libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Hermann Hesse (Calw, Baden-Wurtemberg, Alemania, 2 de julio de 1877 - † Montagnola, Tesino, Suiza, 9 de agosto de 1962), fue un escritor suizo de origen alemán. Recibió el premio Nobel de literatura en 1946. Hermann Hesse nació en Calw, localidad ubicada en Baden-Wurtemberg, donde transcurrieron los tres primeros años de su vida (hasta 1880) y tres años de colegio (1886 a 1889). En su juventud hizo grandes viajes por Italia y también por la India, los cuales serían determinantes en gran parte de la temática que se presenta en sus obras. En la India su abuelo y su padre habían sido misioneros. Su educación estuvo dividida entre Alemania y Suiza de 1881 a 1886; estudió en un colegio de humanidades, abandonándolo dos años luego. Los siguientes años fueron más conflictivos: con quince años, en 1892, intentó suicidarse, quedando tras esto a cargo de un teólogo y pasando posteriormente por una institución de salud mental y otra "para jóvenes problemáticos". Cumplió su educación básica en 1893, pasando a intentar aprender el oficio de librero, luego el de mecánico relojero, y finalmente, otra vez, el de librero. En 1895 comenzó a trabajar en su oficio en una librería de Tübingen (o Tubinga) especializada en teología, filología y leyes. Con escaso interés por el contacto social Hesse pasaría su tiempo libre leyendo y escribiendo para periódicos locales, publicando su primer poema a finales de 1896. Emancipado económicamente en 1898 de sus padres, Hesse continuaría publicando aunque con escaso éxito. La confianza de su editor y las subsiguientes publicaciones derivarían en su primer éxito en 1903: "Peter Camenzind". Un fuerte giro a su vida sucedió tras algunos problemas con sus críticas a la Primera Guerra Mundial en 1914. Demonizado por la prensa y abandonado por sus amigos tras la publicación de un ensayo en el que pedía a Alemania que no cayera en el nacionalismo, se encontró en medio de un conflicto político que junto con su fracaso matrimonial y la muerte de su padre acabó por llevarle en 1919 a Suiza, nacionalidad que adquirió en 1921. Como muchos de sus personajes Hesse tuvo a lo largo de su vida problemas con las mujeres. Su primer matrimonio con Maria Bernoulli, que le dio tres hijos, terminó trágicamente por los problemas mentales de su esposa. El segundo matrimonio aparentemente no pasó de ser una breve aventura con Ruth Wenger terminando a los pocos meses. Finalmente se casó con Nion Dolbin en 1931 y se mantuvo a su lado durante el resto de su vida. Murió de una hemorragia cerebral mientras dormía a la edad de 85 años. Obras más destacables * Peter Camenzind (1904) * Demian (1919) * Siddhartha (1922) * El lobo estepario (1927) * Narciso y Goldmundo (1930) * El juego de abalorios ( -o- Magister Ludi) (1943) EL REY YU  Un relato de la antigua China HERMANN HESSE     La historia de la antigua China ofrece escasos ejemplos de monarcas y estadistas que fuesen derrocados a causa de haber caído bajo la influencia de una mujer y de un enamoramiento. Uno de estos raros ejemplos-y uno muy notable- es el del rey Yu de Tchou y su mujer Bau Si.   El país de Tchou lindaba por el oeste con los territorios de los bárbaros mongoles, y la sede de su Corte, Fong, se encontraba en medio de una región poco segura, que de vez en cuando se veía expuesta a los asaltos y saqueos de aquellas tribus bárbaras. Por ello fue preciso ocuparse de reforzar al máximo las fortificaciones fronterizas y, sobre todo, de proteger mejor la Corte.   Los libros de historia nos dicen que el rey Yu, el cual no era un mal estadista y sabía prestar atención a los buenos consejos, supo compensar las desventajas de su frontera adoptando inteligentes medidas, pero que todas estas inteligentes y meritorias obras quedaron destruidas por los caprichos de una bonita mujer.   En efecto, con ayuda de todos sus príncipes vasallos, el rey estableció en la frontera occidental una línea de defensa, línea de defensa que, como todas las creaciones políticas, presentaba un doble carácter, a saber: moral, por una parte, y mecánico, por otra. El fundamento moral del tratado era el juramento y la fidelidad de los príncipes y sus oficiales, cada uno de los cuales se comprometía a acudir con sus soldados a la Corte a socorrer al rey a la primera señal de alarma. A su vez, el principio mecánico, del cual se ocupaba el rey, consistía en un bien pensado sistema de torres, que hizo construir en su frontera occidental. En cada una de estas torres debía montarse guardia día y noche; las torres estaban provistas de tambores muy potentes. En caso de una invasión enemiga por cualquier punto de la frontera, la torre más próxima redoblaría su tambor; de torre en torre esta señal recorrería todo el país en un tiempo mínimo.   Este inteligente y loable dispositivo ocupó largo tiempo al rey Yu, quien tuvo que celebrar conferencias con sus príncipes, considerar los informes de los arquitectos, organizar la instrucción del servicio de guardia. Ahora bien, el rey tenía una favorita llamada Bau Si, una mujer hermosa que supo hacerse con una influencia sobre el corazón y los sentidos del rey, mayor de lo que puede convenir a un monarca y a su reino. Al igual que su señor, Bau Si seguía con curiosidad e interés los trabajos que se realizaban en la frontera, del mismo modo que una niña vivaracha e inteligente contempla, de vez en cuando, con admiración y envidia los juegos de los muchachos. Para que lo comprendiese todo perfectamente, uno de los arquitectos le había construido un delicado modelo -de arcilla pintada y cocida- de la línea de defensa; este modelo representaba la frontera y el sistema de torres, y en cada una de las graciosas torrecillas había un guardia de arcilla infinitamente pequeño y que en vez de tambor llevaba colgada una diminuta campanilla. Este bonito juguete constituía el pasatiempo favorito de la mujer del rey, y cuando alguna vez estaba de malhumor, sus doncellas solían proponerle jugar al «ataque bárbaro».   Entonces colocaban todas las torrecillas, hacían tañer las campanillas enanas, y así disfrutaban y se entretenían mucho.   El día astrológicamente favorable en que, concluidas al fin las obras, instalados los tambores y preparado el servicio de guardia, se puso a prueba, previo acuerdo, la nueva línea de defensa, fue una ocasión gloriosa para el rey. Orgulloso de su realización, se mostraba muy impaciente; los cortesanos esperaban para darle sus parabienes, pero la más ansiosa y excitada era la hermosa mujer Bau Si, la cual casi no podía esperar que concluyesen todas las ceremonias y rogaciones previas.   Por fin llegó la hora señalada, y por primera vez comenzó a desarrollarse en gran escala y de verdad el juego de las torres y los tambores que tan a menudo había hecho pasar un buen rato a la mujer del rey. Ésta apenas podía contener sus ansias de comenzar a intervenir en el juego y a dar órdenes, tan grande era su alegre excitación. El rey le lanzó una grave mirada, y con esto se controló. Había llegado el momento; ahora jugarían al «ataque bárbaro» en grande y con torres de verdad, con hombres y tambores de verdad, para ver cómo resultaba todo. El rey dio la señal, el mayordomo mayor transmitió la orden al capitán de la caballería, éste trotó hasta la primera torre y dio orden de redoblar el tambor. El redoble retumbó potente y profundo, su sonido alcanzó todos los oídos, festivo y profundamente conmovedor. Bau Si se había puesto pálida de emoción y comenzó a temblar. El gran tambor de batalla redoblaba con fuerza su basto ritmo estremecedor, un canto lleno de presagios y amenazas, lleno de lo venidero, de guerra y miseria, de miedo y derrota. Todos lo escuchaban con profundo respeto. Cuando el sonido comenzaba a extinguirse, de la torre siguiente salió la réplica, lejana y débil, la cual se fue perdiendo rápidamente, y después no se oyó nada más, y al cabo de unos instantes se rompió el festivo silencio, la gente volvió a alzar la voz, se pusieron en pie y comenzaron a charlar.   Entretanto, el profundo y atronador redoble fue pasando de la segunda a la tercera y a la décima y a la trigésima torre, y cuando se dejaba oír, todos los soldados de esa zona tenían estrictas órdenes de presentarse de inme~ diato en el lugar convenido, armados y con la bolsa de provisiones llena; todos los capitanes y coroneles debían prepararse para la marcha sin pérdida de tiempo y apresurarse al máximo; también debían enviar ciertas órdenes preestablecidas al interior del país. Dondequiera que se oía el redoble del tambor se interrumpían el trabajo y las comidas, los juegos y el sueño, se empaquetaba, se ensillaba, se recogía, se emprendía la marcha a pie y a caballo. En breve espacio de tiempo, de todos los distritos de los alrededores salían tropas presurosas con destino a la Corte de Fong.   En Fong, en el patio de palacio, se había relajado pronto la profunda emoción e interés que se habían apoderado de todos los ánimos al redoblar el terrible tambor. La gente paseaba por el jardín de la Corte charlando animadamente, toda la ciudad estaba de fiesta, y cuando, transcurridas menos de tres horas, comenzaron a aproximarse ya cabalgatas pequeñas y más grandes, procedentes de dos direcciones, y luego, de hora en hora, fueron llegando más y más -lo cual duró todo ese día y los dos siguientes-, el rey, sus cortesanos y sus oficiales fueron presa de un creciente entusiasmo.   El rey se vio colmado de agasajos y congratulaciones, los arquitectos fueron invitados a un banquete y el tambor de la primera torre, el que había dado el primer redoble, fue coronado por el pueblo, paseado en andas por las calles y obsequiado por todos.   La mujer del rey, Bau Si, estaba absolutamente entusiasmada y como embriagada. Su juego de torrecitas y campanillas se había hecho realidad de forma mucho más espléndida de lo que nunca hubiese podido imaginar. Por arte de magia, la orden había desaparecido en el solitario país, envuelta en la amplia onda sonora del redoble del tambor; y su resultado llegaba ahora, vivo, real, como un eco de lontananza, el emocionante bramido de ese tambor había producido un ejército, un ejército de cientos y miles de hombres bien armados que iban llegando por el horizonte, a pie y a caballo, en continuó flujo, en continuo y rápido avance: arqueros, caballería ligera y pesada, lanceros, iban llenando gradualmente, con creciente barullo, todo el espacio disponible alrededor de la ciudad, donde eran acogidos y se les indicaban sus posiciones, donde eran aclamados y obsequiados, donde acampaban, levantaban tiendas y encendían fogatas. Esto continuó día y noche; como duendes de fábula surgían de la tierra gris, lejanos, diminutos, envueltos en nubes de polvo, para finalmente formar filas, hechos sobrecogedora realidad, bajo las miradas de la Corte y de la embelesada Bau Si.   El rey Yu estaba muy satisfecho, y en particular le complacía el arrobamiento de su favorita; llena de felicidad, resplandecía como una flor y el rey nunca la había visto tan bella. Pero las festividades duran poco. También esta gran fiesta se extinguió y dio paso a la vida de todos los días: dejaron de ocurrir maravillas, no se hicieron realidad nuevos sueños de fábula. Esto resulta insoportable a las personas desocupadas y veleidosas. Pasadas unas semanas de la fiesta, Bau Si volvió a perder todo su buen humor. El pequeño juego con las torrecillas de arcilla y las campanillas colgadas de un hilo resultaba tan insulso ahora, después de haber probado el gran juego. ¡Oh, cuán embriagador había resultado éste! Y todo estaba allí dispuesto, listo para repetir el sublime juego: allí estaban las torres y colgaban los tambores, allí montaban guardia los soldados y permanecían alerta los tambores en sus uniformes, todo estaba a la expectativa, pendiente de la gran orden, ¡y todo permanecía muerto e inservible en tanto no llegase esa orden!   Bau Si perdió la sonrisa, desapareció su aspecto resplandeciente; el rey contemplaba preocupado a su compañera preferida, privado de su consuelo nocturno. Tuvo que incrementar al máximo sus presentes, con tal de poder sacarle una sonrisa. Había llegado el momento de comprender la situación y sacrificar al deber la pequeña y dulce preciosidad. Pero Yu era débil. Que Bau Si recuperase la alegría, le parecía lo principal.   Así, sucumbió a la tentación que le preparaba la mujer, poco a poco y ofreciendo resistencia, pero sucumbió. Bau Si le arrastró tan lejos, que llegó a olvidar sus deberes. Cediendo a las súplicas mil veces repetidas, satisfizo el único gran deseo de su corazón: accedió a dar la señal a la guardia fronteriza, como si se avecinase el enemigo. En el acto resonó el profundo, conmovedor redoble del tambor de guerra. Esta vez, al rey le pareció un sonido terrible, y también Bau Si se asustó al oírlo. Mas luego se fue repitiendo todo el delicioso juego: en el horizonte se alzaron las pequeñas nubes de polvo, las tropas fueron llegando, a pie y a caballo, durante tres días seguidos, los generales hicieron reverencias, los soldados montaron sus tiendas. Bau Si estaba encantada, su rostro resplandecía. Pero el rey Yu pasó momentos difíciles. Se veía obligado a reconocer que no le había atacado ningún enemigo, que todo estaba en calma. Conque intentó justificar la falsa alarma diciendo que se trataba de un provechoso ejercicio. Nadie se lo discutió, todos se inclinaron y lo aceptaron. Pero los oficiales comenzaron a rumorear que habían sido víctimas de una desleal travesura del rey; éste había alarmado a toda la frontera y los habla movilizado a todos, miles de hombres, con el mero objeto de complacer a su favorita. Y la mayor parte de los oficiales estuvieron de acuerdo en no volver a responder en el futuro a una orden de este tipo. Entretanto, el rey se esforzaba por levantar los ánimos de las disgustadas tropas con espléndidos obsequios. Bau Si había conseguido lo que quería.   Pero cuando comenzaba a retornar su malhumor y empezaba a sentirse nuevamente deseosa de repetir el insensato juego, ambos recibieron su castigo. Tal vez por casualidad, tal vez porque les habían llegado noticias de esos acontecimientos, un buen día los bárbaros cruzaron inesperadamente la frontera en grandes bandadas de jinetes. Las torres dieron su señal sin tardanza, el redoble lanzó su imperiosa exhortación y se fue difundiendo hasta el último recodo. Pero el exquisito juguete, con su mecánica tan admirable, parecía haberse roto: los tambores ya podían sonar, pero nada tañía en los corazones de los soldados y oficiales del país. Éstos no respondieron al tambor. Y el rey y Bau Si otearon en vano en todas direcciones; por ningún lado se levantaba la polvareda, en ninguna dirección se veían acercar caracoleantes las pequeñas cabalgatas grises, nadie acudió en su ayuda.   El rey salió presuroso al encuentro de los bárbaros con las escasas tropas que tenía a mano. Pero el enemigo era -numeroso; derrotó a las tropas, tomó la Corte de Fong, destruyó el palacio, derribó las torres. El rey Yu perdió el reino y la vida, y otro tanto le ocurrió a su favorita Bau Si, de cuya perniciosa sonrisa aún siguen hablando los libros de historia.   Fong fue destruida, la cosa iba en serio. Éste fue el fin del juego de los tambores y del rey Yu y la sonriente Bau Si. El sucesor de Yu, el rey Ping, no tuvo más remedio que abandonar Fong y trasladar la Corte más hacia Oriente; Se vio obligado a comprar la futura seguridad de sus dominios por medio de pactos con monarcas vecinos y la cesión a éstos de grandes extensiones de territorio.          EL SALTO     Al intentar recoger para la preciada posteridad la vida del noble Willibald vom Ármel, el Joven, somos perfectamente conscientes tanto de la dificultad de nuestra tarea como de lo poco modernos que son estos trabajos y cuán mal considerados están. Una época que teje coronas para el inventor del cascanueces atómico y sólo consigue contener la afluencia del público a los viajes dominicales a Saturno con ayuda de grandes efectivos policiales, una época que sólo reconoce y venera el éxito material y los esfuerzos deportivos mesurables, no respetará, ni hará justicia ni tampoco se interesará por las hazañas de la estilística ni por los intentos de afinar el piano de Gottwalt Peter Harnischen, por no citar ya nuestra tentativa de honrar la memoria de Willibald vom Ármel, el Joven. En cambio, nos consuela y nos da ánimos pensar que los adoradores de esos estilistas, de ese Walt Harnisch o de nuestro bienaventurado Willibald vom Ármel, y quienes desdeñan el éxito y el progreso, saldrían muy malparados si actuaron pensando en la aprobación de los héroes recordman o de los excursionistas que pasan los domingos en la luna. Suponiendo que exista algo así como una ambición, que nos espolonee y nos anime, ésta es de otro tipo, más noble y más elevada.   El noble arte que Willibald practicó durante toda su vida no fue un invento suyo, lo aprendió ya de niño de su padre, y también éste ya había tenido antepasados y predecesores hasta un remoto pasado. En cualquier caso, él, Willibald el Viejo, no aprendió y comenzó a practicar el elevado ejercicio, que por lo general suele designarse como «El salto», a edad demasiado temprana, sino sólo cuando ya era adulto. Lo poco que sabemos de su vida puede resumirse en breves palabras. Era hijo de un oficial, que le educó con métodos severos y soldadescos y quería hacer de él también un oficial, pero no consiguió este propósito, pues Willibald, amargado por la dureza y severidad del padre, se resistió con firme obstinación a aquellos planes. Aunque por naturaleza se parecía a su padre y estaba muy bien dotado para los ejercicios deportivos y militares, se negó constantemente a seguir la profesión que aquél le había destinado y, con testaruda obstinación, dedicó su atención precisamente a aquellas ocupaciones y estudios que veía eran objeto de la mofa y el desprecio del padre: la literatura, la música, las ciencias filológicas. Logró imponer su voluntad y se hizo profesor. Adquirió fama como autor de la canción Cómo alegra abril el corazón la cual se cantó mucho durante décadas y fue una de las piezas favoritas de todos los cancioneros para estudiantes secundarios. Verdad es que las generaciones posteriores olvidaron tanto el texto como la melodía de la canción, se burlaron de su estilo, que había alegrado a toda una generación, y la eliminaron de los libros escolares. No sabemos si Willibald el Viejo alcanzó a vivir estos hechos, aunque sin duda le habría preocupado muy poco, pues cuando llevaba algunos años enseñando en escuelas secundarias, murió su padre, y nada más suceder esto, desapareció la actitud despectiva de Willibald con respecto a la vida de los soldados y oficiales, y con ella desaparecieron también sus aficiones musicales, que había exagerado por orgullo. Una vez desvanecida la autoridad contra la que tan firmemente se había rebelado, siguió alegremente las aptitudes e impulsos heredados, abandonó la gramática y la lira, inició la carrera de oficial y pronto dejó atrás los primeros escalafones. Luego, gracias a una misión en tierras del Este, conoció el Oriente y allí tuvo un encuentro que sería determinante en su vida. Tuvo oportunidad de contemplar las danzas derviches. Al principio lo hizo con esa actitud de curiosidad algo desdeñosa y escéptica que tantos occidentales consideran obligada en esas tierras, pero cada vez fue quedando más cautivo por la fuerza del entusiasmo y la entrega total que animaba a esos devotos danzarines y uno de ellos, un joven derviche de alta talla y actitud casi sobrehumana, cautivó particularmente su atención y conquistó su admiración y su amor. No cejó hasta conseguir establecer contacto y finalmente una amistad con ese Achmed. Y a través de él aprendió Willibald ese raro ejercicio a cuyo servicio estaría dedicada su vida y más adelante la de su hijo: el salto sobre la propia sombra. Desde el momento en que descubrió que Achmed se retiraba frecuentemente para ejecutar ciertos ejercicios, durante los cuales se protegía cuidadosamente de cualquier mirada curiosa, no paró hasta conseguir que el derviche le confiara su secreto. A su apremiante pregunta de qué hacía tan solitario y escondido, Willibald recibió con sorpresa esta breve respuesta: «Salto sobre mi propia sombra.»   «Pero eso es imposible», exclamó Willibald, «es una locura.» «Ya lo verás», fue la repuesta de Achmed y convocó a su amigo para el día siguiente a una cierta hora en un lugar apartado detrás de los establos de una caravana. Y allí el occidental le vio saltar sobre su sombra, es decir: le vio saltar con tanta agilidad y rapidez, que no pudo dictaminar si el saltador había sido realmente más rápido o no que la sombra que competía con sus saltos sobre la arena. La sombra no permanecía quieta ni un momento, y el dueño de la sombra no parecía sentir la gravedad, saltaba y giraba en incesantes y veloces saltos como una mariposa o una libélula, plenamente concentrado en los brincos, giros, vueltas. Y no sólo no quedó claro si había saltado o no por encima de la sombra, sino que ello había perdido toda importancia para el sorprendido espectador, se había olvidado de prestarle atención, contemplaba al saltarín con la misma emoción y admiración, con la misma intuición de un milagro y una gracia divina, con que había contemplado en aquella ocasión la danza del coro derviche. Cuando Achmed concluyó su ejercicio, permaneció un rato quieto con los ojos cerrados, aparentemente ni acalorado ni mareado ni cansado, con una expresión de íntima satisfacción en el rostro. Cuando abrió los ojos, Willibald le dio las gracias con una profunda reverencia, como la que había practicado para la recepción del sultán. Le preguntó al amigo en qué pensaba mientras saltaba. «¿En quién?», dijo éste en voz baja. «En Aquél que no necesita saltar.» De momento, Willibald no comprendió. «... ¿no necesita saltar?», repitió en tono interrogante. Y Achmed: «Él es la luz misma y no tiene sombra.»   Hasta ese momento, la vida de Willibald el Viejo había sido una vida de metas, de esfuerzos y de ambición, primero había procurado ganar fama y admiración como maestro, como poeta y músico, luego siendo oficial había buscado la consideración y bienquerencia de sus superiores. En ese momento todo cambió. Su meta ya no estaba fuera de su persona y su felicidad, su satisfacción ya no podían ser realzadas o disminuidas desde el exterior. Desde ese momento, su meta fue alcanzar algo de la satisfacción y la luz que había visto brillar en la cara de Achmed después de saltar su sombra, su ansiedad tenía ese grado de fervor que había presenciado por primera vez en la danza revoloteante de los derviches y que ahora acababa de ver, más callada pero también más sublimada, en la devota danza del salto de la sombra.   Pese a que estaba acostumbrado a hacer rigurosos ejercicios físicos de muchas clases, tardó mucho tiempo en alcanzar, no ya la perfección de su amigo, pero sí al menos una cierta habilidad. libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,.