libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Kipling, Joseph Rudyard (1865-1936) Escritor inglés. Novelista inglés laureado con el Premio Nobel. Kipling escribió novelas, poemas y relatos ambientados principalmente en la India y Birmania durante la época de gobierno británico. Nació el 30 de diciembre de 1865 en Bombay (India) y a la edad de 6 años lo enviaron a estudiar a Inglaterra. Pasó cinco años en un hogar social de Southsea, experiencia detestable que describe en su relato 'La oveja negra'. Regresó a la India en 1882 y a partir de ese momento trabajó para la Civil and Military Gazette de Lahore hasta 1889, en calidad de editor y escritor de relatos. Más tarde publicó Cancioncillas del departamento (1886), una serie de versos satíricos sobre la vida civil y militar en los cuarteles de la India colonial, así como una colección de sus relatos escritos para la prensa recopilados en Cuentos de las colinas (1887). Su fama literaria se consolidó con seis historias sobre la vida de los ingleses en la India, publicadas entre 1888 y 1889, que revelaban su profunda identificación con las gentes y el paisaje de su país. Posteriormente viajó por Asia y Estados Unidos, donde contrajo matrimonio con Caroline Balestier en 1892 y vivió durante un breve periodo en Vermont. En 1903, se estableció en Inglaterra. Kipling fue un escritor prolífico y popular. En 1907 obtuvo el Premio Nobel de Literatura, convirtiéndose en el primer autor inglés merecedor de este galardón. Kipling figura entre los principales escritores de relatos ingleses. Como poeta destaca por sus versos escritos en la jerga habitual de los soldados británicos. Su literatura gira siempre en torno a tres ejes: el patriotismo, el deber de los ingleses de llevar una vida de intensa actividad y el destino de Inglaterra, llamada a ser un gran imperio. Su insistencia en este último aspecto era sin duda un eco del pasado victoriano y perjudicó gravemente su reputación como escritor en los años posteriores a la I Guerra Mundial. LA ENCARNACIÓN DE KRISHNA MULVANEY RUDYARD KIPLING Adelante, mis campeones, hoy hacia la iglesia cabalgamos, quien no tenga caballo, ahora mismo ha de robarlo. Respeto, hombres, recordad, es la casa de Dios. Tú, Conrad, la nave has de atravesar y whisky nos escanciarás. La cabalgada de Hans Breitmann hacia la iglesia HABÍA una vez, muy lejos de Inglaterra, tres hombres que se querían tanto que ningún hombre ni ninguna mujer podía interponerse entre ellos. No sería posible decir que eran refinados, ni de los que pueden pasar más allá del felpudo de las casas de personas decentes, porque, precisamente, eran soldados rasos del Ejército de Su Majestad, y los soldados rasos de nuestro servicio tienen poco tiempo para ilustrarse. Su deber consiste en mantenerse a sí mismos y a su equipo limpios, sin mancha, abstenerse de borracheras más frecuentes de lo necesario, obedecer a sus superiores y rogar por que haya una guerra. Con todo eso cumplían mis amigos, y por propia iniciativa agregaban alguna riña que no estaba contemplada en las ordenanzas militares. Su destino los llevó a servir en India, que no es un país dorado, aunque los poetas hayan cantado lo contrario. En esa tierra los hombres mueren muy pronto y los que viven sufren muchas y raras desgracias. No creo que mis amigos se interesaran en exceso por los aspectos sociales o políticos de Oriente. Intervinieron en una guerra no poco importante en la frontera norte, en otra en nuestros límites occidentales y en una tercera en Alta Birmania. Entonces su regimiento se acantonó para reclutar nuevos efectivos v la monotonía ilimitada del acantonamiento fue lo que les tocó en suerte. Llevaban a cabo sus ejercicios mañana y tarde en el mismo polvoriento patio de revistas. Vagaron, arriba y abajo, por el mismo tramo de carretera blanca polvorienta, acudieron a la misma iglesia y a la misma taberna, y durmieron, en el mismo pajar encalado de una barraca, durante dos largos años. Uno de ellos era Mulvaney, el primero en el oficio, que había servido en distintos regimientos desde Bermudas hasta Halifax, viejo en la guerra, lleno de cicatrices, temerario, listo y, en sus horas piadosas, un soldado sin igual. A él fue en busca de ayuda y consuelo un hombre de Yorkshire, seis pies y medio de estatura, movimientos lentos, pasos pesados, nacido en los llanos, criado en los valles y educado, sobre todo, entre los carros de los transportistas, detrás de la estación de York. Su apellido era Learoyd y su principal virtud, una paciencia sin límites que le ayudaba a ganar las peleas. Cómo fue que Ortheris -algo así como un foxterrier de un cockney llegó a ser miembro del trío es un misterio que todavía hoy no puedo explicar. -Siempre seremos tres solía decir Mulvaney-.Y por la tumba del Señor que, mientras dure nuestro servicio, seguiremos siendo tres. Es como debe ser. No deseaban más compañía que la propia, y nada bueno le esperaba a cualquier hombre del regimiento que intentara pelear con ellos. Un enfrentamiento físico estaba fuera de lugar ante Mulvaney y el de Yorkshire; y un ataque a Ortheris significaba la respuesta combinada de los otros dos, algo que ni siquiera cinco hombres hubiesen aceptado tener entre manos. De modo que medraron, compartiendo sus tragos, su tabaco y su dinero, la buena suerte y la mala, la guerra y la posibilidad de morir, la vida y la posibilidad de ser felices, desde Calicut, en la India del sur, hasta Peshawar, en la del norte. No fueron méritos propios sino la buena fortuna lo que me llevó a ser admitido hasta cierto punto en su amistad por los tres: con franqueza por parte de Mulvaney, desde un principio; con adustez y renuencia por Learoyd y con sospechas por Ortheris, que sostenía que ningún hombre que no estuviese en el Ejército podía fraternizar con un casaca roja. -Cada oveja con su pareja -decía-. Yo soy un maldito soldao y él es un maldito paisano. No es lo natural, y no hay más[Librodot-1]. Pero había más. Se ablandaron poco a poco y en el ablandamiento me contaron de sus vidas y aventuras más de lo que yo pudiera llegar a escribir. Sin entrar en detalles, este relato comienza con la Sed Lamentable que estuvo en la raíz de las Primeras Causas. Nunca hubo semejante sed, así me lo explicó Mulvaney. Ellos reaccionaron contra su virtud compulsiva, pero el esfuerzo alcanzó el éxito sólo en el caso de Ortheris. El, que tantos talentos poseía, marchó hacia las carreteras y robó un perro de un «paisano», videlicet alguien, no sabía quién, que no estaba en el Ejército. Pues bien, aquel paisano hacía poco que había emparentado por matrimonio con el coronel del regimiento y en el cuartel se generó el alboroto menos previsible del mundo para Ortheris y, por fin, se vio forzado, para que no se produjesen males mayores, a disponer por un precio ridículamente poco provechoso del más prometedor de los cachorros de terrier que jamás hubiese jerarquizado el extremo de una cadena. El dinero obtenido apenas bastó para un breve desacato que lo llevó al cuarto de la guardia. Sin embargo, salió con no más que una reprimenda severa y unas pocas horas de ejercicios como castigo. No por nada había adquirido la reputación de ser «el mejor soldado que viste y calza» en el regimiento. Mulvaney había enseñado a sus compañeros, como primer artículo de su credo, el aseo personal y la eficiencia. -Un hombre sucio -solía decir con su especial forma de hablar- va a dá en la trena porque le tiemblan las rodillas y le montan consejo 'e guerra porque le falta un par de calcetines, pero un hombre limpio, tan limpio que sea un adorno pa' sus compañeros, un hombre que lleve los botone como de oro, que tenga una chaqueta tiesa como la cera y que en el equipo no haya dejao pasó una mancha, ese hombre puede, si esiste la razón, hacé lo que quiera y bebé como un demonio. Eso es lo bueno de ir decente. Cierto día estábamos sentados a la sombra de un barranco, lejos del cuartel, donde en época de lluvias corría un arroyo. Detrás nuestro se alzaba una selva de malezas en la que se supone que habitan chacales, pavos reales, zorros grises de las provincias del noroeste y a veces algún tigre de India central, que se haya extraviado. Al frente teníamos el cuartel, resplandeciendo, blanco, bajo el resplandor del sol, y a cada lado corría la ancha carretera que llevaba a Delhi. Aquella maleza me sugirió cuánta era la sabiduría de Mulvaney al tomarse un permiso de un día para salir de caza. El pavo es un ave sagrada en toda la India y el que mate a uno corre el peligro de ser atacado por los campesinos que le vean; pero en una ocasión anterior en que Mulvaney había salido, se había arreglado para volver, sin ofender en nada las susceptibilidades locales, con el bello plumaje de seis pavos reales, que había vendido muy bien. Es decir que parecía posible... -¿Pero de dónde sale esto de tené que largarme sin un trago? El suelo no es más que polvo bajo los pié y parece que te se mete en la garganta pa' matarte -se lamentaba Mulvaney, mirándome con aire de reproche-. Y un pavo reá no es un pájaro al que se pueda cogé la cola, a menos que corras. ¿Quién puede corré con agua, con ná má que agua de la selva? Ortheris había considerado el problema con todas sus proyecciones. Habló mientras masticaba el cañón de su pipa, con aire meditativo: -Adelante, vuelve cubierto de gloria Al regio hogar de Clusium: Y cuelga ante los templos condenaos Los condenaos escudos romanos. Será mejor que vayas. No es probable que te pegues un tiro, siquiera mientras haiga la posibilidá de bebida. Yo y Learoyd nos quedaremos en casita, a cuidar de la tienda, no sea cosa que vaya a pasar algo. Pero tú te vas, con tu escopeta, y te coges a esos pavos reales o lo que fuese. Me parece que te darán un día de permiso zumbando. Así que, ¡arrea!, te lo dan y te traes esos pavos reales o lo que fuese. -Jock -dijo Mulvaney, volviéndose hacia Learoyd, que estaba semidormido a la sombra del terraplén. Learoyd se levantó sin prisa. -Vale, Mulvaney, ve -dijo. Y Mulvaney se marchó, maldiciendo a sus compañeros con enjundia irlandesa y con pertinencia cuartelera. -Tomar nota -dijo cuando, obtenido su permiso, apareció con sus ropas de campaña y la única escopeta de caza del regimiento en la mano-, tomar nota, Jock y tú, Orth'ris, que no me marcho por mi propia voluntá, que me voy por daros gusto a vosotros. No me fío yo de lo que salga de esta cosa permiscua de ir detrás de los pavos reales en una comarca desoló; y bien me sé yo que me voy a quedar tirao por ahí y que me voy a morir de sé. ¡Ay, que tenga que ir a cazar pavos reales pa' vosotro, tíos holgazanes... y que los labriego me echen mano! ¡Aj! Agitó su manaza y se marchó. A la hora del crepúsculo, mucho antes del momento fijado, regresó con las manos vacías y sucio de pies a cabeza. -¿Los pavos? -inquirió Ortheris desde su cómodo lugar de descanso, encima de la mesa de la barraca, donde fumaba con las piernas cruzadas, en tanto que Learoyd dormía profundamente sobre un banco. -Jock -dijo Mulvaney sin responder, mientras sacudía al compañero dormido-, Jock, ¿puedes peleó? ¿Quieres peleó? Con mucha lentitud el significado de las palabras se introdujo en la cabeza del hombre, que se había incorporado a medias. Comprendió..., pero... ¿qué podían querer decir esas cosas? Mulvaney lo sacudía con salvajismo. Entre tanto los hombres que estaban en la barraca aullaban de deleite. Por fin había guerra en la confederación: guerra y ruptura de pactos. La etiqueta del cuartel es rigurosa. A un desafío directo ha de seguir una respuesta directa. Esto es más fuerte que los lazos de una amistad probada. Una vez más Mulvaney repitió la pregunta. Learoyd respondió con el único medio que estaba a su alcance, y con tanta velocidad que el irlandés apenas tuvo tiempo para esquivar el golpe. Las risas suscitadas se incrementaron. Learoyd miraba perplejo a su amigo, que estaba tan perplejo como él. Ortheris bajó de la mesa porque su mundo se desplomaba. -Ven fuera -dijo Mulvaney y, mientras los ocupantes de la barraca se preparaban a seguirlos muy alegres, se volvió para anunciarles, furioso-: esta noche no habrá pelea, a menos que alguno de vosotros piense en ayudó. Si alguien quiere, que venga. Nadie se movió. Los tres fueron hacia la luz de la luna y Learoyd no dejaba de manosear los botones de la guerrera. El patio de ejercicios estaba desierto, con la excepción de los chacales que se escurrían. El impulso de Mulvaney los llevó bastante lejos antes que Learoyd intentara volverse para seguir con la discusión. -No te muevas. Yo tengo la culpa por empezar las cosas por la mitá, Jock. Tendría que haber llegao con una esplicación, pero Jock, hermano, ¿tú piensas, por tu vida, que estás preparao para la mejor pelea que jamás haya habido, mejor que pelearte conmigo? Piénsatelo ante de contestarme. Más confuso que nunca, Learoyd dio dos o tres vueltas, se tanteó un brazo, pateó el suelo y dijo: -Estoy preparao. Tenía costumbre de pelear ciegamente por orden de una mente superior. Se sentaron todos. Los hombres observaban desde lejos y Mulvaney se desembrolló en palabras altisonantes. -Según vuestro plan de tontos, salí al desierto sin caminos, más allá de los cuarteles. Y ahí me topé con un hindú piadoso que iba en una carreta de bueyes. Me figuré que estaría encantao de llevarme un trecho, así que salté a la carreta... -Eres un marrano gandul -masticó las palabras Ortheris, que hubiese hecho otro tanto en una situación parecida. -Era el mejor de los comportamientos. El negro aquel siguió andando millas y millas, hasta el ferrocarril nuevo que están costruyendo detrás del río Tavi. «Esta carreta es para la basura», me dice de vez en cuando, con miedo, como pa' echarme. «Yo soy basura», le digo, «y de la más sequita que hayas llevao jamás en tu carreta. Tira pa'lante, hijo mío, y que la gloria sea contigo». Y me eché a dormir y no hice caso de ná hasta que él se subió al terraplén de la vía, donde los culis amontonaban barro. Habrá cosa de unos dos mil culis en esa vía, ya os acordaréis. De repente, suena una campana y todos ellos salen corriendo hacia el tingladillo de la paga. «¿Dónde está el blanco que está a cargo?», le digo al condutor de mi carreta. «Bajo el tinglao», me dice, «ocupao con lo de la rifa». «¿Con qué?», le dilo. «Con lo de la rifa», me dice. «Tú llevas boleto. El coge dinero. Tú ganas nada.» «¡Ya!», le digo, «eso es lo que un hombre superior y cultivao llama una rifa, pobrecito de mí, criatura de las tiniebla y el pecao. Llévame adonde la rifa esa, aunque a saber lo que el diablo está haciendo tan lejos de su mundo, que es el mercadillo de caridá de las Navidade, con la mujé del coronel sonriendo detrás de la mesa del té». O sea que fui al cobertizo y me encontré con que era el día de paga de los culis. Las nóminas estaban sobre una mesa, delante de un hombre que parecía un toro, fuerte, guapo y colorao, como de siete pies de alto, cuatro de ancho y tres de espesor, y unos puño que parecían sacos de trigo. Le estaba pagando a los culis como está mandao, pero a cada hombre le preguntaba si se animaba con la rifa ese mes, y cada uno le decía «Sí», desde luego. Y entonces él les quitaba de la paga lo que había que quitarles. Cuando ya todos habían sido pagaos, llenó una lata vieja de cigarro con unas papeletas y las repartió entre los culis. Nadie se mostraba muy contento con el numerito, y no es estraño. Un hombre que estaba cerca de mí coge una papeleta negra y grita: «Me ha tocao». «Muy bien hecho», le digo. El culi va y se acerca al hombre fuerte, colorao, guapo, que levanta una tela y deja ver la silla de manos más lujosa, lustrá, esmaltá y engalaná que yo haya visto nunca. ¡Silla de manos! Tú es que eres un bruto. Eso es un palanquín. ¿No te das cuenta de lo que es un palanquín cuando lo ves? -dijo Ortheris con gran desprecio. -Si quiero decir silla de mano, es silla de mano, chiquillo -continuó el irlandés-. Era una silla superior, toda tapizá de seda rosa y con cortinas roja de seda. «Aquí está», dice el hombre colorao. «Aquí está», dice el culi y suelta una sonrisilla. «¿A ti te vale de algo?», le dice el colorao. «No», le dice el culi. «Me gustaría regalársela.» «Me da mucho gusto acetarla», le dice el colorao y entonces tóos los culis soltaron unos gritos que parecían ser de contento y se volvieron a cavar, dejándome solo en el cobertizo. El colorao me vio y se le puso azul la cara encima de su cuello gordo y fuerte. «¿Qué buscas aquí?», me dice. «Aquí estoy, de pie, y nada má», le digo, «a menos que haya algo de lo que tú jamás has tenido, que son modales, ladrón de rifas», porque no iba yo a dejá que alguien se metiera con el Servicio. «Fuera de aquí», me dice, «yo estoy al mando de este setor de la obra». «Y yo estoy al mando de mí mismo», le digo, «y se me hace que me voy a quedar un rato. ¿Organizas muchas rifas por estos lugares?». «¿Y a ti qué te importa?», me dice. «Náa», le digo, «pero a ti, mucho, porque se me da que sacas el cincuenta por ciento de tus ingresos de esa silla de manos. ¿Siempre la rifas así?», le digo, y entonces me fui a hacerle preguntas a un culi. Chico, ese hombre se llama Dearsley y ha estao rifando la silla esa de mano, todos los meses, como cosa de nueve meses. Tóos los culis de esa sección compran un boleto, que si no él los echa, una vez al mes, el día de la paga. El culi al que le toca se la devuelve, porque es muy grande pa' llevársela y él despediría al que quisiese venderla. Ese Dearsley está haciéndose de fortuna, como Roscio, con esa rifa injusta. ¡Piensa en la vergüenza que es para los pobrecillos culis que el Ejército de la India tiene que proteger y alimentar en su seno! ¡Dos mil culis estafaos una vez al mes! -Mal rayo parta a esos culis. ¿Te has traído la silla, guapo? -dijo Learoyd. -Aguarda. Cuando ya había descubierto esta increíble y magnífica estafa que hace el tío ese, Dearsley, convoqué un consejo de guerra; él no paraba de citarme para una pelea, con un lenguaje oprobioso. Esa silla de mano jamás perteneció por derecho a ningún capataz de culis. Te digo que es una silla de rey o de reina. Está llena de oro y seda y tóo tipo de chismes. Chico, no seré yo quien se ponga a deshacer los males, que ya estoy viejo pa' eso, pero, vaya, que ése la ha tenido nueve meses y no se atreverá a hacer problemas si se la quitan. A cinco millas, o tal vez seis... Hubo una pausa prolongada y los chacales aullaron de contento. Learoyd desnudó uno de sus brazos y lo examinó a la luz de la luna. Después asintió con la cabeza, en parte para sí mismo y en parte para sus amigos. Ortheris se agitaba en su emoción contenida. -Ya había pensao yo que vosotros veríais lo razonable que es esto -decía Mulvaney-. Si hasta me arriesgué a decírselo al hombre. El esperaba un ataque frontal direto: infantería, caballería, artillería, y para náa, porque yo no tenía con qué transportar la máquina. «No pienso discutir con usté hoy», le digo, «pero más alante, mister Dearsley, estafador de rifas, hablaremos de este asunto largamente. No es buena política la de robarle al negro lo que tanto le ha costao ganar, y por la información que me han dao (que era lo que me había dicho el hombre de la carreta), usté viene prerpetrando lo mismo desde hace nueve meses. Pero yo soy un hombre justo», le digo, «y dejando a un lao la presunción de que el tal asiento, con su punta de oro, no haya sido comprao con honestidá», y ahí se puso verde, así que me di cuenta de que tóo eso era más cierto que mencionable, «no ha sío comprao con honestidá, tengo buena voluntá pa' pasar de esta felonía por las ganancias del mes». -¡Toma ya! -exclamaron Learoyd y Ortheris. -Ese tío, Dearsley, le pide demasiao al destino -continuó Mulvaney, meneando la cabeza con solemnidad-. Ni en todo el infierno encontraría una palabra que fuese bastante pa' sabé cómo estaba yo en ese momento. ¡Me trató de ladrón, de verdá! ¡A mí, que le estaba salvando de seguir por el mal camino sin hacerle ojeciones, cuando pa' un hombre de conciencia una ojeción puede cambiarle la direción de la vida. «No seré yo quien discuta», le digo, «lo que usté es o no es, mister Dearsley, pero por mi alma que le voy a quitar esa tentación que tiene usté en esa silla de manos». «Tendrás que pelear conmigo pa' llevártela», me dice, «porque me sé muy bien que no te atreverás a informar a nadie». «Pues habrá pelea», le digo, «pero no en el día de la fecha, porque yo estoy débil por falta de alimento». «Tú eres un viejo sinvergüenza», me dice, mirándome de arriba a abajo, «buena pelea será la que tengamos. Ahora come y bebe y despué sigue tu camino». Y en eso me dio un poco de cecina y whisky -muy bueno- y hablamos de esto y de aquello tóo el rato. «Me sabe mal ahora», le digo, limpiándome la boca, «tener que confiscar esa pieza del mobiliario, pero lo justo es justo». «Todavía no la tienes», me dice, «está la pelea por medio». «Sí que está», le digo, «y será una buena pelea. Tendrá lo mejó de lo mejó de mi regimiento por la comida que ha dao en el día de hoy». O sea que me vine a toda marcha a por vosotros. A callar los dos. La cosa es así. Mañana iremos los tres y él tendrá que escoger entre yo y Jock. Jock engaña en esto de pelear, porque es demasiao gordo a primera vista y se mueve despacio. Yo soy puro músculo a primera vista y me muevo rápido. Según mis cálculos, el Dearsley ese no me va a elegir a mí, o sea que yo y Orth'ris veremos una pelea limpia. Oye, Jock, te digo que será una pelea grande, con todo lo que hay que tener, su nata y su guinda. Despué del asunto, los tres tendremos que aplicarnos a fondo -aunque Jock se habrá hecho mucho daño- para llevarnos esa silla de mano. -Palanquín -intervino Ortheris. -Pues como se llame, pero tenemos que tenerla. Es la única cosa de las que se venden a nuestro alcance que podemos conseguir tan barato. Porque, ¿qué es una pelea, después de tóo? El tío le ha robao al negro, una deshonestidá. Nosotros le robamos a él con honestidá, y eso porque me ha dao whisky. -¿Pero qué vamos a hacer con la condená mercancía cuando la tengamos? Esos palanquines son grandes como una casa y muy difíciles de vender, como lo decía McCleary cuando se robó la caseta del centinela en el Curragh. -¿Quién es el que va a pelear? -dijo Learoyd y Ortheris cedió. Los tres regresaron a la barraca sin decir palabra. El argumento final de Mulvaney remachó la cuestión. El palanquín constituía una propiedad vendible y que podía obtenerse de la más sencilla y menos incómoda de las formas. En última instancia, podía convertirse en cerveza. Mulvaney era grande. A la tarde siguiente una procesión de tres se formó y desapareció entre las malezas en dirección a la nueva línea de ferrocarril. Sólo Learoyd avanzaba sin cuidado, porque Mulvaney se sumergía en las profundidades oscuras del porvenir, y el pequeño Ortheris temía lo desconocido. Lo que ocurrió en el aislado cobertizo de las pagas, junto al terraplén semiconstruido, no lo saben más que unos pocos cientos de culis y su relato es confuso, más o menos así: -Estábamos trabajando. Llegaron tres hombres de casaca roja. Vieron al sahib... al sahib Dearsley. Empezaron los discursos, el que más habló fue el más pequeño de los casacas rojas. El sahib Dearsley también dijo su discurso, y usó muchas palabras muy fuertes. Cuando terminó la conversación, se marcharon juntos hacia un lugar abierto y allí el hombre gordo de los casacas rojas peleó con el sahib Dearsley, según la costumbre de los hombres blancos: con las manos, sin dar voces, sin tirarle del pelo al sahib Dearsley ni una sola vez. Los que no teníamos miedo observamos todo nada más que durante el tiempo que un hombre necesita para cocinar la comida del mediodía. El hombre pequeño de casaca roja se había hecho dueño del reloj del sahib Dearsley. No, no robó ese reloj. Lo sostuvo en sus manos y en determinados momentos daba una voz y los dos dejaban el combate, que era como el combate de los toros jóvenes en primavera. Pronto ambos hombres estuvieron rojos, pero el sahib Dearsley estaba más rojo que el otro. Al ver esto, y temerosos por su vida -porque nosotros le amamos profundamente-, unos cincuenta de nosotros mostramos nuestra intención de arrojarnos contra los casacas rojas. Pero uno de los hombres, de pelo muy negro y que de ninguna manera ha de confundirse con el pequeño, ni con el hombre gordo que peleaba, ese hombre, lo aseguramos, se arrojó contra nosotros y del total cogió a unos diez o cincuenta con los dos brazos e hizo que nuestras cabezas golpearan unas con otras, de modo que nuestros hígados se volvieron agua, y salimos corriendo. No es bueno entremeterse en las peleas de los hombres blancos. Después de eso el sahib Dearsley cayó y ya no se levantó, y aquellos hombres saltaron sobre su tripa y le despojaron de todo su dinero, intentaron pegar fuego al cobertizo de las pagas y se marcharon. ¿Es verdad que el sahib Dearsley no ha denunciado estas cosas después que fueron llevadas a cabo? Nosotros quedamos sin sentido por el miedo y ya no recordamos nada. No había ningún palanquín cerca del cobertizo de las pagas. ¿Qué sabemos nosotros de palanquines? ¿Es verdad que el sahib Dearsley no ha vuelto a su puesto, a causa de su enfermedad, en diez días? Es culpa de esos malos hombres de casacas rojas, que tendrían que ser castigados con severidad, porque el sahib Dearsley es a la vez nuestro padre y nuestra madre, y nosotros le amamos muchísimo. Pero, si el sahib Dearsley ya no vuelve a su puesto, diremos la verdad. Había un palanquín, para cuyo mantenimiento nos veíamos forzados a pagar las nueve décimas partes de nuestro salario mensual. Además de embaucarnos así, el sahib Dearsley nos permitía jurarle obediencia ante el palanquín. ¿Qué podíamos hacer? Éramos pobres. Nos arrebataba la mitad de nuestro salario. ¿El Gobierno nos devolverá esos dineros? Esos tres hombres de las casacas rojas cargaron el palanquín sobre los hombros y se marcharon. Todo el dinero que el sahib Dearsley nos había quitado estaba en los cojines de ese palanquín. Por lo tanto, ellos lo robaron. Allí había miles de rupias: todo dinero nuestro. Era nuestra caja; para llenarla, entregamos de buena gana al sahib Dearsley las tres séptimas partes de nuestro salario mensual. ¿Por qué el hombre blanco fija en nosotros una mirada de desagrado? Ante Dios declaramos que había un palanquín y que ahora no lo hay; y si envían a la policía aquí para investigar, sólo podremos decir que jamás hubo palanquín alguno. ¿Cómo podía haber un palanquín junto a estas obras? Nosotros somos pobres y no sabemos nada. Esta es la versión más simple del relato más simple del asalto contra Dearsley. La recibí de los labios de los culis. El propio Dearsley no se hallaba en condiciones de decir nada y Mulvaney mantuvo un silencio macizo, roto tan sólo para relamerse los labios de vez en cuando. Había asistido a una pelea tan estupenda que había perdido incluso la capacidad del habla. Respeté su reserva hasta que, tres días después de los sucesos, descubrí en un establo en desuso de mi propiedad un palanquín de esplendor impúdico, evidentemente la litera de una reina en tiempos idos. La vara de la que colgaba entre los hombros de los portadores estaba decorada con papier-maché pintado de Cachemira. Los apoyahombros eran de seda amarilla. Los paneles de la litera propiamente dicha ardían –laca sobre cedro- con los amores de todos los dioses y diosas del panteón hindú. Las puertas corredizas de cedro estaban adornadas con cierres de esmalte translúcido de Jaipur y se deslizaban sobre raíles entorchados de plata. Los cojines eran de brocado de seda de Delhi y las cortinillas, que alguna vez impidieron ver cualquier chispa de la belleza del palacio del rey, estaban rígidas de bordados de oro. Un examen cuidadoso reveló que toda la tapicería estaba raída y descolorida en todas partes, por el tiempo y el uso, pero aun así era lo bastante espléndido como para merecer hallarse estacionado ante los umbrales de un harén real. No le encontré más defecto que el de estar en mi establo. Después, cuando intentaba levantarlo por la vara cubierta de plata, me eché a reír. El camino desde el cobertizo de Dearsley hasta el cuartel era estrecho y nada liso; recorrido por tres portadores de palanquines poco experimentados, uno de los cuales tenía sus buenos golpes en la cabeza, tuvo que haber sido una senda de tormento. Aun así, no reconocí a los tres mosqueteros el derecho a convertirme en un «perista» de lo robado. -Le estoy pidiendo que me guarde el mueble -dijo Mulvaney cuando le induje a considerar el tema-. Eso no es robo. Dearsley nos dijo que podíamos quedarnos con él si peleábamos. Jock peleó y, verá, señor, cuando la fiesta estaba en lo mejor y Jock sangraba como un cerdo acuchillao y el pequeño Orth'ris chillaba saltando en una pierna y echándole bocaos al reloj de Dearsley, yo hubiese dao mi plaza pa' que usted viera un asalto. El hombre eligió a Jock, como yo sospeché que haría, y Jock engaña. En nueve asalto estaban igualaos, y en el décimo... Bueno, en cuanto al palanquín. No hay ningún problema, o no lo hubiésemos llevao allí. Usté comprenderá que la Reina -i Dios la bendiga!- no admite que un soldao raso se guarde los elefantes, palanquines y esos chismes en el cuartel. Después de bajarlo del cobertizo de Dearsley a través de aquella maleza cruel que casi le cuesta el corazón a Orth'ris, lo dejamos un rato en el barranco, y un puerco espín ladrón, una civeta y un chacal se metieron a dormir adentro, como lo vimos a la mañana. Y yo le pregunto a usté, señor, un palanquín elegante, digno de una princesa, ¿es el lugar natural pa' que estén todos los bichos del cuartel? Lo llevamos a su casa, cuando cayó el sol, y lo pusimo en su establo. No permita que le remuerda la conciencia. Piense en esos hombres de allá, del cobertizo, contentos, mirándolo a Dearsley con la cabeza envuelta en una tualla, y seguros de que se pueden llevar la paga de cada mes sin que les quiten náa por las rifas. Indiretamente, señor, usté ha salvao de un hijo de una ave rapaz sin principios a tóos los campesinos de un pueblo muy grande. Y además, ¿piensa que voy a dejar que esa silla se nos pudra entre las manos? No seré yo quien lo haga. No se ve en el mercao una joya pura como ésa tóos los días. No hay un rey en cuarenta millas a la redonda -y abarcó con la mano el horizonte polvoriento-, no hay uno solo que no se alegrase de comprarla. Un día de éstos, yo mismo, cuando me sobre tiempo, me la llevaré por ese camino y dispondré de ella. -¿Cómo? -le dije, porque sabía que ese hombre era capaz de cualquier cosa. -Me meteré dentro, por supuesto, y con el ojo alerta por las cortinillas. Cuando vea a un hombre deltipo de los nativos, me bajaré, tóo tímido, y le diré: «¿Comprar palanquín, tú, cola negra?». Aunque primero voy a tener que contratar a cuatro hombre, pa' que me lleven, y eso es imposible hasta el prósimo día de paga. Es bastante curioso que Learoyd, que había luchado por el premio y que al vencer había obtenido el mayor de los placeres que la vida le brindaba, al mismo tiempo estuviese dispuesto a desvalorizarlo, en tanto que Ortheris decía sin reparos que lo mejor era hacerlo pedazos. Dearsley, argüía, podía ser un hombre de muchos recursos, capaz, a pesar de sus magníficas cualidades de luchador, de poner en marcha la maquinaria de la justicia civil, algo aborrecible para el soldado. En cualquier caso, para ellos, la diversión había llegado y se había disipado; estaba cercano el día de pago, cuando habría cerveza para todos. ¿Para qué querían, pues, conservar el palanquín pintado? -Tú eres un tirador de primera y un perfecto chiquirritín -dijo Mulvaney-. Pero nunca has tenío ningún seso. Así que yo tengo que estar en vela por las noche, planeando y inventando pa' los tres. Orth'ris, hijo mío, no se trata de unos poquitos galones de cerveza, no, ni de veinte: son cubas, tinas y barriles lo que hay en esa siya de mano. De quién era, qué era y cómo llegó hasta aquí, no lo sabemos; pero lo que yo me sé muy bien es que tú y yo y Jock, con su pulgar dislocao, vamos a conseguir una fortuna con esto. Déjame solo, déjame pensar. Entretanto, el palanquín permaneció en mi cuadra, cuya llave estaba en poder de Mulvaney. Llegó el día de la paga, y con él, la cerveza. De acuerdo con la experiencia, no cabía figurarse que Mulvaney, seco por cuatro semanas de sequía, se abstuviera de excesos. A la mañana siguiente él y el palanquín habían desaparecido. Tuvo la precaución de obtener un permiso de tres días «para ver a un amigo del ferrocarril», y el coronel, sabedor de que la erupción de la temporada estaba cercana y con la esperanza de que su potencia se desvaneciese más allá de los límites de su jurisdicción, de buen grado le otorgó todo lo que el hombre pedía. En este episodio se detenía el relato de Mulvaney, tal como se registró en el comedor del cuartel. Ortheris no lo llevó mucho más adelante. -No, que él no estaba borracho -decía el hombrecillo, con lealtad-, que apenas si el alcohol le había dao una vuelta por dentro, pero cogió y llenó tóo el condenao palanquín de botellas antes de partir. Salió y contrató seis hombres pa' que le llevaran y yo tuve que ayudarle a meterse dentro de su lecho nucial, porque no atendió razones. Y allá se marchó, de camisa y pantalón, soltando juramentos terribles, carretera abajo, con las piernas que le bailaban afuera. -Sí -le dije-, ¿pero hacia dónde? -Sí que es buena la pregunta. Dijo que se iba a vender el palanquín, pero por lo que vi cuando le ayudé a meterse dentro, se me figura que se fue al terraplén nuevo, pa' burlarse de Dearsley. En cuanto Jock termine la guardia, iré a ver si está bien, no Mulvaney, sino el otro hombre. ¡Por tóos los santos, me da pena del que quiera ayudar a Terence a salir del palanquín cuando se haya emborrachao bien! No le ocurrirá nada -dije. -Claro que no. La cosa es qué hará por el camino.Matar a Dearsley, creo que no. No tendría que haberse marchao sin Jock o sin mí. Con el refuerzo de Learoyd, Ortheris salió en busca del capataz de la cuadrilla de culis. La cabeza de Dearsley todavía estaba adornada de toallas. Mulvaney, sobrio o borracho, no hubiera pegado a un hombre en esas condiciones, y Dearsley negaba con indignación que él fuese capaz de aprovecharse del valentón ebrio. -Ya hice mi eleción entre vosotros dos -explicó a Learoyd- y os llevasteis mi palanquín, no antes que yo le sacara bastante provecho. ¿Para qué hacer daño cuando ya estaba todo arreglao? Vuestro hombre vino aquí, borracho como una cuba, y venía para reírse de mí, sacó la cabeza entre las cortinillas y me llamó peón crucificao. Yo le emborraché un poco más y lo mandé a paseo. Pero ni siquiera le toqué. A todo esto, Learoyd, que era lento para captar las trazas de la sinceridad, sólo respondió: -Si a Mulvaney le pasa algo por tu culpa, te agarraré, con trapos o sin trapos en la cabeza, y te retorceré el cuello, hombre. Hasta más ver. La embajada se marchó, y Dearsley, el apaleado, se rió solo esa noche, mientras cenaba. Transcurrieron tres días, un cuarto y un quinto. Estaba a punto de cumplirse una semana y Mulvaney no volvía. El, su palanquín regio y sus seis asistentes se habían desvanecido en el aire. Un soldado muy fuerte y bastante borracho, con los pies asomados por los laterales de la litera de una princesa reinante, no es algo que vaya por las carreteras sin que surjan comentarios. Sin embargo, ningún hombre de la comarca había visto semejante maravilla. Estaba y no estaba; y Learoyd sugirió la inmediata aniquilación de Dearsley como sacrificio al fantasma del compañero. Ortheris insistió en que todo iba bien y, a la luz de experiencias pasadas, sus esperanzas parecían razonables. -Cuando Mulvaney coge el camino -decía-, es capaz de ir muy lejos, sobre tóo si está tan borracho como lo está ahora. Pero lo que no me sabe bien es que no se haiga oído que haiga desplumao a algunos negros de por ahí. Eso no tiene buen color. A estas alturas ha de habérsele ido la borrachera, a menos que haiga asaltao un banco y entonces... ¿Por qué no vuelve? No tendría que haberse marchao sin nosotros. Hasta el corazón de Ortheris se desalentó al final del séptimo día, porque la mitad del regimiento estaba fuera, barriendo la comarca, y Learoyd se había visto forzado a pelear con dos hombres que abiertamente sugirieran que Mulvaney había desertado. Para hacerle justicia, el coronel se echó a reír ante esa idea, aun cuando le fuese presentada por su muy fiable asistente. -Mulvaney pensaría en desertar tanto como usted -dijo el coronel-. No, o bien ha tenido algún problema con los campesinos (y no es probable que sea así, porque él sería capaz de salir, con estratagemas, del mismo Infierno), o bien está ocupado en asuntos personales urgentes, alguna diablura de la que oiremos hablar en el comedor, después que la historia haya dado la vuelta a las barracas. Lo peor del caso es que tendré que imponerle veintiocho días de confinamiento, por lo menos, por haberse ausentado sin permiso, justamente cuando más lo necesitaba aquí para poner en marcha al nuevo contingente de reclutas. Jamás he visto a un hombre que pudiera pulir a los soldados jóvenes tan pronto como Mulvaney. ¿Cómo lo hará? -Con lisonjas y con la hebilla del cinturón, señor -dijo el asistente-. Vale por dos suboficiales cuando de reclutas irlandeses se trata, y parece que los muchachos de Londres lo adoran. Lo peor de eso es que si va al calabozo, no podremos sujetar ni controlar a los otros dos hasta que él salga. Creo que Ortheris habla de motín en esas ocasiones, y sé que la sola presencia de Learoyd lamentándose por Mulvaney disipa toda la alegría en su barraca. Los sargentos me dicen que no permite que ningún hombre ría cuando él se siente desdichado. Son una panda rara. -Sin embargo, ojalá tuviese algunos más como ellos. Me gusta un regimiento disciplinado, pero esos jóvenes inútiles, de cara pálida, mirada huidiza, hipócritas, que llegan de la base, a veces me preocupan con su virtud repulsiva. Parece que no tienen empuje para otra cosa que no sea jugar a las cartas y merodear por las casas de los casados. Creo que perdonaría a ese viejo pillo de inmediato, si regresara con cualquier clase de explicación que yo pudiese dar por aceptable. -No creo que vaya a ser muy difícil, señor -dijo el asistente-. Las explicaciones de Mulvaney son sólo un punto menos prodigiosas que sus proezas. Cuentan que cuando estaba en el Black Tyrone, antes de venir a nuestro regimiento, lo descubrieron en la ribera del Liffey tratando de vender el caballo del coronel a un traficante de Donegal, argumentando que era un perfecto caballo de silla para una señora. Shackbolt mandaba el Tyrone en esos tiempos. -A Shackbolt le habrá dado una apoplejía de sólo pensar en sus caballos de guerra rampantes descritos de ese modo. Tenía costumbre de comprar unos demonios salvajes y los domaba según su teoría favorita: la de matarlos de hambre. ¿Qué decía Mulvaney? -Que era miembro de la Sociedad preventiva de la crueldad con los animales y que estaba ansioso por «vender al pobrecito animal a quien le diera con qué llenarse la tripa». Shackbolt se reía, pero me figuro que por eso nos mandó a Mulvaney. -Ojalá volviera -dijo el coronel-, porque me cae bien y creo que yo le caigo bien a él. Esa noche, para alentar nuestros ánimos, Learoyd, Ortheris y yo fuimos a cazar con humo un puerco espín. Iban con nosotros todos los perros, pero ni siquiera sus ladridos -y comenzaron a discutir los fallos de los puerco espines aun antes de abandonar el acantonamiento- fueron capaces de quitarnos nuestras ideas de la cabeza. Una luna grande, baja, transformaba en plata las espigas de las hierbas, y hacía que las matas raquíticas de espinos y los tarayes ásperos pareciesen un tropel de demonios. El olor del sol no había dejado la tierra, y unas brisas suaves, vagabundas, soplaban hacia el sur entre las rosas de los jardines, trayéndonos una fragancia de flores secas y agua. Una vez preparada nuestra hoguera, y bien apostados los perros para aguardar la salida del puerco espín, trepamos hasta la cima de un altozano erosionado por las lluvias y echamos una mirada a las malezas que se abrían en veredas señaladas por el ganado, blanqueadas por la hierba y punteadas por las manchas de las charcas que se poblarían de agachadizas durante el invierno. -Esto -dijo Ortheris, con un suspiro, mientras contemplaba la desolación desgreñada del paisaje-, esto es sanguinario. Esto es de un sanguinario fuera de lo normal. Una especie de país chalao. Como una parrilla que se apaga con el sol -se protegió los ojos de la luz lunar-. Y hay un loco que baila en medio de tóo. Hace bien. Yo bailaría también, si no estuviese tan deprimido. A la luz de la luna danzaba un espectro, un robusto y andrajoso espíritu del yermo, que batía sus alas a lo lejos. Se había alzado de la tierra; se acercaba hacia nosotros y su silueta sufría cambios incesantes. La toga, mantel o vestido de noche, fuera lo que fuese lo que aquella criatura llevaba, adquiría cientos de formas. De pronto, se detuvo en un alto cercano y agitó piernas y brazos en el viento. -¡Oh, ese espantapájaros se ha vuelto loco! -dijo Ortheris-. Me parece que si se acerca, tendremos que ir a la greña con él. Learoyd se incorporó entre el polvo como un toro que se sacude los flancos después de haberse revolcado. Y así como muge un toro, así él, después de un breve minuto de observación, gritó hacia las estrellas: -¡MULVAANEY! ¡MULVAANEY! ¡Aquí! ¡Oh, entonces fue cuando todos nosotros gritamos y la figura se hundió en un bajío, hasta que con un crujido de hierbas quebradas, el extraviado se aproximó a la luz de la hoguera y desapareció, de la cintura para abajo, en un oleaje de perros jubilosos! Después Learoyd y Ortheris saludaron, bajo y falsete al unísono, tragando ambos el nudo de sus gargantas. -¡Condenao loco! -le decían, mientras le soltaban unos buenos golpes con los puños. -¡Con cuidao! -respondió él, mientras echaba un brazo enorme en torno a cada uno-. Debo haceros saber que soy un dios, pa' que me tratéis como a tal..., aunque por cierto que me figuro que tendré que ir al calabozo como un soldao raso. La última parte de la frase deshizo las sospechas que había suscitado la primera. Cualquiera habría llevado razón si lo hubiese mirado como a un loco. Iba con la cabeza descubierta y descalzo, y la camisa y los pantalones se le caían a pedazos. Pero llevaba un atavío magnífico -una capa gigante que lo cubría desde el cuello a los talones-, de seda rosa pálido, totalmente labrada con el más primoroso de los bordados hecho por manos muertas mucho tiempo atrás, en el que se narraban los amores de las divinidades hindúes. Las figuras monstruosas entraban y salían de la luz del fuego a medida que él se acomodaba los pliegues alrededor del cuerpo. Ortheris tocó, respetuoso, la prenda durante un momento, en tanto que yo procuraba recordar dónde la había visto antes. Entonces el hombrecito chilló: -¿Qué has hecho con el palanquín? ¡Si llevas la tapicería! -Pues sí -respondió el irlandés-, y por esa misma razón el bordao me está arrancando el pellejo. He pasao cuatro días dentro de esta colcha suntuosa. Hijo mío, he empezao a entender por qué el negro es un inútil. Sin mis botines y con los pantalones rotos como las medias calás de las pierna de una chica en un baile, me empiezo a sentí como un negro: lleno de miedo y timidez. Darme una pipa y os lo contaré. Encendió una pipa, abrazó de nuevo a sus dos amigos v los meció en medio de un estallido de risas. -Mulvaney -dijo Ortheris con severidad-, no es tiempo de risas. Jock y yo hemos tenío por tu culpa más preocupaciones que las que tú vales. Te has ausentao sin permiso y por eso te van a arrestar, y has vuelto vestío que es un asco y muy incorretamente con la tapicería del condenao palanquín. Y te ríes de eso. Y nosotros, tóo el tiempo pensando que estabas muerto. -Chicos -dijo el reo, que seguía meciéndolos con suavidad-, cuando haya soltao mi cuento podéis llorar si queréis, y aquí el chiquitín de Orth'ris puede sacarme lo de adentro pa' fuera. Hecho está, y a escuchar. Mis proezas han sío estupendas: mi suerte ha sido la bendita suerte del Ejército Británico, y no hay ná mejor que eso. Me fui ya borracho y bebiendo en el palanquín, y he vuelto como un dios color de rosa. ¿Alguno de vosotro fuisteis a ver a Dearsley cuando se me acabó el permiso? El está en el fondo del asunto. -Ya me parecía a mí -murmuró Learoyd-. Mañana le parto la cara encima de la cabeza. -No lo harás. Dearsley es una joya de hombre. Despué que Ortheris me puso en el palanquín y los seis portadores fueron gruñendo carretera abajo, se me ocurrió burlarme de Dearsley por lo de la pelea, o sea que les dije: «¡Al terraplén!», y una vez allí, como estaba más que cargao, saqué la cabeza del aparato aquel y cambié unos cumplíos con Dearsley. Tengo que haberle insultao a fondo, porque cuando me pongo de esa forma la fuerza de la lengua me supera. Apenas si recuerdo haberle dicho que la boca se le abría al revés, como la de una raya, lo que era verdá, después que Learoyd se la trabajó; y me acuerdo muy bien que no se lo tomó como una ofensa y que me convidó con un buen trago de cerveza. La cerveza fue la clave, porque me arrastré hasta dentro del palanquín, y me pisé la oreja derecha con el pie izquierdo y me dormí como un muerto. No estaba yo ni a medias despierto cuando empezó un ruido horrible en mi cabesa: rugíos, cascabeleos, martilleos, como no había oído jamás. «¡Madre de la Misericordia!», pienso, «¡la concertina que voy a tener en los hombros cuando me despierte!». Y me acurruco pa' dormir antes que aquello se me meta dentro. Chicos: ¡aquel ruido no era la bebida, era el traqueteo del tren! Siguió una pausa imponente. -Pues sí, me había metío en un tren, me había metío con palanquín y tóo, con seis asesinos negros, que eran los de su más atroz confianza de entre sus culis, en el suelo de un vagón de mercancías y rodábamos y marchábamos pa' Benarés. Doy gracias por no haberme despertao entonces y haberme presentao yo mismo a los culis. Como os iba diciendo, dormí la mayor parte de un día y de una noche. Pero recordar que ese tío, Dearsley, me había empaquetao en uno de sus trenes de carga a Benarés, todo pa' que me pasara del permiso y me encerraran. La explicación era eminentemente racional. Benarés está al menos a diez horas de tren de los cuarteles y nada en el mundo podría haber salvado a Mulvaney de ser arrestado por desertor si él se hubiese aparecido allí con los ropajes de sus orgías. Dearsley no se había olvidado de vengarse. Learoyd, echándose apenas hacia atrás, comenzó a colocar golpes suaves en partes seleccionadas del cuerpo de Mulvaney. Sus pensamientos estaban lejos, en el terraplén, y urdían algo malo contra Dearsley. Mulvaney continuó: -Cuando estuve despierto del tóo, el palanquín estaba estacionao en una calle, me figuré, porque podía oír a gente que andaba y charlaba. Pero bien que sabía que yo estaba lejos de aquí. Hay un olor especial en los cuarteles, un olor de tierra seca y hornos de ladrillos, mezclao con el soplo de estiércol de caballos. Aquel lugar olía a caléndulas y aguas estancás, y había algo vivo que se acercó a respirar fuerte con sus morros por la abertura de la ventanilla. «Estoy en un pueblo», pensé pa' mí mismo, «y el búfalo del lugar ha venío a investigar el palanquín». Pero a pesar de tóo no tenía ganas de moverme. Cuando estés en tierra extraña, sólo tienes que quedarte quieto, y la buena suerte del Ejército Británico te llevará a buen puerto. Esto es un epigrama. Lo he inventao yo. »Después un montón de diablos que cuchicheaban rodeó el palanquín. «Levantarlo», decía un hombre. «¿Pero quién nos pagará?», decía otro. «El ministro de la maharaní, por supuesto», dijo el hombre. ¡Ajá!» , me dije pa' mis adentros, «soy una reina por mi propio derecho, con un ministro que paga mis gastos. Seré un emperaor, si me quedo quieto el tiempo necesario, pero esto no es un pueblo». Me quedé sin moverme, pero con el ojo derecho pegao a una hendija de la cortinilla, y vi que toda la calle estaba llena de palanquines y caballos y de unos cuantos sacerdotes desnudos, cubiertos de polvos amarillos y colas de tigres. Pero puedo asegurarte, Orth'ris, y a ti también, Learoyd, que de tóos los palanquines el nuestro era el más imperial y magnífico. Un palanquín significa en tóo el mundo una señora nativa, salvo cuando a un soldao de la Reina se le ha ocurrío dar un paseo. «¡Mujeres y sacerdotes!», me dije. «El hijo de tu padre esta vez se encuentra en el banco de la iglesia que le toca, Terence. Ya vendrán los acontecimientos». Seis demonios negros vestidos de seda rosa alzaron el palanquín y, ¡ay!, los sacudones y el balanceo me pusieron malo. Despué estábamos atascaos entre los palanquines -no eran más de cincuenta- y nos arañábamos y golpeábamos como las barcazas de patatas de Queenstown cuando la corriente es fuerte. Podía oír a las mujeres que soltaban risitas y chillidos en sus palanquines, pero el mío era un carruaje real. Le abrían el paso y, por Dios, mis hombres vestidos de rosa iban gritando: «¡Paso a la maharaní de Gokral-Seetarun». ¿Usté tiene noticia de esa dama, señor? -Sí -le dije-. Es una vieja y muy apreciada reina de los Estados centrales indios, y se dice que muy gorda. ¿Cómo podría haber ido ella a Benarés sin que toda la ciudad reconociera su palanquín? -Es la tontería de siempre del negro. Vieron un palanquín solitario y abandonao, y lo bonito que era, después que los hombres de Dearsley lo dejaran y se marcharan, y le pusieron el mejor nombre que se les ocurrió. Y estuvo muy bien. Porque hemos de decir que la vieja señora estaba viajando incog..., como yo. Me alegra saber que es gorda. Yo no soy un peso ligero y mis hombres estaban con unas ansias de muerte por dejarme debajo de un gran arco que tenía la ornamentación más pormiscua que yo haya visto de tallas y relieves deshonestos. ¡Ay, Dios! Si me ruboricé..., como una..., como una maharaní. -El templo de Prithi-Devi -murmuré, recordando los horrores monstruosos de aquel arco esculpido de Benarés. -¡Bonitos demonios pellejos, con perdón de su presencia, señor! Ahí lo único bonito era yo. Tóo estaba oscuro a medias y cuando los culis se marcharon, cerraron una gran puerta negra a nuestras espaldas, y media compañía de sacerdotes gordos y amarillos empezaron a empujar los palanquines hacia un lugar más oscuro todavía, una especie de sala llena de pilares, dioses, incienso y toda clase de cosas de ésas. El portal me desconcertó porque yo comprendía que tendría que avanzar pa' salir, ya que me habían cortao la retirada. Por la misma razón, un sacerdote es un mal porteador de palanquines. ¡Por Dios! Casi me ponen lo de abajo pa' arriba cuando arrastraban el palanquín hacia el templo. Pues bien, adentro, la disposición de las fuerzas era la siguiente: la maharaní de Gokral-Seetarun -que era yo- por favor de la Providencia estaba en el flanco izquierdo más apartao detrás de la sombra de un pilar tallao con cabezas de elefantes. Los demás palanquines estaban en un semicírculo muy grande enfrentao a la más grandísima, gordísima y asombrosísima diosa que yo haya soñao jamás. Su cabeza se alzaba hasta las negruras que había por encima nuestro y sus pies sobresalían a la luz de un fuego escaso, de grasa fundía, que un sacerdote alimentaba de lo que iba sacando de un plato. Entonces un hombre empezó a cantar y a tocar algo en la oscuridá y era una canción rara. Se me erizaron los pelos de la nuca. Entonces todas las puertas de los palanquines se deslizaron y las mujeres salieron en montón. Allí vi lo que jamás volveré a ver. Era más glorioso que las transformaciones de una pantomima, porque iban de rosa, de azul, de plata, de rojo, de verde hierba, con diamantes, con esmeraldas y grandes rubíes coloraos todo por encima de ellas. Pero eso era la menor parte de la gloria. Ay, chicos, eran más bellas que cualquier belleza del cielo; ¡ay!, sus piececitos desnudos eran más bonitos que las blancas mano de la mujer de un conde, y tenían unas bocas como botón de rosa y unos ojos más grandes y más oscuros que los ojos de cualquier mujer viva que yo haya visto. Os podéis reír, pero estoy diciendo la verdá. Nunca he visto cosa igual y jamás la volveré a ver. -Si se piensa que, con toda probabilidad, usted estaba viendo a las esposas e hijas de la mayoría de los reyes de la India, lo más probable es que no vuelva a verla -dije, porque en mí se abría paso la idea de que Mulvaney se había tropezado con una gran Plegaria de las Reinas en Benarés. -Nunca volveré a verla -dijo él, con pena-. Esa visión no la tiene dos veces un hombre. Me daba vergüenza mirar. Un sacerdote gordo golpeó a mi puerta. No creí que tuviese la insoliencia de molestar a la maharaní de Gokral-Seetarun, así que me estuve quieto. «La vaca vieja duerme», le dijo a otro. «Deja que duerma», dijo el otro. «¡Pasará mucho tiempo antes que tenga un ternero!» Antes que ése hablara, tendría que haber recordao que aquello por lo que toda mujer reza en la India -y a decir verdá, también en Inglaterra- es por tener hijos. Así que me dio más pena de estar allí porque, como sabéis, soy hombre sin hijos. Permaneció en silencio por un momento, pensando en su niño, muerto muchos años atrás. -Rezaron y de los fuegos de grasa surgieron llamaradas y el incienso lo puso tóo de color azul, y entre eso y los fuegos, las mujeres estaban radiantes, centelleantes. Tocaban las rodillas de la diosa, gritaban, saltaban de un lado a otro y esa músicadeunmundosinfinalamén las iba volviendo locas. ¡Madre del Cielo! ¡Cómo gritaban y con qué desprecio se sonreía, por encima de sus cabezas, aquella diosa vieja! El efecto del alcohol se me iba rápido y yo estaba pensando, tan rápido como podía hacer pasar los pensamientos por la cabeza, en la manera de salir de allí y en tóas esas tonterías. Las mujeres se balanceaban en hileras, los diamantes de sus cinturones tintineaban y se les caían las lágrimas entre las manos y las luces eran más débiles y menos brillantes. Entonces hubo un resplandor, como un rayo desde el techo y eso me hizo ver el interior del palanquín y en la punta, donde estaban mis pies, destacaba mi propia imagen viva trabajada en la tapicería. Era este hombre. Buscó entre los pliegues de su capa rosa, metió la mano dentro de uno de ellos y acercó a la luz del fuego una imagen bordada, de un pie de ancho, del gran dios Krishna, representado tocando la flauta. La mandíbula fuerte, la mirada fija y el mostacho negro azulado de la divinidad presentaban un parecido lejano con Mulvaney. -El relámpago se apagó en un abrir y cerrar de ojos, pero entonces lo vi tóo bien claro. Me figuro que yo también estaba loco. Deslicé la portezuela y me escurrí hacia la sombra del pilar de las cabezas de elefante, me subí los pantalones hasta la rodilla, me quité las botas y ejecuté una apropiación general de toda la tapicería rosa del palanquín. Gracias sean dadas que se abría como el vestido de una mujer cuando lo pisas en el baile de sargentos, y apareció también una botella. Cogí la botella y al minuto estaba tras la sombra del pilar, con la tela rosa echá por encima con mucha gracia, mientras la música tronaba como si fuese de atabales, y una corriente fría me pasaba por las piernas desnudas. Por esta mano que lo ha hecho, que yo era Krishna el flautista, ese dios del que habla el capellán del regimiento. Debo de haber tenío una pinta muy dulce. Yo sabía que tenía los ojos grandes y la cara blanca como la cera y, a lo peor, podía haber parecío una fantasma. Pero me tomaron por el dios vivo. La música se acabó y las mujeres estaban mudas como muertas y yo encogí mis piernas como un pastor en un lavabo de loza, para hacer la danza del fantasma con los pies, como lo he hecho en el teatro del regimiento tantas veces y así atravesé el templo delante de la diosa, tocando en la botella de cerveza. -¿Qué tocabas? -preguntó Ortheris, el hombre práctico. -¿Yo? ¡Oh! -Mulvaney se puso en pie de un salto, ajustando la acción a la palabra, y deslizándose con aire grave ante nuestros ojos, como una divinidad desaprovechada pero imponente en aquella penumbra-. Canté: Dime sólo que serás la señora Brallaghan. Di que sí, mi encantadora Judy Callaghan. No me reconocía mi propia voz cuando cantaba. Y, mira, era una pena ver a las mujeres. Las pobrecillas estaban echadas con la cara contra el suelo. Cuando pasé junto a la última, pude ver que sus deditos no dejaban de moverse, como si quisiese tocarme el pie. Así que le pasé la cola de esta capa rosa por la cabeza, pa' concederle el honor y me escurrí entre la oscuridá al otro lao del templo y fui a dar en los brazos de un sacerdote gordo y grande. Lo único que yo quería era largarme. Así que le cogí su cuello gordo y le quité las ganas de hablar. «¡Fuera!», le digo, «¿por dónde, gordo pagano?». «¡Oh!», me dice. «Hombre», le digo, «hombre blanco, soldao, un vulgar soldao. En el nombre de tóos los diablos, ¿dónde está la puerta trasera?». Las mujeres del templo todavía estaban echadas de cara en el suelo y un sacerdote joven extendía sus brazos por encima de las cabezas de ellas. «Por aquí», me dijo mi amigo el gordo, agachándose por detrás de un diostoro y hundiéndose en un pasillo. Entonces me figuré que había sentao la reputación milagrosa del templo pa' los prósimos cincuenta años. «Más despacio», le dije, y le tendí las manos guiñándole un ojo. Ese ladrón viejo me sonrió como un padre. Le agarré por la nuca, no fuese cosa de que soltara una cuchillada sin darme yo cuenta, y le hice subir y bajar por el pasillo dos veces pa' que reuniese tóo su entendimiento. «Tranquilo», me dice en inglés. «Ahora sí que hablas como es debío», le digo. «¿Qué me darás por usar ese palanquín tan elegante que no tengo tiempo de llevarme?» «Nada», me dice. «¿Ah, sí?», le digo. «Tienes que darme pa' el billete del tren. Estoy lejos de mi casa y te he hecho un gran servicio.» Chicos, qué grande es ser sacerdote. El viejo ni se molestó en ir hasta un banco. Como os lo demostraré de imediato, revolvió entre sus ropas y empezó a sacar billetes de diez rupias, mohurs viejos de oro y rupias que me puso en la mano hasta que no pude coger ya más. -¡Mientes! -dijo Ortheris-. Tú estás loco o has cogío una insolación. Un nativo no te da una moneda como no se la arranques. No va con su naturaleza. -Entonces mi mentira y mi insolación están escondías allí, bajo ese montón de tierra y hierba -replicó Mulvaney impávido, señalando los matorrales con la cabeza-. Y allí hay bastante más al natural de lo que tus piernecitas flacas te hayan traío jamás, Orth'ris, hijo mío. Cuatrocientas y treinta y cuatro rupias, según mis cuentas, y además un gran collar bien gordo de oro, que le saqué como recuerdo, es lo que nos toca de este negocio. -¿Y te lo dio por amor? -dijo Ortheris. -Estábamos solos en aquel pasillo. Tal vez yo haya sío un poquitín esigente, pero pensar en lo mucho que hice por el bien de ese templo y por la felicidá prolongada de esas mujeres. Les he cobrao barato. Más habría traído si lo hubiese podido encontrar. Al final le puse al viejo del revés, pero ya le había ordeñao tóo. Entonces abrió una puerta que daba a otro pasillo y me encontré hasta las rodillas en el agua de río de Benarés, que huele bastante mal. Por casualidá había ido a parar al lugar de los crematorios, que es contagioso hasta para un cadáver que se esté quemando. Eso era en la mitá de la noche, porque había estao cuatro horas en el templo. Había una multitú de botes amarraos, así que me metí en uno y crucé el río. Después atravesé la región pa' volver, descansando de día. -¿Cómo lo ha logrado? -dije. -¿Cómo logró sir Frederick Roberts llegar de Cabul a Candahar? Se puso en marcha y jamás habló de lo cerca que había estao de desmoronarse. Por eso éles lo que es. Y ahora -Mulvaney soltó un bostezo portentoso-, ahora iré y me entregaré por haber estao ausente sin permiso. Son veintiocho días y las reprimendas del coronel en la sala de guardia, pase lo que pase. Pero sale a cuenta. -Mulvaney -dije con voz suave-, si presentara algún tipo de excusa que el coronel pudiese aceptar de alguna manera, tengo la idea de que no le tocará nada más que la reprimenda. Han llegado los nuevos reclutas y... -Ni una palabra más, señor. ¿Escusas son lo que el viejo quiere? No es mi estilo, pero las tendrá. Le diré que estuve metido en operaciones financieras relacionadas con una iglesia -y agitando su capa marchó en dirección al cuartel y al calabozo, cantando a voz en cuello: Enviaron una columna de cabos, Y me metieron en el calabozo Por conduta impropia de un soldao. Y cuando ya se había perdido entre la bruma lunar, pudimos oír el estribillo: ¡Ah! ¡Que repique el tambor, que redoblen los platillos, mientras marchamos, muchachos! porque aunque en esta campaña no habrá whisky ni champaña, mantendremos el espíritu con una buena canción! De inmediato se entregó a un guardia lleno de júbilo y casi al borde de las lágrimas, y fue muy festejado por sus camaradas. Pero dijo al coronel que había pillado una fuerte insolación y que había estado inconsciente durante horas sin cuento sobre el jergón de un aldeano; entre risas y buena voluntad se quitó importancia al tema, de modo que al día siguiente Mulvaney pudo enseñar a los nuevos reclutas de qué forma habían de «Temer a Dios, Honrar a la Reina, Disparar con precisión y Mantenerse Limpios». En el habla de los tres soldados de este cuento, v en algunos otros, Kipling reproduce las peculiaridades fonológicas a través de su escritura. La traducción, dentro de lo posible, procura respetar-lo. (N. de la T.) La encarnación de Krishna Mulvaney Rudyard Kipling libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,.