libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. London, Jack (1876-1916) Escritor estadounidense. Combina en su obra el más profundo realismo con los sentimientos humanitarios y el pesimismo. John Griffith London nació en San Francisco hijo de un astrólogo ambulante, al que no conoció, y de una espiritista que se casó con Yack London meses después del nacimiento de su hijo. Completó sus estudios de bachillerato mientras realizaba diversos trabajos. En 1897 y 1898 viajó a Alaska, empujado por la corriente de la fiebre del oro. Antes había sido marino, pescador, e incluso contrabandista. De regreso a San Francisco comenzó a relatar sus experiencias. En 1900 publicó una colección de relatos titulada El hijo del lobo que le proporcionó un gran éxito popular. Publicó más de 50 libros que le supusieron grandes ingresos pero que dilapidó en viajes y alcohol. Fue corresponsal de guerra y vivió dos matrimonios tormentosos. Se suicidó a la edad de 40 años. De ideas socialistas y siempre del lado de los trabajadores, London fue militante comunista e incluso agitador político. Pero, autodidacta como era, las lecturas del filósofo alemán Nietzsche le llevaron a formular que el individuo debe alzarse frente a las masas y las adversidades. Esta contradicción individualidad-colectividad está presente en su obra. Su tesis general es la de que el ser humano no es bueno por naturaleza, y sólo los fuertes consiguen alzarse en la vida que es dura; estos seres serán los que pongan los cimientos para una sociedad más justa. Muchos de sus relatos, entre los que destaca su obra maestra, La llamada de la selva (1903), hablan de la vuelta de un ser civilizado a su estado primitivo, y la lucha por la supervivencia. Su estilo, brutal, vivo y apasionante, le hizo enormemente famoso fuera de su país. Sus novelas se han traducido a numerosas lenguas. Entre sus principales obras cabe mencionar Los de abajo (1903), sobre la vida de los pobres en Londres; El lobo de mar (1904), una novela basada en sus experiencias como cazador de focas; Colmillo blanco (1906) un libro pesimista sobre la crueldad, la hegemonía de los más fuertes y la lucha por la libertad. John Barleycorn (1913), un relato autobiográfico sobre su batalla personal contra el alcoholismo, El vagabundo de las estrellas (1915), una serie de historias relacionadas entre sí sobre el tema de la reencarnación. El hombre de la cicatriz Jack London    EL HOMBRE DE LA CICATRIZ Jacob Kent había sufrido de codicia todos las días de su vida. Esto, a su vez, le había engendrado una desconfianza crónica, y su mente y carácter se habían vuelto tan intrigantes que todo trato con él se hacía muy desagradable. También era víctima de una propensión al sonambulismo, y muy tozudo. Había sido tejedor desde la cuna, hasta que la fiebre del Klondike entró en su sangre y lo apartó del telar. Su cabaña se alzaba a medio camino entre el Puesto Sixty Mile y el río Stuart. Los hombres que acostumbraban transitar esa ruta de Dawson lo veían como un barón feudal, sentado en su fortaleza y cobrando peaje a las caravanas que usaban sus mal conservados caminos. Como para construir este personaje se requería cierto conocimiento de historia, los mineros menos cultos eran dados a describirlo de una manera mucho más nítida, donde resaltaba una seguidilla de adjetivos fuertes. Dicho sea de paso, la cabaña no era suya: la habían erigido varios años atrás un par de mineros, que también fabricaron una balsa de troncos, para ganarse la comida. Habían sido unos tipos muy hospitalarios, y, después de abandonar la cabaña, los viajeros que conocían la ruta se ponían por meta llegar allí al caer la noche. Era muy práctico, para ahorrarse el tiempo y el trabajo de levantar un campamento; y constituía una regla no escrita que el último hombre dejara un buen montón de leña para el siguiente. Raramente pasaba una noche sin que una cantidad de hombres -desde media docena a una veintena- se amontonaran a su cobijo. Jacob Kent tomó nota de estas cosas, ejercitó una soberanía ilegal y se instaló allí. Desde entonces, los viajeros fatigados debían oblar un dólar por cabeza por el derecho a dormir en el suelo, mientras Jacob Kent pesaba el oro y no perdía ocasión de pesar de menos. Además, se las ingeniaba para que los viajeros le cortaran la leña y le llevaran el agua. Esto era flagrante piratería, pero sus víctimas eran una camada indolente, y, aunque lo detestaban, le permitían prosperar en sus pecados. Una tarde de abril se encontraba sentado a la puerta -igual que una araña predadora- maravillándose del calor del sol recurrente y escudriñando el camino en busca de posibles moscas. El Yukón yacía -un mar de hielo- a sus pies, desapareciendo tras dos grandes curvas hacia el Norte y el Sur, y extendiéndose sus tres buenos kilómetros de orilla a orilla. Sobre su duro pecho discurría la ruta de los trineos, una línea fina y hundida de seis metros de ancho, y con más maldiciones por metro que cualquier otra carretera, fuera o dentro de toda la cristiandad. Jacob Kent se sentía especialmente a gusto esa tarde. Había batido su propio récord la noche anterior, al vender su hospitalidad nada menos que a veintiocho visitantes. Fue algo incómodo, es verdad: cuatro habían roncado toda la noche bajo su camastro; pero, por otra parte, habían añadido un peso apreciable al saco en el que guardaba su oro en polvo. Este saco, con su brillante tesoro amarillo, pasó a ser de inmediato su principal delicia y la razón de su existencia. El cielo y el infierno yacían dentro de su delgada boca. Tal como era la naturaleza de las cosas, al no haber ninguna privacidad en la vivienda de una sola habitación, torturaba a Jacob el miedo constante a ser robado. Sería muy fácil para estos barbudos extraños, de mirada desesperada, alzarse con todo. A menudo soñaba que así ocurría, y despertaba en las garras de una pesadilla. Un número determinado de estos ladrones lo atormentaba en sus sueños y llegó a conocerlos bastante bien, especialmente al jefe bronceado con una cicatriz en su mejilla derecha. Este tipo era el más persistente del grupo, y debido a él se las había arreglado, en sus momentos de mayor lucidez, para construir varias veintenas de escondrijos dentro y alrededor de la cabaña. Tras cada ocultamiento respiraba tranquilo durante unas noches, solo para sorprender al Hombre de la Cicatriz en el momento de desenterrar el saco. Entonces, se despertaba en medio de la lucha habitual, se levantaba apresuradamente y mudaba la bolsa a otro escondrijo más ingenioso. No es que fuera la víctima directa de estos fantasmas; pero creía en los presagios y en la transmisión del pensamiento, y en que estos ladrones soñados eran una proyección astral de personajes reales en esos momentos particulares, sin importar adónde estuvieran en carne, y que albergaban designios ocultos, en espíritu, sobre sus riquezas. Por tanto, siguió desangrando a los desafortunados que cruzaban su umbral, y a la vez aumentando sus problemas con cada onza que entraba en su saca. Mientras se asoleaba, a Jacob Kent lo asaltó una idea que lo hizo saltar de la silla. Los placeres de la vida habían culminado con el continuo acto de pesar y volver a pesar el nuevo oro; pero una sombra se había proyectado sobre este grato pasatiempo, que hasta el momento no había podido dejar de lado. Sus pesas eran realmente pequeñas, como máximo podían pesar una libra y media (veinticuatro onzas, o setecientos gramos), en tanto que su tesoro alcanzaba unas tres veces y un tercio esta cantidad. Nunca había podido pesarlo todo en una sola operación, y, por tanto, consideraba que lo estaban privando de una forma nueva y sumamente edificante de contemplación. Al serle negado esto, había perdido la mitad del placer de la posesión. Fue la solución a este problema, atravesando su mente como un relámpago, lo que lo hizo ponerse de pie. Observó cuidadosamente el camino en ambas direcciones. No había nada a la vista; en consecuencia, entró. En pocos segundos había despejado la mesa y armado la balanza. En un lado colocó las aplanadas pesas por un peso equivalente a quince onzas, y equilibró con polvo de oro en el otro lado. Sustituyendo las pesas por oro, tenía entonces treinta onzas exactamente equilibradas. Colocó estas a su vez a un lado, y de nuevo buscó el equilibrio poniendo más oro: para entonces el oro se había agotado y él sudaba generosamente. Temblaba de éxtasis, embelesado más allá de toda medida. No obstante, limpió a fondo el saco, hasta el último grano, hasta que se desequilibró y un lado de la balanza cayó sobre la mesa. Restauró el equilibrio de nuevo, añadiendo una pesa de una onza y otra de cinco en el lado opuesto. Se levantó, con la cabeza echada atrás, pasmado. El saco estaba vacío, pero la capacidad de la balanza ya no tenía límites. Con ella podría pesar cualquier cantidad, desde el grano más pequeño hasta libras y libras. Mammon1 se adueñó de su corazón. El sol siguió su camino hacia el oeste, hasta que sus rayos penetraron por la puerta abierta, dando de lleno sobre las balanzas cargadas de metal amarillo. Los preciados montones devolvieron la luz con un brillo suave. Tiempo y espacio se confundieron. -¡Caray, mi Dios! Ahí tienes, por lo menos, varias libras, ¿verdad? Jacob Kent giró sobre sus talones, alcanzando a la vez su escopeta de doble cañón, que estaba a la mano. Pero cuando sus ojos se posaron en la cara del intruso dio un paso atrás, mareado. ¡Era la cara del Hombre de la Cicatriz! El hombre lo miró con curiosidad. -¡Oh!, está todo bien -le dijo, moviendo su mano con un gesto de desaprobación-. No debes pensar que voy a hacerte ningún daño, ni a ti ni a tu dichoso oro. ¿Eres un contrabandista, no? -añadió pensativo, mientras contemplaba el sudor que chorreaba por la cara de Kent y el temblor de sus rodillas. -¿Por qué no dices algo? -siguió, mientras el otro se esforzaba por respirar-. ¿Qué le pasa a tu lengua? ¿Algo va mal? -¿Do ...do...dónde te la hicieron? -consiguió articular por fin Kent, levantando un tembloroso dedo hacia la horrible cicatriz que surcaba la mejilla del otro. -Un compañero de barco me la hizo con un pasador. Y ahora que tienes tu mascarón de proa en orden, lo que yo quiero saber es qué te ocurre. Eso es lo que quiero saber, ¿qué te ocurre? ¡Santo Dios! ¿Te hace daño? ¿Estás tan pagado de tí mismo y de tus gustos? ¡Eso quiero saber! -No, no -contestó Kent, dejándose caer en una banqueta al tiempo que esbozaba una débil sonrisa-. Solo me preguntaba... -¿Alguna vez viste una igual? -siguió el otro, truculento. -No. -¿No es una maravilla? -Sí -asintió Kent con la cabeza, intentando congraciarse con el extraño visitante, pero completamente inadvertido del estallido que iba a seguir a sus esfuerzos por ser agradable. -¡Maldito, condenado estropajo, mal hijo de marinero! ¿Qué quieres decir con eso de que la cosa más fea que Dios Todopoderoso jamás puso en la cara de un hombre es una maravilla? ¿Qué quieres decir, pedazo de...? Y en ese momento el ardiente lobo de mar soltó una larga hilera de blasfemias orientales, mezclando dioses y demonios, linajes y hombres, metáforas y monstruos, con virilidad tan salvaje que Jacob Kent se quedó paralizado. Se echó hacia atrás, levantando los brazos como para defenderse de un ataque físico. Estaba tan acobardado, que el otro se detuvo en medio de su espléndida perorata y estalló en estruendosas carcajadas. -El sol ha llegado al final de su recorrido -dijo el Hombre de la Cicatriz entre paroxismos de hilaridad-. Y lo único que deseo es que aprecies la oportunidad de asociarte con un tipo de mi calaña. Échale leña a esa chimenea tuya. Voy a desatar a los perros y a darles de comer. Y no seas tacaño con la leña; hay mucha más donde has recogido esa, y te harás tiempo para blandir el hacha. Y, ya que estás, trae un poco de agua. ¡Avívate o te pondré por el suelo, así que ayúdame! Nunca se vio cosa igual. ¡Jacob Kent encendía el fuego, cortaba leña, acarreaba agua, y hasta hacía tareas domésticas para un huésped! Cuando Jim Cardegee abandonó Dawson, iba con la cabeza llena de las iniquidades de este Shylock2 de los caminos; y a lo largo de estos, las numerosas víctimas aumentaron su lista de crímenes. Ahora, Jim Cardegee, con el gusto del marino por los chistes marineros, decidió, al entrar en la cabaña, bajarle los humos a su inquilino. No podía sino apreciar que había triunfado más de lo que esperaba, aunque ignoraba el papel que representaba en ello la cicatriz de su mejilla. Pero, aunque no lo comprendía, notaba el terror que producía. Y decidió explotarlo tan despiadadamente como haría cualquier comerciante moderno con una mercancía. -¡Que me dejen ciego, estás hecho un usurero! -dijo con tono de admiración, la cabeza ladeada, mientras su anfitrión iba y venía-. Nunca debiste venir al Klondike. Para ser dueño de una taberna, para eso fuiste hecho. A menudo oí hablar de ti a los muchachos, río arriba y río abajo, pero no tenía idea de que fueras tan encantadoramente divertido. Jacob Kent sintió unos deseos tremendos de probar su rifle con él, pero la fascinación que le producía la cicatriz era demasiado fuerte. Este era el auténtico Hombre de la Cicatriz, el hombre que tantas veces lo robara en espíritu. Esta era, entonces, la entidad carnal del ser cuya forma astral se había proyectado en sus sueños. Solo podía extraer la conclusión de que este Hombre de la Cicatriz había venido en carne y hueso para despojarlo. ¡Esa cicatriz! No podía separar los ojos de ella más que lo que podía detener los latidos de su corazón. Hiciera lo que hiciera, siempre confluían inevitablemente en aquel punto fijo, como la aguja de una brújula se orienta al Polo Norte. -¿Te hace mal? -tronó repentinamente Jim Cardegee, alzando los ojos de sus mantas extendidas y chocando con la mirada fija del otro-. Me parece que lo mejor que puedes hacer es preparar tu catre, apagar la luz y acostarte, ya que tanto te preocupa la cosa. ¡Hazme caso, patán; si no, tendré que meter mano en tus asuntos! Kent estaba tan nervioso que tuvo que soplar tres veces hasta apagar el candil de barro, y se metió entre las mantas sin quitarse siquiera los mocasines. Pronto el marinero estaba roncando tranquilamente en su dura cama sobre el suelo, pero Kent yacía con la mirada fija en la oscuridad, con una mano en el rifle y decidido a no pegar un ojo en toda la noche. No había tenido la oportunidad de esconder sus cinco libras de oro, y ellas descansaban en la caja de municiones, a la cabecera de su camastro. Pero, por mucho que se esforzó, al fin acabó por dormirse, con el peso de su oro oprimiéndole el alma. Si no se hubiese quedado dormido, sin quererlo, en tal estado mental, el demonio del sonambulismo no habría aparecido, y Jim Cardegee no habría salido en busca de oro, con una criba, al otro día. El fuego luchó una batalla perdida y por fin se apagó, mientras la escarcha penetraba por las grietas del musgo, entre los troncos, y enfriaba la atmósfera interior. Los perros, afuera, dejaron de ladrar, y acurrucados en la nieve soñaban con cielos plagados de salmón, donde no existían ni conductores de perros ni capataces. Dentro, el marinero dormía como uno de los perros, mientras su anfitrión se revolvía inquieto, víctima de extrañas fantasías. Cuando caía ya la medianoche, repentinamente echó a un lado las mantas y se levantó: notable que pudiera hacer aquello sin encender ni una luz. Quizás fue a causa de la oscuridad por lo que mantuvo los ojos cerrados, o quizás fuera por temor a ver la terrible cicatriz en la mejilla de su huésped; sea como fuere, abrió a ciegas la caja de municiones, metió una gran carga de pólvora por la boca del rifle sin derramar ni una partícula, la apisonó, guardó todo de nuevo y volvió a la cama. Cuando el día posó sus dedos color gris-acero sobre la ventana apergaminada, Jacob Kent despertó. Apoyándose sobre un codo, levantó la tapa y espió dentro de la caja de municiones. Cualquier cosa que haya sido lo que vio, o lo que no vio, ejerció un efecto muy peculiar sobre él, considerando su carácter neurótico. Lanzó una mirada al hombre dormido en el suelo, bajó suavemente la tapa y giró sobre su espalda. Una expresión de calma imperturbable le bañaba la cara. No se le movía un músculo, ni el mínimo signo de excitación o perturbación. Permaneció así un buen rato, pensativo, y cuando se levantó comenzó a ir de un lado a otro, de un modo frío y calculador, sin ruido ni prisa. Resulta que una pesada estaca de madera había sido introducida en la cumbrera, justo por encima de la cabeza de Jim Cardegee. Jacob Kent, trabajando en silencio, pasó un trozo de manila de poco más de un centímetro de diámetro sobre la estaca, tirando de ambas puntas hacia el suelo. Ató un extremo alrededor de su cintura y torció el otro en un nudo corredizo. Luego amartilló el rifle y lo dejó al alcance de su mano, al lado de numerosas correas de piel de alce. Con un gran esfuerzo de voluntad soportó la vista de la cicatriz, deslizó el nudo sobre la cabeza del hombre dormido, y lo ajustó echando su propio peso hacia atrás, a tiempo de empuñar el rifle y sostenerlo con firmeza. Jim Cardegee despertó, ahogándose y desconcertado, con los ojos fijos en el doble cañón metálico. -¿Dónde está? -preguntó Kent, al mismo tiempo que tiraba de la cuerda. -Maldito... ugh... Kent sencillamente echó atrás su peso, cortando el aire del otro. -Condenado... ah... ugh... -¿Dónde está? -repitió Kent. -¿Qué...? -preguntó Cardegee, apenas pudo recobrar su aliento. -El oro. -¿Qué oro? -requirió el perplejo marinero. -Lo sabes muy bien, el mío. -Nunca lo he visto. ¿Por quién me has tomado? ¿Por una caja fuerte? ¿Qué tengo yo que ver en todo esto? -Quizás lo sepas, quizás no, pero de todos modos voy a cortarte la respiración hasta que lo sepas. Y si levantas una sola mano ¡te volaré la cabeza! -¡Santo cielo! -rugió Cardegee, cuando la cuerda se apretó. Kent aflojó por un instante, y el marinero, meneando su cuello como si lo hiciera por la presión, se las ingenió para soltar un poco el nudo y preparó el terreno para que el punto de contacto con la piel quedara justo por debajo de su barbilla. -¿Y bien? -interrogó Kent, esperando la revelación. Pero Cardegee se sonrió. -¡Adelante con el colgamiento, condenado viejo de porquería! Entonces, como había supuesto el marinero, la tragedia se convirtió en una farsa. Al ser Cardegee más pesado, Kent, echando su peso hacia atrás y hacia abajo, no lo pudo levantar del suelo. Por mucho que se esforzó, los pies del marinero aún permanecían en el suelo y soportaban parte de su peso, mientras el resto lo soportaba la barbilla. Incapaz de levantarlo, Kent seguía aferrado a la cuerda, resuelto a ahogarlo lentamente u obligarlo a confesar qué había hecho con el botín. Pero el Hombre de la Cicatriz no se ahogaba: pasaron cinco, diez, quince minutos y al final, desesperado, Kent dejó caer a su prisionero. -Está bien -dijo, limpiándose el sudor-. Si no te puedo colgar, sí puedo pegarte un tiro. Algunos hombres no han nacido para ser colgados. -Harás un estropicio en este suelo tan bonito -Cardegee se afanaba por ganar tiempo-. Escucha, te diré lo que vamos a hacer. Juntaremos nuestras cabezas y razonaremos. Tú has perdido cierta cantidad de oro. Tú dices que yo sé algo y yo digo que no. Hagamos un análisis y tracemos un camino... -¡Santo Cielo! -le espetó Kent, imitando maliciosamente las palabras del otro-. Seré yo quien trace todos los caminos que han de seguirse; ¡y si haces cualquier cosa más, te voy a jorobar, tan seguro como que existió Moisés! -Por mi madre... -Que Dios se apiade de ella, si te quiere. ¡Ah! ¿con que sí? -reprimió un gesto hostil del otro, apretando contra su frente la boca fría del rifle-. ¡Estate quieto! ¡Como muevas un solo pelo, verás lo que es bueno! Atarlo era un trabajo arduo, mientras mantenía el gatillo siempre a conveniente distancia del dedo. Pero Kent había sido tejedor y en pocos minutos tuvo al marinero atado de pies y manos. Entonces lo arrastró afuera y lo tumbó al lado de la cabaña, donde podía vigilar el río y observar el sol subiendo hacia el meridiano. -Te daré hasta el mediodía, y entonces... -¿Qué? -Irás derecho al fuego del infierno. Pero si hablas, te vigilaré hasta que venga la próxima patrulla de la Policía Montada. -¡Bueno, que Dios me lleve, vaya elección! Aquí me tienes, inocente como un cordero, y aquí estás tú, perdida la chaveta y equivocado de medio a medio, volviéndome loco y dispuesto a mandarme a los fuegos del infierno. ¡Maldito pirata!... Jim Cardegee soltó su sarta de blasfemias y se superó a sí mismo. Jacob Kent trajo un taburete para disfrutar la cosa confortablemente. Tras agotar todas las combinaciones posibles de su vocabulario, el marinero se calló para pensar con seriedad, sus ojos calibrando constantemente el avance del sol, que ascendía por el flanco Este de los cielos con una prisa nunca vista. Sus perros, sorprendidos por no haber sido amarrados a sus arneses desde hace mucho tiempo atrás, se agruparon a su alrededor. Su impotencia atraía a los animales. Presentían que algo estaba mal, aunque no sabían qué, y demostraban su solidaridad con tristes aullidos. -¡Largo! ¡Fuera del trineo, hato de siwashes3! -gritó, intentando darles un puntapié mientras se arrastraba como un gusano, y descubriendo que él mismo se hallaba tambaleante al borde de un declive. Tan pronto como los animales se dispersaron, se dedicó a ponderar la importancia del declive, que presentía pero no podía ver. No tardó mucho en llegar a una conclusión correcta. La naturaleza de las cosas, pensó, es que el hombre sea perezoso. No hace más de lo necesario. Cuando construye una cabaña, necesita tierra para el techo. De estas premisas resultaba lógico que no acarreara esa tierra desde más lejos de lo absolutamente necesario. Por tanto, él se hallaba al borde de un barranco de donde se había sacado tierra para techar la cabaña de Jacob Kent. Este conocimiento, utilizado adecuadamente, podría prolongar los acontecimientos, reflexionó. Entonces dirigió su atención a las correas de piel de alce que lo sujetaban. Sus manos estaban atadas a su espalda y, al hallarse presionando contra la nieve, habían sido mojadas por el contacto. Sabía que este humedecimiento del cuero tendería a estirarlo, y, sin aparentar el esfuerzo, se empeñó en estirarlo más y más. Contempló el camino con ansiedad, y cuando en dirección a Sixty Mile apareció por un momento una mancha negra sobre el fondo blanco de un atascamiento de hielo, echó una mirada inquieta al sol. Casi había alcanzado el cenit. Nuevamente captó la mancha negra sorteando las montañitas de hielo y desapareciendo en los hoyos intermedios. Pero no se atrevía a permitirse más que unas miradas rápidas y curiosas por temor a despertar suspicacias en su enemigo. Por una vez, cuando Jacob Kent se levantó y escudriñó el camino, Cardegee sintió miedo; pero el trineo se había metido en un tramo de camino que corría paralelo a una colina, y estuvo fuera de la vista hasta que pasó el peligro. -Haré que te cuelguen por esto -amenazó Cardegee, en un intento de atraer la atención del otro-. Y te pudrirás en el infierno, ya verás si no es así. -Te digo -gritó tras otra pausa-, ¿crees en los fantasmas? -el repentino sobresalto de Kent le indicó que pisaba terreno firme, y siguió-: un fantasma tiene derecho a perseguir al hombre que no hace lo que le ordenó, y por eso no me puedes limpiar de encima de ti hasta que pase la guardia de cuatro horas, lo que significa las doce en punto, ¿verdad? Porque, si lo haces, ocurrirá que te perseguiré, ¿me oyes? ¡Un minuto, un segundo apenas antes de la hora, y te perseguiré, por Dios que lo haré! Jacob Kent se mostraba dubitativo, pero evitó hablar. -¿Cómo va tu cronómetro, cuál es tu longitud, cómo sabes que tu hora es correcta? -persistió Cardegee, con la vana esperanza de ganarle así unos minutos a su ejecutor-. ¿Tienes la hora de Barrack, o la de la Compañía? Porque si lo haces antes de que suene la campana, yo no descansaré. Te hago una honesta advertencia. Volveré. Y si no tienes hora, ¿cómo la vas a saber? Eso es lo que quiero que me digas, ¿cómo la vas a saber? -Te mandaré al otro lado como es debido -replicó Kent-. Tengo un reloj de sol. -No sirve, la aguja tiene una desviación de treinta y dos grados. -Las estaquillas están bien puestas. -¿Cómo las alineaste?, ¿con una brújula? -No, con la Estrella Polar. -¿Estás seguro? -Seguro. Cardegee gimió, después lanzó una mirada furtiva al camino. El trineo estaba justo salvando una colina a un escaso kilómetro y medio de distancia, y los perros corrían ligero a paso muy largo. -¿A qué distancia está la sombra de la línea? Kent se acercó al primitivo reloj y lo miró detenidamente. -A siete centímetros y medio -anunció, tras un meticuloso estudio. -Oye, grita la hora exacta antes de apretar el gatillo, ¿lo harás? Kent accedió, y se quedaron callados. Las correas que sujetaban las muñecas de Cardegee se estiraban lentamente, y había empezado a pasar la primera vuelta sobre sus manos. -Oye, ¿cuánto le falta para la sombra? -Dos centímetros y medio. El marinero se retorció ligeramente para asegurarse de que se vendría declive abajo en el momento justo, y deslizó la primera vuelta de las correas. -¿Cuánto falta? -Un centímetro. En ese momento, Kent oyó el discordante batir de los patines y giró la vista hacia el camino. El conductor iba tumbado en el trineo y los perros se impulsaban cuesta abajo directamente hacia la cabaña. Kent se volvió, echándose el rifle al hombro. -Todavía no son las doce -protestó Cardegee-. ¡Te perseguiré, puedes estar seguro! Jacob Kent vaciló. Estaba junto al reloj de sol, a unos diez pasos de su víctima. El hombre del trineo debió ver que algo extraño estaba ocurriendo, pues se había puesto de rodillas, mientras su látigo restallaba furiosamente entre los perros. Las sombras se alinearon. Kent espió por la mirilla del arma. -¡Prepárate! -ordenó solemnemente-. Las do... Pero una fracción de segundo antes, Cardegee rodó dentro del barranco. Kent frenó el disparo, y corrió hacia el borde. ¡Bang! El rifle estalló en plena cara del marinero cuando este se puso de pie. Pero de la boca del arma no salió humo; en vez de eso, una lengua de fuego estalló por un costado del cañón y Jacob Kent cayó al suelo. Los perros remontaron la orilla, arrastrando el trineo por encima de su cuerpo, y el conductor saltó al suelo, mientras Cardegee liberaba sus manos y salía del barranco. -¡Jim! -el recién venido lo reconoció-. ¿Qué ocurre? -¿Que qué ocurre? ¡Oh, nada! Sencillamente hago estas pequeñeces por mi salud. ¿Que qué ocurre? ¡Maldito idiota! ¿Que qué ocurre? ¡Ayúdame a soltarme y te lo diré! ¡Date prisa, o haré contigo piedra arenisca para limpiar la cubierta del barco! -¡Ah! -se burló, mientras el otro empezó a trajinar con su cuchillo de monte-. ¿Qué ocurre? Quiero saberlo. Dímelo, ¿quieres? ¿Qué ocurre, eh? Kent estaba bien muerto cuando lo dieron vuelta. El rifle, un arma vieja y pesada que se cargaba por la boca, yacía a su lado. Acero y madera se habían separado. Junto al extremo del cañón derecho, con los labios hacia afuera, se abría un agujero de varios centímetros. El marinero recogió el arma, intrigado. Un chorro brillante de polvo amarillo se derramaba por la hendidura. La verdad de lo ocurrido se precipitó sobre Jim Cardegee. -¡Por todos los diablos! -rugió-. ¡Mira esto! ¡Aquí está su maldito oro! ¡Que Dios me condene, y a ti también, Charley, si no traes ya mismo la criba! Fin El hombre de la cicatriz Jack London libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,.