Aunque no le mencione directamente, todos saben perfectamente quién es por mis indirectas y detalles. Así pago yo a la gente que nos molesta y escupo veneno con la apariencia de santidad, piedad y verdad. Os contaré brevemente mi intención: sólo predico por dinero. Por este motivo mi lema ha sido y es: La raíz de todos los males esta en la avaricia. Así sé cómo predicar contra la avaricia, el vicio que mejor practico. Aunque caigo en este pecado, conozco el modo de convertir a los demás y hacer que se arrepientan de ella. Aunque no sea éste mi principal objetivo. Predico sólo por dinero. Creo que con esto ya basta. Luego les cuento unas narraciones con moraleja, viejas y antiquísimas historias. A los necios les gustan; así es la clase de cuentos que pueden recordar y repetir. ¿Os creéis que si gano plata y oro con mis sermones voy a vivir en pobreza? ¡Mil veces, no! Nunca me pasó por el caletre tal cosa. Predicaré y mendigaré por los más distantes lugares. No me dedicaré al trabajo normal o fabricaré cestos para mantenerme. El mendigar da para vivir. No voy a imitar a los apóstoles. Tendré dinero, lana, queso y trigo, aunque me lo proporcione el muchachito o viuda más indigente del lugar, o aunque sus hijos se estén muriendo de hambre. No; beberé vino y tendré una amante en todas las ciudades. Pero, señoras y caballeros, escuchad la conclusión: deseáis que os cuente un cuento. Ahora que he bebido un trago de cerveza fuerte, estoy preparado. Espero contaros algo que a la fuerza os va a gustar. Puedo ser todo lo vicioso que queráis. Sin embargo, soy también muy capaz de relataros algo moral y al estilo de lo que predico para sacar dinero. ¡Silencio! Ahí va mi cuento. 4. EL CUENTO DEL BULERO Habia en antaño en Flandes una pandilla de jóvenes entregados a toda clase de disipación tales como el juego, orgías, frecuentación de prostíbulos y tabernas, donde día y noche jugaban a los dados y bailaban al son del arpa, laúd y guitarra, comiendo y bebiendo más de lo debido. De este modo, con los excesos más abominables, dedicaron al diablo los más viles sacrificios en aquel templo del demonio: la taberna. Se os pondría la carne de gallina si escuchaseis los terribles juramentos y blasfemias con los que destrozaban el sagrado cuerpo de Nuestro Señor, como si los judíos no lo hubiesen ya desfigurado bastante. Se divertían con la perversidad de los demás, y entonces entraban las bonitas bailarinas, los cantores con sus arpas, y mujeres jóvenes vendiendo fruta y caramelos, siendo éstas las auténticas representantes del diablo en atizar y avivar el fuego de la lascivia, que sigue a la gula: las Sagradas Escrituras son testigo de que la lascivia surge del vino y de las borracheras. Fijaros cómo, sin saberlo, Lot5, completamente borracho, se acostó con sus dos hijas, contra naturaleza; tan bebido estaba, que no sabía lo que hacía. Cuando Herodes (como comprobaréis si consultáis las historias) estaba saturado de vino celebrando un banquete en su propia casa, ordenó la muerte del inocente Juan, el Bautista6. Y Séneca7 tiene, indudablemente, mucha razón cuando afirma que no sabe distinguir entre un borracho y un loco (ahora bien, la locura, cuando ataca a un pecador dura mucho tiempo más que una borrachera). ¡Ah, infame gula, causa primera de nuestra perdición, origen de nuestra condenación, hasta que Jesucristo nos redimió con su sangre! En pocas palabras, ¡cuán caro hemos pagado este maldito vicio! Todo el mundo está corrompido debido a la gula. No hay duda: por este vicio nuestro padre Adán y su esposa, Eva, fueron arrojados del Paraíso a sufrir trabajos y penalidades. Según yo lo veo, mientras Adán ayunó, permaneció en el Paraíso, pero a partir del momento en que comió el fruto prohibido, fue arrojado a sufrir miseria y dolor. Tenemos todos los motivos para lamentarnos de la intemperancia. ¡Ah! Si un hombre supiera solamente cuántas enfermedades son consecuencia de la gula y las borracheras, cuánto moderaría su dieta al sentarse a la mesa. ¡Oh! Cuánto hacen trabajar a los hombres el breve placer de tragar y el delicado paladar -en Oriente y Occidente, al Norte y al Sur, por tierra y por mar y en el aire- para que les traigan los manjares y las bebidas más exquisitas a los glotones. Con qué acierto trata el apóstol este asunto. Así dice San Pablo: «El alimento para el vientre, y éste para los alimentos: Dios los destruirá»8. Por la salvación de mi alma, qué desagradable resulta pronunciar esta palabra; sin embargo, el acto todavía lo es más; debido a su falta de discernimiento un hombre bebe vino blanco y vino tinto hasta que convierte su garganta en su dios mediante esta maldita debilidad. También con lágrimas en los ojos dijo el apóstol: «Muchos de los que yo os he dicho caminan -os lo digo llorando y con piadoso lamento- siendo enemigos de la cruz de Cristo. Su fin es la muerte y su dios es el vientre»9. ¡Panza! ¡Vientre! Bolsa hedionda llena de excremento y corrupción que produce ruidos inmundos por ambos extremos. ¡Qué terrible trabajo y gasto cuesta mantenerte satisfecha! ¡Cómo se esfuerzan esos cocineros machacando, triturando y filtrando para que un plato no sepa igual que otro, todo para satisfacer vuestro libidinoso apetito! Extraen el tuétano de los huesos más duros, pues no desperdician nada que pueda deslizarse y engullirse dulcemente; para hacerlo todo más sabroso preparan salsas deliciosas mezclando especias de hoja, raíz y corteza. Sin embargo, puede asegurarse que el que se sumerge en tales placeres está muerto mientras vive en esos vicios: el vino excita la lascivia y las borracheras comportan peleas y desdichas. Tú, imbécil, tienes el rostro lleno de manchas, tu aliento es acre y tus brazos disgustan; a través de tu nariz de borracho parecen venir unos ruidos como si dijeses una y otra vez: «Sansón, Sansón», aunque sabe Dios que Sansón nunca cató el vino. Y caes desplomado como un cerdo. Tu lengua te ha abandonado y también tu propia estimación, pues una borrachera es una verdadera tumba para la inteligencia y el buen juicio. Nadie que esté bajo la influencia de la bebida sabe guardar un secreto: esto es indiscutible. Por lo que manteneos apartados del vino, blanco o tinto, no importa, y muy especialmente alejaos del vino blanco de Lepe que se vende en Fish Streets10 y en Cheapside. Pues de un modo misterioso este vino español parece contaminar los vinos que se crían cerca de él y de la mezcla se desprenden vapores de tal fuerza que, después de beber tres vasos un hombre que se cree en su casa de Cheapside, se encuentra en España (no en la Rochela o en Burdeos, sino en la mismísima villa de Lepe11) repitiendo: «Sansón, Sansón.» Pero escuchad, caballeros, solamente otra palabra más, por favor. Dejadme señalar que por gracia del Dios verdadero, que es omnipotente, todas las victorias y hazañas del viejo Testamento se ganaron y realizaron con abstinencia y oración. Consultad la Biblia y veréis. Ved Atila, el gran conquistador, que murió en la vergüenza y el deshonor, sangrando por la nariz en su dormitar de borracho. Un capitán debe mantenerse sobrio. Sobre todo debéis prestar mucha atención a la orden dada a Lemuel12 -no Samuel, sino Lemuel, digo. Si queréis saber cuál es, no tenéis más que leer la Biblia y ver en ella el lugar donde se señala de forma explícita sobre el dar vino a los que están sentados juzgando. Pero dejemos correr esto, ya he hablado suficiente. Ahora, después de haber hablado de la gula, os voy a prevenir contra el juego. Jugar es el verdadero origen de mentiras, engaños, perjurios detestables, blasfemias contra Jesucristo, homicidios y dilapidación de tiempo y dinero. Además, tener fama de jugador constituye una mancha y una deshonra para el buen nombre de una persona. Cuanto más elevada sea su posición, más se le rehúye. Pues si un príncipe es un jugador empedernido, su reputación para dirigir asuntos y negocios públicos quedará perjudicada ante la opinión general. Cuando Estilbón, el sabio embajador que se envió con gran pompa desde Esparta para establecer alianza con Corinto, llegó a esta ciudad, encontró a todos los principales hombres del país jugando a los dados, por lo que emprendió el regreso a su propio país lo antes que pudo diciendo: -No pienso perder mi buena reputación allí ni hacerme acreedor al reproche de que me he aliado con un hato de jugadores. Enviad a otro embajador, pues yo, por mi honor, antes prefiero morir que haceros aliados con jugadores de dados. No quiero ser el agente de un tratado entre jugadores y una nación tan gloriosa en honor como la vuestra. Esto es lo que dijo el sabio filósofo. Ved también al rey Demetrio. La Historia nos cuenta que el rey de Partia13 1e envió un par de dados de oro en señal de desprecio, ya que era un jugador empedernido, por lo que no daba ningún valor a toda la gloria y al renombre de Demetrio14. La gente importante debería encontrar otros métodos mejores de matar el tiempo. Ahora comentaré la cuestión de proferir palabrotas y cometer perjurio, según la consideran las autoridades antiguas. La blasfemia es una abominación, pero el perjurio es todavía más reprensible. Dios no permite el decir palabrotas. Ved lo que San Mateo15 y, sobre todo, lo que el santo profeta Jeremías decían sobre el asunto de jurar: «Pero jurar en vano es un pecado. Venid a contemplar lo que dicen la primera parte de las Tablas de la Ley; el segundo16 de los Mandamientos del Señor es éste: No tomarás el nombre del Señor tu Dios en vano»17. Observad que Él prohibe este tipo de juramento anteponiéndolo al asesinato y otros pecados abominables. Ved dónde está en el orden de los mandamientos: todo el que los conoce sabe que se trata del segundo Mandamiento de Dios. Y además os diré sin ambages que si los juramentos de un hombre son demasiado ultrajantes, la venganza no se apartará de su casa. «¡Por el Sagrado Corazón! ¡Por los clavos de Cristo! ¡Por la sangre que Jesucristo derramó en el Calvario, mis dados ganaron con un siete, los tuyos fueron un cinco y un tres!» Esta es la cosecha de los dados, estos malditos pedacitos de hueso: perjurio, ira, estafa, crimen... Ahora, por amor de Cristo que murió por nosotros, evitemos toda clase de juramentos. Pero, ahora, señores, me toca relatar mi cuento. Mi historia es sobre tres trasnochadores. Mucho antes de que la campana tocase para las oraciones de las seis, ya hacía rato que estaban bebiendo dentro de la taberna. Mientras se hallaban allí sentados, oyeron una campanilla que sonaba precediendo a un cadáver que era conducido a la tumba. Uno de esos tres llamó al mozo y le dijo: -Corre y averigua de quién es el cadáver que llevan. Espabílate y mira de enterarte bien del nombre. -Señor -repuso el muchacho-, no hay necesidad de ello, pues me lo dijeron dos horas antes de que ustedes llegasen aquí. Se trata, por cierto, de un viejo amigo de ustedes. Fue muerto de repente la noche pasada, mientras se hallaba tendido sobre un banco, borracho como una cuba. Se le acercó un ladrón -al que llaman Muerte-, que anda por ahí matando a todos los que puede en la comarca, y le atravesó el corazón con una lanza, yéndose luego sin pronunciar palabra. Ha asignado a millares en la presente peste, y me parece, señores, que es preciso que toméis precauciones antes de enfrentaros con un adversario así. Debéis estar siempre preparados por si os sale al encuentro (mi madre así me lo advirtió). No os puedo decir nada más. -¡Por Santa María! -intervino el posadero-. Lo que dice el muchacho es cierto. Este año ha matado a todo hombre, mujer, niño, trabajador en la granja y criado en un gran pueblo que se halla a más o menos una milla de aquí, que es, por cierto, el lugar en el que, creo, vive. Lo más juicioso resulta estar preparados para que no os hiera. -¿Eh? -dijo el trasnochador-. ¡Por el Sagrado Corazón! ¿Tan peligroso resulta toparse con él? ¡Por los huesos del Señor, juro que le buscaré por calles y caminos! Escuchad, amigos: nosotros tres somos uno; cojámonos de la mano y jurémonos eterna hermandad recíprocamente, y entonces salgamos a matar a este falso traidor llamado Muerte. Por el esplendor divino, este asesino deberá morir antes de medianoche. Los tres juntos dieron su palabra de honor de vivir o morir por los demás, como si se hubiese tratado de hermanos de la misma sangre. Entonces se levantaron, borrachos de ira, y se pusieron en camino hacia el pueblo del que el posadero había hablado. Durante todo el trecho fueron desmembrando el santo cuerpo de Jesús con sus infames juramentos. Darían muerte a la Muerte si podían ponerle la mano encima. No habían andado aún media milla entera cuando un hombre pobre se topó con ellos en el mismo momento en que iba a subir las escalerillas de una cerca. El anciano les saludó humildemente: -¡Que Dios les guarde y les acompañe, señores! Pero el más altanero de los tres trasnochadores le replicó: -Maldito sea, rústico patán. ¿Por qué vas tapado hasta los ojos? éY cómo es que sigues viviendo con tu chochez? -Porque aunque anduviese desde aquí hasta la India no podría encontrar a nadie en ciudad o aldea que estuviese dispuesto a cambiar su juventud por mi edad -le dijo el anciano mientras le miraba intensamente-. Por lo que debo soportar mi ancianidad hasta que Dios disponga. Ni la Muerte, ¡ay, Dios mío!, quiere tomar mi vida. Por eso, como un prisionero incansable, ando golpeando con mi vara la tierra -la puerta de mi madre- de noche y de día, rogando: «Querida madre, ¡déjame entrar! Mira cómo mi carne, mi sangre y mi piel se marchitan. ¿Cuándo podrán descansar mis huesos? Madre, yo te cambiaría todos los vestidos que tengo en el armario de mi cuarto desde hace tiempo, por un sudario con el que envolverme.» Sin embargo, sigue sin querer concederme ese favor. Por eso es mi rostro tan pálido y escuálido. »Pero, señores, éstos no son modales para hablar tan rudamente a un anciano que no os ha ofendido para nada. Como podréis leer fácilmente en las sagradas Escrituras. Por consiguiente, os doy un consejo: no causéis daño a un anciano ahora, del mismo modo que no querríais que os dañaran cuando seáis ancianos si es que vivís para serlo. Y que Dios os acompañe en vuestro viaje dondequiera que vayáis. Debo proseguir mi camino. -No, por Dios. No vayáis tan deprisa, anciano -replicó el otro jugador-. Por San Juan, no te vas a librar tan fácilmente. Ahora mismo hablaste de este traidor llamado Muerte que mata a todos nuestros amigos de la comarca. Por mi vida que eres espía suyo. Dime dónde está o lo pagarás muy caro, por Dios y el Santísimo Sacramento. Tú y él estáis confabulados para matarnos a nosotros los jóvenes, y ésta es la verdad, tú, esto sí que es verdad, maldito embustero. -Bueno, señores -replicó-, si tantas ganas tenéis de encontrar a Muerte, subid por esta carretera serpenteante; os juro que le dejé sentado bajo un árbol en aquel bosquecillo esperando y os aseguro que vuestra baladronada no le hará esconder. ¿Veis aquel roble? Allí mismo lo encontraréis. ¡Que el Salvador os guíe y proteja! Así habló el anciano, a lo que cada uno de los trasnochadores apretó a correr hasta llegar al árbol, donde encontraron un montón de florines de oro recién acuñados: casi ocho fanegas les pareció que había. Al verlos dejaron de buscar a Muerte y se sentaron al lado de aquel precioso montón, excitados y alegres a la vista de aquellos hermosos y relucientes florines. El peor de los tres fue el primero en hablar: -Hermanos -dijo-. Mirad lo que os digo, pues aunque hago bromas y el tonto, soy más listo de lo que parezco. La Fortuna nos ha dado este tesoro para que podamos pasar el resto de nuestras vidas alegres y en plena francachela. Lo que llegó con facilidad se diluye rápidamente. ¡Loado sea Dios bendito! ¿Quién se podía imaginar que tendríamos tanta suerte? Ahora bien, si este oro pudiese ser transportado y llevado a mi casa -o a la vuestra, quiero decir-, estaríamos en el séptimo cielo. Pues resulta evidente que todo este oro es nuestro. Naturalmente, esto no lo podemos hacer de día. La gente diría que somos salteadores de caminos y nos ahorcarían por robar nuestro propio tesoro. No, debe ser transportado de noche y con todas las precauciones y prudencia que sea posible. Por tanto, sugiero que lo echemos a suertes y veremos en quién recae. El que saque la paja más larga deberá ir corriendo a la ciudad lo más rápidamente que pueda y nos traerá pan y vino sin despertar sospechas, mientras los otros dos mantienen una constante vigilancia sobre el tesoro. Si no se entretiene, esta misma noche transportaremos el tesoro al lugar que consideremos más apropiado. Se colocó las tres pajas en el puño y dijo a los demás que sacasen una para ver en quién recaía la suerte. La sacó el más joven de los tres, quien inmediatamente se encaminó hacia la ciudad. Tan pronto como se hubo ausentado, uno de los que quedaban dijo al otro: -Como sabes, tú eres mi hermano por juramento, y ahora te voy a decir algo que te beneficiará. Como has visto, nuestro amigo se ha marchado y aquí hay oro en abundancia para repartírnoslo entre los tres. Pero supón que pudiese arreglarlo de manera que nos lo repartiésemos entre nosotros dos. ¿No te beneficiaría esto? -No sé cómo puede hacerse -repuso el otro-. Él sabe que el oro está aquí con nosotros. ¿Qué es lo que podemos hacer? ¿Qué le diremos? -¿Debe ser un secreto? -dijo el primer bribón-. Entonces te diré en dos palabras lo que vamos a hacer para llevámoslo. -Conforme -dijo el otro-. No tengas miedo; te doy mi palabra y no te defraudaré. -Bueno -replicó el primero-. Como sabes, somos dos, y dos son más fuertes que uno. Espera que se siente; entonces te levantas como si fueras a pelear con él en broma y yo miraré de atravesarle; y, mientras tú haces ver que forcejeas con él, procura hacer lo mismo con tu daga. Entonces, amigo mío, podremos repartimos todo este oro entre tú y yo y podremos jugar a los dados a placer y hacer lo que queramos. Así fue cómo estos dos canallas se pusieron de acuerdo para matar al tercero según he contado. Ahora bien, el más joven de ellos, el que le tocó ir a la ciudad, estuvo todo el rato dando vueltas y más vueltas al asunto, pensando en la belleza de aquellos relucientes florines de oro. «Oh, Dios -musitó él-, si pudiese tener todo el tesoro para mí solo, ¿qué hombre bajo la bóveda celeste podría vivir más feliz que yo?» Y al final, el diablo, nuestro común enemigo, puso en su mente la idea de comprar veneno con el que matar a sus dos compinches. Como veis, el diablo le encontró llevando tan mala vida, que tuvo licencia para acarrearle la perdición, pues el joven pretendía matar a ambos sin sentir el menor remordimiento; y, sin perder más tiempo, se dirigió a un boticario de la ciudad y le pidió que le vendiese veneno para matar ratas, pues, dijo, había una mofeta que rondaba su corral y le mataba las gallinas, por lo que estaba resuelto a ajustar las cuentas con el perillán que cada noche le hacía la pascua. El boticario le contestó: -Te daré algo. Te aseguro, como espero ganar la gloria del Cielo, que este veneno es tan fuerte que no existe criatura viviente en el mundo que no pierda la vida inmediatamente; así caerá muerto en menos tiempo que canta un gallo, tanto si come como si bebe de esta poción, aunque solamente sea la cantidad necesaria para empapar un grano de trigo. El malvado tomó la caja de veneno con la mano y se fue a la calle siguiente, donde encontró un hombre a quien le pidió en préstamo tres botellas grandes. Vertió el veneno en dos de ellas y guardó la tercera, limpia, para su uso personal, pues esperaba pasarse toda la noche trabajando, acarreando aquel oro. Y cuando aquel canalla -que el diablo le lleve- hubo llenado de vino las tres grandes botellas, regresó con sus amigos. ¿Es preciso explicarlo con detalle? Le acuchillaron allí mismo como habían planeado, y, cuando hubieron terminado, uno de ellos dijo: -Ahora sentémonos y bebamos y pongámonos contentos. Luego sepultaremos el cuerpo. Al decir esto cogió una de las botellas que contenían veneno y bebió, pasándola luego a su amigo, que también bebió, con lo que ambos perecieron allí mismo. Por cierto que no creo que el gran médico Avicena haya escrito en cualquier sección de su Libro del Canon en Medicina síntomas de envenenamiento más horribles que los que sintieron aquellos dos desgraciados antes de morir. Así fue cómo los dos asesinos, al igual que el envenenador, hallaron su fin. ¡Oh, iniquidad de iniquidades! ¡Traidores asesinos! ¡Oh, maldad! ¡Oh, codicia, lascivia y juego! ¡Tú, blasfemo contra Jesucristo con los más infames juramentos surgidos de la soberbia y de la costumbre! i Oh, humanidad! ¿Por qué eres tan falsa y agresiva hacia tu Creador, que te hizo y te redimió con la sangre de su precioso Corazón? Ahora, queridos hermanos, que Dios perdone vuestros pecados y os salve del pecado de la avaricia. Mi santo perdón puede curaros a todos vosotros si hacéis ofrenda de peniques de plata o de buenas monedas de oro, broches de plata, cucharas o anillos. Bajad vuestra cerviz ante este toro sagrado. Acercaos, señoras, y haced ofrenda de vuestra lana. Yo anotaré vuestros nombres en mi lista, y así iréis al cielo bendito. Por mi santo poder yo os absuelvo y os dejo limpios y puros como el día en que nacisteis, pero sólo a los que presentan ofrendas. ¡Bien! Así es, señoras, como predico. Que Jesucristo, el gran curador de almas, os conceda su perdón por lo mejor. Yo no os engañaré. Pero, señores, hay una cosa que olvidé mencionar en mi discurso. En mi bolso llevo las mejores reliquias y bulas que podáis hallar en Gran Bretaña y que he recibido de las mismas manos del Papa. Si alguno de vosotros quiere hacer una ofrenda devota y recibir mi absolución, que se acerque a mí, se arrodille aquí y, con humildad, reciba mi perdón. También, si queréis, podéis hacerlo mientras vamos de camino; lo tendréis completamente nuevo en cada mojón que pasemos, mientras repitáis vuestras ofrendas en buena moneda, plata u oro. ¡Qué gran honor para vosotros tener aquí a un buen bulero que os perdone cualquier pecado que cometáis mientras cabalgáis por el país! ¿Quién sabe si uno o dos de vosotros caerá del caballo y se romperá el cuello? Pensad en la protección que tenéis todos vosotros por el hecho de que yo, que puedo perdonar a nobles y plebeyos cuando el alma abandona el cuerpo, me halle en vuestra compañía. Mi consejo es que nuestro anfitrión sea el que empiece, pues es el que más hundido está en el pecado. -Adelantaos, señor anfitrión, y haced vuestra ofrenda el primero y besaréis cada una de estas reliquias. Todo por seis peniques. ¡Vamos, abrid vuestra bolsa! -No, no -exclamó nuestro anfitrión-. Que Jesucristo me condene. ¿Dar dinero? Maldición, si lo hago. Vos me haríais besar vuestros calzones y juraríais que eran la reliquia de un santo, aunque los hubieseis ensuciado con vuestro culo. Por la Vera Cruz que encontró Santa Elena, antes agarraría vuestros cojones con la mano que vuestras reliquias y recuerdos santos. Desprendeos de ellos y os ayudaré a llevarlos y se los colocaremos en excrementos de cerdo. El bulero no contestó palabra; estaba demasiado furioso para hablar. -Bueno, no voy a hacer más broma con ustedes o con cualquiera que pierda los estribos -dijo nuestro anfitrión. Pero, en eso, al ver que todos los demás reían, el caballero intervino y dijo: -¡Basta de chanzas! Ya es suficiente. Animaos, señor hulero, y dignaos sonreímos; en cuanto a vos, señor anfitrión, amigo mío, os pido que hagáis las paces con el bulero, por favor, y riamos y divirtámonos como antes. A continuación hicieron las paces y prosiguieron su camino. AQUÍ TERMINA EL CUENTO DEL BULERO SECCIÓN SÉPTIMA 1. EL CUENTO DEL MARINO. 2. SIGUEN LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL ANFITRIÓN, EL MARINO Y LA PRIORA. 3. PRóLOGO AL CUENTO DE LA PRIORA. 4. EL CUENTO DE LA PRIORA. 5. LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL HOSPEDERO Y CHAUCER 6. EL CUENTO DE SIR TOPACIO. 7. INTERRUPCIÓN. 8. EL CUENTO DE MELIBEO. 9. LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL ANFITRIÓN Y EL MONJE. 10. EL CUENTO DEL MONJE. 11. PRÓLOGO DEL CAPELLÁN DE MONJAS. 12. EL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS. 13. EPÍLOGO AL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS. 1. EL CUENTO DEL MARINO1 En Saint Denis2 vivió una vez un comerciante muy rico, al que, dada su riqueza, se le tenía por astuto. Su esposa era de una gran belleza, muy sociable y a la que gustaban sobremanera las reuniones (cosa que origina más gastos de lo que valen todas las cortesías y halagos que prodigan los hombres en fiestas y bailes). Estas frases corteses y estos saludos pasan como sombras chinescas y compadezco al que tiene que pagar por ellos. Siempre es el pobre marido al que le toca rascarse el bolsillo. Para su propio crédito debe adornarnos a nosotras, las mujeres, con los vestidos y joyas que utilizamos3 en los bailes. Y si resulta que no puede o no quiere correr con el gasto y piensa que es un despilfarro, entonces alguien tiene que pagar el pato o prestarnos dinero, y ahí es donde halla el peligro. Este excelente comerciante poseía una casa con mucha servidumbre. Os quedaríais maravillados de la cantidad de personas que acudían a ella, gracias a la hospitalidad de su esposa o debido tal vez a su gran belleza. Pero dejad que prosiga el relato. Entre sus diversos invitados -venían de todos los rangos- había un monje, tipo osado y guapetón, de unos treinta años, según creo, que frecuentaba muchísimo la casa. Este apuesto monje se había familiarizado hasta tal punto con el buen hombre que, desde que se conocieron, llegó a gozar en la casa del amigo de la máxima intimidad. Como que tanto el comerciante como el monje habían nacido en el mismo pueblo, el monje reclamó un parentesco, que el comerciante, a su vez, nunca negó, pues le daba placer a su corazón y le hacía tan feliz como a un pájaro en primavera. Así fue como quedaron unidos por una eterna amistad y se juraron recíprocamente considerarse hermanos de por vida. Este monje, el hermano Juan, era un derrochador empedernido cuando se alojaba en la casa. Mostraba gran ahínco en ser generoso y resultar agradable, y nunca se olvidaba de dar propina, aunque fuese al paje de menos categoría en el lugar. Siempre que iba, daba a su anfitrión y a cada uno de los criados un regalo adecuado a su posición en la casa. Con lo que los criados estaban tan contentos de su llegada como los pájaros del amanecer. Y de esto ya basta, por el momento. Sucedió que un día el comerciante dispuso lo necesario para marcharse a la ciudad de Brujas a comprar mercancías, por lo que envió al hermano Juan un mensajero a París invitándole a pasar unos días en Saint Denis con él y con su esposa, antes de partir hacia Brujas, como había previsto. Este excelente monje del que hablo gozaba de la confianza de sus superiores y poseía influencia, por lo que había obtenido permiso del abad para salir a inspeccionar graneros y granjas distantes siempre que quería. Pronto, pues, llegó a Saint Denis. ¿Quién mejor recibido que nuestro hermano Juan, nuestro queridísimo y fino primo? Como de costumbre, trajo consigo un barril de malvasía4 y otro de dulce vino italiano y, además, una pieza de caza. Voy a dejar ahora al comerciante y al monje comiendo, bebiendo y divirtiéndose de lo lindo durante un día o dos. Al tercer día, el comerciante se levantó y empezó a prestar atención a sus negocios. Subió a su casa de contabilidad, muy probablemente para ver cómo estaban las cosas para él aquel año, calcular los gastos y establecer si había tenido o no beneficios. Para ello extendió ante sí los libros y las bolsas de dinero encima del mostrador, y [como sea que su tesoro era muy grande] cerró bien la puerta de su casa de contabilidad, dando órdenes al mismo tiempo de que, mientras estuviera allí, nadie le interrumpiera en sus cuentas. Así permaneció encerrado hasta bien tocadas las nueve de la mañana. El hermano Juan se había levantado también al romper el alba y deambulaba arriba y abajo por el jardín rezando devotamente su oficio. Mientras éste paseaba de un lado para otro, la buena mujer se deslizó al jardín sin ser vista y le saludó como había hecho muchas otras veces anteriormente. Le acompañaba una niña que ella tenía bajo su custodia y que todavía estaba sujeta a su autoridad. -Hermano Juan, mi querido primo -dijo ella-. ¿Cómo es que te has levantado tan temprano? ¿Pasa algo? -Sobrina -replicó él-, cinco horas de sueño por la noche deberían ser suficientes, excepto para algún anciano fatigado como uno de estos hombres casados que duermen encogidos como una liebre después de ser perseguida sañudamente por una jauría. Pero ¿por qué estás tan pálida, querida sobrina? Estoy segurísimo que nuestro buen amigo ha estado trabajando desde que anocheció. ¿No sería mejor que fuese a tomar un buen descanso? Al decir eso, lanzó una alegre carcajada y se ruborizó de su propio pensamiento. Pero la hermosa esposa negó con la cabeza -Dios lo sabe todo -dijo ella-. No, primo, no es eso en absoluto, sino que en el cuerpo y el alma que Dios me dio, no hay mujer en todo el reino de Francia que obtenga menos placer de este triste juego. Oh, sí, puedo cantar: ¡Ay, y qué triste estoy como jamás he estado! Pero no me atrevo a contar a nadie lo que me pasa. Realmente estoy tan asustada y preocupada, que he llegado a pensar en salir del país o terminar conmigo. El monje la miró fijamente. -¡Ay, sobrina! -le respondió-. Que Dios suprima el miedo o la pena que te puedan impulsar a suicidarte. Pero dime: ¿.cuál es el problema? Quizá pueda yo aconsejarte o ayudarte en tu dificultad. Así que cuéntame tus preocupaciones, que no saldrá de mí. Mira, juro sobre este libro de oraciones que nada me hará jamás traicionar tu confianza mientras viva, para bien o para mal. -Y yo te digo lo mismo -añadió ella-. Juro por Dios y por este libro de oraciones que aunque me despedazaran nunca diré ni una palabra de lo que tú me digas, incluso si por ello tuviera que ir al infierno, y no por ser primos, sino únicamente por cariño y confianza. Después de haber efectuado estos juramentos se besaron y empezaron a abrir sus corazones el uno al otro, con toda libertad. -Primo -dijo ella-, si hubiera tenido tiempo, que no lo he tenido, especialmente en este lugar, te habría contado la historia de un martirio: todo lo que he sufrido de mi esposo desde que me convertí en su esposa, aunque tú eres su primo... -¡No! -exclamó el monje-. Por Dios y por San Martín, él no es más primo mío que esta hoja que cuelga del árbol. Por San Diomsio de Francia que si así le llamo es únicamente para tener más excusas para verte, pues te amo muy por encima de cualquier otra mujer. ¡Lo juro en mi calidad de monje! Dime lo que te sucede; apresúrate, no sea que baje él, en cuyo caso te vas. -Querido amor mío -empezó ella-, ¡oh, queridísimo hermano Juan!, preferiría callarme esto, pero debo decirlo: ya no aguanto más. En lo que a mí me afecta, mi marido es el peor hombre que haya vivido jamás desde que el mundo es mundo. Como esposa no está bien que explique a persona alguna sobre nuestros asuntos privados, en la cama o en cualquier otra parte. ¡Dios no permita que diga nada de ellos! Ya sé que una esposa no debería decir nunca nada en descrédito de su marido, pero a ti sólo te diré esto, y que Dios me perdone; de cualquier modo que lo mires, no vale lo que una mosca. Pero lo que más me saca de quicio es su tacañería. Tú sabes muy bien que las mujeres -yo la primera- deseamos instintivamente seis cosas: que nuestros respectivos esposos sean valientes, inteligentes, ricos y también generosos; considerados con sus esposas y fogosos en la cama. Pero, por Nuestro Señor que derramó su sangre por nosotros, resulta que antes del próximo domingo tengo que pagar el vestido que debo llevar, para hacerle quedar bien; cien francos o quedar arruinada. Antes preferiría no haber nacido que soportar el escándalo o la desgracia -aparte de que si mi esposo lo descubre alguna vez, estoy totalmente perdida-, por lo que tengo que pedirte que me prestes esta cantidad, o tendré que morir. Hermano Juan, por favor, préstame estos cien francos, y si lo haces, te juro que no te decepcionaré con mi agradecimiento. Te lo devolveré puntualmente, y si hay algo que quieras, cualquier cosa que te agrade, cualquier servicio que pueda hacer por ti, lo haré, y, si no lo hiciere, que Dios me castigue más que al traidor Ganelón5 de Francia. El buen monje replicó con estas palabras: -Amada mía, estoy verdaderamente apenado por ti. Te doy mi palabra de honor que, cuando tu esposo haya marchado a Flandes, te ayudaré a salir de este pequeño apuro. Te traeré los cien francos. Entonces, cogiéndola por el talle, la estrechó fuertemente entre sus brazos y la besó una y otra vez. Vete ahora -dijo él- lo más silenciosamente que puedas y comamos tan pronto consigas arreglarlo, pues por mi reloj6 de bolsillo son las nueve de la mañana. Vete ahora y séme tan fiel como yo lo soy para ti. -Que Dios no permita que te falte -dijo ella marchándose alegre como una alondra a decir a los cocineros que se apresurasen para poder comer sin más dilación. Entonces subió a ver a su esposo y llamó decididamente a la puerta de la casa de contabilidad. -¿Quién está ahí? preguntó él. -Por San Pedro, soy yo -repuso ella-. ¿Cuándo vas a comer? ¿Cuánto tiempo más estarás con tus sumas y cálculos y libros mayores y otras tonterías? ¡Que el diablo lleve las cuentas! ¿Es que Dios no te ha dado ya bastante? ¡Cielos, baja y deja tus bolsas de dinero solas por un rato! ¿No te da vergüenza dejar al hermano Juan ayunando miserablemente toda la mañana? Oigamos misa y luego vayamos a comer. -Querida esposa -añadió el comerciante-. Qué poco entiendes los intríngulis de los negocios. Por Dios y por San Ivo, apenas si dos de cada doce comerciantes tienen ganancias constantes durante toda su vida de trabajo. Tenemos que poner buena cara a las cosas, mantener las apariencias, vivir nuestra vida lo mejor que podamos y guardar en secreto todos nuestros asuntos del negocio hasta la muerte; y si es preciso, tomar unas vacaciones y salir en peregrinación para escapar de los acreedores. Por esto es necesario que no quite ojo a este mundo tan extraño, pues en los negocios siempre se está a merced de la suerte y de las circunstancias. »Me voy a Flandes mañana, al romper el alba, pero regresaré lo antes que pueda. Por consiguiente, querida esposa, por favor, sé amable y complaciente con todos. Vigila bien las mercancías y procura que la casa funcione bien, pues dispones de todo lo que se pueda necesitar para ella. No careces de ropa y víveres y tienes mucho dinero en tu bolsa. Después de decir esto, cerró la puerta de la casa de contabilidad y bajó las escaleras sin dilación. La misa fue celebrada prontamente, las mesas puestas con diligencia y se dirigieron rápidamente a comer, donde el comerciante obsequió espléndidamente al monje. Poco después de la comida el hermano Juan puso semblante serio y se llevó al comerciante para tener una conversación privada con él. -Primo, veo que te marchas a Brujas. Que Dios te proteja y San Agustín te guíe. Cuídate cuando cabalgues, primo, y sé moderado en la mesa, especialmente con este calor que hace. No es preciso que hagamos ceremonias, por lo que te deseo buen viaje y que Dios te proteja de todo daño. Y si hubiere algo que quisieras que hiciese por ti, y que yo pueda hacer, no te prives de pedírmelo, que lo realizaré como tú desees. »Antes de que te vayas hay una cosa que quisiera pedirte, si puedo. ¿Me podrías prestar cien francos durante una semana o dos? Es para ganado que tengo que comprar para una de nuestras granjas que -¡Dios nos salve!- ojalá fuese tuya. Te aseguro que te lo devolveré puntualmente; aunque fuesen mil francos, no te haría esperar ni un cuarto de hora. Sólo te pido que lo mantengas en secreto, pues esta noche todavía tengo que comprar el ganado. Y ahora, queridísimo primo, adiós y mil gracias por tu hospedaje y amabilidad. El buen comerciante repuso suavemente: -Hermano Juan, mi querido primo, es algo muy pequeño lo que me pides. Mi dinero es tuyo siempre que lo necesites, y no sólo mi dinero, sino también mi mercancía. Toma lo que desees. ¡No quiera Dios que sea escaso! Pero no es preciso que te diga una cosa sobre nosotros los comerciantes: el dinero es nuestro arado. Podemos conseguir crédito mientras nuestro nombre tenga fama. Pero no es ninguna broma estar corto de dinero en metálico. Devuélvemelo cuando te convenga; me complace poder ayudarte hasta donde pueda. Entonces fue a buscar los cien francos y sigilosamente se los entregó al hermano Juan. Aparte de él y del comerciante, nadie sabía nada del préstamo. Así que durante un rato bebieron, charlaron y pasearon a sus anchas hasta que el hermano Juan regresó a la abadía montado en su caballo. A la mañana siguiente, el comerciante se puso en camino hacia Flandes. Su aprendiz resultó un guía excelente y llegaron sin novedad a la ciudad. Y allí se afanó en rematar sus transacciones, efectuando sus compras a crédito. Ni jugó a los dados ni bailó; en pocas palabras, se portó como un comerciante. Por eso le dejo negociando. El domingo siguiente al de la partida del comerciante el hermano Juan llegó a Saint Denis con una nueva tonsura y una barba acabada de afeitar. Toda la casa, hasta el más pequeño sirviente, se sintió feliz de que el «señor hermano Juan» hubiera regresado. Pero vayamos al grano. La hermosa esposa había hecho este trato con el hermano Juan: había aceptado pasar toda la noche en sus brazos a cambio de los cien francos. Este acuerdo se cumplió escrupulosamente; ambos pasaron la noche alegremente ocupados hasta el alba, momento en que el hermano Juan partió nuevamente después de despedirse de la servidumbre. Ningún miembro de ella albergaba la menor sospecha hacia el monje, ni tampoco ningún habitante de la ciudad. El se encaminó hacia su alojamiento, en la abadía u otra parte. No diré nada más de él por ahora. Cuando la transacción hubo terminado, el comerciante regresó a Saint Denis, en donde celebró un festejo y se divirtió con su mujer. Ahora bien, le contó que había pagado un precio tan alto por su mercancía que tendría que negociar un préstamo, pues había aceptado pagar veinte mil coronas dentro de muy breve plazo. Por lo que tomó algún dinero y partió hacia París para que sus amigos le prestaran el resto. Cuando llegó a la ciudad, lo primero que hizo fue ir a hacer una visita al hermano Juan, debido a su gran cariño y afecto por él. No a pedirle ni a tomarle dinero prestado, sino para ver cómo estaba de salud y comentar con él sus tratos comerciales, como suelen hacer los buenos amigos cuando se encuentran. El hermano Juan le acogió muy cordialmente y le otorgó un trato distinguido. Por su parte, el comerciante le contó con todo lujo de detalles los tratos beneficiosos que -gracias a Dios- había efectuado comprando mercancías. La única pega era que, de algún modo, tenía que conseguir un préstamo para poder vivir tranquilo. El hermano Juan replicó: -Me satisface muchísimo que hayas vuelto a tu casa sano y salvo. ¡Ay, Dios mío! Si fuese rico, no te faltarían las veinte mil coronas, pues tú bien me prestaste dinero el otro día. No sé cómo agradecértelo. ¡Por Dios y por Santiago! Sin embargo, yo devolví el dinero a tu buena esposa y lo puse en tu arcón. Ella seguro que lo sabrá por ciertas prendas de agradecimiento que le, haré recordar. Y ahora, si me perdonas, no puedo estar más tiempo contigo, pues nuestro abad está a punto de partir de la ciudad y debo reunirme con su séquito. Da recuerdos a tu buena esposa, mi dulce sobrina. Y ahora, adiós, primo, hasta la vista. El comerciante, un hombre astuto y sensato, tomó prestado a crédito y luego hizo el pago a través de unos banqueros lombardos7 de París, que le devolvieron la fianza. Contento como unas pascuas regresó a su hogar, pues sabía que, a pesar de los gastos que había tenido, volvía a casa con un millar de francos limpios de polvo y paja. Su esposa estaba junto al portal esperándole como solía hacerlo y pasaron la noche celebrándolo, pues había regresado rico y libre de deudas. Por la mañana, el comerciante volvió a abrazar a su esposa y a besarle la cara, y, ¡puf!, otra vez sintió el hervor de la sangre. -¡Basta! -exclamó ella-. Ya has tenido bastante. ¿Dónde iríamos a parar? Pero se volvió hacia él, incitante, hasta que él al final le dijo: -Realmente estoy un poco molesto contigo, mujer, y me aflige bastante. ¿Sabes por qué? Pues te lo diré: por lo que se tú has sido la causa de cierto enfriamiento entre mi primo y yo. Tenías que haberme advertido que él te ha pagado cien francos a cambio de prendas de mayor valor y ha pensado que no se lo agradecía bastante, cuando le salí a hablar de tomar dinero prestado, o al menos así me lo pareció por la cara que puso. Pero, que el Cielo me sea testigo, nunca pensé pedirle nada. Por lo que, por favor, no lo hagas otra vez, querida; dime siempre antes de que marche si algún deudor ha saldado su deuda en mi ausencia, ya que, de lo contrario, por tu poco cuidado, es posible que le pida lo que ya ha devuelto. Su esposa, ni asustada ni consternada, replicó seca y decididamente: -Me importa un rábano este monje embustero, el hermano Juan. ¿Qué me importan sus prendas? Él me trajo una cantidad de dinero, ya lo sé, ¡mala suerte para su bocaza de monje! Nuestro Señor sabe que yo estaba perfectamente segura de que me la había dado por causa tuya, para que la gastase vistiendo alegremente, porque es primo tuyo y por la hospitalidad que ha tenido aquí. Pero ya veo que estoy en una posición falsa, por lo que te daré una respuesta muy corta. Tú tienes peores deudas que yo. Yo te pagaré pronto y enjugaré mi deuda un poco cada día, y si te decepciono, bueno... soy tu mujer: ¡embísteme! Te pagaré en cuanto buenamente pueda. Te doy mi palabra de que no he despilfarrado el dinero, sino que me lo he gastado todo en vestir, y ya que lo he sabido emplear tan bien y todo para hacerte quedar bien, ¡por el amor de Dios!, no estés enojado. Oye, en lugar de enojarte, ríe y sé feliz. Aquí está mi hermoso cuerpo como prenda. No pienso pagarte sino es en la cama. Por lo que, querido, perdóname, date la vuelta y ¡vuelve a sonreír! El comerciante vio que aquello no tenía remedio: era inútil reñirla por cosas que no podían enmendarse. Te perdono, querida -dijo él-, pero no te atrevas a dilapidar así otra vez. Y ten más cuidado con mi dinero. ¡Es una orden! Así termina mi cuento, y que Dios haga que nuestras cuentas cuadren al final de nuestros días. AQUÍ TERMINA EL CUENTO DEL MARINO 2. SIGUEN LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL ANFITRIÓN, EL MARINO Y LA PRIORA -Bien dicho, Hostia8 -exclamó el anfitrión-. ¡Vida larga de traficante marino tengas! ¡Que Dios conceda mil carretadas de años malos! ¡Compañeros! ¡Cuidado con estas tretas! ¡Este monje colocó un mono en la capucha del mercader! ¡Y en la sala de su esposa también! ¡Por San Agustín! ¡No deis cobijo a monjes en vuestra casa! Pero dejemos esto y busquemos otro narrador entre este grupo. Y con estas palabras y con modales de doncella dijo: -Señora priora, con vuestro permiso, con tal de no enojarnos, considero que ahora os toca contarnos un cuento, si queréis. ¿Queréis cumplir vuestra obligación? La priora contestó: Acepto gustosa. Lo intentaré. 3. PRÓLOGO AL CUENTO DE LA PRIORA ¡Señor, Dios nuestro!9. -¡Señor, Señor! ¡Cuán maravilloso es tu nombre en el universo mundo! -dijo-. No sólo te alaban los hombres de elevada dignidad, sino tam bién surge tu alabanza de la boca de los infantes que, al tomar el pecho, también ensalzan tu nombre. Por consiguiente es en tu honor, y en el del blanco lirio que te engendró, sin ser mancillada por varón, que relato este cuento de la mejor forma posible. No por ello voy a acrecentar su honor, pues ella es, después de su Hijo, la misma fuente de bondad y honra y la misma salvación. ¡Oh Virgen Madre! ¡Madre Virgen de bondad! ¡Oh zarza incombustible, consumiéndose ante Moisés! ¡Tú que hiciste rebajar a la Deidad, gracias a tu humildad, por mediación del Espíritu que iluminó tu corazón! ¡Tú que concebiste al Padre de la Sabiduría!, ¡ayúdame a contar esto con reverencia! ¡Señora! No hay lengua ni saber que expresar puedan tu bondad, magnificencia, virtud y profunda humildad. A veces, tú, Señora, antes de que los mortales acudamos a ti, en tu bondad previsora y con tu intercesión, obtienes luz para cada uno de nosotros de forma que ésta nos guíe hacia tu bendito Hijo. Mi habilidad descriptiva es escasa, Reina bendita. ¿Cómo voy a proclamar tu dignidad y mantener los argumentos que quiero demostrar? Del mismo modo que un bebé de un año a duras penas puede expresar una palabra, así soy yo. Por consiguiente, ¡ten piedad de mí! ¡Guíame a lo largo del relato que te dedico! 4. EL CUENTO DE LA PRIORA Había en Asia una gran ciudad cristiana en la que existía un ghetto. Estaba protegido por el gobernante del país gracias al asqueroso lucro obtenido por la usura de los judíos, aborrecida por Jesucristo y por los que le siguen; la gente podía circular libremente por él, pues la calle no tenía barricadas y estaba abierta por ambos extremos. Abajo, en el extremo más lejano, se levantaba una pequeña escuela cristiana en la que una gran multitud de niños recibían instrucción año tras año. Se les enseñaban las cosas acostumbradas a los niños pequeños durante la infancia, es decir, leer y cantar. Entre ellos se hallaba el hijo de una viuda, un muchachito de siete años, un chico del coro que acostumbraba ir diariamente a la escuela; también solía arrodillarse y rezar una Avemaría10 como se le había enseñado, siempre que viese la imagen de la Madre de Jesucristo por la calle. Pues la viuda había educado a su hijo a venerar siempre a Nuestra Señora de este modo, y él no lo olvidaba, pues un niño inocente siempre aprende con rapidez. Por cierto que cada vez que pienso en ello, me acuerdo de San Nicolás11, que también había reverenciado a Jesucristo en la misma tierna edad. Cuando este niño pequeño se sentaba en la escuela con su cartilla, estudiando su librito, oía a otros niños que cantaban Alma Redemptoris12 mientras practicaban con sus libros de himnos. Disimuladamente él se acercó cada vez más, todo lo que se atrevió. Escuchó atentamente la letra y la música hasta que se aprendió el primer verso de memoria. Debido a sus pocos años, desconocía lo que significaba en latín, hasta que un día empezó a pedir a un compañero que le explicase el significado en su lengua materna y por qué se cantaba. Muchas veces se arrodilló ante su amigo rogándole que le tradujese y explicase la canción, hasta que finalmente su compañero mayor le dio esta respuesta: -He oído decir que la canción fue compuesta para saludar a Nuestra Señora y pedirle que sea nuestra ayuda y socorro cuando muramos. Esto es todo lo que puedo decirte sobre ello. Estoy aprendiendo a cantar, pero no sé mucho de gramática. -¿Así que esta canción está hecha en honor de la Madre de Jesucristo? -preguntó el inocente-. Entonces haré cuanto pueda para aprenderla antes de la Navidad, aunque me riñan por no saber la cartilla y me peguen tres veces cada hora. La aprenderé para honrar a Nuestra Señora. Y así, este amigo se la enseñaba secretamente cada día al regresar a casa hasta que la supo de memoria y la cantó con aplomo, palabra por palabra, entonada con la música. sí, cada día, esta canción pasaba dos veces por su garganta: una, al ir a la escuela, y la otra, al regresar a casa; pues todo su corazón lo tenía puesto en la Madre de Nuestro Señor. Como ya he dicho, este niño iba siempre cantando alegremente Alma Redemptons cuando, al ir o al venir, atravesaba el ghetto, pues la dulzura de la Madre de Jesucristo había traspasado tanto su corazón, que no podía contenerse de cantar alabanzas en su honor mientras iba de camino. Pero nuestro primer enemigo, la serpiente de Satanás, que ha construido su nido de avispas en el corazón de cada judío, se encolerizó y gritó: -¡Oh, pueblo judío! ¿Os parece bien que un muchacho como éste deba andar por donde le plazca, mostrándoos su desprecio al cantar canciones que insultan vuestra fe? Desde entonces, los judíos empezaron a conspirar para mandar al niño fuera de este mundo. Para ello contrataron a un asesino, un hombre que tenía un escondite secreto en una callejuela. Cuando el muchachito pasó, este infame judío le agarró con fuerza, le cortó el cuello y lo arrojó dentro de un pozo seco. Sí, lo echó en un pozo negro en el que los judíos vacían sus intestinos. Pero ¿de qué puede aprovecharos vuestra malicia, oh condenada raza de nuevos Herodes? El crimen se descubrirá, esto es cierto, y precisamente en el lugar que servirá para aumentar la gloria de Dios. La sangre clama contra vuestro perverso crimen. -¡Oh, mártir perpetuamente virgen! -exclamó la priora-, que sigas eternamente cantando al blanco Cordero celestial del que escribiera en Patmos13 San Juan Evangelista diciendo que los que preceden al Cordero cantando una nueva canción, jamás han conocido cuerpo de mujer. Toda la noche estuvo la viuda esperando el regreso del niño, pero en vano. Tan pronto clareó, salió a buscarlo a la escuela y por todas partes, con el corazón encogido y el rostro lívido de temor, hasta que, al fin, averiguó que la última vez que había sido visto se hallaba en el ghetto. Con su corazón estallando de piedad maternal, medio enloquecida, fue a todos los sitios a los que su imaginación febril pensaba probablemente encontrar a su hijo, mientras invocaba a la dulce Madre de Jesucristo. Por fin se decidió a buscarle entre los judíos. De forma lastimera pidió y rogó a todos y a cada uno de los judíos que vivían en el ghetto que le dijeran si el niño había pasado por allí, pero le respondieron que no. Luego, Jesús en su misericordia quiso inspirar a la madre a que llamase a su hijo en voz alta cuando se hallaba junto al pozo en el que había sido arrojado. ¡Dios Todopoderoso, cuyo elogio cantan las bocas de los inocentes, contempla aquí tu poder magnífico! Con el cuello cortado, esta gema y esmeralda de castidad, este brillante rubí de entre los mártires, empezó a cantar Alma Redemptoris con voz tan fuerte, que todo el lugar resonó. Los cristianos que pasaban por la calle se agolparon a mirar maravillados. A toda prisa mandaron a buscar al preboste. Éste vino de inmediato, y después de haber alabado a Jesucristo, rey de los cielos, y a su Madre, gloria de la especie humana, ordenó que se atase a los judíos. Con lamentaciones que acongojaban, subieron al niño, que seguía cantando su canción, y le llevaron en solemne procesión a una abadía cercana. Su madre se hallaba caída junto al féretro, sin fuerzas, como una segunda Raquel14, y la gente trataba en vano de apartarla de él. Después, el preboste dispuso que cada uno de los judíos que habían intervenido en el crimen fuese torturado y ejecutado de forma vergonzosa, pues no quería tolerar una semejante maldad de índole tan abominable en su jurisdicción. «El mal debe recibir su pago debido.» Por eso los hizo descuartizar con caballos salvajes y luego ser colgados de acuerdo con la ley. Durante todo este tiempo el niño inocente yacía en su féretro ante el altar mayor mientras se cantaba la misa. Luego, el abad y sus monjes se apresuraron a darle sepultura, pero cuando le rociaron con agua bendita y ésta cayó sobre el niño, éste cantó nuevamente Alma Redemptons Mater. Ahora bien, el abad, que era un santo varón, como lo son o deberían serlo siempre los monjes, empezó a preguntar al niño y le dijo: -Querido niño, te conjuro por la Santísima Trinidad que me digas: ¿cómo puedes cantar, cuando todos podemos ver que tienes el cuello completamente cercenado? -Mi cuello está cortado hasta el hueso del pescuezo -respondió el niño-, y, según todas las leyes de la Naturaleza, debería haber muerto hace mucho tiempo, si no fuera porque Jesucristo ha querido, como podéis leer en las Sagradas Escrituras, que su gloria sea recordada y perdure. Por ello, en honor de su Santa Madre, puedo todavía cantar Alma con voz clara y fuerte. En lo que a mí concierne, siempre he amado este manantial de gracia, la dulce Madre de Jesucristo, por lo que cuando tuve que entregar mi vida, ella vino y me pidió que cantase este himno, incluso en mi muerte, como acabáis de oír. Y mientras yo cantaba, me pareció que Ella colocaba una perla sobre mi lengua. Por consiguiente, canto, como siempre debo cantar, en honor de esta bendita Virgen, hasta que me quiten la perla, pues ella me dijo: «Mi niño, vendré a buscarte cuando te quiten la perla de la lengua. No temas, que no te abandonaré.» Entonces, aquel santo varón -el abad-, cuando el niño suavemente entregó su espíritu, le extrajo con cuidado la lengua y tomó la perla. Al ver este milagro, el abad derramó abundantes lágrimas y se echó de bruces a tierra, permaneciendo inmóvil y como encadenado al suelo, mientras los demás monjes se postraban también sobre el pavimento, llorando y proclamando las alabanzas de la Madre de Jesucristo. Entonces se levantaron y sacaron al mártir del féretro y encerraron su tierno cuerpecito en una tumba de mármol claro. ¡Que Dios nos conceda el privilegio de reunimos con él! ¡Oh, joven Hugo de Lincoln15, muerto por los viles judíos, como es muy bien sabido (pues hace poco tiempo que ocurrió el suceso), ruega por nosotros, gente débil y pecadora! ¡Que Dios en su misericordia multiplique sus bendiciones sobre nosotros, por causa de su Santa Madre María! Así sea. 5. LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL HOSPEDERO Y CHAUCER Todos se emocionaron ante el relato milagroso. Daba gusto verlo. Finalmente, el anfitrión comenzó a chancearse y se dirigió a mí y me dijo: -¿Qué clase de hombre eres? Parece como si intentases cazar una liebre. Siempre llevas la mirada clavada en tierra. Acércate y levanta los ojos con alegría. Hagan sitio, señores; déjenle que ocupe su lugar. Tiene una cintura tan esbelta como la mía. Sería como un muñeco en brazos de una hermosa y pequeña mujer. Hay algo de enigmático en su aspecto: nunca habla jocosamente. Di algo ahora. Otros ya han hablado. Cuéntanos ahora mismo un cuento alegre. -Anfitrión -dije-, espero que no te molestes. Sólo conozco un cuento muy antiguo, con rima y todo. De los otros no sé ninguno. -Está bien -dijo-. Por tu cara adivino que vamos a escuchar algo delicado. 5. EL CUENTO DE SIR TOPACIO EL PRIMER ENVITE Escuchad, señores, con la mejor voluntad, y creedme si os cuento las alegres aventuras de aquel caballero de tanto arrojo en tomeos y en batallas que se llamó sir Topacio. Nació en un país lejano: en Flandes, más allá del mar. Popering fue el lugar. Su padre era de alto rango, pues era señor de aquel país; gracias al Cielo hay que dar. Sir Topacio creció hecho un apuesto doncel; su rostro era blanco como la más blanca harina; sus labios, rojos como una rosa, y su color parecía teñido de escarlata. Es la pura verdad si digo que tenía una hermosa nariz. Color de azafrán tenían su barba y su pelo, y hacían juego con su cinto preciso; sus botas eran de cuero español; sus calzas pardas procedían de la feria de Brujas; su ropaje de seda era incomparable, y le había costado muchos sueldos. Era cazador de silvestres venados, y solía cabalgar y practicar la cetrería junto al río con un halcón posado en el puño. Además, era muy buen arquero, y luchando con el cuerpo no tenía rival, pues siempre ganaba sus apuestas. Muchas doncellas en su cámara habían suspirado por él con loco deseo (mejor habría sido que hubieran dormido). Pero él era casto, y nada libertino, y más dulce que la flor del zarzal, que aporta un fruto escarlata. En verdad voy a cantar lo que sucedió aquel día. Sir Topacio salió a cabalgar; montó en su corcel gris, y, empuñando una lanza, marchó a galope, con una larga espada al cinto. Atravesó galopando un hermoso bosque lleno de fieras salvajes, sí, y de gamos y liebres. Galopó hacia Oriente y Occidente, y explicaré ahora cómo casi cayó en una falaz añagaza. Allí florecían hierbas de toda clase, como el regaliz, y la raíz del ajenjo, y clavos, y muchas más. Y las nueces que ponéis en la cerveza, sea negra o clara, o guardáis para mejor ocasión. Y los pájaros cantaban, ¡no lo puedo callar! El gavilán y la cotorra, daba gusto escucharles. El zorzal macho tocó su flauta, y la paloma torcaz lo hizo en la cascada. Su canto era fuerte y claro. Y cuando él oyó cantar al zorzal, el caballero quedó lleno de ansias amatorias, y, clavando las espuelas al caballo, huyó de allí como un loco; su buen corcel siguió galopando, empapado hasta los huesos de tanto que sudaba, con ambos costados bañados de sangre. Luego, sir Topacio se sintió tan fatigado de galopar, pisando la tierna hierba. Tan ardiente era su coraje, que allí mismo desmontó para dar un respiro al caballo, al que dio también forraje. «Oh, Santa María, ¡haz que el Cielo me bendiga! ¿Por qué este amor me causa tanto desasosiego y me ata con su soga? Toda la noche pasada soñé, ¡ay de mí!, que la reina de los Elfos sería mi enamorada y dormiría bajo mi manto. Yo solamente amaré a la reina de las Hadas. Ninguna mujer he visto jamás que fuese adecuada para ser mi pareja en la ciudad. Todas las demás mujeres no me importan: yo seguiré la pista a la reina de los Elfos por valles y praderas.» Entonces subió a su montura, galopó saltando cercas y charcos, para encontrar a la reina de las Hadas. Cabalgó mucho tiempo al trote y al galope, hasta que al fin encontró, en un lugar secreto el país de las Hadas. Tan silvestre; pues en aquel país no había nadie que se atreviese a enfrentársele: ni mujer ni infante. Hasta que vino un forzudo gigante, que se llamaba sir Elefante: un hombre peligroso, por cierto. Él dijo: «Señor caballero: por Misa, Mesa y Masa, yo vivo por aquí; galopad, pues, a vuestra casa, o mataré a vuestro corcel, con la maza. Pues aquella reina de las Hadas con arpa, y flauta y tamboril, hizo de este lugar, su casa y plaza.» El caballero dijo: «Señor, creedme: mañana me enfrentaré a vos, cuando lleve la armadura. Y a fe mía, si tengo ocasión, pagaréis con esta gruesa lanza y cantaréis otra canción. Vuestro rostro será traspasado desde la mejilla al espinazo antes de que sean más de las nueve y media, y aquí haré el trabajo.» Sir Topacio tuvo que retirarse precipitadamente; este gigante hizo caer sobre él una lluvia de pedruscos que lanzaba con su terrible honda. Pero escapó, ¡vaya si escapó sir Topacio! Y fue todo gracias al Cielo, a la Providencia y a su propio noble comportamiento. Sin embargo, escuchad, maestros, mi cuento más contentos que un ruiseñor, y os haré saber cómo sir Topacio, el de las esbeltas pantorrillas, galopando a través de puentes y orillas, volvió de nuevo a la ciudad. A sus alegres hombres les mandó que hiciesen jarana y jolgorio, pues tenía que salir a luchar y a vencer a un monstruo gigante, que tenía tres cabezas. Todo ello por amor y liviandad de una que brillaba con tanto esplendor. «Llamad para que vengan, llamad a todos mis juglares -dijo él-, y pedidles que cuenten algún cuento, mientras me coloco la armadura encima. Algún romance que sea verdaderamente propio de un rey, de obispo, papa o cardenal, y también de un enamorado triste.» Primero le trajeron vino exquisito, aguamiel en cazos de arce y pino, toda clase de especias reales, y galletica de jengibre de la buena, buena, y regaliz y dulces cominos, y azúcar, que va tan bien. Luego se colocó su piel de marfil, calzones del más puro lino. También se puso una camisa, y encima de la camisa no dejó de ponerse guata y una cota de malla para proteger su corazón. Y encima una magnífica cota de malla, trabajo de artesanía costosísimo hecho del acero más fuerte. Y sobre todo ello, su armadura y coraza, más blanca que la flor del lirio, en la que iba a tomar el campo. Su escudo era de oro rojísimo, adomado con una gran cabeza de verraco y un carbunclo al lado. Y luego juró por la cerveza y el pan que el gigante pronto estaría muerto, ¡pasara lo que pasara! Sus grebas eran de resistente cuero. Envainó su espada en marfil y llevó un yelmo de metal. Sobre una montura de ballenas se sentaba, y como el sol su brida brillaba o como la luna y las estrellas. Su lanza estaba hecha del mejor ciprés, lo que quiere decir que era de guerra, no de paz: tan afiladamente había sido pulida la punta. Su corcel era gris moteado, y fue a paso lento todo el rato, y suavemente caminó por ahí, en el país. Bien, caballeros: éste es el primer envite. Si queréis saber más de él, ya veré qué puedo hacer. Ahora, cerrad la boca, por caridad, todo cortés caballero y hermosa dama, y escuchad mi cuento de batalla y de caballería, de cortejo y de cortesía, que estoy a punto de contar. Se habla de todas estas magníficas historias antiguas de Hom y de sir Ypotis, de Bevis y de sir Guy; de Libelao16 y de sir Pleyndamour17. Pero sir Topacio se lleva la palma de la caballería real. Montó en su noble caballo gris y avanzó rápidamente, como chispa de una llama. Sobre su penacho había una torre en donde estaba plantada una flor de lirio. ¡Que Dios lo proteja de toda deshonra! Este caballero era tan aventurero, que nunca pemoctaba en casa alguna, sino que se envolvía en su capa. Su almohada era su reluciente yelmo, mientras su caballo pacía junto a él comiendo pasto verde y bueno. Y él bebía agua del pozo, como lo hacía el caballero sir Percival, cuya armadura era tan bonita. Hasta que un día... 7. INTERRUPCIÓN Hasta, por caridad cristiana -exclamó nuestro anfitrión-. Me estás cansando con este parloteo. Tomo a Dios por testigo para asegurar que me duelen los oídos de escuchar las sandeces que pronuncias. ¡Que el diablo se lleve estos cuentos! A esto es lo que yo llamo aleluyas o canciones de ciego. -¿Por qué? -dije yo-. ¿Por qué interrumpes mi cuento y no lo has hecho con el de otro, cuando es la mejor balada que conozco? -¡Dios todopoderoso! -replicó-. En pocas palabras, si es que lo quieres saber, te diré que este rimado de mierda no vale nada. No haces nada más que perder el tiempo. En una palabra, señor, no más rimas. Veamos si sabes relatar uno de aquellos romances antiguos o, por lo menos, algo en prosa que sea edificante o divertido. -Con mucho gusto -le respondí-. Por Dios que os contaré un relato corto en prosa que probablemente os complacerá, creo; en caso contrario, es que sois muy dificil de contentar. Es un cuento muy edificante, con moraleja -aunque debo aclarar que distintas personas lo explican de maneras diferentes. Por ejemplo, ya sabéis que cuando los evangelistas describen la Pasión de Jesucristo, no expresan cada uno de ellos de igual forma cómo ocurrieron las cosas; sin embargo, cada uno de ellos dice la verdad, y todos concuerdan en el significado general, aunque en la manera de decirlo pueda haber diferencias. Algunos de ellos explican más cosas; otros, menos. Pero cuando ellos -es decir, Mateo, Marcos, Lucas y Juan- escriben su conmovedora Pasión, no hay duda de que ellos querían darle idéntico significado. Por consiguiente, caballeros, os ruego que no me culpéis si he introducido cambios en el cuento, si -es un decir- utilizo más proverbios de lo corriente en este pequeño relato para reforzar el efecto, o si no me sirvo de las mismas palabras que hubieseis podido escuchar anteriormente, pues no hallaréis diferencia entre la idea general y el pequeño tratado del que he sacado este magnifico cuento. Por lo tanto, escuchad lo que voy a decir, y, esta vez, dejadme terminar. 8. EL CUENTO DE MELIBEO18 Cierto joven llamado Melibeo, hombre rico y poderoso, engendró de Prudencia, su mujer, una hija, a la que dieron el nombre de Sofia. Sucedió un día que Melibeo salió al campo para solazarse y dejó en casa a su esposa e hija después de haber atrancado fuertemente las puertas. Sin embargo, tres antiguos enemigos suyos estaban al acecho, y con la ayuda de escaleras apoyadas en el muro del edificio, penetraron en él por los ventanales e infligieron malos tratos a su esposa e hirieron a su hija en cinco zonas, a saber: en los pies, en las manos, en los oídos, en la boca y en la nariz. Y se dieron a la fuga, dejándola por muerta. Cuando, más tarde, Melibeo regresó a su casa y contempló aquel panorama rompió en llantos y gemidos y se rasgó las vestiduras. Prudencia, su mujer, intentó calmarle, suplicándole que dejara de llorar, pero él arreciaba en sus lamentos. Con todo, la noble Prudencia se acordaba de la máxima de Ovidio en su obra Remedio de amor: «Quien interrumpe a la madre cuando llora la muerte de su hijo está loco. Porque, durante cierto tiempo, debe dejarla que desahogue su llanto; y, pasado aquél, intentará lograr que cesen las lágrimas con dulces palabras»19. Por este motivo dejó la digna Prudencia que su marido sollozara un rato. Luego, después de un tiempo prudencial, le habló de la siguiente manera: -¿Por qué, señor mío, te comportas de un modo tan insensato? Pues, indudablemente, tu profundo dolor es indiscreto. Si Dios quiere, tu hija sanará y saldrá del peligro. Y aunque sucediera que ahora estuviera muerta, no deberías permitir que tal circunstancia te destruyera. Séneca afirma: «El hombre prudente no debe sentir mucho la muerte de sus hijos, sino soportarla con paciencia, del mismo modo que espera la suya propia»20. La respuesta de Melibeo fue inmediata. Dijo: -¿Cómo puede uno dejar de llorar cuando existe una razón profunda para lamentarse? El mismo Jesucristo Nuestro Señor lloró la muerte de su amigo Lázaro. -Sé muy bien -respondió Prudencia- que al afligido no se le prohibe llorar con moderación. El apóstol San Pablo, en su Epístola a los romanos, escribe: «Uno debe reír con los que ríen y llorar con los que lloran»21. Pues si un llanto moderado está permitido, no así el desmesurado, ya que la máscara del llanto debe medirse según la doctrina de Séneca: «A la muerte de tu amigo no permitas que tus ojos se inunden de lágrimas ni que estén excesivamente secos, y aunque las lágrimas acudan a tus ojos, no las dejes correr libremente»22. Así, en cuanto pierdas a un amigo, has de intentar buscarte otro. Esta conducta es más inteligente que llorar al amigo perdido, pues la pérdida no tiene remedio. En consecuencia, si te dejas llevar por la sabiduría, expulsarás el dolor de tu corazón. Jesús de Sirach afirma: «Quien tiene el corazón alegre y contento se conserva vigoroso a través de los años, pero un corazón entristecido reseca los huesos»23. Y también añade que la tristeza de corazón ocasiona numerosas muertes. »Salomón declara: "La tristeza daña al corazón del mismo modo que la polilla a la lana de los vestidos y la carcoma al árbol"24. Y así debemos tener paciencia, tanto si perdemos nuestra prole como nuestra hacienda. Recuerda al paciente Job, que, a pesar de haber perdido a sus hijos y a su fortuna y soportar graves tribulaciones corporales, afirmaba: "El Señor me lo dio, el Señor me lo quitó. Que se cumpla su voluntad. Alabado sea el nombre del Señor"25. Melibeo replicó a todo ello: -Tus palabras son certeras y provechosas, pero el dolor embarga mi corazón y no sé lo que debo hacer. A lo que Prudencia replicó: -Manda llamar a tus auténticos amigos y a tus familiares prudentes. Cuéntales la situación, escucha sus consejos y guíate por ellos. Salomón afirma: «Actúa siempre por consejos, y jamás te arrepentirás»26. Entonces Melibeo, siguiendo el parecer de su esposa, Prudencia, convocó a numerosas personas: cirujanos, médicos, gente joven y madura, e incluso diversos enemigos suyos que se habían reconciliado con él. También acudieron varios de esos vecinos que -como de costumbre- se guían más por temor que por verdadera amistad. Asimismo se reunieron rastreros aduladores y sabios juristas, especialistas en Derecho. Melibeo relató su desgracia a toda esa asamblea, y de sus palabras se deducía que su corazón abrigaba cruel enojo y estaba dispuesto a vengarse de sus enemigos y anhelaba declararles la guerra. Un cirujano, en representación de los prudentes, se levantó y habló a Melibeo en los siguientes términos: -A los cirujanos nos incumbe, señor, comportarnos con todos del mejor modo posible, allí donde se nos reclame, sin causar jamás perjuicio a nuestros enfermos. Por consiguiente, es frecuentísimo que cuando dos contendientes se hieren mutuamente, el mismo cirujano acude a curar a los dos. Así, el fomentar las guerras o partidismos no nos conviene a nuestra profesión. Por lo que respecta a tu hija, aunque tiene heridas graves, la cuidaremos noche y día con tal solícito cuidado, que con la ayuda del cielo, se pondrá buena en poco tiempo. Los médicos efectuaron casi idénticos comentarios, aunque añadieron que «así como las enfermedades se curan con los humores opuestos, así los hombres entablan la guerra a modo de venganza». Sus envidiosos vecinos, fingidos amigos falsamente reconciliados, y los aduladores ponían rostros compungidos y empeoraban y agravaban la situación; alababan sin mesura la fuerza, poder y caudal de Melibeo y de sus amigos y despreciaban a sus adversarios, y confesaban sin ambages que debería tomar cumplida venganza de sus enemigos y declararles la guerra. Entonces se levantó un segundo abogado, con el consenso y consejo de otro colega, y le dijo lo siguiente: -Señorías, el asunto que nos ha reunido aquí es serio y de entidad: el agravio y maldad cometidos son de extremada gravedad, habida cuenta de los muchos daños que pueden derivarse en el futuro y también el poder y caudal de las partes implicadas; por todas estas razones, sería peligrosísimo dar un consejo equivocado. Por consiguiente, Melibeo, ésta es nuestra opinión: Cuida, sobre todo, de ti mismo de tal forma que no hayas menester guarda ni centinela que te custodie. Además, coloca en tu hogar una guardia suficiente para la seguridad de tu persona y de tu hogar. Sin duda, no podemos juzgar de provecho el decidir con tan poca reflexión el declarar la guerra o vengarse: no podría hacerse de modo que se obtuviera provecho. Para solucionar este asunto se precisa tiempo y tranquilidad. Lo afirma el refrán: «Quien decide con prontitud, pronto se arrepiente» Se considera también sabio al juez que capta un asunto con prontitud y lo juzga con calma. Pues, aunque toda demora resulta fastidiosa, cuando se trata de dictar sentencia o proyectar una venganza -dentro de lo prudente y razonable-, no es digna de censura. »Jesucristo demostró esto con su ejemplo. Cuando le presentaron la mujer adúltera, no quiso Él, a pesar de saber lo que iba a contestar, dar una respuesta precipitada; prefirió deliberar y, por dos veces, escribió en la tierra. En consecuencia, precisamos deliberar, y luego, con el auxilio divino, te aconsejaremos del modo más conveniente. Los jóvenes se rebelaron unánimemente, y casi todos gritaron alborotadamente, con menosprecio a los discretos ancianos, que se debe batir en caliente al hierro y que la venganza se ha de tomar cuando las ofensas se acaban de cometer. Y con gran clamor exclamaban: «¡Guerra, guerra!» Se levantó entonces uno de esos sabios ancianos y, haciendo ademán para acallar y reclamar la atención de la asamblea, dijo: -Señores, muchos de estos partidarios de la guerra ignoran lo que ella significa. En sus inicios, la guerra tiene unas puertas tan amplias y espaciosas, que todos pueden encontrarlas y entrar a su antojo, pero nunca resulta fácil saber cómo terminará. Una vez iniciada, muchos jóvenes que todavía no han nacido morirán en la lucha o en la miseria o bien vivirán de modo penoso. Y por esta causa, antes de empezar una guerra, siempre se han de celebrar muchas deliberaciones y consultas previas. El anciano intentó respaldar sus afirmaciones con más argumentos, pero la mayoría le respondió con abucheos pidiéndole que acabase pronto. A decir verdad, el que predica a quien rechaza escucharle ocasiona enojo con sus palabras. Pues jesús de Sirach27 afirma que la música en medio del llanto desagrada, es decir, que lo mismo aprovecha hablar a quien nuestras palabras disgustan, como cantar ante el que llora. Y aquel hombre sesudo, al ver que no le escuchaban, se sintió ofendido. Porque ya lo aconsejaba Salomón: «No te esfuerces en hablar allí donde no te quieren escuchar»28. Este hombre prudente pensaba: «En verdad reza el refrán común que el buen consejo siempre falta cuando es más necesario.» En esta asamblea de Melibeo se hallaban muchas personas que le susurraban algo en privado y luego, en público, le aconsejaban lo contrario. Sin embargo, cuando constató que la mayoría de los presentes tomaba partido por la guerra, aceptó su criterio y respaldó plenamente su decisión. Pero Prudencia, al darse cuenta de que su esposo optaba por el camino de vengarse de sus enemigos con las armas, se le acercó en el momento más oportuno, y le dijo con tono humilde: -Señor, te ruego del modo más sincero que no prestes atención y no obres con precipitación. Pues Pedro Alfonso afirma: «No te apresures a retomar el bien o el mal; así tu amigo esperará y tu enemigo vivirá más tiempo en el temor29. El refrán aconseja: «Se precipita correctamente quien espera con prudencia», y «No se obtiene provecho de la malvada precipitación». Esta fue la respuesta de Melibeo a Prudencia, su esposa: -No me propongo seguir tu opinión por poderosos motivos y razones. Pues, ciertamente, si pretendiera cambiar, con tu consejo, lo que ha sido acordado y dispuesto de tantas maneras, me tomarían por loco. En segundo lugar, afirmo que todas las mujeres son malas: no hay entre ellas una sola buena. Tal como afirma Salomón30, «entre mil hombres sólo encuentro a uno bueno; pero, a decir verdad, jamás encontré, entre todas las mujeres, a una buena». En consecuencia, caso de seguir tu consejo, parecería que te daba autoridad sobre mí (Dios no permita que esto ocurra). Jesús de Sirach afirma31 que «si la mujer manda, es contraria al marido». Y Salomón declara: «Jamás des poder sobre ti a tu mujer, a tu hijo o a tu amigo. Más vale que tus hijos te pidan lo que necesiten que estés en sus manos»32. Si obrara según tu opinión, mi decisión debería permanecer secreta durante algún tiempo; eso no es factible, pues está escrito que la charlatanería de la mujer sólo puede esconder lo que no sabe. Además, el filósofo afirma: «Las mujeres superan a los hombres en mal consejo.» Por estos motivos no debo seguir el tuyo. Una vez Prudencia escuchó con gran paciencia y mansedumbre cuanto su esposo tuvo a bien comunicarle, pidió licencia para hablarle y, después, se expresó en estos términos: -Tengo argumentos para rebatir tu primera razón. Cambiar de parecer cuando una cosa varía o se ve de distinta manera que al principio, no constituye locura. Si, por causa justificada, tú dejas de ejecutar lo que habías jurado o prometido, no por ello se te considerará como perjuro o falso. El libro ya dice que el hombre sabio no miente cuando dirige sus propósitos a lo mejor. Y aunque los tuyos han sido aceptados y ratificados por muchos, no debes aplicarlos si no te placen. Pues lo útil y lo verdadero de las cosas se encuentra más en poca gente discreta y prudente que en las grandes concurrencias donde todos gustan y hablan a su antojo. Verdaderamente semejante multitud carece de seriedad. »En tu segunda razón presupones la maldad en todas las mujeres; por ello -si estoy en lo cierto-, pones a todas las mujeres en el mismo rasero y, como dice el Libro, "todo le desagrada a quien todo desdeña". Y Séneca añade: "El sabio no debe despreciar a nadie, sino enseñar lo que sabe sin presunción u orgullo. Y las cosas que desconozca no debe avergonzarse de aprenderlas e inquirirlas de sus inferiores"33. Es fácil de comprobar que ha habido multitud de mujeres buenas. A decir verdad, Jesucristo Nuestro Señor jamás hubiera consentido en nacer de mujer si todas las mujeres hubiesen sido malvadas. Y además, cuando Jesucristo Nuestro Señor resucitó de la muerte a la vida, prefirió -por la gran bondad que se da en la mujer- aparecerse antes a las mujeres que a los apostoles34. »Y aunque Salomón afirme que jamás encontró mujer buena, no se deduce el que todas fueran malas; pues aunque él no encontrase ninguna, no es menos cierto que muchos otros hombres han hallado mujeres buenas y honradas. O acaso Salomón quería indicar que no encontró una mujer absolutamente buena; es decir, que, tal como lo recuerda Él en su Evangelio35, la bondad absoluta no se da en persona alguna, sino en Dios, ya que no existe una sola criatura que no carezca de parte de la perfección divina, su Creador. »Tu tercera razón es ésta: afirmas que si te dejas guiar por mi opinión, parecería que me dabas poder y autoridad sobre ti. Con todo respeto, señor, esto no es así. Pues si lo fuera -el que el hombre se aconsejara únicamente con los que ejercen autoridad sobre él-, nadie pediría consejo con frecuencia. Sin embargo, el hombre que pide consejo acerca de algo mantiene la opción de seguirlo o rechazarlo. »En cuanto a tu cuarto argumento -la charlatanería de las mujeres oculta su ignorancia, lo que significa que una mujer es incapaz de encubrir lo que sabe-, debes entender, señor, que esta afirmación hace referencia a las mujeres parlanchinas y malvadas; de ellas los hombres declaran que "tres cosas sacan a un hombre de casa, a saber: humo, goteras, y mujer malvadas". De ellas Salomón comenta que "sería preferible morar en el desierto que con mujer pendenciera"36. y con tu permiso, señor, esto no reza conmigo; has constatado mi exagerado silencio y gran paciencia, así como visto que sé mantener secreto lo que debe permanecer oculto. »Por lo que respecta al quinto argumento, que la mujer supera al hombre en mal consejo, Dios sabe que está aquí fuera de lugar. Compréndelo: pides consejo para obrar el mal; y si obras de este modo y tu mujer refrena tu malvado propósito y te convence con argumentos y buenos consejos, es dig na de loa y no de vituperio. Así debes captar el pensamiento del filósofo cuando afirma: “La mujer supera al hombre en malvado consejo.” »Y como quiera que vituperas todos los argumentos de las mujeres, te mostraré con numerosos ejemplos cómo muchas se han comportado estupendamente y sus consejos han sido provechosos y saludables. También algunos hombres han afirmado que los consejos de las mujeres han sido excesivamente costosos o escasamente dignos de loa. También algunos afirman que el consejo femenino es de elevado coste o de poco valor. Pero aunque existan muchas mujeres malvadas y de pérfido consejo, con todo, los hombres han encontrado numerosas mujeres que aconsejan con gran sabiduría y discreción. »Mira cómo Jacob obtuvo la bendición de su padre, Isaac, y la primacía sobre el resto de sus hermanos gracias a los buenos consejos de su madre, Rebeca. Los buenos consejos y conducta de Judit libraron a su ciudad natal, Betulia, de las manos de Holofernes, que la había sitiado con intención dé arrasarla. Abigail libró a su marido, Nabal, del rey David, que pretendía su muerte y, con su buen consejo y comprensión, aplacó la cólera del rey. El pueblo de Dios prosperó bajo el rey Asuero por el buen consejo de Ester37. »Se podían dar otros muchos ejemplos de buen consejo femenino. Además, cuando Dios creó a Adán pensó: "No es bueno que el hombre esté solo; démosle alguien semejante a él que le ayude"38. Si las mujeres no fueran buenas y sus consejos útiles y justos, el Señor, Dios de los cielos, no las habría creado, ni las habría denominado ayuda del hombre, sino confusión del mismo. Y lo que antiguamente dijo un sabio viene aquí muy a cuento: "El jaspe es mejor que el oro; la sabiduría, mejor que el jaspe; la mujer, preferible a la sabiduría, y mejor que la mujer, nada." »Podría arguir, señor, muchos otros razonamientos para demostrarte que existen muchas mujeres buenas, de consejo acertado y prudente. Y así, si quieres confiar en mi consejo, señor, te prometo que tendrás a tu hija sana y salva, y, además, conseguiré que salgas con honor de este embrollo. Melibeo, después de escuchar el discurso de Prudencia, su esposa, dijo: Ahora veo cuán verdadero es el dicho de Salomón. Él afirma que las palabras proferidas con discreción y orden son como panales de miel que proporcionan dulzura al espíritu y salud corporal39. Mujer, tus dulces palabras, y también porque he comprobado tu tremenda honradez y discreción, me mueven a dejarme guiar en todo por tu consejo. -Ahora, señor -dijo Prudencia-, ya que te dignas dejarte llevar por mi opinión, quiero manifestarte cómo has de proceder al elegir tus consejeros. »En primer lugar debes pedir al Altísimo en todas tus obras que Él sea tu primer consejero, instructor y consolador, al igual que Tobías mandaba a su hijo: "Bendecirás a Dios y le pedirás que encamine tus pasos en todo tiempo"40. Procura, pues, que tus decisiones tengan como punto de mira al Señor. Santiago declara: "Si cualquiera de vosotros ha menester sabiduría demándela a Dios"41. »Después de esto te autoconsultaras y examinarás bien tus pensamientos para ver qué es lo más provechoso para ti. Y luego apartarás de tu corazón tres cosas que se oponen a un consejo correcto, a saber: ira, codicia y atolondramiento. »En primer lugar, y por muchas razones, el que se aconseja consigo mismo ha de carecer de ira. Lo primero es que el iracundo siempre se cree capaz de hacer lo que no puede. En segundo lugar, el colérico no puede discernir adecuadamente. En tercer lugar, según Séneca, "el airado y enojado no puede hablar de algo sin vituperarlo"42. Y así, con sus malvadas palabras, induce a otros a la cólera. »Tal como afirma el apóstol, debes apartar la codicia de tu corazón: "La codicia es la raíz de todos los males"43. Ciertamente, puedes creer que el codicioso no logra juzgar ni pensar, sino únicamente satisfacer su codicia, sin que jamás pueda encontrarse satisfecho, ya que cuanto más tenga, más codiciará. »Asimismo, señor, has de apartar de tu corazón al atolondramiento, pues estarás incapacitado para juzgar una idea repentina con criterio recto; al contrario, debes examinarla con frecuencia. Pues, tal como escuchaste con anterioridad, el refrán corriente dice que «quien pronto decide, pronto se arrepiente». Por supuesto, señor, el hombre no siempre se halla en idéntica disposición, ya que, en ocasiones, cosas que parecen buenas de realizar, otras veces se consideran de modo contrario. »Una vez te hayas aconsejado contigo mismo y llegado a una decisión después de prolongada deliberación, debes ante todo guardar secreto. No reveles a nadie tu decisión, a menos que estés seguro de que, al hacerlo, mejore tu situación. Jesús de Sirach lo advierte: "No reveles tu secreto o tu locura ni a amigo ni a enemigo, pues todos te escucharán, te pondrán buena cara y te alabarán en tu presencia, pero te menospreciarán a tus espaldas"44. »Otro sabio afirma: "Resulta dificil hallar quien sea capaz de guardar un secreto." Y en el Libro45 se lee: "Mientras almacenas tu secreto en tu corazón, lo guardas en una prisión; si lo descubres a otro, te tenderá una trampa." Y, por consiguiente, es preferible esconder tu consejo en el interior de tu corazón que rogar que tenga los labios sellados al que se lo revelaste. »Séneca46 afirma: "Si aconteciera que no pudieras ocultar tu consejo, ¿cómo osas rogar a una persona que lo guarde con seguridad?" Con todo, si estás convencido que el revelar un secreto a alguien te va a colocar en situación más ventajosa, entonces lo manifestarás del modo siguiente. En primer lugar tu expresión no delatará si deseas la paz o la guerra, o eso o aquello, sin dejar traslucir tu voluntad e intenciones. Has de saber que, por lo general, los consejeros son amantes de la lisonja, y especialmente los de los grandes señores, en consecuencia, procuran proferir siempre cosas agradables y gratificantes, aunque sean falsas o inútiles. Por ellos los hombres afirman que el hombre rico recibe buen consejo en contadas ocasiones, a no ser el suyo propio. »A continuación ponderarás quiénes son tus amigos y tus enemigos. Busca, entre los primeros, el más fiel, prudente, anciano y experto en aconsejar. Consúltale según convenga. »Primero debes llamar a los amigos leales. Salomón afirma que así como el corazón de un hombre se deleita en un sabor que es dulce, del mismo modo el consejo de un amigo leal proporciona dulzura al alma. También dice que "no existe nada comparable a un verdadero amigo"47. Ciertamente, ni el oro ni la plata se pueden comparar con la buena voluntad de un amigo auténtico48. Y también afirma que "un verdadero amigo es un baluarte inexpugnable, y encontrar a uno es un tesoro inapreciable"49. »A continuación deberás también tener en cuenta si esos auténticos amigos están dotados de prudencia y discreción. En el Libro se lee: "Recurre al consejo de los prudentes"50. Y por tal motivo pídelo a tus amigos maduros que han acumulado dilatada experiencia y presenciado muchas cosas, y son de probada fiabilidad. También en el Libro se lee que "la sabiduría radica en los viejos, y la prudencia, en la longevidad"51. Y Tulio asegura: "Las grandes hazañas no siempre se llevan a término con la fuerza o con la actividad corporal, sino con el buen consejo, con la autoridad de las gentes y con el saber; estas tres cosas no disminuyen con los años, sino que se acrecientan y fortalecen a diario"52. »Y, además, tendrás siempre presente esta norma general. En primer lugar recurre al consejo de pocos amigos, pues Salomón asegura: "Aunque tengas muchos e íntimos amigos, escoge entre mil a quien te ha de aconsejar"53. Pues aunque de entrada sólo te confies a unos pocos, siempre puedes aconsejarte con más en caso de necesidad. Pero comprueba siempre que tus confidentes reúnan las susodichas tres condiciones, a saber: autenticidad, prudencia y vasta experiencia. Y nunca obres bajo los dictámenes de un solo confidente, pues a veces conviene ser aconsejado por muchos. Ya lo declara Salomón: "La salvaguardia de las cosas radica en tener muchos consejeros"54. »Ahora que ya sabes en dónde buscar tus confidentes, te enseñaré qué clase de consejos debes seguir. De entrada, evita los consejos necios. Pues Salomón afirma: "No sigas la opinión de los necios, pues sólo aconsejan según los dictámenes de su inclinación y sus apetitos"55. El Libro declara: "El necio se distingue por pensar mal de todo el mundo con ligereza, y con igual ligereza se imagina en posesión de todas las virtudes"56. »Rehúye asimismo la aparición del adulador que, en vez de declarar la verdad de las cosas, procura alabarte y lisonjearte. Ya lo dijo Tulio: "La lisonja es la peor de las pestilencias de la amistad "57. El Libro declara: "Rehúye y teme más las dulces y lisonjeras palabras del adulador que las acres recriminaciones de un amigo que te canta las verdades." »Salomón58 afirma que las palabras del adulador constituyen una insidia para cazar a los inocentes. También opina que quien profiere dulces y placenteras palabras a un amigo le está tendiendo una red bajo sus pies para atraparle. Y, por consiguiente, afirma Tulio: "No dejes que tus oídos sean propensos a los aduladores y no te dejes aconsejar por palabras lisonjeras"59. »Y Catón comenta: "Pondera bien y rechaza las palabras agradables y dulces"60. »Rehúye igualmente el consejo de tus enemigos con los que te hubieras reconciliado. El Libro proclama que nadie retorna incólume al favor de su antiguo enemigo61. E Isopo declara: "No confies en aquel con quien guerreaste o tuviste enemistad, y no le descubras tu secreto." Y Séneca nos describe el por qué: "Es imposible que no quede rescoldo donde hubo gran fogata largo tiempo"62. »Por consiguiente, Salomón aconseja: "Jamás confies en tu antiguo adversario "63. A pesar de que el enemigo se haya reconciliado, dé señales de humildad y doblegue la cerviz, jamás has de fiarte de él. Sin duda, simulará mansedumbre para provecho propio y no por afecto hacia ti, creyendo, ya que no le hubiera sido posible lograrlo por las armas, poderte vencer con esta falsía. »Ya lo advierte Pero Alfonso: "No frecuentes la compañía de tus antiguos enemigos, pues te devolverán mal por bien"64. »Evita igualmente el mal consejo de tus servidores que te tributan grandes muestras de reverencia, porque bien puede suceder que obren impulsados por temor y no por afecto. Ya afirmó con fundamento el filósofo: "Nadie es completamente sincero con quien le teme mucho." Y Tulio corrobora: "Por grande que sea el poder de un emperador, no dura mucho si su pueblo no alberga más amor que temor"65. »Elude también el consejo de los proclives al vino, ya que son incapaces de guardar un secreto. Salomón lo afirma: "Donde la embriaguez campa, no hay nada secreto"66. »Desconfia sobremanera de los que te aconsejan una cosa en privado y otra opuesta en público. Casiodoro67 sentencia que es una falsía el fingir hacer o decir algo en público y obrar lo contrario en privado. También has de sospechar de los consejos de los malvados, pues el Libro sentencia: "El consejo de los malvados está repleto de fraude"68. »David añade: "Bienaventurado el que no sigue el consejo de los malos"69. »Evita asimismo el consejo de los jóvenes, pues carece de madurez. »Ahora que te he indicado, señor, de quiénes deben aconsejarte, te explicaré -de acuerdo con el pensamiento de Tulio70 de qué modo has de analizar el que te den. Ante todo, en el estudio de tu consejero debes tener en cuenta muchas circunstancias. En primer lugar, has de considerar que en lo que te propongas y sobre lo que verse el consejo, debes manifestar y sostener la verdad, a saber, has de relatarlo de modo claro. Pues el que habla con falsedad no puede recibir buen consejo acerca de un asunto sobre el que miente. »A continuación ponderarás si lo que piensas ejecutar con el consenso de tus consejeros sigue los cánones de lo razonable, y si cae dentro de tus posibilidades, y si la mayoría y lo más selecto de tus consejeros están o no de acuerdo contigo. »Seguidamente debes considerar si el odio, la guerra, la paz, el perdón, el provecho o el daño serán las secuelas del consejo tomado. De entre ellas seleccionarás la más provechosa y dejarás las otras. »Luego ponderarás de qué raíz se genera el asunto deliberado y el fruto capaz de engendrar y producir. También considerarás el origen de todas esas causas que las producen. »Y cuando hayas examinado tu consejo del modo que te acabo de comentar, y detectado la parte mejor y más provechosa, y recibido la aprobación de mucha gente sabia y experimentada, entonces considerarás si lo puedes ejecutar y llevarlo a feliz término. Resulta indudable: no es razonable que uno empiece algo que no tenga posibilidades de realizarlo adecuadamente; asimismo nadie debe echar sobre sus espaldas fardo que no pueda llevar. Ya reza el refrán: "Quien mucho abarca, poco aprieta." Y Catón añade: "Intenta ejecutar lo que caiga dentro de tus posibilidades, no sea que la carga se te vuelva tan insoportable que te veas precisado a abandonarla "71. »Y si se te planteara la duda entre ejecutar algo o no, opta por padecer antes de empezarlo. Pedro Alfonso comenta: "Opta por el no antes que por el sí cuando puedas hacer algo de lo que luego te arrepentirás"72. A saber, es preferible permanecer callado a hablar. Así, pues, por poderosos motivos captarás que si puedes llevar a cabo algo de lo que te arrepentirás, es preferible que sufras antes que comenzarlo. Bien afirman los que propugnan que nadie intente ejecutar algo si ponen en duda sus posibilidades reales. »Después de ello, una vez examinado tu consejo del modo descrito con anterioridad, y sabedor de que puedes llevarlo a término, debes mantenerlo con firmeza hasta el final. »Ahora parece razonable y adecuado que te explique cuando y cómo se puede cambiar de opinión sin ser digno de reproche. »A decir verdad, se puede cambiar de opinión y criterio cuando se dan nuevas circunstancias o las causas que lo motivaron desaparecen. Tal como la ley lo afirma: "A nuevos hechos corresponden nuevos consejos." Y Séneca apostilla: "Cambia de decisión si ésta ha llegado a oídos de tu enemigo"73. También puedes variar tu decisión si, por error o por otra causa, puede derivarse daño o perjuicio. Cambia de opinión si tu consejo es poco honrado o procede de una causa que así sea. Pues las leyes declaran que "todos los mandatos que no son honestos carecen de valor; y lo mismo reza para los mandatos imposibles, o que no se pueden observar o llevar a cabo con bien. »Y adopta esta norma general de conducta: afirmo que un consejo absolutamente inamovible bajo circunstancia alguna es realmente malo. Cuando Melibeo hubo escuchado las enseñanzas de Prudencia, su esposa, le replicó con las siguientes palabras: -Señora, hasta ahora me has enseñado de un modo global a elegir y conservar a mis consejeros adecuada y propiamente. Pero me gustaría conocer tu opinión sobre los que, de hecho, en las presentes circunstancias, he elegido. -Señor -repuso ella-, te suplico humildemente que no te enfrentes a mis argumentos de un modo obcecado ni tomes a mal que te diga cosas desagradables. Pues Dios sabe que es mi propósito hacerlo para tu bien, tu provecho, y también para tu honor. A decir verdad, espero de tu bondad tomes con paciencia mis palabras. Confia en mí plenamente, pues los consejos que has pedido en este asunto no son propiamente tales, sino más bien un impulso o arrebato de locura, y en la decisión adoptada te has equivocado de varias formas. »Primero y ante todo, erraste al convocar a tus consejeros, pues debiste haber llamado de entrada a unos pocos, y después, en caso necesario, habrías podido apelar a más. De hecho, has convocado repentinamente a consejo a mucha gente pesada y de discurso plomizo. »Tampoco acertaste al no llamar sólo a amigos fieles, probados y experimentados, sino más bien a gente extraña y halagadora, aduladores con falsía y antiguos enemigos, y a personas que te respetan, pero que no te aman. Y tampoco acertaste al convocar a la ira, a la codicia y al atolondramiento. Estas tres cosas se oponen a un consejo bueno y provechoso. Ni tú ni tus consejeros habéis contrarrestado estos tres sentimientos de vuestros corazones. »Igualmente obraste mal en manifestar a tus consejeros tu pensamiento o intención de pelear enseguida como venganza. Por tus palabras detectaron cuáles eran tus móviles. Y por ello te aconsejaron de acuerdo con tus pensamientos antes que con tu conveniencia. »También erraste al suponer que te bastaba con escuchar los menguados consejos de esos confidentes, cuando en realidad tenías necesidad perentoria de más opiniones y deliberación para llevar a cabo tus propósitos. »También erraste al no examinar tu objetivo de la manera anteriormente descrita, ni en la manera pertinente a este caso. Y erraste, además, al no discriminar a tus consejeros, es decir, entre tus auténticos amigos y tus confidentes embaucadores, sin enterarte de los propósitos de tus viejos y leales amigos, sino que reuniste todos los pareceres en una mezcolanza y optaste por el de la mayoría. Y ya sabes de sobra que los locos son siempre más numerosos que los cuerdos, de donde se colige que en las asambleas multitudinarias se tiene más en cuenta al número que a la sabiduría de las personas, y siempre prevalece el consejo insensato. Melibeo replicó de nuevo y dijo: Admito que me he equivocado, pero como me has dicho antes que no es vituperable el cambiar a los consejeros en ciertos casos y por razones justas, estoy dispuesto a cambiarlos del modo que tú dispongas. El refrán afirma que el pecar es humano, pero, sin duda, empecinarse en el pecado es diabólico. A esto replicó Prudencia con las siguientes palabras: -Examina las opiniones y veamos quién te aconsejó mejor y habló del modo más sensato. Y ya que debemos efectuar esta tensión, empecemos por los médicos y cirujanos, que fueron los primeros en hablar. Y ya que ellos lo hicieron con discreción y sabiduría, tal como conviene a su condición, pues tratan a todos con honra y provecho sin molestar a nadie, y aplican su competencia profesional en curar a los que tienen bajo su cuidado, opino que merecen una elevada y soberana recompensa por sus nobles palabras. »Señor, del mismo modo que te han dado la respuesta adecuada, así se esmerarán en cuidar a tu estimada hija. Y aunque sean amigos tuyos, no permitas que no te cobren honorarios; al contrario, debes recompensarles con inequívoca largueza. »En lo que se refiere a la afirmación de los médicos respecto a este caso, a saber, que una enfermedad se cura con la contraria, me apetecería saber cómo la has entendido y cuál es tu criterio. Melibeo replicó: -Esta es mi opinión: ya que mis adversarios actuaron en mi contra, yo debo responder con algo que se les oponga; pues, ya que me vengaron y ofendieron, así yo me he de vengar y ofenderles. De este modo un contrario se opone al otro. La señora Prudencia apostilló: -Vaya, vaya. ¡Con qué ligereza tiende el hombre a satisfacer sus propias inclinaciones y placer! Sin lugar a dudas, la afirmación de los médicos no ha de interpretarse de este modo. Resulta cierto que la maldad no se opone a la maldad, ni la venganza a la venganza, ni la injuria a la injuria; antes bien, son parecidas. Por consiguiente, una venganza no se aplaca con otra, ni un error con otro, sino que se encrespan y enconan mutuamente. Las palabras de los médicos deben interpretarse de este modo. Lo bueno se opone a lo malo, la paz a la guerra, la venganza al perdón, la discordia a la concordia, y así por el estilo. En resumen, la maldad se vence con la bondad, la guerra con la paz, y así con todo lo demás. »El apóstol San Pablo lo refrenda en muchos lugares. Afirma: "No devuelvas mal por mal, ni palabras injuriosas con palabras injuriosas; al contrario, haz bien a quien te perjudica y bendice a quien te maldice"74. Y en muchos otros pasajes recomienda la paz y la armonía. »Pero ahora comentaré la opinión suministrada por los juristas y sabios. Éstos consideran que, sobre todo, deberías custodiar tu persona y tu casa, y que, dadas las circunstancias, deberías obrar cautelosa y reflexivamente. »En lo referente al primer punto, la defensa de tu persona, debes comprender que quien está en guerra, sobre todo, ha de suplicar devota y humildemente a Jesucristo para que sea su protector y valedor ante el peligro. Indudablemente, sin la ayuda de Jesucristo Nuestro Señor, nadie en este mundo puede recibir suficiente socorro y consejo. El profeta David es de la misma opinión cuando declara: "Si el Señor no la guarda, en vano trabajan los que custodian la ciudad"75. »Después, señor, confia tu seguridad personal a fieles, conocidos y probados amigos, y pídeles que te ayuden. Catón afirma: "Si precisas ayuda, pídesela a tus amigos, pues el mejor médico siempre será un auténtico amigo76. »Aléjate de las personas ajenas y de los embusteros y desconfía de su compañía. Pedro Alfonso amonesta: "No te hagas acompañar en tu camino de hombre extraño, a no ser que sea antiguo conocido tuyo. Y si se encuentra contigo de modo casual y sin tu consentimiento, inquiere de un modo sutil sobre su vida anterior, y no le digas adónde vas, suminístrale una dirección falsa. Y si portare una lanza, colócate a su diestra; y si espada, a su siniestra"77. »Te lo recalco: evita la gente que antes mencioné y rechaza su compañía y sus consejos. No presumas de fortaleza de modo que desestimes la de tus enemigos; no te apoyes en tu jactancia: el prudente siempre teme a sus enemigos. Salomón ya lo afirma: "Dichoso quien todo lo teme, porque, sin duda, mal le irán las cosas a quien por alocada osadía de su corazón y por atrevimiento alberga mucha arrogancia"78. »A continuación debes estar siempre prevenido contra las insidias e injerencias, pues Séneca declara: "El hombre prudente y temeroso del mal, los evita, y quien elude la tentación no cae en ella. Aun cuando te creas en lugar seguro, procura defender tu persona. Rehúye el descuidar tu propia protección ante tus enemigos, bien sean grandes o pequeños." Séneca comenta: "Quien está bien aconsejado teme incluso al menor de sus enemigos"79. Y Ovidio comenta que "la diminuta comadreja puede matar al enorme toro y al ciervo salvaje»80. »También leemos en el Libro81: "Una pequeña espina puede ocasionar un pinchazo muy doloroso a un rey, y un perro apresar a un jabalí." »Sin embargo, no te digo que debas ser tan cobarde que titubees donde no existe causa alguna de temor. El Libro comenta que "algunos sienten deseos de engañar, pero temen ser engañados". Recela también ser envenenado y aléjate de la compañía de los insolentes, pues se lee en el Libro: "No te juntes con los insolentes y huye de sus palabras como el veneno." »Y por lo que respecta al punto segundo -el de la solícita defensa de tu casa-, quisiera saber tu opinión y decisión sobre este asunto. La respuesta de Melibeo fue la siguiente: -Esta es mi sincera respuesta: que debo proteger mi casa con torreones, al estilo de los castillos y otros edificios, y con armaduras y artillería; con todo ello podré defender mi persona y vivienda de forma que mis enemigos teman aproximarse a ella. Prudencia respondió: -Resulta de elevado coste y afán protegerse con altos torreones y grandes edificios, que son, en ocasiones, fruto del orgullo. Y una vez ejecutadas las obras, éstas no valen un rábano si no se defienden con amigos leales, auténticos, prudentes y probos. Y debes captar que la mejor y más aguerrida guarnición de un hombre rico -con vistas a la protección personal y de sus bienes- radica en la estima de sus súbditos y vecinos. Pues así comenta Tulio: "Existe una clase de defensa inexpugnable e indestructible: el amor que a un señor profesan sus ciudadanos y su pueblo." »Ahora, señor, abordemos el punto tercero. Tus antiguos y prudentes consejeros afirman que no debes obrar con precipitación, sino con extremo cuidado y deliberación. Juzgo, en verdad, que tal afirmación rezuma prudencia y verismo. Tulio lo refrenda: "Prepáralo con extremo cuidado antes de empezar cualquier asunto"82. »Te exhorto a que en temas de venganza, bélicos, de lucha y de fortificación te prepares con gran ahínco antes de emprenderlos. Tulio exclama: "Una minuciosa preparación antes de la batalla ocasiona una victoria rápida"83. Y Casiodoro: "La resistencia se acrece cuando más largo es el preaviso"84. »Pero ahora toquemos la decisión acordada por tus vecinos -tus reverenciadores exentos de amor, tus antiguos enemigos reconciliados, tus aduladores-, que te dieron en privado un consejo determinado y el opuesto en público; y también el consejo de la gente joven: el de vengarse y pelear inmediatamente. »Ciertamente, señor, tal como he dicho con anterioridad, erraste sobremanera al convocarles a consejo. Razones expuestas con anterioridad descalifican a tales consejeros con claridad. Sin embargo, bajemos a pormenorizar. »En primer lugar, has de proceder según el pensamiento de Tulio. La verdad de este asunto o de este consejo, ciertamente, no precisa grandes investigaciones; notorios son los autores de esos agravios e injurias y la naturaleza de los mismos. »Acto seguido revisarás el segundo requisito que Tulio85 menciona al respecto. Éste inserta algo que denomina "consentimiento", es decir, qué, quiénes y cuántos son los que respaldan bien la decisión de una rápida venganza o la de estar acordes con tus enemigos. »Indudablemente, por lo que respecta al primer punto, es notoria la clase de gente que opta claramente por una decisión rápida: los que te aconsejan emprender la guerra de inmediato no son amigos tuyos. »Consideremos ahora a aquellos amigos a los que tú aprecias como a ti mismo. Aunque tienes poder y riquezas, estás solo, ya que no tienes un hijo varón, sino una hija; ni tampoco hermanos, primos hermanos ni parientes próximos que induzcan a tus enemigos a no atacarte o a destruirte por temor. Eres consciente de que tu hacienda, con el tiempo, deberá distribuirse entre varios, y cuando cada uno haya recibido esa menguada recompensa, poco anhelo tendrán de vengar tu muerte. »Por otra parte, tres son tus enemigos, con numerosa descendencia, hermanos, primos y otros parientes próximos; así, aunque exterminases a dos o tres de ellos, quedarían muchos para vengarse de ti y aniquilarte. Y aunque tus parientes fuesen más fieles y fuertes que los de tu enemigo, son, sin embargo, lejanos y tú tienes poca relación con ellos; al contrario, los de tu enemigo guardan estrecha relación con él. En lo tocante a este tema, su posición es, pues, mejor que la tuya. »Sopesa igualmente si el consejo de los que abogan por la venganza se ajusta a razón. Bien sabes que la respuesta es "no", pues el derecho y la razón prohiben la venganza, que es privativa del juez, el único con jurisdicción sobre ella, según los requerimientos legales. »En lo referente al punto que Tulio denomina "consentimiento", considera si tu poderío y tu fuerza pueden llevar a término tu propósito y el de tus consejeros. Ciertamente puedes responder negativamente, pues hablando con propiedad sólo se puede hacer lo lícitamente ejecutable. Así, desde el punto de vista legal, no puedes vengarte por tu cuenta. En consecuencia, no estás facultado a llevar a cabo tu propósito. »Vayamos ahora al tercer punto, que Tulio denomina "consecuencia". Aquí la consecuencia es la venganza que te propones; pero de ella se derivaría otra venganza, peligros y guerras, y otros daños innumerables ajenos a la guerra, que de momento no vislumbramos. »El cuarto punto de Tulio, "engendramiento", considera que la ofensa por ti padecida se ha originado en el odio de tus enemigos. Tu venganza engendraría otra venganza y, como ya hemos mencionado, muchos problemas y dilapidaciones de riqueza. »Finalmente, señor, llegamos al último punto que Tulio etiqueta con el nombre "causas". Comprende que el agravio recibido se debe a determinadas causas que los sabios denominan Onensy Efficiens, Causa longinqua y Causapropinqua, es decir, la causa remota y la causa próxima. La causa remota es Dios Todopoderoso, causa remota de todo. La causa proxima fueron tus adversarios. La causa accidental fue el odio. La causa material, las cinco heridas de tu hija. La causa formal, la actuación de tus enemigos, que, mediante escaleras, franquearon los ventanales. La causa final la constituía la muerte de su hija, que, si no se llevó a término, no fue por no habérselo propuesto. Por lo que respecta a la causa remota -cuál fue el motivo que les indujo a venir o qué les sucederá a ellos en tal caso-, sólo puedo hacer conjeturas o suposiciones, sin juzgar. Supongo que acabarán mal, pues el Libro de los Decretos afirma: "Lo que comenzó mal, rara vez y con muchísima dificultad concluirá bien"86. »A continuación, señor, si me preguntaren por qué Dios permite que los hombres cometan semejante vileza, no sabría hallar la respuesta adecuada. El apóstol afirma que "los juicios y la sabiduría de Dios son insondables y ningún hombre puede comprenderlos ni escudriñarlos adecuadamente"87. Sin embargo, según ciertas suposiciones y conjeturas, creo y mantengo que Dios, que es justo y equitativo, debe haberlo permitido por una causa recta. »Tu nombre, Melibeo, significa "hombre que liba miel". Has libado muchísima miel de dulces riquezas temporales y mundanas delicias y honores, que te han embriagado, y has olvidado a Jesucristo tu Creador. No le has prestado el honor y reverencia debidos, y no has observado las palabras de Ovidio, que afirma: "Bajo la miel de los bienes temporales se encubre el veneno que mata al alma"88. Y Salomón apostilla: "Si encuentras miel, sáciate; pero si la ingieres sin mesura, la vomitarás y te verás menesteroso y pobre"89. »Acaso Cristo, en retorno, haya apartado su rostro y sus clementes oídos de ti, permitiendo que recibas un castigo idéntico a tu falta. Has pecado contra Jesucristo Nuestro Señor al permitir que los tres enemigos de la Humanidad, a saber, el mundo, el demonio y la carne, se apoderaran de tu voluntad a través de tus ventanas corporales, y al no presentar enérgica resistencia contra sus acometidas y tentaciones. Así, te han inflingido cinco heridas en cinco lugares; en otras palabras, los pecados mortales han penetrado en tu corazón por tus cinco sentidos. Y del mismo modo Jesucristo Nuestro Señor ha querido y permitido que tus tres enemigos entren en tu casa por las ventanas e hirieran a tu hija del consabido modo. Melibeo replicó: -A decir verdad, veo que te esfuerzas sobremanera con tus palabras a convencerme de modo que no tome venganza de mis enemigos, mostrándome los peligros y perjuicios que podrían derivarse de semejante actitud. Pero aquel que sopese los peligros y perjuicios inherentes a toda venganza, jamás optará por ella, pues le sería perniciosa, ya que ésta discrimina los malos de los buenos, y los que se proponen vengarse refrenan su propósito cuando consideran las penas y castigos que recaen sobre los culpables. Prudencia replicó: -Admito que de la venganza se deriven muchos bienes y males. Pero la venganza no incumbe a los particulares, sino únicamente a los jueces y a quienes tienen jurisdicción contra los malhechores. Aún más: así como un individuo particular peca al vengarse de otro, así también peca el juez que no castiga a quien se lo merece. Lo corrobora Séneca: "El que reprende a los malos es buen señor." Y Casiodoro añade: "El hombre teme cometer delitos cuando es consciente y sabe que esto desagrada a los jueces y soberanos." Otro apostilla: "El juez que teme administrar justicia engendra hombres malvados." Y San Pablo, en su Epístola a los romanos, afirma que "los jueces no blanden la lanza sin motivo"90, sino para penalizar a los malhechores y defender a los que obran el bien. »Si quieres, pues, vengarte de tus enemigos, dirígete o presenta recurso al juez que goza de jurisdicción contra ellos, y éste los castigará según las exigencias y requerimientos de la ley. Melibeo respondió: -Esta clase de venganza no me gusta en absoluto. Después de meditarlo mucho, encuentro que la Fortuna me ha sido favorable desde niño, y me ha ayudado a superar numerosos y dificiles lances. Así, pues, la pondré a prueba ahora, con la ayuda de Dios, que me ayudará a vengar mi ofensa. A lo que Prudencia respondió: -Si quisieras seguir mi consejo, no te apoyarías en la Fortuna ni probarías suerte, porque, como afirma Séneca91: "Lo efectuado con precipitación, y confiando en la Fortuna, jamás llega a buen fin." Y el mismo Séneca añade: "Cuanto más clara y brillante es la Fortuna, más frágil y quebradiza." No te fles, pues, de ella, ya que es inconstante e inestable. Cuanto más seguro estés de su ayuda, entonces te fallará y te engañará. Al afirmar que la Fortuna te ha mimado desde tu infancia, tanto menos debes confiar ahora en su favor. Séneca afirma: "El hombre favorecido por la Fortuna se convierte en un imbécil integral." Así, pues, ya que ansías vengarte y no te satisface el castigo judicial, considerando que el basado en la Fortuna es arriesgado e incierto, sólo te queda un camino: apela al juez Supremo, vengador de todas las afrentas y maldades. El, como personalmente atestigua, te vengará: "Deja la venganza en mis manos, y la llevaré a cabo"92. Melibeo respondió: -Si no me vengo de las afrentas sufridas a manos de esos hombres, estoy incitando o invitando a que me infieran más. Pues escrito93 está: "Si no vengas una antigua afrenta, incitas a tus enemigos a que te infieran otras nuevas." También si adopto una actitud tolerante me pueden afligir con tantos agravios que sea incapaz de soportarlos o resistirlos, y por ello ser tenido por flojo o débil. Es un dicho común: "Una paciencia excesiva te acarreará numerosos e insoportables sufrimientos." A lo que Prudencia respondió: -Convengo en que el exceso de aguante no es provechoso; pero de esto no se deriva que quien sufre una afrenta deba vengarse de ella cuando semejante acción corresponde a los jueces, que son los designados para castigar los insultos y maldades. Así los dos apotegmas que has mencionado se aplican únicamente a los magistrados, pues cuando éstos se muestran tolerantes y poco severos, están como invitando e incitando a que un malhechor cometa nuevos agravios y maldades. También un hombre sabio dijo que "el juez que no castiga a un villano, le manda y ordena que cometa nuevas faltas". Si los magistrados y soberanos toleran blandamente a los malhechores de su jurisdicción, puede suceder que éstos, al acrecentar su fuerza .y poder, terminen por arrojar de su escaño a quienes no atajaron sus desmanes. »Pero supongamos ahora que estás autorizado a vengarte. Afirmo que, actualmente, no estás suficientemente capacitado para ejecutarla. Si te comparas con tus adversarios, verás, como antes te he hecho ver, que te aventajan en muchos terrenos. Así, declaro que, por el momento, te conviene mostrarte tolerante y paciente. »Aún más. De sobra conoces el común refrán: "El que combate con uno más fuerte o poderoso que él está loco; es peligroso luchar con uno de igual a igual, es decir, con uno que posee pareja fuerza, y hacerlo con uno más débil, es necedad." Por tanto, uno debe rehuir la pelea con todas sus fuerzas. Salomón declara: "Gran cumplido es abstenerse de peleas y refriegas"94. "Y si aconteciera o sucediera que uno de gran fuerza o poder te afrentase, procura e intenta refrenar el agravio antes que vengarlo." Porque Séneca afirma que "quien se querella con otro más poderoso que él, en gran peligro se pone"95. Y Catón dice: "Sé tolerante cuando te ofende alguien más fuerte o de más elevada dignidad que tú; porque quien una vez te agravió, puede desagraviarte y serte útil en otra circunstancia"96. »Pero aún en el caso de que poseas a la vez fuerzas y poder para ejecutar tu venganza, creo que en muchas ocasiones debes evitar vengarte, y optar por soportar con paciencia y ser tolerante con los agravios que te infirieron, sobre todo si tienes en cuenta tus propios fallos personales. Por ellos el propio Dios ha permitido, como te he relatado antes, que sufras tribulación. Pues el poeta sentencia que "debemos soportar pacientemente las tribulaciones, pensando y considerando que nos las hemos merecido". »San Gregorio afirma: "Cuando uno considera sus numerosas faltas y pecados, entonces las penas y tribulaciones que sufre le parecen más leves; y cuanto más seria y profundamente medita en sus pecados, más livianas y llevaderas le parecerán." En consecuencia, debes humillarte y estar dispuesto a imitar la paciencia de Jesucristo Nuestro Señor, como aconseja San Pedro en sus Epístolas: "Jesucristo ha sufrido por nosotros y dado ejemplo para que todos le imitemos y sigamos, pues Él jamás pecó o profirió palabra maligna. No maldecía cuando los hombres le maldecían, ni los amenazaba cuando le atormentaban"97. »El aguante que los santos del Paraíso mostraron cuando fueron afligidos por la tribulación sin culpa alguna debe también moverte a ser paciente. Piensa, además, que las tribulaciones de este mundo son de poca duración y pasan presto, y, en cambio, la paciencia en la aflicción produce eterna alegría en el hombre. Lo indica el apóstol en su Epístola con estas palabras: "La alegría de Dios es perdurable"98, es decir, eterna. También creo y sostengo con firmeza que el impaciente, o el que no quiere serlo, es un hombre ignorante y mal criado. Salomón declara al respecto que "la paciencia refleja la instrucción y la sabiduría de un hombre"99. Y en otro lugar sostiene que "el paciente se conduce con gran prudencia"100. Y continúa el mismo Salomón: "El colérico e iracundo alborota, el paciente se refrena y tranquiliza"101. Y sigue: "La paciencia es preferible a la gran fortaleza; y el autodominio del propio corazón es más loable que el conquistar importantes ciudades por la fuerza o poder"102. Y, por consiguiente, dice Santiago en su Epistolas103 que "la virtud que corona la perfección es la paciencia". Melibeo respondió: Admito, señora Prudencia, que la paciencia es la corona de la perfección, pero no todos pueden alcanzar la que propugnas. Ni yo mismo soy un hombre perfecto: mi corazón no hallará la paz hasta que yo me vengue. Mira cómo mis enemigos, a pesar del riesgo que corren al agraviarme, no albergan estos pensamientos, sino que buscan satisfacer sus malvados designios y propósitos. Y, así, considero que la gente no debe reprocharme el que, para vengarme, me arriesgue un poco, ni que cometa un grave exceso vengando un ultraje con otro. Prudencia respondió: -¡Ay! Manifiestas tu propósito y tus inclinaciones, pero bajo ningún concepto uno debe cometer exceso o injusticia con fines reivindicativos. Casiodoro afirma que «quien venga un ultraje obra tan mal como el que lo comete»104I. En consecuencia, tu venganza se debe ajustar a derecho, es decir, a la ley, sin excesos ni afrentas. Y también pecas si quieres vengarte de las afrentas de tus enemigos de un modo ajeno a la legalidad. Y, en consecuencia, Séneca declara que «uno no debe vengar una maldad con otra»105. Y si afirmas que el derecho demanda que un hombre defienda la violencia con la violencia y la agresión con la agresión, tendrás razón si semejante defensa se efectúa sin dilación o interrupción, como autodefensa, no como venganza. Resulta pertinente que uno ponga moderación en su defensa, de modo que nadie pueda aducir crueldad o fogosidad excesivas, cosas ambas contrarias a la razón. De sobra conoces que ahora no ejecutarías una acción defensiva, sino vindicativa; en consecuencia, tu actuación no sería moderada. De ahí deduzco que la paciencia es buena, pues Salomón declara que «el impaciente recibirá gran daño»106. Melibeo adujo: -Te lo concedo: no es de extrañar que resulte perjudicado quien es impaciente e iracundo en temas que no le tocan o no son de su incumbencia. Pues la ley declara que «quien se entromete o inmiscuye en cosas que no le tocan, es culpable»107. Y Salomón dice que «quien se entromete en alboroto o refriega ajenas es semejante al que coge un perro por orejas»108. Pues del mismo modo que quien agarra un perro ajeno por las orejas resultará posiblemente mordido, también parece razonable que resulte perjudicado quien, por impaciencia, interviene en negocio ajeno que no le incumbe. »Pero conoces perfectamente que este hecho, es decir, mi aflicción y ultraje, me han afectado mucho. Por consiguiente, no es de extrañar que esté impaciente y airado. Además, en perjuicio de tu opinión, no logro adivinar los graves daños que se puedan derivar de mi venganza, ya que soy más rico y poderoso que mis enemigos. De sobra sabes que con dinero y abundante caudal se arreglan los asuntos terrenos. Salomón lo corrobora: "Todo obedece al dinero"109. Al ver Prudencia cuán engreído estaba su esposo de su dinero y riquezas y cómo menospreciaba el poder de sus enemigos, se le dirigió en estos términos: Acepto, mi amado señor, tu riqueza y poder, y que el dinero ganado legítimamente, y usado adecuadamente, es bueno. Pues así como el cuerpo humano no puede vivir sin alma, tampoco puede hacerlo sin bienes temporales. También se pueden ganar numerosos amigos a través de las riquezas. Y por ese motivo afirma Pánfilo110: «La hija de un boyero acaudalado podrá elegir esposo entre mil, pues ninguno de entre ellos la rechazará o la desairará.» También el mismo Pánfilo declara: «Si eres muy feliz -es decir, si eres muy rico-, entonces encontrarás multitud de camaradas y amigos. Si tu suerte se tuerce y te empobreces, despídete de los unos y los otros: te encontrarás -con la excepción de los pobres- solo y aislado.» El mismo Pánfilo añade incluso que «el siervo o esclavo por nacimiento se convierte en digno y respetable con sus riquezas». Y así como de la riqueza se desprenden grandes beneficios, así también se derivan multitud de daños y perjuicios de la pobreza. La pobreza extrema impele al hombre a numerosos perjuicios. Por esto, Casiodoro denomina a la pobreza madre de la ruina, a saber, madre de los derramamientos y destrucciones111. En consecuencia, Pedro Alfonso confirma: «Quien -bien por haber nacido libre, bien por su linaje- se ve forzado a comer de las limosnas de su enemigo, por ser pobre, sufre una de las mayores adversidades de este mundo»112. »Lo mismo opina Inocencio cuando en uno de sus libros afirma: "La situación del pobre mendigo es triste y desafortunada. Porque, si no mendiga, perece de hambre; y si pide, constreñido por la necesidad, perece de vergüenza; y la necesidad siempre le impele a pedir"113. Y, por consiguiente, afirma Salomón que "es preferible morir a poseer semejante pobreza"114. También el mismo Salomón añade: "Es preferible perecer de muerte amarga que vivir de este modo"115. Por todos estos motivos y por muchos otros- estoy conforme en que las riquezas bien obtenidas y aplicadas son provechosas. Así, quiero enseñarte a actuar correctamente en la adquisición y disposición de bienes. »En primer lugar, no demuestres avidez por las riquezas, sino que búscalas poco a poco, con calma y de modo reflexivo. Pues quien codicia riquezas se entrega al robo y a toda suerte de maldades. Al respecto afirma Salomón: "Quien se apresura a enriquecerse no puede mantenerse inocente"116. Y también: "Las riquezas ganadas con rapidez se alejan de él pronto y velozmente; pero las que vienen poco a poco, siempre se acrecen y multiplican"117. »Señor, incrementa tu patrimonio con tu esfuerzo e inteligencia, para tu propio provecho, sin causar perjuicio o injusticia a terceros. En la ley se lee que "el ocasionar daño a otra persona no enriquece a nadie". Es decir, existe un impedimento y prohibición legal para enriquecerse a costa del perjuicio apeno. Y Tulio comenta que "ningún agravio, ni temor mortal, ni nada que pudiera acontecerle, va tanto contra la naturaleza como el fomentar el propio provecho a expensas del mal de otra persona"118. »Y aunque los poderosos y magnates se enriquecen con más facilidad que tú, no debes ser negligente o lento en afanarte en tu beneficio: huye siempre de la ociosidad. Salomón observa que "la ociosidad es la madre de numerosas maldades"119. Y el mismo Salomón añade que "quien se afana y ocupa en roturar la tierra comerá pan: pero el perezoso desocupado y sin trabajo se verá sumido en la misena y morirá de hambre"120. El perezoso e indolente nunca encuentra tiempo para trabajar. Ya lo dijo el poeta: "En invierno, el perezoso se excusa de trabajar a causa del frío, y en verano, del calor excesivo." Y Catón exhorta: "No te acostumbres a dormir demasiado, porque el descanso prolongado engendra y alimenta numerosos vicios"121. Y, en consecuencia, San Jerónimo declara: "Haz buenas obras para que el diablo, nuestro enemigo, no te encuentre ocioso"122, porque el diablo no hace sucumbir fácilmente a quien está empeñado en el bien obrar. »Así, huye de la ociosidad en la adquisición de bienes, y después, utiliza tus ganancias, finto de tu habilidad y. esfuerzo, de forma que no te consideren ni mezquino ni cicatero, ni excesivamente pródigo y liberal. Catón afirma: "Utiliza los bienes ganados de modo que no te puedan llamar tacaño o avaro; el ser pobre de corazón y rico en bienes es sumamente vergonzoso para un hombre"123. Y asimismo dice: "Gasta con mesura tus ganancias"124, pues los que dilapidan y despilfarran tontamente sus bienes, intentan, al perderlos, arrebatar los del prójimo. »Declaro, pues, que debes huir de la avaricia y utilizar tus bienes de forma que nadie te acuse de enterrarlos, sino de que los guardas bajo tu control y poder. Un sabio critica al avaricioso en un par de versos: "¿Por qué y para qué entierra uno sus bienes movido por extrema avaricia si sabe sobradamente que necesariamente ha de morir? En esta vida presente, la muerte es el fin de todos." ¿Y por qué causa o razón se aferra y apega tan afanosamente a sus posesiones de modo que todos sus sentidos no se pueden alejar o apartar de ellas, si harto sabe, o tendría que saber, que, cuando muera, no se llevará nada de este mundo? Por consiguiente, San Agustín afirma que "el avaro se parece al infierno, que cuanto más devora, más insaciable se muestra". »Pero así como debes evitar se te considere tacaño o avaro, igualmente has de evitar se te tache de excesivamente pródigo. Tulio afirma sobre este tema: "No tengas escondidos y soterrados tus bienes patrimoniales de modo que permanezcan ajenos a tu piedad y generosidad -es decir, dar parte a los que padecen gran penuria-; pero tampoco los tengas tan evidentes que sean comunes a todos"125. »Después -en lo tocante a la disposición y uso de tus bienes-, debes tener siempre en tu pensamiento tres cosas, a saber: Dios Nuestro Señor, tu conciencia y tu reputación. Bajo ningún concepto, pues, hagas algo que en algún modo desagrade a tu Hacedor. Pues según afirma Salomón, "mejor es poseer pocos bienes y el amor de Dios, que tener muchas riquezas y perder la estima de Nuestro Señor"126. Y el profeta declara: "Es preferible ser un buen hombre y tener pocas riquezas y posesiones, que tener muchas y ser reputado como malo"127. »Yo voy todavía más lejos. Todos tus esfuerzos en enriquecerte han de cumplir los requisitos de una buena conciencia. El apóstol declara que "lo que más nos debe alegrar aquí en este mundo es el testimonio de una buena conciencia"128 Y el hombre sabio sentencia: "Cuando su conciencia no se halla en pecado, la riqueza de un hombre es buena"129. »En la obtención y disfrute de tus bienes debes poner un gran afán y diligencia en conservar y guardar tu reputación. Salomón afirma que "le es más útil y preferible a uno preservar la reputación que poseer muchos bienes"130. Y así afirma en otro lugar: "Pon gran diligencia en conservar tus amigos y tu buen nombre, porque eso es más duradero, aunque no sea de tanto precio"131. »Indudablemente no merece el sobrenombre de caballero, si, además de Dios y su conciencia, se despreocupa de todo, incluso de su reputación. Y Casiodoro afirma que "el amor y deseo de una buena fama es señal de noble corazón"132. Y San Agustín sentencia: "Dos son las cosas necesarias: la buena conciencia y reputación; a saber, buena conciencia en tu interior, y buena reputación ante tu prójimo. Y quien se confie en su buena conciencia hasta el extremo que se despreocupa y desprecia su buena reputación, es un cretino integral"133. »Señor, ahora que te he mostrado cómo debes adquirir y utilizar las riquezas, analicemos de qué forma la confianza que tienes en tu hacienda te mueve a buscar peleas y rencillas. Te aconsejo que no inicies las hostilidades confiando en tus posesiones, pues éstas son insuficientes para financiar la guerra. Un filósofo afirma al respecto: "Quien busca la guerra a cualquier precio, jamás tendrá lo suficiente para financiarla, porque cuanto más posea, mayores gastos tendrá en pos de la victoria y de la honra."Y Salomón declara que "cuanto mayor sea la riqueza de un hombre, más dilapidadores de sus bienes tendrá"134. »En consecuencia, mi querido señor, aunque mucha gente te respalde por tus riquezas, no resulta bueno ni conveniente romper las hostilidades si puedes vivir en paz preservando tu honor y tu propio provecho. Las victorias de este mundo no dependen ni del valor humano ni del número o multitud de tropas, sino de la voluntad de Dios Omnipotente, en cuyas manos estamos. Y, por consiguiente, judas Macabeo, el caballero de Dios, al disponerse a luchar contra sus adversarios, viendo que éstos eran numerosisimos y más fuertes que su ejército, dirigió a su reducida hueste la siguiente arenga: "Nuestro Señor y Todopoderoso Dios igual puede otorgar la victoria a los pocos como a los más numerosos; la victoria en la lucha no se basa en el número de combatientes, sino en el Dios del Cielo, Nuestro Señor"135. »Mi querido amo, ya que no existe nadie que tenga la seguridad divina en la victoria, ni de que Dios le ama, debe siempre temer mucho romper las hostilidades porque en los peligros bélicos sucumben tanto los débiles como los poderosos. Leemos en Reyes II: "Los hechos bélicos son fortuitos e inciertos”136, pues igual alcanza una lanzada a uno como a otro. Y ya que existe tal peligro en la guerra, el hombre debe hacer lo posible para evitarla porque, como declara Salomón: "Quien ama el peligro perecerá en él"137 Cuando la señora Prudencia hubo concluido su exposición Melibeo respondió: -Me doy cuenta, señora Prudencia, por tus hermosas palabras y argumentos que has esgrimido, que la guerra te desagrada; pero no me has aconsejado sobre mi actuación para la situación presente. Ella respondió: Te aconsejo que llegues a un acuerdo y firmes la paz con tus enemigos. En sus Epístolas, Santiago afirma que «con la paz y la concordia las pequeñas riquezas se acrecientan, mientras que las grandes fortunas se pierden por la guerra y la discordia»138. Y bien sabes que la unidad y la paz son una de las mayores y más elevadas cosas de este mundo. Por este motivo Jesucristo Nuestro Señor dijo a los apostoles «Bienaventurados los pacíficos, porque ellos serán llamados hijos de Dios»139. Melibeo apostilló: -¡Ay! Veo claramente ahora que no tienes en estima ni mi honor ni mi dignidad. Te consta que mis enemigos han iniciado este combate y querella con un ultraje, y te consta, asimismo, que ni buscan ni piden la paz. ¿.Acaso pretendes que sea yo quien vaya y me humille y me someta a ellos y suplique su favor? En verdad, esto no me reportaría honra alguna, ya que es opinión común que si el orgullo desmedido engendra desprecio, tal acontece con la exagerada humildad. Al oír estas palabras puso un rostro de enojo y replicó: -Sin duda, señor, si no te ha de disgustar, te diré que estimo -siempre ha sido así- tu bien y reputación como los míos propios; ni vos ni nadie me ha visto jamás hacer lo contrario. De cualquier forma, no me he equivocado al aconsejarte la paz y la concordia. El hombre sabio aconseja que sea otro quien comience la contienda y tú quien inicie la reconciliación140. Y el profeta declara: «Huye del mal y obra el bien; y, en cuanto de ti dependa, busca la paz y síguela»141. Sin embargo, no te digo que atosigues a tus enemigos con tus peticiones de paz, en vez de esperar a que ellos vengan a ti, porque conozco que tu dureza de corazón te impedirá hacer algo por complacerme. Salomón sentencia: «El de corazón empedernido encontrará finalmente la calamidad y la desgracia»142. Al ver Melibeo el rostro de disgusto de su esposa, Prudencia, le replicó con estas palabras: -Señora, te suplico que no te enojes por mis opiniones, pues te consta que estoy enfadado y airado, lo que no es de extrañar: los iracundos no son muy conscientes de lo que dicen o hacen. Por esta causa declara el profeta que los ojos llorosos no ven con claridad. Aconséjame y díctame lo que te plazca, pues estoy presto a complacerte; porque, aunque me reprendas por mi necedad, no por eso dejaré de amarte y admirarte. Pues Salomón afirma que «el que reprende al necio, encontrará más amor que el que le embauca con tiernas palabras»143 Entonces, la señora Prudencia le contestó: -Sólo pongo un talante enojado y airado para tu propio provecho. Salomón lo corrobora: «Más digno de alabanza es reprender al necio por sus locuras que alabarle y reírse de sus desvaríos»144. Y el mismo Salomón añade que «el rostro adusto de un hombre (es decir, su seriedad y rigidez) corrige y enmienda al necio”145. Melibeo respondió: -No puedo refutar tus numerosas opiniones, pues me las presentas y argumentas con solidez. Dime brevemente tu consejo y voluntad, que estoy dispuesto a ejecutarlo y llevarlo a cabo. Entonces, la señora Prudencia le desveló su propósito con estas palabras: -Te aconsejo, sobre todo, que hagas las paces con Dios y te reconcilies con Él y su gracia. Pues, como te he relatado con anterioridad, por tus culpas, Dios ha permitido que te sobrevinieran estas penas y aflicciones. Y si obras como te digo, Dios te enviará a tus enemigos a postrarse a tus pies, dispuestos a ejecutar tu voluntad y deseos. Pues Salomón dice: «Cuando la condición de un hombre es agradable y placentera a los ojos de Dios, Él cambia el corazón de sus adversarios y les compele a pedir a ese hombre su paz y favor146. Te suplico que me autorices a hablar con tus enemigos en privado, sin que ellos sepan tus intenciones y propósitos. Y después, al enterarme de sus designios, te podré aconsejar con mayor seguridad. -Señora -repuso Melibeo-, haz como deseas y quieres, que yo me pongo a tu entera disposición y obediencia. Cuando la señora Prudencia vio la buena disposición de su esposo, deliberó y ponderó reflexivamente la posible forma de rematar este asunto con una feliz conclusión y término. Y envió recado a esos adversarios para encontrarse a solas con ellos en momento oportuno: les mostró con prudencia los grandes beneficios derivados de la paz y los graves peligros inherentes a la guerra; y les manifestó con suavidad su obligación de arrepentirse por la injuria y afrenta inferidas a Melibeo, su señor, a ella misma y a su hija. Cuando ellos escucharon las bondadosas palabras de la señora Prudencia, mostraron tal sorpresa y arrobamiento, que se vieron inundados de gozo indescriptible; y le respondieron: -¡Ay!, señora, nos has mostrado los beneficios de la mansedumbre, tal como afirmó el profeta David147. Con tu inusitada bondad, nos ofreces un perdón inmerecido que deberíamos suplicar humilde y contritamente. De donde se colige cuán acertada es la sentencia de Salomón cuando afirma: «Las palabras conciliadoras incrementan y multiplican las amistades, y ablandan y tornan bondadosos a los malos»148. »En consecuencia, sometemos este asunto, litigio y causa a tu parecer, y declaramos estar prestos a acatar las decisiones y órdenes de nuestro señor Melibeo. Así, pues, te encarecemos, nuestra buena y amada señora, con toda la humildad de que somos capaces, que te dignes poner en práctica tus liberales y generosas opiniones emanadas de tu gran bondad. Declaramos haber inferido a Melibeo tal afrenta que rebasa los límites de lo perdonable. Nos reconocemos en deuda con él y nos comprometemos a cumplir sus órdenes y decisiones. »Sin embargo, podría suceder que, debido a su gran pesar e irritación por este agravio, resolviera imponemos algún severísimo castigo. Te suplicamos, señora, que, en tal caso, tu piedad femenina impida que seamos despojados de nuestros bienes y condenados a muerte por nuestra locura. -Muy peligroso y grave es, ciertamente -respondió Prudencia-, que uno se entregue por entero al parecer y voluntad de su enemigo, colocándose bajo su arbitrio y poder. Salomón advierte: «Creed mi opinión, gentes, pueblos y sacerdotes de la Santa Iglesia; jamás deis poder o dominio en vida sobre vosotros a vuestro hijo, ni a vuestra esposa, ni a vuestro amigo, ni a vuestro huérfano»149. Y si Salomón veda que se otorgue potestad sobre el cuerpo a hermano o amigo, con mayor razón prohibe que uno se entregue a su adversario. Con todo éste es mi consejo: no desconfiéis de mi amo, porque me consta que es un hombre pacífico y amable, compasivo, pródigo y sin codicia de hacienda o riqueza; lo que más le importa en este mundo es la buena fama y la dignidad. Además, estoy completamente seguro de que me consultará en este asunto, y yo, mediante la gracia de Dios Nuestro Señor, me las agenciaré para lograr que os reconciliéis con nosotros. Ellos contestaron al unísono: -Digna señora, sometemos a tu voluntad y albedrío nuestra vida y nuestros bienes. En la fecha que tú decidas acudiremos a cumplir nuestro deber y promesa tal como señale tu bondad: estamos dispuestos a acatar tu voluntad y la de nuestro señor Melibeo. Prudencia, una vez escuchadas esas palabras, indicó a aquellos hombres que salieran sigilosamente. Cuando ella volvió junto a su marido le contó el arrepentimiento de sus enemigos y el reconocimiento humilde de sus faltas y su disposición a sufrir cualquier castigo; únicamente suplicaban clemencia y perdón a quien habían afrentado. Melibeo respondió: Aquel que confiese y se arrepienta de su falta sin disculparse, es digno del perdón e indulgencia que pide. Séneca opina: «Si hay confesión, existe perdón y gracia.» Efectivamente, la confesión acompaña a la inocencia. Y en otro lugar afirma el mismo pensador: «Merece el perdón quien confiesa y se avergüenza de su culpa.» En consecuencia, acepto firmar la paz, pero antes creo conveniente pedir la opinión y aprobación de nuestros amigos150. Prudencia, rebosante de gozo, repuso: Acabas de hablar de un modo muy sensato, pues así como pediste, para pelear, la opinión, aprobación y ayuda de tus amigos, tampoco debes hacer las paces con tus enemigos sin sus consejos. Leemos en la ley: «Es harto natural y conveniente que desate las cosas quien las ató»151. Prudencia envió a continuación, sin dilación, recado a sus amigos y parientes más antiguos, leales y prudentes. En presencia de Melibeo les dio detallada cuenta de los acontecimientos, tal como he referido con anterioridad, demandándoles su opinión y parecer sobre la decisión más convencida a adoptar. Cuando los amigos de Melibeo hubieron deliberado sobre el asunto de referencia, se mostraron acérrimos partidarios de mantener la paz y la tranquilidad, y sugirieron a Melibeo que, con ánimo conciliador, otorgara gracia y perdón a sus adversarios. Prudencia, una vez oído el consejo de sus amigos y la consiguiente aprobación de Melibeo, su esposo, se alegró íntimamente al ver que todo se desarrollaba según sus intenciones, y dijo: -Reza un viejo proverbio que no debe dejarse para mañana lo que se pueda hacer hoy. En consecuencia, señor, te encarezco que envíes a tus enemigos emisarios discretos e inteligentes para que, en tu nombre, declaren que, si quieren pactar la paz y un acuerdo, han de presentarse aquí sin demora. Esta indicación se cumplimentó sin dilación. Los culpables enemigos de Melibeo, al escuchar las palabras de los enviados, se regocijaron de las nuevas; respondieron a Melibeo y a sus parientes con tono humilde, respetuoso y agradecido, y, en cumplimiento de las indicaciones recibidas, se dispusieron a ir con los emisarios. En consecuencia, se encaminaron hacia la corte de Melibeo acompañados de unos pocos y auténticos amigos como testigos y mediadores. Al encontrarse en presencia de Melibeo, éste les dirigió las siguientes palabras -A decir verdad, vosotros, sin causa, motivo ni razón justificada, me habéis ultrajado y ofendido sobremanera, al igual que a Prudencia, mi mujer, y a mi hija. Irrumpisteis en mi casa de un modo violento y me agravasteis de forma que sois reos de muerte. Quiero saber, pues, si dejáis el castigo y reparación de este ultraje en manos mías y de mi mujer. En nombre de todos, el más sabio de los tres respondió como sigue: -Harto sabemos, señor, que somos indignos de presentamos ante tu noble, digna y señorial corte; nuestras faltas y los profundos agravios que hemos causado a un señor de tan alta categoría como tú, nos hacen acreedores a morir. Con todo, al pensar en la gran bondad y misericordia que todos te atribuyen, hemos decidido doblegarnos ante tu elevada y compasiva nobleza. Estamos dispuestos a aceptar tus determinaciones. Te suplicamos que tu clemente misericordia tenga en consideración nuestra humilde sumisión y sincero arrepentimiento y nos condone el criminal ultraje cometido. Nos consta que el peso de tu bondad, reflejada en tu gran compasión y magnanimidad, supera la maldad de nuestros crímenes y culpas. Te suplicamos, pues, que nos perdones la horrenda afrenta que cometimos contra tu dignidad. Ante estas palabras, Melibeo los hizo incorporar y, con gran afabilidad, aceptó sus promesas y ofrecimientos, que respaldaron con garantías y juramentos, y les emplazó para una fecha determinada; entonces les daría a conocer su sentencia. Después de haber acordado esto regresaron a su casa, y Prudencia juzgó conveniente preguntar qué venganza iba a aplicar Melibeo a sus enemigos. Melibeo respondió: -Les confiscaré todas sus riquezas y los desterraré de por vida. Prudencia alegó: -Esa sería una decisión cruel e indiscreta, porque tú ya tienes riquezas suficientes y no necesitas las ajenas. Si obraras así, te tildarían fácilmente de codicioso. De este vicio todos deben huir, ya que, como afirma el apóstol, «la raíz de todos los males es la codicia». »En consecuencia, seria preferible perder parte de tus propios bienes que enriquecerte de este modo. Mejor es perder bienes con honor que enriquecerse con deshonor y afrentas: todos debemos esforzamos en tener buena reputación. No basta, al respecto, gozar de buen nombre: debemos procurar siempre obrar de modo que se acreciente. Escrito está: "Cuando no se renueva y reafirma, la antigua buena fama de uno se desvanece pronto"152. »Tocante a desterrarlos, lo encuentro poco racional y exagerado, precisamente por el total abandono con que a ti se te han entregado. Porque está escrito que "quien abusa del poder y fuerza otorgados, merece perder sus privilegios". Pero, aunque pudieras condenarles a esta pena según derecho -creo tal sea el caso-, creo que no deberías actuar así. Hacerlo equivaldría probablemente a reanudar la guerra. »En consecuencia, si quieres sumisión, tu sentencia ha de ser muy moderada. Debes saber que "cuanto más considerado es el mandato, mayor es la obediencia". Intenta, pues, vencer tus impulsos en este tema, pues Séneca sentencia: "Quien a su corazón vence, doblemente vence"153. Y Tulio añade: "Lo más digno de loa en un Señor es verle benévolo, sencillo y fácilmente conciliador"154. »En consecuencia, pues, te exhorto a que no seas vengativo. De este modo preservarás tu buen nombre, tu piedad y misericordia serán dignas de alabanza, y tu actuación no será motivo de posterior arrepentimiento. "Maldito triunfo si origina victoria arrepentida", afirma Séneca155. »En consecuencia, te animo a que brote la clemencia en tu alma y corazón para que Dios Omnipotente se apiade de ti en el juicio Final, ya que, como Santiago afirma en sus Epístolas, "se juzgará sin misericordia al que no la tuvo con el prójimo"156 Al oír Melibeo los loables argumentos y sólidas razones de su esposa, reconoció cuán discretamente le aconsejaba y enseñaba, y se doblegó a la voluntad de Prudencia, por captar la buena intención que la guiaba. Aceptó después obrar en consecuencia, siguiendo las exhortaciones de su mujer, y dio gracias a Dios, fuente única de bondad y virtud, por haberle otorgado esposa tan discreta. Por este motivo, al llegar la fecha en que sus adversarios comparecieron ante él, les habló en tono muy afectuoso y les dijo: -Vosotros procedisteis mal y me ultrajasteis, movidos por vuestro orgullo, presunción y locura, actuando con negligencia e ignorancia. Sin embargo, al ver y considerar vuestra gran humildad, y al constatar la contrición y arrepentimiento de vuestra culpa, yo me siento impelido a ser clemente y a perdonaros. »Así, os admito en mi favor y os perdono por entero todos loa agravios, maldades e insultos que contra mí y los míos habéis cometido, para que Dios, en su infinita misericordia, en la hora de la muerte, nos perdone los pecados cometidos en este mundo miserable. Indudablemente, si acudimos contritos y arrepentidos de nuestras faltas ante la presencia de Dios Nuestro Señor, Él es tan bueno y compasivo que nos condonará nuestros yerros y nos acogerá en su bienaventuranza eterna. Amén. 9. LAS ALEGRES PALABRAS ENTRE EL ANFITRIÓN Y EL MONJE Cuando hube concluido el relato de Melibeo y la señora Prudencia y su bondad, el hospedero comentó: -Como que soy un hombre honrado, y por los preciados huesos de Madrián: habría preferido que mi mujer hubiera escuchado este cuento a beber un barril de cerveza. Nunca se muestra paciente conmigo como Prudencia con Melibeo. ¡Por los huesos de Cristo! Siempre que me dispongo a propinar una paliza a mis sirvientes surge ella con grandes varas y espeta: «¡Mata todos estos perros! ¡No les dejes un hueso sano!» »Si alguno de mis vecinos no la saluda en la iglesia o la ofende, tan pronto como llegamos a casa se enfurece y exclama: "¡Infeliz cobarde; venga a tu mujer! Por el cuerpo de Cristo, dame tu cuchillo. Tú quédate con mi rueca y vete a hilar!" De la mañana hasta la noche la cantinela es la misma: "Desgraciada de mí que me casé con un lechero o con un mono cobarde, que se deja intimidar por cualquier tipo, y que no se atreve a respaldar los derechos de su mujer." »Esta es mi rutina diaria. A menos que luche, me debo escabullir. De otro modo estoy perdido si muestro el menor indicio de tardanza o menos intrepidez que un león. Por su culpa algún vecino me matará. Soy peligroso empuñando la navaja, pero no me atrevo a enfrentarme con ella. Por cierto que sus brazos son fuertes. Os daríais cuenta si la ofendiéreis o contradijeseis. Pero dejemos este tema y continuemos. -Señor monje -dijo-, no haga cara compungida. Ahora le toca a usted. ¡Mirad! ¡Casi hemos llegado a Rochester!157. »Adelante, que nos queremos divertir. Pero, por mi honor, que no sé vuestro nombre. ¿Quizá sir John? ¿0 sir Albón? ¿0 sir Tomás? ¿En qué monasterio residís? Vive Dios que tenéis la piel suave. En nada se parece a un espíritu o penitente. Hay buenos pastos donde vivís. Debéis, sin duda, ser algún oficial, algún digno sacristán o despensero. Seguro que sois el amo cuando estáis en vuestra casa. No sois un enclaustrado ni un novicio, sino un administrador astuto y discreto. Y ¿qué decir de vuestra corpulencia y tez? Un bonito ejemplar para esta ocasión. Le pido a Dios que confunda al que os hizo entrar en religión. Ya habríais estrujado a más de una mujer. Si tuvierais tanta licencia como potencia para dedicaros al placer de procrear habríais engendrado muchas criaturas. ¿Quién os puso en este amplio redil? Si yo fuera Papa -que Dios me perdone-, no sólo a vos, sino a muchas cabezas tonsuradas que corren por ahí les daría esposa. ¡El mundo está perdido! La religión ha escogido la mejor parte de la procreación. Nosotros, los laicos, somos en esto enanos. De árboles débiles brotan vástagos enfermizos. Esto hace a nuestros herederos flojos y frágiles sin capacidad de engendrar. Esto ocasiona que nuestras mujeres intenten conquistar a los frailes. Esperan mejores servicios de ellos que de nosotros en los placeres del amor. ¡Rediez! No les pagan con luxemburgos158. No se enfade, señor monje, aunque bromee. Las verdades surgen entre broma y broma. Este noble monje replico sin inmutarse: -Me esmeraré, tal como conviene a mi honradez, en contaros uno, dos o tres cuentos. Y si escucháis, de ahora en adelante os relataré la vida de San Eduardo. O, si no, os puedo narrar algo trágico. En mi celda tengo al menos cien narraciones. »La palabra tragedia implica una cierta clase de historia, tal como se ve en los libros de la Antigüedad, de aquellos que sucumbieron por la gloria; de gente que se deslizó del estado de prosperidad al de calamidad. Esto les ocasionó la muerte. Estos cuentos aparecen versificados en hexámetros, o versos de seis pies. También se compone en prosa y en versos de muy distinta estructura. Creo que con esta explicación basta. »Si queréis oír, escuchad. Perdonadme si no sigo un orden cronológico estricto, ya sea acerca de papas, emperadores o reyes. Me saltaré el orden de aparición según los dictados de los eruditos. Algunos los pondré antes que otros, tal como los recuerde. Perdonad mi ignorancia. 10 EL CUENTO DEL MONJE159 A guisa de tragedia, lamentaré las desgracias de los que cayeron desde su alta posición a la irremediable adversidad, pues es bien cierto que, cuando la diosa Fortuna decide abandonarnos, nadie puede disuadirla. Que nadie conñe ciegamente en la prosperidad, sino que tome ejemplo de estos antiguos y verdaderos casos. LUCIFER Empezaré con Lucifer, aunque no era hombre, sino ángel. Pues a pesar de que la diosa Fortuna no pueda dañar a los ángeles, a causa de su pecado cayó de su alta posición hasta el infierno, donde todavía está. Lucifer, el más brillante de los ángeles, es ahora Satanás, y nunca escapará a la desgracia en que cayó. ADÁN Tomad como ejemplo a Adán, no engendrado de impuro esperma humano, sino moldeado por el mismísimo dedo de Dios en el campo donde ahora se halla Damasco. Dominó a todo el Edén, excepto un solo árbol. Ningún hombre en la Tierra ha poseído jamás las riquezas de Adán, hasta que su mala conducta le llevó, de gran prosperidad, al trabajo, la miseria y el infierno. SANSÓN160 Ved, por ejemplo, a Sansón, cuyo nacimiento fue anunciado por un ángel mucho antes de que aconteciera, y se consagró a Dios Todopoderoso y recibió grandes honores hasta que perdió la vista. Nunca hubo otro de su fuerza y del valor que le acompaña; pero contó su secreto a su mujer, y ésta le precipitó a la desgracia. Sansón, ese grande y poderoso adalid, que mató un león mientras transitaba por un camino hacia una boda, destrozándolo totalmente con sus dos manos como única arma. Pero su traicionera mujer insistió una y otra vez hasta que se enteró de su secreto. Entonces la traidora lo delató a sus enemigos y lo dejó por otro marido. En su rabia y furor, Sansón cogió trescientos zorros y, atándolos por sus colas, los juntó y prendió fuego, con lo que ardieron todas las cosechas del país, incluso viñas y olivos. También mató, él solo, a un millar de hombres con una quijada de asno por toda arma. Después de haberlos matado, sintió tanta sed que creyó morir y rogó al Señor que se apiadase de su desgracia y le enviara de beber. Entonces de una de las muelas de aquella reseca quijada de asno surgió un manantial del que sació su sed. De este modo Dios acudió en su ayuda, como dice el Libro de los jueces. Una noche en Gaza, a pesar de los filisteos que se hallaban en la ciudad, arrancó las puertas de la misma a viva fuerza y, cargándoselas a la espalda, las subió a la cima de una colina, donde todos las pudieron ver. Si el gran y poderosísimo Sansón, tan querido y honrado por los demás, no hubiera revelado su secreto a mujeres, el mundo jamás habría contemplado a otro igual. Por mandato del mensajero angélico no tocaba el vino ni bebía bebidas fuertes, ni permitía que navajas o tijeras se acercasen a su cabeza, pues toda su fuerza residía en ellas. Pero el que gobernó en Israel durante veinte inviernos seguidos pronto tuvo que derramar abundantes lágrimas: las mujeres le traerían la ruina. Contó a su amada Dalila que toda su fuerza radicaba en su cabellera, y ella lo vendió traicioneramente a sus enemigos. Pues un día, mientras dormía en su regazo, ella hizo que le cortasen el cabello y le pelasen y dejó a sus enemigos que descubrieran su secreto. Cuando le encontraron en este estado, le ataron fuertemente y le sacaron los ojos. Antes de cortarle el cabello y pelarlo, nada habría podido mantenerle atado; ahora, estaba prisionero en una cueva y le obligaban a mover un pequeño molino. ¡Ya puede ahora el gran Sansón, el más fuerte de los hombres, que llegó a juez de Israel y vivió con riqueza y esplendor, llorar sin ojos, arrojado desde la felicidad a la sima de la desgracia! Este fue el final del pobre cautivo. Un día sus enemigos prepararon una fiesta y le obligaron a estar ante ellos sirviendo de blanco. Ocurría todo en un templo lleno de gente. Pero al final él causó terror y estragos, pues sacudió dos columnas hasta que cayeron, y entonces el templo entero se derrumbó. Así pereció junto con sus enemigos, es decir, todos los príncipes y unas tres mil personas sucumbieron allí al hundirse el gran templo de piedra. No hablaré más de Sansón. Pero quedad advertidos por esta antigua y sencilla frase: que ningún hombre diga nada a su esposa que quiera mantener realmente en secreto, en particular si afecta a la seguridad de su vida o la integridad de sus miembros. HÉRCULES161 Sus trabajos cantan la alabanza y gran renombre de Hércules, el más grande de los conquistadores, pues en su día fue un prodigio de fuerza. Él mató al león de Nemea y se apoderó de su piel; humilló el orgullo de los centauros, acabó con las arpías, aquellas feroces y crueles aves; se apoderó de las manzanas de oro del dragón; hizo salir al can Cerberol162, el perro del infierno; mató a Busiro, el cruel tirano, y obligó a su caballo a devorarle la carne y los huesos; mató a la feroz y venenosa Hidra; rompió uno de los dos cuernos de Aqueloo163 mató a Caco164 en su caverna de piedra y a aquel poderoso gigante Anteo165; destrozó al temible oso de Erimantos y durante algún tiempo transportó la bóveda celeste sobre sus hombros. Ningún hombre había eliminado tantos monstruos como él desde el principio de los tiempos. Su nombre corría de boca en boca por todo el mundo como sinónimo de fuerza y magnanimidad; visitó todos los reinos del mundo y, según Trofeo, levantó un pilar en cada extremo del mundo para marcar sus limites. Este noble héroe tenía una amante llamada Dejanira, lozana como una rosa de mayo. Los eruditos afirman que ella le envió una vistosa camisa nueva -una camisa fatal- que, desgraciadamente, había sido envenenada con tanto ingenio que antes de transcurrido medio día de llevarla puesta, la carne empezó a desprendérsele de los huesos. No obstante, hay personas doctas que la exoneran de culpa y acusan a un tal Neso, aunque Hércules llevó esta camisa sobre su cuerpo desnudo hasta que el veneno ennegreció su carne. Cuando descubrió que no tenía remedio y que iba a morir envenenado, se cubrió de brasas ardientes, pues prefirió morir por fuego antes que a causa de un veneno. Así murió Hércules, famoso y poderoso. Y ahora pregunto: «¿Quién puede, ni por un momento, confiar en la veleidosa Fortuna?» Los que siguen los caminos de este mundo turbulento caen en desgracia frecuentemente antes de saber qué es lo que pasa. Es sabio el que se conoce a sí mismo. Estad, pues, en guardia, porque cuando la caprichosa Fortuna desea engañar, espera y derriba al encumbrado del modo más inesperado. NABUCODONOSOR166 ¿Qué lengua puede describir adecuadamente el poderoso trono, el precioso tesoro, el glorioso cetro y la real majestad del rey Nabucodonosor, que conquistó por dos veces la ciudad de Jerusalén y se llevó los vasos sagrados del templo? El reglo trono se hallaba en Babilonia, su gloria y orgullo. Castró a los más hermosos hijos de la real casa de Israel y los convirtió a todos en eunucos. Entre sus esclavos se hallaba Daniel, que era el más avispado entre todos los hijos de Israel, pues interpretó los sueños del rey cuando no hubo sabio en Caldea que supiera adivinar su correcto significado. Este rey vanidoso y sediento de gloria encargó que le hicieran una estatua de oro de sesenta codos de altura y siete de ancho, y ordenó que jóvenes y viejos saludasen y reverenciasen esta imagen; los que se negaran a obedecer serían quemados en un horno al rojo vivo. Pero ni Daniel ni sus dos jóvenes compañeros quisieron acatar semejante orden. Orgulloso y encumbrado, este rey de reyes creyó que el Dios que está sentado en su gloria jamás le privaría de su elevada posición; sin embargo, perdió repentinamente su cetro, se convirtió en algo parecido a una bestia y anduvo por algún tiempo entre animales salvajes, comiendo heno como si fuera un buey y durmiendo al aire libre y bajo la lluvia. Sus cabellos crecieron como plumas de águila y sus uñas como las garras de un ave de presa, hasta que algunos años después Dios le perdonó y le devolvió la facultad de razonar. Entonces dio gracias a Dios, mientras las lágrimas le resbalaban por el rostro. Durante el resto de su vida vivió en temor de pecar o abusar; hasta el día en que se le puso en el féretro, supo que Dios era todo poder y misericordia. BALTASAR Su hijo Baltasar gobernó el reino después que su padre pasó a mejor vida; sin embargo, no hizo el menor caso de las enseñanzas recibidas por su padre, sino que fue de corazón orgulloso, vivió con pompa y magnificencia y, además, fue un empedernido idólatra. Su elevada posición le afirmó en su orgullo; sin embargo, la Fortuna lo derribó y dividió su reino. Un día en que daba una fiesta para sus nobles, con el fin de ponerles más alegres, llamó a sus oficiales y les dijo: -Id a buscar todos aquellos vasos que mi padre se llevó del templo de Jerusalén en los días de su triunfo, y demos gracias a los dioses del cielo por el honor que nuestros antepasados nos legaron. Su esposa, sus nobles y sus concubinas bebieron a más no poder de diversos vinos en estos vasos sagrados. Entonces el rey levantó la vista y miró a la pared, en donde vio una mano sin brazo que escribía deprisa sobre la misma. Al contemplar esta visión, tembló de miedo y dio un gran suspiro, mientras la mano que tanto le había asustado escribía: «Mane, Tecel Fares», y nada más. Ningún mago en todo el país supo interpretar el significado de lo escrito excepto Daniel, que pronto lo explicó diciendo: -¡Oh, rey! Dios dio a tu padre gloria, honor, un reino, un tesoro e ingresos; pero él era orgulloso y no tenía temor de Dios, por lo que Este tomó venganza y le despojó de su reino. Fue arrojado de la compañía de los hombres para vivir entre asnos y comer sus pastos, como un animal, bajo el sol y la lluvia, hasta que por gracia divina y razonamiento entendió que el Dios de los cielos tiene dominio sobre las criaturas y los reinos. Entonces Dios se compadeció de él y le repuso en su reino con su aspecto normal. Ahora, tú, su hijo, sabiendo que todo eso es verdad, eres orgulloso como lo fue tu padre, te rebelas contra Dios y eres su enemigo; además has tenido el descaro y la audacia de beber en sus vasos sagrados, y de los mismos han bebido tu mujer y tus meretrices profanándolos. Para colmo, tú rindes culto perverso a falsos dioses. Por ello te esperan grandes sufrimientos. Créeme, la mano que escribió «Mane, Tecel Fares» sobre la pared fue enviada por Dios. Tu reinado ha terminado: has sido pesado y has sido encontrado en falta. Tu reino será dividido y entregado a los medos y a los persas. Aquella misma noche el rey fue muerto y su trono ocupado por Darío, aunque no tenía ningún derecho sobre él. Señores, la moraleja de esta historia es: no hay seguridad en el poder. Cuando la veleidosa Fortuna quiere perder a un hombre, le quita su reino, sus riquezas y sus amigos, tanto de alta como de baja condición. Los amigos que un hombre hace en la prosperidad creo que le convertirán en enemigos en la adversidad, proverbio que no sólo es cierto, sino que puede aplicarse universalmente. ZENOBIA Sobre la fama de Zenobia, la reina de Palmira167, los persas escribieron que era tan osada y tenía tal dominio de las armas que ningún hombre la sobrepasaba en fortaleza, linaje y otros nobles atributos. Por sangre, descendía de reyes persas. No diré que fuera la más hermosa de las mujeres, pero su figura no tenía defecto. Desde su infancia evitaba todo trabajo femenino y solía salir a los bosques, en donde, con sus grandes flechas de caza, derramó la sangre de más de un venado salvaje. Corría tan velozmente que incluso podía capturarlos. Al llegar a la edad adulta, solía matar leones, leopardos y osos despedazándolos, y hacía lo que quería con ellos con sólo sus manos. Solía buscar atrevidamente los cubiles y guaridas de bestias salvajes y vagar durante la noche por las montañas, durmiendo al aire libre. Podía luchar con cualquier joven, por ágil que fuera, y someterlo por la fuerza; en sus brazos nada podía resistirle. Mantuvo su doncellez incólume, despreciando el verse sometida a cualquier hombre. Sin embargo, al final, a pesar de sus largas dudas y dilaciones, sus amigos lograron casarla con Odenato. Debéis saber que él compartía sus gustos y sus ideas. Sin embargo, una vez estuvieron unidos, vivieron alegre y felizmente, pues se amaban recíprocamente con gran ternura, excepto por una cosa: bajo ningún concepto le permitía acostarse con ella más de una vez en cada ocasión, pues su único objeto era traer al mundo a un hijo que pudiera crecer y multiplicar la raza. Si, después del acto, ella veía que no había quedado embarazada, entonces consentía en que él hiciera su voluntad una vez más, pero sólo una vez; y si veía que había quedado embarazada, entonces este placer le quedaba vedado a él por cuarenta largas semanas, después de las cuales ella le permitía de nuevo repetir el acto. Ya podía Odenato rabiar o rogar, que no conseguía nada más de su esposa. Pues ella afirmaba que era vergonzoso y lascivo por parte de una mujer el que su marido le hiciera el amor por alguna otra razón. Odenato le dio dos hijos varones, que ella crió y educó en la virtud y en la sabiduría. Pero volvamos a nuestra historia. En ninguna parte del mundo se podía encontrar una persona más juiciosa y honorable, generosa sin ser despilfarradora, más cortés, más decidida e infatigable en la guerra. Es imposible describir la magnificencia de su vajilla y vestimenta. Iba enteramente vestida de oro y gemas preciosas; el que fuera a cazar no le privaba de encontrar el tiempo suficiente para conseguir dominar en profundidad diversas lenguas: su mayor deleite consistía en aprender por los libros cómo llevar una vida virtuosa. Pero, para abreviar esta historia, diré que ella y su marido eran dos formidables guerreros, que conquistaron y retuvieron con mano firme muchos grandes reinos de Oriente y varias espléndidas ciudades que pertenecían a la majestad imperial de Roma. Sus enemigos jamás lograron hacerla huir mientras Odenato estuvo vivo. Ahora bien, los que quieran leer sobre sus batallas contra el rey Shapur y otros, y cómo se desarrollaron estos acontecimientos, por qué ella hizo sus conquistas y qué título o derecho tenía sobre ellas, su posterior desgracia y pena y cómo fue asediada y capturada, deben consultar a mi maestro, el Petrarca. Os aseguro que escribió lo suficiente sobre el asunto. Cuando Odenato murió, ella retuvo sus reinos y luchó personalmente contra sus enemigos con tal fiereza, que no quedó príncipe o emperador en aquellas tierras que no se sintiera alborozado si no le declaraba la guerra. Establecieron alianzas formales con ella para poder vivir en paz y la dejaron montar o cazar a su antojo. Ni Claudio168, emperador de Roma, ni Galieno, que le había precedido, ni ningún armenio, egipcio, sirio o árabe, reunió jamás el valor suficiente para enfrentarse con ella, pues temían que les matase con sus propias manos o les hiciera huir con todo su ejército. Sus dos hijos vestían regiamente, como correspondía a los herederos del reino de su padre. Sus nombres eran Herrviano y Timalao, según los persas. Pero la veleidosa Fortuna siempre mezcla hiel con miel. Esta poderosa reina no pudo durar mucho, y aquélla hizo que desde el trono cayera en la más abyecta desgracia y ruina. Cuando el gobierno de Roma recayó en las manos de Aureliano, éste planeó vengarse de la reina y marchó contra Zenobia con sus legiones. Logró hacerla huir y, finalmente, la capturó. Mandó encadenar a Zenobia y a sus dos hijos y regresó a Roma. Entre las otras cosas que ese gran romano, Aureliano169, capturó se hallaban su carro de combate, todo él recubierto de oro y joyas, que trajo consigo para que el pueblo lo pudiera ver. Ella caminó delante de él, en su triunfo, con su corona de reina, con cadenas de oro alrededor de su cuello y ropajes con gemas incrustadas. ¡Ay, Fortuna! Ella, que, una vez, fue el terror de reyes y emperadores, es ahora contemplada por la turba. Ella, que en los ataques más furibundos vestía yelmo y asaltaba las más fuertes ciudadelas, debe llevar ahora cofia de mujer; la que sostuvo en sus manos florido cetro, debe ahora llevar una rueca y ganarse el sustento. PEDRO, REY DE ESPAÑA Noble y honorable Pedro, gloria de España, a quien la Fortuna elevó en tan gran esplendor, tenemos todos los motivos de lamentar tu muerte desgraciada. Tu hermano te arrojó de tu propia patria; más tarde, durante un asedio, fuiste engañado mediante una estratagema y conducido a una tienda en donde él mismo te asesinó y te sucedió en tu reino y prebendas. ¿Quién ideó esta villanía y este infame pecado? Un águila negra sobre campo de nieve, cogida en una rama pintada en rojo como una brasa ardiendo. ¿Quién ayudó al asesino en lo que necesitaba? Un nido de maldad. No un Oliver de Carlomagno, siempre escrupuloso en lealtad y honor, sino un Oliver-Ganelón corrompido por sobornos, fue el que llevó al noble rey a la trampa. PEDRO, REY DE CHIPRE170 Tú también, ¡oh noble Pedro, rey de Chipre!, por tus dotes guerreras ganaste la ciudad de Alejandría. Muchísimos paganos sufrieron pena por tu causa, y por ello tus propios vasallos te tuvieron envidia y te asesinaron una mañana en tu propio lecho, por tu proeza caballeresca como único motivo. De este modo, la Fortuna, que gobierna y guía su rueda, lleva a los hombres de la alegría a la pesadumbre. BERNABÉ, REY DE LOMBARDÍA171 ¿Por qué no debo contar tu mala fortuna, gran Bernabé, vizconde de Milán, dios de placer y azote de Lombardía, desde que escalaste cima tan encumbrada? El hijo de tu hermano -que te debía lealtad por partida doble, por ser tu sobrino y tu yerno- hizo que murieras en su cárcel; el porqué o el cómo, lo ignoro; sólo sé que te mataron. UGOLINO, CONDE DE PISA Por piedad no existe lengua que pueda describir cómo el conde Ugolino murió lentamente de hambre. A poca distancia, en las afueras de Pisa, se levanta la torre en la que fue encarcelado con sus tres hijos pequeños, el mayor de los cuales apenas si contaba cinco años de edad. ¡Oh, Fortuna, qué cruel eres enjaulando a tales pajaritos! En la misma cárcel fue condenado a morir el obispo de Pisa, Rogelio, que le había acusado en falso y por cuya acusación la gente se levantó y le encarceló, como he descrito. El escaso alimento y bebida que se le daba apenas si era suficiente, además de ser poco nutritivo y de mala calidad. Un día, aproximadamente a la hora en que, de costumbre, se le entraba la comida, el carcelero cerró las grandes puertas de la torre. El prisionero le oyó claramente, pero calló; no obstante, algo le dijo en su corazón que pensaba dejarle morir de hambre. -¡Ay! ¿Por qué nací? -exclamó, y sus ojos se inundaron de lágrimas. Su hijo menor, de tres años de edad, le dijo: -Padre, ¿por qué estás llorando? ¿Cuándo traerá el carcelero nuestra comida? ¿No te queda ya pan? Tengo tanta hambre, que no puedo dormir. ¡Ojalá quisiera Dios que me durmiera para siempre! Así no notaría el hambre que me roe la barriga. ¡No hay nada que desee tanto como un mendrugo de pan! Así hablaba el niño, día tras día, hasta que, acostándose en el regazo de su padre, le dijo: -Adiós, padre mío. Me muero. Dio un beso a su padre y expiró. Cuando su padre, con el corazón destrozado, vio que había muerto, en su dolor se mordía los brazos y gritaba: -¡Oh, Fortuna! Te acuso de ser responsable de toda mi pena con tu rueda traicionera. Sus otros hijos, pensando que se mordía los brazos de hambre, en vez de mordérselos de pena, le dijeron: -¡Oh, padre, no hagas eso! Come antes de nuestra carne, la carne que tú nos diste: ¡tómala y come! Estas fueron exactamente sus palabras; un día o dos después de aquello, se acostaron en el regazo de su padre y expiraron. El propio conde se desesperó y también pereció de hambre. Tal fue el fin del poderoso conde de Pisa, a quien la Fortuna le privó de su elevada situación. Pero basta de esta trágica historia; el que desee una versión más extensa del relato debe leer al gran poeta de Italia, Dante, pues lo describe desde el principio al final sin omitir palabra. NERÓN Aunque Nerón era tan perverso como cualquier diablo en el pozo más hondo del infierno, tenía bajo su dominio las cuatro partes del mundo, según nos cuenta Suetomo. Le encantaban las joyas y sus ropajes estaban bordados, de pies a cabeza, con rubíes, zafiros y perlas blancas. Ningún emperador vistió con mayor suntuosidad que él, o fue más vanidoso y exigente. Una vez había llevado una túnica, no quería volverla a ver. Poseía un almacén de redes de hilo de oro para ir a pescar en el Tíber cuando se le ocurría divertirse así. Su menor deseo era ley, y la Fortuna le obedecía como si fuera amiga suya. Mandó incendiar Roma para su diversión y matar a sus senadores para oírles llorar y gritar; dio muerte a su hermano y se acostó con su hermana. De su madre hizo un lastimoso espectáculo: abrió su vientre para contemplar el lugar en que había sido concebido. ¡Ay! ¡Qué poco sentimiento tuvo para con su propia madre! Ni una sola lágrima cayó de sus ojos al verla. Simplemente observó: -Era una mujer de buen ver. Ya podéis preguntaros cómo es que pudo emitir un juicio ante su belleza muerta. Mandó que le trajeran vino, que bebió en el acto, pero sin mostrar ninguna señal de pena. Cuando el poder es aliado de la crueldad, el veneno discurre demasiado profundamente. De joven, este emperador tuvo un tutor quien, a menos que los libros mientan, era el modelo de la sabiduría moral de su época. Éste le enseñó cultura y modales. Nerón fue inteligente y tratable mientras este tutor le tuvo a su cargo, y pasó mucho tiempo antes de que el despotismo o cualquier otro vicio osara entrar en su corazón. Nerón admiraba muchísimo a este tal Séneca, pues de él estoy hablando, porque solía reñirle con mucha circunspección por sus vicios, utilizando palabras en vez de golpes, pues le decía: -Señor, un emperador debe ser virtuoso y detestar la opresión. Por esto, Nerón hizo que se suicidase abriéndose las venas de los brazos mientras se bañaba, muriendo desangrado. De joven, Nerón había sido acostumbrado a permanecer de pie ante su tutor, lo que más tarde le pareció como un insulto y, por ello, le mandó que se suicidase. Sin embargo, Séneca mismo eligió morir de esta manera en el baño, antes de sufrir otras torturas. De esta forma Nerón mató a su querido tutor. Llegó el día en que la Fortuna se cansó de proteger la enorme arrogancia de Nerón, y, aunque era fuerte, ella lo era más aún. «Por Dios, debo de estar loca -pensó-. Situar a un hombre tan hundido en los vicios en una posición tan elevada y dejar que le llamen emperador. Voy a derribarle de su trono, precisamente cuando menos lo espere.» Una noche, el pueblo se levantó contra él a causa de sus muchos delitos. Al verlo, Nerón se escapó sigilosamente por las puertas del palacio; iba solo y llamó a una puerta, tras la cual confiaba encontrar ayuda; pero cuanto más gritaba y más fuerte aporreaba la puerta, tanto más deprisa ponían cerrojos los de dentro, para que no entrara. Llegó un momento en que se dio cuenta de que se había engañado. No atreviéndose a seguir llamando, se fue. Por todas partes el pueblo gritaba y vociferaba buscándolo, hasta que él con sus propios oídos les oyó chillar: -Dónde está Nerón, ese maldito tirano? Casi se volvió loco de miedo y rogó piadosamente a los dioses que le socorrieran, pero el socorro no llegó nunca. Medio muerto de terror corrió hacia un jardín para ocultarse, en donde encontró a dos campesinos sentados junto a una enorme fogata. Les rogó a los dos que le cortasen la cabeza para que, después de su muerte, no se cometiera ignominia alguna que le deshonrara. No sabiendo qué hacer para escapar a su destino, se suicidó: la diosa Fortuna rió su propia broma. HOLOFERNES En su día, ningún capitán del rey había subyugado más reinos, era más omnipotente en el campo de batalla o poseía mayor arrogancia y magnificencia que Holofemes, a quien la Fortuna abrazó amorosamente y le llevó por donde quiso, hasta que un día, antes de saber lo que pasaba, se encontró sin cabeza. No sólo los hombres le temieron por miedo a perder su libertad o sus riquezas, sino que él les obligó también a renunciar a su fe. -Nabucodonosor es Dios -declaró-, y ningún otro dios debe ser adorado. Nadie se atrevió a contradecir su edicto, excepto en la plaza fuerte de Betulia, donde Eliakim era sacerdote. Ahora observad la muerte de Holofemes: una noche yacía completamente beodo en su tienda, tan espaciosa como un granero y se hallaba en medio de sus tropas, cuando, a pesar de su poder y esplendor, una mujer, Judit, le cercenó la cabeza mientras dormía. Sin ser vista por las tropas, se deslizó fuera del campamento, llevándose la cabeza a la ciudad. EL ILUSTRE REY ANTÍOCO ¿Qué necesidad hay de relatar la deslumbrante majestad del rey Antíoco, su gran arrogancia y sus perversos delitos? Jamás hubo otro como él. Leed en el libro de los Macabeos172 lo que fue, los orgullosos alardes que hizo, cómo cayó de la cima de la prosperidad y de qué forma tan miserable murió en la falda de una colina. La Fortuna había exaltado su orgullo hasta tal punto, que él creyó realmente que podría alcanzar las estrellas, pesar cada montaña en la balanza y contener las mareas del mar. Pero, sobre todo, odiaba al pueblo de Dios. Pensando que Dios nunca podría doblegar su orgullo, los condenó a muerte sometiéndolos a tormentos y a sufrimientos espantosos. Pero, como los judíos habían infligido una aplastante derrota a Nicanor y Timoteo, concibió tal odio hacia ellos que ordenó que, a toda prisa, le preparasen su carro de guerra, jurando al mismo tiempo con gran rabia que partiría inmediatamente hacia Jerusalén, sobre la que haría sentir su furia y cólera con la mayor crueldad. Pero sus planes pronto fueron estorbados. Dios lo castigó duramente por esas amenazas con una herida invisible e incurable que le corroía las entrañas, hasta que no pudo resistir el dolor. Un castigo verdaderamente justo, puesto que había torturado las entrañas de tantos otros. A pesar de su tormento, no cejó en sus perversos propósitos y ordenó a sus tropas que se preparasen para salir inmediatamente; sin embargo, antes de saber qué pasaba, Dios castigó todos sus alardes y arrogancias, pues cayó pesadamente de su carro, hiriéndose de tal modo que no podía andar ni cabalgar, sino que tenía que ser llevado en una silla a causa de sus magulladuras en la espalda y los costados. Horripilantes gusanos se arrastraban por su cuerpo; de esta forma tan ignominiosa cayó sobre él la venganza de Dios. Hedía tan horriblemente, que ninguno de los que le atendían de día o de noche podían soportar el olor. Durante este tormento, lloró y se lamentó y supo que Dios es el Señor de la Creación. El hedor de su carroña producía náuseas tanto a él mismo como a todas sus tropas; nadie podía transportarle. Con este mal olor y en medio de terribles dolores expiró miserablemente en la cima de una montaña. Así fue cómo el malvado asesino, que tantas lágrimas y lamentaciones había producido, recibió el castigo que merece la arrogancia. ALEJANDRO MAGNO La historia de Alejandro Magno es tan sabida, que todas las personas con uso de razón conocen todas o algunas de sus hazañas. Conquistó todo el mundo por la fuerza, excepto cuando sus oponentes pidieron la paz, gracias a su formidable reputación. Dondequiera que fue, humilló el orgullo de hombres y bestias desde un extremo al otro de la Tierra. No puede establecerse comparación entre él y los demás conquistadores. Todo el mundo tembló de terror ante él. Fue modelo de caballerosidad y magnanimidad, la diosa Fortuna le nombró heredero de todos sus honores. Tan lleno estaba él de valor leonino, que nada, salvo el vino y las mujeres, podía frenar su ambición de grandes trabajos y grandes hechos de armas. ¿De qué serviría elogiarle nombrando a Darío y cien mil otros reyes, príncipes, duques y condes valientes a los que venció y sometió? ¿Qué más puedo decir sino que todo el mundo, de parte a parte, era suyo? Aunque hablase eternamente de su gran proeza caballeresca, no bastaría. Según el libro de los Macabeos, reinó durante doce años. Era hijo de Felipe de Macedonia, el primer rey de Grecia. ¡Oh noble y excelente Alejandro! ¿Quién tenía que decir que serías envenenado por tu propia gente? jugando a dados con la diosa Fortuna, transformó tu seis en uno, sin derramar una lágrima. ¿Quién pondrá lágrimas en mis ojos para lamentar la muerte de este ser noble y generoso que gobernó el mundo entero como si fuera un reino y aún no lo consideró suficiente, tan lleno estaba de espíritu de ambición? ¿Quién me ayudará a acusar a la traicionera Fortuna y a condenar al veneno, culpables ambos de tal infamia? JULIO CÉSAR A base de sabiduría, valor y enormes esfuerzos, el conquistador Julio se elevó desde su humilde condición a la de rey, conquistando todo el Occidente, por tierra y por mar, por la diplomacia o por las armas, haciéndolo tributario de Roma, de la que más tarde se convirtió en emperador, hasta que la Fortuna le dio la espalda. En Tesalia el gran César luchó contra su suegro Pompeyo, que tenía a su mando a toda la caballería de Oriente. En su proeza exterminó o hizo prisioneros a todos excepto los pocos que huyeron con Pompeyo. Esta hazaña maravilló al Oriente entero. Y pudo dar gracias a la diosa Fortuna, que tan bien se había portado con él. Dejadme que, de momento, me lamente por Pompeyo, el noble gobernante de Roma, que huyó después de esta batalla173. Uno de sus hombres, un vil traidor, le decapitó y se la llevó a julio confiando ganarse su favor. A tal fin llevó la Fortuna al desgraciado Pompeyo, conquistador de Oriente. Julio regresó nuevamente a Roma triunfante y coronado de laureles; pero, con el tiempo, Bruto Casio, que siempre había envidiado su gran eminencia, tejió en secreto una sutil conspiración contra Julio (como luego relataré) y eligió el lugar preciso en que debía ser apuñalado. julio fue al Capitolio un día, como acostumbraba, y allí fue asaltado de repente por el traidor Bruto y otros de sus enemigos, que le apuñalaron con sus dagas, cubriéndole de heridas. Sin embargo, a menos que la Historia se equivoque, sólo se quejó de la primera puñalada, o a lo sumo de la segunda. Tan noble era el corazón de César y tanto amaba el honor y la decencia que, a pesar del dolor que le causaban las heridas mortales, se echó el manto sobre los muslos para que nadie pudiera ver sus partes. Mientras moría, medio inconsciente y sabiendo que la muerte se le acercaba sin remedio, se acordó de la decencia. Si queréis leer la historia completa, consultad a Lucano, a Suetonio y a Valerio174, que han escrito la historia desde el principio hasta el fin, y veréis cómo la Fortuna fue primero amiga y luego enemiga de estos grandes conquistadores. Que ningún hombre confie en su favor, antes bien, que permanezca siempre alerta. Si no, ved el ejemplo de estos dos conquistadores. CRESO El opulento Creso fue un tiempo rey de Lidia, al que el propio Ciro reverenciaba con admiración, pero en medio de todo su orgullo fue hecho prisionero y conducido al fuego para morir abrasado. Sin embargo, cayó del cielo tal diluvio que apagó las llamas, lo que le permitió escapar. Pero no tuvo en cuenta el aviso, y la diosa Fortuna acabó colgándole de una horca, pues, tras escapar, no pudo aguantarse y entabló nueva guerra. Como sea que la diosa Fortuna mandó la lluvia para permitirle huir, él estaba convencido de que sus enemigos no podrían matarle. Además, una noche tuvo un sueño que le agradó tanto y le llenó de tanto orgullo, que su corazón se inclinó a la venganza. Soñó que estaba encaramado en un árbol. Allí Júpiter lavaba su espalda y sus costados, mientras Febo le traía una toalla con la que secarse. Quedó tan hinchado de orgullo, que pidió a su hija, que estaba junto a él, que le explicara el significado, pues sabía que ella poseía una gran sabiduría. La hija interpretó el sueño de este modo: -El árbol representa una horca. Júpiter te manda lluvia y nieve. Febo con su toalla limpia representa a los rayos solares. Padre, es seguro que serás colgado, te lavará la lluvia y te secará el sol. De este modo su hija, cuyo nombre era Fania, le dio un claro aviso. A pesar de todo, Creso, el orgulloso rey, murió colgado; su trono regio no le sirvió de nada. La moraleja de todas las tragedias es la misma: que la Fortuna siempre ataca a los reinos prepotentes cuando menos lo esperan. Pues, cuando los hombres confian en ella, se desvanece y oculta tras una nube su cara resplandeciente. 11. PRÓLOGO DEL CAPELLÁN DE MONJAS Basta, señor -exclamó el caballero-. Con lo que nos has relatado ya tenemos de sobra. Para mucha gente, un poco de desgracia ya es suficiente. A mí, sin duda alguna, me desagradan los relatos acerca de la caída de los poderosos y lo contrario me alegra: ver cómo un hombre de condición humilde asciende y prospera afincándose en la prosperidad. Estas cosas causan gozo y son las que deberían contarse. -Sí -comentó el anfitrión-. Por las campanas de San Pablo175, dices verdad. Este monje fanfarronea demasiado. Mencionó a la Fortuna vestida con manto de nube o cosa parecida. También nombró a la tragedia, como habéis escuchado. ¡Rediez! El llorar y lamentarse sobre lo acontecido no tiene remedio. También es penoso escuchar cosas tristes, tal como habéis dicho. Señor monje: basta. ¡Vaya usted con Dios! Vuestro relato molesta al grupo. No vale un comino: falta alegría y jolgorio. Por consiguiente, señor monje, don Pedro -que así se llamaba-, le ruego que nos cuente algo diferente. Si no hubiera sido por el tintineo de las campanillas que cuelgan de su brida hubiéramos todos caído al suelo dormidos, a pesar de que el barro es aquí muy profundo. Habría contado en vano su historia, pues, como dicen los sabios, el carecer de auditorio no ayuda a narrar un cuento. Si alguien relata algo interesante, siempre capto el mensaje. Señor, díganos algo sobre caza, por favor. -No -replicó el monje-. No tengo ganas de jugar. Demos oportunidad a otro. Entonces el anfitrión, con lenguaje rudo y directo, se dirigió enseguida al capellán de monjas: -¡Acérquese, señor cura, venga, acérquese, mosén Juan! Cuéntenos algo que alegre nuestro corazón. Anímese, aunque cabalgue sobre un jamelgo. ¿Qué importa que su montura sea pobre y escuálida? Si le va, no se preocupe. ¡Mantenga el corazón alegre! Allí está el meollo de la cuestión. -Sí, sí, señor. Intentaré ser lo más alegre posible, pues, de otra forma, merecería vuestros reproches. Al instante inició su relato. Así habló a todos y cada uno de nosotros este dulce cura, este hombre de Dios, mosén Juan. 12. EL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS Una pobre176 viuda, algo entrada en años, vivía en una casita situada junto a una arboleda en un valle. Había llevado una vida muy sufrida Y sencilla, desde que dejó de ser esposa, pues tenía pocas propiedades e ingresos. Se mantenía ella y sus dos hijas, pasando con lo que Dios les enviaba: poseía tres grandes marranas, no más, tres vacas y una oveja llamada Molí. La sala y el cenador donde ella despachaba sus frugales comidas estaban cubiertas de hollín. No tenía necesidad de salsas picantes, porque ningún alimento delicado llegaba a sus labios. Su dieta alimenticia corría pareja con su vivienda. Y, así, nunca cayó enferma por comer demasiado; una dieta moderada, ejercicio y un corazón satisfecho eran toda su medicina. Ninguna clase de gota le impedía bailar, ningún tipo de apoplejía le preocupaba; no bebía vino, ni blanco ni tinto. La mayor parte de los platos que se servían en su mesa eran blancos y negros: leche y pan moreno -alimentos que nunca le faltaban-, tocino frito y, algunas veces, uno o dos huevos; pues ella era lechera de poca monta. Tenía un patio vallado y rodeado de un foso seco por el exterior, en el que guardaba un gallo denominado Chantecler. Cantando no tenía rival en todo el país. Su voz era más dulce que la del órgano que sonaba en la iglesia los días de misa. Su canto era más exacto que un reloj o el del campanario de la abadía. Sabía por instinto cada revolución de la línea equinoccial en aquella población, pues cada quince grados, a la hora precisa, solía cantar matemáticamente. Su cresta era más roja que el mejor coral, y su perfil, almenado como el muro de un castillo. Su pico, negro, brillaba como el azabache; sus patas y dedos, de color azul celeste, y las uñas, más blancas que un lirio; sus plumas tenían el color del oro bruñido. Este noble gallo tenía a su cargo siete gallinas para su goce; eran sus compañeras y amantes, todas con notable parecido a él en colorido. La que tenía los colores más bonitos en el cuello la llamaban la hermosa Madame Pertelote. Era cortés, tenía mucho tacto, elegancia y sabía ser buena compañera. Poseía tanta belleza, que el corazón de Chantecler le pertenecía y estaba firmemente encadenado al suyo desde que ella tenía sólo una semana. ¡Qué feliz era él en su amor! Al romper el alba, ¡qué delicia oírles cantar en dulce acorde «mi amor se ha ido»! Pues, en aquellos tiempos, me han contado que los animales y los pájaros sabían hablar y cantar. Pues bien, sucedió que una mañana temprano, mientras Chantecler estaba sentado con sus esposas junto a la bella Pertelote sobre la percha de la vivienda, empezó a gemir como un hombre que tiene una maligna pesadilla cuando duerme. Al oír Pertelote aquel alboroto se asustó y exclamó: -Corazón, cariño, ¿qué te pasa? ¿Por qué gimes así? ¡Vaya dormilón estás hecho! Deberías avergonzarte. Chantecler replicó: -Por favor, no te preocupes. Soñaba que estaba ahora mismo en un aprieto tal, que mi corazón todavía está temblando de miedo. ¡Ojalá Dios haga propicio mi sueño y libre mi cuerpo de entrar en una sucia mazmorra! Pues soñé que mientras paseaba de un lado a otro por nuestro patio vi a una criatura, parecida a un perro, con ademán de agarrarme y hacerme pasar a mejor vida. Tenía el color amarillo rojizo, pero la punta de la cola y las de las orejas eran negras, al revés que el resto de su pelo; tenía un hocico estrecho y dos ojos de mirada penetrante. Todavía estoy medio muerto de miedo por su aspecto. No es extraño que gimiera. -Vamos, vamos -replicó ella-. ¿No te da vergüenza, pusilánime? Por Dios que está en los cielos, acabas de perder mi corazón y mi amor. Juro aquí mismo que no puedo amar a un cobarde. Pues, digan lo que digan las mujeres, lo cierto es que todas deseamos a ser posible maridos que sean valientes, sabios, generosos y merecedores de nuestra confianza; no queremos tacaños, ni estúpidos, ni los que se asustan a la vista de un arma; tampoco los fanfarrones. ¡Por el amor de Dios! ¿Cómo tienes la desfachatez de decir a tu enamorada que hay algo que te da miedo? ¿Es que no posees corazón de hombre con esta barba que tienes? ¡Ay de mí! ¿Es que te asustan los sueños? Dios sabe que los sueños no son más que estupideces. Los sueños son el resultado de excesos en el comer; algunas veces los causan los vapores en el estómago y una mezcla de humores en superabundancia. Perdóname, pero estoy segura de que el sueño que tuviste anoche proviene del exceso de bilis roja en la sangre, que es la que hace que la gente tenga terribles pesadillas referentes a flechas, lenguas roas de fuego, enormes bestias enfurecidas de color rojo, luchas y perros de todas las formas y tamaños. Exactamente lo mismo que el humor negro de la melancolía hace que muchos griten en sus pesadillas mientras duermen, al sentir el temor de osos o toros negros, o de ser arrastrados por diablos negros también. Te podría contar otros humores que causan mucho trastorno a la gente mientras duerme, pero quiero terminar cuanto antes. Por cierto, ¿no fue Catón177, aquel hombre tan sabio, el que dijo una vez: «No hagas caso de los sueños»? »Ahora, señor -prosiguió ella-, cuando bajes de los barrotes, tómate algún laxante, por favor. Por mi vida y mi alma, el mejor consejo que puedo darte es que te purgues de estos dos humores. Esta es la verdad. Para ahorrar tiempo, como no hay farmacéutico en la ciudad, te indicaré yo misma los tipos de hierba que te ayudarán a recuperar la salud. En nuestro propio patio encontraré las hierbas cuyas propiedades naturales te purgarán de la cabeza a los pies. Pero, ¡por el amor de Dios, no te olvides! Tú tienes un temperamento muy colérico, por lo que procura que el sol del mediodía no te encuentre lleno de humores calientes, ya que si éste es tu estado, apuesto seis peniques a que agarras las fiebres tercianas o una calentura que te causará la muerte. Durante un par de días debes seguir una dieta ligera de gusanos antes de tomar laxantes: adelfilla, centaura, palomina, eléboro (todas crecen aquí), euforbio, tamujos, o la hierba hiedra de nuestro hermoso jardín. Pícalas aquí mismo donde crecen y cómetelas. ¡Ánimo, marido, por el amor de Dios! ¡No tengas miedo a esa pesadilla! Eso es todo. -Señora -repuso el gallo-, mil gracias por tu información. Sin embargo, por lo que se refiere a Catón, que tanto renombre tuvo por su sabiduría, a pesar de que escribió que no debemos preocupamos de los sueños, por Dios que encontrarás muchas opiniones contrarias en libros antiguos escritos por hombres de mayor autoridad que Catón; puedes muy bien creerme. Han demostrado perfectamente, por experiencia, que los sueños son augurios de las alegrías y penas que sufriremos en nuestra vida actual. No es preciso discutirlo: la experiencia aporta la prueba. »Una de nuestras mayores autoridades nos cuenta esta historia: Un día, dos amigos emprendieron un piadoso peregrinaje y sucedió que llegaron a una ciudad en la que había tal acumulación de gente y tanta escasez de alojamiento, que no pudieron encontrar ni una casita en la que alojarse juntos. Por lo que, necesariamente, tuvieron que separarse por aquella noche, yendo cada uno a su posada y aceptando el albergue que se les ofrecía. Uno de ellos fue hospedado en un establo de bueyes de labranza que estaba lejos, al fondo de un patio; el otro, porque lo quiso la suerte que nos gobierna a todos, encontró un alojamiento bastante bueno. Ahora bien, mucho antes del amanecer, sucedió que este último soñó que mientras él estaba en cama, su amigo le llamaba gritando: »-¡Ay de mí! Seré asesinado esta noche en este establo de bueyes donde me alojo. Ven en mi ayuda, hermano, o moriré. ¡Ven deprisa! »El hombre se despertó sobresaltado, lleno de pánico, pero cuando estuvo totalmente desvelado, cambió de posición en la cama y no hizo más caso, pensando que su sueño había sido absurdo. Pero lo volvió a soñar dos veces más, y la tercera vez le pareció que su amigo se le acercaba y le decía: “Ahora ya estoy muerto. ¡Mira estas heridas manchadas de sangre! Levántate temprano por la mañana y en la puerta occidental de la ciudad verás un carro lleno de estiércol en que, secretamente, han ocultado mi cadáver. No lo dudes: detén aquel carro. Si quieres saber la verdad, fui asesinado por mi oro”.Y con el rostro lívido y miradas lastimeras me dio todos los detalles de su asesinato. »Te lo aseguro: el hombre pudo comprobar que su sueño era absolutamente cierto, pues a la mañana siguiente, tan pronto se hizo de día, se encaminó a la posada de su amigo. Cuando llegó al establo de los bueyes, empezó a llamarle a gritos, pero el posadero le dijo: -Su amigo se ha ido, señor. Salió de la ciudad al romper el día. »Recordando sus sueños, el hombre entró en sospechas y se dirigió sin dilación a la puerta occidental de la ciudad, en donde halló un carro de estiércol que se encaminaba a abonar un campo, tal como el hombre muerto le había descrito. Entonces a voz en grito pidió venganza y justicia por el delito cometido: »-Mi amigo ha sido asesinado esta misma noche. Está dentro de este carro, tieso y rígido, con su boca totalmente abierta. Id a buscar a los magistrados, cuya misión es la de mantener el orden en la ciudad. ¡Socorro! ¡Auxilio! ¡Mi amigo yace muerto ahí dentro! »¿Qué más tengo que añadir a la historia? La gente llegó corriendo y arrojó el contenido del carro al suelo. Allí, en medio del estiércol, encontraron al hombre recién asesinado. »Ved cómo Nuestro Señor siempre revela los crímenes, pues es justo y verdadero. "Ningún crimen queda oculto." Esto lo vemos diariamente. El asesinato es tan odioso y abominable ante la justicia de Dios, que no puede sufrir que quede oculto, aunque permanezca en secreto dos o tres años. "Ningún crimen queda oculto." Esta es mi opinión. »Entonces, los regidores de la ciudad detuvieron al carretero y al posadero y torturaron a cada uno y pusieron al otro en el potro hasta que confesaron su crimen y fueron ahorcados. »De esto se desprende que los sueños deben ser tratados con respeto. Además, en el capítulo siguiente del mismo libro encontré y no exagero, créeme- la historia de dos hombres que, por alguna razón, habrían estado ya cruzando el mar hacia un país lejano, de no haber sufrido el viento en contra y haber tenido que aguardar en una ciudad cercana al puerto. Un día, sin embargo, al anochecer, el viento cambió de dirección y sopló tal como ellos deseaban. Así, pues, se fueron alegremente a dormir, con la intención de zarpar temprano al día siguiente. Pero a uno de los hombres, cuando dormía, le ocurrió una cosa maravillosa. »Antes del alba tuvo un sueño extraordinario: le pareció que un hombre estaba de pie al lado de su cama mandándole que se quedara diciendo: -Si zarpas mañana, te ahogarás; esto es todo lo que tengo que decirte. »El hombre se despertó y contó a su amigo lo que había soñado, pero su amigo, que dormía al lado, se burló de él. —Ningún sueño me asustará e impedirá que atienda mis asuntos -le replicó-. No doy la menor importancia a tu sueño. No es más que una trampa. La gente siempre está soñando con las lechuzas, monos y toda clase de cosas de las que nadie entiende el sentido; cosas que nunca fueron ni jamás serán. Pero ya veo que lo que tú quieres es quedarte aquí perdiendo el tiempo y no aprovechar la marea. Bien, Dios sabe que lo siento, pero ¡buenos días! »Y diciendo esto, salió y zarpó. Pero antes de que el viaje por mar hubiera llegado a mitad de la singladura (no me preguntes por qué o qué fue lo que no marchó), la quilla del barco fue arrancada por algún accidente y el barco se fue a pique con su tripulación a la vista de otros navíos cercanos que habían zarpado al mismo tiempo. »Por lo que ves, queridísima Pertelote, de estos ejemplos clásicos se desprende que no debemos dejar de hacer caso de los sueños, pues, como digo, no hay duda alguna de que hay muchos sueños que debemos temer. »Y ¿qué me dices del sueño de Kenelmo? Lo leí en la vida de San Kenelmo, el hijo de Kenulfo, el gran rey de Mercia. Un día antes de ser asesinado, tuvo una visión de su sueño. Su institutriz lo interpretó en todos sus detalles y le advirtió que se guardase de una traición; pero como solamente tenía siete años, no hacía mucho caso de los sueños; tan santo era su espíritu. ¡Por Dios! Daría mi camisa porque hubieses leído la historia como la leí. »Doña Pertelote, te estoy diciendo la pura verdad: Macrobio, el que escribió sobre el sueño de Escipión en África, afirma su veracidad y dice que advierten sobre futuros peligros. Además, te ruego que consultes el Antiguo Testamento. ¡A ver si Daniel178 pensaba que los sueños eran una estupidez! Lee también acerca de José179, y verás si los sueños, algunas veces -no digo siempre-, son o no son avisos de acontecimientos del futuro. Piensa en Faraón, el rey de Egipto, y en su mayordomo y su panadero. ¿Encontraron acaso que sus sueños carecían de consecuencias? »Cualquiera que investigue la historia de diversos reinos podrá leer centenares de historias extraordinarias acerca de sueños. Por ejemplo, ¿qué te parece lo de Creso, el rey de Lidia? ¿No soñó que estaba sentado en un árbol, lo que significaba que sería colgado? Y, luego, está también Andrómaca, la esposa de Héctor. La misma noche antes de que Héctor perdiera la vida, ella soñó que él perecería si iba a combatir aquel día. Ella le advirtió, pero fue inútil: él se fue a luchar sin hacer caso, y Aquiles lo mató. Pero ésta es una historia demasiado larga para contarla ahora: ya es casi de madrugada. Tengo que marcharme. Para terminar, déjame decirte sólo esto: ese sueño indica peligro para mí, y añadiré que no voy a tomar ningún laxante: son venenosos, lo sé muy bien. ¡Al diablo con ellos! ¡No los aguanto! »Ahora dejemos este asunto y hablemos de otros más agradables. Doña Pertelote, te aseguro que, en una cosa, Dios sí ha sido bondadoso conmigo. Siempre que veo el encanto de tu rostro y estos círculos escarlatas que te rodean los ojos, todos mis temores desaparecen. Es una verdad del Evangelio que Mulieresthominis confusio; señora, el significado en latín es: la mujer constituye la completa alegría y felicidad del hombre180. Pues, como te decía, cuando por la noche noto tu blando costado junto al mío -¡qué lástima que nuestro barrote sea tan estrecho que no pueda montarte!-, me siento tan lleno de alegría y estoy tan contento que desafio todos los sueños y visiones. Diciendo esto, bajó, pues ya era de día, y todas las gallinas tras él. Cacareó para llamarlas, pues había encontrado un grano de maíz en el patio. Estaba regio y majestuoso y ya no temía nada; emplumó a Pertelote veinte veces y la montó otras tantas, antes de terminar el día. Parecía un adusto león; se pavoneaba andando de arriba abajo, como si le disgustase pisar el suelo; cuando encontraba un grano de maíz cloqueaba y todas sus mujeres acudían rápidamente. Pero dejaré a Chantecler alimentándose como un príncipe real en su palacio y relataré la aventura que le sucedió. El mes de marzo181 (en que empezó el mundo y Dios creó al hombre) había transcurrido por entero y habían pasado treinta y dos días desde ese primero de marzo, cuando Chantecler caminando orgulloso con sus siete mujeres al lado, levantó la mirada hacia el Sol (que se hallaba a veintiún grados y más en el signo de Tauro) y supo por simple instinto que eran las nueve. Lanzó un alegre quiquiriquí y añadió: -El Sol se ha elevado más de cuarenta y un grados en el cielo. Doña Pertelote, reina de mi corazón, escucha a estos pájaros felices. ¡Cómo cantan! ¡Mira cómo brotan estas hermosas flores! Sin embargo, un momento después se iba a encontrar en grave apuro, pues ya se sabe que a la felicidad le sigue la aflicción. Dios sabe muy bien que los goces terrenales pronto pasan; y un retórico que sepa escribir poesía elegante podrá confirmar que esto es cierto sin temor a faltar a la verdad. ¡Escúchenme los hombres sabios! Empeño mi palabra de que este relato es tan cierto como el libro de sir Lancelot del Lago, a quien las mujeres tanto veneran. Pero volvamos al tema. Vaticinado con antelación por un «sueño» supraterrenal, sucedió que un zorro, negro como el carbón, taimado y sin principios, que había vivido durante tres años en un bosquecillo cercano, había penetrado, a través del seto, en el interior del corral que el orgulloso Chantecler solía frecuentar con sus esposas. Se agazapó en un campo de coles donde permaneció oculto hasta casi mediodía, esperando el momento propicio de abalanzarse sobre Chantecler, igual que hacen los asesinos que aguardan el momento de matar. ¡Oh, traidor criminal que acechas en tu guarida! ¡Oh, tú, segundo Iscariote, nuevo Ganelón! ¡Falso hipócrita! ¡Oh, tú, segundo Sinon, ese griego que aportó a Troya la aflicción total! ¡Ah, Chantecler; maldito el día en que bajaste volando desde los barrotes al corral! Tu sueño bien te advirtió de que aquél podía ser un día peligroso para ti. Pero sucede que, como opinan algunos algunos sabios, lo que Dios prevé debe pasar indefectiblemente. Cualquier sabio erudito os podrá contar que, sobre este asunto, surgen muchas discusiones entre las diversas escuelas182, y que más de cien mil sabios han opinado sobre ello. Con todo, yo no puedo llegar al fondo de la cuestión como aquel santo teólogo San Agustín, Boecio o el obispo Bradwardine y deciros si la divina presciencia de Dios constriñe necesariamente a uno a que realice cualquier acto en particular (cuando indico «necesariamente» quiero decir «sin más» o si uno está en situación de decidir libremente lo que hará o dejará de hacer, incluso cuando Dios sabe por anticipado que el acto en cuestión tendrá lugar antes de que ocurra o si el hecho de que lo sepa no constriñe en absoluto excepto por «necesidad condicional»). En tales problemas no entro en absoluto. Mi cuento, como podéis oír, sólo trata de un gallo que hizo caso omiso del consejo de su mujer (con resultados desastrosos) y bajó al corral la misma mañana siguiente al sueño que os he contado. Los consejos de las mujeres suelen ser fatales. El primer consejo de mujer nos trajo a todos dolor e hizo que Adán fuera expulsado del Paraíso en el que era tan feliz y estaba tan cómodo. Pero pasemos esto por alto, pues no quiero ofender a nadie al despreciar los consejos femeninos. Lo digo en broma. Leed los autores que tratan el tema y sabréis lo que tienen ellos que contar sobre las mujeres. Yo me limito a transmitiros las palabras del gallo -no las mías-, según las cuales las mujeres son divinidades. Precisamente yo no me puedo imaginar que pueda provenir de ellas algún mal. Pertelote estaba muy feliz tomando un baño de polvo en la arena y todas sus hermanas se hallaban por allí cerca tomando el sol, mientras Chantecler cantaba con más alegría que una sirena en el mar -Fisiólogo afirma que cantan bien y con alegría-, cuando su ojo se posó en una mariposa que revoloteaba por las coles y vio al zorro allí escondido, agazapado y al acecho. Se le heló un quiquiriquí en la garganta y sintió temor como un hombre poseído por el pánico y chilló: «coco-coc»; ya se sabe que un animal siente deseos irrefrenables de huir cuando ve a su enemigo natural, aunque jamás haya puesto sus ojos en él. Así, cuando Chantecler le divisó habría huido si el zorro no hubiera exclamado inmediatamente: -Buenos días, señor, ¿adónde va usted? ¿Cómo es que le inspiro temor, si soy su amigo? Sería un monstruo si le ocasionara algún mal o daño. No he venido a espiarle; la verdadera razón por la que estoy aquí es para oírle cantar. De verdad le digo que tiene una voz tan bonita como un ángel del cielo, aparte de que pone más sentimiento cantando que Boecio o cualquier otro cantor. Su buen padre -¡que Dios le bendiga!- y también su madre solían tener la amabilidad de visitar mi casa para gran satisfacción mía. Me gustaría poderle agasajar en mi casa también. Pues en lo que se refiere a cantar, que me vuelva ciego si jamás escuché a alguien cantar por la mañana mejor que lo hacía su padre, a no ser vos mismo. Realmente todo lo que cantaba le salía del corazón. Para alcanzar las notas más altas, se ponía tan tenso que parecía que los ojos estuvieran clavados; se levantaba de puntillas y, estirando su largo y esbelto cuello, lanzaba su potente quiquiriquí. Además era un gallo de gran perspicacia y no había nadie en la comarca que le superase en canto o sabiduría. He leído en la obra Burnel el asno183, entre otros versos, algo sobre aquel famoso gallo a quien el hijo de un sacerdote, cuando todavía era joven y alocado, le quebró una pata y ello le costó al sacerdote el perder el puesto; pero, ciertamente, no puede establecerse comparación entre la inteligencia de aquel gallo y la sabiduría y discreción de su padre. Ahora, señor, por caridad, ¡cantad! y veamos si sois capaz de imitar a vuestro padre. Chantecler empezó a aletear, encantado por este halago y sin sospechar traición alguna. Vosotros, nobles, sabed que hay más sicofantes y aduladores en vuestras cortes que mienten para complaceros que los que os dicen la verdad. Leed lo que afirma el Eclesiastés184 sobre la adulación y precaveros sobre su astucia. Chantecler se empinó sobre las puntas de los pies con el cuello estirado para fuera y los ojos fijos y empezó a cantar lo más fuerte que pudo. En un santiamén, Maese Russef, el zorro, saltó sobre él, agarró a Chantecler por la garganta, se lo arrojó al lomo y se lo llevó al bosquecillo, pues no había nadie que pudiera perseguirle. ¡Oh destino ineludible! ¡Qué lástima que Chantecler abandonara los barrotes! ¡Qué lástima también que su esposa no prestase la atención debida a los sueños premonitorios! Por cierto, que toda esa mala suerte tuvo lugar en viernes185. ¡Oh, Venus, diosa del placer!, Chantecler era tu adorador y te servía con todas sus fuerzas, más por el goce que por multiplicar tu raza ¿Cómo se explica que le permitieras morir en el día que te pertenece? ¡Oh, querido y excelso maestro Godofredo, que tan emotivamente hiciste la elegía de la muerte del noble rey Ricardo cuando pereció atravesado por una flecha! ¡Ojalá tuviera yo tu arte y tu maestría en quejarte amargamente del viernes, como lo hiciste, pues fue en viernes cuando ese rey murió! ¡Entonces podría demostrarte cómo compongo una elegía sobre la agonía y el terror de Chantecler! A buen seguro que las damas troyanas no profirieron tal grito de lamentación cuando (según se nos cuenta en La Eneida) cayó Ilión, y Pirro, con la espada desenvainada, agarró al rey Príamo por la barba y le mató, como el que lanzaron aquellas gallinas al huir despavoridas después de ver cómo se llevaban a Chantecler. Ahora bien, la que más chilló fue Doña Pertelote: mucho más que la esposa de Asdrúbal cuando murió su esposo. Los romanos incendiaron Cartago, y ella, llena de frenética angustia, se arrojó voluntariamente a las llamas para encontrar la muertel186. Así, aquellas desconsoladas gallinas gritaron igual que las esposas de los senadores cuando Nerón, mandó incendiar la ciudad de Roma, y mató a sus inocentes esposos por ello. Ahora, permitidme que vuelva a mi historia. La pobre viuda, al oír chillar y lamentarse a las gallinas, salió corriendo de la casa con sus dos hijas, a tiempo de ver al zorro huir al bosque llevándose al gallo cargado sobre sus lomos: -¡Socorro, socorro, detengan al ladrón! ¡Un zorro, un zorro! Gritaron y corrieron detrás de él, seguidos de una multitud de hombres provistos de porras. Todos llegaron corriendo -Coll, el perro; Talbot y Garlans, con Malkin, la doncella, que todavía tenía la rueca en la mano; las vacas y los terneros, y hasta los mismísimos cerdos, acudieron a punto de reventar, aterrorizados por los ladridos de los perros y los gritos de hombres y mujeres. Aullaban como diablos en el infierno. Los patos graznaron como si estuviesen a punto de degollarlos; los gansos levantaron el vuelo hacia los árboles, llenos de pánico; incluso las abejas salieron zumbando de sus colmenas. Os digo que Jack Straw187 y su turba, cuando salieron a linchar flamencos, jamás profirieron gritos tan horrendos y ensordecedores como aquel día persiguiendo al zorro. Llevaban trompetas de latón, madera, asta y hueso y soplaron, zumbaron y sonaron hasta que pareció que el cielo iba a derrumbarse. Ahora, escuchen, señores, y vean cómo la Fortuna repentinamente muda de parecer y hunde el orgullo de su enemigo. El gallo, desde los lomos del zorro, se las arregló para hablarle, a pesar del terror que sentía, y le dijo: -Señor, yo de usted gritaría a los perseguidores: «¡Corred a casa, estúpidos! ¡Que la peste os atrape! ¡Ahora que he llegado al bosque, hagáis lo que hagáis no soltaré al gallo, y dad por seguro que me lo zamparé ahora mismo!» El zorro repuso: -En verdad que lo haré. Y, al hablar, el gallo aprovechó la ocasión: se zafó de las fauces del zorro y se subió a lo alto de un árbol. Cuando el zorro vio que el gallo se le había escapado, exclamó: -¡Ah, Chanteder! Me parece que me porté muy mal contigo cuando te asusté al arrancarte del corral. Pero te aseguro que no pensaba hacerte daño. Baja y te diré lo que iba a hacer. ¡Por Dios que te diré la verdad! -¡Oh, no! -replicó el gallo-. Que la maldición caiga sobre ambos, y más sobre mí si logras engañarme otra vez. No vas a convencerme con tus halagos que cierre mis ojos otra vez. Cualquiera que voluntariamente mantiene cerrados los ojos cuando debería tenerlos abiertos de par en par, merece que Dios le castigue. -No -dijo el zorro-. Que Dios le envíe mala suerte al que tenga tan poco control de sí mismo que charle cuando debería tener la boca cerrada. Esto es lo que ocurre por ser descuidado y atolondrado y creer en la adulación. Amigos míos, si creéis que esta historia no es más que una farsa que concierne a un gallo y a una gallina, recordad la moraleja. San Pablo188 dice que todo lo que está escrito, lo está para nuestra instrucción y educación. Por tanto, tomad el grano y dejad la paja. Ahora, Padre nuestro, que sea tu voluntad, como dice Nuestro Señor, y que nos haga a todos buenos y nos lleve consigo al Cielo. AQUÍ TERMINA EL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS 13. EPÍLOGO AL CUENTO DEL CAPELLÁN DE MONJAS -Señor capellán de monjas -apostilló el anfitrión inmediatamente-. Benditas sean tus posaderas y tus testículos. ¡Qué cuento tan divertido este de Chantecler! Por mi vida que si fueses laico serías un perfecto jodedor de gallinas. Porque si tienes tanto deseo como poder sexual, necesitarías varias gallinas, seguramente más de siete veces diecisiete. Ved los músculos que tiene este garboso cura. ¡Qué pecho tan ancho y vaya cuello! Tiene la mirada de un gavilán. No precisa maquillarse los ojos ni de rojo abrasilado ni de carmín. ¡Bendito seas por este tu cuento! Después de este comentario, con regocijado ademán, dijo a otro lo que veréis. SECCIÓN OCTAVA 1. PRÓLOGO DE LA SEGUNDA MONJA. 2. EL CUENTO DE LA SEGUNDA MONJA. 3. EL PRÓLOGO DEL CRIADO DEL CANÓNIGO. 4. EL CUENTO DEL CRIADO DEL CANÓNIGO. 1. PRÓLOGO DE LA SEGUNDA MONJA Todos deberíamos hacer lo posible para evitar esta promotora y servidora de los vicios, esta portera del umbral de los placeres, cuyo nombre es ociosidad; deberíamos combatirla con su oponente, es decir, con la laboriosidad o diligencia, para que el diablo no se apodere de nosotros por nuestra indolencia. Pues una vez observa a un hombre ocioso, ese que nos está acechando de continuo esperando atraparnos con sus mil sutiles engaños, lo caza con su red, no dándose cuenta este hombre de que está agarrado por el enemigo hasta que lo tiene ya por la solapa. Deberíamos trabajar en serio para oponer resistencia a la ociosidad, pues aunque solamente nos preocupamos de esta vida, resulta evidente que dicha ociosidad es una maldita torpeza de la que no se deriva nada bueno o beneficioso. La pereza tiene a la ociosidad al otro extremo de la correa, sirviendo solamente para dormir, comer, beber y devorar el producto del trabajo de los demás. Con el fin de alejar de nosotros el tipo de ociosidad que es causa de tantas calamidades, he tratado aquí de traducir fielmente de la Legenda Áurea su gloriosa vida y pasión, ¡oh tú, cuya guirnalda está entretejida de lirios y rosas!1. Me refiero a ti, Santa Cecilia, virgen y mártir. INVOCACIÓN A LA VIRGEN MARÍA Tú que eres la flor de todas las vírgenes; tú, de quien San Bemardo2 gozaba escribiendo; a ti te invocó la primera en este principio. Permíteme celebrar, oh tú, que consuelas al desgraciado pecador, la muerte de tu doncella que, por méritos propios, conquistó la vida eterna y obtuvo su victoria sobre el enemigo, como podréis leer en la historia que sigue. Tú, Doncella y Madre, hija de tu Hijo; tú, fuente de gracia, bálsamo de las almas pecadoras, en la que Dios en su bondad eligió residir: humilde y, sin embargo, exaltada por encima de todas las criaturas, tú ennobleciste nuestra pecaminosa naturaleza hasta tal punto que el Creador no desdeñó el vestir y arropar a su Hijo en carne y huesos y hacer de Él un ser humano. Dentro del bendito claustro de tus entrañas, el eterno amor y la eterna paz -del mundo trino, Señor y Guía, a quien la tierra, el mar y el cielo alaban eternamente sin cesar- tomó la forma humana. Y tú, Virgen Inmaculada, llevaste en tus entrañas al Creador de todas las criaturas y, sin embargo, retuviste tu pureza de doncella. En ti la magnificencia está tan unida a la gracia, a la bondad y a la compasión, que tú, sol de excelencias, no solamente ayudas a los que te rezan, sino que incluso antes de que los hombres soliciten tu ayuda, a menudo, por tu gran benignidad, anticipas con largueza sus plegarias y te conviertes en el médico de sus vidas. ¡Oh, hermosa Virgen, dulce y bendita, ayuda ahora a una desterrada en este páramo de amargura! Recuerda a la mujer de Canaán que dijo: «Los perros comen las migajas que caen de la mesa del dueño»3; y aunque yo soy una indigna hija de Eva y, por tanto, pecadora, acepta, sin embargo, mi fe. Y como sea que la fe sin obras es estéril, dame el ingenio y la oportunidad de trabajar tanto que pueda escaparme de esta oscurísima región. ¡Oh, tú, que eres hermosa y te has visto tan favorecida, Madre de Cristo, amada hija de santa Ana, sé mi abogada en ese altísimo lugar en el que el Hosanna se canta eternamente! Ilumina con tu luz mi alma aprisionada, turbada por el contagio de mi cuerpo y por el peso de la lascivia terrenal y por los falsos afectos. ¡Oh, tú, mi puerto y refugio! ¡Oh, salvación de los que sufren penas y aflicciones, ayúdame ahora, pues estoy a punto de iniciar mi tarea! Sin embargo, ruego al que lea lo que escribo que me perdone si no me preocupo de adornar el cuento, pues estoy presentando las palabras y el sentido de lo que uno escribió en reverencia por la santa. Yo simplemente sigo el curso de su vida y os ruego que mejoréis mi trabajo allí donde resulte necesario. INTERPRETACIÓN DEL NOMBRE DE CECILIA4 Primeramente me gustaría explicar la etimología. del nombre de Santa Cecilia bajo la luz de su historia. En inglés significa «lirio del cielo» (coeli lilia), en representación de la pura castidad de la virginidad; o quizá se llamó «lirio» por tener la blancura de la honra, la lozanía de la conciencia y el dulce sabor de la buena fama. Alternativamente, Cecilia equivale a decir «sendero de los ciegos» (caecis via), debido al ejemplo de su enseñanza. O también, según he leído, Cecilia está compuesto por cielo (coelum) y Lea. Aquí, figurativamente, cielo significa su santa contemplación, y Lea, su incesante actividad. Cecilia puede también interpretarse de la siguiente forma: «carente de ceguera» (caecitate carens), por la gran luz de su sabiduría y sus resplandecientes virtudes. O también quizá el nombre de esta radiante virgen proviene del cielo (coelum) y leos, pues ella puede muy bien ser llamada con toda justicia «un cielo para la gente» (un ejemplo de todas las obras buenas y juiciosas). Pues leos significa «gente» en inglés, y de la misma forma que desde el cielo se ven el Sol, la Luna y las estrellas, también en el sentido espiritual uno puede ver en esta noble virgen la magnanimidad de fe, la perfecta claridad de su sabiduría y muchas obras brillantes y excelentes. Los cultos han escrito que las esferas celestes son veloces, redondas y ardientes; también era así la blanca y hermosa Cecilia, siempre veloz y diligente en las buenas obras, perfecta y entera en su perseverancia, siempre ardiente con la radiante llama de la caridad. Acabo de explicar su nombre. 2. EL CUENTO DE LA SEGUNDA MONJA Según consta en su Vida, la hermosa virgen Cecilia nació de una noble familia romana y fue educada desde la cuna en la fe de Cristo, cuyo Evangelio nunca estuvo ausente de sus pensamientos. Y he visto escrito que jamás cesó de amar y temer a Dios o rezarle para que le conservase su virginidad. Ahora bien, cuando ella iba a casarse con un joven llamado Valenano y llegó el día de la boda, era tal la humildad y la piedad de su espíritu, que llevaba sobre la piel una tela de saco, oculta bajo una túnica dorada que le sentaba muy bien. Y cuando el órgano sonó una pieza musical, ella, en lo recóndito de su corazón, entonó a Dios el siguiente cántico: -Oh, Señor, guarda mi alma y mi cuerpo y manténlos sin mácula, para que no perezca. (Cada dos días ayunaba y se entregaba a rezos continuos y fervientes por el amor de Aquel que murió en el madero.) Llegó la noche, y cuando, según la costumbre, debía irse a la cama con su esposo, le habló en privado a éste y le dijo: -Dulce, querido y amantísimo esposo. Existe un secreto que puede ser que te guste oír. Te lo contaré si me prometes que no lo vas a revelar. Valeriano se comprometió bajo juramento a que nunca le traicionaría en circunstancia alguna, pasase lo que pasase. Al fin le dijo ella: -Tengo un ángel que me ama con un amor tan grande, que tanto si estoy despierta como dormida siempre está alerta vigilando mi cuerpo. Si él se da cuenta de que tú me tocas o me das amor carnal, te matará en el acto sin dudarlo ni un momento, por lo que morirías en la flor de la juventud. Pero si me proteges con un amor puro, gracias a tu pureza te amará tanto como a mí y te revelará su resplandor y su gozo. Valeriano, inspirado de esta forma de acuerdo con la voluntad de Dios, repuso: -Si tengo que confiar en ti, déjame ver a este ángel y darle un vistazo. Si resulta ser un verdadero ángel, actuaré como me has pedido; pero si amas a otro hombre, entonces, créeme os mataré a ambos, aquí mismo con esta espada. A lo que Cecilia replicó inmediatamente: -Verás el ángel si así lo quieres, pero ha de ser con la condición de que creas en Cristo y recibas el bautismo. Sal y dirígete a la Vía Apia5, que está solamente a tres millas de esta ciudad, y habla a la gente pobre que vive allí, según te instruiré. Diles que yo, Cecilia, te envío a ellos para que te lleven hasta el buen anciano Urbano por motivos secretos y una santa finalidad. Cuando tú veas a San Urbano, dile lo que te he contado; y cuando hayas sido bautizado y estés limpio de pecado, entonces, antes de irte, verás a ese ángel. De acuerdo con estas instrucciones, Valeriano se fue hacia dicho lugar y allí encontró a este santo varón Urbano, tal como se lo había dicho, oculto entre las catacumbas de los santos. No perdió tiempo en darle el mensaje. Después de recibirlo, Urbano alzó las manos de alegría y dejó que las lágrimas resbalasen por sus mejillas. -Dios Todopoderoso, ¡oh Señor Jesucristo! -dijo él-. Tú, Sembrador del ideal casto y Pastor de todos nosotros, toma para ti el fruto de esta semilla de castidad que Tú has sembrado en Cecilia. Como una abeja, laboriosa e inocente, tu doncella Cecilia te sirve continuamente. El esposo que ha tomado, que estaba como un león rampante, lo ha enviado aquí hacia ti, suave como un corderito. Y mientras el anciano estaba hablando, otro anciano vestido con ropajes de una blancura radiante, que llevaba en su mano un libro escrito con letras de oro, se apareció súbitamente y se quedó inmóvil de pie frente a Valeriano. Al verlo, Valeriano cayó al suelo aterrorizado y como muerto, a lo que el otro, asiéndole, empezó a leer el libro: -Un Señor, una Fe, un Dios solamente; una Cristiandad, un Padre para todos vosotros, omnipresente y supremo. Todas estas palabras estaban escritas en oro. Cuando terminó de leerlas, el anciano exclamó: -¿Crees o no crees en estas palabras? Responde sí o no. -Todo esto creo -replicó Valeriano-. Pues me atrevo a sostener que ningún hombre puede concebir nada más cierto bajo el cielo. Después de ello el anciano se desvaneció en el aire, sin que él supiera adónde había ido, y el Papa Urbano hizo un cristiano de él allí mismo. Valeriano regresó a casa y encontró a Cecilia de pie en su habitación con un ángel. El ángel llevaba en sus manos dos guirnaldas, una de rosas y otra de lirios; tengo entendido que dio la primera a Cecilia y luego la segunda se la entregó a su marido Valeriano. -Conserva siempre estas guirnaldas, con pureza de cuerpo y mente sin mácula -dijo él-. Las he traído a vosotros desde el Paraíso; os aseguro que no se marchitarán nunca, ni perderán su dulce aroma, ni la verá ninguna persona, a menos de que sea casta y odie la maldad. En cuanto a ti, Valeriano, por haber reaccionado tan rápidamente al buen consejo, puedes pedirme lo que desees y te será concedido. A esto Valeriano replicó: Tengo un hermano al que amo más que a ningún hombre. Te ruego que le dejes tener la gracia de conocer la verdad como yo la he conocido aquí. -Tu petición -respondió el ángel- es agradable a Dios: ambos asistiréis a su fiesta celestial portando la palma del martirio. Mientras hablaba llegó Tiburcio, el hermano de Valeriano. Percibiendo el aroma que se desprendía de las rosas y de los lirios, quedó profundamente asombrado en su fuero interno. -¿De dónde proviene este dulce olor a rosa y lirio que se nota en este aposento y en esta época del año? -dijo-. Ei aroma difícilmente sería más penetrante si estuviese cogiéndolas con la mano. La dulce fragancia que percibo en mi corazón ha cambiado todo mi modo de ser. -Tenemos -le contó Valeriano- dos brillantes y resplandecientes guirnaldas: una blanca como la nieve; la otra, roja rosada, que tus ojos no pueden ver. Pero como sea que recé para que tú pudieses olerlas, querido hermano, también las verás, si te apresuras a creer y a conocer la pura verdad. Tiburcio repuso: -¿Me estás diciendo esto a mí o lo estoy oyendo en un sueño? -Estate seguro, hermano, que los dos hemos estado soñando hasta ahora -replicó Valeriano-; pero ahora, por primera vez, estamos en la verdad. -¿Cómo lo sabes y de qué modo? -preguntó Tiburcio. -Te lo explicaré -replicó Valeriano-. La verdad me la enseñó el ángel de Dios que tú también podrás ver si renuncias a los ídolos y quedas limpio; pero no podrás si sigues así. San Ambrosio decidió hablar sobre el milagro de las dos guirnaldas en uno de sus prefacios. El excelente y amador Doctor, solemnemente, dice así: «Para recibir la palma del martirio, Santa Cecilia, llena de la Gracia de Dios, abandonó el mundo e incluso su lecho de matrimonio; fue testigo de la conversación de Tiburcio y Valeriano, a quien Dios en su bondad le proporcionó dos guirnaldas de flores suavemente perfumadas y se las envió por medio de su ángel. La doncella llevó a los dos hombres a la gloria eterna. El mundo ha aprendido verdaderamente la recompensa de la casta devoción al amor espiritual. Entonces Cecilia demostró claramente a Tiburcio que todos los ídolos eran manifiestamente inútiles, pues no solamente son mudos, sino sordos; y le conminó a repudiarlos. -El que no cree esto, verdaderamente no es más que una bestia del campo -dijo Tiburcio. Al oír esto, ella le besó el pecho, contenta hasta más no poder de que pudiese ver la verdad. -Desde hoy te tengo por camarada mío -le dijo esta bendita doncella, hermosa y amada-. Pues –prosiguió- del mismo modo que el amor de Cristo me hizo esposa de tu hermano, por este mismo motivo, ya que estás dispuesto a renunciar a tus ídolos, te tomo por camarada mío aquí y ahora. Ve ahora con tu hermano y que te bauticen; purificate, además, para poder contemplar el rostro del ángel del que ha hablado tu hermano. -Querido hermano -contestó Tiburcio-, primero dime adónde debo ir y a quién debo presentarme. -¿A quién? -exclamó Valeriano--. Esto sería algo milagroso, me parece. ¿Quieres decir a ese Urbano que ha sido condenado a muerte tantas veces y vive en agujeros y rincones, hoy está aquí, mañana, allí, y no se atreve ni una sola vez a sacar fuera la cabeza? Si se le encontrase o se le denunciase, le quemarían en una hoguera y a nosotros también para hacerle compañía. Y mientras buscamos a esta Deidad que se oculta allí en el cielo, en este mundo vamos a acabar ardiendo en la hoguera. Cecilia le contestó con decisión: -Mi querido hermano, los hombres podrían muy bien temer, y con razón, el perder sus vidas si no existiese otra vida que ésta. Pero no temas: hay otra vida que nunca podrá perderse. A través de su gracia, el Hijo de Dios nos lo ha dado a conocer. El Hijo de aquel Padre que hizo todas las cosas; y, ciertamente, el espíritu que procede del Padre ha dotado de alma a todas las criaturas con inteligencia y capacidad de raciocinio. En sus parábolas y milagros, mientras estaba en este mundo, el Hijo de Dios nos ha mostrado que hay otra vida donde los hombres pueden residir. -Querida hermana -replicó a esto Tiburcio-, ¿no me acabas de decir ahora mismo algo parecido a esto: que no hay más que un Dios, un único verdadero Señor? ¿Cómo es que ahora me hablas de tres? Te lo explicaré antes de que haya acabado -dijo ella-. De la misma forma que un hombre posee tres facultades, memoria, imaginación y raciocinio, igualmente puede haber tres Personas en un único Ser Divino. Entonces ella comenzó a predicarle en serio sobre la venida de Cristo al mundo y le relató todo lo referente a sus sufrimientos y particularidades de su Pasión: cómo, para redimir a la Humanidad que estaba sumida en pecado mortal, el Hijo de Dios se vio obligado a vivir en este mundo. Todas estas cuestiones se las explicó a Tiburcio. Después de esto, lleno de santa aspiración, se fue con Valeriano a ver al Papa Urbano, que dio gracias a Dios y le bautizó con el corazón lleno de gozo y contento. Allí y entonces completó su instrucción y le convirtió en caballero de Dios. Después de esta ceremonia, Tiburcio alcanzó tal gracia, que cada día veía al ángel de Dios en este mundo temporal, y todas las gracias que le pedía a Dios se le concedían rápidamente. Sería muy dificil relacionar los muchos milagros que Jesús realizó por su mediación; pero, finalmente, los oficiales de la ciudad de Roma les buscaron y prendieron, llevándoles ante el prefecto Almaquio, quien les examinó e interrogó hasta averiguar sus objetivos e intenciones. Entonces les envió hacia la estatua de Júpiter diciendo: -Esta es mi sentencia: el que no ofrende sacrificios a Júpiter será decapitado. A continuación, un tal Máximo, oficial subordinado del prefecto, arrestó a los mártires a que me refiero, pero sintió compasión de ellos y se puso a llorar mientras se llevaban a los santos. Y cuando Máximo escuchó sus enseñanzas, obtuvo permiso de los verdugos y se los llevó inmediatamente a su casa. Antes de que anocheciera, esas enseñanzas no solamente libraron a Máximo y a toda su familia de sus falsas creencias, sino también a sus ejecutores, e hicieron que todos ellos creyesen en un único Dios. Al caer la noche, Cecilia vino con sacerdotes y les bautizaron a todos juntos. Más adelante, cuando clareó, les habló con suma gravedad: Ahora, queridos soldados de Cristo, arrojad de vosotros todas las obras de las tinieblas y armaos todos con la armadura de la luz. Habéis luchado una gran batalla en pos de la verdad; vuestra carrera ha sido corrida y habéis mantenido la fe. Id y recibir la corona inmarcesible de luz que el buen juez, a quien habéis servido, os dará según vuestros merecimientos6 Poco después de haberles dirigido esas palabras fueron conducidos a efectuar el sacrificio. Sin embargo, cuando llegaron al lugar, se negaron en redondo tanto a ofrendar sacrificios como incienso; en su lugar se arrodillaron con el corazón humilde y una firmísima devoción. Fueron decapitados allí mismo; sus almas subieron directamente al Rey de la gracia. Máximo, que lo había visto todo, fue testigo de todo, y llorando amargamente anunció que había visto a sus almas elevarse hacia el cielo ayudadas por ángeles de claridad y luz. Sus palabras convirtieron a muchos, y, por dicho motivo, Almaquio hizo que le azotasen con tal severidad con un látigo de plomo, que su vida le abandonó. Entonces Cecilia recogió su cadáver y, con gran secreto, le enterró, junto a Tiburcio y a Valeriano, bajo una piedra de su propio cementerio. Al enterarse, Almaquio ordenó inmediatamente a sus oficiales que fuesen en busca de Cecilia para que, públicamente, pudiese realizar sacrificios y ofrecer incienso a Júpiter ante su presencia. Pero aquéllos, que habían sido convertidos por sus sabias enseñanzas, lloraron amargamente y, dando completo crédito a lo que ella afirmaba, gritaron una y otra vez: -Cristo, el Hilo de Dios y su Co-Igual -que es servido por tan buen criado, es el verdadero Dios-, ésta es nuestra creencia y esto lo sostenemos unánimemente, aunque luego perezcamos. Al enterarse de estos sucesos, Almaquio ordenó que le trajesen a Cecilia para poder verla. Y esto fue lo primero que él le preguntó: -¿Qué clase de mujer eres? -Nací noble -dijo ella. Te estoy preguntando por tu fe y tu religión, aunque esto puede ocasionarte problemas. -Has empezado tu interrogatorio de un modo estúpido -replicó ella-. Tú esperas dos respuestas a una sola pregunta. Preguntaste como un tonto. Ante esta insolencia, Almaquio replicó: -¿De dónde sacas estas respuestas tan despectivas? -¿De dónde? -respondió Cecilia-. De la conciencia y de una fe franca y buena. -¿No tienes respeto a mi autoridad? -añadió Almaquio. -Tu poder no tiene nada para infundir temor; el poder de los hombres mortales no es más que una vejiga llena de aire. La punta de una aguja puede desinflar su hinchado orgullo. -Tú empezaste mal y persistes en él -dijo-. ¿Ignoras que nuestros nobles y poderosos príncipes han dispuesto y ordenado que todo cristiano sufra castigo a menos que renuncie a su fe y quede libre abjurando de ella? Tus príncipes están equivocados y también lo están tus nobles -añadió Cecilia-. Nos haces culpables por una ley estúpida, aunque la verdad es que no somos culpables. Eres tú, que te das perfectamente cuenta de nuestra inocencia, que nos imputas el crimen y viertes odio sobre nosotros porque reverenciamos a Cristo y llevamos el nombre de cristianos. Pero nosotros, que conocemos el poder de este nombre, no podemos abjurar de él. -Tienes dos opciones a elegir -replicó Almaquio-. O bien realizar sacrificios, o renuncias a tu cristianismo. De este modo puedes librarte. Al oír eso, la bendita y santa virgen se echó a reír. -¡Mira que estar condenada a escuchar semejante sandez! -dijo ella al juez-. ¿Querrías que renunciase a la inocencia y me convirtiese en criminal? Miradle: se está poniendo en ridículo frente a todo el tribunal; su mente delira, y mira fijo como un loco. -¡Desgraciada! -exclamó Almaquio-. ¿No te das cuenta del alcance de mi poder? ¿No me han concedido nuestros poderosos príncipes poder y autoridad para la vida o la muerte? ¿Cómo te atreves a dirigirme la palabra con tanta arrogancia? -No hablo con arrogancia, sino con firmeza -profirió ella-. Por mi parte, puedo decir que nosotros, los cristianos, tenemos un odio mortal hacia el pecado de orgullo. Y si no tienes miedo de escuchar la verdad, yo demostraré públicamente y de manera convincente que has proferido una monstruosa mentira. Tú dices que tus príncipes te han otorgado poder de vida y muerte sobre la gente: tú solamente puedes destruir vidas. Tú no tienes otra autoridad o poder. Lo que tú sí puedes decir es que tus príncipes te han hecho servidor de la muerte. Si pretender ser más, mientes, pues tu poder es escaso. -¡Ya he tolerado bastante insolencia de tu parte! -exclamó Almaquio-. Antes de que te vayas, haz sacrificios a nuestros dioses. No me importan los insultos que lances contra mí, pues los puedo soportar como un filósofo; pero lo que no soportaré serán los improperios que acumulas contra nuestros dioses. -Tú, estúpida criatura -contestó Cecilia-. Desde el primer momento en que abriste la boca, cada una de tus palabras me han proclamado tu estulticia y me has demostrado por todos los medios que eres un oficial ignorante y un juez impotente. Para lo que te sirven tus ojos corporales, podrías estar completamente ciego, pues una cara que vemos todos es una piedra, lo cual es completamente obvio, una piedra a la que tú llamas un dios. Sigue mi consejo, ya que no puedes hacer caso de esos ojos tuyos. Coloca tu mano sobre ella y pálpala: verás que es una piedra. ¿No te da vergüenza de que la gente se ría de ti y se mofe de tu estupidez? Pues todo el mundo sabe que Dios Todopoderoso está arriba en los cielos, mientras que estos ídolos, como puedes ver fácilmente, no sirven de nada ni a ti ni a sí mismos; de hecho, no valen ni un cuarto. Estas y otras parecidas palabras profirió Alicia hasta que Almaquio se puso furioso y ordenó que se la llevasen a su casa. -Quemadla en un baño de llamas en su propia casa -añadió él. Y tal como lo mandó, se hizo. La introdujeron en una bañera, que cerraron, y encendieron un gran fuego debajo, que mantuvieron encendido noche y día. Ella se pasó así toda la santa noche y el día siguiente, pero a pesar de todo el fuego y el calor del baño ella seguía fresca y sin sentir dolor alguno, ni siquiera sudaba. Pero en aquella bañera tenía que perder la vida, pues, en la iniquidad de su corazón, Almaquio envió un mensajero con órdenes de asesinarla allí mismo. El verdugo le asestó tres golpes al cuello, pero no pudo cercenárselo del todo. Y como sea que en aquella época había una ley por la cual nadie podría sufrir el castigo de que le asestasen un cuarto golpe, ni ligero ni fuerte, no se atrevió a hacer más, y se marchó dejándola allí medio muerta con el cuello abierto por los cortes. Los cristianos que estaban a su alrededor recogieron cuidadosamente la sangre en sábanas. Tres días vivió ella en medio de este tormento, sin dejar de enseñar y predicar la fe a los que ella había convertido. Les encargó que entregasen sus bienes y objetos al Papa Urbano diciendo: -Pedí al Rey del Cielo tres días de respiro, no más, para poder encomendar estas almas a vosotros antes de marcharme y encargaros que mi casa sea convertida en iglesia para siempre jamás. San Urbano y sus diáconos se llevaron en secreto su cuerpo y lo enterraron de noche, honorablemente, junto a los demás santos. Su casa se llama iglesia de Santa Cecilia; San Urbano fue quien la consagró como correspondía, hasta hoy, donde Jesucristo y su Santa han sido siempre venerados. 3. EL PRÓLOGO DEL CRIADO DEL CANÓNIGO Cuando se terminó el relato de la vida de Santa Cecilia -no habíamos corrido más de cinco millas a caballo-, nos alcanzó un hombre en Boughton-under-Blean7. Iba vestido con ropas negras y llevaba una sobrepelliz blanca debajo. Parecía como si hubiese espoleado fuerte en las últimas tres millas, ya que su rocín, de color gris moteado, estaba completamente empapado de sudor, mientras que el caballo sobre el que montaba su criado estaba tan recubierto de espuma que apenas si podía continuar. La espuma sobre el arnés del pecho era tan espesa y estaba salpicado de tal forma, que parecía una urraca. Sobre la grupa tenía una bolsa de cuero que llevaba doblada; parecía que transportaba poca cosa y viajaba con una impedimenta ligera de verano. Estaba preguntándome de quién se trataba, cuando observé la forma en que su caperuza iba cosida a su capa. Por ello, después de reflexionar un poco, pensé se trataba de una especie de canónigo8. Su sombrero colgaba de su espalda por un cordel, pues había cabalgado más rápido que al paso o al trote: había estado galopando como un loco. Llevaba una hoja de bardana debajo de la caperuza para que no se le pegase el sudor y mantener la cabeza fresca. Era algo digno de ver de qué forma sudaba: su frente goteaba como un alambique lleno de cañarroya o panetana. A1 acercársenos manifestó: -Dios bendiga a este grupo tan alegre; he estado galopando de firme por vuestra culpa. Quería alcanzaros e integrarme a esta feliz comitiva. Su criado, también de modo muy cortés, comentó: -Señores, os vi cuando salisteis esta mañana de la hospedería, montados en vuestros caballos; por lo que se lo comuniqué a mi señor y dueño aquí presente, pues tiene muchas ganas de cabalgar junto a vosotros para su diversión, ya que le encanta charlar. -Habéis tenido suerte en decírselo, amigo mío -dijo nuestro anfitrión-, pues vuestro dueño ciertamente parece ser una persona de recursos, o así lo creo yo, y lleno de mucho ánimo. Le agradeceré que nos cuente uno o dos cuentos agradables para divertir a la concurrencia. -¿Quién, señor? ¿Mi dueño? ¡Ya lo creo que sí! Sabe más de lo necesario sobre diversiones y juegos. Creedme, señor, si le conocieseis tan bien como yo, os quedaríais sorprendidos de su destreza y capacidad en toda clase de asuntos. Se ha encargado de muchos grandes proyectos que resultarían muy dificiles para cualquiera de los presentes de llevar a cabo, a menos que él os enseñase cómo hacerlo. Aunque tiene un aspecto corriente cabalgando así junto a ustedes, descubriréis que vale la pena conocerle. Llegaría incluso a apostar todo lo que poseo a que pagaríais una suma considerable por haberle conocido. Os haré una advertencia: se trata de un hombre distinguido, de un hombre verdaderamente notable. -Bueno -dijo nuestro anfitrión-. Entonces decidnos si se trata o no de un clérigo. Decidnos quién es. -No, es mucho más que un clérigo, ciertamente -respondió el criado-. Os contaré algo de su profesión en pocas palabras. Permitidme que os diga que mi dueño conoce artes secretas (pero no todos aprenderéis sus secretos de mí). Yo le ayudo un poco en su trabajo; podría volver patas arriba todo el terreno por el que cabalgamos hasta la ciudad de Canterbury y pavimentarlo todo de oro y plata. Cuando el criado manifestó eso, nuestro anfitrión exclamó: -¡Dios nos bendiga! Me parece bastante maravilloso que vuestro dueño sea tan ingenioso y sepa tanto al respecto y se preocupe tan poco de su aspecto. Lleva una capa que no vale un pito. ¡Maldita sea! Está sucia y andrajosa. ¿Cómo es que vuestro dueño va tan desastrado si tiene poder económico para comprar mejor paño? Suponiendo, claro está, que sea cierto lo que decís. Explicádmelo, por favor. -¿Por qué me preguntáis a mí? -dijo el criado-. ¡Que Dios me perdone! Nunca mejorará (aunque jamás admitiré haber dicho esto, por lo que, por favor, guardáoslo para vos). En mi opinión, es demasiado inteligente y me quedo corto. Suficiente ya es igual que un banquete, como suele decirse; demasiado es un error. Este es el motivo por el que le creo tonto e idiota. Cuando un hombre tiene demasiado cerebro, ocurre que lo utiliza mal. Esto es lo que le pasa a mi amo. Es para mí una maldición, si Dios no lo arregla. Esto es todo lo que puedo deciros. -No os importe, buen criado -añadió nuestro anfitrión-; pero como conocéis los talentos de vuestro dueño, permitidme que os presione para que me digáis qué es lo que hace, y a qué es tan mañoso e ingenioso. ¿Dónde vive, si es que puede preguntarse? -En las afueras de una ciudad -respondió él-, escondiéndose por rincones y callejuelas en los que se reúnen corrientemente ladrones y asaltadores, viviendo constantemente ocultos y temerosos como todos los que no se atreven a mostrar el rostro; así es como vivimos, si es que hay que decir la verdad. -¿Puedo preguntaros algo más? -prosiguió nuestro anfitrión-. Decidme, ¿por qué vuestro rostro está tan descolorido? -¡Por San Pedro! -exclamó el criado-. He sido desafortunado, he aquí el por qué. Estoy tan acostumbrado a soplar el fuego, que, supongo, eso me ha cambiado el color. No me paso el tiempo mirándome en los espejos, sino trabajando hasta matarme y aprendiendo a transmutar metal en oro. Nos llegamos a marear mirando fijamente el fuego; pero, a pesar de todo, no conseguimos lo que esperamos y nunca alcanzamos nuestro objetivo. Engañamos a bastante gente y les pedimos prestado, digamos una libra o dos, o diez, o doce, o incluso sumas mayores de oro, y les hacemos creer que, por lo menos, podemos doblar su dinero. Pero todo son mentiras, aunque tenemos fundadas esperanzas de que puede hacerse y seguimos tratando de conseguirlo. Sin embargo, la ciencia de la alquimia está tan lejos de nosotros, que no podemos ponemos al corriente, digamos lo que digamos; se nos escapa tan deprisa.... que al final acabaremos mendigando. Mientras el criado estaba diciendo todo esto con su parloteo, el canónigo se acercó a él y oyó todo lo que decía. Este canónigo siempre sospechaba de la gente habladora. Pues, como dice Catón, los que tienen culpa creen que todo el mundo habla de ellos. Este fue el motivo por el que se acercó más al criado para oír sus comentarios. Entonces gritó al criado y le dijo: -Contén tu lengua. No digas ni una palabra más. Si no te callas, haré que te arrepientas. Me estás difamando ante estas personas y, lo que es más, les estás revelando lo que debe permanecer oculto. -Está bien -añadió el anfitrión-. Seguid contando. No me importa el qué. Y no hagáis el menor caso de sus amenazas. -¡Pues claro que no le haré caso! -replicó el criado. Y cuando el canónigo vio que no había nada a hacer y que su criado estaba dispuesto a contar todos sus secretos, contrariado y humillado, se volvió y salió huyendo. -¡Ah! -exclamó el criado--. Pues nos divertiremos con eso. Ahora, viendo que se ha ido, os contaré todo lo que sé.... ¡que el diablo le ahogue! Desde ahora, os prometo que no tendré nada más que ver con él, tanto si me ofrece libras como peniques. ¡Que penas y oprobios caigan sobre su cabeza! Fue el primero en arrastrarme a este juego (que no ha sido para mí ningún juego, os lo aseguro). Pensad lo que penséis, estos son mis sentimientos. Sin embargo, a pesar de toda la infelicidad, aflicciones, trabajos y desgracias que el asunto me trajo, nunca me decidía a separarme del mismo. ¡Ojalá Dios quisiese que tuviera cerebro para contaros todo lo que se relaciona con esta ciencia! Con todo, os diré algo sobre eso. Como sea que mi amo se ha marchado, no me callaré nada. Contaré todo lo que sé. 4. EL CUENTO DEL CRIADO DEL CANÓNIGO Llevo viviendo siete años con este canónigo y no he adquirido casi nada de su ciencia. Por ella, he perdido todo lo que tenía, como -Dios lo sabe- muchos otros además de mí. Hubo un tiempo en que solía ser alegre y animoso y tenía buenos trajes y adornos; ahora, un viejo calcetín me sirve de gorro. Mi rostro era fresco y lozano; ahora, es plomizo y marchito. Meteos en la alquimia y veréis con cuánta amargura os arrepentiréis. Mis ojos todavía lagrimean por la forma con que se me ha tomado el pelo. ¡Ved lo que se consigue con la alquimia! Esta ciencia resbaladiza me ha dejado con lo puesto. Me he quedado sin recursos. Y, además, para colmo, la verdad es que estoy tan endeudado por el oro que he tomado prestado que, mientras viva, no alcanzaré a pagarlo. Ojalá sea yo una seria advertencia para todos. Cualquiera que se meta en ella, ya va listo si persiste. Esto es lo que opino. Pues todo lo que conseguirá será un cerebro embotado y el bolsillo vacío. Y cuando todos sus bienes se hayan arriesgado y perdido por su locura e insensatez, excitará a otros, que también perderán lo suyo, como lo perdió él. Los sinvergüenzas encuentran que es una diversión y un consuelo el tener compañeros en la desgracia, o, por lo menos, así me lo enseñó un estudioso. Pero no importa: os contaré lo que hacemos. Parecemos muy sabios en el laboratorio -nuestra jerga es muy rara y técnica-, en donde practicamos esta recóndita ciencia nuestra. Yo soplo el fuego hasta que el corazón no puede más. ¿Por qué tengo que daros todas las proporciones de los ingredientes? Por ejemplo, cinco o seis onzas de plata, o alguna cantidad parecida. O entretenerme dándoos sus nombres: oro, pimentel, huesos quemados, limaduras de hierro molidas hasta convertirlas en polvo fino, y describir cómo se ponen dentro de una cazuela de loza (se pone sal y pimienta antes de colocar los polvos que ya he mencionado), cubriéndola herméticamente con una placa de vidrio, junto con muchas otras cosas; de la forma con que el vidrio y la cazuela se cierran herméticamente con arcilla para que no se pueda escapar el aire; de cómo se regula el fuego, de vivo a moderado; de los esfuerzos y trastornos que pasamos vaporizando nuestros ingredientes, amalgamando y calcinando la plata viva, llamada también mercurio crudo. A pesar de aplicar todo nuestro ingenio, nunca conseguimos resultado positivo alguno. Nada sirve de nada, ni el oropimentel, ni el mercurio sublimado, ni el protóxido de plomo molido en un mortero de pórfido, tantas onzas de cada uno: todos nuestros esfuerzos resultan vanos. Ni los gases que se desprenden, ni los sólidos que se quedan pegados en el fondo de la cazuela tienen la menor utilización para el trabajo que hacemos. Todo nuestro afán y sus correspondientes horas perdidas son inútiles. Y todo nuestro capital queda también volatilizado. ¡Así se lo lleve el diablo! Hay tantas cosas referentes a esta ciencia nuestra, que por no tener instrucción, no las podré repetir ordenadamente. Sin embargo, las iré enumerando tal y como me vengan a la memoria, aunque no sepa situarlas en la categoría adecuada: arcilla armenia, verdete, bórax, varios recipientes de vidrio y loza: orinales, retortas, redomas, crisoles, vaporizadores, retomas de calabaza, alambiques y materiales diversos que no valen ni un pimiento. No hace falta relacionarlo todo: agua rubificada, hiel de toro, arsénico, sal, amoniaco, azufre... Y si quisierais perder el tiempo podría recitar toda una serie de hierbas: agrimonia, valeriana, lunaria, etc..., y otras muchas que no es preciso mencionar. Nuestras lámparas ardían noche y día tratando de conseguir resultados; nuestros hornos para calcificar, o para albificación del agua, cal viva, yeso blanco del hueso; diversos polvos, ceniza, excremento, orina, arcilla, receptáculos encerados, salitre, vitriolo; las distintas formas de arder de la madera y del carbón vegetal; potasa, álcali, sal preparada, tostados, coagulados, arcilla mezclada con pelo de caballo o pelo humano, aceite tártaro, alumbre de roca, levadura, mosto, tártaro en bruto, rejalgar. Y, asimismo, la incorporación de otras sustancias absorbentes: nuestra plata citronizada y sustancias en fermentación o selladas herméticamente; nuestro moldes, nuestras probetas y todo el resto. Os lo repetiré tal y como me lo enseñaron: los cuatro espíritus y los siete cuerpos, por su orden. Así se los he oído nombrar a mi dueño. El primer espíritu se llama plata viva (o azogue); el segundo, oropimentel; el tercero, sal amoniaco, y el cuarto, azufre. Aquí tenemos ahora a los siete cuerpos: el oro, que corresponde al Sol; la plata, a la Luna; el hierro, a Marte; la plata viva, a Mercurio; el plomo, a Saturno; el estaño, a Júpiter, y el cobre, a Venus. ¡Como que soy hijo de mi padre! Nadie que se meta en esta condenada ciencia obtendrá lo suficiente para ir tirando: perderá cada penique que se gaste en ella. De esto no albergo ni la más pequeña duda. ¿Alguien quiere ponerse en ridículo? Que estudie alquimia. Si tenéis dinero, también podréis ser alquimista. ¿Creéis quizá que es demasiado fácil de aprender? No, no, cien veces no. Tanto si sois monjes, frailes, sacerdotes, canónigos, no importa el qué, y os paséis sentados días y noches con vuestros libros estudiando esta ciencia tenebrosa y maravillosa, Dios sabe que será en vano, y -¡por Dios!- peor que en vano. En cuanto a enseñarla a un hombre sin cultura... ¡Bah! No habléis de ello: no puede hacerse. Pero tanto si habéis estudiado libros como si no, al final, lo mismo da. Por mi salvación, si estudiáis alquimia, cuando terminéis, estaréis exactamente donde estabais al principio: es decir, no habréis llegado a ninguna parte. Pero -ahora que me acuerdo- olvidé relacionar los ácidos, las limaduras de metal, los modos de reblandecer y de endurecer sustancias, los óleos, abluciones y metales fusibles (la lista completa excedería a cualquier libro existente). Sería conveniente que me diese un descanso y dejar de recitar todos estos nombres, pues juro que he repetido los suficientes para hacer alzar del infierno al más ceñudo de los diablos. ¡Ah, no! ¡Que se vaya a la porra! Todos nosotros buscamos la Piedra Filosofal o Elixir, como también se la llama. Si al menos la hubiéramos conseguido, estaríamos salvados. Pero declaro -como hay Dios en el cielo- que, a pesar de toda nuestra maña y todo nuestro ingenio, y de haberlo hecho, no quiso salirnos. Nos hizo desperdiciar todo lo que poseíamos, un pensamiento que casi nos volvería locos si no fuese por la constante esperanza que alimentaba nuestros corazones, incluso en los momentos más amargos, de que la Piedra Filosofal conseguiría finalmente salvarnos. Tales suposiciones son duras y dolorosas, os lo advierto muy seriamente. Constituye una investigación sin fin. El confiar en el tiempo futuro hace que los hombres se separen de todo lo que tienen. Sin embargo, de esta ciencia nunca tienen bastante. Parece conllevar un fatal encantamiento. Pues aunque no tuviesen más que una sábana para envolverse por las noches o una vieja capa para cubrir sus espaldas durante el día, se las venderían para gastarse el dinero en la alquimia. No pueden detenerse hasta que ya no queda nada. Además, dondequiera que vayan se les puede reconocer por el olor a azufre que desprenden. Despiden vaho como las cabras. Creedme, su hedor es tan caliente y tan cameril, que se les huele a una milla de distancia. Por consiguiente, si lo deseáis, podéis descubrir que se trata de gentes así, tanto por su mal olor como por sus harapos deshilachados. Y si les llamáis aparte y les preguntáis por qué van tan mal vestidos, os susurrarán al oído que si les descubriesen, serían condenados a muerte por su alquimia. Así es cómo despluman al inocente. Basta de esto. Continuaré mi relato. Antes de que la cazuela sea puesta al fuego, mi maestro y nadie mas que él- calienta una cierta cantidad de metales -ahora que se ha ido puedo hablar-, pues dice de él mismo que es un experto; al menos sé que se ha ganado dicha reputación. Sin embargo, siempre se está metiendo en lios. ¿Me preguntáis cómo? Generalmente suele suceder que la cazuela estalla, y así, ¡adiós a todo! Estos metales son tan combustibles que nuestras paredes podían resistirlos únicamente si estuvieran construidas de piedra y mortero; pues sucede que atraviesan directamente los muros y parte del material se filtra por el suelo. De esta forma hemos perdido algunas libras, ya que parte queda esparcida por el suelo y el resto sale disparado hacia el techo. Aunque el diablo nunca se nos aparece, apuesto cualquier cosa a que el viejo enredón está allá haciéndonos compañía. Es dificil que en el infierno, donde ése es amo y señor, haya más cólera, rabia y rencor. Pues cuando nuestra cazuela salta en pedazos por los aires, como he dicho, entonces todos empiezan a reñir y a sentirse fastidiados. -Esto es por la forma en que se hizo el fuego -dice uno. Otro afirma: -No, los que enredaron la cosa fueron los fuelles (y entonces me asusto, pues ésa es mi tarea). -Los materiales -exclama un tercero- no tenían la proporción adecuada. No sabéis de qué estáis hablando. -No -dice un cuarto-, callad y escuchadme: eso ocurrió porque en el fuego no había haya: esa es la única y sola razón. ¡Que me confunda si miento! Yo, personalmente, no tengo idea de qué fue lo que pasó; sólo sabía que me hallaba en medio de una fuerte discusión. -Bueno -dice mi amo-, no se puede remediar. Ya evitaré esos riesgos en el futuro. Estoy segurísimo de que la cazuela estaba agrietada; pero sea como sea, ¡no te quedes ahí pasmado con la boca abierta! Anímate, barre el suelo como de costumbre y cobra ánimos. ¡No te descorazones! Entonces barría los residuos amontonándolos, se ponía una lona en el suelo y toda esa basura se arrojaba sobre un tamiz, se tamizaba y la operación se repetía una y otra vez. -Dios mío -decía uno-, aquí todavía hay algo de nuestro metal, aunque no lo tengamos todo. Aunque las cosas hayan ido mal por el momento, otra vez saldrán quizá bien. Si no especulas, no acumulas. Que Dios nos perdone, pero a un comerciante no siempre le van bien las cosas, créeme. Algunas veces sus géneros van a pique; otras, llegan a tierra sanas y salvas. -¡Silencio! -responde mi maestro-. La próxima vez encontraré medio de que nuestro barco llegue a casa de un modo diferente. Y si no lo encuentro, no me culpéis. Algo fue mal en alguna parte, ya lo sé. Otro comenta que el fuego estaba demasiado caliente; sobre si estaba demasiado caliente o frío solamente diré esto: cada vez sale mal. Fracasábamos en nuestro objetivo, pero, sin embargo, proseguíamos con nuestra desvarada locura. Cuando estamos todos juntos, cada uno de nosotros parece tan sabio como Salomón, pero ya os he dicho que no es oro todo lo que reluce, ni -diga lo que diga la gente- sanas todas las manzanas que alegran la vista. Y eso es lo que nos pasa a nosotros: el que parece más sabio, es -cuando se llega a la demostración- el más grande tonto; y el que parece más honrado, resulta ladrón. ¡Jesús! Esto os resultará evidente para cuando termine mi relato. Hay entre nosotros un canónigo que podría contaminar a una ciudad del tamaño de Nínive, Roma, Alejandría, Troya y otras tres, todas juntas. Aunque viviese mil años, ningún hombre podría registrar todos sus trucos y desvergonzado engaño. En todo el ancho del mundo no hay nadie que le llegue a la suela del zapato como timador. Cuando habla a alguien lo hace con una jerga tan complicada y retorcida, y con argumentos tan sutiles, que en dos minutos tiene al sujeto completamente embaucado, a menos que, casualmente, sea un diablo procedente del infierno como él. Hasta la fecha lleva engañados a centenares de personas y seguirá engañando a muchos más mientras tenga aliento. Y, sin embargo, hay personas que, ignorando su verdadero carácter, viajan muchas millas para verle y conocerle. Carácter que, si tenéis paciencia en escucharme, os revelaré aquí y ahora. Vosotros, honorables canónigos seculares, no creáis que estoy difamando vuestra hermandad, aunque mi cuento se refiera a uno de vuestra cofradía. Dios sabe que hay sinvergüenzas en todas las corporaciones religiosas, pero Dios no quiera que toda la hermandad pague la estupidez o locura de un solo individuo. No tengo ni la más pequeña intención de difamaros; yo sólo pretendo criticar lo que va mal. Este cuento no va dirigido a vosotros en particular, sino que puede aplicarse también a muchos más. Como muy bien sabéis, ninguno de los doce apóstoles de Cristo, salvo el propio judas, fue traidor. ¿Por qué, entonces, marcar a los demás con un estigma, si son inocentes? Os diré que ocurre lo mismo en vuestro caso, salvo por una cosa, si me escucháis: si hay un judas entre vosotros seguid mi consejo, libraos de él enseguida si teméis la ruina o caer en desgracia por su causa. Por favor, no os ofendáis. Escuchad antes lo que voy a deciros sobre este caso en particular. Hubo un sacerdote prebendado que había vivido durante muchos años en Londres. Se hizo tan agradable y colmó de tantas atenciones a la dueña de la casa en la que se alojaba, que ésta no le permitía pagar ni un solo penique ni por la pensión ni por la ropa: tan sencillo y cortés se mostraba siempre. Tenía mucho dinero para gastar. Pero esto no importa. Ahora proseguiré con mi relato del canónigo que arruinó al sacerdote. Un día este sinvergüenza de canónigo visitó al sacerdote en el aposento en el que se alojaba y le pidió que le prestase una cierta cantidad de oro, prometiéndole que se lo devolvería en su integridad. Le dijo: -Prestadme un marco de oro, sólo por tres días, y os lo devolveré puntualmente. Si os engaño, al tercer día me mandas ahorcar. El sacerdote le prestó el marco de oro allí mismo. El canónigo le dio las gracias repetidamente, se despidió y se marchó. Al tercer día trajo el dinero y se lo devolvió al sacerdote. Éste quedó tan satisfecho, que dijo: -Realmente no me sabe mal el prestar a alguien un doblón o dos, o incluso tres, o lo que lleve encima, si este alguien es de la clase de personas honradas que devuelven el dinero como un clavo, pase lo que pase. Nunca tendré un «no» para un hombre así. -¡Cómo! -exclamó el canónigo-. ¿Yo poco honrado? Esto sí que sería algo nuevo. Que Dios me perdone, pero mi palabra es una cosa que siempre mantendré hasta el día que me halle en la tumba. Creed en eso como creéis en el Credo. Dios sea alabado -creo que es un buen momento para decirlo-, ningún hombre ha salido perdiendo jamás por prestarme oro o plata, pues nunca mi corazón ha albergado el más pequeño engaño. Pues bien, señor -prosiguió él-, ya que habéis sido tan generoso y me habéis mostrado tanta amabilidad, os revelaré algo que conozco en secreto, como pago parcial de vuestra bondad. Por si quisieseis aprenderla, os haré una clara demostración de mi destreza en alquimia. Ahora fijaos bien: con vuestros propios ojos me veréis realizar un milagro antes de que me vaya. -¿De veras? -dijo el sacerdote-. ¿De veras que lo haréis? ¡Por Santa María! Hacedlo, hacedlo. Os lo ruego. --Como queráis, pues -profirió el canónigo- Dios no permita que obre de otro modo. Pero ¡qué bien sabía aquel canónigo trapacero presentar sus servicios! ¡Cuán verdad es la de que, como testifican las viejas autoridades, «el servicio ofrecido huele mal»! Y muy pronto se verá que esto era cierto en el caso de este canónigo, padre de todo fraude, cuya mayor satisfacción y alegría consistía en llevar a la gente cristiana a su destrucción, pues su endiablado corazón estaba lleno de planes perversos. ¡Que Dios nos guarde de sus engañosos embustes! El sacerdote no sabía nada del hombre con quien estaba tratando, ni albergaba la menor sospecha de lo que le esperaba. ¡Oh sencillo sacerdote! ¡Pobre inocente, a punto de quedar cegado por su propia codicia! Infeliz individuo: tu capacidad de comprensión está totalmente obnubilada; no tienes ni la menor idea del engaño que este zorro ha planeado; no podrás escaparte de sus astutas estratagemas. Así que, pobre infeliz, para que llegue antes la consumación de tu ruina, me apresuraré a relatar, hasta donde mi habilidad lo permita, tu insensata locura y la duplicidad de aquel otro desgraciado. ¿Os pensáis quizá que este canónigo es mi dueño? Señor anfitrión, juro por la Reina de los Cielos que no se trata de él, sino de otro, cien veces más astuto, que ha timado a la gente una y otra vez (mi cerebro se nubla al contemplar su doblez). Cuando hablo de su poca honradez, mis mejillas se tiñen de rubor por la vergüenza que siento por su causa, o al menos empieza a arder, ya que, como sabéis, no tengo colores en el rostro debido a los diversos vapores que se desprendían de los metales que he consumido y despilfarrado. Ahora, observad la villanía de este canónigo. -Ahora, señor -le dijo al sacerdote-, haced que vuestro criado vaya a por algo de mercurio para poderlo tener aquí enseguida. Que traiga dos o tres onzas. Cuando llegue con él, veréis una cosa maravillosa que jamás se ha visto. -Vuestro encargo será ejecutado sin falta -respondió el sacerdote, y ordenó a su criado que fuese a buscar el metal. Éste obedeció prontamente: salió y regresó con tres onzas de mercurio, no menos, que entregó al canónigo, el cual las depositó cuidadosamente; luego dijo al criado que trajese un poco de carbón vegetal para poner manos a la obra inmediatamente. El carbón fue traído sin dilación. El canónigo se sacó del pecho un crisol, que mostró al sacerdote. -¿Veis este instrumento? Tomadlo con vuestra mano y vos mismo poned una onza de este mercurio. Ahora, en el nombre de Cristo, empieza vuestro cursillo de alquimista. Hay muy pocos a los que haya ofrecido revelarles esto de mi ciencia. Pues ahora contemplaréis un experimento, por el cual transformaré o reduciré este mercurio y lo haré maleable -sin engaño y ante vuestros ojos- y lo convertiré en plata pura y fina como la que haya en vuestra bolsa o en la mía, o en la que cualquier otra persona. Si no, podréis llamarme estafador e indigno de mostrar el rostro entre la gente honrada. Aquí tengo unos polvos que me costaron muchísimo. Ellos serán los que hagan el truco, pues constituyen la base de mi poder, que estoy a punto de revelaros. Mandad a vuestro criado que se vaya del aposento y se quede fuera. Mantened la puerta cerrada mientras nos ocupamos de asuntos secretos, para que nadie nos espíe mientras estamos manos a la obra con esta ciencia. Todo se hizo como él pidió. El criado fue enviado afuera inmediatamente. Su dueño cerró entonces la puerta y ambos se pusieron enseguida a trabajar. A requerimiento de este canónigo sinvergüenza, el sacerdote colocó el material sobre el fuego, que avivó soplando con gran diligencia, mientras el canónigo salpicaba de polvos el interior del crisol (ignoro lo que eran, yeso o vidrio o cualquier cosa que no vale ni una maldición) para burlar al sacerdote. Luego le indicó que se apresurara a amontonar carbón vegetal en la parte superior del crisol. -Como señal de aprecio que os tengo -dijo el canónigo-, todo lo que tengo que hacer se hará con vuestras propias manos. -Un millón de gracias -respondió el satisfecho sacerdote mientras amontonaba carbón vegetal, tal como le indicaba el canónigo. Durante esta operación, ese condenado bribón, ese canónigo sinvergüenza -¡que el diablo se lo lleve!- cogió un carbón de madera de haya, en el que se había practicado cuidadosamente un agujero, y puso en su interior una onza de limaduras de plata, taponando el agujero con cera para evitar que las limaduras saliesen. Entended esto: este artilugio fraudulento no lo hizo allí mismo, sino que ya lo traía preparado de antes, como otras cosas que llevaba encima y sobre las que luego os contaré. El canónigo había planeado con anterioridad hacerle el truco al sacerdote y, desde luego, se lo hizo antes de separarse. No podría cejar hasta que hubiese dejado al otro completamente sin blanca. Cuando hablo de él se me turba la mente; le haría pagar por todas sus mentiras, si supiese cómo. Pero éste hoy está aquí y mañana ya ha volado. Es tan inquieto, que jamás permanece en el mismo sitio. Ahora, por amor de Dios, fijaos en eso, caballeros. Tomando el fragmento de carbón vegetal del que he hablado antes, el canónigo lo mantuvo oculto en la mano mientras el sacerdote estaba entretenido amontonando carbones como os he dicho, y expuso en voz alta: -Amigo, lo estáis haciendo todo al revés: no tiene el asiento bien hecho, pero pronto lo arreglaré. Dejadme manipular un poco. -Pero, ¡por San Gil! Sí que lo siento. ¡Tenéis tanto calor! Puedo ver cómo el sudor os cae a gotas; tomad este paño y secaos. Y mientras el sacerdote se secaba la cara, el canónigo -¡que el diablo se lo lleve!- cogió su pedazo de carbón y lo colocó encima del centro del crisol y luego sopló con fuerza hasta que los carbones empezaron a arder vivamente. -Bebamos ahora algo -dijo el canónigo-. Confiad en mí. Todo estará dentro de un instante. Sentémonos a refrescarnos. Y cuando el carbón de madera de haya se quemó, todas las limaduras salieron del agujero y cayeron dentro del crisol como era lógico que sucediese, ya que estaban colocadas encima mismo de su abertura. Pero de esto el buen sacerdote no sabía nada. No tenía ni idea del engaño que se fraguaba contra él, pues creía que todos los carbones eran idénticos y sin manipular. Cuando creyó que había llegado el momento, el alquimista dijo: -Levantaos ahora, señor cura, y quedaos de pie junto a mí. Como sea que estoy seguro de que no tenéis ningún molde, salid y conseguidme un pedazo de yeso; con suerte lo cortaré dándole la forma de molde. Luego me traéis un cazo o palangana de agua y veréis lo bien que sale nuestro trabajo. Y para que no desconfiéis o sospechéis de mí mientras estáis fuera, no me apartaré de vuestro lado, y saldré y volveré con vos. Para abreviar, abrieron la puerta del aposento, la cerraron con llave, se la llevaron con ellos, salieron y regresaron. Pero bueno, ¿por qué tengo que pasarme todo el día detallando? El canónigo cogió el yeso y lo talló en forma de molde como voy a describir. Escuchad. De su manga saco una pequeña barrita de plata -¡la horca es demasiado poco para él!- que no pesaba más de una onza. Ahora observad su condenada prestidigitación. Cortó el molde a la misma anchura y longitud de dicha barrita, pero con tal maña que podéis estar seguros que el sacerdote jamás la vio; luego la escondió otra vez en la manga. A continuación quitó el crisol del fuego y, con expresión satisfecha, vertió su contenido en el molde; después, cuando estuvo a punto, lo introdujo en una vasija llena de agua, al mismo tiempo que decía al sacerdote: -Veamos qué hay aquí. Meted la mano y buscad con ella. Creo que encontraréis plata. ¿Qué otra cosa podría ser si no? Limaduras de plata. ¡Pardiez! El sacerdote metió la mano y pescó una barrita de plata pura. Cuando vio lo que era, la alegría le recorrió todas sus venas y exclamó: -¡Bendito sea Dios y su santa Madre también! Que la bendición de todos los santos caiga sobre vos, señor canónigo. Os pido solamente que me enseñéis este noble arte y ciencia y seré vuestro mientras pueda. Si no, que su maldición caiga sobre mí. Respondió el canónigo: -No importa. Voy a hacerlo una segunda vez para que podáis seguirme de cerca y convertiros en un experto. Otra vez, si fuese necesario, podríais probar sin que esté yo y practicar esta ingeniosa ciencia. Ahora no discutamos. Y prosiguió: -Tomad otra onza de mercurio y haced lo mismo con ella que con la otra que ahora es de plata. El sacerdote se puso entonces a trabajar e hizo lo mejor que pudo todo lo que le ordenaba este canónigo perverso, soplando furiosamente a los carbones con la esperanza de conseguir lo que su corazón deseaba; pero, mientras tanto, el canónigo se preparó para hacerle el truco al sacerdote una vez más. Como si fuese ciego, llevaba en la mano un bastón hueco -ahora fijaos bien en esto- en cuyo extremo (como en el caso del pedazo de carbón vegetal) había colocado previamente una onza de limaduras de plata; este extremo estaba bien taponado con cera para conservar en su interior todas y cada una de las limaduras. Cuando el sacerdote estaba más ocupado, el canónigo se acercó hasta él con su bastón y salpicó de polvos el interior del crisol como antes (¡ojalá que, por sus mentiras, Dios permita que el diablo le flagele hasta desollarle!). Cada uno de sus pensamientos y obras eran falsos. Y removió los carbones que se hallaban encima del crisol con su bastón trucado hasta que la cera empezó a fundirse (como todos deben saber, a menos que sean tarugos), con lo que todo su contenido fue a caer directamente en el interior del crisol. Señores, no podía hacerse mejor. Cuando hubo sido engañado nuevamente, el sacerdote -que no sospechaba nadaestaba que no cabía en sí de alegría. No puedo ni empezar a describir su felicidad y satisfacción. Una vez más ofreciose en cuerpo y alma al canónigo. -Bueno -le respondió él-, pobre podré serlo, pero habréis visto que sé una cosa o dos. Os advierto que todavía hay más. ¿Tenéis algo de cobre por aquí? -Creo que sí -le respondió el cura. -Si no lo tuvieseis, id a comprarlo sin perder un instante. Vamos, señor, no os entretengáis. Apresuraos. El cura salió corriendo y regresó con el cobre. El canónigo lo tomó con las manos y separó una onza, pesándolo. Mi lengua no me sirve como instrumento para expresar lo que pienso de la taimada astucia de este canónigo, padre de la villanía. Para los que no le conocéis, diré que se parecía a un amigo, pero en el fondo de su corazón y de su mente era un diablo: me cansa hablaros de toda esa bellaquería. Sin embargo, quiero seguir haciéndolo para que se le conozca bien, aunque no sea más, verdaderamente, que para aviso a los demás. Colocó la onza de cobre en el crisol y lo puso inmediatamente sobre el fuego (haciendo, como antes, que fuese el cura el que soplase, ya que se tenía que doblar para ejecutar esta tarea), rociándolo también con sus polvos. Todo no era más que un engaño: este sacerdote era víctima de una tomadura de pelo total. Después vertió el cobre derretido en el interior del molde y, finalmente, lo introdujo en la escudilla de agua. Luego metió la mano (os he dicho antes que tenía una barrita de plata camuflada en la manga), sacudió disimuladamente -¡el muy sinvergüenza!- y dejó caer la barrita al fondo de la escudilla ¡Y el cura sin enterarse de su prestidigitación! El canónigo revolvió por el agua y, con gran presteza y ligereza de dedos, se apoderó de la barrita de cobre -el cura seguía en el limbo- y la escamoteó. A continuación puso la mano sobre el hombro del sacerdote y burlonamente le dijo: -Señor, esto no marcha. Inclinaos y ayudadme como hace un momento os ayudé yo: meted vuestra mano dentro y ved qué hay allí. El sacerdote pronto pescó la barrita de plata, a lo que el canónigo dijo: -Llevad estas tres barritas que acabamos de fabricar a un orfebre, a ver de qué son. juro que es plata pura. Si no lo es, me comeré el sombrero. Pero pronto lo sabremos. Llevaron las tres barritas de plata a un orfebre que las ensayó con fuego y martillo. Nadie pudo negar que eran auténticas. ¿Quién estaba más feliz que aquel entontecido sacerdote? No hay pájaro que esté más contento al romper el alba, ningún ruiseñor canta con más ganas en verano, ninguna dama está más inclinada a bailar o -hablando de señores y damas- ningún caballero más ansioso de conquistar el favor de su dama con algún hecho de armas, que el sacerdote en cuestión interesado en aprender este desgraciado arte. Esto es lo que dijo al canónigo: -Si es que me lo merezco de vos, por el amor de Aquel que murió por todos nosotros, ¿podríais decirme cuánto cuesta esta fórmula? Por favor, decídmelo. -Por la Virgen Nuestra Señora -respondió el canónigo-, os lo advierto. Es cara. Aparte de un fraile y yo, no hay nadie más en Inglaterra que la conozca. -No importa -exclamó el otro-. Vamos, señor, por el amor de Dios, decidme cuánto. ¡Decídmelo, os lo imploro! -En serio -replicó el canónigo-. Os digo que es muy cara. En una palabra, señor, si queréis tenerla tendréis que pagar cuarenta libras, y que Dios me perdone. Y si no fuese por la amistad que me mostrasteis hace poco, tendríais que pagar más, ya lo creo. El sacerdote fue a buscar inmediatamente las cuarenta libras en doblones y se las entregó todas al canónigo en pago de dicha fórmula. Toda la operación no fue sino un fraude y un engaño. -Señor cura -dijo él-, no pretendo conseguir alabanzas por mi habilidad, pero preferiría mantenerla oculta; si en algo me estimáis, guardadla en secreto. Pues si la gente llegase a conocer mis poderes, por Dios que sentirían tanta envidia de mi alquimia que podría costarme la vida. En eso no hay alternativa. -¡Dios no lo quiera! -exclamó el sacerdote-. No os preocupéis. Antes de crearos problemas, tendría que volverme loco y vender todo lo que poseo. -Gracias por vuestros buenos deseos, señor -repuso el canónigo-. Y ahora, adiós, y mil gracias. Y se marchó. En cuanto al sacerdote, jamás logró volver a ponerle la vista encima desde aquel día. Y cuando en el momento que creyó adecuado, empezó a ensayar la fórmula -¡oh, sorpresa!-, no funcionó. Y así quedó triste y engañado. De esta manera se presentaba, pues, el canónigo a la gente y conseguía que se arruinasen. Contemplad, caballeros, cómo en cada escala de la vida los hombres luchan por él, que casi no queda ya oro alguno. Hay tantos que resultan atrapados por la alquimia que, verdaderamente, esto explica su escasez. Los que practican el arte de la transmutación hablan con una terminología tan confusa que nadie la entiende, si es que realmente tienen hoy día la ciencia. Dejadles hablar y parlotear como grajillas y dedicar su entusiasmo y energía en pulir su jerga, pues jamás alcanzarán su objetivo. ¡Ya es bastante para un hombre aprender a transmutar sus bienes y convertirlos en nada! Esta imbecilidad ofrece unos señuelos tan deslumbrantes que la felicidad de un hombre se convierte en su desesperación, deja vacía la bolsa más repleta y pesada, y consigue las maldiciones de los que le han sacrificado sus bienes. Deberían sentir vergüenza. ¿Es que la gente que se ha quemado los dedos no sabe apartarse del fuego? Si os habéis metido en la alquimia, seguid mi consejo: dejadla correr antes de perderlo todo. Es mejor tarde que nunca pues jamás podréis encontrar la Piedra Filosofal. Sois tan osados como el ciego Bayardo, el viejo caballo que tropieza y le importa un comino el peligro. Se meterá en dificultades con la misma decisión con que se aparta a un lado. Vosotros los alquimistas sois iguales. ¡Os lo digo yo! Si no podéis mirar adelante, al menos procurad que vuestras mentes no queden ofuscadas. Pues aunque mantengáis los ojos abiertos y jamás parezcáis tan despiertos, nunca ganaréis una pizca en esta empresa, sino que despilfarraréis todo lo que podáis mendigar o pedir prestado. Calmad vuestro ardor, para que el fuego no arda demasiado deprisa. Con ello quiero decir: no os ocupéis más de la alquimia, pues si lo hacéis se habrá terminado vuestra buena suerte Y aquí y ahora os diré lo que los verdaderos alquimistas dicen sobre esta cuestión. He aquí lo que Arnoldo de Vilanova9 afirma literalmente en su Rosanum Philosophorum: «La transformación o reducción del mercurio no puede efectuarse sin la ayuda de su hermano.» Pero el primero en advertirlo claramente fue Hermes Trimegisto10, el padre de la alquimia, que afirma: «El dragón no morirá a menos de que su hermano muera con él.» Es decir, por dragón debe entenderse «mercurio», y por hermano del dragón, «azufre»; pues éste viene del Sol -que es el oro-, y aquél, de Luna -que es la plata. «Y, por consiguiente -sigue, y fijaos bien en su precepto-, que ningún hombre se moleste en seguir esta ciencia a no ser que pueda entender los objetivos que pretenden y la terminología que usan los alquimistas; si no se trata de un imbécil. Pues este arte y ciencia es realmente el misterio de los misterios.» Hubo también un discípulo de Platón que una vez formuló una pregunta a su maestro (como su libro Senioris Zadith Tabula Chimica registra). Esta es la pregunta que formuló: -Decidme el nombre de la Piedra Filosofal. Y Platón respondió: -Es la piedra que la gente llama Titanio. –¿Y qué es eso? -contestó el otro. -Lo mismo que Magnesia -repuso Platón. -¡Ya esta bien, señor! Esto es ignotum per ignotius (es decir, «explicar lo desconocido mediante lo más desconocido aún»). Por favor, ¿qué es Magnesia, señor? -Digamos que es un líquido compuesto de los cuatro elementos -replicó Platón. -Querido maestro, decidme, si os place, el principio esencial de este líquido. -Ciertamente, no -contestó Platón-. Todos los alquimistas están ligados por juramento de que nunca lo revelarán a nadie ni, incluso, lo escribirán en un libro. Pues es algo tan querido y precioso a Cristo, que Él no desea que se revele, salvo cuando plazca a su Mente Divina inspirar a los hombres; a los demás se lo prohibe, porque El así lo desea. Eso es todo. Así termino: ya que Dios en el Cielo no desea que los alquimistas expliquen cómo puede descubrirse esa piedra, a mi modo de ver, lo mejor que puede hacerse es dejarlo correr. Nunca prosperará quien haga de Dios su adversario, trabajando contra su voluntad. No lo logrará, así se esté alquimizando hasta el término de sus días. Aquí me quedo. Mi cuento ha terminado. Que Dios envíe a todos los hombres buenos remedio para sus penas. AQUÍ TERMINA EL CUENTO DEL CRIADO DEL CANÓNIGO SECCIÓN NOVENA 1. PRÓLOGO DEL INTENDENTE. 2. EL CUENTO DEL INTENDENTE. 1. PRÓLOGO DEL INTENDENTE ¿Conoceis el lugar donde se halla un pequeño pueblo llamado Bob-up-and-Down1, bajo el bosque de Blean, en el camino de Canterbury? Allí fue el lugar donde nuestro anfitrión empezó a soltar sus chistes: -Vamos, caballero, Dun ha quedado atascado en el fango. ¿Quién le sacará de él? ¿No quiere nadie despertar a nuestro amigo de atrás, por cariño o dinero? Algún ladrón podría fácilmente robarle y dejarle amarrado. ¡Vedle ahí roncando a gusto! ¡Por los huesos del gallo! ¡Pero si va a caerse del caballo de un momento a otro! ¿Es ése el condenado cocinero de Londres? Hacedlo salir (ya sabe el castigo). Juro que nos contará un cuento, aunque éste no valga ni lo que un manojo de paja. ¡Despierta, cocinero, maldita sea! ¿Qué es lo que te pasa, que vas dormido en plena mañana? ¿Es que te han estado picando las pulgas toda la noche o es que estás bebido? ¿O es quizá que te has pasado toda la noche sudando encima de una concubina hasta que no pudiste levantar cabeza? Completamente pálido y descolorido, el cocinero respondió al anfitrión: -Que Dios me proteja, pero me ha entrado una pesadez tal (ignoro por qué), que antes preferiría echar una cabezada que beberme un galón del mejor vino en Cheapside. -Bueno -dijo el intendente-, si os sirve de consuelo, maese cocinero, os perdonamos de momento si contáis vuestro relato. Es decir, si nadie de los que cabalga en este grupo tiene algo que objetar en contra y nuestro anfitrión tiene la bondad de dar su asentimiento, pues, por la salvación de mi alma, me parece que vuestro rostro está excesivamente pálido, vuestros ojos se ven también como aturdidos, y vuestro aliento huele a agrio, signo evidente de que no estáis en buena forma. Ciertamente no voy a adularos. Vedle cómo bosteza este gamberro borracho. Parece que se nos fuera a tragar a todos aquí mismo. »No abráis la boca, hombre, por el amor de Cristo. ¡Que el diablo de los infiernos meta el pie en ella! Vuestro horrible aliento nos va a envenenar a todos. Por favor, cerdo apestoso, por favor, imorid de una santa vez! Ah, señores, mirad bien a este guapo mozo. ¿Queréis probar vuestra destreza en el juego de lanza a caballo, dulce señor, y esquivar el saco de arena? Yo diría que estáis en espléndida forma para ello. Habéis estado bebiendo a destajo, apostaría, y cuando la gente bebe así, va lista. Al oír este parlamento, el cocinero se enojó y enfureció. Incapaz de hablar, hizo violentos gestos con la cabeza hacia el intendente, y su caballo le tiró al suelo; y allí se quedó hasta que le recogieron. ¡Buen jinete era ese cocinero! ¡Lástima que no prefiriese el cucharón! Cuántos apuros y trabajos, cuánto empujar y alzar, antes no lograron volverle a situar encima de la montura; pues este pálido e infeliz fantasma resultaba difícil de manejar. Entonces nuestro anfitrión volvióse al intendente y dijo: -Por mi alma que este hombre está tan vencido por la bebida, que probablemente su cuento le saldría enfarfullado. No sé si es vino lo que ha estado bebiendo, o si era cerveza nueva o vieja, pero ha estado hablando por la nariz, bufando como si tuviese un resfriado de cabeza. Y ya ha hecho más de lo que podía manteniéndose él y su caballo de arrastre fuera del fango. Si vuelve a caerse de su rocín, tendremos trabajo en levantar su pesado esqueleto de borracho. Empezad vuestra historia. Ya estoy harto de él. De todas formas, intendente, creo que habéis abusado de este alcornoque burlándoos de sus fallos en público, como lo habéis hecho. Otro día, quizá, él os tenderá una trampa y os pedirá cuentas (quiero decir que se meterá en una o dos cosas, buscando fallos en vuestras cuentas, lo cual no os favorecería en nada si pudiese probarlo). -No. Sería bastante molesto -asintió el intendente-. Él podría fácilmente hacerme tropezar; antes preferiría la yegua en la monta que empezar una pelea con él; procurare, si puedo, no causarle enojo. Lo que antes dijo, solamente fue una broma; pero ¿sabe qué? Tengo aquí en esta calabaza un vino para beber -sí, de una buena cosecha-, y le mostraré dentro de un momento una broma rara. Procuraré hacer que el cocinero beba un poco de él. No va a decir que no, estoy seguro. Apostaría mi vida en ello. Resultó que el cocinero echó un largo trago de vino de la calabaza, más de lo necesario, ¡lástima! ¿Por qué tanto? Ya había bebido bastante. El cocinero, después de interpretar una tonadilla con la calabaza, se la devolvió al intendente y, evidentemente complacido con la bebida, le dio las gracias como mejor pudo. Entonces nuestro anfitrión soltó una carcajada y dijo: -Veo con claridad que es necesario llevar buena bebida con nosotros dondequiera que vayamos, pues convierte los agravios y el rencor en amor y armonía y apacigua muchos enojos. ¡Oh, Baco, que puedes así transformar la seriedad en chanza, bendito sea tu nombre! ¡Honor y loor a tu divinidad! Bueno, ya no digo nada más sobre ello. Ahora, intendente, os ruego que empecéis vuestro cuento. -Muy bien, señor -replicó él-. Ahora, escuchadme. 2. EL CUENTO DEL INTENDENTE2 Cuando Febo habitaba aquí abajo en la Tierra (como nos cuentan los libros antiguos), no era solamente el más brioso joven caballero del mundo, sino también el mejor arquero, pues un día exterminó a la serpiente Pitón mientras estaba durmiendo al sol. También podréis leer relatos de muchas otras extraordinarias hazañas que realizó con su arco. Sabía tocar cualquier instrumento musical, y, cuando se ponía a cantar, los claros registros de su voz eran auténtica música. Es seguro que Anfión, el rey de Tebas, que construyó las murallas de aquella ciudad en medio de cánticos, nunca cantó ni la mitad de bien que él. Además, era el hombre más apuesto de la Tierra. Pero ¿para qué describir sus rasgos? Simplemente no había hombre viviente con mejor porte y aspecto. Y, por si era poco, estaba dotado de nobleza, honor y excelencia a más no poder. Febo, este joven sin igual en generosidad y capacidad caballeresca, solía llevar un arco en la mano, tanto por deporte como por símbolo de su victoria sobre Pitón. O, al menos, así lo refiere la Historia. Ahora bien, Febo tenía en su casa un cuervo enjaulado que hacía mucho tiempo llevaba educando y al que había enseñado a hablar, de la misma forma que se enseña a los arrendajos. Este cuervo era blanco como un cisne albino y sabía imitar la voz de cualquier persona que estuviera contando un cuento. Además, no había ruiseñor en todo el mundo que cantase ni la millonésima parte de bien y con semejante alegría. Febo tenía también en la casa a una esposa a la que amaba más que a su propia vida. Procuraba complacerla y honrarla noche y día, salvo en una cosa. A decir verdad, él era celoso y demasiado propenso a no perderla de vista, pues le daba mucha rabia que pudiesen tomarle el pelo --como le sucede a todo el mundo en su mismo caso-, aunque, ¿de qué sirve todo eso? Nunca puede hacerse nada para remediarlo. Una buena esposa -que sea pura de palabra y obra- no debería estar nunca balo vigilancia; igualmente cierto, trabajo en vano es montar guardia para vigilar a una prostituta; simplemente, no sirve para nada. Creo que perder tiempo del trabajo para vigilar a la propia esposa resulta una completa estupidez. Los viejos estudiosos lo llevan dicho frecuentemente en sus libros. Pero volvamos al tema. Este excelente Febo hacía todo lo posible para hacerla feliz, suponiendo que su agradable modo de ser, su hombría y su conducta serían suficiente garantía para que nadie le desbancase a los ojos de ella. Pero sabe Dios que hay una cosa que nadie puede conseguir: alterar un instinto que haya sido implantado por la Naturaleza en una criatura. Coged cualquier pájaro: colocadlo en una jaula, mantenedlo lo más limpio posible y poned todo el corazón y el cerebro en alimentarlo con las más deliciosas e imaginables comidas y bebidas. Con todo, el pájaro, aunque lo tengáis en la más alegre de las jaulas doradas, preferirá mil veces volar hacia el frío y cruel bosque y comer gusanos y otras porquerías por el estilo; nunca cesará en su intento de escapar de su jaula; siempre estará ansiando la libertad. Tomad un gato: alimentadlo bien con leche y carne tierna, y dadle cama de seda, pero en cuanto vea a un ratón corriendo por el suelo junto a la pared, abandonará la leche, la carne y lo demás, todos los lujos de aquella casa: tal es el apetito que siente por los ratones. Como veis, el instinto siempre vence y el apetito hace que la prudencia desaparezca. Una loba tiene también un vil modo de ser: cuando está en celo elegirá al lobo más fiero y de peor fama que encuentre. Pero todos los ejemplos que he facilitado se refieren a los hombres que son infieles, de ningún modo a las mujeres, pues los hombres jamás carecen de un apetito lascivo de gozar con criaturas inferiores antes que con sus esposas; por bonitas, fieles y dulces que éstas sean. Tan codiciosa de novedad es esta maldita carne nuestra, que no disfrutamos durante mucho tiempo de cualquier cosa que represente virtud. A pesar de todos los grandes méritos de Febo, éste, que no sospechaba nada, fue engañado. Ella llevaba otro hombre a remolque, un hombre de poca importancia, que, en comparación, no valía nada. ¡Tanto peor! Esto sucede con frecuencia, y acaba con mucho trastorno y aflicción. Así, pues, ocurría que, en cuanto Febo se ausentaba, su mujer enviaba enseguida a buscar al hombre del que estaba encaprichada. ¿Hombre de capricho? Es un modo bastante rudo de decirlo, pero os pido perdón. Dijo el sabio Platón, como podréis leer en sus obras, que es indispensable que la palabra corresponda a la acción. Es decir, si uno tiene que expresar algo adecuadamente, la palabra debe acompañar a la acción. Yo soy un hombre sin pelos en la lengua, y lo que digo es. Entre una dama de alto copete que es infiel con su cuerpo y una mujer vulgar -dado que ambas se portan mal- no hay más diferencia que ésa: la dama, al ser de rango más elevado, se dirá de ella que es una «amiga», mientras que la otra, al ser una mujer pobre, será llamada «amante» o «querida». Dios sabe, mi querido amigo, que tan baja está una como la otra. De modo parecido afirmo que no existe diferencia entre un tirano usurpador y un forajido o salteador de caminos. Esta definición se aplicó a Alejandro Magno, porque siendo un tirano y teniendo un ejército y, por consiguiente, mayor poder para hacer masacres y mandar quemar hasta los cimientos casas y hogares y dejarlo todo arrasado-, se le llama general, mientras que a un forajido, como son pocos los que le siguen y no puede causar mucho daño o acarrear la misma ruina a todo un país, se le llama ladrón de caminos o bandolero. Como no tengo cultura libresca, no puedo citar a un enjambre de autoridades, pero proseguiré contando el cuento que empecé. La esposa de Febo envió a buscar a su amante y ambos satisfacieron inmediatamente sus fugaces apetitos carnales. El cuervo blanco que estaba allí colgado dentro de su jaula les vio en plena faena, pero no dijo palabra; pero cuando el dueño de la casa regresó a su hogar, el cuervo cantó: -¡Cor-nu-do! ¡Cor-nu-do! ¡Cor-nu-do! -¿Qué cantas, pájaro? -exclamó Febo-. ¿Qué clase de canción es ésta? Solías cantar muy bien y con sones tan alegres que mi corazón se complacía en escucharte, pero ¿cuál es el significado de esta canción? ¡Vamos, di! -Por Dios que resulta muy adecuada -contestó el cuervo-. Febo, a pesar de toda tu belleza, valía y crianza, de toda tu música, canciones y vigilancia, te la ha pegado con uno sin importancia -a tu lado, no vale ni lo que un renacuajo-, como que vivo y respiro. Pues le he visto joder a tu esposa en tu propia cama. ¿Qué más queréis? Sin hacer remilgos, el cuervo le contó entonces la gran deshonra y desaire que su mujer le había ocasionado por su lascivia, dándole buena prueba de ello y repitiéndole lo que había visto con sus propios ojos. Febo se volvió; tuvo la sensación de que su desgraciado corazón iba a partírsele en dos. Luego tensó su arco, introdujo una flecha en él y, furioso, mató a su mujer. Así es como terminó. ¿Qué más puedo añadir? En pleno remordimiento rompió sus instrumentos musicales: arpa, laúd, guitarra y salterio; luego quebró su arco y las flechas y dijo al pájaro: -¡Traidor! Tu lengua de escorpión me ha traído la ruina. ¿Por qué nací? ¿Por qué no estoy muerto? ¡Oh querida esposa! ¡Oh joya de goce, que me eras tan constante y fiel! Ahora yaces muerta y tu rostro está pálido y macilento, siendo, como eres, totalmente inocente. ¡Sí, lo juro! Una mano temeraria e imprudente te ha causado un daño muy vil. ¡Oh mente ofuscada! ¡Oh rabia insensata que, sin pensar, sacrificas al inocente! ¡Oh desconfianza, llena de sospechas infundadas! ¿Dónde está tu sabiduría? ¿Dónde tu ingenio? ¡Oh, haz que los hombres desconfien de la precipitación! ¡No creáis nada sin tener pruebas absolutas! ¡No levantéis la mano demasiado pronto, antes de saber lo que hacéis! ¡Sopesad las cosas calmosa y cuidadosamente antes de desatar vuestra ira por la mera sospecha! ¡Ay! Millares han perecido y han sido convertidos en polvo por la insensata ira. ¡Ay de mí! Me moriré de pena. En cuanto al cuervo, le dijo: -¡Traidor! ¡Villano! Pronto te haré pagar por tu falsa historia. Una vez cantaste como un ruiseñor; ahora, falaz ladrón, te quedarás sin tu canción y sin ninguna de esas plumas blancas, y jamás podrás hablar más mientras vivas. Este es el castigo de un traidor: tú y tus hijos serán negros para siempre y nunca produciréis sonidos dulces, sino que graznaréis antes de que llegue la tempestad y la lluvia, como señal de que mi esposa fue muerta por culpa tuya. Y al instante se precipitó sobre el cuervo y le arrancó todo su blanco plumaje. Entonces lo hizo negro, le despojó de su facultad de cantar y hablar y lo puso en la puerta, mandándole al diablo, a quien se lo recomendó. Por dicha razón, hoy en día, todos los cuervos son negros. Os ruego, caballeros, que toméis nota de la parábola y os fijéis en lo que digo. Nunca jamás en la vida digáis a un hombre que otro ha dado placer a su esposa, pues vendrá a odiaros a muerte. Los estudiosos cultos dicen que el gran Salomón nos enseña a tener cuidado con nuestra lengua. Pero, como he dicho, carezco de cultura libresca. Empero, esto es lo que mi madre me enseñó: «Hijo mío, por amor de Dios, acuérdate del cuervo. Vigila tu lengua y conserva a tus amigos, hijo mío. Una lengua viperina es peor que un diablo, pues, hijo mío, contra un diablo podemos protegernos mediante la señal de la cruz. Hijo mío, Dios puso murallas a la lengua, situándola entre los labios y los dientes para que un hombre pueda pensar antes de hablar. Las personas cultas nos han enseñado, hijo mío, con qué frecuencia muchas han perecido por hablar demasiado; pues, a grandes rasgos, nadie sufre daños por hablar demasiado poco o con deliberación. Hijo mío, contén tu lengua en todo momento, excepto cuando trates de hablar con Dios en el culto y en la oración. La primera virtud, si es que quieres aprenderla, hijo mío, es la de dominar tu lengua y mantener una gran vigilancia sobre ella. Esto es lo que aprenden los niños. Hijo mío, mucho daño surge de la locuacidad mal aconsejada, en donde una palabra o dos hubieran bastado. Esto es lo que me dijeron y enseñaron. ¿Sabes cómo funciona una lengua temeraria? Del mismo modo que una espada divide un brazo por la mitad, de igual modo una lengua destruye una amistad. Un charlatán resulta abominable a Dios. Lee al sabio y honorable Salomón, lee los salmos de David, lee a Séneca. Nunca hables, hijo mío, cuando puedas pasar asintiendo con la cabeza. Simula que eres sordo si oyes a un charlatán que habla de un asunto peligroso. Los flamencos dicen (y te puede resultar útil) que “cuanto menos se habla, más fácil es de arreglar”. Hijo mío, si no has hablado mal, no debes nunca temer una traición. Y te digo esto: el que habla mal no puede nunca recobrar sus palabras. Lo que está dicho, dicho está, y la palabra, le guste o no -aunque se arrepienta de ello-, sigue rodando. El que dice algo de lo que se pueda arrepentir está en poder del otro. Hijo mio, ten cuidado. No seas jamás fuente de cotilleo, sea falso o cierto, sino que estés donde estés, tanto entre los poderosos como entre los humildes, vigila tu lengua y acuérdate del cuervo.» SECCIÓN DÉCIMA 1. PRÓLOGO DEL PÁRROCO. 2. EL CUENTO DEL PÁRROCO. 3. LA DESPEDIDA DEL AUTOR. 1. PRÓLOGO DEL PÁRROCO1 Para cuando el intendente hubo terminado el cuento, el sol estaba tan bajo que, según pude estimar, su elevación no era mayor de veintinueve grados2. Por mis cálculos, debían de ser las cuatro, ya que en aquel momento mi sombra era, más o menos, de once pies, mientras que mi estatura es de seis. Además, la exaltación de la luna3 -quiero decir Libra- estaba todavía en ascensión mientras nos acercábamos a las afueras de un pueblo. Aquí, como de costumbre, nuestro anfitrión se hizo cargo de nuestro feliz grupo y se dirigió a nosotros con estas palabras: -Señores todos, necesitamos ahora solamente un cuento más. Mis reglas e instrucciones han sido llevadas a cabo, y creo que hemos escuchado uno de cada rango y estado de los que forman nuestro grupo; mi plan ha sido casi cumplido del todo. ¡Que Dios dé buena suerte al que cuente el último y más alegre cuento de todos! -Señor cura -continuó-, ¿sois un vicario o quizá un párroco? ¡Vamos, sacadlo ahora! Sea lo que sea, no estropeéis nuestro juego, pues todos, salvo vos, han contado su cuento. Aflojaos el cinturón y dejadnos ver lo que lleváis en la bolsa. Ahora en serio: a juzgar por vuestra apariencia, parecéis capaz de enhebrar el hilo con un tema de importancia. ¡Por los huesos de un gallo! Contadnos una fábula, ¡corcho! -No conseguiréis fábulas de mí -replicó el párroco--. Pues, en su Epístola a Timoteo4, Pablo riñe a los que se apartan de la verdad y cuentan fábulas y tonterías así. ¿Por qué mi mano debe sembrar la broza cuando lo que deseo es poder sembrar el grano de trigo? Por tanto, digo que, si queréis oír algún asunto moral y edificante y estáis dispuestos a prestarme atención, entonces tendré sumo gusto, con la bendición de Cristo, en daros el placer legítimo que pueda. »Pero soy un sureño, no lo olvidéis; no soy partidario de esta aliteración rum-ram-raf5, ni creo que la rima sea mucho mejor, Dios lo sabe. Por tanto, si no os importa, no usaré estos artificios, sino que os contaré un cuento satisfactorio en prosa para terminar con el juego y ponerle fin. Que Jesús, en su gracia, se digne enviarme el ingenio necesario para que pueda mostraros, en este esfuerzo mío, el camino de ese perfecto y glorioso peregrinaje conocido como la Jerusalén Celestial6. Si estáis de acuerdo, empezaré mi cuento inmediatamente, por lo que decidme qué opináis. No puedo ser más justo. »Sin embargo, someto esta homilía que sigue a la corrección de los eruditos, pues no estoy versado en textos. Podéis estar seguros de que solamente sintetizo su significado general. Por tanto, os declaro que espero ser corregido. A esto pronto asentimos todos. Es decir, a darle la oportunidad de una audiencia y, por consiguiente, terminar con algo virtuoso y edificante, que parecía ser lo correcto. Por lo que le pedimos a nuestro anfitrión que le dijese que todos le rogábamos que relatase su cuento. El anfitrión era nuestro portavoz. -Señor cura -le dijo-. ¡Os deseo la mejor suerte! Dadnos vuestra homilía, pero apresuraros, pues el sol se está poniendo. Dadnos vuestra cosecha, pero no os toméis demasiado tiempo. ¡Que Dios os dé su gracia para que os salga un buen trabajo! Decid lo que queráis, que os escucharemos satisfechos. Y así empezó el párroco su sermón. 2. El CUENTO DEL PÁRROCO Paraos en los caminos, ved y preguntad cuáles son las sendas antiguas, cuáles el recto camino y seguidlo, y hallaréis refrigerio para vuestras almas7. Nuestro dulce Señor de los Cielos, que no quiere que hombre alguno perezca, sino que todos alcancen el conocimiento de Él y de la vida perdurable, así nos exhorta a través del profeta jeremías con estas palabras: «Permaneced en los caminos, ved y preguntad cuáles son las antiguas sendas (a saber, las enseñanzas primitivas), cuál el buen camino; transitadlo y hallaréis refrigerio para vuestras almas.» Los caminos de espiritualidad que conducen a los creyentes a Jesucristo Nuestro Señor y a la gloria son numerosos. Entre ellos existe uno lleno de nobleza y muy conveniente, imprescindible para todo hombre o mujer que, a causa del pecado, se ha desviado del recto camino a la Jerusalén Celestial. Esta vía recibe el nombre de penitencia. Todos deberían escuchar con alegría y escudriñar con todas sus fuerzas la naturaleza de la penitencia, el porqué recibe tal nombre y qué variedades presentan sus diversas obras, facetas y manifestaciones, y lo que pertenece y se adecua a ella. San Ambrosio8 afirma que la penitencia es el dolor del hombre por el mal realizado, y nada hay por la que él deba manifestar más pesar. Cierto doctor manifiesta: «La penitencia es la lamentación mostrada por el hombre ante su pecado y el tormento que le producen sus errores.» La penitencia, en circunstancias determinadas, es el verdadero arrepentimiento de alguien que conserva el dolor y la pena por sus pecados. Y para que la penitencia sea verdadera, deberá en primer lugar lamentar las faltas cometidas, tener el firme propósito en su corazón de confesarse oralmente, cumplir la penitencia, no volver a realizar algo de lo que uno deba lamentarse o sentir pesar, y tener el propósito de perseverar en el bien; en caso contrario, su penitencia resulta inútil. Porque, como afirma San Isidoro9: «El que a renglón seguido hace algo de lo que debe arrepentirse, no es un verdadero penitente, sino un embaucador y un embustero.» El lamentarse y perseverar en el pecado no resulta provechoso. Con todo, se debe esperar que, siempre que uno cae, por elevada que sea su reincidencia, pueda levantarse mediante la penitencia si se le concede tal gracia. Porque, como dice San Gregorio: «Apenas se puede levantar del pecado quien está abrumado por el peso de las malas obras»10. Y, por consiguiente, la Santa Madre Iglesia asegura la salvación de los penitentes que evitan y desechan el pecado antes de que éste los rechace a ellos. La misma Santa Iglesia confía en la salvación de aquel que peca y se arrepiente de corazón en el último momento a causa de la gran misericordia de Jesucristo Nuestro Señor; pero optad por el camino más seguro. Y ahora, una vez descrita su naturaleza, deberéis saber que tres son los actos de la penitencia. El primer acto afecta a quien recibe el bautismo después de haber pecado. San Agustín afirma: «A menos que se arrepienta de los pecados de su vida anterior, no puede emprender una vida nueva»11. Pues, ciertamente, si se le bautiza sin estar arrepentido de su culpa anterior, recibe el carácter bautismal, pero sin la gracia ni la remisión de sus pecados, hasta que esté verdaderamente arrepentido. Otro defecto es éste: el que los hombres caigan en pecado mortal después de haber recibido las aguas bautismales. El tercer defecto consiste en que los hombres, después del bautismo, cometen pecados veniales a diario. De eso afirma San Agustín que «la penitencia de las gentes humildes y buenas constituye la penitencia de cada día»12. La penitencia es de tres clases. Una es pública; otra, común, y la tercera, privada. La penitencia pública es de dos especies: una consiste en ser expulsado del seno de la Santa Madre Iglesia durante la cuaresma por degollar a niños y por otros pecados semejantes; la otra -aplicada a quien ha pecado abiertamente de modo que la falta se ha divulgado por la comarca- consiste en hacer penitencia pública obligada después del juicio condenatorio de la Santa Iglesia. La penitencia común es la que se aconseja en general a los hombres en ciertos casos, como, por ejemplo, el ir poco abrigados o descalzos durante una peregrinación. La penitencia privada es aquella que los hombres practican a diario por pecados particulares: se confiesan en privado y reciben también penitencia privada. A continuación te enterarás de los requisitos y condiciones para una penitencia verdadera y perfecta. Esta se fundamenta en tres premisas: contrición de corazón, confesión oral, y cumplimiento de la penitencia. Por ello afirma San Juan Crisóstomo: «La penitencia doblega al hombre a aceptar como resignación cualquier castigo que se le señale, con arrepentimiento de corazón y confesión oral, con satisfacción y toda suerte de obras de humildad.» Y en esto consiste la verdadera penitencia. De nuevo, irritamos a Jesucristo Nuestro Señor de tres modos: por pecado de pensamiento, por descuido en el hablar y por obras malvadas y pecaminosas. Y en contra de estas perversas acciones se erige la penitencia, que puede ser comparada a un árbol. La raíz de este árbol es la contrición, que, al igual que la de un arbusto, penetra en tierra y se esconde en el corazón verdaderamente arrepentido. El tallo que soporta a los vástagos y a las hojas de la confesión y a los frutos de la satisfacción brota de las raíces de la contrición. Jesucristo declara al respecto en su Evangelio: «Haced dignos frutos de penitencia»13. Pues por este fruto los hombres pueden conocer a este árbol (no por la raíz escondida en el corazón humano, ni por las ramas, ni por las hojas de la confesión). Y, en consecuencia, Jesucristo Nuestro Señor afirma lo siguiente: «Por sus frutos los conoceréis»14. También de esta raíz surge una simiente de gracia, y esta semilla es fuente salvífica: es una semilla viva y ardiente. La gracia de esta simiente procede de Dios mediante el recuerdo del día del juicio y de las penas infernales. Sobre el tema, Salomón15 afirma que el hombre rechaza el pecado por el temor de Dios. El vigor de esta semilla radica en el amor a Dios y en el deseo de gloria sempiterna. Esta fuerza atrae el corazón del hombre hacia Dios y le hace odiar el pecado. Pues, en verdad nada sabe tan bien a un niño como la leche de su nodriza, y nada le resulta más repugnante que esa misma leche mezclada con otro alimento. Del mismo modo, el hombre pecador amante del pecado cree que éste es para él más dulce que cualquier otra cosa.15 Pero en cuanto se enseñorea de él un comprometido amor hacia Jesucristo nuestro Señor y el deseo de vida perdurable no existe en realidad para él práctica más detestable. Pues ciertamente, la ley de Dios se recapitula en el amor a Él; a este efecto el profeta David afirma: «He amado tu ley y rechazado la maldad y el odio»16. Aquel que ama a Dios, guarda su ley y su palabra. Este es el árbol que el profeta Daniel17 contempló en espíritu con ocasión de la visión del rey Nabucodonosor cuando le aconsejó que hiciera penitencia. La penitencia es el árbol de la vida para aquellos que la aceptan; y bendito sea aquel que vive de modo penitente, según la máxima de Salomón18. En esta penitencia o contrición uno debe distinguir cuatro elementos, a saber: en qué consiste la contrición, cuáles son las causas que impelen a uno a tener un corazón contrito, cómo se debe alcanzarla y qué utilidad tiene para el alma. La contrición es el dolor sincero de los propios pecados, acompañado del firme propósito de confesarse, hacer penitencia y no reincidir jamás en ellos. Y este dolor, en palabras de San Bernardo, tendrá las siguientes características: «Será grave y profundo, y extremadamente vivo y acerbo en el corazón.» En primer lugar, porque el hombre ha pecado contra su Señor y Creador, y tanto más profundo y acerbo cuando que ha pecado contra su Padre celestial; y estas cualidades se incrementan al considerar que ha irritado a Aquel que le ha redimido con su preciosísima sangre y le ha rescatado de las ligaduras del pecado, de la crueldad del demonio y de las penas del infierno. Seis son las causas que deben impeler al hombre a la contrición. Primera, el recuerdo de los propios pecados. Pero considera que ese recuerdo no es para él agradable en manera alguna, sino motivo de vergüenza y dolor por sus culpas. Pues Job afirma: «Los hombres pecadores ejecutan actos dignos de confusión»19. Y, por consiguiente, comenta Ezequías: «Los recordaré todos los años de mi vida con amargura de corazón»20. Dice Dios en el Apocalipsis: «Recuerda de dónde has caído»21. Pues antes de pecar erais hijos de Dios y miembros de su reino, pero a causa de vuestros pecados habéis quedado esclavizados y corruptos, os habéis convertido en miembros del maligno, odiados por los ángeles, denunciados por la Santa Iglesia, y en alimento de la falsa serpiente y combustible perpetuo del fuego infernal. Y aún más corrupto y reprobable, por nuestras frecuentes transgresiones, como hace el perro que ingiere todo lo que ha vomitado. Y con todo ello queda mancillado por su insistente contumancia en el pecado y en los hábitos pecaminosos, por lo que te corromperás en tu pecado cual bestia en sus excrementos. Semejante modo de pensar impele a que el hombre se avergüence de su pecado y no se solace en él tal como Dios declara a través del profeta Ezequiel: «Acuérdate de tus caminos y te desagradarán»22. Verdaderamente los pecados son las sendas que conducen al infierno. El segundo motivo por el cual se debe despreciar al pecado es éste. Como afirma San Pedro23: «El que peca se convierte en esclavo del pecado»; es decir, el pecado esclaviza al hombre. Y, por consiguiente, el profeta Ezequiel dice: «Deambulé despreciándome a mí mismo»24. Y, ciertamente, se debe despreciar el pecado y apartarse de esa esclavitud y acción depravada. Y consideradlo: ¿cuál es la opinión de Séneca en este asunto? Afirma lo siguiente: «Aunque creyese que ni Dios ni el hombre lo llegasen jamás a conocer, rechazaría el pecado.» Y el mismo Séneca también declara: «Para mayores cosas he nacido que para esclavizarme a mi cuerpo, o convertir a éste en esclavo»25. No existe servidumbre más corrupta en hombre o mujer que el entregar el propio cuerpo al pecado. En tal caso, su esclavitud y corrupción superan a la más depravada y esclavizada situación de viviente, hombre o mujer, más despreciable. Cuanto de más alto cae el hombre, mayor es su esclavitud, y mas vil y rechazable a los ojos de Dios y del mundo. ¡Oh buen Dios! ¡Cómo el hombre debe despreciar el pecado, ya que por culpa de él ha perdido su anterior libertad y se ha transformado en siervo! Por consiguiente, afirma San Agustín: «Si desprecias a tu siervo porque ha obrado mal o pecado, entonces, si tú pecas debes despreciarte a ti mismo»26. Considera tu valía de forma que no te mancilles. ¡Ay!, cuánto se debe despreciar la servidumbre y esclavitud del pecado, y qué amarga vergüenza propia se debe sentir; pues el Dios de infinita bondad los ha colocado en un elevado estado, otorgado sabiduría, fortaleza corporal, salud, belleza, prosperidad y rescatado de la muerte con la sangre de su corazón y, con todo, corresponden a esta bondad con una vileza antinatural, asesinando a sus propias almas. ¡Oh buen Dios! Vosotras, mujeres de tan gran belleza, acordaos de aquella máxima de Salomón: «La mujer hermosa que mancilla su cuerpo es como un anillo de oro en el morro de una marrana»27. Pues al igual que una marrana escarba en todas las basuras, así sumerge aquélla su beldad en las pestilentes basuras del pecado. La tercera causa que debe impeler a uno a la contrición es el temor al día del juicio y a las horribles penas del infierno. Pues, como San Jerónimo afirma: «Tiemblo cada vez que recuerdo el día del Juicio; cada vez que como, o bebo, o hago cualquier otra cosa, me parece que resuena en mis oídos la trompeta: resucitad, vosotros que estábais muertos, y venid a ser juzgados.» ¡Oh Dios de bondad! ¡Cuánto se debe temer a semejante juicio! Pues, como afirma San Pablo: «Todos seremos convocados ante el trono de Jesucristo Nuestro Señor»28; y nadie podrá ausentarse de esta convocatoria general. Pues, ciertamente, de nada servirán los pretextos o las excusas legales. Y no sólo se nos juzgarán nuestras faltas, sino también se conocerán públicamente todas nuestras acciones. En palabras de San Bernardo: «De nada servirán los pretextos o los fingimientos. Daremos allí cuenta de toda palabra ociosa»29. Tendremos allí un juez al que no podremos engañar o corromper. Y ¿por qué? Ciertamente, todos nuestros pensamientos quedarán patentes ante él, que no se dejará corromper ni ante las súplicas ni ante los sobornos. Por consiguiente, declara Salomón: «La ira de Dios no dejará incólume a persona alguna a causa de las súplicas o de ofrendas»30. Y, por tanto, no existe posible escapatoria al día del Juicio. Por ello como San Anselmo comenta: «Los pecadores estarán angustiadísimos en tal ocasión. En el estrado se sentará el iracundo y severo juez, y a sus pies se abrirá el horrendo foso infernal para destruir a los que no reconozcan sus pecados (que se mostrarán públicamente ante Dios y ante toda criatura). Y a su izquierda, para apoyar y arrastrar a las almas pecadoras a las penas del infierno, una legión inimaginable de demonios. Y en el interior de sus corazones las personas tendrán remordimientos de conciencia, y, al mismo tiempo, toda la tierra empezará a arder. ¿Adónde irá entonces el miserable pecador a refugiarse? Ciertamente, no podrá esconderse: deberá adelantarse y presentarse»31. Como ciertamente afirma San Jerónimo: «La tierra le expulsará de su seno, al igual que el mar y el aire, que estará lleno de truenos y relámpagos.» Ahora, ciertamente, me figuro que para quien tenga bien presente todo eso, el pecado no será para él motivo de satisfacción, sino de gran pesar ante el temor de las penas del infierno. Y así declara Job a Dios: «Permíteme, Señor, que por un instante llore y me lamente antes de emprender el viaje sin retomo a la sombría tierra cubierta por la oscuridad de la muerte, a la tierra de las sombras y la aflicción, donde reina esa oscuridad mortal, donde no existe orden alguno, sino un horrible temor que durará por siempre»32 Mirad: aquí podéis ver al orgullo atenazado de Job, lamentando y llorando sus faltas, pues verdaderamente un día de lamentación es mejor que todos los tesoros del Universo. Y aunque un hombre se reconcilie con Dios a través de la penitencia en este mundo, y no mediante ofrendas, debe rogar a Dios que le conceda tiempo para llorar y lamentar sus faltas. Pues es cierto que toda la pena que un hombre pudiera experimentar desde que el mundo es mundo se reduce a la nada comparada con la del infierno. La razón por la cual Job define el infierno como «la tierra de la oscuridad» es doble: por un lado, el término «tierra» significa estabilidad sin zozobra; por otro, «oscuridad» significa que en el infierno existe una carencia de luz fisica. Pues la luz oscura que surge de las entrañas del fuego sempiterno producirá tormento por doquier: le mostrará al condenado los horrendos demonios que le torturan. «Cubierto por la oscuridad de la muerte»: es decir, que el condenado no gozará de la visión de Dios, ya que la misma constituye la vida perdurable. «La oscuridad de la muerte» es el cúmulo de pecados que el condenado ha cometido y que le privan de ver la faz de Dios, al igual que una nube oscura que se interpone entre el sol y nosotros. «La tierra de las aflicciones», porque hay tres modos de fallar respecto a tres cosas que la gente de este mundo tiene en elevada estima, a saber: honores, placeres y riquezas. En vez de honor tienen vergüenza y confusión infernal. Pues bien sabéis que los hombres denominan «honor» al respeto que una persona otorga a otra; pero en el infierno ni el honor ni el respeto existen. En verdad, no habrá más muestras de respeto para un rey que para un villano. Al respecto, Dios afirma mediante el profeta jeremías: «Despreciaré a los que me desprecian»33. Al «honor» también se le denomina gran autoridad; allí nadie servirá a otro excepto para dañarle y atormentarle. «Honor» también equivale a elevada dignidad y nobleza, pero en el infierno todos serán pisoteados por los demonios. Y Dios afirma: «Los horripilantes demonios transitarán por las cabezas de los condenados»34. Su humillación y degradación será tanto más elevada cuanto mayor haya sido su posición en esta vida. Además, en contraste con las riquezas de este mundo, sufrirán los escarnios de la escasez. Y esta pobreza se cifrará en cuatro cosas: en la carencia de tesoros, acerca de las cuales afirma el profeta David: «Los ricos que abrazan y dejan absorber su corazón por las riquezas de este mundo dormirán el sueño de la muerte y sus manos estarán vacías sin tesoro alguno»35. Y además la incomodidad del infierno consistirá en la falta de alimento y bebida. Pues así afirma Dios en palabras de Moisés: «Conocerán las punzadas del hambre, las aves del averno los devorarán de modo horrendo hasta morir, y la hiel del dragón será su bebida y sus bocados los venenos del mismo»36. Incluso más, su tormento también abarcará la falta de vestido, pues carecerán de ellos totalmente: irán desnudos excepto por el fuego abrasador y otras inmundicias. Y su alma estará desnuda de toda suerte de virtudes, pues éstas forman su vestimenta. ¿Dónde quedan, pues, los alegres ropajes, las suaves sábanas y las tenues camisas? Considerad lo que Dios opina de ellos a través del profeta Isaías: «Tu jergón será de larvas y tu manta de gusanos infernales»37. Todavía más: se atormentarán por la falta de amigos, pues el que tiene buenas amistades no es pobre. Pero allí carecerán de ellas, pues ni Dios ni criatura alguna será su amigo y todos se odiarán entre sí de un modo exacerbado. «Los hijos y las hijas se rebelarán contra sus padres, los parientes contra los parientes, y se increparán y despreciarán recíprocamente, tanto de día como de noche», tal como afirma Dios en boca del profeta Miqueas38. Y los cariñosos hijos que otrora se amaron con tanta sensualidad se devorarían unos a otros si pudieran. Pues, ¿por qué deberían amarse en medio de los tormentos del infierno si existía un odio recíproco en el próspero transcurso de esta vida? Pues podéis estar seguros, su amor sensual era un odio mortífero, tal como declara el profeta David: «El que ama a la maldad, odia su alma»39. Y aquel que odia a su propia alma es incapaz de amar a ninguna otra persona. Y, por consiguiente, no existe ni amistad ni consuelo; cuanto más próximo al parentesco camal, tanto más se lanzarán increpaciones, maldiciones, y odio mortífero se profesarán entre ellos. Más aún, carecerán de todos los placeres sensuales. Pues ciertamente, el placer sensual se deriva de los cinco sentidos vista, oído, olfato, gusto y tacto. Pero en el infierno su vista estará repleta de humo y oscuridad y, en consecuencia, cargada de lágrimas; y su oído, lleno de «lamentos y crujir de dientes», tal como afirma Jesucristo40; sus fosas nasales estarán henchidas de un hedor maloliente. Y, como afirma el profeta Isaías41: «Su gusto sabrá a amarga hiel.» Y el sentido del tacto en todo su cuerpo estará cubierto de «un fuego inextinguible y de gusanos imperecederos», tal como Dios afirma en boca de Isaías42. Y como no albergarán la esperanza de morir de dolor, y mediante esta suerte escapar de él, captarán las palabras de Job cuando afirma: «Allí reinarán las sombras de la muerte»43. Ciertamente la sombra guarda semejanza con la cosa que la proyecta, pero ambas difieren entre sí. De igual modo acontece con las penas del infierno. Son como mortales por la horrible angustia que engendran. ¿Por qué motivo? El condenado se tortura como si fuera a morir al instante, pero ciertamente no morirá. Pues, como afirma San Gregono44: «Estas desgraciadas criaturas morirán sin morir, y finalizarán sin finalizar, y desfallecerán sin fallecer.» Pues su muerte estará siempre avivada, y su fin siempre comenzará, y sus faltas no fallarán. Al respecto afirma San Juan Evangelista: «Seguirán a la muerte y no la arrastrarán, desearán morir y ésta huirá de ellos»45. También Job afirma que en el infierno reina un completo desorden46. Y aunque Dios ha creado todo de acuerdo con un orden, y nada hay desordenado, sino que todas las cosas están organizadas y clasificadas; con todo, los condenados estarán desordenados, pues la tierra no producirá frutos. El profeta David47 afirma: «Dios hará que la tierra sea -para ellos- infructuosa. Las aguas no desprenderán humedad para esos malditos, ni el aire frescor, ni el fuego luz.» San Basilio48, asimismo, comenta: «Dios dará el ardor del fuego de este mundo a los condenados del infierno, pero la claridad y la luz las reserva para sus hijos en el cielo», al igual que un hombre justo da la carne a sus hijos y los huesos a los perros. Y para que no tengan esperanza de escapar, dice el santo Job que finalmente habrá allí horror y horrible temor sin fin. El horror es siempre el temor del daño venidero, y este temor morará eternamente en el corazón de los condenados. Y en consecuencia, han perdido toda esperanza debido a siete causas. La primera, porque Dios, que es su juez, será inmisericorde con ellos; no podrán agradecerle a Él o a sus santos, ni podrán hablarle, ni evadirse de los tormentos, ni podrán esgrimir mérito alguno para liberarse de sus penas. Y, por consiguiente, manifiesta Salomón49: «El hombre malvado perece, y cuando esté muerto, no abrigará esperanza para escaparse de su dolor.» Quien, pues, comprenda estos tormentos, y piense que los ha merecido a causa de sus pecados, ciertamente estará más proclive a lamentarse y a llorar que a cantar y a jugar. Pues, como escribe Salomón al respecto: «Quien conozca los tormentos reservados y ordenados para los pecados, se arrepentirá.» «Este conocimiento -afirma San Agustín- hace que el hombre tenga un corazón contrito.» El cuarto punto que induce a un hombre a la contrición radica en el recuerdo doloroso del bien que ha dejado de ejecutar durante su vida terrena, y también en tener presente el bien perdido. A saber, las buenas obras omitidas son, además de las acciones meritorias llevadas a cabo antes de caer en pecado mortal, las ejecutadas mientras permaneció en pecado. En realidad, las buenas obras practicadas antes de incurrir en pecado han quedado desvirtuadas, suprimidas y anuladas por la falta mencionada. El resto de las buenas acciones ejercidas mientras permaneció en pecado no le cuentan para nada por lo que respecta a la vida perdurable celestial. Entonces todas las acciones meritorias que han sido anuladas por el frecuente pecado -es decir, las acciones ejecutadas mientras estuvo en gracia de Dios- no podrán renacer sin verdadera penitencia. Y acerca del tema Dios declara, por boca del profeta Ezequiel50, que si «el justo se desviare de su justicia y cometiese la maldad según las abominaciones que suele ejercer el impío, todas cuantas obras buenas hubiere hecho, se echarán en olvido: por la infidelidad en que ha incurrido y por el pecado que ha cometido, por eso morirá». Sobre este mismo versículo San Gregorio comenta lo siguiente. Que se debería captar esencialmente esto: que cuando hemos cometido un pecado mortal, para nada sirve recordar o rememorar las buenas obras ejecutadas con anterioridad; en otras palabras, ellas no nos alcanzarán la vida perdurable del cielo. Pero, con todo, esas mismas buenas acciones resucitan y se actualizan de nuevo, y ayudan y sirven para lograr la vida perdurable celestial cuando estamos contritos. Aunque, verdaderamente, las buenas obras ejecutadas por los hombres en estado de pecado mortal puede que jamás tengan validez. Ciertamente, algo que nunca estuvo dotado de vida no puede resucitar; y, con todo, a pesar de que resulten estériles para lograr la vida perdurable, sirven, sin embargo, para abreviar las penas del infierno; también para lograr bienes temporales, o para que Dios quiera aclarar e iluminar el corazón del hombre pecador para que se arrepienta; asimismo sirven para que uno se acostumbre a realizar buenas obras de modo que el enemigo ejerza menos influencia sobre el alma. Y así Jesucristo misericordioso no quiere que obra buena alguna se pierda, para que sea de utilidad. Pero del mismo modo que las buenas acciones que los hombres ejecutan en estado de gracia perecen todas a causa del subsiguiente pecado, y que todas aquellas ejecutadas por el hombre mientras permanece en estado de pecado mortal están completamente muertas a la vida perdurable, bien podría cantar el hombre que no obra el bien aquella reciente canción francesa: He perdido mi tiempo y mis esfuerzos. Pues, en verdad, el pecado despoja al hombre de la bondad de la naturaleza y también de la bondad de la gracia. Porque, de hecho, la gracia del Espíritu Santo opera como el fuego que jamás está ocioso; pues el fuego deja de ser efectivo en cuanto se apaga, y del mismo modo la gracia cesa de obrar en cuanto deja de estar presente. Así, el hombre pecador pierde la gracia de la gloria, que sólo es prometida a los hombres buenos que trabajan y se esfuerzan. El arrepentimiento es posible, pues aquel que, mientras viva, debe toda su vida a Dios, no posee ninguna bondad para pagar su deuda con Dios, el dador de toda la vida. Puedes tener la seguridad de que «rendirá cuenta -tal como afirma San Bernardo- de todos los bienes recibidos en esta vida, y de cómo los ha gastado, hasta el punto que incluso deberá dar cuenta de una hora de su tiempo y de un segundo de una hora, si lo ha malgastado». La quinta cosa que debe inducir al hombre a la penitencia es el recuerdo de la Pasión que Jesucristo Nuestro Señor padeció a causa de nuestros pecados. Porque, como afirma San Bernardo51: «Mientras vivas recordarás las penalidades que Nuestro Señor Jesucristo sufrió durante su predicación, la fatiga del camino, las tentaciones cuando ayunó, sus largas veladas en oración, sus lágrimas compasivas por la buena gente, las miserias, comentarios vergonzosos y calumnias que los hombres dijeron de él, los escupitajos asquerosos que le dirigieron a su rostro, los bofetones que le propinaron, los escarnios de las muchedumbres, y las reprimendas que los hombres le dirigieron, los clavos con los que fue clavado en la cruz, y todo lo demás que sufrió durante la pasión por sus pecados, sin culpa alguna por su parte.» Y comprenderéis que el pecado del hombre altere fundamentalmente toda clase de orden y jerarquía. Pues es cierto que Dios, la razón, la sensualidad y el cuerpo del hombre están ordenados de modo que cada uno de estos elementos ejerzan predominio sobre los otros. Y así, Dios debería prevalecer sobre la razón, y la razón sobre la sensualidad, y la sensualidad sobre el cuerpo del hombre. Pero en verdad el hombre, al pecar, distorsiona todo este orden o jerarquía. Y, por consiguiente, ya que la razón humana no quiere estar sujeta y obedecer a Dios, que es, por derecho, su Señor, pierde por consiguiente el predominio que debiera poseer sobre la sensualidad y también sobre el cuerpo. ¿Por qué? La sensualidad se rebela, pues, contra la razón, y de este modo la razón pierde el dominio sobre la sensualidad y el cuerpo. Porque así como la razón se rebela contra Dios, así también la sensualidad se rebela contra la razón y el cuerpo. Y, ciertamente, Jesucristo Nuestro Señor nos redimió con su preciosísima sangre de este desorden y rebelión; y escuchad de qué manera. Al rebelarse la razón contra Dios, siguiese que el hombre se hace capaz de arrepentirse y morir. Esto sufrió Jesucristo Nuestro Señor por la Humanidad después de haber sido traicionado por su discípulo, arrestado y maniatado, de forma que la sangre fluía, como afirma San Agustín, de sus clavadas manos. Y todavía más, ya que la razón del hombre no ha subyugado su sensualidad cuando debía, por ello es merecedor a sentirse avergonzado. Por este motivo aceptó Jesucristo Nuestro Señor el que le escupieran al rostro. E incluso más: ya que el cuerpo cautivo del hombre se rebela contra la razón y la sensualidad, por ello es merecedor de la muerte. Muerte que Jesucristo Nuestro Señor sufrió en la cruz por la Humanidad. No hubo parte alguna de su cuerpo que se viera libre de grandísimo dolor y amargo sufrimiento. Y todo eso sufrió Jesucristo Nuestro Señor, que jamás pecó: «Estoy sometido a grandísimos tormentos por cosas que jamás merecí, y excesivamente mancillado por desgracias que la Humanidad ha merecido.» Y, en consecuencia, bien podría afirmar el pecador, como dice San Bernardo: «Maldita sea la amargura de mis faltas, por cuya culpa tuvo que padecerse tan acerbamente.» Pues, en verdad, después de los variados desórdenes de nuestra malicia, la Pasión de Nuestro Señor Jesucristo puso orden a diversas cosas tal como a continuación se relata. De hecho, el alma pecadora del hombre es traicionada por el diablo mediante la codicia de la prosperidad temporal, y despreciado por el engaño cuando se afana por los placeres camales, y con todo, le tortura la impaciencia de la adversidad, y es escupido por la servidumbre y sujeción del pecado, y finalmente perece. Por estos desórdenes del hombre pecador Nuestro Señor Jesucristo fue traicionado en primer lugar, y a renglón seguido, maniatado para que nosotros quedáramos liberados del pecado y del dolor. Fue a continuación menospreciado. Él, que debiera haber sido objeto de honra, por encima de todo. A continuación su rostro fue infamemente escupido, Él que debía ser el ansiado objeto de contemplación de toda la Humanidad y de toda la milicia angélica. Luego, aquel que estaba sin pecado, fue azotado. Y, finalmente, murió crucificado. A continuación se cumplió la profecía del profeta Isaías52, cuando afirma que fue herido por nuestros pecados y mancillado por nuestras felonías. En resumen, ya que Jesucristo cargó sobre sí el dolor de toda nuestra maldad, el hombre pecador debe llorar mucho y lamentarse, pues por sus pecados el Hijo del Dios de los Cielos habría estado sometido a todos estos sufrimientos. La sexta cosa que debe incitar al hombre a la contrición es la espera de tres logros, a saber: el perdón de los pecados, la gracia de Dios para alcanzarlo y la gloria del cielo con la cual Dios recompensará al hombre por sus buenas obras. Y porque Jesucristo nos otorga estos dones a causa de su magnanimidad y bondad soberanas, por eso se le llama: Jesús Nazarenus rex Iudeorum. Iesus, es decir, «salvador» o salvación, en el cual los hombres cifran alcanzar el perdón de los pecados, que es propiamente la salvación de los mismos. Y, por consiguiente, dijo el ángel a José: «Le pondrás por nombre Jesús, pues Él salvará a su pueblo de sus pecados. No se ha dado a los hombres otro nombre debajo del cielo por el cual debamos ser salvados»53. Sobre este tema afirma San Pedro: «No existe nombre bajo el cielo que se pueda dar a un hombre mediante el cual uno pueda ser salvo, excepto Jesús»54. Nazarenus equivale a «floreciente»; a través de El la Humanidad espera la remisión de los pecados y la concesión de la correspondiente gracia para lograrlo. Pues la esperanza del fruto en el momento adecuado reside en la flor, y en el perdón de los pecados la esperanza de la gracia para lograrlo: «He aquí que estoy a la puerta, y llamo -afirma Jesús-. Si alguno escuchare mi voz y me abriese la puerta, tendrá el perdón de sus pecados, y entraré a él y cenaré con él»55, por las buenas obras que realizará; esas obras constituyen el alimento de Dios, «y cenará conmigo» por la inmensa alegría que le proporcionaré. Así el hombre esperará que Dios le otorgue su reino, tal como afirma en el Evangelio, por sus obras de penitencia. Ahora sabrás de qué forma. Afirmo que el arrepentimiento debe ser universal y total, es decir, uno deberá tener sincero arrepentimiento de todos sus pecados de pensamiento con delactación sensual, pues tal deleite es sumamente peligroso. Dos son los modos de consentir. Uno de ellos recibe el nombre de consentimiento afectivo; en tal caso una persona se inclina a pecar y se refocila pensando en dicho pecado: detecta perfectamente que ha quebrantado la ley de Dios, y, con todo, su razón no aparta este malvado deleite o apetito, aunque uno sea consciente de que le aleja del temor de Dios. Por más que la razón sea plenamente consciente de este quebrantamiento a la ley de Dios, no rechaza este deleite o apetito pecaminoso. A pesar de que la razón no consienta en cometer este pecado de obra, algunos doctores afirman que semejante delectación prolongada, aunque nimia, se toma muy peligrosa. Asimismo uno debería arrepentirse, especialmente por todo lo que ha deseado en contra de la ley de Dios con perfecto consentimiento de su razón, pues no existe duda de ello: el consentir constituye pecado mortal. Ciertamente, no existe pecado mortal que no se albergue primeramente en el pensamiento y después en la delectación, y luego en el consentimiento, para acabar en la acción. Por consiguiente, afirmo que muchos hombres jamás se arrepienten de tales pensamientos y delectaciones: solamente se confiesan de los pecados externos de obra. En consecuencia, afirmo que tales malvados pensamientos y delectaciones constituyen sutiles engaños de aquellos que se condenarán. Aún más: el hombre debe arrepentirse tanto de sus malas palabras como de sus perversas acciones, pues, ciertamente, el arrepentimiento de un solo pecado sin el de los restantes, o el hacerlo de los restantes y no de uno singular, de nada sirve. Estad plenamente convencidos: el Dios Todopoderoso está lleno de bondad y, por ende, perdona todos los pecados, o en caso contrario no lo está. Al respecto afirma San Agustín: «Sé con certeza que Dios es enemigo de todo pecador.» ¿Y cómo, pues el que se esclaviza a un pecado obtendrá el perdón de los restantes? No. Por otra parte, la contrición debería ser extremadamente penosa y llena de angustia. Y, en consecuencia, Dios le otorga la plenitud de su misericordia. Así, «cuando mi alma estaba poseída por la angustia, recordé a Dios para que le llegase mi súplica»56. Todavía más: la contrición deber ser perseverante y uno debe tener el firme propósito de confesarse y de enmendar su conducta. Pues, ciertamente, mientras procure la contrición siempre se puede esperar el perdón. Y de él se deriva la aversión al pecado que destruye el poder de la culpa tanto en uno mismo como en otros. Por lo cual afirma David: «Los que amáis a Dios, odiáis la maldad.» Pues estad seguros, amar a Dios significa amar lo que Él ama y odiar lo que Él odias57. La última cosa que el hombre entenderá por penitencia es ésta: ¿para qué sirve la contrición? Afirmo que a veces la contrición limpia al hombre de pecado. Sobre ello sentencia David: «Me formulé el propósito de confesarme, y Tú, Dios, me absolviste de mi pecado»58. Y así como la contrición no sirve para nada sin el firme propósito de confesarse, si uno tiene la oportunidad, así la confesión o absolución sin contrición de nada vale. Incluso más: la contrición destruye las cárceles del infierno y transforma en débil y frágil toda la fortaleza demoníaca, y restablece los dones del Espíritu Santo y todas las virtudes; también limpia al alma de pecado, la libera de las penas del infierno, de la compañía del diablo, de la esclavitud del pecado, y establece todos los bienes espirituales y la unión y comunión con la Santa Iglesia. Más aún: transforma al pecador de hijo de ira en hijo de Dios. Todas estas afirmaciones se prueban por las Escrituras. En consecuencia, el que quiera comprender estas cosas, prudente es, ya que verdaderamente carecerá de fuerzas para pecar durante toda su vida: al contrario, se abandonará en cuerpo y alma al servicio de Jesucristo, y, al hacerlo, le rendirá homenaje. Pues, ciertamente, nuestro dulce Señor Jesucristo nos ha librado tan graciosamente de nuestras locuras, que si Él no tuviese misericordia de nuestras almas, entonaríamos todos una triste canción. FINALIZA LA PRIMERA PARTE DE LA PENITENCIA Y SIGUE LA SEGUNDA La segunda parte de la penitencia consiste en la confesión, signo de la contrición. A continuación deberéis captar en qué consiste, si debe o no debe hacerse, y cuáles son los requisitos apropiados a una verdadera confesión. En primer lugar debéis saber que la confesión consiste en la sincera manifestación de los pecados a un sacerdote. Es decir, «sincera», pues se debe confesar a él todas las circunstancias inherentes a su pecado en cuanto sea posible. Todo debe decirse, sin paliativos, ni amagos, ni edulcorantes; sin envanecerse de las buenas acciones. Incluso más: es preciso comprender el origen de los pecados, cómo se reiteran y su naturaleza. Sobre el origen de los pecados San Pablo afirma lo siguiente: que así como el pecado entró en este mundo a través de un hombre, y por él la muerte, así, del mismo modo, la muerte entró en todos los hombres que pecaron. Y este hombre era Adán, a través del cual, cuando rompió el mandato divino, el pecado entró en este mundo. Y, por consiguiente, aquel que primeramente fue tan poderoso que no debería haber muerto se convirtió en uno necesariamente sujeto a la muerte, independientemente de su voluntad, y con él toda su progenie de este mundo que en tal hombre pecó. Considera el estado de inocencia cuando Adán y Eva deambulaban por el Paraíso desnudos, sin sentirse para nada avergonzados, cómo la serpiente, el más astuto de los animales que Dios había creado, le dijo a la mujer: -¿Conque os ha mandado Dios que no comáis frutos de todos los árboles del Paraíso? -Del fruto de los árboles que hay en el Paraíso sí comemos -replicó la mujer-. Mas del fruto del árbol que está en medio del Paraíso mandónos Dios que no comiéramos ni lo tocásemos, para que no muramos. -¡Oh! Ciertamente no moriréis -dijo la serpiente-. Sabe Dios que el día que comiéreis de él se os abrirán vuestros ojos: seréis como dioses, conocedores del bien y del mal59. La mujer vio, pues, que el fruto del árbol era bueno para comer, bello a los ojos, y de hermoso aspecto. Cogió del fruto y lo comió, y dio de él a su marido, el cual también comió y al instante se les abrieron a entrambos los ojos; y como echasen de ver que estaban desnudos, asieron unas hojas de higuera y se hicieron unos delantales para camuflar sus órganos genitales. De todo ello se puede colegir que el pecado mortal se inicia con una sugerencia del diablo, representado aquí por la serpiente; y luego, la delectación carnal, simbolizada en este caso por Eva; y a continuación, el consentimiento de la mente, figurada aquí por Adán. Medítalo bien. Aunque sea cierto que el maligno tentase a Eva, es decir, la carne, y la carne se deleitase en la hermosura del fruto prohibido, con todo, ciertamente, hasta que la mente, es decir, Adán, consintió en comer del fruto, conservó su estado de inocencia original. Del mismo Adán quedamos contagiados del pecado original, pues él es el progenitor fisico de todos nosotros: somos engendrados de una sustancia vil y corrupta. Y cuando a nuestro cuerpo se le insufla el alma, inmediatamente contraemos el pecado original, y lo que al principio fue solamente aflicción de la concupiscencia se convierte en aflicción y pecado. Y, por consiguiente, todos hemos nacido hijos de la ira y de eterna condenación, si no fuera por el bautismo que recibimos y nos redime de la culpa. Pero, en verdad, el tormento que permanece en nosotros recibe el nombre de concupiscencia. Y esta concupiscencia, cuando radica en el alma de modo desordenado y mal dispuesto, le hace apetecer, a través del apetito camal, los pecados de la carne por la visión de los objetos terrenales, y el apetito de honores mediante el orgullo de corazón. Por lo que respecta al primer apetito, es decir, a la concupiscencia derivada de las exigencias de nuestros órganos genitales, que fueron legítimamente creados por el recto juicio de Dios, afirmo que cuando el hombre no obedece a Dios, su Señor, entonces la carne se rebela contra él mediante la concupiscencia, que alimenta y da pie al pecado. Por consiguiente, mientras uno se sienta acuciado por la concupiscencia resulta imposible que no sea tentado y su carne no le incline a pecar. Y así será mientras viva. Puede que el poder del bautismo y de la gracia a través de la penitencia refuerce esta debilidad y fragilidad, pero aunque quede refrenado por la enfermedad, o por el mal obrar de hechicería o bebidas frías, la concupiscencia jamás será saciada. Mira lo que San Pablo afirma al respecto: «Porque la carne tiene deseos contrarios a los del espíritu y el espíritu los tiene contrarios a los de la carne, como que son cosas entre sí opuestas; por cuyo motivo no hacéis vosotros todo lo que queréis»60. El mismo San Pablo, después de sus sufrimientos en el mar y en tierra firme -en el mar, un día y una noche con grandes peligros y sufrimientos; en tierra firme, hambre, sed, frío, desnudez- y apedreamiento casi hasta morir, dijo con todo: «¡Oh, qué hombre tan infeliz soy! ¿Quién me libertará de este cuerpo tan miserable?»61. Y San Jerónimo62, después de haber morado largo tiempo en el desierto donde no tenía otra compañía que los animales salvajes, donde su único alimento eran las hierbas y su única bebida el agua, su lecho, la desnuda tierra, por lo que su piel se tornó negra como la de un etíope a causa del calor y casi agrietada por la intemperie, a pesar de todo afirmaba que sentía bullir en su cuerpo el fervor de la lascivia. Por consiguiente, sé con toda seguridad que se engañan los que afirman que no son tentados en su cuerpo. Comprueba el testimonio del apóstol Santiago cuando afirma que «cada uno es tentado por su propia concupiscencia»63; es decir, que cada uno tiene motivo y ocasión de ser tentado por este incentivo pecaminoso que radica en nuestro cuerpo. Por ello afirma San Juan Evangelista: «Si afirmamos que estamos sin pecado, nos engañamos a nosotros mismos, y la verdad no radica en nosotros»64. Ahora os enteraréis de qué modo ese pecado se incrementa o crece en el hombre. La primera cosa se refiere al acicate pecaminoso que he mencionado anteriormente: la concupiscencia camal. Su secuela es la sujeción al demonio, es decir, a los fuelles diabólicos con los que él insufla en el hombre el fuego de la concupiscencia camal. Y después de ello, el hombre sopesa si hará o no aquello que ha sido objeto de tentación. A continuación, si uno se resiste y capea la primera acometida de su carne y del diablo, entonces no peca. En caso contrario, siente entonces las llamaradas del placer. Acto seguido bien le valdría ser cauto y cuidadoso, no fuera que entonces consintiera en pecar; y después lo haría si tuviera ocasión y tiempo propicios. Moisés opina al respecto, a través del diablo: «El diablo lo dice: Acosaré y perseguiré al hombre con tentaciones malignas, y le apresaré acuciándole e instigándole a pecar. Escogeré mi presa o mi víctima con deliberación, y mi deseo se verá logrado a través del placer sexual. Esgrimiré mi espada en el consentimiento»65. Pues, ciertamente, así como una espada escinde algo en dos, así el consentimiento aleja al hombre de Dios. «Y entonces le haré perecer con mi propio brazo haciéndole pecan»; así afirma el diabólico. De hecho, en tales circunstancias, la muerte se enseñorea del alma del hombre. Y de este modo cae en pecado mediante la tentación, la delectación y el consentimiento. En tal caso el pecado se llama actual. Hay dos clases de pecado: mortal y venial. Cuando uno ama a una criatura más que a Jesucristo nuestro Creador, entonces se comete pecado mortal. Se comete pecado venial cuando se ama a Jesucristo menos de lo debido. Pues, en verdad, el cometer un pecado venial es muy peligroso, ya que disminuye el siempre creciente amor que los hombres debieran profesar a Dios. Y por ello, si un hombre comete muchos pecados veniales, seguramente, a menos que él de vez en cuando los borre mediante la confesión, le pueden muy fácilmente disminuir el amor que profesaba a Jesucristo Nuestro Señor. Y así se desliza uno del pecado venial al mortal. En la práctica, cuanto más uno agrava su alma con pecados veniales, tanto más proclive se es a caer en pecado mortal. En consecuencia, no seamos negligentes en desembarazarnos de los pecados veniales. Pues, tal como afirma el proverbio, «poquito a poco hilaba la vieja el copo». Y atended a este ejemplo. A veces una poderosa ola del mar arremete con tan gran violencia, que echa a pique a un barco. Y el mismo daño ocasiona a veces la acción de diminutas gotas de agua que penetran en la bodega por una pequeña hendidura y en el fondo del barco, si la tripulación es tan negligente que no achica la inundación oportunamente. Y, por consiguiente, aunque existe una diferencia entre estas dos causas de hundimiento, éste acontece en ambas ocasiones. Así ciertamente sucede también en ocasiones con el pecado venial y con esas embarazosas faltas veniales cuando se incrementan hasta tal punto que las cosas terrenales a las que uno está apegado, las cuales le llevan a pecar venialmente, cautivan su corazón tanto como el amor de Dios, y a veces incluso más. Y, en consecuencia, el amor de cualquier cosa que no está basado en Dios ni ejecutado principalmente por su amor, aunque uno lo ame menos que a Dios, es, con todo, pecado venial. Se da pecado mortal cuando el amor por algo crece en el corazón tanto o más que el amor de Dios. Como dice San Agustín: «El pecado mortal se da cuando uno aparta su corazón de Dios, que es la genuina e inalterable soberana bondad, y lo entrega a un objeto que puede cambiar y es perecedero.» Así sucede con todo, excepto con Dios celestial. Sucede que si uno entrega su amor -que de modo indiscutible debe ofrendarlo enteramente a Dios-, ciertamente quedará tanto o más privado de Dios cuanto más entregue aquél; en consecuencia, comete pecado. El que se aparta de Dios no le entrega todo lo que le debe, a saber, todo el amor de su corazón. Ahora que habéis captado de un modo genérico la naturaleza del pecado venial, resultará apropiado describir especialmente aquellos pecados que acaso uno no los considere como tales, y que, por tanto, no se confiese de ellos y, a pesar de todo, sean verdaderos pecados, tal como los eruditos escriben. A saber, en toda ocasión que se come o se bebe más de lo necesario a la manutención corporal, en cierto modo se comete pecado. Y, asimismo, cuando se habla más de lo necesario también se peca. Lo mismo sucede cuando no se atiende con benignidad a las lamentaciones de los pobres. También cuando uno goza de salud corporal y no quiere ayunar cuando debe, sin causa justificada. Al igual que cuando se duerme más de lo debido o cuando por cualquier razón se llega tarde a la iglesia o a otras obras caritativas. Igualmente cuando usa de su mujer sin el supremo deseo de engendrar por el honor de Dios o con el propósito de realizar con su esposa el débito conyugal. Igual sucede si, pudiéndolo hacer, no se visita a los enfermos y presos. Asimismo si ama a su esposa o a sus hijos u otro objeto material más de lo razonable. También si reduce o suprime las limosnas al necesitado; si adereza los alimentos con más delicadeza de lo necesario o los ingiere con avidez, por glotonería; si falta al silencio en la iglesia o durante los servicios divinos, o si habla palabras ociosas o vanas o maliciosas, pues de todas ellas deberá rendir cuenta en el día del juicio. También cuando promete o asegura hacer cosas que luego no puede cumplir. O cuando por ligereza o indiferencia habla cuando se burla de su prójimo. O cuando sospecha mal sin fundamento de cosas que no conoce bien. Estas y otras innumerables formas son, como afirma San Agustín, materia pecaminosa. A continuación comprenderás que, aunque no existe humano sobre la faz de la tierra que pueda evitar todos los pecados veniales, con todo, se pueden refrenar por el ardiente amor que se profesa hacia Jesucristo Nuestro Señor, por las oraciones, la confesión y otras obras buenas, de modo que perjudiquen de forma mínima. En sentencia de San Agustín: «Si uno ama a Dios de tal modo que todas sus acciones reflejan el amor de Dios, y las ejecuta verdaderamente por amor hacia El, pues le ama con ardor, considera hasta qué punto una gota de agua que cae en un horno de crepitante fuego lo afecta o perjudica; así también un pecado venial afecta a uno que está imbuido del amor de Jesucristo.» Los hombres pueden también apartarse del pecado venial recibiendo dignamente el preciosísimo Cuerpo de Jesucristo, santificándose también con agua bendita, mediante limosnas, recitando el Confesor durante la misa y durante las Completas mediante la bendición de los obispos y sacerdotes, y con otras buenas obras. SIGUEN LOS SIETE PECADOS CAPITALES CON SUS CLASES, CIRCUNSTANCIAS Y VARIEDADES De la soberbia66 Ahora es necesario enumerar los siete pecados capitales mortales, a saber, los pecados capitales. Todos corren en la misma traílla, aunque de modos diversos. Se les llama capitales, pues son la fuente y el origen de todos los otros pecados. La soberbia, u orgullo, es la raíz de estos siete pecados, pues de él se originan todos los males. De esta raíz brotan diversas ramas, como la ira, envidia, pereza u holgazanería, avaricia o codicia (para que todos lo entiendan), glotonería y lujuria. Y cada uno de estos pecados capitales posee ramas y ramificaciones, tal como se desarrollará en los apartados siguientes. Y aunque nadie puede contar exhaustivamente el número de brotes y los perjuicios derivados del orgullo, con todo, voy a enumerar algunos de ellos, tal como bien veréis. Son: la desobediencia, vanidad, hipocresía, desprecio, arrogancia, descaro, jactancia de corazón, insolencia, altivez, impaciencia, contumacia, presunción, irreverencia, pertinacia, vanagloria, y otras muchas ramificaciones que no puedo mencionar. El desobediente es aquel que rechaza y menosprecia con desdén los mandamientos de Dios, de su superior y de su director espiritual. El que se envanece de las obras buenas o malas realizadas es un vanidoso. Hipócrita es quien esconde lo que es y se muestra diferente de lo que realmente es. Despectivo es aquel que desdeña a su prójimo, es decir, a su correligionario, o aquel que ejecuta con desdén lo que debe hacer. Arrogante es el que cree que posee en su ser cualidades de las que carece, o cree que debería poseer por sus merecimientos, o también considera que es lo que en realidad no es. Descarado es aquel que no se avergüenza de sus faltas. La jactancia de corazón se da cuando uno se alegra por el mal realizado. La insolencia refleja un desprecio mental hacia el valor, conocimiento, don de la palabra y comportamiento de los otros. Ser altivo equivale a no soportar ni al superior ni al igual. El impaciente es aquel que no soporta que se le advierta o reprenda por sus defectos, y se querella a sabiendas contra la verdad y se aferra a su locura. El contumaz se opone -a través de su indignación- a todo poder y autoridad que radica en sus superiores. La presunción, llamada también exceso de confianza, hace emprender tareas que uno no debe ni puede. La irreverencia se da cuando uno no rinde cuando debe y, a su vez, espera se le reverencie. Cuando alguien se aferra a sus devaneos y tiene demasiado apego a su propio juicio, entonces se dice que es pertinaz. La vanagloria consiste en hacer ostentación y delectarse en la grandeza temporal envaneciéndose en el status de este mundo terreno. La charlatanería hace hablar a uno en exceso ante los demás, y charlar de modo ininterrumpido, sin poner cuidado alguno en lo que se dice. Se da, con todo, una clase particular de soberbia: la de quien espera ser saludado antes de que él lo haga, aunque uno sea acaso menos digno que el otro; y también pretende o ansía sentarse, o preceder en las comitivas a los demás, o ser el primero en dar el beso de la paz en la misa, o ser incensado, o llevar la ofrenda antes que el prójimo67, y cosas por el estilo a las que no tiene derecho; en una palabra, su corazón y su propósito están totalmente imbuidos por el deseo de ser honrados y glorificados ante los demás. Existen dos clases de orgullo: uno radica en el interior del corazón y el otro en el exterior. Los vicios anteriormente mencionados, y otros muchos, pertenecen al orgullo interior; las otras clases de orgullo son exteriores. Sin embargo, cada una de estas clases de orgullo es indicio de otro, al igual que el alegre haz de hojas en la taberna simboliza el vino de la bodega. Así acontece con muchos aspectos relacionados con las palabras, con el comportamiento y con el excesivo adorno en la vestimenta. Pues ciertamente, si el vestir no constituyera pecado, Cristo no hubiera observado y mencionado el traje de aquel hombre rico en el Evangelio68. Como afirma San Gregorio69, el dispendio en el vestir es vituperable, por su carestía, por su delicadeza, su rareza, su elegancia, su superficialidad y por su exagerada parvedad. Por desgracia, ¿por qué los hombres no pueden ver en la actualidad el pecaminoso coste del lujo en el vestir, su superficialidad, y también en su excesiva parvedad? Por lo que respecta al primer pecado, la exageración en el vestir que tanto lo encarece en perjuicio de la gente radica no sólo en el coste del bordado, los encajes primorosos, las telas listadas, las tiras onduladas, pliegues verticales, dobleces, rebordes, sino también en parejos despilfarros de vanidad. Igualmente se dan costosos adornos de piel en los vestidos, y numerosas perforaciones con los cinceles para practicar ojales, y variados recortes de flecos con las tijeras; del mismo modo, los mencionados vestidos, al ser exageradamente largos, los arrastran, tanto los hombres como las mujeres, por las inmundicias y barro, bien a caballo o también a pie, ya que todo lo que se arrastra, al ser gastado, raído y consumido, se echa a perder y se consume por el lodo, en vez de darlo a los pobres, con el consiguiente daño para los mencionados menesterosos. Todo ello acontece de diversos modos. Cuanto más tela se malgasta, tanto más afecta a la gente, debido a su escasez. Y todavía más: no resulta conveniente el dar vestidos calados y con flequillos a la gente humilde, pues son inadecuados para paliar sus necesidades, a saber, resguardarles de las inclemencias climáticas. Por lo que respecta al vicio opuesto, la desordenada y horrible parvedad en el vestir se refleja en esos menguados vestidos o jubones, que al ser tan cortos, con depravado propósito, no cubren las partes vergonzosas del hombre. Por desgracia, algunos de ellos muestran el bulto de los órganos genitales y los repelentes miembros henchidos, de modo que se parecen a una hernia, envueltos en sus calzones; y también hacen ostentación de sus nalgas como si fueran las posaderas de una mona en plena luna llena. Incluso más. Los viles y henchidos miembros que se adivinan gracias a la moda, al dividir las calzas en rojo y blanco, parece como si se hubieran desollado la mitad de sus órganos vergonzosos y secretos; y si colocaran las calzas de otro modo, como blanco y negro, o blanco y azul, o negro y rojo, etcétera, resulta como si, por la diferencia de color, media parte de sus miembros íntimos estuviera infectada por la erisipela o el cáncer u otra enfermedad por el estilo. El espectáculo que proporcionan sus posaderas resulta horripilante, pues esta zona del cuerpo por donde se evacuan los fétidos excrementos se muestra a los demás con orgullo, en detrimento de la modestia que Jesucristo y sus seguidores guardaron en vida de modo palpable. Con referencia a los exagerados atavíos femeninos, Dios sabe que aunque los rostros de algunas mujeres parezcan muy púdicos y bondadosos, con todo, manifiestan su carácter orgulloso y disoluto en los adornos de su vestimenta. No afirmo que la decencia en la indumentaria masculina y femenina sea inconveniente, sino que, ciertamente, la superfluidad y la parvedad exagerada son dignas de reproche. El pecado del ornato o atavío se encuentra asimismo en el terreno de la equitación, como en las monturas excesivamente regaladas, mantenidas por deleite, y que al ser tan primorosas y cebadas, resultan muy costosas. Lo mismo vale para los numerosos y viciosos criados mantenidos a causa de los corceles; y también para los lujosos arneses, sillas de montar, gruperas, petos y bridas, recubiertos de ricos paños y hermosas barras y láminas de oro y plata. Al respecto afirma Dios por boca del profeta Zacarías: «Confundiré a los jinetes de semejantes monturas»70. Esta gente no presta atención de qué modo el Hijo del Dios de los cielos cabalgó a lomos de un asno71, cuyos únicos arreos eran los humildes vestidos de sus discípulos. Tampoco se lee que jamás utilizara otra montura. Lo menciono para referirlo al pecado de exceso, y no por los que se hacen busto honor en casos razonables. Y aún más: ciertamente, el orgullo aparece de manifiesto al llevar un séquito numeroso cuando resulta de poca o nula utilidad. A saber, cuando la comitiva es dañina o perjudicial a los demás, por la insolencia de una posición elevada, o por ocupar un cargo. Pues, en verdad, tales señores venden su autoridad al dios de los infiernos al mantener la maldad de su tropa. O también cuando esta gente de baja condición, como los que cuidan de las posadas, ocultan los hurtos cometidos por sus empleados con las tretas más diversas. Esta clase de personas son como las moscas que van tras la miel, como los perros que siguen a la presa. Las personas citadas asfixian espiritualmente a sus superiores. Así, pues, afirma el profeta David al respecto: «Una muerte indigna sobrevendrá a tales amos, y Dios les hará descender a los abismos infernales, pues en su casa mora la nequicia y la iniquidad»72, y no el Dios de los Cielos. Y verdaderamente si se enmiendan, así como Dios otorgó su bendición a Labán por los servicios de Jacob, y a Faraón por los servicios de José, así Dios otorgará su maldición a semejantes señores que financian la iniquidad de su servidumbre, a menos que enmienden sus errores. La soberbia en la mesa se da también con mucha frecuencia, pues es cierto que a los ricos se les convida a los banquetes, mientras que a los pobres se les mantiene apartados o se les aleja de ellos. Asimismo se da en los excesos de los variados manjares y, especialmente, en las sofisticadas empanadas y platos de carne, fuentes flambeadas y decoradas con papiros almenados, y otros dispendios que da vergüenza incluso figurárselos. Al igual que la excesiva suntuosidad de vasos y rebuscado acompañamiento musical que excitan todavía más a los placeres lascivos. Si todo esto implica el distraer el corazón de Nuestro Señor Jesucristo, entonces, ciertamente, es pecado. Y en verdad, en este campo, los deleites pueden ser de tal magnitud, que fácilmente inducen a caer al hombre en pecado mortal. Es indudable que las ramificaciones derivadas del orgullo, a saber, cuando proceden de la malicia premeditada, consciente y querida, o del hábito, constituyen pecado mortal. Ahora nos podríamos preguntar de dónde procede y nace el orgullo. Respondo que, en ocasiones, se deriva de los beneficios de la Naturaleza y, a veces, de los de la Fortuna y, en ocasiones, de la Gracia. Es cierto: los beneficios de la Naturaleza consisten en los bienes corporales y espirituales. Ciertamente los beneficios corporales son la salud, la fuerza, la actividad, la belleza, la alcurnia y la libertad. Los bienes de la Naturaleza referidos al espíritu son: la cordura, la agudeza intelectual, el ingenio sutil, las facultades naturales y una memoria feliz. Los bienes de la Fortuna se basan en las riquezas, los elevados puestos de autoridad y los honores de la gente. Los bienes de la Gracia están formados por la sabiduría, la capacidad de soportar aflicciones espirituales, la bondad, la meditación, la resistencia a las tentaciones y cosas por el estilo. Ciertamente gran locura sería cifrar su orgullo en cualquiera de estos beneficios que se han mencionado con anterioridad. Por lo que respecta a los favores de la Naturaleza, Dios sabe que a veces los poseemos tanto para nuestro perjuicio como para provecho propios. En lo referente a la salud corporal, por cierto harto efímera, también da pie muy a menudo a la enfermedad espiritual. Pues Dios sabe que la carne es enemiga encarnizada del espíritu, y, por consiguiente, cuanto más sano está el cuerpo, más estamos en peligro de caer. Asimismo extrema locura constituye el enorgullecerse de la fortaleza fisica, pues ciertamente la carne codicia en contra del espíritu, y cuanto más fuerte ésta sea, más enferma puede resultar aquélla. Y además de todo esto, la fortaleza fisica y la intrepidez mundanas originan frecuentemente peligros y desgracias para muchas personas. También el enorgullecerse de la nobleza de cuna constituye gran locura, pues muy a menudo la alcurnia despoja al alma de su nobleza. Todos procedemos de una madre y un padre; todos, tanto ricos como pobres, procedemos de una naturaleza infecta y corrupta. Pues, de hecho, la nobleza digna de encomio es la que adorna la disposición natural del hombre con cualidades y virtudes. Pues creed que, por poder que tenga, el hombre pecador se convierte en esclavo del pecado. Los indicios comunes de nobleza son: el alejamiento del vicio y de la bajeza y servidumbre del pecado de palabra, obra y apariencia; asimismo, el ejercicio de la virtud, de la delicadeza y de la pureza, y el ser liberal, a saber, generoso con moderación, pues el que se excede en la mesura es un loco y un pecador. Otro indicio estriba en recordar los beneficios recibidos de los demás y en ser clemente con los súbditos buenos. Sobre ello Séneca afirma: «No hay nada más adecuado a un hombre de elevada posición que la conveniencia y piedad. Y, por consiguiente, estas moscas que los hombres denominan abejas, al nombrar a su reina, escogen a una sin aguijón para que no pueda picar»73. Otro se basa en que uno posea un corazón noble y diligente para lograr metas virtuosas y elevadas. Pues verdaderamente es completa locura que uno se enorgullezca de los dones de la gracia, ya que esos dones espirituales, que le debieran haber inclinado a la bondad y a su curación, se convierten para él, tal como afirma San Gregorio, en veneno y confusión. También el que se envanece de los bienes de la Fortuna está loco de remate. Pues, en ocasiones, uno es por la mañana un gran señor, y antes del anochecer se convierte en un miserable y desgraciado. A veces, también, la prosperidad material ocasiona la muerte. En algunas circunstancia los placeres son origen de una grave enfermedad que acarrea la muerte. Ciertamente la aprobación del vulgo es con frecuencia demasiado falsa y frágil para fiarse de ella: hoy alaban, mañana vituperan. Dios lo sabe: el ansia de la aprobación del vulgo ha ocasionado la muerte a muchos hombres prósperos. Remedios contra el pecado de soberbia Puestas así las cosas, una vez enterados de lo que sea el orgullo, de sus clases y de sus causas y orígenes, comprenderéis la naturaleza del remedio contra el pecado de soberbia: la humildad o mansedumbre. Esa es una virtud por la cual uno adquiere el genuino conocimiento de si mismo, y no tiene estimación ni aprecio alguno por lo que respecta a sus méritos, y siempre tiene en cuenta su fragilidad. Se dan tres clases de humildad: la humildad del corazón, la humildad de palabra y la de obras. La humildad del corazón se subdivide en cuatro. La primera, cuando uno se considera a sí mismo indigno ante el Dios de los Cielos; la segunda se da cuando no se desprecia a nadie; la tercera, cuando uno no se preocupa de que los hombres le tengan en estima; la cuarta, cuando no se entristece si le humillan. La humildad de palabra es de cuatro clases: la moderación y sencillez en el hablar, el confesar de palabra lo que él realmente es en su corazón, y el alabar la bondad ajena sin disimularla. La humildad en el obrar se divide también en cuatro clases. La primera consiste en colocar a los demás antes que a uno mismo; la segunda, en escoger el lugar más bajo de todos; la tercera, en aceptar un buen consejo con agrado; la cuarta, en aceptar de buen grado las decisiones de sus jefes o superiores. Ciertamente, éste es un proceder eminentemente humilde. Sigue la envidia Después de la soberbia, paso a referirme al desagradable pecado de la envidia, que, según palabras de los sabios, es el pesar por la prosperidad ajena y, según escribe San Agustín74, es el dolor por la prosperidad y la alegría por el mal ajenos. Este vil pecado se opone francamente al Espíritu Santo. Aunque todo pecado va contra el Espíritu Santo, sin embargo, por cuanto en tanto la bondad corresponde al mismo Espíritu, y la envidia se deriva propiamente de la malicia, ataca, por consiguiente, frontalmente, a la bondad del susodicho espíritu. Esta malicia es de dos especies, a saber: empecinamiento del corazón en la maldad; en tal caso la carne del hombre se toma tan ciega, que uno no considera que ha pecado ni se preocupa de haberlo cometido: es el atrevimiento demoníaco. La otra clase de malicia se da cuando se lucha contra la verdad a sabiendas de que lo es, y también cuando se combate la gracia que Dios ha otorgado a su prójimo. Todo ello a causa de la envidia. Ciertamente, la envidia es el peor de todos los pecados. Indudablemente, los restantes pecados atentan, en ocasiones, contra una sola virtud en concreto; mas la envidia se opone a todas las virtudes y bondades, pues es el pesar por lo bueno de los otros; y en esto se diferencia de los restantes pecados. Difícilmente existe algún pecado, si exceptuamos a la envidia con su inherente carga de angustia y dolor, que no conlleve algún deleite. Voy a enumerar a continuación las diferentes clases de envidia. En primer lugar está el dolor por la bondad y prosperidad ajenas. Por su naturaleza, la prosperidad es materia de alegría; luego la envidia es un pecado contra la Naturaleza. La segunda clase de envidia es la alegría por el mal ajeno, la cual asemeja a uno al diablo, que siempre se alegra del daño causado a los demás. La calumnia procede de estas dos clases, y este pecado de calumnia o detracción es de diversas especies. Algunos hombres alaban al prójimo con depravada intención, pues siempre tienen por finalidad el urdir intrigas. Siempre encuentran un «pero» final que tiene más valor de vituperio que todo el resto del encomio. La segunda variedad consiste en que si un hombre es bondadoso y hace o dice algo con buena intención, el calumniador tergiversará todo lo bueno para satisfacer sus perversos designios. La tercera consiste en disminuir la bondad de su prójimo. La cuarta clase de calumnia es ésta: si uno habla bien de otro, entonces, para despreciar a aquel que recibe la alabanza de los hombres dirá el calumniador: «A fe mía, fulano de tal es todavía mejor que él.» La quinta clase consiste en asentir y escuchar con alegría la maledicencia sobre otras personas. Este pecado es muy grave y siempre se incrementa según el malvado propósito del calumniador. Después de la calumnia sigue la difamación o murmuración. A veces tiene su origen en la impaciencia hacia Dios o hacia el hombre. Es contra Dios cuando uno se lamenta de las penas del infierno o de la pobreza o de la pérdida de riquezas, o de las lluvias y tempestades, o maldice de que los malvados gocen de prosperidad, o de que los hombres justos sufran adversidades. Y todas estas cosas deben padecerlas los hombres con paciencia, ya que provienen del recto juicio y disposición divinos. Algunas veces las quejas provienen de la avaricia, como cuando judas se lamentó de que la Magdalena ungiese la cabeza de Nuestro Señor Jesucristo con un ungüento precioso75. Esta clase de murmuración es la que se da cuando un hombre maldice del bien que hace o cuando se lamenta de sus bienes. A veces la murmuración dimana del orgullo, como cuando Simón el Fariseo76 murmuró de que la Magdalena se acercara a Jesús y se arrojara a sus pies para llorar sus pecados. En otras ocasiones la murmuración procede de la envidia, al descubrirse una falta oculta de alguien o acusarle de algo que es falso. La murmuración también se da entre los criados que se quejan cuando sus amos les ordenan ejecutar tareas razonables; y a pesar de que no se atreven a resistirse abiertamente a los mandatos de sus amos, sin embargo, hablan mal, se lamentan y murmuran con verdadero desprecio. Semejantes comentarios reciben, por parte de la gente ignorante, el apelativo de Padrenuestro del diablo, aunque está claro que el diablo jamás tuvo un Padrenuestro. En ocasiones las quejas se derivan de la ira o cólera secretas que, como luego explicaré, alimentan el odio en el corazón. A continuación también viene la amargura de corazón, por la cual cualquier buena obra ajena le parece a uno amarga y desabrida. Sigue luego la discordia, que desata toda clase de amistad. A renglón seguido, el desdén hacia el prójimo, por bien que éste actúe siempre. Sigue la acusación. Por ella uno siempre busca ocasión de molestar al prójimo. Es ésta ocupación semejante a la del diablo, siempre, día y noche, al acecho para acusarnos. Sigue la malignidad. Mediante ella se busca molestar al prójimo en privado si se puede, y, en caso contrario, no se ponen reparos hasta, incluso, en quemar su vivienda furtivamente, o envenenar o sacrificar su ganado, y cosas semejantes. Remedios contra los pecados de envidia Ahora mencionaré los remedios contra el desagradable pecado de la envidia. El primero y más importante consiste en amar a Dios y al prójimo como a uno mismo, pues, ciertamente, no se puede dar uno sin el otro. Y considera que por prójimo debes entender el nombre de tu hermano. En verdad, todos poseemos un padre y una madre carnales, es decir, Adán y Eva; y también un padre espiritual, a saber, el Dios de los Cielos. Todos estamos obligados a amarlo y desearle todos los bienes. Y, en consecuencia, afirma Dios: «Ama a tu prójimo como a ti mismo», es decir, hasta la salvación de su vida y de su alma. Todavía más. Le amarás de palabra, le amonestarás y corregirás con dulzura, le confortarás en sus aflicciones, y rogarás por él con todo tu corazón. Y le amarás de obra de tal suerte que por amor le harás a él lo que quisieras te hicieran a ti. Y, por consiguiente, no le lastimarás corporalmente, ni le dañarás de palabra, ni a sus bienes, ni a su alma, incitándole con ejemplos malvados. No desearás a su mujer ni a sus posesiones. También debes comprender que bajo el nombre de prójimo es preciso incluir a los enemigos. Ciertamente, el hombre tiene la obligación de amar a su enemigo por mandato divino. En efecto, debes amar a tu amigo en Dios. Te lo digo, amarás a tu enemigo por amor de Dios, por su mandato. Pues si resultara razonable que un hombre odiara a su enemigo, Dios no nos recibiría en su amor, pues serían sus enemigos. Para contrarrestar los tres agravios que el enemigo nos infiere, uno debe corresponder de tres modos. A saber, contra el odio y rencor de corazón, debe colocar el amor de corazón. Contra las reprensiones y palabras dañinas, orará por su enemigo. Y responderá con buenas obras a las malvadas de su enemigo. Pues Cristo afirma: «Amad a vuestros enemigos, orad por los que os maldicen, y también por los que os acosan y persiguen; y haced el bien a los que os odian»77. Mira, pues, cómo nos manda Jesucristo que nos comportemos con nuestros enemigos. Pues ciertamente la Naturaleza nos incita a amar a nuestros amigos, y en verdad que nuestros enemigos tienen más necesidad de amor que nuestros amigos. Y, de hecho, los hombres deben volcarse en hacer el bien a los más necesitados, pues, al obrar así, rememoramos el amor de Jesucristo, que murió por sus enemigos. Y cuanto más difícil de cumplir resulta este amor, tanto más grande es el mérito, y, por consiguiente, el amor de Dios ha contrarrestado el veneno diabólico. Pues así como el diablo es derrotado por la humildad, igualmente el amor hacia nuestros enemigos le hiere mortalmente. Con certeza, pues, el amor es el medicamento que arroja el veneno de la envidia fuera del corazón del hombre. Las subdivisiones de esta sección se explican con más detalle en los siguientes apartados. Sigue la ira Después de la envidia paso a describir el pecado de ira. Porque, sin duda, aquel que siente envidia de su prójimo, encontrará de inmediato en él un objeto de ira, de palabra o de obra. Y la ira procede tanto de la soberbia como de la envidia, pues aquel que es orgulloso o envidioso se torna iracundo con facilidad. Este pecado de ira, tal como lo describe San Agustín, consiste en la malvada voluntad de vengarse de palabra o de obra. Según los sabios, la ira es la ardiente sangre de un corazón inflamado, por la cual uno quiere causar daño a aquel que odia. Pues, en efecto, el corazón del hombre, por el enardecimiento en incitación de su sangre, se vuelve tan desordenado, que pierde el control de su juicio y de su razón. Comprenderéis con facilidad que la ira es de dos clases. Una de ellas es buena; la otra, maligna. La primera consiste en el celo por el bien, a través del cual uno se irrita contra la maldad; y, en consecuencia, un hombre prudente afirma que la ira es mejor que la mofa. Esta variedad de ira nace de la benignidad y carece de amargura; no es ira contra el hombre, sino contra sus pecados. Lo afirma el profeta David: «Estremeceos, pero no pequéis»78. La ira maligna es de dos clases, a saber: súbita o arrebatada, sin advertencia o consentimiento de la razón. El significado o sentido de esto es que la razón humana no asiente a esta ira arrebatada, y, por consiguiente, es pecado venial. Otra ira -muy aviesa por cierto- es la derivada de la crueldad del corazón, con premeditación y deliberación, con maligna intención de venganza. Y si la razón consiente, entonces se comete pecado mortal. Esta ira no resulta muy agradable a los ojos de Dios: perturba su morada y expulsa al Espíritu Santo del corazón del hombre, y aniquila y destruye la semejanza con Dios -es decir, la gracia que reside en el alma humana- e inserta en él la semejanza con el diablo, alejando al hombre del Creador, su legítimo dueño. Esta ira otorga al diablo verdadero placer: es el horno demoníaco que se enciende con el fuego del infierno. Pues, sin duda, así como el fuego resulta más eficaz que cualquier otro medio para destruir los objetos materiales, así la ira es poderosa para aniquilar todas las cosas espirituales. Considera cómo esa hoguera de pequeñas ascuas casi amortiguadas bajo las cenizas se reaviva en contacto con el azufre. Así, igualmente, la ira se avivará de nuevo en contacto con el orgullo que recubre el corazón humano. Pues, evidentemente, el fuego no se origina de la nada, sino que reside en la misma cosa de forma natural: el fuego se obtiene del pedernal y del hierro. De igual suerte acontece con el orgullo: a menudo origina la ira, como el rencor la alimenta y fomenta. Hay una especie de árbol, afirma San Isidoro79, que cuando el hombre hace fuego con él, y recubre sus carbones con cenizas, la hoguera dura un año o más. Así acontece con el rencor. Cuando anida en el corazón del hombre, dura ciertamente quizá de una a otra Pascua o más. Pero sin duda que semejante hombre, durante este periodo, está muy alejado de la misericordia de Dios. La anteriormente mencionada hoguera diabólica está alimentada por tres malvados: el orgullo, que siempre enciende y aviva el fuego con palabras aviesas y contenciosas; sigue la envidia, que mantiene un hierro candente en el corazón humano con un par de largas tenazas de hondo rencor; y finalmente, el pecado de rebelión, o pendencia y querella, que lo azuza y forja con aviesos reproches. Este maldito pecado perjudica tanto al hombre mismo como a su prójimo. Pues, sin duda, casi todo el daño que el hombre ocasiona a su prójimo proviene de la ira. En verdad, la ira desatada hace ejecutar todo lo que el diablo ordena, pues no deja a salvo ni a Cristo ni a su dulce Madre. Y, por desgracia, con este enfado o ira desatados, muchos sienten su corazón lleno de inquina hacia Jesucristo y hacia sus santos. ¿No es éste acaso un pecado perverso? Ciertamente lo es. Por desgracia, priva al hombre de su entendimiento y razón, y de toda la bondad de su vida espiritual que debería proteger a su alma. Sin duda, también le arrebata el debido señorío del bien, que reside en el alma del hombre, y el amor al prójimo. Asimismo lucha siempre de continuo contra la verdad, le roba la paz de su corazón y trastorna su alma. De la ira se originan esos pestilentes engendros. En primer lugar, el odio, que es la antigua ira; luego, la discordia, por la cual uno deja a su antiguo amigo al que ha amado tanto tiempo. A continuación vienen las guerras, y todos los perjuicios -tanto corporales como materiales- que uno ocasiona al prójimo. De este maldito pecado de ira también proceden los homicidios. Comprended que el homicidio, es decir, el asesinato, se ejecuta de formas diversas. Algunos homicidios son espirituales; otros, corporales. El homicidio espiritual es de tres especies. La primera procede del odio. Tal como afirma San Juan: «El que odia a su hermano es un homicida»80. La difamación es también homicidio. De los maledicentes afirma Salomón81 que tienen dos espadas con las cuales exterminan a sus prójimos. Pues, sin duda, tan avieso resulta arrebatar su buen nombre como su vida. También es homicidio el dar un consejo malvado y fraudulento y el imponer impuestos y tributos dañinos. Sobre ello afirma Salomón: «Estos crueles señoríos son como leones rugientes y hambrientos»82, pues retienen o recortan las pagas, salarios o gajes de sus sirvientes, o también practican la usura o se abstienen de dar limosnas a los menesterosos. Por ello, el hombre sabio83 afirma: «Alimentad a aquel que está a punto de perecer de hambre»; si no lo alimentas, lo sacrificas. Y todos éstos son pecados mortales. El homicidio corporal se produce de cuatro formas. Uno es legal: la justicia condena a muerte a un culpable. Sin embargo, cuide la justicia en obrar correctamente, y que no lo haga por el placer de verter sangre, sino para mantener la ley. El segundo homicidio es el de necesidad. En tal caso uno mata a otro -no hay otro modo de evitar la muerte- en defensa propia. Pero resulta indudable que si se puede uno escapar sin dar muerte a su atacante y lo mata, comete pecado, y deberá hacer penitencia por pecado mortal. También si un hombre por azar o por casualidad lanza una piedra con la que mata a un hombre, es un homicida. Igualmente, si una mujer se acuesta sobre su hijo durante la noche por negligencia, es una homicida y comete pecado mortal. Asimismo si uno impide la concepción de un ser, y vuelve estéril a una mujer mediante brebajes de hierbas venenosas -por culpa de ellas no puede concebir- o da muerte a un niño con brebajes emponzoñados, o introduce ciertos objetos en sus partes privadas para matar al feto, o peca contra la Naturaleza -el hombre o mujer arroja el esperma de modo o lugar que la concepción no se pueda llevar a cabo-, o si una mujer que ha concebido asesina a su hijo dañándose a sí misma, es homicida. ¿Qué decir también de las preñadas que asesinan a sus hijos por el temor del qué dirán? Sin duda, es un horrendo homicidio. También es homicidio si un hombre se acerca a una mujer con deseos lujuriosos, y por ello el niño perece, o también si golpea a sabiendas a una mujer, lo que ocasiona la muerte del niño. Todos estos actos son homicidios y horrendos pecados mortales. De la ira también se derivan muchos otros pecados, tanto de palabra como de pensamiento y obra. Por ejemplo, aquel que vitupera a Dios, o le echa las culpas por algo de lo que sólo él es culpable, o desprecia a Dios y a sus santos, como hacen esos malditos jugadores en numerosas comarcas. Cometen este maligno pecado cuando albergan en su corazón sentimientos de entera maldad hacia Dios y sus santos. También, cuando tratan de forma irreverente al sacramento eucarístico: este pecado es de tal gravedad, que a duras penas puede ser perdonado, si no fuese que la misericordia de Dios sobrepasa a todas las acciones. Tan grande y benigno es Él. De la ira también se deriva la furia venenosa. Cuando a uno se le amonesta en la confesión a abandonar el pecado, entonces se pone iracundo y contesta con menosprecio y enfado, y defiende y excusa su pecado por la debilidad de su carne, o por haber pecado para congraciarse con sus camaradas, o también, dice, porque el maligno le sedujo; o que lo hizo por su juventud, o porque era de temperamento tan fogoso que no se pudo controlar, o que tal es su destino a cierta edad; o porque asegura se deriva de la casta de sus antepasados y otras cosas por el estilo. La gente de tal clase se recubre de tal forma con sus pecados, que no quiere desembarazarse de ellos. Pues, sin duda, ninguna persona que se autoexcusa arteramente de sus pecados podrá liberarse de ellos hasta que los reconozca humildemente. Después de este pecado viene el de jurar, que va directamente contra el mandamiento de Dios: esto acontece a menudo por ira y por cólera. Dios declara: «No tomarás el nombre de Dios en vano»84. También Nuestro Señor Jesucristo afirma en palabras de San Mateo: «No juréis de ninguna manera: ni por el Cielo, pues es el trono de Dios, ni por la Tierra, pues es el escabel de sus pies, ni por Jesucristo, pues es la ciudad del gran Rey. Ni tampoco juréis por vuestra cabeza, pues no está en vuestra mano el hacer blanco o negro un solo cabello. Sea, pues, vuestro modo de hablar sí sí, no no; que lo que pase de esto, de mal principio proviene»85. Por amor de Cristo no juréis tan pecaminosamente de modo que desmembréis de modo inicuo el alma, corazón, huesos y cuerpo de Nuestro Señor Jesucristo. Pues, ciertamente, parece que os figuráis que los malvados judíos no desmembraron ya suficientemente la preciada persona de Cristo para que todavía lo hagáis vosotros. Si aconteciera que la ley os impeliera a prestar juramento, guiaros entonces por la ley de Dios, tal como dice Jeremías en el capítulo cuarto: «Observarás tres condiciones: jurarás con verdad, con justicia y con rectitud»86. Es decir, jurarás en verdad, pues toda mentira va contra Jesucristo, ya que Cristo es la verdad misma. Y piensas bien esto: que todo aquel que jura sin estar obligado por la ley conservará en su casa esta plaga mientras cometa juramentos ilegítimos. Jurarás también con justicia cuando estés obligado por tu juez a ser testigo de la verdad. Tampoco jurarás ni por envidia, ni por favor, ni por soborno, sino por rectitud y para declarar, para gloria de Dios y ayuda de los cristianos. Y, en consecuencia, todo hombre que toma el nombre de Dios en vano, jura de palabra en falso, toma sobre sí mismo el nombre de Cristo para llamarse cristiano, y no vive de acuerdo con los ejemplos de Cristo y sus enseñanzas, toma el nombre de Dios en vano. Considera también lo que San Pedro afirma en los Hechos (cap. IV): Non est aliud nomen sub coelo, etc. «No hay otro nombre -afirma San Pedro-- bajo el cielo dado a los hombres por el cual puedan ser salvos.» Es decir, por el nombre de Jesucristo. Considerad también cómo por el preciado nombre de Cristo, como afirma San Pablo en su Epístola a los filipenses (cap. II): E nomine Jesu, etc. «Que al nombre de ] esús se doblen todas las rodillas de los seres celestiales, o terrenos, o de los infiernos, pues es tan sublime y digno de reverencia, que el maligno en los infiernos tiembla al oírlo»87. Entonces parece que los hombres juran tan horriblemente por su nombre, lo desprecian todavía con más atrevimiento que los malvados judíos, o incluso el diablo, que al oír su nombre tiembla. Así, pues, ya que el jurar, a menos que sea en juicio, está tan terminantemente prohibido, mucho peor será el hacerlo en falso y sin necesidad. ¿Qué vamos a decir de aquellos que se deleitan en jurar y consideran esa costumbre como varonil y novedosa y que no cesan de formular grandes juramentos, aunque sea por una causa fútil? Sin duda, es éste un horrible pecado. El jurar repetidamente sin premeditación es también pecado. Pero consideremos ahora el horrendo pecado del exorcismo y del conjuro, tal como hacen esos falsos exorcistas y practicantes de la nigromancia en baldes de agua o sobre objetos relucientes, círculos, o sobre la hoguera o un omóplato de oveja. Sólo puedo afirmar que obran con maldad y de modo condenable en contra de Cristo y de la fe de la Santa Iglesia. ¿Qué vamos a decir de los que creen en las adivinaciones a través del canto o del vuelo de los pájaros, o de las bestias, o en el echar suertes, o en el chirriar de las puertas o en el crujir de las casas, en las roeduras de los ratones y otras vilezas semejantes? Ciertamente, todo esto lo prohíbe Dios y la Santa Iglesia. Todos los que se adhieren a estas inmundas creencias están recusados hasta que se enmienden. Los hechizos para las heridas y enfermedades humanas o animales, caso de surtir algún efecto, es por un azar tolerante de Dios, por lo que la gente debería dar más crédito y reverencia a su nombre. Mencionaré, acto seguido, a la mentira que, por lo común, resulta de utilizar una palabra con falso significado con el propósito de engañar a los correligionarios. Algunas mentiras no producen ventaja alguna a nadie; otras originan bienestar y provecho a uno y malestar y perjuicio a otro. Otras veces se miente para salvaguardar la vida o la hacienda. Otras se miente por el placer de mentir, y, a tal efecto, urdirán una larga trama que adornarán con todo detalle, a pesar de que todo es falso. Otras mentiras se derivan del mantener la palabra; otras, de la ligereza impremeditada y cosas por el estilo. Vayamos ahora al vicio de la adulación, que no fluye voluntariamente a no ser por temor o por codicia. La adulación consiste en una falsa alabanza. Los aduladores son las nodrizas diabólicas que alimentan a sus hijos con la leche de la lisonja. Pues es verdad que Salomón afirma que la lisonja es peor que la detracción. A veces la detracción convierte en más humilde a un hombre arrogante por temor a la misma detracción. Es cierto que la adulación vuelve al hombre más altanero de pensamiento y de porte. Los aduladores son los hechiceros diabólicos, pues hacen pensar a uno de si mismo que no hay nadie comparable a él. Son como judas: traicionan a uno para venderlo a sus enemigos, es decir, al diablo. Los aduladores son los capellanes diabólicos que cantan el Placebo. Detecto la adulación en los pecados de ira, pues, a menudo, si un hombre está encolerizado con otro, entonces adulará a alguien para que le apoye en su lucha. Mencionaremos a continuación las maldiciones que brotan de un corazón iracundo. En general, la maldición consiste en todo género de potencia dañina. El maldecir de este modo despoja al hombre, tal como afirma San Pablo, del reino de Dios88. Y muy a menudo, ésta recae sobre el mismo maledicente, cual pájaro que regresa de nuevo a su mismo nido. En particular, los hombres han de evitar maldecir a sus hijos y entregar su propia prole al diablo, en cuanto a ellos corresponda: el hacerlo es ciertamente peligroso y constituye pecado grave. Hablemos a continuación de la querella y de los reproches, que constituyen gravísimas heridas en el corazón humano, pues deshacen las costuras de la amistad en el corazón del hombre. Porque, en efecto, a duras penas puede alguien estar de acuerdo con aquel que, mediante la calumnia, le ha injuriado e increpado abiertamente. Como afirma Jesús en el Evangelio, es gravísimo pecado89. Y considérese igualmente al que censura a los demás o reprocha a otra persona algún triste defecto corporal, como «leproso», «jorobado», «villano» o algún pecado cometido. Si le reprocha el daño que sufre, entonces dirige la reprimenda a Jesucristo Nuestro Señor, pues el mal es fruto de un justo y consentido mensaje divino, sea la lepra, lesión o enfermedad. Si se censura implacablemente al hombre por su pecado llamándole «lascivo», «borrachín» y otros calificativos por el estilo, en este caso cae en la regocijada esfera del demonio, que siempre se alegra cuando el hombre peca. Sin duda, la censura sólo puede brotar de un corazón vil: con mucha frecuencia, de la abundancia del corazón habla la boca90. Y debéis comprender esto: siempre que un hombre deba reprender a otro, ha de evitar la censura y el reproche. Pues, ciertamente, si no adopta precauciones, puede reavivar con suma facilidad el fuego de la ira y de la cólera, en vez de apagarlo, y quizá sacrifique a aquel a quien pudo corregir con benevolencia. Tal como afirma Salomón: «Una lengua afable es el árbol de la vida»91, a saber, la vida espiritual. Indudablemente, un deslenguado mata el alma del que censura y también del censurado. Observad la advertencia de San Agustín: «No existe nada tan parecido al hijo del diablo como aquel que regaña con frecuencia.» San Pablo también añade: «El reprender no es adecuado a un siervo de Dios»92. Y ya que la riña es cosa villana entre toda suerte de gentes es, sin duda, todavía más impropia entre marido y mujer, pues entonces jamás reina la tranquilidad. Y por tal motivo comenta Salomón: «Casa descubierta y con goteras y mujer reñidora son parejas»93. El hombre que mora en casa con muchas goteras, aunque evite las de un lugar, otras caerán sobre él en otro sitio. Así acontece con la mujer reñidora: si no riñe con él en una ocasión, lo hará en otra. Y así, «mejor es un bocado de pan con alegría que casa llena de suculencias con discordias»94, manifiesta Salomón. Tal como dice San Pablo: «¡Oh vosotras, mujeres, permaneced sujetas a vuestros maridos de modo conveniente! Y vosotros, esposos, amad a vuestras esposas» (A los colosenses, cap. III)95. Pasemos, acto seguido, a mencionar el desprecio. Es éste un depravado pecado, especialmente cuando se desprecia a un hombre por su bien obrar. Ya que, ciertamente, los que desprecian se comportan como el repugnante sapo, que es incapaz de soportar el suave aroma de una vid en flor. Estos desdeñosos son copartícipes del diablo, ya que sienten gran alegría si el demonio gana y gran pena si sale derrotado. Son enemigos de Jesucristo, pues odian lo que Él ama, es decir, la salvación de las almas. Hablemos ahora del mal consejo. Aquel que da un mal consejo es un traidor, ya que engaña a quien en él confía, como Achitofel96 a Absalón. Pero, no obstante, un mal consejo opera, en primer lugar, contra él mismo. Como afirma el sabio, toda falsa forma de vida tiene una propiedad inherente: que al pretender dañar a otro hombre se perjudica a sí mismo en primer lugar. Y es preciso saber que el hombre no ha de recibir consejo de personas mentirosas, ni de gente iracunda ni apesadumbrada, ni de la que notoriamente ama su propio provecho de modo desmesurado, ni de la excesivamente mundana, en especial por lo que se refiere a los consejos espirituales. Viene ahora el pecado de los sembradores e introductores de discordia entre su prójimo -pecado éste que Jesucristo aborrece de plano. Cosa nada sorprendente, pues Él mismo murió para pacificar. Infieren ellos a Jesucristo mayor afrenta que quienes le crucificaron, pues Dios quiere que la armonía reine entre los hombres, ya que la estimó más que a su propio cuerpo, entregado por la unidad. Por consiguiente, los que están dispuestos a sembrar la discordia son comparables al diablo. Viene luego el pecado de doblez en el que incurren los que hablan bien ante los demás y mal detrás de ellos; y también los que aparentan hablar con buenas intenciones o por chanza o broma y, con todo, albergan torcidos propósitos. También está el que divulga confidencias, y es uno, por ende, difamado. De hecho, es muy difícil resarcirse de los daños. La amenaza, que viene a continuación, es una tremenda locura, pues el que amenaza a menudo, amaga, en muchísimas ocasiones, más de lo que puede llevar a cabo. ¿Y qué decir de las palabras ociosas? El que las profiera, al igual que el que las oye, no obtiene provecho alguno. Pues por palabras ociosas entendemos las que no son necesarias o sin intención de obtener algún provecho natural. Y aunque esas palabras ociosas constituyen pecado venial, con todo, deberíamos desconfiar, ya que de ellas daremos cuenta a Dios. Sigue después la murmuración, que siempre es pecado. Como afirma Salomón: «Es un pecado de completa locura.» Y, por consiguiente, cuando a un sabio le preguntaron cómo los hombres pueden agradar a sus congéneres, él les contestó: «Obrad con frecuencia el bien, y murmurad poco»97. A continuación viene el pecado de los burlones, que son los monos diablo, pues hacen reír a la gente con sus gracias, como con las monadas de aquellos animales. San Pablo prohíbe este proceder98. Considerad cómo esas santas y virtuosas palabras confortan a los que se esfuerzan al servicio de Jesucristo. Así las malvadas palabras y pullas de los chistosos confortan a los que están al servicio del diablo. Todos estos pecados de la lengua se derivan de la ira y de otros vicios. Siguen los remedios contra los pecados de ira El remedio contra la ira es la virtud que los hombres llaman mansedumbre. Ésta consiste en la afabilidad y también en lo que se ha venido a denominar paciencia o tolerancia. La afabilidad aleja y modera las apetencias y apetitos íntimos de la naturaleza humana de tal modo que no surgen ni por cólera ni por ira. La resignación acepta como mansedumbre todas las molestias e injusticias provenientes del hombre que afectan al exterior de la persona. San jerónimo afirma, por consiguiente, que la afabilidad no causa ni dice daño a nadie, ni por cosa dañina que los hombres hagan o digan, no se enciende contra la razón. Esta virtud es, a veces, natural, pues, como afirma el filósofo, el hombre es muy sensible, de natural afable y capaz de ser dirigido hacia la bondad; pero cuando la afabilidad está conformada por la gracia, entonces es todavía más paciente. La paciencia -el otro remedio contra la ira- es una virtud que soporta con dulzura todas las cualidades humanas y, al mismo tiempo, no se irrita por mal alguno que se le ocasiona. El filósofo afirma que «la paciencia es aquella virtud que soporta con agrado todos los ultrajes de la adversidad y todas las palabras malignas». Esta virtud hace al hombre semejante a Dios y lo transforma en hijo predilecto suyo, tal como afirma Jesucristo99. Tal virtud desconcierta a tu enemigo, pues, tal como explica el hombre sabio: «Aprende a sufrir si quieres vencer a tu enemigo»100. Y has de saber que el hombre soporta cuatro tipos de agravios exteriores. Contra ellos debe adoptar cuatro formas de paciencia. El primer agravio procede de las palabras malignas. Este es el agravio que Jesucristo sufrió sin quejarse, con toda paciencia, cuando los judíos le despreciaron y reprendieron con tanta frecuencia. Soporta, pues, pacientemente, ya que el hombre sabio afirma que «si luchas con un necio, por más que éste esté alegre o iracundo, no tendrás descanso»101. El otro agravio exterior consiste en causar perjuicio a tus propiedades. Esto lo sufrió Jesucristo con mucha paciencia al ser despojado de todas sus posesiones en vida, sus vestidos incluidos. El tercer agravio consiste en dañar el cuerpo de alguien. Eso lo padeció Cristo durante toda su pasión con gran mansedumbre. La cuarta afrenta es el ultraje de obra. Por consiguiente, afirmo que la gente que somete a sus subordinados a trabajos excesivos, o en días inadecuados, como en los festivos, comete ciertamente pecado grave. Eso mismo también lo padeció Jesucristo de modo muy paciente, y con ello nos enseñó a tener resignación, al llevar sobre sus benditos hombros la cruz en la que iba a sufrir muerte ignominiosa. De ello la Humanidad puede aprender a ser paciente, pues ciertamente no sólo los cristianos son pacientes por el amor de Jesucristo y por el galardón de la vida beatífica perdurable; de hecho, los mismos paganos que jamás fueron cristianos recomendaron y practicaron esta virtud. En cierta ocasión un sabio que quería azotar a un discípulo suyo por un importante error que le había irritado sobremanera trajo un bastón para azotar al niño. Cuando éste vio el bastón, le espetó a su maestro: -¿.Qué piensas hacer? -Te voy a azotar para que te enmiendes -le replicó su maestro. Verdaderamente -contestó el niño-, primero debes corregirte a ti mismo por haberte impacientado por culpa de un niño. -Gran verdad es ésta -comentó el maestro con grandes lloros-. Hijo mío, aquí tienes el bastón y corrígeme por mi poca paciencia. De la paciencia se deriva la obediencia, por la cual el hombre es sumiso a Cristo y a todos aquellos a quienes debe ser obediente en Cristo. Y acepta perfectamente que la obediencia entera implica el ejecutar voluntariamente y con prontitud, con alegría de corazón, todas sus obligaciones. Mediante esta virtud llevamos a la práctica la doctrina de Dios y de los superiores, a los cuales debemos someternos con toda justicia. Sigue la pereza Después del pecado de ira y envidia, mencionaré el de la pereza. Pues si la envidia ciega el corazón del hombre, y la ira lo desestabiliza, la acidia o pereza le toma pesado, malhumorado y colérico. La envidia y la ira dejan un poso de amargura en el corazón; esa amargura es madre de la acidia y priva al amor de toda bondad. De modo que la pereza consiste en la angustia de un corazón turbado. Sobre ella afirma San Agustín: «Es el pesar de lo bueno y alegría de lo malo»102. De hecho, este pecado es digno de vituperio, pues ocasiona una ofensa a ]esucristo en tanto en cuanto aleja al hombre de su fiel y diligente dependencia de Jesucristo, tal como afirma Salomón103. Pero la acidia no practica esta diligencia; al contrario, ejecuta todo a disgusto y con tristeza, dejadez y falsa excusa, con holgazanería y desgana. Por todo lo cual dice la Escritura: «Maldito sea quien cumple el servicio de Dios con negligencia»104. En consecuencia, la acidia se opone a todo estado del hombre. Uno es el de inocencia, como lo fue el de Adán antes de la caída, estado que le impulsaba a adorar y alabar a Dios; otro estado es el del hombre pecador, en el cual las personas están obligadas a adorar y alabar a Dios para que se le remitan sus faltas y para que Él les conceda el verse libres de ellas; el tercer estado es el de gracia, y en él uno está obligado a hacer penitencia. Sin duda, la acidia es contraria y opuesta a todas estas cosas, ya que no se deleita en diligencia alguna. Así, pues, de hecho, este inicuo pecado de acidia es a la vez enemigo acerrimo de la vida corporal, pues no toma providencia alguna acerca de las necesidades del cuerpo, pues por su negligencia dilapida, arruina y destruye todos los bienes temporales. La cuarta característica es la pereza; por ella uno se asemeja a los condenados del infierno por culpa de su holgazanería y vagancia, ya que éstos están tan esclavizados, que son incapaces de actuar o pensar bien. La pereza es la primera causa que obstaculiza o impide el que el hombre realice el bien, y, por ello, tal como dice San Juan, Dios considera abominable tal pecado105. A continuación viene la indolencia, que se resiste a aceptar cualquier molestia o sufrimiento. Pues en verdad la indolencia es tan delicada y sensible que, como afirma Salomón106, con ella el hombre se resiste a soportar incomodidades o molestia alguna y, por ende, destruye todo cuando se hace. Contra este corrumpido pecado de acidia e indolencia el hombre debería ejercitarse en obrar el bien, y acumular coraje virtuoso y varonil, pensando que Jesucristo Nuestro Señor recompensa toda buena acción por mínima que sea. La costumbre del trabajo es algo muy grande, ya que hace, como afirma San Bemardo, que el trabajador posea fuertes brazos y recia musculatura; la indolencia, por el contrario, los vuelve débiles y delicados. Viene después el temor de comenzar a obrar el bien, pues, ciertamente, el que es proclive al pecado se figura que acometer buenas acciones es notoria empresa y se imagina que las circunstancias del bien obrar son tan incómodas y fatigosas de aguantar, que no se atreve a emprender el camino del bien,, tal como afirma San Gregorio. A continuación tenemos la esperanza vana, que consiste en desesperar de la divina misericordia, la cual, a veces, tiene su origen en una pena exacerbada; y en otras, en un exagerado temor, pensando que uno ha pecado tanto, que esa misericordia resultará inútil, aunque uno se arrepienta y abandone la senda del pecado. Como afirma San Agustín, esta clase de miedo desesperado entrega el corazón a toda suerte de pecados. Si este vituperable pecado llega a su culminación, se denomina pecado contra el Espíritu Santo. Esta terrible falta es tan peligrosa, que si uno está sumido en ella, no alberga temor alguno en cometer cualquier felonía o pecado107. Por consiguiente, éste es, sobre todos los pecados, el más desagradable y opuesto a Jesucristo. De hecho, el que desespera se asemeja a un campeón cobarde y apocado que admite la derrota sin necesidad. ¡Ay, ay! Su desespero y su cobardía resultan vanos. Sin duda, la misericordia divina siempre está dispuesta a perdonar a cualquier penitente y es superior a todas sus obras. Por desgracia, ¿no puede el hombre meditar sobre el Evangelio de San Lucas (cap. XV), donde, como afirma Cristo, «habrá en el Cielo el mismo júbilo por un pecador que se arrepiente que por noventa y nueve justos que no tienen necesidad de penitencia»?108. Considerad igualmente, en el susodicho Evangelio, el jolgorio y alegría de aquel buen hombre cuando su hijo, pródigo y arrepentido, regresó a la casa paterna. ¿No puede la Humanidad recordar también, como relata el Evangelio de San Lucas (cap. XXIII), cuando el ladrón que fue crucificado junto a Jesucristo dijo: «Señor, acuérdate de mí cuando estés en tu reino»? La respuesta de Jesucristo fue ésta: «En verdad, en verdad te digo que hoy estarás conmigo en el Paraíso»109. En efecto, no existe falta humana alguna que no pueda ser destruida en vida por la penitencia, en virtud de la pasión y muerte de Jesucristo. Así, pues, ¿por qué desesperarse si la misericordia divina está tan dispuesta y es tan magnánima? Pedid y se os dará. Luego viene la somnolencia, a saber, el sueño indolente que causa en el hombre modorra y torpeza corporal y espiritual. Este pecado tiene su origen en la pereza. En verdad, de acuerdo con los postulados de la razón, no se debe dormir por la mañana, a menos de causa justificada. Sin duda, las horas matutinas son las más adecuadas para que el hombre se ponga en oración, para pensar en Dios y honrarle y dar limosna al primer menesteroso que llega en nombre de Jesucristo. Mirad lo que declara Salomón: «El que por la mañana esté despierto y me busque, me hallará»110. A renglón seguido viene la negligencia o dejadez, que no se preocupa de nada. Y del mismo modo que la ignorancia es la madre de todos los males, la negligencia es, sin duda, la nodriza del mismo. La negligencia no se preocupa de si se obra bien o mal al ejecutar una acción. Referente al remedio de estos dos pecados, el sabio declara lo siguiente: «Quien teme a Dios no se abstiene de ejecutar lo que debe.» Y quien ama a Dios se mostrará diligente en agradarle y dedicarse con todas sus fuerzas al bien obrar. Sigue después la ociosidad, que es la puerta de todos los males. El hombre ocioso se asemeja a un lugar sin cercas: el diablo puede penetrar por cualquier lado y disparar sobre él, indefenso, ocasionándole toda suerte de tentaciones. Esta ociosidad es el albañal de todos los malos e inicuos pensamientos y de todas las murmuraciones, necedades y de toda impureza. Ciertamente el Cielo lo alcanzan quienes se esfuerzan, no así los ociosos. Además, David declara que «los que están en la labor de los hombres, no serán azotados con los hombres»111, es decir, en el purgatorio. Parece, pues, que si ésos, por tanto, no hacen penitencia, serán atormentados con el demonio en el infierno. A continuación tenemos el pecado que los hombres denominan tarditas. Éste consiste en la tardanza o aplazamiento excesivo del hombre en desear volver a Dios. Verdaderamente este pecado constituye gran insensatez. Es como si alguien cayera en una fosa y no quisiera levantarse. Y este pecado se origina en una falsa esperanza: uno piensa que gozará de larga vida; pero esta esperanza falla con mucha frecuencia. Sigue después la holgazanería. Ésta consiste en iniciar una buena acción y a continuación dejarla y abandonarla de inmediato, como hacen los que deben supervisar a una persona y no cuidan de ella en cuanto surge cualquier tropiezo o molestia. Éstos son los párrocos modernos que, a sabiendas, dejan que sus ovejas vayan corriendo hacia el lobo que se halla agazapado entre breñales, o descuidan su propio ministerio. De todo ello se deriva la pobreza y la destrucción de todo, tanto al nivel espiritual como temporal. Acto seguido viene una clase de frialdad que congela por entero el corazón del hombre. Le sigue la poca devoción que ciega al hombre de tal modo que, como afirma San Bernardo, su alma adquiere tal languidez, que le resulta imposible leer o cantar en los lugares sagrados, u oír o meditar sobre devoción alguna, o dedicarse a cualquier obra buena manual, y todo lo encuentra desabrido y pesado. Se toma, pues, lento y somnoliento, y pronto a la cólera y rápidamente proclive a la envidia y al odio. Sigue a continuación el pecado de la mundana aflicción que se denomina melancolía. Como declara San Pablo, mata al hombre. Pues, efectivamente, tal aflicción origina la muerte corporal y espiritual, ya que de ella proviene el que uno se asquee de la propia existencia. Semejante pesar abrevia con muchísima frecuencia la vida humana antes de que llegue su hora por vía natural. Remedio contra el pecado de acidia Contra este terrible pecado de acidia y sus correspondientes ramificaciones existe una virtud, la fortitudo o fortaleza, que es una inclinación a menospreciar todo lo molesto. Esta virtud es tan poderosa y fuerte, que se atreve a resistir con eficacia y a evitar discretamente las ocasiones peligrosas, así como a luchar contra las asechanzas del maligno. En efecto, vitaliza y refuerza el alma, de igual modo que la pereza la rebaja y debilita: la fortaleza sabe sufrir con perseverante paciencia las tribulaciones que sean menester. Esta virtud es de variadas clases. La primera se denomina magnanimidad, es decir, grandeza de ánimo. Pues, indudablemente, se precisa gran fortaleza contra la pereza, para que ésta no devore el alma mediante el pecado de melancolía o la aniquile por la desesperación. Esta virtud lleva a la gente a emprender tareas difíciles y costosas, por voluntad propia, siempre de forma prudente y razonable. Y por cuanto el diablo combate al hombre más con artificio y astucia que a base de fuerza, por consiguiente, los hombres han de oponérsele con la inteligencia, la razón y el buen sentido. Siguen después las virtudes de la fe y esperanza en Dios y sus santos. Con su ayuda se llevan a cabo y realizan las buenas obras en las que uno se propone perseverar con firmeza. A continuación se encuentra la seguridad o firmeza mediante la cual uno no vacila en afanarse en el futuro con las buenas obras comenzadas. Sigue luego la magnificencia, a saber, el que uno lleve a cabo y realice numerosas obras buenas. Y ésta es la finalidad por la que se han de llevar a cabo las buenas obras, ya que mediante su realización se obtiene un gran galardón. Viene, a renglón seguido, la constancia, es decir, la firmeza de voluntad, que debe hallarse en todo corazón con fe inquebrantable, así como en las palabras, comportamiento, aspecto y obras. Asimismo existen remedios especiales contra la pereza en diferentes obras, y en la meditación sobre las penas del infierno y los goces del cielo, y en la confianza en la gracia que le otorgará el Espíritu Santo para ejecutar sus buenos propósitos. Sigue la avaricia Después de la pereza mencionaré a la avaricia y a la codicia. De este pecado afirma San Pablo que «es la raíz de todos los males» (Timoteo, VI)112. Indudablemente, cuando el corazón humano se halla perturbado y confundido en sí mismo y el alma no encuentra solaz en Dios, entonces busca inútil consuelo en las cosas mundanas. Según la definición de San Agustín113, la avaricia consiste en el apetito de poseer bienes temporales. Otros afirman que la avaricia radica en comprar muchos objetos terrenales y en no dar nada a los que pasan estrechez. Debéis comprender que la avaricia no consiste sólo en poseer propiedades o bienes, sino también, a veces, en la ciencia y en los honores, ya que la avaricia abarca todo deseo inmoderado. La diferencia entre codicia y avaricia consiste en que la primera ambiciona las cosas que no se poseen, y la segunda guarda y conserva sin justa necesidad las que se tienen. Ciertamente la avaricia es un pecado plenamente vituperable, pues en la Sagrada Escritura se condena y maldice ese vicio, ya que ocasiona ofensa a Jesucristo Nuestro Señor. Efectivamente, le despoja del amor que le deben los hombres e impele a que el hombre avariento deposite más esperanza en sus propiedades que en Jesucristo, y a que ponga más empeño en conservar sus riquezas que en el servicio de Jesucristo. Y, por consiguiente, afirma San Pablo en su Carta a los efesios, V que «un hombre avariento es esclavo de la idolatría»114. ¿Qué diferencia existe entre un idólatra y un avaro sino que el primero tal vez sólo posee uno o dos ídolos, mientras que el segundo tiene muchos? Pues, de hecho, para él, cada moneda de su arca es un ídolo. Y, ciertamente, el pecado de idolatría es lo primero que Dios prohíbe en los Diez Mandamientos, como resulta patente en el capitulo XX del Éxodo: «No tendrás falsos dioses delante de mí ni ordenarás esculturas para ti»115. De este modo, el hombre malvado, debido al maldito pecado de la avaricia, al preferir sus riquezas a Dios, se convierte en idólatra. De la codicia se derivan estos dominios lacerantes por los cuales los hombres soportan impuestos, tributos y pagos que rebasan con mucho los límites de la razón y del deber. E igualmente perciben de sus súbditos exacciones, que con más exactitud podrían denominarse extorsiones. Sobre estas exacciones y redenciones de siervos, los administradores de algunos señores afirman que son justas, ya que el siervo no posee bien temporal alguno que no sea de su señor, tal como ellos afirman. Pero, de hecho, el comportamiento de estos señores es injusto, pues despoja a sus súbditos de los bienes que nunca les han dado (San Agustín, De Civitate Dei, IX)116. Es cierto: el pecado es la condición de esclavitud y su primera causa (Génesis, V)117. Por ende, podéis percataros que el pecado engendra esclavitud, mas no por naturaleza. Por lo cual, esos señores no deberían vanagloriarse de sus posesiones, ya que por condición natural ellos no son amos de esclavos: la esclavitud viene, en primer lugar, como consecuencia del pecado. Y además, allí donde la ley afirma que las posesiones temporales de los vasallos pertenece a sus señores, se debe entender que esto incumbe a los bienes del emperador, cuyo deber consiste en defender los derechos de sus vasallos, pero no robarles o desplumarles. Por esta razón declara Séneca: «Tu prudencia debe inclinarte a ser benigno con tus siervos»118. Esos a quienes denominamos tus esclavos son criaturas de Dios, pues los humildes son amigos de Jesucristo, es decir, son íntimos del Señor. Considera asimismo que los villanos y los señores tienen una misma y común semilla: al igual que el señor, el rústico puede alcanzar la salvación. El villano sufre la misma suerte que su señor. Te aconsejo, por tanto, que te comportes con tu siervo como querrías que tu señor se comportara contigo si te hallaras en esclavitud. Todo pecador es esclavo del pecado. Te aconsejo, pues, a ti, señor, que obres de tal modo con tus siervos que te tengan más amor que temor. Ciertamente sé -es algo razonable- que hay clases y clases; y es justo que los hombres cumplan con sus obligaciones dondequiera que sea menester; pero ciertamente las extorsiones y los desprecios de nuestros subalternos resultan reprobables. Por otra parte, debéis comprender bien que los conquistadores o tiranos esclavizan con bastante frecuencia a quienes han nacido de sangre tan real como la de sus conquistadores. El nombre de esta esclavitud no fue conocido hasta que Noé manifestó que su hijo Cam, a causa del pecado, sería esclavo de sus hermanos. ¿Qué diremos, pues, de los que roban y extorsionan a la Santa Madre Iglesia? Indudablemente, la espada que se da a un caballero recién armado significa que debe defender a la Santa Madre Iglesia y no robarla ni despojarla. Quien así obra traiciona a Jesucristo. Y, como señala San Agustín: «Esos son los lobos demoniacos que estrangulan a las ovejas de Jesucristo»; en realidad, son peores que lobos, pues cuando éstos tienen lleno su vientre, dejan de sacrificar ovejas. Pero de hecho, los saqueadores y destructores de los bienes de la Santa Madre Iglesia no obran así, pues la saquean constantemente. Ahora, según he dicho, ya que el pecado fue la primera causa de servidumbre, acontece que cuando el mundo entero estuvo en pecado, entonces todos incurrieron en esclavitud y servidumbre. Mas, ciertamente, cuando llegó el momento de la gracia, Dios ordenó que algunas personas tuvieran más categoría y condición. Y, por consiguiente, en algunas regiones donde se compran esclavos, al convertirse a la fe, se les libra de servidumbre. En consecuencia, el señor debe a su siervo lo que éste a aquél. El Papa se denomina a sí mismo siervo de los siervos de Dios; pero -por cuanto el estado de la Santa Madre Iglesia no podría subsistir ni podría mantenerse el provecho común, ni la paz y tranquilidad sobre la Tierra si Dios no hubiera dispuesto la existencia de personas de clase más alta y otras de inferior rango- se creó el dominio para defender y proteger a sus súbditos o inferiores, de acuerdo con la razón, en la medida en que ello fuera privativo del soberano, y no para arruinar y avasallar a los súbditos. Por este motivo afirmo que los señores que se comportan cual lobos y devoran injustamente las posesiones o bienes de la gente pobre, sin compasión y sin tasa, recibirán la misericordia de Jesucristo con el mismo rasero con el que midieron a los menesterosos, si no se enmiendan. A continuación viene el engaño entre mercaderes. Y se ha de saber que la transacción es de dos clases: material y espiritual. La primera es lícita y permitida; la segunda, lícita y deshonrosa. Sobre el tráfico material que es lícito y honrado he de decir: que allí donde Dios ha dispuesto que algún reino o región sea autosuficiente, entonces resulta justo y permitido que de su abundancia se ayude a otra región más necesitada. Y, por tanto, debe haber traficantes que transporten las mercancías de una región a otra. Las otras transacciones que se practican con fraude, engaño y perfidia, con embustes y falsos juramentos, son culpables y dignas de vituperio. La simonía consiste en el tráfico propiamente espiritual. Se basa en el propósito de comprar cosas espirituales, a saber, lo concerniente al divino santuario y a la cura de almas. Semejante intento, si uno pone empeño en llevarlo a cabo -a pesar de que este deseo no surta efecto-, constituye materia de pecado mortal, y si es una ordenación, ésta es ilegítima. Recibe el nombre de simonía por Simón el Mago, que quiso comprar con bienes materiales el don que Dios había concedido a San Pedro y a los apóstoles por mediación del Espíritu Santo. Por ende, sabed, pues, que los que venden y compran cosas espirituales son llamados simoníacos, bien sea por medio de bienes materiales, persuasión, o por las recomendaciones de los amigos seculares o espirituales. Los seculares son de dos clases: de la parentela o de las amistades. Sin duda, si interceden en favor de aquel que es indigno e incapaz, existe simonía si ése acepta el beneficio; si es digno y apto, no existe falta. La otra clase se da cuando un hombre o una mujer suplican a los demás que favorezcan a alguien por el afecto desordenado que sienten hacia esa persona: actuar así es infame simonía. Pero, a decir verdad, se entiende que el servicio por el cual los hombres otorgan cosas espirituales a los inferiores ha de ser honrado y no de otro modo; y también ha de ser sin contrato y que la persona sea capaz. Pues, tal como declara San Dámaso, «todos los pecados del mundo, comparados con éste, son nada»119, pues, después del de Lucifer y del Anticristo, es éste el mayor de todos los pecados posibles. Por este pecado Dios pierde la Iglesia y el alma que rescató con su preciosísima sangre; los culpables son aquellos que entregan las siete iglesias a quienes no son dignos. Pues colocan en ella a ladrones que roban las almas de Jesucristo y arruinan su patrimonio. A causa de semejantes e indignos sacerdotes y párrocos los hombres ignorantes guardan menos respeto a los sacramentos de la Santa Madre Iglesia. Y tales dadores de iglesias expulsan de ellas a los hijos de Jesucristo y colocan en su lugar a los del diablo. Venden las almas -los corderos bajo su custodia- al lobo para que las devore. Y, por consiguiente, jamás participarán en el parto de los corderos, es decir, de la bienaventuranza del Cielo. Ahora vienen los juegos de azar con sus secuelas, como tableros y rifas, de lo cual se derivan las trampas, falsos juramentos, pendencias y querellas, blasfemias y reniegos de Dios, odio al prójimo, dilapidación de bienes, pérdida de tiempo y, en algunos casos, asesinato. Evidentemente, los jugadores, al practicar su oficio, no pueden dejar de cometer pecado grave. De la avaricia también proceden las mentiras, el hurto, el testimonio y juramento falsos. Y debéis saber que todos esos pecados graves van frontalmente contra los Mandamientos de Dios, tal como he dicho. El falso testimonio puede ser de palabra y de obra. En el de palabra, tu falso testimonio despoja a tu prójimo de su buen nombre; o le privas de sus bienes o de su herencia cuando tú, a causa de la cólera o por soborno, o por envidia, levantas falso testimonio contra él, o le acusas o excusas mediante él, o también si te excusas mediante él, o también si te excusas a ti mismo con falsedad. ¡Cuidad vosotros, notarios y juristas! Ciertamente, Susana120, al igual que muchísimas otras personas, estuvo en grandísima aflicción y pena por culpa de un falso testimonio. También el pecado de robo va expresamente contra el mandato divino de dos modos: material o espiritualmente. Es material si arrebata, contra su voluntad, los bienes del prójimo, bien sea mediante la fuerza o con engaño, con o sin mesura. El ejecutado con falsedad es robo; como, por ejemplo, el tomar en préstamo de los bienes ajenos con el propósito de jamás devolverlos, y cosas por el estilo. El sacrilegio -es decir, el hurto de cosas santas o consagradas a Cristo- es un robo espiritual. Es de dos maneras: una por razón del lugar santo, iglesia o cementerio: todo ignominioso pecado cometido en tales lugares o cualquier violencia que se ejecute allí puede considerarse sacrilegio. También lo cometen los que sustraen arteramente los derechos que pertenecen a la Santa Madre Iglesia. Y de un modo general y llano: robar de un santo lugar un objeto sagrado o una cosa profana, o un objeto sagrado de un sitio profano, es sacrilegio. Remedio contra la avaricia Debéis saber a continuación que el remedio contra la avaricia consiste en la compasión y piedad interpretadas en sentido lato. Uno puede preguntarse: «¿Por qué la misericordia y la piedad son remedio de la avaricia?» Ciertamente, el avaro no muestra piedad ni compasión hacia el necesitado, pues se complace en la custodia de sus tesoros en vez de auxiliar y socorrer a su igual en Cristo. Por este motivo hablaré primero de la misericordia. La misericordia, como afirma el filósofo, es una virtud por la cual el espíritu del hombre se estimula con el dolor del afligido. Después de esta misericordia viene la piedad en la ejecución de caritativas obras de misericordia. De hecho, estas cosas encaminan al hombre hacia la misericordia de Jesucristo, el cual se entregó a sí mismo por nuestras culpas, y murió por apiadarse de nosotros y nos perdonó nuestros pecados originales. Así nos libró de las penas del infierno y redujo por la penitencia las del purgatorio, concediéndonos gracia para obrar el bien y obtener, finalmente, la gloria del Cielo. Las obras de misericordia son: prestar, entregar, perdonar, y liberar, tener un corazón compasivo, compadecerse de las desgracias del prójimo, y también castigar en caso necesario. La prudente largueza es otro remedio contra la avaricia. Pero verdaderamente aquí también cabe considerar la gracia de Nuestro Señor Jesucristo y de sus bienes temporales, así como también de los perdurables que Él nos otorgó. Igualmente se ha de tener presente que hemos de morir sin saber cuándo, dónde o cómo; y también que uno debe abandonar todo lo que posee exceptuando solamente lo que ha empleado en obrar bien. Pero como algunos son exagerados, se debe evitar la loca prodigalidad denominada despilfarro. Ciertamente, el pródigo insensato dilapida su fortuna en vez de regalarla. De hecho, el que da algo por vanagloria a los trabajadores y a la gente para que propaguen su fama por doquier, comete pecado y no es caritativo. Se puede comparar a un caballo que procura más bien abrevar en aguas turbias o sucias que en un claro manantial. Y como esos tales dan donde no deben, se les aplica la maldición de Cristo contra los condenados en el día del juicio. Sigue la gula Tras la avaricia sigue la gula, que también va expresamente contra los mandamientos de Dios. La gula consiste en el apetito inmoderado de comer y beber, o bien en satisfacer ese mismo desmesurado apetito. Como bien lo patentiza, el pecado de Adán y Eva corrompió a todo el Universo. Considerad también lo que San Pablo121 afirma de la gula: «Hay muchos, como os decía repetidas veces y aún ahora lo digo con lágrimas, que se portan como enemigos de la cruz de Cristo. El paradero de los cuales es la perdición, cuyo Dios es el vientre, y que hacen gala de lo que es su desdoro, aferrados a las cosas terrenas.» El adicto a este pecado de glotonería es incapaz de resistir pecado alguno. Se hallará sometido a la servidumbre de todos los vicios: se esconde y descansa entre los tesoros del diablo. Este pecado es de varias clases. La primera es la embriaguez, verdadera sepultura de la razón humana. Por consiguiente, cuando un hombre se embriaga, pierde la razón, y esto constituye pecado mortal. Pero ciertamente, cuando uno no está acostumbrado a bebidas fuertes, y acaso desconoce la fuerza, o tiene mareos en la cabeza, o ha trabajado, todo lo cual le ha llevado a beber en exceso, aunque de repente quede embriagado, no comete pecado mortal, sino venial. La segunda clase de glotonería radica en que la mente se vuelve confusa, porque la embriaguez le despoja de su discreción intelectual. La tercera clase de glotonería consiste en devorar la comida con modales desaforados. La cuarta surge cuando se perturban los humores corporales debidos a haber ingerido alimentos en cantidad excesiva. La quinta es indolencia por el exceso en el beber, razón por la cual a veces uno olvida, antes de la mañana, lo que hizo la víspera o incluso la noche anterior. Desde otro punto de vista, según San Gregorio122 hay otras especies de glotonería. La pnmera consiste en ingerir alimentos antes de hora. La segunda, procurarse alimentos o bebidas excesivamente refinados. La tercera, tomarlos sin moderación. La cuarta, poner gran esmero y cuidado en cocinar y aderezar la comida. La quinta, comer con excesiva avidez. Con estos cinco dedos, la mano del diablo arrastra a la gente al pecado. Remedio contra el pecado de gula Contra la gula, como afirma Galeno123 existe el remedio de la abstinencia, pero eso no lo considero meritorio si se practica sólo con vistas a la salud corporal. San Agustín quiere que se practique la abstinencia por virtud y con paciencia. La abstinencia, dice, vale poco si uno la practica con una recta finalidad, y si no se la vigoriza con paciencia y caridad; y si no se lleva a cabo por amor de Dios y con la esperanza de alcanzar la bienaventuranza celestial. Las compañeras de la abstinencia son: la templanza, la vergüenza, la moderación, la sobriedad y la frugalidad. La templanza, que escoge el término medio en todo; la vergüenza, que evita toda acción deshonesta; la suficiencia, que no busca refinados alimentos o bebidas ni se preocupa de aderezar la comida con exceso; la moderación, que refrena racionalmente el desordenado deseo de comer; la sobriedad, que hace lo propio con el beber; la frugalidad, que modera el placer de estar muellemente sentado durante largo tiempo ante los manjares. Debido a la frugalidad, algunos se colocan, motu proprio, en el último lugar de la mesa. Sigue la lujuria Después de la gula viene la lujuria, pues estos dos pecados son parientes tan próximos, que son prácticamente inseparables. Sabe Dios que semejante práctica resulta muy desagradable a los ojos de Dios, pues El afirma: «No seas lascivo»124. Y, por consiguiente, en el Antiguo Testamento este pecado era castigado con grandes penas. Si una esclava era sorprendida en este pecado, había de morir apaleada. Y si fuera mujer noble, sería lapidada. Y si la hija de un obispo, colocada en la hoguera por mandato divino. Además, por el pecado de lujuria Dios anegó el Universo con el diluvio. Y, acto seguido, los rayos abrasaron cinco ciudades, sumiéndolas en los infiemos. Hablaremos ahora de ese hediondo pecado de la lujuria que se denomina adulterio entre casados, a saber, si uno, o ambos, están casados. San Juan125 declara que los adúlteros estarán en el infierno en un ardiente estanque de fuego y azufre; de fuego, a causa de su lujuria; de azufre, por el hedor de su impureza. Ciertamente, el quebrantamiento de este sacramento es cosa horrible. Dios mismo lo instituyó en el Paraíso126 y Jesucristo lo confirmó, como lo atestigua San Mateo en su Evangelio: «El hombre abandonará padre y madre, y tomará esposa, y ambos serán una sola carne»127. Este sacramento simboliza la unión de Cristo con su Iglesia. Y no solamente Dios prohibió la comisión del adulterio, sino que también mandó que no se desease a la mujer del prójimo. En este mandamiento, observa San Agustín, se prohíben todos los deseos lascivos de cometer acciones lujuriosas. Mirad lo que dice San Mateo en su Evangelio: «Quienquiera que mira a una mujer con deseo lujurioso, ha cometido adulterio en su corazón»128. De ahí podéis colegir que no sólo se prohíbe el acto pecaminoso, sino también el deseo de cometerlo. Este maldito pecado daña gravemente a los que lo cometen. Y en primer lugar, al alma, a la que impele a pecar y acarrea la pena de muerte eterna. También causa grave perjuicio al cuerpo, pues lo agota, consume y arruina, y sacrifica su sangre al demonio infernal: dilapida su hacienda y su ser. Y si es ciertamente ignominioso que un hombre dilapide su hacienda con mujeres, con todo, más ignominioso resulta que por tal inmundicia las mujeres dilapiden su hacienda y su cuerpo con los hombres. Como afirma el profeta, este pecado priva de su buen nombre y reputación al hombre y a la mujer, resulta muy agradable al diablo, pues por él conquista a la mayoría de las personas de este mundo. Y así como un mercader se dedica con agrado a las transacciones más rentables, igualmente el demonio se deleita en esta basura. Este pecado constituye la otra mano del diablo, que con sus cinco dedos los induce hacia esta hediondez. El primer dedo lo constituyen las locas y desenfadadas miradas de un hombre y una mujer que, como el basilisco, matan con el veneno de sus ojos: a la codicia de los ojos sigue la del corazón. El segundo dedo lo forman los tocamientos pecaminosos; y por ello afirma Salomón129 que quien toca y manosea a una mujer le acontece como a quien palpa a un escorpión venenoso que pica y mata rápidamente con su veneno, o como a quien toca pez caliente con los dedos: le quedan destrozados130. Las palabras impuras son el tercer dedo que actúan como el fuego: abrasan el corazón instantáneamente. El cuarto dedo es el besar. Ciertamente loco de remate sería quien besara la boca de un horno o crisol. Más locos aún son los que dan besos lujuriosos, pues esa boca es la del infierno. Y especialmente estos viejos libidinosos, empeñados en besar para probar aunque no puedan hacer. Ciertamente se parecen a los perros que cuando se pasan junto a un rosal u otra planta levantan la pata y, aunque no tengan ganas, simulan orinar. Muchos hombres piensan que el ejecutar impudicias con su esposa no es pecaminoso: sin duda, esta opinión es falsa. Dios, sabe que uno puede herirse con su propia daga y emborracharse con vino de su mismo tonel. En verdad, el que ama a su esposa o hijo, o a cualquier otra cosa mundana más que a Dios, convierte a aquéllos en ídolos y se torna idólatra. Uno debería amar a su esposa con discreción, paciencia y moderación, como si fuera su hermana. El quinto dedo de la diabólica mano es la hedionda acción de la lujuria. Sin duda, el diablo colocó los cinco dedos de la gula en el vientre del hombre; con los cinco dedos de la lujuria lo levantó en vilo para arrojarlo en las calderas infernales. Allí el hombre encontrará gusanos y llamas inextinguibles, lágrimas y lamentos, hambre y sed agudas, y diablos horribles que pisotearán a los condenados sin descanso, para siempre. Hay diversas especies de lujuria, como la fornicación que se da entre hombre y mujer no desposados, que es materia de pecado mortal y va contra natura: lo que se opone y destruye a la Naturaleza va contra ella. La razón humana también le dice a uno que esto es pecado mortal, pues Dios la prohibió. Y San Pablo adjudica a los lascivos una recompensa privativa de sólo los que incurren en pecado mortal131. Otro pecado de lujuria consiste en arrebatar la virginidad de una doncella. Hacer tal cosa es despojarla del más elevado estado de la presente vida, privándola del precioso fruto que la Escritura denomina «el céntuplo». No encuentro otra forma de traducir la expresión latina centesimus fructus132. El que tal obra ocasiona daños y perjuicios que rebasan todo cálculo; igual sucede cuando el ganado rompe una cerca o produce irreparables daños en los sembrados. Porque tanto puede recuperarse la virginidad como volver a crecer un brazo escindido del tronco. Bien sé que, si hace penitencia, la mujer podrá alcanzar el perdón, pero jamás recuperar la virginidad. Y aunque he mencionado hasta cierto punto el adulterio, resultará beneficioso mostrar otros peligros inherentes, a fin de evitar este denigrante pecado. La palabra «adulterio» significa en latín aproximarse a la cama ajena donde los que anteriormente formaron una sola carne entregan su cuerpo a otros. Como el sabio afirma, de este pecado se derivan muchos perjuicios. En primer lugar, quebrantamiento de la fe, donde reside la clave del Cristianismo. Un Cristianismo con una fe rota y perdida se toma vacío y yermo. Este pecado constituye también un hurto, pues éste consiste generalmente en despojar a alguien de algo en contra de su voluntad. Sin duda, éste es el hurto más vil que darse pueda: cuando una mujer roba su propio cuerpo a su marido y lo entrega a un lujurioso, lo profana, y roba su alma a Cristo y la entrega al diablo. Es éste un hurto más infame que irrumpir en una iglesia y robar el copón, pues estos adúlteros quebrantan espiritualmente el templo de Dios y hurtan el vaso de la Grada, esto es, el cuerpo y el alma, y, como afirma San Pablo, Dios los destruirá133. Ciertamente, cuando la mujer de su señor le incitó a pecar, José se espantó de tal robo en extremo, y le dijo a ella: «Mirad, señora, cómo mi Señor ha puesto bajo mis cuidados todas sus posesiones: ninguna de ellas se escapa de mi control, excepto su mujer. ¿Acaso puedo yo incurrir en semejante maldad y pecar de modo tan hombre contra Dios y contra mi señor? No lo permita Dios.» ¡Por desgracia, esta entereza es muy rara en la actualidad! El tercer perjuicio es la impureza ocasionada por quebrantar el mandato divino y mancillar al fundador del matrimonio, es decir, a Jesucristo. Pues, de hecho, al ser el sacramento del matrimonio tan digno y tan noble, su quebrantamiento tanto más aumenta la gravedad del pecado. Dios instituyó el matrimonio en el Paraíso, durante el estado de gracia original, para multiplicar el género humano al servicio de Dios. Por consiguiente, las infracciones son más graves. De su quebrantamiento surgen a menudo falsos herederos que copan injustamente las herencias de los demás. Y, por ende, Cristo los apartará del reino de los cielos, la herencia de los que obran bien. También, con frecuencia, a causa de esta violación, las gentes se casan o pecan con sus propios deudos, sin saberlo, y especialmente aquellos libidinosos que frecuentan los burdeles de estas inmundas mujeres que deben ser comparados a unos retretes públicos donde los hombres evacuan sus excrementos. ¿Qué diré de los alcahuetes que viven del horrendo pecado de la prostitución, y obligan a las mujeres a entregar un porcentaje determinado de su relación carnal? ¿Qué diré de los que prostituyen a su propia mujer e hijos? Indiscutiblemente tales pecados son horrendos. Comprended también que el adulterio se colocó adecuadamente entre el robo y el homicidio, pues es el mayor robo que darse pueda, tanto a nivel corporal como espiritual. Se asemeja al homicidio, pues escinde y rompe en dos lo que fue una sola carne; y, por ello, según la antigua ley divina, sus quebrantadores eran condenados a muerte. Pero, sin embargo, según la ley de Cristo, que es una ley de piedad, Él dijo a la mujer sorprendida en adulterio -y que debería haber sido lapidada hasta la muerte de acuerdo con la vigente ley de los judíos-: «Vete y no quieras pecar más», o «no peques más»134. Sin duda, el castigo de adulterio es el tormento infernal, a menos que uno se regenere por la penitencia. Sin embargo, existen más clases de este maldito pecado. Por ejemplo, cuando uno de los culpables -o ambos- es religioso, o ha recibido órdenes, y es subdiácono, diácono, sacerdote o miembro de una Orden Hospitalaria. Cuanto más elevada sea su jerarquía, mayor será su pecado. Lo que más agrava su culpabilidad es el quebrantamiento de su voto de castidad después de haber sido ordenado. Incluso más el haber recibido las órdenes sagradas es el principal de todos los tesoros divinos, y signo especial y emblema de castidad, para mostrar que los que profesan la castidad llevan la más preciada de las vidas. Los ordenados están especialmente consagrados a Dios y forman parte de su séquito; por tal motivo, cuando cometen pecado mortal, traicionan a Dios, y a su pueblo de un modo especial, pues viven del y para el pueblo, y mientras su traición. persiste, sus oraciones de nada sirven al pueblo. Los sacerdotes son ángeles por la dignidad de su ministerio pero, como bien afirma San Pablo, «Satanás transforma a algunos en ángeles de luz». A decir verdad, el sacerdote empedernido en el pecado mortal puede compararse a un ángel de las tinieblas transformado en un ángel de la luz: se asemeja a un ángel de luz, aunque en realidad lo sea de las tinieblas. Tales sacerdotes son hijos de Elí135; según se lee en el Libro de los Reyes, aquéllos eran hijos de Belial136, es decir, del diablo. Pues Belial significa «sin yugo», y así se comportan estas personas. Se consideran que están libres y sin yugo, como un buey desuncido que elige la vaca que más le gusta de la ciudad. Así acontece con ellos y las mujeres. Pues al igual que un toro suelto basta para dañar a toda una ciudad, así acontece con un sacerdote malvado y corrupto en toda una parroquia o región. Como afirma la Escritura, estos sacerdotes no cumplen con su ministerio sacerdotal ante su rebaño y no conocen a Dios. No se satisfacen, como expresa el Libro, con la carne hervida que se les había ofrecido, sino que arrebatan por la fuerza carne asada. Cierto es que, como a estos pervertidos no les basta la carne asada y guisada con los que las gentes les sustentan con tanto respeto, quieren arrebatar, además, la carne cruda de las hijas y esposas de los feligreses. Sabed que semejantes mujeres, al prostituirse, causan gravísimo daño a Cristo y a su Santa Iglesia y a todas las almas y santos, ya que los privan de los que deberían celebrar el culto de Cristo y de la Santa Iglesia y rogar por las almas de los fieles. Y, por consiguiente, esos sacerdotes, al igual que sus amantes que capitulan ante su lascivia, incurren en la condena de la judicatura eclesiástica mientras no se enmienden. La tercera especie de fornicación se da entre esposo y esposa cuando los esposos al unirse sólo van en busca del placer camal, tal como señala San Jerónimo137, sin considerar otra cosa que esa unión. Se figuran que el matrimonio todo lo legitima. El diablo ejerce gran influencia sobre esa gente, tal como el ángel Rafael comunicó a Tobías138, pues al unirse carnalmente apartan a Jesucristo de su corazón y se entregan a toda suerte de impurezas. La cuarta especie es la unión carnal entre consanguíneos o parientes por matrimonio, o bien entre con quienes sus padres o parientes incurrieron en el pecado de lujuria. Este pecado los rebaja al nivel de los perros, que no tienen en cuenta el parentesco en sus ayuntamientos. Este parentesco es de dos clases: espiritual y fisico. Con los padrinos o con sus hijos se tiene un parentesco espiritual; pues así como el padre carnal es quien engendra a un hijo, asimismo el padrino es el padre espiritual. Por lo cual, una mujer no puede unirse con su padrino o sus hijos, como tampoco puede hacerlo con sus hermanos carnales. La quinta especie es ese abominable pecado sobre el que uno casi no debería hablar ni escribir, a pesar de que la Sagrada Escritura lo relata con claridad. Los hombres y mujeres incurren en este pecado con intenciones y modos diversos. Pero aunque menciona, ciertamente, este horrible pecado, la Sagrada Escritura queda tan impoluta como el sol que ilumina el estiércol. Al soñar también se incurre en otro pecado de lujuria. Este pecado se da con frecuencia en aquellos que son célibes y también en las personas corruptas: es el pecado denominado polución, que tiene cuatro procedencias: por debilidad corporal, a causa del exceso de humores orgánicos; por enfermedad que, como explica la Medicina, motiva una retención floja; por exceso en el comer y beber, y por las imágenes impuras que la mente humana alberga al acostarse y le hacen pecar. En consecuencia, uno debe ser precavido y discreto para no incurrir en culpa grave. De los remedios contra la lujuria La castidad y la continencia, que moderan los desordenados apetitos que se derivan de los deseos carnales, son los mejores remedios contra la lujuria. Y quien más refrene las malvadas instigaciones de este ardoroso pecado, tanto más mérito tendrá. Esto puede lograrse de dos modos, a saber: mediante la castidad matrimonial y castidad en la viudez. Porque el matrimonio consiste en la legitima unión de un hombre y de una mujer que, en virtud del sacramento, reciben un vínculo indisoluble de por vida, es decir, mientras los dos viven. Como el Libro139 dice, es éste un grandísimo sacramento. Dios, tal como he mencionado, lo instituyó en el Paraíso140, y Él quiso nacer de un matrimonio. Y para santificarlo asistió a una boda141, cambiando allí el agua en vino: éste fue el primer milagro que Cristo hizo ante sus discípulos. Uno de los genuinos efectos del matrimonio radica en purificar de la fornicación y henchir la Santa Madre Iglesia de legítima prole, ya que tal es la finalidad del matrimonio, y ésta toma en pecado venial la unión entre los casados y unifica sus almas, al igual que sus cuerpos. Este es el verdadero matrimonio instituido por Dios antes del pecado original, cuando la ley natural prevalecía en el Paraíso. Y se ordenó que un hombre tuviera sólo una mujer, y una mujer un solo hombre, tal como afirma San Agustín, por muchas razones. En primer lugar, el matrimonio simboliza la unión de Cristo con su Santa Iglesia142. En segundo lugar, que el hombre es cabeza de la mujer (en cualquier caso así debería ser por derecho divino). Pues si una mujer tuviera más de un hombre, entonces tendría más de una cabeza, y eso sería algo horrible a los ojos de Dios; además, tampoco una mujer podría agradar a tantos a la vez. Asimismo la paz y el sosiego no reinarían cuando cada uno reclamara su propiedad. Además, ninguno reconocería a sus propios hijos, ni sabría a quién legar la herencia; y la mujer, al estar unida a tantos hombres, recibiría menos amor. Sigue ahora el comportamiento que un hombre debe tener con respecto a su mujer, particularmente en lo referente a dos extremos, a saber: la tolerancia y reverencia, como Cristo indicó al crear a la primera mujer. No la formó de la cabeza de Adán, a fin de que no exigiera gran autoridad. Es cosa bien sabida: allí donde las mujeres ostentan mucho poder, pronto se origina gran confusión. No es preciso suministrar ejemplos: la experiencia diana nos debe bastar. Tampoco, en efecto, creó Dios a la mujer del pie de Adán, a fin de que no fuese considerada excesivamente baja, cosa que ella no toleraría con paciencia. Dios la creó de una costilla de Adán para que ella fuera la compañera del hombre. Éste debe guardar para con su mujer fidelidad, sinceridad y amor, porque San Pablo dice: «Un hombre debe amar a su mujer como Cristo amó a su Santa Iglesia: la amó tanto, que murió por ella»143. Esto mismo debe hacer el hombre por su mujer, en caso necesario. Consideremos, acto seguido, cómo la mujer, tal como declara San Pedro144, debe vivir sometida a su esposo. Ante todo debe servirle con obediencia. Y también, como ordena la ley, una mujer casada, mientras permanezca en tal estado, carece de facultad para prestar juramento o testimonio sin permiso de su esposo, su señor; y así, a lo menos, tienen que ser las cosas según la razón. También debe servirle con todo honor y vestir de modo decoroso. Bien sé que la esposa debe intentar agradar a su esposo, aunque no con atavíos recargados. San Jerónimo afirma que las esposas que se engalanan con sedas y púrpura lujosa no pueden vestir esto en Cristo. ¿Cuál es asimismo la opinión de San Juan145 en este asunto? San Gregorio también comenta que quien viste costosos atuendos lo hace sólo por vanidad, para ser honrado a los ojos de los demás. Gran insensatez demuestra la mujer que luce hermosos ropajes, pero es interiormente indigna. Una esposa debe, al contrario, exteriorizar recato en las miradas, rostro y risas, y discreción en sus palabras y obras. Y sobre todas las cosas materiales debería amar a su esposo de todo corazón y guardarle fidelidad corporal. Esos mismos deberes incumben al marido con respecto a su mujer. Ya que todo su cuerpo pertenece a su marido, así acontece con el corazón; en caso contrario, el matrimonio no es perfecto. La unión sexual entre esposo y esposa se produce por tres razones. La primera, con el fin de procrear prole para el servicio de Dios, pues ésta es la finalidad primordial del matrimonio; la segunda, para rendirse mutuamente al débito conyugal, pues ninguno de los dos tiene poder sobre su propio cuerpo; la tercera, a fin de evitar la lascivia y las bajezas. Casarse de una cuarta manera es pecado mortal. La primera es loable; asimismo sucede con la segunda, pues, como se declara en la ley, aquella que paga a su esposo el débito conyugal, aunque encuentre placer y se deje llevar por los deseos lascivos de su corazón, tiene el mérito de la castidad. La tercera clase es pecado venial y, ciertamente, a duras penas se puede estar exento de él a causa de nuestra corrupción y delectación. Por la cuarta manera entendemos la unión por pasión amorosa y por ninguna de las antedichas causas, sino sólo para satisfacer el ardiente placer; con mucha frecuencia es, sin duda, pecado mortal. Y, a pesar de ello, algunos intentan hacerlo más veces de lo que su apetito requiere. El segundo modo de castidad lo practican las viudas castas que evitan los abrazos de los hombres y ansían los de Jesucristo. Son éstas las otrora esposas que han perdido a su esposo, y también las mujeres entregadas a la lujuria que se han regenerado por la penitencia. Y, a decir verdad, constituiría harto mérito para ella el que una mujer guardara la castidad con el consentimiento de su esposo. Estas mujeres que se mantienen castas deben ser limpias de corazón al igual que de cuerpo y pensamiento, y con mesura en el porte y en el vestir, asi como en el comer y en el beber, en el hablar y en el obrar. Son el vaso o el cofre de la bienhadada Magdalena, que difundió el perfume por toda la Santa Iglesia. La tercera manera de ser casto consiste en la virginidad e implica la santidad de corazón y limpieza corporal; en tal caso la mujer se convierte en esposa de Jesucristo y lleva una vida angélica: es la gloria de este mundo y se parangona con los mártires; posee lo que la lengua no puede expresar o la imaginación concebir. Jesucristo fue virgen, y nació de una virgen. Otro remedio contra la lujuria consiste en apartarse de las cosas que son ocasión de pecado, como las comodidades, y el comer y beber en exceso; pues, de hecho, cuando el caldero hierve, el mejor remedio es retirarlo del fuego. También el sueño prolongado y profundo alimenta la lujuria con facilidad. Otro remedio consiste en evitar la compañía de aquellos por los que posiblemente uno será tentado, pues, aunque se resista a la tentación, no deja de ser peligroso. Ciertamente, una pared blanca, aunque no esté lamida por las llamas, no por ello dejará de ennegrecerse. Pienso que nadie debe confiar en su propia perfección aunque tenga más fortaleza que Sansón, sea más santo que David y más sabio que Salomón. Después de todo esto os he aclarado en la medida de lo posible los siete pecados capitales y algo mas de sus ramificaciones y remedios. Por cierto, si pudiera, os explicaría los Diez Mandamientos. Pero dejo tarea tan sublime a los teólogos. Con todo, albergo la divina esperanza de haber tocado en este tratado todos y cada uno de ellos. Sigue la segunda parte de la penitencia Ahora, por lo que respecta a la segunda parte de la penitencia -la confesión oral, tal como os declaré en el capítulo primero-, afirmo con San Agustín que: «Cada palabra y obra, y todo deseo humano contrario a la ley de Jesucristo, es pecado.» Lo cual se aplica al pecado del deseo, de palabra y de hecho, a través de los cinco sentidos, a saber: vista, oído, olfato, gusto y tacto. Resulta bueno saber aquello que agrava en gran manera todos estos pecados. Y al calibrar el pecado se ha de tener en cuenta quién es el que peca, si es varón o hembra, joven o viejo, noble o sirviente, liberto o siervo, sano o enfermo, casado o soltero, ordenado o no, prudente o necio, clérigo o seglar, si la mujer con la que se pecó es pariente de sangre o espiritual o no, si alguno de su parentela ha pecado con ella o no, y muchas otras facetas. También tiene importancia el considerar si se comete adulterio o fornicación, o no; con o sin incesto; con doncella o no; incurriendo o no en homicidio; si los pecados fueron graves o leves cuánto tiempo se ha vivido en pecado. Otra circunstancia es el lugar de la comisión del pecado: si en casa ajena o propia, en el campo o en la iglesia o en el cementerio, en una iglesia consagrada o no. Pues si la iglesia estaba consagrada y un hombre o mujer derraman su fluido seminal en tal lugar y pecan, o se produce una maligna tentación, la iglesia cae en entredicho hasta que el lugar sea reconciliado por el obispo; y el sacerdote que cometió semejante vileza no podrá celebrar el sacrificio eucarístico por el resto de su vida, y si tal hiciera, cada vez que lo celebrase incurriría en pecado mortal. La cuarta circunstancia se da cuando los intermediarios o los instigadores incitan al pecado o se es cómplice; muchos desgraciados irán a acompañar al demonio infernal a causa de las malas compañías. Por consiguiente, los que instigan o consienten en el pecado son cómplices del mismo y de la condenación del pecador. La quinta circunstancia radica en el número de veces que uno ha pecado, incluso si ha sido de pensamiento, y con qué frecuencia se ha caído. Pues el que peca a menudo desprecia la misericordia de Dios, agrava su culpa y se muestra esquivo a Jesucristo; su debilidad para resistir al pecado aumenta y, por tanto, peca con más facilidad; y cuanto más tarde se levanta, tanto más le cuesta confesarse, en especial con su confesor habitual. Por consiguiente, con frecuencia tales personas, al reincidir en sus antiguos desmanes, abandonan por completo a su confesor, o bien reparten sus confesiones entre distintos sacerdotes. Pero, a decir verdad, esa confesión repartida no les merece la misericordia divina por sus pecados. La sexta circunstancia a considerar es el examen de los móviles y tentaciones que arrastran al pecado; si ella es de origen propio o se debe a instigación de terceras personas; o si el que peca con una mujer, lo hizo con consentimiento de ella o por la fuerza, o si la mujer, a pesar de su cuidado, fue violada o no. Incumbe a ella el decirlo, si fue por codicia o por pobreza, y otros móviles con ellas relacionados. La séptima circunstancia consiste en la forma en que el hombre cometió pecado o la mujer consintió a que la gente pecase con ella. Al confesarse deberá, pues, el hombre explicar con claridad y todo detalle si pecó con prostitutas corrientes o con otras mujeres; si pecó en días festivos o no, en época de ayuno o no; si antes de confesarse, o después de su última confesión; si con su pecado infringió una penitencia impuesta. También debe precisar quién le proporcionó consejo o ayuda y si hubo hechicería o ardid. Todas estas circunstancias, bien sean grandes o pequeñas, gravan la conciencia humana. Y también el sacerdote, que es tu juez, puede dictaminarte una penitencia adecuada, con estas luces, a tu grado de contrición. Pues debes saber perfectamente que, después que un hombre ha profanado su bautismo mediante el pecado, sólo le resta el camino del arrepentimiento de la confesión y de la satisfacción. En especial las dos primeras, si se tiene un confesor a mano para que nos absuelva, y la tercera si se dispone de vida suficiente para llevarla a cabo. El que anhele, pues, hacer confesión verdadera y fructífera debe saber que han de convenir en ella cuatro requisitos. En primer lugar, uno debe confesarse con profunda amargura de corazón. Como dijo el rey Ezequías a Dios: «Recordaré todos los años de mi vida con amargura de corazón»146. Esta condición de dolor de corazón tiene cinco manifestaciones. La primera implica vergüenza de haber ofendido a Dios -no para cubrir u ocultar el pecado- y de haber mancillado el alma. A este efecto afirma San Agustín: «El corazón se abruma por vergüenza de su pecado»147. Y quien siente gran vergüenza merece alcanzar la misericordia divina. Tal era la confesión del publicano148 que no osaba levantar los ojos, pues había ofendido al Dios de los Cielos, y por su humillación obtuvo enseguida el perdón divino. Con razón dice San Agustín que estas personas humildes son las que están más próximas del perdón y de la remisión. La humildad es otro de los signos de la confesión. De ella afirma San Pedro: «Humillaos ante el poder de Dios»149. La poderosa mano de Dios se muestra en la confesión, pues, por ella, Dios te perdona tus pecados, cosa que sólo está en sus manos. Esta humildad debe radicar en el corazón y en el porte exterior, pues el que es humilde de corazón con Dios, también así debe humillarse corporalmente ante el sacerdote que ocupa el lugar de Dios. Por lo cual, de ningún modo debe ocupar el pecador un lugar tan elevado como el de su confesor, ya que Cristo es el soberano y el sacerdote el intercesor entre Cristo y el pecador; y el pecador -por razones evidentes el último- debe arrodillarse ante él a sus pies, a menos que lo impida una dolencia. Y no debe considerar qué hombre se sienta ante él, sino en nombre de quién está este hombre sentado. Porque si alguien ofende a un dignatario y viene después en busca de clemencia y perdón, no empezará a sentarse junto a él: lo consideraría ofensivo e indigno de obtener gracia o perdón. El tercer signo de arrepentimiento consistirá en que, si se puede, se den abundantes lágrimas durante la confesión. Y si no fuera posible llorar con los ojos corporales, llore el corazón lágrimas espirituales. De este tipo fue la confesión de San Pedro, pues después de haber renegado de Jesucristo, salió afuera y lloró amargamente150. El cuarto signo consiste en que la vergüenza no estorbe a tu confesión. Tal fue la confesión de la Magdalena, que se acercó a Jesucristo y le declaró sus pecados, sin preocuparse de los asistentes al festín. El quinto signo consistirá en que un hombre o mujer acepten sumisos la penitencia que se les fije por sus pecados, pues, ciertamente, Jesucristo fue obediente hasta la muerte a causa de los pecados de la Humanidad. El segundo requisito para una genuina confesión será el hacerlo con prontitud. De hecho, cuanto más se posponga la curación de una herida, tanto más tardaría en sanarse, con lo que con más facilidad se le infectaría y le llevaría rápidamente a la muerte. Así acontece con el pecado que uno aguarda en confesarse. Debe, por tanto, confesarse uno con prontitud. Muchos motivos abonan esta actitud, sin que el menor sea el temor a morir, que a menudo sobreviene inesperadamente en cuanto al tiempo y al lugar. Por ende, posponer la confesión de una falta, nos hace proclives a cometer otras: cuanto más tarda uno en confesarse, más nos alejamos de Jesucristo. Si aguardamos al lecho de muerte, difícilmente podremos confesamos, y, en caso afirmativo, recordar todos los pecados; nos lo impedirá la mortal enfermedad. Y por cuanto nos ha prestado oído a los requerimientos de Jesucristo en vida, en su lecho de muerte le suplicará, pero Él no le prestará mucha atención. La confesión debe reunir cuatro circunstancias. Debe prepararse de forma meditada: la precipitación nunca aportó provecho. Uno debe confesarse de los pecados de soberbia y de envidia, así como de los otros, con sus clases y circunstancias. Debe también repasar mentalmente el número y gravedad de sus pecados y el tiempo que se ha vivido en ellos. Y también el tener contrición de sus faltas y propósito firme de enmienda de nunca más pecar con el auxilio de la gracia de Dios, y asimismo albergar el temor del pecado y estar en guardia ante las ocasiones de pecar, a las que estamos proclives. Además has de confesarte de todos los pecados a un solo confesor, y no unos a uno y otros a otro, es decir, con el propósito de dividir tu confesión por vergüenza o temor: esto ocasiona el estrangulamiento de la propia alma. Ciertamente, Jesucristo es la bondad absoluta; en El no existe imperfección alguna, de modo que, o lo perdona todo por completo, o no perdona nada. No digo que si se tiene asignado un penitenciario para ciertos pecados se tenga la obligación de manifestarle los pecados que uno ya ha confesado con anterioridad a su párroco, a menos que le apetezca hacerlo por humildad. Al obrar así no dividimos a la confesión. Tampoco se incurre en esa división si tienes permiso de tu párroco para confesarte con un sacerdote discreto y honrado, cuando te apetezca; en tal caso podrás manifestarle todos tus pecados sin omitir falta alguna que se recuerde. Cuanto te confieses con tu párroco, manifiéstale también todos los pecados que has cometido desde tu última confesión con él. Obrar así no implica dividir la confesión. La confesión verdadera exige otras circunstancias adicionales. La primera es confesarse motu proprio, no por obligación, o por vergüenza, o por enfermedad u otros motivos por el estilo. Resulta razonable que quien ha pecado voluntariamente, voluntariamente también confiese su culpa, y que nadie sino el pecador debe manifestar su pecado, sin negarlo, escamotearlo, ni enfadarse con el sacerdote cuando éste le exhorte a abandonar el pecado. La segunda condición consiste en que la confesión sea legítima, a saber: que penitente y confesor sean creyentes en el seno de la Santa Madre Iglesia y que no desconfíen, como Caín y Judas, de la misericordia de Jesucristo. Además, el penitente debe confesarse de sus culpas y no de las ajenas; asimismo debe acusarse y avergonzarse de su propia malicia y pecados, y no de los de otro. Con todo, si un tercero fue el instigador o motivador del pecado que está confesando, o si por su condición la culpa se agravase, o para que la culpa sea confesada por completo se ha de manifestar la persona cómplice del pecado, entonces la puede nombrar de modo que sea sólo a efectos de la confesión y no por maledicencia. Tampoco -acaso por humildad- dirás mentiras al confesarte manifestando pecados que nunca has cometido. San Agustín afirma que «si por humildad uno miente acerca de sí mismo, aunque antes no estuviera en pecado, a causa de la mentira, se convierte en pecador151. El pecado debe también manifestarse oralmente, excepto en caso de mudez, y no por escrito; ya que has pecado, debes conllevar la vergüenza consiguiente. Durante la confesión no enmascararás tu pecado con palabras sutiles, pues en tal caso te engañas a ti mismo, pero no al sacerdote. Se han de manifestar con llaneza, por necio o terrible que el pecado fuera. También te confesarás con un sacerdote que sea discreto y te aconseje; tampoco te confesarás por vanagloria ni hipocresía, ni por causa alguna que no sea por temor de Jesucristo y la salvación del alma. Tampoco acudirás repentinamente al sacerdote para confesarte alegremente de tu pecado, en son de chanza o a modo de cuento, sino debes hacerlo con gravedad y devoción profundas. Confiésate a menudo por norma. Si caes con frecuencia, confiésate con frecuencia también. Confesar repetidamente un pecado ya confesado implica doble mérito. Pues, como afirma San Agustín, «antes lograrás así la remisión de la culpa, de la pena, y la gracia de Dios»152. Es obligatorio confesarse al menos una vez al año, pues, ciertamente, todo se renueva durante este periodo. Ahora que os he descrito en qué consiste la confesión sincera, paso a la segunda parte de la penitencia. Termina la segunda parte de la confesión y sigue la tercera parte, la penitencia sacramental o satisfacción La tercera parte es la penitencia sacramental, que generalmente consiste en las obras de caridad y castigos corporales. Las obras de caridad se dividen en tres, a saber: contrición de corazón, por la que uno se ofrece a sí mismo a Dios; piedad de las faltas ajenas; y la tercera, dar buen consejo y auxilio corporal y espiritual a quien lo necesita, y en especial en lo referente a la manutención. Considera que las personas suelen necesitar alimento, vestido y cobijo, consejo amable, que se les visite en caso de enfermedad y prisión, y sepultura al fallecer. Cuando no te resulte posible visitarle personalmente debes hacerle llegar tus mensajes y regalos. Estas son generalmente las limosnas u obras de caridad procedentes de los hacendados ricos en prudencia. Y esas obras de misericordia les serán recordadas al hombre en el día del juicio. Estas limosnas han de darse de los bienes propios, de modo diligente y con discreción. Sin embargo, si no puedes guardar el sigilo, a pesar de ser visto por los demás, no por eso dejes de llevarlas a cabo. Hazlo de forma que no requieras el agradecimiento del mundo, sino el de Jesucristo. Pues como declara San Mateo en el capítulo V: «No se puede ocultar una ciudad edificada sobre un monte. Ni se enciende una lámpara para ocultarla bajo un celemin, sino sobre un candelabro, para que dé luz a los habitantes de una casa. Así debe acontecer con vuestra luz: que ilumine a los hombres, de modo que vean vuestras buenas obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos»153. Hablaré a continuación de los actos corporales de penitencia: oraciones, vigilias, ayunos, enseñanzas virtuosas. Pues habéis de saber que el manifestar algún piadoso deseo de corazón dirigido a Dios mediante palabras es también objeto de las plegarias. De este modo se alejan los males y se obtienen bienes espirituales y duraderos e, incluso a veces, bienes temporales. A decir verdad, de entre todas las oraciones, Jesucristo encerró en el Padrenuestro la mayoría de sus peticiones. Sin duda, en tres privilegios radica su inigualable dignidad. Tiene por autor al mismo Jesucristo; es corta, para que pueda aprenderse y retenerse en la mente con facilidad, y así recitarla más a menudo, y de este modo el hombre se canse poco al decirla, y no tenga excusas para aprenderla: es concisa y fácil. Además, el Padrenuestro engloba en sí todas las oraciones. Para los maestros en teología dejo la apología de esta oración tan santa, digna y excelente. Sólo diré que al pedir a Dios que perdone tus culpas así como tú perdonas las de tus deudores, cuida mucho de no estar alejado de la caridad. Esta santa oración reduce asimismo el pecado venial, y, por tanto, cae específicamente dentro del ámbito penitencial. El Padrenuestro ha de recitarse con fe genuina y verdadera, levantando el corazón a Dios de modo ordenado, devoto y discreto, y siempre sometiendo nuestra voluntad a la divina. También debe recitarse con gran humildad y pureza de corazón, con honradez, y sin tener presente el daño al prójimo, sea hembra o varón. Y debe prolongarse con las obras de caridad. Es también útil contra los vicios del espíritu, pues, como declara San jerónimo: «El ayuno evita los pecados de la carne y la plegaria los pecados del espíritu.» A continuación debes saber que la vigilia se encuentra entre los actos de la penitencia fisica. Jesucristo nos enseña: «Velad y orad para que no caigáis en tentación»154. Debéis también saber que el ayuno consiste en tres cosas: abstenerse de las comidas y bebidas corporales, de los placeres mundanos y del pecado mortal, es decir, que uno debe precaverse contra el pecado mortal con pleno ahínco. Compréndase que fue Dios quien ordenó ayunar. Y éste tiene cuatro requisitos: longanimidad para con los necesitados, alegría espiritual de corazón -sin estar molesto y enojado a causa del ayuno- y la moderación en el comer en las horas acostumbradas; es decir, cuando uno ayune no debe comer a deshora ni estar más tiempo en la mesa. La mortificación, la enseñanza de palabra, por escrito o por el ejemplo, forman también parte de los castigos corporales. Igualmente se incluye el uso -por amor de Jesucristo- de cilicios, estameñas o púas a flor de piel. Pero cuida que este tipo de penitencia corporal no te haga más amargado, acre o descontento de ti mismo. Mejor será arrojar un cilicio que la seguridad en Cristo Jesús. A este efecto afirma San Pablo: «Vosotros, los elegidos de Dios, revestíos de misericordia de corazón, bondad, paciencia y de análogos atavíos»155. Esas prendas satisfacen más a Jesucristo que los cilicios, estameñas o púas. Los golpes de pecho, las flagelaciones, genuflexiones, las tribulaciones, el sufrir con paciencia las injusticias, así como los padecimientos por enfermedad, o pérdida de bienes materiales o el óbito de la mujer, de un hijo, o de amigos, también forman parte de los castigos corporales. Hay cuatro cosas que impiden el hacer penitencia: el temor, la vergüenza, esperanza y desespero o desesperación. Menciono en primer lugar el temor, por el cual uno se figura que se es capaz de padecer un castigo corporal. A este temor hay que oponer el pensamiento de que los sufrimientos corporales son cortos y nimios comparados con las penas del infierno, tan duras y largas que no tienen fin. Contra la vergüenza que siente un hombre en confesarse, y especialmente por lo que respecta a esos hipócritas que se consideran tan perfectos que no tienen necesidad de confesión contra ella, uno debería pensar que si no se está racionalmente avergonzado de obrar con indignidad, ciertamente tampoco debe estarlo de hacer buenas obras, entre las que se encuentra la confesión. Uno debería también pensar que Dios ve y conoce todos los pensamientos y acciones. Nada hay que quede para Él escondido o encubierto. También los hombres deben recordarse de la vergüenza del Juicio Final que recaerá en los que en esta vida no hayan hecho penitencia y no se hayan confesado. Todo lo que ha permanecido oculto en este mundo se verá con claridad meridiana por todas las criaturas, las del cielo, las de la tierra y las del infierno. Por lo que respecta a la esperanza de los que son tardos y reacios a confesarse, digamos que es de dos clases. Uno cifra la esperanza de vivir largo tiempo y adquirir muchos bienes para deleite propio; tras lo cual se confesará, pues, como él mismo afirma, sea éste el momento más oportuno de hacerlo. La otra clase radica en la confianza excesiva en la misericordia de Cristo. Como remedio al primer error tendrá presente que no poseemos garantía alguna de vivir y también que todas las riquezas de este mundo son efímeras y se disipan como la sombra en las paredes. San Gregorio156 aclara que incumbe a la inmensa justicia divina el que nunca se borre la pena de los que jamás se separaron voluntariamente del pecado, sino que siempre perseveraron en él. A una voluntad perpetua de pecar corresponde un castigo igualmente perpetuo. La desesperación es de dos clases: una radica en desconfiar de la misericordia de Jesucristo, y la otra, en la imposibilidad de perseverar largo tiempo en el bien. La primera nace de que uno juzga haber pecado con tanta gravedad y reincidencia, que le parece imposible alcanzar la salvación. Ciertamente contra esta maldita desesperación uno debería meditar que la Pasión de Jesucristo posee más fuerza para desatar que el pecado tiene para atar. El remedio contra la segunda clase de desesperación consiste en pensar que, mediante la penitencia, podemos levantarnos tantas veces como caemos. Pues, por tiempo que haya uno permanecido en pecado, la misericordia de Cristo está presta a acogerle y perdonarle. Contra la desesperación que juzga que no debería perseverar en el bien durante mucho tiempo, considerará que la debilidad diabólica nada puede hacer sin el consentimiento humano; y también, si así quisiera, poseerá la fuerza y ayuda divinas y de la Santa Madre Iglesia, al igual que la protección de los ángeles. Tras lo cual conviene saber los frutos de la penitencia. Según las palabras de Jesucristo, la eterna bienaventuranza del Cielo, donde el gozo carece de contrapunto del dolor y de la aflicción. Allí se desvanecen todos los males de la vida presente y estamos a salvo de las penas del infierno. Allí gozará de la compañía beatífica de los que se alegran para siempre en la felicidad ajena. En este lugar, el otrora oscuro y mezquino cuerpo humano resplandecerá como el sol; este mismo cuerpo antes enfermizo, frágil, débil y mortal, se convierte en inmortal, tan fuerte y lleno de salud, que nada puede perjudicarle; allí no habrá ni hambre, ni frío, ni sed; al contrario, el alma vivirá repleta de la visión del perfecto conocimiento divino. Este reino de bienaventuranza puede alcanzarse gracias a la pobreza de espíritu; la gloria, con humildad; el goce pleno, con hambre y sed; el sosiego, con esfuerzo; y la vida, con la muerte y mortificación del pecado. 3. LA DESPEDIDA DEL AUTOR Ahora ruego a todos aquellos que oigan o lean este pequeño tratado que, si hay algo en él que les complazca, que se lo agradezcan a Jesucristo Nuestro Señor de quien procede toda sabiduría y bondad. Pero si encuentran algo que no les agrade, entonces les ruego que lo atribuyan a mi incompetencia y no a mi falta de voluntad, pues con mucho gusto hubiese hablado mejor de lo que puedo. Como dice la Biblia: «Todo lo que se escribe, se escribe para nuestra enseñanza.» Tal ha sido mi objetivo. Por consiguiente, os pido humildemente, por el amor de Dios, que recéis por mí, para que Cristo tenga piedad de mí y me perdone mis culpas, particularmente mis traducciones, y escritos de obras de vanidad humana, de las cuales me descargo en esta retracción: Trolo y Cresida, La Casa de la Fama, La leyenda de las buenas mujeres, El libro de la duquesa, El Parlamento de las aves, aquellos de Los Cuentos de Canterbury que tienden hacia el pecado, El libro del león y muchos otros libros si pudiese acordarme de ellos; y también algunas canciones y trovas lascivas. Que Cristo, en su gran compasión, me perdone el pecado. En cambio, de las traducciones de la Consolación, de Boecio, y otros libros de leyendas de santos y obras de moralidad y devoción, de todas ellas doy gracias a Nuestro Señor Jesucristo y a su Bendita Madre y a todos los santos del Cielo, rogándoles que me envíen la gracia que me permita lamentar mis pecados y estudiar la salvación de mi alma, desde ahora hasta el día de mi muerte; y que me concedan la gracia de la verdadera penitencia, confesión y castigo en esta vida, a través de la gracia misericordiosa de aquel que es Rey de Reyes y Sacerdote sobre todos los Sacerdotes, el cual nos redimió con la preciosa sangre de su corazón. Ojalá pueda ser uno de los que se salven el día del juicio Final. Qui cum patre et Spiritu Sanctu vivit et regnat Deus per omnia secula. Amen. AQUÍ TERMINA EL LIBRO DE LOS CUENTOS DE CANTERBURY COMPILADOS POR GEOFFREY CHAUCER, DE CUYA ALMA TENGA JESUCRISTO PIEDAD. ASÍ SEA. libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,.