Además, el honor de uno no tiene dos raseros diferentes. Sólo sabe que está herido; no pregunta cuándo, ni cómo, ni dónde. -¡Más tonto es, entonces! -dijo Newman. Valentin dejó de reírse; tenía un aspecto solemne. -Le ruego que no diga nada más -dijo-. Si lo hace, casi pensaré que no le importa... que no le importa... -y se detuvo. -¿Qué? -Esa cuestión... el honor de uno. -Piense lo que le plazca -dijo Newman-. Imagínese, ya que está en ello, que me importa usted... aunque no lo merece. Pero regrese indemne -añadió a continuación- y le perdonaré. Y entonces -continuó mientras Valentin se marchaba- le embarcaré directamente a América. -Bueno -respondió Valentin-, si he de pasar a una nueva página, éste puede ser el colofón a la antigua -y después encendió otro cigarro y se marchó. -¡Maldita sea esa chica! -dijo Newman, mientras la puerta se cerraba tras Valentin. CAPÍTULO XVIII A la mañana siguiente Newman fue a ver a madame de Cintré, calculando su visita para llegar después del almuerzo de mediodía. En el patio de la mansión, frente al pórtico, estaba el viejo carruaje de madame de Bellegarde. El criado que abrió la puerta respondió a la pregunta de Newman con un murmullo ligeramente turbado y vacilante, y en ese preciso momento la señora Bread apareció al fondo, con su habitual semblante anublado y vestida con un gran sombrero negro y un chal. -¿Qué ocurre? -preguntó Newman-. ¿Está madame la Comtesse en casa, o no? La señora Bread avanzó, mirándole fijamente; Newman observó que sostenía entre los dedos, con mucha delicadeza, una carta sellada. -La condesa ha dejado un mensaje para usted, señor; ha dejado esto -dijo la señora Bread a la vez que le presentaba la carta, que Newman cogió. -¿Dejado? ¿Está fuera? ¿Se ha marchado? -Se marcha, señor; abandona la ciudad dijo la señora Bread. -¡Abandona la ciudad! -exclamó Newman-. ¿Qué ha pasado? -No me corresponde a mí decirlo, señor -dijo la señora Bread, mirando al suelo-. Pero pensé que esto acabaría sucediendo. -Por favor, dígame, ¿qué es lo que acabaría sucediendo? -exigió saber Newman. Había roto el sello de la carta, pero seguía preguntando-. ¿Se encuentra en casa? ¿Se la puede ver? -No creo que le esperase esta mañana -replicó la vieja doncella-. Iba a partir de inmediato. -¿Adónde va? -A Fleurières. -¿A Fleurières? Pero ¿seguro que no la puedo ver? La señora Bread titubeó un momento, y después, juntando las manos, dijo: «¡Le acompañaré!». Y le guió escalera arriba. Al final de la escalera se detuvo y le miró con ojos secos y tristes. «Sea indulgente con ella -dijo-; ¡está muy triste!» Después siguió hacia el apartamento de madame de Cintré; Newman, perplejo y alarmado, la siguió rápidamente. La señora Bread abrió la puerta de par en par, y él retiró la cortina hasta el otro extremo del ancho alféizar. En medio de la habitación estaba madame de Cintré; tenía la cara pálida y estaba vestida para viajar. Tras ella, ante la chimenea, estaba Urbain de Bellegarde, mirándose las uñas; cerca del marqués estaba su madre, que, sumergida en una butaca, reparó al instante en Newman. Éste sintió, tan pronto como entró en la habitación, que se hallaba en presencia de algo maligno; sintió sobresalto y dolor, igual que si hubiese oído un grito amenazador en pleno silencio de la noche. Se dirigió directamente a madame de Cintré y le agarró la mano. -¿De qué se trata? -preguntó con tono imperativo-; ¿qué está pasando? Urbain de Bellegarde le miró de hito en hito, después cambió de sitio y se apoyó en la butaca de su madre, detrás. Era evidente que la súbita irrupción había incomodado tanto a la madre como al hijo. Madame de Cintré permanecía en silencio, posando sus ojos sobre los de Newman. A menudo le había mirado con toda su alma, tal y como él lo entendía; pero en esta mirada de ahora había una suerte de hondura sin fondo. Estaba sufriendo; jamás había visto Newman cosa tan conmovedora. El corazón se le subió a la garganta, y a punto estuvo de dirigirse a los acompañantes de madame de Cintré en furioso desafío; pero ella le contuvo, apretando la mano que sostenía la suya. -Ha ocurrido algo muy serio -dijo-. No puedo casarme con usted. Newman le soltó la mano y se quedó mirando, primero a ella y luego a los demás. -¿Por qué no? -preguntó con toda la calma que le fue posible. Madame de Cintré casi sonrió, pero el intento fue extraño. -Debe preguntarle a mi madre, debe preguntarle a mi hermano. -¿Por qué no se puede casar conmigo? -dijo Newman, mirándolos. Madame de Bellegarde no hizo el menor movimiento, pero estaba tan pálida como su hija. El marqués bajó la vista hacia su madre. Ella no dijo nada durante un rato, pero valientemente sus penetrantes ojos claros no se apartaron de Newman. El marqués se irguió y miró al techo. -¡Es imposible! -dijo Newman con suavidad. -Es impropio -dijo madame de Bellegarde. Newman empezó a reírse. -¡Ah, están bromeando! -exclamó. -Hermana, no tienes tiempo; vas a perder el tren -dijo el marqués. -Venga, ¿está loco? -preguntó Newman. -No, no piense eso -dijo madame de Cintré-. Pero me marcho. -¿Adónde va? -Al campo, a Fleurières; a estar sola. -¿Para dejarme? -dijo lentamente Newman. -No le puedo ver, ahora no -dijo madame de Cintré. -Ahora... ¿por qué no? -Estoy avergonzada -dijo simplemente madame de Cintré. Newman se volvió hacia el marqués. -¿Qué es lo que le han hecho... qué significa esto? -preguntó con el mismo esfuerzo por mantener la calma, fruto de su constante práctica en tomarse las cosas con tranquilidad. Estaba agitado, pero en él la agitación no era sino una deliberación más intensa; era como un nadador desnudo. -Significa que he renunciado a usted -dijo madame de Cintré-. Eso significa. Su rostro estaba demasiado cargado de una expresión trágica como para no confirmar sus palabras por completo. Newman estaba profundamente horrorizado, pero hasta ahora no sentía ningún resentimiento hacia ella. Estaba asombrado, aturdido, y la presencia de la vieja marquesa y de su hijo parecía golpearle los ojos como el fulgor de la linterna de un vigilante. -¿No puedo verla a solas? -preguntó. -Únicamente sería más doloroso. Esperaba no verle... iba a escaparme. Le escribí. Adiós. Y volvió a tenderle la mano. Newman se metió las manos en los bolsillos. -Iré con usted -dijo. Ella puso las dos manos sobre el brazo de Newman. -¿Me concederá un último ruego? -dijo, y mientras le miraba encarecidamente sus ojos se llenaron de lágrimas-. Deje que me vaya sola... deje que me vaya en paz. No puedo llamarlo paz... es la muerte. Pero déjeme enterrarme. Así que... adiós. Newman se pasó la mano por el cabello y se quedó frotándose lentamente la cabeza, mirando, con ojos entrecerrados por el anhelo, de una a otra de las tres personas que tenía enfrente. Tenía los labios apretados, y las dos líneas que se habían formado junto a su boca podrían haber dado la impresión, en un primer vistazo, de que estaba sonriendo. He dicho que su agitación no era sino una deliberación más intensa, y ahora presentaba un aspecto torvamente deliberativo. -Esto tiene todos los visos de que se ha entrometido usted, marqués -dijo lentamente-. Pensaba que dijo que no se entrometería. Sé que no le gusto, pero eso no cambia las cosas. Pensaba que me había prometido que no se entrometería. Pensaba que había jurado por su honor que no se entrometería. ¿No lo recuerda, marqués? El marqués arqueó las cejas; pero al parecer estaba decidido a observar una urbanidad aún mayor que la acostumbrada. Apoyó las dos manos sobre el respaldo de la silla de su madre y se inclinó hacia adelante, como si se estuviera asomando al borde de un púlpito o de una mesa de conferencias. No sonreía, sino que ofrecía un aspecto moderadamente solemne. -Discúlpeme, señor -dijo-, le aseguré que no influiría en la decisión de mi hermana. Respeté, al pie de la letra, mi compromiso. ¿No es así, hermana? -No apeles, hijo mío dijo la marquesa-, basta con tu palabra. -Sí... me aceptó -dijo Newman-. Es completamente cierto; no lo puedo negar. Por lo menos -añadió en un tono distinto, volviéndose hacia madame de Cintré-, sí que me aceptó, ¿verdad? Algo en su tono pareció conmoverla mucho. Se dio la vuelta, sepultando el rostro entre sus manos. -Pero ahora se ha entrometido, ¿no es eso? -preguntó Newman al marqués. -Ni entonces ni ahora he intentado influir en mi hermana. No hice uso entonces de la persuasión y no he hecho uso de ella hoy. -¿Y de qué ha hecho uso? -Hemos ejercido la autoridad -dijo madame de Bellegarde con una voz melodiosa, atimbrada. -Ah, han ejercido la autoridad -exclamó Newman-. Han ejercido la autoridad -continuó, volviéndose hacia madame de Cintré-. ¿Qué es eso? ¿Cómo la han ejercido? -Mi madre lo ordenó -dijo madame de Cintré. -Le ordenó que renunciase a mí... ya veo. Y usted obedece... ya veo. Pero ¿por qué obedece? -preguntó Newman. Madame de Cintré miró a la vieja marquesa; sus ojos la recorrieron lentamente de arriba abajo. -Tengo miedo de mi madre -dijo. Madame de Bellegarde se levantó con cierta rapidez, exclamando: -¡Esta escena es de lo más indecente! -No tengo ningún deseo de prolongarla -dijo madame de Cintré; y dirigiéndose hacia la puerta volvió a tenderle la mano-. Si puede usted compadecerme un poco, deje que me vaya sola. Newman le estrechó la mano en silencio, con firmeza. -Iré a verla -dijo. El portière bajó tras ella, y Newman se hundió con un largo suspiro en la butaca más cercana. Se recostó, apoyando las manos en los remaches y mirando a madame de Bellegarde y a Urbain. Hubo un largo silencio. Estaban codo a codo, con las cabezas erguidas y arqueando sus espléndidas cejas. -¿Así que hace usted una distinción? -dijo al cabo Newman-. ¿Una distinción entre persuadir y dar órdenes? Es muy sutil. Pero la distinción obra en favor de dar órdenes. Eso la estropea bastante. -No tenemos ninguna objeción a definir nuestra postura -dijo monsieur de Bellegarde-. Comprendemos que, de entrada, no le resulte del todo clara. En efecto, más bien lo que esperamos es que no nos haga usted justicia. -Ah, les haré justicia dijo Newman-. No teman. Por favor, siga. La marquesa apoyó las manos en el brazo de su hijo, como para desaprobar el intento de definir su postura. -Es bastante inútil -dijo- intentar zanjar esta cuestión de una manera que a usted le resulte agradable. Jamás podrá serle agradable. Es una decepción, y las decepciones son desagradables. Estuve dándole vueltas detenidamente e intenté organizarlo mejor; pero sólo obtuve un dolor de cabeza y perdí el sueño. Digamos lo que digamos, usted se sentirá maltratado, y difundirá sus agravios entre sus amigos. Pero eso no nos da miedo. Además, sus amigos no son los nuestros, y no tendrá importancia. Piense lo que quiera de nosotros. Sólo le ruego que no sea violento. Jamás en mi vida he presenciado una escena violenta de ningún tipo, y a mi edad no se puede esperar que empiece a hacerlo. -¿Es eso todo lo que tiene que decir? -preguntó Newman, levantándose poco a poco de la silla-. Es una pobre representación para una dama tan inteligente como usted, marquesa. Venga, inténtelo de nuevo. -Mi madre va al grano, con su habitual franqueza e intrepidez -dijo el marqués, jugueteando con la cadena de su reloj-. Pero quizá esté bien decir algo más. Por supuesto que repudiamos por completo la acusación de que hemos faltado a nuestra palabra. Le dimos plena libertad para que se le hiciese usted simpático a mi hermana. A ella le permitimos que considerase con toda libertad su propuesta. Cuando le aceptó, no le dijimos nada. Por tanto, respetamos absolutamente nuestra promesa. Fue tan sólo en una fase posterior de la relación, y sobre la base de consideraciones muy distintas, por así decirlo, cuando tomamos la determinación de hablar. Habría sido mejor, quizá, que hubiésemos hablado antes. Pero en realidad, sabe usted, todavía no se ha hecho nada. -¿Todavía no se ha hecho nada? -Newman repitió las palabras, ignorante de su efecto cómico. Había perdido la conciencia de lo que estaba diciendo el marqués; el insigne estilo de monsieur de Bellegarde era un mero zumbido en sus oídos. Lo único que comprendía, en su profunda y simple indignación, era que la cuestión no era una broma violenta, y que las personas que estaban ante él hablaban completamente en serio-. ¿Suponen que puedo aceptar esto? -preguntó-. ¿Suponen que me pueda importar lo que digan? ¿Suponen que los puedo escuchar en serio? ¡Están sencillamente locos! Madame de Bellegarde se dio un golpe seco con el abanico en la palma de la mano. -Si no lo acepta, señor, lo puede dejar. Lo que usted haga tiene muy poca importancia. Mi hija ha renunciado a usted. -Ella no lo dice en serio -declaró Newman después de un momento. -Creo que le puedo asegurar que sí -dijo el marqués. -Pobre mujer, ¿qué cosa tan condenable le han hecho? -exclamó Newman. -¡Despacio, despacio! -murmuró monsieur de Bellegarde. -Ya se lo ha dicho -dijo la vieja dama: yo se lo ordené. Newman sacudió la cabeza, desalentado. -Este tipo de cosas no puede ser, sabe usted -dijo-. No se puede utilizar a un hombre de esa manera. No tiene usted ningún derecho; no tiene ningún poder. -Mi poder -dijo madame de Bellegarde- está en la obediencia de mis hijos. -En su temor, según dijo su hija. Hay algo muy raro en esto. ¿Por qué habría de temerla su hija? -añadió Newman, después de mirar un instante a la vieja-. Aquí hay juego sucio. La marquesa le devolvió la mirada sin inmutarse, y como si no escuchase ni tuviese en cuenta lo que decía. -Hice lo que pude -dijo tranquilamente-. No pude soportarlo más. -¡Era un experimento arriesgado! -dijo el marqués. Newman sintió ganas de avanzar hasta él, agarrarle del cuello con los dedos y apretarle el gaznate con el pulgar. -No hace falta que le diga lo que opino de usted -dijo-; por supuesto que lo sabe. Pero me atrevería a pensar que tendrá miedo de sus amigos... todas aquellas personas que me presentó la otra noche. Había entre ellos algunas personas muy simpáticas; puede usted estar seguro de que había bastantes hombres y mujeres honrados. -Contamos con la aprobación de nuestros amigos -dijo monsieur de Bellegarde-; no hay ni una sola familia entre ellos que hubiese actuado de otra manera. Y, aunque no fuese así, no seguimos el ejemplo de nadie. Los Bellegarde han estado acostumbrados a dar ejemplo, no a esperar que se les dé. -Habrían esperado mucho tiempo hasta que alguien les hubiese dado un ejemplo como éste -exclamó Newman-. ¿He hecho algo mal? ¿Les he dado motivos para cambiar de opinión? ¿Han descubierto algo contra mí? No puedo imaginármelo. -Nuestra opinión -dijo madame de Bellegarde- es más bien la misma que al principio... exactamente la misma. No le tenemos ninguna malquerencia; estamos muy lejos de acusarle de mala conducta. Desde que empezaron sus relaciones con nosotros, ha sido usted, lo confieso con franqueza, menos... menos peculiar de lo que me esperaba. No es de su carácter de lo que tenemos queja, es de sus antecedentes. De verdad que no nos podemos resignar a una persona mercantil. En mala hora supusimos que seríamos capaces; fue una gran calamidad. Decidimos perseverar hasta el fin, y darle a usted todas las ventajas. Yo estaba resuelta a que no tuviese usted ningún motivo para acusarme de deslealtad. Ciertamente, dejamos que las cosas fuesen demasiado lejos: le presentamos a nuestros amigos. A decir verdad, fue eso, creo, lo que me descompuso. Sucumbí a la escena que tuvo lugar el jueves por la noche en estas habitaciones. Tendrá que disculparme si lo que digo le resulta desagradable, pero no podemos apearnos sin darle una explicación. -No cabe mejor prueba de nuestra buena fe -dijo el marqués- que el que nos comprometiésemos con usted a los ojos del mundo en aquella velada. Intentamos comprometernos... atarnos las manos, por así decirlo. -Pero fue eso mismo -añadió su madre- lo que nos abrió los ojos y rompió nuestras amarras. ¡Habríamos estado sumamente incómodos! Usted sabe -añadió a continuación- que se le puso sobre aviso. Le dije que éramos muy orgullosos. Newman cogió su sombrero y empezó a alisarlo mecánicamente; la propia furia de su desprecio le impedía hablar. -No son ustedes lo bastante orgullosos -observó al cabo. -En realidad, en todo este asunto -dijo el marqués sonriendo- no veo más que nuestra humildad. -No discutamos más de lo estrictamente necesario -prosiguió madame de Bellegarde-. Mi hija ya se lo contó todo cuando le dijo que renunciaba a usted. -En lo que respecta a su hija, no me quedo satisfecho -dijo Newman-; quiero saber qué le han hecho. Es demasiado fácil hablar de autoridad y decir que usted se lo ordenó. No me había aceptado a ciegas, y no habría renunciado a mí a ciegas. No es que todavía me crea que realmente ha renunciado a mí; eso habrá de discutirlo conmigo. Pero la han asustado, la han intimidado, la han herido. ¿Qué es lo que le han hecho? -¡Hice bien poco! -dijo madame de Bellegarde, con un tono que en lo sucesivo habría de darle a Newman escalofríos cada vez que se acordase. -Permítame recordarle que le hemos ofrecido estas explicaciones -observó el marqués- con el entendimiento expreso de que se abstendría usted de recurrir a un lenguaje violento. -No soy violento -respondió Newman-, ¡son ustedes los violentos! Pero no creo que tenga mucho más que decirles. Lo que esperan de mí, al parecer, es que siga mi camino, agradeciéndoles los favores recibidos y prometiendo no volver a molestarlos jamás. -Esperamos de usted que actúe como un hombre inteligente -dijo madame de Bellegarde-. Ya lo ha demostrado, y lo que hemos hecho se basa por completo en que lo es. Cuando hay que rendirse, hay que hacerlo. Puesto que mi hija se retira totalmente, ¿de qué sirve que arme usted un alboroto? -Queda por ver si su hija se retira totalmente. Su hija y yo seguimos siendo muy buenos amigos; nada ha cambiado a ese respecto. Como digo, lo hablaré con ella. -Eso no servirá de nada -dijo la vieja dama-. Conozco a mi hija lo bastante bien para saber que, cuando pronuncia palabras como las que acaba de decirle, son terminantes. Además, me lo ha prometido. -No me cabe la menor duda de que su promesa vale mucho más que la de usted -dijo Newman-; aun así, no renuncio a ella. -¡Como usted guste! Pero si ella ni siquiera le ve (y así será), su constancia tendrá que quedarse en puramente platónica. El pobre Newman estaba fingiendo una seguridad mayor que la que sentía. De hecho, la extraña intensidad de madame de Cintré le había helado el corazón; su rostro, que seguía grabado en la imaginación de Newman, había sido una imagen terriblemente gráfica de la renuncia. Se sintió enfermo y súbitamente indefenso. Se alejó y se detuvo un momento con la mano en la puerta; entonces se dio media vuelta y, tras un brevísimo titubeo, rompió a hablar con un acento distinto. -¡Venga, piensen en lo que esto debe de significar para mí, y déjenla en paz! ¿Por qué se oponen tanto a mí... qué tengo de malo? No puedo hacerles daño, no se lo haría aunque pudiese. Soy el tipo más intachable del mundo. ¿Y qué si soy una persona mercantil? ¿A qué demonios se refieren con eso? ¿Una persona mercantil? Seré el tipo de persona que ustedes quieran que sea. Nunca les hablo de negocios. Suéltenla, y no haré ninguna pregunta. Me la llevaré conmigo, y jamás volverán a verme ni a saber de mí. Me quedaré en América, si lo desean. ¡Firmaré un papel con la promesa de no regresar nunca a Europa! ¡Lo único que quiero es no perderla! Madame de Bellegarde y su hijo intercambiaron una mirada de lúcida ironía, y Urbain dijo: -Mi querido señor, lo que propone apenas mejora las cosas. No tenemos el menor reparo en verle como a un cordial extranjero, y sí tenemos todas las razones para no desear separarnos eternamente de mi hermana. Nos oponemos al matrimonio, y tal y como usted lo expone -y monsieur de Bellegarde soltó una débil risita- estaría más casada que nunca. -Bueno, entonces -dijo Newman-, ¿dónde está ese sitio... Fleurières? Sé que está cerca de una antigua ciudad que hay una colina. -Precisamente. Poitiers está en una colina -dijo madame de Bellegarde-. No sé qué antigüedad tiene. No nos asusta decírselo. -Es Poitiers, ¿no? Muy bien. Seguiré inmediatamente a madame de Cintré. -Los trenes que salen a partir de esta hora no le servirán -dijo Urbain. -¡Alquilaré un tren especial! -Va a despilfarrar tontamente el dinero -dijo madame de Bellegarde. -Ya habrá tiempo para hablar del despilfarro dentro de tres días -respondió Newman; y, encajándose el sombrero en la cabeza, se marchó. No partió de inmediato hacia Fleurières; estaba demasiado aturdido y dolido para hacer nada a continuación. Se limitó a caminar; caminó en línea recta, siguiendo el río, hasta que salió de la enceinte*. Le estremecía una ardiente sensación de ultraje personal. Jamás en su vida había sido objeto de un rechazo tan absoluto; nunca le habían parado en seco o, como habría dicho él, «dejado plantado» tan bruscamente, y la sensación le resultó insoportable; siguió avanzando a zancadas, dando fieros golpecitos a los árboles y a las farolas con su bastón y bramando por dentro. Perder a madame de Cintré después de su jubilosa y triunfal toma de posesión era tanto una gran afrenta a su orgullo como una herida a su felicidad. ¡Yperderla por la intromisión y el dictado de otros, por culpa de una insolente anciana y un pretencioso petimetre que habían intervenido con su «autoridad»! Era demasiado grotesco, demasiado lamentable. En lo que juzgaba como la desvergonzada traición de los Bellegarde, Newman desperdició pocas cavilaciones; la encomendó, de una vez para siempre, a la eterna condenación. Sin embargo, la traición de la propia madame de Cintré le asombraba y le confundía; por supuesto, había una clave del misterio, pero en vano estuvo buscándola. Tan sólo habían transcurrido tres días desde que estuvo con él bajo la luz de las estrellas, hermosa y serena como la confianza que él le había inspirado, y diciéndole que la perspectiva de su matrimonio la hacía feliz. ¿Cuál era el significado del cambio? ¿De qué pócima infernal había bebido? El pobre Newman tenía la terrible aprensión de que realmente había cambiado. Era precisamente su admiración por ella lo que añadía fuerza y peso a su ruptura. Pero no la recriminó por falsa, porque estaba seguro de que era desdichada. En su paseo había cruzado ya uno de los puentes del Sena, y aun así siguió, distraídamente, por el largo muelle continuo. París se había quedado atrás, y casi había llegado al campo; estaba en el bonito arrabal de Auteuil. Al fin se detuvo y miró a un lado y a otro, sin ver nada ni interesarse por el bonito entorno, y después se dio lentamente la vuelta y, a paso mas lento, deshizo lo andado. Al llegar a la altura del fantástico malecón conocido por el nombre de Trocadero, le vino, abriéndose paso a través de su punzante dolor, la idea de que estaba cerca de la morada de la señora Tristram, y pensó que ésta, en ocasiones especiales, sabía expresarse con la bondad típica de las mujeres. Sentía necesidad de verter toda su ira, y tomó el camino que se dirigía hacia su casa. La señora Tristram estaba allí, y sola, y nada más ver a Newman cuando entró en la habitación le dijo que sabía a lo que había venido. Newman se sentó con un ademán cansino, en silencio, y se quedó mirándola. -¡Se han echado atrás! -dijo ella-. Bueno, le podrá parecer extraño, pero la otra noche noté algo en el ambiente. A renglón seguido, Newman le contó su historia; la señora Tristram le escuchaba sin dejar de mirarle. Cuando hubo terminado, dijo con voz queda: -Quieren que se case con lord Deepmere -Newman la miró fijamente. No sabía que ella supiese nada de lord Deepmere-. Pero no creo que lo haga -añadió su amiga. -¡Ella, casarse con ese mocoso! -exclamó Newman-. ¡Ah, Señor! Aun así, ¿por qué me ha rechazado? -Pero no es sólo eso -dijo la señora Tristram-. Realmente, no podían soportarle más. Habían sobreestimado su propio coraje. Debo admitir, para hacer honor a la verdad, que hay algo bastante exquisito en todo esto. Lo que no podían tragar era su aspecto mercantil en abstracto. Eso es verdaderamente aristocrático. Querían su dinero, pero han renunciado a usted por una idea. Newman frunció el ceño con inmenso pesar, y volvió a coger su sombrero. -¡Pensaba que usted me daría ánimos! -dijo con una tristeza casi infantil. -Perdóneme -respondió ella con mucho tacto-. No dejo de tenerle lástima, sobre todo porque estoy en la raíz de sus tribulaciones. No he olvidado que yo le sugerí este matrimonio. No creo que madame de Cintré tenga ninguna intención de casarse con lord Deepmere. Lo cierto es que no es más joven que ella, como parece. Tiene treinta y tres años; lo miré en el Peerage*. Pero no... no soy capaz de creer que sea tan horriblemente, tan cruelmente falsa. -Por favor, no diga nada contra ella -dijo Newman. -Pobre mujer, es cruel. Pero, por supuesto, usted irá tras ella y suplicará con todas sus fuerzas. ¿Sabe que, tal y como está usted ahora -prosiguió la señora Tristram con su característico descaro para los comentarios-, resulta sumamente elocuente, aunque no hable? Para resistirse a usted, a una mujer se le tiene que haber metido una idea muy fija en la cabeza. ¡Ya quisiera yo haberle hecho daño, para que acudiese a mí de esa manera tan excelente! Pero, en cualquier caso, vaya a ver a madame de Cintré y dígale que incluso para mí es todo un rompecabezas. Siento mucha curiosidad por ver hasta qué punto llega la disciplina familiar. Newman siguió sentado un rato más, apoyando los codos en las rodillas y la cabeza en las manos, y la señora Tristram continuó mezclando caridad con filosofia y compasión con crítica. Al fin, preguntó: -¿Y qué dice al respecto el conde Valentin? Newman se sobresaltó; no había pensado en Valentin ni en su misión en la frontera suiza desde aquella mañana. La reflexión volvió a ponerle nervioso, y se despidió. Fue directamente a su apartamento, donde, sobre la mesa del vestíbulo, encontró un telegrama. Rezaba (junto con la fecha y el lugar) así: «Estoy gravemente enfermo; por favor, venga a verme lo antes posible. V. B.». Newman soltó un gemido ante estas desdichadas noticias, y también ante la necesidad de aplazar su viaje al Château de Fleurières. Pero le escribió estas breves líneas a madame de Cintré; no tenía tiempo para más: No renuncio a usted, y no creo de veras que usted renuncie a mí. No lo entiendo, pero lo aclararemos juntos. Hoy no puedo seguirla, porque me voy lejos; me reclama un amigo que está muy enfermo, quizá muriéndose. Pero estaré con usted tan pronto como pueda separarme de mi amigo. ¿Por qué no decir que se trata de su hermano? C. N. Tras esto, le quedó el tiempo justo para coger el expreso nocturno a Ginebra. CAPÍTULO XIX Newman poseía un notable talento para quedarse quieto cuando era necesario, y tuvo ocasión de ejercerlo durante su viaje a Suiza. Las horas sucesivas de la noche no le concedieron el sueño; pero sentado en la esquina del vagón, inmóvil y con los ojos cerrados, su aparente letargo podría haber arrancado la envidia del más observador de sus compañeros de viaje. Hacia la mañana, el sueño llegó de verdad, como efecto de una fatiga mental más que fisica. Durmió varias horas, y al fin, cuando despertó, descubrió que sus ojos se posaban sobre una de las cumbres nevadas del jura, detrás de la cual el cielo empezaba a enrojecer con el alba. Pero no vio ni la fría montaña ni el cálido cielo; su conciencia empezó a vibrar de nuevo, en ese mismo instante, con la sensación del agravio sufrido. Se bajó del tren media hora antes de que llegase a Ginebra, con el frío crepúsculo de la mañana, en la estación indicada en el telegrama de Valentin. Un soñoliento jefe de estación que llevaba una linterna y se había puesto la capucha del gabán estaba en el andén, y a su lado había un caballero que avanzó para recibirle. Este personaje era un hombre de unos cuarenta años, de figura alta y delgada, rostro cetrino, ojos oscuros, un bigote esmerado y un par de guantes nuevos. Con aspecto muy solemne, se quitó el sombrero y pronunció el nombre de Newman. Nuestro amigo asintió, y dijo: -¿Es usted el amigo de monsieur de Bellegarde? -Me sumo a usted en la posesión de este triste honor -dijo el caballero-. Me puse al servicio de monsieur de Bellegarde en este pesaroso lance, junto con monsieur de Grosjoyaux, que está ahora junto a su cabecera. Tengo entendido que monsieur de Grosjoyaux tuvo el honor de conocerle a usted en París, pero como es mejor enfermero que yo se ha quedado con nuestro pobre amigo. Bellegarde ha estado aguardándole con impaciencia. -Y ¿cómo está Bellegarde? -dijo Newman-. ¿Fue herido de gravedad? -El doctor le ha desahuciado; trajimos a un médico con nosotros. Pero morirá con la mejor de las disposiciones. Anoche mandé llamar al curé de la aldea francesa más cercana, y estuvo una hora con él. El curé se quedó bastante satisfecho. -¡Que Dios nos perdone! -gimió Newman-. ¡Preferiría que estuviese satisfecho el doctor! ¿Y puede verme... me reconocerá? -Cuando le dejé, hace media hora, se había quedado dormido, después de una noche febril e insomne. Pero ya veremos -y el acompañante de Newman pasó a dirigir el camino para salir de la estación en dirección a la aldea, explicando sobre la marcha que el pequeño grupo estaba alojado en la más humilde de las posadas suizas, donde, no obstante, habían conseguido acomodar a monsieur de Bellegarde mucho mejor de lo que cabría haber esperado en un principio-. Somos viejos compañeros de armas -dijo el padrino de Valentin-; no es la primera vez que el uno ayuda al otro a facilitarle el reposo. Es una herida muy mala, y lo peor de todo es que el adversario de Bellegarde no era buen tirador. Disparó la bala hacia donde pudo, y la bala se empeñó en entrar directamente en el lado izquierdo de Bellegarde, justo debajo del corazón. Mientras se abrían paso entre el engañoso amanecer gris, entre los montones de estiércol de la calle de la aldea, el recién conocido de Newman narró los detalles del duelo. Las condiciones del encuentro habían sido que, si el primer intercambio de disparos no satisfacía a uno de los caballeros, tendría lugar un segundo. La primera bala de Valentin había hecho justo lo que el acompañante de Newman estaba convencido de que pretendía éste; había rozado el brazo de monsieur Stanislas Kapp, ocasionándole un mero rasguño en la piel. El proyectil de monsieur Kapp, a su vez, se había desviado más de diez pulgadas de Valentin. Los representantes de monsieur Stanislas habían exigido otro disparo, que fue concedido. Entonces Va lentin había disparado a un lado y el joven alsaciano había hecho un disparo efectivo. «Ya me había dado cuenta, cuando nos reunimos con él sobre el terreno -dijo el informante de Newman- de que no iba a ser commode. Tiene una especie de temperamento bovino.» Inmediatamente habían instalado a Valentin en la posada, y monsieur Stanislas y sus amigos se habían retirado a regiones ignotas. Las autoridades policiales del cantón habían ido a ver al grupo a la posada, habían sido sumamente majestuosas y habían redactado un largo informe; pero era probable que hicieran la vista gorda ante un derramamiento de sangre tan caballeroso. Newman preguntó si se había mandado aviso a la familia, y supo que hasta una hora muy avanzada de la noche anterior Valentin se había opuesto a ello. Se había negado a creer que su herida fuese peligrosa. Pero tras su encuentro con el cura había accedido, y se había despachado un telegrama a su madre. -Pero más le valdría a la marquesa darse prisa -dijo el guía de Valentin. -¡En fin, es un asunto abominable! -dijo Newman-. ¡Eso es todo lo que puedo decir! -decir al menos esto con un tono de infinito desagrado fue una necesidad irresistible. -Ah, ¿no lo aprueba usted? -preguntó su guía con cortés curiosidad. -¿Aprobarlo? -exclamó Newman-. ¡Ojalá anteayer por la noche, cuando le tenía ahí enfrente, le hubiese encerrado en mi cabinet de toilette! El que había sido padrino de Valentin abrió los ojos de par en par y sacudió con solemnidad la cabeza de arriba abajo dos o tres veces, emitiendo a la vez un silbidito aflautado. Pero habían llegado a la posada, y una corpulenta criada con gorro de dormir estaba en la puerta con una linterna para recoger la bolsa de viaje de Newman de manos del portador que a duras penas venía caminando detrás. Valentin estaba alojado en la planta baja, al fondo de la casa, y el acompañante de Newman avanzó por un pasillo de muros de piedra y abrió suavemente una puerta. Entonces le hizo señas y Newman avanzó y observó la habitación, iluminada con una sola vela en un fanal. Junto al fuego, vestido con un camisón, dormía sentado monsieur de Grosjoyaux; era un pequeño hombre regordete y rubio a quien Newman había visto en varias ocasiones en compañía de Valentin. Sobre la cama yacía éste, pálido y quieto, con los ojos cerrados; una figura muy chocante para Newman, que hasta entonces le había visto despierto de la cabeza a los pies. El colega de monsieur de Grosjoyaux le señaló una puerta abierta al otro lado, y susurró que el doctor estaba dentro, haciendo guardia. Por supuesto, mientras Valentin durmiese, o pareciese dormir, Newman no podía acercarse a él; así que nuestro héroe se retiró por el momento, y se puso en manos de la bonne semidespierta. Ésta le llevó a una habitación del piso de arriba, y le ofreció una cama en la que un almohadón inmenso, de cálico amarillo, hacía de colcha. Newman se acostó, y, a pesar de la colcha, durmió durante tres o cuatro horas. Ya estaba bien entrada la mañana cuando despertó; el sol invadía toda su ventana, y oyó, fuera, el cloqueo de unas gallinas. Mientras se vestía, se acercó hasta su puerta un emisario de monsieur de Grosjoyaux y su acompañante para proponerle que desayunase con ellos. Bajó entonces al pequeño comedor empedrado, donde la criada, que se había quitado el gorro de dormir, estaba sirviendo la comida. Allí estaba monsieur de Grosjoyaux, sorprendentemente lozano para un caballero que había estado ejerciendo de enfermero durante media noche, frotándose las manos y contemplando con atención la mesa del desayuno. Newman reanudó el trato con él y se enteró de que Valentin seguía dormido; el médico, que había pasado una noche medianamente tranquila, le estaba velando en esos momentos. Antes de que reapareciese el adjunto de monsieur de Grosjoyaux, Newman supo que su nombre era monsieur Ledoux, y que la relación de Bellegarde con él databa de los días en que habían servido juntos en los Zuavos Pontificios. Monsieur Ledoux era el sobrino de un distinguido obispo ultramontano. Al fin llegó el sobrino del obispo, con un atuendo que evidenciaba un hábil intento de armonizar con la peculiar situación y una solemnidad atemperada por su decorosa deferencia hacia el mejor desayuno que la Croix Helvétique jamás había servido. El criado de Valentin, a quien sólo se le permitía el honor de velar a su señor con cuentagotas, había estado echando una liviana mano parisina en la cocina. Los dos franceses hicieron todo lo posible por demostrar que, si bien las circunstancias podían ensombrecer el talento nacional de la conversación, no lo podían oscurecer, y monsieur Ledoux recitó un primoroso panegírico del pobre Bellegarde, de quien declaró que era el inglés más encantador que jamás había conocido. -¿Le llama usted inglés? -preguntó Newman. Monsieur Ledoux sonrió un momento y después hizo un epigrama: « C'est plus qu'un Anglais... c est un Anglomane!». Newman dijo con tono sobrio que nunca se había dado cuenta; y monsieur de Grosjoyaux señaló que, a decir verdad, era demasiado pronto para pronunciar una oración fúnebre por el pobre Bellegarde. -Evidentemente -dijo monsieur Ledoux-. Pero esta mañana no pude evitar comentarle al señor Newman que, cuando un hombre ha tomado tan excelentes medidas para su salvación como lo hizo anoche nuestro querido amigo, casi me parece una pena que vuelva a ponerla en peligro por regresar al mundo. Monsieur Ledoux era muy católico, y a Newman se le antojó una extraña mezcla. Su semblante, a la luz del día, tenía una especie de afable aire saturnino; su nariz era muy larga y afilada, y parecía un cuadro español. Al parecer, consideraba que el duelo era un arreglo perfecto siempre y cuando uno pudiese, si resultaba herido, ver rápidamente al cura. Parecía muy satisfecho con la entrevista entre Valentin y el cura, y sin embargo su conversación no era en absoluto indicativa de una estructura mental mojigata. Era evidente que monsieur Ledoux tenía un elevado sentido del decoro, y estaba preparado para ser cortés y elegante en cualquier tema. Siempre iba surtido de una sonrisa (que le subía el bigote hasta el borde de la nariz) y una explicación. Savoir-vivre era su especialidad, en la que incluía saber morir; pero, como reflexionó Newman con una buena dosis de muda irritación, parecía dispuesto a delegar en otros la aplicación de su sabiduría sobre este último punto. Monsieur Grosjoyaux era de muy distinta índole, y parecía valorar la unción teológica de su amigo como síntoma de una mente inaccesiblemente superior. Era obvio que estaba haciendo todo lo que estaba en sus manos, con una especie de ternura jovial, por hacerle la vida agradable a Valentin hasta el último momento, y por ayudarle a que echase en falta lo menos posible el Boulevard des Italiens; pero, sobre todo, lo que más ocupaba sus pensamientos era el misterio de que el desmañado hijo de un cervecero hubiese hecho tan buen disparo. Él mismo era capaz de apagar una vela de un tiro, etc., y con todo confesó que no habría podido hacerlo mejor. Se apresuró a añadir que en esta ocasión se habría propuesto no hacerlo tan bien. ¡No era ocasión para un acto asesino como ése, que diable! Él habría escogido algún discreto lugar carnoso y se habría limitado a pincharlo con una bala inofensiva. Monsieur Stanislas Kapp había estado lamentablemente torpe; y es que, claro, ¡si el mundo había llegado a ese trance en el que uno concedía un desafío al hijo de un cervecero...! Esto era lo más cercano a una generalización por parte de monsieur de Grosjoyaux. Siguió mirando por la ventana, por encima del hombro de monsieur Ledoux, a un árbol delgado que estaba al final de una senda, frente a la posada, y daba la impresión de que estaba midiendo a cuánta distancia estaba de su brazo extendido y deseando en secreto que, ya que el tema había salido, las reglas del decoro no prohibiesen hacer un poco de práctica de tiro especulativa. Newman no estaba de humor para disfrutar de buena compañía. No podía comer ni hablar; le dolía el alma de aflicción y de furia, y el peso de su doble desgracia se le hacía insoportable. Permaneció sentado con los ojos clavados en el plato, contando cada minuto, ora deseando que Valentin le viese y le dejase en libertad para ir en busca de madame de Cintré y de su felicidad perdida, ora diciéndose acto seguido a sí mismo que era un vil salvaje por el impaciente egoísmo de su deseo. Era muy mala compañía, y ni siquiera su profunda preocupación y su generalizada carencia del hábito de ponderar la impresión que producía en otros le impedían reflexionar que sus compañeros debían de estar perplejos al ver cómo el pobre Bellegarde le había tomado tanto afecto a este yanqui taciturno que le resultaba imprescindible tenerle a su lado en su lecho de muerte. Después del desayuno, se fue paseando solo hasta la aldea y estuvo mirando la fuente, los gansos, las puertas abiertas de los graneros, a las ancianas asoleadas y encorvadas en cuyo lento taconeo se asomaban por el borde de los zuecos los remendadísimos talones de los calcetines, y la bella vista del Alpe nevado y del Jura púrpura a cada extremo de la callejuela. El día era radiante; el despuntar de la primavera estaba en el aire y en la luz del sol, y la humedad del invierno goteaba por los aleros de las cabañas. En toda la naturaleza no había sino nacimiento y esplendor, incluso para las gallinas cacareantes y los torpes gansarinos, y al pobre, alocado, generoso y encantador Bellegarde le esperaban la muerte y la sepultura. Newman caminó hasta la iglesia de la aldea y entró en el pequeño cementerio anexo, donde se sentó y miró las desmañadas lápidas que estaban hincadas por doquier. Todas eran sórdidas y horrendas, y él sólo fue capaz de sentir la dureza y la gelidez de la muerte. Se levantó y regresó a la posada, donde se encontró con monsieur Ledoux, que estaba tomándose un café y fumando un cigarrillo en una mesita verde que había hecho sacar al pequeño jardín. Al enterarse de que el doctor seguía velando a Valentin, le preguntó a monsieur Ledoux tenía permiso para hacer el relevo; tenía grandes deseos de serle útil a su pobre amigo. Esto se zanjó con facilidad; el doctor tuvo mucho gusto en irse a la cama. Era un médico joven y bastante garboso, pero tenía un rostro inteligente y llevaba la insignia de la Legión de Honor en el ojal; Newman escuchó con atención las instrucciones que le dio antes de retirarse, y cogió mecánicamente de su mano un pequeño volumen que el médico le recomendó a modo de ayuda contra el insomnio, y que resultó ser una copia vieja de Las amistades peligrosas. Valentin seguía tendido con los ojos cerrados, y no se apreciaba ningún cambio en su condición. Newman se sentó a su lado, y durante un largo rato le estuvo observando de cerca. Después sus ojos se extraviaron, en compañía de sus pensamientos sobre su propia situación, y se posaron sobre la cordillera de los Alpes, que había quedado a la vista después de retirar la parva cortina de algodón blanco de la ventana, por la que la luz del sol se colaba depositándose en cuadrados sobre las baldosas rojas del suelo. Intentó entreverar sus reflexiones con la esperanza, pero sólo lo consiguió a medias. Lo que le había ocurrido parecía tener, por su violencia y su descaro, la fuerza de una auténtica calamidad: la fuerza y la insolencia del propio Destino. Era antinatural y monstruoso, y Newman carecía de armas para enfrentarse a ello. Al fin, un sonido chocó contra el silencio, y oyó la voz de Valentin. -¡Esa cara tan larga no será por mí! Vio, al girarse, que Valentin yacía en la misma postura; pero tenía los ojos abiertos, e incluso intentaba sonreír. Con una fuerza muy débil devolvió la presión de la mano de Newman. -Le llevo mirando desde hace un cuarto de hora -siguió Valentin-; tiene cara de pocos amigos. Está usted enormemente disgustado conmigo, ya lo sé. ¡Bueno, claro! ¡También yo lo estoy! -Ah, no voy a reñirle -dijo Newman-. Me siento demasiado mal. Y qué, ¿cómo va ese avance? -¡Ah, va hacia atrás! Eso es lo que han decidido; ¿no es así? -Eso le corresponde a usted decidirlo; se puede poner bien si lo intenta -dijo Newman con enérgica alegría. -Mi querido amigo, ¿cómo voy a intentarlo? Intentarlo es un ejercicio violento, y esas cosas están contraindicadas para un hombre que en su costado tiene un agujero tan grande como su sombrero, y que empieza a sangrar al menor movimiento. Sabía que vendría -continuó-; sabía que me despertaría y le encontraría aquí; así que no estoy sorprendido. Pero anoche estaba muy impaciente. No sabía cómo me iba a poder quedar quieto hasta su llegada. Era cuestión de quedarse quieto, exactamente así; tan quieto como una momia en su funda. Habla usted de intentarlo; ¡eso sí que lo intenté! Bueno, aquí sigo todavía... Veinte horas. Parecen veinte días -hablaba despacio y sin energía, pero con suficiente claridad. Era evidente, sin embargo, que tenía dolores inmensos, y al fin cerró los ojos. Newman le rogó que guardase silencio y se ahorrase esfuerzos; el doctor había dado órdenes apremiantes-. Ah -dijo Valentin-, comamos y bebamos, porque mañana... mañana... -y se detuvo de nuevo-. No, mañana no, sino hoy quizá. No puedo comer ni beber, pero puedo hablar. ¿Qué se va a ganar, en este trance, con la renun... con la renuncia? No debo usar palabras tan grandes. Siempre fui un charlatán; ¡Dios mío, cómo he hablado en mis tiempos! -Buen motivo para guardar silencio ahora -dijo Newman-. Todos sabemos lo bien que habla, ¿sabe? Pero Valentin, sin hacerle caso, continuó con la misma pronunciación arrastrada y moribunda. -Quería verle porque usted ha visto a mi hermana. ¿Lo sabe ella... vendrá? Newman se sintió violento. -Sí, a estas alturas debe de saberlo. -¿No se lo ha contado? -preguntó Valentin. Y después, a continuación-: ¿No me trae ningún mensaje de su parte? Sus ojos se posaron sobre su amigo con una especie de tierno anhelo. -No la vi después de recibir su telegrama -dijo Newman-. Le escribí. -¿Y no le envió ninguna respuesta? Newman se vio obligado a responder que madame de Cintré había dejado París. -Ayer se marchó a Fleurières. -¿Ayer... a Fleurières? ¿Por qué se ha ido a Fleurières? ¿Qué día? ¿Ayer qué día fue? ¡Ah, entonces no la veré! -dijo con tristeza Valentin-. ¡Fleurières está demasiado lejos! -y volvió a cerrar los ojos. Newman se quedó callado, apelando a la ayuda de la piadosa inventiva, pero se alivió al advertir que al parecer Valentin estaba demasiado débil para razonar o sentir curiosidad. No obstante, siguió hablando-. Y mi madre... y mi hermano... ¿vendrán? ¿Están en Fleurières? -Estaban en París, pero tampoco a ellos los vi -respondió Newman-. Si recibieron su telegrama a tiempo, se habrán puesto en marcha esta mañana. Si no, se verán obligados a coger el tren nocturno, y llegarán a la misma hora que yo. -No me lo agradecerán... No me lo agradecerán -murmuró Valentin-. Pasarán una noche atroz, y a Urbain no le gusta el aire temprano de la mañana. No recuerdo haberle visto jamás en la vida antes del mediodía... antes del almuerzo. Nadie le ha visto jamás. No sabemos cómo es a esas horas. Quizá sea diferente. ¿Quién sabe? Quizá la posteridad lo sepa. Ése es el rato que dedica, en su cabinet, a trabajar en su historia de las princesas. Pero tenía que llamarlos, ¿no cree? Y además, quiero ver a mi madre sentada ahí donde está usted, y decirle adiós. Al fin y al cabo, puede que yo no la conozca y me tenga reservada una sorpresa. No piense usted que ya la conoce; quizá ella le sorprenda a usted. Pero si no puedo ver a Claire, no me importa nada más. He estado pensando en ello... y en mis sueños, también. ¿Por qué se ha ido hoy a Fleurières? No me dijo nada. ¿Qué ha ocurrido? Ah, debería haber adivinado que yo estaba aquí... así. Es la primera vez en su vida que me decepciona. ¡Pobre Claire! -Ya sabe usted que su hermana y yo... áun no somos marido y mujer -dijo Nemwan-. Todavía no me da cuenta de todas sus acciones. Y, en cierto modo, sonrió. Valentin le miró un momento. -¿Han discutido ustedes? -¡Nunca, nunca, nunca! -exclamó Newman. -¡Con qué felicidad lo dice! -señaló Valentin-. Van a ser felices... Ca va! -en respuesta a este golpe de ironía, no menos fuerte por ser tan inconsciente, lo único que pudo hacer el pobre Newman fue poner una mirada indefensa y transparente. Valentin siguió mirándole con unos ojos demasiado brillantes, y al cabo dijo-: Pero a usted le ocurre algo. Acabo de observarle ahora mismo; no tiene cara de novio. -Mi querido amigo -dijo Newman-, ¿cómo voy a mostrarle a usted cara de novio? Si cree que disfruto viéndole ahí tumbado sin ser capaz de ayudarle... -Vaya, si hay un hombre que deba estar feliz, es usted; ¡no pierda sus derechos! Yo soy una prueba de su sabiduría. ¿Cuándo ha estado triste un hombre si podía decir: «Se lo dije»? Usted me lo dijo, ¿sabe? Hizo lo que pudo. Dijo unas cuantas cosas muy valiosas; he pensado en ellas. Pero, querido amigo, aun así yo tenía razón. Éste es el procedimiento debido. -No hice lo que debía -dijo Newman-. Tenía que haber hecho algo distinto. -¿Por ejemplo? -Ah, cualquier cosa. Debería haberle tratado como a un chiquillo. -Bueno, ahora soy un chiquillo muy pequeño -dijo Valentin-. Soy poco menos que un bebé. Un bebé esta indefenso, pero por acuerdo unánime se le considera prometedor. Yo no soy prometedor, ¿eh? La sociedad no podría perder un miembro menos valioso. -Newman se sintió intensamente conmovido. Se levantó, le dio la espalda a su amigo y se retiró a la ventana. Allí estuvo mirando el exterior, pero viéndolo sólo vagamente-. No, no me gusta el aspecto de su espalda -continuó Valentin-. Siempre he sido un buen observador de espaldas; la suya está bastante desencajada. Newman regresó al lado de su cama y le rogó que guardase silencio. -Cállese y póngase bien -dijo-. Eso es lo que debe hacer. Póngase bien y ayúdeme. -¡Le dije que estaba usted en apuros! ¿Cómo puedo ayudarle? -preguntó Valentin. -Se lo haré saber cuando se ponga mejor. Siempre ha sido usted curioso; ¡he ahí un motivo para ponerse bien! -respondió Newman con tono animado. Valentin cerró los ojos y estuvo un largo rato sin hablar. Incluso parecía que se había dormido. Pero a la media hora empezó a hablar de nuevo. -Lo siento mucho por ese puesto en el banco. ¿Quién sabe si me podría haber convertido en otro Rothschild? Pero mi sino no era ser banquero; a los banqueros no se los mata tan fácilmente. ¿No cree que ha sido demasiado fácil matarme? No es propio de un hombre serio. Es realmente humillante. Es como decirle a tu anfitriona que te tienes que marchar cuando cuentas con que te va suplicar que te quedes, y encontrarte luego con que no lo hace. «¿En serio... tan pronto? ¡Si acaba de llegar! » La vida no me suelta ningún discursito tan cortés. Newman no dijo nada durante un rato, pero al fin empezó a hablar. -Es un mal caso... un mal caso... el peor caso con el que me he topado nunca. No quiero decir nada desagradable, pero no lo puedo evitar. He visto a hombres que se estaban muriendo... y he visto a hombres que caían de un tiro. Pero parecía una cosa más natural, no eran tan inteligentes como usted. ¡Maldita sea! Podría usted haber hecho algo mejor que esto. ¡No se me ocurre una conclusión más ruin para los amoríos de un hombre! Valentin agitó débilmente su mano de un lado a otro. -¡No insista... no insista! Es ruin... absolutamente ruin. Y es que, sabe usted, en el fondo, muy en el fondo, en un lugar diminuto, tan pequeño como el final de un embudo, ¡estoy de acuerdo con usted! Breves instantes después, el doctor asomó la cabeza por la puerta entreabierta y, al percibir que Valentin estaba despierto, entró y le tomó el pulso. Sacudió la cabeza y manifestó que había hablado demasiado; diez veces más de lo debido. -¡Tonterías! -dijo Valentin-; un hombre condenado a muerte nunca puede hablar demasiado. ¿No ha leído nunca en un periódico el informe de una ejecución? ¿Acaso no le sueltan un montón de gente al prisionero (los abogados, los reporteros, el cura) para hacerle hablar? Pero no es culpa del señor Newman; se sienta ahí y se queda más callado que una momia. El doctor observó que era hora de volver a curar la herida de su paciente; monsieur de Grosjoyaux y monsieur Ledoux, que ya habían presenciado esta delicada operación, ocuparon el puesto de Newman en calidad de ayudantes. Newman se retiró y supo por sus compañeros veladores que habían recibido un telegrama de Urbain de Bellegarde, informando de que su mensaje había sido entregado en la Rue de l'Université demasiado tarde para permitirle coger el tren de la mañana y que se pondría en camino con su madre por la tarde. Newman volvió a perderse por la aldea, y estuvo dos o tres horas caminando con desasosiego. El día se le antojaba terriblemente largo. Al anochecer volvió y cenó con el doctor y monsieur Ledoux. La cura de la herida de Valentin había sido una operación muy crítica; a decir verdad, el doctor no veía cómo iba a soportar otra más. Proclamó entonces que tenía que rogarle al señor Newman que renunciase por el momento a la satisfacción de velar a monsieur de Bellegarde; más que nadie, Newman parecía tener el privilegio, halagador pero inoportuno, de excitarle. Al oír esto, monsieur Ledoux se tragó un vaso de vino en silencio; debía de haber estado preguntándose qué demonios le resultaba tan excitante a Bellegarde del americano. Newman, después de la cena, subió a su habitación, donde se quedó un largo rato sentado con la mirada clavada en una vela encendida y pensando que abajo Valentin se estaba muriendo. Tarde, cuando la vela casi se había consumido, oyó un golpecito en la puerta. El doctor estaba ahí con una vela, y encogiéndose de hombros. -¡Todavía quiere divertirse! -dijo el consejero médico de Valentin-. Insiste en verle, y me temo que usted debe venir. Creo que, a este paso, difícilmente sobrevivirá más allá de esta noche. Newman volvió a la habitación, que estaba alumbrada por un cirio colocado encima de la chimenea. Valentin le rogó que encendiese una vela. -Quiero verle la cara -dijo-. Dicen que usted me exalta -siguió, mientras Newman satisfacía su ruego-, y confieso que sí que me siento exaltado; pero no es por usted... son mis propios pensamientos. He estado pensando... pensando. Siéntese ahí y permítame que le mire de nuevo. Newman se sentó, cruzó los brazos y le dirigió una mirada grave a su amigo. Parecía como si estuviese representando un papel, mecánicamente, en una comedia lúgubre. Valentin le miró durante un rato. -Sí, esta mañana estaba yo en lo cierto; tiene usted en la cabeza algo que pesa más que Valentin de Bellegarde. Venga, soy un moribundo y engañarme es indecente. Algo ocurrió después de marcharme de París. Mi hermana no se ha ido a Fleurières en esta época del año por nada. ¿Por qué fue? Lo tengo atragantado en el buche. He estado dándole vueltas, y si usted no me lo dice lo adivinaré. -Será mejor que no se lo diga -dijo Newman-. No le hará ningún bien. -Si cree que me hará algún bien no decírmelo, está usted muy equivocado. Hay problemas con su matrimonio. -Sí -dijo Newman-. Hay problemas con mi matrimonio. -¡Eso pensaba! -y Valentin volvió a quedarse callado-. Lo han cancelado. -Lo han cancelado -dijo Newman. Ahora que había hablado, sintió una satisfacción que se fue haciendo más intensa a medida que seguía-. Su madre y su hermano han faltado a su palabra. Han decidido que no puede tener lugar. Han decidido que, después de todo, no soy lo bastante bueno. Han retirado su palabra. Ya que insiste, ¡ahí lo tiene! Valentin soltó una especie de gruñido, alzó las manos un instante y luego las dejó caer. -Siento no tener nada mejor que contarle de ellos -prosiguió Newman-. Pero no es culpa mía. Estaba, en efecto, muy triste cuando me llegó su telegrama; me sentía apaleado. Imagínese si me siento mejor ahora. Valentin soltó un gemido entrecortado, como si su herida estuviese palpitando. -¡Han faltado a su palabra, han faltado a su palabra! -murmuró-. Y mi hermana... ¿mi hermana? -Su hermana está muy triste; ha accedido a renunciar a mí. No sé por qué. No sé qué es lo que le han hecho; tiene que ser algo bastante horrible. Por hacerle justicia a su hermana, debe usted saberlo. La han hecho sufrir. ¡No la he visto a solas, sino solamente con ellos delante! Ayer por la mañana tuvimos una reunión. Lo soltaron todo, sin morderse la lengua. Me dijeron que me metiese en mis cosas. Me da la impresión de que es muy mal asunto. Estoy enfadado, estoy dolido, siento náuseas. Valentin se quedó mirándole fijamente, más brillantes los ojos, los labios entreabiertos en silencio y un rubor en su pálido semblante. Newman jamás había pronunciado tantas palabras en tono quejumbroso, pero ahora, al hablarle a Valentin en una circunstancia tan extrema para el pobre hombre, tenía la sensación de que se estaba quejando en presencia del poder al que rezan los hombres cuando se encuentran en apuros; sintió como si su efusión de resentimiento fuese una especie de privilegio espiritual. -¿Y Claire? -dijo Bellegarde-, Claire, ¿ha renunciado a usted? -Realmente, no lo creo -dijo Newman. -No, no se lo crea, no se lo crea. Está ganando tiempo; discúlpela. -¡La compadezco! -dijo Newman. -¡Pobre Claire! -murmuró Valentin-. Pero ellos... ellos... - y volvió a hacer una pausa-. Usted los vio; ¿le dijeron a la cara que le descartaban? -A la cara. Fueron muy explícitos. -¿Qué dijeron? -Dijeron que no podían soportar a una persona mercantil. Valentin sacó la mano y la dejó caer sobre el brazo de Newman. -¿Y respecto a su promesa... a su compromiso con usted? -Hicieron una distinción. Dijeron que tenía validez sólo hasta que madame de Cintré me aceptase. Valentin estuvo un rato con la mirada perdida, y el rubor se le extinguió. -No me cuente nada más -dijo al fin-. Estoy avergonzado. -¿Usted? Usted es el honor en persona -se limitó a decir Newman. Valentin gimió y apartó la cabeza. Durante un tiempo, nada más se dijo. Entonces se volvió de nuevo y reunió unas pocas fuerzas para presionar el brazo de Newman. -Está muy mal... muy mal. Cuando mi gente, cuando mi raza, llega a esto, es hora de que yo me retire. Creo en mi hermana; ella se lo explicará. Discúlpela. Si mi hermana no puede... si no puede, perdónela. Ha sufrido. Pero en cuanto a los demás, está muy mal... muy mal. ¿Le resulta muy duro? Pero no, es una vergüenza que le obligue a decir eso... Cerró los ojos y de nuevo se produjo un silencio. Newman se sentía casi sobrecogido; había evocado un espíritu más solemne que el que había esperado. Entonces Valentin volvió a mirarle, retirando la mano de su brazo. -Le pido disculpas -dijo-. ¿Entiende? Aquí, en mi lecho de muerte. Le pido disculpas por mi familia. Por mi madre. Por mi hermano. Por la antigua casa de Bellegarde. Voilà!-añadió suavemente. A modo de respuesta, Newman le cogió la mano y se la estrechó con inmenso afecto. Valentin se quedó callado, y media hora después el doctor entró sin hacer ruido. Tras él, a través de la puerta semiabierta, Newman vio los rostros interrogadores de los señores de Grosjoyaux y Ledoux. El doctor puso su mano sobre la muñeca de Valentin y se quedó sentado mirándole. No hizo ninguna seña y los dos caballeros entraron, después de que monsieur Ledoux le hiciese un ademán a alguien que estaba fuera. Era monsieur le Curé, que llevaba en la mano un objeto que Newman desconocía, cubierto con una servilleta blanca. Monsieur le Curé era bajo, redondo y colorado. Avanzó mientras se quitaba su pequeña capa negra y se la daba a Newman, y depositó su carga sobre la mesa; y entonces se sentó en la mejor butaca, con las manos cruzadas sobre su persona. Los otros caballeros habían intercambiado miradas que expresaban unanimidad respecto a la oportunidad de su presencia. Pero durante un buen rato Valentin ni habló ni se movió. Newman, más adelante, estuvo seguro de que monsieur le Curé se había dormido. Al fin, de modo abrupto, Valentin pronunció el nombre de Newman. Su amigo se acercó a él, y éste le dijo: -No está usted solo. Quiero hablarle a solas -Newman miró al doctor, y el doctor miró al cura, que le devolvió la mirada; y luego el doctor y el cura se encogieron de hombros al unísono-. A solas... cinco minutos -repitió Valentin-. Por favor, déjennos. El cura volvió a coger su carga y encabezó la salida, seguido de sus acompañantes. Newman cerró la puerta a su paso y regresó junto al lecho. Bellegarde había estado observándolo todo con intensidad. -Está muy mal, está muy mal -dijo cuando Newman se hubo sentado cerca de él-. Cuanto más lo pienso, peor me parece. -Ah, no piense en ello -dijo Newman. Pero Valentin siguió, sin hacerle caso. -Incluso aunque volviesen a cambiar de parecer, la vergüenza... la bajeza... está ahí. -¡Ah, no cambiarán de parecer! -dijo Newman. -Bueno, usted puede conseguirlo. -¿Conseguirlo? -Le puedo contar una cosa, un gran secreto, un secreto inmenso. Lo puede utilizar en su contra... asustarlos, forzarlos. -¡Un secreto! -repitió Newman. De momento, la idea de permitir que Valentin, en su lecho de muerte, le confiase un «secreto inmenso» le escandalizó, y le hizo echarse atrás. Le parecía un modo ilícito de obtener información, que incluso guardaba cierta vaga analogía con escuchar a través de una cerradura. Entonces, de pronto, la idea de «forzar» a madame de Bellegarde y a su hijo se le hizo atractiva, y Newman agachó la cabeza para acercarla más a los labios del moribundo. Sin embargo, durante un rato éste no dijo nada más. Se limitó a yacer mirando a su amigo con ojos ardientes, dilatados, preocupados, y Newman empezó a creer que había estado delirando. Pero al fin dijo: -Se hizo algo... se hizo algo en Fleurières. Fue juego sucio. Mi padre... algo le ocurrió. No sé; he estado avergonzado... con miedo a enterarme. Pero sé que hay algo. Mi madre lo sabe... Urbain lo sabe. -¿Algo le ocurrió a su padre? -dijo Newman con tono apremiante. Valentin le miró con ojos aún más abiertos. -No se recuperó. -Recuperarse, ¿de qué? Pero el inmenso esfuerzo que había hecho Valentin, primero para decidirse a pronunciar estas palabras, y después para sacarlas afuera, parecía haberse adueñado de sus últimas fuerzas. Volvió a guardar silencio, y Newman se quedó mirándole. -¿Lo entiende? -empezó de nuevo-. En Fleurières. Puede usted descubrirlo. La señora Bread lo sabe. Dígale que le rogué que usted se lo preguntase. Entonces dígaselo a ellos, y verá. Puede que le ayude. Si no, dígaselo a todo el mundo. Habrá de... habrá de... -aquí la voz de Valentin se hundió en el más débil de los murmullos- ¡habrá de vengarle! Las palabras se fueron extinguiendo hasta que se convirtieron en un largo y débil quejido. Newman se puso en pie, profundamente impresionado, sin saber qué decir; el corazón le latía con violencia. -Gracias dijo al fin-. Le estoy muy agradecido. Pero Valentin no parecía oírle; seguía en silencio, y su silencio continuó. Al fin, Newman fue a abrir la puerta. Monsieur le Curé volvió a entrar, portando su sagrado recipiente y seguido de los tres caballeros y del criado de Newman. Casi parecía una procesión. CAPÍTULO XX Valentin de Bellegarde murió serenamente, justo cuando la aurora fría y tenue de marzo empezaba a iluminar los rostros del pequeño grupo de amigos que se había reunido en torno a su cama. Una hora después, Newman se fue de la posada en dirección a Ginebra; como es natural, no quería estar presente cuando llegasen madame de Bellegarde y su primogénito. De momento, se quedó en Ginebra. Era como un hombre que ha sufrido una caída y se quiere sentar para contarse las magulladuras. Escribió al instante a madame de Cintré, relatándole las circunstancias de la muerte de su hermano -con ciertas excepciones- y preguntándole en qué momento, cuanto antes, podía albergar esperanzas de que consintiera en verle. Monsieur Ledoux le había dicho que tenía motivos para saber que el testamento de Valentin -Bellegarde poseía muchos y elegantes bienes personales que ceder- contenía la petición de que se le enterrase cerca de su padre en el cementerio de Fleurières, y Newman decidió que el estado de sus propias relaciones con la familia no le privaría de la satisfacción de ayudar a rendir los últimos honores mundanos al mejor tipo del mundo. Reflexionó que su amistad con Valentin venía de antes de su enemistad con Urbain, y que en un funeral era fácil pasar inadvertido. La respuesta de madame de Cintré a su carta le permitió programar su llegada a Fleurières. Era muy breve; rezaba como sigue: Le agradezco su carta y que haya estado con Valentin. Para mí supone un dolor inexpresable no haber estado allí. Verle a usted no me traerá sino dolor; no hay necesidad, por tanto, de aguardar a lo que usted llama tiempos mejores. Ahora todo me da igual, y no veré tiempos mejores. Venga cuando lo desee; tan sólo comuníquemelo antes. Mi hermano será enterrado aquí el viernes, y mi familia se va a quedar. C. DE C. Tan pronto como recibió esta carta, Newman fue directamente a París y de ahí a Poitiers. El viaje le llevó lejos, hacia el sur; cruzando la verde Touraine y el resplandeciente Loira, llegó a una comarca donde la temprana primavera iba haciéndose cada vez más intensa, pero nunca había emprendido un viaje en el que prestase menos atención a lo que habría llamado el trazado del terreno. Se alojó en una posada de Poitiers, y a la mañana siguiente estuvo conduciendo un par de horas hasta que llegó a la aldea de Fleurières. Pero aquí, aunque estaba absorto, no pudo evitar reparar en lo pintoresco del lugar. Era lo que los franceses llaman un petit bourg; se hallaba en la base de una especie de inmenso montículo en cuya cima se alzaban las ruinas desmoronadas de un castillo feudal. Una buena parte de sus sólidos materiales, así como de los del muro que descendía por la colina para cercar defensivamente las casas apiñadas, había sido absorbida por la propia sustancia de la aldea. La iglesia era, simplemente, la antigua capilla del castillo, y daba sobre un atrio que, a pesar de estar cubierto de hierba, tenía una anchura lo bastante generosa para cederle su rincón más curioso al pequeño cementerio. Aquí, inclinadas sobre la hierba, hasta las mismas lápidas parecían dormir; el paciente recodo de la muralla las sujetaba por un lado, y enfrente, muy lejos de sus tapas musgosas, se extendían las verdes llanuras y las distancias azules. El camino hacia la iglesia, colina arriba, era intransitable para los vehículos. Estaba flanqueado por dos o tres filas de campesinos, que miraban cómo la vieja madame de Bellegarde, agarrada del brazo de su hijo mayor, iba ascendiendo lentamente detrás de los portadores del féretro del otro hijo. Newman prefirió perderse entre las plañideras de la plebe, que murmuraban «Madame la Comtesse» cuando la alta figura del velo negro pasaba frente a ellas. Newman se quedó de pie en la pequeña iglesia sombría mientras tuvo lugar la ceremonia, pero cuando llegó a la funesta tumba se dio la vuelta y se fue caminando colina abajo. Regresó a Poitiers, y ahí pasó dos días en los que la paciencia y la impaciencia se entremezclaron de manera extraña. Al tercer día le envió una nota a madame de Cintré para decirle que iría a verla por la tarde, y de acuerdo con esto volvió a tomar el camino de Fleurières. Dejó su vehículo en la calle de la aldea, junto a la taberna, y obedeció las sencillas instrucciones que le dieron para encontrar el château. -Está justo ahí detrás -dijo el posadero, y señaló hacia las copas de los árboles de un parque que había tras las casas de enfrente. Newman siguió por la primera encrucijada a la derecha, que estaba bordeada por chozas enmohecidas, y en seguida vio ante sí los tejados picudos de las torres. Avanzó un poco más y se encontró frente a una gran verja de hierro, herrumbrosa y cerrada; aquí hizo una breve pausa y miró a través de los barrotes. El château estaba cerca del camino, cosa que era a la vez su mérito y su defecto, pero ofrecía un aspecto impresionante. Newman se enteraría más adelante, al leer una guía de la provincia de que databa de los tiempos de Enrique IV. A la amplia zona pavimentada que lo precedía, a cuyos lados había unas granjas astrosas, le daba una inmensa fachada de ladrillo oscurecido por el tiempo, flanqueada por dos alas bajas que terminaban en un pequeño pabellón de estilo holandés, rematado por un fantástico tejado. Detrás se alzaban dos torres, y tras las torres había un conjunto de olmos y hayas que en esta época apenas tenían un ligero verdor. Pero lo más notable era un ancho río verde que bañaba los cimientos del château. El edificio se erguía desde una isla rodeada por el torrente del agua, formándose así un foso perfecto cruzado por un puente de dos arcos sin barandilla. Las deslustradas paredes de ladrillo, donde despuntaban aquí y allá soberbios salientes rectos, las cúpulas feas y pequeñas de las alas, los profundos ventanales y los largos y empinados pináculos de pizarra musgosa se reflejaban, todos ellos, en las tranquilas aguas. Newman llamó al llegar a la verja, casi asustándose con el tono en que le respondió una gran campana herrumbrosa que estaba sobre su cabeza. Una anciana salió de una caseta y entreabrió el chirriante portalón lo justo para darle paso a Newman, que cruzó el seco patio descubierto y las cuarteadas losetas blancas del paso elevado del foso. A la puerta del château esperó unos instantes, y esto le dio la oportunidad de reparar en que Fleurières no estaba «cuidado» y de reflexionar que se trataba de un lugar de residencia muy melancólico. «Parece -dijo Newman para sus adentros, y reproduzco la comparación por el interés que pueda tener- una penitenciaría china.» Al fin abrió la puerta un criado al que recordaba haber visto en la Rue de l'Université. Su rostro mortecino se iluminó al ver a nuestro héroe; y es que Newman, por razones indefinibles, gozaba de la confianza de las personas que llevan librea. El lacayo, a través de un gran vestíbulo principal con una pirámide de vasijas de plantas en el centro y rodeado de puertas acristaladas, le condujo hasta lo que parecía ser el salón principal. Newman cruzó el umbral de una habitación de proporciones soberbias, que de entrada le hizo sentirse como un turista acompañado de un libro guía y de un cicerone que espera propina. Pero cuando el criado le dejó solo, explicando que se iba a avisar a madame la Comtesse, Newman percibió que el salón contenía poca cosa destacable a excepción de un techo oscuro con unas vigas de curiosas tallas, unas cortinas con una minuciosa tapicería anticuada y un oscuro suelo de roble, pulido como un espejo. Esperó unos minutos, paseándose de arriba abajo; pero al cabo de un rato, cuando se estaba dando la vuelta al final de la habitación, vio que madame de Cintré había entrado por una puerta distante. Llevaba un vestido negro, y se quedó de pie mirándole. Como la extensión de la inmensa sala se abría entre ellos, Newman tuvo tiempo de mirarla antes de que se encontrasen en el centro. Se quedó consternado ante su cambio de aspecto. Pálida, cariacontecida, casi demacrada y con una especie de rigidez monástica en el atuendo, apenas guardaba en común más que sus puras facciones con la mujer cuyo radiante garbo había admirado hasta entonces. Madame de Cintré posó sus ojos sobre los de Newman y le dejó que le cogiese la mano; pero sus ojos parecían dos lluviosas lunas de otoño, y en su roce había una ominosa inanidad. -Estuve en el funeral de su hermano -dijo Newman-. Después esperé tres días. Pero no podía esperar más. -Nada se puede ganar ni perder con la espera -dijo madame de Cintré-. Pero ha sido muy atento por esperar, teniendo en cuenta que ha sido agraviado. -Me alegra que piense que he sido agraviado -dijo Newman, con ese acento extrañamente jocoso con el que a menudo pronunciaba palabras de significado solemne. -¿He de decirlo? -preguntó ella-. No creo que yo haya agraviado, seriamente, a demasiadas personas; sin duda, no de manera consciente. A usted, a quien he tratado con dureza y crueldad, el único desagravio que le puedo hacer es decir: «¡Lo sé, soy capaz de sentirlo!». ¡El desagravio es penosamente pequeño! -¡Bueno, es un gran paso adelante! -dijo Newman, con una afable sonrisa de ánimo. Empujó una silla hacia ella y la sostuvo, mirándola con apremio. Madame de Cintré se sentó mecánicamente, y él se sentó cerca; pero a renglón seguido se puso en pie, agitado, y se colocó delante de ella. Madame de Cintré siguió sentada, como una criatura desazonada que ya hubiese pasado la fase de agitación. -Digo que no se ha de ganar nada con que yo le vea -prosiguió-, y aun así me alegra mucho que haya venido. Ahora puedo decirle lo que siento. Es un placer egoísta, pero es uno de los últimos que he de tener -y se detuvo observando a Newman con sus grandes ojos empañados-. Sé hasta qué punto le he defraudado y le he hecho daño, sé lo cruel y cobarde que he sido. Lo veo con tanta claridad como usted... lo siento hasta la médula -se soltó las manos, que estaban entrelazadas sobre su regazo, y después de alzarlas las dejó caer-. Todo lo que pueda haber dicho de mí en el punto más colérico de su ira no es nada comparado con lo que yo me he dicho a mí misma. -En lo más colérico de mi ira -dijo Newman- no he dicho nada duro de usted. Lo peor que he dicho hasta ahora es que es usted la más encantadora de las mujeres -y volvió a sentarse con un movimiento abrupto frente a ella. Madame de Cintré se ruborizó un poco, pero hasta su rubor era pálido. -Eso es porque cree que volveré. Pero no volveré. Ha venido aquí con esa esperanza, lo sé; lo siento mucho por usted. Haría casi cualquier cosa por usted. Decir esto, después de lo que he hecho, es lisa y llanamente una insolencia; pero ¿qué puedo decir que no resulte insolente? Agraviarle y pedirle disculpas... eso es demasiado fácil. No debería haberle agraviado -se detuvo un instante, mirándole, y le hizo un ademán para que le permitiese continuar-. No debería haberle escuchado al principio; ése fue el error. No podía salir nada bueno de ahí. Lo notaba, y aun así escuché; eso fue culpa suya. Le apreciaba demasiado; creía en usted. -¿Y ya no cree en mí? -Más que nunca. Pero ahora no importa. He renunciado a usted. Newman se dio un golpecito en la rodilla con el puño apretado. -¿Por qué, por qué, por qué? -exclamó-. Deme una razón... una razón convincente. No es usted ninguna chiquilla... no es menor de edad, ni idiota. No está obligada a dejarme porque se lo haya dicho su madre. Una razón así no es digna de usted. -Lo sé; no es digna de mí. Pero es la única que tengo. Al fin y al cabo -dijo madame de Cintré tendiendo sus manos-, ¡considéreme una idiota y olvídese de mí! Será la manera más fácil. Newman se puso en pie y se alejó con la abrumadora sensación de que su causa estaba perdida, y aun así con idéntica incapacidad para renunciar a la lucha. Se acercó a uno de los grandes ventanales y miró la recia represa del río y los formales jardines que se expandían más allá. Cuando se dio la vuelta, madame de Cintre se había levantado; no se movió, silenciosa y pasiva. -No es usted franca -dijo Newman-; no es honrada. En vez de decirme que es imbécil, debería decir que otras personas son malas. Su madre y su hermano han sido falsos y crueles; lo han sido conmigo, y estoy seguro de que también lo han sido con usted. ¿Por qué intenta escudarlos? ¿Por qué me sacrifica a ellos? No soy falso; no soy cruel. No sabe usted a qué está renunciando; bien puedo decirle que... que no lo sabe. La intimidan y urden intrigas en torno a usted; y yo... yo... Newman se detuvo y extendió las manos. Madame de Cintré se dio la vuelta y se dispuso a dejarle. -El otro día me dijo que temía a su madre -dijo mientras la seguía-. ¿A qué se refería? Madame de Cintré sacudió la cabeza. -Lo recuerdo; después me arrepentí. -Se arrepintió cuando ella bajó y le puso las empulgueras. En nombre de Dios, ¿qué es lo que hace con usted? -Nada. Nada que pueda usted entender. Y ahora que he renunciado a usted, no debo expresarle mis quejas de ella. -¡Ése no es modo de razonar! -exclamó Newman-. Por el contrario, quéjese de ella. Cuéntemelo todo con confianza y franqueza, como debería hacer, y hablaremos de ello de manera tan satisfactoria que no renunciará a mí. Madame de Cintré estuvo mirando al suelo durante unos instantes, y a continuación, alzando los ojos, dijo: -Al menos ha salido una cosa buena de todo esto: he conseguido que me juzgue usted con más imparcialidad. Me veía usted a una luz que me honraba mucho; no sé por qué se le metió en la cabeza. Pero no me daba ninguna escapatoria... ninguna oportunidad de ser la criatura débil y vulgar que soy. No fue culpa mía; se lo advertí desde el primer momento. Pero debería habérselo advertido más. Tendría que haberle convencido de que estaba condenada a decepcionarle. Sin embargo, en cierto sentido fui demasiado orgullosa. ¡Ya ve usted a qué se reduce mi superioridad, espero! -continuó, elevando la voz con un temblor que aun en esas circunstancias a Newman le pareció hermoso-. Soy demasiado orgullosa para ser sincera, pero no soy demasiado orgullosa para ser desleal. Soy tímida y fría y egoísta. Tengo miedo a estar incómoda. -¡Y dice que casarse conmigo es incómodo! -exclamó Newman, con los ojos abiertos de par en par. Madame de Cintré se sonrojó un poco, como si quisiera decir que, si bien era una insolencia por su parte suplicarle perdón con palabras, al menos así, en silencio, podía expresar que comprendía perfectamente que a él le pareciese odiosa su conducta. -Casarme con usted, no, sino hacer todo lo que eso conllevaría: la ruptura, el desafío, el insistir en ser feliz a mi modo. ¿Qué derecho tengo a ser feliz cuando... cuando...? -y se detuvo. -¿Cuando qué? -quiso saber Newman. -Cuando otros han sido enormemente desgraciados. -¿Qué otros? -preguntó Newman-. ¿Qué tiene usted que ver con otros más que conmigo? Además, acaba de decir que quería la felicidad, y que la encontraría si obedecía a su madre. Se contradice. -Sí, me contradigo; eso le demuestra que ni siquiera soy inteligente. -¡Se está riendo de mí! -exclamó Newman-. ¡Se burla de mí! Madame de Cintré le miró intensamente, y un buen observador podría haber pensado que se estaba preguntando si acaso no terminaría antes con su dolor compartido confesando que se estaba burlando de él. -No, no me burlo -dijo al fin. -Concediendo que no es usted inteligente -siguió Newman-, que es débil, que es vulgar, que no es nada de lo que yo pensaba... lo que le pido no es ningún esfuerzo heroico, es un esfuerzo muy común. Hay muchas cosas, por mi parte, para facilitarlo. La triste realidad es que no le importo lo suficiente para hacerlo. -Tengo frío -dijo madame de Cintré-. Estoy tan fría como las aguas de ese río. Newman dio un sonoro golpe en el suelo con su bastón, y soltó una risa larga y sombría. -¡Bien, bien! -exclamó-. Va usted demasiado lejos... se pasa de la raya. No hay ni una sola mujer en el mundo que sea tan mala como se empeña en pintarse usted. Ya veo cuál es su juego; es lo que dije antes. Se está usted ennegreciendo para blanquear a otros. Usted no quiere renunciar a mí en asboluto; me aprecia... me aprecia. Sé que es así; lo ha demostrado, y lo he sentido. ¡Después, ya puede usted estar todo lo fría que quiera! La han intimidado, repito; la han torturado. Es un ultraje, e insisto en salvarla de la extravagancia de su propia generosidad. ¿Se cortaría usted la mano si su madre se lo pidiese? Madame de Cintré parecía un poco atemorizada. -El otro día hablé de mi madre con excesiva ceguera. Soy dueña de mí misma, por ley y por el consentimiento de ella. No me puede hacer nada; no me ha hecho nada. Jamás ha aludido a aquellas palabras tan duras que le dediqué. -¡Ha hecho que usted las sienta, se lo digo yo! -dijo Newman. -Es mi conciencia la que me lleva a sentirlas. -¡Me da la impresión de que su conciencia está bastante confusa! -exclamó apasionadamente Newman. -Ha estado muy atribulada, pero ahora está muy clara -dijo madame de Cintré-. No renuncio a usted por ningún beneficio mundano ni por ninguna felicidad mundana. -Ah, no renuncia a mí por lord Deepmere, lo sé -dijo Newman-. No voy a fingir, ni siquiera para provocarla, que lo pienso. Pero eso es lo que querían su madre y su hermano, y su madre, en aquel baile canallesco (entonces me gustó, pero ahora sólo de recordarlo me pongo furioso) intentó azuzarle para que la cortejase a usted. -¿Quién le ha dicho esto? dijo suavemente madame de Cintré. -No fue Valentin. Lo observé. Lo adiviné. En su momento no supe que lo estaba viendo, pero se me quedó clavado en la memoria. Y después, acuérdese, vi a lord Deepmere con usted en el invernadero. Usted dijo entonces que en otro momento me contaría lo que le había dicho. -Eso fue antes de... antes de esto -dijo madame de Cintré. -Eso no importa -dijo Newman-; y, además, creo que lo sé. Es un honrado inglesito. Vino a contarle lo que se traía su madre entre manos: que deseaba que él, que no es una persona mercantil, me suplantase. Si se le proponía a usted, su madre se encargaría de persuadirla y darme esquinazo. Lord Deepmere no es demasiado intelectual, así que ella tuvo que deletreárselo. Él le dijo a usted que la admiraba «infinito», y que quería que lo supiese; pero que no le gustaba verse mezclado en ese tipo de maniobras clandestinas, y le contó todo tipo de historias. Eso vino a ser todo, ¿no? Y después usted dijo que era completamente feliz. -No veo por qué tenemos que hablar de lord Deepmere -dijo madame de Cintré-. No ha venido aquí para eso; y, en cuanto a mi madre, no importa lo que usted sospeche ni lo que sepa. Si he tomado una decisión, como ahora, no debería discutir estas cosas. Discutir, en estos momentos, es ocioso. Hemos de procurar vivir, cada uno, como podamos. Sé que volverá a ser feliz; incluso a veces, cuando piense en mí. Cuando lo haga, recuerde esto: que no fue fácil, y que lo hice lo mejor que pude. Hay cosas que tengo que tener en cuenta y que usted desconoce. Me refiero a que tengo sentimientos y debo actuar según su dictado... debo hacerlo, debo hacerlo. Si no, me perseguirían -exclamó con vehemencia-; ¡me matarían! -Sé cuáles son sus sentimientos; ¡son supersticiones! Son el sentimiento de que, al fin y al cabo, aunque soy un buen tipo, he estado metido en negocios; el sentimiento de que las miradas de su madre son ley y las palabras de su hermano el Evangelio; que son ustedes una piña, y que forma parte de las imperecederas reglas del decoro el que metan mano en todo lo que usted hace. Me hierve la sangre. Eso es frío; tiene usted razón. Y lo que siento aquí -y Newman se golpeó el corazón y se puso más poético que nunca- ¡es un fuego abrasador! Un espectador menos absorto que el turbado pretendiente de madame de Cintré habría tenido desde el comienzo la certeza de que la atractiva calma de su porte era fruto de un violento esfuerzo, a pesar de lo cual la marea de la agitación iba subiendo a ritmo acelerado. Ante estas últimas palabras de Newman se desbordó, aunque al principio habló en voz baja, por miedo a que su voz la traicionase. -No, no tenía razón en lo que dije: ¡no soy fría! Creo que si estoy haciendo algo que parece tan malvado, no es por mera debilidad y falsedad. Señor Newman, es como una religión. No se lo puedo decir; ¡no puedo! Es cruel por su parte insistir. No veo por qué no habría de pedirle que me crea... y que me compadezca. Es como una religión. Ha caído una maldición sobre la casa; no sé qué... no sé por qué... no me pregunte. Todos hemos de soportarla. He sido demasiado egoísta; quería escapar a la maldición. Usted me ofreció una oportunidad magnífica... aparte de que le apreciaba. Parecía bueno cambiar del todo, romper, marcharme. Y además le admiraba. Pero no puedo... me ha tomado la delantera y ha vuelto a mí -el dominio de sí misma la había abandonado por completo y largos sollozos entrecortaban sus palabras-. ¿Por qué nos ocurren cosas tan espantosas... por qué matan a mi hermano Valentin, como a un animal salvaje, en plena juventud y alegría y brillantez y todo aquello por lo que le amábamos? ¿Por qué hay cosas que no puedo preguntar... que temo saber? ¿Por qué hay sitios que no puedo ver, sonidos que no puedo oír? ¿Por qué me ha sido dado escoger, decidir, en un caso tan arduo y tan terrible como éste? No estoy hecha para esto: no estoy hecha para la valentía y el desafío. Fui hecha para ser feliz de un modo tranquilo y natural -al oír esto Newman soltó un gemido expresivo, pero madame de Cintré continuó-: Fui hecha para hacer de buena gana y con gratitud lo que se espera de mí. Mi madre siempre se ha portado muy bien conmigo; no puedo decir más. No debo juzgarla; no debo criticarla. Si lo hiciera, pagaría por ello. ¡No puedo cambiar! -No -dijo con amargura Newman-; soy yo quien ha de cambiar, ¡aunque el esfuerzo me parta en dos! -Usted es diferente. Usted es un hombre; lo superará. Tiene todo tipo de consuelos. Usted nació... usted fue adiestrado... para los cambios. Además... además, siempre pensaré en usted. -¡Eso me tiene sin cuidado! -exclamó Newman-. Es usted cruel... terriblemente cruel. ¡Dios la perdone! Puede que tenga las mejores razones y los sentimientos más nobles del mundo; no cambia las cosas. Es usted un misterio para mí; no entiendo cómo tanta dureza puede acompañar a tan gran encanto. Madame de Cintré le observó un momento con los ojos arrasados de lágrimas. -¿Piensa usted, pues, que soy dura? Newman respondió a su mirada, y después estalló: -¡Es usted una criatura absolutamente irreprochable! ¡Quédese conmigo! -Por supuesto que soy dura -siguió ella-. Siempre que causamos dolor, somos duros. Y debemos causar dolor; así es el mundo... ¡el odioso y miserable mundo! ¡Ah! -exhaló un suspiro largo y profundo-, ni siquiera puedo decir que me alegro de haberle conocido... aunque así es. También eso sería agraviarle. Nada puedo decir que no sea cruel. Así que separémonos, sin más. ¡Adiós! -y le tendió la mano. Newman se quedó mirándole la mano sin cogérsela, y después elevó los ojos a su rostro. Tenía ganas de verter lágrimas de rabia. -¿Qué va a hacer? -preguntó-. ¿Adónde va a ir? -A donde no pueda causar más dolor ni sospeche que existe el mal. Me voy fuera del mundo. -¿Fuera del mundo? Voy a ingresar en un convento. -¡En un convento! -repitió Newman con profunda consternación; era como si le hubiese dicho que iba a ingresar en un hospital-. ¡A un convento...! ¡Usted! -Le dije que no le abandonaba por ventajas y placeres de este mundo. Pero Newman seguía sin apenas comprender. -¿Va a ser monja -siguió-, toda la vida... en una celda... con hábitos y un velo blanco? -Monja... monja carmelita -dijo madame de Cintré-. Toda la vida, con la gracia de Dios. A Newman la idea se le antojó demasiado turbia y horrenda para ser creíble, y le hizo sentirse igual que se habría sentido de haberle dicho ella que se iba a mutilar su bello rostro, o a beber alguna pócima que fuese a enloquecerla. Se agarró las manos y empezó a temblar de manera palmaria. -Madame de Cintré, ¡no lo haga, no lo haga! -dijo-. ¡Se lo suplico! Si quiere, me pondré de rodillas para suplicárselo. Ella posó su mano sobre el brazo de Newman, con un gesto tierno, compasivo, casi tranquilizador. -No lo entiende. Tiene ideas equivocadas. No es nada horrible. Tan sólo es paz y seguridad. Es para estar fuera de un mundo donde problemas como éste les sobrevienen a los inocentes, a los mejores. Ypara toda la vida... ¡ahí está la bendición! No pueden volver a ocurrir. Newman se desplomó en una silla y se quedó sentado, mirándola con un largo murmullo inarticulado. Que aquella espléndida mujer, en quien había visto toda la gracia humana y todo el brío de un hogar, se fuese a alejar de él y de todas las cosas brillantes que le ofrecía -él, su futuro, su fortuna, su fidelidad- para embozarse en andrajos ascéticos y enterrarse en una celda era una desconcertante combinación de lo inexorable y lo grotesco. A medida que la imagen se le iba representando con más intensidad, lo grotesco se iba expandiendo hasta cubrirla; era una reducción al absurdo de la prueba a la que estaba sometido. -¡Usted... monja! -exclamó-. ¡Usted, su belleza mutilada... usted, tras cerrojos y barrotes! jamás, jamás si puedo impedirlo! y, soltando una risa violenta, se puso en pie de un salto. -No puede impedirlo -dijo madame de Cintré-, y debería, al menos un poco, satisfacerle. ¿Se imagina que siguiese viviendo en el mundo, todavía a su lado y sin embargo sin usted? Está todo organizado. Adiós... adiós. Esta vez Newman le cogió la mano; la cogió entre las suyas. -¿Para siempre? -dijo. Los labios de madame de Cintré hicieron un movimiento inaudible y los de él pronunciaron una profunda imprecación. Ella cerró los ojos, como si oírla le doliese; entonces Newman la arrastró hacia él y la estrechó contra su pecho. Besó su blanco rostro; por un momento ella se resistió y al otro se rindió; entonces, con vigor, se soltó y cruzó a toda prisa el largo trecho de suelo reluciente. Un instante después, la puerta se cerró tras ella. Newman se abrió paso hacia afuera como pudo. CAPÍTULO XXI Hay un bonito paseo público en Poitiers, sobre la cresta de la alta colina en torno a la que se apiña la pequeña ciudad, que está sembrado de árboles tupidos y mira sobre los fértiles campos en donde los antiguos príncipes ingleses combatieron en defensa de su derecho. Newman estuvo recorriendo este tranquilo paseo de arriba abajo durante la mayor parte del día siguiente, y dejó que sus ojos se extraviasen por el histórico paisaje; pero habría sido tristemente incapaz de decir después si este último estaba integrado por minas de carbón o por viñedos. Estaba completamente abandonado a su pesadumbre, cuya carga no se aligeraba en absoluto con la reflexión. Se temía que madame de Cintré estaba irrevocablemente perdida, y sin embargo, como él mismo habría dicho, no veía de qué manera podía renunciar a ella. Se le antojaba imposible dar la espalda a Fleurières y a sus habitantes; le parecía que por algún lugar de allí debía de ocultarse alguna semilla de esperanza o de desagravio, con que sólo pudiese extender el brazo lo bastante lejos para arrancarla. Era como si tuviese la mano sobre un picaporte y estuviese agarrándolo con el puño cerrado; había aporreado, había llamado, había empujado la puerta con su poderosa rodilla y la había sacudido con todas sus fuerzas, y la respuesta había sido un maldito silencio mortal. Y aun así algo le retenía allí; algo endurecía el agarre de sus dedos. La satisfacción de Newman había sido demasiado intensa, todo su plan demasiado calculado y maduro, la perspectiva de su felicidad demasiado rica y abarcante para que este hermoso edificio moral se desmoronase de golpe. Los propios cimientos parecían haber sufrido daños fatales, y pese a todo sentía un terco deseo de seguir intentando salvar el edificio. Le embargaba la sensación de agravio más dolorosa que jamás había conocido o había creído posible llegar a conocer. Aceptar esta herida y marcharse sin mirar atrás era forzar el buen talante hasta un punto del que se sentía incapaz. Volvía continuamente con empeño la vista atrás, y lo que allí veía no aplacaba su resentimiento. Se veía a sí mismo como alguien confiado, generoso, despreocupado, paciente, natural, alguien que sabía tragarse una irritación frecuente y que estaba dotado de una modestia sin límites. Haber mordido el polvo, haber sido objeto del desdén, de los aires de superioridad y de la sátira y haber accedido a tomárselo como una de las condiciones del trato... haber hecho todo esto, y todo a cambio de nada, sin duda le daba a uno derecho a protestar. ¡Y que le despachasen por ser una persona mercantil! ¡Ni que hubiese mencionado o soñado con los negocios una sola vez desde que empezó su relación con los Bellegarde... ni que hubiese entrado en los pormenores de los negocios... ni que no hubiese accedido a maldecirlos cincuenta veces al día, de haber aumentado así un ápice la probabilidad de que los Bellegarde no le hiciesen una mala pasada! Aun concediendo que ser un hombre de negocios fuese un fundamento lícito para que le jugasen a uno una jugarreta, ¡qué poco sabían sobre la clase así denominada y su emprendedora manera de no detenerse en nimiedades! Era a la luz de su herida donde más peso tenía el aguante pasado de Newman; su exasperación propiamente dicha no había sido tanta, mezclada como estaba con su imagen del cielo despejado que había abovedado su reciente galanteo. Pero ahora su sensación de ultraje era profunda, rencorosa y omnipresente; sentía que era un buen tipo agraviado. En cuanto a la conducta de madame de Cintré, le dejaba algo así como sobrecogido, y el hecho de que fuese incapaz de comprenderla o de sentir la realidad de sus motivos tan sólo aumentaba la fuerza con que se había encariñado con ella. Nunca había dejado que su catolicismo le preocupase; el catolicismo no era para Newman nada más que un nombre, y expresar desconfianza hacia la forma en que se habían modelado los sentimientos religiosos de madame de Cintré le habría parecido, por su parte, una afectación bastante pretenciosa de celo protestante. Si en tierra católica podían abrirse flores blancas tan espléndidas como ésa, no era una tierra insalubre. Pero una cosa era ser católica, y otra hacerse monja... ¡ante sus propios ojos! Había una suerte de lúgubre comicidad en cómo el optimismo absolutamente contemporáneo de Newman se veía confrontado con este sombrío expediente del viejo mundo. Ver cómo una mujer que estaba hecha para él y para la maternidad de sus hijos se le escamoteaba en esta trágica parodia... era algo para frotarse los ojos, una pesadilla, una ilusión, una patraña. Pero las horas pasaban sin refutar la cuestión, y dejándole el mero resabio de la vehemencia con que había abrazado a madame de Cintré. Recordaba sus palabras y sus miradas; les dio vueltas e intentó sonsacar su misterio y dotarlas de un significado soportable. ¿Qué había querido decir con que su sentimiento era una especie de religión? Era simplemente la religión de las leyes familiares, la religión cuya sacerdotisa mayor era su implacable madrecita. Por mucho que la generosidad de madame de Cintré retorciese las cosas, lo único cierto era que habían usado la fuerza contra ella. Su generosidad había intentado encubrirlos, pero a Newman se le ponía el corazón en la garganta cuando pensaba que quedarían impunes. Pasaron las veinticuatro horas, y a la mañana siguiente Newman se levantó de un salto con la determinación de regresar a Fleurières y exigir otra entrevista con madame de Bellegarde y su hijo. No perdió el tiempo en llevarla a la práctica. Mientras avanzaba velozmente por el excelente camino en la pequeña calesa que le habían proporcionado en la posada de Poitiers, extrajo, por así decirlo, del segurísimo lugar de su cabeza adonde la había confiado la última información que le dio el pobre Valentin. Valentin le había dicho que podía hacer algo con ella, y a Newman le pareció que estaría bien tenerla a mano. Por supuesto, no era ésta la primera vez, en los últimos tiempos, que le había prestado atención. Era información en bruto, era oscura y desconcertante; pero Newman no se sentía ni indefenso ni asustado. Era evidente que Valentin había querido que estuviese en posesión de un instrumento poderoso, aunque no podía decirse que le hubiese dejado el asidero bien al alcance. Pero si en realidad no le había contado el secreto, al menos le había dado la pista para acceder a él... una pista cuyo otro cabo sostenía esa extraña señora Bread. A Newman la señora Bread siempre le había dado la impresión de conocer secretos; y como todo indicaba que gozaba de su estima, sospechaba que quizá ella se viera inducida a compartir con él sus conocimientos. Siempre y cuando sólo hubiese que tratar con la señora Bread, se sentía cómodo. En cuanto a qué había que descubrir, sólo albergaba un temor: que no fuese lo bastante terrible. Luego, cuando se le volvió a aparecer la imagen de la marquesa y su hijo unidos, la mano de la anciana en el brazo de Urbain y la misma fijeza fría y hosca en los ojos de ambos, Newman exclamó para sus adentros que el temor era infundado. ¡Como poco, en ese secreto había sangre! Llegó a Fleurières casi en un estado de euforia; se había convencido de que, lógicamente, ante la amenaza del desenmascaramiento se desmoronarían como, según la formulación mental de Newman, un par de cubos atados a una cuerda que se desenrollase pozo abajo. Recordó que, en efecto, antes tenía que atrapar su liebre; primero, descubrir qué había que desenmascarar; pero después, ¿por qué no iba a ser su felicidad prácticamente tan buena como antes? Madre e hijo soltarían con terror a su adorable víctima y se esconderían, y madame de Cintré, al quedarse sola, sin duda regresaría a él. Con sólo darle una oportunidad, subiría a la superficie, volvería a la luz. ¿Cómo iba a dejar de darse cuenta de que la casa de Newman sería, con mucho, el más cómodo de los conventos? Newman, como había hecho antes, dejó su vehículo en la posada y caminó el pequeño trecho que le separaba del château. Sin embargo, cuando llegó a la verja le embargó una extraña sensación: una sensación que, por raro que parezca, manaba de su insondable buen carácter. Se detuvo allí un rato, mirando a través de los barrotes de la gran fachada teñida por el tiempo y preguntándose cuál sería el crimen que había favorecido aquella casa oscura y vieja, con su florido nombre. Había dado pie, por encima de todo, a tiranías y sufrimientos de sobra, se dijo Newman; era una vivienda de aspecto maligno. Entonces, súbitamente, le sobrevino la siguiente reflexión: ¡iba a hurgar en un horrible basurero de iniquidad! La actitud del inquisidor le mostró su cara innoble, y en ese mismo movimiento Newman declaró que los Bellegarde habrían de tener otra oportunidad. Una vez más, apelaría directamente a su sentido de la justicia y no a su temor; y, en caso de que fuesen accesibles al razonamiento, no tenía por qué saber nada peor sobre ellos de lo que ya sabía. Eso ya era bastante malo. El guardián de la verja le dejó pasar por la misma grieta inflexible de la otra vez, y cruzó el patio y el pequeño puente rústico del foso. La puerta se abrió antes de que llegase, y, como si quisiera poner en fuga su clemencia con la insinuación de una oportunidad más enjundiosa, la señora Bread estaba allí esperándole. Su rostro, como de costumbre, tenía un aspecto tan irremediablemente monótono como el de la arena de una playa alisada por la marea, y el negro de sus negras prendas parecía más intenso. Newman ya había advertido que su extraña inexpresividad podía ser un vehículo para las emociones, y no le sorprendió la sorda viveza con que le susurró: -Pensé que volvería a intentarlo, señor. Estaba vigilando por si aparecía. -Me alegro de verla -dijo Newman-; creo que usted es mi amiga. La señora Bread le lanzó una mirada opaca. -Le deseo lo mejor, señor; pero ya es inútil desear. -¿Sabe, entonces, cómo me han tratado? -Ah, señor -dijo secamente la señora Bread-, lo sé todo. Newman vaciló un instante. -¿Todo? La señora Bread le dirigió una mirada un poco más transparente. -Sé, como poco, demasiado, señor. -Uno nunca puede saber demasiado. La felicito. He venido a ver a madame de Bellegarde y a su hijo -añadió Newman-. ¿Están en casa? Si no, esperaré. -Mi señora siempre está en casa -replicó la señora Bread-, y el marqués casi siempre está con ella. -Entonces, dígales, por favor, a cualquiera de ellos, o a ambos, que estoy aquí y que deseo verlos. La señora Bread titubeó. -¿Permite que me tome una gran libertad, señor? -Usted nunca se ha tomado libertades, sino que las ha justificado -dijo Newman con cortesía diplomática. La señora Bread entornó sus párpados arrugados como si estuviese haciendo una reverencia; pero la reverencia acabó ahí: la ocasión era demasiado solemne. -¿Ha venido usted a implorarles de nuevo, señor? Quizá no sepa usted esto: que madame de Cintré regresó esta mañana a París. -¡Ah, se ha ido! -y Newman, soltando un quejido, dio un golpe en el suelo con su bastón. -Se ha marchado directamente al convento... las carmelitas, así lo llaman. Veo que está usted al tanto, señor. Mi señora y el marqués se lo han tomado muy mal. Hasta anoche no se lo dijo. -Ah, ¿así que se lo había reservado? -exclamó Newman-. ¡Bien, bien! Y ¿están muy furiosos? -No están contentos -dijo la señora Bread-. Pero tienen motivos para que les desagrade. Me han dicho que es la cosa más espantosa, señor; de todas las monjas de la cristiandad, las carmelitas son las peores. Se podría decir que en realidad no son humanas, señor; te obligan a renunciar a todo... para siempre. ¡Y pensar que ella está allí! Si fuera yo de las que lloran, señor, lloraría. Newman la miró un instante. -No debemos llorar, señora Bread; debemos actuar. ¡Vaya a avisarlos! -e hizo un ademán para entrar un poco más. Pero la señora Bread le refrenó con tacto. -¿Me permite que me tome otra libertad? He sabido que estuvo usted con mi querido señor Valentin en sus últimas horas. ¡Si pudiese usted contarme algo de él! El pobre conde fue mi niño, señor; durante el primer año de su vida apenas estuvo apartado de mis brazos; yo le enseñé a hablar. ¡Y lo bien que hablaba el conde, señor! Siempre le hablaba bien a su pobre y vieja Bread. Cuando creció, siempre se complacía en dedicarme alguna palabra amable. ¡Mira que morir de esa manera tan salvaje! Se rumorea que se enfrentó a un comerciante de vinos. ¡No me lo puedo creer, señor! ¿Y sufrió mucho? -Es usted una anciana sabia y buena, señora Bread -dijo Newman-. Esperaba poder verla con mis propios hijos en sus brazos. Quizá todavía lo haga -y le tendió la mano. La señora Bread miró por un momento su palma abierta, y después, como fascinada por la novedad del gesto, extendió a su vez sus elegantes dedos. Newman le sostuvo la mano con firmeza y parsimonia, sin dejar de mirarla-. ¿Desea saberlo todo sobre el señor Valentin? -añadió. -Sería un triste placer, señor. -Se lo puedo contar todo. ¿Puede usted alejarse de este sitio en algún momento? -¿Del château, señor? A decir verdad, no lo sé. Nunca lo he intentado. -Inténtelo, entonces; inténtelo con todas sus fuerzas. Inténtelo esta tarde, al anochecer. Venga a verme a las viejas ruinas que están ahí, sobre la colina, en el patio que hay enfrente de la iglesia. La esperaré allí; tengo algo muy importante que decirle. Una anciana como usted puede hacer lo que le plazca. La señora Bread se le quedó mirando asombrada, con los labios entreabiertos. -¿Es de parte del conde, señor? -preguntó. -De parte del conde... desde su lecho de muerte -dijo Newman. -Iré, entonces. Por una vez, seré valiente; por él. Acompañó a Newman al gran salón que éste ya conocía, y se retiró para ejecutar sus órdenes. Newman esperó mucho tiempo; al final estuvo a punto de llamar para repetir su petición. Estaba buscando una campanilla a su alrededor cuando entró el marqués, con su madre agarrada del brazo. Se podrá observar que Newman tenía una mente lógica si digo que declaró para sus adentros, de absoluta buena fe y como resultado de las oscuras insinuaciones de Valentin, que sus adversarios parecían tremendamente malvados. «No hay ya ningún error al respecto -se dijo mientras avanzaban-. Son mala gente; se han quitado las máscaras.» Ciertamente, madame de Bellegarde y su hijo llevaban en el rostro los síntomas de una perturbación extrema; parecían personas que habían pasado la noche en vela. Enfrentados, además, a una molestia de la que esperaban haberse desembarazado, lo natural no era precisamente que le hiciesen ojitos tiernos a Newman. Se plantó ante ellos, y todas las chispas que pudieron encontrar las incorporaron a las miradas que le asestaron; Newman se sintió como si la puerta de un sepulcro se hubiese abierto de golpe, exhalando la húmeda oscuridad. -Ya lo ven, he vuelto -dijo-. He venido a intentarlo de nuevo. -Seria ridículo -dijo monsieur de Bellegarde- fingir que nos alegramos de verle o que no ponemos en duda el buen gusto de su visita. -Ah, ¡no hable de buen gusto -dijo Newman con una risa-, porque podría llevarnos a hablar del suyo! Si consultase con mi gusto, sin duda no vendría a verlos. Además, mi faena va a ser todo lo breve que ustedes quieran. Prométanme que levantarán el bloqueo, que dejarán en libertad a madame de Cintré, y me retiraré en el acto. -Estuvimos dudando si verle o no -dijo madame de Bellegarde-, y a punto hemos estado de renunciar al honor. Pero me pareció que debíamos actuar con urbanidad, como siempre hemos hecho, y yo deseaba darme el gusto de informarle de que hay ciertas debilidades de las que la gente de nuestra sensibilidad tan sólo puede ser culpable una vez. -Puede que sólo sea débil una vez, pero será descarada muchas veces, madame -respondió Newman-. Sin embargo, no he venido con el propósito de conversar. Vine a decir sencillamente esto: que si le escribe de inmediato a su hija comunicándole que retira su oposición al matrimonio, yo me ocuparé del resto. Usted no quiere que se haga monja: conoce los horrores de eso mejor que yo. Casarse con una persona mercantil es mejor que algo así. Deme una carta para ella con firma y sello, diciendo que se retracta y que se puede casar conmigo con su bendición, y se la llevaré al convento y la sacaré de allí. He aquí su oportunidad... yo diría que son unas condiciones muy sencillas. -Nosotros contemplamos la cuestión de otra manera, ¿sabe? A eso lo llamamos condiciones muy duras -dijo Urbain de Bellegarde. Se habían quedado de pie, rígidos, en medio de la habitación-. Creo que mi madre le dirá que prefiere que su hija se convierta en la hermana Catherine antes que en la señora Newman. Pero la vieja dama, con la serenidad que otorga el poder supremo, dejó que su hijo hiciese los epigramas por ella. Se limitó a sonreír, casi con dulzura, mientras sacudía la cabeza repitiendo: -¡Una sola vez, señor Newman, una sola! Nada de lo que Newman había visto u oído hasta entonces le había producido tanta sensación de dureza marmórea como este ademán y el tono que lo acompañó. -¿No hay nada que pudiese obligarlos? -preguntó-. ¿Saben de algo que los pudiese forzar? -Ese lenguaje, señor -dijo el marqués-, dirigido a personas en un momento de duelo y pesadumbre, está más allá de toda calificación. -En la mayoría de los casos -respondió Newman-, su objeción habría tenido algún peso, aun admitiendo que las actuales intenciones de madame de Cintré convierten el tiempo en oro. Pero he pensado en eso que dice usted, y me he allegado hoy hasta aquí sin ningún escrúpulo simplemente porque a usted y a su hermano los considero dos personas muy distintas. No veo ninguna relación entre ustedes. Su hermano se avergonzaba de usted. Herido y moribundo, el pobre muchacho me pidió disculpas por la conducta de usted. Me pidió disculpas por la conducta de su madre. Por un momento, el efecto de estas palabras fue como si Newman les hubiese asestado un golpe físico. Un rubor veloz se adueñó de los rostros de madame de Bellegarde y de su hijo, y cruzaron una mirada como un destello de acero. Urbain articuló dos palabras que Newman tan sólo oyó a medias, pero cuyo sentido le llegó, por así decirlo, a través del eco del sonido «Le misérable!». -Poco respeto demuestra usted a los vivos -dijo madame de Bellegarde-, pero al menos respete a los muertos. No profane, no insulte, la memoria de mi hijo inocente. -Digo la pura verdad -declaró Newman-, y la digo con una intención. Voy a repetirlo claramente. Su hijo estaba absolutamente disgustado: su hijo pidió disculpas. Urbain de Bellegarde estaba frunciendo el ceño con gesto de mal agüero, y Newman supuso que se lo estaba dedicando a la odiosa imagen del pobre Valentin. Cogido por sorpresa, su escaso afecto a su hermano le había llevado a hacer una concesión pasajera al desdoro. Pero ni por un instante arrió su madre las velas. -Está usted tremendamente equivocado, señor dijo-. A veces mi hijo era frívolo, pero jamás indecente. Murió fiel a su apellido. -Usted, simplemente, le entendió mal -dijo el marqués, empezando a recuperar fuerzas-. Afirma usted lo imposible. -Ah, no me importan las disculpas de Valentin -dijo Newman-. Me causaron mucho más dolor que satisfacción. Este asunto atroz no fue culpa suya; nunca me hirió, ni a mí ni a nadie; era el honor en persona. Pero reflejan cómo se lo tomó. -Si desea demostrar que en sus últimos momentos mi pobre hermano había perdido el juicio, sólo podemos decir que en tan tristes circunstancias nada era más posible. Pero limítese usted a eso. -Estaba en su sano juicio -dijo Newman con una terquedad apacible pero peligrosa-; jamás le he visto tan lúcido e inteligente. Fue terrible ver cómo un tipo tan brillante y capaz moría de una muerte así. Ya saben lo mucho que apreciaba a su hermano. Y aún tengo más pruebas de su cordura -concluyó Newman. La marquesa se serenó con aire majestuoso. -¡Esto es demasiado grosero! -exclamó-. Nos negamos a aceptar su historia, señor... la repudiamos. Urbain, abre la puerta. Se dio la vuelta dirigiéndose a su hijo con un ademán imperioso y cruzó apresuradamente la habitación. El marqués la acompañó y le sostuvo la puerta abierta. Newman se quedó allí de pie. Alzó un dedo a modo de seña a monsieur de Bellegarde, que cerró la puerta tras su madre y se quedó esperando. Newman avanzó despacio, más callado, por el momento, que un muerto. Los dos hombres se enfrentaron cara a cara. Entonces Newman experimentó algo curioso: notó que su sensación de agravio se desbordaba hasta casi convertirse en una sensación cómica. -Venga -dijo-, ustedes no me tratan bien; por lo menos, admítalo. Monsieur de Bellegarde le miró de la cabeza a los pies, y acto seguido, con la más delicada voz de buena educación, dijo: -Le detesto personalmente. -Eso mismo siento yo por usted, pero por mor de la cortesía no lo digo -replicó Newman-. Es curioso que sienta tantos deseos de ser su cuñado, pero no puedo renunciar a ello. Déjeme intentarlo una vez más -e hizo una breve pausa-. Tienen ustedes un secreto... ocultan un acto vergonzoso -monsieur de Bellegarde siguió mirándole con dureza, pero Newman no pudo distinguir si sus ojos delataban algo, tan extraña era siempre su mirada. Newman volvió a detenerse, y luego siguió-. Usted y su madre han cometido un crimen -y en esta ocasión los ojos de monsieur de Bellegarde sí que cambiaron; parecía que titilaban como las velas cuando se las sopla. Newman se daba cuenta de que estaba profundamente alarmado, pero había algo admirable en su dominio. -Continúe -dijo monsieur de Bellegarde. Newman alzó un dedo y lo sacudió un poco en el aire. -¿He de continuar? Está usted temblando. -Por favor, dígame, ¿dónde ha obtenido esta interesante información? -preguntó con mucha suavidad monsieur de Bellegarde. -Seré rigurosamente exacto -dijo Newman-. No voy a fingir que sé más de lo que sé. Hoy por hoy, no sé más. Han hecho ustedes algo que deben ocultar, algo que los condenaría si se supiese, algo que deshonraría el apellido del que tan orgullosos están. No sé de qué se trata, pero puedo descubrirlo. Continúe con su proceder actual y lo descubriré. Cámbielo, deje que su hermana se marche en paz, y no los molestaré. ¿Trato hecho? El marqués casi consiguió parecer tranquilo; en su gallardo semblante, el hielo sólo podía derretirse mediante un proceso gradual. Pero, al parecer, el moderado silabeo del razonamiento de Newman iba ejerciendo una presión cada vez mayor, hasta que al fin apartó la vista. Se quedó reflexionando un rato. -Mi hermano se lo contó -dijo, alzando los ojos. Newman vaciló un instante. -Sí, su hermano me lo contó. El marqués esbozó una apuesta sonrisa. -¿No le he dicho que no estaba en su sano juicio? -No estaba en su sano juicio si no llego a descubrirlo. Lo estaba, y mucho, si lo descubro. Monsieur de Bellegarde se encogió de hombros. -Bueno, señor, descúbralo o no, como le plazca. -¿No le asusto? -insistió Newman. -Juzgue usted mismo. -No, eso debe juzgarlo usted, sin prisas. Piénselo bien, examínese de arriba abajo. Le daré una hora o dos. No le puedo dar más, porque ¿cómo sabemos a qué ritmo estarán convirtiendo a madame de Cintré en una monja? Discútalo con su madre; deje que ella misma juzgue si está asustada. No creo que se asuste con tanta facilidad, en general, como usted; pero ya lo verá. Me iré a la aldea y esperaré en la posada, y le ruego que me lo haga saber lo antes posible. Pongamos a las tres de la tarde. Bastará con un simple sí o no sobre papel. Sólo que, sabe usted, en caso de que sea un sí espero que esta vez se ciña al trato -y con estas palabras Newman abrió la puerta y emprendió la salida. El marqués no se movió, y Newman, mientras se retiraba, le echó otro vistazo. Entonces se dio la vuelta del todo y salió de la casa. Estaba enormemente agitado por lo que había estado haciendo; era imposible evitar cierta emoción cuando se convocaba al espectro de la deshonra ante una familia con mil años de antigüedad. Pero regresó a la posada y se propuso esperar allí, pacientemente, durante las dos horas siguientes. Le parecía más que probable que Urbain de Bellegarde no diese ninguna señal, ya que responder a su reto, en cualquiera de los dos sentidos, equivaldría a una confesión de culpabilidad. Lo que más esperaba era el silencio... en otras palabras, una actitud desafiante. Pero suplicó que -pues así se lo representaba- su disparo lograse abatirlos. Lo que sí logró fue que, a las tres, le llegase una nota en mano de un lacayo; una nota escrita con la elegante caligrafía inglesa de Urbain de Bellegarde. Rezaba lo siguiente: No puedo privarme de la satisfacción de notificarle que regreso a París, mañana, con mi madre, con el fin de ver a mi hermana y ratificarla en la decisión que constituye la respuesta más eficaz a su pertinaz osadía. HENRI-URBAIN DE BELLEGARDE Newman se metió la carta en el bolsillo y siguió paseándose de un extremo a otro de la sala de la posada. Durante la última semana, casi todo su tiempo lo había dedicado a pasearse de un lado a otro. Siguió recorriendo el espacio de la pequeña salle de la posada Armes de France hasta que el día empezó a declinar, momento en el que salió a cumplir su cita con la señora Bread. Fue fácil hallar la senda que subía colina arriba hasta las ruinas, y en poco tiempo la había recorrido hasta llegar a la cima. Pasó por debajo del recio arco del muro del castillo, y buscó entre el temprano crepúsculo a una anciana de negro. El patio del castillo estaba vacío, pero la puerta de la iglesia estaba abierta. Newman entró en la pequeña nave y, obviamente, se encontró con una penumbra más intensa que la del exterior. Aun así, un par de cirios parpadeaban sobre el altar y a duras penas le permitieron divisar una figura que estaba sentada junto a uno de los pilares. Una inspección más cercana le ayudó a reconocer a la señora Bread, a pesar de que iba vestida con inusitado esplendor. Llevaba un gran sombrero de seda negra con impresionantes lazos de crespón y un viejo vestido negro de satén que la arrebujaba con pliegues vagamente lustrosos. A su juicio, lo indicado para una ocasión así era presentarse con su atuendo más ceremonioso. Había estado sentada mirando al suelo, pero cuando Newman pasó por delante alzó la vista y se puso en pie. -¿Es usted católica, señora Bread? -preguntó él. -No, señor; soy una buena anglicana, de la Low Church* -respondió-. Pero pensé que estaría más segura aquí dentro que fuera. Hasta ahora jamás había salido de noche, señor. -Estaremos más seguros donde nadie pueda oírnos -dijo Newman, y mostrando el camino de regreso al patio del castillo, siguió después por una senda contigua a la iglesia, que estaba seguro de que desembocaba en otra zona de las ruinas. No se engañaba. Se perdía por la cima de la colina y terminaba ante un trozo de pared agujereada por una tosca abertura que en tiempos había sido una puerta. Newman cruzó la abertura y se encontró en un rincón especialmente favorable para una conversación tranquila, como con toda probabilidad más de una pareja ferviente, unida de un modo distinto al de nuestros amigos, ya habría comprobado. La colina presentaba un declive abrupto, y sobre el resto de su cima había dos o tres fragmentos dispersos de piedra. Abajo, por la llanura, se iba extendiendo el crepúsculo, a través del cual, en las inmediaciones, resplandecían dos o tres luces del château. La señora Bread siguió lentamente entre frufrús a su guía, y Newman, después de asegurarse de que una de las piedras caídas estaba firme, le sugirió que se sentase encima. Obedeció con cautela, y Newman se sentó en otra, cerca de ella. CAPÍTULO XXII -Le agradezco mucho que haya venido -dijo Newman-. Espero que esto no le ocasione inconvenientes. -No creo que me echen de menos. Estos días, a mi señora no le gusta tenerme cerca. Dijo esto con cierta vehemencia agitada que aumentó la sensación que tenía Newman de haberle inspirado confianza a la anciana. -¿Sabe?, desde el principio -dijo Newman- se ha interesado usted por mis expectativas. Ha estado de mi parte. Me agradó mucho, se lo aseguro. Y ahora que sabe lo que me han hecho, no me cabe la menor duda de que está aún más de mi parte. -No han hecho bien... debo decirlo -dijo la señora Bread-. Pero no le debe echar la culpa a la pobre condesa; la presionaron mucho. -¡Daría un millón de dólares por saber lo que le han hecho! -exclamó Newman. La señora Bread se sentó, posando una mirada mortecina y evasiva sobre las luces del château. -Influyeron sobre sus sentimientos; sabían que ése era el modo. Es una criatura delicada. La hicieron sentirse malvada. Es demasiado buena. -Ah, la hicieron sentirse malvada -dijo lentamente Newman, repitiéndolo después-. La hicieron sentirse malvada... la hicieron sentirse malvada -en esos momentos, las palabras se le antojaron una fiel descripción de lo que es una inventiva infernal. -Si renunció es por lo buena que es... ¡pobre dama, tan dulce! -añadió la señora Bread. -Pero fue más buena con ellos que conmigo -dijo Newman. -Tenía miedo -dijo la señora Bread, en confianza-; siempre ha tenido miedo, o al menos durante mucho tiempo. El verdadero problema era ése, señor. Era como un melocotón terso, por decirlo así, con una sola mota. Tenía una manchita de tristeza. Usted la empujó a la luz del sol, señor, y casi se borró. Entonces ellos volvieron a arrastrarla a la sombra y en un tris se empezó a extender. Antes de que pudiésemos darnos cuenta, madame de Cintré se había ido. Era una criatura delicada. Este singular testimonio de la delicadeza de madame de Cintré, a pesar de todo lo que tenía de singular, reavivó el dolor de la herida de Newman. -Ya veo -dijo al cabo-; sabía algo malo sobre su madre. -No, señor, no sabía nada -dijo la señora Bread, manteniendo la cabeza muy erguida y posando los ojos en el débil titileo de las ventanas del château. -Adivinó algo, entonces, o lo sospechó. -Tenía miedo de saber -dijo la señora Bread. -Pero usted, en cualquier caso, lo sabe -dijo Newman. La señora Bread le dirigió lentamente una mirada borrosa, estrujándose las manos sobre el regazo. -No es usted del todo fiel, señor. Pensé que me pidió que viniese aquí para hablarme del señor Valentin. -Ah, cuanto más hablemos del señor Valentin, mejor –dijo Newman-. Eso es exactamente lo que quiero. Estuve con él, como ya le he dicho, en sus últimos momentos. Tenía terribles dolores, pero nunca dejó de ser él. Ya sabe lo que eso significa: brillante, vivaz, inteligente. -Ah, siempre era inteligente, señor -dijo la señora Bread-. ¿Y estaba enterado de su cuita? -Sí, la adivinó por su cuenta. -Y ¿qué dijo al respecto? -Dijo que era una desgracia para su apellido... pero que no era la primera. -¡Dios mío, Dios mío! -murmuró la señora Bread. -Dijo que antaño su madre y su hermano habían confabulado para inventarse algo aún peor. -No debería haber escuchado eso, señor. -Quizá no. Pero escuché, y no lo olvido. Ahora quiero saber qué fue lo que hicieron. La señora Bread exhaló un suave gemido. -¿Y me ha tentado a venir a este extraño lugar para que se lo cuente? -No se asuste -dijo Newman-. No diré ni una sola palabra que le resulte desagradable. Cuénteme lo que le plazca, y cuando le plazca. Recuerde tan sólo que el último deseo del señor Valentin fue que así lo hiciera. -¿Eso dijo? -Lo dijo con su último aliento: «Dígale a la señora Bread que le dije que se lo preguntase». -¿Por qué no se lo contó él mismo? -Era una historia demasiado larga para un moribundo; no le quedaba fuelle en el cuerpo. Sólo pudo decir que quería que yo lo supiese... que, agraviado como estaba, tenía derecho a saberlo. -Pero ¿cómo ha de ayudarle, señor? -dijo la señora Bread. -Eso me corresponde a mí decidirlo. El señor Valentin pensó que me ayudaría, y por eso me lo dijo. Su nombre casi fue la última palabra que pronunció. La señora Bread se quedó a todas luces sobrecogida al oír esta frase; sacudió lentamente, de arriba abajo, sus manos entrelazadas. -Disculpe, señor -dijo-, si me permito una gran libertad. ¿Está usted diciendo la pura verdad? Debo preguntárselo; ¿no cree, señor? -No me ofendo. Es la pura verdad; lo juro solemnemente. No me cabe duda de que el propio señor Valentin me habría contado más de haber sido capaz. -¡Ah, señor, en caso de que hubiese sabido más! -¿No cree que fuese así? -No es posible calcular cuánto sabía sobre las cosas -dijo la señora Bread, sacudiendo levemente la cabeza-. Era tan poderosamente inteligente... Era capaz de hacerle creer a uno que sabía cosas que no sabía, y que desconocía otras que más le valdría no haber sabido. -Sospecho que sabía algo sobre su hermano que obligaba al marqués a ser educado con él -sugirió Newman-; le hacía notar su presencia. Ahora su deseo era ponerme a mí en su lugar; quería darme la oportunidad de obligar al marqués a sentirme a mí. -¡Dios se apiade de nosotros! -exclamó la vieja doncella-. ¡Qué malos somos! -No sé -dijo Newman-; algunos somos malos, sin duda. Estoy muy enfadado, estoy muy dolido y muy amargado, pero no veo que yo sea malo. Me han agraviado con crueldad. Me han herido, y quiero herirlos a ellos. No lo niego; por el contrario, le digo lisa y llanamente que ése es el uso que quiero hacer del secreto que usted sabe. La señora Bread pareció contener el aliento. -¿Quiere usted dejarlos expuestos... quiere humillarlos? -Quiero rebajarlos... ¡hasta el fondo! Quiero que las tornas se vuelvan contra ellos... quiero mortificarlos, igual que han hecho ellos conmigo. ¡Me subieron a un lugar encumbrado y me hicieron quedarme ahí de pie para que todo el mundo me viese, y después se escabulleron por detrás y me empujaron a este foso sin fondo, donde yazgo aullando y rechinando los dientes! Hice el ridículo ante todos sus amigos, pero yo les haré algo peor. Este apasionado arrebato, que Newman pronunció con inmenso fervor por tratarse de la primera ocasión que se le presentaba de decir todo esto en voz alta, avivó dos pequeñas chispas en los ojos inmóviles de la señora Bread. -Supongo que está en su derecho de enfadarse, señor, pero piense en la deshonra que deparará a madame de Cintré. -Madame de Cintré se ha enterrado en vida -exclamó Newman-. ¿Qué son para ella la honra o la deshonra? En este mismo momento, la puerta de la tumba se está cerrando tras ella. -Sí, es de lo más espantoso -gimió la señora Bread. -Se ha ido, como su hermano Valentin, para darme vía libre. Es como si se hubiese hecho a propósito. -Sin duda -dijo la señora Bread, evidentemente impresionada por el ingenio de esta reflexión. Guardó silencio unos instantes; entonces añadió-: ¿Y llevaría usted a milady ante los tribunales? -A los tribunales no les importa nada milady -replicó Newman-. Si ha cometido un crimen, no será para los tribunales más que una vieja malvada. -¿Y la colgarán, señor? -Eso depende de lo que haya hecho -dijo Newman, y miró a la señora Bread de hito en hito. -¡Desbarataría terriblemente a la familia, señor! -¡Ya era hora de que una familia así se desbaratase!- dijo Newman, riéndose. -¡Y yo, a mi edad, desplazada! -suspiró la señora Bread. -¡Ah, yo me ocuparé de usted! Vendrá a vivir conmigo. Será usted mi ama de llaves, o lo que usted quiera. Le daré una pensión de por vida. -Dios mío, señor, está usted en todo -y pareció sumirse en cavilaciones. Newman la miró un rato, y de pronto dijo: -¡Ah, señora Bread, aprecia usted demasiado a milady! Ella le miró con idéntica presteza. -Preferiría que no dijese eso, señor. No considero que apreciar a milady forme parte de mis obligaciones. La he servido fielmente durante todos estos años, pero creo que si se fuera a morir mañana, a Dios pongo por testigo que no derramaría ni una sola lágrima por ella -luego, tras una pausa, añadió-: ¡No tengo ningún motivo para quererla! Lo máximo que ha hecho por mí ha sido no echarme de la casa. Newman advirtió que, decididamente, la actitud de su acompañante iba siendo cada vez más confidencial; que, si el lujo corrompe, los hábitos conservadores de la señora Bread estaban ya relajados debido al confort espiritual de esta cita preconcertada, en un lugar extraordinario, con un millonario boquifresco. La astucia vernácula de Newman le advertía de que su función consistía, sencillamente, en dejar que la señora Bread se tomase su tiempo... en dejar que funcionase la magia de la situación. Así pues, nada dijo; tan sólo la miró con afecto. La señora Bread se acariciaba sus flacos codos. -Una vez, mi señora cometió conmigo una gran injusticia -prosiguió al fin-. Cuando se irrita, tiene una lengua terrible. Ocurrió hace muchos años, pero no se me ha olvidado. No se lo he contado nunca a ningún ser humano; he guardado mi resentimiento en secreto. Yo diría que he sido malvada, pero la verdad es que mi resentimiento ha envejecido conmigo. Además, me figuro que se ha vuelto inútil; pero aun así ha seguido vivo, como yo. Morirá cuando yo muera, ¡y no antes! -Y ¿cuál es su resentimiento? -preguntó Newman. La señora Bread bajó los ojos y titubeó. -Si fuese extranjera, señor, me importaría menos contárselo; resulta más difícil para una inglesa decente. Aunque a veces pienso que he adquirido demasiados hábitos extranjeros. Lo que le estaba contando pertenece a una época en que yo era mucho más joven y tenía un aspecto muy distinto del que tengo ahora. Era muy rubicunda, señor, si puede usted creerme; era, sin duda, una moza muy despierta. Mi señora también era más joven, y el difunto marqués era el más joven de todos; estoy hablando de su manera de comportarse, señor. Tenía el alma grande, era un hombre magnífico. Era amigo de sus placeres, como casi todos los extranjeros, y hay que reconocer que a veces caía muy bajo para obtenerlos. Mi señora se ponía celosa a menudo, y, aunque le cueste creérselo, señor, me hizo el honor de tener celos de mí. Un día llevaba yo un lazo rojo en la cofia, y mi señora se abalanzó sobre mí y me ordenó que me lo quitase. Me acusó de ponérmelo para que el marqués me mirase. No creo que me pusiera impertinente, pero hablé con franqueza, como una muchacha honesta, y no medí mis palabras. ¡Un lazo rojo, nada menos! ¡Ni que fueran mis lazos lo que miraba el marqués! Mi señora supo después que yo era absolutamente respetable, pero jamás dijo ni una sola palabra para mostrar que opinaba así. ¡Pero el marqués sí lo hizo! -y añadió a renglón seguido la señora Bread-: Me quité el lazo rojo y lo metí en un cajón, donde lo he guardado hasta el día de hoy. Ya está descolorido, es de un rosa muy pálido; pero ahí está. Mi resentimiento también se ha descolorido; se le ha ido el rojo, pero todavía sigue ahí. Y la señora Bread se alisó el jubón de satén negro. Newman escuchó con interés esta decente narración que al parecer había abierto las simas de la memoria de su acompañante. Entonces, viendo que guardaba silencio y que parecía perderse en reflexiones retrospectivas sobre su completa respetabilidad, se atrevió a tomar un atajo hacia su meta. -Así que madame de Bellegarde estaba celosa; ya veo. Y monsieur de Bellegarde admiraba a las mujeres bonitas, sin distinción de clase. Supongo que no hay que ser duro con él, porque es probable que no todas se comportasen con tanto decoro como usted. Pero no pudieron ser los celos los que años después convirtieron a madame de Bellegarde en una criminal. La señora Bread exhaló un fatigoso suspiro. -Estamos haciendo uso de palabras espantosas, señor, pero ya no me importa. Veo que tiene usted su idea fija, y yo carezco de voluntad propia. Mi voluntad era la voluntad de mis niños, como los llamaba; pero ahora he perdido a mis niños. Están muertos... bien puedo decirlo de ambos; y ¿qué habrían de importarme los vivos? ¿Qué me importa a mí ahora nadie de esta casa... qué soy yo para ellos? A milady no le gusto... no le he gustado en estos treinta años. Habría estado contenta de ser algo para la joven madame de Bellegarde, aunque no fui nodriza del actual marqués. Cuando él era un bebé yo era demasiado joven; no me lo confiaban. Pero la esposa del marqués le dijo a su propia criada, mademoiselle Clarisse, lo que opinaba de mí. Quizá quiera escucharlo, señor. -Claro, me encantaría -dijo Newman. -¡Dijo que si me quedaba en la sala de clases de los niños sería muy útil para limpiar la tinta de las plumas! Cuando las cosas han llegado a esos extremos, no creo que tenga que andarme con ceremonias. -Por supuesto que no -dijo Newman-. Siga, señora Bread. La señora Bread, sin embargo, recayó en su preocupada mudez, y Newman no pudo sino cruzarse de brazos y esperar. Pero finalmente pareció que había puesto sus recuerdos en orden. -Ocurrió cuando el difunto marqués era un anciano y su hijo mayor llevaba dos años casado. Había llegado el momento de casar a mademoiselle Claire; así es como lo dicen aquí, ¿sabe, señor? El marqués tenía mala salud, estaba muy debilitado. Mi señora había escogido a monsieur de Cintré; a mi entender, por ningún motivo válido. Pero hay motivos, lo sé muy bien, que se me escapan, y hay que estar en lo más alto de la sociedad para comprenderlos. El viejo monsieur de Cintré estaba muy arriba, y milady le consideraba casi tan bueno como ella; eso ya es decir mucho. El señor Urbain se puso de parte de su madre, como siempre hacía. El problema, creo, era que mi señora ofrecía muy poco dinero, y todos los demás caballeros pedían más. Tan sólo monsieur de Cintré se quedó satisfecho. El Señor quiso que tuviese ese único punto débil; era el único que tenía. Puede que fuese de muy alta cuna, y qué duda cabe de que sus reverencias y sus discursos eran muy pomposos; pero a eso se reducía toda su pompa. Creo que era como lo que he oído acerca de los comediantes, y no es que haya visto nunca a ninguno. Pero sé que se pintaba la cara. ¡Ya podía pintársela todo lo que quisiera; a mí no me habría gustado jamás! El marqués no podía soportarle, y declaró que, antes de tomar por esposo a alguien así, mademoiselle Claire no se casaría con nadie. Él y mi señora montaron un gran número; incluso llegó a oídos nuestros, a la sala de los criados. No era su primera discusión, a decir verdad. No era una pareja amorosa, pero no solían llegar a las palabras porque, creo, ninguno de los dos consideraba que las actividades del otro mereciesen el esfuerzo. Hacía mucho tiempo que milady había superado sus celos y se había abandonado a la indiferencia. En este aspecto, debo decir que estaban bien emparejados. El marqués se tomaba muy bien las cosas; tenía un carácter de lo más caballeroso. Se enfadaba una sola vez al año, pero cuando lo hacía era terrible. Después siempre se iba directamente a la cama. En esta ocasión de la que hablo se fue a la cama como de costumbre, pero jamás volvió a levantarse. Me temo que el pobre caballero estaba pagando por sus devaneos; ¿no es verdad que casi siempre lo hacen, señor, cuando envejecen? Mi señora y el señor Urbain guardaban silencio, pero yo sé que milady escribió cartas a monsieur de Cintré. El marqués empeoró y los doctores le desahuciaron. También mi señora le dio por perdido, y, todo hay que confesarlo, lo hizo de buena gana. Una vez desapareciese él de la escena, podría hacer lo que quisiera con su hija, y lo preparó todo para que mi pobre niña inocente fuera entregada a monsieur de Cintré. No sabe usted cómo era mademoiselle en aquellos tiempos, señor; era la criatura más dulce de Francia, y sabía tan poco de lo que estaba ocurriendo a su alrededor como el cordero sabe del carnicero. Yo solía cuidar al marqués, y siempre estaba en su habitación. Fue aquí, en Fleurières, en otoño. Teníamos a un médico de París, que vino a quedarse dos o tres semanas en la casa. Después vinieron dos más y se reunieron, y estos dos, como le he dicho, declararon que no se podía salvar al marqués. Después se marcharon, embolsándose sus honorarios, pero el otro se quedó e hizo lo que pudo. El propio marqués no dejaba de gritar que no se iba a morir, que no quería morirse, que viviría y cuidaría a su hija. Mademoiselle Claire y el vizconde -en aquel entonces, sabe, eso era el señor Valentin- estaban los dos en casa. El doctor era un hombre inteligente -de eso yo misma me daba cuenta-, y creo que pensaba que el marqués podía ponerse bien. Le cuidamos mucho, él y yo, entre los dos, y un día, cuando mi señora casi había encargado su luto, de pronto mi paciente empezó a mejorar. Se puso cada vez mejor, hasta que el médico dijo que estaba fuera de peligro. Lo que le estaba matando eran las espantosas convulsiones de dolor en el estómago. Pero poco a poco cesaron, y el pobre marqués empezó a bromear de nuevo. El médico encontró algo que le procuraba un gran alivio... cierta sustancia blanca que guardábamos en una gran botella sobre la chimenea. Yo solía dársela al marqués a través de un tubo de vidrio; se lo hacía más llevadero. Entonces el médico se marchó, después de decirme que siguiese dándole la mezcla siempre que se pusiera mal. Luego vino un pequeño médico de Poitiers, que acudía a diario. Así que estábamos solos en la casa... milady y su pobre esposo y sus tres hijos. La joven madame de Bellegarde se había marchado, con su pequeña, a casa de su madre. Ya sabe usted que es muy vivaracha, y su criada me dijo que no le gustaba estar en sitios donde había gente muriéndose -la señora Bread hizo una breve pausa y después continuó con la misma uniformidad serena-. Supongo que ya habrá adivinado usted, señor, que cuando el marqués empezó a recuperarse, milady sufrió una decepción -y volvió a detenerse, encorvándose hacia Newman con un rostro que iba pareciendo cada vez más blanco a medida que la oscuridad se cernía sobre ellos. Newman había escuchado con avidez... con una avidez aún mayor que aquella con la que había prestado oídos a las últimas palabras de Valentin de Bellegarde. A veces, cuando su acompañante alzaba los ojos para mirarle, a Newman le recordaba un viejo gato atigrado prolongando el disfrute de un plato de leche. Hasta su triunfo era moderado y decoroso; la facultad de la exultación se le había enfriado con la falta de uso. La señora Bread continuó. -Una noche, a altas horas, estaba velando al marqués en su habitación, la gran habitación roja de la torre oeste. Se había estado quejando un poco, y le di una cucharada de la medicina del doctor. Milady había estado allí al comienzo de la tarde; estuvo más de una hora junto a su cama. Luego se marchó y me dejó sola. Después de medianoche regresó, y su hijo mayor estaba con ella. Se acercaron a la cama y miraron al marqués, y mi señora le cogió la mano. Entonces se dirigió a mí y dijo que el marqués no estaba tan bien; recuerdo cómo el marqués, sin decir nada, yacía mirándola fijamente. Estoy viendo, en este mismo instante, su cara pálida, en medio del gran cuadrado negro que había entre las cortinas de la cama. Dije que no me parecía que estuviese muy mal, y ella me dijo que me fuese a la cama... que se quedaría un rato con él. Cuando el marqués vio que me iba, soltó una especie de gemido y gritó que no le abandonase; pero el señor Urbain me abrió la puerta y me señaló el camino de salida. El actual marqués (quizá se haya fijado, señor) tiene una manera muy altanera de dar órdenes, y yo estaba allí para recibir órdenes. Me fui a mi habitación, pero no estaba tranquila; no sabría decirle por qué. No me desvestí; me quedé esperando y escuchando. Dirá usted: ¿a qué? Tampoco sabría decirle, porque qué duda cabe de que un pobre caballero bien podía estar cómodo con su esposa y su hijo. Era como si esperase volver a oír al marqués llamándome entre gemidos. Escuché, pero no oí nada. Era una noche muy silenciosa; jamás había visto una noche tan silenciosa. Al final, pareció que el propio silencio me asustó, y salí de mi habitación y bajé muy callandito al piso de abajo. En la antesala, fuera de la habitación del marqués, me encontré con monsieur Urbain, que se paseaba de un lado a otro. Me preguntó que qué quería, y le dije que había regresado para relevar a milady. Dijo que él relevaría a milady, y me ordenó que volviese a la cama; pero mientras estaba allí, reacia a marcharme, se abrió la puerta de la habitación y salió milady. Me percaté de que estaba muy pálida; estaba muy rara. Nos miró un momento al conde y a mí, y después le tendió los brazos al conde. Él avanzó y ella se desplomó sobre él y ocultó el rostro. Rápidamente pasé por su lado y entré en la habitación, hasta la cama del marqués. Yacía ahí, muy blanco, con los ojos cerrados, como un cadáver. Cogí su mano y le hablé, y tuve la sensación de estar con un muerto. Entonces me di la vuelta; milady y Urbain estaban allí. «Mi pobre Bread -dijo milady-; Monsieur le Marquis ha fallecido.» El señor Urbain se arrodilló junto a la cama y dijo suavemente: «Mon père, mon père». Me pareció increíblemente extraño, y le pregunté a mi señora que qué diantres había pasado, y que por qué no me había avisado. Dijo que no había pasado nada; que sólo había estado ahí sentada, velando al marqués en absoluto silencio. Había cerrado los ojos, pensando en dormirse, y se había dormido no sabía cuánto tiempo. Cuando se despertó, estaba muerto. «Es la muerte, hijo mío, es la muerte», le decía al conde. El señor Urbain dijo que había que traer al doctor inmediatamente, desde Poitiers, y que se iría cabalgando a buscarle. Besó el rostro de su padre, y después besó a su madre y se marchó. Milady y yo permanecimos junto al lecho. Mirando al marqués, se me metió en la cabeza que no estaba muerto, que estaba en una especie de desmayo. Y entonces milady repitió: «Mi pobre Bread, es la muerte, es la muerte», y yo dije: «Sí, señora, sin duda es la muerte». Dije exactamente lo contrario de lo que pensaba; ésa era mi intención. Entonces milady dijo que debíamos esperar al médico, y nos sentamos a esperar. Pasó mucho tiempo; el pobre marqués apenas se movió ni cambió. «He visto la muerte otras veces -dijo mi señora-, y es terriblemente parecida a esto.» «Sí, con su permiso, señora», dije yo; y seguí pensando. La noche transcurrió sin que el conde regresase, y mi señora empezó a asustarse. Temía que hubiese sufrido un accidente en plena oscuridad, o que se hubiese encontrado con unos salvajes. Al fin se puso tan nerviosa que bajó para aguardar en el patio el regreso de su hijo. Me quedé sola y el marqués no se movió lo más mínimo en ningún momento. Aquí, la señora Bread volvió a hacer una pausa, y ni el más artístico de los novelistas habría podido ser más eficaz. Newman hizo un ademán como si estuviese pasando la hoja de una novela. -¡Así que estaba muerto! -exclamó. -Tres días después estaba en la tumba -dijo la señora Bread sentenciosamente-. Al cabo de un rato me fui a la parte delantera de la casa y miré al patio, y ahí, al poco tiempo, vi a monsieur Urbain que entraba cabalgando solo. Esperé una pizca, para oírle subir con su madre, pero se quedaron abajo y volví a la habitación del marqués. Fui hasta la cama y le acerqué la luz, pero no sé por qué no dejaría caer la vela. Los ojos del marqués estaban abiertos... ¡de par en par!... me estaban mirando fijamente. Me arrodillé a su lado y le cogí las manos, y le rogué que me dijese, por lo más sagrado, si estaba vivo o muerto. Siguió mirándome durante un rato largo, y de pronto me hizo una seña para que acercase el oído: «Estoy muerto -dijo-, estoy muerto. La marquesa me ha matado». Yo estaba temblando toda entera. No le entendía. No sabía qué le había ocurrido. Imagínese, si puede, que parecía a la vez un hombre y un cadáver. «Pero ahora se pondrá bien, señor», dije. Y entonces volvió a susurrar, muy débilmente: «No me pondría bien ni por todo el oro del mundo. No volvería a ser el marido de esa mujer». Y luego dijo más; dijo que ella le había asesinado. Le pregunté que qué le había hecho, pero se limitó a responder: «Asesinato, asesinato. Y matará a mi hija -dijo-; a mi pobre niña desgraciada». Y me suplicó que lo impidiese, y entonces dijo que se estaba muriendo, que estaba muerto. Yo tenía miedo de moverme o de dejarle solo; también yo estaba casi muerta. Súbitamente, me pidió que cogiera un lápiz y escribiese por él; y entonces tuve que decirle que no sabía usar un lápiz. Me pidió que le mantuviese erguido en la cama mientras él escribía, y le dije que él nunca sería capaz de hacer tal cosa. Pero parecía sumido en una especie de terror que le daba fuerzas. Encontré un lápiz en la habitación, y una hoja de papel y un libro; puse el papel sobre el libro, el lápiz en su mano y le acerqué la vela. Todo esto le parecerá muy raro, señor; y, en efecto, era muy raro. Lo más raro de todo fue que yo creía que se estaba muriendo, y que estaba ansiosa de ayudarle a escribir. Me senté sobre la cama y le rodeé con el brazo para sostenerle. Me sentía muy fuerte; creo que habría sido capaz de levantarle y de cargar con él. Era asombroso que pudiese escribir, pero escribió: con una caligrafia grande y rasposa. Casi cubrió una cara del papel. Se me antojó una eternidad; supongo que serían tres o cuatro minutos. Estuvo soltando terribles quejidos todo el rato. Entonces dijo que había terminado; le recosté sobre los almohadones y me dio el papel, diciéndome que lo doblase y que lo ocultase, y que se lo diese a quienes pudiesen actuar en consecuencia. «¿A quiénes se refiere? -pregunté-. ¿Quiénes son los que actuarán en consecuencia?» Pero dio un gemido por única respuesta; la debilidad le impedía hablar. A los pocos minutos me dijo que fuese a mirar la botella que había sobre la chimenea. Sabía de qué botella hablaba: el mejunje blanco que le hacía bien al estómago. Fui y miré, pero estaba vacía. Cuando volví, sus ojos estaban abiertos y tenía la mirada clavada sobre mí, pero en seguida los cerró y no dijo más. Escondí el papel en mi vestido; no miré lo que estaba escrito, a pesar de que sé leer muy bien, señor, por mucho que no sepa escribir. Me senté junto a la cama, pero pasó cerca de media hora antes de que entrasen milady y el conde. El marqués tenía el mismo aspecto que cuando le dejaron, y jamás mencioné que hubiese estado de otro modo. El señor Urbain dijo que habían llamado al doctor para asistir a una parturienta, pero que había prometido ponerse en camino a Fleurières inmediatamente. A la media hora llegó, y tan pronto como hubo examinado al marqués dijo que habíamos tenido una falsa alarma. El pobre caballero estaba muy mal, pero seguía vivo. Me fijé en milady y su hijo mientras decía esto, para ver si cruzaban miradas, y me veo obligada a admitir que no lo hicieron. El médico dijo que no había ningún motivo para que se muriese; había estado evolucionando muy bien. Y entonces quiso saber cómo había sufrido un bajón tan repentino, con lo vigoroso que le había visto al irse. Milady volvió a contar su pequeña historia (lo que nos había contado a Urbain y a mí), y el médico la miró y no dijo nada. Se quedó todo el día siguiente en el château, sin apenas separarse del marqués. Yo estuve allí todo el rato. Mademoiselle y el señor Valentin vinieron a ver a su padre, pero él ni se inmutó. Era un estupor extraño, mortífero. Mi señora siempre estaba cerca; su rostro estaba tan blanco como el de su marido, y tenía unos aires muy altaneros, como los que le había visto cuando alguien desobedecía sus órdenes o sus deseos. Era como si el pobre marqués le hubiese desafiado, y la manera que tuvo ella de tomárselo me hizo temerla. El boticario de Poitiers sacó adelante al marqués durante el día, y estuvimos esperando al otro médico de París, ese que, como ya le he dicho, había estado quedándose en Fleurières. Le habían mandado un telegrama por la mañana temprano, y al atardecer llegó. Estuvo fuera hablando un poco con el médico de Poitiers, y luego entraron juntos a ver al marqués. Yo estaba con él, así como el señor Urbain. Mi señora había ido a recibir al médico de París, y no volvió a entrar en la habitación con él. El médico estaba sentado junto al marqués... aún puedo verle, con su mano sobre la muñeca del marqués, y el señor Urbain mirándole con una pequeña lupa en la mano. «Estoy seguro de que está mejor -dijo el pequeño médico de Poitiers-; estoy seguro de que volverá en sí.» A los pocos momentos de decirlo, el marqués abrió los ojos como si se estuviera despertando y empezó a mirarnos de uno en uno. Noté que me miraba con mucha suavidad, como diría usted. En ese instante entró milady de puntillas; se acercó hasta la cama y metió la cabeza entre el conde y yo. El marqués la vio y soltó un quejido largo, portentoso. Dijo algo que no pudimos comprender, y pareció que sufría una especie de espasmo. Todo él tembló; después cerró los ojos y el médico se puso en pie de un salto y agarró a milady. La retuvo un momento, con cierta rudeza. ¡El marqués estaba más muerto que muerto! Esta vez, los que estaban allí lo sabían. Newman se sentía como si hubiese estado leyendo a la luz de las estrellas un informe con pruebas de suma importancia para un gran caso de asesinato. -¡Y el papel... el papel! -dijo con excitación-. ¿Qué es lo que estaba escrito? -No puedo decirle -respondió la señora Bread-. No pude leerlo; estaba en francés. -Pero ¿no hubo nadie que lo pudiese leer? -No se lo pedí jamás a ningún bicho viviente. -¿Nadie lo ha visto nunca? -Si lo ve usted, será el primero. Newman tomó la mano de la anciana entre las suyas y se la estrechó vigorosamente. -Se lo agradezco muchísimo -exclamó-. Quiero ser el primero. ¡Quiero que sea de mi propiedad, mío, de nadie más! Es usted la anciana más sabia de toda Europa. Y ¿qué hizo usted con el papel? -esta información le había hecho sentirse extraordinariamente fuerte-. ¡Deprisa, démelo! La señora Bread se puso en pie con aire majestuoso. -No es así de sencillo, señor. Si quiere el papel, habrá de esperar. -Pero esperar es horrible, ¿sabe usted? -la apremió Newman. -Lo que sé es que yo he esperado; llevo esperando todos estos años -dijo la señora Bread. -Eso es muy cierto. Me ha esperado a mí. Nunca lo olvidaré. Y, con todo, ¿cómo es que no hizo lo que dijo monsieur de Bellegarde, enseñarle el papel a alguien? -¿A quién se lo iba a enseñar? -respondió tristemente la señora Bread-. No era fácil saberlo, y he pasado más de una noche en vela, dándole vueltas. Seis meses después, cuando casaron a mademoiselle con ese viejo depravado, estuve a punto de sacarlo a la luz. Pensé que era mi deber hacer algo con él, y sin embargo estaba tremendamente asustada. No sabía lo que decía, ni hasta qué punto podía ser algo malo, y no había nadie en quien pudiese confiar lo bastante para preguntar. Y me parecía que era una cruel demostración de afecto hacia esa dulce y joven criatura hacerle saber que su padre había expuesto a su madre por escrito a una luz tan vergonzosa; porque eso es lo que hizo, supongo. Pensé que preferiría ser desgraciada con su esposo antes que ser desgraciada de esa manera. Por ella y por mi querido señor Valentin me quedé quieta. Digo quieta, pero para mí fue una quietud fatigosa. Me preocupaba terriblemente y me cambió por completo. Pero ante la gente me mordí la lengua, y nadie, hasta el día de hoy, sabe lo que ocurrió entre el pobre marqués y yo. -Pero, evidentemente, sospechaban -dijo Newman-. ¿De dónde sacó sus ideas el señor Valentin? -Fue el pequeño médico de Poitiers. Estaba muy descontento, y habló mucho. Era un francés perspicaz, y, como venía a casa día tras día, supongo que vio más de lo que parecía ver. Y, de hecho, la manera que tuvo de morirse el pobre marqués, en el preciso instante en que sus ojos se posaron sobre milady, fue una imagen de lo más chocante para todos. El caballero médico de París era mucho más acomodadizo, y echó tierra sobre las palabras del otro. Pero a pesar de sus esfuerzos, el señor Valentin y mademoiselle oyeron algo; sabían que la muerte de su padre, de alguna manera, no fue natural. Por supuesto, no podían acusar a su madre, y ya le he dicho que yo estaba tan muda como esa piedra. A veces, el señor Valentin me miraba y parecía que los ojos le brillaban, como si estuviese dándole vueltas a preguntarme algo. Yo tenía un miedo terrible a que me hablase, y siempre desviaba la vista y seguía ocupándome de mis asuntos. Si se lo decía, estaba segura de que después habría de odiarme, y eso no lo habría podido soportar. En cierta ocasión me acerqué a él y me tomé una gran libertad; le besé, igual que le había besado cuando era un niño. «No esté tan triste, señor -le dije-; crea a su pobre y vieja Bread. Un joven tan galante y apuesto no puede tener motivos para apenarse.» Ycreo que me entendió; entendió que me estaba excusando, y tomó una decisión a su manera. Siguió adelante con su pregunta en la cabeza, sin formularla, igual que hice yo con mi historia silenciada; ambos teníamos miedo de sumir en la deshonra a una gran casa. Ylo mismo pasaba con mademoiselle. No sabía qué había ocurrido; no quería saberlo. Mi señora y el señor Urbain no me hacían preguntas porque no tenían motivos. Yo estaba tan callada como un ratón. De joven, mi señora me había considerado una tunanta, y ahora me consideraba una necia. ¿Cómo iba yo a tener ideas? -Pero ha dicho que el pequeño médico de Poitiers estuvo hablando -dijo Newman-. ¿Nadie recogió sus palabras? -Nunca lo supe, señor. En estos países extranjeros siempre están hablando de escándalos (quizá se haya dado cuenta), y supongo que sacudieron las cabezas censurando a madame de Bellegarde. Pero, al fin y al cabo, ¿qué podían decir? El marqués había estado enfermo, el marqués se había muerto; tenía tanto derecho a morirse como el que más. El doctor no podía decir que sus calambres no tuviesen explicación. Al año siguiente, el pequeño médico abandonó el lugar y se compró un dispensario en Burdeos; y, si hubo chismorreo, se fue extinguiendo. Y no creo que hubiese muchos rumores en torno a milady a los que la gente estuviese dispuesta a prestar oídos. Milady es muy respetable. Newman, ante esta última afirmación, estalló en una estruendosa carcajada. La señora Bread había empezado a alejarse del sitio donde estaban sentados, y Newman la ayudó a cruzar el hueco del muro y a entrar por la senda de regreso a casa. -Sí -dijo él-, la respetabilidad de milady es una delicia; ¡va a ser una gran caída! -llegaron al espacio vacío que había enfrente de la iglesia y se detuvieron un momento, mirándose el uno al otro con cierto aire de estrecha camaradería... como dos conspiradores amistosos-. Pero ¿qué fue -dijo Newman-, qué fue lo que le hizo a su marido? Ni le apuñaló ni le envenenó. -No lo sé, señor; nadie lo vio. -A no ser que lo viera el señor Urbain. Dice usted que se estaba paseando de arriba abajo, fuera de la habitación. Quizá mirase a través del ojo de la cerradura. Pero no; creo que, siendo su madre, confiaría. -No le quepa duda de que he pensado en ello a menudo -dijo la señora Bread-. Estoy segura de que ella no le tocó con sus propias manos. En él no vi nada por ningún lado. Creo que fue de la siguiente manera. Sufrió un ataque de aquellos inmensos dolores que le aquejaban y le pidió su medicina. En vez de dársela, ella fue y la derramó ante sus ojos. Entonces él vio sus intenciones y, débil e indefenso como estaba, se asustó, le entró terror. «Quieres matarme», dice él. «Sí, monsieur le Marquis, quiero matarte», dice milady, y se sienta y le mira. Creo que ya conoce usted los ojos de milady, señor; con ellos le mató, con la intensa malquerencia que puso en ellos. Fue como cuando cae una helada sobre las flores. -Bueno, es usted una mujer muy inteligente; ha mostrado una enorme discreción -dijo Newman-. Habré de apreciar muchísimo sus servicios como ama de llaves. Habían empezado a descender por la colina, y la señora Bread no dijo nada hasta que llegaron abajo. Newman caminaba tras ella con pies ligeros; con la cabeza hacia atrás, contemplaba la totalidad de las estrellas; tenía la sensación de que estaba cabalgando por la Vía Láctea a lomos de su venganza. -¿Así que es usted sincero, señor, respecto a eso? -dijo la señora Bread en voz baja. -¿Respecto a que viva conmigo? Vaya, por supuesto que me voy a ocupar de usted hasta el final de sus días. No puede seguir viviendo con esa gente. Y además no debería hacerlo después de esto, ¿sabe? Me da usted el papel y luego se muda. -Parece muy alocado por mi parte ocupar un nuevo empleo a estas alturas de la vida -observó lúgubremente la señora Bread-. Pero si va usted a poner la casa patas arriba, preferiría no encontrarme en ella. -Ah -dijo Newman, con el tono animoso de un hombre que se siente rico en alternativas-, no creo que vaya a traer a los alguaciles, si a eso se refiere. Hiciera lo que hiciera madame de Bellegarde, me temo que la ley no puede ocuparse de ello. Pero me alegro; ¡esto lo deja completamente en mis manos! -Es usted un caballero muy valiente, señor -murmuró la señora Bread, mirándole desde el borde de su gran sombrero. La acompañó de vuelta al château; el toque de queda había sonado para los laboriosos aldeanos de Fleurières, y la calle estaba oscura y vacía. Ella le prometió que en media hora tendría en sus manos el manuscrito del marqués. Como la señora Bread prefirió no entrar por la verja grande, dieron la vuelta por una vereda sinuosa hasta que llegaron a una puerta del muro del parque, de la que tenía la llave y que le permitiría entrar al château por detrás. Newman acordó con ella que esperaría extramuros a que volviese con el codiciado documento. La señora Bread entró, y la media hora en la sombría vereda se le hizo muy larga. Pero tenía muchas cosas en qué pensar. Al fin, la puerta del muro se abrió. Allí estaba la señora Bread, con una mano en la aldaba y con la otra agarrando un trocito muy doblado de papel blanco. En un instante Newman ya se había adueñado de él, y pasó al bolsillo de su chaleco. -Venga a verme a París -dijo-; hemos de arreglar su futuro, ¿sabe?; y le traduciré el francés del pobre monsieur de Bellegarde -nunca como ahora se había sentido tan agradecido a las clases de monsieur Nioche. La señora Bread había seguido con sus ojos mortecinos la desaparición del papel, y exhaló un profundo suspiro. -Bueno, ha hecho usted lo que ha querido conmigo, señor, y supongo que volverá a hacerlo. Debe ocuparse de mí ahora. Es usted un caballero tremendamente positivo. -¡En estos momentos -dijo Newman-, soy un caballero tremendamente impaciente! -y dándole las buenas noches se encaminó aceleradamente a la posada. Dio órdenes de que le preparasen su vehículo para regresar a Poitiers, y después cerró la puerta de la sala común y se acercó de una zancada a la lámpara solitaria que había sobre la chimenea. Sacó el papel y lo desdobló a toda prisa. Estaba cubierto de trazos de lápiz que a primera vista, bajo la tenue luz, eran confusos. Pero la impetuosa curiosidad de Newman arrancó un sentido a los trémulos signos. Rezaba así: Mi esposa ha intentado matarme, y lo ha hecho; estoy muriéndome, muriéndome de la manera más horrible. Es para casar a mi querida hija con monsieur de Cintré. Con toda mi alma protesto, lo prohíbo. No estoy loco, pregunten a los médicos, pregunten a la señora B. Ha sido aquí, a solas conmigo, esta noche; me atacó y me dio muerte. Es un asesinato, si hay algo que merezca tal nombre. Pregunten a los médicos. HENRI- URBAIN DE BELLEGARDE CAPÍTULO XXIII Newman regresó a París a los dos días de su encuentro con la señora Bread. Se había quedado en Poitiers por la mañana, leyendo una y otra vez el pequeño documento que había alojado en su billetero y pensando en lo que haría en estas circunstancias y en cómo lo haría. Aunque no habría dicho que Poitiers era un lugar entretenido, el día se le hizo muy corto. Domiciliado de nuevo en el Boulevard Haussmann, se encaminó a la Rue de l'Université y le preguntó a la portera de madame de Bellegarde si había vuelto la marquesa. La portera le dijo que había llegado, con monsieur le Marquis, el día anterior, y además le informó de que, si deseaba entrar, madame de Bellegarde y su hijo estaban ambos en casa. Mientras decía estas palabras, la pequeña anciana de cara blanca que se asomaba por la caseta de la cancilla del Hôtel de Bellegarde le dedicó una sonrisita perversa: una sonrisa que a Newman se le figuró que significaba: «¡Entre si se atreve!». Era obvio que estaba versada en la historia familiar del momento; estaba apostada en un sitio que le permitía tomarle el pulso a la casa. Newman se quedó parado un momento, retorciéndose el bigote y mirándola; después se dio bruscamente la vuelta. Pero no porque tuviese miedo de entrar... aunque dudaba de si, en caso de hacerlo, sería capaz de abrirse paso sin obstáculos y personarse ante los parientes de madame de Cintré. El aplomo -un aplomo excesivo, quizá- tanto como la timidez le impulsaron a retirarse. Estaba acariciando su bomba de mano; le encantaba; no estaba dispuesto a desprenderse de ella. Era como si la estuviese sosteniendo desde lo alto, desde una atmósfera atronadora y racheada de relámpagos, justo sobre las cabezas de sus víctimas, y se imaginaba que podía ver sus pálidos semblantes vueltos hacia arriba. Pocos ejemplos de expresiones humanas le habían procurado tanto placer como éstos, alumbrados de la truculenta manera a la que he aludido, y estaba dispuesto a probar las mieles de la venganza contemplativa sin ninguna prisa. Hay que añadir, además, que no conseguía saber con exactitud cómo se las podría arreglar para presenciar el efecto de su bombardeo. Enviarle su tarjeta a madame de Bellegarde sería un derroche de ceremonial; con toda certeza, se negaría a recibirle. Por otro lado, no podía abrirse paso a la fuerza para llegar ante su presencia. Le molestaba sobremanera pensar que quizá tendría que limitarse a la satisfacción ciega de escribirle una carta; pero se consoló un poco al reflexionar que una carta podría conducir a una cita. Se fue a casa y, como estaba bastante cansado -acariciar una venganza era, hay que confesarlo, un proceso bastante fatigoso; exigía mucho de uno-, se desplomó sobre uno de sus sillones, estiró las piernas, se metió las manos en los bolsillos y, mientras observaba cómo el reflejo de la puesta de sol se iba desvaneciendo sobre las recargadas azoteas de la acera opuesta del bulevar, empezó a componer mentalmente una fría epístola a madame de Bellegarde. En éstas se hallaba cuando el criado abrió la puerta de par en par y anunció ceremoniosamente: «Madame Brett!». Newman se levantó, expectante, y a los pocos momentos columbró en el umbral a la benemérita mujer con la que había conversado a tan buen efecto en la cumbre estrellada de Fleurières. La señora Bread se había atildado para esta visita igual que para su expedición anterior. A Newman le llamó la atención su aspecto distinguido. La lámpara no estaba encendida, y, como el rostro alargado y serio de la señora Bread le contemplaba a través de la leve penumbra que proyectaba la sombra de su amplio sombrero, Newman sintió la incongruencia de que tal persona se presentase a sí misma como una criada. La saludó con enorme cordialidad, y le rogó que entrase a sentarse y que se pusiera cómoda. Había algo que tanto podía tocar los resortes de la hilaridad como los de la melancolía en el añejo pudor con que la señora Bread intentó cumplir estas instrucciones. No estaba jugando a parecer turbada, cosa que, sencillamente, habría sido ridícula; se estaba esforzando al máximo para comportarse como una persona tan humilde que hasta el bochorno habría resultado pretencioso en ella; pero, evidentemente, jamás había ni siquiera soñado que estuviese en su horóscopo hacerle una visita, al caer la noche, a un amigable caballero soltero que vivía en unas habitaciones de aspecto teatral en uno de los bulevares nuevos. -Espero sinceramente no estar olvidándome de cuál es mi sitio, señor -murmuró. -¿Olvidándose de su sitio? -exclamó Newman-. Vaya, lo está usted recordando. Éste es su sitio, ¿sabe? Ya está usted a mi servicio; sus honorarios, como ama de llaves, empezaron hace dos semanas. ¡Puedo asegurarle que mi casa necesita cuidados! ¿Por qué no se quita el sombrero y se queda? -¿Quitarme el sombrero? -dijo la señora Bread, que por timidez se lo tomó literalmente-. ¡Ay, señor, no tengo aquí la cofia! Y, con su venia, señor, no podría llevar la casa con mi mejor vestido. -No se preocupe por su vestido -dijo Newman jovialmente-. Pasará a tener un vestido mejor que ese que lleva. La señora Bread se le quedó mirando en actitud solemne y después estiró las manos sobre su deslustrada falda de satén, como si el aspecto peligroso de su situación se estuviese empezando a definir. -Ay, señor, tengo aprecio a mi propia ropa -murmuró. -Espero que haya dejado a esa gente malvada, en cualquier caso -dijo Newman. -¡En fin, señor, aquí estoy! -dijo la señora Bread-. Eso es lo único que le puedo decir. Aquí estoy, sentada, yo, la pobre Catherine Bread. Es un lugar extraño para mí. No me reconozco; jamás supuse que fuera tan valiente. Pero, de hecho, señor, he ido todo lo lejos que me pueden llevar mis propias fuerzas. -Ah, venga -dijo Newman con tono casi acariciador-, no se ponga incómoda. Ahora es el momento de sentirse animada, ¿sabe? Ella empezó a hablar de nuevo con voz temblorosa. -Creo que sería más respetable si pudiera... si pudiera... -y su voz tembló hasta detenerse. -¿Si pudiera prescindir de este tipo de cosas por completo? -dijo afablemente Newman en un intento de anticipar sus palabras, que se imaginaba que podrían indicar su deseo de retirarse del servicio. -¡Si pudiera prescindir de todo, señor! Lo único que pediría sería un entierro protestante decente. -¡Entierro! -exclamó Newman, estallando en una risotada-. Vaya, enterrarla a usted ahora sería un triste caso de extravagancia. Los únicos que tienen que enterrarse para volverse respetables son los granujas. La gente honrada como usted y como yo puede durar hasta el fin de sus días... y vivir juntos. ¡Venga! ¿Ha traído su equipaje? -Mi baúl está cerrado y encordelado, pero aún no he hablado con milady. -Hable con ella, pues, y termine con este asunto. ¡Ya quisiera yo tener su oportunidad! -exclamó Newman. -De buen grado se la daría, señor. He pasado muchas horas fatigosas en el vestidor de milady, pero ésta será una de las más largas. Me tachará de ingratitud. -Bueno -dijo Newman-, siempre que usted la pueda acusar a ella de asesinato... -Ah, señor, no puedo; yo no -suspiró la señora Bread. -¿No tiene intención de decir nada sobre la cuestión? Mucho mejor. Déjemelo a mí. -Si me dice que soy una vieja desagradecida -dijo la señora Bread-, yo no habré de decirle nada. Pero es mejor así -añadió con suavidad-. Será mi señora hasta el último momento. Eso será más respetable. -Y después se vendrá conmigo y yo seré su señor -dijo Newman-; ¡eso será aún más respetable! La señora Bread se levantó con la mirada gacha y se quedó un momento de pie; luego, alzando los ojos, los posó sobre el rostro de Newman. De alguna manera, las destartaladas ceremonias se estaban poniendo en orden. Miró a Newman durante tanto tiempo y tan fijamente, con una devoción tan embotada e intensa, que él mismo podría haber tenido un pretexto para sentirse abochornado. Al fin, dijo con tacto: -No tiene usted buen aspecto, señor. -Es lo más natural -dijo Newman-. No tengo nada por lo que sentirme bien. Sentirse muy indiferente y muy furioso, muy deprimido y muy alegre, muy harto y muy animado, todo a la vez... vaya, como que le confunde a uno bastante. La señora Bread soltó un suspiro silencioso. -Puedo contarle algo que le hará sentirse aún más deprimido, si es que se quiere sentir de una sola manera. Sobre madame de Cintré. -¿Qué puede contarme? -la apremió Newman-. No será que la ha visto, ¿verdad? Sacudió la cabeza. -No, en efecto, señor, ni la veré nunca. Eso es lo deprimente de la cuestión. Ni milady. Ni monsieur de Bellegarde. -Es decir, que la tienen incomunicada. -Incomunicada, incomunicada... -dijo en voz muy baja la señora Bread. Por un instante, pareció que estas palabras frenaron el latido del corazón de Newman. Se recostó en la silla, alzando la mirada hacia la anciana. -¿Han intentado verla y no quería... no podía? -Se negó... ¡para siempre! Me enteré por la doncella de mi señora -dijo la señora Bread-, que se enteró por milady. Para hablarle de ello a una persona así, mi señora ha tenido que sufrir una conmoción. Madame de Cintré no los quiere ver ahora, y ahora es su única oportunidad. En poco tiempo no tendrá oportunidades. -¿Quiere decir que las otras mujeres (las madres, las hijas, las hermanas, ¿cómo les llaman?) no se lo van a permitir? -Es lo que llaman la regla de la casa... o de la orden, creo -dijo la señora Bread-. No hay ninguna regla tan estricta como la de las carmelitas. Las mujeres malas de los reformatorios son damas excelentes si se las compara con ellas. Visten viejas túnicas marrones (eso me dijo la femme de chambre) que nadie usaría ni para manta de caballo. ¡Con lo que le gustaban a la pobre condesa los vestidos de buen tacto; se negaba a llevar nada almidonado! Duermen sobre el suelo -continuó la señora Bread-; no valen más, no valen más... -y titubeó en busca de una comparaciónno valen más que la esposa de un calderero remendón. Renuncian a todo, hasta al nombre mismo con que sus pobres y viejas nodrizas las llamaban. Renuncian a padre y madre, hermano y hermana... por no hablar de otras personas -añadió con delicadeza la señora Bread-. Llevan un sudario bajo las túnicas marrones y una cuerda atada a la cintura, y en las noches de invierno se levantan y van a lugares gélidos para rezarle a la Virgen María. ¡La Virgen María es una señora exigente! La señora Bread estaba sentada, insistiendo en estos terribles datos y sin soltar una sola lágrima, pálida, con las manos cruzadas sobre su regazo de satén. Newman soltó un gemido melancólico y se dejó caer hacia adelante, apoyando la cabeza en las manos. Hubo un largo silencio, tan sólo roto por el tic-tac del gran reloj dorado que estaba sobre la chimenea. -¿Dónde está ese lugar... dónde está el convento? -preguntó al fin Newman, elevando la vista. -Hay dos casas -dijo la señora Bread-. Lo averigüé; pensé que le gustaría saberlo... aunque es un pobre consuelo, creo. Una está en la Avenue de Messine; se han enterado de que madame de Cintré está allí. La otra está en la Rue de l'Enfer*. Es un nombre terrible; supongo que sabe usted lo que significa. Newman se puso en pie y caminó hasta el otro extremo de la larga habitación. Cuando volvió, la señora Bread se había levantado, y estaba junto al fuego con las manos entrelazadas. -Dígame una cosa -dijo él-. ¿Puedo acercarme a ella... aunque no la vea? ¿Puedo ver a través de un enrejado, o de algo similar, el sitio donde se encuentra? Se dice que todas las mujeres aman a un hombre que ama, y la sensación que tenía la señora Bread de que había una armonía preestablecida que mantenía a los criados en su «sitio», constantes como los planetas en sus órbitas (y no es que la señora Bread se hubiese comparado nunca de manera consciente con un planeta), apenas sirvió para mitigar la melancolía maternal con que ladeó la cabeza y contempló a su nuevo patrón. Es probable que en ese momento se sintiese como si, cuarenta años antes, también a él le hubiese tenido entre sus brazos. -Eso no le ayudaría nada, señor. Tan sólo haría que pareciese que está aún más lejos. -Sea como sea, quiero ir ahí -dijo Newman-. ¿Avenue de Messine, dice usted? Y ¿cómo dice que se llaman? -Carmelitas -dijo la señora Bread. -Lo recordaré. La señora Bread titubeó un instante, y después siguió diciendo: -Es mi deber decirle esto, señor. El convento tiene una capilla, y los domingos admiten a algunas personas a la misa. No se ve a las pobres criaturas que están encerradas ahí arriba, pero me han dicho que se las puede oír cantar. ¡Me asombra que tengan ánimos para cantar! Algún domingo haré acopio de valor e iré. Me da la impresión de que reconocería su voz entre cincuenta. Newman miró a su visitante con enorme gratitud; después le tendió la mano y le estrechó la suya. -Gracias -dijo-. Si cualquiera puede entrar, lo haré. Un momento después, la señora Bread propuso, con deferencia, retirarse, pero Newman la detuvo y le puso una vela encendida en la mano. -Ahí hay media docena de habitaciones que no utilizo -dijo, señalando por una puerta abierta-. Vaya a verlas y escoja. Puede usted vivir en la que más le guste. La señora Bread reculó en principio ante esta desconcertante oportunidad; pero al fin, cediendo al empujón suave y tranquilizador de Newman, se perdió por la penumbra con su trémulo cirio. Se ausentó un cuarto de hora, durante el cual Newman estuvo paseándose de arriba abajo, parándose de cuando en cuando ante la ventana para mirar las luces del bulevar y reemprendiendo después su paseo. Todo indicaba que el disfrute de la señora Bread por sus investigaciones iba aumentando a medida que avanzaba, pero al fin reapareció y depositó la palmatoria sobre la chimenea. -Bueno, ¿ya ha escogido alguna? -preguntó Newman. -¿Una habitación, señor? Son todas demasiado elegantes para un viejo cuerpo deslucido como el mío. No hay ni una sola que no tenga algo de doradura. -Sólo es oropel, señora Bread -dijo Newman-. Si se queda ahí un rato, acabará descascarillándose solo -y esbozó una sonrisa triste. -¡Ah, señor, ya hay demasiadas cosas que se están descascarillando! -replicó la señora Bread, sacudiendo la cabeza-. Ya que estaba ahí, se me ocurrió echar un vistazo. No creo que usted lo sepa, señor. Los rincones están espantosos. Realmente, necesita una ama de llaves, de eso no hay duda; necesita una inglesa pulcra a la que no se le caigan los anillos por coger una escoba. Newman le aseguró que sospechaba, aunque no los hubiese calculado, sus desmanes domésticos, y que enmendarlos era una misión digna de sus capacidades. La señora Bread volvió a sostener en alto la palmatoria y se fijó en el salón con miradas compasivas; entonces notificó que aceptaba la misión, y que su carácter sagrado la sostendría en su ruptura con madame de Bellegarde. Con estas palabras, hizo una reverencia y se marchó. Regresó al día siguiente con sus bienes terrenales, y cuando Newman estaba entrando en su sala de estar se la encontró doblada sobre sus viejas rodillas frente a un diván, cosiendo un fleco suelto. Le preguntó que cómo había ido su despedida de su antigua señora, y ella dijo que había resultado ser más fácil de lo que había temido. -Estuve perfectamente correcta, y es que el Señor me ayudó a recordar que una mujer buena no tiene por qué temblar ante una mala. -¡Eso digo yo! -exclamó Newman-. Y ¿sabe ella que se ha venido usted conmigo? -Me preguntó que adónde iba, y le mencioné su nombre -dijo la señora Bread. -¿Qué dijo a eso? -Me miró con dureza y se puso muy colorada. Luego me rogó que la dejase sola. Yo estaba lista para marcharme, y al cochero, que es inglés, le había hecho bajar mi pobre baúl y buscarme un coche de punto. Pero cuando bajé a la verja, me la encontré cerrada. Milady le había dado órdenes al portero de que no me dejase pasar, y con las mismas órdenes la mujer del portero (una vieja arpía) había salido en un coche de punto a traer a monsieur de Bellegarde del club a casa. Newman se dio un cachete en la rodilla. -¡Está asustada! ¡Está asustada! -exclamó, exultante. -También yo tenía miedo, señor -dijo la señora Bread-, pero a la vez estaba tremendamente disgustada. Tuve una intensa discusión con el portero, y le pregunté que con qué derecho ejercía la violencia con una honorable mujer inglesa que llevaba viviendo en la casa treinta años antes de que se supiese nada de él. Ah, señor, estuve soberbia, y achanté al hombre. Descorrió los cerrojos y me dejó salir, y le prometí al cochero que sería generosa si conducía con rapidez. Pero era terriblemente lento; parecía que no íbamos a llegar jamás a su bendita puerta. Sigo temblando de pies a cabeza; he tardado cinco minutos, justo ahora, en enhebrar la aguja. Newman le dijo, con una risa gozosa, que si lo deseaba podía tener a su servicio una criadita para enhebrarle las agujas, y se retiró murmurando para sus adentros que la vieja dama estaba asustada... ¡estaba asustada! No le había enseñado a la señora Tristram el papelito que llevaba en su billetera, pero desde su regreso a París la había visto en varias ocasiones y ella le había dicho que le notaba raro... aún más raro de lo que era natural en su triste situación. ¿Le había afectado la decepción a la cabeza? Tenía el aspecto de un hombre que iba a caer enfermo, y aun así nunca le había visto más nervioso y activo. Tan pronto un día se quedaba sentado con la cabeza gacha y como si estuviese firmemente resuelto a no volver a sonreír jamás, como se abandonaba otro día a risotadas casi indecorosas y hacía chistes que eran malos incluso para él. Si estaba intentando arrostrar su dolor, la verdad es que en estas ocasiones iba demasiado lejos. La señora Tristram le rogó por encima de todo que no estuviese «raro». Sintiéndose, como hasta cierto punto se sentía, responsable de la aventura que tan desfavorable giro había tenido para Newman, la señora Tristram era capaz de soportarlo todo excepto su rareza. Podía estar melancólico si se le antojaba, o podía estar estoico; podía estar de mal humor y quisquilloso con ella y preguntarle cómo se había atrevido a entrometerse en su destino: a esto se resignaría, con esto mostraría indulgencia. Pero, por amor de Dios, que no fuese incoherente. Sería harto desagradable. Era como esas personas que hablan en sueños; siempre la asustaban. Y la señora Tristram le anunció que, asumiendo una posición de superioridad frente a la obligación moral que los acontecimientos le habían impuesto, se proponía no descansar tranquila hasta poner a Newman frente a la sustituta menos inadecuada de madame de Cintré que hubiese en ambos hemisferios. -En fin -dijo Newman-, ¡ahora estamos en paz, y más nos valdría no abrir una nueva cuenta! Quizá algún día me entierre usted, pero nunca me casará. Es demasiado escabroso. Espero, en todo caso -añadió-, que esto no tenga nada de incoherente: el domingo que viene quiero ir a la capilla carmelita de la Avenue de Messine. Usted conoce a uno de los pastores católicos... un abad, ¿no es eso? Le vi allí, ¿sabe?; aquel anciano caballero de aspecto maternal que lleva una gran pretina. Pregúntele, por favor, si necesito un permiso especial para entrar, y, si es así, ruéguele que me consiga uno. La señora Tristram manifestó un regocijo adorable. -¡Cuánto me alegra que me pida que haga algo! -exclamó-. Entrará usted en la capilla aunque el abad tenga que colgar los hábitos por la parte que le toca. Y dos días después le dijo que estaba todo preparado; el abad estaba encantado de ayudarle, y si Newman se presentaba educadamente en la verja del convento no habría ninguna dificultad. CAPÍTULO XXIV Aún faltaban dos días para el domingo; pero, para distraerse mientras tanto de su impaciencia, Newman se encaminó hacia la Avenue de Messine y se consoló como pudo clavando la vista en el desnudo muro exterior de la actual residencia de madame de Cintré. La calle en cuestión, como recordarán algunos viajeros, linda con el Parc Monceau, que es uno de los rincones más bonitos de París. El barrio tiene un aire de moderna opulencia y comodidad que' no parece avenirse con la ascética institución, y la impresión que sobre la mirada de sombrío encrespamiento de Newman ejerció aquella extensión sin ventanas y de aspecto inmaculado, tras la cual quizá incluso en ese mismo momento la mujer que amaba se estuviese comprometiendo a pasar el resto de sus días, fue menos exasperante de lo que había temido. El lugar hacía pensar en un convento con todas las mejoras modernas: un asilo donde la privacidad, a pesar de ser ininterrumpida, quizá no fuera del todo idéntica a la privación, y donde la meditación, aun siendo monótona, quizá fuera de corte alegre. Y sin embargo, sabía que éste no era el caso; sólo que para Newman, ahora, no tenía visos de realidad. Todo era demasiado extraño y demasiado socarrón para ser real; era como una página arrancada de una novela, sin contexto alguno en su experiencia personal. El domingo por la mañana, a la hora que había indicado la señora Tristram, llamó a la verja del muro desnudo. Se abrió al instante y pudo pasar a un patio limpio y de apariencia fría, más allá del cual se alzaba un edificio deslustrado y vulgar. Una lega robusta de semblante alegre emergió de una garita de portero, y, al exponerle Newman su misión, le señaló la puerta abierta de la capilla, un edificio que ocupaba el lado derecho del patio y que venía precedido de un empinado tramo de escalones. Newman ascendió por ellos y entró inmediatamente por la puerta abierta. Aún no había empezado el oficio; el lugar estaba iluminado tenuemente, y pasaron unos momentos hasta que pudo discernir sus peculiaridades. Entonces vio que se dividía en dos partes desiguales mediante un gran bastidor de hierro tupido. A este lado del bastidor estaba el altar, y entre el altar y la entrada se distribuían varios bancos y sillas. Tres o cuatro estaban ocupados por borrosas figuras inmóviles, figuras que al poco tiempo percibió que eran mujeres, profundamente absortas en su devoción. A Newman el lugar se le antojó muy frío; el olor mismo del incienso era frío. Además de todo esto había un titilar de cirios y, aquí y allá, destellos de vidriera. Newman tomó asiento; las orantes siguieron quietas y de espaldas. Vio que, al igual que él, eran visitas, y le habría gustado ver sus rostros; y es que creía que eran las afligidas madres y hermanas de otras mujeres que habían tenido el mismo valor despiadado que madame de Cintré. Pero estaban en mejor posición que él, porque al menos compartían la fe por la que esas otras se habían sacrificado. Entraron tres o cuatro personas; dos de ellas eran caballeros ancianos. Todo el mundo estaba muy callado. Newman se fijó en el bastidor que había detrás del altar. Aquél era el convento, el convento de verdad, el lugar donde estaba ella. Pero no pudo ver nada; no entraba nada de luz por las grietas. Se levantó y se acercó muy quedamente a la partición, intentando mirar a su través. Pero detrás sólo había oscuridad, sin nada que se moviese. Volvió a su sitio, y después entraró un cura con dos monaguillos y empezó a decir misa. Newman observó sus genuflexiones y sus rotaciones con una hostilidad ceñuda y queda; parecían instigadores y cómplices de la deserción de madame de Cintré; estaban declamando y salmodiando su triunfo. Las largas y tétricas entonaciones del cura le crispaban los nervios y aumentaban su ira; había algo desafiante en esa manera ininteligible de arrastrar las palabras; parecía dirigida al propio Newman. Súbitamente, de las profundidades de la capilla, de la parte de atrás del inexorable bastidor, surgió un sonido que desvió su atención del altar: el sonido de una extraña salmodia lúgubre pronunciada por voces de mujeres. Empezó suavemente, pero poco a poco se fue haciendo más fuerte y a medida que crecía iba estando cada vez más cerca de un lamento y de un canto fúnebre. Era la salmodia de las monjas carmelitas, su única pronunciación humana. Era su canto fúnebre por los afectos enterrados y por la vanidad de los deseos mundanos. Al principio Newman se quedó perplejo -casi aturdido- por la extrañeza del sonido; después, al comprender su significado, escuchó atentamente y su corazón empezó a palpitar. Estuvo atento para ver si oía la voz de madame de Cintré, y en el corazón mismo de la disonante armonía creyó discernirla. (Nos vemos obligados a pensar que se equivocaba, en tanto que, como es obvio, madame de Cintré aún no había tenido tiempo de convertirse en miembro de la hermandad invisible.) El cántico continuó, mecánico y monótono, con tétricas repeticiones y cadencias desesperadas. Era odioso, era horrible; a medida que continuaba, Newman sintió que necesitaba todo su autocontrol. Se iba agitando cada vez más; notó lágrimas en los ojos. Al fin, cuando le sobrevino con toda su pujanza el pensamiento de que este lamento confuso e impersonal era lo único que él o el mundo del que ella había desertado habrían de oír jamás de esa voz que tan dulce se le había antojado, sintió que no podía soportarlo más. Se levantó con brusquedad y se abrió paso para salir. En el umbral se detuvo, volvió a escuchar la triste tonada y después bajó al patio apresuradamente. Mientras bajaba, vio que la buena hermana de las mejillas sonrosadas y la cofia con el ribete en forma de abanico que le había dado paso estaba reunida en la verja con dos personas que acababan de entrar. Un segundo vistazo le informó de que estas personas eran madame de Bellegarde y su hijo, y de que estaban a punto de servirse de ese método de aproximación a madame de Cintré que a Newman no le había parecido sino una burla del consuelo. Mientras cruzaba el patio, monsieur de Bellegarde le reconoció; el marqués avanzaba hacia los escalones, guiando a su madre. La vieja dama también dirigió una mirada a Newman, y fue parecida a la de su hijo. Ambos rostros expresaban una turbación más sincera, algo más análogo a la humildad del desaliento lo que hasta entonces había visto Newman en ellos. Era evidente que había sobresaltado a los Bellegarde, y que no encontraron inmediatamente a mano sus majestuosos modales. Newman los adelantó a toda prisa, guiado tan sólo por el deseo de salir de los muros del convento y llegar a la calle. La verja se abrió a su llegada; dio una zancada sobre el umbral y se cerró tras él. Un carruaje, que tenía aspecto de haber estado ahí parado, estaba apartándose en ese preciso instante de la acera. Newman lo miró un momento, sin comprender; después se percató, a través de la opaca niebla que fluía ante sus ojos, de que una dama que iba allí sentada le estaba haciendo un gesto de saludo. El vehículo se había dado la vuelta antes de que la reconociera; era un antiguo landó que llevaba media capota bajada. El gesto de la dama fue muy explícito y vino acompañado de una sonrisa; una niña pequeña iba sentada a su lado. Newman alzó su sombrero, y entonces la dama le rogó al cochero que se detuviese. El carruaje volvió a hacer un alto junto al adoquinado, y ella permaneció sentada y le hizo un ademán: un ademán que tenía la gracia demostrativa de madame Urbain de Bellegarde. Newman titubeó un momento antes de obedecer a su llamada; durante ese momento tuvo tiempo de maldecir su estupidez por haber dejado que los otros se le escapasen. Había estado preguntándose cómo podía llegar hasta ellos; ¡qué necio era por no haberlos parado allí mismo y en ese preciso instante! ¿Qué mejor lugar que bajo los mismos muros carcelarios a los que habían entregado a la promesa de su felicidad? Había estado demasiado desconcertado para detenerlos, pero ahora se sentía dispuesto a esperarlos en la verja. Madame Urbain, con cierta petulancia atractiva, volvió a hacerle un ademán, y esta vez Newman se acercó hasta el carruaje. Ella se inclinó hacia afuera y le dio la mano, mirándole con afecto y sonriendo. -Ah, monsieur -dijo-, a mí no me incluirá en su ira, ¿no? No tuve nada que ver con ello. -¡Ah, no supongo que usted pudiese haberlo impedido! -respondió Newman en un tono que no era el de una estudiada galantería. -Lo que dice es demasiado cierto como para que me ofenda por la parca estimación que hace de mi influencia. En todo caso, le perdono, porque parece como si acabara de ver usted a un fantasma. -¡Así es! -dijo Newman. -Me alegro, entonces, de no haber entrado con madame de Bellegarde y mi marido. Ha debido de verlos, ¿no? ¿Ha sido un encuentro caluroso? ¿Ha oído los cánticos? Dicen que son como las lamentaciones de los condenados. Yo no he querido entrar: ya sabe uno con certeza que eso lo va a oír bastante pronto. Pobre Claire... ¡arrebujada en un sudario blanco y una enorme túnica marrón! Ése es el hábito de las carmelitas, sabe usted. Bueno, siempre le han gustado las cosas largas y holgadas. Pero no debo hablarle de ella; sólo he de decirle que lo siento mucho por usted, que de haber podido ayudarle lo habría hecho, y que a mi juicio todos han sido muy miserables. Yo me lo temía, sabe usted; lo llevaba notando en el ambiente dos semanas antes de que ocurriese. Cuando le vi en el baile de mi suegra, tomándoselo todo con tanta calma, sentí como si estuviese usted bailando sobre su propia tumba. Pero ¿qué podía hacer yo? Le deseo todo el bien que soy capaz de concebir. ¡Dirá usted que eso no es gran cosa! Sí; han sido muy miserables; no tengo el menor temor a decirlo; le aseguro que todo el mundo lo piensa. No todos somos así. Lamento que no vaya a volver a verle; ya sabe que le estimo muy buena compañía. Se lo demostraría pidiéndole que suba al carruaje y pasee conmigo durante un cuarto de hora, mientras espero a mi suegra. Sólo que, si nos vieran (teniendo en cuenta lo que ha ocurrido, y que todo el mundo sabe que le han rechazado), podrían pensar que estoy yendo demasiado lejos, incluso para mí. Pero le veré alguna vez... en algún lugar, ¿no? Ya sabe -esto lo dijo en inglés- que tenemos un plan para una pequeña diversión. Newman se quedó ahí de pie con la mano sobre la puerta del carruaje, escuchando este murmullo consolador con ojos apagados. Apenas sabía lo que le estaba diciendo madame de Bellegarde; sólo era consciente de que estaba parloteando en vano. Pero de pronto se le ocurrió que, con sus lindas declaraciones, había un modo de hacer que fuese eficaz; podría ayudarle a llegar hasta la anciana y el marqués. -¿Regresan pronto... sus acompañantes? -dijo-. ¿Los está esperando? -Escucharán toda la misa; después, no hay nada que los retenga. Claire se ha negado a verlos. -Quiero hablar con ellos -dijo Newman-; y usted puede ayudarme, me puede hacer un favor. Retrase su regreso cinco minutos y deme una oportunidad con ellos. Los esperaré aquí. Madame de Bellegarde se agarró las manos con un mohín de ternura. -Mi pobre amigo, ¿qué les quiere hacer? ¿Suplicarles que vuelvan a usted? Será un derroche de palabras. jamás volverán! -Aun así, quiero hablarles. Haga, por favor, lo que le pido. Váyase y déjemelos durante cinco minutos; no debe tener miedo; no seré violento; estoy muy tranquilo. -¡Sí, parece usted muy tranquilo! Si tuviesen le coeur tendre, los conmovería. ¡Pero no lo tienen! Sin embargo, le ayudaré aún más de lo que usted propone. El acuerdo no es que vuelva a recogerlos. Me voy al Parc Monceau con mi pequeña para pasearla, y mi suegra, que apenas viene a este barrio, va a aprovechar esta misma oportunidad de tomar el aire. Hemos de esperarla en el parque, adonde nos la traerá mi marido. Sígame ahora; justo al otro lado de la verja me bajaré del carruaje. Siéntese en una silla en algún rincón tranquilo y se los acercaré. ¡Eso sí que es devoción! Le reste vous regarde. Esta propuesta se le antojó a Newman enormemente feliz; avivó su ánimo decaído, y reflexionó que madame Urbain no era tan gansa como parecía. Prometió alcanzarla inmediatamente, y el carruaje se marchó. El Parc Monceau es un bonito ejemplo de arquitectura de jardines, pero Newman, al entrar, hizo poco caso a su elegante vegetación, que rebosaba la frescura de la primavera. Se encontró puntualmente con madame de Bellegarde, sentada en uno de los tranquilos rincones de los que había hablado; mientras, frente a ella, en la arboleda, su pequeña, acompañada por el lacayo y el perro faldero, caminaba de arriba abajo como si estuviese recibiendo una lección de buenos modales. Newman se sentó junto a la madre, que habló mucho, al parecer con el propósito de convencerle de que -ojalá se diese cuenta- la pobre, querida Claire no pertenecía al tipo más fascinante de mujeres. Era demasiado alta y delgada, demasiado rígida y fría; su boca era demasiado ancha y su nariz demasiado estrecha. No tenía hoyuelos por ningún lado. Y además era excéntrica, excéntrica por linaje; al fin y al cabo, era una anglaise. Newman estaba muy impaciente; contaba los minutos que faltaban para que reapareciesen sus víctimas. Estaba sentado en silencio, apoyado en su bastón y posando una mirada ausente e insensible sobre la pequeña marquesa. Al cabo, madame de Bellegarde dijo que caminaría hacia la verja del parque para encontrarse con sus acompañantes; pero antes entornó los ojos y, tras juguetear un momento con el encaje de su manga, volvió a mirar hacia Newman. -¿Se acuerda usted -preguntó- de la promesa que me hizo hace tres semanas? Y entonces, como Newman, en vano consultando su memoria, se vio obligado a confesar que la promesa se le había olvidado, ella afirmó que en aquel momento él le había dado una respuesta muy extraña: una respuesta que, vista a la luz de los hechos posteriores, le daba un justo motivo para sentirse ofendida. -Me prometió que me llevaría a Bullier después de su boda. Después de su boda: insistió mucho en eso. Tres días después, su boda se anuló. ¿Sabe usted cuál fue, cuando me enteré de la noticia, la primera cosa que me dije? « ¡Cielos, ahora no irá conmigo a Bullier! » Y de verdad que empecé a preguntarme si no habría estado usted esperando la ruptura. -Ay, querida señora... -murmuró Newman, mirando vereda abajo para ver si venían los otros. -Seré buena -dijo madame de Bellegarde-. No hay que pedirle demasiado a un caballero que está enamorado de una mujer enclaustrada. Además, no puedo ir a Bullier mientras estemos de luto. Pero no por eso he renunciado a ello. La partie está organizada; tengo a mi caballero. ¡Con su permiso, se trata de lord Deepmere! Ha vuelto a su querido Dublín; pero dentro de unos meses bastará con que le mencione una tarde cualquiera y vendrá desde Irlanda a este efecto. ¡A eso le llamo yo galantería! Poco después, madame de Bellegarde se fue caminando con su pequeña. Newman se quedó sentado en su sitio; el tiempo se le hizo terriblemente largo. Sintió cuán vivamente su cuarto de hora en la capilla del convento había atizado las ascuas ardientes de su resentimiento. Madame de Bellegarde le hizo esperar, pero demostró que estaba a la altura de su palabra. Al fin reapareció al fondo de la vereda, con su pequeña y su lacayo; junto a ella caminaba lentamente su marido, con su madre agarrada del brazo. Estuvieron avanzando un buen rato, durante el cual Newman siguió sentado, inmóvil. A pesar de que la pasión le hacía vibrar, era una característica muy suya ser capaz de moderar sus manifestaciones, de la misma manera que habría bajado la llama de un quemador de gas. Su serenidad, astucia y premeditación genuinas, y su sumisión de toda la vida a la opinión de que todas las palabras eran actos y los actos pasos en la vida, y de que, en esta cuestión de dar pasos, lo de brincar y hacer cabriolas estaba exclusivamente reservado a cuadrúpedos y extranjeros... todo esto le advertía de que la ira legítima no guardaba la menor relación con ser un necio ni con abandonarse a la violencia espectacular. Así que cuando se puso en pie, una vez que madame de Bellegarde y su hijo se hallaron cerca de él, únicamente se sintió muy alto y ligero. Había estado sentado junto a unos arbustos, de tal manera que no se le pudiese ver a distancia; pero era evidente que monsieur de Bellegarde ya le había vislumbrado. Su madre y él seguían por su camino, pero Newman se puso enfrente y se vieron obligados a detenerse. Alzó levemente su sombrero y los miró un momento; estaban pálidos de asombro y de disgusto. -Discúlpenme por interrumpirlos -dijo en voz baja-, pero debo aprovechar la ocasión. Tengo diez palabras que decirles. ¿Las escucharán? El marqués le miró con unos ojos que echaban chispas y después se volvió hacia su madre. -¿Es posible que el señor Newman tenga algo que decir que merezca que le escuchemos? -Les aseguro que tengo algo -dijo Newman-; además, es mi deber decirlo. Es un aviso... una advertencia. -¿Su deber? -dijo la vieja madame de Bellegarde, curvando sus finos labios como si fuesen papel chamuscado-. Ése es asunto suyo, no nuestro. En el ínterin madame de Bellegarde había agarrado a su pequeña de la mano, con un gesto de sorpresa e impaciencia que sorprendió a Newman, a pesar de que estaba absorto en sus propias palabras, por su eficacia dramática. -Si el señor Newman va a montar una escena en público -exclamó-, voy a sacar a mi pobre hija de la mêlée. ¡Es demasiado pequeña para ver tanta maldad! -y acto seguido reemprendió su paseo. -Harían muy bien en escucharme -siguió Newman-. Lo hagan o no, las cosas van a ser desagradables para ustedes; pero en cualquier caso estarán preparados. -Ya hemos oído algo sobre sus amenazas -dijo el marqués-, y ya sabe la opinión que nos merecen. -Opinan mucho más de lo que admiten. Un momento -añadió Newman en respuesta a una exclamación de la vieja dama-. No me olvido de que estamos en un lugar público, y ya ven que estoy muy sereno. No les voy a contar su secreto a los transeúntes; se lo reservaré, para empezar, a ciertos oyentes selectos. Quien quiera que nos observe pensará que estamos teniendo una amigable charla, y que yo le estoy alabando, madame, por sus venerables virtudes. El marqués dio tres golpecitos breves y secos sobre la tierra con su bastón. -¡Le exijo que se aparte de nuestro camino! -siseó. Newman obedeció al instante, y monsieur de Bellegarde dio un paso adelante con su madre. Entonces dijo Newman: -De aquí a media hora, madame de Bellegarde lamentará no haberse enterado exactamente de lo que quiero decir. La marquesa había dado unos cuantos pasos, pero ante estas palabras hizo una pausa, mirando a Newman con unos ojos que parecían dos chispeantes glóbulos de hielo. -Es usted como un buhonero que tiene algo que vender -dijo, con una risita fría que sólo en parte ocultó el temblor de su voz. -Ah, no; a la venta, no -replicó Newman-; se lo doy gratis -y se acercó más a ella, mirándola directamente a los ojos-. Usted mató a su marido -dijo, casi en un susurro-. Es decir, lo intentó una vez y fracasó, y después, sin intentarlo, lo consiguió. Madame de Bellegarde cerró los ojos y soltó una pequeña tos, que, como ejemplo de disimulo, a Newman se le antojó realmente heroico. -Querida madre -dijo el marqués-, ¿tanto te divierten estas monsergas? -El resto es más divertido -dijo Newman-. Más les valdría no perdérselo. Madame de Bellegarde abrió los ojos; las chispas se habían ido; estaban fijos y muertos. Pero esbozó una soberbia sonrisa con sus labios pequeños y finos, y repitió la palabra de Newman. -¿Divertido? ¿He matado a alguien más? -No incluyo a su hija -dijo Newman-, ¡aunque podría! Su marido sabía lo que estaba usted haciendo. Tengo una prueba, de cuya existencia jamás ha sospechado usted -y se dirigió al marqués, que estaba terriblemente blanco: más blanco de lo que jamás había visto Newman a nadie fuera de un cuadro-. Un papel escrito con la mano, y firmado con el nombre, de Henri-Urbain de Bellegarde. Escrito después de que usted, madame, le hubiese dado por muerto, y mientras usted, señor, se había ido (no muy aprisa) en busca del médico. El marqués miró a su madre; ella se dio la vuelta, mirando vagamente a su alrededor. -He de sentarme -dijo con tono bajo, yendo hacia el banco en el que había estado sentado Newman. -¿No podría haber hablado conmigo a solas? -le dijo el marqués a Newman con una mirada extraña. -Bueno, sí, de haber estado seguro de que también hablaría a solas con su madre -respondió Newman-. Pero he tenido que cogerlos como he podido. Madame de Bellegarde, con un movimiento muy elocuente respecto a lo que Newman habría llamado su «entereza», su frío denuedo de acero y la apelación instintiva a sus propios recursos personales, retiró la mano del brazo de su hijo y fue a sentarse en el banco. Allí se quedó, con las manos dobladas sobre el regazo, sin dejar de mirar a Newman. La expresión de su rostro era tal que éste creyó en un primer momento que estaba sonriendo; pero se puso frente a ella y vio que sus elegantes facciones estaban distorsionadas por la agitación. No obstante, también vio que estaba conteniendo su agitación con todo el rigor de su inflexible voluntad, y no había nada semejante al temor ni a la sumisión en su mirada pétrea. Se había sobresaltado, pero no estaba aterrorizada. Newman tenía la exasperante sensación de que aún haría lo que quisiera con él; jamás habría creído posible que pudiese no sentirse en absoluto conmovido ante la imagen de una mujer ¡criminal o no! en tamaños apuros. Madame de Bellegarde le dirigió una mirada a su hijo que parecía equivaler al mandato de que guardase silencio y le dejase arreglárselas sola. El marqués permaneció a su lado, con las manos a la espalda, mirando a Newman. -¿Qué papel es ese del que habla usted? -preguntó la vieja dama, con una imitación de la tranquilidad que habría sido aplaudida en una actriz veterana. -Exactamente lo que les he dicho -dijo Newman-. Un papel escrito por su marido después de que le diese usted por muerto, y durante el par de horas anteriores a su regreso. Ya ve que tuvo tiempo; no deberían haberse ausentado tanto rato. En el expone claramente el instinto asesino de su esposa. -Quisiera verlo -observó madame de Bellegarde. -Pensé que así sería -dijo Newman-, y he hecho una copia -y sacó del bolsillo de su chaleco una pequeña hoja plegada. -Déselo a mi hijo -dijo madame de Bellegarde. Newman se lo dio al marqués, cuya madre, mirándole de soslayo, se limitó a decir: «Míralo». Los ojos de monsieur de Bellegarde contenían una pálida avidez que le era inútil intentar disimular; cogió el papel entre sus dedos enguantados y lo abrió. Se hizo un silencio, durante el cual lo leyó. Tuvo tiempo de sobra para leerlo, pero siguió sin decir nada; se quedó mirándolo fijamente. -¿Dónde está el original? -preguntó madame de Bellegarde, con una voz que en realidad era una consumada negación de su impaciencia. -En un lugar muy seguro. Por supuesto, no se lo puedo enseñar -dijo Newman-. Podrían querer apoderarse de él -añadió con una afectación consciente-. Pero ésta es una copia muy correcta... a excepción, claro está, de la caligrafía. Me quedo con el original para enseñárselo a otra persona. Al fin monsieur de Bellegarde alzó la vista, y sus ojos seguían muy ansiosos. -¿A quién pretende enseñárselo? -Bueno, estoy pensando en empezar por la duquesa -dijo Newman-; aquella mujer corpulenta que vi en su baile. Me pidió que fuese a verla, ¿saben? En aquel momento pensé que no tendría muchas cosas que contarle; pero mi pequeño documento nos dará algo de lo que hablar. -Harías bien en quedártelo, hijo mío -dijo madame de Bellegarde. -Sin duda -dijo Newman-; quédeselo y enséñeselo a su madre cuando lleguen a casa. -¿Y después de enseñárselo a la duquesa? -preguntó el marqués, plegando el papel y guardándolo. -Bueno, seguiré con los duques -dijo Newman-. Después, los condes y los barones... todas las personas a las que ustedes tuvieron la crueldad de presentarme en una calidad de la que tenían intención de privarme inmediatamente. He hecho una lista. Por un momento, ni madame de Bellegarde ni su hijo pronunciaron palabra; la vieja dama seguía sentada con los ojos clavados en el suelo; las pupilas empalidecidas de monsieur de Bellegarde estaban fijas sobre el rostro de su madre. Ésta, mirando a Newman, preguntó entonces: -¿Es eso todo lo que tiene que decir? -No, quiero decir unas cuantas palabras más. Quiero decir que espero que entiendan bien lo que me traigo entre manos. Ésta es mi venganza, ¿saben? Me han tratado ante el mundo, convocado con ese expreso propósito, como si no fuese lo bastante bueno para ustedes. Pretendo demostrarle al mundo que, por muy malo que pueda ser yo, no son ustedes las personas más indicadas para decirlo. Madame de Bellegarde volvió a quedarse callada, y a continuación rompió su silencio. Su dominio de sí misma seguía siendo extraordinario. -No hace falta que le pregunte quién ha sido su cómplice. La señora Bread me dijo que ha contratado usted sus servicios. -No acuse a la señora Bread de venalidad -dijo Newman-. Ha guardado el secreto de ustedes durante todos estos años. Les ha dado un largo respiro. Su esposo escribió ese papel delante de sus ojos; lo puso en sus manos con la orden solemne de que lo hiciera público. Tuvo demasiado buen corazón para hacer uso de él. La vieja dama pareció titubear un instante, y después dijo suavemente: -Era la amante de mi esposo. Ésta fue la única concesión a defenderse que se dignó hacer. -Lo dudo -dijo Newman. Madame de Bellegarde se levantó de su banco. -No fueron sus opiniones lo que me comprometí a escuchar, y, si no le queda nada más que contarme, creo que esta extraordinaria entrevista puede darse por concluida -y dirigiéndose al marqués, volvió a cogerle del brazo-. Hijo mío -dijo-, ¡di algo! Monsieur de Bellegarde bajó la vista hacia su madre, pasándose la mano por la frente; luego, con tono tierno, acariciador, preguntó: -¿Qué debo decir? -Sólo hay una cosa que decir -repuso la marquesa-. Que realmente no merecía la pena interrumpir nuestro paseo. Pero el marqués pensó que podía mejorar esto. -Su papel es una falsificación -le dijo a Newman. Newman sacudió un poco la cabeza, con una sonrisa tranquila. -Monsieur de Bellegarde -dijo-, su madre lo hace mejor. Lo ha hecho mejor todo el rato, desde el momento en que los conocí. Es usted una mujer muy valiente, madame -continuó-. Es una inmensa lástima que me haya convertido en su enemigo. Habría sido uno de sus mayores admiradores. -Mon pauvre ami -le dijo madame de Bellegarde a su hijo en francés, y como si no hubiese escuchado estas palabras-, debes llevarme inmediatamente a mi carruaje. Newman dio un paso atrás y dejó que le abandonasen; los miró un momento y vio que madame Urbain salía con su pequeña de una senda lateral para encontrarse con ellos. La vieja dama se inclinó y besó a su nieta. «¡Maldita sea, sí que es valiente!», se dijo Newman, y se fue caminando a casa con un ligero sentimiento de frustración. ¡Era tan inexpresivamente desafiante! Pero después de reflexionar decidió que lo que había presenciado no era una auténtica sensación de seguridad y aún menos una inocencia auténtica. Era tan sólo un estilo muy superior de aplomo impúdico. «¡Espera a que lea el papel! », se dijo a sí mismo; y llegó a la conclusión de que pronto habría de saber de ella. Supo antes de lo esperado. A la mañana siguiente, antes del mediodía, cuando estaba a punto de dar orden de que le sirviesen el almuerzo, le trajeron la tarjeta de monsieur de Bellegarde. «La señora ha leído el papel y ha pasado una mala noche», se dijo Newman. Accedió al instante a recibir a su visita, que entró con los aires de un embajador de una gran potencia que se entrevista con el delegado de una tribu bárbara, al que un absurdo accidente ha permitido, por el momento, ser abominablemente molesto. El embajador, en todo caso, había pasado mala noche, y su aseo intachable no hacía sino poner de relieve el gélido rencor de sus ojos y los tonos moteados de su refinada tez. Permaneció un instante frente a Newman, respirando con rapidez y suavidad y sacudiendo secamente el dedo índice mientras su anfitrión le señalaba una silla. -Lo que he venido a decir se dice pronto -declaró-, y sólo se puede decir sin ceremonias. -Estoy listo para tanto o para tan poco como usted desee -dijo Newman. El marqués echó un breve vistazo en torno a la habitación, y después dijo: -¿En qué condiciones se desprendería usted de su trozo de papel? -¡En ninguna! -exclamó Newman, y mientras, con la cabeza ladeada y las manos a la espalda, sondeaba la turbia mirada del marqués con la suya propia, añadió-: Ciertamente, para eso no merece la pena sentarse. Monsieur de Bellegarde meditó un momento, como si no hubiese oído la negativa de Newman. -Mi madre y yo, anoche -dijo-, estuvimos hablando de su historia. Se sorprenderá usted de saber que consideramos que su pequeño documento es... esto... -y retuvo un instante sus palabras- es genuino. -¡Se olvida de que con ustedes me he acostumbrado a las sorpresas! -exclamó Newman entre risas. -El mínimo respeto que debemos a la memoria de mi padre -continuó el marqués- nos lleva a desear que no se le exponga ante el mundo como el autor de tan... de tan infernal ataque a la reputación de una esposa cuya única culpa fue mostrarse sumisa ante los agravios acumulados. -Ah, ya veo -dijo Newman-. Es por su padre -y se rió con la risa a la que se entregaba cuando más se divertía... una risa insonora, con los labios cerrados. Pero la solemnidad de monsieur de Bellegarde siguió vigente. -Hay varios entre los amigos personales de mi padre a quienes el conocimiento de tan... de tan desgraciada... inspiración les produciría un verdadero pesar. Aun cuando estableciésemos firmemente mediante pruebas médicas la suposición de que la suya era una mente trastornada por la fiebre, il en resterait quelque chose. En el mejor de los casos, haría mal a su reputación. ¡Mucho mal! -No lo intente con pruebas médicas -dijo Newman-. No toque a los médicos y ellos no le tocarán a usted. No me importa que sepa que no les he escrito a ellos. Newman creyó ver síntomas en la máscara descolorida de monsieur de Bellegarde de que esta información era harto pertinente. Pero puede que fuese una mera imaginación; porque el marqués siguió estando majestuosamente discutidor. -Por ejemplo, madame d'Outreville -dijo-, de quien habló usted ayer. No se me ocurre nada que pudiese escandalizarle más que esto. -Ah, estoy bien preparado para escandalizar a madame d'Outreville, sabe usted. Eso está en el programa. Espero escandalizar a un buen número de personas. Monsieur de Bellegarde examinó por un momento el pespunte del dorso de uno de sus guantes. Entonces, sin alzar la vista, dijo: -No le ofrecemos dinero. Suponemos que eso es inútil. Newman, apartándose, dio varias vueltas por el cuarto, y después volvió. -¿Qué es lo que me ofrecen? Por lo que soy capaz de columbrar, la generosidad ha de estar toda de mi parte. El marqués dejó caer los brazos a los costados e irguió un poco más la cabeza. -Lo que le ofrecemos es una oportunidad... una oportunidad que un caballero debería apreciar. La oportunidad de abstenerse de infligir una mancha terrible sobre la memoria de un hombre que, sin duda, tuvo sus defectos, pero que a usted, personalmente, no le hizo ningún daño. -A eso cabe responder dos cosas -dijo Newman-. La primera, en lo que respecta a su «oportunidad», que no me considera usted un caballero. Ése es su objetivo principal, ¿sabe usted? Es una regla pobre que no funciona en ambas direcciones. La segunda es que... bueno, en una palabra, ¡que dice usted grandes monsergas! Newman, que, como ya he dicho, en lo más recio de su amargura había tenido muy presente cierto ideal de no decir nada grosero, fue inmediatamente consciente, no sin remordimiento, de la brusquedad de estas palabras. Pero en seguida observó que el marqués se las tomaba con más tranquilidad de lo que cabría haber esperado. Monsieur de Bellegarde, como el pomposo embajador que era, prosiguió con la política de ignorar lo que de desagradable hubiese en las respuestas de su adversario. Contempló los arabescos dorados de la pared opuesta, y a continuación desplazó su mirada a Newman, como si también él fuese un gran grutesco dentro de un sistema más bien vulgar de decoración de interiores. -Supongo que sabrá que, en lo que a usted respecta, no servirá de nada -dijo el marqués. -¿Qué quiere decir con que no servirá? -Vaya, por supuesto, que se condena a sí mismo. Pero supongo que eso estará incluido en su programa. Se propone usted enfangarnos; cree, espera, que algo del fango se nos pegue. Sabemos, claro está, que eso no es posible -explicó el marqués en un tono de consciente lucidez-; pero se arriesga, y está dispuesto en todo caso a mostrar que también usted tiene las manos sucias. -Es una buena comparación; al menos, la mitad lo es -dijo Newman-. Me arriesgo a que algo se me pegue. Pero, en lo que respecta a mis manos, están limpias. He cogido el asunto con las yemas de los dedos. Monsieur de Bellegarde echó un vistazo al interior de su sombrero. -Todos nuestros amigos están absolutamente de nuestro lado -dijo-. Habrían hecho exactamente lo mismo que hemos hecho nosotros. -Me lo creeré cuando se lo oiga decir a ellos. Mientras, tendré en mejor opinión a la naturaleza humana. El marqués volvió a mirar al interior de su sombrero. -Madame de Cintré sentía un enorme afecto por su padre. Si supiese de la existencia de las pocas palabras escritas de las que se propone hacer usted este uso escandaloso, le exigiría con orgullo que por él le entregase a ella el papel, y lo destruiría sin leerlo. -Es muy posible -replicó Newman-. Pero no lo sabrá. Estuve en ese convento ayer, y sé lo que ella está haciendo. ¡El Señor nos ampare! ¡Adivine si eso consiguió que me sintiese clemente! Al parecer, monsieur de Bellegarde no tenía nada más que sugerir; pero siguió allí de pie, rígido y elegante, como un hombre que creía que su mera presencia tenía un valor argumentativo. Newman le observó, y, sin ceder ni un ápice en el tema principal, sintió un impulso incongruentemente afable de ayudarle a retirarse en buenas condiciones. -Su visita es un fracaso, ya lo ve -dijo-. Ofrece usted demasiado poco. -Proponga algo usted mismo -dijo el marqués. -Devuélvanme a madame de Cintré en el mismo estado en el que me la arrebataron. Monsieur de Bellegarde echó hacia atrás la cabeza y su pálido semblante se ruborizó. -Jamás! -dijo. -¡No pueden! -¡No lo haríamos aunque pudiésemos! En el sentimiento que nos llevó a deprecar su matrimonio, nada ha cambiado. -¡«Deprecar» está bien dicho! -exclamó Newman-. No merecía la pena venir hasta aquí sólo para decirme que no se avergüenzan ustedes de sí mismos. ¡Eso lo podría haber adivinado! El marqués se encaminó lentamente hacia la puerta, y Newman, siguiéndole, se la abrió. -Lo que se propone hacer va a ser muy desagradable -dijo monsieur de Bellegarde-. Eso es muy evidente. Pero no será más que eso. -¡Tal y como yo lo entiendo -respondió Newman-, con eso bastará! Monsieur de Bellegarde se quedó un momento mirando al suelo, como si estuviese escudriñando su ingenio para ver qué más podía hacer para salvar la reputación de su padre. Entonces, con un suspiro pequeño y frío, pareció dar a entender que, a su pesar, rendía al difunto marqués al castigo de su propia depravación. Encogió los hombros de modo apenas perceptible, cogió su elegante paraguas de manos del criado del vestíbulo y, con sus andares de caballero, salió. Newman se quedó escuchando hasta que oyó que se cerraba la puerta; entonces, exclamó lentamente: -¡Bueno, ahora debería empezar a sentirme satisfecho! CAPÍTULO XXV Newman fue a visitar a la cómica duquesa y la encontró en casa. Un anciano caballero con nariz aguileña y un bastón con empuñadura de oro se estaba despidiendo en ese mismo instante; le hizo a Newman una prolongada reverencia mientras se retiraba, y nuestro héroe supuso que era uno de aquellos misteriosos próceres a los que había estrechado la mano en el baile de madame de Bellegarde. La duquesa, en su butaca, de la que no se movió, con un gran tiesto de flores a un lado, una pila de novelas de portada rosa* al otro y una gran pieza de tapiz colgando de su regazo, presentaba una fachada amplia e imponente; pero su aspecto era sumamente agradable, y nada había en su aspecto que pusiese coto a la efusión de las confidencias de Newman. Le habló de flores y de libros, lanzándose a ello con maravillosa presteza; de teatros, de las instituciones tan peculiares del país natal de Newman, de la humedad de París, de la bonita tez de las damas americanas, de las impresiones que de Francia tenía Newman y de lo que opinaba sobre sus habitantes femeninos. Todo esto constituyó un brillante monólogo por parte de la duquesa, que, como muchas compatriotas suyas, era una persona de talante afirmativo más que interrogador, que creaba mots y las ponía ella misma en circulación, y que era propensa a ofrecerle a uno el regalo de una pequeña opinión oportuna, primorosamente envuelta con el papel dorado de un feliz galicismo. Newman había ido a verla con un agravio, pero se encontró sumido en una atmósfera en la que al parecer no se tenía conocimiento de los agravios; una atmósfera en la que nunca había penetrado el escalofrío del malestar, y que parecía componerse exclusivamente de suaves, dulces y trasnochados perfumes intelectuales. Le sobrevino de nuevo la sensación con que había contemplado a madame d'Outreville en el pérfido festival de los Bellegarde; se le antojaba una anciana prodigiosa en una comedia, especialmente buena en su papel. Observó al poco rato que no le hacía ninguna pregunta sobre sus amistades comunes; no hizo alusión alguna a las circunstancias en que le había sido presentado Newman. Ni fingía ignorar que había habido un cambio en estas circunstancias ni pretendía darle el pésame por ello, sino que sonreía y discurseaba y comparaba las lanas de suaves tintes de su tapiz, como si los Bellegarde y su maldad no fuesen de este mundo. « ¡Está rehuyendo el tema! », se dijo Newman; y, una vez hecha la observación, se vio inducido a seguir observando de qué manera saldría airosa la duquesa de su propia indiferencia. Lo hizo con maestría. No había ni un destello de conciencia disimulada en aquellos ojillos claros y efusivos que constituían su más cercana aspiración al encanto personal; no había ni un solo síntoma de aprensión a que Newman frisase el terreno que ella se proponía evitar. «A fe mía, qué bien lo hace -comentó para sus adentros-. Se mantienen unidos con valentía, y, puedan o no otras personas confiar en ellos, no cabe duda de que pueden confiar los unos en los otros.» Newman, a la sazón, empezó a admirar a la duquesa por sus elegantes modales. Tenía la sensación, y no se equivocaba, de que no era ni una pizca menos cortés de lo que habría sido si su matrimonio siguiera en perspectiva; pero también sentía que no era ni una pizca más cortés. Newman había venido, razonaba la duquesa... sabe Dios por qué había venido, después de lo ocurrido; y durante esa media hora, por tanto, sería charmante. Pero no volvería a verle. Como no se le ponía en bandeja ninguna oportunidad para contar su historia, Newman caviló acerca de estas cosas con más desapasionamiento del que cabría haber esperado; estiró las piernas, como siempre, e incluso se rió entre dientes, a modo de aprobación y en silencio. Y entonces, mientras ella le seguía relatando una mot con la que su madre había desairado al gran Napoleón, se le ocurrió que el hecho de que la duquesa evadiese un capítulo de la historia francesa que a él personalmente le resultaba más interesante posiblemente obedeciera a una extrema consideración a sus sentimientos. Quizá se tratase de delicadeza por parte de la duquesa, y no de sagacidad. Estaba a punto de decir algo, para que la oportunidad que se había propuesto darle fuese aún mejor, cuando el criado anunció otra visita. La duquesa, al oír el nombre -era el de un príncipe italiano- hizo un mohín imperceptible y le dijo rápidamente a Newman: «Le ruego que se quede; deseo que esta visita sea breve». Al oír esto, Newman se dijo que madame d'Outreville tenía la intención, después de todo, de que hablasen sobre los Bellegarde. El príncipe era un hombre bajo y fornido, con una cabeza desproporcionadamente grande. Tenía la tez morena y cejas pobladas, bajo las cuales sus ojos exhibían una expresión un tanto desafiante; parecía que le retaba a uno a que insinuase que estaba mal proporcionado por la parte superior. La duquesa, a juzgar por su encomienda a Newman, le consideraba un pelmazo; pero esto no se ponía en evidencia en el torrente desenfrenado de su conversación. La duquesa hizo una serie nueva de mots, describió con gran acierto el intelecto italiano y el sabor de los higos de Sorrento, predijo el futuro eventual del reino italiano (hastío del régimen brutal de Cerdeña y regresión completa, en toda la península, al sacro poder del Padre Santo), y, finalmente, refirió la historia de los amoríos de la Princesa X. Esta última narración fue objeto de ciertas rectificaciones por parte del principe, que, como él mismo dijo, reclamaba cierto conocimiento de la cuestión; y, seguro ya de que Newman no estaba de humor para reírse, ni en relación con el tamaño de su cabeza ni con ninguna otra cosa, entró en la controversia con una animación para la que la duquesa, cuando le tachó de pelmazo, no podía haber estado preparada. Las vicisitudes sentimentales de la Princesa X llevaron a una discusión sobre la historia del corazón de la nobleza florentina en general; la duquesa había pasado cinco semanas en Florencia y había recabado mucha información sobre el tema. Esto, a su vez, se fundió con un examen del corazón italiano per se. La duquesa adoptó un punto de vista brillantemente heterodoxo: lo consideraba, entre todos los de su especie, el órgano menos impresionable con que jamás se había topado; relató ejemplos de su falta de impresionabilidad, y terminó declarando que para ella los italianos eran una gente de hielo. El principe se enardeció para refutarla, y su visita resultó realmente deliciosa. Newman, como es natural, estaba al margen de la conversación; estuvo sentado con la cabeza un poco ladeada, mirando a los interlocutores. La duquesa, mientras hablaba, le miraba con frecuencia y sonreía, como para darle a entender, con el encantador estilo de su nación, que sólo de él dependía decir algo que viniese muy al caso. Pero Newman nada dijo, y al final sus pensamientos empezaron a extraviarse. Una sensación curiosa le invadió... la súbita conciencia de lo absurdo de su misión. Al fin y al cabo, ¿qué demonios tenía que decirle él a la duquesa? ¿En qué le iba a beneficiar a él contarle que los Bellegarde eran unos traidores y que la vieja dama, por añadidura, era una asesina? Moralmente, parecía haber dado una especie de voltereta, y, en consecuencia, haberse encontrado con que las cosas tenían otro aspecto. De pronto, sintió que se fortalecía su voluntad y que su reserva se agudizaba. ¿En qué diablos había estado pensando cuando se imaginó que la duquesa podría ayudarle, y que contribuiría a su consuelo llevarla a pensar mal de los Bellegarde? ¿Qué le importaba a él su opinión de los Bellegarde? Sólo era una pizca más importante que la opinión que los Bellegarde albergaban de ella. Ayudarle a él la duquesa... esa mujer fría, corpulenta, blanda, artifical... ¿ayudarle?... ella, que en los últimos veinte minutos había erigido entre ambos un muro de conversación cortés, en el que a todas luces se hacía la ilusión de que Newman nunca encontraría una puerta de acceso. ¿Hasta ese punto había llegado: a estar pidiendo favores a personas engreídas, y suplicando condolencia cuando él no tenía condolencia alguna que ofrecer? Apoyó los brazos sobre las rodillas, y durante unos minutos se quedó mirando su sombrero. Los oídos le zumbaban: había estado a punto de ser un estúpido. Quisiera o no la duquesa escuchar su historia, no se la contaría. ¿Iba a quedarse ahí sentado otra media hora por mor de desenmascarar a los Bellegarde? ¡Al infierno los Bellegarde! Se levantó bruscamente y se acerco a estrecharle la mano a su anfitriona. -¿No puede quedarse más? -preguntó ésta, muy cortésmente. -Me temo que no -dijo él. La duquesa titubeó un momento, y después declaró: -Pensaba que tenía algo concreto que contarme. Newman la miró; se sintió un poco mareado; en ese momento le pareció que estaba volviendo a hacer la voltereta. El pequeño príncipe italiano acudió en su auxilio: -Ah, madame, ¿quién no lo tiene? -suspiró suavemente. -No enseñe al señor Newman a decir fadaise* -dijo la duquesa-. Tiene el mérito de no saber hacerlo. -Sí, no sé decir fadaises -dijo Newman-, y no quiero decir nada grosero. -Estoy segura de que es usted muy atento -dijo la duquesa con una sonrisa; y le hizo un pequeño gesto a modo de despedida, con el que Newman se marchó. Una vez en la calle, se quedó un rato en la acera preguntándose si, después de todo, no sería un estúpido por no haber descargado su pistola. Y luego decidió que hablarle a cualquiera de los Bellegarde le sería extremadamente desagradable. Lo menos desagradable, en esas circunstancias, era expulsarlos de su cabeza y no volver a pensar en ellos jamás. La indecisión no había sido hasta entonces una de las debilidades de Newman, y en este caso no duró mucho. Durante los tres días siguientes no pensó, o al menos procuró no hacerlo, en los Bellegarde. Cenó con la señora Tristram, y cuando ésta mencionó el nombre le rogó casi con severidad que desistiera. Esto le dio a Tom Tristram la tan anhelada oportunidad de darle el pésame. Se inclinó hacia adelante, apoyando su mano sobre el brazo de Newman, comprimiendo los labios y sacudiendo la cabeza. -Sabe, amigo mío, el caso es que jamás debería haberse metido en esto. No fue cosa suya, ya lo sé... fue mi esposa. Si quiere darle mano dura, yo me apartaré; le doy permiso para pegarle todo lo fuerte que quiera. Ya sabe usted que en toda su vida jamás ha oído una sola palabra de reproche por mi parte, y creo que necesita algo de ese tipo. ¿Por qué no me escuchará a mi? Ya sabe que yo no creía en ese asunto. Me parecía, como mucho, un delirio amable. No presumo de ser un don Juan o un licencioso Lotario... ese tipo de hombres, ya sabe; pero sí puedo dármelas de saber algo del sexo duro. Jamás, en toda mi vida, me ha desagradado una mujer que luego no haya salido mal. Con Lizzie, por ejemplo, no me engañé lo más mínimo; siempre tuve mis dudas respecto a ella. Piense usted lo que piense de mi actual circunstancia, al menos he de admitir que me metí en ella con los ojos bien abiertos. Imagínese ahora que se hubiese metido usted en un aprieto parecido al mío con madame de Cintré. Puede usted estar seguro de que habría sido de las duras. Y palabra de honor que no sé dónde habría encontrado usted consuelo. En el marqués, no, querido Newman; no era un hombre a quien se pudiese uno acercar para discutir las cosas de una manera amistosa y con sentido común. ¿En algún momento pareció querer tenerle a usted en casa... intentó alguna vez verle a solas? ¿Alguna vez le invitó a que fuese una tarde a fumarse un cigarro con él, o a que entrase, cuando había ido a ver a las damas, a tomarse algo? No creo que él le hubiese dado muchos ánimos. Y en cuanto a la anciana, daba la impresión de ser un trago especialmente duro. Aquí tienen una expresión buenísima, sabe usted; dicen «simpático». Todo es «simpático»... o debería serlo. Ahora bien, madame de Bellegarde es tan simpática como esa mostacera. Son una maldita panda de insensibles, en todo caso; lo noté muchísimo en aquel baile suyo. ¡Me sentía como si estuviese paseándome de arriba abajo por el Armoury, en la torre de Londres! Querido muchacho, no me considere un vulgar bruto por insinuarlo, pero no lo dude, lo único que querían era su dinero. De eso sé algo; ¡me doy cuenta de cuándo la gente quiere el dinero de uno! Por qué dejaron de querer el suyo, eso ya no lo sé; supongo que porque podían sacárselo a otro sin tanto esfuerzo. No merece la pena averiguarlo. Puede que no fuese madame de Cintré la primera en echarse atrás; es muy probable que la vieja la empujase a ello. Sospecho que ella y su madre son uña y carne, ¿eh? Se ha librado de una buena, amigo; convénzase de ello. Si me expreso con tanta vehemencia es por lo mucho que le quiero; y desde este punto de vista puedo decir que habría estado tan dispuesto a ganarme los favores de ese cacho de grandeza pálida como los del Obelisco de la plaza de la Concordia. Durante esta arenga, Newman no dejó de mirar a Tristram con ojos apagados; hasta ahora jamás había pensado de sí mismo que hubiese rebasado tan completamente la fase de idéntica camaradería con él. La mirada de la señora Tristram a su marido tenía más brillo; se volvió hacia Newman con una sonrisa ligeramente truculenta. -Al menos, debe hacerle justicia al acierto con que el señor Tristram repara las indiscreciones de una esposa demasiado entusiasta. Pero incluso sin la ayuda de los aciertos conversacionales de Tom Tristram, Newman habría empezado a pensar de nuevo en los Bellegarde. Solamente podía dejar de pensar en ellos cuando dejaba de pensar en su pérdida y su privación, y hasta ahora los días no habían aligerado sino escasamente el peso de su incomodidad. En vano le rogó la señora Tristram que se animase; le aseguró que verle el semblante la hacía muy desgraciada. -¿Cómo puedo evitarlo? -preguntó Newman con voz temblorosa-. Me siento como un viudo... y un viudo que ni siquiera tiene el consuelo de poder quedarse junto a la tumba de su esposa... que no tiene derecho ni a ponerse una gasa de luto en el sombrero. Me siento -añadió al instante- como si mi mujer hubiese sido asesinada y sus asesinos todavía anduviesen sueltos. La señora Tristram no hizo ninguna réplica inmediata, pero al cabo dijo, con una sonrisa que, en la medida en que era forzada, fingió con menos éxito que el que solía tener en sus labios ese tipo de sonrisas: -¿Está usted muy seguro de que habría sido feliz? Newman la miró un momento, y después sacudió la cabeza. -Eso que dice es endeble -dijo-; no sirve. -Bueno -dijo la señora Tristram con un denuedo más triunfal-, pues yo no creo que hubiese sido usted feliz. Newman soltó una risita. -Diga entonces que habría sido desdichado; es un tipo de desdicha que habría preferido a cualquier felicidad. La señora Tristram empezó a cavilar. -Habría tenido curiosidad por verlo; habría sido muy extraño. -¿Fue por curiosidad por lo que me apremió a que intentase casarme con ella? -Un poco -dijo la señora Tristram, volviéndose cada vez más atrevida. Newman le dirigió la única mirada de enojo que le había sido destinado dirigirle jamás, se dio la vuelta y cogió su sombrero. Ella le miró un momento, y entonces dijo-: Suena muy cruel, pero lo es menos de lo que suena. La curiosidad forma parte de casi todo lo que hago. Tenía muchas ganas de ver, primero, si un matrimonio así podía, de hecho, celebrarse; segundo, qué ocurriría si se celebraba. -Así que usted no creía -dijo Newman con resentimiento. -Sí, creía... creía que se celebraría, y que usted sería feliz. Si no, habría sido, con todas mis especulaciones, una criatura muy despiadada. Pero -continuó, posando la mano sobre el brazo de Newman y aventurando una sonrisa grave- ¡fue el vuelo más alto que jamás emprendió una imaginación medianamente audaz! Poco después le recomendó que abandonase París y que viajase durante tres meses. Un cambio de escenario le haría bien, y olvidaría antes su desgracia en ausencia de los objetos que habían sido sus testigos. -A decir verdad -dijo Newman-, me siento como si abandonarla a usted, al menos, fuese a hacerme bien... y a costarme muy poco esfuerzo. Se está usted volviendo cínica; me escandaliza y me hiere. -Muy bien -dijo la señora Tristram, con benevolencia o con cinismo, lo que se considere más probable-. Sin duda, volveré a verle. Newman tenía enormes deseos de alejarse de París; se le antojaba que las luminosas calles por las que había paseado en sus horas más felices, y que en aquellos tiempos parecían exhibir una luminosidad más intensa en honor a su felicidad, participaban ahora del secreto de su derrota y la despreciaban con actitud de brillante escarnio. Iría a algún sitio; poco le importaba adónde; hizo los preparativos. Entonces, una mañana, al azar, se dirigió hasta el tren que le transportaría a Bolonia y desde allí le despacharía rumbo a las costas de Gran Bretaña. Mientras rodaba el tren, se preguntó qué había sido de su venganza, y fue capaz de decir que la había archivado provisionalmente en un lugar muy seguro; ahí se quedaría hasta que fuese requerida. Llegó a Londres justo a mediados de lo que se llama «la temporada», y al principio le pareció que aquí podría encontrar ocasiones para distraerse de su congoja. No conocía a nadie en Inglaterra, pero el espectáculo de la vigorosa metrópolis le hizo elevarse un poco por encima de su apatía. Todo lo que fuera enorme solía gozar del favor de Newman, y las numerosas energías y actividades de Inglaterra despertaron en su interior una insulsa viveza para la contemplación. Consta en acta que el clima, en aquel momento, era de la mejor calidad inglesa; dio largos paseos y exploró Londres en todas direcciones; se sentó horas enteras en Kensington Gardens y junto a la avenida contigua, observando a las personas, los caballos y los carruajes; las sonrosadas bellezas inglesas, los admirables dandis ingleses y los espléndidos lacayos. Fue a la ópera y le pareció mejor que en París; fue al teatro y descubrió un sorprendente atractivo en escuchar los diálogos, cuyas agudezas más sutiles estaban al alcance de su comprensión. Hizo varias excursiones al campo, recomendadas por el camarero de su hotel, con quien, en esta y en otras cuestiones similares, había entablado una relación de confianza. Observó los ciervos de Windsor Forest y admiró el Támesis desde Richmond Hill; comió arenques y pan negro y mantequilla en Greenwich, y se paseó por la herbosa sombra de la catedral de Canterbury. También visitó la torre de Londres y la exposición de madame Tussaud. Un día se le ocurrió ir a Sheffield, y acto seguido, pensándolo mejor, renunció a ello. ¿Por qué habría de ir a Sheffield? Tenía la sensación de que el vínculo que le unía a un posible interés por la industria manufacturera de cuchillos se había roto. No sentía deseo alguno de tener una «visión desde dentro» de ninguna empresa de éxito, y no habría pagado ni una suma ínfima por el privilegio de discutir los detalles de los más «espléndidos» negocios con el más sagaz de los superintendentes. Una tarde, entró en Hyde Park y se abrió paso lentamente por el laberinto humano que bordea la avenida. El desfile de carruajes no era menos denso, y Newman, como siempre, se maravilló ante las extrañas figuras deslucidas que veía tomar el aire en algunos de los vehículos más imponentes. Le recordaban lo que había leído acerca de las culturas orientales y sureñas, donde a veces se sacaba a grotescos ídolos y fetiches de sus templos y se los llevaba lejos en carrozas de oro para mostrárselos a la multitud. Vio una gran cantidad de caras bonitas bajo sombreros con altas plumas mientras iba abriéndose paso por espesas oleadas de muselina arrugada; y, sentadas en sillitas a la sombra de árboles ingleses grandes y serios, reparó en unas cuantas doncellas de ojos serenos, que sólo parecían recordarle de nuevo que la magia de la belleza se había ido del mundo con madame de Cintré; por no decir nada de otras damiselas cuyos ojos no estaban en reposo, y que se le antojaron aún más una sátira de todo consuelo posible. Llevaba un rato caminando cuando, justo delante de él, transportadas por la brisa veraniega, oyó varias palabras pronunciadas en ese vivo idioma parisino que sus oídos habían empezado a sentir como extraño. La voz en que fueron pronunciadas le recordó aún más una cosa que en tiempos le había sido familiar, y, al dirigir la mirada, la voz dio identidad a la elegancia común del cabello y los hombros de una joven que caminaba en su misma dirección. Mademoiselle Nioche, al parecer, había venido a Londres en busca de una promoción más rápida, y un segundo vistazo hizo suponer a Newman que la había encontrado. A su lado paseaba un caballero, prestando atentos oídos a su conversación y extasiado en demasía para despegar los labios. Newman no oyó su voz, pero se percató de que exhibía la expresión dorsal de un inglés bien vestido. Mademoiselle Nioche llamaba la atención: las mujeres que se cruzaban con ella se volvían para estudiar la perfección parisina de su atuendo. Una gran catarata de volantes bajó rodando desde la cintura de la joven hasta los pies de Newman; tuvo que echarse a un lado para evitar hollarlos. De hecho, se hizo a un lado con una decisión en el movimiento que la ocasión apenas exigía; y es que incluso tan fugaz visión de la señorita Noémie había estimulado su resquemor. Era como un odioso borrón sobre la faz de la naturaleza; quería apartarla de su vista. Pensó en Valentin de Bellegarde, tierno aún bajo la tierra de su sepelio: su joven vida cercenada por esta floreciente insolencia. El perfume de las galas de la joven le dio náuseas; volvió la cabeza e intentó desviarse de su camino, pero la presión de la muchedumbre le retuvo junto a ella unos cuantos minutos más, de modo que oyó lo que estaba diciendo. -Ay, estoy segura de que me echará de menos -murmuró-. Fue muy cruel por mi parte dejarle; me temo que me considerará usted una criatura sin corazón. Podría haber venido con nosotros perfectamente. Creo que no se encuentra muy bien -añadió-; hoy me parecía que no estaba muy alegre. Newman se preguntó de quién estaría hablando, pero justo entonces un hueco abierto entre sus vecinos le permitió alejarse, y se dijo que probablemente estuviese rindiendo homenaje al decoro británico y representando una tierna inquietud por su padre. ¿Seguiría el infeliz anciano recorriendo el sendero del libertinaje tras los pasos de su hija? ¿Seguiría dándole el beneficio de su experiencia en los negocios, y habría cruzado el mar para servirle de intérprete? Newman caminó un poco más, y luego empezó a retomar sus pasos, cuidándose de no volver a cruzar la órbita de mademoiselle Nioche. Al fin buscó una silla bajo los árboles, pero le fue di ícil encontrar una vacía. Estaba a punto de renunciar a la búsqueda cuando vio que un caballero se levantaba del asiento que había estado ocupando, permitiendo así que él lo cogiese sin mirar a sus vecinos. Se sentó ahí un rato sin hacerles caso; su atención estaba enfrascada en la irritación y la amargura que le había producido su reciente atisbo de la inicua vitalidad de la señorita Noémie. Pero al cabo de un cuarto de hora, al bajar los ojos, vio que había un perro pequeño y chato acurrucado cerca de sus pies, sobre el sendero: un ejemplar diminuto, pero muy perfecto, de su interesante especie. El perro olisqueaba con su hociquillo negro al mundo elegante mientras pasaba; le impedía extender su investigación una larga cinta atada a su collar con un enorme lazo, y sostenida por la mano de una persona que estaba sentada junto a Newman. A esta persona trasladó Newman su atención, y percibió al punto que él era objeto de toda la de su vecino, que le miraba fijamente con un par de pequeños ojos blancos. Reconoció aquellos ojos al instante; llevaba sentado durante el último cuarto de hora junto a monsieur Nioche. Había tenido la vaga sensación de que alguien le observaba. Monsieur Nioche siguió mirando; parecía que le daba miedo moverse, incluso hasta el punto de rehuir la mirada de Newman. -¡Santo cielo! -dijo Newman-; ¿también está usted aquí? -y miró el desamparo de su vecino con más espanto que del que fue consciente. Monsieur Nioche llevaba un sombrero nuevo y un par de guantes de piel de cabrito; también su ropa parecía pertenecer a una antigüedad más reciente que la de antaño. De su hombro colgaba una mantilla de señora -un tejido ligero y brillante, con una puntilla de encaje blanco- que al parecer había sido confiada a su custodia; y la cinta azul del perrillo estaba firmemente enrollada en torno a su mano. No había en su rostro ninguna expresión de reconocimiento... ni, de hecho, de nada, salvo de una especie de pavor endeble y fascinado. Newman miró al perro y la mantilla de encaje, y volvió a encontrarse de nuevo con los ojos del anciano-. Usted me conoce -prosiguió-. Me podría haber hablado antes -monsieur Nioche seguía sin decir nada, pero a Newman le dio la impresión de que sus ojos empezaban a humedecerse levemente-. No esperaba -continuó nuestro héroe- encontrarle tan lejos de... del Café de la Patrie -el anciano guardaba silencio, pero no cabía duda de que Newman había tocado la fuente de las lágrimas. Su vecino, sentado, le miraba fijamente, y Newman añadió-: ¿Qué ocurre, monsieur Nioche? Antes hablaba... decía cosas muy bonitas. ¿No recuerda que incluso daba clases de conversación? Ante esto, monsieur Nioche decidió cambiar de actitud. Se encorvó y cogió al perro, se lo acercó a la cara y se enjugó los ojos en su lomo pequeño y suave. -Tengo miedo de hablarle -dijo al cabo, mirando por encima del hombro del cachorro-. Esperaba que no advirtiera mi presencia. Me debería haber cambiado de sitio, pero temía que me viese si lo hacía. Así que me quedé muy quieto. -Sospecho que tiene mala conciencia, señor -dijo Newman. El anciano bajó al perrillo y lo sostuvo con cuidado sobre su regazo. Entonces sacudió la cabeza, con los ojos todavía clavados en su interlocutor. -No, señor Newman, tengo buena conciencia -murmuró. -Entonces, ¿por qué habría de querer escabullirse de mí? -Porque... porque no comprende usted mi postura. -Ah, creo que ya me la explicó en cierta ocasión -dijo Newman-. Pero parece que ha mejorado. -¡Mejorado! -exclamó monsieur Nioche, entre dientes-. ¿Llama usted mejorar a esto? -y miró al soslayo los tesoros que tenía en brazos. -Vaya, está usted viajando -replicó Newman-. Una visita a Londres en plena temporada es, qué duda cabe, signo de prosperidad. Monsieur Nioche, a modo de respuesta a esta cruel muestra de ironía, volvió a llevarse al perrillo a la cara, escrutando a Newman desde sus pequeñas cuencas inexpresivas. Hubo algo casi imbécil en el movimiento, y Newman apenas supo si se estaba refugiando en una cómoda afectación de irracionalidad o si, de hecho, había pagado por su deshonra con la pérdida de sus cabales. En el segundo caso, justo ahora apenas sentía más ternura por el ridículo anciano que en el primero. Responsable o no, en ambos casos era cómplice de esa hija suya detestablemente enredadora. Newman se disponía a abandonarle con brusquedad cuando le pareció que de la mirada empañada del anciano salía un rayo de súplica. -¿Se marcha? -preguntó. -¿Quiere que me quede? -dijo Newman. -Debería haberle dejado yo... por consideración. Pero mi dignidad se resiente al dejarme usted... de ese modo. Monsieur Nioche miró a su alrededor para comprobar que no había nadie escuchando, y después dijo, con voz baja pero clara: -¡No la he perdonado! Newman soltó una breve risa, pero el anciano no pareció percibirla; contemplaba, ausente, alguna imagen metafisica de su propia implacabilidad. -No importa demasiado que la perdone o no -dijo Newman-. Hay otras personas que no lo harán, se lo aseguro. -¿Qué es lo que ha hecho? -interrogó blandamente monsieur Nioche, volviendo a darse la vuelta-. No sé lo que hace, sabe usted. -Ha hecho un daño diabólico; no importa qué -dijo Newman-. Es un estorbo; habría que pararla. Monsieur Nioche sacó la mano disimuladamente y la posó con mucho tiento sobre el brazo de Newman. -Pararla, sí -susurró-. Eso es. Pararla en seco. Se está escapando... hay que pararla -hizo una breve pausa y miró a su alrededor-. Tengo la intención de pararla -siguió-. Sólo estoy aguardando mi oportunidad. -Ya veo -dijo Newman, volviendo a reírse brevemente-. Se está escapando y usted corre tras ella. ¡Ha recorrido una larga distancia! Pero monsieur Nioche miró con insistencia. -¡La pararé! -repitió suavemente. Apenas acababa de hablar cuando la muchedumbre que tenían delante se abrió, como con el impulso de dejar paso a algún personaje importante. Entonces, por la brecha, avanzó mademoiselle Nioche acompañada del caballero a quien Newman había observado hacía poco. Al mostrarle ahora el rostro a nuestro héroe, éste reconoció las facciones irregulares, el semblante apenas más regular y la expresión amistosa de lord Deepmere. Noémie, al encontrarse de súbito frente a Newman, que, al igual que monsieur Nioche, se había levantado de su asiento, balbuceó por un instante casi imperceptible. Le hizo un pequeño gesto de saludo, como si acabara de verle el día anterior, y a continuación, con una sonrisa cordial, dijo: «¡Tiens, no dejamos de encontrarnos!». Estaba consumadamente bonita, y el frente de su vestido era una espléndida obra de arte. Se acercó a su padre extendiendo las manos para coger al perrillo, que fue sumisamente depositado en ellas, y empezó a besarlo y a murmurar por encima de él: -¡Y pensar que le he dejado solo... vaya criatura tan malvada y abominable que debe de creerme! Ha estado muy malo -añadió, dándose la vuelta y fingiendo explicárselo a Newman, con un destello de impudicia infernal, fino como una aguja, en los ojos-. Me parece que el clima inglés no le sienta bien. -Parece que a su dueña le sienta estupendamente bien -dijo Newman. -¿Se refiere a mí? Nunca he estado mejor, gracias -declaró la señorita Noémie-. Pero con milord -y dirigió una mirada luminosa a su reciente acompañante-, ¿cómo puede una evitar estar bien? -se sentó en la silla de la que se había levantado su padre, y empezó a arreglar el lazo del perrillo. Lord Deepmere arrostró todo el bochorno que podía desprenderse de este inesperado encuentro con el inferior donaire correspondiente a un varón y a un británico. Se ruborizó sobremanera, y saludó al objeto de su antigua aspiración pasajera a rivalizar por los favores de una persona distinta de la dueña del perro inválido con un ademán torpe y una rápida jaculatoria; una jaculatoria a la que Newman, a quien a menudo le era difícil entender el habla de los ingleses, fue incapaz de atribuirle ningún significado. Después el joven se quedó allí, con la mano en la cadera y con una sonrisita consciente, mirando de refilón a la señorita Noémie. Súbitamente, pareció que se le había ocurrido una idea, y dijo, dirigiéndose a Newman: -Ah, ¿la conoce? -Sí -dijo Newman-, la conozco. Creo que usted no. -¡Cielos, claro que la conozco! -dijo lord Deepmere, con otra sonrisita-. La conocí en París... a través de mi pobre primo Bellegarde, sabe usted. Él la conocía, pobre tipo, ¿no es cierto? Fue ella, sabe usted, quien estuvo en el fondo de su lance. Terriblemente triste, ¿no cree? -continuó el joven, que con el parloteo intentaba alejar el bochorno tanto como se lo permitía su simple naturaleza-. Sacaron no sé qué historia sobre si había sido por el Papa; que si el otro hombre había dicho algo contra la moralidad del Papa... Siempre lo hacen, sabe. Se lo achacaron al Papa porque Bellegarde estuvo en tiempos con los Zuavos. Pero fue sobre la moralidad de ella... ¡ella era el Papa! -prosiguió lord Deepmere dirigiendo una mirada iluminada por esta galantería a mademoiselle Nioche, que se estaba inclinando graciosamente sobre su perro faldero, al parecer embebida en una conversación con él-. Me atrevería a decir que considera bastante extraño que yo... esto... mantenga la relación -reanudó el joven-; pero al fin y al cabo ella no pudo evitarlo, sabe, y Bellegarde sólo era mi vigésimo primo. Yo diría que usted considera bastante descarado que me muestre con ella en Hyde Park, pero, como ve, aún no es conocida, y está en muy buena forma... -y la conclusión de lord Deepmere se perdió en la mirada testificativa que volvió a dirigir a la joven. Newman se dio la vuelta; estaba recibiendo más de lo que era de su agrado. Monsieur Nioche se había apartado a un lado al llegar su hija, y allí permaneció, en un arco muy reducido, con la mirada fija en el suelo. Nunca, hasta ahora, había venido tan a propósito entre él y Newman dejar constancia del hecho de que no había perdonado a su hija. Mientras Newman empezaba a marcharse, alzó la vista y se acercó a él, y éste, al ver que el anciano tenía algo concreto que decirle, inclinó la cabeza un instante. -Algún día lo verá en los periódicos -murmuró monsieur Nioche. Nuestro héroe partió para ocultar su sonrisa, y hasta el día de hoy, a pesar de que los periódicos son su principal lectura, sus ojos no han sido atraídos por ningún párrafo que constituya una secuela a este aviso. CAPÍTULO XXVI En esa observación inexperta del gran espectáculo de la vida inglesa que he mencionado de pasada, cabe suponer que Newman pasó muchos días monótonos. Pero la monotonía de sus días le agradaba; en su melancolía, que se estaba instalando en una segunda fase, como una herida que cicatriza, había cierta dulzura acre y sabrosa. Encontraba compañía en sus pensamientos, y de momento no deseaba ninguna otra. No sentía deseo alguno de entablar relaciones, y dejó intactas un par de cartas de presentación que le había enviado Tom Tristram. Pensaba mucho en madame de Cintré; a veces, con una tranquilidad tenaz que, durante todo un cuarto de hora, podría haber parecido rayana en el olvido. Volvía a vivir las horas más felices que le había sido dado conocer: aquella cadena plateada de días contados en los que sus visitas vespertinas, que tendían de manera evidente al resultado ideal, habían sutilizado su buen humor hasta convertirlo en una especie de intoxicación espiritual. Regresaba a la realidad, después de estos ensueños, con una sacudida un tanto sorda; había empezado a sentir la necesidad de aceptar lo inalterable. En otros momentos, la realidad era de nuevo una infamia y lo inalterable una impostura, y se abandonaba a su furioso desasosiego hasta quedarse rendido. Pero en general caía en un estado de ánimo más bien reflexivo. Sin proponérselo ni saberlo en lo más mínimo, intentaba interpretar la moraleja de su extraño revés. Se preguntaba, en sus ratos más serenos, si no sería acaso, al fin y al cabo, más mercantil de lo que resultaba grato. Sabemos que fue en respuesta a una fuerte reacción contra cuestiones exclusivamente mercantiles como había llegado a decidirse por el recreo estético en Europa; puede, por tanto, comprenderse que fuese capaz de concebir que un hombre podía ser demasiado mercantil. Estaba perfectamente dispuesto a admitirlo, pero la concesión, en lo referente a su propio caso, no iba acompañada de ningún sentimiento opresivo de vergüenza. Si había sido demasiado mercantil, con mucho gusto lo olvidaría, pues con serlo no le había hecho a nadie ningún mal que no pudiese olvidarse con la misma facilidad. Meditó con sobria placidez que, al menos, no había monumentos de su «vileza» esparcidos por el mundo. Si había en la naturaleza de las cosas algún motivo para que su vínculo con los negocios hubiese de haber arrojado una sombra sobre un vínculo -incluso un vínculo roto- con una mujer a justo título orgullosa, estaba dispuesto a borrarlo de su vida para siempre. Esto parecía una posibilidad; qué duda cabe de que no podía sentirlo tan intensamente como otras personas, y apenas le parecía que le mereciese la pena batir las alas con fuerza para estar a la altura de la idea; pero era capaz de sentirlo lo suficiente para hacer cualquier sacrificio que todavía quedase por hacer. En cuanto a en aras de qué habría de hacer ahora este sacrificio, aquí Newman se paraba en seco ante un muro desnudo sobre el que a veces se movían unas imágenes umbrosas. Fantaseaba con vivir su vida tal y como la habría encauzado si madame de Cintré hubiese sido para él: convertir en religión el no hacer nada que a ella le hubiese desagradado. Cierto es que en esto no había ningún sacrificio, y sí un rayo pálido y evasivo de inspiración. Sería un entretenimiento solitario, muy similar al de un hombre que habla solo ante el espejo a falta de mejor compañía. Aun así, la idea le procuró a Newman bastantes minutos de muda exaltación mientras se hallaba sentado, con las manos en los bolsillos y las piernas estiradas, frente a los restos de una cena caramente pobre, en el imperecedero crepúsculo inglés. Sin embargo, aunque su imaginación comercial estaba muerta, no sentía ningún desprecio por los resultados por ella engendrados que habían sobrevivido. Se alegraba de haber sido próspero y de haber sido un gran hombre de negocios en vez de uno pequeño; estaba enormemente satisfecho de ser rico. No sentía ningún impulso de vender todo lo que tenía y dárselo a los pobres, ni de retirarse a la economía meditativa y al ascetismo. Se alegraba de ser rico y medianamente joven; cabía pensar en exceso en compras y ventas, y era toda una ganancia tener una buena porción de vida por delante en la que no volver a pensar en ello. A ver, ¿en qué tenía que pensar ahora? Una y otra vez, Newman sólo podía pensar en una cosa; sus pensamientos siempre regresaban al mismo punto, y, cuando lo hacían, con un torrente emocional que parecía expresarse fisicamente en un súbito ahogo en dirección ascendente, se inclinaba hacia adelante -el camarero había salido de la sala- y, apoyando los brazos sobre la mesa, enterraba su desazonado rostro. Se quedó en Inglaterra hasta mediados del verano, y pasó un mes en el campo vagando por catedrales, castillos y ruinas. En varias ocasiones, en paseos que le llevaban desde su posada hasta parques y praderas, hizo un alto junto a un desvencijado portillo, contempló a través del temprano atardecer la torre gris de una iglesia, rodeada de golondrinas que giraban en una densa aureola negruzca, y recordó que esto podría haber formado parte de la diversión de su luna de miel. Jamás había estado tanto tiempo solo ni se había entregado tan poco a diálogos casuales. El periodo de recreo fijado por la señora Tristram al fin había llegado a su término, y se preguntó qué debía hacer ahora. La señora Tristram le había escrito proponiéndole que se reuniese con ella en los Pirineos, pero Newman no estaba de humor para volver a Francia. Lo más sencillo sería dirigirse a Liverpool y embarcarse en el primer vapor americano. Newman se encaminó hacia el gran puerto de mar y reservó su litera; y la noche antes de zarpar se quedó en la habitación de su hotel, con la mirada, ausente y cansina, clavada en una maleta abierta. Sobre ella yacía un montón de papeles que había tenido intención de revisar; algunos podían ser destruidos con toda comodidad. Pero al fin los revolvió bruscamente y los metió en un rincón de la maleta; eran papeles de negocios, y no estaba de humor para examinarlos. Después sacó su billetera y extrajo un papel de menor tamaño que aquellos que había desestimado. No lo desdobló; se limitó a quedarse mirando el dorso. Si por un momento había abrigado la idea de destruirlo, la idea pronto expiró. Lo que el papel sugería era la sensación que reposaba en lo más profundo de su corazón y que ninguna alegría renacida era capaz de sofocar por mucho tiempo: la idea de que, al fin y al cabo y por encima de todo, era un buen tipo agraviado. La idea venía acompañada de una vigorosa esperanza en que los Bellegarde estuviesen disfrutando de su incertidumbre respecto a lo que aún le quedaba por hacer. ¡Cuanto más se prolongase, más la disfrutarían!, sí, en una ocasión había tardado en disparar; quizá, en su extraño estado de ánimo actual, volviese a tardar en disparar. Pero restituyó el papelito a su billetero con suma ternura, y se sintió mejor al pensar en la incertidumbre de los Bellegarde. En ocasiones sucesivas habría de sentirse mejor cada vez que pensaba en ello, mientras iba surcando los mares veraniegos. Desembarcó en Nueva York y viajó a través del continente hasta llegar a San Francicso, y nada de lo que observó por el camino contribuyó a mitigar su sensación de que era un buen tipo agraviado. Vio a muchos buenos tipos más -sus viejos amigos-, pero a ninguno le contó la jugarreta que le habían hecho. Se limitó a decir que la dama con la que se iba a haber casado había cambiado de opinión, y cuando le preguntaban si también él la había cambiado, contestaba: «Qué tal si cambiamos de tema». Les dijo a sus amigos que no había traído a casa «ideas nuevas» de Europa, y su conducta probablemente se les antojó una prueba elocuente de una inventiva en decadencia. No tenía interés en charlar sobre sus asuntos y no manifestaba ningún deseo de revisar sus cuentas. Hizo media docena de preguntas que, como las de un médico eminente que pregunta por síntomas concretos, demostraban que aún sabía de qué estaba hablando; pero no hizo comentarios ni dio instrucciones. No sólo desconcertó a los caballeros de la Bolsa de valores, sino que él mismo se sorprendió del grado de su indiferencia. Como ésta sólo parecía ir en aumento, hizo un esfuerzo por combatirla; intentó interesarse y retomar sus antiguas ocupaciones. Pero le parecían irreales; hiciera lo que hiciera, por alguna razón no conseguía creer en ellas. A veces empezaba a temer que le estuviese pasando algo a su cabeza; que quizá su cerebro se hubiese reblandecido y hubiese llegado el fin de su enérgica actividad. La idea retornaba con una fuerza exasperante. Un holgazán incurable y desvalido, útil para nadie y detestable a sus propios ojos: en esto le había convertido la traición de los Bellegarde. En su inquieta ociosidad volvió de San Francisco a Nueva York, y durante tres días estuvo sentado en el vestíbulo de su hotel contemplando a través de una enorme pared de vidrio cilindrado el incesante desfile de muchachas bonitas vestidas al estilo de París, que pasaban cimbreándose con pequeños paquetes abrazados a sus elegantes figuras. Al cabo de tres días volvió a San Francisco, y nada más llegar deseó haberse quedado lejos. No tenía nada que hacer, sus ocupaciones habían desaparecido y se le antojaba que no volvería a encontrarlas jamás. No tenía nada que hacer aquí, se decía a veces para sus adentros; pero al otro lado del oceáno todavía tenía algo que hacer; una cosa que había dejado inconclusa de manera experimental y especulativa, para ver si podía quedarse satisfecha con su estado de inacabamiento. Pero la cosa en cuestión no estaba satisfecha: tiraba sin cesar de las fibras de su corazón y le martilleaba la cabeza; le murmuraba en los oídos y revoloteaba continuamente ante sus ojos. Se interponía entre todo nuevo propósito y su realización; parecía un terco fantasma suplicando mudamente que le enterrasen. Hasta que no lo hiciera, jamás sería capaz de hacer nada más. Un día, hacia finales del invierno y tras un largo intervalo, recibió una carta de la señora Tristram, al parecer movida por un caritativo deseo de divertir y distraer a su corresponsal. Le contó muchos cotilleos de París, habló del general Packard y de la señorita Kitty Upjohn, enumeró las nuevas obras de teatro e incluyó una nota de su marido, que había bajado a Niza a pasar un mes. Después venía su firma, y tras ésta la posdata. Ésta consistía en las siguientes líneas: «Hace tres días supe por mi amigo el abbé Aubert que madame de Cintré tomó el velo la semana pasada en las Carmelitas. Fue en su vigesimoséptimo cumpleaños, y recibió el nombre de su patrona, santa Verónica. ¡La hermana Verónica tiene toda una vida por delante! ». Esta carta le llegó a Newman por la mañana; al anochecer emprendió el rumbo a París. La herida empezó a dolerle con su furia primera, y durante el largo y desolado viaje el pensamiento de la «vida por delante» de madame de Cintré, transcurrida entre muros carcelarios en cuyo exterior podría estar él, fue una compañía constante. Ahora se establecería en París para siempre; extraería una especie de felicidad del conocimiento de que, si bien ella no estaba ahí, al menos sí lo estaba el sepulcro pétreo que la retenía. Se dejó caer, de improviso, sobre la señora Bread, a quien encontró cumpliendo su solitaria guardia en los grandes salones vacíos del Boulevard Haussmann. Estaban tan pulcros como los de una aldea holandesa; la tarea exclusiva de la señora Bread había sido quitar partículas aisladas de polvo. No se quejó, sin embargo, de su soledad, pues según su filosofía un criado no era más que una máquina misteriosamente ideada, y tan extravagante sería que una ama de llaves comentase las ausencias de un caballero como que un reloj observase que no le habían dado cuerda. No había ningún reloj, suponía la señora Bread, que contuviese todo el tiempo, y no había ningún criado que pudiese disfrutar de toda la luz del sol que irradia la carrera de un patrón exigente. Se atrevió, no obstante, a expresar su modesta esperanza de que Newman tuviese la intención de permanecer un tiempo en París. Newman apoyó la mano sobre la de la señora Bread y se la sacudió con dulzura. «Mi intención es quedarme para siempre», dijo. Tras esto fue a ver a la señora Tristram, a quien había telegrafiado y que le estaba esperando. Ésta le miró un momento y sacudió la cabeza. -Esto no servirá de nada -dijo-; ha vuelto usted demasiado pronto. Newman se sentó y preguntó por su marido y sus hijos, incluso intentó preguntar por la señorita Dora Finch. En medio de todo esto, preguntó abruptamente: -¿Sabe dónde está? La señora Tristram vaciló un instante; por supuesto, no se podía estar refiriendo a la señorita Dora Finch. Entonces respondió, con todo decoro: -Se ha marchado al otro edificio... a la Rue de l'Enfer. Cuando Newman llevaba ya un buen rato sentado con un aspecto muy sombrío, continuó: -No es usted tan buen hombre como pensaba. Es usted más... más... -¿Más qué? -preguntó Newman. -Más rencoroso. -¡Santo cielo! -exclamó Newman-; ¿espera usted de mí que perdone? -No, eso no. Yo no he perdonado, así que usted, por supuesto, no puede. ¡Pero podría olvidarse! Su humor ante este asunto es peor de lo que me habría esperado. Parece usted malo... parece peligroso. -Puede que sea peligroso -dijo-; pero no soy malo. No, no soy malo -y se puso en pie para irse. La señora Tristram le invitó a que regresase a cenar, pero él respondió que no tenía ganas de comprometerse a estar presente en un convite, ni siquiera en calidad de invitado solitario. Más tarde, por la noche, si le era posible vendría. Se alejó caminando a través de la ciudad, junto al Sena, y cruzándolo, tomó la dirección de la Rue de l'Enfer. El día tenía la suavidad de la primavera temprana, pero el clima era gris y húmedo. Newman se encontró en una parte de París que conocía poco; una zona de conventos y prisiones, de calles bordeadas por largos muros uniformes y recorridas por escasos transeúntes. En la intersección de dos de estas calles se alzaba la casa de las Carmelitas: un edificio monótono y sin atractivo, rodeado por un escarpado muro desnudo. Desde fuera, Newman podía ver las ventanas superiores, el empinado tejado y las chimeneas. Pero estas cosas no revelaban síntoma alguno de vida humana; el lugar parecía mudo, sordo, inane. El muro pálido, muerto y descolorido se extendía a sus pies hasta muy lejos por la calle lateral desierta; un panorama sin una sola figura humana. Newman estuvo allí mucho tiempo; no había viandantes; era libre para mirar hasta hartarse. Éste parecía ser el objetivo de su viaje; para esto había venido. Era una satisfacción extraña, y aun así era una satisfacción; la calma yerma del lugar parecía ser su propia liberación de su vano anhelo. Le decía que la mujer de intramuros estaba irrevocablemente perdida, y que los días y los años del futuro se apilarían sobre ella como la gran losa inamovible de una tumba. Estos días y años, en este lugar, serían siempre así de grises y silenciosos. De pronto, el pensamiento de que le volvieran a ver allí plantado hizo que el encanto se disipase por completo. No volvería a quedarse ahí de pie; era una melancolía gratuita. Se dio la vuelta con el corazón oprimido, pero más ligero que aquel corazón con el que había venido. Todo había terminado, y también él podía descansar por fin. Volvió a encaminarse por calles estrechas y tortuosas hacia el Sena, y allí vio, cerniéndose sobre su cabeza, las plácidas y anchurosas torres de Notre-Dame. Cruzó uno de los puentes y se quedó un momento en el espacio vacío que hay frente a la gran catedral; después, entró por debajo de las portadas de profusa imaginería. Deambuló nave arriba y se sentó en la espléndida penumbra. Estuvo mucho tiempo sentado; oyó cómo unas campanas lejanas, con largos intervalos, repicaban al resto del mundo. Estaba muy cansado; en ningún sitio podía estar mejor que aquí. No dijo ninguna plegaria; no tenía ninguna plegaria que decir. No tenía nada a lo que estar agradecido, ni nada que pedir; no había nada que pedir porque ahora tenía que cuidar de sí mismo. Pero una gran catedral ofrece una hospitalidad muy variopinta, y Newman se quedó sentado en su sitio, porque mientras estuviese allí estaría fuera del mundo. Lo más desagradable que le había ocurrido en toda su vida había llegado a su término formal, por así decirlo; podía cerrar el libro y guardarlo. Apoyó la cabeza durante un buen rato sobre el banco que tenía enfrente; cuando la levantó, sintió que volvía a ser él. En algún lugar de su cerebro, un nudo estrecho parecía haberse desatado. Pensó en los Bellegarde; casi los había olvidado. Los recordaba como personas a quienes había tenido intención de hacerles algo. Soltó un gemido al recordar lo que había querido hacer; le molestó haber querido hacerlo; de pronto, a su venganza se le había caído el fundamento. Si era caridad cristiana o bondad no regenerada, qué era en el fondo de su alma, no pretendo decirlo yo; pero el último pensamiento de Newman fue que, por supuesto, dejaría en paz a los Bellegarde. De haberlo pronunciado en voz alta, habría dicho que no quería hacerles daño. Le avergonzaba haber querido hacerles daño. Ellos le habían herido, pero en realidad este tipo de cosas no era para nada el juego de Newman. Al fin se puso en pie y salió de la iglesia, más oscura por momentos; no con el paso elástico de un hombre que ha ganado una victoria o que ha tomado una resolución, sino paseándose serenamente, como un hombre de natural bondadoso que aún sigue un poco avergonzado. Al llegar a casa, le dijo a la señora Bread que tenía que molestarle pidiéndole que volviese a meter sus cosas en la maleta que había deshecho la noche anterior. Su gentil ama de llaves le miró con ojos una pizca empañados. -Dios mío, señor -exclamó-, pensé que había dicho que se iba a quedar para siempre. -Quise decir que me iba a quedar fuera para siempre -dijo benévolamente Newman. Y, en efecto, desde su partida de París al día siguiente no ha regresado. Los apartamentos dorados de los que tanto he hablado están listos para recibirle; pero tan sólo sirven de espaciosa residencia para la señora Bread, que, en su eterno errar de habitación en habitación, va ajustando las borlas de las cortinas, y guarda sus honorarios, que puntualmente le trae el empleado de un banquero, en un gran jarrón de Sèvres rosa que está sobre la repisa de la sala de estar. Entrada ya la noche, Newman fue a casa de la señora Tristram y se encontró con que Tom Tristram estaba junto al fuego del hogar. -Me alegro de volver a verle en París -declaró este caballero-. Ya sabe que, en realidad, es el único sitio donde puede vivir un hombre blanco. El señor Tristram le dio una calurosa bienvenida, a su manera optimista, y le ofreció un oportuno resumen del cotilleo francoamericano de los seis últimos meses. Al fin se levantó y dijo que se iba a ir media hora al club. -Supongo que un hombre que ha estado seis meses en California necesita un poco de conversación intelectual. Dejaré que mi esposa haga una intentona con usted. Newman estrechó efusivamente la mano de su anfitrión, pero no le pidió que se quedase; y después volvió a su sitio del sofá, frente a la señora Tristram. Ésta le preguntó al poco rato que qué había hecho después de dejarla. -Nada en especial -dijo Newman. -Me pareció usted -repuso ella- un hombre que está tramando algo. Tenía todo el aspecto de estar decidido a llevar a cabo alguna misión siniestra, y al irse me pregunté si acaso no debería haberle impedido que se marchara. -Sólo me fui al otro lado del río... a las Carmelitas dijo Newman. La señora Tristram le miró un momento y sonrió. -¿Qué hizo allí? ¿Intentó escalar el muro? -No hice nada. Estuve unos minutos mirando el lugar y después me fui. La señora Tristram le dedicó una mirada comprensiva. -¿No se encontraría también, por un casual, con monsieur de Bellegarde -preguntó-, contemplando desesperadamente el muro del convento? Me han dicho que se ha tomado muy mal la conducta de su hermana. -No, me alegra poder decir que no me he encontrado con él -dijo Newman tras una pausa. -Están en el campo -siguió la señora Tristram-; en... ¿cómo se llama ese sitio?... Fleurières. Volvieron allí cuando se marchó usted de Paris y han pasado allí el año en total aislamiento. La pequeña marquesa seguro que lo disfruta; ¡estoy esperando a oír que se ha fugado con el profesor de música de su hija! Newman estaba mirando el claro fuego de leña, pero atendió a esto con sumo interés. Al fin, habló: -Me he propuesto no volver a mencionar jamás el nombre de aquellas personas, y no quiero saber nada más de ellas -y entonces sacó su billetero y extrajo un trozo de papel. Lo miró un instante; después se levantó y se quedó junto al fuego-. Voy a quemarlas -dijo-. Me alegro de tenerla por testigo. ¡Ahí van! -y echó el papel a las llamas. La señora Tristram estaba sentada con su aguja de bordar suspendida en el aire. -¿Qué es ese papel? -preguntó. Newman, apoyándose contra la chimenea, estiró los brazos y exhaló un suspiro más largo que de costumbre. Entonces, al cabo de un momento, dijo: -Ahora se lo puedo decir. Era un papel que contenía un secreto de los Bellegarde... algo que los condenaría si se supiese. La señora Tristram dejó caer su bordado con un gemido de reproche. -Ay, ¿por qué no me lo ha enseñado? -Pensé en enseñárselo... pensé en enseñárselo a todo el mundo. Pensé en saldar mi deuda con los Bellegarde de ese modo. Así que se lo dije, y los asusté. Se han quedado en el campo, según me cuenta usted, para mantenerse al margen de la explosión. Pero he renunciado a ello. La señora Tristram se puso de nuevo a dar lentas puntadas. -¿Ha renunciado del todo? -Ah, sí. -¿Es muy malo ese secreto? -Sí, muy malo. -En lo que a mí respecta -dijo la señora Tristram-, lamento que haya renunciado. Me hubiese gustado enormemente ver su papel. También a mí me han agraviado, sabe, en tanto que patrocinadora y garante suya, y también a mí me habría servido de venganza. ¿Cómo llegó a adueñarse de su secreto? -Es una historia muy larga. Pero, en cualquier caso, por medios honrados. -¿Y sabían ellos que usted lo conocía? -Ah, se lo conté. -¡Santo cielo, qué interesante! -exclamó la señora Tristram -. ¿Consiguió que se postraran a sus pies? Newman guardó silencio un instante. -No, en absoluto. Fingieron que no les importaba... que no tenían miedo. Pero sé que sí les importaba... tenían miedo. -¿Está usted completamente seguro? Newman se quedó un momento mirándola. -Sí, estoy seguro. La señora Tristram reanudó sus lentas puntadas. -Le desafiaron, ¿no es así? -Sí -dijo Newman-, más o menos así fue. -¿Intentó usted que se retractasen con la amenaza de descubrirlos? -prosiguió la señora Tristram. -Sí, pero no estaban dispuestos. Les di a escoger, y escogieron arriesgarse a echarse un farol ante la acusación y acusarme de fraude. Pero estaban asustados -añadió Newman-, y ya me he tomado toda la venganza que quería. -Resulta de lo más provocador oírle hablar de la «acusación» cuando la acusación se ha quemado. ¿Se ha consumido del todo? -preguntó ella, echando un vistazo al fuego. Newman le aseguró que no quedaba nada. -Bueno -dijo ella-, entonces supongo que no hay ningún mal en decir que probablemente no les pusiese tan incómodos. Tengo la impresión de que si, como usted dice, le desafiaron, se debe a que pensaban que, al fin y al cabo, en realidad usted no iría nunca al grano. Su confianza, después de consultarlo entre ellos, no estaba en su propia inocencia, ni en su talento para echarse faroles; ¡estaba en ese extraordinario buen corazón que tiene usted! Ya ve, tenían razón. Newman se volvió instintivamente para ver si, en efecto, el papelito se había consumido; pero no quedaba nada. * En Apocalipsis 12:1 se describe a «una Mujer vestida del sol, y la luna debajo de sus pies, y sobre su cabeza una corona de doce estrellas». En torno a 1655, Bartolomé Esteban Murillo parte de este modelo para pintar el famoso cuadro que aquí se menciona. [Esta nota, como las siguientes, es de la traductora.] * En la popular Bädeker, la «pequeña guía roja» antes mencionada, su autor, Karl Bädeker (Coblenz, 1865), señalaba con asteriscos todo aquello digno de verse. * James se refiere al pasaje de su Autobiografía en que Benjamin Franklin cuenta cómo, siendo joven y pobre, llega a Filadelfia y pasa por delante de la casa de la que luego habría de ser su esposa mordisqueando un panecillo. * Para cualquier ciudadano americano de la época, Trouville quedaba perfectamente definido con esta escueta comparación con Newport, colonia cosmopolita y adinerada de la costa de Rhode Island, en el este de Estados Unidos. * Rolla y Fortunio son dos héroes literarios del romanticismo francés: protagonizan, respectivamente, un poema de 1833 de Alfred de Musset y un relato de 1837 de Théophile Gautier. ** En el inglés original, No Irish Need Apply (más o menos, «no se admiten solicitudes de irlandeses»), palabras que a veces se añadían a los anuncios de ofertas de empleo en las ciudades de Estados Unidos tras la gran oleada migratoria de mediados del siglo pasado procedente de Irlanda. Pasó a ser una frase hecha para aludir a la xenofobia. * En la educación de todo caballero que se preciara de serlo no podía faltar el Grand Tour, el viaje por la Europa continental según un itinerario más o menos establecido. * Entre 1848 y 1860, Anna Brownell Jameson escribió una serie de libros con el título de Sacred and Legendary Art, donde abordaba las relaciones entre el arte y la historia cristianos. La obra gozó de una enorme popularidad en su época. * El emblema del anverso del Gran Sello de Estados Unidos es un águila con las alas desplegadas. Spread eagle se usa en inglés, como hace aquí Tristram, para referirse a una expresión altisonante o patriotera. * Aquí y en otros lugares de la novela, James utiliza el término «raza»en su sentido decimonónico, esto es, para aludir a una comunidad «étnica»; en este caso, la anglosajona y la latina. * Casa de huéspedes. * En su respuesta, Valentin utiliza el mismo término de Newman, nice, si bien con otra de sus acepciones: la misma palabra sirve para referirse a alguien «agradable», como hace Newman, y a alguien «fino» o, también, «exigente, puntilloso», como hace Valentin. * Según la leyenda, el rey africano Cophetua se curó de su misoginia al enamorarse de una bellísima mendiga. * Abonder de le même sens: estar completamente de acuerdo. * Nombre de soltera de la marquesa. ** En la década de 1830, Books of Beauty (Libros de Belleza) fue una popular revista inglesa de modas. * Es decir, matar a su hija para preservar su virtud, como hace Virginius en el Roman de la Rose. * Vous me devez un cierge fameux: «Tiene usted motivos para estarme agradecido». * Talón rojo: miembro de la corte del rey. ** El Imperio napoleónico, que suplantó a la monarquía de los Borbones. * El conde de Chabord, Enrique Carlos, fue el último Borbón que aspiró al trono de Francia. Los legitimistas le llamaban Enrique V, aunque a su muerte en 1883 no había llegado a reinar. * Bread, en inglés, significa «pan»; cake, «tarta». * Aquí y en otras partes del texto, se designa a veces con «hermano» o «hermana» al cuñado o la cuñada. * Muy populares en la época, los vidrios musicales no son sino copas de cristal que suenan cuando, con el dedo humedecido, se rozaba su borde. * Moonshine significa «claridad de la luna» pero también «cosa sin sustancia, vana fantasía». * Piedra preciosa de color granate y superficie dura y lisa. * Divertido de modo pintoresco. * En inglés, hell, «infierno». * Lujoso barrio residencial al lado del Bois de Boulogne. * Burke's Peerage: genealogía oficial de la nobleza británica. * En el seno de la Iglesia anglicana, la Low Church -Iglesia baja- es un grupo que minimiza el papel del episcopado, el clero y los sacramentos. De talante whiggish o liberal, se opone a la High Church y al partido conservador de los tories. * Rue de l’Enfer: «calle del Infierno». * Las novelas de George Sand, que James, sin embargo, parece haber olvidado que no se publicaron con su característica encuadernación rosa hasta comienzos de la década de 1870, es decir, varios años después de la estancia de Newman en París. * Agudezas vacías. El Americano Henry James libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,.