libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Sand, George (1804-1876) Aurora Dupin, barona Dudevant, llamada también George Sand, ha nacido en Parí en 1804. Habiendo conocido una infancia bastante libre en Nohan (Berry), lleva, después de separarse de su marido, una vida muy independiente, convirtiendose en la amante de Jules Sandeau. Reivindicaba para las mujeres los derechos de la pasión. En sus primeras novelas, autobiográficas transpuestas, asimila la búsqueda de una felicidad personal en una regeneración social. Así "Indiana" (que firma por primera vez con el seudónimo de George Sand (1832) y "Leila" (1833) son obras romanescas y líricas donde el amor se enfrenta a los convencionalismos y a los mitos sociales de la época, como si George Sand se enfrentará durante sus pasiones con Musset y Chopin. Desde 1836, bajo la influencia de Pierre Leroux, luego de Barbés y de Arago, se lhace apóstol de una regeneración social en unos relatos de inspiraciones humanitarias donde recoge los temas de J.J. Rousseau: "El compañero de Francia" (1840) y el "Corsuelo" (1842-43) son actos de acusación contra la sociedad. Revolviendose contra la sociedad y disgustada por la Revolución de 1848, busca entonces nuevas inspiraciones. Se interesará, entonces, por una larga correspondencia con Flaubert y publica novelas campestres, donde expresa su optimismo sentimental: "La Mar del Diablo" (1846), François le Champi (1847-48), "La petite Fadette" y "Los maestros sonadores (1853) ilustran las teorías del autor, donde el arte no es un estudio dd la realidad, pero la búsqueda de una verdad ideal. Georges Sand no deja de escribir hasta su muerte, en 1876, y deja una abundante producción romanesca y dramática. Los caballeros de Bois-Doré George Sand T O M O I Entre los numerosos protegidos del favorito Concini, uno de los que menos llamaron la atención, a pesar de ser de los más notables, por su ingenio, su cultura y la distinción de sus maneras, fue don Antonio de Alvimar, un español de origen italiano, que se firmaba Sciarra de Alvimar. Era realmente un lindo caballero, que por su rostro no representaba más de veinte años, aunque en aquella época declarase tener treinta. Más bien bajo que alto, robusto sin parecerlo, ágil en todos los ejercicios, tenía que interesar a las mujeres por el brillo de sus ojos vivos y penetrantes y por el encanto de su conversación, tan frívola y amena con las bellas damas, como nutrida y llena de enjundia con los hombres serios; hablaba, casi sin acento, los principales idiomas europeos, y no estaba menos enterado de las lenguas antiguas. A pesar de todos estos aparentes méritos, Sciarra de Alvimar no tramó, entre las numerosas intrigas de la corte de la regente, ninguna intriga personal; al menos, las que pudo soñar no se realizaron. Más tarde, y en confidencia íntima, declaró que hubiera deseado conquistar nada menos que a María de Médicis y reemplazar en los favores de esta reina a su propio señor y protector, el mariscal de Ancre. Pero la balorda -como la llamaba Leonora Galigai- no prestó la menor atención al joven español, y no vio en él más que un insignificante oficial de fortuna, un subalterno sin porvenir. ¿Diose cuenta, al menos, de la pasión real o fingida del señor de Alvimar? La historia no lo dice, y el mismo Alvimar no lo supo nunca. No es aventurado suponer que aquel hombre hubiera podido gustar, por su gracia y por los encantos de su persona, en el caso de que Concini no hubiera ocupado los pensamientos de la regente. Concini había partido de más bajo y no poseía la mitad de su inteligencia. Pero Alvimar llevaba en sí un obstáculo para alcanzar la elevada fortuna de los cortesanos, un obstáculo que su ambición no lograba vencer. Era un católico exaltado y tenía todos los defectos de los malos católicos de la España de Felipe II. Era desconfiado, inquieto, vengativo, implacable; sin embargo, poseía la fe; pero era una fe sin amor y sin luz, una creencia falseada por los odios y las pasiones de una política que se identificaba con la religión, «para disgusto de un Dios bueno e indulgente, cuyo reino es menos de este mundo que del otro». Si comprendemos bien el pensamiento de un autor contemporáneo de esta historia, al cual consultamos de vez en cuando, esto se refiere al Dios cuyas conquistas deben hacerse en el mundo moral, por la caridad, y no en el mundo físico, por la violencia. No sabemos si Francia no hubiera sufrido un poco el régimen de la Inquisición en el caso de que el señor de Alvimar se hubiera apoderado del corazón y del espíritu de la regente; pero no ocurrió tal cosa, y Concini, cuyo crimen fue el no haber nacido bastante gran señor para tener derecho a robar y a saquear tanto como un verdadero gran señor de aquellos tiempos, siguió siendo hasta su trágica muerte el árbitro de la política indecisa y venal de la regente. Después del asesinato del mariscal de Ancre, Alvimar, que se había comprometido gravemente sirviéndole en el asunto del Sargento de París, se vio obligado a desaparecer, para no verse envuelto en el proceso de la Leonora. Bien hubiera querido introducirse poco a poco en el servicio del nuevo favorito, el favorito del rey, monsieur De Luynes; pero no supo arreglárselas para ello. Aunque no era más escrupuloso «que cualquier cortesano de su tiempo», comprendió que no se podría doblegar a los usos de la política regia, que quería y debía hacer grandes concesiones a los calvinistas, siempre que pudiera esperarse con ello comprar la sumisión de los príncipes que explotaban la religión de los reformados para la conveniencia de su ambición. Cuando la reina María cayó en desgracia, Sciarra de Alvimar creyó conveniente mostrarse fiel a su causa. Pensaba que los partidos no quedan nunca sin recursos y que a todos les llega su día. Además, la reina, aun desterrada, podía hacer la fortuna de sus fieles. Todo es relativo, y tal era la pobreza de Alvimar, que los dones de una persona real, por muy arruinada que estuviera, hubieran sido una gran ventura para él. Por lo tanto, se decidió a desempeñar un cargo en la evasión del castillo de Blois, así como unos años antes se había encargado de misiones secundarias en las diversas comedias políticas suscitadas, unas veces por la diplomacia de Felipe II y otras por la de María, con objeto del dar cima al asunto de los casamientos. Aquel señor de Alvimar era generalmente bastante hábil cuando trabajaba para los demás; era discreto y apto en el trabajo; pero censurábasele la manía de dar su parecer, «cuando hubiera debido atenerse a seguir el de los demás», y de ostentar una capacidad cuyo mérito debe uno resignarse a dejar a «sus superiores, cuando no se es aún más que un sujeto de escasa importancia». No consiguió, pues, a pesar de su celo, llamar la atención de la reina madre, y cuando María se retiró a Angers, quedó confundido entre los oficiales subalternos, más bien tolerado que aceptado. Alvimar se dolió de sus numerosos fracasos. Nada le valía, ni su linda cara, ni sus maneras distinguidas, ni su estirpe bastante noble, ni su cultura, ni su penetración, ni su valentía, ni su conversación amena o instructiva. «No le querían.» Al principio agradaba; pero la gente se cansaba pronto del fondo de amargura que se transparentaba en su carácter, o desconfiaba del fondo de ambición que descubría inoportunamente. No era ni bastante español, ni bastante italiano, o acaso era demasiado lo uno y lo otro. Un día era comunicativo, persuasivo o flexible, como un joven veneciano; otro día era altivo, testarudo y sombrío, como un viejo castellano. A todos sus desengaños se añadía cierto remordimiento secreto, que no reveló hasta su última hora, y que los acontecimientos de esta historia se encargarán -como veremos- de sacar del olvido en que él lo quería sepultar. A pesar de nuestras investigaciones, le perdemos de vista más de una vez en los años que pasaron entre la muerte de Concini y el último año de la vida de Luynes. A no ser algunas palabras que contiene nuestro manuscrito acerca de su presencia en Blois y en Angers, no encontramos en su historia obscura y torturada ningún hecho digno de mención hasta el año 1621; entonces, mientras que el rey hacía tan defectuosamente el sitio de Montauban, el joven Alvimar estaba en París en el séquito de la reina madre, reconciliada con su hijo después del asunto de los «Ponts-de-Cé». Alvimar había renunciado ya a la esperanza de agradarle, y acaso en el fondo de su corazón, «lleno de hiel», la trataba de palurda. Y, sin embargo, por primera vez en su vida, María había dado prueba de buen sentido al otorgar su confianza y, según dicen, su corazón a Armando Duplessis; era éste un rival al que Alvimar no podía tener mucha esperanza de suplantar. Además, la reina, aconsejada por Richelieu, dirigía su política en el mismo sentido que Enrique IV y Sully. En aquel momento combatía la influencia española en Alemania, y Alvimar se veía ya casi en desgracia cuando, para colmo de desdichas, le ocurrió una mala aventura. Tuvo una disputa con otro Sciarra, un Sciarra Martinengo, a quien María de Médicis prefería y que se negaba a reconocerle como pariente. Se batieron; el Sciarra Martinengo fue gravemente herido. Llegó a oídos de María que el señor Sciarra de Alvimar no había observado estrictamente las leyes del duelo que regían en Francia. Le mandó llamar y le reprendió con mucha brutalidad; Alvimar contestó con la acritud que desde hacía tiempo se acumulaba en él. Consiguió marcharse de París antes de que pudiesen detenerle, y en los primeros días de noviembre llegó al castillo de Ars, en el Berry, en el ducado de Chatearoux. Debemos exponer las razones que le hicieron escoger aquel refugio con preferencia a ningún otro. Unas seis semanas antes de su desgraciado duelo, el señor Sciarra de Alvimar habla entablado relaciones de cortesía con Guillermo de Ars, un joven simpático y rico, descendiente en línea directa del bravo Luis de Ars, que hizo la hermosa retirada Venouze en 1504 y fue muerto en la batalla de Pavia. Monsieur de Ars se había dejado seducir por el ingenio de Alvimar y por la gran amabilidad de que éste era capaz «en sus buenos ratos». No había tenido tiempo de conocerle lo bastante para experimentar esa especie de antipatía que el desdichado personaje inspiraba casi fatalmente, al cabo de algunas semanas, a los que le trataban. Además, monsieur de Ars era un joven sin gran experiencia de la vida, y es de suponer que tampoco tenía mucha perspicacia. Había sido educado en provincias; se lanzaba por primera vez a la vida de sociedad, en París, cuando encontró a Alvimar y se entusiasmó con él por sus conocimientos en equitación, en montería y en el juego de pelota. Generoso hasta la prodigalidad, Guillermo puso su brazo y su bolsa a la disposición del español, y le invitó calurosamente a que fuese a visitarle a su castillo del Berry, adonde le llamaban algunas ocupaciones. Alvimar se portó discretamente con su nuevo amigo. Tenía muchos defectos; pero nadie podía reprocharle el haber faltado a la dignidad aceptando ofertas de dinero; y, sin embargo, Dios sabe que no era rico y que los cuidados de su vestir y de sus caballos absorbían por completo sus modestas rentas. No se permitía dispendios, y «por gran sabiduría de ahorro lograba parecer tan bien equipado y montado como otros que estaban mucho mejor provistos de dinero». Pero cuando se vio amenazado por un proceso criminal recordó las ofertas y las invitaciones que le había hecho el hidalgo del Berry, y tomó la prudente resolución de ir a solicitar su hospitalidad. Según lo que Guillermo le había contado de su país, era, en aquella época, la provincia más tranquila de Francia. El señor príncipe de Condé la gobernaba, y, muy satisfecho del fortunón que había ganado vendiéndose al rey, «vivía unas veces en su castillo de Montrond, en Saint-Amand, y otras en su buena sociedad de Bourges, donde se había dedicado con gran celo al servicio del rey, y más todavía al de los jesuitas». Esa tranquilidad del Berry la consideraríamos hoy como un estado de guerra civil, pues ocurrían allí muchas cosas que ya contaremos a su tiempo y lugar; pero, al fin y al cabo, era un estado de paz y de orden si lo comparamos con lo que sucedía en otras partes y, sobre todo, con lo que había ocurrido allí mismo en el siglo anterior. Por lo tanto, Sciarra de Alvimar podía abrigar la esperanza de no ser molestado en el interior de uno de aquellos castillos del bajo Berry, contra los cuales, desde hacía algunos años, los calvinistas no intentaban ya ataques, y donde los señores partidarios del rey, antiguos ligueros, antiguos políticos y demás, no tenían ya la ocasión o el pretexto de ir a alimentar a sus soldados a expensas de los vecinos, amigos o enemigos. Alvimar llegó al castillo de Ars un día de otoño, hacia las ocho de la mañana, acompañado por un solo criado, un viejo español que también se decía noble, pero a quien la miseria había reducido a la servidumbre. Su carácter no parecía propicio para descubrir los secretos de su amo, pues a veces no pronunciaba ni tres palabras en una semana. Los dos iban montados, y aunque sus caballos llevaban pesadas maletas, habían llegado de París en menos de seis días. La primera persona a quien vieron «en el patio del castillo» fue a Guillermo, el joven señor, con el pie en el estribo, dispuesto para marchar; tratábase, sin duda, de algo más que un paseo, pues iba escoltado por algunos servidores, preparados para partir con él; es decir, cargados con maletas de viaje. -¡Ah! ¡Llegáis oportunamente! -exclamó precipitándose para abrazar a Alvimar-. Me marcho a ver los festejos que el príncipe da en Bourges con motivo del nacimiento del señor duque de Enghien, su hijo. Habrá bailes y comedias, tiro de arcabuz, fuegos artificiales y mil otras diversiones. Ya que habéis venido, retrasaré mi marcha unas horas para que me podáis acompañar. Venid a mi casa a descansar y a tomar alimento. Me ocuparé de proporcionaros un caballo fresco, porque el que montáis, a pesar de su buen aspecto, no debe estar muy dispuesto a andar diez y ocho leguas más. Cuando Alvimar se vio a solas con su huésped, le confió que, lejos de conducirle a ninguna diversión ni tratar de festejos, era necesario ocultarle en su castillo por algunas semanas. Este breve tiempo bastaba en aquella época para que se olvidase un asunto tan sencillo y tan frecuente como la muerte o las heridas ocasionadas a un enemigo en duelo o de otra manera. Sólo hacía falta encontrar un protector en la corte, y Alvimar contaba con la próxima llegada a París del duque de Lerma, de quien se creía o pretendía ser pariente. Era aquél un personaje bastante considerable para obtener su perdón y hasta para hacer que su fortuna tomase mejor rumbo que antes. Guillermo de Ars no examinó muy detenidamente la manera cómo nuestro español le refirió su duelo con Sciarra Martinengo y las explicaciones que le dio por no haber seguido las reglas del duelo en su ataque; dijo que había sido calumniado sobre este particular tanto cerca de la reina madre como de monsieur de Luynes. Como de Ars era un hidalgo leal, no desconfió de Alvimar, que le había fascinado. Tenía más deseos de irse que de quedarse, y se hallaba en mala disposición para discutir un asunto cualquiera. Por lo tanto, trató ligeramente el fondo del asunto y sólo se preocupó de la posibilidad de verse detenido un día más lejos de las fiestas de la capital del Berry. Sin duda, tenía algún amorío oculto. Viendo su perplejidad, Alvimar le suplicó que no cambiara nada en sus proyectos y que sólo le indicase algún pueblo o alguna granja de sus dominios donde pudiese permanecer en seguridad. -No os quiero alojar y ocultar en un pueblo ni en una granja, sino en mi propio castillo -contestó Guillermo-. Pero temo que os pese una reclusión semejante y, reflexionándolo bien, encuentro un recurso mejor. Comed y bebed; luego os conduciré yo mismo a casa de un amigo y pariente mío, que vive a una hora de camino de aquí, a lo sumo, y en cuya casa os encontraréis tan seguro y tan a gusto como es posible en nuestro país del bajo Berry. Dentro de cuatro o cinco días iré a recogeros allí. Alvimar hubiera preferido quedarse solo; pero Guillermo insistía, y la cortesía le obligó a aceptar. Se negó a comer o beber, tornó a montar a caballo y siguió a Guillermo de Ars, que se llevó consigo a su gente, equipada para el viaje, puesto que aquella diligencia no le apartaba mucho del camino de Bourges. II Salieron del castillo por el conejar, y por el atajo llegaron a la carretera de Bourges, que dejaron inmediatamente a su izquierda, volviendo a encaminarse por senderos para llegar a la carretera de Château Meillant; quedó a su derecha la ciudad baronal de La Châtre, y al final abandonaron este camino para descender a campo traviesa al castillo y aldea de Briantes, que era el término de su viaje. Como el país era realmente apacible, los dos hidalgos se habían adelantado a su pequeña escolta a fin de poder conversar con libertad. He aquí los informes que el joven Guillermo de Ars dio a Alvimar: -El amigo a cuya casa os llevo -dijo- es el personaje más singular de la cristiandad. Junto a él os veréis en el caso de contener la risa muy a menudo; pero la tolerancia que tengáis con los defectos de su carácter os será bien recompensada por la gran bondad de alma que os demostrará en todas las ocasiones. Ésta es tan notoria, que si, olvidando su nombre, preguntáis al primer transeunte que pase, noble o campesino, por la casa del «buen señor», os la designará, sin confundirla con ninguna otra. Pero esto requiere una explicación, y como vuestro caballo no tiene muchas ganas de correr y son las nueve, a lo sumo, os voy a obsequiar con la historia de vuestro huésped. Empiezo. Escuchad: -Historia del buen señor de Bois-Doré. Como sois extranjero, y sólo hace unos diez años que llegasteis a Francia, no le habéis podido conocer, porque él vive en sus tierras desde ese tiempo aproximadamente. De no ser así, en cualquier lugar que lo hubieseis visto os hubierais fijado en el viejo, en el bravo, en el loco, en el noble marqués de Bois-Doré, hoy señor de Briantes, de Guinard, de Validé y demás lugares, e incluso abad fiduciario de Verennes, etc., etc. A pesar de todos estos títulos, Bois-Doré no pertenece a la alta nobleza del país, y nuestro parentesco con él es sólo por alianza. Es un simple gentil hombre, a quien el difunto rey Enrique IV hizo marqués por pura amistad, y que se ha enriquecido en las guerras del Bearnés, no se sabe de qué manera. Es de suponer que habrá habido algo de exacción en sus negocios, según costumbre del tiempo y usando el derecho de la guerra de partidos. No os contaré ahora las campañas de Bois-Doré; tardaría demasiado. Sabed solamente su historia familiar. Su padre, monsieur de... -Un momento -interrumpió Alvimar-. El tal monsieur de Bois-Doré, ¿es hereje? -¡Ah, diablo! -exclamó su compañero riendo-. Se me había olvidado que sois un celoso, un verdadero español. Nosotros, los de aquí, no tomamos tan a pecho las disputas religiosas. Por causa de ellas, esta provincia ha sufrido demasiado, y ansiamos que la Francia no sufra más. Tenemos la esperanza de que el rey acabará en Montauban con todos los fanáticos del Mediodía; les deseamos una buena paliza, pero no como hacían nuestros padres, el dogal ni la hoguera. En nuestros días, toda vehemencia se emplea en partidos políticos. Pero advierto que mi discurso os molesta, y me apresuro a participaros que monsieur de Bois-Doré es hoy tan buen católico como otros muchos que no han dejado nunca de serlo. El día en que el Bearnés reconoció que París bien valía una misa, Bois-Doré pensó que el rey no podía equivocarse, y abjuró sin ostentación, pero creo que con sinceridad, de las doctrinas de Ginebra. -Volved a la historia de la familia de monsieur Bois-Doré -dijo Alvimar, que no quiso dejar ver la desdeñosa desconfianza que sentía hacia los nuevos convertidos. -Muy bien -dijo el joven-. El padre de nuestro marqués fue el más rudo liguero de estos contornos. Fue el ciego instrumento de Claudio de la Châtre y de las Brabanzones; con esto está dicho todo. Había en su castillo principal un arsenal delicado de instrumentos de tortura, destinado a los hugonotes que lograba atrapar, y no tenía inconveniente en poner a sus propios vasallos sobre el potro cuando no le podían pagar sus diezmos. Era tan temido y detestado por todo el mundo, que se le llamaba, y con razón, «El mal señor». Su hijo Silvio, el hoy marqués de Bois-Doré, sufrió tanto con aquel carácter perverso, que desde muy joven se dio a proceder en la vida en un sentido opuesto al de su padre, tratando a los prisioneros y a los vasallos con una dulzura y una condescendencia acaso excesivas por parte de un hombre de guerra hacia rebeldes y por parte de un noble hacia sus inferiores; sus maneras, que hubieran debido granjearle afecto, hicieron que se le despreciase, y los campesinos, que son gente ingrata y desconfiada, decían de él y de su padre: «El uno pesa más de lo debido, y el otro no pesa nada.» Consideraban al padre como hombre duro, pero inteligente, bravo y, después de haberlos estrujado y atormentado, capaz de protegerlos debidamente contra las exacciones del fisco y los saqueos de los guerrilleros; en cambio, pensaban que el joven Silvio los dejaría atropellar y devorar por falta de valor y de cabeza. No sé qué idea le pasaría por las mientes a Silvio un buen día en que estaba excesivamente aburrido; el caso es que se escapó del castillo de Briantes, donde su señor padre se avergonzaba de él, y, considerándole como un imbécil, no le hubiera consentido nunca pasar de paje, y fue a reunirse con los católicos moderados, a quienes llamaban entonces el «tercer partido». Bien sabéis que este tercer partido dio bastantes veces la mano a los calvinistas; tanto es así, que, de concesión en concesión, Silvio se encontró otro buen día siendo hugonote y servidor predilecto del rey de Navarra. Su padre, al enterarse, le maldijo, y para hacerle una mala partida ideó, a pesar de su edad madura, volverse a casar y darle un hermano. Así reducía a la mitad la herencia, ya bastante menguada, de Silvio, el cual, como hugonote, podía perder el derecho del mayorazgo. «El mal señor» no tenía gran fortuna, y sus tierras habían sido devastadas repetidas veces por los calvinistas. ¡Pero juzgad del buen fondo del joven! Lejos de enfadarse o, al menos, de dolerse por el casamiento de su padre y el nacimiento del niño que le acortaba la mitad de sus futuros escudos, se enorgulleció al saber la noticia. ¡Mirad, señores! -dijo hablando a sus compañeros-. Mi señor padre ha pasado de los sesenta, y vedle engendrando un hermoso chico. Es una buena raza, y espero ser digno de ella. Era tan bonachón, que llegó aún más lejos; cuando, siete años más tarde, su padre se ausentó del Berry para marchar contra monsieur de Alençon, en unión del Balafré, nuestro amable Silvio, habiendo oído que su madrastra había muerto, dejando al niño casi sin protección en el castillo de Briantes, volvió secretamente al país para defender a su hermano, en caso de necesidad, y también, según decían, por el gusto de verle y besarle. Pasó un invierno entero con el chiquillo, jugando con él y llevándole en brazos, como lo hubiera podido hacer una nodriza o un aya. Esto hizo reír mucho a las gentes de los alrededores, y les hizo pensar que era demasiado simple y casi un «inocente», según dicen para hablar de un hombre privado de razón. Cuando el mal padre volvió, después de la «Paz de Monsieur», disgustado, como supondréis, por ver a los rebeldes mejor recompensados que a los aliados, se enfureció contra todo el mundo y contra Dios mismo, que había permitido que su joven esposa muriese de la peste en su ausencia. Luego, no sabiendo en quién vengarse, inventó que su hijo mayor había vuelto a su casa con el solo objeto de causar, valiéndose de brujerías, la muerte del hijo de su vejez. Aquello era una gran maldad del viejo pirata, pues nunca estuvo el niño en mejor estado de salud ni mejor cuidado, y el pobre Silvio era tan incapaz de un mal designio como lo fuera un niño recién nacido... Guillermo de Ars se hallaba en este punto de su relato en el momento que daban vista a Briantes, cuando observó que una especie de damisela burguesa, vestida de negro, de rojo y de gris, con la falda recogida y el alzacuello levantado, se dirigía a su encuentro y, acercándose a su estribo, después de hacerle un sin fin de reverencias, le dijo: -¡Ay, señor! ¿Veníais, sin duda, a almorzar con mi noble amo, el marqués de Bois-Doré? No le encontraréis. Ha ido a pasar el día a la Motte Seuilly y nos ha dado permiso hasta la noche. Esta noticia contrarió profundamente al joven Guillermo; pero tenía demasiada educación para dejarlo entrever, y, resignándose en el acto, se descubrió cortésmente y contestó: -Está bien, dama Belinda; iremos hasta la Motte Seuilly. Buenos días. Luego, para disimular su contrariedad, dijo a Alvimar, invitándole a volver riendas con él: -¿Verdad que esta ama de llaves es muy apetitosa, y que su buen aspecto da sabrosa idea de la casa de mi amigo Bois-Doré? Belinda, que oyó esta reflexión, hecha en voz alta y con tono jovial, se pavoneó, sonrió y, sacando de sus amplias mangas dos perritos blancos, llamó a un lacayito que la escoltaba a modo de paje y le mandó que los colocase suavemente sobre el césped, como para pasearlos, pero, en realidad, para permanecer vuelta hacia los caballeros y hacerlos apreciar por mayor tiempo su vestido de rica sarga y su talle redondito. Era una mujer de treinta y cinco años, de tez coloreada, y cuyos cabellos tiraban al rojo; esto no era desagradable a la vista, porque los tenía abundantes y los llevaba rizados bajo su toquita, con gran disgusto de las damas del país, que le reprochaban el querer sobrepasar su condición. Pero tenía un aire de maldad, aun cuando quería mostrarse amable. -¿Por qué la llamáis Belinda? -preguntó Alvimar a Guillermo-. ¿Es un nombre en este país? -¡Oh, no! Su nombre es Guillette Carcat; pero monsieur de Bois-Doré la ha bautizado, según su costumbre. Es una manía que os explicaré luego. Primero tengo que acabar de contaros su historia. -Es inútil -dijo Alvimar, deteniendo su caballo-. A pesar de vuestra amabilidad y cortesía, ya veo que soy para vos un estorbo considerable. Lleguemos hasta ese castillo de Briantes, y allí me escribiréis una carta de recomendación para monsieur de Bois-Doré. Puesto que debe volver esta noche, le esperaré descansando. -¡No! ¡No! -exclamó Guillermo-. Preferiría renunciar a los festejos de Bourges, y ya lo hubiera hecho de no haber dado mi palabra a unos amigos de que estaría allí esta noche. Pero ciertamente no os abandonaré sin haberos recomendado yo mismo a un amigo amable y fiel. La Motte Seuilly no dista una legua de aquí, y no hay necesidad de cansar nuestros caballos. Tenemos el tiempo necesario, y aunque llegue a Bourges una o dos horas más tarde, en esta época de festejos encontraré las puertas todavía abiertas. Y prosiguió la historia de Bois-Doré, que Alvimar escuchó apenas. Su seguridad le preocupaba, y el país que estaba recorriendo no le parecía propicio a su designio de permanecer oculto. Era un país llano y descubierto, en el que, en caso de un mal encuentro, era imposible resguardarse al amparo de un bosque ni aun de un bosquecillo. La tierra laborable es allí demasiado buena para que jamás se haya tolerado sombra de árboles sobre ella. Fina y roja, se extiende al sol sobre las anchas ondulaciones de una inmensa llanura, de aspecto triste, aunque esté limitada por hermosas colinas y sembrada de elegantes castillos. Sin embargo, Briantes, del que nuestros viajeros se hallaban ya próximos, ofrecía a Alvimar un aspecto más tranquilizador. A diez minutos del castillo, la llanura desciende bruscamente, y conduce, por pendientes suaves, hacia un vallecito estrecho y convenientemente sombreado. El castillo no se ve hasta que «se está encima» -como dicen en el país-, y la palabra es justa, porque el campanil apizarrado de su torre principal apenas se eleva sobre la meseta, y cuando, desde la llanura, se le ve brillar bajo los rayos del sol poniente, parece un fino farol dorado, colocado al borde de la torrentera. Ocurre casi otro tanto con el castillo de la Motte Seuilly, situado más bajo que la llanura del Chaumois; pero menos agradablemente que Briantes, pues, en vez de estar en un vallecito encantador, está tristemente situado en una región llana y sin extensión. Antes de llegar al atajo que conduce a este castillo, Guillermo había contado sucintamente a su compañero las demás vicisitudes de la vida de Silvio, de Bois-Doré; de cómo su padre había querido encerrarle en una torre para impedirle que volviese con los hugonotes; de cómo el joven se había escapado saltando los muros y había ido a reunirse con su amado Enrique de Navarra, con el cual había guerreado nueve años después de la muerte del rey Enrique III, y, en fin, de cómo después de contribuir lo mejor que pudo a colocarlo en el trono, había vuelto a vivir en sus tierras, donde su tirano padre había dejado de existir y de hacer rabiar a todo el mundo. -¿Y qué fue de su hermano? -preguntó Alvimar, que se esforzaba en interesarse por esta historia. -Su hermano ha muerto -contestó Ars-. Bois-Doré le conoció poco, porque su padre le había alistado, cuando aun era muy joven, al servicio del duque de Saboya, y murió de una manera... Aquí Guillermo fue interrumpido por un accidente que pareció contrariar mucho a Alvimar, fuese porque empezasen a interesarle los informes de su compañero o porque, en calidad de español, sintiese repugnancia por los que causaban la interrupción. III Era una partida de gitanos tumbados en una zanja, y que se levantaron como una bandada de gorriones al acercarse los jinetes, haciendo dar una huida al caballo del señor de Alvimar. Pero eran gorriones demasiado bien domesticados, y en lugar de volar a lo lejos, se arrojaron casi entre las patas de los caballos, saltando, gritando y pordioseando de una manera lastimosa y gestera. Guillermo se contentó con reírse de aquellas maneras extrañas y les dio limosna con generosidad; pero Alvimar les gritó con singular brusquedad y amenazándoles con su látigo: -¡Largo, largo, largo de aquí, chusma! Llegó hasta querer pegar a un muchacho que se agarraba a su bota con el aire burlón y suplicante a la vez de los niños acostumbrados al oficio de pordioseros en las carreteras. El niño esquivó el látigo, y Guillermo, que se hallaba un poco atrás, le vio coger una piedra, que habría lanzado a Alvimar si otro mozalbete de la banda no le hubiera sujetado, regañándole y amenazándole. Pero el incidente no quedó en esto. Una mujercita bastante hermosa, aunque marchita y mal vestida, cogió al niño, le habló como si hubiera sido su madre y le empujó hacia Guillermo; luego, a su vez, empezó a correr tras Alvimar: tendiéndole la mano, pero mirándole como si hubiera querido no olvidar nunca su cara. Alvimar, cada vez más irritado, lanzó su caballo contra la mujer, y la habría arrojado al suelo si ella no se hubiera apartado rápidamente; incluso llevó la mano a la culata de una de sus pistolas de arzón, como dispuesto a disparar sobre aquellas malas bestias idólatras. Los gitanos se miraron entre sí y se juntaron como para consultarse. -Avanti! Avanti! -gritó Guillermo a Alvimar. Gustaba de pronunciar palabras italianas, para hacer ver que había estado en la corte de la reina madre; acaso se imaginaba que una i añadida al final de las palabras bastaba para que aquellos egipcios no las comprendiesen. -¿Por qué avanti? -preguntó Alvimar, sin querer apresurar la marcha de su caballo. -Porque habéis enojado a esos pajarracos. Mirad: se reunen como grullas apuradas. ¡Diablo! Ellos son unos veinte y nosotros no somos más que siete. -¡Cómo! Mi querido Guillermo, ¿teméis algo de esos débiles y cobardes animales? -No tengo mucha costumbre de temer -contestó el joven, algo picado-; pero me sería muy desagradable tener que disparar contra esos pobres harapientos, y me sorprende que os hayan puesto de tan mal humor, puesto que os era fácil deshaceros de ellos con algunas monedas. -No doy jamás a estas gentes -dijo Scierra de Alvimar con un tono breve y seco, que sorprendió al benévolo Guillermo. Comprendió que su amigo estaba nervioso, como diríamos hoy, y se abstuvo de censurarle. Pero insistió en acelerar el paso, porque la banda de gitanos, andando más de prisa que los caballos, los seguía y se aproximaba a ellos, repartida en dos bandas, que bordeaban los lados del camino. Y, sin embargo, la actitud de aquellas gentes no era hostil, y era difícil adivinar cuál era su intención al escoltar de tal guisa a nuestros jinetes. Se hablaban entre ellos en un idioma ininteligible y aparentaban no preocuparse más que de la mujer que iba a su vanguardia. El niño al que el señor Alvimar había querido golpear con su látigo iba al lado de monsieur de Ars, como si se hubiera puesto bajo su protección, y parecía tener mucho interés en aquella extraordinaria expedición. Guillermo advirtió que aquel niño era menos sucio y menos negro que los demás, y que el tipo de sus facciones, finas y agraciadas, no ofrecía ninguna semejanza con el de los gitanos. Si hubiera prestado la misma atención a la mujer a quien Alvimar había ofendido y amenazado, hubiera notado que, sin parecerse en nada al niño, tampoco se parecía a sus demás compañeros de miseria. Tenía un aire más noble y más dulce. Y tampoco era de raza europea, a pesar de llevar el traje montañés de los Pirineos. Lo sorprendente era que, a pesar de haber comprendido perfectamente el gesto que había hecho Sciarra para coger su pistola, y a pesar de la naturaleza temerosa de los mendigos y saltimbanquis de aquella especie, marchaba resueltamente junto a él, sin intentar molestarle, sin aparentar amenazarle, pero mirándole siempre con un excesivo cuidado. Aquello le pareció a Alvimar un verdadero descaro, y de buena gana habría obedecido a las sugestiones de su genio antojadizo y violento. Guillermo lo advirtió, y temiendo algún desaguisado y verse forzado a tomar el partido del hidalgo altivo en contra de la chusma inofensiva, colocó su caballo entre Sciarra y la mujercita, hizo seña a ésta de que se detuviese y, medio en serio, medio en broma, le habló en la forma siguiente: -¿Haríais la merced de decirnos, reina de las retamas y de los brezos, si nos seguís para hacernos burla u honor y si debemos tomar en agrado o en disgusto la ceremonia que nos hacéis? La egipcia -entonces se trataba indistintamente de egipcios o de gitanos a los que componían aquellas hordas errantes de origen desconocido- movió la cabeza e hizo una seña al mozalbete que había arrebatado la piedra de las manos del niño. Éste se acercó, y con un tono dulzón y un gesto insolente, dijo, hablando el francés sin acento alguno y designando a la mujer, que estaba silenciosa: -Mercedes no entiende el idioma de vuestras señorías. Yo soy quien habla por aquellos de los nuestros que no saben expresarse. -Bien -dijo Guillermo-; eres el orador de la cuadrilla-. ¿Cómo te llamas, señor descarado? -La Fleche, para serviros. Tengo el honor de haber nacido francés, en la ciudad cuyo nombre llevo. -El honor lo tiene Francia, indudablemente. Pues bien, maese La Fleche, di a tus compañeros que nos dejen tranquilos. Para ir, como voy, de camino, ya os he dado bastante, y no sería agradecérmelo cual es debido hacernos tragar vuestro polvo. Adiós, y, dejadnos, o, si tenéis alguna nueva petición que presentarme, hacedla pronto, porque tenemos prisa. La Fleche tradujo rápidamente las palabras de Guillermo a la que él llamaba Mercedes, y que parecía ser, por su parte y por parte de los demás, objeto de una deferencia especial. Ella le contestó algunas palabras en español, y La Fleche dijo, dirigiéndose a Ars: -Esta buena muchacha pide humildemente los nombres de vuestras señorías, a fin de rezar por ellas. Guillermo se echó a reír. -¡Vaya una petición graciosa! -dijo-. Amigo La Fleche, aconseja a esta buena muchacha que rece por nosotros sin nombrarnos. Dios nos conoce perfectamente, y no podríamos decirle nada de nosotros que no supiese mejor que nosotros mismos. La Fleche saludó humildemente con su gorro mugriento, y nuestros viajeros, espoleando sus monturas, no tardaron en dejar atrás a los gitanos. -¡Ah! -dijo Alvimar a Guillermo al ver que apuntaban en el horizonte, bajo y cercano, las torrecillas de la Motte Seuilly-. No me habéis dicho adónde vamos. ¿Pertenece este castillo a otro amigo vuestro, a quien acaso mi presencia sea inoportuna? -Este castillo es el de una dama joven y bella, que vive en él con su padre, y ambos os recibirán cortésmente. Os detendrán hasta la noche, no sólo por no verse privados de la compañía de monsieur de Bois-Doré, a quien aprecian mucho, sino también para probaros que en estos pobres campos no somos unos salvajes y que sabemos practicar la hospitalidad a la antigua usanza francesa. Alvimar contestó que no lo dudaba, y supo decir a su compañero frases llenas de amabilidad, pues no había hombre que le ganase en cuanto a buena educación. Pero su espíritu amargado tomó pronto otra dirección: -A juzgar por lo que me habéis contado de ese Bois-Doré, mi futuro huésped, ¿es un viejo fantoche, del cual los vasallos se mofan a su antojo? -¡Ah, no! -contestó monsieur de Ars-. Los gitanos no me han dejado terminar. Iba a deciros que cuando regresó a su país, enriquecido y enmarquesado, la gente se sorprendió al ver que, a pesar de su aire benigno, era bravo como un león y que, si bien tenía maneras ridículas, tenía también virtudes cristianas que podían beneficiarle grandemente. -¿Consideráis entre las virtudes cristianas la templanza y la castidad? -¿Por qué no? -Porque aquella ama de llaves de ardiente cabellera, a quien hemos visto a la entrada de sus dominios, me ha parecido fruta algo verde para un hombre tan maduro. -Honni soit qui mal y pense! -dijo Guillermo sonriendo-. No juraría que nuestro marqués haya permanecido insensible a los encantos de las damas de honor de la reina Catalina; pero ya hace tiempo de eso. Creo que podríais cortejar a la tal Belinda sin causar a monsieur de Bois-Doré ni pena ni perjuicio. Pero ya hemos llegado. No necesito deciros que semejantes conversaciones estarían aquí fuera de lugar. Nuestra hermosa viuda madame de Beuvre no es una gazmoña; pero a su edad y en su posición... Nuestros caballeros atravesaron el puente levadizo, que, en razón de la tranquilidad del país, permanecía bajado todo el día; el rastrillo estaba levantado. Llegaron, pues, sin obstáculo y sin cumplidos al patio del castillo, donde echaron pie a tierra. -¡Un momento! -dijo Sciarra de Alvimar a Guillermo en el instante de entrar-. Os ruego que, a causa de los criados, no deis mi nombre aquí. -Ni aquí ni en otra parte -contestó monsieur de Ars-. No tenéis acento extranjero; de modo que no hay necesidad siquiera de decir que sois español. ¿Por cuál de mis amigos de París deseáis que os haga pasar? -Me violentaría mucho representar el papel de un personaje distinto a mí; prefiero ser yo, poco más o menos, y limitarme a tomar uno de los apellidos de mi familia. Seré, si os parece bien, un Villarreal, y tomaré como pretexto para mi huida de París... -Vos mismo hablaréis confidencialmente al marqués y arreglaréis las cosas según os plazca. Yo no tengo que hacer más que decirle lo muy amigo mío que sois, que andáis perseguido y que le ruego os cuide como a mí mismo. IV El castillo de la Motte Seuilly -éste es el nombre que ha prevalecido -está aún hoy día en pie y casi intacto; es una mansión de reducidas proporciones, compuesta de una torre hexagonal y completamente feudal, y de un cuerpo de edificio liso, con ventanas muy espaciadas y con dos cuerpos más, enfrente de los cuales, uno está flanqueado por un torreón. En el pabellón de la izquierda están las caballerizas, abovedadas, con gruesas nervaduras; las cocinas y las habitaciones de la servidumbre. En el de la derecha, la capilla, con ventana ojival, y que data del tiempo de Luis XII, está situada encima de una galería corta y descubierta, sostenida por dos pilares rechonchos, rodeados de nervaduras en relieve, cual gruesos troncos estrechados por enredaderas. Esta galería conduce al torreón, que data, como la torre de la entrada, del siglo XII. Hay en él habitaciones redondas, sobrias, pero elegantemente adornadas, con columnas incrustadas en zócalos con garras. En una torrecilla adosada al torreón, una escalera de caracol termina en una de esas antiguas armazones, de construcción sabia y atrevida, que son verdaderas obras de arte. En el centro de esta armazón hay un caballo de madera o potro, instrumento de tortura, cuya aplicación hasta fue fríamente reglamentada por un decreto del año 1670. Este horrible aparato data desde la construcción del edificio, puesto que hace cuerpo con la armazón. En este pobre y triste castillo, la bella Carlota de Albret, esposa del siniestro César Borgia, pasó quince años, y murió en plena juventud, tras de una vida de dolor y de santidad. Sabido es que el infame cardenal, el bastardo del Papa, el incestuoso, el depravado, el sanguinario, el amante de su propia hermana Lucrecia y el asesino de su propio hermano y rival, abandonó un día las dignidades de la Iglesia para ir a Francia en busca de mujer y fortuna. Luis XII quería romper su enlace con Juana, la hija de Luis XI, para casarse con Ana de Bretaña. Necesitaba el consentimiento del Papa, y lo consiguió a cambio de ceder el Valentinois y la mano de una princesa al bastardo, al cardenal condottiere. Carlota de Albret, bella, erudita y pura, fue sacrificada; algunos meses después fue abandonada y considerada como viuda. Compró este triste castillo, y vino a educar a su hija en él. Su única distracción era el ir a Bourges a visitar a su mística compañera de infortunio, Juana de Francia, la reina repudiada, convertida en «la buena duquesa de Berry», fundadora de la Orden religiosa de la Anunciata. Pero Juana murió, y Carlota, que tenía entonces veinticuatro años, vistió de luto para siempre, y no volvió a salir de la Motte Seuilly hasta su muerte, que tuvo lugar nueve años más tarde, en 1514. Su cuerpo fue transportado a Bourges y enterrado junto al de Juana; medio siglo más tarde, los calvinistas lo desenterraron, lo profanaron y lo quemaron, como el de la otra pobre santa. Su hija había hecho edificar en la rústica capilla de la Motte Seuilly un lindo monumento, en el que su corazón pudo, por largo tiempo, descansar en paz. Pero ningún vestigio terrestre de aquel triste destino había de ser respetado. En 1793 los aldeanos, transmitiendo a aquella tumba el odio que sentían hacia su señor, rompieron el mausoleo, y sus restos elegantes yacen hoy todavía esparcidos sobre las losas. La estatua de Carlota, en pie contra el muro, está partida en tres pedazos. La iglesia, abandonada, se hunde. El corazón de la víctima estaba, sin duda, encerrado en alguna valiosa arqueta de oro o de plata. ¿Qué habrá sido de él? Acaso la arqueta fue vendida a vil precio, o acaso fue, sencillamente, escondida y enterrada por miedo o por piedad, y aquel pobre corazón yace tal vez en alguna cabaña de pueblo, sin que lo sepa su nuevo dueño, bajo la piedra del hogar o las zarzas del vallado. Hoy, el castillo, restaurado, tiene cierta alegría bajo el sol que la desaparición de un gran trozo de muro permite entrar hasta su patio enarenado. El agua de los antiguos fosos, alimentada, según parece, por un manantial cercano, discurre, formando un riachuelo encantador, por el jardín inglés, recientemente dibujado. El gigantesco árbol, que data del tiempo de Carlota de Albret, descansa sus venerables ramas sobre soportes de roca piadosamente colocados para sostener su monumental decrepitud. Algunas flores y un cisne solitario ponen como una sonrisa melancólica en la tristeza del castillo. El horizonte es continuamente sombrío; el paisaje, desolador, y la torre, siniestra; pero nuestro siglo artista gusta de estas moradas sombrías, de estas viejos nidos tristes, que son construcciones de un pasado duro y amargo, que el pueblo de hoy no conoce y que ya en el año 1793 no comprendía, puesto que destruía la tumba de la humilde Carlota y dejaba en pie el triunfante potro de la Motte Seuilly. En la época en que acontece nuestra historia, este castillo, cerrado por todos los lados, era a la vez más lúgubre y más confortable que hoy. Si la gente vivía en la sombra glacial, de estas pequeñas fortalezas, es que sabía disponerlas para vivir cómodamente. Las grandes chimeneas, completamente revestidas de hierro en el interior del hogar, esparcían un calor fuerte en las vastas habitaciones. El entapizado se reemplazaba ya en las paredes por unos papeles de fieltro, notablemente gruesos y hermosos; en lugar de nuestras lindas cortinas de tela persa, que oscilan ante el aire colado de la ventana, se usaban los damascos de pesados pliegues o, en las habitaciones más modestas, las aducas, que duraban cincuenta años. Alfombras de nueva fabricación, que eran mezclas de lana, de algodón, de lino y de cáñamo, cubrían los ladrillos de gres de los pasillos y de los salones. Se hacían hermosísimos entarimados de marquetería, y en nuestras provincias del centro se comía en la hermosa loza de Nevers, mientras que los trincheros ostentaban los singulares cubiletes de cristal de color, que no servían más que para los días de gala, y que representaban monumentos, plantas, buques o bichos fantásticas. De suerte que, a pesar del aspecto mediocre de la pared del edificio habilitada para las habitaciones de los dueños -porque ya los señores no vivían en las alturas de sus viejos torreones feudales-, el señor de Alvimar halló un hogar agradable, limpio y en cierto modo elegante, y que revelaba, si no la riqueza, al menos un verdadero bienestar. -Cuando el casamiento de Luis Borgia, la Motte Seuilly pasó a ser propiedad de la familia de La Tremouille, a la cual monsieur de Beuvre estaba aliado por su madre. Era un hidalgo rudo y bravo, que manifestaba con mucha franqueza sus opiniones y creencias. Su hija única, Lauriana , se había casado a los doce años con su primo Helyon de Beuvre, que tenía diez y seis. Se tuvo separados a los dos niños, y esto había sido fácil porque la provincia sufría el rechazo de una agitación en la que los caballeros de Beuvre no podían dejar de tomar parte. Partieron de la Motte el mismo día de la boda para acudir al auxilio de la duquesa de Nevers, que se había declarado partidaria del príncipe de Condé y se hallaba situada en su buena ciudad por monsieur de Montigny (Francisco de la Grange). El joven Helyon fue muerto al intentar osadamente penetrar en Nevers a la vista de los católicos. Al regresar de aquella campaña, monsieur de Beuvre tuvo el dolor de anunciar a su amada hija que pasaba sin transición del estado de virgen al de viuda. Lauriana lloró mucho a su primo; pero ¿puede el llanto ser eterno a los doce años? Además, ¡su padre le había regalado una muñeca tan hermosa! ¡Una muñeca que tenía una falda de tisú de plata y zapatos de terciopelo rojo, en forma de cola de cangrejo! ¡Y al cumplir los catorce años le trajo de Bourges un caballo tan gracioso, que provenía de las caballerizas del señor príncipe! En fin, Lauriana, niña pálida y fina al casarse, se tornó a los quince años una rubita fresca, tan elegante y tan amable, que no corría mucho riesgo de permanecer viuda. Se hallaba tan tranquila junto a su padre y tan completamente dueña de todo en el castillo que monsieur de Beuvre le había dado en dote, que no tenía la menor prisa de contraer segundas nupcias. ¿No se llamaba señora? ¿Y no es el deseo pueril de ser llamadas de esta manera una de las mayores razones que impulsan a las jóvenes al matrimonio? ¿Y no había tenido también los regalos y el atavío de la boda? Lauriana decía ingenuamente: -He tenido ya todos los placeres y todas las penas del matrimonio. Monsieur de Beuvre tenía una fortuna bastante considerable, que administraba con prudencia, y que su vida retirada le permitía ir redondeando; pero, a pesar de esto, no le era fácil realizar para su hija nuevas proyectos de casamiento. Había tomado el partido de la Reforma en el momento en que ésta, agotada de hombres y de dinero, no tenía más recurso en nuestras provincias que permanecer tranquila y conseguir ser tolerada. En torno suyo todo era católico o fingía serlo, porque en Berry el calvinismo no tuvo más que un momento de poderío y una sola plaza fuerte verdadera. Pero «El año mil quinientos sesenta y dos», cuando «Bourges no tenía ni curas ni mendigos», había pasado, y Sancerre, la enojosa montaña, tenía ya sus murallas arrasadas hasta el nivel del suelo. Los habitantes del Berry no son fanáticos; durante algún tiempo, las pasiones exteriores habían embriagado al pueblo y a la burguesía; pero después de pasado este momento de sorpresa y de excitación, la provincia había vuelto a caer bajo el imperio del miedo a la nobleza, que constituye el fondo de su política habitual. Los nobles, por su parte, sigudendo su invariable costumbre, habían vendido su sumisión. Condé se había tornado un católico celoso; monsieur de Beuvre, que había servido al padre y luego había perdido a su yerno sirviendo la causa del hijo, estaba, naturalmente, en completa desgracia y no parecía ya por Bourges.El príncipe le había enviado unos jesuitas con el fin de incitarle a abjurar con toda solemnidad. Monsieur de Beuvre no era un exaltado en materia religiosa. Al adoptar la fe de Lutero había cedido a pasiones políticas, y ahora se daba perfecta cuenta de que aquello había sido una equivocación en cuanto se relacionaba con sus intereses. Se había convertido demasiado tarde para que tuviesen ya necesidad de comprar su abjuración, y se limitaban a intimidarle, dándole hábilmente a entender que no podría casar a su hija en el país si persistía en la herejía. Después de haber fieramente levantado la cabeza ante las amenazas, el temor de que Lauriana no pudiese casarse y de que su patrimonio cayese en manos femeninas, le había conmovido. Pero Lauriana no le había dejado ceder. Educada bastante fríamente por su padre en la religión protestante, en la que tenía una mediocre instrucción, solía mezclar en su corazón las prácticas y los rezos de ambos cultos. Su celo protestante no era tan grande que la hiciese recorrer los interminables y malos caminos de Issoudun o de Linières para ir al sermón, y cuando pasaba junto a una iglesia, el sonido de la campana no le producía indignación. Pero a veces su dulzura sonriente y pueril dejaba traslucir los gérmenes de una gran fiereza; y cuando vio que la humillante idea de una abjuración pública hacía sufrir a su padre, acudió en su ayuda con una energía sorprendente, diciendo a los jesuitas de Bourges: -Perdéis vuestro tiempo queriéndome convertir con tal idea; he jurado en el fondo de mi corazón que antes pertenecería a un mal marido de mi comunión que a un católico perfecto. V Pocas semanas después de la visita de los jesuitas a la Motte Seuilly llegó la del señor Sciarra de Alvimar, presentado por Guillermo de Ars. Fueron recibidos por el padre y la hija; monsieur de Bois-Doré había ido a correr una liebre con el guarda de monsieur de Beuvre. Esta circunstancia contrarió vivamente a Guillermo, que veía su viaje retrasarse de hora en hora y comenzaba a perder la esperanza de ir aquel día a Bourges. Sciarra de Alvimar se prestó con galantería, y monsieur de Beuvre, que era muy entendido en la materia, no porque hubiera estado mucho en París, sino porque había frecuentado las cortes de provincias, en las que reinaba tanta hidalguía como en la del rey, comprendió desde las primeras palabras que tenía ante él a un hombre de la mejor sociedad. El encanto y la juventud de Lauriana sorprendieron a Alvimar, quien seguía esperando que le presentasen a la viuda, de quien le había hablado monsieur de Ars. Al cabo de un cuarto de hora comprendió que la hermosa niña era la señora de la casa. En aquella época se comía a las diez de la mañana, y Guillermo, que había recorrido el prado en busca del marqués, volvió a despedirse. -Ya he avisado al marqués -dijo a Sciarra-; ahora vendrá. Me ha jurado que será vuestro huésped y amigo hasta mi regreso. Os dejo bien acompañado, y yo voy a procurar ganar el tiempo perdido. Insistieron en vano para que se quedase a comer. Partió, después de besar la mano de la bella Lauriana, de estrechar la de su buen vecino monsieur de Beuvre y de abrazar a Alvimar, a quien juró que, antes de que terminase la semana, iría a buscarle a Briantes para conducirle a su castillo de Ars, donde le retendría el mayor tiempo posible. -Ahora -dijo monsieur de Beuvre a Alvimar-, ofreced vuestra mano a la castellana y sentémonos a la mesa. No os sorprenda el que no aguardemos a nuestro amigo Bois-Doré. Después de una cacería, aunque sea de unos minutos, suele hacerse un tocado de una hora, y por nada en el mundo consentiría en presentarse ante una dama, ni aun ante ésta, que es para él como una hija, puesto que la ha visto nacer, sin haberse aseado, perfumado y mudado de pies a cabeza. Encuentra gusto en ello, y, después de todo, la manía es inocente. No gastamos cumplidos con él, y le hubiéramos causado verdadera violencia al retrasar nuestra comida para esperarle. -¿Acaso -dijo Alvimar, a quien habían hecho sentarse en el sitio de honor- hubiera yo debido ir a ofrecer mis respetos a monsieur de Bois-Doré en su habitación antes de empezar el almuerzo? -¡No! -exclamó Lauriana riendo-; le hubierais apenado sorprendiéndole en su tocado. No nos preguntéis por qué; ya lo comprenderéis vos mismo al verle. -¡Además -añadió monsieur de Beuvre-, no le debéis más atenciones que las debidas a un viejo por un joven. En su cualidad de huésped fiduciario, es él quien os debe toda suerte de deferencias. Y monsieur de Ars me ha confiado el encargo de presentaros a él. Al hablar de la juventud de Alvimar, monsieur de Beuvre participaba del error que producía al verle por primera vez. Aunque tenía cerca de cuarenta años, Alvimar no aparentaba tener treinta, y acaso, en su fuero interno, monsieur de Beuvre comparaba el hermoso rostro de su huésped temporal con el de su querida hija Lauriana. Su preocupación constante era el deseo de encontrar para su hija, fuera del país, un marido que no exigiese la abjuración solemne. El buen hidalgo ignoraba que los jesuitas reinaban ya en todas partes, y que el Berry era precisamente una de las provincias en las que su propaganda era menos activa. También ignoraba que Alvimar era, en cuerpo y alma, un perfecto caballero de la Santa Inquisición. Guillermo, queriendo proporcionar a su amigo una acogida cordial, se había guardado mucho de pintarle como un ortodoxo excesivamente puntilloso. Él también era católico; pero como era tolerante y hasta poco creyente, ni al presentar a Alvimar al dueño de la casa, ni al recomendarle a monsieur de Bois-Doré había hablado de la cuestión religiosa, a la cual estas personas no daban tampoco mucha importancia en sus relaciones. Pero hablando aparte con monsieur de Beuvre, le había asegurado, en pocas palabras, que el señor Villarreal -tal era al nombre convenido por Alvimar- era de buena familia y se hallaba en camino de hacer fortuna. Guillermo lo creía así, porque Alvimar ocultaba su pobreza con todo el orgullo de que es capaz un español sobre este particular. El primer servicio se efectuó con toda la calma peculiar de los criados del Berry, y fue saboreado con la lentitud metódica de las personas bien educadas que no quieren aparentar glotonería. El lento comer, las pausas prolongadas entre bocado y bocado, los relatos del anfitrión entre plato y plato, son aún artículos del código de la buena educación para los ancianos del Berry. Los aldeanos modernos extreman este principio de urbanidad, y quien come con ellos puede tener la seguridad de que permanecerá tres horas seguidas en la mesa, aunque no sea más que delante de un pedazo de queso y una botella de aguapié. Alvimar, cuyo espíritu inquieto y activo no se adormecía en los placeres de la comida, se aprovechó de la majestuosa masticación de monsieur de Beuvre para hablar con su hija, que comía poco y de prisa, y se ocupaba más de su huésped y de su padre que de ella misma. Sorprendiole encontrar ingenio en una muchacha que vivía en el campo y que, salvo una o dos escapadas a Bourges o a Nevers, no había salido de las tierras de sus dominios. Lauriana no tenía gran cultura, y acaso hubiera sido incapaz de escribir una carta de extensión sin hacer alguna falta gramatical. Pero su conversación era agradable, y a fuerza de oír a su padre y a sus vecinos hablar de la política de la época, conocía y juzgaba sanamente la Historia desde el reinado de Luis XII y las primeras guerras de religión. Sin embargo, como veneraba el recuerdo de Carlota de Albret y se enorgullecía de descender de ella, no tuvo ocasión de dejar ver a Alvimar que era hereje. Además, la cortesía de aquel tiempo prohibía hablar inútilmente de las propias creencias, aun entre personas de la misma comunión, porque había muchos matices religiosos y la controversia surgía en cualquier parte. Lauriana, además de poseer una gran delicadeza y muy buen juicio, tenía una mezcla de sinceridad y de malicia peculiar del carácter del Berry, y esta alianza de dos cosas opuestas produce una manera de ver y de hablar bastante original. Era del país en el que se sabe decir las verdades riendo y sin necesidad de reñir. Alvimar, que era más déspota que irónico y más rencoroso que sincero, se sintió, sin saber por qué, algo cohibido ante aquella niña. A ratos le parecía que Lauriana adivinaba su carácter, su vida o su reciente aventura, y que le daba a entender: «A pesar de todo, no por eso dejamos de ser unas buenas gentes, dispuestas a ayudarle.» Cuando llegó el momento de servir el asado, monsieur de Bois-Doré hizo su aparición, en medio de un gran ruido de puertas y de platos, precedido por un criadito lujosamente ataviado, al que ocultamente daba el nombre de paje, como para justificar este verso, que más tarde señaló análogas ridiculeces: Todo marqués quiere tener pajes. y obedeciendo a los edictos, que ya no permitían tener pajes más que a los príncipes y a los hidalgos de alto rango. Ante la aparición de su huésped, Alvimar tuvo que contener la risa, a pesar de su melancolía habitual y de su malestar presente. Silvio de Bois-Doré había sido uno de los hombres más hermosos de su tiempo: alto, bien formado, de cuerpo robusto y ágil, con cabellos negros, piel blanca, ojos magníficos y facciones perfectas; había gustado a muchas mujeres, pero, a causa de su ligereza y de su frialdad estudiada, no había inspirado nunca una pasión violenta o duradera. Para encarnar el tipo de héroe apasionado que gustaba en los tiempos de la juventud de Bois-Doré no bastaba con una bondad sin límites, ni con una lealtad extraordinaria, dada su época y su ambiente, ni con una esplendidez regia en los momentos de suerte y de fortuna o una filosofía perfecta en las horas de desgracia; en una palabra, no bastaba con las cualidades fáciles y simpáticas de los aventureros campeones del Bearnés. En aquella época, exaltada y sanguinaria, la galantería necesitaba un poco de ferocidad para llegar a la pasión romántica, y, fuera de los combates, en los que se portaba con valentía, Bois-Doré tenía una mansedumbre irritante. No había asesinado a ningún marido ni a ningún hermano; no había degollado a ningún rival entre los brazos de una amante infiel; se consolaba fácilmente con Javotte o con Nanette de las traiciones de Diana o de Blanca. Por aquel entonces Bois-Doré, a pesar de su afición a las novelas pastorales y de caballería, pasaba por tener un espíritu mezquino y un corazón poca ardiente. Pero se consolaba de que las mujeres le engañasen o se riesen de él, tanto más cuanto que nunca se había dado cuenta de ello. Era hermoso, liberal y valiente, y lo sabía; sus aventuras eran breves, pero numerosas; su corazón necesitaba más amistad que pasión, y, por su discreción y la dulzura de sus costumbres, había merecido el afecto de todo el mundo. Por lo tanto, se había encontrado feliz sin preocuparse de despertar pasiones, y, en realidad, había amado un poco a todas las mujeres sin adorar a ninguna. Se le hubiera acusado de egoísmo si este reproche se hubiera podido conciliar con el de ser demasiado bueno y humano. Era, en cierto modo, la caricatura del buen Enrique, a quien muchos llamaban ingrato y traidor, pero a quien, sin embargo, todos amaban después de haberle tratado. Pero el tiempo había pasado, lo que tampoco se había dignado notar monsieur de Bois-Doré. Su cuerpo flexible se había tornado rígido y duro; sus hermosas piernas se habían secado; su frente noble se había desguarnecido, y las arrugas rodeaban sus ojos como los rayos rodean al sol. Lo único que había conservado de su juventud perdida eran los dientes algo largos, pero blancos y bien alineados; en los postres cascaba avellanas con afectación para que todo el mundo se fijase. Sus vecinos afirmaban que se molestaba si se olvidaban de ponerle avellanas en la mesa. Al decir que monsieur de Bois-Doré no había notado los ultrajes del tiempo, queremos expresar la satisfacción que seguía causándose así mismo; pero indudablemente se dio cuenta de que envejecía, y combatió los estragos con un valor obstinado. Creo que empleó en esta batalla la mayor energía de que era capaz. Cuando vio que sus cabellos empezaban a blanquear y caer, hizo un viaje a París sólo para encargarse una peluca en la mejor casa. La peluquería era ya un arte; los historiadores detallistas dicen que las pelucas con las rayas de seda blanca y los cabellos minuciosamente colocados costaban, por lo menos, sesenta pistolas. Pero monsieur de Bois-Doré, que ya era rico y no tenía inconveniente en gastar mil doscientos a mil quinientos francos de nuestra moneda en una indumentaria corriente y cinco o seis mil en un traje de gala, no se detuvo ante aquella pequeñez. Corrió a probarse pelucas; al principio se encaprichó de una guedeja rubia que, según opinión del peluquero, le sentaba maravillosamente. Bois-Doré empezaba a creerlo, a pesar de que en su vida se había visto de rubio; pero se probó una color castaño que -siempre según la opinión del vendedor- le sentaba tan bien como la otra. Las dos costaban lo mismo; pero Bois-Doré se probó una tercera que costaba diez escudos más y que llevó a su colmo el entusiasmo del peluquero; aquélla era verdaderamente la única que ponía de relieve los atractivos del señor marqués. -Este peluquero debe de tener razón -pensó Bois-Doré, recordando el tiempo en que las señoras se maravillaban por ver una cabellera tan negra como la suya con una piel tan blanca. Sin embargo, permaneció unos momentos ante el espejo, sorprendiéndose de que aquella guedeja sombría le diese un aire duro y violento. -Es extraordinario cómo me cambia la expresión -pensó-. Y sin embargo, éste es mi color natural-. Tenía en mi juventud el aire tan dulce como lo tengo ahora. Mi abundante cabellera negra no me daba este aspecto de maldad. No se le ocurrió pensar que las operaciones de la Naturaleza se efectúan siempre con perfecta armonía, lo mismo al hacernos como al deshacernos, y que sus cabellos grises le daban el aire que le correspondía. Pero tantas veces le repitió el peluquero que con la hermosa peluca no aparentaba más de treinta años, que la compró, y en el acto se encargó otra por economía -dijo él-, para que la primera durase más tiempo. Sin embargo, al día siguiente volvió sobre su acuerdo; encontraba que su cabeza tan joven le hacía parecer más viejo que antes, y todas las personas a quienes consultó fueron del mismo parecer. El peluquero le explicó que las cejas y la barba tenían que hacer juego con la cabellera, y le vendió un tinte. Pero Bois-Doré se encontró entonces tan pálido en medio de tantas manchas de tinta, que el peluquero hubo de explicarle también la necesidad del colorete. Bois-Doré le preguntó: -¿Dicen que cuando se empieza a usar artificios ya no es posible detenerse? -Tal es la costumbre -contestó el rejuvenecedor-; escoged entre ser o parecer. -¿Pero es que yo soy viejo? -No, puesto que con la ayuda de mis recetas podéis todavía parecer joven. Desde aquel día Bois-Doré gastó peluca; llevó las cejas, la barba y los bigotes pintados y llenos de cosmético; el hocico, embadurnado; colorete en las mejillas; polvos olorosos en todas las arrugas de la cara; además, esencia y saquitos de perfume sobre su persona; tanto es así, que cuando salía de su cuarto se le olía desde el corral, y bastaba con que pasase por delante de la perrera para que sus galgos corredores se quedasen estornudando y haciendo muecas durante una hora. Cuando hubo conseguido transformarse de un hermoso anciano que era en un viejo muñeco grotesco, pensó en estropear también su parte que tenía la dignidad correspondiente a sus años: hizo forrar sus calzones y sus justillos con dobles hojas de acero, y tomó la costumbre de andar tan derecho, que todas las noches se metía en la cama con agujetas. Afortunadamente para él, la moda cambió, sin lo cual se hubiera muerto. Los justillos rígidos y apretados de Enrique IV se ensancharon sobre el pecho de los favoritos de Luis XIII, formando ligeras casacas. Los calzones amplios y flotantes, obedientes a todas las inflexiones del cuerpo, reemplazaron a las bragas con armadura. A Bois-Doré le costó trabajo admitir estas innovaciones y separarse de sus inflexibles gorgueras afolladas para disfrutar de mayor comodidad con las ligeras rotondas. Lamentó hondamente la desaparición de los pasamanos; pero poco a poco las cintas y los encajes le sedujeron, y después de un breve viaje que hizo a París volvio vestido a la moda de los jóvenes de buen tono, afectando su desenvoltura indolente y fatigada, tumbándose en los butacones con posturas cansadas y levantándose en tres tiempos cuando estaba sentado; en una palabra: con su alta estatura y sus rasgos acentuados reproducía el tipo de marquesito ñoño que treinta años más tarde Molière encontró completamente transformado en su ridiculez y a punto para la sátira. Con este disfraz, que hacía de él una especie de cómico fantasmón, Bois-Doré tenía más facilidad para ocultar el peso real de sus años. A primera vista, Alvimar le encontró espantoso. La profusión de bucles de ébano sobre aquella faz arrugada; las cejas tupidas y terribles sobre aquellos ojos tan dulces; el colorete resplandeciente, que parecía una careta disparatadamente colocada sobre una cara respetable y bondadosa, le desconcertaban. La indumentaria, exageradamente esmerada, con su abundancia de galones, de bordados, de lazos y de penachos, resultaba de lo más ridículo que puede darse de día y para el campo; añadiéndose a ello que los matices pálidos y desmayados que nuestro marqués prefería contrastaban mucho más con el aspecto leonino de su bigote erizado y de su guedeja postiza. Pero la acogida que le hizo el viejo hidalgo destruyó agradablemente en Alvimar el efecto repulsivo de su disfraz carnavalesco. Monsieur de Beuvre se había levantado para presentar al marqués el amigo de Guillermo y recordarle que estaba a su cargo por varios días. -Si me encontrase en mi propia casa -dijo monsieur de Beuvre-, reclamaría para mí mismo este placer y este honor; pero no debo olvidar que estoy en casa de mi hija. Además, mi querido Silvio, esta morada es menos rica y menos lujosa que la vuestra, y no queremos privar a monsieur de Villarreal de los agrados que en ella le esperan. -Acepto esta hipérbole -dijo Bois-Doré-, si tiene la facultad de deslumbrar a monsieur de Villarreal hasta el punto de hacerle permanecer largo tiempo bajo mi techo. Y abriendo sus grandes brazos, cubiertos de encajes hasta los codos, abrazó al supuesto Villarreal, diciéndole con una risa llena de bondad que mostraba sus grandes dientes blancos: -Aunque fueseis el diablo, señor, del momento que me habéis sido confiado, sois para mí un hermano. Se guardó mucho de decir «como un hijo»; porque hubiera temido revelar el número de sus años, que creía misterioso para los demás, desde que él mismo lo había olvidado. Villarreal de Alvimar hubiera fácilmente prescindido del abrazo de un católico tan reciente; tanto más, cuanto que los perfumes de que el marqués estaba impregnado le quitaron el ya escaso apetito que tenía, y que, después de abrazarle, Bois-Doré le oprimió vigorosamente las manos entre sus dedos secos y cubiertos por enormes sortijas. Pero Alvimar debía pensar, ante todo, en su propia seguridad, y sintió, por el acento cordial y decidido del marqués, que se hallaba en manos fieles y leales. Por lo tanto, se resignó a agradecer la doble hospitalidad de la que era objeto, mostrándose bajo su más amable aspecto, y cuando se levantó de la mesa, los dos ancianos hidalgos estaban encantados con él. Sin embargo, hubiera deseado descanso; pero el castellano le desafió para un partido de ajedrez y luego para uno de billar, con Bois-Doré, quien se dejó vencer. A Alvimar le gustaba el juego, y la ganancia de algunos escudos de oro no le era indiferente. Las horas pasaban en una intimidad en cierto modo malgastada, puesto que aquellas diversiones no provocaron ninguna conversación bastante seguida para facilitar el conocimiento de los tres personajes. Madame de Beuvre se había retirado después de la comida; reapareció hacia las cuatro, al ver que se hacía en el patio los preparativos para la marcha de sus huéspedes. Les propuso tomar el aire en los jardines antes de separarse. VI Era hacia fines de octubre. El veranillo de San Martín se había prolongado y los días más cortos eran todavía claros y templados. Los árboles, desnudos, dibujaban su hermosa silueta sobre el sol rojo, que se ponía detrás de las negras zarzas que resaltaban sobre el fondo del horizonte. Una capa de hojas secas cubría los paseos, de bojs y de tejos cuajados, que daban a los jardines de aquella época una seriedad limpia y digna. En los fosos, hermosas y viejas carpas, acostumbradas a recibir las migas de pan que les echaba Lauriana, seguían a los paseantes. Un lobito domesticado acompañaba a Lauriana como un perro; estaba dominado y maltratado por el gran podenco predilecto de monsieur de Beuvre; este podenco, joven y retozón, no manifestaba aversión alguna hacia su compañero y le arrollaba y le mordisqueaba con la brusquedad llena de soberbia de un niño noble dignándose jugar con un villano. En el momento en que Alvimar se disponía a ofrecer su brazo a la bella Lauriana, se detuvo al ver que monsieur de Bois-Doré se acercaba a ella con la misma intención. Pero el cortés hidalgo retrocedió a su vez. -Este derecho os pertenece -dijo-; un huésped como vos debe estar antes que todos los amigos; pero sabed el valor del sacrificio que os hago. -Aprecio todo el mérito que tiene -contestó Alvimar, en cuyo brazo Lauriana apoyó ligaramente su manita-, y de cuantas bondades tenéis para conmigo, estimo que ésta es la mayor. -Veo con placer -dijo Bois-Doré, caminando a la izquierda de madame de Beuvre- que entendéis la galantería francesa a la manera del difunto rey, nuestro Enrique, de grata memoria. -Espero entenderla mejor. -¡Oh!, eso sería prometer ya demasiado. -Al menos nosotros, los españoles, la entendemos de distinta manera. Pensamos que la fidelidad en el cariño hacia una sola mujer es preferible a la galantería hacia todas. -¡Oh! Entonces, mi querido conde... ¿Sois conde, verdad, o duque?... Dispensad; pero sois grande de España; lo sé, lo veo... ¿Caéis en la perfecta fidelidad de la novela? Nada más hermoso, mi querido huésped, nada más hermoso. ¡A fe mía! Monsieur de Beuvre llamó a Bois-Doré a poca distancia para enseñarle no sé qué árbol recién plantado, y Alvimar aprovechó la interrupción para preguntar a Lauriana si monsieur de Bois-Doré se había querido burlar de él. -De ninguna manera -contestó ella-; debéis saber que la novela de monsieur de Orfé es la lectura favorita de nuestro querido marqués, y que se la sabe casi de memoria. -¿Cómo pueden conciliarse estos gustos de gran pasión con los de la antigua corte? -Es muy sencillo. Cuando nuestro amigo era joven, dícese que se enamoraba de todas las damas. Al envejecer, su corazón se ha enfriado; pero pretende ocultarlo, como cree ocultar sus arrugas fingiendo haber sido convertido a la virtud de los grandes sentimientos por el ejemplo de los héroes de Astrée. Tanto es así, que para disculparse de no cortejar a ninguna bella se jacta de permanecer fiel a una, a quien no nombra y que nadie ha visto nunca ni verá jamás, por el excelente motivo de que sólo existe en su imaginación. -¿Es posible que a sus años se crea obligado a fingir amor? -Es natural, puesto que quiere pasar por joven; si confesase que las mujeres le tienen ya sin cuidado las unas como las otras, ¿por qué había de tomarse el trabajo de embadurnarse la cara y de gastar peluca? -¿Entonces creéis que no es posible ser joven sin estar enamorado de alguna mujer? -Eso no lo sé -contestó alegremente madame de Beuvre-; no tengo experiencia y no conozco el corazón de los hombres; pero lo he oído decir, y, según parece, monsieur de Bois-Doré debe estar convencido de ello. Y vos, ¿qué opináis? Yo creo -dijo Alvimar, que sentía curiosidad por conocer las ideas de la dama- que se puede vivir largo tiempo con el recuerdo de un amor pasado, en espera de un amor futuro. Lauriana no contestó, y sus hermosos ojos azules miraron al cielo. -¿En qué pensáis? -le preguntó él, con una familiaridad acaso demasiado tierna. La indiscreta pregunta pareció sorprender a Lauriana. Le miró con un aire que parecía decir: «¿Qué os importa?» Pero desechó de sus palabras toda dureza inútil, y contestó sonriendo: -No pensaba en nada. -Es imposible -prosiguió Alvimar-; se piensa siempre en algo o en alguien. -Se piensa vagamente, tan vagamente, que al minuto siguiente ya no se recuerda. Lauriana no decía la verdad. Había pensado en Carlota de Albret, y vamos a traducir lo que había pasado en su breve meditación. Aquella pobre princesa se le había como aparecido para inspirarle la contestación que Alvimar solicitaba; esta contestación era: «A veces una joven que no ha amado nunca y que siente impaciencia por amar acepta ligeramente el cariño que se le ofrece, y a veces cae entre los brazos de un malvado, que la martiriza, la deshonra y la abandona.» Alvimar estaba lejos de suponer la extraña advertencia que esta alma virgen acababa de recibir; creyó que se trataba de un poco de coquetería, y aunque su alma era como el mármol, el juego le agradó. Insistió: -Apuesto -dijo- que habéis pensado en un amor más real que la pasión de la cual monsieur de Bois-Doré os da la parodia; en un amor que pudierais, si no sentir, al menos inspirar a un perfecto caballero. Tan pronto como hubo pronunciado estas palabras de provocación trivial, pero que supo matizar con una emoción que se le figuró persuasiva, sintió que el brazo de Lauriana se estremecía y se separaba del suyo, y al mismo tiempo la vio palidecer y retroceder. -¿Qué os sucede? -exclamó intentando recuperar el brazo. -Nada, nada -contestó Lauriana esforzándose en sonreír-. He visto una culebra ahí, entre los juncos, y he sentido miedo; voy a llamar a mi padre para que la mate. Y echó a correr hacia monsieur de Beuvre, mientras que Alvimar, buscando al maldito bicho, batía con su bastón los juncos de la escarpa. Pero no apareció ningún bicho, ni bonito ni feo, y cuando los ojos de Alvimar buscaron a madame de Beuvre, la vieron abandonar el jardín y entrar en el patio. «Es una sensitiva -pensó viéndola alejarse-; sea porque haya tenido miedo de la serpiente, sea porque mis palabras hayan causado su repentina turbación... ¡Ah! ¿Por qué no tendrán las reinas y las princesas, que llevan en sus manos los altos destinos, el amoroso candor de las damitas campesinas?» Mientras que su vanidad explicaba de esta manera la emoción de Lauriana, la joven había subido a la capilla de Carlota Albret, no para rezar, pues no solía frecuentar este oratorio católico, ordinariamente cerrado como santuario de una memoria respetable, sino para cerciorarse de un hecho que acababa de trastornarla. Había en la capillita un retrato, ya muy ennegrecido y ahumado por el tiempo, que no se enseñaba nunca a nadie, pero que se conservaba en el sitio en que se había hallado, por respeto hacia la disposición de las cosas que fueron del uso de la santa familia. Lauriana no había visto este retrato más que dos veces en su vida. La primera, por casualidad, porque una viejecita encargada del aseo de la capilla había abierto, para limpiarlo, una especie de armario que lo encerraba. Lauriana era entonces una niña. Sin que supiese por qué, el retrato la había asustado. La segunda vez era bastante reciente; su padre, al contarle con ciertos detalles de tradición la historia de la pobre duquesa, le había dicho: -Y, sin embargo, nuestra santa abuela no aborrecía aquel monstruo. Acaso porque le hubiese amado antes de conocer los crímenes que le mancillaban; acaso únicamente impulsada por la caridad cristiana, se impuso como un deber el rezar por él, y guardaba su retrato en la capilla. Lauriana había comprendido de quién era la espantosa imagen del viejo cuadro y había deseado volverle a ver. Lo había mirado con atención y sangre fría, y se había jurado a sí misma no casarse nunca con un hombre que tuviese el menor parecido con aquel terrible rostro. A pesar de la serenidad de su examen, el espectro había permanecido por algún tiempo ante sus ojos, y cada vez que se le presentaba una fisonomía siniestra la comparaba instintivamente con el tipo aborrecido. Pero como era por temperarnento alegre, tranquila, y tan valiente como la mayoría de las jóvenes castellanas de aquel tiempo de disturbios y de peligros recientes, había acabado por olvidar su preocupación. Por lo tanto, al ver a Alvimar no se le había ocurrido establecer la menor aproximación, y aun en el jardín, al darle el brazo, al conversar alegremente con él, al mirarle frente a frente, tampoco había sentido temor alguno. Sin embargo, ¿por qué había pensado en Carlota de Albret mientras que él hablaba? No lo sabía, y al principio no le concedió mucha importancia. Pero Alvimar había insistido para conocer sus pensamientos; casi le había hablado de amor; al menos, él, a quien veía por primera vez, le había dicho más en dos palabras que lo que nunca se atrevió a decirle ninguno de los amigos, jóvenes o viejos, que la rodeaban. Sorprendida por tanta audacia, había vuelto a mirarle; pero esta vez le había mirado a hurtadillas, y, sobre el rostro encantador, había sorprendido una sonrisa pérfida; al mismo tiempo, el perfil, que se dibujaba sobre el fondo rojizo del cielo bajo, le había arrancado un gesto de terror. ¡El hermoso joven que parecía provocar los primeros latidos de su corazón se parecía a César Borgia! Fuese realidad o ilusión, le había sido imposible permanecer un insitante más junto a él. Había inventado un pretexto a su terror, había huido y venía a mirar el retrato, para borrar o confirmar sus dudas. VII Como anochecía rápidamente, y la parte del patio estaba ya sombría, Lauriana volvió sobre sus pasos, para buscar una luz en su alcoba, situada en el pabellón que daba a la galería de la capilla. El armario que contenía el retrato era una de esas arcas incrustadas en la pared, en las que, en las iglesias de aldea, se guardan los estandartes de las procesiones. Le abrió con rapidez, y, colocando convenientemente la bujía, contempló la imagen del infame. La pintura era hermosa; César y Lucrecia Borgia fueron contemporáneos de Rafael y de Miguel Ángel, y aquel retrato, algo secamente pintado, tenía el estilo primero de Rafael. Pertenecía a la misma escuela. El rostro del duque de Valentinois no ostentaba las manchas lívidas ni las horrendas pústulas que los historiadores han descrito, ni los ojos bizcos, «que brillaban con tal fulgor infernal, que ni aun sus compañeros ni sus íntimos podían soportar». Fuese porque el artista le hubiese favorecido, fuese porque le hubiese pintado en una época de su vida en que el vicio y el crimen no «sudaban» todavía en su rostro, el caso es que no resultaba feo. El pintor había presentado al cardenal-bandido de perfil, y el ojo que había copiado miraba recto ante él. La faz era pálida, atrozmente pálida y delgada; la nariz, estrecha y afilada; la boca parecía no tener labios -tan incoloros y finos eran-; el mentón era anguloso; el tipo, distinguido; las facciones, bastante puras; el bigote y la barba, rojos y delicadamente colocados. Pero visto de esta manera, bajo su aspecto más favorable, aquella cabeza de malvado resultaba acaso aún más repelente que si hubiese estado roída por la lepra. Estaba serena y pensativa, y la frente no recordaba en nada a la cabeza aplastada de la víbora. No, no; era mucho peor; era una cabeza bien conformada, con todas las facultades de la inteligencia admirablemente desarrolladas para el mal. El ojo, alargado y apenas entreabierto, parecía estar absorto en la meditación placentera de una maldad, y la imperceptible sonrisa de la boca tenía la somnolienta dulzura de la ferocidad saciada. No se sabía exactamente en qué consistía el horror de la expresión; estaba en todo. Contemplar aquella fisonomía imprudente y cruel producía frío en el cuerpo y en el alma. «He soñado -pensó Lauriana al detallar las facciones-. No es ni la frente, ni la boca, ni el ojo de ese español. Por mucho que mire, no encuentro aquí ningún parecido como él.» Cerró los ojos, para recordarle sin ver el rostro. Le imaginó de frente; estaba encantador, con una sonrisa de melancolía resignada y orgullosa. Le imaginó de perfil: sonreía. Pero tan pronto como hubo recordado aquella sonrisa volvió a ver el perfil del infame César, y como si las dos huellas se hubiesen unido, le fue ya imposible separarlas. Cerró el armario y miro al púlpito de madera tallada, al reducido altar y al cojín de terciopelo, negro, blanqueado y usado por las rodillas de Carlota. Dobló las suyas y rezó sin pensar en si estaba en una iglesia o en un templo, si era protestante o católica. Invocó al Dios de los débiles y de los afligidos, al Dios de Carlota de Albret y de Juana de Francia. Luego, sintiéndose ya tranquilizada y viendo los caballos dispuestos para la marcha de sus huéspedes, bajó a la sala para recibir su despedida. Halló a su padre muy animado. -Venid acá, señora, mi querida hija -le dijo cogiéndole una mano, para que se sentara en la butaca que Bois-Doré y Alvimar se apresuraban a acercarle-; nos traes la concordia. Cuando las mujeres dejan a los hombres solos, se tornan adustos y hablan de política o de religión, que son puntos acerca de los cuales nadie se puede poner de acuerdo. Sed la bienvenida vos, que tenéis la dulzura de las palomas, y habladnos de las vuestras, que sin duda acabáis de acostar. Lauriana confesó que se había odvidado de sus tórtolas. Sentía sobre ella la mirada clara y penetrante de Alvimar. Se atrevió a mirarle. Decididamente, se parecía al Borgia tanto como pudiera parecerse el buen monsieur Silvain mismo. -¿Es que otra vez habéis disputado con vuestro vecino? -preguntó a su padre abrazándole, mientras que alargaba la mano al viejo marqués-. ¿Pero qué importa, puesto que confesáis que un poco de controversia os es necesaria para la digestión? -No. ¡Pardiez! -contestó monsieur de Beuvre-. Si hubiese sido con él, no tendría por qué lamentarme; el pecado hubiese sido el de costumbre. Pero me he dejado arrastrar por mi humor contradictorio contra monsieur de Villarreal, y eso está contra todas las reglas de la hospitalidad y de la cortesía. Poned la paz, mi querida hija, y decidle, vos que me conocéis, que soy un viejo hugonote testarudo y disputador, pero leal como el oro, y que estoy, a pesar de todo, a su entera disposición. Monsieur de Beuvre se alababa. No era un hugonote muy feroz, y las ideas religiosas estaban confusas en su cerebro. Pero tenía odios y rencores políticos bastante vivos, y no podía oír hablar de ciertos adversarios sin dar rienda suelta a su ruda franqueza. Alvimar le había ofendido al tomar la defensa del ex gobernador del Berry, el señor duque de La Châtre, cuyo nombre había surgido en el azar de la conversación. Lauriana, enterada del tema de la discusión, pronunció dulcemente su fallo: -Os absuelvo a los dos -dijo-; a vos, mi señor padre, por haber reconocido en monsieur de La Châtre el valor y el ingenio; a vos, monsieur de Villarreal, por haber abogado en pro de un hombre que ya no puede defenderse. -¡Bien juzgado! -exclamó Bois-Doré-, y hablemos de otra cosa. -Eso es; no hablemos más de aquel tirano -repuso el viejo hidalgo-; no hablemos más de aquel fanático. -Vos podréis tratarle de fanático -prosiguió Alvimar, que no sabía ceder-; en cuanto a mí, habiéndole conocido mucho en la corte, el único reproche que me hubiera podido atrever a dirigirle hubiera sido el de no amar bastante la verdadera religión y no considerarla más que como un medio de dominar la rebelión. -Es verdad, es verdad -dijo Bois-Doré, que detestaba las discusiones y deseaba concluir, mientras que monsieur de Beuvre, agitándose en su silla, demostraba claramente que la cosa no había terminado para él. -Después de todo -concluyó Alvimar, esperando acabar-, ¿no ha servido con todo celo y fidelidad la causa del rey Enrique, a cuya memoria me parecéis todos completamente adictos aquí? -¡Y con razón, señor! -exclamó monsieur de Beuvre-. ¡Con razón, pardiez! ¿Dónde hallaréis rey mas sabio y más humano? ¿Pero cuánto tiempo le ha estado combatiendo vuestro fanático liguero La Châtre? ¿Y cuántas veces le han hecho traición? ¿Y cuántos escudos ha habido que darle para que se estuviese quieto? Vos sois joven y sois un hombre de mundo; no conocisteis más que al cortesano y al hombre de bellas palabras; pero nosotros, los viejos provincianos, conocemos muy bien a nuestros tiranuelos de provincia. Quisiera que monsieur de Bois-Doré os contase de qué modo aquel gran guerrero hizo, con embustes y traiciones, la gloriosa conquista de Sancerre. - ¡Pobre de mí! -exclamó Bois-Doré algo malhumorado-.¿Cómo queréis que recuerde semejante cosa? -¿Y por qué no habéis de poderla recordar? -repuso Beuvre, sin prestar atención al despecho del marqués-. ¡No supongo que estuvierais en mantillas! -Al menos, era tan joven que no me acuerdo de nada -dijo Bois-Doré. -Pues yo sí me acuerdo -exclamó Beuvre impacientado por la defección de su amigo-, y, sin embargo, tenía diez años menos que vos, y no estaba presente; era paje del valiente Condé, el abuelo del actual, y que os juro que valía bastante más que éste. -Vamos -dijo Lauriana, que aventuró una malicia para sosegar a su padre y desviar la disputa de su motivo principal-, nuestro marqués tiene que confesar que asistió al sitio de Sancerre y que se portó valientemente en él, porque eso lo sabe todo el mundo; es por modestia por lo que no quiere acordarse. -Bien sabéis que no estaba -prosiguió Bois-Doré-, puesto que me hallaba aquí con vos. -¡Oh!, no hablo del último sitio, el del mes de mayo último, el que no duró más que veinticuatro horas y no fue más que el golpe de gracia; hablo del grande, del famoso sitio del año 1572. Bois-Doré aborrecía las fechas; tosió, se agitó, arregló en la chimenea el fuego, que no estaba desarreglado; pero Lauriana se hallaba resuelta a inmolarle bajo las flores de la lisonja. -Ya sé -dijo- que erais muy joven, pero ya os batíais como un león. -La verdad -prosiguió Bois-Doré es que mis amigos realizaron proezas maravillosas y que el asunto fue rudo; pero, a pesar de mi buena voluntad, no pude hacer gran cosa a la edad que tenía. -¡Pardiez! ¡Vos mismo hicisteis dos prisioneros! -exclamó Beuvre golpeando el suelo con el pie-. En verdad que siento rabia cuando veo un hombre de guerra y de corazón, como vos, negar sus buenas proezas antes de confesar su edad. Bois-Doré se sintió hondamente herido y su cara se entristeció; era su única manera de manifestar enojo a sus amigos. Lauriana vio que había ido demasiado lejos; quería sinceramente a su viejo vecino, y cuando él dejaba de reírse de sus malicias, se le quitaban a ella también las ganas de reír. -No, señor -dijo a su padre-; permitid que vuestra hija os diga que bromeáis. El marqués estaba lejos de los veinte años y su acto fue, por lo tanto, más hermoso. -¡Cómo! ¿No tenía veinte años? -tornó a exclamar monsieur de Beuvre-. ¿Es que yo me he vuelto de pronto el más viejo? -No se tiene más edad que la que se representa -repuso Lauriana-, y basta con mirar al marqués... Se detuvo, sintiéndose sin valor para pronunciar tal mentira a guisa de consuelo; pero la intención bastó, pues Bois-Doré se contentaba con poco. Le dio las gracias con una mirada, y su frente se esclareció; Beuvre se echó a reír; Alvimar admiró la gentileza de Lauriana, y la borrasca quedó desviada. VIII Hablaron sosegadamente unos instantes más. Monsieur de Beuvre rogó a Alvimar que no tomase en cuenta sus salidas y que volviese a los dos días, con Bois-Doré, que solía almorzar todos los domingos en la Motte; luego vinieron a anunciar que la carroza del señor marqués estaba dispuesta. La carroza de monsieur de Bois-Doré era una enorme y pesada berlina, valientemente arrastrada por cuatro percherones fuertes y hermosos, acaso demasiado gordos, porque en casa del buen monsieur Silvain todo estaba bien nutrido, bichos y gentes. Este respetable vehículo, destinado a afrontar las carreteras transitables, y aun las no transitables tenía una solidez a toda prueba, y si la flexibilidad de su marcha dejaba algo que desear, al menos el enorme mullido del interior ofrecía a los viajeros la seguridad de no partirse excesivamente los huesos, aun en caso de vuelco. Debajo del forro de damasco había un espesor de seis pulgadas de lana y estopa; de suerte que se gozaba en el vehículo, si no de toda clase de comodidades, al menos de una especie de seguridad. Era un hermoso coche, completamente forrado de cuero adornado con clavos, que formaban cenefas ornamentales alrededor de los tableros. Para subir y bajar había una escalerita, que se retiraba y se colocaba en el interior cuando el coche se ponía en marcha. En esta ciudadela ambulante se veía un arsenal, compuesto de pistolas y espadas, sin olvidar la pólvora y las balas; de suerte que, llegado el caso, podía sostenerse un sitio en regla. Dos criados a caballo abrían la marcha llevando antorchas; otros dos portaantorchas iban detrás del coche con el criado de Alvimar, que llevaba el caballo de éste sujetándole por la rienda. El pajecito del marqués subió al pescante al lado del cochero. Todo esto se efectuó con un gran estrépito, al que se unió el ruido del puente levadizo al levantarse tras la cabalgata, y los ladridos alegres de los perros sueltos por el patio, produciendo tal algarabía, que se oyó hasta en la aldea de Champillé, situada a un cuarto de legua de distancia. Alvimar creyó deber dirigir a Bois-Doré algunas alabanzas sobre su hermosa carroza, que era un objeto de lujo y confort poco corriente en provincias y que, particularmente en el país, pasaba por ser una maravilla. -No esperaba -dijo- encontrar en el interior del Berry las comodidades de las grandes ciudades, y veo, señor marqués, que lleváis aquí la vida de un perfecto noble. Nada podía ser más halagador para el marqués que esta última expresión. Era un simple gentilhombre, y, a pesar de su título, no era, no podía ser, un noble. Su marquesado consistía en un modesto cortijo del Bauvoisis, que ni siquiera le pertenecía. Un día de fatiga y de peligro, Enrique IV había llegado con él y con una reducidísima escolta a aquel cortijo, donde el azar de la guerra civil les había obligado a detenerse. El cortijo estaba desierto y abandonado, y el rey corría gran riesgo de no almorzar, cuando monsieur Silvain, que era hombre de recursos en esta clase de aventuras, descubrió en un matorral algunas aves abandonadas y ya salvajes. El Bearnés se había proporcionado el placer de una caza improvisada y monsieur Silvain se había encargado de guisar las piezas cobradas. El inesperado festín puso al rey de Navarra de buen humor y «regaló» el cortijo a su buen compañero, elevándole al rango de marqués por su propia voluntad y, según dijo, para recompensarle por haber impedido que un rey se muriese de hambre. La posesión se había limitado a aquella estancia de unas horas en el pequeño feudo, conquistado sin batalla. Al día siguiente había sido recuperado por el partido contrario, y después de la paz había vuelto a sus propietarios legítimos. Esto no le importaba a Bois-Doré, que no tenía ningún interés por la barraca, sino por su título; más tarde, el rey de Francia confirmó riendo la promesa hecha por el rey de Navarra. Ningún pergamino certificó aquella dignidad al gentilhombre del Berry; pero bajo la protección del monarca, ya todopoderoso, el título fue admitido, y el obscuro campesino se vio acogido en la intimidad del rey como marqués de Bois-Doré. Como nadie protestó, la broma y la tolerancia del rey crearon, si no un derecho, al menos un precedente, y por mucho que se mofaron del Marquesado de monsieur Silvain Bouron du Neyer -este era su verdadero nombre-, él, a pesar de los burlones, se tuvo por noble. Después de todo, merecía aquel título y lo llevaba más dignamente que muchos otros partidarios. Alvimar ignoraba estas circunstancias. Había prestado poca atención a lo que Guillermo de Ars le había indicado rápidamente. No pensó en burlarse de la nobleza de su huésped, y nuestro marqués, habituado a que le molestasen sobre este delicado punto, le agradeció infinitamente su cortesía. Pero creyó debérselas dar de robusto para borrar la enojosa fecha del sitio de Sancerre. -Tengo esta carroza -dijo- con el único objeto de poder ofrecerla a las damas de mi vecindad cuando se presenta el caso; en cuanto a mí, prefiero el caballo. Se va más de prisa y con menos aparato. -Entonces -repuso Alvimar-, al mandar venir hoy la carroza, ¿me habéis tratado como a una dama? Esto me confunde, y si hubiera pensado que no temíais el fresco de la noche os hubiera suplicado que no cambiarais nada en vuestras costumbres. -He pensado que, después del viaje que acabáis de hacer, habíais cabalgado bastante por hoy, y en lo que atañe al frío, para decir la verdad, confieso que soy un gran holgazán, y me proporciono dulzuras que mi salud no necesita para nada. Bois-Doré quería conciliar la indolencia de los jóvenes de la corte con el vigor de los jóvenes campesinos, y a veces se encontraba muy apurado para armonizar estas cosas. En realidad, estaba todavía fuerte, a pesar de algunos dolores de reuma, que no confesó nunca, y de una leve sordera, que negaba, poniendo las equivocaciones de su oído a la cuenta de su distracción. Añadió: -Debo pediros que disculpéis la descortesía de mi amigo Beuvre. Nada hay más inoportuno que las disputas religiosas, que están ya completamente pasadas de moda. Perdonad la testarudez de un anciano. En el fondo, Beuvre se preocupa tanto como yo de estas sutilezas. Su amor al pasado le da de vez en cuando la manía de censurar a los muertos, molestando así grandemente a los vivos. No comprende por qué la vejez tiene la pedantería de sus recuerdos, ¡como si en todas las edades no se vieran bastantes cosas y bastantes gentes para adquirir toda la filosofía que se necesita! ¡Ah, mi querido huésped! ¡No hay como las gentes de París para saber conversar con delicadeza y moderación acerca de todos los asuntos de controversia! Nada, por ejemplo, como el hotel de Rambouillet. ¿Habréis frecuentado seguramente el «salón azul de Artemisa»? Alvimar pudo, sin faltar a la verdad, contestar que había sido recibido en casa de la marquesa. Su ingenio y su cultura le habían abierto las puertas del Parnaso a la moda; pero había sido ave de paso, porque su intolerancia se había revelado demasiado pronto en aquel santuario de la urbanidad francesa. Además, era poco aficionado a la pastoral literaria. La ambición del mundo le devoraba, y la pastoral, que es un ideal de reposo y de ocios modestos, no convenía a su carácter. Y se sintió poseído por la fatiga y el sueño cuando Bois-Doré, encantado por tener alguien con quien hablar, se puso a recitar páginas enteras de la Astrée. -¿Existe nada más hermoso -exclamaba el buen marqués- que esta carta de la pastora a su amante? «Soy recelosa, soy celosa, soy difícil de conseguir y fácil de perder y muy susceptible de ofenderme y muy difícil de apaciguar. Mis voluntades han de ser fatalidades; mis opiniones, razones, y mis mandamientos, leyes inviolables.» ¡Eso es estilo! ¡Qué hermosa pintura de un carácter!... Y lo demás, señor, ¿no contiene toda la sabiduría, toda la filosofía y toda la moralidad que un hombre puede necesitar? Oid esto que Silvia contesta a Galatea: «No puede dudarse de que este pastor está enamorado siendo tan cortés.» ¿Comprendéis bien, señor, la profundidad de este pensamiento? Además, Silvia lo explica: «El amante no desea nada tanto como ser amado; para ser amado debe hacerse amable, y lo que hace amables a los hombres es precisamente lo que les hace corteses.» -¿Qué? ¿Qué pasa? -exclamó Alvimar, despertando de pronto por el discurso de la docta pastora, que Bois-Doré le gritaba al oído, para dominar el ruido que la carroza hacía sobre el rudo empedrado de la antigua vía romana de La Chautre a Chateau Meillant. -Sí, señor, sí; lo mantendré a despecho del mundo entero -prosiguió Bois-Doré, sin notar el sobresalto de su huésped-; y me mato en repetírselo a ese viejo chiflado, a ese viejo hereje en materia de sentimientos. -¿Quién? -preguntó Alvimar asustado. -Hablo de mi vecino Beuvre, un hombre excelente, os lo juro, pero empeñado en la idea de que la virtud está en los libros de teología, que no lee por la razón de que no los entendería; y yo porfío que está en las obras poéticas, en los pensamientos agradables y decorosos, de los que cualquier mortal, por muy simple que sea, puede sacar provecho. Por ejemplo, cuando el joven Lycidas cede a los amores apasionados de Olimpia... Esta vez, Alvimar se volvió resueltamente a dormir. Y monsieur de Bois-Doré seguía declamando cuando la carroza y la escolta hicieron resonar el puente levadizo de Briantes con un ruido semejante al que había producido sobre el de La Motte. -Había obscurecido mucho; Alvimar no vio más que el interior del castillo, que le pareció muy pequeño, y que lo era, efectivamente, en relación con las grandes dimensiones de las moradas de aquella época. Hoy en día, las salas de este castillo parecían muy vastas; pero entonces eran de lo más exiguas. La parte habitada por el marqués, y arruinada por las bandas de aventureros en 1594, era de construcción reciente. Consistía en un pabellón cuadrado, adosado a una torre muy antigua y a otra construcción más antigua todavía; el conjunto constituía un solo macizo de arquitectura heterogénea, de una estrechez esbelta y de un aspecto elegante y pintoresco. -No os asustéis demasiado por el pobre aspecto de mi casita -dijo el marqués a su huésped, precediéndole en la escalera, mientras que su paje y su ama de gobierno, Belinda, les alumbraban-; es tan sólo un pabellón de caza y una morada de soltero. Si alguna vez se me antojase la fantasía del matrimonio, tendría que hacer edificar. Pero hasta ahora no he pensado en ello, y como vos sois soltero también, espero que no encontraréis esta casuca demasiado inconfortable. IX Efectivamente, la casa estaba arreglada, tapizada y adornada con un lujo que no dejaba suponer la puertecita adornada de flores ni el estrecho vestíbulo, del que arrancaba bruscamente la espiral de la escalera. En los suelos embaldosados había buenas alfombras del Berry, y sobre los pisos de madera otras alfombras más ricas, de las manufacturas de Aubusson; en fin, en la sala y en la alcoba del dueño había alfombras de Persia, de alto precio. Los cristales de las ventanas eran anchos y claros; formaban losanges de dos pulgadas cuadradas sin pintar, sobre los que se destacaban medallones armoriados en color. Las tapicerías representaban unas damas gráciles y encantadoras y unos señores muy lindos, cuyos zurrones y cayadas denunciaban su condición de pastorcillas y pastores. Además, los nombres de los principales héroes de la Astrée estaban bordados en la hierba bajo los pies de los personajes, y hermosas palabras les salían de la boca, cruzándose con las respuestas no menos hermosas de los que les hacían pendant. Sobre un panel del salón de recepción se veía al desventurado Celadón precipitándose con una gracia amanerada en la onda azul del Liñón, que con antelación se rizaba, formando redondeles en previsión de la caída. Detrás de él, la incomparable Astrée, dando rienda suelta a su llanto, acudía demasiado tarde para detenerle, a pesar de tener él un pie levantado hasta la mano de la pastora. Encima de este grupo poético, un árbol, más semejante a un cordero que los mismos corderos de aquellas fantásticas praderas, elevaba hasta el techo sus rizadas ramas de algodón. Mas para no desgarrar el alma con el lamentable espectáculo de la muerte de Celadón, el artista le había vuelto a representar en el mismo panel, sobre el otro ribazo del Liñón, fuera del agua, extendido entre los matorrales, entre la vida y la muerte, y cuidado por «tres bellas ninfas, cuyos cabellos sueltos ondeaban sobre los hombros, cubiertos con una guirnalda de perlas variadas. Estas ninfas tenían las mangas del vestido remangadas hasta el codo, del que partía un colgante fruncido, que terminaba cerca de la mano, sujeto por dos gruesas pulseras de perlas. Cada una llevaba a un lado el carcaj, lleno de flechas, y tenía en la mano un arco de marfil; el vestido, arremangado, dejaba ver hasta media pierna sus coturnas doradas». Junto a estas bellas se veía a Meril, custodiando su carro de forma de concha, terminado en quitasol y arrastrado por dos caballos que hubieran podido tomarse por ovejas; tan benigna era su mirada y acarnerada su cabeza. El panel siguiente representaba al pastor auxiliado y sostenido por las amables ninfas y ocupado en lanzar por la boca toda el agua del Liñón que había tragado, lo cual no le impedía decir estas palabras, escritas sobre la vomitona «Aunque viva, ¿cómo es posible que la crueldad de Astrée no me mate?» Durante este monólogo, Silvia decía a Galatea: «Hay en sus ademanes y en sus discursos más nobleza que la que corresponde a un pastor.» Y encima del grupo, Cupido lanzando una fecha más gruesa que él al corazón de Galatea, a pesar de apuntar a su hombro por culpa de un árbol, que le impedía colocarse convenientemente. ¡Pero los dardos del amor son tan sutiles! ¿Qué diré del tercer panel, que representaba el espantoso combate del rubio Filandro con el terrible moro, teniendo éste el rostro ensartado de partea parte, mientras que el valiente pastor, sin desconcertarse, hundía con destreza la punta férrea de su cayado entre los dos ojos del monstruo? ¡Y el cuarto, en el que se veía a la bella Melandra con la armadura del caballero Triste, conducida a la presencia del cruel Lypandas! Pero ¿quién no conoce las maravillas de ese hermoso país de tapicería, como le llama uno de nuestros poetas, loca y risueña comarca, en la que nuestras imaginaciones infantiles han visto y soñado tantos prodigios? Las tapicerías de monsieur Bois-Doré estaban maravillosamente combinadas en el sentido de que, por medio de grupos lejanos, sembrados en el paisaje, se había logrado reunir varias aventuras en una sola, con lo que el buen señor tenía el placer de contemplar las principales escenas de su poema favorito al dar la vuelta por su habitación. Pero eran los colores más absurdos y los dibujos más inverosímiles que puede imaginarse, y nada podía caracterizar mejor el mal gusto, falso y soso, que en aquella época imperaba, junto al gusto espléndido de Rubens y al estilo valiente y real de Callot. Así cada época resume los extremos, por lo que no se deba nunca desesperar de la época en que se vive. Sin embargo, hay que reconocer que ciertas fases de la historia del arte están más favorecidas que otras, y que hay algunas en las que el gusto es tan puro y tan fecundo, que el sentimiento de lo bello penetra en todos los detalles de la vida corriente y en todas las capas de la sociedad. En el momento del pleno conocimiento, todo adquiere un carácter de invención elegante, y hasta en el menor vestigio se siente que las agitaciones de la vida social han favorecido maravillosamente el vuelo de la imaginación. El instinto de lo bello desciende, en este caso, de la región de las altas inteligencias hasta el pobre artesano; desde el palacio a la cabaña no existe ya nada que pueda habituar los ojos y el espíritu a la vista de lo feo o de lo trivial. Esto no ocurría ya bajo el reinado de Luis XIII, y los provincianos del lugar preferían las tapicerías de monsieur de Bois-Doré a los valiosos ejemplares del siglo anterior, que en el castillo de su padre la soldadesca había saqueado o destrozado hacía cincuenta años. En cuanto a él, como se creía artista, no lamentaba la pérdida de aquellas antiguallas, y cuando podía echar la mano sobre algún pintamonas trashumante, le hacía dibujar bajo su dirección lo que él se permitía cándidamente llamar «sus ideas» en muebles y decoraciones, haciéndolas luego ejecutar a altos precios, pues no retrocedía ante ningún gasto para satisfacer sus gustos de lujo pueril y extravagante. Por esto, su castillo estaba lleno de credencias con secreto y de bargueños con sorpresa; esos bargueños maravillosos, que son como grandes armarios con cajones, en medio de los cuales un resorte hace aparecer un palacio encantado en miniatura, sostenido por columnas torcidas, con incrustaciones de gruesas pedrerías falsas y adornado con diminutos personajes de lapislázuli, de marfil o de jaspe. Otros bargueños, completamente chapeados de concha transparente, sobre fondo rojo recamado por cobres relucientes, con incrustaciones de marfil historiado, contenían algunas obras maestras de tornería, cuya disposición ingeniosa y llena de misterios servía para encerrar los billetes amorosos, los retratos, cabellos, sortijas, flores y demás reliquias de amor, al uso de los conquistadores de la época. Bois-Doré daba a entender que sus arcones de ebanistería rebosaban esta clase de tesoros; algunos maldicientes pretendían que estaban vacíos. A pesar de todas las aberraciones de su munificencia, Bois-Doré había transformado su pequeño castillo en un nido lujoso, tibio y brillante, que le había costado más de lo que valía, pero que nos encantaría encontrar intacto en el fondo de alguno de esos castillos del país, hoy abandonados, descalabrados, cayendo en ruinas o convertidos en alquerías. Serían necesarios tres días para examinar todas aquellas chucherías curiosas, que hoy se designan con el nombre nuevo de bibelots, y que debían llamarse más justamente bribelots. No detallaremos aquí el interesante mobiliario de Briantes, porque sería demasiado extenso, y solamente diremos que el señor de Alvimar hubiera podido creerse en la tienda de un chamarilero, por el contraste que ofrecía la profusión de chucherías amontonadas sobre aparadores, chimeneas o elevándose en pirámides sobre las mesas, con la austera desnudez de los palacios españoles, en los que había pasado sus primeros años. En medio de todas estas lozas y cristalerías, frascos, candelabros, jarrones, lámparas, búcaros, sin contar los aguamaniles, copas o bomboneras de oro, de plata, de ámbar o de ágata; los sillones claveteados, lampasados y con franjas de todas las formas y de todos los tamaños; los bancos y los armarios de encina tallada, con grandes cerraduras de hierro, recortado sobre un fondo de paño escarlata; las cortinas de raso, brochadas en oro con ramilletes grandes y pequeños, adornadas con lambrequines, cubiertas de galones de oro fino, etc., etc., había indudablemente hermosas obras de arte y encantadores objetos de la industria contemporánea, mezclados entre muchos perifollos pueriles y afectaciones incómodas. En suma, el efecto general era brillante y agradable, a pesar de que todo estuviese demasiado amontonado y del peligro que se corría de romper algo al menor movimiento. Cuando Alvimar hubo manifestado su sorpresa por hallar aquel palacio del hada Fruslería en el fondo de los humildes valles del Berry, y cuando Bois-Doré le hubo enseñado amablemente las principales riquezas de su domicilio, el ama de gobierno Belinda, que iba y venía dando órdenes con una voz clara y resonante, anunció en voz baja a su amo que la cena estaba dispuesta, mientras el paje abría las puertas en par en par, gritando la fórmula de costumbre, y el reloj del castillo daba las siete, con carillón de música, a la moda de Flandes. Alvimar, que no había podido acostumbrarse a la abundancia de platos de las comidas francesas, quedó sorprendido al ver la mesa cubierta, no sólo por piezas de orfebrería y candelabros, cargados de flores de cristal de todos los colores, sino por una cantidad de fuentes, como si se hubiese tratado de regalar a una docena de personas de buen apetito. -¡Bah! Esto no es una cena -dijo Bois-Doré al oír que Alvimar le reprochaba el haberle tratado en goloso-; es tan sólo un piscolabis. Poned un poco de voluntad, y ya veréis que mi cocinero, a no ser que el galopín haya aprovechado mi ausencia para emborracharse, sabe despertar el apetito perezoso. Alvimar se dejó convencer y reconoció que el apetito se le abría, a pesar suyo. Jamás en la mesa de los grandes señores de su país había probado una comida tan exquisita, y en las más ricas fondas de París no la había hallado mejor. Todo era platitos finos, convenientemente condimentados y muy sabiamente combinados a la moda de la época; gruesas codornices rellenas, sopas de cangrejos, reposterías sutiles, natillas diversamente perfumadas y servidas en cortezas de mazapán, bizcochos especiados con azafrán o clavo, vinos finos de Francia, entre los cuales el vino añejo de Isseudun podía rivalizar con los mejores de Borgoña, y para el postre, los más cálidos vinos de Grecia y de España. Necesitó unas dos horas para probar un poco de todo aquello, mientras que monsieur de Bois-Doré hablaba de bodega y de cocina en maestro consumado y mademoiselle Bedinda dirigía a los criados, con una ciencia y una habilidad incomparables. Durante los dos primeros servicios, el pajecito tocó muy agradablemente la tiorba; pero, al parecer el tercero, se presentó un nuevo personaje, que causó en Alvimar cierto malestar, sin que pudiese explicarse la causa. X Era un hombre de unos cuarenta años, a quien el marqués saludó con el nombre de Jovelin, y que, sin decir una palabra, se sentó en una silla de cuero dorado, en un ángulo de la sala, para no entorpecer el servicio de los criados. Llevaba un saquito de sarga encarnada, que dejó sobre sus rodillas, y se puso a mirar a los comensales con un aire dulce y sonriente. Su cara era hermosa, aunque de facciones vulgares. Tenía la nariz gruesa y la boca grande, el mentón huído y la frente baja. A pesar de estos defectos, no era posible mirarte sin interés, y por poco que contemplase su hermosa cabellera negra, muy descuidada, pero fina y naturalmente rizada; sus magníficos dientes blancos, ostentados por una sonrisa triste, pero franca, y sus ojos negros, de una inteligencia tan viva y de una bondad tan simpática que iluminaban su cara amarillenta, todo hombre leal había de sentirse como obligado a quererle y respetarle. Estaba vestido de paño gris azulado, como un burgués modesto, pero con mucha pulcritud; llevaba medias de lana, una casaca larga y abotonada, un gran cuello vuelto, liso y cortado en cuadro sobre el pecho; mangas abiertas, al estilo flamenco, y un chambergo de gran tamaño, sin plumas. Monsieur de Bois-Doré le preguntó muy cortésmente cómo se encontraba y dio orden de que se le sirviese un vaso de vino de Chipre, que él rechazó con un gesto de la mano; luego no volvió a hablarle, ocupándose exclusivamente de su huésped. La urbanidad de la época exigía que un noble no demostrase demasiadas consideraciones a un inferior, so pena de ofender a sus iguales. Pero Alvimar se dio perfecta cuenta de que las miradas de los dos hombres se cruzaban a menudo y de que a cada palabra pronunciada por el marqués cambiaban una sonrisa de buen acuerdo, como si monsieur de Bois-Doré hubiese querido asociar al desconocido a todos sus pensamientos, bien fuese para lograr su aprobación o para distraerle de algún secreto sufrimiento. Ciertamente, no había en todo esto nada que pudiese alarmar al señor Sciarra. Pero acaso no tenía la conciencia muy tranquila, pues la hermosa y honrada fisonomía de aquel testigo, lejos de serle agradable, le produjo una gran turbación y desconfianza repentina. Sin embargo, el marqués no dijo una palabra ni hizo la menor pregunta que se relacionase con los motivos de la huída del español al fondo del Berry. No habló más que de sí mismo, dando así prueba de urbanidad, pues Alvimar no parecía todavía dispuesto a hacer ninguna confidencia, y su huésped se las arreglaba para darle conversación sin interrogarle nunca. -Encontráis que estoy bien alojado, bien amueblado y bien servido -le decía-; todo esto es verdad. Ya hace varios años -no decía cuántos- que me he retirado del mundo para descansar un poco y para reponerme de las fatigas de la guerra, en espera de los acontecimientos. Os confieso que, desde la muerte del gran rey Enrique, ya no me gusta ni la corte ni la ciudad. No soy un llorón, y tomo las cosas según vienen; sin embargo, he tenido tres grandes dolores en mi vida: el primero, cuando perdí a mi madre; el segundo, cuando perdí a mi hermano; el tercero, cuando perdí a mi noble y buen rey. Mi historia tiene esto de particular: que aquellos tres seres queridos murieron de muerte violenta. Mi rey, asesinado; mi madre, de una caída de caballo, y mi hermano... Pero son historias demasiado tristes, y, por la primer noche que pasáis bajo mi techo, no quiero contaros cosas desagradables en la velada. Sólo os diré lo que me ha hecho perezoso y casero. Después de haber visto expirar a mi rey Enrique, me dije así: «Has perdido todo lo que amabas; ya no te queda por perder más que a ti mísmo; y si quieres que tu vez no llegue pronto, te conviene huir de estos lugares de disturbios y de intrigas y marchar a tu país a cuidar de tu persona afligida y cansada.» Por lo tanto, teníais razón al creer que poseo toda la felicidad que cabe, puesto que he podido tomar el partido que me convenía y preservarme de toda contrariedad; sin embargo, os equivocaríais al creer que no me falta nada, porque si bien no deseo nada, en cambio no puedo decir que no añoro a nadie. Pero ya he hablado bastante de mis penas, y no soy de los que se alimentan con ellas, sin querer consuelo ni distracción. ¿Os gustaría oír, a la vez que probáis estas jaleas de cidra, un músico más hábil que el pajecito de antes? Escuchad vos también, mi bello amigo- añadió, dirigiéndose al paje-, que no os vendrá mal. Al hablar a Alvimar, había lanzado al hambre, a quien llamaba maese Jovelin, una de aquellas miradas cariñosas que más parecían súplicas que órdenes. El hombre del traje gris desabrochó su ancha manga, que cubría una manga más estrecha de color de herrumbre, y se la echó al hombro; luego sacó de su bolso una de esas pequeñas cornamusas, de caña corta e historiada, que se llamaban entonces sordinas, y que se utilizaban en la música de cámara. Este instrumento, tan suave y velado como ruidosas y chillonas son las gaitas de nuestros músicos ambulantes, estaba muy de moda, y apenas maese Jovelin hubo preludiado, se apoderó, no sólo de la atención, sino del alma de sus auditores, porque tocaba admirablemente y hacía cantar la sordina como una voz humana. Alvimar era entendido, y la buena música ejercía sobre él la influencia de llevar su ánimo a una tristeza menos amarga que de costumbre. Se entregó a esta especie de alivio con tanto más agrado cuanto que se sintió tranquilizado al comprender que el personaje silencioso y atento, que en un principio había tomado por una especie de espia dulzón, era un artista hábil e inofensivo. En cuanto al marqués, amaba el arte y al artista, y siempre escuchaba a su músico con una emoción religiosa. Alvimar expresó graciosamente su admiración. Luego, habiendo terminado la cena, pidió permiso para retirarse. El marqués se levantó al momento, hizo seña a maese Jovelin de que le esperase, al paje de que tomase una antorcha, y quiso conducir él mismo a su huésped a la habitación que tenía preparada; luego volvió a sentarse a la mesa, se quitó el sombrero, lo que en aquella época, y contrariamente a la costumbre posteriormente establecida, era señal de que se ponía uno a gusto con toda confianza; se hizo servir una especie de ponche, mezcla de vino blanco, de miel, de almizcle, de azafrán y de clavo, que llamaban entonces clarete, e invitó a maese Jovelin a que se sentase enfrente de él, en el sitio que Alvimar acababa de dejar. -Bueno, maese Clindor -dijo el marqués, sonriendo con bondad al muchacho, a quien, según costumbre, había dado un nombre sacado de la Astrée-; ya podéis ir a cenar con la Belinda. Decidle que os atienda y dejadnos. Esperad -añadió, en el momento en que el paje se disponía a retirarse-; tenéis un modo de andar que he resuelto corregir hoy mismo. He advertido, mi lindo amigo, que tomáis unas maneras que sin duda creéis marciales, pero que sólo son villanas. No olvidéis que, si no sois noble, estáis en camino de serlo, y que un gentil burgués al servicio de un noble está abocado a adquirir un pequeño castillo y tomar su nombre. Pero ¿de qué os servirá el que os ayude a pulir vuestro natural si os esforzáis en envilecer vuestras maneras? Pensad, señor, en dárosla de hidalgo y no de patán. Por lo tanto, tener soltura, esforzaros en pisar con el pie y no en empezar el paso por el tacón y terminarlo por los dedos, con lo que vuestros andares y el ruido de vuestros zapatos se asemejan a la ambladura de un caballo de molinero. Y ahora, id en paz, comed bien y dormid mejor, y si no, ojo con las disciplinas. Clindor, cuyo verdadero nombre era Juan Fachot -su padre era boticario en Saint-Amand-, recibió la filípica de su amo y señor con el mayor respeto, saludó y salió de puntillas como un bailarín, a fin de probar que no pisaba con los tacones ni aa principio ni al final de sus pasos. El viejo criado, que solía quedarse el último, se había ido también a cenar, y el marqués dijo a su músico: -Y bien, mi gran amigo, quitaos también ese enorme chambergo y comed, sin temor a los criados, un buen trozo de este pastel y otro de este jamón, como hacéis todas las noches cuando nos quedamos solos. Maese Jovelin lanzó unos sonidos inarticulados, en señal de agradecimiento, y se puso a comer mientras que el marqués beborroteaba su clarete, más que por golosina, por cortesía, para acompañarle, porque debemos decir que si aquel anciano tenía muchas ridiculeces, no tenía un solo vicio. Luego, mientras que el pobre mudo comía, el buen castellano le dio conversación, lo cual era para el músico una gran dulzura, pues nadie se tomaba el trabajo de hablar con un hombre que no podía responder; se habían acostumbrado a tratarle como a un sordomudo, en el sentido de que, sabiendo que era incapaz de repetir lo que oía, no se privaban de mentir o maldecir delante de él. El marqués era el único que le hablaba con deferencia por su noble carácter, sus grandes conocimientos y sus desgracias, de las que he aquí el breve relato: Lucilio Giovellino, natural de Florencia, era amigo y discípulo del ilustre y desdichado Giordano Bruno. Educado en las altas ciencias y las vastas ideas de su maestro, tenía además una gran aptitud para las bellas artes, la poesía y los idiomas. Era amable, elocuente y persuasivo y había propagado con éxito las atrevidas doctrinas de la pluralidad de los mundos. El día en que Giordano murió entre las llamas con la tranquilidad de un mártir, Giovellino había sido desterrado para siempre de Italia. Aquello había ocurrido en Roma dos años antes de nuestra historia. Bajo las manos de los atormentadores, Giovellino no había querido aceptar la solidaridad con todos los principios de Giordano. A pesar de su cariño por su maestro, había desechado algunos de sus errores, y como no habían podido convencerle más que de la mitad de su herejía, no le habían aplicado más que la mitad del suplicio: le habían cortado la lengua. Arruinado, desterrado, destrozado por las torturas, Giovellino había venido a Francia, donde, por un pedazo de pan, tocaba su dulce cornamusa de puerta en puerta; la Providencia le condujo ante el marqués, que le recogió, le cuidó, le curó, le alimentó y, lo que valía aún más, le trató con cariño y consideración. El mudo le contó por escrito sus desventuras. Bois-Doré no era ni sabio ni filósofo; al principio se había interesado por un hombre perseguido por la intolerancia católica, como él mismo lo había sido largo tiempo. Sin embargo, no hubiera simpatizado con un sectario fantástico y violento, como lo eran no pocos hugonotes de entonces, tan feroces como sus adversarios. Conocía vagamente las blasfemias imputadas a Giordano Bruno; se hizo explicar sus dogmas. Giovellino escribía con rapidez y con aquella claridad elegante que los grandes espíritus empezaban a apreciar, queriendo iniciar al vulgo mismo en las altas cuestiones que Galileo perseguía ya en el reino de la ciencia pura. El marqués gustó de aquella conversación por escrito, que resumía con sobriedad y sin las digresiones de la palabra los puntos esenciales. Poco a poco se entusiasmó y se apasionó por las nuevas definiciones, que eran para él un descanso, suprimiendo las insoportables controversias. Quiso leer la exposición de las ideas de Giordano y también las de su predecesor, Vanini. Lucilio supo ponerlas a su alcance, señalándole los puntos débiles o falsos, para conducirle con él a las únicas conclusiones que la inteligencia humana proclama hoy con certeza: la creación, infinita como el Creador; los astros infinitos poblando el espacio infinito, no para servir de luminaria y de distracción a nuestro pequeño planeta, sino de fuego vivificador para la vida universal. Esto era fácil de comprender, y los hombres lo habían comprendido desde el primer fulgor de genio que se manifestó en la humanidad. Pero las doctrinas de la Iglesia de la Edad Media habían achicado a Dios y al cielo a la medida de nuestro pequeño mundo, y el marqués creyó sonar al enterarse de que la existencia de un verdadero universo, «cosa -decía- que siempre había supuesto» no era una quimera de poeta. No paró hasta que se hubo proporcionado un telescopio, y el buen hombre tenía la imaginación tan exaltada, que esperaba distinguir los habitantes de la luna. Fue necesario aminorar las teorías; pero empleaba todas las veladas en hacerse explicar los movimientos de los astros y el admirable mecanismo celeste, del que unos años más tarde Galileo había de ser condenado a abjurar la herejía, torturado, de rodillas y con la antorcha en la mano. XI -¡Y bien! -exclamó el marqués, mientras que su amigo comía apresuradamente por discreción, a pesar de que el huésped, amable y cortés, le invitase a la tranquilidad-. ¿Qué habéis hecho hoy, mi temible sabio? Sí, ya comprendo; habéis escrito hermosas páginas. ¡No perdáis ni una linea! Es oro molido que pasará a la posteridad, porque estos tiempos de obscurantismo caerán en los abismos del pasado; pero os recomiendo que, cuando no escribáis en mi alcoba, ocultéis siempre cuidadosamente vuestras páginas en el bargueño con secreto que he mandado poner en la vuestra. El mudo hizo señas de que había escrito en el gabinete del marqués, y que sus páginas estaban en cierto cofre de ébano, en el que el marqués las solía reunir. Se hacía entender de su huésped por señas con mucha facilidad. Mejor todavía -repuso Bois-Doré-; están aún más seguras, porque ninguna mujer entra jamás. No es que desconfíe de Belinda; pero la encuentro demasiado beata desde la llegada del nuevo rector que nos ha enviado monseñor de Bourges, y que me temo no valga lo que nuestro viejo amigo el antiguo abate, que tuvimos por mediación del arzobispo Juan de Beaume. ¡Ah! ¿Por qué no habremos conservado aquel buen prelado, con su enorme barba, su estatura de gigante, su corpulencia de tonel, su apetito de Gargantúa, su hermosa cabeza, su gran ingenio y su mucha sabiduría? ¡Uno de los hombres más listos y mejores del reino, a pesar de que a primera vista se le hubiese tomado nada más que por un alegre compañero! ¡Ah! Mi buen amigo, si hubieseis venido en su tiempo no hubierais tenido necesidad de permanecer oculto en el fondo de este pequeño feudo, ni os hubierais visto obligado a traducir vuestro nombre al francés, ocultar vuestra ciencia, pasar por un pobre gaitero y hacer creer a las gentes de aquí que habéis sido mutilado por los hugonotes; nuestro excelente primado os hubiera puesto bajo su protección, y habríais impreso vuestros hermosos pensamientos en Bourges, con gran honor para vuestro nombre y el de nuestra provincia; pero ahora no tenemos más arzobispos que los demasiados celosos de Condé. ¡Sí, sí; de bonitas cosas me he enterado hoy mismo, en casa de Beuvre, acerca del príncipe renegado de la fe de sus padres y de las amistades de su juventud! Nos inunda de jesuitas, y si el pobre Enrique tornase a la vida vería divertidas mascaradas; monsieur de Sully está cada vez más en desgracia. Condé le compra con amenazas todas las fincas del Berry. Escuchad esto: Ha conseguido que le den la gran bailía y la comandancia de la fortaleza. Ya es el rey de nuestra provincia, y dícese que piensa en ser el rey de Francia. Por lo tanto, las cosas van mal y no hay seguridad más que en el interior de nuestras pequeñas fortalezas, y esto con la condición de ser prudentes y esperar con paciencia que termine este estado de cosas. Giovellino cogió la mano que le tendía el marqués por encima de la mesa y la besó con aquella efusión elocuente que suplía en él a la palabra. Al mismo tiempo le dio a entender con sus miradas y su pantomima que se hallaba muy feliz junto a él, que no añoraba la gloria ni el ruido del mundo y que estaba dispuesto a ser prudente por miedo a comprometer a su protector. -En cuanto al joven hidalgo que me habéis visto introducir aquí y festejar lo mejor que he podido -prosiguió Bois-Doré-, debo deciros que yo no sé nada de él, sino que es amigo de Guillermo de Ars, que está en peligro y que se trata de ocultarle y defenderle en caso necesario. ¿Pero no encontráis sorprendente que en todo el día este extranjero no me haya llamado aparte ni una sola vez para confiarme su caso, o que no lo haya hecho cuando naturalmente nos hemos encontrado solos al llegar aquí? Lucilio, que tenía siempre un lápiz y un cuaderno sobre la mesa, junto a él, escribió a Bois-Doré: «Orgullo español.» -¡Sí! -repuso el marqués leyendo, si así puede decirse, antes de que el mudo hubiera escrito, por la costumbre que en dos años había adquirido de adivinar sus palabras desde las primeras letras-. «Altivez castellana» es lo que yo he pensado también. He conocido a muchos hidalgos de éstos y sé que no se creen descorteses al no manifestar confianza. Por lo tanto, debo practicar la hospitalidad a la antigua usanza, respetar los secretos de mi huésped y ponerle buena cara, como a un viejo amigo del que se cree que en él todo es de lo más honorable del mundo. Pero esto me permite no otorgarle la confianza que él me niega y por eso habréis visto que en su presencia os he dejado en un rincón como un pobre músico alquilado. Y ahora, mi buen amigo, os ruego que me perdonéis todas las faltas de afecto y de cortesía a las que me obliga el cuidado de vuestra seguridad, así como esos trajes sin lujo ni elegancia que hago usar. El pobre Giovellino, que en su vida había estado tan bien vestido, ni tan tiernamente mimado, interrumpió al marqués estrechándole las dos manos, y Bois-Doré se sintió conmovido al ver resbalar gruesas lágrimas de agradecimiento sobre el rudo bigote negro de su amigo. -Vamos -dijo-, me pagáis demasiado, puesto que me queréis tanto... Os tengo que recompensar a mi vez hablandoos de la amable Lauriana. ¿Pero debo repetiros lo que me ha dicho para vos? ¿No os pondréis demasiado ufano?... ¿No? Entonces, adelante. Primero: «¿Qué tal sigue vuestro druida?» Yo le contesté que mi druida es mucho más suyo que mío y que se recordara que en la Astrée Climante no era más que un falso druida, tan enamorado como cualquier otro amante de esta admirable historia. «Sí, sí -ha contestado ella-; me estáis engañando. Si este Climante me quisiese tanto como queréis hacerme creer, hubiera venido hoy con vos, mientras que ya llevamos dos semanas sin verle. ¿Me diréis que, como ocurre en la Astrée, tiene sobresaltos al oír mi nombre y suspiros que parece que le desgarran el estómago? No lo creo, y más bien lo considero como un inconstante Hylas.» -Ya veis que la amable Lauriana sigue burlándose de la Astrée, de vos y de mí. Sin embargo, cuando al anochecer me despedía de ella, me dijo: -Quiero que pasado mañana traigáis al druida y su sordina, y si no, os pondré mala cara. El pobre druida escuchó sonriendo el relato de Bois-Doré; sabría bromear cuando la ocasión se presentaba, es decir, tomar a bien las bromas de los demás. No consideraba a Lauriana más que como una niña encantadora de quien él hubiera podido ser el padre; pero era todavía bastante joven para acordarse de haber amado, y en el fondo de su alma el sentimiento de su aislamiento en la vida le causaba una gran amargura. Al pensar en el pasado ahogó un suspiro de añoranza y espontáneamente se puso a tocar un aire italiano, que el marqués prefería a todos los demás. Tocó con tal encanto y pasión, que Bois-Doré le dijo, utilizando su voto favorito, sacado de monsieur de Urfé: -¡Numes celestes!, mi buen amigo; no necesitáis lengua para hablar de amor, y si el objeto de vuestros afanes estuviera aquí, tenía que ser sordo para no comprender que toda vuestra alma se confiesa a la suya. Pero vamos a ver: ¿no me dejaréis leer vuestras páginas sublimes de ciencia?... Lucilio hizo seña de que tenía la cabeza algo cansada, y Bois-Doré se apresuró a mandarle a la cama después de haberle abrazado fraternalmente. Lo cierto es que Giovellino se sentía a menudo más artista y más sentimentalista que sabio y filósofo. Su naturaleza era a la vez entusiasta y reflexiva. Monsieur de Bois-Doré se retiró a su «habitación de noche», situada encima del salón. No había mentido al decir a Lucilio que ninguna mujer penetraba en aquel santuario de su descanso, ni en los gabinetes que de él dependían; había hecho en este sentido las más severas prohibiciones hasta para la misma Belinda. Sólo el viejo Matías (apodado Adamas por la misma razón que Guillette Carca se veía obligada a dejarse llamar Belinda, y Juan Fachot, Clindor) tenía derecho a asistir a los misterios del tocado del marqués; tan convencido estaba éste de que su colorete y su tinte no podían ser denunciados más que por el arsenal de cajas, frascos y tarros instalados sobre sus mesas. Por lo tanto, halló, como de costumbre, a Adamas solo, preparando los rizadores, los polvos y las grasas perfumadas, destinados a mantener la belleza del marqués durante su sueño. XII Adamas era un gascón de pura cepa: buen corazón, mucho ingenio, lengua incansable. Bois-Doré, con una ostentación llena de ingenuidad, le trataba de viejo servidor, a pesar de llevarle diez años lo menos. Este Adamas, que le había seguido en sus últimas campañas, era su ciego instrumento y le hacía saborear el incienso de una admiración perpetua, tanto más funesta para su razón cuanto que era el resultado de un entusiasmo sincero. Era él quien le persuadía de que todavía era joven, de que no podía volverse viejo, y de que al salir de sus manos, reluciente y pintarrajeado como una estampa de misal, tenía que anular a todos los mequetrefes e ilusionar a todas las bellas damas. No hay gran hombre para su criado; ejemplo: Sancho Panza, que decía verdades tan duras a su amo. Pero Bois-Doré, que no pasaba de ser un hombre excelente, gozaba el privilegio de ser un semidiós para su lacayo, y, mientras que ha habido héroes que han sido la irrisión de sus gentes, este anciano tan grotesco era tomado en serio por la mayoría de las suyas. Así van las cosas en este mundo; todos habrán podido notar, como yo, que a veces van en contra de la lógica y del sentido común. Sin embargo, este caso se explicaba por la inmensa bondad del viejo hidalgo. Los grandes caracteres provocan demasiada exigencia. Su menor debilidad sorprende; su menor impaciencia escandaliza. El que no tiene carácter no irrita nunca a nadie y recoge las ventajas de su continua amabilidad. -Señor marqués -dijo el viejo Adamas poniendo una rodilla en tierra para descalzar a su viejo ídolo-, debo contaros una muy extraña aventura que acaba de ocurrir en vuestra castellanía. -Habla, amigo mío, puesto que tienes ganas de hablar -contestó Bois-Doré, que permitía que su acicalador charlase familiarmente con él; además, cuando estaba adormilado gustaba de que le meciesen con algún inocente comadreo. -Sabréis, pues, mi amo querido y bien amado -prosiguió Adamas con su acento gascón-, que a eso de las cinco de la tarde ha venido aquí una mujer sorprendente, una de esas pobres mujeres como hemos visto tantas veces en las costas del Mediterráneo y en las provincias del Mediodía; ya sabéis, señor, esas mujeres bastante blancas, con labios gruesos, ojos hermosos y cabello negro.... ¡como el vuestro! Al mismo tiempo que hacía esta comparación, sin la menor malicia, Adamas traía respetuosamente, sobre un sostén de marfil, la peluca de su amo. -¿Quieres hablar -dijo Bois-Doré sin inmutarse por el objeto de la comparación- de esas gitanas que hacen de todo? -No, señor, no; esta es española, y me parece que cuando está sola jura por Mahoma. -Entonces, ¿quieres decir que es mora? -Justamente, señor marqués, es una mora y no sabe una palabra de francés. -¿Pero tú sabes algo de español? -Un poco, sí, señor. Y como no he olvidado lo que sabía me he puesto a hablar con esa mujer con tanta facilidad como a vos hablo. -Bueno, ¿eso es toda la historia? -¡Oh! No; pero dadme tiempo. Según parece, esta mora pertenecía a la gran partida de los ciento cincuenta mil que perecieron casi todos hace unos diez años, los unos por el hambre y el homicidio, en las galeras que les transportaban a África, y los otros, por miseria y enfermedad en las costas del Languedoc y de la Provenza. -Pobre gente -dijo Bois-Doré-. Ha sido verdaderamente el acto más aborrecible del mundo. -¿Es verdad, señor, que España ha expulsado a un millón de moriscos y que apenas un centenar ha llegado en Túnez? -No te sabría decir el número; pero sí te diré que fue una carnicería, y que jamás ha habido bestias de carga tratadas como esos desgraciados seres humanos. Ya sabes que nuestro Enrique había querido hacerles calvinistas, lo cual les hubiera salvado volviéndoles franceses. -Me acuerdo muy bien, señor, de que los católicos del Mediodía no querían oír hablar de ello y decían que los degollarían a todos antes de ir a misa con tales demonios. Los calvinistas no se mostraron más razonables; de suerte que, en espera de poder hacer algo con esos desdichados, nuestro buen rey Enrique les dejó tranquilamente en los Pirineos. Pero después de su muerte la reina regente ha querido librar a España de ellos, y por eso ha sido el arrojarles al mar, con o sin navío. Algunos, para evitar tan mala suerte, han aceptado el dejarse bautizar, y la mujer en cuestión es de los que tomaron este buen partido, aunque sospecho que su conversión no es muy sincera. -¿Qué importa, Adamas? ¿Crees que el gran autor del cielo, de la tierra y de la vía láctea?... -¿Qué decís, señor? -preguntó Adamas, poco aficionado a los nuevos conocimientos de su amo, que más bien le preocupaban un poco-. No me parece que vía láctea es una palabra francesa. -Te explicaré en otra ocasión -contestó bostezando el marqués, que se adormecía ante la lumbre que chisporroteaba en el hogar-. Acaba tu historia. -Pues bien, señor -prosiguió Adamas-; esta mora ha permanecido hasta el año pasado en los montes de los Pirineos, donde guardaba los rebaños de unos pobres granjeros; por esto ha seguido hablando su dialecto catalán, que comprenden bastante bien al otro lado de las montañas. -Esto me explica cómo con tu dialecto gascón, que no se diferencia mucho del montañés, has podido hablar español con esa mujer. -Como quiera el señor; tanto es así, que le he dicho muchas palabras españolas que ha comprendido muy bien. Además debo deciros que trae con ella un niño que no es su hijo, pero a quien quiere como una cabra quiere a su cabrito, y esta preciosa criatura, que tiene más inteligencia que pesa, habla el francés tan bien como vos y como yo. Y esta mora, señor, que en francés se llama Mercedes... -Mercedes es un nombre español -dijo el marqués subiendo a su vasto lecho con la ayuda de Adamas. -Quiero decir que es un nombre cristiano -prosiguió el servidor-. Mercedes, digo, se metió en la cabeza hace seis meses ir a ver a monsieur de Rosny, de quien le habían dicho que era el brazo derecho del difunto rey, y que, aun estando en desgracia, tenía mucho poder por su riqueza y su virtud. Se puso en camino hacia el Poitou, donde le dijeron que residía monsieur de Sully. ¿No os sorprende, señor, el que una mujer tan pobre e inculta se decida a atravesar la mitad de Francia a pie, sola, con un niño que no pasa de los diez años, para ir a ver a un personaje de tanta importancia? -Pero no me dices qué razón tenía esa mujer para hacerlo. -He aquí, señor, lo maravilloso de la historia. ¿Qué creéis que pueda ser? -¡Por mucho que busque!... Dilo en seguida, que ya va siendo tarde. -Ya os lo diría si lo supiera; pero no lo sé, y por mucho que he hecho no he logrado que me lo diga. -Entonces, buenas noches. -Señor, esperad a que cubra la lumbre. Y mientras cubría la lumbre, Adamas prosiguió, elevando la voz: -Esta mujer es completamente misteriosa, señor marqués, y quisiera que la vierais. -¿Ahora? -exclamó el marqués despertándose sobresaltado-. Tú bromeas; es hora de dormir. -Sin duda; ¿Pero mañana por la mañana? -¿Pero está aquí? -¡Claro, señor! Pedía un rincón para pasar la noche a cubierto; le di de cenar, porque ya sé que el señor no quiere que se niegue el pan a los desdichados, y después de hablar con ella le mandé que se acostase sobre la paja. -Habéis hecho mal, mi amigo; una mujer es siempre una mujer, y... ¿espero que no estará con otros mendigos? No quiero libertinaje en mi casa. -¡Ni yo tampoco, señor! La he puesto sola, con su niño, en la bodega pequeña, donde os aseguro que están bien. ¡Esos desgraciados no tienen costumbre de estar tan cómodos! Sin embargo, esta Mercedes está tan limpia como es posible en semejante miseria, y hasta no es nada fea. -¿Espero, Adamas, que no abusaréis de su pobreza?... ¡La hospitalidad es cosa sagrada! -El señor se burla de un pobre anciano. Bien está que el señor marqués tenga principios de virtud; en cuanto a mí, os aseguro que ya no me hacen mucha falta, porque el diablo ya no me tienta. Además, esa mujer parece ser muy honrada y no da un paso sin llevar al niño agarrado a sus faldas. Ha debido correr mayores peligros que el de gustarme a mí, porque viajó con unos gitanos que han cruzado hoy el país. Era una partida bastante numerosa, en parte compuesta por egipcios, en parte por gentes de distinta nacionalidad, según es costumbre. Dice que estos vagabundos no han sido malos para ella; lo cual demuestra que es verdad que los miserables se protegen entre sí. Los seguía porque ella no conoce los caminos y decían que iban a Poitou; pero esta tarde los ha dejado diciendo que ya no les necesitaba y que tenía que hacer en esta región. Y esto es, señor, lo que más me sorprende, porque no ha querido decirme sus razones para obrar de este modo. ¿Qué opina el señor? Bois-Doré no contestó; dormía profundamente, a pesar del ruido que hacía Adamas hablando, algo intencionadamente, para obligarle a escuchar su historia. Cuando el viejo servidor vio que el marqués se hallaba realmente encaminado hacia el país de los sueños, le arregló cuidadosamente las mantas, introdujo en la escarcela de marroquín, que colgaba a la cabecera de la cama, un hermoso par de pistolas de campaña; colocó a la derecha, sobre una mesa, la tizona desenvainada y el cuchillo de caza; el infolio de la Astrée, soberbia edición con grabados; una gran copa llena de hipocrás, un timbre con su martinete y un pañuelo de hilo fino de Holanda impregnado con perfume de almizcle. Luego encendió la lamparilla de noche, apagó las velas jaspeadas de varios colores, y dispuso, al pie de la cama, las zapatillas de terciopelo encarnado y la bata de sarga verde con brochados del mismo tono. Entonces, al momento de retirarse, el fiel Adamas contempló a su amo, a su amigo, a su semidiós. El marqués, limpio de todos sus coloretes, era un hermoso anciano, y la paz de su tranquila conciencia extendía sobre su faz dormida un algo respetable. Mientras que su peluca descansaba sobre la mesa, y sus vestidos, rellenos para disimular los huecos que la edad había cavado en sus hombros y sus piernas, yacían esparcidos sobre las butacas, su cuerpo, adelgazado en la mitad, dibujaba sus contornos angulosos bajo una colcha de raso blanco con escudos de armas bordados en canutillo de plata sobre las cuatro esquinas. El respaldo de la cama, subiendo en panel recto de diez pies de altura, así como el cielo de lambrequín, que se unía formando un dosel a este gran respaldo, eran también de raso blanco, pespunteado sobre el denso relleno de algodón y realzado por anchos dibujos de plata en relieve; el interior de las cortinas era igual; la parte externa era de damasco rosa. En este lecho lujoso y mullido, aquel viejo rostro, de rasgos acentuados y siempre marcial en su dulzura, con su bigote erizado de papelitos rizadores y su gorro de seda acolchado en forma de medio mortero, adornado con un valioso encaje levantado hacia arriba a modo de corona, ofrecía, bajo la luz de una lámpara azulada, la mezcla más singular de grotesco y de austeridad. «El señor duerme bien -pensó Adamas-; pero se ha olvidado de hacer sus oraciones, y yo tengo la culpa; las haré por él.» Se arrodilló y oró con mucha devoción; luego se retiró a su alcoba, a la que solamente un tabique separaba de la de su amo. El arsenal que Adamas había dispuesto alrededor de la cama del marqués no era más que un acto de costumbre o de lujo. Todo estaba tranquilo en torno del pequeño castillo; en el interior todo dormía profundamente. XIII El primero en despertarse fue Sciarra de Alvimar, que también había sido el primero en dormirse, rendido por el cansancio. No le gustaba quedarse en la cama, y como estaba acostumbrado a una gran penuria, hábilmente disimulada, no necesitaba de los cuidados de su ayuda de cámara. Esto parecía tanto más natural cuanto que el viejo español que le acompañaba no hubiese consentido fácilmente en cumplir otras obligaciones que las de escudero. Y, sin embargo, este hombre le era tan fiel como Adamas a Bois-Doré; pero había tanta diferencia en sus relaciones como en sus caracteres y en sus situaciones respectivas. Se hablaban poco, fuese porque no les agradase o porque se entendiesen a medias palabras. Además, el criado se consideraba, hasta cierto punto, como igual a su amo, puesto que sus familias eran tan antiguas la una como la otra, y tan puras -al menos tal era su pretensión- de mezcla en las razas mora o judía, tan terriblemente despreciadas y tan atrozmente perseguidas en España. Sancho de Córdoba -este era el nombre del viejo escudero- había visto nacer al joven Alvimar en el castillo de su pueblo, donde él, a fuerza de miseria, estaba reducido al oficio de porquero. El joven hidalgo, apenas más rico que él, le había tomado a su servicio el día que decidió marchar al extranjero en busca de fortuna. Decíase en aquel pueblo castellano que Sancho había amado a doña Isabel, la madre de Alvimar, y que ésta no se había mostrado muy esquiva. Explicaban de este modo el afecto de aquel hombre taciturno y sombrío por el joven altivo y frío, que le trataba, no precisamente como a un criado, sino como a un subalterno sin inteligencia. Sancho empleaba su vida, soñadora o embrutecida, en cuidar los caballos y en afilar y limpiar las armas de su amo. El resto del tiempo oraba, dormía o soñaba, evitando las familiaridades con los demás criados, que consideraba como inferiores, y no tratándose con nadie, porque desconfiaba de todo el mundo; comía poco, no bebía nunca y nunca miraba a la cara. Alvimar, pues, se vistió solo y salió, aunque apenas era de día, para darse cuenta de aquellos lugares. El castillo tenía vistas a un pequeño estanque, del que partía un ancho foso que daba la vuelta a los edificios; éstos consistían, según ya hemos dicho, en un conjunto de arquitectura de varias épocas: Primero. Un pabellón nuevo, blanco, esbelto, cubierto de pizarra -lo que constituía un gran lujo en un país en el que por aquel entonces se utilizaba a lo sumo la teja- y coronado por dos guardillas con tímpanos festoneados y adornados con bolas. Segundo. Otro pabellón, ya muy antiguo, pero bien restaurado, con techo de mairán y parecido en su forma a ciertos chalets suizos. Esta morada, donde estaban las cocinas, los comedores de la servidumbre y los cuartos destinados a los amigos, ofrecía la disposición salvaje de los antiguos tiempos de alarma. No tenía puerta exterior y se entraba solamente pasando por los demás edificios; sus ventanas daban al patio, y su fachada, que daba al campo, no tenía más aberturas que dos agujeros cuadrados, colocados en el frontispicio como dos ojillos desconfiados en una faz muda. Tercero. Una torre prismática, igualmente pentagonal, con una puerta ojival, delicadamente labrada, y un techo de pizarra; tenía sobrepuesta una torrecilla con una espadaña y una veleta esbelta. Esta torre contenía la única escalera del castillo y unía el edificio viejo con el nuevo. Otras construcciones bajas, dedicadas a la servidumbre del interior, estaban situadas al borde del foso y adosadas a los demás edificios. El patio, con un pozo en medio, estaba circunscrito por el castillo, el estanque, otro edificio de un solo piso -también adornado con guardillas con bolas de piedra y destinado a las caballerizas, al séquito y los carruajes de caza- y, en fin, por la torre de entrada, menos hermosa y menos grande que la de Motte Seuilly, pero sostenida por un muro de defensa lleno de troneras con halconetes, enfilados contra los alrededores del puente. Esta endeble fortificación era suficiente por el doble cerco de los fosos; el primero, que rodeaba el patio, era ancho, profundo y con agua corriente; el segundo, que rodeaba el corral, era pantanoso, pero guarnecido de buenas murallas. Entre los dos cercos, a la derecha del puente, se extendía el jardín, bastante amplio, cerrado por muros elevadas y fosos bien cuidados; a la izquierda se hallaba el paseo, la perrera, el vergel y la pradera, con el palomar señorial y la halconera, vasto dominio que se extendía hasta las casas del pueblo, casi todas propiedad del marqués. La aldea estaba fortificada, y en algunas partes la base maciza de sus murallitas databa, según decían, del tiempo de César. Al comparar la exigüidad del castillo con la extensión de la finca, con el rico mobiliario amontonado en las habitaciones y con las lujosas costumbres del señor, Alvimar se preguntó la causa de tal contraste, y, como no era dado a la benevolencia, sacó la conclusión de que acaso el marqués ocultaba su fortuna, no por avaricia, sino porque la fuente de dicha fortuna no debía de ser muy clara. No se equivocaba del todo. El marqués tenía, como muchos hidalgos de su tiempo, la semejanza de haberse enriquecido sin gran escrúpulo en los disturbios civiles, a expensas de las ricas abadías y por medio de impuestos de guerra, de derechos de conquista y del contrabando de la sal. El saqueo era, en aquella época, una especie de derecho de gentes; prueba de ello es la reclamación de monsieur de Arquian quejándose legalmente porque monsieur de La Châtre le había incendiado su castillo «contrariamente a todos los usos de guerra, pues no hubiera en este caso ni mentado siquiera el destrozo y saqueo de sus muebles». En cuanto al contrabando de sal, a principios del siglo XVII hubiera sido difícil hallar un noble de nuestras provincias que considerase como una injuria el calificativo de hidalgo salinero. Por lo tanto, la opulencia, de la que monsieur de Bois-Doré hacía buen uso, por su generosidad y su caridad inagotable, no era ningún misterio en el reducido país de La Châtre; pero el marqués prescindía de una casa de grandes dimensiones y de un servicio demasiado espléndido, evitando así, razonablemente, llamar la atención del gobierno de la provincia. Bien sabía que los tiranuelos que se repartían los dineros de Francia no hubiesen carecido de pretextos, aparentemente legales, para hacerle restituir todo lo cogido. Alvimar recorrió los jardines, creación cómica de su huésped, para quien ciertamente constituía un orgullo mayor que el de sus más hermosos hechos de armas. Sobre una mediocre extensión de terreno había pretendido realizar los jardines de «Isaura», tal como están descritos en la Astrée. «Aquel lugar encantado, con fuentes y parterres o con paseos y umbrías.» El inmenso bosque, que formaba en la novela un dédalo tan gracioso, estaba representado por un bosquecillo laberíntico, en el que no habían sido olvidadas ni la plantación de avellanos ni la fuente de la «verdad de amor», ni la «caverna de Dumon y Fortuna», ni el «antro de la vieja Mandraga». Todas estas cosas le parecían a Alvimar excesivamente pueriles; pero, sin embargo, menos absurdas que lo que nos parecían hoy. La monomanía de monsieur de Bois-Doré era lo bastante corriente en su tiempo para no ser una excentricidad; Enrique IV y su corte habían devorado la Astrée, y en las pequeñas cortes alemanas, los príncipes y las princesas seguían tomando los nombres; relumbrantes que el marqués sólo imponía a sus gentes y a sus bichos. La boga apasionada de la novela de monsieur de Urfé ha durado dos siglos y ha conmovido y encantado hasta al mismo Juan Jacobo Rousseau; en fin, no debemos olvidar que en vísperas del terror, el hábil grabador Moreau ponía todavía en sus composiciones damas que se llamaban Chloris y señores que se llamaban Hylas o Cidamant. Pero en los grabados y en las romanzas estos nombres ilustres eran llevados por marqueses de fantasía, mientras que los nuevos pastores se llamaban ya Colín o Colás. Se había dado un pasito hacia lo real; no por esto valía más la égloga; de heroica se había tornado picaresca. Queriendo formarse una idea de los arrabales, Alvimar cruzó la aldea, que se componía de un centenar de casas y estaba situada en una hondonada. Hay muchas localidades así en nuestro país. Cuando no son bastante fuertes para encaramarse, fieras y amenazadoras, sobre las alturas escarpadas, parecen ocultarse a propósito en el hueco de los valles, como si tuvieran el designio de escapar a la vista de las partidas de merodeadores. Este lugar es uno de los más bonitos del bajo Berry. Los caminos de grava que a él conducen son transitables y limpios en cualquier época del año. Tienen una defensa natural, constituida por dos riachuelos encantadores y que acaso fueron antiguamente utilizados por las tropas de César. Uno de estos riachuelos proveía los fosos del castillo; el otro, situado más bajo que el pueblo, cruzaba los dos pequeños estanques. El Indre, que se desliza a tres pasos de allí, recibe estas aguas corrientes y las transporta a lo largo de un valle estrecho, cortado por caminos hundidos, sombreados y llenos de yermos incultos, de aspecto salvaje. En este reducido desierto, cercado por hermosos terrenos incultos, matorrales, hierbajos, retamas, brezos y castaños, no se encontrará grandeza, pero sí gracia. Sobre los ribazos del Indre, que se convierte en riachuelo a medida que se aproxima a su nacimiento, las flores silvestres crecen con una abundancia regocijante. El riachuelo apacible y claro ha destruído todos los terrenos que estorbaban su marcha y ha formado islotes de verdura, donde los árboles crecen con vigor -demasiado unidos para ser imponentes- y extienden sobre el agua una bóveda de follaje. Alrededor de la aldea, la tierra es fértil: nogales magníficos y una cantidad de altos árboles frutales forman un nido de verdura. La mayor parte de las tierras pertenecían a monsieur de Bois-Doré; arrendaba las buenas; las malas constituían su terreno de caza. Después de haber explorado esta pequeña región, que, por su aislamiento y la ausencia de comunicaciones, hacía esperar también la ausencia de malos encuentros, Alvimar volvió a la aldea y pensó que acaso le convendría hacer una visita al rector. Delante de él se le había escapado a monsieur de Beuvre decir a monsieur de Bois-Doré: -¿Y vuestro nuevo párroco? ¿Sigue haciendo sermones al estilo de la Liga? Estas palabras habían despertado la atención del español. «Si este eclesiástico es un celoso de la buena causa -pensó-, su trato puede ser útil para mí, porque Beuvre es un hugonote y Bois-Doré, con su tolerancia, vale tanto como él. ¿Quién sabe si será posible vivir en buena armonía con tales gentes?» Empezó por visitar la iglesia, y se escandalizó ante su abandono y su desnudez, que probaban la incuria del antiguo párroco, la indiferencia del castellano y la tibieza de culto de los feligreses. Bois-Doré, cuya abjuración real o pretendida no había tenido resonancia, no pensó en celebrar su vuelta a la ortodoxia con donaciones a la iglesia del pueblo y liberalidades al capellán. Sus vasallos aborrecían a los hugonotes, y los festejos con que en 1610 habían saludado su conversión definitiva carecían de sinceridad; pero estas suspicacias fueron reemplazadas por un inmenso cariño cuando se encontraron con un señor bondadoso y bienhechor, en lugar del antiguo administrador, que les oprimía. Por lo tanto, había poca devoción en la aldea de Briantes, y como los campesinos se habían negado a pagar no sé qué diezma a no sé qué convento, el arzobispo les había enviado un hombre muy a propósito para hacer que aquellas malas gentes volvieran a los buenos principios y al mismo tiempo vigilar las opiniones del castellano. El piadoso Sciarra se arrodilló en la iglesia y murmuró algunas oraciones; pero no se sentía en disposición de rezar con fervor y no tardó en salir para ir a casa del rector. No tuvo necesidad de ir hasta su casa; le vio en la plaza hablando con Belinda y pudo examinarle a su placer. Era un hombre joven todavía, con una cara biliosa, dulzona y llena de disimulo. Probablemente las preocupaciones del mundo temporal eran tan vivas en él como en Alvimar, pues tan pronto como hubo percibido aquel grave y elegante forastero que salía de la iglesia no pensó más que en enterarse de quién era. Como no tenía más ocupación que la de informarse de todo lo concerniente al marqués, sabía ya perfectamente que un nuevo huésped había llegado la víspera al castillo. Pero ¿cómo un hombre tan piadoso, según lo indicaba la visita matinal de Alvimar a la iglesia, podía tratarse con un convertido tan dudoso como era Bois-Doré? Mientras intentaba informarse sobre este particular, interrogando al ama de gobierno del castillo, advirtió que no podía volver una sola vez la cabeza sin encontrar la mirada del forastero fija en él. Dio unos pasos con la Belinda, para ponerse fuera de su vista, porque no quería arriesgar un saludo sin saber de quién se trataba. Alvimar comprendió o adivinó la preocupación del sacerdote; pero quería esperarle y permaneció en el pequeño cementerio que rodeaba la iglesia; la inspección de su fisonomía le había hecho tomar la resolución de dirigirle la palabra y trabar conocimiento con él. Mientras esperaba, pensaba en su destino; era éste un problema que le obsesionaba constantemente y que la vista de las tumbas esparcidas parecía hacer más irritante todavía. Alvimar creía en la Iglesia, pero no creía en el verdadero Dios. Para él la Iglesia era la Constitución de disciplina y de terror por excelencia; el instrumento de tortura, del que un Dios implacable y feroz se servía para establecer su autoridad. Si hubiese reflexionado bien, se hubiera persuadido fácilmente de que el misericordioso Jesús estaba manchado por la herejía. La idea de la muerte le era odiosa. Temía el infierno y, por una consecuencia natural de las malas creencias, no podía conformar su vida a la rigidez de sus principios. No tenía fervor más que para la discusión; cuando estaba solo consigo mismo, encontraba su corazón seco y su espíritu turbado por la ambición del mundo. En vano se le reprochaba. La idea de la condenación por sí solo no puede ser provechosa, y los terrores no son remordimientos. -¡Habrá que morir! -pensaba, mirando los salientes de césped que cubrían, semejando los surcos de un campo, las tumbas de aquellos sencillos aldeanos-. ¡Morir acaso sin fortuna y sin poderío, como estos miserables siervos que no han dejado siquiera un nombre que escribir sobre estas crucecillas de madera podrida! ¡Ni crédito ni fama en este mundo! Iras, decepciones, trabajos inútiles, inútiles esfuerzos.... ¡crímenes acaso!... Todo para llegar al umbral de la eternidad sin haber podido servir a la gloria de la Iglesia en esta vida y sin haber merecido el perdón en la otra. Al pensar en el destino, acabó por persuadirse de que la influencia del diablo había estropeado el suyo. Un instante pensó en confesarse con aquel cura, cuya mirada le había parecido tan inteligente; luego tuvo miedo de confiar los secretos que perturbaban su vida y su descanso. En medio de sus negras reflexiones, vio por fin llegar a monsieur Poulain, que se acercó, saludándole con deferencia. El conocimiento fue pronto hecho. Los dos hombres sintieron desde las primeras palabras que eran tan ambiciosos el uno como el otro. El rector llevó a Alvimar a su casa y le invitó a almorzar. -No podré ofreceros- le dijo- más que una comida muy pobre. Mi cocina no se parece a la del castillo. No tengo ni criados ni vasallos a mis órdenes para proveer mis festines. La frugalidad de mi mesa os permitirá conservar bastante apetito para hacer honor a la del marqués, cuya campana no sonará hasta dentro de tres horas. Había en este preámbulo un sentimiento de amargura envidiosa contra el castillo que no escapó al español. Se apresuró a aceptar el almuerzo del rector con la seguridad de enterarse de todo lo que debía esperar o temer de la hospitalidad del marqués. XIV Monsieur Poulain empezó hablando bien del castellano. Era un hombre excelente; tenía muy buenas intenciones; no podía negarse que daba mucho a los pobres; desgraciadamente, tenía poco discernimiento y distribuía sus limosnas al azar, sin consultar al intermediario natural entre el castillo y la cabaña, o sea el párroco. Era algo chiflado, inofensivo personalmente, pero peligroso por su posición, por su fortuna y por los ejemplos de sensualidad refinada, de ligereza y de indiferencia religiosa que daba a los que le rodeaban. Además, había en su casa un personaje bastante sospechoso: ese gaitero, que podía no ser tan mudo como fingía serlo; algún hereje o falso sabio que se ocupaba de astronomía, acaso de astrología. El viejo Adamas no valía mucho más; era un vil adulador y un hipócrita, y el paje, tan ridículamente ataviado como un gentilhombre, ¡él, que, como burgués, no tenía derecho a gastar raso, y que los domingos iba a misa con una especie de sobrevesta adamascada! Toda aquella chusma no valía nada. Apenas eran corteses con monsieur Poulain; no le manifeistaban ninguna consideración señalada; todavía no le habían invitado a comer de un modo particular e insistente. Se habían limitado a decirle una vez que tenía su cubierto puesto. Eso era portarse con muy pocos cumplidos, y era sorprendente por parte de un hombre que había vivido mucho tiempo en la corte. Bien es verdad que la corte del Bearnés no brillaba por su urbanidad, y allí se mimaba escandalosamente a gentes de poco más o menos; en fin, en el castillo la única persona que tenía buen sentido era Belinda. Alvimar comprendió que monsieur Poulain era hombre de juicio. Volvió a pensar que el gaitero, sobre todo, era sospechoso. Sin embargo, no se interesó mucho tiempo por tales menudencias. Tan pronto como se hubo cerciorado de que no debía demostrar confianza al marqués, ascendió en sus preocupaciones y quiso saber lo que debía pensar de los personajes de la provincia. Monsieur Poulain estaba al corriente de todos los secretos del Gobierno de Bourges. Entendía la política a la manera de Alvimar: apoderarse de la vida privada de cada persona para llegar a tener ascendiente sobre los asuntos generales. Este mal sacerdote comprendió que podía hablar; confesó que se encontraba muy a disgusto en aquella pequeña aldea, pero que tenía paciencia con la esperanza de que un día u otro monsieur de Bois-Doré o su vecino monsieur de Beuvre provocasen alguna persecución que él prefería sufrir a ejercer. -Comprendedme bien; más vale estar en el terreno de la defensiva que en la brecha de la agresión. En la brecha no se está nunca seguro; si estos calvinistas del bajo Berry llegasen a amenazarme hasta hacerme algún pequeño daño, yo metería bastante ruido y saldría de estas funciones ínfimas y de este país desierto. No vayáis a suponerme ambicioso; no tengo más ambición que la de servir a la Iglesia, y, para ser útil, hay que admitir la necesidad de estar en candelero. «Este curilla es más listo que yo -pensó Alvimar-; sabe esperar y colocarse convenientemente para disparar sobre el enemigo; yo he sido siempre agresivo, y es lo que me ha perdido. Pero nunca es tarde para aprovechar los buenos consejos; vendré a menudo a pedírselos a este hombre.» Efectivamente; aquel hombre, que parecía no ocuparse más que de comadreos de pueblo y que en el fondo no se preocupaba de ellos más que por el partido que les podía sacar, era más listo que Alvimar; tanto es así, que en una hora le adivinó ¡a él, tan desconfiado!, y se enteró, si no de los secretos de su vida, al menos de los de su carácter, de sus decepciones, sus desdichas, sus deseos y sus necesidades. Cuando le hubo sonsacado cuanto quiso, pareciendo ser él el que hacía confidencias, fue derecho al grano y le habló en la forma siguiente: -Tenéis más probabilidades que yo para triunfar, dado que la fortuna es la mayor condición para el poderío. Un sacerdote no puede hacer fortuna tan fácilmente como un seglar. Tiene que caminar lentamente, sin más fuerzas que las de su espíritu y su celo. No debe olvidar que la riqueza no es su finalidad, y no la puede desear más que como un medio. Pero vos estáis en disposición de hacer fortuna de la noche a la mañana. Basta con que os caséis. -No lo creo -dijo Alvimar-. Las mujeres de nuestra época corrompida hacen la fortuna de sus amantes con más gusto que la de sus maridos. -Lo he oído decir -contestó monsieur de Poulain-; pero conozco el remedio. -¿Ah, sí? ¡Pues poseéis un gran secreto! -Muy sencillo y muy fácil. No hay que apuntar tan alto como puede que lo hayáis hecho. No es necesario casarse con una mujer del gran mundo. Hay que buscar una buena dote y una mujer sencilla en el fondo de una provincia. ¿Me comprendéis bien? Hay que gastar el dinero en la corte sin llevar allí a la mujer. -¡Cómo! ¿Casarse con una burguesa? -Hay damiselas nobles que son más ricas que las burguesas y no menos modestas. -No conozco a ninguna. -La hay en este país, sin ir más lejos... ¿Y la viudita de la Motte Seuilly? -No tiene gran fortuna. -Juzgáis por las apariencias. Aquí no hay costumbres de lujo. Exceptuando a ese loco marqués, la nobleza sedentaria vive sin ostentación; pero hay dinero. El contrabando de sal y los saqueos de los conventos han enriquecido a los hidalgos. Cuando queráis, yo os probaré que con las rentas de madame de Beuvre llevaréis en París una vida de las más holgadas. Además, está emparentada con las primeras familias de Francia y no todas verían con gusto la alianza con un español. -¿Pero no es calvinista como su padre? -¡La convertiríais!... Al menos que su calvinismo os sirviese de pretexto fácil paxa dejarla vivir en su castillo. -¡Veis muy lejos, señor rector! Pero si un día u otro declaráis la guerra a esa familia... -Con tal que no haga que la despojen de sus bienes, esta guerra puede, en ciertos casos, seros útil. Fijaos bien en que no os aconsejo que maltratéis o abandonéis a vuestra esposa, sino que tengáis la libertad de alejaros de ella por las necesidades de vuestra condición. Si su carácter se agriase o si se rebelase, se la podría dominar por su herejía. La libertad de conciencia concedida a estas gentes está sujeta a restricciones que ellos quebrantan a menudo. Por lo tanto, están siempre bajo nuestra dependencia, y la prueba es que esa viudita no encuentra con quien volverse a casar. Los jóvenes del país están hartos de la guerra de castillos y temen casarse con la guerra. En estos momentos me tendríais más rival que acaso monsieur de Ars, que es un moderado y un asiduo de la Motte. Pero ya se le sabría retener en Bourges con otros lazos. Es un mozo fácil de distraer. Además, con el tipo que tenéis, y tratándose de una viuda que debe de aburrirse en la soledad, tendríais que ser muy poco hábil para fracasar. Veo en vuestra sonrisa que no dudáis mucho del éxito. -Pues bien; confieso que no estáis equivocado -contestó Alvimar, que recordó de pronto la emoción que la damita no había logrado ocultarle y acerca de la que él se había podido equivocar fácilmente.- Creo que si yo quisiera... -Hay que querer... Pensad en ello... -respondió monsieur de Poulain, levantándose-. Si estáis decidido, escribiré confidencialmente a gentes que pueden mucho. Se refería a los jesuitas, que ya habían empezado a conmover la firmeza de monsieur de Beuvre, amenazándole con impedir que su hija se volviese a casar. Podían devolver al hidalgo su tranquilidad al precio de este enlace. Alvimar comprendió a medias palabras, y prometió al rector que lo pensaría seriamente y que le daría la contestación a los dos días, puesto que precisamente tenía que pasar el día siguiente en casa de monsieur de Beuvre. La campana del castillo anunciaba la comida; Alvimar se despidió del curilla, que le auguraba tan risueños destinos, y emprendió de nuevo el camino hacia el castillo. Se sentía más fuerte y más alegre que lo había estado desde hacía muchos días, porque se sentía en comunicación con un espíritu activo, capaz de ayudarle llegado el caso. El valor le volvía. Su fuga al Berry, su refugio inquietante en casa del enemigo de sus creencias y de sus opiniones, y la especie de aislamiento, que dos horas antes se presentaban a su pensamiento con un tinte sombrío, le sonreía ahora como una aventura feliz. «Sí, sí; este hombre tiene razón -pensaba-. Este casamiento me salvará. No tengo más que querer. Cuando haya enamorado a esta provincianita, podré confesarle mi desgracia en la corte. Será para ella una cuestión de honor el ofrecerme compensaciones. Además, si es menester dármelas de moderado durante unos días... ¡pues lo intentaré! ¡Vaya, valor! Mi horizonte se aclara y acaso brille el fin la estrella de mi fortuna.» Al hacer estas reflexiones levantó la cabeza y vio ante él, sobre el puente levadizo del patio, al niño de la marisca montando valientemente uno de los caballos de la carroza del marqués. Mercedes había pedido permiso a Adamas para pasar el día en el castillo, y el buen hombre se lo había concedido en nombre de su amo, a quien la quería presentar en cuanto éste estuviese visible. Al jugar en el patio, el niño le había hecho gracia al cochero, que había consentido en mantarle sobre Squilindre, mientras que él, montando Pimante -el otro caballo de la carroza-, tenía la brida y conducía los caballos al río para que tomasen su baño cotidiano. La figura de aquel niño llamó la atención de Alvimar; la víspera le había visto abalanzarse pordioseando entre las patas de su caballo y huir ante su látigo, y ahora el mismo niño, encaramado sobre el monumental corcel Squilindre, le miraba de arriba abajo con aire de triunfo benévolo. Era imposible ver una cara más interesante y más conmovedora que la del pequeño vagabundo; su belleza no era vistosa: era pálido, quemado por el sol y parecía endeblucho; acaso sus facciones no eran irreprochables; pero en la expresión de sus ojos, de un negro dulcemente aterciopelado, y en la sonrisa bondadosa y fina de su boca delicada, había algo irresistible para todo el que no tuviera el corazón cerrado al encanto divino de la infancia. Instintivamente Adamas había sentido su dulce poderío y hasta los criados más groseros del corral los sentían también. ¡Estas naturalezas rudas son a veces tan buenas! ¿No ha dicho de ellas madame de Sevigné que se encuentran «almas de campesinos completamente rectas que aman la virtud con la misma naturalidad con que los caballos galopan»? Pero Alvimar no amaba el candor, no amaba a los niños, y éste en particular le causó un desagrado que no logró explicarse. Tuvo una sensación de vértigo y de frío, como si en el momento en que volvía más sosegado y menos triste al castillo de Briantes, el rastrillo le hubiese caído sobre la cabeza. Desde hacía algunos años sufría vértigos repentinos, y solía atribuir a las personas que en aquellos momentos le llamaban la atención el fenómeno que le ocurría. Creía en influencias misteriosas, y para desviarlas se apresuraba, por si acaso, a renegar y a maldecir interiormente de los seres que le parecían revestidos de este poder oculto. -¡Así te rompa la cabeza ese caballo! -murmuró, mientras que debajo de su capa levantaba los dedos de la mano izquierda para conjurar el mal de ojo. Al ver que la morisca venía hacia él por el patio, repitió el gesto cabalístico. La mujer se detuvo un momento y, como la víspera, le miró con una atención que le irritó. -¿Qué me queréis? -le preguntó bruscamente, adelantándose hacia ella. La morisca no contestó; le saludó y corrió a reunirse con su hijo, preocupada por verle a caballo. El marqués venía con Lucilio Giovellino al encuentro de su huésped. -¡Venid a comer! -le dijo. ¡Debéis de estar muerto de hambre! La Belinda se desespera porque, como no os ha visto salir esta mañana, no ha podido impedir que os marchéis en ayunas. Alvimar no creyó deber hablar de su visita y de su comida en casa del cura. Habló de la belleza agreste de los arrabales y del tiempo dulce y risueño de la mañana otoñal. -Sí -dijo Bois-Doré-; durará todavía unos días, porque el sol... Un grito estridente le interrumpió, y, corriendo con toda la velocidad que le fue posible, para enterarse de lo que ocurría, llegó al puente con Alvimar y Lucilio; uno le había precedido y el otro le seguía maquinalmente. Vieron entonces que la morisca, desde el borde del foso, extendía con angustia los brazos hacia el niño, que era arrastrado río adentro por el caballo que montaba; la mujer parecía dispuesta a arrojarse al agua desde el escarpado sitio en que se encontraba. XV He aquí lo que había ocurrido. El gitanito, radiante y orgulloso por montar un caballo tan grande, había persuadido graciosamente al cochero de que le dejase guiar. El buen Squilindre, sintiéndose entregado a aquellas manecitas y excitado además por los alegres taconazos que tamborileaban sobre sus flancos, se había aventurado demasiado hacia la derecha, había perdido el vado y había pasado nadando por debajo del puente. El cochero intentaba acudir en su auxilio; pero Pimante, más desconfiado que su compañero, se negaba a perder pie. El niño, asido a las crines, estaba encantado con la aventura. Sin embargo, los gritos de su madre le volvieron a la realidad, y gritó en un idioma que sólo Lucilio pudo comprender: -No tengas miedo, madre; estoy bien agarrado. Pero había entrado en la corriente del río que alimentaba el foso. El pesado y flemático Squilindre estaba ya cansado, y las ventanas de su nariz, abiertas y tirantes, denotaban su malestar y su inquietud. No se le ocurría volver atrás; iba derecho al estanque, donde la imposibilidad de franquear el dique podía agotar las fuerzas que le quedaban para nadar. Pero todavía el peligro no era inminente, y Lucilio se esforzaba en hacer comprender por gestos a la morisca que no debía arrojarse al agua. Ella no hacía caso, y ya descendía por el musgoso talud, cuando el marqués, al ver el peligro que corrían aquellos dos infelices, empezó a desabrocharse el abrigo. Se hubiera arrojado; se disponía a hacerlo sin consultar a nadie y sin que Alvimar comprendiese su designio, cuando Lucilio lo advirtió, y como a él nada le estorbaba, se arrojó al foso desde el puente y empezó a nadar vigorosamente hacia el niño. -¡Ah, mi bueno y bravo Giovellino! -exclamó el marqués, olvidando en su emoción la traducción francesa, que desnaturalizaba el nombre de su amigo. Alvimar registró el nombre en los pequeños archivos de su memoria, que era muy fiel, y mientras que el marqués se acercaba al talud para calmar y contener a la morisca, él permaneció sobre el puente, contemplando con un interés singular el giro que tomaba la aventura. Este interés no era el que cualquiera persona de buen corazón hubiera sentido en semejante circunstancia, y, sin embargo, el español experimentaba una gran ansiedad. No deseaba que el mudo se ahogase, lo que no era probable; pero deseaba que el niño pereciese, lo que era muy posible. No pedía al cielo que abandonase a la pobre criatura, y tampoco razonaba su instinto; pero éste le dominaba, a pesar suyo, como un mal extraño e invencible. El niño le inspiraba un terror supersticioso que iba en aumento. «Si lo que siento es una revelación de mi destino -pensó-, en este momento se debate y se decide mi suerte. Si el niño muere, estoy salvado; si se salva, estoy perdido.» El niño fue salvado. Lucilio alcanzó al caballo, agarró al pequeño jinete por el cuello de su chamarreta y le dejó sobre el talud, entre los brazos de su madre, que había seguido, corriendo y gritando, las peripecias del drama. Después volvió tranquilamente en busca de Squilindre, que se obstinaba estúpidamente contra el dique del estanque; le obligó a retroceder y le entregó sano y salvo al cochero, que estaba apuradísimo. Todo el mundo había acudido al oír los gritos de la morisca y todos sintieron un verdadero enternecimiento viéndola besar, sollozando, las rodillas de Lucilio y hablarle efusivamente en árabe, sorprendida de que no la contestase nada, aunque parecía entender perfectamente el idioma. El marqués abrazó a Lucilio y le dijo en voz baja: -¡Eh, mi pobre amigo! ¡A pesar de ser un hombre atormentado hasta los huesos por la mano del verdugo, sois todavía un vigoroso nadador! Dios, que sabe que no vivís más que para el bien, ha querido hacer milagros en vos. Ahora id a mudaros por completo; y vos, Adamas, haced que sequen y calienten a este pobre diablillo, que no parece estar más asustado que si saliese de su cama. Deseo que, después de mi almuerzo, me lo traigáis con su madre; por lo tanto, ponedlos lo más limpios que podáis. ¿Pero dónde está monsieur de Villarreal? El supuesto Villarreal había vuelto al castillo, y solo, en su cuarto, rogaba al Dios vengador, en que creía, para que no le castigase demasiado por la aspereza con que había deseado, sin causa, la muerte del gitanito. Llamamos así al niño para imitar a las personas que en aquel momento le rodeaban. Pero después del almuerzo, cuando monsieur de Bois-Doré se trasladó a su antigua sala de su castillo a la que Adamas daba el pomposo título de sala de audiencias, y a veces de sala de justicia, y cuando el viejo servidor le presentó la morisca y su hijo, la primera palabra del marqués, tras un silencio imponente, fue esta exclamación: -Cuanto más considero este chiquillo, más me convenzo de que no es ni egipcio, ni morisco, sino, antes bien, español de pura raza y acaso de sangre francesa. No era necesario ser adivino para hacer tal descubrimiento; sin embargo, fue escuchado con todo respeto por Adamas, que, en calidad de introductor, se hallaba presente a la conferencia. Alvimar y Lucilio habían sido invitados al acto por el marqués. -Mirad -prosiguió Bois-Doré ingenuamente satisfecho por su penetración, desabrochando la gruesa camisa blanca del niño-: su cara está tostada por el sol; pero no más que la de nuestros aldeanos en tiempo de siega; su cuello es blanco como la nieve, y jamás siervo ni villano tuvo las manos y los pies tan menudos como éstos. Vamos, diablillo, no avergonzaros, y ya que, según dicen, entendéis el francés, contestadnos: ¿Cómo os llamáis? -Mario -contestó el niño sin vacilar. -¿Mario? ¡Eso es un nombre italiano! -Yo no sé. -¿De qué país sois? -Creo que soy francés. -¿Dónde habéis nacido? -No me acuerdo. -¡No me extraña! -dijo el marqués riendo-. Pero preguntádselo a vuestra madre. Mario se volvió hacia la morisca y abrió la boca para hablarle. Una expresión de felicidad irradiaba de su rostro por sentirse acogido paternalmente por el hermoso caballero, que le tenía entre las rodillas, y de quien tocaba con la punta de sus deditos el precioso traje de raso y el lindo perrito emperifollado. Pero tan pronto como su mirada se cruzó con la de su madre, pareció comprender un aviso de gran importancia; se alejó dulcemente de monsieur de Bois-Doré, y acercándose a la morisca, bajó los ojos sin hablar. El marqués le dirigió otras preguntas, a las que no contestó tampoco; pero su mirada, tierna y dulce, parecía pedirle furtivamente perdón por su descortesía. -Amigo Adamas -dijo el marqués-; creo que has exagerado un poco tu historia al pretender que este mozalbete habla vulgarmente nuestro idioma. Es verdad que lo pronuncia bastante bien y que ha dicho varias palabras casi sin acento extranjero; pero creo que a eso se reduce su conocimiento del francés. Ya que tú sabes tan bien el español -yo confieso que sé muy poco-, hazle que se explique. -Es inútil, señor marqués -dijo Adamas sin desconcertarse-; os juro que este bribonzuelo habla el francés como un letrado. Pero está cohibido ante vos, sencillamente. -¡Quia! -dijo el marqués-. Es un valiente que no teme a nada. Ha salido del agua tan risueño como había entrado, y ya ve que somos buenas gentes. Mario pareció haber comprendido, porque sus amables ojos aprobaban, mientras que la mirada inteligente y temerosa de la morisca se detenía sobre Alvimar como para decir que no, que aquél, al menos, no merecía el último calificativo del marqués. -Vaya, vaya -prosiguió el buen Silvain, cogiendo de nuevo a Mario entre sus piernas-; quiero que seamos buenos amigos. Quiero a los niños, y éste me gusta. ¿Verdad, maese Jovelin, que esta cara no está hecha para engañar, y que esta mirada de niño va derecha al corazón? Aquí hay un misterio, y le quiero conocer. Escucha, amigo Mario: si me contestas la verdad te daré... ¿Qué quieres que te dé? El niño, obedeciendo a la ingenua impetuosidad de sus pocos años, se precipitó hacia Fleurial, el lindo perrito blanco, que no abandonaba el regazo de su amo en cuanto éste se hallaba sentado. Mario parecía resuelto a todo por conseguirle; pero una segunda mirada de Mercedes le advirtió que debía contenerse, y volvió a dejar el perrito sobre las rodillas de su amo, con gran satisfacción del marqués, que temía haber ido demasiado lejos. El niño movió tristemente la cabeza e hizo señas de que no deseaba nada. Hasta entonces, Alvimar no había hablado; mientras hacía su oración, después de la escena del estanque, había, rápida pero seguramente, repasado en su memoria todas las circunstancias de su vida. No había encontrado en ellas nada que pudiese relacionarse, aun indirectamente, con una mujer y un niño en el caso en que éstos se encontraban. Por lo tanto, su emoción había sido sencillamente una alucinación; se arrepintió de no haberla sabido vencer en el acto y recuperó toda su serenidad. Durante la comida, el marqués no había dicho una palabra del relato de Adamas acerca del viaje misterioso de Mercedes. El mismo Bois-Doré no le había escuchado más que a medias, la víspera, al dormirse. Por eso, desde hacía unos minutos, Alvimar consideraba con una tranquilidad despreciativa aquellos dos mendigos, y le parecía haber encontrado por fin la causa vulgar de la repugnancia que sentía hacia ellos. Tomó la palabra: -Señor marqués -dijo-: si me permitís retirarme, me parece que mediante algún dinero haréis hablar a este bribonzuelo cuando gustéis. Puede que sea un cristiano robado por esta morisca, porque no me cabe duda acerca de la raza de la mujer. Sin embargo, si creéis que el color de la piel es una indicación segura, estáis en un error. Hay muchos de estos miserables que son tan blancos como nosotros, y si queréis tener una seguridad, haréis bien en levantar los cabellos que cubren la frente de este rapaz; acaso hallaréis la señal del hierro candente. -¡Cómo! -dijo el marqués sonriendo-. ¿Tanto miedo tienen al agua del bautismo que borran su huella con fuego? -Esa marca es de la esclavitud -prosiguió Alvimar-. Se la inflige la ley española. Se les imprimen en la frente la marca de una S y la de una cabeza de clavo, lo cual significa en español, y en sentido figurado, esclavo. -Sí -dijo el marqués-, ya comprendo; es un jeroglífico. Pues lo encuentro muy feo, y si este pobre niño está señalado y es esclavo en vuestro país, yo le compro y le hago libre en el buen país de Francia. Mercedes no había comprendido nada de lo que decían en torno suyo. Veía con angustia que Alvimar se acercaba a Mario como para tocarle; pero el español no hubiese, por nada del mundo, mancillado sus guantes con el contacto de un morisco, y esperaba que el marqués levantase los cabellos del niño; Bois-Doré no lo hacía por un sentimiento delicado de conmiseración hacia la pobre madre, de quien creía comprender la humillación y la inquietud. Mario comprendía lo que decían; pero, dominado y como fascinado por la mirada de Mercedes, se encerraba en un silencio impasible. -Ya veis -dijo Alvimar al marqués- cómo baja la cabeza, ocultando su vergüenza. Vamos, estoy suficientemente enterado de lo que son, y os dejo en su honrada compañía. No hay peligro de que abran la boca ante un español, y, por lo visto, saben que lo soy. Entre esa raza abyecta y la nuestra existe un instinto de aversión que nos hace olfatearnos, como el ave salvaje olfatea al cazador. Ayer he encontrado a esta mujer en la carretera, y estoy seguro de que ha intentado alguna brujería sobre mi caballo porque esta mañana cojeaba. ¡Si yo fuese el dueño de esta casa, semejante peste no permanecería en ella ni un minuto más! -Sois mi huésped -contestó Bois-Doré cortésmente, pero con un acento de dignidad y de energía del que Alvimar no le hubiera creído capaz-, y como tal, tenéis derecho a no hallar en mi casa contradicción a vuestras ideas, sean o no sean las mías. Como no quiero que bajo mi techo seáis molestado en nada, si la presencia de estos infieles os desagrada, nos las arreglaremos para que no vuelvan a herir vuestra vista; pero no podéis exigir que eche brutalmente a un niño y a una mujer. -Ciertamente que no, señor -dijo Alvimar recobrando el dominio de sí mismo-; sería desconocer vuestras bondades, y os pido perdón por mi violencia. Vos sabéis el horror que existe en mi país contra los infieles, y yo sé que hubiera debido refrenarlo aquí. -¿Qué queréis decir? -preguntó Bois-Doré algo impacientado-. ¿Es que nos tomáis por musulmanes? -¡No lo quiera Dios, señor marqués! Me refería a la tolerancia francesa, en general, y como la urbanidad nos impone como ley el conformarnos a los usos del país que nos da la hospitalidad, os prometo que me dominaré y que veré sin repugnancia en vuestra casa a quien os plazca recibir. ¡Perfectamente! -contestó el buen marqués, dándole la mano-. ¿Queréis que dentro de un rato, cuando haya terminado aquí, os lleve a matar un par de liebres? -Es demasiada bondad -dijo Alvimar al salir pero no os molestéis por mí; hasta que llegue la hora de la comida iré, con vuestro permiso, a escribir algunas cartas. El marqués se levantó para saludarle; luego se volvió a sentar con una gracia indolente y dijo, dirigiéndose a Lucilio: -Nuestro huésped es un caballero bien educado, pero tiene el genio algo vivo, y, después de todo, su desgracia, consiste en ser demasiado español; estos seres sublimes desprecian todo lo que no es como ellos mismos; pero creo que se han perjudicado al martirizar y exterminar a los pobres moriscas. Un día u otro lo lamentarán. Los moriscos eran trabajadores y limpios en el país de la pereza y de la mugre. Antes de ser tan duramente provocados, eran dulces y humanos. Vaya, vaya; si tenemos ante nosotros un pobre despojo de esa raza que fue grande en otros tiempos, no le pisoteemos. ¡Tengamos piedad! ¡Dios para todos! Lucilio había escuchado al marqués con una atención religiosa y se puso a escribir mientras oía las últimas palabras. -¿Qué hacéis? -le dijo Bois-Doré. Lucilio le enseñó el papel, que al marqués le pareció que era un verdadero jeroglífico. -Son -contestó el mudo con un lápiz- las excelentes palabras que acabáis de pronunciar traducidas al árabe. Ved si el niño sabe leer y si comprende este idioma. Mario miró el papel que le presentaran y corrió a leerlo a su madre; la morisca escuchó con gran emoción, besó lo escrito y fue a arrodillarse ante el marqués. Luego se volvió hacia Giovellino y le dijo en árabe: -Hombre de corazón y de virtud, di a este hombre de bien lo que te voy a decir. No he querido hablar mi idioma delante del español. No he querido que el niño dijese una palabra delante de él. El español nos odia, y donde nos encuentra nos daña. Sin embargo, el niño es cristiano no es esclavo. Puedes ver sobre mi frente la señal de la Inquisición; se ve todavía, aunque yo era muy pequeña cuando me quemaron. Al hablar así desató el pañuelo de harpillera abigarrada que sujetaba su larga cabellera negra, y enseñó su frente, que no presentaba ninguna marca. Pero se golpeó con la palma de la mano, y al momento, el horrible jeroglífico se dibujó en blanco sobre la piel enrojecida. Levantó la suave y abundante cabellera de Mario, y prosiguió: -Pero puedes mirar la frente del niño. Si la hubieran señalado como la mía, la huella no podría disimularse todavía. Es una frente bautizada por un cura de su religión; el niño está instruído en la fe y en el idioma de sus antepasados. Mientras que la morisca hablaba, Lucilio escribía, traduciendo, y el marqués leía. -Preguntadle su historia -dijo al mudo-; hacedle saber que nos interesamos por sus desgracias y que la tomamos bajo nuestra protección. Lucilio no necesitó escribir las palabras de Bois-Doré; Mario, que hablaba el árabe con la misma facilidad que el francés y el catalán, las traducía a su madre adoptiva con una facilidad notable. Transcribiremos la conversación de estas cuatro personas, como si las cuatro hubieran hablado el mismo idioma, y como si Lucilio, rápido en escribir, no se hallase en la imposibilidad de hablar ninguno. XVI La morisca habló así: -Mario, mi bien amado, di a este bondadoso señor que yo hablo poco el español, y menos todavía el francés; contaré mi historia a su escribiente y él la leerá: Soy hija de un pobre granjero de Cataluña, donde los pocos moriscos perdonados por la Inquisición vivían aún tranquilos, con la esperanza de que les dejarían ganar su vida trabajando, puesto que no habían tomado parte alguna en las guerras de los últimos tiempos, tan desdichadas para nuestros hermanos de las demás provincias de España. Mi padre se llamaba Yesid en árabe y Juan en español; yo, bautizada por aspersión como los demás, era la cristiana Mercedes, pero la morisca Ssobyha. Ahora tengo treinta años; tenía trece cuando nos avisaron secretamente que íbamos a ser, a nuestra vez, despojados y echados. Antes de mi nacimiento, el terrible rey Felipe II había ordenado «que en un plazo de tres años todos los moriscos tenían que saber la lengua castellana y no hablar, ni leer, ni escribir en árabe pública o seeretamente; que todos los contratos en árabe serían nulos; que todos nuestros libros serían quemados; que abandonaríamos nuestros trajes y llevaríamos los de los cristianos; que las moriscas saldrían sin velo, con la cara descubierta; que no tendríamos ni fiestas, ni danzas, ni cantos nacionales; que perderíamos nuestros apellidos y nuestros nombres para tomar nombres cristianos; que ya ni moriscos ni moriscas podrían bañarse nunca, y que nuestros baños serían destruídos en nuestras casas». Y así nos insultaron hasta en el pudor de nuestras costumbres y en la salud de nuestros cuerpos. Mis padres se habían sometido. Cuando vieron que la sumisión no les servía para nada, y que en realidad los perseguían para apoderarse de su dinero, no se ocuparon más que en reunir y esconder todo lo que pudieron para huir cuando volviese a presentarse el peligro de la muerte. A fuerza de trabajos y de paciencia reunieron un pequeño tesoro. Decían que era para evitarme el tener que pordiosear como tantos otros que se habían dejado sorprender. Pero estaba escrito que yo pediría limosna como los demás. A pesar de las humillaciones con las que nos agobiaban, nos considerábamos bastante felices. Nuestros señores, los españoles, no nos querían; pero como veían que éramos los únicos en España que sabían y querían cultivar sus tierras, pedían al rey que nos perdonase. Tenía yo diez y siete años cuando el rey Felipe II dictó de pronto un nuevo decreto contra todos los moriscos catalanes. Nos expulsaba del reino con todos los bienes nobiliarios que pudiésemos llevar con nosotros. So pena de muerte, teníamos que abandonar en tres días nuestras casas e ir escoltados hasta el lugar del embarque. Todo cristiano que ocultase un moro, sería castigado con seis años de galeras. Estábamos arruinados. Sin embargo, mi padre y yo cogimos todo el oro que nos era posible llevar, y nos marchamos sin proferir una queja. Nos prometían conducirnos a África, país de nuestros antepasados. Entonces pedimos al Dios de nuestros padres que nos aceptase de nuevo como hijos fieles. Durante el viaje nos dejaron vestir nuestros antiguos trajes, que desde hacía un siglo se conservaban en las famillas, y cantar nuestras oraciones en nuestro idioma, que no habíamos olvidado, porque, a despecho de los edictos, lo hablábamos siempre entre nosotros. Nos amontonaron como bestias en las galeras del Estado; pero apenas nos habíamos embarcado, nos pidieron el precio de la travesía. La mayor parte no tenían nada. Se exigió que los ricos pagasen por los pobres. Mi padre, viendo que arrojaban al mar a los que no encontraban fianza, pagó sin sentimiento por todos los que estaban en nuestra embarcación; pero cuando vieron que no le quedaba nada, le arrojaron al mar como a los otros. La morisca se paró. No lloraba, pero tenía el pecho oprimido. -¡Detestables granujas españoles! ¡Pobres moriscos! -murmuró el marqués. Luego, como advertido por una triste mirada de Lucilio, añadió: -Francia, ¡ay!, no se ha portado mejor, y la regente los ha tratado absolutamente igual. Mercedes prosiguió: -Al verme sola en el mundo, sin un céntimo y privada de todo lo que amaba, quise seguir a mi pobre padre; no me dejaron. Era bonita. El patrón de la galera me quería por esclava. Pero Dios desencadenó una tempestad y fue menester luchar contra ella. Varias embarcaciones naufragaron y miles de moriscos perecieron con sus verdugos. La galera que nos conducía fue lanzada por una tempestad contra las costas de Francia y se estrelló en un lugar cuyo nombre no he sabido nunca. Fui arrojada sobre la playa entre los muertos y los moribundos; estaba salvada. Me arrastré entre las rocas, y, no teniendo fuerzas para ir más lejos, me escondí cuidadosamente, y, empapada y rendida, dormí por primera vez desde hacía muchos días y muchas noches. Cuando me desperté, la tempestad había cesado. Hacía calor; estaba sola. El buque, destrozado, se hallaba sobre la costa; los muertos, sobre la playa. Tenía hambre, pero me quedaban bastantes fuerzas para andar. Me alejé lo más de prisa que pude del ribazo, donde temía encontrar españoles, y me encaminé por las montañas, mendigando el pan, el agua y el albergue. Me recibían muy mal; mi traje me hacía sospechosa a los aldeanos. Por fin encontré algunas mujeres de mi raza que estaban establecidas en un pueblo y que me dieron un vestido; me aconsejaron que ocultase mi religión y mi origen, porque los hombres del país no querían a los extranjeros y aborrecían especialmente a los moriscos. Por lo visto ¡ay! los aborrecen en todas partes, pues más tarde me han dicho que, en lugar de acoger como hermanos a los que habían logrado llegar a África, los bereberes los han degollado o reducido a una esclavitud peor que la de España. ¿Cómo podía yo seguir el consejo de ocultar mi origen? No sabía bastante bien el idioma catalán para ello. A lo primero me dieron alguna limosna; pero cuando pasaba un español decía a la gente del país: -Tenéis entre vosotros una morisca. Y me echaban de todas partes. Iba de valle en valle. Un día en que me hallaba en una carretera, que según he sabido más tarde era la de Pau, el cielo hizo que encontrara a una mujer todavía más desdichada que yo. Era la madre del niño que veis, y que he adoptado como hijo mío... -Seguid -dijo el marqués. Pero Mercedes volvió a detenerse; pareció reflexionar y dijo a Lucilio: -No puedo contar la historia de los padres del niño más que a vos solo..., que le habéis salvado la vida y me parecéis un ángel en la tierra. Si consienten en tenernos aquí unos días y veo que no hay para Mario peligro alguno, juro decirlo todo; pero temo al español, y he visto a este noble señor poner su mano en la de él después de haberle reprendido por su dureza hacia nosotros. Lo he sorprendido todo con mis ojos; los señores son los señores, y los pobres esclavos no deben esperar que ni aun los mejores se pongan de su parte en contra de sus iguales. -¡No hay iguales que valgan! -exclamó el marqués cuando Lucilio le hubo traducido por escrito la contestación de Mercedes. Juro por mi fe de cristiano y mi honor de caballero proteger al débil contra todos. La morisca contestó que diría la verdad, aunque ocultando ciertos detalles inútiles. Luego prosiguió en la forma siguiente: -Me hallaba en la carretera de Pau; pero en medio de las montañas, en un lugar muy desierto. Mientras descansaba, ocultándome por miedo a las malas gentes que se encuentran en todas partes, vi pasar a un hombre que viajaba con su mujer. La mujer iba un poco delante; unos bandidos llegaron por detrás y mataron y robaron al viajero con tal rapidez, que su mujer no lo notó, y al retroceder le vio ya muerto a través del camino. Ante tal espectáculo, cayó moribunda; vi que estaba embarazada. No sabía cómo aliviarla y consolarla. Arrodillada junto a ella, oraba y lloraba, cuando apareció un hombre de barba gris, vestido de negro, que iba a caballo y se acercó a preguntarme por qué lloraba. Le mostré la mujer echada sobre el cuerpo de su marido. Le habló en varios idiomas, porque era un sabio; pero no tardó en darse cuenta de que ella no estaba en estado de contestar. La sacudida que acababa de sufrir precipitaba su alumbramiento. Pasaban unos pastores con sus rebaños; los llamó, y como vieron que aquel hombre era un sacerdote de su religión cristiana, le obedecieron y llevaron a la mujer a su casa, donde murió una hora más tarde, después de haber dado a luz a Mario y de haber entregado al cura el anillo de matrimonio que llevaba en el dedo, sin poder explicar nada, pero designando al niño y al cielo. El cura se detuvo en casa de los pastores para dar sepultura a los pobres muertos, y como creyó que yo era la esclava de la señora, me confió el niño y me dijo que le siguiera. Pero yo, al ver que era sabio y humano, no le quise engañar. Le conté mi historia y le dije cómo había presenciado por casualidad el asesinato del buhonero. -¿Era un buhonero? -preguntó el marqués. -O un hidalgo disfrazado -contestó Mercedes-; porque su mujer llevaba debajo de su pobre capa vestidos de señora, y cuando a él le desnudaron para enterrarle, vieron que tenía una camisa fina y calzas de seda debajo de su traje grosero. Sus manos eran blancas, y también le encontraron un sello con armas. -¡Enseñadme el sello! -exclamó Bois-Doré, hondamente conmovido. La morisca movió la cabeza y dijo: -No le tengo. -Esta mujer desconfía de nosotros -prosiguió el marqués, dirigiéndose a Lucilio-; sin embargo, esta historia me interesa más de lo que se figura. ¿Quién sabe si...? Vamos, mi buen amigo, intentad al menos hacerle decir la época precisa en que ocurrió la aventura que nos relata. Lucilio hizo seña al marqués de que interrogase al niño, quien contestó sin vacilar: -He nacido una hora después de la muerte de mi padre, una hora antes de la muerte del buen rey de Francia Enrique IV. Me lo ha dicho el señor cura Anjorrant, recomendándome que no lo olvidase nunca, y mi madre Mercedes no me prohíbe que os lo diga con la condición de que el español no se entere. -¿Por qué? -preguntó Adamas. -No sé -contestó Mario. -Entonces ruega a tu madre que continúe su historia -dijo monsieur de Bois-Doré-, y tened la seguridad de que os guardaré el secreto, según os lo hemos prometido. La morisca prosiguió su relato en esta forma: -El buen cura pidió que le diesen una cabra para amamantar al niño, y nos llamó, diciéndome: «Más tarde hablaremos de religión. Sois desgraciados, y debo tener piedad de vosotros.» Vivía bastante lejos de allí, en plena montaña. Nos alojó en una cabañita, hecha con piedras de mármol y revestida con otras piedras grandes, negras y aplastadas; dentro no había más que hierba seca. Aquel santo no podía ofrecernos más que un albergue y la palabra de Dios. La casa donde vivía no era mejor que la casita donde nos encontrábamos. Pero a los ocho días de estar allí, el niño estaba aseado y cuidado, y la casa bien cerrada. Los pastores y los aldeanos no me rechazaban, porque su sacerdote les había enseñado la dulzura y la caridad. Yo les enseñé, para el cuidado de sus rebaños y para el cultivo de sus tierras, cosas que ignoraban y que saben todos los labradores moriscos. Me escucharon y, considerándome útil, ya no me dejaron carecer de nada. Hubiera sido muy dichosa junto a aquel hombre de paz, en aquel país de perdón, si hubiera podido olvidar a mi pobre padre, la casa donde habían nacido mis parientes y mis amigos, a los que ya no volvería a ver. Pero tomé tanto cariño al pobre huérfano, que poco a poco me consoló de todo. El cura le educó y le enseñó el francés y el español, mientras que yo le enseñaba mi idioma para tener a alguien en el mundo con quien hablarlo. Y, sin embargo, no creáis que al enseñarle oraciones árabes le haya desviado de la religión que le enseñaba el sacerdote. No creáis que rechazo vuestro Dios. ¡No! ¡No! Cuando vi que aquel hombre tan sincero, tan misericordioso, tan sabio y tan casto, me hablaba bien de su profeta Issa y de los hermosos preceptos del Engil, que no mandan hacer lo que el Corán nos prohíbe, pensé que la religión más hermosa debía de ser la que practicaba; y como a pesar de la aspersión de los curas españoles no había recibido el bautizo -me había protegido con las manos para que ni una gota de agua cristiana cayese sobre mi cabeza-, consentí en ser bautizada de nuevo por aquel hombre virtuoso y juré a Alá que no negaría jamás el culto de Issa y de Paracleto. Esta ingenua declaración causó vivo placer al marqués, quien, a pesar de sus nuevas nociones de Filosofía, era tan poco partidario, como Adamas, de la idolatría pagana atribuida a los moriscos de España. -Entonces -dijo acariciando la morena cabeza de Mario- no tenemos que habérnoslas con demonios, sino con seres de nuestra especie. ¡Numes celestes! Me alegro mucho, porque esta pobre mujer me interesa y este huérfano me conmueve el corazón. ¿De modo, mi bello amiguito, que has sido educado por un cura de los Pirineos, sabio y bueno? ¡Y tú también eres un pequeño sabio! No podré hablarte en árabe; pero si tu madre te quiere dejar conmigo, juro hacer que te eduquen como a un noble. Mario no sabía lo que era la nobleza. Indudablemente tenía una cultura prodigiosa en relación con su edad y con la época y el ambiente en que había sido educado; mas, para todo lo que no era religión, moral e idiomas, era un verdadero salvaje y no tenía la menor idea de la sociedad en la que el marqués le invitaba a entrar. No vio en la oferta más que cintas, bombones, perritos y lindas habitaciones llenas de aquellos bibelots que a él le parecían juguetes. Sus ojos brillaron de codicia ingenua, y Bois-Doré, que era, en su género, tan ingenuo como él, exclamó: -¡Vive Dios! Maese Jovelin, este niño es de buena estirpe. ¿Habéis visto cómo le han brillado los ojos al oír la palabra noble? Vamos, Mario, pide a Mercedes que te deje con nosotros. -¡Los dos! -exclamó el niño. -Los dos -contestó Bois-Doré-; ya sé que el separaros sería una crueldad. Mario, loco de alegría, se apresuró a decir a la morisca en árabe, cubriéndola de caricias: -¡Madre! ¡Ya no andaremos por los caminos! Este buen señor nos tendrá aquí, en su hermosa casa. Mercedes dio las gracias suspirando: -El niño no es mío -dijo-; es de Dios, que me lo ha confiado; tengo que buscar y encontrar a su familia. Si no existen ya o no le quieren, volveré aquí y os diré de rodillas: «Guardadle y echadme a mí, si queréis. Yo prefiero llorar sola a la puerta de la casa donde él sea feliz, que verle pordiosear otra vez por los caminos.» -Esta mujer tiene un alma grande -dijo el marqués-. Pues bien: la ayudaremos con nuestro dinero y nuestra influencia a encontrar lo que busca. ¿Pero por qué no nos dice lo que sabe? Acaso conociendo el nombre de la familia del niño la podríamos ayudar en seguida. -Ese nombre no lo sé -contestó la morisca. -Entonces, ¿por qué abandonasteis vuestras montañas? -Diles lo que quieren saber -dijo Mercedes a Mario en árabe-; pero no les digas nada de lo que todavía deben ignorar. XVII Mario tomó la palabra, encantado de tener que hablar; pero sin descaro ni remilgos, con todo el candor de su gracia natural y su noble mirada. -Éramos muy felices allí -dijo-; había grutas, cascadas, montañas muy altas y grandes árboles; todo era mucho mayor que aquí, y el agua hacía más ruido. Mi madre guardaba unas vacas muy buenas y teñía e hilaba la lana para hacer tela. ¡Mirad mi gorro blanco y su capa encarnada! Yo también trabajaba: hacía cestas. ¡Oh! Sé hacerlas muy bien. Si vuelvo a vuestro castillo para ser noble, ya lo veréis. Haré todas las cestas de la casa. Todos los días, durante dos horas, aprendía a hablar y escribir el francés y el español con el señor cura Anjorrant. No me reñía nunca; estaba siempre contento conmigo. ¡Era un hombre tan bueno! Me quería tanto, que a veces mi madre tenía celos y me decía: -Apuesto que quieres más al señor cura que a mí. Pero yo le contestaba: -¡Oh, no! Os quiero lo mismo a uno y a otro. Os quiero todo lo que puedo. Os quiero tanto como desde aquí hasta el pico de la montaña. ¡Más todavía! ¡Como desde aquí al cielo! Pero al cumplir yo diez años todo cambió para nosotros. De pronto, monsieur Anjorrant se puso muy enfermo por haber caminado mucho por la nieve para salvar unos niños que se habían perdido, y que él encontró; porque en nuestro pueblo hay nieve en invierno, y a veces tan alta como vuestra casa. Y, de pronto, monsieur Anjorrant se murió. Mi madre y yo lloramos tanto, que no sé cómo nos quedan ojos para ver. Entonces mi madre me dijo: -Hay que cumplir la voluntad de nuestro profeta, de nuestro amigo. Nos ha dejado los papeles y las alhajas que pueden servirnos para que tu familia te reconozca. Ha escrito por ti muchas veces al ministro de Francia; no se ha recibido nunca contestación; acaso se han perdido las cartas. Iremos a ver al rey o a alguien que pueda hablarle por nosotros, y si, tienes abuelos, o tías, o primos, impedirán que sigas siendo un vasallo, porque has nacido libre y la libertad es lo mejor en este mundo. Nos marchamos con muy poco dinero. El buen monsieur Anjorrant no había dejado nada a nadie. Tan pronto como tenía una moneda la daba a los que la necesitaban. Hemos andado, andado mucho. ¡Francia es tan grande! Llevamos tres meses así. Mi madre, al ver el camino tan largo, temía no llegar nunca, y pedíamos de puerta en puerta que nos diesen albergue y pan. Nos daban siempre, porque mi madre tiene un aire muy dulce y a mí me encontraban gracioso. Pero no conocíamos los caminos y dábamos muchas vueltas, que nos retrasaban en vez de hacernos adelantar. Entonces fue cuando nos encontramos con unas gentes muy extrañas, que se llamaban egipcios, y que nos dijeron que, si sabíamos hacer algo, nos fuésemos con ellos al Poitou. Mi madre sabe muy bien cantar en árabe, y yo sé tocar algo el tímpano y la guitarra de los Pirineos. Los tocaré cuando queráis. A aquella gente le pareció que sabíamos bastantes cosas. No eran malos con nosotros, y había entre ellos una niña morisca, llamada Pilar, a quien yo quería mucho, y un muchacho mayor, llamado La Flecha, que era francés, y que me hacía reír con sus muecas y sus cuentos. Pero casi todos eran ladrones, y mi madre sufría al verlos tan tragones y tan holgazanes. Y por esto, me decía todos los días: Debemos separarnos de estas gentes porque no son buenas. Y ayer los dejamos porque... -¿Porqué? -dijo el marqués. -Acaso os lo diga mi madre Mercedes más tarde, después de pedir a Dios que le dé a conocer la verdad. Así me lo ha dicho, y yo no sé más. -Decididamente -dijo el marqués levantándose estas personas me interesan mucho y quiero que se les trate y cuide bien en mi casa hasta que les plazca; decirme en qué forma les puedo ayudar. ¿Pero no me habías dicho, mi fiel Adamas, que esta Mercedes tiene una carta para monsieur de Seuilly? -¡Sí ,sí! -exclamó Mario-. Es el nombre que hay escrito en la carta de monsieur Anjorrant. -Pues es muy sencillo. Le conozco mucho, y me encargo de que lleguéis hasta él sin cansancio ni miseria. Por lo tanto, descansad aquí y pedid cuanto queráis. Mira, Adamas, la madre y el niño están muy limpios y sus trajes montañeses no son feos del todo. ¿Pero llevan encima todo lo que poseen? -Sí, señor; salvo los trajes peores que llevaban ayer y esta mañana, cada uno tiene dos camisas y la demás ropa en proporción. Pero esta mujer emplea todo el tiempo que le queda libre en lavar, zurcir y peinar al niño. Ved qué bien cuidada está su cabellera. Sabe muchos secretos árabes para la limpieza. Sabe hacer unos polvos de alheña y unos elixires que quiero que me enseñe a fabricar. -Es una buena idea; pero ocupaos en darle ropas y telas para que está mejor provista. Ya que es mañosa, sabrá sacar buen partido. Me voy a dar un paseo. Luego, si no la disgusta, cantará alguna canción de su país con la guitarra del niño; me alegraría oír esa música extranjera. ¡Adiós, maese Mario! Como habéis hablado muy bien, quiero daros luego una cosa; tened la seguridad de que no lo olvidaré. El gentil Mario besó la mano del marqués y echó una mirada muy expresiva al perrito Fleurial, que hubiera preferido a todas las riquezas de la casa. Bien es verdad que Fleurial era una maravilla; era el preferido entre los tres perritos mimados del marqués, y no se separaba nunca de su amo dentro de la casa. Era blanco como la nieve, enmarañado como un manguito y al contrario de lo que suelen ser los perritos mimados, era dulce como un cordero. El marqués dio su paseo habitual; habló bondadosamente a los vasallos que encontró y pidió noticias de los que estaban enfermos para enviarles los alivios necesarios; luego volvió a casa y mandó llamar a Adamas. -¿Qué regalaré al lindo Mario? -le preguntó-. Sería necesario encontrar un juguete propio de su edad, y aquí no hay ninguno. ¡Ay, amigo mío! Somos tres solterones que nos vamos haciendo viejos: maese Jovelin, yo y tú. -Ya he pensado en ello, señor -dijo Adamas. -¿En qué, mi viejo servidor? ¿En el matrimonio? -No, señor; puesto que a vos no os agrada, tampoco a mí. Pero he encontrado un juguete para el niño. -Ve a buscarle en seguida. -Aquí está, señor -dijo Adamas, cogiendo un objeto que había dejado en el alféizar de la ventana-. Como he advertido que el niño tenía muchas ganas de que se le regalase Fleurial, lo que no es posible, me he acordado de haber visto en las guardillas varios juguetes olvidados desde hace mucho tiempo, y entre otros, este perro de estopa, que no está muy carcomido por la polilla y que se parece a Fleurial, salvo en que es de piel de cordero negro y que no le queda mucho rabo. -¡Y salvo mil otras diferencias que hacen que no se le parezca en nada! ¿Pero de dónde viene ese juguete, Adamas? -De la guardilla, señor. -Muy bien; pero... ¿dices que hay otros? -Sí, señor; un caballito que no tiene más que tres patas, un tambor roto, unas armas, un resto de castillo con almenas... Adamas se calló de pronto al ver que el marqués estaba profundamente absorto ante el perro de estopa, mientras que una gruesa lágrima trazaba un surco en el colorete de su mejilla. -¡He hecho alguna tontería! -exclamó el viejo criado-. ¡Por Dios! Mi buen amo, ¿por qué lloráis? -No sé... un desfallecimiento -dijo el marqués, limpiándose con su pañuelo perfumado, en el que quedó buena parte de las rosas de su cutis-; he creído reconocer este juguete y, de no equivocarme, es una reliquia que no debe regalarse, Adamas... ¡Viene de mi pobre hermano! -¿De veras, señor? ¡Ah, qué tonto soy! Debí pensarlo. Lo que creí es que era un juguete vuestro de cuando erais niño. -No; cuando yo era niño no habla juguetes. Era aquella una época de guerra y de tristeza en el país; mi padre era un hombre terrible, y, como distracción, me enseñaba argollas, cadenas, aldeanos sobre el potro y prisioneros ahorcados en los olmos del parque... Más tarde, mucho más tarde, se casó en segundas nupcias y tuvo un segundo hijo. -Ya lo sé, señor; el joven Florimond, que tanto amabais; ¡la flor de los hidalgos, ciertamente! ¡Desaparecido de tan extraña manera! -No sabría decir cuánto le amaba, Adamas. No tanto por nuestras relaciones de cuando él era hombre, puesto que entonces seguíamos partidos diferentes y no nos veíamos más que el espacio de tiempo necesario para abrazarnos y decirnos que éramos amigos y hermanos, a pesar de todo, sino por las monadas de su infancia. Según ya te he contado, tuve ocasión de custodiar y cuidar al niño durante una ausencia de mi padre, que duró aproximadamente un año. La segunda mujer de mi padre había muerto, y el país estaba muy intranquilo. Sabía que los calvinistas odiaban a mi padre, y juzgué que era mi deber venir a proteger al pobre niño, al que aun no conocía, y que empezó a quererme, como si se hubiera dado cuenta de la injusticia de nuestro padre para conmigo. Era dulce y hermoso como este pequeño Mario. No tenía en torno suyo ni parientes ni amigos. En aquel tiempo, la peste azotaba el país, y las que no morían por la enfermedad, morían por el miedo. Él hubiera muerto también por falta de cuidados y de alegría si yo no le hubiese tomado tal cariño, que me pasaba días enteros jugando con él. Yo fui quien le trajo estos juguetes, y ahora que lo pienso, tengo motivos para recordarlo, porque estuvieron a punto de costarme caro. -Contadme eso, señor; os distraerá. -Te lo contaré, Adamas. Era en 1500... ¡no importa la fecha! -Claro, claro, señor; la fecha no importa. -Mi querido hermanito Florimond se aburría en casa, y yo no me atrevía a dejarle salir por no exponerle a las balas de todos los partidos que mataban a todo el mundo y no conocían amistades. Se me ocurrió una diversión que había codiciado en mi infancia. Había visto en el castillo de Sarzay muchos bichos de estopa y otras fruslerías, que servían de juguete a los niños Barbanzones. Los señores que poseían el castillo de Sarzay, de padres a hijos desde hacía muchos años, eran de lo más fanáticos contra los pobres calvinistas, y en aquella época se hallaban en Issoudun haciendo ahorcar y quemar a cuantos podían. En ausencia de los dueños, el castillo de Sarzay no estaba bien guardado. Los habitantes de los alrededores se habían entregado en cuerpo y alma a los católicos y a monsieur de La Châtre; de mí no desconfiaban porque estaba completamente solo y era demasiado pobre para intentar nada. Ideé penetrar en el castillo con algún pretexto y apoderarme de los juguetes, a no ser que algún criado quisiese vendármelos, porque era inútil buscar otros en parte alguna. Era una mercancía de lujo que no se vendía en los pueblos. Me presenté audazmente, como enviado de mi padre y pedí la entrada al castillo como para hablar con el aya de los jóvenes, que por aquel entonces ya montaban a caballo, como yo, y recorrían el país. Entro, me explico, y el aya me recibe mal. Sabía que yo había guerreado ya con los calvinistas y que mi padre no me quería; pero el dinero la amansó: subió a una habitación del piso alto y me trajo lo que los niños, ya muy mozos, habían dejado menos destrozado. Me marché con un caballo, un perro, una fortaleza, seis cañones, una carretera y muchos cacharritos de hierro; todo ello iba en una casta cubierta con una tela, que yo até detrás de mí, sobre el caballo. Me llegaba hasta los hombros, y al salir del patio de Sarzay oí a los criados que se reían desde las ventanas y se decían unos a otros: «Es un simple, y si no tenemos que habérnoslas con más protestantes que éste, no nos costará trabajo la victoria.» Algunos tenían buenas ganas de disparar sobre mí sus arcabuces; pero no tuve que lamentar más que el susto. Piqué espuelas a mi caballo, llevando tras de mí el cesto, que sonaba tanto como el cajón de un calderero del Limousin. Sin embargo, todo marchaba bien, y yo volvía tranquilamente por el atajo para no pasar con tal bagaje por la ciudad de La Châtre; pero tuve que pasar la Couarde por el puente del camino de Aigurande, y entonces me encontró frente a una patrulla de diez o doce soldados alemanes, que se dirigían hacia la ciudad. Eran merodeadores; pero iba con ellos uno de los peores partidarios de la época, un bribón, cuyo padre o tío tenía el mando de la fortaleza de Bourges, y se hacía llamar el capitán Macabro. Aquel joven, que tenía poco más o menos mi edad, pero era ya viejo en malicias, servía de guía, a modo de aprendizaje, a todos los bandidos que le admitían en su compañía. Yo me había encontrado otras veces frente a él, y él sabía bien que, puesto que yo me había batido por los calvinistas, no debía ser tratado como enemigo por los alemanes. Pero al ver mi cargamento pensó que debía de ser una buena presa, y, dándoselas de capitán, me mandó que pusiese pie en tierra y que entregase mi caballo y mi bagaje a sus gentes, que por aquel entonces se daban el nombre de caballeros del duque de Alençon. Como no sabían una palabra de francés y el Macabro les servía de trujamán, hubiera sido inútil que yo intentase parlamentar. Como sabía con quién me las tenía que ver, y que después de haberme sometido y haberme dejado desmontar sería golpeado y acaso tiroteado a modo de pasatiempo, según la costumbre de los merodeadores, arriesgué el todo por el todo. El Macabro había echado ya pie a tierra para desmontarse; entonces le di un puntapié en el estómago y le tumbé patas arriba, blasfemando como cuarenta demonios. -¡Y bien hicisteis, señor! -exclamó Adamas entusiasmado. -Los otros -prosiguió Bois-Doré- estaban tan lejos de suponer que un mocoso como era yo hiciese semejante hazaña en medio de ellos, hombres duchos y armados hasta los dientes, que se echaron a reír; lo que yo aproveché para huir. Pero en cuanto pasó su sorpresa me lanzaron una granizada de balas alemanas, que se llamaban entonces peladillas de Monsieur, porque aquellos alemanes servían a las órdenes de Monsieur, el hermano del rey, contra las tropas de la reina madre. Quiso la suerte que no me alcanzase ninguna bala y, gracias a mi buena yegua Brandina, que me llevó al galope por los caminos hondos y tortuosos de la Couarde, regresé sano y salvo a casa. Al verme sacar de la cesta los juguetes, mi hermanito tuvo una gran alegría. Monín -le dije al darle la fortaleza-, bien me ha servido el estar tan admirablemente fortificado, porque sin estas buenas murallas que llevaba a la espalda creo que no me hubieses visto volver. Lo cierto es, buen Adamas, que si descosiésemos ese perro yo creo que encontraríamos algún plomo en sus tripas, y si la fortaleza no sirvió para protegerme al menos los animales debieron servir para proteger la fortaleza. -Entonces, señor, quiero guardar cuidadosamente todos estos juguetes y hacer con ellos un trofeo de honor en alguna sala del castillo. -No, Adamas; se burlarían de nosotros. Y ya que hacía aquí viene ese hermoso niño, hay que regalarle el perro de estopa y los demás juguetes, porque lo que viene de un ángel debe destinarse a otro ángel, y yo veo en los ojos de este Mario la inocencia y la simpatía que había en los ojos de mi hermano... Sí; es cierto -prosiguió el marqués al ver entrar a Mario y Mercedes conducidos por el paje Clindor-; si Florimond hubiera tenido un hijo, hubiera sido igual a este niño, y si quieres que te diga por qué me ha gustado a primera vista es porque su aire, su dulce voz y sus maneras acariciadoras, más aún que sus facciones, me recuerdan a mi hermano tal como era a la edad de este huérfano. -Vuestro señor hermano no se casó nunca -dijo Adamas, que era todavía más novelero que su amo-; pero puede haber tenido bastardos y quién sabe si... -No, no, amigo mío; ¡no soñemos! He tenido yo otro sueño mientras que la morisca nos contaba la historia del hidalgo asesinado. ¿Pues no he llegado a imaginar que pudiese haber sido mi pobre hermano? -Lo cierto es, señor, que no veo la imposibilidad de que lo fuera, puesto que nadie sabe cómo ha muerto. -No lo era -contestó el marqués-, y la prueba es que el padre de Mario fue asesinado cuatro días antes de la muerte de nuestro buen rey Enrique, mientras que yo tuve una última carta de mi hermano fechada en Génova el día décimosexto de junio, es decir, poco más o menos un mes más tarde. Por lo tanto, no se puede establecer ninguna relación. - XVIII - Mientras que el marqués y Adamas cambiaban estas reflexiones, la morisca se había preparado para cantar y Lucilio había acudido a oírla. Las canciones gustaron tanto al marqués, que rogó a Lucilio que anotase los aires; Lucilio las apreció más todavía diciendo que eran «cosas raras y antiguas de una perfecta belleza». Estimulada por las alabanzas, Mercedes cantaba cada vez mejor y Mario la acompañaba muy bien. Estaba tan lindo con su gran guitarra, su aire modoso, su boca entreabierta y sus hermosos cabellos ondulados sobre los hombros, que no se hartaba uno de mirarle. Su traje, compuesto por una ruda camisa blanca, cortas bragas de lana obscura, una cintura roja y calzas grises con bridas de lana encarnada enrolladas alrededor de la pierna, favorecía la gracia de su cuerpo y la elegancia de sus formas delicadas. El regalo de aquellos juguetes que habían traído de la guardilla le deslumbró, y el marqués vio con gusto que, después de admirar aquellas maravillas, las ordenó en un rincón con una especie de respeto. El caso es que todo aquello no le entusiasmaba y, cuando la sorpresa se hubo disipado, tornó a pensar en Fleurial, que estaba vivo y que era juguetón y hubiera podido seguirle en su vida errante, mientras que la posesión de los caballos y ciudadelas era tan sólo el sueño de un instante en su existencia de miseria y de tránsito. El resto del día pasó sin otro disgusto para Alvimar. Volvió a ver a monsieur Poulain y le dijo que estaba resuelto a entablar el sitio de la gentil Lauriana. Durante la cena puso todo su cuidado en no enemistarse con el marqués, para que éste no le malquistara con la viudita, y consiguió hasta aparecer amable. No volvió a encontrar en la casa ni a la morisca ni al niño, ni oyó hablar de ellos y se recogió temprano para soñar con sus proyectos. Toda la servidumbre del marqués se alegró de que Mario permaneciese algunos días en el castillo, según dijo Adamas. Éste le hizo comer con su madre en la segunda mesa, en la que comía él también, en calidad de ayuda de cámara, con el ama de gobierno Belinda, el paje Clindor y maese Jovelin, a quien Bois-Doré hacía con toda intención pasar por un subalterno. El cochero y los demás criados comían a otras horas y en otro lado; era la tercer mesa. Había una cuarta mesa para las gentes del cortijo, los transeuntes, los viajeros pobres y los frailes alforjeros; de suerte que, desde el alba hasta la noche cerrada, o sea las ocho o las nueve, se comía en el castillo de Briantes y había incesantemente alguna chimenea que humeaba con olor a guisado, atrayendo de lejos bandadas de golfillos y de mendigos. Estos recibían siempre en la puerta principal buena pitanza con las sobras, e instalaban la quinta mesa sobre el césped de la avenida o sobre el borde de los fosos. Las rentas del marqués hacían frente a aquella amplia hospitalidad y a aquel numeroso personal, muy poco en relación con lo exiguo del castillo, y aun le sobraba dinero para satisfacer sus inocentes caprichos. Aunque no se ocupaba de contabilidad alguna, no le robaban; como Adamas y Belinda se aborrecían, se vigilaban mutuamente, y si Belinda no era mujer que se privase de sisar un poco, el temor de dar motivo a las sospechas de su enemigo la hacía ser prudente y forzosamente moderada en cuestión de provechos. Estaba liberalmente pagada y siempre magníficamente vestida a costa del castellano, que no quería ver «ni pingos ni mugre» en torno suyo, y no tenía pretexto alguno para malversar; lo lamentaba, sin embargo, porque era de esas personas que adoran un céntimo robado y desprecian un luis bien adquirido. En cuanto a Adamas, no era en todas sus relaciones la probidad personificada -había hecho la guerra y usado las costumbres de los guerrilleros-; pero amaba tanto a su amo que, si desde el puesto eminente de hombre de confianza al que había llegado se hubiera atrevido a saquear y a poner rescate a las gentes de fuera, lo hubiera hecho únicamente en provecho del castillo de Briantes. Clindor hacía causa con él contra la Belinda, que le odiaba y le trataba de perro disfrazado. Era un buen muchacho, medio listo y medio tonto, indeciso entre ser un burgués, título que iba adquiriendo cada día mayor importancia, o dárselas de futuro hidalgo, según la vanidad común a toda la burguesía, y que había de mantenerla por mucho tiempo en una actitud equívoca, haciéndola ser, a pesar de su superioridad intelectual, el juguete de los partidos. Se guardó el secreto sobre el origen de la morisca, para no exponerla a la intolerancia recelosa de la Belinda, que hacía grandes aspavientos de devoción; Adamas la hizo pasar por española. No se traslució una sola palabra de su historia ni de la de Mario. -Señor marqués -dijo Adamas al desnudar a su amo-, estamos en la infancia en cuanto se refiere a los artificios del tocado. La morisca, con quien durante la velada he hablado de cosas serias, me ha enseñado más en una hora que lo que saben todos vuestros engalanadores de París. Posee secretos admirables acerca de todo, y sabe extraer de las plantas jugos maravillosos. -¡Está bien, está bien, Adamas! Háblame de otra cosa. Recítame algún poema mientras me arreglas la barba, porque me siento triste y estoy por decir, como monsieur de Urfé, hablando de Astrée, que el «recuerdo de mis pesares enturbia el reposo de mi pecho y el respirar de mi vida». -¡Numes celestes!, señor -exclamó el fiel Adamas, que gustaba de usar las fórmulas de su amo-, ¿siempre el recuerdo de vuestro hermano? -¡Ay!, me ha vuelto hoy a dominar, no sé por qué. Hay días así, amigo mío, en los que un dolor adormecido se despierta. Es como las heridas hechas en la guerra. ¿Sabes lo que me ha recordado hace un momento la gracia de este huérfano? ¡Que me voy haciendo viejo, mi pobre Adamas! -¡El señor bromea! -No; nos hacemos viejos, amigo mío, y mi nombre se extinguirá conmigo. Tengo algunos primos lejanos que no me interesan y que perpetuarán si pueden, el nombre de mi padre; pero yo seré el primero y el último Bois-Doré, y nadie heredará mi marquesado, puesto que es honorífico y proviene de un capricho regio. -Lo he pensado a menudo, y lamento que el señor no haya querido poner fin a su vida de soltero, casándose con alguna bella ninfa de estos contornos. -Indudablemente he hecho mal en no pensar en ella. He corrido demasiado de bella en bella, y aunque no haya conocido a monsieur de Urfé, apuesto que él ha oído hablar de mí en algún lugar, y que me ha querido representar en el personaje del pastor Hylas. -¿Y aunque eso fuera, señor? Ese pastor es un hombre muy amable, infinitamente ingenioso y el más gracioso, para mí, de todos los héroes del libro. -Sí, pero es joven, y te repito que empiezo a dejar de serlo y a lamentar amargamente el no tener familia. ¿Sabes que mil veces he tenido la idea o el deseo de adoptar algún niño? -Ya lo sé, señor; cada vez que veis un nene, bonito y gracioso, volvéis a la misma idea. Y bien: ¿quién os lo impide? -La dificultad de encontrar uno que tenga una fisonomía hermosa y un buen natural y no tenga padres dispuestos a quitármelo después de que yo le haya educado; porque eso de encariñarse con un niño para que se lo lleven a la edad de veinte o veinticinco años... -Hasta entonces, señor... -¡Oh! El tiempo camina tan de prisa! No se le siente pasar. Ya sabes que había pensado traer a mi casa a algún pariente pobre; pero en mi familia son todos unos viejos ligueros y, además, sus niños son feos, traviesos o sucios. -Cierto es, señor, que los segundones de Bouron no tienen nada de hermosos. Os habéis llevado la estatura, todo el atractivo y toda la valentía de la familia, y vos solamente sois capaz de daros un heredero digno de vos. -¡Yo! -dijo Bois-Doré, algo asombrado por tal aserción. -Sí, señor; hablo en serio. Puesto que vuestra libertad os pesa, puesto que por décima vez os oigo decir que queréis ordenaros... -¡Pero, Adamas, hablas de mí como de un perdido! Me parece que desde la triste muerte de Enrique he vivido según conviene a un hombre agobiado por el dolor, y a un hidalgo sedentario, obligado a dar buen ejemplo. -Cierto, cierto, señor; podéis decirme sobre este particular todo lo que gustéis. Mi deber es no contradeciros. No tenéis la obligación de contarme todas las aventuras que os acontecen en los castillos o en los bosquecillos de los alrededores, ¿verdad, señor? Eso no importa más que a vos. Un fiel servidor no debe espiar a su amo, y no creo haber hecho nunca al señor preguntas indiscretas. -Hago justicia a tu delicadeza, mi querido Adamas -contestó Bois-Doré confuso, preocupado y halagado a la vez por las suposiciones quiméricas de su idólatra criado-. Hablemos de otra cosa -prosiguió sin atreverse a insistir sobre un asunto tan delicado y queriendo figurarse que Adamas sabía de él aventuras que él mismo ignoraba. El marqués no era abiertamente ni fanfarrón ni jactancioso. Tenía demasiado mundo para contar las conquistas que había hecho y para inventar las que ya no hacía. Pero le encantaba el que se las siguieran suponiendo, y con tal de no comprometer a ninguna mujer en particular, dejaba decir que podía pretender a todas. Sus amigos se prestaban a su modesta fatuidad, y la gran diversión de los jóvenes, especialmente de Guillermo de Ars, era el embromarle sobre este punto, sabiendo cuán agradable le era tal género de broma. Pero Adamas no andaba con tantos rodeos; aunque no era excesivamente meridional por su propia cuenta, lo era para las cosas de su amo, porque había confundido su personalidad en el resplandor de la de Bois-Doré. Por lo tanto, prosiguió hablando con aplomo sobre el mismo tema y declaró que el señor hacía bien en pensar en el matrimonio. Esta conversación volvía a menudo entre ellos, y ni el uno ni el otro se cansaba de ella, a pesar de que, desde hacía treinta años, no tuviera nunca más resultado que esta reflexión de Bois-Doré: -Sin duda, sin duda; ¡pero estoy tan tranquilo así! No corre prisa; ya volveremos a hablar de ello. Sin embargo, esta vez pareció escuchar con más interés que de costumbre las habladurías de Adamas a su propósito. -Si no creyera casarme con una mujer estéril -dijo a su confidente-, ¡en verdad que lo haría! Acaso me conviniera una viuda con hijos. -¡Quitad allá, señor! -exclamó Adamas-. Tomad a una damisela joven y hermosa, que os dará una descendencia que perpetúe vuestra imagen. -Adamas -dijo el marqués después de haber vacilado un rato-, tengo alguna duda de que el cielo me conceda tal dicha. Pero me sugieres una idea agradable: la de casarme con una joven a quien poder considerar como una hija y querer como si fuera un padre. ¿Qué te parece? -Me parece que tomándola muy joven, muy joven, acaso el señor se pudiera imaginar que había adoptado un niño. Entonces, si el señor quisiera, no habría necesidad de ir muy lejos. La damita de la Motte Seuilly es precisamente la que conviene al señor. Es hermosa, buena, honesta y risueña; es lo que hace falta para alegrar nuestro castillo, y estoy seguro de que su padre lo ha pensado más de una vez. -¿Tú crees, Adamas? -¡Claro! ¡Y ella también! ¿Creéis que cuando vienen aquí ella no hace comparaciones entre su viejo castillo y el vuestro, que es una mansión de hadas? ¿Creéis que, aun siendo tan jovencita y tan inocente como es, no habrá pensado en lo que sois comparándoos con todos los demás pretendientes que pueda tener? Bois-Doré se durmió pensando, precisamente, en la ausencia de pretendientes alrededor de la bella Lauriana, en los rencores de los vecinos contra el sincero y rudo Beuvre y en el dolor que le causaba a este último tal estado de cosas, pasajero sin duda, pero del que él exageraba la posible duración. El marqués se persuadió de que su proposición sería aceptada como una gran merced de la Fortuna. La cuestión religiosa era sencilla entre ellos, y en caso de que Lauriana le reprochase el haber abjurado el calvinismo, no tendría gran inconveniente en volver a él por segunda vez. La fatuidad no le permitía detener su pensamiento en la objeción que le pudieran hacer respecto a su edad. Adamas tenía el don de alejar cada noche, con sus lisonjas, un recuerdo tan desagradable. Aquella noche el buen Silvio se durmió más ridículo que nunca; pero quien hubiera podido leer en su corazón el sentimiento verdaderamente paternal que le guiaba, la gran tolerancia filosófica de que estaba dotado, «en previsión de infidelidades» y los proyectos de mimos, de sumisión y de cariño que formaba para su esposa, le hubiera seguramente perdonado, aun burlándose de él. Cuando Adamas pasó a su cuarto le pareció oír en la escalera excusada un roce de vestido. Se precipitó todo lo de prisa que pudo; pero no alcanzó a Belinda, quien tuvo tiempo de huir después de haber oído, según ocurría a menudo, toda la conversación de los solterones. Adamas sabía que era capaz de aquel espionaje. Sin embargo, creyó haberse equivocado y atrancó todas las puertas cuando ya no quedaba más secreto por sorprender que los ronquidos del marqués y los ladridos ahogados de Fleurial, echado al pie de la cama y soñando con cierta gata negra, que era para él lo que Belinda era para Adamas. XIX Al día siguiente fueron a la Motte Seuilly; llegaron a eso de las nueve. El lector no habrá olvidado que en aquella época la comida se servía a las diez de la mañana y la cena a las seis de la tarde. El marqués, firmemente resuelto a declarar sus proyectos matrimoniales, pensó que esta vez debía emplear un medio de locomoción más ligero que su magnífica y enorme carroza. Montó, sin esfuerzos excesivos, sobre su lindo caballo andaluz, llamado Floridor -también un nombre de la Astrée-, un excelente animal, de ademanes dulces y carácter tranquilo, pero algo aparatoso, a propósito para que el jinete se luciese; es decir, que al menor aviso de la pierna o de la mano sabía poner ojos feroces, encabritarse, dilatar las narices como un mal demonio, hasta hacer corvetas bastante altas; en fin, dárselas de malo. «En realidad, era de lo más inocente del mundo.» Al poner pie en tierra, el marqués ordenó a Clindor que pasease su caballo durante un cuarto de hora alrededor del patio, so pretexto de que estaba demasiado sudoroso para entrar en seguida en la cuadra; pero en realidad con la idea de que todos se enterasen a fondo de que seguía cabalgando su brillante corcel. Pero antes de aparecer delante de Lauriana, el buen monsieur Silvain entró en la habitacíón que le estaba reservada en la casa de su vecino, para componerse, perfumarse y ataviarse lo más airosa y elegantemente posible. Por su parte, Sciarra de Alvimar, vestido completamente de terciopelo y de raso negro, a la moda española, con los cabellos cortas y la gola de ricos encajes, no necesitó más que cambiar sus botas por calzas de seda y zapatos cubiertos de cintas para ofrecer su aspecto más ventajoso. A pesar de que su traje severo, y ya anticuado en Francia, fuese más adecuado a la edad de Bois-Doré que a la suya, le daba cierto aire de diplomático y de sacerdote, que hacía resaltar doblemente su juventud, extraordinariamente conservada, y la elegancia fácil de su persona. Monsieur de Beuvre parecía haber presentido un día de petición de mano, pues estaba menos hugonote, es decir, menos austero que de costumbre en su indumentaria, y encontrando a su hija demasiado sencilla, la había persuadido para que se pusiese un vestido más hermoso. Lauriana se vistió con toda la elegancia que le permitía el luto de viuda, que debía llevar hasta que se volviese a casar. Los usos de entonces no transigían. Se puso un vestido de seda blanca, con la sobrefalda recogida sobre un fondo de un tono blanco grisáceo, que se llamaba entonces color bazo. Se puso una chorrera y puños de encaje, y como su caperucita de viuda -el gorrito de María Estuardo- la dispensaba de someterse a la moda de la horrible peluca empolvada, que reinaba todavía, pudo lucir sus hermosos cabellos rubios, ondulados y enrollados en forma que descubrían su linda frente y encuadraban sus sienes, en las que las venas se transparentaban delicadamente. Para no parecer demasiado provinciana, se echó sobre el pelo una nube de polvos de Chipre, que le hacían parecer de un rubio aún más aniñado. Aunque los dos pretendientes estaban resueltos a mostrarse amables entre sí, hubo, sin embargo, durante el almuerzo alguna tirantez, como si les hubiese ocurrido la sospecha de que se hacían mutuamente competencia. El hecho es que Belinda había contado al ama de monsieur de Poulain la conversación que había sorprendido la víspera entre Adamas y el marqués. El ama se lo había participado al rector, quien había avisado a Alvimar por medio del siguiente billete: «Tenéis en la persona de vuestro huésped un rival que os puede servir de contraste cómico; sacad partido de la circunstancia.» Alvimar se rió interiormente de tal rivalidad; su plan consistía en atacar antes que nada el corazón de la dama. No le importaba que el padre estuviese o no de su parte; pensaba que, una vez dueño de los sentimientos de Lauriana, lo demás le sería fácil. Bois-Doré razonaba de otra manera. No podía poner en duda la estimación y el afecto que tenían por él. No esperaba ni deslumbrar ni enloquecer a Lauriana. Hubiera deseado encontrarse solo con el padre y la hija para exponer con toda sencillez las ventajas de su rango y de su fortuna; luego esperaba, por medio de humildes galanterías, darse ingeniosa y honradamente a comprender. En fin, quería portarse como hombre bien educado, mientras que su rival hubiera preferido conquistar la plaza en héroe de aventuras. Beuvre, al ver que Alvimar se ponía tierno, dio un disgusto a su viejo amigo, llevándole aparte a lo largo del riachuelo, para hacerle infinidad de preguntas acerca de la fortuna y del rango de su huésped; lo único que Bois-Doré podía contestar era que monsieur de Ars, se lo había recomendado como un noble por quien tenía singular aprecio. -Guillermo es joven -decía monsieur de Beuvre-, pero nos tiene demasiada consideración para presentarnos un hombre indigno de nuestra buena acogida. Sin embargo, me sorprende el que no os haya dicho nada más; pero monsieur de Villarreal ha debido exponeros los motivos de su venida. ¿Cómo es que no ha ido con Guillermo a los festejos de Bourges? Bois-Doré no podía contestar a estas preguntas. Pero en el fondo de sus pensamientos, Beuvre se persuadía de que aquel misterio no ocultaba más designio que el de agradar a su hija. -La habrá visto en algún sitio -pensaba-, sin que Lauriana haya reparado en él, y aunque me parece ser muy católico, también me parece estar muy enamorado de ella. Y pensaba también que, dado el estado actual de las cosas, un yerno español y católico levantaría la fortuna de su casa y borraría el perjuicio que había causado a su hija al convertirse a la religión reformada. Aunque sólo hubiera sido por llevar la contraria a los jesuitas, que le habían amenazado, deseaba que el español, aun siendo medianamente rico, tuviera un abolengo bastante alto para pretender a la mano de Lauriana. Monsieur de Beuvre razonaba en escéptico. Aunque no hiciera con los Ensayos, de Montaigne, los mismos aspavientos que hacía Bois-Doré con la Astrée, los leía con asiduidad, y hasta no leía más libro que aquél. Bois-Doré era más honrado en política que su vecino y, de ser padre, no hubiera razonado como él. No era más religioso que Beuvre; pero de las creencias de otros tiempos había guardado la de la patria, y el espíritu de la Liga no le hubiera hecho transigir. Estaba tan absorto con sus propias preocupaciones, que no adivinó las de su amigo, y durante un cuarto de hora hablaron con frases sueltas, sin comprenderse, de la urgencia de un buen matrimonio para Lauriana. Al fin, la cuestión se aclaró. -¡Vos! -exclamó Beuvre estupefacto de sorpresa cuando el marqués se hubo declarado-. ¡Él! ¿Quién diablos podía esperar una cosa así? Yo me imaginaba que me hablabais a medias palabras de vuestro español, ¿y ahora resulta que se trata de vos mismo? ¡Vamos! ¡Mi vecino! ¿Habláis cuerdamente o es que os tomáis por vuestro nieto? Bois-Doré se mordió el bigote; pero como estaba acostumbrado a las bromas de su amigo, se repuso en seguida y se esforzó en persuadirle de que la gente se equivocaba acerca de su edad y añadió que su padre se había vuelto a casar con buen éxito a dos, sesenta años, o sea siendo más viejo que lo era él actualmente. Mientras así perdía el tiempo, Alvimar se esforzaba en aprovecharlo. Había sabido detener a madame de Beuvre bajo el enorme árbol, cuyas ramas, colgando hasta el suelo, formaban como un recinto de verdura sombría, en el que se hallaban aislados en medio del jardín. Empezó torpemente con piropos exagerados. Lauriana no estaba prevenida contra el veneno de la linsonja; estaba poco enterada de las bellas maneras de las jóvenes nobles y no hubiera sabido distinguir la mentira de la verdad; pero, afortunadamente para ella, su corazón no había sentido todavía el hastío de la soledad y era mucho más niña de lo que parecía. El lenguaje hiperbólico de Alvimar le hizo mucha gracia y se echó a reír de su galanteo con una animación que le desconcertó. Él comprendió que sus frases no surtían efecto yse esforzó en hablar de amor con más naturalidad. Acaso hubiera logrado su propósito, llevando alguna turbación a aquella alma virginal; pero de pronto Lucilio, como si hubiera sido enviado por la Providencia, llegó a interrumpir el peligroso coloquio con las dulces notas de su sordina. No había querido ir con Bois-Doré, porque sabía que le harían comer con los criados y que no vería a Lauriana hasta las doce. Ni Lauriana ni su padre ignorabanla trágica historia del discípulo de Bruno, y, siguiendo el ejemplo del marqués, los de la Motte Seuilly afectaban tratarle como simple artista para no comprometerle; pero le guardaban la consideración que se merecía. Lucilio era el único que no había pensado en acicalarse en aquella ocasión. No tenía esperanza alguna de llamar la atención, ni siquiera tenía el menor deseo de que se fijasen en su persona, porque sabía que sólo podía pretender a la unión misteriosa de las almas. Por lo tanto, se acercó al árbol sin vana timidez ni falsa discreción y, contando con la verdad y la belleza de lo que iba a decir con su música, se puso a tocar, con gran desagrado y despecho de Alvimar. Por un momento, Lauriana también se sintió contrariada por la interrupción; pero se lo reprochó al ver sobre el hermoso rostro del músico la intención ingenua de serle agradable. «No sé por qué -pensó la joven- hay sobre este rostro como un resplandor de afecto sincero y de confianza sana que no se encuentra sobre el del otro.» Y volviendo a mirar a Alvimar, que estaba contrariado, adusto y altivo, sintió como un escalofrío de terror, acaso por él, acaso por ella misma. Quizá también porque fuese muy sensible a la música, o porque su espíritu estuviese dispuesto a cierta exaltación, se imaginó oír las palabras de los hermosos aires que tocaba Lucilio, y aquellas palabras imaginarias le decían: «¡Mira el claro Sol que brilla en el dulce cielo y las aguas vivas que reciben sus rayos sobre sus facetas tornadizas! ¡Mira los hermosos árboles inclinados, formando negras cunas, sobre el fondo de oro pálido, de las praderas, y las praderas mismas, ya risueñas como en la primavera, bajo el bordado de las rosadas flores del otoño, y el cisne gracioso, parece navegar con ritmo a tus pies, y las aves viajeras que cruzan allá lejos las nubes diapreadas! ¡Todo eso es lo que te digo con mi música: ¡es la juventud, la pureza, la fe, la amistad, la dicha! No escuches la voz extranjera que no comprendes. Es dulce, pero engañadora. Apagaría el Sol sobre tu cabeza, secaría la tierra bajo tus pies, marchitaría las flores en los prados y troncharía las alas de los pájaros; haría descender en torno tuyo la sombra, el frío, el miedo, la muerte, y agotaría para siempre el manantial de las armonías divinas que te canto.» Lauriana ya no veía a Alvimar; sumida en un dulce ensueño, tampoco veía a Lucilio. Estaba transportada al pasado y, pensando en Carlota de Albret, se decía: «¡No, no! ¡Jamás escucharé la voz del demonio!» -Amigo -dijo levantándose cuando el músico hubo terminado, me has hecho mucho bien y te doy las gracias; no te puedo ofrecer nada digno de pagar los bellos pensamientos que sabes hacer comprender; por eso te ruego que aceptes estas dulces violetas, que son el emblema de tu modestia. Había negado aquellas flores a Alvimar y afectaba dárselas al pobre músico delante de él. Alvimar tuvo una sonrisa de triunfo, creyéndose provocado por una coquetería más incitadora que una confesión de amor; pero tal no era el pensamiento de Lauriana; fingiéndose atar el ramillete al sombrero del músico, le dijo en voz baja: -Maese Giovellino: os pido que seáis para mí como un padre y no os separéis ni un paso hasta que yo os lo diga. Merced a la agudeza de su penetración italiana, Lucilio comprendió. -Sí, sí; ya comprendo -contestó con una mirada expresiva-; contad conmigo. Y se sentó sobre las raíces del antiguo árbol, a distancia respetuosa, como un criado que esperase las órdenes que le quisieran dar; pero lo bastante cerca para que Alvimar no pudiese decir una palabra sin que él la oyese. Alvimar lo adivinó todo. Le tenía miedo; tanto mejor. Sentía un desdén tan profundo hacia el tocador de cornamusa, que se puso de nuevo a hacer su corte delante de él, como si hubiera estado delante de un madero. Pero su poderoso magnetismo perdió todo su poder. Lauriana tenía la sensación de que la apacible presencia de un hombre de bien como Lucilio era una defensa. Se hubiera avergonzado de ser coqueta delante de él. Se sentía bajo su mirada, y aquella era una protección. Vio al español picarse e irritarse poco a poco. Ensayó sus fuerzas haciéndole frente. Alvimar quería que despidiese al importuno, y se lo decía con la intención de que el otro lo oyese. Lauriana se negó rotundamente, declarando que deseaba oír más música. Entonces Lucilio preparó su gaita. Alvimar llevó la mano a su jubón, sacó un cuchillo español bien afilado y, después de desenvainarlo, se puso a jugar con él como por distracción; a ratos fingía querer escribir con el cuchillo sobre el árbol, y a ratos parecía querer lanzarlo, como haciendo alardes de habilidad. Lauriana no comprendió la amenaza. Lucilio permanecía impasible; sin embargo, era muy italiano para no conocer la ira fría de un español y para no saber hasta dónde puede ir la punta de un estilete lanzado como al azar. En otra ocasión se hubiera preocupado por un instrumento que la mirada de Alvimar parecía acechar, como para atravesarlo. Pero obedecía a Lauriana y combatía por la inocencia, como Orfeo por el amor, con su lira victoriosa; atacó violentamente uno de los aires moriscos que había oído y anotado la víspera. Alvimar se sintió desafiado y el fuego que ardía en él comenzó a abrasarlo. Tenía la habilidad de un chino para lanzar el cuchillo y, resuelto a asustar al impertinente músico, comenzó a lanzar en torno suyo la hoja brillante, que trazaba relámpagos más cercanos a medida que Lucilio proseguía su canto lastimero y tierno. Lauriana se había alejado unos pasos, y en aquel momento volvía la espalda a la horrible escena. «He desafiado las torturas y la suerte -pensaba Giovellino-; desafiémoslas de nuevo sin dar al español la alegría de verme palidecer.» Volvió los ojos hacia otro lado y tocó con el mismo recogimiento y la misma perfección que si hubiera estado en la mesa de Bois-Doré. Entretanto, Alvimar, yendo y viniendo, se divertía colocándose delante de él y apuntándole, como si hubiera sentido la tentación de tomarle por blanco; y por una de esas extrañas fascinaciones que son el castigo de las malas bromas, empezaba a sentir realmente aquella monstruosa tentación. Tenía sudores, frío y vértigos. Lucilio lo sentía más que lo veía; pero prefería arriesgarlo todo a dejar ver un instante de temor al enemigo de su patria y al insultador de su dignidad. XX Mientras a dos pasos de Lauriana, que estaba distraída, se desarrollaba aquel terrible juego, un extraño testigo vigilaba: era el lobezno criado en la perrera, y que había tomado las costumbres y las maneras de un perro, pero no los instintos y el carácter. Acariciaba a cualquiera, pero no se encariñaba con nadie. Echado a los pies de Lucilio, había mirado con inquietud el juego cruel del español, y como el puñal había caído dos o tres veces cerca de él, se había levantado y resguardado detrás del árbol, sin más preocupación que la de su propia seguridad. Pero el juego no cesaba, y el animal, al que empezaban a nacerle los dientes, los enseñó repetidas veces en silencio y, creyéndose atacado, exteriorizó por primera vez en su vida el instinto del odio al hombre. Con la mirada ardiente, las patas tiesas, el espinazo erizado y tembloroso, estaba oculto a la vista de Alvimar por el tronco colosal del árbol, desde donde acechaba el momento favorable y desde donde se abalanzó de pronto sobre él. Le hubiera estrangulado, o al menos herido, si un vigoroso puntapié de Lucilio no le hubiera rechazado, haciéndole rodar a distancia. La brusca interrupción del canto, y el sonido lastimero que lanzó la gaita, abandonada por el artista, hicieron volver rápidamente a Lauriana. No comprendiendo lo que ocurría, acudió en el momento en que Alvimar, ciego de ira, hundía el cuchillo en el cuello del animal. Realizó aquel acto con todo el ardor de la venganza, y era visible en su pálido rostro y en sus ojos inyectados la alegría misteriosa y profunda que experimentaba por tener algo que degollar. Hundió tres veces el acero en las entrañas palpitantes y, a la vista de la sangre, su boca se contrajo de un modo tan voluptuoso, que Lauriana, temblorosa, oprimió con sus dos manos el brazo de Lucilio, diciéndole en voz baja: -¡Mirad! ¡Mirad! ¡César Borgia! ¡Es él en persona! Lucilio, que había visto muchas veces en Roma el retrato pintado por Rafael, podía, aún más fácilmente que ella, distinguir el parecido, y con un gesto indicó lo mucho que le había impresionado. -¿Qué es esto, señor? -dijo la dama, llena de emoción, al español triunfante-. ¿Os creéis aquí en medio de una selva y pensáis serme agradable presentándome la cabeza o las patas de un animal que he criado con mis propias manos y que hace un rato he acariciado ante vos? ¡Ah! Sois poco cortés, y con ese cuchillo ensangrentado más parecéis un carnicero que un hidalgo. Lauriana estaba enojada y no sentía más que aversión por el extranjero. Él, como despertando de un sueño, se disculpó diciendo que el lobo había querido devorarlo; que era una mala compañía en una casa, y que se alegraba de haber salvado a la señora de un accidente que, lo mismo que a él, hubiera podido ocurrirle a ella. -¿Os ha atacado? -prosiguió Lauriana mirando a Lucilio, que hizo una seña afirmativa-. ¿Entonces os ha mordido? ¿Dónde está la herida? Y cuando vio que Alvimar no había sido herido se indignó por el miedo que había tenido a un animal tan pequeño y tan poco peligroso. -La palabra miedo no es muy exacta -contestó él con una especie de rabia; no creía que se la pudiera aplicar quien todavía tiene en la mano el arma de muerte. -¡Muy ufano estáis por haber matado a ese lobezno! Un niño hubiera hecho otro tanto, y en él sería disculpable; pero no lo era en un hombre, a quien hubiera bastado con un latigazo para rechazarle. Lo repito, señor, habéis tenido mucho miedo y esa es la enfermedad de los que gustan de verter sangre. -Ya veo -dijo el español repentinamente abatido- que he incurrido en vuestra desgracia, y en esto, como en todo, hallo el efecto de mi mala suerte. Tiene tal ensañamiento contra mí, que en muchos momentos he tenido la idea de ceder el campo en esta lucha, en la que no encuentro más que desventajas y sinsabores. Había mucha verdad en lo que Alvimar acababa de decir, y como después de haber maquinalmente limpiado el puñal parecía dudar en envainarle, Lauriana, sugestionada por la impresión siniestra de su mirada, le creyó algo loco a consecuencia de alguna gran desgracia y dispuesto a quitarse la vida. -Para perdonaros -le dijo-, exijo que me entreguéis el arma que tan malamente habéis empleado. No me agrada esta hoja traidora, que los hidalgos de Francia no usan ya, como no sea en la caza. A un caballero le basta su espada, y para desenvainarla delante de una dama necesita el tiempo de la reflexión. Tendría siempre miedo a un hombre que lleva oculta un arma tan rápida y tan fácil de manejar, y como no me parece que ésta tenga mucho precio os pido que me la sacrifiquéis en reparación del disgusto que me habéis causado. Alvimar creyó que quería desarmarlo por zalamería. Sin embargo, le dolía separarse de un arma tan fiel, y dudó. -Ya veo -le dijo Lauriana- que es el regalo de alguna bella, a quien no tenéis libertad para desobedecer. -Si tenéis semejante idea -contestó él-, quiero que la desechéis enseguida. Y, poniendo una rodilla en tierra, le presentó el puñal. -Está bien -dijo Lauriana retirando la mano, que él quería besar-. Os perdono como a huésped a quien no se quiere mortificar; pero nada más. En cuanto a esa arma traidora, no la guardo por amor a vos, sino para impedir el daño que pudiera causar. Se hallaban en aquel momento al pie del torreón, donde encontraron al marqués y a monsieur de Beuvre discutiendo apasionadamente. Lauriana se disponía a contarle lo que acababa de suceder; pero su padre no le dio tiempo para ello. -Escuchad, mi muy amada hija -le dijo cogiéndole una mano y colocándola en el brazo del marqués-; nuestro amigo quiere deciros un secreto, y mientras os lo cuenta me esmeraré en hacer compañía a monsieur de Villarreal. Ya lo veis -añadió dirigiéndose al marqués-, os confío mi oveja sin temor a vuestros terribles dientes, y no le digo nada que pueda considerarse ante ella. Habladle como gustéis. Si luego os pesa, yo me lavo las manos; vos lo habréis querido. -Ya veo -dijo madame de Beuvre al marqués- que me vais a hacer alguna petición. Y creyendo que se trataba, como de costumbre, de hacer con él alguna excursión de caza, añadió que, fuese lo que fuese, lo concedía de antemano. -¡Tened cuidado, hija mía! -exclamó monsieur de Beuvre, riendo-. ¡No sabéis a lo que os comprometéis! -No me asustéis -contestó ella-; puede hablar inmediatamente. -¡Oh! ¡Eso creéis! Pero os equivocáis en mucho -repuso monsieur de Beuvre-. Apuesto que su discurso durará más de una hora. Id los dos a alguna sala donde no seáis molestados y, cuando terminéis, venid a reuniros con nosotros. El marqués no se inmutó por aquellas broma... Para resolverse a hacer su petición había tenido ya que ahogar en sí vivos temores acerca del estado matrimonial, que venía aplazando desde hacía unos cuarenta años. Si al fin se había decidido era porque quería hacer la fortuna y la felicidad de alguien, y, después de haber admitido esta idea, consideraba como un deber el persistir en su resolución. Por lo tanto, en cuanto se encontraron en la sala, ofreció su corazón, su nombre y su dinero, con el estilo de la Astrée, con aquella pasión descabellada que no habla de nada menos que de tormentos horrendos, de suspiros que parten el alma, de terrores que causan mil muertes, de esperanzas que hacen perder la razón, etc...; todo con un convencionalismo tan casto y tan frío, que la virtud más austera no se puede asustar. Cuando Lauriana hubo comprendido que se trataba de casamiento, no se sorprendió tanto como su padre. Sabía que el marqués era capaz de todo y, en lugar de reírse de él, se apiadó. Le tenía afecto, y hasta respeto, por su bondad y su lealtad. Comprendió que por poco que ella diese el ejemplo expondría al pobre anciano a burlas interminables y que las chanzas amistosas y moderadas de las que era objeto se tornarían mortificantes y crueles. «No -pensó la prudente joven-; eso no será y no sufriré que mi viejo amigo sea el hazmerreír de los criados.» -Mi querido marqués -le dijo esforzándose por hablarle en su estilo-: he pensado en la posibilidad y en la conveniencia del proyecto que me comunicáis. Había adivinado vuestra hermosa y honrada pasión, y si no la he compartido es porque soy todavía demasiado joven para que el malicioso Cupido me haya prestado atención. Dejadme, pues, retozar un poco más en la isla encantada de la Ignorancia de Amor; no tengo prisa en abandonarla, puesto que soy feliz con vuestra amistad. De todos los hombres que conozco sois el mejor y el más amable, y si mi corazón me habla bien pudiera ser que me hablase de vos. Pero eso está escrito en el libro de los destinos y debéis darme el tiempo de interrogar el mío. Si por alguna fatalidad me mostrase ingrata hacia vos os lo confesaría con candor y arrepentimiento, porque no sacaría de ello más que perjuicio y vergüenza. Pero tenéis el alma tan grande y tan buena, que, a pesar de mi tontería, seguiríais siendo para mí un amigo y un hermano. -¡Ciertamente! ¡Os lo juro! -exclamó Bois-Doré con ingenuo entusiasmo. -Pues bien, mi leal amigo -prosiguió Lauriana-, esperemos. Os pido siete años de prueba, según la antigua usanza de los perfectos caballeros, y hacedme la merced de que este convenio quede secreto entre nosotros. Dentro de siete años, si mi alma ha permanecido insensible al amor, renunciaréis a mí, y si yo comparto vuestra pasión, no os lo ocultaré. También os juro que si antes de llegar al término de nuestro convenio las atenciones de otro hombre logran convencerme a pesar mío, os lo confesaré humilde y sinceramente. Esto es, al parecer, poco probable; sin embargo, quiero preverlo todo, por el deseo que tengo de conservar vuestra amistad si pierdo vuestro amor. -A todo me someto -respondió el marqués-, y juro guardaros, adorable Lauriana, la fe de un hidalgo y la fidelidad de un amante perfecto. -Cuento con ello -dijo dándole la mano-; sé que sois un hombre de corazón y un pastor incomparable. Ahora volvamos con mi padre y dejadme decirle lo que ha sido convenido entre nosotros, a fin de que nuestro secreto no tenga más confidente que él. -Está bien -contestó el marqués-. ¿Pero no cambiaremos alguna prenda? -¿Cuál? Hablad, lo consiento; pero que no sea un anillo. Pensad que soy viuda y que no puedo llevar más anillo que el de un segundo enlace. -Pues bien; permitid que mañana os envíe un presente digno de vos. -¡Eso, no! Sería dar a conocer nuestro secreto a todo el mundo... Dadme cualquier fruslería que llevéis... ¡Mirad! Esa bombonera de marfil esmaltada que tenéis en la mano. -¡Sea! Pero, y vos, ¿qué me daréis? Porque ya veo que entendéis lo que debe ser este cambio. Ha de ser un objeto que se lleve encima en el momento en que se da la palabra. Lauriana buscó en sus bolsillos y no encontró más que su pañuelo, sus guantes y su bolsa y el puñal de Alvimar. Como la bolsa era un recuerdo de su madre, le dio el puñal. -Ocultadle bien -dijo-, y mientras os lo deje esperad en mí; si os lo volviese a pedir... -¡Me atravesaría el corazón! -exclamó el viejo Celadón. -¡No! Es cosa que no haréis -dijo Lauriana con mucha seriedad-, porque yo me moriría de pena y además sería faltar a la promesa que me hacéis de seguir siendo mi amigo a pesar de todo. -Es justo- dijo Bois-Doré arrodillándose y recibiendo la prenda-; os juro no morir por eso, así como os juro no amar ni aun mirar a ninguna otra bella mientras no me hayáis arrebatado la esperanza de agradaros. XXI Volvieron al jardín, siendo acogidos con aire burlón por monsieur de Beuvre. La actitud seria y tranquila que adoptó Lauriana, y el aire enternecido y resplandeciente que el marqués no podía disimular, le causaron tal sorpresa, que no pudo menos de interrogarles delante de Alvimar, con términos velados, pero bastante transparentes. Lauriana contestó que estaba perfectamente de acuerdo con el marqués, y Alvimar, no pudiendo creer lo que oía, tomó esta declaración como una nueva coquetería hacia él. Entonces la inquietud de monsieur de Beuvre se aguzó, y llevándose a su hija aparte le preguntó si hablaba en serio y si era tan loca o ambiciosa para aceptar un galán nacido en el reinado de Enrique II. Lauriana le contó de qué modo había evitado su respuesta aplazando toda explicación hasta dentro de siete años. Después que Beuvre se hubo reído hasta hacer estallar su cinturón, Lauriana lo recomendó el secreto; pero le costó trabajo hacerle comprender su delicada bondad. Beuvre se hubiera divertido mucho con la decepción del marqués, y le parecía que el reírse de él en sus barbas hubiera sido darle una buena lección. -No, padre -contestó Lauriana-; sería causarle una gran pena, y nada más. No está en edad para corregirse de sus defectos, y no veo lo que ganaríamos con ultrajar a un hombre tan bueno, cuando nos es tan fácil adormecerle en sus ensueños. Creed que la coquetería de las mujeres con tales ancianos es inocente, y no deja de ser una buena acción el dejarles con sus ilusiones. Tened la seguridad de que el día que le diga que siento inclinación hacia alguien se alegrará, mientras que si le hubiera desengañado puede que a estas horas estuviese enfermo, no tanto por mi crueldad como por la de su vejez, que yo le habría hecho sentir sin miramiento ni piedad. Lauriana ejercía algún ascendente sobre su padre. Consiguió que se abstuviera de burlar al marqués sobre sus bellos amores con ella, y Alvimar, a pesar de su penetración, no adivinó lo que pasaba. Lauriana acababa de hacer realmente una buena acción, y como hay una cuenta abierta entre nosotros y la Providencia, fue recompensada en el acto, recibiendo el invisible auxilio, que es la remuneración, a veces inmediata, de todo acto generoso de nuestras almas. Era muy niña; pero tenía el espíritu de una mujer fuerte, y si era capaz, como toda hija de Eva, de sufrir una fascinación peligrosa, también lo era de reaccionar y encontrar en su conciencia una sólida defensa. El resto del día pasó sin que las insinuaciones galantes de Alvimar la conmoviesen, y hasta le pareció que al dar aquel puñal al marqués en prenda de generosa amistad, se había deshecho de algo que la turbaba y la abrasaba. Además tuvo mucho cuidado en no volver a encontrarse a solas con el español y en no alentar ninguno de los esfuerzos que él hacía para volver a llevar la conversación hacia las delicadas banalidades del amor. Por último, un incidente vino a impedir toda conversación particular y distraer a la reunión. Un joven gitano se presentó solicitando regocijar a la ilustre concurrencia con sus ejercicios y su talento; hasta creo que el granuja decía «su genio». Apenas le introdujeron, Alvimar reconoció al vagabundo que había servido de intérprete entre monsieur de Ars y la morisca, en los brazos de Champillé, y que había declarado ser francés y llamarse La Fleche. Era un mozo de unos veinte años, bastante guapo, aunque ya marchito por el libertinaje; su mirada era penetrante y descarada; su boca aplastada y pérfida; sus discursos eran insulsos, imprudentes y burlones. Era de pequeña estatura, pero bien formado, con la agilidad corporal de un mono y la agilidad manual de un ratero; inteligente para todas las cosas que sirven para el mal y cretino para todo trabajo útil o todo buen razonamiento. Este personaje, como todos los de su oficio, poseía algunos harapos, con los que se componía un traje fantástico para realizar sus ejercicios. Se presentó con una especie de capa genovesa forrada de rojo y con uno de esos sombreros extravagantes, erizados de pluma de gallo, sin nombre, sin forma, sin razón de ser; ruinas arrogantes de las que Callot ha inmortalizado en sus grotescos italianos la espléndida inverisimilitud. Botas hasta media pierna, dentadas, la una demasiado larga, la otra demasiado corta, dejaban ver las calzas de un rojo avinado. Un enorme escapulario cubría su pecho impío, como cartel de salvaguardia contra la acusación, constantemente suspendida sobre su cabeza, de paganismo y de magia negra. Una cabellera intensamente larga y de un rubio soso caía lacia sobre su faz delgada, pintada con ocre rojo; y un bigote naciente iba a reunirse a dos mechones de pelo blancuzco que surgía bajo el mentón liso y reluciente. Comenzó con una voz de trompeta cascada: -Que la ilustrísima compañía se digne excusar el descaro con que me atrevo a precipitarme a sus pies pidiendo indulgencia. En efecto, ¿le cuadra a un pícaro de mi condición, con su cabellera erizada, las cicatrices de su justillo y su sombrero que desde ha tiempo hace oposiciones a espantajo, comparecer ante una dama cuyos ojos avergüenzan la luz del sol, para venir a recitar una sarta de sandeces? Acaso se me diga, para darme valor, que no soy un mal bastero, ni un bandido, ni un lacayo molido a palos, pues se dice de los lacayos que son como los nogales que «cuanto más se apalean más producen»; también puede que se me diga que no soy ni un pillo, ni un ratero, ni un mequetrefe, ni un fierabrás, ni un sabihondo, ni un pisaverde, ni un rajabroqueles, ni un bárbaro, y que tengo bastante buen semblante, a posar de mi fisonomía algo subalterna; pero ante un mérito como el de la dama que veo -no se ofende a una diosa porque se la mire- y ante una reunión de señores que más parece una reunión de monarcas que una carretada de terrenos de feria, el hombre más valiente del mundo pierde la chaveta y queda reducido a un pozo de ignorancia, una sentina de estupideces y la fuente de todas las impertinencias... Maese La Fleche hubiera podido hablar durante dos horas en este tono y con una volubilidad insoportable, si no le hubieran interrumpido para preguntarle qué sabía hacer. -¡Todo! -exclamó el pillo-. Puedo bailar con los pies, con las manos, con la cabeza y con la espalda; sobre una cuerda, sobre una escoba, sobre la punta de un campanario y sobre la de una lanza; sobre huevos, sobre botellas, sobre un caballo al galope, sobre un aro, sobre un tonel, hasta sobre agua corriente; pero esto con la condición de que una persona de la sociedad consienta en servirme de pareja. Puedo cantar y rimar en treinta y siete idiomas y medio, con tal de que una persona de la sociedad me quiera contestar sin hacer una falta en los mismos treinta y siete idiomas y medio. Puedo comer ratas, cáñamo, espadas, lumbre... -¡Basta!, ¡basta! -dijo Beuvre impacientado-; ya conocemos tu letanía; es la misma que emplean los charlatanes como tú. Pretendéis saberlo todo y no sabéis más que una cosa: decir la buenaventura. -Para decir la verdad -contestó La Fleche-, en eso es en lo que sobresalgo, y si Vuestras resplandecientes Altezas lo desean, echaré a suertes para saber por quién debo empezar; porque el Destino es un espíritu adusto, que no conoce ni el sexo ni el rango de las personas. -Anda, echa a suertes; ahí va mi prenda -dijo monsieur de Beuvre arrojándole una moneda de plata-. Vos, hija mía. Lauriana echó una moneda algo mayor; -el marqués, un escudito de oro; Lucilio, una moneda de cobre, y Alvimar, una piedrecita, diciéndole: -Como veo que las prendas se regalarán al adivino, opino que éste no merece más que ser lapidado. -Tened cuidado -dijo Lauriana sonriendo-; no os predecirá más que disgustos; ya sabéis que los horóscopos corresponden siempre al precio que se les ha pagado. -No lo creáis; el Destino manda -dijo La Fleche mientras mezclaba las prendas en una especie de hucha-. De pronto afectó hablar sin fraseología y con aire misterioso. Volvió su indescriptible sombrero, que amenazaba el cielo como un torreón insolente y se lo coló hasta los ojos como un lúgubre apagavelas; hizo varias muecas, pronunció palabras desprovistas de sentido que pretendían ser fórmulas cabalísticas, y después de limpiarse a hurtadillas el grosero colorete, mostró su faz empalidecida por la inspiración profética. Entonces trazó en la arena la gran esfera de los nigrománticos ignaros con todos los signos de la astrología callejera; luego colocó una piedra en medio y tiró la hucha contra el suelo. Ésta se rompió y las prendas se esparcieron sobre los diferentes signos trazados en las divisorias. En aquel momento Alvimar se inclinó para recoger su piedra. -¡No!, ¡no! -exclamó el gitano precipitándose sobre su conjuro con la agilidad de un mono y poniendo la punta de un pie sobre la prenda de Alvimar sin borrar ninguno de los signos que la rodeaban-. ¡No, señor! Ya no podéis poner trabas al Destino; está sobre vos y sobre mí. -Ciertamente -dijo Lauriana, interponiendo su bastoncito entre Alvimar y La Fleche-. El adivino es el amo en su círculo mágico, y al desbaratar vuestro Destino podéis también desbaratar los nuestros. Alvimar se sometió; pero su cara denunció una agitación singular, que refrenó en seguida. XXII La Fleche empezó por la prenda más cercana a la piedra central, a la que él llamaba el Sinaí. Era la de Lucilio; fingió medir los ángulos, hacer cálculos, y en acompasada prosa dijo: Hombre sin lengua y de gran corazón. El sabio es de la miseria vencedor. -Observad -dijo Bois-Doré en voz baja a Alvimar- cómo el pícaro ha adivinado el triste caso de nuestro músico. -Eso no era difícil -contestó desdeñosamente Alvimar-. Desde hace un cuarto de hora el mudo os está hablando por señas. -Entonces, ¿no creéis en la adivinación? -preguntó Bois-Doré, mientras que La Fleche continuaba sus cálculos con aire absorto, pero con el oído atento a todo lo que ocurría en torno suyo. -¿Es que vos creéis en ella, señor? -dijo Alvimar fingiendo la sorpresa por la seriedad con la que el marqués le había hecho esta pregunta. -¿Yo?... Sí... Un poco... Como todo el mundo. -¡Ya nadie cree en esas tonterías! -¡Oh! Sí; Yo creo mucho -dijo Lauriana-. Brujo: te ruego que si mi destino es adverso me dejes en la duda o busques en tu ciencia el medio de conjurarlo. -Ilustre reina de los corazones -contestó La Fleche-, obedezco a vuestras órdenes. Un gran peligro os amenaza; pero si desde este momento, durante sólo tres días, no dais vuestro corazón, del diablo será vencedor. -¿No podrías encontrar otro estribillo? -le dijo Alvimar-. Tienes un diccionario bastante pobre. -Para ser rico no basta con desear serlo, señor -contestó el gitano-, y, sin embargo, hay gentes que lo desean, que lo desean tanto, que hacen todo por la riqueza, a riesgo del hacha y de la horca. -¿Lees semejantes; cosas en el Destino de este hidalgo? -preguntó Lauriana, que, muy conmovida por lo que la concernía en el aviso del adivino, se esforzaba en echarlo todo a broma. -Acaso -dijo, Alvimar con soltura-. No se sabe lo que puede ocurrir. -¡Pero se puede saber! -exclamó La Fleche-. Vaya, ¿quién quiere saberlo? -Nadie -dijo el marqués-, nadie, si hay algo desagradable en el porvenir de alguno de nosotros. -Verdaderamente, vecino, tenéis fe -dijo Beuvre, que precisamente no creía en nada-. Sois un buen parroquiano para todos los charlatanes que quieran abusar de vos. -Como gustéis -repuso Bois-Doré-; pero no lo puedo remediar. Diez veces me ha ocurrido lo que me había sido predicho. -¿Cómo queréis -le dijo Alvimar- que un idiota, un ignorante de esta especie penetre el porvenir, cuyo secreto Dios sólo posee? -No creo en la ciencia del operador -contestó el marqués-; sino que por oficio sabe calcular números, y que esos números son para él como las letras de un libro, con las que la propia fatalidad de los números compone palabras y frases. Beuvre se burló del marqués y ordenó al adivino que dijera todo. Alvimar hubiera deseado todo lo contrario, pues su incredulidad era fingida; creía en la acción del diablo en todo lo que es maleficio, y se prometía recomendar La Fleche a monsieur Poulain para que se ocupase de hacerle encarcelar, y hasta quemar si fuera preciso. Pero estaba, sin embargo, devorado, a pesar suyo, por la ansiedad de abrir el libro de su destino y, por otra parte, se sentía arrastrado a dárselas de espíritu fuerte delante de madame de Beuvre. La Fleche, obligado a hablar, ya que había suficientemente estudiado su libro mágico, reflexionó seriamente. Desconfiaba del español. Sabía que no arriesgaba nada con los que no creían en nada, porque esos no son de los que acusan o denuncian a los brujos, y era demasiado suspicaz para no comprender que, al intentar retirar su piedra, Alvimar había querido sustraerse a las revelaciones que fingía despreciar. Tomó el partido con el que se resguardaba cuando se encontraba entre personas dispuestas a conmoverse demasiado, y que consistía en decir trivialidades a todo el mundo. Tenía la esperanza de que Alvimar se retirase y así poder hacer a los demás, con toda tranquilidad, alguna predicción agradable que le fuese espléndidamente pagada, porque desde hacía tres días que erraba por los arrabales, metiéndose en todas partes, escuchando detrás de las puertas o fingiendo no comprender el francés para que lo hablasen delante de él, se había enterado de muchas cosas, conociendo una acerca de Alvimar, que éste hubiera deseado sepultar en un profundo olvido. Pero Alvimar, sosegado por la insignificancia de las predicciones, no se retiraba; ya nadie se divertía y La Fleche hacía un fiasco, después de haber trabajado de antemano con vistas a una buena ganancia. Iban a despedirle. Se irguió. -Ilustres señores -dijo-: no soy brujo; lo juro por la imagen del Santo Patrón que llevo sobre el pecho; protesto contra todo pacto con el diablo; no ejerzo más que la magia blanca, tolerada por las autoridades eclesiásticas, pero... -¡Pero si no está entregado al diablo, vete al diablo! -dijo monsieur de Beuvre. Nos aburres. -Pues bien -dijo La Fleche descaradamente-: queréis cábala, la tendréis a vuestro riesgo y perjuicio. Pero no la haré yo y me lavo las manos de todo. En el acto se volvió hacia una cesta que había traído y donde se suponía que traía alguna batería de escamoteo o algún bicho raro, y sacó a una niña de ocho o diez años, tan chiquita y menuda, que no parecía tener más de cuatro o cinco. Era negra, fea, desgreñada; parecía un verdadero diablillo, vestido de rojo, y mientras que La Fleche la traía en sus brazos, empezó por darle veinte cachetes, tirarle del pelo y arañarle la cara con las uñas. Creyeron a lo primero que su resistencia frenética formaba parte de la función; pero vieron la sangre correr en gruesas gotas a lo largo de la nariz del pícaro. Se conmovió un poco, y dijo, limpiándose con la manga: -No es nada; la princesa estaba durmiendo en su cesta, y tiene mal despertar. Luego añadió en voz baja, hablando a la niña en español: -¡Estate tranquila, vaya! ¡Ya me las pagarás esta noche! La niña, colocada sobre la piedra del Sinaí, se acurrucó como un mono y miró en derredor suyo, con ojos de gato salvaje. Había en su fealdad enclenque un carácter tan pronunciado de sufrimiento y de ira, de desdicha y de odio, que estaba casi hermosa y, sobre todo, terrible. Ante la delgadez de la miserable criatura, casi en cueros, bajo la púrpura sórdida de sus harapos, Lauriana sintió oprimírsele el corazón. Se estremeció al pensar en el sino de aquella niña, exasperada, sin duda, por la tiranía y los golpes de un mal saltimbanqui, y se alejó unos pasos apoyada en el brazo de su buen Celadón Bois-Doré, quien, sin decirlo, se sentía casi tan entristecido como ella. Pero Beuvre tenía la corteza más dura y animó a La Fleche a que hiciese hablar al espíritu maligno. -Vamos, mi bella Pilar -dijo La Fleche, acompañando cada palabra con una mímica llena de amenazas, inteligibles para su víctima; vamos, reina de los diablillos y de los gnomos, hay que hablar. Recoged la moneda que está más cerca de vos. Pilar permaneció largo tiempo inmóvil, como si fuera a dormir de nuevo; tiritaba de fiebre. -Vamos, vamos, racimo de horca, estopa de hoguera -prosiguió La Fleche-, recoged esta moneda de oro y os diré dónde está Mario, vuestro bien amado. -¡Eh! -exclamó el marqués, volviéndose-. ¿Qué dice de Mario? -¿Quién es Mario? -le preguntó Lauriana. -¡Silencio! -gritó Beuvre-. El diablo habla, y se trata de vos, vecino. La niña habló en francés, con un acento pronunciado y una voz chillona: El que ha dado esta prenda, si quiere atender al presagio y guardarse bien del amor... -Ya he dicho bastante; no quiero decir más -añadió en español. No se acordaba de su lección. Ni súplicas, ni amenazas lograron devolverle la memoria; era ya bruja y tenía vanidad de su oficio. Conocía el libro mágico mejor que La Fleche y le gustaba profetizar. Pero La Fleche la había irritado por querer enseñarle versos, lo que ella llamaba la otra magia, y el sentimiento de que iba a quedar mal había herido su amor propio. Movió su cabeza, erizada de cabellos negros como la tinta; pateó y se entregó a una furia de pitonisa. -¡Está bien, está bien! -exclamó La Fleche, resuelto a sacar partido de todo-. Ya viene; el diablo la entra en el cuerpo; va a hablar. -Sí -dijo la niña, en español, saltando rabiosamente en el círculo-. Lo sé todo mejor que todos los demás. ¡Eso! ¡Eso! ¡Eso! Lo sé; preguntadme. -Hablemos en francés -dijo La Fleche-. ¿Qué le ocurrirá al señor a quien pertenece la prenda que tienes en la mano? Era la del marqués. -Regocijo y satisfacción -dijo la niña. -¡Muy bien! Pero ¿cuáles? -¡Venganza! -contestó ella. -¿A mí venganza? -dijo Bois-Doré-. No es tal mi carácter. -No, por cierto -añadió Lauriana mirando a Alvimar a pesar suyo-. El diablo se habrá equivocado de prenda. -No; no me he equivocado -repuso la gnómida. -¿De verdad? -dijo La Fleche-. Si estáis muy segura, hablad, diablesa. ¿Entonces pensáis que el noble señor aquí presente tiene que lavar una ofensa? -¡Con sangre! -contestó Pilar con una energía de artista trágica. -¡Ay! -dijo el marqués a Lauriana en voz baja-. Desgraciadamente, acaso sea verdad. ¡Ya sabéis, mi pobre hermano! Y dijo en voz alta: -Quiero interrogar yo mismo a esta pequeña adivina. -Habladle señor -contestó La Fleche-. Cuidado, moscardón, y hablad cortésmente a quien vale más que vos. El marqués dijo entonces dirigiéndose a Pilar con dulzura: -Vamos, mi pobre niña, ¿qué es lo que he perdido? Ella contestó: -Un hijo. -No riáis, vecino -dijo el marqués a monsieur de Beuvre-; dice la verdad. Era como mi hijo. Y a Pilar: -¿Cuándo le he perdido? -Hace once años y cinco meses. -¿Y cuántos días? -Menos cinco días. -En esto se equivoca -dijo el marqués a Lucilio-. He tenido noticias de él después de la época que dice. Vamos a ver si ve claro en lo demás. Y dirigiéndose a la niña: -¿Cómo le he perdido? -preguntó. -De mala muerte -contestó-; pero tendréis consuelo. -¿Cuándo? -Antes de tres meses, tres semanas o tres días. -¿Qué clase de consuelo? -De tres clases: venganza, cordura, familia. -¿Familia? Entonces, ¿seré casado? -No; seréis padre. -¿De verdad? -exclamó el marqués sin inmutarse por la carcajada de Beuvre-. ¿Cuándo seré padre? -Antes de tres meses, tres semanas o tres días. Un diluvio de bromas de monsieur de Beuvre, dirigidas al marqués, hizo suspender la sesión. Para que el acontecimiento predicho tuviera lugar antes de tres meses, tres-semanas o tres días, era necesario que tres mujeres «hubieran recibido el encargo». El pobre marqués sabía tan perfectamente que aquello no había ocurrido, que toda su fe en la magia se enfrió. Se dejó embromar, protestando de su inocencia, sin desear mucho que la creyesen tan real como lo era. La niña pidió que la dejaran proseguir sus conjuros para la última prenda. Era la piedrecita de Alvimar. Pero, para comprensión de lo que sigue, el lector debe estar enterado de lo que había sido convenido entre Pilar y su amo La Fleche. Lo que La Fleche sabía y quería hacer saber a Bois-Doré pensaba hacérselo decir a la niña fuera de la presencia de Alvimar. La niña, por capricho o por ostentación, no quiso cumplir el convenio hecho entre ellos. Quería recitar toda su lección, aun debiendo ella sufrir las consecuencias y debiendo La Fleche perder la vida o la libertad. Acaso también los peligros que podía atraer sobre él, y que ella no ignoraba, tentaban sus instintos de odio. Por lo tanto, dijo lo que le parecía, a pesar de los avisos y de las muecas de su amo, que no podía decirle nada en español sin ser comprendido por Alvimar. Cogió la piedra, examinó los signos que la rodeaban, fingió hacer cálculos, y dijo en español, con una espantosa pasión en la amenaza: -¡Desdicha, desengaño y desgracia al hombre cuya prenda ha caído sobre la estrella roja! -¡Bravo! -dijo Alvimar con una risa nerviosa y forzada-. ¡Proseguid, asquerosa criatura! ¡Vamos, vamos, raza de perros, desecho de la tierra, decidnos las sentencias del Cielo! Pilar, irritada por estos insultos, se puso tan salvaje, que asustó a todos los que la miraban y al mismo La Fleche. -¡Sangre y crimen! -gritó saltando con gestos convulsos-. ¡Crimen y condenación! ¡Sangre! ¡Sangre y sangre! -¿Todo eso para mí? -preguntó Alvimar, que no pudo en aquel momento ocultar su terror. -¡Para ti! ¡Para ti! -gritó la avispa enfurecida-. ¡Y la muerte, el infierno! ¡Pronto, en seguida, antes de tres meses, tres semanas o tres días! ¡Condenado! ¡Condenado! ¡El infierno! -Basta, basta -dijo Bois-Doré, que casi no entendía el español, pero que vio a Alvimar pálido y casi desfallecido-. Esta niña está poseída por un mal demonio, y acaso es pecado escucharla. -Sí, señor -contestó Alvimar-; sin duda está poseída del diablo y sus amenazas son vanas y despreciables, porque el infierno no puede nada sin la voluntad de Dios. Pero si yo fuera aquí dueño y justiciero haría encarcelar a este bandido y a esta víbora y los entregaría... -¡Vaya, vaya! -dijo monsieur de Beuvre-, no hay por qué enfadarse tanto. No sé lo que os ha dicho; pero me sorprende que hayáis acabado de reír. Sin embargo, confieso que los arrebatos de este monillo enfurecido son un espectáculo bastante soso, y veo que asusta a mi hija. Vamos, granuja -dijo a La Fleche-, basta ya. Quedaos con las prendas si todos lo consienten y marchaos con la música a otra parte. La Fleche no había esperado este permiso para tomar el tole. Tenía mucha prisa de sustraerse a las intenciones bondadosas del español para con él. La niña Pilar no se inmutó; al contrario: recogió las monedas de plata y oro que habían servido de prendas, y al llegar a la piedra de Alvimar se la arrojó,entre las piernas de despreciativamente. Él se sintió tan ofendido, que acaso la hubiera tratado como al lobezno si hubiera tenido todavía el arma que empleaba tan pronto y tan bien. Pero hizo inútilmente un gesto instintivo para cogerla, y Lauriana, que le miraba, se alegró de haberle desarmado. Él cruzó su mirada con la suya y se apresuró a sonreír; luego intentó hablar de otra cosa, y Bois-Doré pidió a Lucilio un poco de música para borrar la mala impresión de la aventura, mientras que La Fleche, llevando la cesta sobre la cabeza, sus instrumentos mágicos debajo del brazo, y tirando con la otra mano de la pequeña sibila, temblorosa, franqueaba presuroso el puente levadizo del castillo. -Ahora ¿me vas a dar de comer? -preguntó la niña cuando estuvieron en pleno campo. -No; has trabajado demasiado mal. -Tengo hambre. -¡Mejor! -Tengo hambre y no puedo andar más. -Entonces, a la jaula. La volvió a meter dentro de la cesta, a pesar suyo, y se la llevó corriendo. Los gritos de la desdichada criatura se perdieron sin eco en la inmensa llanura. -¡Mario! ¡Mario! -lloraba con voz entrecortada-. Quiero ver a Mario. ¡Malo! ¡Asesino! ¡Me habías prometido que me dejarías ver a Mario, que me daba de comer y jugaba conmigo, y a su madre, que impedía que me pegasen. ¡Mercedes! ¡Mario! ¡Venid a buscarme! ¡Matadle! ¡Me hace daño, me pega, me mata, me deja morir de hambre! ¡Condenación sobre él! ¡Muerte y sangre y crimen! ¡El látigo, el fuego y la rueda, el infierno para los malos! XXIII Mientras el gitano huía en dirección del Norte, el marqués emprendió en sentido contrario, con Alvimar y Lucilio, el camino de Briantes. Estaba impaciente por participar a su fiel Adamas lo que consideraba como un desenlace dichoso de su empresa; aunque se creía en el deber de ahogar algunos suspiros de inquietud o de impaciencia, en gracia de su amor, considerándolo bien, no le desagradaba demasiado tener siete años ante él antes de tomar una nueva resolución matrimonial. Alvimar estaba de muy mal humor, no sólo por las predicciones, que habían removido su bilis y turbado su cerebro, sino también por la tranquilidad que había manifestado madame de Beuvre al despedirle, mientras que, al ofrecer sus manecitas al marqués, le había prometido alegremente hacerle una visita a los dos días. «¿Será posible -pensaba- que haya aceptado los dineros de este anciano y que yo me vea suplantado por un rival de setenta años?» Deseaba interrogar, burlarse, desahogarse. Pero con Bois-Doré no había medio de entablar la conversación acerca de este asunto. El marqués tenía un aire de triunfo discreto y modesto, que le hacía redoblar sus atenciones y sus cortesías con su huésped. Alvimar no pudo vengarse de su derrota más que salpicando cuanto pudo a maese Jovelin, que cabalgaba detrás del marqués. Apenas llegó al castillo, como la hora de la cena no había llegado todavía, salió a pie para ir a conferenciar con monsieur Poulain. -Y bien, señor -dijo descalzando a su amo el fiel. Adamas, que en su calidad de ayuda de cámara no salía casi nunca del castillo de Briantes-: ¿hay que pensar en la cena de novios? -Precisamente, amigo mío -contestó el marqués-. Hay que pensar en ello en seguida. -¿De veras, señor? Bien segura estaba yo, y me alegro tanto que ya no me conozco. Figuraos, señor, que esa pelirroja que llamáis Belinda, y que más justamente debía llamarse Tisifona... -Vamos, vamos, Adamas, ¡tenéis muy mal genio! Ya sabéis que no me gusta oír hablar injuriosamente de una persona del sexo débil. ¿Qué ha ocurrido de nuevo entre vosotros? -Perdón, mi noble señor; pero ocurre que esta mala mujer escucha detrás de las puertas, y está enterada del paso que el señor ha dado hoy. Esta tarde se ha reído como una loca, como esa imbécil de ama del cura. -¿Cómo lo sabéis, Adamas? -Lo sé por magia, señor; pero el caso es que lo sé. -¿Por magia? ¿Desde cuándo os dedicáis a las ciencias ocultas? -Se lo diré al señor; no tengo nada oculto para él; pero dígnese el señor contarme de qué modo se las ha arreglado para revelar sus sentimientos a la incomparable dama de su corazón, y de qué modo ella le ha contestado. Porque estoy seguro que desde que el mundo es mundo no se ha dicho nada tan elocuente, y quisiera saber escribir tan de prisa como maese Jovelin para transcribirlo al papel a medida que el señor me lo refiera. -No, Adamas; ninguna palabra saldrá de mi boca, sellada por un juramento de caballero. He jurado no dar a conocer el secreto de mi felicidad. Lo único que puedo decirte, amigo mío, es que te regocijes con tu amo en el presente y que esperes con él en el porvenir. -Entonces, señor, es cosa decidida y... Adamas fue interrumpido por un ruido como el de un gato arañando la puerta. -¡Ah! -dijo después de haber ido a mirar-. Es el niño, que desea deciros buenas noches. Vete, amiguito mío; monseñor te verá más tarde; ahora está ocupado. -Sí, sí, Adamas, que vuelva. ¡No es ocasión ahora! No sé qué ideas de paternidad me pasaron ayer por la cabeza. ¡Qué vulgaridad! No, no; ya no soy el solterón que quería casarse cuanto antes para ordenar su vida. Soy joven, Adamas; sí, soy un joven enamorado, un jovenzuelo tiernamente condenado a dar pruebas de constancia, a suspirar y a hacer versos; en una palabra: a esperar, con los tormentos y las delicias de la esperanza, la voluntad de mi soberana. -Si no comprendo mal -dijo Adamas-, ¿esta celosa divinidad desconfía algo del carácter voluble de mi amo y exige que renuncie a toda aventura galante? -Sí, sí; eso es, Adamas. ¡Debe de ser eso! Un poco de desconfianza. ¡Es el justo castigo de mi loca juventud! Pero sabré tan bien probar mi sinceridad... Mira quién está en la puerta. Otra vez arañan. -¡Cómo! -dijo Adamas a Mario con seriedad, entreabriendo un poco la puerta-. ¿Sois vos otra vez, diablillo? ¿No os he dicho que esperéis? -He esperado -contestó Mario con su voz dulce y acariciadora hasta en las travesuras-. Me habéis dicho: «Vete y vuelve.» He ido al final de la otra habitación y ya estoy de vuelta. -¡Es gracioso! -dijo el marqués-. Déjale entrar. ¡Hola! Amiguito, ven a darme un beso y luego juega tranquilamente con Fleurial. Tengo que tratar asuntos serios con el buen señor Adamas. Vamos a ver, Adamas, pasado mañana recibo a mi incomparable vecina; hay que pensarlo; se trata de una comida sin cumplidos; a lo sumo, catorce platos. -Los tendremos, señor. ¿Queréis que llame al cocinero mayor? -No; no me gusta ordenar, y, por muy limpias que sean las gentes de cocina, siempre huelen a guisado. Ayúdame a imaginar... -¿Qué es este cuchillo? -dijo Mario, a quien el marqués, bondadoso y bastante distraído, tenía entre sus piernas, dejándole registrar sus bolsillos. -Nada, nada -dijo Bois-Doré, queriendo recuperar la prenda que Lauriana le había dado-. Devuélveme esto, amiguito; los niños no tocan estas cosas. Muerde, ¿sabes? Vamos, devuélvemelo. -Sí, sí, tenedlo -dijo Mario-; pero ya he visto lo que hay escrito y ya sé de quién es. -¡No sabes lo que dices! -Sí que lo sé; digo que es del señor español a quien llamáis Villarreal ¿Os lo ha regalado? -¡Vamos! ¿Qué cuentas? ¡Estás soñando! -No, buen señor; he visto la divisa que hay en la hoja: está en español y yo la conozco muy bien; mi madre Mercedes tiene un puñal igual, con la misma divisa. -¿Y qué significa esta divisa? -Sirvo a Dios. S. A. -¿Y qué significa. S. A? -Deben de ser las iniciales de la persona a quien pertenece el puñal. Así las graban, formando un calado, cerca del mango. -Ya lo sé; pero ¿por qué dices que este puñal proviene del señor español que se llama Villarreal? El niño no contestó y pareció confuso. No se encontraba bajo la mirada vigilante y desconfiada de la morisca. Había hablado más de lo que sabía y se acordaba demasiado tarde de sus recomendaciones. -Señor -dijo Adamas-, los niños hablan a veces por hablar y sin saber lo que dicen. Hablemos nosotros del gran asunto. Vuestro guarda, el padre Andoche, ha traído hoy una cantidad de roscones tan gordos... -Sí, sí, tienes razón, amigo mío; hablemos de la comida. Sin embargo, no sé... Me pregunto ¿cómo tenía ella en el bolsillo de su falda este puñal español? -¿Quién, señor? -Ella, ¡pardiez! ¿De qué otra persona podría yo hablar? -Es justo; perdón, señor. Hablemos del puñal. Yo creía que era efectivamente un regalo de monsieur de Villarreal, o que os lo había prestado, porque es verdad que de él proviene. Estas dos letras, S. A., están sobre sus demás armas, que son muy hermosas; me he fijado en ellas esta mañana, mientras que su criado las limpiaba. El marqués cayó en una meditación. ¿Cómo tenía Lauriana el puñal de Villarreal? Él se lo había regalado, pues que ella había dispuesto del arma como de cosa propia. Por mucho que buscase en la genealogía de los Beuvre, no encontraba ningún nombre al que pudieran corresponder las iniciales S. A. «¿Será -pensaba- que haya hecho primero con él el mismo pacto que ha hecho conmigo?» Pero se consoló pensando que, aparentemente, hacía poco caso del primero, puesto que le había sacrificado su prenda; a pesar de todo, había en aquello algo incomprensible, y el buen marqués no estaba todavía bastante loco para no temer haber sido objeto de alguna burla. Además, lo que había dicho el niño complicaba la perplejidad de su espíritu, y ya no sabía qué intriga del destino o qué mixtificación rodeaba aquel puñal. Sintió deseos de ir en el acto a explicarse con su huésped; pero se acordó de que Lauriana le había ordenado que ocultase su prenda y no la dejase ver a nadie. Adamas vio la preocupación sobre la frente de su amo y se conmovió. -¿Qué ocurre, señor -le dijo-, y qué puede hacer vuestro pobre Adamas para sacaros de dudas? -No sé, amigo mío. Quisiera adivinar cómo es que la morisca tiene un arma como ésta, con la misma divisa y las mismas iniciales. Luego añadió, bajando la voz para que Mario no lo oyese: -Me habías dicho, y a mí me pareció, que esa mujer era muy honrada. Sin embargo, parece ser que ha hurtado ese objeto a nuestro huésped. No puedo sufrir que se robe en mi casa. Adamas compartió en seguida las sospechas de su amo, tanto más cuanto que Mario, sintiendo que había hablado ligeramente, se deslizaba de puntillas fuera del cuarto, para escapar a más preguntas. Adamas le retuvo. -Nos habéis contado un cuento, mi bello amigo -le dijo-, y por eso merecéis perder los favores de mi señor amo. No es verdad que vuestra Mercedes posee lo que decís, o entonces... El marqués le interrumpió, no queriendo que formulase la acusación delante del niño: -¿Hace mucho -le preguntó- que tu madre tiene ese puñal, hijo mío? El niño había vivido algún tiempo con los gitanos y, por lo tanto, sabía lo que era robo. Además, estaba dotado de una agudeza extraordinaria. Comprendió qué sospecha había atraído sobre su madre adoptiva y prefirió desobedecerla a no justificarla. -Sí -contestó-; hace mucho. Y ante su aire de seguridad y de fuerza, el marqués y Adamas comprendieron que tenían el medio de hacerle hablar. -Entonces, ¿monsieur de Villarreal se lo había dado? -preguntó Adamas. -¡Oh, no! Le había dejado... -¿Dónde? -preguntó el marqués-. Vaya, niño, hay que decirlo, o si no, ya no tendré confianza en vos. ¿Dónde lo había dejado? -¡En el corazón de mi padre! -contestó Mario, cuyo rostro se animó extraordinariamente. Necesitaba desahogarse; aquel misterio le pesaba, y después de haber dicho la primera palabra ya no se podía callar. -Adamas -dijo el marqués, sobrecogido por una emoción repentina-, cierra las puertas; y tú, hijo mío, ven aquí y habla. Estás entre amigos; no temas nada; te defenderemos, te haremos justicia. Dime todo lo que sabes de tu familia. -Pues bien -dijo el niño-; si me queréis, hay que castigar a monsieur de Villarreal, porque es el que asesinó a mi padre. -¿Asesinado? -Sí; Mercedes lo ha visto. -¿Cuándo? -El día en que yo llegué al mundo; el día en que murió mi madre. -¿Y por qué le asesinó? -Para coger mucho dinero y alhajas que tenía mi padre. -¡Ladrón y asesino! -dijo el marqués, mirando a Adamas-. ¡Un noble! ¡Un amigo de Guillermo de Ars! ¿Es esto creíble? -Señor -dijo Adamas-, los niños cuentan muchas cosas, y me parece que éste se está burlando de nosotros. El rubor incendió las mejillas de Mario. -¡No miento nunca! -exclamó con una energía conmovedora- Monsieur de Anjorrant lo decía siempre: «Este niño no es embustero.» Mi Mercedes me ha dicho que no hay que mentir nunca, sino callar cuando no se quiere contestar. Ya que me hacéis hablar, digo la verdad. -¡Tiene razón! exclamó el marqués-. Y ya veo que este precioso niño tiene una alma noble. Háblame; te creo. Dime cómo se llamaba tu padre. -¡Ah! Eso no lo sé. -¿Por vuestro honor, amiguito? -¡Por la verdad? -contestó el niño-. Lo único que sé es que mi madre se llamaba María, y por eso, al bautizarme, monsieur Anjorrant me ha dado el nombre de Mario. -Pero Mercedes ha dicho, me acuerdo muy bien -observó Adamas-, que esa señora había entregado al cura un anillo de boda; también ha hablado de un sello. -Sí -contestó Mario-; el sello provenía de mi padre, y tenía armas; pero nos lo han robado hace poco. En cuanto a la sortija, nunca monsieur Anjorrant ni mi Mercedes, aunque es muy mañosa, ni yo, ni nadie, la ha podido abrir. Sin embargo, hay algo dentro. Mi madre, que murió sin decir más que su nombre de pila, María, hizo seña al cura de que abriese el anillo. Ella no tenía fuerzas para hacerlo; pero él, él no sabía. -Ve a buscarlo -dijo el marqués-; acaso sepamos nosotros. -¡Oh, no! -contestó Mario asustado-; mi Mercedes no querrá, y si se entera de que he hablado tendrá mucha pena. -¿Pero, en fin, por qué se oculta de nosotros que podemos ayudarla a encontrar a tu familia? -Porque cree que atenderéis al español y que él la matará si se entera de que le ha reconocido. -¿Y él no la conoce? -No la ha visto nunca, puesto que ella estaba escondida. -¿Ella le ha vuelto a ver alguna vez desde aquel terrible asunto? -No, nunca. -¿Y después de pasados diez años, cree estar segura de reconocerle? Es bastante dudoso. -Dice que está segura; que el español no ha envejecido casi nada, que está vestido de negro como entonces; y también está segura de que su viejo criado es el mismo. ¡Oh! Los ha mirado mucho. Cuando, hace tres días, los hemos encontrado cerca de otro castillo que no está lejos de aquí... -¡Ah, sí! A ver -dijo el marqués-, cuéntame cómo los has encontrado. -Él iba con un señor hermoso y bueno, que desde entonces os he oído llamar Guillermo al hablar de él. Este señor había dado mucho dinero a los gitanos, con los que estábamos. Y de pronto, al ver que el español ponía cara malo y me quería pegar, Mercedes me dijo: -¡Es él! Mira: ¡es él!; y el otro, el viejo criado, ¡es él también! Y corrió detrás de ellos para verlos, hasta que monsieur Guillermo nos dijo que le molestábamos. Entonces Mercedes dijo a uno de los gitanos que le preguntase su nombre y el de su amigo, a fin de rezar por ellos. Pero monsieur Guillermo se rió de nosotros, y los gitanos prosiguieron su camino por otro lado. Entonces mi Mercedes los dejó marchar, y me dijo: -Te aseguro que los asesinos de tu padre son nuestros. Tenemos que saber sus nombres. Entonces retrocedimos; fuimos a pedir al castillo de la Motte y, como no nos hacían mucho caso, Mercedes me mandó escuchar lo que decían los criados y los aldeanos; y así nos enteramos de que el español iba a vivir en casa del marqués, porque el marqués había mandado por su carroza y había ordenado que se dispusiese en su castillo la habitación de honor para un forastero. Y luego hablamos con una pastora que hay por allí. Nos dijo: -El marqués es muy bueno. Podéis pasar la noche en su casa; él os favorecerá. Allí está su castillo. Entonces vinimos aquí en seguida, y ayer mismo, por la mañana, vimos al asesino de mi padre, ¡a los dos asesinos! Y he visto las letras sobre las pistolas y sobre la espada que tenía el criado, y he dicho a Mercedes: -Enséñame el cuchillo malo que ha matado a mi pobre papá; me parece que tiene las mismas letras. -¿Y estás seguro? -preguntó el marqués. -Estoy completamente seguro; y si Mercedes os lo quiere enseñar, lo veréis vos mismo. -¿Dónde está Mercedes ahora? -Con monsieur Jovelin, a quien quiere mucho porque se ha arrojado al agua por mí. -Es absolutamente necesario, que Jovelin le arranque su secreto -dijo el marqués a Adamas-; ve a buscarle para que le hable. - XXIV - Adamas salió y volvió a decir que Jovelin iba a venir. Le había encantrado en una animada conferencia con la morisca: ella, hablando árabe; él, escribiendo todo lo que ella decía y haciendo muchos gestos que ella parecía comprender. -Me ha hecho seña de que no se podía interrumpir -añadió Adamas-; me parece, señor, que, por persuasión y dulzura, le está haciendo confesar la verdad. No le molestemos. Él escribe de prisa; pero ella no lee muy bien, ni aun en su idioma, y maravilla el ver cómo él se da a entender con los ojos y las manos. Tened paciencia, señor; vamos a saber algo. Esperaron un cuarto de hora, que al marqués le pareció un siglo. El tiempo pasaba; la primera campanada de la cena había dado ya. Acaso iba a ser inevitable encontrarse de nuevo frente a Villarreal sin haber esclarecido nada. Bois-Doré se hallaba presa de una viva agitación. Se levantaba, se sentaba y decía palabras sin sentido que intrigaban mucho a Adamas. Mario, creyendo que estaba enojado con él, permanecía en un rincón, pensativo y asombrado. Fleurial, viendo la ansiedad de su amo, le miraba fijamente siguiendo todos sus pasos y gemía de vez en cuando, volviendo la cabeza como para decirle: «¿Pero qué os ocurre?» Al fin, Adamas se atrevió a preguntar: -Señor: tenéis una idea que ocultáis a vuestro servidor, y de esta manera hacéis que vuestra pena le sea aún más dolorosa. Hablad, señor; hablad a Adamas como si hablarais con un mueble; sabéis que no ha de repetir nada, y esto os aliviará. -Adamas, -contestó Bois-Doré-, temo estar loco, porque hay en este niño y en la historia que nos cuenta algo que me conmueve más de lo natural. Debes saber que hoy unos gitanos me han dicho mi destino, y ha habido en su predicción palabras muy obscuras, pero que, sin embargo, pueden explicarse por el interés que siento hacia este pobre niño. Entre otras cosas extrañas, me han dicho que seré padre antes de tres meses, tres semanas o tres días. Te juro, Adamas, que no puedo contar con ninguna paternidad directa en tan breve plazo; por lo tanto, es evidente que seré padre por adopción. Pero otra palabra de esta predicción me preocupa aún más; y es que me han revelado la muerte de mi hermano, señalándola exactamente con la misma fecha que la morisca indica para el asesinato del padre de este niño. ¿Cómo explicar esto? La maga hablaba con palabras veladas y simbólicas; pero me ha dicho claramente esta fecha, haciendo el cálculo de los años, de los meses y de los días que han pasado desde entonces. Y yo, al volver aquí, hice el mismo cálculo y vi que esta fecha corresponde al cuarto día, después de la muerte de nuestro buen rey Enrique. Ven aquí, Mario; ¿no has dicho cuatro días? -Pero, señor -observó Adamas-, ¿no habéis dicho vos mismo ayer que la última carta del señor Florimond estaba fechada el día 16 de julio y en la ciudad de Génova? -Es verdad, amigo mío; pero al escribir puede uno equivocarse de fecha y poner un mes por otro. ¡Eso le ocurre a cualquiera! -Pero, señor, ¿la ciudad de Génova no está en Italia y muy distante del lugar en que este niño coloca la muerte de su padre? -Sin duda, amigo mío. Violento la lógica de las cosas para explicar las palabras de la adivinadora; es una fantasía, y te permito que me reprendas. Sin embargo, abre el bargueño donde están guardadas las queridas reliquias de mi hermano y su última carta, que he leído tantas veces sin jamás comprender el sentido de lo que dice. -¡Por Dios, señor! -dijo Adamas abriendo el cajón y presentando la carta a su amo-. Ya habéis comprendido perfectamente y adivinado todo lo ocurrido. El señor Florimond os daba muy pocas noticias suyas a causa de las grandes ocupaciones secretas que tenía en las cortes de Italia, adonde le enviaba su amo, el duque de Saboya. Os hablaba de sus viajes, sin deciros qué finalidad tenían porque se lo prohibía la política que servía y que no era siempre la vuestra. Esta última carta os anuncia viajes distintos de los que acababa de hacer, y he aquí lo que os dice: «Si no oís hablar de mí de aquí al otoño, no os preocupéis. Mi salud es buena y mis asuntos personales no se hallan en mala situación.» La fecha es auténtica, puesto que empieza diciendo: «Señor y muy amado hermano: Habéis debido de recibir mi carta de enero último; después de estos cinco meses transcurridos...» -Sé todo eso, Adamas; lo sé de memoria, y, no obstante, cuando estuve en Italia en el año 1611, para informarme en persona de mi pobre hermano, del que ya no oía hablar, me dijeron que no había vuelto de Roma, donde había ido en misión quince meses antes; me trasladé a Roma, y allí me dijeron que hacía más de dos años que no le habían visto. He recorrido toda Italia hasta 1612, sin encontrar ningún vestigio ni huella alguna de él, hasta tal punto que me imaginaba habría emprendido viaje a las Indias de Oriente o de Occidente por su propia cuenta y que un día le vería volver. Pero al fin me he visto obligado a tener por seguro que había sido muerto violentamente por los bandidos que infestan Italia o que había perecido en alta mar en algún naufragio. No había realizado gran fortuna estando al servicio del Saboyano, aunque él no se haya quejado nunca, y supongo que nadie le acompañaría en sus andanzas. En fin, he perdido la esperanza de volverle a ver; pero no la de descubrir su suerte y de vengarle si ha muerto traidoramente. Mientras que el marqués y Adamas conversaban en estos términos, Mario, de quien ya no se ocupaban, se había deslizado tras la butaca de Bois-Doré. Escuchaba lo que decían y miraba con atención la carta que el marqués tenía entre las manos. Como hemos dicho, sabía leer muy bien, incluso la letra manuscrita; pero se hallaba presa de una gran ansiedad, temiendo equivccarse y que le acusasen de nuevo de hablar sin reflexión. Al fin creyó tener suficiente seguridad, no sólo por la letra, sino también por los giros de la carta y las particularidades de su contenido. Exclamó: -¡Esperad! Y salió, lleno de resolución y de alegría, sin que el marqués, absorto en sus reflexiones, le hiciese mucho caso. Mario conocía ya la alcoba de maese Jovelin, y encontró a su madre, que salía de ella sin haber consentido en enseñar los objetos de los que era la guardadora celosa y desconfiada. A Lucilio le había chocado, lo mismo que al marqués, la coincidencia de la fecha grabada en la memoria del niño por el abate Anjorrant con la de la muerte de Florimond, según indicaba la gitanita. Lucilio no creía en la magia; pero como el nombre de Mario, pronunciado por La Fleche, le había llamado igualmente la atención, temía que el marqués fuese víctima de alguna truhanería. Empezaba a sospechar hasta de la misma morisca, y al regresar al castillo su primer cuidado había sido llamarla para interrogarlo por escrito con mucha precisión y severidad. Exigía que le enseñase la sortija y la carta de monsieur Anjorrant, de que había hablado. Y aunque la pobre mujer sentía mucho respeto y simpatía hacia él, su insistencia le hizo temer la intervención indirecta de Alvimar en el interrogatorio y se encerró en un silencio lleno de angustia. Al ver a Mario, su corazón herido exhaló la queja que no se atrevía a dirigir a Lucilio. -Ven, pobre hijo mío -le dijo-; nos echan de aquí porque nos acusan de querer engañar y de haber inventado una historia que dicen no es verdad. Ven; vámonos pronto, para que vean que no pedimos ayuda más que a Dios y a nosotros mismos. Pero Mario le detuvo. -Basta ya de desconfianza -le dijo, madre: hay que hacer lo que nos dicen. ¡Dame la carta; dame la sortija! Son mías; las quiero en seguida. La energía del niño impresionó a Lucilio, y la morisca, estupefacta, guardó unos instantes de silencio. Mario no le había hablado nunca en tal forma; nunca ella había sentido en él el menor asomo de independencia y ¡ahora ordenaba con autoridad! Sintió miedo; creyó en algún prodigio; toda la fuerza de su carácter se derrumbó ante una idea fatalista. Sacó de su cintura la escarcela de piel de cordero, en la que había cosido los preciosos objetos. -No basta, madre -dijo aún Mario-; necesito el cuchillo también. -¡No te atreverás a tocarlo, hijo! Es el cuchillo que ha matado a... -Lo sé; ya le he visto; quiero mirarle más. Tengo que tocarle, y le tocaré. ¡Dámelo! Mercedes entregó el cuchillo y dijo juntando las manos: -Si es el espíritu contrario el que hace obrar y hablar a mi hijo, estamos perdidos, Mario. Él no la escuchó, y, apoyando el saquito de piel sobre la mesa de Lucilio, le descosió rápidamente con el puñal. Sacó la sortija, que se puso en el pulgar, y la carta del señor abate Anjorrant a monsieur de Seuilly, de la que hizo saltar el sello y la cinta, con gran consternación de Mercedes. Hecho esto, abrió la misiva, sacó un papel manchado, le besó y le miró con detenimiento. Luego exclamó: -¡Ven, madre! ¡Venid, señor Jovelin! Se precipitó en la escalera, entró en el cuarto del marqués, le quitó impetuosamente de las manos la carta, que Bois-Doré seguía comentando, comparó las escrituras, dejó entre las manos de Adamas todo lo que llevaba: cartas, sortija y puñal; se abalanzó a las rodillas del marqués y, echándole los brazos al cuello, se puso a besarle con tal fuerza, que el buen señor quedó como ahogado por un momento. -Vamos, vamos -dijo Bois-Doré, algo enojado por aquella familiaridad que no esperaba y que había comprometido gravemente sus rizos-; no es hora de jugar así, amiguito mío; os tomáis unas libertades... El marqués se interrumpió al ver que Mario sollozaba. El niño había obedecido a una inspiración: había tenido la fe; pero el espíritu de los demás no camina tan deprisa como el suyo, y ahora sentía que la duda y la vergüenza le volvían. Había desobedecido a Mercedes, que lloraba y temblaba. Lucilio le miraba con una atención que le intimidaba; el marqués rechazaba su abrazo apasionado, y Adamas, estupefacto, no parecía muy seguro de la semejanza de las escrituras al compararlas. -Vamos, no lloréis más, hijo mío -dijo el marqués agitado, cogiendo de las manos de Adamas la carta de su hermano y el papel chafado y usado que Mario había traído-. ¿Qué tienes, Adamas, y por qué tiemblas así? ¿Qué es este papel manchado de negro? ¡Gran Dios! ¡Son huellas de sangre! Acerca la bujía, Adamas; a ver... ¡Amigos míos!... ¡Santo Dios!... ¡Jovelin! ¡Adamas! ¿Qué es esto? ¿No estoy alucinado? ¿Es la letra, la verdadera letra de mi hermano querido? Y esta sangre... ¡Ah! Amigos míos, es bien doloroso de ver... Pero... Mario, ¿dónde has cogido esto? -Leed, leed, señor -exclamó Adamas-; cercioraos bien... -No puedo -dijo el marqués, que se puso pálido-; mi corazón desfallece. ¿De dónde viene este papel? -Se ha encontrado sobre mi padre -dijo Mario recobrando valor-; ved si no es una carta para vos. Monsieur Anjorrant ha hecho que la leyera varias veces; pero no lleva vuestro nombre, y nunca hemos sabido a quién dirigirla. -¡Tu padre! -repitió el marqués como saliendo de un sueño-. ¡Tu padre!... -¡Pero leed, señor! -exclamó Adamas-. Aseguraos. -No; todavía, no -dijo Bois-Doré-. Si estoy soñando, no quiero desengañarme. Déjame imaginarme que este hermoso niño... Ven aquí, a mis brazos... Y tú, Adamas, lee si puedes. ¡Yo no sabría!... -Leeré yo -dijo Mario-; seguid con los ojos. Y leyó: «Señor y muy amado hermano: No hagáis caso de la carta que recibiréis después de ésta, y que he escrito desde Génova con fecha 16 del mes próximo, en previsión de que una ausencia larga y peligrosa os hiciera temer por mi vida, así como también para evitar que preguntéis por mí en este país, donde no quería que mi ausencia fuese advertida. Como, gracias a Dios, heme aquí más pronto y más afortunadamente de lo que yo esperaba, y fuera de pena y de peligro, os quiero enterar hoy mismo de mis aventuras, que al fin os puedo contar sin disimulo ni reserva, aunque guardando los detalles para el momento, muy próximo y muy deseado, en que me hallaré junto a vos con mi estimada esposa, y, si Dios lo permite, con el niño que dentro de pocos días dará a luz. Por hoy, os bastará con saber que, casado secretamente en España, el año pasado, con una bella y noble dama, contra la voluntad de su familia, he tenido que abandonarla por el servicio de mi príncipe y volver, no menos secretamente, a reunirme con ella, para sustraerla a la severidad de sus parientes y conducirla a Francia, donde hoy, por fin, hemos llegado, merced a precauciones y disfraces. Pensamos detenernos en Pau, desde donde os enviaré esta carta, en espera de la que os anunciará, si el cielo le permite, el feliz alumbramiento de mi mujer, y donde tendré el tiempo que ahora me falta para contaros...» Aquí la carta había sido interrumpida por algún hecho imprevisto. Había sido doblada y llevada en la casaca del viajero, probablemente para ser terminada y lacrada en Pau, y para ser allí confiada a los mensajeros que en aquella época hacían, bien o mal, el servicio de correspondencia en las ciudades de cierta importancia. XXV Bois-Doré lloró mucho al escuchar esta carta, que, leída por Mario, conmovía aún más hondamente su corazón. -¡Ay! -exclamó-. Yo le acusaba a menudo de olvidadizo, y él pensaba en mí desde el primer día que tuvo alegría y seguridad. Sin duda se disponía a venir para confiarme su mujer y su hijo, y yo no hubiera vivido solo y sin familia, ¡Descansa en paz en el seno de Dios, pobre amigo mío! ¡Tu hijo será el mío, y en mi dolor, por haberte perdido tan cruelmente, tengo al menos el consuelo de besar tu viva imagen! Porque este niño tiene su aire y su gracia, amigo Jovelin, y desde el primer momento en que le vi he sentido conmoverse mi corazón. Y ahora, Mario, besémonos como tío y sobrino que somos o, mejor dicho, como padre e hijo que debemos ser. Esta vez el marqués no se preocupó de su peluca, y besó a su hijo adoptivo con tal efusión, que cambió en alegría los dolorosos recuerdos evocados por la carta de Florimond. Pero Mercedes, desesperada por la sospecha de Lucilio, tenía empeño en hacer comprobar la verdad en todos sus detalles. -Dale esa sortija -dijo a Mario-; acaso puedan abrirla, y así conoceremos el nombre de tu madre. El marqués cogió el grueso anillo de oro y lo volvió en todos sentidos; pero él, el hombre de los inventos y de los secretos, no logró encontrar el medio de abrirlo. Ni Jovelin ni Adamas fueron más hábiles, y tuvieron que renunciar provisionalmente. -¡Bah! -dijo el marqués a Mario-. No nos preocupemos. De lo que no puedo dudar es de que eres el hijo de mi hermano. Según su carta, perteneces a una familia más noble que la nuestra; pero necesitamos conocer a tus antepasados españoles para quererte y alegrarnos por tenerte a nuestro lado. Mercedes seguía llorando. -¿Qué lo pasa a esa pobre morisca? -preguntó el marqués a Adamas. -Señor -contestó-, no comprendo lo que dice a maese Jovelin, pero veo que teme no poderse quedar junto a su niño. -¿Y quién se lo impediría? No seré yo, después de deberle tanta alegría y tanto agradecimiento. Venid acá, buena morisca, y pedidme lo que queráis. Si no deseáis más que una casa, fincas y rebaños, y servidores, incluso un buen marido a vuestro gusto, ¡lo tendréis todo o perderé mi nombre! La morisca, a quien Mario tradujo estas palabras, contestó que no deseaba más que trabajar para vivir, pero en un lugar en el que pudiera ver todos los días a su querido Mario. -¡Concedido! -dijo el marqués, tendiéndole las manos, que ella cubrió de besos-. Os quedaréis en casa, y si os place ver a mi hijo a todas horas, me alegraré; porque, ya que le queréis tanto, no le cuidará otra mujer que vos. Vaya, amigos míos, felicitadme por el gran consuelo que me llega, y que, según sabéis, maese Jovelin, está en todo conforme con la predicción. Dicho esto, abrazó a Lucilio, e incluso, por la primera vez en su vida, al fiel Adamas, que apuntó este hecho glorioso con letras de oro en sus Memorias. Después el marqués cogió a Mario en sus brazos, le colocó sobre la mesa, en medio de la habitación, y alejándose unos pasos se puso a contemplarle como si no le hubiese visto nunca. Era su bien, su heredero, su hijo, la mayor alegría de su vida. Le examinaba de pies a cabeza, como si hubiera sido un cuadro o un mueble magnífico, y sonreía con una mezcla de ternura, de orgullo y de puerilidad, y como ya se sentía padre y no quería inspirar a la noble criatura una vanidad ridícula, se tragaba sus exclamaciones, contentándose con hacer brillar sus hermosos ojos negros, enseñar sus enormes dientes blancos y volver con satisfacción la cabeza a derecha e izquierda, como para decir a Adamas y a Lucilio: «¡Eh! ¡Vaya un mozo! ¡Qué aire, qué ojos, qué talle, qué gentileza, qué hijo!» Sus dos amigos compartían su alegría y Mario soportaba el examen con un aire tierno y tranquilo, que parecía decir: «Podéis mirame, no encontraréis nada malo en mí.» Pero parecía decir especialmente al anciano: «Puedes quererme con toda tu alma, que yo sabré corresponderte.» Y cuando el examen hubo terminado, se abrazaron de nuevo, como si se hubieran querido devolver en un beso todos los besos de que se habían visto privadas la infancia del uno y la vejez del otro. -Ya veis, mi gran amigo -dijo en su alegría el marqués a Lucilio-, que no hay que burlarse de los adivinos, cuando nos predicen nuestros destinos por los astros. Sin embargo, creéis que nuestro planeta... El buen marqués hubiera querido exponer cualquier sistema a su manera, en el que la astronomía, que le encantaba, se hubiese unido a la astrología, que le encantaba aún más. Pero Lucilio le interrumpió con un billete, en el que le instigaba a concertar con él los medios para descubrir a los asesinos de su hermano. -Tenéis mucha razón -dijo Bois-Doré-; y, sin embargo, en este día de alegría incomparable me duele pensar en castigos; pero es mi deber, y, si queréis, vamos a hablar de ello. Ve, Adamas; corre a decir a monsieur de Villarreal que le ruego disculpe un momento de retraso en la cena; y, sobre todo, no hagamos todavía que se sepa nada del advenimiento ocurrido en la casa... Vamos, ve, amigo... ¿Qué estás haciendo? -añadió, al ver que Adamas se miraba en un espejo de gran tamaño, encuadrado con un marco con rejilla de oro, y se hacía a sí mismo muecas extrañas. -Nada, señor -contestó Adamas-; estudio mi sonrisa. -¿Y puede saberse con qué objeto? -¿No es oportuno, señor, que estudie una expresión traidora para hablar con ese traidor? -No, amigo mío; porque antes de creerle tal, hay que examinar mejor las cosas, y esto es lo que vamos a hacer. En aquel momento Clindor llamó a la puerta. Anunciaba que monsieur de Villarreal se hallaba indispuesto y deseaba no abandonar su habitación. -Tanto mejor -dijo el marqués a Adamas-; iré a visitarle. Después instruiremos su proceso entre nosotros. -No iréis solo, señor -dijo Adamas-. ¿Quién sabe si su enfermedad no es fingida, y si, advertido por su conciencia, ese granuja no os quiere hacer caer en alguna trampa? -Estás divagando, mi querido Adamas. Si ha matado a mi pobre hermano, seguramente ignora su nombre, puesto que está sin inquietud en mi casa. -¡Pero mirad el puñal, mi querido amo! Todavía no habéis examinado esta prueba... -¡Ay! -dijo Bois-Doré-. ¿Crees tú que le puedo examinar fríamente? Lucilio aconsejó al marqués que viese a su huésped antes de haber esclarecido nada, a fin de hallarse bastante sosegado para ocultarle las sospechas que de él tenía. Adamas dejó pasar al marqués; pero se deslizó tras de él hasta la puerta de la habitación del español. Alvimar estaba, efectivamente, enfermo. Era propenso a jaquecas nerviosas muy fuertes, provocadas por cualquier acceso de ira, y aquel día había tenido más de uno. Dio las gracias al marqués por su solicitud y le suplicó que no se ocupase de él. No necesitaba más que dieta, silencio y reposo hasta el día siguiente. Bois-Doré se retiró, después de recomendar a Belinda que cuidase discretamente de que su huésped no careciese de nada, y aprovechó la visita para examinar la cara del viejo Sancho, al que aun no habían prestado atención. El antiguo porquero era alto, delgado y pálido, huesudo y fuerte; se hallaba sentado en el ancho alféizar de la ventana y, aprovechando los últimos calores de la tarde, leía un libro ascético, del que no se separaba nunca y que no comprendía. Su principal ocupación, y al parecer su único placer, era articular con los labios las palabras de aquel libro y recitar maquinalmente el rosario. Bois-Doré observaba con el rabillo del ojo, ora al amo, echado sobre su cama con aire abatido, ora al servidor apacible, austero y piadoso, cuyo perfil monacal se dibujaba sobre la vidriera. -¡No pueden ser salteadores de caminos! -pensaba-. ¡Qué demontres! Este joven pálido y fino con la mirada dulce como la de una damisela... Bien es verdad que hace un rato, cuando se enfadó con los gitanos, y ayer, cuando clamaba contra los moriscos, no tenía el aire tan benigno como de costumbre. Pero este viejo escudero con barba de capuchino, leyendo su libro de devoción con tanto recogimiento... Bien es verdad que nada se parece tanto a un hombre honrado como un granuja conocedor de su oficio, ¡Vaya! Mi penetración resulta insuficiente, y es menester pesar los hechos. Regresó al pabellón destinado a sus habitaciones y en el que cada piso se componía de una pieza espaciosa y otra más pequeña: en la planta baja estaba el comedor y un cuarto para el servicio de la mesa; en el primero, la sala y un saloncitco; en el segundo, la alcoba del castellano y otro saloncito; en el tercero, la sala principal, llamada Sala de Verduras y que Adamas llamaba a veces Sala de Justicia; en el cuarto, habitaciones vacías y todavía sin terminar. En el edificio reciente, adosado al flanco de este pabellón, se hallaban las alcobas de Adamas, de Clindor y de Jovelin, comunicando con las habitaciones de la gran casa. Este era el nombre que, sin intención irónica, daban en el pueblo al pabelloncito del marqués. Bois-Doré encontró a su gente reunida en la Sala de Verduras, y sólo entonces recordó que, en medio de la emoción general, la morisca había entrado en su alcoba. Agradeció a Adamas el haber trasladado la conferencia fuera de su santuario. Vio a Jovelin, ocupado en escribir, y, sin querer molestarle, se sentó y leyó la carta dirigida por el abate Anjorrant a monsieur de Sully con objeto de facilitarle el descubrimiento de la familia de Mario. Aquella carta había sido escrita poco tiempo después de la muerte de Florimond, e ignorando monsieur Anjorrant la muerte de Enrique IV y la desgracia de Sully, no había llegado a su destino. La que tenía el marqués era una copia que el abate había conservado y legado a Mario con la carta sin terminar de Florimond. Esta carta del abate o, mejor dicho, esta Memoria contenía detalles precisos sobre el asesinato del falso buhonero que Mercedes había relatado al abate y que, por varios indicios, habían confirmado. En todo aquello nada revelaba la supuesta culpabilidad de Alvimar y de su criado. Los asesinos no habían sido descubiertos. Bien es verdad que los dos estaban descritos bastante fielmente en las declaraciones de la morisca, consignadas en la Memoria; pero esta mujer, que aseguraba ahora reconocerles, podía muy bien equivocarse y su acusación no bastaba para condenarles. El cuchillo catalán, instrumento del crimen, confrontado con el que había entregado Lauriana, era una prueba más categórica. Las dos armas eran, si no idénticas, tan parecidas, que a primera vista era difícil distinguir una de la otra. Las iniciales y la divisa habían sido grabadas por el mismo punzón y las hojas salido de la misma fábrica. Pero Florimond podía haber sido muerto por una arma robada a monsieur de Villarreal o perdida por él. Nada probaba que la que Lauriana había entregado al marqués proviniese del español. En fin, las iniciales, vistas por Mercedes, Mario y Adamas, sobre las otras armas de Alvimar, podían no ser las suyas, puesto que, en suma, él se había hecho presentar por Guillermo con el nombre de Antonio de Villarreal. XXVI El equitativo Bois-Doré hacía estas reflexiones a Adamas cuando el mudo le presentó la hoja de papel que acababa de escribir. Era el breve relato de lo que había ocurrido por la mañana en la Motte Seuilly entre Lauriana, el español y él; la escena del cuchillo, lanzado repetidas veces con la cruel intención de asustarlo y de interrumpir su música, hundido luego en las entrañas del lobezno, y, por último, cedido, como prenda de sumisión y de arrepentimiento, a madame de Beuvre ante los ojos mismos de Jovelin. -Esto ya es grave -dijo el marqués, pensativa-; voy viendo que el tal Villarreal es un mal hombre. Sin embargo, pudiera ser que ninguna de estas armas las tuviese hace diez años y que las haya recibido más tarde como regalo o herencia. En este caso, sería pariente o amigo del asesino; hay granujas, y cobardes en las mejores familias. Lo mismo que vos, maese Jovelin, tengo mala opinión de nuestro huésped; pero estoy seguro de que vos, lo mismo que yo, dudáis mucho antes de condenarle sin pruebas. Lucilio hizo una seña afirmativa y aconsejó al marqués que intentase hacerle confesar la verdad por astucia o por sorpresa. -Lo pensaremos detenidamente -contestó Bois-Doré-, y me ayudaréis, mi gran amigo. Por ahora, debemos ir a cenar, y ya que estamos solos vamos a darnos el gusto de comer con nuestro futuro marquesito, cuyo sitio, como el vuestro, no debe estar en la cocina. -Y sin embargo, señor, yo creo -dijo Adamas- que debíamos dejar por hoy las cosas como están. La Belinda es una mala víbora, y encuentro que tiene demasiada amistad en la casa del cura, que es un manantial de malos propósitos contra nosotros. -Vamos, Adamas -dijo el marqués-, ¿qué tirantez hay entre la casa del cura y tú? -Hay, señor, que yo también he consultado la magia. Esta mañana, apenas os hubisteis marchado, un tal La Fleche, el mismo gitano sin duda que habéis visto de día en la Motte Seuilly, vino a rondar alrededor del castillo y me ofreció decirme la buenaventura. Me negué a ello; tengo demasiado miedo a las predicciones y creo que el mal que nos debe ocurrir nos ocurre dos veces cuando le conocemos por adelantado. Me limité a preguntarle quién me había hurtado la llave de la licorera, y me contestó sin vacilar: -¡La que vos suponéis! -Nombradla -dije, comprendiendo muy bien que se refería a la Belinda, pero queriendo probar la ciencia de aquel hábil truhán. -¡Los astros me lo prohíben! -contestó-; pero puedo deciros lo que en el momento en que estamos hablando, hace la persona en cuestión. Está en casa del rector, donde se burla de vos, diciendo que habéis metido en la cabeza del dueño de este castillo la idea de casarse con la dama... -¡Callaos, Adamas, callaos! -exclamó púdicamente el marqués-; no debéis repetir las sandeces... -No, señor, no; no digo nada; pero como quería saber si el brujo decía la verdad, tan pronto como se marchó me fui dando un paseo a rondar la casa del cura, y vi a la Belinda en una ventana con el ama, y las dos empezaron a reírse y a mofarse de mí, escondiéndose. Jovelin preguntó si el gitano había entrado en el castillo. -Bien lo hubiera deseado -dijo Adamas-; pero Mercedes, que le veía desde la cocina sin dejarse ver por él, me rogó que no le recibiera, diciendo que era propenso a hurtar, y no le dejé atravesar el patio. Miraba la puerta con mucha atención, y al preguntarle qué es lo que miraba, me contestó: -Veo grandes acontecimientos que no tardarán en ocurrir en esta casa; tan grandes y tan sorprendentes, que los debo anunciar a vuestro amo. Haced que hable con él. -No es posible -le dije-; no está aquí. -Ya lo sé -prosiguió-; está en la Motte Seuilly, donde intentaré verle; pero si allí no consigo hablarle sin testigos, volveré aquí, y en verdad que si me seguís negando la entrada, lo lamentaréis algún día, porque muchos destinos están entre mis manos. -Todo esto es muy notable -dijo, ingenuamente el marqués-. El hecho es que me ha predicho todo lo que ocurre, y ahora siento no haberle interrogado más. Si vuelve, Adamas, condúcele aquí. ¿No me habéis dicho, mi querido Mario, que era un mozo ingenioso? -Es muy divertido -contestó Mario-; pero mi Mercedes no le quiere. Cree que es él el que nos ha robado el sello de mi padre. Pero yo no lo creo, porque nos ha ayudado a buscarlo y a reclamarlo a los demás gitanos. Parecía querernos mucho y hacía todo lo que le pedíamos. -¿Y qué había en aquel sello, mi querido hijo? -Armas. ¡Esperad! El señor abate Anjorrant las había mirado con un cristal que hace ver más grueso; porque eran tan menudas, tan menudas, que no se distinguían bien, y me ha dicho: «Acuérdate: de plata con árbol de sinople.» -Eso es, en efecto -dijo el marqués-; ¡son las armas de mi padre! Serían las mías si el rey Enrique no me hubiese compuesto otras a su gusto. -Unas y otras -escribió Lucilio- están esculpidas sobre las puertas del patio. Preguntad al niño si no las había visto al llegar aquí. -¿Y cómo hubiera podido verlas? -dijo Adamas, que leía las palabras de Lucilio al mismo tiempo que su amo-. Los albañiles que revocaron el arco las ocultaban con su andamio. -¿Y esta mañana -prosiguió Lucilio con su lápiz-, cuando el gitano miraba esa puerta, podía ver las armas? -Sí -contestó Adamas-; los albañiles habían quitado los andamios y estaban ocupados en otra parte... Pero, ahora que lo pienso, maese Jovelin; ese La Fleche debía saber algo de la historia de nuestro querido niño, puesto que han viajado juntos. -No creo -contestó Mario-; no hablábamos nunca de esto a nadie. - ¿Pero hablabais de ello a Mercedes? -escribió Lucilio-. ¿La Fleche comprende el árabe? -No; comprende el español; pero yo hablaba siempre árabe con Mercedes. -¿Y en la partida de gitanos había otros moriscos? -Había la niña Pilar, que comprende árabe porque es hija de un morisco y de una gitana. -Entonces -escribió Lucilio al marqués- renunciad a la creencia en lo maravilloso. La Fleche ha querido explotar estas circunstancias. Conocía hasta cierto punto la historia de Mario; en la región se ha enterado de la vuestra y de la de vuestro hermano desaparecido desde hace diez años. Ha reconocido las armas sobre el escudo de la puerta. Se acordaba de la fecha. Ha adivinado, presentido o supuesto, la verdad entera. Ha recorrido la Motte para deciros su predicción, que había enseñado de memoria a la gitanita. Esta noche o mañana os traerá el sello, pensando descifrar él solo el misterio que ya conocéis, y percibir una buena recompensa. Es un granuja, un intrigante, y nada más. Costó trabajo al marqués admitir explicaciones tan naturales y tan verisímiles; sin embargo, se convenció. Adamas seguía luchando. -¿Cómo explicaréis -dijo a Lucilio- lo que me ha revelado de la Belinda y de la casa del cura? Lucilio contestó que era muy fácil. Belinda había escuchado la víspera detrás de las puertas de la habitación del marqués; La Fleche había escuchado por la mañana, detrás de las puertas o debajo de las ventanas de la casa del cura. -Lo que decís es muy sensato -exclamó el marqués-; ya veo que no hay en esto más magia que la de la sabia Providencia, que ha traído con este niño la verdad y la alegría a mi casa. ¡Vamos a cenar! Luego tendremos el espíritu más despejado. Esta vez el marqués cenó de prisa y sin agrado. Se sentía espiado por la Belinda, que no podía ya escuchar en el pasadizo secreto, porque Adamas, aprovechando la estancia de los albañiles en la casa, lo había hecho tapiar el mismo día. Pero la curiosa y malévola mujer advertía que el marqués y Jovelin tenían largas conferencias con Mercedes y el niño; que durante estas conferencias las puertas permanecían cerradas, y sobre todo que Adamas tenía unos aires de importancia y de triunfo que parecían decirle: «No sabréis nada.» No era bastante inteligente para adivinar la verdad. Pensaba que el marqués, persistiendo en sus esperanzas matrimoniales, preparaba con los «egipcios» algún espectáculo para la viudita. No podía sacar de ello ningún partido contra Adamas, su enemigo personal; pero sentía envidia contra él y contra la morisca, y esperaba con impaciencia la ocasión de vengarse. Cuando Bois-Doré se quedó solo con Jovelin, concertaron y fijaron el plan de conducta que deberían seguir al otro día con Alvimar. Volvieron a leer y comentaron detenidamente la carta de monsieur Anjorrant. Luego, el buen Silvio, poco amigo de asuntos serios y tristes, mandó venir a su heredero y pasó la velada hablando y jugando con él. En esto se parecía realmente, sin pensar en imitarle, a su querido amo y señor Enrique IV. Adoraba las gracias de la infancia y, a no ser por la falta de flexibilidad de sus riñones, se hubiera prestado con gusto a hacer de caballo, galopando alrededor de la habitación. -Bueno -dijo a Adamas cuando vio que el sueño cerraba los sedosos párpados de Mario-, hay que llevarle con la morisca para que esta noche todavía se encargue de él. Pero mañana, después de que hayamos puesto en claro el asunto de Villarreal, no se tratará ya de ocultar la verdad, y quiero que mi heredero tenga su cama en el gabinete de mi propia alcoba. Venid, hijo mío -dijo a Mario-; mirad este nidito de oro y de seda que estaba esperando un señor tan gentil como vos. ¿Os agrada esta tapicería de seda de China rosa y estos mueblecitos con incrustaciones de nácar? ¿No parecen destinados a un personaje de vuestra estatura? Adamas, habrá que prepararle un lecho que sea una obra de arte. ¿Qué te parecería una cama con columnas de marfil en espiral y con un enorme ramo de plumas rosas en cada esquina? -Señor -dijo Adamas-, en cuanto estemos tranquilos ocuparé mi espíritu en este asunto para contentaros, porque nada hay demasiado hermoso para vuestro heredero. También pensaremos en sus vestidos, que deben ser adecuados a su rango. -¡Ya pienso en ello, Adamas, ya pienso! -exclamó el marqués-, y quiero que su guardarropa sea exactamente igual al mío. Mandarás venir aquí los mejores sastres, las costureras, los zapateros, sombrereros y plumistas más hábiles del país, y quiero que durante un mes se trabaje día y noche, si es necesario, en el equipo de mi sobrino. -¿Y a mi Mercedes -preguntó Mario saltando de alegría-, le daréis también vestidos tan hermosos como los que tiene la Belinda? -Mercedes tendrá hermosos vestidos; vestidos de oro y de plata, si quiere... Y esto me hace pensar... Escuchad, mi querido Jovelin: me parece que esta mujer es bonita y todavía joven. ¿No os parece que debíamos dejarle que vistiera aquí el traje morisco, que es muy gracioso, salvo el velo, que es demasiado islamita? Puesto que esta pobre mujer es ahora una verdadera cristiana, y puesto que vivimos en un país en que el pueblo no ha visto nunca moriscos, este traje no chocará las miradas de nadie y encantará las nuestras. ¿Qué piensa de ello vuestro buen juicio? El buen juicio de Lucilio se veía muy comprometido para conciliar el tierno afecto que le merecía el marqués con el sentimiento que le inspiraba su puerilidad. Pero, como después de todo, no esperaba ya corregir a un niño tan viejo, la razón le aconsejaba que se resignase a admitirle y a amarle tal como era. El filósofo hubiera deseado que no se empezase la nueva vida de Mario, enloqueciéndole con engalanamientos y con lujo, sino que se le hablase de los nuevos deberes que le incumbían. Se consoló cuando vio que al niño le deslumbraba menos la posesión de aquellas cosas que lo que le alegraban y enternecían las caricias y los afectos que le rodeaban. El día siguiente, Alvimar, que no había dormido en toda la noche, pidió, por medio de Belinda, que le cuidaba de muy buen grado, el permiso de no presentarse hasta la tarde. El marqués le hizo otra breve visita, y quedó impresionado al ver la alteración de su rostro. Las siniestras predicciones que le habían hecho le habían inspirado horrendas pesadillas. Sólo la claridad del alba llevó la calma a su espíritu, y durmió durante la mitad del día. XXVII El marqués aprovechó aquel plazo para volver a sus proyectos de engalanamiento. Subió con Mario y Adamas a la sala desocupada que había en el cuarto piso, es decir, encima del cuarto de las Verduras. Aquella sala estaba sin terminar, y era un batiburrillo de cofres y armarios; cuando se quitaron los candados y se alzaron las tapas, Mario creyó encontrarse ante un cuento de hadas. Todo eran tejidos magníficos, galones deslumbrantes, cintas, encajes, plumas y alhajas, ricos cortinajes, cueros de Córdoba, muebles desmontados, completamente nuevos; relicarios cargados de pedrería, excelentes pinturas hechas sobre trozos de vidriera y a las que sólo faltaba juntarlas convenientemente; hermosos mosaicos de esmalte, numerados y amontonados en pilas; piezas de batista fina, inmensas cortinas de encaje de bolillos, mallas de oro y de plata; en fin, un botín completo que a la legua denunciaba al guerrillero, y que el marqués consideraba como muy legítimamente adquirido con la punta de su espada. En la casa se daba el nombre de almacén de trastería a aquel amontonamiento de ricos despojos. Se creía que allí sólo había el desecho del mobiliario, los desperdicios. Adamas era el único que estaba iniciado en el contenido de los cofres maravillosos y, en secreto, llamaba a aquella sala el tesoro o la abadía. Allí no había fruslerías a la moda, como en las habitaciones del marqués, sino objetos de arte o de industria, de un gran valor y de una gran belleza, algunos muy antiguos y, por tanto, aun más valiosos. Tejidos, cuyos procedimientos de fabricación estaban ya perdidos; armas de todas las dimensiones y de todos los países, algunos cuadros buenos y manuscritos preciosos, etc. Todo aquello veía raras veces la luz del día, porque el marqués temía despertar la codicia de algunas vecinos, y no sacaba sus riquezas del almacén sino poco a poco y dándole viso de adquisición reciente. Era cosa rara que los héroes saqueadores de aquella época fuesen condenados a la restitución; pero ocurría fácilmente que algún personaje poderoso, interviniendo por su propia cuenta y pretendiendo obrar por el nombre de la Iglesia o del Estado, se apoderase tranquilamente del objeto en litigio. De este modo fue como Catalina de Médicis se apoderó del magnífico cáliz ornado de pedrería que Juan de Hugues -llamado el capitán de Ivoi- había robado de la Santa Capilla y apartado para sí como parte de botín: recompensando de esta manera la reina los servicios del capitán, que le había devuelto Bourges tomada por éste a traición. De entre aquellas maravillas, el marqués escogió todo lo que necesitaba para el equipo de Mario, al que preguntaron su opinión acerca de los colores. Para hacerse una idea de los usos de aquella época ha de saberse que no era necesario, como lo es hoy, ir a París para enterarse del buen tono reinante y para encontrar obreros hábiles en el arte del vestir y del decorado. Bajo Luis XIV, y no antes, la centralización del lujo y de la moda hizo de París la escuela de los gustos y el árbitro de la elegancia. Richelieu, comenzó la obra de aquella centralización, destruyendo el poderío de los príncipes. Antes de él había una corte en cada ciudad importante, y hasta los obreros de las localidades menos importantes podían servir el lujo de los señores con una habilidad tradicional. Cualquier señor feudal tenía obreros entre sus vasallos, y hasta en las casas burguesas se hacían a domicilio los muebles, los trajes, los zapatos y las botas. Por lo tanto, Bois-Doré no tuvo más que escoger los materiales y entregar a Adamas los objetos que debía mandar confeccionar bajo su dirección. Adamas era, en cuanto atañía al tocado, un maestro. Podía fiarse en su gusto y, en caso necesario, él mismo ponía manos a la obra. Después de algunas pesquisas encontraron las columnas y cornisas de marfil destinadas a la cama del niño. -Ya sabía yo que tenía aquí algo de esto -dijo el marqués, sonriendo-. Es una obra excelente que proviene de un dosel de gala, cogido en la capilla de la abadía de Fontgombaud, de la que yo fui abate, es decir, señor, por derecho de conquista, durante quince días. Recuerdo que, al apoderarme de estas cosas, pensé: «Si el nuevo abate de Fontgombaud pudiera pronto ser padre, éste sería un baldaquín digno de su primogénito.» Pero ¡ay!, amigo mío, no heredé todas las virtudes de los frailes, y para tener un hijo he necesitado encontrarlo, por milagro, en mi edad madura. ¡No importa! No por eso le querré menos, y tampoco por eso dejará de dormir su sueño de ángel bajo el pavés de la Virgen de Fontgombaud. Los recuerdos del marqués fueron interrumpidos por la llegada de La Fleche, que deseaba hablarle. Cerraron con cuidado los cofres y las puertas del tesoro, y recibieron al granuja en el corral. El tiempo era hermoso, y maese Jovelin opinó que semejante intrigante no debía ser introducido en la casa. Lo que había previsto ocurrió. La Fleche traía el sello, que pretendía haber sorprendido entre las manos de Pilar; también pretendía revelar el misterio del nacimiento de Mario y del asesinato de Florimond, perpetrado por monsieur de Villarreal. Le dejaron hablar, y cuando hubo terminado le despidieron, entregándole un escudo por el trabajo que se había tomado en traer el sello; pero fingieron no comprender su historia, no creerle, tomar muy a mal que se permitiese abusar de monsieur de Villarreal, contra quien, efectivamente, no tenía más pruebas que la emoción y la exclamación de la morisca cuando había creído reconocerle entre los brezos de Champillé. El marqués, aconsejado en este asunto por Lucilio, obraba con prudencia. Si hubiera admitido la acusación, La Fleche hubiera sido muy capaz de avisar al español para sacar doble partido del negocio. La Fleche, muy descontento por su fiasco, se retiraba cabizbajo cuando de pronto, al seguir el muro exterior del jardín de Galatea, oyó una voz dulce que le llamaba. Era Mario, a quien el marqués no había querido permitirle que asistiese a la conferencia, deseando romper definitivamente toda relación entre su heredero y la gitanería. Pero como no había dado explicaciones al niño, éste no creyó hacer nada malo al deslizarse en el laberinto y acechar por una tronera la salida del gitano. -¿Quién me llama? -dijo La Fleche mirando en torno suyo. -Soy yo -dijo Mario-. Quiero que me des noticias de Pilar. -¿Y tú qué me darás en cambio? -No te puedo dar nada. No tengo nada. -¡Imbécil! Roba algo. -No; ¡eso, nunca! ¿Me quieres contestar? -Luego; contéstame tú primero. ¿Qué haces en este castillo? -Toco la guitarra. -¿Y qué más?... ¡Ah, ah! ¿No quieres hablar? ¡Adiós! -¿Y no me dirás dónde está Pilar? -¡Ha muerto!- contestó brutalmente el gitano, y se alejó silbando. Mario le llamó en vano. Cuando ya dejó de oirle silbar se puso a correr y a jugar en el laberinto, pensando que La Fleche se había burlado de él. Pero la idea de la muerte de su amiguita se alzaba horrible ante su viva imaginación. «Pilar decía que La Fleche le pegaba -pensó; pero yo no lo creía. No la pegaba delante de nosotros. Pero puede ser que ella no mintiese, y quién sabe si a fuerza de pegarla no la ha matado.» Y ante estos pensamientos, el niño derramó algunas lágrimas. Pilar no era una niña muy amable; pero había en el buen Mario algo de Bois-Doré: era particularmente sensible a la piedad, y además el abate Anjorrant le había inculcado el horror a la violencia y a la crueldad Pero ocultó sus lágrimas, temiendo causar pena a su tío, a quien ya amaba apasionadamente. Al fin Alvimar salió de su alcoba. El descanso, el hermoso sol poniente, el alegre piar de los pájaros, ahuyentaron los negros presentimientos que le obsesionaban desde hacía unos días. Ataviado y perfumado, se fue a reunir con el marqués y le dio las gracias por el interés que por él había demostrado y las atenciones de que le había hecho objeto. Bois-Doré no podía decidirse a acusar interiormente a aquel hombre tan joven todavía, de ademanes tan distinguidos y con una fisonomía cuya melancolía habitual le parecía verdaderamente interesante. Pero cuando se sentaron a la mesa, mientras que Lucilio se disponía, como de costumbre, a tocar la sordina, Bois-Doré recordó lo que entre ellos habían convenido y preparó lo que llamaba sus pertrechos de guerra para dar un asalto formidable a la conciencia de su huésped. Había guerreado lo bastante y había tenido bastantes aventuras peligrosas para saber componerse una actitud y una fisonomía, sin necesidad de hacer, como Adamas, estudios preparatorios delante de un espejo. Desde hacía tiempo vivía con la suficiente tranquilidad para no verse ya más obligado a faltar a su natural sinceridad; pero era demasiado hombre de su tiempo para que su mirada no pudiese expresar cuantas veces era necesario: «¡Viva el rey! ¡Viva la Liga!» Las dulces melodías de la sordina le evitaron una conversación trivial, que le hubiera parecido muy larga. Estas melodías, que le predisponían a la calma que tan necesaria le era, produjeron esta vez en Alvimar una excitación febril. Decididamente, odiaba a Lucilio. Conocía su nombre de pila, que el marqués había dejado escapar delante de él, y por esta revelación, monsieur Poulain, que estaba muy al corriente de las herejías contemporáneas, había adivinado, casi con seguridad, que Jovelin era la traducción libre de Giovellino. El detalle de la mutilación le confirmaba en sus sospechas, y ya se ocupaba en buscar el medio de cerciorarse de ello y de suscitar alguna nueva persecución. Alvimar le hubiera ayudado gustoso en esta tarea, de no haberse visto obligado a pasar inadvertido algún tiempo; y el pobre filósofo le era tanto más antipático cuanto que, por el momento, no podía hacer nada contra él. Sus hermosas melodías, que le habían encantado el primer día, le parecían ahora un reto insoportable, y el malhumor que se apoderaba de él no era lo más a propósito para soportar con paciencia el interrogatorio que le preparaban. Después de la cena, el marqués le propuso jugar una partida de ajedrez en su gabinete. -Acepto -contestó Alvimar-, con la condición de que no tengamos música. No podría jugar. -Ni yo tampoco, por cierto -dijo el marqués-. Guardad, pues, vuestra dulce voz en su estuche, mi buen maese Jovelin, y venid a presenciar nuestra apacible batalla. Ya sé que os interesa una partida bien jugada. Pasaron al gabinete, en el que encontraron un magnífico juego de ajedrez, de cristal montado en oro; excelentes butacones y muchas bujías encendidas. Alvimar no había entrado todavía en esta pequeña habitación, una de las más lujosas de la Gran casa; paseó una mirada distraída y rápida sobre las fruslerías que la llenaban; luego se sentó y empezaron la partida. XXVIII El marqués, muy tranquilo y correcto, parecía no prestar atención más que en el juego. Lucilio, de pie detrás de él, podía observar el menor movimiento y la expresión del rostro del español, colocado en plena luz. Alvimar jugaba con bastante rapidez y resolución. Bois-Doré, más lento, hacía largas pausas, durante las que el español, algo impaciente, miraba los objetos que le rodeaban. Su mirada se dirigió repetidas veces hacia un estante colocado a su izquierda y adosado a la pared. Poco a poco, el objeto que se destacaba más entre los que cubrían el mueblecito llamó su atención, y Lucilio advirtió en su rostro una sonrisa de ironía y de despecho cada vez que su mirada se posaba sobre aquel objeto. Era un cuchillo desnudo y brillante, colocado sobre un cojín de terciopelo negro con franjas de oro, y protegido por una urna de cristal. -¿Qué os pasa? -le dijo por fin el marqués-. Me parecéis distraído. No estáis en vuestro pleno dominio, señor mío, y no quiero tener una victoria tan fácil. Algo os hace daño, os molesta, ¿Estáis demasiado cerca de este mueble y deseáis que alejemos la mesa? -No -contestó Alvimar-, estoy muy bien; pero confieso que hay en este hermoso mueble algo que me preocupa. ¿Consentís en contestar a una pregunta, si no os parece indiscreta? -Ninguna pregunta vuestra puede serlo, señor mío. ¡Hablad, por favor! -Pues bien, querido marqués: ¿queréis decirme por qué motivo tenéis dentro de esa urna y sobre ese cojín el arma de viaje de vuestro humilde servidor? -¡Oh!, mi huésped, en esto os equivocáis. Este cuchillo no proviene de vos. -Ya sé que no os lo he dado. Pero quien os lo ha regalado lo había recibido de mis manos, y acaso no 1o ignoráis. Comprendo que apreciáis los dones de una blanca mano; pero me parece que sois muy cruel exhibiendo así el trofeo de vuestra victoria ante los ojos de un rival vencido. -Vuestras palabras son enigmas para mí. -¡Pues yo no creo ver visiones! ¿Me permitís que levante la urna de cristal y que mire de cerca? -Mirad y tocad, señor mío; después os diré, si lo deseáis, por qué guardo esta reliquia de amor y de tristeza aquí, entre otros tantos recuerdos del pasado. Alvimar cogió el cuchillo, lo miró detenidamente, lo manejó, y, dejándole de pronto donde lo había cogido. -Me he equivocado -dijo-, y os pido perdón; esto no es lo que yo creía. Lucilio, que le observaba atentamente, había creído ver que un temblor de espanto o de sorpresa agitaba las delicadas y nerviosas ventanas de su nariz. Pero esta ligera contracción facial se producía en él por la menor causa, y a veces sin causa alguna. Tornó a jugar. Pero Bois-Doré le detuvo. -Perdonadme -le dijo-; habéis creído reconocer este objeto y mi deber es interrogaros. Acaso podréis arrojar alguna luz sobre un hecho misterioso que desde hace mucho tiempo ensombrece y atormenta mi vida. Tened, pues, monsieur de Villarreal, la amabilidad de decirme si conocéis la divisa y las iniciales grabadas en la hoja de este cuchillo. ¿Queréis examinarlas aún? -Es inútil, señor marqués, no conozco este objeto; no me ha pertenecido nunca. -¿Es que sentís repugnancia en cercioraros? -¿Repugnancia? ¿Qué significa esta pregunta, señor mío? -Me explicaré. Acaso habéis reconocido este arma por haber pertenecido a alguien de quien os avergonzáis ser compatriota, pero cuyo nombre me diríais, sin embargo, si yo invocase vuestra lealtad. -Si esto es para vos un asunto tan grave -contestó Alvimar-, y a pesar de que yo, a mi vez, no os comprendo, consiento en volver a examinar el puñal. Cogió de nuevo el arma, la miró con mucha tranquilidad, y dijo: -Es de fabricación española, y es un arma muy usada en mi país. Todo el que es noble, o solamente de condición libre, lleva una igual en su cinturón o en su mango. La divisa es de las más triviales y corrientes: Sirvo a mi Dios, o Sirvo a mi amo, o Sirvo al honor; es lo que se lee en la mayoría de nuestras armas, sean tizonas, pistolas o cuchillos. -Perfectamente; pero, ¿y estas dos letras. S. A., que parecen iniciales particulares? -Las podríais encontrar en mis propias armas, lo mismo que la divisa; son las marcas de la fábrica de Salamanca. Las sospechas de Bois-Doré se desvanecieron ante una explicación tan natural. Lucilio, al contrario, sintió aumentar las suyas. Le parecía que Alvimar se apresuraba demasiado en prevenir las explicaciones que le hubieran podido pedir acerca de su propia divisa y de sus iniciales, que su huésped debía de ignorar. Fingiendo acariciar a Fleurial, tocó las rodillas del marqués, para advertirle de que no debía renunciar a sus pesquisas. Parecía que Alvimar quería facilitarle la empresa preguntándole, con cierto aire de dignidad herida, la razón de aquel interrogatorio. -También podríais preguntarme -contestó Bois-Doré- por qué motivo tengo aquí, ante mis ojos, a todas horas, un objeto cuya vista me es odiosa. Sabed, señor, que este arma maldita es la que mató a mi hermano; y no he querido ocultarla, con el único objeto de que me recuerde incesantemente que debo descubrir su asesino y vengar su muerte. El rostro de Alvimar reveló una emoción intensa; pero podía ser una emoción de simpatía o de generosidad. -Razón teníais al llamarlo una reliquia de dolor -dijo apartando el cuchillo-. ¿Aludíais a vuestro hermano, ayer por la mañana, cuando al consultar a aquellos gitanos les preguntasteis cuándo y cómo había muerto? -Sí; preguntaba lo que ya sabía, queriendo una prueba de su ciencia, y, verdaderamente, aquel demonio de niña me contestó tan fielmente, que tuve motivo para sorprenderme. ¿No os habéis fijado, señor mío, en que su cálculo colocaba el acontecimiento en el décimo día de mayo del año 1610? -No me he fijado. ¿Fue efectivamente aquel día cuando vuestro hermano fue asesinado? -Aquel día; ¡veo que os sorprende mucho! -¿A mí? ¿Por qué me había de sorprender? Supongo que los adivinos no revelan del pasado más que lo que ya saben. Pero os ruego que me digáis cómo ocurrió aquel triste accidente. ¿No descubristeis nunca a los autores? -Razón tenéis al decirme los autores, porque eran dos. Dos que quisiera descubrir. Pero veo que no me ayudaréis, puesto que este arma acusadora no lleva ninguna seña particular. -¿Entonces el crimen no tuvo testigos? -Perdón, sí, los tuvo. -¿Y no pudieron informaros, acerca de los asesinos? -Pudieron descubrirlos, pero no nombrarlos. Si aquella dolorosa historia os interesa, os la puedo relatar con todos sus detalles. -Ciertamente; pongo mucho interés en vuestras penas, y os escucho. -Pues bien -dijo el marqués, apartando el juego de ajedrez y acercando su silla a la mesa-. Os voy a decir todo lo que he reunido de una información que me fue comunicada por el cura de Urdoz. -¿Urdoz?... ¿Dónde está Urdoz? ¡No recuerdo! -Es un lugar por donde debéis de haber pasado si habéis viajado por la carretera de Pau. -No; yo vine a Francia por la de Tolosa. -Entonces no lo conocéis. Os lo describiré desde luego. Sabed primero que mi hermano, siendo un simple hidalgo y medianamente rico, pero de honrada familia, apuesta figura y amable carácter, y siendo caballero como nadie, enamoró no sé en qué ciudad de España a una dama o damisela noble, con quien se desposó en secreto, contra la voluntad de la familia. -¿Y se llamaba...? -Lo ignoro; no me dio detalles de aquel asunto de amor, y más tarde no logré averiguar nada. Sólo he sabido que raptó a su mujer y que los dos, disfrazados de plebeyos, vinieron a Francia, donde entraron por el camino de Urdoz. Como la dama estaba próxima su alumbramiento, viajaban en un cochecito de aspecto miserable, una especie de carreta de buhonero, arrastrada por un solo caballo que había comprado en el camino, y que no andaba todo lo de prisa que ellos hubieran deseado. Sin embargo, llegaron sin obstáculo hasta la última etapa española, y mi hermano, después de haber pasado la noche en una hostería, tuvo la imprudencia de querer cambiar oro español por oro francés y preguntar a una especie de hildalgo que se hallaba allí con un viejo criado si le podía proporcionar cambio de un millar de pistolas. Aquel personaje no pudo ofrecerle más que una pequeña cantidad, y cuando mi hermano subió a su coche con su compañera, muy tapada y cubierta con un velo, la gente de la hostería notó que los dos desconocidos le despedían con mucha cortesía y se fijaban excesivamente en los dos cofres que él mismo cargaba, y que contenían sus dineros y las joyas de su mujer; también se advirtió que los desconocidos partían inmediatamente, siguiendo sus huellas, a pesar de que habían anunciado el designio de ir en dirección opuesta. Las señas que me dieron de estos dos bribones coinciden en todo con la descripción que me hicieron de los asesinos de mi hermano. -¡Ah! -dijo Alvimar-. ¿Os los han descrito? -Perfectamente; el uno era hermoso y tan joven, que parecía adolescente. Era de mediana estatura, pero bien formado. Tenía las manos blancas y pequeñas como las de una mujer, la barba naciente y muy negra, la cabellera sedosa; un aire de gran nobleza, un traje de viaje bastante rico y muy pocas mudas, o ninguna, a juzgar por su valija, que no pesaba gran cosa. Montaba un buen caballo andaluz y llevaba este cuchillo infame, del que se servía para comer y para degollar. El otro... -Eso no importa, señor mío. ¿Vuestro hermano...? -Debo describiros el otro bandido tal como a mí me lo describieron. Era un hombre de cierta edad y que parecía a la vez fraile y espadachín. Tenía la nariz larga y caída sobre su bigote gris, la mirada apagada, las manos callosas y el carácter taciturno; un verdadero bruto de España. -¿Cómo decís? -Un bruto como los que hay en todos los países en los que se cree que los padrenuestros rescatan del infierno. Aquellos bandidos siguieron a mi pobre hermano como dos lobos feroces y cobardes siguen la presa que no se atreven a atacar, y le alcanzaron... ¿Qué os ocurre, señor? ¿Tenéis demasiado calor en este gabinete? -Acaso, señor mío -contestó Alvimar con agitación-. El aire se me hace difícil de respirar en una casa en la que parece que el nombre de español es considerado con desprecio, como vos lo estáis haciendo. -De ningún modo, señor. Reponeos... No atribuyo a vuestro país la culpa de la maldad de algunas personas. En todas partes hay infames. Debéis perdonarme si hablo con desprecio de los que asesinaron a mi hermano. Alvimar se disculpó a su vez por su susceptibilidad y rogó al marqués que no interrumpiese su relato. -A una legua, aproximadamente, de la aldea llamada Urdoz -prosiguió Bois-Doré-, mi hermano y su mujer se encontraron solos junto a un muro de rocas, al borde de un precipicio muy profundo. El camino serpenteaba, formando una cuesta tan ruda que el caballo se negó a subirla, y mi hermano, temiendo que retrocediese hasta la torrentera, saltó a tierra y bajó a su mujer del coche, cogiéndola entre sus brazos. Hacía mucho calor, y para que el sol no la molestase, le indicó un bosquecillo de pinos que había delante de ellos y hacia el que ella se dirigió despacio, mientras que mi hermano dejaba descansar el caballo. -¿Entonces aquella dama vio matar a su marido? -No; había dado ya la vuelta a un pequeño macizo de la montaña cuando ocurrió el crimen. Dios quiso salvar al niño, porque si los asesinos la hubieran visto, no la hubieran perdonado la vida. -Entonces, ¿quién pudo saber cómo murió vuestro hermano? -Otra mujer, que la casualidad había conducido allí cerca, detrás de unas rocas, y que no tuvo tiempo de pedir auxilio; tan rápidamente fue cometido el horrible crimen. Mi hermano se esforzaba en hacer que el caballo caminase, cuando los asesinos le alcanzaron. El más joven echó pie a tierra y le preguntó con una cortesía hipócrita: -¡Eh!, buen hombre, vuestro caballo está extenuado. ¿No necesitáis ayuda? El viejo granuja que le seguía bajó también, y los dos se acercaron a mi confiado hermano, como si quisieran buenamente ayudarle a empujar el coche; en el mismo instante el testigo que el cielo había colocado allí vio tropezar y caer a mi hermano entre las ruedas, sin que un solo grito hubiera revelado que había sido herido. Este puñal había sido clavado en su corazón hasta el mango por una mano demasiado experta. -¿Entonces no sabéis si fue el señor o el criado el que infirió el golpe? Decís que el señor era muy joven; es poco probable que fuese él. -Eso importa poco, señor mío. Los tengo por tan vil al uno como al otro, porque el hidalgo se portó exactamente de la misma manera que el lacayo. Se precipitó al coche sin recuperar su arma, tal era la prisa y la ansiedad que tenía por robar los dos cofres. Se los dio a su camarada, que los tomó bajo su capa, y los dos se dieron a la fuga, volviendo sobre sus pasos, aguzados, no por el remordimiento o la vergüenza, que son sentimientos humanos que ellos eran incapaces de sentir, sino por el miedo al látigo y a la rueda, que son la recompensa y el fin de los canallas semejantes. -¡Mentís, señor! -exclamó Alvimar, poniéndose en pie, fuera de sí y pálido de rabia-. ¡El látigo y la rueda!... ¡Mentís! Y me daréis la razón... Se desplomó sobre su silla, sofocado y como ahogado por la confesión que la ira le había arrancado al fin. XXIX El marqués se quedó atónito ante aquella salida imprevista; hasta aquel momento, el culpable había conservado toda su sangre fría y dado una apariencia de naturalidad a sus frecuentes interrupciones. Bois-Doré fue el primero en reponerse, como era natural, y estrujando con su largo mano nerviosa la muñeca convulsa de Alvimar, le dijo con desprecio abrumador: -¡Desdichado! Dad las gracias al cielo por ser mi huésped; porque si yo no hubiera dado mi palabra de protegeros, palabra que os protege contra mí mismo, os estamparía contra la pared de este cuarto. Lucilio, temiendo una lucha, se había apoderado del cuchillo que estaba encima de la mesa. Alvimar vio este gesto y sintió miedo. Se desasió del marqués y llevó la mano a la guarda de su espada. -¡Estaos quieto y no temáis nada aquí! -le dijo Bois-Doré con calma-. ¡Nosotros no somos asesinos! -Ni yo tampoco, señor -contestó Alvimar, al que pareció vencer un proceder tan digno-; y ya que no queréis violar las leyes del honor, consentiré en justificarme. -¿En justificaros? ¿Vos? ¡Pero si estáis convencido y condenado por el mentís que me habéis dado, y la prueba es que os desprecio el insulto! -Guardad vuestro desprecio para las que aguantan el ultraje en silencio. Si yo lo hubiera hecho, no sospecharíais de mí. He rechazado la injuria. La vuelvo a rechazar. -¡Ah! ¿Ahora pretendéis negar? -¡No! He matado a vuestro hermano... o a quien sea. Ignoro el nombre del hombre a quien maté... o dejé matar. ¿Pero sabéis los motivos que me impulsaron a aquel homicidio? ¿Sabéis si yo ejercía una venganza legítima? ¿Qué sabéis si aquella mujer..., cuyo nombre ignoráis, no era mi hermana, y si al vengar el honor de mi familia yo no recuperaba como bien propio el oro y las alhajas robadas par un seductor? -¡Callad, señor! ¡No insultéis la memoria de mi hermano! -Vos mismo habéis confesado que no era rico. ¿De dónde hubiera sacado las mil pistolas para huir con una mujer? Bois-Doré sintió vacilar su convicción. Su hermano no había querido nunca, a causa de la diferencia de sus opiniones, aceptar de él la menor parte de una fortuna que, con razón, consideraba que provenía del despojo de sus propios partidarios. Se limitó a alegar que la mujer de su hermano había tenido derecho a llevarse lo que le pertenecía. Pero Alvimar repuso que la familia tenía también el derecho de considerarlo como suyo. Por lo tanto, rechazaba con energía la acusación de robo. -No por eso dejáis de ser un traidor -le dijo el marqués-, por haber apuñalado cobardemente a un hidalgo, en lugar de pedirle una reparación. -De ello tiene la culpa el disfraz de vuestro hermano -contestó Alvimar fogosamente-. Pensad que al verle con los trajes de un villano he creído que como a tal podía dejar que lo matase mi criado. -¿Por qué no le mandasteis detener en aquella hostería, donde debisteis reconocer a vuestra hermana, en lugar de seguirle para asesinarle a traición? -Comprenderéis -contestó Alvimar, siempre altivo y agitado- que no quería armar un escándalo y comprometer a mi hermana ante una muchedumbre. -¿Y por qué, en lugar de apoderaros de ella y devolverla a su familia, la abandonasteis en aquel camino, donde murió una hora después? ¿Y por qué nadie, más tarde, la ha reclamado? -¿Podía yo seguirla, ignorando que estuviese cerca de mí? Vuestro testigo no ha podido oír todas mis palabras; lo que yo tenía que preguntar al seductor no podía hacerlo a voz en grito. ¿Qué sabéis si no me contestó que mi hermanase había quedado en Urdoz y si lo que tomaron por una huída no era la prisa de correr tras ella? -¿Y al no hallarla en Urdoz no os interesasteis por su deplorable muerte? ¿No os preocupasteis siquiera del lugar de su sepultura? -¿Quién os dice que no conozco mejor que vos, señor, todos los detalles de aquella triste historia? En mi lugar, no pudiendo ya remediar nada, ¿hubierais dado un escándalo en un país en el que nadie conocía el nombre de vuestra hermana ni la deshonra de vuestra familia? El marqués, anonadado por la aparente lógica de aquellas explicaciones, guardó silencio. Parecía pensativo y tan absorto en sus reflexiones, que apenas oyó que anunciaban una visita. Acababan de introducir a Guillermo de Ars en el salón contiguo. Lucilio vio brillar un relámpago de alegría en los ojos de Alvimar, causado acaso por el placer de ver a un amigo, o acaso solamente por la esperanza de huír de una situación peligrosa. Alvimar se precipitó fuera del gabinete, y la tapizada puerta se cerró por un momento entre él y sus huéspedes. Lucilio, al ver al marqués absorto en dolorosas reflexiones, le tocó como para interrogarle. -¡Ay, amigo mío! -exclamó Bois-Doré-. ¡Pensar que no se qué resolver y que acaso soy víctima del mayor traidor del mundo! He sido inhábil. He expuesto a la buena morisca y acaso también a mi hijo a la venganza y a los ardides de un enemigo peligroso. He sido torpe. Al confesar que ignoraba el nombre de la dama le he proporcionado medios de defensa, y ahora, sea verdad, sea mentira la disculpa del asesino, ya no me creo con derecho a quitarle la vida. ¡Dios mío! ¡Señor! ¿Es posible que los buenos estén condenados a ser burlados por los granujas y que en toda guerra sean éstos los más listos y, en definitiva, los más fuertes? Al hablar en esta forma, el marqués, indignado contra sí mismo, pegó sobre la mesa un fuerte puñetazo; luego se levantó para recibir a Guillermo de Ars, cuya voz alegre y despreocupada se oía en la habitación contigua. Pero el mudo le asió vivamente del brazo, lanzando una exclamación inarticulada. Tenía en la mano un objeto sobre el que llamaba la atención de Bois-Doré con un balbuceo de sorpresa y de alegría. Era el anillo que el marqués se había puesto en el dedo meñique, aquel anillo misterioso que no había podido abrir y, que el vigoroso puñetazo aplicado sobre la mesa acababa de separar en dos circulos. No había en la sortija secreto de ninguna clase; pero las dos partes se juntaban tanto, que había sido necesaria una gran sacudida para separarlas. En un instante leyeron los dos nombres grabados en los círculos. Eran los de Florimond y de su mujer. Con una seguridad espontánea comprendieron que poseían al fin la verdad. El marqués dio rápidamente una orden a Lucilio, y con el corazón alegrado y la faz risueña fue a estrechar las manos de Guillermo. Alvimar y monsieur de Ars no habían tenido tiempo más que para cambiar algunas frases sobre el buen viaje de uno y la agradable sorpresa del otro. Pero Guillermo había advertido cierta alteración en las facciones de su amigo, y éste alegó como explicación la jaqueca de la víspera. Después de prodigar las primeras demostraciones de amistad a su joven pariente, el marqués quiso dar órdenes para la cena. -No, gracias -dijo Guillermo-; he tomado un piscolabis en el camino, mientras que mis caballos descansaban, porque debo partir en este mismo instante. Ya veis que he vuelto más pronto de lo que pensaba. Ayer, en Saint-Amand, donde había ido con otros jóvenes de la provincia a hacer una escolta de honor a monseñor de Condé, he recibido el aviso de que mi intendente estaba muy enfermo. Temiendo morir, este buen hombre me ha enviado un mensajero para que regrese cuanto antes y para poderme poner al corriente de lo más esencial de mis asuntos, de los que confieso no saber la menor palabra. Sin embargo, he venido aquí primero para saber si le conviene a monsieur de Villarreal venirse conmigo esta noche o si está encadenado en vuestros jardines de la Astrée y desea pasar una noche más entre los encantos. -¡No! -contestó vivamente Alvimar-. He abusado bastante de la cortesía del señor marqués; estoy indispuesto y acabaría por hacerme desagradable. Deseo marcharme con vos en el acto, y voy a encargar que preparen mis caballos a toda prisa. -Es inútil -dijo el marqués-; voy a tocar la campana. Pronto tendré el gusto de volver a veros, monsieur de Villarreal. -Soy yo quien vendré mañana a tomar vuestras órdenes, señor marqués, y a daros todas las explicaciones que deseéis... sobre la partida que acabamos de jugar. -¿Qué partida? -preguntó Guillermo. -Una partida de ajedrez muy hábil -contestó el marqués. Adamas acudió, llamado por el campanillazo. -Los caballos y las maletas de monsieur de Villarreal -dijo Bois-Doré. Mientras ejecutaban esta orden, el marqués, con una tranquilidad que dio a Alvimar la esperanza de que todo se había apaciguado entre ellos, dio cuenta a Guillermo del empleo del tiempo en Briantes, durante su ausencia. Luego le hizo preguntas sobre los hermosos festejos de Bourges. El joven estaba encantado de hablar; contó las emociones del tiro, o, mejor dicho, según lo llamaban entonces, del «honorable juego del arcabuz». Habían colocado los blancos en los prados Fichaux, con un gran pabellón adornado con tapices y follajes para las damas y damiselas de la ciudad. Los tiradores se colocaron sobre un tablado, a ciento cincuenta pasos del blanco. Se habían presentado seiscientos cincuenta y tres arcabuceros El único que mereció el premio fue Triboudet, de Sancerre; pero se vio obligado a repartirlo con Boiron, de Bourges, por haber tomado un nombre supuesto, a fin de adelantar su turno. Los de Sancerre protestaron mucho, porque tenían en gran honor probar que sus tiradores eran los mejores del reino, y la división del premio les parecía una injusticia. Seguramente, aquel mal fallo había sido pronunciado para satisfacer a los de Bourges. -En efecto -decía Guillermo, narrando con la animación de su juventud-, o Triboudet ha ganado o ha perdido. Si ha ganado, tiene derecho al honor y al provecho completos. Concedo que es culpable por haber tomado un nombre supuesto; pues bien: que le castiguen por ese delito con una multa o con unos días de cárcel, pero que no deje por eso de ser el vencedor del juego; porque el honor del talento es cosa sagrada, y, a pesar de que no tengamos en mucha simpatía a los viejos brujos de Sancerre, no hay un hidalgo que no haya protestado contra la injusticia hecha a Triboudet. Pero, ¡qué se lo va a hacer! Las grandes ciudades se comerán siempre a las pequeñas, y los ricachones de Bourges se imponen descaradamente a toda la burguesía de la provincia. ¡También se impondrían a la nobleza, si se les consintiese! Me sorprende que Issoudun haya tomado parte en el concurso; Argenton se ha abstenido diciendo que el premio estaba otorgado de antemano y que para los jueces de Bourges nada igualaba a los campeones de su comarca. -¿Y no creéis que el príncipe haya tomado parte en esta injusticia? -preguntó el marqués. -¡No lo juraría! Halaga cuanto puede a las habitantes de su buena ciudad; hasta tal punto, que ha hecho grandes gastos, aunque le gusta poco gastar su dinero para la diversión de los demás. En estos momentos mantiene a dos compañías de comedia, una francesa y la otra italiana, que dan sus funciones en unos frontones muy bien decorados. -¡Cómo! -dijo Bois-Doré-. ¿Habéis vuelto a ver a los «trágicos historiadores de monsieur de Belleroze»? ¡Son más aburridos que cuarenta días de lluvia! -No, no; esta vez la compañía se llama «Los comediantes franceses de monsieur de Lambour», y hay entre ellos artistas de gran habilidad. Pero el tiempo pasa y he aquí al fiel Adamas que viene a decirnos que los caballos están preparados, ¿verdad? Vámonos pronto, mi querido Villarreal, y ya que habéis prometido al marqués venir mañana a darle las gracias, me invito con vos. -¡Cuento con ello! -repuso Bois-Doré. -Y también podéis contar, señor -le dijo Alvimar haciéndole un profundo saludo-, con todas las pruebas de lo que he dicho. Bois-Doré no contestó más que con otro saludo. Guillermo, presuroso de ponerse en camino, no advirtió que el marqués, a pesar de su cortesía, se abstenía de tender la mano al español, y que éste no se atrevía a ofrecerle la suya. XXX Tan pronto como Guillermo y Alvimar partieron, el marqués, dirigiéndose a Adamas, le dijo con una voz llena de emoción: -¡Pronto, mi alzacuello, mi casco, mis armas, mi caballo y dos hombres! -Todo está dispuesto, señor -contestó Adamas-. Maese Jovelin nos lo ha encargado todo, diciendo de vuestra parte que si monsieur de Ars se marchaba esta noche, le escoltaríais... Pero, ¿con qué objeto?... -Lo sabrás cuando yo vuelva -contestó el marqués subiendo a su cuarto para prepararse-. ¿Se ha pensado en ensillar los caballos en la cuadra pequeña, para que sólo las gentes que me van a escoltar estén en el secreto? -Sí, señor; he cuidado de todo yo mismo. -¿Te vas muy lejos? -exclamó Mario, que acababa de cenar con Mercedes y entraba en la alcoba del marqués. -No, hijo mío, no voy lejos; estaré de vuelta dentro de dos horas. Acostaos pronto y dormid tranquilo. Abrazadme. -¡Oh! ¡Qué guapo estás! -dijo ingenuamente Mario-. ¿Es que vas otra vez a la Motte Seuilly? -No, no; voy a bailar en una fiesta -contestó el marqués sonriendo. -Llévame, para que te vea bailar -dijo el niño. -No puedo; pero tened paciencia, mi Cupido, porque desde mañana ya no daré un paso sin vos. Cuando el viejo hidalgo se puso su pequeño casco de cuero amarillo con rayas de plata, forrado con una armadura de hierro y adornado con largos penachos que caían sobre el hombro; cuando se puso su corta capa militar, ciñó su larga espada y abrochó bajo la gola de encajes el alzacuello de acero brillante, Adamas pudo jurar, sin adulación excesiva, que tenía un aire muy marcial, tanto más cuanto que las recientes emociones habían hecho caer su colorete y tenía casi su cara natural, que no era la de un mequetrefe. -Ya estáis dispuesto, señor -dijo Adamas-. ¿Pero no voy con vos? -No, amigo mío; vas a cerrar todas las puertas de mi pabellón y pasar la velada con mi hijo. Si se duerme, le harán una cama provisional con almohadones. Quiero encontrarle aquí al regresar; y ahora alúmbrame, porque tengo que hablar en la sala con maese Jovelin. Abrazó varias veces a Mario con enternecimiento y bajó un piso. -¿Dónde vais y qué habéis decidido? -le preguntaron las ojos expresivos de Lucilio. -Voy a Ars a proseguir mis pesquisas... y después, ¿no os parece?, si es necesario, me pondré de acuerdo con Guillermo para que el miserable no pueda escapar, y volveré a consultaros para lo demás. Hasta pronto, mi gran amigo. Lucilio suspiró al ver marchar al marqués. Le parecía que tenía proyectos más serios de los que confesaba. Mientras que el marqués se preparaba tranquilamente para salir, Guillermo y Alvimar, éste seguido por Lucilio y el otro por los cuatro hombres de su escolta, se dirigían lentamente hacia el castillo de Ars por el camino bajo, es decir, el que deja a la derecha las mesetas del Chaumois y pasa bastante cerca de La Châtre. Como la luna no había salido todavía y los caballos de Guillermo estaban muy cansados, no podían ir de prisa. Alvimar aprovechó esta circunstancia para adelantarse un poco, como a pesar suyo, con su escudero. Entonces le preguntó, moderando el trote de su caballo: -Sancho, ¿no habéis olvidado en Briantes nada de lo que me pertenece? -¡No olvido nunca nada, Antonio! -Sí; olvidáis vuestros puñales en los cuerpos de las personas que matáis. -¿Siempre el mismo reproche? -Hoy tengo mis razones para hacéroslo. Decidme: mi caballo ya no cojea; pero, ¿creéis que está en estado de hacer esta noche una larga caminata? -Sí; ¿qué hay de nuevo? -Escuchad bien y procurad comprender pronto. El «buhonero» era un hidalgo, el hermano del marqués de Bois-Doré. El cuchillo que empleasteis está en poder del marqués, que ha jurado vengarse y nos acusa por el testimonio de no sé qué testigo. -La morisca. -¿Por qué la morisca? -Porque estos malditos dan siempre mala sombra. -Si no tenéis otros motivos... -Tengo otros; os los diré. -Sí, más tarde; pensemos en abandonar este país sin tener más explicaciones con ese viejo loco. Le he dicho bastante para que tenga paciencia. Me espera mañana. -¿Para un duelo? -No; es demasiado viejo. -Pero es muy astuto. ¿Es que queréis pudriros en algún subterráneo de su castillo? No importa; si vais, iré con vos. -No iré; cierta predicción me hace ser prudente. Cuando estemos cerca del pueblo, cuyas luces se ven ya, apartaos de la escolta, desapareced y un cuarto de hora más tarde volved a reuniros conmigo, diciendo en voz alta que alguien de la ciudad os ha entregado una carta para mí. Iré como para leerla hasta el castillo de Ars, y hecha esta comedia, diré a monsieur Ars que debo marcharme en el acto. ¿Queda entendido? -Queda entendido. -Entonces, esperemos a monsieur de Ars y no demostremos prisa alguna. Cuando el buen monsieur de Bois-Doré, armado hasta los dientes y confortablemente montado sobre el hermoso Rosidor, hubo franqueado el recinto de la aldea de Briantes, vio que Adamas, montando una buena jaquita, se deslizaba tranquilamente junto a él. -¡Cómo! ¿Sois vos, señor rebelde? -dijo el marqués con un tono que no logró hacer severo-. ¿No os había prohibido seguirme y ordenado custodiar a mi heredero? -Vuestro heredero está bien custodiado, señor; maese Jovelin me ha dado su palabra de no separarse de él, y, además, no me parece que corra ahora riesgo alguno en vuestro castillo, puesto que el enemigo está fuera y que detrás de él vamos. -Ya sé, Adamas, que ahora el riesgo es para nosotros, y por eso es por lo que no quería que vinieras tú, que estás viejo y achacoso, y que además no fuiste nunca muy hombre de guerra. -Es verdad, señor, que me gusta poco recibir golpes; pero me gusta bastante darlos como puedo. Ya no soy un muchacho; pero si no tengo buenas piernas, tengo buena vista y quiero cuidar de que no caigáis en ninguna emboscada. Por eso he traído conmigo dos hombres más, que se reunirán con nosotros dentro de tres minutos. Además de que me hubiera vuelto loco esperándoos sin saber nada ni hacer nada. ¡A ver, mi amo! ¿Adónde vamos y en qué forma vamos a atacar? -¡Ya verás, amigo mío, ya verás! Pero apresurémonos. No tenemos mucho tiempo que perder, si queremos alcanzarlos a la mitad de camino. Partieron al galope, y en menos de un cuarto de hora pudieron ver a Guillermo y su escolta, que seguían andando muy despacio. La luna se levantaba y hacía brillar las armas de los jinetes. Aquel lugar se llamaba, y se sigue llamando, La Rochaille; está bastante cerca de las casas de hoy; pero en aquel tiempo era muy árido y completamente desierto. El camino subía entre una pequeña torrentera y una colina cubierta con enormes rocas grises, entre las que crecían unos castaños bastante enclenques. Aquel lugar tenía mala fama en todos los tiempos; las grandes piedras han inspirado a los aldeanos ideas supersticiosas, sea porque las atribuyan indistintamente a la labor de los demonios de la Galia antigua, sea porque las crean caídas del cielo, con el fin de exterminar el culto de aquellos diablos. El marqués mandó detener a su pequeña tropa antes de que hubiera sido advertida por la de Guillermo, y, picando espuelas a su caballo, fue a ponerse a través del camino de su pariente. Al oír acercarse aquel galope, Guillermo y Alvimar habían vuelto la cabeza; el primero, con mucha tranquilidad, pensando que se trataba de algún viajero apurado; el segundo, con mucha inquietud, porque no dejaba de pensar en la predicción, que los acontecimientos del día parecían confirmar y apresurar. Cuando Bois-Doré pasó a la izquierda de la escolta de Guillermo, éste no le reconoció, a causa de su traje militar. Pero Alvimar le reconoció por los latidos de su corazón turbado, y el viejo Sancho, advertido por una emoción análoga, se acercó a su amo. Sus ansiedades se disiparon cuando Bois-Doré tomó la delantera sin decir nada. Pensaron entonces que no era él. Pero cuando se detuvo, volviendo su caballo hacia los suyos, se miraron e instintivamente se acercaron más el uno al otro. -¿Qué es esto, señor? -preguntó Guillermo, cogiendo una de sus pistolas de la pistolera de su silla-. ¿Quién sois y qué pedís? Pero antes de que Bois-Doré tuviese tiempo de contestar, un tiro partió entre ellos, y la bala atravesó el casco del marqués, quien, al ver el gesto de Sancho para asesinarle, se había agachado rápidamente, exclamando: -¡Guillermo! ¡Soy yo! -¡Mil rayos! -gritó Guillermo asustado-.¿Quién ha tirado sobre el marqués? ¡Por Dios, marqués! ¿Estáis herido? -No -contestó Bois-Doré-; pero debo deciros que tenéis en vuestra compañía unos cobardes que tiran sobre un hombre solo antes de saber si es un enemigo. -Es verdad -repuso el joven indignado-, y haré justicia en el acto. ¡Miserables bribones! ¿Cuál de vosotros ha tirado sobre el hombre mejor del reino? -¡Yo no! ¡Ni yo!... ¡Ni yo! -exclamaron, a la vez, los cuatro criados de monsieur de Ars. -¡No, no! -dijo el marqués-. Ninguno de estos buenos chicos hubieran hecho una cosa semejante. He visto quién ha sido. ¡Éste! Al decir esto, Bois-Doré, con una destreza, un vigor y una rapidez dignos de sus mejores días, azotaba con su látigo la cara de Sancho, y mientras que el asesino se llevaba las manos a los ojos, le agarró por el cuello de la sobrevesta y, arrancándole de la silla, le arrojó al suelo y fustigó a su caballo, que se desbocó y huyó en dirección de Briantes. En el mismo momento, los cuatro hombres del marqués, violando la consigna que les había dado de esperar sus órdenes, llegaban a toda velocidad con Adamas, a quien la detonación y el galope del caballo desbocado habían causado la más viva inquietud. -¡Ah! ¿Ya estáis aquí? -dijo el marqués a su gente-. Pues bien; recoged este jinete desmontado. Me pertenece, puesto que tengo en esta carretera el «derecho de los bienes mostrencos». Es mi prisionero. Atadle; hay por qué desconfiar de sus manos. XXXI Mientras el colosal carrocero Aristandre ataba las manos a Sancho, aturdido por su caída, y le quitaba sus armas, Alvimar salía por fin del estupor en que le había dejado aquella rápida escena. Durante un momento había pensado en abandonar a la ira de Bois-Doré a su cómplice; pero al ver que trataban tan rudamente al que una vez más demostraba su abnegación por él, un resto de pudor y de orgullo le obligó a protestar. -Señor mío -dijo-, comprendo que estéis irritado contra la estupidez de este anciano, que dormía sobre su caballo, y que, despertado de sopetón, se ha creído atacado por una partida de ladrones. Ciertamente, merece un castigo; pero no ser tratado como prisionero, sometido a vuestro derecho señorial; porque es mío y sólo a mí incumbe castigarle por la injuria que os ha hecho. -¿A esto lo llamáis una injuria, monsieur de Villarreal? -dijo el marqués con tono de desprecio-. Pero tampoco es con vos con quien me las tengo que entender, sino con mi pariente y amigo Guillermo de Ars. -No toleraré ninguna explicación -dijo Alvimar con una rabia calculada - antes de que hayáis devuelto mi servidor, y si lo que buscáis es un combate... -Guillermo, escuchadme -dijo Bois-Doré. -¡No! ¡Nadie os escuchará! -exclamó Alvimar intentando librar su caballo, que Guillermo, colocado entre él y Bois-Doré, retenía para evitar un conflicto-. Monsieur de Ars, soy vuestro amigo y vuestro huésped; me habéis invitado y acogido, me habéis prometido ayuda y lealtad en toda ocasión; no me dejaréis injuriar ni aun por una persona de vuestra familia. En este caso, ¿no es a mí a quien debéis auxilio y justicia, aunque fuese en contra de vuestro propio hermano? -Lo sé -contestó Guillermo-, y así será. Pero tranquilizaos y dejad hablar a Bois-Doré. Le conozco lo bastante para estar seguro de su cortesía hacia vos y de su generosidad hacia vuestro criado. Dejad que pase un momento de ira; es la primera vez que le veo tan enojado, y, a pesar de tener motivo para ello, estoy seguro de apaciguarle. Vaya, vaya, amigo mío, estad tranquilo; vos también estáis encolerizado; pero sois el más joven y mi primo es el ofendido. Os confieso que si hubiese sufrido la menor herida, yo hubiera matado a vuestro criado en el acto, aunque luego os hubiera tenido que dar razón de ello. -Pero, ¡qué diablo, señor! - exclamó Alvimar, siempre con la esperanza de evitar la explicación con una disputa, y, en caso necesario, con una lucha-. ¿Podréis decirme cuál es la falta de mi servidor? ¿Qué significa el capricho del señor marqués, pasando junto a nosotros sin darse a conocer y viniendo a atravesarse en nuestro camino, exponiéndose a ser tomado por un loco? ¿Y vos mismo, no habéis empuñado vuestra pistola para gritarle: Quién vive? -Es verdad; pero yo no hubiera disparado sin esperar la contestación, ni creo que vos tampoco lo hubierais hecho, y no podríais defender el acto estúpido o malo de vuestro criado. Vaya, sosegaos. Si queréis que yo arregle el asunto a vuestro honor y satisfacción, no me quitéis los medios con vuestra violencia. Mientras Alvimar seguía discutiendo con aspereza y el marqués esperando con mucha tranquilidad, Adamas, preocupado por el desenlace del asunto, y obrando por su cuenta, había hablado con las gentes de Guillermo. Les había dicho todo lo que sabía, y ellos le habían jurado que, en el caso de que monsieur de Ars se viera obligado a ordenarles que defendiesen a Alvimar en contra de la escolta de Bois-Doré, harían una lucha simulada, y, entretanto, dejarían a quien correspondía la misión de hacer justicia a los asesinos. Todos aquellos criados, aunque de distintos señores, eran parientes o amigos y no tenían ningún deseo de cambiar golpes por el amor de un forastero culpable o sospechoso. El tiempo que Alvimar esperaba ganar con su resistencia se volvía fatalmente contra él, y cuando Guillermo, impacientado e indignado por su obstinación, le volvió la espalda para explicarse con el marqués, se vio rodeado por la escolta de este último, sin que la de Guillermo pusiese la menor oposición. Entonces su inquietud fue grande y miró en torno suyo, calculando las pocas probabilidades de huir que tenía, sin dejar en la tentativa el honor la vida. Pero renació su esperanza al oír que Guillermo, quien Bois-Doré acababa de contar sus agravios en pocas palabras, se empeñaba en creer que había sido víctima de falsas apariencias. -¿Monsieur de Villarreal? -contestó el marqués-. Esto es imposible, y para creerlo ya, tendría que haberlo visto con mis propios ojos. Y como vos no lo habéis visto y debéis ser víctima de falsos relatos, permitidme que defienda el honor de este hidalgo y, a pesar del respeto que tengo por vos, no contad, señor y querido primo, con que os deje insultar y maltratar sin pruebas a un amigo que se ha confiado a mi guardia. Además, no tenéis derecho para hacerlo, porque todo hidalgo depende de la justicia del rey. Os suplico que soseguéis vuestros ánimos exaltados y que me dejéis volver a mi casa, adonde sabéis que me corre prisa el llegar. -Mis ánimos no están exaltados -contestó Bois-Doré elevando la voz con una dignidad que Guillermo no sospechaba-; esperaba vuestra réplica, mi querido primo y amigo. En vuestro lugar, yo hubiera hecho lo mismo, y no os censuro en nada. Como había pensado que vuestra conducta sería tal cual es, he resuelto conformar la mía a la consideración que os debo, y por eso es por lo que me veis a la mitad del camino de nuestras moradas respectivas y sobre un terreno neutral y comunal. Tengo algunos derechos sobre esta carretera; pero a tres pasos del ribazo, entre estas viejas rocas el terreno no es ni de vuestro dominio ni del mío. Sabed, pues, que estoy resuelto a batirme a muerte en este lugar, frente a frente con este traidor, que no puede negarse a combatir, puesto que intencionadamente le he ofendido y provocado en la persona de su lacayo, y porque en este momento le provoco y le insulto, afirmando ante Dios, ante vos y ante los hombres honrados que nos acompañan, que es un asesino infame. No creo que toméis a mal lo que hago; porque os ruego os fijéis en que mientras vos y él habéis estado en mi casa, he dominado mi justa ira y he cumplido con la palabra que os di de ser para él un huésped perfecto; y os ruego os fijéis también en que me las he arreglado para que nos encontremos en pleno campo, a fin de no tener que violar vuestro domicilio, porque por nada en el mundo hubiera yo querido poneros en el trance de auxiliar a ese traidor. En fin, mi querido primo, os ruego consideréis que os hago el mayor de los sacrificios, y es que, en lugar de matarle, molido a palos por mis criados, según merece, condesciendo, yo, noble y digno de serlo, en batirme con un asesino de la especie más vil. A no haber sido por la amistad con que le honráis, le hubiera encerrado en alguna mazmorra; pero como quiero respetaros hasta en el error en que estáis, renuncio a todo privilegio para combatir con él, el infame, el degradado, con las armas del honor. He dicho, y ya no podéis oponer nada. -¡Ciertamente! -exclamó Guillermo, conmovido por la nobleza de alma del anciano-. No puede darse una conducta más leal que la vuestra, mi querido primo, y, dadas las sospechas que tenéis, demostráis una generosidad poco común. Pero como tales sospechas no tienen fundamento... -No son sospechas -repuso el marqués-, y ya no se trata de eso, puesto que no queréis escuchar; yo provoco en duelo a uno de vuestros amigos y supongo que no consideraríais como tal a un hombre capaz de retroceder. -¡No, por cierto! -exclamó Guillermo-. Pero yo no consentiré que tenga lugar un duelo que no conviene a vuestra edad. Antes me batiré par vos. ¿Queréis admitir mi palabra? Os la doy de vengar yo mismo la muerte de vuestro hermano, si lográis demostrar indiscutiblemente que monsieur de Villarreal la ha causado cobarde y malamente. Esperad a mañana y yo me hago el justiciero de vuestra familia, como es mi deber para con vos. El gesto de Guillermo era digno de la generosidad del marqués; pero al aludir a su edad, el joven le había ofendido singularmente. -Guillermo -dijo, volviendo a la puerilidad de su manía, que contrastaba de un modo tan extrano con la magnanimidad de sus instintos-, me tomáis por algún viejo señor Pantaleone, con la tizona oxidada y la mano temblorosa; os ruego recordéis que las atenciones que tengo para vos no merecen la injuria que me hacéis al proponenne vengar, en mi lugar, la odiosa muerte de mi hermano adorado. Vamos; me parece que ya se ha hablado bastante y estoy al cabo de mi paciencia. ¡Vuestro monsieur de Villarreal tiene más que yo, puesto que escucha todo esto sin decir esta boca es mía! Guillermo vio que las cosas estaban en estado tal que todo arreglo era ya imposible, y considerando él también que la paciencia de Alvimar era excesiva, se volvió hacia él y le dijo con cierta viveza: -Vamos, amigo mío, contestad algo; no digo que contestéis a este desafío insensato; pero sí a una acusación, que no podéis merecer. Durante el debate, Alvimar había reflexionado. Desde aquel momento afectó una calma desdeñosa e irónica. -Acepto el desafío, señor -contestó-, y no creo tener gran mérito al hacerlo, puesto que, según sabéis, soy muy diestro en el manejo de todas las armas. En cuanto a la acusación, es tan ridícula y tan injusta, que espero, para rechazarla, a que vos mismo me la expliquéis; porque todavía no sé lo que el marqués os ha dicho de mí al hablaros aparte, y deseo que lo repita en alta voz. -Consiento en ello, y no seré muy extenso -repuso Bois-Doré-. He dicho que sois un bandido, un asesino y un ladrón. ¿Queréis que diga algo más? Yo no encuentro contra vos nada peor que la verdad. -Me estáis diciendo singulares amabilidades, señor marqués -contestó fríamente el español-. Ya en vuestra casa me habíais obsequiado con una historia lúgubre, en la que os ha parecido bien atribuirme la muerte de vuestro señor hermano. Ya os he dicho que lo ignoraba; lo único que sé es que he mandado matar por mi criado a un hombre vestido de buhonero que raptaba a una dama de quien, como sabéis, tomé la defensa y vengué el honor. -¡Ah! ¡Ah! -exclamó el marqués-. ¿Ahora es éste vuestro sistema de defensa? La que huía con mi hermano iba raptada y ya no os acordáis haberme dicho que era vuestra... -Más bajo, señor, os lo suplico. Si monsieur de Ars quiere escucharme a dos pasos de aquí, yo le diré quién era aquella mujer, de no ser que querais ultrajar y manchar su nombre delante de vuestros lacayos. -¡Mis lacayos valen más que los vuestros, señor! ¡Pero no importa! Consiento y aun tengo interés en que digáis vuestro secreto a monsieur de Ars, pero ha de ser delante de mí. Los tres se alejaron del grupo y el marqués fue el primero en hablar. -Vamos -dijo-, explicaos. Alegáis en vuestra defensa que aquella dama era hermana vuestra. -¿Y vos, señor -repuso Alvimar-, pretendéis ahora desahogar vuestro furor fantástico dándome un nuevo mentís? -No, señor. Os pregunto el nombre de vuestra hermana, porque no creo que os llaméis Villarreal. -¿Y por qué no, señor? -Porque ahora lo sé. Atreveos a negarlo delante de monsieur de Ars, a quien también engañáis con un nombre supuesto. -De ninguna manera -dijo Guillermo-. El señor se oculta bajo uno de los apellidos de su familia, y el suyo le conozco muy bien. -Entonces, mi querido primo, que lo diga, y juro que si es el nombre verdadero de mi difunta cuñada, me retiro de aquí, dándoos a los dos todas mis excusas. -Yo -dijo Alvimar- me niego a decirlo. Creía que entre hidalgos bastaba con la palabra; pero me insultáis sin tregua ni prudencia. Queréis un duelo y se cumplirá vuestro deseo. -¡No! ¡Cien veces no! -exclamó Guillermo-. Y puesto que lo único que necesita el marqués para retirarse tranquilamente es saber vuestro nombre, yo... -Os suplico no olvidéis -prosiguió Alvimar -que me exponéis... -No; mi primo es demasiado caballero para entregaros a vuestros enemigos. Sabed, marqués, y pongo esto bajo la salvaguardia de vuestro honor, que este señor se llama Sciarra de Alvimar. -¡Ah, sí! -contestó el marqués con ironía-. ¿Entonces el señor tiene las mismas iniciales que la marca de fábrica de Salamanca? -¿Qué queréis decir? -Nada; subrayo una nueva mentira de este señor. Pero ésta es tan insignificante al lado de las otras... -¿Qué otras? ¡Vamos, marqués, sois demasiado obstinado! -Permitid, Guillermo -dijo Alvimar afectando siempre el mismo desdén-. Todo esto tiene que terminar con la espada. Así acabaremos antes. -Pues yo -dijo el marqués- ya no tengo tanta prisa. Tengo que saber el nombre y el apellido de la hermana de monsieur de Villarreal, de Sciarra de Alvimar. Ya sé que los españoles tienen muchos hombres; pero con sólo que me diga el verdadero y principal que usaba aquella dama... -Si lo conocéis -contestó Alvimar-, vuestra insistencia para hacérmelo decir es un nuevo ultraje. -¡Pero, Alvimar, no lo toméis así! -exclamó Guillermo impacientado-. Poned algo de vuestra parte; de no ser que queráis hacernos pasar la noche aquí. -Dejad, Guillermo -dijo el marqués-, yo diré este nombre misterioso. La supuesta hermana de monsieur de Villarreal se llamaba Julia de Sandoval. -¿Y por qué no, señor? -dijo Alvimar, aprovechando rápidamente lo que creyó ser una insigne torpeza del anciano-. Yo no quería decir su nombre. No me convenía; creía que lo ignorabais, y puesto que me habéis mentido, a pesar de censurar tanto las mentiras de los demás, sabed que Julia de Sandoval era hija de mi madre y había nacido de un primer enlace. -Entonces, señor -repuso Bois-Doré descubriéndose-, estoy dispuesto a retirarme y hasta a arrepentirme por mi violencia, si consentís en jurarme por vuestro honor que reconocisteis a vuestra hermana Julia de Sandoval, bajo su velo, en el coche de mi hermano, en la hostería de... -Os lo juro, por satisfaceros. En aquella hostería la había visto también sin velo. -Y por tercera vez..., perdonad mi insistencia, ¡es mi deber por tratarse de mi hermano! Por tercera vez, ¿Julia de Sandoval era realmente vuestra hermana? El anillo que llevaba en el dedo, que ahora llevo yo en el mío y en el que está grabado este nombre con todas sus letras, ¿era realmente su anillo? ¿Lo juráis? -¡Lo juro! ¿Estáis satisfecho? -¡Esperad! En el engarce de esta sortija hay un blasón: campo de azur con casco de oro. ¿Son éstas las armas de los Sandoval de vuestra familia? -Sí, señor, precisamente. -Entonces, señor -dijo Bois-Doré cubriéndose de nuevo-, declaro una vez más que habéis mentido como un imprudente y un cobarde, porque me he burlado de vos. El anillo de vuestra supuesta hermana lleva el nombre de María de Mérida, y sus armas son de sinople con cruz de plata. Os lo puedo probar. XXXII Las palabras del marqués hicieron vacilar la convicción de Guillermo; pero Alvimar no necesitaba mucho para reflexionar. Aunque la luna hubiera brillado mucho, no hubiera sido posible distinguir las letras menudas y las armas microscópicas grabadas en la sortija, y en aquella época no se tenía, como hoy, cerillas dispuestas en el bolsillo. Por lo tanto, era necesario aplazar el examen de la prueba. No se trataba para el criminal de evitar, sino, por el contrario, de provocar un duelo. Lo que temía era que le negasen el honor de esta posible salvación y que le hiciesen prisionero del marqués o del prebostazgo. Precipitadamente atrajo a Guillermo a un lado y le dijo, echándose a reír: -Estoy vencido. He querido ser complaciente, como lo exigíais, para acabar y libertaros de este viejo lunático. Ha dicho todo lo que ha querido decir, y ahora su fantasía toma otro vuelo que yo no puedo seguir. Yo tengo la culpa de todo. Debí haberos contado al salir de su casa que desde hace dos días está loco, y la prueba es que ayer ha ido, como os lo podrán decir, a pedir la mano de madame de Beuvre, y que hoy mismo ha inventado sobre la muerte de su hermano las novelas más extrañas, tomando por asesinos unas veces a mí, otras a su mudo y otras a su perrito. Para evitar batirme con él he tenido que inventar unas cuentos, siguiéndole la corriente; pero no se ha sosegado más que a vuestra llegada. -¿Por qué no me habéis dicho todo esto? -exclamó Guillermo. -No he querido quejarme de las molestias que he tenido en su casa; hubierais creído que os reprochaba el haberme dejado en ella. Ahora no me queda más que un medio para acabar. Dejadme que me bata con él. -¿Con un anciano demente? No puedo consentirlo. -Vamos, Guillermo -exclamó Bois-Doré impacientado-. ¿Queréis dejarme ahora vengar mi ofensa, o es que para animar al señor Alvimar tendré que hacer el honor de abofetearle? -Somos con vos, señor- contestó Alvimar alzando los hombros-. Vamos, amigo mío -añadió dirigiéndose a Guillermo en voz baja-, ya veis que es necesario. No tengáis miedo. No tardaré en dominar a este viejo fantoche, y os prometo hacer saltar su espada tantas veces como queráis. Me comprometo a fatigarle bastante para que necesite irse pronto a acostar, y mañana nos reiremos de la aventura. Al verle tan alegre Guillermo se tranquilizó. -Me complace el veros en tan buenas disposiciones -le dijo en voz baja-, y os advierto que si tomaseis el duelo en serio con este anciano, no haríais ningún acto de valor y me causaríais mucha pena. Le creo loco; pero es una razón de más para que no uséis de vuestra superioridad. Limitaos únicamente a proporcionarle unas agujetas. Sin embargo, Guillermo sabía que Bois-Doré era un gran esgrimidor, pero empleaba un método anticuado que los jóvenes desdeñaban; también sabía que si el marqués tenía todavía la muñeca flexible, no tenía ya las piernas bastante firmes para resistir durante más de dos o tres minutos. Además, Guillermo sabía lo mucho que valía Alvimar en la materia, y no cesó de exhortarle encarecidamente a la generosidad. Los combatientes pusieron pie en tierra; los criados siguieron guardando los caballos y al prisionero Sancho, al que Guillermo dio orden de no dejar en libertad antes de que terminase el combate por si alguna intervención imprevista complicaba la situación. Sancho hubiera deseado estar libre; como no retrocedía ante ninguna resolución extrema, comprendía que hubiera podido ser otra vez útil a su amo; pero era demasiado orgulloso para quejarse y protestar; permaneció estoico e impasible bajo la vigilancia de las gentes de Bois-Doré. Mientras que Guillermo buscaba con los dos combatientes un lugar apropiado entre la carretera y las rocas, Adamas y Aristandre discutían acaloradamente en voz baja. Aristandre estaba desesperado; Adamas tenía fiebre; pero no le cabía en la cabeza la idea de que su amo pudiese ser víctima de su magnanimidad. Se aturdía con su confianza en la fuerza y la habilidad del marqués. -¿Por qué tiemblas como un niño? -decía al carrocero-. ¿No sabes tú que el señor se tragaría treinta y seis mequetrefes como este español? Sólo una traición podría vencer a un hombre tan valiente; pero el granuja de Sancho está bien guardado, y nosotros lo vigilamos todo. ¿No soy yo testigo? El señor lo ha dicho; ya lo has oído. Somos dos buenos testigos, y no consentiremos que se de un paso ni se haga un gesto que no esté en las reglas. -¡Pero ni tú ni yo conocemos las reglas de combate de los hidalgos! Mira: me están dando ganas de subir allí arriba sin que me vean, y si veo que el español tiene demasiadas probabilidades de vencer, arrojarle uno de esos pedruscos. -Si yo tuviera la seguridad de que no aplastarías al señor al mismo tiempo que a su enemigo, no te lo impediría; ni tampoco me creería criminal por meterle dos balas en la cabeza si yo no fuera testigo. Pero mi amo me llama; puedes estar tranquilo; todo marchará bien. Entretanto el terreno había sido elegido; era bastante espacioso e iluminado por la luna. Guillermo midió las espadas, hacía las funciones de testigo imparcial para los dos combatientes, que habían jurado confiar en él, porque Adamas no podía ser más que un testigo de fórmula. El combate empezó. Adamas, a pesar de su fe y de su entusiasmo, sintió un escalofrío; se quedó mudo con la boca abierta y los ojos fuera de las órbitas; no se daba cuenta de que el sudor y las lágrimas corrían por su faz grotesca y enternecedora. Guillermo también se había esforzado en persuadirse de que nada funesto había de resultar de aquel extraño asunto. Pero cuando el combate empezó sintió derrumbarse su confianza y se reprochó el no haber conseguido impedir a toda costa un duelo que desde un principio amenazaba tener malos resultados. Alvimar había prometido dominar a su adversario y perdonarle la vida. Pero por la expresión de su rostro, que la luz de la luna permitía distinguir, Guillermo veía que la ira y el odio se revelaban con una energía creciente, y su juego, seco y apretado, no anunciaba la menor intención prudente o generosa. Afortunadamente, el marqués estaba todavía tranquilo y se mantenía a la defensiva con más vigor y flexibilidad de lo que se hubiera podido esperar de él. Guillermo no podía decir nada, y se limitó a toser dos o tres veces para advertir a Alvimar que se moderase sin despertar la susceptibilidad del marqués, quien, si hubiera creído que no era tomado en serio, hubiera acaso perdido la seguridad. Pero el combate era serio. Alvimar veía que su adversario era menos fuerte que él en teoría, pero en la práctica se sentía preocupado e inferior en aquella ocasión. Representaba un papel bastante difícil: quería matar al marqués, pero aparentar que le mataba involuntariamente. Insistía en la postura defensiva para que el marqués se ensartase él mismo; pero Bois-Doré parecía adivinar su intención, y se batía con prudencia. El combate se prolongaba sin resultado. Guillermo quiso intervenir para suspenderlo. No tuvo tiempo: los dos adversarios habían caído el uno encima del otro. Un tercer combatiente se precipitó entre ellos, a riesgo de ser herido; era Adamas que, perdida la cabeza y no sabiendo de qué lado estaba la ventaja, se arrojaba, sin armas ni defensa, en la batalla. Guillermo le rechazó rápidamente, y vio al marqués de rodillas sobre el vientre de Alvimar. -¡Favor! -exclamó-. ¡Favor para quien os lo hubiera concedido! -Ya es tarde -contestó el marqués levantándose-. Justicia está hecha. Alvimar estaba clavado en tierra por la tizona del marqués; había dejado de existir. Adamas había perdido el conocimiento. Al oír los gritos de favor, los dos hombres de Bois-Doré habían acudido. El marqués, jadeante y extenuado, se apoyó contra la roca. Pero no flaqueó, y cuando la luna salió tras de la nube se puso de nuevo en pie para mirar y tocar el cadáver. -Está bien muerto -le dijo Guillermo en tono de reproche-. Me habéis matado a un amigo, señor, y no os puedo felicitar, porque vuestras sospechas eran forzosamente injustas. -Os probaré que no lo eran, Guillermo -contestó Bois-Doré con una dignidad que de nuevo conmovió la convicción de su pariente-. Hasta entonces suspended vuestro resentimiento contra mí y vuestro dolor por ese mal hombre. Cuando sepáis la verdad, acaso os reprochéis de haberme forzado a exponer mi vida para acabar con la suya. -¿Y ahora qué haremos con este desgraciado? -preguntó Guillermo abatido y consternado. -No consentiré que tengáis disgustos por mi culpa -contestó Bois-Doré-. Mis criados lo van a llevar al convento de los carmelitas de La Châtre, que le darán sepultura como lo entiendan. No pretendo ocultar a nadie lo que hemos hecho, tanto más cuanto que todavía tengo por castigar al otro asesino. Pero no podría hacer con sangre fría una labor tan desagradable, y quiero entregarlo al teniente del prebostazgo para que su castigo sea ejemplar. Adamas, tú vas a conducirme. ¿Pero dónde está mi fiel Adamas? -¡Ay, señor! -contestó Adamas con una voz cavernosa-. Estoy aquí, a vuestros pies, y muy enfermo. Por un momento os he creído muerto, y creo que lo he estado de veras durante un cuarto de hora. No me enviéis a ningún lado; ya no tengo piernas y la cabeza me da vueltas como una rueda de molino. -Entonces, mi pobre amigo, si no sirves ya para nada, enviaremos a otro. Bien te había yo dicho que ya no tienes edad para soportar estas emociones. El marqués volvió junto a los caballos mientras que sus criados y los de Guillermo levantaban el cadáver y le envolvían en una capa; pero cuando buscaron al prisionero, no lo encontraron. No habían tenido la precaución de atarle las piernas. Durante un momento de desorden y confusión, los criados, preocupados por el desenlace del combate, habían abandonado los caballos; sólo dos hombres habían quedado al cuidado de ellos. El prisionero, aprovechando un descuido, se había dado a la fuga, ocultándose en algún lugar de la torrentera. -No os preocupéis, señor marqués -dijo Arisandre a Bois-Doré-. Un hombre con las manos atadas no puede correr mucho ni esconderse muy bien; os respondo de alcanzarle. Volver a vuestra casa y descansad, que bien lo necesitáis. -No -dijo el marqués-; tengo que volver a ver a ese asesino; que dos hombres le busquen mientras yo voy con otros dos a acompañar a monsieur de Ars al convento de los carmelitas. Colocaron a Alvimar sobre el caballo, y los criados de Guillermo ayudaron a los de Bois-Doré a transportarle. El marqués se adelantó con Guillermo para que abrieran las puertas de la ciudad en caso recesario, pues eran ya cerca de las diez. En el camino, el marqués dio a su joven pariente datos tan precisos sobre la muerte de su hermano, el descubrimiento de su sobrino, la particularidad del cuchillo catalán, la confesión que la ira había arrancado al culpable, y, en fin, sobre la prueba de la sortija abierta, que Guillermo tuvo que desistir de defender el honor de su amigo. Confesó que, en suma, le conocía muy poco, que había hecho amistad con él a la ligera y que en Bourges había sabido, acerca del duelo, causa de que el hidalgo anduviese huido, ciertos detalles poco honorables si eran verdaderos. Decían que Sciarra Martinengo había sido herido contra todas las leyes del honor, en un momento en que solicitaba que se suspendiese al combate porque su espada se había roto. Guillermo no había querido creer tal acusación; pero las revelaciones de Bois-Doré empezaban a hacerle comprender que todo aquello podía ser verdad, y prometió ir a Briantes al día siguiente para ver las pruebas y para trabar conocimiento con el hermoso Mario. - XXXIII - A medida que Guillermo se iba convenciendo de la culpabilidad de Alvimar volvía a ser expansivo y afectuoso con el marqués, tanto por un sentimiento de equidad natural como por su facilidad innata para entregarse a su última impresión. -¡A fe mía -dijo cuando estuvieron cerca de la ciudad- que habéis obrado como un valiente y la estocada que le habéis dado clavándole en tierra es de lo más hermoso que he conocido! Nunca vi otra igual, y cuando me demostréis que el pobre Sciarra era tan canalla como decís, me alegraré de haber asistido a tal hazaña. Si hubiera tenido menos pena, os hubiera felicitado. Pero me cause sentimiento o satisfacción esta muerte, confieso que sois una buena espada y quisiera ser en esto tan fuerte como vos. Nuestros jinetes se encontraban ya sobre el puente de los Scabinats (hoy Cabignats) y se dirigían hacia la salida del rebellín, cuando Adamas, que había recobrado sus ánimos y reflexionado detenidamente, se acercó a ellos, rogándoles que le escuchasen. -¿No creéis, señores míos -les dijo -que la entrada de este cadáver en la ciudad va a armar mucho ruido? -¡Y qué! -dijo el marqués-. ¿Crees tú que yo quiero ocultar que he vengado mi honor y la muerte de mi hermano? -Sí, señor; debéis vanagloriaros como de una hermosa hazaña, pero solamente cuando el cuerpo esté bajo tierra; porque en estas pequeñas localidades se hace mucho ruido por poca cosa, y el espectáculo de un hidalgo traído en esta forma sobre su caballo va a hacer abrir desmesuradamente los ojos a los burgueses de La Châtre. Tenéis enemigos, señor, y a estas horas monseñor de Condé es un católico muy ardiente. Si la gente se entera de que este español estaba cubierto de reliquias y de rosarios y que se había confesado con monsieur Poulain, cuya ama hablaba de él en la aldea de Briantes como de un cristiano perfecto... -¡Vaya! ¿Qué quieres decir con tus comadreos, mi querido Adamas? -dijo el marqués con impaciencia. Guillermo tomó la palabra. -Querido primo, Adamas tiene razón. Nadie respeta las leyes contra el duelo; pero las gentes malintencionadas las pueden invocar. Ese Alvimar tenía en París algunos amigos poderosos; relatos malintencionados pueden en algún momento perjudicarnos a vos y a mí; sobre todo a vos, que no tenéis fama de católico muy sincero. Creedme; no entremos en la ciudad, y pensemos en los medios de deshacernos de este muerto. Vos estáis seguro de vuestros criados; yo respondo de los míos. No tengamos confidentes entre la gente de Iglesia y los burgueses de provincia, que todos tienen en este país muy mala lengua contra los que han combatido la Liga y servido al difunto rey. -Hay algo de verdad en lo que decís -contestó Bois-Doré-; pero me repugna atar una piedra al cuello de un muerto y arrojarle al agua como un perro. -¡Pues sí, señor! -dijo Adamas-; este hombre no merecía otra cosa. -Es verdad, amigo mío; así lo pensaba yo hace una hora; pero contra un cadáver no siento odio. -Pues bien, señor -repuso Adamas-; se me ocurre una idea que lo arregla todo. Si volviésemos sobre nuestros pasos, encontraríamos a poca distancia de aquí, junto al prado Chambon, la casa de la jardinera. -¿Quién? ¿María la Zancuda? -Os es muy fiel, señor, y dícese que no fue siempre fea y picada de viruelas. -Vamos, vamos, Adamas; no es hora de bromear. -No bromeo, señor, y estoy seguro de que ella guardaría bien el secreto. -¿Y quieres que nos presentemos en su casa con un cadáver? ¡Se moriría de miedo! -No, señor; porque no está sola. Juraría que encontraremos en su casa a un buen carmelita que dará sepultura muy cristianamente al español en el vallado de la jardinera. -Sois demasiado hugonote, Adamas -dijo monsieur de Ars-. Los carmelitas no son tan libertinos como creéis. -No digo nada malo de ellos, señor mío; hablo de uno solo, a quien conozco y que no tiene de monje más que el hábito y los «padrenuestros». Es Juan el Cojo, que ha servido al señor marqués en la guerra, y a quien el señor marqués hizo entrar en el convento en calidad de fraile oblato. -A fe mía que el consejo es bueno -dijo el marqués-; Juan el Cojo es un hombre seguro, y ha visto tantos rostros lívidos vueltos hacia la tierra en los campos de batalla, que no se asustará del encargo que le vamos a dar. -Entonces apresurémonos -dijo monsieur de Ars-, porque ya sabéis que mi intendente se está muriendo y quisiera verle, si todavía es tiempo. -Podéis marcharos -dijo el marqués-; ocupaos de vuestros asuntos; de éste me encargo yo. Se estrecharon la mano. Guillermo se reunió con su gente y tomó el camino de su castillo; el marqués y Adamas se detuvieron en casa de la Zancuda, donde Juan el Cojo se hallaba, efectivamente, y recibió con efusión a su protector, a quien él llamaba su capitán. Sabido es que el fraile oblato era un militar herido en el servicio del rey o del señor de la provincia, y del que el convento tenía la obligación de encargarse. Casi todas las Cofradías religiosas debían admitir y mantener aquellos despojos de los horrores de la guerra, a veces demasiado libertinos para los piadosos frailes, a veces mucho menos depravados que los mismos monjes. Fuesen como fuesen los carmelitas de La Châtre, cuya historia no tiene por qué importarnos, el caso es que el hermano seglar Juan el Cojo se sujetaba muy poco a las reglas del convento, y si no faltaba a la hora de la pitanza faltaba a la de acostarse. Mientras que el marqués le explicaba lo que solicitaba de su fidelidad y su discreción, Adamas hacía introducir el cadáver en la casita aislada. Un cuarto de hora más tarde, Bois-Doré y su gente volvían a pasar por el camino de la Rochaille. Encontraron a Aristandre y a sus camaradas muy contrariados por no haber logrado descubrir el paradero de Sancho. -Y bien, señor -dijo Adamas-, acaso sea que lo dispone así Dios. Ese criminal se guardará mucho de presentarse en un país donde sabe que se le conoce y hubiera constituido para vos un trastorno más. -Confieso que me agradan poco las ejecuciones -contestó el marqués-, y no hubiera presenciado ésta. Al entregarle al prebostazgo, hubiera tenido que decir lo que he hecho con el amo, y puesto que por el momento debemos callarnos, más vale que las cosas pasen así. Creo que la muerte de mi querido Florimond está suficientemente vengada, aunque la morisca no haya visto si fue el amo o el criado el que infirió el golpe que puso fin a su pobre vida. Pero en esta clase de asuntos, Adamas, el más culpable, y acaso el único, es el que dirige. A veces el criado cree que es su deber obedecer una mala orden, y éste no obró por su cuenta ni se aprovechó de los despojos de mi hermano, puesto que siguió siendo criado como antes. Adamas no compartía la indulgencia que sentía el marqués después de su enérgico acto. Odiaba a Sancho aún más que a Alvimar por su altivez para con sus iguales y por su reserva, de la que no le había podido sacar. Le creía muy capaz de haber aconsejado y ejecutado el crimen; pero le apenaba tanto el ver al marqués preocupado, que contribuyó a ilusionarle sobre la escasa importancia de la captura, a la que se veía obligado a renunciar. Cuando llegaron a la puerta del castillo de Briantes oyeron las pisadas irregulares de un caballo en libertad. Era el de Sancho, que había vuelto al albergue y que al ver el de Alvimar conducido por la rienda cambió con él un relincho lasitimero y casi lúgubre. -Estos pobres animales sienten, según dicen, las desgracias de sus amos -dijo el marqués a Adamas-; son listos y buenos; no haré matar a éstos, pero no quiero en mi casa nada de lo que ha pertenecido al tal Alvimar; y como el provecho de sus despojos mancharía nuestras manos, quiero que la próxima noche se conduzcan estos caballos a diez o doce leguas de aquí y los pongan en libertad. Los aprovechará quien quiera. -Y así -contestó Adamas- nadie sabrá de dónde vienen. Podéis confiar esta misión a Aristandre. No caerá en la tentación de venderlos para su provecho, y si me creéís debe ponerse en camino ahora mismo, antes de que los caballos franqueen la puerta. Es inútil que mañana los vean en vuestras caballerizas. -Haz lo que quieras, Adamas -contestó el marqués-. Me haces pensar que este desdichado debía llevar dinero y yo hubiera debido quitárselo para repartirlo entre los pobres. -Dejad que lo aproveche el hermano oblato, señor -contestó el juicioso Adamas-; cuanto más encuentre en los bolsillos del muerto más seguro está su silencio. Eran las once de la noche cuando el marqués entró en su salón. Jovelin acudió a arrojarse en sus brazos. Su cara expresiva revelaba la angustia y la inquietud que había sufrido. -Mi gran amigo -le dijo Bois-Doré-, os había engañado. Pero regocijaos; ese hombre ha dejado de existir, y vuelvo a mi casa con el corazón aliviado. Mi hijo duerme, sin duda, a estas horas; no le despertemos. Os voy a contar... -El niño no duerme -contestó el mudo con su lápiz-; ha adivinado mis temores; llora, reza y se agita en su cama. -Vamos a tranquilizarle -exclamó Bois-Doré-. Pero antes, amigo mío, mirad si tengo sobre mi traje alguna mancha de aquella sangre traidora. No quiero que este niño conozca el miedo ni el odio a la edad en que no se tiene todavía la serenidad de la fuerza. Lucilio ayudó al marqués a quitarse la capa, el casco y las armas, y cuando llegaron al piso de arriba hallaron a Mario descalzo en el umbral de la puerta de su cuarto. -¡Ah! -exclamó el niño abrazando apasionadamente las piernas de su tío y hablándole con una familiaridad contraria a los usos de la nobleza, que él todavía ignoraba-. ¿Ya estás de vuelta? ¿Di, no te han hecho daño? Creía que ese hombre malo te quería matar, y yo quería que me dejasen correr detrás de ti. He tenido mucha pena, te lo aseguro. Otra vez, cuando vayas a batirte, tendrás que llevarme contigo, puesto que soy tu sobrino. -¡Mi sobrino! ¡Mi sobrino! No basta -dijo el marqués llevándole a su cama-. Quiero ser tu padre. ¿Te desagradaría a ti ser mi hijo? Y a propósito -añadió, agachándose para recibir las caricias de Fleurial, que parecía haber comprendido y compartido las angustias de Jovelin y de Mario-, he aquí un amiguito que ya no me pertenece. Tomadlo, Mario, puesto que tantas ganas teníais de poseerlo; os lo regalo para consolaros de la pena que habéis tenido esta noche. -Sí -dijo Mario dejando a Fleurial en su almohada-; lo acepto con la condición de que sea de los dos y que nos quiera al uno tanto como al otro... Pero dime, padre: ¿ese mal hombre se ha marchado para siempre? -Sí, hijo mío, para siempre. -¿Y el rey le castigará por haber matado a tu hermano? -Sí, hijo mío; se le castigará. -¿Qué le harán? -preguntó Mario pensativo. -Os lo diré otra vez, hijo mío; no penséis más que en la felicidad de vernos reunidos. -¿Ya no me separarán nunca de ti? -¡Nunca! Y dirigiéndose al mudo: -Maese Jovelin -le dijo-, ¿no es una pena cambiar la dulce manera de hablar de este niño, que es para mi oído una música tan melodiosa? Le dejaremos que me tutee en privado, puesto que en su boca esta familiaridad es la del cariño. -¿Es que voy a tener que decirte vos? -preguntó Mario sorprendido. -Sí, hijo mío; al menos delante de la gente. Es la costumbre. -¡Ah! Sí; como se lo decía al señor abate Anjorrant. Pero es que te quiero aún más que a él... -Entonces, ¿me quieres mucho, Mario? ¡Me alegro! ¿Pero cómo es eso? ¡Todavía no me conoces! -Sin embargo, te quiero. -¿Y no sabes por qué? -¡Sí! Te quiero porque te quiero. -Amigo mío -dijo el marqués a Lucilio-, nada hay tan hermoso y amable como la infancia. Habla como deben de hablar los ángeles entre ellos, y sus razones, que no lo son, valen más que toda la sabiduría de los viejos. Instruiréis a este querubín. Formadle un cerebro hermoso y bueno como el vuestro, porque yo soy un ignorante y quiero que sepa más que yo. Han pasado los tiempos de la guerra civil de mi primera juventud, y creo que los nobles deben encaminarse hacia las luces del espíritu. Pero procurad conservarle esta graciosa sencillez que le ha dado el vivir entre pastores. Es verdad que para mí representa al natural los hermosos niños que debían de retozar entre las flores sobre los ribazos encantados del Lignon, el río de las aguas transparentes. El marqués tomó de Adamas un cordial para reponerse de las fatigas de la noche, y luego se acostó y se durmió, considerándose el hombre más feliz del mundo. En aquella época, en que cada cual se hacía justicia a sí mismo, a falta de legalidad regular, y en que la noción del perdón hubiera sido considerada como una debilidad culpable y cobarde, el marqués, aunque tenía excepcionales disposiciones de dulzura, creía haber cumplido con el más sagrado de los deberes, y en esto seguía las ideas y las costumbres de la más sana caballería. Indudablemente en aquel tiempo no se hubiera encontrado un hidalgo entre mil que no se hubiera considerado investido del derecho de hacer perecer en el tormento, o al menos de mandar ahorcar, un culpable como Alvimar, y que no hubiera censurado o ridiculizado el exceso de lealtad novelesca que Bois-Doré había demostrado en el duelo. Bois-Doré lo sabía, pero no se preocupaba. Tenía tres motivos para ser como era: primero, su instinto. Luego, los ejemplos humanitarios de Enrique IV, que fue uno de los primeros de su tiempo en sentir el horror a la sangre vertida sin peligro. Enrique III, mortalmente herido por Santiago Clement, sostenido por la ira y el deseo de venganza, pudo herir a su asesino y gozar viéndole arrojado por la ventana. El primer movimiento de Enrique IV, cuando Chastel le hirió en la cara, había sido el de decir: «Dejad libre a este hombre.» Por último, el código religioso de Bois-Doré eran los hechos y los gestos de los personajes de la Astrée. En este poema ideal no se daba el ejemplo de que un digno caballero vengase el amor, el honor o la amistad, sin exponerse a los mayores peligros. Por eso no debemos reírnos demasiado de la Astrée, y hasta debemos considerar con interés la boga de este libro. En medio de los horrores sangrientos y de las discordias civiles, fue un grito de humanidad, un canto de inocencia, un sueño de virtud elevándose hacia el cielo. XXXIV Cuando el marqués se despertó, su primer pensamiento fue para su heredero, a quien, ateniéndonos al título que prevaleció, llamaremos su hijo. Recordaba confusamente los graves acontecimientos de aquella agitada noche; pero su imaginación veía con lucidez las importantas cuestiones de engalanamiento motivadas la víspera a propósito de su querido Mario. Le llamó para reanudar con él la conversación empezada en el tesoro. Pero no recibió contestación, y ya empezaba a inquietarse cuando el niño, despierto y levantado antes del alba, acudió, impregnado del olor fresco de la mañana, a arrojarse en sus brazos. -¿Y de dónde venís tan temprano, mi excelente amigo? -le preguntó el anciano. -Padre -contestó Mario alegremente-, vengo del cuarto de Adamas y me ha prohibido que te diga un secreto que tenemos los dos. No me preguntes nada; es una sorpresa que queremos hacerte. -¡Ah! Muy bien, hijo mío. No pregunto nada. Quiero tener la sorpresa. Pero ¿no vamos a desayunar juntos aquí, sobre esta mesita, al lado de mi cama? -¡Oh! No tengo tiempo, papaíto; tengo que ir con Adamas; él te ruega que vuelvas a dormirte una hora, si no quieres echarlo todo a perder. El marqués hizo cuanto pudo para volverse a dormir; pero todo fue en vano. Estaba muy preocupado. Madame de Beuvre iba a venir temprano con su padre; Guillermo también, en el caso de que su intendente se hallase mejor. ¿Estaba la cena convenientemente dispuesta? ¿Se podría presentar a Mario a una dama con su traje de pastor de las montañas? ¡Y el pobre niño no sabía siquiera saludar, besar la mano y decir tres palabras de cortesía! Su encanto y su gracia, ¿no serían ridiculizados y despreciados por aquellos a quienes no les cegaba el cariño? Además nada estaba preparado como era debido para la caza. Había tenido demasiadas emociones y preocupaciones para pensar en ello. «Si Adamas estuviera conmigo, él que es tan dispuesto, me consolaría», pensaba el marqués. Pero tenía tal condescendencia por su fiel servidor, que si Adamas se lo hubiera exigido hubiera fingido dormir el día entero. Se quedó en la cama hasta las nueve sin que viniese nadie en su ayuda; pero entonces empezó a sentir hambre e inquietud. «¿En qué piensa Adamas? -se preguntó decidiéndose a levantarse solo-. Mis convidados van a llegar. ¿Es que quiere que me sorprendan en bata y esta cara lívida?» Al fin, Adamas entró. -¡Ah! ¡Señor, tranquilizaos! -exclamó-. ¿Es que creéis que yo soy capaz de olvidaros? No hay por qué apresurarse. No vendrá nadie antes de las dos de la tarde. Madame de Beuvre acaba de avisármelo. -¿A ti, Adamas? -Sí, señor, a mí; porque se me ha ocurrido enviarle un mensajero para comunicarle que tenéis que darle una gran sorpresa, pero que nada está preparado todavía. He tomado toda la responsabilidad de la falta y le he suplicado humildemente que no llegase antes de la hora que os he dicho, añadiendo que queríais que se quedase a pasar la noche aquí con su señor padre y que la caza tendrá lugar mañana. -¿Qué has hecho, desdichado? Habrá creído que estoy loco o que soy descortés. -No, señor; lo ha tomado muy bien, diciendo que de vuestra parte todo era prueba de juicio o de galantería. -Entonces, amigo mío, debemos preocuparnos de... -De nada, señor, de nada; os lo suplico. Bastante habéis hecho trabajar vuestro cerebro y vuestra espada esta noche. ¿Con qué fin Dios hubiera traído al pobre Adamas a este mundo de no ser para ahorraros la preocupación de los detalles fáciles? -¡Ay! Amigo mío, no será fácil, ni aun posible, hacer en tan poco tiempo que mi heredero esté presentable. -¿Creéis eso, señor? -dijo Adamas con una indescriptible sonrisa de satisfacción-. ¡Quisiera yo ver que una cosa que deseáis no fuese posible! Sí, verdaderamente quisiera yo verlo. Pero permitid, señor, que os pregunte como debo mandar que se anuncie a vuestro heredero cuando haga su entrada en el salón. -Esto es muy grave, amigo mío; ya he pensado en el nombre y en el título que corresponden a este querido niño. Su padre no era noble ni el mío tampoco; pero como quiero dejarle la sucesión de mi título, así como de más bienes, mediante un acta, y, si es necesario, el permiso del rey, me parece que puedo, por anticipado, calificarle como si fuera mi propio hijo. De modo que en mi casa hay que llamarle señor conde. -¡Sin duda alguna, señor! Pero ¿y el nombre? ¿Queréis llamar Bouron sencillamente a un niño que tanto merece llevar un nombre más ilustre? -Sabed, Adamas, que no me avergüenzo del nombre de mi padre, y que este nombre, llevado por mi hermano, me será siempre querido. Pero como tengo aun más cariño al que me dio mi rey, quiero que Mario lo lleve igualmente y que sea un Bouron de Bois-Doré, y esto, por costumbre o por abreviar, acabará siendo Bois-Doré solamente. -¡Eso es lo que yo quería decir! Vamos, señor, vestíos y comed aquí, en vuestro cuarto, con el niño, porque la sala de abajo está en manos de mis decoradores; luego os haré vuestro tocado. Pero hoy tendréis que poneros el traje que yo os diga. -Haz lo que quieras, Adamas, puesto que respondes de todo. Mientras que comía, riendo y charlando con su heredero, el buen Silvio de pronto fue presa de una gran melancolía. Logró disimularla. Pero cuando Adamas vino a acicalarle, diciendo que todo marchaba bien, se expansionó mientras que el niño jugaba y corría por la casa. -Mi pobre amigo -le dijo-, me sorprende que los numes celestes que tan paternalmente me han protegido estos últimos días me dejen, sin embargo, en tan terrible apuro. -¿Qué apuro, señor? -¿No recuerdas, Adamas, que he ofrecido mi corazón y mi vida a una hermosa divinidad, precisamente el día que recobré a Mario? Y como ella no había rechazado, sino solamente aplazado la realización de mis proyectos, resulta que corro el riesgo..., ¡según tú!, de tener otros herederos a más de este niño a quien yo quisiera consagrar mi vida y dejar mis bienes. -¡Diantre, señor, no se me había ocurrido! Pero no os aflijáis. Yo os metí en la cabeza aquel fatal proyecto, y a mí me incumbe la obligación de encontrar un medio de salir de esta intriga. ¡Pensaré en ello, señor, pensaré en ello! Por hoy no penséis más que en engalanaros y en regocijaros. -Bien. ¿Pero qué traje me das, amigo mío? -Vuestro traje de aldeano, señor; es uno de los más bonitos que tenéis. -Hasta creo que el más bonito de todos, y me duele ponerme tan elegante mientras que mi pobre Mario... -Señor, señor, dejadme obrar a mi antojo; nuestro Mario estará muy bien. El traje de aldeano del marqués era de terciopelo y raso blanco, adornado con una profusión de galones de plata y de encajes magníficos. El blanco era entonces el color de los aldeanos, que vestían en todo tiempo trajes de dril o de grueso fustán; por esto al vestir de blanco lo llamaban entonces vestir de aldeano, y esta era una de las modas que gozaban de mayor boga. Con este atavío el marqués estaba, naturalmente, muy ridículo. Pero se tenía tal costumbre de verle disfrazado de jovencillo; estaba siempre cubierto de pies a cabeza de tan bonitas cosas y de tan singulares alhajas; sus esencias eran tan exquisitas, y había, a pesar de todo, tanta nobleza en sus gestos y tanta bondad afable en sus ademanes, que hubiera sido lástima el verle cambiar y adoptar la seriedad que correspondía a sus años. Hacia las dos de la tarde, un galopín, vestido para el acto a la antigua moda feudal y colocado en la atalaya de la torre de entrada, tocó un viejo olifante para anunciar la llegada de una cabalgata. El marqués, acompañado por Lucilio, se fue a dicha torre a recibir a la dama de sus pensamientos. Bien hubiera querido que su heredero estuviera junto a él; pero Mario estaba en manos de Adamas, y según el plan propuesto por este último, y adoptado por su amo con algunas modificaciones, la aparición del niño había de ser aplazada hasta después de una explicación delicada con madame de Beuvre. XXXV Lauriana llegó montando un precioso caballito blanco que su padre había amaestrado para ella y que la joven dominaba con una gentileza notable. Como podía ya llevar alivio de luto, estaba también vestida de aldeana, con una amazona de paño fino, un cuerpo ajustado, cubierto con galones de seda, y un airoso pañolito de encaje sobre su inseparable caperucete de viuda. -¡Vaya! -exclamó Beuvre al ver la indumentaria del marqués-. ¿Ya lleváis los colores de vuestra dama, mi señor yerno? Su hija logró hacerle callar delante de los criados; pero en cuanto estuvieron en el salón, y a pesar de que había prometido abstenerse de hacer mofa sobre este asunto, no pudo contenerse y se apresuró a preguntar para cuándo era la boda. En lugar de molestarse o de azorarse, el marqués, encantado por este oportuno comienzo, solicitó una entrevista privada, para tratar un asunto serio. Despidieron a los criados, cerraron las puertas, y Bois-Doré, poniendo una rodilla en tierra ante la hermosa Laurianita, habló en estos términos: -Joven y bella señora, ved a vuestros pies a un servidor fiel, al que un gran acontecimiento ha llenado de alegría y de confusión, de dicha y de pena, de esperanza y de temor. Cuando hace dos días ofrecí mi corazón, mi nombre y mi fortuna a la más adorable de las ninfas, me creía libre de otro deber y afecto. Pero... El marqués fue interrumpido por Beuvre, que exclamó afectando una ira muy grande y poniendo ojos terribles: -¡Cómo, mi señor yerno! ¿Es que os mofáis de la gente y pensáis que os dejaré retirar vuestra palabra, después de haber disparado el dardo mortal del amor en el corazón de mi pobre hija? -¡Oh! Callaos, mi señor padre -dijo Lauriana alegre y dulcemente-; me comprometéis. Afortunadamente el marqués no creerá que soy tan caprichosa que después de haberle pedido siete años de reflexión vaya a tener ahora prisa en que cumpla su palabra. -Dejadme hablar -dijo el marqués, cogiendo la mano de Lauriana-; ya sé, señora mía, que vuestro corazón no siente amor, y esto es lo que me permito atreverme a pediros perdón. En cuanto a vos, vecino, reid con toda el alma, porque la ocasión es buena. Hoy me reiré con vos, aunque ayer he vertido muchas lágrimas. -¿De veras, vecino? -dijo el bueno de Beuvre, cogiéndole la otra mano-. Si habláis en serio, como parece que lo estáis haciendo, ya no me reiré. ¿Tenéis algún pesar que yo os pueda aliviar? -Hablad, mi querido Celadón -añadió afectuosamente Lauriana-; contadnos vuestras penas. -Mis penas se han disipado, y si no me retiráis vuestra amistad, seré el hombre más dichoso del mundo. Pues bien, escuchad, amigos míos -dijo, levantándose con cierto esfuerzo-: ¿Oísteis la predicción que me hicieron anteayer aquellos gitanos? «Antes de tres días, tres semanas o tres meses, seréis padre.» -¿Y qué? -dijo Beuvre, volviendo a su carácter burlón ¿Creéis, mi bravo amigo, que la predicción se realizará? -Se ha realizado. Soy padre, y ya no es para mí para quien os pido a vos y a la divina Lauriana siete años de esperanza y sinceridad, es para mi heredero, para mi hijo único, para... En aquel momento la puerta se abrió de par en par, y Adamas, en traje de gala, anunció, con vos clara y aire triunfante: -¡El señor conde Mario de Bois-Doré! La sorpresa fue general, porque el marqués no esperaba tan pronto la aparición de su hijo y no sabía con qué indumentaria podría presentarle. ¡Cuál no sería su gozo cuando vio entrar a Mario vestido de aldeano, es decir, con un traje exactamente igual al suyo en hechura y tejidos! El jubón era de raso, con mil plieguecillos en las mangas; el coleto, sin mangas, de terciopelo blanco y con adornos de plata; las calzas amplias y con un vuelo de cuatro varas, fruncidas hasta la rodilla, adornada con botones de perlas y algo abiertas a los lados, dejando ver «la rosa» de la liga; las medias eran de seda, y los zapatos estaban adornados con «rosas»; las vueltas de los puños hacían juego con la gola esearolada. Llevaba un chambergo con plumas, muchos diamantes, un tahalí bordado con perlas y una pequeña tizona, que era una verdadera maravilla. Adamas había pasado la noche escogiendo, meditando, cortando y disponiendo; la mañana probando. Desde antes del alba, la habilidosa morisca y cuatro obreras habían cosido sin cesar; Clindor había andado diez leguas para encontrar el sombrero y el calzado. Adamas había combinado, adornado, inventado y dispuesto el traje, de muy buen gusto, de buen corte y bastante sólido para durar varios días sin compostura; estaba perfecto. Mario, emperifollado y perfumado como el marqués, con sus rizos naturales y llevando sobre el bucle, que le cubría la oreja izquierda, «una rosa» (hoy se diría una moña) de cintas blancas, con un enorme diamante en medio y encaje de plata debajo, se presentó con gracia. Estaba tan poco azorado como si hubiera sido educado cual un hidalgo; llevaba su tizona con soltura, y su belleza enternecedora resaltaba entre toda aquella blancura, que le daba un aire cándido de niña. Lauriana y su padre se maravillaron tanto por su figura y sus ademanes, que se levantaron espontáneamente, como para recibir a un hijo de rey. Pero había algo más. Mientras atildaba a su joven señor, Adamas le había enseñado un discursito para Lauriana, sacado de la Astrée. Dada la inteligencia de Mario, era cosa fácil aprender algunas frases de memoria. -Señora -dijo con una sonrisa encantadora-, es de todo punto imposible veros sin amaros; pero es más imposible todavía amaros sin llevar este sentimiento al extremo. Permitidme que bese mil y mil veces vuestras bellas manos, sin que el número de besos pueda igualar al número de muertes que me causaría vuestra negativa... Mario se detuvo. Había aprendido de prisa, sin comprender ni reflexionar. De pronto el sentido de las palabras que estaba pronunciando se le antojó muy cómico, porque no estaba dispuesto, ni por asomo a sufrir tanto, en el caso de que Lauriana le negase los miles de besos que tampoco tenía él empeño en darle. Sintió deseos de reír, y miró a la damita, que sentía los mismos deseos, y que le ofrecía las dos manos con un aire de alegre simpatía. Dejó la etiqueta a un lado y, obedeciendo a los impulsos de su naturaleza efusiva, le echó los brazos al cuello y la besó en las dos mejillas, diciéndole de su propia cosecha: -Buenos días, señora; os ruego que me miréis con cariño, porque me parecéis una buena persona y ya os quiero mucho. -Perdonadle -dijo el marqués-; es un hijo de la naturaleza... -Por eso mismo me agrada -contestó Lauriana- y le dispenso de toda ceremonia. -Vamos, vamos -dijo Beuvre-. ¿Qué significa este hermoso niño, vecino? Si es vuestro, os felicito; pero no os hubiera creído... Anunciaron a Guillermo de Ars con Luis de Villermont y uno de los jóvenes Chabannes, que habían ido por la mañana a su casa y a quienes había contado la maravillosa historia del hijo de Florimond. -¿Es él? -exclamó Guillermo al entrar, mirando a Mario-. Sí; es mi gitanito. ¡Pero qué bonito está ahora, Dios mío! ¡Y qué contento debéis de estar, mi querido primo! ¡Pardiez!, amigo -dijo al niño-, ¡vaya una espada hermosa y un traje elegante! Queréis avergonzar a vuestros vecinos y amigos. Ya veo que a vuestro lado quedamos reducidos a la nada. Vaya, decidnos vuestro nombre y trabemos conocimiento, porque sabréis que somos parientes y acaso yo os pueda ser de alguna utilidad, aunque sólo fuese a enseñaros a montar a caballo. -¡Oh! Ya sé -dijo Mario. He montado sobre Squilindre. -¿El caballo de la carroza? Y decidme, amiguito, ¿su trote os ha parecido suave? -No mucho -dijo Mario riendo. Y empezó a charlar y a jugar con Guillermo y sus compañeros. -¿Qué es esto? -dijo Beuvre, apartándose con Bois-Doré-. Ponedme en el secreto, porque no estoy en ello. Os estáis burlando de nosotros. Este lindo mocito no es vuestro. Es demasiado joven. ¿Es algún hijo adoptivo? -Es mi propio sobrino -contestó Bois-Doré-; es el hijo de mi Florimond, a quien vos también queríais. Y ante todo el mundo contó, enseñando las pruebas, la historia de Mario, pero sin pronunciar el nombre de Alvimar o de Villarreal y sin dar a entender que había descubierto y castigado a los asesinos de su hermano. XXXVI En presencia de las cartas, el anillo y el sello, no había manera de creer que fuese una novela aquella novelesca aventura. Todos festejaron al gentil Mario, que por su carácter bueno y afectuoso y su mirada leal conquistaba espontánea e irresistiblemente todos los corazones. -Entonces -dijo Beuvre a su hija, llevándola aparte- ya no sois la prometida de nuestro viejo vecino, sino la de su hijo, porque parece que es así como él quiere ahora arreglar las cosas. -¡Quiéralo Dios, padre! -contestó Lauriana-. Y si vuelve a hablar de ello, os ruego finjáis, como yo, aceptar este arreglo, que el buen hombre es muy capaz de tomar en serio. -¡Bien lo tomaba en serio cuando se trataba de él! -repuso Beuvre-. La diferencia de edad entre vos y este niño es de años, mientras que entre el marqués y vos es de cuartos de siglo. Ya veo que nuestro querido vecino ha perdido la noción del tiempo, tanto para los demás como para él mismo; pero aquí viene. Quiero hacerle rabiar un poco. Bois-Doré, a quien Beuvre exigió que se explicase, declaró con mucha gravedad que no tenía más que una palabra, y que habiendo entregado su libertad y su corazón a Lauriana, se consideraba como esclavo suyo, a no ser que ella le devolviese su palabra. -¡Os la devuelvo, querido Celadón! -exclamó Lauriana. Pero su padre la interrumpió; también a ella quería hacerla rabiar. -No, no, hija mía; esto interesa el honor de la familia, y vuestro padre no consiente que se burlen de él. Ya veo que a vuestro caprichoso y fantástico Celadón le ha nacido una pasión paternal por su hermoso sobrino, y que ahora prefiere ser padre sin haberse tomado el trabajo de ser esposo. Además, ya veo que se le ha metido en la cabeza dejarle heredero de sus bienes, sin consideración a sus futuros hijos; eso no lo toleraré, y vos lo debéis impedir invocando la palabra que os dio. Monsieur de Beuvre hablaba con tanta seriedad, que por un momento el marqués llegó a engañarse. «Por lo visto -pensó- mi fortuna me rejuvenece mucho, y mi vecino, que tanto se burlaba de mí, no me encuentra ya tan viejo. ¿Por qué demonio se le habrá ocurrido a Adamas esa idea de aconsejarme hacer esta petición?» Lauriana vio estas perplejidades reflejadas en su rostro y le auxilió generosamente. -Mi señor padre -dijo-, esto no importa; puesto que nuestro amigo el marqués no ha podido mi mano sin mi corazón, y mientras que mi corazón no haya hablado, el marqués está libre. -¡Ta, ta, ta! -exclamó Beuvre-. Vuestro corazón os habla en voz muy alta, hija mía, y vuestra indulgencia hacia el marqués demuestra que precisamente os habla de él. -¿Sería posible? -dijo Bois-Doré un poco asombrado-. Si tuviese esta dicha, ni mi sobrino impediría que... -No, marqués, no -dijo Lauriana, resuelta a acabar con las ilusiones de su viejo Celadón-. Mi corazón habla, es verdad, pero desde hace un momento nada más, desde que he visto a vuestro gentil sobrino. El destino lo ha querido así, sin duda por la gran amistad que tengo por vos, y que no ha permitido que yo amase más que a una persona de vuestra familia y que se pareciese a vos. Por lo tanto, soy yo quien rompe las cadenas y me declaro infiel; pero lo hago sin remordimiento, puesto que el que prefiero a vos os interesa tanto como a mí misma. No hablemos ya de nada hasta que Mario esté en edad de sentir algún afecto por mí, si es que ese día venturoso ha de llegar alguna vez; mientras, yo me esforzaré en tener paciencia y seguiremos siendo amigos. Bois-Doré, encantado de haber llegado a esta conclusión, besaba efusivamente la mano de la amable Lauriana, cuando de pronto un formidable tiroteo hizo retemblar los cristales y sobresaltó a todos los huéspedes del castillo. Se precipitaron hacia las ventanas. Era Adamas que hacía disparar todos los falconetes, arcabuces y pistolas de su pequeño arsenal. Al mismo tiempo vieron entrar en el patio a todos los habitantes de la aldea y a todos los vasallos del marqués, gritando con acompañamiento coral de todos los empleados y criados de la casa: «¡Viva el señor marqués! ¡Viva el señor conde!» Aquellas buenas gentes obedecían confiadamente a una contraseña dada por Aristandre, sin saber de qué se trataba; pero lo que sí sabían es que nunca les habían mandado ir al castillo sin que fuesen objeto de alguna liberalidad o agasajados con algún festín, y acudían sin necesidad de que se les rogase. Los huéspedes del castillo abrieron las ventanas del salón para oír el discurso, en forma de proclama, que Adamas lanzaba a aquella numerosa concurrencia. De pie, sobre el pozo que había hecho tapar para efectuar sin peligro una pantomima animada, el feliz Adamas improvisaba la obra de elocuencia más deslumbrante que jamás había producido su facundia gascona, ni lanzado a los ecos su voz clara, de inflexiones completamente meridionales. Su gesticulación era tan extraña como su discurso. Lamentamos que la historia no nos haya conservado la redacción de aquella obra maestra; le sucedió lo que a todos los productos de la inspiración: voló con el soplo que le había originado. El hecho es que produjo un gran efecto. El relato de la trágica muerte del pobre monsieur Florimond hizo llorar; y como Adamas tenía las lágrimas fáciles y se enternecía ingenuamente a sí mismo, fue escuchado religiosamente hasta desde las mismas ventanas del salón. Lo que sí les hizo reír fueron los arrebatos de alegría patética con que proclamó el descubrimiento de Mario; pero al rústico auditorio le pareció todo muy bien. El aldeano comprende el gesto y no las palabras, que no se toma siquiera el trabajo de escuchar; sería un esfuerzo, y el esfuerzo cerebral le parece una cosa contra la naturaleza. Escucharon los ojos. La perorata encantó, y algunas muy entendidos declararon que monsieur Adamas predicaba mucho mejor que el rector de la parroquia. Cuando el discurso hubo terminado, el marqués bajó con su heredera y sus invitados. Mario encantó y conquistó también a los aldeanos por sus maneras campechanas y su dulce hablar. Su padre le había encargado que invitase a todo el pueblo a un gran festín para el domingo siguiente. Lo hizo con tanta naturalidad y en términos tan profundamente democráticos, que Guillermo y sus amigos y hasta incluso el republicano monsieur de Beuvre tuvieron que acordarse, para no escandalizarse, que el niño se había criado entre pastores. El marqués lo notó, y estuvo a punto de llamar a Mario, que iba de grupo en grupo dejándose besar y devolviendo las caricias con efusión. Pero una anciana, la decana del pueblo, se acercó a él, apoyándose en su muleta, y le dijo con voz temblorosa: -Monseñor, Dios os bendice por haber sido bueno y humano con los pobres que trabajan y sufren. Habéis hecho que se olvide a vuestro padre, que era un hombre duro con vos y con todo el mundo. Este niño se parecerá a vos e impedirá que se os olvide. El marqués estrechó las manos de la vieja y consintió que Mario estrechase las de todos los asistentes. Mandó que bebiesen a la salud de su hijo, y hasta él mismo bebió a la del pueblo, mientras que Adamas hacía de nuevo tronar su artillería. Cuando la muchedumbre se alejó, el marqués vio a monsieur Poulain que lo observaba todo desde un cobertizo, en el que se había colocado como si fuese un palco de un teatro. Le cortó la retirada, yendo a saludarle, y le invitó a cenar, después de reprocharle no ir nunca a visitarle. El párroco le dio las gracias con una cortesía enigmática, diciendo con azoramiento fingido que sus principios no le permitían comer con «presuntos». En aquel tiempo se llamaba a los protestantes, según su opinión, «reformados» o «presuntos reformados». El decir «presuntos» a secas significaba una ortodoxia que no admitía siquiera la esperanza de una posible conversión. Aquel término despreciativo hirió al marqués, y, haciendo un juego de palabras, contestó que no había novios en su casa. -Creía que monsieur y madame de Beuvre eran «presuntos» al error de Ginebra -repuso el rector con una pérfida sonrisa-. ¿Es que se han divorciado como el señor marqués? -Señor rector -dijo Bois-Daré-, el momento es inoportuno para hablar de teología, y confieso que soy incompetente en la materia. Una vez, dos veces, ¿queréis ser de los nuestros con o sin calvinistas? -«Con» ya os he dicho, señor marqués, que me es imposible. -Pues bien, señor -repuso Bois-Doré con una viveza que no supo dominar-, sea cuando queráis; pero los días en que no me juzgareis digno de recibiros, haréis bien en no venir a decírmelo a mi casa, porque desde el momento en que no queréis entrar, me pregunto lo que venís a hacer en ella, como no sea criticar a los que me hacen el honor de encontrarse aquí a gusto. El rector buscaba lo que él llamaba la persecución; es decir, que deseaba irritar al marqués para hacerle perder la paciencia y para recibir un agravio de él. -Como el señor marqués admitía a todos los habitantes de mi parroquia a un banquete familiar -dijo-, he creído haber sido llamado como los demás. Hasta me había imaginado que este amable niño, cuya venida se está celebrando, necesitaría de mi ministerio para volver al seno de la Iglesia, y acaso hubiérase debido comenzar los festejos por esta ceremonia. -¡Mi hijo ha sido educado por un verdadero cristiano y por un verdadero sacerdote, señor! No necesita ninguna reconciliación con Dios; en cuanto a la morisca, acerca de quien creéis estar tan enterado, sabed que es mejor cristiana que muchos que se pican de serlo. Por lo tanto, estad tranquilo y venid a mi casa con la cara descubierta y sin abrigar segundas intenciones, os lo suplico, o de lo contrario, no vengáis, os lo aconsejo. -Mi intención es ser franco, señor marqués -contestó el párroco elevando la voz-, y la prueba es que os pregunto sin rodeos dónde está monsieur de Villarreal y cuál es la causa de que no le vea en vuestra compañía. Esta pérfida brusquedad estuvo a punto de desconcertar a Bois-Doré. Afortunadamente, Guillermo de Ars, que en aquel momento se acercaba, había oído la pregunta y se encargó de dar la respuesta. -¿Preguntáis por monsieur de Villarreal? -dijo, saludando a monsieur de Poulain-. Se marchó de este castillo conmigo anoche. -Perdonad -repuso el párroco, saludando a Guillermo con más consideración que mostraba a Bois-Doré-. Entonces, señor conde, ¿puedo dirigirle esta carta a vuestra casa? -No, señor -contestó Guillermo, despechado ante su insistencia-. Hoy no está en mi casa... -Pero si ha ido a dar un paseo, supongo que esperáis regrese esta noche o mañana a más tardar. -No sé qué día volverá, señor; no acostumbro a interrogar a nadie. Venid, marqués; os reclaman en el salón. Se llevó a Bois-Doré con los Beuvre, para cortar en seco las investigaciones del párroco, que se alejó con una extraña sonrisa y una humildad amenazadora. -Hablabais de monsieur de Villarreal -dijo Beuvre al marqués-; os he oído pronunciar su nombre. ¿Cómo es que no lo vemos? ¿Está enfermo? -Se ha marchado -dijo Guillermo muy azorado e inquieto por estas preguntas, hechas ante numerosos testigos. -¿Y se ha marchado para no volver más? -preguntó Lauriana. -Para no volver más -contestó Bois-Doré con firmeza. -Pues bien -dijo ella después de una pausa-, me alegro. -¿No le queríais? -dijo el marqués, ofreciéndole el brazo, en tanto que Guillermo caminaba junto a Lauriana. -Vais a suponer que estoy loca -contestó la joven-. Me sinceraré, sin embargo. Perdonadme, monsieur de Ars, pero vuestro amigo me daba miedo. -¿Miedo?... Es extraño; otras personas me han dicho lo mismo. ¿De qué proviene, señora, que os diese miedo? -Decididamente se parece a un retrato que hay en casa y que acaso no habéis visto nunca...; está en nuestra capillita. ¿Le habéis visto? -Sí -exclamó Guillermo impresionado-; ya sé lo que queréis decir. A fe mía que se le parecía. -¿Se le parecía? Habláis de vuestro amigo como si hubiera muerto. La llegada de Mario interrumpió esta conversación. Lauriana, que ya sentía por él una gran amistad, quiso ofrecerle el brazo para regresar al castillo. Guillermo y Bois-Doré quedaron un momento solos, un poco rezagados. -¡Ay, querido primo! -dijo el joven al anciano-. ¿No es molesto tener que ocultar la muerte de un hombre como si efectivamente hubiera que avergonzarse de alguna cobardía, cuando, al contrario...? -Yo hubiera preferido la franqueza -contestó el marqués-. Vos me habéis condenado a este disimulo; pero si os pesa... -¡No, no; vuestro párroco parece tener sospechas! Alvimar se las daba de muy devoto; el clero se pondría de su parte, y sería mucho arriesgar en un país como éste. Callémonos, pues, hasta que el cobarde asesinato de vuestro hermano esté divulgado en todas partes, y enseñad la prueba a todo el mundo sin nombrar a los culpables. Cuando los nombréis, la gente estará ya predispuesta a condenarles. Pero decidme, marqués, ¿sabéis si el cuerpo de aquel desdichado...? -Sí, Aristandre se ha informado. El fraile oblato ha cumplido su misión. -Pero ¿cómo podéis explicaros lo que era el tal Alvimar? ¡Un hombre de tan buena estirpe y de maneras tan distinguidas! -¡La ambición de la corte y la miseria de España! -contestó Bois-Doré-. Mirad, querido primo, se me ocurre frecuentemente una paradoja filosófica: que somos todos iguales ante Dios, y que Él no hace más caso del alma de un noble que de la de un villano. Acaso sobre este punto los calvinistas no estén del todo equivocados. -A propósito de calvinistas -prosiguió Guillermo-. ¿Sabéis que los asuntos del rey marchan mal, y que no se acaba de tomar la ciudad de Montaubán? He sabido en Bourges, por personas bien enteradas, que el día menos pensado se levantará el sitio, y bien pudiera ser que esto cambiase una vez más toda la política. Acaso vos os habéis apresurado demasiado en abjurar. -¿Abjurar, abjurar? -dijo Bois-Doré, moviendo la cabeza-. Yo no he abjurado nunca nada; reflexiono, discuto conmigo mismo, y según las buenas razones que se me ocurren, admito una forma u otra. En el fondo... -En el fondo -dijo Guillermo, echándose a reír- sois como yo. No os preocupáis más que de ser bueno. La cena, aunque íntima, fue servida con un lujo prodigioso. La sala estaba decorada con follajes y flores, entre las que se entremezclaban cintas de oro y de plata; se ostentaron las más finas piezas de orfebrería y de porcelana, y se sirvieron los platos y los vinos más exquisitos. Cinco o seis de los mejores amigos o vecinos del marqués llegaron al sonar el último toque de campana. Esto era una nueva sorpresa, preparada al marqués por Adamas, que había enviado mensajeros a todos los arrabales. Durante la cena no hubo música. Los comensales preferían hablar; ¡tenían tanto que decirse! Solamente se anunció cada servicio por una fanfarria tocada en el patio. Lauriana se sentó frente al marqués, teniendo a Mario a su derecha. Lucilio tomó parte en la fiesta. No había por qué temer la maldad de ningún convidado. XXXVII Media hora después de terminada la cena, Adamas rogó a su amo que subiese «con la compañía la sala de Verduras», donde había preparada una nueva sorpresa. Era un espectáculo muy del gusto de la época, pero había sido preciso organizarle apresuradamente y en un local reducido. El fondo de la sala estaba dispuesto en forma de teatro; lujosas alfombras cubrían algunos tableros; unas telas servían de marco y con follaje natural se hicieron los bastidores. Cuando los espectadores se sentaron, Lucilio tocó una obertura, y el paje Clindor apareció en escena con traje de pastor de fantasía. Cantó cuplés rústicos bastante lindos, compuestos por maese Jovelin; luego se puso a guardar su rebaño. Eran verdaderos corderos emperifollados y bien lavados, que se portaron bastante decorosamente. Fleurial, el perro del pastor, representó también muy convenientemente su papel. Al sonido de la música soñolienta y dulce de la sordina, el pastor se durmió. Entonces se presentó un anciano venerable que buscaba algo con angustia desde los bolsillos del dormido pastor hasta en la lana de los corderos. Tenía una barba tan abundante y unas cejas blancas tan tupidas, que al principio no se le reconoció. Pero cuando declamó unos versos de su cosecha para expresar el motivo de sus pesares, la asistencia prorrumpió en una alegre carcajada al oír el acento gascón de Adamas. Aquel anciano desconsolado corría tras el Destino, que le había arrebatado a su joven amo, el hijo adorado de su señor. El pastor, despertando sobresaltado, le preguntó lo que deseaba. Hubo entre ellos un diálogo libre, en el que se repetían muchas veces las mismas cosas. Esto, según Adamas, tenía la ventaja de hacer comprender a los espectadores lo que él llamaba «el nudo de la obra». El pastor ayudó al anciano en sus pesquisas y emprendieron el ataque de una pequeña fortaleza colocada en el fondo del escenario, entre las ramas, y que figuraba estar en la lejanía. Esta fortaleza era la que antaño había traído el marqués a grupas de su caballo desde el castillo de Sarzay. En aquel momento un gigante espantoso, vestido de un modo fantástico, se opuso a sus designios. Este gigante, representado por Aristandre, empezó expresándose en un idioma desconocido. Como el carrocero se había reconocido incapaz de aprender tres palabras de memoria, Lucilio, que había ayudado a Adamas en los preparativos de la obra, había aconsejado que, dada su calidad de gigante, articulase al azar palabras descosidas y desprovistas de sentido. Bastaba con que tuviese el aspecto terrible y la voz formidable. Aristandre cumplió muy bien esta prescripción; pero como Adamas le insultaba y le provocaba de la manera más violenta llamándole ogro, brujo y monstruo, el buen gigante no quiso ser menos y dejó escapar, como habitante del Berry, juramentos tan espantosos que fue necesario matarle en seguida para que no escandalizase a la asistencia. Esta escena disgustó a Fleurial, que era poco bravo, y saltando por encima de las candilejas fue a refugiarse entre las piernas de su amo. Cuando la valiente espada de madera de Adamas dejó muerto en el suelo al monstruoso carrocero, la fortaleza se derrumbó como por encanto, y en su lugar apareció una sibila. Era la morisca, a quien habían confiado ricas telas de Oriente y que se había arreglado con ellas una indumentaria llena de gusto y de poesía. Estaba muy hermosa, y su aparición fue saludada con grandes aplausos. ¡Pobre morisca! Educada en la esclavitud y abrumada por la persecución, dichosa más tarde bajo un techo de paja y con un trabajo humilde al amparo de un pobre cura, por primera vez en su vida se veía vestida con lujo, acogida con cariño por gentes ricas, y aplaudida por su gracia y su belleza sin segunda intención injuriosa. A lo primero no comprendió, sintió miedo y quiso huir. Pero Adamas utilizó oportunamente las cinco o seis palabras de español que sabía, para tranquilizarla en voz baja y explicarle que agradaba al auditorio. La mirada de Mercedes buscó en torno suyo a la persona que más le interesaba, y vio cerca de ella, entre bastidores, a Lucilio, que la aplaudía también. Una llama encendió sus ojos negros; luego, asustada por aquel relámpago de felicidad inconsciente, bajó los párpados, cuyas largas pestañas dibujaron una sombra aterciopelada sobre sus mejillas ardientes. Pareció más hermosa todavía, y los aplausos redoblaron. Cuando recobró el valor cantó en árabe; luego, a las preguntas del anciano Adamas, dio unas contestaciones que él pareció no tener en cuenta. Tras un debate en forma de pantomima, con acompañamiento de música, la sibila prometió al anciano que recobraría el niño mediante una última prueba, que consistía en vencer un horrible dragón de papel, que llegó a escena arrastrándose y vomitando llamas. El intrépido Adamas, resuelto a todo para rescatar el hijo de su amo, se arrojó contra el dragón, y ya se disponía a atravesarle con su invencible espada cuando el monstruo se rompió como un guante viejo y el hermoso Mario surgió de sus entrañas vestido de Cupido, de rosa y oro, con flores bordadas, la cabeza coronada de rosas y plumas, el arco en la mano y el carcaj al hombro. La transformación de un niño en Cupido, en el vientre de un dragón no está muy claramente explicada en el argumento manuscrito de Adamas; pero debió de parecer admirable a los espectadores, porque aquella aparición obtuvo un éxito enorme. Mario recitó un monólogo dedicado a su tío y a sus amigos; la sibila le predijo los más altos destinos, haciendo salir de un matorral diversas maravillas: un cuerno de la abundancia lleno de flores y de bombones, que el niño arrojó a los espectadores; el retrato, del marqués, que Mario besó piadosamente, y, por último, dos escudos transparentes coloreados, uno con las armas de los Bouron, du Noyer y el otro con las de Bois-Doré, reunidas bajo una corona, de la que salió un pequeño fuego artificial en forma de sol radiante. Digamos de paso dos palabras acerca de las armas del marqués. Eran muy curiosas y habían sido imaginadas por Enrique IV en persona. En estilo de blasón se describirían así: «Sobre campo de gules un dextroquero que nace de una nube y sostiene una espada en alto. En el jefe, diademas de plata.» Es decir, «un escudo con un fondo rojo, en medio del cual un brazo derecha, saliendo de una nube de oro, sujeta una espada hacia arriba, dirigida contra tres gallinas con coronas de plata». Alrededor del escudo se leía la siguiente divisa. «Tales son todos ante mí.» Si se recuerda cómo nuestro buen Silvio fue hecho marqués, se comprenderá fácilmente este emblema, que hubiera podido parecer irrisorio sin el correctivo de la divisa. Ésta podía traducirse por: «Ante este brazo, todo enemigo muestra un corazón de gallina.» El espectáculo fue ruidosamente aplaudido. El marqués lloró de alegría al ver la gracia de su hijo y el celo de Adamas. Los invitados comieron golosinas, se disputaron las caricias de Mario y se retiraron a las once, que era una hora muy tardía, dadas las costumbres de la provincia en aquella época. Al día siguiente hubo una caza de aves. Lauriana quiso que Mario fuese de la partida. Le prestó su caballo blanco, que era dulce y bueno, y ella montó valientemente sobre Rosidor. No faltaban caballos para el marqués. La caza fue anodina, como convenía a las héroes de la fiesta. Mario se divirtió de tal manera, que Lucilio temió que tanta embriaguez repentina fuese excesiva para una cabeza tan joven y que el niño enfermase o se volviese loco. Pero Mario demostró que tenía un temperamento excelente; se divertía con aquellas novedades, pero sin perder la serenidad; al menor aviso, recobraba su razón y obedecía con una dulzura angelical. Su serenidad no se alteró, y entró en la felicidad como en un paraíso de amor y de libertad, del que se sentía digno. La cena del segundo día de fiesta reunió en Briantes a otros amigos más; el tercer día tuvo lugar la fiesta ofrecida a los vasallos: un festín pantagruélico y bailes bajo los viejos nogales de la finca. Incluso se organizó un tiro de arcabuz dirigido por Guillermo de Ars. Mario propuso a los chiquillos del pueblo un concurso de carreras y de honda, y obtuvo el permiso de ponerse para esta lucha su traje de montañés, con el que se encontraba mucho más a gusto. Mostró una agilidad y una habilidad que llenaron de admiración a los demás concursantes; ninguno pensó en disputarle el premio; entonces él se retiró modestamente del concurso para que pudiesen otorgar equitativamente el premio a los demás. Las fiestas terminaron con una ceremonia, a la vez ingenua y pretenciosa, pero enternecedora en el fondo. En el centro del laberinto del jardín, había un pabelloncito con techumbre de paja que simulaba una choza. El marqués llamaba a aquel pabellón el «palacio de Astrée». A él llevaron los trajes, pobres trajes groseros y remendados que Mario vestía al hacer su entrada en el castillo de sus antepasados. Se hizo una especie de trofeo rústico con la humilde guitarra que durante su viaje le había servido para ganarse el pan, y se colgó el traje en el interior de la cabaña, con guirnaldas de follaje y con un cartel que rezaba la fecha de aquel día memorable y estas sencillas palabras, escogidas y caligrafiadas por Lucilio: «No olvides que has sido pobre.» Al mismo tiempo presentaron a Mario una enorme cesta que contenía doce trajes nuevos completos, y el niño tuvo la satisfacción de repartirlos entre doce pobres reunidos delante de la choza. Por último, el marqués encargó que se colocase en la capilla de la iglesia parroquial un pequeño mausoleo de mármol dedicado a la memoria del bueno y santo abate Anjorrant. Lucilio hizo el plano y redactó la inscripción. Los convidados se marcharon y la calma renació en el castillo de Briantes. Entonces el marqués empezó a pensar seriamente en la educación de su hijo. Pero si no hubiera tenido quien le guiase, en medio de las preocupaciones de engalanamiento que ocupaban tanto sitio en su vida, su heredero hubiera podido muy bien olvidar todo lo que había aprendido con el abate Anjorrant y adquirir únicamente nociones en las ciencias de sastrería, de zapatería, de armas y de mobiliario. Afortunadamente, Lucilio supo arrebatar diariamente algunas horas a tan frívolas influencias. Él también, como, tenía un corazón tan sensible, se encariñó apasionadamente con el hijo de su amigo, no sólo por el amigo, sino por el niño mismo, que por su docilidad afectuosa y la claridad de su inteligencia hacía que resultase atractiva la tarea, generalmente ingrata y aburrida, del instructor. Sin embargo, la misión de Lucilio no era fácil. Comprendía que tenía la responsabilidad de un alma, y precisamente de un alma en extremo preciosa y pura. Quería ante todo rodear aquella conciencia infantil, con una fortaleza de creencias y convicciones, contra las tempestades del porvenir. ¡Los tiempos eran tan agitados! Indudablemente no faltaban las luces adquiridas ni las excelentes nociones de progreso. Decíase que aquella época era la de las novedades detestables según unos, providenciales, según otros. La discusión reinaba en todas partes, y entonces, como hoy, como ayer, como siempre, la mayoría de las inteligencias creían poseer verdades infalibles. Pero el mundo de la inteligencia había perdido su unidad. Los espíritus tranquilos y desinteresados buscaban la justicia ora en un campo, ora en el otro, y como los dos se encontraban a menudo, la intolerancia, el error, la crueldad y el escepticismo aprovechaban la ocasión para cruzarse de brazos y decretar la ceguera y la debilidad incurables del género humano. Por aquel entonces las luchas sangrientas entre los gomarristas y los arminianos estaban muy recientes. Arminio había dejado de existir, pero Barnevelt había subido al patíbulo. Hugo Grotius había sido condenado a cadena perpetua, y en la cárcel soñaba con su hermosa obra, la famosa Teoría del derecho. La Reforma estaba profundamente dividida respecto a la predestinación. La conciencia de los hombres justos condenaba el calvinismo por su espantosa doctrina fatalista. Los luteranos franceses, imitando la vuelta de Melanchton a la verdad, y abandonando las funestas máximas de Lutero acerca del libre albedrío, defendían ahora la justicia divina y la libertad humana. Pero en todos los tiempos los hombres justos son escasos. El calvinismo y sus exaltados ministros protestaban en casi toda Francia contra lo que llamaban «una vuelta a la herejía de Roma». Todo probaba que la luz estaba detrás de una nube y que ninguna conciencia generosa podía pensar: «En tal culto o en tal país encontraré la mejor y más pura verdad social de mi tiempo.» Lo probaba lo que ocurría en nuestras provincias del Mediodía, donde las fogosas asambleas se empeñaban en sostener una resistencia antifrancesa, y el espíritu republicano, mal entendido, favorecía por testarudez y por ignorancia los funestos proyectos de la política austroespañola, que quería provocar la guerra civil en Francia, y lo probaba la resistencia gloriosa, pero desastrosa, de Montaubán, tanta sangre vertida, tanto heroísmo gastado, para eternizar la lucha provechosa para Roma y para Austria. Por eso el deber de los que eran inteligentes y cultos era no preocuparse de los hechos y creer, a pesar de todo, en una verdad superior a las que se predicaban por el mundo, puesto que la espada, el dogal, la hoguera, el homicidio, la violación y el saqueo eran los medios que empleaban los partidos para convertirse los unos a los otros. Lucilio Giovellino reflexionó acerca de todas estas cosas y se resolvió a obrar según el Evangelio, comentado por su propia conciencia, porque veía que este libro divino entre manos de ciertos católicos y de ciertos protestantes podía ser, y era a menudo, un código de fatalismo, una doctrina de embrutecimiento y de furor. Empezó a señalar a Mario la filosofía, la historia, las lenguas y las ciencias naturales, procurando hacer resaltar ante todo la lógica y la bondad de Dios. Su método fue claro y sus explicaciones concisas. El pobre Lucilio había sido elocuente en otros tiempos, y al principio de su desgracia había sentido mucha repugnancia por la palabra escrita, y todavía a veces sufría por verse forzado a resumir su pensamiento en pocas palabras; pero los espíritus selectos saben sacar partido de cualquier desgracia. Ocurrió que por la pereza de escribir largo tiempo y por la impaciencia de expresarse se acostumbró a resumir su pensamiento, con una claridad y una energía extraordinarias, y el espíritu del niño fue desarrollándose sin detalles inútiles y sin repeticiones fatigosas. Las lecciones fueron sorprendentemente breves, y proporcionaron a aquel espíritu juvenil la seguridad, tan rara, naturalmente, en aquel tiempo. Por su parte, Bois-Doré, a pesar de entretener a su hijo con puerilidades y tonterías, hizo que se conservara puro y bueno, merced a la misteriosa influencia que las buenas naturalezas ejercen natural y espontáneamente unas sobre otras. El espíritu de los niños tiende a reaccionar contra la enseñanza demasiado precisa; sigue más fácilmente un instinto que le guía sin saber adónde va. Cuando en medio de sus fútiles ocupaciones el marqués tenía que molestarse para hacer un favor o para distribuir un socorro, no demostraba nunca ni enojo ni cansancio. Se levantaba, oía, se informaba, consolaba y obraba. Como era por naturaleza perezoso y bonachón, las quejas no le molestaban y no se impacientaba por ninguna charla de pobre mujer. Por esto, aunque parecía consagrar su vida a menudencias, no había un momento en aquella existencia, fácil y benévola, que no alegrase o beneficiase a alguien. Y sus días, que siempre empezaban con grandes proyectos de trabajo para su hijo -el marqués llamaba trabajo al cuidado del tocado y a la enseñanza de las bellas maneras-, se pasaban sin que decidiese ni el emprendiese nada, y lo dejaba todo a las juiciosas resoluciones de Adamas y a los amables caprichos del niño. XXXVIII Al cabo de algunas semanas, gracias a la actividad de Adamas y a la inteligencia de la morisca, Mario estaba vestido como correspondía a su rango. Además, el marqués le había inculcado algunas nociones de equitación y de esgrima. Todas las mañanas ocurrían escenas cómicas entre el anciano y el niño con motivo de la lección de buenas maneras. El marqués hacía entrar y salir diez veces seguidas a su discípulo para enseñarle la manera de entrar en un salón con elegancia y cortesía y la de retirarse con modestia y corrección. -Sabed, mi querido conde -le decía (en aquel momento había que hablar con graciosos cumplidos)-, que cuando un hidalgo ha franqueado el umbral de una puerta y ha dado tres pasos en una habitación, está ya juzgado por todas las personas de mérito o de distinción que se hallan presentes. Por esto, todo su mérito y toda su nobleza deben reflejarse en la actitud de su cuerpo y en la expresión de su rostro. Hasta hoy os han acogido siempre con caricias y tiernas familiaridades, pasando por alto las conveniencias que no podíais conocer; pero esta indulgencia no tardará en cesar, y si viesen que conserváis maneras rústicas con estos trajes, culparían vuestra naturaleza o mi indiferencia. Trabajemos, mi querido conde; trabajemos concienzudamente; volvamos a empezar esta reverencia, que ha salido poco brillante, y esta entrada, que ha resultado floja y desprovista de nobleza. Aquella enseñanza divertía a Mario, porque era un motivo para ponerse sus mejores trajes, pavonearse ante los espejos y agitarse por la habitación. Era tan dispuesto y tan ágil, que aprendía con mucha facilidad aquella especie de baile majestuoso en el que le iniciaban minuciosamente; y su viejo padre, mucho más niño que él, sabía dar atractivo a la elección. Era un curso completo de pantomima, y el marqués, a pesar de su edad, era un excelente cómico. -Mirad, hijo mío -decía colocándose el sombrero y embozándose de manera apropiada-, he aquí los ademanes de un matamoros; fijaos bien en lo que voy a hacer, para que no lo hagáis nunca, como no sea por juego, y para que os abstengáis de ello en buena sociedad. Entonces representaba el papel de un capitán bravucón con tal naturalidad, que Mario reía hasta revolcarse por el suelo. Le permitía, para divertirse, que hiciese a su vez de capitán, y entonces era el marqués el que se caía de su butaca dando carcajadas; tan ágil y gracioso era el diablillo. Pero había que proseguir la lección. Entonces el marqués representaba el papel de un patán pesado, rudo e importuno, o el de un pedante amargado y desagradable, o el de un bobo desconcertado. Como se necesitaban actores para mimar la escena, hacía venir a la servidumbre. Dichosos cuando podían conseguir el concurso de Mercedes y de Adamas, que se prestaban al juego con mucha animación e ingenio. Pero Adamas era activo y la morisca trabajadora; siempre solicitaban que se les dejase ir a trabajar para Mario. El marqués y su discípulo tenían que contentarse con Clindor, que tenía buena voluntad, pero que por su figura parecía un muñeco, y con la Belinda, a la que encantaba el representar una dama noble, pero que hacía su papel de la manera más ridícula y más absurda. El marqués la reprendía alegremente y recalcaba su torpeza en provecho de la enseñanza de Mario, que era bastante burlón y que se reía hasta el punto de mortificar singularmente al ama de llaves. Se marchaba ofendida, y Mario, en medio de sus carcajadas, olvidaba que era la ora de los cumplidos: saltaba sobre las rodillas del marqués y le besaba, tuteándole; el anciano no tenía el valor de corregirle, porque él también se divertía lo suyo, y nada le parecía más dulce que ver a su hijo divertirse con él como buen camarada. Después de la comida montaban a caballo. El marqués haba adquirido para su heredero los más lindos caballitos del mundo. Era un excelente profesor de equitación y de esgrima; pero tales ejercicios fatigaban mucho al anciano, y tenía suplentes que él dirigía. Dos veces por semana iba un profesor de blasón; éste aburría considerablemente a Mario. Pero, con una energía muy rara en un niño, se dominaba para no rechazar nada de lo que su padre le imponía con tanta dulzura. Se consolaba de la ciencia heráldica con sus buenos caballitos, sus lindos y diminutos arcabuces y las lecciones de Lucilio, que le atraían y le impresionaban vivamente. Tenía por el mudo un respeto inconsciente, fuese porque su alma leal sintiese la superioridad de un alma noble, o porque la entusiasta veneración de Mercedes por Lucilio ejerciese sobre él un magnetismo; porque en el fondo de su corazón seguía siendo el hijo de la morisca, y como sentía que había entre ella y el marqués una tierna rivalidad por causa suya, tenía la ingeniosa delicadeza de amar a los dos sin despertar la inquietud de aquellos corazones pueriles, a la vez generosos y susceptibles. Había ya hecho este aprendizaje de delicadeza con su madre adoptiva cuando vivir, con el abate Anjorrant, y no le fue difícil reanudarle. El estudio que más le gustaba era el de la música. También en esto era Lucilio un maestro admirable. Su talento encantaba al niño y le sumía en unos sueños extáticos. Pero el marqués contrariaba un poco esta inclinación, que hubiera absorbido todas las demás. Bois-Doré creía que un hidalgo no debía estudiar un arte hasta el punto de llegar a ser un artista, sino conocer primero a fondo lo que él llamaba el oficio de las armas, y luego un poco de todo. «Bastante bien, pero sin exageración en nada, porque un hombre muy sabio en una cosa desdeña todas las demás y deja de ser agradable en sociedad.» En medio de tantos estudios y tantas diversiones, Mario iba haciéndose el más lindo mozo de la creación; su cutis, naturalmente blanco, adquiría, bajo el tibio sol otoñal de nuestras provincias, un matiz delicado como el de una flor. Sus manecitas rudas y llenas de arañazos, ahora enguantadas y cuidadas, iban siendo tan suaves como las de Lauriana. Su espléndida cabellera color castaño era la admiración y el orgullo del ex peluquero Adamas. El marqués le enseñaba la gracia por la teoría; pero él había conservado su gracia natural; en cuanto a la distinción, la había adquirido desde el primer día que se puso un traje de raso. Los sabios ejercicios coreográficos que hacía no servían más que para desarrollar sus dones naturales. Cuando tuvo un equipo conveniente, el marqués le llevó a hacer visitas en diez leguas a la redonda. La aparición de aquel niño, de quien en un principio se burlaban los envidiosos y las comadres, pero que cada día iba tomando consistencia y realidad, fue un acontecimiento en el país. Cuando pasaba rápidamente sobre su caballito, escoltado por Clindor y Aristandre, a través de las calles de La Châtre, la gente abría los ojos desmesuradamente y pensaba: -¿Pero será verdad? Preguntaron cómo se llamaba y cómo se llamaría. El marqués, siendo noble, ¿podría resignarse a tener por heredero a un simple hidalguillo? ¿Pero tendría el derecho de dejar su título y sus tres gallinas coronadas de plata a un Bouron? ¿Lo consentiría el rey actual? ¿No sería esto contrario a las leyes y a los usos de la nobleza? ¡Grave cuestión! Se habló de ello durante quince días; luego no se volvió nadie a acordar, porque las cosas difíciles cansan pronto, y cuando veían pasar al viejo marqués y al condesito, que iban a comer a casa de algún vecino, los dos idénticamente vestidos, bien fuera de blanco, a estilo aldeano; de azul celeste con canutillo de plata, o de raso crema con plumas blancas, o verde gai o rosa de melocotón con cintas de oro y de plata, y graciosamente reclinados sobre los cojines de la hermosa carroza, conducidos por dos enormes caballos, tan empenachados como los amos, y seguidos por una escolta de criados tan bien montados y armados y tan deslumbrantes que más parecían señores, no había en la ciudad, en la aldea o en los castillos un solo noble, burgués o villano, que no se pusiese en pie, exclamando: -¡Pronto! ¡Pronto! Oigo llegar la carroza del marqués. ¡Corramos a ver pasar a los caballeros de Bois-Doré! Mientras que estas cosas ocurrían en el afortunado Berry, la efervescencia crecía en el Mediodía de Francia. Hacia el 13 de noviembre los de Bourges se habían enterado con toda seguridad de que el rey había tenido que levantar el sitio de Montaubán. El joven rey era valiente. había llorado al retirarse. Luynes, que había asegurado que dominaría el partido corrompiendo a sus jefes, había fracasado con Rohan, general de la provincia y defensor de la ciudad. Desgraciadamente, estaba probado que aquel noble señor constituía una rara excepción, y que el sistema de Luynes era eficaz con la mayoría de los hidalgos sublevados: pero este sistema de compra arruinaba a Francia y degradaba la monarquía. Luis XIII se daba a veces cuenta de ello y comprendía que la incapacidad y la indignidad de su favorito paralizaban todos sus esfuerzos. El ejército estaba mal equipado y mal pagado. El desorden era escandaloso, y el rey, aunque pagaba treinta mil combatientes, en realidad no contaba con más de doce mil para sostener la campaña. Los jefes estaban desalentados. Mayenne acababa de morir. El carmelita español Domingo de Jesús María, a cuya santidad y entusiasmo los devotos alemanes atribuían la victoria de Praga, había profetizado en vano bajo los muros de Montaubán. Los falsos milagros son más difíciles en Francia que en ninguna parte. Los calvinistas se rehacían, y en los primeros días de diciembre monsieur de Bois-Doré recibió la visita de monsieur de Beuvre, que estaba muy animado, y le dijo confidencialmente: -Querido vecino: vengo a consultaros acerca de un asunto importante. Ya sabéis que soy pariente del duque de Thouars, jefe de la familia de La Tremouille, a la que tengo el honor de pertenecer, y que la primavera última he pensado ir a reunirme con las gentes de La Rochelle. Me habéis disuadido, afirmándome que el duque sería aniquilado por el rey como la nieve lo es por el sol; esto ha ocurrido como me lo anunciabais. Pero no porque el duque, mi pariente, haya cometido una falta he tenido yo razón al hacer otro tanto, y me reprocho el abandonar mi causa, sobre todo en el momento en que recobra fuerza. -Sin duda -dijo Bois-Doré ingenuamente- se os traba la lengua y queréis decir que la causa os necesita; porque si acudís en su auxilio en el momento en que lleva la ventaja, no veo dónde está el mérito. -Mi querido marqués -repuso Beuvre-, ya sé que siempre habéis presumido de caballerosidad; pero yo soy un hombre positivo y digo las cosas como son. Vos sois rico, vuestra fortuna está ya hecha, vuestra carrera terminada, y podéis filosofar. Yo, sin ser pobre, he sufrido grandes pérdidas, por haber jugado mal mi partida, en estos últimos tiempos. Me siento aún dispuesto y me aburro en la inacción. Además, no puedo resistir los aires de superioridad que toman los viejos ligueros de nuestro país. Los chanchullos de los jesuitas me irritan. ¿Es que para vivir en paz, como vos, voy a tener que convertirme? -¿Cómo yo? -añadió el marqués sonriendo. -Ya sé que vuestra conversión no ha sido muy sonada -prosiguió Beuvre-; pero por poco que sea, es demasiado para mí; prefiero batirme. Y todavía me quedan cinco o seis años de actividad y de salud. -¡Muy grueso estáis, vecino! -Creéis que engordo porque no os veis menguar. ¡Es que vos enflaquecéis y no que yo esté más gordo! -¡Sea! Comprendo vuestras razones para hacer esta campaña. Creéis que será provechosa, pero os equivocáis. Los jefes y los soldados, los burgueses y los pastores, todos van bravamente al combate; pero al día siguiente se dividen, se aborrecen, se injurian y cada cual tira por su lado. Desde la San Bartelemy la partida está perdida, y, para ganarla, el rey de los hugonotes ha tenido que abandonar la causa. Quiso ser francés ante todo, y lo que vos queréis hacer no beneficiará ni a Francia ni a vos mismo. Beuvre no sufría que le contradijeran. Se obstinó, y él, el hombre más escéptico del mundo, censuró al marqués por su carencia de principios religiosos. Al oírle, Bois-Doré comprendió que le engolosinaban las ofertas que la monarquía se veía obligada a hacer, después de cada una de sus derrotas, a los señores calvinistas. Beuvre no era de los que se vendían, pero sí de los que se batían y se aprovechaban de la victoria sin escrúpulo y con grandes exigencias. -Puesto que estáis decidido -le dijo el marqués con dulzura-, debisteis habérmelo dicho enseguida en lugar de pedirme consejo. No tengo que haceros ya más que una objeción. Tendréis que equiparos y llevar para esta campaña vuestras mejores soldados. ¿Habéis pensado en el perjuicio que puede causar a vuestra hija el que a los jesuitas se les ocurra participar vuestra ausencia a monsieur de Condé? Y creed que no se privarán de hacerlo y que el castillo de la Motte Seuilly estará expuesto a alguna incautación en nombre del rey, lo que siempre es llevado a cabo por malas gentes. Vuestra hija, en peligro de recibir algún ultraje... -No temo nada de eso -dijo Beuvre-. Fingiré hallarme en Orleáns, en donde todo el mundo sabe que tengo un pleito. Desde allí me dirigiré sigilosamente hacia la Guyenne, donde tomaré algún nombre de guerra, según es costumbre, para proteger en mi ausencia a mi familia y mis dominios. Seré el capitán Chandelle, o el capitán La Paille, o el capitán... cualquier cosa. -Ya sé que es, costumbre hacer esto -repuso Bois-Doré-; pero no siempre sale bien. Os prometo que defenderé vuestro castillo cuanto me sea posible; pero si no temiese haceros una oferta incorrecta, os propondría guardar a vuestra hija en mi casa durante esta ausencia. -Ofreced, ofreced, querido vecino, porque acepto, y no veo dónde está la incorrección. No hay incorrección para una mujer más que allí donde hay peligro para su virtud o para su reputación; y no me parece que entre vos, que pudierais ser su abuelo; vuestro hijo, que no pasa de ser un colegial; vuestro mudo filósofo y vuestro paje, que parece un mono, mi hija pueda perder corazón o la cabeza. De suerte que mañana os la traigo y os la dejo hasta mi regreso, con la convicción de que será feliz y estará segura en vuestra casa y de que seréis para ella, como sois para mí, el mejor de los amigos y de los vecinos. -Podéis contar con ello -contestó Bois-Doré-. Iré yo mismo a buscarla. Mi carroza es bastante grande y podrá traer en ella sus objetos más valiosos sin que nadie se entere de que se traba de algo más que de una de sus visitas de costumbre. XXXIX Efectivamente: al día siguiente Lauriana se instaló en Briantes, en la «Sala de Verduras» que el ingenioso Adamas convirtió rápidamente en una habitación lujosa y cómoda. La morisca solicitó que la pusiesen al servicio de madame de Beuvre, que le insipiraba confianza y simpatía, y Lauriana, que a su vez la apreciaba mucho, la rogó que durmiese en el gabinete contiguo a su vasta alcoba. La joven se separó de su padre con mucha entereza. La leal criatura, llena de fe y de entusiasmo, no sospechaba en él cálculo alguno. Le hubiera costado trabajo comprender lo que era razonar, dudar y resolver en beneficio del propio interés. Sabía que su padre era valiente como un león y franco por su carácter y por su hidalguía; era más que suficiente para que se le representase como un héroe. Él, comprendiendo la ingenuidad y el idealismo de su hija, no se hubiera atrevido a rebajarse ante ella, dejándola ver que era el prototipo del hombre honrado de su tiempo; es decir, de los que hacían el menor mal posible, pero pensaban siempre en sacar provecho de las cosas. Ya no era el tiempo del ideal. Habían empezado «las realidades del horrible siglo XVII, aquel desierto grandioso en el que el pan para el espíritu y para el cuerpo se va agotando, en el que la Naturaleza no alimenta ya al hombre y la tierra, extenuada, se hunde bajo su peso». Los hombres, avejentados en las luchas del siglo precedente, no podían rejuvenecer en el siglo nuevo; pero los niños tenían alma; ¡la tienen siempre cuando se los deja en libertad! Lauriana, entusiasmada por la hermosa conducta de los Rohan y de los La Force en Montaubán, impelía a su padre a la partida, creyendo que él no pensaba más que en defender el honor de la causa, y que, como ella, no tenía más ideal que conservar a costa de la fortuna, y a ser preciso de la vida, la dignidad y la libertad de la conciencia, concedidas por Enrique IV. No vertió una lágrima al darle el último beso; su mirada le siguió hasta que él se hubo perdido de visita; entonces entró en su cuarto y lloró. Mercedes, que trabajaba en el gabinete, la oyó y fue a la puerta; pero no se atrevió a acercarse. Lamentaba no conocer su idioma para consolarla. Aquella mujer tenía instintos maternales y no podía ver sufrir a un corazón joven sin sufrir a su vez y sentir la necesidad de aliviarle. Se le ocurrió ir a buscar a Mario; le parecía que no había dolor que resistiese a la vista y a las caricias de su bien amado. Mario se acercó quedamente de puntillas, y llegó junto a Lauriana sin que ella le hubiera oído. Ya consideraba a Lauriana como a una hermana querida. ¡Era tan buena con él, tan alegre siempre! ¡Se preocupaba tanto de entrerenerle cuando él iba a la Motte Seuilly! Al verla llorar se quedó intimidado. Creía, como todo el mundo, que la ausencia de monsieur de Beuvre no duraría más que unos días. Permanecía arrodillado en el cojín en que Lauriana descansaba los pies, y la miraba lleno de confusión; al fin se atrevió a cogerle las manos. Lauriana se estremeció, y vio aqu