Las hijas de los Faraones Emilio Salgari libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Salgari, Emilio (1862-1911) Escritor italiano. Emilio Salgari nació en Verona en 1863. Sus viajes por mar se limitaron a breves periodos de navegación durante su juventud en un barco escuela y al tiempo en que prestó servicios a bordo de un mercantil que recorría la costa Adriática y parte del Mediterráneo. En ese periodo empezó a escribir poesía y relatos breves. Comenzó así su afortunada pero tormentosa carrera literaria. En su obra destacan algunos ciclos temáticos como la jungla, los piratas asiáticos, los corsarios del Caribe y las praderas norteamericanas. Sus libros se caracterizan por la simplicidad de los personajes y la viveza de la acción, aspectos que terminarían por renovar el panorama de la literatura juvenil. Por culpa de las penurias económicas y por una serie de desgracias familiares, su vida acabaría trágicamente. Entre su extensa producción literaria destacan "La cimitarra de Buda", "Los piratas de Malasia", "El Corsario Negro" y "Los tigres de Mompracem". Murió en Turín en 1911. A ORILLAS DEL NILO La calma reinaba a orillas del majestuoso Nilo. El sol iba a ocultarse tras las altas copas de las inmensas y frondosas palmeras, entre un mar de fuego que teñía de púrpura las aguas del río, dándole la apariencia de bronce recién fundido, mientras que por levante un vapor violáceo, cada vez más oscuro, anunciaba las primeras tinieblas. Un hombre permanecía junto a la orilla, apoyado en el tronco de una tierna palmera, en una especie de semiabandono y sumido en profundos pensamientos. Su mirada errante vagaba por las aguas que se hendían con un dulce murmullo entre los troncos de los papiros que emergían entre el fango. Era un hermoso joven egipcio, de unos dieciocho años escasos, espaldas más bien anchas y robustas, brazos musculosos, terminados en largas y delicadas manos, de rasgos muy bellos, proporcionados y de cabello y ojos intensamente negros. Vestía una sencilla túnica que descendía hasta sus pies a largos pliegues, ajustada a su cintura por un ceñidor de lino de franjas blancas y azules. En su cabeza, y para resguardarse de los ardientes rayos del sol, lucía aquella especie de tocado usado por los egipcios de hace cinco mil años, caracterizado por un pañuelo triangular, de franjas coloreadas, ceñido en la frente por una estrecha cinta de piel y con los picos cayendo sobre la espalda. Aquel joven permanecía en una inmovilidad absoluta, como si no se diera cuenta siquiera que las primeras sombras de la noche comenzaban a invadir las palmeras y el río. Como si no viera que permanecer demasiado tiempo en aquellas orillas, tras la puerta del sol, podía resultar muy peligroso. Sus ojos, tan profundamente negros, se hallaban fijos en el vacío, como si persiguieran algo que escapaba cada vez más lejos y que desapareciera entre las tinieblas de la noche, después se movió y apuntaron sus manos un ligero gesto de descorazonamiento. —Tal vez el Nilo no me lo devuelva nunca —murmuró—. Los dioses sólo protegen a los Faraones. Alzó los ojos. Las estrellas comenzaban a centellear en el cielo y el suave fulgor purpúreo que apuntaba todavía vagamente hacía poniente, por donde el sol había desaparecido, se diluía con fantástica rapidez. —Volvamos, —dijo para sí el joven—. Ounis estará muy intranquilo y posiblemente me esté buscando por el bosque. Anduvo tres o cuatro pasos, cuando se detuvo, fijando su mirada en las hierbas secas que crecían bajo las palmeras. Había algo que brillaba entre aquellas hojas caídas de los árboles. Se inclinó rápidamente y lo recogió, al mismo tiempo que de su garganta salía un grito apenas sofocado. Era una joya en forma de serpiente enroscada, con la cabeza de buitre, de otro macizo, policromamente esmaltada a lo largo de sus lados. — ¡El símbolo del poder sobre la vida y la muerte! —exclamó. Durante algunos momentos permaneció perplejo, manteniendo sus ojos fijos constantemente en aquella extraña joya, a la vez que tornábase pálido su color, que era sólo algo bronceado sin llegar a ser tan obscura su piel como la de los modernos fellah, es decir tan morena como la de los campesinos o la de los beduinos del desierto. —Sí —replicó con un tono que demostraba su profunda angustia—, esto es el símbolo del poder sobre la vida y la muerte, que sólo los Faraones pueden llevar. Ounis me lo ha enseñado varias veces esculpido en las estatuas de las pirámides y en la frente del Gran Kahfri Osiris. ¿Quién debe ser la muchacha que ha salvado de las fauces del cocodrilo? Se paso nuevamente la mano por la frente bañada en sudor, luego siguió diciendo: —Lo recuerdo, esta joya brillaba en medio de su pelo cuando la saqué del agua. El hermoso rostro del joven expresaba una angustia indescriptible. —Soy un insensato —dijo—. ¡Un hombre humilde como yo y he puesto mis ojos en aquella muchacha que me pareció como una diosa del Nilo! ¿Quién soy yo para atreverse tanto y vivir con semejante esperanza en el corazón? Un miserable que vaga por las orillas del Nilo junto a un pobre sacerdote. ¡Loco de mí! Y sin embargo aquellos ojos me han quitado para siempre la tranquilidad, destrozándome la existencia. Ya no soy aquel joven sensato que antes. Mi vida ha terminado y es el Nilo quien, ante mí, se lleva mis despojos hacia el lejano mar. Había reemprendido el camino, con la cabeza baja y los brazos sin energía. Las tinieblas lo rodeaban todo y una profunda oscuridad reinaba bajo las inmensas palmeras. Cantaban los grillos, susurraba dulcemente el ramaje sacudido por un ligero vientecillo y murmuraba el agua del majestuoso Nilo entre las hojas de loto y los tallos de los papiros, pero el joven no parecía oír nada. Caminaba como un sonámbulo, como si soñara, sin pronunciar palabra. Había alcanzado ya las lindes de la espesura que, en una ancha zona y a ambos lados del río, se extendía a lo largo de sus orillas, cuando de improviso una voz le arrancó de sus pensamientos. — ¡Mirinri! El joven se detuvo y abrió los ojos, que tenía semicerrados, a la vez que hacía un vago gesto. Parecía como si en aquel momento despertase de un largo sueño. — ¿No ves que el sol hace ya rato que se ha puesto? ¿No oyes la risa loca de las hienas? ¿Has olvidado acaso que estamos casi como en medio de un desierto? —Tienes razón, Ounis —respondió el joven—. Había unos cocodrilos jugando en el río y me he quedado demasiado tiempo mirándolos. —Son imprudencias que muchas veces le cuestan a uno la vida. Un hombre había aparecido entre un espeso grupo de suffarah (acacias fistulares) avanzando hacia el joven, que no se había movido. Era un arrogante anciano, de aspecto majestuoso, con una larga barba blanca que le llegaba hasta la mitad del pecho, cubierto por una ancha túnica de blanquísimo lino, y en cuya cabeza aparecía un pañuelo con franjas de color, semejante al que llevaba Mirinri. Sus ojos eran muy negros, pero con un fulgor vivísimo, y su piel estaba apenas bronceada, si bien un poco arrugada por la edad. —Hace una hora que te busco, Mirinri —dijo— y son muchas las noches que regresas tarde. Ten cuidado, hijo mío; las márgenes del Nilo son peligrosas. Sin ir más lejos, esta misma mañana he visto como un cocodrilo cogía por el hocico a un toro que estaba abrevando y lo ha arrastrado bajo las aguas. Una sonrisa algo burlona apareció en los labios del joven. —Ven, Mirinri, ya es muy tarde y tengo que hablar largamente contigo esta noche, porque has llegado ya a los dieciocho años y se ha cumplido la profecía. — ¿Cuál? El anciano alzó una mano hacia el cielo y dijo a continuación: —Mira: ¿no ves hacia oriente cómo brilla? Tus ojos son mejores que los míos y la distinguirás más fácilmente. El joven miró en la dirección que le indicaba el anciano y tuvo un sobresalto: — ¡Una estrella con cola! —exclamó. —Es la que estaba aguardando —respondió el viejo—. Esa estrella está ligada a tu destino. —Me lo has dicho muchas veces. —Marca la hora de la revelación. Se inclinó rápidamente ante el joven y le besó la orla del vestido. — ¿Qué haces, Ounis? —preguntó Mirinri extrañado, retrocediendo algunos pasos. —Saludo al futuro señor de Egipto —respondió el anciano. El joven quedó en silencio, mirando a Ounis, con un estupor imposible de describir. Un relámpago brillaba en sus ojos que se hallaban ahora fijos en el cometa refulgente en el cielo, entre miríadas de estrellas. — ¡Mi destino! —exclamó finalmente. Más tarde un grito escapó de sus labios: — ¡Mía! ¡Podrá ser mía! ¡El símbolo del poder sobre la vida y la muerte ya no me causa miedo! Pero no, es imposible, tú estás loco, Ounis; aunque eres un sacerdote, no te creo. Mi cuerpo, arrastrado por las aguas del sagrado río, irá a parar al lejano mar y se sumergirá allí donde sus ojos me han hundido ya y me han arrancado el alma. — ¿De quién hablas, Mirinri? —preguntó sorprendido Ounis. —Deja que mi secreto muera conmigo —respondió el joven. Una extrema ansiedad se reflejó en el rostro del anciano. —Vas a hablar —dijo con tono autoritario—. Sígueme. Tomó de la mano al joven y emprendieron el camino, a través de una lauda casi arenosa, interrumpido acá o allá por algún arbusto o por una palmera semiseca. No hablaban; ambos parecían muy preocupados y miraban, casi en el mismo instante, el cometa que iba ascendiendo lentamente en el cielo con un intenso brillo. Transcurridos unos quince minutos llegaron a la falda de una colina, carente de rasgo alguno de vegetación, que se alzaba en forma de una pirámide y sobre cuya cima se perfilaban unas estatuas de proporciones gigantescas. —Ven —repitió el viejo sacerdote—. Ha llegado la hora. Mirinri se dejó llevar, sin oposición alguna, y tras encaramarse por un sendero abierto en la roca viva, se ocultaron en el interior de una caverna poco espaciosa, iluminada por una pequeña lámpara de terracota en forma de ibis, el ave sagrada de los antiguos egipcios. Ninguna clase de lujo había dentro de aquella cueva. Tan sólo algunos vasos en forma de ánfora, unas espadas cortas y anchas colgando de la pared, así como algún escudo de piel de buey. En un ángulo, sobre un hornillo improvisado con cuatro o cinco piedras, borboteaba una marmita de forma extraña, exhalando un perfume agradable. Mirinri, apenas entró, se dejó caer sobre una piel de hiena, cogiéndose las rodillas entre las manos y sumergiéndose pronto en sus pensamientos. El sacerdote, a su vez, se detuvo en medio de la caverna, mirando al joven intensamente, con un afecto difícil de reprimir. —Te he saludado como mi señor —dijo con un acento extraño, que sonaba como un dulce reproche—. ¿Lo has olvidado, Mirinri? —No —respondió el joven, distraídamente. —Sin embargo, lo parece. ¿Qué profundo pensamiento turba la mente de aquel a quien he llamado hijo mío y a quien he consagrado toda mi vida? ¿No sientes cómo bulle en tus venas la sangre divina de los Faraones, los dominadores de Egipto? Al oír aquellas palabras el joven se puso en pie, totalmente transfigurado, fijando en el anciano una profunda mirada. — ¡La sangre de los Faraones, has dicho! —exclamó—. Tú deliras, Ounis. —No —respondió secamente el viejo—. Te he dicho que ha llegado la hora de la revelación. El cometa asciende por el cielo y la profecía se ha cumplido. ¡Tú eres un Faraón! — ¡Yo… un Faraón! —exclamó Mirinri palideciendo—. ¡Yo siento correr por mis venas una sangre ardiente, la sangre de los guerreros! ¡Los sueños de gloria y de grandeza, que cada noche, año a año, han turbado mi descanso, eran verdad! ¡Grandeza! ¡Poder! Ejércitos a mis órdenes, regiones que conquistar… y ella… ella… aquella divina muchacha que me ha embrujado… ¡Es imposible… tú me has engañado, Ounis, tú te ríes de mí! El joven se cubrió los ojos con ambas manos, como para escapar a una visión. Ounis se le acercó y, dulcemente, dándole unos golpecitos, le dijo: —Un sacerdote no puede permitirse el atrevimiento de burlarse de un hombre que lleva en sus venas la sangre sagrada de Osiris y que un día ha de convertirse en su señor. Siéntate y escúchame. Mirinri obedeció, dejándose caer sobre una piel de gacela que cubría un pequeño asiento hecho de arcilla secada al sol. —Habla —dijo—. Explícame cómo puedo yo ser un Faraón y por qué he crecido aquí, en los lindes del desierto, lejos del esplendor de Menfis, como si fuese el hijo de un miserable pastor. —Porque si tú te hubieras quedado allí, probablemente a estas horas ya no estarías vivo. — ¿Por qué? —preguntó Mirinri intrigado. —Porque en Menfis ya no reina desde hace once años Tetis, el fundador de la tercera dinastía. Un miserable le ha usurpado el trono a tu padre. — ¡Yo, hijo de Tetis! —exclamó el joven palideciendo. Tú sueñas, Ounis, ¿o es que continúas con la broma? — ¿Es que no he besado la orla de tu vestido? ¿Quieres pruebas? Te las daré. Mañana antes del alba iremos a interrogar la estatua de Memnón y podrás oír cómo resuena la piedra ante ti. ¿Quieres otra prueba? Iremos a la pirámide que tu padre hizo erigir y haré revivir en tu presencia la flor maravillosa de Osiris, aquella flor que solo ante los Faraones abre sus corolas, cuando dejan caer sobre ellas una gota de agua. Si la piedra vibra y la flor revive es que eres hijo de reyes. ¿Lo quieres? —Sí —respondió Mirinri secándose el sudor que le bañaba la frente. Solo ante esas dos pruebas te creeré. —Está bien —respondió el sacerdote—. Ahora escucha la historia de tu padre y la tuya propia. Iba a abrir la boca, cuando sus ojos descubrieron el símbolo del poder sobre la vida y la muerte que el joven llevaba prendido en la correa que le ceñía el pañuelo a la cabeza, un poco por encima de la frente. — ¡Un ureo! —exclamó Ounis—. ¿Dónde has encontrado este símbolo, que brilla solo en los cabellos de los reyes y de los hijos? —En la orilla del Nilo —respondió Mirinri. Ounis se levantó presa de una vivísima angustia. Sus ojos se habían dilatado y demostraban un profundo terror. — ¡Que hayan llegado a descubrir nuestro refugio! —exclamó, mostrando un gesto de cólera—. Sin embargo, yo he tomado todas las precauciones para que nadie supiese el lugar donde te he escondido. Este ureo sólo puede haberlo perdido un Faraón. — ¿O una Faraona? —dijo Mirinri, mirándolo fijamente y sobresaltado. Ounis tuvo un sobresalto. Se acercó rápidamente al joven, sacudiéndolo por los hombros casi brutalmente. — ¡Una Faraona! Hace poco me has hablado de una muchacha divina… ¿Dónde la has visto? ¡Habla Mirinri! De ello puede depender tu destino e incluso tu vida. —La he visto a orillas del Nilo. — ¿Sola? —No, porque poco después llegó una barca brillante como el oro, tripulada por una docena de negros soberbiamente engalanados y gobernada por cuatro guerreros que empuñaban astas de oro con largas plumas de avestruz en forma de abanico. — ¿Recuerdas haber visto esta joya entre los cabellos de aquella muchacha? —Sí, recuerdo haberla visto brillar. —Por consiguiente debió de perderla ella. —Yo creo que sí. Ounis, que parecía presa de viva excitación, se puso a caminar por la caverna con el ceño fruncido y los rasgos de su cara todavía alterados. Se detuvo un momento ante el joven como lo miraba con creciente estupor, no pudiendo explicarse la agitación que se había apoderado del viejo sacerdote. — ¿Qué impresión te ha causado esa muchacha? —No sabría explicarla; sólo sé que desde aquel día mi paz parece turbada. —Me había dado cuenta —dijo el sacerdote con voz sorda—. Desde hace tiempo has perdido la alegría y tu sueño ya no es tranquilo. Te he sorprendido varias veces sumido en profundos pensamientos, con la mirada fija en el norte, allí donde Menfis irradia su poder y su luz. —Es cierto —respondió Mirinri con un suspiro—. Se diría que aquella muchacha se ha llevado con ella gran parte de mi corazón. Si cierro los ojos no veo otra cosa que a ella; si duermo, sueño con ella; cuando el viento susurra entre las palmeras que bordean el Nilo, me parece que oigo su armoniosa voz. Poder verla, contemplarla, aunque sea una sola vez, talvez pueda costarme la vida, pero ése es mi solo, mi único deseo, Ounis. Mira, si cubro mis ojos con mis manos la veo aparecer en seguida ante mí y siento cómo me corre la sangre más vehementemente en mis venas y cómo me palpita el corazón, tan fuerte como si quisiera salírseme del pecho. ¡Oh dulce visión! ¡Cuán hermosa eres! El sacerdote quedó mudo ante el entusiasmo del joven, parecía incluso que aquella confesión hubiese acrecentado su turbación. Su mirada andaba extraviada, llena de terror, posándose ora en Mirinri ora en el símbolo del poder sobre la vida y la muerte de los Faraones. — ¿La ves todavía? —preguntó algo después, con acento casi brutal. —Sí, está delante de mí —respondió el joven que ocultaba sus ojos amparándolos con las manos—. Me mira…, me sonríe… y siento todavía aquel intenso temblor que me sacudió cuando, después de arrebatarla de las fauces del cocodrilo, la estreché entre mis brazos y la llevé, con su cabeza apoyada en mi pecho, a la orilla, depositándola sobre la hierba brillante todavía por la escarcha nocturna. — ¿Tanto la quieres? —Más que a mi vida. — ¡Desgraciado! Mirinri levantó las manos y miró al sacerdote que estaba en pie ante él, con la mirada encendida y los brazos tendidos como en un acto de proferir una maldición. —Si es cierto que yo soy un Faraón, como tú dices, ¿por qué no puedo amar a una muchacha de sangre real? —Porque esa joven debe pertenecer a esa raza maldita a la que tú, aunque no quieras debes no solo odiar, sino exterminar. Tú no conoces todavía la historia de tu padre e ignoras los dolores soportados por aquel desventurado rey. Mirinri se había tornado pálido y cubrióse nuevamente los ojos. —Cuéntamela, —dijo con voz triste—. En tus palabras está mi destino, un terrible destino que tal vez desgarre la red con que me prendió el corazón de aquella muchacha. —Tú deberías odiar y matar a todos los de aquella estirpe —añadió el sacerdote con voz tenebrosa—. Escúchame, pues. La narración de las vicisitudes de la estirpe de Mirinri había de ser una revelación extraordinaria para el joven, tanto como para condicionar su vida futura y llevarle, como más adelante veremos, a las más arriesgadas aventuras. LAS TUMBAS DE LOS QOBHOU —Tu padre, el gran Teti, era el fundador de la VI dinastía. A él le deben Menfis su esplendor y Egipto su poderío y su grandeza y las grandes pirámides, que desafiarán el tiempo y que subsistirán incluso cuando tal vez nuestra raza ya haya desaparecido. Tuvo dos hijos: a ti y a una muchacha a la que los sacerdotes impusieron el nombre De Sauri. — ¡Mi hermana! —exclamó Mirinri. —Sí. — ¿Vive todavía? —Lo sabrás más tarde. Sucedió que cierto día corrió la voz de que un ejército caldeo había atravesado el istmo, que separa el Mediterráneo del Mar Rojo, África de Asia y que avanzaba amenazador para destruir el poderío de nuestra raza. Varios ejércitos egipcios fueron enviados contra el invasor, pero uno a uno fueron derrotados. Todas las ciudades de la cosa fueron conquistadas y entregadas a las llamas y sus habitantes fueron pasados a cuchillo, sin tener en cuenta ni su sexo, ni su edad. Parecía que había sonado la última hora de los Faraones y que incluso la gran Menfis iba a entregarse ante los ataques de los caldeos. Pero afortunadamente estaba tu padre. Descendiente de casta guerrera, fuerte y valeroso, reunió un poderoso ejército y despreciado los consejos de viles cortesanos y ministros, que se oponían a que un rey se expusiese a tan grande peligro, asumió el mando y marchó resueltamente contra el enemigo que ya avanzaba victorioso hacia Menfis. Pero en On, allí donde comienza el Nilo a dispersarse, las descorazonadas tropas de los egipcios y los caldeos se enfrentaron con terrible ímpetu. Tu padre combatió como el último de los soldados, en primera fila, para dar ejemplo. Desafió impávido las flechas incendiarias y las pesadas espadas de ronce de los asiáticos y rompió las líneas adversarias. Sin embargo no se había decidido todavía la batalla. Desde el alba hasta la puesta del sol la lucha prosiguió con enormes pérdidas para ambos bandos. El Nilo se tornó rojo por la sangre que hacia él manaba; todo el suelo se empapó también de sangre y enormes montones de cadáveres se alzaron por doquier. Pero cuando desapareció el sol los caldeos, desconcertados, diezmados y descorazonados se dieron a la fuga atravesando de nuevo el istmo regresando a su país. Egipto se había salvado gracias al valor de tu padre; Menfis no corría ya peligro alguno y sin embargo aquella victoria iba a tornar desgraciado para siempre al vencedor. — ¿Cayó combatiendo? —Herido por una flecha caldea, que lo había alcanzado en medio del pecho, cuando atravesaba las líneas enemigas, había caído en medio del campo, entre un montón de cadáveres. En la horrible confusión nadie se acordó de que el rey había desaparecido a excepción de uno que lo había visto; pero aquel miserable tenía demasiado que ganar y por eso no advirtió a los generales y a los soldados de la desgracia ocurrida a tu padre. — ¿Quién? —preguntó Mirinri poniéndose en pie, con los ojos encendidos en cólera. —Su hermano: el ambicioso Mirinri Pepi, quien reina ahora en Egipto en tu lugar y… — ¿El hermano de mi padre me ha usurpado el trono? —Sí, Mirinri, pero déjame proseguir. No he terminado todavía la historia. Tu padre no había sido herido mortalmente. El atroz dolor producido por la punta de la flecha, que él se había arrancado, desgarrando así la herida, lo hizo caer sin conocimiento y había quedado sepultado entre los otros cuerpos, caídos sobre él. ¿Qué ocurrió después? No supo decírmelo nunca. Cuando tornó en sí se encontró dentro de una tienda de pastores negros, bastante lejos del campo de batalla. Probablemente aquellos hombres acudieron durante la noche para saquear los cadáveres y habiendo observado las ricas vestiduras que llevaba tu padre y del símbolo del poder sobre la vida y la muerte que lucía entre sus cabellos, dedujeron que era un gran personaje, un Faraón tal vez, por eso se lo llevaron consigo con la idea de exigir más tarde un crecido rescate. Tú sabes que nuestros pastores, los que viven en los linderos del desierto, se convierten en ladrones en cuanto se les presenta la ocasión. Tu padre no obstante, no tuvo queja de ellos. Fue tratado con mucha consideración y curado cuidadosamente. La herida se cerró después de veinte días y comenzó la convalecencia. Fue indescriptible el estupor de los pastores, al conocer por sus propias palabras que él era Teti. Por orden de tu padre, un pastor partió rápidamente hacia Menfis, para advertir al pueblo y a los ministros que el rey de Egipto estaba vivo todavía y que se aprestasen a recibirlo con los honores debidos a un Faraón. El hombre partió, pero ya no regresó nunca. Tu padre, temiendo que hubiese sido asaltado a lo largo de su camino por una banda de ladrones, envió un segundo hombre y más tarde un tercero, pero ninguno de ellos dio ya muestras de vida. Inquieto y muy preocupado decidió presentarse él mismo en Menfis. Formó una pequeña escolta de pastores y una mañana se puso en camino. Cuando entró, comprendió con angustia que su hermano había asumido el poder y que el pueblo y los ministros, creyendo que Teti había realmente muerto, lo aclamaraon rey sin tenerte a ti en cuenta, que tenías apenas dos años. Casi todos los amigos de tu padre y los parientes más cercanos habían sido hechos asesinar secretamente por el usurpador y tal vez tú habrías corrido igual suerte si el temor a desencadenar entre el pueblo una rebelión, no lo hubiese detenido. —Y mi padre, ¿qué hizo entonces? —inquirió Mirinri encorajinado. — ¿Qué cosa querías que hiciese, solo, sin poder alguno? Intentó persuadir a los ministros, pero aquellos malvados tuvieron la osadía de decirle que era un loco, un farsante y que con el desaparecido rey solo tenía una vaga semejanza. Para persuadirlo mejor o más bien para asegurarse frente al pueblo que él era un falsario lo condujeron a la pirámide que él mismo había hecho edificar y le mostraron la tumba en la que reposaba el cuerpo de Teti I. — ¿A quién habían puesto dentro? —A uno cualquiera que debía tener cierta semejanza o a quién habían hecho irreconocible después de vestirlo de soberano y haberle puesto entre los cabellos el símbolo de la vida y la muerte. — ¿Pero cómo me encuentro aquí yo, cuando debería estar en el palacio de Menfis? – preguntó Mirinri. —Tu padre, temiendo que Mirinri Pepi te hiciese asesinar un día u otro, te hizo raptar por unos partidarios suyos a los que el usurpador no había podido encontrar y te confió a mí para que te criase. Huí de Menfis, durante una noche obscura, remontando el Nilo hacia estos lugares, aguardando pacientemente a que tú cumplieras la edad, que según nuestras leyes, te permita reinar. Sucedió un largo silencio. Mirirnri había vuelto a sentarse y parecía hallarse sumido en profundos pensamientos. El sacerdote, siempre de pie, lo miraba fijamente, como si intentase adivinar lo que sucedía en la mente del joven. Después de unos instantes, se alzó aquel bruscamente con el rostro transfigurado y los ojos animados por una cólera terrible. — ¡Mi padre está muerto!,¿ verdad Ounis? —Sí, en el exilio, en los límites del desierto libio, donde se había refugiado para no caer bajo las asechanzas de los sicarios de Pepi. Su condena a muerte había sido ya promulgada por el usurpador. —Y, ¿qué debo hacer yo ahora? —Vengarlo y reconquistar el trono que te corresponde por derecho. — ¿Solo, sin medios, sin un ejército? —Solo no –respondió el sacerdote—.. Hay amigos de tu padre que están todavía en Menfis y aguardan el momento de saludarte como rey. ¿Y los medios me has dicho? Acompáñame. — ¿Dónde? —A las tumbas de Qobhou, el último Faraón de la primera dinastía; tu padre los descubrió en los primeros años de su reinado, sin confiar a nadie su secreto. Allí encontrarás riquezas suficientes para conquistar todo Egipto e incluso otras tierras, si quieres. — ¿Dónde están esas tumbas? —Más cerca de lo que crees. Sígueme, Mirinri. El anciano cogió una pequeña lámpara de terracota, en forma de ánfora, reavivó la mecha a fin de que la llama se animase y se encaminó al fondo de la caverna, donde se alzaba una esfinge de mármol rosado de dimensiones gigantescas. —Aquí se halla la entrada secreta. Metió una mano por el dorso de la estatua y de pronto la cabeza cayó, dejando ver una cavidad lo bastante ancha para que un hombre, aunque fuese corpulento, pudiese entrar sin demasiada dificultad. De aquella abertura salió una corriente de aire bastante caliente impregnada de olor poco agradable. — ¿Tenemos que entrar ahí? —preguntó Mirinri. —Sí. — ¿Por qué no me has dicho nunca que existía un pasadizo en esta caverna? —Juré solemnemente a tu padre que no te lo revelaría hasta que cumplieras dieciocho años. Ven: no tienes que temer nada y verás algo que te va a maravillar. Se introdujo en el pasadizo, avanzando a gatas y manteniendo la lámpara ante él y poco después se encontró ante un corredor amplio, flanqueado a ambos lados por un incontable número de estatuillas de bronce y de piedra, representando gatos en diversas poses. Había muchísimos que estaban embalsamados, alineados sobre una cornisa que sobresalía en el arco del pasadizo. Como es sabido los antiguos egipcios tenían en gran consideración a esos parientes próximos de los tigres, a los que incluso adoraban entre otras muchas divinidades. Pakhit la diosa de los gatos, tenía el cuerpo de mujer y la cabeza de felino. Solían poner bastantes en el interior de los sepulcros e incluso entre cementerios, exclusivamente destinados a acoger los gatos y que se hallaban bajo la protección de la mencionada diosa o del dios Nofirtonmon. Se descubrió incluso uno, al sur de los hipogeos de Beni-Hassan que contenía nada menos que 180.000 momias de gatos allí depositados por los reyes de la XVIII dinastía. Ouis siguió avanzando, protegiendo la lámpara con una mano ante la fuerte corriente de aire saturada de aquel desagradable olor que preside las cuevas abandonadas y desembocó finalmente en una sala tan inmensa que no era posible ver el fondo y cuya techumbre se apoyaba en un gran número de macizas columnas, embellecidas por esculturas que representaban a divinidades e ibis, el ave venerada por los antiguos egipcios y que pueda verse en todos los monumentos erigidos en aquella lejana época. A lo largo de las paredes, que se hallaban suavemente inclinadas, surgían estatuas colosales, semejantes a aquellas de la fachada del templo de Abu Simbel, pesadas y macizas, con aquella grandiosidad de elementos con la que parecen haberse concebido todos los monumentos del antiguo Egipto. Eran estatuas de hombres y mujeres, los primeros con gorros monumentales, coronados por una especie de cucurucho, con extrañas barbas cuadradas, más anchas al final que hacia los labios y con los pliegues del gorro colgando a lo largo de las orejas y cayendo hacia los hombros, y aquellas cubiertas por la futta, especie de sotana que anudaban a la cintura y que envolvía a modo de embudo sus piernas. Contemplados a la vacilante luz de la pequeña lámpara, aquellos colosos que se hallaban sentados unos junto a los otros con los brazos abandonados sobre el vientre, producían un extraño efecto que impresionaba profundamente a Mirinri, no habituado a ver otra cosa que las verdes aguas, a veces fangosas del Nilo, las arenas del desierto o las altísimas palmeras vivificadas por la humedad del gigantesco río. Ounis, que parecía no interesarse por las estatuas, ni por las columnas, ni por las esculturas, continuó avanzando hacia el fondo de aquella inmensa e interminable sala, excavada en la roca viva por quien sabe cuántos millares de obreros, y se detuvo ante dos estatuas de tamaño casi natural, que a la luz de la lámpara proyectaban brillantes fulgores. Una representaba a un hombre, vistiendo el rico ropaje de los Faraones y el símbolo de la vida y la muerte colocado en su frente; la otra una mujer bellísima, con grandes ojos negros y el rostro pintado de amarillo, pero con un poco de carmín en las mejillas, que le prestaba un aspecto muy singular. Entre ambas podían verse pinturas de tema religioso, repetición ortodoxa del gran mito de Etiopía, donde se ve el alma del difunto haciendo su visita y sus ofrendas a todas las divinidades, de las que debía implorar la protección. En vez de estar encerrados dentro del sarcófago, aquel antiquísimo monarca y su esposa, habían sido embalsamados y puestos en pie, sostenidos por una pértiga de bronce que atravesaba las estrechas vendas que les cubrían también los pies. Para que uno y otra se conservaran mejor estaban protegidos por una ligera lámina de vidrio, fundido probablemente en aquel mismo lugar. Un cristal traslúcido, de extraordinaria pureza, que destellaba vivamente bajo la luz proyectada por la pequeña lámpara. — ¿Quiénes son éstos? —preguntó Mirinri, que los miraba con vivo interés. —Qobhou el último rey de la primera dinastía y su esposa —respondió Ounis—. Mira: sobre estas dos tablillas de piedra negra están escritos sus nombres. — ¿Y para hacerme ver estas dos momias me has hecho venir aquí? —Aguarda, impaciente joven. Nuestra excursión no ha terminado todavía. ¿Para qué podrían servir estos muertos? No precisamente para facilitarte los medios de conquistar el trono. Sígueme. Penetró en aquella inmensa sala, que parecía no tener fin, pasando entre dos filas de sarcófagos de piedra, cuyos relieves externos reproducían exactamente los rasgos de las personas que estaban dentro. Algunos eran dorados, otros plateados y representaban a reyes y reinas. Los primeros tenían en torno a su cabeza un disco rojo y lucían en el mentón una barba trenzada; ellas un tocado de cintas, con dibujos encima de las plumas de buitre y la cabeza coronada con gruesas trenzas de cabello adornadas de amatistas, esmeraldas y otras piedras preciosas. Tras algunos minutos, Ounis se detuvo ante una esfinge monstruosa de unos veinte metros de ancho por cuatro de altura, que tenía en sus flancos inscripciones semejantes a signos geométricos. —Aquí dentro está encerrado el tesoro de Qobhou —dijo el sacerdote—. ¿Quiéres verlo? —Muéstramelo —respondió Mirinri. Ounis miró en derredor y vio una pesada maza de bronce apoyada en una columna, la levantó y golpeó conella el hocico de la esfinge. La cabeza giró sobre sí misma, más tarde cayó hacia delante, quedando suspendida mediante dos gruesas bisagras. Una abertura circular, que correspondía al cuello de la inmensa estatua apareció ante los dos egipcios. — ¡Cuánto oro! —exclamó. —Se calcula que hay ahí dentro doce millones de talentos, —dijo Ounis— pero eso no es todo. Las garras están llenas de esmeraldas y de otras piedras preciosas, de las que si tú tienes necesidad podrías conseguir bastantes millones más. ¿Crees que con estas riquezas puedes reunir un poderoso ejército? —Sí —dijo Mirinri—. Ëro, ¿cómo mi padre pudo saber que en este sepulcro se encontraba escondido un tesoro tan fabuloso? —Por un antiquísimo papiro descubierto por él en la biblioteca de los primeros Faraones. — ¿Y no confió a nadie su secreto? —A mí solo. — ¿Y tú has guardado para mí estas riquezas? —Sí, porque te pertenecen solo a ti. Apenas partamos nosotros habrá quien se encargará de transportar parte de este tesoro a Menfis. — ¿Y quién, si nadie conoce su existencia? —Amigos sinceros, que permanecieron fieles a tu padre y a su sucesor. Mañana sabrán que la profecía se ha cumplido y que tú estás dispuesto a conquistar el trono y a castigar al infame usurpador. —Así, pues, alguno viene por aquí. —Sí, y ya procuraba bien de que no lo vieras. Además, solo venía de noche, cuando tú dormías, y partía al despuntar el día. Ahora jura por Toh, el dios ibis, tu empeño en liberar la patria de manos del usurpador. —Aún no me has dado la prueba de que yo sea realmente un Faraón —dijo Mirinri. —Es cierto: regresemos a la caverna y vayámonos enseguida. Es muy tarde y la estatua de Memnón solo suena al despuntar el sol. Rehicieron en silencio el camino recorrido, retrocedieron por la galería de los gatos y salieron fuera, arrastrándose a través de la esfinge que guardaba el extremo de la caverna. Ounis cogió un ánfora de terracota y llenó dos vasos de tosco cristal con una especie de cerveza muy dulce, que según la tradición Osiris había dado a los mortales juntamente con el vino de palma, e invitó al joven a beber diciéndole: —Que el impuro demonio de la muerte castigue a quien manche el juramento. Luego cogió de un rincón dos cortas espadas de bronce, muy anchas y pesadas y dio una de ellas a Mirinri. —Partamos —dijo—. La noche ya está a mitad de su camino. LA SANGRE DE LOS FARAONES Cerrada la entrada de la caverna con una losa para que durante su ausencia no se adueñase de aquella algún animal salvaje, ya que en aquella época Egipto se hallaba muy poblado de leones y de hienas, el sacerdote y el joven, uno junto a otro, se pusieron en marcha, volviendo sus espaldas al Nilo. El desierto, que mas tarde hicieron fértil tras muchos trabajos los egipcios, se abría ante ellos extendiéndose hacia levante. En realidad no era propiamente un desierto, como el líbico o el del Sahara, absolutamente árido y carente de vegetación, podía llamársele más bien una inmensa llanura sin cultivar, que desde sus márgenes del Nilo se extendía hasta las orillas del mar Rojo. En efecto acá y allá se elevaban grupos de palmeras dum, llamadas “árboles del alajú o del pan picante”, que alcanzaban un desarrollo extraordinario con gran rapidez incluso en los terrenos estériles, y algunas palmeras deleb de tronco hinchado en el medio y que gusta más de la soledad, no apareciendo nunca en las selvas. Los chacales ululaban en la lejanía y vuelan, veloces como flechas, al aproximárseles los dos hombres, mientras que las hienas reían en medio de las dunas arenosas, sin atreverse a aparecer, ya que no disfrutaban en aquellos tiempos de mayor valor del que muestran hoy día todavía. La noche era maravillosa y tranquila, reinando en las llanuras egipcias una calma absoluta. La luna brillaba continuamente por encima de los bosques que bordeaban el Nilo, alargando desmesuradamente la sombra de los dos hombres. El cometa brillaba vivísimamente entre las estrellas, avanzando por un cielo purísimo, con una transparencia tal que solo puede admirarse en aquellas regiones. Ni Ounis, ni Mirinri hablaban: ambos parecían inmersos en profundos pensamientos. Solo el primero alzaba sus ojos de cuando en cuando hacia el cometa, mirándolo fijamente. El segundo parecía, a su vez, que seguía con la mirada algo que huyera ante él, tal vez la muchacha que le había hecho palpitar el corazón con tanta violencia desde que había nacido. Habían recorrido ya bastantes millas, avanzando siempre por el desierto, cuando Ounis apoyó familiarmente una mano sobre el hombro del joven, preguntándole inesperadamente: — ¿En qué piensas, Mirinri? El hijo de los Faraones se sobresaltó bruscamente, como si de repente hubiese sido arrancado de un dulce sueño; luego respondió, vacilante: —No sé, en muchas cosas. — ¿En el poder sin fin que ti vas a tener en Menfis? —Tal vez. — ¿O en la venganza? —También quizá en eso. —No. Me estás engañando. Te observo desde que partimos de nuestro refugio. No es el pode r, ni la ambición, ni el odio lo que turba la mente y el corazón del hijo del gran Teti, el fundador de la dinastía —dijo Ounis, con una cierta amargura. — ¿Y qué es lo que sabes? —Tus ojos no han mirado ni una vez siquiera el cometa que marca tu destino y tu camino. —Es cierto —respondió Mirinri con un largo suspiro. —Tú sigues pensando en la muchacha que salvaste de la muerte a orillas del Nilo. — ¿Para qué negar? Sí, Ounis, pensaba en ella. — ¿Te ha dado a beber algún filtro misterioso? —No. — ¿Cómo puedes quererla hasta el extremo de olvidar el supremo bienestar que todos los mortales te envidiarían? Mirinri permaneció algunos instantes silenciosos, mas tarde volviéndose con un gesto improvisado hacia el sacerdote, que se había detenido y esperando alguna explicación lo miraba con tristeza le dijo: —Yo no sé si los demás son iguales a mí, porque durante todos estos años no he visto otra cosa que las aguas del Nilo, las palmeras que lo rodean, las inmensas dunas de arena y las fieras que allí habitan. No he oído hasta ahora otra voz que la tuya, la del viento al mover las ramas de las palmeras o sus hojas emplumadas y el murmullo de las aguas, partiendo de los misteriosos lagos del interior. ¿Cómo podía, yo, un joven, permanecer insensible ante un ser distinto a ti y a mí y que hablaba una lengua más armoniosa, más dulce que el susurro de la brisa nocturna? Tú me dices que la amo. No puedo comprender en realidad esta palabra, yo que he vivido siempre alejado de las tierras habitadas y nunca supe lo que podía significar. Es posible que pueda llamarse así la red con la que me ha prendido el corazón aquella muchacha. Se que cuando pienso en ella, brillan ante mí, sea de día o de noche, aquellos grandes ojos negros llenos de una infinita tristeza y que siento dentro de mí una sensación extraña que no sabría explicarte y que no había sentido nunca antes de ahora, ni escuchando el murmullo de las aguas, ni el silbido del viento, ni el rugido de las fieras hambrientas al vagar por el desierto. —Una sensación peligrosa. Mirinri, que podría serte fatal y detenerte en tu glorioso camino. Quita la fuerza al guerrero, adormece a los fuertes, debilita al valor y a veces convierte en vil al hombre. ¡Cuidado! No conviene ese sentimiento a tu gran empresa. — ¡Lo convierte a uno en vil! —exclamó el joven, impresionado por aquella palabra. —Sí, en vil. —Bien, procura que no me ocurra a mí. Se había vuelto contemplando las dunas de arena que se extendían en torno a ellos, interrumpidas acá y allá por algún matorral medio seco. Una sombra gigantesca que Ounis no había visto antes, pero que no había escapado a la mirada del joven, se había detenido en la cima de uno de aquellos pequeños montículos de arena mirando a los dos egipcios. — ¿Lo ves? —preguntó Mirinri, sin que su voz denotase alteración alguna. — ¡Un león! —exclamó el sacerdote sobresaltado. —Hace un rato que nos observa. — ¿Y no me has avisado? —Si es cierto que llevo en mis venas sangre de guerreros, ¿por qué debo preocuparme de tu presencia? Mi padre no habría huido, ya que venció, según me has contado, las poderosas tropas de los caldeos. — ¿Qué es lo que intentas decir o hacer? —preguntó Ounis mirándolo con ansiedad. —Convencerme de si soy verdaderamente un Faraón, en primer lugar, y demostrarte luego que si aquella muchacha me cogió en sus redes, yo no soy de esos que se convierten en viles. La corta espada del joven brilló en su mano derecha. — ¡León, a mí! —gritó—. Veremos si el rey del desierto es más fuerte que el futuro rey de Egipto. Como si lo formidable fiera hubiese comprendido el reto lanzado por el valeroso joven, abrió las fauces e hizo temblar las dunas con un rugido poderoso, semejante al ruido del trueno. Ounis había asido con ambas manos el brazo armado del joven, diciendo: —No, tú no puedes exponerte ante aquella bestia. Yo soy viejo y no tengo ninguna misión que cumplir en el mundo. Deja por consiguiente que yo le haga frente y se verá el modo de atacarle. No necesito que me des una prueba de tu valor. Me basta ver en tus ojos el brillo fiero que animaba la mirada del gran Teti. El joven con un brusco movimiento, se desasió y caminó valerosamente hacia la fiera, que rugía sordamente, golpeándose los flancos con la cola. — ¡Cuando un Faraón lanza un reto no retrocede! —gritó Mirinri—. ¡Vence o muere! El león la ha aceptado; ¡nos incube a nosotros dos! El sacerdote ya no había tratado de detenerlo. Por otra parte la fiera, que debía estar hambrienta, no habría tardado en atacarlos igualmente. —Es valeroso como su padre —murmuró el sacerdote que lo seguía, teniendo en la mano su espada y viéndole cómo se encaminaba directo hacia la fiera, con una mezcla de inquietud y orgullo—. Lo había juzgado mal: tiene en las venas mi... Se mordió los labios para que no se le escapara la continuación de aquella frase y aceleró el paso para poder facilitar ayuda al joven Faraón. El león que hasta entonces había permanecido tendido, viendo avanzar la presa que creía poder abatir con un solo golpe de sus poderosas garras, se había levantado sacudiendo su espesa crin. Era un soberbio animal, de complexión gruesa y robusta, con pelambrera leonada y la cría negruzca como la de los leones de las montañas del Atlas, que representan en la actualidad la raza más hermosa de aquellos terribles carnívoros. Mirinri, asustado unos momentos por el majestuoso aspecto de su adversario y no por sus rugidos que cada vez eran más potentes, iba avanzando sin mirar siquiera atrás, para ver si era seguido o no por Ounis. Sus ojos, que se habían tornado valerosos, miraban intrépidamente a su adversario, observando sus mas leves movimientos. Si Ounis se sentía orgulloso de verlo tan tranquilo y osado, el hermoso joven estaba igualmente orgulloso de no participar de aquel sentimiento de temor que es común a todos los hombres, incluso a los mas intrépidos, ante el rey del desierto y de la selva africana. ¿Tenía pues en sus venas sangre de antiguos guerreros? ¿Era por lo tanto un verdadero Faraón? Sí, ahora estaba convencido, a pesar de no haber oído resonar todavía la estatua colosal de Memnón, ni haber visto cómo la flor de Osiris abría sus corolas y revivía después de tantos millares y millares de años. A unos diez pasos de la fiera tendió el arma y se detuvo, gritando: —Te espero a pie firme: ¡atácame! Veremos si el gran Osiris me protegerá a mí que desciendo de dioses o a ti, ladrón del desierto. El león lazó un último rugido, después saltó, poniéndose a correr a través de las dunas con zancadas gigantescas. Daba vueltas en torno a los dos hombres, describiendo un largo circulo que poco a poco iba cerrando, buscando el momento oportuno para sorprenderlos por la espalda. Mirinri, siempre tranquilo, siempre impasible, pero con el rostro animado por un ardor intenso, daba vueltas en torno a sí mismo, mostrando siempre a la fiera la hoja de su espada de bronce, que los rayos de la luna hacían brillar vivamente. Ounis por su parte se había arrodillado en breve distancia del joven, manteniendo su espada en alto. No perdía de vista a su compañero, ocupándose más de él que del mismo león. Una profunda emoción alteraba sus rasgos. Había en la expresión de sus ojos, que en aquel momento brillaban no menos intensamente que los de Mirinri, el mismo sentimiento que antes: orgullo, satisfacción y terror. Se comprendía que, si bien le asustase la idea de que el joven pudiese ser vencido por aquel formidable adversario y quedar reducido a un destrozado cadáver, por otra parte se hallaba orgulloso de verlo tan valeroso y dispuesto a desafiar el peligro, ¡cualquier clase de peligro! El león seguí su acoso en círculo. Daba saltos como si las arenas se hallasen cubiertas por millares de muelles invisibles y parecía que sus fuerzas, en vez de disminuir iban en aumento, porque sus saltos eran cada vez más impetuosos. Mirinri, quieto como una estatua de bronce, con el brazo armado siempre dispuesto, aguardaba el ataque. Una sonrisa de desafío aparecía en sus sutiles labios. De un salto, la fiera, que no había cesado de cerrar cada vez más el cerco, se precipitó sobre los dos hombres, lanzando al mismo tiempo un rugido temible, semejante a una tumba de guerra que sonara a lo lejos. Sin embargo no fue el joven el elegido como primera víctima. Con un salto inmenso se arrojó sobre el sacerdote, intentando romperle la espina dorsal o abrirle un costado con un golpe de sus garras. Sin embargo había calculado mal las distancias, aunque le cayera muy cerca, dándole un golpe con la espalda y arrojándolo al suelo. Iba ya a resolverse, a fin de poner en acción sus garras, cuando Mirinri se le puso al lado con la rapidez de un rayo. Con la mano izquierda le asió la espesa cabellera, manteniéndolo quieto un instante, mientras que con la otra le hundió hasta la empuñadura la delgada hoja de bronce, abriéndole por completo el pecho. — ¡Te ha vencido el joven Faraón! —gritó—. ¡Soy mas fuerte que tú! ¡Egipto será mío! Sin embargo no era todavía una victoria completa. La fiera, aunque horriblemente herida y sangrando abundantemente, de un salto inesperado había huido, encogiéndose a unos diez pasos, rugiéndole a la cara, dispuesta a comenzar el asalto. — ¡Cuidado, Mirinri! —gritó Ounis, con voz angustiada. El joven parecía no haberlo oído siquiera. Con la mirada siempre desafiante, fija en la de la fiera, avanzaba con la espada a punto. —Necesito matarte —dijo. Y se lanzó sobre el león, que no se atrevía a afrontar de nuevo a aquel joven adversario, que primero lo había despreciado y que parecía hipnotizarlo con la fuerza de su mirada. La lucha fue breve y terrible. Ounis vio levantarse por algunos momentos en torno a los dos combatientes como una nube de polvo, que los ocultaba, más tarde oyó un rugido sordo y un grito que le pareció de triunfo. — ¡Muere! Cuando la fina arena se posó en el suelo, vio a Mirinri en pie, con la frente alta, la espada goteando sangre por su puño y un pie sobre el cuerpo de la fiera, que se movía en los últimos espasmos de la muerte. —Sí, mi... —gritó Ounis— digno alumno. Sí, eres hijo de Teti, el fundador de una dinastía que dará gloria y poder a la tierra de los Faraones. Sólo un hombre engendrado por él habría podido realizar semejante hazaña. Ahora ya te protege Osiris y puedes atreverte a todo. Mirinri se volvió y después de haberlo mirado durante algunos instantes en silencio, repuso: —Ahora ya no tengo duda que el alma de los Faraones se halla en mí. De la misma manera que he dado muerte al rey del desierto, mataré al usurpador, que me arrebató a mí y a mi padre el trono. Ves, Ounis, también se puede ser audaz cuando el corazón palpita por una muchacha. ¡La última prueba, la definitiva! —Eres grande —respondió el sacerdote—. Vayámonos rápidamente. Los astros comienzan a desaparecer y también la cola del cometa va esfumándose. ¡Ven, hijo del Sol! El joven limpió la espada en la crin del león, la puso lentamente en el cinturón que le ceñía y siguió al sacerdote con la tranquila indiferencia de un hombre que hubiese cumplido una misión sin ninguna importancia. —Sangre fría, valor y audacia —dijo Ounis, cuya admiración no parecía haber cesado aún—. Tú eres el hombre del destino. Mirinri sonrió sin responder. Echó una última mirada a la fiera, que no mostraba ya movimiento alguno y parecía dormida, alzó por un instante sus ojos hacia el cometa, que comenzaba a extinguirse y siguió al sacerdote, volviendo a sus pensamientos. Ya no se oía ningún ruido entre las dunas arenosas. La poderosa voz del león antes de morir había alejado a las hienas y a los chacales, y un profundo silencio reinaba sobre la estéril landa. Caminaron de esa manera, sin hablar, durante cierto tiempo todavía; más tarde fue Ounis quien rompió el silencio de aquella inmensa calma. — ¿La ves? La pirámide hecha construir por tu padre se eleva hacia allí. Mirinri se irguió, levantó la cabeza, que hasta entonces había tenido inclinada sobre el pecho y dirigió la mirada hacia adelante. Dos enormes masas se perfilaban entre las dunas, destacando poderosamente sobre el horizonte, que comenzaba a iluminarse con los primeros resplandores del alba. — ¡Las dos estatuas de Memnón! —exclamó sobresaltado. —Ha llegado la hora. Mirinri dirigió su mirada hacia el septentrión y descubrió una masa todavía mayor, completamente negra, que se agitaba en la oscuridad y se alzaba en forma de pirámide. —La tumba de mi dinastía —dijo. —Donde encontraremos la flor sagrada de Osiris. Apresúrate, o llegaremos demasiado tarde. La piedra retumba cuando nace o se pone el sol. EL HIJO DEL SOL Las estatuas de Memnón gozaban entre los antiguos egipcios de gran veneración, que no cesó ni siquiera cuando los romanos, aquellos formidables conquistadores del mundo entonces conocido, invadieron las orillas del sagrado Nilo, incluso tuvieron también ellos una verdadera idolatría por el hecho entonces extraordinario e inexplicable que una de ellas, al despuntar el sol o a su ocaso, produjera un sonido. Los antiguos egipcios afirmaban que cuando un Faraón se acercaba a las dos estatuas, aquel sonido extraño que semejaba el crepitar del azufre cuando es estrujado con la mano, pero infinitamente más fuerte, se dejaba oír. Que la piedra sonase realmente, nadie lo pone en duda, aunque en la actualidad esté muda como cualquier otra piedra. Estrabón fue el primero en afirmarlo, al oír aquel extraño crepitar en compañía de Helio Galo, que era gobernador de Egipto, aunque no pudiese aclarar si aquella vibración partía del pedestal o de la propia estatua. Juvenal, que casi un siglo después fue exiliado al alto curso del Nilo, también lo oyó, y lo mismo Plinio habló de aquel prodigio. Si bien a los egipcios el hecho les pareció maravilloso, se trataba sin embargo de un hecho muy sencillo que fue explicado más tarde. La estatua parlante, como se le llamaba y que parece representar a un Faraón de la primera dinastía, a consecuencia de un terremoto se había resquebrajado a la altura del vientre, mientras que su compañera resistió el formidable temblor. A partir de entonces comenzó a hacer ruido. La naturaleza de la roca, formada por materiales heterogéneos mantenidos juntos por un conglomerado silíceo muy duro, era tal que con las variaciones de temperatura crepitaba. Ahora bien, esa oscilación, no tenía lugar más que al salir el sol, después de las noches tan frescas que se dan en aquel clima y unos momentos después de la puesta del sol. Por eso durante el día o la noche la estatua no producía ningún ruido. Cuando Septimio Severo, tal vez por superstición o bien por honrar a Memnón, hijo de la Aurora, según las antiguas leyendas egipcias, hizo restaurar el coloso con cinco enormes piezas de mármol de grés, que se ven todavía, porque aquellas dos estatuas han resistido al igual que unas pocas pirámides la erosión del tiempo, la voz cesó de golpe. Aquellas masas fueron una tumba; la vibración desapareció y Memnón, con gran disgusto de los egipcios ya no habló más. Por otra parte, los Faraones ya habían dejado de existir y no les era posible imponerles que se hicieran oír. Ounis y Mirinri, no descubriendo a nadie en torno a los dos colosos, se aproximaron rápidamente, mientras el cielo comenzaba a tomar, hacia levante, un ligero tinte rosáceo que indicaba la inminente aparición del sol. Aquellas dos estatuas, que eran cuatro o cinco veces más altas que un elefante, representaban a dos hombres sentados sobre las rodillas y las constituían dos masas enormes en forma cuadrada sólidamente unidas en sus bases entre sí. En la cabeza lucían una especie de fichu triangular, que les caía a lo largo de la cara, alargándose por encima de la espalda y tenían bajo el mentón aquella extraña barba, formada por una especie de dado, más estrecho por su borde superior y más ancho por abajo, que se observa en todos los antiguos monumentos egipcios. La base, que era de proporciones enormes y tan alta que Mirinri no podía alcanzar ni siquiera alargando la mano, estaba totalmente cubierta por letras y adornada con ibis, los pájaros sagrados de los egipcios antiguos y emblema de los Faraones de la primera dinastía. En la estatua de la derecha podía distinguirse fácilmente la fisura producida por el temblor del terremoto, alargándose aproximadamente hasta la mitad del vientre. Mirinri se detuvo, mirando con visible emoción a los dos colosos. Si era verdaderamente un Faraón, debía oírse el sonido, pero si permanecía mudo, ¡qué desilusión! Miró a Ounis con un poco de ansiedad y lo vio tranquilo, como un hombre seguro de sus actos. Aquella calma lo tranquilizó. —Ven —dijo el sacerdote después de haber mirado al cielo—. Ha llegado el momento. Caminaron en torso a la estatua resquebrajada y, al encontrar una escalinata, ascendieron por ella hacia el pedestal metiéndose entre las piernas que el coloso tenía abiertas. Era el sitio mejor para percibir el sonido. — ¿Hablará el hijo de la Aurora? —preguntó Mirinri que se había tornado pálido y parecía nervioso. —Sí, porque tú eres el hijo de Teti —respondió el sacerdote. — ¿Y si te hubieras equivocado? Una sonrisa apareció en los labios de Ounis. —Escucha —dijo luego—. Más tarde me dirás si tú eres o no un Faraón. El sol se alzaba radiante en aquel momento, proyectando sus rayos sobre aquellos dos colosos y apenas salidos ya se habían convertido en ardientes. — ¡Escucha! ¡Escucha! —repitió Ounis. Mirinri inclinado hacia la mole de la estatua aprestaba sus oídos. El corazón, que ante el león no se había alterado ni siquiera por un instante, ahora le palpitaba fuertemente como cuando estrechara entre sus brazos o la muchacha que había liberado del cocodrilo, la primera mujer que había visto desde que el sacerdote lo había llevado al desierto. El sol se iba alzando rápidamente, extendiendo sus rayos sobre la infinita llanura, pero la estatua seguía muda. Incluso Ounis había fruncido la frente. Pero en cierto momento se dejó oír un ligero crepitar que fue aumentando su intensidad, y más tarde una nota límpida, un “do” retumbó. Un grito se escapó de los labios del joven. Se levantó rápidamente, con los ojos encendidos y el rostro transfigurado por una alegría indescriptible. Miró el sol y dijo con voz poderosa: —Sí, desciendo de ti. Osiris. ¡Soy un Faraón! ¡Egipto es mío! Ounis sonreía, contagiado por aquella improvisada explosión de entusiasmo. También él parecía profundamente conmovido. —Ounis, amigo mío, ¡a la pirámide! —dijo después el joven, con exaltación—. Dame la última prueba de que yo soy el hijo de Teti, que mi cuerpo es divino e iré a matar, con esta misma arma con la que di muerte al rey del desierto, al usurpador. —Así te quería ver —respondió el sacerdote—. La sangre de la estirpe guerrera que y temía se hubiese adormecido para siempre, por fin se ha despertado. —A la pirámide, Ounis —repitió el joven cuyo entusiasmo no se había calmado todavía—. Vayamos a interrogar a la flor de Osiris. —Verás como crecen sus corolas milenarias —respondió el sacerdote. La pirámide que, según se ha dicho, estaba destinada a servir de sepulcro a la dinastía iniciada por Teti, no se hallaba lejos. Su imponente mole se alzaba a media milla apenas de las dos gigantescas estatuas, elevando su cúspide y ciento cincuenta metros. Todas las pirámides, construidas por las diversas dinastías que reinaron en Egipto millares de años antes del nacimiento de Jesucristo, tenían proporciones colosales. Muchas han sido destruidas, para edificar con sus restos Tebas y otras ciudades surgidas tras la gloriosa Menfis, sin embargo todavía subsisten bastantes hoy día y las más célebres y visitadas son las de Keops, Kefre y Mikerinos, que son las más gigantescas que se conoce, cubriendo cada una cinco hectáreas de terreno y alcanzando una altura que varía entre los ciento cuarenta y ciento cuarenta y seis metros. Se calcula que para construir aquellas tumbas, se necesitaron para cada una 250.000 metros cúbicos de materiales. La suma que llegaron a contar y los millares de obreros que fueron precisos para construirlas, es imposible decirlo. Únicamente se sabe, consultando los antiguos papiros, que para erigir la de Keops, no se gastaron menos de cuatro millones de talentos egipcios, solamente en ajos, perejil y cebollas, vegetales que constituían el principal alimento de aquellos incansables obreros, reclutados siempre, para una mayor economía, entre los prisioneros de guerra. La pirámide hecha construir por Teti, según se ha dicho, no podía rivalizar con las tres mencionadas; sin embargo, era tan enorme como para hacer avergonzar, si ello fuera posible, a los más elevados edificios modernos. Una escalinata de nueve metros por lado, medida habitual en todas las pirámides, conducía sobre la cima, desde debía encontrarse al igual que en otras, una pequeña plataforma. Ounis, que ya en otro tiempo debía haber visitado el enorme sepulcro, se encaminó aprisa hacia dos colosales esfinges, que parecía habían sido colocadas como guardianes de una puerta de bronce e iban estrechándose hacia la jamba como todas aquellas construidas por los antiguos egipcios. Examinó la puerta durante unos instantes, como para que asegurarse de que la cerradura no hubiese sido forzada y más tarde extrajo de debajo de su larga vestidura una llave de forma extraña, que semejaba a una serpiente e introdujo una extremidad en un orificio tallado en forma de una hoja de loto. — ¿Cómo tienes tú esa llave? —preguntó Mirinri, que iba de sorpresa en sorpresa. —Me la dio tu padre antes de morir —respondió lacónicamente el sacerdote—. ¿Si tú hubieses muerto, dónde hubieras querido que te enterrase? ¿Un Faraón iba a dormir para siempre entre la arena? —Pero mi padre no reposa ahí dentro. —Cuando tú hayas conquistado el trono que te aguarda, también él dormirá entre estas murallas ciclópeas el sueño eterno. Empujó la maciza puerta de bronce, encendió una pequeña lámpara de arcilla que había llevado consigo, juntando dos piedras negras que, al rozar una con otra, lanzaron un haz de chispas vivísimas, luego volviéndose hacia el joven, le dijo: —Te corresponde a ti entrar el primero, puesto que tu padre no existe. Con visible emoción Mirinri atravesó el dintel y penetró en el inmenso sepulcro, destinado a acoger las almas de toda su dinastía. También allí dentro, como en la inmensa galería donde encontraron el tesoro, reinaba un tufo de moho y humedad, sin embargo, el aire que penetraba tal vez por millares de hendiduras invisibles era más respirable, de modo que los dos hombres podían avanzar sin dificultad. En las paredes macizas había muchos espacios de forma cuadrada destinados a acoger los ataúdes y debajo una mesa de mármol negra para recibir las ofrendas destinadas al difunto, a fin de que no sufriera hambre durante la travesía del Amento, para alcanzar el reino de Osiris o “región oculta”, el lugar de las delicias. No eran aquellos nichos, que por otra parte estaban todos vacíos, los que interesaban a Ounis y mucho menos a Mirinri. El sacerdote buscaba ansiosamente una piedra enorme que debía encontrarse en el centro de la pirámide y que ocultaba la famosa flor de Osiris. Por ser la luz de la lámpara demasiado débil y el espacio enorme y oscuro, debía recorrer bastantes centenares de pasos antes de encontrarla. —Está aquí —dijo finalmente. Un gran dado de piedra blanca sobre el que se erguía una estatua representando a Toh, el dios ibis, apareció en el círculo proyectado por la luz. Ounis se acercó y apartó con la mano un montón de hierba que cubría la superficie, flores de loto blancas y azules, crisantemos, macizos de trébol, apio y melones de agua secos, que conservaban todavía su color verde y después de haber estado buscando dentro de una cavidad, sacó una pequeña planta, mostrándola triunfalmente al joven. Aquella planta maravillosa que millares de años después iba a admirar a los botánicos europeos y americanos, a la que llamaron flor de la resurrección, y que fue descubierta por un beduino en el pecho de una princesa faraónica y donada por su dueño al doctor Dek en 1848. Era una planta seca, delgada, con sus botoncillos amarillentos por el tiempo y casi completamente secos. — ¿Es aquella misma que el gran Osiris dejó a sus sucesores? —preguntó Mirinri, mirándola con ojos alucinados. —La misma —respondió Ounis tras haberla examinado atentamente—. La reconozco muy bien, porque yo la traje aquí junto a tu padre. — ¿Y tú crees que revivirá? —Sí, si es que tú eres un verdadero Faraón. Ya que la estatua de Memnón ha resonado, no tengo ninguna duda de que estos dos botoncitos abrirán sus corolas. — ¿Desde cuántos años hace que está seca? — ¿Quién podría decirlo? Evidentemente desde millares y millares, pero muchas veces ha resucitado por voluntad del gran Osiris. Anda, cógela y pon sobre estos botoncillos dos gotas. Se la dio juntamente con un pequeño frasco de vidrio que contenía un poco de agua. Mirinri la contempló durante unos instantes. Su corazón palpitaba como cuando estuvo aguardando el sonido de la colosal estatua. ¿Y si fallase esta última prueba? —Échale el agua —dijo Ounis, viendo que el joven vacilaba—. Estoy convencido de que dentro de poco te rendiré el homenaje que el pueblo egipcio debe a los Hijos del Sol. Mirinri vertió dos gotas de agua sobre ambos botoncillos y después vio con inenarrable admiración cómo aquella planta adormecida desde siglos y siglos, primero temblaba un poco, después se agitaba en todos sus tejidos, los botoncillos se hinchaban y redondeaban, y por último abrían a su alrededor los ligeros pétalos, en torno a un punto central de color amarillo. ¡Había resucitado la planta maravillosa de Osiris! —Déjala morir —dijo Ounis, viendo a Mirinri agitarla como si hubiese enloquecido de pronto—. Calla y mira. Las dos flores que semejaban dos espléndidas margaritas, mantuvieron durante algunos instantes sus pétalos abiertos y tiesos, descubriendo su interior rejuvenecido como por obra de magia, derramando unos pequeños gránulos pero luego sus iridiscentes colores comenzaron a perder color, los tallos se curvaron, las hojitas se replegaron sobre sí mismas y se marchitó. El grito que hasta entonces Mirinri había contenido, estalló formidable en su pecho. — ¡Soy un Faraón! ¡Gloria al gran Osiris! ¡El poder, la grandeza, la gloria! ¡Es demasiado! Ounis tomó la flor y la depositó nuevamente en el hueco de la piedra. A continuación se arrodilló ante el joven y le besó la orla inferior de su blanca vestidura, diciendo: —Recibe el homenaje de tu más fiel súbdito. Yo te saludo, Hijo del Sol. —Cuando haya conquistado el trono tú serás mi primer ministro y el jefe supremo de los sacerdotes, fiel amigo. Mi poder no oscurecerá el reconocimiento que te debo. —No deseo ni honores, ni grandezas —respondió Ounis—. Por otra parte, cuando tú seas rey, yo ya no tendré necesidad de nada. — ¿Por qué, Ounis? —inquirió Mirinri sorprendido por aquella frase ambigua. —No te lo he contado todo, todavía. Me queda por hacer una revelación más, al Hijo del Sol. Pero no te la haré hasta que hayas sentado en el trono de los Faraones. Ahora quedan otras cosas por hacer antes de dejar esta pirámide a la que ya no has de volver más estando vivo. — ¿Qué es ello? —Destruir el cadáver que el usurpador puso en lugar del de tu padre. Ese desconocido, que tal vez fuera un miserable esclavo, no debe ocupar el lugar que corresponde a Teti, mi ultrajar con su cuerpo impuro la tumba de los Hijos del Sol. Ven, Mirinri. —Pagará esta infamia —dijo el joven llevado por su cólera—. No le bastaba a Pepi el arrebatar el reino de mi padre; tuvo que ocurrírsele además esta burla cruel. Haré pedazos el hombre que reemplaza en este sepulcro al cuerpo del Faraón, así no podrá atravesar el Amento y no ocupará un puesto que no le corresponde entre los antepasados difuntos. El sacerdote dio alrededor una penetrante mirada y se encaminó hacia una de las paredes en uno de cuyos orificios parecía brillar vagamente algo. —Es aquí donde lo colocaron —dijo. Un féretro estaba depositado en aquella cavidad, algo por encima de una mesa de mármol negro, sobre la que se amontonaban coronas de trébol, de loto blanco y azul, junto a pequeños recipientes de cereales y de harina, trozos de carne desecada y jarros conteniendo leche, licores y perfumes. Aquel sarcófago era de una riqueza extraordinaria, construido con madera de encima arábiga, adornado con esculturas delicadísimas, que intentaban representar la gran victoria conseguida por Teti contra las hordas caldeas, todo ello pintado, dorado y con incrustaciones de perlas preciosas. En el extremo superior, aquel féretro terminaba en una cabeza que debía reproducir exactamente los rasgos del hombre que estaba descansando dentro. Mirinri apartó con desprecio las flores y las ofrendas, subió sobre la plataforma de piedra y tomó entre sus robustos brazos el ataúd, depositándolo en el suelo. — ¿Esta cabeza se parece a la de mi padre? .preguntó con viva emoción. —Sí —respondió Ounis. — ¿Y estos ojos son precisamente los suyos? —Los haz reproducido exactamente. Mirinri miró al anciano, más tarde a la cabeza y luego volvió a mirar al sacerdote, mostrando un gesto de admiración. — ¿Qué ocurre ahora? —preguntó Ounis con la frente fruncida. —Encuentro una extraña semejanza entre los rasgos de esta cara y los tuyos. Incluso los ojos tienen la misma profunda mirada. —Hay tanta gente que se parece —respondió secamente el sacerdote—. Abre el féretro, quiero ver a quién han puesto dentro. Mirinri introdujo la punta de la espada entre las junturas y con un esfuerzo violento levantó la tapa. Enseguida apareció una momia representando a un hombre de elevada estatura, con el rostro surcado por dos largas heridas mal cicatrizadas, que lo hacían irreconocible. Todo el cuerpo estaba estrechamente envuelto en un tejido de oro, con bordados hechos con piedras preciosas, generalmente esmeraldas y mostraba doradas las uñas de las manos y de los pies. — ¿Ese es mi padre? —preguntó Mirinri. —No. — ¿Estás seguro, Ounis? —Lo conocía demasiado bien para poderme engañar. —Bien —respondió Mirinri. Sacó la momia, que arrojó con desprecio al suelo, cerró nuevamente el ataúd y lo colocó otra vez en el espacio excavado en la pared de la pirámide, diciendo con voz irónica: Servirá para algún otro: el usurpador pertenece a la familia y tiene derecho a reposar aquí dentro. Tomará el sitio de este desgraciado. Después cogió la momia estrujándolo entre sus manos, tal era su cólera y, volviéndose al sacerdote, dijo con un tono que no admitía réplica: —Vayámonos. — ¿Qué quieres hacer con ese muerto? —Vayámonos —repitió el joven. Atravesaron la pirámide hasta llegar a la puerta de bronce que había quedado abierta. Ounis la cerró con aquella llave en forma de serpiente y se encontraron ambos en medio de los ardientes rayos del sol. — ¿Ahora no puede entrar nadie? —preguntó Mirinri, que seguía sosteniendo la momia. —Nadie a excepción de Mirinri Pepi, el único que posee una llave igual a ésta. —Esta tumba no se abrirá más que para recibir el alma del usurpador —dijo Mirinri con voz sombría—. Lo juro por Sib, el dios que representa la tierra; por Nobt que representa el cielo; por Nou el dios de las aguas; por Ra que es el sol; por el gran Osiris y su ibis, el animal sagrado que adora mi futuro pueblo. Que Nacus, el impuro demonio de la muerte me arroje al reino de las tinieblas, que se me niegue el paso por el Amento y la paz eterna en la región oculta, si falto a mis promesas. Ounis, tu que eres sacerdote, me has oído. Y ahora, vil carroña, que has osado suplantar el puesto de mi padre, el gran guerrero que salvó a Egipto, ve. Hallará tu tumba en los inmundos vientres de las hienas y de los chacales. Dicho esto la levantó en alto con todas sus fuerzas y lanzó la momia en medio de las dunas, donde cayó con las piernas hacia arriba. — ¿Cuándo nos pondremos en marcha? —preguntó luego el joven—. Ahora que ya sé que soy verdaderamente el hijo de Teti, estoy impaciente por conquistar a la orgullosa Menfis. —Poco a poco, Mirinri —respondió el sacerdote—. Debemos actuar con infinitas precauciones y relacionarnos secretamente con los viejos amigos de tu padre. Si fueses descubierto antes de llegar a ser tan poderoso como para poder enfrentarte a Mirinri Pepi, él no tendría piedad de ti. — ¿Deberé pues permanecer mucho tiempo en el desierto y dejar que se adormezca este entusiasmo que me devora? —No te pido más que tres o cuatro días. Volvamos a nuestro refugio. La noche de ese mismo día, Ounis, aprovechando el sueño del joven, arrojaba al Nilo, con gran sobresalto de cocodrilos e hipopótamos tan numerosos en aquella época, pequeñas teas encendidas que ardían incluso en el agua, como los famosos fuegos griegos de los que se ha perdido el secreto. —Los amigos que velan sabrán así que Mirinri está presto —dijo—. Aguardémosles y que Osiris proteja al nuevo Hijo del Sol. A LA CONQUISTA DE UN TRONO Tres días después, al atardecer, un pequeño velero, que se asemejaba mucho a los dahabiad que se usan todavía hoy en el Nilo y que, al igual que los antiguos, tenían los palos formados por varias piezas unidas mediante pieles de buey acopladas todavía frescas y dejadas disecar más tarde, arribaba al mismo lugar en que Mirinri descubriera el símbolo del poder sobre la vida y la muerte. Tenía la quilla más bien alargada y robusta, la proa redondeada, con algunos ornamentos de oro sobre el espolón que representaba un ibis con las alas desplegadas y dos inmensas velas de lino blanco, semejantes en su forma a las latinas, pero con los extremos más en punta. La tripulaban dos docenas o tal vez más de etíopes, hombres de piel bastante negra, y de forma hercúlea que aparecían destruidos sin otro atuendo que una faja larga ajustada a sus caderas con dos extremos colgando entre las piernas hasta casi el suelo. Era todo ello un atuendo más que suficiente usado por el pueblo, en aquel clima siempre caluroso incluso durante los meses invernales. Un hombre que llevaba dos faldones de algodón azul, en forma rectangular, doblados por delante y ceñidos a la cintura por un cinturón de cuero y lucía sobre la cabeza una peluca con gruesos tirabuzones de caballo y trenzas pendientes a lo largo de las espaldas, sostenía el timón. Era un hermoso hombre de unos cuarenta años, con la piel ligeramente bronceada y que encarnaba al verdadero tipo de egipcio antiguo: alto, más bien delgado, con espaldas anchas y robustas, los brazos nervudos acabados en manos largas y finas, las piernas duras con los músculos de las pantorrillas bastante pronunciados, como la mayoría de los pueblos andariegos. En su mirada se apreciaba una expresión de profunda tristeza, que reflejaba manifiestamente en sus grandes ojos, muy negros, aquella tristeza instintiva que se observa aún hoy en los modernos egipcios. Apenas la barca tocó la orilla, que en aquel lugar se hallaba cubierta por espléndidas palmeras, el egipcio dio orden a los etíopes para que tendieran un puente de madera, más tarde se acercó a una especie de tambor de grandes dimensiones en forma de embudo y se puso a golpearlo fuertemente, en tanto que uno de sus hombres hacía sonar la flauta, logrando unas notas tan agudas que se podían oír a varias millas de distancia. Esa música, engrosada por los sonoros golpes de tambor, duró bastantes minutos, sobreponiéndose al murmullo de las aguas al romperse contra las orillas y sobre los arenosos islotes que sobresalían en el majestuoso río, propagándose intensamente bajo las ramas de verdor. El egipcio iba ya a dar la señal de que cesara al tañedor de la flauta, cuando aparecieron entre un matorral Ounis y Mirinri. —Que Ra, te proporcione buena suerte, Ata —gritó el sacerdote—. Te traigo al futuro Hijo del Sol. La flor de Osiris y Memnón lo han re conocido. —La hora ha llegado —respondió el egipcio, atravesando el puente y descendiendo a la orilla—. Todo Egipto aguarda impaciente por ver a su legítimo rey. Se aproximó a Mirinri, que se había detenido, mirando con viva curiosidad al comandante de aquella embarcación y se arrodillo ante él, besándole la orla de su vestido. —Salud eterna al Hijo del Sol —le dijo—. Salud al descendiente del gran Teti. — ¿Quién eres? —preguntó Mirinri, alzándolo. —Un amigo fiel de tu padre y de Ounis —respondió el egipcio—. Y vengo a buscarte para conducirte a Menfis. Tu sitio está allí y no entre las arenas del desierto. —Fíate de él como de mí mismo —dijo Ounis volviéndose hacia Mirinri—. Ha sido un amigo fiel para Teti, fue también él quien te sacó del palacio real para ponerte a salvo, antes de que en la malvada mente de Mirinri Pepi, naciese la idea de encontrar algún medio para eliminarte. —Si algún día logro subir al trono de mis antepasados, te demostraré mi reconocimiento —dijo el joven Faraón. — ¿Has visto pasar las teas encendidas que he confiado a las aguas del Nilo? — preguntó Ounis. —Sí —respondió Ata— las he hecho detener más allá de Pagamit, para que los espías del usurpador no puedan sospechar nada. Ten cuidado porque se vigila por todas partes, ya que en la corte se sospecha que el hijo de Teti no está muerto. — ¿Quién puede haber traicionado el secreto que he ocultado celosamente durante tantos años? —dijo Ounis palideciendo. —Lo ignoro, pero yo sé que cierto día una barca tripulada por una princesa fue remontando el Nilo, hasta este lugar por orden del rey e iba en ella un hombre que en muchas ocasiones había visto al joven Mirinri, antes de que yo lo liberase. —Yo vi a aquella princesa; es más, la salvé cuando iba a ser devorada por un cocodrilo —dijo Mirinri. —Y los hombres que tripulaban aquella embarcación, ¿te vieron, Hijo del Sol? — preguntó Ata, con inquietud. —Sí. — ¿No te dijeron nada? —Absolutamente nada. — ¿Y había alguno que te observaba atentamente? —Eso me parece. — ¿Recuerdas, Hijo del Sol, que cosa llevaba en la cabeza? —Un sombrero muy alto, que se prolongaba hasta su extremo como un adorno, con un símbolo de oro en forma de disco y cuernos. — ¿Y qué vestidura llevaba? —Una larga faja y una piel de leopardo anudada en la espalda. — ¡Es él! —exclamó Ata, rojo de ira. — ¿Quién? —preguntaron al unísono Mirinri y Ounis. —El gran sacerdote de ISAS. Me lo imaginaba. —Explícate mejor, Ata. —Más tarde; ahora embarquemos y partamos inmediatamente. Estoy seguro de que han descubierto algo y que seremos atacados en algún sitio. Desde hace algunos meses hay ciertas personas sospechosas que me vigilan a mí y a mi barca. Querían estar seguros de donde me refugiaba, cuando partí de Pagamit para venir a recibir tus órdenes. Solo viajaremos de noche, con las debidas precauciones e intentaremos escapar a las emboscadas que, indudablemente, han tendido a lo largo del Nilo. El secreto ya ha sido descubierto y tú, Hijo del Sol, corres el peligro de ser detenido antes de entrar en Menfis. —Abriremos bien los ojos —dijo Ounis. —Y si somos atacados nos defenderemos —añadió Mirinri—. ¿Son de confianza estos hombres? —Todos ellos son etíopes valientes, fuertes y fieles a mí —contestó Ata. —Embarquémonos. Atravesaron la pasarela y subieron a la embarcación. Al ser el viento contrario y la corriente a su vez favorable, amainaron las dos grandes velas sobre el puente y la pequeña barca quedó libre, mientras que los etíopes, con largos remos, la guiaban en medio de los bancos arenosos y los matorrales de hierbas acuáticas que entorpecían de cuando en cuando aquel gigantesco río. Ata, después de haberse asegurado de que la nave no corría ningún peligro, momentáneamente por lo menos, condujo a Mirinri y a Ounis a popa, donde se encontraba una pequeña cámara tapizada con cortinajes de variados colores y con las paredes cubiertas de grandes escudos de piel, por lo general con ángulo por debajo y redondos por arriba con una abertura en medio, para poder observar al enemigo, y un gran número de armas de cobre, de bronce, de hierro e incluso de madera, tales como espadas, lanzas en forma de hoz, mazas, hachas, puñales de varias formas y bastantes arcos con sus correspondientes aljabas, llenas de flechas con la punta de metal. Alrededor había unos pocos, pero muy elegantes muebles, de delicadas líneas, por lo común oblicuas, ya que los egipcios no utlizaban la línea recta en sus construcciones. Había unos pequeños divanes provistos de cojines recamados y con los respaldos esmaltados y unas pequeñas sillas que se prolongaban hasta el fondo, pintadas de rojo y adornadas con plumas de varios colores decoradas a lo largo de las patas. Ata cogió de un ángulo una pequeña ánfora, de cuello bastante largo, cubierta de multicolores esmaltes y unos vasos de cristal coloreado, de exquisita factura, y vertió en ellas cerveza, diciendo: —A la grandeza y a la gloria del futuro Faraón. Que Osiris te proteja, Hijo del Sol. Los tres egipcios las vaciaron de un sorbo, luego Ata levantó una cortina que cubría el fondo del salón, añadiendo: —Ve a arreglarte, señor. Un príncipe no puede viajar con esos vestidos y además, tú debes parecer un gran personaje etíope, así alejaremos mejor las sospechas que podrían aparecer sobre ti. Los negros que tripulan la barca bastarán con su presencia para hacer creer tal cosa. Te aguardamos en el puente, señor. Es necesario estar alerta. Salió del salón, seguido por Ounis y subió a cubierta, vigilando durante algunos minutos con suma atención, las dos orillas del río, que en aquel lugar tenían una milla de distancia entre sí. El sol se había ya puesto desde hacía un cuarto de hora y las tinieblas se habían apoderado del río gigante. Sin embargo en la lejanía un débil resplandor anunciaba la inminente aparición del astro nocturno que presta a las noches de aquel país una asombrosa claridad. — ¿Estás inquieto? —dijo Ounis viendo que Ata seguía escudriñando. —Sí, lo estoy —respondió el egipcio. — ¿Temes pues que te haya seguido alguien? —Tal vez; sin embargo he estado observando detalles extraños que hubieran pasado desapercibidos a otros menos observadores que yo. — ¿Cuáles? —Tú sabes que en nuestro río las hierbas flotantes y los papiros interrumpen con frecuencia la navegación, pero que una vez las has abierto los pasos se mantienen durante cierto tiempo. Sin embargo me he encontrado con aquellos pasos cerrados y ¿sabes como? Cuando he hecho cortar aquellos matorrales he encontrado en medio de ellos estatuas clavadas en el fango. Ello quiere decir que se vigilaba el río y se intentaba impedir que yo lo remontase hasta aquí. — ¿Hay algo más? —Sí, existe algo más —dijo Ata, cuya frente aparecía pensativa—. Ya son tres días que estoy navegando y todas las noches he visto tras de mí, cómo brillaba una luz en la oscuridad y pestañear unas lucecitas debajo de las palmeras, a veces en una orilla y otras en la contraria. —Estoy preocupado. —Y yo no menos que tú. Alguien debe haber informado que tú no eres… Ounis con un rápido gesto le puso una mano en los labios, diciéndole con voz imperiosa: — ¡Calla! ¡Te lo ordeno! —Perdóname —dijo Ata, en voz baja. —Yo soy solo un sacerdote para ti, y para los demás. —Es cierto, me había olvidado del juramento. —Sigue. —Ciertamente se sospecha en la corte que Mirinri no ha muerto. —Es posible. ¿Has avisado a todos nuestros amigos? —A esta hora todos saben ya, que él está dispuesto para la reconquista. Cuando lleguemos a Menfis los encontraremos reunidos en las tumbas de los cocodrilos y allí se le rendirá el homenaje debido al nuevo Hijo del Sol y… Un ligero choque que hizo oscilar la barca, lo interrumpió. La navegación por el río se hallaba detenida. La frente de Ata se había fruncido. —Han cortado el paso —murmuró—. Me lo esperaba; sin embargo esta mañana las hierbas no eran tan espesas como para impedir que mi velero remontase el río. ¿Es posible que los espías del Faraón se hayan reunido ya aquí? —Las plantas crecen, deprisa en el Nilo —dijo Ounis—. Bastan veinticuatro horas para obstruir el río. Ata sacudió la cabeza y se encaminó hacia la proa, donde los etíope s intentaban comprobar con sus largos remos la resistencia que oponía aquel dique de hierba. El Nilo se halla sujeto a obstrucciones imprevistas, que de cuando en cuando impiden por completo la navegación obligando a la tripulación de los pequeños veleros a descender y liberarlos tras dura tarea hasta abrirse paso. Antiguamente cuando los papiros y los ambath eran más numerosos que en la actualidad y alcanzaban dimensiones extraordinarias, la navegación por aquel inmenso río sufría entorpecimientos mucho más considerables. Aquellas plantas acuáticas, conocidas con el nombre de sett o mejor todavía de sudd crecían en tales proporciones, que impedían cualquier tipo de paso a las naves que por necesidades comerciales, se dirigían al Alto Nilo. Casi todos los ríos africanos se encuentran sujetos a semejantes entorpecimientos incluso el Zambezee; el que baña Egipto, por tener una masa mayor de estas plantas, la corriente no puede arrancarlas del fondo ni siquiera durante las crecidas. También hoy día, de cuando en cuando el curso del Nilo y sus afluentes, aunque ya casi haya desaparecido el papiro, es invadido por aquella vegetación acuática, que crece con prodigiosa rapidez formando masas enormes muy compactas, tanto que obligan al gobierno egipcio a enviar a millares de obreros a abrir canales que después difícilmente siguen abiertos. Entre 1870 y 1873 Samuel Baker, el famoso explorador que mandaba una expedición armada en el Alto Egipto para reprimir la esclavitud, fue detenido por el sett durante largo tiempo porque había obstruido el Bahr-el-Jebel hasta el extremo de no permitirle llegar a Gondokoro. También en 1898 los cañoneros ingleses que operaban contra los madhi viéronse obligados a abrir un canal a través de la masa de hierba, que era tan espesa que sostenía sin peligro alguno a los hombres que trabajaban, aunque había otra clase de riesgo, porque de cuando en cuando salían entre aquellas plantas cocodrilos cuyas formidables mandíbulas agarraban las piernas de los marineros y de los soldados. Muchos años antes fue el Nilo Blanco el que se cubrió de sett; a pesar e que aquel espléndido curso de agua tiene una anchura de medio kilómetro y una profundidad de cinco metros y desde aquella época las hierbas no han cesado de crecer, obligando al gobierno egipcio a una continua y costosa limpieza de su lecho y a la apertura de canales, para mantener sus relaciones con las provincias ecuatoriales. Cortar aquellas hierbas no es difícil, porque no presentan una gran resistencia; lo difícil es mantener libres aquella aberturas, porque toda la región en torno al río no es otra cosa que una inmensa laguna, que asume el papel de lecho de antiguos lagos en los cuales el agua se esparce en grandes superficies y en gran parte se evapora continuamente. Ata, después de observar atentamente la masa de hierba que impedía el paso, por donde aquella mañana no había tenido ninguna dificultad, llamó a dos de sus remeros y les dijo: —Comprobad si han puesto obstáculos en el lecho del río. Los etíopes empuñaron pesadas hachas de bronce, no fuera el caso que entre aquella masa vegetal se escondiese algún cocodrilo y subieron al sett que había formado una densa capa de ambath y de hojas de loto, fuertemente enlazados. — ¡Aguanta¡ —preguntó Ata inclinado sobre la borda. —Sí, patrón —respondieron los marinos. — ¿No encontráis nada? —Aguarda. Metieron las manos en aquella masa, hurgando acá y allá entre el sinnúmero de raíces que formaban un verdadero ensortijado y no tardó en brotar de sus labios un grito de sorpresa. —Tienes razón, patrón —dijo uno—. El canal ha sido cerrado a propósito para impedir nuestro regreso. — ¿Qué es lo que han hecho? —preguntó Ata. —Han plantado en el lecho del río unas estacas y han hecho desviar hacia ellas una masa considerable de hierba, después de cortarla de un banco mayor. —ID todos y abrid paso —ordenó Ata—. No nos dejemos sorprender inmovilizados. Deben haber preparado una trampa. Afortunadamente el río es ancho y las orillas están lejos. Mientras los marinos descendían para desembarazar aquel tramo del río que los misteriosos enemigos habían obstruido expresamente, apareció Mirinri sobre la cubierta. El joven ya no vestía aquella larga túnica que no correspondía a una persona de elevada categoría, ni llevaba los pies desnudos. Lucía el traje nacional, tan sencillo a la par que pintoresco, de los antiguos egipcios; el kalasiris, un vestigo ligero tan transparente que permitía adivinar las formas, a listas blancas y azules, que envolvía el cuerpo a partir del cuello o de la cavidad del pecho hasta caer hasta los pies, con un orificio para dejar pasar la cabeza. Llevaba además, según exigía la costumbre de la época, en los personajes importantes así como entre las mujeres de origen noble, una gorguera de variados colores de tela almidonada, casi circular, cerrada y adornada con cordones y cadenas en las que había peritas de cristal y símbolos religiosos de piedras multicolores. En sus pies llevaba calzado de malla y sandalias, lujo permitido solamente a los ricos, formado por capas de papiro sobrepuestas en distintos estratos, con el extremo en forma de pico, fijados mediante un lazo largo adornado con piezas de oro y sostenidos por una correa que pasaba entre el pulgar y el índice. — ¿Qué es lo que ocurre? —preguntó, viendo a todos los etíopes sobre el sett. —Malas noticias —dijo Ounis—. Se sospecha de nosotros. — ¿Tan pronto? —Ahí está la prueba. El canal no puede haber sido rellenado por capricho. Para llevar a cabo semejante obra en tan pocas horas deben haberse reunido aquí muchas barcas, tripuladas por bastantes centenares de hombres. —Sin embargo tú has tomado durante años las más acertadas precauciones. ¿Es de confianza, Ata? —No dudo de él. — ¿Quién puede haber traicionado el secreto? —Aquel encuentro con la princesa no era más que un pretexto. Te buscaban, Mirinri. Ten cuidado con ella. — ¿Es hija del usurpador? —Sí. Una profunda emoción apareció en el rostro del joven Faraón. Permaneció silencioso unos instantes, como concentrado en sí mismo, luego dijo con cierta excitación: —Sin embargo, me parece imposible que aquella mujer que arranqué de las fauces del cocodrilo, poniendo en peligro mi vida, exija mi muerte. —Ódiala como a tu peor enemigo. — ¡A ella! ¿Es que las mujeres de los Faraones tienden unas mallas que nadie puede romper? — ¿La amas, no es cierto? —Sí, la amo inmensamente —respondió Mirinri con un imprevisto estallido de entusiasmo. No la puedo olvidar porque siento en cada instante que cierro los ojos, aquel temblor que sentí el día que la saqué del Nilo, chorreando agua sagrada. Ounis tuvo un sobresalto y sus facciones se contrajeron casi ferozmente. —Extraño destino, el de la sangre —dijo. Luego, volviéndose bruscamente hacia Ata, que observaba continuamente a los etíopes ocupados en deshacer a golpes de hacha el amasijo de hierbas que impedía a la barca seguir su ruta, le preguntó: — ¿Falta mucho? —Hay trabajo hasta mañana, o tal vez más —respondió el egipcio—. Han desviado enormes masas de hierba que han detenido con un número incontable de estacas. Aquí ha habido una infame traición y… Un vocerío furioso que se alzaba en la margen izquierda del gigantesco río, acompañado de muestras de risa, interrumpió la frase. — ¡Eh, navegantes! —gritaban centenares de roncas voces. — ¿No venís a beber el dulce vino de palma? ¡Venid a tierra o hundiremos vuestra barca y os haremos beber en vez de aquella, agua del río! Una multitud de hombres y mujeres había aparecido de improviso en la orilla del río y se divertía, como si estuviese loca de pronto, dando saltos por debajo de las palmeras, que alzaban sus anillados troncos y alargaban sus emplumadas hojas. — ¡Aquí! ¡Aquí! —gritaban sin pausa—. Es la fiesta de Bast y festejamos las primicias del vino de este año. ¡Ningún forastero debe negarse! Bajad y alegrad nuestra fiesta. En medio de aquel griterío se oían los sonidos de las cornetas, con sus notas ensordecedoras, aquellos extraños instrumentos musicales llamados por los antiguos egipcios tan, cuyo sonido afirmaban los griegos era semejante al ladrido de los perros rabiosos; el ban-it, el arpa, emitía dulcísimos sones, con los que se confundían las notas un poco estridentes de las nebel, cítaras usadas en aquella época y que al parecer fueron importadas por los pueblos asiáticos. A Ata se le oscureció el rostro. — ¿Una trampa o la fiesta anual de los bebedores? —se preguntó con recelo. — ¿Qué quieres decir? —preguntó Mirinri, profundamente sorprendido por aquellos sonidos que nunca había oído emitir entre las arenas del desierto. —Tú no conoces nuestras fiestas —respondió el egipcio—. El Hijo del Sol no ha vivido en nuestras tierras. —¿Quiénes son aquellos hombres? —Gentes que se divierten —respondió Ounis que estaba junto a él—. Todos los años se reúnen en las orillas del sagrado río centenares y hasta millares de individuos para acabar el vino de palma recogido en la cosecha última; nadie debe volver a su casa sin estar embriagado. Es una costumbre de tu futuro pueblo. — ¿Y qué es lo que quieren de nosotros? —Te invitan a tomar parte en la fiesta. — ¡Yo con ellos! —Están borrados, Hijo del Sol, y tú no puedes saber a qué peligro nos exponemos con la barca así inmovilizada si no obedecemos a su invitación —dijo Ata. — ¿No nos tenderán una trampa? —preguntó Ounis. —Están demasiado alegres. — ¿Y tus hombres tienen mucho que hacer todavía? —Sí, Ounis. El pasadizo está cerrado en una longitud considerable, y no podremos proseguir el viaje antes de mañana por la mañana. — ¿Así que debemos aceptar su invitación? —Creo que sería lo más prudente no rechazarla. Están borrachos y por lo tanto son capaces de todo. Por otra parte mirad sus chalupas moverse hacia las masas de hierba. Evitemos cualquier sospecha y descendamos a tierra como sencillos navegantes del Nilo. Mis etíopes desembarcarán inmediatamente; en caso de peligro, para defender al Hijo del Sol. LA FIESTA DE LOS BEBEDORES Entre las fiestas que celebraban los antiguos egipcios, una de las más originales era ciertamente la de los bebedores de vino de palma. Todos los años, centenares y centenares de personas se reunían bajo los palmerales para celebrar la llamada fiesta de Bast y era absolutamente obligado que nadie regresase a su casa si antes no se había consumido por completo la provisión de vino de palma recolectado durante el año. Es probable que los antiguos romanos hayan copiado de aquí sus famosas Saturnales, puesto que en aquellas fiestas del vino permitidas por los Faraones no faltaban ni músicos ni danzarinas, para exaltar con mayor vehemencia a los bebedores y hacerles perder intencionalmente sus cabales. y en efecto, en la orilla, que la luna iluminaba plenamente, se reunían mezcladas con los hombres numerosas mujeres que vestían espléndidos trajes y que sostenían en sus manos instrumentos musicales. También ellas, que parecían muy alegres, invitaban a grandes gritos a los navegantes a que tomaran parte en la orgía y a vaciar las copas en honor de Bast. Ata, después de explorar el banco de hierba para cerciorarse de su resistencia, descendió a su vez, acompañado por Mirinri, por Ounis y por ocho etíopes que llevaban en su cintura pesadas hachas y puñales de cobre de afiladísima punta. La travesía del sett la hicieron sin dificultad, al estar sujeto por las estacas plantadas por aquellos que tenían interés en detener la barca y alcanzaron la orilla entre los alegres gritos de los bebedores. Había unas doscientas a trescientas personas, entre hombres y danzarinas, que se movían sobre sus poco firmes piernas. Los hombres eran en su mayoría pescadores o bateleros, que vestían sencillos delantales de piel curtida, con algunas cintas de varios colores ceñidas a la cabeza o cayendo sobre sus espaldas, pero no faltaban entre ellos jóvenes de buena posición, que lucían los ricos kalasiris, con gorgueras almidonadas y pelucas en las cabezas con grandes trenzas colgando en sus hombros y con barbas finas. Destacaban también por la riqueza y buen gusto de su vestuario las tañedoras de instrumentos y las danzarinas, con espléndidos kalasiris de colores variados y ligeros como velos, con pañuelos de exquisita factura anudados en torno a la cabeza, pero de manera que permitían ver sus cabellos hermosamente peinados; con cintas ligadas en torno a su cintura, cuyos extremos llegaban hasta el suelo y con gargantillas de oro; los collares eran de perlas y los pendientes gruesos de forma redonda y esmaltados en varios tonos. Algunas llevaban los senos cubiertos por conchas de cobra con detalles dorados, sostenidos por cordoncillos que reflejaban al girarse como rayos de sol, y otras, en lugar del pañuelo triangular, llevaban en los cabellos pintorescas conchas, formadas por láminas de oro, acabadas en su parte superior por una cabeza de ave de rapiña del mismo metal. Todas eran jóvenes y hermosas, de escogida figura, de piel morena brillante, al igual que las mujeres de Abisinia, ya que habían sido reclutadas por lo general en las regiones del Alto Nilo. Mientras que los hombres rodearon a Ata y a sus compañeros ofreciéndoles grandes copas de terracota y ánforas llenas de vino, las tañedoras de instrumentos, que no estaban menos alegres, formaron un círculo en torno a un vaso de dimensiones enormes, encima del cual había una figura humana que representaba a Maneros, el inventor de la música según los antiguos, y que debía ser saciado por el vino de palma, soplando sus instrumentos y pulsando los de cuerda. La música era muy cultivada entre los Faraones, aunque le aplicaran casi exclusivamente a las festividades religiosas, razón por la cual tenían los egipcios gran número de instrumentos. Por lo general eran flautas, trompas de bronce dorado; una gran variedad de cuernos de buey, cortados con la boquilla cerca de la punta y a los que corrientemente llamaban tan. Tenían también bastantes clases de arpa, por lo general muy altas y de forma maciza, trígonos, sistros y también algunas clases de cítaras, con la caja pequeña y el mango en cambio muy largo. En tanto las danzarinas trenzaban sus bailes a la orilla del río, entre las risas, los aplausos y los gritos de los beodos. Mirinri, Ata y Ounis, invitados cortésmente a tomar parte de la fiesta, se habían sentado en torno a una gran ánfora puesta a su disposición, saboreando el vino de palma que les era escanciado por un esclavo etíope. Ninguno de los otros les había prestado atención. Toda aquella gente alegre se había agrupado en torno a las bailarinas o bien ante las tañedoras. — ¿Observas algo sospechoso aquí? —preguntó Ounis, dirigiéndose a Ata, que no parecía todavía tranquilo. —Yo no veo más que gente que solo quiere una cosa: divertirse y embriagarse —dijo Mirinri. —Sin embargo, todavía no estoy tranquilo, señor —respondió Ata, tras un breve silencio. — ¿Por qué estos hombres han elegido este lugar para su fiesta, precisamente aquí donde han cortado el paso? Eso es lo que quisiera saber. —Tal vez haya sido el azar —dijo Ounis. Ata sacudió su cabeza; después añadió: —Hay algo en todo esto que no veo claro y haremos bien en alejarnos tan pronto como haya abierto el canal. Hasta que no estemos todos en Menfis no estaré tranquilo. — ¿Y no será mayor allí el peligro? —preguntó Mirinri. —Hay muchos amigos fieles allí, y te han preparado, señor, un refugio seguro e inviolable. Bebamos y marchémonos. Ya hemos rendido homenaje a Bast y por tanto no nos dirán nada, si es cierto que estos hombres no se ocupan en otra cosa que en divertirse. Vaciaron algunas copas todavía, luego se levantaron. Estaban ya a punto de emprender el camino hacia la orilla, cuando unos gritos de mujer, seguidos inmediatamente por chillidos feroces, los detuvieron de golpe. Mas allá del círculo formado por las bailarinas, unos hombre s se agitaban imprecando, mientras que una voz femenina repetían con voz sollozante: — ¡Dejadme, malvados! — ¡La bruja! ¡La bruja! —se oía por todas partes. —Confiesa de donde lo has cogido. ¡Queremos ser donde está el tesoro! — ¿Qué sucede? —preguntó Mirinri, mirando a Ata. —No lo sé —respondió éste. Los gritos de la mujer seguían resonando, mientras que los ebrios que parecían se habían vuelto de pronto furiosos, acudían de todas partes perjurando y amenazando. Las danzarinas y las tañedoras asustadas, huían abandonando estas últimas sus instrumentos musicales que eran pisoteados sin piedad por los embriagados. Tras unos momentos, en medio de aquel griterío que se iba convirtiendo en algo terrible, se oyó gritar una poderosa voz: — ¡Ceguémosla y venguemos al pobre Nufer! — ¡Sí, sí, quemémosle los ojos! —gritaron cien voces—. ¡Calentad un hierro! ¡Así dirá mejor la buenaventura! — ¡Y nos dirá también donde está escondido el tesoro! —se oyó de nuevo la primera voz. Al oír aquellas palabras, Mirinri había dado un salto, quitando a uno de los etíopes un hacha de bronce. Su brazo vigoroso alzo la pesada arma como si se tratase de una sencilla caña y antes de que Ata y Ounis hubiesen tenido tiempo de detenerlo, se había situado en medio de los beodos. — ¡Quietos miserables! —tronó. — ¡Mirinri! —gritó Ounis. El joven ya no oía la voz del hombre que lo había criado y que era para él como un segundo padre. Con la mano izquierda apartaba con fuerza hercúlea a los bebedores, mientras que con la diestra volteaba en el aire el hacha amenazando con dejarla caer sobre la cabeza de aquellos salvajes. Mientras tanto en medio de la multitud una voz de mujer, estallando enérgica gritaba: — ¡Curso de fuego! ¡Alma de los bosques! ¡Luz de las tinieblas! ¡Espíritu de la noche! ¡Sedme favorable y maldecid a todos estos infames! Ampe, Mirípe, Ma, Tehibo, Wouwore, ¡a todos os invoco! —Sigámosle —dijo rápidamente Ata, dirigiéndose hacia los etíopes—. Mano a las armas y si oponen resistencia no respetad a nadie. —Un arma —pidió imperiosamente Ounis—. Mi brazo es fuerte todavía. Ata se sacó de la cintura uno de los puñales de cobre, con la hoja bastante larga y afilada y se lo dio. — ¡Seguidme! —ordenó. Mirinri se abría paso entre la multitud. Parecía un Hércules o mejor un león furioso. — ¡Fuera de aquí! —tronaba sin cesar—. ¡Cuidado con tocar a aquella mujer! Los etíopes se habían lanzado en su ayuda. Aquellos hombres de cuerpo robusto y musculatura poderosa, debían tener fácil lucha sobre los bateleros y pescadores egipcios, que difícilmente se sostenían sobre las piernas después de haber ingerido tanto vino. Con un ímpetu formidable penetraron como una caña en medio de la multitud que, pasado el primer instante de estupor, intentaba cortar el paso al joven e impedirle llegar a la muchacha, que seguía invocando el toro de las tinieblas, el río de fuego y todas las divinidades infernales en su ayuda. El ataque de los poderosos etíopes consiguió desplazar a aquella horda de ebrios y encaminarla hacia los palmerales que rodeaban aquel claro. Mirinri pudo así llegar hasta la muchacha que había quedado sola. Era una joven hermosísima, de impresionante figura, con una larga cabellera negra, que llevaba suelta sobre la espalda en vez de tenerlo recogido o peinada como las mujeres del Bajo Egipto, con unos ojos brillantes de un fulgor extraño y penetrante como puntas de espada. Sus rasgos eran de una perfección maravillosa, y su piel tenía un tono extraño semejante solo al bronce dorado, con innumerables difuminados rosáceos de extraordinario efecto. Llevaba el pecho cubierto con conchas de metal dorado, a sus lados llevaba una larga falda de variados colores, recamada en plata y anudada en su torno y con las puntas cayendo hasta el suelo. Debajo lucía un kalasiris corto, a franjas blancas, encarnadas y azules, formadas por tres piezas, terminando la de en medio en una punta que le llegaba hasta la rodilla. Tenía las piernas desnudas, adornadas por gran número de anillas de oro exquisitamente cinceladas y con grandes esmeraldas incrustadas. También en las muñecas lucía pulseras riquísimas y sobre el pecho le recaía un collar de turquesas que una Faraona le habría envidiado. — ¿Quién eres tú? —preguntó Mirinri extasiado por la fascinante belleza de aquella joven y sobre todo por el fulgor inmenso que brillaba en sus negras pupilas. —Nefer, la bruja —respondió la joven lanzando sobre el Faraón una mirada penetrante. —¿Por qué te querían matar esos miserables? —Porque yo leo el porvenir y querían que les dijese donde está el tesoro del templo de Kantatek. — ¿A qué has venido aquí? —Voy donde hay alegría. — ¿Quieres seguirme? — ¿Dónde? —A mi barca. Si te quedas estos beodos te matarán. Un rápido relámpago brilló en las profundas pupilas de la ruja y por su cuerpo paso un ligero temblor. —Tú eres bello y valeroso —dijo luego—, y yo amo a los bellos y a los fuertes. Te debo la vida. —Mirinri, date prisa —dijo Ounis—. Los borrachos vuelven y se han armado. ¡Huyamos! El joven Faraón lanzó en su torno una rápida mirada y apretó en su mano el hacha como si se dispusiera a hacer frente al peligro que lo amenazaba, luego tomó la mano de la hechicera y la arrastró, diciendo: —En mi barca no te amenazará nadie. La horda de los embriagados, repuesta de la sorpresa, se agitaba detrás de los troncos de las palmeras, gritando ferozmente. — ¡Muerte a los extranjeros! ¡Inmolémosles en el altar de Bast! Ya no estaban desarmados como cuando bebían y danzaban en torno a las enormes jarras que contenían el vino de palma. Tenían arcos, lanzas, barras de bronce para parar los golpes de espada, semejantes a las usadas en el Medievo, puñales de cobre en un solo filo semejantes a las seramasasce de los Merovingios, hachas de bronce, picas que terminaban en su extremo en una especie de hoz y cuchillos curvos con la hoja muy larga. Algunos se habían puesto incluso mallas de grueso tejido, provistas de pequeñas láminas de metal, suficientes para parar las flechas. Mostrándose audaces por el mucho vino bebido y también por su número, avanzaban audazmente, ululando como lobos hambrientos y perjurando, dispuestos a impedir a los navegantes que atravesasen el sett y se pusieran a salvo en su velero. Ata, viendo que les iban a cortar el paso, sacó de su fajo un sab, es decir una especie de flauta oblicua y sopló dentro con fuerza, consiguiendo unas notas muy agudas y estridentes que se podían oír del otro lado del Nilo llamando la atención de sus marinos. Inmediatamente se vio a los etíopes, que estaban cortando las hierbas flotantes, interrumpir su trabajo y lanzarse como una legión de demonios a través de aquel enorme pasadizo de papiros y de lotos, blandiendo por encima de sus cabezas las pesadas hechas de bronce. — ¡Aprisa! —gritó Ata—. ¡Corred! Mirinri teniendo siempre cogida de la mano a la hechicera, quien a su vez no parecía impresionada en absoluto por la rabia feroz que se había apoderado de los bebedores, con dos golpes abatió a dos hombres que le habían atacado con la punta de sus lanzas. Unos pocos pasos más y alcanzó la orilla del río, mientras que los cuatro etíopes de escolta, Ounis y Ata cubrían la retirada manteniendo a distancia a los asaltantes. El sacerdote de modo especial, aunque viejo, luchaba con una gallardía que causaba admiración en todos. Parecía que en toda su vida en vez de hacer resonar el sistro en las fiestas religiosas no hubiera hecho otra cosa que manejar las armas. Con los ojos inflamados por una cólera intensa, así como su rostro, movía la pesada hacha mejor que un guerrero, rechazando con habilidad extraordinaria los golpes que le daban. — ¡Sálvate, Mirinri! —gritaba—. ¡Me basto yo para este canalla! Sin embargo habría sido indudablemente vencido al igual que sus compañeros, si los marineros del velero no hubiesen llegado en el momento preciso para liberarlos del cerco de los bebedores que estaban más furiosos que nunca. Aquellos colosos del Alto Egipto, temidos por los mismos Faraones, que muchos siglos después debían comprobar su valor y cederles el trono, con un ataque fulminante salvaron a Mirinri y a los suyos, precipitándose después contra los asaltantes con formidable grito salvaje y masacrando sin piedad a los más próximos. Las hachas, manejadas por aquellos atletas, partían literalmente en dos a las personas que no habían sido lo suficientemente rápidas en huir o les producían heridas tan terribles, que no dejaban ya esperanza alguna de salvación. Bastaron dos cargas para repeler a los embriagados hacia las palmeras, bajo cuyas largas hojas gritaban aterrorizadas las danzarinas y las tañedoras de música. Mirinri viendo que Ata y Ounis no corrían ya peligro alguno, se lanzo sobre el setz, justamente con la bruja y, caminando con precaución, para no hundirse de improviso por aquellas masas de vegetales, llegó felizmente al abrigo del pequeño velero. Los etíopes llegaron corriendo, llevando ante ellos a Ata y Ounis, porque aquellos obstinados borrachos volvían al ataque, asaltándolos con nubes de flechas y lanzando algunas lanzas cortas de cobre, provistas de una aguzada punta con arpón en un lado. — ¡Todos a bordo! —gritó Mirinri, ayudando a la muchacha a subir por la escalera de cáñamo que colgaba a lo largo del lado de la nave. Los etíopes que no se hallaban en situación de hacer frente a los atacantes, que parecía iban en aumento, no se hicieron repetir la orden. Sujetándose a las barandas y a las cuerdas en un instante se encontraron reunidos en cubierta. Preparad la defensa —dijo Ata—. Aquí poner los escudos y los arcos. Tendremos que defendernos mucho antes de que se calmen esos furibundos. — ¿Crees que nos atacarán? —preguntó Mirinri. —No les dejaremos tranquilos, señor —dijo el egipcio—. Han bebido mucho y el vino ha alterado sus mentes. Debisteis dejar que matasen a esa muchacha que no conocemos. Has cometido una imprudencia que tal vez nos va a costar cara. —Si es cierto que yo soy un Faraón, mi primer deber es socorrer a los débiles y proteger a más futuros súbditos —respondió Mirinri con fiereza—. Mi padre, en mi lugar, habría hecho lo mismo. —Es cierto —dijo Ounis—. Admiro tu valor y tu inteligencia, Hijo del Sol. Nunca he estado tan orgulloso de ti como hoy. Un día salvaste de las mandíbulas de un voraz cocodrilo a una princesa; hoy has salvado a una pobre muchacha desconocida por ti. He ahí la generosidad de un verdadero Faraón. ¡Tú serás grande como tu padre! —Pero aquellos hombres pueden asesinar al futuro rey de Egipto —respondió Ata—. Estamos inmovilizados entre la hierba y tenemos ante nosotros a un enemigo diez veces superior. —Mi padre no contó las hordas caldeas, cuando las arrojó al mar Rojo —dijo Mirinri—. Yo, que tengo en mis venas sangre del gran guerrero, no voy a contar a esos. ¡Un escudo y mi espada! Pronto etíopes: ahí está el enemigo. Aquellos embriagados, que parecían presa de un delirio guerrero, habían penetrado ya en el sett, encorajinándose con un griterío que no tenía nada de humano y agitando ruidosamente las armas. Se habían convertido de pronto en guerreros porque la mayoría de ellos se hallaban provistos de grandes escudos de variadas formas, unos cuadrados, otros ovalados con pinturas azules y había otros además bastante alargados y dentados en su parte inferior y superior; por lo demás casi todos ellos llevaban protegido su cabeza con un casco de cuero, que tenia dos cortes, para dejar libres sus orejas. Los etíopes, que no parecían temerosos en absoluto por ser aquellas gentes del Alto Nilo de un coraje a toda prueba, habían sacado al puente montones de armas y sobre todo muchos arcos, algunos con una sola curva y otros con dos y en medio un pedazo de madera para proteger los dedos de la presión de la cuerda; se alinearon detrás de la borda, con las carcajas llenas de flechas de punta fina y móvil. Los bebedores se detuvieron a la orilla del Nilo, como si estuvieran indecisos sobre lo que debían hacer o tal vez intentaban darse cuenta exacta de las fuerzas de que disponía el velero, antes de lanzarse a su ataque. — ¿Es que no se deciden? —preguntó Mirinri que parecía impaciente por experimentar las emociones de una formidable lucha. —Tal vez esperen a que sus cerebros se aclaren un poco —respondió Ata. — ¿Y si aprovechásemos mientras tanto para desembarazar el canal? —preguntó Ounis. — ¿Falta mucho para dejar el paso libre? —solicitó Ata, dirigiéndose a los etíopes. —En una hora de trabajo se podría atravesar la zona de hierba que nos bloquea — dijo un etíope. —Que bajen quince hombres. Los demás que se queden a bordo para defendernos — dijo Mirinri—. Hundidos entre la hierbas no correrán mucho peligro. —Obedeced a este joven que es el comandante —dijo Ata a los bateleros. Mientras se cumplía la orden, bastantes bebedores se habían echado sobre el sett, cubriéndose con sus grandes escudos de cuero y lanzando algunas flechas, tal vez para cerciorarse de la fuerza de sus arcos. Se detuvieron a unos doscientos pasos del velero, hundiendo sus piernas en la mata de hierba, luego uno de ellos gritó: —Escuchadme extranjeros, antes de que la sangre tiña las aguas. —Habla —dijo Mirinri, quien por precaución mantenía el escudo delante de su pecho, temiendo recibir alguna nube de flechas. —Os invitamos a que nos entreguéis a la bruja, ya que hemos jurado sacrificarla sobre el altar de Bast, para que su sangre torne abundante y más poderoso el vino que hemos de beber el año que viene. —Cuando un príncipe etíope toma bajo su protección a una persona, la defiende y no la entrega ni siquiera a un Faraón —respondió Mirinri. —Entonces ocupa tú su sitio. Solo en estas condiciones os dejaremos bajar por el río. —Tú no eres otra osa que un miserable borracho, a quien el vino ha ofuscado la mente. Ni yo, ni la hechicera, ni ninguno de mis hombres será sacrificado en honor de Bast —respondió Mirinri—. Venid: os esperamos. Os haremos comprobar el temple de las armas etíopes y la fuerza de nuestros músculos. Un clamor ensordecedor siguió a sus últimas palabras y la horda de bebedores se precipitó sobre el sett, agitando furiosamente sus armas. Mirinri se volvió y miró a la hechicera. La joven estaba en pie apoyada en el palo mayor, fría e impasible, con una mano sujeta a una cuerda. Solo sus ojos ardían y centelleaban como los de un animal nocturno, entre las tinieblas que envolvían el pequeño velero, mientras la luna se estaba poniendo. LA HECHICERA Los adoradores de Bast, cada vez más excitados por el mucho vino, que no debían haber digerido todavía, según se ha dicho, habían irrumpido en masa en el sett, encaminándose resueltamente hacia el velero, que seguía encontrándose preso e inmóvil entre las hierbas acuáticas, a pesar de los esfuerzos prodigados por los etíopes para abrirse camino. Bastantes se habían provisto de ramas resinosas, que encendían como antorchas y que realmente no debían servir para iluminar el camino, ya que en Egipto las noches son de una transparencia maravillosa que permite distinguir un objeto por pequeño que sea a distancia increíble. Eran precisamente aquellas antorchas vegetales las que impresionaron a Ata, que no combatía en las márgenes del Nilo por primera vez. —¡Protejámonos! —gritó—. Nos van a llover flechas incendiadas y corremos el peligro de morir abrasados. También Ounis había fruncido el ceño y una profunda inquietud había aparecido en su rostro. — ¿Qué el Hijo del Sol deba morir aquí, antes de haber podido ver a la orgullosa Menfis? Mirinri que sentía arder en sus varas la sangre de sus antepasados guerreros, había organizado prontamente la defensa. Parecía que de golpe se hubiese convertido en un viejo y experimentado general. — ¡Cubrid el puente con las velas y llenadlas de agua! —gritó. Luego, volviéndose hacia la hechicera, quien conservaba siempre su impasibilidad, como si todo lo que allí ocurría no le atáñase, le dijo: —Y tú retírate a la cámara de popa. La hechicera movió su cabeza denegando y se limitó a fijar su mirada intensamente en el joven. — ¿Me has entendido? —preguntó Mirinri extrañado. —Sí, —respondió Nefer con voz muy dulce pero firme. —Están a punto de caernos flechas encima y han encendido sus puntas. —Nefer no tiene miedo. Si tú que me has salvado desafías a la muerte, ¿por qué debo intentar evitarla yo? Además yo, una humilde mujer, ¡he sido salvada por ti! La luz, que brilla en tus ojos me dice que tu cuerpo es divino. — ¿Qué es lo que sabes tú? —Nefer lee el futuro. Los terribles gritos de los ebrios interrumpieron su diálogo. Aquellos frenéticos acudían al asalto del pequeño veleron con una carrera incontenible, avanzando por el sett como una legión de demonios. Ata había dado la voz de alarma: —¡Atención! Los etíopes tendieron los arcos, asaetando a los más cercanos y atravesando a bastantes de ellos con sus largas flechas, cuyas puntas giratorias penetraban en la carne. Mirinri por su parte acudió detrás de la baranda, blandiendo una pesadísima masa de cabeza dentada que solo su vigoroso brazo podía sostener. En la mano izquierda tenía un escudo de piel cubierto de láminas de metal y tan gruesas que podían parar muy bien los dardos enemigos. El valiente rechace de los etíopes detuvo por un momento a los asaltantes, pero una poderosa voz que se alzó en medio de la horda, los decidió a un nuevo ataque: — ¡El gran sacerdote lo quiere! Ata lanzó un grito de rabia. — ¡Lo sospechaba! Era una trampa. Los bebedores reemprendieron la carrera a través del sett, resguardándose detrás de sus grandes escudos. Las flechas, cuyo extremo estaba impregnado de una materia ardiente, que despedía una luz azulada, volaban en las tinieblas de la noche, amenazando con causar un incendio a bordo. Los etíopes sin embargo no perdían su ánimo y continuaban lanzando flechas contra sus enemigos, haciendo caer a bastantes de ellos sobre las hierbas acuáticas. Los que trabajaban abriendo el canal habían tomado parte también en la lucha, abatiendo a golpes de hacha a los que tenían más cerca. La lucha iba tomando caracteres espantosos, cuando la voz de la hechicera se dejó sentir entre los gritos de los combatientes. — ¡Curso de fuego! ¡Alma de los bosques! ¡Torre de las tinieblas! ¡Espíritu de la noche! ¡Eh! ¡Eh! ¡Eh! ¡Ih! ¡Ih! ¡Oh! ¡Oh! ¡Oh! ¡Que Apis, el dios del Nilo, borre para siempre en el vientre de vuestras mujeres a vuestros hijos; que Hakaon, dios de la fertilidad, deseque para siempre vuestros campos; que Ovadjit el símbolo del Norte y que Nekhbit el símbolo del Sur devasten el Alto y el Bajo Egipto; que Khnoum, que hace los seres humanos, destruya vuestra raza infame si no os detenéis! ¿Es que no penetra en vuestros corazones el poder divino que el joven guerrero emana y que yo siento? ¡El tiene el espíritu de Osiris; su carne es sagrada! ¡Osad tocarlo! Nefer lo ha leído en su corazón: ¡matadle y Egipto desaparecerá! Mirinri, Ata y Ounis, intrigados por aquel lenguaje extraño, se habían vuelto. La hechicera estaba quieta, rígida como una estatua de bronce, con sus manos alzadas, como si estuviese a punto de pronunciar alguna terrible maldición, los ojos llameando una luz intensa y sus rasgos alterados por una cólera imposible de describir. Los asaltantes se habían detenido. Parecía como si de pronto el terror se hubiese apoderado de ellos, ya que habían dejado caer escudos, arcos y espadas. Ata se dirigió hacia la hechicera, con la espada alzada gritando: — ¡Miserable! nos has traicionado anunciando la presencia de un Faraón a bordo de mi velero. —Se ha salvado el Hijo del Sol —dijo ella con voz metálica. Mirinri había detenido a Ata que iba ya a asestar un golpe con la espada a la muchacha. — ¡No ves que los asaltantes retroceden! —exclamó. ¿Porqué quieres matar a la que me ha salvado? En efecto los atacantes se replegaban lentamente hacia la orilla del río, sin lanzar ya ninguna flecha. Todos los ojos estaban fijos en Mirinri y aquellas miradas, que pocos momentos antes expresaban un odio terrible, parecían aterrorizadas. La inesperada revelación de la hechicera, había caído sobre sus cabezas excitadas por el vino, como una ducha de agua fría, tranquilizando de golpe a sus mentes. ¿Quién habría osado lanzar ahora una flecha contra aquella barca tripulada por un Faraón, por un dios? Era demasiado grande el poder de aquellos descendientes del Sol para que se atreviesen a levantar las armas contra él. Si la hechicera le había dicho, los asaltantes, al igual que todos los egipcios, que creían en aquellas mujeres que afirmaban saber leer en el futuro y que lo adivinaban todo al primer vistazo; también creyeron que debía ser verdad. Luchar con un dios era imposible y los Faraones representaban en la tierra a las más grandes divinidades adoradas por los pueblos que habitaban las tierras fecundadas por el Nilo. Cuentan las antiguas crónicas egipcias, que toda aquella región delimitada al este del mar Rojo y al oeste del desierto libio, había sido gobernada durante un número infinito de siglos por un dios llamado según unos Horus y según otros Osiris. Ese dios un día, ya cansado, abandonó el poder en manos de un ser humano llamado Mene, que fue el primero de los Faraones, y a quien pasó el poder divino. ¿Podían pues aquellos miserables beodos alzar sus armas contra un hombre que descendía de un dios, según había confesado la hechicera? La retirada de los asaltantes no tardó en trocarse en fuga precipitada y prontamente, con gran sorpresa de Mirinri, que todavía no se daba cuenta de su infinito poder, la margen del río quedó desierta. — ¡Han huido todos! —exclamó mirando a Nefer que se mantenía siempre en pie en cubierta, con las manos en alto—. ¿Quién es ésta y qué poder oculta en su cuerpo para poner en fuga a un pequeño ejército? —Esa te ha traicionado, señor, —dijo Ata que sostenía todavía la espada en su mano y que parecía presa de una vivísima excitación. —Pero me ha salvado —replicó Mirinri. —No; aquellos ya saben que en mi barca se esconde un Faraón y en unos días esa noticia llegará a Menfis. ¡Matadla! El Nilo es aquí profundo y no devuelve la presa que se le confía. Los cocodrilos harán desaparecer cualquier rastro. —Cuando un Faraón se salva, no suprime al ser que le ha arrebatado a la muerte. Si es cierto que yo soy el Hijo del Sol esta joven mujer vivirá. —Es la sangre de tu padre la que habla —dijo Ounis, mirándolo con admiración—. Tienes razón, Mirinri. Esta muchacha, quienquiera que sea, ha salvado de un peligro cierto al futuro rey de Egipto y para nosotros es sagrada. Ata, según era costumbre en él movió la cabeza pero no respondió enseguida. Después de algunos instantes, contestó: —Todavía no entramos en Menfis. Aquellos hombres no habían tendido una trampa y no nos dejaban descender tranquilamente por el Nilo. Es Pepi quien los ha enviado. Ha sospechado que tú, mi señor, no habías muerto. Luego volviéndose hacia la hechicera de pronto, le preguntó: — ¿Tú conoces a esos hombres? —Sí, respondió Nefer. — ¿Por qué han escogido este lugar para emborracharse y festejar a Bast? —No lo sé. — ¿Quiénes son? —Bateleros y pescadores, pero... —Persigue. —He notado entre ellos ciertas personas que no había visto nunca en las aldeas bañadas por el río. — ¿Gentes venidas de Menfis? —Sospecho que sí —respondió la hechicera. — ¿Conoces estos lugares? —Desde hace bastantes años voy de aldea en aldea, adivinando la buena y la mala fortuna, porque yo sé leer el futuro. Mi madre era una famosa adivinadora. Mirinri intervino. — ¿Cómo has podido sospechar que yo soy un Faraón? —En cuanto te he visto, mi señor, he sentido correr algo extraño por mis venas, lo mismo que sentí cuando predije la muerte de la princesa que hace un mes remontó el Nilo. — ¡Cómo! —exclamó Mirinri, que tuvo un sobresalto—. ¿Has visto tú a aquella princesa? —Sí, mi señor. — ¿Y le has adivinado el porvenir? Nefer hizo con la cabeza un gesto afirmativo. —¿Qué le has dicho? —preguntó Ounis con voz alterada. La hechicera dudó un instante, pero viendo como Mirinri la miraba con gesto imperioso, dijo: —Que un gran desastre amenazaba a su padre y que ello ocurriría en un tiempo no lejano, que destruiría su poderío y apagaría para siempre su gloria. — ¿Quieres predecir también, mi destino? —preguntó el joven Faraón. —Sí, pero no ahora —repuso Nefer—. Es preciso que aguarde a la aparición del sol, porque tú eres un Hijo del Sol y no de las tinieblas. En ese momento el alma del gran Osiris vibrará en mi cerebro y la profecía será más segura, por ser inspirada por él. —Aguardaré —contestó Mirinri— aunque yo crea poco en tus profecías. —Sin embargo, mi señor, hace poco te he dado la prueba de que difícilmente me engaño. Solo yo he reconocido en ti a un ser divino y lo he comprendido apenas te he visto ante mí. —Tal vez lo sabías ya antes. — ¿De qué modo, mi señor, y por quién? —Por los que bebían. —Yo nunca oí de ellos que esperasen a un Faraón. —Por ellos tal vez no; pero de aquellos que tú crees procedían de Menfis, sí: ellos debían saber o al menos sospechar que sobre esta barca se encontraba el hijo de un gran Faraón —dijo Ata—. La fiesta era solo un pretexto para tender una trampa y matar al futuro Hijo del Sol. —Yo no he hablado con ellos, por lo tanto no podía saber nada. — ¿Y por qué te querían matar? —inquirió Ounis. —Para vengar la muerte de un joven pescador que era mi prometido, que, para colmar mi sed de riquezas, marchó hacia el templo de Kantatek para coger el oro allí escondido. — ¿Qué historia nos cuentas? —preguntó Ata, mirándola con recelo. Nefer iba a responder cuando se alzaron entre los etíopes, gritos de estupor y de terror, mientras cortaban los últimos tramos de sett. — ¿Vuelven los atacantes? —preguntó Ata, lanzándose hacia la proa. — ¡Fíjese, patrón, fíjese! —gritaban los etíopes. — ¿A dónde? No veo a nadie en la orilla, —respondió Ata. —Allá, en lo alto. Todos alzaron los ojos y con gran estupor vieron girar por encima de las palmeras, que cubrían la orilla del Nilo, numerosísimos puntos luminosos que tenían reflejos azulados y que parecía se dirigían hacia el velero. — ¿Qué son? —preguntó Mirinri—. ¿Estrellas? —Sí, estrellas que prenderán fuego a nuestra nave si no huimos —respondió Ata—. Esos miserables no han tenido el coraje de atacar a un Faraón y se sirven de aves. Se volvió hacia los etíopes que habían suspendido su tarea y miraban con temor aquella inmensa nube de puntos luminosos, que se acercaba con prodigiosa rapidez. — ¿Cuánto falta para que el paso esté libre? —preguntó. —Dentro de cinco minutos desprenderemos la masa de hierba —respondió uno en nombre de los demás. —Apresuraos si es que apreciáis la vida. Este peligro es tal vez mayor que el otro. Seis hombres, a bordo para desplegar las velas. El viento es favorable y la corriente es fuerte más allá del dique. Luego, dirigiéndose a Ounis y a Mirinri, añadió: —Empuñad los arcos y no escatiméis las flechas. Dentro de unos instantes estaremos rodeados por una red de fuego—. ¡Qué el gran Osiris proteja al futuro rey de Egipto! LOS PAJAROS INCENDIARIOS El uso de aves mensajeras en época de guerra y también como rápidos auxiliares del servicio postal, se remonta a la más remota antigüedad y parece ser que los egipcios fueron los primeros en servirse de aquellos útiles mensajeros, puesto que fueron ellos los que más largamente lo adoptaron. Los amaestraron sobre todo para la guerra, para que prendieran fuego a las ciudades que resistían en demasía a los asaltos, convirtiéndolas en pájaros incendiarios. Poseedores de materias inflamables, que no se apegaban ni siquiera con agua y que tal vez debían ser semejantes a los famosos fuegos griegos de los que se han perdido para siempre el secreto, solían atarlas a la cola de aquellas graciosas e inteligentes volátiles que como puntas de flecha se dirigían en grandes bandadas hacia las ciudades sitiadas, originando así terribles incendios, que obligaban pronto a los defensores a la rendición. No fueron solo los egipcios antiguos los únicos que se sirvieron de las aves mensajeras. También los griegos varios millares de años después, los adoptaron para utilizarlos en la guerra, en el comercio y sobre todo en los juegos olímpicos. Los atletas que tomaban parte en aquellas competiciones, los enviaban regularmente a sus lejanos parientes y amigos para hacerles llegar sus mensajes y noticias. Dícese que Anacreonte, que vivió 500 años antes de la era actual, envió a Bathyll un ave, portadora de una carta suya, y Ferekrates cuenta que en Atenas en sus tiempos, 430 años antes de Cristo, las aves servían como mensajeros de la correspondencia entre país y país. También los romanos se sirv