libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Balzac, Honorato de (1799-1850)) Nació el 20 de mayo de 1799 en Tours (Francia). Cursó estudios en el Colegio de Vendôme y más tarde de Derecho en la Sorbona por deseo de su padre entre 1818 y 1821. Posteriormente trabaja como pasante de un notario pero abandona pese a la oposición paterna para dedicarse a la escritura. Desde 1821 trabaja con Auguste Lepoitevin, entra en el taller de escritores a destajo de éste, y donde bajo seudónimos diversos, empieza a escribir novelas comerciales. Entre 1822 y 1829 vivió en la más absoluta pobreza, escribiendo teatro trágico y novelas melodramáticas que apenas tuvieron éxito. En 1825 probó fortuna como editor e impresor, pero se vio obligado a abandonar en 1828 al borde de la bancarrota y endeudado para el resto de su vida. En 1829 escribió la novela Los chuanes, la primera que lleva su nombre, basada en la vida de los campesinos bretones y su papel en la insurrección monárquica de 1799, durante la Revolución Francesa. Trabajador infatigable, produciría cerca de 95 novelas y numerosos relatos cortos, obras de teatro y artículos de prensa en los 20 a?os siguientes. En 1832 mantiene contacto a través de cartas con una condesa polaca, Eveline Hanska, quien prometió casarse con él tras la muerte de su marido. Éste murió en 1841, pero no se casaron hasta marzo de 1850. En 1834 concibió la idea de fundir todas sus novelas en una obra única, La comedia humana, pretendía ofrecer un retrato de la sociedad francesa en todos sus aspectos, desde la Revolución hasta su época. En una introducción escrita en 1842 explicaba la filosofía de la obra, en la cual se reflejaban algunos de los puntos de vista de los escritores naturalistas Jean Baptiste de Lamarck y Étienne Geoffroy Saint-Hilaire. La obra incluiría 150 novelas, divididas en tres grupos principales: Estudios de costumbres, Estudios filosóficos y Estudios analíticos. Entre las novelas más conocidas de la serie destacan Papá Goriot (1834), Eugénie Grandet (1833), La prima Bette (1846), La búsqueda del absoluto (1834) y Las ilusiones perdidas (1837-1843). Entre sus numerosas obras destacan, además de las ya citadas, las novelas La piel de zapa (1831), El lirio del valle (1835-1836), César Birotteau (1837), Esplendor y miseria de las cortesanas (1837-1843) y El cura de Tours (1839); los Cuentos libertinos (1832-1837); la obra de teatro Vautrin (1839); y sus célebres Cartas a la extranjera, que recogen la larga correspondencia que mantuvo desde 1832 con Eveline Hanska. En abril de 1845 recibe la Legión de Honor. Falleció el 18 de agosto de 1850. LA INTERDICCIÓN HONORATO DE BALZAC   Dedicada al señor contra- almirante Bazoche, gobernador de la isla Borbón, por el autor agradecido.     En 1828, á eso de la una de la madrugada, dos personas salían de un palacio situado en el arrabal de Saint-Honoré, cerca del Eliseo-Borbón; uno de ellos era un médico célebre, Horacio Bianchón, y el otro uno de los hombres más elegantes de París, el barón de Rastignac, ambos amigos desde hacía mucho tiempo. Los dos habían despedido su coche, y, aunque no lograron encontrar ninguno en el arrabal, como la noche estuviese hermosa y el piso seco, Eugenio de Rastignac dijo á Bianchón: —Vamos á pie hasta el bulevar, tomaremos un coche en el círculo, donde los hay hasta el amanecer, y me acompañas á casa. —Con mucho gusto. —Y bien, querido mío, ¿qué me dices? —¿De esa mujer? respondió fríamente el doctor. —Reconozco en ti á mi Bianchón de siempre, exclamó Rastignac. —Y bien, ¿qué? —Pero, amigo mío, me hablas de la marquesa de Espard como si se tratase de un enfermo que desease entrar en tu hospital. —¿Quieres saber lo que pienso, Eugenio? Pienso que si dejas á la señora Nucingen por esa marquesa, habrás cambiado los ojos por el rabo. —La señora Nucingen tiene treinta y seis años, Bianchón, —Y la otra treinta y tres, se apresuró á replicar el doctor. —Sus más crueles enemigos no le echan veintiséis. —Querido mío, cuando tengas interés en conocer la edad de una mujer, mírale las sienes y la punta de la nariz. Por mucho que hagan las mujeres con sus cosméticos, no podrán nunca contra esos incorruptibles testigos de sus agitaciones. En esos dos puntos es donde deja cada año sus estigmas. Cuando las sienes de la mujer están blandas, rayadas y ajadas de un modo especial; cuando en la punta de la nariz se ven esos puntitos negros, que se parecen á las imperceptibles partículas que derraman sobre Londres las chimeneas donde se quema carbón de piedra, ten la seguridad absoluta de que la mujer pasa de los treinta años. Será hermosa, tendrá gracia, será amante, gozará de cuantos encantos quieras, pero pasará de los treinta años y ha llegado ya á su madurez. No critico yo al que se enamora de esta clase de mujeres; pero entiendo que un hombre tan distinguido como tú no debe confundir una camuesa de febrero con una manzana que sonríe en su rama y está pidiendo un mordisco. Ya sé que el amor no va á consultar nunca la partida de bautismo: nadie ama á una mujer porque tenga tal ó cual edad, porque sea hermosa ó fea, estúpida ó inteligente, sino que se ama porque se ama. —Pues bien, yo la amo por otras muchas razones. Es marquesa de Espard, se apellida Blamont-Chauvry, está hoy de moda, tiene gran alma, un pie tan bonito como el de la duquesa de Berry, cien mil francos de renta, y acaso sea algún día mi esposa; en una palabra, que me pondrían en posición de poder pagar todas mis deudas. —Yo te creía rico, dijo Bianchon interrumpiendo á Rastignac. —¡Bah! tengo quince mil francos de renta, que es precisamente lo que necesito para sostener mis cuadras. Querido mío, me la pegaron inicuamente en el asunto Nucingen. Ya te contaré esa historia. He casado á mis hermanas, y esto es lo único que he salido ganando en limpio desde que nos hemos visto, y, á decir verdad, prefiero haberlas establecido que poseer cien mil francos de renta. Ahora ¿qué quieres que haga? Yo soy ambicioso. ¿Adónde puede llevarme la señora Nucingen? Un año más, y estaré estropeado y cascado como un hombre casado. Sufro hoy todos los inconvenientes del matrimonio y los del celibato, sin tener las ventajas del uno ó del otro, situación falsa á que llegan todos los que permanecen demasiado tiempo cosidos á una misma falda. —¿Y crees encontrar aquí la solución del problema? Dijo Bianchón. Tu marquesa, querido mío, no me es nada simpática. —Es que tus opiniones liberales te ofuscan. Si la señora de Espard fuese una señora Rabourdín... —Escucha, querido mío; noble ó plebeya, esa mujer para mí no tiene alma, y será siempre el tipo más acabado del egoísmo. Créeme, los médicos estamos acostumbrados á juzgar á los hombres y á las mujeres, y los que somos un tanto hábiles, reconocemos el alma al mismo tiempo que el cuerpo. A pesar de ese bonito saloncito donde hemos pasado la noche, á pesar del lujo de ese palacio, no tendría nada de particular que la marquesa estuviese empeñada. —¿En qué te fundas para decir eso? —Yo no afirmo; supongo. Esa mujer ha hablado de su alma como el difunto Luis XVIII hablaba de su corazón. Escúchame; esa mujer raquítica, blanca y de cabellos castaños, que se queja para inspirar compasión, goza de una salud de hierro y posee un apetito de lobo y una fuerza y una cobardía de tigre. Jamás he visto disfrazar á nadie como á ella la mentira. ¡Ecco! —Me asustas, Bianchón. ¿De modo que has aprendido muchas cosas desde que vivíamos en la casa Vauquer? —Desde entonces, querido mío, he visto infinidad de títeres y de muñecos. Conozco algo las costumbres de esas hermosas damas, cuyo cuerpo cuidamos y lo que ellas tienen de más precioso, ó sea su hijo, cuando le aman, y su rostro, por el que siempre sienten adoración. Pasa uno las noches á su cabecera, se sacrifica uno por evitar la más ligera alteración de su belleza, y, una vez que lo has logrado y que les ha guardado uno el secreto, piden la cuenta y siempre la encuentran cara. ¿Quién las ha salvado al fin y al cabo? La naturaleza, dicen ellas. Lejos de alabarle á uno, le critican, á fin de que no pase uno á ser médico de sus mejores amigos. Querido mío, esas mujeres de quienes vosotros decís: «¡Son unos ángeles!» las he visto yo desprovistas de esas mascarillas, bajo las cuales cubren su alma, y de esos trapillos, bajo los cuales ocultan sus imperfecciones; en una palabra, sin corsé y sin adornos, no resultan en verdad hermosas. Cuando vivíamos en la casa Vauquer, empezamos ya por ver mucha suciedad en el mundo; pero lo que hemos visto allí no era nada. Desde que frecuento el gran mundo, he visto verdaderos monstruos vestidos de satén y grandes señores ejerciendo la usura en mayor escala que el papá Gobsech. Para vergüenza de los hombres, cuando he querido dar la mano á una virtud, la he encontrado temblando de frío en una buhardilla, perseguida por la calumnia, viviendo con mil quinientos francos al año y pasando por una loca, por una original ó por una estúpida. En fin, querido mío, la marquesa es una mujer á la moda, y esa clase de mujeres son, precisamente, las que me causan más horror. ¿Quieres saber por qué? Una mujer que está dotada de alma grande, de gusto delicado, de gran corazón, y que hace una vida sencilla, no tiene probabilidad alguna de ser una mujer á la moda. En definitiva, una mujer á la moda y un hombre en el poder, tienen perfecta analogía; pero existe la diferencia de que las cualidades mediante las cuales se eleva un hombre por encima de los demás, le engrandecen y constituyen su gloria; mientras que las cualidades por medio de las cuales llega una mujer á su imperio de un día, son en realidad espantosos vicios: la mujer se desnaturaliza para ocultar su verdadero carácter, y tiene que tener una salud de hierro bajo una apariencia raquítica, á fin de poder hacer la vida militante del mundo. En calidad de médico, sé que la bondad del estómago excluye la bondad del corazón. La mujer á la moda no siente nada, su afán de placeres tiene por causa el deseo de animar su naturaleza fría, y busca emociones y goces, como los busca el anciano entre los bastidores de la Opera. Como tiene más cabeza que corazón, sacrifica en pro de su triunfo las pasiones verdaderas y á los amigos, del mismo modo que el general hace entrar en fuego á sus más adictos oficiales para ganar una batalla. La mujer á la moda no es siquiera mujer: no es ni madre, ni esposa, ni amante. Médicamente hablando, tiene el sexo en el cerebro. Del mismo modo, tu marquesa ofrece todos los síntomas de su monstruosidad: tiene el pico de ave de presa, los ojos claros, la mirada fría y la palabra engañadora; está pulida como el acero de una máquina, y la conmueve todo, menos el corazón. —Bianchón, no deja de haber algo de verdad en lo que dices. —¿Algo de verdad? ¡todo! repuso Bianchón. ¿Crees acaso que yo no me sentí herido en lo más profundo de mi corazón por la insultante cortesía con que me hacía medir la distancia ideal que la nobleza pone entre nosotros? ¿Crees que no me sentí apiadado al pensar en el objeto que perseguía con sus caricias de gata? Dentro de un año, esa mujer no se tomaría la molestia de escribir ni una letra para hacerme el más insignificante favor, y esta noche me ha prodigado infinidad de sonrisas creyendo que yo puedo influir sobre mi tío Popinot, de quien depende el que ella gane su pleito. —Y bien, amigo mío, ¿hubieras preferido acaso que te hubiera hecho desprecios? Admito tu catilinaria contra las mujeres á la moda, pero en esto último entiendo que no estás en lo cierto. Yo preferiría siempre tener por mujer á la marquesa de Espard, que á la criatura más casta, más recogida y más amante de la tierra. Cásese usted con un ángel, y es preciso ir á enterrarse con ella en el interior de un campo para poder disfrutar de su dicha. La mujer de un hombre político es una máquina de gobierno, es un autómata destinado á hacer agradables cumplidos, es el instrumento primero y más fiel de que se sirve un ambicioso; en una palabra, es un amigo á quien se puede comprometer sin peligro y á quien se puede desaprobar sin consecuencia. Supón á Mahoma en París, en el siglo XIX; su mujer sería una Robán, una duquesa de Chevreuse de la Fronda, fina y halagüeña como un embajadora y astuta como Fígaro. La mujer amante no le conduce á uno á ningún lado, mientras que una mujer de mundo le conduce á uno á todas partes, y es el diamante con que el hombre corta todos los vidrios cuando no posee la llave de oro con que se abren todas las puertas. A los modestos, las virtudes modestas; á los ambiciosos, los vicios de la ambición. Por otra parte, amigo mío, ¿crees tú que el amor de una duquesa de Langeais, ó de Maufrigneuse, ó de una lady Dudley, no le proporciona á uno inmensos placeres? ¡Si supieras cuánto valor da la actitud fría y severa de esas mujeres ó la menor prueba de su afecto! ¡Qué alegría ver una pervinca despuntando bajo la nieve! Una sonrisa dirigida por debajo del abanico, desmiente la reserva de una actitud dispuesta por el mundo, y equivale a todas las ternuras excesivas de la mujer vulgar de abnegación hipotética, pues en el amor la abnegación está muy cerca de la especulación. Además, una mujer á la moda, una Blamont-Chauvry, también tiene sus virtudes. Estas son la fortuna, el poder, el brillo, un cierto desprecio por todo lo que está debajo de ella. —Gracias, dijo Bianchón. —Vamos, vamos, respondió Rastignac riéndose, no seas vulgar y haz como tu amigo Desplein: sé barón, sé caballero de la orden de San Miguel, aspira á la dignidad de par y casa a tus hijas con duques. —¿Yo? ¡ca! ¡llévese el diablo...! —¡Vaya, vaya, vaya! ya veo que sólo eres superior en medicina; á decir verdad, me causas lástima. —¡Qué quieres! odio á todas esas gentes y deseo vivamente que haya una revolución que nos libre por completo de ellas. —Según eso, señor Robespierre con lanceta, ¿no irás mañana á casa de tu tío Popinot? —Sí, dijo Bianchón, tratándose de ti, iría hasta el infierno. —Querido mío, te lo agradezco en el alma, y te doy las gracias con lágrimas en los ojos. He jurado que el marqués saldría perdiendo. —Pero, dijo Horacio continuando, no te aseguro el logro de tus deseos hablando á Juan Julio Popinot, pero te prometo llevarlo pasado mañana á casa de tu marquesa, y ella verá si puede conquistarle. Mucho me temo que no. Todas las trufas, todas las duquesas, todos los pollos, que el rey le prometiese la dignidad de par y que Dios le diese la investidura del paraíso y las rentas del purgatorio, en una palabra, todos los poderes del mundo no creo que sean bastantes á hacerle prevaricar. Popinot es juez como la muerte es la muerte. Los dos amigos habían llegado al ministerio de Estado situado en la esquina del bulevar de los Capuchinos. —Ya estás en tu casa, le dijo Bianchón riéndose y señalando con la mano el edificio del ministerio. Y allí tengo ya coche, dijo señalando un fiacre. Este resume perfectamente nuestro respectivo porvenir. —Sí, tú serás feliz en el fondo del agua, mientras que yo lucharé siempre en la superficie con las tempestades, hasta que, zozobrando, vaya á pedirte algún día puesto en tu gruta. —Hasta el sábado, replicó Bianchón. —Convenido, dijo Rastignac. —¿Me prometes traer á Popinot? —Sí, haré para ello todo lo que mi conciencia me permita. —¡Pobre Bianchón! nunca será más que un hombre honrado, se dijo Rastignac á medida que el fiacre se alejaba. —Rastignac me ha encargado la negociación más difícil que puede haber en el mundo, se dijo Bianchón levantándose y recordando la delicada misión que le había sido confiada. Pero yo no le he pedido á mi tío ningún favor en la Audiencia, mientras que él me ha hecho hacer mil visitas gratis. Por otra parte, entre nosotros creo que habrá franqueza, y una vez que me diga sí ó no, todo habrá acabado. Después de este corto monólogo, el célebre médico se dirigió, á eso de las siete de la mañana, hacia la calle de Fouarre, donde vivía don Juan Julio Popinot, juez de primera instancia del departamento del Sena. La calle de Fouarre fué en el siglo XIII la más ilustre de París. Allí estuvieron las escuelas de la Universidad cuando la voz de Abelardo y la de Jersón resonaban en el mundo científico. Dicha calle es hoy una de las más sucias del distrito duodécimo, que es el barrio más pobre de París, el que cuenta con cerca de dos tercios de su población que carecen de leña en invierno, el que manda más hijos expósitos á la inclusa, más enfermos al hospital, más mendigos y traperos á las calles y el que cuenta con más ancianos achacosos paseándose á lo largo de las paredes en que da el sol, con más obreros sin trabajo en las plazas y con más detenidos en la policía correccional. En medio de esta calle, cuyo arroyo encamina hacia el Sena las aguas negras de algunas tintorerías, existe una casa vieja, restaurada sin duda bajo el reinado de Francisco I y construída con ladrillos mantenidos á intervalos por trozos de pared hechos con piedra tallada. Su solidez parece atestiguada por una configuración exterior que se ve frecuentemente en algunas casas de París. Si se me permite la frase, diré que tiene una especie de vientre producido por la dilatación que sufre el primer piso, abatido por el peso del segundo y del tercero, pero que está sostenido por el fuerte muro del piso bajo. Al primer vistazo, parece que los entredoses de las ventanas van á reventar á pesar de los refuerzos de piedra tallada; pero el observador no tarda en apercibirse de que ocurre con esta casa como con la torre de Bolonia: los ladrillos y las piedras viejas conservan invenciblemente su centro de gravedad. En todas las estaciones, los sólidos zócalos del piso bajo ofrecen ese tinte amarillento y ese imperceptible mugre que la humedad comunica á la piedra. El transeúnte siente frío caminando á lo largo de esta pared, donde algunos poyos inclinados le libran apenas del barro de los cabriolés. Como ocurre en todas las casas construidas antes de la invención de los coches, el hueco de la puerta forma una arcada sumamente baja, bastante parecida al pórtico de una prisión. A la derecha de esta puerta se ven tres ventanas provistas exteriormente de rejas de hierro de malla, tan estrechas y de cristales tan sucios y empolvados, que no permiten ver á los curiosos el destino interior de las piezas húmedas y sombrías á que prestan luz; á la izquierda existen otras dos ventanas semejantes, una de las cuales permanece á veces abierta y permite ver al portero, á su mujer y á sus hijos, corriendo de un lado á otro, trabajando, cocinando, comiendo y gritando en medio de una sala entarimada, donde todo está derruído y adonde se baja por dos escalones, profundidad que parece indicar la progresiva elevación que va adquiriendo el pavimento parisiense. Si algún día de lluvia se abriga algún transeúnte bajo la larga bóveda de vigas salientes y blanqueadas con cal que conduce de la puerta á la escalera, le es difícil dejar de contemplar el cuadro que ofrece el interior de esta casa. A la izquierda se encuentra un jardincito cuadrado, que no permite dar más de cuatro pasos en ningún sentido, jardín de tierra negra donde existen parras sin pámpanos y donde, á falta de vegetación, van á ocupar la sombra de los árboles trozos de papel, trapos y guijarros, cascotes caídos del techo; tierra infértil, donde el tiempo ha impreso, al igual que sobre las paredes, sobre el tronco de los árboles y sobre las ramas, una polvorienta huella. Los dos cuerpos del edificio de que se compone la casa, toman luz de este jardinito, rodeado por dos casas vecinas, decrépitas y amenazando ruina, y en cada uno de cuyos pisos se ve alguna grotesca muestra del oficio ejercido por el inquilino. Allí largas estacas soportan numerosas capas de lana teñida que están secándose; aquí se balancean sobre una cuerda algunas camisas lavadas; más arriba se ven algunos libros recién encuadernados, colocados sobre el tablero prensador; las mujeres cantan, los maridos silban, los niños gritan; el carpintero sierra las maderas; un tornero en cobre hace chirriar el metal; todas las industrias se armonizan para producir un ruido que el número de los instrumentos hace furibundo. El sistema general del decorado interior de este paisaje, que no es ni patio, ni jardín, ni bóveda, y que participa de todas estas cosas, consiste en pilares de madera colocados sobre dados de piedra y que representan ojivas. Dos arcadas dan al jardinito; otras dos, que están frente á la puerta cochera, permiten ver una escalera de madera cuyo pasamano fué antaño una maravilla de carpintería y cuyos viejos peldaños crujen bajo los pies. Las puertas de cada piso ostentan las jambas y el dintel negros de grasa y polvo, y están provistas de dobles puertas forradas de terciopelo de Utrecht y adornadas con clavos dorados dispuestos en forma de rombo. Estos restos de esplendor anuncian que bajo el reinado de Luis XIV esta casa había sido habitada por algún consejero del Parlamento ó por ricos eclesiásticos. Pero estos vestigios del antiguo lujo hacen asomar una sonrisa á los labios á causa del sencillo contraste que ofrecen entre el pasado y el presente. Don Juan Julio Popinot vivía en el primer piso de esta casa, donde la obscuridad, natural á los primeros pisos de las casas parisienses, aumentaba aún á causa de la estrechez de la calle. Este viejo edificio era muy conocido en todo el duodécimo distrito, al que la Providencia había dado aquel magistrado, como da una planta bienhechora para curar ó aliviar cada enfermedad. He aquí el retrato del personaje á quien quería seducir la brillante marquesa de Espard. En calidad de magistrado, el señor Popinot iba siempre vestido de negro, traje que contribuía á hacerle ridículo á los ojos de las personas acostumbradas á juzgarlo todo superficialmente. Los hombres celosos por conservar la dignidad que impone este traje, tienen que someterse á cuidados continuos y minuciosos; pero el señor Popinot era incapaz de obtener para sí la limpieza puritana que exige lo negro. Su pantalón, siempre viejo, parecía de crespón, tela con que se hacen las togas de abogado, y sus posturas habituales acababan por dibujar en él un número tan grande de arrugas, que había lugares en que se veían líneas blancas, rojas ó lustrosas, que denunciaban una avaricia sórdida ó la pobreza más descuidada. Sus gruesas medias de lana se veían bajo sus deformes zapatos. Su ropa blanca tenía esos tonos rojizos que acostumbra á adquirir cuando ha permanecido largo tiempo en un armario, tonos que anunciaban en la difunta señora Popinot la manía por la ropa blanca. La levita y el chaleco del magistrado estaban en armonía con el pantalón, los zapatos, las medias y la ropa interior. Su incuria le causaba una inexplicable dicha, pues el día que estrenaba una levita, procuraba ponerla en armonía con las demás prendas, llenándola de manchas con inexplicable prontitud. El buen hombre esperaba á que la cocinera le advirtiera la vejez de su sombrero, para renovarlo. Llevaba siempre la corbata torcida y nunca procuraba remediar el desorden que su golilla de juez causaba en el abarquillado cuello de su camisa. No cuidaba para nada su cabellera gris y se afeitaba la barba dos veces por semana. Aquel magistrado no llevaba nunca guantes, y, generalmente, se metía las manos en sus recios bolsillos, cuya sucia entrada, casi siempre descosida, añadía un rasgo más á la negligencia de su persona. El que haya frecuentado la Audiencia de París, lugar donde se observan todas las vanidades del traje negro, podrá figurarse el aspecto que ofrecía el señor Popinot. La costumbre de estar sentado días enteros modifica mucho el cuerpo, del mismo modo que el aburrimiento originado por las interminables discusiones de los pleitistas, obra sobre la fisonomía de los magistrados. Encerrado en salas poco espaciosas, sin majestad arquitectónica y donde el aire se vicia muy pronto, el juez parisiense acaba por tener una cara ceñuda y arrugada y entristecida por el aburrimiento, y su tez se marchita y contrae tonos verdosos ó terrosos, según el temperamento del individuo. En fin, á la larga, el joven más guapo y robusto se convierte en una pálida máquina de considerandos, en un autómata que aplica el código á todos los casos, con la flema de las manecillas de un reloj. Resulta, pues, que si la naturaleza había dotado al señor Popinot de un exterior poco agradable, el ejercicio de la magistratura no le había embellecido. Su contextura ofrecía chocantes contrastes: sus gruesas rodillas, sus grandes pies y sus anchas manos, contrastaban con una cara sacerdotal, que tenía cierta semejanza con la cabeza de una ternera, y que estaba mal iluminada por unos ojos blanquecinos desprovistos de sangre, partida por una nariz recta y aplanada, rematada por una frente sin protuberancia y decorada por dos inmensas orejas. Sus cabellos, finos y poco abundantes, dejaban ver su cráneo á intervalos. Un solo rasgo recomendaba este rostro al fisonomista. Este hombre tenía una boca en cuyos labios se adivinaba una bondad divina. Dichos labios, gruesos y rojos, con mil arrugas, sinuosos, expresivos, en los que la naturaleza había impreso la huella de los hermosos sentimientos, hablaban al corazón y anunciaban en aquel hombre la inteligencia, la franqueza, el don de la adivinación y una gracia angelical; de modo que no lo hubiesen comprendido, juzgándole únicamente por su frente deprimida, por sus ojos sin calor y por su vulgar aspecto. Su vida estaba en armonía con su fisonomía, pues encerraba infinidad de trabajos secretos y ocultaba la virtud de un santo. Sus profundos estudios , acerca del Derecho fueron tan gran recomendación para Napoleón cuando reorganizó la justicia en 1806 y en 1811, que, por consejo de Combaceres, fué uno de los primeros nombrados para ocupar la Audiencia imperial de París. Popinot no era intrigante. A cada nueva exigencia, á cada nueva recomendación, el ministro postergaba á Popinot, el cual no puso nunca los pies ni en casa del archicanciller ni en casa del gran juez. De la Audiencia fué, pues, descendiendo hasta el último escalón, á causa de las intrigas de las gentes activas é intrigantes. Por fin, llegó hasta ser nombrado juez suplente. Un grito general se levantó en la Audiencia. «¡Popinot juez suplente!» Esta injusticia asombró á todo el mundo judicial, á los abogados, á los ujieres, á todos en general, excepto á Popinot, que no se quejó. Pasado el primer clamoreo, todo el mundo pensó que no hay mal que por bien no venga, y Popinot siguió siendo juez suplente hasta el día en que el ministro de Justicia más célebre de la Restauración vengó los agravios hechos por los jueces del Imperio á este hombre modesto y silencioso. Después de haber sido juez suplente durante doce años, el señor Popinot debía sin duda morir siendo únicamente juez del tribunal del Sena. Para explicar el obscuro destino de uno de los hombres más eminentes de la magistratura, es necesario hacer aquí algunas consideraciones que servirán para poner de manifiesto su vida y su carácter, y descubrir, al mismo tiempo, algunas de las ruedas de esa gran máquina llamada justicia. El señor Popinot fué clasificado por los tres presidentes que tuvo sucesivamente el tribunal del Sena, en la categoría de los leguleyos, única palabra que puede expresar la idea que de él tenían. No obtuvo, pues, con aquellos señores la reputación de capacidad que sus trabajos le habían dado anteriormente. Del mismo modo que un pintor permanece invariablemente encerrado dentro de la categoría de los paisajistas, de los retratistas, de los pintores de historia ó de marina para el público de los artistas, inteligentes ó necios que, por envidia, por omnipotencia crítica ó por preocupación, ponen trabas á su inteligencia, creyendo todos que hay callos ó durezas en todos los cerebros, estrecheces de juicio que el mundo aplica á los escritores, á los hombres de Estado y á todas las gentes que empiezan por una especialidad antes de ser proclamados universales, asimismo, Popinot encontró mil obstáculos dentro de su carrera. Los magistrados, los abogados, los procuradores, todo ese mundo que se alimenta en el terreno judicial, distingue dos elementos en toda causa: el derecho y la equidad. La equidad resulta de los hechos y el derecho es la aplicación de los principios á los hechos. Un hombre puede tener razón en equidad y no tenerla en justicia, sin que el juez sea acusable. Entre la conciencia y el hecho existe un abismo de razones determinantes, que son desconocidas para el juez y que condenan ó legitiman un hecho. Un juez no es Dios, y su deber es adaptar los hechos á los principios, juzgar especies variadas hasta lo infinito, sirviéndose de una medida determinada. Si el juez tuviese poder para leer en la conciencia y conocer los motivos á fin de que las sentencias fuesen equitativas, cada juez sería un gran hombre. Francia necesita próximamente unos seis mil jueces, y como ninguna generación cuenta con seis mil eminencias, claro es que tampoco puede contar con ellas la magistratura. En medio de la civilización parisiense, Popinot era un cadí muy hábil, que, gracias á su talento y á fuerza de haber manejado la ley, había acabado por reconocer el defecto que implican las aplicaciones espontáneas y violentas. Ayudado por su poder de adivinación judicial, penetraba la envoltura de la doble mentira, bajo la cual ocultan los litigantes el interior de los pleitos. Juez, como el ilustre Desplein cirujano, penetraba las conciencias como este sabio penetraba los cuerpos. Su vida y sus costumbres le habían llevado á la apreciación exacta de los pensamientos más secretos mediante el examen de los hechos. Este magistrado escudriñaba un proceso como Cuvier el humus del globo. Como este gran pensador, iba de deducción en deducción antes de concluir, y reproducía el pasado de la conciencia, del mismo modo que descubría Cuvier un anopluro. Cuando tenía que hacer algún informe, despertábase á veces por la noche sorprendido por un filón de verdad que brillaba de pronto en su pensamiento. Indignado ante las profundas injusticias que rematan estos hechos, en los que todo va en contra del hombre honrado ó en aprovecho de los bribones, dictaba á veces sentencia contra derecho en favor de la equidad en aquellos en que se trataba de cuestiones en cierto modo adivinaticias. Pasaba, pues, entre sus colegas por hombre poco práctico, y sus extensos resultandos prolongaban, por otra parte, las deliberaciones; de modo que cuando Popinot echó de ver la repugnancia con que le escuchaban sus compañeros, optó por informar con brevedad. Decíase que juzgaba mal cierta clase de asuntos; pero como su genio de apreciación era sorprendente, su inteligencia clara y su penetración profunda, fué reputado al fin como hombre de actitud especial para las penosas funciones de juez de instrucción, resultando de aquí que permaneció en este cargo durante la mayor parte de su vida. Aunque sus cualidades le hiciesen eminentemente apto para esta difícil carrera, y aunque tuviese, para algunos, reputación de ser un profundo criminalista que ejercía con cariño su profesión, es lo cierto que la bondad de su corazón le torturaba constantemente y se veía cogido entre su conciencia y su piedad, como entre la espada y la pared. Aunque mejor retribuídas que las del juez civil, las funciones del juez de instrucción no tientan á nadie, porque acarrean demasiada sujeción. Popinot, hombre modesto, virtuoso y sabio, sin ambición y trabajador infatigable, no se quejó nunca de su destino; hizo al público el sacrificio de sus gustos y de su benevolencia y se dejó desterrar á las lagunas de la instrucción criminal, donde supo ser á la vez severo y benévolo. A veces, su escribano entregaba al procesado dinero para comprar tabaco ó ropa, al acompañarle desde el despacho del juez á la Ratonera, prisión temporal que ocupan los procesados mientras están á disposición del juez instructor. Popinot sabía ser juez inflexible y hombre caritativo; nadie obtenía más fácilmente que él confesiones sin recurrir á astucias judiciales, y tenía, por otra parte, la penetración del observador. Este hombre, dotado de bondad, estúpido en apariencia, sencillo y distraído, adivinaba las argucias de los graciosos del presidio, desenmascaraba á las mujerzuelas más astutas y sabía imponerse á los malvados. Circunstancias poco conocidas habían aguzado su perspicacia, pero para dar cuenta de ellas, es necesario penetrar en su vida íntima, pues Popinot sólo era juez, mirado desde el punto de vista social. En su vida íntima era un hombre más grande aún y menos conocido. Doce años antes del día en que empieza esta historia, en 1816, durante aquella terrible penuria que coincidió fatalmente con la permanencia de los titulados aliados de Francia, Popinot fué nombrado presidente de la comisión extraordinaria instituída para distribuir socorros á los indigentes de su distrito, en el momento en que proyectaba abandonadla calle de Fouarre, cuya habitación le gustaba tan poco á él como á su mujer. Este gran jurisconsulto, este gran criminalista, cuya superioridad parecía á sus colegas una aberración, hacía ya cinco años que conocía los resultados judiciales, sin haber tenido en su poder las causas. Subiendo á las buhardillas, viendo de cerca la miseria, estudiando las crueles necesidades que impulsan gradualmente á los pobres á hacer acciones vituperables y midiendo, en fin, sus prolongadas luchas, acabó por sentir una gran compasión. Este juez se convirtió entonces en el san Vicente de Paúl de aquellos desgraciados, de aquellos obreros miserables. Su transformación no fué de pronto completa. La benevolencia tiene su pendiente, como los vicios tienen la suya. La caridad devora la bolsa del santo como la ruleta se come los bienes del jugador: gradualmente. Popinot fué de infortunio en infortunio y de limosna en limosna, y después, cuando hubo levantado todos los andrajos que forman á la miseria pública una especie de aparato bajo el cual se oculta una llaga febril, se convirtió en Providencia de su distrito. Fué nombrado miembro del comité de beneficencia y de caridad. Dondequiera que se trataba de ejercer funciones gratuitas, aceptaba él un puesto y obraba sin énfasis, á la manera del hombre de la capita que pasa su vida llevando sopas á los mercados y á los lugares donde están las gentes hambrientas. Popinot tenía la dicha de obrar en una circunferencia más vasta y en una esfera más elevada: lo vigilaba todo, prevenía el crimen, daba trabajo a los obreros desocupados, buscaba colocación apropiada para los delicados, distribuía socorros con discernimiento en todos los puntos amenazados y se constituía en consejero de la viuda, en protector de los niños sin asilo y en comanditario de los pequeños comercios. Ni en París ni en la Audiencia conocía nadie la vida secreta de Popinot. Existen virtudes tan grandes, que llevan consigo la obscuridad, porque los hombres que las practican se apresuran á ocultarlas. Respecto á los protegidos del magistrado, como todos trabajaban durante el día y dormían, muertos de cansancio durante la noche, no les quedaba tiempo para alabar á Popinot: tenían, en una palabra, la ingratitud de los niños los cuales no pueden nunca pagar lo que deben porque deben demasiado. Existen ingratitudes obligadas; pero ¿qué corazón es capaz de sembrar el bien para recoger el agradecimiento y creerse grande? Desde el segundo año de su secreto apostolado, Popinot había acabado por convertir en locutorio el almacén del piso bajo de su casa, que estaba iluminado por las tres ventanas con reja de hierro. Las paredes y el techo de esta gran pieza habían sido blanqueadas con cal, y el mobiliario consistía en bancos de madera semejantes á los de las escuelas, en un tosco armario, en una mesa despacho de nogal y en un sofá. En el armario encerraba los registros de beneficencia, los modelos de bonos de pan y el periódico. Llevaba sus escritos comercialmente, á fin de no ser engañado por su corazón. Todas las miserias del barrio estaban numeradas y clasificadas en un libro, donde cada desgracia tenía su cuenta, como la que lleva el comerciante de sus distintos deudores. Cuando había alguna duda acerca de alguna familia ó de alguna persona desvalida, el magistrado pedía informes á la policía de segundad que estaba á sus órdenes. Lavienne, criado educado por el amo, era su ayuda de campo. El desempeñaba o renovaba las papeletas del Monte de Piedad y corría á los lugares más amenazados, mientras su amo trabajaba en la Audiencia. De cuatro á siete de la mañana en verano, y de seis á nueve en invierno, esta sala estaba llena de mujeres, de niños y de indigentes, á los que Popinot daba audiencia, y no había ninguna necesidad de poner estufa en invierno, porque la gente abundaba tanto, que acababa por caldear la atmósfera. Lavienne se limitaba únicamente á colocar un poco de paja sobre el pavimiento, que estaba demasiado húmedo. A la larga, los bancos acabaron por ponerse brillantes como la caoba barnizada, y á la altura de un hombre próximamente, el muro había recibido no sé qué pintura aplicada por los andrajos y las ropas deshechas de aquellos pobres. Estos desgraciados amaban tanto á Popinot, que, cuando al amanecer, y antes de abrir la puerta, se agrupaban delante de ésta, las mujeres soplándose los dedos y los hombres braceando para calentarse, unas y otros no proferían el menor grito ni el más insignificante murmullo, á fin de no turbar su sueño. Los traperos y las gentes que tenían ocupación por la noche, conocían aquella casa y veían á veces el despacho del magistrado alumbrado á deshora. Finalmente, los ladrones decían al pasar: «He ahí su casa», y la respetaban. La mañana pertenecía á los pobres, la tarde á los criminales y la noche á los trabajos judiciales. El genio de observación que poseía Popinot era, pues, natural, y se comprendía que adivinase las virtudes de la miseria, los buenos sentimientos heridos, las buenas acciones en principio y las abnegaciones desconocidas, del mismo modo que iba á buscar al fondo de las conciencias los más insignificantes detalles del crimen y los hilos más tenues de los delitos para poder después juzgarlos. El patrimonio de Popinot ascendía á mil escudos de renta. Su mujer, hermana de Bianchón padre, médico de Sancerre, le había aportado el doble, había muerto hacía cinco años y había dejado su fortuna á su marido. Como el sueldo del juez suplente no es considerable y como Popinot era juez efectivo hacía sólo cinco años, fácil es adivinar la causa de su mezquindad en todo lo que concernía á su persona ó á su vida al ver cuán escasas eran sus rentas y cuán grandes eran sus instintos caritativos. Por otra parte, la indiferencia en el vestir ¿no es una prueba distintiva del hombre de ciencia del arte cultivado con locura, ó del pensamiento perpetuamente activo? Para acabar su retrato, bastará decir que Popinot pertenecía al escaso número de los jueces del tribunal del Sena á los que no había sido concedida la con decoración de la Legión de honor. Tal era el hombre á quien el presidente de la segunda sala del tribunal á que pertenecía Popinot, que pertenecía hacía dos años al número de los jueces civiles, había comisionado para proceder al interrogatorio del marqués de Espard á causa de la demanda presentada por su mujer á fin de obtener un interdicto. La calle de Fouarre, donde hormigueaban al amanecer tantos desgraciados, había quedado desierta á las nueve de la mañana y recobraba su aspecto sombrío y miserable. Bianchón arreó, pues, á su caballo á fin de sorprender á su tío en medio de la Audiencia. No pensó sin reírse en el extraño contraste que produciría el juez al lado de la marquesa de Espard; pero se prometió lograr que su tío se cambiase de ropa, á fin de evitar el ridículo. —Pero ¿quién sabe si mi tío tendrá una levita nueva? Se decía Bianchón cuando entraba por la calle de Fouarre. Me parece que haría bien en entenderme directamente con Lavienne. Al ruido del cabriolé, una docena de pobres sorprendidos salieron de debajo del pórtico y se descubrieron al reconocer al médico; pues Bianchón, que visitaba gratis á los enfermos que le recomendaba el juez, no era menos conocido que éste para los desgraciados reunidos allí. Bianchón vio á su tío en medio del locutorio, cuyos bancos estaban llenos de indigentes que ofrecían las grotescas singularidades de trajes, cuya vista detiene en plena calle á los transeúntes menos artistas. No hay duda alguna que un dibujante, un Rembrandt, si existiese alguno en nuestros días, hubiera encontrado allí asunto para un cuadro magnífico al ver á aquellos miserables inmóviles y silenciosos. Aquí, la arrugada cara de un austero anciano de barba blanca y de cráneo apostólico, hubiera sido un modelo hermoso para un san Pedro: su pecho, descubierto en parte, dejaba ver unos músculos salientes, indicio de un temperamento de bronce que le había servido de punto de apoyo para sostener todo un poema de desgracias. Allí, una joven daba el pecho á su hijo menor para impedir que llorase, teniendo al mismo tiempo entre sus rodillas á otro de unos cinco años de edad. Aquel seno cuya blancura brillaba en medio de los andrajos, aquel niño de transparentes carnes, y su hermano, cuya postura revelaba su porvenir de pilluelo, enternecían el alma al ver la especie de gracioso contraste que ofrecían con la larga fila de caras amoratadas por el frío, en medio de las cuales se veía esta familia. Más lejos, una anciana, pálida y fría, presentaba ese rostro repugnante del pauperismo sublevado y dispuesto á vengarse en un día de sedición de todas sus penas pasadas. Veíase allí también al obrero joven, débil y perezoso, cuya mirada, llena de inteligencia, anunciaba elevadas facultades comprimidas por necesidades combatidas en vano. Las mujeres estaban en mayoría; sus maridos, salidos muy de mañana para sus talleres, les dejaban sin duda el cuidado de defender la causa del hogar con ese espíritu que caracteriza á la mujer del pueblo, que es casi siempre la reina de su chiribitil. Allí hubieseis visto en todas las cabezas pañuelos hechos jirones, faldas bordadas con barro, toquillas desgarradas, jubones sucios y agujereados; pero en todas partes ojos que brillaban como otras tantas llamas. Reunión horrible cuyo aspecto inspiraba al principio repugnancia, pero que no tardaba en causar terror cuando se echaba de ver que la resignación puramente fortuita de aquellas almas que luchaban con todas las necesidades de la vida, era una especulación fundada en la beneficencia. Las dos bujías que iluminaban el locutorio vacilaban en medio de una especie de niebla causada por la hedionda atmósfera de aquel lugar mal ventilado. Mas no creáis que era el magistrado el personaje menos pintoresco de aquella asamblea. Cubría su cabeza un gorro de algodón rojizo, y como iba sin corbata, su cuello, rojo de frío y arrugado, se dibujaba perfectamente sobre el cuello pelado de su vieja bata. Su ajado rostro tenía esa expresión medio estúpida que comunica siempre la preocupación. Su boca, como la de todos los que trabajan, estaba recogida y cerrada como la bolsa cuyos cordones se han apretado fuertemente. Su contraída frente parecía soportar el peso de todas las confesiones que le hacían. Popinot oía, analizaba y juzgaba á la vez. Atento como un prestamista, sus ojos dejaban sus libros para penetrar hasta el fuero interno de los individuos que examinaba con la rapidez de visión con que los avaros expresan sus inquietudes. De pie, detrás de su amo, y dispuesto á ejecutar sus órdenes, Lavienne hacía sin duda de agente de policía y acogía á los recién llegados animándoles contra su propia vergüenza. Cuando el médico apareció, hubo un gran movimiento en los bancos. Lavienne volvió la cabeza y quedó sumamente sorprendido al ver á Bianchón. —¡Ah! ¿estás ahí, hijo mío? dijo Popinot estirando los brazos. ¿Qué te trae á estas horas? —Temía que hiciese usted, sin verme á mí antes, cierta visita judicial respecto á la cual quiero hablarle. —Y bien, ¿qué hay? repuso el juez dirigiéndose á una mujer gruesa y pequeña que permanecía de pie junto á él. Hija mía, si no me dice usted lo que quiere, yo no podré adivinarlo. —Dése usted prisa, le dijo Lavienne. ¿No ve usted que quita tiempo á los demás? —Señor, dijo por fin la mujer ruborizándose y bajando la voz de modo que no pudiese ser oída más que por Popinot y por Lavienne, yo soy tendera y tengo á mi hijo menor en casa de una nodriza á la que le debo un mes. Yo ya había escondido el dinero para pagarle, pero... —Vamos, sí, se lo cogió su marido, dijo Popinot adivinando el desenlace de la confesión. —Sí, señor. —¿Cómo se llama usted? —La Pomponne. —¿Y su marido? —Toupinet. —Calle de Petit-Banquier, repuso Popinot hojeando su registro. Está en la cárcel, dijo leyendo una observación escrita en el margen de la página en que estaba inscripta aquella familia. —Sí, por deudas, mi querido señor. Popinot meneó la cabeza. —Pero, señor, vea usted que no tengo con qué comprar mercancías, pues el propietario vino ayer y me obligó á pagarle, amenazándome con despedirme. Lavienne se inclinó hacia su amo y le dijo algunas palabras al oído. —Está bien. ¿Qué necesita usted para comprar las frutas en el mercado? —Yo, señor... necesitaría, para continuar mi comercio... si, necesitaría lo menos diez francos. Oído esto, el juez hizo una seña á Lavienne, el cual sacó los diez francos de un saco y se los entregó á la mujer, mientras que el juez inscribía el préstamo en su registro. Al ver el movimiento de alegría que hizo la tendera, Bianchón comprendió las ansiedades y los apuros que aquella mujer había pasado para decidirse á ir á pedir auxilio á casa del juez. —A usted, dijo Lavienne a1 anciano de barba blanca. Bianchón llamó al criado aparte y le preguntó si duraría mucho aquella audiencia. —E1 señor ha recibido á más de doscientas personas esta mañana, y aún le quedan ochenta, dijo Lavienne. Entiendo, pues, que el señor doctor tendría aún tiempo para ir á hacer sus primeras visitas. —Hijo mío, dijo el juez volviéndose y cogiendo á Horacio por el brazo, toma, aquí tienes la dirección de dos visitas que están cerca, la una en la calle del Sena y la otra en la del Arbalete. Corre. En la calle del Sena acaba de asfixiarse una joven, en la del Arbalete encontrarás á un hombre que habrá, de ser trasladado á tu hospital. Te espero para almorzar. Bianchón volvió al cabo de una hora. La calle de Fouarre estaba desierta, el día empezaba á despuntar en ella, su tío subía a sus habitaciones, el último pobre cuya miseria acababa de aliviar el magistrado se marchaba y el saco de Lavienne estaba vacío. —Bueno, ¿y cómo están? dijo el juez a1 doctor subiendo la escalera. —El hombre está muerto respondió Bianchón; la joven creo que se salvará. Desde que la mirada y la mano de una mujer faltaban, la habitación que ocupaba Popinot había tomado un aire que estaba en perfecta armonía con e1 de1 amo. La incuria del hombre, motivada por la persistencia de un pensamiento dominante, imprimía su extraño sello á todas las cosas. Polvo inveterado por todas partes, en todas partes cambios de destino á los objetos, recordando así esa industria que se implanta con tanta frecuencia en el hogar del soltero. Allí se veían papeles sobre los muebles, platos olvidados, eslabones fosfóricos convertidos en palmatorias en el momento en que era preciso buscar algo, cambios parciales de muebles que obedecieron a un pensamiento empezado y olvidado luego en una palabra, todos los revoltijos y los vacíos ocasionados por pensamientos de arreglo abandonados. Pero el despacho del magistrado, en el que imperaba más aún este incesante desorden, acusaba su constante permanencia en él y los apuros de hombre agobiado por los negocios y perseguido por múltiples necesidades. La biblioteca parecía haber sido objeto de un pillaje; los libros yacían amontonados en unos sitios y desparramadas las hojas por el suelo en otros; los paquetes de expedientes y juicios, colocados en línea, á lo largo de la biblioteca, llenaban el suelo. Este suelo no había sido barrido hacía dos años. Las mesas y los muebles estaban cargadas de exvotos llevados por la miseria agradecida. Sobre los floreros de porcelana azul que adornaban la chimenea relucían dos globos de cristal, en cuyo interior había diversos colores mezclados, todo lo cual les daba la apariencia de un curioso producto de la naturaleza. Ramilletes de flores artificiales y cuadros en los que las iniciales de Popinot estaban rodeadas de corazones y de siemprevivas, decoraban las paredes. Aquí cajitas de madera pretenciosamente hechas y que no podían servir para nada. Allí prensapapeles trabajados con el gusto de las obras ejecutadas en presidio por los forzados. Estas obras maestras de la paciencia, estas muestras de gratitud y aquellos ramilletes secos daban al cuarto y al despacho del juez el aspecto de una tienda de juguetes. El buen hombre se servía de estas obras como de memorialines y las llenaba de notas, de plumas olvidadas y de papeles desnudos. Estos sublimes testimonios de una caridad divina estaban llenos de polvo y carecían de pintura. Algunos pájaros, perfectamente embalsamados, pero comidos por la polilla, se levantaban en aquel bosque de baratijas, donde dominaba un angora, gato favorito de la señora Popinot, á la cual un naturalista tronado se lo había restituído, sin duda con todas las apariencias de la vida, pagando así por un tesoro eterno una ligera limosna. Algún artista del barrio había hecho también los retratos de los señores Popinot. Hasta en la alcoba que servía de dormitorio se veían pelotas bordadas, paisajes bordados y cruces de papel doblado, cuyos detalles denotan un trabajo inmenso. Las cortinas de las ventanas estaban ennegrecidas por el humo y los cortinajes no tenían ya color. Entre la chimenea y la gran mesa cuadrada en que trabajaba el magistrado, la cocinera había puesto un velador, y sobre él dos tazas de café con leche. Como la luz, interceptada por los cristales sucios, no llegaba hasta allí, la cocinera había dejado dos bujías cuya mecha, desmesuradamente larga, formaba un gran pabilo y proyectaba esa luz rojiza que hace durar más la bujía, gracias á la lentitud de la combustión, descubrimiento éste debido á los avaros. —Querido tío, debía usted de abrigarse más cuando baja al locutorio. —¡Qué quieres! me da lástima hacer esperar á esas pobres gentes. Y bien, ¿qué se te ofrece? —Vengo á invitarle á usted á comer mañana en casa de la marquesa de Espard. —¿Alguna parienta nuestra? preguntó el juez, con un aire tan ingenuamente preocupado, que Bianchón se echó á reír. —No, tío, la marquesa es una encopetada y poderosa dama que ha presentado una demanda á los tribunales con objeto de interdecir á su marido, y usted es el encargado de ese asunto. —¿Y quieres que vaya á comer á su casa? ¿Estás loco? dijo el juez echando mano del código. Mira, lee el artículo que prohíbe al magistrado comer y beber en casa de ninguna de las partes que tiene que juzgar. Si tu marquesa tiene que decirme algo, que venga á verme. Sí, efectivamente, mañana tenía que ir á interrogar á su marido después de examinar esta noche la demanda. Y esto diciendo, se levantó, tomó un protocolo que se encontraba al alcance de su mano, y, después de haber leído el título, dijo: —Aquí están las piezas; y puesto que esa encopetada y poderosa dama te interesa, veamos la demanda. Popinot se cruzó la bata, que llevaba casi siempre desabrochada dejando al descubierto su pecho, sumergió una tostada en su café, ya casi frío, y buscó la demanda para leerla, si bien permitiéndose algunos paréntesis y algunas discusiones en las que tomó parte su sobrino. «Al señor presidente del Tribunal civil de primera instancia del departamento del Sena: »Doña Juana Clementina Atanasia de Blamont-Chauvry, esposa de don Carlos Mauricio María Andoche, conde de Negrepelisse, marqués de Espard (buena nobleza), propietario; la dicha señora de Espard, que vive en la calle del arrabal de Saint-Honoré, número 104, y el dicho señor de Espard, habitante en la calle de Sainte-Genevieve, número 22 (¡ah! sí, el señor presidente me dijo que era en mi barrio), teniendo por procurador al señor Desroches...» —¡Desroches! un farsante, un hombre muy mal visto por los tribunales y por sus colegas, y que perjudica á sus clientes. —No, pobre muchacho, dijo Bianchón; desgraciadamente lo que pasa es que carece de fortuna y se arregla como puede. «Tiene el honor de exponerle, señor presidente, que hace ya un año que las facultades morales é intelectuales del señor de Espard, mi marido, han sufrido una alteración tan profunda, que constituyen hoy el estado de demencia y de imbecilidad previsto por el articulo 486 del Código civil, y exigen en favor de su fortuna, de su persona y en interés de sus hijos, que viven con él, la aplicación de las disposiciones determinadas por el mismo artículo; »Que, en efecto, el estado moral del señor de Espard, el cual ofrecía hace ya algunos años temores graves, fundados en el sistema adoptado por él para el gobierno de sus negocios, ha dado un gran paso durante este último año, sobre todo hacia la imbecilidad más completa; que la voluntad, en primer término, ha sufrido los efectos del mal, y que el anonadamiento ha dejado al señor marqués de Espard entregado á todos los peligros de una incapacidad demostrada por los siguientes hechos: »Hace ya tiempo que todas las rentas que procuran los bienes del marqués de Espard, pasan, sin causas plausibles y sin ventajas, á manos de una vieja, cuya repugnante fealdad es por todos reconocida y que se llama la señora Jeanrenaud, habitante tan pronto en París, en la calle de Vrilliere, número 8, como en Villeparisis, cerca de Claye, departamento del Sena y Marne, adonde va para favorecer á su hijo, de treinta y seis años, oficial de la ex guardia imperial, el cual, por mediación del señor marqués de Espard, ha sido destinado á la guardia real en calidad de jefe de escuadrón del primer regimiento de coraceros. Estas personas, reducidas en 1814 á la última miseria, han adquirido sucesivamente inmuebles de un precio considerable, entre los cuales se cuenta como último un palacio grande en la calle de Verte, donde el señor Jeanrenaud hace actualmente gastos considerables á fin de establecerse allí con la señora Jeanrenaud, su madre, para llevar á cabo el matrimonio que intenta, cuyos gastos se elevan ya á más de cien mil francos. Este matrimonio se lleva á cabo gracias á la intervención del señor marqués de Espard, que influye sobre su banquero, el señor Mongenod, cuya sobrina ha sido pedida en matrimonio por el dicho señor Jeanrenaud. El señor de Espard prometió su influencia para obtener del señor Jeanrenaud el título de barón. Este nombramiento se llevó á cabo á instancias del marqués de Espard, por real orden de Su Majestad, fechada en 29 de diciembre último, como puede ser justificado por Su Grandeza monseñor el ministro de Justicia, si el tribunal juzgase necesario recurrir á su testimonio; »Que ninguna razón, ni aun de aquellas que reprueban igualmente la moral y la ley, puede justificar el imperio que la señora viuda de Jeanrenaud ejerce sobre el marqués de Espard, el cual, por otra parte, la visita rara vez; ni puede tampoco explicar su extraño afecto por el dicho barón de Jeanrenaud, con quien tiene también poco trato; á pesar de lo cual su autoridad parece ser tan grande, que siempre que necesitan dinero, aunque sólo sea para satisfacer sencillos caprichos, esta dama ó su hijo...» —¿Eh?¿eh? razón que la moral y la ley reprueban. ¿Qué quiere insinuarnos con esto el pasante ó el procurador? Dijo Popinot. Bianchón se echó á reír. «...Esta dama ó su hijo obtienen sin traba cuanto quieren del marqués de Espard, y á falta de dinero contante, éste firma letras de cambio negociadas por el señor Mongenod, que se ha ofrecido á la solicitante para declararlo así; »Que, por otra parte, en confirmación de estos hechos ha ocurrido recientemente que, con motivo de la renovación de los arriendos de la tierra de Espard y como los arrendadores hubiesen dado una suma bastante importante por la renovación de sus contratos, el señor Jeanrenaud se ha hecho cargo inmediatamente de la citada suma; »Que la voluntad del marqués de Espard influye tan poco en el abandono de estas sumas, que cuando se le ha hablado de ello ha parecido que ni siquiera las recordaba; que siempre que personas formales le han interrogado acerca del apego que tiene á estos dos individuos, sus respuestas han indicado una renuncia tan completa de sus intereses y de sus ideas, que hace suponer que existe en este asunto una causa oculta sobre la cual llama la exponente la atención de la justicia, toda vez que es imposible que esta causa deje de ser criminal, abusiva y violenta, ó de una naturaleza apreciable por la medianía legal, cuando esta obsesión no sea del género de las que implican abusos de fuerzas morales y que sólo se pueden clasificar sirviéndose del término extraordinario brujería...» —¡Diablo!¿qué dices á esto, doctor? repuso Popinot. Estos hechos son muy extraños. —Bien pudieran ser efecto del poder magnético, respondió Bianchón. —¡Cómo! ¿también tú crees en las tonterías de Mesmer y en el poder de ver á través de las paredes? —Sí, tío, dijo gravemente el doctor. Precisamente pensaba en ello mientras le oía leer esa demanda. En otra esfera de acción he observado varios hechos análogos relativos al imperio sin límites que un hombre puede adquirir sobre otro. En contra de la opinión de mis colegas, yo estoy completamente convencido del poder, de la voluntad considerada como fuerza motriz. Charlatanismo aparte, diré á usted que he visto varias veces los efectos de esta posesión. Los actos prometidos al magnetizador por el magnetizado durante el sueño, han sido verificados escrupulosamente en el estado de vigilia. La voluntad del uno había pasado á ser la voluntad del otro. —¿En toda clase de actos? —Sí. —¿Aunque sean criminales? —Aunque sean criminales. —Sólo tú podías decírmelo para que yo escuchase semejante cosa. —Ya se lo haré á usted ver, dijo Bianchón. —¡Hem, hem! hizo el juez. Aun suponiendo que la causa de esta pretendida posesión perteneciese á este orden de hechos, sería difícil probarlo y lograr que la justicia lo admitiese. —Pues lo que es, si esa señora Jeanrenaud es tan sumamente fea y vieja, no veo qué otro medio de seducción podría emplear, dijo Bianchón. —Pero, repuso el juez, en 1814, época en la que la seducción había empezado, esa mujer debía tener catorce años menos, y si ha estado unida diez años antes con el señor de Espard, estos cálculos de fechas nos transportan á veintiocho años atrás, época en la cual la tal dama podría ser joven y bonita y haber conquistado para ella y para su hijo, por medios muy naturales, un imperio sobre el señor de Espard, imperio del que muchos hombres no saben librarse. Si la causa de este imperio parece reprensible á los ojos de la justicia, es justificable á los ojos de la naturaleza. La señora Jeanrenaud se había enfadado acaso con motivo del matrimonio contraído en aquella época por el señor marqués de Espard con la señorita de Blamont-Chauvry, y muy bien pudiera ser que en el fondo de todo esto no hubiera más que una rivalidad de mujer, puesto que el marqués no vive hace ya mucho tiempo con la marquesa de Espard. —Pero, ¿y esa fealdad repulsiva, tío? —El poder de las seducciones, repuso el juez, está en razón directa con la fealdad. Esto ya es sabido. Por otra parte, hay que tener en cuenta, doctor, que ha pasado la viruela. Pero continuemos. «Que desde el año 1815, para poder entregar las sumas exigidas por estas dos personas, el señor marqués de Espard se ha ido á vivir con sus dos hijos á la calle de la Montagne-Sainte-Genevieve, á un piso cuya miseria es indigna de su nombre y de su fortuna (cada uno vive donde le da la gana); que educa á sus dos hijos, ó sean, el conde Clemente de Espard y el vizconde Camilo de Espard, de un modo que está en desacuerdo con su porvenir y su calidad; que muchas veces la falta de dinero es tal, que aun no hace mucho tiempo que el propietario de la casa, un tal señor Mariast, llevó á cabo el embargo de los muebles; que cuando este medio de persecución fué efectuado en su presencia, el marqués de Espard ayudó al alguacil, á quien trató como si fuese una persona de alto rango, prodigándole todas las pruebas de cortesía y atención que hubiera tenido con una persona que le hubiera superado en posición y dignidad...» El tío y el sobrino se miraron y se rieron. «Que por lo demás, todos los actos de su vida, aparte de los hechos alegados en lo que atañe á la señora viuda de Jeanrenaud y al señor barón de Jeanrenaud, su hijo, atestiguan su locura; que hace ya diez años que se ocupaba exclusivamente de la China, de sus costumbres, de sus trajes y de su historia; que se refiere siempre en todo á las costumbres chinas; que, interrogado acerca de este punto, confunde los asuntos de la época y los acontecimientos de la víspera, con los hechos relativos á la China; que, comparando la política china con los actos del gobierno, censura la política del rey, aunque, por otra parte, le ame personalmente; »Que esta monomanía ha llevado al marqués de Espard á ejecutar actos desprovistos de sentido común; que, contrariando las costumbres de su clase y las ideas que profesaba acerca de los deberes de la nobleza, ha emprendido un negocio comercial para el que suscribe á diario letras que amenazan su honor y su fortuna, puesto que le dan carácter de negociante, y pueden, si deja de pagar alguna, hacer que le declaren en quiebra; que estas obligaciones contraídas con los comerciantes de papel, los litógrafos, los impresores y los dibujantes, que le han proporcionado los elementos necesarios para la publicación de su obra titulada: Historia pintoresca de la China, publicación que se hace por entregas, son de tal importancia, que estos mismos proveedores han suplicado á la exponente que requiera la interdicción del marqués de Espard á fin de salvar sus créditos...» —¡Ese hombre está loco! exclamó Bianchón. —Pero ¿crees tú esto? dijo el juez. Es preciso oírle. Para fallar un pleito hay que oír á las dos partes. —Pero me parece... dijo Bianchón. —Me parece, dijo Popinot, que si algún pariente mío quisiese apoderarse de la administración de mis bienes, y en lugar de ser yo simple juez, cuyo estado moral pueden examinar todos los días mis colegas, fuese duque ó par, un procurador tan astuto como Desroches podría presentar una demanda semejante contra mí. «Que la educación de sus hijos es víctima de esta monomanía, y que, en lugar de darles la educación que les corresponde, les hace aprender los hechos de la historia china que contradicen las doctrinas de la religión católica, y les hace estudiar los dialectos chinos...» —Aquí, Desroches me parece raro, dijo Bianchón. —La demanda ha sido redactada por su primer pasante Godeschal, á quien tú conoces y el cual ya sabes que tiene poco de chino, dijo el juez. «Que tiene frecuentemente á sus hijos desprovistos de las cosas más necesarias; que la exponente, á pesar de sus instancias, no puede verlos; que el señor marqués de Espard se los lleva una sola vez al año; que, sabiendo las privaciones á que están expuestos, la madre ha hecho vanos esfuerzos para darles las cosas más necesarias para la existencia, de las cuales carecen...» —¡Ah! señora marquesa, esto es una farsa. El que prueba demasiado, no prueba nada. Hijo querido, dijo el juez dejando el protocolo sobre sus rodillas, ¿á qué madre le ha faltado nunca corazón, talento y entrañas, hasta el punto de estar muy por debajo de las inspiraciones sugeridas por el instinto animal? Una madre es tan astuta para unirse á sus hijos como puede serlo una joven para dirigir bien, ó mejor dicho, mal, una intriga de amor. Si tu marquesa hubiese querido alimentar y vestir á sus hijos, ni el diablo se lo hubiera podido impedir, ¿no te parece? Lo que es la bola esta es demasiado grande para que se la trague un juez tan veterano como yo. Prosigamos. «Que la edad en que están dichos niños, exige que se tomen inmediatamente precauciones para librarles de la funesta influencia de esta educación, para cambiarla por la que les corresponde con arreglo á su clase, y para que no tengan constantemente á la vista el mal ejemplo de la conducta de su padre. »Que en confirmación de los hechos alegados, existen pruebas cuya repetición podría obtener fácilmente el tribunal; que muchas veces el señor de Espard ha llamado mandarín de tercera clase al juez de paz del duodécimo distrito, y que otras muchas veces ha titulado letrados á los profesores del colegio de Enrique IV. Con motivo de las cosas más sencillas, dice que tal cosa no pasaba así en la China, y en el curso de la conversación ordinaria, hace alusión continuamente ya á la señora Jeanrenaud ó ya á acontecimientos ocurridos bajo el reinado de Luis XIV, y entonces permanece sumido en profunda melancolía: á veces se imagina estar en la China. Algunos vecinos suyos, y especialmente Edme Becker, estudiante de medicina, y Juan Bautista Fremiot, profesor, domiciliados ambos en la misma casa, piensan, después de haber tratado al marqués de Espard, que su monomanía en todo lo relativo á la China es una consecuencia de un plan formado por el señor barón de Jeanrenaud y la dama viuda, su madre, para lograr el completo anonadamiento de las facultades morales del marqués de Espard, toda vez que el único favor que la señora Jeanrenaud parece hacer al señor de Espard consiste en procurarle todos los datos relativos al Imperio de la China; »Que, finalmente, la exponente se compromete á probar al tribunal que las sumas absorbidas por el señor y la señora viuda de Jeanrenaud, desde 1814 á 1828, no bajan de un millón de francos. »En confirmación de los hechos que preceden, la exponente ofrece al señor presidente el testimonio de las personas que ven con frecuencia al señor marqués de Espard, y cuyos nombres y profesiones van al margen. De estos últimos hay algunos que le han suplicado que presentase la interdicción del señor marqués de Espard, como el único medio de poner su fortuna al abrigo de su deplorable administración y á sus hijos lejos de su funesta influencia. »Esto considerado, señor presidente, y vistas las piezas adjuntas, y puesto que los hechos que preceden prueban evidentemente el estado de demencia y de imbecilidad del antes citado, calificado y domiciliado, señor marqués de Espard, la exponente le ruega que se digne ordenar que, para lograr la interdicción de aquél, se comunique la presente demanda y las piezas comprobantes al señor procurador del rey, y que nombre á uno de los jueces del tribunal, con objeto de hacer la sumaria para el día que tenga usted á bien indicar. Gracia, etc.» —Y he aquí á continuación la providencia del presidente nombrándome juez instructor de este asunto. Ahora bien, ¿qué me quiere la marquesa de Espard? Yo con esto lo sé todo. Mañana iré con mi escribano á casa del marqués, porque esto no me parece claro. —Escuche usted, querido tío, yo no le he pedido á usted nunca favor alguno en lo relativo al ejercicio de sus funciones judiciales, y le ruego que tenga usted con la señora de Espard una complacencia que bien merece su situación. Si ella viniese aquí ¿la escucharía usted? —Sí. —Pues bien, vaya usted á oiría á su casa mañana. La señora de Espard es una mujer enfermiza, nerviosa, delicada, que no se encontraría bien en la gazapera de usted. Puesto que la ley les prohíbe á ustedes comer y beber en casa de las partes, no acepte usted la invitación á comer, pero vaya usted á su casa mañana por la noche. —¿No os prohíbe á vosotros la ley recibir legados de los muertos? dijo Popinot creyendo ver cierta ironía en los labios de su sobrino. —Vamos, tío, aunque sólo sea para adivinar la verdad de este asunto, acceda usted á mis deseos. Puesto que las cosas no le parecen á usted claras, venga como juez de instrucción. ¡Qué diantre! Yo creo que el interrogatorio de la marquesa no es menos interesante que el de su marido. —Tienes razón, dijo el magistrado. Muy bien pudiera ser ella la loca. Iré. —Yo vendré á buscarle. Escriba usted en su agenda: Mañana por la noche, á las nueve, á casa de la señora de Espard. Está bien, dijo Bianchón viendo que su tío anotaba la cita. Al día siguiente por la noche, á las nueve, el doctor Bianchón subió la polvorienta escalera de su tío y encontró á este engolfado en la redacción de algún espinoso informe. El sastre no había llevado la levita que había encargado Lavienne, y por lo tanto, Popinot se puso su levita vieja, llena de manchas, y fué el Popinot incomptus cuya presencia excitaba la risa de los que desconocían su vida íntima. Bianchón logró, sin embargo, poner en orden la corbata de su tío y abrocharle la levita, cuyas manchas procuró ocultar abrochando el lado que estaba más nuevo, á fin de ocultar así el lado viejo. Pero un instante después el juez se arrugó por completo la levita amontonándola sobre el pecho á causa del modo que tuvo de meterse las manos en los bolsillos, obedeciendo á su arraigada costumbre. La levita, atrozmente arrugada por delante y por detrás, formó una especie de bolsa en la espalda, y produjo, entre el chaleco y el pantalón, una solución de continuidad, por la que se veía la camisa. Para mayor desgracia, Bianchón no se apercibió de aquella posición ridícula hasta el momento en que su tío se presentó en casa de la marquesa. Para hacer inteligible la conferencia que Popinot iba á tener con la marquesa, se hace aquí necesario reseñar ligeramente la vida de la persona en cuya casa se reunían en este momento el doctor y el juez. Hacía ya siete años que la señora de Espard estaba de moda en París, donde la moda eleva y rebaja, alternativamente, á personajes que, tan pronto grandes como pequeños, es decir, tan pronto en boga como olvidados, pasan á ser más tarde personas insoportables como lo son todos los ministros desgraciados y todas las majestades caídas. Aburridos al ver sus pretensiones frustradas, estos aduladores de su pasado lo saben todo, maldicen de todo y, al igual que los disipadores arruinados, son amigos de todo el mundo. Habiendo sido abandonada por su marido hacia el año 1815, la señora de Espard debía haberse casado hacia el año 1812, y sus hijos tenían, por lo tanto, necesariamente el uno quince años y el otro trece. ¿Por qué casualidad estaba á la moda una madre de familia de unos treinta y tres años próximamente? Aunque la moda sea caprichosa y nadie pueda designar de antemano á sus favorecidos, ya que tan pronto favorece á la mujer de un banquero como á otra mujer cuya belleza y elegancia sean dudosas, debe parecer sobrenatural que la moda hubiese tomado giros constitucionales adoptando la presidencia por edad. En esta ocasión, la moda había hecho como todo el mundo; aceptaba á la marquesa de Espard por joven. La marquesa tenía treinta y tres años, según su partida de bautismo, y veintidós únicamente por la noche en los salones. ¡Pero cuántos cuidados y artificios para lograr esto! Rizos artificiales le ocultaban las sienes, y se condenaba en su casa á una media claridad, fingiéndose enferma, á fin de disfrutar de los tintes protectores de la poca luz. Como Diana de Poitiers, la marquesa empleaba agua fría en sus baños, dormía sobre crin y con almohadas de marroquí para conservar la cabellera; comía poco, no bebía más que agua, combinaba sus movimientos á fin de evitar la fatiga, y empleaba una exactitud monástica en los menores actos de su vida. Según se cuenta, este rudo sistema fué llevado, por una polaca, hasta emplear hielo en lugar de agua y hasta á sacrificarse á tomar los alimentos fríos, la cual ilustre polaca se preocupa aún hoy mucho de su exterior, á pesar de sus muchos años. Destinada á vivir tanto como Mario Delorme, al que los biógrafos atribuían ciento treinta años, la antigua vicerreina de Polonia muestra, á la edad de cerca de cien años, una gracia y un corazón jóvenes aún, una cara agradable y un talle encantador, y en su conversación, en la que chisporrotean las palabras como los sarmientos en el fuego puede comparar los hombres y los libros de la literatura actual con los hombres y los libros del siglo XVIII. Desde Varsovia le encarga sus sombreros á Herbault. Gran señora, tiene aún ilusiones de joven; nada, corre como un colegial, sabe tumbarse sobre una otomana con tanta gracia como una joven coqueta, insulta á la muerte y se ríe de la vida. Después de haber asombrado antaño al emperador Alejandro, puede aún hoy sorprender al emperador Nicolás con la magnificencia de sus fiestas. Hace aún derramar lágrimas á algún joven enamorado, pues tiene la edad que quiere, y las gracias inefables de la coquetona modistilla, le son tan fáciles de afectar como aquella dignidad y aquel aire majestuoso que la distinguen entre todas las mujeres En fin, si no es el hada del cuento, es un verdadero cuento de hadas. ¿Había conocido la marquesa de Espard á la señora Zayochek? ¿Intentaba acaso seguir sus mismas huellas? Sea lo que fuese, es el caso que la marquesa probaba la bondad de este régimen, pues su tez era pura aún, su frente no tenía arrugas y su cuerpo conservaba, como el de la querida de Enrique II, la flexibilidad y la frescura, atractivos ocultos que atraen al amor y lo perpetúan. Las sencillas precauciones de este régimen, indicado por el arte y la naturaleza y acaso también por la experiencia, encontraban, por otra parte, en aquella mujer un temperamento que los favorecía. La marquesa estaba dotada de una profunda indiferencia por todo lo que no era ella; los hombres la divertían, pero ninguno le había causado esas grandes excitaciones que conmueven profundamente á las dos naturalezas y acaban por estrellar la una contra la otra. Esta mujer no sentía ni odio ni amor. Cuando la ofendían, se vengaba fría y tranquilamente y esperaba impávida la ocasión de satisfacer la mala idea que hubiese concebido. No se movía, no se agitaba, y hablaba porque sabía que diciendo dos palabras una mujer puede matar á tres hombres. Se había visto abandonada con gusto por el señor de Espard; ¿no se llevaba éste consigo dos hijos que por el momento le aburrían y que, más tarde, podían dañar sus pretensiones? Sus amigos más íntimos, como sus aduladores menos perseverantes, al no verle nunca ninguna de esas joyas de Cornelia, que van ó vienen, confesando, sin saberlo, la edad de una madre, la tomaban por una joven. Los dos niños que tanto parecían preocupar á la marquesa en su demanda, eran, lo mismo que su padre, completamente desconocidos para el mundo. El señor de Espard pasaba por un extravagante que había abandonado á su mujer sin tener el menor motivo para ello. Dueña de sí misma á los veintidós años y dueña también de su fortuna, que consistía en veintiséis mil francos de renta, la marquesa titubeó y reflexionó mucho tiempo antes de tomar un partido y de decidir su existencia. Aunque se aprovechaba de los gastos que su marido había hecho en su palacio y aunque conservaba los muebles, carruajes y caballos, en fin, toda una casa montada, ella hizo una vida retirada durante los años 1816, 17 y 18, época durante la cual las familias se reponían de los desastres ocasionados por las tormentas políticas. Como perteneciese, por otra parte, á una de las casas más considerables y más ilustres del arrabal Saint-Germain, sus padres le aconsejaron que viviese en familia después de la separación forzosa á que la condenaba el inexplicable capricho de su marido. En 1820, la marquesa salió de su letargo, apareció en los salones y en las fiestas y recibió en su casa. Desde 1821 hasta 1827, arrastró un tren asombroso, se hizo notar por su gusto y su elegancia, tuvo sus días y sus horas de recepción señalados, y por fin no tardó en sentarse en el trono donde habían brillado precedentemente la vizcondesa de Beauseant, la duquesa de Langeais y la señora Firmiani, que, después de su casamiento con el señor de Camps, había resignado el cetro en manos de la duquesa de Maufrigneuse, á la cual se lo arrancó la señora de Espard. El mundo no sabía nada más que esto acerca de la vida íntima de la marquesa de Espard, y esta señora parecía llamada á permanecer mucho tiempo sobre el horizonte parisiense como un sol próximo á ponerse pronto, pero que no se pondría nunca. La marquesa había trabado estrecha amistad con una duquesa no menos célebre por su belleza que por su adhesión á la persona de un príncipe caído á la sazón, pero acostumbrado á entrar siempre como dominador en los gobiernos del porvenir. La señora de Espard era también amiga de una extranjera aliada con un ilustre y astuto diplomático ruso. Finalmente, una anciana condesa, acostumbrada á barajar las cartas del gran juego político, la había adoptado como hija. Para cualquier hombre de alcances, la señora de Espard se preparaba así para ejercer una sorda y real influencia en el reinado público y frívolo que debía á la moda. Su salón empezaba á adquirir cierta consistencia política, y las frases: «¿Qué se dice en casa de la señora de Espard?» «Muéstrase contrario á esta medida el salón de la señora de Espard», empezaban á correr de boca en boca de un número de estúpidos bastante grande para dar á aquel rebaño de fieles toda la autoridad de un partido. Algunos políticos derrotados, halagados y acariciados por ella, tales como el favorito de Luis XVIII, que no gozaba ya de reputación alguna, y antiguos ministros próximos á volver al poder, decían que entendía tanto en diplomacia como la mujer del embajador ruso en Londres. La marquesa había dado varias veces á ciertos diputados y pares ideas y frases que desde la Cámara habían llamado la atención de Europa, y en multitud de ocasiones había juzgado ciertos acontecimientos acerca de los cuales no se atrevían á emitir opinión algunos políticos. Los principales personajes de la corte iban á jugar al whist á su casa por la noche. Por otra parte, la marquesa tenía las cualidades de sus defectos; pasaba por ser discreta y lo era, y su amistad parecía ser sincera. Servía á sus protegidos con una persistencia que probaba que ella aspiraba, más bien que á aumentar su nombre, á crearse prosélitos. Esta conducta era inspirada por su pasión dominante, por la vanidad. Las conquistas y los placeres que tanto atraen á ciertas mujeres, le parecían á ella medios únicamente, pues esta mujer aspiraba á vivir en todos los puntos del mayor círculo que puede describir la vida. Entre los hombres jóvenes aún, que parecían tener un porvenir y que frecuentaban sus salones los grandes días, se veía á los señores de Marsay, de Ronquerolles, de Montriveau, de La Roche-Hugón, de Sérizy, Ferraud, Máximo de Trailles, de Listomere, los dos Vandenesse, del Chatelet, etc. Frecuentemente admitía á un hombre, sin querer recibir á su mujer, y su poder era ya bastante fuerte para imponer estas duras condiciones á ciertas personas ambiciosas, tales como los dos célebres banqueros realistas señores de Nucingen y Fernando de Tillet. La marquesa de Espard había estudiado tan bien la vida parisiense, que se había conducido siempre de modo que ningún hombre pudiese tener superioridad alguna sobre ella. Se hubiera podido prometer una fortuna enorme por un billete ó por una carta donde ella se hubiera comprometido, en la seguridad de que no se hubiese encontrado ninguna. Si la sequedad de su alma le permitía desempeñar su papel al natural, su exterior no le ayudaba menos. Tenía talle delgado, su voz era, cuando mandaba, insinuante y fresca, clara, dura. Poseía con eminencia los secretos de esa actitud aristocrática con la que una mujer borra el pasado. La marquesa conocía á las mil maravillas el arte de poner un abismo entre ella y el hombre que se creyese con derecho á ciertas confianzas después de haber gozado de una dicha casual. Su mirada imponente sabía negarlo todo. En su conversación, los sentimientos grandes y hermosos, las determinaciones nobles, parecían brotar naturalmente de un alma y un corazón puros; pero esta mujer era en realidad todo cálculo y muy capaz de mancillar á un hombre torpe, en el momento en que ella transigiría sin vergüenza en favor de sus intereses personales. Al intentar atraerse á esta mujer, Rastignac había visto en ella un instrumento hábil, pero del cual no se había servido aún, pues lejos de poder manejarla, él se veía manejado por ella. Este joven condottiere de la inteligencia, condenado, como Napoleón, á librar siempre batalla sabiendo que una sola derrota era la tumba de su fortuna, había encontrado en su protectora un peligroso adversario. En medio de su vida turbulenta, aquella era la primera vez que Rastignac luchaba con un contrincante digno de él. En la conquista de la señora de Espard veía un ministerio, y por eso la servía antes de servirse de ella: peligroso debut. El palacio de Espard exigía una numerosa servidumbre, porque el tren de la marquesa era considerable. Las grandes recepciones tenían lugar en el piso bajo, pero la señora de Espard habitaba en el primer piso de la casa. El lujo de una gran escalera magníficamente adornada y unas habitaciones decoradas con el noble gusto que se respiraba antaño en Versalles, presagiaban una inmensa fortuna. Cuando el juez vio que la puerta cochera se abría ante el cabriolé de su sobrino, examinó con rápida mirada la conserjería, el patio, las cuadras, las flores que adornaban la escalera, la exquisita limpieza de los pasamanos, de las paredes y de las alfombras, y contó los ayudas de cámara que se presentaron en el portal al oír la campanilla. Sus ojos, que sondeaban la víspera en el interior de su locutorio la profundidad de las miserias bajo los vestidos andrajosos del pueblo, estudiaron con la misma curiosidad el mobiliario y el lujo de las piezas por donde pasó, á fin de poder descubrir en ellas las miserias de la grandeza. «El señor Popinot. El señor Bianchón». Estos dos nombres fueron pronunciados á la entrada del gabinete donde se encontraba la marquesa, bonita pieza amueblada recientemente y que daba al jardín del palacio. En este momento la señora de Espard estaba sentada en uno de esos antiguos sofás que la SEÑORA había puesto de moda. Rastignac ocupaba á su izquierda una otomana, en la que se había colocado como el primo de una dama italiana. De pie, en el ángulo de la chimenea, se veía un tercer personaje. Como el sabio doctor había adivinado, la marquesa estaba dotada de un temperamento seco y nervioso, y á no ser por el régimen á que se sujetaba, su tez tendría un color rojizo; pero ella procuraba aumentar aún su blancura ficticia con los matices y los tonos vigorosos de los colores de que se rodeaba ó de los trajes con que se vestía. El rojo obscuro, el marrón y el obscuro con reflejos de oro le sentaban á las mil maravillas. Su gabinete, copiado del de una célebre lady que estaba á la sazón de moda en Londres, estaba tapizado con terciopelo color granate, pero había añadido á él numerosos adornos, cuyos bonitos dibujos atenuaban la excesiva pompa de este color real. Iba peinada como una joven y terminaban sus cabellos en abundantes rizos que hacían resaltar el óvalo un poco largo de su rostro; pero tan innoble es la forma redonda de la cara, como majestuosa es la oblonga. Los espejos que prolongan ó achatan á voluntad las caras, son una prueba evidente de esta regla aplicable á la fisonomía. Al ver á Popinot, que se detuvo á la puerta como un animal espantado, tendiendo el cuello, con la mano izquierda en el bolsillo del pantalón y la derecha provista de un grasiento sombrero, la marquesa dirigió á Rastignac una mirada impregnada de burla. La actitud un tanto estúpida de aquel santo varón, armonizaba de tal modo con su grotesca figura que, al ver la cara contristada de Bianchón, que estaba avergonzado de su tío, Rastignac no pudo menos de volver la cabeza para reírse. La marquesa saludó con un movimiento de cabeza, é hizo un penoso esfuerzo para levantarse de su sofá, donde volvió á caer graciosamente, pareciendo que excusaba su descortesía con una fingida debilidad. En este momento, la persona que se encontraba de pie entre la chimenea y la puerta hizo un ligero saludo, tomó dos sillas, ofreciéndoselas con un gesto al doctor y al juez, y, una vez que éstos se hubieron sentado, se puso de espaldas á la puerta y se cruzó de brazos. Diremos dos palabras sobre este hombre. Existe en nuestros días un pintor llamado Decamps, que posee en su más alto grado el arte de hacer interesante lo que representa á vuestras miradas, ya sea una piedra ó ya un hombre. Desde este punto de vista, su lápiz es más hábil que su pincel. Que dibuje un cuarto vacío y que deje una escoba apoyada en la pared, y no tengáis duda de que, si quiere, con esta cosa tan sencilla os hará temblar, pues creeréis que aquella escoba acaba de ser el instrumento de un crimen y que está empapado en sangre; os parecerá que es la escoba de que se sirvió la viuda Bancal para limpiar la habitación en que Fualdes fué degollado. Sí, el pintor enmarañará la escoba como si fuese un hombre encolerizado, pondrá erizadas sus pajas como si se tratase de vuestros temblorosos cabellos y hará de ella una especie de interprete entre la poesía secreta de su imaginación y la poesía que se desplegará en la vuestra. Después de haberles asustado con la presencia de esta escoba, mañana dibujará otra junto á la cual un gato dormido, pero dormido con misterioso sueño, os afirmará que aquella escoba sirve á la mujer de un zapatero alemán para barrer, ó bien os pintará alguna escoba pacífica de la cual suspenderá la levita de algún empleado del Tesoro. Decamps tiene en su pincel lo que Paganini tiene en su arco: un poder magnéticamente comunicativo. Pues bien, sería preciso comunicar al estilo ese genio sorprendente, ese quid del lápiz, para pintar al hombre recto, delgado y alto, vestido de negro y con largos cabellos negros, que permaneció de pie sin pronunciar palabra. Este señor tenía una cara lustrosa, fría y áspera y cuya tez se parecía á las aguas del Sena cuando está turbia y transporta el carbón de algún buque en descarga. Aquel hombre miraba al suelo, escuchaba y juzgaba. Su postura causaba espanto, y, en una palabra, estaba allí como la célebre escoba á la que Decamps había comunicado el poder acusador de revelar un crimen. A veces, durante la conferencia, la marquesa intentó obtener una opinión tácita fijando durante un instante sus ojos en este personaje; pero, á pesar de lo vivo que fué este mudo interrogatorio, el hombre permaneció grave y rígido como la estatua del Comendador. El buen Popinot, sentado en el extremo de su silla, enfrente del fuego, con el sombrero entre sus piernas, contemplaba los candelabros de oro, el reloj, las curiosidades amontonadas sobre la chimenea, los tapices y los dibujos de las paredes y, en una palabra, todas esas pequeñeces tan costosas de que acostumbra á rodearse una mujer á la moda. En medio de su plebeya contemplación, fué atraído por la señora de Espard, que le decía con meliflua voz: —Caballero, le doy á usted un millón de gracias... —¡Un millón de gracias! es demasiado, se dijo para sus adentros Popinot. —... por el trabajo que usted se ha dignado... —¡Dignado! pensó el juez, parece que se burla de mí. —... tomar viniendo á ver á una pobre litigante, demasiado enferma para poder salir. Esto diciendo, el juez cortó la palabra á la marquesa dirigiéndole una mirada inquisitorial con la cual examinó el estado sanitario de la pobre litigante. —¡Si está sana como un toro! se dijo. Y después prosiguió con aire respetuoso: —Señora, usted no me debe nada. Aunque el paso que he dado no sea muy general, yo entiendo que el juez no debe ahorrar trabajo alguno para llegar al descubrimiento de la verdad en esta clase de asuntos. De este modo, nuestras sentencias están dictadas, más bien que por el texto de la ley, por las inspiraciones de nuestra conciencia. Con tal que encuentre la verdad, lo mismo me da encontrarla aquí que en mi despacho. Mientras que Popinot hablaba, Rastignac estrechaba la mano de Bianchón y la marquesa hacía al doctor una ligera inclinación de cabeza llena de galanterías. —¿Quién es este señor? preguntó Bianchón á Rastignac señalándole al hombre vestido de negro. —El caballero de Espard, el hermano del marqués. —Su señor sobrino de usted me ha dicho las muchas ocupaciones que usted tiene, respondió la marquesa, y yo, por otra parte, sé que usted procura siempre ocultar los favores que hace á fin de dispensar del agradecimiento á los favorecidos. Al parecer, el cargo de juez les ocasiona á ustedes demasiado que hacer. ¿Por qué no duplican el número de los jueces? —¡Ah! señora, dijo Popinot, no es ese el caso. Con eso no se remediaría gran cosa; pero así y todo, creo que lo veremos cuando las gallinas meen. Al oír esta frase, que sentaba tan bien á la fisonomía del juez, el caballero de Espard le miró de arriba abajo y pareció decirse: —Me parece que fácilmente lograremos que nos dé la razón. La marquesa miró á Rastignac, el cual se inclinó hacia ella para decirle: —Ya ve usted qué clase de gente son los encargados de dictar sentencia acerca de los intereses y de la vida de los particulares. Como la mayor parte de los hombres encanecidos en el oficio, Popinot se dejaba á veces llevar de las costumbres contraídas en él, y su conversación tenía no sé qué sabor á juez de instrucción. Le gustaba interrogar á sus interlocutores, ponerles en apuro, mediante consecuencias inesperadas, y hacerles decir más de lo que querían. Cuéntase que Pozzo di Borgo se divertía en sorprender los secretos de sus interlocutores y en cogerles en sus lazos diplomáticos, desplegando así, impulsado por invencible hábito, su espíritu astuto y refinado. Tan pronto como Popinot hubo examinado el terreno en que se encontraba, comprendió que para descubrir la verdad era necesario echar mano de las astucias más hábiles y mejor disfrazadas que acostumbraban á emplearse en la Audiencia. Bianchón permanecía frío y severo como hombre que se dispone á sufrir un suplicio ocultando sus dolores; pero interiormente deseaba que su tío pudiese marchar sobre aquella mujer como se marcha sobre una víbora, comparación ésta que le fué inspirada por la larga bata, la postura encorvada, el largo cuello, la diminuta cabeza y los movimientos ondulosos de la marquesa. —Pues bien, caballero, repuso la señora de Espard, aunque siento gran repugnancia por todo lo que es egoísmo, he de advertirle que sufro hace ya mucho tiempo para no desear que acabase usted este asunto en seguida. ¿Obtendré pronto una solución feliz? —Señora, haré cuanto de mí dependa para que usted lo logre, dijo Popinot con aire bondadoso. ¿Ignora usted la causa que ha motivado la separación entre usted y el marqués de Espard? preguntó el juez mirando á la marquesa. —Sí, señor, respondió ella. A principios del año 1816, el señor de Espard, que hacía ya tres meses que había cambiado por completo de humor, me propuso que fuésemos á vivir á una de sus tierras situada cerca de Briançón, sin tener en cuenta el estado de mi salud, que hubiera sido perjudicada por aquel clima, y sin tener en cuenta mis costumbres, y yo me negué á seguirle. Mi negativa le inspiró reproches tan infundados, que desde aquel momento empecé á temerlo todo por el estado de su razón. Al día siguiente se separó de mí, dejándome su palacio y la libre disposición de mis bienes y se fué á vivir á la calle de la Montagne-Sainte-Genevieve, llevándose consigo á mis dos hijos. —Permítame usted, señora, dijo el juez interrumpiéndola ¿en qué consistían sus bienes? —En veintiséis mil francos de renta, respondió la marquesa. Yo consulté en seguida al anciano señor Bordín para saber lo que debía hacer; pero, al parecer, son tales las dificultades con que se lucha para quitar á un padre el gobierno de sus hijos, que tuve que resignarme á vivir sola á los veintidós años, edad en la que muchas jóvenes suelen cometer mil locuras. Pero si usted ha leído, como supongo, mi demanda, conocerá indudablemente los principales hechos en que me fundo para pedir la interdicción del señor de Espard. —Señora ¿ha dado usted algún paso para lograr que su marido le devuelva los niños? preguntó el juez. —Sí, señor; pero todos fueron inútiles. ¡Qué triste es para una madre el verse privada del afecto de sus hijos, sobre todo cuando éstos pueden proporcionar esa clase de goces que tanto anhelan las mujeres todas! —El mayor debe tener diez y seis años, dijo el juez. —¡Quince! respondió vivamente la marquesa. Al mismo tiempo que decía esto la marquesa, Bianchón miró á Rastignac, y la señora de Espard se mordió los labios y dijo: —¿Pero qué le importa á usted la edad de mis hijos? —¡Ah! señora, dijo el juez fingiendo no comprender el tono con que había pronunciado la marquesa estas palabras; un joven de quince años y su hermano, que debe tener lo menos trece, tienen piernas y cabeza y podrían venir á verla á usted á hurtadillas. Si no vienen es que obedecen á su padre. Y para obedecerle en este punto, es preciso que le quieran mucho. —No le comprendo á usted, dijo la marquesa. —¿Ignora usted acaso, respondió Popinot, que su procurador afirma en la demanda que sus hijos de usted son muy desgraciados al lado de su padre? La señora de Espard contestó con encantadora inocencia: —Ni siquiera sé lo que me obligó á decir el procurador. —Perdóneme estas indicaciones, pero la justicia lo pesa todo, repuso Popinot. Lo que le pregunto á usted, señora, está inspirado por el deseo de conocer bien este asunto. Según usted, el señor de Espard la ha abandonado bajo un frívolo pretexto, y en lugar de ir á Briançón, adonde quería llevarle á usted también, se quedó en París. Este punto no está claro. ¿Conocía ya él á esa señora Jeanrenaud antes de su casamiento? —No, señor, respondió la marquesa con una especie de acritud, visible únicamente para Rastignac y para el caballero de Espard. A la marquesa le molestaba aquel interrogatorio del juez, cuando lo que ella se proponía era ponerle de su parte; pero como la actitud de Popinot seguía siendo estúpida á causa de su preocupación, la señora de Espard acabó por atribuir las preguntas al genio interrogador del baile de Voltaire. —Mis padres, dijo ella continuando, me casaron á la edad de diez y seis años con el señor de Espard, cuyo nombre, fortuna y género de vida respondían á lo que mi familia exigía del hombre que había de ser mi marido. El señor de Espard tenía entonces veintiséis años y era todo un caballero. Sus modales me agradaron, parecía tener mucha ambición, y á mi me gustan los ambiciosos, dijo la marquesa mirando á Rastignac. A juicio de los amigos de entonces del señor de Espard, si éste no hubiese encontrado á esa señora Jeanrenaud, sus cualidades, su saber y sus conocimientos le hubieran llevado á ocupar altos puestos políticos. El rey Carlos X le estimaba mucho, y por lo tanto, era seguro que hubiera alcanzado un elevado puesto en la corte. Esa mujer le ha sorbido el seso y ha destruido el porvenir de una familia. —¿Cuáles eran las opiniones religiosas del señor de Espard? —Era y es aún hoy muy piadoso, contestó la marquesa. —¿Cree usted que la señora Jeanrenaud haya explotado acaso su misticismo? —No, señor. —Señora, tiene usted un palacio hermoso, dijo Popinot sacando las manos de los bolsillos del pantalón y desabrochándose la levita para calentarse. Este gabinete es muy confortable. Hay aquí sillas magníficas, las habitaciones son suntuosas, y comprendo que gima usted encontrándose aquí, sabiendo que sus hijos están mal albergados, mal vestidos y mal alimentados. Para una madre comprendo que no hay nada más espantoso. —Si, señor. Deseo tanto más procurar algunas distracciones á mis pobres niños, cuanto que su padre les hace trabajar de la mañana á la noche en esa horrible obra sobre la China. —Usted da magníficos bailes, donde ellos se divertirían, aunque acaso se aficionasen á la disipación; sin embargo, entiendo que bien podía su padre enviárselos á usted una ó dos veces en invierno. —Me los trae el día primero de año y el día de mi santo. Esos días, el señor de Espard me hace el favor de comer con ellos en mi casa. —Esa conducta es muy rara, dijo Popinot afectando un aire de hombre convencido. ¿Ha visto usted alguna vez á esa señora Jeanrenaud? —Un día que mi cuñado, por interés hacia su hermano... —¡Ah! ¿es hermano del señor de Espard este caballero? dijo el juez interrumpiendo á la marquesa. El caballero se inclinó sin pronunciar palabra. —El señor de Espard, que se ha ocupado mucho de este asunto, me llevó un día al oratorio donde esa mujer va á rezar, pues es protestante. La vi allí, y confieso que no tiene atractivo alguno; parece una carnicera. Es extraordinariamente gruesa, picada de viruelas, tiene las manos y los pies de hombre, es bizca, en una palabra, es un monstruo. —¡Esto es inconcebible! exclamó el juez fingiéndose el más necio de todos los jueces del reino. Y ese ente vive aquí cerca, en la calle de Verte, en un palacio. —En un palacio donde su hijo ha hecho unos gastos enormes. —Señora, dijo el Juez, yo vivo en el arrabal Saint-Marceau y no sé lo que son esa clase de gastos. A qué llama usted gastos enormes? —Pues á tener una cuadra, cinco caballos, tres coches, una calesa, un cupé, un cabriolé, dijo la marquesa. —¿Y cuesta mucho todo eso? dijo Popinot asombrado. —¡Yo lo creo! dijo Rastignac interrumpiéndole. Un tren semejante exige para la cuadra, los gastos de los coches y los trajes de los lacayos, de quince á diez y seis mil francos. —¿Cree usted, señora? preguntó el juez con aire sorprendido. —Sí, por lo menos, respondió la marquesa. —Pues el mobiliario del palacio ha debido costar mucho también. —Más de cien mil francos, respondió la marquesa, que no pudo menos de sonreírse al ver la vulgaridad del juez. —Señora, los jueces, repuso el buen hombre, son bastante incrédulos; están pagados para serlo, y yo lo soy. Si eso es así, resultará que el señor barón de Jeanrenaud y su madre habrán explotado atrozmente al marqués de Espard. Según ustedes, los gastos de cuadra únicamente ascienden á diez y seis mil francos anuales. La mesa, los salarios de los criados y los demás gastos de la casa tendrían que ascender por lo menos al doble, lo cual exigiría un gasto de cincuenta ó sesenta mil francos anuales. ¿Creen ustedes que esas gentes tan miserables ayer, pueden tener hoy una fortuna tan grande? Un millón da apenas cuarenta mil francos de renta. —Señor, el hijo y la madre han colocado los fondos que les ha dado el señor marqués de Espard, en papel del Estado cuando estaba al sesenta ó al ochenta, y yo creo, por lo tanto, que sus rentas deben ascender á más de sesenta mil francos. Por otra parte, el hijo tiene muy buen sueldo. —Y si ellos gastan sesenta mil francos, ¿cuánto gasta usted? preguntó el juez. —Poco más ó menos, lo mismo, respondió la señora de Espard. El caballero de Espard hizo un gesto, la marquesa se sonrojó y Bianchón miró á Rastignac; pero el juez afectó un aire bondadoso que engañó á la marquesa. Su cuñado no tomó parte alguna en la conversación y lo creyó todo perdido. —Señora, dijo Popinot, entiendo que hay motivo para citar á esas gentes ante un juez extraordinario. —Tal era también mi opinión, repuso la marquesa encantada, y de ese modo, amenazados por la policía correccional, acaso transigirían. —Señora, dijo Popinot, cuando el señor de Espard se separó de usted ¿no le dio poder para administrar sus bienes? —No comprendo el objeto de esas preguntas, dijo vivamente la marquesa. Me parece que si tuviera usted en cuenta el estado en que me coloca la demencia de mi marido, debería usted ocuparse de él y no de mí. —Todo se andará, señora, dijo el juez. Si el señor marqués de Espard fuese interdicto, antes de confiar á usted ó a otro la administración de sus bienes, el tribunal debe saber cómo gobierna usted los suyos. Si el señor marqués de Espard le hubiese dado á usted un poder, habría demostrado la confianza que usted le inspiraba, y el tribunal apreciaría este hecho. ¿Tiene usted ese poder? Con él podría usted haber comprado y vendido inmuebles y colocado el capital en buenas condiciones. —No, caballero, los Blamont-Chauvry no acostumbran á ejercer el comercio, dijo la marquesa herida en su orgullo nobiliario y olvidando ya su negocio. Mis bienes están intactos y el señor marqués de Espard no me ha dado ningún poder. El caballero de Espard se puso la mano sobre los ojos para no dejar ver la viva contrariedad que le causaba la poca previsión de su cuñada, que se mataba con sus respuestas. A pesar de los rodeos de su interrogatorio, Popinot se había ido derecho al grano. —Señora, este caballero, dijo señalando al caballero de Espard, es pariente de usted, y creo que podemos hablar aquí sin reticencias, ¿verdad? —Hable, dijo la marquesa asombrada de esta precaución. —Pues bien, señora, admito que usted gaste sesenta mil francos anuales, y es indudable que esta suma le parecerá bien empleada al que vea las cuadras de usted, su palacio, sus numerosos criados y las costumbres de una casa cuyo lujo me parece superior al de los Jeanrenaud. La marquesa hizo un gesto de asentimiento. —Ahora bien, repuso el juez, aquí, para ínter nos, digo que si usted no posee más que veintiséis mil francos de renta, bien pudiera ocurrir que usted tuviera deudas por valor de cien mil francos, y el tribunal tendría, por lo tanto, perfecto derecho á creer que entre los motivos que le mueven á usted á pedir la interdicción de su marido existe un interés personal, una necesidad de satisfacer sus deudas, si... usted las tuviese. Las recomendaciones que me han sido hechas me han interesado por su situación. Examínela usted bien y confiésese. En el caso de que mis hipótesis fueran ciertas, estaríamos aún á tiempo para evitar el escándalo de una crítica que el tribunal se vería precisado á hacer de la conducta de usted, si no presenta su situación clara y limpia. Nosotros estamos obligados á examinar los motivos que los demandantes tienen para demandar, á escuchar las defensas del hombre á quien se ha de interdecir y á investigar si los actos no son producto de pasiones ó de avideces que, desgraciadamente, son muy comunes... La marquesa sufría tanto en este momento como san Lorenzo en las parrillas. —Yo necesito, por lo tanto, explicaciones respecto á este punto, decía el juez. Señora, deseo únicamente saber cómo se ha arreglado usted para soportar un gasto de sesenta mil francos hace ya algunos años. Existen muchas mujeres que ofrecen este fenómeno sin salir de su casa; pero yo sé que usted no es de esa clase de mujeres. Hable usted; puede usted tener medios muy legítimos, pensiones reales, recursos que provengan de las indemnizaciones recientemente concedidas; pero en este último caso hubiera usted necesitado la autorización de su marido para recogerlas. La marquesa permanecía muda. —Piense usted, dijo Popinot, que el señor marqués acaso quiere defenderse y que su abogado tiene perfecto derecho á averiguar si usted tiene ó no acreedores. Este gabinete está recientemente amueblado, y su casa de usted no tiene los mismos muebles que le dejó su marido en 1816. Si, como me ha hecho usted el honor de decirme hace un momento, los muebles son costosos para los Jeanrenaud, creo que lo serían más para usted, siendo, como es, una gran dama. Si soy juez, también soy hombre, y puedo engañarme: instrúyame usted acerca de este punto. No olvide usted los deberes que la ley me impone y las rigurosas investigaciones que exige cuando se trata de pronunciar la interdicción de un padre de familia que se encuentra en la flor de la edad. Señora marquesa, le ruego á usted que me dispense las objeciones que tengo el honor de hacerle, acerca de las cuales supongo le ha de ser fácil dar explicación. Además, cuando un hombre es interdicto por demencia, necesita curador; ¿quién sería el curador? —Su hermano, dijo la marquesa. El caballero saludó. Hubo un momento de silencio que fué bastante molesto para aquellas cinco personas reunidas. Divirtiéndose, el juez había descubierto la llaga de aquella mujer. La cara, plebeyamente bondadosa de Popinot, de quien la marquesa, el caballero y Rastignac estaban dispuestos á reírse, había adquirido á sus ojos su verdadera fisonomía. Mirándole á hurtadillas, los tres veían las mil significaciones de aquella elocuente boca. El hombre ridículo se convirtió en juez perspicaz. Su atención para evaluar aquel gabinete se explicaba: había empezado por examinar el elegante dorado que sostenía el reloj para calcular aquel lujo y acababa por leer en el fondo del corazón de aquella mujer. —Si el marqués de Espard está loco por la China, dijo Popinot señalando las chucherías que había sobre la chimenea, veo con satisfacción que tampoco le desagradan á usted. Pero acaso deba usted al marqués todas estas figuritas chinescas. Esta burla de buen gusto hizo sonreír á Bianchón, petrificó a Rastignac y obligó á la marquesa á morderse sus delgados labios. —Señor, dijo la marquesa de Espard, en lugar de defender a una mujer colocada en la cruel alternativa de ver perdidos sus hijos y su fortuna, ó de pasar por enemiga de su mando, ¡usted me acusa! ¡sospecha usted de mí! Confiese usted que su conducta es muy extraña. —Señora, respondió vivamente Popinot, si en lugar de ser yo fuera otro el juez, dada la circunspección que el tribunal emplea en esta clase de asuntos, se vería usted criticada con menos indulgencia de la que yo empleo. Por otra parte, ¿cree usted que el abogado del señor de Espard ha de mostrarse complaciente? ¿Cree usted que no ha de procurar que aparezcan bajas intenciones que pueden ser puras y desinteresadas? Su vida de usted le pertenecerá y la escudriñará sin emplear en sus indagaciones la respetuosa deferencia que yo guardo á usted. —Caballero le doy á usted las gracias, respondió irónicamente la marquesa. Supongamos por un momento que yo debo treinta mil, cincuenta mil francos, lo cual no dejaría de ser una bagatela de las casas de Espard y de Blamont-Chauvry; pero si mi marido no goza de sus facultades intelectuales, ¿sería aquello un obstáculo para su interdicción? —No, señora, dijo Popinot. —Aunque usted me haya interrogado con una astucia que yo no debía suponer en un juez, en una circunstancia en que la franqueza bastaba para lograrlo también, y, aunque me considere autorizada para no decir más nada, le diré á usted sin rodeos que mi estado en el mundo y los esfuerzos que hice para conservar mis relaciones, están en desacuerdo con mis gustos. Empecé la vida permaneciendo largo tiempo en la soledad; pero el interés por mis hijos habló muy alto y comprendí que debía reemplazar á su padre. Recibiendo á mis amigos, conservando mis relaciones y contrayendo deudas, he asegurado su porvenir y les he preparado brillantes carreras, donde encontrarán ayuda y sostén; y para tener lo que yo les he conquistado de este modo, muchos magistrados y banqueros calculadores pagarían gustosos lo que me ha costado. —Señora, aprecio en lo que vale su conducta, que la honra y que estoy muy lejos de criticar, respondió el juez. El magistrado pertenece á todos, debe conocerlo todo y necesita pesarlo todo. El tacto de la marquesa y su costumbre de juzgar á los hombres, le hicieron comprender que el señor Popinot no admitiría influencias de ningún género. Había contado con un magistrado ambicioso y se encontraba con un hombre de conciencia, y entonces pensó de pronto en echar mano de otros medios para asegurar el éxito de su empresa. Los criados llevaron el té. —¿Tiene la señora que darme alguna otra explicación? dijo Popinot al ver aquellos preparativos. —No, señor, le respondió ella con altanería, cumpla usted con su deber, interrogue al señor de Espard, y estoy segura de que acabará por compadecerse de mí. Y esto diciendo, la marquesa levantó la cabeza mirando á Popinot con mezcla de arrogancia y de impertinencia, y el buen hombre la saludó respetuosamente. —Es muy amable tu tío, dijo Rastignac á Bianchón. ¿Pero no comprende nada? ¿pero no sabe quién es la marquesa de Espard é ignora su influencia y su poder oculto en el mundo? Mañana seguramente recibirá en su casa al ministro de Justicia. —Querido mío, ¿qué quieres que haga yo? dijo Bianchón, ya te lo advertí. Es un hombre muy raro. —Y tanto, dijo Rastignac. El doctor se vio obligado á saludar á la marquesa y á su mudo caballero para correr al lado de Popinot, el cual, huyendo de aquella enfadosa situación, recorría ya con paso corto y ligero los salones. —Esa mujer debe cien mil escudos, dijo el juez subiendo al coche de su sobrino. —¿Qué piensa usted del asunto? —Yo no formo nunca opinión antes de haberlo examinado todo. Mañana por la mañana citaré á la señora Jeanrenaud á mi despacho para pedirle explicaciones acerca de los hechos que se le atribuyen, toda vez que está comprometida. —Me gustaría saber el final de este asunto. —¡Bah! ¡Dios mío! ¿no ves que la marquesa es instrumento de ese hombre alto y seco que no ha dicho una palabra? Tiene ese hombre algo de Caín, pero de Caín que busca su quijada en el tribunal donde, desgraciadamente para él, tenemos más de una espada de Damocles. —¡Ah! Rastignac, exclamó Bianchón, ¿quién te ha metido en esa galera? —Nosotros estamos acostumbrados á ver esos pequeños complots en las familias, y no pasa año sin que se promueva alguna sentencia de no haber lugar á demandas de interdicción. Dadas nuestras costumbres, esta clase de tentativas no deshonran, mientras que enviamos á presidio á un pobre diablo por haber roto el vidrio que le separaba de una escudilla llena de oro. Vuestro código no deja de tener muchos defectos. —Pero ¿y los hechos alegados en la demanda? —Hijo mío ¿ignoras tú aún las novelas judiciales que los clientes cuentan á sus procuradores? Si éstos se limitasen á decir la verdad, no ganarían ni siquiera el interés del dinero que les costó el estudio. Al día siguiente, á las cuatro de la tarde, una mujer gruesa que tenía bastante semejanza con un tonel al que se le hubieran puesto unas faldas y un cinturón, sudaba y soplaba subiendo la escalera que conducía al despacho del juez Popinot. Dicha mujer había salido con gran trabajo de un landó verde que le sentaba á las mil maravillas; la mujer no se concebía sin el landó, ni éste sin la mujer. —Soy yo, mi querido señor, dijo la mujer presentándose á la puerta del despacho del juez, la señora Jeanrenaud, á quien ha citado usted ni más ni menos que si fuese una ladrona. Estas palabras comunes fueron pronunciadas con voz común también, interrumpidas por los obligados silbidos del asma y terminadas con un acceso de tos. —Señor, no puede usted imaginarse lo que sufro cuando paso por sitios húmedos. Lo que es yo no llegaría á vieja en esta casa. En fin, aquí me tiene usted, ¿qué desea de mí? El juez permaneció asombrado al ver á aquella pretendida encantadora. La señora Jeanrenaud tenía una cara plagada de agujeros, muy colorada, frente deprimida, nariz remangada y corte redondo como una bola, pues en aquella mujer todo era redondo. Tenía, además, los ojos vivos como una aldeana, aire francote, palabra jovial y cabellos castaños, retenidos por un gorro colocado debajo de un sombrero verde adornado de un viejo ramillete de flores. Los voluminosos pechos excitaban la risa, pues á cada golpe de tos hacían creer en una violenta explosión. Sus gruesas piernas parecían dos vigas. La viuda llevaba una bata verde guarnecida de chinchilla, que le sentaba como una mancha de sebo en el velo de una casada. En fin, en ésta todo estaba en armonía con sus últimas palabras: «Aquí me tiene usted, ¿qué desea de mí?» —Señora, le dijo Popinot, está usted acusada de haber seducido al señor marqués de Espard para sacarle considerables sumas. —¿De qué, de qué? repitió ella, ¡de seducir! pero, querido señor, usted es un hombre respetable, y, por otra parte, como magistrado, debe usted estar dotado de buen sentido. Míreme usted y dígame, por Dios, si soy capaz de seducir á nadie. No puedo atarme los cordones de los zapatos ni agacharme, y, á Dios gracias, hace ya veinte años que no puedo ponerme corsé, so pena de muerte violenta. A los diez y ocho años estaba delgada como un espárrago y bonita, hoy puedo decirlo. Me casé, pues, con Jeanrenaud, un buen hombre, conductor de barcos de sal. Tuve un hijo, que hoy es un guapo muchacho; es mi gloria; y, sin despreciarme, creo que es mi obra más hermosa. Mi pequeño Jeanrenaud era un soldado que honraba á Napoleón y sirvió en la guardia imperial. ¡Ay de mí! La muerte de mi marido, que pereció ahogado, ha armado en mí una revolución. Tuve la viruela, y después de haber permanecido una porción de tiempo en cama sin moverme, salí de ella, gorda como usted me ve, fea á perpetuidad y desgraciada como las piedras. ¡Estas son mis seducciones! —Pero, señora, ¿cuáles son, pues, los motivos que puede tener el señor de Espard para darles á ustedes sumas...? —Inmensas, señor, puede usted decirlo, yo no lo niego; pero respecto á los motivos, he de confesarle que no estoy autorizada para declararlos. —Haría usted mal, porque en este momento, su familia, inquieta con razón, le va á perseguir. —¡Dios mío! ¡Dios mío! dijo la buena mujer levantándose con vivacidad, ¿será posible que puedan hacer daño por causa mía al rey de los hombres, á un señor que no tiene igual? Antes de que él tenga el menor disgusto, sepa usted, señor juez, que lo devolveríamos todo. Puede usted, desde luego, hacer constar esto en mi declaración. ¡Dios mío! ¡Dios mío! ¡corro á decir á Jeanrenaud lo que ocurre! ¡Ah! ¡esto sí que estaría bueno! Y esto diciendo, aquella mujer se levantó, salió, bajó rápidamente la escalera y desapareció. —Esta sí que no miente, se dijo el juez. Vamos, mañana lo sabré todo, porque mañana iré á casa del marqués de Espard. Las gentes que han pasado ya de la edad de las ilusiones, no desconocen la influencia que ejercen sobre los grandes acontecimientos, actos que son en apariencia indiferentes, y no se asombrarían, por lo tanto, de la importancia que tuvo el siguiente hecho. Al día siguiente, Popinot tuvo un coriza, enfermedad sin peligro, conocida con el nombre impropio y ridículo de catarro cerebral. Incapaz de sospechar la gravedad de una dilación, el juez, que se sintió con un poco de fiebre, guardó cama y no fué á interrogar al marqués de Espard. Este día perdido fué en este asunto lo que en la jornada de los Desengaños el caldo que tomó María de Médicis, la cual, retardando su conferencia con Luis XIII, dio tiempo á Richelieu á llegar primero que ella á Saint-Germain y á que volviese á rescatar la confianza del rey. Antes de seguir al magistrado y á su escribano á casa del marqués de Espard, nos parece conveniente dirigir una rápida ojeada á la morada, al género de vida y á los asuntos de este padre de familia, representado como un loco en la demanda de su mujer. En los barrios viejos de París encuéntranse desparramados aquí y allá algunos edificios en los que el arqueólogo reconoce cierto deseo de adornar la villa y ese amor á la limpieza que contribuye á hacer más duraderas ciertas construcciones. La casa en que vivía á la sazón el marqués de Espard, en la calle de la Montagne-Sainte-Genevieve, era uno de esos monumentos antiguos construídos con piedra tallada y que no carecen de cierta riqueza en su arquitectura; pero el tiempo había ennegrecido la piedra y las revoluciones de la ciudad habían alterado su interior y su exterior. Los elevados personajes que habitaban antaño el barrio de la Universidad se marcharon al par que las grandes constituciones eclesiásticas, y esta casa sirvió de morada á industrias y á habitantes para los que no había sido destinada. En el siglo pasado, una imprenta había estropeado el entarimado, había ennegrecido las maderas y las paredes y destruído las principales disposiciones interiores. Esta noble casa, morada de un cardenal en otro tiempo, estaba hoy ocupada por obscuros inquilinos. El carácter de su arquitectura indicaba que había sido construída durante los reinados de Enrique III, Enrique IV y de Luis XIII, en la época en que se construían en los alrededores los palacios Miñón, Serpente, el de la princesa palatina y la Sorbona. Un anciano se acordaba de haberlo oído llamar en el siglo pasado el palacio Duperrón, siendo, en efecto, muy verosímil que este cardenal lo hubiese construído ó habitado, pues existe en el ángulo del patio una escalinata compuesta de varios peldaños, por la cual se entra en la casa, y se baja al jardín por otra escalinata construída en medio de la fachada exterior. A pesar de las degradaciones que ha sufrido, el lujo desplegado por el arquitecto en la balaustrada y en las barandillas de estas dos escalinatas, anuncia la sencilla intención de recordar el nombre del propietario, pues es esta especie de calambano esculpido, uno de los que se permitían á veces nuestros antepasados. En fin, en comprobación de nuestro escrito, los arqueólogos pueden ver en los tímpanos que adornan las dos fachadas principales algunas huellas de cordones de sombrero romano. El señor marqués de Espard ocupaba el piso bajo, sin duda con el objeto de disfrutar del jardín, que podía pasar en este barrio por espacioso y que estaba expuesto al mediodía, siendo éstas dos ventajas que exigía imperiosamente la salud de sus hijos. La situación de la casa en una calle cuyo nombre indica ya su rápida pendiente, procuraba á este piso bajo una elevación bastante grande para que no hubiese en él nunca humedad. El señor de Espard había alquilado esta habitación por una módica suma (pues los alquileres eran muy baratos en la época en que él vivió en este barrio), á fin de estar cerca de los colegios y de vigilar la educación de sus hijos. Por otra parte, el estado en que se encontraban las habitaciones había decidido necesariamente al propietario á mostrarse complaciente, y, sin ser tachado de loco, el señor de Espard había podido hacer en su casa algunos gastos para establecerse en ella convenientemente. La elevación de las habitaciones, su disposición, sus puertas, de las cuales sólo subsistían los quicios, los adornos de los techos, y, en una palabra, todo respiraba esa grandeza que el sacerdocio ha impreso siempre á las cosas emprendidas ó empleadas por él y que los artistas encuentran hoy en los más ligeros fragmentos que de aquéllas subsisten, aunque sólo sea un libro, un traje, una estantería de biblioteca ó algún sofá. Las pinturas que había ordenado hacer el marqués tenían esos tonos obscuros á que tan aficionados son en Holanda, que tanto gustaban á la antigua clase media parisiense y que sirven hoy á los pintores para producir hermosos efectos. Los testeros estaban empapelados de un modo que armonizaba con las pinturas. Las ventanas tenían cortinas de tela barata, pero escogidas de modo que produjesen un efecto harmónico con el aspecto general. Los muebles eran escasos y estaban bien distribuídos. Cualquiera que entrase en esta morada no podía menos de experimentar un sentimiento grato y apacible inspirado por la calma profunda y por el silencio que allí reinaba y por la modestia y la unidad del color. Una cierta nobleza en los detalles, la exquisita limpieza de los muebles, una armonía perfecta entre las cosas y las personas, todo parecía traer á los labios la palabra suave. Pocas personas eran recibidas en estas habitaciones ocupadas por el marqués y sus dos hijos, cuya existencia podía parecer misteriosa á todo el vecindario. En uno de los cuerpos del edificio que dan á la calle, en el tercer piso, existían tres grandes cuartos, que permanecían en el estado de deterioro y de desnudez grotesca en que los había dejado la imprenta. Estas tres piezas, destinadas á la explotación de la Historia pintoresca de la China, estaban dispuestas de manera que contenían un despacho, un almacén y un cuartito donde permanecía el señor de Espard durante una parte de la mañana, pues desde después de almorzar hasta las cuatro de la tarde, el marqués permanecía en otro despacho situado en el tercer piso, á fin de ocuparse de la publicación que había llevado á cabo. Las personas que iban á verle le encontraban generalmente allí. Sus hijos subían también frecuentemente á este despacho al salir del colegio. La habitación del piso bajo formaba, pues, un santuario que el padre y los hijos ocupaban desde la hora de comer hasta el día siguiente. De este modo, su vida de familia estaba completamente incomunicada. Por todo servicio, tenían una cocinera, mujer vieja que servía hacía ya muchos años en su casa, y un ayuda de cámara, de cuarenta años, que estaba á su servicio ya antes de casarse con la señorita de Blamont-Chauvry. El aya de los niños permanecía también á su lado, y los detalles minuciosos que esta mujer empleaba en el arreglo de las habitaciones y en el cuidado de los niños, demostraban su amor maternal por los intereses de su amo. Graves y poco comunicativos, estos tres criados parecían haber comprendido el pensamiento que presidía la vida interior del marqués. Este contraste entre sus costumbres y las de la mayor parte de los criados constituía una rareza, además que contribuía á dar á aquella casa un aire misterioso y á que la calumnia levantada contra el señor de Espard tuviese donde hacer presa. Motivos muy laudables le habían movido á no relacionarse para nada con los inquilinos de la casa. Al tomar á su cargo la educación de sus hijos, deseó librarles de todo contacto con personas extrañas. Sin duda quería evitar de este modo las molestias y disgustos de tener vecinos. En un hombre de su calidad y en un tiempo en que el liberalismo imperaba, particularmente en el barrio latino, esta conducta tenía que levantar contra él pequeños rencores, malos sentimientos, cuya estupidez sólo es comparable á su bajeza y que daban origen á multitud de chismes y calumnias ignoradas completamente por el señor marqués y sus criados. Su ayuda de cámara pasaba por ser un jesuíta, su cocinera era una hipócrita y el aya se entendía con la señora Jeanrenaud para desplumar al loco. El loco era el marqués. Insensiblemente, los inquilinos llegaron á tachar de locura una porción de cosas observadas en el señor de Espard, cosas para los que no pudieron encontrar ellos motivos razonables. Creyendo muy poco en el éxito de su publicación acerca de la China, el vecindario acabó por persuadir al propietario de la casa de que el señor de Espard no tenía un cuarto, en el momento mismo en que, por un olvido que cometen con frecuencia las gentes ocupadas, había permitido que el administrador de contribuciones le enviase un segundo aviso para que efectuase el pago de recibos atrasados. Entonces el propietario le había reclamado el alquiler desde el primero de enero, enviando los recibos á la portera, recibos que ésta guardó en su poder. El día 15 se le remitió un segundo aviso, y habiendo tardado algunos días la portera en entregárselo al señor marqués de Espard, que creyó que este acto fuese algún error, pues no podía sospechar un proceder semejante por parte de un hombre en cuya casa vivía hacía doce años, el marqués fué requerido de embargo por un ujier, mientras que el ayuda de cámara iba á llevar el dinero á casa del propietario. Este embargo, contado insidiosamente á las personas con quienes él estaba en tratos para su obra, alarmó á algunos que dudaban ya de la solvencia del señor de Espard, á causa de las enormes sumas que le sacaban, según decían, el barón de Jeanrenaud y su madre. Por otra parte, las sospechas de los inquilinos, de los acreedores y del propietario estaban casi justificadas por la gran economía del marqués, el cual obraba como hombre verdaderamente arruinado. Los criados pagaban inmediatamente en el barrio cuantos objetos compraban, y tanto crédito habían adquirido los chismes calumniosos, que si hubiesen pedido cualquier cosa á crédito se la hubiesen negado. Existen comerciantes que gustan de parroquianos que les pagan mal, siempre que tengan con ellos relaciones constantes, mientras que odian á los buenos pagadores que se mantienen en actitud demasiado seria para permitirles ciertos roces. Los hombres son así. En casi todas las clases se concede al compadrazgo y á almas viles que saben halagar, facilidades y favores, que se niegan á gentes superiores y dignas. El tendero, que vocifera contra la corte, tiene también sus cortesanos. En fin, el proceder del marqués y de sus hijos tenía que engendrar odios en los vecinos y llevarles insensiblemente á ese grado de maldad que lleva á hacer cualquier cobardía, siempre que ésta dañe al adversario. El señor de Espard era noble como su mujer una gran dama: dos tipos magníficos, tan raros ya en Francia, que los pocos que quedan pueden contarse. Estos dos personajes poseían ideas primitivas, creencias, por decirlo así, innatas y hábitos adquiridos desde la infancia y que no existen ya. Para creer en la sangre pura y en una raza privilegiada, para ponerse con el pensamiento por encima de los demás hombres ¿no es preciso haber medido desde la cuna el espacio que separa á los patricios del pueblo? Para mandar ¿no es necesario no haber conocido nunca iguales? ¿no es necesario, en fin, que la educación inculque las ideas que la naturaleza inspira á los grandes hombres á quienes ha puesto una corona en la frente antes de que su madre haya depositado un beso en la misma? Estas ideas y esta educación no son ya posibles en Francia, donde hace ya cuarenta años que la casualidad se ha arrogado el derecho de hacer nobles, marcándolos con la sangre derramada en el campo de batalla, dorándolos con la gloria, coronándolos con la aureola del genio; donde la abolición de las instituciones y los mayorazgos, desmenuzando las herencias, obliga al noble á ocuparse de sus asuntos en lugar de ocuparse de los asuntos del Estado, y donde la grandeza personal sólo puede ser una grandeza adquirida después de largos y continuos trabajos: era completamente nuevo. Considerado como un resto de aquel gran cuerpo llamado feudalismo, el señor de Espard merecía respetuosa admiración. Si creía en que unos hombres tenían sangre superior á otros, creía asimismo en todas las obligaciones de la nobleza; poseía las virtudes y la fuerza que ésta exige, había educado á sus hijos en sus principios y les había enseñado desde la cuna la religión de su casta. Una convicción profunda de su dignidad, el orgullo del nombre y la certeza de ser grandes por sí mismos, engendraron en ellos una arrogancia regia, el valor de los paladines y la bondad protectora de los señores castellanos. Sus modales, en armonía con sus ideas, y que hubieran parecido bellos en un principio, herían á todo el mundo en la calle de la Montagne-Sainte-Genevieve, país de igualdad, si alguna vez hubo alguno, donde se creía, por otra parte, arruinado al señor de Espard y donde, desde el más grande hasta el más pequeño, negaban los privilegios de la nobleza á un noble sin dinero, fundándose en la misma razón que les permite usurparlos á los plebeyos enriquecidos. De modo que la falta de comunicación entre esta familia y sus vecinos existía, no sólo en la parte física, sino también en la parte moral. El exterior y el alma estaban en armonía, lo mismo en el padre que en los hijos. El señor de Espard, que contaba á la sazón cincuenta años, hubiera podido servir como modelo de la aristocracia nobiliaria del siglo XIX. Era delgado y rubio, y su rostro tenía esa distinción nativa en el corte y en la expresión general que anunciaba los sentimientos elevados; pero al mismo tiempo denotaba una frialdad calculada que imponía un tanto de respeto. Su nariz aguileña, torcida de derecha á izquierda por la punta, ligera desviación que no carecía de gracia, sus ojos azules, su frente despejada y bastante saliente hacia las cejas para formar un espeso cordón que detenía la luz sombreando los ojos, indicaban en él la existencia de un espíritu recto, susceptible de perseverancia y una gran lealtad; pero daban al mismo tiempo un aire extraño á su fisonomía. Aquella oblicuidad de la frente parecía confirmar, en efecto, la locura, y sus espesas y unidas cejas robustecían aún más esta creencia. Tenía las manos blancas y cuidadas de los nobles, y sus pies eran estrechos y de empeine alto. Su hablar indeciso, no sólo en la pronunciación, que se parecía á la de un testarudo, sino también en la expresión de las ideas, y su pensamiento y su palabra, causaban en el espíritu del auditor el efecto de un hombre que va y viene, que repara en minuciosidades, que lo toca todo, que se interrumpe en sus gestos y que no acaba nada. Este defecto, puramente exterior, contrastaba con la decisión de su boca llena de firmeza y con el carácter enérgico de su fisonomía. Su paso, bastante refrenado, estaba en perfecta armonía con su manera de hablar. Estas rarezas contribuían á confirmar su pretendida locura. A pesar de su elegancia, usaba en su persona una sistemática economía, y llevaba durante cuatro años la misma levita negra, cepillada con extremo cuidado por su