libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Montgomery, L.M, (1874-1942) Lucy Maud Montgomery nació en 1874 en Clifton, isla de Prince Edward, Canadá. Quedó huérfana de madre a los dos años de edad y se educó con sus abuelos maternos en Cavendish. En 1890 fue a vivir con su padre, que se había vuelto a casar, pero no logró adaptarse. Cursó luego estudios universitarios y trabajó como maestra en varios pueblos de su isla natal. En 1898 regresó a Cavendish para vivir con su abuela. En 1902 se desempeñó como periodista del Daily Echo de Halifax. Pero fue en Cavendish donde creó la famosa saga de Anne. Al morir su abuela se casó con el reverendo Ewen MacDonald, estableciéndose en Ontario primero y luego en Toronto. Tuvieron dos hijos. La señora Montgomery escribió más de veinticinco libros que se han convertido en clásicos de la literatura juvenil universal. Murió en 1942. Lejos estaba de imaginar que luego de la guerra su obra sería inmensamente popular en Japón, desde donde aún hoy peregrinan turistas hacia su querida isla en busca de la mítica Tejados Verdes. ANNE, LA DE LOS ALAMOS VENTOSOS L. M. MONTGOMERY El primer año 1 (Carta de Anne Shirley, bachiller en Artes, directora de la Escuela Secundaria de Summerside, a Gilbert Blythe, estudiante de medicina de Redmond College, en Kingsport.) Álamos Ventosos, Calle del Fantasma, Summerside, IPE, Lunes 12 de septiembre Querido mío: ¿Qué te parece mi dirección? ¿Alguna vez oíste algo más delicioso? Álamos Ventosos es el nombre de mi nuevo hogar, y me encanta. También me encanta la Calle del Fantasma, que no tiene existencia legal. En realidad, se llama Calle Trent, pero nadie usa ese nombre, excepto el periódico Weekly Courier, las pocas veces que la menciona, y entonces las personas se miran entre sí y dicen: "¿Dónde es eso?" Es, entonces, la Calle del Fantasma... aunque por qué motivo no podría decirte. Ya se lo he preguntado a Rebecca Dew, pero lo único que sabe decirme es que siempre se ha llamado Calle del Fantasma y que se contaba una historia, hace años, acerca de que estaba embrujada. Pero ella nunca ha visto nada raro allí, salvo a sí misma. Pero no debo adelantarme en la historia. Todavía no conoces a Rebecca Dew. Pero la conocerás, claro que sí. Intuyo que Rebecca Dew figurará ampliamente en mi correspondencia futura. Es la hora del crepúsculo, querido mío. (A propósito, ¿no es preciosa la palabra "crepúsculo"? Me gusta más que atardecer. Suena tan aterciopelada, llena de sombras y... y... crepusculosa.) De día pertenezco al mundo... por la noche, al sueño y a la eternidad. Pero a la hora del crepúsculo, estoy libre de ambos y me pertenezco sólo a mí misma... y a ti. De modo que reservaré esta hora sagrada para escribirte. Aunque ésta no va a ser una carta de amor. Tengo una lapicera cuya punta hace rayones y no puedo escribir cartas de amor con una lapicera así... ni con una lapicera de punta afilada... ni de punta roma. Así que sólo recibirás esa clase de cartas cuando tenga la lapicera adecuada. Mientras tanto, te contaré acerca de mi nuevo domicilio y sus habitantes. Gilbert, son tan encantadores. Vine ayer en busca de un lugar donde hospedarme. La señora Rachel Lynde me acompañó, ostensiblemente para hacer compras, pero en realidad, lo sé, para elegirme un sitio donde vivir. A pesar de mi curso de Artes y mi título de bachiller, la señora Lynde sigue pensando que soy una cosilla inexperta que necesita ser guiada, dirigida y supervisada. Vinimos en tren y, oh, Gilbert, tuve una aventura de lo más graciosa. Has visto que siempre las aventuras vienen a mí, sin que las busque. Parecería que las atraigo. Sucedió justo cuando el tren entraba en la estación. Me levanté y, al inclinarme para recoger la maleta de la señora Lynde (planeaba pasar el domingo con una amiga en Summersíde), apoyé los nudillos pesadamente sobre lo que me pareció que era el brilloso brazo de un asiento. Un segundo después, recibí un violento golpe en ellos que casi me hizo chillar. Gilbert, lo que creí que era el brazo del asiento era la cabeza calva de un hombre. Él me estaba mirando con furia y era evidente que acababa de despertarse. Me disculpé sumisamente y bajé del tren lo más pronto que pude. Lo último que vi fue su mirada furibunda. ¡La señora Lynde estaba horrorizada y a mí todavía me duelen los nudillos! No pensaba tener dificultades para encontrar alojamiento, pues la esposa de un tal Tom Pringle ha estado alojando a las distintas directoras de la Escuela Secundaria durante los últimos quince años. Pero por alguna razón desconocida, se cansó de "las molestias" y no quiso tomarme. Varios otros lugares adecuados dieron excusas amables. Muchos otros lugares no eran adecuados. Vagamos por el pueblo toda la tarde, hasta quedar acaloradas, cansadas, desalentadas y con dolor de cabeza... al menos, yo quedé así. Ya estaba por darme por vencida... ¡y entonces, apareció la Calle del Fantasma! Habíamos ido a ver a la señora Braddock (una vieja amiga de la señora Lynde), y ella dijo que creía que "las viudas" podrían alojarme. -He oído que buscan una pensionista para poder pagar el sueldo de Rebecca Dew. Ya no pueden darse el lujo de tenerla, si no entra un poco de dinero adicional. Y si se va Rebecca, ¿quién va a ordeñar esa vieja vaca rojiza? La señora Braddock me dirigió una mirada fulminante, como si pensara que yo debía ordeñar la vaca rojiza, pero no me hubiese creído ni bajo juramento, si yo hubiera dicho que sabía hacerlo. -¿De qué viudas estás hablando? -quiso saber la señora Lynde. -De la tía Kate y la tía Chatty, por supuesto -respondió la señora Braddock, como si todo el mundo, hasta un ignorante bachiller en Artes, tuviera que saberlo-. La tía Kate es la señora de Amasa MacComber, bueno, es la viuda del capitán, y la tía Chatty es la viuda de Lincoln MacLean. Pero todo el mundo les dice "tías". Viven al fondo de la Calle del Fantasma. ¡Calle del Fantasma! Eso lo decidió. Comprendí que sencillamente tenía que alojarme con las viudas. -Vayamos a verlas de inmediato -supliqué a la señora Lynde. Me parecía que si perdíamos un minuto, la Calle del Fantasma se esfumaría en el mundo de las hadas. -Puedes verlas, pero será Rebecca Dew la que realmente decidirá si te tomarán o no. Es Rebecca Dew la que tiene la sartén por el mango en Álamos Ventosos, te lo aseguro. -Álamos Ventosos. No podía ser cierto... no, no podía ser cierto. Tenía que estar soñando. Y en ese momento, la señora Lynde estaba diciendo que era un nombre muy raro para una propiedad. -Oh, se lo puso el capitán MacComber. Era su casa, sabes... Plantó los álamos todo alrededor con mucho orgullo, aunque estaba muy poco en su casa y no se que daba mucho tiempo. La tía Kate acostumbraba decir que eso era poco conveniente, pero nunca pudimos saber si se refería a que estaba poco tiempo o a que volvía. Bien, señorita Shirley, espero que llegues. Rebecca Dew es buena cocinera y un genio con las papas frías. Si le caes en gracia, tendrás la vida solucionada. Si no... bueno, no. Tengo entendido que en el pueblo hay un banquero nuevo que está buscando alojamiento y quizás ella lo prefiera a él. Es curioso que la señora de Tom Pringle no te haya tomado. Summerside está lleno de Pringle y medio Pringle. Les dicen "la Familia Real" y tendrás que llevarte bien con ellos, señorita Shirley, o no progresarás en la escuela secundaria. Siempre han sido los mandamases por estos lados... Hay una calle que lleva el nombre del viejo capitán Abraham Pringle. Son toda una tribu, pero las dos ancianas de Maplehurst comandan al clan. Oí decir que te tienen rabia. -¿Pero por qué? -exclamé-. Si ni siquiera me conocen. -Bueno, una prima tercera de ellas se postuló para el cargo de directora, y todos ellos opinan que tendría que haberlo obtenido. Cuando te nombraron a ti, toda la jauría echó la cabeza hacia atrás y aulló de lo lindo. Bueno, la gente es así. Hay que tomarla como viene, lo sabes. Se mostrarán suaves como una seda contigo, pero te serrucharán el piso. No quiero desalentarte, pero mujer precavida vale por dos. Espero que te vaya bien aunque más no sea para taparles la boca. Si las viudas te aceptan, no te importará comer con Rebecca Dew, ¿verdad? No es una criada, sabes. Es una prima lejana del capitán. No come en la mesa cuando hay invitados... sabe ubicarse entonces... pero si te alojaras allí, no te consideraría una invitada, por supuesto. Le aseguré a la ansiosa señora Braddock que me encantaría comer con Rebecca Dew, y arrastré a la señora Lynde hacia la puerta. Tenía que adelantarme al banquero. La señora Braddock nos siguió hasta la puerta. -Y no hieras los sentimientos de la tía Chatty, ¿quieres? Es tan sensible, pobrecilla. Se ofende de nada. Verás, no tiene tanto dinero como la tía Kate... aunque ella tampoco tiene demasiado. Y la tía Kate quería a su marido de verdad... a su propio marido, quiero decir... pero la tía Chatty no... no lo quería, al suyo, se entiende. Y no es de extrañarse. Lincoln MacLean era un viejo malhumorado... pero ella piensa que la gente se lo echa en cara. Tienes suerte de que sea sábado. Si hubiera sido viernes, la tía Chatty ni siquiera habría considerado la posibilidad de tomarte. Una diría que la supersticiosa sería la tía Kate, ¿no? Los marinos son así. Pero es la tía Chatty... aunque su marido era carpintero. Era muy bonita en su juventud, pobrecilla. Le aseguré a la señora Braddock que los sentimientos de la tía Chatty serían sagrados para mí, pero nos siguió por el sendero. -Kate y Chatty no revisarán tus pertenencias cuando salgas. Son muy escrupulosas. Puede que Rebecca Dew lo haga, pero no irá con cuentos sobre ti. Y si estuviera en tu lugar, no iría por la puerta del frente. Solamente la usan para acontecimientos realmente importantes. No creo que haya sido abierta desde el funeral de Amasa. Prueba por la del costado. Guardan la llave debajo del macetero de la ventana, de modo que si no hay nadie, abre y pasa a esperar. Y por lo que más quieras, no vayas a ponderar al gato, porque Rebecca Dew lo odia. Prometí que no ponderaría al gato y logramos escapar. Muy pronto nos encontramos en la Calle del Fantasma. Es una calle lateral muy corta que da a campo abierto, y en la lontananza, una colina azul le proporciona un hermoso telón de fondo. De un lado, no hay casas y la tierra cae suavemente hacia el puerto. Del otro, hay solamente tres. La primera es una casa, nada más. La segunda es una mansión imponente, sombría, de ladrillos rojos, con una buhardilla brotada de ventanitas, una baranda de hierro alrededor de la parte plana de arriba y tantos pinos y abedules alrededor, que apenas se puede ver la casa. Debe de ser terriblemente oscura. Y la tercera y última es Álamos Ventosos, justo en la esquina, con la calle adelante y un verdadero camino campestre, sombreado de árboles, del otro lado. Me enamoré de ella de inmediato. Has visto que hay casas que te impresionan desde un primer momento, por alguna razón que no puedes definir. Álamos Ventosos es justamente así. Podría describírtela como una casa de madera blanca... muy blanca... con persianas verdes... muy verdes... una "torre" en una esquina y una buhardilla a cada lado, un muro bajo de piedra que la separa de la calle, con álamos plantados a intervalos a lo largo, y un gran jardín en la parte posterior, donde crecen flores y vegetales en un desorden encantador... pero todo esto no te transmitiría su encanto. En resumen, es una casa con una personalidad deliciosa y con un dejo del sabor de Tejados Verdes. -Este es el lugar para mí... estaba predestinado - suspiré, extasiada. La señora Lynde parecía no creer mucho en la predestinación. -Será una caminata muy larga hasta la escuela - comentó, vacilante. -No me importa. Será un buen ejercicio. Oh, mire ese hermoso bosquecillo de abedules y arces del otro lado del camino. La señora Lynde lo miró, pero solamente dijo: -Espero que no te coman los mosquitos. Yo también lo esperaba. Detesto los mosquitos. Un mosquito puede mantenerme despierta más que un remordimiento de conciencia. Me alegré de no tener que usar la puerta principal. Se la veía tan intimidante... una gran puerta de madera, de dos hojas, flanqueada por paneles de vidrio rojo con dibujos de flores. No parecía pertenecer en absoluto a la casa. La puertita verde del costado (a la que llegamos por un precioso sendero de baldosas enterradas parcialmente en la hierba) era mucho más amistosa y atrayente. El sendero estaba bordeado por prolijos canteros. Por supuesto, las plantas no estaban en flor en esta época, pero se veía que habían florecido, y bien. Había un cantero de rosales en un rincón, entre Álamos Ventosos y la casa sombría, cerca de una pared de ladrillos cubierta por enredaderas; por encima de una despintada puerta verde, había un enrejado arqueado. Ramas de hiedra cruzaban la puerta, así que era evidente que no había sido abierta en mucho tiempo. En realidad, era una media puerta, porque la mitad superior era solamente un óvalo abierto, a través del cual pudimos atisbar el tupido jardín del otro lado. Justo cuando entrábamos por el portoncito del jardín de Álamos Ventosos, divisé una mata de trébol al lado del sendero. Un impulso me llevó a inclinarme y observarla. ¿Puedes creerlo, Gilbert? ¡Había tres tréboles de cuatro hojas! ¡Hablando de supersticiones! Ni siquiera los Pringle prevalecerán contra eso. Sentí que el banquero no tenía la más remota posibilidad. La puerta lateral estaba abierta; era evidente que había alguien en la casa, así que no fue necesario buscar debajo de la maceta. Golpeamos y Rebecca Dew se acercó a la puerta. Nos dimos cuenta de que era Rebecca Dew porque no podía haber sido ninguna otra persona en el mundo y no podía haberse llamado de otra forma. Rebecca Dew tiene unos cuarenta años, y si a un tomate le creciera el pelo negro hacia atrás desde la frente, tuviera chispeantes ojillos negros, una nariz diminuta con punta redondeada, y una boca en forma de ranura, tendría el mismo aspecto que ella. Todo en Rebecca es un poquitín corto... brazos, piernas, cuello y nariz... todo, menos la sonrisa. Es larga como para llegarle de oreja a oreja. Pero no le vimos la sonrisa en ese momento. Su expresión era torva cuando pregunté si podía ver a la señora MacComber. -¿Se refiere a la señora del capitán MacComber? - replicó, severa, como si hubiera por lo menos una docena de señoras MacComber en la casa. -Sí -asentí, sumisa. Y de inmediato nos hizo pasar a la salita y nos dejó allí. Era una bonita habitación, un poco abarrotada de cubiertas tejidas en sofás y sillones, pero con una atmósfera serena, amistosa, que me gustó. Cada mueble tenía su sitio particular, que había ocupado durante años. ¡Cómo relucían esos muebles! Ningún lustre comprado produjo jamás ese brillo de espejo. Me di cuenta de que se debería a los brazos vigorosos de Rebecca Dew. Sobre la repisa del hogar, había un navío con velamen completo dentro de una botella, que despertó el interés de la señora Lynde. No podía imaginar cómo habría ido a parar allí adentro... pero opinó que le daba a la habitación "un aire náutico". Entraron "las viudas". Me gustaron de inmediato. La tía Kate era alta, delgada y gris, un poco austera -del tipo exacto de Marina-, y la tía Chatty, en cambio, era baja, delgada y gris, un poco melancólica. Tal vez haya sido muy bonita alguna vez, pero no queda nada ahora de su belleza, salvo los ojos. Son preciosos... suaves, grandes y oscuros. Expliqué mi situación y las viudas intercambiaron miradas. -Debemos consultar a Rebecca Dew -dijo la tía Chatty. -Sin duda -acotó la tía Kate. Rebecca Dew fue debidamente llamada y vino desde la cocina. El gato entró con ella... un peludo gato maltés, con el pecho y el cuello blancos. Me hubiera gustado acariciarlo, pero recordé la advertencia de la señora Braddock y me abstuve. Rebecca me miró sin un atisbo de sonrisa. -Rebecca -dijo la tía Kate, que, según he descubierto, no malgasta palabras-, la señorita Shirley desea alojarse aquí. Creo que no podemos tomarla. -¿Por qué? -preguntó Rebecca Dew. -Sería demasiado trabajo para ti. -Estoy acostumbrada al trabajo -respondió Rebeca Dew. Gilbert, no se pueden separar esos nombres. Es imposible... aunque las viudas lo hacen. La llaman Rebecca cuando le hablan. No sé cómo lo logran. -Estamos un poco viejas para las idas y venidas de la juventud -insistió la tía Chatty. -No generalice -replicó Rebecca Dew-. Sólo tengo cuarenta y cinco años y todavía estoy bien lúcida. Y mi opinión es que sería lindo tener a una persona joven durmiendo en la casa. Una chica sería mejor que un varón, sin duda. Un varón fumaría día y noche y nos prendería fuego a la casa. Si van a tomar un pensionista, mi consejo es que la tomen a ella. Pero por supuesto, la casa es de ustedes. Habló y desapareció... como le gustaba decir a Romero. Comprendí que estaba todo resuelto, pero la tía Chatty dijo que debía subir y ver si la habitación me resultaba adecuada. -Le daremos el dormitorio de la torre, querida. No es tan grande como la habitación que está libre, pero tiene un hueco para el caño de una estufa, para el invierno, y una vista mucho más linda. Se puede ver el viejo cementerio desde allí. Supe que me encantaría la habitación... El nombre mismo -"dormitorio de la torre"- me subyugaba. Me sentía como si viviera en esa vieja canción que solíamos cantar en la escuela de Avonlea, acerca de la doncella "que moraba en una alta torre junto al gris del mar". Resultó ser un sitio precioso. Subimos por una escalera curva que ascendía hacia allí desde el descansillo. Era algo pequeña... pero no tanto como ese espantoso dormitorio que daba al pasillo, que me tocó en mi primer año de Redmond. Tenía dos ventanas tipo buhardilla: una que miraba al oeste, y una más grande que daba al norte; en la esquina formada por la torre, había otra ventana saliente de tres hojas, con puertitas que se abrían hacia afuera y estantes debajo, para mis libros. El piso estaba cubierto con alfombritas redondas, y la gran cama tenía dosel y un edredón. Se la veía tan pareja y lisa, que me parecía una lástima tener que desordenarla durmiendo. Y, Gilbert, es tan alta, que para treparme a ella debo utilizar unos escaloncitos movibles que durante el día se guardan debajo de la cama. Al parecer, el capitán MacComber compró todo el artefacto en algún lugar "foráneo" y lo trajo a casa. En uno de los rincones, había un bonito armario con estantes adornados con papel blanco festoneado y ramilletes de flores pintados en la puerta. Un almohadón azul redondo descansaba sobre el asiento bajo la ventana... un almohadón con un botón hundido en el centro, lo que le daba el aspecto de una gruesa rosquilla azul. Y había un lavatorio con dos estantes... en el más alto cabían apenas una jarra y una jofaina azules, y en el más bajo, una jabonera y una jarra para agua caliente. Tenía un cajoncito con manija de bronce, lleno de toallas, y en un estante, arriba del cajón, descansaba una damita de porcelana blanca, con zapatitos rosados, vestido con moño dorado y una rosa de porcelana roja en su pelo rubio. La habitación entera estaba bañada por la luz dorada que entraba por entre las cortinas color maíz, y las paredes encaladas lucían un tapiz extraordinario donde caían las sombras de los álamos de afuera... un tapiz viviente, trémulo y cambiante. Me pareció una habitación tan... alegre. Me sentí la muchacha más rica del mundo. -Estarás segura aquí, eso sí -afirmó la señora Lynde cuando nos íbamos. -Supongo que algunas cosas me resultarán algo opresivas después de la libertad de Patty's Place -dije en broma. -¡Libertad! -resopló la señora Lynde-. ¡Libertad! No hables como una yanqui, Anne. Me mudé hoy, con mis bolsos y todo mi equipaje. Por supuesto que fue una gran tristeza abandonar Tejados Verdes. Por más lejos que esté de allí, en cuanto llegan unas vacaciones, vuelvo a ser parte de ese lugar como si nunca me hubiera ido, y mi corazón se desgarra cuando me voy. Pero sé que me agradará estar aquí. Y a la casa le caigo bien. Siempre he podido darme cuenta si le caigo bien a una casa, o no. Las vistas desde mis ventanas son preciosas... hasta la del viejo cementerio, que está rodeado por una hilera de pinos oscuros y al que se llega por una calle sinuosa, bordeada por canales de desagüe. Desde la ventana que da al oeste, veo todo el puerto, y más allá, las costas lejanas y brumosas, con los bonitos veleros que tanto me gustan, y los buques que parten "hacia desconocidos puertos"... ¡qué frase fascinante! ¡Hay tanto lugar para la imaginación en ella! Desde la ventana del lado norte, veo el bosquecillo de abedules y arces que está del otro lado de la calle. Sabes que siempre he sido devota de los árboles. Cuando estudiábamos a Tennyson en nuestro curso de inglés, en Redmond, siempre me identificaba con la pobre Enone, que penaba por sus pinos destrozados. Más allá del bosque y el cementerio, hay un valle adorable con un camino que lo recorre como una cinta roja brillante, y casitas blancas de tanto en tanto. Algunos valles son adorables... no podría decirte por qué. El solo hecho de mirarlos causa placer. Y al fondo de todo, está mi cerro azul. Lo llamaré Rey de las Tormentas... por eso de la pasión gobernante, etcétera. Puedo estar tan sola aquí, cuando quiero. Es lindo estar sola de tanto en tanto. Los vientos serán mis amigos. Gemirán, suspirarán y cantarán alrededor de mi torre... los vientos blancos del invierno... los vientos verdes de primavera... los vientos azules del verano... los vientos carmesí del otoño... y los vientos salvajes de todas las estaciones... "viento de tormenta que cumple su promesa". Siempre me encantó esa frase bíblica... como si cada viento tuviera un mensaje para mí. Envidio al muchacho que voló con el viento norte en ese precioso cuento de George MacDonald. Alguna de estas noches, Gilbert, abriré la ventana de la torre y treparé a los brazos del viento... y Rebecca Dew nunca sabrá por qué mi cama quedó intacta esa noche. Querido mío, espero que cuando encontremos nuestra "casa de los sueños", haya vientos alrededor de ella. Me pregunto dónde estará esa casa desconocida. ¿Me gustará más a la luz de la Luna o a la madrugada? Ese hogar del futuro donde tendremos amor, amistad y trabajo... y algunas aventuras graciosas para hacernos reír en la vejez. ¡La vejez! ¿Seremos viejos alguna vez, Gilbert? Me parece imposible. Desde la ventana izquierda de la torre veo los tejados de la ciudad... este lugar donde habré de vivir por lo menos durante un año. En esas casas viven personas que serán mis amigas, aunque todavía no las conozco. Y quizá mis enemigas. Pues gente de mala voluntad hay en todas partes, con diferentes nombres, y por lo que tengo entendido, los Pringle son huesos duros de roer. Mañana comienzan las clases. ¡Tendré que enseñar geometría! Sin duda, no puede ser peor que aprenderla. Ruego al cielo que no haya genios matemáticos entre los Pringle. Hace solamente medio día que estoy aquí, pero siento como si hubiera conocido a las viudas y a Rebecca Dew toda la vida. Ya me han pedido que las llame "tía", y yo les he pedido que me llamen Anne. A Rebecca Dew le dije "señorita Dew"... una sola vez. -¿Señorita, qué? -exclamó. -Dew -repetí, sumisa-. ¿No se llama así? -Bueno, sí, pero no me han llamado señorita Dew en tanto tiempo, que me pegué un buen susto. Será mejor que no lo vuelva a hacer, señorita Shirley, pues no estoy acostumbrada. -Lo recordaré, Rebecca... Dew -respondí. Traté de no incluir el Dew, pero no lo logré, por supuesto. La señora Braddock tenía razón al decir que la tía Chatty era sensible. Lo descubrí a la hora de la cena. La tía Kate había dicho algo acerca del "cumpleaños número sesenta y seis de Chatty". Por casualidad, miré a Chatty y vi que... bueno, no había estallado en llanto (ésa sería una expresión demasiado explosiva para su actitud). Sencillamente, rebalsó. Las lágrimas se le formaron en los grandes ojos oscuros y desbordaron, sin esfuerzo y en silencio. -¿Y ahora qué pasa, Chatty? -preguntó la tía Kate, con un dejo de aspereza. -Es... es que sólo cumplí sesenta y cinco -respondió la tía Chatty. -Perdóname, Charlotte -se disculpó la tía Kate... y el Sol volvió a salir. El gato es un precioso animal con ojos dorados, un elegante pelaje maltés e irreprochable linaje. Las tías Kate y Chatty lo llaman Dusty Miller, puesto que ése es su nombre, y Rebecca Dew lo llama "ese gato" porque le tiene encono y no le gusta tener que darle cinco centímetros cuadrados de hígado todas las mañanas y todas las noches, ni quitar los pelos del sillón de la salita con un viejo cepillo de dientes, cada vez que él se sube allí, ni ir a buscarlo afuera por las noches, cuando el gato se va de juerga. -A Rebecca Dew nunca le gustaron los gatos -me contó la tía Chatty- y detesta a Dusty. El perro de la vieja señora Campbell -tenía un perro en aquel entonces lo trajo en la boca, hace dos años. Supongo que pensó que no tenía sentido llevárselo a la señora Campbell. Pobre gatito, todo mojado y muerto de frío, con los huesitos asomándole por debajo de la piel. Ni un corazón de piedra le hubiera negado un refugio. Así que Kate y yo lo adoptamos, pero Rebecca Dew nunca nos lo perdonó. No estuvimos nada diplomáticas aquella vez. Tendríamos que habernos negado de inmediato a alojarlo. No sé si has notado... -agregó la tía Chatty, y echó una mirada cautelosa en dirección a la puerta que separaba el comedor de la cocina- ... la forma en que manejamos a Rebecca Dew. Yo sí la había notado, y era algo digno de verse. Summerside y Rebecca Dew pueden creer que ella tiene la sartén por el mango, pero las viudas saben cuál es la verdad. -No queríamos tomar al banquero... Un hombre joven hubiera sido tan complicado, y hubiéramos tenido que preocuparnos si no iba a la iglesia con regularidad. Pero fingimos que sí queríamos, y Rebecca Dew se negó a oír hablar del asunto. Me alegra tanto tenerte, querida. Estoy segura de que será un placer cocinar para ti. Espero que todas nosotras te caigamos bien. Rebecca Dew tiene muy buenas cualidades. No era tan prolija como ahora cuando llegó, hace quince años. Una vez Kate tuvo que escribir su nombre... Rebecca Dew... en el espejo de la sala para que ella viera que había polvo. Pero nunca tuvo que volver a hacerlo. Rebecca Dew sabe captar las insinuaciones. "Espero que tu habitación te resulte cómoda, querida. Puedes abrir la ventana por las noches. Kate no aprueba el aire nocturno, pero comprende que los pensionistas deben tener privilegios. Ella y yo dormimos juntas y nos hemos puesto de acuerdo en que una noche dejamos la ventana cerrada, por ella, y a la noche siguiente, la abrimos, por mí. Siempre se pueden arreglar los problemitas de ese tipo, ¿no crees? Si hay buena voluntad, siempre se encuentran soluciones. No te asustes si oyes a Rebecca recorriendo la casa de noche. Todo el tiempo oye ruidos y se levanta a investigar. Creo que por eso no quería que tomáramos al banquero. Tenía miedo de toparse con él en camisón. "Espero que no te moleste que la tía Kate hable tan poco. Es su forma de ser. Y eso que debe de tener tantas cosas para contar... anduvo por todo el mundo en su juventud, con Amasa MacComber. Ojalá yo tuviera tantos temas de conversación como ella, pero jamás salí de la isla Príncipe Eduardo. Muchas veces me he preguntado por qué se habrán dado así las cosas... A mí me gusta hablar y no tengo nada para contar, y a ella no le gusta abrir la boca y podría hablar de cualquier cosa. Pero supongo que la Providencia sabe qué es lo mejor. Si bien la tía Chatty es conversadora -de eso no hay dudas-, no dijo todo esto sin parar. Interpuse comentarios adecuados en los momentos debidos, pero eran cosas sin importancia. Tienen una vaca que pasta en la propiedad del señor James Hamilton, un poco más arriba por el camino, y Rebecca Dew va hasta allí a ordeñarla. Hay cualquier cantidad de crema, y tengo entendido que todas las mañanas y todas las tardes, Rebecca Dew le pasa un vaso de leche fresca por la abertura del portón a la "mujer" de la señora Campbell. Es para "la pequeña Elizabeth", que debe beberla por orden del médico. Quiénes son la "mujer" y "la pequeña Elizabeth" son cosas que todavía me quedan por descubrir. La señora Campbell es la ocupante y propietaria de la fortaleza de al lado... que se llama "Siempreverde". Pienso que no dormiré esta noche... nunca duermo la primera noche en una cama desconocida, y ésta es la cama más rara que he visto en mi vida. Pero no me importará. Siempre me encantó la noche y me gustará quedarme tendida despierta, pensando en todo lo pasado, presente y futuro. Sobre todo en el futuro. Ésta es una carta despiadada, Gilbert. No volveré a castigarte con una tan larga. Pero quería contarte todo, para que pudieras imaginar mi nuevo ambiente. Llega a su fin, ahora, pues lejos, más allá del puerto, la Luna "se hunde en el reino de las sombras". Todavía me falta escribirle una carta a Marilla. La carta llegará a Tejados Verdes pasado mañana, y Davy la llevará a la casa desde el correo, y Dora y él se apretujarán alrededor de Marilla mientras ella la abre, y la señora Lynde parará las orejas... ¡A! Esto me ha hecho sentir nostalgia. Buenas noches, querido mío, te desea alguien que es y será siempre, Tuya, con todo cariño, ANNE SHIRLEY 2 (Extractos de varias cartas de la misma remitente al mismo destinatario.) 26 de septiembre. ¿Sabes adónde voy a leer tus cartas? Del otro lado de la calle, al bosquecillo. Hay una hondonada, allí, donde el sol motea los helechos. Un arroyito la cruza; hay un tronco mohoso y retorcido sobre el cual me siento, y una hilera deliciosa de jóvenes abedules. De ahora en más, cuando sueñe un sueño especial... un sueño verde y dorado, surcado de rojo... un sueño de sueños... imaginaré que provino de mi hondonada secreta de abedules y que nació de una mística unión entre el abedul más esbelto y ligero y el arroyo susurrante. Me encanta sentarme allí y escuchar el silencio del bosque. ¿Has notado cuántos silencios diferentes existen, Gilbert? Él silencio de los bosques... el de la costa... el de las praderas... el de la noche... el de las tardes de verano. Todos distintos, porque los tonos que subyacen en ellos son también diferentes. Estoy segura de que si fuera completamente ciega e insensible al calor y al frío, podría darme cuenta con facilidad dónde estaría, por la calidad del silencio a mi alrededor. Hace dos semanas que empezaron las clases y tengo todo bastante bien organizado en la escuela. Pero la señora Braddock tenía razón... mi problema son los Pringle. Y todavía no veo bien cómo lo voy a resolver, a pesar de mis tréboles de la suerte. Como dice la señora Braddock, son suaves como la seda... y así de resbalosos, también. Los Pringle son una especie de clan en el que todos se controlan mutuamente y se pelean, pero frente a un extraño, hacen frente hombro con hombro. He llegado a la conclusión de que hay solamente dos clases de personas en Summerside... los que son Pringle y los que no lo son. Mi aula está llena de Pringles, y muchos otros alumnos que tienen otros apellidos son de sangre Pringle, también. La jefa del grupo parece ser Jen Pringle, una chicuela de ojos verdes que es igual a lo que debe de haber sido Becky Sharp a los catorce años. Creo que está organizando una sutil campaña de insubordinación e irrespetuosidad con la que no me va a ser fácil lidiar. Tiene facilidad para hacer muecas irresistiblemente cómicas, y cuando oigo risas ahogadas detrás de mis espaldas en la clase, sé perfectamente qué las ha provocado, pero hasta ahora, no he podido atraparla en el instante justo. Tiene cerebro, también, ¡la muy perversa...! Escribe composiciones que son primas cuartas de la literatura, y es brillante en matemáticas... ¡por desgracia para mí! Todo lo que dice o hace tiene una cierta chispa, y posee un sentido de las situaciones humorísticas que sería un lazo de unión entre las dos, si no hubiera comenzado por odiarme. Tal como están las cosas, temo que pasará mucho tiempo antes de que Jen y yo podamos reír juntas de alguna cosa. Myra Pringle, la prima de Jen, es la belleza de la escuela... y al parecer, carece de cerebro. Dice algunas burradas divertidas, no obstante, como cuando hoy, en la clase de historia, dijo que los indígenas creían que Champlain y sus hombres eran dioses o "alguna cosa inhumana". Socialmente, los Pringle son lo que Rebecca Dew llama "la elite" de Summerside. Ya he sido invitada a cenar a dos hogares Pringle... porque invitar a una maestra nueva a cenar es lo que se debe hacer, y los Pringle no van a omitir los gestos requeridos. Anoche fui a lo de James Pringle... el padre de la arriba mencionada Jen. Tiene aspecto de profesor universitario, pero en realidad es estúpido e ignorante. Habló mucho sobre la "disciplina", golpeando el mantel con un dedo cuya uña no estaba impecable, y masacrando la gramática de tanto en tanto. La Escuela Secundaria de Summerside siempre había requerido una mano firme... un docente experimentado y varón, en lo posible. Temía que yo fuera un poco demasiado joven... "un defecto que el tiempo remediará con prontitud", dijo con pesar. Yo no respondí, porque si hubiera dicho algo, quizás hubiese dicho demasiado. De manera que me mostré tan suave y sedosa como cualquier Pringle, y me conformé con mirarlo con candidez y pensar para mis adentros: "¡Viejo cascarrabias y prejuicioso!" Jen debe de haber heredado la inteligencia de la madre, que me cayó bien. Jen, en presencia de los padres, fue un modelo de decoro. Pero si bien sus palabras eran corteses, el tono era insolente. Cada vez que decía "señorita Shirley", lograba que pareciese un insulto. Y cada vez que me miraba el pelo, yo sentía que era color zanahoria. Ningún Pringle, estoy segura, admitiría jamás que es castaño rojizo. Me gustó más la familia de Morton Pringle... a pesar de que Morton Pringle nunca escucha nada de lo que dices. Te dice algo y luego, mientras le contestas, ya está pensando en su siguiente comentario. La señora de Stephen Pringle... la viuda Pringle (en Summerside abundan las viudas), ayer me escribió una carta; una carta amable, cortés y venenosa. Millie tiene demasiados deberes... Millie es una criatura delicada que no debe cansarse. El señor Bell nunca le daba deberes. Es una chica sensible a la que hay que comprender. ¡El señor Bell la comprendía tan bien! La señora Pringle no duda de que yo también lo haré, ¡si me esmero! Estoy segura de que la señora de Stephen Pringle piensa que yo hice sangrar la nariz de Adam Pringle hoy en clase, razón por la cual el niño tuvo que volverse a su casa. Y anoche me desperté y no pude volver a dormirme porque recordé que no le había puesto el punto a la i de una palabra que escribí en el pizarrón. Con seguridad, Jen Pringle lo notó y un susurro recorrerá todo el clan. Rebecca Dew dice que todos los Pringle me invitarán a cenar (menos las ancianas de Maplehurst) y luego me ignorarán para siempre. Como ellos son "la elite", esto puede significar que quede socialmente excluida en Summerside. Bien, veremos. La batalla no ha sido ganada ni perdida. No obstante, todo el asunto me da un poco de tristeza. No se puede razonar con los prejuicios. Sigo siendo igual que cuando era niña... no soporto que la gente no me quiera. No es agradable pensar que los familiares de la mitad de mis alumnos me odian. Y por algo que no es culpa mía. Lo que me duele es la injusticia. ¡Ahí van más bastardillas! Pero unas cuantas palabras en bastardilla alivian los sentimientos. Aparte de los Pringle, mis alumnos me agradan mucho. Algunos son inteligentes, ambiciosos y trabajadores, y realmente están interesados en educarse. Lewis Allen paga su hospedaje haciendo las tareas domésticas de la pensión donde se aloja, y no se avergüenza de ello. Y Sophy Sinclair cabalga en pelo la vieja yegua de su padre, todos los días, diez kilómetros de ida y diez de vuelta. ¡Ahí tienes una chica tenaz! Si puedo ayudar a alguien como ella, ¿qué importancia pueden tener los Pringle? El problema es... que si no puedo ganarme a los Pringle, no tendré muchas posibilidades de ayudar a nadie. Pero me encanta Álamos Ventosos. No es una pensión... ¡es un hogar! Y les caigo bien a todos... hasta a Dusty Miller, aunque a veces me censura y lo demuestra sentándose deliberadamente de espaldas a mí y dirigiéndome una ocasional mirada por encima del hombro para ver cómo lo estoy tomando. No lo acaricio mucho cuando Rebecca Dew está cerca, porque realmente le provoca fastidio. De día es un animal tranquilo, hogareño, meditabundo... pero es decididamente una criatura extraña de noche. Rebecca opina que se debe a que nunca se le permite quedarse afuera una vez que ha oscurecido. Ella detesta pararse en el jardín a llamarlo. Dice que los vecinos se reirán de ella. Lo llama en tonos tan feroces y estentóreos, que en verdad deben de oírla por toda la ciudad en las noches serenas cuando grita: "Michi... Michi... ¡MICHI!" A las viudas les daría una pataleta si Dusty no estuviera adentro cuando se van a dormir. -Nadie sabe lo que he pasado por culpa de "ese gato"... nadie me ha asegurado Rebecca. Con las viudas no voy a tener problemas. Cada día las quiero más. La tía Kate no aprueba la lectura de novelas, pero me ha informado que no tiene intención de censurar mi material de lectura. A la tía Chatty le encantan las novelas. Tiene un "escondite" donde las guarda (las trae de contrabando de la biblioteca pública) junto con un mazo de naipes para jugar al solitario, y cualquier otra cosa que no desea que Kate vea. El escondite está en el asiento de una silla, que sólo ella sabe que no es meramente un asiento. Ha compartido el secreto conmigo porque sospecho que quiere que la ayude con el mencionado contrabando. En realidad, no tendría que haber necesidad de escondites en Álamos Ventosos, pues jamás vi una casa con tantos armarios misteriosos. Aunque desde luego, Rebecca Dew no les permite ser misteriosos. Siempre está vaciándolos con severidad. "Una casa no se limpia sola", replica cuando alguna de las viudas protesta. Estoy segura de que no se andaría con vueltas, si encontrara novelas o un mazo de naipes. Ambas cosas son un horror para su alma ortodoxa. Opina que los naipes son los libros del demonio, y las novelas, algo peor todavía. Lo único que lee Rebecca Dew, aparte de su Biblia, son las columnas sociales del Guardián, de Montreal. Adora enterarse de los pormenores de muebles, casas y actividades de los millonarios. -Imagine lo que será remojarse en una bañera de oro, señorita Shirley -me comentó una vez, con melancolía. Pero es realmente un amor. Hizo aparecer de algún lado un sillón cómodo tapizado en brocado descolorido, que se amolda justo a mi cuerpo, y dijo: -Este es su sillón. Se lo guardaremos para usted. Y no deja que Dusty Miller duerma allí, por temor a que queden pelos en la falda que uso para la escuela, y que los Pringle tengan algo de qué hablar. Las tres están muy interesadas en mi anillo de perlas... y en lo que significa. La tía Kate me mostró su anillo de compromiso (no lo puede usar porque le queda muy chico), con turquesas engarzadas. Pero la pobre tía Chatty me confesó con lágrimas en los ojos que nunca tuvo anillo de compromiso... su marido lo consideraba "un gasto innecesario". Ella estaba en mi habitación en ese momento, humedeciéndose la cara con suero de leche. Lo hace todas las noches para protegerse el cutis, y me ha hecho jurar que guardaré el secreto, pues no quiere que se entere la tía Kate. -Pensaría que es vanidoso y absurdo para una mujer de mi edad. Y estoy segura de que Rebecca Dew piensa que ninguna mujer cristiana debería tratar de ser hermosa. Solía bajar a la cocina a hacerlo, una vez que Kate se había dormido, pero siempre tenía miedo de que también bajara Rebecca Dew. Tiene oídos de gato, aun cuando duerme. Si solamente pudiera subir aquí a hacerlo todas las noches... ¿Sí? Gracias, mi querida. Hice algunas averiguaciones acerca de nuestras vecinas de Siempreverde. La señora Campbell (¡que era una Pringle!) tiene ochenta años. No la he visto, pero tengo entendido que es una anciana muy severa. Tiene una criada, Martha Monkman, casi tan anciana y severa como ella, a quien todos se refieren como "la mujer de la señora Campbell". Y la bisnieta, la pequeña Elizabeth Grayson, vive con ella. Elizabeth (a quien jamás he visto en los quince días que llevo aquí) tiene ocho años y va a la escuela pública "por atrás", un atajo por los jardines, de modo que nunca me la encuentro, ni a la ida ni a la vuelta. Su madre, que ha muerto, era nieta de la señora Campbell, que también la crió, pues sus padres habían muerto. Se casó con un tal Pierce Grayson, un yanqui, como diría la señora Lynde. Ella murió al nacer Elizabeth, y como Pierce Grayson tuvo que partir de inmediato de América para hacerse cargo de una rama de su empresa en París, enviaron a la niña a casa de la anciana señora Campbell. Según dicen, él no podía soportar ver a la niña, pues le había costado la vida a la madre, y nunca le ha prestado atención. Por supuesto, éstos pueden ser solamente chismes; la señora Campbell y la "mujer" jamás hablan de él. Rebecca Dew opina que son demasiado severas con la pequeña Elizabeth, que no lo pasa demasiado bien con ellas. -No es como las otras niñas... es demasiado madura para sus ocho años. ¡Dice cada cosa, a veces! "Rebecca", me dice un día, "supón que justo cuando te estás por meter en la cama sientes que te muerden el tobillo". Con razón tiene miedo de irse a dormir en la oscuridad. Y la obligan a hacerlo. La señora Campbell dice que no habrá cobardes en su casa. La vigilan como dos gatos a un ratón, y se lo pasan dándole órdenes. Si hace el menor ruidito, les da un ataque. Sh, Sh, todo el día, están. Le aseguro que con tanto "sh, sh" la van a matar, pobre chica. ¿Y qué se va a hacer al respecto? ¿Qué, realmente? Me gustaría verla. Me resulta un poco patética. La tía Kate dice que está bien cuidada desde el punto de vista físico... Lo que dijo realmente la tía Kate fue: "La alimentan y la visten bien", pero una criatura no puede vivir sólo de pan. Nunca olvido lo que fue mi propia vida antes de mi llegada a Tejados Verdes. El viernes que viene vuelvo a Avonlea, a pasar dos días maravillosos. Él único inconveniente es que todos los que vea me preguntarán si me gusta enseñar en Summerside. Pero piensa en Tejados Verdes ahora, Gilbert... el Lago de Aguas Brillantes cubierto por una manta de bruma azul... los arces del otro lado del arroyo comenzando a ponerse rojos... los helechos dorados en el Bosque Encantado... y las sombras del atardecer en la Senda de los Enamorados, ese lugar adorable. Descubro en mi corazón que desearía estar allí ahora con... con... ¿adivina con quién? ¿Sabes, Gilbert, que hay momentos en que sospecho que te amo? Álamos Ventosos, Calle del Fantasma, Summerside, 10 de octubre. Honrado y respetado señor: Así comenzaba una carta de amor de la abuela de la tía Chatty. ¿No es delicioso? ¡Qué sensación de superiorídad debe de haberle dado al abuelo! ¿No lo preferirías a "Queridísimo Gilbert, etcétera"? Pero pensándolo bien, me alegro de que no seas el abuelo... ¡ni un abuelo! Es maravilloso pensar que somos jóvenes y tenemos toda la vida por delante... Juntos... ¿no? (Se omiten varias páginas, pues la lapicera de Anne evidentemente no era ni puntiaguda ni roma, ni estaba oxidada.) Estoy sentada en el asiento de debajo de la ventana de la torre, contemplando los árboles que se agitan contra un cielo color ámbar, y más allá, el puerto. Anoche di un lindísimo paseo conmigo misma. Realmente tenía que ir a alguna parte, pues el ambiente estaba un poco sombrío en' Álamos Ventosos. La tía Chatty lloraba en la sala porque sus sentimientos habían sido heridos, y la tía Kate lloraba en su dormitorio porque era el aniversario de la muerte del capitán Amasa, y Rebecca Dew lloraba en la cocina por algún motivo que no pude descubrir. Jamás la había visto llorar antes. Pero cuando traté, con mucho tino, de averiguar qué pasaba, quiso saber si una persona no podía echarse un buen llanto cuando tenía deseos de hacerlo. De manera que deshice la tienda y abandoné el campamento, y la dejé con su llanto. Salí y tomé el camino hacia el puerto. Había un delicioso aroma a octubre en el aire, mezclado con el olor de los campos recién arados. Caminé y caminé hasta que el atardecer se convirtió en una noche otoñal iluminada por la luna. Estaba sola, pero no me sentía sola. Mantuve una serie de conversaciones imaginarias con camaradas imaginarlos, y pensé tantos epigramas, que me sorprendí a mí misma. No pude evitar divertirme a pesar de mis preocupaciones por los Pringle. El espíritu me mueve a proferir gemidos con respecto a los Pringle. Odio admitirlo, pero las cosas no van demasiado bien en la Secundaria de Summerside. No hay duda de que se ha organizado una maquinación en contra de mí. Para empezar, ninguno de los Pringle ni de los medio Pringle hace jamás ni uno de los deberes. Y es en vano apelar a los padres. Se muestran suaves, amables, evasivos. Sé que todos los alumnos que no son Pringle me aprecian, pero el virus Pringle de desobediencia está minando la moral de toda la clase. Una mañana encontré el escritorio patas para arriba y con todo afuera. Nadie sabía quién lo había hecho, por supuesto. Y nadie pudo ni quiso decir quién, otro día, dejó sobre el mismo escritorio una caja de la cual salió una serpiente artificial cuando la abrí. Pero todos los Pringle de la escuela aullaron de risa al ver mi expresión. Supongo que puse cara de susto. Jen Pringle llega tarde a la escuela la mitad de las veces, siempre con alguna excusa a prueba de balas, pronunciada con tono cortés y sonrisita insolente. Pasa notas en clase, bajo mis narices. Hoy, al ponerme el abrigo, encontré una cebolla pelada en el bolsillo. Me encantaría encerrar a esa chica a pan y agua hasta que aprendiera a comportarse. Lo peor, hasta la fecha, fue mi caricatura, que encontré una mañana en el pizarrón... hecha con tiza blanca y con pelo carmesí. Todos negaron haberla hecho, pero yo sabía que Jen era la única alumna del aula que sabía dibujar tan bien. Mi nariz (que como sabrás, siempre ha sido mi único orgullo) estaba curvada hacia abajo, y mi boca era la de una solterona avinagrada que había estado enseñando en una escuela llena de niños Pringle durante treinta años. Pero era yo. Me desperté a las tres de la mañana, esa noche, retorciéndome ante el recuerdo. ¿No es curioso que todas las cosas por las que nos retorcemos de noche casi nunca son malas? Sólo son humillantes. Hacen correr todo tipo de rumores. Se me acusa de ponerle nota baja al examen de Hattie Pringle nada más que porque es una Pringle. Se dice que "me río cuando los chicos se equivocan". (Bueno, me reí cuando Fred Pringle definió a un centurión como "un hombre que había vivido cien años". No pude evitarlo.) James Pringle dice por allí que "no hay disciplina en el colegio... ninguna disciplina". Y circula un informe acerca de que soy una "huérfana abandonada". Comienzo a toparme con el antagonismo Pringle en otras partes. Tanto en lo social como en lo educativo, Summerside parece estar bajo el dominio de los Pringle. Con razón los llaman "la Familia Real". No fui invitada al paseo organizado por Alice Pringle el viernes pasado. Y cuando la señora de Frank Pringle organizó un té para colaborar con un proyecto de la iglesia (Rebecca Dew me informó que las damas van a "construir" la nueva torre), fui la única chica de la iglesia presbiteriana que no fue invitada a ocupar una mesa. Tengo entendido que la esposa del ministro, que es nueva en Summerside, sugirió que me pidieran que cantara en el coro, y se le informó que todos los Pringle desertarían, si lo hacía. Eso dejaría un grupo tan magro, que el coro no podría seguir funcionando, sencillamente. Por supuesto, no soy la única que tiene problemas con los alumnos. Cuando los otros maestros me envían a los suyos para que los "discipline" (¡cómo odio esa palabra!), la mitad son Pringle. Pero nunca hay quejas sobre ellos. Hace dos días, retuve a Jen después de clase para que completara un trabajo que había dejado sin hacer. Diez minutos más tarde, el carruaje de Maplehurst se detuvo delante de la escuela y la señorita Ellen apareció en la puerta una anciana elegantemente vestida, perfumada, sonriente, con guantes de encaje negro y una delgada nariz aguileña. Parecía recién salida de una caja de sombreros de 1840. Lo lamentaba tanto, pero, ¿podía llevarse a Jen? Iba a visitar a unos amigos en Lowvale y les había prometido llevarla. Jen partió, triunfante, y yo tomé con ciencia nuevamente de las fuerzas desplegadas en contra de mí. Cuando estoy con estado de ánimo pesimista, pienso que los Pringle son una mezcla de los Sloane y los Pye. Pero sé que no es así. Siento que podría apreciarlos, si no fueran mis enemigos. Son, en su mayoría, un grupo franco, alegre, leal. Hasta podría apreciar a la señorita Ellen. No conozco a la señorita Sarah. Al parecer, hace diez años que no sale de Maplehurst. -Demasiado delicada... o al menos, eso piensa ella -dice Rebecca Dew con desdén-. Pero a su orgullo no le pasa nada. Todos los Pringle son orgullosos, pero esas dos viejitas no tienen parangón. Debería oírlas hablar sobre sus antepasados. Bueno, su padre, el capitán Abraham Pringle, era un viejo refinado. Su hermano Myrom no lo era tanto, pero no se oye a los Pringle hablar de él. Ay, temo que vaya a pasarlo realmente mal a causa de ellos. Cuando toman una decisión respecto de algo o de alguien, nunca se los ha visto cambiarla. Pero mantenga erguido el mentón, señorita Shirley... ¡Arriba ese mentón! -Ojalá pudiera conseguir la receta de la torta que hace la señorita Ellen -suspiró la tía Chatty-. Me la ha prometido muchas veces, pero nunca llega. Es una antigua receta inglesa de la familia. Son tan exclusivos cuando se trata de sus recetas... En alocados sueños fantásticos, me veo obligando a la señorita Ellen a entregarle la receta a la tía Chatty, de rodillas, y dominando a la rebelde Jen. Lo que más me fastidia es que esto podría hacerlo perfectamente, si no fuera porque todo el clan la respalda en sus travesuras. (Se omiten dos páginas.) Su obediente servidora, ANNE SHIRLEY h.s. Así firmaba sus cartas de amor la abuela de la tía Chatty. 19 de octubre. Hoy nos enteramos de que anoche hubo un robo en el otro extremo de la ciudad. Entraron en una casa y robaron dinero y una docena de cucharas de plata. De manera que Rebecca Dew ha ido hasta lo del señor Hamilton para ver si puede conseguir que le preste un perro. ¡Lo atará en la galería trasera y me aconseja guardar bajo llave mi anillo de compromiso! A propósito, averigüé por qué lloraba Rebecca Dew. Al parecer, hubo una convulsión doméstica. Dusty Miller "se había portado mal" otra vez, y Rebecca Dew le dijo a la tía Kate que tendría que hacer algo con "ese gato". La tenía más que cansada. Era la tercera vez en el año que "se portaba mal", y ella sabía que lo hacía adrede. Y la tía Kate respondió que si Rebecca Dew lo soltara cada vez que maullaba, no habría peligro de que "se portara mal". -Bueno, eso sí que es la gota que colma el vaso - dijo Rebecca Dew. En consecuencia, ¡lágrimas! La situación con los Pringle se torna un poquito más tensa cada semana. Ayer encontré escrito algo muy impertinente sobre uno de mis libros, y Homer Pringle salió por el pasillo haciendo vueltas de carnero a la hora del regreso a casa. Además, recibí una carta anónima hace poco, llena de mezquinas insinuaciones. No sé por qué, pero no culpo a Jen ni por lo del libro ni por la carta. Traviesa como es, hay cosas que no se rebajaría a hacer. Rebecca Dew está furiosa, y me estremezco al pensar lo que haría con los Pringle si los tuviera en su poder. Los instintos de Nerón no son nada, comparados con eso. En realidad, no la culpo, puesto que hay ocasiones en que con toda alegría daría a los Pringle un filtro envenenado, en el mejor estilo Borgia. Creo que no te he contado mucho acerca de los otros maestros. Hay dos, sabes, la vicedirectora, Katherine Brooke, del Aula Intermedia, y George MacKay, de la Preparatoria. De George tengo poco que decir. Es un muchacho tímido y amable de veinte años, con un delicioso y leve acento de las tierras altas, que sugiere pasturas ondulantes e islas brumosas (su abuelo era de la isla de Skye), y es muy capaz para enseñar en la Preparatoria. Lo aprecio, aunque lo conozco muy poco. Pero temo que me va a costar apreciar a Katherine Brooke. Katherine es una joven de unos veintiocho años, aunque parece de treinta y cinco. Me han dicho que albergaba esperanzas de obtener la promoción al cargo de directora, y supongo que debe de guardarme rencor por haberlo conseguido yo, sobre todo considerando que soy bastante menor que ella. Es una buena maestra -un poco sargentona- pero nadie la quiere. ¡Y a ella no le importa en absoluto! No parece tener amigos ni parientes, y se aloja en una casa de aspecto sombrío que está en la deslucida calle Temple. Se viste muy mal, nunca sale y, según dicen, es "mala". Es muy sarcástica y sus alumnos temen ser el blanco de sus comentarios ácidos. Me han contado que la forma en que arquea las gruesas cejas negras y arrastra las palabras cuando se dirige a ellos los deja reducidos a gelatina. Ojalá yo pudiera hacer lo mismo con los Pringle. Pero en realidad, no me gustaría gobernar por medio del miedo, como hace ella. Deseo que mis alumnos me quieran. A pesar del hecho de que, aparentemente, no tiene problemas en mantenerlos a raya, todo el tiempo me los manda... sobre todo a los Pringle. Sé que lo hace con deliberación y tengo la triste certeza de que se alegra ante mis dificultades y que con todo gusto me vería humillada. Rebecca Dew opina que nadie puede entablar amistad con ella. Las viudas la han invitado varias veces a cenar los domingos (las queridas ancianas siempre hacen eso con la gente solitaria y siempre preparan una deliciosa ensalada de pollo) pero ella nunca vino. Así que se dieron por vencidas porque, como dice la tía Kate, "todo tiene su límite". Corren rumores de que es muy inteligente y que sabe cantar y recitar "declamar", es el término usado por Rebecca Dew- pero nunca hace ninguna de las dos cosas. La tía Chatty una vez le pidió que recitara en una cena a beneficio de la iglesia. -Nos pareció que se negó de muy mal modo - afirmó la tía Kate. -Gruñó, directamente -acotó Rebecca Dew. Katherine tiene una voz profunda y grave, casi masculina, y realmente su voz se parece a un gruñido cuando ella no está de buen humor. No es bonita, pero podría sacar más provecho de su físico. Es de tez morena, con un magnífico pelo negro siempre peinado hacia atrás y recogido en un torpe rodete en la nuca. Los ojos no van con el pelo, pues son de un claro color ámbar que resalta bajo las cejas negras. Tiene orejas que no debería darle vergüenza mostrar, y las manos más hermosas que he visto. Tiene una boca bien delineada, también. Pero se viste pésimamente. Parece tener el don de elegir los colores y estilos que no debería usar. Verdes apagados y grises tristes, cuando es demasiado oscura para esos tonos y rayas que hacen que su cuerpo alto y delgado lo parezca más todavía. Y siempre parece que hubiera dormido con la ropa puesta. Su actitud es repelente -como diría Rebecca Dew-, siempre anda buscando pelea. Cada vez que me la cruzo por las escaleras, siento que está pensando cosas horribles sobre mí. Cuando le hablo, me hace sentir que dije algo inadecuado. No obstante, me da mucha lástima... aunque sé que se enfurecería al saberlo. No puedo hacer nada para ayudarla, puesto que no quiere que la ayuden. Es realmente odiosa conmigo. Un día, cuando los tres maestros, estábamos en el salón de profesores, hice algo que, al parecer, transgredía alguna de las reglas no escritas de la escuela, y Katherine dijo, cortante: "Tal vez usted piense que está por encima de las reglas, señorita Shirley". En otro momento, cuando yo sugerí unos cambios que me parecía que redundarían en beneficio de la escuela, dijo, con una sonrisa desdeñosa: -No me interesan los cuentos de hadas. En una oportunidad, cuando hice algunos comentarios positivos sobre su trabajo y sus métodos, replicó: -¿Y cuál es la píldora que está debajo de todo este palabrerío dorado? Pero lo que más me fastidió fue... bueno, un día, por casualidad tomé un libro de ella en el salón de profesores, eché un vistazo a la guarda y dije: -Qué suerte que escribe su nombre con K. Katherine es tanto más atractivo que Catherine... La K es una letra mucho más gitana que la prosaica C. ¡No respondió, pero la siguiente nota que me envió estaba firmada "Catherine Brooke"! Estornudé todo el camino de regreso a casa. Realmente abandonaría mis intentos de entablar amistad con ella, si no fuera porque intuyo, inexplicablemente, que por debajo de tanta aspereza y frialdad está hambrienta de compañía. En fin, entre el antagonismo de Katherine y la actitud de los Pringle, no sé qué haría si no fuera por la querida Rebecca Dew y tus cartas... y por la pequeña Elizabeth. Porque conocí a la pequeña Elizabeth, y es un encanto. Hace tres noches, llevé un vaso de leche al hueco en la pared, y la pequeña Elizabeth estaba allí, esperando para recibirlo, en lugar de la "mujer". La cabeza le asomaba apenas por encima del portoncito, y la carita le quedaba enmarcada por la enredadera. Los ojos que me miraban a la luz del crepúsculo otoñal eran grandes y de un color castaño dorado. El pelo rubio plateado estaba peinado con raya al medio y le caía en ondas sobre los hombros. Llevaba un vestidito celeste de guinga, y su expresión era la de una princesa del País de los Duendes. Tenía lo que Rebecca Dew llama "un aire delicado", y me dio la impresión de una criatura más o menos desnutrida... no en cuerpo, pero sí en alma. Más parecida a un rayo de luna que a un rayo de sol. -¿Y tú eres Elizabeth? -pregunté. -Esta noche, no -respondió, seria-. Hoy es mi noche de ser Betty porque hoy me encanta todo lo que hay en el mundo. Anoche fui Elizabeth y mañana por la noche es probable que sea Beth. Todo depende de cómo me sienta. Un alma gemela, como verás. Me recorrió un estremecimiento de emoción. -Qué lindo tener un nombre que puedes cambiar con tanta facilidad y seguir sintiendo que es tuyo. La pequeña Elizabeth asintió. -Puedo armar muchos nombres con él. Elsie, Betty, Bess, Elisa, Lisbeth y Beth... pero no Lizzie. Nunca me siento como Lizzie. -¿Quién podría? -dije yo. -¿Le parece tonto de mi parte, señorita Shirley? Abuela y la "mujer" opinan que lo es. -No es nada tonto... es muy inteligente y encantador -respondí. La pequeña Elizabeth me miró con ojos como platos, por encima del borde del vaso. Sentí que me estaba pesando en alguna balanza espiritual secreta, e instantes después comprendí, agradecida, que mi peso no había resultado insuficiente. Pues la pequeña Elizabeth me pidió un favor... y ella no pide favores a la gente que no le agrada. -¿Le molestaría levantar al gato y permitirme acariciarlo? -preguntó tímidamente. Dusty Miller se estaba restregando contra mis piernas. Lo levanté y la pequeña Elizabeth extendió una manita y le acarició la cabeza, encantada. -Me gustan más los gatitos que los bebés -afirmó, mirándome con un curioso aire desafiante, como si supiese que me escandalizaría, pero le resultara necesario decir la verdad, a pesar de todo. -Supongo que nunca has tenido mucho que ver con bebés, y por eso no sabes lo dulces que son -dije, sonriendo-. ¿Tienes un gatito? Elizabeth sacudió la cabeza. -No, no. A mi abuela no le gustan los gatos. Y la "mujer" los detesta. Hoy ella salió, por eso pude venir a buscar la leche. Me encanta venir, porque Rebecca Dew es una persona tan agradable. -¿Lamentas que no haya venido esta noche? -le pregunté, sonriendo. Sacudió la cabeza. -No. Usted también es muy agradable. He estado queriendo conocerla, pero temía que no fuera a suceder antes de que llegara Mañana. Nos quedamos allí, hablando, mientras Elizabeth be-, bía delicadamente la leche; me contó todo sobre Mañana. La "mujer" le había dicho que Mañana nunca llega, pero Elizabeth sabe que no es así. Sí que llegará. Algún hermoso amanecer sencillamente se despertará y descubrirá que es Mañana. No Hoy, sino Mañana. Y entonces sucederán cosas... cosas maravillosas. Tal vez hasta tenga un día para hacer todo lo que se le antoje, sin que nadie la vigile... aunque pienso que Elizabeth siente que eso es demasiado bueno hasta para suceder en Mañana y quizá descubra lo que hay al final del camino del puerto... ese camino sinuoso como una linda víbora roja que lleva, según Elizabeth, al fin del mundo. Tal vez allí esté la Isla de la Felicidad. Elizabeth está segura de que en alguna parte existe la Isla de la Felicidad, donde están anclados todos los buques que nunca vuelven, y la encontrará cuando llegue Mañana. -Y cuando llegue Mañana -dijo Elizabeth-, tendré un millón de perros y cuarenta y cinco gatos. Se lo dije a la abuela cuando no quiso permitirme tener un gatito, señorita Shirley, y ella se enojó y respondió: "No estoy acostumbrada a que me hablen de ese modo, señorita Impertinencia". Me enviaron a la cama sin cenar... pero no fue mi intención ser impertinente. Y no pude dormir, señorita Shirley, porque la "mujer" me dijo que había oído decir que una chica había muerto mientras dormía después de haber sido impertinente. Cuando Elizabeth terminó la leche, se oyeron unos golpecitos fuertes en una ventana invisible detrás de los pinos. Pienso que nos habían estado observando todo el tiempo. Mi duendecito huyó; su cabecita dorada brilló por el oscuro pasadizo de pinos hasta que desapareció. -Es una criatura fantasiosa -dijo Rebecca Dew cuando le conté mi aventura. (De verdad, Gilbert, tuvo algo de aventura, no sé por qué.) Y Rebecca Dew agregó: -Un día me dijo: "¿Les tienes miedo a los leones, Rebecca Dew?" "Nunca vi uno, así que no podría decírtelo", respondí. "En Mañana habrá cualquier cantidad de leones", dijo ella, "pero serán leones bonitos y amistosos." "Chiquilla, te convertirás en un par de ojos si miras así", le dije. Miraba a través de mí, como si estuviera viendo algo en ese Mañana suyo. "Estoy pensando pensamientos profundos, Rebecca Dew", me dice. El problema con esa criatura es que no ríe lo suficiente. Recordé que Elizabeth no había reído ni una vez durante nuestra charla. Me da la impresión de que no ha aprendido a hacerlo. Esa casona es tan silenciosa, solitaria y carente de risas... Se la ve apagada y triste aun ahora, cuando el mundo es un alboroto de colores otoñales. La pequeña Elizabeth escucha demasiados susurros perdidos. Creo que una de mis misiones en Summerside será la de enseñarle a reír. Su más tierna y fiel amiga, ANNE SHIRLEY P.s. ¡Otra joya de la abuela de la tía Chatty! 3 Álamos Ventosos, Calle del Fantasma, Summerside, 25 de octubre Querido Gilbert: ¿Qué te parece? ¡Estuve cenando en Maplehurst! La señorita Ellen en persona escribió la invitación. Rebecca Dew estaba entusiasmadísima... no había creído que fueran a prestarme atención. Y estaba absolutamente segura de que no me habían invitado por amabilidad. -¡Tienen algún motivo siniestro, no lo dudo! -exclamó. Yo también pensaba algo parecido. "Recuerde ponerse lo mejor que tenga -me ordenó Rebecca Dew. De modo que me puse el bonito vestido color crema con florecillas violetas, y me hice el nuevo peinado, con el mechón en la frente. Es muy sentador. Las damas de Maplehurst son decididamente encantadoras a su modo, Gilbert. Las adoraría, si me lo permitieran. Maplehurst es una mansión orgullosa y exclusiva que cierra su cortina de árboles y no entabla relación alguna con casas comunes. Tiene en el huerto una enorme figura de mujer, tallada en madera, proveniente del famoso navío del capitán Abraham, el Ve y Pregúntaselo, y alrededor de los escalones del frente, cascadas de abrótano, traído de Inglaterra hace más de cien años por el primer Pringle que emigró. Tienen otro antepasado que luchó en la batalla de Minden, y su espada cuelga en la pared de la salita, junto al retrato del capitán Abraham. El capitán Abraham era el padre de ellas, y es evidente que están muy orgullosas de él. Tienen elegantes espejos encima de las antiguas repisas negras de los hogares, una vitrina con flores de cera adentro, cuadros llenos de la belleza de navíos antiguos, una corona tejida con cabellos de todos los Pringle conocidos, enormes caracolas, y un edredón sobre la cama del dormitorio de huéspedes, con una labor de acolchado que forma abanicos diminutos. Nos sentamos en la salita, en sillones Sheraton de caoba. Las paredes tenían empapelado con rayas plateadas. Pesadas cortinas de brocado colgaban en las ventanas. Había mesas con tablero de mármol; sobre una de ellas se veía un hermoso modelo de un navío con casco rojo y velas blancas, el Ve y Pregúntaselo. Una enorme araña de cristal colgaba del cielo raso. Había un espejo redondo con un reloj en el centro... traído por el capitán Abraham de "puertos lejanos". Era estupendo. Me gustaría algo así para nuestra casa de los sueños. Hasta las sombras eran elocuentes y tradicionales. La señorita Ellen me mostró millones de fotografías de parientes Pringle; muchas eran daguerrotipos en estuches de cuero. Un gran gato con pelaje del color del caparazón de una tortuga entró y saltó sobre mis rodillas. De inmediato, fue echado y llevado a la cocina por la señorita Ellen, que se disculpó conmigo. Pero pienso que antes se había disculpado con el gato, en la cocina. La señorita Ellen fue la que más habló. La señorita Sarah (una cosilla ínfima, triste, preciosa, suave, con vestido negro de seda, enagua almidonada, cabello blanco como la nieve y ojos negros como el vestido, manos delgadas y venosas apoyadas sobre las rodillas entre finos puños de encaje) parecía casi demasiado frágil para poder hablar. Y no obstante, me dio la impresión, Gilbert, de que todos los Pringle del clan, hasta la propia señorita Ellen, bailan al son de su gaita. La cena estuvo deliciosa. El agua estaba helada, la mantelería era preciosa, los platos y la cristalería, elegantes. Nos sirvió una criada tan reservada y aristocrática como ellas. Pero la señorita Sarah fingía ser un poquito sorda cada vez que yo le hablaba, y yo tenía la sensación de que me atragantaría con cada bocado. El valor se me escurrió del cuerpo como agua. Me sentía como una pobre mosca atrapada en papel engomado. Gilbert, jamás podré conquistar a la Familia Real ni ganármela. Me veo renunciando en Año Nuevo. No tengo posibilidad alguna contra un clan como éste. Pese a todo, no pude evitar sentir un dejo de compasión por las ancianas cuando eché una mirada a la casa. En un tiempo, la casa había vivido... había habido nacimientos allí, muertes, alegrías... sus habitantes habían conocido el sueño, la desesperación, el miedo, el gozo, la esperanza, el odio. Y ahora no tiene nada, salvo los recuerdos por los cuales ellas viven... y el orgullo que sienten por ellos. La tía Chatty está muy afligida porque hoy, cuando desdobló sábanas limpias para mi cama, encontró una arruga con forma de diamante en el centro. Está segura de que anuncia una muerte en la casa. La tia Kate está disgustadísima con tanta superstición. Pero creo que a mí me gusta la gente supersticiosa. Le da color a la vida. ¿No sería aburrido el mundo, si todos fueran sabios, sensatos....y buenos? ¿De qué hablaríamos? Hace dos noches tuvimos una gatástrofe. Dusty Miller pasó la noche afuera, a pesar de los enérgicos gritos de Rebecca en el jardín de atrás. Y cuando apareció por la mañana... ¡Ay, qué aspecto! Un ojo estaba cerrado por completo y había una hinchazón grande como un huevo sobre su mandíbula. Tenía el pelo duro de barro y una mordida en la pata. ¡Pero qué expresión triunfante y nada arrepentida se le veía en el ojo sano! Las viudas se horrorizaron, pero Rebecca Dew exclamó, jubilosa: -"Ese gato" nunca había tenido una buena pelea en su vida. ¡Apuesto a que el otro gato quedó peor! Está entrando niebla desde el puerto, y esfuma el camino rojo que la pequeña Elizabeth quiere explorar. En todos los jardines del pueblo se están quemando malezas y hojas, y la combinación de humo y niebla convierte a la Calle del Fantasma en un sitio misterioso, fascinante, mágico. Se está haciendo tarde y mi cama me dice: "Tengo sueños para ti". Me he acostumbrado a trepar los escalones hasta la cama y bajarlos por la mañana. Ay, Gilbert, no le he contado esto a nadie, pero es demasiado gracioso para seguir manteniéndolo en secreto. La primera mañana en Álamos Ventosos olvidé los escalones y bajé de la cama con un alegre saltito. Me vine abajo como una tonelada de ladrillos, como diría Rebecca Dew. Por suerte no me rompí ningún hueso, pero tuve magulladuras que me duraron una semana. La pequeña Elizabeth y yo ya somos buenas amigas. Viene todas las noches a buscar la leche porque la "mujer" está postrada por lo que Rebecca Dew llama "bronquitis". Siempre me la encuentro en el portón, esperándome, llenos de luz sus ojazos. Conversamos por encima del portón, que no ha sido abierto en años. Elizabeth bebe la leche lo más lentamente posible, para poder extender la charla. Siempre, cuando termina la última gota, se oyen los golpes en la ventana. Descubrí que una de las cosas que sucederá en Mañana es que recibirá una carta de su padre. Nunca ha recibido ninguna, hasta ahora. Me pregunto en qué puede estar pensando ese hombre. -Señorita Shirley, lo que pasa es que no podía soportar verme -me contó-. Pero tal vez no le importe escribirme. -¿Quién te dijo que no podía soportar verte? -quise saber, indignada. -La "mujer". Siempre que Elizabeth dice la "mujer", la veo como una gran censuradora, llena de ángulos y puntas. "Y debe de ser cierto, de lo contrario vendría a verme alguna vez. Era Beth esa noche... solamente cuando es Beth habla de su padre. Cuando es Betty hace muecas detrás de las espaldas de su abuela y de la "mujer"; pero cuando se convierte en Elsie, se arrepiente y piensa que debería confesarlo, pero tiene miedo. Muy raras veces es Elizabeth, y en esos momentos, tiene la expresión de alguien que oye música de las hadas y sabe qué se susurran las rosas y los tréboles... Es encantadora, Gilbert... sensible como una de las hojas de los álamos ventosos, y la adoro. Me enfurece saber que esas dos espantosas ancianas la hacen irse a dormir a oscuras. -La "mujer" dijo que ya tenía edad para dormir sin luz. Pero me siento tan pequeña, señorita Shirley, porque la noche es tan grande y terrible. Y en mi cuarto hay un cuervo embalsamado que me da miedo. La "mujer" me dijo que me sacaría los ojos, si lloraba. No le creí, desde luego, señorita Shirley, pero igual tengo miedo. Todo susurra tanto de noche. Pero en Mañana no tendré miedo de nada... ¡ni siquiera de que me rapten! -Pero no hay peligro alguno de que te rapten, Elizabeth. -La "mujer" dijo que sí, si iba a algún lado sola o hablaba con personas desconocidas. Pero usted no es una desconocida, ¿verdad, señorita Shirley? -No, tesoro. Nos conocemos desde siempre en Mañana -le dije. 4 Álamos Ventosos, Calle del Fantasma, Summerside, 10 de noviembre Queridísimo: No había persona que más odiara en el mundo que aquella que me arruinaba la pluma de la lapicera. Pero no puedo odiar a Rebecca Dew, a pesar de su costumbre de usarme la lapicera para copiar recetas cuando estoy en la escuela. Lo ha estado haciendo de nuevo, y en consecuencia, esta vez no recibirás una carta de amor ni una carta muy larga. (Amor mío.) Los grillos han cantado su última canción. Las tardes son tan frías ahora, que tengo una pequeña, regordeta y ovalada estufa de leña en mi habitación. Rebecca Dew me la trajo... le perdono lo de la lapicera por eso. No hay nada que esa mujer no pueda hacer; y siempre me tiene encendido un fuego cuando llego de la escuela. Es una estufa diminuta... podría levantarla en mis manos. Parece un avispado perrito negro sobre sus patitas arqueadas de hierro negro. Pero cuando la llenas con pequeños troncos de madera dura, florece en color rojo y arroja un delicioso calor. No imaginas lo acogedora que es. Estoy sentada delante de ella ahora, con los pies frente al fuego, escribiéndote con el papel sobre las rodillas. Todo el resto de Summerside... más o menos... está en el baile ofrecido por la familia de Hardy Pringle. A mí no me invitaron. Y Rebecca Dew está tan furiosa al respecto, que no me gustaría ser Dusty Miller. Pero cuando pienso en la hija de Hardy, Myra, bella y carente de cerebro, tratando de demostrar en su hoja de examen que los ángulos de la base de un triángulo isósceles son iguales, perdono a todo el clan Pringle. ¡Y la semana pasada incluyó, con toda seriedad, al "árbol genealógico" en una lista de árboles! Pero para ser justa, no todos los horrores se originan en los Pringle. Blake Fenton definió hace poco a un caimán como "una especie de insecto grande". ¡Éstos son ejemplos de los momentos de mayor emoción en la vida de una maestra! Esta noche tengo la sensación de que nevará. Me gustan las noches así. El viento sopla "en torres y árboles" y mi habitación me resulta todavía más acogedora. La última hoja dorada caerá de los álamos esta noche. Creo que a esta altura, ya he sido invitada a cenar a todas partes... me refiero a las casas de mis alumnos, tanto en la ciudad como en el campo. ¡Ay, Gilbert, querido, estoy harta del zapallo en almíbar! Nunca, nunca tengamos un frasco de zapallo en almíbar en nuestra casa de los sueños. En casi todas las casas donde he ido a cenar en este último mes, he comido Z. en A. La primera vez me encantó -estaba tan dorado, que me parecía estar comiendo sol en almíbar- e inocentemente, canté sus loas. Corrió la voz de que el Z. en A. me gustaba mucho y comenzaron a servirlo especialmente en mi honor. Anoche estaba invitada a cenar en casa del señor Hamilton, y Rebecca Dew me aseguró que allí no habría Z. en A. porque a ninguno de los Hamilton les gustaba. Pero cuando me senté a cenar, allí, en el aparador, estaba el inevitable frasco de cristal con Z. en A. -No tenía zapallo en almíbar en casa -explicó la señora Hamilton, mientras me servía una generosa porción-, pero me enteré de que a usted le gustaba muchísimo, de modo que cuando fui a ver a mi prima en Lowvale, el domingo pasado, le dije: "Viene la señorita Shirley a cenar esta semana y le agrada muchísimo el zapallo en almíbar. ¿Podrías darme un frasco para ella? Y me lo dio, aquí está, y puede llevarse a su casa lo que queda. ¡Deberías haber visto la cara de Rebecca Dew cuando llegué a casa con un frasco casi lleno de Z. en A! A nadie le gusta, aquí, así que en la oscuridad de la noche, lo enterramos en el jardín. -¿No pondrá esto en una historia, verdad? -me preguntó Rebecca Dew, nerviosa. Desde que descubrió que de tanto en tanto escribo algo de ficción para las revistas, vive con el temor (o la esperanza, no sé) de que volcaré en una historia todo lo que sucede en Álamos Ventosos. Quiere que "escriba sobre los Pringle y los aniquile". Pero, ay, son los Pringle los que me aniquilan, y entre ellos y mi trabajo en la escuela, es poco el tiempo que tengo para escribir ficción. Sólo quedan hojas marchitas y tallos escarchados en el jardín, ahora. Rebecca Dew ha protegido los rosales con paja y bolsas de papas, y en la luz del crepúsculo, parecen un grupo de ancianos encorvados apoyados sobre bastones. Recibí hoy una postal de Davy con diez besos representados por cruces, y una carta de Priscilla, escrita sobre un papel que le envió "un amigo desde Japón". El papel es sedoso, fino, con flores de cerezo, etéreas como fantasmas. Comienzo a sospechar de ese amigo. Pero tu carta gorda fue el regalo del día. La leí cuatro veces para gozar mejor de su sabor... ¡como un perro relamiendo el plato! Ésa sí que no es una comparación romántica, pero fue la primera que se me ocurrió. De todos modos, las cartas, aun las mejores, no me satisfacen. Quiero verte a ti. Me alegro de que falten solamente cinco semanas para las vacaciones de Navidad. 5 Anne, sentada ante la ventana de la torre un atardecer de fines de noviembre, con la lapicera contra el labio y sueños en los ojos, contemplaba el mundo en penumbra. De pronto, sintió deseos de hacer una caminata hasta el viejo cementerio. Todavía no lo había visitado, pues prefería el bosquecillo de abedules y arces o el camino hacia el puerto para sus paseos de la tarde. Pero en noviembre hay un tiempo, después de que se han caído las hojas, en el que sentía que era casi indecente meterse en el bosque... pues éste había perdido su gloria terrenal, y la gloria celestial de espíritu, pureza y blancura todavía no había caído sobre él. De manera que Anne se encaminó al cementerio. Su estado de ánimo era tan opresivo y carente de esperanzas, que pensó que un cementerio le resultaría agradable, en comparación. Además, estaba lleno de Pringle, según había dicho Rebecca Dew. Se habían hecho enterrar allí durante generaciones, prefiriéndolo al nuevo cementerio hasta "que ya no podían apretujarse más". A Anne le pareció que sería decididamente alentador ver cuántos Pringle había allí, donde ya no podían fastidiar a nadie. Con respecto a los Pringle, Anne sentía que ya habían llegado al límite de lo tolerable. La situación se tornaba cada vez más parecida a una pesadilla. La sutil campaña de insubordinación e irrespetuosidad organizada por Jen Pringle había acabado por hacer eclosión. Un día de la semana anterior, Anne había pedido a sus alumnos que escribieran una composición sobre "El acontecimiento más importante de la semana". Jen Pringle había escrito un texto brillante -la chiquilla era inteligente, sin ninguna duda- y había insertado en él una mordaz ofensa a su maestra, tan evidente, que era imposible pasarla por alto. Anne la envió a su casa y le dijo que tendría que disculparse antes de poder regresar. Ahora sí que quedaba declarada la guerra entre ella y los Pringle. Y la pobre Anne no dudaba sobre cuál estandarte se posaría la victoria. La junta escolar apoyaría a los Pringle, y a ella le harían elegir entre dejar volver a Jen o presentar su renuncia. Sentía mucha amargura. Había puesto lo mejor de sí y sabía que podría haber logrado un buen resultado, si hubiera tenido, por lo menos, la posibilidad de luchar. "No es mi culpa", pensó con tristeza. "¿Quién podría tener éxito contra semejante falange y semejantes tácticas?" ¡Pero volver a Tejados Verdes derrotada! ¡Soportar la indignación de la señora Lynde y el júbilo de los Pye! Aun la compasión de los amigos resultaría angustiosa. Y con el fracaso de Summerside en su haber, nunca podría conseguir otro cargo en una escuela. Pero al menos no se habían salido con la suya en el asunto de la obra de teatro. Anne rió con algo de malicia y los ojos se le llenaron de gozo travieso al recordarlo. Había organizado un Club de Arte Dramático en la escuela secundaria y lo había dirigido en una obra armada rápidamente para conseguir fondos para uno de sus planes: comprar buenos grabados para las aulas. Se había obligado a pedirle ayuda a Katherine Brooke, puesto que ésta siempre parecía tan dejada de lado. Lo lamentó muchas veces, ya que Katherine se mostró más áspera y sarcástica que nunca. Casi no dejaba pasar un ensayo sin hacer algún comentario corrosivo, y arqueaba las cejas sin cesar. Lo peor fue que Katherine insistió en darle el papel de María, Reina de Escocia, a Jen Pringle. -No hay nadie más en la escuela que pueda representarlo -decretó Katherine con impaciencia-. Nadie tiene la personalidad necesaria. Anne no estaba tan segura. Le parecía que Sophy Sinclair (que era alta, de ojos color avellana y hermoso pelo castaño rojizo) sería una mejor María que Jen. Pero Sophy ni siquiera era miembro del club y jamás había tomado parte en una obra. -No queremos novatas en esto. No voy a mezclarme con nada que no sea un éxito -había dicho Katherine de mal modo, y Anne había cedido. No se podía negar que Jen era muy buena para el papel. Tenía talento natural para la actuación y aparentemente se esmeraba mucho. Practicaban cuatro tardes por semana, y en la superficie, todo iba bien. Jen parecía tan interesada en su papel, que su conducta era adecuada en todo lo referido a la obra. Anne no se metía con ella, si no que la dejaba en manos de Katherine. De tanto en tanto, le parecía ver una expresión furtiva de triunfo en el rostro de Jen, y esto la desconcertaba. No podía adivinar qué significaba. Una tarde, poco después del comienzo del ensayo, Anne encontró a Sophy Sinclair llorando en un rincón del guardarropa de las niñas. Al principio, Sophy parpadeó con fuerza y negó que estuviera llorando, pero luego el llanto la venció. -Yo... tenía tantos deseos de actuar... de ser la reina María -sollozó-. No he tenido ninguna oportunidad... Papá no me dejó unirme al club porque había que pagar y en casa cuenta tanto cada centavo... Y desde luego, no tengo experiencia. Es que... siempre me encantó la reina María... solamente su nombre me estremece hasta los huesos. No creo... jamás creeré que haya tenido algo que ver con el asesinato de Darnley. ¡Hubiera sido hermoso imaginarme que era ella por un rato! Más tarde, Anne llegó a la conclusión de que fue su ángel guardián el que le sopló la respuesta. -Te escribiré una copia del papel, Sophy, y te enseñaré a representarlo. Será un buen entrenamiento para ti. Y puesto que planeamos representar la obra en otros lugares, si todo va bien aquí, no nos vendrá mal tener una suplente, por si Jen no puede ir siempre. Pero no le contaremos nada a nadie. Sophy memorizó el papel para el día siguiente. Todas las tardes, volvía a Álamos Ventosos con Anne, después de clase, y ensayaba en la torre. Se divertían mucho juntas, pues Sophy poseía una serena vivacidad. La obra se representaría el último viernes de noviembre en el Municipio; se hizo mucha propaganda y las localidades numeradas se vendieron en su totalidad. Anne y Katherine pasaron dos noches decorando el salón, se contrató a una banda, y una conocida soprano vendría de Charlottetown para cantar en los entreactos. El ensayo general fue un éxito. Jen estuvo realmente excelente y el resto del elenco también se lució. El viernes por la mañana, Jen no fue a la escuela; por la tarde, su madre envió una nota para informar que Jen estaba enferma de la garganta; temían que fuera amigdalitis. Todos lo lamentaban mucho, pero de ninguna manera podría tomar parte en la obra esa noche. Katherine y Anne se miraron; por una vez, el horror compartido las unía. -Tendremos que postergarlo -dijo Katherine-. Y eso es sinónimo de fracaso. En diciembre hay tantas cosas... Bien, desde el principio me pareció una tontería querer representar una obra en esta época del año. -No vamos a postergarlo -afirmó Anne, con los ojos de un verde más intenso que los de la propia Jen. No se lo iba a comentar a Katherine Brooke, pero tenía la certeza absoluta de que Jen Pringle corría tan poco peligro de tener amigdalitis como ella. Estuvieran los Pringle al tanto o no, se trataba de una treta para arruinar la obra porque ella, Anne Shirley, la había patrocinado. -¡Bueno, si lo dice de ese modo...! -se quejó Katherine, encogiéndose de hombros-. ¿Pero qué piensa hacer? ¿Buscar a alguien para que estudie el papel? Sería un desastre... María es toda la obra. -Sophy Sinclair sabe el papel tan bien como Jen. El traje le irá bien y, por fortuna, lo tiene usted y no Jen. La obra se representó esa noche ante un público numeroso. Una Sophy gozosa representó a María... fue María, como Jen Pringle no lo hubiera sido nunca... Se parecía a la Reina, con los trajes de terciopelo, los cuellos altos y las joyas. Los alumnos de la Secundaria de Summerside -que nunca habían visto a Sophy enfundada en algo que no fueran sus sencillos y oscuros vestidos sin forma, sus abrigos desaliñados y sus sombreros raídos se quedaron boquiabiertos, mirándola. Se decidió en el momento que Sophy se convirtiera en miembro permanente del Club de Arte Dramático (la propia Anne pagó la cuota de ingresó), y de allí en más, fue una de las alumnas que "contaban" en la escuela. Pero nadie sabía ni soñaba -y menos que menos la propia Sophy- que esa noche había dado el primer paso en un camino que la llevaría al estrellato. Veinte años más tarde, Sophy Sinclair sería una de las principales actrices de América. Pero es probable que ningún aplauso haya sido nunca tan dulce para sus oídos como el que resonó esa noche en el Palacio Municipal de Summerside cuando cayó el telón. La señora de James Pringle volvió a su casa con un relato que hubiera puesto verdes los ojos de Jen, si no hubieran sido ya de ese color. Por una vez, como dijo Rebecca Dew con sentimiento, Jen se había cocido en su propia salsa. Y el resultado final había sido el insulto en la composición sobre "El acontecimiento más importante de la semana". Anne se encaminó al cementerio y tomó un camino lleno de pozos, entre altos y mohosos canales de desagüe de piedra, tachonados de helechos escarchados. De tanto en tanto, crecían delgados álamos que todavía conservaban algunas hojas a pesar de los vientos de noviembre, y se destacaban contra el color amatista de las colinas lejanas; pero el viejo cementerio, con la mitad de las lápidas inclinadas en un ángulo ebrio, estaba rodeado por una hilera de sombríos y altos pinos. Anne no había pensado encontrar a nadie allí, y se sobresaltó al ver, justo en el portón, a la señorita Valentine Courtaloe, con su nariz larga y delicada, su boca delgada y delicada, sus hombros caídos y delicados y su aire de invencible femineidad. Conocía a la señorita Valentine, por supuesto, como todos en Summerside. Era "la" modista local y lo que no sabía ella sobre personas vivas o muertas no valía la pena de ser tomado en consideración. Anne habría querido deambular sola por el cementerio, leer los viejos epitafios y descifrar los nombres de olvidados amantes bajo los líquenes que crecían sobre ellos. Pero no pudo escapar cuando la señorita Valentine entrelazó su brazo con el suyo y procedió a hacer los honores del cementerio, donde era evidente que yacían tantos Courtaloe como Pringle. La señorita Valentine no tenía una gota de sangre Pringle en las venas, y uno de los alumnos preferidos de Anne era sobrino suyo. De modo que no fue un esfuerzo mostrarse amable con ella; lo único que había que cuidar era no insinuar jamás que "se ganaba la vida cosiendo". Se decía que la señorita Valentine era muy susceptible al respecto. -Me alegro de haber estado aquí esta tarde -le dijo a Anne-. Le puedo contar todo sobre los que están sepultados aquí. Siempre digo que hay que saber los detalles de los difuntos para poder disfrutar de un cementerio. Me gusta más caminar por éste que por el nuevo. Aquí están las familias verdaderamente antiguas. En el nuevo, en cambio, entierran a cualquier hijo de vecino. Los Courtaloe están en esta esquina. Hemos tenido cualquier cantidad de funerales en la familia. -Supongo que les sucede lo mismo a todas las familias antiguas -comentó Anne, puesto que era evidente que la señorita Valentine esperaba que dijera algo. -No, ninguna familia ha tenido tantos como nosotros -aseguró la señorita Valentine, celosa-. Somos de salud muy delicada. Muchos de los nuestros han muerto a causa de la tos. Ésta es la tumba de mi tía Bessie. Era una santa. Pero no hay duda de que su hermana, la tía Cecilia, era una interlocutora más interesante. La última vez que la vi me dijo: "Siéntate, querida, siéntate. Esta noche moriré, a las once y diez, pero ése no es motivo para que no tengamos un último intercambio de chismes". Lo curioso es, señorita Shirley, que murió esa noche a las once y diez. ¿Puede decirme usted cómo lo supo? Anne no pudo. "Mi tatarabuelo Courtaloe está sepultado aquí. Llegó en 1760 y se ganaba la vida fabricando ruecas. He oído que en el curso de su vida hizo mil cuatrocientas ruecas. Cuando murió, el ministro dio un sermón a partir del texto "Sus obras los siguen", y el viejo Myrom Pringle dijo que, en ese caso, el camino al cielo, detrás de mi tatarabuelo, estaría abarrotado de ruecas. ¿Le parece que fue un comentario de buen gusto, señorita Shirley? De haber sido hecho por alguien que no hubiese sido un Pringle, Anne no hubiera respondido con tanta vehemencia: -En absoluto. En ese momento, contemplaba una lápida adornada con un cráneo y huesos cruzados, y se preguntaba acerca del buen gusto de eso también. -Mi prima Dora está enterrada aquí. Tuvo tres maridos, pero todos murieron muy pronto. La pobre Dora no parecía tener suerte para elegir un hombre saludable. El último de sus maridos fue Benjamin Banning, que no está sepultado aquí; yace en Lowvale, junto a su primera mujer. No estaba reconciliado con la muerte. Dora le decía que iría a un mundo mejor. "Puede ser, puede ser", se quejaba el pobre Ben, "pero estoy medio acostumbrado a las imperfecciones de éste". Tomó sesenta y un medicamentos diferentes, pero a pesar de eso, duró bastante. Toda la familia del tío David Courtaloe está aquí. Hay un rosal al pie de cada tumba, ¡y cómo florecen! Vengo aquí todos los veranos y junto un ramo de rosas para mi florero. Sería una pena dejarlas marchitar, ¿no cree? -Sí..., creo que sí. -Mi pobre hermana menor, Harriet, está aquí - suspiró la señorita Valentine-. Tenía una magnífica cabellera... de color parecido a la suya... no tan roja, quizá. Le llegaba a las rodillas. Estaba comprometida cuando murió. Me dicen que usted está comprometida. Nunca tuve demasiados deseos de casarme, pero me hubiera gustado estar comprometida. Sí, claro, he tenido oportunidades... tal vez fui demasido quisquillosa... pero una Courtaloe no podía casarse con cualquiera, ¿no? Al parecer, no. "Frank Digby... allí en ese rincón bajo los zumaques... quería casarse conmigo. Me arrepentí un poco por haberlo rechazado... ¡pero un Digby, querida! Se casó con Georgina Troop. Ella siempre llegaba un poco tarde a la iglesia, para lucir su ropa. Cómo le gustaba la ropa... La sepultaron con un precioso vestido azul... Yo se lo hice para una boda, pero al final lo usó para su propio funeral. Tenía tres hijitos encantadores. Acostumbraban sentarse delante de mí en la iglesia y yo siempre les daba caramelos. ¿Le parece mal darles caramelos a los niños en la iglesia, señorita Shirley? Los de menta, no... ésos resultarían adecuados... hay algo religioso en los caramelos de menta, ¿no le parece? Pero a los niños no les gustan, pobrecillos. Una vez agotadas las tumbas de los Courtaloe, las reminiscencias de la señorita Valentine se tornaron más jugosas. No importaba tanto si no se era un Courtaloe. "Aquí está la anciana señora de Russel Pringle. Con frecuencia me pregunto si -estará en el cielo o no. -¿Pero por qué? -exclamó una escandalizada Anne. -Bueno, siempre detestó a su hermana, Mary Ann, que murió unos meses antes que ella. "Si Mary Ann está en el cielo, no me quedaré allí", decía. Y era una mujer que siempre cumplía su palabra... en el estilo Pringle. Era Pringle de soltera y se casó con su primo Russel. Esta es la señora de Dan Pringle... Janetta Bird. Murió a los setenta años. La gente dice que le hubiera parecido mal morir con más de setenta años, pues ése es el límite que da la Biblia. La gente dice cosas tan graciosas, ¿no cree? He oído comentar que morir fue lo único que se atrevió a hacer sin consultar al marido. ¿Sabe, querida, qué hizo el marido en una oportunidad, cuando ella se compró un sombrero que a él no le gustaba? -No puedo imaginarlo. -Se lo comió -declaró la señorita Valentine, solemne-. Desde luego, era un sombrerito pequeño... encaje y flores... nada de plumas. De todos modos, debe de haber sido difícil de digerir. Tengo entendido que tuvo dolores de estómago durante bastante tiempo, después. Por supuesto, yo no lo vi comérselo, pero siempre me han dicho que el cuento era verídico. ¿Lo cree posible? -Creería cualquier cosa de un Pringle -respondió Anne con amargura. La señorita Valentine le apretó el brazo, compasiva. -La compadezco... de veras. Es terrible la forma en que la están tratando. Pero Summerside no es todo Pringle, señorita Shirley. -A veces me parece que sí -dijo Anne con una sonrisa lastimosa. -No, nada de eso. Y hay muchas personas a las que les gustaría verla derrotarlos. No ceda, hagan lo que hicieren ellos. Es nada más que Satanás, que se ha apoderado de ellos. Pero son muy unidos... y la señorita Sarah quería que su prima obtuviera el cargo en la escuela. "Aquí están los familiares de Nathan Pringle. Nathan siempre creía que su mujer trataba de envenenarlo, pero nunca pareció importarle. Decía que volvía más emocionante la vida. Una vez sospechó que ella le había puesto arsénico en el potaje. Salió y se lo dio a un cerdo. El cerdo murió tres semanas después. Pero él dijo que quizá no había sido más que una coincidencia y que, de todos modos, no estaba seguro de que fuera el mismo cerdo. Al final, ella murió antes que el marido, y él dijo que había sido una buena esposa, con excepción de ese detalle. Pienso que sería caritativo creer que estaba equivocado al respecto. -"En recuerdo de la señorita Kinsey" -leyó Anne, asombrada-. ¡Qué inscripción extraña! ¿No tenía otro nombre? -Si lo tenía, nadie lo sabía -respondió la señorita Valentine-. Vino de Nova Scotia y trabajó para la familia de George Pringle durante cuarenta años. Ella se presentaba como la señorita Kinsey, y todo el mundo la llamaba así. Murió en forma repentina y entonces se descubrió que nadie conocía su nombre de pila y que no tenía parientes. De manera que escribieron eso sobre la lápida... La familia de George Pringle la hizo sepultar muy bien y pagó la lápida. Era una mujer leal y trabajadora, pero si usted la hubiera visto alguna vez, hubiese pensado que había nacido llamándose señorita Kinsey. "Aquí están James Morley y su esposa. Estuve en sus bodas de plata. Qué alboroto... regalos, discursos y flores... todos los hijos en la casa... y ellos sonriendo y saludando, cuando en verdad se odiaban a muerte. -¿Se odiaban? -Venenosamente, mi querida. Todo el mundo lo sabía. Hacía años que se odiaban... casi desde que se habían casado, en realidad. Se pelearon al salir de la iglesia, después de la boda. A veces me pregunto cómo logran yacer aquí, lado a lado, tan pacíficamente. Anne se estremeció. ¡Qué terrible! Sentarse uno frente al otro a la mesa... acostarse uno al lado del otro por las noches... ir a la iglesia a bautizar a los bebés... odiándose. Debieron de amarse en un principio. ¿Acaso era posible que ella y Gilbert pudieran alguna vez...? ¡Qué tontería! Los Pringle le estaban alterando los nervios. "Aquí yace el buen mozo de John MacTabb. Siempre se sospechó que Annetta Kennedy se ahogó por él. Los MacTabb eran todos apuestos, pero no se les podía creer una palabra de lo que decían. En un tiempo, aquí había una lápida de su tío Samuel, supuestamente ahogado en alta mar hace cincuenta años. Cuando apareció con vida, la familia sacó la lápida. El hombre a quien se la habían comprado no quiso aceptarla de vuelta, de modo que la esposa de Samuel la utilizaba como tabla para amasar. La lápida era fantástica para eso, según ella. Los chicos MacTabb siempre llevaban a la escuela galletitas con letras y números... marcas del epitafio. Convidaban a todos, pero yo nunca pude comerlas. Soy quisquillosa en ese aspecto. "Aquí está Harley Pringle. Una vez, tuvo que llevar a Peter MacTabb por la calle principal, en una carretilla, a causa de una apuesta sobre las elecciones. Y Peter llevaba puesto un bonete. Todo el pueblo salió a la calle a mirar... menos los Pringle, por supuesto. Ellos casi murieron de vergüenza. Aquí está Millie Pringle. Era bonita y esbelta como un hada. A veces pienso, mi querida, que en noches como ésta debe de salir de su tumba y danzar como solía hacerlo. Pero una mujer cristiana no tendría que pensar esas cosas. "Ésta es la tumba de Herb Pringle. Era uno de los Pringle jocosos. Siempre hacía reír. Una vez rió muy fuerte en la iglesia, cuando un ratoncito cayó de entre las flores del sombrero de Meta Pringle, cuando ella se inclinó para orar. A mí no me dieron tantas ganas de reír. No sabía adónde había ido el ratón. Me levanté las faldas hasta los tobillos y las sostuve así hasta que salimos, pero el sermón quedó arruinado para mí. Herb estaba detrás de mí y profirió una carcajada fortísima. La gente que no pudo ver el ratón creyó que se había vuelto loco. Para mí, su risa no podía morir. Si él viviera, se pondría de su parte, señorita Shirley, con Sarah o sin ella. "Éste, por supuesto, es el monumento del capitán Abraham Pringle. Dominaba todo el cementerio. Cuatro plataformas retraídas de piedra formaban un pedestal cuadrado sobre el cual se erigía un enorme pilar de mármol rematado por una absurda urna drapeada; debajo de ésta, un querubín regordete tocaba una trompeta. -¡Qué horrible! -comentó Anne con candidez. -¿Le parece? -La señorita Valentine parecía escandalizada. -Fue considerado muy imponente cuando se erigió. Se supone que ése es el arcángel Gabriel tocando la trompeta. Creo que le da un toque de elegancia al cementerio. Costó novecientos dólares. El capitán Abraham era un caballero. Es una lástima que haya muerto. Si viviera, no la perseguirían de ese modo. No me sorprende que Sarah y Ellen estén tan orgullosas de él, aunque en mi opinión, exageran un poco. Al llegar al portón, Anne se volvió y miró hacia atrás. Un silencio extraño, pacífico, cubría la tierra sin viento. Los largos dedos de luna comenzaban a perforar los pinos oscuros, tocando una lápida aquí, otra allá, y formando sombras entre ellas. Pero el cementerio no era un lugar triste, después de todo. Los que estaban allí parecían haber cobrado vida con los relatos de la señorita Valentine. -He oído decir que usted escribe -dijo la señorita Valentine, nerviosa, mientras bajaban por el camino-. No pondrá en sus relatos las cosas que le he contado, ¿verdad? -Puede estar segura de que no lo haré -prometió Anne. -¿Cree que está mal... o que es peligroso... hablar mal de los muertos? -susurró la anciana con voz ansiosa. -Pienso que no es exactamente ninguna de las dos cosas -respondió Anne-. Sólo me parece... un poco injusto, como golpear a alguien que no puede defender se. Pero no dijo nada horrible de nadie, señorita Courtaloe. -Le conté que Nathan Pringle creía que su mujer trataba de envenenarlo... -Pero le dio a ella el beneficio de la duda... Y la señorita Valentine siguió su camino, ya más tranquila. 6 Esta tarde dirigí mi rumbo al cementerio -le escribió Anne a Gilbert después de volver a casa-. Me encanta la expresión "dirigir el rumbo" y la pongo cada vez que encuentro ocasión. Suena extraño decir que disfruté de mi paseo en el cementerio, pero es así. Las anécdotas de la señorita Courtaloe eran tan graciosas... La comedia y la tragedia se entremezclan en la vida, Gilbert. Lo único que me persigue todavía es la historia de esos dos que vivieron juntos cincuenta años, odiándose. No puedo creer que haya sido así. Alguien ha dicho que "el odio es solamente el amor que no encontró el camino". Estoy segura de que debajo del odio, en realidad se amaban -como te amaba yo todos esos años en los que creí odiarte- y que la muerte se los habrá demostrado. Yo me alegro de haberlo descubierto en vida. Y he descubierto que hay Pringle honestos... aunque están muertos. Anoche bajé a tomar agua y encontré a la tía Kate en la despensa, poniéndose suero de leche en la cara. Me pidió que no se lo contara a Chatty... la creería tan tonta. Le prometí que no diría nada. Elizabeth sigue viniendo a buscar la leche, aunque la "mujer" ya se repuso de la bronquitis. Me extraña que se lo permitan, sobre todo considerando que la anciana señora Campbell es una Pringle. El sábado pasado, Elizabeth -creo que era Betty esa tarde- entró corriendo y cantando después de haberme dejado y oí con claridad que la "mujer" le decía, en la puerta: -Estamos demasiado cerca del domingo para que cantes esa canción. ¡Estoy segura de que "esa mujer" le impediría cantar la cualquier día, si pudiera! Elizabeth llevaba puesto un vestido nuevo esa noche, color carmesí (la visten bien, eso sí), y comentó con melancolía: -Me pareció que estaba bastante bonita cuando me lo puse, señorita Shirley, y deseé que mi padre pudiera verme. Desde luego, me verá en Mañana, pero a veces parece que falta tanto para que llegue... Ojalá pudiéramos apurar un poco el tiempo, señorita Shirley. Ahora, Gilbert querido, tengo que ir a resolver unos ejercicios de geometría. Estos ejercicios han reemplazado lo que Rebecca llama mis "esfuerzos literarios". El espectro que me persigue ahora es el miedo de que aparezca en clase un ejercicio que no sepa resolver. Y qué dirían los Pringle entonces... ¡qué dirían! Mientras tanto, si me amas a mí y a la especie gatuna, ruega por un pobre gato maltratado y triste. Un ratón pasó por encima del pie de Rebecca Dew en la despensa, el otro día, y desde entonces, ella echa humo. -Lo único que hace "ese gato" es comer, dormir y dejar que los ratones invadan todo. Ésta sí que es la gota que colma el vaso. De manera que lo corre de un lado a otro, lo echa de su almohadón preferido y -lo sé, porque la he visto- lo ayuda con un puntapié a salir por la puerta. 7 Un viernes por la tarde, al terminar un día templado y soleado de diciembre, Anne fue a Lowvale; prepararían pavo para la cena. Wilfred Bryce vivía allí con sus tíos, y la había invitado tímidamente a ir con él después de la escuela a cenar en la iglesia y pasar el sábado en su casa. Anne aceptó, esperando poder ejercer su influencia sobre el tío para que permitiera a Wilfred seguir asistiendo a la escuela secundaria. Wilfred temía no poder volver después de Año Nuevo. Era un chico inteligente y ambicioso, y Anne se interesaba por él. No podía decirse que disfrutara enormemente de la visita, salvo por el placer que causaba a Wilfred. Sus tíos eran una pareja extraña y rústica. La mañana del sábado amaneció ventosa y oscura, con lluvias y nevisca, y al principio Anne se preguntó cómo pasaría el día. Se sentía cansada y con sueño, pues la cena había terminado a altas horas; Wilfred tenía que ayudar con el trabajo y no había ni siquiera un libro a la vista. Entonces pensó en el desvencijado baúl marinero que había visto al fondo del corredor del piso de arriba, y recordó el pedido de la señora Stanton. La señora Stanton estaba escribiendo la historia del distrito y le había preguntado a Anne si tenía conocimiento de la existencia de viejos diarios o documentos que pudieran servirle, o si sabía quién pudiera tenerlos. -Los Pringle, desde luego, tienen mucho material que me resultaría útil -le había comentado-. Pero no puedo pedírselo. Los Pringle y los Stanton nunca se llevaron bien. -Yo tampoco puedo pedírselo -le había dicho Anne. -Oh, no pretendo que lo haga. Sólo le pido que mantenga ojos y oídos abiertos cuando está de visita en otras casas, y si encuentra mapas o diarios viejos u oye hablar de ellos, trate de conseguírmelos prestados. No sabe las cosas interesantes que he encontrado en diarios viejos... trocitos de vida real que resucita a los pioneros. Quiero cosas así para mi libro, además de estadísticas y árboles genealógicos. Anne le preguntó a la señora Bryce si tenía algo de eso. La señora Bryce sacudió la cabeza. -Que yo sepa, no. -Su rostro se iluminó. -Ah, pero está el baúl del viejo tío Andy, arriba. Quizás haya algo allí. Navegaba con el capitán Abraham Pringle. Iré a preguntarle a Duncan si puede revisar el baúl. Duncan mandó decir que podía revisar el baúl y que si encontraba documentos, podía guardárselos. Tenía pensado quemar todo el contenido y usar el baúl como caja de herramientas. Anne lo revisó meticulosamente, pero lo único que encontró fue un viejo y amarillento diario o cuaderno de bitácora, mantenido, al parecer, por Andy Bryce durante sus años en el mar. Anne amenizó la tarde tormentosa leyéndolo, interesada y divertida. Andy era un marino avezado y había hecho varios viajes con el capitán Abraham Pringle a quien, resultaba evidente, admiraba muchísimo. Con muchos errores gramaticales y de ortografía, en las páginas del diario rendía tributo a la valentía e inteligencia del capitán, sobre todo en una loca hazaña por el Cabo de Hornos. Pero su admiración, al parecer, no se extendía a Myrom, el hermano de Abraham, que también era capitán, pero de otro navío. Hoy fuimos a lo de Myrom Pringle. Su esposa lo hizo enfurecer y él le arrojó un vaso de agua en la cara. Myrom está de vuelta. Su navío se quemó y tuvieron, que bajar los botes. Casi se mueren de hambre. Terminaron comiéndose a Jonas Selkirk, que se había pegado un tiro. Vivieron de Jonas hasta que el Mary los recogió. El propio Myrom me lo contó. Le parecía una broma fantástica. Anne se estremeció ante esa última anotación, que parecía más horrorosa todavía por el descuido con que Andy narraba los hechos. Luego se puso a pensar. No había nada en el diario que sirviese a la señora Stanton pero, ¿no les resultaría de interés a las señoritas Sarah y Ellen, puesto que hablaba tanto de su adorado padre? ¿Y si se lo enviaba? Duncan Bryce había dicho que podía hacer lo que deseara con él. No, no lo haría. ¿Por qué iba a tratar de complacerlas o de alimentar su absurdo orgullo, que ya era bastante sin añadirle combustible? Se habían metido en la cabeza hacerla ir de la escuela y lo estaban logrando. El clan la había derrotado. Wilfred la llevó de regreso a Álamos Ventosos esa tarde; ambos estaban contentos. Anne había convencido a Duncan Bryce que permitiera a Wilfred terminar el año en la escuela secundaria. -Después me las arreglaré para ir a Queen's por un año y así podré aprender y educarme -dijo Wilfred-. ¿Cómo podré agradecérselo, señorita Shirley? Mi tío no hubiera escuchado a ninguna otra persona, pero usted le cae bien. Cuando estábamos en el granero, me dijo: "Las pelirrojas siempre hicieron lo que quisieron conmigo". Pero no creo que haya sido su pelo, señorita Shirley, aunque es realmente hermoso. Fue... fue usted. A las dos de la mañana, Anne despertó y decidió que enviría el diario de Andy Bryce a Maplehurst. Después de todo, las ancianas le agradaban. Y tenían tan poco para entibiarse la vida... sólo el orgullo por su padre. A las tres despertó de nuevo y decidió que no lo haría. ¡La señorita Sarah se había hecho la sorda! A las cuatro estaba otra vez en la encrucijada. Acabó por decidirse a enviarlo. No sería tan mezquina. Le horrorizaba ser mezquina... como los Pye. Habiendo decidido enviárselo, Anne se durmió en paz, pensando en lo hermoso que era despertar en la noche y oír la primera tormenta de nieve del invierno alrededor de la torre, y luego acurrucarse bajo las frazadas y volver a dormirse. El lunes por la mañana, envolvió el viejo diario con cuidado y se lo envió a la señorita Sarah con una notita: Estimada señorita Pringle: ¿Le podría interesar este viejo diario? El señor Bryce me lo dio para la señora Stanton, que está escribiendo la historia del distrito, pero no me pareció que fuera a servirle. Pensé que a usted podría gustarle tenerlo. Atentamente, ANNE SHIRLEY "Es una nota horriblemente seca", pensó Anne, "pero no logro escribirles con naturalidad. Y no me sorprendería que me la enviasen de vuelta," En el diáfano azul de una tarde de comienzos del invierno, Rebecca Dew se llevó el susto de su vida. El carruaje de Maplehurst avanzaba por la Calle del Fantasma, sobre la nieve en polvo, y se detenía junto al portón principal. Bajó la señorita Ellen y luego... ante el asombro de todos... la señorita Sarah, que no había salido de Maplehurst en diez años. -Vienen hacia la puerta principal -jadeó Rebecca Dew, presa del pánico. -¿Y por qué otro lugar entraría un Pringle? -replicó la tía Kate. -Sí, claro... claro... pero se atasca -recordó Rebecca con aire trágico-. Esa puerta se atasca, lo sabe muy bien. Y no la hemos abierto desde que hicimos la limpieza general la primavera pasada. Ésta sí que es la gota que colma el vaso. La puerta se atascó, pero Rebecca Dew logró abrirla con un tirón de desesperada violencia e hizo pasar a las damas de Maplehurst a la salita. "Gracias a Dios encendimos un fuego allí", pensó. "Lo único que espero es que `ese gato' no haya llenado de pelos el sofá. Si Sarah Pringle se ensuciara el vestido con pelos en nuestra salita..." Rebecca Dew no se atrevía a imaginar las consecuencias. Llamó a Anne (que se hallaba en su habitación en la torre), pues la señorita Sarah había preguntado si estaba, y luego se fue a la cocina, enloquecida de curiosidad. ¿Qué podría traer a las ancianas a ver a la señorita Shirley? -Si hay más persecución en el aire... -dijo Rebecca Dew con tono sombrío. Anne había bajado bastante nerviosa. ¿Habrían venido a devolver el diario con helado desdén? Fue la diminuta, arrugada e inflexible señorita Sarah la que se levantó y habló sin preámbulos cuando Anne entró en la sala. -Hemos venido a capitular -declaró con amargura-. No podemos hacer otra cosa... Usted lo supo, por supuesto, cuando encontró ese escandaloso relato sobre el pobre tío Myrom. No fue cierto... no podría ser cierto. Tío Myrom estaba haciendo una broma a Andy Bryce, Andy era tan crédulo... Pero todo el mundo, fuera de la familia, lo creerá con gusto. –Usted sabía que nos convertiría en un hazmerreír... o algo peor. Oh, sí, es usted muy inteligente. Eso lo admitimos. Jen se disculpará y de ahora en adelante se comportará como corresponde... Se lo aseguro yo, Sarah Pringle. Si sólo nos promete no contárselo a la señora Stanton... no contárselo a nadie... haremos cualquier cosa... cualquier cosa. La señorita Sarah estrujaba el fino pañuelo de encaje entre sus pequeñas manos venosas. Estaba temblando. Anne se quedó mirándola, desconcertada y horrorizada. ¡Pobres ancianas! ¡Creían que las había estado amenazando! -Ay, pero me han malentendido de la forma más terrible -exclamó, tomando las manos de la señorita Sarah-. Yo... nunca pensé que creerían que... Fue solamente porque me pareció que les gustaría conocer todos esos detalles interesantes sobre su magnífico padre. Jamás pensé en mostrar o contar ese otro asunto a nadie. No me pareció en absoluto importante. Y jamás hablaré de él. Se produjo un silencio. Luego, la señorita Sarah liberó sus manos con suavidad, se llevó el pañuelo a los ojos y se sentó; en su cara delicada y surcada de arrugas había un leve rubor. -Sí... la hemos malentendido, mi querida. Y... nos hemos comportado en forma abominable con usted. ¿Puede perdonarnos? Media hora más tarde -una media hora que casi Î causó la muerte de Rebecca Dew-, las señoritas Pringle se fueron. Había sido una media hora de conversación amistosa sobre los puntos no explosivos del diario de Andy. En la puerta principal, la señorita Sarah (que no había tenido problemas de audición durante toda la visita) se volvió por un instante y sacó de su cartera un trozo de papel cubierto por prolija escritura. -Casi lo había olvidado... Hace un tiempo le prometimos a la señora MacLean la receta de nuestra torta. ¿Le importaría entregársela? Y dígale que es muy importante el proceso de transpiración... indispensable, en realidad. Ellen, tu sombrero está caído sobre una oreja. Será mejor que te lo acomodes antes de salir. Anne les contó a las viudas y a Rebecca Dew que les había dado el diario de Andy Bryce a las ancianas y que ellas habían venido a agradecerle. Tuvieron que conformarse con esa explicación, aunque Rebecca Dew intuía que había algo más detrás del asunto... mucho más. El agradecimiento por un viejo diario manchado de tabaco no alcanzaba para traer a Sarah Pringle a la puerta de Álamos Ventosos. ¡La señorita Shirley era astuta... muy astuta! -Después de esto, voy a abrir esa puerta una vez por día -juró Rebecca-. Nada más que para mantenerla en práctica. Casi me caigo de espaldas cuando se abrió. Bien, tenemos la receta de la torta, de todos modos. ¡Treinta y seis huevos! Si se deshicieran de "ese gato" y me permitieran criar gallinas, quizá podríamos permitírnosla una vez por año. Dicho esto, Rebecca Dew se marchó a la cocina y se vengó del destino dándole leche a "ese gato", cuando sabía que lo que él quería era hígado. El conflicto Shirley-Pringle llegó a su fin. Nadie, fuera de la familia Pringle, supo por qué, pero la gente de Summerside comprendió que la señorita Shirley, sola, había derrotado de algún modo misterioso a todos los miembros del clan, que desde ese día fueron mansos como una oveja con ella. Jen volvió a la escuela al día siguiente y se disculpó sumisamente ante Anne, delante de toda la clase. De allí en más, fue una alumna ejemplar, y el resto de los Pringle siguió su ejemplo. En cuanto a los adultos de la familia Pringle, su antagonismo desapareció como niebla bajo el sol. Ya no hubo quejas sobre la disciplina ni las tareas. Ya no hubo afrentas sutiles. Se pisaban unos a otros tratando cíe ser amables con Anne. Ningún baile ni fiesta de patinaje quedaba completo sin Anne. Porque si bien el fatal diario había sido arrojado a las llamas por la mismísima señorita Sarah, la memoria era la memoria y la señorita Shirley tenía algo para contar, si se le antojaba hacerlo. ¡De ninguna manera se podía permitir que esa chismosa de la señora Stanton se enterara de que el capitán Myrom Pringle había sido caníbal! 8 (Extracto de una carta a Gilbert.) Estoy en la torre y Rebecca Dew está en la cocina, cantando Si yo pudiera trepar. ¡Eso me recuerda que la esposa del ministro me ha pedido que cante en el coro! Por supuesto, se lo han dicho los Pringle. Quizá lo haga los domingos que no pase en Tejados Verdes. Los Pringle han extendido la mano de amistad con venganza... ¡me han aceptado hasta las últimas consecuencias! ¡Qué clan! He asistido a tres fiestas Pringle. No quiero ser maliciosa, pero creo que todas las chicas Pringle están copiando mi modo de peinarme. Bueno, "la imitación es la adulación más sincera". Y, Gilbert, de verdad los aprecio... como siempre supe que sucedería, si me daban la oportunidad. Hasta comienzo a sospechar que tarde o temprano sentiré afecto por Jen. Sabe ser encantadora cuando quiere, y es muy evidente que quiere serlo. Ayer, al atardecer, fui hasta la cueva del león... en otras palabras, subí audazmente los escalones de la entrada de Siempreverde hasta el pórtico cuadrado con las cuatro urnas blanqueadas en las esquinas, y toqué el timbre. Cuando vino la señorita Monkman a la puerta, le pregunté si podía llevarme a Elizabeth para ir a dar una caminata. Esperaba una negativa, pero después de entrar a conferenciar con la señora Campbell, "la mujer" volvió y dijo en tono agrio que Elizabeth podía ir, pero que por favor no la trajera tarde. Me pregunto si hasta la señora Campbell habrá recibido órdenes de la señorita Sarah. Elizabeth bajó bailando la escalera oscura; parecía un duende con el abrigo rojo y el sombrerito verde; el júbilo casi la había hecho enmudecer. -Estoy tan nerviosa y emocionada, señorita Shirley -susurró en cuanto nos alejamos-. Soy Betty... siempre soy Betty cuando me siento así. Bajamos por "el camino que lleva al fin del mundo" todo lo que nos atrevimos y luego emprendimos el regreso. Esa tarde, el puerto, tendido bajo un atardecer carmesí, parecía lleno de insinuaciones de tierras mágicas e islas misteriosas en mares desconocidos. Me emocioné y también lo hizo el duende que se aferraba a mi mano. -Si corriéramos a toda velocidad, señorita Shirley, ¿podríamos meternos en el ocaso? -quiso saber. Recordé a Paul y sus fantasías sobre "la tierra del ocaso". -Tendremos que esperar a Mañana para poder hacerlo -respondí-. Mira, Elizabeth, esa isla dorada de nubes, justo encima de la boca del puerto. Imaginemos que es tu Isla de la Felicidad. -Hay una isla por allí, en alguna parte -dijo Elizabeth en voz soñadora-. Se llama Nube Voladora. ¿No es un nombre precioso? ¿Un nombre salido de Mañana? La veo desde las ventanitas de la buhardilla. Pertenece a un caballero de Boston que tiene una casa veraniega allí. Pero yo me imagino que es mía. En la puerta, me incliné y besé la mejilla de Elizabeth antes de que ella entrara. Jamás olvidaré la expresión de sus ojos. Gilbert, esa niña necesita cariño. Hoy, cuando vino a buscar la leche, me di cuenta de que había estado llorando. -Hicieron que... me lavara su beso, señorita Shirley -sollozó-. Yo no quería volver a lavarme la cara nunca más. Juré que no lo haría. Es que no quería quitarme su beso. Esta mañana logré irme a la escuela sin lavármela, pero ahora la "mujer" me llevó al baño y me pasó la esponja por toda la cara. Me mantuve seria. -No podrías ir por la vida sin lavarte la cara de tanto en tanto, tesoro. Pero no te preocupes por el beso. Te besaré todas las noches cuando vengas a buscar la leche, y entonces no tendrá importancia que te laves la cara a la mañana siguiente. -Usted es la única persona en el mundo que me quiere -dijo Elizabeth-. Cuando me habla, huelo a violetas. ¿Recibió alguien alguna vez un cumplido tan hermoso? Pero no pude dejar pasar la primera frase. -Tu abuela te quiere, Elizabeth. -No... Ella me odia. -Eres un poquitín tonta, mi vida. Tu abuela y la señorita Monkman son ancianas, y los ancianos se preocupan y se afligen con facilidad. Por cierto, a veces las haces enojar. Y desde luego, cuando ellas eran jóvenes, los niños eran criados con mucha más severidad que ahora. Se aferran a las viejas costumbres. Pero me pareció que no lograba convencerla. Después de todo, no la quieren y ella se da cuenta. Miró hacia la casa para ver si la puerta estaba cerrada, y luego dijo, con deliberación: -Abuela y la "mujer" son dos tiranas y cuando llegue Mañana me voy a escapar de ellas para siempre. No me verán más. Creo que esperaba que yo muriera de horror... Realmente pienso que lo dijo para escandalizarme. Reí y le di un beso. Espero que Martha Monkman lo haya visto desde la ventana de la cocina. Veo Summerside desde la ventana izquierda de la torre. Ahora es un amistoso amontonamiento de techos blancos... amistoso, por fin, puesto que los Pringle son mis amigos. Aquí y allá brillan luces en las ventanas de las buhardillas. Aquí y allá hay una sombra de humo gris. Pesadas estrellas cuelgan sobre el pueblo. Es un pueblo que sueña. ¿No te parece bonita esa frase? ¿Recuerdas...? "Por entre los pueblos que soñaban, Galahad pasó." Me siento tan feliz, Gilbert. No tendré que volver a Tejados Verdes en Navidad, derrotada y desacreditada. La vida es linda... ¡deliciosa! Deliciosa es, también, la torta de la señorita Sarah. Rebecca Dew la hizo y la dejó "transpirar" según las indicaciones... lo que significa, sencillamente, que la envolvió en varias capas de papel marrón y toallas y la dejó así tres días. Te la recomiendo. 9 Trix Taylor estaba acurrucada en un sillón de la torre, una noche de febrero, mientras remolinos de nieve silbaban contra las ventanas, y esa estufa absurdamente pequeña, al rojo vivo, ronroneaba como un gato negro. Trix le estaba contando sus problemas a Anne. Anne comenzaba a descubrirse receptora de toda clase de confidencias. Se sabía que estaba comprometida, de modo que las muchachas de Summerside no la consideraban una posible rival, y Anne tenía algo que las hacía sentir que sus secretos estarían a salvo con ella. Trix había venido a invitar a Anne a cenar la noche siguiente. Era una criatura menuda, alegre, regordeta, con chispeantes ojos oscuros y mejillas rosadas, y no parecía que la vida cayera con pesadez sobre sus veinte años. Pero al parecer, tenía sus problemas. -Mañana a la noche vendrá a cenar el doctor Lennox Carter. Es por eso que queremos invitarte en forma especial. Es el nuevo jefe del Departamento de Lenguas Modernas de Redmond, un hombre inteligentísimo, así que queremos que haya alguien con cerebro para hablar con él. Sabes que yo no tengo demasiado, y Pringle, tampoco. En cuanto a Esme... bueno, te diré, Anne, Esme es dulcísima y muy inteligente, pero es tan tímida y vergonzosa, que ni siquiera puede hacer uso del cerebro que tiene cuando el doctor Carter está cerca. Está tan terriblemente enamorada de él... Es penoso. Yo le tengo mucho cariño a Johnny... ¡pero jamás me derretiría de ese modo por él! -¿Esme y el doctor Carter están comprometidos? -Todavía no... Pero, ay, Anne, ella espera que esta vez se le declare. ¿Vendría hasta la isla a visitar a su primo en medio de la temporada de estudios, si no tuviera esa intención? Espero que sea así, por Esme, porque sencillamente morirá, si él no lo hace. Pero entre nosotras, no me muero por tenerlo de cuñado. Es terriblemente quisquilloso, dice Esme, y ella teme que no nos dé su aprobación. Si no aprueba a la familia, Esme cree que no le propondrá matrimonio. Así que puedes imaginar lo ansiosa que está por que todo salga bien mañana por la noche. Y no veo, por qué tendría que salir algo mal... Mamá es una cocinera maravillosa... tenemos una criada muy buena y he sobornado a Pringle con la mitad de lo que me dan cada semana para que se comporte como es debido. A él tampoco le cae bien el doctor Carter... dice que es muy engreído... pero quiere mucho a Esme. ¡Espero que papá no tenga uno de sus ataques de malhumor! -¿Tienes motivos para temerlo? -preguntó Anne. Todo el mundo en Summerside había oído hablar de los ataques de malhumor de Cyrus Taylor. -Nunca se sabe cuándo le agarrarán -se quejó Trix-. Hoy estaba alteradísimo porque no podía encontrar su nuevo camisón de franela. Esme lo había guardado en el cajón equivocado. Tal vez para mañana a la noche se le haya pasado el malhumor, o tal vez, no. En ese caso, nos hará quedar mal a todos, y el doctor Carter llegará a la conclusión de que no puede relacionarse con semejante familia. Al menos, eso es lo que dice Esme, y temo que pueda estar en lo cierto. Pienso, Anne, que Lennox Carter quiere mucho a Esme... cree que sería una "esposa muy adecuada" para él... pero no quiere dar ningún paso apresurado ni desperdiciar su maravillosa persona. He oído que le dijo a su primo que un hombre debe tener muchísimo cuidado con la clase de familia con la que se relaciona al casarse. Está justo en el punto donde una tontería podría inclinar la balanza hacia cualquiera de los dos lados. Y para serte franca, uno de los ataques de malhumor de papá no es precisamente una tontería. -¿No le cae bien el doctor Carter? -Oh, sí. Opina que sería un excelente candidato para Esme. Pero cuando papá tiene uno de sus arrebatos, nada puede ejercer influencia alguna sobre él. Ahí tienes el carácter Pringle, Anne. La abuela Taylor era una Pringle, sabes. No puedes imaginar lo que hemos pasado en nuestra familia. Papá nunca se enfurece, como el tío George. A la familia del tío George no le importan sus accesos de ira. Cuando se enfurece, estalla -puedes oírlo rugir desde una distancia de tres cuadras- y luego queda manso como un cordero y les compra a todos una prenda nueva como ofrenda de paz. Pero papá refunfuña y pone cara torva y a veces no habla con nadie en toda la comida. Esme dice que, después de todo, es mejor eso que lo que hace el primo Richard Taylor, que siempre hace comentarios sarcásticos en la mesa y ofende a su esposa; pero para mí, nada podría ser peor que esos terribles silencios de papá. Nos ponen muy mal y tenemos terror de abrir la boca. "No sería tan grave, si sólo fuera así cuando estamos a solas. Pero para él, que haya gente o no es lo mismo. Esme y yo estamos cansadas de tratar de explicar los silencios ofensivos de papá. Ella está enferma de miedo de que papá no haya superado lo del camisón para mañana por la noche... ¿Qué pensaría Lennox? Y ella quiere que te pongas tu vestido azul. Su vestido nuevo también es azul, porque a Lennox le gusta ese color. Pero papá lo detesta. Tu vestido puede reconciliar a papá con el de ella. -¿No sería mejor que se pusiera otra cosa? -No tiene ningún otro vestido adecuado para una cena con invitados, salvo el verde de "poplin" que papá le regaló para Navidad. El vestido en sí es bonito... a papá le gusta regalarnos vestidos lindos... pero no puedes imaginar nada más horrible que Esme vestida de verde. Pringle dice que la hace parecer tuberculosa. Y el primo de Lennox Carter le contó a Esme que él nunca se casaría con una persona delicada. Me alegra tanto que Johnny no sea tan quisquilloso... -¿Le has contado a tu padre que estás comprometida con Johnny? -preguntó Anne, que estaba al tanto del romance de Trix. -No -se lamentó la pobre Trix-. No puedo reunir coraje suficiente. Anne, sé que hará un escándalo terrible. Papá nunca tuvo buena opinión de Johnny porque es pobre. Olvida que él era más pobre que Johnny cuando empezó con el negocio de herramientas. Por cierto, tendré que contárselo pronto...pero quiero esperar a que esté arreglado el asunto de Esme. Sé que papá no hablará con ninguno de nosotros durante semanas después de que se lo anuncie, y mamá se preocupará tanto... no soporta los ataques de malhumor de papá. Somos todos tan cobardes delante de él... "Por supuesto, mamá y Esme son por naturaleza tímidas con todo el mundo, pero Pringle y yo tenemos bastante audacia. El único que nos amedrenta es papá. A veces pienso que si tuviéramos alguien que nos apoyara... pero no es así, y la verdad es que nos quedamos paralizados. No imaginas, Anne, querida, lo que es una cena con invitados en casa cuando papá está de malhumor. Pero si solamente se comporta bien mañana, le perdonaré cualquier otra cosa. Es muy agradable cuando quiere... papá es como esa niñita de Longfellow: "Cuando es buena, es muy, muy buena, y cuando es mala, es malvada". En ocasiones, ha sido la atracción de la velada. -Estuvo muy amable la vez que cené con ustedes el mes pasado. -Es que le caes bien, como te he dicho. Ése es uno de los motivos por los que queremos tanto que vengas. Tal vez seas una buena influencia para él. No estamos dejando nada de lado de lo que pueda agradarle, pero cuando está con uno de esos arrebatos, nada ni nadie le viene bien. De todos modos, tenemos planeada una cena de primera, con un elegante postre de crema de naranja. Mamá quería hacer una tarta, pues dice que a todos los hombres del mundo -menos a papá- les gustan las tartas como postre, más que cualquier otra cosa... hasta a los profesores de lenguas modernas. Pero a papá no, así que no tendría sentido correr el riesgo mañana por la noche, cuando hay tantas cosas en juego. El postre de crema de naranja es el preferido de papá. En cuanto al pobre Johnny, calculo que tendré que fugarme algún día con él, y papá nunca me lo perdonará. -Pienso que si juntaras valor suficiente para decírselo y aguantar sus arrebatos de malhumor, descubrirías que se acostumbraría perfect