libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. ¿Va ahora a decirme en mi cara lo que quiere a mi hija, míster Copperfield? Pero, caballero, ¿cómo podría disculparme si no fuera así? respondí en tono humilde. ¿Y cómo puede usted defender su conducta siendo así? dijo míster Spenlow deteniéndose bruscamente ¿Ha reflexionado usted en su edad y en la edad de mi hija, míster Copperfield? ¿Sabe usted lo que ha hecho destruyendo la confianza que debía existir entre mi hija y yo? ¿Ha pensado usted en la posición que mi hija ocupa en el mundo, en los proyectos que puedo yo haber formado para su porvenir, en las intenciones que pueda expresar en su favor en mi testamento? ¿Ha pensado usted en todo esto, míster Copperfield? Muy poco, caballero, lo siento respondí en tono humilde y triste; pero le ruego que crea que no ha desconocido mi propia situación en el mundo. Cuando le he hablado el otro día ya estábamos prometidos. Le ruego que no pronuncie esa palabra delante de mí, míster Copperfield. Y, en medio de mi desesperación, no pude por menos observar que era completamente polichinela por el modo con que se golpeaba las manos una contra otra con la mayor energía. La inmóvil miss Murdstone dejó oír una risita seca y desdeñosa. Cuando le he explicado el cambio de mi situación, caballero repuse queriendo cambiar la palabra que le había molestado, había ya, por mi culpa, un secreto entre miss Spenlow y yo. Desde que me situación ha cambiado he luchado, he luchado todo lo posible por mejorar, y estoy seguro de conseguirlo un día. ¿Quiere usted darme tiempo? ¡Somos tan jóvenes los dos, caballero! Tiene usted razón dijo míster Spenlow bajando muchas veces la cabeza y frunciendo las cejas,son ustedes muy jóvenes. Todo esto no son más que tonterías, que tienen que terminar. Coja usted esas cartas y quémelas. Devuélvame las de miss Spenlow, y yo las quemaré por mi parte. Y como en el futuro tendremos que vernos aquí y en el Tribunal, es cosa convenida que no volveremos a hablar de ello. Veamos, míster Copperfield; no le falta a usted inteligencia, y comprenderá que es la única cosa razonable que puede hacer. No, yo no podía ser de aquella opinión. Lo sentía mucho; pero había una consideración que era más fuerte que la razón. El amor pasa por encima de todo, y yo quería a Dora con locura, y ella a mí también. No se lo dije precisamente en esos términos; pero se lo di a entender, y estaba muy decidido. No me importaba saber si estaría haciendo en todo aquello un papel ridículo, pero estaba bien decidido. Muy bien, míster Copperfield dijo míster Spenlow, utilizaré mi influencia con mi hija. Miss Murdstone dejó oír un sonido expresivo, una larga aspiración, que no era un suspiro ni un gemido, pero que participaba de las dos cosas, como para hacer comprender a míster Spenlow que por ahí debía haber empezado. Utilizaré toda mi influencia con mi hija dijo Spenlow envalentonado por aquella aprobación. ¿Se niega usted a coger esas cartas, míster Copperfield? Yo había puesto el paquete encima de la mesa. Sí me negaba, y esperaba que me dispensara; pero me resultaba imposible recibir aquellas cartas de las manos de miss Murdstone. ¿Ni de las mías? dijo míster Spenlow. Tampoco respondí con el más profundo respeto. Muy bien dijo míster Spenlow. Hubo un momento de silencio. Yo no sabía si debía continuar allí o marcharme. Por fin me dirigí tranquilamente hacia la puerta, con intención de decirle que creía responder a sus sentimientos retirándome; pero me detuvo para decirme con expresión grave, hundiendo las manos en los bolsillos de su gabán, aunque apenas si las podía hacer entrar: ¿Usted probablemente sabe, míster Copperfield, que no estoy absolutamente desprovisto de bienes materiales y que mi hija es mi pariente más cercana y querida? Le respondí con precipitación que esperaba que si un amor apasionado me había hecho cometer un error, no me supondría por ello un alma vil a interesada. No me refiero a eso dijo míster Spenlow. Más valdría, por usted y por nosotros, míster Copperfield, que fuera usted un poco más interesado, quiero decir más prudente y menos fácil de arrastrar a las locuras de la juventud; pero, se lo repito desde otro punto de vista, usted sabe que tengo algo que dejar a mi hija. Respondí que lo suponía. ¿Y no creerá usted que en presencia de los ejemplos que se ven aquí todos los días en este Tribunal de la extraña negligencia de los hombres para sus decisiones testamentarias, pues es quizá el caso en que se encuentran más extrañas revelaciones de la ligereza humana, no creerá que no he tomado ya mis medidas? Incliné la cabeza en señal de asentimiento. No consentiré dijo míster Spenlow balanceándose alternativamente en la punta de los pies y en los talones, mientras movía lentamente la cabeza como para dar más fuerza a sus piadosas observaciones, no consentiré que las disposiciones que he creído deber tomar respecto a mi hija sean modificadas en nada por una locura de juventud, pues es una verdadera locura; digamos la palabra, una tontería. Dentro de algún tiempo eso pesará menos que una pluma. Pero será posible, sin embargo..., podría suceder... que si esta tontería no fuese abandonada por completo me viera obligado, en un momento de ansiedad, a tomar mis precauciones para anular las consecuencias de un matrimonio imprudente. Espero, míster Copperfield, que usted no me obligará a abrir ni por un cuarto de hora esta página cerrada en el libro de la vida ni a desarreglar ni por un cuarto de hora graves asuntos que están en regla desde hace mucho tiempo. Había en todas sus maneras una serenidad, una tranquilidad, una calma que me afectaban profundamente. Estaba tan tranquilo y tan resignado después de haber puesto en orden sus asuntos y arreglado sus últimas disposiciones como si fueran un papel de música, que se veía que él mismo no podía pensar en ello sin conmoverse. Hasta creo haber visto subir desde el fondo de su sensibilidad, a este pensamiento, algunas lágrimas involuntarias a sus ojos. Pero ¿qué hacer? Yo no podía faltar a Dora ni a mi propio corazón. Me dijo que me daba una semana para reflexionar. ¿Podía yo contestar que no quería reflexionar durante una semana? Pero también ¿no debía yo estar convencido de que todas las semanas del mundo no cambiarían en nada la violencia de mi amor? Hará usted bien hablando de ello con miss Trotwood o con alguna otra persona que conozca la vida me dijo mister Spenlow enderezando su corbata. Le doy a usted una semana, míster Copperfield. Me sometí y me retiré dando a mi fisonomía una expresión de abatimiento desesperado, que demostraba no podía cambiar nada mi inquebrantable constancia. Las cejas de miss Murdstone me acompañaron hasta la puerta; digo sus cejas mejor que sus ojos, porque ocupaban mucho más sitio en su rostro. Tenía exactamente la misma cara de antes, cuando en nuestro saloncito de Bloonderstone recitaba mis lecciones en su presencia. Con un poco de buena voluntad hubiera podido creer que el peso que me oprimía el corazón era todavía aquel abominable alfabeto con sus viñetas ovaladas, que yo comparaba en mi infancia a los cristales de los lentes. Cuando llegué a la oficina oculté el rostro entre las manos, y allí, delante de mi pupitre, sentado en mi rincón, sin ver al viejo Tiffey ni a mis otros camaradas, me puse a reflexionar en el terremoto que acababa de tener lugar bajo mis pies; y en la amargura de mi alma maldecía a Jip, y estaba tan preocupado por Dora, que todavía me pregunto cómo no cogí el sombrero para dirigirme como un loco hacia Norwood. La idea de que la harían sufrir, de que la harían llorar y de que yo no estaba allí para consolarla se me hizo tan odiosa, que me puse a escribir una carta insensata a míster Spenlow, donde le suplicaba que no hiciera pesar sobre ella las consecuencias de mi cruel destino. Le suplicaba que evitara los sufrimientos a aquella dulce naturaleza; que no rompiera una flor tan frágil. En resumen, si no recuerdo mal, le hablaba como si en lugar de ser el padre de Dora fuera un ogro. La cerré y la coloqué encima de su pupitre antes de que volviera. Cuando entró, le vi por la puerta entreabierta de su despacho coger la carta y abrirla. Aquella mañana no me habló de ella; pero por la tarde, antes de marcharse, me llamó y me dijo que no necesitaba preocuparme por la felicidad de su hija. Le había dicho sencillamente que era una tontería, y no pensaba volverle a hablar de ello. Se creía un padre indulgente (y tenía razón) y no tenía ninguna necesidad de preocuparme por aquello. Podría usted obligarme con su locura o su obstinación, míster Copperfield añadió, a alejar durante algún tiempo a mi hija de mi lado; pero tengo de usted mejor opinión. Espero que dentro de unos días sea más razonable. En cuanto a miss Murdstone (pues había hablado de ella en mi carta), respeto la vigilancia de esa señora y se la agradezco; pero le he recomendado expresamente que evite ese asunto. La única cosa que deseo, míster Copperfield, es no volver a ocuparme de él. Lo único que tiene usted que hacer es olvidarlo. ¡Lo único que tenía que hacer! En una carta que escribí a miss Mills subrayaba esta palabra con amargura. ¡Lo único que tenía que hacer, decía con sombrío sarcasmo, era olvidar a Dora! ¡Aquello era lo único! ¡Como si no fuera nada! Suplicaba a miss Mills que me recibiera aquella misma tarde. Si no podía consentirlo, le pedía que me recibiera a hurtadillas en la habitación de detrás, donde se planchaba. Le decía que mi razón peligraba y que ella era la única que podía hacerme volver en sí. Terminaba, en mi locura, por decirme suyo para siempre, con mi firma al final. Releyendo mi carta antes de confiársela a un muchacho, no pude por menos de encontrarle mucho parecido con el estilo de míster Micawber. A pesar de todo, la envié. Y por la tarde me dirigí hacia casa de miss Mills y paseé en todos los sentidos la calle hasta que una criada vino a avisarme que la siguiera por un camino disimulado. Después he tenido razones para creer que no había ningún motivo para que no entrara por la puerta principal, y hasta para que me recibiera en el salón, si no fuera porque a miss Mills le gustaba todo lo que tenía aspecto de misterio. Una vez en la antecocina, me abandoné a mi desesperación. Si había ido con la intención de ponerme en ridículo, estoy seguro de haberlo conseguido. Miss Mills había recibido de Dora cuatro letras escritas deprisa, donde le decía que todo se había descubierto. Añadía: «¡Oh, ven conmigo, Julia; te lo suplico! ». Pero miss Mills no había podido todavía ir a verla, ante el temor de que su visita no fuera del gusto de las autoridades superiores; estábamos todos como viajeros perdidos en el desierto de Sahara. Miss Mills tenía una prodigiosa volubilidad y se complacía en ella. Yo no podía por menos de darme cuenta, mientras mezclaba sus lágrimas con las mías, que nuestras aflicciones eran para ella una diversión. Las mimaba, si puedo decirlo así, para su propio bien. Me hacía observar que un abismo inmenso se acababa de abrir entre Dora y yo y que sólo el amor podía atravesarlo con su arco iris. El amor existía para sufrir en este bajo mundo; esto había sido siempre y continuaría siendo. « ¡No importa añadía. Los corazones no se dejan encadenar largo tiempo por esas telas de araña; sabrán romperlas, y el amor será vengado! » Todo esto no era muy consolador; pero miss Mills no quería animar esperanzas engañosas. Me dejó más desconsolado de lo que había ido, lo que no me impidió decirle (y, lo que es más fuerte, lo pensaba) que le estaba profundamente agradecido y que estaba convencido de que era verdaderamente nuestra amiga. Decidió que al día siguiente por la mañana iría a ver a Dora y que intentaría algún medio de asegurarle, fuera por una palabra o por una mirada, todo mi afecto y toda mi desesperación. Nos separamos destrozados de dolor. ¡Qué contenta debía de estar miss Mills! Al llegar a casa de mi tía se lo conté todo, y a pesar de todo lo que me dijo me acosté desesperado, me levanté desesperado y salí desesperado. Era sábado por la mañana; me dirigí inmediatamente a mi oficina, y me sorprendió mucho al llegar ver a los empleados de caja delante de la puerta y charlando entre sí. Algunos transeúntes miraban por las ventanas, que estaban todas cerradas. Yo avivé el paso y, sorprendido de lo que veía, entré presuroso. Los empleados estaban en su puesto, pero nadie trabajaba. El viejo Tiffey estaba sentado, quizá por primera vez en su vida, en la silla de uno de sus colegas, y ni siquiera había colgado su sombrero. ¡Qué horrible desgracia, míster Copperfield! me dijo en el momento en que entraba. ¿Cómo? ¿Qué ha ocurrido? exclamé. ¿No lo sabe usted? exclamó Tiffey, y todo el mundo me rodeó. No dije mirándolos a todos uno después de otro. Míster Spenlow... dijo Tiffey. ¿Y bien? ¡Ha muerto! Creí que la tierra se abría bajo mis pies; temblé; uno de los empleados me sostuvo en sus brazos. Me hicieron sentarme, desataron la corbata, me dieron un vaso de agua. No tengo idea del tiempo que duró todo aquello. ¿Muerto? repetí. Ayer comió en Londres y condujo él mismo el faetón dijo Tiffey. Había enviado al lacayo en la diligencia, como hacía algunas veces, ¿sabe usted? ¿Y bien? El faetón llegó vacío. Los caballos se detuvieron a la puerta de la cuadra. El palafrenero acudió con una linterna. Y no había nadie en el coche. ¿Es que se habían desbocado los caballos? No; no estaban calientes ni más fatigados que de costumbre. Las bridas estaban rotas y era evidente que se habían arrastrado por el suelo. Toda la casa se revolvió al momento; tres criados recorrieron el camino, y le encontraron a una milla de la casa. A más de una milla, míster Tiffey insinuó un joven empleado. ¿Cree usted? Quizá tenga usted razón dijo Tiffey, a más de una milla, no lejos de la iglesia. Estaba tendido boca abajo. Una parte de su cuerpo yacía en la carretera, y el resto en la cuneta. Nadie sabe si le ha dado un ataque que le ha hecho caer del coche, o si se ha bajado porque se sentía indispuesto; ni siquiera se sabe si estaba completamente muerto cuando le han encontrado; lo que es seguro es que estaba completamente insensible. Quizá respiraba todavía; pero no pronunció una sola palabra. Han acudido médicos en cuanto se ha podido; pero todo ha sido inútil. ¡Cómo describir mi estado de ánimo ante aquella noticia! Todo el mundo comprenderá mi turbación al enterarme de aquel suceso, y tan súbito, cuya víctima era precisamente el hombre con quien acababa de tener una discusión. Aquel vacío repentino que dejaba en su despacho, ocupado todavía la víspera, donde su silla y su mesa parecían esperarlo; aqueIlas líneas trazadas de su mano y dejadas encima del pupitre como últimas huellas del espectro desaparecido; la imposibilidad de separarlo en nuestro pensamiento del lugar en que estábamos, hasta el punto de que cuando la puerta se abría esperábamos verle entrar; el silencio triste y el vacío de las oficinas; la insaciable avidez de nuestras gentes para hablar, y la de las gentes de fuera, que no hacían más que entrar y salir todo el día para enterarse de nuevos detalles. ¡Qué espectáculo desolador! Pero lo que no sabré describir es cómo en los pliegues ocultos de mi corazón sentía una secreta envidia de la muerte; cómo le reprochaba el dejarme en segundo plano en los pensamientos de Dora; cómo el humor injusto y tiránico que me poseía me hacía celoso hasta de su pena; cómo sufría al pensar que otros la podrían consolar, que lloraría lejos de mí; en fin, cómo estaba dominado por un deseo avaro y egoísta de separarla del mundo entero en mi provecho, para ser yo solo todo para ella, en aquel momento tan mal escogido para no pensar más que en mí. En la confusión de aquel estado de ánimo (espero no haber sido el único que lo ha sentido así y que otros podrán comprenderlo) fui aquella misma tarde a Norwood. Supe por un criado que miss Mills había llegado; le escribí una carta haciendo poner la dirección a mi tía. Deploraba de todo corazón la muerte tan inesperada de míster Spenlow, y al escribirla vertía lágrimas. Le suplicaba que dijera a Dora, si estaba en estado de oírla, que me había tratado con bondad, con una benevolencia infinita, y que el nombre de su hija lo había pronunciado con la mayor ternura, sin la sombra de un reproche. Sé que también aquello era puro egoísmo por nú parte. Era un medio de hacer llegar mi nombre a ella; pero yo trataba de convencerme de que era un acto de justicia hacia su memoria. Y quizá lo creía. Mi tía recibió al día siguiente algunas líneas en respuesta; estaba dirigida a ella, pero la carta era para mí. Dora estaba agobiada de dolor, y cuando su amiga le había preguntado si seguía amándome, había exclamado llorando, pues lloraba sin interrupción: «¡Oh, mi querido papá, mi pobre papá! »; pero no había dicho que no, lo que me causó el mayor placer. Míster Jorkins vino a las oficinas algunos días después. Había permanecido en Norwood desde el suceso. Tiffey y él estuvieron encerrados juntos durante algún tiempo; después Tiffey abrió la puerta y me hizo seña de que entrara. ¡Oh míster Copperfield! dijo míster Jorkins. Míster Tiffey y yo vamos a examinar el pupitre, los cajones y todos los papeles del difunto, para poner el sello sobre sus papeles personales y buscar su testamento. No encontrarnos huellas en ninguna parte. ¿Quiere tener la bondad de ayudarnos? Desde el suceso estaba muy preocupado, pensando en qué situación se quedaría mi Dora, quién sería su tutor, etc., y la proposición de míster Jorkins me daba ocasión de disipar mis dudas. Nos pusimos todos a ello. Míster Jorkins abría los pupitres y los cajones, y nosotros sacábamos todos los papeles. Pusimos a un lado los de la oficina y a otro los que eran personales del difunto, que no eran numerosos. Todo se hizo con la mayor gravedad; y cuando nos encontrábamos un sello o un guardapuntas, o una sortija o cualquier otro objeto menudo de use personal, bajábamos instintivamente la voz. Habíamos sellado ya muchos paquetes, y continuábamos, en medio del silencio y del polvo, cuando míster Jorkins me dijo, sirviéndose exactamente de los términos en que su asociado, míster Spenlow, nos había hablado de él: Míster Spenlow no era hombre que se dejara fácilmente desviar de las tradiciones y de los caminos ya hechos. Usted lo conocía. ¡Pues bien! Yo creo que no ha hecho testamento. ¡Oh, estoy seguro de lo contrario! dije. Los dos se detuvieron para mirarme. El día que le vi por última vez repuse me dijo que había hecho un testamento y que tenía ordenados sus asuntos desde hace mucho tiempo. Míster Jorkins y el viejo Tiffey movieron la cabeza de común acuerdo. Eso no promete nada bueno dijo Tiffey. Nada bueno dijo míster Jorkins. Sin embargo, no dudarán ustedes dije. Mi querido míster Copperfield me dijo Tiffey, y puso la mano encima de mi brazo, mientras cerraba los ojos y movía la cabeza, si llevara usted tanto tiempo como yo en este estudio sabría usted que no hay asunto sobre el cual los hombres sean menos previsores y en el que se les debe creer menos por sus palabras. Pero si en realidad esas son sus propias expresiones repliqué, insistiendo. Entonces es decisivo repuso Tiffey. Mi opinión entonces es... que no hay testamento. Esto me pareció al principio la cosa más extraña del mundo; pero el caso es que no había testamento. Los papeles no proporcionaban el menor indicio de que hubiera podido haber nunca ninguno; no se encontró el menor proyecto ni el menor memorándum que anunciara que hubiese tenido nunca la intención de hacerlo. Lo que casi me sorprendió tanto es que sus negocios estaban en el mayor desorden. No se podía uno dar cuenta ni de lo que debía, ni de lo que había pagado, ni de lo que poseía. Es muy probable que desde hacía años él mismo no tuviera ni la menor idea. Poco a poco se descubrió que, empujado por el deseo de brillar entre los procuradores del Tribunal de Doctores, había gastado más de lo que ganaba en el estudio, que no era demasiado, y que había hecho una brecha importante en sus recursos personales, que probablemente tampoco habían sido nunca muy considerables. El mobiliario de Norwood se puso a la venta, se alquiló la casa, y Tiffey me dijo, sin saber todo el interés que yo tomaba en ello, que una vez pagadas las deudas y deducida la parte de sus asociados en el estudio él no daría por todo el resto ni mil libras. Todo esto lo supe después de seis semanas. Había estado sufriendo todo aquel tiempo, y estaba a punto de poner fin a mi vida cada vez que miss Mills me decía que mi pobre Dorita no contestaba cuando le hablaban de mí más que gritando: «¡Oh mi pobre papá, mi querido papá! ». Me dijo también que Dora no tenía más parientes que dos tías, hermanas de míster Spenlow, solteras, y que vivían en Putney. Desde hacía muchos años tenían muy rara comunicación con su hermano. Sin embargo, no se habían peleado nunca; pero míster Spenlow no las invitó más que a tomar el té el día del bautizo de Dora, en lugar de invitarlas a comer, como ellas tenían la pretensión, y le habían contestado por escrito que, por el interés de ambas partes, creían más prudente no moverse de su casa. Desde aquel día su hermano y ellas habían vivido cada uno por su lado. Aquellas dos damas salieron, sin embargo, de su retiro para ir a proponer a Dora que se fuera a vivir con ellas en Putney. Dora se arrojó a sus cuellos llorando y sonriendo: «¡Oh, sí, tías; os lo ruego; llevadme a Putney con Julia Mills y Jip!». Y se volvieron todas juntas poco después del entierro. Yo no sé cómo encontré tiempo para ir a rondar alrededor de Putney; pero el caso es que, de una manera o de otra, me escapaba muy a menudo por sus alrededores. Miss Mills, para mejor llenar todos los deberes de la amistad, escribía un diario de lo que sucedía cada día. Muchas veces salía a mi encuentro en el campo para leérmelo, o prestármelo cuando no tenía tiempo de leérmelo. ¡Con qué felicidad recorría yo los diversos artículos de aquel registro concienzudo! He aquí una muestra: «Lunes. Mi querida Dora continúa muy abatida. Violento dolor de cabeza Llamo su atención sobre la belleza del pelo de Jip D. Acaricia a J.Asociación de ideas que abren las esclusas del dolor. Torrente de lágrimas. (Las lágrimas ¿no son el rocío del corazón? J. M.) »Martes. Dora, débil a inquieta Bella en su palidez (misma observación para el lunes..J. M.). D., J. M. y J. salen en coche J. saca la nariz fuera de la portezuela y ladra violentamente contra un barrendero. Una ligera sonrisa aparece en los labios de D. (He aquí los débiles anillos de que se compone la cadena de la vida. J. M.) »Miércoles. D., alegre en comparación de los días precedentes. Le he cantado una melodía conmovedora: Las campanas de la tarde, que no la ha tranquilizado, ni mucho menos D., conmovida hasta el summum. La he encontrado más tarde llorando en su habitación; le he recitado versos donde la comparaba con una joven gacela Resultado mediocre. Alusión a la imagen de la paciencia sobre una tumba (Pregunta: ¿,Por qué sobre una tumba? J. M.) »Jueves. D. bastante mejor. Mejor noche Ligero matiz rosado en las mejillas. Me he decidido a pronunciar el nombre de D. C. Este nombre lo vuelvo a insinuar con precaución durante el paseo D., inmediatamente trastornada. «¡Oh querida Julia, oh! He sido una niña desobediente.» La tranquilizo con mis caricias. Hago un cuadro ideal de D. C. a las puertas de la muerte. D., de nuevo trastornada. «¡Oh, qué hacer, qué hacer! ¡Llévame a alguna parte!»  Gran alarma. Desvanecimiento de D. Vaso de agua traído de un café. (Comparación poética. Una muestra extravagante sobre la puerta del café. La vida humana también es abigarrada, ¡ay!J. M.) Viernes. Día lleno de sucesos. Un hombre se ha presentado en la cocina con un saco azul; ha pedido las botas de una señora dejadas para arreglar. La cocinera responde que no ha recibido órdenes. El hombre insiste. La cocinera se retira para preguntar lo que hay de ello. Deja al hombre solo con Jip. A la vuelta de la cocinera el hombre insiste todavía; después se retira. J. ha desaparecido; D. está desesperada. Se ha avisado a la policía. El hombre tiene la nariz curva y las piernas torcidas como las balaustradas de un puente. Se busca por todas partes. J. no aparece. D. llora amargamente, está inconsolable- Nueva alusión a una joven gacela, a propósito, pero sin efecto. Por la tarde un muchacho desconocido se presenta. Le hacen entrar al salón. Tiene la nariz grande, pero las piernas derechas. Pide una guinea por un perro que ha encontrado. Se niega a explicarse más claramente. D. le da la guinea; lleva a la cocinera a una casita donde se encuentra el perro atado al pie de un mesa. Alegría de D., que baila alrededor de J. mientras come.Animada por este dichoso cambio, hablo de D. C. cuando estamos en el primer piso. D. vuelve a ponerse a sollozar: « ¡Oh, no, no; no debo pensar más que en mi papá! ». Abraza a J. y se duerme llorando. (¿No debe confiar D. C. en las vastas alas del tiempo?J. M.)» Miss Mills y su diario eran entonces mi único consuelo. En mi pena, el único recurso era verla (ella acababa de estar con Dora) y encontrar la inicial de Dora en cada línea de aquellas páginas llenas de simpatía, aumentando así mi dolor. Me parecía que hasta entonces había vivido en un castillo de naipes que acababa de derribarse, dejándonos a miss Mills y a mí en medio de sus ruinas. Me parecía que un horrible mago había rodeado a la divinidad de mi corazón de un círculo mágico, y que las alas del tiempo, aquellas alas que llevan tan lejos a tantas criaturas humanas, podrían únicamente ayudarme a franquearlo. CAPÍTULO XIX WICKFIELD Y HEEP Mi tía supongo que empezó a preocuparse seriamente por mi abatimiento prolongado, a ideó enviarme a Dover con el pretexto de ver si todo iba bien en su casita, que había alquilado, y con objeto de renovar el alquiler con el inquilino actual. Janet había entrado al servicio de mistress Strong, donde la veía todos los días. Había estado indecisa, al dejar Dover, respecto a si confirmaría o denegaría de una vez el renunciamiento desdeñoso por el sexo masculino que había sido el fundamento de su educación. Se trataba de casarse con un piloto. Pero no quiso exponerse, menos, sin embargo, en honor del principio en sí mismo que porque el piloto no la acabara de gustar. Aunque me costaba trabajo dejar a miss Mills, me parecieron bastante bien las intenciones de mi tía; aquello me proporcionaría el placer de pasar unas cuantas horas tranquilas al lado de Agnes. Consulté al doctor para saber si podría ausentarme tres días, y me aconsejó que estuviera más tiempo fuera; pero me interesaba demasiado mi trabajo para tomarme unas vacaciones muy largas. Por fin me decidí a partir. En cuanto a mi oficina del Tribunal de Doctores, no tenía por qué preocuparme del trabajo. A decir verdad, no estábamos en olor de santidad entre los procuradores de primer vuelo; es más, habíamos caído casi en una situación equívoca. Los negocios en tiempos de míster Jorkins, antes de míster Spenlow, no habían sido muy brillantes. Después el difundo socio los había animado renovando con una infusión de sangre joven la vieja rutina del estudio y les había dado algo de brillo con su tren de vida; pero aquello no reposaba sobre bases bastante sólidas para que la muerte repentina de su principal director no lo quebrantara. Los negocios disminuyeron sensiblemente. Míster Jorkins, a pesar de la reputación que tenía entre nosotros, era un hombre débil e incapaz, y su reputación, de puertas a fuera, no era lo bastante fuerte. Desde la muerte de míster Spenlow yo estaba colocado a su lado, y cada vez que le veía tomar tabaco e interrumpir el trabajo sentía más las mil libras de mi tía. Y no era este el mayor mal. Había en el Tribunal de Doctores una cantidad de desocupados que, sin ser procuradores, se apoderaban de gran parte de los negocios, para hacerlos ejecutar enseguida por verdaderos procuradores, dispuestos a prestar sus nombres a cambio de una parte del dinero. Como necesitábamos negocios a toda costa, nosotros nos asociamos a aquella noble corporación y tratamos de atraerlos. Lo que pedían sobre todo, por ser lo que más producía, eran las autorizaciones de matrimonio o las actas probatorias para validez de testamento; pero todos querían obtenerlos, y la competencia era tanta, que se ponían de plantón a la entrada de las galerías que conducían al Tribunal enviados encargados de atraerse a los despachos respectivos a todas las personas de luto y a todos los jóvenes inexpertos. Estas instrucciones eran tan fielmente ejecutadas, que dos veces, a pesar de lo conocido que era, fui « raptado» para el estudio de nuestro más temible rival. Los intereses contrarios de aquellos reclutadores modernos solían terminar en combates cuerpo a cuerpo, y nuestro principal agente, que había empezado por el comercio de vinos al por menor, dio en el mismo Tribunal el escandaloso espectáculo, durante algunos días, de tener un ojo negro. Estos virtuosos personajes no tenían el menor escrúpulo, cuando ofrecían la mano para que bajara del coche a alguna anciana señora de luto, de matar de golpe al procurador por quien preguntaba, presentando a su patrón como legítimo sucesor del difunto y llevando en triunfo a la anciana, a veces todavía conmovida por la noticia que acababan de darle. Así me llevaron a mí muchos prisioneros. En cuanto a las autorizaciones de matrimonio, la competencia era tan formidable, que un pobre señor tímido que venía con ese objeto hacia nosotros no tenía mejor cosa que hacer que abandonarse al primer agente que se le presentase si no quería ser causa de guerra y presa del vencedor. Uno de estos empleados en esta especialidad no abandonaba nunca su sombrero cuando estaba sentado, con objeto de estar siempre dispuesto a lanzarse sobre las víctimas que apareciesen en el horizonte. Aquel sistema de persecución todavía está en vigor, según creo. La última vez que yo fui a «Doctors Commons» , un hombre muy educado, revestido de un delantal blanco, me saltó encima bruscamente, murmurando a mi oído las palabras sacramentales: « ¿Una autorización de matrimonio?», y con gran trabajo le impedí que me llevara en brazos al estudio de un procurador. Pero después de estas digresiones pasemos a Dover. Encontré todo en un estado muy satisfactorio y pude halagar la pasión de mi tía contándole que su inquilino había heredado sus antipatías y hacía una guerra encarnizada a los asnos. Pasé una noche en Dover para arreglar algunos asuntillos, y al día siguiente muy temprano me dirigí a Canterbury. Estábamos en invierno; el tiempo fresco y el viento fuerte reanimaron un poco mi espíritu. Erraba lentamente a través de las antiguas calles de Canterbury con una alegría tranquila, que me serenaba el corazón. Volví a ver las muestras de las tiendas, los nombres, las caras conocidas. Me parecía que hacía tanto tiempo que había estado en el colegio en aquella ciudad, que no hubiera podido comprender cómo había cambiado tan poco, si no hubiera pensado en lo poco que también había cambiado yo. Lo que es extraño es que la influencia dulce y tranquila que ejercía sobre mí el pensamiento de Agnes parecía extenderse sobre el lugar en que habitaba. Encontraba en todo una serenidad, una apariencia tan tranquila y pensativa en las torres de la venerable catedral como en los viejos cuervos, cuyos gritos lúgubres parecían dar a los edificios antiguos una sensación de soledad mayor de lo que hubiera podido hacerlo un silencio absoluto; también la había en las puertas en ruinas, antes decoradas con estatuas y hoy reducidas a polvo. Tanto en los peregrinos respetuosos que les rendían homenaje, como en los nichos silenciosos donde la hiedra centenaria trepaba hasta el tejado a lo largo de los muros de las casas viejas; y como el paisaje campestre, todo parecía llevar en sí, como Agnes, el espíritu de tranquila inocencia, bálsamo soberano para un alma inquieta. Llegado a la puerta de míster Wickfield me encontré a míster Micawber, que dejaba correr su pluma con la mayor actividad en la habitacioncita del primer piso, donde antes solía estar Uriah Heep. Estaba todo vestido de negro y su maciza persona llenaba por completo el pequeño despacho donde trabajaba. Míster Micawber parecía a la vez encantado y confuso de verme. Quería llevarme inmediatamente a ver a Uriah; pero yo me negué. Conozco esta casa de antigua fecha le dije y sabré encontrar mi camino. ¡Y bien! ¿Qué dice usted del Derecho, míster Micawber? Mi querido Copperfield me respondió, para un hombre dotado de una imaginación trascendental, los estudios del Derecho tienen un lado muy malo; le ahogan en los detalles. Hasta en nuestra correspondencia de negocios dijo míster Micawber lanzando una mirada sobre las cartas que escribía, el espíritu no tiene la libertad de tomar la expresión sublime que le satisfaría. A pesar de eso, es un gran trabajo, ¡un gran trabajo! Me dijo enseguida que era inquilino en la antigua casa de Uriah Heep, y que mistress Micawber estaría encantada de recibirme una vez más bajo su techo. Es una casa humilde dijo míster Micawber, para servirme de la expresión favorita de mi amigo Heep; pero quizá nos sirva de estribo para elevarnos a otras más ambiciosas. Le pregunté si estaba satisfecho del trato de su amigo Heep. Empezó por cerciorarse de si la puerta estaba bien cerrada, y después me respondió en voz baja: Mi querido Copperfield, cuando se está bajo el golpe de las dificultades pecuniarias se pone uno bis a bis con la mayor parte de la gente en una situación muy violenta, y lo que no mejora nada esta situación es el que las dificultades pecuniarias obliguen a pedir el sueldo antes de su término legal. Todo lo que puedo decirle es que mi amigo Heep responde a llamadas a las que no quiero hacer más amplia alusión de una manera que hace igualmente honor a su cabeza y a su corazón. ¡Nunca le hubiera visto tan pródigo de su dinero! observé. ¡Perdón! dijo Micawber con reserva. Hablo por experiencia. Estoy encantado de que la experiencia le haya resultado tan bien le respondí. Es usted muy bueno, mi querido Copperfield dijo míster Micawber; y se puso a tararear una canción. ¿Ve usted a menudo a míster Wickfield? le pregunté para cambiar la conversación. No muy a menudo dijo míster Micawber con aire de desprecio; míster Wickfield seguramente tiene las mejores intenciones; pero..., pero... No sirve ya para nada. Temo que su asociado haga todo lo posible para ello. Mi querido Copperfield repuso míster Micawber después de ejecutar muchas evoluciones sobre su escabel, permítame que le haga una observación. Yo estoy como persona de confianza, ocupo un puesto de confianza y mis funciones no me permiten discutir ciertos asuntos, ni siquiera con mistress Micawber (ella, que ha sido tanto tiempo la compañera en las vicisitudes de mi vida y que es una mujer de una inteligencia notable). Me tomaré, por lo tanto, la libertad de hacerle observar que en nuestro trato amistoso, que espero no será turbado nunca, deseo hacer dos partes: A un lado dijo míster Micawber trazando una línea encima de su pupitre, a un lado colocaremos todo aquello a que puede llegar la inteligencia humana con una sola y pequeña excepción, es decir, los asuntos de míster Wickfield y Heep y todo lo que a ellos se refiere. Tengo la seguridad de que no ofendo al compañero de mi juventud haciendo a su juicio claro y discreto semejante proposición. Veía muy bien que míster Micawber había cambiado mucho; parecía que sus nuevos deberes le imponían una reserva penosa; sin embargo, yo no tenía derecho para sentirme ofendido. Pareció más tranquilo y me tendió la mano. Estoy encantado de miss Wickfield, Copperfield, se lo juro dijo míster Micawber. Es una criatura encantadora, llena de encantos, de gracia y de virtudes. Por mi honor dijo míster Micawber haciendo el saludo más galante, como para enviar un beso, rindo homenaje a miss Wickfield. Estoy encantado le dije. Si usted no me hubiera asegurado, mi querido Copperfield, el día en que tuvimos el gusto de pasar la tarde con usted, que la D era su letra preferida, hubiera estado convencido de que era la A. Hay momentos, todo el mundo pasa por ellos, en que lo que decimos o hacemos creemos haberlo hecho y dicho ya en una época muy lejana y lo recordamos como si hubiéramos estado hace siglos rodeados de las mismas personas, de los mismos objetos, de los mismos incidentes; y sabemos perfectamente de antemano lo que nos van a decir después, como si nos volviese la memoria de pronto. Nunca había experimentado más vivamente aquel sentimiento misterioso que antes de oír las palabras de míster Micawber. Le dejé pronto, rogándole que transmitiera mis recuerdos a su familia. Él volvió a coger la pluma y se frotó la frente como para reanudar su trabajo. Me daba cuenta de que había algo en sus nuevas funciones que enfriaban nuestra intimidad. No había nadie en el viejo salón; pero mistress Heep había dejado las huellas de su paso. Abrí la puerta de la habitación de Agnes. Estaba sentada al lado del fuego y escribía ante su pupitre de madera tallada. Levantó la cabeza para ver quién era. Y qué placer para mí observar la alegría que expresó al verme aquel rostro reflexivo, y ser recibido con tanto cariño y bondad. ¡Ah! le dije cuando nos sentamos uno al lado de otro ¡Cuánta falta me has hecho, Agnes, desde hace cierto tiempo! ¿De verdad? me respondió Pues no hace tanto que nos hemos separado. Moví la cabeza. No sé en qué consiste, Agnes; pero es evidente que me falta alguna facultad que necesito. Me habías acostumbrado de tal modo a pensar por mí en los buenos tiempos; venía con tanta naturalidad a inspirarme en tus consejos y a buscar tu ayuda, que verdaderamente temo haber perdido el use de una facultad de la que no tenía necesidad a tu lado. ¿Y cuál es? dijo alegremente Agnes. No sé qué nombre darle respondí, pues creo que soy formal y perseverante. Estoy segura dijo Agnes. Y paciente, Agnes repuse titubeando. Sí dijo Agnes, riendo; bastante paciente. Y, sin embargo, soy algunas veces tan desgraciado y estoy tan inquieto, tan indeciso, tan incapaz de tomar una decisión, que evidentemente me falta, ¿cómo diríamos?..., me falta un punto de apoyo. Puede que sí dijo Agnes. Mira repuse; no tienes más que verte a ti misma. Vienes a Londres, me dejo guiar por ti: al momento encuentro un objeto y una dirección. Se me escapa ese objeto, y vengo aquí: pues enseguida soy otro hombre. Las circunstancias que me afligían no han cambiado desde que he entrado en esta habitación; sin embargo, he sufrido ya una influencia que me transforma, que me hace mejor. ¿Qué es eso, Agnes? ¿Cuál es tu secreto? Tenía la cabeza inclinada y los ojos fijos en el fuego. Es siempre la misma historia le dije No te rías porque te diga ahora, para las grandes cosas, las mismas palabras que antes para las pequeñas. Mis antiguas penas eran chiquilladas, y hoy son cosas serias; pero todas las veces que he abandonado a mi hermana adoptiva... Agnes levantó la cabeza, ¡qué rostro celestial!, y me tendió su mano. Yo la besé. Todas las veces, Agnes, que no has estado a mi lado para empezar las cosas con tu aprobación, me he perdido y me he metido en una multitud de dificultades. Cuando por fin he venido a buscarte (como he hecho siempre) he encontrado al mismo tiempo la paz y la felicidad. Hoy todavía he vuelto al hogar, pobre viajero fatigado, y no puedes figurarte la dulzura, el reposo que saboreo a tu lado. Sentía tan profundamente lo que decía y estaba tan verdaderamente conmovido, que me faltaba la voz; oculté la cabeza entre mis manos y eché a llorar. No escribo aquí más que la verdad. No pensaba en las contradicciones ni en las consecuencias que había en mi corazón, como en el de la mayoría de los hombres; no se me ocurría pensar que podía haber obrado de otro modo y mejor de lo que había hecho hasta entonces. Ni que había sido una equivocación el cerrar voluntariamente los oídos al grito de mi conciencia, no; todo lo que sabía es que era de buena fe cuando le decía con tanto fervor que a su lado encontraba el reposo y la paz. Ella calmó pronto aquel impulso de sensibilidad con la expresión de su dulce y fraternal afecto, con sus ojillos brillantes, con su voz llena de ternura y con la calma encantadora que siempre me había hecho considerar su morada como un lugar bendito. Animó mi valor y me hizo, naturalmente, contarle todo lo que había sucedido desde nuestra última entrevista. Y no tengo nada más que decirte, Agnes añadí cuando terminé mi confidencia, si no es que cuento contigo. Pero no es conmigo con quien tienes que contar, Trotwood repuso Agnes con una dulce sonrisa; es con otra. ¿Con Dora? dije yo. ¡Naturalmente! Pero, Agnes, ¿no te he dicho respondí algo confuso que es difícil, no digo el contar con Dora, pues es la rectitud y la firmeza mismas, pero, en fin, que es difícil, no sé cómo expresarme, Agnes...? Es tímida, se turba, se asusta fácilmente. Algún tiempo antes de la muerte de su padre creí que debía hablarle... Pero si tienes la paciencia de escucharme, te lo contaré todo. En consecuencia, le conté a Agnes lo que le había dicho a Dora de mi pobreza, del libro de cocina, de las cuentas, etc. ¡Oh Trotwood! repuso ella con una sonrisa, eres siempre el mismo. Tenías razón al querer salir adelante en el mundo; pero ¿para qué hacer las cosas tan bruscamente con una niña tímida, amante y sin experiencia? ¡Pobre Dora! Nunca voz humana podía hablar con más bondad y dulzura que la suya al darme aquella respuesta. Me parecía que la veía coger con amor a Dora en sus brazos para besarla tiernamente; me parecía que me reprochaba tácitamente con su generosa protección el haberme apresurado demasiado a turbar su corazoncito; me parecía que veía a Dora, con toda su gracia ingenua, acariciar a Agnes, darle las gracias y apelar dulcemente a su justicia para hacerse una auxiliar contra mí sin dejar de amarme con toda la fuerza de su inocencia infantil. ¡Qué agradecido estaba a Agnes! ¡Cómo la admiraba! Las veía a las dos en una encantadora perspectiva, unidas íntimamente, más encantadoras todavía una al lado de otra. ¿Qué debo hacer, Agnes? le pregunté después de haber contemplado el fuego. ¿Qué me aconsejas que haga? Creo dijo Agnes que lo más correcto sería que escribieras a esas señoras. ¿Crees que los secretos merecen la pena? No, puesto que tú no lo crees le dije. Yo soy mal juez en esas materias respondió Agnes con un modesto titubeo; pero me parece .... en una palabra, me parece que no sería digno de ti... recurrir a medios clandestinos. Tienes demasiada buena opinión de mí, Agnes, me temo. No sería digno de tu franqueza habitual replicó. Yo escribiría a esas dos señoras; les contaría todo lo más sencilla y francamente que me fuera posible y les pediría permiso para it alguna vez a su casa. Como eres joven y todavía no tienes una posición en el mundo, creo que harías bien en decirles que te someterás con gusto a todas las condiciones que te quieran imponer. Les rogaría que no rechazaran mi petición sin hablar de ella a Dora, cuando les pareciera oportuno. No me presentaría demasiado ardiente dijo Agnes con dulzura ni demasiado exigente; tendría fe en mi fidelidad, en mi constancia y en Dora. ¡Pero si cuando le hablan de ello se asusta! ¿Y si vuelve a echarse a llorar sin querer hablar de mí? ¿Es posible? preguntó Agnes con el más afectuoso interés. ¡Ya lo creo! ¡Se asusta como un pajarito! ¿Y si a las señoritas Spenlow no les parece correcto que me dirija a ellas? (Las solteronas son a veces tan extravagantes ...) No creo, Trotwood dijo Agnes levantando con dulzura los ojos hacia mí, que debas preocuparte demasiado por eso. Según mi opinión, vale más preguntarse si está bien hecho, y si está bien, no titubear. No dudé más tiempo; me sentía el corazón más ligero, aunque con el peso profundo de la tremenda importancia de mi tarea, y me propuse dedicar la tarde a escribir la carta. Agnes me cedió su pupitre para que hiciera el borrador; pero antes bajé a ver a míster Wickfield y a Uriah Heep. Encontré a Uriah instalado en un nuevo despacho, que exhalaba un olor a cal fresca. Lo había construido en el jardín. Nunca he visto un rostro tan innoble entre una cantidad tan grande de libros y papeles. Me recibió con su servilidad de costumbre, haciendo como que no había sabido por mister Micawber mi llegada, de lo que me atreví a dudar. Me condujo al gabinete de míster Wickfield, o mejor dicho a la sombra de su antiguo despacho, pues lo habían despojado de una multitud de comodidades en provecho del nuevo asociado. Míster Wickfield y yo nos saludamos mutuamente, mientras Uriah permanecía de pie delante del fuego frotándose la barbilla con su mano huesuda. ¿Vivirá usted con nosotros, Trotwood, todo el tiempo que piense pasar en Canterbury? dijo míster Wickfield, no sin lanzar a Uriah una mirada con que parecía pedir su aprobación. ¿Tiene usted sitio para mí? le pregunté. Yo estoy dispuesto, Copperfield; debía decir míster, pero el tratamiento de camarada se me viene a la boca dijo Uriah; estoy dispuesto a devolverle su antigua habitación si ello le resulta agradable. No, no dijo míster Wickfield; ¿para qué se va usted a molestar? Hay otra habitación, hay otra habitación. ¡Oh! repuso Uriah haciendo un gesto bastante feo; pero si es que yo estaré encantado. Por fin declaré que aceptaría la otra habitación y que si no me iría a hospedar fuera; en vista de ello se decidieron por la otra habitación. Me despedí de ellos y volví a subir. Esperaba encontrar arriba a Agnes sola, como antes; pero mistress Heep le había pedido permiso para ir a sentarse con ella al lado de la chimenea, con el pretexto de que la habitación de Agnes estaba mejor situada. En el salón o en el comedor sufría horriblemente de su reúma. Yo con gusto y sin el menor remordimiento la hubiera expuesto a toda la furia del viento en el campanario de la catedral; pero había que hacer virtud de necesidad y le di los buenos días en tono amistoso. Le doy las gracias humildemente, caballero dijo mistress Heep cuando le hube preguntado por su salud; estoy así así; no tengo por qué envanecerme. Si pudiera ver a mi Uriah bien establecido, no pediría nada más, se lo aseguro. ¿Cómo ha encontrado usted a mi Uriah, caballero? Le había encontrado tan horrible como de costumbre, y contesté que no le había encontrado cambiado. ¡Ah! ¿No le encuentra usted cambiado? dijo mistress Heep. Le pido humildemente permiso para no ser de su opinión. ¿No le encuentra usted más delgado? Más que de costumbre, no respondí. ¿De verdad? dijo mistress Heep. Es porque usted no le ve con los ojos de una madre. Los ojos de una madre me parecieron muy malos ojos para el resto de la humanidad cuando los dirigía hacia mí, por muy tiernos que fueran para su hijo. Creo que ella y su hijo se pertenecían exclusivamente el uno al otro. Los ojos de mistress Heep, después de mirarme a mí, se fijaron en Agnes. Y usted, miss Wickfield, ¿no encuentra que ha cambiado mucho? preguntó mistress Heep. No dijo Agnes continuando tranquilamente su trabajo. Se preocupa usted demasiado; está muy bien. Mistress Heep resopló con toda su fuerza y continuó su labor. No abandonó ni un momento ni a nosotros ni a su labor de punto. Yo había llegado a las doce y todavía faltaban muchas horas para la comida; pero no se movió. Estaba sentada a un lado de la chimenea y yo estaba en el pupitre frente al hogar, y Agnes al otro lado, no lejos de mí. Cada vez que levantaba la vista mientras escribía lentamente mi carta, veía delante de mí el rostro pensativo de Agnes, que me inspiraba valor con su dulce y angelical expresión; pero sentía al mismo tiempo los malos ojos que me miraban para clavarse después en Agnes y volver enseguida a mí, bajándose después hacia la media. No estoy muy versado en el arte de hacer media para poder decir lo que fabricaba; pero sentada allí al lado del fuego, moviendo sus largas agujas, mistress Heep me parecía una bruja momentáneamente detenida en sus malos designios por el ángel sentado frente a ella; pero dispuesta a aprovechar cualquier oportunidad para agarrar a su presa en sus odiosas redes. Durante la comida continuó vigilándonos con la misma mirada. Después de la comida su hijo tomó su lugar, y una vez solos para los postres míster Wickfield, él y yo, se puso a observarme de reojo, haciendo al mismo tiempo las más odiosas contorsiones. En el salón volvimos a encontrar a su madre, fiel a su punto y a su vigilancia. Mientras Agnes cantó y tocó el piano, la madre estaba instalada a su lado. En una ocasión pidió a Agnes que cantara una balada que a su Uriah le gustaba con locura (durante aquel tiempo el dicho Uriah bostezaba en su sillón y después le dijo que estaba entusiasmado). No abría nunca la boca sin pronunciar el nombre de su hijo. Era evidente que se trataba de una consigna que le habían dado. Aquello duró hasta la hora de acostarse. Me sentía tan poco a mis anchas a fuerza de ver a la madre y al hijo oscureciendo aquella morada con su horrible presencia, como dos grandes murciélagos, que hubiera preferido permanecer toda la noche con el punto y lo demás, mejor que it a acostarme. Apenas cerré los ojos. Al día siguiente, nueva repetición del punto de media y de la vigilancia, que duró todo el día. No pude lograr ni diez minutos para hablar a Agnes: apenas si tuve tiempo para enseñarle mi carta. Le propuse que saliera conmigo de paseo; pero mistress Heep repitió tantas veces que se encontraba muy mal, que Agnes tuvo la bondad de quedarse para hacerle compañía. Por la tarde salí solo para reflexionar en lo que debía hacer, pues no sabía si tenía derecho para callar durante más tiempo a Agnes lo que Uriah Heep me había dicho en Londres, pues empezaba a inquietarme extraordinariamente. No había salido todavía del pueblo, por la carretera de Ramsgate, que estaba muy hermosa para pasear, cuando me oí llamar en la oscuridad por alguien que venía tras de mí. Era imposible confundir aquella chaqueta raída y aquel modo de andar desgarbado. Me detuve a esperar a Uriah Heep. ¿Y bien? le dije. ¡Qué deprisa anda usted! dijo. Tengo las piernas bastante largas; pero usted les da bastante trabajo. ¿Dónde va usted? Vengo a hacerle compañía, Copperfield, si quiere usted permitírselo a un antiguo camarada. Y al decir esto, con un movimiento que podía tomarse por una burla se puso a andar a mi lado. ¡Uriah! le dije lo más cortésmente que pude, después de un momento de silencio. ¡Míster Copperfield! me respondió. Si quiere que le diga la verdad (no se ofenda), he salido porque estaba un poco cansado de estar tanto tiempo en compañía. Me miró de reojo y me dijo con un horrible gesto: ¿Se refiere usted a mi madre? Naturalmente. ¡Ah, vamos! ¿Sabe usted? Somos tan humildes repuso; y como reconocemos nuestra humilde condición. estamos obligados a vigilar a los que no son humildes coma nosotros para que no nos pisoteen. En amor todas las estratagemas son buenas, Copperfield. Y frotándose suavemente la barbilla con sus dos enormes manos, dejó oír un gruñido suave. Nunca había visto una criatura humana que se pareciera tanto a un mandril maligno. Porque usted dijo, continuando acariciándose el rostro y moviendo la cabeza es un rival peligroso, Copperfield, y siempre lo ha sido; reconózcalo. ¡Cómo! ¿Es por este motivo por lo que monta usted la guardia en tomo a miss Wickfield y por lo que le quita toda libertad en su propia casa? le dije. ¡Oh míster Copperfield!; esas son palabras muy duras replicó. Puede usted tomar mis palabras como le parezca; pero sabe usted mejor que yo lo que quiero decirle, Uriah. ¡Oh, no!; tiene usted que explicármelo, porque no lo comprendo. ¿Supone usted le dije esforzándome, a causa de Agnes, en permanecer tranquilo, supone usted que miss Wickfield es para mí otra cosa que una hermana tiernamente amada? Vamos, Copperfield; no estoy obligado a contestar a esa pregunta. Quizá sí, quizá no. Nunca he visto nada comparable a la innoble expresión de aquel rostro, a aquellos ojos desguarnecidos, sin la sombra de una pestaña. Vamos, venga; por el amor de miss Wickfield... ¡Mi Agnes! exclamó en una contorsión angulosa y repugnante. ¡Tenga la bondad de llamarla Agnes, míster Copperfield! Por el amor de Agnes Wickfield, que Dios bendiga... Le doy las gracias por ese deseo, míster Copperfield. Voy a decirle lo que en cualquier otra circunstancia antes se me hubiera ocurrido decírselo a... Jack Ketch. ¿A quién, caballero? dijo Uriah alargando el cuello y abrigando su oreja con la mano para oír mejor. Al verdugo repuse; es decir, a la última persona en quien se puede pensar... y, sin embargo, hay que ser franco, era el rostro de Uriah el que me había sugerido aquella alusión. Tengo novia. ¿Espero que eso le dejará satisfecho? ¿Palabra de honor? preguntó Uriah. Iba a repetir mis palabras, con cierta indignación, cuando se apoderó de mi mano y la estrechó con fuerza. ¡Oh míster Copperfield! Si me hubiera usted demostrado esta confianza cuando le revelé el estado de mi corazón, el día en que tanto le molesté durmiendo en su gabinete, nunca se me hubiera ocurrido dudar de usted. Puesto que es así, voy a despedir inmediatamente a mi madre, demasiado dichoso de poder darle esa prueba de confianza. Usted espero que dispensará las precauciones inspiradas por el afecto. ¡Qué lástima, míster Copperfield, que no se dignara usted devolverme confidencia por confidencia! Sin embargo, le he proporcionado muchas ocasiones. Pero usted nunca ha tenido por mí toda la benevolencia que yo hubiera deseado. ¡Oh no! Seguramente no me ha querido nunca como yo le quiero. Mientras decía esto me estrechaba la mano entre sus dedos húmedos y viscosos. En vano me esforzaba en soltarme; pasó mi brazo por debajo de la manga de su gabán, color chocolate, y me vi obligado a acompañarle. ¿Volvemos a casa? dijo Uriah tomando el camino de la ciudad. La luna empezaba a iluminar las ventanas con sus rayos plateados. Antes de dejar de hablar de esto le dije, después de un largo silencio tiene usted que saber que a mis ojos Agnes Wickfield está tan por encima de usted y tan lejos de todas sus pretensiones como la luna que nos ilumina. Es tan tranquila, ¿no es verdad? dijo Uriah. Pero confiese usted que nunca me ha querido como yo a usted. Me encontraba usted demasiado humilde, estoy seguro. No me gusta que se haga tanta profesión de humildad ni de otra cosa respondí. ¡Ah! dijo Uriah con el rostro más pálido y terroso todavía que de costumbre; estaba seguro. Pero usted no sabe, míster Copperfield, hasta qué punto conviene la humildad a una persona en mi situación. Mi padre y yo fuimos educados en una escuela de caridad; mi madre también ha sido educada en un establecimiento de la misma naturaleza De la noche a la mañana nos enseñaban a ser humildes, y nada más. Debíamos ser humildes con estos, humildes con aquellos. Ahora teníamos que quitamos la gorra; allí teníamos que hacer una reverencia y no olvidar nunca nuestra situación, siempre rebajarnos delante de nuestros superiores ¡Dios sabe cuántos superiores teníamos! Si mi padre ha ganado la medalla de instructor ha sido a fuerza de humildad, y yo lo mismo. Si mi padre ha llegado a sacristán ha sido a fuerza de humildad. Tenía fama entre la gente bien educada de saber estar en su sitio, y por eso todos estaban dispuestos a empujarle. «Sé humilde, Uriah, me decía mi padre, y te abrirás camino. Nos han rebajado a ti como a mí en la escuela, y es lo que mejor resultado da. Sé humilde decía, y llegarás.» Y realmente parece que tenía razón. Por primera vez sabía que aquella odiosa comedia de humildad era hereditaria en la familia Heep; había visto la cosecha, pero no se me había ocurrido pensar en la siembra. No era más alto que esto decía Uriah cuando aprendí a apreciar la humildad y a aprovecharla. Comía mis humildes patatas con buen apetito. No he querido llevar demasiado lejos mis humildes estudios, y me he dicho: «Sé terco». Usted me ofreció enseñarme latín; pero no soy tan tonto. Mi padre me decía siempre: «A las gentes les gusta dominar; baja la cabeza y déjales hacer». En este momento, por ejemplo, yo soy muy humilde, míster Copperfield; pero eso no impide que haya conseguido ya algún poder. Todo lo que me decía (lo leía en su rostro a la claridad de la luna) era sencillamente para hacerme comprender que estaba decidido a servirse del poder aquel. Yo no había dudado nunca de su bajeza, su astucia y su malicia; pero únicamente entonces empecé a comprender todo lo que la larga violencia de su juventud había amontonado en venganza sin piedad en aquel alma vil y baja. Lo que hubo de más satisfactorio en aquel relato repugnante que me acababa de hacer es que me soltó el brazo para poder volver a agarrarse la barbilla con las dos manos. Una vez separado de él estaba decidido a seguir en aquella posición. Andábamos a cierta distancia uno del otro, cambiando únicamente algunas palabras. No sé lo que le había puesto contento, si era lo que yo le había comunicado o el relato que él me había hecho de su pasado; pero estaba mucho más animado que de costumbre. En la comida habló mucho; preguntó a su madre (a la que había relevado de su guardia cuando volvimos de nuestro paseo) si no era hora de que él se casara; y en una ocasión lanzó tal mirada sobre Agnes, que hubiera dado todo lo que tengo por poder aplastarle. Cuando después de la comida nos quedamos solos míster Wickfield, él y yo, Uriah se lanzó más todavía. Había bebido muy poco vino; por lo tanto, no era eso lo que podia excitarle; debía de ser la embriaguez de su triunfo insolente y el deseo de demostrarlo en mi presencia. La víspera ya había observado que trataba de hacer beber a míster Wickfield; pero Agnes me había lanzado tal mirada al dejar la habitación, que al cabo de cinco minutos propuse ir a reunimos con ella al salón. Estaba a punto de hacer otro tanto cuando Urialh se me adelantó. Vemos muy rara vez a nuestro visitante de hoy dijo dirigiéndose a míster Wickfield, sentado al otro lado de la mesa (qué contraste entre las dos cabeceras), y si usted no tiene inconveniente podríamos beber uno o dos vasos de vino a su salud. ¡Míster Copperfield, bebo a su salud y por su prosperidad! Me vi obligado a tocar, por fórmula, la mano que me tendía a través de la mesa; después cogí, con una emoción muy diferente, la mano de su pobre víctima. Vamos, mi querido socio dijo Uriah, permítame que le dé el ejemplo bebiendo también a la salud de algún amigo de Copperfield. Pasé rápidamente sobre los diversos brindis propuestos por mister Wickfield: a mi tía, a míster Dick, al Tribunal de Doctores, a Uriah. Cada vez se bebía dos veces su vaso, aunque se daba cuenta de su debilidad, y luchaba vanamente contra aquella miserable pasión. ¡Pobre hombre! ¡Cómo sufría con la conducta de Uriah y, sin embargo, cómo trataba de agradarle! Heep, triunfante, se retorcía de gusto, hacía gala del vencido, del que desplegaba la vergüenza a mis ojos. Yo tenía el corazón oprimido; ahora todavía mi mano se niega a escribirlo. Vamos, mi querido socio; yo también voy a proponer otro brindis; pero pido humildemente que nos den vasos grandes. ¡Bebamos por la más divina de su sexo! El padre de Agnes tenía las manos sobre su vaso vacío. Lo dejó en la mesa, y sus ojos se fijaron en el retrato de su hija; después se llevó la mano a la frente y se dejó caer en un sillón. Sé que soy un personaje demasiado humilde para atrevenne a brindar a su salud repuso Uriah; pero la admiro; mejor dicho, ¡la adoro! ¡Qué angustia la del padre, que apretaba convulsivamente su cabeza gris entre las manos para contener su sufrimiento interior mil veces más cruel de contemplar que todos los dolores físicos que pudiera sufrir nunca! Agnes dijo Uriah, sin fijarse en el estado de míster Wickfield, o sin querer fijarse, Agnes Wickfield, puedo decirlo, es la más divina de las mujeres. Es más, puedo hablar libremente entre amigos; se puede estar orgulloso de ser su padre; ¡pero ser su marido...! Dios no permita que vuelva a oír jamás un grito como el que lanzó míster Wickfield levantándose bruscamente. ¿Qué ocurre? dijo Uriah, que se puso pálido como la muerte. ¡Ah, vamos! Debe de ser un ataque de locura, ¿no, míster Wickfield? ¡Tengo tanto derecho como cualquier otro a decir que un día su Agnes será mi Agnes! Es más; creo que tengo más derecho que nadie. Pasé mi brazo alrededor del cuello de míster Wickfield y le rogué, por todo lo que pude imaginar, que se tranquilizara; pero sobre todo se lo rogué en nombre de su afecto por Agnes. Estaba fuera de sí y se arrancaba los cabellos, se golpeaba la frente y trataba de rechazarme lejos de sí, sin contestar una sola palabra, sin ver nada, sin saber, ¡ay!, en su desesperación ciega, lo que quería, con la mirada fija y extraviada. ¡Qué espectáculo tan terrible! Le supliqué, en mi dolor, que no se abandonara a aquella angustia y que me escuchara. Le suplicaba que pensara en Agnes, en Agnes y en mí; que recordara cómo Agnes y yo habíamos crecido juntos; ella, a quien yo quería y respetaba; ella, que era su orgullo y su alegría. Me esforzaba en poner a su hija ante sus ojos; le reprochaba el no tener bastante firmeza para evitarle el que se enterase de semejante escena. No sé si mis palabras surtieron algún efecto, o si la violencia de su cólera terminó por gastarse; pero poco a poco se tranquilizó y empezó a mirarme, primero sin pensar, después con un rayo de razón, y por fin me dijo: «Ya lo sé, Trotwood; mi hija querida y tú..., ya lo sé; pero él, ¡mírale!». Me enseñaba a Uriah, pálido y tembloroso en un rincón. Evidentemente se había precipitado, y esperaba una cosa muy distinta. Mira a mi verdugo repuso míster Wickfield; al hombre que me ha hecho perder poco a poco mi nombre, mi reputación, mi tranquilidad, la felicidad de mi hogar. Decid más bien el que le ha conservado su nombre, su reputación, su tranquilidad y la felicidad de su hogar dijo Uriah, tratando de arreglar las cosas con una expresión de enfado y desconcierto. No se enfade, míster Wickf¡eld, si he llegado más lejos de lo que esperaba; retrocederé ¡ya lo creo! Y después de todo, ¿dónde está el daño? Ya sabía yo que tenía un objetivo en la vida dijo míster Wickfield y creía que estaba unido a mí por motivos de intereses; pero... ¡oh, lo que es este hombre! Haría usted bien obligándole a callar, Copperfield, si puede exclamó Uriah volviendo hacia mí sus manos huesudas. Va a decir, fíjese bien, va a decir cosas que después sentirá haber dicho y que usted mismo sentirá haber oído. Lo diré todo exclamó míster Wickfield con acento desesperado. Puesto que estoy en tus manos ¿por qué no he de ponerme en las del mundo entero? Tenga cuidado, se lo repito repuso Uriah dirigiéndose a mí; si no le hace callar es que no es usted su amigo. ¿Pregunta usted por qué no se pondrá en manos del mundo entero? Míster Wickfield, porque tiene usted una hija. Usted y yo sabemos lo que sabemos, ¿no es cierto? No despertemos al perro que duerme. No soy yo quien cometerá esa imprudencia. Puede usted ver que soy lo más humilde posible, y le digo que si he ido demasiado lejos lo siento. ¿Qué más quiere usted, caballero? ¡Oh, Trotwood, Trotwood exclamó míster Wickfield retorciéndose las manos. ¡He caído tan bajo desde que lo vi por primera vez en esta casa! Estaba ya en esta pendiente fatal; pero, ¡ay!, ¡cuánto camino! ¡Qué triste camino he recorrido desde entonces! Me ha perdido mi debilidad. ¡Ah! ¡Si hubiera tenido la fuerza de recordar menos, o al menos de olvidar! El recuerdo doloroso de lo que había perdido al perder a la madre de mi hija se ha vuelto una enfermedad; mi amor por mi hija, llevado hasta el olvido de todo lo demás, me ha dado el último golpe. Una vez con esta enfermedad incurable he infectado a mi vez cuanto he tocado. He causado la desgracia de lo que más quiero. ¡Tú sabes si la quiero! He creído posible amar a una criatura del mundo excluyendo a todas las demás. He creído posible llorar a una que había dejado el mundo sin llorar con los que lloran. Así he perdido mi vida. Me he devorado el corazón en una tristeza cobarde, y él se venga devorándome a su vez. He sido sórdido en mi dolor, sórdido en mi amor, sórdido en el modo en que he escapado del lado oscuro del dolor y del afecto. Y ahora sólo soy una ruina. ¡Oh, mira, mira mi miseria! ¡Huye de mí! ¡ódiame! Cayó en una silla y se puso a sollozar. Ya no le sostenía la exaltación de su pena. Uriah salió de su rincón. No sé todo lo que habré podido hacer en mi locura dijo míster Wickfield extendiendo la mano como para suplicarme que no le condenase todavía; pero él lo sabe; él, que ha estado siempre a mi lado para apuntarme lo que debía hacer. Ya ves la cadena que me ha puesto al cuello; le encuentras instalado en mi casa; le encuentras metido en todos mis asuntos. Ya le has oído hace un momento. ¿Qué más puedo decirte? No tiene usted necesidad de decir más, y mejor hubiera hecho usted no diciendo nada repuso Uriah, en tono a la vez arrogante y servil. No se hubiera puesto usted en ese estado si no hubiera bebido tanto; ya se arrepentirá usted mañana, caballero. Si yo también he dicho algo más de lo que debía, ¡vaya una cosa! Ha podido usted ver que no me he obstinado. La puerta se abrió y Agnes entró suavemente, pálida como una muerta; pasó su brazo alrededor del cuello de su padre y le dijo con firmeza: «¡Papá, no te encuentras bien, vente conmigo! ». Él dejó caer la cabeza en el hombro de su hija, como si estuviera agobiado de vergüenza, y salieron juntos. Los ojos de Agnes se encontraron con los míos, y vi que sabía todo lo que había pasado. No creía yo que iba a tomar la cosa así, míster Copperfield dijo Uriah; pero esto no es nada; mañana nos habremos reconciliado. Es por su bien. Yo deseo humildemente su bien. No le contesté una palabra y subí a la tranquila habitación donde Agnes había venido tan a menudo a sentarse a mi lado mientras yo trabajaba. Allí permanecí hasta bastante tarde, sin que nadie viniera a hacerme compañía. Cogí un libro y traté de leer; esperé a que dieran las doce en los relojes, y leía todavía, sin saber lo que leía, cuando Agnes me tocó suavemente en el hombro. ¿Te vas mañana temprano, Trotwood? Vengo a decirte adiós. Había llorado; pero su rostro estaba ya bello y tranquilo. ¡Que Dios te bendiga! me dijo tendiéndome la mano. Mi querida Agnes respondí; veo que no quieres que te hable esta noche de ello, pero ¿no podríamos hacer nada? Confiar en Dios contestó. ¿No puedo hacer nada, yo que vengo a aburrirte con mis pobres penas? Tú haces las mías menos amargas, mi querido Trotwood. Agnes, querida mía; es una gran pretensión por mi parte el pensar darte un consejo, yo que tengo tan poco de lo que tú posees tanto: bondad, valor, nobleza; pero ya sabes cuánto te quiero y todo lo que te debo. Agnes, ¿no te sacrificarás nunca a un deber mal comprendido? Retrocedió un paso y dejó mi mano. Nunca la había visto tan inquieta. Dime que no has tenido semejante pensamiento, querida Agnes; tú que eres para mí más que una hermana, piensa en lo que vale un corazón como el tuyo, un amor como el tuyo. ¡Ah! ¡Cuántas veces he vuelto a ver después aquel dulce rostro y aquella mirada de un instante, aquella mirada donde no había sorpresa ni reproche ni resentimiento! ¡Cuántas veces he visto después la encantadora sonrisa con que me dijo que estaba segura de ella misma y que no había nada que temer; después me llamó su hermano y desapareció! Todavía era de noche cuando al día siguiente subí a la diligencia en la puerta de la posada. El día comenzaba a despuntar, a íbamos a partir, cuando en el momento en que mi pensamiento se volvía hacia Agnes vi la cabeza de Uriah que se encaramaba a mi lado. Copperfield me dijo en voz baja agarrándose al coche, he pensado que le gustaría saber antes de su partida que todo está arreglado. Ya he estado en su habitación y está dulce como un cordero. ¿Ve usted? A pesar de lo humilde que soy le sirvo de algo; y cuando no está bebido lo comprende. ¡Qué hombre tan amable después de todo! ¿No es verdad, míster Copperfield? Me esforcé y le dije que me alegraba mucho de que se hubiera disculpado. ¡Oh!, de verdad dijo Uriah. ¿Qué importa pedir excusas? ¡Cuando se es humilde es tan fácil! A propósito: ¿supongo, míster Copperfield añadió con una ligera contorsión, que le habrá ocurrido alguna vez el coger una pera antes de que estuviera madura? Es probable respondí. Es lo que hice yo ayer noche dijo Uriah; pero la pera madurará; no hay más que estar al cuidado. Puedo esperar. Y agobiándome con sus saludos, se bajó en el momento en que el conductor subía al pescante. Según creo, iba comiendo algo para evitar el frío de la mañana; al menos, por el movimiento de su boca se hubiera dicho que la pera estaba ya madura y que la saboreaba haciendo chasquear los labios. CAPÍTULO XX EL VAGABUNDO Aquella noche tuvimos una conversación muy seria en Buckingham Street sobre los sucesos que he detallado en el último capítulo. Mi tía se tomaba el mayor interés y estuvo paseando de arriba abajo por la habitación, con los brazos cruzados, durante más de dos horas. Siempre que tenía algún disgusto ejecutaba una proeza semejante, y se podia saber la importancia de su disgusto por lo que duraba el paseo. En aquella ocasión estaba tan afectada, que necesitó abrir la puerta de la alcoba para tener más sitio, y recorría las dos habitaciones de un extremo a otro, mientras mister Dick y yo, sentados inmóviles al lado del fuego, la veíamos pasar por nuestro lado una vez y otra, con la regularidad de un péndulo de reloj. Cuando mister Dick nos dejó solos a mi tía y a mí, para irse a la cama, yo me puse a escribir mi carta a las dos señoras. Entre tanto, mi tía, cansada de su paseo, se había sentado ante la chimenea, con la falda un poco remangada, como de costumbre; pero en lugar de poner el vaso sobre sus rodillas, lo dejó encima de la chimenea y se quedó con el codo derecho apoyado en la mano izquierda y la barbilla en la mano derecha, mirándome pensativa. Siempre que yo levantaba los ojos estaba seguro de encontrar los suyos. Te quiero más que nunca, hijo mío me dijo; pero estoy preocupada y triste. Estaba demasiado preocupado con mi carta, y no me fijé, hasta después de que se hubiera acostado, de que había dejado intacta encima de la chimenea su «poción de la noche», como ella la llamaba. Cuando hice este descubrimiento, llamé a su puerta, y con más cariño que de costumbre me dijo: No he tenido ganas de tomarlo esta noche, Trot y movió la cabeza y se encerró de nuevo. A la mañana siguiente leyó mi carta para las tías de Dora, y la aprobó. La eché al correo. Ya no tenía nada que hacer más que esperar con paciencia la contestación. Hacía una semana que estaba en aquel estado de expectación. Una noche volvía de casa del doctor Strong. Había sido un día muy crudo, con un viento norte que cortaba la cara. El viento había desaparecido al anochecer y empezaba a nevar; caían gruesos copos, que cubrían ya todo el suelo, y los ruidos se habían apagado como si las calles estuvieran cubiertas de pluma. El camino más corto para volver a casa (y naturalmente el que tomé en semejante noche) fue el de la travesía de San Martín. La iglesia que da nombre a la calle está ahora aislada; pero antes sólo tenía espacio libre por la parte de delante, y la calleja torcía hacia el Strand. Cuando pasaba por delante del pórtico vi en la rinconada el rostro de una mujer. Me miró, cruzó la calle y desapareció. Yo la conocía, la había visto en alguna parte; pero no recordaba dónde. Algo que interesaba a mi corazón se asociaba con ella; pero como iba pensando en otra cosa cuando me la encontré, sólo tuve una idea confusa. En los escalones de la iglesia había un hombre poniendo algo sobre la nieve y arreglándolo después; le vi al mismo tiempo que a la mujer. No había salido de mi sorpresa cuando el hombre se volvió y se encontro conmigo: estaba cara a cara con míster Peggotty. Entonces recordé quién era la mujer. Era Martha, a quien Emily había dado dinero la noche aquella en la cocina. Martha Endell, al lado de la cual él no hubiera querido ver a su querida sobrina según me dijo Ham, ni por todos los tesoros ocultos en el mar. Nos estrechamos la mano cordialmente; al principio ninguno de los dos podíamos decir una palabra. Míster Davy, ¡cómo me alegro de verle! ¡Qué feliz encuentro! Muy feliz, querido y viejo amigo le dije. Había estado pensando ir a verle esta noche repuso; pero al saber que su tía está viviendo con usted (pues he estado por el lado de Yarmouth) he temido que fuera demasiado tarde, y pensaba ir por la mañana temprano, antes de volver a marcharme. ¿Otra vez? dije. Sí señor replicó moviendo la cabeza con resignación; me marcho mañana. ¿Y dónde va usted ahora? pregunté. ¡Pchs! replicó, sacudiendo la nieve de sus largos cabellos. Voy por ahí... En aquella época el establecimiento de La Cruz de Oro (tan memorable para mí en relación con su desgracia) tenía una puerta cerca de donde estábamos parados. Le señalé la verja, me agarré de su brazo, y nos dirigimos allí. Dos o tres de las salas del café daban al patio, y viendo una completamente vacía y con buen fuego, nos dirigimos a ella. Cuando le vi a la luz observé que tenía los cabellos largos y revueltos y el rostro quemado por el sol; las arrugas de su rostro eran más profundas, y tenía todo el aspecto de haber vagado a través de los climas más distintos; pero todavía parecía muy fuerte y decidido a cumplir su propósito sin que nada pudiera cansarle. Se sacudió la nieve que cubría su ellas casi como si fueran los niños de Emily. ¡Oh mi querida pequeña Emily! Se puso a sollozar en un repentino acceso de desesperación. Yo pasaba temblando mi mano por encima de la suya, con la que intentaba taparse el rostro. Gracias me dijo, no se preocupe usted. Al cabo de un momento se descubrió los ojos y continuó su relato. A menudo por la mañana me acompañaban un momento por el camino, y cuando nos separábamos y yo les decía en mi lengua: «Muchas gracias, que Dios os bendiga», ellas siempre parecían comprenderme y me respondían con cariño. Por fin llegué a la costa. No era difícil para un marino como yo ganar su pasaje hasta Italia. Cuando llegué allí seguí errando de un lado a otro. Todo el mundo era bueno conmigo, y quizá hubiera viajado de ciudad en ciudad o a través de los campos si no hubiera oído decir que la habían visto en las montañas de Suiza. Alguien que conocía al criado los había visto a los tres; hasta me dijeron cómo viajaban y dónde estaban. Anduve día y noche, míster Davy, para encontrar aquellas montañas. Cuanto más avanzaba más parecían alejarse ellas. Pero las alcancé y las atravesé. Cuando llegué al lugar de que me habían hablado empecé a preguntarme: ¿Y qué vas a hacer cuando la veas? El rostro que nos escuchaba, insensible al rigor de la noche, se bajaba, y vi a aquella mujer de rodillas delante de la puerta, con las manos juntas como para rezar, suplicándome que no la despidiera. Nunca he dudado de ella dijo míster Peggotty, nunca, ni un minuto. Sólo con que hubiera podido hacerle ver mi rostro, hacerle oír mi voz, recordarle la casa de que había huido, su infancia, sabía que, aunque hubiera llegado a princesa de sangre real, caería a mis pies. Lo sabía. ¡Cuántas veces en mi sueño la he oído gritar: « Tío, tío mío querido!» y la he visto caer como muerta ante mí. ¡Cuántas veces en mi sueño la he levantado diciéndole muy bajito: «Emily, querida mía; vengo a perdonarte y a llevarte conmigo! ». Se detuvo, movió la cabeza, y después añadió con un suspiro: Él, él no es nada para mí. Emily lo era todo. Compré un traje de campesina para ella; sabía que una vez que la hubiera recobrado vendría conmigo por las carreteras rocosas; que iría donde yo quisiera, y que no me abandonaría jamás, no, jamás. Todo lo que quería era hacerle poner aquel traje y pisotear los que llevara, cogerla, como antes, en mis brazos y volver a nuestra casa, deteniéndonos a veces en el camino para que descansaran sus pies enfermos y su corazón, más enfermo todavía. Respecto a él, creo que ni siquiera le hubiera mirado. ¿Para qué? Pero todo esto no debía ser, mister Davy, no, todavía no. Llegué demasiado tarde: habían partido. Ni siquiera pude saber dónde iban. Unos decían que por aquí, otros que por allá, y he viajado por aquí y por allá; pero no la he encontrado. Entonces he vuelto. ¿Hace mucho tiempo? pregunté. Pocos días solamente. Vi a lo lejos mi viejo barco y la luz que brillaba en la ventana, acercándome vi a la vieja mistress Gudmige sentada Bola al lado del fuego. Le grité: « No tengas miedo; es Daniel», y entré. Nunca hubiera creído que pudiera sorprenderme tanto verme en mi viejo barco. Sacó cuidadosamente de un bolsillo de su chaleco un paquete de papeles que contenía dos o tres camas y las puso encima de la mesa. Esta primera carta ha llegado dijo separándola de las otras a los ocho días escasos de mi partida. Había dentro, a mi nombre, un billete de banco de cincuenta libras. Lo habían echado una noche por debajo de la puerta. Había tratado de desfigurar la letra, pero conmigo no le valía. Volvió a plegar con cuidado el billete y lo dejó encima de la mesa. Esta otra carta, dirigida a mistress Gudmige, ha llegado hace dos o tres meses. Después de haberla contemplado un momento me la entregó, añadiendo en voz baja: «Tenga la bondad de leerla». Leí lo siguiente: « ¡Oh, qué pensará usted cuando vea esta carta y sepa que es mi mano culpable la que traza estas líneas! Pero trate, trate, no por amor mío, sino por amor a mi tío, trate de dulcificar un momento su corazón hacia mí. Trate, se lo ruego, de tener piedad de una desgraciada, y escríbame en un pedacito de papel si está bien y lo que ha dicho de mí antes de que haya sido prohibido pronunciar mi nombre entre ustedes. Dígame si por la noche, a la hora en que yo volvía siempre, piensa todavía en la que amaba tanto. ¡Oh, mi corazón se rompe cuando pienso en todo esto! Caigo de rodillas y le suplico que no sea conmigo todo lo severa que merezco...; sé que lo merezco; pero sea usted buena y transigente; escribame una palabra y envíemela. No me llame ya « mi pequeña», no me den ya más el hombre que he deshonrado; pero tenga piedad de mi angustia y sea lo bastante misericordiosa para hablarme un poco de mi tío, puesto que jamás, jamás en este mundo le volverán a ver mis ojos. Querida mistress Gudmige: si no tiene usted compasión de mí, pues tiene derecho a ello, ¡oh!, entonces pregúntele a aquel para el que soy más culpable, a aquel de quien debía ser la mujer, si debe usted negarse a mi ruego. Si es lo bastante generoso para aconsejarle lo contrario (y yo creo que lo hará, pues es todo bondad a indulgencia), entonces, entonces únicamente dígale que cuando oigo por la noche la brisa me parece que acaba de pasar por su lado y el de mi tío y que sube a Dios para llevarle el mal que hayan dicho de mí. Decidles que si muriera mañana (¡oh, cómo querría morir si me sintiera preparada!) mis últimas palabras serían para bendecirle a él y a mi tío y mi última oración por su felicidad.» También en esta carta había dinero: cinco libras. Míster Peggotty había dejado intacta aquella suma, lo mismo que la otra, y volvió a doblar también el billete. Había también instrucciones detalladas sobre la manera de hacerle llegar una respuesta; se veía que varias personas habían intervenido para disimular mejor el sitio en que estaba oculta; sin embargo, parecía bastante probable que hubiera escrito desde el sitio donde le habían dicho a míster Peggotty que la habían visto. ¿Y qué le han contestado? Como mistress Gudmige no está muy fuerte en escritura, Ham se ha encargado de contestar por ella. Le han dicho que yo había salido en busca suya y lo que dije al despedirme. ¿Y eso es otra carta? No; es dinero dijo míster Peggotty desplegando a medias diez libras; como puede usted ver, hay escrito por dentro del envoltorio: « De parte de una amiga verdadera» . Pero la primera carta la habían echado por debajo de la puerta y esa ha venido por correo anteayer. Voy a buscar a Emily en la ciudad que pone en el sello. Me lo enseñó. Era una ciudad a orillas del Rhin. Había encontrado en Yarmouth algunos comerciantes extranjeros que conocían aquel país, y le habían dibujado una especie de mapa para que comprendiera mejor las cosas. Lo puso encima de la mesa y me señaló su camino con una mano, mientras apoyaba la barbilla en la otra. Le pregunté cómo estaba Ham. Sacudió la cabeza. Trabaja mucho me dijo. Su nombre es ya conocido y respetado en todo el país; todo lo que puede ser un hombre en este mundo. Todos están dispuestos a ayudarle, y lo comprenderá usted, porque ¡es tan bueno con todo el mundo! Nunca se le ha oído quejarse. Entre nosotros, mi hermana cree que ha sido un golpe muy fuerte para él. ¡Pobre muchacho! Yo también lo creo. Míster Davy repuso míster Peggotty en voz baja y en tono solemne, Ham ahora desprecia la vida. Siempre que se necesita un hombre para afrontar algún peligro en el mar, allí está él; siempre que hay un puesto peligroso que cubrir, allá va el primero. Y, sin embargo, es dulce como un niño; no hay ni un niño en todo Yarmouth que no le conozca. Reunió las cartas con expresión pensativa, las dobló lentamente y volvió a meterse el paquetito en el bolsillo. Ya no había nadie en la puerta. La nieve continuaba cayendo; eso era todo. Y bien me dijo mirando su saco, puesto que le he visto esta noche, míster Davy, y eso me ha consolado, partiré mañana temprano. Ya ha visto usted lo que tengo aquí y ponía la mano encima del paquetito; lo que me preocupa es que pueda ocurrirme una desgracia antes de haber devuelto este dinero. Si me muriera y este dinero se perdiera o me lo robaran y él pudiera creer que lo he guardado, creo que el otro mundo no podría retenerme; sí; verdaderamente creo que volvería. Se levantó, y yo me levanté también, y nos estrechamos de nuevo la mano. Andaría diez mil millas, andaría hasta el día en que cayera muerto de cansancio, por poderle tirar este dinero a la cara. Sólo cuando pueda hacerlo y recobre a mi Emily estaré contento. Si no la encuentro, quizá un día sabrá que su tío, que la quería tanto, no ha cesado de buscarla más que cuando ha dejado de vivir; y si la conozco bien, no hará falta más para atraerla al antiguo hogar. Cuando salimos a la frialdad de la noche vi huir delante de nosotros a la figura misteriosa. Retuve un momento a míster Peggotty para darla tiempo a que desapareciera. Me dijo que iba a pasar la noche en una posada en el camino de Dover, donde encontraría buena habitación. Yo le acompañé hasta el puente de Westminster. Después nos separamos. Me pareció que todo en la naturaleza guardaba un silencio religioso por respeto hacia el piadoso peregrino que volvía a emprender lentamente su marcha solitaria a través de la nieve. Volví al patio de la posada buscando con los ojos a aquella cuyo rostro me había impresionado tan profundamente; pero no estaba. La nieve había borrado la huella de nuestros pasos, y sólo se veían los que yo acababa de imprimir, y era tan fuerte la nevada, que también empezaban a desaparecer. Solamente daba tiempo a volver la cabeza para mirarlos por encima de mi hombro. TERCERA PARTE CAPÍTULO PRIMERO LAS TÍAS DE DORA Por fin recibí contestación de las dos ancianas. Saludaban a míster Copperfield y le informaban de haber leído con la mayor atención su carta, «teniendo en cuenta el interés de ambas partes». Aquella frase me alarmó bastante, no sólo porque sabía que la habían empleado en la ocasión del disgusto de familia antes mencionado, sino porque siempre he observado que las frases convencionales son una especie de fuegos de artificio, de los que al empezar no se puede prever la variedad de formas ni de colores que los hacen cambiar en absoluto de su forma primitiva. Mistres Spenlow añadían que era difícil dar por escrito una opinión sobre el asunto de que trataba míster Copperfield; pero que si míster Copperfield les hacía el honor de visitarlas en un día que señalaban de antemano, acompañado, si le parecía bien, de un amigo de confianza, tendrían mucho gusto en discutir con él el asunto. Ante semejante favor, míster Copperfield contestó inmediatamente a misses Spenlow que las saludaba respetuosamente y que tendría el honor de visitarlas el día designado, en compañía, como le indicaban, de su amigo míster Thomas Traddles, del Templo Inner. Una vez enviada aquella carta, míster Copperfield cayó en un estado de agitación nerviosa que duró hasta el día indicado. Lo que aumentaba mucho mi inquietud era no poder, en una crisis tan importante, recurrir a los inestimables servicios de miss Mills. Pero míster Mills, que se dedicaba a llevarme la contraria (al menos a mí me lo parecía, lo que es lo mismo), míster Mills, repito, había decidido marcharse a la India. Y díganme ustedes: ¿para qué se iba a la India si no era para fastidiarme? Claro que podrán contestarme: ¿Y por qué no a la India mejor que a otra parte cualquiera, sobre todo si se tiene en cuenta que la India le podia interesar más porque comerciaba con ella? Yo no estaba muy enterado de sobre qué comerciaba; pero tengo idea de que se trataba de chales de tisú de oro y colmillos de elefante. Había estado en Calcuta en su juventud, y quería volver allí a establecerse como asociado residente. Pero todo aquello me era indiferente; lo importante era que al partir se llevaba a Julia y que Julia se había tenido que it al campo a despedirse de su familia; su casa estaba en venta o en alquiler, y el mobiliario (con lixiviadora y todo) se subastaba. Era, por lo tanto, un nuevo terremoto bajo mis pies antes de que estuviera repuesto del anterior. Me preocupaba mucho el pensar cómo me vestiría el día solemne; pues por un lado quería ir lo mejor posible y por otro temía que cualquier detalle de mi ropa pudiera perjudicar mi reputación de seriedad a los ojos de misses Spenlow. Intenté un feliz término medio, que mi tía aprobó, y mister Dick, para asegurar el éxito de nuestra empresa, arrojó un zapato tras de nosotros mientras bajábamos la escalera. A pesar del cariño y el afecto que sentía por Traddles no pude por menos desear en aquella ocasión tan delicada que nunca hubiera tenido la costumbre de peinarse con cepillo, pues sus cabellos tiesos le daban una expresión como asustada; hasta podría decir que parecía una escoba de crin, y mis aprensiones me hacían temer que aquello nos fuera fatal. En el camino me tomé la libertad de decírselo y de insinuarle que tratara de aplastárselos un poco... Me querido Copperfield dijo Traddles quitándose el sombrero y alisándose los cabellos en todas las direcciones, nada podría serme más agradable; pero no quieren. ¿No quieren quedarse aplastados? No dijo Traddles, nada puede convencerlos. Aunque me pusiera encima de la cabeza un peso de cincuenta libras y fuera con él hasta Putney no lo conseguiría: volverían a ponerse de puma en cuanto quitase el peso. No puedes hacerte idea de su terquedad, Copperfield. Parezco un puercoespín constantemente encolerizado. Debo confesar que me quedé un poco desconcertado, aunque al mismo tiempo me encantaba su sencillez. Le dije todo lo que estimaba su buen carácter y que pensaba que toda la terquedad se le había ido a los cabellos y que por eso a él no te quedaba ni rastro. ¡Oh! repuso Traddles riéndose. Es ya antigua la historia de mis desgraciados cabellos. La mujer de mi tío no los podia resistir; decía que la exasperaban. Y también me han perjudicado mucho al principio, cuando me enamoré de Sofia. ¡Oh, sí, mucho! ¿No le gustaban tus cabellos? A ella sí repuso Traddles; pero su hermana mayor (la que es una belleza) no los podia tomar en serio. ¡Y todas las hermanas se han reído con ganas de ellos! ¡Qué agradable! ¡Oh, sí! repuso Traddles con perfecta inocencia. Es una diversión para nosotros. Dicen que Sofia tiene un mechón de mis cabellos en su cajón, y que para tenerlos aplastados se ve obligada a meterlos en un libro con broches. ¡Nos reímos mucho, ya lo creo! A propósito, mi querido Traddles, tu experiencia podrá serme muy útil. Cuando te comprometiste con la muchacha de que me hablas, ¿tuviste que hacer a la familia una proposición formal? Por ejemplo: ¿has tenido que cumplir la ceremonia por que vamos a pasar hoy nosotros? añadí nerviosamente. ¿Sabes? dijo Traddles poniéndose serio. Mi caso ha sido muy complicado, Copperfield, y que me ha hecho sufrir mucho. Sofía es tan útil en su casa, que no podían hacerse a la idea de que se casara. Hasta habían decidido entre ellos que no se casaría nunca, y la llamaban siempre la «solterona». Así es que cuando empecé a hablar a mistress Crewler, con todas las precauciones imaginables... ¿La mamá? Sí. El padre es el reverendo Horace Crewler, de quien ya te he hablado. Cuando empecé a hablar a mistress Crewler, a pesar de todas mis precauciones para prepararla, lanzó un grito y se desvaneció. Tuve que esperar meses antes de poder abordar el mismo asunto. ¿Pero por fin lo hiciste? Fue el reverendo Horace quien lo hizo dijo Traddles, que es el hombre más excelente y ejemplar en todos sentidos. Le hizo ver que, como cristiana, debía aceptar aquel sacrificio, tanto más porque no lo era, y desechar todo sentimiento contrario a la caridad conmigo. Yo, te doy mi palabra de honor, Copperfield, me daba horror a mí mismo; me parecía un pájaro de presa que había caído sobre aquella familia. ¿Espero que las hermanas estuvieran a tu favor, Traddles? No del todo, pues cuando mistress Crewler ya se había hecho un poco a la idea tuvimos que anunciárselo a Sarah. ¿Recuerdas lo que te he dicho de Sarah? Es la que tiene algo en la espina dorsal. ¡Ah, sí, perfectamente! Pues Sarah cruzó las manos, mirándome con angustia; después cerró los ojos y se puso verde; su cuerpo estaba tieso como un palo, y durante dos días no pudo comer más que agua con pan, a cucharaditas. ¿Debe de ser una chica insoportable, Traddles? Perdona, Copperfield; pero es una chica encantadora. ¡únicamente tiene tanta sensibilidad! Todas son lo mismo. Sofía me dijo después que no podía figurarme los remordimientos que tenía, mientras cuidaba a Sarah. Y estoy seguro de que debió de sufrir mucho, Copperfield; lo juzgo por mí, pues yo me consideraba como un verdadero criminal. Cuando Sarah se restableció hubo que anunciárselo a las otras ocho, y en todas se produjo el efecto más conmovedor. Las dos pequeñas, a quienes Sofía educa, empiezan ahora a no odiarme tanto. ¿Pero habrán terminado por hacerse a la idea? Sí..., sí; al menos creo que están resignadas dijo Traddles en tono de duda. A decir verdad, evitamos hablar de ello, y lo que las consuela mucho es la incertidumbre de mi porvenir y mis escasos medios. Pero si nos casamos será una escena deplorable y más parecerá un funeral que una boda; además me odiarán a muerte por habérsela arrebatado. Su rostro tenía una expresión ingenua, seria y cómica a la vez, cuyo recuerdo quizá me impresiona ahora más que entonces, pues estaba en un estado tal de ansiedad a inquietud, que era incapaz de fijarme en nada. A medida que nos acercábamos a la casa de misses Spenlow me sentía más intranquilo respecto a mi aspecto externo y a mi presencia de ánimo; tanto es así, que Traddles me propuso, para animarme, beber algo que me repusiera un poco: un vaso de cerveza, por ejemplo. Me condujo a un café cercano, y al salir de allí me dirigí con paso tembloroso hacia la puerta de aquellas mujeres. Tuve como una vaga sensación de que habíamos llegado cuando vi a una doncella que nos abría la puerta. Me pareció que entraba tambaleándome en un vestíbulo donde había un barómetro y que daba a un saloncito en el primer piso. El salón se abría sobre un bonito y pequeño jardín. Después creo que me senté en un diván, que Traddles se quitó el sombrero, y que sus cabellos se enderezaron, haciéndole parecer una de esas figuritas con sorpresa que salen de una caja cuando se levanta la tapa. Creo haber oído el tic tac de un viejo reloj rococó que adornaba la chimenea, y traté de poner mi corazón al unísono; pero ¡latía demasiado! Creo que buscaba con los ojos algo que me recordase a Dora; pero no vi nada. Creo también que oí ladrar a Jip a lo lejos, y que al momento ahogaron sus ladridos, y, en fin, estuve a punto de lanzar a Traddles a la chimenea al hacer una reverencia, muy confuso, a dos diminutas señoras vestidas de negro que parecían dos miniaturas del difunto míster Spenlow. Siéntese, se lo ruego dijo una de las dos señoras. Cuando dejé de empujar a Traddles y conseguí sentarme, por fin, en una silla (primero me había sentado encima de un gato), recobré el suficiente aplomo para darme cuenta de que mister Spenlow debía de ser seguramente el más joven de la familia: debía de haber seis a ocho años de diferencia entre las dos hermanas. La más joven parecía ser la que llevaba la voz cantante, pues tenía mi carta en la mano (con qué temor la reconocí) y la consultaba de vez en cuando con sus lentes. Las dos hermanas iban vestidas igual; pero la más joven llevaba algo que le daba un aire más coquetón; no sé si alguna puntilla más en el cuello, o un broche, o un brazalete, pero algo así, que le daba un aspecto más juvenil. Las dos eran tiesas, tranquilas y acompasadas. La que no tenía mi carta llevaba los brazos cruzados sobre el pecho, como un ídolo. ¿Mister Copperfield, supongo? dijo la que tenía mi carta en la mano dirigiéndose a Traddles. Era un modo de empezar terrible. ¡Traddles teniendo que explicar que mister Copperfield era yo, y yo teniendo que reclamar mi personalidad, mientras ellas a su vez se veían obligadas a deshacerse de la opinión preconcebida de que Traddles era míster Copperfield! ¡Una situación deliciosa! Además oírnos claramente los ladridos de Jip y que de nuevo le hacían callar. ¡Mister Copperfield! dijo la hermana que tenía la carta. No sé lo que hice; probablemente saludé; después presté la atención más sostenida a lo que me dijo la otra hermana. Como mi hermana Lavinia es más competente que yo en semejantes materias, ella le dirá lo que nos parece más oportuno, teniendo en cuenta el interés de ambas partes. Más adelante supe que miss Lavinia era una autoridad en los asuntos del corazón porque hacía mucho tiempo había existido un tal míster Pidger que jugaba al whist y que, según creían, había estado enamorado de ella. Mi opinión es que aquello era una suposición completamente gratuita y que mister Pidger había sido inocente de semejante sentimiento; el caso es que nunca lo había demostrado. Pero miss Lavinia y miss Clarissa creían como artículo de fe que le hubiera declarado su pasión si la muerte no se le hubiera llevado en la flor de la edad (a los sesenta años), a consecuencia del abuso del alcohol, corregido con poca oportunidad con el abuso de las aguas de Bath. Y hasta sospechaban las dos hermanas que su secreto amor era la causa de su muerte. Debo decir que en el retrato que conservaban de él tenía una nariz roja que no hubiera hecho sospechar semejante cosa. No haremos historia del pasado dijo miss Lavinia; la muerte de nuestro pobre hermano Francis lo ha borrado todo. No nos tratábamos mucho con nuestro hermano dijo miss Clarissa; pero no había ninguna querella entre nosotros; Francis seguía su camino y nosotras el nuestro, porque nos pareció que era lo mejor que se podía hacer en interés de ambas partes, y era verdad. Las dos hermanas se inclinaban del mismo modo hacia adelante para hablar; después sacudían la cabeza y se erguían cuando habían terminado. Miss Clarissa no movía nunca los brazos. Tocaba encima de ellos con sus dedos marchas y minuetos, pero sus brazos permanecían inmóviles. La posición de nuestra sobrina, al menos la posición que se le suponía, ha cambiado mucho desde la muerte de nuestro hermano Francis. Por lo tanto, debemos creer dijo miss Lavinia que la opinión de nuestro hermano sobre la posición de su hija ya no tiene la misma importancia. No tenemos motivos para dudar, míster Copperfield, de que usted tenga una reputación honorable y un carácter excelente, ni de que quiera usted a nuestra sobrina, o al menos de que lo cree usted firmemente. Respondí, como hacía siempre, sin dejar escapar la ocasión, que nunca se había amado a nadie como yo amaba a Dora. Traddles vino en mi ayuda con un murmullo de afirmación. Miss Lavinia iba a hacer alguna observación, cuando miss Clarissa, que parecía perseguida por la necesidad de aludir a su hermano Francis, tomó la palabra. Si la madre de Dora nos hubiera dicho, el día que se casó con nuestro hermano Francis, que no había sitio para nosotras en su mesa, hubiera sido mejor para ambas partes. Hermana Clarissa dijo miss Lavinia, quizá sería mejor no ocuparse de eso. Hermana Lavinia dijo miss Clarissa, esto se refiere al asunto. Yo no me atrevería a mezclarme en la parte del asunto que te corresponde, pues sólo tú eres competente para tratarla. Pero en esta otra parte del asunto me reservo mi voz y mi opinión, y hubiera valido más, en interés de ambas partes, que la mamá de Dora nos hubiera expresado claramente sus intenciones el día en que se casó con nuestro hermano Francis. Hubiéramos sabido a qué atenernos y le hubiéramos dicho: «Que no se molestase en invitarnos nunca a nada». Así no hubiera habido equívocos. Cuando miss Clarissa terminó de sacudir la cabeza, miss Lavinia tomó la palabra, consultando mi carta a través de sus lentes. Las dos hermanas tenían los ojitos pequeños, redondos y brillantes; parecían ojos de pájaro. En general tenían mucho de pajaritos. En su tono breve, pronto y brusco y en la limpieza y cuidado de su ropa había algo que hacía recordar a los canarios. Miss Lavinia tomó la palabra: ¿Usted nos pide a mi hermana y a mí, míster Copperfield, autorización para venir a visitarnos como novio de nuestra sobrina? Si le ha convenido a nuestro hermano Francis dijo miss Clarissa estallando de nuevo (si es que se puede llamar estallar a una interrupción hecha con la mayor tranquilidad); si ha querido rodearse de la atmósfera del Tribunal de Doctores, ¿teníamos acaso nosotras el derecho ni el deseo de oponernos? No, de verdad. Nunca hemos tratado de imponemos a nadie. Pero, ¿por qué no decirlo?, mi hermano Francis y su mujer eran muy dueños de elegir sus amistades, como mi hermana Clarissa y yo de elegir las nuestras. ¡Tenemos edad para poder hacerlo, me parece! Como aquello parecía dirigirse a Traddles y a mí, nos creímos obligados a contestar algo. Traddles habló demasiado bajo y no se le entendió; yo creo que dije que aquello hacía mucho honor a todos; pero no sé lo que quería decir con aquello. Hermana Lavinia dijo miss Clarissa después de desahogarse, continúa. Miss Lavinia continuó: Míster Copperfield, mi hermana Clarissa y yo hemos reflexionado mucho sobre su carta, y antes de reflexionar hemos empezado por enseñársela a nuestra sobrina y por discutirla con ella. No dudamos de que usted está convencido de quererla mucho. ¡Sí creo quererla! ¡Señoras! ¡!Oh!... Iba a extasiarme; pero miss Clarissa me lanzó tal mirada (exactamente la de un canario) como para rogarme que no interrumpiera al oráculo, que me callé pidiendo que me dispensaran. El afecto dijo miss Lavinia mirando a su hermana como pidiéndole una aprobación, que miss Clarissa no dejaba de darle al fin de cada frase con un ligero movimiento, el afecto, verdad, el respeto, la abnegación, ¡cuesta tanto trabajo expresarlo! Su voz es débil. Modesto y reservado, el amor se oculta y espera, espera siempre. Es como un fruto que espera estar maduro. A veces pasa la vida mientras él continúa madurando en la sombra. Naturalmente, yo entonces no comprendí que era una alusión a los presuntos sufrimientos del desgraciado Pidger; únicamente me daba cuenta, al ver la gravedad con que miss Clarissa movía la cabeza, de que había un gran sentido encerrado en aquellas palabras. Las inclinaciones ligeras (pues no podría compararlas con los sentimientos profundos de que hablo) continuó miss Lavinia, las inclinaciones ligeras de los jovencitos no son, al lado de eso, más de lo que el polvo es al lado de la roca. Y es tan difícil saber si tienen un fundamento sólido, que mi hermana Clarissa y yo verdaderamente no sabíamos qué hacer, míster Copperfield y usted, caballero... Traddles dijo mi amigo viendo que le miraban. Usted me dispense, ¿Traddles del Templo Inner, según creo? dijo miss Clarissa volviendo a mirar la carta. Sí dijo Traddles poniéndose rojo. No era que me hubieran animado positivamente; pero me parecía observar que las dos hermanitas, y sobre todo miss Lavinia, se complacían con aquella cuestión de interés doméstico y que trataban de sacar el mayor partido posible de ella y de hacerlo durar cuanto pudieran, lo que me daba buenas esperanzas. Me parecía que a miss Lavinia le entusiasmaba la idea de manejar a dos jóvenes enamorados como Dora y yo, y que a su hermana casi le complacía tanto el verla manejarnos, permitiéndose de vez en cuando disertar sobre la parte de la cuestión que se había reservado. Esto me animó a declarar con el mayor calor que amaba a Dora más de lo que podía expresarse ni creerse; que todos mis amigos sabían cómo la amaba; que mi tía, Agnes, Traddles, todos los que me conocían sabían cómo me había vuelto de formal aquel amor. Acudí al testimonio de Traddles. Y Traddles se lanzó en un verdadero debate parlamentario, viniendo noblemente en mi ayuda; es evidente que sus palabras sencillas y sensatas produjeron una impresión favorable. Si me permiten decirlo, tengo alguna experiencia en esta materia dijo Traddles, pues estoy prometido a una joven (la mayor de diez hermanas, en Devonshire); y es más, no hay ninguna probabilidad de que podamos realizar nuestras esperanzas en mucho tiempo. Entonces estará usted de acuerdo con lo que yo he dicho replicó miss Lavinia (a quien evidentemente inspiró desde aquel momento un interés nuevo) sobre el afecto, modesto y silencioso, que sabe esperar, esperar siempre. Por completo, señora dijo Traddles. Miss Clarissa miró a miss Lavinia con un movimiento de cabeza lleno de gravedad. Miss Lavinia miró a miss Clarissa con una expresión sentimental y lanzando un ligero suspiro. Hermana Lavinia dijo miss Clarissa, toma mi frasco de sales. Miss Lavinia se reconfortó con las sales de su hermana y después continuó, con voz más débil, mientras Traddles y yo la mirábamos solícitos. Hemos tenido muchas dudas mi hermana y yo, míster Traddles, sobre lo que convendría hacer respecto al afecto, o al menos al afecto supuesto, de dos niños como su amigo Copperfield y nuestra sobrina. La hija de nuestro hermano Francis hizo observar miss Clarissa. Si la mujer de nuestro hermano Francis hubiera juzgado conveniente (aunque tenía derecho para obrar como quisiera) el invitar a la familia a comer a su casa, hoy conoceríamos mejor a la hija de nuestro hermano Francis. Hermana Lavinia, continúa. Miss Lavinia dio la vuelta a mi carta para mirar la dirección, y después recorrió con sus lentes algunas notas bien alineadas que había escrito allí. Nos parece prudente, míster Traddles dijo, el juzgar por nosotras mismas la profundidad de estos sentimientos. De momento no sabemos ni podemos saber cómo son realmente, y todo lo que creemos poder hacer es autorizar a míster Copperfield para que venga a vernos. ¡Nunca podré olvidar su bondad! exclamé entusiasmado, con el corazón libre de un gran peso. Pero por ahora repuso miss Lavinia deseamos que estas visitas sean para nosotras, míster Traddles. No queremos sancionar ningún compromiso serio entre míster Copperfield y nuestra sobrina antes de haber tenido la ocasión... Antes de que tú hayas tenido la ocasión, hermana Lavinia dijo miss Clarissa. Está bien dijo miss Lavinia con un suspiro; antes de haber tenido yo ocasión de juzgar. Copperfield dijo Traddles volviéndose hacia mí, te darás cuenta de que no podría decirse nada más razonable y más sensato. No, de verdad exclamé, y lo agradezco muchísimo. En el estado actual de las cosas dijo miss Lavinia, que recurrió de nuevo a sus notas, y una vez decidido en el plan que autorizamos las visitas de míster Copperfield, le pedimos que nos dé su palabra de honor de que no tendrá con nuestra sobrina ninguna comunicación de ninguna especie sin prevenirnos antes, y que no formará ningún proyecto respecto a nuestra sobrina sin comentárnoslo de antemano... Sin comentártelo, hermana Laviniainterrumpió miss Clarissa. Está bien, Clarissa respondió miss Lavinia en tono resignado, a mí personalmente... y sin haber obtenido nuestra aprobación. Hacemos de ello una condición expresa y absoluta, que no debe ser atropellada bajo ningún pretexto. Hemos rogado a míster Copperfield que viniera hoy acompañado de una persona de confianza se volvió hacia Traddles, al que saludó con objeto de que no pueda haber dudas ni equívocos sobre este punto. Míster Copperfield, si usted o míster Traddles tiene el menor escrúpulo para hacer esa promesa, le ruego que se tome el tiempo que quiera para reflexionar. En mi entusiasmo, exclamé que no tenía necesidad de reflexionar ni un solo instante. Juré solemnemente y, en el tono más apasionado, apelé al testimonio de Traddles y declaré de antemano que sería el más perverso de los hombres si faltaba en la menor cosa a aquella promesa. Espere dijo miss Lavinia levantando la mano; antes de tener el gusto de recibirlos habíamos resuelto dejarlos solos un cuarto de hora para que reflexionaran sobre este punto. Permítannos que nos retiremos. En vano repetí que no necesitaba reflexionar; ellas insistieron en retirarse durante un cuarto de hora. Los dos pajaritos se fueron saltando con dignidad y nos quedamos solos: yo, transportado a las regiones más deliciosas, y Traddles sin dejar de felicitarme. Al cabo de un cuarto de hora, ni más ni menos, reaparecieron, siempre con la misma dignidad. A su salida, el roce de sus trajes había hecho un ligero ruido, como si estuvieran hechos de hojas secas, y cuando volvieron se oyó el mismo rumor. Prometí de nuevo observar fielmente la prescripción. Hermana Clarissa dijo miss Lavinia, el resto es cosa tuya. Miss Clarissa dejó por primera vez de tener los brazos cruzados, para coger sus notas y mirarlas. Tendremos mucho gusto dijo miss Clarissa en que míster Copperfield venga a comer con nosotros todos los domingos, si le parece bien. Nuestra hora es las tres. Yo saludé. Y en el transcurso de la semana continuó miss Clarissa estaremos encantadas si míster Copperfield viene a tomar el té con nosotras. Nuestra hora es las seis y media. Saludé de nuevo. Dos veces por semana es la regla; más a menudo, no. Saludé de nuevo. Miss Trotwood, a quien míster Copperfield menciona en su carta dijo miss Clarissa, quizá venga a vernos. Cuando las visitas son útiles en interés de ambas partes estamos encantadas de recibirlas y de devolverlas. Pero cuando en interés de las diferentes partes vale más que no se hagan (como nos ha ocurrido con mi hermano Francis y su familia), entonces es completamente distinto. Aseguré que mi tía estaría encantada de conocerlas, aunque debo confesar que no estaba muy seguro de que estuvieran siempre en buena armonía. Como ya estaban todas las condiciones bien claras, expresé con calor mi agradecimiento, y cogiendo la mano primero a miss Clarissa y después a miss Lavinia las llevé a mis labios. Miss Lavinia se levantó entonces, y rogando a míster Traddles que nos esperase un momento, me rogó que la siguiera. Obedecí temblando y me condujo a otra habitación. Allí encontré a mi adorada Dora al lado de la puerta, con la cara contra la pared, y a Jip encerrado en el aparador, con la cabeza envuelta en una servilleta. ¡Oh qué bonita estaba con su traje de luto! ¡Cómo lloraba y qué trabajo me costó sacarla de su rincón! ¡Y qué dichosos nos sentimos cuando se decidió! ¡Qué alegría sacar a Jip de su encierro y encontramos los tres reunidos! Mi querida Dora, ¡ahora eres mía para siempre! Déjame dijo Dora en tono suplicante, te lo ruego. ¿No eres ya mía para siempre? Sí, ya lo creo exclamó Dora ¡Pero tengo tanto miedo! ¿Miedo, querida mía? Sí, no me gusta dijo Dora ¿Por qué no se va? ¿Pero quién, tesoro mío? Tu amigo dijo Dora ¿A él qué le importa? ¡Qué estúpido es! Amor mío (nunca la he visto más seductora en sus movimientos infantiles), ¡si es el mejor muchacho del mundo! ¡Pero no necesitamos para nada a un buen muchacho! dijo con un mohín. Querida mía repliqué, pronto le conocerás y le querrás mucho. Mi tía también va a venir a verte, y estoy seguro de que la querrás con todo tu corazón. ¡Oh, no; no la traigas! dijo Dora dándome un besito muy asustada y juntando las manos. ¡Sé que es una viejecilla mala! No me la traigas, mi querido Doady. (Era un diminutivo cariñoso de David.) El predicarle no hubiera servido de nada, y me eché a reír, contemplándola con amor. ¡Qué felicidad! Me enseñó lo bien que sabía Jip estarse en un rincón en dos patas; es verdad que permanecía lo que dura un relámpago y volvía a caer. En fin, no sé el tiempo que hubiera podido pasar así, sin acordarme lo más mínimo de Traddles, si miss Lavinia no hubiera venido a buscarme. Miss Lavinia adoraba a Dora (me dijo que Dora era su vivo retrato de cuando era joven. ¡Cómo debía haber cambiado!) y la trataba como un juguete. Quise convencer a Dora de que saliera a ver a Traddles; pero en cuanto se lo propuse corrió a encerrarse en su habitación; por lo tanto, fui sin ella a reunirme con Traddles, y nos marchamos juntos. No podía haberte salido mejor dijo Traddles, y estas dos señoras son muy amables. No me extrañaría nada que te casaras muchos años antes que yo, Copperfield. ¿Tu Sofía toca algún instrumento, Traddles? pregunté con orgullo en mi corazón. El piano lo sabe tocar lo bastante para enseñar a sus hermanitas dijo Traddles. ¿Y canta? Algunas veces canta baladas para divertir a las otras cuando no están de buen humor dijo Traddles; pero nada extraordinario. ¿Y no canta acompañándose de la guitarra? ¡No, Dios mío! ¿Y pinta? . No dijo Traddles. Le prometí que oiría cantar a Dora y que le enseñaría las flores que pintaba. Me dijo que le encantaría, y volvimos del brazo muy felices. Yo le animaba a que me hablara de Sofía, y lo hacía con tanta ternura y confianza en ella, que me conmovía. La comparaba con Dora en el fondo de mi corazón, con gran satisfacción para mi amor propio; pero reconociendo que sería una excelente mujer para Traddles. Como es natural, le conté inmediatamente a mi tía el dichoso resultado de nuestra charla y la puse al corriente de todos los detalles. Se sentía feliz al verme tan dichoso, y me prometió ir cuanto antes a ver a las tías de Dora. Pero aquella noche, mientras yo escribía a Agnes, se estuvo paseando tanto rato de arriba abajo por la habitación, que estuve a punto de creer que pensaba seguir así hasta la mañana siguiente. Mi carta a Agnes, llena de afecto y reconocimiento, le detallaba todos los buenos resultados de los consejos que me había dado. Me contestó a vuelta de correo con una carta llena de confianza, razonable y contenta; desde aquel día siempre me demostró la misma alegría. Tenía más trabajo que nunca; pero aunque Putney estaba lejos de Highgate, donde tenía que ir todos los días, iba todo lo que podía. Como no me era posible ir a casa de Dora a la hora del té, obtuve por medio de miss Lavinia el permiso para ir todos los sábados después de comer, sin que eso impidiera mi visita del domingo. Por lo tanto, cada semana terminaba con dos días dichosos, y los demás se pasaban dulcemente en espera de aquellos. Me tranquilizó mucho que mi tía y las tías de Dora se entendieron mutuamente mucho mejor de lo que yo había esperado. Mi tía hizo su visita pocos días después de la charla, y unos días más tarde las tías de Dora se la devolvieron en toda regla y con gran ceremonia. Aquellas visitas se renovaron, pero de un modo más amistoso, cada tres semanas. Mi tía revolucionaba todas las ideas de las tías de Dora con su desdén por los coches de alquiler, que no utilizaba nunca, prefiriendo ir a pie hasta Putney, y por su modo despreocupado de juzgar los prejuicios de la civilización, llegando a horas intempestivas, un momento después del desayuno, o un momento antes del té, o porque se ponía el sombrero del modo más extraño, con el pretexto de que le resultaba más cómodo. Pero pronto se acostumbraron las tías de Dora a considerar a mi tía como una persona extravagante, algo hombruna, pero dotada de gran inteligencia; y aunque mi tía expresaba a veces sobre ciertos convencional ismos sociales opiniones heréticas, que aturdían a las tías de Dora, sin embargo, me quería demasiado para no sacrificar por la tranquilidad general algunas de sus singularidades. El único miembro de nuestra pequeña sociedad que se negó positivamente a adaptarse a las circunstancias fue Jip. No podía ver a mi tía sin meterse debajo de una silla, rechinando los dientes y gruñendo sin descanso. De vez en cuando dejaba oír un aullido lamentable, como si le pusiera verdaderamente nervioso. Se intentó por todos los medios, acariciándole, regañándole, pegándole, llevándole a Buckingham Street, donde se lanzó inmediatamente contra los dos gatos; pero no se logró que soportara la presencia de mi tía. A veces creíamos que había terminado por vencer su antipatía y llegaba a estar amable un momento; pero pronto encogía su naricilla y aullaba tan fuerte, que había que meterle en el aparador para que no pudiera verla. Por fin Dora decidió tener preparado un paño donde envolverle para meterle en el aparador en el momento en que llegaba mi tía. Una cosa me inquietaba mucho, aun en medio de aquella vida tan dulce, y era que Dora parecía pasar a los ojos de todo el mundo por un juguete encantador. Mi tía, con la que se había familiarizado poco a poco, la llamaba su «Capullito», y miss Lavinia no sabía qué hacer más que cuidarla, hacerle los bucles, adornarla y la tratarla como a una niña mimada. Todo lo que miss Lavinia hacía lo hacía también por su parte su hermana. Y aquello me parecía singular, pues todo el mundo, hasta cierto punto, parecía tratar a Dora casi como Dora trataba a Jip. Un día que estábamos solos (pues miss Lavinia, al poco tiempo, nos dejaba pasear solos) me decidí a hablarle de ello, y le dije que me gustaría que convenciese a todos de que la trataran de otro modo. Porque, querida mía, ya no eres una niña. Vamos dijo Dora, ¿es que vas a volverte gruñón? ¿Gruñón, amor mío? A mí me parece que todos son muy buenos para mí dijo Dora, y soy muy dichosa. Está muy bien; pero, querida mía, no serías menos dichosa si te trataran como persona razonable. Dora me lanzó una mirada de reproche. ¡Qué mirada tan encantadora! Y se puso a sollozar, diciendo que «puesto que no la quería, no sabía por qué había deseado tanto ser su novio, y que puesto que no podía soportarla, lo mejor que podía hacer era marcharme». ¡Qué otra cosa podía hacer sino besar sus hermosos ojos, llenos de lágrimas, y repetirle que la quería! ¡Ser así conmigo, que te quiero tanto! dijo Dora. ¡No debías de ser así de cruel conmigo, Doady! ¿Cruel, amor mío? ¡Como si yo pudiera ser cruel contigo! Entonces no me regañes dijo Dora con aquel mohín que hacía de su boca un capullo y seré buena. Un instante después estaba encantado al ver que ella misma me pedía el libro de cocina de que le había hablado una vez, y que deseaba te enseñara a llevar las cuentas, como también le había prometido. A la próxima visita le llevé el libro, muy bien encuadernado, para que lo encontrara más simpático, y mientras nos paseábamos por el campo le enseñé también un antiguo cuaderno de cuentas de mi tía, y le di un carné y un lápiz muy bonito, con su caja de minas de plomo, para que fuera ensayándose en las cuentas. Pero el libro de cocina le daba dolor de cabeza y las cifras te hicieron llorar. No querían sumarse, según decía, por lo que las borró todas, y dibujó en su lugar en el cuadernito ramos de fores y el retrato de Jip y el mío. Después traté de darle algunos consejos, en nuestros paseos del sábado, sobre las cosas de la casa. Por ejemplo: si pasábamos por delante de la carnicería le decía: Veamos, pequeña: si estuviéramos casados y tuvieras que comprar una pierna de cordero para nuestro almuerzo, ¿sabrías comprarla? El lindo rostro de Dora se alargaba, y adelantaba los labios como si prefiriera cerrar los míos con uno de sus besos. ¿Sabrías comprarla, pequeña? repetía yo, inflexible. Dora reflexionaba un momento y después me contestaba triunfante: Pero el carnicero ya sabría vendérmela, ¿qué más da? ¡Oh Doady, qué tonto eres! En otra ocasión le preguntaba a Dora, mirando el libro de cocina, lo que haría si estuviéramos casados y yo le pidiera para comer uno de aquellos ricos asados a la irlandesa. Y ella me respondió que le diría a la cocinera: « Haga usted un asado». Después palmoteó y se agarró de mi brazo riendo, más encantadora que nunca. En consecuencia, el libro de cocina sólo sirvió para ponerlo en un rincón y que Jip se subiera en dos patas encima. Pero Dora estuvo tan contenta el día que consiguió que Jip permaneciera allí un momento con el lápiz entre los dientes, que no me arrepentí de haberlo comprado. Volvimos a la guitarra, a los ramos de flores, a las canciones sobre el placer de bailar siempre, tralalá, y toda la semana se pasaba en regocijos. De vez en cuando, me hubiera gustado poder insinuar a miss Lavinia que trataba, demasiado, como un juguete a mi querida Dora; pero terminé por confesarme que también a veces yo caía en falta y la trataba como los demás, aunque no era muy a menudo. CAPÍTULO II UNA DESGRACIA Comprendo que no debía ser yo quien contara, aunque este manuscrito sólo sea para mí, el ardor con que traté de progresar en mi trabajo para corresponder a las esperanzas de Dora y a la confianza de sus tías. Únicamente añadiré a lo que ya he dicho que mi perseverancia en aquella época y la paciente energía que empezaba a formar el fondo de mi carácter son las cualidades a que sobre todo he debido más adelante la felicidad del éxito. He tenido mucha suerte en los asuntos de esta vida; muchas personas han trabajado más que yo sin tanto resultado; pero creo que nunca hubiera podido hacer lo que he hecho sin las costumbres de puntualidad y orden que empezaba a contraer y sobre todo sin la facultad que adquirí de concentrar toda la atención en un solo objeto, sin preocuparme por lo que tendría que hacer quizá al momento siguiente. ¡Dios sabe que no lo escribo para vanagloriarme! Verdaderamente habría que ser un santo para no sentir, al repasar la vida como lo hago aquí página a página, muchas facultades descuidadas y muchas ocasiones favorables desperdiciadas, muchos errores y muchas faltas. Es probable que, como cualquier otro, haya aprovechado mal los dones recibidos. Lo que quiero decir sencillamente es que desde entonces todo lo que he tenido que hacer en este mundo he tratado de hacerlo bien; que me he dedicado por completo a lo que he emprendido, y que tanto en las cosas pequeñas como en las grandes he perseguido siempre seriamente mi objetivo. No creo que sea posible, ni aun a aquellos que tienen familias numerosas, conseguir el éxito si no unen a su talento natural cualidades sencillas, sólidas, laboriosas, y sobre todo una legítima confianza en sí mismos. No hay nada en el mundo como «querer». Facultades excepcionales y ocasiones propicias forman, por decirlo así, los dos escalones de la escala que hay que subir; pero, ante todo, es necesario que los barrotes sean de una madera dura resistente; nada podrá reemplazar, para conseguir el éxito, a una voluntad seria y sincera. En lugar de tocar las cosas con la punta del dedo, yo me entregaba en cuerpo y alma, y fuera cual fuera mi obra, nunca intentaba despreciarla. Estas son reglas con las que me ha ido bien. No quiero repetir aquí todo el reconocimiento que debo a Agnes en la práctica de estos preceptos. Mi relato me arrastra hacia ella lo mismo que mi reconocimiento y mi amor. Vino Agnes a hacer al doctor una visita de quince días. Míster Wickfield era un antiguo amigo de aquel hombre excelente, que deseaba verle para tratar de hacerle algún bien. Agnes le había hablado de su padre en su última visita a Londres, y aquel viaje era el resultado de su conversación. Agnes acompañaba a míster Wickfield. No me sorprendió saber que había prometido a mistress Heep encontrarle alojamiento en las cercanías, pues su reúma exigía, según ella, un cambio de aire, y estaría encantada de encontrarse en tan buena compañía. Tampoco me sorprendió ver al día siguiente a Uriah, que llegaba, como un buen hijo, para instalar a su respetable madre. ¿Ve usted, míster Copperfield? dijo, imponiéndome su compañía, mientras me paseaba por el jardín del doctor. Cuando se ama se está siempre un poco celoso, o por lo menos se desea poder vigilar al objeto amado. ¿Y de quién está usted celoso ahora? le dije. Gracias a usted, míster Copperfield repuso, de nadie en particular, por lo menos, de ningún hombre. ¿Entonces será por casualidad de una mujer? Me lanzó una mirada de soslayo con sus siniestros ojos encarnados y se echó a reír. Verdaderamente, señorito Copperfield dijo, usted... (debía decir míster Copperfield; pero me perdonará esta costumbre inveterada), es usted tan hábil, que me saca todo lo que quiere. Pues bien, no titubeo en decírselo (y puso sobre mí su mano pegajosa): nunca he sido el niño mimado de las mujeres y nunca he gustado a mistress Strong. Sus ojos se ponían verdes mientras me miraba con su infernal astucia. ¿Qué quiere usted decir? le pregunté. Aunque soy procurador, míster Copperfield repuso con una risita seca, por el momento quiero decir exactamente lo que digo. ¿Y qué quiere decir su mirada? continué con calma. Mi mirada; pero, querido Copperfield, ¡qué exigencias! ¿Mi mirada? Sí, sí, su mirada. Pareció encantado, y reía con todas las ganas que podia. Después de rascarse la barbilla repuso lentamente, con los ojos bajos: Cuando yo no era más que un empleadillo me despreciaba. Siempre quería que Agnes fuera a su casa, y también le quería a usted, míster Copperfield. Pero yo estaba muy por debajo de ella para que se fijara en mí. Y bien dije, aunque así fuera. Y por debajo de él también prosiguió Uriah muy claramente y en tono reflexivo, mientras continuaba rascándose la barbilla. Debía conocer usted lo bastante al doctor para saber que, con su espíritu distraído, no pensaba en usted más que cuando le tenía delante de los ojos. Me miró de nuevo de soslayo, alargando su delgado rostro para rascarse con más comodidad, y me respondió: ¡Oh, querido, no me refiero al doctor; pobre hombre! Hablo de mister Maldon. Se me apretó el corazón. Todas mis dudas, todas mis aprensiones sobre aquel asunto, toda la paz y la felicidad de la vida del doctor, aquella mezcla de inocencia y de compromiso que no había podido desvelar; vi en un momento que estaba a merced de aquel miserable. Nunca entraba en el despacho sin mandarme salir y empujarme fuera continuó Uriah un lindo caballero. Yo era dulce y humilde como lo soy siempre. Pero eso no impide que en aquel tiempo no me gustara aquello, como tampoco me gusta ahora. Cesó de rascarse la barbilla y se puso a chuparse las mejillas de tal modo, que debían tocarse en el interior, mientras continuaba mirándome con la misma mirada oblicua y falsa. Es lo que se llama una mujer bonita continuó cuando su rostro recobró la forma natural, y comprendo que no mire con buenos ojos a un hombre como yo. Por eso estoy seguro de que enseguida hubiera dado a mi Agnes el deseo de aspirar a más; pero si no soy del gusto de las señoras, mister Copperfield, eso no impide que tenga ojos y que vea. En general, nosotros, con nuestra humildad, tenemos ojos y sabemos servirnos de ellos. Traté de goner una expresión despreocupada; pero adivinaba en su rostro que no le engañaba. No quiero dejarme pegar, Copperfield continuó, frunciendo con expresión diabólica el sitio en que deberían encontrarse sus cejas rojas si las hubiera tenido, y haré lo posible para poner término a esta amistad. No la apruebo, y no temo confesarle que mi naturaleza no es la de un marido cómodo, y quiero alejar a los intrusos. No tengo ganas de exponerme a que conspiren contra mí. Como usted está siempre conspirando, se figura que todo el mundo hace lo mismo le dije. Es posible, míster Copperfield respondió; pero yo tengo un objetivo, como solía decir mi asociado, y haré todo lo posible por conseguirlo. Por mucha que sea mi humildad, no me dejo pisar. No quiero que nadie se interponga en mi camino. Y realmente les haré volver la espalda, míster Copperfield. No le comprendo dije. ¿De verdad? respondió con uno de sus estremecimientos habituales. Me sorprende mucho, míster Copperfield. ¿Usted, de tan rápida comprensión? Otra vez trataré de ser más explícito. Pero ¿no es precisamente míster Maldon el que llega por allí a caballo? Me parece que llama en la verja. Sí; parece que es él respondí con toda la indiferencia que pude. Uriah se detuvo bruscamente, metió las manos entre sus rodillas y se dobló en dos a fuerza de reír. Era una risa silenciosa; no se le oía. Yo estaba tan indignado por su conducta odiosa, y sobre todo por sus últimas palabras, que le volví la espalda sin más ceremonia, dejándole que riera a su gusto en el jardín, donde parecía un espantapájaros para los gorriones. No fue aquella tarde, sino dos días después, un sábado, lo recuerdo muy bien, cuando llevé a Agnes a que viese a Dora. Había arreglado de antemano la visita con miss Lavima y habían invitado a Agnes a que tomara el té. Estaba al mismo tiempo orgulloso a inquieto; orgulloso de mi querida y pequeña Dora; inquieto por ver si le gustaría a Agnes. Durante todo el camino de Putney (Agnes iba en el ómnibus y yo en la imperial) traté de imaginarme a Dora bajo uno de sus aspectos encantadores que yo conocía tan bien, y tan pronto pensaba que me gustaría encontrarla exactamente como en tal momento, como pensaba que quizá sería mejor como en tal otro. Tenía fiebre. De todos modos tenía la seguridad de que estaría muy bonita; pero sucedió que nunca me había parecido tan encantadora. No estaba en el salón cuando presenté a Agnes a sus dos tías; había huido por timidez. Pero ahora ya sabía dónde había que it a buscarla, y la encontré tapándose los oídos con las manos y la cabeza apoyada contra la misma pared del primer día. En el primer momento me dijo que no quería ir; después me pidió que le concediera cinco minutos de mi reloj y, por fin, se agarró de mi brazo; su lindo rostro estaba cubierto de un modesto rubor: nunca había estado tan bonita; pero cuando entramos en el salón se puso completamente pálida, lo que la ponía cien veces más bonita todavía. Dora temía mucho a Agnes, pues decía que era «tan inteligente». Pero cuando la vio mirándola con sus ojos a la vez serios y alegres, tan pensativos y tan buenos, lanzó un ligero grito de sorpresa, se lanzó en los brazos de Agnes y apoyó dulcemente su mejilla inocente contra la de aquella. Nunca había sido tan feliz; nunca había estado tan contento como cuando las vi sentarse una al lado de otra. ¡Qué bueno ver a mi querida Dora mirando con afecto los ojos cariñosos de Agnes! ¡Qué alegría ver la ternura incomparable con que Agnes la miraba! Miss Lavinia y miss Clarissa participaban de mi alegría a su manera. Nunca había visto un té tan alegre. Miss Clarissa lo presidía; yo cortaba y hacía circular el pudding, helado, con pasas de Corinto. A las dos hermanas les gustaba, como a los pájaros, picotear los granos y el azúcar. Miss Lavinia nos miraba con benévola protección, como si nuestro amor y nuestra felicidad fueran obra suya, y todos estábamos contentos unos de otros. La dulce serenidad de Agnes había conquistado a todos. Parecía haber venido a completar nuestro feliz círculo. ¡Con qué tranquilo interés se ocupaba de todo lo que interesaba a Dora! ¡Cómo había sabido hacerse enseguida amiga de.lip! ¡Con qué amable alegría bromeaba con Dora, que no se atrevía a venir a sentarse a mi lado! ¡Con qué gracia modesta y sencilla arrancaba a Dora, encantada, una multitud de pequeñas confidencias que la hacían enrojecer hasta el blanco de los ojos! ¡Estoy tan contenta de que me quieras! dijo Dora cuando terminamos de tomar el té. No estaba muy segura, y ahora que Julia Mills se ha marchado, todavía necesito más que me quieran. Recuerdo que había olvidado mencionar el hecho importante de que miss Mills se había embarcado para la India y que Dora y yo habíamos ido a visitarla a bordo del barco en el puerto de Gravesend. Nos habían dado para merendar jengibre, guayaba y otras golosinas del mismo género, y habíamos dejado a miss Mills deshecha en lágrimas, sentada a bordo con un grueso cuaderno debajo del brazo, donde se proponía escribir todos los días, y guardar cuidadosamente bajo llave, las reflexiones que le inspirase el espectáculo del océano. Agnes dijo que temía no haber hecho de ella un retrato demasiado agradable; pero Dora le aseguró enseguida lo contrario. ¡Oh, no! dijo sacudiendo sus bucles Al contrario, sus alabanzas no terminaban y tiene tanto en cuenta tu opinión, que yo casi la temía. Mi opinión no puede añadir ni quitar nada de su afecto por ciertas personas dijo Agnes sonriendo. ¡Oh!, repítemelo enseguida repuso Dora con su voz más acariciadora. Nos divertimos mucho viendo que Dora quería a toda costa que la quisieran. Después, para vengarse, me dijo tonterías, declarando que no me quería nada, y con aquellas chiquilladas la tarde nos pareció muy corta. El ómnibus iba a pasar y había que marcharse. Estaba solo ante el fuego, cuando Dora entró despacito para besarme antes de mi partida, según su costumbre. Doady, ¿no crees que si hubiera tenido una amiga así desde hace mucho tiempo me dijo con los ojos brillantes y su manita jugando con uno de mis botones qu iza seria más inteligente de lo que soy? Querida mía le dije, ¡qué locura! ¿Crees que es una tontería? repuso Dora sin mirarme. ¿Estás seguro? Completamente seguro. He olvidado continuó Dora dando vueltas a mi botón cuál es tu grado de parentesco con Agnes, ¡malo! No es parienta mía; pero nos hemos educado juntos, como hermano y hermana. No comprendo cómo has podido enamorarte de mí dijo Dora dedicándose a otro botón de mi chaqueta. ¡Quizá porque no es posible verte sin quererte, Dora! ¿Pero, y si no me hubieras visto nunca? dijo Dora pasando a otro botón. ¿Y suponiendo que no hubiéramos nacido? dije alegremente. Me preguntaba en qué pensaría mientras admiraba en silencio la mano dulce que pasaba revista sucesivamente a todos los botones de mi chaqueta, los bucles ondulantes que caían sobre mi hombro y las largas pestañas que cubrían sus ojos bajos. Por fin los levantó hacia mí, irguiéndose en la punta de los pies para darme, con expresión más pensativa que de costumbre, su precioso besito, una vez, dos, tres; después salió de la habitación. Todo el mundo volvió cinco minutos después. Dora había recobrado su alegría habitual. Estaba decidida a hacer ejecutar a Jip todos sus ejercicios antes de la llegada del ómnibus. Aquello fue muy largo, no por la variedad de ejercicios, sino por la mala voluntad de Jip, y cuando el coche llegó ante la puerta todavía no habíamos visto más que la mitad. Agnes y Dora se despidieron apresuradamente, pero con mucha ternura, y quedaron en que Dora escribiría a Agnes (a condición de que no le parecieran sus cartas demasiado tontas) y que Agnes le contestaría. A la puerta del coche se despidieron de nuevo, y todavía otra vez después, cuando Dora, a pesar de miss Lavinia, que la detenía, corrió a la portezuela del coche para recordar a Agnes su promesa y hacer revolotear ante mí una vez más sus encantadores bucles. El coche nos dejaba cerca de Covent Garden, y desde allí teníamos que tomar otro para llegar a Highgate. Yo esperaba con impaciencia el momento de estar solo con Agnes para saber lo que le había parecido Dora. ¡Oh, qué de elogios me hizo! ¡Con qué ternura y bondad me felicitó por haber conquistado el corazón dé aquella encantadora criatura, que había desplegado ante ella toda su gracia inocente! ¡Con qué seriedad me recordó, sin darle importancia, la responsabilidad que pesaba sobre mí! Nunca, nunca había querido a Dora tan profunda ni tan sinceramente como aquel día. Cuando nos bajamos del coche y entramos en el tranquilo sendero que conducía a casa del doctor le dije a Agnes que a ella le debía mi felicidad. Cuando estabas sentada a su lado le dije me parecías también su ángel guardián, igual que el mío, Agnes. Un pobre ángel repuso ella, pero fiel. La dulzura de su voz me llegó al corazón y le contesté con naturalidad: Me parece que has recobrado toda esa serenidad que sólo es tuya, Agnes, y eso me hace esperar que seáis más dichosos en tu casa. Soy muy dichosa en mi interior, pues tengo el corazón tranquilo y alegre. Yo miraba su dulce rostro a la luz de las estrellas, ¡y me parecía tan noble! En casa todo sigue igual continuó Agnes después de un momento de silencio. Yo no querría aludir de nuevo .... no querría atormentarte, Agnes; pero no puedo por menos de preguntarte..., ya sabes de lo que hablamos la última vez que nos vimos. No, no hay nada nuevo me contestó. ¡He pensado tanto en ello! Piensa menos. Recuerda que yo tengo plena confianza en el afecto sencillo y fiel; no temas nada por mí, Trotwood añadió al cabo de un momento; no haré nunca lo que temes que haga. En los momentos de tranquila reflexión nunca lo había temido, y, sin embargo, fue para mí un descanso inexplicable recibir la seguridad de aquella boca cándida y sincera. Se lo dije vivamente. Ahora ya le dije no podemos estar seguros de poder hablar a solas otra vez. ¿Tardarás mucho en volver a Londres cuando te marches, mi querida Agnes? Probablemente sí respondió. Creo que para mi padre vale más que permanezcamos en nuestra casa. Así es que no nos veremos a menudo durante mucho tiempo; pero escribiré a Dora, y por ella sabré noticias tuyas. Llegamos al patio de la casa del doctor. Empezaba a ser tarde. En la habitación de mistress Strong brillaba una luz. Agnes me la señaló y me deseó las buenas noches. No te preocupes me dijo al estrecharme la manopensando en nuestras inquietudes. Nada me hace tan dichosa como tu felicidad. Si alguna vez puedes ayudarme, ten la seguridad de que te lo pediré. ¡Que Dios siga bendiciéndote! Su sonrisa era tan tierna y su voz tan alegre, que todavía me parecía ver y oír a su lado a mi pequeña Dora. Permanecí un momento en la puerta con los ojos fijos en las estrellas y el corazón lleno de amor y agradecimiento; después eché a andar lentamente. Había alquilado una habitación cerca de allí a iba a atravesar la verja, cuando, volviendo casualmente la cabeza, vi luz en el despacho del doctor, y me entró el remordimiento de que quizá había trabajado en el diccionario sin mi ayuda. Quise saberlo y darle las buenas noches, si estaba todavía entre sus libros, y atravesando suavemente el vestíbulo entré en su despacho. La primera persona a quien vi a la débil luz de la lámpara fue a Uriah. Me sorprendió mucho. Estaba de pie al lado de la mesa del doctor, con una de sus manos de esqueleto cubriéndose la boca. El doctor, sentado en su sillón, tenía la cabeza oculta entre las manos. Míster Wickfield, con expresión cruelmente preocupada y afligida, se inclinaba hacia adelante, sin atreverse apenas a tocar el brazo de su amigo. Por un momento pensé que el doctor se había puesto enfermo. Me acerqué a él apresuradamente; pero encontrándome con la mirada de Uriah, comprendí al momento de lo que se trataba. Quise retirarme; mas el doctor hizo un gesto para detenerme, y me quedé. De todos modos dijo Uriah retorciéndose de un modo horrible haríamos bien cerrando la puerta: no hay necesidad de que se entere todo el mundo. Al mismo tiempo se acercó a la puerta de puntillas y la cerró con cuidado. Después volvió al sitio que ocupaba. Había en su voz y en todos sus movimientos un celo, una compasión hipócrita que me resultaban más intolerables que el mayor cinismo. Me ha parecido mi deber, míster Copperfield dijo Uriah, poner en conocimiento del doctor Strong aquello de que ya hemos hablado usted y yo el día en que usted no acabó de comprenderme por completo. Le lancé una mirada sin contestarle y me acerqué a mi anciano maestro, murmurándole algunas palabras de consuelo y de ánimo. Él puso su mano en mi hombro, como acostumbraba a hacerlo cuando era yo un chiquillo; pero no levantó su cabeza gris. Como no me comprendió usted, míster Copperfield repuso Uriah en el mismo tono oficioso, me tomaré la libertad de decir humildemente aquí, donde estamos entre amigos, que he llamado la atención del doctor Strong sobre la conducta de mistress Strong. Ha sido muy a pesar mío, se lo aseguro, Copperfield, si me encuentro mezclado en una cosa tan desagradable; pero el caso es que siempre se encuentra uno mezclado en lo que más desearía evitar. He aquí lo que quería decir, caballero, el día en que usted no me comprendió. No sé cómo pude resistir la tentación de estrangularle. Yo no debí explicarme bien ni usted tampoco continuó. Naturalmente, no teníamos muchos deseos de extendernos sobre semejante asunto. Sin embargo, por fin me he decidido a hablar con claridad y le he dicho al doctor Strong que... ¿Decía usted algo, caballero? Esto último se dirigía al doctor, que había dejado oír un gemido. Ningún corazón hubiera podido por lo menos conmoverse, excepto el de Uriah. Decía al doctor Strong prosiguió que todo el mundo podía ver que entre míster Maldon y su encantadora prima había demasiada intimidad. Y en realidad ha llegado el momento (puesto que nos encontramos mezclados en cosas que no debían ser) de que el doctor Strong sepa lo que estaba ya claro como el día para todo el mundo antes de la partida de míster Maldon para la India: que míster Maldon no ha vuelto por otra cosa, y que por eso mismo se pasa aquí la vida. Cuando usted ha entrado, caballero, rogaba a míster Wickfield, mi asociado, que dijera, bajo su palabra de honor, al doctor Strong si desde hace mucho tiempo no pensaba lo mismo. Míster Wickfield, ¿quiere usted tener la bondad de decírnoslo? ¿Sí o no, caballero? ¡Vamos, asociado! ¡Por amor de Dios, amigo mío dijo míster Wickfield poniendo de nuevo su mano indecisa sobre el brazo del doctor, no dé demasiada importancia a las sospechas que yo haya podido abrigar! ¡Ah! exclamó Uriah sacudiendo la cabeza. ¡Qué triste confirmación a mis palabras! ¡Un amigo tan antiguo! Pero, Copperfield, ¡yo no era todavía más que un empleadillo en su despacho cuando ya le veía yo, no una vez, sino veinte, muy disgustado (con razón, en su calidad de padre, y no seré yo quien le critique) al ver a miss Agnes mezclada en cosas que no debían ser! Mi querido Strong dijo míster Wickfield con voz temblorosa, amigo mío, no necesito decirte que siempre he tenido el defecto de buscar en todo el mundo un móvil dominante y de juzgar todos los actos de los hombres con esa medida estrecha. Quizá es eso lo que también me ha engañado en estas circunstancias, haciéndome tener dudas temerarias. ¿Ha tenido usted dudas, Wickfield? ¿Ha tenido usted dudas? dijo el doctor sin levantar la cabeza. Hable usted, Wickfield dijo Uriah. Sí; las he tenido alguna vez dijo míster Wickfield; pero .... ¡que Dios me perdone!, creía que usted también las tenía. No, no, no respondió el doctor en tono patético. Creí continuó Wickfield que cuando deseaba usted enviar a Maldon al extranjero era con objeto de conseguir una separación deseable. No, no, no respondió el doctor;era para dar gusto a Annie, buscando un porvenir a su compañero de infancia. Nada más. Ya lo he visto después contestó míster Wickfield y no podía dudarlo; pero creía .... recuerde usted, se lo repito, que siempre he tenido la desgracia de juzgar desde un punto de vista demasiado estrecho .... creía que en un caso donde había una diferencia tan grande de edad... Así es como hay que considerar la cosa, ¿no es verdad, míster Copperfield? observó Uriah con una hipócrita a insolente piedad. No me parecía imposible que una persona tan joven y tan bella pudiera, a pesar de todo su respeto por usted, haberse dejado llevar, al casarse, por consideraciones exclusivamente mundanas. No pensaba en otra multitud de razones y sentimientos que podían haberla decidido. ¡Por amor de Dios, no olvide eso! ¡Qué interpretación caritativa! exclamó Uriah moviendo la cabeza. Es que yo sólo lo consideraba desde mi punto de vista continuó míster Wickfield. Por todo lo que le es querido, amigo mío, le suplico que reflexione por sí mismo; me veo obligado a confesarle que no puedo por menos... No; es imposible, míster Wickfield. Una vez que ha llegado usted ahí... Me veo obligado a confesar dijo míster Wickfield mirando a su asociado con expresión lastimosa y desolada que he dudado de ella, que he creído que faltaba a sus deberes con usted, y si es necesario decirlo todo, a veces me ha preocupado mucho la idea de que Agnes le tenía cariño al ver lo que veía, o al menos lo que creía ver mi imaginación. Nunca se lo he dicho a nadie. Me hubiera guardado muy bien de insinuar siquiera la idea. Y por terrible que le resulte a usted oírlo terminó míster Wickfield, vencido por la emoción, si supiera lo que me duele decírselo tendría lástima de mí. El doctor, en su gran bondad, te tendió la mano. Míster Wickfield la retuvo un momento entre las suyas y bajó tristemente la cabeza. Lo que es seguro dijo Uriah, que durante aquel tiempo se retorcía en silencio como una anguila es que para todo el mundo es un asunto muy penoso. Pero puesto que hemos llegado tan lejos, me tomaré la libertad de hacer observar que Copperfield también se había percatado. Me volví hacia él preguntándole cómo se atrevía a mezclarme en ello. ¡Oh!; es muy suyo, Copperfield; reconocemos toda su bondad; pero usted sabe que la otra tarde, cuando le he hablado de ello, me ha comprendido enseguida. Lo sabe usted, Copperfield, no lo niegue. Si lo niega usted, es con las mejores intenciones del mundo; pero no lo niegue; Copperfield. Vi detenerse un momento en mi rostro la duke mirada del buen anciano y me di cuenta de que leería muy claramente en mis ojos la confesión de mis sospechas y de mis dudas. Era inútil decir lo contrario; no podia hacer nada, no podia contradecirme a mí mismo. Todo el mundo se había callado. El doctor recorrió dos o tres veces la habitación; después se acercó al sitio donde estaba su butaca, y apoyándose en el respaldo y enjugándose de vez en cuando las lágrimas, nos dijo, con una rectitud y sencillez que le hacían mucho más honor que si hubiera tratado de ocultar su emoción: Tengo mucho que reprocharme. Creo sinceramente que tengo mucho que reprocharme. He expuesto a la persona que más quiero a dificultades y sospechas de que sin mí no hubiera sido nunca objeto. Uriah Heep dejó oír una especie de relincho. Supongo que era para expresar su simpatía. Sin mí nunca hubiera estado mi Annie expuesta a semejantes sospechas. Soy viejo, caballeros, lo saben ustedes, y esta noche siento que ya no tengo lazos que me aten a la vida. Pero por mi vida respondo, sí, por mi vida, de la felicidad y del honor de la querida mujer que ha sido el objeto de esta conversación. No creo que entre los más nobles caballeros ni entre los tipos más bellos y románticos inventados por la imaginación de los pintores pudiera encontrarse un anciano capaz de hablar con una dignidad más conmovedova que el buen doctor. Pero continuo si antes he podido hacerme ilusiones sobre ello, ahora no puedo disimular que yo soy el único culpable de que haya caído Annie en los peligros de un matrimonio imprudente y funesto. No tengo la costumbre de observar lo que pasa a mi alrededor, y me veo obligado a creer que las observaciones de personas distintas en edad y posición, cuando todas han creído ver lo mismo, valen, naturalmente, más que mi ciega confianza. Yo había admirado a menudo, ya lo he dicho, el cariño con que trataba a su joven esposa; pero a mis ojos nada podia ser más conmovedor que la ternura respetuosa con que hablaba de eila en aquellas circunstancias, la noble seguridad con que arrojaba lejos de sí la más ligera duda sobre su fidelidad. Me he casado con esa mujer continuó el doctor cuando casi era una niña, antes de que su carácter estuviera formado siquiera. Yo había contribuido a su educación. Conocía mucho a su padre y también a ella. Le había enseñado todo lo posible, por cariño a sus grandes dotes. Si la he hecho daño, como creo, abusando sin darme cuenta de su agradecimiento y de su afecto, le pido que me perdone desde el tondo de mi corazón. Recorrió de nuevo la habitación y después volvió al mismo lugar; su mano temblorosa oprimía el sillón; su voz vibraba con una emoción contenida. Me consideraba respecto a ella como un refugio contra los peligros de la vida; me figuraba que a pesar de la desigualdad de nuestras edades podría vivir tranquila y dichosa a mi lado. Pero no crean que he dejado de pensar en que un día la dejaría fibre, todavía bella y joven. únicamente esperaba que para entonces la dejaría con un criterio más formado para hacer su elección. Sí, señores, esta es la verdad, ¡por mi honor! Su honrado rostro se animaba y rejuvenecía bajo la inspiración de tanta nobleza y generosidad. Había en cada una de sus palabras una fuerza y una grandeza que sólo la altura de aquellos sentimientos podía dar. Mi vida con ella ha sido muy dichosa. Hasta esta tarde, había bendecido constantemente el día en que había cometido con ella, sin darme cuenta, una injusticia tan grande. So voz temblaba cada vez más. Se detuvo un momento, y después prosiguió: Una vez despierto de mi sueño (he sido siempre un pobre soñador, de una manera o de otra, toda mi vida), comprendo que quizá sea natural que piense con sentimiento en su antiguo amigo, en su camarada de la infancia. Quizá sea demasiado verdad que piensa en él con algo de tristeza, que piensa en lo que hubiera podido ser si yo nó me hubiera interpuesto. Durante esta hora dolorosa que acabo de pasar con ustedes he recordado y comprendido muchas cosas en las que no me había fijado antes. Pero, caballeros, recuerden que ni una palabra ni un soplo de duda debe manchar el nombre de esta mujen Por un instante su mirada se encendió y su voz se aseguró. Después se calló de nuevo, y por último prosiguió: Sólo me queda soportar con la mayor resignación que pueda el sentimiento de desgracia de que soy culpable. Ella es quien debía acusarme, y no yo a ella. Mi deber ahora es protegerla contra todo juicio temerario, juicio cruel del que ni mis amigos han estado libres. Cuanto más lejos vivamos del mundo más fácil me resultará esto. Y cuando llegue el día (que Dios, con su gran misericordia, hará que no tarde demasiado) en que la muerte la deje libre, cerraré los ojos después de haber contemplado su querido rostro con una confianza y un amor sin límites. Entonces la dejaré sin tristeza libre para que viva más dichosa. Las lágrimas me impedían verle; tanta bondad, tanta sencillez y fortaleza me conmovían hasta el fondo del corazón. Se dirigía hacia la puerta cuando añadió: Caballeros, les he enseñado mi corazón. Estoy seguro de que lo respetarán. Lo que hemos hablado esta noche no debe repetirse nunca. Wickfield, amigo mío, dame el brazo para subir. Míster Wickfield acudió presuroso, y salieron lentamente sin cambiar una sola palabra. Uriah los seguía con los ojos. Y bien, míster Copperfield dijo volviéndose hacia mí con benevolencia. La cosa no ha resultado del todo como yo esperaba, pues el viejo sabio (¡qué hombre tan excelente!) es más ciego que un murciélago; pero, lo mismo da: a esta familia ya la he echado fuera del carro. El sonido de su voz me hizo sentir tal acceso de rabia, que nunca lo he tenido igual antes ni después. ¡Miserable! exclamé ¿Por qué pretende usted mezclarme en sus intrigas? ¿Cómo se ha atrevido hace un momento a acudir a mi testimonio? ¡Vil embustero! ¡Como si hubiéramos discutido juntos semejante cuestión! Estábamos uno frente a otro. Leía claramente en su rostro su secreto triunfo; sabía que me había obligado a oírle únicamente para desesperarme y que me había tendido expresamente un lazo. Era ya demasiado. Su flaca mejilla estaba a mi alcance, y le di tal bofetada, que mis dedos se estremecieron como si los hubiera metido en el fuego. Él cogió la mano que le había golpeado, y permanecimos mucho rato mirándonos en silencio, lo bastante para que las huellas blancas que mis dedos habían impreso en su mejilla se transformaran en rojo violeta. Copperfield dijo, por fin, con voz ahogada, ¿se ha vuelto usted loco? ¡Déjeme en paz! dije arrancando mi mano de la suya Déjeme en paz, perro; no le conozco. Verdaderamente dijo poniéndose la mano sobre la mejilla dolorida, por mucho que haga usted no podría por menos de reconocerme. ¿Sabe que es usted muy ingrato? Le he demostrado ya muchas veces todo lo que le desprecio, y acabo de probárselo más claramente que nunca. ¿Por qué temer tratarle como se merece por miedo a que perjudique a los que le rodean? ¿No les hace ya todo el daño que puede? Comprendió perfectamente esta alusión a los motivos que hasta entonces me habían obligado a moderarme. Pero creo que no hubiera llegado a hablarle así ni a castigarle con mi propia mano si no hubiera recibido aquella misma noche la seguridad de Agnes de que nunca sería suya. Hubo de nuevo un largo silencio. Mientras me miraba, sus ojos parecían tomar los matices más repugnantes. Copperfield me dijo separando la mano de su mejilla,siempre me ha hecho usted la contra. Sé que en casa de míster Wickfield siempre estaba usted en contra mía., Puede usted creer lo que le parezca le dije con cólera. Si no es verdad, peor para usted. Y, sin embargo, yo siempre le he querido, Copperfield añadió. No me digné a responderle y cogí mi sombrero para salir de la habitación; pero él vino a interponerse ante la puerta. Copperfield me dijo, para querellarse hay que ser dos, y yo no quiero ser uno de ellos. ¡Váyase al diablo! ¡No diga eso! contestó. ¡Después lo sentirá! ¿Cómo puede ponerse tan por debajo de mí demostrándome un carácter tan malo? Pero le perdono. ¡Me perdona! repetí con desdén. Sí, y no puede usted impedírmelo respondió Uriah. ¡Cuando pienso que me ha atacado usted a mí, que siempre he sido para usted un amigo verdadero! Pero cuando uno no quiere dos no regañan, y yo no quiero. Quiero ser su amigo a pesar suyo. Ahora ya sabe usted mis sentimientos y lo que debe esperar de ellos. Estábamos obligados a bajar la voz para no turbar el silencio de la casa a aquella hora avanzada, y su voz era humilde; pero la mía no, y la necesidad de contenerme no me ayuda nada a mejorar de humor; sin embargo, mi cólera empezaba a calmarse. Le dije sencillamente que esperaba de él lo que había esperado siempre y que nunca me había engañado. Después abrí la puerta por encima de su hombro, como si hubiera querido aplastarlo contra la pared, y salí de la casa. Pero él también dormía fuera, en las habitaciones de su madre, y no había dado cien pasos cuando le oí andar detrás de mí. Sabe usted muy bien, Copperfield me dijo inclinándose hacia mí, pues yo ni siquiera volví la cabeza, sabe usted muy bien que se ha puesto en mala situación. Era verdad, y eso me irritaba todavía más. Por mucho que haga, nunca será una acción honrosa, y usted no me puede impedir que le perdone. No pienso hablar de ello a mi madre ni a nadie en el mundo. Estoy decidido a perdonarle; pero me sorprende que haya podido levantar usted la mano contra una persona a quien sabe tan humilde. Me parecía que yo era casi tan despreciable como él. Me conocía mejor que yo mismo. Si se hubiera quejado amargamente o si hubiera tratado de exasperarme, me hubiera tranquilizado y justificado a mis propios ojos; pero me quemaba a fuego lento, y estuve así en el asador más de la mitad de la noche. Al día siguiente, cuando salí, la campana llamaba a la iglesia; Uriah se paseaba de arriba abajo con su madre. Me habló como si no hubiera sucedido nada, y no tuve más remedio que contestarle. Le había pegado tan fuerte que, según creo, tenía un buen dolor de muelas. El caso es que llevaba el rostro envuelto en un pañuelo de seda negra y el sombrero encaramado encima, lo que no le embellecía mucho que digamos. Al día siguiente por la mañana supe que había tenido que it a Londres a sacarse una muela. Espero que fuese una de las mayores. El doctor nos había mandado decir que no se encontraba bien, y permaneció solo durante la mayor parte del tiempo que duró nuestra estancia. Hacía ya una semana que habían partido Agnes y su padre cuando reanudamos nuestro trabajo de costumbre. La víspera del día en que volvimos a ponernos manos a la obra, el doctor me entregó él mismo una cartita sin cerrar, donde me suplicaba, en los términos más afectuosos, que nunca hiciera la menor alusión a la conversación que había tenido lugar unos días antes. Yo se lo había contado a mi tía, pero a nadie más. Era una cuestión que no podía discutir con Agnes; y ella seguramente no tenía ni la más ligera sospecha de lo que había sucedido. Mistress Strong tampoco sospechaba nada, estoy convencido. Muchas semanas transcurrieron antes de que yo viera en ella el menor cambio. Fue viniendo lentamente, como una nube cuando no hace viento. En primer lugar pareció sorprenderse de la tierna compasión con que el doctor le hablaba y del deseo que expresó de que viniera su madre a acompañarla, para romper así un poco la monotonía de su vida. A menudo, cuando estábamos trabajando y ella se sentaba a nuestro lado, la veía detener su mirada en el doctor con aquella expresión inolvidable. Y algunas veces la veía levantarse y salir de la habitación con los ojos llenos de lágrimas. Poco a poco una sombra de tristeza se extendió sobre su bello rostro, y aquella tristeza aumentaba cada día. Mistress Markleham se había instalado en casa; pero hablaba tanto, que no tenía tiempo de observar nada. A medida que Annie cambiaba (ella, que era antes como un rayo de sol en casa del doctor) el doctor parecía cada vez más viejo y más grave; pero la dulzura de su carácter, la tranquila bondad de sus modales y su cariñosa solicitud con ella habían aumentado, si es que era posible. Una vez, la mañana del día de cumpleaños de su mujer, acercándose a la ventana donde ella estaba sentada mientras trabajábamos (antes tenía siempre la costumbre de ponerse allí; pero ahora, cuando lo hacía, era con una timidez a indecisión que me apretaba el corazón), cogió la cabeza de Annie con las dos manos, la besó y se alejó rápidamente para ocultar su emoción. La vi quedarse inmóvil como una estatua en el sitio en que la había dejado; después, cruzando las manos, bajó la cabeza y se puso a llorar con angustia. Algunos días más tarde me parecía que deseaba hablarme en los momentos en que estábamos solos; pero nunca me dijo una palabra. El doctor inventaba siempre alguna nueva diversión para alejarla de casa, y su madre, a quien le gustaba mucho divertirse, mejor dicho, era lo único que le gustaba en el mundo, se unía a él de todo corazón y no escatimaba los elogios a su yerno. En cuanto a Annie, se dejaba llevar donde querían, con expresión triste y abatida; pero no parecía disfrutar con nada. Yo no sabía qué pensar. Mi tía, tampoco, y estoy seguro de que aquella incertidumbre la hizo andar más de treinta leguas en su habitación. Lo más extraño es que la única persona a quien parecía tranquilizar un poco aquella pena interior y misteriosa era míster Dick. Me hubiera sido completamente imposible, y quizá también a él mismo, el explicar lo que pensaba de todo aquello; pero, como ya he dicho al contar mi vida de colegial, su veneración por el doctor no tenía límites; y hay en un afecto verdadero, aunque sea por parte de un animal, un instinto sublime y delicado que supera a la inteligencia más elevada. Míster Dick tenía lo que podríamos llamar inteligencia del corazón, y con ella percibía algunos rayos de la verdad. Había recobrado la costumbre, en sus horas de descanso, de recorrer el jardincillo con el doctor, lo mismo que años antes recorría con él la larga avenida del jardín de Canterbury. Pero cuando las cosas llegaron a aquel estado, no sólo dedicó sus horas de descanso completas a los paseos, sino que hasta las aumentó levantándose más temprano. Antes nunca se consideraba tan dichoso como cuando el doctor le leía su maravillosa obra, el diccionario; ahora era verdaderamente desgraciado hasta que el doctor no lo sacaba de su bolsillo para reanudar la lectura. Mientras el doctor y yo trabajábamos había tomado la costumbre de pasearse con mistress Strong, le ayudaba a cuidar sus flores predilectas y a limpiar sus macizos. Estoy seguro de que no cruzaban más de doce palabras por hora; pero su sereno interés, su afectuosa mirada, encontraban un eco dispuesto en los dos corazones; cada uno de ellos sabía que el otro quería a míster Dick y que él los quería a los dos; y así llegó a ser lo que nadie podia ser...: un motivo de unión entre ellos. Cuando lo recuerdo y lo veo con su rostro inteligente, pero impenetrable, arriba y abajo al lado del doctor, radiante, oyendo las palabras incomprensibles del diccionario, o llevándole a Annie inmensas regaderas, o a cuatro patas y con guantes fabulosos para limpiar, con una paciencia de ángel, las plantitas microscópicas, haciendo comprender delicadamente a mistress Strong con cada uno de sus actos el deseo de serie agradable, con una bondad que ningún filósofo hubiera podido igualar; haciendo salir por cada agujerito de su regadera su simpatía, su fidelidad y su afecto; cuando pienso que en aquellos momentos su alma estaba entregada a la pena de sus amigos y no se extraviaba en sus antiguas locuras, y que no introdujo ni una sola vez en el jardín al desgraciado rey Carlos; que no desfalleció un momento en su buena voluntad agradecida; que no olvidaba ni un momento que allí debía de haber un equívoco que reparar, me siento casi avergonzado de haber podido creer que no tenía siempre toda la razón, sobre todo si pienso en el use que yo hacía de la mía, yo, que presumo de no haberla perdido. ¡Nadie más que yo sabe lo que vale este hombre, Trot! me decía con orgullo mi tía cuando hablábamos de él. ¡Dick se distinguirá algún día! Es necesario que antes de terminar este capítulo pase a otro asunto. Mientras el doctor tenía todavía a sus huéspedes en su casa, pude observar que el cartero traía todos los días dos o tres cartas a Uriah Heep, que permaneció en Highgate tanto tiempo como los demás, bajo pretexto de que era época de vacaciones; cartas de negocios firmadas por mister Micawber, que había adoptado la redondilla para los negocios. Y yo había deducido con gusto, por aquellos indicios, que a míster Micawber le iba bien; por lo tanto, me sorprendió mucho recibir un día la carta siguiente, de su amable esposa: «Canterbury, lunes por la noche. Le sorprenderá mucho, mi querido Copperfield, recibir esta carta. Quizá le sorprenda todavía más su contenido, y quizá más todavía la súplica de secreto absoluto que le dirijo; pero, en mi doble calidad de esposa y madre, tengo necesidad de desahogar mi corazón, y como no quiero consultar a mi familia (siempre poco favorable a míster Micawber), no conozco a nadie a quien poder dirigirme con mayor confianza que a mi amigo y antiguo huésped. Quizá sepa usted, mi querido míster Copperfield, que había existido siempre una completa confianza entre míster Micawber y yo (a quien no abandonaré jamás). No digo que mister Micawber no haya firmado a veces una letra sin consultarme ni me haya engañado sobre la fecha de su cumplimiento. Es posible; pero, en general, míster Micawber no ha tenido nada oculto para el jirón de su afecto (hablo de su mujer), y siempre a la hora de nuestro reposo ha recapitulado ante ella los sucesos de la jornada. Puede usted figurarse, mi querido míster Copperfield, toda la amargura de mi corazón cuando le diga que mister Micawber ha cambiado por completo. Se hace el reservado, el discreto. Su vida es un misterio para la compañera de sus alegrías y de sus penas (es también a su mujer a quien me refiero), y puedo asegurarle que estoy tan poco al corriente de lo que hace durante el día en su oficina como de la existencia de ese hombre milagroso del que se cuenta a los niños que vivía de chupar las paredes. Es más, de ese se sabe que es una fábula popular, mientras que lo que yo cuento de míster Micawber es demasiado verdad, desgraciadamente. Y no es eso todo: míster Micawber está triste, severo; vive alejado de nuestro hijo mayor, de nuestra hija; ya no habla con orgullo de los mellizos, y hasta lanza una mirada glacial sobre el inocente extraño que ha venido últimamente a aumentar el círculo de familia. Sólo obtengo de él, a costa de las mayores dificultades, los recursos pecuniarios indispensables para mis gastos, muy reducidos, se lo aseguro; sin cesar me amenaza con hacerse despedir (es su expresión) y rechaza con barbarie el darme la menor explicación de una conducta que me desespera. Es muy duro de soportar; mi corazón se rompe. Si usted quisiera darme su opinión añadiría un agradecimiento más a todos los que ya le debo. Usted conoce mis débiles recursos; dígame cómo puedo emplearlos en una situación tan equívoca. Mis niños me encargan mil ternuras; el pequeño extraño, que tiene la felicidad, ¡ay!, de ignorarlo todavía todo, le sonríe, y yo, mi querido míster Copperfield, soy Su afligida amiga, EMMA MICAWBER.» Yo no me creía con derecho para dar a una mujer tan llena de experiencia como mistress Micawber otro consejo que el de tratar de reconquistar la confianza de mister Micawber a fuerza de paciencia y de bondad (estoy seguro que no dejaría de hacerlo); sin embargo, aquella carta me dio que pensar. CAPÍTULO III OTRA MIRADA RETROSPECTIVA Dejadme detenerme de nuevo en un momento tan memorable de mi vida. Dejadme detenerme para ver desfilar ante mí, en una procesión fantástica, la sombra de lo que fui, escoltado por los fantasmas de los días que pasaron. Las semanas, los meses, las estaciones transcurren, y ya no me aparecen más que como un día de verano y una tarde de invierno. Tan pronto el prado que piso con Dora está todo en flor y es un tapiz estrellado de oro, como estarnos en una bruma árida, envuelta bajo montes de nieve. Tan pronto el río que corre a lo largo de nuestro paseo de domingo deslumbra con los rayos del sol de verano, como se estremece bajo el soplo del viento de invierno y se endurece al contacto de los bosques de hielo que invaden su curso, y se lama y se precipita al mar más deprisa que podría hacerlo ningún otro río del mundo. En la casa de las dos ancianas no ha cambiado nada. El reloj hace tictac encima de la chimenea y el barómetro está colgado en el vestíbulo. Ni el reloj ni el barómetro van bien nunca; pero la fe nos salva. ¡Llego a mi mayoría de edad! ¡Tengo veintiún años! Pero es esa una dignidad que está al alcance de todo el mundo. Veamos antes lo que he hecho por mí mismo. He apresado el ante salvaje que llaman taquigrafía y saco de ello bastante dinero; hasta he adquirido una gran reputación en esa especialidad y pertenezco a los dote taquígrafos que recogen los debates del Parlamento para un periódico de la mañana. Todas las noches tomo nota de predicciones que no se cumplirán nunca; de profesiones de fe a las que nadie es fiel; de explicaciones que no tienen otro objeto que engañar al público. Ya sólo veo fuego. Gran Bretaña, esa desgraciada virgen que se pone en tantas salsas, la veo siempre ante mí como un ave guisada bien desplumada y bien cocida, atravesada de parte a parte con los hierros y atada con un cordón rojo. Por todo esto soy un incrédulo, y nadie podrá convertirme. Mi buen amigo Traddles ha intentado el mismo trabajo; pero no sirve para él. Y toma su fracaso con el mejor humor del mundo, diciéndome que siempre ha tenido la cabeza dura. Los editores de mi periódico lo emplean a veces para recoger hechos, que dan después a otros para que sean reescritos de un modo más hábil. Entra en el foro, y a fuerza de paciencia y de trabajo llega a reunir las cien libras esterlinas para ofrecerlas a un procurador cuyo estudio frecuenta. Y se consume buena cantidad de vino de Oporto el día de su entrada. Creo que los estudiantes del Templo se premiaron bien a su costa aquel día. He hecho otra tentativa: he intentado el oficio de escritor. He enviado mi primer ensayo a una revista, que lo ha publicado. Esto me ha dado valor y he publicado algunos otros trabajos, que ya empiezan a darme dinero. En todo mis negocios marchan bien, y si cuento lo que gano con los dedos de mi mano, paso del tercero, deteniéndome a la mitad del cuarto. Trescientas cincuenta libras esterlinas no son grano de anís. Hemos abandonado Buckingham Street para instalarnos en una linda casa cercana a la que me gustaba tanto. Mi tía ha vendido su casa de Dover; pero no piensa vivir con nosotros; quiere instalarse en una casa de la vecindad más modesta que la nuestra. ¿Qué quiere decir esto? ¿Se tratará de mi matrimonio? ¡Sí, seguro! ¡Sí! ¡Me caso con Dora! Miss Lavinia y miss Clarissa han dado su consentimiento, y no he visto en mi vida canarios más inquietos que ellas. Miss Lavinia es la encargada del trousseau de mi querida pequeña Dora, y no para de abrir una multitud de paquetes grises. Hay en la casa a todas horas una costurera que siempre está con el pecho atravesado por una aguja, come y duerme en la casa, y verdaderamente creo que estará con el dedal puesto hasta para comer, beber y dormir. Tienen a mi pequeña Dora como un verdadero maniquí. Siempre la están llamando para probarse algo. Por la tarde no podemos estar juntos cinco minutos sin que alguna mujer inoportuna venga a llamar a la puerta: Miss Dora, ¿podría usted hacer el favor de subir un momento? Miss Clarissa y mi tía se dedican a recorrer todas las tiendas de Londres para nuestro mobiliario, y después nos llevan a verlo. Pero mejor sería que lo eligieran solas, sin obligarnos a Dora y a mí a que lo inspeccionemos, pues al it a ver las cacerolas para la cocina, Dora ve un pabelloncito chino para Jip, con sus campanitas en lo lato, y prefiere comprarlo. Después Jip no consigue acostumbrarse a su nueva residencia, pues no puede entrar ni salir en ella sin que las campanitas suenen, lo que le asusta de un modo horrible. Peggotty llega también para ayudar, y enseguida pone manos a la obra. Frota todo lo frotable hasta que lo ve relucir, quieras que no, como su frente lustrosa. Y de vez en cuando me encuentro a su hermano vagando solo por las noches a través de las calles sombrías, deteniéndose a mirar todas las mujeres que pawn. Nunca le hablo cuando me le encuentro a esas horas, porque sé demasiado, cuando le veo grave y solitario, lo que busca y lo que teme encontrar. ¿Por qué Traddles se da tanta importancia esta mañana al venir a buscarme al Tribunal de Doctores, donde voy todavía alguna vez cuando tengo tiempo? Es que mis sueños van a realizarse; hoy voy a sacar mi licencia de matrimonio. Nunca un documento tan pequeño ha representado tantas cosas, y Traddles lo contempla encima de mi pupitre con admiración y con espanto. Los nombres están dulcemente mezclados: David Copperfield y Dora Spenlow; y en un rincón, el timbre de aquella paternal institución que se interesa con tanta benevolencia en las ceremonias de la vida humana, y el arzobispo de Canterbury que nos da su bendición, también impresa, al precio más barato posible. Pero todo esto es un sueño para mí, un sueño agitado, dichoso, rápido. No puedo creer que sea verdad; sin embargo, me parece que todos los que encuentro en la calle deben darse cuenta de que me caso pasado mañana. El delegado del arzobispo me reconoce cuando voy a prestar juramento y me trata con tanta familiaridad como si hubiera entre nosotros algún lazo de masonería. Traddles no me hace ninguna falta; sin embargo, me acompaña a todas partes como mi sombra. Espero, amigo mío le dije a Traddles, que la próxima vez vengas aquí por tu propia cuenta, y que sea muy pronto. Gracias por tus buenos deseos, mi querido Copperfield respondió; yo también lo espero. Y por lo menos es una satisfacción el saber que me esperará todo lo que sea necesario y que es la criatura más encantadora del mundo. ¿A qué hora vas a esperarla en la diligencia esta tarde? Alas siete dijo Traddles mirando su viejo reloj de plata, aquel reloj al que en la pensión había quitado una rueda para hacer un molino. Miss Wickfield llega casi a la misma hora, ¿no? Un poco más tarde: a las ocho y media. Te aseguro, querido mío me dijo Traddles, que estoy casi tan contento como si me fuera a casar yo, y además no sé cómo darte las gracias por la bondad con que has asociado personalmente a Sofía a esta fiesta invitándola a ser dama de honor con miss Wickfield. ¡Te lo agradezco más!... Le escucho y le estrecho la mano. Charlamos, nos paseamos y comemos. Pero yo no creo una palabra de nada; estoy seguro de que es un sueño. Sofía llega a casa de las tías de Dora a la hora fijada. Tiene un rostro encantador; no es una belleza, pero es extraordinariamente atractiva; nunca he visto una persona más natural, más franca, más atrayente. Traddles nos la presenta con orgullo, y durante diez minutos se restriega las manos delante del reloj, con los cabellos erizados en su cabeza de lobo, mientras le felicito por su elección. También Agnes ha llegado de Canterbury, y volvemos a ver entre nosotros su bello y dulce rostro. Agnes siente mucha simpatía por Traddles, y me da gusto verlos encontrarse y observar cómo Traddles está orgulloso de presentársela a la chica más encantadora del mundo. Pero sigo sin creer una palabra de todo esto. ¡Siempre un sueño! Pasamos una velada deliciosa; somos dichosos; no me falta más que creer en ello. Ya no sé dónde estoy; no puedo contener mi alegría. Me encuentro en una especie de somnolencia nebulosa, como si me hubiera levantado muy temprano hace quince días y no hubiera vuelto a acostarme. No puedo recordar si hace mucho tiempo que era ayer. Me parece que hace ya meses y que he dado la vuelta al mundo con una licencia de matrimonio en el bolsillo. Al día siguiente, cuando vamos todos juntos a ver la casa, la nuestra, la de Dora y mía, no sé hacerme a la idea de que yo soy el propietario. Me parece que estoy con permiso de alguien, y espero al verdadero dueño de la casa, que aparecerá dentro de un momento diciéndome que tiene mucho gusto en recibirme. ¡Una casa tan bonita! ¡Todo tan alegre y tan nuevo! Las flores del tapiz parece que se abren, y las hojas del papel parece que acaban de brotar en las ramas. ¡Y las coronas de muselina blanca y los muebles rosa! ¡Y el sombrero de jardín de Dora, con lazos azules, ya colgado en la percha! ¡Tenía uno exactamente igual cuando la vi por primera vez! La guitarra está ya colocada en su sitio, en un rincón, y todo el mundo tropieza con la pagoda de Jip, que es demasiado grande para la casa. Otra velada dichosa, un sueño más, como todo. Me deslizo en el comedor antes de marcharme, como siempre. Dora no está. Supongo que estará ahora también probándose algo. Miss Lavinia asoma la cabeza por la puerta y me anuncia con misterio que no tardará mucho. Sin embargo, tarda; por fin oigo el ruido de una falda en la puerta; llaman. Digo: «Entre». Vuelven a llamar. Voy a abrir la puerta, sorprendido de que no entren, y veo dos ojos muy brillantes y una carita ruborosa: es Dora. Miss Lavinia le ha puesto el traje de novia, con cofia y todo, para que yo lo vea. Estrecho a mi mujercita contra mi corazón, y miss Lavinia lanza un grito porque lo arrugo. Y Dora ríe y llora a la vez al verme tan contento; pero cada vez creo menos en todo. ¿Te parece bonito, mi querido Doady? me dice Dora. ¿Bonito? ¡Ya lo creo que me parece bonito! ¿Y estás seguro de quererme mucho? dice Dora. Esta pregunta pone en tal peligro la cofia, que miss Lavinia lanza otro gritito y me advierte que Dora está allí únicamente para que la mire; pero que bajo ningún pretexto puedo tocarla. Dora permanece ante mí encantadora y confusa, mientras la admiro. Después se quita la cofia (¡qué natural y qué bien está sin ella!) y se escapa; luego vuelve saltando con su traje de todos los días y le pregunta a Jip si tengo yo una mujercita guapa y si perdona a su amita el que se case, y por última vez en su vida de muchacha se arrodilla para hacerle sostenerse en dos patas encima del libro de cocina. Me voy a acostar, más incrédulo que nunca, en una habitación que tengo allí cerca. Y al día siguiente, muy temprano, me levanto para it a Highgate a buscar a mi tía. Nunca la he visto así. Con un traje de seda gris y con un sombrero blanco. Está soberbia. La ha vestido Janet, y está allí mirándome. Peggotty está ya preparada para la iglesia y cuenta con verlo todo desde lo alto de las tribunas. Míster Dick, que hará las veces de padre de Dora y me la dará por mujer al pie del altar, se ha hecho rizar el cabello. Traddles, que ha venido a buscarme, me deslumbra por la brillante mezcla de color crema y azul cielo; míster Dick y él me hacen el efecto de estar enguantados de la cabeza a los pies. Sin duda, veo así las cosas porque sé que son siempre así; pero no deja de parecerme un sueño, y todo lo que veo no tiene nada de real. Sin embargo, mientras nos dirigimos a la iglesia, en calesa descubierta, este matrimonio fantástico es lo bastante real para llenarme de una especie de compasión por los desgraciados que no se casan como yo, y que siguen barriendo delante de sus tiendas o yendo hacia su trabajo habitual. Mi tía, durante todo el camino, tiene mi mano entre las suyas. Cuando nos detenemos a cierta distancia de la iglesia para que baje Peggotty, que ha venido en el pescante, me abraza muy fuerte. ¡Que Dios te bendiga, Trot! No podría querer más a mi propio hijo, y hoy por la mañana estoy recordando mucho a tu madre, la pobrecilla. Y yo también, y todo lo que te debo, querida tía. ¡Bah!, ¡bah! dijo mi tía. Y en el exceso de su cariño tendió la mano a Traddles; Traddles se la tendió a míster Dick, que me la tendió a mí, y yo a mi vez a Traddles; por fin, ya estamos en la puerta de la iglesia. La iglesia está muy tranquila; pero para tranquilizarme a mí sería necesaria una máquina de fuerte presión; estoy demasiado emocionado. Todo lo demás me parece un sueño más o menos incoherente. Y sigo soñando que entran con Dora; que la mujer de los bancos nos alinea delante del altar como un sargento; sueño que me pregunto por qué esas mujeres serán siempre tan agrias. El buen humor será un peligro tan grande para el sentimiento religioso que serán necesarias esas copas de hiel y de vinagre en el camino del paraíso. Sueño que el pastor y su ayudante aparecen, que algunos marineros y otras personas vienen a vagar por allí, que tengo tras de mí a un marino viejo que perfuma toda la iglesia con un fuerte olor a ron, que empiezan el servicio con una voz profunda y que todos estamos muy atentos. Que miss Lavinia, que hace de dama de honor suplementaria, es la primera que se echa a llorar, haciendo homenaje con sus sollozos, según pienso, a la memoria de míster Pidger; que miss Clarissa le acerca a la nariz su frasco de sales; que Agnes cuida de Dora; que mi tía hace todo lo que puede para tener un aspecto imponente, mientras las lágrimas corren a lo largo de sus mejillas; que mi pequeña Dora tiembla con todos sus miembros y que se le oye murmurar muy débilmente sus respuestas. Que nos arrodillamos uno al lado del otro; que Dora tiembla un poco menos, pero que no suelta la mano de Agnes; que el oficio continúa severo y tranquilo; que cuando ha terminado nos miramos a través de nuestras lágrimas y sonrisas; que en la sacristía mi querida mujercita solloza, llamando a su querido papá, a su pobre papá. Que pronto se repone y firmamos en el gran libro uno después de otro; que voy a buscar a Peggotty a las tribunas para que venga también a firmar, y que me abraza en un rincón, diciéndome que también vio casarse a mi pobre madre; que todo ha terminado, y que nos marchamos. Que salgo de la iglesia radiante de alegría, dando el brazo a mi encantadora esposa; que veo a través de una nube los rostros amigos, el coro, las tumbas y los bancos, el órgano y las vidrieras de la iglesia, y que a todo esto viene a mezclarse el recuerdo de la iglesia donde iba con mi madre cuando era niño, ¡ay!, hace ya tanto tiempo. Que oigo decir bajito a los curiosos, al vernos pasar: «¡Vaya una parejita joven!». «¡Qué casadita tan linda!» Que todos estamos contentos y eufóricos mientras volvemos a Putney; que Sofía nos cuenta cómo ha estado a punto de ponerse mala cuando han pedido a Traddles la licencia que yo le había confiado, pues estaba convencida de que la habría perdido o se la habrían robado del bolsillo; que Agnes reía con todo su corazón, y que Dora la quiere tanto, que no puede separarse de ella y la tiene cogida de la mano. Que hay preparado un almuerzo apetitoso con una multitud de cosas bonitas y buenas, que como sin darme cuenta de a qué saben (es natural cuando se sueña); que sólo como y bebo matrimonio, pues no creo en la realidad de los comestibles más que en la de lo demás. Que suelto un discurso en el género de los sueños, sin tener la menor idea de lo que quiero decir, y hasta estoy convencido de que no he dicho nada; que somos sencilla y naturalmente todo lo dichosos que se puede ser, en sueños, claro está; que Jip come del pastel de bodas, lo que al cabo de un rato no le sienta muy bien. Que la silla de postas nos espera; que Dora va a cambiar de traje; que mi tía y miss Clarissa se quedan con nosotros; que nos paseamos por el jardín; que mi tía, en el almuerzo, ha hecho un verdadero discurso sobre las tías de Dora, y que está encantada y hasta un poco orgullosa de su hazaña. Que Dora está dispuesta; que miss Lavinia revolotea a su alrededor con sentimiento de perder el encantador juguete que le ha proporcionado durante algún tiempo una ocupación tan agradable; que, con gran sorpresa, Dora descubre a cada momento que se le olvidan una cantidad de pequeñas cosas, y que todo el mundo corre de un lado a otro para buscárselas. Que rodean a Dora y ella empieza a despedirse; que parecen todas reunidas una cesta de flores con sus cintas nuevas y sus colores alegres; que casi ahogan a mi querida esposa en medio de todas aquellas flores que la abrazan, y que, al fin, viene a lanzarse en mis brazos celosos riendo y llorando a la vez. Que yo quiero llevar a Jip, que nos tiene que acompañar, y que Dora dice que no, que tiene que ser ella quien lo lleve, sin lo cual creerá que ya no le quiere porque está casada, lo que le rompería el corazón; que salimos del brazo; que Dora se vuelve para decir: «¡Si alguna vez he sido antipática o ingrata con vosotros, no lo recordéis, os los ruego! », y que se echa a llorar. Que dice adiós con la manita, y que por enésima vez vamos a partir; que se detiene de nuevo, se vuelve y corre hacia Agnes, pues quiere darle sus últimos besos y dirigirle su última despedida. Por fin estamos en el coche uno al lado del otro. Ya hemos partido. Salgo de un sueño; ahora ya creo en ello. Sí; es mi querida, mi querida mujercita la que está a mi lado, ¡y la quiero tanto! ¿Eres dichoso ahora, malo me dice Dora, y estás seguro de que no te arrepentirás? Me he retirado a un lado para ver desfilar ante mí los fantasmas de aquellos días que pasaron. Ahora que han desaparecido, reanudo el viaje de mi vida. CAPÍTULO IV NUESTRA CASA Me parecía una cosa extraña una vez pasada la luna de mil y cuando nos quedamos solos en nuestra casita Dora y yo, libres ya de la deliciosa ocupación del amor. ¡Me parecía tan extraordinario el tener siempre a Dora a mi lado; me parecía tan extraño no tener que salir de casa para it a verla, no tener que preocuparme por su causa ni que escribirle, no tener que devanarme los sesos para encontrar ocasión de estar solo con ella! A veces, por la noche, cuando dejaba un momento mi trabajo y la veía sentada frente a mí, me apoyaba en el respaldo de mi silla y empezaba a pensar en lo raro que era que estuviéramos allí solos, juntos, como si fuera la cosa más natural el que ya nadie tuviera que mezclarse en nuestros asuntos; que toda la novela de nuestro noviazgo estaría pronto lejana; que ya no teníamos más que tratar de hacernos felices mutuamente, gustarnos toda la vida. Cuando había en la Cámara de los Comunes algún debate que me retrasaba, me parecía tan extraordinario, al tomar el camino de casa, pensar que Dora me esperaba; me parecía tan maravilloso verla sentarse con dulzura a mi lado para hacerme compañía mientras comía. Y saber que se cogía todo el pelo con papelitos, es más, vérselos poner todas las noches, ¿no era una cosa extraordinaria? Creo que dos pajarillos hubieran sabido tanto como nosotros sobre cómo llevar una casa, ¡mi pequeña Dora y yo! Teníamos una criada y, como es natural, ella lo manejaba todo. Todavía estoy convencido interionnente de que debía de ser alguna hija disfrazada de mistress Crupp. ¡Cómo nos amargaba la vida Mary Anne! Se llamaba Paragon. Cuando la tomamos a nuestro servicio nos aseguraron que aquel nombre sólo expresaba débilmente todas sus cualidades; era el parangón de todas las virtudes. Tenía un certificado escrito más grande que un cartel, y a dar crédito a aquel documento sabía hacer todo lo del mundo, y todavía más. Era una mujer en la fuerza de la edad, de fisonomía repulsiva. Tenía un primo en el regimiento de la Guardia, de tan largas piernas, que parecía ser la sombra de algún otro visto al sol a las doce del día. Su traje era tan pequeño para él como él era grande para nuestra casita, y la hacía parecer diez veces más pequeña de lo que era en realidad. Además, los tabiques eran sencillos, y siempre que pasaba la tarde en casa lo sabíamos por una especie de gruñido continuo que oíamos en la cocina. Nos habían garantizado que nuestro tesoro era sobrio y honrado. Por lo tanto, supongo que tendría un ataque de nervios el día que la encontré tirada delante del fogón y que sería el trapero el que no se había apresurado a devolver las cucharillas de té que nos faltaban. Además le teníamos un miedo horrible. Sentíamos nuestra inexperiencia y no estábamos en estado de salir adelante; diría que estábamos a su merced si la palabra merced no diera la sensación de indulgencia, pues era una mujer sin piedad. Ella fue la causa de la primera disputa que tuve con Dora. Querida mía le dije un día, ¿crees que Mary Anne entiende el reloj? ¿Por qué, Doady? me preguntó Dora levantando inocentemente la cabeza. Amor mío, porque son las cinco, y debíamos comer a las cuatro. Dora miró al reloj con un airecito de inquietud a insinuó que creía que aquel reloj se adelantaba. Al contrario, querida le dije mirando mi reloj, se retrasa unos minutos. Mi mujercita vino a sentarse encima de mis rodillas para tratar de contentarme y me hizo una rays con el lápiz en medio de la nariz: era encantador, pero aquello no me daba de comer. ¿No crees, vida mía, que debías decirle algo a Mary Anne? ¡Oh, no!; te lo ruego, Doady exclamó Dora.. ¿Por qué no, amor mío? le pregunté con dulzura. ¡Oh!, porque yo sólo soy una tontuela, y ella lo sabe muy bien. Como aquellos sentimientos me parecían incompatibles con la necesidad de regañar a Mary Anne, fruncí las cejas. ¡Oh, qué arruga tan horrible en la frente, malo! dijo Dora, todavía sentada en mis rodillas. Y señaló aquellas odiosas arrugas con su lápiz, que llevaba a sus labios rosas para que marcara más negro; después hacía como que trabajaba tan seriamente en mi frente, con una expresión tan cómica, que me eché a reír, a pesar de todos mis esfuerzos. ¡Así me gusta, eres un buen muchacho! dijo Dora. Estás mucho más guapo cuando te ríes. Pero, amor mío... ¡Oh, no, no, te lo ruego! exclamó Dora abrazándome. No hagas el Barba Azul, no pongas esa expresión seria. Pero, mi querida mujercita le dijesin embargo, es necesario ponerse serio alguna vez. Ven a sentarte en esta silla a mi lado. Dame el lápiz. Vamos a hablar de un modo razonable. ¿Sabes, querida mía (¡qué manita tan dulce para tener entre las mías y qué precioso anillo para ver en el dedo de mi recién casada!), sabes, querida: te parece muy agradable verse obligado a marcharse sin comer? Vamos, ¿qué piensas? No respondió débilmente Dora. Pero, querida mía, ¡cómo tiemblas! Porque sé que vas a regañarme exclamó Dora en un tono lamentable. Querida mía, sólo voy a tratar de hablarte de un modo razonable. ¡Oh!, pero eso es peor que regañarexclamó Dora, desesperada. Yo no me he casado para que me hablen razonablemente. Si quieres razonar con una pobre cosita como yo, hubieras debido avisármelo. ¡Eres malo! Traté de calmarla; pero se ocultó el rostro, y sacudía de vez en cuando sus bucles diciendo: «¡Oh, eres malo!». Yo no sabía qué hacer; me puse a recorrer la habitación, y después me acerqué a ella. ¡Dora, querida mía! No, no me quieres, y estoy segura de que te arrepientes de haberte casado; si no, no me hablarías así. Aquel reproche me pareció tan inconsecuente, que tuve valor para decirle: Vamos, Dora mía, no seas niña; estás diciendo cosas que no tienen sentido. Seguramente recordarás que ayer me tuve que marchar a medio comer, y que la víspera el cordero me hizo daño porque estaba crudo y lo tuve que tomar corriendo; hoy no puedo comer, en absoluto, y no digo nada del tiempo que hemos esperado el desayuno; y después, el agua para el té ni siquiera hervía. No es que te haga reproches, querida mía; pero todo eso no es muy agradable. ¡Oh, qué malo, qué malo eres! ¿Cómo puedes decirme que soy una mujer desagradable? Querida Dora, ¡sabes que nunca he dicho eso! Has dicho que todo esto no era muy agradable. He dicho que la manera con que llevábamos la casa no era agradable. ¡Pues es lo mismo! exclamó Dora. Y evidentemente lo creía, pues lloraba con amargura. Di de nuevo algunos pasos por la habitación, lleno de amor por mi linda mujercita y dispuesto a romperme la cabeza contra las puertas, tantos remordimientos sentía. Me volví a sentar y le dije: No te acuso, Dora; los dos tenemos mucho que aprender. únicamente quería demostrarte que es necesario, verdaderamente necesario (estaba decidido a no ceder en aquel punto), que te acostumbres a vigilar a Mary Anne y también un poco a obrar por ti misma, en interés tuyo y mío. Estoy verdaderamente sorprendida de tu ingratitud dijo Dora sollozando. Sabes muy bien que el otro día dijiste que te gustaría tomar un poco de pescado, y fui yo misma muy lejos para encargarlo y darte una sorpresa. Y fue muy amable por tu parte, querida mía, y te lo he agradecido tanto, que me he librado muy bien de decirte que habías hecho muy mal comprando un salmón, porque es demasiado grande para dos personas y porque había costado una libra y seis chelines, y que es demasiado caro para nosotros. Pues te gustó mucho dijo Dora llorando todavía, y estabas tan contento que me llamaste tu ratita. Y te lo volveré a llamar cien veces, amor mío contesté. Pero había herido su corazoncito, y no había manera de consolarla. Lloraba tanto y tenía el corazón tan apretado, que me parecía que le había dicho algo horrible que le había causado mucha pena. Tuve que marcharme corriendo, y volví muy tarde, y durante toda la noche estuve agobiado por los remordimientos. Tenía la conciencia inquieta como un asesino, y estaba perseguido por el sentimiento vago de un crimen enorme del que fuera culpable. Eran más de las dos de la mañana cuando volví, y encontré en mi casa a mi tía esperándome. ¿Ha ocurrido algo, tía? le pregunté con inquietud. No, Trot respondió. Siéntate, siéntate. únicamente mi Capullito estaba un poco triste, y me he quedado para hacerle compañía; eso es todo. Apoyé la cabeza en mis manos y permanecí con los ojos fijos en el fuego; me sentía más triste y más abatido de lo que hubiera podido creer; tan pronto, casi en el momento en que acababan de cumplirse mis más dulces sueños. Por último encontré los ojos de mi tía fijos en mí. Parecía preocupada; pero su rostro se serenó enseguida. Te aseguro, tía le dije, que toda la noche me he sentido desgraciado pensando que Dora tenía pena. Pero mi única intención era hablarle dulce y tiernamente de nuestros asuntos. Mi tía movió la cabeza animándome. Hay que tener paciencia, Trot dijo. Sí, y Dios sabe que no quiero ser exigente, tía. No, no dijo mi tía; mi Capullito es muy delicado y es necesario que el viento sople dulcemente sobre ella. Di las gracias en el fondo del corazón a mi buena tía por su ternura con mi mujer, y estoy seguro de que se dio cuenta. ¿No crees, tía le dije después de haber contemplado de nuevo el fuego, que tú podrías dar de vez en cuando algún consejo a Dora? Eso nos sería muy útil. Trot repuso mi tía con emoción, no; no me pidas eso nunca. Hablaba en un tono tan serio que levanté los ojos con sorpresa. ¿Sabes, hijo mío? prosiguió. Cuando miro mi vida pasada y veo en la tumba personas con las que hubiera podido vivir en mejores relaciones... Si he juzgado severamente los errores de otro en cuestiones de matrimonio es quizá porque tenía tristes razones para juzgarlo así por mi cuenta. No hablemos de ello. He sido durante muchos años una vieja gruñona a insoportable; todavía lo soy y lo seré siempre. Pero nosotros nos hemos hecho mutuamente bien, Trot; al menos tú me lo has hecho a mí, y no quiero que ahora nos pueda separar nada. ¿Qué nos va a separar? exclamé. Hijo mío, hijo mío dijo mi tía estirándose el traje con la mano, no hay que ser profeta para darse cuenta de lo fácil que sería y de lo desgraciada que podría yo hacer a mi Capullito si me mezclara en vuestros asuntos; deseo que me quiera y que sea alegre como una mariposa. Acuérdate de tu madre y de su segundo matrimonio, y no me hagas una proposición que me trae a la memoria, para ella y para mí, crueles recuerdos. Comprendí enseguida que mi tía tenía razón, y no comprendí menós toda la extensión de sus escrúpulos generosos con mi querida esposa. Estás muy al principio, Trot continuó, y Roma no se construyó en un día ni en un año. Has elegido tú mismo con toda libertad aquí me pareció que una nube se extendía un momento sobre su rostro y has escogido una criatura encantadora y que te quiere mucho. Ella es tu deber, y también será tu felicidad, no lo dudo, pues no quiero que parezca que te estoy sermoneando; será tu deber y tu felicidad el apreciarla tal como la has escogido, por las cualidades que tiene y no por las que no tiene. Trata de desarrollar en ella las que le faltan. Y si no lo consigues, hijo mío y mi tía se frotó la nariz, tendrás que acostumbrarte a pasarte sin ellas. Pero recuerda que vuestro porvenir es un asunto completamente vuestro. Nadie puede ayudaros; tenéis que ayudaros solos. Es el matrimonio, Trot, y que Dios os bendiga a uno y a otro, pues sois como dos bebés perdidos en medio de los bosques. Mi tía me dijo todo esto en tono alegre, y terminó su bendición con un beso. Ahora dijo enciende la linterna y acompáñame hasta mi nido por el sendero del jardín pues las dos casas comunicaban por allí. Y dale a Capullito todo el cariño de Betsey Trotwood, y, suceda lo que suceda, Trot, que no vuelva a pasársete por la imaginación hacer de Betsey un espantapájaros, pues la he visto muy a menudo en el espejo para estar segura de que ya lo es bastante por naturaleza y bastante antipática sin eso. Entonces mi tía se anudó el pañuelo alrededor de la cabeza, como tenía costumbre, y la escolté hasta su casa. Cuando se detuvo en el jardín para alumbrarme a la vuelta con su linterna pude observar que me miraba de nuevo con preocupación; pero no le di importancia; estaba demasiado ocupado reflexionando sobre lo que me había dicho, demasiado impresionado, por primera vez, por la idea de que teníamos que hacemos nosotros solos nuestro porvenir, Dora y yo, y que nadie podría ayudarnos. Dora descendió dulcemente en camisón a mi encuentro, ahora que estaba solo. Se echó a llorar en mi hombro y me dijo que había sido muy duro con ella y que ella también había sido muy mala. Yo le dije, poco más o menos, lo mismo, y todo terminó. Decidimos que aquella pelea sería la última y que nunca más, nunca más, sucedería, aunque viviéramos cien años. ¡Qué horror de criadas! De nuevo fueron el origen del disgusto que tuvimos después. El primo de Mary Anne desertó y se ocultó en nuestra carbonera; de allí le sacó, con gran sorpresa nuestra, un piquete de compañeros, que le esposaron y se lo llevaron, dejando nuestro jardín cubierto de oprobio. Esto me dio valor para deshacerme de Mary Anne, quien se resignó tan dulcemente, que me sorprendió; pero pronto descubrí dónde habían ido a parar nuestras cucharillas, y además me revelaron que tenía la costumbre de pedir dinero prestado a mi nombre a nuestros tenderos sin nuestra autorización. Momentáneamente fue reemplazada por mistress Kidgerbury, una vieja de Kentishtown, que asistía, pero que era demasiado débil para hacer nada; después encontramos otro tesoro, de un carácter encantador; pero, desgraciadamente, aquel tesoro no hacía más que rodar las escaleras con las fuentes en las manos o lanzarse de cabeza en el salón con todo el servicio de té, como quien se mete en un baño. Los desastres cometidos por aquella desgraciada nos obligaron a despedirla; fue seguida, con numerosos intermedios de mistress Kidgerbury, por toda una serie de seres incapaces. Por fin caímos sobre una chica de muy buen aspecto, que se fue a la feria de Greenwich con el sombrero de Dora. Después ya sólo recuerdo una multitud de fracasos sucesivos. Parecíamos destinados a que todo el mundo nos engañara. En cuanto aparecíamos en una tienda nos ofrecían la mercancía averiada. Si comprábamos una langosta estaba llena de agua; la carne estaba pasada; nuestros panecillos sólo tenían miga. Con objeto de estudiar el principio de la cocción de un rosbif para que esté en su punto, tuve yo mismo que acudir al libro de cocina; pero debíamos ser víctimas de una extraña fatalidad, pues nunca conseguíamos el justo medio entre la carne sangrando y la carne quemada. Estaba convencido de que todos aquellos desastres nos costaban mucho más caro que si hubiéramos ejecutado una serie de triunfos, y estudiando nuestras cuentas veía que habíamos gastado manteca suficiente para embadurnar el piso bajo de nuestra casa. ¡Qué consumo! Yo no se si seria que las contribuciones indirectas habían hecho aquel año encarecer la mostaza; pero al paso que íbamos, iba a ser necesario, para que nosotros tuviéramos mostaza suficiente, que muchas familias se privaran de ella, cediéndonos su parte. Y lo más sorprendente de todo aquello es que en casa nunca se encontraba. También nos sucedió que la lavandera empeñó nuestra ropa, y vino después en un estado de embriaguez, arrepentida, a implorar nuestro perdón; pero supongo que estas cosas le habrán ocurrido a todo el mundo. También tuvimos que soportar un fuego que se armó en la chimenea; pero todo esto son desgracias corrientes. Lo que nos era personal era la cuestión de las criadas. Una de ellas tenía pasión por los licores fuertes, lo que aumentaba nuestra cuenta de cerveza y de licores en el café que nos los suministraban. Encontramos en la cuenta artículos inexplicables, como: «Un cuarto de litro de ron (mistress C.) y medio cuarto de ginebra (mistress C.); un vaso de ron y de menta (mistress C.).» Los paréntesis se referían siempre a Dora, que pasaba, según supimos después, por haber ingerido todos aquellos licores. Una de nuestras primeras hazañas fue dar de comer a Traddles. Le encontré una mañana y le dije que viniera a vemos por la tarde. Él consintió, y escribí dos letras a Dora diciéndole que llevaría a nuestro amigo. Era un día muy hermoso, y en el camino charlarnos todo el tiempo de mi felicidad. Traddles estaba convencido, y me decía que el día en que él supiera que Sofía le esperaba por la tarde en una casita como la nuestra no faltaría nada a su dicha. Yo no podía desear una mujercita más encantadora que la que se sentó aquella tarde frente a mí; pero lo que sí hubiera deseado es que la habitación fuese un poco menos pequeña. Yo no sé en qué consistía, pero, aunque no éramos más que los dos, nunca había sitio, y, sin embargo, la habitación era bastante grande para que nuestros muebles se perdieran en ella. Sospecho que era porque nada tenía sitio fijo, excepto la pagoda de Jip, que siempre impedía el paso. Aquella tarde Traddles estaba tan encerrado entre la pagoda, la caja de la guitara, el caballete de Dora y mi mesa, que yo temía no tuviera bastante sitio para manejar su cuchillo y su tenedor; pero él protestaba con su buen humor habitual diciendo: «Tengo un océano de sitio, Copperfield; un océano, te lo aseguro». También había otra cosa que me hubiera gustado impedir; me hubiera gustado que no se animara la presencia de Jip encima del mantel durante la comida. Me hubiese parecido molesto que estuviera allí aunque no hubiera tenido la mala costumbre de meter la pata en la sal y en la manteca. Aquella vez yo no sé si es que se creía especialmente encargado de dar caza a Traddles; pero no cesó de ladrarle y de saltar encima de su plato, poniendo en aquellas maniobras tal obstinación, que no podía hablarse de otra cosa. Pero como yo sabía lo tierno que tenía Dora el corazón y lo sensible que era en lo que se refiere a su favorito, no hice ninguna objeción; ni siquiera me permití una alusión a los platos que Jip destrozaba en el suelo, ni a la falta de simetría en el arreglo de los cacharros, que parecían estar como habían caído; tampoco quise hacer observar que Traddles estaba bloqueado por platos de verdura y por jarras. Únicamente no podía por menos de preguntarme a mí mismo, mientras contemplaba el aspecto del cordero que iba a partir, cómo sería que nuestros corderos tenían siempre unas formas tan extraordinarias como si nuestro carnicero nos sirviera corderos contrahechos; pero me guardé para mí aquellas reflexiones. Amor mío le dije a Dora, ¿qué tienes en ese plato? No podía comprender por qué Dora estaba haciendo desde hacía un momento aquellos mohines, como si quisiera besarme. Son ostras, amigo mío me dijo tímidamente. ¿Y se te ha ocurrido a ti? dije encantado. Sí, Doady dijo Dora. ¡Qué buena idea! exclamé dejando el gran cuchillo y el tenedor de partir el cordero. No hay nada que le guste tanto a Traddles. Sí, sí, Doady dijo Dora. He comprado un barrilito entero, y el hombre me ha dicho que eran muy buenas. Pero.... pero temo que les ocurra algo extraordinario. Y Dora sacudió la cabeza, saltándosele las lágrimas. Sólo están abiertas a medias le dije; quita la concha de encima, querida. No quiere marcharse de ningún modo dijo Dora, que lo intentaba con todas sus fuerzas, con expresión desolada. ¿Sabes, Copperfield? dijo Traddles examinando alegremente el plato. Yo creo que es porque... estas ostras son perfectas..., pero no las han abierto nunca. En efecto, no las habían abierto nunca; y nosotros no teníamos cuchillo para ostras; además no hubiéramos sabido utilizarlo; por lo tanto, miramos las ostras mientras nos comíamos el cordero; al menos nos comimos todo lo que estaba cocido. Si se lo hubiera permitido, creo que Traddles, pasando al estado salvaje, se hubiera hecho canibal y alimentado de carne casi cruda para demostrar lo satisfecho que estaba de la comida; pero yo estaba decidido a no consentirle que se inmolara así en el altar de la amistad, y en lugar de aquello comimos un trozo de jamón; afortunadamente había jamón curado en la despensa. Mi pobre mujercita estaba tan desesperada al pensar que aquello me iba a contrariar, y fue tan grande su alegría cuando vio que no ocurría nada, que olvidé enseguida mi fastidio al momento. La tarde pasó muy bien. Dora estaba sentada a mi lado con su brazo apoyado en mi sillón, mientras Traddles y yo discutíamos sobre la calidad de mi vino, y a cada instante se inclinaba hacia mí para darme las gracias por no haber sido gruñón ni malo. Después nos hizo el té, y yo estaba tan encantado viéndoselo hacer, como si hiciera las comiditas de la muñeca, que no me hice el difícil sobre la calidad dudosa del brebaje. Después Traddles y yo estuvimos un rato jugando a las cartas, mientras Dora cantaba acompañándose con la guitarra, y me pareció que nuestro matrimonio sólo era un hermoso sueño y que todavía estábamos en la primera tarde en que había oído su dulce voz. Cuando Traddles se fue lo acompañé hasta la puerta, y después volví al salón; mi mujer vino a poner su silla al ladito de la mía. ¡Estoy tan triste! ¿Quieres enseñarme a hacer algo, Doady? Pero en primer lugar tendría que aprenderlo yo, Dora le dije yo; no sé más que tú, pequeña. ¡Oh, pero tú puedes aprenderlo! repuso. ¡Tú tienes tanto talento! ¡Qué locura, ratita! Yo hubiera debido añadió después de un largo silencio, yo hubiera debido ir a establecerme al campo y pasar un año con Agnes. Tenía las manos juntas, apoyadas en mi hombro; reclinó también la cabeza, y me miraba dulcemente con sus grandes ojos azules. ¿Por qué? pregunté. Creo que su trato me hubiera beneficiado y que con ella hubiera podido aprender muchas cosas. Todo llega a su tiempo, amor mío. Desde hace muchos años Agnes ha tenido que cuidar a su padre: hasta cuando sólo era una niña pequeña, ya era la Agnes que tú conoces. ¿Quieres llamarme como yo lo diga? preguntó Dora sin moverse. ¿Cómo? le dije sonriendo. Es un nombre estúpido dijo sacudiendo sus bucles. Pero lo mismo da; llámame tu « mujerniña» . Pregunté riendo a mi «mujerniña» que por qué quería que la llamase así, y me respondió sin moverse; sólo mi brazo, pasado alrededor de su cintura, me acercaba todavía más sus hermosos ojos azules. Pero ¡qué tonto eres! No te pido que me llames siempre así en lugar de Dora; únicamente quiero que cuando pienses en mí te digas que soy tu « mujerniña» . Cuando tengas ganas de enfadarte conmigo no tienes más que pensar: « ¡Bah, es mi "mujerniña"! ». Cuando te ponga la cabeza loca, vuélvete a decir: «¿Pero no sabía yo hace mucho tiempo que nunca sería más que una "mujerniña"?». Cuando no sea para ti todo lo que querría ser, y que no lo seré quizá nunca, piensa siempre: «Esto no impide que esta tontuela de "mujerniña" me quiera mucho». Pues es la verdad, Doady; ¡te quiero tanto! Yo no había contestado en serio; hasta entonces tampoco se me había ocurrido que hablara ella seriamente. Pero se quedó tan contenta con lo que le contesté, que sus ojos no estaban secos todavía cuando ya estaba riendo. Y pronto vi a mi «mujerniña» sentada en el suelo al lado de la pagoda china haciendo sonar todas las campanitas, unas después de otras, para castigarle, por su mala conducta, a Jip; pero él continuaba perezosamente tendido en el suelo de su nicho mirándola de reojo como para decirle: « Haz todo lo que quieras; no conseguirás que me mueva con todas tus cosas; soy demasiado perezoso y no me molesto por tan poco». Aquella llamada de Dora me causó una profunda impresión. Vuelvo a aquellos tiempos lejanos, y me imagino a aquella dulce criatura, a quien amaba tanto, y la invoco para que salga una vez más de la sombra del pasado, para que vuelva hacia mí su rostro encantador, y puedo asegurar que su pequeño discurso resuena sin cesar en mi corazón; quizá no haya sacado de él el mayor partido posible: era joven y sin experiencia; pero nunca su inocente súplica ha venido en vano a llamar a mis oídos. Dora me dijo unos días después que iba a hacerse una excelente ama de casa. En consecuencia, sacó del cajón su bloc, afiló el lápiz, compró un enorme libro de cuentas, volvió a pegar cuidadosamente todas las hojas del libro de cocina, que Jip había roto, a hizo un esfuerzo desesperado para «ser buena», como ella decía. Pero los números continuaban con el defecto de siempre: no querían dejarse sumar. Cuando había llenado ya dos o tres columnas de su libro de cuentas, lo que no sucedía sin trabajo, Jip iba a pasearse sobre la página, emborronándolo todo con su cola, y además Dora se empapaba de tinta sus lindos deditos; esto era lo más claro de todo. Algunas tardes, cuando había vuelto y estaba trabajando (pues escribía mucho y empezaba a ser reconocido como escritor), dejaba la pluma y observaba a mi «mujerniña», que trataba de «ser buena» . En primer lugar ponía encima de la mesa su inmenso libro de cuentas y lanzaba un profundo suspiro; después lo abría en el sitio emborronado por Jip la tarde anterior y llamaba a Jip para enseñarle las huellas de su crimen: era la señal de una diversión en favor de Jip. Le ponía tinta en la punta de la nariz como castigo. Después ella decía a Jip que se echara encima de la mesa « como un león» (era una de sus hazañas, aunque a mis ojos la analogía no era extraordinaria). Si estaba de buen humor, Jip obedecía. Entonces ella cogía una pluma y empezaba a escribir; pero había un pelo en la pluma; cogía otra y empezaba a escribir, pero aquella hacía borrones; cogía la tercera y empezaba de nuevo, diciendo en voz baja: « ¡Oh!, esta mete ruido y va a distraer a Doady! ». En una palabra, terminaba por desistir y volvía a colocar el libro de cuentas en su sitio, después de hacer como que lo lanzaba a la cabeza del león. Otras veces, cuando se sentía de humor más serio, cogía su bloc y una cestita llena de cuentas y otros documentos, que parecían más que nada los papelitos con que recogía sus bucles por la noche, y trataba de sacar algún resultado de ellas. Las comparaba muy seriamente, escribía cifras, las borraba, contaba en todos sentidos los dedos de su mano izquierda, y después de esto tenía una expresión tan contrariada, tan desanimada, tan triste que me daba pena ver ensombrecerse así, por darme gusto, aquella carita encantadora, y me acercaba a ella con dulzura, diciéndole: ¿Qué te ocurre, Dora? Me miraba desolada, contestando: Son estas cuentas tan antipáticas, que no quieren salir bien; me duele la cabeza; se empeñan en no hacer lo que yo quiero. Entonces yo le decía: Vamos a probar juntos; voy a enseñarte, Dora mía. Y empezaba una demostración práctica; Dora me escuchaba durante cinco minutos con la más profunda atención; después de lo cual empezaba a sentirse horriblemente cansada y trataba de divertirse enrollando mis cabellos alrededor de sus dedos o bajándome el cuello de la camisa para ver si me sentaba bien. Si quería reprimir su alegría y continuar mis razonamientos ponía una expresión tan triste y tan desconsolada, que yo recordaba al verla, como un reproche, su alegría natural el día en que la conocí, y dejaba caer el lápiz, repitiéndome que era una «mujerniña» , y le suplicaba que cogiera la guitarra. Tenía mucho trabajo y muchas preocupaciones; pero todo lo guardaba para mí solo. Estoy ahora muy lejos de creer que obrara bien así; pero lo hacía por ternura para mi «mujerniña». Examino mi corazón y veo que, sin la menor reserva, confío a estas páginas mis más secretos pensamientos. Sentía que me faltaba algo; pero aquello no llegaba a alterar la felicidad de mi vida. Cuando me paseaba solo, con un sol hermoso, y pensaba en los días de verano en que la tierra entera parecía llena de mi joven pasión, sentía que mis sueños no se habían realizado del todo; pero creía que aquello era una sombra disminuida por la dulce gloria del pasado. A veces pensaba que me hubiera gustado encontrar en mi mujer un consejero más seguro, más razonable y con más firmeza de carácter; hubiera deseado que pudiera sostenerme y ayudarme, que poseyera el poder de llenar los vacíos que sentía en mí; pero también pensaba que semejante felicidad no es de este mundo y que no debía ni podía existir. Por la edad era todavía un muchacho más que un marido, y no había conocido, para formarme con su saludable influencia, más penas que las que se han podido leer en este relato. Si me equivocaba, lo que podía ocurrirme muy a menudo, eran mi amor y mi poca experiencia lo que me extraviaban. Digo la pura verdad. ¿De qué me serviría ahora el disimulo? Por lo tanto, sobre mí recaían todas las dificultades y preocupaciones de nuestra vida; ella no tomaba su parte. Nuestra casa seguía en el mismo desbarajuste que al principio; únicamente yo me había acostumbrado, y al menos tenía la alegría de ver que Dora no estaba casi nunca triste. Había recobrado toda su alegría infantil; me quería con todo su corazón y se divertía como antes, es decir, como una niña. Cuando los debates del Parlamento habían sido muy cansados (sólo hablo de su duración, pues en cuanto a su calidad siempre lo eran) y volvía muy tarde, Dora nunca se acostaba antes de que yo volviera, y bajaba a recibirme. Cuando no tenía que ocuparme del trabajo que me había costado tanta labor de taquigrafía y podía escribir por mi cuenta, venía a sentarse tranquilamente a mi lado, por tarde que fuera, y permanecía tan silenciosa que yo a veces la creía dormida. Pero, en general, cuando levantaba la cabeza veía sus ojos azules fijos en mí con la atención tranquila de que ya he hablado. Este pobre chico, ¡lo cansado que debe de estar! dijo una noche, en el momento en que cerraba mi pupitre. Esta pobre chiquilla, ¡lo cansada que debe de estar! respondí yo.Yo soy el que debo decírtelo, Dora. Otro día te acuestas, querida mía. Es demasiado tarde para ti. ¡Oh, no! No me mandes acostar dijo Dora en tono suplicante. Te lo ruego, no hagas eso. ¡Dora! Con gran sorpresa mía estaba llorando en mi hombro. ¿No te encuentras bien, pequeña mía? ¿No eres dichosa? Sí; muy bien y muy dichosa dijo Dora. Pero prométeme que me dejarás quedarme a tu lado viéndote escribir Bonita cosa para verla esos preciosos ojos, ¡y a media noche! respondí. ¿De verdad? ¿De verdad te parecen preciosos? repuso Dora riendo. ¡Qué contenta estoy de que sean preciosos! ¡Vanidosilla! le dije. Pero no, no era vanidad; era una alegría ingenua al sentirse admirada por mí. Ya lo sabía antes de que me lo dijera. Pues si te parece que son bonitos tienes que decirme que me dejarás siempre verte escribir dijo Dora. ¿Te parecen bonitos? ¡Muy bonitos! Entonces me dejas que te mire escribir Temo que eso no los embellezca mucho, Dora. Sí, ya lo creo. Porque has de saber, señor sabio, que eso te impedirá olvidarme mientras estás sumergido en tus meditaciones silenciosas. ¿Te enfadarías si te dijera una cosa muy necia, todavía más necia que de costumbre? Veamos esa maravilla. Déjame que vaya dándote las plumas a medida que las necesites me dijo Dora. Tengo ganas de poder ayudarte en algo durante esas horas en que tanto trabajas. ¿Me dejas que las coja para dártelas? El recuerdo de su alegría cuando le dije que sí, hace que se me salten las lágrimas. Cuando al día siguiente me puse a escribir, ella se había instalado al lado mío con un gran paquete de plumas, y así fue siempre. El gusto con que se asociaba de aquel modo a mi trabajo y su alegría cada vez que necesitaba una pluma, lo que me sucedía sin cesar, me dio la idea de proporcionarle una satisfacción mayor todavía, y de vez en cuando hacía como que la necesitaba para copiarme una o dos páginas de mi manuscrito. Entonces se ponía radiante. Había que verla prepararse para aquella gran empresa, ponerse el delantal, coger trapos de la cocina para limpiar la pluma, y lo que tardaba, y las veces que leía las páginas a Jip, como si pudiera comprenderlo; y después firmaba su página, como si la obra hubiera quedado incompleta sin el nombre del copista, y me la traía, muy alegre de haber acabado su deber, echándome los brazos al cuello. ¡Recuerdo encantador para mí, aunque los demás no vean en ello más que niñerías! Poco tiempo después tomó posesión de las llaves, que paseaba por toda la casa en un cestito atado a su cintura. En general, los armarios a que pertenecían no estaban cerrados, y las haves terminaron por no servir más que para divertir a Jip; pero Dora estaba contenta, y eso era suficiente para mí. Estaba convencida de que aquella determinación debía de producir el mejor efecto, y estábamos contentos como dos niños que juegan a las casas de muñecas para divertirse. Y así pasaba nuestra vida; Dora demostraba casi tanta ternura a mi tía como a mí, y le hablaba a menudo de los tiempos en que pensaba en ella como en «una vieja gruñona». Nunca se había preocupado tanto mi tía por nadie. Hacía la come a Jip, que no le correspondía; oía tocar todos los días la guitarra a Dora, a ella que no le gustaba la música; no nombraba nunca a nuestra serie de «incapaces», y, sin embargo, la tentación debía ser muy grande para ella; hacía a pie caminatas enormes para traer a Dora toda clase de cosillas de que tenía gana, y cada vez que llegaba por el jardín y Dora no estaba abajo se la oía decir en la escalera, con una voz que resonaba alegremente en toda la casa: Pero ¿dónde está Capullito? CAPÍTULO V MÍSTER DICK CUMPLE LA PROFECÍA DE MI TÍA Hacía ya algún tiempo que había dejado de trabajar con el doctor. Vivíamos muy cerca de él, y le veía a menudo, y hasta dos o tres veces habíamos ido a comer y a tomar el té a su casa. El Veterano vivía ya de hecho con él; era siempre la misma, con sus mariposas inmortales revoloteando alrededor de su cofia. Como a tantas otras madres que he conocido en mi vida, a mistress Markleham le gustaba mucho más divertirse que a su hija. Necesitaba divertirse, y como un hábil «veterano» que era, quería hacer creer, al consultar sus propias inclinaciones, que se sacrificaba por su hija. Esta excelente madre estaba, por lo tanto, muy dispuesta a favorecer los deseos del doctor, que quería que Annie se divirtiese, y no dejaba de alabar la discreción de su yerno. No dudo de que hacía sangrar la llaga del doctor sin saberlo; y sin poner en ello más que cierta cantidad de egoísmo y de frivolidad, que se encuentra a veces hasta en personas de edad madura, le confirmaba, yo creo, en la idea de que era imponente para la juventud de su mujer y de que no podia hater entre ellos simpatía natural, a fuerza de felicitarle porque trataba de endulzar a Annie el peso de la vida. Amigo mío le decía un día en mi presencia, usted sabe muy bien, sin duda, que es un poco triste para Annie el estar encerrada siempre aquí. El doctor movió la cabeza con benevolencia. Cuando tenga la edad de su madre prosiguió mistress Markleham, moviendo su abanico será otra cosa. A mí ya podrían meterme en una celda; con tal de estar bien acompañada, no desearía nunca salir; pero ¿sabe usted?, yo no soy Annie, y Annie no es su madre. Ya, ya dijo el doctor. Usted es el hombre mejor del mundo. No; dispénseme usted continuo, viendo que el doctor le hacía un signo negativo; debo decirlo delante de usted como lo digo siempre por detrás: es usted el hombre mejor del mundo; pero, naturalmente, usted no puede, ¿no es verdad?, tener los mismos gustos y preocupaciones que Annie. ¡No! dijo el doctor con voz triste. Es completamente natural repuso El Veterano. Vea usted, por ejemplo, su diccionario. ¿Hay algo más útil que un diccionario, más indispensable? ¡El sentido de las palabras! Sin el doctor Johnson y hombres así, ¡quién sabe si en estos momentos no daríamos a una aguja de zurcir el nombre de un palo de escoba! Pero no podemos pedirle a Annie que se interese por un diccionario cuando ni siquiera está terminado, ¿no es cierto? El doctor sacudió la cabeza. Y por eso apruebo tanto sus atenciones delicadas dijo mistress Markleham, dándole en el hombro un golpecito con el abanico. Eso prueba que usted no es como tantos ancianos que querrían encontrar cabezas viejas sobre hombros jóvenes. Usted ha estudiado el carácter de Annie y lo ha comprendido. Y eso es lo que me parece encantador. El doctor Strong parecía, a pesar de su calma y paciencia habitual, soportar con trabajo todos aquellos cumplidos. Y ya sabe, mi querido doctor continuo El Veterano, dándole muchos golpecitos amistosos, que puede usted disponer de mí en todo momento. Sepa que estoy enteramente a su disposición. Estoy dispuesta a ir con Annie a los teatros, a los conciertos, a las exposiciones, a todas partes; y ya verá usted cómo ni siquiera me quejo de cansancio. ¡El deber, mi querido doctor, el deber ante todo! Cumplía su palabra. Era de esas personas que pueden soportar una cantidad enorme de diversiones sin cansarse. Cada vez que leía el periódico (y lo leía todos los días durante dos horas, sentada en un cómodo sillón) descubría que había que ver algo que divertiría mucho a Annie. En vano protestaba Annie, que estaba cansada de todo aquello; su madre le contestaba invariablemente: Mi querida Annie, lo creía más razonable, y debo decirte, amor mío, que es agradecer muy mal la bondad del doctor Strong. Este reproche se lo dirigía por lo general en presencia del doctor, y me parecía que aquello era lo que principalmente decidía a Annie a acceder, y se resignaba casi siempre a it a donde la quería llevar El Veterano. Muy rara vez las acompañaba míster Maldon. Algunas veces animaban a mi tía para que se uniera a ellas; otras veces era únicamente a Dora. Antes hubiera dudado en dejarla; pero recordando lo que había sucedido aquella noche en el gabinete del doctor, ya no tenía la misma desconfianza. Creía que el doctor tenía razón, y no sospechaba más que él. Algunas veces mi tía se rascaba la nariz cuando estábamos solos, y me decía que no lo comprendía, pero que querría verlos más dichosos, y que no creía que su marcial amiga (así llamaba siempre al Veterano) contribuyera a arreglar las cosas. Decía también que el primer acto de sensatez de nuestra marcial amiga debía ser el arrancar todas las mariposas de su cofia y regalárselas a algún deshollinador para que se disfrazara en Carnaval. Pero sobre todo mi tía contaba con míster Dick. «Era evidente que aquel hombre tenía una idea decía; y si pudiera, aunque solo fuera por algunos días, encerrarla en un rincón de su cerebro, lo que era para él la mayor dificultad, llegaría a distinguirse de una manera extraordinaria. » Ignorante de aquella predicción, míster Dick continuaba siempre en la misma posición, bis a bis del doctor y de mistress Strong. Parecía no avanzar ni retroceder una pulgada, inmóvil en su base, como un edificio sólido; y confieso que, en efecto, me hubiera sorprendido tanto verla avanzar un peso como ver andar una casa. Pero una noche, algunos meses después de mi matrimonio, mister Dick entreabrió la puerta de nuestro salón; yo estaba solo, trabajando (Dora y mi tía habían ido a tomar el té a casa de los dos pajaritos), y me dijo, con una tos significativa: Temo que te moleste charlar un rato conmigo, Trotwood. De ninguna manera, mister Dick, hágame el favor de entrar. Trotwood me dijo, apoyándose el dedo en la nariz, después de estrecharme la mano, antes de sentarme querria hacerte una observación. ¿Conoces a tu tía? Un poco contesté. ¡Es la mujer más extraordinaria del mundo, caballero! Y después de decir esta frase, que lanzó como una bale de cañón, míster Dick se sentó, con una expresión más grave que de costumbre, y me miró. Ahora, hijo mío añadió, voy a hacerte una pregunta. Puede usted hacerme todas las que quiera. ¿Qué piensas de mí, caballero? me preguntó cruzando los brazos. Que es usted mi antiguo y buen amigo. Gracias, Trotwood respondió mister Dick riendo y estrechándome la mano con una alegría expansive. Pero no es eso lo que quiero decir, hijo mío continuó en tono más serio ¿Qué piensas de mí desde este punto de vista? (y se tocaba la frente). Yo no sabía cómo contestar; pero vino en mi ayuda. Que tengo la inteligencia débil, ¿no es eso? Y Pero... le dije en tono indeciso quizá un poco. ¡Precisamente! exclamó mister Dick, que parecía encantado de mi respuesta. Y es que, ¿sabes, Trotwood?, cuando quitaron un poco del desorden que había en la cabeza de... ya sabes de quién... pare meterlo ya sabes dónde... sucedió... Y mister Dick hizo muchas veces con las manos el molinete, y después golpeó una con otra, y volvió al ejercicio del molinete pare expresar una gran confusión. Esto es lo que me hen hecho; esto es. Yo le hice un gesto de aprobación, que él me devolvió. En una palabra, hijo mío dijo mister Dick bajando la voz de pronto, que soy un poco simple. Iba a negarlo, pero me detuvo. Sí, sí. Ella pretende que no. No quiere que se lo digan; pero es así. Lo sé. Si no la hubiera tenido de amiga desde hace tantos años, me hubieran encerrado y llevaría la vida más triste. Pero sabré corresponderla, no temas. Nunca gasto lo que gano haciendo las copias. Lo meto en una hucha. He hecho mi testamento; ¡y se lo dejo todo! Será rica... noble. Mister Dick sacó el pañuelo del bolsillo y se enjugó los ojos. Pero lo volvió a doblar cuidadosamente y volvió a guardárselo, y pareció que al mismo tiempo hacía desaparecer a mi tía. Tú eres muy instruido, Trotwood dijo mister Dick, tú eres muy instruido. Tú sabes lo sabio que es el doctor; tú sabes el honor que me ha hecho siempre. La ciencia no le ha vuelto orgulloso. Es humilde, humilde y lleno de transigencia hasta para el pobre Dick, que tiene una inteligencia tan limitada y que es tan ignorante. He hecho subir su nombre en un pedacito de papel, a lo largo de la cuerda de la cometa, y ha llegado hasta el cielo, entre las golondrinas. La cometa ha estado encantada de recibirle, y el cielo se ha iluminado más. Yo le encantaba diciéndole con efusión que el doctor merecía todo nuestro respeto y toda nuestra estima. Y su mujer es como una estrella dijo míster Dick, una estrella brillante; yo la he visto en todo su esplendor, caballero. Pero (se acercó y me puso una mano en la rodilla) hay nubes, caballero, hay nubes. Yo respondí a la solicitud que expresaba su fisonomía dando a la mía la misma expresión y moviendo la cabeza. ¡Y qué nubes! dijo míster Dick. Me miraba con una expresión tan preocupada, y parecía tan deseoso de saber o que serían aquellas nubes, que me tomé el trabajo de contestarle lentamente y claramente, como si se lo explicara a un niño: Hay entre ellos un desgraciado motivo de división respondí, alguna triste causa de desunión. Es un secreto. Quizá es la consecuencia inevitable de la diferencia de edad que existe entre ellos. Quizá es la cosa más insignificante del mundo. Míster Dick acompañaba cada una de mis frases con un movimiento de atención. Cuando terminé, se detuvo, y continuó reflexionando, con los ojos fijos en mí y la mano en mis rodillas. Pero ¿el doctor no está enfadado con ella, Trotwood? dijo al cabo de un momento. No; la quiere con ternura. Entonces ya sé lo que es, hijo mío dijo míster Dick. En un acceso repentino de alegría me golpeó las rodillas y se echó hacia atrás en su silla, con las cejas muy levantadas. Le creí completamente loco. Pero pronto recobró su gravedad, a inclinándose hacia adelante, me dijo, después de haber sacado su pañuelo, con expresión respetuosa, como si realmente representara a mi tía: Es la mujer más extraordinaria del mundo, Trotwood. ¿Cómo no habrá hecho nada para que renazca el orden en esta casa? Es un asunto demasiado delicado y demasiado difícil para que pueda nadie mezclarse en él dije. Y tú, que eres tan instruido continuó míster Dick, tocándome con la punta del dedo, ¿por qué no has hecho nada? Por la misma razón respondí. Entonces estoy en ello, hijo mío repuso míster Dick. Y se enderezó ante mí todavía más triunfante, moviendo la cabeza y dándose golpes en el pecho. Parecía que había jurado arrancarse el alma del cuerpo. Un pobre hombre, ligeramente tocado continuó mister Dick, un idiota, una inteligencia débil, hablo de mí, ¿sabes?, puede hacer lo que no pueden intentar siquiera las personas más distinguidas del mundo. Yo los reconciliaré, hijo mío; trataré de ello, y no me guardarán rencor. No podré parecerles indiscreto. Les tiene sin cuidado lo que yo puedo decir; aunque me equivocase, no soy más que Dick. ¿Y quién se fija en Dick? Dick no es nadie. ¡Bah! Y sopló con desprecio hacia su insignificante personalidad, como si lanzara una paja al viento. Felizmente, avanzaba en sus explicaciones, cuando oímos detenerse el coche a la puerta del jardín. Dora y mi tía volvían. Ni una palabra, muchacho continuó en voz baja; deja toda la responsabilidad a Dick, a este infeliz de Dick..., ¡al loco de Dick! Ya hace algún tiempo que lo pensaba; ahora es el momento. Después de lo que me has dicho, estoy seguro; es eso. Todo va bien. Míster Dick no pronunció ni una palabra más sobre aquel asunto; pero durante media hora me hizo signos telegráficos, de los que mi tía no sabía qué pensar, para pedirme que guardara el más profundo secreto. Con gran sorpresa mía, no volví a oír hablar de nada durante tres semanas, y, sin embargo, me tomaba un verdadero interés por el resultado de sus esfuerzos; percibía un extraño resplandor de buen sentido en la conclusión a que había llegado; en cuanto a su buen corazón, nunca había dudado de él. Pero terminé por creer que, como era inconstante y ligero, había olvidado o desistido de su proyecto. Una noche que Dora no tenía ganas de salir, mi tía y yo nos fuimos a la casa del doctor. Era en otoño, y no había debates en el Parlamento que me estropearan la fresca brisa de la tarde y el olor de las hojas secas, iguales a las que yo pisoteaba hacía tanto tiempo en nuestro jardincito de Bloonderstone, el viento, al gemir, parecía traerme también una vaga tristeza, como entonces. Empezaba a ser de noche cuando llegarnos a casa del doctor. Mistress Strong dejaba el jardín en que mister Dick vagaba todavía, ayudando al jardinero en algunas cosas. El doctor tenía una visita en su despacho; pero mistress Strong nos dijo que pronto quedaría libre, y nos rogó que le esperásemos. La seguimos al salón y nos sentamos en la oscuridad, al lado de la ventana. Nos tratábamos sin ningún cumplido. Vivíamos libremente juntos, como antiguos amigos y buenos vecinos. Estábamos así desde hacía un momento, cuando mistress Markleham, que siempre tenía que complicarlo todo, entró bruscamente, con su periódico en la mano, diciendo con voz entrecortada: Por Dios, Annie, ¿por qué no me has dicho que había alguien en el despacho? Pero, mamá repuso ella tranquilamente, no podía adivinar que querías saberlo. ¡Que quería saberlo! dijo mistress Markleham dejándose caer en el diván. En mi vida me he llevado un susto semejante. Según eso, ¿has entrado en el despacho, mamá? preguntó Annie. ¿Que si he entrado en el despacho, querida mía? repuso con nueva energía. ¡Ya lo creo! Y he caído sobre este excelente hombre. ¡Juzgue usted mi emoción, miss Trotwood, y usted también, míster David! Precisamente en el momento en que estaba haciendo testamento. Su hija se volvió vivamente. Precisamente en el momento, mi querida Annie, en que estaba haciendo testamento, redactando sus últimas voluntades repitió mistress Markleham extendiendo el periódico sobre sus rodillas, como una servilleta. ¡Qué previsión y qué cariño! Tengo que contarles cómo ha sucedido. De verdad, sí debo contarlo, aunque sólo sea para hacer justicia a este encanto de hombre, pues es un verdadero encanto este doctor. Quizá sabe usted, miss Trotwood, que en esta casa tienen la costumbre de no encender las luces hasta que materialmente se ha destrozado una los ojos leyendo el periódico, y también que únicamente en el despacho del doctor se encuentra una butaca donde poder leerlo con comodidad. Por eso iba al despacho del doctor, donde había visto luz. Abro la puerta, y al lado del querido doctor veo a dos señores vestidos de negro, evidentemente procuradores, los tres de pie delante de la mesa. El querido doctor tenía la pluma en la mano. «Es únicamente para expresar...», decía. Annie, amor mío, escucha bien... «Es únicamente para expresar toda la confianza que tengo en mistress Strong por lo que le dejo mi fortuna entera, sin condiciones.» Uno de los señores repetía: «Toda su fortuna, sin condiciones». Yo, conmovida, como pueden ustedes suponer que lo está una madre en semejantes circunstancias, grito: « ¡Dios mío, perdonadme! ». Y, a punto de caerme en la puerta, corro por el pasillo que da a la antecocina. Mistress Strong abrió el balcón y se asomó a él; allí estuvo apoyada contra la balaustrada. ¿No les parece un espectáculo edificante, miss Trotwood, y usted, míster Copperfield continuó mistress Markleham, el ver a un hombre de la edad del doctor Strong con la fuerza de voluntad necesaria para hacer una cosa así? Esto prueba la razón que yo tenía. Cuando el doctor Strong me hizo una visita de las más halagadoras y me pidió la mano de Annie, yo dije a mi hija: «No dudo, hija mía, que el doctor Strong te asegurará el porvenir todavía más de lo que ahora dice y promete». En aquel momento se oyó llamar, y los visitantes salieron del despacho del doctor. Probablemente ha terminado dijo El Veterano después de escuchar, El buen hombre ha firmado, sellado y entregado el testamento, y tiene la conciencia tranquila, tiene derecho. ¡Qué hombre! Annie, amor mío, voy a leer el periódico al despacho, pues no sé prescindir de las noticias del día. Miss Trotwood, y usted, míster David, vengan a ver al doctor, se lo ruego. Vi a míster Dick de pie, en la sombra, cerrando su cortaplumas, cuando seguimos a mistress Strong al despacho, y a mi tía, que se rascaba violentamente la nariz, como para distraer un poco su furor contra nuestra marcial amiga; pero lo que no sabría decir, lo he olvidado sin duda, es quién fue el que entró primero en el despacho, ni cómo mistress Markleham estaba ya instalada en su sillón. Tampoco podría decir cómo fue que mi tía y yo nos encontramos al lado de la puerta: quizá sus ojos fueron más listos que los míos y me retuvo expresamente; no sabría decirlo. Pero lo que sí sé es que vimos al doctor antes de que nos viera; estaba en medio de los libros grandes, que tanto amaba, con la cabeza tranquilamente apoyada en la mano. En el mismo instante vimos entrar a mistress Strong, pálida y temblorosa. Míster Dick la sostenía. Ella puso una mano encima del brazo del doctor, que levantó la cabeza distraídamente. Entonces Annie cayó de rodillas a sus pies, con las manos juntas, suplicante, fijando en él una mirada que no olvidaré nunca. Al ver aquello, mistress Mark1eham dejó caer el periódico, con una expresión de asombro tal, que se hubiera podido coger su rostro para ponerle en la proa, a la cabeza, de un navío llamado La Sorpresa. En cuanto a la dulzura que demostró el doctor en su extrañeza, y a la dignidad de su mujer en su actitud suplicante; en cuanto a la emoción de míster Dick y a la seriedad con que mi tía se repetía a sí misma: « ¡Este hombre, y dicen que está loco! » (pues triunfaba en aquel momento de la posición miserable de que le había sacado), me parece que lo estoy viendo y no que lo recuerdo en el momento en que lo estoy contando. Doctor dijo mister Dick, pero ¿qué es esto? ¡Mire usted a sus pies! ¡Annie! exclamó el doctor. Levántate, querida mía. No dijo ella, y suplico a todos que no salgan de la habitación. Esposo mío, padre mío, rompamos por fin este largo silencio. Sepamos por fin uno y otro lo que nos separa. Mistress Markleham había recobrado el use de la palabra, y, llena de orgullo por su hija y de indignación maternal, exclamó: Annie, levántate al momento y no avergüences a todos tus amigos humillándote así, si no quieres que me vuelva loca. Mamá contestó Annie, haz el favor de no interrumpirme. Me dirijo a mi marido; para mí sólo él está aquí; es todo para mí. ¿Es decir exclamó mistress Markleham, que yo no soy nada? ¡Esta chica ha perdido la cabeza! Haced el favor de traerme un vaso de agua. Estaba demasiado ocupado con el doctor y su mujer para atender a aquel ruego, y como nadie le prestó la menor atención, mistress Mark1eham se vio obligada a continuar suspirando, a abanicarse y a abrir mucho los ojos. Annie dijo el doctor, cogiéndola dulcemente en sus brazos, querida mía; si ha sucedido en nuestra vida un cambio inevitable, tú no tienes la culpa. Yo sólo la tengo. Mi afecto, mi admiración, mi respeto no han cambiado para ti. Deseo hacerte dichosa. Te amo y te estimo. Levántate, Annie, ¡te lo ruego! Pero ella no se levantó. Le miró un momento, y después, apretándose todavía más contra él, puso su brazo en las rodillas de su marido y, apoyando encima la cabeza, dijo: Si tengo aquí un amigo que pueda decir una palabra sobre esto, por mi marido o por mí; si tengo un amigo que pueda decir una sospecha que mi corazón me ha murmurado a veces; si tengo aquí un amigo que respete a mi marido y que me quiera; si este amigo sabe algo que pueda sernos una ayuda, le suplico que hable. Hubo un profundo silencio. Después de unos instantes de penosa indecisión, me decidí por fm. Mistress Strong, yo sé algo que el doctor Strong me había suplicado que callara, y he guardado silencio hasta ahora. Pero creo que ha llegado el momento en que sería una falsa delicadeza el continuar ocultándolo; su súplica me libra de la promesa. Volvió sus ojos hacia mí y vi que hacía bien. No hubiera podido resistir aquella mirada suplicante, aun cuando mi confianza no hubiese sido inquebrantable. Nuestra tranquilidad futura dijo ella está quizá en sus manos. Tengo la certeza de que no se callará nada, y sé de antemano que ni usted ni nadie en el mundo podrá decir nunca lo más mínimo que perjudique al noble corazón de mi marido. Diga lo que diga, que me concierna, hable valientemente. Yo también después hablaré delante de él a mi vez, como tendré que hacerlo ante Dios. Sin pedirle al doctor su autorización, me puse a contar lo que había ocurrido una noche en aquel mismo despacho, permitiéndome únicamente dulcificar un poco las groseras frases de Uriah Heep. Imposible describir los ojos asustados de mistress Markleham durante todo mi relato ni las interjecciones agudas que se le escapaban. Cuando hube terminado, Annie permaneció todavía un momento silenciosa, con la cabeza baja, como ya la he descrito; después cogió la mano del doctor, quien no había cambiado de actitud desde que habíamos entrado en la habitación; la estrechó contra su corazón y la besó. Míster Dick levantó a Annie con dulzura, y ella continuó apoyada en él y con los ojos fijos en su marido. Voy a poner al desnudo ante vosotros dijo con voz modesta, sumisa y tierna todo lo que ha llenado mi corazón desde que me casé. No podría vivir en paz, ahora que lo sé todo, si quedara la menor oscuridad sobre este punto. No, Annie dijo el doctor con dulzura; nunca he dudado de ti, hija mía; no es necesario, querida mía; de verdad no es necesario. Es necesario que abra mi corazón ante ti, que eres la verdad, la generosidad misma; ante ti, que lo he amado y respetado siempre, cada vez más, desde que lo he conocido. Dios lo sabe. En realidad dijo mistress Markleham, si tengo toda mi razón... Pero no tienes ni sombra de ella, ¡vieja local murmuró mi tía con indignación.  ... debe permitírseme decir que es inútil entrar en todos esos detalles. Mi marido es el único que puede ser juez dijo Annie sin cesar un instante de mirar al doctor, y él quiere oírme. Mamá, si digo algo que te moleste, perdónamelo. Yo también he sufrido mucho, y largo tiempo. ¡Palabra de honor! murmuró mistress Markleham. Cuando yo era muy joven dijo Annie, pequeñita, sólo una niña, las primeras nociones sobre todas las cosas me las dio un amigo y maestro muy paciente. El amigo de mi padre, que había muerto, me ha sido siempre querido. No recuerdo haber aprendido nada sin que se mezcle en ello su recuerdo. Él es quien ha puesto en mi alma sus primeros tesoros, los grabó con su sello; enseñada por otros, creo que hubiera recibido una influencia menos saludable. No habla de su madre para nada murmuró mistress Markleham. No, mamá; pero a él le pongo en su lugar. Es necesario, A medida que crecía, él continuaba siendo el mismo para mí. Yo estaba orgullosa del interés que me demostraba, y le tenía un afecto profundo y sincero. Le consideraba como un padre, como un guía, cuyos elogios me eran más preciosos que cualquier otro elogio del mundo, como a alguien a quien me hubiera confiado aunque hubiera dudado del mundo entero. Tú sabes, mamá, lo joven a inexperta que era cuando de pronto me lo presentaste como marido. Eso ya te he dicho más de cincuenta veces a todos los que están aquí dijo mistress Markleham. (Entonces, ¡por amor de Dios!, cállese y no hable más murmuró mi tía.) Era para mí un cambio tan grande y una pérdida tan grande, según me parecía dijo Annie, continuando en el mismo tono, que en el primer momento me sentí inquieta y desgraciada. Era una chiquilla todavía, y creo que me entristeció pensar en el cambio que traería el matrimonio a la naturaleza de los sentimientos que le había profesado hasta entonces. Pero puesto que nada podía ya dejarle a mis ojos tal como le había conocido cuando sólo era su discípula, me sentí orgullosa de qué me creyera digna de él, y nos casamos. En la iglesia de San Alphage Canterbury observó mistress Markleham. (Que el diablo se lleve a esa mujer dijo mi tía. ¿Es que no quiere callarse?) No pensé ni un momento continuó Annie, enrojeciendo en los bienes materiales que mi marido poseía. A mi joven corazón no le preocupaban semejantes cosas. Mamá, perdóname si lo digo que tú fuiste la primera que me hiciste comprender que en el mundo podría haber personas bastante injustas hacia él y hacia mí para permitirse esa cruel sospecha. ¿Yo? exclamó mistress Markleham. (¡Ah! Ya lo creo que ha sido usted observó mi tía; y esta vez, por mucho juego que des al abanico, no te puedes negar, marcial amiga.) Esta fue la primera tristeza en mi nueva vida dijo Annie. Fue la primera de mis penas; pero últimamente han sido tan numerosas, que no podría contarlas; pero no por la razón que tú supones, amigo mío, pues en mi corazón no hay ni un pensamiento, ni un recuerdo, ni una esperanza que no esté unida a ti. Levantó los ojos, juntó las manos, y yo pensé que parecía el espíritu de la belleza y de la verdad. El doctor la contempló fijamente en silencio, y Annie sostuvo su mirada. No le reprocho a mamá que te haya pedido nunca nada para sí misma; sus intenciones han sido siempre irreprochables, ya lo sé; pero no puedo decir lo que he sufrido al ver las llamadas indirectas que te hacía en mi nombre, el tráfico que se hacía de mi nombre respecto a ti, cuando he sido testigo de tu generosidad y de la pena que sentía míster Wickfield, que se interesaba tanto por tus asuntos. ¡Cómo decirte lo que sentí la primera vez que me vi expuesta a la odiosa sospecha de haberte vendido mi amor, a ti, el hombre que más estimaba en el mundo! Y todo esto me ha ahogado bajo el peso de una vergüenza inmerecida, de la que te infligía tu parte. ¡Oh, no! Nadie puede saber lo que he sufrido; mamá, menos que nadie. Piensa en lo que es tener siempre sobre el corazón ese temor, esa angustia, y saber en conciencia que el día de mi matrimonio no había hecho más que coronar el amor y el honor de mi vida. ¡Y esto es lo que se gana exclamó mistress Markleham llorando sacrificándose por los hijos! ¡Querría ser turca! (¡Ah! Y entonces quisiera Dios que te hubieras quedado en tu país natal dijo mi tía.) Entonces fue cuando mamá se preocupó tanto de mi primo Maldon. Yo había tenido dijo en voz baja, pero sin el menor titubeo mucha amistad con él. En nuestra infancia éramos pequeños enamorados. Si las circunstancias no lo hubieran arreglado de otro modo, quizá hubiera terminado por persuadirme de que realmente le quería, y quizá me hubiera casado con él, para desgracia mía. No hay matrimonio peor proporcionado que aquel en que hay tan poca semejanza de ideas y de carácter. Yo reflexioné sobre aquellas palabras mientras continuaba escuchando atentamente, como si les encontrara un interés particular, o alguna aplicación secreta que no pudiera adivinar todavía: «No hay matrimonio peor proporcionado que aquel en que hay tan poca semejanza de ideas y de carácter». No tenemos nada común dijo Annie; hace mucho tiempo que lo he visto. Y aunque no tuviera más razones para amar a mi marido que el reconocimiento, le daría las gracias con toda mi alma por haberme salvado del primer impulso de un corazón indisciplinado que iba a extraviarse. Permanecía inmóvil ante el doctor; su voz vibraba con una emoción que me hizo estremecer, al mismo tiempo que continuaba completamente firme y tranquila, como antes. Cuando él solicitaba cosas de tu generosidad, que tú le concedías tan generosamente a causa mía, yo sufría por el aspecto interesado que daban a mi ternura; encontraba que hubiera sido más honroso para él hacer sólo su camera, y pensaba que si yo hubiera estado en su lugar, nada me hubiera parecido duro con tal de tener éxito. Pero, en fin, le perdonaba todavía antes de la noche en que nos dijo adiós, al partir para la India. Aquella noche tuve la prueba de que era un ingrato y un pérfido; también me di cuenta de que míster Wickfield me observaba con desconfianza, y por primera vez me percaté de la cruel sospecha que había venido a ensombrecer mi vida. ¿Una sospecha, Annie? dijo el doctor. ¡No, no, no! En tu corazón no existía, amigo mío, ya lo sé. Y aquella noche fui a buscarte para verter a tus pies aquella copa de tristeza y de vergüenza, para decirte que habías tenido bajo tu techo un hombre de mi sangre, a quien habías colmado de beneficios por amor mío, y que ese hombre se había atrevido a decirme cosas que nunca debía haber dejado oír, aunque yo hubiera sido, como él creía, un ser débil a interesado; pero mi corazón se negó a manchar tus oídos con tal infamia; mis labios se negaron a contártela, entonces y después. Mistress Markleham se desplomó en su sillón, con un sordo gemido, y se ocultó detrás de su abanico. No he vuelto a cambiar una palabra con él desde aquel día, más que en tu presencia y cuando era necesario para evitar una explicación. Han pasado años desde que él ha sabido por mí cuál era aquí su situación. El cuidado que tú ponías en hacerle ascender, la alegría con que me lo anunciabas cuando lo habías conseguido, toda tu bondad con él, eran para mí mayor causa de dolor, y cada vez se me hacía mi secreto más pesado. Se dejó caer dulcemente a los pies del doctor, aunque él se esforzaba en impedírselo; y con los ojos llenos de lágrimas continuó: No hables; déjame todavía decirte otra cosa. Que haya tenido razón o no, creo que si volviera a empezar volvería a hacerlo. No puedes comprender lo que era quererte y saber que antiguos recuerdos podían hacerte creer lo contrario; saber que me habían podido suponer infiel y estar rodeada de apariencias que confirmaban semejante sospecha. Yo era muy joven y no tenía a nadie que me aconsejara; entre mamá y yo siempre ha habido un abismo respecto a ti. Si me he encerrado en mí misma, si he ocultado el insulto que me habían hecho, es porque lo respetaba con toda mi alma, porque deseaba ardientemente que tú también pudieses respetarme. ¡Annie, corazón mío! dijo el doctor. ¡Hija mía querida! ¡Una palabra, todavía una palabra! Yo me decía a menudo que tú hubieras podido casarte con una mujer que no lo hubiera causado tantos disgustos y preocupaciones, una mujer que hubiera sabido estar más en su sitio, en tu hogar; pensaba que hubiese hecho mucho mejor continuando siendo tu discípula, casi tu hija; pensaba que no estaba a la altura de tu bondad ni de tu ciencia. Todo esto me hacía guardar silencio; pero era porque te respetaba, porque esperaba que un día también tú podrías respetarme. Ese día llegó hace mucho tiempo, Annie, y no terminará nunca. Todavía una palabra. Había resuelto llevar yo sola mi carga, no revelar nunca a nadie la indignidad de aquel para quien tan bueno eras. Sólo una palabra más, ¡oh, el mejor de los amigos! Hoy he sabido la causa del cambio que había observado en ti y por el que tanto he sufrido; tan pronto lo atribuía a mis antiguos temores como estaba a punto de comprender la verdad; en fin, una casualidad me ha revelado esta noche toda la grandeza de tu confianza en mí, aun cuando estabas tan equivocado. No creo que todo mi amor ni todo mi respeto puedan jamás hacerme digna de esa confianza inestimable; pero al menos puedo levantar los ojos sobre el noble rostro del que he venerado como un padre, amado como un marido, respetado desde mi infancia como un amigo, y declarar solemnemente que nunca, ni en los pensamientos más ligeros, te he faltado; que nunca he variado en el amor y la fidelidad que te debo. Había echado los brazos alrededor del cuello del doctor; la cabeza del anciano reposaba en la de su mujer; sus cabellos grises se mezclaban con las trenzas oscuras de Annie. Estréchame bien contra tu corazón, esposo mío; no me alejes nunca de ti; no pienses, no digas que hay demasiada distancia entre nosotros; lo único que nos separa son mis imperfecciones; cada día estoy más convencida y cada día también te quiero más. ¡Oh, recógeme en tu corazón, esposo mío, pues mi amor está tallado en la roca y durará eternamente! Hubo un largo silencio. Mi tía se levantó con gravedad, se acercó lentamente a míster Dick y le besó en las dos mejillas. Esto fue muy oportuno para él, pues iba a comprometerse; estaba viendo el momento en que, en el exceso de su alegría ante aquella escena, iba a saltar a la pata coja o a pie juntillas. Eres un hombre muy notable, Dick le dijo mi tía, en tono muy decidido de aprobación, y no finjas nunca lo contrario, pues te conozco bien. Después mi tía le agarró de una manga, me hizo una seña y nos deslizamos suavemente fuera de la habitación. He aquí lo que tranquilizará a nuestra marcial amiga dijo mi tía, y esto me va a proporcionar una buena noche, aunque no tuviera además otros motivos de satisfacción. Estaba completamente trastornada, mucho me temo dijo míster Dick en tono de gran conmiseración. ¡Cómo! ¿Has visto alguna vez a un cocodrilo trastornado`? exclamó mi tía. No creo haber visto nunca un cocodrilo contestó con dulzura míster Dick. No hubiera sucedido nada sin ese viejo animal dijo mi tía en tono conmovido ¡Si las madres pudieran al menos dejar en paz a sus hijas cuando ya están casadas, en lugar de hacer tanto ruido con su pretendida ternura! Parece que el único auxilio que pueden prestar a las desgraciadas muchachas que han traído al mundo (y Dios sabe si las desgraciadas han demostrado nunca ganas de venir) es el hacerlas volver a marcharse cuanto antes a fuerza de atormentarlas; pero ¿en qué piensas, Trot? Pensaba en todo lo que acababa de oír. Algunas de las frases que había empleado mistress Strong me volvían sin cesar a la imaginación. «No hay matrimonio más desacertado que aquel en que hay tan pocas semejanzas de ideas y de carácter...» . « El primer movimiento de un corazón indisciplinado ...» «Mi amor está tallado en la roca ...» Pero llegaba a casa, y las hojas secas sonaban bajo mis pies, y el viento de otoño silbaba. CAPÍTULO VI INTELIGENCIA Si creo a mi memoria, bastante insegura en cuestión de fechas, hacía un año que me había casado, cuando una tarde, que volvía solo a casa, pensando en el libro que escribía (pues mi éxito había seguido el progreso de mi aplicación, y ya estaba embarcado en mi primer trabajo de ficción), detuve el paso al pasar por delante de la casa de mistress Steerforth. Esto me había ya ocurrido muchas veces desde que vivía en la vecindad, aunque cuando podía elegía siempre otro camino. Aquello me obligaba a dar un gran rodeo, y terminé por pasar por allí muy a menudo. Nunca había hecho más que mirar rápidamente a la casa. Ninguna de las habitaciones principales daba a la calle, y las ventanas estrechas, anticuadas, no resultaban muy alegres de mirar, tan cerradas. Había un caminito cubierto que cruzaba un patio embaldosado que llegaba a la puerta de entrada y a una ventana en arco de la escalera, muy en armonía con lo demás, que, aunque era la única que no estaba cerrada con persianas, no dejaba de resultar tan triste y abandonada como las otras. No recuerdo haber visto nunca una luz en la casa. Si hubiera pasado por allí como cualquier otro indiferente, hubiera creído que el dueño había muerto sin dejar hijos; y si hubiera tenido la felicidad de que me interesase aquel lugar y lo hubiera visto siempre en su inmovilidad, mi imaginación es probable que hubiera forjado sobre ella las más ingeniosas suposiciones. A pesar de todo, trataba de pensar en ello lo menos posible; pero mi espíritu no podía pasar por allí, como mi cuerpo, sin detenerse, y no podía substraerme a los pensamientos que me asaltaban. Aquella tarde en particular, mientras proseguía mi camino, evocaba sin querer las sombras de mis recuerdos de infancia, sueños más recientes, esperanzas vagas, penas demasiado reales y demasiado profundas; había en mi alma una mezcla de realidad y de imaginación que se confundía con el plan del asunto en que acababa de estar pensando, dando a mis ideas un aspecto singularmente novelesco. Meditaba tristemente mientras andaba, cuando una voz cercana me hizo estremecer de pronto. Era voz de mujer, y reconocí la de la doncella de mistress Steerforth, aquella que llevaba una cofia con cintas azules. Las cintas habían desaparecido, probablemente para estar más en armonía con el aspecto lamentable de la casa, y no tenía más que un lazo o dos, de un marrón modesto. ¿Quiere usted tener la bondad, caballero, de venir a hablar con miss Dartle? ¿Miss Dartle me llama? Esta tarde no, caballero; pero es lo mismo. Miss Dartle le ha visto a usted pasar hace uno o dos días, y me ha dicho que me sentara en la escalera a trabajar y le rogara que entrase a hablarle la primera vez que le viera. La seguí, y en el camino le pregunté cómo se encontraba mistress Steerforth. Me contestó que estaba siempre indispuesta y que salía muy poco de su habitación. Cuando llegamos a la casa me condujeron al jardín, donde encontré a miss Dartle. Me adelanté solo hacia ella. Estaba sentada en un banco, al final de una especie de terraza, desde donde se veía Londres. La tarde era oscura, y sólo una claridad rojiza iluminaba el horizonte; y la gran ciudad, que se percibía a lo lejos gracias a aquella claridad siniestra, me pareció muy apropiada con el recuerdo de aquella mujer ardiente y altanera. Me vio acercarme y se levantó para recibirme. La encontré todavía más pálida y más delgada que en nuestra última entrevista; sus ojos brillaban más y su cicatriz era más visible. Nuestro encuentro no fue cordial. La última vez que nos habíamos visto nos habíamos separado después de una escena bastante violenta, y había en toda su persona un aire de desdén que no se tomaba el trabajo de disimular. Me dicen que desea usted hablarme, miss Dartle le dije, deteniéndome a su lado, con la mano apoyada en el respaldo del banco. Sí dijo ella; haga usted el favor de decirme si han encontrado a esa muchacha. No. Sin embargo, ¡se ha escapado! Veía sus labios delgados contraerse al hablarme, como si la ahogaran los deseos de llenar a Emily de reproches. ¿Escapado? repetí yo. Sí, le ha dejado dijo riendo; si no la han encontrado ahora, quizá no la encuentren nunca. Quizá haya muerto. Jamás he visto en ningún rostro semejante expresión de crueldad triunfante. La muerte es quizá la mayor felicidad que le pueda desear una mujer le dije; me alegra ver que el tiempo la ha hecho tan indulgente, miss Dartle. No se dignó a contestarme, y se volvió hacia mí, con una sonrisa de desprecio. Los amigos de esa excelente y virtuosa persona son amigos de usted. Usted es su campeón y defiende sus derechos. ¿Quiere usted que le diga todo lo que se sabe de ella? Sí respondí. Se levantó con una sonrisa de maldad y gritó: ¡Venga usted aquí! como si llamara a algún animal inmundo. Espero que no se permitirá usted ningún acto de venganza en este lugar, míster Copperfield dijo mientras continuaba mirándome con la misma expresión. Yo me incliné sin comprender lo que quería decir, y ella repitió por segunda vez: «Venga usted aquí». Entonces vi aparecer al respetable Littimer, que, siempre tan respetuoso, me hizo un profundo saludo y se colocó detrás de ella. Miss Dartle se tendió en el banco y me miró con una expresión triunfante y de malicia, en la que había, sin embargo, algo extraño, algo de gracia femenina, un atractivo singular: tenía el aspecto de esas crueles princesas que sólo se encuentran en los cuentos de hadas. Y ahora le dijo en tono imperioso, sin mirarle siquiera y pasándose la mano por la cicatriz, en aquel instante quizá con más placer que pena diga usted a míster Copperfield todo lo que sabe de la huida. Míster James y yo, señora... No se dirija usted a mí dijo, frunciendo las cejas. Míster James y yo, caballero... Ni a mí; se lo ruego le dije. Littimer, sin parecer desconcertarse lo más mínimo, se inclinó ligeramente para demostrar que todo lo que nos agradara le era igualmente agradable, y prosiguió: Míster James y yo hemos viajado con esa joven desde el día en que ella abandonó Yarmouth bajo la protección de míster James. Hemos estado en una multitud de lugares y hemos visto muchos países; hemos visitado Suiza, Francia, Italia; en fin, estuvimos en todas partes. Fijó los ojos en el respaldo del banco, como si fuera a él a quien se dirigía, y paseó por él suavemente sus dedos, como si tocara un piano mudo. Míster James quería mucho a aquella jovencita, y durante mucho tiempo ha llevado la vida más regular que yo le he visto hacer desde que estoy a su servicio. La joven hizo muchos progresos; hablaba ya los idiomas de los países por donde nos establecíamos; ya no era la campesinita de antes; he observado que la admiraban mucho por todas partes. Miss Dartle se llevó la mano al costado. La vi lanzarle una mirada y sonreír a medias. De verdad, la admiraban mucho. Quizá su modo de vestir, quizá el efecto del sol y del aire libre en su cutis, quizá las atenciones de que era objeto; que fuera esto o aquello, la cuestión es que poseía un encanto que atraía la atención general. Se detuvo un momento; los ojos de miss Dartle vagaban sin reposo de un punto a otro del horizonte, y se mordía convulsivamente los labios. Littimer unió las manos, se puso en equilibrio en una sola pierna y con los ojos bajos adelantó su respetable cabeza; después continuó: La muchacha vivió así durante cierto tiempo, con un poco de depresión de vez en cuando, hasta que al fin empezó a cansar a míster James con sus gemidos y sus escenas repetidas. Ya no iba todo tan bien: míster James empezó a desarreglarse como antes. Cuanto más se alejaba él, más se entristecía ella, y puedo asegurar que no me sentía a gusto entre los dos. Sin embargo, se reconciliaron muchas veces, y verdaderamente esto ha durado más tiempo de lo que podía esperarse. Miss Dartle fijó en mí sus miradas con la misma expresión victoriosa. Littimer tosió una o dos veces para aclararse la voz, cambió de pierna y prosiguió: Por fin, después de muchos reproches y lágrimas de la muchacha, míster James partió una mañana (estábamos en una casa de huéspedes, en las cercanías de Nápoles, porque a ella le gustaba mucho el mar), y bajo pretexto de que tenía que marcharse para bastante tiempo, me encargó que le anunciara que, en el interés de todo el mundo, se... aquí Littimer tosió de nuevo se marchaba. Pero míster James, debo decirlo, se comportó del modo más caballeroso, pues propuso a la muchacha que se casara con un hombre muy respetable, que estaba dispuesto a pasar la esponja por el pasado, y que valía tanto como cualquier otro al que hubiera pretendido por buen camino, pues ella era de una familia muy vulgar. Cambió de nuevo de pierna y se pasó la lengua por los labios. Yo estaba convencido de que era a él a quien el canalla se refería, y veía que miss Dartle participaba de mi opinión. Fui igualmente encargado de aquella comunicación; yo no pedía más que hacer todo lo posible para sacar a míster James de su apuro y reconciliarle con su buena madre, a quien tanto ha hecho sufrir, he aquí por qué me encargué de aquello. La violencia de la muchacha cuando supo su partida sobrepasó todo lo que podía esperarse. Estaba como loca, y si no se hubiera empleado la fuerza, se habría apuñalado o tirado al mar, o se habría destrozado la cabeza contra las paredes. Miss Dartle se movía en el banco, con expresión de alegría, como si quisiera saborear mejor las palabras de que se servía el miserable. Pero sobre todo cuando llegué al segundo punto dijo Littimer con cierta turbación es cuando la muchacha se mostró tal como era. Se podría creer que por lo menos hubiera comprendido toda la generosa bondad de la intención; pero nunca he visto furor semejante. Su conducta excede todo lo que se pudiera expresar. Un palo, una piedra, hubieran demostrado más agradecimiento, más corazón, más paciencia, más razón. Si no hubiera estado preparado, estoy seguro de que hubiera atentado contra mi vida. ¡La estimo todavía más! dije con indignación. Littimer inclinó la cabeza, como para decir: «¿Verdaderamente? ¡Pero es usted tan joven! ». Después continuó su relato: En una palabra: me vi obligado durante cierto tiempo a no dejarle a su alcance ninguno de los objetos con que hubiera podido hacerse daño o hacer daño a los demás y a tenerla encerrada. Pero, a pesar de todo, una noche rompió los cristales de una ventana que yo mismo había cerrado con clavos, se dejó caer por una parra, y no he vuelto a oír hablar de ella. ¡Puede haber muerto! dijo miss Dartle con una sonrisa, como si hubiera querido empujar con el pie el cadáver de la desgraciada muchacha. Quizá se haya ahogado, señorita repuso Littimer, demasiado dichoso de poder dirigirse a alguien. Es muy posible. O bien la habrán ayudado los pescadores, o sus mujeres. Le gustaban mucho las malas compañías, miss Dartle, e iba a sentarse al lado de los barcos, en la playa, para charlar con los pescadores. La he visto hacerlo durante días enteros, cuando míster James estaba ausente. Y un día míster James se enfadó mucho cuando supo que había dicho a los niños que ella también era hija de un pescador y que de pequeña, en su país, corría, como ellos, descalza por la playa. ¡Oh., Emily! ¡Pobre muchacha! ¡Qué cuadro se presentó a mi imaginación! La veía sentada en la orilla lejana, en medio de los niños, que le recordaban los días de su inocencia; escuchando aquellas vocecitas que le hablaban de amor maternal, de las puras y dulces alegrías que habría conocido si hubiera sido la mujer de un honrado marinero, o bien prestando oído a la voz solemne del océano, que le murmuraría eternamente: «Nunca más». Cuando ya era evidente que no podía hacer nada, miss Dartle... Le he dicho que no me hable respondió miss Dartle con una dureza despreciativa. Es porque usted me había hablado, señorita respondió. Le pido perdón. Sé muy bien que mi deber es obedecer. En ese caso, cumpla con su deber; termine la historia y márchese. Cuando fue evidente continuó, en el tono más respetable y haciendo un profundo saludo que no se la encontraba en ninguna parte, fui a unirme a míster James al sitio en que habíamos convenido que le escribiría y le informé de lo que había sucedido. Nos peleamos, y me pareció mi deber dejarle. Podía soportar, y había soportado, muchas cosas; pero míster James había llevado sus insultos hasta pegarme: era demasiado. Sabiendo el desgraciado resentimiento que existía entre él y su madre, y la angustia en que esta última debía de estar, me tomé la libertad de volver a Inglaterra para contarle... No le escuche usted; le he pagado para esto me dijo miss Dartle. Precisamente, señorita... para contarle lo que sabía. No creo dijo Littimer después de un momento de reflexióntener nada más que decir Por el momento estoy sin empleo, y me gustaría encontrar en alguna parte una situación respetable. Miss Dartle me miró como preguntándome si no tenía ninguna pregunta que hacer... Se me había ocurrido una, y dije: Querría preguntar a... este individuo (me fue imposible pronunciar una palabra más cortés) si no se ha interceptado una carta escrita a esa desgraciada muchacha por su familia, o si supone que la ha recibido. Permaneció tranquilo y silencioso, con los ojos fijos en el suelo y la punta de los dedos de su mano izquierda delicadamente arqueados sobre la punta de los dedos de su mano derecha. Miss Dartle volvió hacia él la cabeza, con aire desdeñoso. Dispénseme usted, señorita; pero, a pesar de toda mi obediencia por usted, conozco mi posición, aunque no sea más que un criado. Míster Copperfield y usted, señorita, no son lo mismo. Si míster Copperfield desea saber algo de mí, me tomo la libertad de recordarle que si quiere una respuesta puede dirigirme a mí sus preguntas. Tengo que mantener mi dignidad. Hice un violento esfuerzo sobre mi desprecio, y, volviéndome hacia él, le dije: ¿Ha oído usted mi pregunta? Si quiere, es a usted a quien la dirijo. ¿Qué me contesta? Caballero repuso, uniendo y separando alternativamente la punta de sus dedos, no puedo contestar a la ligera. Traicionar la confianza de míster James para con su madre o para con usted es muy distinto. No era probable que míster James quisiera facilitar una correspondencia que propiciara redoblar la depresión y los reproches de la señorita; pero, caballero, deseo no ir más lejos. ¿Es eso todo? me preguntó miss Dartle. Contesté que no tenía nada más que añadir. Únicamente dije, viéndole alejarse comprendo el papel que ha representado este miserable en todo este culpable asunto, y voy a contárselo al hombre que ha servido a Emily de padres desde la infancia. Por lo tanto, sí tengo un consejo que dar a ese tipo: es que no aparezca mucho en público. Al oírme hablar, se había detenido con su calma habitual. Gracias, señor; pero permítame que le diga que en este país no hay esclavos ni amos, y que nadie tiene derecho a tomarse la justicia por su mano; y si acaso se llega a hacer, no creo que se lleve la mejor parte. Es para decirle, caballero, que iré donde me parezca. Me saludó cortésmente, hizo otro tanto con miss Dartle y salió por el mismo sendero que había venido. Miss Dartle y yo nos miramos un momento sin decir palabra; parecía continuar en la misma disposición de espíritu que cuando había hecho aparecer a aquel hombre ante mí. Además dice observó, apretando lentamente los labios que su señor viaja por las costas de España y que probablemente continuará mucho tiempo sus excursiones marítimas. Pero eso no le interesa a usted. Hay entre estas dos naturalezas orgullosas, entre esta madre y este hijo, un abismo más profundo que nunca y que no podrá llenarse, pues son de la misma raza; el tiempo los vuelve más obstinados a imperiosos. Pero eso tampoco le interesa. He aquí lo que quería decir. Ese demonio al que usted hace un ángel; esa criatura vil que él ha sacado del lodo (y volvió hacia mí sus ojos negros, llenos de pasión), quizá viva todavía. A esas criaturas les dura la vida. Si no ha muerto, usted seguramente tendrá interés en encontrar a esa perla preciosa para encerrarla en un estuche. También nosotros lo deseamos, para que él no pueda volver a ser su presa. Así es que tenemos el mismo interés. Por eso, como quisiera encontrarla para hacerle todo el daño a que puede ser sensible una criatura tan despreciable, le he hecho que viniera a escuchar lo que ha oído. Vi, por el cambio de su fisonomía, que alguien se acercaba por detrás de mí. Era mistress Steerforth, que me tendió la mano, más fríamente que de costumbre, y con una expresión todavía más solemne que antes. Sin embargo, me di cuenta, no sin emoción, de que no podía olvidar mi antiguo cariño por su hijo. Había cambiado mucho; su arrogante estatura se había encorvado; profundas arrugas se marcaban en su bello rostro, y sus cabellos estaban casi blancos; sin embargo, todavía estaba bella, y reconocí en ella los ojos brillantes y el aire imponente que producían mi admiración en mis sueños infantiles del colegio. ¿Míster Copperfield lo sabe todo, Rose? Sí. ¿Ha visto a Littimer? Sí, y ya le he dicho por qué había usted expresado ese deseo. Eres una buena chica. Desde que no le he visto he tenido alguna relación con su antiguo amigo, caballero dijo dirigiéndose a mí; pero no ha aceptado todavía sus deberes para conmigo. En esto no tengo otro objetivo que el que Rose le ha dado a conocer, y si al mismo tiempo se pueden consolar las penas del buen hombre que usted me trajo aquí, pues no le quiero mal, lo que ya es bastante de mi parte, y salvar a mi hijo del peligro de volver a caer en los lazos de esa intrigante. Se irguió y se sentó, mirando ante ella, a lo lejos, muy a lo lejos. Señora le dije en tono respetuoso, la comprendo. Y le aseguro que no deseo atribuirle otros motivos; pero debo decirle, yo que he conocido desde la infancia a esa desgraciada familia, que se equivoca usted si se figura que esa pobre muchacha, indignamente tratada, no ha sido engañada cruelmente y que no preferiría hoy morir que aceptar ni un vaso de agua de la mano de su hijo. ¡Se equivoca usted por completo! ¡Chis, Rose, chis! dijo mistress Steerforth al ver que su compañera iba a replicar. Es inútil; no hablemos más. ¡He oído decir que se había casado usted! Respondí que, en efecto, me había casado hacía un año. ¡Y que tiene usted éxito! Vivo tan lejos del mundo, que no me entero de nada; pero he oído decir que empieza usted a ser célebre. He tenido mucha suerte, y mi nombre empieza a conocerse. ¿Y no tiene usted madre? dijo con voz más dulce. No. ¡Es una lástima! Hubiera estado orgullosa de usted. Adiós. Cogí la mano que me tendía con una dignidad mezclada de dureza; estaba tan tranquila de rostro como si su alma estuviera en reposo. Su orgullo era lo bastante fuerte para imponer silencio hasta a los latidos de su corazón y para extender sobre su rostro el velo de insensibilidad mentirosa a través del cual miraba, desde la silla en que estaba sentado ante ella, a lo lejos, muy a lo lejos. Al alejarme de ellas, a lo largo de la terraza, no pude por menos que volverme para ver a aquellas dos mujeres, cuyos ojos estaban fijos en el horizonte, cada vez más sombrío a su alrededor. Aquí y allí se veían brillar algunas luces, en la ciudad lejana; una claridad rojiza iluminaba todavía el oriente con sus reflejos; pero del valle subía una niebla que se extendía como el mar en las tinieblas, para envolver en sus pliegues aquellas dos estatuas vivas que acababa de dejar. No lo puedo pensar sin terror, pues cuando volví a verlas un mar furioso se había verdaderamente abierto bajo sus pies. Reflexionando sobre lo que acababa de oír, pensé que se lo debía contar a míster Peggotty. Al día siguiente fui a Londres para verle. Erraba sin cesar de una ciudad a otra, preocupado únicamente por la misma idea; pero en Londres es donde más estaba. ¡Cuántas veces le he visto, en medio de las sombras de la noche, atravesar las calles para descubrir, entre las raras sombras que parecían buscar fortuna a aquellas horas descompasadas, lo que tanto temía encontrar! Había alquilado una habitación encima de la tiendecita de velas, en Hungerford Market, de que ya he hablado. De allí fue de donde salió la primera vez, cuando emprendió su peregrinación piadosa. Fui a buscarle. Me dijeron que no había salido todavía, y le encontré en su habitación. Estaba sentado al lado de una ventana, donde cultivaba algunas ílores. La habitación estaba limpia y bien arreglada. En una ojeada vi que todo estaba preparado para recibirla, y que nunca salía sin pensar que quizá la traería aquella noche. No me había oído llamar a la puerta, y no levantó los ojos hasta que puse la mano en su hombro. ¡Señorito Davy! ¡Gracias, muchas gracias por su visita! Siéntese y sea bienvenido. Míster Peggotty le dije, cogiendo la silla que me ofrecía, yo no querría darle demasiadas esperanzas; pero me he enterado de algo. ¿Sobre Emily? Se tapó la boca con la mano, con una agitación febril, y, fijando los ojos en mí, palideció mortalmente. Esto no me puede dar ningún indicio sobre el lugar en que se encuentra; pero el caso es que ya no está con él. Se sentó sin dejar de mirarme, y escuchó en el más profundo silencio todo lo que tenía que contarle. No olvidaré nunca la dignidad de aquel rostro grave y paciente; me escuchaba con los ojos bajos y la cabeza entre las manos; permaneció todo el tiempo inmóvil, sin interrumpirme ni una sola vez. Parecía que no hubiera en todo ello más que una figura, que él perseguía a través de mi relato, y dejaba pasar todas las demás como sombras vulgares, de las que no se preocupaba. Cuando hube terminado se tapó un momento la cara con las manos, en el mismo silencio. Yo me volví hacia la ventana, como para mirar las flores. ¿Qué piensa usted, señorito Davy? me preguntó por fin. Creo que vive respondí. No sé; quizá el primer choque ha sido demasiado fuerte, y en la angustia de su alma... ese mar azul de que tanto hablaba; ¡quizá pensaba en él desde hacía tanto tiempo porque tenía que ser su tumba! Hablaba en voz baja y conmovida, mientras paseaba por la habitación. Y, sin embargo, señorito Davy añadió, yo estaba seguro de que vivía; día y noche, al pensarlo, estaba seguro de que la encontraría; esto me ha dado tanta fuerza, tanta confianza, que no creo haberme equivocado. No, no; Emily vive. Puso con firmeza la mano encima de la mesa, y su rostro tostado tomó una expresión de resolución indecible. Mi Emily vive, señorito dijo en tono enérgico. Yo no sé de dónde proviene, ni en qué consiste; pero hay algo que me dice que vive. Parecía casi inspirado al decir esto. Esperé un momento a que estuviera preparado para escucharme; después traté de sugerirle una idea que se me había ocurrido la víspera por la noche. Amigo mío le dije. Gracias, señorito, gracias y estrechó mis manos entre las suyas. Si viniera a Londres, lo que es probable, pues en ninguna parte puede estar segura de ocultarse con la facilidad que aquí, en esta gran ciudad... ¿Y qué podrá hacer sino ocultarse a los ojos de todos, de no volver con usted?... A casa no volvería dijo, sacudiendo tristemente la cabeza. Si se hubiera marchado contenta, puede que hubiese vuelto; pero así, no. Si viniera a Londres, yo creo que hay una persona que tendría más facilidad de encontrarla que cualquier otra. ¿Se acuerda usted?... Escúcheme con firmeza, piense en su gran fin. ¿Se acuerda usted de Martha? ¿Nuestra paisana? No necesitaba respuesta; no había más que mirarle. ¿Sabe usted que está en Londres? La he visto por las calles me contestó estremeciéndose. Pero lo que usted no sabe es que Emily estuvo llena de bondad con ella, ayudada por Ham, mucho tiempo antes de que abandonara su casa. Usted tampoco sabe que la noche en que yo le encontré, y en que estuvimos charlando en aquella habitación, allá abajo, Martha estaba escuchando en la puerta. Señorito Davy respondió con sorpresa, ¿la noche que nevaba tanto? Sí. Luego no he vuelto a verla. Después de dejarle a usted traté de buscarla; pero se había marchado. No quería hablarle a usted de ella; hoy mismo, si lo hago, es con repugnancia; pero es que creo que es a ella a quien se debe dirigir usted. ¿Me comprende? Comprendo demasiado respondió. Nos hablábamos en voz baja. ¿Usted dice que la ha visto? ¿Cree usted que podría volver a encontrarla? Pues yo sólo podría encontrarla por casualidad. Creo, señorito Davy, que sé dónde se la puede buscar. Es de noche. Puesto que estamos juntos, ¿quiere usted que tratemos de encontrarla? Consintió en ello y se preparó a acompañarme. Haciendo como que no me fijaba en lo que hacía, vi el cuidado con que arreglaba la pequeña habitación. Preparó una vela y puso cerillas encima de la mesa. Preparó la cama, sacó de un cajón un traje que yo recordaba haberle visto puesto a Emily, lo dobló cuidadosamente, con alguna otra ropa de mujer, unió a ello un sombrero y lo puso todo encima de una silla. Pero no hizo la menor alusión a aquellos preparativos, y yo también guardé silencio. Sin duda hacía mucho tiempo que aquel traje esperaba cada noche a Emily. Antes, señorito Davy me dijo mientras bajaba la escalera, yo miraba a esa muchacha, a esa Martha, como el fango de los zapatos de mi Emily. ¡Que Dios me perdone; pero hoy ya no es lo mismo! Mientras andábamos le hablé de Ham; era un modo de obligarle a charlar, y al mismo tiempo deseaba saber algo de aquel pobre muchacho. Me repitió, casi en los mismos términos que la vez anterior, que Ham era siempre el mismo, que abusaba de su vida sin cuidarse de ella; pero que no se quejaba nunca, y que se hacía querer por todo el mundo. Le pregunté si sabía las disposiciones de Ham respecto al autor de tanto infortunio. ¿No habría algo que temer por aquel lado? ¿Qué ocurriría, por ejemplo, si Ham se encontrara por casualidad con Steerforth? No lo sé, señorito. He pensado en ello a menudo; pero no sé qué decir. Yo le recordé la mañana en que habíamos paseado los tres por la playa, al día siguiente de la partida de Emily. ¿Se acuerda usted le dije de la manera como miraba el mar y como murmuraba entre dientes: «Ya veremos cómo termina todo esto»? Sí, lo recuerdo. ¿Qué cree usted que quería decir? Señorito Davy me contestó, me lo he preguntado muchas veces y nunca he encontrado respuesta satisfactoria. Lo más curioso es que, a pesar de toda su dulzura, creo que nunca me atreveré a preguntárselo; nunca me ha dicho la menor palabra fuera del respeto más profundo, y no me parece probable que quiera empezar ahora; pero no es un agua tranquila donde duermen semejantes pensamientos: es un agua muy profunda, y no puedo ver lo que hay en el fondo. Tiene usted razón, y eso es lo que me inquieta a veces. A mí también, señorito Davy replicó, y me preocupa todavía más que sus aficiones aventureras. Sin embargo, todo proviene del mismo manantial. No puedo decir a qué extremo llegaría en semejante caso; pero quiero creer que esos dos hombres no volverán a encontrarse nunca. Atravesábamos Temple Bar, en la City. Ya no hablábamos; andaba a mi lado absorto en un solo pensamiento, en una preocupación constante, que le hubiera hecho encontrar la soledad en medio de la multitud más ruidosa. Estábamos cerca del puente de Blackfriars cuando volvió la cabeza para enseñarme con la mirada a una mujer que iba sola por la otra acera. Enseguida reconocí a la que buscábamos. Atravesamos la calle, a íbamos a abordarla, cuando se me ocurrió que quizá estaría más dispuesta a dejarnos ver su simpatía por la pobre muchacha si le hablábamos en un sitio más tranquilo y alejado de la multitud. Por lo tanto, aconsejé a mi compañero que la siguiéramos sin hablarle; además, sin darme yo mismo cuenta, deseaba saber adónde iba. Consintió, y la seguimos de lejos, sin perderla de vista un momento, pero también sin acercarnos demasiado; ella a cada momento miraba a un lado y a otro. Una vez se detuvo para escuchar una banda de música. Nosotros también nos detuvimos. Continuaba andando, y nosotros siguiéndola. Era evidente que se dirigía a un lugar determinado; aquella circunstancia, unida al cuidado que ponía en seguir las calles más populosas, y quizá una especie de fascinación extraña que me producía aquella misteriosa persecución, me confirmaron cada vez más en mi resolución de no abordarla. Por fin entró en una calle sombría y triste; allí no había gente ni ruido. Dije a míster Peggotty: Ahora podemos hablarle. Y apretando el paso la seguimos más de cerca. CAPÍTULO VII MARTHA Habíamos entrado en el barrio de Westminster. Como habíamos encontrado a Martha llevando dirección opuesta a la nuestra, habíamos tenido que volver atrás para seguirla, y fue ya cerca de la abadía de Westminster cuando abandonó las calles ruidosas y frecuentadas. Andaba tan deprisa que, una vez fuera de la gente que atravesaba el puente en todas las direcciones, no conseguimos alcanzarla hasta una estrecha callejuela, a lo largo de la orilla por Millbanck. En aquel momento atravesaba la calzada como para evitar a los que la seguían y, sin perder siquiera tiempo en mirar tras de sí, aceleró el paso. El río me apareció a través de un sombrío pasaje, donde estaban algunos carros, y al ver aquello cambié de idea. Toqué el brazo de mi compañero, y en lugar de atravesar la calle, como había hecho Martha, continuamos por la misma acera, ocultándonos lo más posible, a la sombra de las casas, pero siempre siguiéndola muy de cerca. Existía entonces, y existe todavía hoy, al final de aquella calle, un pequeño cobertizo en ruinas. Está colocado precisamente donde termina la calle y donde la carretera empieza a extenderse, entre el río y un alineamiento de casas. En cuanto llegó allí y vio el río se detuvo como si hubiera llegado al punto de su destino; después se puso a bajar lentamente a lo largo del río, sin dejar de mirar un solo instante. En el primer momento había creído que se dirigía a alguna casa, y hasta había esperado vagamente que encontráramos algo que nos pudiera ayudar sobre las huellas de la que buscábamos. Pero al ver el agua verdosa a través de la callejuela tuve el secreto presentimiento de que no iría más lejos. Todo lo que nos rodeaba era triste, solitario y sombrío aquella noche. No había aceras ni casas en el camino monótono que rodeaba la vasta extensión de la prisión. Un estancamiento de agua depositaba su fango a los pies de aquel inmenso edificio. Hierbas medio podridas cubrían aquel terreno. Por un lado, las casas en ruinas, mal empezadas y que nunca se habían terminado; por otro, un amontonamiento de cosas de hierro informes: ruedas, tubos, hornos, áncoras y no sé cuántas cosas más, como avergonzadas de sí mismas, que parecían vanamente tratar de ocultarse bajo el polvo y el fango de que estaban cubiertas. En la orilla opuesta, el resplandor deslumbrante y el ruido de las fábricas parecían complacerse en turbar el reposo de la noche; pero el espeso humo que vomitaban sus gruesas chimeneas no se conmovía y continuaba elevándose en una columna incesante. Se decía que allí, en los tiempos de mucha peste, habían cavado una fosa para arrojar los muertos; y aquella creencia había extendido por las cercanías una influencia fatal; parecía que la peste hubiera terminado por descomponerse en aquella forma nueva y que se hubiera combinado con la espuma del río, manchado por su contacto, formando aquel barrizal inmundo. Allí era donde, sin duda creyéndose formada del mismo barro, y creyéndose el desecho de la naturaleza, reclamada por aquella cloaca, la muchacha que habíamos seguido en su carrera permanecía sola y triste mirando al agua. Había algunas barcas aquí y allá, en el fango de la orilla, y escondiéndonos tras de ellas pudimos deslizamos a su lado sin ser vistos. Hice señas a míster Peggotty de que permaneciera donde estaba, y me dirigí yo solo a ella. Me acercaba temblando, pues al verla terminar. tan bruscamente su rápida carrera, y al observarla allí, de pie, bajo la sombra del puente cavernoso, siempre absorta en el espectáculo de aquella agua ruidosa, no podía reprimir un secreto temor. Yo creo que se hablaba a sí misma. La vi quitarse el chal y envolverse en él las manos con la agitación nerviosa de una sonámbula. Jamás olvidaré que en toda su persona había una agitación salvaje que me tuvo en angustia mortal, con el temor de verla hundirse ante mis ojos, hasta el momento en que sentí que tenía su brazo apresado en mi mano. En el mismo instante exclamé: « ¡Martha!» . Ella lanzó un grito de terror y trató de escapar; solo no hubiera tenido la fuerza para retenerla; pero un brazo más vigoroso que el mío la cogió. Y cuando ella, levantando los ojos, vio quién era, ya no hizo el menor esfuerzo para desasirse antes de caer a nuestros pies. La transportamos fuera del agua, en un sitio donde había algunas piedras grandes, y la hicimos sentarse; no cesaba de llorar y de gemir, con la cabeza oculta entre las manos. ¡El río! ¡El río! exclamaba apasionadamente. Chis, chis le dije; tranquilícese. Pero ella repetía siempre las mismas palabras, clamando: « ¡El río! ». Es como yo, lo sé decía, y le pertenezco. Es la única compañía que merezco ya. Como yo, desciende de un lugar campestre y tranquilo, donde sus aguas corrían inocentes; ahora corre turbia, entre calles sombrías, y se va, como mi vida, hacia un inmenso océano agitado sin cesar. Debo irme con él. Nunca he oído una voz ni unas palabras tan llenas de desesperación. No puedo resistirlo, no puedo dejar de pensarlo sin cesar. Me persigue noche y día. Es la única cosa en el mundo digna de mí y de que soy digna. ¡Oh, qué horrible río! Al mirar el rostro de mi compañero pensé que en él hubiera adivinado toda la historia de su sobrina, si no la hubiera sabido de antemano, al ver la expresión con que observaba a Martha sin decir una palabra ni moverse. Nunca he visto, ni en la realidad ni en pintura, el horror y la compasión mezclados de una manera más conmovedora. Temblaba como una hoja, y su mano estaba fría como el mármol. Su mirada me alarmó. Está en un arrebato de locura murmuré al oído de míster Peggotty; dentro de un momento hablará de otro modo. No sé lo que querría contestarme; movió los labios y creyó sin duda haberme hablado; pero no había hecho más que señalarla, extendiendo la mano. Estallaba de nuevo en sollozos, con la cabeza oculta entre las piedras, como una imagen lamentable de vergüenza y de ruina. Convencido de que debíamos dejarla el tiempo necesario para tranquilizarse antes de dirigirle la palabra, detuve a míster Peggotty, que la quería levantar, y esperamos en silencio a que se fuera serenando. Martha le dije entonces, inclinándome para levantarla, pues parecía que quería alejarse, y, en su debilidad, iba a caer de nuevo al suelo Martha, ¿sabe usted quién está aquí conmigo? Sí me dijo débilmente. ¿Sabe usted que la hemos seguido mucho rato esta noche? Sacudió la cabeza, sin mirarnos, y continuaba humildemente inclinada, con su sombrero y su chal en una mano, mientras con la otra se apretaba convulsivamente la frente. ¿Está usted lo bastante tranquila le dije para hablar conmigo de un asunto que le interesó tan vivamente (Dios quiera que lo recuerde usted) una noche en que nevaba? Volvió a sollozar, diciéndome que me daba las gracias por no haberla arrojado aquel día de la puerta. No quiero decir nada para justificarme repuso al cabo de un momento; soy culpable, soy una perdida, no tengo la menor esperanza. Pero dígale, caballero (y se alejaba de míster Peggotty), si tiene usted alguna compasión de mí, dígale que yo no he sido la causa de su desgracia. Nunca ha pensado nadie semejante cosa repuse con emoción. Si no me equivoco, es usted quien estaba en la cocina la noche que ella se compadeció de mí y que fue tan buena conmigo, pues ella no me rechazaba como los demás, y me socorría. ¿Era usted, caballero? Sí respondí. Hace mucho tiempo que estaría en el río repuso, lanzando al agua una terrible mirada si tuviera que reprocharme el haberle hecho nunca el menor daño. Desde la primera noche de este invierno me hubiese hecho justicia si no me hubiera sentido inocente de su desgracia. Se sabe demasiado la causa de su huida le dije y estamos seguros de que usted es completamente inocente. ¡Oh! Si no hubiera tenido tan mal corazón repuso la pobre muchacha, con un sentimiento angustioso hubiese debido cambiar con sus consejos. ¡Fue tan buena para mí! Siempre me hablaba con prudencia y dulzura. ¿Cómo sería posible creer que tuviera ganas de hacerla como yo, conociéndome como me conozco? ¡Yo, que he perdido todo lo que podía ligarme a la vida; yo, que mi mayor pena era pensar que con mi conducta me veía separada de ella para siempre! Míster Peggotty, que permanecía con los ojos bajos y la mano derecha apoyada en el borde de una barca, se tapó el rostro con la otra mano. Y cuando supe por uno del lugar lo que había ocurrido exclamó Martha, mi mayor angustia fue el pensar que recordarían lo buena que había sido conmigo, y que dirían que yo la había pervertido. Pero Dios sabe que, por el contrario, hubiese dado mi vida para devolverle su honor y su nombre. La pobre muchacha, poco acostumbrada a dominarse, se abandonaba a toda la agonía de su dolor y de su remordimiento. Hubiese dado mi vida. No, hubiese hecho más todavía: hubiese vivido; hubiese vivido envejecida y abandonada en estas calles miserables; hubiese vagado en las tinieblas; hubiese visto amanecer el día sobre las murallas blanqueadas; hubiese recordado que, hacía tiempo, ese mismo sol brillaba en mi habitación y me despertaba joven, y... hubiese hecho eso por salvarla. Se dejó caer de nuevo en medio de las piedras, y, cogiéndolas con las dos manos, en su angustia, parecía querer romperlas. A cada instante cambiaba de postura; tan pronto extendía sus brazos delgados como los retorcía delante de su cara para ocultarse un poco a la luz, que la avergonzaba; tan pronto inclinaba la cabeza hacia el suelo, como si fuera demasiado pesada para ella, bajo el peso de tantos recuerdos dolorosos. Qué quiere usted que haga? dijo por último, luchando con su desesperación. ¿Cómo podré continuar viviendo así, llevando sobre mí mi propia maldición, yo que no soy más que una vergüenza viva para todo lo que se me acerca?  De pronto se volvió hacia mi compañero: ¡Pisotéeme, máteme! Cuando ella era su orgullo hubiese creído usted que le hacía daño con tropezarme con ella en la calle. ¿Pero para qué? Usted no me creería... ¿Y por qué había usted de creer ni una sola de las palabras que salen de la boca de una miserable como yo? Usted enrojecería de vergüenza aun ahora, si ella cambiase una palabra conmigo. No me quejo. No digo que seamos iguales; sé muy bien que hay una grande... muy grande distancia entre nosotras. Digo únicamente, al sentir todo el peso de mi crimen y de mi miseria, que la quiero con todo mi corazón, y que la quiero. Recháceme, como todo el mundo me rechaza; máteme por haberla buscado y conocido, criminal como soy, pero no piense eso de mí. Mientras le dirigía aquellas súplicas, él la miraba con el alma angustiada. Cuando guardó silencio la levantó con dulzura. Martha dijo, ¡Dios me guarde de juzgarla! ¡Dios me libre a mí, más que a cualquier otro en el mundo! No puedes figurarte cómo he cambiado. ¡En fin! Se detuvo un momento y después prosiguió: ¿No comprendes por qué míster Copperfield y yo queremos hablarte? ¿No sabes lo que queremos? Escucha. Su influencia sobre ella fue completa. Permaneció ante él sin moverse, como si temiera encontrarse con su mirada, y su dolor exaltado se volvió mudo. Puesto que oyó usted lo que hablábamos míster Davy y yo el día en que nevaba tanto, sabe que yo he estado (¡ay!, ¿y dónde no habré estado?) buscando por todas partes, muy lejos, a mi querida sobrina. Mi querida sobrina repitió con firmeza, porque ahora es para mí más querida que nunca, Martha. Se tapó los ojos con las manos, pero siguió tranquila. He oído contar a Emily continuó míster Peggottyque usted se quedó huérfana siendo muy pequeñita y que ningún amigo reemplazó a sus padres. Quizá si hubiera usted tenido un amigo, por rudo y bruto que hubiera sido, habría terminado por quererle, y quizá habría usted llegado a ser para él lo que mi sobrina es para mí. Martha temblaba en silencio; míster Peggotty la envolvió cuidadosamente en su chal, que había dejado caer Estoy convencido de que si me volviera a ver me seguiría hasta el fin del mundo; pero también sé que huirá al fin del mundo para evitarme. No tiene derecho para dudar de mi cariño, y no duda; no, no duda repitió con una tranquila certidumbre de la verdad de sus palabras; pero existe la vergüenza entre nosotros, y eso es lo que nos separa. Era evidente, por la manera firme y clara con que hablaba, que había estudiado a fondo cada detalle de aquella cuestión, que lo era todo para él. A míster Davy y a mí nos parece probable continuó que algún día dirija hacia Londres su pobre peregrinación solitaria. Creemos míster Davy y yo, y todos nosotros, que usted es inocente como el recién nacido de su desgracia. Decía usted que había sido buena y dulce con usted. ¡Que Dios la bendiga; ya lo sé! Sé que siempre ha sido buena con todo el mundo. Usted, que le está agradecida y que la quiere, ayúdenos a encontrarla, ¡y que el Cielo la recompense! Por primera vez levantó rápidamente sus ojos hacia él, como si no pudiera dar crédito a sus oídos. ¿Se fiaría usted de mí? preguntó con sorpresa y en voz baja. De todo corazón dijo míster Peggotty. ¿Y me permite usted que le hable si llego a encontrarla? ¿Que le ofrezca un asilo, si es que lo tengo, para compartirlo con ella? ¿Y que después venga, sin decírselo, a buscarla para llevarla a su lado? preguntó vivamente. Los dos al mismo tiempo contestamos: «Sí». Martha levantó los ojos al cielo y declaró solemnemente que se consagraba ardiente y fielmente a aquel objetivo, que no lo abandonaría ni se distraería de ello mientras hubiera la menor esperanza. Puso al cielo de testigo de que si flaqueaba en su obra consentía en verse más miserable y más desesperada, si era posible, de lo que lo había estado aquella noche, al borde de aquel río, y que renunciaba para siempre a implorar el socorro de Dios ni de los hombres. Hablaba en voz baja, sin mirarnos, como si se dirigiera al cielo, que estaba por encima de nosotros; después fijó de nuevo los ojos en el agua sombría... Creímos necesario decirle cuanto sabíamos, y yo se lo conté todo. Ella escuchaba con la mayor atención, y su cara cambiaba a cada momento; pero en todas sus expresiones se leía el mismo designio. A veces sus ojos se llenaban de lágrimas, pero las reprimía al momento. Parecía como si su exaltación pasada hubiera dado lugar a una calma profunda. Cuando dejé de hablar me preguntó dónde podría it a buscarnos si se presentaba la ocasión. Un débil farol iluminaba la carretera, y escribí nuestras dos direcciones en una hoja de mi agenda, y se la entregué. Martha se la guardó en el pecho. Después le pregunté dónde vivía. Guardó silencio, y al cabo de un momento me dijo que no vivía mucho tiempo seguido en el mismo sitio; quizá valía más no saberlo. El señor Peggotty me sugirió en voz baja una idea que ya se me había ocurrido a mí. Saqué mi bolsa; pero me fue imposible convencerla de que aceptara nada, ni obtener de ella la promesa de que consentiría más adelante. Yo le dije que, para un hombre de su condición, míster Peggotty no era pobre, y que no podíamos resolvemos a verla emprender semejante empresa solamente con sus recursos. Fue inquebrantable, y míster Peggotty tampoco tuvo más éxito que yo; le dio las gracias con reconocimiento, pero sin cambiar de resolución. Encontraré trabajo dijo; lo intentaré. Acepte por lo menos entre tanto nuestra ayuda le dije yo. No puedo hacer por dinero lo que les he prometido respondió; aunque tuviera que morirme de hambre no podría aceptarlo. Darme dinero sería como retirarme la confianza, quitarme el objetivo a que quiero dedicarme, privarme de la única cosa en el mundo que puede impedirme el tirarme al río. En nombre del gran Juez, ante quien apareceremos todos un día, desecha esa terrible idea. Todos podemos hacer el bien en este mundo únicamente con querer hacerlo. Martha temblaba, y su rostro estaba todavía más pálido cuando contestó: Quizá han recibido ustedes del cielo la misión de salvar a una criatura miserable. No me atrevo a creerlo; no merezco esa gracia. Si consiguiera hacer un poco de bien, quizá empezaría a esperar; pero hasta ahora mi conducta ha sido mala. Por primera vez desde hace mucho tiempo deseo vivir para consagrarme a la obra que ustedes me han encargado. No sé nada más, y nada más puedo decir. Trató de retener las lágrimas, que corrían de nuevo por su rostro, y alargando hacia míster Peggotty su mano temblorosa, le tocó como si poseyera alguna virtud bienhechora; después se alejó por la calle solitaria. Había estado enferma: se veía en su rostro pálido y delgado, en sus ojos hundidos, que revelaban grandes sufrimientos y crueles privaciones. La seguimos de lejos hasta estar de vuelta en los barrios populosos. Yo tenía una confianza tan absoluta en ella, que insinué a míster Peggotty que quizá sería mejor no seguirla más tiempo; podría creer que queríamos vigilarla. Fue de mi opinión, y dejando a Martha que siguiera su camino, nos dirigimos hacia Highgate. Me acompañó todavía un rato, y cuando nos separarnos, rogando a Dios que bendijera aquel nuevo esfuerzo, había en su voz una tierna compasión muy comprensible. Era media noche cuando llegué a casa. Iba a entrar, escuchando las campanadas de Saint Paul, que llegaban en medio del ruido de los relojes de la ciudad, cuando observé con sorpresa que la puerta del jardín de mi tía estaba abierta y que se veía una débil luz delante de la casa. Pensé si sería presa de uno de sus antiguos terrores y estaría observando a lo lejos los progresos de algún incendio imaginario, y me acerqué para hablarle. ¡Cuál no sería mi asombro al ver un hombre en su jardín! Tenía en las manos una botella y un vaso y se dedicaba a beber. Me detuve en medio de los árboles y, a la luz de la luna, que aparecía a través de las nubes, reconocí al hombre que había encontrado una vez, yendo con mi tía, en las calles de Londres, después de haber creído durante mucho tiempo que era un ser fantástico, una alucinación del pobre cerebro de míster Dick. Comía y bebía con buen apetito, y al mismo tiempo observaba con curiosidad la casa, como si fuera la primera vez que la viese. Se inclinó para dejar la botella en el suelo; después miró a su alrededor con inquietud, corno un hombre que tiene prisa por marcharse. La luz de la casa se oscureció un momento cuando mi tía pasó por delante. Parecía muy conmovida, y oí que le ponía dinero en la mano. ¿Qué quieres que haga con esto? preguntó el hombre. No puedo darte más respondió mi tía. Entonces no me voy, toma; ¡esto no lo quiero! ¡Malvado! repuso mi tía con viva emoción, ¿Cómo puedes tratarme así? Pero soy demasiado buena preguntándotelo. ¡Sabes mi debilidad! Si quisiera desembarazarme para siempre de tus visitas no tendría más que abandonarte a la suerte que mereces. Pues bien, ¿por qué no me abandonas a la suerte que merezco? ¿Y eres tú quien me hace esa pregunta? repuso mi tía. Se necesita tener poco corazón. Permaneció un momento sonando el dinero en la mano y. gruñendo, sacudiendo la cabeza con descontento. Por fin dijo: ¿Es esto todo lo que quieres darme? Es todo lo que puedo darte dijo mi tía. Ya sabes que tuve muchas pérdidas; soy mucho más pobre de lo que era antes, ya te lo he dicho. Ahora que ya tienes lo que buscabas, ¿por qué me atormentas quedándote aquí y demostrándome cómo te has vuelto? Me he vuelto muy miserable dijo, y vivo como un búho. Me has despojado de cuanto poseía dijo mi tía, y durante muchos años me has endurecido el corazón. Me has tratado de la manera más pérfida, más ingrata y más cruel. Vamos, arrepiéntete; no añadas nuevos pecados a los que ya tienes. Sí, todo eso está muy bien, es muy bonito, a fe mía. ¡En fin, puesto que tengo que conformarme por el momento!... A pesar suyo pareció avergonzado por las lágrimas de mi tía, y salió con sigilo del jardín. Yo avancé rápidamente, como si acabara de llegar, y al encontrarnos nos dirigimos una mirada poco amistosa. Tía dije vivamente, ¿otra vez este hombre viene a asustarte? Déjame que le hable. ¿Quién es? Hijo mío dijo, agarrándome del brazo, entra y no me hables en diez minutos. Nos sentamos en su salón. Ella se ocultó detrás de su antiguo biombo verde, que estaba sujeto en el respaldo de una silla, y durante un cuarto de hora, poco más o menos, la vi enjugarse a cada momento los ojos. Después se levantó y vino a sentarse a mi lado. Trot me dijo con serenidad, es mi marido. ¿Tu marido? ¡Si yo creía que había muerto! Ha muerto para mí respondió mi tía; pero vive. Yo estaba mudo de asombro. Betsey Trotwood no tiene aspecto de dejarse seducir por una tierna pasión dijo con tranquilidad; pero hubo un tiempo, Trot, en que había puesto en ese hombre su confianza entera; un tiempo, Trot, en que le amaba sinceramente, en que no hubiera retrocedido ante ningún sacrificio, por afecto a él. Y él la ha recompensado comiéndose su fortuna y rompiéndole el corazón. Entonces Betsey ha enterrado de una vez para siempre toda su sensibilidad, en una tumba que ella misma ha cavado y vuelto a cerrar. ¡Mi querida, mi buena tía! He sido generosa con él continuó, poniendo su mano encima de las mías. Lo puedo decir ahora, Trot: he sido generosa con él. Él había sido tan cruel conmigo, que hubiera podido obtener una separación muy provechosa para mis intereses; pero no he querido. Ha disipado en un segundo cuanto le había dado, y ha ido cayendo cada día más bajo. No sé si hasta se ha casado con otra mujer. Se ha hecho un aventurero, un jugador, un tunante. Le acabas de ver tal como está ahora; pero era un hombre excelente cuando yo me casé con él dijo mi tía, cuya voz contenía todavía algo de su admiración pasada, y como era una pobre loca, le creía la encarnación del honor. Me estrechó la mano y movió la cabeza. Ahora ya no es nada para mí, Trot; menos que nada. Pero mejor que verle castigar por sus faltas (lo que le ocurriría infaliblemente si viviera en este país) le doy de vez en cuando más de lo que puedo, a condición de que se aleje. Estaba loca cuando me casé con él, y aún soy tan incorregible, que no querría ver maltratado al hombre sobre el que pude hacerme en aquel tiempo tan absurdas ilusiones, pues creía en él, Trot, con toda mi alma. Mi tía lanzó un suspiro y se sacudió suavemente la falda. Ahora, querido me dijo, ya lo sabes todo, desde el principio hasta el fin, y no necesitamos volver a hablar de ello; y por descontado a nadie dirás una palabra. Es mi locura, la historia de mi locura, y debemos guardarla entre nosotros. CAPÍTULO VIII SUCESO DOMÉSTICO Trabajaba activamente en mi libro, sin interrumpir mis ocupaciones de taquígrafo, y cuando lo publiqué obtuvo un gran éxito. Yo no me dejaba aturdir por las alabanzas que sonaban en mis oídos, y, sin embargo, gozaba vivamente, y estoy seguro de que pensaba de mi obra mejor que todo el mundo. He observado a menudo que los que tienen razones legítimas de estimar su talento no lo demuestran a los ojos de los demás, con objeto de que crean en él. Por esto yo continuaba modesto, por respeto a mí mismo, y cuanto más me elogiaban, más trataba de merecerlo. Mi intención no es contar en este relato (por lo demás completo) de mi vida la historia de los libros que he publicado. Ellos hablan por sí mismos y les dejo ese cuidado; sólo hago alusión de pasada porque sirven para conocer en parte el desarrollo de mi carrera. Tenía entonces algunas razones para creer que la naturaleza, ayudada por las circunstancias, me había destinado a ser escritor, y me dediqué con firmeza a mi vocación. Sin aquella confianza seguramente hubiese renunciado, para dar algún otro objetivo a mi energía, y hubiese tratado de descubrir lo que la naturaleza y las circunstancias podían realmente hacer de mí, para dedicarme a ello exclusivamente. Había tenido tanto éxito desde hacía algún tiempo en mis ensayos literarios, que creí poder razonablemente, después de un nuevo éxito, escapar por fin al aburrimiento de los terribles debates del Parlamento. Una noche, por lo tanto, ¡qué feliz noche!, enterré bien hondas aquellas transcripciones musicales de trombones parlamentarios. Desde aquel día ni siquiera he querido volver a oírles; bastante es verme todavía perseguido, cuando leo el periódico, por ese runruneo eterno y monótono. En el momento de que hablo hacía, poco más o menos, un año y medio que nos habíamos casado. Después de diferentes pruebas, habíamos terminado por decir que no merecía la pena dirigir nuestra casa. Se dirigía sola, con la ayuda de un muchacho, cuya principal ocupación era pelearse con la cocinera, y en ese punto era un perfecto Whitington; la única diferencia es que no había gato, ni la menor esperanza de llegar nunca a alcalde, como él. Vivía en medio de una lluvia continua de cacerolas. Su vida era un combate. Se le oía gritar «¡socorro!» en las ocasiones más molestas; por ejemplo, cuando teníamos gente a comer, o algunos amigos por la noche; o bien, salía rugiendo de la cocina, y caía bajo el peso de una parte de nuestros utensilios, que su enemiga le tiraba. Deseábamos desembarazarnos de él; pero nos quería mucho y no podía dejamos. Lloraba sin cesar, y cuando se trataba de separarnos de él, lanzaba tales gemidos, que nos veíamos obligados a conservarle a nuestro lado. No tenía madre, y por toda familia tenía una hermana que se había embarcado para América iel día que él entró a nuestro servicio; le teníamos, por lo tanto, encima, como un pequeño idiota a quien la familia se ve obligada a mantener. Sentía muy vivamente su desgracia y se enjugaba constantemente los ojos con la manga de su chaqueta, cuando no estaba ocupado sonándose en una esquinita de su pañuelo, que por nada del mundo se hubiera atrevido a sacar entero del bolsillo, por economía y por discreción. Aquel diablo de muchacho, que habíamos tenido la desgracia, en un momento nefasto, de tomar a nuestro servicio por el precio de seis libras al año, era para mí un objeto continuo de preocupaciones. Le observaba, le veía crecer, pues, ya se sabe, la mala hierba .... y pensaba con angustia en la época en que tuviera barba; después, en la época en que estaría calvo. No veía la menor esperanza de deshacerme de él, y pensando en el porvenir, pensaba en lo que nos estorbaría cuando fuera viejo. No me esperaba lo más mínimo el procedimiento que utilizó el infeliz para sacarme del apuro. Robó el reloj de Dora, que, naturalmente, no estaba nunca en su sitio, como todo lo que nos pertenecía; lo vendió, y gastó el dinero (¡pobre idiota!) en pasearse sin cesar en la imperial del ómnibus de Londres a Ubridge. Iba a emprender su viaje número quince cuando un policía le detuvo. No se le encontraron encima más que cuatro chelines y una flauta, comprada de segunda mano y que no sonaba. Aquel descubrimiento y sus consecuencias no me hubiesen sorprendido tan desagradablemente si no se hubiera arrepentido. Pero lo estaba, y de una manera muy particular..., no en grande..., por decirlo así, sino en detalle. Por ejemplo, al día siguiente, cuando me vi obligado a declarar contra él, hizo ciertas declaraciones concernientes a una cesta de botellas de vino que creíamos llena y que ya sólo contenía dos botellas vacías. Esperábamos que ya sería lo último, que habría descargado su conciencia y que no tendría nada que contamos sobre la cocinera; pero dos o tres días después tuvo nuevos remordimientos de conciencia, que le obligaron a confesar que la cocinera tenía una niña, que venía todos los días muy temprano a llevarse nuestro pan, y que también a él le habían sobornado para que proveyera de carbón al lechero. Después de cierto tiempo fui informado por las autoridades de que salió en una dirección penitencial muy distinta, y se puso a confesar al camarero del café cercano, que pensaba robar en casa. Detuvieron al camarero. Yo estaba tan confuso del papel de víctima por que me hacía pasar con aquellas torturas repetidas, que le hubiese dado todo el dinero que me hubiera pedido porque se callase, o hubiera ofrecido con gusto una suma redonda porque le permitieran escapar. Y lo peor es que no tenía ni idea de lo que me molestaba; y, por el contrario, creía que cada nuevo descubrimiento era una reparación. ¡Dios me perdone! Pero no me sorprendería que se creyera que multiplicaba así sus derechos a mi agradecimiento. Por fin tomé la decisión de ser yo quien se escapase siempre que veía un enviado de la policía encargado de transmitirme alguna nueva revelación, y viví, por decirlo así, de ocultis hasta que aquel desgraciado muchacho fue juzgado y condenado a la deportación. Pero ni aun así podía permanecer tranquilo, y nos escribía constantemente. Pidió porfiadamente ver a Dora antes de marcharse; Dora consintió, fue y se desvaneció al ver la reja de la prisión cerrarse tras de ella. En una palabra, fui un desgraciado hasta el momento de su partida; por fin fue expatriado y supe que se había hecho pastor, allá lejos, en el campo, no sé dónde. Me faltan conocimientos geográficos. Todo aquello me hizo reflexionar seriamente y me presentó nuestros errores bajo un aspecto nuevo; no pude por menos de decírselo a Dora una noche, a pesar de mi ternura por ella. Amor mío le dije, me resulta muy penoso pensar que la mala administración de nuestra casa no solamente nos perjudica a nosotros (ya nos habíamos acostumbrado), sino también a los demás. Hace mucho tiempo que no me decías nada; no vayas otra vez a ser gruñón me contestó Dora. No; es en serio, Dora; déjame que te explique lo que quiero decir. No tengo ganas de saberlo. Pero tienes que saberlo, amor mío; suelta a Jip. Dora puso la nariz de Jip encima de la mía, diciendo «¡Boh!», para tratar de hacerme reír; pero viendo que no lo conseguía, envió al perro a su pagoda y se sentó delante de mí, con las manos juntas y la cara resignada. El caso es, hija mía continué, que nuestra enfermedad se contagia; se la pegamos a todo el que nos rodea. Hubiese continuado en aquel estilo figurado si el rostro de Dora no me hubiera advertido que esperaba que le propusiera alguna nueva vacuna o algún otro remedio médico para curar aquella enfermedad contagiosa que padecíamos. Por lo tanto me decidí a decirle sencillamente: No sólo, querida mía, perdemos dinero y comodidad por nuestro descuido; no solamente nuestro carácter también sufre a veces, sino que tenemos la grave responsabilidad de estropear a todos los que entran a nuestro servicio o que tienen que ver con nosotros. Empiezo a temer que no esté toda la culpa en un lado sólo, y que si todos esos individuos se estropean, sea porque tampoco nosotros vamos muy bien. ¡Oh, qué acusación! exclamó Dora, abriendo mucho los ojos ¡Cómo! ¿Quieres decir que me has visto alguna vez robar relojes de oro? ¡Oh! Querida mía contesté, no digamos tonterías. ¿Quién te habla de relojes? Tú repuso Dora, tu sabes muy bien. Has dicho que yo tampoco voy bien, y me has comparado con él. ¿Con quién? pregunté Con nuestro criado dijo sollozando ¡Oh, qué malo eres! ¡Comparar a una mujer que lo quiere con ternura con un muchacho a quien acaban de deportar! ¿Por qué no me dijiste lo que pensabas de mí antes de casamos? ¿Por qué no me previniste de que lo parecía peor que un chico a quien acaban de deportar? ¡Oh, qué horrible opinión tienes de mí, Dios mío! Vamos, Dora, amor mío repuse, tratando de quitarle dulcemente el pañuelo con que ocultaba los ojos, no solamente lo que dices es ridículo, sino que está mal. En primer lugar no es verdad. Eso es. Siempre le habías acusado de decir mentiras (cada vez lloraba más), y ya dices lo mismo de mí. ¡Oh! ¿Qué va a ser de mí? ¿Qué va a ser de mí? Querida mía, te suplico muy en serio que seas más razonable y que escuches lo que tengo que decirte. Querida Dora, si no cumplimos nuestros deberes con los que nos sirven, no aprenderán nunca sus deberes con nosotros. Tengo miedo de que les demos ocasiones de obrar mal. Aunque fuéramos por gusto tan descuidados (y no es así); aunque nos resultara hasta agradable (y no es nada de eso), estoy convencido de que no tenemos derecho para obrar así. Corrompemos verdaderamente a los demás. En conciencia estamos obligados a fijarnos un poco. Yo no puedo por menos de pensar en ello, Dora. Es un pensamiento que no sabría desechar y que me atormenta mucho. Eso es todo, querida. ¡Ven aquí, no seas niña! Pero Dora no consintió en mucho tiempo que le levantara el pañuelo. Continuaba sollozando, y murmurando que, puesto que estaba tan atormentado, hubiese debido no casarme. ¿Por qué no le había dicho, aunque hubiera sido la víspera de la boda, que iba a estar demasiado atormentado, y que era mejor renunciar a ello? Puesto que no podía resistirla, ¿por qué no la enviaba con sus tías a Putney, o con Julia Mills a la India? Julia estaría encantada de verla y no la compararía con un criado deportado; nunca le había hecho una injuria semejante. En una palabra, Dora estaba tan afligida, y su pena me entristecía tanto, que sentí que era inútil repetir mis sermones, por dulzura que pusiera en ellos, y que había que probar de otra manera. Pero ¿qué podía hacer? ¿Tratar de «formar su espíritu»? Son lugares comunes que prometen, y resolví formar el espíritu de Dora. Me puse a la tarea inmediatamente. Cuando veía a Dora hacer la niña y tenía muchas ganas de participar de su humor, trataba de estar grave... y sólo conseguía desconcertarla y desconcertarme yo. Le hablaba de las cosas que me preocupaban ya en aquella época, le leía a Shakespeare, y entonces la cansaba hasta más no poder. Trataba de insinuarle, como por casualidad, algunas nociones útiles o algunas opiniones sensatas, y en cuanto terminaba se apresuraba a escaparse, como si la hubiera tenido presa. Por mucho que hacía para estar natural cuando quería «formar el espíritu» de mi mujercita, veía que adivinaba siempre dónde quería it a parar y que temblaba de antemano. Era evidente que miraba a Shakespeare como un fastidio terrible. Decididamente, no se formaba deprisa. Empleé a Traddles en aquella gran empresa, sin prevenirle, y siempre que nos venía a ver ensayaba sobre él mis máquinas de guerra para la edificación de Dora por vía indirecta. Agobiaba a Traddles con una multitud de excelentes máximas; pero toda mi sabiduría no obtenía más resultado que entristecer a Dora; siempre tenía miedo de que le tocara la vez. Hacía el papel de un maestro de escuela o de una bruja; me había convertido en la araña de aquella mosca de Dora, siempre dispuesto a lanzarme sobre ella desde el fondo de mi tela; la veía muy bien en su infinita turbación. Sin embargo, perseveré durante meses enteros, esperando siempre que llegara un momento en que se estableciera entre nosotros una simpatía perfecta y en que hubiera por fin « formado su espíritu» a mi entero placer. Por último, creí darme cuenta de que, a pesar de toda mi resolución, y aunque me había vuelto un erizo, un verdadero puercoespín, no había adelantado nada, y pensé que quizá el espíritu de Dora estaba formado del todo ya. Reflexionando sobre ello, me pareció tan verosímil, que abandoné mi proyecto, que no había respondido lo más mínimo a mis esperanzas, y decidí contentarme para siempre con tener una « mujerniña» , en lugar de tratar de cambiarla sin éxito. Yo mismo estaba cansado de mi prudencia y de mi razón solitarias, y sufría al ver la violencia habitual a que había condenado a mi querida esposa. Un día le compré unos bonitos pendientes, y un collar para Jip, y volví a casa decidido a ser agradable. Dora se quedó encantada con los regalitos y me abrazó con ternura; pero había entre nosotros una sombra, y, por ligera que fuese, yo no quería que subsistiera; me había decidido a cargar yo solo con todos los fastidios de la vida. Me senté en el sofá, al lado de mi mujer, y le puse sus pendientes; después le dije que desde hacía algún tiempo no éramos tan buenos amigos, y que era culpa mía; que lo reconocía sinceramente. Y era la verdad. El caso es, Dora mía, que trataba de ser razonable. Y también hacerme razonable a mí, ¿no es verdad, Davy? Le hice un signo afirmativo, mientras ella levantaba hacia mí sus hermosos ojos, y besé sus labios entreabiertos. Es inútil dijo Dora, sacudiendo la cabeza para mover los pendientes; ya sabes lo que soy y has olvidado el nombre que quería que me dieras desde el principio. Si no puedes resignarte a ello creo que no me querrás nunca. ¿Estás seguro de que no piensas alguna vez que... quizá... te hubiera valido más ...? ¿Valido más qué, querida mía? pues se había callado. Nada dijo Dora. ¿Nada? repetí. Me rodeó el cuello con los brazos, riéndose y tratándose a sí misma de tontuela, como de costumbre, y escondió la cabeza en mi hombro, en medio de un verdadero bosque de bucles que me costó un trabajo infinito separar para mirarle la cara. ¿Quieres decir que hubiera sido mejor no hacer nada para tratar de «formar el espíritu» de mi querida mujer? dije, riendo yo también de mi feliz invención ¿No era esa tu pregunta? ¡Sí, yo creo que sí! ¡Cómo! ¿Era eso lo que tratabas de hacer? exclamó Dora. ¡Oh qué malo! Pero ya no volveré a hacerlo, pues la quiero tal como es. ¿De verdad? ¿De verdad? me preguntó, apretándose contra mí. ¿Para qué voy a tratar de cambiar lo que me es tan querido desde hace tanto tiempo? Nunca estás mejor que cuando eres tú misma, mi querida Dora; por lo tanto, no volveremos a hacer pruebas temerarias; recobremos nuestras antiguas costumbres para ser dichosos. ¿Para ser dichosos? repuso Dora. ¡Oh, síl, todo el día. ¿Y me prometes no enfadarte si las cosas van algo trastomadas? No, no; trataremos de hacerlo lo mejor posible. Y no volverás a decirme que estropeamos a los que nos rodean dijo con mimo, ¿no es verdad? ¡Está tan mal! No, no dije. Más vale todavía que sea estúpida que desagradable, ¿no es verdad? dijo Dora. Más vale ser sencillamente Dora que cualquiera del mundo. ¡El mundo! ¡Oh mi Davy, el mundo es muy grande! Y sacudiendo alegremente la cabeza, volvió hacia mí sus ojos encantados, se echó a reír, me abrazó y saltó para alcanzar a Jip y probarle su nuevo collar. Así terminó mi último intento de cambiar a Dora. Había sido una equivocación el intentar cambiarla: no podía soportar mi formalidad solitaria, no podía olvidar cómo me había pedido que la llamara mi < mujerniña». En el futuro, pensaba, trataría de mejorar lo más posible las cosas, pero sin ruido; esto no era muy fácil: estaba siempre expuesto a volver a mi papel de araña que espía desde el fondo de su tela. Y ninguna sombra debía volverse a poner entre nosotros; ya sólo debían pesar sobre mi corazón. ¡Van a ver ustedes cómo! El sentimiento penoso que había concebido hacía tiempo se extendió desde entonces sobre mi vida entera, más profundo quizá que en el pasado, pero más vago que nunca, como el acento quejoso de una música triste que oyera vibrar en medio de la noche. Amaba tiernamente a mi mujer y era dichoso; pero la felicidad que gozaba no era la que había yo soñado: siempre me faltaba algo. Decidido a cumplir la promesa que me había hecho a mí mismo de poner en este papel el relato fiel de mi vida, me examino cuidadosamente, sinceramente, para poner a la vista todos los secretos de mi corazón. Lo que me faltaba lo miraba todavía y lo había mirado siempre como un sueño de mi imaginación, un sueño que no podía realizarse. Sufría como sufren, poco más o menos, todos los hombres al sentir que era una quimera imposible. Pero a pesar de todo no podía por menos de decirme que más hubiese valido que mi mujer me ayudara más, que participara de todos mis pensamientos, en lugar de dejarme a mí solo todo el peso. Hubiese podido hacerlo y no lo hacía. Eso estaba obligado a reconocerlo. Dudaba entre dos conclusiones que no podían conciliarse: o bien lo que sentía era general, inevitable, o bien era una cosa particular mía, de la que me hubiese podido librar. Cuando pensaba en aquellos castillos en el aire, en aquellos sueños de mi juventud, que no podían realizarse, reprochaba a la edad madura ser menos rica en felicidad que la adolescencia, y entonces aquellos días de felicidad al lado de Agnes, en su vieja casa, se levantaban ante mí como espectros del tiempo pasado, que podrían resucitar quizá en otro mundo, pero que yo no podía esperar revivir aquí abajo. A veces otro pensamiento me atravesaba el espíritu: ¿Qué hubiese sucedido si Dora y yo no nos hubiéramos conocido nunca? Pero Dora estaba tan mezclada en mi vida, que era una idea fugitiva, que pronto volaba lejos, como el hilo de la Virgen, que flota y desaparece en el aire. La quería siempre. Los sentimientos que describo aquí dormitaban en el fondo de mi corazón; apenas tenía consciencia de ellos. No creo que tuvieran ninguna influencia sobre mis palabras ni sobre mis acciones. Yo llevaba el peso de todas nuestras pequeñas preocupaciones, de nuestros proyectos; Dora seguía dándome las plumas, y los dos sentíamos que las cosas así estaban repartidas lo mejor que podían estarlo. Me quería y estaba orgullosa de mí; y cuando Agnes le escribía que mis antiguos amigos se regocijaban con mis éxitos, cuando le decía que al leerme le parecía oír mi voz, Dora tenía lágrimas de alegría en los ojos, me llamaba su querido, su ilustre, su viejo marido. «El primer movimiento de un corazór. :rdisciplinado.» Aquellas palabras de mistress Strong me volvían sin cesar al espíritu, las tenía siempre presentes. Por la noche las encontraba al despertarme; en mis sueños las leía escritas en las paredes de la casa. Pues ahora sabía que mi corazón no había conocido disciplina cuando se había enamorado de Dora, y que hoy mismo, si estuviera mejor disciplinado, no hubiese sentido, después de nuestro matrimonio, los sentimientos de que hacía secreta experiencia. « No hay matrimonio más desacertado que aquel en que no hay comunión de ideas ni de carácter.» Tampoco había olvidado aquellas palabras. Había tratado de moldear a Dora a mi carácter, y no lo había conseguido. No me quedaba más remedio que hacerme yo al carácter de Dora, compartir con ella lo que pudiera y contentarme, llevando el resto sobre mis hombros. Esa era la disciplina a que tenía que someter mi corazón. Gracias a aquellas resoluciones, mi segundo año de matrimonio fue mucho más dichoso que el primero, y, lo que valía más todavía, la vida de Dora era un rayo de sol. Pero al transcurrir aquel año había disminuido la fuerza de Dora. Yo había esperado que manos más delicadas que las mías vinieran a ayudarme a modelar su alma y que la sonrisa de un nene hiciera de mi «mujerniña» una mujer. ¡Vana esperanza! El pequeño espíritu que debía bendecir nuestra casa se estremeció un momento en la puerta de su prisión y después voló al cielo, sin conocer siquiera su cautiverio. Cuando pueda empezar a correr como antes, tía decía Dora, haré salir a Jip; se está volviendo muy pesado y muy perezoso. Sospecho, querida dijo mi tía, que trabajaba tranquilamente al lado de mi mujer, que tiene una enfermedad más grave que la pereza: es la edad, Dora. ¡Cree usted que es viejo! ¡Oh qué cosa tan extraña, que Jip sea viejo! Es una enfermedad a la que estamos expuestos todos, pequeña, a medida que avanzamos en la vida. Yo me resiento de ella más que nunca, te lo aseguro. Pero Jip dijo Dora mirándole con compasión, ¿el pequeño Jip también? ¡Pobrecito mío! Yo creo que todavía vivirá mucho tiempo, Capullito dijo mi tía, besando a Dora, que se había inclinado sobre el borde del sofá para mirar a Jip. (El pobre animal respondía a sus caricias sosteniéndose en las patas traseras, y se esforzaba, a pesar de su asma, en subirse encima de su ama.) Este invierno haré forrar de franela su caseta, y estoy segura de que para la primavera próxima estará mejor que nunca, como las flores. ¡Horroroso animalito! exclamó mi tía Si estuviera dotado de tantas vidas como los gatos, y a punto de perderlas todas, creo que verdaderamente utilizaría su último suspiro para ladrar contra mí. Dora le había ayudado a subirse al sofá, desde donde parecía desafiar a mi tía, con tal furia, que no quería estarse quieto y no dejaba de ladrar de medio lado. Cuanto más lo miraba mi tía, más la provocaba él, sin duda porque hacía poco que se había puesto anteojos, y Jip, por razones conocidas sólo por él, consideraba aquello como un insulto personal. A fuerza de persuasión Dora había conseguido hacerle echarse a su lado y, cuando ya estaba tranquilo, acariciaba con dulzura sus largas orejas, repitiendo con aire pensativo: «Tú también, mi pequeño Jip; ¡pobrecito!». Todavía está bastante bien dijo alegremente mi tía: la vivacidad de sus antipatías demuestra que no ha perdido fuerzas; tiene muchos años ante sí, te lo aseguro; pero si quieres un perro que corra tanto como tú, Capullito, Jip ha vivido ya demasiado para ese oficio. Yo te regalaré otro. Gracias, tía dijo débilmente Dora; pero no lo hagas, te lo ruego. ¿No? dijo mi tía quitándose las gafas. No quiero más perro que Jip dijo Dora Sería demasiada crueldad. Además, nunca podría querer a otro perro como quiero a Jip; no me conocería desde mi boda, no sería el que ladraba cuando llegaba Davy a nuestra casa. ¡Temo mucho, tía, que no podría querer a otro perro como a Jip! Tienes razón dijo mi tía, acariciando a Dora en la mejilla, tienes razón. No se enfada conmigo, ¿verdad? dijo Dora. Pero ¡vaya una tontería! exclamó mi tía, mirándola con ternura. ¿Cómo puedes suponer que me enfade? ¡Oh, no! No lo creo respondió Dora; únicamente estoy un poco cansada, y eso es lo que me pone tan tonta. Siempre soy una tontuela; pero el hablar de Jip me ha puesto todavía más tonta. Me ha conocido toda mi vida; sabe todo lo que me ha sucedido, ¿no es verdad, Jip? Jip se apretaba contra su ama, lamiéndole lánguidamente la mano. Todavía no eres bastante viejo para abandonar a tu ama, ¿verdad, Jip? dijo Dora. Todavía nos haremos compañía durante algún tiempo. ¡Mi pequeña Dora! Cuando bajó a la mesa al domingo siguiente y estuvo tan encantadora con Traddles, que comía con nosotros todos los domingos, pensamos que al cabo de unos días volvería a correr por todas partes como antes. Nos decían: «Esperen todavía algunos días», y después: «Esperen algunos días más»; pero no se ponía a correr, ni siquiera a andar. Estaba muy bonita y muy alegre; pero sus piececitos, que antes danzaban tan alegres alrededor de Jip, seguían débiles a inmóviles. Tomé la costumbre de bajarla en brazos todas las mañanas y de volver a subirla lo mismo todas las noches. Pasaba sus brazos alrededor de mi cuello y reía a lo largo del camino como si hubiera sido una apuesta. Jip nos precedía ladrando y se detenía sofocado en el descansillo para ver si llegábamos. Mi tía, la mejor y más alegre de las enfermeras, nos seguía con todo un cargamento de chales y de almohadas. Míster Dick no hubiese cedido a nadie el derecho de abrir la marcha con una luz en la mano. Traddles se quedaba al pie de la escalera, recibiendo todos los mensajes locos que le encargaba Dora para la muchacha más encantadora del mundo. Parecía una alegre procesión, y mi «mujerniña» era la más alegre de todos. Pero a veces, cuando la cogía en mis brazos y la sentía cada vez más ligera, un vago sentimiento de tristeza se apoderaba de mí; me parecía que iba hacia un país glacial desconocido, y aquella idea ensombrecía mi vida. Trataba de ahogar aquel pensamiento; me lo ocultaba a mí mismo; pero una noche, después de oír gritar a mi tía: « ¡Buenas noches, Capullito!» , me quedé solo ante mi pupitre, y lloré, pensando: « ¡Oh qué nombre fatal! ¡Si fuera a secarse en su tallo, como las flores! ». CAPÍTULO IX ME VEO ENVUELTO EN UN MISTERIO Una mañana recibí por correo la siguiente carta, fechada en Canterbury, y que me habían dirigido a Doctors' Commons. La leí con sorpresa: « Muy señor mío y querido amigo: Circunstancias que no han dependido de mi voluntad han enfriado desde hace tiempo una intimidad que siempre me ha causado las más dulces emociones. Todavía hoy, cuando me es posible en los raros instantes que me deja libre mi profesión, contemplo las escenas del pasado con los colores brillantes del prisma de la memoria y las considero con felicidad. Nunca me atrevería, mi querido amigo, ahora que su talento le ha elevado a un puesto tan distinguido, a dar a mi compañero de la juventud el nombre familiar de Copperfield. Me basta saber que ese nombre a que tengo el honor de hacer alusión quedará eternamente rodeado de afecto y estima en los archivos de nuestra casa (quiero hablar de los archivos concernientes a nuestros antiguos huéspedes, conservados cuidadosamente por mistress Micawber). No me corresponde a mí, que por una serie de errores personales y una combinación fortuita de sucesos nefastos me encuentro en la situación de una barca que ha naufragado (si me está permitido emplear esta comparación náutica); no me corresponde a mí, repito, dirigirle cumplidos ni felicitaciones. Dejo este gusto a manos más puras y más dignas. Si sus importantes ocupaciones (no me atrevo a esperarlo) le permiten recorrer estas líneas imperfectas, seguramente se preguntará usted con qué objeto escribo la presente carta. Permítame que le diga que comprendo toda la justeza de esa pregunta y que voy a demostrárselo, declarándole en primer lugar que no tiene nada que ver con asuntos económicos. Sin aludir directamente al talento que yo pueda tener para dirigir el rayo o la llama vengadora contra quienquiera que sea, puedo permitirme observar de pasada que mis más brillantes esperanzas están destruidas, que mi paz está destrozada y que todas mis alegrías se han agotado; que mi corazón no sé dónde está, y que ya no puedo llevar la cabeza alta ante mis semejantes. La copa de amargura desborda, el gusano trabaja y pronto habrá roído a su víctima. Cuanto antes será mejor. Pero no quiero alejarme de mi asunto. Estando en la más penosa situación de ánimo, demasiado desgraciado para que la influencia de mistress Micawber pueda dulcificar mi sufrimiento, aunque la ejerce en su triple calidad de mujer, de esposa y de madre, tengo la intención de huir durante unos instantes y emplear cuarenta y ocho horas en visitar, en la capital, los lugares que fueron teatro de mi alegría. Entre los puertos tranquilos en que he conocido la paz de mi alma, me dirigiré, naturalmente, a la prisión de King's Bench. Y habré conseguido el objeto de mi comunicación epistolar si le anuncio que estaré (D. m.) al lado exterior del muro de esta prisión pasado mañana a las siete de la tarde. No me atrevo a pedir a mi antiguo amigo míster Copperfield, ni a mi antiguo amigo míster Thomas Traddles, si es que vive todavía, que se dignen venir a encontrarme para reanudar (en lo posible) nuestras relaciones de los buenos tiempos. Me limito a lanzar al viento esta indicación: la hora y el lugar antes dichos, donde podrán encontrarse los vestigios ruinosos que todavía quedan de una torre derrumbada. WILKINS MICAWBER. P. S.Quizá sea prudente añadir que no he dicho a mistress Micawber el secreto de mis intenciones.» Releí muchas veces aquella carta. A pesar de que recordaba el estilo pomposo de las composiciones de míster Micawber, y cómo le había gustado siempre escribir cartas interminables aprovechando todas las ocasiones posibles e imposibles, me parecía que debía de haber en el fondo de aquel galimatías algo de importancia. Dejé la carta para reflexionar; después la volví a leer, y estaba embebido en su tercera lectura cuando llegó Traddles. Querido le dije, ¡qué oportunidad la tuya viniendo! Vas a ayudarme con tu juicio reflexivo. He recibido, mi querido Traddles, la carta más extravagante de míster Micawber. ¿De verdad! ¡Vamos! Pues yo he recibido una de mistress Micawber. Y Traddles, sofocado por el camino, con los cabellos erizados como si acabara de encontrarse un aparecido, me tendió su carta y cogió la mía. Yo le miraba leer, y vi que sonreía al llegar a «lanzar el rayo o dirigir la llama vengadora». ¡Dios mío, Copperfield! exclamó. Después me dediqué a la lectura de la epístola de mistress Micawber. Era esta: «Presento todos mis respetos a mistress Thomas Traddles, y si acaso guarda algún recuerdo de una persona que tuvo la felicidad de estar relacionada con él, me atrevo a pedirle que me consagre unos instantes. Le aseguro, míster Thomas Traddles, que no abusaría de su bondad si no estuviera a punto de perder la razón. Es muy doloroso para mí el confesar que es la frialdad de míster Micawber para con su mujer y sus hijos (¡él, tan tierno siempre!) la que me obliga a dirigirme hoy a míster Traddles solicitando su ayuda. Míster Traddles no puede hacerse idea del cambio que se ha operado en la conducta de míster Micawber, de su extravagancia y de su violencia. Esto ha ido creciendo y ha llegado a ser una verdadera aberración. Puedo asegurar a míster Traddles que no pasa día sin que tenga que soportar algún paroxismo de ese género. Míster Traddles no necesitará que yo me extienda sobre mi dolor cuando le diga que oigo continuamente a míster Micawber afirmar que se ha vendido al diablo. El misterio y el secreto son desde hace mucho tiempo su carácter habitual, en lugar de su antigua a ilimitada confianza. A la más insignificante provocación; por ejemplo, si yo le pregunto: «¿Qué quieres comer?», me declara que va a pedir la separación de cuerpos y de bienes. Ayer por la tarde, porque le pidieron sus hijos dos peniques para caramelos de limón, amenazó con un cuchillo de ostras a los dos mellizos. Suplico a míster Traddles que me perdone todos estos detalles, que únicamente pueden darle una muy ligera idea de mi horrible situación. ¿Puedo ahora confiar a míster Traddles el objeto de mi carta? ¿Me permite que me abandone a su amistad? ¡Oh, sí! Conozco muy bien su corazón. Los ojos del afecto ven claro, sobre todo en nosotras las mujeres. Míster Micawber va a Londres. Aunque ha tratado de ocultarse, mientras escribía la dirección en la maleta oscura que ha conocido nuestros días dichosos, la mirada de águila de la ansiedad ha sabido leer la última sílaba: «dres». La diligencia para en La Cruz de Oro. ¿Puedo pedir a míster Traddles que haga por ver a mi esposo, que se extravía, y por atraerle al buen camino? ¿Puedo pedir a míster Traddles que ayude a una familia desesperada? ¡Oh, no! ¡Esto sería demasiado! Si míster Copperfield, en su gloria, se acuerda todavía de una persona tan insignificante como yo, ¿querría míster Traddles transmitirle mis saludos y mis súplicas? En todo caso, le ruego que mire esta carta como exclusivamente particular y que no haga alusión a ella, bajo ningún pretexto, en presencia de míster Micawber. Si míster Traddles se digna contestarme (lo que me parece muy poco probable) una carta dirigida a M. E., lista de Correos, Canterbury, tendrá bajo esta dirección consecuencias menos dolorosas, que bajo cualquier otra, para la que ha tenido el honor de ser con la más profunda desesperación su muy respetuosa y suplicante amiga, EMMA MICAWBER.» ¿Qué te parece esta carta? me dijo Traddles mirándome. Y tú ¿qué piensas de la otra? le dije, pues la leía con expresión ansiosa. Creo, Copperfield, que estas dos camas reunidas son más significativas de lo que son en general las epístolas de míster y de mistress Micawber; pero no acabo de comprender lo que quieren decir. No dudo de que las han escrito con la mejor fe del mundo. ¡Pobre mujer! dijo mirando la carta de mistress Micawber, mientras comparábamos las dos misivas. De todos modos, hay que tener compasión de ella y escribirle diciendo que no dejaremos de ver a míster Micawber. Consentí con tanto gusto porque me reprochaba el haber considerado con demasiada ligereza la primera carta de aquella pobre mujer. Entonces me había hecho reflexionar; pero estaba preocupado con mis propios asuntos, conocía bien a los individuos y poco a poco había terminado por olvidarlos. El recuerdo de los Micawber me preocupaba a menudo; pero era sobre todo preguntándome cuáles serían los «compromisos pecuniarios» que estaban a punto de contraer en Canterbury, y para recordar la confusión con que mister Micawber me había recibido al poco tiempo de ser el empleado de Uriah Heep. Escribí una carta consoladora a mistress Micawber, en nombre de los dos, y la firmamos también los dos. Salimos para echarla al correo, y en el camino nos dedicamos Traddles y yo a hacer una multitud de suposiciones que sería inútil repetir aquí. Pedimos consejo a mi tía; pero el único resultado positivo de la charla fue que no dejaríamos de ir a la cita fijada por mister Micawber. En efecto, llegamos al lugar convenido con un cuarto de hora de anticipación; míster Micawber estaba ya allí. Estaba de pie, con los brazos cruzados y apoyado en la pared; miraba de un modo sentimental las puntas de hierro que coronaban la tapia, como si fueran las ramas enlazadas de los árboles que le habían abrigado los días de su juventud. Cuando estuvimos a su lado nos pareció menos suelto y elegante que en el pasado. Aquel día no se había puesto el traje negro; llevaba su antigua chaqueta y su pantalón ceñido; pero ya no lo llevaba con la misma gracia de entonces. A medida que hablábamos recobraba algo de sus antiguos modales; pero su lente no pendía con la misma elegancia, y el cuello de su camisa estaba menos cuidado. Caballeros dijo míster Micawber cuando cambiamos los primeros saludos, son ustedes verdaderos amigos, los amigos de la adversidad. Permítanme que les pida algunos detalles sobre la salud física de mistress Copperfield, in esse, y de mistress Traddles, in posse; suponiendo que mister Traddles no se haya unido todavía a la razón de su cariño para compartir el bien y el mal de la casa. Le contestamos como era de esperar. Después, señalándonos con el dedo la pared, había ya empezado a componer su discurso con «Les aseguro, caballeros ...», cuando me atreví a oponerme a que nos tratara con tanta ceremonia, y a rogarle que nos considerara como antiguos amigos. Mi querido Copperfield repuso estrechándome la mano, su cordialidad me aturde. Recibiendo con tanta bondad este fragmento ruinoso de un templo al que antes se consideraba como hombre, si puedo expresarme así, da usted pruebas de sentimientos que honran nuestra común naturaleza. Estaba a punto de decir que volvía a ver hoy el lugar tranquilo donde han transcurrido algunos de los años más bellos de mi existencia. Gracias a mistress Micawber, estoy convencido contesté. ¿Y cómo sigue? Gracias repuso míster Micawber, cuyo rostro se había ensombrecido; está regular. Vea usted continuó mister Micawber, inclinando la cabeza, vea usted el King's Bench, el lugar donde por primera vez durante muchos años la dolorosa carga de compromisos pecuniarios no ha sido proclamada cada día por voces inoportunas que se negasen a dejarme salir; donde no había a la puerta aldaba que permitiera a los acreedores llamar; donde no exigían ningún servicio personal, y donde aquellos que os detenían en la prisión tenían que esperar en la puerta. Caballeros dijo mister Micawber, cuando la sombra de esos picos de hierro que adornan el muro de ladrillo llegaba a reflejarse en la arena de la pared, he visto a mis hijos jugar, siguiendo con sus pies el laberinto complicado del suelo, tratando de evitar los puntos negros. Todas las piedras de este edificio me son familiares. Si no puedo ocultarles mi debilidad, dispénsenme. Todos hemos hecho carrera en el mundo desde aquellos tiempos, míster Micawber le dije. Míster Copperfield me respondió con amargura, cuando yo habitaba este retiro podía mirar de frente a mis prójimos y podía destruirlos si llegaban a ofenderme. Ya no estoy a ese nivel de igualdad con mis semejantes. Míster Micawber se alejó con abatimiento, y cogiendo el brazo de Traddles por un lado, mientras con el otro se apoyaba en el mío, continuó así: Hay en el camino que lleva a la tumba límites que nunca se querría haber franqueado, si no se pensara que semejante deseo era impío. Eso es para mí el King's Bench en mi vida abigarrada. Está usted muy triste, míster Micawber dijo Traddles. Sí, señor respondió míster Micawber. Espero que no sea porque se haya asqueado usted del Derecho, pues yo soy ahogado, como usted sabe. Míster Micawber no contestó una palabra. ¿Cómo está nuestro amigo Heep, míster Micawber? le pregunté, después de un momento de silencio. Mi querido Copperfield respondió míster Micawber, que en el primer momento pareció presa de una violenta emoción, y después se puso muy pálido, si llama usted su amigo al que me emplea, lo siento; si le llama usted mi amigo, le contestaré con una risa sardónica. Sea cual fuere el nombre que usted dé a ese caballero, le pido permiso para responderle sencillamente que, cualquiera que sea su estado de salud, parece una zorra, por no decir un diablo. Me permitirá usted que no me extienda más, como individuo, sobre un asunto que como hombre público me ha arrastrado casi al borde del abismo. Le expresé mi sentimiento por haber abordado inocentemente un tema de conversación que parecía conmoverle tan vivamente. ¿Puedo preguntarle, sin correr el mismo peligro, cómo están mis queridos amigos míster y miss Wickfield? Miss Wickfield dijo míster Micawber, y su rostro enrojeció violentamente, miss Wickfield es lo que ha sido siempre: un modelo, un ejemplo deslumbrante. Mi querido Copperfield, es la única estrella que brilla en medio de una noche profunda. Mi respeto por esa señorita, mi admiración por su virtud, mi cariño a su persona... tanta bondad, tanta ternura, tanta fidelidad... ¡Llévenme a un sitio solitario dijo al fin, porque no soy dueño de mí! Le condujimos a una estrecha callejuela, se apoyó contra la pared y sacó su pañuelo. Si yo le miraba con la seriedad que Traddles, nuestra compañía no era lo más apropiado para devolverle el valor. Estoy condenado dijo míster Micawber sollozando, pero sin olvidar al sollozar algo de su elegancia pasada, estoy condenado, caballeros, a sufrir, a causa de todos los Buenos sentimientos que encierra la naturaleza humana. El homenaje que acabo de hacer a miss Wickfield me traspasa el corazón. Más vale que me dejen vagar por el mundo; les repito que los gusanos no tardarán en arreglar cuentas conmigo. Sin responder a aquella invocación, esperamos a que se volviera a guardar el pañuelo en el bolsillo, estirado el cuello de la camisa y silbado una canción, con el aire más despreocupado para engañar a los que pasaban y que hubieran podido fijarse en sus lágrimas. Entonces le dije, muy decidido a no perderle de vista (para no perder tampoco lo que queríamos saber), que estaría encantado de presentarle a mi tía, si quería acompañarnos hasta Highgate, donde podíamos ofrecerle una cama. Nos hará usted un vasito de su excelente ponche, mister Micawber le dije, y además los recuerdos agradables le harán olvidar sus actuales preocupaciones. O si usted encuentra algún descanso confiando a sus amigos las causas de su angustia, míster Micawber, estamos dispuestos a escucharle añadió prudentemente Traddles. Caballeros respondió míster Micawber, hagan de mí lo que quieran; soy una paja que lleva el océano furioso; estoy empujado en todas las direcciones por los elefantes. Ustedes perdonen, quería decir por los elementos. Reanudamos la marcha, del brazo; tomamos el ómnibus, llegando sin dificultad a Highgate. Yo estaba muy confuso y no sabía qué hacer ni qué decir; a Traddles le ocurría lo mismo. Míster Micawber estaba sombrío. De vez en cuando hacía un esfuerzo para reponerse, y silbaba una cancioncilla; pero pronto volvía a caer en profunda melancolía, y cuanto más abatido estaba, más se retorcía el sombrero y más se estiraba el cuello de la camisa. Nos dirigimos a casa de mi tía, mejor que a la mía, porque Dora no estaba bien. Mi tía acogió a míster Micawber con graciosa cordialidad. Míster Micawber le besó la mano, se retiró a un rincón de la ventana, y sacando el pañuelo del bolsillo se dedicó a una lucha interior contra sí mismo. Míster Dick estaba en casa. Era naturalmente compasivo con todo el que sufría, y sabía descubrirlo tan pronto, que en cinco minutos lo menos estrechó media docena de veces la mano a míster Micawber. Este afecto, que no esperaba por parte de un extraño, conmovió de tal modo a mister. Micawber, que repetía a cada instante: «Mi querido señor, es demasiado». Y míster Dick, animado por el éxito, volvía a la carga con nuevo ardor. La bondad de este caballero, señora dijo míster Micawber al oído de mi tía, si usted me permite que saque una comparación florida del vocabulario de nuestros juegos nacionales, un poco vulgares, me traspasa; semejante recibimiento es una prueba muy sensible para un hombre que lucha, como yo, contra un montón de preocupaciones y dificultades. Mi amigo míster Dick repuso mi tía con orgullo- no es un hombre vulgar. Estoy convencido, señora dijo míster Micawber. Caballero continuó, pues míster Dick le estrechaba de nuevo las manos, agradezco vivamente su bondad. ¿Cómo está usted? dijo míster Dick en tono afectuoso. Regular, caballero respondió, suspirando, míster Micawber. No hay que dejarse abatir dijo míster Dick; por el contrario, trate de alegrarse como pueda. Aquellas palabras amistosas conmovieron profundamente a míster Micawber, y míster Dick le estrechó otra vez la mano entre las suyas. Tengo la suerte de encontrar a veces, en el panorama tan variado de la existencia humana, un oasis en mi camino; pero nunca lo he visto de tal verdor ni tan refrescante como el que ahora se ofrece ante mis ojos. En otro momento me hubiera hecho reír la comparación; pero estábamos todos demasiado preocupados a inquietos, y yo seguía con tanta ansiedad las incertidumbres de míster Micawber, dudando entre el deseo manifiesto de hacernos una revelación y la disposición de no revelar nada, que tenía verdaderamente fiebre. Traddles, sentado en el borde de la silla, con los ojos muy abiertos y los pelos más tiesos que nunca, miraba alternativamente al suelo y a míster Micawber, sin decir una palabra. Mi tía, mientras trataba con mucha discreción de comprender a su nuevo huésped, conservaba más presencia de ánimo que ninguno de nosotros, pues charlaba con él y le hacía charlar quisiera o no. Es usted un antiguo amigo de mi sobrino, míster Micawber dijo mi tía, y siento no haber tenido el gusto de conocerle antes. Señora dijo míster Micawber, yo también hubiera sido muy dichoso conociéndola antes, pues no he sido siempre el miserable náufrago que ahora contempla usted. ¿Espero que mistress Micawber y toda su familia se encuentren bien, caballero? preguntó mi tía. Míster Micawber saludó. Están todo lo bien que pueden estar unos desgraciados proscritos, señora dijo en tono desesperado. ¡Oh Dios mío, caballero! exclamó mi tía con su brusquedad habitual. ¿Qué me dice usted? La existencia de mi familiarepuso Micawber pende de un hilo. El que me emplea... En esto Micawber se detuvo, con gran disgusto mío, y empezó a hablar de los limones, que yo había hecho traer a la mesa con los demás ingredientes que necesitaba para el ponche. El que le emplea, decía usted... repuso míster Dick, empujándole suavemente con el codo. Muchas gracias, caballero respondió Micawber, por recordarme lo que quería decir. Pues bien, señora, aquel que me emplea, míster Heep, un día me hizo el honor de decirme que si no cobrara el sueldo del empleo que tengo a su lado no sería probablemente más que un desgraciado saltimbanqui, y que recorrería los pueblos tragándome sables y devorando llamas. Y es muy posible, en efecto, que mis hijos se vean en la necesidad de ganarse la vida haciendo contorsiones, mientras mistress Micawber toca el organillo para acompañar a esas desdichadas criaturas en sus atroces ejercicios. Míster Micawber blandió su cuchillo con aire distraído, pero expresivo, como si quisiera decir que, felizmente, él ya no estaría allí para verlo; después se puso a mondar los limones, con expresión de angustia. Mi tía le miraba atentamente, con el codo apoyado en la mesita. A pesar de mi repugnancia para obtener de él por sorpresa las confidencias que no parecía muy dispuesto a hacernos, quería aprovechar la ocasión para hacerlo hablar, pero no había medio. Estaba demasiado ocupado echando la corteza del limón en el agua hirviendo. Yo me daba cuenta de que estábamos en una crisis, y no se hizo esperar. De pronto lanzó lejos de sí todos sus utensilios, se levantó bruscamente y, sacando el pañuelo, se deshizo en lágrimas. Mi querido Copperfield me dijo, enjugándose los ojos, esta ocupación requiere más tranquilidad y respeto de sí mismo. Hoy no soy capaz de encargarme de ella. No hay duda. Míster Micawber le dije, ¿qué es lo que le ocurre? Hable, se lo ruego; aquí todos somos amigos. ¡Amigos! Caballero repitió míster Micawber, y el secreto que había contenido hasta entonces a duras penas se le escapó de pronto, ¡Dios mío!, precisámente porque me veo rodeado de amigos estoy en este estado. ¿Lo que ocurre, lo que pasa, señores? Preguntadme más bien lo que no me pasa. Hay maldad, hay bajeza, hay desilusión, fraude, conspiraciones, y el nombre de todo ese conjunto de atrocidades es... ¡Heep! Mi tía golpeó las manos y todos nos estremecimos como poseídos. No, no, basta de combates; basta de luchas conmigo mismo dijo míster Micawber gesticulando violentamente con el pañuelo, extendiendo los dos brazos ante sí de vez en cuando, rítmicamente, como si nadara en un océano de dificultades sobrehumanas; no podría seguir más tiempo con esta vida; soy demasiado miserable. Me han arrebatado todo lo que hace soportable la existencia; me han condenado a la incomunicación del tabú mientras he estado al servicio de ese canalla. Que me devuelvan a mi mujer y a mis hijos; que vuelvan a poner a Micawber en el lugar del desgraciado que anda hoy dentro de mis botas, y que me digan mañana que me trague un sable, y lo haré. ¡Ya veréis con qué apetito! Nunca había visto un hombre tan exaltado. Trataba de tranquilizarle y de sacarle palabras más sensatas; pero él subía como la espuma, sin querer escucharme siquiera. ¡No estrecharé la mano de nadie continuó, ahogando un sollozo y resoplando como un hombre que se ahoga hasta que haya hecho trizas a esa detestable... serpiente de Heep! ¡No aceptaré de nadie hospitalidad hasta que haya decidido ir al monte Vesubio a que haga salir sus llamas... sobre ese miserable bandido de... Heep! ¡No podré tragar el... menor refresco... bajo este techo..., sobre todo, ponche... antes de haber arrancado los ojos... al ladrón, al embustero Heep! ¡No quiero vera nadie... no quiero decir nada... yo... no quiero habitar en ninguna parte... hasta que haya reducido... a polvo impalpable a ese inmortal hipócrita, a ese eterno perjuro de Heep! Yo empezaba a temer que míster Micawber se muriese de repente. Pronunciaba todas aquellas frases entrecortadas y con voz ahogada; y cuando se acercaba al nombre de Heep redoblaba la prisa y el ardor, y su acento apasionado tenía algo que asustaba; pero cuando volvió a dejarse caer sobre la silla, fuera de sí, mirándonos con ojos extraviados, con las mejillas violetas, la respiración cortada y la frente llena de sudor, parecía estar en el último extremo. Me acerqué a él para ayudarle; pero me apartó con un signo, y prosiguió: ¡No, Copperfield!... ¡Nada de amistad entre nosotros... hasta que miss Wickfield... haya obtenido una reparación... de los perjuicios que le ha causado ese taimado canalla de Heep! Estoy seguro de que no hubiese tenido fuerzas para pronunciar tres palabras si no hubiera dicho al final el nombre odioso que le devolvía valor... Que se guarde un secreto inviolable... Nada de excepciones... de hoy a una semana a la hora del desayuno... que todos los presentes... incluida la tía... y este excelente caballero... se encuentren reunidos en el hotel de Canterbury... Nos encontrarán a mistress Micawber y a mí... Cantaremos a coro, en recuerdo de los hermosos tiempos pasados, y... ¡desenmascararé a ese horrible bandido de Heep! No tengo nada más que decir.. nada más que oír... ¡Me voy inmediatamente... pues la compañía me pesa... sobre las huellas del traidor, del canalla, del bandido de Heep! Y después de esta última repetición de la palabra mágica que le había sostenido hasta el fin, después de haber agotado las fuerzas que le quedaban, míster Micawber se precipitó fuera de la casa, dejándonos en tal estado de inquietud, de espera y de sorpresa, que no estábamos menos palpitantes que él. Pero ni aun entonces pudo resistir a su pasión epistolar, pues todavía estábamos en el paroxismo de la excitación y de la sorpresa, cuando nos entregaron la carta siguiente, que acababa de escribir en un café de los alrededores: «Muy secreta y confidencial. Muy querido amigo: Le ruego me haga el favor de transmitir a su excelente tía todas mis excusas por la inquietud que he dejado aparecer delante de ella. La explosión de un volcán largo tiempo contenido ha sido la consecuencia de una lucha interior que no sabría describir. Ustedes la adivinarán. Espero haberles hecho comprender, sin embargo, que de hoy en una semana cuento con ustedes en el café de Canterbury, allí donde hace tiempo tuvimos el honor, mistress Micawber y yo, de unir nuestras voces a la suya para repetir los acentos del hombre inmortal, alimentado y educado a la otra orilla del Tweed. Una vez cumplido este deber y este acto de reparación, lo único que puede darme valor para mirar al prójimo de frente, desapareceré para siempre, y sólo pediré ser depositado en ese lugar de asilo universal donde duermen los oscuros antepasados. Con esta sencilla inscripción: WILKINS MICAWBER.» CANTULO X EL SUEÑO DE MÍSTER PEGGOTTY LLEGA A REALIZARSE Habían transcurrido algunos meses desde que tuvo lugar nuestra entrevista con Martha a orillas del Támesis. Yo no la había vuelto a ver; pero ella había tenido en varias ocasiones comunicación con míster Peggotty. Su celo era inútil, y no encontrábamos en nada de lo que nos decía datos que nos pusieran sobre la pista de Emily. Confieso que empezaba a dudar de poder encontrarla y que cada día estaba más convencido de que había muerto. Por lo que yo podía apreciar, míster Peggotty seguía con la misma convicción, y su corazón no tenía nada oculto para mí. No titubeaba ni un momento; no sentía quebrantada su seguridad solemne de que terminaría por encontrarla. Su paciencia era infatigable, y aunque a veces yo temblaba ante la idea de que su desesperación fuese funesta si un día llegaba a convencerse de lo contrario, no podía por menos de estimar y respetar cada día más aquella fe sólida que nacía de su corazón puro y elevado. No era de los que se duermen en una esperanza y en una confianza inactivas. Toda su vida había sido una vida de acción y de energía. Sabía que en todo había que cumplir fielmente el deber y no confiarse en los demás. Yo le he visto salir por la noche, a pie, para Yarmouth, por tcmor de que olvidasen encender la vela que iluminaba el barco. Le he visto, si por casualidad leía en algún periódico algo que pudiera relacionarse con su Emily, coger el bastón de viajero y emprender una nueva peregrinación de treinta o cuarenta leguas. Cuando le hube contado lo que sabía por medio de miss Dartle, se fue a Nápoles por mar. Todos aquellos viajes eran muy penosos, pues economizaba lo que podía por amor a Emily. Pero nunca le oí quejarse; nunca le oí confesar que estuviera cansado o deprimido. Dora lo había visto muchas veces después de casada conmigo y le quería mucho. Le veo todavía de pie, al lado del sofá en que ella descansa; tiene la gorra en la mano; mi «mujerniña» levanta hacia él sus grandes ojos azules, con una especie de sorpresa tímida. A menudo, por la noche, cuando tenía que hablarme, lo llevaba a fumar su pipa en el jardín; charlábamos paseando, y entonces yo recordaba su casa abandonada y todo lo que había querido a aquel viejo barco que representaba a mis ojos de niño un espectáculo tan sorprendente por la noche, cuando el fuego ardía alegremente y el viento gemía a nuestro alrededor. Un día me dijo que la víspera había encontrado a Martha cerca de su casa y que le había dicho que no abandonara bajo ningún pretexto Londres antes de volver a verla. ¿Y no le ha dicho por qué? Se lo he preguntado, señorito Davy me contestó; pero Martha habla muy poco, y en cuanto se lo he preguntado se ha marchado. ¿Y le ha dicho cuándo volverá? No, señorito Davy repuso, pasándose la mano por la frente, con gravedad Se lo he preguntado; pero me ha dicho que no me lo podía decir. Yo había resuelto desde hacía mucho tiempo no animar aquellas esperanzas, que pendían de un hilo; por lo tanto, no hice el menor comentario; sólo añadí que seguramente la volvería a ver pronto. Y guardé para mí solo las demás reflexiones, aunque tampoco daba demasiada importancia a las palabras de Martha. Quince días después paseaba una tarde solo por el jardín. Recuerdo perfectamente aquella tarde. Era al día siguiente de la visita de míster Micawber. Había llovido todo el día; el aire estaba húmedo; las hojas parecían pesar en las ramas, cargadas de lluvia; el cielo esta todavía oscuro, pero los pájaros empezaban a cantar alegremente. A medida que el crepúsculo avanzaba se iban callando por grados; todo estaba silencioso a mi alrededor; ni un soplo de viento movía los árboles; no oía más que el ruido de las gotas de agua, que corrían lentamente por las ramas verdes mientras paseaba de arriba abajo en el jardín. Había allí, al lado de nuestra casa, un pequeño cobertizo, desde donde se veía el camino. Miraba hacia aquel lado, pensando en una multitud de cosas, cuando vi una persona que parecía llamarme. ¡Martha! dije, acercándome a ella. ¿Puede usted venir conmigo? me preguntó con voz conmovida. He estado en casa de él y no le he encontrado. He escrito en un trozo de papel el sitio donde tiene que buscarme, y lo he puesto encima de su mesa. Me han dicho que no tardará en volver. Tengo muchas noticias. ¿Puede usted venir enseguida? Le respondí abriendo la verja para seguirla. Me hizo un gesto con la mano, como para pedirme paciencia y silencio, y se dirigió hacia Londres. En el polvo que cubría sus ropas se veía que había venido a pie y a toda prisa. Le pregunté si íbamos a Londres, y me hizo un gesto de que sí. Detuve un coche que pasaba, y subimos los dos en él. Cuando le pregunté la dirección, me respondió: «Hacia Golden Square, y deprisa». Después se hundió en un rincón, ocultándose la cara con una mano temblorosa y pidiéndome que guardara silencio, como si no pudiera soportar el sonido de una voz. Estaba turbado y confuso entre la esperanza y el temor. La miraba para obtener alguna explicación; pero era evidente que no quería dármela, y yo tampoco quería romper el silencio. Avanzábamos sin pronunciar palabra. A veces ella miraba la portezuela, como si le pareciese que íbamos demasiado despacio, aunque en realidad el coche iba a buen paso; pero continuaba callándose. Nos detuvimos en el sitio que había indicado, y dije al cochero que esperase, pensando que quizá volviéramos a necesitarle. Martha me cogió del brazo y me arrastró rápidamente hacia una de esas calles sombrías que antes servían de morada a familias nobles, pero donde ahora se alquilan por separado habitaciones a un precio módico. Entró en una de aquellas grandes casas y, soltándome el brazo, me hizo seña de que la siguiera por la escalera, que servía a muchísimos huéspedes y ponía toda una multitud de habitantes en la calle. La casa estaba llena de gente. Mientras subíamos la escalera, las puertas se abrían a nuestro paso; otras personas se nos cruzaban a cada instante. Antes de entrar ya había visto yo mujeres y niños asomando sus cabezas a las ventanas, entre tiestos de flores; probablemente habíamos excitado su curiosidad, pues eran los mismos que abrían las puertas para vemos pasar. La escalera era alta y ancha, con una balaustrada de madera maciza y tallada; por encima de las puertas se veían cornisas adornadas de flores y frutas; las ventanas eran grandes; pero todos aquellos restos de antiguas grandezas estaban en ruinas. El tiempo, la humedad y la podredumbre habían atacado el suelo, que temblaba bajo nuestros pasos. Habían tratado de infiltrar algo de sangre nueva en aquel cuerpo viejo, y, en algunos sitios, hermosas esculturas habían sido reparadas con material mucho más ordinario; pero aquello era como el matrimonio de un viejo noble arruinado con una pobre hija del pueblo: ninguna de las partes parecía resolverse a aquella unión tan desigual. Se habían tapado muchas de las ventanas de la escalera, y las que quedaban apenas tenían vidrieras, y a través de las maderas apolilladas, que parecían aspirar el mal olor sin devolverlo nunca, veía otras casas en el mismo estado, y un patio interior y oscuro que parecía ser el basurero del viejo castillo. Subimos casi al último piso de la casa. Dos o tres veces me pareció ver en la oscuridad los pliegues de un traje de mujer; alguien nos precedía. Llegábamos al último piso cuando vi a aquella persona detenerse delante de una puerta y entrar. ¿Qué quiere decir esto? murmuró Martha. Entra en mi habitación y yo no la conozco. Yo sí la conocía. Con gran sorpresa había visto los rasgos de miss Dartle. Hice comprender en pocas palabras a Martha que era una señora a quien yo había conocido, y apenas había terminado de hablar, cuando oímos su voz en la habitación; pero desde donde estábamos no podíamos oír lo que decía. Martha me miraba con sorpresa. Después me hizo terminar de subir, y empujando una puertecita sin cerradura, que había al lado de la de su cuarto, me metió en una habitacioncita vacía, del tamaño de un armario. Había entre aquel rincón y su alcoba una puerta que comunicaba. Estaba entreabierta. Nos acercamos. Habíamos andado tan deprisa, que yo apenas podía respirar. Martha me puso dulcemente su mano sobre los labios. Yo, desde donde estaba, podía ver el rincón de una habitación bastante grande, donde había una cama; sobre las paredes, algunas malas litografías de barcos. No veía a miss Dartle ni a la persona a quien se dirigía. Mi compañera debía de verlas todavía menos que yo. Durante un instante reinó un profundo silencio. Martha continuaba con una mano encima de mis labios y levantaba la otra al inclinarse para escuchar. Poco me importa que no esté aquí; no la conozco. Es a usted a quien vengo a ver dijo Rosa Dartle, con altanería. ¿A mí? respondió una voz dulce. Sí repuso miss Dartle; he venido para mirarla. ¿Cómo no se avergüenza usted de ese rostro que ha hecho tanto daño? El odio implacable y resuelto que animaba su voz, la fría amargura y la rabia contenida de su tono, me la hacían tan presente como si hubiera estado frente a ella. Veía, sin verlos, aquellos ojos negros que despedían llamas; aquel rostro desfigurado por la cólera. Veía la cicatriz blancuzca atravesar sus labios, temblar y estremecerse mientras hablaba. He venido a ver continuó a la que ha vuelto loco a James Steerforth; la muchacha que ha huido con él, escandalizando a toda su ciudad natal; a la atrevida, a la hábil, a la pérfida querida de un hombre como James Steerforth. ¡Quiero saber cómo es semejante criatura! Se oyó ruido, como si la desgraciada a quien agobiaba con sus insultos intentara escaparse. Miss Dartle le impidió el paso. Después continuó, con los dientes apretados y golpeando el suelo con el pie: ¡Estése quieta, o la desenmascaro delante de todos los habitantes de esta casa y de esta calle! Si trata usted de escaparse, la detendré, aunque tenga que agarrarla de los cabellos y levantar contra usted las piedras de la casa. Un murmullo de terror fue la única respuesta que me llegó; después hubo un momento de silencio. No sabía qué hacer. Deseaba ardientemente poner término a la entrevista aquella, pero no me atrevía a presentarme; sólo míster Peggotty tenía el derecho de verla y de reclamarla. ¡Cuándo llegaría! ¡Por fin la veo! continuó Rosa, con una risa de desprecio. Nunca hubiese creído que Steerforth se dejase seducir por esa falsa modestia y esa expresión ingenua. ¡Oh, por amor de Dios! exclamó Emily. Sea usted quien sea, si sabe mi triste historia, ¡por amor de Dios, tenga piedad de mí, si quiere que la tengan de usted! ¿Si quiero que tengan piedad de mí? respondió miss Dartle en tono feroz. ¿Y qué hay de común entre nosotras, dígame? Al menos, nuestro sexo dijo Emily deshaciéndose en lágrimas. ¿Y ese es un lazo tan fuerte cuando lo invoca una criatura tan infame como usted, que si pudiera tener en el corazón otra cosa que no fuese desprecio y odio, la cólera me haría olvidar que es usted mujer? ¡Nuestro sexo! ¡Sí que hace usted honor a nuestro sexo! Comprendo que es un reproche muy merecido exclamó Emily; pero ¡es terrible! ¡Oh señora, piense usted en todo lo que he sufrido y en las circunstancias de mi caída! ¡Oh Martha, vuelve! ¡Oh, cuándo encontraré el abrigo de mi hogar! Miss Dartle se sentó en una silla al lado de la puerta; tenía los ojos fijos en el suelo, como si Emily se arrastrara a sus pies. Ahora podía ver sus labios apretados y sus ojos cruelmente fijos en un solo punto: en la embriaguez de su triunfo. Escuche lo que voy a decirle, y guárdese sus hipocresías y habilidades. No me conmoverá con sus lágrimas, como no me conquistará con sus sonrisas, esclava despreciada. ¡Oh, tenga piedad de mí! ¡Demuéstreme algo de compasión, o voy a morir loca! ¡Sólo sería un débil castigo de sus crímenes! dijo Rosa Dartle. ¿Sabe usted lo que ha hecho? ¿Se atreve usted a invocar el hogar, cuando usted lo ha pisoteado? ¡Oh! exclamó Emily. ¡No ha pasado un día ni una noche sin que lo pensara! Y la vi caer de rodillas, con la cabeza hacia atrás, su pálido rostro levantado al cielo y las manos juntas, con angustia; sus largos cabellos se habían soltado ¡No ha pasado un solo instante sin que haya pensado en mi querida casa, en los días que pasaron cuando la abandoné para siempre! ¡Oh, tío mío, tío mío; si hubieras podido saber el dolor que me causaba el recuerdo punzante de tu ternura cuando me alejé del buen camino, no me hubieses demostrado tanto amor, habrías hablado, por lo menos, una vez con dureza a tu Emily, y eso le hubiese servido de consuelo! Pero no, no hay consuelo para mí en el mundo. ¡Han sido todos demasiado buenos conmigo! Cayó con la cara contra el suelo, esforzándose en tocar el borde de la falda de su tirano, que permanecía inmóvil ante ella. Rosa Dartle la miraba fríamente; una estatua no hubiera sido más inflexible. Apretaba con fuerza los labios, como si necesitara contenerse para no pisotear a la encantadora criatura que estaba tirada con tanta humildad ante ella. La veía distinta; parecía necesitar toda su energfa para contenerse. ¿Cuándo llegaría míster Peggotty? ¡He ahí la ridícula vanidad que tienen esos gusanos! dijo cuando se calmó un poco el furor que le impedía hablar. ¡Su casa, su hogar! ¿Y piensa usted que hago a esas gentes el honor de pensar ni de creer que ha hecho usted el menor daño a semejante hogar que no se pueda pagar largamente con dinero? ¡Su familia! ¡Sólo era usted para ella un objeto con que negociar, como lo demás; algo que vender y comprar! ¡Oh, no! exclamó Emily. Dígame todo lo que quiera; pero no haga caer mi vergüenza (demasiado pesa ya sobre ellos) sobre personas que son tan respetables como usted. Si verdaderamente es usted una señora, hónrelos al menos a ellos, aunque no tenga piedad de mí. Hablo dijo miss Dartle, sin dignarse escuchar aquella súplica y retirando su falda, como si Emily la hubiera manchado al tocarla, hablo de la casa de él, la casa en que yo habito. ¡He ahí dijo con una risa sarcástica, mirando a su pobre víctima, he ahí una bonita causa de división entre una madre y un hijo! ¡He ahí a la que ha llevado la desesperación a una casa donde no la hubieran querido ni para fregar la vajilla! ¡La que ha llevado la cólera, los reproches, las recriminaciones! ¡Vil criatura, que han recogido a la orilla del agua, para divertirse durante una hora y rechazarla después con el pie hacia el fango donde había nacido! ¡No, no! exclamó Emily juntando las manos La primera vez que él se encontró en mi camino (¡Ah! ¡Si Dios hubiera querido que sólo me hubiera encontrado el día que me llevaran a enterrar!) yo había sido educada en ideas tan severas y tan virtuosas como usted o cualquier otra mujer; yo iba a casarme con el mejor de los hombres. Si usted vive a su lado, si le conoce, sabe quizá la influencia que puede ejercer sobre una pobre muchacha, débil y trivial como yo. No me defiendo; pero lo que sé, y él lo sabe también, o al menos lo que sabrá a la hora de su muerte, cuando su alma se turbe, es que ha utilizado todo su poder para engañarme y que yo creía en él, confiaba en él y lo amaba. Rosa Dartle saltó en la silla y retrocedió un paso para pegarla, con tal expresión de maldad y de rabia, que estuve a punto de lanzarme entre las dos. El golpe se perdió en el vacío. Ella continuó de pie, temblando de furor, palpitante de pies a cabeza, como una verdadera furia. No, no había visto nunca, no podré volver a ver rabia semejante. ¿Usted le quiere? ¿Usted? exclamó, apretando el puño como si hubiera querido tener en él un arma para herir al objeto de su odio. Yo no podía ya ver a Emily, y no se oyó ninguna respuesta. ¿Y eso me lo dice usted a mí añadió con su boca depravada? ¡Ah! ¡Cómo me gustaría que azotaran a estas perdidas! ¡Oh! Si dependiera de mí las haría azotar hasta la muerte. Y lo hubiese hecho, estoy seguro. Mientras duró aquella mirada no le hubiera confiado la menor arma de tortura. Después, muy poco a poco, fue echándose a reír, pero con una risa cortante y señalando a Emily con el dedo, como a un objeto de vergüenza a ignominia para Dios y para los hombres. ¡Le quiere! ¡Dice que le quiere! ¡Y querrá hacerme creer que él se ha preocupado nunca lo más mínimo de ella! ¡Ah, ah! ¡Qué embusteras son esta clase de mujeres! Su burla era todavía mayor que su rabia y que su crueldad; era peor que todo: no se desataba de una vez, sino por momentos, exponiéndose a que su pecho estallara; pero contenía su rabia para torturar mejor a su víctima. He venido aquí, como le decía hace un momento, manantial de amor puro, para ver cómo era usted. Tenía curiosidad; ya la he satisfecho. Quería también aconsejarle que volviera pronto a su casa, a ocultarse entre su excelente familia, que la espera, y a quien su dinero consolará de todo. Y cuando se lo hayan gastado, no tendrá más que buscar un nuevo sustituto para creer en él, confiarse a él y amarle. Yo creía encontrar un juguete roto, que ya había dejado de servir; una joya falsa estropeada por el use y tirada a un rincón. Pero puesto que me encuentro con oro fino, con una verdadera dama, una inocente a quien se ha engañado, pero que tiene todavía un corazón nuevo, lleno de amor y de sinceridad, pues verdaderamente lo parece usted y está muy en armonía con su historia, todavía tengo algo más que decir. Escúcheme, y sepa que lo que voy a decirle lo haré. ¿Me oye usted, hada espiritual? Lo que digo lo hago. Por un momento no pudo reprimir su rabia; pero fue sólo un instante, un espasmo que terminó en una sonrisa. Vaya usted a ocultarse, si no a su antigua casa, a otra parte; ocúltese lo más lejos posible. Vaya a vivir en la oscuridad, o mejor todavía, vaya a morir en cualquier rincón. Me sorprende que no haya encontrado todavía medio de calmar ese tierno corazón, que no quiere romperse. Y, sin embargo, hay medios para ello, y me parece que no es difícil encontrarlos. Se interrumpió un momento, mientras Emily sollozaba. La escuchó como si aquello fuera para ella una música. Quizá soy una criatura extraña prosiguió Rosa Dartle; pero no puedo respirar libremente en el mismo aire que usted; me parece que está corrompido. Tengo que purificarlo, que purgarlo de su presencia. Si está usted todavía aquí mañana, su historia y su conducta se sabrán por todos los que habitan esta casa. He sabido que hay aquí mujeres honradas. Sería lástima que no pudieran apreciar un tesoro como usted. Si una vez fuera de aquí vuelve a buscar refugio en esta ciudad, en cualquier otra condición que en la de mujer perdida (puede estar tranquila, esa no le impediré que la tome), iré a hacerle el mismo servicio por todas partes por donde pase. Estoy segura de conseguirlo con la ayuda de cierto caballero que ha solicitado su bella mano no hace mucho tiempo. ¿Pero míster Peggotty no llegaría nunca? ¿Cuánto tiempo habría de soportar todavía aquello? ¿Cuánto tiempo estaba yo seguro de contenerme? ¡Oh, Dios mío! exclamó la desgraciada Emily, en un tono que hubiese conmovido el corazón más duro. Rosa Dartle seguía sonriendo. ¿Qué quiere usted que haga? ¿Lo que quiero que haga? ¿No puede usted vivir dichosa con sus recuerdos? ¡Puede usted pasarse la vida recordando la ternura de James Steerforth! Quería que se casara usted con un criado, ¿no es así? Y también puede usted pensar en el buen hombre que aceptaba el ofrecimiento de su amo; y si todos estos pensamientos, si el recuerdo de su virtud y del puesto honroso que le han hecho adquirir no son suficientes para llenar su corazón, puede casarse con ese excelente hombre y aprovecharse de su condescendencia. Y si esto no es todavía bastante para satisfacerla, ¡mátese usted! No faltarían ríos ni montones de basura buenos para morir en ellos cuando se tienen esas penas ¡Busque usted uno para desde allí volar al cielo! Oí pasos. Estaba seguro de que era él. ¡Bendito sea Dios! Rosa se acercó lentamente a la puerta y desapareció a mi vista. Pero acuérdese que estoy decidida, y tengo mis razones para ello (y mi odio personal), a perseguirla por todas partes, a menos de que huya lejos de aquí o de que arroje esa máscara de inocencia que quiere tomar. Eso es lo que tenía que decirle, y lo que digo lo haré. Los pasos se acercaban, ya estaban en la puerta, y se precipitaban en la habitación. ¡Tío! Un grito terrible siguió a aquellas palabras. Esperé un momento antes de entrar y le vi sosteniendo en sus brazos a Emily desvanecida. Un instante contempló su rostro; después se inclinó para besarla, ¡oh, con qué ternura!, y le cubrió la cabeza con un pañuelo. Señorito Davy dijo en voz baja y trémula cuando hubo cubierto el rostro de la muchacha, doy gracias a nuestro Padre celestial porque mi sueño se ha realizado; le doy las gracias con todo mi corazón porque me ha guiado hasta encontrar a mi querida niña. Al decir estas palabras la cogió en sus brazos, mientras ella continuaba con el rostro velado. Inclinando la cabeza y estrechando contra la suya la mejilla de su sobrina querida bajó lentamente las escaleras con ella inconsciente. CAPÍTULO XI EL PRINCIPIO DE UN VIAJE MÁS LARGO Era todavía muy de mañana, al día siguiente, mientras me paseaba por el jardín de mi tía (la cual realizaba ahora muy poco ejercicio, teniendo que atender tanto a mi querida Dora), cuando me dijeron que míster Peggotty deseaba hablarme. Vino al jardín, saliéndome al encuentro, y se descubrió al ver a mi tía, a la que profesaba un profundo respeto. Le había estado contando todo lo que había ocurrido la víspera. Sin decir una palabra, se adelantó hacia él cordialmente, le estrechó la mano y le dio un golpecito afectuoso en el brazo. Aquello fue tan expresivo, que no tuvo necesidad de explicarse; míster Peggotty la entendió perfectamente. Ahora, Trot, voy a entrar dijo mi tía para ver lo que hace Capullito, pues es su hora de levantarse. ¡Espero que no sea porque estoy yo aquí, señora! dijo míster Peggotty. Y a menos que mi entendimiento haya tomado las de Villariego míster Peggotty quería decir Villadiego, me parece que es por mí por lo que usted se marcha. Tendrá usted algo que decirle a mi sobrino contestó mi tía, y estarán más a gusto sin mí. Señora respondió míster Peggotty, si fuera usted tan amable que quisiera quedarse... a no ser que le aturda mi charla... ¿De verdad? dijo mi tía con afecto Entonces me quedo. Dio su brazo a míster Peggotty y se dirigió con él a un cenador cubierto de hojas, que había al final del jardín, donde se sentó en un banco, y yo me senté a su lado. Había también sitio para míster Peggotty; pero prefirió quedar de pie, apoyando su mano en una mesita rústica. Mientras estaba contemplando su gorra, antes de empezar, no pude por menos que observar el carácter enérgico que expresaba aquella mano nervuda, que armonizaba tan bien con su cabello gris acerado. Ayer tarde llevé a mi niña empezó míster Peggotty, levantando los ojos hacia nosotros a mi casa, donde la había estado esperando hacía tanto tiempo y que tenía preparada para ella. Pasaron varias horas antes de que volviera en sí, y después se arrodilló a mis pies como para rezar y me contó cómo había sucedido todo. Créanme ustedes, cuando oí su voz, que había sonado alegre en casa, y la vi humillada en el polvo sobre el que nuestro Redentor escribía con su mano bendita, tuve una sensación de tristeza horrible ante aquellas muestras de su agradecimiento. Se pasó la manga por los ojos, sin saber lo que hacía, y continuó, con la voz más clara: Pero no me duró mucho. ¡Por fin la había encontrado! Sólo pensaba que la había encontrado, y pronto olvidé todo lo demás; no sé ni para qué se lo he contado. Hacía un momento no pensaba decir nada acerca de mí; pero ha salido tan naturalmente, se me ha escapado sin poderlo evitarlo... Es usted un alma generosa dijo mi tía, y tendrá algún día su recompensa. Míster Peggotty, en cuya cara jugueteaban las sombras de las hojas, inclinó la cabeza, con sorpresa, como para agradecer el cumplido a mi tía, y luego continuó su discurso donde lo había interrumpido. Cuando mi Emily se marchó dijo en tono momentáneamente colérico de la casa en que estaba prisionera por la serpiente de cascabel que el señorito Davy conoce muy bien lo que me había contado era exacto: ¡que Dios confunda a ese traidor! era de noche. Era una noche oscura y estrellada. Estaba como loca, y corrió a lo largo de la playa, creyendo que el viejo barco estaría allí, gritándonos que nos ocultáramos porque iba a pasar ella. Al oír sus propios gritos creía oír llorar a otra persona, y se cortaba los pies corriendo entre las rocas, sin preocuparse, como si ella también fuese de piedra. Cuanto más corría, más le ardían los ojos y le zumbaban los oídos. Súbitamente, o por lo menos así le pareció a ella, rompió el día, húmedo y tormentoso, y se encontró echada al pie de un montón de piedras, al lado de una mujer que le hablaba, preguntándole, en el lenguaje del país, qué le había sucedido. Míster Peggotty parecía ver lo que contaba como si pasara ante él mientras hablaba; lo relataba muy vivamente y con una precision que no puedo expresar. Al escribirlo yo ahora, largo tiempo después, apenas puedo creer que no presenciara tales escenas; tal es la impresión de realidad que estos relatos de míster Peggotty me daban. Cuando los ojos de Emily se fueron despejando continuó míster Peggotty reconoció a aquella mujer como una de las que con frecuencia había tratado en la playa. Pues aunque había corrido mucho durante la noche, como ya he dicho, conocía muy bien aquella comarca, en muchas millas de extensión, por haber paseado parte a pie, parte en barco y en coche. Aquella mujer no tenía hijos, era recién casada; pero parecía que iba a tener pronto uno. ¡Dios quiera que sea para ella una felicidad y un apoyo toda su vida! ¡Dios haga que la ame y respete en la vejez y que sea para ella un ángel aquí y en la otra vida! Amén dijo mi tía. Al principio estaba intimidada y amedrentada, y solía sentarse un poco lejos, hilando o haciendo no sé qué otra labor, mientras Emily hablaba con los niños. Pero Emily se fijó en ella y fue a hablarle, y como a la joven le gustaban mucho los chiquillos, pronto se hicieron muy amigos; tanto, que cuando Emily pasaba por allí le daba siempre flores. Y esta fue la mujer que le preguntó lo que le sucedía, y, al decírselo Emily, se la llevó a su casa. Sí, es cierto; se la llevó a su casa dijo míster Peggotty tapándose la cara. Desde que Emily se había marchado nada le había conmovido tanto como aquel acto de bondad. Mi tía y yo no quisimos distraerle. Era una casa pequeña, como ustedes pueden suponerse prosiguió; pero encontró sitio para Emily. Su marido estaba en el mar, y ella guardó el secreto y consiguió que sus vecinos (los pocos que había alrededor) se lo guardaran también. Emily estaba muy mala, con fiebre; y lo que me pareció muy extraño (pueda ser que no lo sea para los entendidos) es que se le olvidó por completo la lengua del país y no podía hablar más que en la suya propia, que nadie entendía. Ella se acuerda, como de un sueño, de que estaba echada allí, hablando siempre en su idioma y creyendo siempre que el viejo barco estaba muy cerca, en la bahía, y pedía a imploraba que fueran a decimos que se estaba muriendo y que le mandáramos una misiva de perdón, aunque sólo fuera una palabra. A cada momento se figuraba que el individuo que he nombrado antes estaba debajo de su ventana o que entraba en su cuarto para raptarla, y rogaba a la buena mujer que no le permitiesen que se la llevara; pero al mismo tiempo sabía que no la comprendían, y tenía miedo. Parecía que le ardía la cabeza y le zumbaban los oídos; no conocía ni el hoy, ni el ayer, ni el mañana, y, sin embargo, todo lo que había pasado en su vida y lo que podría pasar, y todo lo que no había pasado nunca y nunca pasaría, acudía en tropel a su imaginación, y en medio de aquella terrible angustia reía y cantaba. El tiempo que duró no lo sé, pues luego se durmió, y en vez de salir reconfortada de aquel sueño, se despertó débil como un niño chiquito. Aquí se interrumpió como para descansar de los horrores que describía. Después de un momento de silencio continuó su historia. Era un hermoso atardecer cuando se despertó, y tan tranquilo, que el único ruido que se oía era el murmullo de aquel mar azul, sin olas, sobre la playa. Al principio creyó que estaba en su casa, en una mañana de domingo; pero los viñedos que vio por la ventana y las colinas que se veían en el horizonte no eran de su país y la desengañaron. Después entró su amiga y se acercó a la cama, y entonces comprendió que el viejo barco no estaba allí cerca, en la bahía, sino muy lejos, y se acordó de dónde estaba, y por qué, y prorrumpió en sollozos sobre el pecho de su amiga. Espero que ahora reposará allí su niño, alegrándola con sus lindos ojitos. No podía hablar de aquella buena amiga de Emily sin llorar. Era inútil. De nuevo se puso a llorar y a bendecirla. Le hizo mucho bien a mi Emily dijo con una emoción tan grande que yo mismo compartía su pena; en cuanto a mi tía, lloraba de todo corazón. Eso hizo mucho bien a mi Emily y empezó a mejorar. Pero como la lengua del país se le había olvidado por completo, tenía que entenderse por señas. Y así fue mejorando poco a poco y aprendiendo los nombres de las cosas usuales (nombres que le parecía no haber oído nunca en su vida), hasta que una noche, estando en la ventana, viendo jugar a una niña en la playa, de pronto la chiquilla, extendiendo la mano, le dijo: «¡Hija de pescador, mira una concha! ». Porque sabrán ustedes que la solían llamar « señorita» , como era la costumbre del país, hasta que ella les enseñó a que la llamaran « Hija de pescador». Y aquella niña, de repente, le dijo: « ¡Hija de pescador, mira esta concha»; y entonces Emily la entendió y le contestó, anegándose en lágrimas; y desde aquel momento recordó la lengua del país. Cuando Emily recobró sus fuerzas continuó míster Peggotty, después de un intervalo de silencio decidió dejar a aquella buena mujer y volver a su país. El marido había vuelto ya, y los dos la embarcaron en un barco de carga de Leghorn para que fuera a Francia. Tenía algún dinero; pero no quisieron aceptar nada por lo que habían hecho. Me alegro de ello, a pesar de que eran tan pobres. Lo que hicieron está depositado allí donde los gusanos de la roña no puedan roerlo y donde los ladrones no pueden robarlo, señorito Davy, y ese tesoro vale más que todos los tesoros del mundo. Emily llegó a Francia y se puso a servir en un hotel a las señoras que se detenían en el puerto. Pero allí llegó un día la serpiente. ¡Que no se me acerque nunca, porque no sé lo que haría!.. Tan pronto como se percató (él no la había visto) se volvió a apoderar de ella el miedo y huyó. Vino a Inglaterra y desembarcó en Dover. » No sé bien cuándo empezó a desfallecer dijo míster Peggotty; pero durante el camino pensó volver a casa. Y tan pronto como llegó a Inglaterra se dirigió hacia Yarmouth; pero luego, temiendo que no la hubiéramos perdonado, o que le apuntarían con el dedo; temiendo que alguno de nosotros hubiera muerto ya; temiendo muchas otras cosas, se volvió a mitad de camino. "Tío, tío me ha dicho después, lo que temía más era no sentirme digna de cumplir lo que mi pobre corazón deseaba ardientemente." Me volvía con el corazón lleno de deseos de arrastrarme hasta la puerta, y besarla en la noche, y apoyar mi cabeza pecadora y que me encontraran a la mañana siguiente muerta en sus peldaños. » Y vino a Londres siguió míster Peggotty, bajando la voz hasta hacerla un murmullo Ella, que no había visto nunca Londres, vino a Londres, sola, sin dinero, joven... guapa... Había apenas llegado cuando, en su desesperación, creyó que había encontrado una amiga: una mujer decente que vino a ofrecerle trabajo de costura; era en lo que ella había trabajado antes. Le dio una habitación para pasar la noche y le prometió enterarse a la mañana siguiente de todo lo que pudiera interesarle. Cuando mi hija querida dijo con un estremecimiento de pies a cabeza estaba al borde del abismo, Martha, fiel a su promesa, llegó para salvarla.» No pude reprimir un grito de alegría. Señorito Davy dijo, apretándome la mano en la suya rugosa, usted fue el primero que me habló de ella. Gracias, señorito. Era formal. La amarga experiencia le enseñó dónde tenía que vigilar y lo que tenía que hacer. Lo cumplió, y que Dios la bendiga. Llegó apresurada y pálida, mientras Emily dormía. Le dijo: « Aléjate de este antro y sígueme». Los que pertenecían a la casa quisieron detenerlas; pero era lo mismo que si hubieran intentado detener el mar. « ¡Alejaos de mí dijo; soy el fantasma que vengo a arrancarla del sepulcro que tiene abierto a sus pies!». Le dijo a Emily que me había visto y que sabía que la quería y que la había perdonado. La envolvió rápidamente en sus vestidos y la cogió, desmayada y temblorosa, en sus brazos. No hacía ningún caso de lo que le decían, como si no hubiese tenido oídos. Pasó por entre ellos, sosteniendo a mi hija y sin pensar más que en ella, y la sacó sana y salva de aquel antro en medio de la noche. »Cuidó a mi Emily prosiguió míster Peggotty, que había soltado mi mano y colocado la suya en su pecho oprimido, cuidó a mi Emily con afán, y por ella corrió de un lado a otro hasta la tarde siguiente. Luego fue a buscarme, y luego a buscarle a usted, señorito Davy. No dijo a Emily para qué había salido, por temor a que le faltara valor y se escondiera. No sé cómo esa mujer cruel supo que estaba allí. Quizá el individuo de que tanto he hablado las vio entrar, o quizá (lo que me parece más probable) lo había sabido por aquella mujen Pero ¡qué importa, si he encontrado a mi sobrina! »Toda la noche continuó míster Peggotty hemos estado juntos Emily y yo. No me ha dicho gran cosa, a causa de sus lágrimas; apenas si he podido ver la faz querida de la que ha crecido en mi hogar. Pero toda la noche he sentido sus brazos alrededor de mi cuello; su cabeza ha reposado en mi hombro, y ahora sabemos que podemos tener mutua y eterna confianza.» Cesó de hablar, y apoyó su mano en la mesa, con una energía capaz de dominar leones. Para mí fue como un rayo de luz, Trot dijo mi tía secándose los ojos, cuando pensé ser madrina de tu hermana Betsey Trotwood, la cual luego no me lo agradeció. Pero ahora ya nada me daría tanto gusto como ser la madrina del hijo de esa buena mujer. Míster Peggotty asintió, comprendiendo los sentimientos de mi tía; pero no se atrevió a pronunciar de nuevo el nombre de quien mi tía hacía el elogio. Nos quedamos todos silenciosos, absortos en nuestras reflexiones (mi tía secándose los ojos, y tan pronto sollozando convulsivamente como riéndose y llamándose loca), hasta que hablé yo. ¿Ha tomado usted una decisión para el futuro, amigo mío? le dije. Aunque es una tontería preguntárselo. Sí, señorito Davy contestó, y se la he comunicado a Emily. Hay grandes países lejos de aquí. Nuestra vida futura está más allá del mar. Van a emigrar, tía dije. Sí dijo míster Peggotty, con una sonrisa, llena de esperanza. En Austral ¡a nada podrán reprochar a mi querida niña, y allá empezaremos una vida nueva. Le pregunté si había decidido la fecha de la marcha. He ido esta mañana temprano a los Docks dijo para enterarme de la salida de barcos. Dentro de seis semanas o dos meses habrá uno; lo he visto esta mañana, he estado a bordo y tomaremos pasaje en él. ¿Solos? pregunté. ¡Ah! ¡Ya ve usted, señorito Davy, mi hermana le quiere tanto a usted y a los suyos, que está acostumbrada a pensar únicamente en esta tierra! Por lo tanto, no me parecería bien hacerle ir, además tiene que cuidar de una persona a la que no debemos olvidar. ¡Pobre Ham! dije yo. Mi hermana, ya ve usted señora, cuida de su casa, y él la quiere mucho. Míster Peggotty dio esta explicación para que se enterase mejor mi tía. Le habla y está con ella con toda confianza. Delante de otra persona no sería capaz de despegar los labios. ¡Pobre chico! dijo míster Peggotty moviendo la cabeza Le quedaba tan poca cosa, que no es justo quitárselo. ¿Y mistress Gudmige? pregunté. ¡Ah! dijo míster Peggotty con una mirada perpleja, que se disipaba a medida que iba hablando Les diré a ustedes. Mistress Gudmige me ha dado mucho que pensar. Ya ven ustedes. Cuando mistress Gudmige se pone a pensar en sus antiguos recuerdos no hay quien pare a su lado, y no resulta una compañía agradable. Entre usted y yo, señorito Davy, y usted, señora, cuando mistress Gudmige se pone mañosa, la persona que no la haya conocido antes puede creer que es muy gruñona. Yo, como la conozco de siempre dijo míster Peggotty y sé todos sus méritos, por eso la comprendo; pero no le pasa lo mismo a todo el mundo, como es natural. Mi tía y yo asentimos. Puede ser que mi hermana dijo míster Peggotty, no estoy seguro, pero puede ser que a veces encuentre a mistress Gudmige un tanto molesta; así, pues, no es mi intención que mistress Gudmige viva siempre con ellos, sino encontrarle un sitio donde se las arregle como pueda. Para cuyo fin continuó míster Peggotty tengo intención de dejarle antes de marcharme una pequeña renta que le permita vivir a su gusto. Es la más fiel de todas las mujeres. Naturalmente, no se puede esperar que a su edad, y estando tan sola y triste como lo está la pobre vieja, se embarque para venir a vivir entre bosques y salvajes de un nuevo y lejano país. Así es que eso es lo que pienso hacer con ella. No se olvidaba de nadie y se acordaba de las necesidades y súplicas de todos, menos de las suyas. Emily se quedará conmigo continuó. A la pobre infeliz buena falta le hace reposo y descanso hasta que llegue el día del viaje. Trabajará en hacerse ropa, que le hace mucha falta, y espero que los disgustos que ha tenido le parecerán más lejanos de lo que son en realidad encontrándose al lado de su tío. Mi tía confirmó aquella esperanza con un movimiento de cabeza, lo que causó gran satisfacción a míster Peggotty. Hay todavía una cosa, señorito Davy dijo, metiendo la mano en el bolsillo de su chaleco y sacando gravemente de él un paquetito de papeles que había visto anteriormente y que desenrolló encima de la mesa. He aquí estos billetes de banco (50 libras y 10 chelines). A estos quiero añadir el dinero que ella ha gastado. Le he preguntado a cuánto ascendía (sin decirle el porqué) y lo he sumado. No soy muy experto. ¿Quiere usted tener la bondad de decirme si está bien? Me alargó humildemente un pedazo de papel, observándome mientras examinaba la suma. Estaba muy bien. Gracias dijo al devolvérselo Este dinero, si no ve usted inconveniente, señorito Davy, lo pondré antes de marcharme en un sobre a la dirección de él, y todo ello a las señas de su madre. Se lo diré con las mismas palabras que a usted se lo he dicho, y como me habré marchado no podrá devolvérmelo. Le dije que me parecía que hacía bien obrando de aquel modo, pues estaba plenamente convencido que así sería desde el momento en que a él le parecía justo. Le he dicho a usted antes que había una cosa más prosiguió con sonrisa grave cuando hubo arreglado y guardado en su bolsillo el paquetito de papeles; pero hay dos. No estaba muy seguro esta mañana, cuando he salido, si podría ir yo mismo a comunicarle a Ham todo lo sucedido. Así que le he escrito una carta mientras he estado fuera, y la he puesto en el correo, contándole cómo había pasado todo y diciéndole que iría a verle mañana para desahogar mi corazón de todas las cosas que no tenía necesidad de reservar, y que además así me despediría ya de Yarmouth. ¿Y quiere usted que le acompañe? dije yo, viendo que dejaba algo sin decir. ¡Si pudiera usted hacerme ese favor, señorito Davy! contestó Sé que el verle a usted le sentará muy bien. Como mi pequeña Dora estaba de buen humor y deseaba que fuera, según me lo dijo al hablar después con ella, me preparé inmediatamente a acompañarle según su deseo. En consecuencia, a la mañana siguiente estábamos en la diligencia de Yarmouth y viajando otra vez a través de aquella vieja tierra. Al cruzar por la noche las conocidas calles (míster Peggotty, a pesar de todas mis amonestaciones, se empeñaba en llevar mi maleta) eché una ojeada en la tienda de Omer y Joram, y vi allí a mi viejo amigo Omer fumando su pipa. Me molestaba estar presente en la primera entrevista de míster Peggotty con su hermana y Ham y me disculpé con mister Omer para quedarme rezagado. ¿Cómo está usted, míster Omer, después de tanto tiempo? dije al entrar. Dispersó el humo de su pipa para verme mejor y pronto me reconoció, con sumo gusto. Me debía levantar para agradecer el honor de esta visita dijo; pero mis miembros están casi imposibilitados y tienen que arrastrarme en mi butaca. Excepto las piernas y la respiración, todo lo demás está de lo mejor; me agrada decirlo. Le di la enhorabuena por su buen aspecto y su buen humor, y me fijé entonces en que su butacón tenía ruedas. Es una idea ingeniosa, ¿verdad? dijo siguiendo la dirección de mi mirada y frotando la madera con el codo, Rueda tan ligeramente como si fuera una pluma, y es tan segura como una diligencia. Mi pequeña Minnie (mi nieta, ya sabe usted, la hija de Minnie) se apoya contra el respaldo, le da un empujón, y así vamos más contentos y alegres que todas las cosas. Y además, ¿sabe usted?, es la silla más cómoda para fumar en pipa. Nunca he visto una persona igual para acomodarse y divertirse con cualquier cosa como el viejo de míster Omer. Estaba tan radiante como si su sillón, su asma y sus piernas imposibilitadas fueran las diversas ramas de un gran invento para disfrutar más con su pipa. Le aseguro a usted que veo más gente, desde que estoy en esta silla, dijo mister Omer que la que veía antes. Se sorprendería usted de la cantidad de personas que vienen aquí a echar una parrafada. De verdad se asombraría. Y desde que ocupo esta silla encuentro que los periódicos traen diez veces más noticias que las que traían antes. En cuanto a la lectura en general, ¡no sabe usted todo lo que leo! Eso es lo que me conforta, ¿sabe usted? Si hubieran sido mis ojos, ¿qué hubiese hecho?... O si llegan a ser mis oídos, ¿qué habría sido de mí? Pero siendo las piernas, ¡qué importa! No servían nada más que para agitar mi respiración cuando las usaba. Y ahora, cuando quiero salir a la cane o quiero it a la playa, no tengo más que llamar a Dick, el aprendiz más joven de casa de Joram, y voy en mi carruaje propio como un lord mayor de Londres. Casi se ahogaba de risa. ¡Dios mío! dijo mister Omer volviendo a coger su pipa. Hay que tomar las cosas como vienen; eso es lo que tenemos que hacer en esta vida. Joram está haciendo buenos negocios. ¡Excelentes negocios! Me alegra saberlo dije. Estaba seguro dijo Omer, y Joram y Minnie siguen como dos tórtolos. ¡Qué más puede desear un hombre! Y ante todo esto ¡qué importan las piernas! El profundo desprecio que le inspiraban sus piernas era una de las cosas más graciosas que vi jamás. Y mientras a mí me ha dado por leer, a usted le ha dado por escribir, ¿eh? dijo mister Omer examinándome con admiración. ¡Qué hermosa obra ha escrito usted! ¡Qué expresión hay en ella! ¡La he leído toda, sin saltarme ni una palabra! Y en cuanto a quedarme dormido, ¡nada de eso! Expresé mi satisfacción riéndome; pero tengo que confesar que aquella asociación de ideas me pareció muy significativa. Le doy a usted mi palabra de honor dijo mister Omer de que cuando dejo el libro sobre la mesa y miro por fuera los tres tomos, uno, dos, tres, me siento muy orgulloso de pensar que tuve el honor de conocer íntimamente a su familia. Y, querido mío, ya hace tiempo de esto, ¿verdad? Allí, en Bloonderstone, donde hacíamos juntos tan bonitas excursiones. ¡Lo que son las cosas! Cambié de asunto hablando de Emily. Después de asegurarle que no olvidaba cómo se había interesado siempre por ella, y con cuánta bondad la había tratado, le conté de una manera general cómo la habían vuelto a encontrar, con la ayuda de Martha, lo cual sabía que agradaría al viejo. Me escuchó con gran atención y dijo con sentimiento cuando hube terminado: Me alegro mucho. Es la mejor noticia que me han dado desde hace tiempo. ¡Ay Dios mío, Dios mío! ¿Y qué va a ser de esa buena de Martha? Toca usted un punto en el cual he estado pensando desde ayer dije, pero sobre el que no puedo darle todavía ninguna información, míster Omer. Míster Peggotty no ha hecho ninguna alusión, y me parece más delicado no preguntárselo. Estoy seguro de que no se le ha olvidado. No se le olvida nada que sea desinteresado y bueno. Porque, ¿sabe usted? dijo míster Omer siguiendo el párrafo que había interrumpido, me gustaría tomar parte en lo que se hiciera. Apúnteme para cualquier cosa que considere usted justa y avísemelo. Nunca se me ha ocurrido pensar que la chica fuera mala, y me alegro de ver que no me he equivocado. También se alegrará mi hija Minnie. Las mujeres jóvenes son a veces criaturas contradictorias en muchos casos (su madre era igual); pero sus corazones son buenos y tiernos. Eso se nota en Minnie cuando habla de Martha. ¿Por qué se comporta de esa manera al hablar de Martha? No pretendo demostrárselo; pero no es todo apariencia; al contrario, haría cualquier cosa en privado por serle útil. Así que no deje de escribirme para lo que usted crea justo; me hará usted ese favor, y envíeme una líneas para que sepa dónde debo dirigir mi dádiva. ¡Dios mío! dijo Omer. Cuando un hombre llega a esta edad en que los dos extremos de la vida se tocan; cuando se ve uno obligado, por muy robusto que haya sido, de hacerse transportar por una segunda mano en una especie de carrito, se considera uno dichoso, pudiendo ser útil a cualquiera. ¡Se tiene tanta necesidad de los demás! Y no hablo de mí mismo dijo míster Omer, porque pienso que todos bajamos la cuesta, sea cualquiera la edad que tengamos; el tiempo no se queda nunca impasible. Así que hagamos el bien y alegrémonos de ello. Esta es mi opinion. Sacudió la ceniza de su pipa en un recipiente dispuesto en el respaldo de su sillón. Ahí está el primo de Emily, el que debía haberse casado con ella dijo míster Omer frotándose débilmente las manos, el mejor chico de Yarmouth. Vendrá esta noche a charlar conmigo o a leerme durante una o dos horas. A eso llamo yo bondad, y toda su vida no es más que bondad. Voy a verle ahora dije. ¿Va usted? dijo míster Omer. Dígale que me encuentro bien y que le mando mis recuerdos. Minnie y Joram están en un baile. Estarían tan orgullosos como yo de verle a usted si estuvieran en casa. Minnie no sale casi nada, ya ve usted, a causa de su padre, como ella dice. Así es que juré hoy que si no se iba me acostaría a las seis. Por lo cual dijo míster Omer, agitándose en su sillón a fuerza de reír por el éxito de su estratagema ella y Joram están en el baile. Le estreché la mano y le deseé las buenas noches. Un minuto dijo míster Omer. Si se marchara usted sin ver a mi pequeño elefante se perdería usted uno de los mejores espectáculos. ¡Nunca habrá visto nada parecido! ¡Minnie! Una vocecita musical contestó desde arriba: «Voy, abuelo»; y una monísima chiquilla, con larga, sedosa y rizada cabellera, entró corriendo en la tienda. Este es mi elefantito dijo míster Omer acariciando a la niña. Pura raza siamesa, caballero. ¡Vamos elefantito! El elefantito dejó la puerta del gabinete abierta, de manera que pude ver que en aquellos últimos tiempos lo habían convertido en el dormitorio de míster Omer, pues ya no le podían subir con facilidad; después apoyó su linda frente y dejó caer sus hennosos rizos contra el respaldo del sillón de míster Omer. El elefante embiste cuando se dirige hacia un objeto dijo míster Omer guiñándome un ojo. ¡A la una, elefante, a las dos y a las tres!.. A esta señal, el pequeño elefante, con una agilidad que era maravillosa en un animal tan pequeño, dio la vuelta entera al sillón de míster Omer, lo empujó y lo metió dentro del gabinete, sin tocar la puerta. Míster Omer, indescriptiblemente regocijado por esta maniobra, me miraba, al pasar, como si fuera una salida triunfante de los esfuerzos de su vida. Después de haber dado una vuelta por la ciudad fui a casa de Ham. Peggotty se había trasladado allí para estar mejor y había alquilado la suya al sucesor en los negocios de Barkis, que le había pagado muy bien el traspaso, quedándose con el carro y el caballo. Me parece que era el mismo caballo lento que Barkis solía conducir. Los encontré en una cocina muy limpia, acompañados de mistress Gudmige, a quien había sacado del viejo barco el mismo míster Peggotty. Dudo que cualquier otro hubiera podido inducirla a abandonar su puesto. Indudablemente les había contado ya todo. Peggotty y mistress Gudmige se secaban los ojos con el delantal, y Ham acababa de salir para dar una vuelta por la playa. Volvió enseguida y pareció muy contento de verme. Creo que todos estaban más a gusto de verme a mí allí. Hablamos con una fingida alegría de lo rico que míster Peggotty se iba a hacer en el nuevo país y de las maravillas que nos describiría en sus cartas. No mencionamos a Emily; pero más de una vez hicimos alusión a ella. Ham era el más sereno de toda la reunión. Pero Peggotty me dijo, cuando me fue alumbrando hasta un cuartito donde el libro de los cocodrilos me aguardaba encima de una mesa, que Ham era siempre el mismo. Ella creía (me lo dijo llorando) que estaba desconsoladísimo, aunque estaba tan lleno de ánimo como de dulzura y hacía un trabajo más duro y mejor que todos los constructores de barcos en una yarda a la redonda. A veces, me dijo, había tardes en que hablaban de Emily; pero siempre la mencionaba como niña, nunca como mujer. Me pareció leer en la cara del joven que quería hablarme a solas, y decidió encontrarme en su camino a la tarde siguiente cuando volviera del trabajo. Habiendo resuelto esto, me quedé dormido. Aquella noche, por primera vez desde hacía mucho tiempo, apagaron la luz que iluminaba la ventana; míster Peggotty se balanceó en su vieja hamaca, y el viento gemía como otras veces alrededor de su cabeza. Todo el día siguiente estuvo ocupado en arreglar su bote de pesca y las redes, en empaquetar y mandar a Londres todos los pequeños efectos domésticos que creía necesarios y en deshacerse de lo demás o regalárselo a mistress Gudmige. Esta estuvo con él todo el día. Como tenía un triste deseo de volver a ver el antiguo lugar antes de que lo cerraran, les propuse ir allí por la tarde; pero lo arreglé de modo para poder estar antes con Ham. Era fácil encontrarlo, pues sabía dónde trabajaba; me lo encontré en un sitio solitario del arena, que yo sabía que tenía que atravesar, y volví con él para que tuviera ocasión de hablarme si realmente quería hacerlo. No me engañó la expresión de su cara. No habíamos andado apenas cuando dijo sin mirarme: Señorito Davy, ¿la ha visto usted? Sólo un momento, mientras estaba desvanecida le respondí suavemente. Anduvimos un poco más y dijo: Señorito Davy, ¿cree usted que la volverá a ver? Quizá sea demasiado doloroso para ella dije. Ya lo había pensado añadió; es probable, sí, señor; es probable. Pero, Ham le dije dulcemente, si hay algo que yo pueda escribirle de tu parte, en el caso de que no se lo pueda decir; si hay algo que quieras hacerle saber, lo consideraré como un deber sagrado. Lo sé, y se lo agradezco muchísimo. En efecto, hay algo que yo quisiera que le dijeran o le escribieran. ¿Qué es? Anduvimos un rato en silencio y continuó: No se trata de decirle que la perdono; de eso no hay por qué hablar. Lo que quiero es pedirle que me perdone a mí por haberle impuesto mi cariño. Muchas veces pienso que si no me hubiera prometido su mano hubiese tenido la bastante confianza, por amistad, para contarme lo que luchaba interiormente, y me habría consultado, y quizá hubiese podido salvarla. Le estreché la mano. ¿Es eso todo? Aún hay algo añadió, si es que puedo decirlo. Seguimos andando un poco antes de que volviera a hablar. No es que llorase durante las pausas, que expresaré por puntos. Solamente se concentraba en sí mismo para hablar con mayor sencillez. La amaba (y amo su memoria) muy profundamente para hacerle creer que soy dichoso... Yo no podría ser dichoso más que olvidándola, y no creo que pueda soportar que le dijeran semejante cosa. Pero si usted que es tan discreto, señorito Davy, pudiera pensar algo para hacerla creer que no estoy enfadado... que la sigo queriendo... y que la compadezco...; algo para hacerla creer que no estoy hastiado de mi vida... y que, por el contrario, espero verla un día, sin reproches, allí donde los malos dejan descansar a los buenos y se encuentra el reposo... Algo que pudiera tranquilizar su pena sin hacerla creer que yo pueda llegar nunca a casarme, ni que otra pueda ocupar jamás el lugar que ella ocupaba... Yo le pediría... le dijese que no dejo de rogar por ella, que tan querida me era... Estreché de nuevo su mano de hombre y le dije que me encargaba de hacer lo mejor posible o que él quería. Muchas gracias, señorito respondió. Ha sido muy amable por su parte al venir a buscarme, como también al acompañar a mi tío hasta aquí. Señorito Davy, sé muy bien que no le volveré a ver, aunque mi tía quiere it a Londres, antes de que partan, para despedirlos. Estoy seguro; no lo decimos, pero así sera, y más vale que así sea. Cuando la vea por última vez (la última), ¿querrá darle las gracias del huérfano para el que fue más que un padre? También le prometí cumplir esto fielmente. Muchas gracias una vez más dijo, dándome cordialmente la mano; ya sé dónde va usted. ¡Adiós! Agitando las manos, como para explicarme que no podía entrar en aquel sitio, dio media vuelta. Al seguirle con la vista, cruzando aquel desierto a la luz de la luna, le vi volver la cara hacia una faja de luz plateada, que brillaba en el mar, y pasar mirándola hasta que no fue más que una sombra en la distancia. La puerta de la casabarco estaba abierta cuando me acerqué, y al entrar la encontré vacía de mobiliario, salvo un viejo cofre sobre el que estaba sentada mistress Gudmige, con una cesta en las rodillas y mirando a míster Peggotty. Este apoyaba un codo en la chimenea, mirando algunas brasas mortecinas; pero levantó la cabeza al entrar yo y habló de un modo jovial. ¡Ah! ¿Viene usted a despedimos, como prometió? dijo levantando la vela. Está esto muy desnudo, ¿verdad? Efectivamente, han aprovechado ustedes el tiempo respondí. Sí; no hemos estado ociosos. Mistress Gudmige ha trabajado como un... no sé como quién ha trabajado mistress Gudmige dijo míster Peggotty mirándola, sin haber podido encontrar un símil satisfactorio. Mistress Gudmige, inclinada sobre su cesta, no hizo ninguna observación. Ahí tiene usted el mismo cofre sobre el que se sentaba usted al lado de Emily dijo míster Peggotty en un murmullo. Lo voy a llevar conmigo a última hora; y ahí está su cuartito, señorito Davy, tan vacío que no puede estar más. El viento, aunque flojo, sonaba solemnemente, rodeando la casa desierta de un murmullo de tristeza. Todo había desaparecido, incluso el espejito con marco de conchas. Me acordé de cuando me acosté allí mientras se hizo el primer cambio grande en mi casa. Pensé en la criatura de ojos azules que me había encantado. Pensé en Steerforth, y una loca y deliciosa ilusión me hizo creer que estaba allí mismo y que se le podría encontrar en cuanto quisiera, Pasará tiempo dijo míster Peggotty en voz baja hasta que el barco tenga nuevos inquilinos. Lo miran como cosa maldita. ¿Pertenece a alguien de la vecindad? pregunté. A un constructor de mástiles del pueblo dijo míster Peggotty. Voy a darle la llave esta noche. Miramos en el otro cuartito y volvimos al lado de mistress Gudmige, que continuaba sentada en el cofre. Míster Peggotty puso la luz en la chimenea y le rogó que se levantara para sacar el cofre antes de que se apagara la vela. Daniel dijo de repente mistress Gudmige, dejando el cesto y colgándose de su brazo, mi querido Daniel, las palabras de despedida que se me ocurren es que no quiero separarme de vosotros. No me dejéis aquí. ¡Por Dios, no me dejéis! Míster Peggotty, asustado, miraba a mistress Gudmige, y luego a mí, y después de mí a mistress Gudmige, como si despertase de un sueño. No me dejéis, querido Daniel, no me dejéis repetía mistress Gudmige con fervor. Llévame contigo, Daniel, llévame con Emily. Seré vuestra criada fiel y leal. Si hay esclavos en la tierra donde vais, seré yo una de vuestras esclavas, y muy dichosa de serlo; pero no me dejéis, Daniel, por favor. Amiga mía dijo míster Peggotty moviendo la cabeza, no sabe usted lo largo que es el viaje y lo penosa que será allí la vida. Sí, ya lo sé, Daniel, me lo figuro gritaba mistress Gudmige; pero mis últimas palabras bajo este techo son que me volveré a esta casa y aquí me moriré si no me lleváis con vosotros. Sé labrar, Daniel, puedo trabajar; puedo vivir una vida penosa, y puedo ser cariñosa y paciente más de lo que te figuras, Daniel. Si quisieras probar. No tocaré tu renta aunque me esté muriendo de necesidad, Daniel Peggotty; pero iré contigo y con Emily aunque me llevéis al fin del mundo. Sé muy bien lo que es. Sé que pensáis que soy tacituma y gruñona; pero, querido mío, ya no soy como antes. No en balde he estado aquí pensando y meditando en vuestras desgracias. Señorito Davy, ¡háblele usted por mí! Conozco sus costumbres y las de Emily, y sé sus penas, y podré consolarlos algunas veces y trabajar siempre por ellos. Daniel, querido Daniel, ¡déjame it contigo! Y mistress Gudmige cogía su mano y la besaba con una familiaridad cariñosa y afectuosa, en un arrebato de devoción y gratitud que bien se lo merecía. Sacamos el cofre, apagamos la vela, cerrarnos por fuera la puerta y abandonamos el barco, que quedó como un espectro negro en la noche tormentosa. Al día siguiente, cuando volvíamos a Londres en la baca de la diligencia, mistress Gudmige y su cesta estaban instaladas en el asiento trasero, y mistress Gudmige se sentía tan dichosa... CAPÍTULO XII ASISTO A UNA EXPLOSION Cuando llegó la víspera del día para el cual míster Micawber nos había dado una cita tan misteriosa, consultamos mi tía y yo la manera de proceder, pues mi tía no tenía ganas de separarse de Dora. ¡Oh con qué facilidad transportaba ya a Dora en mis brazos de un lado a otro! A pesar del deseo expresado por míster Micawber, estábamos decididos a que mi tía se quedara en casa y que le representara míster Dick. En una palabra, lo teníamos ya decidido así, cuando Dora nos lo trastornó de nuevo, declarando que nunca se perdonaría a sí misma ni a la mala persona de su marido, si mi tía, bajo cualquier pretexto, se quedaba allí. No le dirigiré la palabra dijo Dora a mi tía sacudiendo los rizos. Estaré insoportable. Haré que Jip le esté ladrando todo el día. Si no va usted, me convenceré de que es una vieja gruñona. ¡Bah, bah, Capullito! dijo mi tía riéndose. ¡Ya sabes que no puedes hacer nada sin mí!.. Sí que puedo contestó Dora. Y no me hace usted ninguna falta. Durante todo el día no sube ni baja una vez por verme. Nunca se sienta a mi lado, ni me cuenta cuentos de Doady, de cómo tenía los zapatos rotos y cómo estaba cubierto de polvo el pobrecito. Nunca hace usted nada por darme gusto, ¿verdad? Dora se apresuró a besar a mi tía, y dijo: Sí, sí que lo hace; lo digo en broma. (Por temor de que mi tía tomara la cosa en serio.) Pero, tía continuó Dora en tono mimoso, escúcheme usted bien. Tiene usted que ir; le atormentaré hasta que haga lo que yo quiero, y le haré pasar muy malos ratos a ese chico si no la convence. Me pondré insoportable, y Jip lo mismo. Y si no se va, no la dejaré un momento tranquila, para que le pese el no haberse marchado. Además dijo Dora echándose el pelo hacia atrás y mirándonos con inquietud, ¿por qué no han de ir ustedes? ¿Es que estoy muy enferma? ¿Verdad? ¡ Vaya una pregunta! exclamó mi tía. ¡Qué idea! dije yo. Sí; ya sé que soy una tontuela dijo Dora mirándonos fijamente a uno y a otro y ofreciéndonos sus labios para que la besáramos, mientras se tendía en la cama. Bueno; si es así, tenéis que marcharos los dos, y si no, no les creeré, y eso me hará llorar. Vi en la expresión de mi tía que empezaba a ceder, y Dora también lo vio y se puso muy contenta. Volverán con tantas cosas que contarme, que me hará falta lo menos una semana para comprenderlas dijo Dora. Porque ya sé que no lo entenderé en mucho tiempo si hay negocios en ello. Y seguramente habrá algún negocio. Y si además hay algo que sumar, no sé cómo me las voy a arreglar; y este malo estará todo el tiempo fastidiando. Así, pues, se marcharán ustedes, ¿verdad? No estarán fuera más que una noche, y entre tanto Jip me cuidará. Doady me subirá antes de que se marchen, y no bajaré hasta que vuelvan. Llevarán a Agnes una carta mía llena de reproches porque no viene a vernos. Sin más comentarios decidimos que nos marcharíamos los dos y que Dora era una impostora infantil que fingía estar muy mala para que la mimasen. Estaba muy contenta, y mi tía, míster Dick, Traddles y yo nos fuimos aquella noche a Canterbury, en la diligencia de Dover. En el hotel en que míster Micawber nos rogó que le esperásemos, y al que llegamos a media noche, después de algunas molestias; encontré una carta suya diciéndome que aparecería a la mañana siguiente, a las nueve y media en punto. Después de eso fuimos todos, tiritando, a esa hora intempestiva, a acostarnos en nuestras respectivas camas, pasando a través de estrechos pasillos que olían como si durante años enteros hubieran estado metidos en una disolución de sopa y estiércol. A la mañana siguiente, muy temprano, vagaba yo por aquellas viejas calles tranquilas, confundido otra vez con las sombras de los claustros venerables y de las iglesias. Los cuervos seguían planeando sobre las torres de la catedral, y las torres mismas, que dominaban toda la rica región de los contornos, con sus graciosos arroyos, parecían hendir el aire matinal como si nada hubiera cambiado en la tierra. Sin embargo, las campanas al sonar me decían tristemente el cambio de todas las cows de este mundo, y me recordaban su propia vejez y la juventud de mi querida Dora; me contaban la vida de todos los que habían pasado cerca de ellas, que jamás envejecieron, que vivieron, amaron, murieron mientras que el sonido plañidero resonaba en la armadura enmohecida del Príncipe Negro, para perderse después en el espacio, como un círculo que se forma y desaparece en la superficie de las aguas. Miré la vieja casa desde la esquina de la calle sin atreverme a acercarme, por no perjudicar involuntariamente, si acaso era observado, el motivo por el que había venido. El sol de la mañana doraba con sus rayos el tejado y las ventanas, y sus resplandores conmovían mi corazón. Me paseé por los contornos durante una hora o dos, y regresé por la calle principal, que en el intervalo había sacudido su último sueño. Entre los que abrían las tiendas vi a mi antiguo enemigo, el carnicero, que ahora parecía un personaje importante, meciendo a un niño. Al sentarnos a desayunar estábamos todos muy inquietos e impacientes. A medida que se acercaban las nueve y media, nuestra agitación esperando a míster Micawber iba creciendo. Al fin, sin hacer caso del desayuno, el cual, excepto para míster Dick, había sido desde el primer momento una pura fórmula, mi tía empezó a pasearse de un lado a otro de la habitación. Traddles se sentó en un sofá, haciendo como que leía el periódico, pero con los ojos fijos en el techo; y yo miraba por la ventana para avisar la llegada de míster Micawber. No tuve que esperar mucho, pues a la primera campanada de la media apareció en la calle. ¡Aquí está! dije ¡Y no trae su traje negro! Mi tía se ató las cintas de su cofia (había bajado a desayunar con ella) y se puso su chal, como preparándose para cualquier asunto que requiriese toda su energía. Traddles se abrochó con resolución la chaqueta. Míster Dick, aturdido con aquellos formidables preparativos, pero juzgando necesario imitarlos, se encasquetó el sombrero hasta las orejas, con las dos manos, con toda la energía que pudo, a instantáneamente se lo volvió a quitar para saludar a míster Micawber. Señores y señora dijo míster Micawber, ¡buenos días! Mi querido señor dijo a míster Dick, que le estrechaba la mano violentamente, es usted extraordinariamente amable. ¿,Ha desayunado usted? dijo míster Dick. Tome usted algo. Por nada del mundo, amigo mío exclamó míster Micawber impidiéndole que tocara el timbre; el apetito y yo, míster Dixon, hace tiempo que somos extraños el uno al otro. Míster Dixon estaba tan contento con su nuevo nombre, y le parecía tan amable que míster Micawber se lo hubiera dado, que volvió a estrecharle la mano y a reírse como un chiquillo. Dick dijo mi tía, ten cuidado. Dick se recobró enrojeciendo. Ahora, caballero dijo mi tía a míster Micawber, mientras se ponía los guantes, estamos dispuestos para ir al Vesubio o a cualquier otro sitio en cuanto usted guste. Señora contestó míster Micawber, creo que efectivamente asistirá usted pronto a una explosión. Míster Traddles, creo que tengo su permiso para mencionar aquí que usted y yo hemos tenido algunas confidencias. Es indudablemente un hecho, Copperfield dijo Traddles, al cual yo miraba sorprendido Míster Micawber me ha consultado sobre lo que pensaba hacer, y yo le he dado mi opinión lo mejor que he podido. A menos de equivocarme, míster Traddles siguió diciendo míster Micawber, lo que tengo intención de descubrir es muy importante. Extremadamente dijo Traddles. Quizá en esas circunstancias, señora y señores dijo míster Micawber, me harán ustedes el favor de someterse por un momento a la dirección de un hombre que, aunque indigno de considerarse de otra manera que como una frágil barca naufragada sobre la playa de la vida humana, es todavía un hombre como ustedes, aunque aplastado por errores individuales y por una total combinación de circunstancias que le han obligado a cambiar su forma primitiva. Tenemos plena confianza en usted, míster Micawber dije yo, y haremos lo que usted quiera. Míster Copperfield contestó míster Micawber, no está, por ahora, mal colocada su confianza. Les ruego me permitan adelantarme cinco minutos, y luego recibiré a todos los presentes, que deben preguntar por miss Wickfield, en la oficina de WickfieldHeep, de la cual soy empleado. Mi tía y yo miramos a Traddles, que hacía una señal de asentimiento. No tengo nada más que decir por ahora añadió míster Micawber. Y, con gran sorpresa mía, nos saludó a todos ceremoniosamente y desapareció. Sus modales eran muy extraños y su cara estaba extraordinariamente pálida. Traddles fue el único que sonrió, moviendo la cabeza, con su pelo más tieso que nunca, al mirarle yo pidiéndole una explicación; como último recurso saqué mi reloj y estuve contando cinco minutos. Mi tía, con su reloj en mano, hizo lo propio. Cuando transcurrió el tiempo fijado, Traddles le dio el brazo, y nos dirigimos todos juntos a la vieja mansión, sin decir una sola palabra por el camino. Encontramos a míster Micawber en el pupitre de su despacho, en la planta baja de la torre, escribiendo, o haciendo como que escribía, con la mayor actividad. La larga regla de oficinista atravesaba su chaleco, y no muy bien disimulada, pues un palmo o más del instrumento se dejaba ver como una nueva especie de chorrera. Como me pareció que yo era el que debía hablar, dije en voz alta: ¿Cómo está usted, míster Micawber? Míster Copperfield dijo míster Micawber gravemente, ¿supongo que se encuentra usted bien? ¿Está miss Wickfield en casa? dije yo. Míster Wickfield está en la cama, algo indispuesto, con una fiebre reumática contestó él; pero estoy seguro de que miss Wickfield se alegrará mucho de ver a sus antiguos amigos. ¿Quieren ustedes pasar, señores? Nos precedió al comedor (la primera habitación que había pisado cuando entré por primera vez en aquella casa), y empujando la puerta de lo que antes era el despacho de míster Wickfield, dijo con voz sonora: ¡Miss Trotwood, míster David Copperfield, míster Thomas Traddles y míster Dixon! No había visto a Uriah Heep desde el día en que le pegué. Evidentemente nuestra visita le chocaba casi tanto como nos extrañaba a nosotros mismos. No frunció el entrecejo, porque no tenía cejas; pero nos miró con tal ceño, que parecía que tenía los ojos cerrados, mientras la precipitación con que llevaba su mano cartilaginosa a la barbilla mostraba miedo y sorpresa. Esto fue cosa de un segundo, en el momento de entrar en su cuarto, cuando le vislumbré por encima del hombro de mi tía. Inmediatamente después se puso tan humilde y servil como siempre. ¡Realmente dijo es un placer inesperado, una suerte, tener tantos amigos a un tiempo alrededor de uno!.. Míster Copperfield, espero que esté usted bien... Y, si humildemente puedo expresarme así, ¿seguirá siendo tan amable con sus amigos? mistress Copperfield, espero que siga mejorando... Le aseguro que hemos estado muy inquietos por las malas noticias que hemos tenido de su salud. Me sentía avergonzado dejándole estrechar mi mano; pero no sabía qué hacer. Las cosas han variado mucho, miss Trotwood, desde que yo no era más que un humilde empleado y cuidaba de su poney, ¿no le parece? dijo Uriah con su sonrisa enfermiza. Pero yo no he cambiado, miss Trotwood. A decir verdad, caballero contestó mi tía, y si puede ser una satisfacción para usted, encuentro que ha cumplido usted todo lo que prometía en su juventud. Gracias por su buena opinión, miss Trotwood dijo Uriah con sus artificiosas y burdas maneras de costumbre. Micawber, avise usted a miss Agnes y a mi madre. Mi madre estará encantada de verlos a todos ustedes dijo Uriah ofreciéndonos sillas. ¿No está usted ocupado, míster Heep? dijo Traddles, cuyos ojos encontraron su mirada astuta, que nos examinaba. No, míster Traddles replicó Uriah volviendo a ocupar su asiento oficial, apretando la una contra la otra sus huesudas manos entre sus huesudas rodillas. No tanto corno yo quisiera, pues jueces tiburones y sanguijuelas no se conforman fácilmente, ¿sabe usted? Esto no quiere decir que míster Micawber y yo no tengamos que hacer suficiente, pues míster Wickfield apenas si puede ocuparse ya de ningún trabajo. Pero es para nosotros un gusto, así como un deber, el trabajar para él. ¿No ha tratado usted a míster Wickfield, creo, míster Traddles? Me parece que yo mismo sólo he tenido el honor de verle a usted una vez. No; no he tratado íntimamente a míster Wickfieldcontestó Traddles; de ser así quizá hubiese tenido ocasión de visitarle a usted hace ya tiempo, míster Heep. Había algo en el tono de esta contestación que hizo a Uriah mirar al que hablaba con una expresión siniestra y suspicaz; pero viendo la cara bonachona de Traddles, sus modales sencillos, y sus cabellos erizados, siguió hablando con una sacudida en todo su cuerpo, pero especialmente en su garganta. Lo siento mucho, míster Traddles. Le hubiese usted admirado tanto como le admiramos todos; sus pequeños defectos habrían servido para que le apreciara más. Pero si quiere usted oír el elogio de mi asociado, diríjase a Copperfield. Está muy enterado de todo lo concerniente a esta familia, si es que todavía no le ha oído nunca. No tuve tiempo de declinar el elogio (aun cuando hubiera estado dispuesto a hacerlo) porque Agnes entraba en aquel momento, escudada por míster Micawber. Me pareció que no estaba tan tranquila como de costumbre; era evidente que había pasado mucha ansiedad y fatiga; pero esto hacía resaltar más su serena belleza y su brillante amabilidad. Vi que Uriah la observaba mientras nos saludaba, y me pareció un espíritu maligno acechando a un hada buena. Entre tanto, míster Micawber hizo una seña discreta a Traddles, al cual no le observaba nadie más que yo, y salió. No tiene usted necesidad de esperar dijo Uriah. Míster Micawber, con la mano puesta sobre la regla, seguía de pie delante de la puerta, contemplando a uno de los que estábamos allí; y ese individuo era, sin duda alguna, su patrón. ¿Qué aguarda usted? dijo Uriah. Micawber, ¿no me ha oído usted decirle que se marche? Sí dijo míster Micawber sin moverse. Entonces, ¿por qué espera usted? dijo Uriah. Porque... me da la gana contestó en un estallido míster Micawber. Las mejillas de Uriah perdieron el color, sólo sus párpados estaban enrojecidos. Miró atentamente a míster Micawber, con la respiración entrecortada. No es usted más que un hombre intratable, como todo el mundo sabe dijo con una sonrisa forzada, y me temo que me obligue a que le despache. Salga usted. Luego hablaremos. Si hay en el mundo algún bribón dijo míster Micawber estallando con la mayor vehemencia con el cual he hablado ya demasiado, ese bribón es... Heep... Uriah se echó hacia atrás como si le hubieran dado un golpe. Mirándonos lentamente, con la expresión más sombría y malvada que su cara podía expresar, dijo en voz baja: ¡Oh! ¡Esto es una conspiración! Se han citado ustedes aquí. Se entienden ustedes con mi empleado, ¿no es cierto, Copperfield? Pero tengan ustedes cuidado, porque no les ha de salir bien. Ya nos conocemos ustedes y yo. No existe cariño entre nosotros. Desde que vino usted aquí no ha sido más que un intrigante, y ahora envidia usted mi posición; pero les advierto que no conspiren contra mí, porque yo sabré defenderme. Micawber, salga usted. Le hablaré en seguida. Míster Micawber dije yo, se ha efectuado un cambio rápido en este individuo en algunos aspectos; entre otros el muy extraordinario de decir la verdad sobre un punto, lo cual me demuestra que se halla rodeado de enemigos. ¡Trátele como se merece! Son ustedes gente muy amable dijo Uriah, siempre en el mismo tono, secándose con su mano flaca y larga unas gotas de sudor que resbalaban por su frente que viene a comprar a un empleado, la verdadera escoria de la sociedad (como usted mismo lo era, Copperfield, antes de que nadie tuviera compasión de usted) y a pagarle para que me calumnie. Miss Trotwood, mejor haría usted interrumpiendo esto antes de que haga yo detener a su marido, que sería en menos tiempo del que usted desea. ¡Para algo me he enterado de su historia privada, mi buena señora! Y usted, miss Wickfield, si tiene algún cariño a su padre, mejor haría no uniéndose con esta gentuza, si no quiere usted que lo arruine. Y ahora venga. Le tengo a usted bajo mis garras, Micawber; piénselo usted bien antes de obrar, si no quiere que le aplaste. Le recomiendo que se aleje mientras pueda. Pero, ¿dónde está mi madre? dijo de repente, notando con alarma la ausencia de Traddles y tirando con fuerza de la campanilla. ¡Bonito modo de comportarse en casa extraña! Míster Heep, está aquí dijo Traddles volviendo con la digna madre de tan digno hijo Me he tomado la libertad de presentarme a ella yo mismo. ¿Y quién es usted para presentarse? preguntó Uriah. ¿Qué es lo que quiere usted aquí? Soy el agente y amigo de míster Wickfield, caballero dijo Traddles con tono tranquilo, como de hombre de negocios, y tengo en mi bolsillo plenos poderes para actuar como procurador en su nombre en cualquier circunstancia. Ese viejo asno habrá bebido hasta perder el sentido dijo Uriah, que cada vez iba poniéndose más feo, y le habrán sonsacado ese acta por medios fraudulentos. Ya sabemos que le han sonsacado bastantes cosas por medios fraudulentos contestó Traddles tranquilamente. Y usted también lo sabe, míster Heep. Pero si usted quiere vamos a dejar este asunto para que lo trate míster Micawber. ¡Ury! empezó mistress Heep con inquietud. Detén tu lengua, madre; contestó él: «cuanto menos se habla, menos se yerra». ¡Pero Ury! ¿Quieres callarte, madre? ¡Déjame hablar! A pesar de que sabía desde hace mucho que su servilismo era falso y que todo en él era mentira y simulación, no tenía ni idea de su hipocresía hasta que vi cómo se quitaba la careta. La rapidez con que se desprendió de ella cuando vio que era inútil; la malicia, la insolencia y el rencor que demostró; el placer que experimentaba aún en aquel momento por el daño cometido, me llenó de sorpresa a pesar de que por intuición creía ya detestarlo. No digo nada de la mirada que me lanzó mientras estaba de pie, mirándonos a unos después de otros, pues hacía tiempo que sabía que me odiaba y me acordaba de las marcas que mi mano le dejaron en la cara. Pero cuando sus ojos se fijaron en Agnes tenían una expresión de rabia que me hizo temblar; se veía que sentía cómo se le escapaba: ya no podía satisfacer su odiosa pasión, que le había hecho esperar el poseer una mujer cuyas virtudes era incapaz de apreciar. ¿Cómo podía ser posible que ella hubiera vivido ni una hora en compañía de semejante hombre? Después de rascarse la barbilla y de miramos, con los ojos llenos de odio, a través de sus flacos dedos, se volvió hacia mí y me dijo en tono medio burlón, medio insolente: ¿Le parece a usted bonito, míster Copperfield, usted, que siempre ha estado orgulloso de su honor y de todo lo demás, el venir a espiarme y sobornar a mi empleado? Si hubiera sido yo, no tendría nada de extraño, porque no me tildo de caballero (aunque nunca he vagado por las calles, como usted lo hacía, según cuenta Micawber); pero siendo usted, ¿no le da vergüenza hacerlo? ¿No supone usted lo que yo puedo hacer a cambio? Hacerle perseguir por complot, etcétera, etcétera. Muy bien. Ya veremos. Y usted, caballero, no sé cómo iba usted a hacer unas preguntas a Micawber. Aquí tiene a su interlocutor. ¿Por qué no le hace usted hablar? Por lo que veo, se sabe la lección de memoria. Viendo que lo que decía no me causaba ningún efecto, ni a ninguno de nosotros, se sentó en el borde de la mesa, con las manos en los bolsillos y las piernas cruzadas, y esperó con expresión resuelta los acontecimientos. Míster Micawber, cuyo ímpetu me costó trabajo dominar, y que ya había varias veces pronunciado la primera sílaba de la palabra « bribón» , sin que yo se la dejase terminar, estalló al fin, sacó del chaleco la larga regla (probablemente destinada a servirle de arma defensiva) y del bolsillo un documento voluminoso, plegado en forma de carta. Abrió aquel paquete con expresión dramática, lo contempló con admiración, como si estuviese encantado de su talento de autor, y empezó a leer lo que sigue: «Querida miss Trotwood y señores: » ¡Válgame Dios! exclamó mi tía en voz baja Si se tratara de un recurso en gracia por un crimen capital gastaría toda una resma de papel en su petición. Míster Micawber, sin oírla, continuó: «Aparezco ante ustedes para denunciar al mayor sinvergüenza que ha existido míster Micawber, sin levantar la vista de la carta, apuntó con la regla, como si fuese la cachiporra de un aparecido, a Uriah Heep, y les pido consideraciones para mí. Víctima desde mi cuna de deficiencias pecuniarias, a las cuales me ha sido imposible responder siempre, he sido el juguete de las más tristes circunstancias. Ignominia, desesperación y locura han sido, juntas o por separado, las compañeras de mi triste vida.» La satisfacción con que míster Micawber se describía a sí mismo como una presa de aquellas viles calumnias se podrá únicamente igualar con el énfasis con que leía su carta y la clase de homenaje que le rendía con un movimiento de cabeza cuando creía llegar a una frase enérgica. « En una acumulación de ignominia, miseria, desesperación y locura, entré en esta oficina (o, como dirían nuestros vecinos los galos, en este bureau), cuya firma nominal es Wickfield y Heep; pero, en realidad, dirigida por Heep únicamente. Heep y solamente Heep es el gran resorte de esta máquina. Heep y solamente Heep es el falsificador y el chantajista.» Uriah, más azul que blanco a estas palabras, se abalanzó sobre la carta como para hacerla pedazos. Míster Micawber, por un milagro de destreza o de suerte, cogió al vuelo sus dedos con la regla y le inutilizó la mano derecha. Él se agarró el puño como si se lo hubieran roto. El golpe sonó como si hubiera caído sobre madera. ¡Que el diablo lo lleve! dijo Uriah retorciéndose de dolor. ¡Ya me las pagarás! Intente usted acercarse otra vez... infame Heep exclamó míster Micawber, y si su cabeza es humana, la hago astillas. ¡Acérquese! ¡Acérquese! Creo que nunca he visto cosa más ridícula (me daba perfecta cuenta aun entonces) que míster Micawber haciendo molinetes con la regla y gritando «¡acérquese!», mientras que Traddles y yo le empujábamos a un rincón, de donde trataba de salir en cuanto podía, haciendo unos esfuerzos sobrehumanos. Su enemigo, murmurando para sí, después de frotarse la mano dolorida, sacó lentamente el pañuelo y se la vendó; luego la apoyó en la otra mano y se sentó encima de la mesa, con aire taciturno y mirando al suelo. Cuando míster Micawber se apaciguó lo suficiente prosiguió la lectura de la carta: «Los honorarios, en consideración de los cuales entré al servicio de Heep continuó, parándose siempre antes de esta palabra para proferirla con más vigor, no habían sido fijados, aparte del jornal de veintidós chelines y seis peniques por semana. El resto fue dejado al contingente de mis facultades profesionales o, dicho de otra manera más expresiva, a la bajeza de mi naturaleza, a los apetitos de mis deseos, a la pobreza de mi familia, y, en general, al parecido moral o, mejor dicho, inmoral entre Heep y yo. No necesito decir que pronto me fue necesario solicitar de Heep adelantos pecuniarios para ayudar a las necesidades de mistress Micawber y de nuestra desdichada y creciente familia. ¿Debo decir que esas necesidades habían sido previstas por Heep? ¿Que esos adelantos eran asegurados por letras y otros reconocimientos semejantes, dadas las instituciones legales de este país? ¿Y que de ese modo me cogió en la telaraña que había tejido para mi admisión?» La satisfacción que sentía míster Micawber por sus facultades epistolares al describir este estado de cosas desagradables parecía aligerar la tristeza y ansiedad que la realidad le causaba. Continuó leyendo: «Entonces fue cuando Heep empezó a favorecerme con las confidencias necesarias para que le ayudara en las combinaciones infernales. Entonces fue cuando empecé (para expresarme como Shakespeare) a decaer, a languidecer y desfallecer. Me utilizaba constantemente para cooperar en falsificaciones de negocios y para engañar a un individuo, al cual le designaré como míster W. Se le engañaba por todos los medios imaginables. Entre tanto, el ladrón de Heep demostraba una amistad y gratitud infinitas al engañado caballero. Esto estaba bastante mal; pero, como observa el filósofo danés, con esa universal oportunidad que distingue el ilustre ornato de la Era de Elisabeth, « lo malo siempre queda atrás». Míster Micawber se quedó tan entusiasmado con aquella cita feliz, que, bajo pretexto de haberse perdido, se obsequió y nos obsequió con una segunda lectura del párrafo: « No es mi intención continuó leyendo el entrar en una lista detallada en la presente epístola (aunque ya está anotado en otro lugar) de los diferentes fraudes de menor cuantía que afectan al individuo a quien he designado con el nombre de míster W. y que he consentido tácitamente. Mi objetivo cuando dejé de discutir conmigo mismo la dolorosa alternativa en que me encontraba de aceptar o no sus honorarios, de comer o morirme, de vivir o dejar de existir, fue aprovecharme de toda oportunidad para descubrir y exponer todas las fechorías cometidas por Heep en detrimento de ese desgraciado señor. Estimulado por una silenciosa voz interior y por la no menos conmovedora voz exterior que nombraré como miss W., me metí en una labor no muy fácil de investigación clandestina, prolongada ahora, a mi entender, sobre un período pasado de doce meses.» Leyó este párrafo como si hubiera sido un acta del Parlamento, y pareció agradablemente refrescado por el sonido de sus palabras. «Mis cargos contra Heep dijo mirando a Uriah y colocando la regla en una posición conveniente debajo del brazo izquierdo, para caso de necesidad son los siguientes.» Todos contuvimos la respiración, y me parece que Uriah más que los demás. « Primero dijo míster Micawber: Cuando las facultades intelectuales y la memoria de míster W. se tomaron, por causas que no es necesario mencionar, débiles y confusas, Heep, con toda intención, embrolló y complicó las transacciones oficiales. Cuando míster W se encontraba incapacitado para los negocios, Heep le obligaba a que se ocupara de ellos. Consiguió la firma de míster W para documentos de gran importancia, haciéndole ver que no tenían ninguna. Indujo a míster W a darle poder para emplear una suma importante, ascendiendo a doce mil quinientas catorce libras, dos chelines y nueve peniques, en unos pretextados negocios a su cargo y unas deficiencias que estaban ya liquidadas. »En todo ello hizo aparecer intenciones que no habían existido nunca. Empleó el procedimiento de poner todos los actos poco honorables a cargo de míster W, y luego, con la menor delicadeza, se aprovechó de ello para torturar y obligar a míster W a cederle en todo. » Tendrá usted que demostrar todo eso, Micawber dijo Uriah, sacudiendo la cabeza con aire amenazador; a todos les llegará su hora. Míster Traddles, pregunte usted a Heep quién ha vivido en esta casa además de él dijo míster Micawber interrumpiendo su lectura. ¿Quiere usted? Un tonto, y sigue viviendo todavía dijo Uriah desdeñosamente. Pregunte usted a Heep si por casualidad no ha tenido cierto memorándum en esta casa dijo Micawber. ¿Quiere usted? Vi cómo Uriah cesó de repente de rascarse la barbilla. O si no, pregúntele usted dijo Micawber si no ha quemado uno en esta casa. Si dice que sí y le pregunta usted dónde están las cenizas, diríjase usted a Wilkins Micawber, y entonces oirá algo que no le agradará mucho. El tono triunfante con que dijo míster Micawber estas palabras tuvo un efecto poderoso para alarmar a la madre, que gritó agitadamente: ¡Ury, Ury! ¡Sé humilde y trata de arreglar el asunto, hijo mío! Madre replicó él, ¿quiere usted callarse? Está usted asustada y no sabe lo que se dice. ¡Humilde! repitió, mirándome con maldad. ¡He humillado a muchos durante mucho tiempo, a pesar de «mi humildad» ! Míster Micawber, metiendo lentamente su barbilla en la corbata, continuó leyendo su composición: «Segundo: Heep, en muchas ocasiones, según me he informado, sabido y creído ...» ¡Vaya unas pruebas! dijo Uriah tranquilizándose. Madre, esté usted tranquila. Ya pensaremos en encontrar dentro de muy poco algunas que valgan y que le aniquilen, caballero contestó míster Micawber. « Segundo: Heep, en muchas ocasiones, según me he informado, sabido y creído, ha falsificado, en diversos escritos, libros y documentos, la firma de míster W., y particularmente en una circunstancia que puedo atestiguar. Por ejemplo, del modo siguiente, a saber.» De nuevo míster Micawber saboreó este amontonamiento de palabras, cosa que generalmente le era muy peculiar. Lo he observado en el transcurso de mi vida en muchos hombres. Me parece que es una regla general. Tomando por ejemplo un asunto puramente legal, los declarantes parecen regocijarse muchísimo cuando logran reunir unas cuantas palabras rimbombantes para expresar una idea, y dicen, por ejemplo, que odian, aborrecen y abjuran, etc., etc. Los antiguos anatemas estaban basados en el mismo principio. Hablamos de la tiranía de las palabras, pero también nos gusta tiranizarlas, nos gusta tener una colección de palabras superfluas para recurrir a ellas en las grandes ocasiones; nos parece que causan efecto y que suenan bien. Así como en las grandes ocasiones somos muy meticulosos en la elección de criados, con tal de que sean suficientemente numerosos y vistosos, así, en este sentido, la justeza de las palabras es una cuestión secundaria con tal de que haya gran cantidad de ellas y de mucho efecto. Y del mismo modo que las gentes se crean disgustos por presentar un gran número de figurantes, como los esclavos, que cuando son demasiado numerosos se levantan contra sus amos, así podría citar yo una nación que se ha acarreado grandes disgustos, y que se los acarreara aun mayores, por conservar un repertorio demasiado rico en vocabulario nacional. Míster Micawber continuó su lectura, poco menos que lamiéndose los labios: « Por ejemplo, del modo siguiente, a saber: estando míster W. muy enfermo, y siendo lo más probable que su muerte trajera algunos descubrimientos propios para destruir la influencia de Heep sobre la familia W (a menos que el amor filial de su hija nos impidiera hacer una investigación en los negocios de su padre), yo, Wilkins Micawber, abajo firmante, afirmo que el susodicho Heep juzgó prudente tener un documento de míster W, en el que se establecía que las sumas antes mencionadas habían sido adelantadas por Heep a míster W para salvarle a este de la deshonra, aunque realmente la suma no fue nunca adelantada por él y había sido liquidada hacía tiempo. Este documento, firmado por míster W y atestiguado por Wilkins Micawber, era combinación de Heep. Tengo en mi poder su agenda, con algunas imitaciones de la firma de míster W., un poco borradas por el fuego, pero todavía legibles. Y yo jamás he atestiguado ese documento. Es más, tengo el mismo documento en mi poder. » Uriah Heep, sobresaltado, sacó de su bolsillo un manojo de llaves y abrió cierto cajón; pero, cambiando repentinamente de idea, se volvió hacia nosotros, sin mirar dentro. «Y tengo el documento leyó de nuevo míster Micawber, mirándonos como si fuera el texto de un sermón en mi poder; es decir, lo tenía esta mañana temprano, cuando he escrito esto; pero desde entonces lo he transmitido a míster Traddles.» Es completamente cierto asintió Traddles. ¡Ury, Ury! gritó la madre. Sé humilde y arréglate con estos señores. Yo sé que mi hijo será humilde, caballeros, si le dan ustedes tiempo para que lo piense. Míster Copperfield, estoy segura de que usted sabe que ha sido siempre muy humilde. Era curioso ver cómo la madre usaba las antiguas artimañas, después de que el hijo las había abandonado como inútiles. Madre dijo él mordiendo con impaciencia el pañuelo en que tenía envuelta la mano Mejor harías cogiendo un fusil y descargándolo contra mí. Pero yo lo quiero, Uriah exclamó mistress Heep; y no dudo de que así fuera, por muy extraño que esto pueda parecer, pues eran tal para cual, y no puedo soportar el oírte provocar a esos señores y ponerte todavía más en peligro. enseguida he dicho a los señores, cuando me han dicho arriba que todo se había descubierto, que yo respondía de que tú serías humilde y que cederías. ¡Oh, señores; miren cuán humilde soy y no hagan caso de él! Pero ¡madre; ahí está Copperfield contestó furioso, apuntándome con su flaco dedo; todo su odio lo dirigía contra mí, como si fuera yo el promotor del descubrimiento, y no le desengañé, ahí está Copperfield, que te hubiera dado cien libras por decir menos de todo lo que estás soltando. ¡No lo puedo remediar, Ury! gritó su madre. No puedo verte correr un peligro así llevando la cabeza tan alta. Es mucho mejor que seas humilde, como siempre lo has sido. Uriah permaneció un momento mordiendo su pañuelo, y luego me dijo, mirándome con ceño: ¿Qué más tienen ustedes que añadir, si es que hay algo más? ¿Qué quieren ustedes de mí? Míster Micawber empezó nuevamente con su carta, contento de representar un papel de que estaba altamente satisfecho: «Tercero y último: Estoy ahora en condición de demostrar, por los libros falsos de Heep y por el memorándum auténtico de Heep, que durante muchos años Heep se ha aprovechado de las debilidades y defectos de míster W. Para llegar a sus infames propósitos. Con este fin ha sabido también aprovechar las virtudes, los sentimientos de honor y de afecto paternal del infortunado míster W Todo esto lo demostraré gracias al cuaderno quemado en parte (que al principio no entendí, cuando mistress Micawber lo descubrió accidentalmente en nuestro domicilio, en el fondo de un cofre destinado a contener las cenizas que se consumían en nuestro hogar doméstico). Durante muchos años míster W ha sido engañado y robado, de todas las maneras imaginables, por el avaro, el falso, el pérfido Heep. El fin principal de Heep, después de su pasión por el lucro, era tener un poder absoluto sobre míster y miss W.. (no diré nada acerca de sus intenciones ulteriores sobre esta). Su última acción, acaecida hace algunos meses, fue inducir a míster W a abandonar su parte de la asociación y vender el mobiliario de su casa con la condición de que recibiría de Heep, exacta y fielmente, una renta vitalicia, pagadera cada tres meses. Estos enredos empezaban con las cuentas falsas sobre el estado financiero de míster W., en un período en que se había lanzado a especulaciones aventuradas y no podía tener entremanos el dinero de que era moral y legalmente responsable; continuaban con pretendidos préstamos de dinero a interés enorme, efectuados en realidad por Heep, y seguían, por último, con una serie de trampas, siempre crecientes, hasta que míster W creyó que había quebrado su fortuna, sus esperanzas terrestres, su honor, y ya no vio más salvación posible que el monstruo en forma humana que había sabido hacerse el indispensable y le había conducido a la ruina (míster Micawbér gustaba de emplear la expresión «monstruo de figura humana», que le parecía nueva y original). Puedo probar esto y muchas otras cosas más. » Murmuré unas palabras al oído de Agnes, quien lloraba de gozo y de pena a mi lado, y hubo un movimiento entre nosotros, como si míster Micawber hubiera terminado. Dijo con un tono grave: «Perdónenme ustedes», y siguió, con una mezcla de decaimiento y de intensa alegría, la peroración de su carta: « Ya he terminado. Ahora sólo me queda demostrar palpablemente estas acusaciones y desaparecer con mi desgraciada familia de este lugar, en el cual parece que estamos de más y somos una carga para todos. Esto se hará pronto. Podemos figuramos que nuestro hijito será el primero en morirse de inanición, por ser el miembro más frágil de nuestro círculo, y que nuestros mellizos le seguirán. ¡Que así sea! En cuanto a mí, mi estancia en Canterbury ha hecho ya mucho; la prisión por deudas y la miseria harán pronto lo demás. Confío que el feliz resultado de una investigación larga y laboriosa, ejecutada entre incesantes trabajos y dolorosos temores desde el amanecer hasta el atardecer y durante las sombras de la noche, bajo la mirada vigilante de un individuo que es superfluo llamarle demonio, y las angustias que me causaba la situación de mis infortunados herederos, derramará sobre mi fúnebre hogar unas gotas de misericordia. Que me hagan únicamente justicia y que digan de mí, como de ese eminente héroe naval, al cual no tengo la pretensión de compararme, que lo que he hecho lo he hecho a despecho de intereses egoístas y mercenarios. Por Inglaterra, por el hogar y por la Belleza. Queda suyo afectísimo, etc., Muy afectado, pero con una viva satisfacción, mister Micawber dobló su carta y se la entregó a mi tía con un saludo, como si fuera un documento que le agradase guardar. Había allí, como ya lo había notado en mi primera visita, una caja de caudales, de hierro. Tenía la have puesta. De repente, una sospecha pareció apoderarse de Uriah; echó una mirada sobre mister Micawber, se abalanzó a la caja y abrió con estrépito las puertas. Estaba vacía. ¿Dónde están los libros? gritó con una expresión espantosa. ¡Algún ladrón ha robado los libros! Mister Micawber se dio un golpecito con la regla. Yo he sido. Me ha entregado la llave como de costumbre, un poco más temprano que otras veces, y la he abierto. No esté usted inquieto dijo Traddles; han llegado a mi poder. Tendré cuidado de ellos bajo la autoridad que represento. ¿Es que admite usted cosas robadas? gritó Uriah. En estas circunstancias, sí  contestó Traddles. Cuál sería mi asombro cuando vi a mi tía, que había estado muy tranquila y atenta, dar un salto hacia Uriah Heep y agarrarle del cuello con las dos manos. ¿Sabe usted lo que necesito? dijo mi tía. Una camisa de fuerza dijo él. No; mi fortuna contestó mi tía. Agnes, querida mía, mientras he creído que era tu padre el que la había perdido, no he dicho ni una sílaba (ni al mismo Trot) de que la había depositado aquí. Pero ahora que sé que es este individuo el responsable, quiero que me la devuelvan. ¡Trot, ven y quítasela! No sé si mi tía creía en aquel momento que su fortuna estaba en la corbata de Uriah Heep; pero lo parecía, por el modo como le empujaba. Me apresuré a ponerme entre ellos y a asegurarle que tendríamos cuidado de que devolviera todo lo que había adquirido indebidamente. Esto y unos momentos de reflexión la apaciguaron; pero no estaba nada desconcertada por lo que acababa de hacer (no podría decir otro tanto de su gorro) y volvió a sentarse tranquilamente. Durante los últimos minutos, mistress Heep había estado vociferando a su hijo que se humillara, y fue arrastrándose sobre las rodillas hacia cada uno de nosotros, haciéndonos las promesas más extravagantes. Su hijo la sentó en la silla, permaneciendo de pie a su lado con aire descontento, sosteniéndole el brazo con su mano, pero sin brutalidad, y me dijo, con una mirada feroz: ¿Qué quiere usted que se haga? Ya le diré yo lo que hay que hacer dijo Traddles. ¿Es que no tiene lengua Copperfield? murmuró Uriah. Haría cualquier cosa por usted si pudiera usted decirme sin mentir que se la habían cortado. Mister Uriah va a humillarse exclamó su madre. ¡No hagan ustedes caso de lo que diga, buenos señores! Lo que hay que hacer es esto dijo Traddles: Primero me va usted a devolver aquí mismo el acta por la cual mister Wickfield le abandonaba sus bienes. ¿Y si no la tuviere? interrumpió él. La tiene usted dijo Traddles; así que no tenemos que hacer esa suposición. No puedo dejar de decir que esta era la primera ocasión en la cual hice verdadera justicia al entendimiento claro y al sentido común práctico y paciente de mi condiscípulo. Así, pues dijo Traddles, tiene usted que prepararse a devolver por fuerza todo lo que su rapacidad ha acaparado, hasta el último céntimo. Todos los libros y papeles de la sociedad quedarán en nuestro poder; todos los libros y todos sus documentos; todas las cuentas y recibos de ambas clases; en una palabra, todo lo que hay aquí. ¿De verdad? No estoy dispuesto a ello dijo Uriah. Me hace falta tiempo para pensarlo. Sí dijo Traddles; pero entre tanto, y hasta que todo se arregle a nuestro gusto, tenemos que apoderarnos de todas estas cosas, y le rogamos (o si es necesario le obligamos) a quedarse en su cuarto, sin comunicarse con nadie. No lo haré dijo Uriah con un juramento. La cárcel de Maidstone es un sitio más seguro de arresto observó Traddles, y aunque la ley tardará más en arreglar las cosas y no las arreglará tan completamente como usted puede hacerlo, no hay duda que ha de castigarle a usted. ¡Querido: esto lo sabe usted tan bien como yo! Copperfield, ¿quiere usted ir a Guildhall y traer dos guardias? Aquí mistress Heep estalló otra vez, y llorando y arrastrándose de rodillas se dirigió a Agnes para rogarle que la ayudara, diciendo que su hijo era muy humilde, y que todo era verdad, y que si no hacía lo que nosotros queríamos lo haría ella, y otras muchas cosas por el estilo. Estaba casi frenética de miedo por su querido hijo. En cuanto a él, al preguntarse lo que hubiese podido hacer si hubiera sido más valiente, sería lo mismo que preguntarse qué podría hacer un perro con la audacia de un tigre. Era un cobarde de pies a cabeza, y en este momento, más que en ningún otro de su vida miserable, mostraba su baja naturaleza por su desesperación y su aspecto sombrío. Espere me gruñó, y se secó con su mano sudorosa. Madre, cállate; dales ese papel; ve y tráelo. ¿Quiere usted hacer el favor de ayudarla, míster Dick? dijo Traddles. Orgulloso de esta misión, cuya importancia comprendía, míster Dick la acompañó como un perro acompaña al rebaño. Pero mistress Heep le dio algún quehacer, pues no solamente volvió con el papel, sino también con la caja que lo contenía y donde encontramos una libreta y algunos otros papeles que utilizamos más tarde. Bien dijo Traddles cuando lo hubo traído Ahora, míster Heep, puede usted retirarse a pensar; pero haciendo el favor de observar detenidamente que le declaro, en nombre de todos los presentes, que no hay nada más que una sola cosa que hacer: esto es, lo que he explicado anteriormente, y hay que ejecutarlo sin dilación. Uriah, sin levantar los ojos del suelo, atravesó bruscamente el cuarto, con su mano puesta en la barbilla; y parándose en la puerta, dijo: Copperfield, siempre le he odiado. Ha sido usted siempre un hombre de suerte; siempre ha estado usted contra mí. Como ya le dije en otra ocasión contesté yo, usted ha sido el que ha estado en contra de todo el mundo, por su astucia y su codicia. En lo sucesivo, piense que no ha habido todavía en el mundo codicia y astucia que no se extralimitasen, aun en contra de sus propios intereses. Esto es tan cierto como la muerte. O quizá tan cierto como lo que nos enseñaban en el colegio (en el mismo colegio donde he aprendido a ser tan humilde). De nueve a once nos decían que el trabajo era una lata; de once a una, que era una bendición, un encanto, una dignidad, y qué sé yo cuántas cosas más, ¿eh? dijo con una mirada de desprecio Predica usted cosas tan consecuentes como ellos lo hacían. La humildad vale más que todo eso; es un sistema excelente. Me parece que sin ella no hubiese arrollado tan fácilmente a mi señor socio. ¡Y tú, Micawber, animal, ya me las pagarás! Míster Micawber le miró con desprecio olímpico hasta que abandonó el cuarto; luego se volvió hacia mí y me propuso darme el gusto de presenciar cómo se volvía a establecer la confianza entre mistress Micawber y él. Después de lo cual invitó al resto de la compañía a que contemplaran un espectáculo tan conmovedor. El velo que largo tiempo nos había separado a mistress Micawber y a mí ha caído al fin dijo míster Micawber. Mis hijos y el autor de sus días pueden una vez más ponerse en contacto, en los mismos términos de antes. Como todos le estábamos muy agradecidos y todos deseábamos demostrárselo, tanto como nos lo podía permitir la precipitación y desorden de nuestro espíritu, todos hubiésemos aceptado su ofrecimiento si Agnes no hubiera tenido que volver al lado de su padre, al cual no le habían hecho entrever más que una pequeña esperanza. Hacía falta, además, que alguno se ocupara de hacer guardia a Uriah. Traddles se quedó con esa misión, en la cual lo relevaría míster Dick, y míster Dick, mi tía y yo acompañamos a míster Micawber. Al separarme precipitadamente de mi querida Agnes, a la cual debía tanto, y pensando en los peligros de que la habíamos salvado quizá aquella mañana, a pesar de su resolución, me sentía lleno de agradecimiento hacia las desventuras de mi juventud, que me habían hecho conocer a míster Micawber. Su casa no estaba lejos, y como la puerta de la sala daba a la calle, entró con su precipitación acostumbrada y enseguida nos encontramos todos en el seno de la familia. Míster Micawber, exclamando: «¡Emma, vida mía!» , se precipitó en los brazos de mistress Micawber. Mistress Micawber lanzó un grito y estrechó a su marido contra su corazón. Miss Micawber, que estaba acunando al inocente extraño, del cual me hablaba mistress Micawber en su última carta, estaba visiblemente emocionada. El pequeñito saltó de alegría. Los mellizos manifestaron su júbilo por varias demostraciones inconvenientes a inocentes. Míster Micawber, cuyo humor parecía agriado por decepciones prematuras, y cuya cara era algo adusta, cediendo a sus mejores sentimientos, lloriqueó. Emma dijo míster Micawber, la nube que cubría mi alma se ha desvanecido; la confianza mutua que existía entre nosotros vuelve otra vez para no interrumpirse jamás. Ahora, ¡bienvenida seas, miseria! exclamó míster Micawber derramando lágrimas. ¡Bienvenidos seáis, pobreza, hambre, harapos, tempestad y mendicidad! ¡La confianza recíproca nos sostendrá hasta el fin! Hablando de esta manera, míster Micawber hizo sentar a su mujer y abrazó a toda la familia, continuando con entusiasmo la bienvenida a una serie de calamidades que no me parecían muy deseables, y después los invitó a todos a cantar en coro por las calles de Canterbury, ya que no les quedaba otro recurso para vivir. Pero habiéndose desmayado mistress Micawber por la fuerza de las emociones, lo primero que había que hacer antes de completar el coro era volverla en sí. De esto se encargaron mi tía y míster Micawber. Después le presentaron a mi tía, y mistress Micawber me reconoció. Dispénseme usted, mi querido Copperfield dijo la pobre señora dándome la mano; pero no estoy fuerte, y el ver desaparecer de pronto todas las incomprensiones entre míster Micawber y yo ha sido una emoción demasiado fuerte. ¿Es esta toda la familia, señora? dijo mi tía. No tengo más por ahora contestó mistress Micawber. ¡Dios mío! No quería decir eso dijo mi tía. Quería decir si todos estos chicos eran de usted. Señora, todos estos son míos, es la cuenta exacta. Y este joven dijo mi tía con aire pensativo, ¿qué hace? Cuando vine aquí era mi esperanza dijo míster Micawber hacerle entrar a Wilkins en la Iglesia o, para expresar mi idea con más exactitud, en el coro. Pero no había plaza vacante de tenor en este venerable edificio, que es la gloria de esta ciudad, y... en una palabra, se ha acostumbrado a cantar en cafés y lugares públicos, en vez de ejercitarse en los edificios sagrados. Pero es con buena intención dijo tiernamente mistress Micawber. Estoy segura, amor mío contestó míster Micawber, que lo hace con la mejor intención del mundo; pero hasta ahora no ves demasiado para qué le ha servido. El aspecto negativo le volvió a míster Micawber, y preguntó, un poco enfadado, qué querían que hiciese. Si creían que podía improvisarse un carpintero, o un herrero, sin aprendizaje. Eso era lo mismo que pedirle que volara sin ser pájaro. Si querían que abriera una botica en la calle de al lado, o si querían que se presentara en la Audiencia y que se proclamase él mismo abogado. ¿O querían que cantase en la ópera y obtuviera éxito a fuerza de violencia? ¿Qué querían que hiciera, si no le habían enseñado nada? Mi tía reflexionó un momento, y dijo luego: Míster Micawber, me sorprende que no haya usted pensado nunca en emigrar. Señora contestó míster Micawber, ha sido el sueño dorado de mi juventud y la aspiración feliz de mi edad madura. (Estoy plenamente convencido de que jamás había pensado semejante cosa.) ¡Ay! dijo mi tía, lanzándome una mirada, ¡qué cosa más buena sería para ustedes y su familia, míster y mistress Micawber, que emigraran ahora! Sí; pero... ¿y el capital, señora? exclamó míster Micawber tétricamente. Esta es la principal, y puedo decir la única, dificultad, mi querido míster Copperfield asintió su mujer. ¿Capital? exclamó mi tía. ¡Pero nos están haciendo y nos han hecho ya un gran servicio, y puedo decir que seguramente saldrían todavía muchas cosas de este fuego! ¿Qué mejor cosa podríamos hacer por ustedes que procurarles el capital para ese objetivo?... No lo recibiría como donativo dijo míster Micawber con fuego y animación; pero si pudieran adelantarme una suma suficiente, al cinco por ciento de interés anual, bajo mi responsabilidad personal, podría reembolsarlo poco a poco; por ejemplo, en una fecha de doce, dieciocho o veinticuatro meses, para darme tiempo. ¿Si se pudiera? Sí que se puede, y se hará dijo mi tía, si a ustedes les conviene. Piénsenlo bien ahora los dos. David tiene amigos que marcharán dentro de poco a Australia. Si ustedes se deciden a irse, ¿por qué no aprovechar el mismo barco? Podían ayudarse mutuamente. Piénsenlo bien, míster y mistress Micawber; piénsenlo con tiempo. Una sola pregunta quisiera hacer, mi querida señora dijo mistress Micawber: ¿Es sano el clima? Es el mejor clima del mundo contestó mi tía. Muy bien dijo mistress Micawber. Entonces mi pregunta es la siguiente: ¿Son las circunstancias de ese país tales que un hombre como míster Micawber pudiera elevarse en la escala social? No quiero decir que por ahora aspire a ser gobernador o algo por el estilo; pero ¿encontraría él un campo de acción amplio para el desenvolvimiento de sus facultades? ¡En ningún sitio lo encontraría más amplio! dijo mi tía; para un hombre que sabe comportarse y es trabajador. «Para un hombre que sabe comportarse y es trabajador» repitió lentamente mistress Micawber. Muy bien. Es evidente que Australia es la esfera de acción adecuada a míster Micawber. Estoy convencido, mi querida señora dijo míster Micawber, que es, en las circunstancias actuales, el único país propio para mí y para mi familia, y que algo extraordinario nos está reservado en esa costa desconocida. No hay distancia, relativamente; y aunque conviene pensar en su proposición, le aseguro que es sólo cuestión de forma. No olvidaré nunca cómo en un momento se transformó en un hombre temerario, ardiente y lleno de locas esperanzas; y cómo al instante mistress Micawber empezó a hablar de las costumbres del canguro. Jamás pensaré en era cane de Canterbury, en día de feria, sin recordar el aire resuelto con que andaba a nuestro lado, adoptando ya los modales bruscos y despreocupados de un colono de aquellas tierras y mirando a las reses que pastaban como si ya fuera un labrador australiano. CAPÍTULO XIII OTRA MIRADA RETROSPECTIVA Aún me detendré otra vez a mirarte, ¡oh, mi «mujer-niña»! Veo delante de mí, entre el tropel de gentes que se agitan en mi memoria, una figura tranquila y quieta que me dice, con su amor inocente y con su infantil belleza: «Detente a pensar en mí; vuélvete a mirar al "Capullito" que va a marchitarse». Me vuelvo, y todo lo demás se bona y desaparece. Estoy otra vez con Dora, en nuestra casa. No sé cuánto tiempo lleva enferma. Me he acostumbrado de tal modo a compadecerla, que no puedo calcular el tiempo. No es que hayan pasado muchos mews ni muchas semanas; pero para mí ha sido una época muy triste y muy larga. Ya no me dicen: «Espera todavía unos cuantos días más». He empezado a temer que puede no llegar a brillar el día en que vuelva a ver a mi mujercita corriendo al sol, con su viejo amigo Jip. Se ha vuelto muy viejo de repente el pobre Jip. Puede que la eche de menos; tenía algo de su ama, que le animaba, rejuveneciéndole; ya no ve apenas, y se arrastra débilmente. A mi tía le entristece que no le gruña ya cuando se acerca a la cama de Dora, donde él está tumbado; ahora se acerca, y suavemente le lame las manor. Dora, acostada, nor sonríe con su encantadora carita, y no deja escapar ni una palabra de queja ni de desagrado. Dice que somos muy buenos con ella; que su querido niño y enfermero se agota por mimarla; que lo sabe muy bien; que mi tía no duerme, y que, sin embargo, siempre está dispuesta, activa y servicial. Algunas veces sus dos tías vienen a verla, y entonces charlamos del día de nuestra body y de todo aquel tiempo feliz. ¡Qué extraño reposo en mi existencia de entonces, tanto interior como exteriormente, mientras estoy sentado en la habitación, ordenada y tranquila, con los ojos azules de mi «mujerniña» vueltos hacia mí, y sus deditos jugando alrededor de mi mano! Muchas y muchas horas he pasado así; pero de todo aquel tiempo hay tres episodios que todavía tengo presenter en la imaginación. Es por la mañana, y Dora, a quien las manor de mi tía acaban de arreglar, me enseña cómo sus preciosos cabellos se rizan todavía sobre la almohada, y lo largos y brillantes que son, y cómo le gusta tenerlos flojos en su redecilla. No es que esté orgullosa de ellos ahora, burlón me dice al verme sonreír, sino que me acuerdo de que a ti te parecían preciosos, y cuando empecé a pensar en ti me miraba al espejo y me figuraba que te gustaría mucho que te diera un rizo. ¡Oh cuántas tonterías hiciste, Doady, cuando te lo di! Fue el día que estabas pintando las flores que te había dado yo, Dora, y cuando te dije todo lo enamorado que estaba. ¡Ah! Pero yo no guise decírtelo entonces, Doady. ¡Cómo llore, creyendo que de veras me querías! Cuando pueda correr como antes, Doady, iremos a ver los sitios donde hacíamos una pareja tan tonta, ¿verdad? Y pasearemos por los paseos viejos. Y no nor olvidaremos del pobre papá. Sí; pasaremos unos días muy felices. Pero date prisa para ponerte buena, querida. Sí; muy pronto me curaré, ¿lo sabes? Estoy ya mucho mejor. Es por la tarde; estoy sentado en la misma silla, junto a la misma cama, con la misma carita vuelta hacia mí. Hemos estado callados, y una sonrisa vaga por sus labios. Ya he dejado de subir y bajar de un piso a otro mi ligera carga. Está acostada arriba todo el día. ¡Doady! ¡Dora querida! ¿Te parecerá muy disparatado que después de haberme contado hace tan poco que mister Wickfield no está bueno, quiera yo que venga Agnes? Porque, si supieras, ¡tengo tantas, tantas, ganas de verla! Le escribiré, querida mía. ¿De verdad? enseguida. ¡Qué bueno eres, Doady; abrázame! No es un capricho. No es un deseo tonto. Es que necesito verla. Estoy seguro de ello, y con sólo decírselo vendrá seguramente. ¿Estás muy solo ahora cuando bajas al despacho? murmura Dora, echándome los brazos al cuello. ¿Cómo podría ser de otro modo, cariño mío, cuando veo tu silla vacía? ¡Mi silla vacía! dice, estrechándose contra mí todavía más. ¿De verdad me echas de menos, Doady? repite, mirándome y sonriéndome con alegría, ¡A mí, a una personita tonta y estúpida! ¿Quién hay en el mundo a quien pudiera echar de menos como a ti? ¡Oh, Doady! ¡Estoy tan contenta y tan... tan triste! dice, abrazándome más fuerte y envolviéndome con sus dos brazos. Se ríe, llora, se tranquiliza y por fin se pone del todo contenta. Del todo dice; sólo que tienes que mandarle mi cariño a Agnes y decirle que quiero verla; y que ya no desearé nada más. Excepto curarte, Dora. ¡Ah Doady! Algunas veces pienso (ya sabes que siempre he sido una cosa tan tonta) que eso no sucederá jamás. ¡No digas eso, Dora! ¡No lo pienses, querida mía! Si puedo, no lo pensaré, Doady. Pero soy muy feliz, a pesar de que mi querido Doady está tan solo frente a la silla vacía de su «mujerniña». Es de noche y sigo con ella; Agnes ha llegado, y ha estado con nosotros toda la mañana y la tarde. Ella, mi tía y yo hemos estado con Dora desde por la mañana. No hemos charlado mucho; pero Dora ha estado muy contenta y alegre. Ahora estamos solos. Sé que mi mujercitaniña me abandonará muy pronto. Me lo han dicho; no me han contado nada nuevo; lo sabía; pero estoy muy lejos de haber convencido a mi corazón de esta triste verdad. No lo puedo dominar. Me he escondido hoy varias veces para llorar a solas. Me he acordado del que lloraba antes de la separación entre la vida y la muerte. He pensado en toda esta historia de compasión y de gracia. He intentado resignarme y consolarme; pero lo que no puedo creer es que el fin tiene que llegar pronto. Tengo su mano en la mía; tengo su corazón en el mío; veo su cariño hacia mí, vivo, con toda su fuerza. No puedo borrar una débil, pálida, desvanecida esperanza de que viva. Voy a hablarte, Doady. Te voy a decir una cosa que estaba pensando decirte desde hace mucho tiempo. No te importa, ¿verdad? me dice con mirada cariñosa. ¿Importarme, querida mía? Porque yo no sé lo que puedes pensar o lo que habrás pensado algunas veces. Quizá hayas pensado muchas veces lo mismo. Doady querido, temo haber sido demasiado chiquilla. Apoyo mi cabeza junto a la suya, en su almohada. Ella me mira dentro de los ojos y me habla muy suavemente. Poco a poco, mientras sigue hablando, me voy dando cuenta, con el corazón dolorido, de que habla en pasado. Temo, querido, haber sido demasiado chiquilla; no quiero decir sólo por los años, sino en experiencia, ideas, en todo. Era una criaturita tan tonta, que quizá habría sido mejor que sólo nos hubiéramos querido como niño y niña que se quieren y se olvidan. He empezado a pensar que no era digna de ser una mujer casada. Intenté aguantar mis lágrimas para contestarle. ¡Oh Dora querida mía! ¡Tan digna como yo de ser marido! No sé dice, sacudiendo sus tirabuzones como antiguamente. Puede ser. Pero si yo hubiera sido mejor, puede que lo hubiese hecho serio a ti también. Además, tú eres muy inteligente, y yo nunca lo he sido. Hemos sido muy felices, mi dulce Dora. He sido muy feliz; pero cuando hubieran pasado unos años, mi pobre Doady se hubiese aburrido de su «mujer-niña». Cada vez habría sido ella menos su compañera, y él se hubiese dado más cuenta de lo que faltaba en su hogar. Ella no habría adelantado nada. Es mejor que sea lo que es. ¡Oh Dora querida, querida Dora; no me hables así! ¡Cada palabra tuya me parece un reproche! No, ni una sílaba me contesta besándome. ¡Oh, querido mío!, nunca los has merecido, y te quiero demasiado para dirigirte una sola palabra de reproche, de veras. Era el único mérito que tenía, excepto el ser bonita, o que tú me creyeras bonita. ¿Estás muy solo abajo, Doady? ¡Mucho, mucho! No llores. ¿Está mi silla allí? En su sitio de siempre. ¡Oh cómo llora mi pobre Doady! ¡Huch! ¡Huch! Ahora prométeme una cosa. Quiero hablar con Agnes. Cuando bajes, díselo y mándamela; y mientras le hablo no dejes entrar a nadie, ni tan siquiera a la tía; quiero hablar con Agnes a solas. Le prometo que enseguida subirá Agnes; pero no puedo dejarla, de pena que tengo. He dicho que es mejor que sea lo que ha de ser murmura mientras me estrecha en sus brazos ¡Oh Doady!, des~ pués de unos años no hubieses podido creer más que ahora a tu pobre «mujerniña», y después de unos años te habría impacientado tanto y desilusionado tanto, que no hubieses podido quererla ni la mitad. Sé que era demasiado chiquilla y tonta. ¡Es mejor que sea lo que ha de ser! Agnes está abajo cuando entro en la sala y le doy el recado. Desaparece, dejándome solo con Jip. Su caseta está junto al fuego, y él está tumbado dentro, en su cama de franela, intentando dormir. La luna, brillante, está muy clara y muy alta. Mientras miro la noche, mis lágrimas corren y mi indisciplinado corazón sufre. Estoy junto al fuego, pensando con remordimiento en todos los secretos sentimientos que he alimentado desde mi boda. Pienso en todas las cosas pequeñas que ha habido entre Dora y yo, y veo que tienen razón los que dicen que las cosas pequeñas hacen la suma de la vida. Para siempre, levantándose del mar de mis recuerdos, está la imagen de mi querida niña como la conocí al principio, agraciada por mi amor joven y por el suyo y rica de todos los encantos que llenaban aquel amor. « ¿Habría sido mejor que nos hubiéramos querido como un niño y una niña que se quieren y se olvidan?» ¡Corazón indisciplinado, contesta! No sé cómo pasa el tiempo, hasta que me hace volver a la realidad el viejo compañero de mi «mujercitaniña». Está muy intranquilo, se arrastra fuera de su caseta, me mira y va hacia la puerta, y llora para que le deje subir. No, Jip. ¡Esta noche no! Vuelve hacia mí muy despacito, me lame las manos, levanta sus húmedos ojos hacia mi cara. ¡Oh Jip; puede que ya nunca más! Se echa a mis pies, se estira como para dormirse y con un gemido se queda muerto. ¡Oh Agnes! ¡Mira! ¡Mira! ¡Ven! ¡Pero esa cara tan llena de compasión, de dolor; esa lluvia de lágrimas, ese horrible llamamiento, esa mano solemnemente levantada hacia el cielo! ¿Agnes? Se acabó. La oscuridad llega a mis ojos, y durante algún tiempo todo se borra de mi memoria. CAPÍTULO XIV LAS OPERACIONES DE MÍSTER MICAWBER No voy ahora a describir mi estado de ánimo bajo el peso de aquella desgracia. Pensaba que el porvenir no existía para mí; que la energía y la acción se me habían terminado, y que no podría encontrar mejor refugio que la tumba. Digo que llegué a pensar en todo esto; pero no fue en el primer momento de mi pena. Aquellas ideas fueron germinando poco a poco en mí. Si los acontecimientos que voy a narrar ahora no me hubieran envuelto desde el primer instante, distrayendo mi aflicción, y más tarde aumentándola, es posible (aunque no lo creo probable) que hubiese caído enseguida en aquel estado. Pero hubo un intervalo antes de que me diera cuenta bien de toda mi desgracia; un intervalo durante el cual hasta supuse que sus más agudos sufrimientos habían pasado ya y en el que pude consolar mi memoria, descansándola en todo lo más hermoso a inocente de la tiema historia que se me había cerrado para siempre. Todavía hoy no sé cuándo se habló por primera vez de que yo debía ir al continente, ni cómo llegamos a estar todos de acuerdo en que debía buscar el restablecimiento de mi calma en el cambio y los viajes. El espíritu de Agnes dominaba de tal modo todo lo que pensamos, dijimos a hicimos en aquella época de tristeza, que puedo achacar el proyecto a su influencia. Pero aquella influencia era tan serena, que Ya no sé más. Y ahora pienso que mi modo de asociarla en la infancia con la vidriera de la iglesia era como una visión profética de lo que iba a ser para mí en la desgracia que debía agobiarme un día. En efecto; desde el momento inolvidable en que se presentó ante mí, con la mano levantada, su presencia fue como la de una santa en mi solitaria morada: y cuando el ángel de la muerte entró en ella, mi «mujerniña» se durmió con una sonrisa sobre su pecho. Me lo contaron cuando ya pude soportar el oírlo. De mi inconsciencia desperté para ver sus lágrimas de compasión, para oír sus palabras de esperanza y de paz, para ver su dulce rostro inclinado, como desde una región más pura y más cercana al cielo, sobre mi indisciplinado corazón, dulcificando sus dolores. Pero voy a proseguir mi relato. Iba a marcharme para el continente. Esto parecía cosa decidida desde el primer momento. La tierra cubría ya los restos mortales de mi mujercita, y sólo esperaba por lo que míster Micawber llamaba la «pulverización final de Heep» y «la marcha de los emigrantes». Volvimos a Canterbury, llamados por Traddles (el más cariñoso y mejor de los amigos en mi desgracia), mi tía, Agnes y yo, y nos citamos todos en casa de míster Micawber; allí y en casa de míster Wickfield había estado trabajando sin cesar mi amigo desde nuestra reunión « explosiva» . Cuando la pobre mistress Micawber me vio entrar de luto, lo sintió muy sinceramente. Había mucha bondad en el corazón de mistress Micawber que no le había sido arrancada en el transcurso de los años. Muy bien, míster y mistress Micawber saludó mi tía en cuanto nos sentamos. ¿Hacen ustedes el favor de decirme si han pensado bien en mi proposición de emigrar'? Querida señora contestó míster Micawber, quizá no pueda expresar mejor la conclusión a la que mistress Micawber, su humilde servidora, y puedo añadir nuestros hijos, hemos junta y separadamente llegado, sino, adoptando el lenguaje de un ilustre poeta, contestando que nuestro bote está en la playa y nuestra barca está en el mar. Eso está muy bien dijo mi tía. Auguro toda clase de cosas buenas por esta decisión tan sensata. Señora, nos honra usted mucho afirmó. Y enseguida, consultando el memorándum, dijo: Respecto a la ayuda pecuniaria que nos permita lanzar nuestra frágil canoa sobre el océano de las empresas, he vuelto a considerar detenidamente este punto importante del negocio, y me atrevo a proponer mis notas de mano, hechas (no necesito decirlo) en papel timbrado, como lo requieren varios actos del Parlamento relativos a estas garantías. Ofrezco el reembolso a dieciocho, veinticuatro y treinta meses. La proposición que primeramente expuse era doce, dieciocho y veinticuatro meses; pero temí no tener tiempo suficiente para reunir la cantidad necesaria. Podría suceder dijo míster Micawber, mirando alrededor de la habitación, como si representara varios cientos de áreas de tierra cultivada que al primer vencimiento no hubiéramos tenido éxito en nuestra cosecha, o no la hubiéramos recogido aún. Creo que la labor es difícil en esa parte de nuestras posesiones coloniales, donde nos será forzoso luchar contra la tierra inculta. Arréglelo usted como quiera dijo mi tía. Señora contestó él, mistress Micawber y yo estamos profundamente agradecidos por la consideración y bondad de nuestros amigos y patronos. Lo que deseo es poder ser exactamente puntual y un perfecto negociante. Volviendo, como estamos a punto de volver, una hoja completamente nueva, y retrocediendo, como estamos ahora en el acto de retroceder, hacia una primavera de tranquilidad no común, es importante para mi sentido de la dignidad, además de ser un ejemplo para mi hijo, que estos arreglos se hagan entre nosotros como de hombre a hombre. No sé qué sentido prestaría míster Micawber a esta última frase; no creo que ninguno de los que la emplearon se lo haya dado nunca; pero a él le gustó mucho y la repitió, con una tos expresiva: «como de hombre a hombre» . Propongo continuó míster Micawber pagarés; están muy en uso en el mundo comercial, y creo que debemos su origen a los judíos, que me parece han tenido mucho que ver con ello desde entonces, y los propongo porque son negociables. Pero si una letra o cualquier otra garantía es preferida, me sentiré dichoso conformándome a lo que ustedes decidan sobre ello, « como de hombre a hombre». Mi tía observó que en el caso en que estaban las dos partes, de convenir en cualquiera cosa que fuera, estaba segura de que no habría dificultades para resolver aquel punto. Míster Micawber fue de su misma opinión. En cuanto a nuestras preparaciones domésticas, señora dijo míster Micawber con alguna vanidad, para hacer frente al destino a que debemos consagramos, pido permiso para referirlas. Mi hija mayor va todas las mañanas, a las cinco, a un establecimiento cercano para adquirir el talento (si se puede llamar así) de ordeñar vacas. Mis hijos más pequeños tienen instrucciones para que observen, tan de cerca como las circunstancias se lo permitan, las costumbres de los cerdos y aves de corral que hay en los barrios más pobres de esta ciudad; persiguiendo este objetivo, los han traído a casa en dos ocasiones a punto de ser atropellados. Yo mismo he prestado alguna atención, durante la semana pasada, al arte de fabricar pan; y mi hijo Wilkins se ha dedicado a conducir, con un cayado, el ganado, cuando se lo permiten los zafios que lo cuidan. Los ayudaba voluntariamente; pero siento decir que no era muy a menudo, porque generalmente le insultaban con palabrotas, para que desistiera. Muy bien, muy bien dijo mi tía para animar. No dudo que mistress Micawber también habrá tenido algo que hacer... Querida señora contestó mistress Micawber con su expresión atareada, le confieso que no me he dedicado activamente a nada que se relacione directamente con el cultivo y el almacenaje, a pesar de estar enterada de que ello ha de reclamar mi atención en playas extrañas. Todas las oportunidades que he podido restar a mis quehaceres domésticos las he consagrado a una correspondencia algo extensa con mi familia; porque me parece a mí, mi querido míster Copperfield dijo mistress Micawber, que siempre se volvía hacia mí (supongo que por su antigua costumbre de pronunciar mi nombre al empezar sus discursos), que ha llegado el momento de enterrar el pasado en el olvido, y que mi familia debe dar a míster Micawber la mano, y míster Micawber dársela a mi familia. Ya es hora de que el león se acueste con el cordero y de que mi familia se reconcilie con míster Micawber. Dije que pensaba lo mismo. Ese es, por lo menos, el modo como yo considero el asunto. Mi querido míster Copperfield continuo mistress Micawber, cuando vivía en mi casa con mi papá y mi mamá, mi papá tenía la costumbre de consultarme cuando se discutía cualquier punto en nuestro estrecho círculo: «¿Desde qué aspecto ves tú el asunto, Emma mía?». Ya sé que papá era demasiado parcial, sin embargo, respecto a la frialdad que ha existido siempre entre míster Micawber y mi familia, me he formado necesariamente una opinion, por falsa que sea. Sin duda. Claro que la tiene usted que habérsela formado, señora dijo mi tía. Precisamente asintió mistress Micawber. Sin embargo, puedo estar equivocada en mis conclusiones; es muy probable que lo esté; pero mi impresión individual es que el abismo que hay entre mi familia y míster Micawber puede haberse abierto por el temor, por parte de mi familia, de que míster Micawber necesitara algún auxilio pecuniario. No puedo por menos de pensar dijo mistress Micawber con expresión de profunda sagacidad que hay miembros de mi familia que han temido que míster Micawber les pidiera el nombre para algo. Y no me refiero para el caso de bautizar a nuestros hijos, sino para inscribirlo en letras de cambio y negociarlo en la Banca. La mirada penetrante con que mistress Micawber enunció aquel descubrimiento, como si nadie hubiera pensado en ello, pareció extrañar mucho a mi tía, quien contestó de repente: Bien, señora; en el fondo, no me chocaría que tuviera usted razón. Como míster Micawber está en vísperas de soltar las cadenas que le han atado durante tanto tiempo continuo mistress Micawber y de empezar una nueva carrera, en una tierra donde hay campo abierto para sus habilidades (lo que, en mi opinion, es muy importante, porque las habilidades de míster Micawber requieren mucho espacio), me parece a mí que mi familia debía señalar esta ocasión adelantándose la primera. Lo que yo desearía es ver reunidos a míster Micawber y a mi familia en una fiesta dada y costeada por mi familia; donde, al proponer algún miembro importante de mi familia un brindis a la salud de míster Micawber, míster Micawber pudiera tener ocasión de desarrollar sus puntos de vista. Querida mía dijo míster Micawber con cierta pasión, quizá sea mejor que yo declare ahorra mismo aquí que si desarrollara mis puntos de vista ante esta reunion, probablemente los encontrarían ofensivos, porque mi impresión es que todos los miembros de tu familia son, en general, unos impertinentes snobs, y en detalle, unos bribones sin paliativo. Micawber dijo mistress Micawber, sacudiendo la cabeza, nunca les has comprendido, y ellos nunca lo han comprendido a ti. Míster Micawber tosió. Nunca lo han comprendido dijo su mujer. Puede que sean incapaces de ello. Si es así, esa es su desgracia, y soy muy dueña de compadecerlos. Siento mucho, mi querida Emma dijo, con mayor lentitud míster Micawber, el haberme traicionado en expresiones que puedan, aunque sea remotamente, tener la apariencia de ofensivas. Todo lo que digo es que puedo irme al continente sin que tu familia se adelante a favorecerme; en resumen, con una última sacudida de sus hombros; y que prefiero dejar Inglaterra con el ímpetu que poseo, que deberles la menor ayuda. Eso no quita, querida mía, que si llegaran a contestar a tus comunicaciones (lo que nuestra experiencia hace muy improbable), lejos de mí está el ser una barrera para tus deseos. Habiendo arreglado este asunto amigablemente, míster Micawber dio su brazo a mistress Micawber, y mirando al montón de libros y papeles que había encima de la mesa, ante Traddles, dijo que nos dejaban solos, lo que ceremoniosamente llevaron a cabo. Mi querido Copperfield dijo Traddles, apoyándose en su silla, cuando se fueron, y mirándome con tanto carmo que se le enrojecieron los ojos y el pelo se le puso de mil formas raras, no me disculpo por molestarte con negocios, porque sé que lo interesan profundamente y que hasta podrán distraerte. Y espero, amigo mío, que no estés cansado. Estoy completamente repuesto le dije después de una pausa. Tenemos que pensar en mi tía antes que en nadie. ¡Ya sabes todo lo que ha hecho! ¡Claro, claro! contestó Traddles. ¿Quién puede olvidarlo? Pero no es eso todo dije. Durante estos últimos días le atormentaban preocupaciones nuevas, y ha ido y vuelto a Londres todos los días. Varias veces ha salido temprano y no ha vuelto hasta el anochecer. Anoche, Traddles, sabiendo que tenía que hacer este viaje y todo, era casi media noche cuando volvió a casa. Ya sabes hasta qué punto es considerada con los demás, y por eso no quiere decirme lo que ha ocurrido ni lo que le hace sufrir. Mi tía, muy pálida y con arrugas profundas en su frente, permanecía inmóvil escuchándome; algunas lágrimas extraviadas corrían por sus mejillas, y puso su mano en la mía. No es nada, Trot; no es nada. Ya ha terminado todo, y lo sabrás un día de estos. Ahora, Agnes, querida mía, vamos a dedicamos a estos asuntos. Tengo que hacer justicia a míster Micawber empezó Traddles diciendo que, aunque parece que para sí mismo no ha conseguido trabajar con éxito, es el hombre más incansable cuando trabaja para los demás. Nunca he visto cosa semejante. Si siempre ha hecho lo mismo, a mi juicio, es como si tuviera ya doscientos años. El calor con que lo ha hecho todo y el modo impetuoso con que ha estado excavando noche y día entre papeles y libros, sin contar el inmenso número de cartas suyas que han venido a esta casa desde la de míster Wickfield; y a veces hasta de un lado a otro de la mesa en que estábamos sentados, cuando le hubiera sido más cómodo hablar, es extraordinario. ¿Cartas? exclamó mi tía. ¡Yo creo que sueña con cartas! También míster Dick dijo Traddles ha hecho maravillas. Tan pronto como le descargamos de observar a Uriah Heep, cosa que hizo con un celo que nunca vi excedido,empezó a dedicarse a míster Wickfield; y realmente, su ansia de ser útil en nuestras investigaciones, y su verdadera utilidad en extraer y copiar, y traer y llevar, han sido un estímulo para nosotros. Dick es un hombre muy notable exclamó mi tía; yo siempre lo he dicho. Trot, tú lo sabes. Me alegra mucho decirle, miss Wickfield continuó Traddles, con una delicadeza y seriedad conmovedoras, que, en su ausencia, míster Wickfield ha mejorado considerablemente. Libertado del peso que le agobiaba desde hacía tanto tiempo, y de los horribles temores bajo los que ha vivido, ahora no es el mismo de antes. A veces hasta recobraba su fuerza mental para concentrar su memoria y atención en algunos puntos del asunto; y ha podido ayudamos a esclarecer algunas cosas que sin su ayuda habrían sido muy difíciles, si no imposibles, de desenredar. Pero quiero llegar cuanto antes al resultado, en lugar de charlar de todas las circunstancias que he observado, pues si no, no acabaría nunca. Su sencillez dejaba traslucir que decía todo aquello para ponernos contentos y preparar a Agnes a oír nombrar a su padre en cosas más confidenciales; pero no por eso era menos agradable su naturalidad. Ahora vamos a ver continuó Traddles mirando entre los papeles de la mesa. Después de saber con lo que contamos, y de haber contado en primer lugar con una cantidad grande de confusión involuntaria, y en segundo con una confusión y falsificación voluntarias, queda demostrado que míster Wickfield puede cerrar ahora su negocio y su notaría sin ningún déficit ni desfalco. ¡Oh, gracias, Dios mío! exclamó Agnes con fervor. Pero dijo Traddles lo que quedaría entonces para subvenir a sus necesidades (y al decir esto supongo la casa ya vendida) sería tan exiguo, que probablemente no excedería a unos cientos de libras. Por lo tanto, miss Wickfield, convendría reflexionar si no se podría conservar la notaría abierta. Sus amigos podrían aconsejarle, ya sabe usted, ahora que está libre. Usted misma, miss Wickfield, Copperfield, yo. Ya lo he pensado, Trotwood dijo Agnes mirándome, y siento que no debe ser, y que no será, aunque me lo aconseje un amigo a quien agradezco y debo tanto. No diré que te he aconsejado observó Traddles. Me parecía bien sugerirlo nada más. Me alegra el oírselo decir contestó Agnes con tranquilidad; esto me hace esperar, casi me da la seguridad de que opinamos del mismo modo. Querido míster Traddles y querido Trotwood, papá libre y con honra, ¡qué más puedo desear! Siempre he aspirado, de poder ser, a disminuir los embrollos en que se había metido, a devolverle un poco de los cuidados y cariños que le debo, y dedicarle mi vida. Esta ha sido durante muchos años mi mejor esperanza. Tener la responsabilidad de nuestro porvenir sobre mí será mi segunda gran alegría después de librarle de toda preocupación y responsabilidad. ¿Has pensado cómo, Agnes? Muchas veces. No tengo miedo, querido Trotwood. Estoy segura del éxito. Tanta gente me conoce aquí y me aprecia, que estoy segura. No dudes de mí. Nuestras necesidades no son muchas. Si alquilo nuestra querida y vieja casa, y pongo una escuela, seré útil y feliz. El fervor tranquilo de su alegre voz me trajo a la memoria tan vivamente la querida casa vieja primero, y luego mi hogar solitario, que mi corazón estaba demasiado lleno para poder hablar. Traddles hizo como que estaba muy ocupado, buscando entre los papeles durante un rato. Ahora, miss Trotwood dijo Traddles, esa propiedad es suya. ¡Bueno! Lo que tengo que decir es que si desapareció puedo sobrellevarlo, y que si aun existe, me alegraré mucho de recobrarla. En su origen creo que eran ocho mil libras dijo Traddles. Eso era contestó mi tía. No he conseguido encontrar más de cinco dijo Traddles, perplejo. ¿Miles quiere usted decir inquirió mi tía con compostura nada vulgar, libras? Cinco mil libras dijo Traddles. Eso es lo que quedaba contestó mi tía. Yo misma vendí tres mil; pagué mil por tus cosas, Trot querido, y llevo conmigo las otras dos mil. Cuando perdí lo demás me pareció prudente no hablar de esta cantidad y guardarla en secreto para algún día de apuro. Quería ver cómo saldrías de la prueba, Trot; saliste de ella noblemente, con perseverancia, abnegación, confiando en ti mismo. ¡Lo mismo se ha portado Dick! ¡No me hablen, porque tengo los nervios alterados! Nadie lo hubiera creído viéndola tan tiesa, sentada, con los brazos cruzados; pero es que se dominaba maravillosamente. Pues no saben lo que me alegro decirles exclamó Traddles radiante de alegría que hemos recobrado todo el dinero. Que nadie me dé la enhorabuena exclamó mi tía. ¿Y cómo es eso, caballero? ¿Usted creía que míster Wickfield lo había malversado? dijo Traddles. Claro que lo creía dijo mi tía, y por eso me lo callaba. Agnes, ni una palabra. Y se vendió dijo Traddles, ¡vaya si se vendió!, en virtud de un poder suyo que él tenía; pero no necesito decir por quién fue vendido o bajo qué firma. Luego el vendedor lo fingió a míster Wickfield (y probó con números el muy canalla) que él mismo se había apoderado del dinero (dándole instrucciones generales, decía) para ocultar otros deficits y deudas. Míster Wickfield, desamparado, fue tan débil en sus manos, que llegó a pagarle a usted varias cantidades de intereses de un capital que sabía que no existía, haciéndose así, desgraciadamente, cómplice del fraude. Y por fin cargó con toda la culpa añadió mi tía, y me escribió una carta loca, culpándose de robo y maldades que nadie puede imaginar. Entonces fui a visitarle una mañana temprano, pedí una vela, quemé la carta y le dije que si alguna vez podía justificarse ante mí y ante sí mismo, que lo hiciera, y que si no podía, se callara por amor a su hija. Si alguien me habla, me marcho ahora mismo. Todos nos quedamos silenciosos; Agnes se tapaba la cara. Bien, amigo mío dijo mi tía después de una pausa, ¿y por fin le ha vuelto usted a sacar el dinero? El hecho es contestó Traddles que míster Micawber le había cercado de tal modo, que tenía siempre preparados argumentos nuevos por si alguno fallaba, y no se nos pudo escapar. Una de las circunstancias más notables es que no creo que se apoderara de la cantidad por satisfacer su avaricia desordenada, sino más bien por el odio que sentía contra Copperfield. Me lo dijo claramente. Dijo que hubiese gastado otro tanto por hacer daño a Copperfield. ¡Ah! exclamó mi tía frunciendo su entrecejo y mirando hacia Agnes. ¿Y qué ha sido de él? No lo sé dijo Traddles. Se marchó de aquí con su madre, que no había cesado de clamar, descubrirse y amenazarnos. Se marcharon en una de las diligencias de la noche, y ya no he vuelto a saber de él, excepto que su odio hacia mí al despedimos fue inmenso. Se considera poco más o menos tan deudor contra mí como contra míster Micawber, lo que considero (como se lo dije) un cumplido. ¿Supones que tendrá algún dinero, Traddles? pregunté. Creo que sí, querido contestó, sacudiendo muy serio la cabeza Estoy seguro de que, de un modo o de otro, se ha metido en el bolsillo buenas cantidades. Pero, Copperfield, creo que si pudieras observar a ese hombre en el transcurso de su vida, verías que el dinero no le impedirá que sea dañino. Es tan profundamente hipócrita, que cualquier fin que persiga tiene que perseguirlo por caminos torcidos. Es su única compensación, por lo que se domina exteriormente. Como siempre se arrastra para conseguir cualquier fin pequeño, siempre le parece monstruoso cualquier obstáculo que halle en su camino; en consecuencia, odiará y sospechará de todo el mundo que se coloque, del modo más inocente, entre él y su objetivo. Así, los caminos tortuosos se volverán más torcidos en cualquier momento y por cualquier razón o por ninguna. No hay más que fijarse en su historia de aquí dijo Traddles para saberlo. Es un monstruo de mezquindad dijo mi tía. Realmente, no sé observó Traddles pensativo. Cualquiera puede ser un monstruo de mezquindad proponiéndoselo. Y ahora, respecto a míster Micawber... dijo mi tía. Bien dijo Traddles alegremente. Debo una vez más alabar a míster Micawber, pues si no hubiera sido por su paciencia y perseverancia durante todo este tiempo nunca hubiese conseguido nada que mereciese la pena; y creo que debemos considerar que mister Micawber ha hecho el bien por amor a la justicia, si consideramos las condiciones que podía haberle propuesto a Uriah Heep por su silencio. Lo mismo pienso yo dije. Y usted ¿qué le daría? insistió mi tía. ¡Oh! Antes de tratar de esto dijo Traddles, un poco desconcertado temo haber omitido (como no podía exponer todo a un tiempo) dos puntos al hacer este arreglo ilegal (porque es perfectamente ilegal desde el principio hasta el fin) de un negocio difícil. Las letras y demás que mister Micawber le dio por los adelantos a Uriah... Bien. Hay que pagarlos dijo mi tía. Sí; pero no sé cuándo se podrán encontrar, no sé dónde estarán contestó Traddles abriendo los ojos; y les advierto que desde ahora hasta su marcha se verá arrestado constantemente y puesto en la prisión por deudas. Pues habrá que ponerlo en libertad cada vez y pagar lo que sea dijo mi tía. ¿A cuánto asciende el total? Mister Micawber tiene apuntadas en un libro, con el mayor orden, todas las operaciones (las llama operaciones) comentó Traddles sonriendo, y la suma total asciende a ciento tres libras y cinco chelines. ¿Y qué le daríamos además, incluyendo esa suma? dijo mi tía Agnes, querida mía, tú y yo hablaremos después de repartírnoslo. ¿Cuánto le daremos? ¿Quinientas libras? A esto Traddles y yo contestamos a un tiempo. Los dos recomendábamos una pequeña cantidad en dinero, y el pago, sin condiciones, de las reclamaciones de Uriah según fueran viniendo. Propusimos que se pagara a la familia el pasaje y los gastos y que se les diera cien libras, y también que se debía atender con seriedad a los arreglos de míster Micawber para el pago de los adelantos, ya que el suponerse bajo una responsabilidad así podia ser beneficioso para él. A esto añadí la idea de dar explicaciones de su carácter a historia a mister Peggotty, en quien yo sabía que se podía confiar, y dejar a su discreción el poderle adelantar otras cien libras. Luego propusimos interesar a míster Micawber por mister Peggotty, contando a aquel parte de la historia de este, lo que yo creyera justo y conveniente, a intentar que cada uno de ellos ayudara al otro para su beneficio común. Todos estábamos de acuerdo en ello, y también los interesados lo hicieron poco después, con una muy buena voluntad y en perfecta armonía. Viendo que Traddles volvía a mirar con ansiedad a mi tía, le recordé el segundo y último punto que había prometido. Tú y tu tía me disculparéis, Copperfield, si toco, como temo, un asunto doloroso dijo Traddles vacilando; pero creo necesario recordároslo. El día de la memorable denuncia de míster Micawber, Uriah Heep hizo una alusión amenazadora al marido de tu tía. Mi tía, manteniéndose en su tiesa postura y aparente serenidad, asintió con la cabeza. Quizá observó Traddles fuera sólo una impertinencia voluntaria. No contestó mi tía. ¿Existía, perdóneme, de verdad esa persona y estaba en su poder? insinuó Traddles. Sí, amigo mío dijo mi tía. A Traddles se le alargó la cara perceptiblemente y explicó que no había podido tocar aquel asunto; que había compartido la suerte de las habilidades de míster Micawber al no ser comprendido en cuantos términos había usado; que ya no teníamos ninguna autoridad sobre Uriah Heep, y que si nos podía hacer a cualquiera de nosotros algún daño o causarnos alguna molestia, nos lo haría seguramente. Mi tía permaneció inmóvil hasta que otra vez algunas lágrimas rebeldes rodaron por sus mejillas. Tiene usted razón dijo, Estaba bien pensado el aludir a ello. ¿Podernos Copperfield o yo hacer algo? preguntó Traddles suavemente. Nada dijo mi tía. Muchísimas gracias, Trot, querido mío. ¡Era una amenaza vana! ¡Que vuelvan míster y mistress Micawber, y que ninguno de vosotros me hable! Al decir esto se arregló su traje y se sentó, con su porte erguido, mirando hacia la puerta. Bien, míster y mistress Micawber dijo mi tía cuando entraron. Hemos estado discutiendo su emigración, y les pedimos mil perdones por haberlos tenido fuera durante tanto rato; y ahora les diré las condiciones que les proponemos. Les explicó todo, para satisfacción indudable de toda la familia; y como los niños estaban presentes, se despertaron en míster Micawber sus costumbres puntillosas en cuestiones de deudas, y no pudimos disuadirle de salir corriendo, con alegría, a comprar pólizas para sus pagarés. Pero su alegría recibió un gran golpe. A los cinco minutos volvió, custodiado por un oficial del sheriff, informándonos, con un diluvio de lágrimas, de que todo se había perdido. Nosotros, que estábamos preparados a esto, que era, naturalmente, un procedimiento de Uriah Heep, pagamos enseguida, y al momento ya estaba míster Micawber, sentado ante la mesa, llenando el papel sellado con esa expresión de perfecta alegría que sólo esta ocupación y el hacer ponche podían prestar a su reluciente cara. Era graciosísimo verle trabajar en sus pólizas con la delicadeza de un artista, retocándolas como si fueran estampas, mirándolas de lado y recogiendo en su cuaderno de bolsilo apuntes de fechas y cantidades y contemplándolas al terminar, muy convencido de su precioso valor. Ahora, lo mejor que puede usted hacer, caballero, si me penmite aconsejarle dijo mi tía después de observarle en silencio, es renunciar para siempre a esta clase de ocupaciones. Señora contestó míster Micawber, mi intención es consultar este voto en la página virgen del futuro. Mistress Micawber lo atestiguará. Confío dijo míster Micawber solemnemente en que mi hijo Wilkins se acordará siempre de que es infinitamente mejor poner el puño en el fuego que usarlo para manejar las serpientes que han envenenado la sangre y la vida de su desgraciado padre. Profundamente afectado y transformado en un momento en la imagen de la desesperación, míster Micawber miraba a las serpientes con una cara de aborrecimiento horroroso (en el que no se dejaba traslucir su no muy antigua admiración); después dobló el papel y se lo metió en el bolsillo. Esto terminó los asuntos de la tarde. Estábamos cansados y tristes, y mi tía y yo teníamos que volver a Londres al día siguiente. Se había decidido que los Micawber nos seguirían después de efectuar la venta de sus cosas a algún corredor, que los negocios de míster Wickfield debían llegar a un arreglo con la prisa conveniente y bajo la dirección de Traddles, y que mientras estos negocios estaban pendientes Agnes vendría también con nosotros a Londres. Pasamos la noche en la casa vieja, que, libre de la presencia de los Heeps, parecía curada de una enfermedad. Dormí en mi antigua habitación como un náufrago aventurero que vuelve a su hogar. Al día siguiente volvimos a casa de mi tía (no a la mía), y cuando estábamos sentados solos, como antiguamente, antes de acostamos, me dijo: Trot, ¿quieres de veras saber lo que últimamente me ha preocupado? Ya lo creo, tía. Si ha habido algún tiempo en que he querido compartir tus penas y tus ansiedades, es ahora. Bastantes penas has tenido ya, niño me contestó cariñosamente,sin necesidad de aumentarlas con las mías. No había más motivo que este para que te las ocultara. Lo sé dije; pero, cuéntamelas ahora. ¿Quieres acompañarme mañana? Saldremos en coche me dijo mi tía. ¡Claro que sí! ¡A las nueve! dijo ella. Y entonces te lo contaré, hijo mío. A la mañana siguiente, a las nueve, salimos en el coche y nos dirigimos a Londres. Paseamos en coche entre calles mucho rato hasta que llegamos a una en que están los grandes hospitales. Junto al edificio había un coche fúnebre sencillo. El cochero reconoció a mi tía, y obedeciendo a una seña que por la ventanilla le hizo mi tía, echó a andar despacio. Nosotros le seguíamos. ¿Lo comprendes ahora, Trot? dijo mi tía. ¡Se fue! ¿Murió en el hospital? Sí. Estaba inmóvil a mi lado; pero otra vez volví a ver las lágrimas rebeldes correr por sus mejillas. Primero volvió a verme dijo mi tía. Llevaba bastante tiempo enfermo; era un hombre destrozado, roto, estos últimos años. Cuando supo el estado en que estaba pidió que me llamaran. Estaba arrepentido, muy arrepentido. ¡Y tú fuiste, tía; lo sé! . Fui. Y estuve con él varias veces. ¿Y se murió la noche anterior a nuestro viaje a Canterbury? le dije. Mi tía afirmó con la cabeza. Nadie le puede hacer daño ahora dijo. Era una amenaza vana. Salimos de la ciudad, y llegamos al cementerio de Homsey. Mejor aquí que entre calles dijo mi tía. Aquí nació. Bajamos, y seguimos al féretro sencillo a un rincón que recuerdo muy bien, donde leyeron las oraciones del ritual y le cubrieron de tierra. Hoy hace treinta y seis años, querido mío dijo mi tía cuando volvíamos al coche, que me casé. ¡Dios nos perdone a todos! Nos sentamos en silencio, y así seguimos mucho rato, con su mano en la mía. Por fin se echó a llorar y dijo: Era un hombre muy guapo cuando me casé con él, Trot. ¡Ahora había cambiado tanto! Después del alivio de las lágrimas, se serenó pronto y hasta estuvo alegre. Estoy mal de los nervios me dijo; por eso me he dejado llevar por mi pena. ¡Que Dios nos perdone a todos! Volvimos a su casa de Highgate, donde encontramos la siguiente carta, de míster Micawber, que había llegado en el correo de la mañana: «Canterbury. Mi querida señora, y Copperfield: La tierra prometida que brillaba hace poco en el horizonte está otra vez envuelta en niebla impenetrable y desaparece para siempre a los ojos de un infeliz que va a la deriva y cuya sentencia está sellada. Una nueva orden ha sido dada (en el Tribunal Supremo de Su Majestad, en King's Bench Westminster) sobre la causa de Heep y Micawber, y el demandado de esta causa es la presa del sheriff, que tiene legal jurisdicción en esta bailía. Ahora es el día, y ahora es la hora; ved el frente de la batalla más bajo, ved acercarse el poder de Eduardo el vanidoso. ¡Cadenas y esclavitud! Por consiguiente, y para un fin rápido (porque la tortura mental sólo se puede soportar hasta cierto punto, al que siento que he llegado) mi carrera durará poco. ¡Los bendigo, los bendigo! Algún viajero futuro, que visite por curiosidad, y espero que también por simpatía, el sitio que dedican en esta ciudad a los deudores, confío en que reflexionará cuando vea en sus muros, inscritas con un clavo mohoso, Las oscuras iniciales W M. P S. Vuelvo a abrir esta carta para decirles que nuestro común amigo míster Thomas Traddles (que aún no nos ha dejado y que sigue muy bien) ha pagado la deuda y costes en nombre de la noble miss Trotwood, y que yo mismo y mi familia estamos en la cúspide de la felicidad humana. » CAPÍTULO XV LA TEMPESTAD Me acerco ahora a un suceso de mi vida, tan horrible, tan inolvidable, tan ligado a todo lo que llevo relatado en estas páginas, que desde el principio de mi narración lo he visto irse levantando como una torre gigantesca en la llanura, y dar sontbra anticipada hasta a los menores incidentes de mi niñez. Muchos años después de ocurrido todavía soñaba con ello. Me impresionó tan vivamente, que aún ahora me parece que atruena mi tranquila habitación, en noches de calma, y sueno con ello, aunque cada vez con intervalos inseguros y más largos. Lo asocio en mi memoria con el viento tormentoso y con la playa, tan íntimamente, que no puedo oírlos mencionar sin acordarme de ello. Lo vi tan claramente como intentaré describirlo. No necesito hacer memoria; lo tengo presente como si lo viera, como si volviera a suceder de nuevo ante mí. Como se acercaba la fecha de la salida del barco, mi buena y vieja Peggotty vino a Londres a verme y a despedirse. Era nuestra primera entrevista después de mi desgracia, y la pobre tenía el corazón destrozado. Estuve constantemente a su lado, con su hermano y con los Micawber (pues estaban casi siempre reunidos), pero nunca vi a Emily. Una tarde, muy próxima ya su marcha, estando yo solo con Peggotty, y su hermano, nuestra conversación recayó sobre Ham. Peggotty nos contó la ternura con que se había despedido de ella y la tranquila virilidad, cada vez mayor, con que se había portado últimamente cuando a ella le parecía más puesto a prueba. Era un asunto sobre el que nunca se cansaba de hablar, y nuestro interés al oír los muchos ejemplos que podía relatar, pues estaba constantemente a su lado, igualaba al que ella tenía por contárnoslos. Mi tía y yo habíamos abandonado las dos casas de Highgate; yo, porque me marchaba fuera, y ella, porque volvía a su casa de Dover; y teníamos una habitación provisional en Covent Garden. Cuando volvía hacia casa después de aquella conversación, reflexionando sobre lo que había pasado entre Ham y yo la última vez que estuve en Yarmouth, dudé entre mi primer proyecto de dejar una carta para Emily, a su tío, cuando me despidiera de él a bordo, o si sería mejor escribirla en aquel mismo momento. Pensaba que ella podía desear, después de recibida mi carta, mandar conmigo algunas palabras de despedida a su desgraciado enamorado, y en ese caso yo debía proporcionarle la ocasión. Así es que antes de acostarme le escribí. Le decía que había estado con él y que me había pedido que le dijera lo que ya he escrito, en su lugar correspondiente, en estas páginas. Todo se lo contaba fielmente. Aunque hubiera tenido derecho para hacerlo, no veía la necesidad de aumentarlo. Su bondad profunda y su constante fidelidad no las podían adornar ni yo ni ningún otro hombre. Dejé la carta fuera, para que se la llevaran a la mañana siguiente, con unas letras para míster Peggotty, en las que le rogaba entregara la carta a Emily, y me metí en la cama, al amanecer Estaba entonces más débil de lo que yo creía; y no pudiendo conciliar el sueño sino hasta que el sol estuvo muy alto, seguí en la cama hasta muy tarde. Me despertó la presencia silenciosa de mi tía al lado de mi cama. La presentía en mi sueño, como supongo que todos presentimos estas cosas. Trot, querido mío me dijo cuando abrí los ojos. No me podía decidir a molestarte. Pero míster Peggotty está aquí. ¿Le digo que suba? Le contesté que sí y apareció enseguida. Señorito Davy dijo después de darme la mano, le he dado su carta a Emily, y ella ha escrito esta y me ha pedido que le diga a usted que la lea, y que si no ve ningún mal en ello, tenga la bondad de entregársela a Ham. ¿La ha leído usted? le dije. Asintió tristemente. Abrí la carta y leí lo que sigue: «He recibido tu mensaje. ¡Oh! ¿Qué podría yo escribir para agradecer tu inmensa bondad conmigo? He puesto esas palabras junto a mi corazón. Las guardaré hasta que me muera. Son como espinas agudas, pero que reconfortan. He rezado sobre ellas; ¡he rezado tanto! Cuando veo tu que eres tú y lo que es el tío, pienso en lo que debe ser Dios, y me atrevo a llorar ante Él. Adiós para siempre. Ahora, amigo mío, adiós para siempre en este mundo. En el otro, si Dios me perdona, podré despertarme como un niño a ir hacia ti. Gracias, y bendito seas otra vez, ¡adiós!» Estaba emborronada con lágrimas. ¿Puedo decir a Emily que, como no ve usted ningún mal en ello, tendrá la bondad de encargarse de ella, señorito Davy? dijo míster Peggotty cuando terminé de leerla. Naturalmente dije; pero estoy pensando... ¿Qué, señorito Davy? Estoy pensando dije que voy a volver a Yarmouth. Hay tiempo de sobra para ir y volver antes de que salga el barco. No hago más que acordarme de él en su soledad. Así, le pongo ahora en las manos esta carta, y usted puede decirle que la ha recibido; será una buena acción para los dos. Estoy intranquilo; el movimiento me distraerá. Iré esta misma noche. A pesar de que trató de disuadirme, vi que era de mi opinión, y si hubiera necesitado que afirmaran mi intención, lo hubiese conseguido. Le encargué que fuera a la oficina de la diligencia y tomase un asiento en el pescante, para mí. Al anochecer salí por la carretera que había recorrido bajo tantas vicisitudes. ¿No cree usted pregunté al cochero en cuanto salimos de Londres que el cielo está muy extraño? No me acuerdo haberlo visto nunca así. Ni yo contestó. Eso es viento, señor. Habrá desgracias en el mar, me parece... Estaba el cielo en una sombría confusión, manchado aquí y allí de un color parecido al del humo de un combustible como fuel; las nubes, que, volando, se amontonaban en las montañas más altas, fingían alturas mayores en las nubes, y bajo ellas una profundidad que llegaba a lo más hondo de la tierra; la luna salvaje parecía tirarse de cabeza desde la altura como si en aquel disturbio terrible de las leyes de la naturaleza hubiera perdido su camino y tuviera miedo. Había hecho aire durante todo el día; pero entonces empezó a arreciar, con un ruido horrible. Aumentaba por momentos, y el cielo también estaba cada vez más cargado. Según avanzaba la noche, las nubes se cerraban y se extendían densas sobre el cielo, ya muy oscuro, y el viento soplaba cada vez con más fuerza. Los caballos apenas si podían seguir. Muchas veces, en la oscuridad de la noche (era a fines de septiembre, cuando las noches son largas), los que iban a la cabeza se volvían o se paraban, y temíamos que el coche fuera derribado por el viento. Ráfagas de lluvia llegaron antes que la tormenta, azotándonos como si fueran chaparrones de acero; y en aquellos momentos no había ni árboles ni muros donde guarecerse, y nos vimos forzados a detenernos, en la imposibilidad de continuar la lucha. Cuando amaneció, el viento seguía arreciando. Yo había estado en Yarmouth cuando los marinos decían que «soplaban los cañones»; pero nunca había visto nada semejante ni que se le acercara. Llegamos a Ipswich tardísimo, habiendo tenido que luchar por cada pulgada de terreno que ganábamos, desde diez millas fuera de Londres, y encontramos en la plaza un grupo de gente que se había levantado de la cama por miedo a que se derrumbasen las chimeneas. Algunas de estas gentes se reunieron en el patio de la posada mientras cambiábamos de caballos, y nos contaron que el viento había arrancado grandes láminas de plomo de la torre de una iglesia, y que habían caído en una cane cercana, cerrando el paso por completo. Otros contaban que unos aldeanos que venían de pueblos cercanos habían visto árboles grandes arrancados de raíz y cuyas ramas cubrían los caminos y el campo. Pero la tormenta no amainaba, sino que cada vez era más fuerte. Según íbamos avanzando hacia el mar, de donde venía el viento, su fuerza era cada vez más terrible. Mucho antes de ver el mar nos mojamos con su agua salada y con su espuma. El agua había invadido kilómetros y kilómetros del terreno llano que rodea Yarmouth, y cada arroyuelo se salía de su cauce y se unía a otros un poco mayores. Cuando llegamos a ver el mar, las olas en el horizonte, vistas de vez en cuando sobre los abismos que se ahondaban, parecían las torres y las construcciones de otra costa cercana. Cuando por fin llegamos a la ciudad, la gente salía a las puertas de las casas, con los cabellos erizados por el viento, y se maravillaba de que la diligencia hubiera podido llegar con semejante noche. Bajé en la posada vieja, y enseguida, dando tropezones por la calle, que estaba sembrada de arena y algas y volanderos copos de espuma, temiendo que me cayeran encima tejas o pizarras, y agarrándome a la gente que encontraba, me fui a ver el mar. Al llegar a la playa vi no sólo a los marineros, sino a medio pueblo, que estaba allí, refugiado detrás de unas construcciones; algunos, desafiando la furia de la tormenta, miraban mar adentro; pero al momento tenían que volver a guarecerse haciendo verdaderos zigzag para que el viento no los empujara. Uniéndome a aquellos grupos vi mujeres que se asustaban y lloraban porque sus maridos estaban en la pesca del arenque y de ostras, y pensaban, con razón, que los botes podían haberse ido a pique antes de encontrar puerto. Entre la gente había marinos viejos, curtidos en su oficio, que sacudían la cabeza mirando al mar y al cielo, y hablándome entre dientes; amos de barcos, excitados y violentos; hasta lobos de mar preocupados mirando con ansiedad desde sus cobijos y fijando en el horizonte sus anteojos como si observaran las maniobras de un enemigo. Cuando ya no me confundió ni el ruido horroroso de la tormenta, ni las piedras y la arena que volaban, y me fui acostumbrando al viento cegador, pude mirar al mar, que estaba grandioso. Cuando se levantaban las enormes montañas de agua para derrumbarse desde lo más alto, parecía que la más pequeña podría tragarse la ciudad entera. Las olas, al retroceder con un ronco rugido, socavaban profundas cavernas en la arena, como si se propusieran minar la tierra para su destrucción. Y cuando, coronadas de espuma, se rompían antes de llegar a la orilla, cada fragmento parecía poseído por toda su cólera y se precipitaba a componer otro nuevo monstruo. Colinas ondulantes se transformaban en valles; de valles ondulantes (con alguna gaviota posada entre ellos) surgían colinas; enormes masas de agua hacían retemblar la playa con su horroroso zumbido; cada ola, tan pronto como estaba hecha, tumultuosamente cambiaba de sitio y de forma, para tomar al lugar y la forma de otra a la que vencía; la otra costa, imaginada en el horizonte, con sus grandes torres y construcciones, subía y bajaba sin cesar; las nubes bailaban vertiginosas danzas; me parecía que presenciaba una rebelión de la naturaleza. Al no encontrar a Ham entre las gentes que había reunido aquel vendaval memorable (porque aún lo recuerdan por allí como el viento más fuerte que soplara nunca en la costa) me fui a su casa. Estaba cerrada, y como nadie contestó a mi llamada, me fui por los caminos de detrás al astillero donde trabajaba. Allí me dijeron que se había ido a Lowestoft para hacer algunas reparaciones que habían requerido su talento, pero que volvería a la mañana siguiente. Volví a la posada, y después de lavarme y arreglarme traté de dormir; pero era en vano. Eran las cinco de la tarde. No había estado sentado ni cinco minutos junto al fuego, cuando el camarero que vino a atizarlo (una disculpa para charlar) me dijo que dos barcos carboneros se habían ido a pique con toda su gente a unas pocas millas, y que otros barcos estaban luchando contra el temporal en gran peligro de estrellarse contra las rocas. «Que Dios los perdone dijo, si tenemos otra noche como la última. » Estaba muy deprimido, muy solo, y me turbaba la idea de que Ham no estuviera en su casa. Los últimos sucesos me habían afectado seriamente, sin que yo supiera hasta qué punto, y el haber estado expuesto a la tormenta durante tanto tiempo me había atontado la cabeza. Estaban tan embrolladas mis ideas, que había perdido la norma del tiempo y la distancia. De modo que no me hubiera sorprendido nada encontrarme por aquellas calles con personas que yo sabía que tenían que estar en Londres. Había en mi mente un vacío extraño respecto a estas ideas; pero mi memoria estaba muy ocupada con los recuerdos claros y vivos que este lugar despertaba en mí. Estando en aquel estado, sin ningún esfuerzo de voluntad, combiné lo que me acababa de contar el camarero con mis extraños temores acerca de Ham. Me temía su vuelta de Lowestoft por mar, y su naufragio. Esta idea creció en mí de tal manera que resolví volver al astillero antes de comer y preguntar al botero si creía que había alguna probabilidad de que Ham volviera por mar, y, si me dejaba alguna duda, obligarle a venir por tierra yendo a buscarle. Ordené aprisa la comida y volví al astillero con toda oportunidad, porque el botero, con una lintema en la mano, estaba cerrando la entrada. Casi se rio cuando le hice mi pregunta, y me contestó que no había miedo de que ningún hombre en sus cabales saliera a la mar con semejante galerna, y menos que nadie Ham Peggotty, que había nacido para marino. Tranquilizado con esto y casi avergonzado de haberlo preguntado, volví a la posada. Si un vendaval como aquel podía aumentar, creo que entonces estaba aumentando. El rechinar de ventanas y puertas, el aullido del viento dentro de las chimeneas, el aparente temblor de la casa misma que me cobijaba y el prodigioso tumulto del mar eran más tremendos que por la mañana. Además, había que añadir la oscuridad, que invadía todo con nuevos terrores, reales a imaginarios. No podía comer, no podía estar sentado, no podía prestar una atención continuada a nada. Algo dentro de mí, contestando débilmente a la tormenta exterior, revolvía lo más profundo de mi memoria, confundiéndola. Sin embargo, en el atropello de mis pensamientos, que corrían, como salvajes, al compás del mar, la tormenta y mi preocupación por Ham me angustiaban de un modo latente. Se llevaron la comida sin que casi la probara. Intenté refrescarme con un vaso o dos de vino; pero fue inútil. Me amodorré junto al fuego, sin perder del todo la consciencia ni de los ruidos de fuera ni de donde me encontraba. Pronto se oscurecieron por un nuevo a indefinible horror, y cuando desperté (o mejor dicho, cuando sacudí la modorra que me sujetaba en mi silla) todo mi ser temblaba de un miedo sin objeto a inexplicable. Me paseé de arriba abajo; intenté leer un periódico viejo; escuché los ruidos horribles de fuera; me entretuve viendo escenas, casas y cosas en el fuego. Por fin, el tranquilo tictac de un reloj que había en la pared me atormentó de tal modo que resolví irme a la cama. Me tranquilizó un poco el oír decir que algunos de los criados de la posada habían decidido no acostarse aquella noche. Me fui a la cama excesivamente cansado y aburrido; pero en el momento que me acosté todas estas sensaciones desaparecieron como por encanto, y estaba perfe