformaciones. Aplicaba al dolor la dulzura del Quakerino. Se salía de la Iglesia católica para retornar a la primitiva Iglesia cristiana. La señorita de Lenoncourt permanecía dentro del catolicismo. La condesa recibía con frecuencia en Clochegourde a Saint-Martín, y desde allí el filósofo vigilaba la edición de los libros que por entonces hacía en Tours. La señora de Verneuil donó a su sobrina Clochegourde. Su instalación en Turena fueron los únicos días tranquilos de la condesa, porque felices no los tuvo nunca. Al señor de Mortsauf, al retornar del destierro, se le presentó el cuidado de tener que preocuparse de su hacienda. Pero el nacimiento de su hijo Santiago echó por tierra toda la felicidad que como terrateniente se prometía, porque el médico le aseguró que el niño nacía condenado. El conde no quiso participar a su esposa el dictamen del médico. Consultó con otros doctores, y de todos obtuvo la confirmación de lo que le había dicho el primero, y otro tanto ocurrió con el nacimiento de su hija Magdalena. Estas dos desgracias aumentaron sus inquietudes; pensaba en la extinción de su apellido, al mismo tiempo que en la desventura que por su causa había alcanzado a su joven esposa, para quien la maternidad no tenía placeres y si dolores únicamente. La condesa, viendo los acontecimientos, comprendió el pasado de su esposo y adivinó el porvenir. La condesa, a pesar de todo. trató de hacer feliz a su consorte, perdonándole lo que él mismo no supo perdonarse. El conde cayó en la avaricia y aceptó las privaciones que la vida le imponía; ella, por su parte, resolvió no salir de Clochegourde. El carácter violento del conde encontró en su esposa una tierra dulce en la que pudo experimentar un alivio a sus secretos dolores merced a la frescura del bálsamo femenino. Toda esta historia la supe merced al despecho que se apoderó del espíritu del señor de Chessel. * * * Aquella noche no pude conciliar el sueño y salté de la cama para contemplar las ventanas de Clochegourde. Me vestí y salí silenciosamente del castillo por la puerta de una torre a que daba acceso una escalera de caracol. El relente nocturno me tranquilizó. Atravesé el Indre por la parte del Molino Rojo y llegué a la barca de Clochegourde. En la última ventana del castillo, por el lado de Azay, brillaba una luz. Me abismé en mis contemplaciones, embellecidas con el canto del ruiseñor y el croar de las ranas. ¡Tenía el alma y los sentidos encantados! Los deseos se manifestaban en mi con violencia. El universo se había hecho para mí mayor en los días precedentes, y en una noche había descubierto su centro. Fue para mí hermosa aquella noche pasada bajo sus ventanas, arrullado por el ruido del agua que batían los molinos y por la voz de las horas que sonaba en el campanario del Saché. Durante aquella noche llena de esplendores en que aquella flor sideral iluminó mi vida, yo le dediqué mi alma con la misma fe del pobre caballero castellano de quien se burla Cervantes, con la fe que empezamos el amor. Al aparecer en el horizonte el primer rayo de luz de la aurora, cuando los pájaros comenzaron con sus suaves gorjeos saludando el nuevo día, corrí al parque de Frapelle; no me había visto ningún campesino, no sospechó nadie mi escapada, y estuve durmiendo hasta que anunció la campana la hora del almuerzo. Sin tener en cuenta el calor, luego de haber almorzado, fui a la pradera a contemplar el Indre y sus islas, las colinas y el valle, por los que sentía verdadera admiración; pero con la rapidez de un caballo desbocado llegué al lado de la barca y los sauces de Clochegourde. Todo en el campo era majestad y silencio: las inmóviles frondas se recortaban con limpidez sobre el dosel azul del cielo; los insectos que viven de la luz, abejas, mariposas y cantáridas, volaban a los rosales y los fresnos; rumiaban a la sombra los rebaños; ardían las tierras rojas de la vid, y las culebras se deslizaban a lo largo de los ribazos. ¡Cómo se transformaba aquel paisaje tan poético y tan fresco durante la noche! Salté con rapidez de la barca y tomé la dirección del camino para dar la vuelta a Clochegourde, de donde me parecía haber visto salir al conde. Por .cierto que no me había engañado, pues el señor de Mortsauf se preparaba, sin duda, a salir por una puerta que daba al camino de Azay. —Señor conde, ¿cómo se encuentra hoy?—le dije, saliendo a su encuentro. Su mirada brilló alegremente, sin duda porque en pocas ocasiones se oía 'llamar de aquella forma. —Muy bien—me respondió—. Pero ¿le gusta tanto el campo que se pasea hasta en las horas de mayor calor? —¿Pues no he venido aquí para vivir al aire libre?—le contesté. —Ciertamente. Si quiere acompañarme podrá ver segar el centeno. —Encantado; pero he de advertirle que desconozco totalmente la agricultura; no podría distinguir el trigo del centeno, ni la avena de la cebada, y no sé nada de los distintos métodos de hacer producir la tierra. —¡Ah! Eso no importa; venga usted conmigo—añadió volviendo sobre sus pasos—; puede entrar por la puertecilla de allá abajo. Dicho esto echó a andar a lo largo del seto, por la parte de dentro, mientras yo ,iba por la parte de fuera. —De eso no puede enseñarle nada el señor de Chessel —me dijo—, porque es demasiado gran señor para tener otras ocupaciones que la de recibir las cuentas de su administrador. Luego me llevó a ver los patios y las dependencias, las huertas y los jardines de recreo, y por último me llevó hacia la larga avenida de acacias y naranjos de China, los cuales se hallaban besados por el río, y donde pude distinguir sentada en un banco, a la señora de Mortsauf, que se hallaba acompañada de sus hijos. Sin duda, sorprendida por mi apresuramiento, y previendo que nos acercaríamos, no se movió. El conde me hizo admirar la perspectiva del valle, que ofrecía desde aquel sitio un aspecto muy distinto a lo que yo había contemplado hasta entonces. Parecía un rincón de Suiza. Multitud de arroyuelos surcaban la pradera e iban a desaguar en el Indre. Extendiendo la mirada hacia el lado de Montbazen, sobre una inmensa llanura verde, sólo tropezaba la vista con masas de árboles, rocas y colinas. Aligeramos el paso para ir a saludar a la señora de Mortsauf, que dejó caer el libro en el que estaba leyendo Magdalena para levantar sobre sus rodillas a Santiago, que había sido atacado de un acceso de tos convulsiva. —¿Qué sucede al niño?—preguntó el conde poniéndose extremadamente pálido. —Es que le duele la garganta—respondió la madre, que aparentaba no haberme visto—; pero me parece que no es cosa de cuidado. Sujetando la espalda y la frente del niño, sus ojos parecían lanzar rayos con los que intentaba infundir vida a aquella débil criatura. —Has cometido una imprudencia increíble—respondió con aspereza el conde—exponiéndole a la humedad del río y sentándole sobre un banco de piedra... —¡ Pero si el banco está abrasando, papá!—exclamó Magdalena. —Se ahogaban arriba — añadió en tono de disculpa la condesa. —Siempre quieren tener razón las señoras—respondió mirándome el conde. Para no tener necesidad de aprobar o reprobar con la mirada, miraba a Santiago, que se quejaba de ardor en la garganta, y a quien la madre se llevó consigo. Cuando se alejaba, aun pude oír al conde, que decía: —Cuando se han engendrado niños tan delicados, es necesario saber cuidarlos. Todo aquello que estaba diciendo era injusto; pero necesitaba su amor propio justificarlo a costa de su esposa. La condesa subía con rapidez las rampas y la escalinata, y no tardó en hallarse tras la puerta-ventana. El conde se había sentado en el banco, con la cabeza inclinada y en actitud pensativa, y yo me hallaba en una situación violenta, pues ni me hablaba ni miraba. ¡Ya era imposible el paseo en el que yo pensaba intimar con la condesa! ¡En mi vida he pasado un cuarto de hora más terrible que e! de entonces! Gruesas gotas de sudor bañaban mi frente, y no sabía si marcharme de allí o permanecer esperando. ¿Qué pensamientos tan tristes asaltarían al señor de Mortsauf para que se olvidara de ir a ver a Santiago? De pronto se levantó; se acercó a mi para que nos volviéramos a contemplar el risueño valle. —¿Quiere que dejemos para otra ocasión nuestro paseo, señor conde?—pregunté. —Todo lo contrario. Vamos a salir—me respondió—; por desgracia, estoy acostumbrado a presenciar semejantes crisis, con lo contento que daría mi vida para conservar la de ese niño. —Santiago está mejor, y se ha dormido—se oyó decir a una voz argentina. En el extremo de la avenida apareció de pronto la señora de Mortsauf. Se acercó alegremente y me dijo al responder a mi saludo: —¿Parece que le agrada Clochegourde? —¿Te parece bien, querida, que tome el caballo y vaya en busca del señor Deslandes?—preguntó el conde, queriendo hacerse perdonar sus injustas palabras. —No tienes por qué molestarte—contestó la condesa—, porque el niño no tiene más que sueño, porque en toda la noche no ha dormido. El pobre es muy nervioso: casi toda la noche tuve que pasarla contándole cuentos para que se durmiera, porque había tenido una pesadilla. Su tos es simplemente nerviosa; ha tomado una pastilla de goma y se ha quedado dormido. —¡Pobre esposa mía!—dijo el conde estrechándole las manos—. ¡Yo no sabía nada! —No te preocupes por esas pequeñeces. Puedes ir a ver los centenos. Ya sabes que si no estás allí, los segadores dejarán que en el campo entren las espigadoras extranjeras antes de que retiren los haces. —Yo, señora, voy a empezar mi primer curso de Agricultura—le dije. —Lleva usted un buen profesor—me respondió haciendo alusión al conde, que agradeció sonriendo la fineza. Habían pasado dos meses cuando supe que aquella noche había pasado terribles angustias, temiendo que su hijo padeciera el garrotillo. Mientras tanto yo me hallaba en la barca, mecido por pensamientos amorosos, pensando que me divisaría desde su ventana adorando la luz de la bujía que alumbraba su frente, arrugada por terribles alarmas. El crup estaba haciendo por entonces atroces estragos en Tours. Cuando salimos, el conde me decía con voz conmovida: —Mi esposa es un-ángel. Esta frase me llenó de vacilaciones. Sólo conocía superficialmente aquella familia, y el remordimiento me hacía pensar: "No debes pensar en turbar la paz de un honrado hogar." El señor de Mortsauf se hallaba feliz por tener de oyente a un joven del que podía alcanzar fáciles triunfos; me habló del porvenir que la restauración de la Monarquía borbónica preparaba a Francia; después, en cambio, dijo verdaderas niñerías que 'llegaron a sorprenderme grandemente. No conocía hechos de evidencia manifiesta; temía a las gentes instruidas; negaba en absoluto las superioridades; se burlaba, acaso con razón, de los progresos, y por fin acabé por reconocer en él gran cantidad de fibras dolorosas que me hacían tomar infinitas precauciones para no herirle, por lo que resultaba trabajoso conversar con él. Cuando llegué a comprender sus defectos me sometí a ellos con la misma flexibilidad que empleaba la condesa en acariciarle. Quizá en otra época le habría replicado; pero entonces, con la timidez de una criatura, aparentando no saber nada de lo que los hombres ya formados lo sabían todo, me asombraba de los progresos conseguidos por aquel paciente agricultor. Sus planes los escuché con admiración, involuntaria lisonja que me alcanzó la benevolencia del anciano; envidié aquella tierra, aquel paraíso terrestre, su posición, y le aseguré que Clochegourde era muy superior a Fraspelle. —Fraspelle—le dije—es un trozo macizo de plata; pero en cambio, Clochegourde es una joya llena de preciosas piedras. Esta frase la repitió con frecuencia, citando el nombre del autor. —Antes de que nosotros llegáramos, esto era un yermo —me dijo. Yo escuchaba con atención cuando hablaba de sus siembras y recolecciones. Desconocedor en absoluto de los trabajos agrícolas, no dejaba de preguntarle sobre los precios de los productos y de los medios de explotación, pues me parecía que le regocijaba cuando me hacía conocer aquellos detalles. —¿Qué es lo que a usted le han enseñado?—me preguntaba lleno de asombro. Al terminar aquel primer paseo, dijo el conde a su esposa: —Este joven es encantador. Escribí a mi madre aquella misma noche pidiéndole que me enviara ropa, y haciéndole saber que estaba dispuesto a quedarme en Fraspelle. Ignorante de la enorme revolución que ensangrentaba entonces las calles de la metrópoli, y sin darme cuenta de la influencia que había de tener en mi destino, creía volver a París para terminar mi carrera de Derecho; pero podía disponer todavía de dos meses y medio, pues el .curso no empezaba hasta primeros de noviembre. En los primeros días de mi estancia en Fraspelle procuré atraerme al conde; pero vanamente, pues llegué a descubrir en él una injustificada irascibilidad y una rapidez de acción en los casos desesperados que llegaron a espantarme. En él había repentinos rasgos del valiente caballero del ejército de Conde y relámpagos de esas voluntades que, en graves circunstancias, pueden perjudicar todas las combinaciones políticas, y que por azares del valor y rectitud llegan a hacer de un hombre destinado a vivir con nobleza un Bonchamp o un Charette. Pensando ciertas suposiciones, su nariz se contraía, se iluminaba su frente y sus ojos parecían lanzar rayos. Tuve miedo de que el conde me matara en un momento de celos si llegaba a ver el lenguaje mudo de mis ojos cuando yo miraba a la condesa. Por entonces en mí no había más que ternura; no poseía aún la voluntad, que tanto modifica a los hombres. Mis exagerados deseos me habían comunicado esos estremecimientos rápidos de la sensibilidad que tanto se parecen al miedo. No me hacia temblar la lucha; pero no quería morir sin haber podido disfrutar de la felicidad que da el amor correspondido. Se aumentaban mis deseos a medida que se acrecentaban las dificultades para llegar a satisfacerlos. ¿Cómo poder hablar de mis sentimientos? Me hallaba perplejo, siempre esperando la oportunidad. Adquiría familiaridad con los niños, observaba bien sus caprichos para hacerme amar por ellos, e intenté identificarme con las costumbres de la casa. Insensible a todo aquello, el conde fue haciéndose más comunicativo, por lo que fui conociendo sus cambios rápidos de carácter, sus profundas tristezas, tan motivadas como sus bruscos arrebatos; sus quejas amargas, su envidiosa frialdad, sus reprimidos accesos de locura, sus exclamaciones de hombre desesperado, sus gemidos de niño y sus extrañas cóleras. Se diferencia la naturaleza moral de la naturaleza física en que en ella nada hay de absoluto; la intensidad de sus efectos está en razón de la fuerza de las ideas o caracteres que llegamos a agrupar en derredor de un hecho. Mis visitas a Clochegourde y mi porvenir estaban a merced de aquella caprichosa voluntad. No podría expresar las angustias que a mi alma oprimían, entonces tan fácil de contraerse como de dilatarse, cuando al entrar me preguntaba a mí mismo; "¿Cómo será su recibimiento?" Mi inquietud era horrible y continua, hasta que llegué a ser victima del despotismo de aquel hombre. Comprendí los sufrimientos de la condesa por los míos propios: empezamos cambiando miradas de inteligencia, y algunas veces mis lágrimas corrieron al reprimir ella las suyas. La señora de Mortsauf y yo nos probamos así por el dolor. ¡Cuánto pude descubrir en aquellos primeros cuarenta días, llenos de reales amarguras, de esperanzas y silenciosas alegrías! Encontré a la condesa pensativa una tarde ante una puesta de sol que enrojecía voluptuosamente las cimas de las montañas y dejaba ver e! valle como un lecho, que no podía por menos de hacer escuchar la voz del eterno cantar de los cantares con que invita la Naturaleza a sus criaturas al amor. ¿La joven se hallaba recobrando sus ilusiones perdidas? ¿Comparaba secretamente algo? Su actitud me pareció muy propicia para poder oír una declaración de amor. —Hay algunos días difíciles—le dije. —Usted ha leído en mi alma—me respondió—; pero ¿cómo? —¡Tenemos tantos puntos de contacto!—contesté—. Ciertamente no nos hallamos entre el reducido número de privilegiadas criaturas para el dolor y el placer, cuyas sensibles cualidades brillan al unísono, produciendo grandes ecos interiores, y cuyo nerviosismo está en armonía constante con el principio de las cosas. Colocadas en un medio en que todo es disonancia, esas personas sufren horriblemente, como su placer se exalta cuando tropiezan sensaciones y personas que les son afines. Pero existe para nosotros un tercer estado, cuyas desgracias no las conocen más que las almas afectadas por la misma enfermedad, y entre las cuales existen fraternas comprensiones. Muy bien puede ocurrir no estar ni bien ni mal impresionados; pero entonces un órgano expresivo cualquiera se apasiona sin objeto y llega a lanzar sonidos inarmónicos; una especie de contradicción del alma que se revuelve contra la inutilidad de la nada. La sensibilidad se desborda y llega a ocasionar melancolías inexplicables que ni siquiera pueden revelarse en el confesionario. Nuestros dolores comunes, ¿no he llegado a expresarlos? La condesa, sin separar la mirada del sol, que comenzaba a ocultarse, me respondió: —¿Cómo puede usted saber eso a su edad? ¿Es que acaso ha sido mujer? —¡Oh!— respondí—. Mi infancia ha sido algo parecido a una enfermedad. —Está tosiendo Magdalena—dijo, levantándose con rapidez. La condesa no se preocupó por la frecuencia con que yo visitaba su casa, porque era pura como una niña y no sospechaba mal de nadie, y además, también, porque el conde se distraía conmigo como si fuera una presa arrojada a aquel león sin uñas ni melena. Había terminado por encontrar una razón que nos parecía plausible a todos. Yo no sabía jugar al chaquette; el conde se propuso enseñarme, y yo acepté. Cuando sobre este punto nos pusimos de acuerdo, me dirigió la condesa una mirada de compasión que parecía querer, decir: "Se ha metido usted en la boca del lobo." En un principio no lo comprendí; pero al tercer día ya sabía a lo que me había comprometido. Mi inagotable paciencia, fruto de mi infancia, se maduró en aquella temporada de prueba. El conde sentía un gran placer en burlarse de mí cuando yo intentaba poner en práctica el principio o la regla que acababa de explicarme: si me paraba a reflexionar, se quejaba de que jugaba con lentitud; si lo hacía vivamente, decía que lo estaba espoleando; y si cometía alguna torpeza, se aprovechaba de ella. Era su tiranía la del maestro que somete al chiquillo a un yugo mal intencionado. Cuando jugábamos dinero, sus constantes ganancias le alegraban mezquinamente; pero una palabra de su esposa me devolvía la tranquilidad y ponía en él el sentimiento de la cortesía y las conveniencias. Aquella tarea consumió todo mi dinero. Aunque el conde estaba entre su esposa y yo hasta el momento de retirarme, algunas veces bastante tarde, me consolaba el pensamiento de poder deslizarme en su corazón; pero con !a esperanza de que llegara aquel momento tenía que seguir aquellas malditas partidas de juego que torturaban mi alma y vaciaban mi bolsillo. ¡Cuántas veces contemplamos en silencio un efecto de sol en la pradera, las vaporosas colinas o los reflejos de la luna en las piedras del río sin decir otra cosa que "¡Qué noche más hermosa!" —La noche es como una mujer, señora. —¡Qué lugar tan apacible! —Por eso es aquí imposible ser completamente desgraciado. Después la condesa reanudaba su labor, Yo adiviné que la conmovía un sentimiento y que este sentimiento pugnaba por manifestarse. Como ya no me quedaba dinero, me era imposible seguir jugando, y como el juego era el único pretexto que tenía para poder pasar las veladas en Clochegourde, escribí a mi madre suplicándole que me enviara alguna cantidad. Mi madre me contestó con una carta insultante, si bien la acompañaba de una mezquina suma que no bastaría ni siquiera para una semana. ¿A quién recurrir entonces? No ir a Clochegourde equivalía a no ver a la condesa. Para mí aquello tenía más importancia que mi propia vida. En París había podido reducirme a la abstinencia, y mi desgracia fue negativa; pero en Fraspelle había de ser activa. En aquella primera felicidad de mi existencia no podían faltar los abrojos. Conocí la tentación del robo, si bien la vencí prontamente. Aquella tacañería de mis padres me ha dejado un recuerdo doloroso, recuerdo que desde entonces me hace mirar a los jóvenes delincuentes con la indulgencia del que, si no ha caído al abismo, ha peligrado en sus bordes. Siempre que veo a alguien alcanzado por la justicia humana me digo que la ley ha sido hecha en perjuicio de los que conocieron la desgracia. En la biblioteca del señor Chessel descubrí un libro titulado Tratado de chaquette, y me di prisa a leerlo. Además, mi huésped se dignó aleccionarme. Hice algunos progresos que me permitieron aplicar al juego las reglas y los cálculos que había aprendido de memoria. En pocos días hice grandes ventajas que me pusieron en posición de poder ganar a mi maestro. Cuando esto sucedía se ponía de pésimo humor, crispaba el rostro y fruncía las cejas. Quejábase de su mala suerte con la irritación de un niño y llegaba hasta morder el cubilete. Por fin pude poner término a estas escenas. Fue cuando adquirí sobre él una gran superioridad. Entonces conduje el juego a mi capricho. Hacía de manera que no ganáramos ni uno ni otro, dejándole llevar ventaja durante la primera mitad de la partida y nivelando la puntuación durante la segunda. Nada en el mundo le hubiera sorprendido tanto como aquella superioridad de su discípulo, si bien se negaba a reconocerla. —Tengo la cabeza fatigada. Al final de la partida estoy ya cansado, y por eso gana usted siempre. La condesa se dio cuenta de mi manera de jugar, y esto quizá fue para ella un testimonio más de mi afán de permanecer en Clochegourde. Tuve la prueba de que así era, porque una noche la condesa me miró de la. misma manera que solamente miraba a sus hijos. Esta fue para mí la prueba de su mudo agradecimiento. * * * No puedo decir en qué estado de ánimo me separé de ella. Mi cuerpo había sido absorbido por mi alma; me parecía que volaba, que no ponía los pies en el suelo. Aquella mirada había inundado mi espíritu de luz, como aquel "¡Adiós, caballero!" hizo resonar en mi interior los más dulces cánticos religiosos. Me parecía que acababa de entrar en una vida nueva, ya que desde entonces significaba algo para ella. Al día siguiente me acogió afectuosamente. Aquél había de ser uno de los más felices de mi existencia. Obedecí, y pude deslizarme sin que el conde se diera cuenta de mi salida. Desde la terraza oía sus aullidos y sus voces, y en medio de aquella tempestad percibía igualmente la voz de su mujer, que se elevaba a veces como el canto del ruiseñor en la tormenta. Me pareció adivinar en el acento con que había hablado la condesa que ésta tenía intención de ir a reunirse conmigo. Transcurrió una hora. De pronto oí el ruido de sus pasos. Mi corazón latió más de prisa. —El señor de Mortsauf está dormido—me dijo—. Cuando le dan estos accesos le doy una infusión de adormideras, y este remedio produce siempre sus beneficios. Cambiando de tono, añadió: —Caballero, por una casualidad dolorosa se ha enterado usted de secretos que nosotros guardábamos. Prométame no revelárselos a nadie. No le pido que me lo jure, porque con su promesa tengo suficiente. —¿Tengo necesidad de prometérselo?—le dije—. Yo creí que ya nos habíamos comprendido. —No juzgue así a mi esposo. Mañana no se acordará siquiera de cuanto le ha dicho, y se mostrará con usted amable. Yo le contesté: —No se moleste usted en justificarle. Yo haré lo que usted quiera. Me arrojaría al río si supiese que con ello podría hacer cambiar la conducta del conde y hacerla a usted mas dichosa. Lo único que no puedo hacer es cambiar de opinión. Y el señor de Mortsauf es... Me interrumpió, ella: —El conde es nervioso y soberbio. Pero como hoy solamente se pone de tarde en tarde. La emigración causó muchas desgracias, muchas victimas. Sin la emigración, mi marido hubiera sido un gran hombre... Luego de pasarse la mano por la frente, continuó: —Usted es bueno y generoso... Alzó los ojos al cielo y luego los fijó en mí. Magnetizado por aquella mirada, cometí lo que en la vida social se llama una falta de tacto. Dije con voz alterada: —Señora, antes que nada, permítame que me justifique de una falta cometida. —¡Caballero!—me dijo, colocando en mis labios un dedo que retiró inmediatamente. Después, mirándome altivamente, como quien está por encima de cualquier injuria, agregó: —Sé a qué falta hace usted alusión. Se trata del único ultraje que he recibido. Le ruego que no hable nunca de aquel baile. Su falta ha sido perdonada por la cristiana, aunque la dama lo sufra todavía. —No se muestre usted implacable—le dije, procurando contener las lágrimas que querían asomarse a mis ojos. —Debo ser severa, puesto que soy débil—me respondió. Tuve entonces una especie de rebelión infantil que me hizo decir: —Escúcheme, aunque sea por vez única. —Hable. Entonces me di cuenta de que aquel era el momento culminante de mi vida, y le dije que cuantas mujeres había visto hasta entonces, antes y después del baile, todas me habían resultado indiferentes; pero que al verla a ella un frenesí me había arrebatado y que el corazón lleno de deseos vence cualquier obstáculo que se le interponga. —Menos el desprecio—me dijo ella. —¿Me despreció usted?—le pregunté. —No hablemos de ello. —Por el contrario—le dije—, hablemos. Se trata de un secreto, del de toda mi vida ignorada, que usted debe conocer para que yo no muera de desesperación. Inmediatamente comencé a referirle mi vida, con la vehemencia del joven cuyas heridas sangran. Y cuando, abrumado por el peso de mis sufrimientos, esperaba que aquella dama contestase, su mirada iluminó los espacios con una sola frase: Después de comer fuimos hasta una llanura en la que crecían algunos robles junto a arbustos espinosos y matorrales. Un musgo enrojecido por el sol poniente se extendía entre las piedras. Magdalena andaba cogida de mi mano, y la condesa daba el brazo a su hijo. Nos precedía el conde. Este, de pronto, golpeó el suelo con su bastón, y dijo: —¡ Así es mi vida! Pero como al volverse viera el rostro de su esposa, rectificó: —¡Así era mi vida antes de haberos conocido! Era una rectificación tardía. La condesa se había puesto pálida. Yo intervine para decir: —¡Qué perfumes campestres más incomparables los de este lugar! Lo que a usted le parece tierra baldía, si la llanura fuera mía, se convertiría en fuentes de grandes tesoros, al que habría que unir el de su vecindad. ¿Con qué dinero podría comprarse este panorama magnifico, este río que ondula entre fresnos y sauces? Para usted esta tierra es baldía; para mí es el cielo. —¡Églogas!—dijo él—. No es éste el lugar adecuado para un noble como usted. Después de una pausa añadió: —¿No oyen ustedes las campanas de Azay? Yo las oigo. La señora de Mortsauf me miró, y su hijita me apretó el brazo. —¿Quiere usted que vayamos a echar una partida? El ruido de los dados le impedirá oír el de las campanas. Regresamos a Clochegourde. El conde se quejaba de dolores que no podía precisar. Cuando llegamos al castillo el conde se sumergió en un sillón, con la mirada absorta, y su esposa, que conocía las manifestaciones de aquel mal, sabia prever los accesos y callaba. Yo callé también, esperando que ella me indicara que me marchase; pero si no lo hizo fue pensando que la partida de chaquette pudiera distraer al conde. Era cosa fácil obligarle a que jugara. Precisamente porque hallaba en ello su mayor entretenimiento se hacía semejante a un niño caprichoso que cuanto más desea una cosa más se la hace ofrecer y aparenta desdeñarla más. Cuando pasó el acceso le propuse que jugáramos la partida. —Ya es tarde—dijo—. Además, jugando me aburro. Me vi obligado a suplicarle que no desatendiera mi enseñanza en aquel juego tan fácil de olvidar si se abandona, y le decidí a jugar, o sea que le decidí a lo que ya estaba decidido. Se quejaba de dolores que no fe permitían calcular bien. La señora se fue a acostar a sus hijos, dejándonos solos. Durante su ausencia dejé que el señor Mortsauf me sacara ventaja. Pareció como que se inundaba de felicidad. Era la suya una risa sin motivo que contrastaba con la profunda tristeza que había manifestado poco antes. Nunca hasta entonces le había visto bajo la influencia de un acceso tan fuerte. Era como si, al haber tomado confianza conmigo, no tuviera por qué contenerse en mi presencia, como si en mi persona buscara un nuevo pasto para su malhumor, pues parece ser que los enfermos mentales tienen apetitos de posesión como los de los terratenientes que aspiran a aumentar sus terrenos. La condesa se sentó cerca de nosotros. Una jugada que no estuvo en mi mano impedir alteró el semblante del conde. Se puso sombrío, y su mirada comenzó a extraviarse. Luego el señor de Mortsauf echó un dado que le hizo perder la partida. Se levantó furioso, arrojó sobre mí el tablero y tiró el quinqué a tierra. Como si estuviera loco, se puso a dar saltos por el salón. El torrente de injurias que salió por su boca le daba el aspecto de uno de los endemoniados de la Edad Media. La condesa me estrechó la mano y me dijo: —Vaya usted al jardín. —Mi infancia fue igual que la suya—dijo, dejándome ver en su rostro la aureola del martirio. Después de una pausa la condesa siguió refiriéndome que ella había tenido la desgracia de nacer hembra cuando los varones de su familia se habían extinguido, y que mi soledad había sido un paraíso si se la comparaba con la suya, hasta el día en que su cariñosa tía, que para ella fue su verdadera madre, fue a arrancarla del suplicio en que había vivido, y cuyos detalles me relató. Jamás había recibido una lección con amor y sí siempre con ironías. Su madre le inspiró siempre más terror que cariño. Tal vez, pensaba la condesa, la vida de su infancia fuera como una preparación para la que entonces estaba haciendo. —Vivíamos en la misma esfera antes de encontrarnos—le dije—, sólo que el uno venía del Oriente y del Occidente el otro. Ella movió la cabeza con desesperación y me repuso: —El Oriente es para usted y el Occidente para mí. Su vida será feliz, mientras a mi me matará el dolor. Usted, como es hombre, organizará su existencia como le plazca, mientras que la mía está ya fijada de antemano. No hay fuerza humana suficiente que pueda romper la cadena que la mujer toma al ponerse el anillo de oro de sus esponsales. La condesa, considerándome ya hermano suyo en el dolor, creyó que podía hacer sus confidencias más completas y me refirió toda la triste historia de su matrimonio, sus decepciones y sus desgracias. Ella, al casarse, poseía algunos ahorros que en uno de los días de escasez entregó a su marido generosamente y sin decirle que para ella eran más bien recuerdos que monedas. Su marido ni le agradeció el sacrificio ni se consideró jamás deudor suyo, no obteniendo siquiera esa mirada de gratitud que para las almas puras es el mayor consuelo que puede hacérseles. El esposo se olvidaba a veces darle el dinero necesario para las atenciones domésticas, y a la condesa le parecía que despertaba de un sueño cuando, después de haber tenido que vencer su timidez, se lo pedía. Cuando la naturaleza enfermiza de aquel hombre se hizo patente, ella se estremeció espantada. ¡Qué calamidades horribles siguieron a sus dos alumbramientos! ¡Y qué terror no experimentó ante el aspecto de aquellas dos criaturas que llegaban al mundo medio muertas! Tuvo valor para decirse que ella les daría la vida que les faltaba. Luego, de nuevo, la desesperación al encontrar el obstáculo principalmente en el corazón y en la mano que debían socorrerla. Esta gran desgracia la veía desarrollarse a cada dificultad vencida, y al llegar a la cima de cada roca no había encontrado más que nuevos desiertos por atravesar, hasta el día en que, al igual que el muchacho arrancado por Napoleón a las caricias y atenciones del hogar, hubo acostumbrado sus pies a pisar entre la nieve y el lodo, habituando su frente a las balas, y se familiarizó con la sumisión del soldado. Todo esto, en su extensión tenebrosa, me lo contó la condesa con toda clase de hechos desoladores, de pruebas infructuosas y de terribles combates conyugales. —Pero, en fin, sería necesario que usted viviera aquí unos cuantos meses para poder darse cuenta de! número de sufrimientos que tengo que pasar por las mejoras hechas en Clochegourde, qué recursos tengo que emplear para hacerle emprender cualquier cosa útil a sus intereses. ¡Cuánta malicia emplea cuando no obtiene éxito alguno empresa que acomete fiado en mis consejos! ¡Cómo se regocija atribuyéndose el bien, y qué paciencia tengo que acumular para oírle quejarse incesantemente cuando hago esfuerzos por endulzarle sus horas, por perfumar el ambiente, por llenar de flores el camino que él va sembrando de abrojos! Por toda recompensa suelo oírle decir: "¡Qué pesadez de vida ¡Quiero morirme!" Para los extraños es cortés; pero nunca lo fue con su familia. En mi deseo de procurarle felicidad, me he acostumbrado a ser su víctima. El interés de la casa exige que me muestre severa cuando mi abría es alegre. Le pregunté por qué no hacía uso de su influencia sobre él para gobernarle. —Porque carezco de energía contra los débiles—me respondió—. Además, me encuentro abatida, y mi fortaleza no puede ser regenerada. A veces hasta me falta energía para soportar las tempestades. Mi marido llegará a matarme, y al matarme a mi se mata a si mismo. —¿Y si usted se alejara por unos meses? —Mi esposo se consideraría perdido. Por mucho que se resista a reconocer su situación, no deja de tener conciencia de ella. Soy a la vez aya y preceptor de mis hijos. La explotación de la tierra es la más fatigante de las industrias. Tenemos pocas rentas en dinero, y nuestras haciendas están mal cultivadas. Hay que vender todas las producciones. Por mucha vigilancia que se ponga, los colonos siempre procuran beneficiarse con nuestros abonos. Si se tiene en cuenta la falta de memoria de mi marido y el trabajo que me cuesta hacerle que se ocupe, de los negocios, comprenderá que es imposible que yo me ausente de Clochegourde. Estoy sujeta al castillo como si me hubieran atado con una cadena. Si yo me fuese, ningún criado duraría una semana. Este es el secreto de mi vida, que usted no debe divulgar. A precio de su silencio puede usted venir a Clochegourde siempre que quiera. —Pero yo nunca he sufrido como usted—le dije. Y ella: —Esta confidencia sirve para mostrarle a usted la vida tal como es. Todos los humanos tenemos defectos y virtudes. Si me hubiera casado con un despilfarrador, estaría arruinada; si mi marido hubiera sido un joven galante, no habría podido resistir, porque soy enormemente celosa. Mi marido me ama todo lo que él es capaz de amar. Crea que toda vida de amor es una excepción en la tierra. La vida es dolor y es angustia. La resignación de un día prepara la resignación del siguiente. Voy; como puedo, rehaciendo nuestra fortuna. Quizá mi esposo llegue a tener una vejez feliz. —Pero sus sufrimientos—dije—habrán sido necesarios, como lo son los míos. ¡Por qué caminos hemos andado el uno hacia el otro! Quizá nos ha guiado, como a los Reyes Magos, una estrella. No sabemos quién remachó a través de los años los eslabones de la cadena que nos une. Usted no debe desunir lo que tal vez el cielo ha unido. Los sufrimientos de que usted habla son la semilla sembrada que hará brotar la cosecha dorada por el sol de la recolección. No sé qué fuerzas misteriosas me impulsan a hablarla de esta forma. Contésteme, o no volveré a pasar el río para venir a verla. —Aunque no haya usted pronunciado la palabra amor —me dijo—, sé que habla de un misterioso sentimiento que desconozco. Es usted tan niño que me hace perdonarle de nuevo. Yo sólo tengo corazón para la maternidad. No amo a mi esposo por deber social; pero sí hay un sentimiento irresistible que le otorga todas las fibras de mi corazón. Nadie me violentó para que con él me casase. La misión de la mujer es recoger a los que quedaron heridos junto a la brecha. De todas formas, usted no debe volver a hablarme de ese modo. De otra forma, me vería obligada a cerrarle las puertas de esta casa. Después de una pausa prosiguió: —Yo buscaba un amigo de quien nada tuviera que temer. Un corazón en quien verter mis dolores, hasta que mi hijo Santiago sea hombre. Veo que me he engañado y que Dios no se ha compadecido todavía de mí. Un rayo de luna iluminó dos gruesas lágrimas que se deslizaban por sus mejillas. Y yo le contesté: —Amar sin esperanza constituye también una felicidad. Acepto lo que me propone sin reservas. Yo, por mi parte, seré lo que usted quiera que sea. Ella arguyó con severidad: —Consiento en ese contrato, siempre que usted no pretenda aunar más los lazos que nos juntan. Y como yo hiciera un gesto, agregó: —¿Empieza usted con desconfianza? —No—le dije—. Empiezo con alegría. Como el sentimiento que nos une es único, quiero para mí también un nombre único de usted. —El señor de Mortsauf me llama Blanca. Una sola persona en el mundo, mi difunta tía, me llamaba Enriqueta. Para usted seré Enriqueta también. Le cogí una mano y se la besé. Ella me la abandonó confiadamente. Después se apoyó en la balaustrada y miró al río: —No ha obrado usted cuerdamente—me dijo—apurando toda la copa de un solo sorbo, en ponerse con el primer salto al final del camino. Hizo una pausa pequeña y agregó: —No venga usted en algún tiempo al castillo. Mi marido es leal y altivo. El domingo próximo irá él a buscarle, y agradecerá el que usted le haya tratado como hombre que es responsable de sus acciones y de sus palabras. —¡Cinco días sin verla! —No me hable con tanta pasión. Intenté besarle la mano, y ella pareció vacilar. Por fin me la abandonó diciendo: —No la tome usted más que cuando yo se la ofrezca. Se lo ruego. Dimos dos vueltas en silencio a la terraza, y luego me dijo con tono imperativo: —Es tarde. Váyase. —Adiós—le respondí. Me abrió la puertecilla baja y salí. Cuando ya me marchaba, me abandonó la mano de nuevo, diciéndome: —Verdaderamente, se ha portado usted bien esta noche. Besé la mano que se me ofrecía, y cuando alcé los ojos vi que en los suyos había lágrimas. * * * Retorné a Fraspelle, volviendo la cabeza a cada paso. Experimentaba un gran placer al ver que ante mí se abría un porvenir de ternura. Todos los sentimientos nobles se dejaban oír en mi interior con voces confusas. Antes de encerrarme en mi alcoba quise contemplar aquel cielo azul que tantos beneficios me otorgaba. ¡Cómo me parecía grande aquella mujer con su manera de olvidarse de sí misma para ocuparse únicamente de los débiles! Estaba tranquila y severa al mismo tiempo sobre la pira del martirio. Admiraba la belleza de su rostro y la de su alma, y de pronto di una interpretación a sus palabras que me hizo admirarla aún más. ¿Desearía tal vez encontrar en mí lo que su familia había encontrado en ella? Me elevaba a su nivel, o tal vez más alto aún. Los astros, según aseguran los constructores de mundos, se comunican así a distancia con sus movimientos y con su luz. Este pensamiento me hizo elevarme a las alturas atmosféricas. Me remonté al cielo de mis sueños de infancia. Genios turbados, corazones desconocidos, hijos abandonados y proscritos inocentes. Todos vosotros, que habéis visto en todas partes rostros indiferentes, pechos fríos y cerrada oreja, solamente vosotros estáis capacitados para comprender la infinita alegría que proporciona un corazón que os ama, un oído que os escucha y una boca que os contesta. Un día de felicidad basta para compensar todas las desgracias. El dolor es un lazo que une el alma con la otra alma confidente. La mujer que recoge nuestros suspiros nos recompensa pródigamente de todos los pesares. Sólo vosotros podéis, por tanto, comprender lo que la señora de Mortsauf representaba para mí. Durante los cinco días que yo no fui por allí sucedieron acontecimientos en Clochegourde. El conde recibió en ellos la cruz de San Luis, el oficio que le acreditaba como mariscal de campo y una pensión anual de cuatro mil francos. El duque de Lenoncourt Givry, nombrado par de Francia, fue repuesto en su cargo en Corte, y su esposa entró en posesión de los dominios que no habían sido vendidos y sí únicamente agregados al patrimonio de la corona imperial. La condesa de Mortsauf era, por tanto, una de las más ricas herederas del Maine. Su madre le había llevado los cien mil francos que constituían su dote, y que no le podían haber sido entregados hasta entonces. Unidas estas cantidades, el conde podía adquirir dos fincas vecinas que producían una renta de nueve mis libras. Como Santiago debía suceder a su abuelo como par de Francia, era necesario constituirle un mayorazgo. A Magdalena, con la influencia de su abuelo podía írsele preparando un buen matrimonio. Esta prosperidad calmaría hasta cierto punto los dolores del emigrado. Fue un verdadero acontecimiento para el país la llegada de la duquesa de Lenoncourt. La duquesa era una gran señora; por tanto, no me sorprendió notar en su hija el mismo espíritu de raza, que estaba oscurecido a mis ojos por sus nobles sentimientos. ¿Qué suponía yo, sin bienes de fortuna y sin otro porvenir que mis facultades y mi valentía? En la iglesia, el domingo, yo no hacía más que mirar desde la capilla reservada en que me encontraba, acompañado de la señora de Chessel y el abate de Quelú, la otra capilla lateral en la que se hallaban la duquesa y su hija, el conde y sus hijos. No se movió el sombrero que ocultaba a mi vista a la condesa. Este olvido parecióme que me unía más a ella que todo el pasado. Aquella hermosa Enriqueta de Lenoncourt, que ya era mi amada Enriqueta, y a quien deseaba hacer feliz, rezaba con verdadero fervor, dando su fe a su actitud una tan humilde expresión que la hacía parecer una estatua religiosa que me producía honda impresión. Según los hábitos de la aldea, las vísperas se cantaba dos horas después de la misa, y la señora de Chessel hizo a sus vecinos la proposición de pasar este tiempo en Fraspelle, para así evitar el tener que pasar el Indre dos veces y la llanura soportando los rigores del sol. Se aceptó la proposición de la señora de Chessel. Su esposo dio el brazo a la duquesa, el conde ofreció el suyo a la señora de Chessel y la condesa aceptó el mío, y yo sentí por primera vez la presión de aquel hermoso brazo. Durante el trayecto que se hacia desde la parroquia de Fraspelle, atravesando el bosque de Saché, cuya frondosidad interceptaba la luz solar, proyectando sobre la arena del camino confusas sombras, sentí un gran orgullo, y las ideas que se me ocurrieron me hacían palpitar violentamente. —¿Qué le sucede?—me dijo Enriqueta después de un silencio que yo no intentaba interrumpir—. Le late con violencia el corazón. —He sabido de cosas gratas para usted—le respondí—; y cuando se ama de veras se sienten ciertos temores. ¿Perjudicarán acaso sus grandezas sus afecciones? —¡Oh! Esas ideas me lo harían olvidarlo para siempre. Me dominó una embriaguez que pareció comunicársele, y mientras la contemplaba con éxtasis, ella dijo: —Nos aprovechamos del beneficio de leyes que no hemos pedido; pero no hemos de ser avaros, puesto que además sabe muy bien que no podemos salir de Clochegourde ni mi esposo ni yo. Por tanto, ha renunciado, aconsejado por mí, al mando a que tenia derecho en la Casa Roja. Nos es suficiente con que mi padre sea repuesto en su cargo; a nuestro hijo ha servido ya nuestra obligada modestia, porque el rey, a cuyo lado está mi padre de servicio, ha dicho que dispensará a Santiago el favor a que nosotros hemos renunciado. Como es preciso cuidar ahora de la educación de Santiago, este asunto está sirviendo de serias discusiones, pues representa a dos casas ilustres: la de Mortsauf y la de Lenoncourt. Si yo soy ambiciosa es sólo por él, y esto aumenta mis inquietudes, porque no es solamente su vida lo que debe persistir, sino que debe ser digna de su nombre; son dos obligaciones que se manifiestan en una gran oposición. Hasta la fecha se ha podido atender a su educación, amoldando el trabajo a sus fuerzas; pero en adelante, ¿cómo encontraremos un preceptor que pueda convenirle? Y después, ¿qué amigo podrá cuidar de él en ese terrible París donde se tejen tantos lazos para el alma y existen para el cuerpo tantos peligros? Mi buen amigo—siguió diciendo con voz temblorosa, viendo sus ojos y su frente, ¿quien puede no adivinar en usted una de esas aves que han sido destinadas para cernirse en las grandes alturas. Debe usted tomar su vuelo y ser un día el padrino de mi hijo querido. Debe ir a París; si no le ayudan su hermano y su padre, nuestra familia, sobre todo mi madre que tiene un espíritu emprendedor, lo protegerá con toda su influencia; puede aprovecharse de nuestro crédito y le aseguro que estará bien apoyado en cualquier carrera que quiera elegir. ¿Por qué no emplea lo superfino de sus fuerzas en una noble ambición? —Creo haberla comprendido—dije yo interrumpiéndola—mi amada será en lo sucesivo mi sola ambición. Sin eso soy completamente suyo. No necesita usted recompensar mi discreción dispensándome allí favores. Iré a París y procuraré elevarme por mi propio esfuerzo. Puedo aceptarlo todo de usted; pero no quiero nada de los demás. —¡Chiquilladas!—dijo, haciendo un esfuerzo por ocultar una sonrisa de. satisfacción. —Por lo demás—añadí—, me he consagrado a usted y pensando en nuestra situación, he pensado en unirme a usted por lazos que nadie pueda romper. Un ligero estremecimiento la sobrecogió; luego me miró fijamente y dijo, dejando que se adelantaran las dos parejas que nos precedían, y procurando retener a sus hijos a su lado: —¿Qué es lo que quiere decir? —Pues bien—le contesté—; debe decirme con franqueza como desea que la ame. —Quiero que me ame como me quería mi tía cuyos derechos le he concedido dándole autorización para que pueda llamarme del mismo modo que ella me llamaba. —Pues entonces he de amarla sin esperanza ninguna con desinteresada abnegación, y debo hacer por usted todo lo que una persona puede hacer por Dios. ¿No es eso lo que de mi desea? Puede entrar en un seminario, ser sacerdote y educar a Santiago. Su hijo será como otro yo. políticas, concepciones, mucha paciencia, grandes pensamientos y una enorme energía..., todo eso le daré si es preciso. Así tendré ocasión de estar a su lado sin que mi amor, que estará protegido por la religión, pueda ni remotamente ser sospechado. No ha de tener que temer ningún arrebato de esos que dominan a los hombres, y de los que en alguna ocasión pude dejarme vencer: le consagraré un amor purificado y me consumiré en su fuego. Enriqueta palideció y repuso: —Usted, Félix, no debe contraer compromisos que luego puedan ser un obstáculo para su felicidad: causaría mi muerte si yo pudiese ser causa de ello. Pero además, criatura, ¿es que la desesperación del amor puede ser una vocación? Debe esperar a conocer la vida para poder juzgarla; así lo quiero y así se lo ordeno. No se case con la iglesia ni con mujer alguna; no quiero que se case de ninguna forma. ¡Se lo prohíbo! Siga siendo libre. Usted tiene aún veintiún años, y a su edad no se sabe lo que el porvenir nos ha reservado. ¿Acaso le habré juzgado mal? Pero, a pesar de ello, he creído que dos meses son suficientes para conocer el temperamento de ciertas almas. —¿Es que tiene usted alguna esperanza?—le pregunté ansiosamente. —Mi buen amigo, acepte mi ayuda y elévese, y hará fortuna, y entonces sabrá cuál es mi esperanza. En fin—añadió con un acento que parecía revelar un secreto—, no debe abandonar la mano de Magdalena, que en este momento estrecha entre las suyas. Se había inclinado para deslizar estas palabras en mis oídos. Y ellas nos dejaron sumidos en un profundo silencio. Nuestras almas se hallaban conmovidas. Habíamos llegado junto a la puerta de madera que daba entrada al bosque de Fraspelle, cuando de pronto se me ocurrió una idea, la de la muerte del conde, que alumbró con luz vivísima mi mente. —La comprendo, condesa—le dije. —Es una felicidad—me contestó ella con un tono que me convenció de que se hallaba muy lejos de pensar en lo que yo suponía. Al comprender que su intención era pura, se estremeció mi alma de admiración y me dije que no me amaba lo suficiente para desear ser libre. Cuando el amor no llega hasta el crimen es porque todavía tiene límites, y el amor no debe tenerlos, porque ha de ser infinito. El corazón se me oprimió dolorosamente al pensar que no me amaba. Besó a Magdalena en los cabellos. —Temo a su madre—dije a la condesa. —Yo también la temo—respondió—. Pero no olvide darle tratamiento y llamarla siempre señora duquesa. Sé que la juventud actual ha perdido esas costumbres; pero yo le ruego que no las abandone, en mi obsequio. Es de buen gusto reconocer las distinciones sociales sin discutirlas. Ya sé que en los liceos y en las universidades se han infiltrado las ideas de la Revolución; pero cuando usted tenga más años comprenderá que los principios de libertad no hacen más felices a los pueblos. Se encuentra usted en el momento de la vida en que es preciso elegir. Sea de los nuestros —y agregó sonriendo—, sobre todo ahora que triunfamos. La profundidad política de aquellas palabras me impresionó. Iban amalgamadas con el poder del afecto, que es una alianza que da a las mujeres gran fuerza persuasoria. Parecía como si, queriendo justificar al conde, hubiese previsto las reflexiones que podría yo haber hecho cuando presenció por primera vez los efectos de las costumbres cortesanas. El señor de Mortsauf, rey en su castillo, había adquirido ante mí mayores proporciones, y confieso que me sorprendió la distancia que, aunque en forma obsequiosa, estableció entre la duquesa y su persona. Este rebajamiento moral del esclavo que quiere servir únicamente a! déspota mayor me conmovió. Y mi conmoción me hizo comprender el suplicio de las mujeres cuyas generosas almas están unidas a la de un hombre bajo y cobarde. El respeto es una barrera que distancia igualmente al grande y al pequeño y les permite mirarse de frente. Fui respetuoso con la duquesa; pero en la persona que los demás no veían sino el título, yo veía a la madre de Enriqueta. Entramos en el patio de Fraspelle, donde se hallaban nuestros compañeros. El conde de Mortsauf me presentó a la duquesa, que me examinó con detenimiento. Sus modales eran los de una gran dama. Al contemplar sus sienes surcadas por arrugas, su rostro seco y su estatura imponente, reconocí que era de la especie de mujeres frías a que pertenecía mi madre. Su manera de hablar era la de la antigua Corte, lo que quiere decir que pronunciaba mal la mayor parte de las palabras. Mi conducta fue tan correcta que cuando fuimos a las vísperas la condesa dijo en mi oído: —Se porta usted bien. El conde, cogiéndome del brazo, me dijo: —Me parece, Félix, que no estamos enfadados. Perdone usted las ligerezas de un viejo camarada. Hoy probablemente comeremos aquí, y le invitaremos para el jueves. Yo tendré que ir a Tours a ventilar algunos asuntos; pero usted, en mi ausencia, no deje de venir por Clochegourde, pues mi madre política es una amistad que le conviene frecuentar. Conoce las tradiciones de la antigua Corte y sabe los blasones de toda la nobleza europea. El conde se mostró sencillo, y la duquesa no hizo ostentación de protectora. Los señores de Chessel aceptaron la invitación que se les hizo de que fueran el jueves a comer a Clochegourde. Cuando regresábamos de las vísperas la duquesa me preguntó si era pariente del Vandenesse empleado en la diplomacia. Le respondí que era mi hermano. Ella se mostró más amable, y me hizo saber que mi tía la marquesa de Listemère era de la familia de los Grandlieu. Me dio muchas particularidades de mi familia, que a mí me eran totalmente desconocidas, y me dijo que un tío segundo mío, al cual no conocía yo ni de referencia, formaba parte del Consejo privado; que a mi hermano le habían ascendido en su carrera, y que mi padre, en virtud de uno de los artículos de la Carta, volvía a ser marqués de Vandenesse. —Yo no quiero ser más que siervo de Clochegourde—dije a la condesa en voz baja. La restauración se hacía con una prisa que no dejaba de sorprender a la juventud educada durante el régimen imperial. Pero para mí aquella restauración no significaba nada; lo único a que concedía importancia era a las miradas y a las frases de Enriqueta. Aquel día se reunieron en la mesa de Fraspelle treinta personas. Para mí fue una satisfacción poder comprobar que la mujer que yo amaba era la más bella y la más admirada de todas. El conde se mostró feliz y casi joven. Yo bromeaba con Magdalena, que me hacía reír con sorprendentes observaciones. Su carácter era burlón, pero no tenía malicia. Yo estaba contento y, viéndome tan alegre, también Enriqueta se mostraba regocijada. —Esta alegría en su vida es de buen presagio—me dijo después. El día siguiente lo pasé también en Clochegourde. El conde se había marchado a Tours. Entre madre e hija había surgido la discordia. La duquesa quería que Enriqueta fuera a la Corte, donde se le daría un cargo real. Enriqueta no había confiado su secreto ni a su madre, y no queriendo que la duquesa se diera cuenta de la incapacidad mental de su marido, lo había mandado a Tours para que riñera con los curiales. Por tanto, oponía a su madre argumentos basados en que los aires de aquel valle ejercían una benéfica influencia en la salud de sus hijos. Enriqueta, en la discusión, se dio cuenta de que a su madre no le preocupaba nada, ni Santiago ni Enriqueta. La duquesa, como toda madre acostumbrada a mandar sin réplica, al ver que sus argumentos eran inútiles para decidirla, se valió de la ironía, procedimiento que también empleaba mi madre. En diez años experimentó Enriqueta todos los dolores que experimentan las jóvenes cuando tienen que hacer esta clase de rebeldías. Yo la veía como un lirio destrozado entre los engranajes de una máquina calculadora y fría. Pero aquella madre, como no se parecía en nada a su hija, no supo adivinar ninguna de las razones que obligaban a Enriqueta a rechazar las ventajas que le proporcionaba la Restauración y creyó en algún amor entre su hija y yo. Estas frases que dejóse decir un día, abrió entre su hija y ella un abismo que en lo sucesivo nada podría llenar. Aunque las familias procuren ocultar sus disidencias, si penetráis en ellas, encontraréis llagas incurables u odios latentes que van poco a popo royendo los corazones y dejan secos los ojos cuando llega la muerte. Entonces pude comprender la enérgica paciencia que Enriqueta tenía que desplegar y comprendí mejor la significación de sus palabras: "Ámeme usted como me amaba mi tía." En la hora de la comida me preguntó la duquesa con tono duro: —¿Usted no tiene ambiciones? —Señora— le respondí, sosteniendo su mirada—, creo tener fuerzas para dominar el mundo, pero acabo de cumplir los veintiún años y me encuentro solo. La duquesa dirigió a su hija una mirada de asombro, porque suponía que por retenerme a su lado mataba en mí toda ambición. La permanencia de la señora de Lenoncourt en Clochegourde fue para nosotros un misterio. La condesa me recomendó que no pronunciara ninguna palabra con dulzura y me vi obligado a disimular. Con la llegada del jueves, que era día de molesto ceremonial, uno de esos días que los amantes aborrecen, porque habituados a la familiaridad de la vida ordinaria, los aparta de su amor, que es todo lo que les interesa. Por fin todo quedó en orden en Clochegourde, pues la duquesa marchó a la corte a disfrutar de todas las pompas que ésta podía ofrecerla. Aquella simple disputa con el conde me ¡había beneficiado, pues me hizo más íntimo en la casa, donde podía ir a cada momento sin que mis frecuentes visitas despertaran ninguna desconfianza, y los precedentes de mi vida me hicieron trepar en aquella alma tan bella que me ofrecía un mundo tan encantador. Cada día, cada momento, nuestro fraternal afecto, que se hallaba fundado en la confianza, se fue haciendo más coherente, más íntimo; me envolvía la condesa en la protección vivificadora de su amor maternal completamente, en tanto que mi pasión, al parecer seráfica, lejos de ella se hacia ardiente como un candente hierro. Confesaré que no era todavía bastante hombre para atormentar a aquella mujer, y que por ser tan joven estaba lleno de fogosos deseos y me mantenía en las creencias del amor platónico, y que ella, siempre temiendo que la muerte le arrebatara sus hijos, esperaba una tempestuosa variación en el carácter de su esposo, que le atormentaba sin cesar. Pasaba las horas sentada a la cabecera de la cama de Santiago, que la tenia afligida con su enfermedad, o al lado de la de Magdalena, todo el tiempo que el conde se lo permitía. Cualquier deseo la ofendía, y una palabra demasiado viva llegaba a atormentarla; tenia necesidad de un amor velado, una especie de ternura que era lo que ella sentía por los demás. Como te amo tanto, te puedo confesar que esta situación tenía momentos de encantadoras languideces, instantes de divina suavidad y algunas satisfacciones seguidas de tácitos sacrificios. Era contagiosa su conciencia y su abnegación, sin recompensa humana, y asombraba por la persistencia obrando en su alrededor como un incienso espiritual aquella viva y secreta piedad unida al resto de sus virtudes. Por otra parte, yo era demasiado joven para que llegara a satisfacerme el beso que en muy pocas ocasiones me permitió depositar en el dorso de su mano, pues nunca me presentó la palma, sin duda porque a su juicio, era donde empezaba 1a voluptuosidad del sensualismo. Quizá nunca se unieron con más ardor dos almas, ni fue jamás domado el cuerpo con más intrepidez. Comprendí la causa de esta felicidad, pasado el tiempo. Porque más tarde no amamos más que en una mujer al resto de las mujeres, mientras que en la mujer amada todo 1o amamos; son nuestros sus hijos, nuestra es su casa, nuestros sus intereses y nuestra mayor desgracia es su misma desgracia; sus vestidos y sus muebles los amamos y llegamos a sentir sus pérdidas más que nuestra propia ruina, llegando a molestarnos hasta las visitas que desadornan los adornos de su chimenea. Este amor santo nos hace vivir a uno en el otro, en tanto que después atraemos a nosotros una vida, suplicando a la mujer que enriquezca nuestras facultades empobrecidas con la frescura de sus sentimientos. Pronto llegué a ser considerado como un miembro más de la familia, llegando a experimentar por vez primera en mi vida una infinita dulzura que para mi alma fue como un baño para el cuerpo fatigado: hasta sus más profundos repliegues se sintió mi alma refrescada. Como eres mujer, tú no puedes comprender esto: es una felicidad que llegáis a proporcionar sin que por ello recibáis ninguna recompensa. Nadie más que un hombre conoce el placer infinitamente dulce de ser preferido en un hogar extraño y el secreto centro de sus afecciones; no le ladran los perros, y los criados, lo mismo que los perros, reconocen las ocultas insignias que lleva, y los niños, para quienes su parte no disminuye en nada y todo sigue igual, que conocen su benevolencia y tienen su espíritu de adoración, le adoran haciéndole objeto de las dulces tiranías que guardan para los seres adorados, haciendo gala de discreciones plenas de gracia, siendo cómplices inocentes, se aproximan andando de puntillas, sonriendo y alejándose en silencio. Las verdaderas pasiones son como bellas flores que producen tanto más placer cuanto más infecundos son los terrenos en que nacen; pero si bien tuve todas estas satisfacciones, en cambio también llegué a soportar sus cargas. El señor de Mortsauf se había hasta entonces contenido en mi presencia, por lo que yo había podido apreciar todos sus defectos; pero los conocí pronto en todos sus pequeños detalles, lo que me hizo conocer toda la caritativa nobleza de la condesa, que tenía que sostener aquella interminable lucha. Fue entonces cuando pude comprender todas las asperezas del intolerable carácter del conde, sus continuas burlas, sin ningún motivo, las quejas de sus males imaginarios, el innato descontento que estropeaba su vida y la continua necesidad de tiranía que le hacía .devorar cada año nuevas víctimas. Cuando por la tarde salíamos a pasear, él era quien dirigía el paseo, que siempre le parecía enojoso, y cuando llegábamos a casa, la causa de su fatiga atribuía a los demás, diciendo que su mujer le llevaba donde le parecía contra su propia voluntad. Si nadie le contradecía y sus recriminaciones se le escuchaban con resignación silenciosa, la ira se apoderaba de él, preguntando si no imponía la religión a las mujeres el deber de complacer a sus esposos, y si no era una falta gravísima el sentir desprecio por el padre de sus hijos, acabando siempre por atacar la cuerda más sensible de la condesa, con lo que experimentaba un gran placer cuando llegaba a herirla. En muchas ocasiones afectaba un mutismo sombrío, un morboso abatimiento, que llegaba a asustar a la condesa, la que lo atendía con solicitud cariñosa. Como un niño caprichoso ejercía un poder tiránico, sin cuidarse para nada del alma maternal de la que se dejaba mimar como Magdalena y Santiago, de los que se sentía celoso. Acabé por descubrir que lo mismo en las más solemnes circunstancias, como en las más pequeñas, el señor de Mortsauf trataba a su esposa, a sus hijos y a los criados de la misma forma que a mí, cuando jugábamos al chaquette. Cuando llegué a comprender todas las dificultades que tenía que soportar y oprimir los movimientos de aquella familia, que hacían cada día más dificultoso el buen gobierno de la casa, que impedía el acrecentamiento de la fortuna y complicaban las más sencillas y necesarias acciones, llegué a sentir una especie de espantosa admiración que dominó mi amor, relegándole al fondo de mi corazón. ¿Quién era yo? Las penas que había enjugado acabaron por engendrar en mi una sublime embriaguez, llegando a sentir una gran felicidad en hacerme participe de los sufrimientos de aquella mujer tan martirizada. Como el contrabandista que se somete a pagar las multas, hube de someterme al despotismo del conde, y desde entonces fui ofreciéndome involuntariamente a los latigazos del déspota por sólo aproximarme aún más a Enriqueta. La condesa adivinó mi sacrificio, dándome un puesto a su lado y haciéndome la recompensa de permitirme tomar parte en sus sufrimientos, como en otra época el arrepentido apóstata, ansioso de llegar con sus hermanos al cielo, tuvo la gracia de encontrar la muerte en el circo. —No hubiera podido seguir viviendo si no hubiera sido por usted—me dijo Enriqueta una tarde en que el conde, al igual que las moscas en estío, había estado más mordaz y más cruel que lo estaba de costumbre. Mientras el conde se hallaba acostado, Enriqueta y yo quedábamos bajo las acacias al empezar las primeras horas de la noche. Los pálidos rayos de la luz lunar bañaban a los niños, que jugaban cerca de nosotros. Nuestras palabras eran raras y casi estaban reducidas a exclamaciones, no demostraban la semejanza de ideas que al menos nos compensaban de nuestras penas comunes. El silencio traducía con fidelidad el estado de nuestras almas, cuando faltaban las palabras, compenetrándonos tanto el uno en el otro sin que nuestros espíritus fueran invitados por el beso. Saboreábamos juntos el encanto de un pensativo éxtasis, aventurándonos en las ondulaciones de un mismo sueño, sumergiendo nuestras almas en el río de cuyas frescas aguas salían como dos ninfas, unidas con tanta estrechez como pudieran desear los celos, pero sin ningún terrestre lazo. Nos lanzábamos a un abismo sin fondo, y volviendo a la superficie con las manos vacías y dirigiéndonos esta interrogadora mirada: —¿Tendremos, por fin, algún día nuestro? ¿Por qué ha de murmurar la carne cuando la voluptuosidad nos adorna de flores nacidas sin raíz? A pesar de la poesía de aquella espléndida noche que ponía en los ladrillos de la balaustrada tonos puros y suaves; a pesar de aquella atmósfera religiosa que nos comunicaban los gritos de los niños, circulaba el deseo por nuestras venas como si fuera un fuego inundado de alegría. Me parecía muy pequeña la parte que se me concedía después de tres meses, y acaricié con dulzura la mano de Enriqueta, con el deseo de contagiarle la voluptuosa sensualidad que me estaba abrasando. Enriqueta, volviendo a ser la condesa de Mortsauf, me retiró su mano, que hizo brotar de mis ojos algunas lágrimas; cuando las vio, me dijo, extremando su dulzura: — Usted sabe muy bien que todo esto me cuesta muchas lágrimas. Es muy peligrosa la amistad que puede, solicitar favores tan grandes. Sin poderme contener le dirigí reproches, haciendo notar mis sufrimientos y la insignificante prueba que suplicaba para poder soportarlos. Llegué a atreverme a decirle que a mi edad, los sentimientos se reconcentraban en el alma, pero que el alma tenía sexo; que podía saber morir, pero que en silencio no había de hacerlo. La condesa me dirigió una altiva mirada que me hizo callar, y en la que parecía decirme: "¿es que yo estoy sobre un lecho de rosas?" Quizá también esta vez me estaba engañando. Desde el día en que en la puerta de Fraspelle le había atribuido aquel pensamiento que ponía de manifiesto la tumba de nuestra felicidad. Me avergonzaba de pretender manchar su alma con los deseos de una brutal pasión. Con voz dulce me dijo que yo ya sabía que no podía ser toda para mí. Incliné la cabeza, y ella añadió que tenía la seguridad de poderme amar como a un hermano, sin ofender a Dios ni a los hombres. Si yo no podía ser para ella algo parecido a su anciano confesor, era preciso que dejáramos de vernos, pues ella sabría morir ofrendando a Dios sus sufrimientos. —Con objeto de que no tuviera nada que tomar, le he dado a usted más de lo que podía—dijo—, y ahora sufro el castigo. Me vi obligado a tranquilizarla, asegurándole que en lo sucesivo no sufriría por mi culpa dolor alguno, y que sabría amarla a los veinte años como los viejos aman a su hijo último. Al día siguiente me presenté temprano en el castillo. Enriqueta no tenía llores para adornar el salón, y salí al campo para reunir dos ramilletes. Con ayuda de Santiago y Magdalena, alegres los tres por estar preparando una agradable sorpresa a la que amábamos, empecé a formar los ramilletes, imagínate una fuente cayendo en orlas de rosas blancas, que rodeaban un hermoso lirio. Sobre aquel tejido, flotaban las violetas y los miosotis, todas las flores azules, cuyo color armonizara con el blanco. El amor tenía un blasón, y la condesa, al descifrarlo, me dirigió una mirada incisiva que me hizo al mismo tiempo experimentar dolor y placer. Había yo resucitado una ciencia perdida en Europa: la del padre Claret, que sustituía las alegorías orientales con flores perfumadas. Durante mi permanencia en Fraspelle estudié las gramíneas con un objetivo que tenía más de poeta que de botánico. Para encontrar una flor tenía que ir frecuentemente muy lejos, a orillas de los arroyos o a los bordes del valle. Ni la declaración más apasionada ni el testimonio más violento, tuvieron jamás la significación precisa que tenían aquellas poéticas ofrendas en las que mi deseo me hacía poner verdaderas sinfonías. La condesa ante las flores no era más que Enriqueta. Comprendía todos los pensamientos que yo quería representar con ellas y me daba por suficientemente recompensado cuando, alzando la cabeza, le oía decir: —¡Qué hermoso es! Se comprende esta correspondencia mediante un ramo de flores como se comprende al poeta árabe Saadi por el fragmento de unas de sus poesías ¿Has percibido durante la primavera, en el campo, el perfume que a todos los seres comunica la embriaguez dé la fecundación? ¿No hace que introduzcas tus manos en el río, y que sueltes tu cabellera para que el viento la acaricie y la despeine? Hay una hierbecita, que es la menta odorífera, que es el principio de esta armonía inexplicable. Pon en un ramo de flores esas hojas rayadas en blanco y en verde: exhalaciones inagotables removerían el fondo del corazón, las rosas en capullo, que el pudor hace inclinar con su peso. ¿Qué mujer embriagada por el aroma afrodisíaco que contiene la menta no se dará cuenta de las ideas sumisas, de la ternura que turba los movimientos, que no se pueden refrenar, del ardiente deseo de felicidad que apareja el amor a pesar de las luchas continuas que provoca? Colocad uno de esos ramos a plena luz para que la que consideráis vuestra reina vea una flor de la que cae una lágrima, y estará tan próxima a ceder que será preciso la voz de sus hijos para que se contenga al borde del abismo. ¿No son aromas, luz y cánticos lo que ofrendamos a Dios como la expresión .más pura de nuestras almas? ¿No le ofrecemos también el amor en el poema de las flores que en las iglesias se le consagran y en las que encerramos ilusiones no confesadas que aparecen y se extinguen como estrellas en los cielos de las noches tranquilas? Muchas veces he visto a Enriqueta ante uno de aquellos ramos, con los brazos caídos, abismada en tempestuosos ensueños, durante los que el deseo hinchaba su pecho y, estrellándose llenos de espuma en su alma, le dejaban en una laxitud dulce. Cuando inventé aquel lenguaje, aquella manera de entendernos, para nuestro uso, experimenté la misma alegría del esclavo que burla la vigilancia de su señor. Algunos días, desde el jardín, veía su rostro pegado a los cristales, pero cuando me presentaba en la sala la hallaba ya bordando. Si no me presentaba a la hora que tenía por costumbre, la encontraba en la terraza, y, al verse sorprendida, me decía: —He llegado antes que usted. Hay que tener un poco de coquetería con el último hijo. El conde y yo habíamos interrumpido nuestras partidas de chaquette. Las adquisiciones que últimamente le habían otorgado le tenían muy ocupado. Su esposa y yo íbamos muchas veces a buscarle a sus nuevas posesiones acompañados por los niños. Estos, durante el paseo, solían adelantarse para coger flores o cazar mariposas Para mí aquellos paseos en los que tenía oportunidad de dar el brazo a la mujer amada constituían una gran felicidad. Al regreso volvíamos con el general, que era como llamábamos al conde en los momentos en que éste se encontraba de buen humor. Durante el retorno nos bastaba una mirada o un apretón de manos para considerarnos felices. Las palabras, entonces, tenían significaciones misteriosas, porque las palabras son libros de la idea, y las mujeres son maestras en el arte del disimulo del lenguaje. ¿Quién no habrá experimentado el placer de entenderse de esta manera, como en una esfera para los otros desconocida y en la que las almas se salen del lenguaje corriente? * * * En una ocasión concebí locas esperanzas, que no tardaron en convertirse en humo; cuando, contestando a una pregunta del conde, que deseaba saber de qué estábamos hablando, respondió Enriqueta con una frase, que podía tener doble sentido, que a su esposo dejó satisfecho. Pero esta broma hizo reír a Magdalena, y su madre, al oírla reírse se ruborizó, y con una mirada llena de severidad me dio a entender que como estaba decidida a ser una buena esposa, podía retirarme su afecto de la misma manera que me había retirado su mano. De esta manera llegamos a la época de la vendimia, que es la de verdaderas fiestas en Turena. A fines de septiembre, como el sol es menos ardoroso que durante la siega, se puede permanecer en el campo, y además es mucho más sencillo cortar los racimos que las espigas de trigo. Terminada la recolección y la uva madura, el pan está barato y la abundancia provoca siempre el júbilo. La vendimia es como el postre de la recolección. En la Turena hospitalaria los vendimiadores comen y duermen en la misma casa, y reciben el trato de importancia que las familias patriarcales otorgan a los niños en las fiestas. Clochegourde estaba lleno de gente y de provisiones. La despensa constantemente abierta. Parecía que todo se animaba con e! movimiento de las carretas en que llegaban grupos de gentes alegres y de labriegos, que, con la esperanza de obtener buenos salarios, cantaban con el menor motivo. Como Santiago y Magdalena habían estado siempre enfermizos, no habían presenciado ninguna vendimia, y yo me hallaba en el mismo caso que ellos. Los niños y yo habíamos decidido ir a verla, y su madre nos ofreció acompañarnos. En Villainos era donde entonces se fabricaban las cestas, y habíamos ido allí a encargarlas, porque nos proponíamos vendimiar algunas cepas. Aquellos niños, que ordinariamente se mostraban pálidos y enfermizos, estuvieron aquella mañana más sonrosados que lo habían estado nunca. Gritaban llenando a sus padres de alegría, pues nunca los habían visto manifestarse de aquella forma, y yo fui tan niño como ellos. Cuando nos encaminamos hacia las viñas, el tiempo era hermoso. Disputábamos acerca de quién encontraría los más gruesos racimos y sobre quién había de llenar primero su cesta. Enriqueta no pudo menos de reírse, cuando, imitando a Magdalena, me puse tras ella y le dije: —¿Y los niños, mamá? Ella me contestó sonriendo: —No te sofoques. Después, pasándome la mano por los cabellos y dándome una palmadita en el carrillo, agregó: —¡Cómo sudas! Fue la única vez que me trató de tú. Los setos estaban cubiertos de grana. Contemplé a los niños, y me fijé en corno los vendimiadores iban llenando de uvas las carretas. Aquella imagen quedó grabada en mi memoria, incluso el tierno almendro en que se hallaba Enriqueta recostada. Después, empecé a cortar racimos. Llenaba mi cesta y la vaciaba en la carreta. Experimentaba el placer que proporciona un trabajo corporal. Sin aquel movimiento