libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Dumas, Alejandro (1802-1870) Novelista y dramaturgo francés. Nació el 24 de julio de 1802 en Villers-Cotterêts, Aisne. Su abuelo fue el Marqués Antoine-Alexandre Davy de la Pailleterie casado con Marie-Céssette Dumas, una esclava negra de las islas Indias del Oeste de Santo Domingo. Hijo de un general a las ordenes de Napoleon Bonaparte. Su madre fue Marie-Louise Labouret. A los cuatro años, quedó huerfano de Padre. No recibió una una buena educación académica. En 1823 se decide a marchar a Paris con algunas cartas de recomendación para los antiguos compañeros de padre. Consiguió una plaza de escribiente en la secretaría del Duque de Orleáns, con un sueldo de 1,200 francos anuales. El 10 de Febrero de 1829 presenta la obra "Enrique III y su Corte y fue incorporado en el repertorio de la Comedia Francesa. Se convirtió en uno de los lideres del movimiento de aquella época junto con Victor Hugo. El 30 de Marzo de 1830 presenta "Christine" en el Teatro Odeon. Luego se involucra en la Revolución de 1830. El más popular de los escritores románticos franceses fue autor de casi 1.200 volúmenes publicados, entre las que destacan Los tres mosqueteros (1844) y El conde de Montecristo (1844), aunque recibió la ayuda de otros escritores a quienes contrataba. Gastó mucho dinero en numerosas amantes (una de ellas, la madre de su hijo Alejandro) y en obras de arte. En 1870 se establece en la casa de campo de su hijo en Puys donde falleció el 5 de diciembre de 1870. GEORGES ALEJANDRO DUMAS I LA ISLA DE FRANCIA1 ¿No te ha sucedido alguna vez, durante una de esas largas, tristes y frías veladas de invierno, que, hallándote solo con tus pensamientos, oyeras soplar el viento por los pasillos y la lluvia tamborilear en las ventanas? ¿No te ha sucedido que, con la frente apoyada en la chimenea, y mirando, sin ver, las ascuas chisporrotear en el hogar, no te ha sucedido, decía, que sintieras grima por nuestro clima sombrío, nuestro París húmedo y fangoso, y soñaras con un oasis encantado, tapizado de hierba y lleno de frescor, donde, en cualquier estación del año, al borde de un manantial de agua fresca, al pie de una palmera o a la sombra de los yambos, pudieras adormecerte poco a poco entre una sensación de bienestar y languidez? Pues bien, ese paraíso que soñabas existe; ese edén que ambicionabas te está esperando; ese arroyo que debe acunar tu somnolienta siesta cae en cascada y se convierte en espuma; la palmera que debe albergar tu sueño ofrece a la brisa del mar sus largas hojas, semejantes al penacho de un gigante. Los yambos, cubiertos de frutos irisados, te ofrecen su fragante sombra. Sígueme, ven conmigo. Ven a Brest, esa ciudad hermana de la comerciante Marsella, centinela armado que vela sobre el océano. Y aquí, de entre el centenar de barcos que se refugian en su puerto, escoge una de esas bricbarcas de fondo estrecho, velas ligeras y mástiles esbeltos, como las de los osados piratas que describe el rival de Walter Scott, el poético novelista de la mar. Justamente estamos en septiembre, el mes propicio para los largos viajes. Sube a bordo del navío al que hemos confiado nuestro destino común, dejemos atrás el verano y boguemos al encuentro de la primavera. ¡Adiós, Brest! ¡Hola, Nantes! ¡Hola, Bayona! ¡Adiós, Francia! ¿Ves, a nuestra derecha, aquel gigante que se alza a diez mil pies de altura, cuya cabeza de granito se pierde entre las nubes, por encima de las cuales parece estar colgada, y a través de cuya agua transparente se distinguen las raíces de piedra que se van hundiendo en el abismo? Es el pico de Tenerife, la antigua Nivaria, punto de encuentro de esas águilas del océano que ves girar entorno a sus nidos y que apenas te parecen más grandes que las palomas. Sigamos adelante, no es ése el objetivo de nuestra ruta; esto no es sino el parterre de España, y yo te he prometido el jardín del mundo. ¿Ves, a nuestra izquierda, ese peñasco desnudo y sin verdor que arde incesantemente bajo el sol de los trópicos? Es la roca donde estuvo encadenado durante seis años el Prometeo moderno; es el pedestal donde Inglaterra elevó la estatua de su propia vergüenza; es el trasunto de la hoguera de Juana de Arco y del patíbulo de María Etuardo; es el Gólgota político que, durante dieciocho años, fue el piadoso lugar de encuentro de todos los navíos; pero tampoco es ahí donde te llevo. Sigamos, nada hay ahí que podamos hacer: la regicida Santa Helena quedó viuda de las reliquias de su mártir. Ahí está el cabo de las Tormentas. ¿Ves aquella montaña que se yergue entre las brumas? Es el mismo gigante Adamástor que se le apareció al autor de Los Lusíadas. Estamos pasando ante el extremo de la tierra; esa punta que avanza hacia nosotros es la proa del mundo. Mira cómo el océano rompe en ella, furioso pero impotente; porque tal bajel no teme las tormentas, ya que navega rumbo al puerto de la eternidad, con Dios mismo por piloto. Sigamos, pues más allá de aquellas verdes montañas encontraremos tierras áridas y desiertos quemados por el sol. Sigamos: te he prometido aguas frescas, dulces sombras, frutos siempre maduros y flores eternas. Saludemos al océano índico, hacia el que nos empuja el viento del oeste; saludemos al escenario de Las mil y una noches; nos acercamos al fin de nuestro viaje. He aquí la melancólica Borbón, eternamente roída por un volcán. Dediquemos una mirada a sus llamas y una sonrisa a sus perfumes; marchemos aún a varios nudos y pasemos entre la isla Plate y el Coin-de-Mire; doblemos la punta de los Cañoneros; detengámonos ante el pabellón. Echemos el ancla, la rada es buena; nuestra bricbarca, fatigada por la larga travesía, reclama descanso. Ya hemos llegado: esta tierra es la tierra afortunada que la naturaleza parece haber ocultado en los confines del mundo, como una madre celosa oculta de las miradas profanas la belleza virginal de su hija. Esta tierra es la tierra prometida, es la perla del océano índico, es la Isla de Francia. Ahora, casta hija de los mares, hermana gemela de Borbón, rival agraciada de Ceilán, deja que levante una punta de tu velo para mostrarte al amigo extranjero, al fraternal viajero que me acompaña; deja que te desate el ceñidor, ¡oh, hermosa cautiva!, pues somos dos peregrinos de Francia, y acaso algún día Francia pueda recuperarte, rica hija de la India, a cambio de algún pobre reino de Europa. Y tú que me has seguido con la mirada y el pensamiento, deja que te cuente ahora las maravillas de esta región, con sus campos siempre fértiles, sus cosechas dobles, sus años hechos de primaveras y veranos que se siguen y se sustituyen unos a otros, encadenando las flores con los frutos y los frutos con las flores. Déjame que te cuente cómo es esta isla poética que baña sus pies en el mar y esconde la cabeza entre las nubes. Es otra Venus nacida, como su hermana, de la espuma de las olas, y que se eleva de su humilde cuna hasta su celeste imperio, coronada de días resplandecientes y noches estrelladas, eternos aderezos que le vienen de la mano del Señor mismo, y que el inglés aún no ha podido sustraerle. Ven, pues, y si los viajes aéreos no te asustan más que los recorridos marítimos, agárrate, cual nuevo Cleofás, a la cola de mi abrigo y te transportaré conmigo sobre el cono invertido del Pieterboot, la montaña más alta de la isla después del pico del Río Negro. Cuando hayamos llegado, miraremos a todas partes, a derecha y a izquierda, hacia adelante y hacia atrás, por encima y por debajo de nosotros. Por encima de nosotros, ya lo ves, hay un cielo siempre puro, cuajado de estrellas. Es una capa de azul donde Dios, a cada paso que da, levanta un polvo de oro, cada uno de cuyos átomos es un mundo. Por debajo de nosotros se halla la isla entera extendida a nuestros pies, como una carta geográfica de ciento cuarenta y cinco leguas de circunferencia, con sesenta ríos que parecen desde aquí hilos de plata destinados a sujetar el mar entorno a la orilla, y treinta montañas con penachos de bosques de esteras, tacamacas y palmeras. Entre todos estos ríos, observa las cascadas del Réduit y de la Fontaine que, desde el seno de los bosques en que nacen, lanzan al galope sus cataratas para ir, con un rumor estrepitoso como el ruido de una tormenta, al encuentro de la mar que los espera y que, serena o rugiente, responde a sus eternos desafíos, bien con desprecio, bien con ira; una lucha de conquistadores por ver quién causará en el mundo más estragos y más ruido; luego, cerca de esta ambición frustrada, mira el Gran Río Negro que hace fluir tranquilamente su agua fecundadora y que impone su respetado nombre a todo cuanto le rodea, exhibiendo así el triunfo de la sabiduría sobre la fuerza, y de la serenidad sobre el arrebato. Entre todas estas montañas, destaca el sombrío Brabant, centinela gigante situado en la punta septentrional de la isla para defenderla contra las sorpresas del enemigo, y quebrar la furia del océano. Mira el pico de Trois-Mamelles, por cuya falda discurre el río Tamarin y el río Rempart, como si la Isis india hubiera querido justificar su nombre. Mira por último el Pouce que, tras el Pieterboot, donde nos hallamos, es el pico más majestuoso de la isla, y que parece levantar un dedo al cielo para enseñar al amo y a sus esclavos que por encima de nosotros hay un tribunal que hará justicia a ambos. Delante de nosotros vemos Port-Louis, antaño Port-Napoléon, la capital de la isla, con sus numerosas casas de madera, sus dos arroyos que, a cada tormenta, se convierten en torrentes; la isla de los Toneleros que defiende sus accesos, y su población variopinta que parece una muestra de todos los pueblos de la tierra, desde el criollo indolente que se hace llevar en palanquín si precisa cruzar la calle, y para quien hablar es tan fatigoso que tiene acostumbrados a sus esclavos a obedecer sus gestos, hasta el negro que regresa del trabajo por la noche a golpe de látigo. Entre estos dos extremos de la escala social, mira a los laskares rojos y verdes, que se distinguen por sus turbantes de estos dos únicos colores y por sus rasgos broncíneos, mezcla del tipo malayo y del tipo malabar. Mira al negro yoloff, de la hermosa y gran raza de Senegambia, de tez negra como el azabache, ojos ardientes como el carbón, dientes blancos como perlas; al chino menudo, de pecho aplastado y anchas espaldas, cabeza rapada y mostachos colgantes, con un dialecto que nadie entiende y con quien, no obstante, todo el mundo trata: porque el chino vende todas las mercancías, hace todos los oficios, ejerce todas las profesiones, el chino es el judío de la colonia; a los malayos, cobrizos, menudos, vengativos, astutos, que olvidan siempre los favores, nunca una injuria, y venden, como los bohemios, aquellas cosas que se piden en voz baja; a los mozambiqueños, dulces, buenos y estúpidos, estimados solamente por su fuerza; a los malgaches, finos, astutos, de tez aceitunada, nariz chata y gruesos labios, que se distinguen de los negros del Senegal por el reflejo rojizo de su piel; a los namaqueses, espigados, altivos y hábiles, ejercitados desde la infancia en la caza del tigre o del elefante, y que se sorprenden al ser transportados a una tierra donde ya no hay monstruos a los que combatir; por último, en medio de todo esto, mira al oficial inglés de guarnición en la isla o estacionado en el puerto; el oficial inglés, con su casaca escarlata, su chacó en forma de gorra, su pantalón blanco; el oficial inglés que mira desde lo alto de su grandeza a criollos y mulatos, amos y esclavos, colonos e indígenas, no habla más que de Londres, no elogia más que a Inglaterra y no aprecia nada más que a sí mismo. Detrás de nosotros, Grand-Port, antiguamente PortImpérial, primer establecimiento de los holandeses que más tarde fue abandonado porque está a barlovento de la isla, y la misma brisa que conduce los navíos hasta allí les impide salir. Por ello, tras caer en la ruina, hoy no es más que una aldehuela cuyas casas apenas se sostienen, una ensenada donde la goleta acude buscando abrigo contra la rapiña del corsario, unas montañas cubiertas de selva en la que el esclavo pide refugio contra la tiranía del amo. Ahora, si volvemos la vista hacia nosotros, distinguiremos casi a nuestros pies, en el flanco de las montañas del puerto, la región de Moka, perfumada de aloes, granadas y grosellas; Moka, siempre tan fresca que cada noche parece guardar los tesoros de su aderezo para exhibirlos por la mañana; Moka, que cada día se pone guapa como los demás cantones se arreglan para los días de fiesta; Moka, que es el jardín de esta isla que hemos llamado jardín del mundo. Recuperemos nuestra primera posición. Pongámonos de cara a Madagascar y dirijamos la mirada a nuestra izquierda: a nuestros pies, más allá del Réduit, está la llanura Williams, después Moka, el rincón más delicioso de la isla que acaba, hacia la llanura Saint-Pierre, en la montaña Corps-de-Garde, tallada en forma de grupa de caballo; más allá de Trois-Mamelles y el gran bosque, la región de la Sabana, con sus ríos de dulces nombres, el Limoneros, el Baño de las Negras y el Arcadia; su puerto tan bien defendido, por lo escarpado de la costa, que es imposible abordarla si no es en son de paz; sus pastos rivales a los de la llanura Saint-Pierre, con su tierra aún virgen como una solitaria inmensidad americana. Finalmente, en la profundidad de los bosques, el gran lago en el que viven unas morenas gigantescas que ya no son anguilas sino serpientes: se las ha visto arrastrar y devorar ciervos vivos que, perseguidos por cazadores y negros cimarrones, habían tenido la imprudencia de bañarse en él. Para terminar volvámonos hacia nuestra derecha: he aquí la región del Rempart, dominada por el cerro de la Découverte, en cuya cumbre se yerguen mástiles de barcos que desde aquí nos parecen finos y dispersos como ramas de sauces; allí el cabo Malheureux, allá la bahía de Tombeaux y allá la iglesia de Pamplemousses. En esta zona se elevaban las dos cabañas vecinas de madame de La Tour y de Marguerite; en el cabo Malheureux zozobró el Saint-Géran; en la bahía de Tombeaux se encontró el cuerpo de una muchacha con un retrato fuertemente asido en la mano; en la iglesia de Pamplemousses, dos meses después, al lado de esa muchacha, fue enterrado un joven de la misma edad aproximadamente. Sí, has adivinado ya el nombre de los dos amantes que yacen en la misma tumba: son Paul y Virginie, esos dos alciones de los trópicos, cuya muerte llora sin fin el mar, gimiendo sobre los arrecifes que rodean la costa, como una tigresa llora eternamente a sus crías que ella misma ha despedazado en un acceso de rabia o en un arrebato de celos. Y ahora, bien recorras la isla desde el paso de Descorne, al sudoeste, o desde Mahébourg en el Petit-Malabar, bien sigas la costa o te adentres en el interior, bien desciendas los ríos o asciendas las montañas, bien el disco abrasador del sol encienda la llanura con sus rayos de fuego, bien la luna en cuarto creciente platee los cerros con su melancólica luz, puedes, si tus pies se cansan, si te pesa la cabeza, si se te cierran los ojos, si, embriagado por las fragantes emanaciones del rosal de China, del jazmín de España o del amancayo, sientes que tus sentidos se disuelven blandamente como en una embriaguez de opio, puedes, mi buen compañero, ceder sin temor y sin resistencia a la íntima y profunda voluptuosidad del sueño indio. Tiéndete, pues, sobre la hierba espesa, duerme tranquilo y despiértate sin miedo, pues ese ligero ruido que hace estremecer el follaje al acercarse, esos dos ojos negros y brillantes que se clavan en ti, no son ni el roce envenenado de una boqueira de Jamaica, ni los ojos del tigre de Bengala. Duerme tranquilo y despiértate sin miedo; jamás el eco de la isla repitió el agudo silbido de un reptil, ni el aullido nocturno de un animal carnicero. No, es una joven negra que separa dos ramas de bambú para pasar su linda cabeza y mirar con curiosidad al europeo recién llegado. Haz un gesto, sin moverte siquiera, y ella tomará para ti la banana más sabrosa, el mango perfumado o la vaina del tamarindo; di una palabra, y ella te responderá con su voz gutural y melancólica: «Mo sellave mo faire ça que vous vié.»2 Bastante feliz se sentirá si con una mirada amable o una palabra de satisfacción le pagas sus servicios, y entonces se ofrecerá como guía para conducirte a casa de su amo. Síguela, te lleve adonde te lleve. Cuando distingas una bonita casa con una avenida de árboles, con un cinturón de flores, habrás llegado. Ésa será la morada del plantador, tirano o patriarca, según sea bueno o malo; pero ya sea lo uno o lo otro, eso no es asunto tuyo y te debe importar poco. Entra gallardamente, ve a sentarte a la mesa de la familia; di: «Soy vuestro huésped» y pondrán ante ti la más rica bandeja de porcelana china, cargada con el más hermoso racimo de bananas, la jarra de plata con fondo de cristal en la que espumará la mejor cerveza de la isla; y mientras quieras, cazarás con su fusil en sus sabanas, pescarás en su río con sus redes; y cada vez que vengas tú o le envíes alguno de tus amigos, sacrificarán el ternero más gordo, porque aquí la llegada de un huésped es una fiesta, como el regreso del hijo pródigo era una dicha. Por ello los ingleses, eternos envidiosos de Francia, tenían la vista fija desde largo tiempo atrás en esta su hija querida y la rondaban sin cesar, ya intentando seducirla con oro, ya intimidándola con amenazas; pero a todas estas proposiciones la bella criolla respondía con un supremo desdén, hasta el punto de que pronto se vio que sus pretendientes, no pudiéndola conseguir mediante la seducción, querían llevársela por la violencia, y hubo que guar- darla como a una monja española. Durante algún tiempo salió airosa de varias tentativas sin importancia, y por consiguiente sin resultado; pero al fin Inglaterra, no pudiendo refrenarse más, se lanzó sobre ella a cuerpo descubierto y, cuando la Isla de Francia 9 se enteró una mañana de que su hermana Borbón acababa de ser capturada, invitó a sus defensores a que le procuraran una mejor protección de la que había recibido en el pasado, y empezaron de inmediato a afilar los cuchillos y a fundir las balas, pues esperaban al enemigo de un momento a otro. El 23 de agosto de 1810, un espantoso cañonazo que retronó por toda la isla anunció que el enemigo había llegado. II LEONES Y LEOPARDOS Eran las cinco de la tarde, casi en el ocaso de uno de esos magníficos días de verano desconocidos en nuestra Europa. La mitad de los habitantes de la Isla de Francia estaban situados en las montañas que dominan Grand-Port como en un anfiteatro, mirando expectantes el combate que se libraba a sus pies, como antaño los romanos, desde lo alto del circo, se asomaban para ver una pelea de gladiadores o una lucha de mártires. La diferencia era que, en este caso, la arena era un vasto puerto totalmente rodeado de escollos, donde los luchadores se habían acoderado para no retroceder al menos, y poder así, libres del estorbo de la maniobra, despedazarse a su guisa; la diferencia era que, para poner fin a esta terrible naumaquia, no había vestales que levantasen el pulgar. Se trataba, como bien se verá, de una batalla de aniquilamiento, de un combate a muerte. Por ello los diez mil espectadores que lo presenciaban guardaban un silencio angustioso; por ello el mar, que tanto ruge por estos parajes, callaba también para que no se perdiera ni un solo bramido de aquellas trescientas bocas de fuego. He aquí cuanto aconteció. El día 20 por la mañana, el capitán de fragata Duperré, procedente de Madagascar a bordo de la Bellone, seguido de la Minerve, el Victor, el Ceylan y el Windham, reconoció las montañas del Viento, en la Isla de Francia. Como sus tres combates anteriores, en los que había resultado siempre vencedor, habían causado graves averías en su flota, decidió entrar en el gran puerto para carenar. Era cosa fácil puesto que, como es sabido, la isla era a la sazón enteramente nuestra, y el pabellón tricolor, que ondeaba en i el fuerte de la isla de la Passe y en un navío de tres palos fondeado a sus pies, daba al bravo marinó la seguridad de ser recibido por amigos. Por consiguiente, el capitán Duperré ordenó doblar la y isla de la Passe, situada a unas dos leguas enfrente de Mahébourg, y, para ejecutar la maniobra, ordenó que la corbeta Victor pasase en primer lugar; que la Minerve, el Ceylan y la Bellone la siguiesen, y que el Windham cerrase la marcha. Así fue avanzando la flotilla, un navío detrás del otro, dado que la angostura del pasó no permitía que dos barcos avanzaran de frente. Cuando el Victor estaba a un tiró de cañón del navío fondeado bajó el fuerte, éste indicó con señales que habían avistado a los ingleses cruzando por delante de la isla. El capitán Duperré respondió que lo sabía muy bien, y que la flota que habían divisado estaba compuesta por la Magicienne, la Néréide, el Syrius y la Iphigénie, bajó el mandó del comodoro Lambert; pero que, por otra parte, dado que el capitán Hamelin estaba fondeado a sotavento de la isla con el Entreprenant, la Manche y la Astrée, serían suficientes para aceptar el cómbate si se presentase el enemigo. Unos segundos después, el capitán Bouvet, que marchaba en segundo lugar, creyó distinguir disposiciones hostiles en el navío que acababa de hacer señales. Además, lo había estado examinando en todos sus detalles con ese ojo tan agudo que pocas veces engaña al marinó, y no lo reconocía como miembro de la marina francesa. Dio parte de sus observaciones al capitán Duperré, quien le respondió que tomara precauciones, que él iba a tomar las suyas. En cuanto al Victor, fue imposible advertirle; estaba demasiado avanzado, y cualquier señal que le hubieran hecho habría sido vista en el fuerte y en el barco sospechoso. Así pues, el Victor continúa avanzando sin desconfianza, impulsado por una buena brisa del sudeste, con toda la tripulación en el puente, mientras los dos navíos que le siguen observan con ansiedad los movimientos del navío sospechoso y del fuerte; ambos, sin embargó, mantienen aún las apariencias amistosas; los dos navíos, que se hallan uno enfrente del otro, intercambian incluso algunas palabras. El Victor sigue su caminó; ya ha pasado el fuerte cuando, de pronto, una línea de humo aparece en los costados del navío fondeado y en lo alto del fuerte. Cuarenta y cuatro cañones retumban a la vez, enfilando al bies la corbeta francesa, agujereando el velamen, hiriendo a la tripulación y rompiendo la gavia pequeña, mientras al mismo tiempo los colores franceses desaparecen del fuerte y del navío de tres palos y en su lugar aparece la bandera inglesa. Hemos sido víctimas de la superchería; hemos caído en la trampa. Pero en lugar de dar media vuelta, lo cual sería aún posible abandonando la corbeta que le sirve de diana y que, tras rehacerse de la sorpresa, contesta al fuego de la embarcación de tres palos con el de sus dos piezas de proa, el capitán Duperré hace una señal al Windham para que vuelva a mar abierto, y ordena a la Minerve y al Ceylan que fuercen el pasó. Él mismo los cubrirá, mientras el Windham va a prevenir al restó de la flota francesa de la posición en que se hallan los otros buques. Los navíos siguen, pues, avanzando, ya no con la seguridad del Victor, sino en estado de alerta, cada hombre en su puesto, y en ese profundo silenció que precede siempre las grandes crisis. Pronto la Minerve se encuentra costado con costado con el navío enemigo; pero esta vez es ella la que le advierte: veintidós bocas de fuego se encienden al mismo tiempo; la andanada alcanza de llenó la madera; una parte de la borda del navío inglés vuela en pedazos; se oyen gritos sofocados; después, a su vez, éste lanza toda su batería y envía a la Minerve los mensajeros de muerte que acaba de recibir de ella, mientras, por su parte, la artillería del fuerte carga contra ella, pero sin causarle otro mal que el de matarle algunos hombres y cortarle algunas jarcias. Después llega el Ceylan, una bonita bricbarca de veintidós cañones apresada, como el Victor, la Minerve y el Windham, varios días antes a los ingleses, y que, como el Victor y la Minerve, iba a combatir ahora para Francia, su nuevo amó. Se avanzó, ligero y grácil como un pájaro de mar rozando las olas. Luego, al llegar frente al fuerte y al navío de tres palos, este último, el fuerte y el Ceylan abrieron fuego a la vez, confundiéndose en un solo estrépito, pues habían disparado al mismo tiempo, y mezclándose sus humaredas, pues estaban muy cerca el uno del otro. Quedaba el capitán Duperré, a bordo de la Bellone. Ya en aquella época era uno de los oficiales más valientes y hábiles de nuestra marina. Avanzó a su vez, acercándose a la isla de la Passe más de lo que habían hecho los otros buques; luego, costado con costado, las dos bordas abrieron fuego a quemarropa, intercambiándose la muerte a tiro de pistola. Consiguió pasar; los cuatro buques estaban en el puerto; se unen entonces a la altura de las Aigrettes, y van a echar el ancla entre la isla de los Monos y la punta de la Colonia. De inmediato el capitán Duperré se pone en comunicación con la ciudad y recibe la noticia de que la isla Borbón ha sido tomada, pero que, a pesar de sus intentos sobre la Isla de Francia, el enemigo no ha podido apoderarse de la isla de la Passe. Al instante envía un correo al valiente general Decaen, gobernador de la isla, para advertirle de que los otros barcos franceses, el Victor, la Minerve, el Ceylan y la Bellone están en Grand-Port. El día 21, a mediodía, el general Decaen recibe el aviso, lo transmite al capitán Hamelin, quien da a los navíos a su mando la orden de aparejar, envía por tierra hombres de refuerzo al capitán Duperré y le avisa que hará cuanto pueda para llegar en su ayuda, puesto que todo le hace creer que se halla amenazado por fuerzas superiores. En efecto, al intentar fondear en el río Negro, el 21 a las cuatro de la mañana, el Windham había sido apresado por la fragata inglesa Syrius. El capitán Pym, que la mandaba, supo entonces que cuatro buques franceses, a las órdenes del capitán Duperré, habían entrado en Grand-Port, donde se encontraban retenidas por el viento. De inmediato había dado aviso a los capitanes de la Magicienne y la Iphigénie, y las tres fragatas se habían puesto en marcha de inmediato: el Syrius remontaba hacia Grand-Port pasando a sotavento, y las otras dos fragatas a barlovento para alcanzar el mismo punto. Éstos son los movimientos que vio el capitán Hamelin y que, relacionándolos con la noticia que le llega, le hacen creer que el capitán Duperré va a ser atacado. Así pues, acelera su salida, pero a pesar de su diligencia, no está listo hasta el día 22 por la mañana. Las tres fragatas inglesas le llevan tres horas de adelanto, y el viento, que gira hacia el sudeste y que refresca por momentos, aumenta todavía las dificultades que debe superar para llegar a Grand-Port. El 21 por la noche el general Decaen monta en su caballo y, a las cinco de la mañana, llega a Mahébourg, seguido por los principales colonos y por aquellos negros con los que creen que pueden ;,untar. Amos y esclavos van armados con fusiles y cada uno de ellos dispone de cincuenta disparos, en caso de que los ingleses intenten desembarcar. Al punto se celebra una entrevista entre él y el capitán Duperré. A mediodía, la fragata inglesa Syrius, que ha pasado a sotavento de la isla y que, por consiguiente, ha encontrado menos dificultades en su camino que las otras dos fragatas, aparece en la entrada del canal, se une al navío de tres palos fondeado junto al fuerte, que ha resultado ser la fragata Néréide, del capitán Villougby, y las dos, como si pensasen atacar ellas solas a toda la división francesa, avanzan sobre nosotros, dando los mismos pasos que nosotros habíamos dado. Pero, al acercarse demasiado al bajío, el Syrius encalla, y el día transcurre para su tripulación intentando ponerse a flote de nuevo. Durante la noche el refuerzo de marineros enviado por el capitán Hamelin llega y se reparte entre los cuatro barcos franceses, que así cuentan con unos mil cuatrocientos hombres y ciento cuarenta y dos bocas de fuego. Pero como, una vez repartidos, el capitán Duperré ha acoderado la división y cada nave presenta su costado, sólo la mitad de los cañones participará en la sangrienta fiesta que se está preparando. A las dos de la tarde, las fragatas Magicienne e Iphigénie aparecieron en la entrada del canal; se unieron al Syrius y la Néréide, y las cuatro avanzaron juntas contra nosotros. Dos de ellas arriaron velas y las otras dos echaron el ancla, presentando así un total de mil setecientos hombres y doscientos cañones. Fue un momento solemne y terrible durante el cual los diez mil espectadores que cubrían las montañas vieron las cuatro fragatas enemigas avanzando sin velas con el único y lento impulso del viento en sus aparejos y poniéndose, con la confianza que les daba su superioridad en número, a medio alcance del cañón de la división francesa, presentando también su costado, acoderando como nosotros habíamos hecho, y renunciando por adelantado a la fuga, tal como nosotros habíamos renunciado anteriormente. Era, pues, un combate a muerte el que iba a comenzar. Leones y leopardos estaban cara a cara e iban a despedazarse con dientes de bronce y rugidos de fuego. Fueron nuestros marinos quienes, menos pacientes de lo que habían sido los guardias franceses en Fontenoy, dieron la señal de partida de la carnicería. Una larga estela de humo se extendió por los costados de los cuatro navíos en cuya cangreja ondeaba un pabellón tricolor; al mismo tiempo retumbó el rugido de setenta bocas de fuego, y el huracán de hierro se abatió sobre la flota inglesa. Ésta respondió casi al instante, y así empezó, sin más maniobra que la de despejar los puentes de astillas de madera y cuerpos moribundos, sin más intervalo que el de cargar los cañones, una de esas batallas de aniquilamiento como, desde Abukir y Trafalgar, no habían vuelto a ver los fastos de la marina. Al principio se pudo creer que los enemigos llevaban ventaja, pues las primeras andanadas inglesas habían cortado las coderas de la Minerve y del Ceylan; de tal manera que, debido a este accidente, el fuego de los dos navíos quedó en gran parte extraviado. Pero, siguiendo las órdenes de su capitán, la Bellone plantó cara respondiendo a los cuatro buques a la vez, pues había brazos, pólvora y balas para todos. Vomitaba fuego incesantemente, como un volcán en erupción, y ello durante dos horas, es decir, el tiempo que el Ceylan y la Minerve tardaron en reparar sus averías; tras lo cual, como si estuvieran nerviosos por su inacción, volvieron a rugir y a morder, forzando al enemigo, que se había alejado un instante de ellos para aplastar a la Bellone, a que volviera a ellos restableciendo la unidad del combate en toda la línea. Pareció entonces al capitán Duperré que la Néréide, ya tocada de muerte por tres andanadas que la división le había lanzado al atravesar el canal, reducía su fuego. Al punto dio la orden de dirigir todas las andanadas contra ella y no darle tregua. Durante una hora la acribillaron con balas y metralla, creyendo que de un momento a otro iba a arriar bandera; pero como no arriaba, proseguía la lluvia de bronce, quebrando sus palos, barriendo el puente, horadando la cala, hasta que se extinguió el último cañón, cual un último suspiro, y quedó arrasada como un pontón entre la inmovilidad y el silencio de la muerte. En ese momento, justo cuando el capitán Duperré daba órdenes a su teniente Roussin, un trozo de metralla le alcanza en la cabeza y le abate sobre la batería; comprendiendo que está gravemente herido, de muerte tal vez, manda llamar al capitán Bouvet, le traspasa el mando de la Bellone, le ordena volar los cuatro buques antes que rendirlos, y, hecha esta última recomendación, le tiende la mano y se desvanece. Nadie se da cuenta de este suceso; Duperré no ha abandonado la Bellone, puesto que Bouvet le sustituye. A las diez, la oscuridad es tan grande que ya no pueden apuntar y han de disparar a ciegas. A las once, cesa el fuego, pero como los espectadores comprenden que no es más que una tregua, permanecen en su lugar. En efecto, a la una sale la luna y, con ella y su pálida luz, se reanuda el combate. Durante ese momento de descanso, la Néréide ha recibido varios refuerzos: cinco o seis piezas van a alimentar la batería. La fragata que habían creído muerta sólo estaba agónica, recupera el sentido y da señales de vida atacándonos de nuevo. Entonces Bouvet envía al teniente Roussin a bordo del Victor, cuyo capitán está herido; Roussin tiene la orden de reflotar el barco y aplastar a la Néréide con toda su artillería y a quemarropa; esta vez su fuego no cesará hasta que la fragata esté muerta y bien muerta. Roussin sigue sus órdenes al pie de la letra: el Victor despliega el foque y las grandes gavias, se pone en movimiento y, sin disparar ni un solo cañonazo, va a echar el áncora a veinte pasos de la popa de la Néréide; desde ahí abre fuego, al que la fragata no puede contestar más que con sus piezas de proa, y la alcanza de lleno a cada andanada. Al punto del alba, la fragata enmudece de nuevo. Esta vez está del todo muerta, y sin embargo el pabellón ingles sigue ondeando en la cangreja. Está muerta, pero no ha arriado bandera. En ese momento, los gritos de ¡Viva el emperador! resuenan en la Néréide: los diecisiete prisioneros franceses capturados en la isla de la Passe que están encerrados en la bodega rompen la puerta de su prisión y se lanzan arriba por las escotillas con una bandera tricolor en la mano. El estandarte de Gran Bretaña es arriado, la bandera tricolor ondea en su lugar. El teniente Roussin da la orden de abordar, pero en el momento en que va a lanzar los garfios, el enemigo abre fuego contra la Néréide que escapa. Es una lucha inútil de sostener: la Néréide no es más que un pontón del que se apoderarán en cuanto los otros buques queden reducidos; el Victor deja flotar la fragata como el cadáver de una ballena muerta; embarca a los diecisiete prisioneros, recupera su puesto de batalla y, descargando toda su batería, anuncia a los ingleses que ha regresado a su lugar. Todos los buques franceses habían recibido la orden de dirigir su fuego contra la Magicienne, el capitán Bouvet quería aplastar las fragatas enemigas una tras otra; hacia las tres de la tarde, la Magicienne se había convertido, pues, en el objetivo de todos los disparos; a las cinco respondía a nuestro fuego sólo con algunas `i sacudidas y respiraba apenas como un enemigo herido de muerte; a las seis, se ve desde tierra que su tripulación hace los preparativos para evacuarla: gritos primero, y señales luego, previenen a la división francesa; el fuego se recrudece; las otras dos fragatas enemigas le envían sus chalupas y ella misma arria sus botes; los hombres que quedan sin heridas o los heridos levemente bajan en ellos, pero, en el trayecto hasta alcanzar el Syrius, las balas mandan a pique dos chalupas, y el mar se cubre de hombres que alcanzan a nado las dos fragatas cercanas. Un instante después, un fina humareda empieza a salir por las portas de la Magicienne y poco a poco se va haciendo más espesa. Por las escotillas asoman entonces unos hombres heridos que se arrastran, que alzan sus brazos mutilados, que piden socorro, pues ya el fuego sucede al humo, y por todas las aberturas del barco dispara sus lenguas ardientes. Se arroja al exterior, repta por toda la borda, trepa a los palos, envuelve las vergas y, en medio de las llamas, se oyen gritos de rabia y de agonía; luego, de repente, el navío se abre como el cráter de un volcán al desgarrarse. Se oye una detonación espantosa: la Magicienne vuela en mil pedazos. Por unos instantes se ven los trozos incendiados que suben por los aires, caen y se apagan estremeciéndose entre las olas. De aquella hermosa fragata que aún el día anterior se creía la reina del océano, no queda ya nada, ni siquiera restos, ni siquiera heridos, ni siquiera muertos. Sólo un gran espacio vacío entre la Néréide y la Iphigénie indica el lugar que antes ocupaba. Después, como fatigados por la lucha, como aterrorizados por el espectáculo, ingleses y franceses guardaron silencio, y dedicaron el resto de la noche al descanso. Pero al amanecer el combate se reanuda. Esta vez la división francesa ha escogido al Syrius como víctima. El Syrius va a ser aplastado por el cuádruple fuego del Victor, la Minerve, la Bellone y el Ceylan. Balas y metralla arrecian contra él. Al cabo de dos horas, no le queda un solo mástil, la amurada ha sido arrasada y el agua entra en la cala por veinte heridas diferentes: si no estuviera acoderado, se iría a pique. La tripulación lo abandona, siendo el capitán el último en marchar. Pero, al igual que en la Magicienne, el fuego ha prendido en él, una mecha lo conduce a la santabárbara y, a las once de la mañana, se oye una detonación espantosa. ¡El Syrius desaparece aniquilado! Entonces la Iphigénie, que ha combatido ancorada, comprende que no puede presentar más lucha. Se ha quedado sola contra cuatro buques; pues, tal como hemos dicho, la Néréide no es sino una masa inanimada. Despliega sus velas y, aprovechando que se ha escapado casi sana y salva de toda esa destrucción que termina en ella, intenta ponerse en movimiento para alcanzar la protección del fuerte. De inmediato el capitán Bouvet ordena a la Minerve y a la Bellone que reparen sus averías y se pongan a flote. Duperré, desde el lecho ensangrentado en que se halla, está al tanto de lo acontecido: no quiere que un solo inglés vaya a anunciar su derrota a Inglaterra. Hemos de vengar Trafalgar y Abukir. ¡A por ella! ¡A por la Iphigénie! Y las dos nobles fragatas malheridas se alzan, se yerguen, se cubren de velas y se ponen en marcha, dando la orden al Victor de que amarinen la Néréide. En cuanto al Ceylan, está tan mutilado que no puede abandonar su lugar antes de que el calafate cure sus mil heridas. Entonces grandes gritos de triunfo se elevan en tierra: toda aquella población que se ha mantenido en silencio recupera ahora la respiración y la voz para animar a la Minerve y la Bellone en su persecución. Pero la Iphigénie, menos averiada que sus dos enemigas, las está ganando a ojos vistas; la Iphigénie pasa la isla de las Aigrettes; la Iphigénie va a alcanzar el fuerte de la Passe; la Iphigénie va a entrar en mar abierto y se pondrá a salvo. Las balas que le disparan la Minerve y la Bellone ya no la alcanzan y van a morir en su estela, cuando de pronto tres buques aparecen en la entrada del canal, con el pabellón tricolor izado; es el capitán Hamelin que ha zarpado de Port-Louis con el Entreprenant, la Manche y la Astrée. La Iphigénie y el fuerte de la Passe quedan atrapados entre dos fuegos; se rendirán a discreción, ni un solo inglés escapará. Mientras tanto, el Victor, por segunda vez, se ha acercado a la Néréide y, temiendo alguna sorpresa, la aborda con gran precaución. Pero el silencio que ésta mantiene no es otro que el de la muerte. Su puente está cubierto de cadáveres; el teniente, el primero en pisarlo, se mancha de sangre hasta el tobillo. Un herido se incorpora y explica que seis veces recibieron la orden de arriar bandera, pero seis veces las descargas francesas se llevaron a los hombres encargados de ejecutar la orden. Fue entonces cuando el capitán se retiró a su camarote y no lo volvieron a ver. El teniente Roussin se dirige al camarote y encuentra al capitán Villougby sentado a una mesa en la que todavía hay una jarra de grog y tres vasos. Le faltan un brazo y una pierna. Ante él, su primer teniente Thomson, muerto de un disparo de fusil que le ha atravesado el pecho; y a sus pies, tendido, se halla su sobrino Williams Murrey, herido en un costado por un trozo de metralla. Entonces, el capitán Villougby, con la mano que le queda, hace un movimiento para rendir su espada, pero el teniente Roussin extiende a su vez el brazo y, saludando al inglés moribundo, dice: -Capitán, cuando alguien se sirve de su espada como usted lo hace, sólo la rinde a Dios. Y ordena al punto que el capitán Villougby reciba todos los ' socorros necesarios. Pero todos los socorros fueron inútiles: el noble defensor de la Néréide murió al día siguiente. El teniente Roussin tuvo más suerte con el sobrino de la que había tenido con el tío. Sir Williams Murrey, aunque herido de mucha gravedad, no había sido tocado de muerte. Así es que le veremos reaparecer en el transcurso de esta historia. III TRES NIÑOS Como es fácil imaginar, los ingleses, no por haber perdido cuatro navíos, habían renunciado a sus intenciones sobre la Isla de Francia. Al contrario, ahora tenían una nueva conquista que hacer y una vieja derrota que vengar. Así fue cómo, transcurridos apenas tres meses desde los hechos que acabamos de presentar al lector, se produjo un segundo combate no menos encarnizado, pero de resultados muy diferentes. Tuvo lugar en Port-Louis, es decir, en un punto diametralmente opuesto a aquel en que se había producido el primero. Esta vez no se trataba de cuatro barcos o mil ochocientos hombres. Doce fragatas, ocho corbetas y cincuenta buques de transporte habían desembarcado a veinte o veinticinco mil hombres en la costa, todo un ejército de invasión que avanzaba hacia Port-Louis, que entonces se llamaba Port-Napoléon. La capital de la isla, en el momento de recibir el ataque de tales fuerzas, ofrecía un espectáculo difícil de describir. Una muchedumbre, procedente de los diferentes distritos de la isla, se apretujaba en las calles dando muestras de la más viva agitación. Como nadie sabía cuál era el peligro real, cada uno imaginaba un peligro distinto, siendo los más exagerados y más inauditos los que mayor aceptación tenían. De vez en cuando, aparecía de improviso un edecán del general portando una orden y lanzando a la muchedumbre una proclama destinada a despertar el odio que los habitantes de la isla sentían por los ingleses y a exaltar su patriotismo. Durante la lectura, se alzaban los sombreros en la punta de las bayonetas; resonaban los gritos de ¡Viva el emperador!; se pronunciaban juramentos de vencer o morir; un escalofrío de entusiasmo recorría aquel gentío, que pasaba de un descanso ajetreado al trabajo denodado, y se precipitaba por todas partes demandando marchar sobre el enemigo. Pero el auténtico punto de reunión era la plaza de Armas, es decir, el centro de la ciudad. Allí era donde tan pronto llegaba un arcón arrastrado por dos caballitos de Timor o Pegu al galope, como un cañón empujado a la carrera por artilleros nacionales, muchachos de quince a dieciocho años apenas, en cuyos rostros la pólvora, pintándoselos de negro, sustituía las barbas. Allí iban los guardias cívicos en uniforme de combate, voluntarios vestidos a su aire que habían añadido una bayoneta a su escopeta de caza, negros vestidos con harapos de uniformes y armados con carabinas, sables y lanzas, mezclándose todos ellos, chocando, golpeándose, empujándose y contribuyendo con sus ruidos al poderoso rumor que se elevaba por encima de la ciudad, tal como se eleva el ruido de un inmenso enjambre de abejas por encima de una colmena gigantesca. No obstante, una vez llegados a la plaza de Armas, estos hombres que corrían o aislados o en grupo adoptaban un aspecto más marcial y un aire más tranquilo. Y es que en la plaza de Armas se hallaba, esperando la orden de marchar sobre el enemigo, la mitad de la guarnición de la isla, compuesta por tropas de infantería, formando un total de mil quinientos o mil seiscientos hombres. Su actitud, a la vez altiva y despreocupada, era una censura tácita al ruido y al estorbo que causaban aquellos que, menos familiarizados con las escenas de ese tipo, tenían sin embargo el coraje y la buena voluntad de tomar parte en ellas. Mientras los negros se arremolinaban desordenados en el extremo de la plaza, un regimiento de voluntarios nacionales, que se imponía a sí mismo la disciplina al ver la disciplina militar, se detenía delante de la tropa, formaba en el mismo orden que ella, intentando imitar, sin conseguirlo, la regularidad de sus filas. El que parecía ser el jefe de esta última tropa y que, debemos decirlo, se esforzaba al máximo para llegar al resultado que hemos señalado, era un hombre de entre cuarenta y cuarenta y cinco años que lucía las charreteras de jefe de batallón, y a quien la naturaleza había dotado con una de esas fisonomías insignificantes a las que ninguna emoción parece poder darles lo que, en términos específicos, se llama carácter. Por lo demás se había rizado el cabello, afeitado y acicalado como para un desfile. De vez en cuando, no obstante, se desabrochaba un corchete de la casaca, primitivamente abotonada de arriba abajo, y que, abriéndose poco a poco, dejaba ver un chaleco de piqué, una camisa con chorreras y una corbata blanca de ribetes bordados. Junto a él, un hermoso niño de doce años, a quien esperaba a unos pasos de allí un criado negro, vestido con una chaqueta y un pantalón de bombasí, exhibía, con la seguridad que da la costumbre de ir bien arreglado, un gran cuello de camisa festoneado, una casaca de camelote verde con botones plateados y una gorra de castor gris adornada con una pluma. De su cintura colgaba, con su portapliegos, la vaina de un pequeño sable, cuya hoja sostenía en la mano derecha, intentando imitar, en tanto le era posible, el aspecto marcial del oficial a quien él procuraba ir llamando de vez en cuando y en voz bien alta «padre», apelativo con el que el jefe del batallón parecía tan complacido como con el puesto tan eminente dentro de la milicia nacional al cual la confianza de sus conciudadanos le había elevado. A poca distancia de este grupo, que se pavoneaba en su felicidad, se podía distinguir otro, menos brillante, sin duda, pero desde luego más notable. Se componía éste de un hombre de entre cuarenta y cinco y cuarenta y ocho años y de dos niños, uno de catorce años y el otro de doce. El hombre era alto, delgado, de constitución huesuda, un poco encorvado no por la edad, puesto que ya hemos dicho que tenía cuarenta y ocho años a todo lo más, sino por la humildad de una posición secundaria. En efecto, por su tez cobriza y su pelo ligeramente crespo, se reconocía en él, a primera vista, uno de esos mulatos a quienes en las colonias, a pesar de disponer de una gran fortuna conseguida por su esfuerzo, no se les perdona su color. Iba vestido con rica sencillez. Llevaba en la mano una carabina damasquinada en oro, armada con una bayoneta larga y afilada; en el flanco llevaba un sable de coracero que, gracias a su elevada estatura, le colgaba a la altura del muslo como una espada. Asimismo, aparte de los que contenía su cartuchera, sus bolsillos rebosaban cartuchos. El mayor de los dos chicos que acompañaban a este hombre era, como ya hemos dicho, un buen mozo de catorce años a quien la práctica de la caza, más que sus orígenes africanos, le había tostado la tez. Gracias a la vida activa que había llevado, estaba robusto como un muchacho de dieciocho años; por ello había obtenido permiso de su padre para tomar parte en los hechos que se iban a producir. Iba, por tanto, armado con una escopeta de dos cañones, la misma que solía usar en sus excursiones por toda la isla y, con la cual, a pesar de su juventud, se había ganado una fama de gran destreza que le envidiaban los más reputados cazadores. Pero, en ese momento, su edad real se imponía sobre la que aparentaba. Había posado la escopeta en el suelo y estaba jugueteando con un enorme perro malgache que parecía, por su parte, haber ido allí por si acaso los ingleses se traían algunos de sus bulldogs. El hermano del joven cazador, el segundo hijo de este hombre de gran estatura y aspecto humilde, el que completaba el grupo que hemos intentado describir, era un niño de unos doce años, pero de una naturaleza canija y endeble que nada tenía que ver con la gran estatura del padre ni con la poderosa constitución de su hermano, quien parecía haberse quedado con todo el vigor destinado a ambos. Al contrario de Jacques, que así se llamaba el mayor, el pequeño Georges representaba dos años menos de los que en realidad tenía, hasta tal punto su talla menuda, como hemos dicho, y su rostro pálido, enjuto y melancólico, ensombrecido por largos cabellos negros, carecían de esa fuerza física tan corriente en las colonias. Sin embargo, y en contrapartida, su mirada inquieta y penetrante traslucía una inteligencia tan ardiente y el precoz ceño fruncido que le era ya tan habitual denotaba una reflexión tan viril y una voluntad tan tenaz que sorprendía encontrar, en un mismo individuo, tanta endeblez y tanta fuerza a la vez. Como no disponía de armas, permanecía pegado a su padre, apretando con toda la fuerza de su manita el cañón de la preciosa carabina damasquinada. Paseaba sus ojos vivos e inquisidores de su padre al jefe del batallón, alternativamente, y sin duda se preguntaba en su fuero interno por qué su padre, que era dos veces más rico, dos veces más fuerte y dos veces más hábil que aquel hombre, no llevaba también, como él, algún signo honorífico, alguna distinción especial. Un negro, vestido con una chaqueta y calzones de tela azul, esperaba, al igual que el del niño de cuello festoneado, que llegase el momento en que los hombres se pusieran en marcha. Entonces, mientras su padre y su hermano irían a combatir, el niño debería quedarse con él. Desde la mañana se oía el ruido del cañón, puesto que desde la mañana el general Vandermaesen, con la otra mitad de la guarnición, había marchado por delante del enemigo, para detenerlo en los desfiladeros de la montaña Longue y en el paso del río PontRouge y del río Lataniers. En efecto, desde la mañana había resistido encarnizadamente, pero, como no quería comprometer todas sus fuerzas de un solo golpe, y porque temía además que el ataque al que se enfrentaba fuera un falso ataque durante el cual los ingleses avanzasen por otro lugar hacia Port-Louis, sólo se había llevado ochocientos hombres, dejando para la defensa de la ciudad, como hemos dicho, la mitad de la guarnición y los voluntarios nacionales. El resultado de ello fue que, tras prodigiosas muestras de coraje, su pequeña tropa, que se las veía con un cuerpo de cuatro mil ingleses y dos mil cipayos, había tenido que irse replegando de posición en posición, asiéndose bien a cualquier accidente del terreno que le facilitaba un instante de ventaja, pero teniendo que recular de nuevo. De modo que, desde la plaza de Armas, donde se encontraban las reservas, se podían calcular, aunque no se distinguiera a los combatientes, los progresos que hacían los ingleses por el ruido cada vez mayor de la artillería que, minuto a minuto, se iba acercando. Pronto se escuchó incluso, entre el resonar de las tremendas andanadas, el crepitar de la artillería. Hay que decir, empero, que ese ruido, en vez de intimidar a los defensores de Port-Louis que, condenados a la inacción por órdenes del general, permanecían en la plaza de Armas, no hacía sino estimular su coraje. Tanto era así que, mientras los soldados regulares, esclavos de la disciplina, se contentaban con morderse los labios o proferir juramentos par entre los bigotes, los voluntarios nacionales agitaban sus armas, murmuraban en voz alta y gritaban que, si la orden de partir tardaba aún mucho, romperían las filas y se irían a combatir por su cuenta. En ese momento se oyó tocar generala. Al mismo tiempo, un edecán se presentó al gran galope y, sin entrar siquiera en la plaza, agitando su sombrero en señal de llamada, gritó desde lo alto de la calle: -¡A atrincherarse! ¡Llega el enemigo! -Y desapareció tan veloz como había venido. El tambor de la tropa se puso a batir de inmediato y los soldados, recuperando sus posiciones con la prontitud y precisión habituales, se pusieron en marcha a paso de carga. Por mucha rivalidad que hubiera entre los voluntarios y las tropas regulares, los primeros no pudieron partir con tanta celeridad. Transcurrieron algunos instantes antes de que se formasen las filas, y luego, una vez formadas, unos empezaron a marchar con el pie derecho, mientras que otros lo hicieron con el pie izquierdo, de modo que se produjo un instante de confusión que hizo necesaria una parada. Mientras tanto, viendo un lugar vacío en medio de la tercera fila de voluntarios, el hombre de gran estatura y de la carabina damasquinada besó al más joven de sus hijos y, colocándolo en brazos del negro de chaqueta azul, corrió con su hijo mayor a tomar modestamente el lugar que la falsa maniobra ejecutada por los voluntarios había dejado vacante. Pero, al ver a su lado a estos dos parias, los hombres situados a su derecha y a su izquierda se separaron, imprimiendo el mismo movimiento a sus vecinos, de modo que el hombre de gran estatura y su hijo se encontraron en el centro de unos círculos que iban alejándose de ellos, como se alejan del lugar en que ha caído una piedra los círculos del agua en que la han tirado. El hombre gordo con chorreras de jefe de batallón, que a duras penas acababa de restablecer la regularidad de la primera fila, observó entonces el desorden que reinaba en la tercera. Se puso de puntillas y se dirigió a los que ejecutaban la singular maniobra que hemos descrito: -¡A sus filas, señores -gritó-, a sus filas! Pero a esta doble recomendación, hecha en un tono que no admitía réplicas, un solo grito respondió: -¡No queremos mulatos can nosotros! ¡Fuera los mulatos! Grito unánime, universal, atronador, que todo el batallón repitió como un eco. El oficial comprendió entonces la causa de aquel desorden. En medio de un ancho círculo vio al mulato que permanecía en posición de firmes, mientras que su hijo mayor, rojo de cólera, había dado ya dos pasos atrás para separarse de aquellos que lo rechazaban. Viendo aquello, el jefe del batallón pasó a través de las dos primeras filas, que se abrieron ante él, y caminó directo hacia el insolente que se había permitido, siendo hombre de color como era, mezclarse entre los blancos. Cuando llegó ante él, lo miró de arriba abajo lanzando destellos de indignación, pero como el mulato seguía allí, tieso e inmóvil como un palo, le dijo: -Y bien, señor Pierre Munier, ¿acaso no ha oído? ¿Habrá que repetirle una segunda vez que éste no es su lugar, y que no lo queremos aquí? Con que hubiera bajado su mano fuerte y robusta sobre aquel gordo que le hablaba de tal modo, Pierre Munier lo habría aplastado de golpe; pero, en lugar de eso, no contestó nada, levantó la cabeza con aspecto asustado y, al topar con la mirada de su interlocutor, desvió la suya azorado, lo cual aumentó la cólera del gordo al tiempo que aumentaba su altivez. -¡Veamos! ¿Qué hace usted aquí? -dijo, alejándole con el dorso de la mano. -Señor de Malmédie -respondió Pierre Munier-, tenía la esperanza de que en un día como éste, ante el peligro general, se borrarían las diferencias. -¡Tenía la esperanza -dijo el gordo encogiéndose de hombros y riendo ruidosamente-, tenía la esperanza! ¿Y quién le había dado tal esperanza, si me hace el favor? -El deseo que tengo de morir, si es preciso, para salvar nuestra isla. -¡Nuestra isla! -murmuró el jefe de batallón-, ¡nuestra isla! Esta gente se figura que, porque tiene plantaciones como no sotros, la isla es suya. -La isla no es más nuestra q e de ustedes, señores blancos, bien lo sé -contestó Munier con voz tímida-; pero si nos paramos por tales cosas en el momento de combatir, pronto no será ni suya ni nuestra. -¡Basta! -dijo el jefe de batallón golpeando con el pie en el suelo para imponerle silencio a aquel respondón a la vez con el gesto y con la voz-. ¡Basta! ¿Se ha presentado en los controles de la Guardia Nacional? -No, señor, bien lo sabe usted -respondió Munier-, pues to que cuando me he presentado usted mismo me ha rechazado. -Entonces, ¿qué es lo que pretende? -Pretendía seguirle como voluntario. -Imposible -dijo el gordo. -Pero ¿por qué es imposible? ¡Ah! Si usted lo quisiera, señor de Malmédie... -¡Imposible! -repitió el jefe de batallón irguiéndose-. Estos señores que están a mis órdenes no quieren mulatos entre ellos. -¡No! ¡Fuera los mulatos! ¡Fuera los mulatos! -gritaron como un solo hombre todos los guardias nacionales. -Así pues, ¿no podré luchar, señor? -dijo Pierre Munier dejando caer sus brazos con desaliento y conteniendo apenas las gruesas lágrimas que le temblaban en las pestañas. -Forme un cuerpo de gentes de color y póngase a su cabeza, o bien únase a ese destacamento de negros que va a seguirnos. -¿Cómo?...-murmuró Pierre Munier. -Le ordeno que abandone este batallón; se lo ordeno -repitió el señor de Malmédie sacando pecho. -Venga, padre, venga, y deje tranquila a esa gente que le insulta -dijo una vocecilla temblorosa de ira-, venga... Y Pierre Munier sintió que le tiraban con tanta fuerza que dio un paso hacia atrás. -Sí, Jacques, sí, ya te sigo -dijo. -No soy Jacques, padre, soy yo, soy Georges. -Munier se volvió sorprendido. En efecto, el niño había saltado de los brazos del negro para ir a dar a su padre aquella lección de dignidad. Pierre Munier dejó caer la cabeza sobre el pecho lanzando un profundo suspiro. Mientras todo esto sucedía, las filas de la Guardia Nacional se habían recompuesto y el señor de Malmédie volvió a ocupar su lugar a la cabeza de la primera fila. ta legión se puso en marcha a paso acelerado. Pierre Munier quedó solo entre sus dos hijos. Uno de ellos estaba rojo como el fuego y el otro pálido como la muerte. Dio un rápido vistazo al rubor de Jacques y a la palidez de Georges y, como si aquel rubor y aquella palidez fueran un doble reproche contra él, dijo: -¿Qué queréis? ¡Pobrecitos míos! Así son las cosas. Jacques era despreocupado y filósofo. El primer movimiento le había resultado penoso, sin duda; pero la reflexión pronto acudió en su ayuda y lo había consolado ya. -¡Bah! -respondió a su padre chasqueando los dedos-. Después de todo, ¿qué puede importarnos que ese gordo nos desprecie? Nosotros somos más ricos que él, ¿no es cierto, padre? En cuanto a mí -añadió lanzando una mirada aviesa al niño del cuello festoneado-, esperad a que me encuentre con su niñito Henri en una ocasión adecuada, y le daré una paliza que no olvidará nunca. -¡Mi buen Jacques! -dijo Pierre Munier, agradeciendo a su hijo mayor que, en cierto modo, hubiera aliviado su vergüenza con su despreocupación. Entonces se volvió hacia el segundo de sus hijos para ver si éste también se tomaba la cosa tan filosóficamente como acababa de hacer su hermano. Pero Georges se mantuvo impasible. Todo cuanto su padre pudo sorprender en su fisonomía de hielo fue una imperceptible sonrisa que le contraía los labios; sin embargo, por imperceptible que fuera, aquella sonrisa tenía un matiz de desdén y de piedad tal que, del mismo modo en que uno contesta a veces palabras que no se han pronunciado, Pierre Munier contestó a aquella sonrisa: -¿Pues qué querías que hiciera, Dios mío? Y esperó la respuesta del niño, atormentado por esa vaga inquietud que nadie se confiesa a sí mismo, y que, sin embargo, nos agita cuando esperamos que u inferior, al que tememos a pesar nuestro, nos juzgue por nuestros actos. Georges no respondió, pero volviendo la cabeza hacia el extremo opuesto de la plaza, dilo: -Padre, mire, allá están os negros esperando un jefe. -Tienes razón, Georges -exclamó alegremente Jacques, consolado ya de su humillación por la conciencia de su fuerza, y haciendo, sin saberlo, el mismo razonamiento que César-. Más vale mandar a éstos que obedecer a los otros. Y Pierre Munier, cediendo al consejo dado por el hijo más pequeño y a la energía expresada por el otro, avanzó hacia los negros que estaban discutiendo qué jefe iban a elegir. Tan pronto como vieron a la persona que todo hombre de color en la isla respetaba como a un padre, se agruparon a su alrededor como si fuera su jefe natural, y le rogaron que les condujera al combate. Se operó entonces un extraño cambio en aquel hombre. Su sentimiento de inferioridad, que no podía vencer en presencia de los blancos, desapareció dejando paso a la demostración de sus justos méritos: su gran cuerpo encorvado se irguió en toda su altura, sus ojos, que había mantenido humildemente bajos o vagamente mente errantes ante el señor de Malmédie, se inflamaron. Su voz, temblorosa un instante antes, tomó un acento de cruda firmeza. Con un gesto cargado de noble energía, se echó la carabina en bandolera por la espalda, desenvainó el sable y, alzando su brazo nervioso hacia el enemigo, gritó: -¡Adelante! Y tras dedicar una última mirada a su hijo pequeño, que había regresado a la protección del negro de la chaqueta azul y que, henchido de orgullosa felicidad, daba palmadas con sus manitas, desapareció con su negra escolta por el ángulo de la misma calle por la que acababan de desaparecer la tropa regular y los guardias nacionales. Gritó una última vez al negro de la chaqueta azul: -¡Telémaco, cuida de mi hijo! La línea de defensa se dividía en tres partes. A la izquierda, el bastión Fanfaron, situado en la costa y armado con dieciocho cañones; en el centro, el atrincheramiento propiamente dicho, con veinticuatro piezas de artillería, y a la derecha, la batería Dumas, protegida sólo por seis bocas de fuego. El enemigo victorioso, que había avanzado primero en tres columnas sobre los tres puntos distintos, abandonó los dos primeros tras reconocer su fuerza, para arremeter contra el tercero que, no sólo, como ya hemos dicho, era el más débil, sino que aún no estaba defendido más que por los artilleros nacionales. No obstante, contra todo pronóstico, aquella belicosa juventud, a la vista de la masa compacta que marchaba sobre ella con la terrible regularidad de la disciplina inglesa, en lugar de intimidarse, corrió a su puesto maniobrando con la prontitud y la destreza de soldados veteranos, y abrió fuego, tanto y tan bien dirigido que la tropa enemiga creyó que se había equivocado en cuanto a la fuerza de la batería y el número de hombres que la servían. No obstante, siguió avanzando, pues cuanto más peligrosa era la batería, más urgente era terminar con su fuego. Pero entonces la maldita se enfadó de veras y, semejante a un prestidigitador que supera un truco increíble con otro aún más increíble, redobló las andanadas, las balas siguiendo a la metralla y la metralla a las balas con tal rapidez que el desorden comenzó a invadir las filas enemigas. Al mismo tiempo, como los ingleses habían llegado a tiro de mosquete, el fuego de fusilería empezó también a crepitar, hasta el punto de que, viendo que los disparos y los cañonazos se llevaban filas enteras, el enemigo, sorprendido ante una resistencia tan enérgica como inesperada, se replegó y dio un paso atrás. A una orden del capitán general, la tropa regular y el batallón nacional, que se habían reunido en el lugar amenazado, salieron una por la izquierda y el otro por la derecha, y con la bayoneta calada avanzaron a paso de carga sobre los flancos del enemigo, mientras la formidable batería seguía fulminándolo en la vanguardia: la tropa ejecutó la maniobra con su precisión habitual, cayó sobre los ingleses, abrió una brecha entre sus filas y redobló el desorden. En cambio, bien porque lo desbocó el valor, bien porque ejecutó con torpeza el movimiento ordenado, el batallón nacional, mandado por el señor de Malmédie, en lugar de caer sobre el flanco izquierdo y realizar un ataque paralelo al que ejecutaba la tropa regular, hizo una falsa maniobra y fue a buscar a los ingleses de frente. Entonces la batería se vio obligada a cesar el fuego y, como era el fuego lo que intimidaba al enemigo, éste, al ve que ya sólo tenía que ocuparse de un número de hombres inferior' al suyo, recuperó valor y arremetió contra los nacionales, quienes, hay que decirlo en su honor, aguantaron el choque sin dar un solo paso atrás. Sin embargo, la resistencia de aquellos valientes no podía durar, pues estaban situados entre un enemigo mejor disciplinado que ellos y diez veces mayor en número y la batería a la que' habían obligado a callar para no aplastarlos a ellos mismos. A cada instante perdían un número tan grande de hombres que empezaron a retroceder. Pronto, con una hábil maniobra, la izquierda de los ingleses desbordó la derecha del batallón de nacionales. Casi a punto de ser rodeados y demasiado inexpertos para disponerse en cuadro, se veían ya perdidos. En efecto, los ingleses continuaban su movimiento progresivo y, como una marea que sube, iban a cubrir con sus olas aquella isla de hombres, cuando de pronto unos gritos de ¡Francia! ¡Francia! resonaron en la retaguardia del enemigo. Tras ellos se oyó un espantoso tiroteo de fusilería, y luego un silencio terrible y oscuro. Una extraña ondulación se paseó por las últimas filas del enemigo y alcanzó hasta las primeras. Las casacas rojas se iban inclinando bajo una vigorosa carga de bayonetas, como espigas maduras bajo la hoz del segador. Ahora les tocaba a ellos quedar rodeados, ahora les tocaba a ellos plantar cara a la derecha, a la izquierda y al frente a la vez. El refuerzo que acababa de llegar no les daba respiro, empujaba sin cesar, de manera que al cabo de diez minutos, a través de una sangrienta brecha, se había abierto paso hasta el desgraciado batallón y lo había liberado. Entonces, viendo cumplido el objetivo que se habían propuesto, los recién llegados se replegaron sobre sí mismos, giraron hacia la izquierda describiendo un círculo y, a paso de carga, volvieron a caer sobre el flanco del enemigo. Por su parte, el señor de Malmédie, calcando instintivamente la maniobra, dio el mismo impulso a su batallón, de tal modo que la batería, viéndose descubierta, no perdió tiempo y, reabriendo el fuego, secundó los esfuerzos de aquel triple ataque vomitando ríos de metralla sobre el enemigo. Desde ese momento la victoria quedó decidida a favor de los franceses. Entonces, el señor de Malmédie, sintiéndose fuera de peligro, lanzó una mirada a sus liberadores, a los que había entrevisto, pero que había dudado en reconocer, tanto le costaba deber su salvación a tales hombres. Era, en efecto, aquel cuerpo de negros que tanto despreciaba el que lo había seguido en su marcha y lo había alcanzado tan a tiempo en el combate. A la cabeza de aquel cuerpo se hallaba Pierre Munier, que viendo que los ingleses, al rodear al señor de Malmédie, le daban la espalda, había acudido con sus trescientos hombres a sorprenderlos por la retaguardia y aplastarlos. Era Pierre Munier quien, tras haber imaginado aquella maniobra con el genio de un general, la había ejecutado con el valor de un soldado y quien, en ese instante, encontrándose en un terreno en el que no había nada más que temer sino la muerte, combatía delante de todos, alzando su gran estatura, con la mirada encendida, las aletas de la nariz abiertas, la frente descubierta, el cabello al viento, entusiasta, temerario, ¡sublime! Era Pierre Munier, en fin, cuya voz se alzaba de vez en cuando en medio de la refriega, dominando todo aquel rumor, para lanzar un grito: -¡Adelante! Luego, como en efecto, al seguirlo, seguían avanzando, como el desorden imperaba más y más entre las filas inglesas, se oía el grito: -¡A la bandera! ¡A la bandera, compañeros! Se lanzó en medio de un grupo de ingleses, cayó, se levantó, se internó entre las filas, y al cabo de unos instantes reapareció con la ropa rasgada y la frente ensangrentada, pero con la bandera en la mano. En aquel momento, el general, que temía que los vencedores, al alejarse demasiado persiguiendo a los ingleses, cayeran en una trampa, dio la orden de retirada. La tropa fue la primera en obedecer, llevándose a los prisioneros, luego la Guardia Nacional llevándose los muertos, y por último los negros voluntarios, que cerraron la marcha entorno a la bandera. La ciudad entera había corrido al puerto. La gente se amontonaba, se empujaba para ver a los vencedores, pues los habitantes de Port-Louis creían, en su ignorancia, que habían combatido contra el ejército enemigo entero, y esperaban que los ingleses, rechazados con tanto vigor, no volverían más a la carga. Por ello, a cada cuerpo que pasaba le dedicaban nuevos ¡vivas!, todo el mundo se sentía orgulloso, todo el mundo se sentía victorioso, todo el mundo estaba fuera de sí. La dicha inesperada hace rebosar el corazón, un triunfo inesperado hace perder la cabeza; y es que aquellos ciudadanos estaban preparados para la resistencia, pero no para el éxito. Así es que cuando vieron que la victoria había sido declarada tan completamente, hombres, mujeres, ancianos y niños juraron con una sola voz y un solo grito que trabajarían en los atrincheramientos y que morirían en su defensa si fuera preciso. Excelentes promesas, sin duda, que todos hacían con la intención de mantener, pero que no valían, ni con mucho, tanto como la llegada de otro regimiento, ¡si otro regimiento hubiera podido llegar! Pero en medio de aquella ovación general ningún objeto atraía tanto las miradas como la bandera inglesa y la persona que la había tomado. En torno a Pierre Munier y su trofeo todo eran exclamaciones y asombro sin fin. Los negros contestaban con baladronadas, mientras su jefe, otra vez transformado en el humilde mulato que conocemos, respondía con temerosa cortesía a las preguntas que todos le formulaban. De pie junto al vencedor, apoyado en su escopeta de dos cañones, que no había permanecido muda en la acción y que lucía la bayoneta teñida de sangre, Jacques erguía con orgullo la cabeza, mientras Georges, que se había escapado de las manos de Telémaco para ir a buscar a su padre al puerto, apretaba convulsivamente su poderosa mano e intentaba, inútilmente, contener las lágrimas de alegría que le saltaban de los ojos muy a su pesar. A pocos pasos de Pierre Munier se encontraba el señor de Malmédie, ya no peinado y acicalado como en el momento de la partida, sino con la corbata rasgada, las chorreras desgarradas y cubierto de sudor y polvo: también a él le rodeaba y felicitaba su familia, pero las felicitaciones que recibía eran aquellas que se dan al hombre que acaba de escapar de un peligro, y no las alabanzas que se prodigan a un campeón. Por ello, en medio de aquel concierto de cariñosas atenciones, él parecía un tanto azorado y, para mantener el aplomo, preguntaba a gritos qué había sido de su hijo Henri y de su negro Bijou. Entonces se les vio aparecer abriéndose paso entre el gentío, Henri para echarse a los brazos de su padre y Bijou para felicitar a su amo. En aquel momento, alguien dijo a Pierre Munier que un negro que había luchado a sus órdenes y que había recibido una herida mortal, una vez transportado a una casa del puerto y sientiéndose morir, solicitaba verle. Pierre Munier miró alrededor buscando a Jacques para confiarle la bandera, pero su hijo había reencontrado a su amigo el perro malgache, que también había acudido a felicitarle como los demás, había dejado su escopeta en el suelo y, volviendo a ser el niño que en realidad era, se había puesto a jugar con él a cincuenta pasos de allá. Georges vio el problema de su padre y, tendiendo la mano, le dijo: -Démela, padre. Yo se la guardaré. Pierre Munier sonrió y, como no creía que nadie osase tocar el glorioso trofeo sobre el que sólo él tenía derechos, besó a Georges en la frente, le entregó la bandera, que el niño apenas podía sostener derecha asiéndola con las dos manos contra el pecho, y corrió hacia la casa donde la agonía de uno de sus valientes voluntarios reclamaba su presencia. Georges se quedó solo. No obstante, el niño sentía que, aunque solo, no estaba aislado: la gloria de su padre velaba por él, y con los ojos resplandecientes de orgullo paseó la mirada por la muchedumbre que lo rodeaba; esa mirada feliz y brillante se topó entonces con la del niño del cuello bordado y se tiñó de desdén. Éste, por su parte, observaba a Georges con envidia, preguntándose sin duda por qué su padre no se había apoderado también de una bandera. Esta pregunta lo llevó sin duda naturalmente a decirse que, a falta de una bandera propia, había que hacerse con la de otro. Así se había ido acercando sin disimulo hacia Georges, quien, a pesar de percatarse de sus intenciones hostiles, no retrocedió ni un paso: -Dame eso -le dijo. -¿Qué es eso? -preguntó Georges. -Esa bandera -contestó Henri. -Esta bandera no es tuya. Esta bandera es de mi padre. -¡Qué más me da! ¡La quiero yo! -No la tendrás. El niño del cuello bordado adelantó la mano para asir el asta del estandarte, a lo cual Georges no respondió sino frunciendo los labios, empalideciendo más que de costumbre y dando un paso atrás. Pero este paso de retirada no hizo más que alentar a Henri, quien, como todos los niños mimados, creía que basta con desear algo para tenerlo. Dio dos pasos adelante y esta vez calculó tan bien las medidas que pudo asir el palo, gritando con toda la fuerza de su vocecilla encolerizada: -Te digo que la quiero. -Y yo te digo que no la tendrás -repitió Georges empujándolo con una mano, mientras que con la otra seguía apretando la bandera contra su pecho. -¡Ah! Malvado mulato, ¿cómo osas tocarme? -exclamó Henri-. Pues ahora verás. Y desenvainando su pequeño sable antes de que Georges tuviera tiempo de ponerse a la defensiva, le asestó con toda su fuerza un golpe en lo alto de la frente. Al instante brotó la sangre de la herida que se deslizó por todo el rostro del niño. -¡Cobarde! -dijo Georges fríamente. Exasperado por ese insulto, Henri iba a repetir el golpe, pero Jacques se puso de un brinco al lado de su hermano y, con un enérgico puñetazo dirigido al centro de la cara, envió al agresor al suelo a diez pasos de allí. Saltando sobre el sable que éste había dejado caer, lo rompió en tres o cuatro pedazos, escupió sobre ellos y le devolvió los trozos. Ahora era el niño del cuello bordado el que sentía cómo la sangre inundaba su rostro, pero su sangre había brotado por un puñetazo, no por una herida de sable. Toda esta escena había sucedido tan rápidamente que ni el señor de Malmédie, quien, como ya hemos dicho, estaba a una distancia de veinte pasos ocupado en recibir las felicitaciones de su familia, ni Pierre Munier, que estaba saliendo de la casa donde el negro acababa de expirar, tuvieron tiempo de impedirla. Asistieron solamente a la catástrofe y llegaron ambos al mismo tiempo: Pierre Munier, sin aliento, acongojado, tembloroso; el señor de Malmédie, rojo de ira, asfixiado por su soberbia. Ambos se encontraron delante de Georges. -Señor -dijo Malmédie con voz entrecortada-, señor, ¿ha visto lo que acaba de ocurrir? -Por desgracia sí, señor de Malmédie -respondió Pierre Munier-, y créame que si yo hubiera estado aquí nada de esto habría sucedido. -Claro, señor, claro -exclamó-, pero su hijo ha puesto la mano sobre el mío. El hijo de un mulato ha tenido la audacia de poner la mano encima del hijo de un blanco. -Estoy desesperado por lo que ha pasado, señor de Malmédie -balbució el pobre padre-, y le presento mis más humildes disculpas. -Sus disculpas, señor, sus disculpas -repitió el altivo colono, irguiéndose a medida que su interlocutor se iba encorvando-. ¿Acaso cree que me basta con sus disculpas? -¿Qué más puedo hacer, señor? -¿Qué puede hacer? ¿Qué puede hacer? -repitió el señor de Malmédie, incapaz también de precisar qué satisfacción deseaba obtener-. Puede dar unos buenos latigazos al miserable que ha golpeado a mi Henri. -¿Latigazos? -dijo Jacques levantando del suelo su escopeta de dos cañones, a la vez que se transformaba de nuevo en hombre-. Muy bien, venga usted e inténtelo, señor de Malmédie. -Cállate, Jacques; cállate, hijo mío -gritó Pierre Munier. -Perdón, padre -dijo Jacques-, pero tengo razón y no me callaré. El señorito Henri ha golpeado con el sable a mi hermano que no le estaba haciendo nada, y yo he dado un puñetazo al señorito Henri. Por lo tanto, el señorito Henri ha hecho mal y yo he hecho bien. -¿Con el sable, a mi hijo? ¿Un golpe con el sable a mi hijo? -exclamó Pierre Munier precipitándose sobre su hijo-. ¿Es cierto que estás herido? -No es nada, padre -dijo Georges. -¡Cómo que no es nada! -gritó Pierre Munier-. Pero si tienes la frente abierta. Señor -continuó volviéndose hacia el señor de Malmédie-, véalo usted mismo, Jacques decía la verdad. Su hijo ha estado a punto de matar al mío. El señor de Malmédie se dirigió a Henri y, como no había manera de oponerse a la evidencia, preguntó: -Veamos, Henri, ¿cómo ha ocurrido todo? -Papá -dijo Henri-, no ha sido culpa mía. Yo quería la i bandera para ofrecértela y este villano no ha querido dármela. -¿Y por qué no has querido darle esta bandera a mi hijo, granujilla? -preguntó el señor de Malmédie. -Porque esta bandera no es ni de su hijo, ni de usted, ni de nadie. Porque esta bandera es de mi padre. -¿Y después? -siguió preguntando el señor de Malmédie a Henri. -Después, como no quería dármela, he intentado quitársela. Y entonces ha venido ese bruto enorme y me ha pegado un puñetazo en la cara. -¿Así es cómo ha sucedido? -Sí, padre. -Es un mentiroso -dijo Jacques-, yo le he pegado cuando he visto cómo corría la sangre por la cara de mi hermano, de otro modo no le habría golpeado. -¡Silencio, bribón! -exclamó el señor de Malmédie. Y avanzando hacia Georges dijo-: Dame esa bandera. Pero Georges, en lugar de obedecer a su orden, dio de nuevo un paso atrás, apretando la bandera con todas sus fuerzas contra el pecho. -Dame esa bandera -repitió el señor de Malmédie en un tono amenazador que indicaba que si su petición no era atendida iba a llevar las cosas hasta sus últimas consecuencias. -Pero señor -murmuró Pierre Munier-, soy yo quien les ha quitado la bandera a los ingleses. -Lo sé muy bien, señor, pero nadie podrá decir que un mulato ha plantado cara impunemente a un hombre como yo. Déme esa bandera. -No obstante, señor... -Lo quiero, lo ordeno. Obedezca a su oficial. A Pierre Munier se le ocurrió contestar: «Usted no es mi oficial, señor, puesto que no me aceptó como soldado suyo», pero las palabras expiraron en sus labios; su humildad natural se impuso sobre su coraje. Suspiró, y aunque obedecer a una orden tan injusta le partía el corazón, él mismo tomó la bandera de las manos de Georges, quien dejó al instante de oponer resistencia, y se la entregó al jefe de batallón, que se alejó con su trofeo robado. ¿Acaso no era increíble, sorprendente, miserable, ver a un hombre con una naturaleza tan rica, tan vigorosa, tan particular, ceder sin resistencia a esa otra naturaleza tan vulgar, tan anodina, tan mezquina, tan ordinaria y tan pobre? Pero así era, y lo más extraordinario es que ello no sorprendía a nadie. Casos parecidos, o equivalentes, ocurrían todos los días en las colonias: por ello, acostumbrado desde la infancia a respetar a los blancos como a hombres de una raza superior, Pierre Munier se había dejado aplastar toda la vida por esa aristocracia de color ante la que, una vez más, se había humillado sin intentar siquiera ofrecer resistencia. Hay héroes que alzan la cabeza ante la metralla, pero se hincan de rodillas ante un prejuicio. El león ataca al hombre, que es la imagen terrestre de Dios, pero, huye asustado, según dicen, cuando oye el canto del gallo. En cuanto a Georges, que no había dejado escapar ni una sola lágrima al ver brotar su sangre, estalló en sollozos en cuanto se vio con las manos vacías delante de su padre, quien lo miraba con tristeza sin intentar siquiera consolarlo. Jacques, por su parte, se mordía los puños de cólera, y juraba que algún día se vengaría de Henri, del señor de Malmédie y de todos los blancos. Apenas diez minutos después de la escena que acabamos de relatar, apareció un mensajero cubierto de polvo anunciando que los ingleses estaban descendiendo por las llanuras Williams y la Petite-Rivière, en número de diez mil. Casi al instante, el vigía que estaba emplazado en el cerro de la Découverte señaló la llegada de una nueva escuadra inglesa que había fondeado en la bahía de la Grande-Rivière y desembarcado a cinco mil hombres. Por último, al mismo tiempo, se supo que el cuerpo del ejército repelido por la mañana se había reagrupado a la orilla del río Lataniers y se hallaba dispuesto para marchar de nuevo sobre Port-Louis, combinando sus movimientos con los de otros dos cuerpos de invasión que avanzaban por la ensenada Courtois y por el Réduit, respectivamente. No había medio de resistir tales fuerzas, así que, a las voces desesperadas que apelando al juramento que habían hecho por la mañana de vencer o morir exigían el combate, el capitán general contestó licenciando a la Guardia Nacional y a los voluntarios, y declarando que, por los plenos poderes que le había otorgado Su Majestad el emperador Napoleón, iba a tratar con los ingleses de la rendición de la ciudad. Sólo los insensatos hubiesen podido intentar combatir tal medida. Veinticinco mil hombres rodeaban a apenas cuatro mil. Así pues, tras la exhortación del capitán general, todo el mundo se retiró a sus casas, de manera que la ciudad permaneció ocupada sólo por la tropa regular. En la noche del 2 al 3 de diciembre se decretó y se firmó la capitulación. A las cinco de la mañana fue aprobada y entregada. El mismo día el enemigo ocupó las líneas, y al día siguiente tomó posesión de la ciudad y de la ensenada. Ocho días después, la escuadra francesa prisionera salió del puerto a todo trapo. Y se llevó la guarnición al completo, como una pobre familia expulsada del techo paterno. Mientras pudo distinguirse la última ondulación de la última bandera, las gentes permanecieron en el muelle, pero cuando la última fragata hubo desaparecido, cada cual se fue por su lado, sombríos y en silencio. Dos hombres se quedaron solos y los últimos e4 el puerto: eran el mulato Pierre Munier y el negro Telémaco. -Señó Munier, nosotros subir allá, montaña. Nosotros ver aún señoritos Jacques y Georges. -Sí, tienes razón, mi buen Telémaco -dijo Pierre Munier-, y si no los vemos, al menos veremos la nave que se los lleva. Y Pierre Munier, con la rapidez de un muchacho, ascendió en un instante el cerro de la Découverte, desde cuya cumbre pudo, al menos hasta la noche, seguir con la mirada no a sus hijos, pues la distancia, como había supuesto, era muy grande para poderlos distinguir, sino la fragata Bellone, a bordo de la cual habían embarcado. En efecto, Pierre Munier, por mucho que le costase, había decidido separarse de sus hijos y los enviaba a Francia, bajo la protección del valiente general Decaen. Así pues, Jacques y Georges partían rumbo a París, recomendados a dos o tres de los comerciantes más ricos de la capital con quienes Pierre Munier llevaba largo tiempo relacionado por sus negocios. El pretexto de su partida fue la educación que debían recibir. La causa real era el odio bien evidente que el señor de Malmédie había demostrado por ambos desde el día de la escena de la bandera, odio del que el pobre padre, sobre todo con su carácter ya conocido, temía que algún día fuesen víctimas. En cuanto a Henri, su madre lo amaba demasiado para separarse de él. Además, ¿qué conocimientos necesitaba? Sólo uno: que todo hombre de color había nacido para respetarlo y obedecerlo. Pero eso, como ya hemos visto, era algo que Henri ya sabía. IV CATORCE AÑOS DESPUÉS En la Isla de Francia es día de fiesta el día en que se avista un barco europeo con la intención de entrar en el puerto. En efecto, largo tiempo privados de la presencia materna, la mayoría de los habitantes de la colonia esperan impacientes cualquier noticia de los pueblos, familias u hombres de ultramar. Todo el mundo espera algo y, desde el primer momento en que lo distinguen, mantienen la mirada clavada en ese mensajero marítimo que les trae la carta de un amigo, el retrato de una amiga, o al mismo amigo o amiga en persona. Este barco, objeto de tantos deseos y fuente de tantas esperanzas, es la cadena efímera que une Europa con África, el puente flotante entre un mundo y el otro. Por todo ello, ninguna noticia se extiende tan rápidamente por toda la isla como ésta que surge desde el pico de la Découverte: « ¡Barco a la vista! Decimos desde el pico de la Découverte, porque, casi siempre, el navío, que precisa buscar el viento del este, pasa por delante del Grand-Port, sigue la costa durante una distancia de dos o tres leguas, dobla la punta de los Cuatro-Cocos, se interna entre la isla Plate y el Coin-de-Mire y varias horas después de franquear el paso aparece en la entrada de Port-Louis. Sus habitantes, que desde el día anterior están advertidos por las señales que han cruzado la isla anunciando la llegada del barco, se amontonan en el muelle para esperarlo. Después de lo dicho sobre la avidez con que todo el mundo espera en la Isla de Francia las noticias de Europa, a nadie extrañará la muchedumbre que, en una hermosa mañana de fines de febrero de 1824, hacia las once, se había congregado en todos los puntos desde los que se podía ver entrar en la rada de Port-Louis al Leycester, hermosa fragata de treinta y seis cañones que había sido avistada el día anterior a las dos de la tarde. Si el lector nos da su licencia, le presentaremos, o más bien le volveremos a presentar, a dos personajes que la nave llevaba a bordo. Uno era un hombre de cabello rubio, tez blanca, ojos azules, rasgos regulares, aspecto tranquilo, estatura un poco por encima de la media, y que no representaba más de treinta o treinta y dos años, si bien tenía más de cuarenta. A primera vista no destacaba en él nada de particular, pero hay que admitir que el conjunto resultaba agradable. Si, después de una primera mirada uno encontraba motivos para seguir el examen de su persona, podía ver que tenía los pies y manos pequeños y admirablemente bien hechos, lo cual, en todos los países, pero especialmente entre los ingleses, es signo de buena raza. Su voz era clara y firme, pero sin entonación y, por así decirlo, sin música. Sus ojos de color azul claro, a los cuales se podía reprochar que, en las circunstancias habituales de su vida, carecieran un tanto de expresión, dejaban vagar una mirada límpida, pero que no se detenía en nada y que en nada parecía querer profundizar. De vez en cuando, no obstante, entornaba los ojos como un hombre fatigado por el sol, a la vez que separaba ligeramente los labios dejando entrever una doble hilera de dientes pequeños, bien formados y blancos como perlas. Esta especie de tic parecía privar a su mirada de la poca expresión que tenía, pero examinándolo con detenimiento, se veía que, al contrario, era en ese momento cuando su vista, profunda y rápida, como lanzando un rayo de fuego entre los dos párpados medio abiertos, iba a buscar el pensamiento de su interlocutor hasta lo más hondo de su alma. Cuantos le veían por primera vez casi siempre lo tomaban por necio. Él sabía que, en general, ésa era la opinión que los hombres superficiales tenían de él y, casi siempre, bien por cálculo, bien por indiferencia, se complacía en no desmentirla, seguro como estaba de desengañarlos cuando le viniera en capricho o cuando llegase el momento. Tal envoltorio engañoso ocultaba una mente particularmente profunda, del mismo modo que dos pulgadas de nieve pueden ocultar un precipicio de mil pies; por ello, con la conciencia de su superioridad casi universal, esperaba pacientemente que alguien le brindase una ocasión para mostrar su gloria. Entonces, cuando se topaba con unas opiniones opuestas a las suyas, y la persona que emitía esas opiniones podía mantener un combate digno de él, se aferraba a la conversación que, hasta ese momento, había dejado vagar por todos sus caprichosos meandros, se animaba poco a poco, se expandía, crecía en toda su estatura. Su voz estridente y sus ojos ardientes secundaban a la perfección su palabra vivaz, incisiva, florida, seductora y grave a la vez, deslumbrante y positiva. Si tal ocasión no se presentaba, se abstenía de todo ello, y seguía siendo considerado por quienes lo rodeaban como un hombre vulgar. No es que le faltase amor propio, al contrario, en ciertas cosas llevaba su orgullo hasta el exceso, pero era un sistema de conducta que se había impuesto y del cual no se apartaba jamás. Cada vez que una proposición errónea, un pensamiento falso, una vanidad mal defendida o una ridiculez cualquiera se le ponían por delante, la extrema agudez de su mente colocaba de inmediato en su lengua un sarcasmo incisivo o en sus labios una sonrisa burlona. Pero al instante sofocaba todo tipo de ironía exterior y, cuando no podía retener del todo la irrupción del desdén, disimulaba con esos guiños tan característicos en él el movimiento burlón que a pesar suyo se le escapaba, pues sabía que el modo de verlo todo y oírlo todo era parecer ciego y sordo. Tal vez hubiese querido, como Sixto Quinto, parecer también paralítico, pero como tal cosa le habría obligado a un demasiado largo y fatigoso disimulo había renunciado a ello. El otro era un joven moreno, de pálida tez y largos cabellos; sus ojos, que eran grandes, admirablemente rasgados y hermosamente aterciopelados, tenían, tras la aparente dulzura debida sólo a la constante preocupación de su pensamiento, un carácter de tal firmeza que ya a primera vista sorprendían. Cuando se enfurecía, lo cual no era frecuente, pues todo su organismo parecía obedecer no a los instintos físicos sino a una energía moral, sus ojos se iluminaban con un fuego interior y lanzaban destellos que parecían provenir de lo más profundo de su alma. Si bien los rasgos de su rostro eran limpios, carecían en cierto modo de regularidad; su frente armoniosa, aunque vigorosa y cuadrada, estaba surcada por una ligera cicatriz, casi imperceptible en su estado de calma habitual, pero que se revelaba con una línea blanca cuando el rubor le inundaba la cara. Un bigote negro como sus cabellos, bien dibujado como sus cejas, cubría, disimulando su tamaño, una boca de labios gruesos y hermosos dientes. El aspecto general de su semblante era serio: por las arrugas de la frente, por el ceño casi siempre fruncido, por la usual severidad de todos sus rasgos, se podía reconocer en él a un hombre de reflexiones profundas y decisiones inquebrantables. Además, muy al contrario de su compañero de rasgos difuminados que, teniendo cuarenta años representaba apenas treinta o treinta y dos, él, que sólo tenía veinticinco, representaba casi treinta. En cuanto al resto de su figura, era de estatura media, pero bien proporcionado; todos sus miembros eran quizá un poco menudos, pero se notaba que, bajo el influjo de una viva emoción, su falta de fuerza podía verse suplida por una potente tensión nerviosa. Como contrapartida, la naturaleza le había dado en agilidad y destreza mucho más de lo que le había negado en fuerza bruta. Por lo demás, iba vestido casi siempre con elegante sencillez; en esos momentos llevaba un pantalón, un chaleco y una levita cuyas formas indicaban que había salido de las manos de uno de los más hábiles sastres de París. En el ojal de la levita llevaba, anudadas con elegante descuido, las cintas de la Legión de Honor y de Carlos III. Estos dos hombres habían coincidido a bordo del Leycester, que los había recogido en Portsmouth y Cádiz respectivamente. Se habían reconocido de inmediato, pues ya se habían visto en aquellos salones de Londres y París en que uno ve a todo el mundo, y se habían saludado como antiguos conocidos, pero sin hablarse al principio. En efecto, no habiendo sido presentados nunca el uno al otro, ambos habían mantenido esa reserva aristocrática de la gente comme il faut que duda, incluso en las circunstancias más especiales de la vida, en salirse de las reglas impuestas por las convenciones generales. No obstante, el aislamiento del barco, lo exiguo del terreno en que se cruzaban cada día, la atracción natural que dos hombres de mundo experimentan instintivamente uno hacia el otro, pronto les acercaron; primero intercambiaron algunas palabras, luego sus conversaciones fueron creciendo en consistencia. Al cabo de varios días, ambos habían reconocido en su compañero a un hombre superior, y se habían congratulado por semejante encuentro en una travesía de más de tres meses; finalmente, a falta de algo mejor, habían iniciado una de esas amistades de circunstancias que, careciendo de raíces en el pasado, se convierte en una distracción en el presente, sin resultar un compromiso para el futuro. Desde entonces, durante las largas veladas del ecuador, durante las hermosas noches de los trópicos, tuvieron tiempo para estudiarse el uno al otro, y los dos reconocieron que, en arte, ciencia y política, ambos habían aprendido, bien por investigación, bien por experiencia, todo cuanto le ha sido dado al hombre saber. Así pues, ambos permanecieron constantemente uno enfrente del otro, como dos luchadores de igual fuerza; y en aquella larga travesía, sólo en una cosa aventajó el primero de los dos hombres al segundo: fue que, durante una turbonada que asaltó a la fragata después de doblar el cabo de Buena Esperanza, el capitán del Leycester, herido por la caída del palo de juanete, se había desmayado y le habían llevado a su camarote; el pasajero de pelo rubio se hizo entonces con la bocina y, subiéndose al alcázar, y en ausencia del segundo que estaba retenido en su coy por una grave enfermedad, había ordenado, con la seguridad de un hombre habituado al mando y la ciencia de un consumado marino, una serie de maniobras con las cuales la fragata conjuró la fuerza del huracán. Después, pasada la turbonada, su rostro, que durante unos instantes había resplandecido con ese orgullo sublime que asciende a la frente de cualquier criatura humana en lucha contra su Creador, recuperó su expresión habitual. Su voz, cuyo enérgico timbre se había dejado oír por encima del rugido del trueno y del silbido de la tormenta, descendió a su diapasón habitual; por último, con un gesto tan simple como poéticos y exaltados habían sido sus gestos anteriores, devolvió la bocina al teniente, pues es el cetro del capitán del barco y, lo lleve quien lo lleve, es signo de mando absoluto. Durante todo ese tiempo, su compañero, en cuyo rostro tranquilo, debemos decirlo, habría sido imposible encontrar cualquier rastro de emoción, lo había observado con la envidiosa expresión del hombre obligado a reconocerse en algo inferior a otro a quien, hasta entonces, se había creído igual. Después, cuando una vez pasado el peligro se encontraron de nuevo, se limitó a decirle: -¿Así que ha sido capitán de navío, milord? -Sí -contestó simplemente el hombre a quien daban este título honorífico-; alcancé incluso el grado de comodoro, pero desde hace seis años me dedico a la diplomacia. En el momento del peligro he recordado mi antiguo oficio. Eso es todo. Y nunca más volvieron a referirse los dos hombres a esa circunstancia. Era evidente, sin embargo, que el más joven de los dos se sentía íntimamente humillado por aquella superioridad que su compañero, de un modo tan inesperado, había adquirido sobre él, y que sin duda habría ignorado de no ser porque los acontecimientos le habían obligado en cierto modo a sacarla a la luz. La pregunta que hemos reproducido y la respuesta que provocó indican, por lo demás, que aquellos dos hombres, durante los tres meses que acababan de pasar juntos, no se habían interrogado sobre sus respectivas posiciones sociales. Se habían reconocido como hermanos de inteligencia, y eso les había bastado. Sabían que el objetivo de su viaje era para ambos la Isla de Francia, y no habían preguntado nada más. Además, los dos parecían tener la misma impaciencia por llegar, pues ambos habían solicitado que, en el momento en que se avistase la isla, se lo hicieran saber. El encargo resultó inútil para uno de ellos, ya que el joven de pelo negro estaba en cubierta, acodado a la borda de popa, cuando el vigía lanzó el esperado grito, siempre tan poderoso hasta entre los propios marinos, « ¡Tierra a la vista! ». Al oírlo, su compañero apareció en lo alto de la escalera y, avanzando hacia el joven con un paso más rápido que de costumbre, se apoyó junto a él. -Y bien, milord -dijo este último-, ya hemos llegado, o al menos eso parece. Le confieso que, para mi vergüenza, por más que miro al horizonte, veo sólo una especie de vapor que tanto pudiera ser niebla flotando sobre el mar como una isla anclada en el fondo del océano. -Sí, le comprendo -respondió el mayor de los dos hombres-, puesto que sólo el ojo de un marino puede distinguir con certeza, sobre todo a semejante distancia, el agua del cielo y la tierra de las nubes; pero yo -añadió entornando los ojos-, yo, un veterano hijo de la mar, veo nuestra isla en todo su contorno, incluso diría en todos sus detalles. -Bueno, milord -dijo el joven-, debo reconocer en vuestra gracia una nueva superioridad sobre mí; pero le confieso que tendrá que demostrarme tal cosa para que no la rechace por imposible. -Muy bien, tome el catalejo -dijo el marino-, mientras tanto yo, a simple vista, voy a describirle la costa. ¿Me creerá después de esto? -Milord -contestó el incrédulo-, sé que es en todo un hombre tan por encima de los demás que creo lo que me dice sin que deba añadir ninguna prueba a sus palabras, se lo aseguro. Si acepto el catalejo que me tiende es más para satisfacer una necesidad de mi corazón que un deseo de mi curiosidad. -Vamos, vamos -dijo el hombre de pelo rubio sonriendo-, veo que el aire de la tierra le surte efecto: se está volviendo adulador. -¿Adulador, yo, milord? -dijo el joven agitando la cabeza-. Vuestra gracia se equivoca. Le juro que el Leycester iría de un polo al otro y daría varias veces la vuelta al mundo antes de que viera realizarse en mí semejante transformación. No, no le adulo, milord. Solamente le estoy agradecido por las gentiles atenciones que me ha demostrado a lo largo de esta interminable travesía y, casi osaría decir, por la amistad que vuestra gracia ha brindado a un pobre desconocido como yo. -Mi querido compañero -respondió el inglés tendiendo la mano al joven-, considero que, tanto para usted como para mí, no hay más desconocidos en este mundo que las gentes vulgares, los tontos y los bribones; pero considero también que, tanto para el uno como para el otro, todo hombre superior es como un pariente al que reconoceríamos como familiar nuestro donde quiera que lo encontrásemos. Dicho esto, cesen los cumplidos, mi joven amigo. Tome el catalejo y mire, pues avanzamos tan deprisa que pronto no tendrá ningún mérito realizar la pequeña demostración geográfica que me he propuesto. El joven agarró el catalejo y lo llevó al ojo. -¿Ve usted? -A la perfección -dijo el joven. -¿Ve usted en el extremo derecho, semejante a un cono aislado en medio del mar, la isla Ronde? -De maravilla. -¿Ve usted, acercándose a nosotros, la isla Plate, a cuyo pie en este momento está pasando una bricbarca que, por su aspecto, diría que es un buque de guerra? Esta noche estaremos allí donde ahora está y pasaremos por donde está pasando. El joven apartó el catalejo, intentó mirar con el ojo desnudo los objetos que su compañero distinguía tan fácilmente y que él apenas vislumbraba con la ayuda del tubo que tenía en la mano. Con una sonrisa de sorpresa dijo: -¡Es milagroso! Y volvió a llevarse el catalejo al ojo. -¿Ve el Coin-de-Mire -continuó su compañero-, que desde aquí casi se confunde con el cabo Malheureux, de tan triste y poética memoria? ¿Y el pico de Bambou, detrás del cual se eleva la montaña de la Faïence? ¿Ve la montaña de Grand-Port, y más allá, a la izquierda, el cerro de los Criollos? -Sí, sí, veo todo eso y lo reconozco, pues todos esos picos, todas esas cumbres son familiares a mi infancia, y los he conservado en mi memoria con la religión del recuerdo. Pero -prosiguió el joven mientras con la palma de la mano guardaba uno dentro de otro los tres tubos del catalejo-, pareciera que no es la primera vez que ve estas costas, y quizá haya algo más de memoria que de realidad en la descripción que acaba de hacerme. -Es cierto -dijo sonriendo el inglés-, veo que no hay manera de engañarlo. ¡Sí, ya he visto antes estas costas! Sí, hablo un tanto de memoria, aunque tal vez los recuerdos que yo tenga sean menos dulces que los suyos. Sí, vine aquí en una época en que, con toda probabilidad, éramos enemigos, mi querido compañero, pues hace de eso catorce años. -Fue precisamente entonces cuando abandoné la Isla de Francia -respondió el joven de negros cabellos. -¿Estaba usted cuando tuvo lugar la batalla naval de Grand-Port? No debería hablar de ella, en realidad, aunque sólo fuera por orgullo nacional, pues nos dieron una soberana paliza. -¡Oh, milord! No le dé reparo -interrumpió el joven-. Ustedes los ingleses se han tomado tantas veces la revancha que el confesar una derrota es casi una muestra de orgullo. -Pues bien, sí, vine en aquella época, porque por entonces servía en la marina. -¿Como cadete, sin duda? -Como teniente de fragata, señor. -Pero en aquella época, si me permite decírselo, milord, debía ser usted un niño. -¿Qué edad cree que tengo? -Pues, más o menos debemos ser de la misma edad, supongo, y tendrá unos treinta años. -Voy a cumplir cuarenta -contestó el inglés sonriendo-. Ya le he dicho antes que tenía un día adulador. Sorprendido, el joven examinó a su compañero con más atención de lo que lo había hecho hasta entonces y reconoció, por unas leves arrugas en el ángulo de los ojos y en las comisuras de la boca, que podía tener, en efecto, la edad que decía y que tan lejos estaba de aparentar. Terminado el examen, recordó la pregunta que le habían formulado: -Sí, sí -dijo-, sí, recuerdo esa batalla y también otra que se desarrolló en el extremo opuesto de la isla. ¿Conoce Port-Louis, milord? -No, señor, sólo conozco este lado de la costa. Me hirieron gravemente en el combate de Grand-Port y fui trasladado como prisionero a Europa. Desde entonces, no volví a ver los mares de la India, pero ahora espero que mi estancia sea indefinida. Dicho esto, como si las últimas palabras intercambiadas hubieran despertado en los dos hombres un manantial de íntimos recuerdos, cada uno de ellos se alejó maquinalmente del otro, sumiéndose ambos en el silencio, uno a proa y el otro junto al timón. Al día siguiente, tras doblar la isla de Ambre y pasar a la hora prevista ante la isla Plate, la fragata Leycester, tal como hemos anunciado al inicio de este capítulo, hizo su entrada en la rada de Port-Louis, en medio de la expectación habitual que despertaba la llegada de cada buque europeo. Pero esta vez, la muchedumbre era aún más grande de lo acostumbrado, ya que las autoridades de la colonia esperaban al futuro gobernador de la isla, el cual, en el momento de doblar la isla de Tonneliers, subió al puente ataviado con su uniforme de general. Sólo entonces supo el joven de negros cabellos el grado político de su compañero de viaje, de quien hasta entonces no conocía más que el título aristocrático. En efecto, el inglés de pelo rubio no era otro que lord Williams Murrey, miembro de la Cámara alta, quien, después de marino y embajador acababa de ser nombrado gobernador de la Isla de Francia por Su Majestad británica. Invitamos, pues, al lector a que reconozca en él al joven teniente al que vio de refilón a bordo de la Néréide, tendido a los pies de su tío el capitán Villougby, herido en el costado por un trozo de metralla, y cuya curación habíamos anunciado, así como su reaparición en nuestra historia como uno de sus protagonistas. En el instante de separarse de su compañero, lord Murrey se volvió hacia él y dijo: -A propósito, señor, dentro de tres días doy una comida de gala para las autoridades de la isla. Espero que me hará el honor de ser uno de mis invitados. -Será un placer, milord -respondió el joven-; pero antes de aceptar, tal vez convendría que, por mi parte, dijera a vuestra gracia quién soy yo... -Ya le anunciarán al entrar en mi casa -contestó lord Murrey-, y entonces sabré quién es. Mientras tanto, sé lo que vale, y eso me basta. Luego, saludando a su compañero de ruta con la mano y con una sonrisa, el nuevo gobernador descendió en la yola de honor con el capitán y, alejándose del barco con el rápido impulso de diez vigorosos remeros, pronto llegó a tierra en la fuente del Chien-de-Plomb. En ese instante, los soldados, en formación de batalla, presentaron armas, los tambores repicaron y los cañones de los fuertes y la fragata resonaron al unísono;- como un eco, contestaron los cañones de los otros navíos. Al punto, multitudinarias exclamaciones de «¡Viva lord Murrey!» recibieron con alegría al nuevo gobernador, quien tras saludar gentilmente a cuantos le daban tan honorable acogida se encaminó, rodeado de las principales autoridades de la isla, hacia el palacio. Y sin embargo, estas gentes que festejaban al representante de Su Majestad británica y que aplaudían su llegada eran las mismas gentes que, en otro tiempo, habían llorado la marcha de los franceses. Pero es que habían transcurrido catorce años desde aquella época. La antigua generación había desaparecido en parte, y la nueva generación no conservaba el recuerdo de las cosas pasadas más que por ostentación, como quien guarda un viejo documento de familia. Habían transcurrido catorce años, ya lo hemos dicho, y eso es más de lo que se necesita para olvidar la muerte de nuestro mejor amigo o para incumplir un juramento; más de lo que se necesita para matar, enterrar y renegar de un gran hombre o de una gran nación. V EL HIJO PRÓDIGO Todas las miradas habían seguido a lord Murrey hasta el palacio del gobierno, pero cuando la puerta de la residencia se cerró tras él y tras cuantos le acompañaban, todos los ojos se volvieron hacia el navío. En aquel momento estaba bajando el joven de cabellos negros, y la curiosidad, que acababa de abandonar al gobernador, se desplazó hacia él. En efecto, habían visto a lord Murrey dirigirle amablemente la palabra y darle la mano, de modo que la gente allí reunida decidió, con su habitual sagacidad, que aquel extranjero debía de ser algún joven caballero perteneciente a la alta aristocracia de Francia o Inglaterra. Esta probabilidad se convirtió en certeza a la vista de las dos cintas que lucía en el ojal, una de las cuales, conviene decirlo, no estaba tan extendida en aquella época como lo está hoy en día. Por lo demás, los habitantes de Port-Louis tuvieron tiempo para examinar bien al recién llegado, pues éste, tras mirar a su alrededor como si esperase encontrar a algún amigo o algún pariente en el malecón, se detuvo a la orilla del mar esperando a que desembarcasen los caballos del gobernador. Terminada esta operación, un criado de tez morena vestido a la usanza de los moros de África, con quien el extranjero intercambió algunas palabras en una lengua desconocida, ensilló dos caballos al estilo árabe y, agarrándolos por la brida, porque aún no se podían fiar de sus patas entumecidas, siguió a su amo, quien ya se había puesto en marcha hacia la calzada mirando siempre alrededor, como si esperase ver aparecer en medio de todas aquellas figuras insignificantes una figura amiga. Entre los grupos que esperaban a los forasteros en el sitio que curiosamente se llama la punta de los Burlones, había uno cuyo núcleo estaba compuesto por un hombre grueso de entre cincuenta y cincuenta y cuatro años, de pelo cano, rasgos vulgares, voz chillona y unas patillas recortadas en punta que le llegaban hasta las comisuras de los labios. Iba vestido con una levita de merino marrón, pantalón de nanquín y un chaleco de piqué blanco; llevaba una corbata de ribetes bordados y unas largas chorreras llenas de puntillas que ondeaban sobre su pecho. El hombre más joven, cuyos rasgos, aunque un poco más acentuados que los de su acompañante, tenían con éstos tanta semejanza que era evidente que los dos estaban unidos por los más estrechos lazos de parentesco, llevaba un pañuelo de seda descuidadamente anudado al cuello e iba ataviado con un chaleco y pantalones blancos. -A fe mía que ése es un buen mozo -dijo el hombre gordo mirando al extranjero que pasaba en aquel momento a pocos pasos de él-, y si va a quedarse algún tiempo en nuestra isla, aconsejaría a nuestras madres y nuestros maridos que velasen por sus hijas y esposas. -Ése sí es un buen caballo -dijo el joven mirando con sus quevedos-. Un purasangre, si no me equivoco, pura raza árabe, arabísima. -¿Conoces a ese caballero, Henri? -preguntó el hombre gordo. -No, padre; pero si quiere venderse el caballo, sé muy bien quién le dará mil piastras. -Henri de Malmédie, ¿verdad, hijo? -dijo el hombre gordo-. Pero si el caballo te gusta, harás muy bien dándote el capricho. Puedes hacerlo, eres rico. No hay duda de que el extranjero oyó la oferta del señorito Henri y la aprobación de su padre, pues su labio se levantó desdeñosamente, clavando en el padre y en el hijo una mirada altiva no exenta de amenaza. Luego, sin duda sabiendo más de ellos que ellos de él, prosiguió su camino murmurando: -¡Otra vez ellos! ¡Siempre ellos! -¿Qué nos quiere ese petimetre? -preguntó el señor de Malmédie a quienes lo rodeaban. -No lo sé, padre -contestó Henri-; pero la próxima vez que nos lo encontremos, si nos mira del mismo modo, le prometo que se lo preguntaré. -¿Qué quieres, Henri? -dijo el señor de Malmédie afectando conmiseración por la ignorancia del extranjero-. El pobre muchacho no sabe quiénes somos. -Pues yo se lo haré saber -murmuró Henri. Mientras tanto, el extranjero, cuya desdeñosa mirada había provocado tan amenazador diálogo, continuó su camino hacia la muralla, sin parecer inquietarse por la impresión que su presencia causaba y sin dignar volverse para ver el efecto que producía. Habiendo llegado al tercio aproximadamente del jardín de la Compañía, le llamó la atención un grupo que se había formado en un puentecillo que comunicaba el jardín con el patio de una hermosa casa, y cuyo centro estaba ocupado por una encantadora muchacha de quince o dieciséis años que el extranjero, hombre de arte sin duda y, por consiguiente, enamorado de la belleza, se detuvo para contemplar con más detenimiento. Aunque se hallaba en el umbral de su casa, la joven, que sin duda pertenecía a una de las familias más ricas de la isla, tenía a su lado a un aya europea, con los largos cabellos rubios y la transparencia de la piel características de las inglesas, mientras que un viejo negro, de cabellos grises, vestido con una chaqueta y un pantalón de bombasí blanco, se mantenía con los ojos fijos en ella y, por así decirlo, con un pie en el aire, dispuesto a ejecutar sus mínimas órdenes. Quizá por ello, como todo aumenta con el contraste, esta belleza, que hemos descrito como maravillosa aumentaba por la fealdad del personaje que se encontraba ante ella de pie, mudo e inmóvil, y con el cual intentaba negociar a propósito de uno de esos preciosos abanicos de marfil calado, transparente y frágil como un encaje. En efecto, el hombre que hablaba con ella era un individuo de cuerpo huesudo, tez amarilla, ojos rasgados, tocado con un sombrero de paja por debajo del cual escapaba, como una muestra del cabello que uno imaginaba habría debido de cubrir la cabeza que ahí se escondía, una larga trenza que le llegaba hasta media espalda. Iba vestido con un pantalón de algodón azul que le cubría hasta media pierna y una blusa del mismo tejido y color que le llegaba hasta medio muslo. A sus pies había una caña de bambú de una toesa de largo, con un cesto colgando de cada una de sus puntas, cuyo peso hacía que, cuando el vendedor llevaba esta larga caña cargada sobre el hombro, se doblase por la mitad como un arco. Estos cestos iban llenos de esas mil baratijas que, tanto en las colonias como en Francia, tanto en el tenderete al aire libre del vendedor de los trópicos como en los elegantes almacenes de Alphonse Giroux y de Susse, vuelven locas a q las jovencitas y a veces también a las madres. Pues bien, como hemos dicho, la bella criolla, en medio de tantas maravillas esparcidas sobre una estera extendida a sus pies, se había detenido por el momento en un abanico con dibujos de casas, pagodas, palacios imposibles, perros, leones y pájaros fantásticos; en fin, mil retratos de hombres, edificios y animales que jamás han existido sino en la desbocada imaginación de los habitantes de Cantón y Pekín. Estaba preguntando pura y simplemente el precio de ese abanico. Pero ahí estaba la dificultad. El chino, que había desembarcado hacía pocos días, no sabía ni una palabra de francés, inglés o italiano, lo que se hacía evidente por su silencio ante la pregunta que le habían formulado sucesivamente en dichas tres lenguas. Su ignorancia era ya tan bien conocida en la colonia que, en PortLouis, todo el mundo identificaba a aquel hombre procedente de las orillas del río Amarillo con el nombre de Miko-Miko, las dos únicas palabras que pronunciaba al recorrer las calles de la ciudad z con su bambú cargado de cestos a cuestas, ya en un hombro, ya en el otro, y que, según toda probabilidad, querían decir: Comprad, comprad. Las relaciones que se habían establecido hasta entonces entre Miko-Miko y sus clientes eran, pues, puramente de gestos y signos. Así pues, como la linda muchacha no había tenido nunca ocasión de realizar un estudio profundo de la lengua del abate de l'Épée, se hallaba ante la imposibilidad total de entender a Miko-Miko y de que él la entendiera a ella. Fue entonces cuando el extranjero se aproximó a ella. -Perdón, señorita -le dijo-; pero viendo el apuro en que se encuentra, me atrevo a ofrecerle mis servicios. ¿Puedo serle útil en algo? ¿Me aceptaría quizá como intérprete? -¡Oh, caballero! -contestó el aya, mientras las mejillas de la muchacha se cubrían de una capa del más bello carmín-, le agradezco infinitamente su ofrecimiento. La señorita Sara y yo llevamos diez minutos exprimiendo nuestros conocimientos filológicos sin conseguir que este hombre nos entienda. Le hemos hablado en francés, inglés e italiano, y no nos contesta en ninguno de estos idiomas. -Tal vez el señor conozca una lengua que este hombre hable, mami Henriette -respondió la joven-. Este abanico me gusta tanto que, si el señor consiguiera decirme su precio, me haría un gran favor. -Pero ya ves que es imposible -contestó mami Henriette-. Este hombre no habla ningún idioma. -Sin duda habla el del país en que ha nacido -dijo el extranjero. -Sí, pero ha nacido en China, ¿y quién habla chino? El desconocido sonrió, y volviéndose hacia el vendedor, le dirigió unas palabras en una lengua extraña. En vano intentaremos describir la expresión de asombro que se dibujó en la cara del pobre Miko-Miko, cuando los acentos de su lengua materna resonaron en sus oídos como el eco de una música lejana. El abanico le cayó de las manos y, con los ojos fijos y la boca abierta, se abalanzó sobre el hombre que le acababa de hablar, le asió la mano y se la besó repetidamente. El extranjero, por su parte, le repitió la pregunta que le había hecho, y el hombre se decidió al fin a contestar, pero lo hizo con una expresión en la mirada y un acento en la voz que formaron uno de los más extraños contrastes que imaginarse puedan, pues, del modo más enternecedor y más sentimental del mundo, acababa de decir, sencillamente, el precio del abanico. -Son veinte libras esterlinas, señorita -dijo el extranjero volviéndose hacia la joven-. Unas noventa piastras. -¡Mil veces gracias, señor! -respondió Sara ruborizándose de nuevo. Y dirigiéndose a su aya:- ¿Verdad que es una gran suerte, mami Henriette -le dijo en inglés-, que el señor hable la lengua de este hombre? -Más que nada es asombroso -contestó mami Henriette. -Es algo muy sencillo, señoras -respondió el extranjero en la misma lengua-. Mi madre murió cuando aún no tenía ni tres meses y me dieron por nodriza a una pobre mujer de la isla de Formosa que pertenecía al servicio de nuestra casa. Así que su lengua es la primera que balbuceé, y aunque no he tenido muchas ocasiones de hablarla, recuerdo algunas palabras, como ya han visto, y de ello me congratularé toda la vida, puesto que, gracias a esas pocas palabras, he podido serles de utilidad. Y, tras deslizar en la mano del chino un cuádruplo de España, el joven hizo señal a su criado de que lo siguiera y reanudó su camino, no sin antes despedirse con gran soltura de la señorita Sara y mami Henriette. El extranjero siguió por la calle de Moka, pero apenas había recorrido una milla por la carretera que conduce a las Pailles, cuando llegó al pie de la montaña de la Découverte y se detuvo súbitamente. Sus ojos se clavaron en un banco construido en la ladera de la montaña, en el cual, sentado y totalmente inmóvil, con las dos manos sobre las rodillas y los ojos fijos en el mar, se veía a un anciano. Por un instante el extranjero observó a aquel hombre con gesto de duda; luego, como si la duda hubiera desaparecido ante una convicción total, murmuró: -¡Es él, Dios mío! ¡Cómo ha cambiado! Continuó mirando unos instantes al anciano con singular interés, y después tomó un camino por donde llegar hasta él sin ser visto. Ejecutó la maniobra con éxito, aunque con dos o tres paradas en las que se llevó la mano al pecho, como dando tiempo a que se calmara una emoción demasiado fuerte. El anciano no se movió lo más mínimo ante la presencia del extranjero, de tal modo que se podría creer que ni siquiera había oído el ruido de sus pasos; lo cual sería un error pues, apenas el joven se sentó en el mismo banco que él, volvió la cabeza hacia su lado y, saludándolo con timidez, se levantó y dio varios pasos para alejarse. -¡Oh! No se moleste por mí, señor -dijo el joven. El anciano volvió a sentarse, pero ya no en el centro del banco, sino en un extremo. Se produjo un instante de silencio entre el anciano, que seguía mirando el mar, y el extranjero, que miraba al anciano. Al fin, al cabo de cinco minutos de profunda y muda contemplación, el extranjero tomó la palabra: -Caballero -dijo al anciano-, ¿no estaría usted aquí hace una hora y media, cuando el Leycester arribó al puerto? -Con su permiso, señor, sí, aquí estaba -respondió el viejo con una expresión en la que se confundían la humildad y la extrañeza. -¿Entonces -continuó el joven- no sentía ningún interés por la llegada de ese buque procedente de Europa? -¿Por qué dice eso? -preguntó el anciano cada vez más sorprendido. -Porque en tal caso, en lugar de permanecer aquí, habría bajado al puerto, como todo el mundo. -Se equivoca, señor, se equivoca -contestó melancólicamente el anciano sacudiendo su encanecida cabeza-. Al contrario, siento más interés que nadie por ese espectáculo, estoy seguro. Cada vez que llega un buque, venga del país que venga, desde hace catorce años me acerco a ver si me trae alguna carta de mis hijos, o a mis hijos en persona. Pero como el estar de pie me fatigaría demasiado, vengo a sentarme aquí por la mañana, al mismo lugar desde el que los vi partir, y aquí me quedo todo el día hasta que, cuando ya se han ido todos, también desaparece toda esperanza en mí. -Pero ¿por qué no baja usted mismo hasta el puerto? -preguntó el extranjero. -Eso hice durante los primeros años -respondió el anciano-, pero entonces me enteraba de mi suerte demasiado pronto; y como cada nueva decepción resultaba más penosa, terminé por quedarme aquí, y en mi lugar envío a mi negro Telémaco. Así se prolonga un poco mi esperanza. Si regresa enseguida, creo que me va a anunciar su llegada; si tarda en volver, creo que está esperando una carta. Pero la mayoría de las veces regresa con las manos vacías. Entonces me levanto y me voy tal como he venido; vuelvo a mi casa desierta y me paso la noche llorando y diciéndome: «Sin duda será la próxima vez.» -¡Pobre padre! -murmuró el extranjero. -¿Me compadece acaso? -preguntó el anciano con extrañeza. -Sin duda lo compadezco -contestó el joven. -¿Es que no sabe quién soy? -Es un hombre, y sufre. -Soy un mulato -contestó el viejo en voz baja y profundamente humillada. La frente del joven se cubrió de un intenso rubor. -Yo también soy mulato -respondió. -¿Usted? -exclamó el anciano. -Sí, yo -respondió el joven. -¿Que usted es mulato? -y el anciano miraba con sorpresa la cinta roja y azul anudada a la levita del extranjero-. ¿Usted es mulato? ¡Oh! Entonces ya no me sorprende su lástima. Le había tomado por blanco, pero si es un hombre de color como yo, es diferente; es un amigo, un hermano. -Sí, un amigo, un hermano -dijo el joven tendiéndole las dos manos al anciano, y mirándolo con una indefinible expresión de ternura, murmuró en voz baja-: Y algo más que eso, quizá. -Entonces puedo contárselo todo -continuó el viejo-. ¡Ay! Creo que hablar de mi dolor me hará bien. Imagínese, señor, que tengo, o más bien tenía, porque sólo Dios sabe si aún viven los dos, imagínese que yo tenía dos hijos, dos chicos a los que amaba con todo el amor de un padre, y a uno en especial. El extranjero se estremeció y se acercó un poco más al anciano. -Le sorprende -prosiguió el viejo- que haga una diferencia entre los dos hijos y que prefiera a uno de ellos, ¿no es cierto? Sí, no debería ser así, lo sé; sí, es injusto, lo confieso; pero es que era el más pequeño, el más débil, y ésa es mi excusa. El extranjero se llevó la mano a la frente y, aprovechando un momento en que el anciano, avergonzado por la confesión que acababa de hacer, giraba la cabeza, se enjugó una lágrima. -¡Ah! Si les hubiese conocido a los dos -continuó el viejo-, lo entendería. No es que Georges (se llamaba Georges), no es que Georges fuese el más agraciado, ¡oh no!, al contrario, su hermano Jacques era mucho mejor que él; pero en su pobre cuerpecito tenía una mente tan inteligente, tan ardiente, tan firme que, si lo hubiese llevado al colegio de Port-Louis con los demás niños, estoy seguro de que, aunque sólo tenía doce años, muy pronto habría adelantado a los demás alumnos. Los ojos del anciano brillaron un instante de orgullo y entusiasmo, pero este cambio pasó con la rapidez del rayo, y ya había recuperado su mirada perdida, temerosa y apagada, cuando añadió: -Pero no podía llevarle al colegio aquí. El colegio lo fundaron los blancos, y nosotros sólo somos mulatos. Ahora fue el semblante del joven el que se encendió, pasando por su rostro una llamarada de desdén y de rabia salvaje. El anciano continuó sin advertir siquiera el movimiento del extranjero. -Por ello los envié a los dos a Francia, esperando que la educación centraría el humor variable del mayor y domaría el carácter demasiado inflexible del segundo. Pero parece que Dios no aprobaba mi decisión, pues, en un viaje que hizo a Brest, Jacques .se embarcó en un corsario y desde entonces no he recibido noticias suyas más que tres veces y cada vez desde un lugar del mundo diferente; y Georges ha dejado que se desarrollara y creciera en él ese germen de inflexibilidad que tanto me asustaba. Me ha escrito más a menudo, desde Inglaterra, desde Egipto o desde España, pues ha viajado mucho también y, aunque sus cartas son muy hermosas, se lo juro, no he osado mostrarlas a nadie. -Así pues, ¿ni el uno ni el otro le han dicho nunca cuándo regresarían? -Nunca, y quién sabe siquiera si les volveré a ver algún día. Yo, por mi parte, aunque el momento en que los viese de nuevo sería el más dichoso de mi vida, jamás les he pedido que vuelvan. Si permanecen lejos es que son más felices de lo que aquí serían, si no sienten la necesidad de volver a ver a su padre, es que han encontrado en Europa personas a las que prefieren. Así pues, que actúen según sus deseos, sobre todo si esos deseos los conducen a la felicidad. No obstante, aunque echo de menos a ambos por igual, es Georges a quien más añoro y es él quien me causa más pena no hablándome nunca de su regreso. -Si no le habla de su regreso, señor -contestó el extranjero intentando inútilmente sofocar la emoción de su voz-, es que tal vez se reserva el placer de sorprenderle y quiera verle acabar en la dicha un día que empezó en la espera. -¡Dios lo quisiera! -dijo el anciano alzando los ojos y las manos al cielo. -Tal vez -continuó el joven con una voz cada vez más emocionada- quiera deslizarse a su lado sin ser reconocido y gozar así de su presencia, su amor y sus bendiciones. -¡Ah! Sería imposible que no lo reconociera. -Y no obstante -exclamó el joven incapaz de resistirse más tiempo al sentimiento que le embargaba-, ¡no me ha reconocido, padre! -¡Usted!... ¡Tú!... ¡Tú! -exclamó a su vez el anciano, mientras recorría al extranjero con una mirada ávida, le temblaban todos los miembros, boquiabierto y sonriendo con aire de duda. Y sacudiendo la cabeza-: No, no, no es Georges -dijo-. Sí hay un cierto parecido entre él y usted, pero él no es alto ni apuesto como usted. Él es sólo un niño y usted es un hombre. -Soy yo, padre, soy yo, ¡reconózcame! -gritó Georges-. Piense que han pasado catorce años desde la última vez que lo vi; piense que ahora tengo veintiséis años, y si aún tiene dudas, mire, 1 mire esta cicatriz en mi frente, es la huella del golpe que me dio el señor de Malmédie el día en que tan gloriosamente consiguió usted la bandera inglesa. ¡Ah! Abráceme, padre, y cuando me haya tenido contra su pecho, sabrá sin duda que soy su hijo. Y con estas palabras el extranjero se echó al cuello del anciano. Éste, mirando ora al cielo, ora a su hijo, no podía creer que tanta felicidad fuera cierta, y no se decidió a besar a aquel apuesto joven hasta que le hubo repetido veinte veces que él era, en efecto, Georges. En aquel momento apareció Telémaco al pie de la montaña de la Découverte, con los brazos colgando, la mirada triste y la cabeza gacha, desesperado como estaba por volver otra vez hasta su amo sin llevarle noticias de ninguno de sus dos hijos. VI TRANSFIGURACIÓN Y ahora pediremos a nuestros lectores que nos permitan dejar a este padre y este hijo disfrutando de la dicha del reencuentro y que, viajando con nosotros al pasado, acepten presenciar la transfiguración física y moral que se había operado en el espacio de estos catorce años en el protagonista de nuestra historia, al que vieron cuando niño y al que acabamos de mostrarles como hombre hecho y derecho. En un principio pensábamos poner ante los ojos del lector meramente el relato que hizo Georges a su padre de los acontecimientos de esos catorce años. No obstante, hemos reflexionado que, siendo ese relato una historia basada en pensamientos íntimos y sensaciones secretas, alguien podría desconfiar, y con razón, de la veracidad de un hombre con el carácter de Georges, sobre todo cuando este hombre habla de sí mismo. Así pues, hemos decidido narrar personalmente y a nuestra guisa una historia de la que conocemos hasta los menores detalles. Prometemos por anticipado, dado que nuestro amor propio no se halla comprometido en el asunto, no ocultar ningún sentimiento, ni bueno ni malo, ni ningún pensamiento, honroso o vergonzoso. Partamos, pues, del mismo punto del que partió Georges. Pierre Munier, cuyo carácter ya intentamos describir, había adoptado desde que había entrado en la vida activa, es decir, desde que de niño pasó a ser hombre, un sistema de conducta en su relación con los blancos del que no se apartó jamás. Como no creía tener fuerza ni voluntad para batirse en duelo contra un tiránico prejuicio, había tomado la decisión de desarmar a sus adversarios con una sumisión inalterable y una inagotable humildad. Pasó su vida entera excusándose por sus orígenes. A pesar de su riqueza y su inteligencia, había procurado constantemente pasar inadvertido entre la masa, en lugar de intrigar para conseguir una función administrativa o un empleo político. El mismo pensamiento que lo había alejado de la vida pública lo guiaba en la vida privada. Generoso y magnífico por naturaleza, gobernaba su casa con simplicidad monacal. En ella todo era abundancia, nada era lujo, aun teniendo unos doscientos esclavos, lo cual constituye en las colonias una fortuna de más de doscientas mil libras de renta. Viajó siempre a caballo hasta que, forzado por la edad, o mejor por los disgustos que le habían ido minando las fuerzas antes de la época en que un hombre es viejo, cambió su modesta costumbre por una más aristocrática, y se compró un palanquín aunque tan modesto como el del más pobre habitante de la isla. Procurando siempre evitar la menor polémica, siempre cortés, complaciente, servicial para con todo el mundo, incluso para con aquellos que, en el fondo de su corazón, le eran antipáticos, habría preferido perder diez arpendes de tierra antes que iniciar o incluso sostener un pleito que le hubiera hecho ganar veinte. Si cualquier colono necesitaba un . plantón de café, de yuca o de caña de azúcar, estaba seguro de encontrarlo en casa de Pierre Munier, quien aún le daba las gracias por haberle preferido a él. Ahora bien, toda esta buena conducta, que en el fondo procedía del instinto de su excelente corazón aunque pudiera parecer el resultado de su tímido carácter, le había granjeado sin duda la amistad de sus vecinos, pero era una amistad pasiva que, sin pensar nunca en hacerle el bien, se limitaba simplemente a no hacerle el mal. Además, entre estos vecinos había algunos que no podían perdonar a Pierre Munier su inmensa fortuna, sus numerosos esclavos y su reputación intachable, y por ello se ensañaban contra él aplastándolo bajo el prejuicio por el color de su piel. El señor de Malmédie y su hijo Henri figuraban entre éstos. Georges había nacido en las mismas condiciones que su padre, pero por su endeble constitución se había apartado de los ejercicios físicos para dirigir todas sus facultades internas hacia la reflexión. Maduro antes de tiempo, como lo son en general los niños enfermizos, había observado por instinto la conducta de su padre y había penetra