libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. De pronto, al pronunciar su última palabra, él dio un brinco, arrancó instantáneamente la imagen de las manos de Tatiana y, blandiéndola salvajemente, golpeó con todas sus fuerzas en el ángulo de la estufa de azulejos. El icono se rompió exactamente en dos pedazos... Se volvió bruscamente hacia nosotros, su rostro palidísimo se puso de repente todo rojo, casi bermejo, y cada uno de sus rasgos tembló: No tomes esto por una alegoría, Sonia; no es la herencia de Makar lo que he roto, ha sido solamente porque sí, por romper... Pero, a pesar de todo, volveré al último ángel. Aunque, al fin y al cabo, puedes tomarlo, si quieres, por una alegoría; porque también lo era... Y salió de la habitación con pasos precipitados, esta vez también por la cocina (donde había dejado la pelliza y el gorro). No contaré con detalles lo que fue de mamá: mortalmente asustada, estaba de pie, los brazos levantados y cruzados sobre la cabeza, y de repente le gritó: ¡Andrés Petrovitch!, ¡vuelve por lo menos para decir adiós, querido mío! ¡Volverá, Sofía, volverá! ¡No te inquietes! gritó Tatiana, toda temblorosa, en un terrible acceso de rabia, de rabia animal. ¡Ya lo has oído, ha prometido volver! Déjalo, deja que el pobre loco se pasee todavía una última vez. Cuando esté viejo y paralítico, ¿quién irá a mimarlo, si no tú, su vieja criada? Él lo proclama bien alto, no le da vergüenza... Por lo que a nosotros se refiere, Lisa había perdido el conocimiento. Yo había querido echarme a correr detrás de él, pero me lancé hacia mamá. La cogí y la sostuve en mis brazos. Lukeria acudió con un vaso de agua para Lisa. Pero mamá se recobró en seguida; se dejó caer sobre el diván, se cubrió el rostro con las manos y lloró. ¡A pesar de todo, a pesar de todo... alcánzalo! – gritó de repente Tatiana Pavlovna con todas sus fuerzas, como volviendo en sí. ¡Ve... ve... alcánzalo, no lo abandones un momento, ve pues!  y hacía toda clase de esfuerzos por separarme de mamá . ¡Si no, voy a ser yo la que me lance detrás! ¡Mi pequeño Arcadío, vamos, corre aprisa tras él! gritó de pronto también mi madre. Salí a la carrera, también por la cocina y por el patio; pero él no estaba ya en ninguna parte. A lo lejos, sobre la acera, se divisaban en las tinieblas las manchas negras de los transeúntes; me lancé para alcanzarlos y, a medida que iba llegando a la altura de cada uno, los miraba, y los rebasaba luego. Llegué así hasta una encrucijada. «Nadie se enfada contra un loco; ahora bien, Tatiana se ha puesto rabiosa de cólera contra él; por tanto, no es que esté loco... » Tal fue la idea que me atravesó la cabeza. Me parecía que todo aquello era una alegoría, y que él había querido a rajatabla acabar con algo, como había acabado con aquel icono, y hacérnoslo comprender, a mamá y a nosotros todos, pero su «doble» estaba ciertamente también a su lado; de aquello no cabía la menor duda... III Sin embargo, él no estaba en ninguna parte y no había por qué correr a su casa: era difícil figurarse que hubiese vuelto sencillamente a su casa. De pronto se me ocurrió una idea, y corrí a casa de Ana Andreievna. Ana Andreievna había vuelto ya, y me introdujeron inmediatamente. Entré, dominándome lo más que podía. Sin sentarme, le conté de pe a pa la escena que acababa de ocurrir, es decir, la historia del «doble» . No olvidaré jamás y no le perdonaré nunca la curiosidad ávida, pero implacablemente tranquila y segura, con que me escuchó, también sin sentarse. ¿Dónde está él? ¿Lo sabe usted quizá?  concluí con insistencia . Tatiana Pavlovna quería ayer enviarme a casa de usted... Es que yo quería verle a usted ayer. Ayer él estuvo en Tsarskoie, estuvo también en mi casa. Mientras que hoy  miró el reloj , son las siete... Estará seguramente en su propia casa. Veo que lo sabe usted todo. Entonces, ¡hable, hable!  exclamé. Sé mucho, pero no todo. Naturalmente, no hay nada que tenga que ocultarle a usted...  me clavó una mirada singular, sonriendo y pareciendo reflexionar . Ayer por la mañana él le dirigió a Catalina Nicolaievna, en respuesta a su carta, una petición de mano en regla. ¡No es verdad!  dije abriendo los ojos de par en par. La carta pasó por mis manos; fui yo quien se la llevó, sin abrir. Esta vez, él ha obrado «como caballero» y no me ha escondido nada. Ana Andreievna, no comprendo una palabra. Sin duda, resulta difícil de comprender. Pero es como cuando un jugador lanza sobre el tapete su último rublo y tiene en el bolsillo un revólver completamente preparado. Ese es el sentido de su petición. Hay nueve probabilidades sobre diez de que ella no lo acepte; pero él cuenta por lo menos con la décima y confieso que me resulta muy curioso... Por lo demás, tal vez estaba fuera de sí...: el «doble» del que usted acaba de hablar con tanta justeza. ¿Y se ríe usted? ¿Puedo creer que la carta haya sido transmitida por mediación suya? ¿No es usted la prometida de su padre? No me atormente, Ana Andreievna. Me ha rogado que sacrifique mi destino a su felicidad. O más bien, no me ha rogado verdaderamente nada:, todo se ha hecho silenciosamente, pero lo he leído todo en sus ojos. ¡Ah, Dios mío!, ¿pero qué más hace falta?; ha ido, ¿no es cierto?, a Koenigsberg, a casa de la madre de usted, a pedirle permiso para casarse con la hijastra de madame Arkhmakova, ¿no? He ahí algo que recuerda mucho su conducta de ayer, cuando me escogió como delegada y confidente suya. Estaba un poco pálida. Pero su calma no era más que un reforzado sarcasmo. ¡Oh!, yo le perdoné mucho en aquellos momentos porque fui comprendiendo poco a poco las cosas. Durante un minuto, reflexioné; ella se callaba y aguardaba. ¿Sabe usted una cosa?  dije de pronto, echándome a reír . Usted ha llevado la carta porque no había ningún riesgo para usted, porque, de todas formas, el casamiento no se celebrará. ¿Pero, y él? ¿Y ella, en fin? Naturalmente, ella rechazará su proposición, y entonces... entonces, ¿qué puede pasarle a él? ¿Dónde está él ahora, Ana Andreievna?  exclamé . Cada minuto es precioso, en cualquier instante puede sucederle una desgracia. Está en su casa, ya se lo he dicho. En su carta a Catalina Nicolaievna, que yo llevé ayer, él me pedía, en todo caso, una cita en casa de él, hoy a las siete en punto de la tarde. Y ella ha aceptado. ¿Ella, en casa de él? ¿Cómo es posible eso? ¿Y por qué no? El apartamiento pertenece a Daria Onissimovna: ellos dos han podido muy bien encontrarse en casa de ésta como visitantes... Pero ella le tiene miedo... ¡Puede matarla! Ana Andreievna se limitó a sonreír: Catalina Nicolaievna, a pesar de todo su temor, que yo misma he notado claramente, ha sentido siempre, ya hace tiempo, cierta admiración o cierto asombro por la nobleza de principios y la elevación de espíritu de Andrés Petrovitch. Por esta vez, ella se ha confiado a él, a fin de terminar para siempre jamás. Y él, en su carta, le ha dado su palabra más solemne, más caballeresca, de que ella no tiene nada que temer... En resumen yo no me acuerdo de las expresiones de la carta, pero ella se ha confiado... por última vez, por decirlo así... y, por decirlo así también, ella ha respondido con los sentimientos más heroicos. Ha podido haber en eso un torneo de caballería por una y otra parte. ¿Y el doble, el doble?  exclamé . ¡Es que ha perdido el juicio! Al dar ayer su palabra de acudir a la cita, sin duda Catalina Nicolaievna no preveía la posibilidad de un accidente así. De repente di media vuelta y emprendí la fuga... ¡En casa de él, en casa de ellos, naturalmente! Pero desde la antecámara volví todavía un segundo: ¡Pero tal vez es eso lo que usted quiere: que él la mate! Lanzado ese grito, salí corriendo de la casa. Aunque estuviese todo tembloroso, como en un acceso de fiebre, entré en el apartamiento sin formar ruido, por la cocina, y pregunté en voz baja por Daria Onissimovna; pero apareció ella misma inmediatamente y me lanzó en silencio una mirada terriblemente interrogadora. ¿El señor? No está en casa. Pero yo expuse tercamente y con precisión, en un cuchicheo rápido, que estaba enterado de todo por Ana Andreievna y que venía de casa de ésta. Daria Onissimovna, ¿dónde están ellos? En el salón, donde estuvieron ustedes anteayer, ante la mesa... ¡Daria Onissimovna, déjeme ir hasta a11í! ¿Cómo iba a poder hacerlo? No hasta a11í, sino hasta la habitación contigua. Daria Onissimovna, quizás Ana Andreievna lo desea también. Si ella no lo deseara, no me habría dicho que ellos estaban aquí. No me oirán... Es ella misma quien lo desea... ¿Y si no lo desea? dijo Daria Onissimovna, sin quitarme la mirada de encima. Daria Onissimovna, acuérdese de su Olia... Déjeme pasar. De pronto sus labios y su barbilla se pusieron a temblar: Querido mío, desde luego es por Olia... por tu comportamiento... ¡No abandones a Ana Andreievna, querido mío! ¿No la abandonarás? ¿No la abandonarás? No, no la abandonaré. Dame tu palabra de honor de que no entrarás en el salón y no gritarás, si te llevo a la habitación de al lado. Lo juro por mi honor, Daria Onissimovna. Me agarró por mi redingote, me condujo a una habitación sombría; contigua a aquella donde ellos estaban instalados, me cóndujo sin ruido, por una blanda alfombra, hasta la puerta, me colocó ante la cortina echada y, levantando una esquinita de aquella cortina, me los mostró a los dos. Yo me quedé, ella se marchó. Naturalmente, me quedé. Comprendía que escuchaba indebidamente, que sorprendía los secretos del prójimo, pero me quedé. ¿Cómo no quedarse: y el doble? ¿No habíá ya él roto el icono ante mis propios ojos? IV Estaban sentados el uno frente al otro, ante la misma mesa donde la víspera habíamos bebido juntos por su «resurrección». Yo podía distinguir perfectamente sus fisonomías. Ellá estaba con un vestido negro, bella y tranquila al parecer; como siempre. Él hablaba, y ella lo escuchaba con una atención extraordinaria y cautelosa. Tal vez se habría podido adivinar en ella una cierta timidez. Él, por el contrario, estaba muy excitado. Yo había llegado en plena conversación y por eso tardé unos momentos en comprender. Me acuerdo de que ella preguntó de repente: ¿Y soy yo quien tiene la culpa? No, soy yo  respondió él ; usted, usted es culpable sin serlo. Ya se sabe, éstas son cosas que pasan. Son las faltas más imperdonables, y casi siempre son castigadas  añadió con una risa singular . Y yo, pensé por un instante haberme olvidado completamente de usted y que llegué a reírme verdaderamente de mi estúpida pasión... Pero usted lo sabe. Al fin y al cabo, ¿por qué había yo de preocuparme del hombre con que usted se case? Ayer le dirigí a usted una petición de mano; no me tenga rencor por eso, es una tontería, pero no tengo nada para reemplazarla... ¿Qué podía yo hacer que no fuera esa tontería? No sé... Al decir estas palabras estalló en una risa frenética, levantando bruscamente los ojos hacia ella; hasta entonces había hablado pareciendo mirar de soslayo. Si yo hubiese estado en el lugar de ella, aquella risa me habría dado miedo, ésa era mi sensación. De repente él se levantó de su silla: Dígame cómo es posible que haya consentido en venir aquí  le preguntó él de pronto, como si se acordara de la cuestión esencial . Mi invitación y toda mi carta no eran más que una tontería... Espere, puedo todavía adivinar cómo ha sucedido esto de que usted haya consentido en venir, pero, ¿para qué ha venido?, ésa es la cuestión. ¿Habrá sido solamente por miedo? He venido a verle a usted  declaró ella, mirándolo con una prudencia temerosa. Los dos permanecieron medio minuto en silencio. Versilov volvió a sentarse y, con una voz dulce, pero conmovida, casi temblorosa, empezó: Hace ya muchísimo tiempo que no la había visto a usted, Catalina Nicolaievna, tanto tiempo que ya casi ni juzgaba posible encontrarme un día, como me encuentro hoy, sentado a su lado, mirando su rostro y oyendo su voz... Hace dos años que no nos hemos visto, dos años que no nos hablamos. No contaba ya con hablarle nunca. ¡Bueno, sea!, ¡lo que ha pasado ha pasado y lo que es hoy desaparecerá mañana como una nubecilla, sea! Consiento en ello, porque una vez más no tengo con qué reemplazarlo, pero no se vaya usted ahora sin nada  agregó él de repente, casi suplicante . Puesto que me ha hecho la limosna de venir, ¡no se vaya sin nada: contésteme una pregunta! ¿Qué pregunta? No nos volveremos a ver nunca más. ¿Qué trabajo le cuesta? Dígame la verdad de una vez para siempre, responda a una pregunta que no hace nunca la gente sensata: ¿me ha querido usted por lo menos un momento, o bien... me he equivocado? Ella se ruborizó de la cabeza a los pies. Le he querido  dijo ella. Yo esperaba que ella hablase así. ¡Oh, la veraz!, ¡oh, la sincera, ¡oh, la leal! ¿Y ahora?  continuó él. Ahora, ya no le quieto. ¿Y se ríe usted? No, si me he reído ahora, ha sido a pesar mío, porque sabía muy bien que usted iba a preguntar: « ¿Y ahora? » Y he sonreído .... porque cuando se adivina, se sonríe siempre... Era extraño; yo no la había visto nunca tan prudente, casi tímida incluso y confusa en cuanto a aquel punto. Él la devoraba con los ojos. Yo sé que usted no me quiere... y en absoluto. Quizá no en absoluto. No le quiero  añadió ella firmemente, sin sonreírse y sin ruborizarse . Sí, le he querido, pero no mucho tiempo. Muy pronto dejé de quererle... Ya sé, ya sé, usted vio que no era yo quien le hacia falta, pero... ¿qué es lo que le hace a usted falta? Explíquemelo una vez más... ¿Es que se lo he explicado alguna vez? ¿Lo que me hace falta? Pero si yo soy la más ordinaria de las mujeres; soy una mujer tranquila, me gusta... me gusta la gente alegre. ¿Alegre? Ya ve usted como soy hasta incapaz de hablar con usted. Me parece que, si usted hubiese podido quererme menos, yo le habría querido entonces  y de nuevo sonrió tímidamente. La más completa sinceridad brillaba en su respuesta. ¿Cómo no comprendía ella que esa respuesta era la fórmula más definitiva de sus relaciones, la que lo explicaba todo y lo decidía todo? ¡Qué bien debió de comprenderlo él! Pero la miró y tuvo una sonrisa especial: ¿Es alegre Bioring? Él no debe inquietarle a usted en lo más mínimo  respondió ella un poco apresuradaménte . Me caso con él únicamente porque con él estaré más tranquila que con otro. Toda mi alma se quedará para mí. Se dice que se ha prendado usted nuevamente del gran mundo, de la sociedad. No de la sociedad. Sé que en nuestro mundo reina el mismo desorden que en todas partes. Pero, vistas desde el exterior, las formas son todavía bellas, de manera que, si se las ve únicamente al pasar, se está mejor allí que en otra parte. He oído a menudo esa palabra de «desorden». Usted ha tenido mucho miedo a mi desorden... cadenas, ideas, tonterías, ¿no? No, no era eso todo... ¿Qué, entonces? ¡Dígalo francamente, por el amor de Dios! Bueno, voy a decírselo francamente, porque le considero un espíritu muy generoso... siempre he encontrado en usted algo de ridículo. Dicho esto, enrojeció de pronto, como si se hubiera dado cuenta de haber cometido una imprudencia extrema. ¡Bien!, por esta palabra que usted ha pronunciado, soy capaz de perdonarle muchas cosas  dijo él extrañamente. No he terminado  se ápresuró ella a añadir todavía ruborizándose . Soy yo quien es ridícula al hablarle como una tonta. No, usted no es ridícula, ¡usted es solamente una mujer de mundo, depravada!  y palideció terriblemente . Hasta ahora yo tampoco he dicho todo cuando le he preguntado por qué ha venido. ¿Quiere que termine? Hay aquí una carta, un documento, y usted tiene un miedo terrible, porque su padre, al tener esa carta en sus manos, puede maldecirla en vida y desheredarla legalmente en su testamento. Usted le teme a esa carta y... ha venido a buscarla  dijo él, temblando casi por completo y hastá casi castañeteándole los dientes. Ella lo escuchó con expresión enojada y dolorida. Sé que usted puede causarme muchos disgustos  dijo ella como justificando sus palabras , pero he venido menos para persuadirlo de que no me persiga, que para verlo. Hasta tenía el mayor deseo de verme con usted desde hace mucho tiempo... Pero lo he encontrado igual que antes  añadió ella de pronto, como impulsada por una idea particular y decisiva, y hasta por cierto sentimiento extraño y súbito. ¿Y esperaba usted verme de otra forma? ¿Después de mi carta sobre su perversión? Dígame, ¿ha venido sin el menor temor? He venido porque lo he amado en otros tiempos. Pero, se lo ruego, no me amenace. Mientras estemos juntos, no me recuerde mis malos pensamientos, mis sentimientos malos. Si pudiera usted hablarme de otra cosa, me sentiría muy feliz. Las amenazas pueden venir después, pero por ahora, si hace el favor, hable de otra cosa... Es verdad, he venido para verle y escucharle un minuto. Si usted no puede resistirlo, máteme ahora mismo, pero no me amenace ni se atormente delante de mí  concluyó ella, mirándolo en una extraña espera, como si verdaderamente lo supusiese capaz de matarla. Él se levantó de nuevo y, examinándola con una mirada ferviente, declaró con firmeza: Saldrá usted de aquí sin haber recibido la menor ofensa. ¡Ah!, ¡sí, su palabra de honor! sonrió ella. No, no es solamente porque yo haya dado mi palabra de honor en la carta, es porque quiero pensar y pensaré en usted toda la noche ¿Para atormentarse? Siempre la veo a usted, cuando estoy solo. No hago más que conversar con usted. Me voy por los bajos fondos y por las covachas, y, como contraste, inmediatamente usted se aparece delante de mí. Pero siempre se está usted riendo de mí, como ahora...  dijo esto como fuera de sí. ¡Nunca, nunca me he reído de usted!  exclamó ella con voz angustiada y con una compasión extrema pintada en su rostro . Si he venido, es porque he hecho todo lo que está en mi mano para no ofenderle en lo que quiera que sea  añadió ella de pronto . He venido aquí para decirle quo casi le quiero... Perdóneme, tal vez me he expresado mal  se apresuró a añadir. Él se rió. ¿Por qué no sabe usted fingir? ¿Por qué es usted tan simplota, por qué no es como todo el mundo?... Vamos, ¿cómo se le puede decir a un hombre a quien se le da con la puerta en las narices: «Casi le quiero a usted»? Es que no he sabido expresarme, no lo he dicho bien. Es que delante de usted, siempre me ha dado vergüenza, nunca he sabido hablar, desde nuestro primer encuentro. Y si no me he expresado bien, al decir que «casi le quiero», es que, también en mi pensamiento, casi era así. Por eso es por lo que lo he dicho, aunque yo lo quiera a usted con ese querer... ese querer general con que se quiere a todo el. mundo y que nunca se avergüenza una de confesar... En silencio, sin apartar de ella su mirada ardiente, él prestaba oídos. Sin duda la ofendo  continuó, como fuera de sí . Esto debe de ser efectivamente lo que se llama una pasión... Sé una cosa: que con usted estoy acabado; sin usted, también. Sin usted o con usted, todo es lo mismo: dondequiera que se halle, siempre está conmigo. Sé también que puedo odiarla mucho más de lo que puedo quererla... Por lo demás, hace ya mucho tiempo que no pienso en nada, todo me da lo mismo. Únicamente es una lástima que haya querido a una mujer como usted... Le faltaba la voz. Continuó, como ahogándose: ¿Qué quiere usted? ¿Le parece bárbaro que hable así?  dijo con una pálida sonrisa . Creo que, si eso pudiera seducirla, sería capaz de quedarme en cualquier sitio treinta años sobre una sola pierna... Lo veo: le doy lástima; su cara está diciendo: «Te querría si pudiera, pero no puedo... » ¿Es eso? Poco importa, no soy orgulloso. Estoy dispuesto, como un mendigo, a recibir de usted no importa qué limosna, ¿comprende?, no importa cuál... ¿Qué orgullo puede tener un mendigo? Ella se levantó y se acercó a él: ¡Amigo mío!  dijo ella, tocándole el hombro con la mano y con un sentimiento inexpresable en su rostro , ¡no puedo oír tales palabras! Pensaré en usted toda mi vida como en el más precioso de los hombres, en el más noble de los corazones, en el objeto más sagrado entre todo lo que yo pueda respetar y amar. Andrés Petrovitch, compréndame usted... ¡No es que yo haya venido por nada, querido amigo, usted que siempre ha sido y será siempre mi querido amigo! No olvidaré nunca lo mucho que usted me conmovió en nuestros primeros encuentros. Pues bien, separémonos como amigos, y usted será el pensamiento más serio y más querido que yo tenga en toda mi vida. «Separémonos; y entonces le querré»; le querré, pero separémonos. Escuche  dijo muy palido , déme otra limosna: no me quiera, no viva conmigo, no nos veamos jamás; seré su esclavo si usted me llama, desapareceré inmediatamente si usted no quiere ni verme ni oírme, pero... pero ¡no se case usted! Mi corazón se oprimió hasta el sufrimiento cuando oí esas palabras. Aquella súplica ingenuamente humillada era tanto más lastimera, traspasaba tanto más el corazón cuanto que era más franca y más imposible. Sí, sin duda, él estaba pidiendo limosna. ¿Podía él creer que ella consintiera? Y sin embargo se rebajaba hasta realizar el intento: trataba de pedírselo. Ese último grado de la derrota era insoportable presenciarlo. En cuanto a ella, todos los rasgos de su rostro se deformaron de dolor. Pero, antes de que ella hubiese dicho una palabra, él se reprimió. ¡La aniquilaré!  declaró él de pronto con una voz extraña, cambiada, que no era ya la suya. Pero ella le respondió también extrañamente, también con una voz inesperada que no era ya la suya: Si le concedo a usted esa limosna, más tarde se vengará todavía más cruelmente de lo que ahora me amenaza, porque usted no se olvidará nunca de que se puso como mendigo delante de mí... ¡No puedo oír esas amenazas de su boca!  concluyó ella casi con indignación, lanzándole una mirada de desafío. «Amenazas de su boca», es decir, de la boca de semejante mendigo. Bromeaba  dijo él dulcemente, con una sonrisa . No le haré a usted nada, no tenga miedo, váyase... y, en cuanto a ese documento, haré todo lo posible para enviárselo, pero ahora váyase, váyase. Le he escrito a usted una carta absurda, a esa carta absurda usted ha respondido y ha venido: estamos en paz. ¡Por aquí!  le mostró la puerta (ella quería pasar por la habitación en la que yo me encontraba oculto por la cortina). Perdóneme, si puede...  dijo ella, deteniéndose en el umbral. ¿Y si nos volviéramos a encontrar un día completamente amigos y nos acordáramos también de esta escena con una buena carcajada?  preguntó él de repente. Pero todos los rasgos de su rostro temblaban, como en un hombre al borde de un ataque. ¡Dios lo quiera!  exclamó ella, juntando las manos, pero mirando temerosamente su rostro, como adivinando lo que él quería decir. ¡Váyase usted! Somos demasiado inteligentes los dos, pero usted... ¡Oh, usted es una persona de mi estilo! Le he escrito una carta loca, y ha consentido usted en venir para decirme que «casi me quiere». No, usted y yo tenemos la misma locura. Somos unos grandes originales. Siga siendo siempre tan loca, no cambie, y volveremos a encontrarnos como buenos amigos, soy yo quien se lo predice, se lo juro. ¡Y entonces yo le querré sin remedio, lo presiento desde ahora! No pudo contenerse más y le lanzó desde el umbral estas últimas palabras. Salió. Me apresuré a ir sin ruido hacia la cocina y, casi sin mirar a Daria Onissimovna, que me esperaba, me lancé por la escalera de servicio y por el patio a la calle. pero apenas tuve tiempo de verla subir a un coche que la esperaba delante de la puerta. Me puse a correr por la calle. CAPITULO XI I Me dirigí a casa de Lambert. ¡Oh!, en vano quiero dar una apariencia lógica y descubrir una brizna de sentido común en mi conducta de aquella tarde y de toda aquella noche; incluso hoy, que puedo considerar todo el conjunto de los acontecimientos, me veo incapaz de presentarlos con la ilación y la claridad deseadas. Había a11í un sentimiento o, por decirlo mejor, todo un caos de sentimientos entre los cuales yo debía naturalmente extraviarme. Sin duda, había uno, esencial, que me aplastaba y dominaba a todos los demás, pero... ¿debo confesarlo? Tanto más cuanto que no estoy seguro... Me colé en casa de Lambert, naturalmente, fuera de mí. Incluso me daba miedo de él y de Alphonsine. He observado siempre que los franceses, incluso los más desatinados, los más libertinos, se muestran extraordinariamente apegados, en su interior, a un cierto orden burgués, a un cierto plan de vida, terriblemente prosaico, rutinario y ritual, adoptado de una vez para siempre. Por lo demás, Lambert comprendió muy pronto que había sucedido algo y se mostró encantadó al ver que me tenía por fin en su casa. ¡No soñaba más que con eso, día y noche, todos aquellos días! ¡Qué necesario le era yo! Y ahora que había perdido toda esperanza, me presentaba de repente, por mis propios pasos, y además poseído de una locura tan enorme, exactamente en el estado que a él le hacía falta. ¡Lambert, vino!  grité . ¡Dame de beber! ¡Déjame formar escándalo! ¡Alphonsine!, ¿dónde tiene usted su guitarra? No describo la escena, es superfluo. Bebimos, y se lo conté todo, todo. Él escuchaba ávidamente. Fui yo quien le propuso primero una conspiración, un incendio. Ante todo, debíamos atraer a Catalina Nicolaievna a nuestra casa por medio. de una carta... Eso se puede hacer  aprobó Lambert, captando al vue• to cada una de mis palabras. Además, para más seguridad, era preciso enviarle en esa carta toda la copia de su «documento», para que ella pudiese ver bien que no se trataba de un engaño. ¡Eso es, eso es lo que hace falta hacer!  aprobaba Lambert, que no cesaba de cambiar miradas con Alphonsine. En tercer lugar, era Lambert quien debía invitarla, por su propia cuenta, bajo la apariencia de un desconocido llegado de Moscú, y yo por mi parte debía atraer a Versilov... Y Versilov también, quizás  aprobaba Lambert. ¡Nada de quizás, decididamente!  exclamé . ¡Es indispensable! ¡Para él es para quien se hace todo esto!  expliqué yo, bebiendo trago tras trago. (Bebíamos los tres, pero creo que me bebí yo solo toda la botella de champaña, mientras ellos solamente fingían beber) . Nos instalaremos con Versilov en la otra habitación (¡Lambert, es preciso procurarse otra habitación!) y, en el mismo momento en que de pronto ella consienta en todo, en el rescate con dinero y en el otro rescate, porque todos son repulsivos, entonces Versilov y yo saldremos y la convenceremos de toda su ignominia. Versilov, al ver lo repugnante que es, se curará de golpe y la echará a puntapiés. ¡Pero nos hace falta todavía Bioring, para que él también la vea!  añadí, entusiasmado. No, Bioring es inútil  observó Lambert. ¡Sí, sí!  aullé de nuevo . ¡No comprendes nada de esto, Lambert, porque eres idiota! A1 contrario, hace falta que haya un escándalo en el gran mundo: de esa manera nos vengaremos del gran mundo y de ella. ¡Que sea castigada! Lambert, ella te dará una letra de cambio... Por mi parte, no tengo necesidad de dinero, escupiré encima del dinero, pero tú te agacharás y te lo meterás en el bolsillo con mis gargajos. Pero yo, ¡yo la habré humillado! Sí, sí  seguía aprobando Lambert . Así es. .. Él no dejaba de cambiar miradas con Alphonsine. ¡Lambert! Ella adora a Versilov; acabo de convencerme de eso  balbucí. Es una suerte que lo hayas visto todo: ¡no to habría supuesto jamás semejante talento de espía, ni tanta presencia de ánimo! Decía aquello para congraciarce conmigo. ¡Tú mientes, francés, no soy espía, pero tengo mucho espíritu! Y mira, Lambert, ¡es que ella lo quiere!  continué, esforzándome penosamente en reflejar mi pensamiento . Pero ella no se casará con él, porque Bioring es de la Guardia, mientras que Versilov no es miás que un hombre generoso y un amigo de la humanidad, por tanto, para ellos, un personaje cómico, y nada más. ¡Oh!, ella comprende esta pasión y disfruta con eso, coquetea con él, lo atrae, pero no se casará con él. ¡Es una mujer, es una serpiente! Toda mujer es serpiente y toda serpiente es mujer. Hay que curarlo; es preciso hacer caer el velo de sus ojos: que él la vea tal como es, y quedará curado. Te lo traeré, Lambert. Está bien  aprobaba siempre Lambert, llenando mi vaso a cada instante. ¡Él temblaba tantísimo con el temor de serme desagradable, de contradecirme, se empeñaba tanto en hacerme beber más! Aquello era tan grosero y tan evidente, que, incluso yo, no podía menos de darme cuenta. Pero por nada en el mundo me habría ido; continuaba bebiendo y hablando y tenía unas ganas locas de decir de una vez lo que pensaba. Cuando Lambent fue a buscar otra botella, Alphonsine tocó en su guitarra un motivo español; estuve a punto de deshacerme en lágrimas. Lambent, ¿te das cuenta de todo?  exclamé con profundo sentimiento . Es absolutamente necesario salvar a este hombre, porque está... embrujado. Si ella se casase con él, por la mañana, después de la primera noche, él la expulsaría a puntapiés... porque eso es lo que pasa. Porque este amor salvaje, exasperado, obra como un ataque, como una enfermedad, como un salto mortal, y, apenas obtenida la satisfacción, inmediatamente cae el velo y surge el sentimiento opuesto: repugnancia y odio, deseo de destruir, de aplastar. ¿Conoces tú la historia de Abisag (146), Lambert? ¿La has leído? No, no me acuerdo. ¿Es una novela?  farfulló Lambent. Es que tú no sabes nada, Lambert. Eres terrible, terriblemente inculto... Pero me tiene sin cuidado. Poco importa. ¡Oh!, él quiere a mamá; besó su retrato; expulsará a la otra al día siguiente y volverá con mamá; pero será demasiado tarde, y por eso es preciso salvarlo ahora mismo... Finalmente, lloré con amargura; pero continué siempre hablando y bebiendo; es extraordinario lo que bebí. El rasgo más característico era que Lambert, en toda la tarde, no me pidió ni una sola vez noticias del «documento», quiero decir: de dónde estaba. No me pidió que se lo enseñara, que lo desplegase sobre la mesa. ¿Qué había sin embargo más natural que hacer esa pregunta desde el momento en que habíamos llegado a un acuerdo para empezar a obrar? Otro rasgo más: decíamos solamente que era preciso obrar así, que « lo» haríamos sin falta, pero dónde, cuándo y cómo, ¡de eso, ni una palabra! ¡No hacía más que darme la razón en todo y cambiar miradas con Alphonsine, absolutamente nada más! Sin duda, yo era entonces incapaz de darme cuenta de eso, pero de todos modos, me acuerdo. Acabé por dormirme sobre su diván, sin desnudarme. Dormí mucho tiempo y me desperté muy tarde. Me acuerdo de que, una vez despierto, me quedé algún tiempo tendido sobre el diván, como atontado, tratando de reunir mis ideas y mis recuerdos, fingiendo dormir todavía. Pero Lambert no estaba ya allí: había salido. Eran ya más de las nueve; se oía el crepitar de la estufa, exactamente como la otra vez, cuando, después de la famosa noche, yo había abierto de nuevo los ojos en casa de Lambert. Pero detrás del biombo Alphonsine me acechaba: lo noté inmediatamente, porque en dos ocasiones ella miró y me examinó, pero yo tenía siempre cerrados los ojos y fingía dormir. Obraba de esa manera porque estaba deprimido, y tenía necesidad de comprender en qué situación me hallaba. Me daba cuenta con horror de toda la absurdidad y de toda la ignominia de mi confesión nocturna a Lambent, de mi convenio con él y de mi error al haber venido a su casa. Pero, gracias a Dios, el documento seguía estando conmigo, cosido siempre a mi bolsillo del costado; lo palpé con la mano: estaba allí. Por tanto no había más que dar un brinco y escabullirme; en cuanto a avergonzarme delante de Lambert, era inútil: Lambert no se lo merecía. Pero me avergonzaba ante mí mismo. Me hacia mi propio juez y... ¡Dios, cuántas cosas había en mi alma! Pero no describiré ese sentimiento infernal, intolerable, esa sensación de fango y de inmundicia. Debo sin embargo confesarlo, porque creo llegado el momento. Es algo que tengo que registrar en mis memorias. Así, pues, que se sepa bien, si quería deshonrarla, si me preparaba a ser testigo de la escena durante la cual ella pagaría su rescate a Lambert (¡oh, bajeza! ), no era de ningún modo para salvar a aquel loco de Versilov y devolvérselo a mamá, era porque... quizá yo mismo estaba enamorado de ella, ¡enamorado y celoso! ¿Celoso de quién? ¿De Bioring? ¿De Versilov? ¿De todos aquellos a quienes ella miraría y con quienes hablaría en los bailes mientras yo me quedaría en mi rincón, avergonzado de mí mismo... ? ¡Oh, monstruosidad! En una palabra, ignoro de quién estaba yo celoso; pero comprendía solamente, y me había persuadido de eso la víspera por la noche como dos y dos son cuatro, que ella estaba perdida para mí, que esa mujer me rechazaría y se burlaría de mi falsedad y de mi absurdidad. Ella es veraz y leal; yo, en cambio, soy un espía y detentador de documentos. Todo esto lo he guardado para mí hasta este momento, pero ahora ha llegado la hora, y... hago balance. Pero, todavía una vez, y por última vez: es posible que, en una mitad larga o incluso en tres cuartas partes, me haya calumniado a mí mismo. Aquella noche, yo la odiaba como un poseído, y más tarde, como un borracho desatado. Lo he dicho ya, era un caos de sentimientos y de sensaciones en el que era incapaz de encontrarme. Pero, es igual, hacía falta expresarlo, puesto que una parte al menos de esos sentimientos ha existido seguramente. Con una irresistible repugnancia y una irresistible intención de borrarlo todo, salté inmediatamente del diván; pero apenas había dado el brinco cuando al punto acudió Alphonsine. Cogí mi pelliza y mi gorro y le dije que le comunicase a Lambert que la víspera yo había estado delirando, que había calumniado a una mujer, que había bromeado y que él no debía permitirse nunca más poner los pies en mi casa... Todo aquello lo expresé, bien que mal, apresurándome, en francés y sin duda muy oscuramente, pero, con gran ssombro mío, Alphonsine comprendió perfectamente; cosa más extraña aún, pareció incluso alegrarse de eso. -Oui, oui  me aprobaba ella , c',est une honte! Une dame... Oh!, vous êtes généreux, vous! Soyez tranquille, je ferais voir raison à Lambert... Aunque en aquel instante debí parecer extrañado, al ver una revolución tan inesperada en sus sentimientos, y por consiguiente también, sin duda, en los de Lambert, sin embargo salí en silencio; la turbación reinaba en mi alma y yo razonaba mal. ¡Oh!, después lo examiné todo, pero entonces, ¡era ya demasiado tarde! ¡Oh, qué infernal maquinación salió de alli! Hago aquí una parada, para explicarlo anticipadamente, porque de otra forma el lector no podría comprender nada. El hecho es que, cuando mi primera entrevista con Lambert, mientras me estaba deshelando en su casa, le había farfullado como un imbécil que el documento estaba cosido en mi bolsillo. En aquel momento me había dormido de pronto por algún tiempo sobre su diván en el rincón, y Lambert había palpado inmediatamente mi bolsillo y se había convencido de que, en efecto, a11í estaba cosido un papel. Luego. había podido convencerse en varias ocasiones de que el papel seguía estando a11í: por ejemplo, durante nuestra comida en los Tatars, me acuerdo de que varias veces me agarró por la cintura. Comprendiendo por fin de qué importancia era aquel papel, había forjado todo un plan particular que yo no sospechaba en to más mínimo. Yo me figuraba siempre, como un imbécil, que, si me invitaba a su casa con tanto empeño, era sencillamente para inducirme a entrar en su banda y actuar con ellos. Pero, ¡ay!, ¡me invitaba para una cosa completamente distinta! Me invitaba para dejarme borracho perdido, y, en el momento en que me tendiese, privado de conocimiento, y me pusiera a roncar, cortarme las puntadas y apoderarse del documento. Es exactamente lo que hicieron aquella noche Alphonsine y él; fue Alphonsine quien abrió el bolsillo. Una vez en posesión de la carta, de la carta de ella, de mi documento de Moscú, tomaron una vulgar hoja de papel de cartas de, la misma dimensión y la colocaron en el mismo sitio; luego recosieron todo como si nada hubiese pasado, de forma que no me di cuenta de nada, También fue Alphonsine la que recosió. ¡Y yo, yo, casi hasta el fin, durante un día y medio aún, continué creyéndome el detentador del secreto, creyendo que la suerte de Catalina Nicolaievna seguía estando en mis manos! Una última palabra: aquel robo del documento fue la causa de todo, de todas las demás desgracias. II He aquí ahora los últimos días de mis memorias, y llego al final del fin. Eran, creo, poco más o menos las diez y media, cuando, muy excitado y, por lo que recuerdo, extrañamente distraído, pero con una decisión definitiva en el corazón, llegué a mi alojamiento. No me deba prisa, sabía ya lo que haría. Y de repente, no había hecho más que poner el pie en el pasillo, comprendí que una nueva desgracia había caído sobre nosotros y que se había producido una complicación extraordinaria: el viejo príncipe, recién traído de TsarkoieSelo, se encontrába en nuestro apartamiento, con Ana Andreievna a su lado. Lo habían instalado, no en mi habitación, sino en las dos habitaciones contiguas, las del casero. La víspera misma se habían efectuado en aquellos dos cuartos algunas modificaciones y embellecimientos, por lo demás muy ligeros. El casero se había trasladado con su mujer a la habitación del inquilino caprichoso y picado de viruelas del que ya he hablado, y este último había sido confinado ya no sé dónde. Fui acogido por el casero, que se coló inmediatamente en mi habitación. Mostraba un aire menos decidido que la víspera, pero se le veía poseído por una excitación insólita, al nivel de los acontecimientos, si se puede decir así. No le dirigí la palabra, pero, retirándome a un rincón y cogiéndome la cabeza entre las manos, permanecí así un rato. Él pensó al principio que yo adoptaba una «pose», pero por fin no pudo contenerse más y se asustó: ¿Es que pasa algo?  balbuceó . Le esperaba para preguntarle  agregó al ver que yo no le respondía  si no le molestaría a usted abrir esta puerta, para comunicar directamente con las habitaciones del príncipe en lugar de hacerlo por el pasillo. Señalaba a una puerta lateral, siempre cerrada, y que comunicaba con sus dos habitaciones que ahora servían de alojamiento al príncipe. Pedro Hippolitovitch  le declaré con semblante grave , le ruego que haga el favor de ir inmediatamente a invitar a Ana Andreievna a que venga aquí a hablar conmigo. ¿Hace mucho tiempo que están aquí? Pronto hará una hora. Pues bien, vaya usted. Se fue y me trajo esta extraña respuesta: que Ana Andreievna y el príncipe Nicolás Ivanovitch me esperaban con impaciencia en sus habitaciones; por tanto, Ana Andreievna no había querido venir. Me abroché y me cepillé mi redingote, que se había arrugado durante la noche, me lavé, me peine, todo ello sin darme prisa; luego, comprendiendo hasta qué punto había de ser prudente, me dirigí a las habitaciones del anciano. El príncipe estaba sentado en un diván delante de una mesa redonda, mientras Ana Andreievna, en otro rincón, delante de otra mesa cubierta por un mantel y sobre la cual hervía el samovar de la casa, reluciente como nunca, le preparaba el té. Entré con el mismo semblante severo, y el viejecito, que lo había notado al momento, se estremeció; rápidamente, su sonrisa dejó sitio a su verdadero espanto; pero yo no insistí, me eché a reír y le tendí las manos; el pobre se lanzó a mis brazos. Sin ninguna clase de dudas, comprendí inmediatamente con quién tenía que habérmelas. Por lo pronto, estaba claro como la luz del día que, de un anciano todavía casi gallardo y, a pesar de todo, bastante sensato, dotado de un cierto carácter, habían hecho, desde que no nos veíamos, una especie de momia, un verdadero niño, temeroso y desconfiado. Añadiré: él sabía perfectamente para qué lo habían traído aquí, y todo había pasado exactamente como por anticipado he explicado antes. Literalmente, lo habían aterrorizado, destrozado, aplastado con la noticia de la traición de su hija y del manicomio. Se había dejado traer, apenas consciente de lo que hacía, por el miedo tan grande que experimentaba. Se le había dicho que yo era el detentador del secreto y que tenía la clave de la solución definitiva. Lo diré de corrido: eran esa solución definitiva y esa clave to que él temía más que nada en el mundo. Esperaba verme entrar en su habitación llevándole la sentencia en la frente y el papel en la mano; por eso se mostró locamente feliz al verme, en cambio, dispuesto a reír y a charlar de cualquier otra cosa. Cuando nos abrazamos, se deshizo en lágrimas. Lo confieso, también yo lloré un poco; pero de repente experimenté hacia él una lástima inmensa... El perrito de Alphonsine dejaba oír un ladrido agudo como una campanilla y se lanzó desde el diván sobre mí. Este perro miniatura no lo abandonaba nunca desde que lo había adquirido; dormía con él. Oh!, je disais qu'il a du ecoeur!  exclamó, dirigiéndose a Ana Andreievna y señalándome. ¡Qué repuesto está usted, príncipe! ¡Qué cara más fresca y rozagante tiene!  observé. ¡Ay!, era todo lo contrario: era una momia, y yo hablaba así únicamente para animarlo. Nestce pas? Nestce pas?  repetía él gozosamente. Pero tómese usted su té. Si me ofrece una taza a mí también, la beberé en su compañía. ¡Maravillosa idea! «Bebamos y gocemos»... ¿cómo es eso? Hay unos versos por ese estilo. Ana Andreievna, déle usted té; il prend toujour par les sentiments... Dénos té, querida. Ana Andreievna sirvió el té, pero de pronto se volvió hacia mí y empezó con extremada solemnidad: Arcadio Makarovitch, henos aquí a los dos, mi bienhechor el príncipe Nicolás Ivanovitch y yo, refugiados en su casa. Porque hemos venido a su casa, precisamente a la casa de usted, y los dos le pedimos asilo. Recuerde que casi todo el destino de este hombre santo, noble y afligido, está en sus manos... ¡Confiamos en la decisión de su corazón justo! Pero no pudo terminar; el príncipe fue asaltado por el temor y casi tembló de espanto: Après, après, nestce pas, chère amie?  repetía levantando las manos hacia ella. No sabría expresar la penosa impresión que me produjo esta interrupción. No respondí nada y me contenté con hacer un saludo frío y grave; en seguida me senté a la mesa y hablé intencionadamente de otra cosa, de tonterías, me puse a reír y a bromear... El anciano me estaba visiblemente agradecido y se alegraba, muy animado. Pero su alegría, aunque exaltada, era manifiestamente frágil y podía en un instante dar paso a un desánimo completo; eso estaba claro a ojos vistas. Cher enfant! Me he enterado de que has estado enfermo... ¡Ah, pardón!, me han dicho que todo este tiempo te has ocupado de cosas de espiritismo, ¿es verdad? Ni siquiera he pensado en eso . dije, con una sonrisa. ¿No? ¿Quién es entonces el que me ha hablado de espiritismo? Es el portero de aquí, Pedro Hippolitovitch, quien hablaba de eso hace un momento  explicó Ana Andreievna . Es un hombre muy jovial y que sabe muchas anécdotas. ¿Quiere que to llame? Oui, oui, il est charmant... sabe anécdotas, pero será mejor llamarlo más tarde. Lo llamaremos, y nos contará todo; mais après. Figúrate que hace un momento estaban poniendo la mesa y he aquí que dice: «Estén tranquilos, la mesa no se marchará volando, no somos espíritus.» ¿Es que, en casa de los espíritus, las mesas desaparecen volando? No sé. Se dice que se levantan sobre las patas. Mais ce'st terrible ce que to dis  exclamó el príncipe, y me lanzó una mirada espantada. ¡Oh!, no se preocupe, son tonterías. Eso es lo que yo digo. Natasia Stepanovna Salonievna... tú la conoces... ¡ah!, es verdad, no la conoces... Bueno, figúrate que ella cree también en el espiritismo y que yo, chère enfant  se volvió hacia Ana Andreievna  le dije un día: en los Ministerios hay también mesas, con ocho pares de manos de burócratas puestas encima, que no dejan de escribir, y bien, ¿por qué no bailan esas mesas? ¡Figúrate si se pusieran de pronto a bailar! Una insurrección de mesas en el Ministerio de Hacienda o en el de Instrucción Pública, ¡no faltaría más que eso! ¡Qué cosas tan divertidas dice usted siempre, príncipe!  exclamé, tratándo de reír sinceramente. Nestce pas? Je ne parle pas trop, mais je dis bien. Voy a buscar a Pedro Hippolitovitch  dijo Ana Andreievna levantándose. El contento brillaba en su rostro: al verme tan amable con el anciano, se alegraba. Pero apenas hubo salido, la fisonomía del anciano cambió de golpe de una manera fulminante. Miró temerosamente hacia la puerta, lanzó una ojeada en torno e, inclinandose desde su diván hacia mi, me çuchicheó con voz espantada: Cher ami? ¡Si pudiese verlas a las dos aquí juntas! Oh, cher enfant! ¡Príncipe, cálmese usted...! Sí, sí, solamente que:.. nosotros las reconciliaremos, ¿verdad? Es una peleíta sin importancia entre dos mujeres muy dignas, ¿no? No tengo esperanzas más que en ti... Vamos a arreglar todo esto aquí; pero ¡qué alojamiento tan extraño éste!  añadió lanzando una mirada casi temerosa , y, mira, este casero... tiene una cabeza tan rara... Dime, ¿no es peligroso ? ¿El casero? ¡De ninguna manera! ¿Por qué iba a ser peligroso? C'est ça. Tanto mejor. Il semble qu'il est bête, ce gentilhomme. Cher enfant, por el amor de Dios, no le digas a Ana Andreievna que aquí me da miedo de todo; a ella le digo que todo está muy bien, desde el primer paso que di aquí, a incluso alabo al casero. Oye, tú sabes la historia de Von Sohn (147), ¿te acuerdas? Sí; ¿y qué? Rien, rien du tout... Mais je suis libre ici, nestce pas? ¿Qué crees tú, no podrá pasarme aquí algo por el mismo estilo? Pero, ¡qué absurdo!, le aseguro a usted, mi querido amigo... créame... Quería cogerme en brazos; las lágrimas corrían por su rostro; yo no sabría decir hasta qué punto se me oprimió el corazón: el pobre viejo se parecía a un niño lastimero, débil, espantado, robado de su nido natal por gitanos y traído a casa de desconocidos. Pero no se nos permitió abrazarnos: la puerta se abrió y entró Ana Andreievna, pero no con el casero, sino con el hermano de ella, el chambelán. Esa novedad me desconcertó; me levanté y me dirigí hacia la puerta. Arcadio Makarovitch, permítame que le presente  declaró en voz alta Ana Andreievna, de forma que, a pesar mío, me vi obligado a detenerme. Conozco ya demasiado bien a su hermano  dije martillando las palabras y recalcando la de demasiado. ¡Ah!, ¡qué terrible error! Y soy tan culpable, mi querido And... Andrés Makarovitch  farfulló el joven aproximándose a mí con un aire muy desenvuelto y cogiéndome la mano, que no me fue posible retirar . Mi criado Esteban tuvo la culpa de todo; le anunció a usted de una manera tan estúpida que lo tomé por otro. Es una cosa que pasó en Moscú  le explicó a su hermana . Después hice toda clase de esfuerzos para localizarlo y explicarle lo sucedido, pero caí enfermo, pregúnteselo a él... Cher prince, nous devons être amis, même par droit de naissance... Y el desvergonzado joven se atrevió incluso a ponerme la mano en el hombro, lo que era el colmo de la familiaridad. Di un salto de costado, pero, confuso, preferí retirarme sin pronunciar una palabra. Vuelto a mi habitación, me senté. en la cama, pensativo y turbado. La intriga me ahogaba, pero yo no podía sin embargo confundir y aplastar de golpe a Ana Andreievna. Comprendí de pronto que también ella me era querida y que su situación era espantosa. III Como yo esperaba, ella entró en mi habitación, dejando al príncipe con su hermano, que se había puesto a contarle al viejo toda clase de rumores mundanos, calentitos y recién sacados del horno, cosa que al momento cautivó y divirtió al anciano, tan susceptible de dejarse influir. En silencio y con aire interrogativo, me levanté de la cama. Ya se lo he dicho todo a usted, Arcadio Makarovitch  empezó ella abiertamente ; nuestra suerte está en sus manos. Pero también yo le advertí que no podía... Los deberes más sagrados me impiden hacer eso con lo que usted cuenta... ¿De verdad? ¿Es ésa su respuesta? Entonces, yo pereceré, pero ¿y el viejo? Sépalo: esta misma tarde perderá la razón. No, perderá la razón si le enseño una carta de su hija, en la que ella consulta a un abogado para saber qué hay que hacer para declarar loco a su padre  exclamé con fuego . Eso es to que él no soportará. Y sépalo usted: él no cree en esa cárta, me lo ha dicho ya. Yo mentía al afirmar que él me lo había dicho; pero aquello venía a propósito. ¿Se lo ha dicho ya? ¡Me lo imaginaba! En tal caso, estoy perdida; él ha llorado y ha pedido volver a casa. Dígame en qué consiste precisamente el plan que tiene usted formado  le pregunté con insistencia. Ella se ruborizó, por orgullo herido, por decirlo así, pero se puso rígida: Con esa carta de su hija entre mis manos, estamos justificados a los ojos del mundo. Inmediatamente mandaré buscar al príncipe V... y a Boris Mikhailovitch Pelitchev, sus amigos de infancia; son dos personajes honorables a influyentes en el gran mundo, y sé que hace dos años manifestaron su indignación ante ciertos pasos dados por esa hija ávida a implacable. Ciertamente lo reconciliarán con, su hija, si yo se lo pido, y yo misma insistiré en eso; pero, por otra parte, la situación habrá cambiado completamente. Además, mis parientes, los Fanariotov, estoy segura, se decidirán entonces a sostener mis derechos. Pero lo que para mí importa sobre todo, es la felicidad de él; que comprenda por fin y que vea quiénes le tienen verdadero cariño. Sin duda, yo cuento principalmente con la influencia de usted, Arcadio Makarovitch: usted lo quiere tanto... Pero ¿quién lo quiere, aparte de usted y yo? É1 no ha hecho más que hablar de usted durante estos últimos días. Se preocupaba por usted, usted es «su joven amigo»... Ni que decir tiene que, durante toda mi vida, mi agradecimiento no conocerá límites... Ahora ella me prometía una recompensa, ¡dinero tal vez! La interrumpí brutalmente: ¡Por mucho que usted diga, no puedo!  declaré con un acento de decisión inflexible . Sólo puedo corresponderle a usted con la misma sinceridad y explicarle mis últimas intenciones: dentro de poco le entregaré esa carta fatal a Catalina Nicolaievna en propia mano, pero a condición de que ella no forme ningún escándalo con todo lo que ha pasado y que dé por anticipado su palabra de que no impedirá la felicidad de usted. Es todo to que puedo hacer. ¡Es imposible!  exclamó ella, enrojeciendo de pies a cabeaa. La sola idea de que Catalina Nicolaievna pudiera compadecerla excitaba su indignación. No cambiaré de decisión, Ana Andreievna. Es posible que cambie. Diríjase usted a Lambert. Arcadio Makarovitch, usted no sabe las desgracias que pueden nacer de su obstinación  amenazó con severidad y furor. Nacerán desgracias, eso desde luego...  La cabeza me da vueltas . Pero basta ya: he decidido y se acabó. Solamente, se lo ruego, por el amor de Dios, no me traiga aquí a su hermano. Pero si él desea precisamente borrar... ¡No hay nada que borrar! ¡No tengo necesidad, no quièero, no quiero!  exclamé cogiéndome la cabeza entre las manos (¡oh!, ¡quizá la he tratado con demasiada altivez!) . Pero dígame dónde va a pasar el príncipe la noche. ¿Aquí? Pasará la noche aquí, en casa de usted y con usted. ¡Esta misma tarde me mudo! Pronunciadas esas palabras implacables, cogí mi gorro y empecé a ponerme la pelliza. Ana Andreievna me observaba en silencio, con aire sombrío. ¡Me daba lástima, sí, me daba mucha lástima de aquella muchacha altanera! Pero me marché sin darle ni una palabra de esperanza. IV Trataré de resumir. Mi decisión estaba tomada irrevocablemente, y me dirigí derechamente a casa de Tatiana Pav1ovna. ¡Ay!, una gran desgracia se podría haber evitado, si yo la hubiese encontrado en casa; pero, como por azar, aquel día me perseguía la mala suerte. Fui también, naturalmente, a casa de mamá, primero para visitar a mi madre enferma, y luego porque contaba con encontrarme a11í casi con toda seguridad a Tatiana Pavlovna; pero tampoco estaba a11í; acababa de salir, mamá estaba en cama, y Lisa se había quedado sola con ella. Lisa me pidió que no entrara y no despertara a mamá: No ha dormido en toda la noche, no ha hecho más que atormentarse. Es una suerte que ahora mismo se haya quedado dormida. Besé a Lisa y le dije en dos palabras que había tomado una decisión inmensa y fatal y que iba a ponerla en práctica. Me escuchó sin gran asombro, como si fueran las palabras más corrientes. ¡Estaban todos de tal forma acostumbrados a mis interminables «últimas decisiones» y, a continuación, al cobarde abandono de las mismas! ¡Pero ahora, ahora era muy diferente! A pesar de todo, me pasé por el traktir y estuve a11í un momento esperando, para ir a buscar en seguida, a tiro hecho, a Tatiana Pavlovna. Explicaré por cierto por qué tenía yo de pronto tanta necesidad de ver a esta mujer. Quería mandarla inmediatamente a casa de Catalina Nicolaievna para hacerla venir a casa de la primera y restituirle el documento en presencia de esta misma Tatiana Pavlovna, después de haberles explicado todo de una vez para siempre... En resumen, yo quería solamente hacer el bien; quería justificarme de una vez para siempre. Resuelto este punto, decidí absoluta y resueltamente decir algunas palabras en favor de Ana Andreievna y, si era posible, tomar a Catalina Nicolaievna y a Tatiana Pavlovna (como testigos), llevarlas a mi casa, es decir, a casa del príncipe, y allí reconciliar a las mujeres enemigas, resucitar al príncipe y... y... en una palabra, a11í, en ese pequeño grupo, al menos ese día, hacer a todo el mundo feliz, después de to cual no faltaría más que Versilov y mamá. Yo no podía dudar del éxito: Catalina Nicolaievna, agradecida por la devolución de la carta, a cambio de la cual yo no le pediría nada, no podría negarse a mi súplica. ¡Ay!, creía todavía estar en posesión del documento. ¡Oh, en qué situación tan estúpida e indigna me encontraba sin saberlo! La oscuridad había ya sobrevenido y serían alrededor de las cuatro cuando me presenté de nuevo en casa de Tatiana Pavlovna. María respondió groseramente que «no había vuelto». Me acuerdo muy bien ahora de su mirada sin levantar los ojos; pero, en ese momento, yo no podía sospechar nada, al contrario, fui traspasado por esta otra idea: al bajar, irritado y un poco desanimado, la escalera de Tatiana Pavlovna, me acordé del pobre príncipe que hacía un momento me había tendido los brazos, y de pronto me reproché amargamente haberlo abandonado, tal vez por despecho personal. Con inquietud, empecé a figurarme lo que podía haberle sucedido durante mi ausencia, tal vez algo muy malo, y me apresuré a regresar a casa. Ahora bien, en casa se habían producido los acontecimientos siguientes: Ana Andreievna, al abandonarme toda enfadada, no había perdido aún los ánimos. Es preciso decir que, por la mañana, había mandado a buscar a Lambert; luego, una vez más, y como Lambert seguía sin estar en casa, había enviado por fin a su hermano a buscarlo. La desgraciada, al ver mi resistencia, ponía en Lambert y en el influjo que éste pudiera ejercer sobre mí su última esperanza. Lo aguardaba con impaciencia y lo único que la asombraba era que él, que no la abandonaba y había rondado en torno a ella hasta aquel día, la hubiese abandonado de pronto y hubiese desaparecido. ¡Ay!, no podía ocurrírsele la idea de que Lambert, en posesión ahora del documento, hubiese tomado decisiones muy distintas y que, por consiguiente, era lo más natural que se ocultase, y que se ocultase, sobre todo, de ella. Así, pues, con la inquietud lógica del caso y una alarma creciente en el corazón, Ana Andreievna casi no tenía ya fuerzas para distraer al anciano; y, para colmo, la inquietud de éste había adquirido proporciones temibles. Hacía preguntas extrañas y temerosas, se ponía a mirarla con suspicacia y, en varias ocasiones, se deshizo en lágrimas. El joven Versilov no se quedó mucho tiempo. Después que su hermano se marchó, Ana Andreievna trajo, por fin, a Pedro Hippolitovitch, en el que confiaba muchísimo, pero éste, lejos de agradar, no inspiró más que repugnancia. De una manera general, el príncipe consideraba a Pedro Hippolitovitch con una desconfianza y una suspicacia cada vez más grandes. El otro, como por casualidad, se había puesto de nuevo a charlar sobre el espiritismo y otros fenómenos que él había presenciado: un charlatán de paso, que cortaba cabezas en público, la sangre corría y todo el mundo to veía, a continuación las volvía a colocar sobre el cuello respectivo y se pegaban, igualmente a la vista del público, y todo aquello habría pasado en 1859. El príncipe se espantó tanto y a la vez concibió tal indignación, que Ana Andreievna se vio obligada a alejar inmediatamente al narrador. Por fortuna llegó la comida, especialmente encargada la víspera (por precaución de Lambert y de Alphonsine) a un notable cocinero francés de la vecindad, que no tenía empleo y lo buscaba en una casa aristocrática o en un club. Esa comida con champaña alegró mucho al anciano; comió y bromeó de lo lindo. Después de la comida, se sintió naturalmente pesado y tuvo ganas de dormir; como estaba acostumbrado a hacer la siesta, Ana Andreievna le había preparado una cama. Mientras se dormía, él le besaba las manos y decía que ella era su paraíso, su esperanza, su hurí, su «flor de oro»; en una palabra, se lanzó de lleno a las expresiones más orientales. En fin, se durmió y fue eñtonces cuando yo volví. Ana Andreievna se apresuró a entrar en mi habitación, juntó las manos delante de mí y dijo que me suplicaba «no por ella, sino por el príncipe», no marcharme a ir a verlo cuando se despertara. « Sin usted, está perdido, tendrá un ataque; temo que no resista hasta la noche. .. » Añadió que ella no tenía más remedio que ausentarse, «tal vez incluso por dos horas, y que por consiguiente dejaba al príncipe a mi custodia». Le di calurosamente palabra de que me quedaría hasta por la noche y que, cuando se despertara, haría todo lo que estuviese en mi mano para distraerlo. ¡Y yo cumpliré mi deber!  concluyó ella enérgicamente. Se fue. Explicaré, anticipadamente: se iba en busca de Lambert; era su última esperanza; además visitó a su hermano y a sus parientes Fanariotov; se comprende en el estado en que debió de volver. El príncipe se despertó aproximadamente una hora después de su marcha. A través de la pared, lo oí gemir y corrí inmediatamente a su habitación; me lo encontré sentado en su cama, en camisón de dormir, pero tan asustado por la soledad, por la luz de la única lámpara y por aquella habitación desconocida, que en el momento en que entré se estremeció, tuvo un sobresalto y lanzó un grito. Me precipité hacia él y cuando distinguió que era yo, me abrazó con lágrimas de alegría. Me habían dicho que lo habías mudado, que habías cogido miedo y te habías quitado de en medio. ¿Quién ha podido decirle eso? ¿Quién? Bueno, quizá he sido yo que lo he inventado, quizá también ha sido alguien que me lo ha dicho. Figúrate que hace un momento he tenido un sueño: de repente veo en. trar a un viejo barbudo con un icono, un icono partido en dos pedazos, que me dice: «¡Así se romperá tu vida!» ¡Oh Dios mío!, seguramente ha sabido usted por alguien que Versilov rompió ayer un icono. Nestce pas? Sí, sí, lo he sabido. Me he enterado esta mañana por Daria Onissimovna. Ella ha transportado aquí mi maleta y mi perro. ¡Vaya un sueño raro! ¡Poco importa! Y figúrate que ese viejo no dejaba de amenazarme con el dedo. Pero, ¿dónde está Ana Andreievna? Va a volver en seguida. ¿De dónde? ¿Adónde ha ido?  exclamó dolorosamente. No, no, estará aquí en seguida. Me pidió que me quedase con usted un momento. Oui, ella vendrá. Así, pues, nuestro Andrés Petrovitch ha perdido el juicio; «y tan repentinamente, con tanta prontitud». Yo siempre le había predicho que acabaría así. Espera, amigo mío... De pronto se aferró a mi redingote y me atrajo hacia él. El casero  dijo en voz baja  me ha traído hace un momento fotografías, sucias fotografías de mujeres, nada más que mujeres desnudas en diversas posturas orientales, y se ha puesto a enseñármelas a la luz de la lámpara... Yo, compréndelo, se las he elogiado, a regañadientes, pero es lo mismo que cuando le llevaban mujeres malas a aquel desgraciado, para en seguida embriagarlo más fácilmente... Usted quiere seguir hablando de Von Sohn. Pero dejemos eso, príncipe. El casero es un imbécil, ni más ni menos. Un imbécil, ni más ni menos. C'est mon opinion. ¡Amigo mío, si puedes, sácame de aquí! Y de repente juntó las manos delante de mí. Príncipe, haré todo lo que pueda... Le pertenezco. Mi querido príncipe, espere un poco y tal vez me será posible arreglarlo todo... Nestce pas? No diremos esta boca es mía, nos escabulliremos, y dejaremos la maleta para hacerle creer que volveremos. ¿Adónde iríamos? ¿Y Ana Andreievna? No, no, con Ana Andreievna. Oh, mon cher!, la cabeza me da vueltas... Espera: hay ahí, en el saco de la derecha, un retrato de Katia; lo he metido a escondidas hace un momento para que Ana Andreievna y, sobre todo, para que esa Daria Onissimovna no lo noten; sácalo pronto, por el amor de Dios, y ten cuidado de que no nos sorprendan... ¿no hay manera de echarle el cerrojo a la puerta? Encontré efectivamente en el saco de viaje una fotografía de Catalina Nicolaievna, en un marco ovalado. La cogió, la llevó a la luz y pronto empezaron a correr lágrimas por sus mejillas flacas y amarillentas: C'est un angel, c'est un ange du ciel!  exclamó . Toda mi vida he sido culpable ante ella... ¡Y ahora también! Chère enfant, no creo en nada, ¡en nada! Amigo mío, dime: ¿es posible que se me quiera encerrar en un manicomio? Je dis des choses charmantes et tout le monde rit... ¿y éste es el hombre al que van a enviar a un manicomio? ¡Es imposible!  exclamé . Es un error, yo conozco los sentimientos de ella. ¿También tú conoces sus sentimientos? ¡Pues bien, tanto mejor! Amigo mío, me has resucitado. ¿Qué es lo que no me han dicho de ti? ¡Llama aquí a Katia, amigo mío, y que las dos se abracen delánte de mí, las llevaré a casa, y pendremos al casero de patitas en la calle! Se levantó, juntó las manos y de pronto se puso de rodillas delante de mí. Cher  me susurró, con un miedo insensato, temblando como una hoja , amigo mío, dime toda la verdad: ¿dónde me van a encerrar ahora? ¡Cielo santo!  exclamé, levantándolo y sentándolo en la cama , ¡tampoco a mí me cree usted! ¿Cree que yo también formo parte de la confabulación? ¡Pero yo no permitiré a nadie aquí que le toque con un dedo! C'est ça, no lo permitas!  balbuceó apretándome fuertemente los codos con sus manos y sin dejar de temblar. ¡No me entregues a nadie! Y tú mismo, no me mientas... porque... ¿es posible que me saquen de aquí? Escucha, ese casero, Hippolito, o bien... ¿cómo lo llaman?, ¿no es... doctor? ¿Qué doctor? ¿Y esto... no es un manicomio, esto, esta habitación? Pero en aquel instante, repentindmente, la puerta se abrió y entró Ana Andreievna. Sin duda había estado escuchando a la puerta y, no resistiendo más, había abierto demasiado bruscamente: el príncipe, que se estremecía al menor ruido, lanzó un grito y escondió la cabeza en la almohada. Tuvo por fin una especie de ataque, que se resolvió en sollozos. ¡He aquí el fruto de su hermoso trabajo!  le dije señalándole al anciano. ¡No, es el fruto del trabajo de usted!  dijo ella elevando la voz . Por última vez, me dirijo a usted, Arcadio Makarovitch: ¿quiere usted revelar la intriga infernal urdida contra este anciano sin defensa y sacrificar «sus sueños de amor insensatos a infantiles» para salvar a su propia hermana? Os salvaré a todos, pero solamente como le he dicho a usted hace un momento. Doy un salto, y dentro de una hora quizá, Catalina Nicolaievna en persona estará aquí. Yo reconciliaré a todo el mundo y todo el mundo será feliz  exclamé, casi inspirado. ¡Tráela aquí, tráela aquí!  dijo el príncipe, por fin vuelto en sí . ¡Llevadle junto a ella! ¡Quiero estar con Katia, quiero ver a Katia y bendecirla!  exclamaba él levantando los brazos y echándose abajo de la cama. Ya ve usted  dije mostrándoselo a Ana Andreievna , ya oye lo que dice: ahora, de todas maneras, ningún «documento» podrá salvarla a usted. Ya lo veo, pero todavía podría servir para justificar mi conducta a los ojos del mundo, mientras que ahora me veo deshonrada. ¡Basta!, mi conciencia está tranquila. Me veo abandonada por todos, incluso por mi propio hermano, que ha temido un fracaso... Pero cumpliré mi deber y me quedaré junto a este desgraciado, ¡para servirle de criada, de enfermera! Pero no había tiempo que perder, y salí de la habitación: ¡Volveré dentro de una hora y no volveré solo!  grité desde el umbral. CAPÍTULO XII I ¡Por fin, encontré a Tatiana Pavlovna! De un tirón se lo conté todo, toda la historia del documento y todo lo que pasaba en mi casa, hasta el último detalle. Aunque ella comprendió el asunto perfectamente y pudo darse cuenta con dos palabras, la exposición nos ocupó, creo, una docena de minutos. Y o no sabía qué más hablar, decía toda la verdad y no me ruborizaba. Silenciosa a inmóvil, derecha como un poste, estaba sentada en su silla, apretados los labios, sin quítarme los ojos de encima, escuchándome con toda atención. Pero cuando acabé, de pronto dio un salto, tan precipitadamente, que también yo brinqué. ¡Ah, bribón.! ¡Entonces, esa carta la llevabas verdaderamenté cosida encima, y fue la imbécil de María Ivanovna quien te la cosió! ¡Ah, canalla, sinvergüenza! ¡Entonces, para eso venías aquí, para domar los corazones, para conquistar el gran mundo, para vengarte, no importa contra quién, por ser un bastardo! ¡Tatiana Pavlovna  exclamé , le prohibo que me injurie! Quizás ha sido usted, con sus injurias, desde el principio, la causa del encarnizamiento que he mostrado aquí. Sí, soy bastado y acaso haya querido en efecto vengarme de ser un bastardo, y quizás en efecto me he querido vengar en no importa quién, puesto que ni el mismo diablo podría descubrir al culpable; pero acuérdese usted de que he repudiado mi alianza con los pillos y he vencido mis pasiones. Soltaré sin decir nada el documento delante de ella y me iré, sin esperar siquiera a que me diga una palabra; usted será testigo. ¡Dame esa carta, dámela inmediatamente, ponla aquí en la mesa! ¿Quién sabe si estás mintiendo? La llevo cosida al bolsillo; fue María Ivanovna en persona quien me la cosió; y aquí, cuando me hicieron un redinjote nuevo, la saqué del vicio y la cosí yo mismo en éste; aquí está, mire, palpe, no miento. ¡Pues bien, dámela, sácala!  se emperraba Tatiana Pavlovna. Por nada en el mundo, se lo repito. La depositaré delante de ella en presencia de usted, y me iré sin esperar una sola palabra. Pero es preciso que ella sepa y que vea con sus propios ojos que soy yo, yo mismo, quien se la devuelve, voluntariamente, sin coacción y sin recompensa. Para lucirte otra vez, ¿verdad? ¿Sigues estando enamorado? Diga usted todas las maldades que quiera. Está bien, me las he merecido y no me ofendo. Ella me tomará tal vez por. un jovencito que la ha espiado y que se ha imaginado una conspiración, ¡sea!, pero que confiese que me he domado a mí mismo, que he puesto su felicidad por encima de todo en el mundo. Es igual, Tatiana Pavlovna, es igual. Me grito a mí mismo: ¡valor y esperanza! Es tal vez mi primer paso en la carrera, sí, pero ha acabado bien, ha acabado noblemente. Además, sí la quiero  continué, inspirado y con los ojos brillantes , no me avergüenzo de eso: mamá es un ángel del cielo, y ella, ¡ella es una reina en la tierra! Versilov volverá a mamá, y delante de ella yo no tengo por qué avergonzarme; he oído lo que decían ella y Versilov, yo estaba detrás de la cortina... ¡Oh, sí!, los tres, los tres somos «gente de la misma locura». ¿Sabe usted de quién es esta frase: «gente de la misma locura»? ¡Es de él, de Andrés Petrovitch! ¿Y sabe usted que quizá somos aquí más de tres los que tenemos esta misma locura? ¡Sí, me apuesto algo a que usted es la cuarta! ¿Quiere que se lo diga?: me apuesto algo a que usted ha estado enamorada toda la vida de Andrés Petrovitch y que continúa estándolo, incluso ahora... Lo repito, yo estaba como inspirado y dichoso, pero no tuve tiempo de acabar: de pronto, con un ademán extraordinariamente rápido, me agarró por los cabellos y me tiró por dos veces con toda su fuerza hacia atrás... En seguida me soltó y se retiró a un rincón, la cara contra la pared y oculta en su pañuelo: ¡Sinvergüenza' ¡No me digas esas cosas!  exclamó llorando. Era algo tan inesperado, que naturalmente me quedé estupefacto. Me quedé clavado en el sitio, mirándola, sin saber qué hacer. ¡Uf, el imbécil! ¡Ven aquí, ven a besar a tu vieja idiota!  dijo de pronto, riendo y llorando . ¡Y no repitas nunca esas cosas... ! ¡A ti, a ti te quiero, y, toda mi vida te he querido...! ¡Idiota! La besé. Diré entre paréntesis que, a partir de ese momento, Tatiana Pavlovna y yo siempre hemos sido buenos amigos. ¡Pues sí! Pero, ¿qué es lo que hago aquí?  exclamó de pronto, dándose una palmada en la frente. ¿Qué me dices, que el viejo príncipe está en tu casa? ¿Es verdad eso? Se lo aseguro. ¡Ah, Dios mío! ¡Se me va a parar el corazón!  se puso a dar vueltas y a bullir por la habitación . ¡Y así es cómo lo tratan! ¡Dos idiotas nunca son castigados! ¿Y desde por la mañana? ¡Vaya con la Ana Andreievna! ¡Miren la monjita! ¡Y la otra, la Militrissa (148), no sabe nada! ¿Qué Militrissa? ¡Pues la reina de la tierra, el ideal, qué sé yo! ¿Y qué vamos a hacer ahora? ¡Tatiana Pavlovna!  exclamé recobrando mi presencia de espíritu ; hemos estado diciendo tonterías y nos hemos olvidado de lo principal: he venido a buscar a Catalina Nicolaievna, y me esperan allá. Y le expliqué que entregaría el documento a condición de que ella me prometiera hacer inmediatamente la paz con Ana Andreievna y consentir incluso en su casamiento... Eso está muy bien  interrumpió Tatiana Pav1ovna , yo misma se lo he repetido infinidad de veces. De todas maneras, él se morirá antes del casamiento, no se casará con ella y, si le deja a Ana dinero en su testamento, de todas formas el mal estaría hecho... ¿Es que Catalina Nicolaievna lo único que siente es el dinero? No, ella siempre temía que el documento estuviese en poder de la otra, de Ana, y yo también temía lo mismo. Era ella a quien vigilábamos. La hija no tenía ningún deseo de separarse del viejo, pero era el alemán, Bioring, quien es cierto que sólo se preocupa del dinero. ¿Y después de eso puede ella casarse con Bioring? ¿Y qué quieres tú hacer con una idiota? Cuando se es idiota, se lo es para toda la vida. Mira, él le proporcionará una especie de tranquilidad: «Hace falta casarse con alguien; pues bien, lo mismo da él que otro.» ¡Vamos!, verémos después cómo le sale la cosa. En seguida se tirará de los pelos, pero será demasiado tarde. Entonces, ¿por qué lo permite usted? Usted sin embargo la quiere. Usted le ha dicho en su cara que estaba enamorada de ella. Enamorada, sí, y la quiero más que todos ustedes juntos... Lo cual no impide que ella sea una soberana idiota. Entonces, corra a su casa inmediatamente, tomaremos una decisión y la llevaremos junto a su padre. ¡Pero es imposible, imposible, tontito! ¡Eso es lo que es precisamente imposible! ¡Ay!, ¿qué hacer? ¡Ah!, la cabeza me da vueltas.  Y se agitó de nuevo, pero echando esta vez mano de una esclavina . ¡Ah! , si hubieses venido cuatro horas antes. Ahora son ya más de las siete, ha ido a cenar a casa de los Pelitchev, para ir en seguida con ellos a la ópera. ¡Dios mío!, ¿y si corriésemos nosotros a la ópera? Pero no, es imposible... Pero, ¿qué va a ser del viejo? ¡Tal vez se morirá esta noche! Escúchame, no vayas allí, ve a casa de mamá, pasa a11í la noche, y mañana temprano... No, por nada en el mundo abandonaré al viejo, pase lo que pase. Tienes razón, no lo abandones. Pero yo, mira... a pesar de todo yo correré a su casa y le dejaré una notita... Mira, le escribiré a nuestro modo (ella comprenderá) que el documento está aquí y que mañana, a las diez en punto de la mañana, debe estar en mi casa sin falta. Tranquilízate, ella vendrá, me escuchará. Y de un solo golpe to arreglaremos todo. Tú, corre a11á abajo y arréglatelas con el viejo... acuéstalo, tal vez resista hasta por la mañana. No asustes tampoco a Ana; también a ella la quiero; eres injusto con ella porque no puedes comprender: ella está ofendida, ha estado ofendida desde su más tierna infancia; ¡ah, la de cosas que me habéis hecho ver entre todos! Pero no lo olvides, dile de mi parte que yo en persona me encargo de todo y de todo corazón, que esté tranquila, que su urgullo no tendrá que sufrir... Y es que estos días nos hemos peleado, nos hemos dicho verdaderas injurias. Vamos, vete ya... Espera, enséñame otra vez el bolsillo... ¿es verdad, completamente verdad? Bueno, ¿es verdad? Entonces, dámela, dame esa carta, por lo menos por esta noche, ¿qué te importa eso? Déjamela, no me la voy a comer. Por manos del diablo, podrías perderla esta noche... cambiar de opinión. ¡Por nada en el mundo!  exclamé . ¡Tenga, palpe, mire! ¡Pero por nada en el mundo se la dejaré! ¡Bien veo que hay un papel!  palpaba con los dedos . Bueno, está bien; vete y quizá yo me alargue hasta el teatro, es una buena idea que has tenido. Pero, ¡corre, vete ya! ¡Tatiana Pav1ovna, un momento! ¿Y mamá? Está bien. ¿Y Andrés Petrovitch? Ella hizo un gesto evasivo. Recobrará el juicio. Me marché, animado, lleno de esperanza, aunque el resultado hubiese sido muy distinto del que yo esperaba. Pero, ¡ay!, la suerte había decidido otra cosa muy diferente, y yo no sabía to que me tenía preparado: verdad es que hay un destino en esta tierra. II Desde la escalera oí ruido en mi casa. La puerta del apartamiento se encontraba abierta. En el pasillo estaba un criado desconocido, vestido de librea. Pedro Hippolitovitch y su mujer, aterrados los dos, estaban también en el pasillo, en actitud de espera. La puerta del príncipe estaba abierta: en el interior resonaba una voz atronadora que reconocí inmediatamente como la de Bioring. No había dado yo dos pasos, cuando vi de repente al príncipe, todo deshecho en lágrimas, tembloroso, arrastrado por el pasillo por Bioring y su compañero, el barón R., el mismo que había ido a negociar con Versilov. El príncipe sollozaba, abrazaba y besaba a Bioring. Bioring gritaba contra Ana Andreievna que había, ella también, salido ai pasillo en seguimiento del príncipe: Bioring la amenazaba y, creo, pataleaba rabioso: en una palabra, se conducía como grosero soldado alemán, a pesar de todo «su gran mundo». Más tarde se supo que se le había ocurrido la idea de que Ana Andreievna había cometido un crimen de derecho común y debía ahora responder de su conducta ante la justicia. Por ignorancia del asunto, lo exageraba, como les pasa a muchos, y por eso se juzgaba con derecho para obrar absolutamente sin miramientos. Sobre todo, no había tenido tiempo de profundizar en el caso: lo habían avisado de todo anónimamente, como se descubrió luego (y como mencionaré a continuación), y había acudido en ese estado de señor enfurecido en el que, incluso los individuos más espirituales de esa nacionalidad, sc encuentran dispuestos a veces a comportarse como traperos. Ana Andreievna había acogido todo aquel asalto con una perfecta dignidad, pero yo no fui testigo. Vi solamente que, después de haber arrastrado al anciano por el pasillo, Bioring lo dejó de pronto entre las manos del barón R. y volviéndose precipitadamente hacia Ana Andreievna, le lanzó, probablemente en respuesta a alguna observación de ella: Es usted una intrigante. Lo que usted quiere es su dinero. A partir de este momento, está usted deshonrada en el mundo y responderá ante la justicia... Es usted quien explota a un pobre enfermo y lo ha llevado a la locura... Grita usted contra mí porque soy una mujer y no tengo a nadie que me defienda... ¡Ah, sí!, usted es su novia, su novia  se echó a reír malvada y rabiosamente Bioring. Barón, barón... Chère enfant, je vous aime  sollozó el príncipe tendiendo las manos hacia Ana Andreievna. Vamos, príncipe, vamos, hay una conspiración contra usted, y tal vez contra su vida  exclamó Bioring. Oui, oui, je comprends, j'ai compris au commencement... Príncipe  dijo Ana Andreievna, alzando la voz , me ofende usted y permite que me ofendan. ¡Fuera de aquí!  le gritó de pronto Bioring. No pude sufrirlo. ¡Canalla!  grité . Ana Andreievna, ¡yo soy su defensor! No tengo ni la intención, ni la posibilidad, de anotar todos los detalles. Fue una éscena espantosá a innoble. Perdí de repente la razón. Creo que me lancé sobre él y que le golpeé: al menos, lo empujé fuertemente. Él me golpeó también con toda su fuerza, en la cabeza, tan fuerte, que caí al suelo. Vuelto en mí, me lancé en su persecución por la escalera; recuerdo que la sangre me salía por la nariz. Ante la puerta los esperaba un coche. Mientras se instalaba al príncipe, salté al coche y, a pesar del lacayo que me apartaba, me arrojé de nuevo sobre Bioring. Ya no recuerdo cómo llegó la policía. Bioring me cogió por el cuello y ordenó imperiosamente al agente que me condujera a la comisaría. Grité que él debía ir también, para que se extendiera un proceso verbal, y que no había derecho para arrestarme casi a la puerta de mi casa. Pero, como esto pasaba en la calle y no en mi apartamiento, y como yo gritaba, juraba y me debatía como un borracho, y Bioring estaba de uniforme, el agente me llevó conducido. Pero entonces me enfurecí por completo y, resistiendo con todas mis fuerzas, golpeé, creo recordar, al agente. Luego, lo recuerdo, llegaron dos que me condujeron. Me acuerdo apenas de cómo se me introdujo en una habitación llena de humo, apestada de tabaco, en la que una multitud de individuos de todas clases, sentados o de pie, esperaban o escribían; allí también continué gritando: reclamé el proceso verbal. El asunto se complicó con resistencia y desacato a la autoridad. Por otra parte, mis vestidos estaban demasiado en desorden. De pronto alguien gritó algo contra mí. El agente mientras tanto me acusaba de pelea y hacía su informe: un coronel... ¿Su nombre?  me gritaron. Dolgoruki  chillé. ¿Príncipe Dolgoruki? Fuera de mí, respondí con insultos muy bajos, luego... luego, recuerdo que me llevaron a un cuartito negro, «hasta que me refrescara». ¡Oh!, no protesto. Todo el mundo ha leído recientemente en los periódicos la queja de un señor que pasó una noche entera en la comisaría, encadenado en la «habitación de los borrachos», y éste, en mi opinión, era completamente inocente; yo, por el contrario, era culpable. Me tendí en un dormitorio común, en compañía de dos individuos que dormían con un sueño de cadáveres. Me dolía la cabeza, me latían las sienes, me galopaba el corazón. Sin duda había perdido el conocimiento y deliraba. Me acuerdo únicamente de que me desperté en plena noche y me senté en el camastro. Bruscamente me acordé de todo, lo comprendí todo y, con los codos sobre las rodillas y la cabeza entre las manos, me sumergí en una profunda meditación. ¡Oh!, no voy a describir aquí mis sentimientos, no tengo tiempo para eso; anotaré solamente esto: quizá no he vivido nunca instantes más gozosos que aquellos minutos de meditación, en la noche profunda, en el camastro, en la comisaría. Esto puede parecerle raro al lector, como una fanfarronada, un deseo de brillar por mi originalidad, y sin embargo es como digo. Fue uno de esos instantes que llegan tal vez a todos los hombres, pero no más de una vez en la vida. En ese instante se decide su suerte, se fijan sus opiniones, se dice de una vez para siempre: «He ahí donde está la verdad y adonde hay que ir para encontrarla.» Sí, ese instante iluminó mi alma. Ofendido por aquel desvergonzado Bioring y contando con ser ofendido el día siguiente por aquella mujer del gran mundo, yo sabía muy bien que podía tomarme una terrible venganza, pero resolví no vengarme. Resolví, a pesar de la tentación, no revelar la existencia del documento, no hacer que el mundo lo conociera (como la idea se agitaba ya en mi cerebro); me repetía que al día siguiente colocaría aquella carta delante de ella y que, si era preciso, en lugar de agradecimiento, recibiría su sonrisa burlona, pero que, a pesar de todo, no diría una sola palabra y la abandonaría para siempre... Pero es inútil insistir. En cuanto lo que sucedería al día siguiente cuando se me hiciera comparecer ante las autoridades y lo que harían conmigo, casi se me olvidó pensar en ello. Me santigüé con amor, me acosté en el camastro y me dormí con un limpio sueño de niño. Me desperté tarde, cuando ya era de día. Estaba ahora solo en el cuarto. Me. senté y me puse a esperar en silencio, mucho tiempo, cerca de una hora; eran sin duda las nueve poco más o menos cuando me llamaron de pronto. Habría podido entrar en muchos más detalles, pero eso no vale la pena, puesto que toda esta historia está ya pasada; me bastará con decir lo esencial. Haré constar solamente que, para gran asombro mío, se me trató con una cortesía inusitada: me hicieron unas cuantas preguntas, respondí no sé qué y me soltaron inmediatamente. Salí en silencio y leí con satisfacción en sus ojos un cierto respeto hacia un hombre que, en una situación semejante, había sabido no perder nada de su dignidad. Si yo no lo hubiese notado, no lo haría constar aquí. Delante de la puerta me aguardaba Tatiana Pavlovna. Explicaré en dos palabras por qué había salido tan bien librado. Muy temprano, quizás a eso de las ocho, Tatiana Pavlovna había ido a mi casa, es decir, a casa de Pedro Hippolitovitch, esperando encontrar todavía allí al príncipe, y de pronto se había enterado de todos los horrores de la víspera y sobre todo de que yo estaba detenido. En un santiamén se plantó en casa de Catalina Nicolaievna (que ya, la víspera, al regreso del teatro, había tenido una entrevista con su padre, que acababan de traerle), la despertó, le metió miedo y exigió mi liberación inmediata. Provista con una carta que le facilitó, corrió en seguida a casa de Bioring y exigió inmediatamente de él otra nota para la persona competente, con el ruego de aponerme en libertad sin demora, ya que había sido detenido por error». Con esa nota, llegó al puesto de policía y su ruego fue atendido. III Retorno ahora al punto esencial. Tatiana Pavlovna me agarró por el brazo, me metió en el coche y me llevó a su casa. A11í mandó preparar inmediatamente un samovar, me lavé y me arreglé en su cocina. En esa misma cocina, me dijo en voz alta que a las once y media Catalina Nicolaievna vendría a su casa, según habían quedado de acuerdo momentos antes, para verme. Entonces fue cuando María escuchó esas palabras. Un minuto después trajo el samovar, y dos minutos más tarde, cuando Tatiana Pavlovna la llamó de pronto, no respondió: había salido. Ruego al lector que lo tenga en cuenta; eran entoñces, supongo, las diez menos cuarto. Tatiana Pavlovna se enfadó por el hecho de que hubiera desaparecido sin su permiso; pero se dijo solamente que habría ido a la tienda y no perisó más en aquello. Teníamos otra cosa en qué pensar; hablábamos sin parar, porque había de qué, de forma que yo, por ejemplo, no noté, por así decirlo, la desaparición de María; le ruego al lector que se acuerde también de esto. Ni que decir tiene que yo estaba como aturdido; exponía mis sentimientos, y sobre todo aguardábamos a Catalina Nicolaievná, y la idea de que dentro de una hora iba a encontrarme por fin con ella, y además en un instante tan decisivo de mi vida, me daba temblores. En fin, después que me hube tómado dos tazas, Tatiana Pav1ovna se levantó bruscarnente, cogió las tijeras que estaban sobre la mesa y dijo: Acerca el bolsillo: hay que sacar la carta. ¡No vamos a andar cortando delante de ella! ¡Sí!  exclamé, desabrochándome mi redingote. ¡Qué chapucería! ¿Quién ha cosido esto? He sido yo, Tatiana Pavlovna, yo mismo. Ya se ve que has sido tú. Vamos... Sacamos la carta; el viejo sobre seguía siendo el mismo, pero dentro no había más que un papel blanco. ¿Qué quiere decir esto?  exclamó Tatiana Pavlovna dándole vueltas en todos los sentidos . ¿Qué te pasa? Yo estaba en pie, con la lengua paralizada, lívido... y de pronto me dejé caer sin fuerzas sobre la silla; estuve a punto de perder el conocimiento. ¿Qué quiere decir todo esto?  gritó Tatiana Pav1ovna . ¿Dónde está la carta? ¡Lambert!  exclamé de repente, dando un brinco. Había adivinado por fin y me daba puñadas en la frente. A toda prisa, sin aliento, se lo expliqué todo, tanto la noche pasada en casa de Lambert como nuestra conspiración de entonces; por lo demás ya le había confesado aquella conspiración la víspera. ¡Me la han robado! ¡Me la han robado!  gritaba yo pataleando y mesándome los cabellos. ¡Qué desgracia!  dijo de pronto Tatiana Pavlovna, comprendiendo de lo que se trataba . ¿Qué hora es? Eran cerca de las once. Y María que no está aquí. ¡María, María! ¿Qué desea la señora?  respondió de pronto Matía desde el fondo de la cocina. ¿Estás ahí? Pero ¿qué hacer ahora? Voy a ir en un salto a su casa... ¿Y tú, idiota, idiota! ¡Yo voy a casa de Lambert!  aullé , ¡y lo estrangularé si es necesario! ¡Señora!  dijo de pronto María desde su cocina , hay aquí una persona que quiere verla.. No había terminado su frase cuando la «persona» hizo irrupción por su cuenta, con gritos y lamentos. Era Alphonsine. No describiré la escena en todos sus detalles; realmente era una escena teatral: engaño y mentira, pero hay que hacer notar que Alphonsine la representó a las mil maravillas.Con llantos de arrepent¡m¡ento y gestos frenéticos, contó (en francés, naturalmente) que la carta había sido ella quien la había robado, que la tenía ahora Lambert y que Lambert, de acuerdo con aquel «bandido», cet homme noir, quería atraer a su casa a madarne la générale y matarla, inmediatamente, dentro de una hora... que ella se había enterado de todo por boca de los dos y que se había sentido presa de un miedo terrible, al ver que tenían en las manos una pistola, un pistolet, y que había corrido aquí, a nuestra casa, para que fuéramos a11í, para que la salváramos, para que la avisáramos... Cet homme noir... En resumen, todo aquello era extremadamente verosímil, e incluso la estupidez de ciertas explicaciones de Alphonsine aumentaba la verosimilitud. ¿Qué homme noir?  gritó Tatiana Pavlovna. Tiens, j'ai oublié son nom... Un homme affreux... Tiens, Versiloff . ¡Versilov, es imposible! .  exclamé. ¡Pues no, es muy capaz!  gritó Tatiana Pavlovna . Pero dime, jovencita, sin dar saltos, sin mover los brazos, ¿qué es lo que ellos quieren hacer? Explicate razonablemente: no puedo creer que quieran tirar sobre ella... La «jovencita» explicó lo que sigue (nota: todo esto no era más que mentira, lo advierto una vez más): Versilov se quedará detrás de la puerta, y Lambert, en cuanto ella entre, le mostrará cette lettre, y entonces Versilov saltará, y ellos... Oh!, ils feront leur vengance! Y ella, Alphonsine, teme una desgracia, porqué ha sido cómplice y cette dame, la générale, vendrá seguramente, «en seguida, en seguida» , porque ellos le han enviado copia de la carta y ella verá inmediatamente que ellos son verdaderamente los detentadores del original, por tanto ella vendrá; pero es Lambert sólo quien le ha escrito la carta; ella no sabe nada de Versilov; Lambent se ha presentado como una persona llegada de Moscú de parte d’une dame de Moscou (nota: ¡Maria Ivanovna! ). ¡Ah!, me duele el corazón. ¡Me encuentro mal!exclamó Tatiana Pavlovna. Sauvexla, suuvexla!  gritó Alphonsine. Ciertamente, incluso a primera vista, había en esta noticia insensata algo incoherente, pero no había tiempo de reflexionar en eso, porque en efecto todo era horriblemente verosímil. Hasta se podia suponer, con mucha verosimilitud, que Catalina Nicolaievna, habiendo recibido la invitación de Lambert, pasaría primero por nuestra casa, por casa de Tatiana Pavlovna, para aclarar la cosa; pero esto también podia muy bien no suceder, ¡y ella podia ir directamente a casa de ellos, y entonces estaba perdida! Era sin embargo difícil creer que se lanzara así a casa de un desconocido como Lambert, a la primera llamada de éste; pero de todas formas eso también podia suceder, por ejemplo después de haber visto la copia y haberse convencido de que su carta estaba realmente en casa de ellos, y entonces sería una catástrofe. Y sobre todo, no nos quedaba ni un minuto que perder, ni para reflexionar. ¡Y Versilov la estrangulará! ¡Si ha llegado hasta a confabularse con Lambert, seguramente la estrangulará! ¡Es el doble!  exclamé yo. ¡Ah, ese «doble»!  dijo Tatiana Pavlovna retorciéndose las manos . Vamos, no hay nada que hacer  decidió de pronto ; coge tu gorro y tu pelliza y vámonos juntos. Condúcenos, jovencita. ¡Ah, qué lejos está! Maria, Maria, si Catalina Nicolaievna viene, dile que vuelvo en seguida, que se siente y que me espere, y, si no quiere esperarme, cierra la puerta con llave y retenla a la fuerza, dile que soy yo quien lo manda. Habrá cien rublos para ti, Maria, si me haces este servicio. Nos lanzamos por la escalera. Sin ninguna duda, no había nada mejor que hacer, porque en todo caso el mal principal residía en casa de Lambert y, si Catalina Nicolaievná venía en efecto primero a casa de Tatiana Pavlovna, Maria podría retenerla. Sin embargo, Tatiana Pavlovna, que ya había llamado a un cochero, cambió de pronto de parecer: ¡Ve con ella!  me ordenó, dejándome con Alphonsine . Y muere si es preciso, ¿comprendes? Yo iré a buscarte, pero antes ire en un salto a casa de ella, quizá la encuentte allí, porque, ¡por mucho que digas, tengo sospechas! Y voló a casa de Catalina Nicolaievna. Alphonsine y yo corrimos a casa de Lambert. Le di prisa al cochero y al mismo tiempo continué haciéndole preguntas a Alphonsine, pero ésta no respondía más que con exclamaciones y finalmente con lágrimas. Pero Dios velaba y nos protegió a todos, en el momento en que todo estaba colgado de un hilo. No habíamos hecho ni la cuarta parte del camino, cuando de repente oí un grito a mis espaldas: me llamaban por mi nombre. Me volví: era Trichatov, que nos alcanzaba en coche. ¿Adónde va usted?  gritaba con aire espantado . ¡Y con ella, con Alphonsine! ¡Trichatov!  le grité . ¡Tuvo usted razón: una desgracia! ¡Voy a casa de ese canalla de Lambert! ¡Vayamos juntos, así habrá más gente! ¡Vuelva, vuelva inmediatamente!  gritó Trichatov Lambert miente y Alphonsine miente también. Me envía el picado de viruelas. Ellos no están en casa: acabo de encontrarme con Versilov y Lambert; han ido a casa de Tatiana Pavlovna... están ya a11í... Detuve el coche y salté al de Tricnatov. No comprendo cómo pude tomar tan de repente esa decisión, pero de repente lo creí y de repente me decidí. Alphonsine lanzó gritos terribles, pero nosotros la dejamos a ignoro si nos siguió o si volvió a su casa; en todo caso no la volví a ver. En el coche, Trichatov me contó, mal que bien y jadeando, que había montada toda una trampa, que Lambert se había puesto de acuerdo con el picado de viruelas, pero que éste lo había traicionado en el último minuto y acababa de enviarlo a él, a Trichatov, a casa de Tatiana Pavlovna, para advertirla que no creyese a Lambert ni a Alphonsine. Añadió que él no sabía nada más, porque el picado de viruelas no le había dicho otra cosa; no había tenido tiempo, porque por su parte tenía prisa y todo aquello era urgente. «He visto  continuó Trichatov  como usted salía y he corrido detrás. » Era evidente que aquel picado de viruelas ebtaba enterado también de todo, puesto que había enviado a Trichatov directamente a casa de Tatiana Pavlovna; pero aquello constituía un nuevo enigma. Para que no haya ccmfusión en las ideas, antes de describir la catástrofe, explicaré toda la verdad auténtica y anticiparé una vez más. IV Después de haber robado la carta, Lambert se había puesto en contacto con Versilov. El cómo Versilov había podido ponerse de, acuerdo con Lambert, no lo diré todavía; eso llegará más tarde; en todo caso era siempre «el doble». Pero, una vez aliado con Versilov, Lambert tenía que atraer lo más diestramente posible a Catalina Nicolaievna. Versilov le decía rotundamente que ella no acudiría. Pero, después que, la antevíspera por la tarde, se había encontrado conmigo en la calle y, para jactarme, le había declarado que restituiría la carta en casa de Tatiana Pavlovna y en presencia de Tatiana Pavlovna, Lambert, desde aquel mismo instante había organizado una especie de vigilancia sobre el apartamiento de Tatiana Pav1ovna: había comprado a María. Le había dado veinte rublos; a continuación, al día siguiente, una vez realizado el robo, le había hecho una segunda visita y entonces se había puesto de acuerdo definitivamente con ella, prometiéndole por sus servicios doscientos rublos. He ahí por qué María, en cuanto oyó que a las once y media Catalina Nicolaievna estaría en casa de Tatiana Pavlovna y que yo estaría también, había salido inmediatamente de la casa y corrido en coche a llevarle la noticia a Lambert. Eso era precisamente lo que ella tenía que comunicarle a Lambert, en eso consistían sus servicios. Justamente Versilov se encontraba en aquel momento en casa de Lambert. En un abrir y cerrar de ojos imaginó aquella infernal combinación. Se dice que los locos tienen sus momentos de horrible lucidez. La combinación consistía en atraernos a los dos, a Tatiana y a mí, fuera de la casa de aquélla a toda costa, aunque se tratase sólo de un cuarto de hora, pero antes de la llegada de Catalina Nicolaievna. En seguida, esperar en la calle y, en cuanto Tatiana Pavlovna y yo saliéramos, penetrar en el apartamiento que María les abriría, y esperar a11í a Catalina Nicolaievna. Durante ese tiempo, Alphonsíne debía retenernos con todas sus fuerzas donde quisiera y como quisiera. Ahora bien, Catalina Nicolaievna debía llegar, como lo había prometido, a las once y media, por consiguiente mucho antes de que nosotros pudiésemos estar de vuelta. (Naturalmente, Catalina Nizolaievna no había recibido la menor invitación de Lambert, y Alphonsine había mentido: toda esa historia, era Versilov quien la había inventado en todos sus detalles; Alphonsine representaba solamente el papel del traidor asustado.) Evidentemente, corrían un riesgo, pero el razonamiento era acertado: «Si eso da resultado, es perfecto; si no, tampoco se pierde nada puesto que tenemos el documento.» Pero la cosa dio resultado y no podía dejar de darlo, puesto que nosotros no teníamos más remedio que correr en seguimiento de Alphonsine, en virtud de esta sola suposición: « ¡Y si fuera verdad! » Lo repito: no teníamos tiempo para razonar. V Hicimos irrupción, Trichatov y yo, en la cocina, y encontramos a María presa de terror. Se había quedado espantada cuando, al hacer entrar a Lambert y Versilov, vio de pronto en manos del primero un revólver. Desde luego, había aceptado el dinero, pero lo del revólver no entraba en sus cálculos. Estaba perpleja, y, en cuanto me vio, se lanzó a mí: ¡Ha venido la generala, y ellos tienen una pistola! Trichatov, quédese usted aquí en la cocina  ordené . En cuanto grite, acuda en mi ayuda con toda su fuerza. María me abrió la puerta del pasillo y me deslicé en la habitación de Tatiana Pavlovna, aquel cuartito donde no había sitio más que para 1a cama de Tatiana Pavlovna, y donde yo una vez había escuchado por casualidad una conversación. Me senté en la cama y descubrí inmediatamente una rendija en la cortina. En la habitación había ya ruido, y se hablaba en voz alta; haré observar que Catalina Nicolaievna había entrado exactamente un minuto después que ellos. Aquel ruido y esas conversaciones yo los había oído ya desde la cocina; los gritos procedían . de Lambert. Ella estaba sentada en el diván, y él, plantado delante de ella, gritaba como un idiota. Ahora ya sé por qué habia perdido tan estupidamente su sangre fría: tenía prisa, temía que los sorprendieran; más tarde explicaré quién era la persona a la que temía. Tenía la carta en la mano. Pero Versilov no estaba en la habitación; yo me preparaba a saltar al primer asomo de peligro. Registro únicamente el sentido de las conversaciones; hay quizá muchas cosas que no recuerdo bien, pero yo estaba entonces demasiado impresionado para retenerlo todo con la debida precisión. ¡Esta carta vale treinta mil rublos, y usted se asombra! ¡Vale cien mil y no pido más que treinta!  dijo Lambert en alta voz y acalorándose terriblemente. Catalina Nicolaievna, aunque visiblemente asustada, lo miraba con una sorpresa desdeñosa. -Veo que es una trampa, y no comprendo nada de esto  dijo , pero si es verdad que tiene usted esa carta... ¡Tenga, hela aquí, mírela, mírela! ¿No es ésta? ¡Un billete de treinta mil, ni un copec menos!  la interrumpió Lambert. No llevo dinero encima. Escriba usted un pagaré, he aquí papel. En seguida irá usted a buscar el dinero, y esperaré, pero no más de una semana. Cuando traiga usted el dinero le devolveré el pagaré con la carta. Me habla usted con un tono muy raro. Está equivocado. Hoy mismo le quitarán ese documento, si presento denuncia. ¿A quién? ¡Ah, ah! ¿Y el escándalo? ¿Y la carta que le enseñaremos al príncipe? ¿Dónde me la van a coger? No guardo documentos en mi casa. Haré que se la enseñe al príncipe una tercera persona. No se obstine, señora, déme las gracias por pedir tan poco, otro cualquiera en mi lugar pediría además determinados servicios... usted sabe cuáles... esos que ninguna mujer bonita rehúsa en un caso de apuro, esos mismos... ¡Ja, ja, ja! Vous êtes belle, vous! Catalina Nicolaievna no dio más que un salto, enrojeció de la cabeza a los pies... y le escupió a la cara. En seguida, se dirigió rápidamente hacia la puerta. Entonces aquel imbécil de Lambert sacó su revólver. Como idiota congénito que era, creía ciegamente en el efecto que produciría el documento, es decir, que no había considerado con quién tenía que habérselas, justamente porque, como ya he dicho, suponía en todo el mundo los mismos sentimientos innobles que él tenía por su parte. Desde las primeras palabras la había irritado con su grosería, siendo así que ella tal vez no hubiese rehusado una transacción financiera. ¡No se mueva!  aulló él, todo furioso por el salivazo, cogiéndola por un hombro y enseñándole el revólver, evidentemente para meterle miedo. Ella lanzó un grito y se dejó caer en el diván. Yo me lancé hacia la habitación; pero, en aquel mismo instante, por la puerta del pasillo entró Versilov. (Estaba a11í esperando.) Apenas había tenido yo tiempo de lanzar una ojeada, cuando le arrancó el revólver a Lambert y con todas sus fuerzas le dio unos golpes en la cabeza. Lambert vaciló y cayó sin conocimiento; la sangre salía a raudales de su cráneo manchando la alfombra. Ella,. al divisar a Versilov, se puso de pronto pálida como una mortaja; lo miró algunos instantes fijamente, con un espanto indecible, y de pronto cayó desmayada. Se lanzó sobre ella. Todo eso, me parece verlo aún. Me acuerdo de haber visto con espanto el rostro rojo, casi carmesí, de Versilov, y sus ojos encarnizados. Creo que, aun viéndome y todo en la habitación, no me había reconocido. La cogió, inanimada, la levantó con una fuerza increíble, la tomó en sus brazos tan fácilmente como si fuera una pluma, y, con un aire insensato, se puso a pasearla por la habitación como a un niño. La habitación era minúscula, pero él erraba de un rincón a otro, sin comprender por qué obraba así. En el espacio de un instante, había perdido la razón. La miraba siempre, miraba su rostro. Yo corría detrás de él: me daba miedo sobre todo del revólver, que él se había olvidado en la mano derecha y que tenía pegado a la cabeza de ella. Pero me rechazó una vez con el codo, otra vez con el pie. Yo quería llamar a Trichatov, pero temía también irritar al loco. Por fin, corrí de golpe la cortina y le supliqué que la depositara en la cama. É1 se acercó y la soltó, pero se plantó delante de ella, la miró a los ojos un minuto, fijamente, y de improviso, agachándose, besó por dos veces sus labios pálidos. Comprendí por fin que estaba decididamente fuera de sí. De pronto blandió contra ella el revó1ver, pero, como si una idea se le hubiese ocurrido súbitamente, lo empuñó por la culata y le apuntó a la cabeza. Instantáneamente, con todas mis fuerzas, le cogí el brazo y llamé a Trichatov. Me acuerdo de que los dos luchamos contra él, pero que consiguió zafarse el brazo y tirar sobre sí mismo. Había querido matarla, y matarse a continuación. Pero, como nosotros le habíamos impedido que la matara, dirigió el revólver derechamente contra su propio corazón. Pero yo tuve tiempo de tirarle del brazo para arriba, y la bala se le alojó en el hombro. En áquel instante, un grito: ¡Tatiana Pav1ovna hizo irrupción! Pero él estaba ya tendido sobre la alfombra, sin conocimiento, al lado de Lambert. CAPÍTULO XIII CONCLUSION I Desde aquella escena, han pasado cerca de seis meses; mucha agua ha corrido bajo los puentes, muchas cosas han cambiado por completo y para mí ha empezado una vida nueva... Pero voy a liberar, también yo, al lector. Para mí al menos, la primera pregunta, tanto entonces como mucho tiempo después, fue ésta: ¿cómo pudo Versilov áliarse con un Lambert y qué meta tenía entonces a la vista? Poco a poco, llegué a una cierta explicación: a mi juicio, Versilov, en aquel momento, es decir, durante toda aquella última jornada y la víspera, no podía tener en absoluto ningún propósito firme e incluso, lo creo a pies juntillas, no razonaba en absoluto, sino que se encontraba bajo la influencia de no sé qué torbellino de sentimientos. Por lo demás, no admito en él verdadera locura, tanto más cuanto que tampoco hoy está loco en lo más mínimo. Pero la existencia del «doble», la admito sin vacilar. ¿Qué es en el fondo el doble? El doble, a lo menos según el libro de medicina de un experto que, más tarde, he leído expresamente, no es otra cosa sino el primer grado de un serio desarreglo mental que puede conducir a un final bastante lamentable. El mismo Versilov, cuando la escena en casa de mamá, nos había explicado, con una espantosa sinceridad, aquel «desdoblamiento» de sus sentimientos y de su voluntad. Pero, lo repito una vez más, aquella escena en casa de mamá, aquel icono roto, todo eso se produjo indiscutiblemente bajo el influjo de un verdadero doble, y sin embargo siempre me pareció desde entonces que a11í se mezclaba una cierta alegoría malévola, una especie de odio hacia la espera de las mujeres, una especie de maldad respecto a sus derechos y a su juicio, y fue entonces cuando, de acuerdo con el doble, rompió la imagen. Una manera de decir: « ¡Así quedará rota vuestra esperanza! » En una palabra, había el doble, había también una simple picada... Pero todo esto no es más que mi conjetura; es difícil de decidir a ciencia cierta. A pesar de su culto por Catalina Nicolaievna, él siempre había conservado una desconfianza sincera y profunda con respecto a sus cualidades morales. Creo que lo que él esperaba entonces, detrás de la puerta, era que ella se humillase delante de Lambert. Pero, aun esperándolo, ¿lo deseaba? Lo repito una vez más: creo firmemente que él no deseaba nada en absoluto y que ni siquiera razonaba. Tenía ganas simplemente de estar a11í, de lanzarse a continuación, de decirle no importa qué... quizá de ultrajarla, quizá también de matarla... En aquel momento, todo era posible; solamente que, al llegar con Lambert, él no sabía nada de to que iba a pasar. Añadiré que el revólver pertenecía a Lambert y que él, por su parte, había venido sin armas. Viendo la orgullosa dignidad de ella y, sobre todo, no pudiendo soportar la grosería de Lambert que la amenazaba, se lanzó, y fue entonces cuando perdió la razón. ¿Quería él tirar sobre ella en aquel momento? A mi entender, él mismo no sabía nada de aquello, pero seguramente habría tirado si nosotros no le hubiésemos sujetado el brazo. Su herida no era mortal. Se curó, pero después de estar mucho tiempo en cama, naturalmente en casa de mamá. Ahora que escribo estas líneas, estamos en primavera. Es a mediados de. mayo, el día es espléndido, y nuestras ventanas están abiertas. Mamá está sentada al lado de él, él le acaricia las mejillas y los cabellos y la mira a los ojos con enternecimiento. No es más que una mitad del Versilov de otros tiempos; ahora no deja nunca a mamá y ya no la dejará más. Incluso ha recibido « el don de lágrimas», según la expresión del inolvidable Makar Ivanovitch en su historia del comerciante; por lo demás, me parece que Versilov vivirá mucho tiempo. Con nosotros, es ahora totalmente sencillo y sincero como un niño, sin perder por otra parte la mesura ni la reserva, y sin decir nada de más. Ha conservado toda su inteligencia y todo su carácter moral, aunque todo lo que había en él de ideal se haya hecho todavía más saliente. Diré con franqueza que nunca lo he querido tanto como hoy que lamento no tener tiempo ni ocasión para hablar de él más extensamente. Sin embargo contaré una historia reciente (hay muchísimas): Cuando llegó la cuaresma, estaba ya curado y a la sexta semana dijo que comulgaría (149). No lo hacía desde unos treinta años atrás, creo, o más. Mamá era dichosa; no se preparaban más que platos de vigilia, pero bastante caros y delicados. Desde la habitación vecina, yo lo oía cantar, el lunes y el martes: «He aquí el novio que viene», y entusiasmarse con la tonada y con la letra. Aquellos dos días habló admirablemente y en varias ocasiones de la religión; pero el miércoles todo quedó interrumpido. Fue asaltado por una brusca irritación, «un contraste divertido», como él decía riendo. Algo le había desagradado en la actitud del sacerdote, en el ambiente; en todo caso, al volver a casa, dijo de repente, con una dulce sonrisa: «Amigos míos, yo amo mucho a Dios, pero no estoy preparado para eso.» El mismo día, en la comida, se sirvió carne asada. Pero yo sé que con frecuencia, ahora todavía, mamá se sienta a su lado, y con voz dulce, con una dulce sonrisa, aborda con él los temas más abstractos: ahora está poseída de no sé qué audacia frente a él; cómo haya sucedido esto, lo ignoro. Se sienta a su lado y le habla, por lo general en voz baja. Él escucha con una sonrisa, le acaricia los cabellos, le besa las manos, y la más perfecta felicidad brilla en su rostro. Tiene algunas veces crisis casi histéricas. Entonces coge su fotografía, la que besaba aquella famosa noche, la mira con lágrimas, la besa, se acuerda y nos llama a todos, pero en esos momentos habla poco... Parece haber olvidado completamente a Catalina Nicolaievna, no la ha nombrado ni una sola vez. De su casamiento con mamá no se ha tratado todavía. Se quería, durante el verano, llevarlo al extranjero; pero Tatiana Pavlovna insistió para que no se hiciera nada de eso, y por otra parte tampoco él ha querido. Pasarán el verano en el campo, en algún sitio del distrito de Petersburgo. A propósito, de momento vivimos todos a costa de Tatiana Pavlovna. Añadiré una cosa: a lo largo de todas estas memorias me he desesperado por haberme permitido con frecuencia tratar a esta persona con irreverencia y altivez. Pero he escrito describiéndome demasiado exactamente tal como yo era en cada uno de los momentos relatados. Después de haber terminado, escrita la última línea, he sentido de pronto que me había reeducado a mí mismo, precisamente por este proceso de rememoración y registro de mis recuerdos. Reniego de no pocas de las cosas que he escrito,. y sobre todo del tono de ciertas frases o páginas, pero no quiero borrar ni corregir una sola palabra. He dicho que él no habla ya en absoluto de Catalina Nicolaievna; creo incluso que está completamente curado. De Catalina Nicolaievna, los únicos que hablamos a veces somos Tatiana Psvlovna y yo, y, para eso, en secreto. Catalina Nicolaievna está ahora en el extranjero; la vi antes de su marcha y estuve varias veces en su casa. Del extranjero he recibido ya dos cartas de ella, las cuales he contestado. Del contenido de estas cartas y de los temas que tratamos al despedirnos antes de su partida, no diré nada: es una historia distinta, completamente nueva y que tal vez está todavía del todo en el porvenir. Incluso con Tatiana Paviovna hay ciertos temas que no abordo; pero basta. Añadiré solamente que Catalina Nicolaievna no se ha casado y que viaja con Pelitchev. Su padre ha muerto, y ella es la más rica de las viudas. Se encuentra actualmente en París. Su ruptura con Bioring se produjo rápidamente y por sí misma, es decir, de la manera más natural del mundo. Por lo demás, contaré esto. La mañana de la terrible escena, el picado de viruelas, aquel mismo en cuya casa habían estado Trichatov y su amigo, había tenido tiempo de advertir a Bioring de la trampa que se preparaba. He aquí cómo se hizo eso: a pesar de todo, Lambert lo había convencido para que tomara parte y, ya en posesión del documento, le había comunicado todos los detalles y todas las circunstancias de la empresa, y por fin los últimos detalles de su plan, es decir, la combinación imaginada por Versilov para engañar a Tatiana Pavlovna. Pero, en el momento decisivo, el picado de viruelas prefirió traicionar a Lambert, porque aquél era el más razonable de todos y preveía en estos otros proyectos la posibilidad de un crimen. Y sobre todo, iuzgaba el agradecimiento de Bioring infinitamente más seguro que el plan fantástico de un Lambert, acalorado y torpe, y de un Versilov casi loco de pasión. De todo esto me he enterado más tarde por Trichatov. A propósito, ignoro y no comprendo las relaciones que existían entre Lambert y el picado de viruelas y por qué Lambert no podía pasarse sin él. Pero para mí, la pregunta más curiosa es ésta: ¿Qué necesidad tenía Lambert de Versilov, siendo así que, poseyendo ya el documento, podía prescindir perfectamente de su concurso? Ahora, la respuesta está clara: tenía necesidad de Versilov primeramente porque éste conocía las circunstancias, y sobre todo tenía necesidad de él en caso de alarma o de desgracia, para echarle encima todas las responsabilidades. Ahora bien, como Versilov no tenía necesidad de dinero, Lambert juzgó su concurso extremadamente útil. Pero Bioring no llegó en el momento deseado. Llegó solamente una hora después del disparo, cuando el apartamiento de Tatiana Pavlovna presentaba ya un aspecto completamente distinto. En efecto, cinco minutos después de haber caído Versilov sobre la alfombra todo ensangrentado, Lambert se incorporó y se levantó, cuando todos lo creíamos muerto. Con asombro, lanzó una ojeada circular, lo comprendió todo inmediatamente y se dirigió a la cocina sin decir palabra, se puso la pelliza y desapareció para siempre. El «documento» había quedado sobre la mesa. He oído decir que ni siquiera estuvo enfermo, apenas un poco molesto; el golpe lo había derribado y había provocado un derramamiento de sangre, sin entrañar ningún daño. Sin embargo, Trichatov había corrido ya a llamar al médico; pero antes de la llegada del doctor, Versilov había recobrado el sentido, y, todavía antes que él, Tatiana Pavlovna había conseguido volver a la vida a Catalina Nicolaievna y la había llevado a su casa. Así, pues, cuando Bioring hizo irrupción a11í, en casa de Tatiana Pavlovna no estábamos más que yo, el doctor, Versilov herido y mamá enferma, pero llegaba fuera de sí, avisado por el mismo Trichatov. Bioring nos miró con asombro y en cuanto se enteró de que Catalina Nicolaievna se había ido ya, se dirigió a casa de ella sin haber pronunciado una sola palabra ante nosotros. Estaba turbado; veía claramente que a continuación el escándalo y la publicidad eran casi inevitables. Sin embargo, no hubo gran escándalo, sólo corrieron algunos rumores. Desde luego fue imposible ocultar lo del disparo; pero toda la historia, en su parte esencial, permaneció poco más o menos ignorada; la encuesta estableció solamente que un cierto V..., enamorado, por lo demás casado y casi cincuentón, en un acceso de pasión y en el momento en que declaraba esa pasión a una persona digna del mayor respeto, pero que no compartía en forma alguna sus sentimientos, se había disparado un tiro en un ataque de locura. No se supo nada más, y en esa forma la noticia pasó oscuramente por los periódicos, sin nombres. con sólo las iniciales. Sé por ejemplo que a Lambert no lo molestaron lo más mínimo. Sin embargo, Bioring, que sabía la verdad, concibió gran temor. Como por casualidad, se había enterado de pronto de la entrevista que había tenido lugar entre Catalina Nicolaievna y Versilov, enamorado de ella, dos días antes de la catástrofe. Se enfureció por eso y se permitió bastante imprudentemente hacerle la observación a Catalina Nicolaievna de que, después de aquello, no le asombraba que pudiesen ocurrirle historias tan fantásticas. Catalina Nicolaievna lo despidió inmediatamente, sin cólera pero sin vacilación. Todo su prejuicio sobre la conveniencia de un matrimonio con aquel hombre se desvaneció como humo de paja. Quizá, mucho tiempo antes, había ya calado quién era el individuo; quizá también, después de la sacudida experimentada, algunos de sus puntos de vista y de sus sentimientos habían cambiado bruscamente. Pero, en cuanto a eso, también me callo. Añadiré tan sólo que Lambert desapareció de Moscú y que me he enterado de que lo han cogido en otro asunto. En cuanto a Trichatov, hace ya muchísimo tiempo, casi desde aquella época, que lo he perdido de vista, a pesar de todos los esfuerzos que continúo haciendo para encontrar su rastro. Desapareció después de la muerte de su amigo «el gran tonto»: éste se saltó la tapa de los sesos. II He mencionado la muerte del viejo príncipe Nicolás Ivanovitch. Este bondadoso y simpático anciano murió poco despues del acontecimiento, aproximadamente un mes después, de noche, en su cama, de un ataque de apoplejía. Desde el día que había pasado en mi alojamiento, yo no lo había vuelto a ver. Se contaba de él que en el curso de aquel mes se había hecho infinitamente más sensato, incluso más serio, que no tenía ya miedo y no lloraba más, y hasta que no había pronunciado en todo ese tiempo una sola palabra sobre Ana Andreievna. Todo su amor se había volcado sobre su hija. Catalina Nicolaievna, justamente una semana antes de la muerte de él, le había propuesto mandarme a buscar, para distraerlo, pero él había fruncido las cejas: registro el hecho sin otra explicación. Sus tierras se encontraron en buen estado y, además, había un capital muy importante. Una tercera parte aproximadamente de este capital se debía, de acuerdo con el testamento del anciano, distribuir entre sus innumerables ahijadas; pero pareció muy asombroso a todo el mundo que Ana Andreievna no fuera ni siquiera mencionada en ese testamento: su nombre estaba ausente. He aquí sin embargo lo que sé, como un hecho absolutamente cierto: unos días sólo antes de su muerte, el anciano, que había hecho llamar a su hija y a sus amigos, Pelitchev y el príncipe V..., ordenó a Catalina Nicolaievna que, en el caso posible de su muerte próxima, cediera de ese capital a Ana Andreievna una parte de sesenta mil rublos. Expresó su voluntad de manera clara, breve y precisa, sin permitirse una sola exclamación ni rángún comentario. Después de su muerte, cuando todo fue puesto en claro, Catalina Nicolaievna informó a Ana Andreievna, por mediación de su procurador, que podía cobrar esos sesenta mil cuando quisiera; pero Ana Andreievna, secamente y sin palabras inútiles, rehusó el ofrecimiento: se negó a cobrar el dinero, a pesar de todas las aseveraciones de que tal era efectivamente la voluntad del príncipe. El dinero está siempre esperándola, a incluso ahora Catalina Nicolaievna confía en que cambiará de parecer; pero no habrá nada de esto, y lo sé con toda seguridad, pues soy hoy uno de los pocos conocidos y amigos más íntimos de Ana Andreievna. Su negativa ha hecho algún ruido y se ha hablado de ella. Su tía Fanariotova, al principio descontenta por su escándalo con el viejo príncipe, ha cambiado de pronto de opinión y, después de su negativa a aceptar el dinero, le ha manifestado solemnemente su respeto. Por el contrario, su hermano se ha enfadado definitivamente con ella a causa de esa misma negativa. Pero aunque yo vaya con frecuencia a casa de Ana Andreievna, no podría decir que tengamos una gran intimidad. Del pasado no hablamos en absoluto; me recibe con mucho gusto, pero me habla un poco abstraída. Entre otras cosas me ha declarado con firmeza que se iría con mucho gusto a un convento; de esto no hace mucho tiempo; pero no la creo y no veo en eso más que una frase amargada. Pero la palabra «amargada» debo pronunciarla sobre todo a propósito de mi hermana Lisa. La suya sí que es desgracia, y ¿qué son todos mis fracasos al lado de su amargo destino? Primero, el príncipe Sergio Petrovitch no se curó y, antes del juicio, murió en el hospital. Murió antes que el príncipe Nicolás Ivanovitch. Lisa se quedó sola, con su hijo por venir No lloraba y parecía incluso tranquila; se hizo dulce, sumisa; pero todo el antiguo ardor de su corazón estaba como enterrado en el fondo de ella misma. Ayudaba humildemente a mamá, cuidaba a Andrés Petrovitch enfermo, pero se hizo terriblemente taciturna, no queriendo mirar a nada ni a nadie, como si todo le diese igual, como si pasara indiferente junto a todo. Cuando Versilov estuvo mejor, ella comenzó a dormir mucho. Yo le traía libros, pero ella no los leía; enflaqueció hasta causar miedo. No me atrevía a consolarla, aunque con frecuencia fuese con aquella intención; pero en su presencia sentía una especie de dificultad en aproximarme a ella y no me acudían las palabras para tratar de aquel tema. Aquello duró casi hasta que ocurrió un terrible accidente: se cayó por la escalera, no de muy alto, de tres peldaños solamente, pero abortó y su enfermedad se arrastró durante casi todo el invierno. Ahora ya está levantada, pero su salud tardará mucho en recuperarse del todo después de semejante golpe. Con nosotros, como siempre, se muestra silenciosa y pensativa, pero con mamá ha empezado de nuevo a hablar un poco. Todos estos últimos días hemos tenido un maravilloso sol de primavera, alto y claro; me acordaré siempre de aquella mañana soleada, en el otoño último, en que los dos, Lisa y yo, nos paseábamos juntos, los dos gozosos y llenos de esperanza, encariñadísimos el uno con el otro. ¡Ay!, ¿qué ha pasado después? Yo no me quejo, para mí ha empezado una vida nueva, pero ¿y ella? Su porvenir es un enigma, y no puedo mirarla sin dolor. Hace tres semanas conseguí sin embargo ínteresarla al hablarle de Vassine. Por fin lo han soltado y lo han puesto definitivamente en libertad. Se dice que este hombre lleno de sentido común ha proporcionado las explicaciones más detalladas y los datos más interesantes, que lo han justificado por entero en la opinión de la gente de la que dependía su suerte. Por lo demás, su famoso manuscrito no ha resultado ser más que una traducción del francés, materiales que él reunía exclusivamente para su uso, contando con sacar de eso más tarde un documentado artículo para una revista. Ahora se ha marchado para la provincia de... En cuanto a su suegro Stebelkov, está todavía en prisión por su asunto, que, por lo que sé, no hace más que crecer y complicarse. Lisa se ha enterado de esas noticias sobre Vassine con una sonrisa extraña, y me ha hecho observar que eso era lo que tenía que pasarle. Pero por lo visto está contenta: sin duda, de que la intervención del difunto príncipe Sergio Petrovitch no haya perjudicado a Vassine. De Dergatchev y de los demás, no tengo nada que decir aquí. He terminado. Algunos lectores querrían tal vez saber un poco más:. ¿qué ha pasado con mi «idea», cuál es esta nueva vida que ha empezado para mí y de la que hablo tan misteriosamente? Pero esta nueva vida, esta vía nueva que se abre ante mí, es justamente mi «idea», la misma que antiguamente, pero bajo una forma completamente distinta, hasta el punto de que ya no se la puede reconocer. Todo esto no puede entrar en estas memorias, porque es una cosa completamente diferente. La vida antigua ha acabado y la nueva no hace más que empezar. Añadiré sin embargo lo indispensable. Tatiana Pavlovna, mi amiga sincera y querida, me insta casi todos los días a que ingrese a toda costa y lo antes posible en la Universidad: «Luego, cuando hayas terminado tus estudios, decidirás lo que has de hacer. De momento, termina tus estudios.» Confieso que esta proposición me da qué pensar, pero ignoro totalmente la decisión que tomaré. Le he objetado sin embargo que ahora ni siquiera tengo derecho a estudiar, porque debo trabajar para mantener a mamá y a Lisa; pero ella me ofrece su fortuna y me asegura que eso será suficiente para todo el tiempo que duren mis estudios. He resuelto finalmente pedirle consejo a alguien. Después de haber mirado atentamente en torno, he escogido a ese hombre con cuidado y crítica. Se trata de Nicolás Semenovitch, mi antiguo maestro en Moscú, el marido de María Ivanovna. No es que yo tenga una necesidad tal de consejos; pero he tenido sencillamente unas ganas irresistibles de conocer la opinión de ese egoísta absolutamente fuera de todo a incluso un poco frío, pero indiscutiblemente inteligentísimo. Le he enviado todo mi manuscrito, pidiéndole el secreto, porque todavía no se to había enseñado a nadie, desde luego en forma alguna a Tatiana Pavlovna. El manuscrito me ha sido devuelto quince días más tarde, acompañado por una carta bastante larga. Daré solamente algunos extractos de esa carta, porque encuentro en ella una cierta opinión general que tiene un valor explicativo. He aquí esos extractos. III «... Mi inolvidable Arcadio Makarovitch, nunca ha podido usted emplear más útilmente sus ocios pasajeros que como lo ha hecho ahora escribiendo esas memorias. Por decirlo así, se ha equipado de esa forma con un reflexivo ajuste de cuentas de sus primeros pasos, tormentosos y arriesgados, en la carrera de la vida. Creo firmemente que esa exposición le ha permitido en efecto, en muchos puntos, «rehacer su educación», como usted mismo dice. No me permitiré la menor crítica verdadera, aunque cada página suscite reflexiones... por ejemplo, el hecho de que haya conservado consigo tanto tiempo y tan tercamente el «documento» es característico hasta el más alto grado... Pero ésta no es más que una observación entre ciento, que me he permitido. Aprecio mucho, igualmente, que se haya usted decidido a comunicarme, y sin duda a mí solo, «el misterio de su Idea», según su propia expresión. Pero cuando usted me pide que le haga conocer mi opinión sobre esa «idea», me veo obligado a negarme categóricamente: ante todo, no cabría en una carta; por otra parte, no estoy dispuesto a responder y todavía tengo necesidad de digerir todo eso. Observaré solamente que su «idea» se distingue por su originalidad, mientras que la gente joven de la generación actual se lanza la mayoría de las veces a ideas totalmente hechas, que no proceden de ellos mismos, cuyo número es extremadamente reducido y que a menudo son peligrosas. Su « idea» le ha preservado, por ejemplo, al menos durante algún tiempo, de las de los señores Dergatchev y Cía., que son seguramente menos originales. En fin, estoy completamente de acuerdo con la opinión de la muy honorable Tatiana Pavlovna, a la que he conocido personalmente, pero que hasta ahora no había tenido ocasión de apreciar como ella se lo merece. Su idea de hacerle a usted ingresar en la Universidad le resultará enormemente provechosa. Sin duda alguna, la ciencia y la vida ampliarán aún más, dentro de tres o cuatro años, el horizonte de sus pensamientos y de sus aspiraciones, y si, después de la Universidad, quiere usted todavía volver a su «idea», nada se lo impedirá. »Permítame ahora, sin que usted me lo haya pedido, exponerle francamente ciertas reflexiones o impresiones que me han sido sugeridas por la lectura de estas memorias tan sinceras. Sí, estoy de acuerdo con Andrés Petrovitch en que verdaderamente había motivo para concebir temores por usted y por su juventud aislada. No faltan jóvenes como usted, y su talento se ve siempre amenazado con la posibilidad de desarrollarse por el mal camino: servilismo a lo Moltchaline (150), o bien deseo oculto de desorden. Este deseo de desorden proviene, a incluso tal vez con la mayor frecuencia, de una sed secreta de orden y de «belleza» (empleo la palabra de usted). La juventud es pura, sólo por el hecho de ser juventud. Quizás esos impulsos tan precoces de locura encierran justamente esta sed de orden y esta búsqueda de la verdad. ¿De quién es la falta, si ciertos jóvenes de nuestra época ven esa verdad y ese orden en cosas tan estúpidas y tan ridículas que ni siquiera se comprende cómo han podido creer en ellas? Diré a este propósito que antiguamente, en una época que no está tan lejana, el espacio solamente de una generación, se habría podido sentir menos lástima por esos interesantes jóvenes, puesto que entonces acababan casi siempre por sumarse con éxito a la capa superior de nuestra sociedad cultivada y no formar más que un conglomerado con ella. Si, por ejemplo, al iniciarse el camino, se daban cuenta del desorden y de la absurdidad, de la ausencia de nobleza de su ambiente familiar, de la ausencia de tradiciones y de bellas formas, pues bien, era muchísimo mejor, puesto que en seguida aspiraban conscientemente a todas esas cosas y por eso mismo se acostumbraban a apreciarlas. Ahora, sucede un poco de otra manera, porque ya no se sabe a qué sumarse. »Me expiicaré. con la ayuda de una comparación o, si se quiere, de una similitud. Si yo fuera novelista y tuviese talento, elegiría siempre mis héroes en la vieja nobleza rusa, porque solamente en aquel ambiente de hombres cultivados se puede encontrar el bello orden y la bella impresión que son tan necesarios en una novela para dar al lector el sentimiento de lo exquisito. Al hablar así no bromeo, aunque yo mismo no sea noble; como, por lo demás, usted lo sabe. Pushkin había indicado ya los temas de sus futuras novelas en Las tradiciones de una familia rusa, y, créalo, hay allí realmente todo lo que hasta ahora hemos tenido de hermoso. Hay a11í, por lo menos, todo lo que hemos tenido de un poco acabado. Si hablo así, no es porque yo esté absolutamente de acuerdo con la exactitud y la verdad de esa belleza; pero había allí, por ejemplo, formas acabadas de honor y de deber que, fuera de la nobleza, no están en ninguna parte en Rusia no solamente acabadas, sino ni siquiera esbozadas. Hablo como hombre tranquilo y que busca la tranquilidad. »Lo de si este honor es bueno y este deber es verdadero, es otra cuestión. Pero to importante para mí es el carácter acabado de esas formas, es un cierto orden, no prescrito, sino emanando de la vida de esa nobleza. ¡Dios mío, lo que nos importa más, es tener por fin un orden, cualquiera que sea, pero realmente nuestro! En eso reside la esperanza y, por así decirlo, el reposo: algo construido en fin, que no sea ya esta eterna demolición, estas virutas que vuelan por todas partes, estos escombros y estas basuras de los que no sale nada desde hace doscientos años. »No me acuse de eslavofilia; ¡hablo únicamente por misantropía, pues tengo mucha en el corazón! Desde hace algún tiempo asistimos a un movimiento absólutamente opuesto al que acabo d'e describir. No es ya la basura to que sube hasta la capa superior de la sociedad, son por el contrario trozos y bloques que se separan, con una prisa alegre, del tipo de la belleza para no hacer más que un mismo montón con los hombres del desorden y del odio. No son aislados los casos en que los padres y los jefes de antiguas familias cultas se burlan ahora de cosas en las cuales, tal vez, sus hiios querrían creer aún. Además, se tiene buen cuidado de ocultar a sus hijos su ávida alegría por haber adquirido súbitamente el derecho al deshonor, derecho que se han apropiado de pronto, en masa, y no sé cómo. No quiero hablar de los verdaderos progresistas, mi muy querido Arcadio Makacovitch, sino de esa gentuza, innumerable hoy, a propósito de la cual se ha dicho: Grattez le Russe, et vous verrez le Tartare. Créalo, los verdaderos liberales, los verdaderos y generosos amigos de la humanidad, están lejos de ser tan numerosos en nuestra patria como nos ha parecido de pronto. »Pero esto no es más aún que filosofía; volvamos a nuestro imaginario novelista. La situación de nuestro novelista, en ese caso, estaría bien determinada: no podría escribir más que cosas del género histórico, pues la belleza tipo no existe ya en nuestra época, y, si quedan restos, según la opinión dominante hoy día, no han conservado su belleza. ¡Ciertamente, también en el género histórico se puede representar una multitud de pormenores todavía extremadamente agradables y consoladores! Se puede incluso cautivar tan bien al lector que éste tomará un cuadro histórico por una realidad posible aún hoy. Esa obra, a condición de tener un gran talento, pertenecerá menos a la literatura rusa que a la historia. Será un cuadro, estéticamente acabado, del milagro ruso, el cual ha existido realmente hasta hoy en que se han dado cuenta de que era un milagro. El nieto de los héroes del cuadro que representa una. familia rusa de mediana cultura durante tres generaciones y en relación con la historia rusa, ese descendiente de sus antepasados no podría figurar, en su tipo contemporáneo, más que como un misántropo, un solitario y un melancólico. Debéría ser hasta una especie de hombre original, de quien el lector podría pensar, a primera vista, que se ha apartado del camino hollado y que le falta el suelo que pisar. Un poco más, y este nieto misántropo desaparecerá a su vez; vendrán nuevos personajes, todavía desconocidos, y un nuevo milagro; ¿pero qué personaje? Si no son bellos, no hay novela rusa posible. Pero ¡ay!, ¿es que entonces solamente sería imposible la novela? »Sin ir a buscar más lejos, volveré a su manuscrito. Mire por ejemplo a las dos familias del señor Versilov (permítame, por esta vez, ser completamente franco). Primeramente, no me extenderé sobre el mismo Andrés Petrovitch; a pesar de todo, es siempre un jefe de familia. Es un noble de raza muy vieja y al mismo tiempo un comunero parisiense. Es un verdadero poeta y que ama a Rusia, pero por otra parte la niega. No tiene religión, pero casi está dispuesto a morir por yo no sé qué cola indeterminada que él es incapaz de nombrar, pero en la que cree apasionadamente, siguiendo el ejemplo de una multitud de nuestros civilizadores europeos del período Petersburgués de la historia de Rusia. Pero ya basta en cuanto a él; tomemos su verdadera familia: de su hijo, no hablaré, no merece este honor. Los que tienen ojos saben anticipadamente cómo acabarán esos insensatos y adónde podrán conducir a los demás. Pero tomemos a su hija, Ana Andreievna; he ahí una muchacha de carácter, ¿no es así? Es un personaje que tiene las dimensiones de la madre Metrofania (151), naturalmente sin predecirle nada de criminal, lo que sería verdaderamente injusto por mi parte. Dígame ahora, Arcadio Makarovitch, que esa familia es una excepción, y me alegraré de eso. Pero, por el contrario, ¿no será más justo sentar la conclusión de que hay ya una multitud de estas familias rusas, indiscutiblemente nobles, que se transforman, en masa, con una fuerza irresistible, en familias del azar y que se mezclan con estas últimas en el caos y en el desorden general? En su manuscrito usted esboza el tipo de una de esas familias del azar. Sí, Arcadio Makarovitch, usted es un miembro de una familia del azar, en oposición a los tipos aún recientes de hijos nobles que han tenido una infancia y una adolescencia tan diferentes de las de usted. »¡Lo confieso, no quisiera ser el novelista de un héroe de una familia del azar! »Labor ingrata y sin belleza. Estos tipos, de todas formal, pertenecen aún a la vida corriente y en consecuencia no pueden estar estéticamente acabados. Son posibles graves errores, exageraciones, olvidos. De todas formas, uno se vería obligado a adivinar demasiado. ¿Qué debe hacer, a pesar de todo, el escritor que no quiera limitarse al género histórico, que esté poseído por el deseo de to actual? Adivinar y... equivocarse. »Sin embargo, memorias como las de usted podrían, creo, servir de materiales para una futura obra de arte, para un futuro cuadro, desordenado, pero de una época ya pasada. Desde luego, cuando la actualidad haya pasado y venga el porvenir, el artista futuro descubrirá fotmas bellas incluso para hacer figurar el desorden y el caos pasados. Entonces es cuando serán necesarias memorias como las de usted; suministrarán materiales, con tal. de que lean sinceras, a pesar de su carácter caótico y fortuito... Subsistirán al menos algunos rasgos verídicos que permitirán adivinar lo que haya podido ocultarse en el alma de tal o cual adolescente del tiempo de los disturbios, investigación que de ninguna forma resulta despreciable, puesto que son los adolescentes los que forman una generación...» FIN N O T A S (1) Yo: todo el relato aparece como si lo hubiera escrito el adolescente, pero no en plan de diario, sino de recuerdo. Dostoiewski, al igual que le sucedió en Crimen y castigo, vaciló mucho antes de decidirse por la forma de exposición. El 12 de agosto de 1864 escribe en su cuaderno de notas: «Importante solución del problema: escribir en nombre propio. Comenzar por la palabra: Yo. La confesión de un gran pecador... » (2) El desarrollo cronoiógico de la acción, en esta novela, está cuidadosamente precisado por el autor: la primera parte dura tres días, que son el 19, el 20 y el 21 de septiembre «del año pasado»; la segunda; tres días también, el 15, el 16 y 17 de noviembre; la tercera empieza «después de nueve días». El lector obtiene así el sentimiento directo del desarrollo dramático de los acontecimientos. (3) Ivanov: patronímico formado sin la final itch. únicamente los nobles tenían derecho oficialmente al patronímico en itch. (4) Cuatrocientos mil rublos: se trata de rublos oro. El rublo oro valía 2,66 francos oro. (5) Los Dolgoruki eran una familia principesca muy conocida: Jorge Dolgoruki había fundado en el siglo XII el principado de Suzdal. (6) La fortuna territorial en Rusia se calculaba según el número de siervos (almas) que estaban obligados a prestar servicio personal a su señor o al pago de un tributo anual, pudiendo el propietario disponer de ellos libremente, vendiéndolos o hipotecándolos. A esta institución puso fin el emperador Alejandro II en un decreto promulgado en marzo de 1861 y por el que se abolía la servidumbre. (7) El título con que en español se conoce esta novela es Antonio Goremyka, que quiere decir, poco más o menos: «Antonio burro de carga o cabeza de turco». El autor de esta obra, Demetrio Vasilievitch Grigorovitch (18221900), estudió ingeniería con Dostoiewski, y sus obras mas famosas fueron la ya mencionada y La aldea, en las que describe la vida penosa del campesino ruso. Antonio Goremyka tuvo en su época una popularidad comparable a la de La cabaña del Tío Tom. (8) Paulina Saxe es una novela de Alejandro Vasilievitch Drujinine (18241864) que fue publicada en 1847. Es la historia de un marido cariñoso que, engañado por su mujer, la deja en libertad para que pueda casarse con su rival. (9) Dostoiewski, que seguía con mucha atención la crónica judicial se pronunció en diversas ocasiones contra la teoría de la responsabilidad en materia criminal. (10) El errante (strannik) es uno de los tipos preferidos de la conciencia religiosa popular. Ha sido representado frecuentemente en la literatura. (11) En San Petersburgo, en el barrio de los cuarteles del regimiento de la Guardia Semenovski. (12) Consejero privado (o secreto) era el título civil que correspondía al tercer grado de la «Tabla de Honores», que contenía catorce. En la jerarquía militar, correspondía al grado de general de División. (13) El Kuznekski most o «Puente de los Mariscales», que era en Moscú la calle de los almacenes elegantes. (14) El príncipe Sokolski es para Dostoiewski un representante de aquella parte de la nobleza que se dedicaba entonces a los negocios, rivalizando con los «comerciantes». (15) Dostoiewski sintió siempre por Schiller una admiración que se transparentaba en muchos pasajes de sus obras. (16) El Jardín de Vérano es un paseo célebre al borde del Neva, adornado con jarrones y estatuas. (17) Versilov esmalta su ruso de palabras a inclusó de frases en francés porque es un noble desarraigado. (18) Para mortificarse, ciertos ascetas se cargaban con pesadas cadenas de hierro. (19) Desde finales de abril de 1871, Dostoiewski había dejado de jugar, pero todavía siente las emociones propias del jugador. (20) El barón James de Rothschild (17921868), «el prestamista de los reyes», acababa de morir en París. Por otra parte, Petrachevski del que Dostoiewski había sido más o menos discípulo en 18481849, propagaba activamente un folleto francés titulado Rothschild, rey de los judíos. (21) Literalmente significa «el lado de Petersburgo», barrio construido en una isla del Neva, más a11á de la ciudadela.de Pedro y Pablo; para llegar hasta allí, desde Semenovski polk, hacía falta atravesar de sur a norte una buena parte de la ciudad. (22) «Lo que los medicamentos no curan, el hierro lo cura; lo que el hierro no cura, el fuego lo cura.» Este texto latino fue una de las inscripciones encontradas por la policía en la villa del revolucionario Dolguchine. (Véase la nota siguiente.) (23) El prototipo de este personaje es un ingeniero, Dolguchine, que acababa de ser juzgado (del 9 al 15 de julio de 1874) como jefe de una conspiración revolucionaria. El nombre de Dergatchev puede significar «el que tira de las cuerdas». A1 mismo tiempo habían sido juzgados Kracht, al que Dostoiewski ha convertido en Kraft, y Vasnine, que se conviérte en Vassine. Los conspiradores se reunían en una casa de Petersburgskaia storona. (24) Tikhomirov era un apellido revolucionario que había pasado ya a la crónica judicial: Dostoiewski se lo da aquí a un compañero de Dolguchine, el estudiante Panine. (25) En todos estos párrafos de su obra, Dostoiewski está refiriéndose al escritor Tchernychevski y a su famoso libro ¿Qué hacer? Él lo había refutado ya en El subsuelo. (26) La juventud se marchaba de Rusia a América «para conocer el trabajo libre en un país libre». En otras de sus obras, Dostoiewski vuelve a hacer alusión a aquel atractivo que ejercía América en la gente joven. (27) El traktir (como en italiano, trattoria) es un establecimiento popular donde se puede comer y beber. (28) Después de la abolición de la servidumbre se instituyó una magistratura temporal bajo el nombre de «Mediadores de Paz», para resolver amistosamente, entre propietarios y antiguos siervos, el reparto de las tierras, el importe de las rentas y en general todos los litigios que podían derivarse de la nueva legislación. Estos mediadores eran elegidos por la nobleza. Los primeros cumplieron sus funciones con seriedad y generosidad; sus sucesores se mostraron menos equitativos. Esta magistratura fue suprimida en 1874. (29) Pliuchkine es el tipo del avaro en Las almas muertas, de Gogol. (30) La hija de Dostoíewski cuenta de su padre: «Cuidaba mucho sus trajes, los cepillaba siempre él mismo, y poseía el. secreto para conservarlos nuevos mucho tiempo.» (31) Los años que siguieron a la abolición de la servidumbre vieron un florecimiento extraordinario de todas las actividades económicas: minas, industrias, ferrocarriles, Bancos. Después de la fiebre del principio, aparecieron los primeros síntomas de crisis, hacia 18731875. La literatura se hizo eco de estos diversos fenómenos. Dostoiewski da aquí los nombres de hombres de negocios muy conocidos en aquella época: Kokorev era el más universal; Polinkov y Bubonine eran sobre todo constructores de líneas férreas. (32) Estas palabras están tomadas del monólogo del barón en El caballero avaro, de Pushkin. Toda la «idea» de Arcadio está inspirada en este monólogo. (33) Probablemente éste es un rasgo autobiográfico. (34) Dostoiewski siguió siempre con mucha atención las actividades de Bismarck, que estaba entonces en su apogeo. (35) TroitskiPossad es la localidad que surgió cerca del gran monasterio de la Trinidad (Troitsa): hoy día Zagorsk, a 71 kilómetros al norte de Moscú. (36) Uno de los bulevares de la cintura interior de Moscú; arranca de la calle Tverskaia (hoy día calle Gorki) hacia el sudeste. (37) Las confesiones, libro III, al principio: Dostoiewaki da una explicación más detallada de lo que Rousseau no hace más que sugerír: «Yo buscaba alamedas sombrías, sitios ocultos donde poder exponer desde lejos a las personas el sexo en el estado en que habría querido estar cerca de ellas.» (38) Fija: La expresión rusa empleada aquí (literalmente: inmóvil) es bastante extraña y recuerda la frase de La dama de picas, de Pushkin, que escribe que «dos ideas fijas (literalmente: inmóviles) no pueden existir juntas en la naturaleza moral, lo mismo que dos cuerpos no pueden ocupar el mismo espacio en la naturaleza física». (39) Agrafena: es una forma popular del nombre de pila Agripina. (40) Arina: forma popular de Irene. (41) Rodivonovna: el nombre de pila griego Herodion se convirtió en ruso en Rodion y luego en Rodivon para evitar el hiato; de ahí el patronímico Rodivonovna. (42) Lukeria: es is forma rusa de Gliceria. (43) Dostoieswki conocía bastante bien Dresde, donde había vivido algunos meses después de su matrimonio en 1867, y, más tiempo aún, en 18691871. En la Pinacoteca le gustaba pararse delante de la Madonna Sixtina, de Rafael, principal ornamento de la famosa Galería. (44) El autor se refiere sin duda a las famosas puertas de bronce del baptisterio, frente a la catedral. La hija de Dostoiewski dice en su Vida de Dostoiewski: «Frecuentemente, mis padres daban un rodeo para ver las puertas del baptisterio, ante las cuales se extasiaba mi padre.» Esa estancia en Florencia se sitúa en 18681869. (45) Sonia es una forma afectuosa de Sofía. Se ha hecho la observación de que este nombre de pila, que en griego significa Sabiduría, la Sabiduría divina, es en Dostoiewski el de las mujeres que personifican el bien. (46) A través de todo el universo y en otros lugares. (47) Elissieev: propietario de uno de los más grandes almacenes de productos alimenticios; Ballet: confitería en la Perspectiva Nevski, todavía mencionada en el Baedeker de 1897. (48) Verso tomado de Merzliakov, profesor de literatura y crítico de principios del siglo XIX (17981830), que compuso también algunas canciones. (49) Recuerdo autobiográfico, confirmado por la mujer de Dostoiewski, en sus anotaciones sobre esta obra. En la Iglesia rusa se da, en efecto, la comunión a los niños pequeños. (50) Krylov, el La Fontaine ruso (17681844), es el autor de excelentes fábulas. (51) Se trata de una obra de teatro, Gore ot Ouma, de Griboiedov (17951829), que rápidamente se hizo muy popular en Rusia. (52) Tchatski: personaje principal de la obra de Griboiedov mencionada en la nota precedente. Al final del último acto, Tchatski, en un monólogo elocuente, condena a toda la sociedad y anuncia que se marcha de Moscú «para buscar en la tierra un sitio apartado donde se tenga libertad para ser hombre de honor», y exclama: « ¡Mi coche, mi cochel» (53) Jileiko: actor muy conocido en aquella epoca (54) Los Relatos de un cazador, de Turgueniev, aparecieron en volumen en 1852. (55) La novia difícil: una de las primeras fábulas de Krylov. (56) La fábula es relativamente larga. (57) En la obra de Grigoiedov, Tchatski es «humillado y ofendido» porque la joven a la que ama, Sofía, prefiere a un secretario y porque, por sus acciones virtuosas, se le juzga loco; es «grande» porque sólo opone la inteligencia y la integridad intransigente a todos los vicios de la sociedad. (58) Serpukhov: pequeña ciudad de la provincia de Moscú, junto al río Oka, a 99 kilómetros al sur de Moscú. (59) Todo el pasaje referente a la pensión Tuchard (en realidad Suchard) tiene un sello de autobiografíá. Sin embargo, no está confirmado por otros datos, (60) Arbat: calle y barrio de Moscú, en la parte oeste de la ciudad, donde se encontraban muchos hoteles de la nobleza. (61) Ivanytch: en lugar de Ivanovítch, reproduce la pronunciación corriente. (62) Ivanov. (Véase la nota número 3.) (63) Eslavófilo: los eslavófilos estimaban que Rusia, gracias a sus instituciones propias, a la comunidad rural y a la Iglesia ortodoxa debía seguir su camíno de desarrollo original sin imitar a Occidente. Se oponían a los «occidentalistas», para los cuales nada de lo ruso valía la pena. (64) Los eslavófilos, según lo que ellos pensaban de ellos mismos. (65) Este verso está tomado del poemíta titulado Blas, en el que Nekrassov, en 1854, representaba a un aldeano avaro a implacable que en sus últimos días se convierte en «errante» y se dedica a pedir limosnas para las iglesias. (66) La Fontanka: es el gran canal que atraviesa la parte central de San Petersburgo desde el puerto, en el sudoeste, hasta el Jardín de Verano al norte. (67) La danza de picas, de Pushkin (1834), es una novelita fantástica inspirada en Hoffmann, poco notada en la época, pero sobre cuyo valor simbólico llamó la atención precisamente este pasaje de Dostoiewski. Hermann, el héroe del relato, después de haber causado con su brutalidad interesada la muerte de una vieja condesa, la ve en sueños que viene a entregarle aquel mismo secreto de los naipes que él le había querido arrancar. (68) Alusión a una célebre obra teatral de Pushkin: El caballero de bronce y al monumento que la inspiró: la estatua ecuestre de Pedro el Grande por Falconer, que se alzaba no lejos del Neva. (69) La isla Vassili, o Vasilievski Ostrov, es la gran isla que se encuentra inmediatamente frente al Almirantazgo y al Senado y se extiende hacia el oeste, es decir, hacia el mar. (70) El puente de San Stmeón atraviesa la Fontaka en su parte norte, un poco antes del Castillo de los Ingenieros y el Jardín de Verano. (71) Olia: forma afectuosa de Olga. (72) Dostoiewski ha creado el personaje de Stebelkov basándose en un proceso por fabricación de falsas acciones de ferrocarril, que constituyó un gran escándalo en 1874. Solamente cambió el nombre del falsificador. (73) Para el uso de desgraciados, había en San Petersburgo habitaciones que se alquilaban no a un solo inquilino, sino a varios, por «rincones». (73) Barrio pobre, en lea parte sur de San Petersburgo, más allá do los mataderos. Se trata del «Arco de Triunfo» de Moscú. (75) Consejero aulico: grado civil de séptima categoría (entre catorce) en la tabla de honores (teniente coronel en la jerarquía militar). (76) En una carta a su mujer, del 19 de febrero de 1875, Dostoiewski le cuenta la terrible impresión que este capítulo había producido en el poeta Nekrassov, su editor. (77) Dostoiewski seguía con mucha atención la epidemia de suicidios registrada en esta época por la Prensa. (78) Palabras del «Poeta», en la obra teatral de Pushkin El héroe. (79) Luga: pequeña ciudad de la provincia de San Petersburgo, a mitad de camino entre esta capital y Pskov. (80) Borel: restaurante francés de San Petersburgo, ya célebre en tiempos de Pushkin. Al decir «los Borel» , Dostoiewski se refiere a todos los restaurantes de lujo. (81) Grado civil que ocupa el noveno lugar en la tabla de honores y corresponde al de capitán en el Ejército. El prototipo de este personaje es, según los borradores, un tal Fedor Antonovitch Markus, administrador del hospital donde el padre de Dostoiewski era médico. (82) El difunto emperador es Nicolás 1, muy autoritario. (83) La catedral de San Isaac el Dálmata, empezada en 1819, no se acabó hasta 1858. Los planos fueron trazados por el arquitecto francés Ricard de Monferrand. (84) La provincia de Iaroslavl, al norte de Moscú, tiene fama por el espíritu ingenioso de sus habitantes, de los cuales muchos van a trabajar a las capitales, especialmente en los traktirs. (85) Dostoiewski recoge aquí una de las numerosas anécdotas en curso para oponer la ingeniosidad de simple artesano ruso a la ciencia y a las máquinas de los extranjeros, a menudo menos eficaces. (86) Zavialov: industrial ruso. (87) El rey de Suecia Carlos XI, en la noche del 16 al 17 de diciembre de 1867, vio en una sala iluminada una asamblea en la que unos desconocidos degollaban a una gran cantidad de jóvenes en presencia de un rey de 15 años, sentado en un trono y la sangre corría a raudales. Esta visión fue propalada por el embajador de Suecia. (88) Este personaje no es otro sino el emperador Alejandro I, quien, según la leyenda, habría sido convocado por el Senado para dar cuenta de su conducta. (89) Bachutski (Pablo), 17711836. Valiente militar que hizo todas las campañas de la revolución y del imperio y que, ascendido a general, ejerció las funciones de comandante de la guarnición de San Petersburgo desde 1814 hasta su muerte. (90) Tchernychev (Alejandro, 17861857): Después de haberse distinguido en Austerlitz y como jefe de guerrilleros en 1812, fue empleado por Alejandro I en misiones diplomáticas, hecho conde por Nicolás I y ejerció las funciones de ministro de la Guerra de 1827 a 1852. (91) Esta misma idea de la imposibilidad de amar a su prójimo se desarrolla también en Los hermanos Karamazov, en boca de Iván. (92) La «vida viviente» es una expresión favorita de Dostoiewski y procede de los eslavófilos, que la tomaron de Hegel. (93) Bielinski (Bessarion, 18111848): crítico positivista y radical al que Dostoiewski había admirado mucho antes de ser repelido por su anticristianismo. (94) Este nombre era el de un sacerdote ruso en Nueva York que había escrito en los periódicos sobre los emigrantes rusos en América. (95) La Grande Millionnaia: calle paralela al Neva y una de las más ricas de San Petersburgo. (96) El Puente de la Ascensión sobre el canal de Catalina en la parte sudoeste de San Petersburgo y cerca de la Iglesa de la Ascensión. (97) Véase nota 92. (98) Célebre aria de la ópera de Donizetti Lucia de Lammermoor. (99) Semiimperial: moneda de oro de un valor nominal de cinco rublos. (100) Es decir, de billetes de cien rublos. (101) Rasgo autobiográfico. (102) Soden: pequeña ciudad con balneario al pie del Taunus, a 16 kilómetros al oeste de Francfort de Meno. (103) BadGastein: ciudad con balnearios en Austria, cerca de Salzburgo. (104) Es la historia de Abisag, contada en el Libro III de los Reyes, capítulos I y II. (105) Dostoiewski había leído a Paul de Kock en su juventud, y, por boca del viejo príncipe, expresa aquí su juicio sobre él. (106) Este sentimiento se lo atribuye Dostoiewski con frecuencia a sus personajes; se puede reconocer en eso un valor autobiográfico. (107) Se llamaba así a la línea férrea de Moscú a San Petersburgo porque había sido construida por iniciativa personal del emperador Nicolás I. (108) Cerca de San Isaac. (109) En un primer burrador de El adolescente aparecía aquí un episodio que fue suprimido en el momento de la impresión. (110) Dostoiewski experimentaba un sentimiento muy especial hacia los rayos oblicuos del sol poniente. (111) Rasgo autobiográfico. (112) Lepage: armero francés. (113) Chuba: pelliza forrada. (114) Esta oración jaculatoria es de use corriente en el pueblo ruso y, en los místicos, indefinidamentc repetida, sírve de oración permanence. (115) La kutia (nombre tomado del griego bizantino) es una comida ritual en honor de los muertos. Probablemente se trata de un recuerdo infantil del autor. (116) Este sentimiento de la naturaleza renovada por la mística vuelve a encontrarse en Los hermanos Karamazov. (117) TsarskoieSelo, a 24 kilómetros al sur de San Petersburgo, lugar de vacaciones y residencia imperial. (118) La araña es siempre en Dostoiewski el símbolo del mal y de la bajeza. (119) El relato de la vida de Santa María Egipcíaca, a los doce años cortesana de Alejandría en Egipto; a los diecisiete, milagrosamente convertida en Palestina; muerta después de cuarenta y siete años de penitencia en el desierto, encantaba al pueblo ruso. Tenía el poder de volver al buen camino al hijo pródigo y a la hija perdida, y el privilegio de juzgar en el cielo a las cortesanas. (120) Skotoboinikov: la palabra significa «matador de ganado». (121) En Rusia, como en Grecia y en el monte Athos, existían monasterios sin vida común en los qqe cada monje conservaba sus propiedades, se vestía y se alimentaba a sus expensas. A este régimen, los reformadores trataban de substituirlo por el más perfecto de la comunidad. (122) Cada ciudad rusa tenía su Oficina de Direcciones, donde cualquiera podía informarse de la dirección de la persona cuyo nombre le fuera conocido. Esa Oficina recibía los datos de las Comisarías de Policía, en las que había que declarar todo cambio de domicilio. (123) El Libro de Job había producido una fuerte impresión en Dostoiewski desde su infancia, y en esta época lo estaba releyendo con emoción. (124) Dostoiewski escribía en la época en que la colonización del Turquestán estaba en su apogeo. (125) Kolmogory: pequeña ciudad junto al Duina, a 80 kilómetros al sur de Arcángel. (126) L'Indépendence: se trata de L’Indépendence Belge, periódico favorito de Dostoiewski, (127) No se comprende de qué apellido ruso puede ser Deboyny la deformación; Wallonieff es la deformación de Valonev. (128) La confusión entre «prêter» (prestar) y «emprunter» (tomar prestado) es frecuente entre los rusos que creen saber francés. (129) «Ohé Lambert!» era un grito que por aquel tiempo estaba de moda en París. (130) La (Gran) Morskaia: o «Calle del Mar», una de las principales, arrancando de la Perspectiva Nevski, no lejos del Neva. Estaba a11í el restaurantè Cubat. (131) Se trata de NoelFrançoisAlfred Madier de Montjau (18141892). político desterrado en 1852 y elegido diputado de extrema izquierda en 1874. (132) Verso tomado de una poesía famosa de Lermontov: «Tedio y pena, y a nadie a quien tender la mano...» (1840). (133) Fausto ocupa un lugar importante en la obra de Dostoiewski. Suya es la idea de hacer cantar a Margarita el hosanna de arrepentimiento. (134) Stradella: compositor napolitano del siglo XVIII, discípulo de Scarlatti. (135) Una de las partes más solemnes de la misa ortodoxa. (136) Dostoiewski admiraba mucho a Dickens. Almacén de anti.güedades aparece citado en otras obras suyas. (137) La comicidad grosera de esta escena del restaurante, con sus frases en francés, evoca reminiscencias de novelas como Los misterios de París, de Eugenio Sue, que a Dostoíewski le habían encantado en su juventud. (138) Alusión a las ideas de la época, de las que Dostoiewski volverá a burlarse más adelante. (139) Siennaia o Plaza del Heno: plaza muy popular y de bastante mala fama, en la parte sur de San Petersburgo, al final de la Sadovaia. (140) Herzen, publicista radical, abandonó Rusia en 1847 para vivir en el extranjero. Publicó en Londres de 1857 a 1869 una hoja semanal, La Campana, y murió en París en 1870. Dostoiewski había tenido con él una entrevista personal en Londres en el verano de 1862. (141) Se trata de la guerra francoprusiana y del incendio de las Tullerías bajo la Comuna. Dostoiewski se había sentido muy impresionado por aquellos hechos trágicos. (142) En su famoso discurso sobre Pushkin, en 1880, Dostoiewski desarrollará esta idea de la univetsalidad del pensamiento ruso. (143) Dostoiewski alude al Congreso de la Paz, celebrado en Ginebra en 1868 y en el que Bakunin y otros oradores proclamaron su ateísmo. El mismo había asistido con indignación a una de las sesiones. (144) Dostoiewski cita a Heine en algunas de sus obras. Aquí se trata de un poema de El Mar del Norte titulado «La paz». Dostotewski vio en él el Báltico en lugar del mar del Norte. (145) En Eugenio Onietuin. de Pushkin. (146) Abisag: Arcadio nombra aquí a Abisag, a la que el viejo príncipe no había hecho más que aludir. (Véase nota 104.) (147) Von Sohn: héroe de un proceso que formó mucho ruido en San Petersburgo en 18691870. Hombre de edad, había sido asesinado, metido en una maleta y expedido como equipaje a Moscú; durante la macabra operación, los autores bailaban y cantaban. (148) Militrissa es la hija del rey Kilbit en Bova el hijo de un rey, novela de caballería que hizo las delicias del pueblo ruso desde el siglo XVIII a finales del XIX. Militrissa es una deformación de meretrix, la cortesana. (149) Comulgaria: más exactamente, que haría el retiro preparatorio para la comunión, retiro que; en la Iglesia rusa, dura varios días y requiere abstinencia y asistencia a los oficios durante todo ese tiempo. (150) Molichaline: personaje de la comedia de Grigoiedov ya citada en la nota 51. (151) La madre Metrofania: abadesa de un convento de Serpukhov, perseguida por ciertas operaciones arriesgadas y condenada el 18 de octubre de 1874 a tres años de destierro en Siberia. El proceso tuvo mucha resonancia y lo comentaron numerosos escritores. ÍNDICE DE LOS PERSONAJES (Los diminutivos de los nombres propios figuran en cursiva) AKHMAKOVA (Catalina Nicolaievna), Katia, hija del príncipe Nicolás Ivanovitch Sokolski. Viuda del general Akhmakov. AKHMAKOVA (Lidia), hija de un primer matrimonio del general Akhmakov. De sus relaciones con el príncipe Sergio Petrovitch Sokolski tiene un niño al que ha recogido Andrés Petrovitch Versilov. ALEJO NIKANOROVITCH, véase Andronikov. ALPHONSINE CARLOVNA DE VERDUN, cantante, amante de Lambert. ANDRÉS ANDREIEVITCH, véase Versilov. ANDREIEV (Nicolás Semenovitch), «el dadais», joven libertino de la pandilla de Lambert. ANDRES PETROVITCH, véase Versilov. ANDRONIKOV (Alejo Nikanorovitch), gestor administrativo encargado de los asuntos de Andrés Petrovitch Versilov y de los Akhmakov. ANA ANDREIEVNA, véase Versilov. ANA FEDOROVNA, véase Stoibieieva. ARCADIO MAKAROVITCH, véase Dolgoruki. BIORING (El barón), pretendierte de Catalina Nicolaievna Akhmakova. CATALINA NICOLAIEVNA, véase Akhmakova. DARIA ONISSIMOVNA, viuda de un funcionario. Madre de Olia. Afecta al círculo familiar de Ana Fedorovna Stolbitieva. DARZAN (Alejo Vladimirovitch), amigo y compañero de juego del príncipe Sergio Petrovitch Sokolski. DERGATCHEV, ingeniero, miembro de una sociedad secreta revolucionaria. DOLGORUKI (Makar Ivanov o Ivanytch o Ivanovitch), antiguo siervo de los señores Versilov. Marido de Sofía Andreievna, Sonia. Ha dado su nombre a los hijos que su mujer ha tenido de Andrés Petrovitch Versilov: Arcadio Makarovítch, Arkacha, el narrador; e Isabel Makarovna, Lisa. FANARIOTOV (Los); abuelos maternos de Andrés Andreievitch y de Ana Andreievna Versilov. ISABEL MAKHAROVNA, véase Dolgoruki. KRAFT, antiguo colaborador .de Andronikov. Relacionado con Arcadio Makarovitch Dolgoruki. LAMBERT (Mauricio), antiguo camarada de pensionnda de Arcadio Makarovitch Dolgoruki. Caballero de industria. LIDIA, véase Akhmakova. LISA, véase Dolgoruki (Isabel Makarovna). MARIA IVANOVNA, mujer de Nicolás Semenovitch. Vela por los intereses de Arcadio Makarovitch Dolgoruki. NICOLAS IVANOVITCH, véase Sokolski. NICOLAS SEMENOVITCH, maestro y protector de Arcadio Makarovitch Dolgoruki durante sus años de bachiller en Moscú. OLIA, joven ínstitutriz en busca de trabajo. PEDRO HIPPOLITOVITCH, funcionario, alquila una habitación a Arcadio Makarovitch Dolgoruki. PRUTKOVA (Tatiana Pavlovna), fiel amiga de los Versilov. SEMEN SIDORYTCEI o SIDOROVITCH, «el picado de viruelas»; cómplice de Lambert. SERIOJA, véase Sokolski (Sergïo Petrovitch). SOKOLSKI (Nicolás Ivauovitch), «el viejo príncipe», padre de Catalina Akhmaicova. Amigo de Andrés Petrovitch Versilov. SOKOLSKI (Sergio Petrovitch), Serioja, «el joven principe», sin lazo de parentesco con el anterior. Oficial, amante de Isabel Makarovna Dolgoruki. SOFIA ANDILEIEVNA, Sonia, véase Dolgoruki. STEBELKOV, negociante sin escrúpulos, acreedor del príncipe Sergio Petrovitch Sokolski. STOLBIEIEVA (Ana Fedorovna), pariente de los Versilov y del joven príncipe Sokolski, que es el que ocupa su apartamiento en San Petersburgo. TATIANA PAVLOVNA, véase Prutkova. TRICHATOV, joven de la pandilla de Lambert. Traba amistad con Arcadio Makarovitch Dolgoruki. TUCHARD, y su mujer, Antonina Vassilievna, directores del pensionado donde Arcadio Makarovitch Dolgoruki fue alumno. VASSINE (Gricha), yerno de Stebelkov. Miembro de una sociedad secreta revolucionaría. VERSILOV (Andrés Petrovitch), señor y antiguo alto funcionario. Padre de Arcadio y de Isabel Dolgoruki, nacidos de su unión con Sofía Andrcievna. De su matrimonio con una Fanariotova tiene dos hijos: Ana Andreievna, la cual se propone casarse con el príncipe Nicolás Ivanovitch Sokoiski, y Andrés Andreievitch, chamberlán. El Adolescente Fedor Dostoiewski libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,.