libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Dickens, Charles (1812-1870) Novelista inglés y uno de los escritores más conocidos de la literatura universal. En su extensa obra, combinó con maestría narración, humor, sentimiento trágico e ironía con una ácida crítica social y una aguda descripción de gentes y lugares, tanto reales como imaginarios. Nació el 7 de febrero de 1812, en Portsmouth, y pasó la mayor parte de su infancia en Londres y Kent, lugares que aparecieron con frecuencia en sus obras. Comenzó a asistir a la escuela a los nueve años de edad, pero sus estudios quedaron interrumpidos cuando su padre, un pequeño funcionario afable pero despreocupado, fue encarcelado, en 1824, por no pagar sus deudas. El joven Charles se vio obligado, pues, a mantenerse por sí mismo, y entró a trabajar en una fábrica de tintes. Esta desagradable experiencia, que más tarde describiría, sólo levemente alterada, en su novela David Copperfield (1850), le produjo una sensación de humillación y abandono que le acompañó durante el resto de su vida. Entre 1824 y 1826 asistió de nuevo a la escuela, aunque la mayor parte de su educación fue autodidacta. Entre sus libros favoritos se encontraban los de algunos de los grandes novelistas del siglo XVIII, como Henry Fielding y Tobias Smollet, cuya influencia se puede percibir con claridad en sus propios escritos. En 1827 consiguió un trabajo como secretario legal y, tras estudiar durante un breve periodo de tiempo el oficio, se convirtió en periodista en el Parlamento, lo cual le habituó a realizar precisas descripciones de hechos, cualidad que aplicaría posteriormente a su obra narrativa. En esa época conoció a María Beadnell, y se enamoró de ella, pero su familia lo rechazó como pretendiente de la joven, por lo que, tras cuatro años de relaciones, se separaron. Para entonces, él ya estaba trabajando como reportero en una publicación de su tío, The Mirror of Parliament, y para el periódico liberal The Morning Chronicle. En diciembre de 1833, Dickens publicó, bajo el seudónimo de Boz, la primera de una serie de breves y originales descripciones de la vida cotidiana de Londres en The Monthly Magazine, una revista que editaba su amigo George Hogarth. Tras ello, un editor de la ciudad le encargó un volumen de nuevas notas en este estilo, que debían acompañar a las ilustraciones del famoso artista George Cruikshank. El éxito de este libro, titulado Los apuntes de Boz (1836), le permitió al novelista casarse con Catherine Hogarth en ese mismo año, y le animó a preparar una colaboración similar, esta vez con el conocido artista Robert Seymour. Cuando Seymour se suicidó, otro artista, H. K. Browne, apodado Phiz, que realizaría más tarde muchas de las ilustraciones de los últimos trabajos de Dickens, ocupó su lugar. El resultado de esta colaboración fue Papeles póstumos del club Pickwick (1836-1837), una obra en un estilo muy próximo al de los cómics, cuyo éxito consolidó la fama del novelista, e influyó notablemente en la industria editorial de su país, pues su innovativo formato, el de una publicación mensual muy poco costosa, marcó una línea que siguieron otras editoriales. La fama que le había producido este curioso proyecto se vio ampliada por las siguientes novelas que fue publicando. Hombre de enorme energía y talento, se dedicó a otras muchas actividades. Editó los semanarios Household News (1850-1859) y All the Year Round (1859-1870), escribió dos libros de viajes, Notas americanas (1842) e Imágenes de Italia (1846), administró asociaciones caritativas y luchó porque se llevaran a cabo reformas sociales. En 1842, impartió seminarios en los Estados Unidos en favor de un acuerdo internacional sobre propiedad intelectual y en contra de la esclavitud. En 1843 publicó Canción de Navidad, que se convirtió rápidamente en un clásico de la narrativa infantil. Las actividades extraliterarias de Dickens incluían la gestión de una compañía teatral que funcionó hasta la subida al trono de la reina Victoria, en 1851, y las lecturas de sus obras en Inglaterra y en Estados Unidos. Sin embargo, todos estos éxitos se vieron empañados por sus problemas familiares. La incompatibilidad de caracteres y la relación del autor con la joven actriz Ellen Ternan, llevaron a la disolución del matrimonio, en 1858, fruto del cual habían nacido diez hijos. Murió el 9 de junio de 1870 y fue enterrado cinco días más tarde en la abadía de Westminster. A la vez que maduraba artísticamente, sus novelas se habían ido transformando de cuentos humorísticos, en la línea de Los papeles del club Pickwick esta obra fue traducida al español del francés por Benito Pérez Galdós (1868) ya que el autor español no sólo admiraba a Dickens sino que le consideraba como uno de sus maestros y Nicholas Nickleby (1837-1838), en obras de gran relevancia social, análisis psicológico y enorme complejidad narrativa. Entre sus obras más representativas se encuentran Casa desolada (1853), La pequeña Dorritt (1857), Grandes esperanzas (1861) y Nuestro amigo común (1865). Los lectores del siglo XIX y de comienzos del XX apreciaban más las primeras obras del autor, por su sentido del humor y su trasfondo trágico. Pero, aún reconociendo las cualidades de esta narrativa temprana, los críticos literarios de hoy en día sitúan por encima de ella a las obras de madurez, por su coherencia formal y su aguda percepción de la condición humana. Otras obras destacadas son Oliver Twist (1839), La tienda de antigüedades (1841), Barnaby Rudge (1841), Martin Chuzzlewit (1844), Dombey e hijo (1848), Tiempos difíciles (1854), Historia de dos ciudades (1859) y El misterio de Edwin Drood, que quedó incompleta. Casa Desolada Tomo I Charles Dickens Comentario Nabokov, en sus admirables clases de Wellesley y Cornell University, dedicadas a analizar figuras tan dispares como Austen, Flaubert, Joyce, Kafka, Proust o Stevenson, dice al hablar de esta novela: Con Dickens nos ensanchamos. Me parece que la obra de Austen es una encantadora readaptación de valores anticuados En el caso de Dickens, los valores son nuevos. Los autores modernos todavía se embriagan con su cosecha... Sencillamente hemos de rendirnos ante la voz de Dickens: eso es todo. Si fuese posible, me gustaría dedicar los cincuenta minutos de cada clase a la muda meditación, concentración y admiración de Dickens. Sin embargo mi misión es dirigir y explicar esas meditaciones, esa admiración. Todo lo que tenéis que hacer al leer Casa Desolada es relajaros y dejar que sea vuestra espina dorsal la que domine. Aunque leais con la mente, el centro de la fruición artística se encuentra en vuestros omóplatos. Ese pequeño estremecimiento es con toda seguridad la forma más elevada de emoción que la humanidad experimenta cuando alcanza el arte puro y la ciencia pura. Rindamos culto a la médula espinal y a su hormigueo. Enorgullezcámonos de ser vertebrados, pues somos unos vertebrados en cuya cabeza se posa llama divina. El cerebro no es más que una prolongación de la médula; pero el pábilo recorre toda la vela de arriba a abajo. Si no somos capaces de experimentar ese estremecimiento, si no podemos gozar de la literatura, entonces dejemos todo eso y limitémonos a los tebeos, a la televisión, a la novela de la semana. Pero creo que Dickens demostrará ser más fuerte. Después de oír tantas veces criticar el realismo decimonónico como un empobrecimiento reduccionista de la realidad, al encontrarnos con un Tolstoi, un Balzac, un Galdós o un Dickens, analizados bajo una luz más exigente, menos epidérmica, nos damos cuenta de que su grandeza no se basa tan sólo en la reconstrucción más o menos minuciosa y rigurosa de los procesos sociales e individuales. Detrás del gran realismo hay otro mundo, espectral y visionario, un mundo que pertenece exclusivamente a ese misterio constante que llamamos Arte; ésa es una de las claves por las, cuales cada vez nos volvemos con interés hacia ese siglo XIX que durante una época estuvo tan de moda denostar. Casa Desolada es un libro emblemático de ese realismo que es más que realismo, que ofrece al lector avezado algo más que crónicas de lo que sucede. El genio de Dickens, en su vertiente más sombría y poética, hizo aquí de explorador de unos abismos, de unas laberínticas situaciones que nos fascinan a medida que nos vamos adentrando en este libro magistral. Casa Desolada no es una sátira ni es simplemente un cuadro social: es una reflexión novelada sobre la condición humana, sobre la locura y el fracaso, el dolor y la justicia, la compasión y el placer. Ninguna novela nos ha revelado más sobre la Inglaterra victoriana, sobre el trasfondo de su Historia. Es un libro apasionante pero que no se agota en una primera lectura, como todos los libros sobre los cuales el tiempo no ha pasado. Múltiple, complejo, abigarrado nos trae al Dickens macerado por las experiencias de una vida difícil, de la cual extrajo una suprema sabiduría. Hay aquí un hombre excepcionalmente inteligente y compasivo, a la vez que genial escritor, mirando con agudeza impar el espectáculo de los desvaríos humanos. Prefacio a la primera edición Hace unos meses, en una ceremonia pública, un magistrado de la Cancillería tuvo la amabilidad de comunicarme, como miembro de un grupo de 150 hombres y mujeres sospechosos de demencia, que el Tribunal de Cancillería, pese a ser objeto de tantísimos prejuicios del público (en cuyo momento me pareció que el magistrado me echaba una mirada de reojo), era algo casi inmaculado. Reconoció que había habido alguna cosilla que criticar en el ritmo de sus actuaciones, también se había exagerado mucho, y todo se había debido a la «parsimonia del público», cuyo culpable público, según parecía, había estado empeñado hasta hacía poco y con la mayor terquedad en no aumentar en absoluto el número de magistrados de Cancillería establecido por... creo que por Ricardo II, pero da igual cualquier rey. Aquel chiste me pareció demasiado bueno para insertarlo en el cuerpo de este libro, pues si no se lo hubiera atribuido a Conversation Kenge o al señor Vholes, uno de los cuales creo que debió ser su creador. En boca de uno de ellos lo podría haber apareado con una cita idónea de uno de los sonetos de Shakespeare: Mi naturaleza está sometida Al material que trabaja, como la mano del tintorero: ¡Apiadaos, pues, de mí, y deseadme renovado! Pero como es bueno que el parsimonioso público sepa lo que ha estado pasando, y sigue pasando, a este respecto, menciono aquí que todo lo narrado en estas páginas acerca del Tribunal de Cancillería es fundamentalmente cierto, y se ajusta a la verdad. El caso de Gridley se ha tomado en todo lo esencial de un caso real, hecho público por una persona desinteresada familiarizada por motivos profesionales con toda aquella monstruosidad desde el principio hasta el final. Actualmente1 hay un caso ante ese Tribunal que se inició hace casi veinte años, en el cual se sabe que han llegado a comparecer de 30 a 40 abogados al mismo tiempo, en el cual se han acumulado costas de 70.000 libras, que no es sino un pleito que resolver amigablemente, y que (según me aseguran) no se halla ahora más cerca de su fin que cuando se inició. Hay en Cancillería otro famoso pleito, todavía sin fallar, que se inició antes de fines del siglo pasado, y en el cual las costas ya han engullido más del doble de 70.000 libras. Si quisiera buscar más bases para JARNDYCE Y JARNDYCE podría llenar páginas enteras al respecto, para gran vergüenza de... un público parsimonioso. No deseo hacer sino otra observación más. La posibilidad de la llamada Combustión Espontánea se viene negando desde que murió el señor Krook, y mi buen amigo el señor LEWES2 (quien en seguida averiguó que se había equivocado, al suponer que las autoridades habían abandonado la cuestión) publicó algunas cartas ingeniosas (dirigidas a mí) cuando se publicó el relato de aquel acontecimiento, en las cuales aducía la total imposibilidad de que existiera la Combustión Espontánea. Huelga observar que no pretendo inducir a error a mis lectores por acción ni por omisión, y que antes de escribir lo que digo me preocupé de investigar el asunto. Hay constancia de unos 30 casos, el más famoso de los cuales, el de la Condesa Cornelia de Bandi Cesenate, lo investigó y describió con gran minuciosidad Giuseppe Bianchini, prebendario de Verona, persona distinguida en el mundo de las letras, que publicó un relato al respecto en 1731 en Verona y después lo reeditó en Roma. Las apariencias observadas en aquel caso fuera de toda duda racional son las mismas observadas en el caso del señor Krook. El caso más famoso después de aquél ocurrió en Rheims seis años antes, y en aquella ocasión el cronista fue LE CAT, uno de los médicos cirujanos de más renombre de Francia. El sujeto fue una mujer, a cuyo marido la ignorancia lo condenó por asesinato, pero tras un recurso solemne a una instancia más alta, salió absuelto, pues se demostró en la prueba que la esposa había fallecido de la muerte a la que se da el nombre de Combustión Espontánea. No creo necesario añadir más de estos notables datos ni a la referencia general a las autoridades que se hallará en la página 78 del segundo volumen, las opiniones y las experiencias escritas de distinguidos catedráticos de Medicina, franceses, ingleses y escoceses, de tiempos más modernos, y me contento con observar que no rechazaré esos datos hasta que se haya producido una Combustión Espontánea de los testimonios que habitualmente sirven para demostrar los acontecimientos humanos. En Casa desolada me he detenido adrede en el lado romántico de las cosas corrientes. Creo que nunca he tenido tantos lectores como en este libro. ¡Ojalá volvamos a encontrarnos! Londres, agosto 1853 CAPÍTULO 1 En Cancillería 3 Londres. Hace poco que ha terminado la temporada de San Miguel, y el Lord Canciller en su sala de Lincoln's Inn’s4. Un tiempo implacable de noviembre. Tanto barro en las calles como si las aguas acabaran de retirarse de la faz de la Tierra y no fuera nada extraño encontrarse con un megalosaurio de unos 40 pies chapaleando como un lagarto gigantesco Colina de Holborn arriba. Humo que baja de los sombreretes de las chimeneas creando una llovizna negra y blanda con copos de hollín del tamaño de verdaderos copos de nieve, que cabría imaginar de luto por la muerte del sol. Perros, invisibles en el fango. Caballos, poco menos; enfangados hasta las anteojeras. Peatones que entrechocan sus paraguas, en una infección general de mal humor, que se resbalan en las esquinas, donde decenas de miles de otros peatones llevan resbalando y cayéndose desde que amaneció (si cupiera decir que ha amanecido) y añaden nuevos sedimentos a las costras superpuestas de barro, que en esos puntos se pega tenazmente al pavimento y se acumula a interés compuesto. Niebla por todas partes. Niebla río arriba, por donde corre sucia entre las filas de barcos y las contaminaciones acuáticas de una ciudad enorme (y sucia). Niebla en los pantanos de Essex, niebla en los cerros de Kent. Niebla que se mete en las cabinas de los bergantines carboneros; niebla que cae sobre los astilleros y que se cierne sobre el aparejo de los grandes buques; niebla que cae sobre las bordas de las gabarras y los botes. Niebla en los ojos y las gargantas de ancianos retirados de Greenwich, que carraspean junto a las chimeneas en las salas de los hospitales; niebla en la boquilla y en la cazoleta de la pipa que se fuma por la tarde el patrón malhumorado, metido en su diminuto camarote; niebla que enfría cruelmente los dedos de los pies y de las manos del aprendiz que tirita en cubierta. Gentes que pasan por los puentes y miran por encima del parapeto el cielo bajo la niebla, todas rodeadas de niebla, como si estuvieran metidas en un globo, colgadas en medio de las nubes neblinosas. Los faroles de gas crean confusas aureolas en medio de la niebla en diversas partes de. las calles, como las que parecería crear el sol, visto desde los campos esponjosos, a ojos del pastor y el labrador. Casi todas las tiendas han encendido el alumbrado dos horas antes de lo normal, y el gas parece darse cuenta de ello, pues tiene un aspecto sombrío y renuente. Donde más hosca está la tarde, y donde más densa está la niebla, y donde más embarradas están las calles, es junto a esa mole antigua y pesada, ornamento idóneo del umbral de una corporación antigua y pesada: Temple Bar. Y junto a Temple Bar, en Lincoln's Inn Hall, en el centro mismo de la niebla, está sentado el Lord Gran Canciller, en su Alto Tribunal de Cancillería. Jamás podrá haber una niebla demasiado densa, jamás podrá haber un barro y un cieno tan espesos, como para concordar con la condición titubeante y dubitativa que ostenta hoy día este Alto Tribunal de Cancillería, el más pestilente de los pecadores empelucados que jamás hayan visto el Cielo y la Tierra. Si hay una tarde adecuada para ello, esta es la tarde en que el Lord Gran Canciller debería estar en su sala —como lo está ahora— con un halo de niebla en torno a la cabeza, blandamente enmarcada en paños y cortinas escarlatas, mientras escucha a un abogado corpulento de grandes patillas, escasa voz y un expediente interminable, y él dirige la mirada a la lámpara del techo, donde no ve nada más que niebla. Si hay una tarde adecuada para ello, esta tarde debería haber una veintena de miembros del Alto Tribunal de Cancillería —y los hay— ocupados neblinosamente en una de las 10.000 fases de una causa interminable, echándose zancadillas los unos a los otros con precedentes escurridizos, hundidos hasta las rodillas en tecnicismos, dándose de cabezazos empelucados de pelo de cabra y crin de caballo contra muros de palabras, y presumiendo de equidad con gestos muy serios, como si fueran actores. En una tarde así, los diversos procuradores de la causa, dos o tres de los cuales la han heredado de sus padres, que hicieron una fortuna con ella, deberían estar en fila —¿no lo están?— en un foso alargado y afelpado (en el fondo del cual, sin embargo, sería vano buscar la Verdad), entre la mesa roja del escribano y las togas de seda, con peticiones, demandas, réplicas, dúplicas, citaciones, declaraciones juradas, preguntas, consultas a procuradores, informes de procuradores, montañas de necedades carísimas, todo amontonado ante ellos. ¡Es lógico que el tribunal esté oscuro, con unas velas moribundas acá y acullá; es lógico que sobre él se cierna una niebla densa, como si nunca fuera a desvanecerse; es lógico que las ventanas de vidrieras coloreadas pierdan el color y no dejen entrar ninguna luz; es lógico que los no iniciados, que atisban por los panales de vidrio de la puerta, se vean disuadidos de entrar por el ambiente solemne y por los lentos discursos que retumban lánguidos en el techo, procedentes del estrado donde el Lord Gran Canciller contempla la lámpara que no alumbra y donde están colgadas las pelucas de todos sus ayudantes en medio de un banco de niebla! Es el Alto Tribunal de Cancillería, que tiene sus casas en ruinas y sus tierras abandonadas en todos los condados; que tiene sus lunáticos esqueléticos en todos los manicomios, y sus muertos en todos los cementerios; que tiene a sus litigantes, con sus tacones gastados y sus ropas gastadas, que viven de los préstamos y las limosnas de sus conocidos; que da a los poderosos y adinerados abundantes medios para desalentar a quienes tienen la razón; que agota hasta tal punto la hacienda, la paciencia, el valor, la esperanza; que hasta tal punto agota las cabezas y destroza los corazones que entre todos sus profesionales no existe un hombre honorable que no esté dispuesto a dar —que no dé con frecuencia— la advertencia: «¡Más vale soportar todas las injusticias antes que venir aquí!» ¿Y quién está en la Sala del Lord Canciller esta tarde sombría, además del Lord Canciller, el abogado de la causa, dos o tres abogados que nunca tienen una causa y el foso de abogados antes mencionado? Está el escribano, sentado más abajo del magistrado, con su peluca y su toga, y hay dos— o tres maceros, o bolseros, o saqueros, o lo que sean, con los uniformes de su oficio5. Todos ellos bostezan, porque ya no es posible divertirse con JARNDYCE Y JARNDYCE6 (que es la causa de la que se trata), que quedó exprimida hasta el tuétano hace años. Los taquígrafos, los secretarios de tribunales y los periodistas de tribunales se marchan siempre que reaparece Jarndyce y Jarndyce. Sus sitios se quedan vacíos. Subida en una silla a un lado de la sala, con objeto de ver mejor el santuario encortinado, hay una ancianita loca tocada con un gorro fruncido, que siempre está en el tribunal, desde que empieza la sesión hasta que se levanta, y que siempre espera que se pronuncie algún fallo incomprensible en su favor. Hay quien dice que efectivamente es, o fue alguna vez, parte en un pleito, pero nadie está seguro, porque a nadie le importa. Lleva en su ridículo cachivaches a los que califica de documentos; se trata fundamentalmente de fósforos, de papel y de lavanda seca. Aparece un preso cetrino, detenido por sexta vez, a fin de presentar una instancia personal «para purgar su desacato», pero como se trata del único superviviente de una familia de albaceas, y ha caído en un estado de confusión de cuentas, de. las cuales nadie le acusa de haber sabido nada, no es en absoluto probable que lo vaya a lograr. Entre tanto, no tiene ningún futuro en la vida. Otro pleiteante arruinado, que llega periódicamente desde Shropshire, y se esfuerza por hablar con el Canciller a última hora del día, y al que no hay medio de hacer comprender que el Canciller ignora legalmente su existencia después de habérsela destrozado durante un cuarto de siglo, se planta en un buen sitio y mira atentamente al Magistrado, dispuesto a exclamar «¡Señoría!» con sonora voz de queja en el momento en que Su Señoría se levante. Unos cuantos pasantes de abogados y otros que conocen de vista al pleiteante deambulan por allí, por si hace algo divertido, y anima un poco este día tan triste. Jarndyce y Jarndyce se arrastra. Este pleito de espantapájaros se ha ido complicando tanto con el tiempo que ya nadie recuerda de qué se trata. Quienes menos lo comprenden son las partes en él, pero se ha observado que es imposible que dos abogados de la Cancillería lo comenten durante cinco minutos sin llegar a un total desacuerdo acerca de todas las premisas. Durante la causa han nacido innumerables niños; innumerables jóvenes se han casado; innumerables ancianos han muerto. Docenas de personas se han encontrado delirantemente convertidas en partes en Jarndyce y Jarndyce, sin saber cómo ni por qué; familias enteras han heredado odios legendarios junto con el pleito. El pequeño demandante, o demandado, al que prometieron un caballito de madera cuando se fallara el pleito, ha crecido, ha poseído un caballo de verdad y se ha ido al trote al otro mundo. Las jovencitas pupilas del tribunal han ido marchitándose al hacerse madres y abuelas; se ha ido sucediendo una larga procesión de Cancilleres que han ido desapareciendo a su vez; la legión de certificados para el pleito se ha transformado en meros certificados de defunción; quizá ya no queden en el mundo más de tres Jarndyce desde que el viejo Tom Jarndyce, desesperado, se voló la tapa de los sesos en un café de Chancery Lane, pero Jarndyce y Jarndyce sigue arrastrándose monótono ante el Tribunal, eternamente un caso desesperado. Jarndyce y Jarndyce se ha convertido en un tema de broma. Es lo único bueno que ha producido. Ha acarreado la muerte a mucha gente, pero en la profesión es motivo de risa. Todos los procuradores en Cancillería tienen algo que contar a su respecto. Todos los Cancilleres han «estado en él» en nombre de unos o de otros, cuando eran meros abogados. Han hablado bien del caso viejos magistrados de narices rojas y gruesos zapatos en comités selectos mientras tomaban su oporto después de cenar en sus oficinas. Los abogadillos que están haciendo sus pasantías han profundizado en él sus conocimientos jurídicos. El último Lord Canciller lo manejó muy bien cuando, al corregir al señor Blowers, el eminente Abogado de la Corona, que había dicho de algo que no pasaría hasta que las ranas criaran pelo, le señaló: «O hasta que hayamos terminado con Jarndyce y Jarndyce, señor Blowers», broma que hizo particular gracia a los maceros los bolseros y los saqueros Sería muy difícil saber a cuántas de las personas implicadas en el pleito ha tocado Jarndyce y Jarndyce con su mano enferma para deformarlas y corromperlas. Desde el procurador, en cuyos archivos las resmas polvorientas de atestado para Jarndyce y Jarndyce han ido arrugándose en sombrías y múltiples formas, hasta el copista de la Oficina de los Seis Secretarios7, que ha copiado docenas de miles de páginas de folios oficiales de la Cancillería bajo ese epígrafe eterno, nadie ha llegado a ser una persona mejor gracias al pleito. El engaño, la evasión, los aplazamientos, el saqueo, el hostigamiento, las falsedades de todo tipo, no contienen influencia alguna que pueda jamás llevar a nada bueno. Es posible que hasta los meritorios de los procuradores, que han mantenido a distancia a los sufridos pleiteantes, con sus permanentes protestas de que el señor Chizzle, Mizzle8, o lo que fuera, estaba muy ocupado y tenía visitas hasta la hora de cenar, se hayan visto moralmente influidos por Jarndyce y Jarndyce. El administrador judicial de la causa ha adquirido una buena suma de dinero gracias a ella, pero también ha llegado a desconfiar hasta de su propia madre y a despreciar a sus propios colegas. Chizzle, Mizzle, o quienes sean, han caído en el hábito de prometerse a sí mismos que van a estudiar ese asuntillo pendiente y ver lo que se puede hacer por Drizzle —al que no se le ha tratado demasiado bien— cuando el bufete pueda terminar con Jarndyce y Jarndyce. La malhadada causa ha esparcido por todas partes la pereza y la codicia, en todas sus múltiples formas, e incluso quienes han contemplado su historia desde el círculo más remoto de tanta perversión se han visto insensiblemente tentados a dejar que la maldad siguiera su mal camino y a opinar vagamente que si el mundo va mal era porque, quizá por distracción, nadie pretendió nunca que fuera bien. Así, en medio del barro y en el centro de la niebla está el Lord Gran Canciller sentado en su Alto Tribunal de Cancillería. —Señor Tangle9 —dice el Lord Gran Canciller, que últimamente se está cansando un tanto de la elocuencia del erudito jurista. —Señoría —dice el señor Tangle. El señor Tangle sabe más que nadie del caso Jarndyce y Jarndyce. Esa fama tiene; se dice que desde que salió de la Facultad no se ha ocupado más que de él. —¿Le queda mucho por exponer? —No, señoría..., varios aspectos..., me siento obligado a señalar.... señoría –es la respuesta que susurra el señor Tangle. —Creo que todavía han de intervenir varios letrados, ¿no? —dice el Canciller con una leve sonrisa. Dieciocho distinguidos colegas del señor Tangle, cada uno de ellos armados con un breve resumen de 1.800 folios, asienten subiendo y bajando las cabezas como 18 teclas de un piano, hacen 18 reverencias y vuelven a ocupar sus 18 asientos anónimos. —Continuaremos la audiencia del miércoles en quince días —anuncia el Canciller. Pues el tema en estudio no es más que una cuestión de costas, una mera gota en el océano del pleito principal, y ésta sí que se va a resolver en cuestión de días. El Canciller se pone en pie; llevan al preso a toda prisa al frente; el hombre de Shropshire exclama:: «¡Señoría!» Maceros, bolseros y saqueros exigen silencio, indignados, y miran ceñudos al hombre de Shropshire. —Por lo que hace —continúa el Canciller, que sigue refiriéndose a Jarndyce y Jarndyce— a la jovencita... —Con la venia de Su Señoría..., el joven —dice el señor Tangle prematuramente. —Por lo que hace —continúa el Canciller, vocalizando exageradamente— a la jovencita y al joven, los dos menores —el señor Tangle queda aplastado—, que ordené estuvieran presentes hoy, y que se hallan en estos momentos en mi despacho, voy a verlos para ver si procede que ordene que pasen a residir con su tío. El señor Tangle vuelve a ponerse en pie: —Con la venia de Su Señoría..., fallecido. —Con su... —y el Canciller contempla los papeles que tiene en la mesa a través de los anteojos—, su abuelo. —Con la venia de Su Señoría..., víctima de acto temerario..., tapa de los sesos. De pronto, un abogado muy bajito, con tremenda voz tonante, se levanta, todo inflado, en medio de los bancos traseros de niebla, y dice: —¿Permite Su Señoría? Actúo yo en su nombre. Se trata de un primo lejano. De momento no puedo informar al Tribunal de cuál es el grado de parentesco, pero es su primo. Tras dejar que este discurso (pronunciado como un mensaje de ultratumba) resuene hasta las vigas del techo, el abogado bajito se deja caer en el asiento y desaparece en la niebla. Todo el mundo lo busca. Nadie lo ve. —Voy a hablar con los dos jóvenes —vuelve a hablar el Canciller— para ver si procede que pasen a residir con su primo. Hablaré del asunto cuando vuelva a la Sala, mañana por la mañana. El Canciller está a punto de hacer una inclinación a los abogados cuando comparece el preso. Imposible hacer nada respecto del confuso estado de sus asuntos, salvo volverlo a enviar a la cárcel, y eso es lo que se hace inmediata mente. El hombre de Shropshire aventura otro «¡Señoría!» de reproche, pero el Canciller ya ha advertido su presencia y ha desaparecido hábilmente. Todo el mundo desaparece a gran velocidad. Se llena una batería de sacas azules10 y con grandes cargas de papeles que se llevan los secretarios; la viejecita loca se marcha con sus documentos; la sala vacía se cierra con siete llaves. ¡Si todas las injusticias que se han cometido en ella y todos los pesares que ella ha causado pudieran encerrarse con ella y quemarlo todo en una enorme pira funeraria, tanto mejor para otras partes, además de las partes en Jarndyce y Jarndyce! CAPÍTULO 2 El gran mundo Lo único que queremos en esta tarde neblinosa es echar un vistazo al gran mundo. No es tan diferente del Tribunal de Cancillería como para que no podamos pasar de una escena directamente a la otra. Tanto en el gran mundo como en el Tribunal de Cancillería imperan los precedentes y las costumbres; son Rip Van Winkles que han dormido demasiado, que se dedican a extraños juegos en medio de las mayores tormentas; bellas durmientes a las que algún día despertará el Príncipe, cuando todos los asadores inmóviles en la cocina se pongan a girar a velocidad prodigiosa. No es un mundo muy grande. En comparación incluso con este mundo nuestro, que también tiene sus límites (como averiguará Vuestra Alteza cuando lo haya recorrido y hayamos llegado al borde del Más Allá), es como una mota de polvo. Tiene muchos aspectos buenos; mucha de la gente que pertenece a él es buena y leal; tiene un papel que desempeñar. Pero lo malo que tiene es que es un mundo envuelto en tanto algodón y lana fina de joyero, y es incapaz de escuchar el tumulto de mundos más anchurosos, y es incapaz de ver cómo giran éstos alrededor del Sol. Es un mundo amortiguado, y su vegetación se marchita a veces por falta de aire. Milady Dedlock11 ha vuelto a su casa de Londres a pasar unos días antes de irse a París, donde Milady se propone pasar unas semanas; después de lo cual no se sabe adónde irá. Es lo que dicen los rumores del gran mundo, para gran tranquilidad de los parisinos, y se trata de gente bien informada sobre todo lo que ocurre en el gran mundo. El enterarse de las cosas por otros conductos no sería de buen tono. Milady Dedlock ha estado pasando algún tiempo en lo que, cuando habla en confianza, califica ella de su «residencia» de Lincolnshire. En Lincolnshire no para de llover. Las aguas se han llevado un arco del puente del parque y lo han arrastrado con ellas. Las tierras bajas adyacentes se han convertido, en una anchura de media milla, en un río estancado, en el cual hay árboles en lugar de islas, y cuya superficie está puntuada en todas partes por la lluvia que cae sin cesar. La «residencia» de Milady Dedlock ha estado de lo más lúgubre. Desde hace muchos días y muchas noches, hace un tiempo tan húmedo que los árboles parecen estar saturados y que las ramas cortadas blandamente por el hacha del leñador no hacen el menor ruido al caer. Cuando saltan los ciervos, empapados, hacen saltar el agua a su paso. El disparo de una escopeta pierde su mordiente en el aire saturado de agua, y su humo asciende en una nubecilla perezosa hacia la pendiente verde, coronada por un bosquecillo, que constituye el telón de fondo de la lluvia. La vista desde las ventanas de Milady Dedlock es, según los momentos, un panorama de plomo o de tinta china. Los jarrones de la terraza empedrada en primer plano atrapan la lluvia a lo largo del día, y las pesadas gotas siguen cayendo, plas, plas, plas, en el gran acerón de losas de piedra conocido como el Paseo del Fantasma. Los domingos, la iglesita del parque está toda húmeda; el púlpito de roble rompe en un sudor frío; y todo exhala un olor y sugiere un sabor general como de los antiguos Dedlock en sus tumbas. Milady Dedlock (que no tiene hijos) ha mirado al principio del atardecer hacia el pabellón de uno de los guardas, desde la ventana de su tocador, y ha visto a un niño, perseguido por una mujer, salir corriendo en medio de la lluvia a abrazar la figura brillante de un hombre abrigado que entraba por la puerta del parque, y se ha puesto de muy mal humor. Milady Dedlock dice que «se ha estado muriendo de aburrimiento». Por eso se ha ido Milady Dedlock de su residencia de Lincolnshire y la ha dejado abandonada a la lluvia, y a los cuervos, y a los conejos, y a los ciervos, y a las perdices, y a los faisanes. Los cuadros de los Dedlock del pasado parecen haberse hundido en las paredes húmedas de puro desaliento, cuando pasa la anciana ama de llaves por los viejos salones y va cerrando las persianas. Y los rumores del gran mundo —que al igual que el Enemigo son omniscientes en cuanto al pasado, y al presente, pero no en cuanto al futuro— no se comprometen todavía a decir cuándo volverán a salir de las paredes. Sir Leicester Dedlock no es más que un baronet, pero no hay baronet más poderoso que él. Su familia es tan antigua como Matusalén, e infinitamente más respetable que él. Él opina, en general, que el mundo podría privarse muy bien de los matusalenes, pero que se acabaría sin los Dedlock. Estaría dispuesto, en general, a reconocer que la Naturaleza es una buena idea (quizá un poco vulgar cuando no está encerrada por la verja de un parque), pero una idea cuya ejecución depende de las grandes familias de cada condado. Es un caballero de conciencia estricta, que desdeña todo lo que sea pequeño y mezquino y que estaría dispuesto a morir, inmediatamente, como fuera, antes que dar ocasión a cualquier crítica a su integridad. Se trata de un hombre honorable, obstinado, veraz, de altos ideales, intensos prejuicios, de un hombre perfectamente irracional. Sir Leicester tiene por lo menos veinte años más que Milady. Ya no cumplirá los sesenta y cinco, ni quizá los sesenta y seis, ni los sesenta y siete. De vez en cuando tiene un ataque de gota, y anda un poco tieso. Tiene una magnífica presencia, con su pelo y sus patillas de color gris claro, sus finas camisas de encaje, su chaleco de un blanco inmaculado y su levita azul, cuyos botones brillantes siempre están abotonados. Es ceremonioso, solemne, muy cortés con Milady en todo momento, y tiene la mayor estima por todos los atractivos personales de Milady. Su galantería para con Milady, que no ha variado desde que la cortejaba, es el único detalle romántico de su persona. De hecho, se casó con ella por amor. Todavía se rumorea que ella no tenía ni familia; pero Sir Leicester tenía tanta familia que quizá le bastara con la suya y pudiera renunciar a adquirir más. Pero ella tenía belleza, orgullo, ambición, una determinación insolente y suficiente buen sentido como para dotar a una legión de damas finísimas. Cuando a todo eso se añadieron riqueza y posesión social, ascendió rápidamente, y desde hace años Milady Dedlock está en el centro del gran mundo, en la cúspide de la pirámide del gran mundo. Todo el mundo sabe que Alejandro lloró cuando ya no le quedaron más mundos que conquistar, o más bien debería saberlo, pues es un asunto del que ya se ha hablado mucho. Cuando Milady Dedlock conquistó su mundo, no cayó en un estado de aflicción, sino de gelidez. Los trofeos de su victoria son un gesto de cansancio, una placidez gastada, una ecuanimidad fatigada que no pueden agitar el interés ni la satisfacción. Tiene unos modales perfectos. Si mañana la asumieran, al Cielo, es de prever que ascendería sin el menor gesto de deliquio. Todavía conserva su belleza, y aunque ya no esté en su apogeo, tampoco se halla en el otoño. Tiene una hermosa faz, inicialmente de un tipo al que se hubiera calificado de guapa, más que de hermosa, pero que ha ido mejorando hasta convertirse en clásica gracias a la expresión que le ha ido dando su elevada condición. Tiene una figura elegante, y da la impresión de ser alta. No es que lo sea, sino que, como ha afirmado en varias ocasiones el Honorable Bob Stables, «aprovecha al máximo todas sus ventajas». La misma autoridad afirma que se atavía perfectamente, y observa, al elogiar en especial sus cabellos, que es la mujer mejor peinada de toda la cuadra. Revestida de todas sus perfecciones, Milady Dedlock ha llegado de su residencia de Lincolnshire (perseguida en todo momento por los rumores del gran mundo) a pasar unos días en su casa de Londres antes de irse a París, donde Su Señoría se propone pasar unas semanas, y después no sabe adónde ir. Y en su casa de Londres se presenta, en esta tarde sombría, un caballero anticuado y viejo, que es abogado y además consejero del Alto Tribunal de Cancillería, que tiene el honor de ser el asesor jurídico de los Dedlock y tiene en su despacho tantas cajas de hierro con el nombre de éstos escrito en el exterior como si el baronet actual fuera la moneda del truco del prestidigitador y alguien lo estuviera pasando constantemente de un lado a otro del escenario. Un Mercurio empolvado lo conduce por el vestíbulo, las escaleras, los pasillos y las salas, que brillan durante la temporada y se entenebrecen después de ella (como un país de las hadas para el visitante, pero un desierto para quien allí habita) hasta llegar a la presencia de Milady. El viejo caballero tiene un aspecto oxidado, pero también fama de haber obtenido bastantes beneficios con contratos de matrimonios aristocráticos y aristocráticos testamentos, y de ser muy rico. Está rodeado de un aura misteriosa de confidencias familiares, de las que se sabe que es depositario silencioso. Hay nobles mausoleos, iniciados hace siglos en claros retirados de muchos parques, que quizá contengan menos secretos de la nobleza que los que en el mundo de los hombres encierra el pecho de Tulkinghorn12. Pertenece a eso que se llama la vieja escuela (término que, por lo general, significa toda escuela que jamás parece haber sido joven) y lleva calzones hasta la rodilla atados con lazos, así como polainas o medias. Una peculiaridad de su ropa negra, y de sus negras medias, sean de seda o de estambre, es que nunca brillan. Su atavío, mudo, apretado, insensible a cualquier luz que incide sobre él, es igual que él mismo. Nunca conversa, salvo que se le haga una consulta profesional. A veces se le ve, sin decir una palabra, pero perfectamente a sus anchas, sentado al extremo de una mesa durante un banquete en una de las grandes casas, o junto a las puertas de un salón, en acontecimientos de los que los rumores del gran mundo siempre tienen mucho que decir; todo el mundo lo conoce, y la mitad de la Alta Nobleza se detiene a decir: «¿Cómo está usted, señor Tulkinghorn?» Él recibe estos saludos gravemente y los entierra junto con el resto de las cosas que sabe. Sir Leicester Dedlock está con Milady y celebra ver al señor Tulkinghorn. Éste tiene un aire de prescripción legal que siempre agrada a Sir Leicester; lo recibe como una especie de homenaje. Le agrada cómo viste el señor Tulkinghorn; también eso es como un homenaje. Es eminentemente respetable y, al mismo tiempo, como una especie de uniforme de servicio distinguido. Expresa, por así decirlo, la administración de los servicios jurídicos, la mayordomía de la bodega jurídica, de los Dedlock. ¿Tiene alguna idea de todo esto el señor Tulkinghorn? Quizá sí y quizá no, pero existe una notable circunstancia que observar en todo lo relacionado con Milady Dedlock como parte de una clase, como parte de los líderes y representantes de su pequeño mundo. Ella se considera un Ser inescrutable, totalmente fuera del alcance y la comprensión de los ordinarios mortales, cuando se contempla ante el espejo, y entonces efectivamente parece serlo. Pero todas las estrellas menores que giran a su alrededor, desde su doncella hasta el director de la ópera Italiana, conocen sus debilidades, sus prejuicios, sus locuras y sus caprichos, y viven con un cálculo y una medida tan exactos de su carácter moral como los que toma su modista de sus proporciones físicas. ¿Hay que preparar un nuevo vestido, un nuevo atavío, un nuevo cantante, un nuevo bailarín, un nuevo enano o un gigante, una nueva capilla, un nuevo lo que sea? Existe una serie de personas diferentes, en una docena de oficios, de quienes Lady Dedlock no sospecha que hagan otra cosa que postrarse ante ella, que pueden deciros cómo manejarla como si fuera un bebé, que la guían a todo lo largo de su vida, que afectan humildemente seguirla con total sumisión, y que en realidad la guían a ella y a todo su grupo; que al enganchar a una, enganchan a todos ellos, igual que Lemuel Gulliver arrastró tras de sí a la solemne flota del majestuoso Lilliput. «Si quiere usted tratar con nuestro personal, señor mío», dicen los joyeros Blaze y Sparkle13 (que al decir «personal» se refieren a Milady Dedlock y el resto), «ha de recordar que no está tratando con el público en general; hay que dar a esa gente en su punto flaco, y ése es su punto flaco». «Señores, para hacer que este artículo se venda», dicen Sheen y Gloss, los pañeros, a sus amigos los fabricantes, «tienen que venir a nosotros, porque nosotros sabemos adónde llevar al gran mundo, y hacer que algo se ponga de moda». «Si quiere usted hacer que esta litografía llegue a los salones de mis altas relaciones, señor mío», dice el señor Sladdery, el librero, «o si quiere usted llevar a tal gigante o a cual enano a las casas de mis altas relaciones, señor mío, o si quiere usted conseguir para esta compañía el patrocinio de mis altas relaciones, señor mío, tenga usted la bondad de dejarlo en mis manos, pues estoy acostumbrado a estudiar a las principales de mis altas relaciones, señor mío, y puedo decirle sin vanidad que hacen lo que yo les digo», en lo cual el señor Sladdery, que es hombre honrado, no exagera en absoluto. Por ende, si bien es posible que el señor Tulkinghorn no sepa lo que pasa ahora por las cabezas de los Dedlock, también es muy posible que sí lo sepa. —¿Ha vuelto a verse hoy la causa de Milady ante el Canciller, señor Tulkinghorn? —pregunta Sir Leicester al darle la mano. —Sí. Hoy se ha vuelto a ver —replica el señor Tulkinghorn con una de sus leves reverencias a Milady, la cual está sentada en un sofá frente a la chimenea, protegiéndose el rostro con una pantalla de mano. —Supongo que es inútil preguntar —dice Milady, presa todavía de la monotonía de la residencia de Lincolnshire— si se ha hecho algo. —Hoy no se ha hecho nada que pudiera usted calificar de algo —contesta el señor Tulkinghorn. —Y nunca se hará —observa Milady. Sir Leicester no tiene ninguna objeción a un pleito interminable en Cancillería. Es un trámite lento, caro, británico, constitucional. Claro que a él en ese pleito no le va nada vital, pues lo único que aportó Milady a su matrimonio fue su participación en ese pleito, y tiene una vaga impresión de que el que su nombre —el nombre de Dedlock— figure en esa causa y no sea el título de esa misma causa constituye el más ridículo de los accidentes. Pero considera que el Tribunal de Cancillería, pese a entrañar algún que otro retraso en la justicia, y un cierto volumen de confusión, es algo ideado, junto con muchas otras cosas, por la perfección de la sabiduría humana y para la solución eterna (en términos humanos) de todas las cosas. Y opina, en general, decididamente que el dar la sanción de su aprobación a cualquier crítica respecto de ese Tribunal equivaldría a alentar a alguien de las clases inferiores a que se rebelara en alguna parte, a alguien como Weat Tyler14. —Como se han inscrito unas cuantas declaraciones juradas nuevas, y como son breves, y como parto del incómodo principio de solicitar a mis clientes que me permitan informarles de todas las novedades de una causa —dice el señor Tulkinghorn, que cautelosamente no acepta más responsabilidades que las necesarias—, y además como se va usted a París, los he traído en el bolsillo. (Sir Leicester también iba a París, pero lo que interesaba al rumor del gran mundo era que fuese Milady.) El señor Tulkinghorn saca sus documentos, pide permiso para depositarlos en una mesa que es un talismán dorado puesto al lado de Milady, y empieza a leer a la luz de una lámpara de mesa. «En Cancillería. Entre John Jarndyce.. . » Milady interrumpe y le pide que prescinda de todas las pesadeces formales que sea posible. El señor Tulkinghorn mira por encima de sus impertinentes y vuelve a empezar más abajo. Milady, distraída y despectivamente, va desviando su atención. Sir Leicester, sentado en un butacón, contempla la chimenea, y parece sentir un agrado ceremonioso por las reiteraciones y las prolijidades jurídicas, como si formaran parte de los bastiones de la nación. Da la casualidad de que donde está sentada Milady el fuego de la chimenea calienta mucho, y de que la pantalla de mano es más bonita que útil, y es inapreciable, pero pequeña. Milady cambia de postura y ve los papeles que hay en la mesa, los contempla más de cerca, cada vez más de cerca, y pregunta impulsivamente: —¿Quién hizo esas copias? El señor Tulkinghorn se interrumpe, sorprendido ante la agitación de Milady y su tono desusado. —¿Es eso lo que llaman ustedes letra cancilleresca? —pregunta ella, que lo mira a los ojos, una vez más con gesto inexpresivo y jugando con la pantalla. —No exactamente. Probablemente —y el señor Tulkinghorn examina el documento mientras habla—, ese aspecto jurídico que tiene se adquiriese después de que se fuera formando la letra del copista. ¿Por qué me lo pregunta? —Cualquier cosa con tal de variar esta detestable monotonía. ¡Pero siga, siga! El señor Tulkinghorn vuelve a leer. El calor va en aumento y Milady vuelve a protegerse el rostro con la pantalla. Sir Leicester da una cabezada, se despierta de repente y exclama: —¿Eh? ¿Qué decía? —Decía que me temo —contesta el señor Tulkinghorn, que se ha levantado apresuradamente— que Milady Dedlock se siente mal. —Un vahído —murmura Milady, a quien se le han puesto blancos los labios—; nada más, pero me siento muy débil. No me digan nada. ¡Llamen para que me lleve a mis aposentos! El señor Tulkinghorn se retira a otra sala; suenan timbres, ruidos de pasos, primero lentos y después a la carrera; después, silencio. Por fin, Mercurio ruega al señor Tulkinghorn que vuelva. —Ya está mejor —dice Sir Leicester, con un gesto al abogado para que se siente y siga leyendo ante él sólo. Me he asustado mucho. Nunca había visto desmayarse a Milady. Pero hace un tiempo terrible, y la verdad es que se ha muerto de aburrimiento en nuestra residencia de Lincolnshire. CAPÍTULO 3 Un recorrido Me resulta muy difícil empezar a escribir mi parte de estas páginas, pues sé que no soy lista. Siempre lo he sabido. Recuerdo que cuando era muy pequeña solía decirle a mi muñequita, cuando nos quedábamos a solas: «Vamos, Muñequita, sabes perfectamente que no soy muy lista, y tienes que ser buena y tener paciencia conmigo!» Y ella se quedaba sentadita en una gran butaca, con la tez tan bonita y los labios sonrosados, contemplándome, o más bien contemplando la nada, mientras yo me ocupaba en mis labores y le contaba cada uno de mis secretos. ¡Cuánto quería yo a aquella muñeca! Entonces era yo tan tímida que apenas me atrevía a abrir la boca, y jamás me atrevía a revelar mis pensamientos ante nadie, más que ella. Casi me echo a llorar cuando recuerdo cómo me tranquilizaba, al volver de la escuela, el subir corriendo las escaleras hasta mi habitación y exclamar: «¡Ay, muñequita fiel; ya sabía yo que me estarías esperando!», y luego me sentaba en el suelo, apoyada en el brazo de su butacón, y le decía todo lo que había visto desde que nos separamos. Yo siempre había sido muy observadora —¡aunque no muy viva, eso no!—, una observadora silenciosa de lo que pasaba ante mí, y solía pensar que me gustaría comprenderlo todo mejor. No es que sea de comprensión muy rápida. Cuando quiero muchísimo a alguien, parece que comprendo mejor. Pero también es posible que eso sea una vanidad mía. Desde mis primeros recuerdos, quien me crió fue mi madrina, igual que a algunas de las princesas de los cuentos de hadas, sólo que yo no era nada encantadora. ¡Mi madrina era una mujer buenísima! Iba a la iglesia tres veces todos los domingos, y a las oraciones de la mañana los miércoles y los viernes, y a los sermones cuando los había, y no fallaba nunca. Era hermosa, y si alguna vez hubiera sonreído (pensaba yo entonces), hubiera sido como un ángel, pero nunca sonreía. Siempre estaba muy seria, y era muy estricta. A mí me parecía que como ella era tan buena, la maldad de los otros le hacía pasarse la vida con el ceño fruncido. Me sentía tan diferente de ella, incluso si se tienen en cuenta todas las diferencias que hay entre una niña y una mujer; me sentía tan pobre, tan insignificante, que nunca podía actuar con naturalidad ante ella; no, ni siquiera podía quererla como yo hubiera deseado. Me sentía muy triste al pensar lo buena que era ella y lo indigna de ella que era yo, y solía confiar ardientemente en que más adelante tendría yo mejor corazón, y hablaba mucho de eso con mi querida Muñequita, pero nunca quise a mi madrina como hubiera debido quererla, y como creía que debía quererla si yo hubiera sido una niña más buena. Yo diría que aquello me hacía ser más tímida y retraída de lo que ya era por naturaleza, y hacía que mi Muñequita fuera la única amiga con la que me sentía a gusto. Pero cuando todavía era yo muy pequeña, pasó algo que me sirvió de mucho. Nunca había oído hablar de mi mamá. Tampoco había oído hablar de mi papá, pero mi mamá me interesaba más. .Que yo pudiera recordar, nunca me habían vestido de negro. Nunca me habían enseñado la tumba de mi mamá. Nunca me habían dicho dónde estaba. Pero tampoco me habían dicho que rezara por nadie más que por mi madrina. Más de una vez le había planteado estas ideas a la señora Rachael, nuestra única sirvienta, que era la que se me llevaba la luz cuando me acostaba (también ella era muy buena, pero austera conmigo), y no me había dicho más que: «¡Buenas noches, Esther! », y se iba y me dejaba sola. Aunque en la escuela local a la que iba yo había siete niñas, y aunque me llamaban la pequeña Esther Summerson, yo nunca iba a sus casas. Claro que todas ellas eran mayores que yo (yo era la más pequeña, con mucho), pero parecía como si entre nosotras hubiera alguna diferencia aparte de ésa, y además de eso todas eran mucho más listas que yo y sabían mucho más que yo. Me acuerdo muy bien de que una de ellas, la primera semana que fui a la escuela, me invitó a que fuera a una fiesta a su casa, y me alegré mucho. Pero mi madrina escribió una carta muy tiesa diciendo que no podía ir, y no fui. Yo no salía nunca. Era mi cumpleaños. Cuando eran los cumpleaños de otras, siempre había fiesta en la escuela, pero cuando era el mío, no. En otros cumpleaños se hacía fiesta en las casas, y yo lo sabía porque oía lo que se contaban las otras niñas, pero en la mía nunca se hacía nada. En mi casa, mi cumpleaños era el día más melancólico de todo el año. Ya he mencionado que, salvo que me engañara mi vanidad (cosa que es posible, pues es posible que sea muy vanidosa sin sospecharlo, aunque la verdad es que no lo creo), mi comprensión se aviva cuando se anima mi afecto. Soy muy afectuosa, y quizá todavía pudiera volver a sentirme herida, si fuera posible recibir una herida más de una vez, de forma tan aguda como aquel cumpleaños. Había terminado la cena, y mi madrina y yo estábamos sentadas a la mesa ante la chimenea. El reloj tictaqueaba, el fuego crepitaba, y ni en aquella habitación ni en toda la casa se oía otro ruido desde hacía no recuerdo cuánto tiempo. Por casualidad miré tímidamente por encima de mi costura hacia mi madrina, y el gesto que le vi en la cara, mientras me miraba sombría, decía: «¡Cuánto mejor hubiera sido, pobrecita Esther, que no hubiera sido tu cumpleaños, que nunca hubieras nacido!» Rompí, en llanto y sollozos, y dije: —Ay, madrina querida, dime, por favor, dime, ¿sé murió mamá cuando nací yo? —No —respondió—. ¡Y no preguntes más cosas, niña! —Por favor, cuéntame algo de ella. ¡Dime algo por fin, madrina querida! ¿Qué le hice yo? ¿Cómo la perdí? ¿Por qué soy tan distinta de las demás niñas, y por qué es culpa mía, madrina? No, no, no, no te vayas. ¡Dime algo! Yo tenía más miedo que pena, y la agarré del vestido y me dejé caer de rodillas. Ella no había parado de decir: « ¡Suelta! » Pero ahora se quedó inmóvil y en silencio. Su gesto adusto tenía tal poder sobre mí que me interrumpió en medio de mi vehemencia. Alcé una manita temblorosa para tomar la suya, o para pedirle perdón con todo el fervor posible, pero la retiré cuando me miró y me la llevé al corazón tembloroso. Me levantó del suelo, se sentó en su silla y poniéndome en pie ante ella me dijo lentamente, en voz baja y fría, con el ceño fruncido y apuntándome con el dedo: —Tu madre, Esther, es tu vergüenza, igual que tú fuiste la suya. Ya llegará el momento (y muy pronto) en que lo comprenderás mejor, y también en que lo comprenderás, como sólo puede comprenderlo una mujer. Yo la he perdonado —pero no ablandó el gesto— por el daño que me hizo, aunque fue mayor de lo que jamás puedas tú llegar a comprender, y no diré nada más al respecto, aunque fue algo mayor de lo que jamás llegarás tú a saber, de lo que jamás llegará nadie a saber, más que. yo, que fui quien lo sufrió. Y tú, pobrecita, huérfana y envilecida desde el primero de estos horribles cumpleaños, reza todos los días para que no caigan sobre tu cabeza los pecados de los otros, según está escrito. Olvídate de tu madre y deja que todos los demás que quieran tener esa bondad para su pobre hija también la olviden. Y ahora, ¡vete! Sin embargo, cuando estaba a punto de separarme de ella —¡hasta tal punto me sentía petrificada!—, me detuvo y añadió estas palabras: —La obediencia, la renuncia y el trabajo diligente son los preparativos para una vida que se ha iniciado con una sombra así sobre ella. Eres diferente de otras niñas, Esther, porque no naciste como ellas como fruto del mismo pecado y de la misma ira que todas. Tú eres distinta. Subí a mi habitación, me metí en la cama y acerqué la mejilla llena de lágrimas junto a la de mi Muñeca, y con aquella única amiga apretada contra mi pecho me quedé llorando hasta dormirme. Por imperfecta que fuera mi comprensión de mi pena, lo que sí sabía era que yo no había dado ninguna alegría, en ningún momento, a un solo corazón, y que lo que mi Muñequita era para mí yo no lo era para nadie en el mundo. Dios mío, la cantidad de tiempo que pasamos solas desde entonces, y la cantidad de veces que repetí a mi Muñequita la historia de mi cumpleaños, y que le confié que intentaría, con todas mis fuerzas, reparar el pecado con el que había nacido (del que me confesaba culpable y al mismo tiempo inocente), y que según fuera creciendo haría todo lo posible por ser industriosa, alegre y amable, y por hacer algo de bien a alguien, y lograr que alguien me quisiera, si podía. Espero que no sea egoísta al derramar estas lágrimas cuando pienso en ello. Me siento muy agradecida y estoy muy animada, pero no logro impedir que me vengan a los ojos. ¡Bien! Ya me las he secado, y ahora puedo seguir adelante como es debido. Después del cumpleaños, advertí tanto más la distancia entre mi madrina y yo, y advertí con tal claridad que yo ocupaba un lugar en su casa que debería haber estado vacío, que me resultaba más difícil dirigirme a ella, aunque en mi corazón me sentía más fervientemente agradecida a ella que nunca. Lo mismo sentía respecto de mis compañeras de escuela. Lo mismo sentía respecto de la señora Rachael, que era viuda, y desde luego respecto de su hija, que venía a verla cada dos semanas. Yo era muy retraída y silenciosa, y trataba de ser muy diligente. Una tarde de sol, cuando acababa de volver a casa con mis libros y mi cartera, mientras observaba mi larga sombra que caminaba a mi lado, y mientras subía las escaleras en silencio hacia mi habitación, como de costumbre, mi madrina miró por la puerta del salón y me llamó. Sentado a su lado vi a un desconocido, lo que era de lo más desusado. Un caballero regordete de aspecto importante, todo vestido de negro, con un corbatín, blanco, grandes sellos de oro en el reloj, unas gafas de oro y un gran anillo de sello en el meñique. —Ésta —dijo mi madrina a media voz— es la niña. —Después, con su tono natural de voz, añadió—: Ésta es Esther, señor mío. El caballero se puso las gafas para mirarme y dijo: —Ven aquí, guapa. —Me dio la mano y me pidió que me quitara el sombrero, todo ello sin dejar de mirarme. Cuando obedecí dijo: — ¡Ah! — y después—: ¡Sí! —Y luego se quitó las gafas y tras meterlas en un estuche rojo se reclinó en el sillón dando vueltas al estuche entre las manos, e hizo un gesto de asentimiento a mi madrina. Entonces ésta me dijo: —¡Ya puedes ir arriba, Esther! —de manera que le hice una reverencia y me fui. Debe de haber sido dos años después, y yo tenía casi catorce, cuando una noche terrible estábamos mi madrina y yo sentadas junto a la chimenea. Yo leía en voz alta y ella escuchaba. Había bajado a las nueve, como era mi costumbre, para leerle la Biblia, y ahora estaba leyendo en San Juan cómo Nuestro Señor se había inclinado a escribir con la mano en el polvo, cuando le llevaron a la pecadora: «Y como insistieran en preguntarle, se enderezó y les dijo: "El que de vosotros esté sin pecado, sea el primero en arrojar la piedra contra ella".» Me interrumpí cuando mi madrina se levantó, se llevó la mano a la cabeza y exclamó con una voz horrible, citando de otra parte del Libro: «¡Velad, pues! Para que cuando venga de repente no os halle durmiendo. Y lo que a vosotros digo, a todos lo digo: ¡Velad!» Y de pronto, mientras estaba ante mí repitiendo aquellas palabras, cayó al suelo. No tuve que gritar; su voz había resonado por toda la casa, y se había oído en la calle. La llevaron a la cama. Allí estuvo más de una semana, sin grandes cambios de aspecto, con su ceño decidido de siempre, que tan bien conocía yo, como esculpido en su hermoso rostro. Fueron muchísimas las veces en que, de día y de noche, con la cabeza puesta junto a la suya en la almohada para que oyera mejor mis susurros, le di besos, le dije mi agradecimiento, recé por ella, pedí su bendición y su perdón, le rogué que me diera el menor indicio de que me conocía o me oía. No, no, no. Tenía un gesto inmutable. Hasta el final, e incluso después, mantuvo el ceño inalterable. El día después del entierro de mi pobre madrina reapareció el señor de negro con el corbatín blanco. La señora Rachael me mandó llamar, y lo encontré en el mismo sitio, como si nunca se hubiera ido de allí. —Me llamo Kenge —dijo—; quizá me recuerdes, hija; Kenge y Carboy, Lincoln's Inn. Respondí que recordaba haberlo visto una vez antes. —Siéntate, por favor... aquí, a mi lado. No temas; no debes temerme. Señora Rachael, no necesito comunicarle a usted, que estaba familiarizada con los asuntos de la finada señorita Barbary, que con ella desaparecen sus medios de vida, y que esta señorita, ahora que ha fallecido su tía... —¡Mi tía, señor! —De nada vale mantener un engaño cuando nada se puede ganar con ello —dijo el señor Kenge sin alterarse—. Tía de hecho, aunque no ante el derecho. ¡No te preocupes! ¡No llores! ¡No tiembles! Señora Rachael, sin duda nuestra joven amiga sabe... que... ah... Jarndyce y Jarndyce. —Jamás —dijo la señora Rachael. —¿Es posible —continuó el señor Kenge poniéndose las gafas —que nuestra joven amiga (¡te lo ruego, no te inquietes!) no haya oído hablar nunca de Jarndyce y Jarndyce? Negué con la cabeza, preguntándome de qué se trataba. —¿Que no sepa nada de Jarndyce y Jarndyce? —preguntó el señor Kenge, mirándome por encima de las gafas, y dándole lentamente vueltas al estuche entre las manos, como si estuviera acariciándolo—. ¿Que no haya oído hablar de uno de los mayores pleitos jamás planteados en Cancillería? ¿Que no haya oído hablar de Jarndyce y Jarndyce, que es, ah, por sí solo un monumento a la práctica de Cancillería? ¿En el cual (diría yo) se presentan una vez tras otra todas las dificultades, todos los imponderables, todos los inventos magistrales, todas las formas de procedimiento que conocen los tribunales? Es una causa que no podría existir más que en este país libre y grande. Yo diría que las costas agregadas de Jarndyce y Jarndyce, señora Rachael —me temo que le dirigía la palabra a ella, porque yo parecía no enterarme—, ascienden ahora mismo a ¡entre SESENTA y SETENTA MIL LIBRAS! —dijo el señor Kenge, echándose atrás en la silla. Yo me sentía muy ignorante, pero, ¿qué iba a hacerle? Era tal mi desconocimiento del tema que incluso entonces no me enteré de nada. —¡Y es cierto que jamás ha oído hablar de la causa! —dijo el señor Kenge—. ¡Sorprendente! —La señorita Barbary, señor mío —contestó la señora Rachael—, que se encuentra ya entre los Serafines... («Así confío, con toda seguridad» —dijo el señor Kenge, cortésmente.) ... no deseaba que Esther supiera más que lo que le fuera útil. Y en esta casa no se le han enseñado más que cosas de ese género. —¡Bueno! —exclamó el señor Kenge—. En general, cabe decir que eso es lo correcto. Pero vamos al grano —y se dirigió a mí—. La señorita Barbary, que era tu única pariente (es decir, de hecho, pues ante el derecho no tenías ningún pariente), ha muerto, y como naturalmente no es de esperar que la señora Rachael... —¡Ah, no, Dios mío! —dijo la señora Rachael inmediatamente. —Exacto —asintió el señor Kenge—..., que la señora Rachael se haga cargo de tu sustento y mantenimiento (te ruego que no te inquietes), te hallas en posición de recibir la reiteración de un ofrecimiento que recibí orden de hacer a la señorita Barbary hace dos años y que, si bien se vio entonces rechazado, quedaba entendido que era reiterable en las lamentables circunstancias que se han producido ulteriormente. Y ahora, si confieso que represento, en Jarndyce y Jarndyce y en otros respectos, a una persona muy humanitaria, pero al mismo tiempo singular, ¿cabría decir que me excedo en algo de mi discreción profesional? —preguntó el señor Kenge, volviendo a arrellanarse en la silla y mirándonos calmosamente a ambas. Parecía que lo que más le gustara del mundo fuera el sonido de su propia voz. No me extrañaba, pues era rica y sonora, e imprimía gran importancia a cada una de las palabras que pronunciaba. Se escuchaba a sí mismo con evidente satisfacción, y a veces llevaba suavemente el ritmo de su propia música con la cabeza, o redondeaba una frase con la mano. Me sentí muy impresionada con él, incluso entonces, antes de enterarme de que había copiado el modelo de un gran lord que era cliente suyo, y de que la gente lo llamaba Kenge el Conversador. —El señor Jarndyce —continuó—, consciente de la situación... diría yo que lamentable... de nuestra joven amiga, ofrece colocarla en un establecimiento de primera clase, en el cual se terminará su educación, se asegurará su comodidad, se contemplarán todas sus necesidades razonables y quedará eminentemente cualificada para desempeñar sus funciones en el puesto que (¿diríamos la Providencia?) se ha servido asignarle en este mundo. Mi corazón se sentía tan henchido, tanto por lo que acababa de decir él como por la forma en que lo había dicho, que no logré decir nada, aunque lo intenté. —El señor Jarndyce —prosiguió— no establece condición alguna, salvo la de expresar su esperanza de que nuestra joven amiga no se vaya en ningún momento del establecimiento al que nos referimos sin el consentimiento y el conocimiento de él. Que se aplicará fielmente a la adquisición de los conocimientos de cuyo ejercicio acabará por depender. Que caminará siempre por la vía de la virtud y la honra y... que..., ah ..., etcétera. Me sentí todavía menos capaz de decir palabra que antes. —Bueno, ¿y qué dice nuestra joven amiga? —continuó el señor Kenge—. ¡Tómate tu tiempo! ¡Tómate tu tiempo! Haré una pausa para que repliques. ¡Pero tómate tu tiempo! Huelga repetir lo que intentó decir el pobre objeto de aquel ofrecimiento. Podría contar con más facilidad lo que sí dijo, si mereciera la pena contarlo. Lo que sintió y seguirá sintiendo hasta la hora de su muerte es algo que jamás podría relatar. Aquella entrevista se celebró en Windsor, donde (que yo supiera) había transcurrido toda mi vida. Ocho días después, bien provista de todo lo necesario, me fui de allí a Reading, en la diligencia. La señora Rachael era demasiado buena para sentir emoción alguna ante nuestra separación, pero yo no era tan buena y lloré muchísimo. Pensaba que al cabo de tantos años debería haberla conocido mejor, y debería haberle inspirado suficiente cariño como para hacer que entonces también ella sintiera pena. Cuando me dio un frío beso de despedida en la frente, como una gota de hielo que cae del porche de piedra —era un día muy frío—, me sentí tan desgraciada y tan culpable que me así a ella y le dije que era culpa mía, ya lo sabía yo, que me pudiera decir adiós con tanta tranquilidad. —¡No, Esther! —replicó—. ¡Es tu desgracia! La diligencia estaba ante la portezuela del jardín (porque no habíamos salido hasta que oímos las ruedas), y allí la dejé, llena de pena. Volvió a entrar en casa antes de que hubieran terminado de poner mis maletas en la baca, y cerró la puerta. Entre lágrimas, seguí mirando la casa por la ventanilla hasta que dejó de verse. Mi madrina había legado a la señora Rachael lo poco que poseía, y se iba a realizar una subasta, y afuera, en medio del hielo y de la nieve, colgaba una vieja alfombrilla bordada de rosas, que a mí me había parecido siempre que era el más antiguo de mis recuerdos. Hacía un día o dos que había yo envuelto a mi vieja y querida Muñeca en su viejo chal y la había enterrado en silencio —casi me da vergüenza el decirlo— en el jardín, bajo el árbol que le daba sombra a mi antigua ventana. Ya no me quedaba más compañía que mi pájaro, y venía conmigo en su jaula. Cuando se perdió de vista la casa, me quedé sentada con la jaula de mi pájaro depositada sobre la paja que había a mis pies, y desde la barqueta de la diligencia iba contemplando los árboles helados, que eran como pedazos maravillosos de espato, y los campos, todos blandos y blancos con la nieve de la noche pasada, y el sol, tan rojo, pero que daba tan poco calor, y el hielo, oscuro como el metal, donde los patinadores y los deslizadores habían ido apartando la nieve. En la diligencia había un señor sentado justo frente a mí, que parecía enorme de tanta ropa como llevaba, pero iba mirando por la otra ventanilla y no parecía darse cuenta de mi existencia. Pensé en mi madrina muerta, en la noche en que le había estado leyendo, en aquel ceño tan fruncido y tan serio cuando estaba en la cama, en aquel lugar desconocido al que me dirigía, en la gente a la que iba a conocer allí y cómo sería y qué me diría, cuando una voz que sonó en la diligencia me asustó terriblemente: —¿Por qué diablo estás lloriqueando? —me preguntó . Me dio tanto miedo que me quedé sin voz y no pude sino responder con un susurro: —¿Me dice a mí, señor? —Pues, naturalmente, comprendí que había debido de ser aquel señor con tanta ropa, aunque seguía mirando por su ventanilla. —Si, a ti —dijo, volviéndose hacia mí. —No me había dado cuenta de que estaba llorando, señor —tartamudeé. —¡Pues sí que lo estás! —exclamó aquel señor—. ¡Mira! Se acercó a mí desde la otra punta del coche, me pasó por los ojos uno de sus grandes puños de piel (pero sin hacerme daño) y me mostró que había quedado mojado. —¡Bien! Ahora ya ves que estabas llorando —dijo—. ¿No? —¡Sí, señor! —contesté. —¿Y por qué lloras? —preguntó aquel señor—. ¿No quieres ir allí? —¿Adónde, señor? —¿Adónde? Pues a donde vas a ir —respondió el señor. —Estoy muy contenta de ir, señor —contesté. —¡Pues entonces! ¡Pon cara de estar contenta! —exclamó el señor. Me pareció una persona muy rara, o por lo menos lo que se veía de él era muy raro, pues estaba envuelto en ropajes hasta la barbilla, y llevaba la cara casi tapada por una gorra de piel, con orejeras muy anchas que llevaba atadas bajo la barbilla, pero yo me había recuperado y ya no le tenía miedo. Así que le dije que creía que debía de haber estado llorando por la muerte de mi madrina y porque a la señora Rachael no le daba pena separarse de mí. —¡Al diablo con la señora Rachael! —exclamó aquel señor—. ¡Que se vaya en una tormenta, montada en su escoba! Entonces me empezó a dar miedo de verdad, y lo miré muy asombrada. Pero me pareció que tenía una mirada agradable, aunque no hacía más que murmurar cosas en tono enfadado, y llamando de todo a la señora Rachael. Al cabo de un rato se abrió el abrigo, que a mí me parecía lo bastante grande como para envolver toda la diligencia, y se metió la mano en un bolsillo muy hondo que tenía dentro. —¡Vamos, mira aquí! —dijo—. En este papel —que estaba muy bien doblado— hay un trozo de la mejor tarta de ciruelas que hay en el mercado; tiene por fuera por lo menos una pulgada de azúcar, tanto como grasa tienen las chuletas de cordero. Y éste es un pastelito (una joyita, tanto de tamaño como de calidad) hecho en Francia. ¿Y de qué te crees que está hecho? De hígados de gansos bien gordos. ¡Vaya un pastel! A ver cómo te lo comes todo. —Gracias, señor —repliqué—. Se lo agradezco mucho, de verdad, pero espero que no se ofenda si le digo que son demasiado llenantes para mí. —¡Me ha vuelto a dejar K.O.! —dijo aquel señor, cosa que no comprendí en absoluto, y tiró las dos cosas por la ventanilla. No me volvió a decir nada hasta que se apeó del coche, poco antes de llegar a Reading, y entonces me aconsejó que fuera una niña buena, y que fuera estudiosa, y me dio la mano. He de decir que me sentí aliviada cuando se apeó. Lo dejamos junto a una piedra miliar. Muchas veces volví a pasar por allí, y durante mucho tiempo ninguna de ellas dejé de recordarlo, de pensar en él, y de medio esperar que me lo iba a encontrar. Pero nunca fue así, de manera que a medida que fue pasando el tiempo, me fui olvidando de él. Cuando paró la diligencia, una señora muy bien arreglada miró por la ventanilla y dijo: —La señorita Donny. —No, señora; soy Esther Summerson. —Exactamente —dijo la señora—. La señorita Donny. Comprendí entonces que se estaba presentando ella, pedí perdón a la señorita Donny por mi error y le señalé mis maletas cuando me lo pidió. Conforme a las instrucciones de una doncella muy bien arreglada, las pusieron en un cochecito verde muy pequeño, y después la señorita Donny, la doncella y yo montamos en él y nos fuimos. —Ya lo tienes todo preparado, Esther —dijo la señorita Donny—, y tu plan de actividades está todo organizado exactamente conforme a los deseos de tu tutor, el señor Jarndyce. —De..., ¿cómo ha dicho, señorita? —De tu tutor, el señor Jarndyce —dijo la señorita Donny. Me sentí tan confusa, que la señorita Donny pensó que el frío del viaje había sido excesivo para mí, y me pasó su frasco de sales. —¿Conoce usted a mi... tutor, señorita? —pregunté, tras dudarlo mucho. —No personalmente, Esther —respondió la señorita Donny—; sólo por conducto de sus abogados, los señores Kenge y Carboy, de Londres. El señor Kenge es persona de gran dignidad. Y muy elocuente. ¡Habla en unos períodos verdaderamente majestuosos! Yo estaba totalmente de acuerdo, pero me sentía demasiado confusa para hacerle caso. Nuestra rápida llegada al punto de destino, antes de que tuviera tiempo para recuperarme, no hizo sino aumentar mi confusión, y jamás olvidaré el aspecto incierto e irreal que tenía todo, aquella tarde, en Greenleaf (la casa de la señorita Donny). Pero en seguida me acostumbré. Tardé tan poco tiempo en acostumbrarme a la rutina de Greenleaf que era como si llevara mucho tiempo allí, y casi como si hubiera soñado, en lugar de vivido, mi vida anterior en casa de mi madrina. No podía haber nada más preciso, más exacto ni más ordenado que Greenleaf. Para cada hora del día había algo que hacer, y todo se hacía a su hora exacta. Éramos doce pensionistas, y había dos señoritas Donny, que eran gemelas. Estaba entendido que con el tiempo yo tendría que ganarme la vida como institutriz, y no sólo se me instruyó en todo lo que se enseñaba en Greenleaf, sino que en seguida me dedicaron a enseñar a otras. Aunque en todos los demás respectos se me trataba igual que al resto de las alumnas, en mi caso se estableció esta diferencia desde el principio. A medida que iba aprendiendo más, iba enseñando más, de forma que con el tiempo llegué a tener mucho que hacer, y me gustaba hacerlo, porque hacía que las niñitas se encariñasen conmigo. Por último, cada vez que llegaba una nueva pupila que estaba un poco triste y melancólica, se hacía inmediatamente —no sé muy bien por qué— tan amiga mía que con el tiempo todas las recién llegadas quedaban confiadas a mi cuidado. Decían que yo era muy amable, pero estoy segura de que eran ellas las amables. Pensé muchas veces en la resolución que había hecho el día de mi cumpleaños, de tratar de ser industriosa, alegre y amable, y de hacer algún bien a alguien, y de conseguir que alguien me quisiera si podía, y de verdad, de verdad, casi me daba vergüenza haber hecho tan poco y conseguido tanto. Pasé en Greenleaf seis años felices y tranquilos. Gracias a Dios, mientras estuve allí jamás vi reflejada la idea en ningún rostro de que mejor hubiera sido que yo no hubiera nacido nunca. Cuando llegaba aquella fecha, me traía tantos símbolos de recuerdo afectuoso que mi habitación estaba adornado con ellos desde Año Nuevo hasta Navidad. En aquellos seis años nunca salí de allí, salvo para hacer visitas a los vecinos durante las fiestas. Al cabo de unos seis meses seguí el consejo de la señorita Donny en el sentido de que lo correcto sería escribir al señor Kenge para decirle que estaba contenta y agradecida, y con la aprobación de la señorita escribí una carta en esos términos. Recibí una respuesta formal en la que se acusaba recibo de la mía y decía: «Tomamos nota de su contenido, que se comunicará como procede a nuestro cliente.» Después de eso, alguna vez oí comentar a la señorita Donny y su hermana la puntualidad con la que se pagaban mis cuentas, y unas dos veces al año me aventuraba a escribir otra carta parecida. Siempre recibía a vuelta de correo exactamente la misma respuesta, escrita con la misma letra redondilla, con la firma de Kenge y Carboy escrita con otra letra, que yo suponía era la del señor Kenge. ¡Me resulta tan curioso estar obligada a escribir todo esto acerca de mí misma! ¡Como si esta narración fuera la narración de mi vida! Pero falta poco para que mi personilla se funda en un contexto más general. Había pasado yo seis años tranquilos (veo que lo digo por segunda vez) en Greenleaf, viendo en todas las que me rodeaban, como en un espejo, todas las fases de mi propio desarrollo y cambio en aquella casa, cuando, una mañana de noviembre, recibí la siguiente carta, cuya fecha omito: Old Square, Lincoln's Inn Señorita: Jarndyce y Jarndyce Habida cta. de q. nuestro clte. el Sr. Jarndyce recibirá en breve en su casa, por orden del Tbl. de Canc. a una pupila del Tbl. en esta causa, para quien desea una Cía. adecuada, dicho clte. nos encarga informemos a Vd. de que celebraría mcho. contar con sus scios. en tal calidad. Hemos encargado el tpte. de Vd. a título gratuito en la dgcia. de las 0800 de Reading el lunes a.m. próximo, destino a White Horse Cellar, Piccadilly, Londres, donde la esperará uno de nuestros ptes. para guiarla a Vd. a nuestra Ofna. mencionada. Quedamos a sus pies sus ss. SS., Kenge y Carboy Srta. Esther Summerson ¡Jamás, jamás, jamás olvidaré la emoción que aquella carta causó en la casa! Eran tan cariñosas al ocuparse tanto de mí, era tan generoso por parte de aquel Padre, que no me había olvidado, el hacer que mi vida de huérfana fuera tan fácil y agradable, y el haber inclinado a tantos espíritus infantiles hacia mí, que yo apenas si podía soportarlo. No es que hubiera preferido que lo sintieran menos; me temo que no, pero el placer que me dieron, y al mismo tiempo el dolor, y el orgullo y la alegría, y el humilde pesar que todo aquello me provocó eran cosas tan mezcladas que casi parecía que se me partía el corazón al mismo tiempo que se me llenaba de gozo. La carta sólo me daba cinco días de aviso antes de mi marcha. Cuando cada minuto me traía nuevas pruebas del amor y la amabilidad que se me demostraron aquellos días, y cuando por fin llegó la mañana, y cuando me hicieron recorrer toda la casa para que la viera por última vez, y cuando alguien me gritó: « ¡Esther, querida mía, ven a decirme adiós junto a mi cama, donde por primera vez me dijiste cosas tan bonitas!», y cuando otras sólo me pidieron que escribiera sus nombres y las palabras «Con todo el cariño de Esther», y cuando todas me rodearon con sus regalos de despedida, y se agarraron a mí llorando y exclamando: «¿Qué vamos a hacer cuando ya no esté nuestra querida Esther?», y cuando traté de decirles lo buenas y lo pacientes qué habían sido todas conmigo, y cuánto las bendecía y les daba las gracias a todas, ¡cómo se me partía el corazón! Y cuando las dos señoritas Donny, tan tristes al separarse de mí como las que más, y cuando las doncellas dijeron: «¡Que Dios la bendiga, señorita, dondequiera que vaya!», y cuando el jardinero, viejo, feo y cojo, que yo creía que ni se había dado cuenta de mi existencia en todos aquellos años, corrió jadeando tras la diligencia para darme un ramillete de geranios, y me dijo que yo era como las niñas de sus ojos —¡de verdad que eso fue lo que me dijo aquel anciano!—, ¡cómo se me partía el corazón! ¿Y cómo podía yo impedir que con todo aquello, y con la llegada a la escuelita, y la visión inesperada de los niños pobres que estaban al lado de ésta diciéndome adiós con los sombreros y las gorras, y la de un caballero de pelo canoso y su señora, de cuya hija había sido yo profesora particular, y a cuya casa había ido de visita (aunque decían que era la familia más orgullosa del condado), que sin ningún rebozo exclamaban: «Adiós, Esther. ¡Que seas muy feliz!»..., cómo podía yo evitar inclinar la cabeza mientras iba en el coche y decirme: «¡ Ay, qué agradecida estoy, qué agradecida estoy! », una vez tras otra? Pero, naturalmente, pronto consideré que no debía llegar llorosa a mi destino, después de todo lo que se había hecho por mí. Por lo tanto, claro, me forcé a sollozar menos y me persuadí a mí misma de que debía mantenerme en silencio, diciéndome una vez tras otra: «¡Vamos, Esther, es tu obligación! ¡Esto no puede ser!» Por fin logré sentirme bastante animada, si bien me temo que tardé bastante más de lo que hubiera debido, y cuando me refresqué los ojos con agua de lavanda, era la hora de ir llegando a Londres. Estaba persuadida de que ya habíamos llegado cuando todavía nos faltaban diez millas, y cuando de verdad llegamos, de que nunca íbamos a llegar. Pero cuando empezamos a dar botes sobre un pavimento de piedra, y especialmente cuando pareció que otro vehículo iba a chocar con el nuestro, empecé a creer que de verdad se acercaba el final de nuestro viaje. Muy poco después nos detuvimos. Un joven caballero lleno de manchas de tinta me dirigió la palabra desde la acera y dijo: —Señorita, vengo de parte de Kenge y Carboy, de Lincoln's Inn. —Hágame usted el favor, caballero —respondí. Fue muy amable, y cuando me ayudó a subir a un coche, tras vigilar el transbordo de mis maletas, le pregunté si había un incendio en alguna parte. Porque las calles estaban tan llenas de un humo denso y pardo que casi no se veía nada. —Ah, no, señorita —contestó—. Es la sopa de guisantes. Jamás había oído yo hablar de tal cosa. —Una niebla densa, señorita —aclaró el joven caballero. —¡Ah, claro! —dije. Fuimos recorriendo lentamente las calles más sucias y más oscuras que jamás se pudieran ver en el mundo (creía yo), y en un estado tal de confusión que me pregunté cómo mantenía su cordura la gente, hasta que llegamos repentinamente a la tranquilidad bajo una puerta antigua, y cruzamos una plaza silenciosa hasta llegar a un saliente extraño en una esquina, donde había una entrada por un tramo de escaleras anchas y empinadas, como la entrada de una iglesia. Y efectivamente había un patio de iglesia, bajo un claustro, pues vi las tumbas desde la ventana de la escalera. Era el bufete de Kenge y Carboy. El joven caballero me hizo pasar por una antesala al despacho del señor Kenge —donde no había nadie— y cortésmente me arrimó una silla a la chimenea. Después señaló a mi atención un espejito que colgaba de un clavo a un lado de la repisa de la chimenea. —Por si desea usted verse en él, señorita, tras el viaje, pues va usted a ver al Canciller. Claro que no le hace ninguna falta, a mi juicio —dijo el joven caballero atentamente. —¿Que voy a ver al Canciller? —dije, asombrada por un momento. —No es más que un trámite, señorita —replicó el joven caballero—. El señor Kenge se halla en este momento en el Tribunal. Me ha encargado que la salude atentamente y le pregunte si desea tomar algo —en una mesita había unas galletas y una botella de vino— y leer el periódico —que me dio mientras hablaba. Después atizó el fuego y se fue. Todo me parecía tan extraño (y tanto más extraño cuanto que era de noche en pleno día, que las velas ardían con una llama blanca y todo tenía un aire tan frío e inhóspito) que leí las frases del periódico sin saber lo que decían, y me encontré leyendo varias veces las mismas frases. Como de nada valía seguir así, dejé el periódico, me miré el sombrero en el espejo para ver si estaba bien y contemplé el aposento, que no estaba ni medianamente bien alumbrado, y las mesas polvorientas y viejas, y los montones de escritos, y una estantería llena de libros con el aspecto más inexpresivo que jamás haya tenido un libro en el mundo. Después seguí pensando, pensando, pensando, y el fuego siguió ardiendo, ardiendo, ardiendo, y las velas siguieron temblando y chisporroteando y no había despabiladeras, hasta que al cabo de un rato el joven caballero trajo un par de ellas; y así estuve dos horas. Por fin llegó el señor Kenge. Él no había cambiado, pero se sorprendió al ver cómo había cambiado yo, y pareció bastante satisfecho. —Como va usted a ser la señorita de compañía de la señorita que se halla ahora en el despacho privado del Canciller, señorita Summerson —dijo—, hemos considerado oportuno que también asista usted. ¿No se pondrá nerviosa ante el Lord Canciller, espero? —No, señor —respondí—. No creo. Y la verdad es que, pensándolo bien, no veía por qué iba a ponerme nerviosa. Entonces el señor Kenge me dio el brazo, y fuimos a un rincón, bajo una gran columnata, para entrar por una puerta lateral. Y así, al final de un pasillo, llegamos a un aposento bastante confortable, donde había una señorita y un caballero jóvenes, de pie junto a una chimenea con un fuego enorme. Entre ellos y el fuego había una pantalla, en la que ellos se apoyaban mientras charlaban. Ambos levantaron la cabeza al entrar yo, y la señorita, en la que se reflejaba la luz del fuego, ¡era tan bella! ¡Qué hermoso pelo rubio y abundante, qué ojos azules tan dulces y qué rostro tan brillante, tan inocente y confiado! —Señorita Ada —dijo el señor Kenge—, ésta es la señorita Summerson. Se acercó ella a saludarme con una sonrisa de bienvenida y alargándome la mano, pero en un instante pareció cambiar de opinión y me dio un beso. En resumen, tenía unos modales tan naturales, tan cautivadores, tan encantadores, que al cabo de unos momentos estábamos sentadas junto a la ventana, iluminadas por la luz de la chimenea, y charlando con la mayor sencillez y naturalidad del mundo. ¡Qué peso se me había quitado de encima! ¡Era tan delicioso saber que ella confiaba en mí y que yo le gustaba! ¡Era tan bondadoso por su parte, y me resultaba tan alentador! El joven caballero era un primo lejano, me dijo ella, y se llamaba Richard Carstone. Era un muchacho apuesto, de rostro franco y dotado de una risa muy atractiva, y cuando ella lo llamó para que se acercara a nosotras, se quedó a nuestro lado, también a la luz de la chimenea, hablando animadamente con despreocupación. Era muy joven; como máximo tendría diecinueve años, si es que llegaba, pero tenía casi dos más que ella. Ambos eran huérfanos y (lo que yo no había imaginado y me pareció muy curioso) no se habían conocido hasta aquel mismo día. El que los tres nos viéramos por primera vez, en un lugar tan desusado, ya era motivo de conversación, y de eso hablamos, y el fuego, que había dejado de crepitar, nos guiñaba los ojos rojos, igual que —según dijo Richard— un viejo león soñoliento de la Cancillería. Hablamos en voz baja, porque constantemente entraba y salía un caballero vestido de gala y con una peluca recogida por detrás en una redecilla, y a cada entrada y salida oíamos una voz monótona a lo lejos, que según aquel señor era uno de los abogados de nuestro caso que se dirigía al Lord Canciller. Dijo al señor Kenge que el Canciller terminaría dentro de cinco minutos, y poco después oímos un ruido de gente y un rumor de pasos, y el señor Kenge dijo que el Tribunal había levantado la sesión y que Su Señoría se hallaba en el despacho de al lado. El caballero de la peluca con redecilla abrió la puerta casi inmediatamente y pidió al señor Kenge que pasara. Entonces entramos todos en el despacho de al lado; primero, el señor Kenge con mi niña (ahora me resulta tan natural llamarla así que no puedo evitar escribirlo), y allí, con un sencillo traje negro y sentado en una butaca junto a la chimenea, estaba Su Señoría, cuya toga, con un precioso bordado en oro, estaba depositada en otra silla. Nos miró inquisitivamente cuando entramos, pero su gesto era al mismo tiempo ponderado y amable. El caballero de la peluca con redecilla puso unos montones de papeles en la mesa de Su Señoría, quien seleccionó uno de ellos en silencio y se puso a pasar las hojas. —¿La señorita Clare? —preguntó el Lord Canciller—. ¿La señorita Ada Clare? El señor Kenge la presentó, y Su Señoría le pidió que se sentara a su lado. Incluso yo pude advertir en un momento que la admiraba y que se interesaba por ella. Me emocionó que la familia de una muchachita tan hermosa pudiera estar representada por aquel lugar oficial y austero. El Lord Gran Canciller, en el mejor de los casos, parecía ser un pobre sucedáneo del amor y el orgullo de unos padres. —El Jarndyce del que se trata —añadió el Lord Canciller, que seguía dando vueltas a las hojas—, ¿es el Jarndyce de la Casa Desolada? —El Jarndyce de la Casa Desolada, Señoría —confirmó el señor Kenge. —Triste nombre —dijo el Lord Canciller. —Pero no es un lugar triste actualmente, Señoría —dijo el señor Kenge. —Y la Casa Desolada —dijo Su Señoría— se halla en... —Hertfordshire, Señoría. —¿El señor Jarndyce de la Casa Desolada no es casado? —preguntó Su Señoría. —No, Señoría —dijo el señor Kenge. Una pausa. —¿Se halla presente el joven señor Richard Carstone? —preguntó el Lord Canciller, mirando hacia él. Richard hizo una inclinación y dio un paso al frente. —¡Ejem! —dijo el Lord Canciller, pasando más hojas. —El señor Jarndyce de Casa Desolada, Señoría —observó el señor Kenge en voz baja—, si Su Señoría me permite que se lo recuerde, va a dotar de una compañía adecuada a... —¿Al señor Richard Carstone? —me pareció (aunque no estoy totalmente segura) oír que decía Su Señoría, en voz igual de baja y con una sonrisa. —A la señorita Ada Clare Ésta es la señorita Summerson, de quien se trata. Su Señoría me miró con indulgencia y asintió con gran cortesía a mi reverencia. —¿La señorita Summerson no está emparentada con ninguna de las partes en la causa, según creo? —No, Señoría. El señor Kenge se inclinó poco antes de terminar su respuesta y susurró algo. Su Señoría, con la vista fija en los papeles, escuchó, asintió dos veces o tres, pasó más hojas y no volvió a mirar en mi dirección hasta que nos fuimos. El señor Kenge se retiró entonces, y con él Richard, hacia donde estaba yo, cerca de la puerta, dejando a mi niña (¡una vez más, me resulta tan natural el decirlo que no puedo evitarlo!) sentada al lado del Lord Canciller, que le dirigió la palabra en un pequeño aparte; según me dijo ella después, le había preguntado si había pensado bien en el sistema propuesto, si había pensado que iba a ser feliz bajo el techo del señor Jarndyce, de Casa Desolada, y por qué creía que sí. Al cabo de un rato se puso en pie cortésmente y la dejó ir, y después habló unos momentos con Richard Carstone, a quien no hizo sentarse, sino que dejó en pie, con mucha más sencillez y menos ceremonia, como si todavía supiera, aunque era el Lord Canciller, cómo llegar directamente al corazón del muchacho. —¡Muy bien! —dijo ya en voz alta el Lord Canciller—. Dictaré la orden. El señor Jarndyce de Casa Desolada ha escogido, a mi entender —y esto lo dijo mirándome a mí— una excelente señorita de compañía para esta señorita, y esta disposición parece, con mucho, la mejor que admiten las circunstancias. Se despidió de nosotros con frases amables, y todos salimos muy agradecidos a él por su cortesía y su afabilidad, con las cuales, desde luego, no había perdido ninguna dignidad, sino que nos parecía haber ganado más dignidad. Cuando salimos bajo la columnata, el señor Kenge recordó que tenía que volver un momento a preguntar algo, y nos dejó en medio de la niebla, mientras el carruaje y los sirvientes del Lord Canciller esperaban a que saliera éste. —¡Bueno! —dijo Richard Carstone—. ;Eso ya se ha terminado! ¿Y dónde vamos ahora, señorita Summerson? —¿No lo saben ustedes? —pregunté. —En absoluto —me dijo. —Y tú, cariño mío, ¿tampoco lo sabes? —pregunté a Ada. —¡No! —dijo—. ¿Y tú? —¡En absoluto! —repliqué. Nos miramos los tres, casi riéndonos al ver que estábamos en la mayor ignorancia, cuando se nos acercó una viejecita extraña, tocada con un hombrero estrecho y que llevaba un ridículo, llena de reverencias y sonrisas y con aire de gran ceremonia. —¡Ah! —exclamó—. ¡Los pupilos de Jarndyce! ¡Pero qué gran placer es tener el honor! Es un buen augurio para la juventud, la esperanza, y la belleza, el hallarse juntas aquí, y no saber lo que va a ocurrir después. —¡Está loca! —dijo Richard, creyendo que no lo oiría. —¡Exacto! Loca, jovencito —respondió ella con tal rapidez que Richard se sintió muy avergonzado—. Yo también tuve un tutor en tiempos. Entonces no estaba loca —dijo con una gran reverencia y con una sonrisa entre cada frase—. Tenía juventud y esperanzas, y creo que belleza. Ahora ya no importa. Ninguna de las tres cosas me sirvió de nada, ni me salvó. Tengo el honor de asistir regularmente a los Tribunales. Con mis documentos, espero que se emita el juicio. Dentro de poco. El Día del Juicio. He descubierto que el sexto sello que se menciona en el Apocalipsis es el Gran Sello15. ¡Hace mucho tiempo que se abrió! Les ruego acepten mi bendición. Como Ada estaba un poco asustada, dije, para llevarle la corriente a la pobre ancianita, que le estábamos muy agradecidos. —Sí, sí —respondió irónicamente—. Ya me lo supongo. Y ahora aquí viene Kenge el Conversador. ¡Con sus documentos! ¿Cómo está su honorable Señoría? —¡Muy bien, muy bien! ¡Ahora, no nos moleste, sea buena! —dijo el señor Kenge, que inició el camino de vuelta. —En absoluto —dijo la pobre ancianita, que marchaba a mi paso y el de Ada—. Cualquier cosa antes que molestar. Legaré herencias a ambas, lo cual no es molestar, creo yo. Que se emita un juicio. En breve. El Día del juicio. Ése es un buen augurio para ustedes. ¡Acepten mi bendición! Se detuvo al pie de la escalera ancha y empinada, pero al subir echamos una mirada atrás, y allí seguía ella, diciendo, todavía con una reverencia y una sonrisa entre cada frase: «Juventud. Y esperanza. Y belleza. Y Cancillería. ¡Y Kenge el Conversador! ¡Ja! ¡Les ruego que acepten mi bendición! CAPITULO 4 Una filantropía telescópica Pasaríamos la noche, nos dijo el señor Kenge cuando llegamos a su despacho, en casa de la señora Jellyby16, y después se volvió a mí y dijo que estaba seguro de que yo sabía quién era la señora Jellyby. —La verdad, señor, es que no —respondí—. Quizá el señor Carstone, o la señorita Clare. Pero no, no sabían nada relacionado con la señora Jellyby. —¡Ver-da-de-ra-mente! La señora Jellyby —dijo el señor Kenge, que estaba de espaldas a la chimenea y contemplaba la alfombra polvorienta que tenía ante sí como si fuera la biografía de la señora Jellyby— es una dama de notable fuerza de carácter que se ha consagrado enteramente al público. Se ha consagrado a una gran variedad de temas públicos, en diversos momentos, y actualmente (hasta que se sienta atraída por otra cosa), está consagrada al tema de África, con miras al cultivo general de la baya del café —y de los indígenas— y a la feliz colonización en las riberas de los ríos africanos de nuestra superabundante población nacional. El señor Jarndyce, que desea ayudar a todas las obras que quepa considerar como buenas obras, y a quien recurren mucho los filántropos, tiene, según creo, una opinión elevadísima de la señora Jellyby. El señor Kenge se ajustó el corbatín y nos contempló. —¿Y el señor Jellyby, caballero? —sugirió Richard. —¡Ah! El señor Jellyby —dijo el señor Kenge— es..., ah... No sé qué mejor forma de describírselo salvo decir que es el marido de la señora Jellyby. —¿No tiene personalidad propia, caballero? —sugirió Richard, con una mirada divertida. —No he dicho eso —respondió gravemente el señor Kenge—. De hecho, no puedo decir nada de eso, pues no sé nada en absoluto acerca del señor Jellyby. Que yo sepa, nunca he tenido el placer de ver al señor Jellyby. Es posible que se trate de un ser superior, pero, por así decirlo, se ha fusionado; sí, fusionado, en las más brillantes cualidades de su esposa. El señor Kenge pasó entonces a decirnos que como el camino de la Casa Desolada habría sido muy largo, oscuro y tedioso en una tarde así, y como ya habíamos hecho un viaje aquel mismo día, el propio señor Jarndyce había propuesto este sistema. A primera hora de la mañana siguiente nos esperaría un carruaje a la puerta de la casa de la señora Jellyby para sacarnos de la ciudad. Después tocó una campanilla y entró el joven caballero. El señor Kenge se dirigió a él llamándolo Guppy17, y le preguntó si las maletas de la señorita Summerson y el resto del equipaje «ya se habían llevado». El señor Guppy dijo que sí, que se habían llevado, y que estaba esperándonos un coche para llevarnos también a nosotros en cuanto quisiéramos. —Entonces —dijo el señor Kenge, dándonos la mano—, sólo me queda expresar mi gran satisfacción al ver (¡tenga usted buen día, señorita Clare!) que lo dispuesto para el día de hoy está concluido y (¡tenga usted muy buen día, señorita Summerson!) mi gran esperanza de que todo ello sea conducente a la felicidad (¡ha sido un placer conocer a usted, señor Carstone! ), el bienestar y el progreso en todos los órdenes, de todos los interesados. Guppy, encárgate de que todos lleguen a buen fin. —¿Dónde está ese «fin», señor Guppy? —preguntó Richard mientras bajábamos la escalera. —Aquí al lado —dijo el señor Guppy—, justo en Tavies Inn, ya saben. —Yo no puedo decir que lo sepa, porque soy de Winchester y no conozco Londres. —Aquí al lado —dijo el señor Guppy—. No hay más que torcer por Chancery Lane y cortar por Holborn, y llegamos en cuatro minutos, segundo más o menos. ¡Esto sí que es puré de guisantes, ¿eh, señorita? —Parecía celebrarlo muchísimo por mí. —¡Ciertamente, la niebla es muy densa! —contesté. —Claro que a usted no le afecta —dijo el señor Guppy mientras plegaba la escalerilla del coche—. Por el contrario, parece sentarle bien, señorita, a juzgar por su aspecto. Comprendí que al hacerme aquel cumplido tenía buena intención, así que me reí de mí misma por sonrojarme ante él cuando cerró la portezuela y subió al pescante del coche, y los tres nos reímos y estuvimos hablando de nuestra inexperiencia y de lo extraño que era Londres, hasta dar la vuelta bajo un arco, y llegar a nuestro destino: un callejón de casas altas, como una cisterna oblonga para contener la niebla. Había un grupito confuso de gente, sobre todo niños, reunido en torno a la casa en la que nos paramos, que tenía una placa de latón sucio en la puerta con un letrero: JELLYBY. —¡No se asusten! —dijo el señor Guppy, que metió la cabeza por la ventanilla—. Parece que uno de los Jellyby chicos ha metido la cabeza entre los barrotes de la barandilla de la entrada. —¡Pobrecito! —exclamé yo—. ¡Déjenme salir, por favor! —Le ruego tenga cuidado, señorita. Los Jellyby chicos siempre están tramando algo —dijo el señor Guppy. Me abrí camino hasta el pobre niño, que era una de las criaturas más sucias que jamás haya visto, y lo encontré febril y asustado, y llorando a gritos, aprisionado por el cuello entre dos barrotes de hierro, mientras un lechero y un alguacil, con las mejores intenciones del mundo, trataban de tirar de él por las piernas, con la impresión general de que por aquel medio podían comprimirle el cráneo. Al ver (tras tranquilizarlo un poco) que se trataba de un muchachito con una cabeza naturalmente grande, pensé que, quizá, por donde le cabía la cabeza podía seguirle el cuerpo, y mencioné que la mejor forma de extraerlo sería empujarlo hacia adelante. Mi sugerencia fue tan bien recibida por el lechero y el alguacil, que inmediatamente lo hubieran lanzado de un golpe hacia el semisótano si no lo hubiera agarrado yo por el delantal, mientras Richard y el señor Guppy bajaban corriendo hacia la cocina para recogerlo cuando quedara suelto. Por fin salió bien, sin ningún accidente, y entonces empezó a golpear al señor Guppy con la guía de un aro y de manera totalmente frenética. No había aparecido nadie que perteneciera a la casa, salvo una mujer con zuecos que había estado dándole golpes al niño desde abajo con una escoba, no sé para qué, ni creo que lo supiera ella. Por eso supuse que la señora Jellyby no estaba en casa, y me sentí muy sorprendida cuando la mujer apareció en el pasillo, sin los zuecos ya, y al subir al cuarto de atrás del primer piso, por delante de Ada y de mí, nos presentó: —¡Aquí las dos señoritas, aquí la señora Jellyby! Mientras subíamos, pasamos junto a varios niños más, a los que resultaba difícil no pisar en la oscuridad, y cuando llegamos a la presencia de la señora Jellyby, uno de los pobrecillos se cayó por las escaleras, todo un tramo (según me pareció), con un gran ruido. La señora Jellyby, en cuya faz no se reflejaba ninguna de la inquietud que nosotros no podíamos por menos de mostrar en las nuestras, dado que la cabeza del pobrecito dejaba constancia de su choque con cada escalón (más tarde Richard diría que había contado siete, además del descansillo), nos recibió con perfecta ecuanimidad. Era una mujercita regordeta, atractiva, muy bajita, de entre cuarenta y cincuenta años, con ojos bonitos, aunque tenían la extraña costumbre de que siempre parecían estar contemplando algo en la distancia. Como si (y vuelvo a citar a Richard) no pudieran ver nada más cercano que África. —Es para mí un gran placer —dijo la señora Jellyby, con voz agradable— el recibir a ustedes. Siento un gran respeto por el señor Jarndyce, y nadie por quien él se interese me puede ser indiferente. Expresamos nuestro agradecimiento y nos sentamos tras la puerta, donde había un viejo sofá despanzurrado. La señora Jellyby tenía abundante cabellera, pero estaba demasiado ocupada con sus deberes para con los africanos como para cepillársela. El chal que apenas la cubría se le había caído en la silla cuando se levantó a darnos la bienvenida, y cuando se dio la vuelta para volver a su asiento no pudimos evitar el ver que el vestido que llevaba no le cerraba a la espalda, y que el espacio abierto estaba entrecruzado por una trama romboidal de encaje que lo sostenía, como en un invernadero. El aposento, lleno de papeles y casi enteramente ocupado por un gran escritorio lleno del mismo desorden, estaba, debo decirlo, no sólo muy desordenado, sino muy sucio. Nos vimos obligados a advertirlo por nuestro sentido de la vista, al mismo tiempo que con el sentido del oído habíamos seguido al pobre niño que caía de cabeza por las escaleras, creo que hasta llegar a la cocina de atrás, donde alguien pareció contener sus gritos. Pero lo que más nos llamó la atención fue una joven pálida y de aspecto malsano, aunque nada fea en absoluto, que estaba sentada al escritorio mordisqueando su pluma de escribir y contemplándonos. Creo que jamás he visto a nadie tan manchado de tinta. Y desde el pelo desordenado hasta unos pies muy bonitos, desfigurados por unas zapatillas de raso viejas, rotas y con los talones gastados, verdaderamente no parecía llevar una sola prenda que, desde el último alfiler en adelante, estuviera en buena condición o en el sitio que le correspondía. —Me encuentran, queridas mías —dijo la señora Jellyby, despabilando dos grandes velas de escritorio puestas en palmatorias que daban al aposento un fuerte olor de sebo caliente (la chimenea se había apagado, y no quedaban en ella sino cenizas, un montón de leña y un atizador)—; me encuentran, digo, queridas mías, muy ocupada, como de costumbre, pero espero que me disculpen. En estos momentos el proyecto africano ocupa todo mi tiempo. Me hace entrar en correspondencia con organismos públicos, así como con particulares deseosos del bienestar de su especie en todo el país. Celebro decir que vamos progresando. Para el año que viene por estas fechas esperamos tener entre ciento cincuenta y doscientas familias sanas cultivando café y educando a los indígenas de Borriobula-Gha, en la ribera izquierda del Níger. Como Ada no dijo nada, sino que me miró a mí, comenté que aquello debía de resultar muy satisfactorio. —Resulta satisfactorio —dijo la señora Jellyby—. Entraña la consagración de todas mis energías, las pocas que tengo, pero eso no es nada, con tal de que salga adelante, y cada día que pasa estoy más segura del éxito. ¿Sabe usted, señorita Summerson? Casi me extraña que usted no haya pensado nunca en África. Aquel giro del tema me resultó tan totalmente imprevisto que no supe en absoluto cómo reaccionar. Sugerí que el clima... —¡El mejor clima del mundo! —protestó la señora Jellyby. —¿Sí, señora? —Desde luego. Con precauciones —siguió observando la señora Jellyby—. Puede usted ir a Holborn, sin precauciones, y que la atropellen. Puede usted ir a Holborn, con precauciones, y que nunca la atropellen. Lo mismo pasa en África. —Sin duda... —dije, refiriéndome a Holborn. —Si desea usted —dijo la señora Jellyby, alargándonos un montón de papeles— observar algunos comentarios a este respecto, así como sobre el tema general (que ya han sido objeto de gran difusión), mientras termino una carta que estoy dictando a mi hija mayor, que es mi amanuense... La muchacha que estaba sentada a la mesa dejó de mordisquear la pluma y se volvió a saludarnos, con un gesto mitad vergonzoso y mitad enfurruñado. —... entonces habré terminado por el momento —continuó la señora Jellyby, con una sonrisa de oreja a oreja—, aunque mi trabajo nunca está terminado. ¿Dónde estabas, Caddy? —«Saluda atentamente al señor Swallow y se sirve» —dijo Caddy. —«Y se sirve» —siguió dictando la señora Jellyby— «comunicarle, con referencia a su carta con consultas sobre el proyecto de África...». ¡No, Peepy! ¡Nada de eso! Peepy (según parecía) era el pobre niño que se había caído por las escaleras y que ahora interrumpía la correspondencia al presentarse con un esparadrapo en la cabeza para exhibir las heridas que tenía en las rodillas, a cuyo respecto Ada y yo no sabíamos qué era lo que más pena nos daba, si las heridas o la suciedad que las rodeaba. La señora Jellyby se limitó a añadir, con la serena compostura con la que decía todo: «¡Vete, Peepy, no seas malo!», y volvió a fijar sus hermosos ojos en África. Sin embargo, como continuó inmediatamente con su dictado y como, hiciera lo que hiciera yo, no interrumpía nada, me aventuré silenciosamente a detener al pobre Peepy cuando se marchaba, y a tomarlo en brazos. Aquello pareció asombrarlo mucho, al igual que los besos que le dio Ada, pero pronto se quedó dormido en mis brazos, mientras sus sollozos iban espaciándose cada vez más, hasta parar del todo. Estaba yo tan absorta con Peepy que me perdí los detalles de la carta, aunque obtuve la impresión general de la enorme importancia que tenía África y de la total insignificancia de todo y todos los demás, hasta el punto de sentirme totalmente avergonzada de haber pensado tan poco en aquel continente. —¡Las seis! —dijo la señora Jellyby—. ¡Y nuestra hora de cenar es nominalmente (porque comemos a cualquier hora) las cinco! Caddy, lleva a la señorita Clare y a la señorita Summerson a sus habitaciones. ¿Quizá deseen ustedes cambiarse o algo? Sé que me disculparán por lo ocupada que estoy siempre. ¡Qué niño más malo! ¡Por favor, señorita Summerson, déjelo en el suelo! Pedí permiso para llevarlo conmigo, y dije sin mentir que no me molestaba nada, así que me lo llevé arriba y lo eché en mi cama. Ada y yo teníamos dos habitaciones arriba, con una puerta de comunicación entre ambas. Estaban casi vacías y muy desordenadas, y la cortina de mi ventana estaba fijada con un tenedor. —¿No querrían un poco de agua caliente? —preguntó la señora Jellyby, que andaba buscando una jarra que todavía tuviera un asa, pero buscándola en vano. —Si no es mucha molestia —contestamos. Hacía tanto frío, y las habitaciones despedían un olor tan húmedo, que debo confesar que me sentí un poco triste, y Ada estaba a punto de echarse a llorar. Sin embargo, pronto empezamos a reír, y estábamos deshaciendo el equipaje cuando llegó la señora Jellyby a decir que lo lamentaba mucho, pero no había agua caliente y no podían encontrar la olla, y la caldera estaba estropeada. Le pedimos que no se preocupase, y nos apresuramos todo lo que pudimos para volver a bajar junto a la chimenea. Pero todos los niños habían subido al descansillo de fuera, a contemplar el fenómeno de Peepy acostado en mi cama, y nuestra atención quedaba distraída por la aparición constante de narices y dedos en situaciones de peligro entre las rendijas de las puertas. Era imposible cerrar la puerta de ninguna de las habitaciones, pues la cerradura de la mía, que no tenía pomo, parecía un resorte saltado, y aunque el picaporte de la de Ada daba la vuelta con la mayor facilidad, no surtía efecto de ningún tipo en el cierre. En consecuencia, propuse a los niños que entrasen y se portaran bien, y yo les iría contando el cuento de la Caperucita Roja mientras me arreglaba; así lo hicieron, y estuvieron callados como moscas, incluido Peepy, que se despertó oportunamente justo antes de que apareciera el lobo. Cuando bajamos la escalera, vimos un tazón con la inscripción de «Regalo de Tunbridge Wells», que servía para iluminar la ventana de la escalera, pues en él flotaba una palomita encendida; también había una joven con la cara inflamada vendada con un trozo de franela, que soplaba en la chimenea del salón (ahora conectado por una puerta abierta con el aposento de la señora Jellyby) y se atragantaba constantemente. En resumen, había tanto humo que estuvimos todas sofocadas y llorosas con las ventanas abiertas durante media hora, durante cuyo rato la señora Jellyby, con su buen talante de siempre, siguió dictando cartas acerca de África. He de decir que el que estuviera ocupada en aquello fue un gran alivio para mí, pues Richard nos dijo que él se había lavado las manos en una bandeja para pasteles, y que al final habían encontrado la tetera en su cómoda, y tanto hizo reír a Ada que entre los dos me hicieron reír a mí de la manera más absurda. Poco después de las siete bajamos a cenar; con cuidado, según nos aconsejó la señora Jellyby, pues, además de que a la alfombra de la escalera le faltaban muchos raíles, estaba tan rota que parecía un recorrido de obstáculos. Cenamos un bacalao excelente, un trozo de rosbif, un plato de chuletas y un pudin, cena magnífica si hubiera estado algo cocinada, pero todo estaba casi crudo. La joven de la venda de franela servía y lo tiraba todo en la mesa, a donde cayera, y no lo volvía a quitar de allí hasta que lo ponía en la escalera. La persona a la que yo había visto en zuecos (que supongo debía de ser la cocinera) venía a menudo y se peleaba con ella ante la puerta, y parecía que entre ellas había mala voluntad. Durante toda la cena —que fue larga, debido a accidentes tales como que el plato de patatas se hallara por equivocación en la carbonera y que el mango del sacacorchos saltara por accidente y golpeara a la muchacha en la barbilla—, la señora Jellyby mantuvo su buen humor. Nos contó muchas cosas interesantes acerca de Borriobula-Gha y sus indígenas, y recibió tantas cartas que Richard, que estaba sentado a su lado, vio cuatro sobres caídos al mismo tiempo en la salsera. Algunas de las cartas contenían las actas de comités de damas, o resoluciones de reuniones de damas, y nos las leyó, mientras que otras eran consultas de personas interesadas por diversos motivos en las posibilidades de cultivar el café y atraídas también por los indígenas; otras pedían respuestas, y tres o cuatro veces la señora hizo levantar a su hija mayor de la mesa para que las escribiese. Estaba ocupadísima, y no cabía duda de que, como nos había dicho, se consagraba totalmente a la causa. Yo sentía una cierta curiosidad por saber quién era un caballero calvo y de modales amables, con gafas, que se dejó caer en una silla vacía (no había cabecera en especial de la mesa) después de que se llevaran el pescado, y que parecía someterse pasivamente a Borriobula-Gha, pero sin tomar un interés activo en su colonización. Como no decía ni una palabra, era posible que se tratara de un indígena, de no haber sido por el color de su piel. Hasta que nos levantamos de la mesa y se quedó a solas con Richard no se me pasó por la cabeza la idea de que fuera el señor Jellyby. Pero era el señor Jellyby, y un joven locuaz llamado señor Quale, que tenía unas sienes protuberantes y brillantes, y con el pelo planchado hacia atrás, que llegó más tarde y le dijo a Ada que era filántropo, también la informó de que él calificaba la alianza matrimonial entre la señora Jellyby y el señor Jellyby de la unión entre el espíritu, y la materia. Aquel joven, además de tener mucho que decir acerca de sí mismo y de África, y de tener un proyecto para enseñar a los colonizadores del café a fabricar patas de piano y establecer un comercio de exportación, se deleitaba en alentar a la señora Jellyby con frases como: «Creo, señora Jellyby, que ha llegado usted a recibir nada menos que de ciento cincuenta a doscientas cartas al día para preguntarle por África, ¿no?», o: «Si la memoria no me engaña, señora Jellyby, hace tiempo mencionó usted que una vez envió cinco mil circulares por correo de golpe, ¿no?», y siempre nos repetía la respuesta de la señora Jellyby, como si fuera un intérprete. Durante toda la velada, el señor Jellyby se quedó sentado en su rincón, con la cabeza apoyada en la pared, como si estuviera bajo de ánimo. Según parece, varias veces había abierto la boca cuando se quedó a solas con Richard, después de la cena, como si se le hubiera ocurrido algo, pero siempre la había vuelto a cerrar sin decir nada, para gran confusión de Richard. La señora Jellyby, sentada en medio de lo que parecía un nido de papeles viejos, pasó la velada bebiendo café y dictando a intervalos a su hija mayor. También mantuvo una conversación con el señor Quale, el tema de la cual pareció ser —si yo comprendí bien— la Fraternidad Humana, y expresó algunos sentimientos muy bellos. Sin embargo, no pude escucharla con toda la atención que habría deseado, pues Peepy y los otros niños vinieron a rodearnos a Ada y a mí en un rincón del salón, a pedirnos que les contáramos otro cuento, así que nos sentamos con ellos y les contamos en susurros el del Gato con Botas y no sé qué más, hasta que la señora Jellyby se acordó por casualidad de ellos y los mandó acostarse. Cuando Peepy dijo, llorando, que quería lo llevara yo a la cama, me lo llevé al piso de arriba, donde la muchacha de la venda de franela cargó entre las pequeños como un dragón y los metió a todos en cunas. Después de eso me ocupé en ordenar un poco nuestra habitación y en atizar una chimenea que se empeñaba en no arder, hasta que lo logré y empezó a tirar bien. Cuando volví al piso de abajo advertí que la señora Jellyby me miraba de forma un poco despectiva, por ser tan frívola, y lo lamenté, pese a que al mismo tiempo también yo sabía que no tenía pretensiones más elevadas. Casi era medianoche cuando encontramos una oportunidad de ir a acostarnos, e incluso entonces la señora Jellyby se quedó con sus papeles y tomando café, y con la señorita Jellyby, que seguía mordiéndose la pluma. —¡Qué casa tan rara! —dijo Ada cuando llegamos arriba—. ¡Qué curioso es que mi primo Jarndyce nos envíe aquí! —Cariño mío —le dije—, todo me tiene muy confusa. Desearía comprenderlo, pero no lo comprendo en absoluto. —¿El qué? —preguntó Ada con su linda sonrisa. —Todo esto, querida mía. No cabe duda de que la señora Jellyby tiene que ser muy buena para preocuparse tanto por un plan en beneficio de los indígenas, y, sin embargo, ¡Peepy y toda la casa! Ada rió, me echó un brazo al cuello mientras yo contemplaba el fuego, y me dijo que yo era una persona calmada, encantadora y que la había conquistado. —Eres tan delicada, Esther —me dijo—, y, sin embargo, tan animada. ¡Y haces tantas cosas como si no estuvieras dándole importancia! Conseguirías crear un hogar incluso en esta casa. ¡Pobrecita mía! No se daba cuenta de que estaba cantando sus propios elogios, y de que la bondad de su corazón era la que le hacía cantar los míos. —¿Te puedo hacer una pregunta? —le dije cuando ya llevábamos un ratito sentadas ante la chimenea. —Y hasta quinientas —contestó Ada. —Tu primo, el señor Jarndyce, a quien tanto debo. ¿Te importaría describírmelo? Ada sacudió sus rizos dorados y se me quedó mirando con una extrañeza tan risueña que yo también me quedé extrañada, en parte por tanta belleza y en parte por su sorpresa. —¡Esther! —exclamó. —¿Cariño? —¿Quieres una descripción de mi primo Jarndyce? —Es que nunca lo he visto, cielo. —¡Y yo tampoco lo he visto nunca! —replicó Ada. —¡Vaya! No, nunca lo había visto. Pese a lo joven que era Ada cuando había muerto su mamá, recordaba cómo le venían a ésta las lágrimas a los ojos cuando hablaba de él y de la noble generosidad de su carácter, que, según decía, merecía más confianza que nada en el mundo, y Ada confiaba en él. Su primo Jarndyce le había escrito una carta hacía unos meses —«una carta clara y honesta», dijo Ada—, en la que le proponía el sistema de vida que íbamos ahora a iniciar, y le decía que «con el tiempo podría cicatrizar algunas de las heridas abiertas por ese horrible pleito en Cancillería». Ella había contestado para aceptar agradecida su propuesta. Richard había recibido una carta parecida, y había contestado de parecida forma. Él sí había visto al señor Jarndyce una vez, pero sólo una vez, hacía cinco años, en la escuela de Winchester. Había dicho a Ada, cuando estaban apoyados en la pantalla delante de la chimenea donde los había conocido yo, que lo recordaba como «un tipo muy directo y rubicundo». Era la descripción más completa que podía hacerme Ada. Aquello me dejó tan pensativa que, cuando Ada se quedó dormida, yo seguí ante la chimenea, pensando y pensando en la Casa Desolada, y pensando y pensando en cuánto tiempo parecía haber transcurrido desde ayer por la mañana. No sé dónde estarían mis pensamientos, cuando se desvanecieron ante una llamada a la puerta. La abrí silenciosamente, y me encontré con la señorita Jellyby, toda temblorosa, con una vela rota en una palmatoria rota en una mano y una huevera en la otra. —¡Buenas noches! —dijo en tono muy hosco. —¡Buenas noches! —respondí. —¿Puedo pasar? —me preguntó en seguida, inesperadamente, con el mismo tono hosco. —Pues claro —dije—. No despierte a la señorita Clare. No quiso sentarse, sino que se quedó junto a la chimenea, mojándose el dedo mayor, manchado de tinta, en la huevera, que contenía vinagre, y pasándoselo por las manchas de tinta que tenía en la cara; todo el tiempo, con el ceño fruncido y con aire muy sombrío. —¡Ojalá se muriese toda África! —dijo de repente. Iba yo a replicar cuando siguió diciendo: —¡De verdad! No me diga nada, señorita Summerson. La detesto y la odio. ¡Es un asco! Le dije que debía de estar cansada y que lo sentía. Le puse la mano en la cabeza y le toqué la frente, y le dije que ahora estaba acalorada, pero que mañana se sentiría refrescada. Siguió inmóvil, con un mohín y el ceño fruncido en mi dirección, pero al cabo de un rato se deshizo de la huevera y se volvió en silencio hacia mi cama, donde estaba echada Ada. —¡Es muy guapa! —dijo, con el mismo ceño fruncido y el mismo tono descortés. Yo asentí con una sonrisa. —Es güérfana, ¿verdad? —Sí. —Pero sabrá cantidad, ¿no? ¿Sabrá bailar, y tocar música, y cantar? Supongo que sabrá hablar francés, y jografía y mapas y bordados, y todo eso, ¿no? —Sin duda —repliqué. —Yo no —contestó ella—. Yo casi no sé hacer de nada, menos de pluma. Siempre estoy dándole a la pluma, por mamá. Me supongo que a ustedes dos no les dio vergüenza llegar esta tarde y ver que no sé hacer más que eso. Claro que así son ustedes. ¡Pero seguro que se creen que son muy finas! Vi que la pobre muchacha estaba a punto de echarse a llorar, y volví a sentarme, sin decir nada, y la miré (espero) con toda la amabilidad que podía sentir por ella. —Es una vergüenza —continuó—. Usted sabe que es una vergüenza. Toda la casa es una vergüenza. Los niños son una vergüenza. Yo soy una vergüenza. Papá está destrozado, ¡y no me extraña! Priscilla bebe.., se pasa la vida bebiendo. Es una vergüenza enorme, seguro que usted ya lo sabía, y no me vaya usted a decir que no la ha olido hoy. Cuando esperábamos a la cena, aquello olía a taberna, ¡lo sabe usted perfectamente! —No sé nada de eso, hija —dije. —Sí que lo sabe —contestó inmediatamente—. No me diga que no lo sabe. ¡Sí que lo sabe! —¡Por favor! —dije—. Si no me dejas hablar... —Ya está usted hablando. Lo sabe perfectamente. No me cuente historias, señorita Summerson. —Hija mía —le dije—. Si no quieres escucharme... —No quiero escucharla. —Pero es que yo creo que sí quieres —repliqué—, porque si no sería completamente irracional. No sabía lo que me acabas de contar, porque durante la cena la sirvienta no se me acercó, pero no dudo de lo que me cuentas, y lamento escucharlo. —Tampoco crea usted que es tanto mérito —me dijo. —No, hija —contesté—. Sería una estupidez. La muchacha seguía de pie junto a la cama, y entonces se inclinó (aunque seguía con el mismo gesto de descontento) y le dio un beso a Ada. Después volvió en silencio y se quedó al lado de mi silla. Tenía el seno agitado con tanta inquietud que me sentí muy triste por ella, pero consideré mejor no decir nada. —¡Ojalá me muriese! —estalló—. Ojalá nos muriésemos todos. Sería lo mejor para todos. Un momento después se hincó de hinojos a mi lado, hundió la cara en mi vestido, me pidió apasionadamente perdón y se echó a llorar. La tranquilicé y traté de ponerla en pie, pero ella decía que no, que no, que quería seguir allí. —Usted antes era profesora de niñas —exclamó—. ¡Si hubiera podido ser profesora mía, hubiera podido aprender con usted! ¡Sufro tanto y me gusta tanto usted! No logré persuadirla para que se quedara sentada conmigo ni para que hiciera más que traer un taburete medio destartalado adonde estaba arrodillada y se sentara en él, pero siguió igual, agarrada a mi vestido. Poco a poco, la pobre muchacha, agotada, se fue quedando dormida, y entonces logré levantarle la cabeza para que la apoyara en mi regazo, y con unos chales logré que las dos quedáramos tapadas. La chimenea se apagó, y así se quedó dormida toda la noche ante la parrilla llena de cenizas. Al principio, yo no lograba conciliar el sueño, y en vano traté de perderme, con los ojos cerrados, entre las escenas ocurridas aquel día. Por fin, lentamente, empezaron a confundirse, indistintas. Empecé a olvidar la identidad de quien dormía a mi lado. Ora era Ada; ora una de mis antiguas amigas de Reading, de las que no podía creer que hacía poco tiempo me había separado. Ora era la ancianita demente, agotada a fuerza de reverencias y de sonrisas; ora era alguien que mandaba en la Casa Desolada. Por último; no era nadie, y yo tampoco era nadie. El día cegato combatía débilmente con la niebla cuando abrí los ojos para encontrarme con los de un pequeño espectro de cara sucia que me miraba fijamente. Peepy había salido a gatas de su cuna, se había bajado con el camisón y el gorro de dormir puestos y tenía tanto frío que al castañetearle los dientes parecía que ya le hubieran salido todos. CAPÍTULO 5 Una aventura matutina Aunque la mañana estaba desapacible, y aunque la niebla parecía seguir siendo muy densa —y digo que lo parecía porque las ventanas estaban tan sucias que hubieran bastado para oscurecer el sol del verano—, yo ya estaba lo bastante advertida de las incomodidades de la casa a tan temprana hora, y sentía la suficiente curiosidad acerca de Londres, como para pensar que la señorita Jellyby había acertado cuando me propuso salir a dar un paseo. —Mamá va a tardar mucho en bajar —dijo—, y después sería rarísimo que el desayuno estuviera listo antes de una hora, por lo menos...; son de una pachorra... En cuanto a papá, se toma lo que puede y se va a su oficina. Nunca se toma un desayuno medio decente. Priscilla le deja el pan y algo de leche, si es que queda, encima de la mesa. A veces ya no queda leche, y otras veces se la bebe el gato. Pero me temo que debe usted de estar cansada, señorita Summerson; quizá prefiera acostarse. —No estoy nada cansada, hija —contesté—, y preferiría, con mucho, salir a dar un paseo. —Si está usted segura —replicó la señorita Jellyby—, voy a ponerme algo. Ada dijo que también ella quería salir, y pronto empezó su aseo. Propuse a Peepy, a falta de algo mejor que hacer por él, que me dejara lavarlo, y después volví a echarlo en mi cama. Se sometió a todo con el mejor talante posible, contemplándome durante toda la operación, como si nunca se hubiera visto, y nunca pudiera volverse a ver, tan sorprendido en su vida; es cierto que con aire muy triste, pero sin quejarse, y se volvió a dormir tan ricamente en cuanto terminé con él. Al principio no me sentí muy segura en cuanto a tomarme tamaña libertad, pero pronto reflexioné que probablemente en aquella casa nadie se, iba a dar cuenta. Con las prisas de lavar a Peepy, y de prepararme y ayudar a Ada a arreglarse, pronto me sentí entrar en calor. Encontramos a la señorita Jellyby tratando de calentarse junto a la chimenea del escritorio, que Priscilla había estado tratando de encender con una vela medio deshecha en una palmatoria medio destrozada, e inclinando la vela para que ardiese mejor. Todo estaba exactamente igual que lo habíamos dejado la noche anterior, y evidentemente igual iba a seguir. En el piso de abajo, nadie había retirado el mantel, sino que se había dejado preparado para el desayuno. Toda la casa estaba llena de migas, polvo y papeles usados. En los barrotes de la barandilla de la entrada había colgados algunos recipientes de peltre y una lata de leche; la puerta estaba abierta, y al rodear la esquina nos tropezamos con la cocinera, que salía de una taberna secándose la boca. Al pasar a nuestro lado hizo una seña para indicar que había ido a ver qué hora daba el reloj. Pero antes de tropezarnos con la cocinera, vimos a Richard, que iba dando zancadas Thavies Inn arriba, Thavies Inn abajo, para calentarse los pies. Se sintió agradablemente sorprendido de vernos levantadas tan temprano, y dijo que le agradaría mucho compartir nuestro paseo. Le dio el brazo a Ada, y la señorita Jellyby y yo fuimos por delante. Cabe mencionar que la señorita Jellyby había vuelto a adoptar su tono hosco, y verdaderamente no se me habría ocurrido pensar que yo le agradaba tanto si no me lo hubiera dicho. —¿Dónde quieren ir? —preguntó. —Donde tú quieras, hija —repliqué. —Donde uno quiera no es decir nada —dijo la señorita Jellyby, deteniéndose con gesto hostil. —En todo caso, vamos a alguna parte —dije. —No se ría usted, señorita Summerson; a usted tampoco le gustaría; usted presume de ser muy tranquila... —No, de verdad que no, hija mía —contesté. —Claro que sí. Lo sabe perfectamente, señorita Summerson. ¡No me diga que no, porque es que sí!... Perdón, ya sé que tiene usted buenas intenciones —dijo rectificando inmediatamente, pero de mala gana—. ¡No se enfade conmigo, por favor! ¡Es que ya no puedo más! Después me hizo andar a toda velocidad. —No me importa —dijo—. Usted es mi testigo, señorita Summerson; digo que no me importa, pero aunque siguiera viniendo a casa con esas sienes abultadas y relucientes hasta que fuera más viejo que Matusalén, seguiría sin tener nada que ver con él. ¡Qué manera tienen él y mamá de hacer el idiota! —Hija mía —repliqué en alusión al epíteto y a la forma tan fuerte en que lo había pronunciado la señorita Jellyby—. Como hija, tienes el deber... —Vamos, señorita Summerson, no me hable usted de los deberes de las hijas; ¿qué deberes de madre cumple mi mamá? ¡Supongo que le basta con lo que hace por el público y por África! Pues que el público y África cumplan con sus deberes de hijos; más deber es suyo que mío. ¡Seguro que se escandaliza usted! Muy bien, pues también me escandalizo yo; ¡así que ya somos dos las escandalizadas, y en paz! Me hizo andar todavía más rápido. —Pero repito que, pase lo que pase, aunque vuelva, y vuelva y vuelva, yo no quiero tener nada que ver con él. No puedo aguantarle. Si hay algo en este mundo que detesto y aborrezco son las cosas de las que hablan él y mamá. ¡Me pregunto si ni siquiera las losas de la acera de enfrente de casa pueden tener la paciencia de quedarse ahí y presenciar las incoherencias y las contradicciones y todas esas bobadas que dicen, y cómo lleva mamá la casa! No pude por menos de comprender que se refería al señor Quale, el joven caballero que se había presentado anoche después de cenar. Fueron Richard y Ada quienes me evitaron la desagradable necesidad de seguir adelante con el tema, pues aparecieron corriendo, riéndose y preguntándonos si es que nos proponíamos echar una carrera. Ante la interrupción, la señorita Jellyby se calló y siguió andando, malhumorada, a mi lado, mientras yo admiraba la sucesión y la variedad de las calles, la cantidad de gente que andaba ya de un lado para otro, el número de vehículos que pasaba en todas direcciones, los frenéticos preparativos para arreglar los escaparates y limpiar los comercios, y los extraordinarios personajes harapientos que buscaban secretamente alfileres y otros desechos entre la basura recién barrida. —De manera, prima —decía la animada voz de Richard a Ada, detrás de mí—, que jamás vamos a librarnos de la Cancillería. Hemos llegado por otro camino al mismo sitio donde nos encontramos ayer, y... ¡Por el Gran Sello, ahí está otra vez la vieja! Efectivamente, allí estaba, justo frente a nosotros, con sus reverencias y sus sonrisas, y diciendo con el mismo aire maternal que ayer: —¡Los pupilos dé Jarndyce! ¡Pero qué alegría! ¿No? —Temprano ha salido usted, señora —le dije cuando me hizo una reverencia. —¡Sí! Suelo pasearme por aquí a primera hora. Antes de que se abran los Tribunales. Es un sitio tranquilo. Aquí pienso en lo que he de hacer durante el día —dijo la anciana, en tono remilgado—. Las cosas del día requieren pensar mucho. Es tan difícil seguir la justicia de la Cancillería... —¿Quién es, señorita Summerson? —preguntó la señorita Jellyby, apretándome más el brazo. La ancianita tenía un oído notablemente agudo. Respondió inmediatamente ella misma: —Una demandante, hija mía. A tu servicio. Tengo el honor de asistir regularmente a los Tribunales. ¿Tengo el placer de hablar con otra de las partes menores de edad en Jarndyce? —preguntó la anciana, enderezándose con la cabeza ladeada y con una leve reverencia. Richard, que deseaba expiar su irreflexión de ayer, explicó, bienhumorado, que la señorita Jellyby no tenía nada que ver con la causa. —¡Ja! —dijo la anciana—. Entonces, ¿no está esperando una sentencia? Ya se hará vieja. Pero no tanto. ¡Desde luego que no! Éste es el jardín de Lincoln's Inn. Yo digo que es mi jardín. En el verano es toda una quinta. Aquí cantan melodiosamente los pájaros. Es donde paso la mayor parte de las vacaciones de verano. En contemplación. ¿No les parece que las vacaciones largas de verano son demasiado largas? Dijimos que sí, pues parecía que eso era lo que esperaba de nosotros. —Cuando las hojas empiezan a caer de los árboles y ya no quedan flores esperando a que las recojan para hacer ramilletes para la Sala del Lord Canciller —dijo la anciana—, terminan las vacaciones, y vuelve a prevalecer el Sexto Sello, mencionado en el Apocalipsis. Les ruego vengan a ver mi morada. Será de buen augurio para mí. Raras veces van allí la juventud, la esperanza y la belleza. Hace mucho tiempo que no me ha visitado ninguna de ellas. Me había tomado de la mano, y mientras nos llevaba a mí y a la señorita Jellyby, hacía gestos a Richard y a Ada para que también ellos vinieran. Yo no sabía cómo negarme, y miré a Richard en busca de ayuda. Como él estaba medio divertido y medio intrigado, y todos dudábamos sobre cómo deshacernos de la anciana sin ofenderla, ésta continuó tirando de nosotras, y Ada y Richard continuaron siguiéndonos, mientras nuestra anciana conductora no cesaba de informarnos, con gran condescendencia sonriente, de que vivía allí al lado. Era muy cierto, como pronto apreciamos. Vivía tan cerca de allí que no hacía sino unos momentos que habíamos accedido a sus deseos cuando llegó a su casa. La anciana nos hizo entrar por una portezuela lateral y se detuvo inesperadamente en un callejón estrecho, parte de una serie de patios y callejuelas que había inmediatamente al lado de la muralla del Inn, y dijo: —Ésta es mi morada. ¡Suban, por favor! Se había detenido ante un comercio encima del cual había un letrero: ALMACÉN KROOK18 TRAPOS Y BOTELLAS. También decía, en letras largas y finas: KROOK, AGENTE DE ARTÍCULOS MARÍTIMOS. En un lado del escaparate había un cuadro de una fábrica roja de papel, ante la cual un carro estaba descargando gran cantidad de sacos de trapos viejos. En otro había un letrero: SE COMPRAN HUESOS. En otro más: SE COMPRAN CACHARROS DE COCINA. En otro: SE COMPRA HIERRO VIEJO En otro más: SE COMPRA PAPEL VIEJO. En otro: SE COMPRAN ROPAS DE CABALLERO Y DE SEÑORA. Parecía que se compraba todo y no se vendía nada. Por todas partes del escaparate había cantidades de botellas sucias: frascos de betún, frascos de medicinas, botellas de cerveza de jengibre y de soda, frascos de encurtidos, botellas de vino, tinteros; al mencionar esto último, recuerdo que el comercio tenía, en varios respectos, el aire de hallarse en un barrio que vivía de los Tribunales, y de ser, por así decirlo, de ser un parásito sucio y un pariente repudiado de la ley. Había muchos tinteros. Al lado de la puerta había una banqueta temblequeante donde estaban amontonados viejos volúmenes sucios, con el letrero: «Libros de Derecho, todos a 9 peniques.» Algunas de las inscripciones que he enumerado estaban escritas en letra cancilleresca, igual que los papeles que había visto yo en la oficina de Kenge y Carboy, y que las cartas que había recibido hacía tanto tiempo de aquel bufete. Entre ellas había una escrita en la misma letra, que no tenía nada que ver con la actividad de aquel comercio, sino en la cual se anunciaba que un hombre respetable de cuarenta y cinco años de edad se ofrecía para pasar a limpio o copiar con destreza y rapidez: Dirección, Nemo, razón: el señor Krook, de este comercio. Había colgadas varias sacas de segunda mano, azules y rojas. Un poco más allá de la puerta del comercio había unos montones de pergaminos viejos y agrietados, y papeles legales descoloridos y ajados. Resultaba fácil imaginar que todas las llaves oxidadas, de las que debía de haber centenares amontonadas como hierro viejo, habían pertenecido antiguamente a puertas de despachos o de cajas fuertes de bufetes de abogados. Los montones de trapos, parte de ellos puestos en una balanza vieja de madera de una sola pata, que colgaba sin contrapeso de una viga de madera, parte de ellos caídos al suelo, podrían haber sido corbatines y togas de abogados, hechos tiras. Para completar el cuadro, no faltaba sino imaginar, como nos susurró Richard a Ada y a mí mientras contemplábamos aquello, que los huesos amontonados en un rincón y sin una brizna de carne eran los huesos de clientes. Como seguía habiendo niebla y estaba oscuro, y como el comercio estaba cegado además por la muralla de Lincoln's Inn, que interceptaba la luz un par de varas más allá, no hubiéramos podido ver tanto de no haber sido por un farol encendido que llevaba de un lado a otro del comercio un anciano de gafas tocado con una gorra de pelo. Al volverse hacia la puerta, nos vio. Era bajo, cadavérico y reseco, con la cabeza hundida a un lado entre los hombros, y el aliento le salía de la boca en un vapor perfectamente visible, como si hubiera respirado fuego. Tenía el cuello, la barbilla y las cejas tan nevados de cabellos blancos, y tenía por todas partes tantas venas salientes y la piel tan reseca, que del pecho para arriba parecía una raíz vieja en medio de la nieve. —¡Eh! ¡Eh! —dijo el viejo, acercándose a la puerta—. ¿Tienen algo que vender? Naturalmente, nos echamos atrás y miramos a nuestra guía, que había estado tratando de abrir la puerta de la casa con una llave que se había sacado del bolsillo, y a quien ahora Richard dijo que como ya había tenido el gusto de ver dónde vivía, tendríamos que separarnos de ella, pues andábamos mal de tiempo. Pero no nos iba a dejar que nos fuéramos con tanta facilidad. Se puso tan fantástica e insistentemente seria con sus ruegos de que subiéramos a ver su apartamento un instante, y tan empeñada estaba, a su aire inofensivo, en llevarme a él como parte del buen augurio que deseaba, que no vi más remedio que seguirla (independientemente de lo que hicieran los otros). Supongo que todos sentíamos más o menos curiosidad, sobre todo cuando el viejo añadió sus argumentos a los de ella y dijo: «Sí, sí! ¡Denle ese gusto! ¡No les llevará ni un minuto! ¡Pasen, pasen! ¡Pasen por la tienda, si la otra puerta está rota!», de modo que pasamos todos, alentados por el estímulo risueño de Richard y confiando en la protección de éste. —Es mi casero, Krook —dijo la ancianita, en tono condescendiente hacia él desde su elevada condición al presentárnoslo—. Los vecinos lo llaman el Lord Canciller. A su comercio lo llaman el Tribunal de Cancillería. Es una persona muy excéntrica. Es muy raro. ¡Ay, sí; les aseguro que es muy raro! Meneó la cabeza muchas veces y se dio en la frente con el índice, para expresar que debíamos tener la bondad de perdonarlo. —Porque está un poco..., ¡ya saben! iL mayúscula! —dijo la anciana con gran ceremonia. El viejo la oyó y se echó a reír. —Es cierto —dijo mientras nos adelantaba con el farol— que me llaman Lord Canciller y a mi comercio la Cancillería. ¿Y por qué creen ustedes que me llaman a mí Lord Canciller y a mi tienda la Cancillería? —Desde luego, yo no lo sé —dijo Richard en tono despreocupado. —Pues miren —dijo el viejo, deteniéndose y echando una mirada a su alrededor—. Es que... ¡Eh! ¡Miren qué pelo tan bonito! Abajo tengo tres bolsas llenas de pelo de señora, pero no hay nada tan bonito y tan fino como éste. ¡Qué color y qué textura! —¡Basta ya, amigo mío! —dijo Richard, que decididamente desaprobaba el que el viejo hubiera agarrado una de las trenzas de Ada en su mano amarillenta—. Puede usted admirarlo, igual que todos nosotros, sin tomarse esas libertades. El anciano le echó una mirada repentina, que incluso desvió mi atención de Ada, la cual, asustada y sonrojada, estaba tan asombrosamente bella que pareció retener incluso la atención distraída de la ancianita. Pero como Ada se interpuso y dijo sonriente que no podía por menos de sentirse orgullosa de una admiración tan auténtica, el señor Krook volvió a sumirse en su ser anterior con igual rapidez con la que había salido de él. —Ya ven que aquí tengo muchas cosas —continuó, levantando el farol—, de tantas especies, y según creen los vecinos (pero ésos no saben nada) pudriéndose y echándose a perder, que por eso nos han bautizado así a mí y a mi comercio. Y tengo montones de pergaminos antiguos y documentos en mi inventario. Y me gusta el moho y el orín y las telas de araña. Y me quedo con todo lo que me traen. Y no puedo soportar deshacerme de algo que ya es mío (o eso es lo que opinan mis vecinos, pero ¿qué saben ésos?), ni cambiar nada, ni que me vengan a barrer, ni a fregar, ni a limpiar, ni a hacerme reparaciones. Por eso me han dado el mal nombre de Cancillería. A mí no me importa. Voy a ver a mi noble y erudito hermano casi todos los días, cuando viene al Inn. Él no se fija en mí, pero yo sí me fijo en él. No somos muy diferentes. Los dos nos revolcamos en el desorden. ¡Eh, Lady Jane! De uno de los estantes le saltó al hombro una gran gata gris, que nos asustó a todos. —¡Eh! Enséñales lo bien que arañas. ¡Eh! ¡A rascar, milady! —dijo su amo. La gata se bajó de un salto y destrozó un montón de trapos con sus garras de tigresa, y con un ruido que me hizo rechinar los dientes. —Lo mismo le haría a una persona si se lo ordenara —dijo el viejo—. Entre otras cosas generales, comercio en pieles de gato, y me ofrecieron la de ésta. Como verán, tiene una piel muy buena, pero no quise que se la quitaran. ¡Ahora, eso sí que no es práctica de la Cancillería, les advierto! Mientras decía todo aquello nos había hecho cruzar el comercio, y ahora abrió una puerta que había al fondo y que llevaba a la entrada de la casa. Mientras él se quedaba inmóvil con la mano en la cerradura, la ancianita observó cortésmente antes de entrar: —Basta, Krook. Tus intenciones son buenas, pero cansas. Mis jóvenes amigos tienen prisa. Yo tampoco tengo tanto tiempo, pues tengo que ir en seguida a los Tribunales. Mis jóvenes amigos son los pupilos de Jarndyce. —¡Jarndyce! —exclamó el viejo, sobresaltado. —Jarndyce y Jarndyce. El gran pleito, Krook —replicó su inquilina. —¡Eh! —exclamó el viejo con tono de asombro y con los ojos más abiertos que nunca—. ¡Quién lo iba a pensar! Parecía haberse quedado tan absorto de repente, y nos miraba con tanta curiosidad, que Richard dijo: —¡Pero si parece que se preocupa usted mucho por las causas que entiende su noble y erudito hermano, el otro Canciller! —¡Sí! —dijo el otro, distraído—. ¡Claro! Y usted se llamaría... —Richard Carstone. —Carstone —repitió, registrando lentamente aquel nombre con el índice, y contando después por separado con los dedos cada uno de los otros nombres que iba mencionando—. Sí. Alguien se llamaba Barbary, y alguien Clare, y creo que también alguien Dedlock. —¡Sabe tanto de la causa como el Canciller de verdad, el profesional! —exclamó Richard, asombradísimo, dirigiéndose a Ada y a mí. —¡Sí! —dijo el viejo, saliendo lentamente de su abstracción—. ¡Sí! Tom Jarndyce..., ustedes me perdonarán, que son sus parientes, pero en los Tribunales todos lo llamaban así, y lo conocía igual de bien —con un leve gesto hacia su inquilina— como a ella ahora. Tom Jarndyce venía mucho por aquí. Tenía la costumbre de pasearse arriba y abajo cuando se estaba oyendo la causa, o cuando eso se esperaba, y hablaba con los tenderos y les decía que les pasara lo que les pasara nunca fuesen a la Cancillería. «Porque», decía, «es como que lo muelan a uno en pedacitos en un molino lento, es como que lo asen a fuego lento, es como morir de las picaduras de una sola abeja; es como irse ahogando a gotas; es como ir enloqueciendo a pequeñas dosis». Casi se suicida ahí mismo, donde está esta señorita. Escuchamos horrorizados. —Entró por esa puerta —dijo el anciano, indicando lentamente un camino imaginario por su establecimiento el día que lo hizo..., y todo el vecindario llevaba meses diciendo que iba a hacerlo sin duda, tarde o temprano, y va y llega aquel día a la puerta y pasa por ahí, y se sienta en un banco que había ahí y me pidió (comprenderán que entonces yo era mucho más joven) que le trajera una pinta de vino. «Pues, Krook», va y me dice, «estoy muy deprimido; vuelve a oírse mi causa, y creo que estoy más cerca que nunca de la sentencia.» No me gustaba la idea de dejarle a solas, y le convencí de que viniera a la taberna de ahí enfrente, al otro lado de mi calle (quiero decir la Calle de la Cancillería), y le seguí y miré por la ventana y ahí le vi, lo más cómodo que parecía, en el sillón junto a la chimenea, y con compañía. Casi ni había vuelto yo aquí cuando oigo un disparo que resuena desde la taberna. Me eché a correr..., todos los vecinos se echaron a correr..., seríamos veinte, y todos gritando al tiempo: « ¡Tom Jarndyce! » El viejo se interrumpió, se nos quedó mirando, contempló el farol, apagó la llama de un soplo y cerró el farol. —Teníamos razón, no hace falta que se lo diga a los aquí presentes. ¡Eh! Y, claro, aquella tarde todos los vecinos fuimos al Tribunal cuando se oyó la causa. ¡Cómo hacían, mi noble y erudito hermano y todos los demás, las mismas ceremonias de siempre, haciendo como que no se habían enterado del último dato de la causa, o como si, ¡Dios mío!, no tuvieran nada que ver con aquello, como si no supieran nada de nada! Ada se había quedado pálida como la cera, y Richard estaba igual. Yo tampoco podía extrañarme, a juzgar por mis propias emociones, y eso que yo no era parte en la causa, de que para unos corazones tan jóvenes e inexpertos fuera tamaño golpe recibir la herencia de una desgracia tan antigua, que provocaba en mucha gente recuerdos tan horrorosos. Otra cosa que me inquietaba era la forma en que aquel relato terrible podía afectar a la pobrecilla medio loca que nos había llevado allí, pero, para gran sorpresa mía, parecía perfectamente inconsciente de ello, y lo único que hizo fue volver a mostrarnos el camino por la escalera, informándonos con la tolerancia que un ser superior siente por los defectos del común de los mortales, de que su casero estaba «un poco... L mayúscula..., ¡ya saben ustedes!». Vivía en el alto de la casa, en una habitación bastante amplia, desde la cual se veía un poco de Lincoln's Inn Hall. Parecía que ése había sido el principal atractivo inicial para ella cuando decidió irse a vivir allí. Podía mirarlo, dijo, de noche; especialmente cuando había luna. Su aposento estaba limpio, pero muy, muy desnudo. Advertí que tenía el mínimo de necesidades en materia de muebles; unas cuantas estampas sacadas de libros, de cancilleres y procuradores, pegadas en la pared, y media docena de ridículos y de estuches de labor «llenos de documentos», según nos informó. No había carbón en la chimenea, ni tampoco ceniza, y no vi por ninguna parte ni una prenda de vestir, ni nada de comida. En un vasar en una fresquera abierta había uno o dos platos y una o dos tazas, y demás, pero todo seco y vacío. Su delgadez tenía un sentido más triste, pensé al mirar en torno a mí, de lo que había creído yo en un principio. —Es un gran honor para mí —dijo nuestra pobre anfitriona, con la mayor gentileza— recibir esta visita de los pupilos de Jarndyce. Y agradezco mucho el augurio. Éste es un lugar muy tranquilo. Considerando que mis medios son limitados. Debido a la necesidad de estar atenta al Canciller. Vivo aquí desde hace muchos años. Paso los días en los Tribunales; las tardes y las noches aquí. Las noches me resultan largas, pues duermo poco y pienso mucho. Claro que eso es inevitable cuando se está en Cancillería. Lamento no poder ofrecerles chocolate. Espero un fallo en breve, y entonces mis aposentos serán de calidad superior. Actualmente no tengo objeción en confesar a los pupilos de Jarndyce (en estricta confianza) que a veces encuentro difícil mantener las apariencias. He sentido el frío aquí. He sentido algo más agudo que el frío. Importa poco. Les ruego excusen la introducción de tan mezquinos temas. Retiró parcialmente la cortina de la ventana larga y baja de la buhardilla y señaló a nuestra atención varias jaulas que colgaban de ella, algunas de las cuales contenían varios pájaros. Había ruiseñores, gorriones y jilgueros, 20 por lo menos. —Empecé a tener estos animalitos —dijo— con un objetivo que los pupilos comprenderán fácilmente. Con la intención de devolverles la libertad. Cuando se dicte mi sentencia. ¡Sí! Pero mueren en prisión. Sus vidas, pobrecillos, son tan breves en comparación con los procedimientos en Cancillería que, uno por uno, ha ido muriendo toda la colección, una y otra vez. ¿Saben ustedes que dudo si alguno de éstos, aunque todos son jóvenes, vivirá para volver a ser libre? Es muy entristecedor, ¿no? Aunque a veces hacía una pregunta, nunca parecía esperar una respuesta, sino que seguía hablando como si tuviera la costumbre de hacerlo aunque no hubiera nadie presente. —De hecho —continuó diciendo—, a veces dudo mucho, les aseguro, de si mientras sigan las cosas sin solventar, y prevalezca el sexto o Gran Sello, no es posible que un día me encuentren a mí aquí, yacente muda y sin sentido, igual que he encontrado yo a tantos pájaros. Richard, en respuesta a lo que vio en la mirada compasiva de Ada, aprovechó la oportunidad para poner algo de dinero, en silencio y sin que ella lo viera, en la repisa de la chimenea. Todos nos acercamos a las jaulas, fingiendo que estudiábamos los pájaros. —No puedo dejar que canten mucho —dijo la ancianita—, porque (aunque les parezca curioso) me confunde la idea de que estén cantando mientras yo sigo los alegatos en los tribunales. ¡Y necesito tener la cabeza tan clara, saben! Otra vez les diré cómo se llaman. Ahora no. En un día de tan buen augurio pueden cantar todo lo que quieran. En homenaje a la juventud —con una sonrisa y una reverencia—, a la esperanza —una sonrisa y una reverencia—, y a la belleza —una sonrisa y una reverencia——. ¡Hale! Vamos a dejar que entre toda la luz. Los pájaros empezaron a agitarse y a trinar. —No puedo dejar que entre mucho aire —dijo la ancianita (olía a cerrado, y mejor hubiera sido que sí)—, porque la gata que vieron ustedes abajo, la llamada Lady Jane, está loca por matarlos. Se pasa agazapada horas y horas en el parapeto. He descubierto —con un susurro de misterio— que su crueldad natural se ve aguzada por un temor celoso de que ellos recuperen la libertad. Debido al fallo que espero se dicte en breve. Es astuta y está llena de malicia. A veces casi creo que no es una gata, sino el lobo del viejo refrán. Es tan difícil no verle las orejas. Unas campanas vecinas recordaron a la pobrecilla que eran las nueve y media y nos sirvieron de más para poner fin a nuestra visita que cualquier cosa que hubiéramos podido hacer nosotros. Tomó apresuradamente su bolsita de documentos, que había puesto en la mesa cuando llegamos, y nos preguntó si íbamos también a los tribunales. Cuando le dijimos que no, y que no queríamos en absoluto entretenerla, abrió la puerta para acompañarnos abajo. —Con este augurio es todavía más necesario que nunca estar presente antes de que llegue el Canciller —dijo—, porque podría mencionar mi caso en primer lugar. Tengo el presentimiento de que es lo primero que va a mencionar esta mañana. Se detuvo a decirnos en un susurro, mientras bajábamos, que toda la casa estaba llena de maderas extrañas que su casero había ido comprando y que no quería vender, porque estaba un poco L mayúscula. Eso fue en el primer piso. Pero antes había hecho una parada en el segundo piso y había señalado en silencio una puerta oscura que allí había. —Es el otro inquilino —susurró entonces como explicación—; escribe copias legales. Los chicos de estas calles dicen que ha vendido su alma al diablo. No sé qué habrá hecho con el dinero. ¡Chitón! Parecía temer que el otro inquilino la oyera, incluso allí, y siguió rogándonos silencio mientras iba ante nosotros de puntillas, como si incluso el ruido de sus pasos pudiera revelarle lo que había dicho. Al pasar por el comercio camino de la calle, igual que lo habíamos cruzado al llegar de ella, nos encontramos con el anciano que amontonaba varios paquetes de papel viejo en una especie de cavidad en el suelo. Parecía estar trabajando mucho, tenía la frente sudorosa y a su lado estaba un trozo de tiza, con la cual, cada vez que bajaba un paquete o un lío, hacía un garabato en el revestimiento de la pared. Habían pasado a su lado Richard y Ada, y la señorita Jellyby y la ancianita, e iba a pasar yo, cuando me tocó en un brazo para detenerme y apuntó la letra J en la pared, de una manera muy curiosa, pues empezó por el final de la letra y la fue trazando hacia atrás. Era una letra mayúscula, no de imprenta, sino una letra exactamente igual que si la hubiera trazado cualquiera de los pasantes de la oficina de los señores Kenge y Carboy. —¿La sabe leer? —me preguntó con una mirada penetrante. —Claro —respondí—. Está muy clara. —¿Qué es? —Una J. Con una mirada dirigida hacia mí y otra a la puerta, la borró y en su lugar puso una «a» (no mayúscula esta vez), y me preguntó: —Y ésta, ¿qué es? Se lo dije. Entonces la borró y dibujó una «r» y me hizo la misma pregunta. Así siguió rápidamente hasta haber formado, de la misma extraña manera, empezando siempre por la parte de abajo de cada letra, la palabra JARNDYCE, sin dejar nunca que en la pared hubiera dos letras al mismo tiempo. —¿Qué dicen todas juntas? —me preguntó. Cuando se lo dije se echó a reír. Del mismo extraño modo, aunque con igual rapidez, fue haciendo una a una, y borrando una a una las letras que formaban las palabras CASA DESOLADA. También las leí, un tanto asombrada, y él se volvió a reír. —¡Eh! —dijo el viejo dejando la tiza a un lado— Tengo un don para copiar de memoria, como puede ver, señorita, aunque no sé leer ni escribir. Tenía un aspecto tan desagradable, y la gata me miraba con una expresión tan malvada, como si yo fuese pariente cercana de los pájaros de arriba, que me sentí muy aliviada cuando apareció en la puerta Richard, diciendo: —Señorita Summerson, espero que no esté usted negociando la venta de sus cabellos. No caiga en la tentación. ¡Con las tres bolsas de abajo ya tiene bastante el señor Krook! Me apresuré a despedirme del señor Krook y en reunirme a mis amigos en la calle, donde nos despedimos de la ancianita, que nos dio su bendición con gran ceremonia y reiteró sus seguridades de que nos dejaría en herencia un legado a Ada y otro a mí. Antes de dar finalmente la espalda a aquellas callejas miramos atrás y vimos al señor Krook, en la puerta de su tienda, mirándonos con las gafas puestas; con la gata en el hombro, cuya cola se erguía a uno de los lados de la gorra de pelo del hombre, como una pluma enhiesta. —¡Toda una aventura para una mañana londinense! —suspiró Richard— ¡Ay, prima, prima, qué nombre tan terrible éste de la Cancillería! —Para mí siempre lo ha sido, desde mis primeros recuerdos —respondió Ada—. Estoy segura. —Para mí también —dijo Richard, pensativo. —Si el Lord Canciller fallara en contra de mis intereses, por lo que a eso respecta, o por lo menos contra lo que yo diría que es mi derecho..., ¿con cuánto podríamos vivir tú y yo, Esther? —dijo Ada ruborizándose. —¡No! —exclamó Richard—. Es mejor que falle en contra mía. Yo puedo ir a cualquier parte... Me puedo hacer militar, o lo que sea, y nadie me echará de menos. Si pudiera vendería mis expectativas cuanto antes y lo más barato posible. —¿E irte al extranjero? —preguntó Ada. —¡Sí! —¿Quizá a la India? —Pues sí, creo que sí —contestó Richard. —Yo no lo he pensado —dijo Ada—. Lo único que lamento es ser la enemiga (como supongo que lo soy) de tantos parientes y otra gente, y que ellos sean mis enemigos, como supongo que lo son, y que estemos todos arruinándonos los unos a los otros, sin saber cómo ni por qué, y que estemos siempre en duda y en desacuerdo todas nuestras vidas. Parece muy raro, pues en alguna parte debe de imperar el derecho, que en todos estos años no haya habido un juez decidido a averiguar lo que es justo. —¡Ay, prima! —dijo Richard.... ¡Y tan raro! Toda esta complicada partida de ajedrez para nada es muy extraña. El ver ayer a ese tribunal seguir tan tranquilo con sus cosas y pensar en los sufrimientos de las piezas del tablero me dio dolor de cabeza y me afligió el ánimo al mismo tiempo. Me dolía la cabeza de preguntarme cómo pasaba todo esto, si aquellos hombres no eran ni idiotas ni sinvergüenzas, y me afligía el ánimo pensar que quizá fueran ambas cosas. Pero en todo caso, Ada, si me permites que te llame así... —Pues claro, primo Richard. —En todo caso, la Cancillería no nos va a transmitir a nosotros ninguna de sus malas influencias. Estamos felizmente reunidos, gracias a nuestro buen pariente, ¡y ya no puede separarnos! —¡Esperó que nunca, primo Richard! —dijo Ada gentilmente. La señorita Jellyby me apretó el brazo y me lanzó una mirada muy significativa. Respondí con una sonrisa e hicimos un camino de vuelta muy agradable. Media hora después de nuestra llegada apareció la señora Jellyby, y en el transcurso de una hora fueron llegando uno a uno al comedor los diversos elementos necesarios para un desayuno. No dudo que la señora Jellyby se hubiera acostado y levantado como todo el mundo, pero no parecía que se hubiera cambiado de vestido. Durante el desayuno estuvo muy ocupada, pues el correo de la mañana trajo mucha correspondencia relativa a Borriobula-Gha, lo cual le haría (según dijo) pasar un día muy ocupado. Los niños correteaban por todas partes, y se iban anotando otros recuerdos de sus accidentes en las piernas, que eran perfectos calendarios de sus heridas; Peepy desapareció durante hora y media, y un policía lo trajo a casa desde el mercado de Newgate. La apacibilidad con la que la señora Jellyby llevó tanto su ausencia como su devolución al círculo familiar nos sorprendió a todos. Para entonces ya estaba dictando perseverantemente a Caddy, y Caddy iba volviendo rápidamente a la condición entintada en la que la habíamos conocido. A la una llegó a buscarnos un carruaje abierto, con una carreta para nuestro equipaje. La señora Jellyby nos dio muchos recuerdos para su buen amigo, el señor Jarndyce; Caddy se levantó de su escritorio para acompañarnos a la puerta, me dio un beso en el pasillo y se quedó en los escalones, llorando y mordiendo la pluma; Peepy, celebro decirlo, estaba dormido, con lo que no hubo de soportar el dolor de la separación (yo tenía algún temor de que hubiera ido al mercado de Newgate a buscarme), y todos los demás niños se subieron en el carruaje de las maletas y se fueron cayendo, y los vimos, muy preocupados, esparcidos por toda la superficie de Thavies Inn cuando íbamos saliendo de allí. CAPITULO 6 En casa El día había aclarado muchísimo, y seguía aclarando a medida que avanzábamos hacia el oeste. Avanzábamos bajo el sol, el aire estaba limpio, y cada vez nos asombrábamos más ante las dimensiones de las calles, el esplendor de los comercios, la densidad de la circulación y las grandes multitudes a las que lo agradable del tiempo parecía haber sacado a la calle como flores multicolores. Poco a poco empezamos a salir de la maravillosa ciudad y a atravesar suburbios que, a mis ojos, hubieran constituido en sí mismos una buena ciudad cada uno, y por fin llegamos a un auténtico camino campestre, con molinos de viento, trillas, piedras miliares, carretas de campesinos, olores a paja vieja, señales que se movían al viento y abrevaderos para los caballos; con árboles, prados y setos. Resultaba delicioso ver aquel paisaje verde ante nosotros y la inmensa metrópolis a nuestras espaldas, y cuando pasó a nuestro lado un carruaje con una recua de caballos preciosos, con jaeces rojos y cascabeles que hacían un ruido cristalino, resultaba tan musical que todos podríamos haber cantado a aquel son, tan animadas eran las influencias que nos rodeaban. —Todo este camino me recuerda a mi tocayo Whittington19 —dijo Richard—, y ese carruaje es el último toque. ¡Eh! ¿Qué pasa? Nos habíamos detenido, y también el carruaje. Su música cambió cuando se pararon los caballos, y se redujo a un sutil cascabeleo, salvo cuando un caballo agitaba la cabeza o se sacudía, y provocaba una pequeña cascada de campanillas. —Nuestro postillón va en busca del conductor —siguió diciendo Richard—, y el conductor viene hacia nosotros. ¡Buenos días, amigo! —El conductor estaba junto a la puerta de nuestro coche, y Richard, mirándolo de cerca, exclamó: —¡Qué cosa más extraordinaria! ¡Lleva en el sombrero tu nombre, Ada! Llevaba en el sombrero los nombres de todos nosotros. Metidas en la cinta tenía tres notitas: una dirigida a Ada, otra a Richard y otra a mí. El conductor nos las entregó sucesivamente, tras primero leer el nombre en voz alta. En respuesta a la pregunta de Richard de quién las enviaba respondió brevemente: —Mi jefe, señorito, y a sus órdenes —y se volvió a poner el sombrero (que era como un cuenco, pero blando), hizo restallar el látigo para volver a despertar su música y se marchó melodiosamente. —¿Ese carruaje es el del señor Jarndyce? —preguntó Richard al postillón de nuestro coche. —Sí, señor —fue la respuesta—. Va a Londres. Abrimos las notas. Eran idénticas entre sí y contenían estas palabras, escritas con letra sólida y clara: Queridos míos, espero que nuestra reunión sea feliz y sin problemas para ninguno. Por consiguiente, he de proponer que nos encontremos como viejos amigos y que no hablemos del pasado. Eso quizá os alivie a vosotros, y a mí sin duda, al igual que aumentará mi amor por vosotros. JOHN JARNDYCE Quizá tuviera yo menos motivos que mis acompañantes para sorprenderme, dado que nunca había tenido una oportunidad de dar las gracias a quien había sido mi benefactor y mi único apoyo terrenal desde hacía tantos años. No había pensado cómo podía darle las gracias, pues mi gratitud estaba arraigada demasiado honda en mi corazón para eso, pero entonces empecé a pensar en cómo podía conocerlo sin darle las gracias, y consideré que sería dificilísimo. Las notas reanimaron en Richard y Ada una impresión general que ambos tenían, sin saber muy bien por qué, de que su primo Jarndyce nunca soportaría expresiones de agradecimiento por ninguna de sus amabilidades y de que, antes que aceptarlas, recurriría a los expedientes y las evasiones más singulares, o incluso se echaría a correr. Ada recordaba vagamente que había oído decir a su madre, cuando ella era pequeña, que una vez había sido de una generosidad extraordinaria con ella y que cuando fue a casa de él a darle las gracias él la vio por casualidad por una ventana cuando iba ella hacia la puerta, e inmediatamente se escapó por la puerta de atrás y nadie volvió a tener noticias suyas en tres meses. Aquel discurso desembocó en muchas más observaciones sobre el mismo asunto, y de hecho nos duró todo el día, pues apenas sí hablamos de otra cosa. Si, por casualidad, nos desviábamos a otro tema, pronto volvíamos a éste, y nos preguntábamos cómo sería la casa, y si veríamos al señor Jarndyce en cuanto llegáramos, o al cabo de un rato, y lo que nos diría o lo que le diríamos nosotros a él. No hacíamos más que hablar una y otra vez de lo mismo. Los caminos estaban muy pesados para los caballos, pero en general estaban en buena condición, de manera que nos apeamos y subimos todas las cuestas, y aquello nos gustó tanto que prolongamos nuestro paseo por la parte llana cuando llegamos arriba. En Barnet nos estaban esperando otros caballos, pero, como acababan de darles de comer, también tuvimos que esperarlos, y nos dimos otro largo paseo por unos prados y un viejo campo de batalla antes de que nos alcanzara el coche. Aquellos retrasos alargaron tanto el camino que había terminado el corto día y empezado la larga noche antes de que llegáramos a St. Albans, cerca de cuyo pueblo sabíamos que estaba la Casa Desolada. Para entonces estábamos tan preocupados y tan nerviosos que incluso Richard confesó, mientras dábamos botes por las piedras de las viejas calles, que sentía un deseo irracional de volver a la ciudad. En cuanto a Ada y a mí, arropadas por el mismo Richard con gran cuidado, porque la noche era fresca y cortante, estábamos temblando de la cabeza a los pies. Cuando salimos del pueblo tomamos una curva y Richard nos dijo que el postillón, que desde hacía rato se compadecía de nuestro nerviosismo, miraba hacia atrás con un gesto de asentimiento; las dos nos pusimos en pie en el carruaje (con Richard sosteniendo a Ada por si venía un bache) y escudriñamos aquel campo abierto y la noche estrellada, por si lográbamos ver nuestro punto de destino. Había una luz que brillaba en la cima de una cuesta ante nosotros, y el conductor la señaló con el látigo y gritó: «¡La Casa Desolada!»; puso a los caballos al trote y nos llevó hacia allá a tal velocidad, pese a que era cuesta arriba, que las ruedas lanzaban el polvo de la carretera volando por encima de nuestras cabezas, como la espuma de un molino de agua. Unas veces perdíamos la luz, otras la volvíamos a ver, la volvíamos a perder, la volvíamos a ver, y por fin entramos en una inmensa avenida flanqueada de árboles y fuimos al galope hacia donde brillaba radiante aquella luz. Estaba en una ventana de una casa que parecía antigua, con tres picos en el tejado de la fachada y había un camino circular que llevaba al porche. Repicó una campana cuando nos acercamos y mientras todavía resonaban en el aire sus tonos profundos, y se oía en la distancia el ladrido de unos perros, salió un chorro de luz de la puerta abierta y en medio de los vapores de los caballos sudorosos y del latido acelerado de nuestros propios corazones nos apeamos en un estado considerable de confusión. —Ada, cariño; Esther, querida mía, bienvenidas. ¡Cuánto me alegro de veros! ¡Richard, si en estos momentos tuviera una mano más sería para dártela a ti! El caballero que decía aquellas palabras con voz clara, brillante y acogedora había pasado un brazo en torno a la cintura de Ada y el otro en torno a la mía, mientras nos besaba a ambas de modo paternal, y nos llevaba por el vestíbulo a una salita cálida y muy bien iluminada por el fuego que crepitaba en la chimenea. Allí nos volvió a besar y, abriendo los brazos, nos hizo sentarnos juntas en un sofá que había al lado de la chimenea. Me pareció que si hubiéramos sido algo expresivas nosotras se habría echado a correr al instante. —¡Ahora, Rick, ya tengo una mano libre! —dijo— Una palabra dicha en serio vale tanto como todo un discurso. Celebro mucho veros. Estáis en vuestra casa. ¡Calentaos! Richard le estrechó ambas manos con una mezcla intuitiva de respeto y franqueza, y se limitó a decir (aunque con un tono tan serio que me alarmó un tanto, tal era el temor que sentía yo de que el señor Jarndyce desapareciera de pronto): —¡Es usted muy amable, señor Jarndyce! ¡Le estamos muy agradecidos! —antes de quitarse el sombrero y el capote y acercarse a la chimenea. —Y ¿qué tal ha sido el viaje? ¿Qué te pareció la señora Jellyby, querida mía? —preguntó el señor Jarndyce a Ada. Mientras Ada le iba dando su respuesta observé la cara de él (huelga decir con cuánto interés). Era una cara hermosa, animada, expresiva, llena de movimiento y de animación; el pelo lo tenía de un gris-acero plateado. Me pareció que debía estar más cerca de los sesenta que de los cincuenta, pero era un hombre erecto, sano y robusto. Desde el momento en que nos dirigió las primeras palabras su voz se había relacionado con algo que yo intuía mentalmente, pero que no podía definir; pero ahora, de repente, algo repentino de sus gestos, y una expresión agradable de su mirada me recordaron al caballero de la diligencia, hacía seis años, el día memorable de mi viaje a Reading. Estaba segura de que era él. Jamás me he sentido tan asustada en mi vida como al hacer aquel descubrimiento, pues sorprendió mi mirada y, como si me leyera el pensamiento, echó tal vistazo a la puerta que creí que se nos iba a ir. Sin embargo, celebro decir que se quedó donde estaba, y me preguntó lo que opinaba yo de la señora Jellyby. —Hace grandes esfuerzos por África, señor Jarndyce —dije. —¡Y muy nobles! —replicó el señor Jarndyce—. Pero has dicho lo mismo que Ada (a quien yo no había oído)—. Ya veo que todos pensáis otra cosa. —Nos pareció un poco —dije, mirando a Richard y a Ada, que me pedían con la mirada que hablara yo—, que quizá descuidaba un tanto su propia casa. —¡K.O.! —exclamó el señor Jarndyce. Volví a sentirme un tanto alarmada. —¡Bueno! Quiero saber lo que piensas de verdad, querida mía. Es posible que os enviara allí adrede. —Nos pareció que quizá —dije titubeante— sea mejor empezar con las obligaciones en casa propia, señor, y que quizá cuando se descuidan y olvidan ésas no sea posible poner otras en su lugar. —Los niños Jellyby —dijo Richard, viniendo en mi auxilio— se hallan verdaderamente (y perdone usted si me expreso en términos un tanto fuertes) en malísimas condiciones. —Tiene buenas intenciones —dijo el señor Jarndyce en seguida—. El viento sopla de Levante. —Pues, con todo respeto, soplaba del norte cuando nos apeamos —observó Richard. —Mi querido Rick —dijo Jarndyce atizando el fuego—. Estaría dispuesto a jurar que sopla de Levante o está a punto de soplar de allí. Siempre tengo conciencia de una sensación desagradable de vez en cuando, cuando sopla el viento de Levante. —¿Tiene usted reúma, señor Jarndyce? —inquirió Richard. —Supongo que es eso, Rick. Eso supongo. De manera que los niños de Jell... Ya tenía yo mis dudas..., están en mal... ¡Ay, Señor, sí, es de Levante! —exclamó el señor Jarndyce. Mientras decía estas frases entrecortadas había dado dos o tres vueltas titubeantes con el atizador en una mano y se frotaba el pelo con la otra, con un aire bienhumorado de malestar, tan absurdo y amable al mismo tiempo que estoy segura de que estábamos más encantados con él de lo que hubiera sido posible expresar con palabras. Dio un brazo a Ada y el otro a mí, y haciendo un gesto a Richard para que tomase una vela, ya iniciaba el camino de salida cuando de pronto nos hizo dar la vuelta a todos. —Esos niños de Jellyby. ¿No podíais? ... ¿No?... Bueno, ¡si hubieran llovido pasteles de ciruela o tartas de frambuesa o algo así! —dijo el señor Jarndyce. —Oh, primo... —empezó a contestar Ada. —Estupendo, cariño mío. Me gusta que me llames primo. Y quizá sea mejor primo John. —¡Bueno, pues primo John!... —empezó risueña Ada otra vez. —¡Ja, ja! ¡Así me gusta! —dijo el señor Jarndyce muy contento—. Eso sí que suena natural. ¿Sí, hija mía? —Fue algo mejor que eso. Llovió Esther. —¿Cómo? —preguntó el señor Jarndyce—. ¿Qué hizo Esther? —Pues, primo John —dijo Ada poniéndole ambas manos en el brazo y haciéndome que «no» con la cabeza, porque yo le estaba haciendo gestos de que se callara—, Esther se hizo inmediatamente amiga suya. Esther cuidó de ellos, los hizo dormirse, los lavó y los vistió, les contó cuentos, hizo que se callaran, les compró recuerdos —(¡mi niña! no había hecho más que salir con Peepy cuando lo encontraron y comprarles un caballito de juguete)—, y, primo John, calmó tanto a la pobre Caroline, la mayor, y estuvo tan atenta y tan amable... ¡No, no, querida Esther, no permito que me contradigas! ¡Sabes perfectamente que es verdad! Mi cariñosa niña se inclinó por encima de su primo John y me dio un beso, y después, mirándolo a los ojos, dijo: —En todo caso, primo John, yo te doy las gracias por la compañera que me has procurado. Me dio la sensación de que lo estaba desafiando a echarse a correr. Pero él no lo hizo. —¿De dónde decías que soplaba el viento, Rick? —preguntó el señor Jarndyce. —Del norte cuando nos apeamos, señor. —¡Tienes razón! No es Levante. Me he equivocado. ¡Vamos, muchachas, venid a ver vuestra casa! Era una de esas casas deliciosamente irregulares en las que para ir de una habitación a otra hay que subir o bajar escalones, y en las que se encuentra uno con más habitaciones cuando se cree que ya las ha visto todas, y en las que hay gran cantidad de pequeños vestíbulos y pasillos, y en las que se tropieza uno con habitaciones rústicas todavía más antiguas en los sitios más inesperados, con ventanas de celosía en las que crecen las plantas. La mía, que fue la primera en la que entramos, era de ese tipo, con un techo abuhardillado, y tenía más rincones que jamás haya visto en mi vida, y una chimenea (donde ardían unos troncos), con las paredes de azulejos de blanco purísimo, en cada uno de los cuales se reflejaba una miniatura brillante del fuego. Al salir de ella se bajaban dos escalones a una salita encantadora que daba a un jardín con flores, salita que en adelante nos pertenecería a Ada y a mí. De allí se bajaba por tres escalones al dormitorio de Ada, que tenía una magnífica ventana ancha con una vista estupenda (ahora no se veía sino una gran extensión de oscuridad bajo las estrellas), bajo la cual había una banqueta hueca en la que, con una buena cerradura, se podrían haber escondido inmediatamente tres Adas. De esa habitación se pasaba a una pequeña galería comunicada con las otras dos habitaciones principales (sólo dos), y de allí, por una escalerita de pasos bajos, que tenía muchas revueltas para su tamaño, se bajaba al vestíbulo. Pero si en lugar de salir por la puerta de Ada se volvía a mi habitación y se salía por la misma puerta por la que se había entrado, y se subían unos escalones serpenteantes que se desviaban de forma inesperada de la escalera principal, se perdía uno en una serie de pasillos en los que había calandrias y mesas triangulares, y una silla hindú, que al mismo tiempo era sofá, caja y cama, y parecía cualquier cosa a mitad de camino entre un esqueleto de bambú y una enorme jaula, y que nadie sabía quién ni cuándo había traído de la India. De allí se pasaba al dormitorio de Richard, que era en parte biblioteca, en parte salita, en parte dormitorio, y que parecía un complejo confortable de muchas habitaciones. Desde allí se pasaba directamente, con un pequeño intervalo de pasillo, a la habitación sencillísima en la que dormía el señor Jarndyce, todo el año, con la ventana abierta, una cama sin más muebles en medio de la habitación para que el aire entrase mejor, y su baño frío esperándolo en un cuartito al lado. De allí se salía a otro pasillo, en el que había una escalera trasera y desde el que se oía cómo les pasaban las almohazas a los caballos junto a los establos, mientras les decían «aguanta» o «quieto», porque se resbalaban mucho en aquellas piedras desiguales. O se podía, si se salía por otra puerta (cada habitación tenía por lo menos dos puertas), ir directamente otra vez al vestíbulo por media docena de escalones y un arco bajo, y quedarse uno maravillado de cómo había llegado allí, o cómo había salido de allí. Los muebles, más bien anticuados que antiguos, al igual que la casa, eran agradablemente irregulares. El dormitorio de Ada era todo de flores: de cretona y de papel, de terciopelo y bordadas en el brocado de las dos butacas tiesas que había, cada una de ellas complementada por un taburetito para mayor comodidad, a cada lado de la chimenea. Nuestra salita era toda verde, y en las paredes tenía enmarcados y tras un cristal múltiples aves sorprendentes y sorprendidas, que contemplaban desde sus marcos una trucha de verdad en una vitrina tan parda y brillante como si estuviera servida en salsa; la muerte del Capitán Cook, y todo el proceso de la preparación del té en China, pintado por artistas chinos. En mi dormitorio había grabados ovalados de los meses: señoras que preparaban el heno, con justillos y grandes sombreros atados bajo la barbilla, representaban a junio; nobles de finas pantorrillas señalaban con sus sombreros de tres picos a los campesinos de las aldeas en representación de octubre. Por toda la casa abundaban los retratos de medio cuerpo, hechos a carboncillo, pero estaban tan dispersos que me encontré con el hermano de un joven oficial de mi dormitorio en el armario de la vajilla, y con el marido maduro de mi joven y guapa novia, con una flor en el corpiño, en la salita de desayunar. En cambio, yo disponía de cuatro ángeles, del reinado de la Reina Ana, que llevaban al cielo, con alguna dificultad, a un caballero complaciente envuelto en festones, y una composición bordada que representaba unas frutas, una tetera y un alfabeto. Todos los muebles, desde los armarios hasta las mesas y las sillas, las colgaduras, los espejos, incluso los alfileteros y los pomos de olor de las coquetas mostraban la misma caprichosa variedad. No se acomodaban en nada, salvo en su perfecta limpieza, sus coberturas de los linos más finos y la omnipresencia, dondequiera que la existencia de un cajón, grande o pequeño, la permitiese, de cantidades de hojas de rosa y de lavanda. Ésas fueron nuestras primeras impresiones de la Casa Desolada, con sus ventanas iluminadas, suavizadas acá y allá por sombras de cortinas, que brillaban en la noche estrellada, con su luz y su calor, y su comodidad, con los ruidos acogedores, oídos a lo lejos, de los preparativos para la cena, con la cara de su generoso amo iluminando todo lo que veíamos y con suficiente viento para sonar como un acompañamiento bajo de todo lo que oíamos. —Celebro que os guste —dijo el señor Jarndyce tras volvernos a traer a la salita de Ada—. Es una casita sin pretensiones, pero resulta cómoda, espero, y lo va a ser más con unas jóvenes tan agradables viviendo en ella. Tenéis apenas media hora antes de la cena. Aquí no hay nadie más que lo mejor que puede haber en la Tierra: un niño. —¡Más niños, Esther! —dijo Ada. —No quiero decir un niño literalmente —continuó diciendo el señor Jarndyce—, no un niño en cuanto a edad. Es adulto (tiene por lo menos la misma edad que yo), pero en su sencillez, su espontaneidad, su entusiasmo, y su total incapacidad inocente para todos los asuntos mundanos, es un niño total. Consideramos que debía de ser muy interesante. —Conoce a la señora Jellyby —añadió el señor Jarndyce—. Es músico aficionado, aunque hubiera podido ser profesional de ella. Es un hombre de grandes virtudes y modales cautivadores. Ha tenido mala fortuna en los negocios, y mala suerte en sus aficiones, y también mala en su familia, pero no le importa: ¡es un niño! —¿Quiere usted decir que tiene hijos propios? —inquirió Richard. —¡Sí, Rick! Media docena. ¡Más! Casi una docena, creo. Pero nunca ha cuidado de ellos. ¿Cómo iba a hacerlo? Necesitaba que alguien cuidara de él. ¡Ya sabes, es un niño! —dijo el señor Jarndyce. —Y ¿han podido sus niños cuidar de sí mismos, señor? —inquirió Richard. —Hombre, en la medida de lo posible —dijo el señor Jarndyce, cuyo gesto se hizo repentinamente grave. Hay quien dice que los hijos de la gente muy pobre no es que se críen, sino que salen adelante. Los hijos de Harold Skimpole han ido saliendo adelante de un modo u otro... Me temo que está cambiando el viento otra vez. ¡Cada vez lo noto más! Richard observó que hacía una noche bastante mala, y la casa estaba más bien aislada. —Está aislada —le respondió el señor Jarndyce—. No cabe duda de que a eso se debe. Ya el nombre de Casa Desolada suena a algo aislado. Pero tú ven conmigo. ¡Vamos! Como ya había llegado nuestro equipaje y estaba todo a mano, me vestí en un momento y estaba ordenando mis pertenencias, cuando una doncella (no la que estaba ayudando a Ada, sino otra a la que no había visto yo) me trajo a mi habitación un cesto con dos manojos de llaves, todas ellas con su etiqueta. —Para usted, señorita —dijo. —¿Para mí? —respondí. —Las llaves de la casa, señorita. Mostré mi sorpresa, pues ella añadió, con una cierta sorpresa por su parte: —Me dijeron que se las trajera en cuanto estuviera usted sola, señorita. Es usted la señorita Summerson, ¿verdad? —Sí —dije—. Así me llamo. —El llavero más grande es el de la casa, señorita, y el pequeño es el de la bodega. Me han dicho que a la hora que usted quiera mañana por la mañana tengo que enseñarle los armarios y demás cosas a que corresponden. Dije que estaría lista a las seis y media, y cuando se marchó me quedé contemplando el cesto, totalmente estupefacta ante la magnitud de mis funciones. Así me encontró Ada, y mostró una confianza tan maravillosa en mí cuando le enseñé las llaves y le dije lo que eran que hubiera sido yo una insensible y una ingrata de no haberme sentido alentada. Claro que ya sabía yo que aquello era por amabilidad de mi niña, pero me agradaba que me engañaran de modo tan agradable. Cuando bajamos nos presentaron al señor Skimpole, que estaba de pie ante la chimenea, contándole a Richard lo aficionado que había sido al fútbol en sus años mozos. Era un hombrecillo animado con una cabeza bastante grande, pero de facciones delicadas y voz muy dulce, y era totalmente encantador. Todo lo que decía estaba a tal punto exento de fingimiento, y era tan espontáneo, y lo decía con una alegría tan cautivadora, que resultaba fascinante oírle hablar. Como era más esbelto que el señor Jarndyce y tenía mejor color, con el pelo más castaño, parecía más joven. De hecho aparentaba, en todos los respectos, ser más bien un joven ajado que un anciano bien conservado. Tenía una natural negligencia de modales, e incluso de atavío (pelo medio despeinado, corbatín suelto y caído como he visto en los autorretratos de artistas), de modo que no pude evitar la idea de un joven romántico que había pasado por un proceso excepcional de deterioro. Me dio la impresión de que no tenía en absoluto los modales ni el aspecto de un hombre que había ido recorriendo la vida por la vía usual de los años, las preocupaciones y la experiencia Por la conversación deduje que el señor Skimpole había hecho estudios de medicina y había vivido en tiempos, en el ejercicio de esa profesión, en la casa de un príncipe alemán. Sin embargo, nos dijo que como siempre había sido un mero niño en lo que hacía a pesos y medidas, y nunca había sabido nada al respecto (salvo que le repugnaban), nunca había logrado extender recetas con la exactitud de detalle necesaria. De hecho, nos dijo, no tenía cabeza para los detalles. Y nos contó, con mucho humor, que cuando lo llamaban a sangrar al príncipe, o a atender a alguno de los cortesanos, solían encontrarlo tendido en la cama, leyendo la prensa o haciendo caricaturas a lápiz, y no podía acudir. Cuando por fin el príncipe objetó a aquello, «en lo cual», dijo el señor Skimpole con absoluta franqueza, «tenía toda la razón», terminó el contrato, y como el señor Skimpole no tenía (añadió con una alegría deliciosa) «ningún objeto en la vida más que el amor, me enamoró, me casé y me rodeé de mejillas sonrosadas». Su buen amigo Jarndyce y otros cuantos amigos lo habían ayudado a obtener varios puestos, más o menos duraderos, con los que ganarse la vida, pero no había valido de nada, pues él confesaba dos de los problemas más antiguos del mundo: uno era que no tenía noción del tiempo y el otro que no tenía noción del dinero. Debido a lo cual nunca llegaba puntualmente, nunca podía realizar una transacción y nunca sabía lo que valía nada. ¡Bien! ¡Así lo había ido pasando y aquí estaba! Le gustaba mucho leer la prensa, le gustaba mucho hacer dibujos de memoria a lápiz, le gustaba mucho la naturaleza, le gustaba mucho el arte. Lo único que le pedía a la sociedad era que le dejara vivir. Eso no era mucho pedir. Tenía pocas necesidades. Con tal de tener periódicos, conversación, música, carne de cordero, café, paisajes, fruta en temporada, unas hojas de papel de dibujo y algo de clarete no pedía más. No era más que un niño en este mundo, pero tampoco pedía la luna. Él le decía al mundo: «¡Que cada uno haga en paz lo que quiera! Que unos lleven chaquetas rojas y otros azules, que se pongan mangas con puntillas, que se pongan la pluma en la oreja, que lleven delantales, que busquen la gloria, el comercio, el objeto que prefieran, con tal... ¡de que dejen vivir a Harold Skimpole! » Nos dijo todo aquello, y mucho más, no sólo con el mayor agrado y desparpajo, sino con una cierta sinceridad vivaz; hablaba de sí mismo como si no fuera cuestión suya en absoluto, como si Skimpole fuera una tercera persona, como si supiera que Skimpole tenía sus peculiaridades, pero también sus derechos, que eran asunto general de la comunidad, y que no se debían menospreciar. Era encantador. Si me sentí algo confusa en aquellos primeros momentos, al tratar de conciliar lo que él decía con todo lo que yo pensaba acerca de los deberes y las responsabilidades de la vida (de todo lo cual disto mucho de estar segura), lo que me confundía era no comprender exactamente por qué estaba él exento de ellos. No dudaba de que él estuviera exento de ellos, puesto que, evidentemente, a él no le cabía duda. —No deseo nada —siguió diciendo el señor Skimpole con su tono ligero—. Para mí la posesión no significa nada. Aquí tenemos la excelente casa de mi amigo Jarndyce. Me siento agradecido a él por poseerla. La puedo dibujar y modificar. Puedo ponerle música. Cuando estoy aquí tengo suficiente posesión de ella y no tengo problemas, gastos ni responsabilidades. En resumen, mi intendente se llama Jarndyce, y no me puede engañar. Hemos mencionado a la señora Jellyby. Es una mujer muy activa, de gran voluntad y de una inmensa capacidad para los detalles de negocios, que se lanza a diversas causas con un ardor sorprendente. Yo no lamento no tener fuerza de voluntad ni una capacidad inmensa para los detalles de los negocios, ni para lanzarme hacia diversas causas con un ardor sorprendente. Puedo admirarla sin envidiarla. Puedo simpatizar con sus causas. Puedo soñar con ellas. Puedo tumbarme en la hierba —cuando hace buen tiempo— y flotar por un río africano, abrazando a todos los indígenas con que me encuentre, tan consciente de la profundidad del silencio mientras dibujo la densa frondosidad tropical con tanta exactitud como si estuviera allí. No sé si el hacerlo tendría alguna utilidad directa, pero eso es lo único que sé hacer, y lo hago a fondo. Existe un gran principio activo y palpitante, el del deseo de aplastar lo que es falso y malo, y de cuidar lo que es bueno y tierno, que reconocemos y admiramos con el nombre de Jarndyce. Igual puedo simpatizar con eso. Entonces, por el amor del cielo, ¡dejad que Harold Skimpole, que es un niño confiado, os pida al mundo, a una aglomeración de gente práctica y acostumbrada a los negocios, que le dejéis vivir y admirar a la familia humana, hacedlo como sea, como almas bondadosas, y permitidle que haga lo que le gusta! Era evidente que el señor Jarndyce no había sido insensible a ese alegato. Para verlo bastaba con advertir hasta qué punto se sentía el señor Skimpole en su casa, sin necesidad de lo que añadió éste a continuación: —Sois vosotros, los seres generosos, los únicos que me inspiráis envidia —dijo el señor Skimpole, dirigiéndose a nosotros, sus nuevos amigos, de forma impersonal—. Os envidió vuestra capacidad para hacer lo que hacéis. Es lo que me encantaría a mí. No siento ninguna vulgar gratitud hacia vosotros. Casi opino que deberíais ser vosotros los que me estuvierais agradecidos a mí por datos la oportunidad de disfrutar del lujo de la generosidad. Sé que eso os gusta. Que yo sepa, es posible que yo haya venido al mundo expresamente para haceros más felices. Es posible que yo haya nacido para ser vuestro benefactor, al daros a veces la oportunidad de ayudarme en mis pequeñas perplejidades. ¿Por qué voy a lamentar mi incapacidad para los detalles y para los asuntos mundanos cuando eso tiene unas consecuencias tan agradables? Por eso no lo lamento. De todos sus discursos jocosos (jocosos, pero siempre totalmente sinceros en lo que expresaban), ninguno parecía ser más del agrado del señor Jarndyce que éste. Después me sentí tentada muchas veces de preguntarme si era realmente singular, o sólo me parecía singular a mí, que quien probablemente era la persona más agradecida del mundo al menor pretexto, deseara tanto escapar a la gratitud de los demás. Todos estábamos fascinados. Consideré un homenaje merecido a las encantadoras cualidades de Ada y de Richard el que el señor Skimpole, que los acababa de conocer, fuera tan exquisitamente agradable. Ellos (y especialmente Richard) se sintieron naturalmente complacidos, por parecidos motivos, y consideraron que era un privilegio nada común el recibir así, las confidencias de una persona tan atrayente. Cuanto más escuchábamos, con más alegría hablaba el señor Skimpole. Y con sus modales tan finos e hilarantes, su atractiva sinceridad y su forma bienhumorada de exponer con negligencia sus propias debilidades, como si dijera: ««¡Si es que no soy más que un niño! En comparación conmigo sois unos intrigantes» (de hecho eso me hizo pensar de mí misma), «pero yo soy alegre e inocente; ¡olvidaos de vuestros artificios mundanos y jugad conmigo!», producía un efecto verdaderamente deslumbrante. Además, era una persona tan emotiva, y tenía unos sentimientos tan delicados por todo lo que era bueno o tierno, que sólo con eso podía conquistar los corazones. Durante la velada, cuando estaba yo sola preparándome para hacer el té, y Ada tocando el piano en la habitación de al lado y tarareando en voz baja a su primo Richard una melodía que habían mencionado por casualidad, vino él a sentarse en el sofá a mi lado, y habló de Ada en tales términos que casi me hizo amarlo. —Es como la aurora —.dijo—. Con esos cabellos dorados, esos ojos azules y ese rosicler en las mejillas, es como un amanecer de verano. Los pájaros de los alrededores la confundirán con él. No podemos llamar a una jovencita tan encantadora, que es una alegría para toda la humanidad, una huérfana. Es la hija de todo el universo. Vi que el señor Jarndyce estaba a nuestro lado, con las manos a la espalda y con una sonrisa atenta en el rostro. —Mucho me temo —observó— que el universo no sea un buen padre. —¡Bueno, no lo sé! —exclamó el señor Skimpole animadamente. —Pero creo que yo sí lo sé —replicó el señor Jarndyce. —¡Bueno! —dijo el señor Skimpole—, tú conoces el mundo (que en el sentido que tú lo dices es el universo) y yo no lo conozco en absoluto; de manera que te daré toda la razón. Pero si de mí dependiera —dijo con una mirada a los primos—, en el camino de unos niños así no debería haber zarzas ni realidades sórdidas. Debería estar surcado de rosas; debería recorrer jardines en los que no hubiera primavera, otoño ni invierno, sino un verano perpetuo. La edad y los cambios jamás lo agostarían. ¡Jamás se debería susurrar en sus inmediaciones la sórdida palabra «dinero»! El señor Jarndyce le dio una palmada en la cabeza con una sonrisa, como si de verdad fuera un niño, dio un paso o dos y se detuvo un momento a mirar a los dos jóvenes primos. Tenía una mirada pensativa, pero una expresión benigna, la que muchas veces (¡tantas!) volví a ver en él; que se me ha quedado desde hace mucho tiempo grabada en el corazón. La habitación en la que se hallaban, que se comunicaba con la nuestra, no tenía más luz que la de la chimenea. Ada estaba sentada al piano y Richard, de pie a su lado, se inclinaba un poco hacia ella. En la pared se fundían las sombras de los dos, rodeadas de formas extrañas, y no faltaba algún movimiento fantasmal causado por la irregularidad del fuego, aunque reflejaba unos objetos inmóviles. Ada tocaba las notas con tanta suavidad, y cantaba en voz tan baja, que el viento, que suspiraba en dirección de los cerros lejanos, se oía con tanta claridad como la música. Toda la imagen parecía expresar el misterio del futuro, y la pequeña pista que de él sugería la voz del presente. Pero si cuento la escena no es para recordar aquella fantasía, pese a lo bien que la recuerdo. En primer lugar, yo no carecía de conciencia del contraste entre significado e intención, entre la mirada silenciosa dirigida hacia allí y la corriente de palabras que la había precedido. En segundo lugar, aunque cuando el señor Jarndyce retiró la mirada no la posó en mí sino un momento, me pareció que en aquel instante me confiaba —y sé que me confiaba, y que yo recibí esa misión— su esperanza de que Ada y Richard pudieran algún día iniciar una relación más íntima. El señor Skimpole sabía tocar el piano y el violoncello, además de ser compositor (una vez había compuesto la mitad de una ópera, pero se había cansado de ella) y tocaba con buen gusto sus composiciones. Después del té tuvimos todo un pequeño concierto, en el cual Richard, que estaba cautivado por la forma de cantar de Ada, y me dijo que ésta parecía conocer todas las canciones que jamás se hubieran compuesto, y el señor Jarndyce y yo formamos el público. Al cabo de un rato me di cuenta de que faltaban primero el señor Skimpole, y después Richard y cuando me estaba preguntando cómo podía Richard ausentarse tanto tiempo, y perderse tantas cosas, llegó la doncella que me había dado las llaves y dijo desde la puerta: —Por favor, señorita, ¿tendría usted un minuto? —Cuando nos quedamos las dos solas en el vestíbulo, dijo levantando las manos—: Ay, por favor, señorita, el señor Carstone pregunta si podría subir usted a la habitación del señor Skimpole. ¡Le ha dado algo, señorita! —¿Que le ha dado algo? —pregunté. —Sí, señorita. De repente. Sentí temor de que su enfermedad fuera algo peligroso, pero naturalmente le pedí que no dijera nada ni inquietara a nadie, y me calmé mientras subía rápidamente las escaleras tras ella, lo suficiente para pensar cuáles serían los mejores remedios que se podrían aplicar si resultaba ser un ataque. Abrió una puerta y entré en una habitación en la cual, para mi indecible sorpresa, en lugar de encontrarme al señor Skimpole tendido en la cama o postrado en el suelo, me lo encontré en pie sonriendo a Richard, mientras éste, con cara de gran apuro, miraba a un hombre sentado en el sofá, con un guardapolvos blanco, con el cabello muy peinado, aunque no muy abundante, y que se lo estaba aplastando todavía más con un pañuelo de bolsillo. —Señorita Summerson —dijo Richard apresuradamente—, me alegro de que haya venido. Podrá usted aconsejarnos. A nuestro amigo el señor Skimpole (¡no se alarme!) lo acaban de detener por deudas. —Y la verdad, mi querida señorita Summerson ——dijo el señor Skimpole con su agradable sinceridades que nunca me he hallado en una situación en la que el excelente sentido y la calma metódica y el pragmatismo que ha de observar en usted quienquiera haya pasado un cuarto de hora en su compañía, fueran más necesarios. La persona del sofá, que parecía tener un resfriado, dio tal estornudo que me asustó. —¿Lo detienen a usted por una gran suma? —pregunté al señor Skimpole. —Mi querida señorita Summerson ——dijo con un gesto amable de la cabeza—, no lo sé. Unas cuantas libras, algunos chelines y medios peniques, es lo que creo han mencionado. —Se trata de veinticuatro libras, dieciséis chelines y siete y medio peniques —observó el desconocido—. De eso se trata. —Y suena... no sé por qué, pero ¿suena como si fuera una suma pequeña? —preguntó el señor Skimpole. El desconocido no dijo nada, sino que se limitó a estornudar otra vez. Fue tal estornudo que pareció levantarlo de su asiento. —Al señor Skimpole —me dijo Richard— le parece indelicado recurrir a mi primo Jarndyce, porque últimamente ha... Tengo entendido, señor, que últimamente usted... —¡Ah, sí! —replicó el señor Skimpole con una sonrisa—. Aunque se me ha olvidado cuánto era, y cuándo, Jarndyce lo haría otra vez con mucho gusto, pero tengo la sensación más bien epicúrea de que yo preferiría una novedad en materia de ayuda, de que preferiría —y nos miró a Richard y a mí— cultivar la generosidad en un nuevo terreno, y en una nueva forma de flor. —¿Qué le parece a usted mejor, señorita Summerson? —me preguntó Richard en un aparte. Me aventuré a preguntar a todo el mundo, en general, antes de responder lo que ocurriría si no se conseguía el dinero. —Prisión ——dijo el desconocido metiéndose el pañuelo tranquilamente en el sombrero, que estaba en el suelo a sus pies— o ande Coavins20. —¿Me permite preguntarle, señor mío, qué es... —¿Coavins? —dijo el desconocido—. Una casa. Richard y yo volvimos a mirarnos. Resultaba de lo más singular que aquella detención creara una situación embarazosa para nosotros, pero no para el señor Skimpole. Éste nos observaba con un interés bienhumorado, pero parecía, si es que puedo aventurar tal contradicción, que no le fuera nada en ello. Se había lavado las manos totalmente del problema, que había pasado a ser nuestro. —He creído —sugirió como si pretendiese por buena voluntad ayudarnos él a nosotros— que al ser partes en un pleito ante la Cancillería que afecta (según dice la gente) a una gran cantidad de bienes, que el señor Richard o su bella prima, o ambos, podrían firmar algo, o comprometer algo, o hacer alguna especie de promesa, o compromiso, o fianza. No sé cómo se llamará eso en los negocios, pero supongo que existe algún tipo de instrumento a su alcance que podría resolver esto... —Ni hablar —dijo el desconocido. —¿De verdad? —replicó el señor Skimpole—. ¡Pues parece raro, a ojos de alguien que no es ducho en estas materias! —Que le parezca raro o no ——dijo el desconocido hoscamente—, le digo que ni hablar. —No se ponga nervioso, amigo mío, no se ponga nervioso —razonó amablemente con él el señor Skimpole, mientras hacía un dibujito de la cabeza de aquél en una hoja suelta de un libro—. No se deje usted obsesionar por su profesión. Nosotros sabemos distinguir entre usted personalmente y su oficio; sabemos distinguir entre la persona y su cargo. No tenemos tantos prejuicios como para suponer que en la vida privada pueda usted ver otra cosa que una persona estimabilísima, con un aspecto muy poético en su carácter, del cual quizá no tenga usted conciencia. El desconocido se limitó a responder con otro estornudo estentóreo; pero no me aclaró si era en aceptación del homenaje a su lado poético o en rechazo desdeñoso de éste. —Pues bien, mi querida señorita Summerson y mi querido señor Richard —dijo el señor Skimpole con inocencia, alegría y confianza mientras contemplaba su dibujo con la cabeza ladeada—, ¡aquí me ven, totalmente incapaz de resolver mi problema y totalmente en manos de ustedes! Lo único que pido es ser libre. Tampoco es mucho. Lo único que pido es pasearme mañana por la mañana entre las hojas caídas, oír cómo me crujen bajo los pies, en lugar de pasear arriba y abajo del salón de nuestro amigo Coavins, por muy digno que sea Coavins, y no me cabe duda de que Coavins es una persona muy digna, y un buen padre. Mis gustos no son caros: no resulta caro pasearse entre las hojas caídas y oír su crujido. ¡Es lo único que pido! Las mariposas son libres. ¡Sin duda, la humanidad no negará a Harold Skimpole lo que concede a las mariposas! —Mi querida señorita Summerson —me susurró Richard—, tengo diez libras que recibí del señor Kenge. Voy a ver qué puedo hacer. Yo poseía quince libras y algunos peniques, que eran mis ahorros de mi paga trimestral de varios años. Siempre había pensado que podía ocurrir algún accidente que me dejara de pronto, sin parientes, sin propiedades, sola en el mundo, y siempre había tratado de llevar algo de dinero encima, para no estar nunca sin recursos. Le dije a Richard que tenía esa pequeña reserva, y que de momento no la necesitaba, y le pedí que se lo comunicara delicadamente al señor Skimpole mientras iba a buscarla, para que tuviéramos el placer de pagar su deuda. Cuando regresé, el señor Skimpole me besó la mano y pareció muy emocionado. No por sí mismo (una vez más tuve conciencia de aquella contradicción tan asombrosa y extraordinaria), sino por nosotros como si toda consideración personal le resultara inconcebible, y la mera contemplación de nuestra felicidad lo embargara. Richard me pidió, para que la transacción fuera más discreta, según dijo, que le pagara yo a Coavinses (como lo llamaba ahora jocularmente el señor Skimpole), y yo conté el dinero y recibí la factura necesaria. También aquello encantó al señor Skimpole. Sus cumplidos eran tan delicados que me sonrojé menos de lo que hubiera podido ocurrir de otro modo, y pagué al desconocido del guardapolvos blanco sin cometer ningún error. Se metió el dinero en el bolsillo e inmediatamente dijo: —Bueno, pues le deseo muy buenas noches, señorita. —Amigo mío —dijo el señor Skimpole de espaldas a la chimenea tras renunciar al dibujo cuando lo tenía a medio acabar—, desearía preguntarle algo, sin ánimo de ofender. Creo que la respuesta fue algo así como: —¡Pues venga, desembuche! —¿Sabía usted esta mañana misma que iba a venir aquí con esta misión? —preguntó el señor Skimpole. —Ya me lo habían avisado ayer a la hora del té —dijo Coavinses. —¿Y no le afectó el apetito? ¿No le incomodó? —Ni hablar —dijo Coavinses—. Ya sabía que si no le pescaba hoy le iba a pescar mañana. Un día más o menos, da igual. —Pero cuando vino usted aquí —continuó el señor Skimpole— hacía un día magnífico. Brillaba el sol, hacía algo de viento, las luces y las sombras recorrían los prados, cantaban los pájaros. —Que yo sepa, naide ha dicho lo contrario —respondió Coavinses. —No —observó el señor Skimpole—. Pero, ¿qué venía usted pensando por el camino? —¿Qué dice usted? —gruñó Coavinses con aire de ofenderse—. ¡Pensar! Ya tengo bastante que hacer y bien poco que me pagan para andar pensando. ¡Pensar! —dijo con gran desprecio. —Entonces, en todo caso, usted no pensó nada parecido a esto —continuó el señor Skimpole—: «A Harold Skimpole le encanta ver la luz del sol, le encanta oír el ruido del viento, le encanta ver cómo cambian las luces y las sombras, le encantan los pájaros, esos coristas de la gran catedral de la Naturaleza. ¡Y tengo la sensación de que estoy a punto de privar a Harold Skimpole de su participación en esas posesiones, que son lo único que tiene en la vida.» ¿No se le ocurrió pensar nada en ese sentido? —Desde – luego – que - NO —dijo Coavinses, cuya obstinación en rechazar totalmente tamaña idea era tan intensa que sólo podía darle una expresión adecuada si interponía un largo intervalo entre cada palabra y acompañaba la última con tal gesto que hubiera podido dislocarse el pescuezo. —¡Qué extraños y qué curiosos son los procesos mentales de ustedes, los hombres de negocios! —dijo el señor Skimpole, pensativo—. Gracias, amigo mío. Buenas noches. Como nuestra ausencia ya había sido bastante prolongada como para parecer extraña a quienes quedaban abajo, volví inmediatamente y encontré a Ada bordando junto a la chimenea y hablando con su primo John. Al cabo de un momento reapareció el señor Skimpole, y poco después Richard. Yo estuve muy ocupada durante el resto de la velada en tomar mi primera lección de backgammon del señor Jarndyce, que era muy aficionado a ese juego, y de quien naturalmente quería aprenderlo cuanto antes para serle algo útil como adversaria cuando no tuviera otro mejor. Pero de vez en cuando pensé, mientras el señor Skimpole tocaba algunos fragmentos de sus propias composiciones, o cuando, tanto al piano como al violoncello o a la mesa, mantenía, sin el más mínimo esfuerzo, su delicioso ánimo y su divertida charla, que tanto Richard como yo parecíamos conservar la impresión vicaria de haber estado detenidos desde la hora de la cena, lo cual resultaba verdaderamente muy curioso. Cuando nos separamos ya era tarde, pues cuando Ada se iba a retirar a las once, el señor Skimpole se puso al piano y empezó a tocar, hilarantemente, la canción de que «la mejor forma de prolongar nuestros días era robarle unas horas a la Noche, querida mía». Eran más de las doce cuando tomó su vela y su faz radiante del aposento, y creo que podría habernos retenido allí hasta el amanecer, si lo hubiera deseado. Ada y Richard se quedaron un momento junto a la chimenea, preguntándose si la señora Jellyby habría terminado sus dictados del día, cuando volvió el señor Jarndyce, que había salido antes. —¡Dios mío, qué es esto, qué es esto! —dijo frotándose la frente y paseándose arriba y abajo con su bienhumorada irritación—. ¿Qué es lo que me han dicho? Rick, muchacho, Esther, hija mía, ¿qué habéis hecho? ¿Cómo habéis podido hacerlo? ¿Por qué lo habéis hecho? ¿Cuánto os ha costado a cada uno?... Ha vuelto a cambiar el viento. Lo siento en todos mis poros. Ninguno de los dos sabía muy bien qué responder. —¡Vamos, Rick, vamos! Tengo que solventar esto antes de irme a dormir. ¿Cuánto os ha costado a cada uno? ¡Sé perfectamente que juntasteis vuestro dinero! ¿Por qué? ¿Cómo habéis podido? ¡Dios mío, sí, sopla de Levante, estoy seguro! —La verdad, señor, es que no me parece honorable decírselo. El señor Skimpole confió en nosotros... —¡Qué Dios te bendiga, hijo mío! ¡El confía en todo el mundo! —dijo el señor Jarndyce, frotándose vigorosamente la cabeza y deteniéndose. —¿De verdad, señor? —¡En todo el mundo! ¡Y la semana que viene tendrá el mismo problema! —dijo el señor Jarndyce, que seguía paseándose a grandes zancadas, con una vela en la mano, aunque ya se le había apagado—. Siempre tiene algún problema. Desde que nació tiene el mismo problema. Creo que el anuncio de su nacimiento que se publicó en los periódicos, cuando su madre lo dio a luz, fue: «El martes, en su residencia de Edificios Dificultades, la señora Skimpole, un niño con problemas.» Richard rió de buena gana, pero añadió: —Aún así, señor, no quiero quebrantar su confianza, ni violarla, y si somete a su mejor criterio una vez más que debo mantener su secreto, espero que lo reflexionará antes de insistir más. Claro que si insiste usted, señor, sabré que no tengo razón y se lo diré. —¡Bien! —exclamó el señor Jarndyce, volviendo a detenerse y haciendo varias tentativas distraídas de meterse la palmatoria en el bolsillo—. Yo... ¡ten! Llévatela, hija mía. No sé lo que voy a hacer. La culpa de todo la tiene el viento, siempre tiene este efecto. No te voy a insistir, Rick; quizá tengas razón. Pero la verdad es que... abusar de ti y de Esther... y exprimiros como una tierna naranja de las Azores!... ¡Esta noche va a haber un ventarrón! Ahora unas veces se metía las manos en los bolsillos, como si fuera a dejarlas en ellos largo rato, otras las volvía a sacar y se frotaba vehementemente la cabeza. Me aventuré a aprovechar aquella oportunidad para sugerir que como el señor Skimpole era como un niño en todas esas cosas... —¿Cómo, hija mía? —preguntó el señor Jarndyce que había oído la última palabra. —... como un niño, señor —dijo—, y tan diferente de otras personas... —¡Tienes razón! —dijo el señor Jarndyce con expresión más alegre—. Tu intuición femenina ha dado en el blanco. Es un niño. Un niño en todo. Recordad que os dije que era un niño la primera vez que lo mencioné. —¡Desde luego! ¡Desde luego! —dijimos nosotros. —Y es un niño, ¿no es verdad? —preguntó el señor Jarndyce, que se iba tranquilizando cada vez más. Dijimos que no cabía duda de ello. —Si lo pensáis, es de lo más pueril de vuestra parte, quiero decir de la mía, considerarlo ni un momento como un adulto. No se le puede atribuir la responsabilidad a él. ¡Qué idea, Harold Skimpole con planes o proyectos, o con una idea de las consecuencias! ¡Ja, ja, ja! Resultaba tan delicioso ver cómo se disipaban las nubes que se cernían sobre su animado rostro, y verlo tan complacido, y advertí, porque era imposible no advertirlo, que la fuente de su placer era la bondad que se sentía torturada al condenar a alguien, o desconfiar de él o acusarlo en secreto, que vi cómo a Ada se le saltaban las lágrimas, y sentí que a mí también. —¡Pero si es que soy un completo idiota —dijo el señor Jarndyce—, si necesito que me lo recuerden! Todo el asunto es cosa de niños del principio al fin. ¡Nadie más que un niño hubiera pensado en recurrir a vosotros como partes en el asunto! ¡Nadie más que un niño hubiera pensado que vosotros tendríais el dinero! ¡Si hubieran sido 1.000 libras, habría actuado exactamente igual! —exclamó el señor Jarndyce con la cara radiante. Todos lo confirmamos por la experiencia de aquella noche. —¡Claro, claro! —dijo el señor Jarndyce—. Sin embargo, Rick, Esther, y también tú, Ada, pues no estoy seguro de que ni siquiera tu bolsito esté a salvo de su inexperiencia, debéis prometerme todos que en adelante no volveréis a hacer nada de esto. ¡Nada de anticipos! Ni siquiera seis peniques. Todos lo prometimos fielmente; Richard con una mirada divertida en mi dirección mientras se tocaba el bolsillo, como para recordarme que no había peligro de que nosotros faltáramos a nuestra promesa. —En cuanto a Skimpole —añadió el señor Jarndyce—, lo que le arreglaría la vida a este chico sería una casa de muñecas habitable, con una buena mesa y unas cuantas personas de juguete con las que endeudarse y a las que pedir prestado. Supongo que ahora mismo ya estará durmiendo como un niño. Ya es hora de llevar mi cabeza más astuta a mi almohada más mundana. Buenas noches, hijos míos. ¡Que Dios os bendiga! Antes de que encendiéramos nuestras velas volvió atrás y dijo: —¡Ah! He estado mirando la veleta y veo que lo del viento ha sido una falsa alarma. ¡Es de Mediodía! —y se marchó canturreando algo. Ada y yo convinimos, mientras charlábamos un rato en el piso de arriba, que su manía con el viento era inventada, y que usaba esa ficción para explicar todos los disgustos que no podía disimular, en lugar de acusar a la causa real del disgusto, o de criticar o despreciar a alguien. Nos pareció algo muy característico de su amabilidad excéntrica, y de la diferencia entre él y esas gentes petulantes que convierten a los vientos (particularmente a ese mal viento que había elegido él con fines muy diferentes) en excusas para sus horas de atrabiliariedad y mal humor. De hecho, en aquella velada se había añadido tanto efecto a mi gratitud anterior hacia él, que esperaba empezar ya a comprenderlo en medio de aquellas sensaciones confusas. No se podía esperar de mí que conciliara todas las aparentes incoherencias del señor Skimpole o de la señora Jellyby, dada mi poca experiencia y mis pocos conocimientos prácticos. Y tampoco lo intenté, pues tenía la cabeza muy ocupada, cuando estaba a solas con Ada y con Richard, en pensar en la confianza que parecía concedérseme en lo relativo a ellos. Mi imaginación, quizá un poco agitada por el viento, tampoco consentía en ser totalmente altruista, aunque la habría persuadido a serlo de haber podido. La imaginación me devolvió a casa de mi madrina, y me hizo volver a recorrer todo el camino, planteando especulaciones indecisas que a veces se quedaban temblando en la oscuridad, acerca de lo que sabría el señor Jarndyce de mis principios —incluso acerca de la posibilidad de que fuera él mi padre—... pero aquel sueño vano ya se había desvanecido para siempre. Todo aquello había acabado para siempre, recordé cuando me levanté de junto a la chimenea. No debía pensar en cosas del pasado, sino actuar con espíritu animado y corazón agradecido. Así que me dije: «¡Esther, Esther, Esther! ¡Cumple con tu deber, hija mía!», y di tal golpe a mi cesto de llaves de la casa que éstas tintinearon como campanillas y su música me llevó a la cama llena de esperanzas. CAPÍTULO 7 El paseo del fantasma Mientras Esther duerme, y hasta que Esther se despierte, sigue haciendo un tiempo húmedo en la residencia de Lincolnshire. No para de caer la lluvia, plás, plás, plás, día y noche, sobre el acerón de grandes losas, el Paseo del Fantasma. Hace tan mal tiempo en Lincolnshire que la imaginación más vivaz apenas si puede suponer que jamás pueda volver a hacer bueno. Tampoco es que allí sobre la imaginación, pues no está Sir Leicester (y, la verdad, aunque estuviera tampoco añadiría mucho en ese respecto), sino que está en París con Milady, y la soledad, con sus alas negras, se asienta melancólica en Chesney Wold 21. Quizá exista algo de imaginación entre los animales inferiores de Chesney Wold. Es posible que los caballos de los establos —los largos establos de un patio de ladrillo rojo descubierto, donde hay una gran campana en una torreta, y un reloj de esfera muy grande, que siempre parecen estar consultando las palomas que viven allí cerca, y a las que les encanta posarse en sus hombros—, es posible que ellos contemplen a veces imágenes mentales del buen tiempo, y quizá lo hagan con criterios más artísticos que los mozos de los establos. Es posible que el viejo ruano, tan famoso por sus carreras a campo través, gire sus ojazos hacia la ventana emplomada que tiene a la espalda y recuerde las hojas nuevas que brillan allí en otras estaciones, y los olores que por ella penetran, y es posible que se eche una buena carrera con los galgos, mientras que el ayudante humano que está limpiando el establo de al lado nunca ve nada más allá de su horca y su escoba. Es posible que el caballo tordo, cuyo lugar se encuentra frente a la puerta y que, con una sacudida impaciente de su bocado, aguza las orejas y vuelve la cabeza de forma tan atenta cuando la puerta se abre, y a quien el que la abre dice: « ¡So, tordo! ¡Tranquilo! ¡Hoy no te va a montar nadie!» lo sepa ya igual de bien que el hombre. Es posible que la medía docena de caballos, aparentemente aburridos e insociables, que hay en los establos, pase las largas horas de lluvia, cuando está cerrada la puerta, en una comunicación más animada que la que se escucha en la zona de los criados, o en la taberna de las Armas de Dedlock, o que incluso engañe el tiempo educando (y quizá corrompiendo) al joven pony que está en la caja abierta del rincón. También es posible que el mastín que sestea en su perrera del patio, con la cabezota metida entre las patas, esté pensando en el calor del sol, cuando las sombras de los establos le cansan la paciencia a fuerza de cambiar de sitio y dejarlo, a cierta hora del día, sin más refugio que la sombra de su propia caseta, donde se queda sentado, acezando y gruñendo, y con muchas ganas de algo que mordisquear, además de su propio cuerpo y su cadena. También es posible que ahora, medio despierto y con muchos parpadeos, recuerde la casa llena de gente, las cocheras llenas de vehículos, los establos llenos de caballos, los edificios adyacentes llenos de criados a caballo, hasta que ya no pueda decidir qué es lo que está pasando ahora y se lance a averiguarlo. Entonces es posible que con una de esas impacientes sacudidas que se da, gruña para sus adentros: «¡Lluvia, lluvia, lluvia! ¡No hace más que llover, y la familia no aparece!», mientras vuelve a entrar y se tiende con un bostezo aburrido. Lo mismo ocurre, con los perros que están en las perreras al otro lado del parque, que tienen ataques de nerviosismo, y cuyas voces quejumbrosas, cuando el viento ha sido muy obstinado, lo han hecho saber incluso en la propia mansión: arriba, abajo y en los aposentos de Milady. Es posible que cacen por todo el campo circundante mientras las gotas de lluvia puntean su inactividad. También es posible que los conejos, con sus colas reveladoras, que entran y salen de sus huras entre las raíces de los árboles, estén llenos de ideas de los días de brisa cuando el aire les aplasta las orejas, o de las estaciones interesantes, cuando hay plantitas jóvenes y sabrosas que roer. Es posible que el pavo del corral, siempre preocupado con una reivindicación de clase (probablemente relacionada con la Navidad) recuerde aquella mañana de verano de la que le privaron injustamente cuando entró en el sendero entre los árboles caídos, donde había un establo y cebada. Es posible que el ganso descontento, que considera necesario agacharse para pasar bajo la vieja puerta que tiene más de veinte pies de altura, ande proclamando a graznidos, si nosotros pudiéramos comprenderlo, su preferencia por el tiempo en que la puerta proyecta una sombra en el suelo. Sea como fuere, aparte de eso no hay mucha imaginación presente en Chesney Wold. Si hay alguna en un raro momento, tiene mucho espacio que recorrer, igual que un eco en una vieja mansión vacía, y, por lo general, lleva hacia los fantasmas y el misterio. Está lloviendo desde hace tanto tiempo y con tal intensidad allá en Lincolnshire, que la señora Rouncewell, la vieja ama de llaves de Chesney Wold, se ha quitado las gafas varias veces para limpiarlas, a fin de asegurarse de que las gotas que veía no estaban en las lentes. La señora Rouncewell podría haberse asegurado perfectamente con el ruido de las gotas, salvo que es bastante sorda, aunque nadie puede convencerla de ello. Es una bella anciana, de gran presencia, maravillosamente limpia, y tiene una espalda y un peto tales que si cuando muera resulta que su corsé no estaba hecho de ballenas, sino con los hierros de una vieja parrilla de chimenea familiar, nadie de los que la conocen tendrían motivos para sentirse sorprendido. El tiempo afecta poco a la señora Rouncewell. La casa está ahí, haga el tiempo que haga, y, como dice ella, «sólo tiene ojos para la casa». Está sentada en su habitación (en un pasillo lateral del piso bajo, con una ventana en arco que da a un patio muy ordenado, adornado a intervalos regulares con árboles bien redondeados y bloques redondos de piedra, como si los árboles fueran a jugar a los bolos con las piedras), y en su mente reposa toda la casa. Puede abrirla a veces, y sentirse muy ocupada y activa, pero ahora está cerrada, y yace en la amplitud del seno acorazado de la señora Rouncewell, en un sueño majestuoso. Lo más parecido que hay a la imposibilidad absoluta es imaginar Chesney Wold sin la señora Rouncewell, pero ésta no lleva allí más que cincuenta años. Preguntadle cuánto tiempo hace que lleva allí, en este día lluvioso, y os responderá: «Cincuenta años, tres meses y dos semanas, bien lo sabe el Cielo, si es que llego hasta el martes.» El señor Rouncewell murió algo antes de que desapareciera la bonita moda de que los hombres llevaran coleta, y modestamente escondió la suya (si es que se la llevó consigo) en una esquina del cementerio del parque, cerca del porche musgoso. Había nacido en el pueblo de al lado, igual que su joven esposa. La carrera de ésta en la familia empezó en tiempos del Sir Leicester anterior, y se originó en la despensa. El representante actual de los Dedlock es un excelente amo. Supone que todos sus subordinados carecen totalmente de personalidades, intenciones u opiniones individuales, y está persuadido de que él nació para obviar la necesidad de que tuvieran nada de eso. Si descubriese algo que negara tal cosa, se sentiría sencillamente estupefacto, y lo más probable es que jamás se recuperaría, salvo para exhalar un suspiro y morir. Pero sigue siendo un excelente amo, pues considera que eso forma parte de su condición. Estima en mucho a la señora Rouncewell, de la que dice que es una mujer muy respetable y de confianza. Cuando va a Chesney Wold siempre le estrecha la mano, igual que cuando se marcha, y si se sintiera muy enfermo o si tuviera un accidente grave, o lo atropellaran, o cayera en una situación en la que un Dedlock pudiera hallarse en inferioridad, diría, si pudiera hablar: «¡Que me dejen solo y manden aquí a la señora Rouncewell!», por considerar que su dignidad, en tamaña situación, estaría más a salvo con ella que con ninguna otra persona. La señora Rouncewell ha tenido sus problemas. Tuvo dos hijos, el mayor de los cuales salió aventurero y sentó plaza de soldado, para nunca más volver. Incluso a estas alturas, las manos apacibles de la señora Rouncewell pierden su compostura cuando habla de él y, bajando de su peto, revolotean agitadas cuando comenta lo buen muchacho, lo alegre y lo simpático que era. Su segundo hijo habría estado bien colocado en Chesney Wold, y con el tiempo habría llegado a intendente, pero cuando todavía estaba en la escuela se aficionó a construir vapores con cazuelas, y a enseñar a los pájaros a extraer su propia agua, con la menor cantidad de trabajo posible, y ayudarlos con un artilugio ingeniosísimo a presión hidráulica, de modo que a un canario sediento le bastaba, literalmente, con arrimar el hombro a una rueda para beber lo que necesitara. Aquella propensión causaba gran inquietud a la señora Rouncewell. Consideraba con angustia materna que era un paso en la dirección de Wat Tyler, pues sabía perfectamente que eso era lo que opinaba Sir Leicester de toda actividad en la que cupiera considerar indispensables el humo y una chimenea alta. Pero como aquel joven rebelde y condenado (que, por lo demás, era muy tranquilo y perseverante) no mostraba indicios de conversión al ir cumpliendo años, sino que, por el contrario, construyó un modelo de telar mecánico, ella se vio obligada a confesar al baronet, con muchas lágrimas en los ojos, las múltiples recaídas que había tenido. «Señora Rouncewell», dijo Sir Leicester, «como sabe usted, yo no puedo rebajarme a discutir con nadie acerca de ningún tema. Más vale que se deshaga usted de su chico, que lo meta en alguna Fábrica. Supongo que las zonas metalúrgicas del Norte serán lo más adecuado para un muchacho con esas tendencias». Cuanto más al Norte iba más adulto se hacía, y cuando Sir Leicester Dedlock lo veía alguna vez cuando venía a Chesney Wold a visitar a su madre, o pensaba alguna vez en él, seguro que sólo lo consideraba como parte de un grupo de varios miles de conspiradores, cetrinos y obstinados, que tenían la costumbre de salir con antorchas dos o tres noches por semana con fines ilícitos. Sin embargo, el hijo de la señora Rouncewell, gracias a la naturaleza y la técnica, ha crecido, se ha establecido, se ha casado y le ha dado un nieto a la señora Rouncewell, y este nieto, tras terminar su aprendizaje y de vuelta a casa tras un viaje por países remotos, a los que se le envió a ampliar sus conocimientos y terminar de prepararse para la aventura de la vida, está apoyado este mismo día en la repisa de la chimenea de la habitación de la señora Rouncewell en Chesney Wold. —¡No me canso de decirte cuánto me alegro de verte, Watt! ¡Es que no me canso de decírtelo! —exclama la señora Rouncewell—. Eres un muchacho magnífico. Eres como tu pobre tío George. ¡Ay! —a la señora Rouncewell se le agitan las manos, como de costumbre, al mencionar este nombre. —Abuela, la gente dice que me parezco a mi padre. —También a él, hijo mío, ¡pero sobre todo a tu pobre tío George! Y tu buen padre —la señora Rouncewell vuelve a cruzar las manos—, ¿está bien? —Le va bien, abuela, en todos los sentidos. —¡Alabado sea Dios! —La señora Rouncewell tiene cariño a su hijo, pero siente algo de pena por él, como si fuera un buen soldado que se hubiera pasado al enemigo—. ¿Es feliz? —pregunta. —Totalmente. —¡Alabado sea Dios! ¿De manera que te ha educado para que hagas lo mismo que él y te ha enviado a países extranjeros, y todo eso? Quizá haya un mundo más allá de Chesney Wold que yo no comprendo. Aunque tampoco soy una jovencita ya. ¡Y he conocido a mucha gente en todo este tiempo! —Abuela —dice el muchacho, cambiando de tema—, qué guapa era la chica que estaba contigo ahora. ¿Dices que se llama Rosa? —Sí, hijo. Es hija de una viuda del pueblo. Hoy día es tan difícil tener buenas doncellas que me la he traído de muy jovencita. Es hacendosa y le va a ir bien. Ya sabe enseñar la casa 22, y muy bien. Vive aquí conmigo. —Supongo que no se habrá ido por culpa mía. —Seguro que ha supuesto que tenemos cosas de familia que hablar. Es muy prudente. Ésa es una buena cualidad en una muchacha. Y cada vez más rara, que yo sepa —dice la señora Rouncewell, ampliando su peto hasta el máximo de sus límites—. ¡Mucho más que antes! El muchacho inclina la cabeza en señal de acatamiento de los preceptos de la experiencia. La señora Rouncewell escucha. —¡Se oyen ruedas! —exclama. Los oídos más jóvenes de su compañero llevan oyéndolas desde hace rato ¿Y por qué se oyen ruedas en un día así, por el amor del ciclo? Tras un breve intervalo, llaman a la puerta. —¡Adelante! Entra una belleza rústica, de ojos y pelo oscuro, tan tímida, tan rozagante con su tez sonrosada, pero delicada, que las gotas de lluvia que le acaban de caer en el pelo parecen como el rocío en una flor recién cogida: —¿Quién es esta compañía, Rosa? —pregunta la señora Rouncewell. —Son dos jóvenes en una tartana, señora, que quieren ver la casa..., ¡sí, y con su permiso les he dicho que podían verla! —en rápida respuesta a un gesto de desacuerdo del ama de llaves—. Fui a la puerta de la entrada y les dije que no era día de visita ni la hora adecuada, pero el joven que venía conduciendo se quitó el sombrero en medio de la lluvia y me pidió que le trajera a usted esta tarjeta. —Léemela, querido Watt —dice el ama de llaves. Rosa es tan tímida al dársela, que entre los dos se les cae al suelo y se dan el uno en la cabeza del otro cuando la recogen. Rosa está más tímida que nunca. «Señor Guppy», es lo único que dice la tarjeta. —¡Guppy! —repite la señora Rouncewell—. ¡Señor Guppy! Tonterías. Nunca he oído ese nombre. —Pero, señora, eso ya me lo dijo él —señala Rosa— Pero dijo que él y el otro joven caballero habían llegado de Londres anoche, en el correo, porque tenían que solventar asuntos en la reunión de jueces de ahí, a diez millas, esta mañana, y que como habían terminado temprano sus asuntos, y habían oído hablar tanto de Chesney Wold, y en realidad no sabían qué hacer, habían venido a verla aunque llovió. Son abogados. Dice que él no trabaja en el bufete del señor Tulkinghorn, pero está seguro de que puede mencionar al señor Tulkinghorn como referencia si es necesario. —Y Rosa, al ver cuando está terminando que acaba de hacer un discurso bastante largo, se porta con más timidez que nunca. Pero el señor Tulkinghorn es, por así decirlo, parte integrante de la casa, y además, según se dice, quien ha preparado el testamento de la señora Rouncewell. La anciana se ablanda, acepta que entren los visitantes, como favor personal, y despide a Rosa. Sin embargo, el nieto, que se ve dominado por un repentino deseo de ver también la casa él, propone sumarse al grupo. La abuela, contenta de que manifieste ese interés, lo acompaña, aunque, para ser justos, él no desea en absoluto que se moleste. —¡Muy agradecido, señora! —dice el señor Guppy mientras se despoja de su capote mojado en el vestíbulo—. Los abogados de Londres no tenemos muchas oportunidades de salir de gira, y cuando podemos salir, nos gusta aprovecharlo todo lo posible, ya sabe. La anciana ama de llaves, con su porte severo, pero amable, muestra con la mano la gran escalera. El señor Guppy y su amigo siguen a Rosa. La señora Rouncewell y su nieto les siguen, y delante de todos avanza un joven jardinero, que va abriendo las contraventanas. Como suele ocurrir con la gente que recorre mansiones, el señor Guppy y su amigo están agotados antes de haber empezado de verdad. Se meten por los sitios equivocados, miran cosas que no merecen la pena, no hacen caso de las cosas notables, abren la boca cuando se les abren más aposentos, manifiestan una profunda pasión de ánimo y están manifiestamente fuera de su elemento. En cada uno de los aposentos sucesivos en los que penetran, la señora Rouncewell, que se mantiene tan erguida como la casa en sí, se queda apartada en un asiento de ventana, o en otro rincón por el estilo, y escucha con silenciosa aprobación lo que va diciendo Rosa. También su nieto escucha atentamente, de manera que Rosa está más tímida y más bonita que nunca. Así, van pasando de sala en sala, resucitando durante unos momentos a los Dedlock retratados, cuando el joven jardinero deja pasar la luz, y los vuelven a dejar en sus tumbas cuando las ventanas se cierran. Al afligido señor Guppy y a su inconsolable amigo les parece que nunca se van a acabar los Dedlock, toda la grandeza de cuya familia parece consistir en no haber hecho nunca nada para distinguirse, desde hace setecientos años. Ni siquiera el salón largo de Chesney Wold es capaz de reavivar el ánimo del señor Guppy. Se siente tan desalentado que se detiene, alicaído, en el umbral, y apenas si tiene la fuerza de ánimo para entrar. Pero un retrato que hay sobre la repisa de la chimenea, pintado por el artista de moda del momento, actúa sobre él como un hechizo. Se recupera en un instante. Lo contempla con un extraño interés, parece magnetizado y fascinado por él. —¡Dios mío! —dice el señor Guppy—. ¿Quién es? —La pintura encima de la repisa —contesta Rosa— es el retrato de la actual Lady Dedlock. Se considera de un parecido perfecto y la mejor obra del maestro. —¡Atiza! —dice el señor Guppy, contemplando con una especie de estupefacción a su amigo—. No la he visto nunca, ¡pero la conozco! ¿Se han hecho grabados de esta pintura, señorita? —Nunca se han hecho grabados del cuadro. Sir Leicester siempre ha negado su permiso. —¡Bueno! —exclama el señor Guppy en voz baja— ¡Que me ahorquen si no resulta curiosísimo lo bien que conozco este cuadro! ¡Conque es Lady Dedlock!, ¿eh? —El retrato de la derecha es del actual Sir Leicester Dedlock. A la izquierda, el de su padre, el finado Sir Leicester. El señor Guppy no tiene ojos para esos dos magnates. —Me resulta inexplicable —dice, y sigue contemplando el retrato— lo bien que conozco este cuadro. ¡Que me cuelguen si no creo que he debido de soñar antes con este cuadro, de verdad! —añade el señor Guppy, echando una mirada en su derredor. Como ninguno de los presentes se interesa en especial por los sueños del señor Guppy, no se sigue hablando de esa posibilidad. Pero él sigue tan absorto con el retrato, que se queda inmóvil ante él hasta que el joven jardinero cierra las contraventanas; cuando sale del aposento en estado de estupefacción, eso mismo es como un sucedáneo extraño de su interés, y sigue recorriendo las salas sucesivas sumido en su estado de asombro, como si en todas partes estuviera buscando otra vez a Lady Dedlock. No la vuelve a ver. Ve sus aposentos, que son los últimos en enseñarse y muy elegantes, y mira por las ventanas por las que ha mirado ella, no hace mucho tiempo, a ver esa lluvia que la mataba de aburrimiento. Todo tiene su fin, incluso las mansiones que tanto se esfuerza la gente por ver y de las que se cansan antes de que hayan empezado a verlas. Él ha llegado al final de la visita, y la joven belleza rural ha llegado al final de su descripción, que siempre termina así: —La terraza de abajo goza de gran admiración. La llaman el Paseo del Fantasma, por una antigua historia de la familia. —¡Ah!, ¿sí? —pregunta el señor Guppy con ávida curiosidad—. ¿Y qué historia es ésa, señorita? ¿Tiene algo que ver con un cuadro? —Sí, por favor, cuéntenosla —dice Watt en un medio susurro. —Yo no la conozco, señor —dice Rosa, más tímida que nunca. —No tiene nada que ver con los visitantes; casi está olvidada —dice el ama de llaves, que da un paso adelante— Nunca ha sido más que una anécdota de la familia. —Perdone usted, señora, que vuelva a preguntar si tiene algo que ver con un cuadro —interrumpe el señor Guppy—, porque le aseguro que cuanto más pienso en ese cuadro, mejor lo conozco, ¡y sin saber por qué lo conozco! La historia no tiene nada que ver con ningún cuadro; el ama de llaves se lo puede asegurar. El señor Guppy le agradece la información, y además da las gracias por todo. Se retira con su amigo, guiados ambos por otra escalera por el joven jardinero, y poco después se oye que se marchan. Ya llega el atardecer. La señora Rouncewell puede confiar en la discreción de los dos jóvenes que la escuchan, y puede contarles a ellos cómo fue que la terraza adquirió ese nombre fantasmal. Se sienta en un sillón junto a la ventana, sobre la que va cayendo la oscuridad, y se lo cuenta: —En los días terribles, hijos míos, del Rey Carlos I (me refiero, claro está, a los días terribles de los rebeldes que se aliaron contra aquel excelente rey), el dueño de Chesney Wold era Sir Morbury Dedlock. No sé si en aquella época se hablaba de algún fantasma en la familia. Supongo que es muy probable. La señora Rouncewell sustenta esta opinión por considerar que toda familia de alguna antigüedad o importancia tiene derecho a un fantasma. Considera a los fantasmas como uno de los privilegios de las clases altas, como un detalle de distinción que no puede reivindicar la gente del común. —Sir Morbury Dedlock —sigue diciendo la señora Rouncewell— era, huelga decirlo, partidario de aquel santo mártir. Pero se dice que su dama, que no llevaba sangre de la familia en sus venas, era partidaria de la mala causa. Se dice que tenía parientes entre los enemigos del Rey Carlos, que tenía correspondencia con ellos y que les daba información. Cuando venía aquí cualquiera de los caballeros de la zona que seguían la causa de Su Majestad, se dice que milady siempre estaba más cerca de la puerta de su sala de consejos de lo que se creían ellos. ¿Oyes unos pasos que suenan en la terraza, Watt? Rosa se acerca al ama de llaves. —Oigo la lluvia que cae en las piedras —replica el joven—, y oigo un eco extraño (supongo que es un eco) que se parece mucho a unos pasos titubeantes. El ama de llaves asiente y continúa: —Debido en parte a esta división entre ellos, y en parte por otros motivos, Sir Morbury y su dama llevaban una vida agitada. Ella tenía un temperamento muy altivo. No eran adecuados el uno para el otro, ni en edad ni en carácter, y no tenían hijos que mediasen entre ellos. Cuando el hermano favorito de ella, un caballero joven, murió en las guerras civiles (a manos de un pariente cercano de Sir Morbury), reaccionó de forma tan violenta que llegó a odiar a la raza en la que había entrado por matrimonio. Cuando los Dedlock iban a salir de Chesney Wold en defensa de la causa del rey, se dice que más de una vez ella bajaba a los establos en medio de la noche y les inutilizaba los caballos, y la historia es que una vez, a esa hora, su marido vio que ella bajaba las escaleras y la siguió hasta el cajón en el que estaba su caballo favorito. Allí la cogió por la muñeca, y en la lucha, o en una caída, o porque el caballo estaba asustado y se puso a dar coces, quedó coja de una cadera, y a partir de entonces empezó a languidecer. El ama de llaves ha bajado la voz a poco más de un susurro: —Ella era una dama de bella figura y noble porte. Nunca se quejó del cambio sufrido; nunca habló con nadie de su invalidez ni se quejó de sus dolores, pero un día tras otro trataba de pasearse por la terraza, y apoyándose en la balaustrada de piedra, subía y bajaba, subía y bajaba, subía y bajaba, con sol o con nubes, y cada día le costaba más trabajo. Por fin, una tarde, su marido (a quien nunca, por ningún motivo, le había vuelto a dirigir la palabra desde aquella noche), que estaba ante el ventanal del sur, vio que se caía en el paseo. Bajó inmediatamente a levantarla, pero ella lo rechazó cuando se inclinaba sobre ella, y mirándolo fija y fríamente dijo: «Moriré aquí, en mi paseo. Y seguiré paseando por aquí aunque esté en la tumba. Me pasearé por aquí hasta que se haya humillado el orgullo de esta casa. ¡Y que los Dedlock estén atentos a mis pasos cuando esté a punto de caer sobre ellos la calamidad o el deshonor!» Watt mira a Rosa. Rosa, en la oscuridad cada vez mayor, mira al suelo, mitad por miedo y mitad por timidez. —Y allí mismo murió. Y desde aquellos días —continúa la señora Rouncewell— se ha mantenido el nombre del Paseo del Fantasma. Si el paso es un eco, es un eco que sólo se oye después de oscurecer, y que muchas veces permanece mucho tiempo sin oírse. Pero vuelve de vez en cuando y, desde luego, cuando hay una enfermedad o una muerte en la familia, entonces se oye. —¿Y el deshonor, abuela? —pregunta Watt. —Nunca ha habido deshonor en Chesney Wold —replica el ama de llaves. Su nieto se retracta: —Es verdad. Es verdad. —Y ésa es la historia. Sea lo que sea ese ruido, es preocupante —dice la señora Rouncewell, levantándose de su asiento—, y lo que es más notable es que es imposible no oírlo. Milady, que no tiene miedo a nada, reconoce que cuando suena es imposible no oírlo. No es posible hacerle oídos sordos. Watt, detrás de ti hay un reloj francés (que está puesto ahí adrede) que suena muy alto cuando está en movimiento y que toca una música. ¿Entiendes cómo se hacen esas cosas? —Creo que bastante bien, abuela. —Dale cuerda. Watt le da cuerda y se pone a sonar, con su música y todo. —Ahora ven aquí —dice el ama de llaves—. Aquí, hijo mío, hacia la almohada de Milady. No estoy segura de si ya es bastante de noche, ¡pero escucha! ¿Oyes lo que suena en la terraza, por encima de la música y del tic-tac, y de todo lo demás? —¡Sí que lo oigo! —Eso es lo que dice Milady. CAPITULO 8 Que abarca una multitud de pecados Resultó interesante, cuando me vestí antes del amanecer, mirar por la ventana, donde mis velas se reflejaban como dos faros en los cristales negros, y vi que todo lo que había más allá estaba todavía envuelto en la misma densidad que anoche, ver después cómo iba cambiando con la llegada del día. A medida que se iba aclarando gradualmente la perspectiva, y se revelaba la escena que había recorrido el viento en la oscuridad, igual que mi memoria había recorrido mi vida, sentí placer al ir descubriendo los objetos desconocidos que me habían rodeado durante el sueño. Al principio, apenas si eran discernibles en la neblina, y sobre ellos seguían brillando las últimas estrellas. Pasado aquel pálido intervalo, la imagen empezó a ampliarse y a llenarse a tal velocidad que a cada nueva mirada podía encontrar suficiente para seguir contemplando durante una hora. Imperceptiblemente, mis velas se fueron convirtiendo en la única parte incongruente de la mañana, los puntos oscuros de mi habitación fueron fundiéndose y el día brilló sobre un paisaje animado, en el cual se destacaba la vieja iglesia de la Abadía, con su enorme torre, que lanzaba sobre la vista una cola de sombra más suave de lo que parecía compatible con su rudo aspecto. Pero (según espero haber aprendido) de exteriores ásperos, muchas veces proceden influencias serenas y dulces. Estaba tan nerviosa con mis dos racimos de llaves, que desde una hora antes de levantarme había estado soñando que cuanto más trataba de abrir con ellas una serie de cerraduras, más determinadas estaban aquéllas a no entrar en ninguna. Ningún sueño hubiera podido ser menos profético. Todas las partes de la casa estaban en tal orden, y todo el mundo fue tan atento conmigo, que no tuve ningún problema con mis dos montones de llaves, aunque entre tratar de recordar el contenido de cada cajoncito de la despensa y el respostero, y tomar notas en una pizarra sobre las mermeladas y los encurtidos, y las conservas y las botellas y la cristalería y la vajilla y tantísimas otras cosas, y con mi costumbre de comportarme como una especie de vieja solterona un poco boba, estuve tan ocupada, que cuando oí sonar la campanilla no podía creer que era la hora del desayuno. Sin embargo, me eché a correr e hice el té, pues ya se me había asignado la responsabilidad por la tetera, y después, como estaban un tanto atrasados, y todavía no había bajado nadie, creí que podía echar un vistazo al jardín para empezar a conocerlo también. Me pareció un lugar delicioso: en la parte de delante, la avenida y el paseo tan bonitos por los que habíamos llegado (y donde, dicho sea de paso, habíamos dejado tales huellas en la gravilla con nuestras ruedas, que le pedí al jardinero que pasara el rodillo); en la trasera estaban las flores, y allí arriba, asomada a su ventana, estaba mi niña, que la abría para sonreírme, como si me diera un beso a aquella distancia. Más allá del jardín de las flores había un huerto, y después un picadero y un sitio para los carros, y después un patio de granja precioso. En cuanto a la casa en sí, con sus tres picos en el tejado, sus ventanas multiformes, unas muy grandes y otras muy pequeñas, y todas ellas muy bonitas, su reja frente a la fachada sur, para las rosas y la madreselva, y su aire hogareño, confortable y acogedor, la Casa era, como dijo Ada cuando vino a encontrarme del brazo del dueño y señor, digna de su primo John, lo cual era un atrevimiento, aunque él le dio un pellizquito en la mejilla en premio. El señor Skimpole estuvo tan agradable en el desayuno como lo había estado la noche anterior. Había miel en la mesa, lo cual lo llevó a un discurso sobre las Abejas. No tenía nada que objetar a la miel, dijo (desde luego que no, diría yo, pues parecía gustarle), pero protestaba contra las pretensiones de ejemplaridad de las Abejas. No veía en absoluto por qué iban a proponerle a él como modelo la industriosa Abeja; suponía que a la Abeja le gustaba hacer miel, porque si no, no la haría: nadie le había pedido que se pusiera a hacerla. La Abeja no tenía por qué convertir en un mérito enorme el hacer lo que para ella era un placer. Si todos los pasteleros se pasaran la vida zumbando por ahí, metiéndose contra todo lo que se les interponía en el camino y exigiendo egoístamente a todo el mundo que se dieran cuenta de que estaban trabajando y de que nadie les debía interrumpir, el mundo sería un lugar totalmente insoportable. Además, después de todo, era algo ridículo que lo privaran a uno de la posesión de su fortuna justo cuando uno acababa de hacerla, nada más que con echarle azufre. Si alguien de Manchester se dedicara a tejer algodón nada más que por tejer, la gente tendría una opinión muy mala de él. A su entender, los Zánganos eran la encarnación de una idea más agradable y más sabia. El Zángano decía sin ninguna afectación: «Ustedes perdonen; ¡no puedo ponerme a trabajar! Me encuentro en un mundo en el que hay tantas cosas que ver, y tengo tan poco tiempo para verlas, que debo tomarme la libertad de echar un vistazo y rogar que subvenga a mis necesidades alguien que no tenga curiosidad por ver las cosas.» Ésta le parecía al señor Skimpole la filosofía del Zángano, y la consideraba muy acertada, siempre de suponer que el Zángano estuviera dispuesto a llevarse bien con la Abeja, y, que él supiera, siempre lo estaba, con tal de que el otro animalito, tan ocupado siempre, lo dejara en paz y no presumiera tanto de su miel. Continuó con estas fantasías en el tono más animado y por terrenos muy emotivos, y nos divirtió mucho a todos, aunque, una vez más, parecía darle un cierto sentido serio, en la medida en que era posible en él. Los dejé a todos mientras seguían escuchándolo, y me retiré a desempeñar mis nuevas funciones. Llevaba algún tiempo en ellas, y estaba haciendo mi recorrido de vuelta por los pasillos, con mi cesto de llaves al brazo, cuando el señor Jarndyce me llamó a un cuartito junto a su dormitorio, que resultó ser en parte una pequeña biblioteca y archivo, y por otra todo un pequeño museo de sus zapatos y botas, y sombrereras. —Siéntate, hija mía —dijo el señor Jarndyce—. Debes saber que éste es mi Gruñidero. Cuando estoy de mal humor, vengo aquí a gruñir. —Debe usted de venir aquí muy pocas veces, señor —contesté. —¡Ay, no me conoces! —replicó él—. Cuando me siento engañado, o desilusionado por... el viento, y éste es de Levante, me refugio aquí. El Gruñidero es la habitación más utilizada de toda la casa. Todavía no sabes los malos humores que me dan. ¡Pero, hija mía, estás temblando! No podía evitarlo; lo intenté con todas mis fuerzas, pero al estar allí a solas ante aquella presencia benévola, mirando a sus ojos tan amables y sentirme tan feliz y tan honrada allí, con el corazón tan henchido... Le besé la mano. No sé lo que dije, ni siquiera si dije algo. Él se sintió tan desconcertado, que se acercó a la ventana, casi creí que con la intención de saltar por ella, y después se dio la vuelta y me tranquilicé al ver en sus ojos lo que se había ido a disimular. Me dio una palmadita suave en la cabeza y me senté. —¡Vamos, vamos! —dijo—. Ya está. ¡Bah! No seas tonta. —No volverá a ocurrir, señor —repliqué—, pero al principio resulta difícil... —¡Bobadas! —dijo él—. Es muy fácil, muy fácil. ¿Por qué no? Me entero de que hay una huerfanita sin nadie que la proteja y se me ocurre la idea de protegerla yo. Crece y justifica sobradamente mi buena opinión, y yo sigo siendo su protector y amigo. ¿Qué tiene de raro todo eso? ¡Vamos, vamos! Bueno, ya está aclarado todo, y vuelvo a tener ante mí tu cara agradable, confiada y digna de confianza. Me dije a mí misma: «¡Esther, querida mía, me sorprendes! ¡Verdaderamente, no era esto lo que esperaba de ti! », y tuvo tan buen efecto que crucé las manos sobre mi cesto de llaves y me recuperé totalmente. El señor Jarndyce manifestó su aprobación con un gesto y empezó a hablarme con tanta confianza como si yo tuviera el hábito de conversar con él todas las mañanas desde hacia no sé cuánto tiempo. Y casi tuve la sensación de que así era. —Naturalmente, Esther —dijo—, tú no entiendes nada de todo este asunto de la Cancillería. Y naturalmente negué con la cabeza. —No sé quién lo entenderá —continuó—. Los abogados lo han retorcido hasta dejarlo tan enredado que los datos iniciales del asunto han desaparecido hace tiempo de la faz de la tierra. Se trata de un Testamento, y de los beneficiarios de ese Testamento, o de eso se trataba en un principio. Ahora ya sólo se trata de las Costas. Siempre estamos compareciendo, y desapareciendo, y jurando, e interrogando, y demandando y contrademandando, y argumentando, y sellando, y proponiendo, y remitiendo, e informando, y girando en torno al Lord Canciller y todos sus satélites, y avanzando tranquilamente hacia la muerte polvorienta, y siempre se trata de las Costas. Ésa es la gran cuestión. Todo lo demás, por algún medio extraordinario, ha desaparecido. —Pero, señor —dije para que volviera atrás, porque había empezado a frotarse la cabeza—, ¿al principio se trataba de un Testamento? —Pues sí, se trataba de un Testamento cuando todavía se trataba de algo —replicó—. Un tal Jarndyce, en mala hora, hizo una gran fortuna, e hizo un gran Testamento. En la cuestión de cómo se han de administrar los bienes dejados en ese Testamento se despilfarra la fortuna que el Testamento deja; los beneficiarios del Testamento quedan reducidos a una condición tan miserable que si hubieran cometido un crimen horrible, ya sería suficiente expiación el que les hubieran dejado ese dinero, y el Testamento en sí queda en letra muerta. A lo largo de toda la deplorable causa, todo lo que saben todos los que intervienen en ella, salvo un hombre, se remite a ese solo hombre que no sabe nada y que ha de averiguarlo, y a todo lo largo de la deplorable causa, todo el mundo tiene que recibir copias, una vez tras otra, de todo lo que se ha ido acumulando en torno a ella en forma de carretadas de papeles (o debe pagar por ellas aunque no las reciba, que es lo que suele ocurrir, porque nadie las quiere), y tiene que volver otra vez al principio, y volver a empezar, a lo largo de tal zarabanda infernal de costas y honorarios y tonterías y corrupciones como jamás se ha imaginado en las visiones más fantasiosas de un aquelarre. Equidad23 hace preguntas a Derecho, que devuelve las preguntas a Equidad; el Derecho decide que no puede hacer tal cosa, Equidad averigua que no puede hacer tal otra; ninguno de los dos puede ni siquiera decir que no puede hacer nada, sin que el procurador informe y el abogado comparezca en nombre de A, y tal otro procurador informe y tal otro abogado comparezca en nombre de B, y así hasta recorrer todo el alfabeto, como la historia del pastel de manzana en los Cuentos de Madre Gansa. Y así pasamos años y años, y vidas y vidas, y todo continúa, y vuelve a empezar constantemente una vez tras otra, y nada termina jamás. Y no podemos salirnos del pleito bajo condición alguna, porque nos hicieron partes en él y hemos de ser partes en él, querámoslo o no. ¡Pero no hay que pensar en esas cosas! Cuando mi pobre tío-abuelo, el pobre Tom Jarndyce, empezó a pensar en ellas, ¡fue el principio del fin! —Señor, ¿es el señor Jarndyce cuya historia me han contado? Asintió gravemente. —Yo era su heredero, y ésta era su casa, Esther. Cuando llegué aquí era verdaderamente una casa desolada. Había dejado impresa en ella la huella de sus sufrimientos. —¡Pues qué cambiada debe estar desde entonces! —comenté. —Antes de él, la llamaban Los Picos. Fue él quien le dio su nombre actual, y aquí vivía encerrado día y noche, estudiando esos horribles montones de papeles del pleito, y esperando contra toda esperanza desenredarlo de sus mistificaciones y ponerle fin. Entre tanto, la casa se fue deshaciendo, el viento silbaba por las paredes agrietadas, la lluvia entraba por las goteras del techo y las malas hierbas cerraban la entrada de la puerta, que se iba pudriendo. Cuando traje aquí lo que quedaba de él, me pareció que también había saltado la tapa de los sesos de la casa, de lo destrozada y en ruinas que estaba. Tras decir estas últimas palabras, que pronunció con un temblor, se paseó por la habitación, y después se detuvo a mirarme, alegró el gesto, se acercó y volvió a sentarse con las manos en los bolsillos. —Ya te dije, hija mía, que éste era el Gruñidero. ¿Dónde estábamos? Le recordé que estábamos en los cambios tan esperanzadores que había introducido en la Casa Desolada. —La Casa Desolada; es verdad. Allá, en esa ciudad de Londres, hay una propiedad nuestra que hoy día es muy parecida a lo que era entonces esta Casa Desolada..., y cuando digo propiedad nuestra, digo propiedad del Pleito, pero debería decir propiedad de las Costas, pues las Costas son la única fuerza del mundo que jamás van a sacar algo de todo esto, y que jamás lo considerarán más que como algo horrible y sórdido. Es una calle de casas en ruinas y ciegas, con los ojos apedreados, sin un solo cristal, sin un solo marco de ventana, con unas contraventanas desnudas y agrietadas que caen de sus goznes y se hacen pedazos; las barandillas de hierro van deshaciéndose con el orín, las chimeneas se hunden, los pasos de piedra de todas las puertas (y cada una de ellas podría ser la Puerta de la Muerte) volviéndose de un verde mugriento, y los puntales mismos que sirven de muleta a esas ruinas están deshaciéndose. Aunque la Casa Desolada no estaba en Cancillería, su dueño sí, y quedó estampada con el mismo sello. Hija mía, ese Gran Sello está estampado por toda Inglaterra... ¡Lo conocen hasta los niños! —¡Cómo ha cambiado! —repetí. —¡Pues es verdad! —respondió mucho más animado—, y es muy sabio por tu parte hacer que vea el lado bueno de las cosas (¡llamarme sabia a mí!). Son cosas de las que no hablo nunca, en las que ni siquiera pienso nunca, salvo aquí en el Gruñidero. Si consideras oportuno mencionárselas a Rick y a Ada, puedes hacerlo. Lo dejo a tu discreción, Esther. —Esto último, con una mirada muy seria. —Espero, señor... —empecé. —Creo, hija mía, que sería mejor que me llamaras Tutor. Sentí otra vez un nudo en la garganta, y me lo reproché, «Vamos, Esther, esto no debe ser», cuando fingió decirlo con levedad, como si fuera un capricho, en lugar de una delicadeza conmovedora por su parte. Pero les di a las llaves de la casa una pequeña sacudida, como recordatorio a mí misma, y cruzando las manos de forma todavía más determinada en mi cesto, lo miré con calma. —Espero, Tutor —dije—, que no confíe usted demasiado en mi discreción, Espero que no se confunda conmigo. Me temo que se sienta usted desengañado cuando vea que no soy inteligente, pero la verdad es que no lo soy, y pronto lo vería usted si no tuviera yo la honradez de confesarlo. No parecía nada desengañado, sino todo lo contrario. Me dijo, con una sonrisa de oreja a oreja; que, de hecho, me conocía muy bien, y que era todo lo inteligente que él necesitaba. —Ojalá sea así —dije—, pero me da miedo, Tutor. —Eres lo bastante inteligente para ser la buena mujercita de nuestras vidas, hija mía —dijo en tono juguetón—, la ancianita de la Canción de los Niños (y no me refiero a Skimpole). Ancianita, ¿dónde subes tan cimero? A limpiar de telarañas el cielo. —Seguro que vas a dejar nuestro cielo tan limpio de ellas al hacerte cargo de la casa, Esther, que un día de éstos tendremos que dejar el Gruñidero y condenar la puerta. Y así fue como me empezaron a llamar la Ancianita, y Viejecita, y Telaraña, y señora Shipton, y Madre Hubbard, y señora Durden, y tantos nombres por el estilo, que el mío propio pronto quedó perdido entre todos ellos24 —Sin embargo —dijo el. señor Jarndyce—, volvamos a nuestros chismes. Empecemos por Rick, un muchacho estupendo y muy prometedor. ¿Qué vamos a hacer con él? ¡Dios mío, qué idea la de consultarme a mí a ese respecto! —Hay que estudiarlo, Esther —dijo el señor Jarndyce poniéndose cómodamente las manos en los bolsillos y estirando las piernas—. Hay que darle una profesión, y tiene que elegir algo por sí mismo. Claro que va a haber más peluconeo25 que nada, supongo, pero algo hay que hacer. —¿Más qué, Tutor? —pregunté. —Más peluconeo —me contestó—. Es el único nombre que puedo dar a las cosas de este género. Es pupilo de la Cancillería, hija mía. Kenge y Carboy tendrán algo que decir al respecto; el señor No sé Qué (una especie de sacristán ridículo que excava tumbas en busca del fondo de las causas en un despacho trasero al final de Quality Court, Chancery Lane) tendrá algo que decir al respecto; el procurador tendrá algo que decir al respecto; el Canciller tendrá algo que decir al respecto; los Satélites tendrán algo que decir al respecto; todos ellos tendrán que cobrar unos honorarios sustanciosos al respecto; todo tendrá que ser indeciblemente ceremonioso, verborreico, insatisfactorio y caro, y es lo que llamo, en general, peluconeo. La verdad es que no sé cómo ha llegado la humanidad a verse afligida por el peluconeo, ni qué pecados se hace purgar a estos muchachos al ponerlos en tamañas situaciones, pero así son las cosas. Empezó a frotarse la cabeza otra vez, y a sugerir que soplaba un cierto viento. Pero para mí era un maravilloso ejemplo de su bondad conmigo el que tanto si se frotaba la cabeza como si se ponía a dar paseítos o hacía ambas cosas, su rostro siempre recuperaba su expresión benigna cuando me miraba, y siempre volvía a ponerse cómodo, y se metía las manos en los bolsillos y estiraba las piernas. —Quizá lo mejor de todo fuera empezar por preguntar al señor Richard qué inclinaciones tiene —dije. —Exactamente —replicó—. ¡Eso es lo que quiero decir! Mira, lo mejor es que vayas acostumbrándote a hablar del asunto, con tu tacto y tu estilo discreto, con él y con Ada, a ver lo que pensáis entre todos. Seguro que gracias a ti llegaremos al fondo del asunto, mujercita. Verdaderamente me asustó la idea de la importancia que estaba adquiriendo yo y de la serie de cosas que se me confiaban. No era esto lo que yo había pretendido en absoluto, sino que hablara él con Richard. Pero, naturalmente, no dije nada en respuesta, salvo que haría todo lo posible, aunque me temía (verdaderamente me pareció necesario repetirlo) que él me considerase mucho más sagaz de lo que verdaderamente era yo. Ante lo cual, mi tutor se limitó a soltar una de las carcajadas más agradables que he escuchado en mi vida. —¡Vamos! —dijo, levantándose y echando atrás su silla—. ¡Creo que por un día ya tienes bastante del Gruñidero! Sólo una última observación: Esther, hija mía, ¿deseas preguntarme algo? Me miró de forma tan atenta al decirlo, que yo también lo miré atentamente, y me sentí segura de comprenderlo. —¿Acerca de mí, señor? —pregunté. —Sí. —Tutor —dije, aventurándome a poner mi mano, que de pronto estaba más fría de lo que yo hubiera deseado—. ¡Nada! Estoy segura de que si hubiera algo que debiera saber yo, o que necesitara saber, no tendría que pedirle que me lo dijera. Si no depositara en usted toda mi confianza y toda mi fe; tendría un corazón muy duro. No tengo nada que preguntarle; nada en el mundo. Me pasó la mano por el brazo y salimos en busca de Ada. A partir de aquel momento me sentí muy a mis anchas con él, sin reservas, perfectamente satisfecha de no saber nada más, perfectamente feliz. Al principio llevamos una vida muy activa en la Casa Desolada, pues teníamos que familiarizarnos con muchos de los residentes de las cercanías o de más lejos que conocían al señor Jarndyce. A Ada y a mí nos parecía que lo conocían todos los que querían hacer cosas con dinero de otros. Nos sorprendió, cuando empezamos a clasificar sus cartas y a responder a algunas de ellas en el Gruñidero una mañana, averiguar hasta qué punto el principal objeto de las vidas de sus corresponsales parecía ser el de constituirse en comités para recibir y gastar dinero. Las señoras eran tan persistentes como los caballeros; de hecho, creo que lo eran todavía más. Se lanzaban a formar comités con el mayor apasionamiento, y recababan suscripciones con una vehemencia verdaderamente extraordinaria. Nos pareció que algunas de ellas debían de pasar todas sus vidas en el envío de tarjetas de suscripción a todo el Anuario de Correos: resguardos de a chelín, resguardos de a media corona, resguardos de a medio soberano, resguardos de a penique. Pedían de todo. Pedían prendas de vestir, pedían trapos, pedían dinero, pedían carbón, pedían sopa, pedían interés, pedían autógrafos, pedían franela, pedían todo lo que tenía el señor Jarndyce, y lo que no tenía. Sus objetivos eran tan variados como sus peticiones. Iban a levantar nuevos edificios, iban a pagar las deudas de edificios antiguos, iban a establecer en un edificio pintoresco (grabado de la Sección Norte adjunto) la Hermandad de Marías Medievales; iban a hacer un homenaje a la señora Jellyby; iban a hacer que se pintara el retrato de su Secretario, para regalárselo a la suegra de éste, que según era bien sabido, lo quería mucho; iban a hacer de todo, creo verdaderamente, desde imprimir 500.000 folletos hasta conseguir una pensión anual, y desde erigir un monumento de mármol hasta conseguir una tetera de plata. Tenían multitud de títulos. Eran las Mujeres de Inglaterra, las Hijas de la Gran Bretaña, las Hermanas de Todas las Virtudes Cardinales, una por una, o las Mujeres de América, las Damas de cien sectas. Parecían estar siempre nerviosísimas con sus encuestas y sus elecciones. A nuestro pobre juicio, y conforme a lo que ellas mismas decían, parecían estar constantemente consultando a docenas de miles de personas, pero sin presentar jamás candidatos a ningún cargo. Nos daba dolor de cabeza pensar en las vidas tan febriles que debían llevar en general. Entre las damas que más se distinguían por esta benevolencia rapaz (si se me permite utilizar la expresión) figuraba una tal señora Pardiggle26 que parecía, a juzgar por el número de sus epístolas al señor Jarndyce, ser una corresponsal casi tan vigorosa como la propia señora Jellyby. Observamos que cuando el tema de la conversación pasaba a la señora Pardiggle siempre cambiaba la dirección del viento, lo cual invariablemente le impedía a él continuar con ese tema, salvo observar que había dos clases de personas caritativas: la primera era la de la gente que hacía pocas cosas y mucho ruido; la segunda, la de la gente que hacía muchas cosas y poco o nada de ruido. Por eso sentíamos curiosidad por ver a la señora Pardiggle, pues sospechábamos que pertenecía a la primera de esas clases, y nos alegramos mucho cuando llegó un día con sus cinco hijos pequeños. Era una señora de aspecto imponente, con gafas, una gran nariz y una voz muy alta, que daba la sensación de que necesitaba mucho espacio. Y efectivamente era así, pues con las faldas iba tumbando sillitas que estaban bastante lejos de ella. Como no estábamos en casa más que Ada y yo, la recibimos con timidez, pues parecía penetrarlo todo, como el frío, y hacer que los pequeños Pardiggles se fueron volviendo de color azul al seguirla. —Señoritas, éstos —dijo la señora Pardiggle con gran desenvoltura tras los primeros saludos— son mis cinco chicos. Es posible que hayan visto ustedes sus nombres en una lista impresa de suscriptores (quizá en más de una), en posesión de nuestro estimado amigo el señor Jarndyce. Egbert, que es el mayor (tiene doce años), es el chico que envió su dinero de bolsillo, por un total de cinco chelines y tres peniques, a los indios tockahupos. Oswald, que es el segundo (diez años y medio), es el que contribuyó con dos chelines y nueve peniques al Gran Homenaje Nacional a Smithers. Francis, que es el tercero (nueve años), un chelín y seis peniques y medio. Félix, el cuarto (siete años), ocho peniques a las Viudas sin Recursos. Alfred, el más pequeño (cinco años), se ha enrolado voluntariamente en las Ligas Infantiles de la Alegría, y se ha comprometido a no utilizar jamás en su vida el tabaco en forma alguna. Jamás había visto yo unos niños tan malhumorados. No era sólo que estuvieran marchitos y encanijados —aunque desde luego lo estaban—, sino que además parecían estar ferozmente descontentos. Cuando se mencionaron las palabras «indios tockahupos», yo hubiera podido suponer que Egbert era uno de los miembros más melancólicos de esa tribu, dada la mirada salvaje que me dirigió con el ceño fruncido. La cara de cada uno de los chicos, a medida que se mencionaba el volumen de su contribución, iba ensombreciéndose con un aspecto claramente vengativo, pero quien peor miraba era Egbert. Sin embargo, debo exceptuar al pequeño recluta de las Ligas Infantiles de la Alegría, que estaba silenciosa y totalmente sintiéndose desgraciado. —Según tengo entendido —continuó la señora Pardiggle—, han estado ustedes de visita en casa de la señora Jellyby. Dijimos que sí, que habíamos pasado una noche allí. —La señora Jellyby —siguió diciendo aquella señora, siempre en el mismo tono altisonante, enfático y duro, de manera que su voz me daba la sensación de que también llevara impertinentes en la boca (y aquí debo aprovechar la oportunidad de observar que sus impertinentes eran tanto menos atractivos porque tenía los ojos que Ada calificaba de «ojos de asfixiado», es decir, muy saltones). La señora Jellyby es una benefactora de la sociedad, y merece que se le ayude. Mis chicos han contribuido al proyecto africano: Egbert con un chelín y seis peniques, que es toda su paga de nueve semanas; Oswald con un chelín y un penique y medio, que es lo mismo; el resto conforme a sus escasos medios. Pero yo no estoy de acuerdo con la señora Jellyby en todo. No estoy de acuerdo con la forma en que trata la señora Jellyby a su joven familia. Ya se ha comentado. Se ha observado que su joven familia está excluida de la participación en los temas a los que se consagra ella. Quizá tenga razón y quizá se equivoque, pero con razón o sin ella, yo no trato así a mi joven familia. La llevo a todas partes. Después quedé convencida (y también Ada) de que el enfermizo hijo mayor dio un grito agudo al oír aquellas palabras. Lo transformó en un bostezo, pero al principio era un grito. —Vienen a Maitines conmigo (son unos oficios muy bonitos) a las seis y medía de la mañana todo el año, incluido claro está, en pleno invierno —dijo rápidamente la señora Pardiggle— y permanecen conmigo a lo largo de las diversas actividades del día. Visito las escuelas, visito a los enfermos, les leo, estoy en el Comité de Distribución; pertenezco al Comité Local de Ropa Blanca y a muchos comités generales, y recorro muchas casas, quizá más que nadie. Pero ellos me acompañan a todas partes, y así van adquiriendo ese conocimiento de los pobres y adquiriendo esa capacidad de hacer caridad en general (en resumen, la afición a estas cosas) que cuando sean mayores les permitirá ser útiles a sus prójimos y sentirse satisfechos consigo mismos. Mi joven familia no es frívola; los chicos se gastan toda su paga en suscripciones, bajo mi orientación, y han asistido a tantas reuniones, y escuchado tantas conferencias, tantos discursos y debates como la mayor parte de los adultos. Alfred (cinco años), como ya he mencionado, ha ingresado, por su propia voluntad, en las Ligas Infantiles de la Alegría, fue uno de los pocos niños que en aquella ocasión dio muestras de seguir despierto tras un ferviente discurso de dos horas del presidente de la velada. Alfred nos miró ceñudo, como si jamás quisiera, ni pudiera, perdonar el insulto de aquella velada. —Quizá haya observado usted, señorita Summerson —dijo la señora Pardiggle—, en algunas de las listas que he mencionado y que se hallan en posesión de nuestro estimado amigo el señor Jarndyce, que los nombres de mi joven familia terminan siempre con el de O. A. Pardiggle, Miembro de la Real Sociedad de Estudios Científicos, una libra. Es su padre. Generalmente seguimos el mismo orden. Yo pongo mi óbolo en primer lugar; después viene mi joven familia, que ponen sus contribuciones, conforme a sus edades y sus escasos medios, y después el señor Pardiggle cierra la retaguardia. El señor Pardiggle celebra poder hacer su limitada contribución, bajo mi orientación, y así no sólo se hacen las cosas agradables para nosotros, sino que, según confiamos, sirven para mejorar la condición de los demás. ¿Y si el señor Pardiggle comiera con el señor Jellyby, y si el señor Jellyby se sincerase con el señor Pardiggle después de comer, haría el señor Pardiggle, a cambio, alguna confidencia al señor Jellyby? Me sentí muy confusa al pensar aquello, pero la verdad es que me lo pregunté. —¡Están ustedes muy bien situadas aquí! —dijo la señora Pardiggle. Celebramos cambiar de tema y fuimos a la ventana a enseñarle las bellezas de la perspectiva, en las que los impertinentes parecieron posarse con curiosa indiferencia. —¿Conocen al señor Gusher?27—preguntó nuestra visitante. Nos vimos obligadas a decir que no teníamos el placer de haber visto al señor Gusher. —Pues lo siento por ustedes, se lo aseguro —dijo la señora Pardiggle con su tono de ordeno y mando—. Es un orador ferviente y apasionado: ¡lleno de ardor! Si se pusiera a hablar desde una carreta en ese jardín, que según veo por la configuración del terreno, es un lugar ideal para una reunión pública, daría relieve durante horas y horas a cualquier ceremonia que quisieran ustedes mencionar. Pero seguro, señoritas —dijo la señora Pardiggle, volviendo a su silla y tirando al suelo, como si fuera mediante una agencia invisible, una mesita redonda que estaba a considerable distancia, con mi costurero encima—, que ya han advertido ustedes lo que soy yo. Verdaderamente, era una pregunta tan asombrosa que Ada se me quedó mirando sin saber en absoluto qué decir. En cuanto al carácter culpable de mi propia conciencia, tras lo que había estado pensando yo, debe de haberse expresado en el rubor de mis mejillas. —Han advertido, quiero decir —continuó la señora Pardiggle— el aspecto más notable de mi carácter. Tengo conciencia de que es tan notable que se descubre inmediatamente. Sé que se me descubre en seguida. ¡Bueno! Lo reconozco francamente: soy, una mujer de negocios. Me gusta trabajar mucho; me agrada el trabajo intenso. La emoción me sienta bien. Estoy tan acostumbrada al trabajo intenso, y soy tan inmune a él, que no sé lo que es el cansancio. Murmuramos que aquello era asombroso y muy de celebrar, o algo por el estilo. Creo que tampoco sabíamos lo que decíamos, pero eso era lo que expresaban nuestras palabras de cortesía. —No sé lo que es estar cansada; ¡no me puedo cansar aunque lo intente! —dijo la señora Pardiggle—. La cantidad de esfuerzo (que para mí no es esfuerzo), la cantidad de negocios (que a mí me parecen como si nada) que hago es algo que a veces me sorprende a mí misma. ¡He visto a mi joven familia y al señor Pardiggle quedarse agotados sólo de mirarme, mientras que yo puedo decir sinceramente que seguía fresca como una rosa! Si aquel muchacho, el mayor de todos, el de la cara cetrina, pudiera tener una expresión más maliciosa de la que ya exhibía entonces, entonces fue cuando la puso. Observé que doblaba el puño derecho y le daba a escondidas un golpe a la copa de la gorra, que llevaba bajo el brazo izquierdo. —Eso me da una gran ventaja cuando salgo a hacer mis recorridos —continuó la señora Pardiggle—. Si me encuentro con alguien que no está dispuesto a escuchar mis palabras, le digo directamente: «Amigo mío, soy incapaz de cansarme, nunca estoy fatigada, y me propongo seguir hasta haber terminado.» ¡Da unos resultados admirables. Señorita Summerson, ¿espero que dispondré inmediatamente de su asistencia en mis recorridos de visitas, y la de la señorita Clare, dentro de muy poco? Al principio traté de excusarme de momento, so pretexto general de las muchas ocupaciones que tenía, y que no debía descuidar. Pero fue una protesta inútil, en vista de lo cual dije de modo más concreto que no estaba segura de ser competente para ello. Que no tenía experiencia en el arte de adaptar mi mente a otras de situación muy distinta, y dirigirme a ellas con los puntos de vista adecuados. Que no tenía ese conocimiento delicado del corazón que debe ser indispensable para las obras de ese tipo. Que yo misma tenía mucho que aprender antes de enseñar a otros, y que no podía confiar sólo en mis buenas intenciones. Por todos aquellos motivos, me parecía mejor ser de utilidad donde podía, y prestar los servicios que pudiera a quienes estaban en mi entorno inmediato, tratar de dejar que ese círculo fuera ampliándose natural y gradualmente. Dije todo ello sin ninguna confianza, porque la señora Pardiggle era mucho mayor que yo, y tenía mucha experiencia, además de ostentar unos modales muy militares. —Se equivoca usted, señorita Summerson —dijo—; pero quizá no esté usted acostumbrada al trabajo intenso ni a las emociones que comporta, lo cual es muy importante. Si desea usted ver cómo hago yo mis obras, ahora mismo estoy a punto de visitar —con mi joven familia a un ladrillero de las cercanías (de muy mal carácter), y celebraré mucho que me acompañe. La señorita Clare también, si quiere hacerme ese favor. Ada y yo intercambiamos una mirada, y como en todo caso íbamos a salir, aceptamos el ofrecimiento. Cuando volvimos corriendo de ponernos los sombreros, encontramos a la joven familia aburrida en un rincón y a la señora Pardiggle dándose vueltas por la habitación, tirando al suelo casi todos los objetos de poco peso que había en ella. La señora Pardiggle tomó posesión de Ada y yo las seguí con la familia. Ada me contó después que la señora Pardiggle le habló en el mismo tono altisonante (tanto que hasta yo podía oírla) durante todo el camino hasta la casa del ladrillero acerca de una emocionante competición en la que estaba empeñada desde hacía dos o tres años contra una pariente anciana en torno a cuál de sus candidatos respectivos podía obtener una pensión no sé dónde. Cada una de ellas se había dedicado a imprimir, a prometer, a obtener votos por correo y a hacer visitas casa por casa, y parecía que aquello había impartido gran animación a todos los participantes, salvo a los candidatos a recibir la pensión, que seguían sin recibirla. A mí me agrada mucho que los niños confíen en mí, y por lo general es un placer contar con esa confianza, pero en aquella ocasión me produjo gran desasosiego. En cuanto salimos de la casa, Egbert, con los modales de un pequeño salteador, me exigió un chelín, porque según dijo, le habían «mangao» su dinero del bolsillo. Cuando le señalé lo incorrecto que era utilizar esa palabra, especialmente en relación con su madre (porque había añadido en tono hostil que había «sido ésa»), me dio un pellizco y dijo: «¡Eh! ¡Vamos! ¿Qué cuentas? ¿A que a ti no te gustaría eso? ¿Para qué hace esa comedia de hacer como que me da dinero y luego me lo quita? ¿Por qué dice que es mi paga y luego nunca me deja gastarla?» Aquellas preguntas exasperantes le encendieron tanto el ánimo, y los de Oswald y Francis, que todos se pusieron a pellizcarme al mismo tiempo, y de manera terriblemente experta: cogiéndome por unos pedacitos tan pequeños de carne de los brazos que apenas si pude evitar el dar un grito. Al mismo tiempo, Felix me pisaba los dedos de los pies, Y el de la Liga de la Alegría, que como tenía descontada su paga para siempre, se había comprometido de hecho a abstenerse tanto de comer dulces como de fumar, estaba tan lleno de pena y de rabia cuando pasamos al lado de una pastelería que me dejó aterrada al ver que se ponía de color azul. Nunca he sufrido tanto, física como espiritualmente, durante un paseo con gente joven como con aquellos niños antinaturalmente encorsetados cuando me hicieron el honor de comportarse con naturalidad conmigo. Me alegré cuando llegamos a casa del ladrillero, aunque no era sino parte de un grupo de casuchas miserables en una ladrillería, con pocilgas al lado de las ventanas rotas y unos huertecillos miserables delante de las puertas, en los que no crecía nada más que unos cuantos charcos fangosos. Acá y acullá había un barreño viejo puesto fuera para atrapar el agua de lluvia que goteaba de los tejados, o había una pequeña presa hecha para contener otro charquito, como un montoncito sucio de tierra. En las puertas y las ventanas había algunos hombres y mujeres acodados o paseándose, y casi ni se fijaron en nosotros, salvo para reír entre sí o decir algo a nuestro paso en relación con que la gente fina debía ocuparse de sus cosas y no meterse en líos y mancharse los zapatos por venir a meterse en los asuntos de otra gente. La señora Pardiggle, que abría camino con grandes muestras de determinación moral y que hablaba con gran verborrea de las costumbres desordenadas de la gente (aunque a mí me parecía muy dudoso que cualquiera de nosotros hubiera podido ser ordenado en un sitio así), nos llevó a una casita en el punto más remoto, cuyo piso bajo casi llenamos nosotras. Además de nosotras, en aquella habitacioncita maloliente y húmeda había una mujer con un ojo amoratado que estaba junto a la chimenea cuidando de un pobre bebé jadeante, un hombre todo manchado de arcilla y de barro, que parecía hallarse en mal estado, echado en el suelo y fumando una pipa, un muchacho robusto que le estaba poniendo un collar a un perro y una chica descarada que estaba lavando algo en agua muy sucia. Todos ellos levantaron la vista cuando entramos, y la mujer pareció volver la cara hacia la chimenea, como para disimular el ojo amoratado; nadie nos saludó. —Bien, amigos míos —dijo la señora Pardiggle, aunque a mí no me pareció que lo dijera con tono nada amistoso; tenía la voz demasiado oficiosa y mandona—. ¿Cómo estáis todos? Ya estoy aquí. Recordad que os dije que a mí no me podíais cansar. A mí me gusta el trabajo intenso, y cumplo con mi palabra. —Ya no van a venir más de ustedes, ¿verdad? —gruñó el hombre que estaba echado en el suelo, apoyándose la cabeza en la mano mientras nos contemplaba. —No, amigo mío —dijo la señora Pardiggle, sentándose en un taburete y echando otro a rodar—. Ya estamos todos. —A lo mejor se creen que no son bastantes —dijo aquel hombre, con la pipa en la boca, mientras nos miraba fijamente. El muchacho y la chica se echaron a reír. Dos amigos del muchacho a quienes habíamos atraído a la puerta de entrada, y que se habían quedado allí con las manos en los bolsillos, hicieron eco sonoramente a sus risas. —Amigos míos, no podéis cansarme —dijo la señora Pardiggle a estos últimos—. Me gusta el trabajo, y cuanto más trabajo me deis, más me gusta. —¡Pues hay que darle en el gusto! —gruñó el hombre desde el suelo—. Por mí, que haga lo que quiera, pero cuanto antes. Estoy harto de que se tomen estas libertades con mi casa. Estoy harto de que me persigan como a un tejón. Ahora se va usted a hurgar por ahí y a hacer preguntas sobre cosas que no le importan nada, como siempre... Ya me la conozco a usted. ¡Vale! Pero no hace falta, le voy a ahorrar el esfuerzo. ¿Está mi hija lavando? Sí, está lavando. Miren el agua. ¡Huélanla! ¡Y eso es lo que bebemos! ¿Qué les parece y que les parecería si en lugar de esa agua tuviéramos ginebra? ¿Tengo sucia la casa? Pues claro. Está sucia por naturaleza, y es malsana por naturaleza, y hemos tenido cinco hijos sucios y malsanos, que por eso se nos han muerto de chicos, y mejor para ellos, y para nosotros también. ¿He leído el librito que me dejó usted? No, no he leído el librito que me dejó usted. Aquí ninguno de nosotros sabe leer, y si supiéramos, no es libro para mí. Es un libro para niños, y yo no soy ningún niño. Y si me dejara usted una muñeca, no me iba a poner a jugar con ella. ¿Cómo me he estado portando? Pues he estado borracho tres días, y estaría cuatro si tuviera con qué. ¿Es que no voy a ir nunca a la iglesia? No, no voy a ir nunca a la iglesia. Y si fuera no me recibirían en ella; el sacristán es demasiado fino para la gente como yo. ¿Y cómo es que mi mujer tiene un ojo amoratado? ¡Pues se lo puse yo, y si lo niega, es que miente! Para decir todo aquello se había quitado la pipa de la boca, y después se recostó del otro lado y se volvió a poner a fumar. La señora Pardiggle, que lo había estado contemplando por entre los impertinentes con una compostura forzada y calculada, según no pude por menos de pensar, para aumentar el antagonismo del hombre, se sacó una biblia como si fuera la porra de un policía y detuvo a toda la familia. Quiero decir, claro, que la detuvo religiosamente, pero de verdad que lo hizo como si fuera un policía moral inexorable que se los llevara a todos a una comisaría. Ada y yo nos sentíamos muy incómodas. Las dos nos sentíamos como unas intrusas y fuera de lugar, y ambas opinábamos que la señora Pardiggle se llevaría infinitamente mejor con aquella gente si no hubiera tenido aquella forma mecánica de tomar posesión de las personas. Los niños lo contemplaban todo malhumorados; la familia no nos hacía el menor caso, salvo cuando el muchacho hizo ladrar al perro, que es lo que hacía cada vez que la señora Pardiggle se ponía más enfática. Las dos advertíamos dolorosamente que entre nosotras y aquella gente existía una barrera férrea, que nuestra nueva amiga no podía levantar. No sabíamos quién ni cómo podría levantarla, pero sí sabíamos que ella no. Nos parecía que incluso lo que leía y decía estaba mal escogido para aquel público, aunque se hubiera impartido con la mayor modestia y el mayor tacto del mundo. En cuanto al librito que había mencionado el hombre recostado, después nos enteramos de lo que era, y el señor Jarndyce comentó que dudaba que ni siquiera Robinson Crusoe hubiera sido capaz de leerlo, aunque no hubiera tenido ningún otro en su isla desierta. En aquellas circunstancias, nos sentimos muy aliviadas cuando la señora Pardiggle dejó de leer. El hombre del suelo volvió la cabeza otra vez y dijo desganado: —¡Bueno! Eso es que ya ha terminado, ¿no? —Por hoy, amigo mío. Pero yo no me canso nunca. Ya volveré a verlos en su momento —respondió la señora Pardiggle en tono muy animado. —¡Con tal que ahora se vaiga —dijo él, cruzándose de brazos y cerrando los ojos mientras pronunciaba un juramento—, haga usted lo que quiera! En consecuencia, la señora Pardiggle se levantó y organizó un torbellino en aquella habitacioncita, al que apenas si escapó ni la pipa. Después, tomando a uno de sus hijos de cada mano, y diciendo a los otros que la siguieran de cerca, y con la expresión de su esperanza de que el ladrillero y toda su familia estuvieran en mejores circunstancias cuando volviera ella a visitarlos, pasó a otra casita. Espero que no parezca demasiado duro por mi parte si digo que en todo aquello, como en todo lo que ella hacía, no mostró ningún ánimo conciliatorio, sino el de hacer la caridad al por mayor y de convertirla en un negocio de grandes dimensiones. Ella suponía que la seguíamos, pero en cuanto vimos que se alejaba, nos acercamos a la mujer que estaba "ante la chimenea y le preguntamos si el bebé estaba enfermo. Se limitó a mirarlo mientras él yacía en su regazo. Ya habíamos visto antes que cuando lo miraba se tapaba el ojo amoratado con la mano, como si deseara alejar al pobre niñito de toda idea del ruido, la violencia y los malos tratos. Ada, cuyo buen corazón se había conmovido al ver cómo estaba el niño, se inclinó a acariciarle la carita. Entonces vi yo lo que había ocurrido y le hice echarse atrás. El niño había muerto. —¡Ay, Esther! —exclamó Ada cayendo de rodillas ante él—. ¡Míralo! ¡Ay, Esther, querida mía, pobrecito! ¡Pobrecito, debe de haber sufrido tanto! ¡Lo siento tanto por él! ¡Lo siento tanto por su pobre madre! ¡Nunca en mi vida había visto nada más triste! .¡Ay, niño, niño! Tanta compasión, tanta dulzura, al inclinarse ella llorando, y cogerle la mano a la madre, hubiera ablandado el alma de cualquier madre del mundo. La mujer primero la miró asombrada y después rompió en sollozos. Al cabo de un rato le tomé del regazo su leve carga, hice lo que pude para que el descanso del niño pareciese más armonioso y más blando, lo puse en un cajón y lo cubrí con mi pañuelo. Tratamos de consolar a la madre y le susurramos lo que decía de los niños Nuestro Salvador. Ella no nos respondió nada, sino que siguió allí sentada llorando, llorando mucho. Cuando me di la vuelta vi que el muchacho había sacado al perro y estaba mirándonos desde la puerta, con los ojos secos, pero en silencio. También la chica estaba en silencio, sentada en un rincón y mirando al suelo. El hombre se había levantado. Seguía fumando su pipa con aire desafiante, pero estaba callado. Mientras yo los miraba entró corriendo una mujer muy fea y mal vestida, que fue directamente a la madre, diciendo: « ¡Jenny! ¡Jenny! » Cuando la madre oyó su nombre se levantó y se lanzó al cuello de la mujer. También ésta tenía en la cara y en los brazos huellas de malos tratos. No tenía ningún rasgo agradable, salvo su gesto de conmiseración, pero cuando se condolió con la mujer, y empezó a llorar también ella, no le hacía falta ser bella. Digo que se condolió, pero no decía más que: «¡Jenny! ¡Jenny!» Todo estaba en el tono con que lo decía. Me pareció muy emocionante ver tan unidas a aquellas dos mujeres, tan ordinarias, desaseadas y maltratadas; ver lo que podían ser la una para la otra; ver lo que sentían la una por la otra; cómo se ablandaba el corazón de ambas ante las duras pruebas de sus vidas. Creo que nunca vemos el lado bueno de esa gente. Es poco lo que se sabe de lo que son los pobres para los pobres, salvo lo que saben ellos mismos y Dios. Consideramos mejor retirarnos y dejarlas a solas. Nos fuimos en silencio y sin que nadie se fijara en nosotras, salvo el hombre. Éste estaba apoyado en la pared junto a la puerta, y al ver que apenas si teníamos sitio para pasar, salió antes que nosotras. Parecía como si quisiera disimular que lo hacía por nosotras, pero nos dimos cuenta de que era así y le dimos las gracias. No nos respondió. Al volver a casa, Ada estaba tan triste, y Richard, a quien encontramos allí, se preocupó tanto al verla llorar (¡aunque cuando ella salió me comentó que también verla así era muy hermoso!), que decidimos volver por la noche a llevarles algo y repetir nuestra visita a casa del ladrillero. Al señor Jarndyce le dijimos lo menos posible, pero en seguida cambió la dirección del viento. —Pues es una gente excelente —dijo, empezando a pasearse—, la señora Pardiggle y todos los demás. ¡Gente excelente! Hacen mucho bien y quieren hacer mucho más. Pero quieren que de todos los Telares salga el mismo modelo, lo quieren todo; se empeñan en matar moscas a cañonazos, en armar jaleo por todo, ¡y son tan condenadamente infatigables... ! ¡Ay, Dios mío, es verdad, siento el viento por todas partes! Aquella noche, Richard nos acompañó a la escena de nuestra expedición matutina. Por el camino tuvimos que pasar junto a una taberna ruidosa, junto a cuya puerta había varios hombres. Entre ellos, y metido en una discusión, estaba el padre del bebé. Poco después pasamos al muchacho, acompañado por el perro. La hermana estaba riéndose y charlando con otras jóvenes en la esquina de la fila de casitas, pero pareció sentir vergüenza al vernos y nos dio la espalda. Dejamos a nuestra escolta a escasa distancia de la vivienda del ladrillero, y seguimos solas adelante. Cuando llegamos a la puerta, nos tropezamos con la mujer que tanto había consolado a la madre, que estaba de pie allí y miraba afuera, preocupada. —¿Son ustedes, señoritas? —preguntó en un susurro—. Estoy mirando por si llega mi hombre. Tengo el corazón en la boca. Si me pesca fuera de casa, seguro que me mata. —¿Se refiere usted a su marido? —pregunté. —Sí, señorita, mi hombre. Jenny está dormida, está agotada. La pobrecita apenas si se había quitado a la criatura del regazo, siete días y siete noches, menos cuando he venido yo para que descansara un rato. Se hizo a un lado, y nosotras entramos en silencio y depositamos lo que habíamos traído al lado de la yacija miserable en que estaba durmiendo la madre. Nadie había hecho nada por arreglar el cuarto, que parecía, por su propia naturaleza, imposible de limpiar, pero la criaturita cerúlea, que parecía irradiar tanta solemnidad, estaba vuelta a arreglar y a lavar, y sobre mi pañuelo, que seguía cubriendo al pobre bebé, las mismas manos ásperas y llenas de cicatrices habían depositado tiernamente un ramillete de flores silvestres. —¡Que el cielo se lo pague! —exclamé—. Es usted muy buena. —¿Yo, señoritas? —contestó, sorprendida—. ¡Callen! ¡Jenny! ¡Jenny! La madre había gemido en sueños y se había movido. Pareció que el sonido de aquella voz conocida volvía a calmarla. Quedó en silencio una vez más. ¡Qué poco me imaginaba yo, al levantar mi pañuelo para ver al pequeñito que dormía bajo él y sentir como que veía un halo brillar en torno al niño entre el pelo caído de Ada cuando ésta inclinó la cabeza conmiserativa, qué poco me imaginaba yo en qué seno inquieto llegaría a reposar aquel pañuelo, tras cubrir este otro pecho inmóvil y en paz! No pensé más que quizá el Ángel de aquel niño no dejaría de tener conciencia de la mujer que lo volvía a colocar con mano tan solícita, que quizá no la olvidara del todo poco después, cuando nos despidiéramos de ella y la dejáramos a la puerta, mirando unas veces y escuchando otras, aterrada por su propia suerte, mientras seguía diciendo con su aire tranquilizador de siempre: «¡Jenny! ¡Jenny!» CAPÍTULO 9 Signos y símbolos No sé cómo, pero parece que siempre estuviera escribiendo sobre mí misma. Todo el tiempo me propongo escribir acerca de otra gente, y trato de pensar en mí misma lo menos posible, y la verdad es que cuando me encuentro con que vuelvo a estar yo en la narración, me enfado mucho y me digo: «¡Vamos, vamos, no seas tan pelma, te lo digo de verdad!», pero no vale de nada. Espero que si alguien lee lo que escribo, comprenderá que si estas páginas contienen tantas cosas relativas a mí, sólo cabe suponer que debe de ser porque yo tengo algo que ver con ellas y no puedo omitirlas. Mi niña y yo leíamos, cosíamos y hacíamos música juntas, y hallábamos tantas cosas que hacer con nuestro tiempo, que los días del invierno volaban como aves de brillantes colores. Casi todas las tardes y todas las veladas nos hacía compañía Richard. Aunque era una de las personas más inquietas del mundo, desde luego le agradaba mucho estar con nosotras. Le tenía mucho, mucho, mucho cariño a Ada. Lo digo de verdad, y prefiero decirlo desde el principio. Nunca había visto antes cómo se enamoraban dos jóvenes, pero pronto lo vi. Naturalmente, yo no podía comentarlo, ni mostrar que me había enterado. Por el contrario, me porté con tal discreción, y tanto hice como que no me daba cuenta, que a veces, cuando estaba sentada a mi trabajo, me preguntaba si no me estaba convirtiendo en una hipócrita. Pero no había forma de evitarlo. Bastaba con quedarme callada, y yo me mantenía más callada que una ostra. También ellos se mantenían muy callados, en cuanto a palabras respectaba, pero la forma inocente en la que cada vez recurrían más a mí, a medida que se iban aficionando cada vez más el uno al otro, era tan encantadora, que me resultaba muy difícil no revelar cuánto me interesaba. —Nuestra viejecita es una viejecita tan magnífica —decía Richard cuando venía a verme en el jardín, a primera hora de la mañana, con su agradable sonrisa y quizá una levísima huella de rubor—, que no podría arreglármelas sin ella. Antes de iniciar mi día superocupado, con todos esos libros e instrumentos, y después echarme a galopar por montes y valles, por toda la zona, como si fuera un atracador de caminos..., ¡me sienta tan bien el venir a darme un paseo con nuestra pacífica amiga, que aquí estoy otra vez! —Ya sabes, querida señora Durden —me decía Ada por las noches, con la cabeza puesta en mi hombro mientras la luz de la chimenea se reflejaba en sus ojos pensativos—, que cuando subimos aquí arriba no quiero hablar. Sólo quedarme sentada un ratito, con tu carita por toda compañía, y escuchar el viento, y recordar a los pobres marineros embarcados... ¡Vaya! Quizá Richard iba a hacerse marino. Habíamos hablado muchas veces de ello, y se había mencionado la posibilidad de satisfacer sus ambiciones de infancia de embarcarse. El señor Jarndyce había escrito a un pariente de la familia, un importantísimo señor llamado Sir Leicester Dedlock, para que se interesara en pro de Richard, en general, y Sir Leicester había contestado muy amable que «celebraría ayudar en la vida al joven caballero, si es que ello estaba en su mano, lo que no era nada probable, y que milady enviaba sus saludos al joven caballero (con el cual recordaba perfectamente que tenía un parentesco lejano), y confiaba que cumpliría siempre con su deber en cualquier profesión honorable que él decidiera». —De manera que ya veo con toda claridad —me decía Richard— que tendré que abrirme camino por mi cuenta. ¡No importa! Mucha gente ha tenido que hacer lo mismo antes que yo, y ha salido adelante. Lo único que querría es tener el mando de un clipper corsario, para empezar, y así podría llevarme al Canciller y tenerlo a pan y agua hasta que fallara en nuestra causa. ¡Pronto iba a adelgazar ése si no se daba prisa! Richard, con una alegría de ánimo y una moral que casi nunca decaían, tenía un carácter despreocupado que a veces me dejaba perpleja, sobre todo porque, aunque parezca raro, confundía aquello con la prudencia. Era algo que entraba de manera muy singular en todos sus cálculos sobre el dinero, y que creo que no puedo explicar de mejor manera que si recuerdo durante un momento nuestro préstamo al señor Skimpole. El señor Jarndyce había averiguado la cantidad, no sé si por el propio señor Skimpole o por Coavinses, y había puesto el dinero en mis manos, con el encargo de que me quedase con la parte que me correspondía y le entregase el resto a Richard. La serie de pequeños gastos irreflexivos que Richard justificó con la recuperación de sus diez libras, y el número de veces que me mencionó esa suma como si la hubiera ahorrado o ganado, formarían conjuntamente toda una cantidad. —¿Y por qué no, mi prudente Madre Hubbard? —me preguntó cuando, sin la menor reflexión, pretendió regalar cinco libras al ladrillero—. Con el asunto de Coavinses he ganado diez libras limpias. —Explícamelo —dije. —Mira: me deshice de diez libras de las que no me costó nada deshacerme, y que nunca esperaba volver a ver. ¿No me negarás eso? —No —contesté. —Muy bien, y después me llegaron diez libras... —Las mismas diez libras —sugerí yo. —¡Eso no tiene nada que ver! —replicó Richard—. Tengo diez libras más de lo que esperaba, y en consecuencia puedo gastármelas sin pensarlo demasiado. Exactamente igual, cuando se le persuadió de que no sacrificara aquellas cinco libras al convencerlo de que no serviría de nada, añadió esa suma a su crédito y empezó a utilizarla. —¡Vamos a ver! —decía—. Con el asunto del ladrillero me ahorré cinco libras, de manera que si me hago un viajecito a Londres en silla de postas y me gasto cuatro libras, todavía he ahorrado una. Y no está nada mal eso del ahorro. ¡Lo que se ahorra se tiene! Creo que Richard tenía el carácter más franco y generoso que darse puede. Era ardiente y valeroso, y en medio de su inquietud desenfrenada era tan dulce que en unas semanas llegué a conocerlo como si fuera un hermano. La dulzura de su temperamento le era consustancial, y se hubiera mostrado sobradamente incluso sin la influencia de Ada, pero gracias a ésta se convirtió en uno de los compañeros más agradables del mundo, siempre tan dispuesto a manifestar interés, siempre tan contento, tan bienhumorado y tan animado. Estoy segura de que yo, sentada con ellos, y hablando con ellos y paseando con ellos, y advirtiendo de día en día cómo seguían enamorándose cada vez más, sin decir nada al respecto, y cada uno de ellos pensando tímidamente que aquel amor era el mayor de los secretos, tanto que quizá ni siquiera el otro lo sospechaba... Estoy segura, digo, de que apenas si estaba yo menos encantada que ellos, y apenas menos complacida con aquel bonito sueño. Así iba pasando el tiempo cuando una mañana, a la hora del desayuno, el señor Jarndyce recibió una carta, y al mirar el remite exclamó: «Vaya, vaya! ¿De Boythorn?»28 y la abrió y la leyó con un placer evidente, mientras nos anunciaba, entre paréntesis, al llegar a la mitad, que Boythorn iba a venir de visita. Pero ¿quién era Boythorn?, pensamos todos. Y me atrevo a decir que todos nos preguntamos también —por lo menos, yo me lo pregunté— si Boythorn iba a injerirse en la marcha de nuestras vidas allí. —Con este chico, Lawrence Boythorn —dijo el señor Jarndyce dando unos golpecitos en la carta al ponerla en la mesa—, estuve yo en la escuela hace más de cuarenta y cinco años. Entonces era el chico más impetuoso del mundo, y ahora es el hombre más impetuoso del mundo. Entonces era el chico más vociferante, y ahora es el hombre más vociferante. Entonces era el chico más animado y más firme, y ahora es el hombre más animado y más firme. Es un tipo enorme. —¿De estatura, señor? —preguntó Richard. —Desde luego, Rick, también en ese respecto —respondió el señor Jarndyce—, pues tiene diez años y dos pulgadas más que yo, y lleva siempre la cabeza alta como un viejo soldado, el pecho firme y bombeado, unas manos como las de un herrero, pero limpias, ¡y qué pulmones! No existe un símil para esos pulmones. Tanto si está hablando como riéndose o roncando, hacen temblar las vigas de las casas. Mientras el señor Jarndyce hablaba complacido de la imagen de su amigo Boythorn, observamos el augurio favorable de que no se mencionaba para nada un cambio en la dirección del viento. —Pero lo que importa de ese hombre es lo que lleva dentro, lo cálido de su corazón, su apasionamiento, lo ligero de su ánimo, Rick (¡y vosotras también, Ada y nuestra pequeña Telaraña, porque a todos os interesa nuestro visitante!) —siguió diciendo—. Tiene un lenguaje tan resonante como la voz. Siempre habla en extremos, perpetuamente en superlativo. Cuando condena algo, es de una ferocidad sin límites. Por lo que dice, cabría pensar que es un ogro, y creo que tiene fama de serlo con alguna gente. ¡Pero vamos! No os voy a decir nada más por adelantado. No os sorprendáis si veis que me trata con aire protector, porque nunca ha olvidado que en la escuela yo era uno de los pequeños, y nuestra amistad comenzó cuando le hizo saltar dos dientes a mi peor perseguidor (él dice que fueron seis) antes de desayunar. Querida mía, Boythorn y su criado llegarán esta tarde —me dijo. Me encargué de que se hicieran los preparativos necesarios para la recepción del señor Boythorn, y esperamos su llegada con una cierta curiosidad. Pero la tarde fue pasando y no apareció. Llegó la hora de cenar y seguía sin aparecer. Retrasamos la cena en una hora, y estábamos sentados en torno a la chimenea, sin más luz que la de ésta, cuando de pronto se abrió de golpe la puerta de entrada y el vestíbulo resonó con la siguientes palabras, pronunciadas con la mayor vehemencia y en tono estentóreo: —Nos ha indicado mal el camino, Jarndyce: un rufián nos dijo que torciéramos a la derecha en lugar de a la izquierda. Es el sinvergüenza más indigno del mundo. Su padre tiene que haber sido un malvado de siete suelas para haber engendrado a tal hijo. ¡Por mí, al individuo podrían fusilarlo! —¿Lo hizo adrede? —preguntó el señor Jarndyce. —¡No me cabe la menor duda de que el bribón se pasa la vida engañando a los viajeros! —replicó el otro— Por mis huesos, juro que me pareció el tipo más feo que he visto en mi vida, cuando me dijo que torciera a la derecha. ¡Y sin embargo, ahí me quedé, mirándolo a la cara, sin saltarle la cabeza! —¿No serían los dientes? —preguntó el señor Jarndyce. —¡Ja, ja, ja! —rió el señor Lawrence Boythorn, y era verdad que hizo vibrar toda la casa—. ¡Ya veo que no lo has olvidado! ¡Ja, ja, ja! ¡Aquél también era un bribón consumado! Juro por mi alma que la jeta de aquel individuo, cuando era muchacho, era la imagen más negra de la perfidia, la cobardía y la crueldad que jamás se le haya ocurrido a nadie poner de espantapájaros en medio de un campo lleno de sinvergüenzas. ¡Sí mañana me encontrase en la calle a aquel déspota sin igual, lo tumbaría igual que a un árbol podrido. —No me cabe la menor duda —observó el señor Jarndyce—. Y ahora, ¿quieres venir arriba? —Te juro por mi alma, Jarndyce —replicó su invitado, que pareció mirar su reloj—, que si hubieras sido casado, me habría vuelto a la puerta del jardín y me hubiera ido a las cimas más remotas del Himalaya, antes que presentarme a una hora tan poco razonable. —Hombre, espero que no te hubieras ido tan lejos —dijo el señor Jarndyce. —¡Juro por mi vida y por mi honor que sí! —exclamó el visitante—. Yo no tendría la insolencia de tener esperando a la señora de la casa todo este tiempo por nada del mundo. Preferiría matarme antes. ¡Te juro que lo preferiría! Con esta conversación iban subiendo, y al cabo de un rato oímos su risa en el dormitorio, que tonaba «Ja, ja, ja!», y otra vez: «¡Ja, ja, ja!», hasta que todos los ecos de los alrededores parecieron contagiarse y reírse con tantas ganas como él, o como nosotros al oír su risa. Todos teníamos un prejuicio en su favor, porque aquella risa denotaba pureza, al igual que su voz sana y vigorosa y la rotundidad y el vigor con que pronunciaba cada una de sus palabras, y la misma furia de sus superlativos, que parecían dispararse como salvas de cañón, que jamás hacen daño a nadie. Pero no estábamos en absoluto preparados para que todo aquello se viera también confirmado por su aspecto cuando nos lo presentó el señor Jarndyce. No sólo era un anciano muy atractivo, tieso y firme como se nos había descrito, con una gran cabeza canosa, una cara llena de compostura cuando no hablaba, una figura que pudiera haberse convertido en corpulenta de no haber sido que, por estar en movimiento continuo, no le daba descanso, y una barbilla que podría haberse convertido en papada de no haber sido por el énfasis vehemente que había de subrayar en todo momento, sino que además era tan señorial en sus modales, de una cortesía caballeresca, con la cara iluminada por una sonrisa tan dulce y tan tierna, que parecía evidente que no tenía nada que disimular, sino que se mostraba exactamente como era, incapaz (como dijo Richard) de hacer nada a escala limitada, y siempre disparando aquellos cañonazos de salvas, porque jamás llevaba armas pequeñas, que de verdad no pude evitar el contemplarlo con igual placer cuando se sentó a cenar, fuera que estuviese conversando agradablemente con Ada y conmigo, o que el señor Jarndyce lo provocara para que soltase una gran andanada de superlativos, o que echara la cabeza atrás, con un gesto como de un galgo, y soltara aquellas enormes carcajadas. —¿Te habrás traído el pájaro, supongo? —preguntó el señor Jarndyce. —¡Juro por el cielo que es el pájaro más asombroso de Europa! —replicó el otro—. ¡Es el ser más maravilloso! No aceptaría por ese pájaro ni diez mil guineas que me ofreciesen. Por si vive más tiempo que yo, ya le he dejado una pensión anual en mi testamento. Por su sentido y por su fidelidad, es un fenómeno. ¡Y antes que él, su padre ya era un pájaro de lo más asombroso! El objeto de tantos elogios era un pequeño canario tan domesticado, que el criado del señor Boythorn lo bajó posado en el índice, y tras un vuelito en torno a la habitación, se posó en la cabeza de su amo. Pensé que el oír después al señor Boythorn expresar los sentimientos más implacables y apasionados, con aquel animalito diminuto posado en la cabeza tan tranquilo, era una buena demostración del carácter de aquel hombre. —Por mi alma te juro, Jarndyce —dijo, subiendo con gran cuidado un trocito de pan para que lo picoteara el canario—, que si estuviera yo en tu lugar, mañana mismo me iría a buscar a todos los Procuradores de Cancillería, y los sacudiría hasta que se les saliera el dinero por los bolsillos y se les soltaran todos los huesos del cuerpo. Le sacaría una solución a alguien, por las buenas a por las malas. ¡Si me permites que me encargue yo, te haría ese favor con sumo gusto! —mientras todo ese tiempo el diminuto canario le comía mansamente en la mano. —Gracias, Lawrence, pero el pleito está ya tan avanzado —respondió el señor Jarndyce, riendo—, que no podría adelantar mucho mediante el procedimiento jurídico de sacudir a todos los magistrados y todos los abogados. —En todo este mundo jamás ha habido un antro tan infernal como la Cancillería! —continuó el señor Boythorn—. ¡La única forma de reformarlo sería meterle una mina explosiva por debajo, un día bien ocupado mientras estuviera en sesión, para que todos sus archivos, sus normas y sus precedentes, y todos sus funcionarios, volaran, altos y bajos, arriba y abajo, desde el Hijo del Contador General hasta el Padre del Diablo, todos ellos reventados en átomos con diez mil quintales de pólvora! Resultaba imposible no reír ante la gravedad enérgica con la que recomendaba aquella drástica medida de reforma. Cuando nos echamos a reír, él echó atrás su enorme tórax y otra vez pareció que todos los alrededores hacían eco a su «Ja, ja, ja!». Aquello no perturbó en lo más mínimo al pájaro, que se sentía muy seguro, y que se puso a dar saltitos por la mesa, volviendo la cabecita rápidamente a un lado y a otro, mirando repentinamente con sus ojos brillantes a su amo, como si éste no fuera más que otro pájaro. —Pero ¿cómo os va a ti y a tu vecino con el pleito por la servidumbre de paso? —preguntó el señor Jarndyce—. ¡Tú tampoco te has librado de las garras de la ley! —Ese individuo me ha puesto pleito, a mí, por intrusión, y yo le he puesto pleito, a él, por intrusión —replicó el señor Boythorn—. Por el cielo, juro que es el tipo más orgulloso de este mundo. Es moralmente imposible que se llame Sir Leicester. Debe de llamarse Sir Lucifer. —¡Vaya un cumplido para nuestro primo lejano! —dijo mi tutor, risueño, a Ada y a Richard. —Pediría perdón a la señorita Clare y al señor Carstone —continuó nuestro visitante—, si no me sintiera tranquilizado al ver en la bella cara de la dama, y en la sonrisa del caballero, que es totalmente innecesario y que mantienen a su primo lejano a distancia razonable. —O es él quien nos mantiene así a nosotros —sugirió Richard. —Por mi alma, juro —exclamó el señor Boythorn, disparando repentinamente otra andanada— que ese tipo, y antes su padre, y antes su abuelo, es el imbécil más arrogante, tieso y terco que jamás haya nacido en este mundo, por no se sabe qué error inexplicable de la Naturaleza, con una condición más alta que una bayeta de fregar. ¡Todos los de esa familia son unos cretinos pomposos, vanidosos y negados! Pero da igual; no me van a cerrar el camino aunque fueran cincuenta baronets fundidos en uno y viviera en cien Chesney Wolds, el uno dentro del otro, como las bolas de marfil de una talla china. Ese tipo, por conducto de su agente, o de su secretario, o de quien sea, me escribe lo siguiente: «Sir Leicester Dedlock, Baronet, saluda atentamente al señor Lawrence Boythorn y señala a su atención que el sendero verde junto a la antigua vicaría, actual propiedad del señor Lawrence Boythorn, tiene servidumbre de paso de Sir Leicester, pues forma de hecho parte del parque de Chesney Wold, y que Sir Leicester considera conveniente cerrar el mismo.» Y yo le escribo: «El señor Lawrence Boythorn saluda atentamente á Sir Leicester Dedlock, Baronet, y señala a su atención que niega totalmente todo lo que diga Sir Leicester Dedlock acerca de lo que sea, y ha de añadir, con referencia al cierre del sendero, que celebraría conocer al hombre que se atreva a meterse en esa tarea.» El tipo envía a un bribón de lo más ruin, y encima tuerto, a construir una puerta. Enchufo a ese sinvergüenza execrable con una manguera hasta que lo dejo casi sin aliento. El tipo erige una puerta de noche. Yo la hago pedazos y los quemo a la mañana siguiente. Envía a sus lacayos a que salten la cerca y entren en mis tierras una vez tras otra. Yo les pongo trampas no mortales, les disparo con postas a las piernas, les enchufo con la manguera, decidido a liberar á la Humanidad de la existencia insoportable de esos rufianes acechantes. Me denuncia por intrusión; lo denuncio por intrusión. Me denuncia por agresiones; me defiendo y sigo agrediéndolos. ¡Ja, ja, ja! De oírle decir aquello con una energía inimaginable, cabría haber pensado de él que era una persona violentísima. Al verlo al mismo tiempo, mientras contemplaba al pajarito, que ahora se le había posado en un pulgar, y le acariciaba blandamente las plumas con un dedo, cabría pensar que era uno de los seres más dulces del mundo. Al oírlo reír y ver el buen humor que se le reflejaba en la cara, cabría suponer que no había en la vida nada que lo preocupara, ni una pelea, ni nada desagradable, sino que toda su existencia era de una placidez luminosa. —No, no —continuó—, ni hablar de que me cierren mis caminos, ¡y menos un Dedlock! Aunque estoy dispuesto a confesar —dijo, ablandándose un momento— que Lady Dedlock es toda una señora de mundo, a quien rendiría el mayor homenaje que pueda hacer un mero caballero, y no un baronet con la cabeza grillada desde hace más de setecientos años. Un hombre que ingresó en su regimiento a los veinte, y en menos de una semana ya había desafiado al jefe más mandón y presuntuoso que jamás haya respirado en la medida en que se lo permitía lo apretado del corsé (y a quien por eso expulsaron), ese hombre no se va a dejar pisotear por ningún Sir Lucifer, ni vivo ni muerto, ni cerrado ni abierto29. ¡Ja, ja, ja! —¡Igual que no dejaba que pisotearan a los más pequeños de su colegio —dijo mi tutor. —¡Desde luego que no! —afirmó el señor Boythorn tomándolo del hombro con un aire protector, que tenía un matiz de seriedad, aunque se reía al hablar—. ¡Siempre en defensa del débil, Jarndyce, de eso puedes estar seguro! Pero, hablando de esta incursión, con el perdón de la señorita Clare y de la señorita Summerson por lo mucho que hablo de un tema tan aburrido, ¿no te ha llegado nada de tus abogados, Kenge y Carboy? —Creo que no. ¿Esther? —me preguntó el señor Jarndyce. —Nada, Tutor. —¡Muchas gracias! —dijo el señor Boythorn—. No hacía falta preguntar, por lo poco que ya sé de la atención que presta la señorita Summerson a todos los que la rodean —todos me alentaban, estaban decididos a alentarme—. He preguntado porque, como vengo de Lincolnshire, naturalmente no he podido pasar por Londres, y pensé que quizá me hubieran enviado algo de correo aquí. Supongo que mañana por la mañana me dirán cómo van las cosas. Aquella velada, que fue muy agradable, lo vi tantas veces contemplar a Ada y Richard con un interés y una satisfacción que imprimían en su rostro una expresión agradabilísima, mientras, sentado a poca distancia del piano, escuchaba la música (y no tuvo necesidad de decirnos que era un aficionado apasionado de la música, pues lo mostraba en su gesto), que pregunté a mi Tutor, mientras jugábamos al backgammon, si el señor Boythorn se había casado alguna vez. —No —me respondió—, no. —¡Pero sí que quería casarse! —¿Y cómo lo sabes? —me preguntó con una sonrisa. —Bueno, Tutor —expliqué, no sin ruborizarme un poco al aventurar lo que estaba pensando—, es que, después de todo, en su comportamiento hay algo tan dulce, y es tan gentil y tan cortés con nosotros, y... El señor Jarndyce miró hacia donde estaba sentado el señor Boythorn, tal y como acabo de describirlo. No dije nada más. —Tienes razón, mujercita —respondió—. Una vez estuvo a punto de casarse. Hace mucho tiempo. Y sólo una vez. —¿Es que murió la dama? —No, pero murió para él. Y aquello lo dejó marcado para toda la vida. ¿Podrías suponer que todavía tiene la cabeza llena de ideas románticas? —Creo, Tutor, que es fácil de suponer. Pero, claro, resulta fácil suponerlo cuando ya me lo ha dicho usted. —Desde entonces nunca ha vuelto a ser lo que era —dijo el señor Jarndyce—, y ahora ya lo ves, viejo, sin nadie a su lado más que su criado y su amiguito amarillo... ¡Te toca tirar, jovencita! Por la actitud de mi Tutor percibí que no podía seguir adelante con el tema sin que cambiara la dirección del viento. En consecuencia, me abstuve de hacerle más preguntas. Me sentía interesada, pero no curiosa. Aquella noche, cuando me despertaron los estentóreos ronquidos del señor Boythorn, estuve pensando un rato en aquella antigua historia de amor, e intenté hacer eso que resulta tan difícil, y que es imaginar a los ancianos cuando eran jóvenes, y dotados de todos los atractivos de la juventud. Pero volví a quedarme dormida antes de lograrlo, y soñé con la época en que yo vivía en casa de mi madrina. No estoy lo suficientemente versada en esos temas como para saber si era notable o no que casi siempre mis sueños se refiriesen a aquel período de mi vida. Con la mañana llegó una carta de los señores Kenge y Carboy para el señor Boythorn, en la que le comunicaban que a mediodía iría a verlo uno de sus pasantes. Era el día de la semana en que me correspondía pagar las cuentas, poner mis libros en orden y organizar lo mejor posible todas las cosas de la casa, así que me quedé en ella mientras el señor Jarndyce, Ada y Richard aprovechaban que hacía un día excelente para hacer una pequeña excursión. El señor Boythorn tenía que esperar al pasante de Kenge y Carboy, y después saldría a pie para reunirse con ellos en el camino de vuelta. ¡Bien! Yo estaba ocupadísima en examinar las cuentas de las tiendas, sumar columnas, pagar dinero, llenar recibos, y seguro que en montar un gran jaleo con todo aquello, cuando anunciaron e hicieron entrar al señor Guppy. Ya tenía yo una idea de la posibilidad de que el pasante que iba a venir fuera el joven caballero que me había ido a buscar al coche, y celebré mucho verlo, pues lo relacionaba con mi felicidad actual. Apenas si lo reconocí, pues estaba extraordinariamente elegante. Llevaba un traje totalmente nuevo de paño lustroso, un sombrero reluciente, guantes de cabritilla color lila, un pañuelo multicolor al cuello, una gran flor de invernadero en el ojal de la solapa y un grueso anillo de oro en el meñique, además de lo cual perfumaba todo el comedor con grasa de oso30 y otros aromas. Me miró con una atención que me dejó muy confusa, cuando le pedí que tomara asiento hasta que regresara la criada, y mientras estaba allí sentado, cruzando y descruzando las piernas en un rincón, y le pregunté si había tenido un buen viaje, y añadí que esperaba que el señor Kenge estuviera bien, me encontré con que me estaba contemplando de la misma manera inquisitiva y curiosa. Cuando le llegó la petición de que fuera al piso de arriba a la habitación del señor Boythorn, le mencioné que cuando bajara tendría preparado algo de comer, y que el señor Jarndyce esperaba que lo aceptara. Dijo con un cierto nerviosismo, mientras seguía agarrando el picaporte: —¿Y tendré el honor de volver a verla en ese momento, señorita? Le dije que sí, que allí estaría, y se marchó con una reverencia y otra mirada. A mí sencillamente me pareció que era algo torpe y tímido, pues, evidentemente, se hallaba muy nervioso, y supuse que lo mejor que podía hacer yo era esperar hasta ver que tenía todo lo que pudiera desear, y después dejarlo para que comiera a solas. El almuerzo lo trajeron pronto, pero él tardó algún tiempo en bajar a la mesa. La entrevista con el señor Boythorn fue larga, y creo que tormentosa, pues aunque su habitación estaba un tanto lejos, oí que de vez en cuando se levantaba aquella voz estentórea como un viento tempestuoso, que evidentemente lanzaba perfectas andanadas de denuncias. Por fin volvió el señor Guppy, con aspecto de haber sufrido un tanto en la conferencia, y me dijo en voz baja: —¡Señorita, le juro que es un tártaro! —Señor mío,— le ruego que tome algo para restaurarse —le dije. El señor Guppy se sentó a la mesa y empezó a afilar, nervioso, el cuchillo de trinchar con el tenedor de lo mismo, mientras me seguía mirando (estaba segura, sin necesidad de mirarlo a él) de aquella misma manera extraña. Estuvo tanto tiempo afilando el cuchillo, que por fin sentí una especie de obligación de levantar la vista, para romper el hechizo en el que parecía hallarse sumido y que no lo abandonaba. Inmediatamente bajó los ojos al plato y empezó a trinchar. —¿Qué come usted, señorita? ¿No quiere usted tomar algo? —No, gracias —dije. —¿De verdad que no quiere usted nada de nada, señorita? —preguntó el señor Guppy, bebiéndose a toda prisa un vaso de vino. —Nada, gracias —respondí—. Si estaba esperando era únicamente para tener la seguridad de que no le hace falta nada. ¿Quiere usted que le pida algo más? —No, gracias, señorita, aunque se lo agradezco mucho. No me hace falta nada para sentirme perfectamente..., o, bueno, mejor dicho..., no es que nunca me sienta perfectamente... —y se bebió dos vasos de vino seguidos. Consideré mejor marcharme. —¡Pero perdone, señorita! —dijo el señor Guppy, levantándose de la mesa cuando vio que me levantaba yo—. ¿Me permite una conversación de un minuto, en privado? Me volví a sentar, sin saber qué decir. —¿Puedo decirle lo siguiente sin perjuicio, señorita? —preguntó el señor Guppy, mientras me acercaba nervioso una silla a la mesa. —No sé a qué se refiere usted —dije, extrañada. —Es un término jurídico, señorita. Significa que no va usted a utilizarlo en detrimento mío, ni en Kenge y Carboy ni en ninguna parte. Si nuestra conversación no lleva a nada, me quedo igual que estaba, sin ningún perjuicio para mi situación ni para mis perspectivas de carrera. Dicho en resumen, le estoy hablando de manera totalmente confidencial. —Caballero —contesté—, no me puedo imaginar lo que me puede usted comunicar de manera totalmente confidencial, cuando no me ha visto usted más que una vez, pero lamentaría muchísimo causarle a usted perjuicio alguno. —Gracias, señorita, estoy seguro..., con eso basta perfectamente. —Todo este tiempo, el señor Guppy se estaba alisando el pelo con el pañuelo o se frotaba la palma de la mano izquierda con la de la derecha y con todas sus fuerzas—. Si me permite usted que me sirva otro vaso de vino, creo que eso me ayudaría a continuar sin estarme sofocando constantemente, lo que sería desagradable para ambos. Se lo sirvió y volvió a empezar. Yo aproveché la oportunidad para parapetarme tras mi mesita. —¿No quiere usted tomar nada, señorita? —preguntó el señor Guppy, que aparentemente se sentía restaurado. —No, gracias —contesté. —¿Ni siquiera medio vasito? —preguntó el señor Guppy—. ¿Ni un cuarto? ¡No! Bien, sigamos. Mi sueldo actual, señorita Summerson, en Kenge y Carboy es de dos libras a la semana. Cuando tuve por primera vez la dicha de contemplarla a usted era de una libra y quince chelines, y a ese nivel estaba desde hacía mucho tiempo. Desde entonces ha subido cinco chelines, y está garantizada otra subida de cinco chelines al cabo de un plazo que no pasa de doce meses de esta fecha. Mi madre tiene algunos bienes, que adoptan la forma de una pequeña renta vitalicia, con la que vive sin pretensiones, pero con independencia, en Old Street Road. Sería ideal como suegra. Nunca se mete con nadie, es de lo más pacífico y de ánimo tranquilo. Tiene sus defectos, como todo el mundo, pero nunca se los he visto cuando hay gente delante, y entonces puede usted confiarle con toda tranquilidad todos sus vinos, alcoholes o licores de malta. Por lo que a mí respecta, resido en Penton Place, Pentonville. Es un apartamento humilde, pero bien ventilado, con ventana al patio, y se considera que es uno de los barrios más sanos. ¡Señorita Summerson! Se lo digo con toda franqueza: la adoro. ¿Tendría usted la amabilidad de permitirme (si puedo decirlo) hacerle una proposición? El señor Guppy se puso de rodillas. Yo estaba protegida por mi mesita, y sin sentirme en exceso temerosa le dije: —Caballero, levántese usted inmediatamente de esa posición ridícula o me obligará usted a romper mi promesa implícita y llamar con la campanilla! —¡Señorita, escúcheme usted, por favor! —exclamó el señor Guppy con las manos entrelazadas. —Caballero, no puedo acceder a escuchar una palabra más —repliqué—, salvo que se levante usted inmediatamente de esa alfombra y vaya a sentarse a la mesa, que es lo que debe usted hacer si tiene un mínimo de sentido común. Me miró con ojos muy tristes, pero se levantó lentamente e hizo lo que le había dicho yo. —Pero qué irónico resulta, señorita —dijo, llevándose una mano al corazón y haciéndome gestos melancólicos por encima de la bandeja—, estar detrás de unos platos de comida en un momento así. El alma rechaza la idea de la comida en momentos así, señorita. —Le ruego que concluya —repliqué—; me ha pedido usted que lo escuche, y le ruego que concluya. —Desde luego, señorita —dijo el señor Guppy—. Igual que amo y honro, obedezco. ¡Ojalá pudiera hacer a usted el objeto de ese juramento, ante el altar! —Eso es completamente imposible —contesté—, y no quiero ni oír hablar de ello. —Ya sé —dijo el señor Guppy, inclinándose sobre la bandeja y contemplándome, según volví a tener una extraña sensación, aunque no estaba mirándolo a los ojos, con aquella mirada fija— ya sé que desde un punto de vista mundano, y conforme a todas las apariencias, mi proposición parece pobre. Pero, señorita Summerson, ¡ángel mío!... No, no llame... A mí me han educado en una escuela muy difícil, y estoy acostumbrado a procedimientos muy diversos. Aunque soy todavía joven, he sabido encontrar muchas pruebas, he preparado casos y he visto mucho en la vida. Si tuviera la dicha de que me concediera su mano, ¡cuántos medios podría encontrar de defender los intereses de usted, y de hallarle una fortuna! ¿Qué es lo que no podría averiguar de lo que a usted le concierne? Claro que todavía no sé nada, pero, ¿qué es lo que no podría averiguar yo, si contara con su confianza y su estímulo? Le dije que su alusión a mis intereses, o a lo que él calificaba de mis intereses, tenía tan poco éxito como cuando se refería a mis sentimientos, y le rogué que comprendiese que le rogaba, por favor, que se fuera inmediatamente. —¡Cruel señorita —dijo el señor Guppy—, escuche nada más que otra palabra! Creo que debe usted de haber advertido cuánto admiraba sus encantos el día en que la fui a esperar a la Hostería del Caballo Blanco. Creo que debe usted de haber observado que no pude por menos de rendir homenaje a esos encantos cuando le puse la escalerilla de la diligencia. Era un homenaje menor de lo que usted merecía, pero la intención era buena. Desde entonces llevo su imagen impresa en mi corazón. Me he paseado más de una vez ante la casa de Jellyby, sólo por contemplar las piedras que una vez la albergaron. Esta gira de hoy, totalmente innecesaria en cuanto a su pretendido objeto, fue algo que planeé yo solo y sólo por usted. Si hablo de intereses es sólo para que me considere aceptable, con mi respetuoso sufrimiento. El amor estaba por encima de eso, y seguirá estando por encima de eso. —Lamentaría muchísimo, señor Guppy —observé, levantándome y llevando la mano al cordón del timbre—, el hacer a usted o a cualquier persona sincera la injusticia de despreciar un sentimiento honesto, por desagradablemente que se expresara. Si de verdad pretendía usted darme una prueba de su estima, por mal que haya elegido el momento y el lugar, creo que debo agradecérselo. Tengo pocos motivos para ser orgullosa, y no lo soy. Espero —añadí, sin saber muy bien lo que decía— que ahora se vaya como si nunca hubiera cometido usted esta enorme tontería y se ocupe de los asuntos de los señores Kenge y Carboy. —¡Un instante, señorita! —exclamó el señor Guppy cuando yo iba a llamar—. ¿Todo ello sin perjuicio? —No voy a mencionarlo nunca —contesté—, salvo que me dé usted motivo para ello en lo porvenir. —¡Medio instante, señorita! Si cambia usted de idea, en cualquier momento, esté usted donde esté, eso no importa, pues mis sentimientos no pueden cambiar nunca, en cuanto a lo que le he dicho, y sobre todo en cuanto a lo que podría hacer: señor William Guppy, 87 Penton Place, o, en caso de ausencia o de muerte (por haber perdido toda esperanza o algo por el estilo), a la atención de la señora Guppy, 302 Old Street Road; con eso bastará. Toqué el timbre; acudió la criada, y el señor Guppy, dejando su tarjeta de visita en la mesa y con una reverencia desganada, se marchó. Cuando levanté la vista al pasar él a mi lado, vi que se volvía a mirarme una vez más después de cruzar la puerta. Me quedé allí sentada una hora o más, para terminar mis cuentas y mis pagos y una serie de cosas más. Después ordené mi escritorio y lo aparté todo, y me sentí tan compuesta y animada que creí haber olvidado del todo aquel incidente inesperado. Pero cuando subí a mi propia habitación, me sorprendí al echarme a reír de todo el asunto, y después me sorprendí todavía más al empezar a llorar en relación con él. En resumen, estuve muy agitada durante un rato, y me sentí como si hubiera tocado una vieja cuerda sensible con más aspereza que jamás desde la época de mi querida muñequita, que tanto tiempo llevaba enterrada en e! jardín. CAPITULO 10 El copista En los límites orientales de Chancery Lane, es decir, más concretamente en Cook's Court, Cursitor Street, el señor Snagsby, Papelero de los Tribunales, se consagra a su legalísima ocupación. A la sombra de Cook's Court, que casi siempre es un lugar sombrío, el señor Snagsby vende todo género de formularios de papel del Estado: piel y rollos de pergamino; papel de barba, satinado, a rayas, marrón, blanco, hueso y secante; sellos; plumas para oficina, plumas corrientes, tinta, gomas, arenilla, alfileres, lacres y sellos; cinta roja y cinta verde; agendas, almanaques, diarios y listas legales; rollos de cuerda, reglas, tinteros —de plomo y de vidrio—, navajas, tijeras, cortaplumas y otros artículos de oficina; en resumen, objetos demasiado numerosos para mencionarlos todos, y allí está desde que cumplió su aprendizaje y se hizo socio de Peffer. En aquella ocasión Cook's Court pasó en cierto sentido por una revolución al aparecer una inscripción nueva y recién pintada, PEFFER Y SNAGSBY, que desplazó a la leyenda tradicional y no fácilmente legible de PEFFER, únicamente. Pues el humo, que es la hiedra de Londres, se había retorcido tanto en torno al nombre de Peffer, y de tal manera se aferraba a su residencia, que el afectuoso parásito había dominado totalmente al árbol padre. Hoy día ya no se ve nunca a Peffer en Cook's Court. Y tampoco lo espera nadie allí, pues lleva yaciendo desde hace un cuarto de siglo en el cementerio de la iglesia de San Andrés, Holborn, y en su derredor pasan rugientes las carretas y los coches, todo el día y la mitad de la noche, como un gran dragón. Si alguna vez se ausenta cuando descansa el dragón, para ir a tomar el aire en Cook's Court, hasta que le advierte que regrese el canto bienhumorado del gallo de la bodega de la pequeña lechería de Cursitor Street, cuyas ideas acerca de lo que es la luz del sol resultaría curioso averiguar, pues por observación personal no puede conocer nada al respecto, si alguna vez, decimos, Peffer vuelve a visitar las pálidas luces de Cook's Court, lo que no puede negar positivamente ningún honesto papelero de la especialidad, viene en forma invisible, y no afecta a nadie, ni nadie se entera. Cuando todavía vivía, e incluso durante el período del aprendizaje de Snagsby, que duró siete largos años, vivía con Peffer en los mismos locales de la papelería de los tribunales una sobrina: una sobrina bajita y astuta comprimida de forma un tanto violenta en la cintura, con una nariz afilada como una tarde fría de otoño, inclinada a helarse en la extremidad. Entre los residentes de Cook's Court corría el rumor de que la madre de la sobrina, cuando ésta era una niña, llevada de una celosa solicitud de que la figura de aquélla llegara a la perfección, le ataba los cordones del corset apoyando el pie materno en la pata de la cama con objeto de hacer más presión, y además que absorbía por vía interna dosis de vinagre y jugo de limón, ácidos que según aquellos murmuradores habían subido a la nariz y el humor de la paciente. Fuera cual fuese una de las múltiples lenguas del Rumor en la que se originó aquella sabrosa leyenda, nunca llegó a los oídos del joven Snagsby, o no influyó en ellos, pues Snagsby, tras cortejar y conquistar a su hermoso objeto cuando cumplió la mayoría de edad, concertó dos contratos al mismo tiempo. Así que ahora, en Cook's Court, Cursitor Street, el señor Snagsby y la sobrina son sólo uno, y la sobrina sigue cuidando de su figura, la cual, por mucho que los gustos difieran, sigue siendo preciosa, en el sentido de que es sumamente escasa. El señor y la señora Snagsby no sólo son una sola sangre y una sola carne, sino que, a juicio de sus vecinos, son también una sola voz. Esa voz, que parece proceder únicamente de la señora Snagsby, se oye con mucha frecuencia en Cook's Court. Al señor Snagsby, salvo en la medida en que halla expresión por conducto de esos melodiosos acentos, se lo oye raras veces. Es un hombre tranquilo, calvo, tímido, con el cráneo reluciente y un mechón de pelo negro que le brota en la nuca. Tiende a la mansedumbre y a la obesidad. Cuando se lo ve a su puerta en Cook's Court, con su bata gris de trabajo y sus manguitos de percal negro, mirando a las nubes, o cuando está tras su escritorio en su tienda oscura, con una pesada regla plana, recortando y arreglando un pergamino, en compañía de sus dos aprendices, no cabe duda de que es un hombre tranquilo y sin pretensiones. De debajo de sus pies surgen a menudo en esas ocasiones, como un fantasma inquieto y vociferante en su tumba, quejas y lamentaciones en la voz ya mencionada, y felizmente, en esas ocasiones, cuando las voces alcanzan un tono más agudo de lo habitual, el señor Snagsby les dice a sus aprendices: «Creo que mi mujercita le está riñendo a Guster»31. Ese nombre propio, utilizado así por el señor Snagsby, ha llevado ya a los ingenios más agudos de Cook's Court a señalar que así debería llamarse la señora Snagsby, dado que cabría con toda perfección y sentimiento llamarla Guster, como reflejo de su personalidad tormentosa. Sin embargo, es la posesión, y la única posesión, salvo 50 chelines al año y una cajita llena de ropa no muy buena, de una muchacha flaca procedente de un asilo (a la que, según algunos, bautizaron Augusta), que, pese a haber sido alquilada o contratada cuando estaba creciendo por un amable benefactor de la especie residente en Tooting32, y a que no puede haber dejado de criarse en las circunstancias más favorables, tiene «ataques» que la parroquia no puede explicar. Guster, que en realidad tiene veintitrés o veinticuatro años, pero aparenta diez más, sale barata debido a ese inexplicable problema de los ataques, y tiene tal terror de que la devuelvan a su santo patrón que, salvo cuando se la encuentra con la cabeza metida en el cubo, o en el fregadero, o en la olla, o en la comida, o en lo que tenga más a mano el momento del ataque, siempre está trabajando. Los padres y tutores de los aprendices la encuentran satisfactoria, pues consideran que no existe peligro de que inspire tiernas emociones en el pecho de los jóvenes; la señora Snagsby la encuentra satisfactoria, pues siempre puede encontrar algo que criticarle; el señor Snagsby la encuentra satisfactoria, pues cree que es un acto de caridad mantenerla. A ojos de Guster, el establecimiento del papelero es un Templo de abundancia y esplendor. Cree que el saloncito de arriba, siempre mantenido, cabría decir, con los rizadores y el delantal puestos, es el apartamento más elegante de la cristiandad. La vista que tiene de Cook's Court por un lado (por no mencionar un poquito de Cursitor Street) y del patio trasero de Coavinses, el alguacil del sheriff del otro, es a su entender un panorama de una belleza inigualable. Los retratos al óleo —y en abundancia— del señor Snagsby mirando a la señora Snagsby, y de la señora Snagsby mirando al señor Snagsby, son a sus ojos dignos de Rafael o de Tiziano. Sus múltiples privaciones no dejan de tener alguna compensación. El señor Snagsby remite a la señora Snagsby todo lo que no se refiere a los misterios prácticos del negocio. Ella es quien administra el dinero, quien se pelea con los recaudadores de contribuciones, designa el lugar y la hora de las devociones dominicales, autoriza las diversiones del señor Snagsby y no admite responsabilidades en cuanto a lo que considera adecuado servir de comida; tanto que se ha convertido en el ejemplo más alto de comparación entre las mujeres del vecindario, a todo lo largo de ambos lados de Chancery Lane, e incluso en Holborn, las cuales mujeres, en muchas disputas conyugales, suelen exhortar a sus maridos a que vean la diferencia que existe entre su posición (la de las mujeres) y la de la señora Snagsby, y su comportamiento (el de los maridos) y el del señor Snagsby. Los rumores, que siempre andan volando, como murciélagos, en torno a Cook's Court, y que entran y salen por las ventanas de todos. dicen que la señora Snagsby es celosa e inquisitiva y que el señor Snagsby se siente a veces tan hostigado que ha de irse de su casa, y que si fuera más hombre no lo aguantaría. Incluso se observa que las mujeres que lo mencionan a sus egoístas maridos como ejemplo y modelo, en realidad lo desprecian, y nadie con mayor desdén que una señora concreta de cuyo marido se sospecha y más que se sospecha que le mide las costillas con un paraguas. Pero es posible que esos vagos murmullos se deban a que el señor Snagsby es, a su aire, un hombre bastante meditabundo y poético, al que le gusta pasearse por Staple Inn en verano para ver el toque rural que le dan las golondrinas y los árboles, y recorrer Rolls Yard los domingos por la tarde y observar (si está de buen humor) que en el pasado ocurrieron muchas cosas, y que está seguro de que si se pusiera uno a cavar ahí mismo se encontraría más de un ataúd de piedra bajo aquella capilla. También solaza la imaginación imaginándose cuantos Cancilleres y Vicecancilleres y Maestres de Listas han muerto ya, y se siente tan hombre de campo cuando les cuenta a los dos aprendices que ha oído decir que antiguamente corría por el medio de Holborn un riachuelo «claro como el cristal», cuando Turnstile33 era verdaderamente un torno, que daba directamente a los prados; se siente tan hombre de campo, decimos, que nunca quiere ir al campo de verdad. Está terminando el día y se ha encendido el gas, pero todavía no se aprecia del todo, porque no es noche cerrada. El señor Snagsby, asomado a la puerta de su tienda y contemplando las nubes, ve que un cuervo, que ha salido tarde, recorre hacia el oeste el pedazo de cielo que pertenece a Cook's Court. El cuervo pasa directamente por encima de Chancery Lane, por Lincoln's Inn Garden y va hacia Lincoln's Inn Fields. Allí, en una casa grande, que antes era una casa noble, vive el señor Tulkinghorn. Hoy día se alquila por pisos, y en esos fragmentos reducidos de su anterior grandeza están hacinados los abogados, igual que gusanos en las cáscaras de nuez. Pero quedan las amplias escalinatas, los anchos pasillos y las grandes antecámaras, e incluso los techos pintados, donde una Alegoría, con casco romano y un lienzo celestial, se desparrama entre balaustradas y pilastras, flores, nubes y efebos de piernas carnosas y provoca un dolor de cabeza, como parece ser siempre el objetivo de toda Alegoría, más o menos. Aquí, en medio de sus múltiples cajas etiquetadas con nombres trascendentales, vive el señor Tulkinghorn, cuando no se halla presente y en silencio en casas de campo en las que se mueren de aburrimiento los grandes de la tierra. Aquí está hoy, sentado en silencio a su mesa. Una Ostra de la vieja escuela, que nadie puede abrir. Igual que aparece él a la vista aparece su apartamento en la oscuridad de esta tarde. Mohoso, anticuado, sin ganas de llamar la atención, dotado de los medios para conseguirlo. Lo rodean sillas grandes de ancho respaldo de caoba vieja y de crin de caballo, que no sería fácil levantar, mesas antiguas de patas torneadas y tableros de fieltro polvoriento, litografías regaladas por grandes títulos de la última generación, o de la anteúltima. Una alfombra turca gruesa y sucia tapa el suelo en la parte en que está sentado él, junto a dos velas metidas en candelabros anticuados de plata, que dan una luz muy insuficiente a su gran aposento. Los títulos de los lomos de sus libros se han confundido con la encuadernación; todo lo que es susceptible de tener cerradura la tiene; no se ve ni una llave. Hay muy pocos papeles a la vista. Tiene a su lado un manuscrito, pero no lo consulta. Con la tapa redonda de su tintero y con dos pedazos rotos de lacre está resolviendo silenciosa y lentamente alguna indecisión. Ahora estaba en el medio la tapa del tintero; después, el trozo de lacre negro, y después el trozo rojo. No es eso. El señor Tulkinghorn tiene que volver a recogerlos y a empezar. Aquí, bajo el techo pintado con una Alegoría reducida por el ángulo de visión, que contempla su intrusión como si quisiera lanzarse sobre él, y él no le hiciera ni caso, tiene el señor Tulkinghorn al mismo tiempo casa y oficina. No tiene sirvientes, salvo un hombre de mediana edad, generalmente un poco desaliñado, que se sienta en un alto reclinatorio en el vestíbulo y que raras veces está muy ocupado. El señor Tulkinghorn no es un cualquiera. No necesita pasantes. Es un gran depositario de confidencias, al que no hay acceso. Sus clientes lo quieren a él; es él quien importa. Cuando hay que preparar un escrito se lo preparan abogados especializados del Temple conforme a instrucciones misteriosas; cuando necesita copias en limpio las encarga a la papelería, sin reparar en gastos. El hombre de mediana edad del reclinatorio apenas si sabe más de los asuntos de la Nobleza que un barrendero de Holborn. El lacre rojo, el lacre negro, la tapa del tintero, la tapa del otro tintero, el estuche de la arenilla. ¡Eso es! Tú al medio, tú a la derecha, tú a la izquierda. Es evidente que esta serie de indecisiones ha de resolverse ahora o nunca... ¡Ahora! El señor Tulkinghorn se pone en pie, se ajusta las gafas, se pone el sombrero, se mete el manuscrito en el bolsillo, sale y le dice al hombre desaliñado de mediana edad: «Vuelvo en seguida.» Raras veces le dice nada más explícito. El señor Tulkinghorn hace el camino que hizo el cuervo —no tan recto, pero casi— a Cook's Court, Cursitor Street. A la tienda de Snagsby, Papelería de los Tribunales, se copian escrituras, letra cancilleresca en todas sus formas, etc. Son las cinco o las seis de la tarde, y sobre Cook's Court se cierne una fragancia aromática de té caliente. Se cierne en torno a la puerta de casa Snagsby. El horario de ésta es tempranero: la comida a la una y media y la cena a las nueve y media. El señor Snagsby estaba a punto de descender a las regiones subterráneas para tomar el té, cuando miró frente a su puerta y vio al cuervo que había salido tarde. —¿Está el amo? Guster está al cuidado de la tienda, pues los aprendices toman el té en la cocina, con el señor y la señora Snagsby; por eso las dos hijas de la costurera, que se peinan los rizos ante los cristales de las dos ventanas del segundo piso de la casa de enfrente, no están acaparando toda la atención de los dos aprendices, como les gusta a ellas suponer, sino que se limitan a provocar la admiración inútil de Guster, a la que no le crece el pelo, ni, según están seguros todos los demás, le va a crecer jamás. —¿Está el amo en casa? —pregunta el señor Tulkinghorn. El amo está en casa, y Guster va a buscarlo. Guster desaparece, feliz de salir de la tienda, que considera con una mezcla de temor y veneración como un almacén de instrumentos terribles de las grandes torturas de la ley: un lugar en el que no entrar cuando se apaga la luz de gas. Aparece el señor Snagsby: grasiento, caliente, herbal y masticando. Traga un pedazo de pan con mantequilla. Dice: —¡Bendito sea Dios! ¡El señor Tulkinghorn! —Quiero decirle algo, Snagsby. —¡Desde luego, señor! Pero, señor mío, ¿por qué no ha enviado a su empleado a buscarme? Por favor, señor, pase a la trastienda. —Snagsby se ha puesto radiante en un momento. La trastienda, que huele a grasa de pergamino, es al mismo tiempo almacén, oficina de contabilidad y sala de copias. El señor Tulkinghorn se sienta frente a la puerta, en un taburete del escritorio. —Jarndyce y Jarndyce, Snagsby. —¡Sí, señor! —El señor Snagsby abre la espita del gas y tose llevándose una mano a la boca, con modestas expectativas de lucro. Como el señor Snagsby es tímido, está acostumbrado a toser con diversas expresiones, con lo cual ahorra palabras. —Hace poco me copió usted algunas declaraciones juradas de esa causa. —Sí, señor; así es. —Había una de ellas —dice el señor Tulkinghorn metiendo la mano como distraídamente (¡Ostra cerrada imposible de abrir de la vieja escuela!) en el bolsillo equivocado de la levita— con una escritura desusada y que me gusta bastante. Como pasaba por aquí y creí que la llevaba encima, he entrado a preguntarle a usted..., pero no la tengo. No importa, da igual otra vez. ¡Ah, aquí está! Quería preguntarle quién hizo esta copia. —¿Que quién hizo esta copia, señor? —exclama el señor Snagsby tomándola en la mano y separando todas las hojas de un golpe, con un giro de la mano derecha característico de los papeleros—. Ésta la mandamos afuera, señor. En aquellas fechas estábamos dando mucho trabajo afuera. En un momento se lo digo, en cuanto consulte mi Libro. El señor Snagsby saca su Libro de la caja fuerte, traga otra vez el pedazo de pan con mantequilla, que parece haberse quedado a medio camino, y recorre con el índice derecho una página del Libro: «Jewby... Packer... Jarndyce ... » —¡Jarndyce! Aquí lo tiene, señor mío —dice el señor Snagsby—. ¡Claro! Tendría que haberlo recordado. Esto se le dio a un Copista que vive justo al otro lado de la calleja. El señor Tulkinghorn ha visto la entrada, la ha encontrado antes que el papelero, la ha leído antes de que el dedo terminara de recorrer la lista. —¿Cómo se llama? ¿Nemo? —pregunta el señor Tulkinghorn. —Sí, señor; Nemo. Aquí lo tiene. Cuarenta y dos folios de a 90 palabras. Entregado el miércoles por la noche, a las ocho; devuelto el jueves por la mañana, a las nueve y media. —¡Nemo! —exclama el señor Tulkinghorn—. Nemo significa Nadie en latín. —Debe de significar alguien en inglés, señor, según creo —aventura el señor Snagsby con una tosecilla —de deferencia—. Es el nombre de alguien. ¡Mire aquí, señor! 42 folios. Entregado el miércoles noche a las ocho; devuelto el jueves mañana, a las nueve y media. El rabillo del ojo del señor Snagsby percibe la cabeza de la señora Snagsby que se aventura por la puerta de la tienda a ver qué significa el que él haya renunciado al té. El señor Snagsby dirige una tosecilla explicativa a la señora Snagsby, como para decirle: «Un cliente, querida mía! ». —A las nueve y media, señor —repite el señor Snagsby—. Nuestros copistas, que viven del trabajo a destajo, son gente rara; es posible que éste no se llame así, pero es el nombre que utiliza. Ahora recuerdo, señor mío, que es el que utiliza en un anuncio escrito que pone en la Oficina de Normas y en la Oficina de los Magistrados de la Corona y en las Cámaras de los Magistrados, etc. Ya sabe usted el documento que digo, señor... pidiendo trabajo. El señor Tulkinghorn echa un vistazo por la ventanita a la trasera de Coavinses, el alguacil del sheriff, donde brillan luces en las ventanas de Coavinses. La sala de café de Coavinses está en la trasera, y en las persianas se perciben vagamente las sombras de varios individuos. El señor Snagsby aprovecha la oportunidad para girar algo la cabeza, mirar por encima del hombro a su mujercita y hacer gestos de excusa con la boca, que significan: «Tulking-horn-ri-co-in-flu-yen-te.» —¿Le ha dado trabajo antes a ese hombre? —pregunta el señor Tulkinghorn. —¡Sí, señor, sí! Trabajo de usted. —Estaba pensando en cosas más importantes y he olvidado dónde dijo usted que vivía. —Al otro lado de la calle, señor. De hecho se aloja en una... —El señor Snagsby traga otra vez, como si no pudiera pasar el pan con mantequilla—, ... en una trapería y tienda de cosas de segunda mano. —¿Me puede usted enseñar dónde está, en el camino de vuelta a mi casa? —¡Con sumo gusto, señor! El señor Snagsby se quita los manguitos y la bata gris, se pone su levita negra y toma el sombrero del perchero. —¡Ah! ¡Aquí está mi mujercita! —dice en voz alta—. Querida mía, ¿tendrás la bondad de decir a uno de los chicos que se encargue de la tienda mientras yo voy enfrente con el señor Tulkinghorn? Le presento a la señora Snagsby, caballero. ¡No tardo ni un minuto, amor mío! La señora Snagsby se inclina ante el abogado, se retira tras el mostrador, los mira por la persiana, vuelve en silencio a la trastienda, consulta las entradas del libro que sigue abierto. Evidentemente, siente curiosidad. —Ya verá usted que es un sitio vulgar, señor —dice el señor Snagsby, que por deferencia anda por la calzada y deja la estrecha acera al abogado—, y que esta persona es muy vulgar. Pero es que en general por aquí son todos muy ordinarios, señor. La ventaja de este tipo concretamente es que nunca duerme. Si se le pide, puede trabajar sin interrupción todo el tiempo que se quiera. Ya es de noche, y los faroles de gas hacen bien su trabajo. El abogado y el papelero, en medio de una corriente de pasantes que van a echar las cartas del día, y de procuradores y abogados que se van a cenar a casa, y de demandantes y demandados, y de pleiteantes de todo tipo, y de la multitud en general, a la cual la sabiduría jurídica de siglos ha opuesto un millón de obstáculos para la transacción de los asuntos más vulgares de la vida —pues han de luchar contra el derecho y la equidad, y ese misterio afín que es el barro callejero, que está hecho nadie sabe con qué ni dónde, pues sólo sabemos en general que cuando lo hay en exceso hay que quitarlo con pala—, llegan a una trapería y emporio general de gran cantidad de mercancías de desecho, que yace a la sombra de la muralla de Lincoln's Inn, y que pertenece, como se anuncia en pintura a todos los interesados, a un tal Krook. —Aquí vive, señor mío —dice el papelero. —¿Así que vive aquí? —dice el abogado en tono indiferente—. Muchas gracias. —¿No va usted a entrar, caballero? —No, gracias, no; ahora voy a los Fields. Buenas noches. ¡Gracias! El señor Snagsby se quita el sombrero y vuelve con su mujercita y su té. Pero ahora el señor Tulkinghorn no va a los Fields. Hace un poco de camino, se da la vuelta, regresa a la tienda del señor Krook y entra directamente. Está bastante oscura, con alguna que otra vela parpadeante en las ventanas, y hay un anciano en la trastienda sentado junto a una gata, al lado de una chimenea. El anciano se levanta y se adelanta, con otra vela parpadeante en la mano. —Dígame, ¿está su huésped? —¿El hombre o la mujer, señor? —pregunta el señor Krook. —El hombre. La persona que hace las copias. El señor Krook ha mirado atentamente a este hombre. Lo conoce de vista. Tiene una vaga impresión de su fama de aristócrata. —¿Desea usted verle, señor? —Sí. —Yo le veo muy poco —dice Krook con una sonrisa—. ¿Quiere que le llame? Pero no es muy probable que baje, señor. —Entonces subiré yo a verlo —dice el señor Tulkinghorn. —Segundo piso, señor. Tome la vela. ¡Ahí arriba! —El señor Krook, con su gato al lado, se queda al pie de la escalera, mirando al señor Tulkinghorn, y dice: «Je, je!» cuando el señor Tulkinghorn casi ha desaparecido. El abogado mira hacia abajo por el hueco de la escalera. La gata abre la boca cruel y le gruñe. —¡Orden, Lady Jane! ¡Hay que comportarse con los visitantes, señora mía! ¿Sabe usted lo que dicen de mi huésped? —susurra Krook, subiendo uno o dos escalones. —¿Qué dicen de él? —Dicen que se ha vendido al Enemigo Malo, pero usted y yo sabemos que no... Ése no compra. Pero le voy a decir una cosa: mi huésped es tan malhumorado y tan triste que creo que igual le daría hacer ese tipo de negocio que otro cualquiera. No le ponga nervioso, señor. ¡No se lo aconsejo! El señor Tulkinghorn sigue su camino con un gesto de la cabeza. Llega a la puerta oscura del segundo piso. Golpea, no recibe respuesta, la abre, y sin darse cuenta al hacerlo apaga su vela. El aire de la habitación está casi lo bastante viciado para tener el mismo efecto, aunque no la hubiera apagado él. Es una habitación pequeña, casi negra de hollín, grasa y polvo. En una esquelética parrilla, encogida en el medio, como si le hubiera dado un pellizco la Pobreza, arden unas brasas de carbón. En el rincón junto a la chimenea hay una mesita y un escritorio roto, un páramo inundado por una lluvia de tinta. En otro rincón un portamantas viejo puesto encima de una de las dos sillas hace de armario o guardarropa, y no hace falta nada más grande, pues está tan vacío como la boca de un hambriento. El piso está desnudo, salvo una estera vieja y reducida a una serie de tiras deshilachadas que yace moribunda ante el hogar. No hay ninguna cortina que vele la oscuridad de la noche, pero las contraventanas descoloridas están cerradas, y por dos agujeritos taladrados en ellas podría estar mirando el hambre, o el espíritu fantasmal que ha perseguido el hombre que yace en la cama. Pues en un camastro frente al fuego, en medio de una confusión de remiendos sucios, en un somier esquelético cubierto de arpilleras, el abogado que mira titubeante desde el umbral ve a un hombre. Está echado ahí, vestido con una camisa y unos pantalones, con los pies descalzos. Tiene aspecto amarillento a la luz espectral de una vela que está agonizando, hasta el punto de que toda la mecha (todavía ardiente) se ha dado la vuelta y tiene por encima de sí una torre de cera. Tiene el pelo despeinado, enredado con las patillas y la barba, también despeinados y largos, efecto del descuido, como la suciedad y la niebla que lo rodean. Pese a lo sucio y maloliente que es el cuarto, a lo sucio y maloliente que está el aire, no resulta fácil percibir cuáles son los vapores que más oprimen los sentidos allí, pero en medio del mal olor y la peste generales, y del olor a tabaco rancio, llega a la boca del abogado el aroma acre y dulzón del opio. —¡Hola, amigo mío! —exclama el abogado, y golpea en la puerta con su palmatoria de hierro. Cree haber despertado a su amigo. Éste yace un poco vuelto de lado, pero no cabe duda de que tiene los ojos abiertos. —¡Eh, amigo mío! —vuelve a exclamar—. ¡Oiga! ¡Oiga! Mientras golpea en la puerta, la vela que llevaba tanto tiempo agonizando se apaga y lo deja en la oscuridad, con los ojos vacíos de las contraventanas contemplando la cama. CAPÍTULO 11 Nuestro querido hermano Algo que toca la mano arrugada del abogado mientras éste se halla en el cuarto a oscuras lo sobresalta, y exclama: —¿Qué pasa? —Soy yo —replica el viejo dueño de la casa, dándole con el aliento en la oreja—. ¿No puede despertarle? —No. —¿Qué ha hecho usted con su vela? —Se me ha apagado. Aquí está. Krook la toma, se acerca al fuego, se inclina ante las ascuas rojas y trata de encenderla. Las brasas moribundas no le dan fuego, y sus intentos son vanos. El viejo murmura, tras llamar sin resultado a su huésped, que va a bajar para traer una vela encendida de la tienda, y se marcha. El señor Tulkinghorn, por algún nuevo motivo que se le ha ocurrido, no espera a que vuelva a la habitación, sino que sale a las escaleras. Pronto se ve en la pared el brillo de la ansiada vela, cuando Krook vuelve a subir lentamente, con su gata de ojos verdes a los talones. —¿Duerme generalmente así este hombre? —pregunta el abogado en voz baja. —¡Je! No lo sé —dice Krook sacudiendo la cabeza y levantando las cejas—. No sé casi nada de sus costumbres; sólo que es muy reservado. Mientras susurran estas palabras, entran juntos en la habitación. Al entrar la luz, los grandes ojos de las contraventanas se oscurecen y parecen cerrarse. No así los ojos del que está en la cama. —¡Dios nos ayude! —exclama el señor Tulkinghorn—. ¡Ha muerto! Krook deja caer la pesada mano que ha tomado, tan de golpe que el brazo se queda balanceando al lado de la cama. Se miran el uno al otro un momento. —¡Mande a buscar un médico! Llame a la señorita Flite, la de arriba, señor. ¡Hay veneno junto a la cama! Llame a Flite, por favor —dice Krook con las flacas manos abiertas sobre el cadáver, como las alas de un vampiro. El señor Tulkinghorn va corriendo al descansillo y llama: —¡Señorita Flite! ¡Flite! ¡Venga corriendo, sea usted quien sea! ¡Flite! Krook lo sigue con la mirada y mientras el otro llama encuentra una oportunidad de deslizarse hasta el viejo portamantas y volver a toda prisa. —¡Corra, Flite, corra! ¡El doctor que haya más cerca! ¡Vaya corriendo! —es lo que dice Krook a una mujercita loca que es su huésped femenino, que aparece y desaparece en un instante y vuelve en seguida acompañada de un médico malhumorado arrancado a su cena, con el bigote manchado de tabaco y un marcado acento escocés. —¡Pues sí! Bendita sea su alma —dice el médico mirándolos tras hacer un reconocimiento rápido—. Está más muerto que un Faraón. El señor Tulkinghorn, que se halla junto al portamantas, pregunta si hace algún tiempo que ha muerto. —¿Algún tiempo, señor mío? —pregunta el médico—. Lo más probable es que lleve muerto unas tres horas. —Más o menos eso, diría yo —observa un joven de pelo negro desde el otro lado de la cama. —¿También pertenece usted a la clase médica, caballero? —pregunta el primero. El joven moreno dice que sí. —Entonces me marcho —replica el otro—, porque aquí yo no puedo hacer nada —con cuya observación termina su breve visita y se vuelve a casa a terminar de cenar. El joven médico moreno pasa la vela una vez tras otra por encima de la cara y examina atentamente al copista, que ha justificado su nombre adoptivo al convertirse verdaderamente en Nadie. —Conocía muy bien de vista a esta persona —dice—. Me compraba opio desde hace año y medio. ¿Es alguno de ustedes pariente de él? —pregunta con una mirada a los tres testigos. —Yo era su casero —responde lúgubre Krook, que toma la vela de la mano que le alarga el médico—. Una vez me dijo que yo era su pariente más cercano. —Ha muerto —dice el médico— de una sobredosis de opio, sin lugar a dudas. Toda la habitación apesta a opio. Aquí mismo —tomando una tetera vieja de manos de Krook— hay suficiente para matar a una docena de personas. —¿Cree usted que lo hizo adrede? —pregunta Krook. —¿Tomarse la sobredosis? —¡Sí! —Krook casi chasquea la lengua, pues está lleno de interés malsano. —No puedo decirlo. Lo considero improbable, pues tenía la costumbre de consumir mucho. Pero no se puede saber. Supongo que era muy pobre. —Supongo que sí. Su cuarto... no es el de un rico —dice Krook, que tiene la misma mirada que su gato, y lo contempla todo con curiosidad. Pero yo nunca había entrado en él desde que lo tomó, y era demasiado reservado para decirme cómo estaba de dinero. —¿Le debía el alquiler? —Seis semanas. —Pues no se lo va a pagar ya —dice el joven, que reanuda su reconocimiento—. No cabe duda de que, efectivamente, está más muerto que un Faraón, y a juzgar por su aspecto y su estado yo diría que ha sido una liberación. Y eso que debe haber tenido buena figura de joven, y buen aspecto. —Dice esto no sin sentimiento, mientras se sienta al borde de la cama, la cara vuelta hacia la del muerto y la mano sobre el corazón de éste—. Recuerdo haber pensado alguna vez que había en sus modales, pese a su rudeza, algo que revelaba a alguien que había venido a menos. ¿Acerté? —pregunta mirando a su alrededor. —A mí es como si me preguntara por las señoras cuyo pelo tengo metido en bolsas ahí abajo. No sé más de él que era mi huésped desde hacía un año y medio y que vivía (o malvivía) de hacer copias. No sé más —replica Krook. Durante este diálogo el señor Tulkinghorn se ha mantenido apartado junto al portamantas, con las manos a la espalda, igualmente distante, según todas las apariencias, de los tres tipos de interés exhibidos junto a la cama: el interés profesional del joven médico ante la muerte, perceptible como algo distinto de sus observaciones sobre el fallecido como persona; la morbosidad del anciano y el temor reverencial de la viejecita local. Su cara imperturbable se ha mantenido tan inexpresiva como sus sombrías ropas. Ni siquiera se podría decir si ha pasado todo este rato pensando. No ha dado muestras de paciencia ni de impaciencia, de atención ni de abstracción. No ha mostrado más que su exterior. Sería más fácil deducir el tono de un instrumento musical delicado por su exterior que el tono del señor Tulkinghorn por su exterior. Ahora se interpone y se dirige al joven médico con su aire impasible y profesional: —Vine aquí —observa— justo antes que usted con la intención de dar a este hombre que acaba de morir, y a quien nunca había visto en vida, algo de trabajo en su oficio de copista. Había oído hablar de él a mi papelero: Snagsby, de Cook's Court. Como aquí nadie sabe nada de él, quizá conviniera mandar a llamar a Snagsby. ¡Ah! —dirigiéndose a la viejecita loca que lo ha visto muchas veces en los tribunales, y a quien él también ha visto muchas veces en el Tribunal, y que propone, con gestos mudos y atemorizados, ir a buscar al papelero—. ¿Por qué no va usted? Cuando se va ella, el médico renuncia a su investigación desesperanzada y cubre al muerto con la colcha llena de remiendos. El señor Krook y él intercambian una o dos palabras. El señor Tulkinghorn no dice nada, pero se mantiene en todo momento junto al viejo portamantas. El señor Snagsby llega corriendo con su bata gris y sus manguitos. —Dios mío, Dios mío —dice—, ¡pensar que iba a ocurrir esto! ¡Dios se apiade de nosotros! —Snagsby, ¿puede usted dar a la persona de la casa alguna información acerca de este pobre ser? —pregunta el señor Tulkinghorn—. Parece que estaba atrasado en el alquiler. Y comprenderá usted que hay que enterrarlo. —Bueno, señor —dice el señor Snagsby con su tosecilla de pedir excusas, tapándose la boca con la mano— La verdad es que no sé qué puedo aconsejar, salvo mandar a buscar al bedel34 —No hablo de consejos —replica el señor Tulkinghorn—. Yo podría aconsejar... —Nadie mejor que usted, señor, claro —dice el señor Snagsby con su tosecilla de deferencia. —Hablo de que nos dé alguna indicación de sus relaciones, o de dónde procedía, o cualquier cosa que sepa usted de él. —Le aseguro, señor —dice el señor Snagsby, tras prefaciar su respuesta con su tosecilla propiciatoria en general—, que no tengo más idea de dónde procedía que... —Que de adónde se ha ido, quizá —dice el médico para ayudarlo. Una pausa. El señor Tulkinghorn mira al papelero. El señor Krook, con la boca abierta, mira a ver si hay alguien que hable después. —Y en cuanto a su familia, caballero —dice el señor Snagsby—, si alguien viniera a decirme: «Snagsby, hay 20.000 libras para ti, depositadas en el Banco de Inglaterra, si me das el nombre de un solo pariente», pues ni aún así podría decírselo, señor. Hace más o menos un año y medio, que yo sepa, cuando vino a alojarse aquí en la trapería... —¡Exactamente! —corrobora el señor Krook. —Hace más o menos un año y medio —continúa diciendo el señor Snagsby, fortalecido— vino una mañana a mi casa después del desayuno y cuando vio a mi mujercita (que es como suelo yo llamar a la señora Snagsby) en la tienda le enseñó una muestra de su letra y le dio a entender que buscaba trabajo de copista y que estaba, por no andar con circunloquios (frase que es un eufemismo favorito del señor Snagsby y que siempre pronuncia con una especie de sinceridad pugnaz) en mala situación. Por lo general, a mi mujercita no le agradan los desconocidos, sobre todo, por no andar con circunloquios, cuando vienen a pedir algo. Pero había algo en él que la impresionó; fuera porque iba sin afeitar, o porque llevaba el pelo largo, o por cualquier otro motivo de esos que impresionan a las mujeres, lo que ustedes prefieran, pero el hecho es que le aceptó la muestra y la dirección. Mi mujercita no tiene buen oído para los nombres —prosigue el señor Snagsby tras consultar su tosecilla de reflexión mientras se tapa la boca con la mano—y creyó que Nemo sería algo así como Nimrod. En consecuencia de lo cual que empezó a decirme en todas las comidas: «Señor Snagsby, ¡todavía no le ha encontrado nada a Nimrod!», o «Señor Snagsby, ¿por qué no le ha dado a Nimrod los 38 folios de la Cancillería?», y cosas así. Y así fue cómo gradualmente empezó a hacernos trabajos externos, y eso es lo único que sé de él, salvo que escribía rápido y que no le asustaba trabajar de noche, y que si le daba uno, digamos, 45 folios el miércoles por la noche se lo traía hecho el jueves por la mañana. Todo lo cual, como no tengo duda, confirmaría mi honorable amigo si estuviera en condiciones de hacerlo —termina diciendo como en busca de confirmación el señor Snagsby con un gesto cortés del sombrero hacia la cama. —¿No convendría —pregunta el señor Tulkinghorn a Krook— que mirase usted a ver si tiene algún documento que nos aclare algo? Va a haber que celebrar una encuesta y le van a preguntar si lo ha hecho. ¿Sabe usted leer? —No, no sé —replica el anciano con una sonrisa repentina. —Snagsby —dice el señor Tulkinghorn—, si este hombre no sabe leer, mire usted por esta habitación en su lugar. Si no, va a ser él quien tenga problemas o dificultades. Como ya estoy aquí, si se dan ustedes prisa, esperaré, y después podré declarar por él, si es que llega a ser necesario, que todo se ha hecho como se debía. Amigo mío, si mantiene usted en alto la vela para el señor Snagsby, pronto averiguará si hay algo por aquí que le sirva de ayuda. —En primer lugar, señor, hay un portamantas viejo —dice Snagsby. —¡Vaya, pues es verdad! —El señor Tulkinghorn parece no haberlo visto antes, aunque está justo a su lado, y aunque Dios sabe que no hay muchas más cosas en la habitación. El trapero sostiene la luz y el papelero realiza la búsqueda. El médico se apoya en la esquina de la chimenea; la señorita Flite mira y tiembla junto al umbral. El viejo erudito de la vieja escuela, con sus calzones negros mate atados con lazos bajo las rodillas, su gran chaleco negro, su, levita negra de largas mangas y su trocito de pañuelo blanco y blando, anudado con el lazo que la Nobleza conoce tan bien, sigue exactamente en el mismo sitio y con la misma actitud. En el viejo portamantas hay algo de ropa sin valor, un manojo de resguardos de casas de empeños, cual billetes de peaje expedidos en la carretera de la Pobreza; hay unos papeles arrugados que huelen a opio, en los que están garabateados recordatorios, como «tal y tal día tomé tantos granos», «tal y tal día tomé tantos más», iniciados hace algún tiempo, como con la intención de continuar regularmente, pero abandonados al cabo de poco tiempo. Hay unos trozos sucios de periódico, todos ellos referidos a Encuestas del Coroner35 no hay nada más. Buscan en la alacena y en el cajón del escritorio manchado de tinta. No hay ni un fragmento de una carta antigua ni ningún otro escrito. El joven médico examina lo que lleva puesto el copista. No encuentra más que una navaja y unas cuantas monedas de medio penique. Después de todo, la sugerencia del señor Snagsby es una sugerencia práctica, y hay que llamar al bedel. Así que la viejecita loca va a buscar al bedel y los demás salen de la habitación. El médico dice: —¡No deje ahí al gato! No estaría bien —ante lo cual el señor Krook echa a la gata para que salga antes que él, y el animal baja furtivamente las escaleras, enroscando la flexible cola y lamiéndose los labios. —¡Buenas noches! —dice el señor Tulkinghorn, y se va a casa con su Alegoría y sus meditaciones. La noticia ya ha llegado a la plazuela. Se reúnen grupos de sus habitantes a comentar lo ocurrido, y las avanzadillas del ejército de observación (integradas, sobre todo, por muchachos) llegan hasta la ventana del señor Krook, que someten a un estrecho cerco. Ya ha subido al cuarto un policía, que ha vuelto a bajar a la puerta, donde queda erguido como una torre, sin condescender más que de vez en cuando a mirar a los muchachos que hay en su base, Perkins, que llevaba unas semanas sin hablarse con la señora Piper, debido a un incidente en el que el joven Perkins le «atizó» al joven Piper «un sopapo», reanuda sus relaciones de amistad, dado lo fausto de la circunstancia. El mozo de la taberna de la esquina, que es un observador privilegiado, pues posee un conocimiento oficial de la vida y a veces tiene que tratar con borrachos, intercambia información confidencial con el policía, y tiene todo el aspecto de ser un joven inexpugnable, inasaltable por las porras e indetenible en las comisarías. La gente se habla desde las ventanas de uno a otro lado de la plazuela, y de Chancery Lane llegan corriendo a toda prisa exploradores sin sombrero para enterarse de lo que pasa. En general, parece existir la sensación de que es una suerte que no se cargaran primero al señor Krook, mezclada con un pequeño desencanto natural de que no haya sido así. En medio de esta sensación, llega el bedel. Aunque, en general, en el vecindario se opina que la del bedel es una institución ridícula, en estos momentos no carece de una cierta popularidad, aunque sólo sea como en cargado de ir a ver el cadáver. El policía considera que se trata de un civil imbécil, una reliquia de los tiempos bárbaros en que había vigilantes nocturnos, pero lo deja pasar, como algo que es necesario soportar hasta que el Gobierno decida abolirlo. Aumenta la sensación al correr de boca en boca la noticia de que ha llegado el bedel y ha entrado en la casa. Al cabo de un rato sale el bedel, lo cual vuelve a aumentar la sensación, que había languidecido algo entre tanto. Hace saber que necesita testigos para la Encuesta de mañana, para que digan al Coroner y al jurado lo que haga falta acerca del difunto. Inmediatamente le dan una serie innumerable de nombres de personas que no saben nada en absoluto. Lo ponen cada vez más atontado con constantes datos, como que el hijo de la señora Green «también era copista, y lo conocía mejor que nadie», pero cuando se pregunta, resulta que el tal hijo de la señora Green lleva tres meses embarcado en un buque rumbo a China, aunque se considera que se le puede preguntar por telégrafo, si se pide a los Lores del Almirantazgo. El bedel entra en varios comercios y salones para interrogar a sus habitantes; siempre cierra al puerta al entrar, y con esa exclusión, los retrasos y su idiotez general, exaspera al público. Se ve al policía sonreír al mozo de la taberna. El público pierde interés y reacciona. Acusa al bedel, con voces agudas de adolescentes, de haber hervido un niño; se cantan fragmentos del estribillo de una canción popular en el sentido de que el niño se convirtió en sopa para el asilo. El policía, por fin, considera necesario defender la ley y agarrar a uno de los vocalistas, al que suelta cuando los demás echan a correr, a condición de que se vaya inmediatamente, ¡vamos!, y termine de una vez, condición que se cumple inmediatamente. Y así va desapareciendo de momento la sensación, y el policía, impasible (para quien un poco de opio más o menos no es nada), con su casco brillante, su corbatín rígido, su capote inflexible, su ancho cinturón y su brazalete, y todos sus arreos, sigue su camino a paso lento, dándose palmadas con las manos enguantadas de blanco, y parándose de vez en cuando en las esquinas para ver si encuentra cualquier cosa, desde un niño perdido hasta un asesinato. Bajo el manto de la noche, el tonto del bedel va recorriendo Chancery Lane con sus citaciones, en las que están escritos mal los nombres de todos los jurados, y no hay nada bien salvo el nombre del propio bedel, que nadie quiere saber ni puede leer. Una vez entregadas las citaciones y advertidos los testigos, el bedel va a casa del señor Krook, a acudir a una cita que tiene con unos mendigos, a los que al llegar se lleva arriba, donde dan a los grandes ojos de las persianas algo nuevo que contemplar, en esa última forma que las moradas terrenales adoptan para quien ya no es Nadie y que somos Todos. Y toda aquella noche, el ataúd queda al lado del portamantas, y la figura solitaria de la cama, cuyo camino en la vida duró cuarenta y cinco años, yace allí, sin haber dejado más huella tras de sí, que nadie sepa, que si fuera un recién nacido abandonado. Al día siguiente, la plazuela hierve; es igual que una feria, como dice la señora Perkins, más que reconciliada con la señora Piper, en amigable conversación con esta excelente dama. El Coroner celebrará la Encuesta en la sala del primer piso de la taberna de las Armas del Sol, donde se celebran las Reuniones de la Filarmonía dos veces por semana, y donde ocupa la presidencia un caballero profesionalmente célebre, frente al Pequeño Swills36, el vocalista cómico, el cual espera (según dice el programa que hay en la ventana) que vengan a verlo sus amigos, en apoyo de un talento de primera. Las Armas del Sol está muy concurrida toda la mañana. Incluso los niños están en tal necesidad de sustento, que un vendedor ambulante que se ha establecido momentáneamente en la esquina de la plazuela, comenta que sus bolas de limón se venden a toda velocidad. Y el bedel, que corre de la puerta del establecimiento del señor Krook a la de las Armas del Sol, muestra el curioso objeto que se halla bajo su custodia a unos cuantos espíritus discretos y acepta a cambio el cumplido de algún que otro vaso de cerveza. A la hora designada llega el Coroner, a quien están esperando los jurados y a quien se recibe con un retumbar de bolos de la estupenda bolera que hay en terreno seco junto a las Armas del Sol. El Coroner frecuenta más tabernas que nadie. En su profesión, el olor a serrín, cerveza, humo de tabaco y licores es inseparable de la muerte en sus más terribles formas. El bedel y el tabernero lo llevan a la Sala de Reuniones de la Filarmonía, donde deja el sombrero encima del piano y toma una silla Windsor a la cabecera de una mesa larga, formada por varias mesas cortas puestas juntas, y ornamentada con anillos glutinosos en interminables círculos no concéntricos, dejados por jarras y vasos. Todos los Tarados que pueden amontonarse a la mesa se sientan a ella. El resto se distribuye entre las escupideras y las barricas, o se apoya en el piano. Sobre la cabeza del Coroner hay una pequeña guirnalda de hierro, el tirador de una campana, lo que da a la Majestad del Tribunal el aspecto de que dentro de poco la van a ahorcar. ¡Que preste juramento el Jurado! Mientras avanza la ceremonia se crea una sensación por la entrada de un hombrecillo regordete con un cuello de camisa enorme, los ojos húmedos y la nariz inflamada, que modestamente ocupa un puesto cerca de la puerta como si perteneciera al público en general, pero que también parece conocer la sala. Circula el rumor de que es el Pequeño Swills. No se considera improbable que vaya a preparar una imitación del Coroner y la convierta en el programa principal de la Reunión de la Filarmonía de la tarde. —Bien, señores —empieza a decir el Coroner. —¡Silencio en la sala! —exclama el bedel. No se dirige al Coroner, aunque lo parezca. —Bien, señores —continúa diciendo el Coroner—. Se han reunido ustedes aquí para investigar el fallecimiento de cierto hombre. Escucharán ustedes testimonios acerca de las circunstancias en que se produjo ese fallecimiento y pronunciarán su veredicto conforme a (¡esos bolos! ¡Haga usted que se paren, bedel!) esos testimonios, y no conforme a ninguna otra cosa. Lo primero que hay que hacer es examinar el cadáver. —¡Dejen paso! —grita el bedel. Y salen todos en procesión informe, como un cortejo funerario que se ha ido rezagando, y realizan su inspección en el cuarto de atrás del segundo piso del señor Krook, del cual algunos de los Jurados se retiran pálidos y precipitadamente. El bedel se encarga atentamente de que dos caballeros, cuyos puños y botones no están demasiado limpios (para cuya comodidad ha colocado una mesita especial cerca del Coroner, en la Sala de Reuniones de la Filarmonía), puedan ver todo lo que hay que ver. Porque son los cronistas públicos de esas investigaciones, que cobran por línea publicada, y él no está por encima de la enfermedad humana universal, sino que espera leer en letra impresa lo que «Mooney, el activo e inteligente bedel del distrito», hizo y dijo, e incluso aspira a ver el nombre de Mooney mencionado con tanta familiaridad y respeto como el del Verdugo, según los últimos ejemplos. El Pequeño Swills está esperando al Coroner y al jurado cuando vuelven éstos. También el señor Tulkinghorn. Se brinda al señor Tulkinghorn una acogida deferente, y se le da una silla cerca de la del Coroner, entre ese alto funcionario judicial, un billar romano y la caja del cisco. Continúa la Encuesta. Al Jurado se le informa de cómo murió el objeto de su investigación, pero no se le dice nada más a su respecto. El Coroner anuncia: —Señores, se halla entre nosotros un jurista eminentísimo, que, según se me ha comunicado, estaba presente por casualidad cuando se descubrió el fallecimiento, pero no podría más que repetir la información que ya han oído ustedes del médico, el casero, la huésped y el papelero, y no es necesario molestarlo. ¿Hay entre el público alguien que pueda aportar más datos? La señora Perkins empuja adelante a la señora Piper. La señora Piper presta juramento. Anastasia Piper, señores. Casada. Y bien, señora Piper, ¿qué tiene usted que comunicarnos? Bueno, la señora Piper tiene mucho que decir, sobre todo entre paréntesis y sin puntuación, pero no muchas cosas que comunicar. La señora Piper vive en la plazuela (y su marido es ebanista) y es muy conocida en el vecindario (desde la antevíspera del bautismo en privado37 de Alexander James Piper, de dieciocho meses y cuatro días de edad, porque no esperábamos que viviera mucho tiempo ay señores cómo sufría el pobrecito de las encías) cuando se dijo que el Demandante (que es como insiste la señora Piper en llamar al muerto) se dijo que había vendido su alma. Cree que fue por el aire que tenía el Demandante por lo que se empezó a hablar de eso. Veía a menudo al Demandante y tenía un aire tan feroz que no permitía que los niños se le acercaran que eran tímidos (y si alguien lo duda, que venga la señora Perkins porque aquí está y que diga ella que nadie puede decir nada malo de ella ni de su marido ni de su familia). Ha visto al Demandante atacado e insultado por los niños (porque ya se sabe cómo son los niños y no hay que esperar que sobre todo si son niños sanos que se porten como si fueran Matusalenes y encima él no era ningún santo). Por eso y por la manera que tenía la piel ella ha soñado muchas veces que se sacaba un hacha del bolsillo y le partía la cabeza a Johnny (porque el niño no sabe lo que es el miedo y ha ido corriendo detrás de él muchas veces). Pero nunca vio que el Demandante se sacara del bolsillo un hacha ni ningún arma ni mucho menos. Veía que se echaba a correr cuando le insultaban o le corrían detrás como si no le gustaran los niños y nunca le vio hablar con niños ni con mayores nunca (menos el chico que barre el cruce de la calle allá junto a la esquina que si estuviera aquí le diría que le ha hablado muchas veces). ¿Está aquí ese chico? pregunta el Coroner. Y el bedel dice que no, señor, no está. Dice el Coroner que vayan a buscarlo. En ausencia de personas activas e inteligentes, el Coroner conversa con el señor Tulkinghorn. ¡Ah! ¡Aquí está el muchacho, señores! Aquí está, todo sucio, todo ronco, todo harapos. ¡Vamos, chico! Pero un momento, atención, a este chico hay que pasarlo por las fases preliminares. Nombre, Jo. Nada más, que él sepa. No sabía que todo el mundo tiene nombre y apellido. Naide se lo había dicho. No sabía que Jo es un diminutivo. A él le basta y le sobra. A él no le paice mal. Que cómo se escribe. No, él no sabe escribir. No tiene padre, ni madre, ni amigos. Nunca ha ido a la escuela. ¿Su casa? Lo único que sabe es que una escoba es una escoba, y que no hay que contar mentiras. No recuerda quién le habló de la escoba, ni de los de las mentiras, pero ésas son las dos cosas de las que está seguro. No sabe exactamente lo que le harán cuando se muera si dice una mentira a estos señores, pero cree que será algo muy malo para castigarle, y bien merecido, y por eso él dice la verdad. —¡Señores, esto no puede ser! —observa el Coroner con un gesto melancólico de la cabeza. —¿Cree usted que no puede recibir su declaración, señoría? —pregunta un jurado atento. —Imposible —replica el Coroner—. Ya han oído al chico. «No lo sé exactamente» es algo que no se puede admitir. No podemos admitir eso en un Tribunal de justicia, señores. Es verdaderamente horrible. ¡Que se lleven al muchacho! Se llevan al muchacho, para gran edificación del público, y especialmente del Pequeño Swills, el Vocalista Cómico. Bien, ¿hay más testigos? No hay más testigos. ¡Bien, señores. Tenemos a un hombre desconocido, que según se ha demostrado tenía el hábito de tomar opio en grandes cantidades desde hacía un año y medio, y al que se encuentra muerto de una sobredosis de opio. Si creen ustedes que tienen pruebas para llegar a la conclusión de que se suicidó, ésa es la conclusión a la que deben llegar. Si creen que se trata de un caso de muerte por accidente, deben llegar a un Veredicto en consecuencia. Veredicto en consecuencia. Muerte por accidente. Sin duda. Señores, pueden ustedes retirarse. Buenas tardes. Mientras el Coroner se abotona el capote, el señor Tulkinghorn y él escuchan lo que ha de decirles el testigo rechazado, que se ha quedado en un rincón. El infortunado sólo sabe que el muerto (a quien acaba de reconocer por la cara cetrina y el pelo negro) era objeto de irrisión y persecuciones en las calles. Que una fría noche de invierno en la que el chico estaba temblando en un portal cerca de su cruce, el hombre se volvió a mirarlo, se dio la vuelta y, tras hacerle unas preguntas y averiguar que no tenía un solo amigo en el mundo, le dijo: «Yo tampoco. ¡Ni uno solo!», y le dio dinero para cenar y dormir una noche. Que el hombre le había hablado muchas veces desde entonces, y le había preguntado si dormía bien por las noches, y cómo soportaba el frío y el hambre, y si a veces no le daban ganas de morirse, y otras cosas igual de raras. Que cuando el hombre no tenía dinero le decía al pasar: «Hoy estoy igual de pobre que tú, Jo», pero que cuando tenía algo, siempre (como cree firmemente el chico) se alegraba de darle una parte. —Conmigo era mu güeno —dice el chico limpiándose los ojos con una manga sucia—. Cuando le he visto ahí estirado ahora me dieron ganas de decírselo. ¡Conmigo siempre fue mu güeno! Cuando baja las escaleras a trompicones, el señor Snagsby, que lo está esperando, le da media corona y le dice, poniendo un dedo en la nariz: —Si me ves alguna vez en el cruce con mi mujercita (¡quiero decir, con mi señora! ), no digas nada. Los Jurados se pasan un rato charlando en las Armas del Sol. Después, media docena se queda atrapada en una nube de humo de pipa que llena el salón de las Armas del Sol; dos de ellos se van de paseo a Hampstead, y cuatro de ellos deciden ir a mitad de precio a la obra que representan, pues eso es lo que les cobrarán por llegar tarde, y terminar tomándose unas ostras. Varios de los asistentes invitan al Pequeño Swills. Cuando le preguntan lo que opina de la sesión, dice que ha «tenido bemoles» (porque su punto fuerte es hablar en jerga). El propietario de las Armas del Sol, al advertir la popularidad del Pequeño Swills, elogia mucho a éste ante los jurados y el público, y observa que no hay nadie como él para interpretar una canción cómica, y que el vestuario de disfraces de ese hombre no tiene igual. Así, gradualmente, las Armas del Sol va desvaneciéndose en la noche oscura, y luego surge de en medio de ella en un resplandor de luz de gas. Al llegar la hora de la Reunión de la Filarmonía llega el caballero de fama profesional, y frente a él (con la frente ya muy colorada) está el Pequeño Swills; sus amigos se reúnen en torno a ellos y dan su apoyo a un talento de primera. En el cenit de la velada el Pequeño Swills dice: «Señores, si me lo permiten, voy a intentar una breve descripción de una escena de la vida real que se ha interpretado aquí hoy.» Recibe grandes aplausos y aliento. Sale de la sala como Swills, vuelve vestido de Coroner (sin parecérsele en lo más mínimo), describe la Encuesta con intervalos recreativos de acompañamiento al piano, y con el estribillo de «con todo el permiso del Coroner, tra la la la, tra la la la, le, le». Por fin queda silencioso el alegre piano, y los Amigos de la Filarmonía van en busca de sus almohadas. Y todo es silencio en torno a la figura silenciosa, que está acostada en su último lecho terrenal, y a quien observan los ojos descarnados de las contraventanas a lo largo de unas cuantas horas tranquilas de la noche. Si la madre a cuyo pecho se abrazó cuando era niño, con los ojos levantados al rostro amante de ella, con una mano blanda que apenas sabía agarrarse al cuello que buscaba, hubiera podido ver proféticamente a ese abandonado allí acostado, ¡qué imposible le hubiera parecido aquel espectáculo! Si en momentos más felices jamás ardió el fuego que ahora lleva apagado dentro de él por una mujer que le apretó contra su corazón, ¿dónde está ella, ahora que esas cenizas están todavía sobre la tierra? La noche brinda cualquier cosa menos el reposo en casa del señor Snagsby, en Cook's Court, donde Guster asesina toda posibilidad de sueño al pasar, como reconoce el propio señor Snagsby (por no andar con circunloquios) de un ataque a veinte. El motivo de este ataque es que Guster tiene un corazón muy tierno, y es susceptible a algo que cabría llamar imaginación de no haber sido por Tooting y su santo patrón. En todo caso, se ha sentido tan terriblemente impresionada por la relación que ha hecho el señor Snagsby a la hora del té de la Encuesta a la que ha asistido, que a la hora de la cena se ha lanzado a la cocina, precedida de un queso holandés volante, y caído en una crisis de una duración desusada, de la cual no ha salido más que para caer en otra, y en otra, y así a lo largo de toda una cadena de ataques, con breves intervalos entre uno y otro, que ha aprovechado patéticamente para consagrarse a suplicar a la señora Snagsby que no la despida cuando «acabe de volver en sí», así como a exhortar a todos los presentes que la dejen acostada en las losas y se vayan a dormir. De ahí que el señor Snagsby, al oír por fin que el gallo de la lechería de Cursitor Street cae en ese éxtasis desinteresado característico de él acerca del tema del amanecer, diga con un largo suspiro, aunque es la persona más paciente del mundo: «¡Menos mal, estaba seguro de que te habías muerto!» Lo que esta entusiástica ave se cree que resuelve cuando se entrega a esos enormes esfuerzos, o por qué cacarea así (claro que también hay hombres que cacarean en diversas ocasiones de triunfo en público) acerca de algo que para ella no puede tener el menor interés, es asunto suyo. Basta con saber que llega la luz del día, llega la mañana, llega el mediodía. Entonces, el individuo activo e inteligente, que efectivamente se ha visto mencionado como tal en la prensa de la mañana, llega con su compañía de mendigos a casa del señor Krook y se lleva el cadáver de nuestro querido hermano difunto a un cementerio de iglesia rodeado de edificios, apestoso y siniestro, a partir del cual se difunden enfermedades malignas a los cuerpos de nuestros queridos hermanos y hermanas que no han fallecido, mientras que nuestros queridos hermanos y hermanas que zanganean en las antecámaras oficiales (¡ojalá hubieran desaparecido ellos!) se muestran muy complacientes y agradables. A nuestro querido hermano fallecido lo llevan a recibir cristiano enterramiento en un agujero asqueroso, en una tierra que rechazaría un turco como abominación salvaje y que causaría tiritones a un cafre. Un lugar rodeado de casas por todas partes, salvo donde un túnel pequeño y maloliente da acceso a una cancela de hierro, donde todos los horrores de la vida están presentes al lado de la muerte, donde todos los elementos, ponzoñosos de la muerte están activos al lado de la vida, ahí es donde bajan a nuestro querido hermano a una profundidad de uno o dos pies; donde lo siembran en la corrupción, para que resucite en la corrupción: fantasma vengador ante los lechos de muchos enfermos; testimonio de vergüenza para los siglos del futuro de cómo en esta isla arrogante la civilización y la barbarie iban de la mano. ¡Que llegue la noche, que llegue la oscuridad, pues no pueden llegar demasiado pronto, ni quedarse demasiado tiempo en un sitio así! ¡Que vengan las luces aisladas a las ventanas de las horribles casas, y que quienes cometan sus iniquidades en ellas lo hagan por lo menos sin ver esa horrenda escena! ¡Que venga la llama del gas a brillar triste sobre la cancela de hierro, en la cual el aire envenenado deposita su ungüento embrujado, untuoso al tacto! ¡Está bien que esa llama sirva para decir a todos los que pasan: «¡Mirad aquí dentro!»! Con la noche llega a la calleja una figura encorvada que pasa por el túnel de entrada a la parte de fuera de la cancela de hierro. Sostiene la cancela con las manos y mira entre los barrotes; se queda mirando un rato. Después, con la vieja escoba que lleva, barre suavemente el escalón y deja limpia la entrada. Lo hace con mucho cuidado y precisión; vuelve a mirar un ratito y se marcha. ¿Eres tú, Jo? ¡Vaya, vaya! Aunque te hayan rechazado como testigo por no «saber exactamente» lo que van a hacer contigo manos más poderosas que las de los hombres, no estás del todo sumido en la oscuridad. Y la razón que murmuras para hacer lo que estás haciendo contiene algo así como un rayo distante de luz: «¡Conmigo fue mú güeno, de verdá! » CAPITULO 12 En guardia Por fin ha dejado de llover en Lincolnshire, y Chesney Wold se ha animado. La señora Rouncewell está llena de preocupaciones hospitalarias, pues Sir Leicester y Milady vuelven de París. Los rumores del gran mundo lo han averiguado y comunican las buenas noticias a una Inglaterra feliz. También ha averiguado que van a invitar a un círculo brillante y distinguido de la élite del beau monde (el rumor de la moda habla muy mal inglés, pero es un prodigio en francés) en la mansión antigua y hospitalaria de la familia, en Lincolnshire. Para mayor honor del brillante y distinguido círculo, y además de Chesney Wold, se ha reparado el arco roto del puente del parque, y el agua, que ha vuelto a los límites que le corresponden y vuelve a correr graciosa bajo él, crea un bello espectáculo en la perspectiva que se ve desde la casa. El sol claro y frío entra por entre los árboles desnudos y contempla con aprobación cómo el viento cortante esparce las hojas y va secando el musgo. Resbala sobre el parque en pos de las sombras móviles de las nubes y las persigue, sin atraparlas, a todo lo largo del día. Mira por las ventanas y retoca los retratos ancestrales con estrías y manchas de luz, que los pintores nunca habían imaginado. De un lado a otro del retrato de Milady, encima de la gran repisa de la chimenea, arroja una ancha franja de luz en diagonal, de bastardía38 que baja retorcida hasta el hogar y parece partirlo en dos.. En medio de ese sol frío y de ese mismo viento cortante, Milady y Sir Leicester, en su coche de viaje (con la doncella de Milady y el ayuda de cámara de Sir Leicester prodigándose muestras de afecto en la trasera), inician el camino a casa. Con una cantidad considerable de cascabeleos y de latigazos, y con muchos corcoveos de dos caballos sin ensillar y de dos centauros con sombreros lustrosos, botas de media caña y crines y colas al viento, salen ruidosos del Hotel Bristol de la Place Vendôme y trotan entre las columnatas estriadas de luces y sombras de la Rue de Rivoli y el jardín del palacio malhadado de un rey y una reina decapitados, para salir por la Plaza de la Concordia y los Campos Elíseos y la Puerta de la Estrella, fuera de París. Es lamentable decirlo, pero no pueden ir demasiado rápido, porque incluso allí Lady Dedlock se ha muerto de aburrimiento. El concierto, la asamblea, la ópera, el teatro, el paseo, no tienen nada nuevo que ofrecer a Milady bajo estos cielos gastados. Nada más que el domingo pasado, cuando el populacho se divertía, intramuros de la ciudad, jugando con sus hijos entre los árboles recortados y las estatuas del Jardín del Palacio; mientras se paseaba de a veinte en fondo por los Campos Elíseos, más Elíseos que nunca gracias a los perros amaestrados y a los caballitos de madera, mientras (unos pocos) se filtraban por la tenebrosa catedral de Nuestra Señora para decir una o dos palabras en la base de una pilastra, adonde llegaba el aroma de una parrilla oxidada llena de velitas ardientes; o fuera de los muros de París cercaban a la ciudad con sus bailes, o hacían el amor, bebían vino, fumaban tabaco o visitaban los cementerios, jugaban al billar y al dominó, practicaban la curandería y hacían todo género de maldades, tanto inmóviles como en movimiento.... nada más, decimos, que el domingo pasado Milady, sumida en la desolación del Aburrimiento y en las garras del Gigante llamado Desesperación39 casi odió a su propia doncella por estar de buen humor. Por eso no puede irse de París todo lo rápido que quisiera. Ante ella y tras ella se extiende el cansancio del alma: su Ariel40 ha cinchado con él toda la Tierra, y esa cincha no se puede quitar, pero el remedio, aunque sea imperfecto, es huir siempre del último sitio donde se ha sufrido. Hay que dejar París atrás, pues, y cambiarlo por avenidas interminables y más avenidas de árboles invernales. Y la próxima vez que lo vea, que sea a unas leguas de distancia, con la Puerta de la Estrella como una mota blanca brillante al sol, y la ciudad como un mero cerro en la llanura, de la que surgen dos torres cuadradas y sombrías y sobre la cual caen de sesgo la luz y la sombra, como los ángeles en el sueño de Jacob. Sir Leicester suele estar de buen humor, y raras veces se aburre. Cuando no tiene otra cosa que hacer, siempre puede contemplar su propia grandeza. Es una gran ventaja disponer de un tema tan inagotable. Tras leer sus cartas, se recuesta en un rincón del coche y considera, en general, su propia importancia para la sociedad. —Tienes una cantidad desusada de correspondencia esta mañana, ¿no? —comenta Milady al cabo de un largo rato. Está cansada de leer. Casi ha leído una página en veinte millas. —Pero no me dice nada. Nada en absoluto. —¿Me equivoco al pensar que he visto una de las largas efusiones del señor Tulkinghorn? —Lo ves todo —dice, admirado, Sir Leicester. —¡Ja! —suspira Milady—. ¡Qué hombre tan aburrido! —Te envía, te lo digo con mil perdones, pero te envía —dice Sir Leicester seleccionando una carta y desdoblándola— un mensaje. Cuando nos detuvimos a cambiar de caballos, justo cuando llegaba yo a su postdata, se me fue de la memoria. Te ruego me excuses. Dice —Sir Leicester tarda tanto en sacar el monóculo y ajustárselo que Milady parece irritarse un poco—. Dice: «por lo que respecta a la servidumbre de paso. .. » Perdón, perdón, no es aquí. Dice... ¡Sí! ¡Aquí lo tengo! Dice: «Le ruego salude respetuosamente de mi parte a Milady, a quien espero haya sentado bien el cambio de aires. ¿Tendría usted la bondad de mencionarle (pues puede resultarle interesante) que, a su regreso, tengo algo que decirle con referencia a la persona que copió la declaración jurada en el pleito ante Cancillería, que tanto estimuló su curiosidad? La he visto.» Milady se inclina hacia adelante y mira por la ventanilla. —Ése es el mensaje —dice Sir Leicester. —Me gustaría pasearme un rato —dice Milady, que sigue mirando por la ventanilla. —¿Pasearte? —exclama Sir Leicester en tono sorprendido. —Me gustaría pasearme un rato —repite Milady con una claridad inconfundible—. Te ruego que hagas detener el coche. Se detiene el coche, el criado, afectuoso, baja de la trasera, abre la portezuela y saca la escalerilla, obediente a un gesto de impaciencia que hace Milady con la mano. Ella baja con tanta rapidez, y se aleja con tanta rapidez, que Sir Leicester, pese a su escrupulosa cortesía, no puede ayudarla y se queda atrás. Transcurre un lapso de uno o dos minutos antes de que pueda alcanzarla. Ella le sonríe, con gesto muy atractivo, lo toma del brazo y se pasea con él un cuarto de milla, se aburre muchísimo y vuelve a su asiento en el coche. El traqueteo y el ruido continúan durante casi tres días, con más o menos cascabeleos y latigazos, y más o menos saltos de los centauros y los caballos sin ensillar. La cortesía exquisita de que se dan muestras el uno al otro en los hoteles en que se detienen es tema de general admiración. Si bien es cierto que el Lord es un poco mayor para Milady, dice Madame la dueña del Mono Dorado, y aunque podría ser un padre afectuoso, se ve inmediatamente que se quieren. Se ve a Milord con su pelo blanco mientras se queda, sombrero en mano, junto al coche para ayudar a Milady. No hay más que ver a Milady cómo reconoce la cortesía de Milord con una inclinación de esa cabeza tan distinguida, y cómo le concede los dedos de forma tan aristocrática. ¡Es fascinante! El mar no reconoce a los grandes hombres, y les hace dar tumbos igual que a los pequeños. Siempre se porta mal con Sir Leicester, cuyo rostro se llena de manchas verdosas como el queso fermentado, y en cuyo aristocrático sistema digestivo efectúa una revolución horrible. Para él, el mar es el Radical de la Naturaleza. Sin embargo, su dignidad lo supera todo cuando se detiene a repostar, y sigue viaje con Milady hacia Chesney Wold, sin descansar más que una noche en Londres, camino de Lincolnshire. Entran en el parque bajo el mismo sol frío —más frío a medida que cae el día— y en medio del mismo viento cortante —más cortante a medida que las sombras separadas de los árboles desnudos se van agrupando en el bosquecillo y que el Paseo del Fantasma, rozado en su esquina occidental por un haz de fuego que llega del cielo, se resigna a la llegada de la noche—. Los grajos, que se balancean en sus altas residencias de la alameda, parecen debatir la cuestión de quiénes ocupan el coche cuando éste pasa por debajo de ellos; algunos están de acuerdo en que han llegado Sir Leicester y Milady; otros discuten con los descontentos que no quieren reconocerlo; ora todos consienten en considerar que el debate ha terminado; ora vuelven a estallar en un debate violento, incitados por un ave obstinada y soñolienta que persiste en decir el último graznido de contradicción. El coche de viaje deja que sigan balanceándose y graznando, y sigue rodando hacia la casa, donde hay fuegos que brillan cálidos por las ventanas, aunque no en tantas como para dar la impresión en la masa oscura de la fachada de que la mansión está habitada. Pero de eso se encargará pronto el brillante y distinguido círculo. Está esperando la señora Rouncewell, que recibe el apretón de manos acostumbrado de Sir Leicester con una gran reverencia. —¿Cómo está usted, señora Rouncewell? Me alegro de verla. —Espero tener el honor de recibir a usted con buena salud, Sir Leicester. —Excelente salud, señora Rouncewell. —Milady tiene un aspecto encantador —dice la señora Rouncewell con otra reverencia. Milady expresa, sin malgastar demasiadas palabras, que está tan fatigadamente bien como cabe esperar, dadas las circunstancias. Pero a lo lejos se ve a Rosa, detrás del ama de llaves, y Milady, que quizá haya perdido muchas cosas, pero no su capacidad de observación, pregunta: —¿Quién es esa chica? —Una joven discípula mía, Milady. Rosa. —¡Ven aquí, Rosa! —llama Lady Dedlock, que se digna incluso adoptar un gesto de interés—. Vaya, ¿sabes que eres muy guapa? —pregunta, tocándola en el hombro con dos dedos. Rosa, muy tímida, dice: —¡No, Milady, con perdón! —y mira arriba y abajo, y no sabe dónde mirar, pero está cada vez más guapa. —¿Cuántos años tienes? —Diecinueve, Milady. —Diecinueve —repite Milady, pensativa—. Ten cuidado; no dejes que los halagos te lo hagan creer demasiado. —Sí, Milady. Milady le toca en los hoyuelos de las mejillas con los mismos dedos delicados y enguantados, y va al pie de la escalera de roble, donde Sir Leicester la espera para escoltarla como un caballero. Los contempla un viejo Dedlock de tamaño y aburrimiento naturales, como si no supiera qué pensar, lo cual sería probablemente su estado de ánimo general en la época de la Reina Isabel. Ese atardecer, en la habitación del ama de llaves, Rosa no hace más que murmurar sus elogios de Lady Dedlock. ¡Es tan afable, tan cortés, tan bella, tan elegante, tiene una voz tan dulce y un tacto tan maravilloso, que Rosa todavía lo siente! La señora Rouncewell lo confirma todo, no sin un cierto orgullo personal, y sólo manifiesta una reserva en cuanto a la afabilidad. La señora Rouncewell no está tan segura de eso. Dios no permita que vaya ella a decir jamás una sílaba en contra de cualquier miembro de esa excelente familia; y sobre todo de Milady, a quien todo el mundo admira; pero si Milady no fuera más que «un poquitín más flexible», no tan fría y tan distante, la señora Rouncewell cree que sería más afable. —Casi es una pena —añade la señora Rouncewell; sólo «casi», porque sería casi blasfemo suponer que algo pudiera ser mejor de lo que es; tomarse una libertad tan explícita con las cosas de los Dedlock— que Milady no tenga familia. Si tuviera una hija, una señorita ya crecida, en la que interesarse, creo que llegaría al único aspecto de la excelencia que le falta. —Pero ¿no haría eso que fuera todavía más orgullosa, abuela? —pregunta Watt, que se ha ido a su casa y ha vuelto, de buen nieto que es. —Eso de más o muy, hijo mío —replica dignamente el ama de llaves—, son palabras que no me corresponde a mí usar, y ni siquiera escuchar, en relación con los problemas que pueda tener Milady. —Perdone, abuela. Pero es verdad que es orgullosa, ¿no? —Si lo es, tiene sus motivos. La familia Dedlock siempre tiene motivos para serlo. —¡Bueno! —dice Watt—. Es de esperar que tengan marcados en sus libros de oraciones un cierto pasaje destinado a la gente común, que habla del orgullo y la vanagloria41 ¡Perdóneme, abuela! ¡No era más que una broma! —Hijo mío, Sir Leicester y Lady Dedlock no pueden ser tema de bromas. —Desde luego, Sir Leicester no es tema de bromas —dice Watt—, y le pido humildemente perdón. Supongo, abuela, que aunque abajo estén la, familia y sus invitados, no hay nada que objetar a que prolongue mi estancia un día o dos en las Armas de Dedlock, como cualquier viajero. —Pues claro que no, hijo mío. —Me alegro —responde Watt—, porque tengo unos deseos inexpresables de ampliar mis conocimientos de este vecindario tan maravilloso. Mira por casualidad a Rosa, que baja la mirada y se siente verdaderamente tímida. Pero, según la vieja superstición, a Rosa deberían zumbarle las orejas, en lugar de arder le las frescas mejillas, porque en esos momentos la doncella de Milady está hablando de ella, y con gran energía. La doncella de Milady es una francesa de treinta y dos años, procedente de algún punto del sur, entre Avignon y Marsella, una mujer morena de ojos grandes y pelo negro, que podría ser guapa de no ser por una boca felina y una cierta tensión facial, que hace que sus mandíbulas resulten demasiado ansiosas y su cráneo demasiado prominente. Su anatomía tiene algo indefiniblemente ansioso y ausente, y tiene una forma de mirar atentamente por el rabillo del ojo, sin volver la cabeza, que resulta bastante desagradable, sobre todo cuando está de mal humor y tiene cerca algún cuchillo. Esas objeciones se expresan de tal modo, pese a su buen gusto en el vestir y a su ausencia de adornos, que parece desplazarse como una loba hermosa, pero no domesticada del todo. Además de estar muy bien preparada para todo lo que tiene que ver con su trabajo, habla el inglés casi como una nativa, y, en consecuencia, no le faltan palabras que pronunciar contra Rosa por haber atraído la atención de Milady, y las profiere con tal ironía cuando se sienta a comer con su compañero, el afectuoso ayuda de cámara, que éste se siente bastante aliviado cuando la comida llega a la fase de la cuchara. ¡Ja, ja, ja! Ella, Hortense, llevaba cinco años al servicio de Milady, y ésta siempre la había mantenido a distancia, y ahora esta muñeca, esta marioneta, recibe caricias, eso es, caricias, de Milady en el momento de llegar a la casa. ¡Ja, ja, ja! «¿Y sabes que eres muy guapa, niña?»... «No, Milady.» ¡Ahí no te equivocas! «¿Y cuántos años tienes, hija? Y ten cuidado, no dejes que los halagos te lo hagan creer demasiado.» ¡Qué divertido. Eso es lo mejor de todo! En resumen, se trata de algo tan admirable que Mademoiselle Hortense no sólo no puede olvidarlo, sino que en las comidas de los días siguientes, incluso entre sus conciudadanas y otras personas de condición afín llegadas con la multitud de visitantes, vuelve a disfrutar silenciosamente de la gracia, un disfrute expresado, a su propio estilo bienhumorado, con una tensión facial mayor, un alargamiento comprimido de la boca y una mirada lateral, con una apreciación intensa del humor que se refleja con frecuencia en los espejos de Milady cuando no está Milady allí. Ahora entran en acción todos los espejos de la casa: muchos de ellos, al cabo de una larga inactividad. Reflejan caras hermosas, caras quejumbrosas, caras juveniles, caras de ancianos de setenta años que no aceptan la vejez y que vienen a pasar una o dos semanas de enero en Chesney Wold y que los rumores del gran mundo, vigoroso cazador delante de Jehová42 persiguen con olfato agudo, desde que salen de sus madrigueras en la Corte de St. James hasta que por fin les llega la Muerte. La casa de Lincolnshire está animadísima. De día se oyen armas de fuego y voces que resuenan en el bosque, los jinetes y los carruajes adornan los caminos del parque, los sirvientes y los parásitos llenan el pueblo y las Armas de Dedlock. Vista de noche, desde lejanos claros entre los árboles, la hilera de ventanas del salón largo, donde está colgado el retrato de Milady sobre la gran chimenea, es como una hilera de joyas montadas en un marco negro. El domingo, la iglesita fría casi se calienta con tanta y tan buena compañía, y el aroma generalmente ceniciento de Dedlock queda sofocado por perfumes delicados. El brillante y distinguido círculo comprende en su seno una cantidad ilimitada de educación, buen sentido, valor, honor, belleza y virtud. Pero hay algo que está mal, pese a sus inmensas ventajas. ¿Qué podrá ser? ¿El dandysmo? Ya no hay un Rey Jorge IV43 (¡y es de lamentar!) que establezca la moda de los dandies; ya no hay corbatines de felpa almidonados, ni chaquetas ajustadas, ni pantorrillas falsas, ni ballenas. Ya no hay caricaturas de Exquisitos afeminados así ataviados, desmayándose de delicia en los palcos de la ópera, cuando los reciben otros seres delicados que se llevan frasquitos de perfume de largos cuellos a las narices. Ya no hay elegantes que necesiten de cuatro hombres para ayudarlos a embutirse en sus ropas de ante, ni que vayan a presenciar todas las ejecuciones, ni que se sientan perturbados por el remordimiento de haber consumido un guisante una vez. Pero ¿existe un dandysmo en el brillante y distinguido círculo, pese a todo, un dandysmo de tipo más maligno que ha salido de debajo de la superficie y que hace cosas menos inofensivas que el ponerse corbatines de felpa e interrumpir su propia digestión, cosas a las que ningún ser racional puede objetar nada en especial? Pues sí. No cabe disimularlo. Esta semana de enero hay en Chesney Wold algunas damas y caballeros a la última moda que han creado un nuevo dandysmo, por ejemplo en materia de Religión. Que, por una mera falta caprichosa de emociones, han convenido en conversaciones dandies que la gente Vulgar carece de fe en las cosas en general, es decir, en las cosas que se han intentado y se ha visto que estaban en falta, ¡como si un plebeyo perdiera inexplicablemente la fe en una moneda falsa de chelín después de comprobar su falsedad! Que querrían dar a la gente Vulgar más pintoresquismo y fidelidad, y para ello retrasar las agujas del reloj del Tiempo y borrar cien años de historia. También hay damas y caballeros que siguen otro tipo de moda, no tan nueva, pero muy elegantes, que han convenido en dar un barniz suave al mundo y tener a raya todas las realidades. Para quienes todo ha de ser lánguido y bonito. Que han descubierto la inmovilidad continua. Que no se alegran con nada y no se entristecen con nada. Que no se dejan molestar por las Ideas. Para quienes incluso las Bellas Artes que esperan empolvadas y caminan de espaldas igual que el Lord Chambelán, deben ataviarse con los modelos de los sombrereros y los sastres de las generaciones pasadas, y tener especial cuidado de no actuar con seriedad, ni dejarse afectar en absoluto por la marcha de los tiempos en movimiento. Y está Lord Boodle44 de gran consideración en su partido, que sabe lo que es ocupar altos cargos, y que dice a Sir Leicester Dedlock con enorme gravedad, después de la comida, que verdaderamente no sabe dónde van a llegar los tiempos. Los debates no son lo que eran; la Cámara no es lo que era; ni siquiera el Gabinete es lo que era. Percibe con asombro que, de suponer que cayera el actual Gobierno, la opción de la Corona para formar un ministerio se limitaría a Lord Coodle y Sir Thomas Doodle, de suponer que el Duque de Foodle no pudiera coaligarse con Doodle, lo que cabe suponer ocurriría como consecuencia de la ruptura debida al asunto de Hoodle. Después, si se da el Departamento del Interior y la Jefatura de la Cámara de los Comunes a Joodle, el Exchequer a Koodle, las Colonias a Loodle y el . Foreign Office a Moodle, ¿qué hace con Noodle? No se le puede ofrecer la Presidencia del Consejo Privado, que está reservada para Poodle. No se le puede poner en Campos y Bosques, porque eso apenas si vale para Quoodle. ¿Qué hacer? ¿Qué deducir? ¡Que el país naufraga, se hunde, está perdido y se deshace (como debe ser manifiesto para un patriota como Sir Leicester Dedlock), porque no hay un puesto que dar a Noodle! Por otra parte, el Honorable William Buffy, miembro del Parlamento, debate con su vecino de mesa que el naufragio del país —del que no cabe duda; lo único dudoso es cómo se producirá— es atribuible a Cuffy. Si se hubiera hecho con Cuffy lo que se debía cuando ingresó en el Parlamento, y se le hubiera impedido aliarse con Duffy, entonces se habría aliado con Fuffy, con lo que se hubiera contado con el peso de un gran polemista como Guffy, y al llevar a las elecciones las riquezas de Huffy, se habría conseguido que tres condados estuvieran representados por Juffy, Kuffy y Luffy, y se hubiera reforzado la administración con los conocimientos oficiales y el sentido de los negocios de Muffy. ¡Todo eso, en lugar de depender, como ahora, del mero capricho de Puffy! A este respecto, así como en torno a temas de menor importancia, hay diferencias de opinión, pero está perfectamente claro para el brillante y distinguido círculo, unánimemente, que en el fondo lo único que importa son Boodle y su séquito y Buffy y su séquito. Ésos son los grandes actores a los que está reservado el escenario. Sin duda que hay un Pueblo: un cierto número de supernumerarios a los que hablar de vez en cuando y a los que recurrir para que griten y hagan coro, igual que en el escenario del teatro, pero Boodle y Buffy, sus seguidores y sus familias, sus herederos, albaceas, administradores y derechohabientes, son los primeros actores natos, los administradores y los líderes, y nadie más que ellos podrá aparecer en escena jamás de los jamases. También es posible que en esto haya más dandysmo en Chesney Wold de lo que le convendría a la larga al brillante y distinguido círculo. Pues parece que, incluso en los círculos más discretos y corteses, al igual que en el círculo que dibuja alrededor de sí mismo el nigromante, fuera de él se advierten en movimiento seres muy extraños. Con esta diferencia: que al tratarse de realidades y no de fantasmas, sea mayor el peligro de que irrumpan en ese círculo. En todo caso, Chesney Wold está completamente lleno; tan lleno, que en los pechos de las doncellas de las grandes damas que están mal alojadas surge una sensación ardiente de furia, que no se puede apagar. No hay vacío más que un aposento. Es una habitación de tercera categoría en una torreta, amueblada con sencillez, pero cómodamente, y con un aire serio y anticuado. Es el aposento del señor Tulkinghorn, y nunca se le asigna a nadie más, pues puede presentarse en cualquier momento. Todavía no ha llegado. Tiene la discreta costumbre de llegar desde el pueblo al parque cuando hace buen tiempo, aposentarse en su cuarto como si nunca hubiera salido de él desde la última vez que lo ocupó, pedir a alguien del servicio que comunique a Sir Leicester que ha llegado, por si quiere verlo, y aparecer diez minutos antes de la cena, a la sombra de la puerta de la biblioteca. Duerme en la torreta, y encima de su cabeza hay un mástil de bandera que chirría toda la noche, y fuera tiene un pequeño camino de ronda por el que se le puede ver paseándose cuando está allí y hace buen tiempo, antes del desayuno, como una especie de grajo gigante. Todos los días, antes de la cena, Milady mira a ver si está entre las sombras de la biblioteca, pero no está. Todos los días, a la hora de la cena, Milady mira hacia el otro extremo de la mesa en busca del lugar vacío, que estaría esperándolo si acabara de llegar, pero no hay ningún lugar vacío. Todas las noches, Milady pregunta a su doncella, sin darle importancia: —¿Ha llegado el señor Tulkinghorn? Todas las noches la respuesta es: —No, Milady, todavía no. Una noche, mientras le están deshaciendo el peinado, Milady se hunde en profundos pensamientos tras esta respuesta, hasta que se ve su propia faz melancólica en el espejo frente a ella, y un par de ojos negros que la estudian atentamente. —Te ruego —dice Milady entonces, dirigiéndose a Hortense— que te ocupes de tus cosas. Ya podrás contemplar tu belleza en otro momento. —¡Perdón! Era la belleza de Milady. —Eso —dice Milady— es algo que no necesitas contemplar en absoluto. Por fin, una tarde, poco antes del anochecer, cuando se han dispersado todos los grupos de figuras que desde hace una o dos horas vienen animando el Paseo del Fantasma, y sólo quedan en la terraza Sir Leicester y Milady, aparece el señor Tulkinghorn. Se les acerca con su habitual paso metódico, que nunca es más ni menos rápido. Lleva su habitual máscara inexpresiva (de suponer que se trate de una máscara) y porta secretos de familia en cada uno de los miembros de su cuerpo, en cada una de las arrugas de su atavío. Si toda su alma está consagrada a los grandes o si no rinde a éstos más que los servicios que vende, ése es su secreto personal. Lo mantiene igual que mantiene los secretos de sus clientes; a ese respecto es su propio cliente, y jamás se traicionará. —¿Cómo está usted, señor Tulkinghorn? —dice Sir Leicester al darle la mano. El señor Tulkinghorn está muy bien. Sir Leicester está muy bien. Milady está muy bien. Todo resulta muy satisfactorio. El abogado, con las manos a la espalda, pasea al lado de Sir Leicester por la terraza. Milady va del otro lado. —Lo esperábamos antes —dice Sir Leicester. Es una observación muy atenta. Es como si hubiera dicho: «Señor Tulkinghorn, recordamos que usted existe incluso cuando no está usted aquí para recordárnoslo con su presencia. ¡Ya ve usted, caballero, que le dedicamos una parte de nuestros pensamientos!» El señor Tulkinghorn lo comprende, inclina la cabeza y dice que lo agradece mucho. —Debería haber llegado antes —explica—, de no haber sido por estar ocupadísimo con los temas de esos diversos pleitos entre usted y Boythorn. —Hombre de mentalidad muy desordenada —observa Sir Leicester severamente—. Persona peligrosísima para cualquier comunidad. Un hombre de carácter muy vil. —Es terco —dice el señor Tulkinghorn. —Como es lógico que lo sea una persona así —dice Sir Leicester, que tiene todo el aspecto de ser terquísimo él también—. No me sorprende nada lo que usted dice. —Lo único que queda en duda —continúa el abogado— es si está usted dispuesto a ceder en algo. —No, señor —replica Sir Leicester—. En nada. ¿Ceder yo? —No me refiero a nada de importancia. Ya sé que en eso no querrá usted abandonar nada. Me refiero a algo intranscendente. —Señor Tulkinghorn —replicó Sir Leicester—, no puede haber cosas intranscendentes entre yo y el señor Boythorn. Si voy más allá, si observo que no me resulta fácil concebir cómo cabe calificar de intranscendente a cualquier derecho mío, no me refiero tanto a mí mismo, individualmente, sino a la posición de mi familia, que me incumbe a mí mantener. El señor Tulkinghorn vuelve a bajar la cabeza y dice: —Ya tengo mis instrucciones. El señor Boythorn va a crearnos muchos problemas... —Señor Tulkinghorn, es típico de ese género de personas —interrumpe Sir Leicester— el crear problemas. Es un personaje que probablemente, hace cincuenta años, se hubiera visto juzgado en el Old Bailey por algún acto demagógico, y bien castigado... por no decir —añade Sir Leicester tras detenerse un momento—, por no decir colgado, descuartizado y despedazado. Sir Leicester parece descargar su alma de estadista de un gran peso al pronunciar esta sentencia capital, como si fuera lo más satisfactorio del mundo, con la excepción de la ejecución efectiva de la sentencia. —Pero se acerca la noche —continúa— y Milady va a enfriarse. Entremos, querida mía. Al volverse hacia la puerta del vestíbulo, Lady Dedlock se dirige al señor Tulkinghorn por primera vez. —Me ha enviado usted un mensaje acerca de la persona por cuya letra le pregunté. Ha sido muy propio de usted recordar esa circunstancia; yo ya la había olvidado. Su mensaje me la ha vuelto a recordar. No logro imaginar qué relación tenía yo con esa letra, pero sin duda que era con algo. —¿Con algo? —repite el señor Tulkinghorn. —¡Sin duda! —repite despreocupadamente Milady—. Tiene que haber sido algo. Y, ¿de verdad que se molestó usted en buscar a quien escribió aquella... como se llame... declaración jurada? —Sí. —¡Qué extraño! Pasan a un sombrío cuarto del desayuno en el piso bajo, iluminado durante el día por dos ventanas abiertas en un grueso muro. Es el atardecer. El fuego se refleja brillante en las paredes de madera, y pálido en los cristales de las ventanas, donde, por en medio del reflejo frío de la hoguera, el paisaje más frío tiembla en el viento, y se desliza una niebla gris: única viajera aparte de la masa de nubes. —Sí —dice—. Pregunté por él y lo encontré. Y lo que es más extraño, lo encontr... —¡Que no era nada extraordinario, me temo! —se le adelanta láguidamente Lady Dedlock. —Lo encontré ya muerto. —¡Dios mío! —exclama Sir Leicester, no tan escandalizado por el hecho en sí sino por el hecho de que se mencione el hecho. —Me indicaron dónde se alojaba, un lugar pobre, miserable, y lo encontré muerto. —Perdone usted, señor Tulkinghorn —observa Sir Leicester—, pero creo que cuanto menos se hable... —Por favor, Sir Leicester, desearía saber toda la historia —dice Milady—. Es toda una historia para el atardecer. ¡Qué horrible! ¿Muerto? El señor Tulkinghorn vuelve a afirmarlo con un gesto de la cabeza: —Que fuera por su propia mano... —¡Por mi honor! —exclama Sir Leicester—. ¡Realmente! —¡Deseo oír la historia! —exclama Milady. —Como quieras, querida mía. Pero he de decir... —¡No tienes nada que decir! Continúe, señor Tulkinghorn. Sir Leicester cede galantemente, aunque sigue opinando que el hablar de sordideces así a las clases altas es verdaderamente... verdaderamente... —Estaba a punto de decir —continúa el abogado con una calma imperturbable— que si se había dado la muerte por su propia mano o no es algo que no puedo decirles. Sin embargo, debo modificar esa frase al decir que sin duda había muerto por su propia mano; después, que ello fuera por intención propia y deliberada o por casualidad, es algo que nunca se podrá saber. El jurado del Coroner concluyó que había él tomado el veneno accidentalmente. —Y, ¿qué género de persona —pregunta Milady era ese ser deplorable? —Resulta difícil decirlo —replica el abogado con una sacudida de la cabeza—. Había vivido tan pobremente, y estaba tan desaseado, con su tez de gitano y aquel pelo y aquella barba tan desordenados, que yo hubiera juzgado que se trataba de alguien lo más vulgar posible. El médico tenía la idea de que en otros tiempos había pertenecido a una clase mejor, tanto en aspecto como en condición. —¿Cómo se llamaba el pobre individuo? —Le daban el nombre que él mismo se daba, pero nadie sabía cómo se llamaba. —¿Ni siquiera quiénes lo trataban? —Nadie lo trataba. Lo encontraron muerto. De hecho, yo lo encontré muerto. —¿Sin ninguna pista acerca de nada más? —Ninguna; aunque había —añade pensativo el abogado— un viejo portamantas, pero... No, no había documentos. Mientras se han ido pronunciando las palabras de este breve diálogo Lady Dedlock y el señor Tulkinghorn, sin otra modificación de su porte habitual, se han estado mirando fijamente, como quizá sea natural en una conversación acerca de tema tan desusado. Sir Leicester ha estado contemplando la chimenea, con la misma expresión general de los Dedlock de la escalera. Una vez contada la historia, renueva su protesta solemne y comenta que es evidente que la relación establecida mentalmente por Milady no puede en absoluto referirse a ese miserable (salvo que se tratara de un pedigüeño que pidiera limosna por carta); espera no oír más acerca de un tema tan impropio de la condición de Milady. —Desde luego, es una serie de horrores —dice Milady recogiendo sus mantos y sus pieles—, pero para pasar un rato resulta interesante. Señor Tulkinghorn, tenga la bondad de abrirme la puerta. El señor Tulkinghorn se la abre con deferencia y se la mantiene abierta mientras sale ella. Pasa a su lado, con su aire fatigado de costumbre y su elegancia insolen te. Vuelven a verse a la hora de comer, y otra vez al día siguiente, y así durante muchos días seguidos. Lady Dedlock es siempre la misma deidad agotada, rodeada de sus adoradores, se siente terriblemente inclinada a morirse de aburrimiento, al mismo tiempo que preside su propio culto. El señor Tulkinghorn es siempre el mismo depósito mudo de nobles confidencias, tan extrañamente fuera de lugar y sin embargo tan perfectamente en casa. Parece que se dieran tan poca cuenta el uno de la existencia del otro como pueda ser posible entre dos personas encerradas entre las mismas paredes. Pero cada uno de ellos está cada vez más en guardia contra el otro y sospecha de él que se reserva algo importante; el que cada uno de ellos esté cada vez más dispuesto en todos los respectos en contra del otro, para que nunca lo pesque descuidado; lo que daría cada uno de ellos por saber cuánto sabe el otro: todo eso yace escondido, por el momento, en los corazones de ambos. CAPITULO 13 La narración de Esther Celebramos muchas consultas acerca de lo que iba a hacer Richard; primero sin el señor Jarndyce, tal como había pedido éste, y después con él, pero pasó mucho tiempo antes de que pareciésemos avanzar algo. Richard decía que estaba dispuesto a hacer lo que fuera. Cuando el señor Jarndyce dudó si no sería ya demasiado mayor para entrar en la Marina, Richard dijo que ya había pensado en eso y que quizá lo fuera. Cuando el señor Jarndyce le preguntó qué le parecía el Ejército, Richard dijo que también había pensado en eso y que no era mala idea. Cuando el señor Jarndyce le aconsejó que tratara de decidir por sí mismo si su antigua preferencia por el mar no sería un entusiasmo normal en los niños, o si sería un impulso decidido, Richard respondió que, bueno, de verdad que lo había intentado muchas veces y no podía decidirse. —No pretendo decir —me comentó el señor Jarndyce— qué proporción de esta indecisión de carácter se puede atribuir a ese marasmo incomprensible de incertidumbre y de circunloquios en que se ha visto sumido desde que nació, pero lo que es evidente es que éste es uno más de los pecados de los que se puede acusar a la Cancillería. Ha engendrado o confirmado en él el hábito de dejar las cosas y de confiar en tal o cual coincidencia, sin saber cuál, y de desechar todo lo demás como incierto, indeciso y confuso. Es posible que incluso el carácter de personas mucho más viejas y estables se vea modificado por las circunstancias que las rodean. Sería demasiado esperar que el de un muchacho, en su fase de formación, estuviera sometido a esas influencias y escapara a ellas. Me pareció que lo que decía era cierto, aunque, si se me permite aventurar lo que pensaba yo además, me parecía muy de lamentar que la educación de Richard no hubiera contrarrestado esas influencias, ni guiado su carácter. Había pasado ocho años en una escuela pública45 y según entendía yo, había aprendido a hacer diversos tipos de versos en latín de la forma más admirable. Pero, que yo supiera, nadie se había molestado en averiguar cuál era su verdadera vocación, ni cuáles eran sus puntos débiles, ni de adaptarle a él ningún tipo de conocimiento. Lo había adaptado a él a esos versos, y él había aprendido el arte de hacerlos con tal perfección que de haberse quedado en la escuela hasta cumplir la mayoría de edad, supongo que hubiera podido seguir haciéndolos una vez tras otra, salvo que hubiera ampliado su educación olvidando cómo se hacían. Pero, aunque me parecía que sin duda eran muy hermosos, y muy educativos, y muy suficientes para montones de cosas en la vida, y algo que recordar a todo lo largo de la vida, sí que dudaba de que a Richard no le hubiera convenido también que alguien lo estudiara a él un poco, en lugar de que él estudiara tanto aquellos versos en latín. Claro que yo no sabía nada del tema, y ni siquiera ahora sé si los jóvenes caballeros de la Roma o la Grecia clásicas tenían que hacer tantos versos, ni si los jóvenes caballeros de cualquier otro país jamás hacían tantos versos así. —No tengo la menor idea —decía Richard, pensativo— de lo que voy a hacer. Salvo que estoy seguro de que no quiero dedicarme a la Iglesia, en el resto estoy indeciso. —¿No se te ocurre la misma carrera que a Kenge? —sugirió el señor Jarndyce. —¡No sé, señor! —replicó Richard—. Me gusta navegar. Y no cabe duda de que los abogados se meten en aguas muy turbias. ¡Es una profesión interesantísima! —La medicina... —sugirió el señor Jarndyce. —¡Exactamente, señor! —exclamó Richard. Yo creo que hasta aquel momento ni siquiera había pensado en eso. —¡Exactamente, señor! —repitió Richard con el mayor entusiasmo—. ¡Ya lo tenemos, miembro del Real Colegio de Médicos! Aunque rompimos a reír, no lo disuadimos, pese a que él mismo se reía con toda su alma. Dijo que había escogido su profesión, y cuanto más pensaba en ella, más consideraba que su destino era evidente: el arte de la curación era, a su juicio, la más noble de las artes. Yo me preguntaba si no habría llegado a esa conclusión porque, como nunca había tenido muchas ocasiones de averiguar por sí mismo para qué estaba dotado, y como nunca le había orientado nadie para que lo descubriera, se sentía fascinado por la nueva idea, y celebraba terminar con la angustia de la decisión. Me preguntaba si tantos versos en latín no solían terminar en esto o si el caso de Richard era excepcional. El señor Jarndyce se preocupó mucho de hablar con él en serio, y de apelar a su sentido común para que no se engañara en algo tan importante. Tras aquellas entre vistas Richard se ponía algo más serio, pero indefectiblemente nos decía a Ada y a mí que «todo iba bien» y después se ponía a hablar de otra cosa. —¡Santo cielo! —exclamaba el señor Boythorn, que tomaba un interés muy grande por el tema (claro que huelga decir que nunca se interesaba sólo un poco por nada)— ¡Cuánto me alegra ver a un joven caballero inteligente y valeroso que se dedica a tan noble profesión! Cuantas más personas inteligentes se dediquen a ella, mejor para la humanidad, y peor para esos mercenarios vendidos y viles tramposos que disfrutan al utilizar tan ilustre arte en contra de la humanidad. ¡Juro por todas las maldades y los engaños —exclamaba el señor Boythorn— que el trato que se da a los médicos de la Marina cuando se embarcan es tan infame que yo estaría dispuesto a someter a las piernas (ambas piernas) de todos los miembros del Almirantazgo a una fractura triple, y convertiría en delito punible con deportación el que un médico colegiado que se la curase si no se cambiara todo el sistema en cuarenta y ocho horas! —¿No les dejarías una semana? —preguntó el señor. Jarndyce. —¡No! —exclamó decididamente el señor Boythorn—. ¡Por nada del mundo! ¡Cuarenta y ocho horas! Y en cuanto a las Corporaciones, Parroquias, Feligresías y demás reuniones de necios que se reúnen a intercambiar discursos tales que, ¡por el Cielo!, habría que enviarlos a las minas de azogue por el breve resto de sus miserables vidas, aunque sólo fuera para evitar que el detestable inglés que hablan contaminara un idioma que se pronuncia en presencia del Sol; en cuanto a esos individuos que se aprovechan mezquinamente del ardor de los caballeros que van en búsqueda del conocimiento, y recompensan los servicios inestimables de los mejores años de sus vidas, sus largos estudios y su cara educación, con unas pitanzas tan reducidas que no las aceptarían unos auxiliares de oficina, yo haría que les retorcieran el pescuezo a cada uno de ellos y que expusieran sus calaveras en la Sala del Colegio de Médicos para que las pudiera contemplar toda la profesión ¡a fin de que los miembros más jóvenes de ésta comprendieran a partir de mediciones reales, y cuanto antes, lo impenetrables que son algunos cráneos! Terminó aquella declaración vehemente con una mirada sonriente a todos nosotros, muy agradable, y terminó con un atronador «Ja, ja, ja!», repetido una y otra vez, a tal punto que en cualquier otro se hubiera podido temer que quedara agotado del esfuerzo. Como Richard seguía diciendo que su elección era irrevocable, después de que el señor Jarndyce le recomendara varios plazos de reflexión, y como seguía asegurándonos a Ada y a mí que «estaba bien», con el mismo aire definitivo, se hizo aconsejable solicitar el consejo del señor Kenge. En consecuencia, un día vino a comer el señor Kenge, que, echándose atrás en la silla y dando vueltas a las gafas constantemente, habló con voz sonora e hizo exactamente lo mismo que le había visto hacer cuando era yo una muchachita. —¡Ah! —dijo el señor Kenge—. Sí. ¡Bien! Una profesión muy buena, señor Jarndyce, muy buena. —Cuyos estudios y preparación requieren una gran diligencia —observó mi Tutor con una mirada a Richard. —Sin duda —dijo el señor Kenge—. Diligencia. —Pero como lo mismo ocurre —continuó diciendo el señor Jarndyce—, más o menos, con todas las ocupaciones que merecen la pena, no es una consideración especial que pudiera eludirse en el caso de que la elección fuese otra. —Es cierto —dijo el señor Kenge—, y el señor Carstone, que tan meritoriamente ha realizados los, ¿digamos estudios clásicos?, en los que ha pasado su juventud, aplicará sin duda los hábitos, aunque no los principios y la práctica, de la versificación en ese idioma en el cual (si no me equivoco) se decía que un poeta nacía, no se hacía, a la esfera de acción considerablemente más práctica en la que entra. —Pueden estar seguros de ello —dijo Richard con su aire despreocupado—; de que me pondré a ello con todas mis fuerzas. —¡Muy bien, señor Jarndyce! —exclamó el señor Kenge con una leve inclinación de cabeza—. Verdaderamente, cuando el señor Richard nos asegura que se propone dedicarse a ello con todas sus fuerzas —siguió diciendo con gestos expresivos y armoniosos mientras manifestaba todo aquello—, yo sugeriría que no tenemos sino que averiguar cuál es el mejor modo de alcanzar el objeto de su ambición. Veamos ahora la posibilidad de poner al señor Richard a estudiar con algún médico eminente. ¿Se les ocurre a ustedes alguien? —Nadie, ¿no, Rick? —preguntó mi Tutor. —Nadie, señor —contestó Richard. —¡Exactamente! —dijo el señor Kenge—. Pasemos a ver la especialidad. ¿Existe alguna opinión concreta al respecto? —No... no —dijo Richard. —¡Exactamente! —dijo el señor Kenge otra vez. —Me gustaría que hubiera un poco de variedad —observó Richard— ... Es decir, una gama amplia de experiencia. —Muy necesario, sin duda —replicó el señor Kenge—. Creo que será muy fácil organizarlo, ¿verdad, señor Jarndyce? Tenemos, en primer lugar, que descubrir a un médico bien situado, y en cuanto demos a conocer lo que necesitamos, ¿debo añadirlo?, y establezcamos además nuestra capacidad para pagar una prima por estudios, nuestro único problema será el seleccionar a uno entre muchos. En segundo lugar, no tenemos más que respetar los pequeños trámites que requieren estos tiempos, y recordar que estamos bajo la tutela del Tribunal. Pronto estaremos, si se me permite emplear el término que tan gráficamente utiliza el señor Richard, puestos a ello. Es una casualidad —añadió el señor Kenge con una huella de melancolía en su sonrisa—, una de esas casualidades que pueden o no requerir una explicación más allá de nuestras y actuales limitadas facultades que yo tengo un primo en la profesión médica. Quizá lo consideren ustedes idóneo, y quizá esté él dispuesto a responder a esta propuesta. No puedo responder en su nombre ni en el de ustedes, pero, ¡es posible! Como aquello abría una perspectiva, se dispuso que el señor Kenge fuera a ver a su primo. Y como el señor Jarndyce nos había propuesto anteriormente llevarnos unas semanas a Londres, al día siguiente se decidió que hiciéramos aquella visita inmediatamente, y aprovecharla para ocuparnos de los asuntos de Richard. Cuando el señor Boythorn se marchó de nuestra casa al cabo de una semana, fuimos a alojarnos en un lugar muy bonito en Oxford Street, encima de la tienda de un tapicero. Londres nos pareció maravilloso, y nos pasábamos fuera horas y horas, viendo todo lo que había que ver, de modo que parecía más fácil que nos agotáramos nosotros que no todo aquello. También recorrimos los principales teatros, para gran delicia nuestra, y vimos todas las obras que merecían la pena. Lo menciono porque fue en el teatro donde el señor Guppy empezó a causarme molestias otra vez. Estaba yo una noche sentada con Ada en la delantera del palco, y Richard estaba donde más le gustaba, detrás de Ada, cuando miré por casualidad al patio de butacas y vi al señor Guppy, con el pelo aplastado y el pesar pintado en la cara, que miraba hacia mí. Creo que durante toda la representación no miró para nada a los actores, sino que me estuvo mirando a mí constantemente, y siempre con una expresión, cuidadosamente preparada, del mayor dolor y el pesar más profundo. Destruyó totalmente el placer que me causaba la velada, porque resultaba muy embarazoso y de lo más ridículo. Pero a partir de aquel momento nunca íbamos al teatro sin que yo viera al señor Guppy, siempre con el pelo peinado bien aplastado, con el cuello de la camisa vuelto hacia abajo y un aspecto general de debilidad. Si no estaba cuando llegábamos nosotros, y yo empezaba a esperar que no llegara, y me dejaba llevar durante un rato por el interés de la escena, estaba segura de encontrarme con su mirada lánguida cuando menos lo esperaba, y a partir de aquel momento estaba segura de que la tendría fija en mí durante toda la velada. Verdaderamente, no sé expresar lo incómoda que me ponía todo aquello. Si se hubiera cepillado el pelo, o hubiera levantado el cuello de la camisa, aquello seguiría siendo desagradable, pero el saber que aquella figura absurda me estaba siempre contemplando, y siempre en aquel estado ostensible de desazón, me sometía a tal tensión que no me gustaba reírme con la obra, ni llorar con ella, ni moverme, ni hablar. Me parecía imposible hacer nada con naturalidad. En cuanto a huir del señor Guppy mediante una retirada a la trasera del palco, no podía soportar la idea, pues sabía que Richard y Ada contaban con tenerme a su lado, y que nunca hubieran podido hablar entre sí de manera tan alegre si otra persona hubiera ocupado mi lugar. De manera que aquí me quedaba, sin saber a dónde mirar, pues dondequiera que mirase, sabía que me seguía la mirada del señor Guppy, y pensaba en el enorme gasto que estaba realizando aquel joven sólo por mí. A veces pensaba en decírselo al señor Jarndyce. Pero entonces temía que el joven perdiera su empleo, y que cayera en la ruina. A veces pensaba en confiárselo a Richard, pero me disuadía la posibilidad de que se peleara con el señor Guppy y le hinchara un ojo. A veces pensaba que debía fruncirle el ceño, o hacer un gesto negativo de la cabeza. Después pensaba que no podía hacer eso. A veces pensaba que debía escribir a su madre, pero aquello acababa conmigo convencida de que el iniciar una correspondencia sería empeorar las cosas. Al final siempre llegaba a la conclusión de que no podía hacer nada. Durante todo aquel tiempo la perseverancia del señor Guppy no sólo le hacía estar presente en todos los teatros a los que íbamos, sino que lo hacía aparecer entre la multitud cuando salíamos, e incluso subirse a la trasera de nuestro coche, donde estoy segura de haberlo visto, debatiéndose entre los pinchos terribles que había puestos allí. Cuando llegábamos a casa, se quedaba apoyado en una parte iluminada que había frente a ella. Como la casa del tapicero en la que estábamos alojados se hallaba en la esquina de dos calles, y la ventana de mi dormitorio estaba frente a aquel poste, cuando yo subía las escaleras sentía miedo de acercarme a la ventana, no fuera a verlo (como me ocurrió una noche de luna) apoyado en el poste, y evidentemente enfriándose. Si, afortunadamente para mí, el señor Guppy no hubiera tenido sus ocupaciones durante el día, verdaderamente no hubiera podido escapar a él en ningún momento. Mientras nos dedicábamos a aquella serie de diversiones, en las que participaba de manera tan extraordinaria el señor Guppy, no descuidábamos el asunto que había servido para traernos a la ciudad. El primo del señor Kenge era un tal señor Bayham Badger, que tenía una buena consulta en Chelsea, y además prestaba sus servicios en una gran institución pública. Estaba perfectamente dispuesto a recibir a Richard en su casa y a supervisar sus estudios, y como parecía que éstos se podían seguir provechosamente bajo el techo del señor Badger, y al señor Badger le agradó Richard, y Richard dijo que a él le «parecía aceptable» el señor Badger, se llegó a un acuerdo, se obtuvo el consentimiento del Lord Canciller y quedó todo convenido. El día en que quedaron concertados los asuntos entre Richard y el señor Badger estábamos todos invitados a cenar en casa de este último. Sería «una comida puramente en familia», según decía la nota de la señora Badger, y vimos que la única dama era la propia señora Badger. Se hallaba en su salón rodeada de objetos que indicaban que pintaba algo, tocaba algo el piano, tocaba algo la guitarra, tocaba algo el arpa, cantaba algo, trabajaba algo, leía algo, escribía algo de poesía y se dedicaba algo a la botánica. Era una dama de unos cincuenta años, según me pareció, vestida con estilo juvenil y con un cutis muy fino. Si añado a la lista de sus virtudes que se maquillaba un poco, no quiero con ello criticarle en absoluto. El propio señor Bayham Badger era un caballero sonrosado, de cara jovial, vivaz, de voz débil, dientes blancos, pelo claro y la mirada sorprendida, algo más joven, me pareció, que la señora Badger. Admiraba mucho a su esposa, y sobre todo y para empezar, por el curioso motivo (según nos pareció) de que se había casado tres veces. Acabábamos de sentarnos cuando dijo al señor Jarndyce con tono triunfal: —¡Seguro que no sería usted capaz de suponer que soy el tercer marido de la señora Badger! —¿Es cierto? —replicó el señor Jarndyce. —¡El tercero! —exclamó el señor Badger—. ¿Verdad, señorita Summerson, que la señora Badger no tiene el aspecto de una dama que ha estado casada dos veces antes? —¡En absoluto! —repliqué. —¡Y con hombres notabilísimos! —continuó diciendo el señor Badger en tono confidencial—. El Capitán Swosser de la Marina Real, que fue el primer marido de la señora Badger, era un oficial de gran distinción. El nombre del Profesor Dingo46, mi predecesor inmediato, goza de reputación europea. La señora Badger oyó lo que decía y sonrió. —¡Sí, cariño mío! —replicó el señor Badger a aquella sonrisa—. Observaba al señor Jarndyce y a la señorita Summerson que ya habías estado casada dos veces, y ambas con personas muy distinguidas. Y a ellos, como suele ocurrir, les resulta difícil creerlo. —Yo tenía apenas veinte años —dijo la señora Badger— cuando me casé con el Capitán Swosser, de la Marina Real. Estuve con él en el Mediterráneo; soy muy marinera. El día del duodécimo aniversario de mi boda me casé con el Profesor Dingo. —De reputación europea —añadió el señor Badger en voz baja. «Y cuando nos casamos el señor Badger y yo», siguió relatando la señora Badger, «lo hicimos el mismo día del año. Yo le había tomado cariño a esa fecha». —De modo que la señora Badger ha tenido tres maridos, dos de ellos personas muy distinguidas —dijo el señor Badger, resumiendo los datos—, ¡y cada una de las bodas se ha celebrado el veintiuno de marzo a las once de la mañana! Todos nosotros manifestamos nuestra admiración. —De no ser por la modestia del Señor Badger —dijo el señor Jarndyce—, me permitiría corregirle y decir que ha tenido tres maridos de gran distinción. —¡Gracias, señor Jarndyce! ¡Eso es lo que le digo yo siempre! —observó la señora Badger. —Pero, cariño mío —interpuso el señor Badger—, ¿qué es lo que te digo siempre yo? Que sin afectación alguna, ni menospreciar la distinción profesional que pueda haber alcanzado yo (y que nuestro amigo Carstone tendrá muchas oportunidades de juzgar), no tendré yo la debilidad... No, de verdad —nos dijo a todos en general el señor Badger—, ni seré tan poco razonable como para atribuirme una reputación comparable a la de personas de la categoría del Capitán Swosser y el Profesor Dingo. Quizá le interese a usted, señor Jarndyce —continuó el señor Bayham Badger, llevándonos al salón de al lado—, este retrato del Capitán Swosser. Se lo hicieron cuando volvió de la flota de África, donde había padecido las fiebres propias de la región. La señora Badger considera que está demasiado amarillo. Pero es una cabeza magnífica. ¡Magnífica! —¡Magnífica cabeza! —asentimos todos. —Cuando la contemplo —prosiguió el señor Badger—, pienso que se trata de un hombre al que hubiera deseado conocer. Revela notablemente la clase de hombre que era sin duda el Capitán Swosser. Al otro lado está el Profesor Dingo. Lo conocí bien: lo cuidé en su última enfermedad. ¡Sólo le falta hablar! Encima del piano está la señora Swosser. Encima del sofá, la señora Badger cuando era la señora Dingo. De la señora Badger in esse, ya poseo el original, y no tengo copia. Anunciaron la cena y bajamos al primer piso. Fue una cena muy agradable y bien servida. Pero el señor Badger seguía pensando en el Capitán y el Profesor, y como Ada y yo estábamos confiadas a sus cuidados personales, no nos dejó olvidarlos. —¿Agua, señorita Summerson? ¡Permítame! Pero en esa copa no, se lo ruego. ¡James, tráeme la copa del Profesor! Ada admiró mucho unas flores artificiales que había bajo un farol. —¡Es asombroso lo bien que se conservan! —exclamó el señor Badger—. Se las regalaron a la señora Bayham Badger cuando estuvo en el Mediterráneo. Invitó al señor Jarndyce a tomar un vaso de clarete. —¡Ese clarete no! —dijo—. ¡Perdón! Esta es toda una ocasión, y para las ocasiones tengo un clarete muy especial (iJames, el vino del Capitán Swosser! ). Señor Jarndyce, éste es un vino que importó el Capitán, no le voy a decir hace cuántos años. Lo encontrará usted muy interesante. Cariño mío, celebraré tomar un poco de este vino contigo (¡James, el clarete del Capitán Swosser para la Señora!). ¡A tu salud, amor mío! Después de la cena, cuando nos retiramos las damas, nos llevamos con nosotras al primero y segundo maridos de la señora Badger. En el salón, la señora Badger nos hizo un esbozo biográfico de la vida y el servicio del Capitán Swosser antes de su boda, y un relato más minucioso de su vida desde que se enamoró de ella, en un baile dado a bordo del Crippler a los oficiales de aquel navío cuando éste se hallaba amarrado en el puerto de Plymouth. —¡Qué barco aquel Crippler! —dijo la señora Badger meneando la cabeza—. Era una noble nave. Limpia, bien aparejada, de velas tensas, como decía el Capitán Swosser. Perdónenme si de vez en cuando introduzco una expresión náutica; tuve una época muy marinera. El Capitán Swosser amaba aquel barco por causa mía. Cuando lo desguazaron, decía muchas veces que si hubiera sido lo bastante rico para haberse comprado el casco, hubiera hecho poner una placa en las planchas del alcázar donde estuvimos bailando, para señalar el punto donde cayó de una andanada a lo largo de toda la amurada (decía el Capitán Swosser) disparada por mis culebrinas. Utilizaba ese término naval para hablar de mis ojos. La señora Badger meneó la cabeza, suspiro y contempló su copa. —El Profesor Dingo era muy distinto del Capitán Swosser —continuó, con una sonrisa triste—. Al principio lo noté mucho. ¡Qué revolución en mi forma de vivir! Pero la costumbre, combinada con la ciencia (sobre todo la ciencia) me habituaron a ella. Como era la única acompañante del Profesor en sus excursiones botánicas, casi olvidé mis navegaciones y me hice toda una erudita. ¡Qué singular es que el Profesor fuera las Antípodas del Capitán Swosser y que el señor Badger no se parezca a ninguno de los dos! Pasamos después a una narración de las muertes del Capitán Swosser y del Profesor Dingo, ambos de los cuales parecían haber padecido crueles enfermedades. En aquella narración, la señora Badger nos reveló que no había amado locamente más que una vez, y que el objeto de aquella obsesión, cuyo entusiasmo jamás se podría igualar, había sido el Capitán Swosser. El Profesor estaba muriéndose cachito a cachito de la manera más horrible, y la señora Badger nos estaba imitando cómo decía con grandes dificultades: «¿Dónde está Laura? ¡Que me dé Laura la tostada y el agua!», cuando la entrada de los caballeros lo envió de golpe a la tumba. Aquella tarde observé, como venía observando desde hacía unos días, que Ada y Richard cada vez se aficionaban más a la compañía el uno del otro, lo cual era natural, dado que iban a separarse tan pronto. Por eso no me sentí demasiado sorprendida cuando, al volver a casa y retirarnos Ada y yo al piso de arriba, vi que ella estaba más callada que de costumbre, aunque para lo que no estaba yo preparada era para que se lanzara a mis brazos y empezara a hablar, apartando la mirada. —¡Querida Esther! —murmuró Ada—. ¡Tengo que contarte un gran secreto! ¡Secretísimo, pequeña mía, pensé yo! —¿De qué se trata, Ada? —¡Ay, Esther, no te lo puedes imaginar! —¿Quieres que lo intente? —pregunté. —¡Ay, no! ¡No! ¡Te ruego que no! —exclamó Ada, alarmadísima ante la idea de que yo lo adivinara. —Y ¿qué podrá ser, me preguntó? —dije yo, haciendo como que lo estaba pensando. —Se trata —dijo Ada, en un susurro— ... se trata... ¡de mi primo Richard! —¡Bueno, guapa mía! —exclamé, dándole un beso en la rubia cabellera, que era lo único que le podía ver—. ¿Qué pasa con él? —¡Ay, Esther, no te lo puedes ni imaginar! Era algo tan dulce el tenerla así aferrada a mí, con la cara oculta, y el saber que no lloraba de pena, sino con una explosión de alegría, de orgullo y de esperanza, que no quise ayudarla todavía. —Dice (ya sé que es una locura, que somos los dos muy jóvenes), pero dice —rompiendo en lágrimas— que me ama, Esther . —¿Eso dice? ¡Nunca he oído cosa igual! ¡Pero, querida mía, eso ya lo sabía yo desde hace semanas enteras! ¡Qué agradable era ver cómo levantaba Ada, sorprendida, el rostro ruborizado, me asía del cuello y se reía, se sonrojaba y se reía! —¡Pero, preciosa mía, debes de tomarme por tonta! —le dije—. ¡Es evidente que tu primo Richard te quiere desde hace no sé cuanto tiempo, cariño! —¡Y sin embargo, nunca has dicho ni una sola palabra! —exclamó Ada, dándome un beso. —No, amor mío —le contesté—. Esperé a que me lo dijerais. Pero ahora que te lo he dicho, no te parece mal, ¿verdad? —replicó Ada. Aunque hubiera sido la «carabina» con el corazón más duro del mundo, habría conseguido que le dijera que no. Como todavía no lo era, le dije que no sin el menor rebozo. —Y ahora —le dije—, ya estoy al tanto de la peor noticia. —¡Ay, no, Esther mía, no es eso lo peor! —gritó Ada, abrazándome más fuerte y volviendo a ponerme la cabeza en el seno. —¿No? —pregunté—. ¿Ni siquiera eso? —¡No, ni siquiera eso! —exclamó Ada, negando con la cabeza. —Pero, ¿es que me vas a decir que... ? —empecé a decir en tono de broma. Pero Ada levantó la cabeza y, sonriendo entre sus lágrimas, exclamó: —¡Sí, yo también! ¡Tú sabes que yo también! —y después gimió—: ¡Con toda mi alma! ¡Con toda mi alma, Esther! Le dije, riéndome, que también sabía eso, igual que sabía lo otro. Y nos quedamos sentadas ante la chimenea y durante un rato (aunque no mucho) seguí hablando sólo yo, y Ada se tranquilizó en seguida, feliz. —¿Crees que mi primo John está enterado, mi querida señora Durden? —me preguntó. —Salvo que mi primo John esté ciego, encanto mío —le dije—, creo que mi primo John está tan enterado como nosotras. —Queremos hablar con él antes de que se vaya Richard —dijo Ada tímidamente—, y querríamos que nos aconsejaras y que se lo dijeras. ¿No te importaría que entrase Richard, señora Durden? —¡Ah! ¿De manera que Richard está ahí fuera? —pregunté. —No estoy segura del todo —respondió Ada con una sencillez ruborizada que me hubiera conquistado el corazón de no haberlo conquistado ya mucho antes—, pero creo que está esperando a la puerta. Claro que estaba allí. Tomaron cada uno una silla y me colocaron entre los dos, y parecía que en realidad se hubieran enamorado de mí, en lugar del uno del otro, por la confianza, el cariño y las confidencias que fueron depositando en mí. Continuaron un rato a su propio aire exuberante; yo no les puse freno; aquello me hacía disfrutar demasiado, y después pasamos a considerar gradualmente lo jóvenes que eran, y que habían de pasar varios años antes de que aquel amor juvenil pudiera materializarse, y que no podía desembocar en la felicidad más que si era real y duradero, y los imbuía de una firme resolución de cumplir con sus deberes recíprocos, con constancia, decisión y perseverancia, con una abnegación mutua para siempre. ¡Bien! Richard dijo que estaba dispuesto a matarse a trabajar por Ada, y Ada dijo que estaba dispuesta a matarse a trabajar por Richard, y a mí me dijeron todo género de cosas cariñosas y encantadoras, y allí nos quedamos consultando y charlando hasta tardísimo. Por fin nos separamos. Les prometí que al día siguiente hablaría con su primo John. Así que cuando llegó el día siguiente, después de desayunar fui a ver a mi tutor, en la habitación que era la sucesora londinense del Gruñidero, y le dije que me habían encargado que le dijera una cosa. —Bueno, mujercita —dijo, cerrando el libro que estaba leyendo—, si has aceptado el encargo, no puede ser nada malo. —Espero que no, Tutor —contesté—. Y puedo garantizar que no es ningún secreto. Porque no ocurrió hasta ayer. —¿Sí? ¿Y que es, Esther? —Tutor —repliqué—, ¿recuerda usted aquella noche tan feliz en que llegamos a la Casa Desolada? ¿Cuándo Ada cantó en la habitación a oscuras? Deseaba yo que recordase cómo los había mirado él entonces. Si no me equivoco, vi que lo había conseguido. —Porque... —continué con un pequeño titubeo. —¡Sí, hija mía! —dijo—. No te apresures. —Porque... —seguí diciendo— Ada y Richard se han enamorado. Y se lo han dicho el uno al otro. —¡Tan pronto! —exclamó mi tutor, muy asombrado. —¡Sí! —dije—. Y a decir verdad, Tutor, ya me lo esperaba yo. —¡No me digas! Se quedó pensándolo unos instantes, sonriendo de aquella manera tan suya, tan hermosa y tan amable al mismo tiempo, mientras iba cambiando de gesto, y después me pidió que les comunicara que quería verlos. Cuando vinieron pasó un brazo paternalmente por los hombros de Ada y se dirigió a Richard con animada seriedad: —Rick —dijo el señor Jarndyce—:. celebro haber merecido tu confianza. Espero conservarla. Cuando contemplé estas relaciones entre nosotros cuatro, que tanto han iluminado mi vida y que la han llenado de tantos intereses y placeres nuevos, la verdad es que también contemplé, para un futuro distante, la posibilidad de que tú y tu bella prima (¡no seas tan tímida, Ada, no seas tan tímida hija mía!) tuvierais la idea de recorrer juntos el camino de la vida. Percibí entonces, como sigo percibiendo ahora, muchos motivos por lo que eso era de desear. ¡Pero era para dentro de mucho tiempo, Rick, mucho tiempo! —Nosotros pensamos en dentro de mucho tiempo, señor —respondió Richard. —¡Bien! ——dijo el señor Jarndyce—. Eso es racional. ¡Y ahora escuchadme, hijos míos! Podría deciros que todavía no sabéis lo que queréis, que pueden pasar mil cosas que os separen, que hay muchas posibilidades de que esta cadena de flores que habéis hecho se llegue a romper, o a convertir en una cadena de plomo. Pero no voy a decíroslo. Estoy seguro de que eso es algo que comprenderéis pronto, si es que alguna vez lo comprendéis. Quiero suponer que dentro de unos años seguiréis sintiendo en vuestros corazones lo mismo que sentís hoy. Lo único que os pediré antes de hablaros a partir de ese supuesto es que si efectivamente cambiáis, si efectivamente llegáis a la conclusión de que al convertiros en hombre adulto y mujer adulta os queréis más como primos vulgares y corrientes que ahora, que sois unos muchachos (¡y perdóname Rick, pues sé que ya eres un hombre! ), sigáis confiando en mí sin avergonzaros, pues no tendría nada de raro ni de monstruoso. Yo no soy más que un amigo y un pariente lejano. No tengo ningún poder sobre vosotros. Pero deseo y espero que sigáis confiando en mí, si es que no hago nada para dejar de merecerlo. —Estoy seguro, señor —replicó Richard—, de que hablo también en nombre de Ada si digo que tiene usted el mayor poder posible sobre nosotros: un poder basado en un respeto, una gratitud y un afecto, que van en aumento de día en día. —Querido primo John —dijo Ada, apoyándose en su hombro—, el lugar que dejó mi padre ya no está vacío. Todo el honor y la obediencia que le debía a él le corresponden ahora a usted. —¡Vamos, vamos! —dijo el señor Jarndyce—. Volvamos a nuestra hipótesis. ¡Levantemos la vista y contemplemos esperanzados el futuro! Rick, tiene todo el mundo por delante, y lo más probable es que la forma en que lo abordes determinará la forma en que te reciba. No confíes en nada más que en la Providencia y en tus propios esfuerzos. Ya sabes, a Dios rogando y con el mazo dando. La constancia en el amor está muy bien, pero no significa nada, no es nada, si no existe la constancia en todos tus esfuerzos. Aunque tuvieras toda la sabiduría de todos los grandes hombres del pasado y del presente, jamás podrías hacer nada a derechas si no lo pretendes sinceramente y no te decides a hacerlo. Si te imaginas que jamás se puede, se ha podido o se podrá arrancar a la Fortuna algún verdadero éxito, sea en lo grande o en lo pequeño, a base de improvisaciones, abandona esa idea, o abandona aquí a tu prima Ada. —Abandonaría la idea, señor —replicó Richard con una sonrisa—, si es que hubiera llegado aquí con ella (aunque espero que no haya sido así), y trabajaré hasta merecer a mi prima Ada en un lejano futuro lleno de esperanza. —¡Perfecto! —dijo el señor Jarndyce—. Si no vas a hacerla feliz, ¿para qué cortejarla? —Nunca querría hacerla infeliz..., ni siquiera por su amor —contestó Richard en tono orgulloso. —¡Bien dicho! —exclamó el señor Jarndyce—. ¡Muy bien dicho! Ada se queda aquí, que es su casa, conmigo. Síguela queriendo, Rick, en tu vida activa, igual que en su casa cuando vuelvas a visitarla, y todo irá bien. De lo contrario, todo irá mal. Y aquí termina mi sermón. Creo que lo mejor es que tú y Ada vayáis a datos un paseo. Ada le dio un abrazo cariñoso y Richard un efusivo apretón de manos, y después los dos primos salieron de la habitación, aunque en seguida reaparecieron para decir que me esperarían. La puerta seguía abierta, y ambos los seguimos con la mirada, mientras ellos cruzaban la habitación de al lado, en la que daba el sol, y salían por el otro extremo. Richard, que llevaba la cabeza baja y la había tomado del brazo, hablaba con gestos expresivos, y ella le miraba a la cara, lo escuchaba y no parecía ver nada más. Jóvenes, hermosos, llenos de esperanzas y de promesas, cruzaron levemente el espacio soleado, igual que sus ideas de felicidad estarían cruzando entonces los años venideros, todos ellos convertidos en años de felicidad. Y así fueron pasando hacia la sombra y desaparecieron. No era más que un momento de luz lo que les había dado un aspecto tan radiante. Al irse ellos se oscureció la habitación y las nubes taparon el sol. —¿Tengo razón, Esther? —preguntó mi Tutor cuando se fueron. ¡Él, que era tan bueno y tan sabio, me preguntaba a mí si había actuado bien! —Es posible que todo esto le aporte a Rick esa cualidad que le falta. Que le falta pese a tener tantas buenas cualidades —dijo el señor Jarndyce, sacudiendo la cabeza—. Ada, a Esther no le he dicho nada. Siempre tiene a su lado a una amiga y una consejera —y me puso cariñosamente una mano en la cabeza. No pude por menos de mostrar que me sentía algo conmovida, aunque hice todo lo posible por disimularlo. —¡Vamos, vamos! —me dijo el señor Jarndyce—. También hemos de encargarnos de que la vida de nuestra mujercita no quede totalmente absorbida por su preocupación por los demás. —¿Preocupación? Mi querido Tutor, ¡pero si creo que soy el ser más feliz del mundo! —También yo lo creo —me contestó—. Pero quizá alguien llegue a averiguar lo que jamás sabrá Esther: ¡que nuestra mujercita es en la que más debemos pensar de todos! Se me olvidaba mencionar cuando hubiera debido hacerlo que en aquella cena de familia había participado otra persona. No era una dama. Era un caballero. Un caballero moreno: un joven médico. Era bastante reservado, pero me había parecido muy sensato y agradable. Por lo menos, Ada me había preguntado si no me lo parecía y yo le había dicho que sí. CAPÍTULO 14 El buen Porte Richard se marchó el día siguiente por la tarde, a iniciar una nueva carrera, y me encargó que cuidara de Ada con grandes manifestaciones de amor hacia ésta y de gran confianza en mí. Me conmovió entonces reflexionar, y todavía me conmueve más ahora el recordar (dado lo que todavía he de narrar), cómo se ocupaban de mí, incluso en aquellos momentos tan importantes. Yo formaba parte de todos sus planes, presentes y futuros. Debía escribir a Richard una vez a la semana e informarle fielmente cómo le iba a Ada, que le iba a escribir una vez cada dos días. Él, por su parte, debía escribirme por su propia mano para comunicarme todas sus tareas y todos sus triunfos; yo observaría lo decidido y perseverante que iba a ser él, sería la madrina de Ada cuando se casaran, después viviría con ellos y tendría todas las llaves de su casa; sería feliz por siempre jamás. —Y si saliéramos ricos del pleito, Esther ¡que es muy posible, ya sabes...! —añadió Richard para acabar de coronarlo todo. Pasó una sombra por la cara de Ada. —Pero, Ada, querida mía, ¿por qué no? —Preferiría que nos declarasen pobres de una vez —dijo Ada. —¡Ah, pues no sé! —replicó Richard—, pero en todo caso no nos van a declarar nada de momento. Sabe Dios cuántos años hace que no declaran nada. —Es verdad —dijo Ada. —Sí, pero —insistió Richard, en respuesta más bien, al gesto de ella que a sus palabras— cuanto más tiempo continúe, mi querida prima, más cerca tiene que estar la solución, sea lo que sea. ¿No es razonable lo que digo? —Tendrás razón tú, Richard. Pero me temo que si confiamos en eso, vamos a ser muy infelices. —¡Pero, Ada mía, no vamos a confiar en eso! —exclamó Richard en tono alegre—. Ya sabemos que no es posible. Lo único que decimos es que si nos hace ricos, entonces no tenemos ninguna objeción fundamental a ser ricos. El Tribunal, por una solemne decisión de la ley, es nuestro austero tutor, y hemos de suponer que lo que nos conceda (cuando nos conceda algo) es nuestro por derecho propio. No tenemos por qué renunciar a lo que es nuestro. —No —dijo Ada—, pero quizá sea mejor que nos olvidemos de todo eso. —¡Bueno, bueno! —exclamó Richard—. ¡Entonces nos olvidamos de todo! Lo dejamos todo sumido en el olvido. ¡La señora Durden pone un gesto de aprobación, y se acabó! —El gesto de aprobación de la señora Durden —dije yo, levantando la vista de la caja en la que estaba colocados los libros de Richard— no era muy visible cuando has hablado de él, pero sí que lo aprueba, y cree que es lo mejor que podéis hacer. De manera que Richard dijo que aquello había acabado, y empezó inmediatamente, sin ningún fundamento a hacer tantos castillos en el aire que más bien aquello parecía la gran muralla china. Se marchó muy animado. Ada y yo, seguras de que lo echaríamos mucho de menos, iniciamos una vida más pausada. A nuestra llegada a Londres habíamos ido con el señor Jarndyce a visitar a la señora Jellyby, pero por desgracia no la habíamos encontrado en casa. Según parecía, había ido a tomar el té a alguna parte y se había llevado a la señorita Jellyby. Además de tomar el té, en aquella reunión se iban a hacer muchos discursos y a escribir muchas cartas sobre las ventajas en general del cultivo del café, conjuntamente con los indígenas, en la Colonia de Borriobula-Gha. Todo aquello, sin duda, implicaba un uso lo bastante activo de pluma y tinta como para que la participación de su hija en las actividades no fuera precisamente una diversión. Como ya había pasado la fecha en la que debía regresar la señora Jellyby, volvimos otra vez. Estaba en la ciudad, pero no en casa, pues había ido a Mile End, inmediatamente después de desayunar, para algo que ver con Borriobula-Gha, relacionado con una Sociedad llamada la Sección Auxiliar Asistencial del Este de Londres. Como en nuestra última visita yo no había tenido oportunidad de ver a Peepy (porque no aparecía por ninguna parte y la cocinera creía que debía de haberse ido a dar un paseo en la carretera del barrendero), volví a preguntar por él. Todavía estaban en el pasillo las conchas de ostras con las que había estado construyendo una casita, pero no se lo podía ver por ninguna parte, y la cocinera supuso que debía de haberse «ido con las ovejas». Cuando repetimos, un tanto sorprendidas, «¿con las ovejas?», nos dijo que sí, que los días de mercado a veces las seguía hasta que salían de Londres, y volvía en un estado imposible. A la mañana siguiente estaba yo sentada con mi Tutor al lado de la ventana, mientras Ada escribía muy ocupada (a Richard, naturalmente), cuando anunciaron a la señorita Jellyby, y entró ésta llevando consigo al propio Peepy, a quien había intentado dejar presentable, para lo cual no lo había dejado sucio más que en los rincones de la cara y de las manos, le había mojado mucho el pelo y después se lo había revuelto violentamente con los dedos. Todo lo que llevaba puesto el pobrecillo le estaba demasiado grande o demasiado pequeño. Entre otros adornos contradictorios, llevaba un solideo de obispo y unos mitoncitos de bebé. Las botas que llevaba eran, a pequeña escala, dignas de un pocero, y las piernas, surcadas de cicatrices por todas partes, de manera que parecían un mapa, las llevaba desnudas bajo un par de pantaloncitos muy cortos a cuadros, cada una de cuyas perneras estaba rematada con unas puntillas diferentes. Los deficientes botones de su chaqueta a cuadros provenían evidentemente de una de las levitas del señor Jellyby, dados su gran brillo metálico y su colorido exagerado. En varias partes de su atavío aparecían especímenes de costura de lo más extraordinario, donde se lo habían remendado a toda prisa, y en el atuendo de la señorita Jellyby percibí huellas de la misma mano. Sin embargo, ella tenía un aspecto increíblemente mejor, y estaba muy atractiva. Tenía conciencia de que, pese a todos sus esfuerzos, el pobrecito Peepy era un fracaso, como mostró al entrar, por la forma en que primero lo miró a él y luego a nosotros. —¡Ay, Dios mío! —gimió mi tutor—. ¡Sopla de Levante! Ada y yo le dimos una cordial bienvenida y la presentamos al señor Jarndyce, a quien dijo al sentarse: —Los saludos de mi Mamá, que espera que la excuse usted, porque está corrigiendo las pruebas del plan. Va a tirar cinco mil circulares nuevas, y está segura de que le interesará a usted ver un ejemplar. Se lo he traído con los saludos de mi Mamá. —Y se lo dio con gesto enfadado. —Gracias —dijo mi Tutor—. Le estoy muy agradecido a la señora Jellyby. ¡Dios mío, qué viento más molesto! Ada y yo nos ocupábamos de Peepy, a quien despojamos de su sombrero clerical y preguntamos si se acordaba de nosotras, etc. Peepy primero se tapó la cara con el codo, pero se ablandó al ver el pastel y me dejó que lo sentara en mis rodillas, donde se quedó comiendo en silencio. Después, el señor Jarndyce se retiró a su gruñidero provisional y la señorita Jellyby inició una conversación con su brusquedad acostumbrada: —En Thavies Inn todo sigue igual de mal que de costumbre. No tengo ni un minuto de tranquilidad. ¡Todo el tiempo hablando de África! No podía irme peor si fuera uno de esos como-se-llame. ¡Ese que es hermano mío!47 Traté de decirle algo para calmarla. —¡Bah, es todo inútil, señorita Summerson! —exclamó la señorita Jellyby—, aunque de todos modos le agradezco su buena intención. Ya sé que se me utiliza, y nadie me va a convencer de lo contrario. Usted no se dejaría convencer si la estuvieran utilizando así. ¡Peepy, vete debajo del piano a jugar a las fieras! —¡No quiero! —dijo Peepy. —¡Muy bien, niño mimado, desagradecido, cruel! —replicó la señorita Jellyby con lágrimas en los ojos— No voy a volver a vestirte nunca. —¡Ya voy, Caddy, ya voy! —dijo Peepy, que en realidad era un niño muy bueno y que se conmovió tanto ante las lágrimas de contrariedad de su hermana que se puso a jugar inmediatamente. —Parece una bobada llorar por algo tan insignificante —dijo la pobre señorita Jellyby—, pero es que estoy agotada. He estado escribiendo las direcciones en las nuevas circulares hasta las dos de la mañana. Detesto tanto todo el asunto que basta con eso para que me duela la cabeza y lo vea todo borroso. ¡Y miren a ese pobrecito! ¿No les horroriza? Peepy, felizmente inconsciente de los defectos de su atavío, estaba sentado en la alfombra, detrás de una de las patas del piano, contemplándonos con calma desde su refugio, mientras se comía el pastel. —Le he dicho que se fuera al otro lado de la sala —observó la señorita Jellyby acercando su silla a las nuestras— porque no quiero que oiga nuestra conversación. ¡Son tan listos estos chiquillos! Iba a decir que en realidad las cosas van peor que nunca. Mi papá va a caer en la quiebra dentro de nada, y espero que entonces se quede contenta mi Mamá. La culpa de todo la tendrá ella. Dijimos que esperábamos que los negocios del señor Jellyby no estuvieran en tan mal estado. —De nada valen las esperanzas, aunque son ustedes muy amables —replicó la señorita Jellyby meneando la cabeza—. Ayer por la mañana me dijo mi Papá (y no saben ustedes lo triste que está) que ya no puede capear el temporal. Me sorprendería mucho que pudiera. Cuando todos los proveedores nos mandan a casa lo que quieren ellos, y los criados hacen lo que quieren con eso, y yo no tengo tiempo para arreglar las cosas, aunque supiera, y a mi Mamá le da todo igual, me gustaría saber cómo va mi Papá a capear el temporal. Desde luego, si yo fuera mi Papá, me iría de casa. —¡Pero hija mía! —dije yo con una sonrisa—. Sin duda, tu padre piensa en su familia. —Ah, sí, su familia está muy bien, señorita Summerson —respondió la señorita Jellyby—, pero, ¿de qué le vale a él su familia? Su familia no son más que facturas, suciedad, despilfarro, ruido, caídas por las escaleras, confusión y padecimientos. Cuando llega a casa, una semana tras otra semana, es como si siempre fuera día de limpieza general, ¡pero nunca se limpia nada! La señorita Jellyby golpeó el suelo con un pie y se secó los ojos. —¡Lo único que sé es que mi Papá me da mucha pena, y si mi Mamá me da tanta rabia que no hallo palabras para expresarla! —continuó diciendo—Pero no estoy dispuesta a seguir soportándolo. Estoy decidida a no seguir siendo una esclava toda la vida, y no voy a aguantar que se me declare el señor Quale. ¡Vaya un negocio, casarse con un filántropo! ¡Como si no estuviera yo harta de esos! —dijo la pobre señorita Jellyby. Debo confesar que no pude evitar sentirme yo también bastante enfadada con la señora Jellyby, tras oír y escuchar a aquella joven abandonada a sí misma, y sabiendo cuánta verdad satírica reflejaban sus palabras. —Si no fuera porque nos hicimos amigas cuando estuvieron ustedes en casa —siguió diciendo la señorita Jellyby—, me hubiera dado vergüenza venir hoy, porque sé lo que debo de parecerles a ustedes dos. Pero, dadas las circunstancias, me decidí a venir a verlas, especialmente porque no es probable que nos volvamos a ver la próxima vez que vengan ustedes a Londres. Lo dijo con tanta intensidad que Ada y yo intercambiamos una mirada, previendo algo más. —¡No! —exclamó la señorita Jellyby meneando la cabeza—. ¡No es nada probable! Sé que puedo confiar en ustedes dos. Estoy segura de que no me van a traicionar. Estoy prometida. —¿Y no lo saben en su casa? —pregunté. —¡Por el amor del cielo, señorita Summerson! —respondió ella, justificándose en tono intenso, pero no airado—. ¿Cómo iba a decírselo? Ya saben cómo es mi Mamá... y no tengo por qué hacer que mi Papá sufra todavía más si se lo digo a él. —Pero, ¿no va a hacer que sufra todavía más si se casa sin su conocimiento ni su permiso, hija mía? —pregunté. —No —dijo la señorita Jellyby, ablandándose—. Espero que no. Trataré de hacer que se sienta a gusto y contento cuando venga a verme, y Peepy y los demás pueden venir a verme por turno, y entonces ya me encargaré yo de que estén bien atendidos. La pobre Caddy era muy afectuosa. Según iba hablando de aquellas cosas se iba ablandando cada vez más, y tanto lloró al trazar la imagen de aquel hogar imaginario que se había ido creando, que Peepy se emocionó en su refugio debajo del piano y se tiró al suelo con grandes lamentaciones. No pudimos lograr que se tranquilizara hasta que lo llevé a dar un beso a su hermana, lo volví a sentar en mis rodillas y le demostramos que Caddy se estaba riendo (se puso a reír adrede por eso); e incluso entonces, para que siquiera tranquilo tuvimos que permitirle que nos fuera cogiendo de la barbilla por turnos y nos pasara la mano por la cara, una por una. Por fin, como no estaba de ánimo para volver a jugar detrás del piano, lo colocamos en una silla para que mirase por la ventana, y la señorita Jellyby, que lo tenía agarrado de una pierna, siguió con sus confidencias. —Todo empezó cuando vinieron ustedes a casa —dijo. Naturalmente, le preguntamos por qué. —Me di cuenta de que era tan torpe —replicó que decidí corregirme en ese sentido, por lo menos, y aprender a bailar. Le dije a Madre que estaba avergonzada de mí misma y que tenía que aprender a bailar. Madre me miró con ese aire provocador suyo, como si yo fuera invisible, pero yo estaba decidida a aprender a bailar y empecé a ir a la Academia del señor Turveydrop, en la Calle Newman. —Y fue allí donde... —empecé a decir yo. —Sí, allí fue —dijo Caddy—, y ahora estoy comprometida con el señor Turveydrop. Hay dos señores Turveydrop, padre e hijo. Lo único que desearía es que me hubieran dado una educación mejor, para ser mejor esposa, porque lo quiero mucho. —Debo confesar que lo siento —dije. —No sé por qué ha de sentirlo —respondió, un tanto nerviosa—, pero en todo caso estoy comprometida con el señor Turveydrop, que me quiere mucho. Todavía es secreto, incluso por su parte, porque el señor Turveydrop padre también tiene que dar su permiso, y quizá le rompiera el corazón, o le diera un ataque, si se lo dijéramos de golpe. El señor Turveydrop padre es todo un caballero..., todo un caballero. —¿Lo sabe su esposa? —preguntó Ada. —¿La esposa del señor Turveydrop padre, señorita Clare? —preguntó la señorita Jellyby, abriendo mucho los ojos—. No existe. Es viudo. Entonces nos interrumpió Peepy, a quien su hermana le había tirado tanto de la pierna, porque se la sacudía inconscientemente como la cuerda de una campana cada vez que quería subrayar algo, que ahora el pobre niño empezó a quejarse de que le dolía, y a llorar muy alto. Como me pidió compasión a mí, y como mi papel se limitaba al de oyente, lo volví a poner en mis rodillas. La señorita Jellyby siguió adelante, tras pedirle perdón con un beso y asegurarle que había sido sin querer. —Y así están las cosas —dijo Caddy—. Si alguna vez me lo reprocho, pienso que es culpa de Madre. Nos vamos a casar en cuanto podamos, y entonces iré a ver a Padre a la oficina y le escribiré una carta a Madre. A ella no le importará demasiado; para ella no soy más que un tintero y una pluma. Una cosa que me alegra mucho pensar —dijo Caddy con un gemido— es que cuando me case ya no volveré a oír hablar de África. El señor Turveydrop hijo ya la odia por lo que me ha oído decir, y si el señor Turveydrop padre sabe que existe, ya es mucho. —Es el que es todo un caballero, ¿no? —pregunté. —Efectivamente, todo un caballero —dijo Caddy—. Es famoso casi en todas partes por su Porte. —¿Enseña él también? —preguntó Ada. —No, no enseña nada en particular —replicó Caddy—, pero tiene un Porte magnífico. Caddy dijo después, tras muchas dudas y titubeos, que tenía otra cosa que decirnos, que creía que debíamos saber, y que esperaba que no nos ofendiéramos. Era que había trabado más conocimiento con la señora Flite, la ancianita loca, y que iba a verla muchas mañanas, y que unos minutos antes del desayuno se encontraba allí con su enamorado, pero sólo unos minutos. «Yo voy a verla a otras horas», dijo Caddy, «pero entonces no viene Prince. El señor Turveydrop hijo se llama Prince. No me gusta, porque parece el nombre de un perro, pero, claro, no se lo puso él. El señor Turveydrop padre lo hizo bautizar Prince en recuerdo del Príncipe Regente. El señor Turveydrop padre adoraba al Príncipe Regente por el majestuoso Porte que tenía. Espero que no les parezca mal a ustedes que tenga estas pequeñas citas en casa de la señorita Flite, a la que conocí con ustedes, porque me agrada mucho la pobrecita, y creo que yo a ella también. Si pudieran ustedes conocer al señor Turveydrop hijo, estoy segura de que tendrían muy buena impresión de él, o, por lo menos, estoy convencida de que no podrían jamás pensar nada malo de él. Ahora voy a ir a su casa a que me dé la clase. No soy capaz de pedirle a usted, señorita Summerson, que me acompañe allí, pero si pudiera venir» —dijo Caddy, que había hecho todos aquellos comentarios con gran preocupación y nerviosismo—, me daría una gran alegría..., una gran alegría.» Daba la casualidad de que aquel mismo día habíamos quedado con mi Tutor en ir a ver a la señorita Flite. Le habíamos contado nuestra visita anterior, y nuestro relato le había interesado, pero siempre había habido algo que nos impedía volver a verla. Como yo creía que tendría la suficiente influencia sobre la señorita Jellyby para impedirle que tomara una medida demasiado imprudente si aceptaba plenamente la confianza que la pobre estaba tan dispuesta a depositar en mí, propuse que Peepy, ella y yo fuéramos a la Academia y después a reunirnos con mi Tutor y Ada en casa de la señorita Flite, cuyo nombre oía ahora por primera vez. Aquello comportaba la condición de que la señorita Jellyby y Peepy fuesen después a cenar con nosotros. Cuando ambos accedieron, encantados, á esta última parte del acuerdo, arreglamos un poco a Peepy con ayuda de unos cuantos alfileres, algo de agua y de jabón y un cepillo para el pelo, y nos fuimos camino de Newman Street, que estaba muy cerca. Vi que la Academia estaba establecida en un edificio bastante destartalado en la esquina de un pasaje, con bustos en todas las ventanas de la escalera. Según pude observar por las placas de la puerta, en aquel mismo edificio estaban establecidos un maestro de dibujo, un mayorista de carbón (aunque allí, desde luego, no había sitio para carbón) y un artista litógrafo. En la placa que por su tamaño y su posición tenía precedencia sobre todas las demás, leí: SR. TURVEYDROP. La puerta estaba abierta, y el vestíbulo estaba bloqueado por un piano de cola, un arpa y varios instrumentos musicales más, que estaban llevando de un lado a otro, y todos los cuales tenían aspecto un tanto desvencijado a la luz del día. La señorita Jellyby nos comunicó que la noche anterior se habían alquilado los locales de la Academia para que se celebrase un concierto. Subimos las escaleras (había sido una casa excelente hacía tiempo, cuando había quien se ocupara de mantenerla limpia y ventilada, y cuando nadie fumaba en ella a todo lo largo del día) y entramos en el salón del señor Turveydrop, que daba a unas antiguas caballerizas por la parte de atrás y estaba iluminado por una claraboya. Era un salón desnudo, lleno de ecos y de olor a establo, con bancos de enea a lo largo de las paredes, las cuales estaban adornadas también a intervalos regulares con pinturas de liras y receptáculos de cristal para las velas, en forma de ramajes, que parecían estar derramando sus lágrimas anticuadas igual que otras ramas podrían estar dejando caer sus hojas de otoño. Había reunidas varias alumnas jóvenes, desde los trece o los catorce años hasta los veintidós o los veintitrés, y estaba yo buscando a su profesor en medio de ellas cuando Caddy me pellizcó el brazo y repitió la ceremonia de presentación: —¡Señorita Summerson, el señor Prince Turveydrop! Hice una reverencia a un hombre bajito, de piel clara y ojos azules, de aspecto juvenil, con pelo muy rubio, peinado con raya al medio y que le formaba rizos a ambos lados de la cabeza. Llevaba bajo el brazo un violín pequeño, de los que en la escuela llamábamos «de bolsillo», y en la misma mano llevaba el arco. Sus zapatillas de baile eran especialmente pequeñas, y tenía unos modales un poco inocentes y femeninos, que no sólo me resultaron atractivos y amistosos, sino que me hicieron, un efecto singular: me dio la impresión de que yo era su madre y dé que su madre no había sido una persona bien atendida ni bien tratada. —Celebro mucho conocer a la amiga de la señorita Jellyby —dijo, haciéndome una profunda reverencia, y añadió con dulzura tímida—: Estaba empezando a temer que no viniera la señorita Jellyby, dado que ya había pasado su hora habitual. —Le ruego tenga la bondad de atribuírmelo a mí, que la he retenido, y que reciba mis excusas, señor mío —dije. —¡Dios mío! —respondió. —Y le ruego —proseguí— que no me permita ser motivo de más retrasos. Con aquellas excusas me retiré a un asiento entre Peepy (que como ya estaba acostumbrado al lugar se había encaramado a un puesto en un rincón) y una señora anciana de gesto adusto, que había llevado a dos sobrinas suyas a la clase y que estaba muy indignada con las botas de Peepy. Entonces, Prince Turveydrop rasgueó con los dedos las cuerdas de su violincito y las jovencitas se pusieron en pie para bailar. En aquel preciso momento apareció por una puerta lateral el señor Turveydrop padre, con toda la majestuosidad de su Porte. Se trataba de un señor viejo y grueso, de falso buen color, dentadura falsa, patillas falsas y peluca. Llevaba un cuello de piel y un chaleco forrado bajo la levita, a la que no faltaba más que una estrella o una banda azul para estar completa48. Iba todo lo ajustado, lo holgado, lo vestido y lo calzado que era humanamente posible. Llevaba tal corbatín (que le hacía abultar los ojos de forma antinatural), con la barbilla y hasta las orejas totalmente hundidas en él, que parecía inevitable que estuviera a punto de caer hacia adelante si de pronto se le desanudara. Llevaba bajo el brazo un sombrero de gran tamaño y peso, que iba estrechándose desde la copa hacia el ala, y en la mano un par de guantes blancos con los que lo golpeaba, mientras se apoyaba en una sola pierna, con los hombros bien tiesos, los codos hacia atrás, en una actitud de elegancia insuperable. Llevaba un bastón, un monóculo, una caja de rapé, anillos, puños almidonados; tenía aire de cualquier cosa, menos de naturalidad; no parecía joven y no parecía viejo, no se parecía a nada en el mundo, más que a un modelo de Porte. —¡Padre! Una visita. La señorita Summerson, amiga de la señorita Jellyby. —Nos distingue mucho —dijo el señor Turveydrop— la presencia de la señorita Summerson —y cuando me hizo una reverencia, tan comprimido como estaba, creo que casi vi que se le salían las arrugas hasta en los blancos de los ojos. —Mi padre —me dijo su hijo en un aparte, tan lleno de fe que resultaba enternecedor— es un personaje famoso. Mi padre es objeto de gran admiración. —¡Sigue adelante, Prince, sigue adelante! —dijo el señor Turveydrop, dándole las espaldas a la chimenea, con un gesto condescendiente de los guantes—. ¡Continúa lo que estabas haciendo, hijo mío! Ante aquella orden, o aquella amable autorización, continuó la clase. A veces, Prince Turveydrop tocaba el violincito mientras bailaba, y otras veces tocaba el piano en pie; a veces tarareaba la melodía con el escaso resuello que le quedaba, mientras corregía a una de las alumnas; siempre acompañaba atentamente a las menos adelantadas en cada paso y cada parte de la figura, y no descansaba un momento. Su distinguido padre no hacía nada en absoluto, salvo seguir ante la chimenea como un modelo de buen Porte. —Y nunca hace más que eso —comentó la anciana señora de gesto adusto—. ¿Se podría usted imaginar que el nombre de la placa de abajo es el de ése? —Bueno, su hijo se llama igual que él —le dije. —Si pudiera quitárselo, no le dejaría a su hijo ni el nombre —replicó la señora—. ¡Mire cómo va vestido el hijo! —desde luego, no era nada elegante; llevaba la ropa incluso un poco gastada, casi de pobre. Y la anciana añadió—: Sin embargo, el padre, siempre vestido de punta en blanco, ¡y todo por culpa de su Porte! ¡Ya lo iba yo a portar! ¡Más bien, a deportar, eso es lo que le haría yo! Sentí curiosidad por saber algo más acerca de aquella persona, y pregunté: —¿Es que ahora da lecciones de Porte? —¡Ahora! —respondió la anciana inmediatamente—. Nunca las ha dado. Tras un momento de reflexión, pregunté si quizá su fuerte era la esgrima. —No creo que sepa nada de esgrima en absoluto, señorita —contestó la anciana. Puse un gesto de sorpresa y curiosidad. La anciana, que se iba poniendo cada vez más irritada contra el Maestro del Porte a medida que se iba metiendo en el tema, me dio algunos detalles de su carrera, con grandes seguridades de que, si acaso, se quedaba corta. Se había casado con una mujercita mansa que daba clases de baile y que tenía una clientela pasable (pues él nunca había hecho nada en la vida, salvo exhibir su Porte), y la había matado a trabajar, o, en el mejor de los casos, había permitido que se matara a trabajar, a fin de que él pudiera subvenir a los gastos indispensables en su posición. Tanto para exhibir su Porte ante los mejores modelos como para mantener siempre ante sí los mejores modelos, había considerado necesario frecuentar los lugares públicos de moda y de ocio, hacerse ver en Brighton y otros puntos en las temporadas de moda y llevar una vida de ocio, siempre vestido a la última moda. Para que se lo pudiera permitir, la afectuosa maestrita de baile había trabajado y trabajado, y hubiera seguido trabajando y trabajando todavía si le hubieran durado las fuerzas. Pues la clave de la historia era que, pese al egoísmo absorbente de aquel hombre, su mujer (dominada por el buen Porte de él) había creído en él hasta el final, y en su lecho de muerte lo había confiado, en los términos más conmovedores, a su hijo, como alguien que tenía un derecho inextinguible sobre él, y a quien nunca podría contemplar con suficiente orgullo y deferencia. El hijo, que había heredado la fe de su madre y que siempre tenía ante sí aquel modelo de Porte, había vivido y crecido con la misma fe, y ahora, a los treinta años de edad, trabajaba para su padre doce horas al día, y lo colocaba sobre el mismo pedestal imaginario. —¡Pero qué aires se da ese hombre! —dijo mi informante, sacudiendo la cabeza en dirección al señor Turveydrop padre con una indignación muda cuando él se puso los guantes ajustados, inconsciente, claro está, del homenaje que se le estaba haciendo—. ¡Está totalmente convencido de pertenecer a la aristocracia! Y es tan condescendiente con el hijo, al que engaña tan paladinamente, que cabría suponer que es el más virtuoso de los padres. ¡Ay, me gustaría abofetearlo! —dijo la anciana, apostrofándolo con infinita vehemencia. No pude evitar el sentirme divertida, aunque lo que decía la anciana me llenaba de la mayor preocupación. Era difícil dudar de ella, cuando tenía ante mí a padre e hijo. No puedo decir. lo que hubiera pensado de ellos de no ser por el relato de la anciana, ni lo que hubiera pensado del relato de la anciana de no tenerlos a ellos delante. Pero la suma de todo aquello resultaba muy convincente. Seguía yo mirando alternativamente al señor Turveydrop hijo, que tanto trabajaba, y al señor Turveydrop padre, que tan buen Porte tenía, cuando se me acercó este último e inició una conversación. Primero me preguntó si confería yo encanto y distinción a Londres como residente en la ciudad. No me pareció necesario responderle que tenía perfecta conciencia de que en cualquier caso no conferiría tales cosas, sino que me limité a decirle dónde residía. —Dama tan graciosa y llena de virtudes —dijo, besándose el guante derecho y señalando después con él a las alumnas— contemplará con lenidad los defectos que aquí ve. ¡Hacemos todo lo posible por educar, educar y educar! Se sentó a mi lado, con cierto cuidado, me pareció, para adoptar la misma postura que el grabado de su ilustre modelo en el sofá. Y la verdad es que se le parecía mucho. —¡Educar, educar y educar! —repitió, tomando un poco de rapé y agitando delicadamente los dedos—. Pero, si se me permite decirlo a alguien formado para la gracia, tanto de la Naturaleza como del Arte, no estamos a la altura a la que estábamos en materia de buen Porte —dijo, con aquella reverencia metiendo la cabeza entre los hombres, que según parecía le resultara imposible hacer sin al mismo tiempo enarcar las cejas y cerrar los ojos. —¿No lo estamos, caballero? —pregunté. —Hemos degenerado —respondió, sacudiendo la cabeza, lo cual sólo podía hacer hasta donde se lo permitía el corbatín—. Estos tiempos igualitarios no son favorables al buen Porte. Fomenta la vulgaridad. Es posible que yo no hable con imparcialidad. Quizá no debiera decir que desde hace ya unos años se me conoce como el Caballero Turveydrop, o que Su Alteza Real, el Príncipe Regente, me hizo una vez el honor de preguntar, cuando me quité el sombrero al salir él del Pabellón de Brighton (magnífico edificio): «¿Quién es? ¿Quién diablos es? ¿Por qué no lo conozco? ¿Por qué no tiene una renta de treinta mil al año?» Pero eso no son sino pequeñas anécdotas, muy conocidas, señora, muy conocidas todavía entre las clases altas. —¿Verdaderamente? —dije. Replicó con aquella inclinación suya de los hombros: —En cuanto a lo que nos queda de buen Porte —añadió—, Inglaterra (¡pobre país mío!) ha degenerado muchísimo, y sigue degenerando día tras día. Ya no le quedan muchos caballeros. Somos pocos. No veo que nos pueda suceder más que una raza de tejedores. —Cabría esperar que la raza de los caballeros se perpetuara aquí —comenté. —Es usted muy amable —sonrió, una vez más con aquella inclinación de los hombres—. Me halaga. Pero no..., ¡no! Jamás he podido imbuir a mi pobre muchacho de esa parte de su arte. Dios impida que hable yo mal de mi querido hijo, pero... no tiene Porte. —Parece ser un excelente profesor —observé. —Compréndame usted, mi querida señora, es un excelente profesor. Ha adquirido todo lo que se puede adquirir. Sabe impartir todo lo que se puede impartir. Pero hay cosas... —y tomó otro poco de rapé y volvió a inclinarse, como para decir: «cosas así, por ejemplo». Miré hacia el centro de la sala, donde el enamorado de la señorita Jellyby, que ahora trabajaba con sus alumnas una por una, se esforzaba más que nunca. —Este hijo mío es excelente —murmuró el señor Turveydrop, ajustándose el corbatín. —Su hijo es infatigable —dije. —Es para mí un honor —respondió el señor Turveydrop— oírselo decir a usted. En algunos respectos sigue el camino de su santa madre. Era muy leal. Pero, ¡aah, Mujer, aah, Mujer —añadió el señor Turveydrop con una galantería desagradable—, qué sexo tan difícil! Me levanté para ir a reunirme con la señorita Jellyby, que se estaba poniendo el sombrero. Como ya había pasado todo el tiempo asignado a la clase, todas se estaban poniendo los sombreros. No sé cómo encontraron la señorita Jellyby y el pobre Prince tiempo para prometerse, pero, desde luego, en aquella ocasión no tuvieron tiempo para intercambiar ni una docena de palabras. —Hijo mío —preguntó benignamente el señor Turveydrop a su hijo—, ¿sabes qué hora es? —No, padre—. El hijo no tenía reloj. El padre tenía uno muy bueno y de oro, que sacó con un gesto que era un ejemplo para toda la Humanidad. —Hijo mío —dijo—, son las dos. Recuerda que tienes una clase en Kensington a las tres. —Tengo tiempo de sobra, padre —respondió Prince—. Puedo comer algo sobre la marcha y llegar a la hora. —Hijo mío querido —replicó su padre—, tienes que darte prisa. Como verás, en la mesa tienes algo de cordero frío. —Gracias, padre. ¿Se marcha usted ya, padre? —Sí, hijo mío. Supongo —dijo el señor Turveydrop, cerrando los ojos y levantando los hombres, con un gesto de modestia— que, como de costumbre, he de pasear en Corte. —Tendría que comer bien en alguna parte —dijo su hijo. —Es lo que me propongo, muchacho. Creo que comeré algo en la Casa de Francia, en la Columnata de la ópera. —Eso está muy bien. ¡Adiós, padre! —dijo Prince, dándole la mano. —¡Adiós, hijo mío! ¡Ve con mi bendición! El señor Turveydrop dijo aquellas palabras en tono santurrón, lo que pareció agradar a su hijo, que al separarse de él estaba tan satisfecho de él, tan deferente con él y tan orgulloso de él que casi me pareció que fuera una falta de amabilidad para con el joven el no ser capaz de creer implícitamente en el viejo. Los pocos momentos que dedicó Prince a despedirse de nosotras (y especialmente de una de nosotras, como pude apreciar gracias a hallarme en el secreto) aumentaron mi impresión favorable de su carácter casi infantil. Sentí por él tal afecto y tal compasión cuando se puso su violincito en el bolsillo (y con él sus deseos de quedarse un rato más con Caddy) y se marchó bienhumorado hacia su cordero frío y su escuela de Kensington, que casi me quedé tan airada contra el padre como la anciana severa. El padre nos abrió la puerta del salón y nos despidió con una reverencia, con unos modales, debo reconocerlo, dignos de su brillante modelo. Con ese mismo aire nos pasó al cabo de un rato, por el otro lado de la calle, camino de la parte aristocrática de la ciudad, donde iba a mostrarse entre los pocos caballeros más que quedaban. Por unos momentos me perdí en mis reflexiones sobre lo que había visto y oído en Newman Street, de forma que no podía hablar con Caddy, ni siquiera fijar la atención en lo que decía ella, sobre todo cuando me empecé a preguntar mentalmente si había o había habido jamás otros caballeros, no pertenecientes a la profesión danzarina, que vivieran y fundaran una reputación exclusivamente sobre la base de su porte. Era algo tan enigmático, y sugería la posibilidad de que hubiera tantos señores Turveydrop, que me dije: «Esther, tienes que decidirte a dejar totalmente de lado este tema y ocuparte de Caddy.» Es lo que hice, y fuimos charlando todo el resto del camino hasta llegar a Lincoln's Inn. Caddy me dijo que la educación de su enamorado había sido tan descuidada que no siempre resultaba fácil leer las notas que le enviaba. Dijo que si no se preocupara tanto de la ortografía, y no se esforzara tanto por escribir con claridad, lo haría mejor; pero añadía tantas letras innecesarias en las palabras cortas que a veces parecían cualquier cosa menos inglés. —Lo hace con la mejor intención —observó Caddy—, pero, ¡pobrecito!, no consigue el efecto que desea. Después Caddy siguió razonando que no podía esperarse de él que fuera muy culto, criando se había pasado toda la vida en la escuela de baile, y no había hecho más que enseñar y azacanarse, azacanarse y enseñar, mañana, tarde y noche. Y, además, ¿qué más daba? Ella podía escribir todas las cartas que hicieran falta, como había aprendido a sus propias expensas, y más valía que él fuera bueno que culto. —Además, no es como si yo fuera una chica preparadísima que tuviera derecho a darse aires de nada —añadió Caddy—. ¡Bien poco que sé yo, gracias a Madre! Y hay otra cosa que quiero decirle, ahora que estamos solas las dos —continuó—, que no me hubiera gustado mencionar si no hubiera visto usted ya a Prince, señorita Summerson. Ya sabe usted lo que es nuestra casa. De nada me vale que intente aprender en nuestra casa nada que le conviniera saber a la mujer de Prince. Vivimos en tal estado de desorden que es imposible, y cuando lo he intentado no ha valido sino para descorazonarme todavía más. Así que voy obteniendo algo de práctica (¿se lo podrá creer?) ¡con la pobre señorita Flite! A primera hora de la mañana la ayudo a limpiar su cuarto y a limpiar a los pájaros, y le hago una taza de café (claro que es ella la que me ha enseñado), y he aprendido a hacerlo tan bien que Prince dice que es el mejor café que ha tomado en su vida y que le gustaría mucho al señor Turveydrop padre, que es muy exigente con el café. También he aprendido a hacer pastelillos, y ya sé comprar cuello de cordero, y té y azúcar, y mantequilla, y muchas cosas de la casa. Todavía no soy muy hábil con la aguja —dijo Caddy echando una mirada a los arreglos de la ropa de Peepy—, pero quizá vaya mejorando, y desde que estoy comprometida con Prince y haciendo todas estas cosas me siento de mejor humor, creo yo, y tengo más paciencia con Madre. Esta mañana, al principio, me puse un poco nerviosa al ver a usted y la señorita Clare tan aseadas y' tan guapas, y sentí vergüenza de mí misma, y también de Peepy, pero en general espero tener mejor humor que antes, y más paciencia con Madre. La pobre chica se esforzaba tanto y hablaba con tal sinceridad que me emocionó. —Caddy, encanto —repliqué—, empiezo a sentir gran afecto por ti, y espero que nos hagamos amigas. —¿De verdad? —exclamó Caddy—. ¡Me gustaría tanto! —Mi querida Caddy —dije—, seamos amigas a partir de ahora y hablemos a menudo de estas cosas para ver cómo se pueden arreglar. Caddy estaba contentísima. Yo dije todo lo que pude, a mi aire anticuado, para tranquilizarla y animarla, y aquel día no hubiera tenido nada malo que decir el señor Turveydrop padre, salvo que hubiera servido para obtenerle una dote a su nuera. Ya estábamos llegando a casa del señor Krook, cuya puerta particular estaba abierta. A la entrada había un cartel anunciando que quedaba un cuarto libre en el segundo piso. Aquello recordó a Caddy decirme, mientras subíamos la escalera, que allí se había producido una muerte repentina y se había celebrado una encuesta, y que nuestra anciana amiga se había puesto enferma del susto. Como la puerta y la ventana del cuarto libre estaban abiertas, nos detuvimos a mirar. Se trataba del cuarto de la puerta oscura que la señorita Flite había señalado en secreto a mi atención la última vez que estuve en aquella casa. Era un lugar triste y desolado, que me dio una extraña sensación de dolor e incluso de horror. —¡Se ha puesto usted pálida —dijo Caddy cuando salimos— y fría! Me sentía como si el cuarto me hubiera dado un escalofrío. Mientras hablábamos habíamos andado despacio, y mi tutor y Ada habían llegado antes que nosotros. Los encontramos en la buhardilla de la señorita Flite. Estaban contemplando los pájaros, mientras un médico que tenía la bondad de atender a la señorita Flite con gran solicitud y compasión hablaba animadamente con ella ante la chimenea. —Ya he terminado mi visita profesional —dijo levantándose—. La señorita Flite está mucho mejor y puede ir mañana al Tribunal (dado que es lo que más desea). Tengo entendido que allí la han echado mucho de menos. La señorita Flite recibió el cumplido con agrado y nos hizo una reverencia general. —Es un honor, de verdad —dijo—, recibir una visita de las pupilas de Jarndyce. ¡Un honor recibir a Jarndyce de Casa Desolada bajo mi humilde techo! —reverencia especial—. ¡Mi querida Fitz-Jarndyce49 —aparentemente le había puesto ese nombre a Caddy y siempre la llamaba así—, doblemente bienvenida! —¿Ha estado muy enferma? —preguntó el señor Jarndyce al caballero a quien habíamos encontrado atendiéndola. Pero respondió ella directamente, aunque la pregunta se había hecho en un susurro. —¡Ay, muy mal! ¡He estado malísima! —dijo en tono confidencial—. No es que hayan sido dolores, saben. Problemas. ¡No tanto corporales como nerviosos, nerviosos! —dijo en una voz baja y trémula—. La verdad es que hemos tenido una muerte en esta casa. Había veneno en la casa. Y yo soy muy susceptible a esas cosas horribles. Me dio miedo. El señor Woodcourt es el único que sabe cuánto miedo. ¡Mi médico, el señor Woodcourt! —dicho con gran pompa—, Las pupilas de Jarndyce, Jarndyce de Casa Desolada, y Fitz-Jarndyce. —La señorita Flite —dijo el señor Woodcourt con voz grave y amable, como si estuviera ordenándole algo al mismo tiempo que se dirigía a nosotros— describe su enfermedad con su exactitud habitual. Se sintió alarmada ante algo ocurrido en la casa que podría haber alarmado a alguien más fuerte que ella. Me llamó en las primeras prisas del descubrimiento, aunque ya era demasiado tarde para que le pudiera yo servir de nada a aquel pobrecillo. He tratado de compensar esa desilusión viniendo a verla desde entonces y siéndole de alguna utilidad. —Es el médico más amable de todo el Colegio —me susurró la señorita Flite—. Estoy esperando una Sentencia. El Día del Juicio. Y entonces conferiré herencias. —Dentro de uno o dos días va a estar bien ——dijo el señor Woodcourt con una sonrisa observadora—, o todo lo bien que puede estar. ¿Se han enterado de su buena fortuna? —Algo extraordinario! —dijo la señorita Flite con una sonrisa animada—. ¡Hija mía, jamás ha oído usted cosa igual! Todos los sábados, Kenge el Conversador, o Guppy (el pasante del Conversador K.), me pone en la mano un cartucho de chelines. ¡Chelines, se lo aseguro! Siempre hay la misma cantidad en el paquete. Siempre hay uno para cada día de la semana. ¡Verdaderamente, quién lo iba a imaginar! Tan oportuno, ¿verdad? ¡Sí! ¿Y de dónde vienen esos cartuchos, dirá usted? Ésa es la cuestión. Naturalmente. ¿Quiere que le diga lo que opino yo? Yo opino —dijo la señorita Flite, echándose atrás con una mirada de gran astucia, y sacudiendo el índice de manera muy significativa— que el Lord Canciller, consciente del tiempo que lleva abierto el Gran Sello (¡porque lleva abierto mucho tiempo! ), es el que me los envía. Supongo que hasta que se pronuncie la Sentencia. Y eso es algo que lo honra mucho, ¿saben ustedes? Confesar así que él es un tanto lento para la vida humana. ¡Qué delicadeza! El otro día, cuando asistía a los Tribunales (a los que asisto regularmente) con mis documentos, se lo dije, y casi confesó. Es decir, le sonreí desde mi banco, y él me sonrió desde el estrado. Pero es una gran fortuna, ¿no? Y Fitz-Jarndyce me administra el dinero muy bien. ¡Sí, le aseguro que muy bien! La felicité (porque era a mí a quien se dirigía) por aquel aumento afortunado de sus ingresos, y le deseé que continuara mucho tiempo. No me pregunté cuál sería su origen ni quién sería tan humano y considerado. Mi Tutor estaba a mi lado contemplando los pájaros y no me hacía falta mirar más lejos. —¿Y cómo llama usted a estos animalitos, señora? —preguntó con su tono agradable de siempre—. ¿Tienen algún nombre? —Puedo responder por la señorita Flite que sí los tienen —dije yo—, porque nos prometió decírnoslos. ¿Te acuerdas, Ada? Ada lo recordaba perfectamente. —¿Sí? —preguntó la señorita Flite—. ¿Quién llama a la puerta? ¿Por qué está usted escuchando a mi puerta, Krook? El viejo de la casa abrió la puerta y apareció con su gorra de piel en la mano y su gato a los talones. —No estaba escuchando, señorita Flite —dijo—. Estaba a punto de llamar, pero ¡es usted tan rápida! —Que se marche esa gata. ¡Que se vaya inmediatamente! —exclamó airada la anciana. —¡Vamos, vamos! No hay ningún peligro, señores —dijo el señor Krook mirándonos lenta y atentamente uno por uno hasta el último—, jamás se tiraría a los pájaros conmigo delante, salvo que se lo dijera yo. —Excusen ustedes a mi casero —dijo la señorita Flite con aire muy digno—. ¡L,, totalmente L! ¿Qué quiere usted, Krook, cuando tengo visita? —¡Eh! —dijo el viejo—. Ya sabe usted que yo soy el Canciller. —¿Y qué? —contestó la señorita Flite—. ¿Qué pasa? —Resulta curioso —dijo el viejo, con una risita— que el Canciller no conozca a un Jarndyce, ¿no, señorita Flite? ¿Me permite la libertad? A sus órdenes, caballero. Conozco el caso Jarndyce y Jarndyce casi tan bien como uste, señor. Conocí al viejo caballero Tom. Pero a usted, que yo sepa, no lo he visto nunca, ni siquiera en el Tribunal. Sí, voy allí muchas veces al cabo del año, un día con otro. —Yo no voy nunca —dijo el señor Jarndyce (que no iba, pasara lo que pasara)—. Antes preferiría ir... a otra parte. —¿De verdad? —replicó Krook, con una sonrisa—. Es usted muy duro con mi noble y erudito hermano al decir esas palabras, señor, aunque quizá sea natural en un Jarndyce. ¡Gato escaldado, señor mío! Pero veo que está usted mirando los pájaros de mi inquilina, señor Jarndyce—. El viejo había entrado poco a poco en el cuarto, hasta tocar ahora a mi Tutor en un codo, y se lo quedó mirando a la cara a través de las gafas—. Una de las rarezas que tiene es que nunca dice cómo se llaman los pájaros si puede evitarlo, aunque cada uno tiene su nombre—. Y añadió en un susurro—: ¿Quiere que se los diga, señorita Flite? —preguntó ya en voz alta, con un guiño e indicándola con la mano cuando ella se volvió de espaldas, haciendo como que limpiaba la chimenea. —Si quiere —contestó ella secamente. El viejo miró primero a las cajas, después a nosotros y recitó la lista: —Esperanza, Alegría, Juventud, Paz, Reposo, Vida, Polvo, Cenizas, Despilfarro, Necesidad, Ruina, Desesperación, Locura, Muerte, Astucia, Tontería, Palabrería, Pelucas, Trapos, Pergamino, Saqueo, Precedente, Jerga, Necedad y Absurdo. Ésa es toda la colección —dijo el viejo—, toda ella enjaulada por mi noble y erudito hermano. —¡Qué viento tan desagradable hace! —murmuró mi Tutor. —Cuando mi noble y erudito hermano pronuncie su Sentencia, saldrán en libertad —continuó Krook con otro guiño dirigido a nosotros—. Y entonces —añadió, susurrante y sonriente—, si es que ocurre alguna vez (que no va a ocurrir), los pájaros que nunca han estado enjaulados los matarían. —¡Si jamás ha soplado viento de Levante —dijo mi Tutor, haciendo como que miraba por la ventana en busca de una veleta—, seguro que es hoy! Nos resultó muy difícil marcharnos de aquella casa. No fue la señorita Flite quien nos retuvo, pues era una persona de lo más delicado que cabe en cuanto a tener en cuenta los deseos de los demás. Fue el señor Krook. Parecía que le resultara imposible separarse del señor Jarndyce. Si hubiera estado atado a él no hubiera podido seguirlo más de cerca. Propuso mostrarnos su Tribunal de Cancillería, y todo el extraño batiburrillo que contenía; a lo largo de nuestra inspección (que él prolongó) se mantuvo al lado del señor Jarndyce, y a veces lo retenía, con un pretexto u otro, hasta que seguíamos adelante, como si estuviera atormentado por una inclinación á revelar algún tema secreto, que no acababa de decidirse a abordar. No puedo imaginar unos modales ni unos gestos más singularmente expresivos de cautela e indecisión, ni un impulso constante a hacer algo a lo que no acababa de atreverse, que la actitud de Krook aquel día. Vigilaba incesantemente a mi Tutor. Raras veces le apartaba los ojos de la cara. Si estaba a su lado, lo observaba con la mirada astuta de un viejo zorro blanco. Si se adelantaba, se volvía a mirarlo. Cuando nos parábamos, se ponía frente a él y se pasaba la mano ante la boca abierta, con una curiosa expresión de tener algún género de poder, y desviaba los ojos y bajaba las cejas grises hasta que parecía tener los ojos cerrados, mientras parecía escudriñar cada rasgo de la cara de mi Tutor. Por fin, tras recorrer toda la casa (siempre seguidos por la gata) y haber contemplado todas las existencias de restos variados, que verdaderamente eran curiosas, llegamos a la trastienda. Allí, en la tapa de un tonel puesto del revés, había un tintero, varias plumas gastadas y unos cuantos programas de teatro sucios, y en la pared había pegados diversos abecedarios impresos en grandes caracteres y con distintos tipos de letra. —¿Qué hace usted aquí? —preguntó mi Tutor. —Estoy tratando de aprender a leer y escribir. —¿Y qué tal le va? —Lento. Mal —respondió impaciente el viejo— Resulta difícil, a mi edad. —Sería más fácil que le enseñara alguien —observó mi Tutor. —¡Sí, pero a lo mejor me enseñaban mal! —replicó el viejo, con un brillo prodigiosamente suspicaz en la mirada—. No sé lo que he perdido por no haber aprendido antes. Y no quiero perder nada más si ahora me enseñan mal. —¿Mal? —preguntó mi Tutor con su sonrisa bienhumorada—. ¿Y por qué cree que le iban a enseñar mal? —¡No lo sé, señor Jarndyce de Casa Desolada! —contestó el viejo, poniéndose las gafas en la frente y frotándose las manos—. No creo que lo fuera a hacer nadie..., ¡pero prefiero confiar en mí mismo antes que en otro! Aquellas respuestas y sus modales eran lo bastante raros como para hacer que mi Tutor preguntara al señor Woodcourt, mientras nos paseábamos juntos por Lincoln's Inn, si era verdad, como decía su inquilina, que el señor Krook estaba perturbado. El joven médico dijo que no había advertido nada que lo indicara. Era muy desconfiado, como suele ocurrir entre los ignorantes, y siempre estaba más o menos intoxicado de ginebra pura, que bebía en grandes cantidades, y a la que olían mucho él mismo y su trastienda, como quizá hubiéramos observado, pero no creía que estuviera perturbado todavía. Camino de casa obtuve hasta tal punto el afecto de Peepy cuando le compré un molinillo de viento y dos bolsas de harina, que no dejó que nadie más le quitara el sombrero y los guantes, y durante la cena no quiso sentarse más que a mi lado. Caddy se sentó a mi otro lado y junto a Ada, a quien en cuanto regresamos le contó toda la historia del noviazgo. Tratamos muy afectuosamente a Caddy y también a Peepy, y Caddy estuvo muy animada, igual que mi Tutor, y todos estuvimos muy contentos, hasta que Caddy volvió de noche a su casa, en un coche de alquiler, con Peepy totalmente dormido, pero todavía con el molinillo bien agarrado en la mano. Se me ha olvidado mencionar —o por lo menos no he mencionado— que el señor Woodcourt era el mismo médico joven y moreno a quien habíamos conocido en casa del señor Badger. Y que el señor Jarndyce lo invitó a cenar al día siguiente. Y que efectivamente vino. Y que cuando se fueron todos y le dije a Ada: «Ahora, cariño mío, vamos a hablar un poco de Richard», Ada se echó a reír, y dijo... Pero creo que no importa lo que dijo mi pequeña. Siempre estaba muy alegre. CAPITULO 15 Bell Jard Durante nuestra estancia en Londres, el señor Jarndyce estuvo en todo momento rodeado de la multitud de damas y caballeros excitables cuyas actitudes tanto nos habían sorprendido. El señor Quale, que se presentó poco después de nuestra llegada, estuvo presente en todos aquellos momentos. Parecía proyectar aquellas sienes suyas abultadas y brillantes en todo lo que ocurría, y cepillarse el pelo cada vez más para atrás, hasta que las raíces mismas estaban casi a punto de echársele a volar de la cabeza como resultado de su filantropía inagotable. Le daba igual cuál fuera el objetivo, pero siempre estaba particularmente dispuesto a todo lo que consistiera en rendir homenaje a alguien. Su principal facultad parecía ser la de una admiración indiscriminada. Se quedaba sentado largos ratos, con el mayor contento, con las sienes bañadas en la luz de alguna luminaria. Tras haberlo visto por primera vez totalmente sumido en la admiración que profesaba a la señora Jellyby, yo suponía que ella era el objeto absorbente de su devoción. Pronto descubrí mi error, y vi que actuaba como paje y trompetero de toda una procesión de gente. Un día vino la señora Pardiggle en busca de una suscripción en apoyo de algo, y con ella el señor Quale. Dijera lo que dijera la señora Pardiggle, el señor Quale nos lo repetía, e igual que había ensalzado a la señora Jellyby, ensalzaba ahora a la señora Pardiggle. Ésta escribió una carta de presentación a mi Tutor en nombre de su elocuente amigo el señor Gusher50 Con éste volvió a aparecer el señor Quale. El señor Gusher, que era un caballero fofo con la piel húmeda y unos ojos demasiado pequeños para su cara de luna, de modo que parecían haber estado destinados en principio a otra persona, no era demasiado atractivo a primera vista, pero apenas si se acababa de sentar cuando el señor Quale nos preguntó a Ada y a mí, en tono perfectamente audible, si no era una gran persona, como efectivamente lo era, en el sentido fofo del término, aunque el señor Quale se refería a su atractivo intelectual, y si no nos asombraban las enormes dimensiones de su frente. En resumen, oímos hablar de muchísimas Misiones de diversos tipos cuando estábamos con aquel grupo de personas, pero a ese respecto nada nos resultaba ni la mitad de claro como que la misión que le correspondía a Quale era la de caer en éxtasis con las misiones de todos los demás, y que ésa era la misión más popular de todas. El señor Jarndyce había caído en medio de aquella gente por causa de su buen corazón y por su sincero deseo de hacer todo el bien que le fuera posible, pero también él consideraba que se trataba demasiado a menudo de una compañía insatisfactoria, cuya benevolencia adoptaba formas espasmódicas, cuya caridad era algo asumido, como un uniforme, por profesorzuelos vociferantes y por especuladores que aspiraban a la fama, vehementes en sus profesiones de fe, inconstantes y vanos en la acción, serviles hasta el último grado de mezquindad ante los grandes, aduladores los unos de los otros, e insufribles para quienes verdaderamente deseaban ayudar a los débiles a no hundirse, en lugar de levantarlos un poco con grandes exclamaciones y autoelogios cuando ya estaban caídos, según nos dijo con toda claridad. Cuando el señor Gusher organizó un homenaje al señor Quale (a quien ya le había organizado uno el señor Gusher), y cuando el señor Gusher estuvo hablando una hora y media del tema, en una reunión a la que asistieron dos escuelas de niños y niñas pobres, a quienes se recordó en especial el subsidio de las viudas, y a quienes se pidió que contribuyeran con sus medios peniques y que hicieran sacrificios aceptables, creo que sopló viento de Levante durante tres semanas seguidas. Lo menciono porque voy a hablar otra vez del señor Skimpole. Me daba la sensación de que las manifestaciones de infantilismo y despreocupación que hacía éste con tanta tranquilidad eran un gran alivio para mi Tutor, en contraste con todos aquéllos, y resultaban tanto más creíbles, pues era imposible que no se sintiera complacido al encontrar a alguien tan totalmente carente de designios y tan sincero. Lamentaría implicar que el señor Skimpole lo adivinaba y que actuaba en su propio interés; nunca llegué a conocerlo tan bien como para afirmar tal cosa. Desde luego, ante el resto del mundo era igual que ante mi Tutor. No había estado muy bien, de manera que, aunque vivía en Londres, no lo habíamos visto hasta ahora.. Una mañana apareció con sus agradables modales de costumbre y tan lleno de buen ánimo como siempre. Bueno, nos dijo, ¡aquí estaba! Había tenido un ataque biliar, pero los ataques biliares eran frecuentes entre los ricos, por lo cual se había persuadido de que era también él una persona de fortuna. Y lo era, desde un cierto punto de vista, en sus intenciones generosas. Había estado enriqueciendo a su médico de manera totalmente dispendiosa. Siempre había doblado sus honorarios, e incluso algunas veces los había cuadruplicado. Le había dicho al médico: «Mire, mi querido doctor, es completamente ilusorio por su parte suponer que me cuida usted de manera gratuita. De hecho, estoy llenándolo a usted de dinero (dada la generosidad de mis intenciones), ¡pero usted no lo sabe!» Y en realidad (nos dijo), lo decía con tal sinceridad que era como si lo estuviera haciendo de verdad. De haber tenido aquellos trozos de metal o de papel a que tanta importancia atribuía la gente, para dárselos al médico, se los hubiera dado. Como no los tenía, lo que importaba eran sus intenciones. ¡Muy bien! Si sus intenciones eran sanas y sinceras, como lo eran, él consideraba que valían tanto como el dinero, de manera que su deuda quedaba pagada. —Es posible que se deba, en parte, a que no entiendo para nada el valor del dinero —dijo el señor Skimpole—, pero es algo que se me ocurre muy a menudo. ¡Me parece algo tan razonable! Mi carnicero me dice que quiere que le pague su cuentita. Es parte de la agradable poesía inconsciente de la naturaleza humana que siempre la califique de «cuentita», con objeto de que su pago nos parezca fácil a ambos. Y yo le digo al carnicero: «Amigo mío, estás pagado, pero no te das cuenta. No tenías el problema de venir a pedirme que te pagara la cuentita. Ya estás pagado. Te lo digo de verdad.» —Pero supongamos —dijo mi Tutor, riéndose— que él pusiera en la cuenta la intención de la carne, en lugar de dártela de verdad. —Mi querido Jarndyce —fue la respuesta—, me sorprendes. Adoptas la misma actitud que el carnicero. Un carnicero que tuve una vez adoptaba la misma actitud. Me dice: «Señor, ¿por qué come usted cordero lechal a dieciocho chelines la libra?» «Que por qué como cordero lechal a dieciocho chelines la libra, amigo mío?», contesté, naturalmente sorprendido por la pregunta. «¡Me gusta el cordero lechal!» Aquello me pareció lo bastante convincente. «Pero bueno, señor», me dice, «quiero decir que igual que yo le doy el cordero, usted me da el dinero». «Amigo mío», le digo, «te ruego que razonemos como los seres inteligentes. ¿Cómo lograrlo? Imposible. Tú tenías el cordero, y yo no tenía el dinero. Tú no podías hacer nada con el cordero salvo que me lo enviaras, mientras que yo puedo hacer algo con el dinero, y es lo que tengo intención de hacer, aunque no te lo envíe». No supo qué contestarme. Fin del problema. —¿Y no te llevó a los Tribunales? —preguntó mi Tutor. —Sí que me llevó a los Tribunales —dijo el señor Skimpole—, pero al hacerlo estaba más influido por la pasión que por la razón. Eso de la pasión me recuerda a Boythorn. Me ha escrito que las señoritas y tú le habéis prometido hacerle una breve visita en su casita de soltero de Lincolnshire. —A las muchachas les gusta mucho —dijo el señor Jarndyce—, y esa promesa la he hecho por ellas. —La Naturaleza se olvidó de suavizarlo un poco, ¿no? —observó el señor Skimpole a Ada y a mí—. ¿No es un poco exagerado, como el mar? Un poco demasiado vehemente, como un toro que ha decidido considerar que todo es de color rojo. Pero reconozco que tiene un cierto vigor, ¡como un martillo pilón! Me hubiera sorprendido que aquellas dos personas se tuvieran en gran estima la una a la otra, dada la importancia que el señor Boythorn atribuía a tantas cosas, y la poca importancia que le atribuía el señor Skimpole a todo. Además de lo cual, más de una vez había visto yo al señor Boythorn a punto de expresar opiniones muy firmes cuando se mencionaba al señor Skimpole. Naturalmente, me limité a sumarme a Ada al decir que el señor Boythorn nos agradaba mucho. —Me ha invitado —dijo el señor Skimpole—, y si un niño puede ponerse en tales manos, como se siente alentado a hacer este niño, cuando puede contar con la fuerza sumada de estos dos ángeles para que le protejan, lo aceptaré. Me ofrece pagarme el viaje de ida y vuelta. Supongo que debe de costar algún dinero. ¿Quizá unos chelines? ¿O unas libras? ¿O algo así? A propósito, Coavinses. ¿Recuerda usted a nuestro amigo Coavinses, señorita Summerson? Me lo preguntó cuando le vino el tema a la cabeza, con aquel aire suyo, siempre cortés y animado, sin el menor rebozo. —¡Ah, sí! —dije. —A Coavinses se lo acaba de llevar el Supremo Alguacil —dijo el señor Skimpole—. Ya no podrá atentar contra la luz del sol. Me impresionó mucho oír aquello, pues ya había recordado yo, sin atribuirle ninguna importancia, la imagen del hombre sentado en el sofá aquella noche, secándose la cabeza. —Ayer me lo comunicó su sucesor —continuó diciendo el señor Skimpole—. Su sucesor está ahora en mi casa...; para proceder al embargo, según creo que se dice. Vino ayer, el día del cumpleaños de mi hija, la de los ojos azules. Y se lo dije: «Esto no es ni razonable ni agradable. Si tuviera usted una hija de ojos azules, no le gustaría que fuera yo, sin que me hubieran invitado, el día de su cumpleaños, ¿verdad?» Pero allí se quedó. El señor Skimpole se echó a reír ante tamaño absurdo, y tocó levemente el piano, junto al que se había sentado. —Y entonces me dijo —siguió diciendo, marcando breves acordes que yo expresaré aquí con puntos y seguido— que Coavinses había dejado. Tres hijos. Sin madre. Y que como la profesión de Coavinses. Es impopular. Los pequeños Coavinses. Estaban en muy mala situación. El señor Jarndyce se levantó, se pasó la mano por la cabeza y empezó a pasearse por la habitación. El señor Skimpole tocó la melodía de una de las canciones favoritas de Ada. Ésta y yo miramos al señor Jarndyce y pensamos que sabíamos lo que le pasaba por la cabeza. Tras varios paseos y paradas, tras frotarse la cabeza e interrumpirse varias veces, mi Tutor puso una mano en el teclado e interrumpió la interpretación del señor Skimpole. —No me gusta esa situación, Skimpole —dijo, pensativo. El señor Skimpole, que ya se había olvidado del tema, levantó la vista, sorprendido. —Ese hombre era necesario —continuó diciendo mi Tutor, que seguía recorriendo la breve distancia entre el piano y el extremo de la habitación y se frotaba el pelo desde la nuca hacia adelante, como si el viento de Levante se lo estuviera agitando—. Si con nuestros errores o nuestras bobadas, o por falta de conocimiento del mundo, hacemos que sean necesarios hombres así, no debemos vengarnos de ellos. Su oficio no tenía nada de malo. Mantenía a sus hijos. Habría que saber más detalles de este asunto. —¡Ah! ¿Coavinses? —exclamó el señor Skimpole, que por fin se daba cuenta de a qué se refería—. Nada más fácil. Un paseo hasta el cuartel general de Coavinses y puedes enterarte de todo lo que quieras. El señor Jarndyce nos hizo un gesto, que era lo único que esperábamos nosotras. —Vamos, hijas, vamos a llegarnos hasta allí. ¡Nos da igual ir en esa dirección que en otra cualquiera! Nos arreglamos en seguida, y salimos. El señor Skimpole nos acompañó, y disfrutó mucho con la expedición. ¡Le resultaba tan nuevo y tan agradable, dijo, ir en busca de Coavinses, en lugar de que Coavinses fuera en busca de él! Primero nos llevó a Cursitor Street, Chancery Lane, donde había una casa de ventanas enrejadas, a la que calificó del Castillo de Coavinses. Cuando fuimos a la entrada y tocamos el timbre, salió de una especie de oficina un muchacho feísimo que nos miró por una ventanilla llena de clavos. —¿A quién buscan? —dijo el muchacho, metiéndose dos de los clavos en la barbilla. —¿Había aquí un guardia, o un alguacil, o algo así —preguntó el señor Jarndyce—, que acaba de morir? —Sí —dijo el muchacho—. ¿Qué pasa? —Dígame cómo se llamaba, por favor. —Se llamaba Neckett —dijo el muchacho. —¿Y dónde vivía? —En Bell Yard —contestó el muchacho—. La tienda del provisionista a la izquierda se llama Blinder. —¿Y era...? No sé como decirlo —murmuró mi Tutor—. ¿Era industrioso? —¿Neckett? —replicó el muchacho—. Sí, mucho. Nunca se cansaba en la vigilancia. Si se comprometía a algo, era capaz de pasarse ocho o diez horas seguidas en una esquina. —Hubiera podido ser peor —oí que decía para sí mi Tutor—. Hubiera podido comprometerse a hacerlo y no cumplir. Muchas gracias. Eso era lo que quería saber. Dejamos al muchacho, con la cabeza ladeada y los brazos puestos en la puerta, acariciando y chupando los clavos, y volvimos a Lincoln's Inn, donde nos esperaba el señor Skimpole, que no había querido acercarse más a casa de Coavinses. Después fuimos todos a Bell Yard, que era un callejón angosto y estaba muy cerca. En seguida vimos la tienda del provisionista. En ella había una anciana de aspecto amable que tenía hidropesía, o asma, o quizá ambas cosas. —¿Los hijos de Neckett? —dijo en respuesta a mi pregunta—. Sí, claro, señorita. Tres tramos más arriba. La puerta frente a las escaleras —y me pasó la llave por encima del mostrador. Miré la llave y la miré a ella, pero parecía dar por hecho que yo sabía lo que era necesario hacer. Como no podía ser más que la de la puerta de los niños, salí de allí sin hacer más preguntas y abrí la marcha hacia las escaleras. Subimos en el mayor silencio posible, pero cuatro personas hacíamos algún ruido en aquellos escalones gastados, y cuando llegamos al segundo piso, vimos que habíamos molestado a un hombre que estaba en la escalera y había abierto su puerta para mirar. —¿Están buscando a Gridley? —preguntó, mirándome con gesto airado. —No, señor —contesté—. Voy más arriba. Miró sucesivamente a Ada, al señor Jarndyce y al señor Skimpole, con el mismo gesto airado, cuando siguieron pasando detrás de mí. El señor Jarndyce le dijo «Buenos días», y él le contestó: «¡Buenos días!» con voz abrupta y feroz. Era un hombre alto y cetrino, con gesto preocupado, poco pelo en la cabeza, muchas arrugas y los ojos saltones. Tenía aspecto combativo y unos modales bruscos e irritables, lo que, junto con su figura, todavía grande y fuerte, aunque, evidentemente, ya en decadencia, me pareció alarmante. Llevaba en la mano una pluma, y en el vistazo que eché a su cuarto al pasar vi que estaba lleno de papeles desordenados. Lo dejamos allí y seguimos hasta la habitación de arriba. Golpeé en la puerta y de dentro salió una vocecita chillona que decía: —Estamos encerrados. ¡La llave la tiene la señora Blinder! Al oírlo, metí la llave y abrí la puerta. En un cuarto pobre, con el techo abuhardillado y muy pocos muebles, había un muchachillo, de cinco o seis años, que cuidaba y hacía callar a una niña regordeta de dieciocho meses. No había fuego en la chimenea, aunque hacía frío; para combatirlo, los dos estaban envueltos en unos chales y unas mantas pobres. Pero aquello no les debía de dar mucho calor, porque tenían las narices coloradas y contraídas, y los cuerpecillos encogidos, aunque el muchachillo se paseaba arriba y abajo, acariciando y silenciando a la niña, que le había puesto la cabeza en el hombro. —¿Quién os ha encerrado aquí? —preguntamos, naturalmente. —Charley —dijo el muchachillo, que se detuvo a contemplarnos. —¿Charley es tu hermano? —No. Es mi hermana Charlotte. Padre la llamaba Charley. —¿Y sois más, además de Charley? —Yo —dijo el niño—, Emma —con una palmadita en el gorro de la nenita que llevaba en brazos—. Y Charley. —¿Dónde está Charley? —Ha salido a lavar —dijo el niño, que volvió a ponerse a andar, acercando demasiado a la cabecera de la cama el gorro de la nenita, porque trataba de mirarnos al mismo tiempo que la paseaba. Estábamos mirándonos los unos a los otros, y a aquellos dos niños, cuando entró en la habitación una chiquilla, de figura infantil, pero cara astuta y más madura —y muy bonita, por cierto—, que llevaba un sombrero de mujer adulta, demasiado grande para ella, y se secaba los brazos desnudos en un mandilón de mujer. Tenía los dedos blancos y arrugados de lavar, y todavía le humeaba el jabón que se estaba quitando de los brazos. De no ser por eso, podría haber sido una niña que jugaba a las lavanderas y qué imitaba a una pobre trabajadora con una gran capacidad de observación de la realidad. Había llegado corriendo de alguna casa cercana, y se había apresurado mucho. En consecuencia, aunque era muy delgada, estaba sin aliento, y al principio no pudo hablar y se quedó jadeante y secándose los brazos mientras nos miraba en silencio. —¡Ah! ¡Aquí está Charley! —dijo el niño. La nena que llevaba en brazos alargó los suyos y gritó para que la cogiera Charley. La niña la tomó en brazos, con el aire de mujer que le daba el sombrero y el mandilón, y se quedó mirándonos por encima de la carga que tan afectuosamente la abrazaba. —¿Será posible? —susurró mi Tutor cuando le acercamos una silla a la niña y la hicimos sentarse con su carga, mientras el niño se quedaba a su lado y la cogía del mandil—. ¿Será posible que esta niña trabaje por los otros dos? ¡Mirad! ¡Mirad, por el amor de Dios! Era digno de mirar. Los tres niños juntos, y dos de ellos sin contar en la vida más que con la tercera, y ésta tan pequeña y, sin embargo, con un aire de madurez y de fortaleza que parecía tan extraño en su figura infantil. —¡Charley! ¡Charley! —exclamó mi Tutor— ¿Cuántos años tienes? —Más de trece, señor —respondió la niña. —¡Ah! ¡Qué mayor! —dijo mi Tutor—. ¡Eres muy mayor, Charley! Me resultaba imposible describir la ternura con la que se dirigía a ella, medio en broma, pero con gran compasión y tristeza al mismo tiempo. —¿Y vives aquí con los niños, Charley? —siguió preguntando mí Tutor. —Sí, señor —contestó la niña, mirándolo a la cara con total confianza—; desde que murió padre. —¿Y cómo vives, Charley? ¡Sí, Charley! ¿Cómo vives? —preguntó mi Tutor, apartando la vista un momento—. ¿Cómo vives? —Desde que murió padre, señor, voy a trabajar. Hoy me tocaba lavar —¡Que Dios te ampare, Charley! —exclamó mi Tutor—. ¡Pero si ni siquiera tienes la estatura para llegar a la artesa! —Uso zuecos, señor —dijo. ella, animada—. Tengo un par muy alto que era de madre. —¿Y cuándo murió tu madre? ¡Pobre madre! —Madre murió inmediatamente después de nacer Emma —dijo la niña, contemplando la carita refugiada en su seno—. Entonces padre dijo que yo tenía que hacer de madre. Y lo he intentado. Por eso empecé a trabajar en casa y a limpiar y a cuidar y a lavar mucho antes de empezar a salir a buscar trabajo afuera. Así he ido aprendiendo, ¿me explico, señor? —¿Cuánto tiempo trabajas fuera de casa? —Todo el que puedo —dijo Charley, abriendo los ojos con una sonrisa—. ¡Así es como se ganan los seis peniques y los chelines! —¿Y siempre dejas a los niños encerrados cuando te marchas? —Para que no les pase nada, ¿no lo entiende, señor? —dijo Charley—. La señora Blinder sube de vez en cuando, y a veces sube el señor Gridley, y hay veces en que puedo acercarme yo un rato, y siempre pueden jugar, y a Tom no le da miedo estar encerrado, ¿verdad, Tom? —¡No! —dijo Tom muy firme. —Cuando oscurece, encienden los faroles del patio, y aquí se ve muy bien, casi demasiado bien. ¿No es verdad, Tom? —Sí, Charley —respondió Tom—. Casi hay demasiada luz. —Y además él es muy bueno —dijo la muchachita, de una forma, ¡ay!, tan maternal, tan adulta—. Y cuando se cansa Emma, la mete en la cama. Y cuando se cansa él, se mete en la cama él solito. Y cuando vengo yo a casa y enciendo la vela y ceno algo, él vuelve a levantarse y cena conmigo. ¿No es verdad, Tom? —¡Sí, Charley! —exclamó Tom—. ¡Eso es! —Y fuera por el recuerdo de ese gran placer, el mayor de su vida, o por gratitud y amor a Charley, que lo era todo para él, metió la cara entre los magros pliegues de la falda de ella y pasó de las risas a las lágrimas. Era la primera vez desde que habíamos llegado nosotros que veíamos derramar una lágrima a aquellos niños. La huerfanita había hablado de su padre y de su madre como si toda su pena hubiera desaparecido ante la necesidad de actuar con valor, y ante la importancia que tenía el ser una niña que podía trabajar, y ante tantas ocupaciones como tenía. Pero ahora, cuando Tom se echó a llorar, aunque siguió sentado tranquilamente, contemplándonos en silencio, sin mover ni con un gesto un solo pelo de la cabeza de ninguno de sus hermanitos, vi que dos lágrimas le resbalaban silenciosamente por la cara. Me quedé con Ada ante la ventana, haciendo como que contemplaba los tejados y los tubos ennegrecidos de las chimeneas, las plantitas raquíticas y los pájaros de los vecinos en sus jaulitas, cuando vi que la señora Blinder había subido desde la tienda de abajo (quizá le hubiera llevado todo aquel tiempo subir las escaleras) y estaba hablando con mi Tutor. —¡Lo del pago del alquiler no tiene importancia, señor! —decía—. ¿Quién va a cobrárselo? —¡Bueno, bueno! —nos dijo a nosotras mi Tutor— Seguro que llegará el momento en que esta buena señora verá que sí tiene importancia, ¡y que todo lo que haya hecho por estos hermanos pequeños...! ¿Puede esta niña —añadió al cabo de un momento— continuar mucho tiempo así? —La verdad, señor, es que creo que sí —dijo la señora Blinder, que iba recuperando lenta y dificultosamente el aliento—. Es de lo más capaz que cabe imaginar. De verdad, señor, en todo el barrio se ha comentado la forma en que ha cuidado de los dos niños desde que murió la madre. ¡Y le aseguro que era una maravilla ver cómo se portó con el padre cuando se puso enfermo, de verdad! La última vez que habló conmigo (estaba tendido ahí), me dijo: «Señora Blinder, aparte de lo que haya sido mi oficio, anoche vi que aquí, al lado de mi hija, estaba sentado un Ángel, y se la confié a Nuestro Señor! —¿No tenía otro oficio? —preguntó mi Tutor. —No, señor —replicó la señora Blinder—. No era más que un agente de cobros. Cuando vino a buscar alojamiento aquí, yo no sabía lo que era, y confieso que cuando me enteré le dije que se fuera. Aquí, en el patio, no era popular. A los otros inquilinos no les gustaba. No es una profesión decente —añadió la señora Blinder—, y casi todo el mundo está en contra. El señor Gridley estaba en contra, y mucho, y es un buen inquilino, aunque ha tenido que aguantar mucho. —Así que ¿le dijo que se fuera? —preguntó mi Tutor. —Claro que se lo dije —replicó la señora Blinder—. Pero la verdad es que cuando llegó la fecha y yo seguía sin tener nada más que eso en contra de él, tuve mis dudas. Era puntual y diligente, y cumplía con su deber, señor —añadió, mirando inconscientemente al señor Skimpole—, y tal como están las cosas hoy día, hasta eso resulta raro. —Entonces, ¿le permitió quedarse, después de todo? —Bueno, dije que si podía arreglárselas con el señor Gridley, yo me las podía arreglar con los demás inquilinos, y no me importaría demasiado que en el patio fuera popular o no. El señor Gridley dio su consentimiento; de mala gana, pero lo dio. Siempre lo trataba hoscamente, pero desde entonces siempre ha sido muy amable con los niños. Para conocer a la gente hay que esperar a las ocasiones así. —¿Y ha sido mucha la gente que ha sido amable con los niños? —preguntó el señor Jarndyce. —En general, no han sido malos, señor —dijo la señora Blinder—, pero, desde luego, no han