El Ángel de la sombra Leopoldo Lugones libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Lugones, Leopoldo (Villa María del Río Seco, Argentina, 1874-Buenos Aires, 1938) Poeta y ensayista argentino. Hombre de vasta cultura, fue el máximo exponente del modernismo argentino y una de las figuras más influyentes de la literatura iberoamericana. Su encuentro con Rubén Darío, en Buenos Aires, en 1896, fue decisivo para reorientar la poesía de Lugones. El retoricismo de Las montañas de oro (1897), su primera obra, no tardó en ser sustituido por el tono irónico, extravagante e imaginativo de Los crepúsculos del jardín (1905) y Lunario sentimental (1909). Su estilo se distingue por su originalidad creadora, y la precisión y la belleza lírica de sus versos. Del resto de su obra poética destacan Odas seculares (1910), Las horas doradas (1922), Poemas solariegos (1927) y Romances del Río Seco (1938). De su obra ensayística, en la que abordó temas muy dispares, sobresalen El imperio jesuítico (1904), donde analizó el régimen teocrático instaurado por la Compañía; Historia de Sarmiento (1911); y Prometeo (1910), en la cual conjuga sus inquietudes nacionalistas con el interés por la cultura griega. La diversidad estilística de Lugones no le impidió mantenerse fiel a un concepto de arte que responde a estímulos estrictamente intelectuales, como son la obsesión por la lengua y la preocupación por la libertad moral del escritor. En cuanto a su trayectoria política, pasó del anarquismo inicial al nacionalismo fascista, ya que fue mentor de la revolución de Uriburu en 1830. Desempeñaba la dirección de la biblioteca del Consejo Nacional de Educación cuando se quitó la vida.  I Entre los asuntos de sobremesa que podíamos tocar sin desentono a los postres de una comida elegante: la política, el salón de otoño y la inmortalidad del alma, habíamos preferido el último, bajo la impresión, muy viva en ese momento, de un suicidio sentimental. Muchas personas deben recordar todavía aquel episodio que truncó una de nuestras más gloriosas carreras artísticas: el caso del malogrado D. F., que al pie del nicho donde habían sepultado por la mañana una muchacha con la cual no se le conocía relaciones, se mató al anochecer de un balazo en el parietal. Lo que más interesaba a las señoras de nuestro grupo, era la singularidad de haber conservado D. F. en su mano izquierda, seguramente a modo de ofrenda póstuma, dos tulipanes rojos: extraño recuerdo cuyo sentido debía quedar para siempre incomprensible. -Los símbolos del amor -había filosofado con sensatez uno de los comensales- no tienen importancia más que para los interesados. Aquellas flores significaban, probablemente, bien poca cosa. -¡Poca cosa el misterio de una vida, el secreto de una tragedia...! -exclamó la más joven de las damas presentes. -Misterio y secreto vulgarísimos, quizá... -¡Vulgar D. F., un artista de tanto espíritu! -intervino a su vez la dueña de casa. Y dirigiéndose a mí con encantadora vivacidad: -Defienda usted, Lugones, que como poeta lo hará mejor, el honor de su gremio ante este monumento de prosa. El "monumento" era demasiado respetable por su parentesco con la dama y por su ancianidad para no imponerme la evasiva de una sonrisa silenciosa. ¡Cosas de artistas! -añadió, justificándola, con la tranquilidad satisfecha de una excelente digestión. Entonces uno de los convidados, un caballero que habíanme presentado al entrar y en cuyo nombre no reparé, opinó suavemente: -Morir de amor, nunca es vulgar... Inútil añadir que obtuvo, al acto, el sufragio de las mujeres. Pero advirtiendo, tal vez, que su afirmación era demasiado romántica, la atenuó con un poco de impertinencia psicológica: -La gente incapaz de amar, que es la inmensa mayoría, desde luego, se caracteriza por dos creencias falsas: la vulgaridad del amor y el egoísmo de la mujer. Es infalible. -Cuestión de experiencia -objetó un solterón elegante. -"Cada uno habla de la feria..." Y siendo así, me parece muy respetable el pesimismo de la mayoría. -Es que ahí falta la experiencia, precisamente. Tanto valdría la opinión de un millón de ciegos sobre la luz. En cambio, aquellos grandes videntes, que con los iniciados del mundo oculto, consideran los dos mayores obstáculos para alcanzar las puertas de oro de la inmortalidad, al orgullo en el hombre y al amor en la mujer. Porque la mujer no ama sino en la eternidad: victoriosa de la muerte y del olvido. Aquellas señoras, inclinadas de seguro al ocultismo cuya literatura empezaba a difundirse en sociedad, concentraron visiblemente sobre el defensor su interés y su simpatía. -Dolorosamente victoriosa -completó él con la desapasionada seguridad de una enseñanza. Porque el verdadero amor encierra este imperativo terrible: podrá no...hallar correspondencia en la dicha, pero siempre la impondrá en el dolor. Y esto basta para explicarse por qué son tan escasos los seres dignos de amar. -Y el poder de las lágrimas femeninas concluyó irónico, el anciano caballero. -Y el poder de las lágrimas femeninas en que tantas veces, señor, se desangra un alma asesinada. El tono de aquel hombre mantenía su perfecta discreción. Y acaso por su misma naturalidad, comunicó a la frase un vigor extraño. Su rostro de nítida palidez, sus ojos obscuros, no delataban la menor emoción. Pero al fijarme en ellos por primera vez, me sorprendió lo impenetrable de su negrura. Al propio tiempo, la joven dama exaltada, poniendo en él los suyos, preguntó con el desenfado audaz que autorizaba su belleza: -¿Jugaría usted su inmortalidad al amor o al orgullo...? El interpelado frunció ligeramente las cejas. -Carezco de orgullo -dijo -como no sea el nacional que oficialmente debo a la representación de mi país. El orgullo personal es un error. Y si no temiera pasar por jactancioso, lo definiría como un estado de desconfianza en nosotros mismos, que concluye cuando ya no abrigamos ningún temor de morir. -¿...Entonces...? -apoyó la interlocutora, insistiendo en su desafío. -...Sólo queda el amor -aceptó el otro con lisura cortés. Pero la inmortalidad a que se refieren los maestros de la sabiduría, prosiguió, no es la bienaventuranza o la condenación de nuestros teólogos, sino el agotamiento de la necesidad que nos obliga a renacer y a morir otras tantas veces, mientras no logremos extinguir toda pasión. Y para cortar, seguramente, aquel diálogo, generalizando la conversación, añadió con su mismo tono discreto, en el cual insinuábase, no obstante, una gravedad de advertencia: -Porque en el amor está el secreto del infierno. O para decirlo con lenguaje más feliz, el secreto de Francesca. El infierno es la pasión insatisfecha que a la otra vida nos llevamos... Todos habíamos callado alrededor de aquel original. Entonces, como él lo notara: -Pero yo no soy -dijo riendo -un propagandista de la Doctrina Secreta. Recuerdo lo que afirman sus afiliados, y nada más. Sin contar, agregó, dirigiéndose a la dueña de casa, aquel Nocturno de Chopin que se nos había prometido... Acabado el Nocturno, la conversación particularizóse en cuatro o cinco grupos. En el mío, formado de hombres solamente, alguien comentaba, con cierto despecho a mi entender, la provocativa insinuación del dilema de amor y orgullo que Clotilde Molina había planteado poco antes al "ocultista". -¿Quién es? -aproveché para preguntar en voz baja a mi vecino. -Un diplomático, embajador de no sé dónde. En ese momento el hombre dirigíase a mí. Conocía algo de mi obra, por trascripción de revistas literarias, e invocaba la amistad común de José Juan Tablada y de Sanin Cano. La verdad es que no me fue simpático; pero la cortesía mediante, dado su carácter de forastero mal conocedor de la ciudad por la noche, llevóme en su compañía hasta el hotel donde se alojaba. -Seguramente va usted a extrañar mi pretensión -díjome de pronto, cuando estábamos a pocos pasos de la puerta. Pero le ruego que suba hasta mi aposento. Tengo que hacerle una comunicación de importancia; pues, no obstante mi propósito de permanecer algún tiempo acá, debo partir dentro de dos días. Más, ante mi indecisión asaz displicente: -Un mandato -afirmó con acento apremiante y sordo. Y estrechándome confidencialmente la mano: -¡En nombre de Al-Aziz Bil'lah! Vacilé como ante un abismo de misterio y de duda. Todo un mundo inmemorial, absurdo y trágico a la vez, pasó ante mí con este recuerdo: ¡Al-Aziz Bil'lah, el último Imán de los Asesinos! II Con todo, mi interlocutor debía resultar más sorprendente que su mensaje, por otra parte incomunicable hasta hoy; aunque el lector habrá comprendido que se refiere a la famosa secta maldita del Oriente, sobre la cual dije todo cuanto puedo publicar sin felonía, en la narración titulada El puñal. Empezaré, pues, a referir lo pertinente de la entrevista, desde que habiéndonos instalado en la habitación de mi interlocutor, éste me dijo: -Aunque estuve, algunos años ha, designado en el Japón, que fue donde conocí a Tablada, el encargo que acabo de cumplir me lo dieron para usted en Londres. Vengo de allá directamente, acreditado también ante otros dos países limítrofes. Pensaba establecerme acá, pero una amenaza fatal acaba de intervenir en mi destino. Aquella señora de... -¿cómo es? -aquella hermosa mujer que se empeñaba en filosofar conmigo... -¿Clotilde Molina? -La misma -recordó con tranquilidad. Y luego, sin variar de tono: -Esa dama se enamoraría de mí. No pude reprimir un movimiento de disgusto ante tan cínica impertinencia. Pero él, comprendiéndolo: -Cuando sepa usted quién soy –repuso- verá que, además de imposible, eso no tiene para mí ninguna importancia. Sólo me propongo evitar una desgracia que puede ser irreparable. Por lo demás, convendrá usted en que mi fuga, decidida así, no resulta un acto de tenorio. Permanecí, como es de suponer, impasible ante esa afirmación que no me interesaba discutir ni esclarecer. -El interés de la historia que va a oír -explicó él entonces- hállase para usted en su vinculación con el mensaje que le he traído. No sé si usted llegará a entender por completo, ahora; aunque sabe muy bien que el destino de los seres contemporáneos, principalmente si son del mismo país y del mismo grupo social o profesional, suele hallarse ligado por antecedentes misteriosos que el instinto revela bajo el nombre de simpatía, o que armonizan desde la sombra ciertas entidades llamadas "ángeles de compasión". Pero lo que usted ignora, quizá, es que dichas criaturas encarnan a veces, o para ser amadas, y entonces truécanse en los "ángeles de adoración" cuyo tipo fue Beatriz, o para amar con amor humano, bajo la noble designación de "ángeles de sacrificio". Y estos seres vienen siempre a la tierra bajo forma de mujer. -De suerte -insinué- que los ángeles de la guarda... -Provienen de una confusa generalización teológica. La vinculación humana de aquellos seres, no es común, y su encarnación constituye un caso extraordinario. Asimismo, no todas las mujeres son ángeles. Pero la condición angelical sólo existe en la mujer. -Con lo que viene a ser exacta la interpretación, teológicamente herética, de Boticelli. -Sin duda, porque los ángeles no se hacen visibles sino en figura femenina. "Ángeles o demonios", recordé, vulgarizando con desacierto. -¡Triste lugar común! -refutó como apenado. Hasta para el teólogo más feroz, todo demonio es, al fin, un ángel caído. Su palidez hablase aclarado con una especie de lejano trasluz, mientras los ojos ahondábansele, más sombríos que nunca. Sentí que en torno suyo formábase una como depresión aérea, o lento desnivel, que sin ser visible, tendía a atraerme con vaga impresión de vértigo. Y esta sensación fue tan nítida, que resistí, asiéndome instintivamente a los brazos del sillón. Pero mi interlocutor distrájome a tiempo, agregando sin alterar la mesura de su tono: -La concepción femenina del ángel, pertenece a la más pura alma de artista que haya existido nunca: es del beato Angélico, quien, seguramente, "vio" en un éxtasis, lo que Sandro no haría más que imitar después. Reaccionando entonces contra aquella situación, tan absurda como el diálogo que la sugería, concluí no sin sarcasmo: -Fácil era inferirlo por el título popular de "pintor de los ángeles" que daban al dominico. -Es posible. Pero advierta usted que la creencia en los ángeles es común a todos los pueblos: hecho singular, puesto que no se trata de seres vinculados a ningún interés capital, como la vida y la muerte, la bienaventuranza o la salvación, sino puramente de entidades de belleza. Por lo demás... -¿Por lo demás, qué? -interrumpí con descortesía, bajo el incontenible sobresalto de una inminencia fatal. -Yo he visto un ángel, señor, y asistí a su sacrificio. Fue así, claro, sencillo, sin un ademán, sin un gesto, sin una frase. En el silencio de la noche pareció que se acercaba la eternidad... Pero aquí, para evitar la monotonía de un relato en primera persona, contaré a usanza corriente lo que el protagonista de la historia me refirió: III Carlos Suárez Vallejo debió a la notoriedad de algunos romancillos filosóficos elogiados por la prensa de su ciudad natal, el puesto de ayudante en el archivo de Relaciones Exteriores y la amistad de los Almeidas, familia distinguida, en cuyo salón era tradicional el culto de la buena literatura. Si el dueño de casa, don Tristán, a quien por su estampa señoril solían llamar don Tristán de Almeida, era mejor letrado de bufete que cultor de las bellas letras, sin perjuicio de estimarlas en su justo valor, doña Irene Larrondo, su esposa, de los Larrondos de Mauleon, como ella advertía siempre, jugueteando con su guardapelo decorado por el blasón alusivo -un león de su color, rampante en oro- amaba la literatura y la aristocracia con verdadera devoción, remachándole al apellido marital aquel de que su propio dueño no usaba, y conservando una enternecida predilección por los nombres románticos que desde luego llevaban sus dos hijos, aun cuando nada satisficiera dicha ocurrencia el gusto ya menos exuberante de ambos jóvenes. Es así que el primogénito, Efraín, para eludir su afiliación novelesca, firmaba con la inicial de su nombre, a gran despecho de la sensible mamá, quien atribuía esa resolución, por darle en cara, a imitación de la extravagancia pueril con que su hermana hiciera lo propio, desdeñando el nombre de Eulalia que inmortalizaba en ella a la marquesa de Rubén Darío. Capricho infantil, en efecto, aunque sostenido con genialidad precoz, la chicuela de ocho años salióle un día con que su nombre no le gustaba, por lo cual resolvía llamarse Luisa desde entonces. Vanas las reflexiones y las órdenes, nunca se consiguió que diera el motivo de aquel cambio. -Pero, vamos -había concluido cien veces la desconcertada señora- ¿por qué no quieres llevar tu nombre? -Porque no me gusta, mamá. Y nunca variaba de respuesta ni de tono. Don Tristán que, naturalmente, no daba importancia a la nimiedad, intervino una vez por condescendencia con su esposa. Mas, como sus apelaciones a la obediencia y al cariño, sólo obtuvieran pertinaz silencio, preguntó con ligera incomodidad: -¿Por qué diantre quieres llamarte Luisa? Entonces la criatura afirmó dulcemente, alzando sin pestañar sus ojos serenos: -Porque ese es mi nombre, papá. Lo curioso era que ni entre las relaciones, los parientes o la servidumbre, había ninguna Luisa. Durante algún tiempo, los más allegados de la familia y de la amistad, entretuviéronse en procurar sorprenderla, llamándola de repente Eulalia, cuando se hallaba de espaldas o distraída. Nunca respondió ni dio señal de que oyera. Cuatro años después, habiendo impuesto ya su nombre adoptivo, Efraín que le llevaba cuatro también, decidía firmarse con la inicial solamente, para disimular así, dijo, la cursilería novelesca del homónimo. Su apodo escolar de Toto generalizóse con ello; y por consentimiento o por ignorancia, viejos y jóvenes olvidaron al fin la realidad nominativa y romántica... Sólo la desolada doña Irene obstinábase en su fiasco literario. Y precisamente una tarde, a la tercera o cuarta visita de Suárez Vallejo, que no obstante su pobreza y su insignificancia social, entró de confianza, por ser literato, había sacado la conversación con buena maña. Suárez Vallejo supo así el verdadero nombre de Luisa, que consideró, a su vez, insignificante, fuera de los versos donde correspondía sin duda al "aire suave" de la melodía evocada; y aquel capricho de niña, que le causó cierto interés. -El nombre adoptado así -concluyó- deja a mí ver de ser vulgar. -Pero cállese, Suárez -insistió la señora con risita sarcástica- si es la vulgaridad misma. Ni las lavanderas se acuerdan ya de semejante nombre. Lo más ridículo es que esta chica insista en esa tontería de la niñez. Luisa sonrió vagamente, como alejándose en la larga mirada que atardó sobre la puerta del salón, donde la vislumbre crepuscular encuadraba su estañadura de espejo. Casi enteramente de espaldas a la gran lámpara familiar puesta sobre el piano, en cuya banqueta había girado al entrar el visitante, la luz vaporizaba con ambarina fluidez su crencha castaña, aclaraba en gota rosa el lóbulo de la oreja, enternecía con transparencia de lirio el largo cuello y la delicada mejilla que una leve enjutez excavaba con lóbrega profundidad en la órbita, palpitada misteriosamente por pestañas larguísimas. Su blusa de seda blanca cobraba un tono de sonrosado marfil; y soslayada así en esa vislumbre que de ella misma parecía emanar, confirmó a Suárez Vallejo la impresión de una hermosa muchacha. No pudo menos de compararla entre sí a la madre, tan distinta en su belleza criolla, espléndida todavía y de mucha raza también, aunque con ese tipo de ojos aterciopelados y tez morena que parece traslucir el oro rosa de la granada. Sólo se asemejan por el perfil, particularmente en el corte de la boca. -Entonces nunca pudieron averiguar por qué no le gustaba su nombre... -concluyó él bromeando a Luisa Hubo un breve silencio de conversación decaída... Desde el inmenso patio solariego, que tenía algo de plaza y de jardín, pareció suspirar la ya entrada noche... Oyóse en el zaguán el paso de alguien que volvía. -Efraín... -murmuró la señora. Cuando, inesperadamente, la joven, dirigiéndose a ella, contestó la pregunta en que se había interrumpido la conversación: -Por eufonía, mamá: Eulalia Almeida es un verdadero trabalenguas. Parece, añadió con irónica suavidad, el cloqueo de un pavo sorprendido. -Ahí tiene usted, repuso doña Irene dirigiéndose al visitante; la comparación, la eterna comparación de mal gusto. Pero -añadió por Luisa- si quisieras llevar tu nombre como es, verías qué armonioso resulta: Eulalia de Almeida... ¡Si es todo un verso!... Y acto continuo, con ternura orgullosa de madre: -¿No es verdad, Suárez, que parece una marquesita? -Una marquesita de raza y de poema, contestó aquél con cierta extrañeza, al no haberle oído la consabida protesta: Por Dios, mamá... -de todas las muchachas alabadas en tal forma. Lejos de eso, la joven iba a sorprenderlo, recitando con cierto mimo impertinente en su propia gracia natural: Mahaud est aujourd'hui marquise de Lusace. Dame, elle a la couronne, et, femme, elle a la grâce. -¿De quién son esos versos? -preguntó Suárez Vallejo, complacido por el acierto de la cita. -Pero de Víctor Hugo... en Eviradnus. -Es que esta señorita, dijo riendo Efraín que en ese momento entraba, no lee sino poemas formidables. -Lo que yo admiro es la memoria para retenerlos, afirmó el otro. Eso andará por los mil alejandrinos. -Pero yo no me lo sé de memoria. No retengo de lo que leo sino algunos versos, que se me quedan como si los hubiera sabido. En ésos habrá sido, tal vez, por lo curioso del nombre, añadió dirigiendo a doña Irene una sonrisa intencionada. -¿Cómo se dirá Mahaud en castellano? - preguntó la aludida. -Creo que Mafalda, dijo Suárez Vallejo. O Matilde, que es lo usual. -Pero Toto, insistió Luisa, es injusto con eso de los poemas formidables. De leer, claro, me gusta elegir lo mejor... -En el género heroico. -No, Toto, no exageres. Ayer, no más, me viste entusiasmada con aquellos preciosos versos de Francis Jammes... -Es verdad; pero porque hablaban de la muerte: el otro tema preferido: ...la mort.aux paleurs d aube, Qui dans ses mains de cire a des légers lilas. Sin saber por qué, Suárez Vallejo notó repentinamente que las manos de Luisa, cruzadas sobre la falda oscura, eran de una palidez extraordinaria... Pero su amigo interpelábalo en eso: -A propósito: la te de "mort" ¿se liga o no con la palabra que sigue? Ayer discutíamos eso con Luisa. -Nunca se liga, salvo en la frase mort ou vif, contestó Suárez Vallejo levantándose. -Pero usted posee admirablemente el francés, comentó la señora. -Tanto como admirablemente... Lo perfeccioné un poco cuando fui escribiente del jefe de ingenieros en el ferrocarril de la compañía francesa. ¿Y estuvo ya en Francia? -Todavía no, aunque pienso ir, como es natural. -¿Pronto? -interrogó Luisa. -Ni pronto ni tarde. Es un proyecto en postergación permanente, añadió Suárez Vallejo chanceando. Y se despidió. Mas, apenas hubo salido, cuando Efraín saltó con brusco reproche; -¿Qué tienes tú que interesarte porque un conocido se vaya o no? ¿Qué puede pensar ése de tu pregunta? -Tienes razón, Toto, acató la joven. -Tienes razón..., tienes razón... Ya sabemos tu costumbre de no contrariar jamás de palabra. Pero conviene pensar más lo que se dice. ¿A qué vino ese "pronto"?... ¡Te aseguro que me dio una rabia! Porque, veamos: ¿a ti te importa? -Pero nada, ¡por Dios! Lo dije pensando en algo que está a mil leguas de tus escrúpulos... -¿Pensando en algo?... ¿Y en qué? -En que Suárez Vallejo podría quizás enseñarme, enseñarnos, si te parece, la dicción que nos falta. -¿Lo dices porque sabes que suele ocuparse en preparar alumnos reprobados? -No, no lo sabía; pero tanto mejor, entonces. Así no te mortificará ya mi proyecto. -Como proyecto, no; aunque el profesor no me gusta. Es demasiado joven. -¿Pero qué edad tendrá? -intervino la señora. -No sé, mamá... ¿Veintiocho a treinta años? -Treinta años no es decir un jovencito, Efraín. Y Suárez Vallejo me parece, además, un mozo serio, instruido. -Como serio y culto, lo es. Ya te he dicho que pasa francés a varios alumnos libres, para ayudarse. Porque es muy pobre. Y muy altivo. -Eso se le advierte. Con lo que me parece más oportuna la idea de tu hermana. Siempre le convendrá a ese joven una lección cómoda y bien retribuida. -No sé si aceptará; porque es muy distinto, siendo amigo de la casa. Además, no me encargaría yo de verlo. Y francamente preferiría a M. Dubard... -Pero si el pobre M. Dubard, compadeció la señora, no tiene ya día sano. Es más que un hombre un catarro de ochenta años cumplidos. -M. Dubard... u otro así. -¡Pero qué tiranía con tu hermana! -Déjalo, mamá, dijo Luisa con jocosa displicencia, echando los brazos atrás para apoyar la cabeza en las manos. Quiere condenarme a vejestorio perpetuo. -No hagas la víctima, hermanita. Claro que no dudo de ti. Pero a veces eres demasiado franca. -Sin embargo, nadie hay más dócil para dejarse gobernar. -De palabra, vuelvo a decirte; y tal vez por evitarte la molestia de discutir; pero acabando siempre por hacer lo que quieres. Mujercita al fin... -Plagio de papá, señor hermano, como siempre que te pones cargoso. -En suma, interrumpió la señora por avenencia, será mejor consultarlo con tu padre. Así se hizo, en la mesa que presidían a la antigua, es decir desde ambas las cabeceras, don Tristán y su esposa; si bien por impedimento de esta última, siempre dolorida de su brazo neurálgico, servía su hermana mayor, la tía Marta, una solterona agregada a la familia, aun cuando disfrutaba de renta propia. Consejera de doña Irene, quien se casó muy joven, y huérfanas ambas, formó desde luego parte del nuevo hogar, donde su prudencia ganóle a poco la estimación del marido, predispuesta por la piedad ante el contraste sentimental que había malogrado su existencia: el vulgar episodio del prometido infiel, que para mayor pena no mereció el sacrificio de su belleza y su juventud. Porque, hermosa, lo fue realmente, hasta constituir un tipo, como su sobrina, que se le parecía mucho, según era de ver cuando estaban juntas; pues, más que por las facciones, de mayor finura en ella, asemejábanse por la expresión casi fatal, que parecía sombrear la frente y los ojos con una leve cargazón de entrecejo. Era, al decir de doña Irene, el rasgo característico de los señores dé Mauleon, que para grima suya no había ella sacado, aunque legara, por su parte, a Luisa, la nariz casi griega y la boca de palpitante frescura: una boca grande, vívida, en que la juventud reventaba su generosa flor. Precisamente, la gracia singular de la joven provenía del contraste entre esa boca y los ojos castaños, de claridad tan nítida, que sin ser melancólica, parecía llorada; pues acentuando así la línea mística del rostro un poco largo, definían aquella oposición en que reside el misterioso imperio del encanto, superior muchas veces a la misma belleza. Tía y sobrina profesábanse gran cariño, al cual no eran, respectivamente, ajenos, el parecido en que revivía para aquella lo más hermoso de su noble dolor, y la admiración que éste imponía a la otra, con una especie de trágica superioridad. Fue así la tía, quien al advertir el interés muy natural, aunque quizá indefinido aún, de la joven, por aquella provechosa ocupación, allanó la dificultad que el consultado no resolvía, disimulando según costumbre su indecisión tras la impasibilidad realmente marmórea de su lozano rostro y de su calva tan límpida como sus lentes. -Lo que pueden hacer, dijo, es organizar una clase de conjunto con Adelita Foncueva que también quiere perfeccionar su dicción, según me parece habérselo oído a Luisa. Todo quedó así arreglado al instante. Don Tristán se inclinó sobre el plato, dando con el cuchillo en el borde los tres golpecitos que constituían su modo de celebrar cualquier acierto; doña Irene dilató en una sonrisa como jugosa de bondad, su boca siempre bella; y Efraín despojóse de su gravedad un poco hostil al proyecto. Su frente más bien angosta, de una suave obstinación femenina, pareció iluminársele bajo los cabellos, castaños como los de su hermana, pero abandonados en apolíneo desorden; porque no había rostro más sensible a cualquier emoción, hasta volverse, conforme ella fuera, desagradable y simpático en extremo. Una verdadera claridad juvenil irradió sobre todos su expresión serena; y la fuerte mandíbula, apretada con firmeza casi brusca, desafiló como bajo una caricia su corte seco. "Los mismos ojos de Luisa", pensó cariñosamente la tía Marta, al ver abismarse en su fondo aquella liquida claridad. -Así estudiarían los tres, dijo en alta voz, aludiendo a la amiga de su ocurrencia. Y cuando sea menester, yo haré de rodrigón con el mayor gusto. Luisa que había permanecido como ajena, bajo aquella abstracción remota que le era peculiar, pareció envolverla en la suavidad silenciosa de sus pestañas. -Si mandáramos por Adelita... para saber... -propuso. Aprobó doña Irene, levantáronse padre e hijo, y en ese momento entró el doctor Sandoval que venía como todas las noches "a invitarse" su consabido café. V Ignacio Sandoval, médico de la familia y amigo íntimo de don Tristán con quien se tuteaba, aunque tenía quince años menos, había convertido aquel café de sobremesa en obligado prólogo de la tertulia del club, a la cual ambos acudían con idéntica regularidad, sin perjuicio de considerarla invariablemente aburrida. Vinculado a doña Irene por cierto lejano parentesco que sólo bromeando mencionaba, viudo sin hijos desde la juventud, contrajo hacia aquella familia un afecto rayano en ternura para los dos jóvenes, aunque jamás excedido de la mesura profesional. Siempre jovial, a despecho de canas precoces cuyo gris metálico oscurecía más aún el rostro cetrino, de curtida magrura y larga nariz, su afable charla parecía estar borrando constantemente en aquella faz, la ruda fiereza que le sobrevenía con el silencio. -Gesto de los Mauleon, que fueron piratas -pretendía por afligir a su parienta. Claro está que le consultaron el proyecto, sabiéndolo informado sobre los antecedentes del "profesor", y que lo aprobó sin ambages, considerándolo, en lo íntimo, excelente remedio contra el pertinaz aislamiento de Luisa, motivo para él de recóndita inquietud. Ya había recomendado que lo evitaran; pero según respondió doña Irene, nadie conocía mejor la invencible obstinación de aquel capricho. -Me parece muy agradable, muy útil, y competente como ninguno el catedrático, ya que M. Dubard se ha puesto, el pobre, tan viejito. Creo que Suárez Vallejo aceptará, porque debe estar un poco harto de su clientela bajo cero... Sonrió con su propia alusión de doble sentido termoclínico, agregando por advertencia: -Con todo, será mejor que lo hables tú, Tristán, o más bien Marta, para salvar el escollo quizá difícil del arreglo... -Porque supongo, afirmó Luisa con categórica serenidad, que no vamos a cometer la grosería de proponerle una tarifa que no aceptará nunca. -No veo, entonces, cómo... -balbuceó don Tristán, ahogando a medias su frase en el humo del cigarro que encendía. -Me inclino a creer lo propio, opinó el doctor, y quizás encuentre yo el arbitrio. Veo, Luchita, que has comprendido al muchacho. No sólo es un hijo de sus obras, formado a todo el rigor de la suerte, huérfano desde la primera niñez, sino un espíritu generoso hasta la abnegación. Y suspendiendo a medio ademán la taza de café: -Creo que nunca les he referido cómo lo conocí. Fue ahora seis años, cuando hubo en la línea francesa aquel descarrilamiento que hizo tantas víctimas. Era yo el único médico que iba en el tren, y como tuve la suerte de salir ileso, emprendí al acto el socorro de los heridos. El cuadro era horrible, entre los vagones hechos pedazos y los escapes de vapor de la locomotora tumbada que podía estallar de un momento a otro, completando la catástrofe. Para mayor desamparo, los maquinistas y el conductor hallábanse entre los muertos. Procuraba multiplicarme, ayudado por dos o tres pasajeros ilesos como yo, aunque demasiado aturdidos para serme útiles, cuando vi que se me acercaba, cubierto de polvo, sin sombrero, pálido, un muchacho que con voz tranquila me dijo: -Soy empleado de la compañía, doctor; puede usted disponer de mí. -Lo primero, respondí, será ver que la caldera no estalle. Dirigióse a la locomotora, con demasiada lentitud según creí. -¡Pero muévase, por Dios! -le grité indignado. Apresuróse, inclinándose un poco; pareció que se tambaleaba, como si tropezase; pero se recobró, y un momento después hundíase a gatas entre el montón de ferralla, vapor y fuego. No sé cómo dio con la válvula, exponiéndose sin duda a asarse vivo veinte veces; pero de allí a poco, oí con satisfacción el chirrido salvador del escape. Vuelto a mi lado, trabajó sin desfallecer, silencioso, apretados los labios, más pálido y más decidido cada vez, hasta la llegada del convoy de socorro. Sólo entonces, mientras nos lavábamos en el camarote que se nos destinó para descansar, me dijo con la misma voz tranquila: -Perdone si lo molesto, doctor, porque los médicos de la empresa tienen todavía tanto que hacer. Pero creo que a mí también me ha tocado algo. Tenía dos costillas rotas y la pleura lacerada por una tremenda contusión. Estuvo muy grave; pero no hubo modo de que aceptara ninguna gratificación de la empresa, ni que consintiera en la publicidad de su acto. Pidió únicamente su traslado acá, para tener, decía, ocasión de instruirse un poco; empezó a escribir, obteniendo luego el empleúcho del Ministerio... y las lecciones. -Que tú le proporcionaste, interrumpió don Tristán. -Que yo le sugerí. Pero ¿quién de ustedes tuvo la idea?... -Yo, dijo Luisa, más abstraída que nunca en la serenidad de sus grandes ojos. -Te lo dirían las voces... -bromeó Efraín, tranquilizado por aquella actitud. Luisa y el doctor sonrieron vagamente. VI Aquello de las voces, referíase a una de las rarezas infantiles de la muchacha; pues como la tía Marta estuviera leyéndole una vez la vida de Juana de Arco, declaró muy seria que ella también oía a los ángeles. Desolada por las reprensiones y las chanzas que motivó de consuno, refugióse en la bondad del doctor, a quien preocupaban un tanto las ocurrencias de aquella chica, absorta en esa época por un mórbido gozo de llorar que la extenuaba en inefable abandono. Poco antes de esas crisis, todavía asaz lejanas de la nubilidad, para no ser más singulares, era cuando experimentaba la ilusión de las voces, que Sandoval aceptó como ciertas, ganándose su gratitud sin límites; pues nada la ofendía tanto como que dudaran de su veracidad, perfecta, por otra parte. Eso motivó confidencias de un éxtasis candoroso que asombraba al médico, tanto como la seguridad afirmativa de las expresiones en aquella niñez, por precoz que fuera. Así, una vez, sentándola en sus rodillas para consolarla de cierta duda con que habíanla herido, preguntóle qué le decían los ángeles. -¡Me dicen cosas tan lindas y tan raras!... -afirmó, mirándolo como solía con ojos apacibles. Y al cabo de un instante, sin pestañar -Me hablan de amor y me llaman al olvido. Por sereno que fuera, Sandoval no pudo reprimir un escalofrío. Más, dominándose por disciplina profesional: -¿Qué te dicen, insistió, cuando hablan así? -Me dicen que llore para no estar sola. Comprendió que se trataba de un er efecto sin consecuencias, causada tal vez por de palabras forzosamente enigmáticas para la mente infantil. Pero, no sintiéndose satisfecho del todo con su propia explicación, preguntó por confirmarla: --¿Y cómo son los ángeles?... -No son como nada. Son unas listas azules en la oscuridad. Todas sus dudas disipáronse entonces. Era un caso infantil de imaginación divergente. Pocos días después, la criatura, ligeramente indispuesta, copiaba junto a la estufa del comedor una lección atrasada, ocupando con libros y cuadernos la cabecera de la mesa. El médico acababa de aprobar la precavida reclusión y doña Irene había ido por el termómetro. Sin levantar la cabeza del cuaderno, en el cual seguía escribiendo al parecer, Luisa dijo: -¿Sabe lo que "me hablaron" anoche? M. Dubard está unido a mi destino. La aproximación entre "los ángeles" y el profesor, que envejecido ya entonces, habíase retirado de la casa en un acceso de mal humor profesional, era demasiado cómica para no sonreír. Siempre inclinada, Luisa lo advirtió, no obstante. Y poniéndose bruscamente sombría, añadió con voz glacial: -Pasado mañana cumplo once años, ¿no? No vaya a mandarme nada. No quiero que nadie se moleste más por mí. Retrájose en adelante, como nunca estudiosa, hasta no abandonar sino por momentos la habitación aislada que habían debido concederle, al fondo de la casa, para evitarle una congoja: el pavor de la luna cuya claridad directa no podía sufrir, y que sólo desde allá era invisible; mientras una ancha ventana abríase con buena ventilación sobre la quinta. Autorizada por Sandoval, gracias a ese detalle higiénico, aquella instalación, que Luisa no dejaría más, absorbió entonces, en una especie de urania hostil, su almita exaltada. Sintióse, en cambio, con desconocida felicidad, mucho más dueña de sí misma; y ante la sombra de la noche, parecíale que en la reja de la ventana donde apoyaba durante horas la frente, para contemplar las estrellas, realizándole un cuento sin principio ni fin, incrustaban los brillantes de una corona... VII Largo tiempo estuvo ofendida con el doctor, hasta que una desgracia la aproximó de nuevo. Cierta chicuela expósita, que doña Irene aceptó criar, destinándola para camarera de su hija, cayó grave de tifoidea. Luisa que hasta entonces no había hecho gran caso de ella, sintió despertársele repentina piedad, al saberla aislada en el Hospital de Niños. Y harto discreta para no insinuar siquiera un proyecto de visita, decidió "perdonar" al doctor, mediante la promesa de una atención especial, implorada con ternura casi violenta. Sandoval debía traerle noche a noche su impresión y hasta una copia del diagrama febril, que ella recorría palpitante de compasión, seca la garganta, bajo la angustia de un invencible presentimiento. Hasta que un día, enervada por la lentitud para ella inicua del mal, arriesgó la petición imposible, afirmando al doctor con suficiencia desconcertante: -No podemos dejarla morir así. -Conforme, hijita; pero al .pabellón de aislamiento no se puede entrar, aunque yo lo quisiera. -¿De ningún, de ningún modo? -No, Luchita. Enmudeció, resignada de pronto; pero al día siguiente muy temprano, la camarera de la tía Marta, primera en levantarse, veíala aparecer ya vestida como para la escuela, con un paquete que le entregó, mientras decíale: -Acompáñeme al hospital. La Flora se muere. Fue tan imperioso aquel acento de opaca nitidez, que la criada obedeció sin réplica. Mas, ya en la calle, a los cincuenta metros de sumisa marcha, el eco de sus propios pasos en la avenida desierta pareció volverla a la realidad. Y balbuciendo por excusa el recuerdo de un calentador que había olvidado apagar, regresó llena de medrosa premura. Cuando la tía Marta advertida de aquel propósito asomó a la puerta, la criatura, firme en la acera, duro el rostro, congelada en alabastro su palidez, imponía una dominación seráfica. Hubiérase dicho que la vibración de su impaciencia generosa, desprendíala del suelo como un resplandor de voluntad. Obedeció al signo con que la llamaron, comprendiendo lo inútil de la resistencia; pero la tía nunca pudo olvidar la arrogancia dolorosa de su mirada. Llevaba en el envoltorio un vestido blanco y una muda de ropa limpia. Al atravesar el patio sin que mediara ninguna pregunta, inútil por lo demás, afirmó con entereza: -Mándenle entonces ustedes a la Flora ese vestido blanco que le gustaba... Para que se muera contenta... Porque hoy se va a morir. -¡Pero qué ocurrencia, criatura! -No es ocurrencia. Anoche vino. Buscaba algo. Pasó junto a mi cama y yo la oí. "Una de tantas", pensó la tía, recordando las extravagancias habituales. Para evitarle reprimendas, calló a su hermana el conato de escapatoria; pero como la enferma murió en efecto esa tarde, la misma Luisa refiriólo por la noche a Sandoval, delante de todos. Lo que nunca quiso decirle fue cómo había oído lo que pretendía, afectada quizá por los reproches que suscitó su propia franqueza. Lo cierto es que no volvió ya a hablar de las voces. Fue pasando el tiempo; la crisis devota que el doctor esperaba para la adolescencia, no se presentó; y a los dieciocho años, la ya hermosa muchacha solo conservaba de sus rarezas, si tal nombre merecía, el excesivo retraimiento social motejado de orgullo por los extraños, aun cuando no era más que un dulce pesimismo. VIII -Me alegro, Sandoval, que halle buena la idea de tomar como profesor a Suárez Vallejo, afirmó doña Irene. Por más que a este caballero -añadió por su hijo- le parecía inconveniente. -Inconveniente no, mamá. Lo que creía, y creo, es que debe reflexionarse antes de introducir un extraño. No basta que sea inteligente, culto, escritor, si quieres. Ya sabes que el linaje no me preocupa como a ti; pero aunque la apariencia, los modales de ese muchacho, causan buena impresión, nada sabemos de sus antecedentes... -Eso lo encuentro muy justo, apoyó don Tristán, calándose los lentes con energía. -Yo también, convino el doctor; pero conozco los antecedentes de Suárez Vallejo, a quien, como a todo el que vale, no faltan detractores, y les puedo garantir su conducta. -¿Ah, sí?... ¿murmuran algo? -preguntó don Tristán, tomando al propio tiempo que el médico, gabán, sombrero y bastón. . La llegada un tanto ruidosa de Adelita Foncueva, cuya entrada, en arranque de pájaro, era siempre efectista y gentil, cortó la respuesta. Pero Sandoval, aprovechando a la vez el ligero tumulto, aseguró a su amigo con evasiva prontitud: -Ahora en la calle, te diré. Luisa enrojeció ligeramente. Única en oír la frase, había comprendido lo que insinuaba sobre el origen del "profesor". Mientras los fieles contertulios encaminánbanse al club, la recién llegada comentaba con los otros el oportuno proyecto. Linda, traviesa, un poco engreída de su lujo y su juventud, era a no dudarlo más bonita que Luisa; aunque menos interesante: verdadero pimpollo en que la vida se gloriaba con delicia triunfal. Todo en ella expresaba la dicha, desde la boca pequeña y dulce hasta los ojos de antílope en que se azoraba la suavidad de la promesa.' Su encanto virginal era un verdadero esplendor de aurora. Su gracia embellecía la serenidad de los ancianos y hacía saltar como cabritos los corazones juveniles, cuando en reída claridad granizaban su alegría los dientes luminosos. Vestía muy bien, con cierto recargo que por lo demás sentaba mucho a su tipo. Y ávida de seducir, por dominio, que no por gentileza, no olvidaba detalle, desde la intención del reojo hasta la coquetería del pie. Nadie conocía con arte más instintivo, que es decir más perfecto, la atracción de la ingenuidad rebuscada. Admirada por Luisa con sinceridad, como una muñeca preciosa, ponía aquélla en perfeccionarla una verdadera complacencia de hermana mayor, aun cuando tenía dos años menos. Sólo disentían en el detalle del perfume, que Adelita cambiaba según la moda, habiendo pasado últimamente de la Volkameria al Jockey Club, intensos y complicados; mientras su amiga conservábase fiel a la nobleza ligeramente sombría del ámbar, casi místico en su espiritual vaguedad. Así había resistido la tentación pueril con que la otra quiso inducirla a substituir "ese perfume de abuela", por capitoso Bouquet Loise que debía corresponderle. Todo eso denunciaba la cultura un poco fútil de la chica, nada dócil por lo demás en su propia ligereza. De suerte que la ocurrencia de la tía comportaba un feliz acierto. Pero si Adelita la acogió con entusiasmo, su impresión no era favorable al "profesor". Parecíale, en suma "demasiado filósofo". Y luego: -No lo calificaré de antipático, no; pero lo hallo... este... ¿cómo diré?... un poco fortacho. No sé... demasiado ancho de espaldas... el pelo demasiado corto, y tan renegrido..: ¡Y unas cejas que dan miedo de juntas! La frente, sí, la tiene despejada: una hermosa frente... Claro... algo ha de tener -comentó, echando una ojeada comparativa sobre Efraim- ...Pero mira con una tranquilidad tan segura, que choca, que ofende, porque es una arrogancia. ¿Y ese aire de estar siempre pisando la tierra como si fuera suya?... ¡Y las manos, señora! unas manos tremendas, con los dedos que parecen fallebas. Mamá dice que son de pianista o de espadachín. Yo le encuentro algo de comandante. -Pero Adelita -rió Efraim- qué implacable está con el pobre Suárez Vallejo. -¿Implacable porque no lo hallo buen mozo? Puede ser... Pero no le niego su preparación ni su talento. -Eso es lo razonable, Adelita, aprobó la tía Marta. Con todo, la chica insistió aún en sus reparos: los ojos demasiado negros, la boca demasiado gruesa. Lo único que le hallaba distinguido era la palidez. Advirtiendo, que se había manifestado un tanto excesiva, quizás, insistió sobre el mérito intelectual del "profesor": -Un talento brillante... Una erudición... Quién va a negar... Procuraré no desmerecerle como discípula. Quizá no me gusta porque no lo entiendo. Como soy tan ignorante... -añadió, coqueteando visiblemente con Efraim. Es más para ti, Luisa; más de tu temple... -podré decir... ¿feudal? Y como homenaje irónico, que no excluía un cordial acatamiento: -Es de los que prefieren como tú, Beethoven a Chopin. Luisa la miró con grave ternura. IX Suárez Vallejo mismo, "hablado" al fin por doña Irene, evitó sin saberlo el punto difícil: -Con el mayor gusto, si ustedes me creen útil. Pero sobreentendido que no se trata de "pasar" lecciones a tanto la hora. Ni siquiera del reloj con monograma al finalizar el curso -agregó festivamente. Doña Irene no pudo menos de admirar, tanto como su dignidad cortés, la hermosura viril de su boca gruesa. Por otra parte, el doctor Sandoval había dado con el arbitrio que dijo. Suárez Vallejo, empeñoso siempre, deseaba seguir el curso diplomático que exigía la ley a los cónsules generales, con obligación de practicar sus dos años en una escribanía de la matrícula: adscripción bastante difícil de conseguir. Pero don Tristán, aunque no tenía ya bufete abierto, conservaba muchas vinculaciones curiales, siendo entre la mejor una de cierto antiguo procurador Fausto Cárdenas, a quién echó con felicidad el empeño. El tacto del adjunto hizo lo demás; y a los quince días él y Cárdenas eran ya buenos amigos. No costaba eso mayormente, cayéndole en gracia al escribano, recio criollo que parecía aventar la espontaneidad con su renegrido pelo, echado todo hacia atrás para más despejo de la ancha cara morena. Era hombre de primera impresión, y justificábalo por cierto su perspicacia, exenta, no obstante, de vanidad, hasta resultarle una malicia plácida que reía con sus ojos de amarillez perruna, mientras que el bigote entrecano y rudo decidíale un gesto casi terrible. Campechano de suyo, gustábale, sin embargo, la expresión sentenciosa, que en los casos difíciles solía ser una cita de cierto tío suyo: el finado coronel Cárdenas, "quien me crió y formó", recordaba satisfecho. X Durante seis semanas las lecciones progresaron, gratísimas, con intermedios de charla y de música, dando a las tardes de viernes y domingos tan imprevisto encanto, que de común acuerdo agregaron una reunión la noche del miércoles. Así no recargaba Suárez Vallejo sino una tarde por semana su quehacer de oficina, aun cuando él consideraba ameno descanso aquella larga hora entre seis y ocho; al paso que podía participar, pues bien lo deseaba, doña Irene, demasiado ocupada por sus asociaciones pías y benéficas. La tía Marta, entregada a las atenciones domésticas, exagerábalas un poco, tal vez, para dejar mayor libertad a la gente joven; y don Tristán estimaba poco los versos. Así, Suárez Vallejo, invitado a comer algunos miércoles, no hablaba con él más que de legislación y diplomacia, reprimiendo con jovial disciplina de "profesor", cualquier contacto tendiente a proseguir o anticipar el tema literario. -Cada cual su gusto y provecho -sentenciaba- y el mío consiste ahora en escuchar. De sobremesa, solía recordar con el doctor, que era aficionado, algún certamen de esgrima. -Lo que no me explico, decíale Sandoval, es cómo siendo tan fuerte, nunca quiere usted figurar en ninguno. -Es que no hago sino esgrima de combate. -Y lo que me explico menos, intervino una vez Efraim, cómo se da tiempo para todo. Porque me dijo el maestro de armas que nunca deja de tirar... -Es la voluntad, Toto, afirmó Luisa. -Sí, pues; la disciplina que te falta, completó el doctor, y que te haría tanto bien. Porque a despecho de tu buena constitución, era más bien un poco endeble... Efraim se encogió de hombros con displicencia. -...0 demasiado nervioso si quieres... Y con esto, bastante impulsivo. -¡Razón de más! ¡Razón de más! -sentenció don Tristán, apoyándolo con tres golpecitos de costumbre. Suárez Vallejo calló, ganándose con ello la simpatía de Efraim. XI -¿Por qué no hace más que esgrima de combate? habíale preguntado Luisa, la tarde siguiente, mientras Efraim atendía a Adelita en el piano. -Por ganar tiempo, replicó brevemente. Más, como ella insistió con incrédula mirada. -Por precaución... -añadió casi desabrido -¡Pero quién va a atreverse a ofenderlo! - exclamó Luisa. -Los necios, peores que los enemigos. Callaron de golpe, cohibidos sin saber por qué, y disimulándose aquel recíproco malestar con un interés musical que no sentían. Era lo inverso de la otra pareja, cada vez más preocupada de música que de dicción. El caso es que bajo cualquier pretexto interrumpía la clase, formando resueltamente "el partido de Chopin", como afirmaba Adelita con gracioso descaro, y hasta ausentándose a la quinta, donde Efraim descubría aquella estación una interesante precocidad en la florescencia de los naranjos. -¡Felices las novias! -había comentado Adelita con alusión trivial. Mucho avanzaba, por cierto, la primavera, estallando como aturdida de sol en pimpollos y gorjeos, mecida en la cándida languidez de los nubarrones con que parecían soñar su propio azul grandes cielos conmovidos; y adelantada como ella, en un estreno algo profuso de trajecitos claros que le sentaban con verdadero primor, la chica, al decir de Efraim, asemejábase locamente a una mariposa. "Locamente", expresaba con propiedad la alada embriaguez en que aquella delicia de juventud se abandonaba a la vida. -¡Cómo está de preciosa! había admirado Luisa el último viernes, al verlos salir para el ya habitual "paseo de los naranjos", enternecida a la vez por tanta hermosura y por la visible inclinación que nacía en la pareja. -Advierto, dijo Suárez Vallejo con ironía cariñosa, que los naranjos no se cansan de florecer... Luisa bajó la voz, como si la armonizara con la luz decreciente del salón en cuyo fondo ya obscuro hundía una de sus habituales miradas largas: -Siempre -meditó- siempre florecerán demasiado pronto. Una alarma, juntamente indefinida y absurda, angustió a Suárez Vallejo. -Lo cierto es, rió para sobreponerse, que a mí también empiezan a interesarme los donosos naranjos... -¿Quiere que vayamos a verlos? -preguntó Luisa con dulce sumisión. -No, gracias; malograríamos otra vez nuestra clase. Perdemos ya demasiado tiempo, y no olvide que el miércoles hay asueto forzoso. -Es verdad, asintió ella con la misma dulzura. Una variación de la luz tardía transparentó en rosa el cristal de la ventana. Y sobre aquel tenue resplandor, ' que diluía en irreal fluidez la sombra del ámbito, sin aclararla, no obstante, el rostro de la joven transfiguróse con secreta hermosura. Fue una revelación de pureza extrahumana, tan intensa y tan nítida, que él sintió cortársele materialmente el aliento en temerosa ansiedad de prodigio. Comprendió que acababa de verla tal como era en verdad, y advirtió que lo embargaba una especie de pudor ante el sorprendido misterio de su belleza. XII La tía Marta entró, con su discreta oportunidad de costumbre. Hallaba siempre la ocasión de aislarse un poco, buscando luz adecuada para su encaje o su lectura. O abandonaba el salón cuando lo requería algún quehacer, a veces por bastante rato, para no extremar en sórdida vigilancia la decorosa compañía. Como todo corazón realmente noble, detestaba la sospecha, más todavía que la vileza del engaño; y aquel contraste que le truncó la vida, lejos de amargarla, infundióle una delicada piedad hacia esa eterna tragedia del amor femenino, suspenso como una florecilla sobre el abismo del inmutable dolor. Descubrió cuán poco valían, en suma, los prejuicios y los deberes, que era menester llevar como la ropa de diario, para no desigualarse con chocante jactancia -ante esa pobre dicha sacrificada bajo el código penal por la ya imperdible virtud de los malogrados y de los viejos. Comprendió que la felicidad pasajera es tan irreparable como el dolor de haberla frustrado; pues en el instante propicio que se dejó volar, comienza ya la desventura. Entonces le sobrevino un inmarcesible candor. Prematuramente encanecida, adelgazada y pálida como un largo marfil, su traje siempre oscuro, adoptado con rigor de uniforme, habría le dado cierta figura de aya, a no definírsele en una línea de mordiente sequedad el señorío del porte. Sólo las cejas, muy negras aún, echaban sobre aquella esclarecida blancura una ligera lobreguez de voluntad. Teníanla por democrática y hasta libre pensadora, aun cuando nunca expresaba ni discutía ideas; y su práctica religiosa, limitada a cumplir con la Iglesia, explicábase de suyo por la administración del hogar que doña Irene le dejaba. Aquella tarde, como notara que en el salón había ya demasiada obscuridad para seguir tejiendo su encaje, encendió una lámpara de pantalla muy baja, a fin de alumbrar mejor la malla menuda. El extremo opuesto, donde conversaban Luisa y el "profesor", quedaba en la sombra. Ellos también, contagiados por la desaplicación de la otra pareja, olvidaban cada vez más la clase, no obstante los buenos propósitos de aquél. Sensible al interés que inspiraban a Suárez Vallejo sus visiones de chicuela, Luisa habíale referido su infancia. Eráles grato confiarse a la resuelta lealtad que de él emanaba con impresión casi física. Sentíalo, sin precisarlo, digno de su verdad. Su reserva, nada esquiva por cierto, constituía una especie de sucinta elegancia que le resaltaba como un temple en el desembarazo conductivo del andar. Y aquella impresión era tan evidente, que si bien Luisa advirtió a poco la falta de reciprocidad confidencial, siendo ella sola quien lo contaba todo, parecióle muy natural que él no debiera ninguna atención por eso. -A veces temo cansarlo -decíale con risueña franqueza-- o que vaya a sentirse conmigo demasiado profesor. Me da por preguntarle todo, como los chicos. Y ante la afable autorización con que él desvanecía su escrúpulo: -¡Es que hay tanta seguridad en lo que usted dice! Sentía con íntima gratitud, que esa superioridad guardaba para ella sola una delicada reserva que mimaba, callando, la cortesía. Criada entre seres indecisos de carácter o de condición, aquella sensibilidad, aislada por despareja, hablase malogrado en caprichos. Así explicaba ella misma sus ocurrencias de chica rara. -Las personas me parecían artificiales. Como Pintadas... Estuve un tiempo convencida de que me habría bastado querer para atravesar las paredes como un aire... Cuando dejé de oír a los... en fin: lo que oía, ¡me sentí tan sola! Figúrese que veces me daba por preguntarme "' a mí misma con recelo a recelo, ¿quién seré yo?... Repetíamelo en voz baja; pero a la tercera o cuarta me entraba tanto miedo, que corría a refugiarme en las faldas de tía Marta. Después, el trato con las personas de nuestra clase me convenció de que somos muy poca cosa. A falta de mis... fantasías, busqué novelas. Pero sólo me dieron la noción de las muñecas que nunca tuve. Las regalaba todas, con mis trajes. Y eso que era coqueta. Pero a mi modo. Algún día le contaré. La soledad interior en que siempre viví, me ha enseñado la dulzura de la muerte. Suárez Vallejo, fugazmente alarmado otra vez, admiró la precisión de su palabra. . -Fui así desde chica. El doctor se divertía en hacerme hablar. Pero no es mérito propio. Me pasa como con las cosas que aprendo. Es como si otra persona recordara y hablara en mí. A veces yo misma me asombro de lo que digo. -Eso no es más que inteligencia. Por no decir talento, para evitarle la sospecha de una alabanza cursi. -Nunca sospecho de usted -afirmó Luisa sencillamente. Callaron un momento, mirándose con franqueza cordial. La verdad es que eran ya grandes amigos. Parecióle a Luisa que por primera vez experimentaba el regocijo del descanso. La tía Marta contaba los puntos de su encaje, espiritualizada en la redonda claridad su fina cabeza que inclinaba sobre la obra con prudencia indulgente. XIII Suárez Vallejo advirtió con súbita inquietud, que tal vez la olvidaban demasiado. Entonces, renovando una petición sugerida días atrás por la joven, solicitó de su bondad un poco de música. Famosa pianista en su tiempo, había enterrado también el arte en el silencio de su infortunio, sin otra excepción que lo estrictamente necesario para la enseñanza de Luisa, alumna indócil sin remedio a la disciplina del taburete. Tuvo, pues, que desistir, tras no pocos ensayos para adecuar al aprendizaje aquella contradictoria sensibilidad, exaltada en ocasiones a un verdadero arrobo lírico; y sólo de tiempo en tiempo, cuando la casa llegaba a quedar sola, sabíase por la servidumbre o por haberla oído casualmente al entrar, que tocaba, tal vez como ejercicio, algunos estudios. Esta vez, consintiendo a medias, según Luisa lo indujo por simpatía que hacia Suárez Vallejo le notaba, disculpóse, precisamente, con aquella excepción: -Si sólo recuerdo, y mal, uno o dos estudios de Schumann... -Trozos hermosísimos que siempre vale la pena oír. Y que seguramente ha de interpretar usted muy bien... -...Porque es música de mucho corazón, completó Luisa. -Lamento que insistan. Pero, por no hacerme rogar... Y luego, ante el teclado que no recorrió, limitándose a la noble evocación de algunos acordes sobre los bajos: -Veré de recordar una página divina, y sin embargo, poco ejecutada de Schumanm: A la Bien Aimée. La música empezó a sonar, con una misteriosa dulzura que parecía sutilizar el silencio. Dulzura de padecer, que contenía todo el bien de la existencia. Ambos oyentes se estremecieron. Sentían formarse en la vaguedad de la sombra un ambiente de creación, que era el despertar de un alma. Adelita y Toto que regresaban de la quinta, detuviéronse callados en la puerta. Definía el puro canto la ausencia y la esperanza. No era sino el comentario eterno en que se desahoga la sencillez del corazón. Porque el genio, como todas las cosas supremas: el cielo, el amor, no varía. Realiza la eternidad y la perfección en la belleza de sí mismo. Y porque es siempre el mismo, es también cada vez más bello. Llevaba el íntimo canto, a la bien amada, la sinceridad del dolor que reprocha su inclemencia al destino. ¿Y para qué lo iba a decir de otro modo que como lo dijeron todas las almas heridas, si de tanto decirla las bocas amantes y de tanto llorarla los queridos ojos, se volvió hermosura la congoja de amar? Abríase en el breve canto la eternidad, como el fondo de la tarde en el vuelo del ave pasajera. Lográbase al doble conjuro de la inspiración genial y de la emoción que tan propiamente la reanimaba, aquella melodía que disuelve el silencio sin abolirlo, alcanzando la perfección de la música. Y como en toda perfección hay un fondo de tristeza, en toda melodía perfecta hay algo nuestro que se despide. Y como en toda belleza triunfa la vida, en la hermosura lograda hay una esperanza que nos sonríe. Amar, esperar, partir: ¿no es, acaso, toda la existencia?... Más, a despecho del propio desengaño y sobre la misma muerte, es el amor lo que triunfa en la belleza de su congoja inmortal: ¡Cuánto te quiero!... ¡Cuánto te quiero!... La última nota excavó el silencio en un trémulo agujero de oro lóbrego. Pasó un largo minuto sin que nadie se moviera ni hablara, como si el espíritu de la música fuera replegándose en una callada lentitud de alas inmensas. La tía Marta continuaba ante el piano. Todos comprendían el motivo de su actitud: no quería que la vieran llorar, o reprimíase devorando sus lágrimas. Suárez Vallejo miró de pronto a Luisa. Pálida hasta dar miedo, hondos los ojos, una especie de sacudón la enderezó rígida, bajo la involuntaria fascinación de aquella mirada. La ola de sangre que él sintió refluir en su corazón, pareció incendiar por reflejo el rostro de la joven, con violencia tal, que la obligó a echarse atrás como ante una llamarada. -¡Tía... Tía Marta! -gritó con desesperada resistencia al fulminante arrebato. Y precipitándose hacia ella, estrechóse por detrás, rostro contra rostro, convulsa, aterrada, sollozante de miseria y de pequeñez. El viejo regazo, a la vez materno y virginal, ofreció a aquella espantada ternura el refugio de los días infantiles. Serenaron la joven cabeza, como en un ademán de bendición, las manos empapadas todavía de música; mientras la dulce voz, aquella voz tanto tiempo callada, enternecíase consolando: -¡Mi Luchita!... ¡Mi pobrecita! XIV El episodio musical en que habíase manifestado, sin sorprender a nadie, la viva sensibilidad de Luisa, casi al punto recobrada también, vinculábase por el comentario inspirador de la petición de Suárez a la tía Marta, con el solemne concierto primaveral del conservatorio donde Adelita iba a graduarse profesora un año después. Aquella fiesta, en la que sólo tomaban parte las tituladas del curso anterior, caía el próximo miércoles. Luisa, como era de esperarse, declaró que no asistiría; pero Adelita no podía faltar. -Si tocaras tú -díjole aquélla- iría por ti. Pero ahora, añadió con ligera intención, no te hago falta. Irá Toto... Y mamá, que es la de la congregación protectora de Santa Cecilia. Yo me quedaré con tía Marta, que tampoco ha de ir. Pero no seré desleal contigo. No le pediré que toque nada para mí sola, ni daré la lección de francés. -Lo que es por la lección... Por la música, sí, te agradezco. ¡El momento de ayer fue inolvidable! ¡Sublime!... Toto y yo participamos de tu misma emoción. Te aseguro que me he vuelto schumanniana. Elegiré para mi presentación de aquí a un año El Carnaval de Viena... Pero ¿qué le daría a nuestro "profesor" para irse como se fue?... ¿Estaría celoso de la pianista? Suárez Vallejo había partido casi bruscamente, conturbado hasta el disgusto por la sospecha que se reprochaba como un error de su vanidad, no menos que por haberse dejado traicionar con aquella mirada idiota. -¿Traicionar?... ¿Traicionar de qué?... ¿Iba, acaso, a caer en una tontería de mozalbete? Bueno estaría él pensando en Luisa... o Eulalia de Almeida -exageró para mortificarse con mayor sarcasmo- la muchacha más ensoberbecida con su aristocracia y su fortuna, según lo indicaba su propio retraimiento, a pesar de la sencillez, de la suavidad, que no son sino el pulimento de la buena crianza. Bastábale recordar el donaire con que en aquellos versos se declaró a marquesa. Y muy justamente por cierto. Porque y lo merecía más que muchas del título. "Una marquesita de raza y de poema", pensó, recordando su propia frase. ¡No le faltaba más que caer en semejante locura! Y displicente hasta lo sombrío, apretada de amargura la garganta, sintióse, a la verdad, ferozmente solo. La avenida desierta en su alejamiento ya considerable del centro, resultábale hostil con su anchura, su arboleda, sus palacetes. Apretó el paso, hasta alcanzar con verdadera satisfacción la primera encrucijada de tranvías. Saltó al correspondiente, con tan alegre ímpetu de familiaridad, que el guarda no pudo menos que sonreírle. -Me he libertado, pensaba con gozo ingenuo. Una alegría vertiginosa, desatentada, de contenerse para no gritar, inundóle de golpe el alma. Sí, sí: ¡era cierto! ¡Aquellos ojos, aquel rubor, aquel grito, aquella transformación sobrehumana! Veía bien el corazón sin mengua de la rectitud consigo mismo. ¡Y cómo no iba a ver así, iluminado por el milagro de su hermosura! Pero ¿era posible? ¿Era posible que ella, ella, el ser de luz, de fragancia, de pureza, hubiera consentido aquella gracia maravillosa? Una sombra volvió a atravesar su espíritu. ¿Y si fue la música... Si fue la música, no más?... ¡El arte ejerce tanto poder sobre esos temperamentos exquisitos!... No halló en el club al doctor ni a Cárdenas, con quien contaba sin saber bien para qué. La hora de la esgrima había pasado. Saludó en la biblioteca a dos o tres lectores tardíos que prefirieron visiblemente sus diarios. -La verdad es que debo estar poco interesante, se dijo. XV La noche fue desagradable. Hacía demasiado calor, y sólo entonces apreciaba el inconveniente de aguantarlo sin alivio posible, en ese departamento con puerta a la calle, preferido, no obstante el consejo de M. Dubard, por su mayor independencia; pues, aunque el barrio era tranquilo, siempre había que contar con la curiosidad de algún transeúnte. Tenía razón el viejo francés, cliente perpetuo de aquella casa de huéspedes cuyas habitaciones había acabado por conocer una a una; tenía razón el pobre viejo, a quien se reprochó no ver sino fugazmente, desde hacía un mes largo; pues, aunque apenas fue su colega eventual en algunas mesas de examen, debíale atenciones, corrientes si se quería, pero apreciables, dadas su edad, su finura y hasta la circunstancia de suponerlo resentido con los Almeidas, quién sabía por qué... ...Por algún menosprecio que le harían, tal vez sin notarlo, para mayor ofensa. Revelósele, de pronto, una enternecida relación entre esa soledad de extranjero, sin nadie, acaso, en el mundo, y su desamparo de huérfano, tirado por la suerte a la buena de Dios, sin dejarle, siquiera, el recuerdo de la madre muerta siendo él tan niño... Probablemente, díjose, bajo el peso del deshonor... De un deshonor que fui yo mismo... Solían acometerlo de cuando en cuando aquellas crisis de angustiosa desazón ante la desgracia imaginable. Pero la de esa noche asumía una violencia singular. -¡Demonio de ideas negras! -exclamó, encendiendo con rabiosa vehemencia su décimo cigarrillo. Hacía más calor aún, y la comida, que pidió en la antecámara, había contribuido a cargar la atmósfera. No podía, para colmo, abrir la ventana de aquella habitación que daba al patio central, mientras tuviera luz, porque lo veían desde otros departamentos, sobre todo desde uno donde acababa de instalarse, para peor, pues velaba hasta el amanecer, una divette francesa: con lo que la humareda del continuo fumar, llenaba a cada rato las dos piezas del suyo. -Para eso -se zahirió- para eso eres pobre, infeliz, y tienes que aprender a resignarte. Suspiró con despechada ironía. -Y a no formar castillos en el aire... -concluyó, siguiendo largamente con los ojos una voluta de humo. Era menester, en efecto, fumarse aquel insomnio que se anunciaba tenaz, a despecho de los dos o tres expedientes aburridos cuyo estudio acometió con energía. Por suerte, hacia las cuatro de la mañana sobrevínole una soporosa lasitud, y se durmió con sueño incómodo. XVI El sábado por la tarde recibió Cárdenas dos sorpresas: el rostro sombrío de Suárez Vallejo, en quien lo notaba por primera vez, y la invitación de ir juntos el siguiente día al hipódromo. Querrá distraerse porque habrá trabajado en exceso, pensó, relacionando ambas cosas con la entrega de los expedientes estudiados. Más, rectificándose casi al punto con malicia: -¿Mañana?... Bueno. Habrá dos carreras interesantes. Pero, ¿usted renunció ya a "su cátedra"?... La lección, ¿sabe? -a la chica de Almeida. -No, por ahora. Me he concedido un asueto que, de seguro, será grato allá también. Su gesto púsose desapacible. Cárdenas echóle una mirada jovial. -Ah, dijo sin transición, no creía que estuviesen tan adelantados. -¡Cómo adelantados!... -Sí, porque esto tiene todo el aire de un enojito con "ella". -Pero ¡qué disparate, Cárdenas! -No, compañero, no lo tome así. Retiro todo, si se me va a ofender. Se me había puesto, no más... -¡Qué barbaridad redonda! Pero cómo se le ocurre que yo, un empleaducho... sin Posición social... un pobre diablo para ellos... -No, eso no, tampoco. Usted vale lo que vale, y el talento empareja la alcurnia. -¡Hum!... puede ser. Pero no el dinero. -Según la gente. Los Almeidas, esto es lo justo, son de los pocos que merecen sus talegas. -Además, Lu... La hija... usted la conoce, no piensa en novios ni hace caso a nadie. Ha nacido para brillar desde arriba, como la luna. Sintió al decirlo una firme satisfacción, junto con un vago remordimiento de injusticia. El escribano arrellanóse en su poltrona y cruzó los brazos con decisivo ademán. -Amigo Vallejo, sentenció, pues lo nombraba siempre por su segundo apellido: mí finado tío el coronel Cárdenas solía decir que toda aventura de amor es un viaje a la luna. XVII Mientras rodaba hacia el hipódromo el carruaje que los conducía, un cupé vejancón que Suárez Vallejo solía tomar, con opulencia inexplicable para sus medios, pensaba el joven, desagradado todavía, en aquel irreverente nombre de aventura dado por Cárdenas, la tarde anterior, a sus pretendidos amores. Para no fomentarle esa chocarrería, que tal vez iba a disminuir su estimación por él, propúsose no aludir, siquiera, a nada atinente. Mas, a la primera distracción, causada por un grupo de muchachos que remontaban cometas, sorprendióse preguntándole: -Sabe usted, Cárdenas, ¿por qué abandonaría M. Dubard la enseñanza de los chicos Almeidas? -Hombre, como saber, no; pero creo que debió ser un acto de prudencia o delicadeza. A mí me pareció -yo trabajaba entonces con don Tristán- me pareció que no hubo un disgusto profesional, como dijeron, sino que el hombre había empezado a gustar de la cuñada -de Marta, ¿eh?- que era lindísima, pero que vivía como una sombra, anonadada por su decepción; y él comprendería que eso, o la diferencia de posición, o todo junto- vaya uno a averiguar... Interrumpióse de pronto, ante la atónica indignación de la mirada que el joven clavaba en él. -Ah, pero no, ¡qué diablos! No esté pensando que invento para darle una broma pesada. Eso tampoco se lo voy a permitir, por lo mismo que soy su amigo. He hablado con entera franqueza y estoy dispuesto a pedirle disculpa de un traspié que reconozco, pero no de una mala acción. Había en sus palabras tal acento de afligida sinceridad, que Suárez Vallejo le palmeó el hombro con cariño. -Yo soy, dijo, el que ha estado mal. Y además, ¿qué me importa? -¡Claro! -apoyó Cárdenas con decisión, aunque soslayándolo al descuido. N o obstante esa rotunda conclusión, el episodio le malogró la tarde. Resultóle particularmente incómodo pensar que habiendo perdido cuantas apuestas arriesgó, Cárdenas estaría aplicándole en silencio el consabido refrán imbécil. Pero el escribano empeñóse, por el contrario, en buscarle distracción a porfía, fuera del juego, hasta dar con tres o cuatro actrices de la recién llegada opereta francesa, a quienes lo presentó con tanto elogio, que arriesgaba el ridículo. Para colmo de molestia, encontróse con Toto, cuya tácita malicia debió afrontar, cuando, habiéndolo éste invitado a irse juntos, por ser día de clase, tuvo que comunicarle su imposibilidad de asistir, y encargarle la disculpa del caso, sin hallar explicación sostenible. Su fastidio fue tal, que lo indujo a extremar las cosas: -Hasta el miércoles... O quizás hasta el viernes, porque no sé si alcanzo a desocuparme. Iba el cupé a detenerse de regreso, en la puerta del club, cuando Cárdenas le dijo: -No es por meterme en sus cosas, pero me parece que no debe cortar usted con los Almeidas. Deje correr el destino, que es lo mejor... Y animándose con la obscuridad casi completa, añadió sin mirarlo, mientras le palmeaba confidencialmente la rodilla: lo que -Pero si emprende la campaña, y por pueda ocurrir, ya sabe que tiene amigos en este mundo. Suárez Vallejo, saltando a la acera, respondió con jovialidad: -Para campañas andamos, ¡amigo Cárdenas! Métase uno a festejar millonarias, sin tener a veces ni con qué mandarles por cumplido un ramo de flores. XVIII Como después de sus infantiles crisis de llanto, la noche del episodio musical Luisa durmió con pesado sueño. La clara mañana del sábado sorprendióla, al despertar, con una impresión de trivialidad vacía. Sentada en el lecho, tendió largamente al frescor que entraba por la ventana, abierta sobre la quinta, sus brazos desnudos. Durante un rato, estuvo sintiendo la incomodidad de una mecha sobre la cara, sin decidirse a romper la inercia que la invadía. Causóle asombro la dispersión de sus ideas, materializadas en fragmentos de imágenes sin relación entre sí. Parecíale tan grande su tranquilidad, que la abatía como un desamparo; mas, hallábase en realidad tan nerviosa, que el vuelo fugaz de un gorrión ante la ventana, sacudióla con profundo escalofrío. Advirtió, entonces, que tenía helados los brazos; y una desolación árida hasta arderle en los ojos con sensación de arena, cayó sobre la inutilidad de su vida insignificante. ¿Qué era ella en la inmensidad del mundo?... Y sin embargo, su pequeñez ahogábase en tal inmensidad como en un calabozo. Pero no; aquella ansia no era sino el recóndito temor de algo que estaba eludiendo, sin atreverse, tan deslumbrador lo esperaba, a preguntarse qué sería. De golpe, una sospecha traicionera hasta la maldad, la aterró petrificándola: Adelita coqueteaba con Todo para interesar al otro... ¡A él!... El eco de estas dos sílabas pronunciadas en alta voz, la echó de la cama con un repelón de miedo. Y allá, de pie, temblorosa ante el abismo que sentía abrirse en ella, el escalofrío la envolvió otra vez con su estridente varillazo. Anonadada un instante, su nobleza reaccionó casi heroica. ¡Dios mío! ¡Qué indignidad estaba pensando!... Envidiaba a Adelita, ¡porque era feliz!... Cayó de rodillas ante el lecho, como para un instintivo perdón, echando brazos y cabeza sobre las revueltas sábanas. Adelita, ¡sí, que era feliz!... Y Toto, ¡que ya la quería tanto!... ¡Si supieran lo que ella, la hermana que tan buena creían, acababa de pensar!... ¡Lo que era realmente!... Hundió con apretón convulsivo la cabeza entre los brazos. Una pena honda, humillante, infame, sin lágrimas para mayor lobreguez, definíasele poco a poco en sed de arrepentimiento. XIX Resuelta a la expiación de su "maldad", recobró Luisa una calma extraña. La angustia de su pequeñez ante la inmensidad del mundo y de la vida, trocóse en abnegada fortaleza. Quedábale tan sólo un vago remordimiento de impiedad: olvidaba quizá demasiado sus deberes religiosos. La verdad es que no acompañaba a doña Irene en sus devociones, como era justo. Propúsose hacerlo, venciendo aquella indiferencia que habíala puesto, de seguro, mal con Dios: por eso pensaba semejantes cosas. ¡Sería tan bueno orar, purificarse en el renunciamiento y en el dolor, como las santas, como las mártires...! Mandó por Adelita con cualquier pretexto, a fin de mimarla, de ser con ella y Toto la hermana buena, la dulce providencia de sus amores. Fueron juntos al "paseo de los naranjos", en los que afectó interesarse, para dejar a la pareja la intimidad dichosa de la glorieta central, agobiada de bejuco. Caía la tarde. El cielo clarísimo era una tenue soflama de oro sobre desleído azul. Rayando las puntas del pinar que daba fondo a la quinta, el último toque de sol descoloríase en finas barbas de pluma. Al misterio ya próximo de la noche, atenebrábase el follaje con lóbrega enormidad. Rebullía como un agua presurosa el pío crepuscular de los pájaros. De la tierra mojada por reciente lluvia, exhalábase con delicia campesina negro frescor de humedad. Una inmensa ternura eternizábase sobre el mundo. Y Luisa sintió de pronto una amarga pena. Parecióle que toda entera se reducía al doloroso nudo de sus manos. Y sin embargo, toda ella, también era para esa dicha que cobijaba la glorieta próxima, una oblación sin limites de cariño y de piedad. ¿Por qué, entonces por qué Dios mío, aquella suavidad, aquella paz, aquella hermosura infinita del cielo y de la luz, le hacían daño?... ¡Tanto daño!... XX Durante la comida y la sobremesa, estuvo como de costumbre, aunque tal vez un poco más callada. Y apenas salieron don Tristán y el doctor, ganó su habitación, muerta de sueño, según dijo. Tía Marta la siguió con los ojos, pensativa. Pero el alba sorprendióla enteramente despierta ante su ventana. Las horas habíansele pasado sin sentirlas, y sin que pudiera, tampoco, recordar lo que pensó en su larga inmovilidad ante la noche profundizada por la sombra de la quinta, donde a ratos palpitaban, como soñando, vagorosos murmullos. Salía de su ausencia en el seno de aquel insomnio, descansada cual si hubiera dormido; mas, también, con la certidumbre de que su vida acababa de recobrar una significación suprema. La tenuidad verdosa del alba aclaraba su pureza con una frescura de ablución. XXI Más, cuando el día entró de lleno, y la luz pareció volcar su copa en el raudal de gorjeos matinales, definiósele un presentimiento de abrumadora seguridad: Suárez Vallejo no va a venir esta tarde. A medida que corrió el tiempo, la paz dominical fue volviéndose odiosa. En la asoleada siesta, de un silencio como campestre por la total suspensión del tráfico, el canto de los gallos insistía con claridad tan sonora, que exasperaba el tedio. La idea tenaz volvía, en cambio, sin un alivio de duda: No va a venir, no va venir. El canto de los gallos era, a la vez, desolado y estúpido. Tanto, pensó Luisa, como los versos que había intentado leer, y cuya artificiosa vaciedad comprendía ahora. Si Suárez Vallejo viniera, se lo diría sin ambages. Porque era así. Pero no vendría. Indudablemente, no. ¡Estúpidos los hombres también, como el domingo, como los gallos, como los versos! XXII Vistióse, no obstante, con minuciosa lentitud, toda de negro, que era como más le sentaba, y dejando un tendal de trajes, aunque el preferido finalmente, antojósele, ya puesto, el peor de todos; pero cuando apareció en el comedor a la hora del te, doña Irene y tía Marta la encontraron preciosa. Su pálida elegancia, agobiada por ligero dolor, era una lánguida perla. Nada más ingenuamente poético hasta lo luminoso, en la pura frente y las mejillas de nitidez virginal; mientras un temblor de apasionadas lágrimas y una divina claridad de esperanza, parecían abismarse a la vez en la inmensidad de los ojos atónitos. -¡Amor de criatura -exclamó doña Irene, -si estás, verdaderamente, digna de un príncipe! -Le prince charmant?... -murmuró ella con malicia melancólica. El presentimiento labraba siempre, allá en el sombrío fondo del alma. De suerte que al regresar Toto de las carreras con la noticia y la excusa, Luisa no se inmutó. Más expresivo fue el mohín de Adelita, cuanto Toto refirió la compañía en que dejara al "profesor". Tía Marta miró a la sobrina con disimulado interés. Su tranquilidad era perfecta. XXIII Los tres días siguientes mantúvose lo mismo, aunque por dentro iba anonadándose con la derruida pesadez de la arena que se aplana. Sin que nadie, ni ella misma lo advirtiera, su conformidad era espantosa. Nada padecía; mas aquella inercia resultábale peor que la angustia. Y por extraña singularidad, sólo un detalle mortificábala realmente: cada vez que partía Suárez VaIlejo, oíase poco después pasar un coche por la esquina. Advirtió que había establecido una relación entre ambos hechos y que el carruaje no pasaba desde el domingo, lo cual volvía más profundo el silencio. Bruscamente, el miércoles por la mañana, mientras sentada en el lecho discurría sobre el incomprensible fracaso de aquella amistad que él turbaba con su rara conducta, el rodar de un coche distante cortó su divagación. ¡Seríale un consuelo tan grande oír, solamente, en la acera los pasos del amigo! La frase de Adelita: "¿Pero qué le daría a nuestro profesor para irse como se fue?" -acudió entonces a su memoria. Abrazóse desesperadamente las rodillas, y más que decírselo, gimió, dilatando sobre la ventana llena de cielo su mirada dolorosa: -¡Qué le he hecho yo, qué le he hecho yo, Dios mío!... XXIV A eso de las once, mientras Suárez Vallejo practicaba en la escribanía, recibió de la tía Marta una invitación telefónica a comer. Su rostro pensativo se aclaró de pronto; y aunque con cierta ansiosa vacilación, no pudo menos de comunicárselo a Cárdenas. -Ya ve, ya ve... Lo que yo decía. Gente decente... ¡Buena! -sentenció el escribano. Y sin añadir nada, aumentóle el trabajo para acortarle así las horas. Suárez Vallejo comprendió, agradecido. Estuvo tranquilo, aunque muy contento; pero esa noche, cuando llamó a la puerta de los Almeidas, debió reconocer que el corazón le saltaba como un demonio. "No es, pues, recurso de novela" -pensó. Comíase un poco más temprano con motivo del concierto. Era la única novedad, aunque Suárez Vallejo creía advertir que todos estaban más amables con él. Experimentaba una satisfacción de regreso, y tuvo que cuidarse de no aparecer demasiado jovial. Sobre todo cuando Adelita le preguntó si eran interesantes las actrices francesas. La alegría de hallarse completamente ajeno a ellas, fue tal, que casi le desborda en incoherente risotada. -El género no me seduce, respondió con desembarazo. Pacotilla de exportación... al pastel. Lo más divertido era oír el francés de Cárdenas. -Demasiado repintadas las damiselas, afirmó Sandoval. -Y demasiado estridentes. Cotorras al fin. Lo gracioso es que una de ellas había ido a dar en la pensión donde vivo. Produjo la impresión de un cartel audaz en aquel vecindario de familias humildes. Pero esto no es nada. A los tres días, alborotaba de tal modo con sus cancionetas, que los pensionistas apelamos ante la patrona, encabezados por el propio M. Dubard. Indescriptible el escándalo de la expulsión en un barrio tan solitario y silencioso. Allá donde la paz de la noche empieza al entrarse el sol, los alaridos fueron tales que hicieron volar a las palomas de los tejados. Qué habría dicho la ofendida, a saber que yo me contaba entre sus verdugos... -¿Era fea?... -preguntó Adelita. -¿Fea?... No, como todas: una estampa convencional de ojeras, rouge y postizos. Luisa callaba con dichosa inocencia, enternecida tan sólo al pensar que en esos viejos tejados anidaban palomas. Volvíale más grata aún aquella impresión de reposo cuando él hablaba. Era, decíase, la confianza que no puede infundir sino una noble amistad como la de Suárez Vallejo; y su regocijo dimanaba de creer que todos los suyos la comprendían. Enteramente de blanco, ahora, una delicadeza infantil parecía sonreírla con frescura adorable, hasta abolir en su gracia la misma feminidad, como si no fuera más que una cándida nubecilla. Con todo, al levantarse los otros para salir, como Suárez Vallejo hiciera a su vez ademán de retirarse: -¿No nos deja lección? -preguntó dulcemente, mientras, pretextando arreglar un fleco de la pantalla, ponía bajo la araña su rostro, para que el reflejo directo de la luz se confundiera con el rubor que le sobrevino. -Pero yo suponía... -balbuceó Suárez Vallejo, asombrado de ruborizarse él también. -Ah, no -dijo Adelita, quien, sabiéndose linda como nunca, y viendo con ello más rendido a Toto, sentíase generosa -no tienes por qué perder la lección, siento tú la más constante. Ya que no vas al concierto... -Y que Marta se queda también... –decidió doña Irene, contenta de hallar alguna distracción para Luisa, cuya actitud de los días anteriores había acabado por inquietarla vagamente. Alzó ella los ojos, dilatados por una súplica cordial que convenció a Suárez Vallejo. En eso, y como la hora avanzaba mucho ya, la madre de Adelita, doña Encarnación, mandó decir que los esperaba a la puerta, en su carruaje. XXV Antes de empezar la lección, mientras la tía Marta distribuía adentro a la servidumbre órdenes y tareas, sentáronse los jóvenes bajo la galería que avanzaba sobre un costado del patio, profunda con la hiedra entretejida en sus pilares. A través de las hojas, donde a veces parpadeaban luciérnagas, velase el ancho damero de mármol, sobre el cual, desde el opuesto muro, desmesuraba un antiguo farol la sombra de las macetas. Muchas veces, cuando Luisa estaba así, de blanco, agradábale la fantasía con que los espectros de las hojas salpicaban su traje, como mariposas negras cuyo vaivén divertíase en provocar al balanceo de la mecedora. Asaltado por penosa superstición, Suárez Vallejo habíale pedido esa noche que evitara el sombrío juego, al notar cómo una de las "mariposas" parecía subir con extraña nitidez hasta sus labios, desde las losas del piso... -¿Y si me negara?... -respondió ella con cierta rencorosa coquetería. -¡No haga eso! Usted misma se causa daño así. No sé de dónde le vienen caprichos tan lúgubres. Impúsole, al decírselo, una noble seguridad, el deber que sentía de cuidarla con vigilante cariño; y otra vez, como aquella tarde infundiéronle una recóndita inquietud sus manos tan pálidas. Luisa respondióle, inclinando como solía la cabeza con suave docilidad: -Tiene razón. Es malo, y nunca más lo haré. Hubo una pausa. -Con que también pudo faltarnos hoy...-murmuró ella con un acento de ronca dulzura que estremeció hasta el fondo del alma a Suárez Vallejo. Quebrado el suyo en temblorosa opacidad, respondió él con una pregunta: -¿La habría molestado que no viniera?... -Molestado, no. Me habría resentido. ¿Por qué no iba a venir? ¿Qué le habían hecho? Esta mañana, poco antes que lo invitase tía Marta, pensé hablarlo yo, con el propósito de preguntarle si no vendría, para irme también al concierto. No lo hice, porque habría sido una mentira... Vaciló un instante. -...Y porque no me oyeran hablar con usted -concluyó de pronto, sintiendo que una angustiosa intimidad la acercaba a él en la sombra. Suárez Vallejo comprendió, a su vez, cuán hondamente la idolatraba. La tía Marta vino a sentarse allá cerca. Una perezosa ráfaga esparció con tibieza de aliento blanda fragancia de jazmines. En ese momento, estalló en la calle, doblando la esquina próxima, violenta disputa. Dos voces alzáronse con soeces injurias. Oyóse un conato de riña, una carrera precipitada... Y de repente, un hombre en cabeza, atravesó, enloquecido de terror, el patio yendo a refugiarse en una de las habitaciones ante él abiertas. Otro pasó casi al instante, persiguiéndolo; titubeó entre dos macetas, detúvose bajo el farol, evidentemente desorientado por las puertas obscuras. Cubríale la cara el ala del gacho, y en su mano alzada aún, brillaba un revólver. Suárez Vallejo, irguiéndose al punto, y tras un imperioso: "¡Adentro ustedes!", enderezó hacia el intruso con decidido andar: -¡No te muevas! El otro, echando un pie atrás, contestó sin bajar el arma: -¡No es con usted; pero no avance, porque tiro! Suárez Vallejo adelantó aún con dos grandes pasos, a los que siguieron sin interrupción dos estampidos. Oyó claramente el pique de las balas detrás de él... Pero estaba ya sobre el agresor, que, dominado, hizo ademán de huir. No le dio tiempo. Mientras con la mano izquierda lo asía por el pecho, tronchábale con la otra, a la vez, muñeca y revólver. Crujieron los cascados huesos, y al potente empellón que lo aplastó como un bofe contra un rincón del patio, sobre su mechuda lividez torciósele la boca en bramido de dolor y de rabia. -¡Quieto he dicho! -insistió Suárez Vallejo, apuntándole ahora con el mismo revólver. En este instante el fugitivo reapareció enarbolando una silla. -¡Quédate ahí, Blas! -ordenó el joven sin volver la cabeza. El desconocido, plantándose en seco, depuso el mueble. Tía Marta llegaba a su vez por el comedor, con la media docena de criadas que había arrancado al lecho o al comenzado desarreglo nocturno, y que sin atinar bien la causa, seguíanla con azorado aspaviento. -¡Qué desgracia, Señor! ¡Todas mujeres! ¡No estar siquiera el cochero! Suárez Vallejo dominó la situación; y guardando prontamente el arma, dijo con sequedad, tras un enérgico chito: -Que se retiren y acuesten. No hacen falta. Es un borracho y se lo llevarán. ¡Cuidado con alborotar a nadie! Las criadas desaparecieron con sumiso silencio. -Mira Blas, continuó, dirigiéndose al otro hombre, que hablase inmovilizado allá como un centinela -busca tu sombrero y anda por el agente de servicio. Que venga con el oficial, para que conduzca seguro a este hombre. Obedecido al punto, dio la espalda al malhechor que continuaba quejándose sordamente. -¡No se descuide así! -suplicó la tía Marta. Pero él apenas la oyó, pasmado ante lo que veía. Luisa, de pie en el patio, destacábase sobre la hiedra del pilar medianero, inmóvil, blanca, al borde mismo de aquella sombra por donde la muerte acababa de pasar. Una de las balas había espolvoreado su cabeza con el yeso del refilón. Y ese candor anómalo, parecía en sus cabellos el reflejo de un esplendor invisible. Desoyendo la orden que la tía Marta acató, aunque para lanzarse en busca de la servidumbre, siguió ella al defensor en peligro, guiada por una súbita certidumbre de salvación. Y allá se estuvo detrás de él, inmortalmente ajena al miedo. Bajo su frente un poco inclinada, la sombra lúcida de los ojos profundizaba su hermosura en cejijunta obstinación de fatalidad. En aquel instante de sobresaltado estupor, Suárez Vallejo la vio flotar lejana y enaltecida. Pero fue la angustia de su amor lo que reprochó adorando: -Luisa, por Dios, ¡qué ha hecho!... Alzó ella la cabeza con leve estremecimiento, y una centella de gloria exaltóse en la caricia de sus ojos. Idealizada como aquella tarde, por fugaz transfiguración, tendióle, sin hablar, las manos. Y fue la ofrenda de un alma el ademán silencioso de sus manos tendidas. XXVI El agente y el oficial acudían, precisamente, al estruendo de los disparos. Nada difícil fue la entrega del reo, sujeto conocido por ambos como peligroso y de mala bebida. Suárez Vallejo advirtióles que al estrecharse con él, habíale notado el tufo alcohólico. No atribuía, pues, importancia criminal al suceso, y consideraba prudente reducirlo a una contravención, para suprimir en bien de la respetable casa su molesta notoriedad. Pidió, con esto, al oficial, que no le dieran la publicidad de costumbre, prometiendo declarar al día siguiente, ya que no podía abandonar de inmediato a mujeres solas, ni el sumario le parecía de urgencia. Consintió aquél, aunque sin duda más cortés que convencido: -Descuide, señor. Procederemos con reserva, por más que al llegar noté que había gente curiosa en los balcones de la vecindad. Si permite, será mejor que salgamos por la cochera... Lo que sí va a ser necesario -añadió por el llamado Blas- es que este hombre nos acompañe para iniciar la prevención. -Nada más justo, señor oficial, y muchas gracias en nombre de todos -respondió Suárez Vallejos. -Únicamente le pediré que, de pasada, permitan a este hombre acomodar su coche... El coche con que trabaja. Anda, Blas, con el señor; y si te detienen por el sumario, mándame avisar a cualquier hora. De lo contrario, búscame mañana a las dos en la oficina... 0 mejor en la escribanía de Cárdenas. -Esta bien, don Carlos. Pero yo quisiera que me permitiese... -añadió, y dientes y ojos blanquearon con grotesca amenidad en su cara negra -que me permitiese pedirles perdón a las señoritas por el mal rato que les di. -Bueno, bueno; estás perdonado. No demores... El delincuente hablase en eso, incorporado. Y mientras pasábanle una esposa a la mano izquierda, dijo con avezada naturalidad: -Déjeme suelta, no más, la otra, que la tengo zafada. XXVII Luisa rehusó por innecesaria la tisana cordial que a indicación de Suárez Vallejo habíale ofrecido la tía Marta. Mientras volvían los ausentes, a quienes decidieron no alarmar adelantándoles la noticia ya inútil, el joven, para distraerlas, refirióles cómo era que conocía al negro de la fuga. -Fue, dijo, en un descarrilamiento hace años. Creo que el doctor Sandoval les ha contado algo de eso... Lo ayudé a salir de entre los hierros de un vagón. Sostienen que le salvé la vida, y me guarda desde entonces una fidelidad de perro. Lo más cargoso es que se empeña en ser mi cochero gratuito y va a buscarme donde esté, si es de noche o un poco lejos. Me ha obligado a transigir, testarudo al fin como buen negro, mediante una retribución mensual. Y ahí me tienen ustedes condenado a carruaje perpetuo, con grave detrimento de mi peculio... y de mi estética -a pesar del boato. Porque se trata de una berlina anticuada, que me da un aire de médico de provincia... -Pobres negros- compadeció la tía Marta -¡son tan consecuentes! Luisa rió callada, sintiendo una admiración pueril hacia ese afecto de pobre. -¿Y por qué querría el otro matarlo? -dijo con interés. -Quien sabe... Tal vez algún intríngulis galante, porque tiene esa debilidad. En suma, es una suerte para él mismo que no cargue armas. -Y también para el otro infeliz, no haberlo herido. -El otro, a pesar de la embriaguez, me parece un pillo de mala entraña. -¡Pobre gente!... -insistió ella suspirando. XXVIII Es de imaginar la sorpresa de doña Irene y don Tristán, que habíala buscado a la salida del concierto, mientras Toto acompañaba a Adelita y a su mamá, en ya evidente anticipo de noviazgo. La señora hablaba de telefonear al doctor, doblemente impresionada por el suceso y por el vago remordimiento de haber dejado a su hija, reprochándose en silencio un excesivo abandono. Costóle a aquella disuadirla, asegurando que nada había sentido, hasta que resolvió en definitiva la inutilidad del llamamiento, un triple enérgico papirotazo de don Tristán a la copa de su chistera. Suárez Vallejo recomendó calma, en resguardo contra exageraciones y comadreos; y después de un relato que abrevió cuanto pudo, retiróse para evitar nuevas expresiones de gratitud. El regreso de Toto renovó la narración y el comentario; y como a pesar de la orden recibida, la servidumbre había permanecido en pie, eran más de las tres cuando estaban todavía en aquello. Luisa hablaba poco, pero era visible su contradictoria inquietud. Sombría y alegre a un tiempo, hacía lo posible por no acostarse; y como invitara a Toto para quedarse juntos en el patio hasta ver salir el lucero, doña Irene exclamó: -¡Pero qué ocurrencia! Lo que te conviene es dormir. Dices que nada tienes, y bien se ve que algo te pasa. Como es natural... ¡Con semejante emoción!... Cohibida de golpe, aceptó la opinión materna, dando las buenas noches con recobrada obediencia de niña. Ya en su habitación, desvistióse en silencio, rápidamente; paseó la mirada con vaga extrañeza por el ámbito; y encarándose ante el espejo con su propia imagen, afirmóse en alta voz: -Lo que me pasa, pobre mamá, es que estoy enamorada. XXIX Como a las once de la mañana siguiente, Luisa y Adelita paseaban por el patio fraternalmente tomadas de la cintura en extremosa intimidad, cuando llamaron a la puerta. Ambas volviéronse a un tiempo. Era el negro de la víspera, que avanzaba por el zaguán con un ramo de rosas y de azucenas. Una criadita acercósele, y él presentó las flores esbozando una genuflexión, mientras reía con todos sus dientes: -Para la señorita -acertó a decir, confuso, hasta malograr a ojos vistas el cumplimiento que traía preparado. Y como la mirada de la chicuela vacilara entre las dos: -Para la niña... -apoyó con una indicación de cabeza hacia Luisa. - Para la novia de don Carlos -precisó, más cohibido aún, y tomó la puerta casi corriendo. Las tres echáronse a reír de buena gana ante la ocurrencia. Pero Adelita evitó mirar a su amiga, presintiendo, sin saber por qué, el rubor que habíala encendido. XXX Desde el despacho interior donde por fineza de Cárdenas trabajaba solo, en el segundo piso de la escribanía, Suárez Vallejo, asomándose a la ventana de reja que dominaba el extenso patio y el portal sombrío de aquel anticuado caserón, vio que Blas acudía con su habitual puntualidad. Dicha ventana conservaba desde un tiempo en que la habitación fue dormitorio del escribano, los visillos y una cortina de felpa granate que pendía a un costado, arrastrándose en polvoriento desuso. Aunque Suárez Vallejo intentara disimularse todavía la intensidad de su propio cariño, el recuerdo de Luisa dominábalo de tal modo, que al sentir los pasos, el polvo acumulado en un pliegue de la cortina, renovóle con punzante vivacidad la impresión del yeso en los cabellos de la joven. -¡La que me hiciste anoche! -reprochó un poco atropelladamente a Blas, apenas lo vio en la puerta. Ya sé que ahora a las cuatro vas a declarar ante el juez. Andá tranquilo. Estás bien recomendado. Pero ¡meterse así en una casa respetable! ¿Qué miedo te entró?... ¿No tenías armas? ¡Y qué cuestión era esa...! Con un individuo de esa calaña... ¡Polleras seguramente!... -¡Si nunca cargo armas, pues, señor!... ¡Cómo iba a pensar! ¡Y por unos miserables pesos!... Una deudita que tengo con unos vecinos. El se encargó del cobro, metiéndose de puro malo... Y porque no quise tratar con él -¡cuándo es juez ni procurador! -ya sacó el revólver. Me aventuró, y me asusté don Carlos... Pa qué lo voy a negar... Pero las niñas ya me habrán perdonado... Y usted también... Qué se van a fijar en el mal paso de un pobre... Y por eso yo... esta mañana... -¿Esta mañana qué? -Llevé allá un ramo de flores. -¿Un ramo?... ¿Allá?... -Sí, pues. ¡Unas azucenas y unas rosas más lindas!... Estuve por presentarlo en su nombre... Después no me animé. -¿Y quien te autorizaba a meterte en eso? -Como usted le dijo a don Fausto el otro día... ¿no?... cuando volvíamos del hipódromo... que andaba... que andaba... Bueno, que tal vez le faltaría regalar unas flores... Y yo supe que le había ido mal en las carreras... Entonces... -¡Magnífico! Entonces tú te entregaste al derroche en mi lugar, como un potentado. -No, don Carlos, no. No fue por ponerme en su lugar. No fue, señor, ni tiene importancia. Poco es lo que eso me cuesta. Yo tengo un crédito a plazos con aquel jardinero... -usted se ha de acordar- Giacomo Sassone, que es casado con una parienta mía... Suárez Vallejo echóse a reír ante la serie de galantes compromisos que ese crédito suponía; más casi al punto lo inquietó una sospecha: -¿Y a quién llevaste el ramo? -A quien va a ser, pues... A la niña... A su novia... El joven se exaltó con indignada alarma: -¡Qué barbaridades son las que estás ensartando! ¿De dónde sacás eso? ¡A qué has ido a decir allá...! Blas retrocedió un poco: confuso, pero convencido: -De dónde quiere que saque... Pero uno compriende, pues, señor... -¡Te advierto, pedazo de imbécil, que esa niña no es mi novia! Bajó la cabeza, y blanqueando ojos y dientes con humilde malicia: -Cómo no va a ser... ¡Si es tan linda y tan valiente!... En lo recóndito de su alma, Suárez Vallejo vaciló entre darle un empellón o un abrazo. Pero, insistiendo en su severidad: -Bueno, entonces. Te prohíbo hablar una palabra más de todo esto. Lo que yo quiero decirte es... -Sí, don Carlos rió francamente -que no haga cosas de negro... -Y que tiene que respetar a esa señorita... -Sí, don Carlos -interrumpió otra vez, enclavijando las manos con veneración. -Sí, don Carlos: como a una virgen de altar. En su ingenua humildad, creía que se lo ordenaban, porque a una señorita así, debía ofenderla hasta la alabanza de un negro. XXXI Claro está que el viernes, las muchachas esperaban a Suárez Vallejo con la broma. Pero él se mostró evasivo hasta la frialdad. Don Tristán, que asistía por primera vez a las lecciones, había dicho con una entonación de indefinible alcance: -¡Habráse visto ocurrencia de negro!... Toto estaba displicente; y aunque su desagrado estribaba en que la noche del concierto, Adelita viéndolo más decidido, abusó adrede para coquetear en los intervalos con cierto galancete ocasional, declarándolo amigo de la infancia, Suárez Vallejo atribuyólo al mismo asunto. Conforme siempre ocurre entre las personas de buena educación, la violencia separaba. El joven comprendía que, a pesar de cualquier mérito, nunca resulta lucido el papel del héroe policial. Retenidas quién sabe por qué ocupaciones, doña Irene y su hermana retardábanse adentro. Para mayor contrariedad, el episodio había trascendido, a pesar de las precauciones. No se hablaba de otra cosa entre la servidumbre del barrio y de la policía debió salir algo también; y por reacción comprensible, la misma reserva deformábalo ya todo, cuarenta y ocho horas después. Esa tarde no más, los compañeros de oficina, para enfadar al protagonista, sacándole de mentira verdad, narraban una novela cursi, en la cual Luisa era la víctima heroicamente salvada de una misteriosa agresión. Encogiéndose de hombros ante la habladuría, sin refutarla, que era tal vez lo mejor, dirigióse aquél a la casa de los Almeidas; pero cuando estuvo próximo, no pudo menos que advertir con disgusto caras curiosas en balcones y portales. Pasmada ante esa actitud, para ella absurda, Luisa agravaba con su silencio, que parecía una participación, la severidad de Suárez Vallejo. ¿Por qué, otra vez, poníase así con ella?... ¿Qué tenían todos para estar con ese gesto? La lección desarrollábase fatigosa, insípida, visiblemente apremiada por el profesor, cuando entró doña Irene. Abrazando por detrás la cabeza de Luisa, que con lánguida gracia se abandonó a aquel mimo, su inquietud maternal, revivida a cada momento, volvió, intempestiva, sobre el asunto: -Qué alegría verlos otra vez así, como si nada hubiera pasado... Oyóse distintamente en el comedor el timbre del teléfono. -Son, de seguro, amigos que felicitan... Tienen razón. La verdad es que fue providencial la presencia de Suárez Vallejo. El joven comprendió, al acto, la necesidad de eludir de cualquier forma su intolerable mérito. -No era la serenidad lo que aquí faltaba, repuso en alabanza de Luisa; pero con tal desapego, que esta palideció, cerrando los ojos como ante un golpe inevitable. Doña Irene estrechóla con más viveza: -¡Encanto de mi vida! Diga Suárez, diga cómo la vio cuando se dio vuelta. -Pero, mamá... -suplicó ella casi gimiendo. -La verdad, afirmó el otro falseando más la situación - la verdad es que recordaba a Nausícaa cuando apareció Ulises náugrafo y huyeron las doncellas... -¿Dónde es eso?... -preguntó vagamente don Tristán, a quien la cita había causado una mortificante impresión de ridiculez. -En la Odisea, uno de esos poemas formidables que le gustan a la señorita, según afirma Toto... Pero éste respondió esbozando tan sólo un vago ademán, mientras proseguía en voz baja su conversación con Adelita, cerca de la ventana. Doña Irene miró a su vez con asombro a Suárez Vallejo. Luisa respondióle con naturalidad: -Verá hasta dónde soy ignorante. No he leído la Odisea. Empecé la Ilíada, pero me aburrió y la dejé. Había tanta inocencia valerosa en su mirada y en su voz, que él tuvo, clara, la noción de la injusticia. Iba a replicar algo, arrepentido ya, cuando se oyó en el zaguán un rumoreo de visitas que llegaban. Barruntando su objeto, aprovechó la coyuntura para escaparse, toda vez, dijo rápidamente, que la lección tocaba a su fin. En el ligero atropellamiento que se produjo, al levantarse todos cuando aquéllas entraron, Luisa allegó se a él. -Hasta el domingo, murmuró para él sólo. Y como creyera verlo vacilar: -¿No?... -apoyó con un soplo, temblorosa, sin atreverse a mirarlo. -Hasta el domingo, contestó él resueltamente en el mismo tono, y salió sobre la avenida con el paso triunfal de la dicha reconquistada. Todo su fastidio desvanecíase en una certidumbre deslumbradora. Había ya un secreto entre ambos... XXXII Tuvo ante Cárdenas, no obstante, una explosión de mal humor: -Mire, hágame el favor de esconderme por ahí a Blas, porque no sé si me contengo cuando lo vea. Le debo toda mi desgracia. Me ha creado una situación desagradable, me ha hecho héroe de folletín, novio... ¡qué sé yo! Un idiota, ¡un verdadero idiota! -No creo nada de eso. Lo que hay, no más, es que la chica le gusta mucho. -Bueno, sí; es verdad; me gusta. Y por lo mismo -usted se va a asombrar, tal vez a burlarse- por lo mismo, tengo que inventarme una ausencia. Hay que evitar que esto acabe mal... Como puede suceder... Porque ni yo tengo cómo..., ni ellos consentirían nunca... Conmigo... usted me comprende. -Yo no veo lo mismo. Es una exageración. Si la chica lo quiere, usted no tiene más que hacerse de su carrera consular. Y para no andar con venias judiciales y escándalos de esos... Detúvose un instante: -¿Qué edad tiene? Debe andar por los veinte años. -Va cumplir diecinueve. -¡Diablo! Es un poco largo, pero qué se le va hacer. Yo también opino que don Tristán no ha de consentir. Es hombre de principios... Como todos los débiles -dijera mi tío... -Pero esto es hablar por hablar, amigo Cárdenas. Vea lo que he pensado. En el ministerio hay que comisionar alguno, o algunos, para la inspección de dos viceconsulados de frontera que parecen haberse convertido, por abandono, en dos sucursales de contrabando. Nadie quiere ir, porque se trata de lugarejos miserables y de un trabajo engorroso. Si pido eso, lo consigo en el acto y me gano un derecho a la futura designación... Cárdenas meditó un instante, acodándose sobre el bufete. -Está bien pensado para la carrera. Y es muy suya la ocurrencia. Fuera de que como notario ya nada tiene que aprender. Pero no lo haga sin hablar con la muchacha. No la va a olvidar con irse, y en semejantes lugares... Y para mejor la deja enamorada, y vaya la pobre a sufrir por usted. ¡Quién sabe!... -Si lo que busco es no hablarla, precisamente... El escribano púsose a mirar un rincón del techo, mientras se metía con el pulgar una punta del bigote entre los dientes. Luego, bajando los ojos con simpatía sobre él: -La quiere mucho, amigo Vallejo. La quiere mucho. XXXIII Las dos lecciones siguientes parecieron restablecer la normalidad; y el miércoles por la noche, Suárez Vallejo comió como antes con los Almeidas. Tía Marta había intervenido, para reprochar a todos la injusta frialdad que sobrevenía hacia él, como si no se tratara, dijo, de una noble acción disimulada con tanta modestia. Pero desde el pasado viernes, acaso con motivo de alguna insinuación de aquellas visitas cuyas miradas de mal contenido interés recordaba con ansiedad, Luisa sorprendió entre doña Irene y su hermana conciliábulos nocturnos. Iluminada por su amor, ahora oculto como un secreto precioso, comprendió que de eso mismo se trataba; y temblando ante un riesgo cuya gravedad presentía invencible, no vaciló un instante en cometer la acción que había tenido, hasta entonces, por suprema vileza. Espió desde la puerta intermedia, pegada a la sombra, sin rubor y sin miedo, en esa tensión de voluntad tremenda que sobre un hilo, un tiritante hilo de esperanza y de dolor, defiende al ser adorado contra las potencias de la fatalidad. Tratábase de discernir si alguna inclinación hacia Suárez Vallejo podía nacer en ella. Pero hasta entonces, al menos, la tía Marta nada había notado. Ambas hermanas convenían, por lo demás, en que dado el carácter de Luisa, cualquier contrariedad, sobre todo si era injusta para él, podía provocar el temido efecto. Lo mejor, puesto que nada se advertía, era seguir como hasta entonces, y apresurar, acaso, un verano separador, dado lo prematuro de la estación calurosa. La impresión del peligro templó a Luisa con dura limpidez. Sólo su mirada, de valerosa y sombría fijeza, aseguró al amado la irrevocable fe en la fugacidad de dos instantes propicios. Pero él, desconcertado por su actitud, recaía en la pasada decepción. El domingo, sobre todo, no había cambiado fuera de la lección una palabra con él. Abstraíase como al principio en aquella luz remota de su propia mirada. Entonces decidió pedir en definitiva la comisión de visitar el consulado sospechoso, el peor, el más lejano, con que así se prolongara su ausencia. Obtúvola sin dificultad, como esperaba. XXXIV Al final de la comida, el miércoles, Luisa que tal vez le pareció más indiferente o más contenta, lo que venía, en suma, a resentirlo con igual sinrazón, díjole que acababa de leer la Odisea. -He hallado una cosa muy curiosa, añadió, dirigiéndose al doctor Sandoval que paladeaba cerca de ella su café; una cosa que no quise decirle cuando chica, porque ustedes se burlaban de mí. Las almas de los pretendientes, que se llevó Mercurio, daban chillidos de murciélago. Así mismo oí yo el alma de la chica -¿recuerdan? que se murió en el hospital. Refiriólo sin ironía ni afectación, fijando en Sandoval su clara mirada. Desde muchos años ya, nunca había vuelto a hablar de eso. El doctor preguntóle si estaba bien segura de no haber leído antes la referencia, fuera del poema mismo. Bien segura. Pero, no fuera a creer que volvía a sus rarezas infantiles. Al contrario; pensaba distraerse un poco más, conforme se lo tenía recomendado. Iba a hacerse socia del Corazón de María, donde las muchachas proyectaban reunirse a coser para los niños pobres. -Los jueves y los sábados, añadió con naturalidad. Suárez Vallejo, a quien no había mirado, sintió una recóndita impresión de consuelo. XXXV Puesto el oído en la puerta obscura que daba sobre el costurero maternal, comprendió Luisa que su actitud había acabado por desvanecer toda sospecha. Doña Irene y tía Marta llegaban a idéntica conclusión. En la nocturna serenidad dio las once un reloj lejano.Un divino soplo de amor palpitaba en la sombra inmensa.La tía Marta hablaba con melancólica lentitud, como meditando: -Mejor es así, ¡pobre criatura! Tienes razón, Irene... Porque... aun cuando la necesidad lo imponga... ¡puede ser tan grave contrariar un afecto!... -Y aunque no llegara a ese punto. Pero qué violencia tener que despedirlo con algún mal pretexto, o con un desaire, siendo tan caballero, tan culto, tan simpático... Y no habría remedio... Por eso era mejor hablar, prevenirse... Tristán, a pesar de su blandura, es en esto más intransigente que yo. Como todos los caracteres impresionables cuando se aferran a un principio. Ese joven... -Pero yo no me refería a él. El hombre lucha, padece; pero anda, se distrae. El alma de toda mujer digna del amor, es siempre una tragedia desconocida. Porque hay un misterio que sólo el dolor enseña: muchos son los que pueden querernos, sernos fieles, darnos hogar, hijos, consideración, fortuna. El que puede revelarnos el amor es uno solo. Y con frecuencia, también, uno que pasa o que no llega. -¿Y a qué viene, Marta?... La otra continuó sin responder: -Ese amor puede no ser placentero... Causarnos a veces la vergüenza... Quizá la muerte... ¡Pero es la dicha! La dicha, que alcanzada aunque sea un instante, vale todo eso y encanta la vida entera. Con qué facilidad contrariamos un afecto ajeno... La facilidad criminal de la puñalada... -Pero nuestra honra... Las obligaciones de nuestra clase... -Ahí está la tragedia. El honor del hombre arriesga y lucha. Mata o muere. Porque saber morir, eso es el honor. Para nosotras no hay dilema. No hay más que morir. Morir del alma, que es la verdadera muerte. Y para eso basta un instante. La felicidad tiene su día sobre la tierra. Un día no más... Y cuando pasa... La honra, el deber, son imposiciones de los otros. Los indiferentes... No niego que tengan razón. Pero ¿bastará tener razón para imponer una desdicha irreparable? -La vida se rehace... El error sentimental de la juventud o de la pasión se repara... -No se rehace. No se repara. El secreto de la tragedia a que nacemos destinadas, está en que la mujer no quiere sino una vez. Vive fiel a ese único amor, o muere sin haber querido nunca. Esto no lo saben o no pueden entenderlo las dichosas que han cumplido su destino. Y no lo digo por reproche. Al contrario... Pero una vez, la primera y última, he querido satisfacer mi conciencia. Calló un instante. La noche profundizábase más tranquila y más pura. -Mejor -repitió volviendo a su frase inicial -mejor es que Luisa nada haya sentido. Un afecto imposible o desigual la mataría. Me causa, no sé por qué, la ansiedad de los seres predestinados. En la sombría frescura de la serenidad, vibraba como un canto lejano el silencio transparente de la noche. -¡Dios mío, Marta, me horrorizas sólo con decirlo! Cuando pienso lo que sería para Efraim, para Tristán... Enamorarse así... De un hombre... sea lo que sea... personalmente... Pero sin familia... sin padre conocido... Bajo la impresión de haber estado soñando, Luisa encontróse en su aposento, temblorosa y helada. Había huido como un soplo ante la brusca revelación. ¡Era eso, entonces! Todos, la misma tía Marta que acababa de hablar con tanta nobleza, hallábanse dispuestos a la iniquidad. Todos, todos, la sociedad entera, contra él solo, contra uno solo que no era culpable. Allá en el seno del silencio y de la sombra, tendida en su lecho, fijos los ojos en la tenebrosa pureza palpitada de estrellas que consentían desde la eternidad, juró la constancia heroica, la trágica entrega, alma por alma, dolor por dolor, falta por falta si lo exigía su fe, abriendo los brazos con irrevocable ademán a su amor y a su destino. XXXVI Pasó dos días muy atareada, buscándose pretextos para evitar la soledad y caer, de noche, rendida. Huía de su propia esperanza como ante un riesgo mortal que era, a pesar de todo, la espantosa incertidumbre: ¿Comprenderá?... ¿Por qué me miró así? ¿Por qué ha cambiado de repente, con tanta indiferencia?... ¿Comprenderá?... ¿Comprenderá que lo querré siempre, sin pedirle nada, ni siquiera su afecto?... Y esta resignación, casi suave al principio, paralizábala bruscamente en un atroz desamparo. Asistió el jueves, con dedicación ejemplar, a la costura para los niños pobres. El viernes hizo con doña Irene la guardia del Santísimo Sacramento. Cuando volvió para la lección, dejando, de paso, a la señora en otra cofradía que reclamaba su presencia, supo que Adelita había telefoneado la excusa de no concurrir, porque doña Encarnación la necesitaba. Toto, que salía en eso muy elegante y perfumado con aquella esencia Jockey Club, que no le gustaba, pero que la chica habíale impuesto como prueba de amor, declarando insoportable cualquier otra, reveló el verdadero motivo de la ausencia a su hermana, quien lo zahería por demasiado doloroso: -¡Pretexto!... -dijo con irónica resignación. Pero bien comprendes que no voy a jugarme su cariño por un capricho o unas gotas de extracto. Se ha dado por resentida conmigo, que soy el ofendido en realidad -política muy femenina por cierto- y me exige que vaya a verla. Y como es muy bonita y la quiero mucho, iré. En suma, es ella quien debe tener razón. ¿No te parece?... -Ojalá sea cierto que la quieres como dices. Esto es lo importante. -¿Y que ella me quiera?... ¿Eso no?... -Me haces víctima de tu fastidio. No te siento enamorado. Bien enamorado. Piensas como un viejo: "las mujeres tienen siempre razón...”. Un enamorado podrá decir disparates, pero no lugares comunes. Toto le acarició la barbilla: -Estás preciosa y te admiro. Retiro mi frase, en homenaje a tu sabiduría. ¡Bravo, señorita! Razona usted sobre el amor como si estuviera enamorada. Y ya en el zaguán: -¿Qué le digo a Adelita?... -¡Que la quieres mucho! Sintió de golpe, como un alivio, el encanto de aquella despreocupada simpatía. XXXVII La tarde hablase nublado con calurosa densidad; de suerte que cuando Suárez Vallejo entró, el salón estaba casi oscuro. Toda la angustia de Luisa desapareció. La butaca habitual renovábale aquella confiada blandura de reposo, unida a una franca satisfacción de que la tía Marta demorara allá adentro. Puesta enteramente de negro, en homenaje a la devota "guardia", había conservado su capelina de terciopelo, más por olvido nervioso que por coquetería, aunque consciente ya de saberse linda para él. En la penumbra que, al fondo, el ébano del piano desteñía con difusa luminosidad, era toda ella una larga sombra, cuya mancha precisaban, apenas, como dos toques a contraluz, el vago nácar de la frente, y abajo, en incolora pincelada, el reflejo curvo del escarpín. Su propia alma parecía exhalarse en la levedad sombría del ámbar. Quietud y silencio realizaron un instante en la eternidad la perfección de la poesía. Luisa dejó caer sobre el regazo su mano de nítida palidez. Y con aquella voz de ronca ternura en que arrullaba la inocencia de su abandono: -¿Era muy chico, todavía, cuando se quedó huérfano?... Suárez Vallejo se estremeció profundamente. -Muy niño, respondió con asombro casi huraño. Tanto, que ni siquiera recuerdo a mi pobre madre. Dijo "pobre" con sombría altivez, como defendiendo al acaso doliente memoria. Luisa afirmó con mayor dulzura: -Yo la habría querido mucho. -No lo dudo, porque usted es capaz de toda bondad... Como de toda valentía. -¿Lo dice por lo de la otra noche? –preguntó ella, estremeciéndose violentamente a su vez. Y con voz más opaca, pero más firme: -No fue miedo ni valor. Sentí que tenía que seguirlo hasta la muerte. Las manos encontráronse con temblorosa intimidad. -¿A mí?... ¡Luisa!... ¡A pesar de todo!... Debo creer entonces... Su actitud respondía mejor que toda palabra. Echada la cabeza hacia atrás, vencidas las pestañas por una sombra misteriosa de ensueño, el alma, visible en la tenue palpitación de los párpados, entregábase en la boca entreabierta con la delicia casi dolorosa de un éxtasis. Un soplo tan leve, que no llegaba a suspiro, tembló en sus labios. La embriaguez de la vida imploraba en aquella sed de sumisa paloma. XXXVIII Salieron de los besos como divinizados por luminosa fuerza, convulsos de abismo, en un asombro de resurrección. Por el rostro de la joven rodaron con lentitud lágrimas claras y ligeras. -¡Luisa, mi amor querido, no llores!... Pasóse ella, con sorpresa infantil, la mano por las mejillas. -Si no lloro... Si es que... Si es que he sufrido tanto por... -Por ti... -murmuró él con mimo. -¡Y es tan bueno llorar dichosa!... -¡Luisa, mi cariño, mi amor del alma! Bajo las lágrimas que corrían aún, su rostro encendióse con celestial sonrisa. Puesta, ahora, de pie, refugió la cabeza en el pecho amado, rendida con segura intimidad al brazo que la rodeaba: -¡Quererlo así!... ¡Quererte siempre! XXXIX La vida de Luisa aclaróse, como lejana, en una deslumbrada melancolía. Ajena a todos y a todo, aquella misma habitación tan íntima, donde había soñado desde la niñez, mirábala con desabrida extrañeza. El día siguiente a la confesión del amor, amaneció lloviendo. El rumor del agua fue propicio al dichoso azoramiento de su despertar. Parecía la continuación del sueño dulcísimo, logrado tras las semanas de angustia. Tan profundo en su levedad, que volvió a la luz con un sobresalto de desvarío. Un deslumbramiento de felicidad anegó su ser. "Luisa, mi cariño, mi amor del alma", repitióse con apasionado asombro, cerrando los ojos, para poseerla mejor, a la certidumbre de su cariño. Pasó largas horas ante la ventana, intentando, más que consiguiendo, hilvanar a ratos alguna pieza de la caritativa costura; absorta realmente en el pausado rumor de la lluvia sobre los árboles tranquilos. ¡Hacía tanto bien al alma su lenitiva tristeza! ¡Decía y guardaba con tanta suavidad a la vez su tierno secreto!... Su secreto sin confidencia posible, y más dulce y más puro así, puesto que todos hallábanse dispuestos a condenarlo. ¡Qué importaba, si sabían quererse bien! A despecho de todo, silencio, desconfianza, error, se habían querido. Embebía una distracción tan llena de él, que el alma se le iba con blandura irresistible en la efusión de la lluvia, como si fuera el derretimiento dulcísimo de su nieve virginal al delicado mimo con que él la enamoraba. ¡Cuán tiernamente contábaselo la lluvia! Volvieron a rodar por su rostro las lágrimas luminosas de la dicha. En los hilos de la lluvia lloraba también el amor su eterna quimera... Al entrar esa noche en el comedor, estaba tan linda, que doña Irene sintió exaltarse una vez más su orgullo materno. -Ya vez cómo te sienta salir un poco. Pareces una flor, aunque te noto lánguida todavía. Se conoce que estás contenta. -Soy muy dichosa, mamá -respondióle con sencilla dulzura. Don Tristán contemplóla no menos satisfecho; pero como su mirada insistiera un poco, ligero fuego animó sus mejillas. -Yo te encuentro, sin duda, mejor semblante- dijo aquél. -Y es verdad -intervino Toto chanceando-. Una carita de novia. La risa de la joven brotó espontánea, si bien con claridad un tanto excesiva: -¿Y cómo son las caras de novia?... -Psh... ¡Cómo son!... Como los caramelos rosados. Una mezcla de ángel y de muñeca boba. -¿Tienes alguna en vista, para comparar con tanta exactitud?... Y animándose con picaresca volubilidad: -¿ Te gustaría que estuviera yo de novia? ¿Con quién?... Veamos... -Con un príncipe, nada menos -afirmó la tía Marta en tono de cómica solemnidad. -Transijo hasta con un duque -repuso Toto, continuando la broma. La joven volvió a estallar en una risa casi luminosa de cristalina: -¡Mándame traer uno papá! Ambas hermanas miráronse satisfechas. XLI Bromeaban aún con lo de la cara de novia, cuando entró Sandoval, a quien prodigaron, como era justo, las felicitaciones por el éxito de su prescripción. -No es mucha ciencia recomendar aire libre y ejercicio. Pero a mi vez te felicito, Luchita. Será o no así la cara de novia... Lo que yo sé es que con ésa, más de un novio te va a salir... Sorprendióse de experimentar un recóndito dolor al eco de sus propias palabras. Comprendiendo que iba a quebrársele la voz, calló de golpe; y bajo el silencio que sobrevino, su rostro adquirió, pronunciada como nunca, la ruda fiereza que le era entonces peculiar. A doña Irene le pareció que enflaquecía de pronto, como excavado por interno derrumbe. Mientras reponíase de aquella anómala emoción, prolongado el paladeo de su café, miraba a Luisa de soslayo sobre el borde de la taza. Ganada por su abstracción habitual, vencíala ahora una suavísima plenitud de azucena. Eran los ojos lejanos de siempre, los mismos, sin duda. ¿Por qué no?... Lo cierto es que su mirada parecía abismársele hacia adentro en la contemplación de una luz profunda. Sobre aquella delicia absorta, una sonrisa que no llegaba a definirse materialmente, difluía en cándida gracia su vaguedad. "Ama -pensó él con desgarradora clarividencia- ama o va a llegarle la hora de amar". Y con violenta arrancadura de cepa, sangróle bárbaramente, hasta írsele en palidez mortal, la angustia del corazón mordido. Tan singular fue aquel trance, que casi al punto reaccionó en asombro. Su voluntad enderezóse como un látigo. -Mal tiempo -dijo; -pesado, fatigoso... Acabo de sentir un vago mareo... -Sí, está muy pálido -afirmó Toto. -No será nada. Vamos Tristán. El aire y la marcha me harán bien seguramente. Por la puerta que acababan de entreabrir, azuleó afuera un ancho relámpago. -Va a seguir lloviendo -advirtió doña Irene. -No importa; vamos, Ignacio. El coche nos seguirá. ¿Vienes Toto? -No, papá, no salgo esta noche. Y en voz baja, para que sólo su hermana oyera: -Estoy penitenciado... -añadió con malicia cordial. -Me alegro, dijo ella del mismo modo. Aquel secreto estremeció con nuevo sobresalto el alma dolorosa de Sandoval. XLII -¿Han advertido qué delgado está? -dijo por él doña Irene. -Es que trabaja demasiado, repuso Toto. Ahora habría que recomendarle a él un poco de ejercicio. Consultorio, visitas, cátedra, hospital... Y de un tiempo a esta parte, laboratorio sin perdonar domingo. Se mata estudiando, junto con los muchachos de la Facultad, que lo adoran, aunque los tiene aplastados de tarea. "Es un verdadero sacerdote de la ciencia", me decían, ayer no más, Emilio Beltrán y Arturo Miranda. Y animado él también por la admiración y el afecto, refirióles que en ese momento costeaba el doctor de su peculio y dirigía personalmente, la investigación del nuevo método curativo ideado por un biólogo francés, Quinton, quién había descubierto que los actuales seres terrestres, inclusive el hombre, son originarios del mar, y que el recobro de la salud había que buscarlo en dicho elemento. La sangre no era más que agua marina coloreada por un óxido de hierro y conservada por las venas por los animales que se retiraron del agua, con el mismo tenor de sal y la misma temperatura que el mar tenía en los tiempos primitivos. De suerte que la reposición del equilibrio vital perturbado en el enfermo, podía ser una tonificación marítima. Verificaban ya la teoría curas realmente estupendas de la anemia y la tuberculosis, mediante la transfusión directa de agua de mar o de sueros equivalentes cuya preparación estudiaba el doctor... Pero como advirtiera la distracción de. Luisa: -Lo cual prueba, señorita -exclamó mientras le cascaba junto a la nariz una castañeta que la estremeció, como despertándola -lo cual prueba científicamente que las mujeres descienden de "las sirenas de engañoso canto", como dijo el poeta... -¡Y los hombres de los tiburones!... -rió doña Irene con su buen humor habitual. Toto le plantó con carino burlón dos besos en las mejillas. XLIII Suárez Vallejo y Luisa aprovechaban con gran prudencia las ocasiones de hablarse. Muchas veces no podían hacerlo; pero esa misma palidez ardiente de una llama esencial y las almas iban desposándose por los ojos en el apego de una dulcísima aflicción Enterado por ella de la oposición que presumía, y que nada, seguramente, lograría vencer, impusiéronse como primer sacrificio el secreto de sus amores. "Nuestro tesoro escondido" había dicho ella con mimo delicioso. Todo seguiría igual, sin aparentarse mayor indiferencia, sin escribirse, salvo en casos extremos, para evitar la infalible traición de las cartas, sin buscar otras ocasiones de encontrarse, ni variar por parte de Luisa la resolución de distraerse que aconsejaba el doctor. Así, hasta que ella, dueña de su albedrío... Mas una sombra fatídica obscureció su frente. Suárez Vallejo sintió desvanecerse la voluntad en la palidez de las manos que acariciaba -Te he dado mi vida, afirmó resuelta; y si tú lo dispones, si debe ser así, esperaré... Pero tengo miedo. -¿Miedo, mi amor?... -Sí; no sé de qué... Del destino... Del misterio... -La injusticia con nuestro cariño te inclina a los presentimientos. -No es presentimiento... Acogióse a él con intimidad casi espantada: -Es que esta dicha es demasiado grande par