libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Lawrence, D.H. (1885 - 1930) Escritor británico. Fue uno de los escritores más controvertidos de la literatura británica del presente siglo debido al complejo tratamiento literario que dio a una de sus temáticas más recurrentes: las relaciones amorosas y la sexualidad como medio capaz de proporcionar un conocimiento más inmediato. Nacido en una familia de mineros, empezó a publicar en 1911 (El pavo real blanco). Sus novelas y ensayos giran básicamente en torno a la denuncia del industrialismo y del encorsetamiento racionalista impuesto al hombre contemporáneo, abogando por un retorno salvador a lo primordial: el instinto. Cultivó la novela (El arco iris, 1915; Hijos y amantes, 1913; Mujeres enamoradas, 1921; Canguro, 1923; La serpiente emplumada, 1926, y El amante de Lady Chatterley, 1928), la poesía (Collected Poems, 1928; Last Poems, 1932), el teatro, el ensayo, el relato corto y la nouvelle, género en el que está considerado un auténtico maestro. La frontera, El ganador y Cosas pertenecen al tercer volumen de The complete short stories (1961). Mujeres enamoradas D. H. Lawrence 1. HERMANAS Ursula y Gudrun Brangwen se sentaban una mañana en el balcón de su casa paterna, en Beldover, hablando y trabajando. Ursula estaba haciendo un bordado de colores vivos y Gudrun estaba dibujando sobre un tablero que sujetaba con las rodillas. Estaban silenciosas la mayor parte del tiempo, y hablaban a medida que sus pensamientos vagaban por sus mentes. -Ursula -dijo Gudrun-, ¿no deseas realmente casarte? Ursula puso el bordado sobre su regazo. Su rostro era tranquilo y atento. -No sé -contestó—. Depende de lo que quieras decir. Gudrun se retrajo levemente. Contempló a su hermana durante algunos momentos. -Bien -dijo irónicamente-. ¡Suele significar una cosa! Pero ¿no piensas, en cualquier caso, que estarías... -se ensombreció levemente- en una posición mejor que la que tienes ahora? Apareció una sombra sobre el rostro de Ursula. -A lo mejor -dijo-. Pero no estoy segura. Gudrun se detuvo otra vez, ligeramente irritada. Quería ser precisa. -¿No piensas que una necesita la experiencia de casarse? -preguntó. -¿Crees que ha de ser una experiencia? -repuso Ursula. -Es forzoso, de un modo u otro -dijo Gudrun tranquilamente-. Es posible que no sea deseable, pero es forzoso que sea una experiencia de algún tipo. -No realmente -dijo Ursula-. Es más probable que sea el fin de la experiencia. Gudrun se quedó muy quieta, atendiendo a esto. -Naturalmente -dijo-, hay eso a considerar. Aquello cerró la conversación. Gudrun, casi irritadamente, cogió la goma y empezó a borrar parte de su dibujo. Ursula cosía absorta. -¿No tomarías en -consideración una buena oferta? -preguntó Gudrun. -Pienso que he rechazado varias -dijo Ursula. -¡De verdad! -Gudrun se sonrojó-. ¿Pero algo que mereciese realmente la pena? ¿De verdad lo has hecho? -Mil cada año, y a un hombre terriblemente agradable. Me gustaba terriblemente -dijo Ursula. -¡De verdad! ¿Pero no te sentiste espantosamente tentada? -En abstracto, no en concreto -dijo Ursula-. Cuando llega el caso, una no resulta tentada siquiera. Oh, si me viese tentada me casaría en el acto. Pero lo único que me tienta es no hacerlo. Los rostros de ambas hermanas se encendieron de repente. Estaban divertidas. -¡Verdad que es algo asombroso -exclamó Gudrun- lo fuerte que es la tentación de no hacerlo! Ambas rieron, mirándose entre sí. Estaban asustadas en sus corazones. Hubo una larga pausa mientras Ursula cosía y Gudrun continuaba con su dibujo. Las hermanas eran mujeres; Ursula tenía veintiséis años y Gudrun veinticinco. Pero ambas tenían el aspecto virginal y remoto de las chicas modernas, hermanas de Artemisa más que de Hebe. Gudrun era muy hermosa, pasiva, de miembros y piel suaves. Llevaba un vestido de tela sedosa azul oscuro con fruncidos de encaje de hilo azul y verde en el cuello y las mangas, y llevaba medias verde esmeralda. Su aspecto de confianza y modestia contrastaba con la sensible actitud expectante de Ursula. Las gentes de provincias, intimidadas por la perfecta sangre fría y la sencillez de maneras de Gudrun, decían de ella: «Es una mujer lista.» Acababa de volver de Londres, donde había pasado varios años trabajando en una academia de arte como estudiante y viviendo una vida de artista. -Estaba deseando ahora que apareciese un hombre -dijo Gudrun cogiéndose de repente el labio inferior entre sus dientes y haciendo un gesto extraño, mezcla de risa maliciosa y angustia. Ursula estaba asustada. -¿Así que has venido a casa a esperarle? -rió. -Oh, querida -exclamó estridentemente Gudrun-, no me saldría jamás de mi camino para buscarle. Pero si resultase que apareciera un individuo muy atractivo con medios suficientes... bien... -y recortó irónicamente la frase. Miró entonces con atención a Ursula, como si deseara sondearla-. ¿No te descubres aburrida? -preguntó a su hermana-. ¿No descubres que las cosas fra- casan a la hora de materializarse? ¡Nada se materializa! Todo se aja en el capullo. -¿Qué se aja en el capullo? -preguntó Ursula. -Oh, todo... una misma... las cosas en general. Hubo una pausa mientras cada hermana consideraba vagamente su destino. -Realmente le asusta a una -dijo Ursula, y de nuevo hubo una pausa-. ¿Pero acaso esperas llegar a alguna parte por el simple hecho de casarte? -Parece ser el próximo paso inevitable -dijo Gudrun. Ursula meditó esto con algo de amargura. Era maestra en la escuela de Willey Green hacía ya algunos años. -Lo sé -dijo-; así parece cuando una sólo piensa en abstracto. Pero imagínalo realmente: imagina a cualquier hombre que conozcas, imagínale viniendo a casa de una todas las noches y diciendo «hola» y dándole a una un beso... Hubo una pausa vacía. -Sí -dijo Gudrun con una voz reducida-. Es sencillamente imposible. El hombre lo hace imposible. -Naturalmente, hay niños... -dijo Ursula de manera vacilante. El rostro de Gudrun se endureció. -¿Quieres realmente niños, Ursula? -preguntó fríamente. Un gesto de sorpresa y desconcierto invadió el rostro de Ursula. -Una siente que todavía está más allá de una -dijo. -¿De verdad sientes eso? -preguntó Gudrun-. El pensamiento de parir, a mí, no me proporciona sentimiento alguno. Gudrun miró a Ursula con un rostro inexpresivo, como de máscara. Ursula frunció el ceño. -Quizá no es auténtico -concedió-. Quizá no los queremos realmente en el alma... sólo superficialmente. Una dureza se apoderó del rostro de Gudrun. No quería ser demasiado precisa. -Cuando una piensa en los hijos de otras gentes... -dijo Ursula. Gudrun miró nuevamente a su hermana, casi hostil. -Exactamente -dijo para cerrar la conversación. Las dos hermanas continuaron trabajando en silencio, teniendo siempre Ursula ese extraño brillo de una llama esencial que hubiese sido cazada, envuelta en redes, contravenida. Vivía en gran medida gracias a sí misma, y para sí misma, trabajando, pasando de un día a otro y pensando siempre, intentando sujetarse a la vida, aferrarla en su propio entendimiento. Su vida activa estaba en suspenso, pero por debajo, en la oscuridad, algo se estaba gestando. ¡Si solamente pudiera atravesar las últimas capas! Parecía intentar sacar las manos como un niño en el útero, y no podía, no aún. A pesar de todo, poseía una extraña presciencia, la intuición de algo aún venidero. Dejó su trabajo y miró a la hermana. Consideraba tan encantadora a Gudrun, tan infinitamente encantadora, en su suavidad, en su fina, exquisita riqueza de textura y delicadeza de líneas. Había también alrededor de ella cierta jovialidad, tanta gracia picante o sugestión irónica, tanta reserva sin tocar. Ursula la admiraba con toda su alma. -¿Por qué viniste a casa, guapa? -preguntó. Gudrun sabía que estaba siendo admirada. Se echó hacia atrás, abandonando el dibujo, y miró a Ursula desde debajo de sus pestañas hermosamente curvas. -¿Que por qué volví, Ursula? -repitió-. Me lo he preguntado mil veces. -¿Y no lo sabes? -Sí, creo que sí. Creo que volver a casa para mí fue simplemente reculer pour mieux sauter. Y miró con una mirada lenta y larga a Ursula. -¡Lo sé! -exclamó Ursula con aspecto ligeramente desconcertado y artificioso, como si no lo supiera-. ¿Pero adónde puede una saltar? -Oh, no importa -dijo Gudrun con algo de arrogancia-. Si una salta sobre el borde se verá obligada a aterrizar en alguna parte. -Pero ¿no resulta muy arriesgado? -preguntó Ursula. Una lenta sonrisa burlona se insinuó sobre el rostro de Gudrun. -¡Ah! -dijo riendo-. ¡No son más que palabras! -y cerró así la conversación una vez más. Pero Ursula seguía rumiando. -¿Y qué te parece la casa ahora que has vuelto? -preguntó. Gudrun se detuvo algunos momentos, fríamente, antes de responder. Entonces, con una voz fría y convincente, dijo: -Me encuentro completamente ajena a ella. -¿Y padre? Gudrun miró a Ursula casi con resentimiento, como si hubiera sido acorralada. -No he pensado en él: lo he evitado -dijo fríamente. -Sí -dijo Ursula titubeando; y la conversación se terminaba realmente. Las hermanas se veían enfrentadas a un abismo vacío y aterrador, como si hubiesen mirado más allá del borde. Trabajaron en silencio durante algún tiempo. Las mejillas de Gudrun estaban sonrojadas por la emoción reprimida. Le molestaba haberla suscitado. -¿Qué te parece si salimos y vemos esa boda? -acabó preguntando, con una voz demasiado de circunstancias. -Sí -exclamó Ursula con demasiada avidez, apartando la costura y saltando para ponerse en pie como si escapara de algo, traicionando así la tensión de la situación y haciendo que una flexión de desagrado recorriese los nervios de Gudrun. Al subir las escaleras Ursula se hizo consciente de la casa, del hogar que la rodeaba. ¡Y ella odiaba ese lugar sórdido y demasiado familiar! Le daba miedo la profundidad de su sentimiento hostil a la casa, al medio, a toda la atmósfera y las condiciones de esa vida anacrónica. Sus sentimientos le asustaban. Pronto caminaron deprisa las dos muchachas por la calle principal de Beldover, una vía ancha compuesta en parte por tiendas y en parte por residencias, radicalmente informe y sórdida, sin nobleza. Gudrun, re cién llegada de su vida en Chelsea y Sussex, se hundió cruelmente en esta fealdad amorfa de una pequeña ciudad minera en los Midlands. Pero siguió adelante, a través de toda la gama sórdida de insignificancias, la larga calle amorfa y polvorienta. Estaba expuesta a todas las miradas, pasó como atravesando una extensión de tormento. Era extraño que hubiese decidido volver y probar todo el efecto de esa fealdad informe y baldía sobre ella. ¿Por qué quiso someterse a ello? ¿Quería aún someterse a ello, a la insufrible tortura de esas gentes feas y sin sentido, a ese paisaje desvirtuado? Se sintió como un escarabajo trabajando en el polvo. Estaba llena de repulsión. Se desviaron de la calle principal pasando por un trozo negro de césped comunal donde se erguían desvergonzadamente cubos de basura recubiertos de hollín. Nadie pensaba avergonzarse. Nadie se avergonzaba de todo ello. -Es como un país de un mundo subterráneo -dijo Gudrun-. Los mineros se lo traen a la superficie con ellos, a golpes de carretilla. Ursula, es maravilloso, es realmente maravilloso... es realmente admirable, otro mundo. Todos son vampiros, y todo es fantasmagórico. Todo es una réplica vampírica del mundo real, una réplica, un vampiro; todo manchado, todo sórdido. Es como estar demente, Ursula. Las hermanas estaban cruzando un sendero negro a través de un campo oscuro, sucio. A la izquierda se abría un amplio paisaje, un valle con minas, y frente a él, colinas con campos de maíz y bosques, oscurecidos todos por la distancia como si fuesen vistos a través de un velo de crespón. El humo blanco y negro se ele. vaba en columnas inmóviles, mágicas, dentro del aire oscuro. Cerca estaban las largas filas de casas, levantadas en líneas rectas siguiendo la ladera de la colina. Eran de ladrillo rojo oscurecido, frágiles, con techos de pizarra oscura. El sendero sobre el cual caminaban las hermanas era negro, apisonado por los pies de mineros recurrentes, y separado del campo por vallas de hierro; la portilla con escalones que llevaba de vuelta a la calle estaba reluciente por el frote de las pieles de topo de los mineros que pasaban. Ahora las dos muchachas pasaban entre algunas filas de casas del tipo más pobre. Mujeres con los brazos cruzados sobre sus toscos delantales, chismorreando de pie al final de su bloque, miraron a las hermanas Brangwen con esa mirada larga y ajena al cansancio de los aborígenes; los niños gritaron insultos. Gudrun continuó su camino medio aturdida. Si esto era vida humana, si éstos eran seres humanos que vivían en un mundo completo, ¿qué era entonces su propio mundo, fuera? Era consciente de sus medias verdes hierba, de su gran sombrero de terciopelo verde hierba, de su grueso y suave abrigo azul fuerte. Y se sintió como si estuviera caminando en el aire, inestablemente, con el corazón contraído, como si en cualquier momento pudiera verse precipitada al suelo. Estaba asustada. Se colgó de Ursula, que, a fuerza de costumbre, estaba hecha a esta violación de un mundo oscuro, increado y hostil. Pero su corazón gritaba todo el tiempo como si se encontrara en medio de alguna ordalía: «Quiero volverme, quiero irme, quiero no saberlo, no saber que esto existe.» Pero debía seguir adelante. Ursula podía percibir su sufrimiento. -Odias esto, ¿verdad? -preguntó. -Me deja atónita -murmuró Gudrun. -No te quedarás mucho -repuso Ursula. Y Gudrun continuó, aferrándose a la liberación. Se retiraron de la región minera siguiendo la curva de la colina y adentrándose en el campo, más puro del otro lado, hacia Willey Green. Persistía aún el débil tinte de negrura sobre los campos y las colinas boscosas, pareciendo brillar oscuramente en el aire. Era un día de primavera, gélido, con jirones de luz solar. Margaritas amarillas aparecían desde el fondo de los setos, y en los jardines de Willey Green los arbustos de arándanos estaban soltando las hojas, y unas florecillas se iban poniendo blancas sobre el gris aliso que colgaba desde los muros de piedra. Torciendo, atravesaron la carretera que discurría entre los altos taludes hacia la iglesia. Allí, en la curva más baja del camino, bajo los árboles, había un pequeño grupo de gente expectante, aguardando ver la boda. La hija del principal propietario del distrito, Thomas Crich, iba a casarse con un oficial de marina. -Volvamos -dijo Gudrun apartándose-. Está ahí toda esa gente. Y se quedó vacilando en el camino. -No te preocupes -dijo Ursula-, son buena gente. Todos me conocen. No importan. -¿Pero debemos cruzar entre ellos? -preguntó Gudrun. -De verdad que son bastante buena gente –dijo. Ursula adelantándose. Y las dos hermanas se aproximaron juntas al grupo de gente común inquieta y curiosa. Eran principalmente mujeres, esposas de mineros del tipo más perezoso. Tenían rostros curiosos, subterráneos. Las dos hermanas se mantuvieron tensas y fueron directas hacia la puerta. Las mujeres se abrieron para dejarlas pasar, pero de modo apenas suficiente, como si les molestase ceder terreno. Las hermanas pasaron en silencio a través del pórtico de piedra y subieron los escalones hasta la alfombra roja, donde un policía las contemplaba. -¡Vaya precio que tendrán las medias! -dijo una voz a espaldas de Gudrun. Una súbita y feroz rabia se apoderó de la muchacha, violenta y homicida. Le hubiese gustado aniquilar a todos, limpiar el lugar a fin de que el mundo quedase despejado para ella. Odiaba caminar por el sendero del patio de la iglesia, siguiendo la alfombra roja, continuando su movimiento a la vista de todos. -No entraré en la iglesia -dijo de repente con tal decisión que Ursula se detuvo inmediatamente, giró y tomó por un pequeño sendero lateral que conducía a la pequeña puerta privada de la escuela, cuyos terrenos lindaban con los de la iglesia. Para descansar, Ursula se sentó un momento en el umbral de la puerta, sobre el muro bajo de piedra sombreado por los arbustos de laurel. Tras ella, el gran edificio rojo de la escuela se levantaba pacíficamente, abiertas todas sus ventanas por la fiesta. Sobre los arbustos, ante ella, se encontraban los tejados pálidos y la torre de la vieja iglesia. Las hermanas estaban ocultas por el follaje. Gudrun se sentó. en silencio. Su boca estaba cerrada, su rostro apartado. Se arrepentía amargamente de haber vuelto. Ursula la miró y pensó en lo sorprendentemente hermosa que era arrebatada por la turbación. Pero Gudrun provocaba una tensión en la naturaleza de Ursula, cierto cansancio. Ursula deseaba estar sola, liberada de la tirantez y el cerco de la presencia de Gudrun. -¿Vamos a quedarnos aquí? -preguntó Gudrun. -Sólo estaba descansando un minuto -dijo Ursula, levantándose como si hubiese sido reñida-. Iremos al rincón de la cancha y veremos todo desde allí. En ese momento el sol caía luminosamente sobre el patio de la iglesia, había un vago aroma de resina y primavera, quizá de violetas creciendo sobre las tumbas. Habían brotado algunas margaritas blancas, luminosas como ángeles. En el aire las ramas rígidas de un haya cobriza tenían color rojo sangre. Los carruajes empezaron a llegar puntualmente a las once. Hubo un estremecimiento en la muchedumbre de la puerta, una concentración al subir un carruaje; los invitados a la boda ascendían por los peldaños y pasaban sobre la alfombra roja hasta la iglesia. Todos estaban alegres y excitados porque brillaban el sol. Gudrun los observó cuidadosamente, con curiosidad objetiva. Vio a cada uno como una figura completa, como el personaje de un libro, como el tema de un retrato o una marioneta en un teatro, una creación terminada. Le encantaba reconocer sus variadas características, situarlas a su verdadera luz, proporcionarles sus propios ambientes, definir a esa gente para siempre según pasaban delante de ella siguiendo el sendero hacia la iglesia. Ella les conocía, estaban terminados, sellados y estampados a los efectos de ella. Ninguno tenía algo desconocido, sin resolver, hasta que empezaron a aparecer los propios Crich. Entonces se despertó su interés. Aquí había algo no tan preconcluido. Llegó la madre, la señora Crich, con su hijo mayor, Gerald. Era una figura singular y descuidada, a pesar de los esfuerzos que obviamente se habían hecho para ponerla a la altura del día. Su rostro era pálido, amarillento, con una piel clara, transparente; iba inclinada más bien hacia adelante, sus rasgos eran muy marcados, bonitos, con una mirada tensa, ciega, depredadora. Su pelo descolorido estaba despeinado, y algunas guedejas flotaban sobre su abrigo de seda azul oscuro provenientes del interior de su sombrero de seda azul. Parecía una mujer con una monomanía, casi furtiva, pero sólidamente orgullosa. Su hijo era un tipo apuesto, tostado por el sol, más bien por encima de la media en altura, bien hecho y casi exageradamente bien vestido. Pero había a su alrededor también la mirada extraña, guardada, el brillo inconsciente, como si no perteneciese a la misma creación que la gente de su alrededor. Gudrun se fijó en él al instante. Había en él algo septentrional que la magnetizaba. En su clara piel norteña y en su rubio cabello había un destello solar refractado por cristales de hielo. Y su aspecto era tan nuevo, tan no descorchado puro como una cosa ártica. Tenía quizá treinta años, quizá más. Su resplandeciente belleza, su virilidad como de lobo joven, jovial y sonriente, no la cegó para la significativa y siniestra fijeza de su porte, el amenazante peligro de su genio sin subyugar. «Su tótem es el lobo», se repitió ella. «Su madre es un lobo viejo y sin romper.» Y entonces experimentó un paroxismo agudo, un transporte, como si hubiese hecho algún descubrimiento horrible, conocido únicamente por ella en toda la Tierra. Un extraño transporte se apoderó de ella, todas sus venas estaban en un paroxismo de sensación violenta. «¡Buen Dios! -exclamó para sí-, ¿qué es esto?» Y entonces, un momento después, estaba diciendo con convicción: «Sabré más de ese hombre.» Le torturaba el deseo de verle otra vez, una nostalgia, una necesidad de verle otra vez, de estar segura de que no era todo un error, de que no se estaba engañando, de que sentía realmente esta sensación extraña y abrumadora a causa de él, este conocimiento de él en su esencia, esa poderosa aprehensión de él. «¿Estoy realmente elegida específicamente para él de algún modo, hay realmente algún oro pálido, alguna luz ártica que sólo nos envuelva a ambos?», se preguntó a sí misma. Y no podía creerlo; quedó abstraída, apenas consciente de lo que acontecía alrededor. Las damas de la novia estaban allí, pero el novio no había llegado todavía. Ursula se preguntó si algo iba mal y si la boda se estropearía por completo. Se sentía turbada, como si descansase eso sobre ella. Las principales damas de la novia habían llegado. Ursula las miró subir las escaleras. Conocía a una de ellas. Una mujer alta, lenta y renuente, con una cabellera rubia y un rostro pálido y largo. Era Hermione Roddice, una amiga de los Crich. Ahora se aproximaba con la cabeza alta, equilibrando un enorme sombrero plano de terciopelo amarillo pálido donde aparecían rayas de plumas de avestruz, naturales y grises. Se adelantó como si fuera apenas consciente, levantado su largo rostro blanqueado, para no ver el mundo. Era rica, llevaba un traje de terciopelo sedoso y frágil, color amarillo pálido, y de ella pendían' muchos pequeños ciclámenes de color rosa. Sus zapatos y medias eran de un gris amarronado, como las plumas de su sombrero; su cabello era pesado, y ella se movía hacia adelante con una peculiar fijeza de las caderas, un extraño movimiento involuntario. Era impresionante en su encantador amarillo pálido y rosa amarronado, pero al mismo tiempo macabra, algo repulsiva. Las gentes estaban silenciosas cuando ella pasaba, impresionadas, deseando lanzar vivas, pero por alguna razón silenciadas. Su rostro, largo y pálido, que llevaba algo levantado, al estilo de Rossetti, parecía casi drogado, como si una extraña masa de pensamientos se enroscasen dentro de ella en la oscuridad y nunca le permitiesen escapar. Ursula la contempló con fascinación. La conocía poco. Era la mujer más notable de los Midlands. Su padre era un barón de Derbyshire de la vieja escuela, ella era una mujer de la nueva escuela, densa y llena de intelectualidad, roídos los nervios por la consciencia. Estaba apasionadamente interesada por la reforma, su alma estaba entregada a la causa pública. Pero era mujer de un hombre, el mundo varonil era lo que le prestaba apoyo. Tuvo diversas intimidades de mente y alma con varios hombres de capacidad. Entre esos hombres Ursula sólo conocía a Rupert Birkin, que era uno de los inspectores escolares del condado. Pero Gudrun había conocido a otros en Londres. Moviéndose con sus amigos artistas en diferentes niveles sociales, Gudrun había llegado a conocer ya a muchas gentes de renombre y posición. Se había encontrado dos veces con Hermio- ne, pero no simpatizaron la una con la otra. Sería raro encontrarse de nuevo allí en los Midlands, donde su posición social era tan diversa, tras haberse conocido en términos de igualdad en las casas de varios conocidos en la ciudad. Porque Gudrun había sido un éxito social, y sus amigos pertenecían a la aristocracia ociosa que se mantiene en contacto con las artes. La propia Hermione sabía que estaba bien vestida; sabía que era socialmente igual, si no muy superior, que 'cualquiera de quienes podría encontrar en Willey Green. Sabía que era aceptada en el mundo de la cultura y del intelecto. Era una Kulturträger, un médium para el cultivo de las ideas. Ella se sentía unida a todo lo más elevado en la sociedad, en el pensamiento, en la acción pública o incluso en el arte; se movía entre los primeros, estaba en su casa con ellos. Nadie podía rebajarla, nadie podía burlarse de ella, porque ella pertenecía entre los mejores, y los que estaban contra ella estaban por debajo de ella, bien en rango o en riqueza, o en elevada asociación de pensamiento, progreso y entendimiento. En consecuencia, era invulnerable. Toda su vida había intentado hacerse invulnerable, inasaltable, más allá del alcance del juicio mundanal. Y, con todo, su alma se sentía torturada, expuesta. Incluso al caminar el sendero hacia la iglesia, por confiada que estuviese en que a todos los efectos estaba más allá de todo juicio vulgar, sabiendo perfectamente que su apariencia era completa y perfecta con arreglo a las primeras pautas, sufrió una tortura bajo su confianza y su orgullo, sintiéndose expuesta a heridas, a burla y a desprecio. Siempre se sintió vulnerable; siempre había un secreto resquicio en su armadura. Ella misma no sabía lo que era. Era una falta de yo robusto; carecía de suficiencia natural, había un vacío terrible, una deficiencia de ser dentro de ella. Quería alguien que cerrase esta deficiencia, que la cerrase para siempre. Ansiaba a Rupert Birkin. Cuando él estaba ella se sentía completa, era suficiente, íntegra. Durante el resto del tiempo ella se encontraba establecida sobre la arena, construida sobre un abismo, y a despecho de toda su vanidad y seguridades cualquier criado común de temperamento positivo y robusto podría lanzarla por ese pozo sin fondo de insuficiencia con el más leve movimiento de burla o de des precio. Y durante todo el tiempo la pensativa y torturada mujer apilaba sus propias defensas de conocimiento estético, cultura, visiones del mundo y filantropía desinteresada. Pero nunca pudo cerrar el terrible agujero de la insuficiencia. Si sencillamente Birkin formara con ella una conexión estrecha y segura, ella estaría a salvo durante este peligroso viaje de la vida. El era capaz de hacer que ella fuese sensata y triunfadora, triunfadora sobre los ángeles mismos del cielo. ¡Solamente si él quisiera! Pero estaba torturada por el miedo, por los recelos. Se ponía guapa, luchaba muy duro por alcanzar aquel grado de belleza y ventaja capaz de convencerle a él. Pero había siempre una deficiencia. El era perverso también. Luchaba por quitársela de encima, siempre intentaba quitársela de encima. Cuanto más se esforzaba ella por acercársele, más luchaba él para rechazarla. Y habían sido amantes durante años. Oh, era tan cansado, tan doloroso; y ella estaba El carruaje bajó ruidosamente por la colina y se aproximó. Las gentes lanzaron un grito. La novia, que apenas había alcanzado la parte superior de los escalones, se volvió alegremente para ver la causa de esa conmoción. Vio una confusión entre la gente, un vehículo ascendiendo y a su amante saltando del carruaje, esquivando los caballos y penetrando en la muchedumbre. -¡Tibs! ¡Tibs! -exclamó con súbita y burlona excitación mientras permanecía en lo alto del sendero, bañada por la luz del sol y agitando su ramo. El, que se infiltraba con el sombrero en la mano, no escuchó-. ¡Tibs! -exclamó ella otra vez mirando hacia él. El echó una ojeada hacia arriba, sin darse cuenta, y vio a la novia y al padre de pie sobre el sendero situado encima de él. Una mirada extraña y sorprendida invadió su rostro. Vaciló durante un momento. Luego reunió fuerzas para unirse a ellos de un salto. -¡Ah-h-h! -llegó el grito extraño y ahogado de ella cuando, por reflejo, se dio la vuelta y salió corriendo con agilidad impensable hacia la iglesia, acompañada por el ruido de sus pies blancos y su blanco traje. El joven se lanzó tras ella como un perdiguero, subiendo de dos en dos los escalones y adelantando al padre de la novia, sus caderas ágiles como las de un perdiguero que se aproxima a su presa. -¡Cómo va tras ella! -gritaron las mujeres vulgares debajo, súbitamente arrastradas al juego. Ella, con sus flores desparramadas como espuma, se apresuraba a doblar por el ángulo de la iglesia. Echó una ojeada atrás y, con un grito salvaje de risa y desafío, torció sin perder el equilibrio, desapareciendo tras el contrafuerte de piedra gris. Un segundo más tarde, el novio, inclinado hacia adelante por la carrera, había cogido el ángulo de la piedra silenciosa con la mano y se había lanzado fuera de vista, desapareciendo en la persecución sus ágiles y fuertes caderas. Gritos y exclamaciones de excitación estallaron inmediatamente entre la multitud que se agolpaba en la puerta. Y entonces Ursula percibió de nuevo la figura oscura y más bien inclinada del señor Crich esperando suspendida sobre el sendero, contemplando con rostro inexpresivo la carrera hacia la iglesia. Había terminado, y se volvió para mirar la figura de Rupert Birkin, que al instante se adelantó y se le unió. -Iremos a retarguardia -dijo Birkin con una leve sonrisa sobre el rostro. -¡Ay! -repuso lacónicamente el padre. Y los dos hombres caminaron juntos hacia arriba, por el sendero. Birkin era tan delgado como el señor Crich, pálido y de aspecto enfermizo. Su cuerpo era estrecho pero bien formado. Caminaba con una ligera desviación de un pie, que provenía exclusivamente del azoramiento. Aunque estaba vestido correctamente para su papel, había una incongruencia innata que provocaba un leve matiz de ridículo en su aspecto. Su naturaleza era lúcida y separada, no pegaba para nada en la ocasión convencional. Sin embargo, él se plegaba a la idea común, disfrazándose. Aparentaba ser persona común, perfecta y maravillosamente normal. Y lo hacía tan bien, adoptando el tono de sus ambientes, ajustándose tan rápidamente a su interlocutor y a su circunstancia, que lograba una verosimilitud de normalidad común que habitualmente ponía de su parte a los espectadores y les desarmaba, evitando que atacasen su singularidad. Ahora hablaba de modo fluido y agradable con el señor Crich, a .medida que caminaban por el sendero; jugaba con las situaciones como un hombre sobre una cuerda floja, pero siempre sobre una cuerda floja, pretendiendo únicamente un cómodo descanso. -Lamento que nos hayamos retrasado tanto -iba diciendo-. No pudimos encontrar una hebilla, por lo cual nos tomó mucho tiempo abrocharnos las botas. Pero ustedes no se retrasaron. -Somos puntuales habitualmente -dijo el señor Crich. -Y yo llego siempre tarde -dijo Birkin-. Pero hoy era realmente puntual, sólo un accidente me lo impidió. Lo lamento. Los dos hombres desaparecieron, no había nada más que ver por el momento. Ursula quedó pensando en Birkin. El la picaba, la atraía y la molestaba. Deseaba conocerle más. Había hablado con él una o dos veces, pero sólo al nivel profesional de su función como inspector. Ella pensaba que él parecía reconocer algún parentesco entre ambos, una comprensión natural, tácita, el uso de un mismo lenguaje. Pero la comprensión no había tenido tiempo para desarrollarse. Y algo la mantenía distante de él, al mismo tiempo que la atraía a él. Había cierta hostilidad, una última y escondida reserva en él, fría e inaccesible. A pesar de todo, ella deseaba conocerle. -¿Qué piensas de Rupert Birkin? -preguntó, algo a disgusto, a Gudrun. No quería ponerle en tela de juicio. -¿Que qué pienso de Rupert Birkin? -repitió Gudrun-. Pienso que es atractivo... decididamente atractivo. Lo que no puedo soportar de él son sus modales con otras gentes, su manera de tratar a cualquier pequeña estúpida como si la respetase absolutamente. Una se siente espantosamente vendida. -¿Por qué lo hará? -dijo Ursula. -Porque carece de una verdadera facultad crítica con la gente en cualquier caso -dijo Gudrun-. Ya te lo digo, trata a cualquier tontita como nos trata a ti o a mí... y eso es demasiado insulto. -Oh, lo es -dijo Ursula-. Es preciso discriminar. -Uno debe discriminar -repitió Gudrun-. Pero en otros aspectos es un tío estupendo, una personalidad maravillosa. Sólo que no se puede confiar en él. -Sí -dijo Ursula distraída. Se veía siempre forzada a asentir a los pronunciamientos de Gudrun, incluso cuando no estaba totalmente de acuerdo. Las hermanas se sentaban silenciosas, esperando que saliese la comitiva de la boda. Gudrun estaba impaciente por hablar. Deseaba pensar en Gerald Crich. Deseaba ver si era real el poderoso sentimiento que le había producido. Deseaba estar preparada. Dentro de la iglesia se celebraba la boda. Hermione Roddice sólo pensaba en Birkin. El estaba de pie junto a ella. Ella parecía inclinarse físicamente hacia él. Deseaba tocarle. Apenas podía estar segura de que él se encontraba cerca si no le tocaba. Con todo, se mantuvo dominada a lo largo de la ceremonia. Ella había sufrido tan amargamente cuando él no vino, que seguía aún atónita. Seguía aún roída como por una neuralgia, atormentada por su posible ausencia. Le había esperado en un débil delirio de tortura nerviosa. Mientras estaba allí de pie, pensativa, el gesto arrebatado de su rostro -que parecía espiritual y angélico pero que provenía de la tortura- le proporcionaba un cierto patetismo que desgarraba de piedad el corazón de él. Birkin vio su cabeza inclinada, su rostro arrebatado, el rostro de un éxtasis casi demoníaco. Al notar que él miraba, ella levantó la cara y buscó sus ojos, lanzándole una gran señal desde sus propios y hermosos ojos grises. Pero él evitó su mirada y ella hundió su cabeza en el tormento y la vergüenza, mientras continuaba royéndose el corazón. Y él también estaba torturado por la vergüenza y un definitivo desagrado, sintiendo hacia ella una aguda piedad, porque no deseaba encontrarse con sus ojos, no deseaba recibir su llamarada de reconocimiento. La novia y el novio se casaron, el grupo penetró en la sacristía. Hermione se aplastó involuntariamente contra Birkin para tocarle. Y él lo soportó. Fuera, Gudrun y Ursula oían a su padre tocando el órgano. Con certeza disfrutaba tocando una marcha nupcial. ¡Ahora estaba saliendo la pareja de recién casados! Las campanas tañían estremeciendo el aire. Ursula se preguntaba si los árboles y las flores podían sentir la vibración y qué pensaban de este extraño movimiento en el aire. La novia parecía bastante recatada del brazo del novio, que contemplaba el cielo abriendo y cerrando inconscientemente los ojos, como si no estuviese ni aquí ni allá. Su aspecto era más bien cómico, parpadeando e intentando estar a tono, cuando emocionalmente era violado por su exposición a una muchedumbre. Tenía el aspecto de un marino 'típico, varonil y voluntarioso. Birkin llegó con Hermione. Ella tenía una mirada arrebatada y triunfante, como de ángel caído restaurado pero sutilmente demoníaco aún, y sujetaba a Birkin por el brazo. El estaba inexpresivo, neutralizado, poseído por ella como si fuese su destino indiscutible. Salió Gerald Crich, rubio, guapo, saludable, con una gran reserva de energía. Se mantenía derecho y completo, había algo extrañamente furtivo brillando a través de su aspecto amistoso, casi feliz. Gudrun se levantó bruscamente y partió. No podía soportarlo. Deseaba estar sola, conocer esa inoculación extraña y aguda que había cambiado todo el humor de su sangre. 2. SHORTLANDS Las Brangwen se fueron a su casa en Beldover; el grupo de la boda se reunió en Shortlands, la casa de los Crich. Era una vieja casa larga y baja, una especie de granja que se diseminaba por la cumbre de una ladera, justamente más allá del estrecho y pequeño lago de Willey Water. Shortlands contemplaba un prado descendente que podría ser un parque por los árboles grandes y solitarios diseminados aquí y allá, frente al agua del estrecho lago y la boscosa colina que ocultaba con éxito el valle minero situado más allá, aunque no ocultara del todo el humo ascendente. Sin embargo, el escenario era rural y pintoresco, muy pacífico, y la casa poseía un encanto peculiar. Estaba ahora atiborrada por la familia y los invitados a la boda. El padre, que no se sentía bien, se retiró a descansar. Gerald era el anfitrión. Estaba de pie en el hogareño vestíbulo, amistoso y fluido, atendiendo a los hombres. Parecía disfrutar con sus funciones sociales, sonreía y era abundante en su hospitalidad. Las mujeres daban vueltas algo confusas, perseguidas aquí y allá por las tres hijas casadas de la casa. Todo el tiempo podía oírse la voz característica, imperiosa, de una u otra Crich diciendo: «Helen, ven un minuto.» «Marjory, te quiero aquí.» «Oh, vaya, la señora Witham... » Sonaban las faldas rozando, habla destellos de mujeres elegantemente vestidas, una criatura recorría el vestíbulo danzando, una doncella del servicio entraba y salía con prisa. Mientras tanto, los hombres se mantenían en pequeños grupos tranquilos charlando, fumando, pretendiendo no atender a la susurrante animación del mundo femenino. Pero no podían hablar realmente, debido al bullicio cristalino de las voces apresuradas y excitadas de las mujeres con sus risas frías. Los hombres esperaban, incómodos, suspendidos, más bien aburridos. Pero Gerald permanecía como jovial y feliz, no consciente de que estaba esperando o desocupado, sabiéndose el centro mismo de la ocasión. De repente, la señora Crich penetró sin ruido en el cuarto, mirando aquí y allá con su rostro fuerte y claro. Llevaba aún su sombrero y su abrigo de seda azul. -¿Qué pasa, madre? -dijo Gerald. -¡Nada, nada! -repuso distraídamente. Y se encaminó directamente hacia Birkin, que estaba hablando con un cuñado de los Crich. -¿Qué tal está usted, señor Birkin? -dijo con su voz profunda, que parecía no tomar en cuenta a sus huéspedes. Le tendió la mano. -¡Oh, señora Crich! -contestó Birkin con su voz tan dúctil para los cambios-, me fue imposible acercarme a usted antes. -No conozco a la mitad de las personas que hay aquí -dijo con su voz profunda. Su cuñado, incómodo, se alejó. -,¿Y no le gustan los extraños? -dijo Birkin riendo-. Personalmente, jamás pude entender por qué ha de tomar uno en cuenta a personas simplemente porque resultan encontrarse en el mismo cuarto con uno: ¿por qué debería saber yo que están ahí? -¡Cierto, muy cierto! -dijo la señora Crich con su voz baja y tensa-. Si no fuese porque están allí. Yo no conozco a gentes que descubro en la casa. Los niños me las presentan, me dicen: «Madre, éste es fulanito de tal.» De poco me sirve. ¿Qué relación tiene fulanito de tal con su propio nombre? ¿Y qué tengo yo que ver con él o con su nombre? Elevó los ojos hacia Birkin. La señora Crich le sorprendía. También le halagaba que ella viniese a hablar con él, porque apenas se fijaba en nadie. El miró su rostro claro, intenso, de rasgos graves, pero le intimidaba mirar los ojos azules cargados de visión. En vez de ello observó cómo le caía el cabello en guedejas desaliñadas sobre las orejas, más bien hermosas pero no del todo limpias. Tampoco estaba perfectamente limpio su cuello. Incluso en eso parecía ella pertenecerse a sí misma más que al resto de la compañía; aunque -pensó para sí- él estaba siempre bien aseado, cuando menos en el cuello y las orejas. Sonrió débilmente pensando esas cosas. Con todo, estaba tenso, sintiendo que él y la mujer mayor, desplazada, estaban confabulando juntos como traidores, como enemigos dentro del campamento de los otros. El parecía un venado que vuelve una oreja hacia la senda dejada atrás y la otra hacia adelante para saber lo que le esperaba. -Las gentes no importan realmente -dijo con poco deseo de continuar. La madre le miró con una súbita y oscura interrogación, como dudando de su sinceridad. -¿Qué quiere usted decir con importar? -preguntó agudamente. -No muchas gentes son algo en absoluto -respondió forzado a entrar más profundamente de lo que desearía-. Alborotan. Sería mucho mejor que fuesen sencillamente barridos. Esencialmente, no existen, no están aquí. Ella le contempló fijamente mientras hablaba. -Pero no nos lo imaginamos -dijo ella secamente. -No hay nada que imaginar, por eso no existen. -Bien -dijo ella-, no me atrevo a llegar a tanto. Allí están, existan o no. No depende de mí decidir sobre su existencia. Sólo sé que no puede esperarse de mí que los tome en cuenta a todos. Nadie puede esperar que le conozca simplemente porque resulta estar ahí. En cuanto a mí respecta, igualmente podría no estar. -Exactamente -contestó él. -¿Verdad que sí? -preguntó ella otra vez. -Igualmente -repitió él. Hubo una breve pausa. -Si no fuese porque están allí, y eso es un engorro -dijo-. Allí están mis yernos -prosiguió en una especie de monólogo-. Ahora Laura se casó, hay otro. Y realmente no sé todavía distinguirlos. Se me acercan y me llaman madre. Sé lo que van a decirme: «¿Cómo está usted, madre?» Yo debería decir: «No soy su madre, en ningún sentido.» Pero de qué sirve. Allí están. He tenido hijos míos. Supongo que sé distinguirlos de los hijos de otra mujer. -Sí, es de suponer -dijo él. La mujer lo miró algo sorprendida, quizá olvidando que estaba hablándole, y perdió el hilo. Miró distraídamente por el cuarto. Birkin no pudo conjeturar qué estaba buscando, ni qué pensaba. Evidentemente, observaba a sus hijos. -¿Están ahí todos mis hijos? -le preguntó abruptamente. El sonrió sorprendido, quizá temeroso. -Apenas les conozco, a excepción de Gerald -repuso. -¡Gerald! -exclamo-. Es el más necesitado de todos ellos. Jamás lo pensaría uno mirándolo ahora, ¿verdad? -No -dijo Birkin. La madre miró hacia su hijo mayor, contemplándole gravemente durante algún tiempo. -Ay -dijo en un monosílabo incomprensible que sonó profundamente cínico. Birkin se sintió asustado, como si no se atreviera a comprender. La señora Crich se alejó, olvidándole. Pero volvió sobre sus pasos. -Me gustaría que tuviese un amigo -dijo-. Nunca ha tenido un amigo. Birkin miró sus ojos, que eran azules y contemplaban gravemente. No podía entenderlos. «¿Soy yo el guardián de mi hermano?», se dijo para sí, casi frívolamente. Entonces, con una ligera conmoción, recordó que ése fue el grito de Caín. Y Gerald era Caín, si alguien lo era. Pero tampoco era Caín, aunque hubiese matado a su hermano. Había cosas semejantes a puros accidentes, y las consecuencias no podían atribuirse a la persona aunque hubiese matado a su propio hermano. Siendo muchacho, Gerald había matado por accidente a su hermano. ¿Y qué? ¿Por qué intentar grabar una marca y una maldición sobre la vida que había provocado el accidente? Un hombre puede vivir por accidente y morir por accidente. ¿O acaso no? ¿Está sujeta la vida de todo hombre al puro accidente? ¿Es sólo la raza, el género, la especie, quien posee una referencia universal? ¿O acaso no es esto cierto y no existe cosa semejante al accidente puro? ¿Tiene un significado universal todo cuanto acontece? ¿Lo tiene? Birkin, reflexionando mientras estaba allí de pie, se olvidó de la señora Crich y ella de él. No creía que hubiese cosa semejante a un accidente. Todo estaba junto, en el más profundo de los sentidos. Justamente cuando había decidido esto, una de las hijas de los Crich se aproximó diciendo: -¿Por qué no vienes y te quitas el sombrero, querida madre? Dentro de un minuto nos sentaremos a comer y es un momento solemne, ¿verdad, querida? Cogió a su madre del brazo y se alejaron. Birkin fue inmediatamente a conversar con el hombre más próximo. El gong tocó invitando al almuerzo. Los hombres miraron hacia arriba, pero nadie inició movimiento alguno hacia el comedor. Las mujeres de la casa no parecieron percibir que el sonido tuviese algún significado para ellas. Pasaron cinco minutos. El criado de más edad, Crowther, apareció exasperado en el umbral de la puerta. Miró a Gerald con gesto de súplica. Este cogió una gran caracola curva que yacía sobre una estantería y sin más contemplaciones sopló con arrolladora fuerza. Fue un ruido extraño y turbador que hizo latir el corazón. La llamada resultó casi mágica. Todos vinieron corriendo, como si se tratase de una señal. Y entonces la muchedumbre se desplazó en un impulso hacia el comedor. Gerald esperó un momento para que su hermana hiciese el papel de anfitriona. Sabía que su madre no prestaría atención alguna a sus deberes. Pero su hermana se limitó a apretujarse hasta alcanzar un asiento. En consecuencia, con un gesto levemente demasiado dictatorial, el joven dirigió a los huéspedes hasta sus lugares. Hubo un momento de silencio, mientras todos miraban los «hors d'oeuvres» que iban pasando. Y en este silencio una chica de trece o catorce años, con el cabello muy largo y suelto, dijo en una voz tranquila y segura: -Gerald, te olvidas de nuestro padre cuando haces ese ruido infernal. -¿Tú crees? -repuso. Y luego, dirigiéndose a la gente, añadió-: Mi padre está tumbado, no se encuentra muy bien. -¿Cómo está realmente? -preguntó una de las hijas casadas, intentando esquivar el inmenso pastel nupcial que se levantaba como una torre en mitad de la mesa, derramando sus flores artificiales. -No tiene dolores, pero se siente cansado -repuso Winifred, la chica del pelo largo sobre la espalda. Se sirvió el vino, y todos hablaban tumultuosamente. En el extremo más lejano de la mesa se sentaba la madre, con su cabello despeinado. Tenía a Birkin como vecino. A veces miraba con gesto de furia las filas de rostros, inclinándose hacia adelante y observando sin ceremonias. Y entonces decía en voz baja a Birkin: -¿Quién es ese joven? -No lo sé -respondió distraídamente Birkin. -¿Le he visto antes? -preguntó ella. -No creo. Yo no -repuso. Y ella quedó satisfecha. Sus ojos se cerraban cansinamente, una paz invadía su rostro, parecía una reina reposando. Luego empezaba, una pequeña sonrisa social aparecía en su rostro, durante un momento tenía el aspecto de la agradable anfitriona. Durante un momento se inclinaba graciosamente, como si todos fuesen bienvenidos y encantadores. "Y luego, inmediatamente, regresaba a la sombra; una mirada hosca y de águila aparecía sobre su rostro, contemplaba desde debajo de sus cejas como una criatura siniestra y ajena, odiándolos a todos. -Madre -dijo Diana, una muchacha bonita algo mayor que Winifred-, puedo tomar vino, ¿verdad? -Sí, puedes tomar vino -repuso automáticamente la madre, porque la pregunta le resultaba completamente indiferente. Y Diana hizo señas al criado para que llenase su vaso. -Gerald no debería prohibírmelo -dijo tranquilamente al grupo en general. -De acuerdo, Di -dijo amistosamente su hermano. Y ella le miró con desafío mientras bebía del vaso. Había una extraña libertad en la casa, que casi equivalía a anarquía. Más que libertad era una resistencia a la autoridad. Gerald tenía algún mando por mera fuerza de su personalidad, no debido a ninguna posición otorgada. En su voz había un tono amistoso pero dominante que intimidaba a los otros, todos ellos más jóvenes. Hermione mantenía una discusión con el novio sobre la nacionalidad. -No -dijo-, pienso que apelar al patriotismo es un error. Es como un comercio rivalizando con otro. -Vamos, me parece que mal puedes decir eso, ¿no? -exclamó Gerald, que tenía una auténtica pasión por la disputa-. No puedes llamar asunto comercial a una raza, ¿verdad? Y pienso que la nacionalidad corresponde a grandes rasgos a la raza. Pienso que eso se pretende. Hubo una pausa momentánea. Gerald y Hermione eran siempre extraña pero educada y uniformemente enemigos. -¿Piensas que la raza corresponde a la nacionalidad? -pretendió ella con aire meditativo y vacilación inexpresiva. Birkin sabía que ella estaba esperando su participación. Y habló, cumpliendo su deber. -Me parece que Gerald está en lo cierto. La raza es el elemento esencial en la nacionalidad, al menos en Europa -dijo. Hermione se detuvo nuevamente, como para permitir que esta afirmación se enfriase. Entonces dijo con una extraña asunción de autoridad: -Sí, pero incluso entonces, ¿es la apelación patriótica una apelación al instinto racial? ¿No es más bien una forma de apelar al instinto de propiedad, el instinto comercial? ¿Y no es esto lo que llamamos nacionalidad? -Probablemente -dijo Birkin, para quien semejante discusión estaba fuera de tiempo y lugar. Pero Gerald seguía ahora la pista a la discusión. -Una raza puede tener su aspecto comercial -dijo-. De hecho es preciso. Es como una familia. Tienes que almacenar. Y para almacenar tienes qué luchar contra otras, familias, otras naciones. No veo por qué no. Hermione hizo una nueva pausa, dominadora y fría, antes de contestar: -Sí, creo que siempre es equivocado provocar un espíritu de rivalidad. Genera mala sangre. Y la mala sangre se acumula. -Pero no puedes prescindir del espíritu de emulación en su conjunto -dijo Gerald-. Es uno de los incentivos necesarios para la producción y el progreso. -Sí -respondió tranquilamente Hermione-. Creo que se puede prescindir de él. -Debo decir -intervino Birkin- que detesto el espíritu de emulación. Hermione estaba mordiendo un trozo de pan, sacándoselo de entre los dientes con los dedos en un movimiento lento, levemente menospreciador. Se volvió hacia Birkin. -Tú sí que lo odias, sí -dijo íntima y satisfecha. -Lo detesto -repitió él. -Pero -insistió Gerald- si no permites que un hombre lleve los medios de vida de su vecino, ¿por qué ibas a permitir que una nación se lleve los medios de vida de otra? Hubo un largo y lento murmullo por parte de Hermione antes de que rompiese a hablar, diciendo con lacónica indiferencia: -No siempre es una cuestión de posesiones, ¿verdad? ¿Verdad que no todo es una cuestión de mercan cías? Gerald quedó molesto con esta suposición de materialismo vulgar. -Sí, más o menos -contestó-. Si voy y le quito a un hombre el sombrero de la cabeza, ese sombrero se convierte en un símbolo de la libertad de ese hombre. Cuando lucha contra mí por su sombrero está luchando por su libertad. Hermione no quedó cortada. -Sí -dijo con irritación-. Pero ese modo de argumentar con casos imaginarios no parece auténtico, ¿verdad? Un hombre no viene y me quita el sombrero de la cabeza, ¿no es así? -Sólo porque la ley se lo prohíbe -dijo Gerald. -No sólo -dijo Birkin-. De cien hombres, noventa y nueve no quieren mi sombrero. -Ese es un asunto de gustos -dijo Gerald. -O del sombrero -dijo riendo el novio. -Y si él quiere mi sombrero tal como es -dijo Birkin-, sin duda queda abierto para m( decidir qué me representará una mayor pérdida, mi sombrero o mi libertad como hombre libre o indiferente. Si me veo impulsado a ofrecer lucha, pierdo esto último. Es una cuestión de determinar qué tiene más valor para mí, si mi agradable libertad de conducta o mi sombrero. -Si -dijo Hermione contemplando extrañamente a Birkin-. Sí. -¿Pero dejarías que alguien viniera y te quitase el sombrero de la cabeza? -preguntó la novia a Hermione. El rostro de la empertigada mujer se volvió lentamente, como si estuviera drogado, hacia su nueva interlocutora. -No -repuso en un tono bajo e inhumano que parecía contener algo de ironía-. No, no dejaría que nadie me quitase el sombrero de la cabeza. -¿Y cómo lo evitarías? -preguntó Gerald. -No lo sé -repuso lentamente Hermione-. Probablemente le mataría. Había una extraña risa ahogada en su tono, un humor peligroso y convincente en su aspecto. -Naturalmente -dijo Gerald-, entiendo lo que dice Rupert. Para él es toda una cuestión saber si es más importante su sombrero o su paz de espíritu. -Paz de cuerpo -dijo Birkin. -Bien, como gustes -repuso Gerald-. Pero ¿cómo vas a decidir eso para una nación? -El cielo me ayude -rió Birkin. -Sí, pero supón que te ves obligado -insistió Gerald. -Entonces es lo mismo. Si la moneda nacional es un viejo sombrero, la gentuza ladrona puede quedarse con él. -Pero ¿puede ser un viejo sombrero el sombrero nacional o racial? -insistió Gerald. -Creo que bien podría ser así -dijo Birkin. -No estoy tan seguro -dijo Gerald. -No estoy de acuerdo, Rupert -dijo Hermione. -Muy bien -dijo Birkin. -Estoy completamente de parte del viejo sombrero nacional -rió Gerald. -Y pareces un tonto con él -exclamó Diana, su respondona y adolescente hermana. -Oh, nos hemos perdido en lo profundo con esos viejos sombreros -exclamó Laura Crich-. Cállate ahora. Vamos a beber unas copas. Bebamos unas copas. Copas... vasos, vasos... ¡Copas! ¡Discurso! ¡Discurso! Pensando sobre la raza o la muerte nacional, Birkin vio cómo le llenaban el vaso de champagne. Las burbujas estallaban en el borde, el criado se retiró y Birkin bebió, sintiendo una súbita sed ante la visión del líquido fresco. Una pequeña pero extraña tensión en el cuarto le activaba. Sintió un agudo constreñimiento. «¿Lo hice por accidente o a propósito?», se preguntó. Y decidió que, siguiendo el refrán, lo había hecho «accidentalmente a propósito». Miró al camarero de alquiler. Y el camarero alquilado vino, con un paso silencioso de servil desaprobación. Birkin decidió que le horrorizaban las fiestas, y los sirvientes, y las reuniones, y la humanidad en su conjunto en la mayoría de sus aspectos. Se incorporó entonces para hacer un discurso. Pero estaba de alguna manera a disgusto. Acabó terminando la comida. Varios hombres salieron al jardín. Había un césped con macizos de flores, y en los lindes una verja de hierro que cerraba el pequeño campo o parque. La vista era agradable; un camino de montaña curvándose alrededor del borde de un lago poco profundo, bajo los árboles. En el aire primaveral el agua brillaba y los bosques del lado opuesto estaban purpúreos con nueva vida. Encantadoras reses de Jersey llegaban a la verja, respirando roncamente a través de sus aterciopelados hocicos en dirección a los seres humanos, esperando quizá un pedazo de pan. Birkin se apoyó sobre la verja. Una vaca le soplaba calor húmedo sobre la mano. -Bonito ganado, muy bonito -dijo Marshall, uno de los yernos-. Dan la mejor leche que pueda uno encontrar. -Sí -dijo Birkin. -¡Eh, preciosa, eh, encanto! -dijo Marshall con una extraña voz de falsete agudo que provocó en Birkin convulsiones de risa. -¿Quién ganó la carrera, Lupton? -preguntó al novio, tratando de esconder el hecho de que estaba riendo. El novio se quitó el cigarro de la boca. -¿La carrera? -exclamó. Entonces una sonrisa más bien delgada apareció en su rostro. No quería decir nada sobre el «sprint» hacia la puerta de la iglesia-. Llegamos juntos. Como mucho, ella llegó primero, pero yo le tenía ya la mano puesta sobre el hombro. -¿Qué decís? -preguntó Gerald. Birkin le contó la carrera de la novia y el novio. -iHum! -dijo Gerald con aire desaprobatorio-. ¿Qué te hizo llegar tarde? -Lupton hablaba sobre la inmortalidad del alma -dijo Birkin-, pero luego le faltaba la hebilla del zapato. -¡Dios mío! -exclamó Marshall-. ¡La inmortalidad del alma el día de su matrimonio! ¿No tenías nada mejor para ocupar la mente? -¿Qué hay de malo en ello? -preguntó el novio, un marino bien afeitado, sonrojándose sensiblemente. -Da la impresión de que ibas a ser ejecutado y no a casarte. ¡La inmortalidad del alma! -repitió el cuñado muy enfáticamente. Pero el chiste no tuvo éxito. -¿Y qué decidiste? -preguntó Gerald, levantando al punto las orejas ante el pensamiento de una discusión metafísica. -No desearías un alma hoy, muchacho -dijo Marshall-. Sería un obstáculo en tu camino. -¡Por Cristo! Marshall, vete y habla con algún otro -exclamó Gerald con súbita impaciencia. -Vive Dios que lo estoy deseando -dijo Marshall encolerizado-. Demasiadas maldita alma y charla juntas... Se retiró indignado, mientras Gerald le miraba con ojos de ira que fueron haciéndose gradualmente tranquilos y amistosos a medida que la figura corpulenta del otro iba alejándose. -Una cosa, Lupton -dijo Gerald volviéndose de repente hacia el novio-. Laura no habría traído a la familia a alguien tan estúpido como hizo Lottie. -Consuélate con eso -dijo Birkin riendo. -No les tomo en cuenta -dijo riendo también el novio. -¿Qué hay entonces sobre esa carrera? ¿Quién la inició? -preguntó Gerald. -Llegábamos tarde. Laura estaba en lo alto de las escaleras de la iglesia cuando llegó nuestro carruaje. Vio a Lupton corriendo hacia ella y se puso ella a correr también. Pero ¿a qué viene ese aspecto tan enfadado? ¿Acaso hiere tu sentido de la dignidad familiar? -Pues sí -dijo Gerald-. Si estás haciendo algo, hazlo bien, y si no vas a hacerlo, déjalo. -Excelente aforismo -dijo Birkin. -¿No estás de acuerdo? -preguntó Gerald. -Bastante -dijo Birkin-. Sólo que me aburre cuando te pones aforístico. -Maldita sea, Rupert, te gusta que todos los aforismos sean a tu manera -dijo Gerald. -No. Quiero librarme de ellos, y tú los estás metiendo siempre a toda costa. Gerald sonrió ácidamente ante esta broma. Hizo entonces un pequeño gesto de abandono con las cejas. -¿Verdad que no crees en ninguna pauta de conducta? --lijo de modo desafiante, censurando a Birkin. -Pauta... no. Odio las pautas. Pero son necesarias para la plebe. Todo el que es algo puede sencillamente ser él mismo y hacer lo que desee. -Pero ¿qué quieres decir con ser él mismo? -dijo Gerald-. ¿Es eso un aforismo o un cliché? -Quiero decir sencillamente hacer lo que deseas hacer. Creo que Laura hizo perfectamente bien escapando de Lupton en dirección a la puerta de la iglesia. Creo que fue casi una obra maestra, La cosa más difícil del mundo es actuar espontáneamente a partir de los propios impulsos, y es la única cosa caballerosa que puede hacerse, suponiendo, claro, que esté uno preparado para hacerlo. -No esperarás que te tome en serio, ¿verdad? -preguntó Gerald. -Sí, Gerald, eres una de las muy pocas personas de quienes espero eso. -Pues entonces temo no poder estar a la altura de tus espectativas aquí en ningún caso. Piensas que las personas debieran actuar justamente como desearían. -Pienso que así lo hacen siempre. Pero me gustaría que deseasen lo puramente individual en ellos mismos, lo que les hace actuar singularmente. Y a ellos sólo les gusta hacer lo colectivo. -Y a mí -dijo ácidamente Gerald- no me gustaría estar en un mundo de personas que actuaran individual y espontáneamente, como dices. Todos estarían cortando la garganta de todos en cinco minutos. -Eso significa que a ti te gustaría cortar la garganta de todos -dijo Birkin. -¿Cómo se deduce eso? -preguntó irritadamente Gerald. -Ningún hombre -dijo Birkin- corta la garganta de otro salvo que lo desee y salvo que el otro hombre lo desee también. Esta es una verdad completa. Hacen falta dos personas para un crimen: un criminal y una víctima. Y una víctima es alguien a quien se puede matar. Y un hombre a quien se puede matar es un hombre que con una pasión oculta pero profunda desea ser muerto. -A veces dices puros disparates -dijo Gerald a Birkin-. De hecho, ninguno de nosotros quiere que le corten el cuello, y a la mayoría de las otras personas les gustaría cortárnoslo en uno u otro momento... -Es una fea forma de mirar las cosas, Gerald -dijo Birkin-, y no me sorprende que tengas miedo de ti mismo y de tu propia infelicidad. -¿Cómo que tengo miedo de mí mismo? -dijo Gerald-, y no creo ser infeliz. -Pareces tener al acecho un oscuro deseo de que te rebanen el gaznate, e imaginas que todo hombre tiene un cuchillo en la manga para ti -dijo Birkin. -¿En qué te basas? -dijo Gerald. -En ti -dijo Birkin. Hubo una pausa de extraña enemistad entre ambos hombres, muy próxima al amor. Siempre les sucedía lo mismo; su conservación les llevaba siempre a una mortal proximidad de contacto, a una intimidad extraña, peligrosa, que no era odio o amor, ni ambas cosas. Se separaron con despreocupación aparente, como si fuese una ocurrencia trivial. Sin embargo, el corazón de cada uno estaba herido por el del otro. Ardían uno con otro, interiormente. Jamás lo admitirían. Pretendían mantener su relación como una amistad casual y sin complicaciones, no iban a ser tan poco viriles y naturales como para permitir ningún incendio pasional entre ellos. No creían ni por lo más remoto en una relación profunda entre hombres, y su falta de creencia impedía cualquier desarrollo de su poderosa pero reprimida afinidad amistosa. 3. AULA Un día de escuela se estaba terminando. En el aula, la última lección progresaba apacible y fija. Era botánica elemental. Los pupitres estaban cubiertos de amen tos, avellana y sauce, que los niños habían estado dibujando. Pero el cielo se había oscurecido a medida que se aproximaba el fin de la tarde: apenas había luz para dibujar nada más. Ursula estaba de pie frente a la clase, llevando con preguntas a los niños a comprender la estructura y el significado de los amentos. Un rayo de luz denso y color cobre penetró por la ventana del oeste, inundando los perfiles de las cabezas de los niños con oro rojo y cayendo sobre el muro opuesto. Sin embargo, Ursula apenas se dio cuenta, estaba ocupada, llegaba el fin del día, el trabajo proseguía como una marca pacífica que se remansa y a la que toca retirarse. Ese día había transcurrido de modo semejante a muchos otros, en una actividad que semejaba un trance. Al final había un poco de prisa por terminar lo que tenía entre manos. Estaba urgiendo a los niños con preguntas, a fin de enseñarles todo lo que debían saber, cuando sonó la campana. Estaba de pie, en sombra, frente a la clase, con amentos en la mano, y se inclinó hacia los niños absorta en la pasión de instruir. Oyó -pero sin percibirlo el clic de la puerta. Miró de repente. Vio el rostro de un hombre en la franja de luz color cobre próxima a ella. Brillaba como el fuego contemplándola, esperando que ella se diese cuenta. Ursula quedó terriblemente sorprendida. Pensó que iba a desmayarse. Todo su miedo reprimido y subconsciente brotó a la existencia con angustia. -¿La he asustado? -dijo Birkin dándole la mano-. Pensé que me había oído entrar. -No -mintió ella, apenas capaz de hablar. El rió, diciendo que lo sentía. Ella se preguntó por qué parecía él divertido. -Está tan oscuro -dijo él-. ¿Encendemos la luz? Y moviéndose a un lado conectó la potente luz eléctrica. El aula era nítida y dura, un lugar extraño tras la magia suave y difusa que la llenaba antes de venir él. Birkin se volvió con curiosidad para mirar a Ursula. Sus ojos eran redondos e interrogativos, desconcertados; su boca temblaba levemente. Parecía una persona despertada de repente. Había una belleza viva y tierna, como una cálida luz de amanecer brillando desde su rostro. El la contempló con un nuevo placer, sintiéndose alegre en su corazón, irresponsable. -¿Están ustedes estudiando los amentos? -preguntó mientras cogía una avellana del pupitre de un alumno situado frente a él-. ¿Están ya tan adelantados? No los había observado este año. Miró absorto la espiga de avellana en su mano. -!También los rojos¡ -dijo mirando los destellos que provenían del capullo hembra. Caminó entonces entre los pupitres para ver los libros de los alumnos. Ursula contempló sus medios movimientos. Había una fijeza en él que apresuraba las actividades del corazón de ella. Ursula parecía apartada en un silencio detenido, contemplándole mientras se movía en otro mundo concentrado. Su presencia era tan apacible, casi como un vacío en el aire corpóreo. De repente él levantó el rostro hacia ella, y el corazón de Ursula se aceleró ante el eco de su voz. -Déles algunos lápices de pastel, ¿quiere? -dijo él-, para que puedan hacer rojas las flores del gineceo y amarillas las andróginas. Yo las pintaría sencillamente con tiza, añadiéndoles sólo el rojo y el amarillo. El contorno apenas importa en este caso. Sólo hay un hecho a destacar. -No tengo lápices de pastel -dijo Ursula. -Algunos habrá en alguna parte... basta encontrar los rojos y amarillos. Ursula envió a un muchacho a buscarlos. -Ensuciará los libros -dijo a Birkin, sonrojándose profundamente. -No mucho -dijo él-. Es preciso destacar estas cosas. Lo que debe grabarse es el hecho que se desea enfatizar, no la impresión subjetiva. ¿Cuál es el hecho? Pequeños estigmas rojos y puntiagudos en la flor hembra, amento amarillo colgante masculino, polen amarillo volando de uno a otra. Registre pictóricamente el hecho, como hace un niño cuando dibuja un rostro: dos ojos, una nariz, boca con dientes... así... Y dibujó una figura en la pizarra. En ese momento otra visión apareció a través de los paneles acristalados de la puerta. Era Hermione Roddice. Birkin fue y la abrió. -Vi tu coche -dijo ella-. ¿Te importa que haya entrado a buscarte? Me gustaba verte aplicado a tu deber. Ella le miró durante largo tiempo, íntima y juguetona, y luego emitió una risita corta. Sólo entonces se volvió hacia Ursula, que, con toda la clase, había estado contemplando la escenita entre los amantes. -¿Qué tal está usted, señorita Brangwen? -cantó Hermione a su manera extraña, musical, que sonaba casi a broma-. ¿Le importa que entre? Sus ojos grises, casi sardónicos, permanecían en el ínterin sobre Ursula, como si la estuviese evaluando. -Oh, no -dijo Ursula. -¿Está usted segura? -repitió Hermione con completa sangre fría y un descaro raro, medio intimidador. -Oh, no, me encanta terriblemente -rió Ursula un poco excitada y sorprendida porque Hermione parecía presionarla aproximándose mucho, como si fueran íntimas, y, con todo, ¿cómo podían ser íntimas? Esta fue la respuesta que quería Hermione. Se volvió satisfecha hacia Birkin. -¿Qué estás haciendo? -cantó a su manera casual, inquisitiva. -Amentos -repuso él. -¡Vaya! -dijo ella-. ¿Y qué se aprende sobre ellos? Hablaba todo el tiempo de un modo burlón y medio insolente, como si estuviese tomando a broma todo el asunto. Cogió una ramita del amento, interesada por la atención que le dispensaba Birkin. Hermione era una figura extraña en la clase, con su vieja capa grande de tela verdosa con un dibujo en oro mate. El cuello alto y la parte interior de la capa estaban forrados de piel oscura. Debajo llevaba un vestido de bella tela color lavanda festoneado en piel, y su sombrero bien encajado estaba hecho de piel y de la tela mate verde y oro. Ella era alta y extraña; parecía salida de algún cuadro nuevo, pintoresco. -¿Conoces las pequeñas flores rojas de ovario que producen las nueces? ¿Las has observado alguna vez? -preguntó él. Y se aproximó, indicándoselas sobre la espiga que ella mantenía. -No -repuso ella-. ¿Qué son? -Son las pequeñas flores que producen semillas, los largos amentos sólo producen el polen que las fertiliza. -¡De modo que así es¡ -dijo Hermione mirando de cerca. -Las nueces provienen de esos pequeños trocitos rojos, si reciben polen de los largos colgantes. -Pequeñas llamitas rojas, pequeñas llamitas rojas -murmuró Hermione para sí. Y durante algunos momentos quedó mirando sólo los pequeños capullos de donde salían los -destellos rojos de los estigmas. -¿Verdad que son hermosos? Me parecen tan hermosos -dijo ella acercándose a Birkin y apuntando hacia los filamentos rojos con su dedo largo, blanco. -¿Los hablas visto antes alguna vez? -preguntó él. -No, nunca antes -repuso ella. -Desde ahora los verás siempre -dijo él. -Ahora los veré siempre -repitió ella-. Muchas gracias por enseñármelo. Me parecen tan hermosas esas llamitas rojas... Su enfrascamiento era extraño, casi rapsódico. Tanto Birkin como Ursula estaban en suspenso. Las pequeñas flores ropas pistiladas tenían alguna atracción extraña, casi místico-apasionada para ella. La lección terminó, los libros fueron apartados y la clase despedida al fin. Pero Hermione seguía sentada a la mesa con la barbilla en la mano, el codo sobre la mesa y su rostro largo y blanco alzado, sin atender a nada. Birkin se había ido a la ventana y miraba desde el cuarto brillantemente iluminado hacia el exterior gris, descolorido, donde la lluvia caía silenciosamente. Ursula se llevó sus cosas al armario. Tras algún tiempo, Hermione se levantó y se aproximó a ella. -¿Su hermana ha vuelto a casa? -dijo. -Sí -dijo Ursula. -¿Le gusta estar de vuelta en Beldover? -No -dijo Ursula. -No, me asombra que pueda soportarlo. Cuando estoy aquí tengo que usar toda mi fuerza para soportar la fealdad de este distrito. ¿Por qué no vienen a verme? ¿Por qué no viene con su hermana a pasar unos días en Breadalby? Hágalo... -Muchas gracias -dijo Ursula. -Entonces le escribiré -dijo Hermione-. ¿Piensa que vendrá su hermana? Me alegraría tanto. Pienso que es maravillosa. Pienso que parte de su trabajo es realmente maravilloso. Tengo dos aves acuáticas suyas, esculpidas en madera y pintadas. ¿A lo mejor las conoce? -No -dijo Ursula. -Pienso que son perfectamente maravillosas... como un relámpago de instinto... -Sus pequeñas tallas son extrañas -dijo Ursula. -Perfectamente hermosas... llenas de pasión primitiva... -¿No es sorprendente que le gusten siempre cosas pequeñas? Siempre debe trabajar con cosas pequeñas, cosas que uno puede ponerse en la mano, como pájaros o animales minúsculos. Le gusta mirar por el lado equivocado de los gemelos y ver así el mundo. ¿Por qué piensa usted que será así? Hermione miró hacia Ursula con esa mirada larga, despegada y espía que excitaba a la mujer más joven. -Sí -acabó diciendo Hermione-. Es curioso. Las cosas pequeñas parecen ser más sutiles para ella... -Pero no lo son, ¿verdad? Un ratón no es para nada más sutil que un león, ¿verdad? Hermione miró otra vez a Ursula con ese largo escrutinio, como si estuviese siguiendo alguna línea propia de pensamientos y apenas atendiese al discurso de la otra. -No lo sé -repuso. -Rupert, Rupert -cantó suavemente, atrayéndole a ella. El se aproximó en silencio. -¿Son más sutiles las cosas pequeñas que las grandes? -preguntó ella con un extraño gruñido de risa en su voz, como si le estuviese tomando el pelo con la pregunta. -No sé -dijo él. -Odio las sutilezas -dijo Ursula. Hermione la miró lentamente. -¿Es así? -dijo. -Siempre pienso que son un signo de debilidad -dijo Ursula alzada en armas, como si estuviese amenazado su prestigio. Hermione no la tomó en consideración. De repente su rostro se arrugó, su ceño se frunció con pensamiento, pareció retorcida en un dificultoso esfuerzo de expresión. -¿Piensas realmente, Rupert -preguntó como si Ursula no estuviese presente-, piensas realmente que vale la pena? ¿Piensas realmente que los niños son mejores por haber sido despertados a la conciencia? Un relámpago oscuro cruzó el rostro de él, una furia silenciosa. Tenía las mejillas hundidas y pálidas, su rostro casi no era terrenal. La mujer le perturbaba vivamente con una pregunta seria y trascendental. -No son despertados a la conciencia -dijo él-. La conciencia les llega, quieran que no. -¿Pero crees que son mejores por verla acelerada, estimulada? ¿No sería mejor que permaneciesen inconscientes de la avellana; no sería mejor que la conociesen como una totalidad, sin toda esta separación en partes, todo este conocimiento? -¿Tú preferirías no saber que las pequeñas flores rojas están allí esperando el polen? -preguntó ásperamente él. Su voz era brutal, burlona, cruel. Hermione permaneció con el rostro levantado, abstraído. El quedó irritado silenciosamente. -No lo sé -repuso balanceándose levemente-. No lo sé. -Pero conocer es todo para ti, es toda tu vida -interrumpió él. Ella le miró lentamente. -¿Y si lo es? -Conocer es tu todo, ésa es tu vida... sólo tienes eso, este conocimiento -exclamó él-. Sólo hay un árbol, sólo hay un fruto en tu boca. Ella estuvo de nuevo silenciosa por algún tiempo. -¿Tú crees? -acabó diciendo con la misma tranquilidad imperturbable. Y luego en un tono de interrogación irónica-: ¿Qué fruto, Rupert? -La eterna manzana -repuso él exasperado, odiando sus propias metáforas. -Sí -dijo ella. Tenía aspecto de agotamiento. Hubo silencio durante unos momentos. Entonces, recomponiéndose con un movimiento convulsivo, Hermione reanudó la conversación con voz cantarina, despreocupada. -Pero, dejándome aparte, Rupert, ¿piensas que los niños son mejores, más ricos y más felices con todo este conocimiento? ¿Piensas que lo son realmente? ¿Acaso es mejor dejarlos sin tocar, espontáneos? Quizá les convendría ser animales, simples animales, rudos, violentos, cualquier cosa antes que esta autoconciencia, esta incapacidad para ser espontáneos. Ellos pensaron que Hermione había terminado. Pero con un extraño trueno en la garganta recomenzó: -Quizá sería mejor cualquier cosa que crecer tullidos, tullidos en sus almas, tullidos en sus sentimientos..., tan vueltos hacia atrás..., tan desviados sobre sí mismos... incapaces... -Hermione apretó los puños como alguien en un trance- de cualquier acción espontánea, siempre deliberados, siempre con el peso de la elección, nunca arrastrados. De nuevo pensaron que había terminado. Pero justamente cuando él iba a contestar, ella reanudó su extraña rapsodia: -Nunca arrastrados fuera de sí memos, siempre conscientes, siempre azorados, siempre tomándose en cuenta. ¿No es mejor que eso' cualquier cosa? Mejor ser animales, meros animales sin mente alguna, que esto, esta nada... -Pero ¿acaso piensas que es el conocimiento lo que nos hace desvivir y ser azorados? -preguntó irritado. Ella abrió los ojos y le miró lentamente. -Sí -dijo. Se detuvo, mirándole mientras tanto con ojos vagos. Luego se pasó los dedos por el entrecejo con un vago cansancio. Eso irritaba a Birkin amargamente-. Es la mente -dijo ella-, y eso es muerte -levantó los ojos lentamente hacia él-: La mente... -prosiguió ella con el movimiento convulso de su cuerpo-, ¿no es nuestra muerte? ¿No destruye toda nuestra espontaneidad, todos nuestros instintos? Los jóvenes que crecen hoy en día, ¿no están realmente muertos antes de tener una oportunidad de vivir? -No porque tengan demasiada mente, sino por tener demasiado poca -dijo él brutalmente. -¿Estás seguro? -exclamó ella-. A mí me parece lo contrario. Son demasiado conscientes, están demasiado abrumados hasta la muerte por la conciencia. -Aprisionados dentro de un grupo limitado y falso de conceptos -gritó él. Pero Hermione no se dio por enterada, continuó con su propia interrogación rapsódica. -Cuando tenemos conocimiento, ¿no perdemos todo excepto el conocimiento? -preguntó patéticamente-. Si sé sobre la flor, ¿no pierdo la flor y tengo sólo el conocimiento? ¿No estamos cambiando la sustancia por la sombra? ¿No estamos perdiendo la vida por esta cualidad muerta del conocimiento? ¿Y qué significa para mí después de todo? ¿Qué significa para mí todo este saber? No significa nada. -Eso son sólo palabras -dijo él-; el conocimiento lo es todo para ti. Hasta tu animalismo lo quieres en tu cabeza. No quieres ser un animal, quieres observar tus propias funciones animales, obtener un excitante mental con ellas. Es todo puramente secundario y más decadente que el más solapado intelectualismo. Este amor tuyo por la pasión y los instintos animales, ¿qué es sino la forma peor y última del intelectualismo? Desde luego que deseas con fuerza, pasión e instintos, pero es a través de tu cabeza, en tu conciencia. Todo acontece en tu cabeza, bajo ese cráneo tuyo. Sólo que no serás consciente de lo que realmente es: deseas la mentira, casará bien con el resto de tus muebles. Hermione se endureció y envenenó ante el ataque. Ursula quedó cubierta de asombro y vergüenza. Le asustaba ver cómo se odiaban el uno al otro. -Todo es ese asunto de la Dama de Chaillot -dijo él con su fuerte voz abstracta. Parecía estar cargando contra ella en el aire invisible-. Tienes ese espejo, tu propia voluntad fija, tu entendimiento inmortal, tu tirante mundo consciente, y no hay nada más allá. Luego, ante el espejo, debes tener todo. Pero ahora debes llegar a todas tus conclusiones, deseas retroceder y ser como un salvaje, sin conocimiento. Deseas una vida de pura sensación y pasión. Dijo satíricamente la última palabra. Ella quedó convulsa de furia y violación, muda, como una herida pitonisa del oráculo griego. -Pero tu pasión es una mentira -siguió violentamente él-. No es para nada pasión, es tu voluntad. Es tu arrogante voluntad. Quieres agarrar cosas y tenerlas en tu poder. Deseas tener cosas en tu poder. ¿Y por qué? Porque no tienes cuerpo real, porque careces de cualquier cuerpo oscuro y sensual viviente. No tienes sensualidad. Para conocer sólo tienes tu voluntad y su desprecio por la conciencia, y tu ansia de poder. La miró con mezcla de odio y desprecio, sufriendo también porque ella sufría, y avergonzado porque sabía que estaba torturándola. Sintió el impulso de arrodillarse y suplicar perdón. Pero una amarga y roja rabia se incendiaba en furia dentro de él. Perdió conciencia de ella, era sólo una voz apasionada hablando. -¡Espontánea! -gritó-. ¡Tú y la espontaneidad! Tú, ¡la cosa más deliberada que jamás anduvo o' se arrastró! Serías muy deliberadamente espontánea..., así eres tú. Porque quieres tener todo en tu propia volición', en tu deliberada conciencia voluntaria. Lo quieres todo en ese espantoso cerebrito tuyo que debiera ser cascado como una nuez. Porque serás la misma hasta que acontezca, como un insecto en su caparazón. Quizá si uno te cascara el cráneo podría obtener una mujer espontánea, apasionada, con verdadera sensualidad. Tal como eres, lo que deseas es pornografía, mirarte en espejos, contemplar tus desnudas acciones animales en espejos para poderlo tener todo así en tu conciencia, para hacerlo todo mental. Había una sensación de violación en el aire, como si se dijese demasiado, lo imperdonable. Sin embargo, a Ursula sólo le preocupaba entonces resolver sus propios problemas a la luz de esas palabras. Estaba pálida y abstraída. -¿Pero quiere usted realmente sensualidad? -preguntó sorprendida, perpleja. Birkin la miró y se concentró en su explicación. -Sí -dijo-, eso y nada más, en este punto. El oscuro ser involuntario es un cumplimiento..., el gran conocimiento oscuro que uno no puede tener en su cabeza. Es la muerte para el yo de uno, pero es el brotar de otro. -Pero ¿cómo? ¿Cómo puede uno tener conocimiento en otro lugar que la cabeza? -preguntó ella, bastante incapaz de interpretar sus frases. -En la sangre -respondió él-; cuando la mente y el mundo conocido son ahogados en oscuridad... todo debe desaparecer..., debe venir el Diluvio. Entonces se encontrará a sí misma en un cuerpo palpable de oscuridad, un demonio... -Pero ¿por qué habría de ser yo un demonio...? -preguntó ella. -Mujer gimiendo por su demonio amante... -citó él-; por qué, no lo sé. Hermione se incorporó como de una muerte: aniquilación. -Es un satanista tan horrible, ¿verdad? -dijo a Ur sula, arrastrando las palabras, con una extraña voz resonante que terminaba en una risita aguda de puro ridículo. Las dos mujeres se estaban mofando de él, lanzándole con su burla a la nada. La risa estridente, triunfante, de la mujer sonaba desde Hermione mofándose de él como si fuese un neutro. -No -dijo-. Tú eres el verdadero demonio que no permitirá a la vida existir. Ella le miró con una mirada larga, lenta, malévola, altiva. -Lo sabes todo sobre el asunto, ¿verdad? -dijo con burla lenta, fría, astuta. -Basta -repuso él con rostro de una fijeza aguda y clara como el acero. Una espantosa desesperación y al mismo tiempo una sensación de liberación invadieron a Hermione. Se volvió con agradable intimidad hacia Ursula. -¿Está segura de que vendrá a Breadalby? -dijo, urgiendo. -Sí, me gustará mucho -repuso Ursula. Hermione la miró desde su altura, satisfecha, reflexionando y extrañamente ausente, como si estuviese poseída y no se encontrara del todo allí. -Me alegra tanto -dijo recobrándose-. Como dentro de un par de semanas. ¿Sí? Escribiré aquí, a la escuela, ¿puedo?... Sí. ¿Y seguro que vendrá? Sí. Me encantará. ¡Adiós! ¡Adiós! Hermione tendió su mano y miró a los ojos de la otra mujer. Sabía que Ursula era una rival inmediata, y ese conocimiento la alegraba extrañamente. También estaba yéndose. Siempre le proporcionaba una sensación de fuerza, de ventaja, estar partiendo y dejar al otro atrás. Por lo demás, se estaba llevando al hombre con ella, aunque sólo fuese en el odio. Birkin quedó apartado, fijo e irreal. Pero ahora que le tocaba despedirse empezó a hablar de nuevo. -Hay toda la diferencia del mundo -dijo- entre el verdadero ser sensual y el libertinaje vicioso mentaldeliberado que persigue nuestro lote. Por las noches siempre tenemos la luz puesta, nos contemplamos, lo metemos todo en la cabeza realmente. Es preciso saltar fuera antes de poder saber qué es realidad sensual, saltar hacia la ignorancia y abandonar tu voluntad. Tienes que hacerlo. Tienes que aprender este no-ser antes de poder entrar en el ser. Pero estamos demasiado pagados de nosotros mismos, en eso consiste. Estamos demasiado pagados de nosotros mismos y somos tan poco orgullosos. No tenemos orgullo, somos todo vanidad, vanidad en nuestros yos realizados sobre nuestro propio «papiermâché». Preferiríamos morir antes que abandonar nuestra pequeña voluntad yoica, farisea y terca. Hubo silencio en el cuarto. Ambas mujeres eran hostiles y rencorosas. El sonaba como si se estuviera diririgiendo a una reunión. Hermione simplemente no atendía, estaba de pie con los hombros tensos en un gesto de desagrado. Ursula le contemplaba como furtivamente, no del todo consciente de lo que estaba viendo. Había en él un gran atractivo físico, una curiosa riqueza escondida que atravesaba su delgadez y su palidez como otra voz,' transportando otro conocimiento de él. Estaban las curvas de sus cejas y su mandíbula, curvas ricas, hermosas, exquisitas, con la poderosa belleza de la vida misma. Ella no podía decir lo que era. Pero había una sensación de riqueza y de libertad. -Pero somos lo bastante sensuales sin necesidad de forzarnos, ¿no es así? -preguntó volviéndose hacia él con cierta risa dorada temblando bajo sus ojos verdosos, como un reto. E inmediatamente la sonrisa rara, descuidada y terriblemente atractiva vino sobre los ojos y las cejas de él, aunque su boca no se relajara. -No -dijo-, no es así. Estamos demasiado llenos de nosotros mismos. -Con certeza no es un asunto de vanidad -exclamó ella. -Eso y nada más. Ella estaba francamente desconcertada. -¿No piensa que las gentes se envanecen ante todo de sus poderes sensuales? -preguntó ella. -Por eso no son sensuales, son sólo sensibles, lo cual es otro asunto. Las gentes son siempre conscientes de sí mismas, y tienen tanta vanidad que antes de liberarse y vivir en otro mundo, desde otro centro... -Querrá su té, ¿verdad? -dijo Hermione volviéndose hacia Ursula-. Ha trabajado usted todo el día... Birkin se detuvo en seco. Un espasmo de rabia y aflicción recorrió a Ursula. El rostro del hombre quedó clavado. Y dijo adiós como si hubiese dejado de tenerla presente. Se fueron. Ursula quedó mirando por la puerta durante algunos momentos. Apagó entonces las luces. Tras haberlo hecho se sentó de nuevo en su sillón, absorta y perdida. Y entonces empezó a llorar, a llorar amarga, amargamente: pero nunca supo si de pesar o de goce. 4. EL SALTADOR Transcurrió la semana. Llovió el sábado, una suave llovizna que se detenía de vez en cuando. En uno de los intervalos Gudrun y Ursula se fueron a dar un paseo hacia Willey Water. La atmósfera era gris y translúcida, los pájaros cantaban agudamente sobre las ramas jóvenes, la tierra comenzaba a darse prisa en su crecimiento. Las dos muchachas caminaban raudas, alegremente, debido a la brisa sutil de la mañana que llenaba la niebla húmeda. Junto a la carretera estaba floreciendo el endrino, blanco y empapado, con sus minúsculos granos de ámbar ardiendo débilmente en el humo blanco de la flor. Pequeñas ramas eran oscuramente luminosas en el aire gris, altos setos brillaban como sombras vivas, acercándose, llegando a la creación. La mañana estaba llena de una nueva creación. Cuando las hermanas llegaron a Willey Water, el lago yacía todo gris y visionario, extendiéndose en el paisaje húmedo, translúcido, de árboles y prado. Había un zumbido de buenos motores eléctricos a distancia, los pájaros se trinaban unos a otros y un misterioso chapoteo llegaba del agua. Las dos muchachas se movieron rápidamente por la ribera. Frente a ellas, en un rincón del lago, cerca de la carretera, había un musgoso embarcadero bajo un nogal, y un pequeño malecón donde estaba atracado un bote que se balanceaba como una sombra sobre la quieta agua gris bajo mástiles verdes y corroídos. Todo era frondoso con el próximo verano. De repente salió corriendo del embarcadero una figura blanca, asustadora en su rapidísimo tránsito sobre las viejas tablas. Se lanzó en un arco blanco por el aire, hubo un estallido del agua y entre las suaves ondas un nadador estaba abriéndose al espacio en un centro de leve vaivén. Tenía para sí todo el otro mundo húmedo y remoto, podía moverse dentro de la pura translucidez del agua gris, increada. Gudrun estaba junto al muro de piedra, contemplando. -Cómo le envidio -dijo en tonos bajos, de deseo. -¡Ugh! -se estremeció Ursula-. ¡Tanto frío! -Sí, pero ¡qué bueno, que excelente nadar allí! Las hermanas quedaron contemplando cómo progresaba el nadador en el espacio gris, húmedo y lleno del agua, pulsando con su propio movimiento pequeño, invasor, abovedado por la bruma y bosques oscuros. -¿No te gustaría ser él? -preguntó Gudrun, mirando a Ursula. -Sí -respondió-. Pero no estoy tan segura..., está tan húmedo. -No -dijo Gudrun de mala manera. Se quedó contemplando el movimiento sobre el seno del agua, como fascinada. El, tras nadar cierta distancia, se había dado la vuelta y nadaba de espaldas, mirando desde el agua a las dos muchachas junto al muro. Envuelto en el débil salpicar del movimiento podían ver su rostro sonrosado y notar que él las contemplaba. -Es Gerald Crich -dijo Ursula. -Lo sé -repuso Gudrun. Y quedó inmóvil, contemplando el agua que le salpicaba el rostro mientras andaba rítmicamente. El las vio desde su elemento separado y quedó exultante por su propia ventaja, su posesión de un mundo para sí. Era inmune y perfecto. Le encantaba su propio empuje vigoroso y el violento impulso del agua muy fría contra sus miembros haciéndole flotar. Podía ver a las muchachas observándole desde fuera, lejos, y eso le complacía. Levantó su brazo desde el agua en un signo hacia ellas. -Está saludando -dijo Ursula. -Sí -replicó Gudrun. Le contemplaron. El saludó de nuevo con un extraño movimiento de reconocimiento a través de la diferencia. -Como un nibelungo -rió Ursula. Gudrun no dijo nada, se quedó sencillamente inmóvil mirando el agua. Gerald torció de repente y comenzó a alejarse nadando deprisa, con una brazada lateral. Estaba solo ahora, solo e inmune en mitad de las aguas que le pertenecían sólo a él. Se sintió feliz con su aislamiento en el nuevo elemento, no inducido y no condicionado. Era feliz empujando con las piernas y todo su cuerpo, sin atadura o conexión en parte alguna, simplemente él mismo en el mundo acuático. Gudrun le envidiaba casi dolorosamente. Incluso esa posesión momentánea del puro aislamiento y la fluidez le parecía tan terriblemente deseable que se sentía como maldita allí, sobre el camino. -¡Dios, lo que es ser un hombre! -exclamó. -¿Qué? -exclamó Ursula sorprendida. -¡La libertad, la autonomía, la movilidad! -exclamó Gudrun, extrañamente sonrojada y resplandeciente-. Eres un hombre, quieres hacer algo y lo haces. No tienes los mil obstáculos que una mujer se encuentra. Ursula se preguntó qué habría en la mente de Gudrun para ocasionar ese estallido. No podía entender. -¿Qué quieres hacer? -le preguntó. -Nada -exclamó Gudrun con sequedad-. Pero supongamos que quisiera. Supongamos que deseara nadar en ese agua. Es imposible, es una de las imposibilidades de la vida, que yo me quite la ropa y salte. Pero ¿no es eso ridículo, no nos impide sencillamente vivir? Estaba tan caliente, tan arrebatada, tan furiosa, que Ursula quedó aturdida. Las dos hermanas continuaron ascendiendo por la carretera. Estaban pasando entre los árboles justamente por debajo de Shortlands. Miraron hacia la casa larga y baja, oscura y glamorosa en la mañana húmeda, con sus cedros inclinándose ante las ventanas. Gudrun parecía estar estudiándola minuciosamente. -¿No te parece atractiva, Ursula? -preguntó Gudrun. -Mucho -dijo Ursula-. Muy pacífica y encantadora. -Tiene estilo también..., tiene un período. -¿Qué período? -Oh, seguro que siglo dieciocho; Dorothy Wordsworth y Jane Austen, ¿no crees? Ursula rió. -¿No crees? -repitió Gudrun. -Quizá. Pero no me parece que los Crich casen con el período. Sé que Gerald está instalando una planta eléctrica privada para iluminar la casa y que está haciendo todo tipo de mejoras modernas. Gudrun se encogió de hombros rápidamente. -Naturalmente -dijo-, es bastante inevitable. -Bastante -rió Ursula-. El concentra varias generaciones de juventud. Le odian por ello. Les lleva a todos por la nuca y luego los va dejando por ahí a su antojo. Tendrá que morir pronto, cuando haya hecho posible todas las mejoras y nada más pueda perfeccionarse. En cualquier caso, tiene luz verde. -Desde luego, tiene luz verde -dijo Gudrun-. De hecho, nunca he visto a un hombre que mostrase signos de tener tanta. La desgracia es que ¿adónde va con esa luz verde? ¿Qué acaba sucediendo? -Oh, lo sé -dijo Ursula-. ¡Se emplea poniendo las últimas instalaciones! -Exactamente -dijo Gudrun. -¿Sabes que mató de un tiro a su hermano? -dijo Ursula. -¿Mató a su hermano? -exclamó Gudrun, frunciendo el ceño como en desaprobación. -¿No lo sabías? ¡Oh, sí! Pensé que lo sabías. El y su hermano estaban jugando con un arma. El le dijo a su hermano que mirase por el cañón, y como estaba cargada le voló la tapa de los sesos. ¿Verdad que es una historia horrible? -¡Qué espanto! -exclamó Gudrun-. ¿Sucedió hace mucho tiempo? -¡Oh, sí!, eran muchachos -dijo Ursula-. Creo que es una de las historias más horribles que conozco. -Y, naturalmente, él no sabía que el arma estaba cargada, ¿verdad? -Sí. Era un trasto viejo que había estado durante años en el establo. Nadie soñaba siquiera que pudiese disparar y, por supuesto, nadie imaginaba que estuviese cargado. Pero es desde luego espantoso que llegara a suceder. -¡Qué horrible! -exclamó Gudrun-. Y es horrible pensar que una cosa semejante le suceda a uno siendo niño, y tener que cargar con la responsabilidad durante toda la vida. Imagínate, dos muchachos que juegan juntos y entonces les cae eso del aire, sin razón alguna. ¡Asusta mucho, Ursula! Oh, es una de las cosas que no puedo soportar. El crimen es pensable porque existe tras él una voluntad. Pero que una cosa semejante le sucede a una... -Quizá había una voluntad inconsciente tras ello -dijo Ursula-. Estos juegos de matar contienen algún deseo primitivo de hacerlo, ¿no crees? -¡Deseos! -dijo Gudrun fríamente, envarándose un poco-. No puedo imaginar que estuvieran siquiera jugando a la guerra. Supongo que un muchacho le dijo al otro: «Mira por el cañón mientras yo le doy al gatillo y veremos lo que pasa.» Me parece la forma más pura del accidente. -No -dijo Ursula-. Yo sería incapaz de darle al gatillo, aunque se tratase del arma más vacía del mundo, y mucho menos si alguien estaba mirando por el cañón. Instintivamente no lo hace uno, no puede. Gudrun quedó silenciosa algunos momentos, en agudo desacuerdo. -Naturalmente -dijo con frialdad-. Si una es mujer, y crecida, se lo impide el instinto. Pero no puedo ver cómo se aplica eso a una pareja de muchachos que juegan juntos. Su voz era fría y enfadada. -Sí -persistió Ursula. En ese momento oyeron la voz de una mujer a unos pocos metros de ellas diciendo sonoramente: -¡Oh, maldita sea! Se movieron hacia adelante y vieron a Laura Crich y a Hermione Roddice en el campo, al otro lado del seto, y a la primera luchando con el portón para salir. Ursula se apresuró al instante y ayudó a levantar el portón. -Muchas gracias -dijo Laura, con aspecto de amazona y sonrojada, aunque más bien confusa-. No están bien metidos los goznes. -No -dijo Ursula-. Y pesa tanto. -Es sorprendente -exclamó Laura. -¿Qué tal están? -cantó Hermione desde la parte exterior tan pronto como pudo oír su voz-. Se está agradable ahora. ¿Van ustedes de paseo? Sí. ¿No es hermoso el verde joven? Tan hermoso..., casi ardiente. Buenos días..., buenos días... ¿Vendrán a verme? Muchas gracias... La semana próxima..., sí..., adiós, a-d-i-ó-s. Gudrun y Ursula la contemplaron mientras saludaba lentamente con la cabeza y la mano, sonriendo una extraña y afectada sonrisa, componiendo una figura alta, rara, asustadora, mientras se le metía en los ojos su pesado pelo rubio. Se marcharon entonces, como si hubiesen sido echadas al modo de los inferiores. Las cuatro mujeres se separaron. Tan pronto como hubieron caminado lo bastante, Ursula dijo con las mejillas ardiendo: -Pienso que ella es impúdica. -¿Quién? ¿Hermione Roddice? -preguntó Gudrun-. ¿Por qué? -Por el modo como trata a la gente... ¡Impudicia! -¿Qué cosa tan impúdica observaste, Ursula? -preguntó Gudrun de modo más bien frío. -Toda su actitud. Oh, es imposible el modo en que intenta intimidarla a una. Pura intimidación. Es una mujer impúdica. «Vendrán a verme...» Como si debiéramos estar rendidas por el privilegio. -No puedo entender, Ursula, qué te saca tanto de quicio -dijo Gudrun algo exasperada-. Una sabe que esas mujeres son impúdicas..., esas mujeres libres que se han emancipado de la aristocracia. -Pero es tan innecesario..., tan vulgar -exclamó Ursula. -No, no lo veo. Y aunque así fuese..., pour moi elle n'existe pas. No le otorgo el poder de ser impúdica conmigo. -¿Crees que le gustas? -preguntó Ursula. -Pues bien, no, no lo pensaría así. -Entonces, ¿por qué te pide que vayas a Breadalby y te quedes con ella? Gudrun levantó sus hombros con un movimiento lento. -Después de todo, quizá tiene sensibilidad para saber que no pertenecemos al tipo vulgar -dijo Gudrun-. Sea lo que fuere, ella no es una estúpida. Y prefiero alguien a quien deteste que a la mujer vulgar aferrada a su propio grupo. Hermione Roddice se arriesga realmente en algunos aspectos. Ursula reflexionó sobre esto algún tiempo. -Lo dudo -repuso-. No arriesga nada en realidad. Supongo que deberíamos admirarla por saber que ella puede invitarnos a nosotras, maestras de escuela, sin arriesgar nada. -¡Precisamente! -dijo Gudrun-. Piensa en las miríadas de mujeres que no se atreven a hacerlo. Ella utiliza al máximo sus privilegios..., ya es algo. Realmente, supongo que nosotras haríamos lo mismo en su lugar. -No -dijo Ursula-. No. Me aburriría. No podría perder el tiempo jugando como ella. Es infrahumano. Las dos hermanas eran como un par de tijeras, cortaban todo lo que se les aproximaba; o como un cuchillo y una piedra de afilar, sacándose una filo contra la otra. -Naturalmente -exclamó Ursula de repente-; ella debería agradecer su suerte si fuésemos a verla. Tú eres perfectamente hermosa, mil veces más hermosa de lo que ella nunca ha sido o es, y a mi entender mil veces mejor vestida, porque ella nunca parece lozana y natural, como una flor, sino siempre vieja, repensada; y nosotras somos más inteligentes que la mayoría de la gente. -¡Sin duda! -dijo Gudrun. -Y debería admitirse sencillamente -dijo. Ursula. -Desde luego que sí -dijo Gudrun-. Pero descubrirás que la cosa realmente «chic» es ser absolutamente vulgar, tan perfectamente común y similar a la gente de la calle como para ser una obra maestra de humanidad, no realmente la persona de la calle, sino su recreación artística... -¡Qué horror! -exclamó Ursula. -Sí, Ursula, es horroroso en la mayoría de los aspectos. No te atreves a ser nada que no esté sorprendentemente á terre, tan á terre que es la recreación artística de la ordinariez. -Es muy soso recrearse en algo no mejor -rió Ursula. -¡Muy soso! -repuso Gudrun-. Realmente, Ursula, es soso, ésa es justo la palabra. Una ansía altos vuelos y hacer discursos como Corneille por lo mismo. Gudrun se estaba animando y excitando con su propia sagacidad. -Pavonearse -dijo Ursula-. Una desea pavonearse, ser el cisne entre gansos. -Exactamente -exclamó Gudrun-, un cisne entre gansos. -Están todos ellos tan ocupados jugando al patito feo -exclamó Ursula con risa burlona-. Y yo no me siento para nada un patito feo humilde y patético. Me siento un cisne entre gansos..., no puedo evitarlo. La hacen a una sentirse así. Y no me importa lo que ellos piensan de mí. Je m'en fiche. Gudrun miró hacia Ursula con una rara e incierta envidia y desagrado. -Naturalmente, lo único que se puede hacer es despreciarlos a todos..., justamente a todos -dijo. Las hermanas volvieron a su casa para leer, conversar y hablar, y para esperar al lunes y la escuela. Ursula se preguntaba a menudo qué otra cosa esperaba aparte del comienzo y el fin de la semana escolar y el comienzo y el fin de las vacaciones. ¡Esto era toda una vida! A veces tenía períodos de tenso horror, cuando le parecía que su vida pasaría y desaparecería sin haber sido más que esto. Pero nunca lo aceptó realmente. Su espíritu era activo, su vida como un brote que crece regularmente pero que todavía no ha alcanzado la superficie. 5. EN EL TREN Por entonces, Birkin fue llamado un día a Londres. No estaba fijado en una residencia. Tenía una habitación en Nottingham porque su trabajo estaba principalmente en esa ciudad. Pero estaba a menudo en Londres o en Oxford. Se desplazaba mucho, su vida parecía incierta, sin ningún ritmo definido, ningún significado orgánico. Vio sobre la plataforma de la estación de ferrocarril a Gerald Crich leyendo un periódico y esperando, evidentemente, el tren. Birkin se quedó a alguna distancia, entre la gente. Era contrario a su instinto abordar a nadie. De cuando en cuando, de un modo peculiar, Gerald levantaba la cabeza y miraba alrededor. Aunque estaba leyendo con atención el periódico debía mantener un ojo vigilante sobre el medio externo. Parecía haber en él una conciencia dual. Estaba pensando vigorosamente en algo que leía en el periódico, y al mismo tiempo sus ojos corrían sobre las superficies de la vida circundante, sin perderse nada. Birkin, que le estaba observando, quedó irritado por su dualidad. Observó también que Gerald siempre parecía distante de todos, a pesar de su rara actitud afable y social cuando se le estimulaba. En ese momento, Birkin se estremeció violentamente viendo esa mirada afable brillar desde el rostro de Gerald, que se acercaba extendiendo la mano. -Hola, Rupert, ¿dónde vas? -Londres. Tú también, supongo. -Sí... Los ojos de Gerald recorrieron el rostro de Birkin con curiosidad. -Viajaremos juntos, si te parece bien -dijo. -¿No sueles ir en primera? -preguntó Birkin. -No puedo soportar a la masa -repuso Gerald-. Pero iremos bien en tercera. Hay un vagón restaurante, podemos tomar algo de té. Los dos hombres miraron el reloj de la estación sin tener nada más' que decirse. -¿Qué estabas leyendo en el periódico? -preguntó Birkin. Gerald le miró rápidamente. -Es gracioso lo que ponen efectivamente en los periódicos -dijo-. Aquí hay dos líderes... -prosiguió, tendiendo su Daily Telegraph- llenos del habitual fariseísmo periodístico -echando un vistazo a las columnas-, y aquí hay este pequeño, no sé cómo lo llamarías, casi ensayo, apareciendo junto a los líderes y diciendo que debe brotar un hombre capaz de dar nuevos valores a las cosas, nuevas verdades, una nueva actitud ante la vida, porque en caso contrario seremos una ruina desvaneciente en pocos años, un país quebrado... -Supongo que eso es un trozo de fariseísmo periodístico igualmente -dijo Birkin. -Suena como si el hombre lo dijese en serio y bastante sinceramente -dijo Gerald. -Dámelo -dijo Birkin, tendiendo la mano hacia el periódico. El tren vino y fueron a una mesa junto a la ventana, en el vagón restaurante. Birkin echó una ojeada a su periódico y luego miró a Gerald, que le estaba esperando. -Creo que el hombre es sincero -dijo-, si eso es algo. -¿Y crees que es verdad? ¿Piensas que necesitamos realmente un nuevo evangelio? -preguntó Gerald. Birkin se encogió de hombros. -Pienso que la gente que dice necesitar una nueva religión es la última en aceptar nada nuevo. Desde luego, quieren novedad. Pero mirar de frente esta vida que nos hemos cargado sobre los hombros y rechazado, aplastar absolutamente los viejos ídolos de nosotros mismos, no lo haremos jamás. Has de desear mucho librarte de lo viejo antes de que cualquier cosa nueva aparezca... incluso en el sí mismo. Gerald le observaba detenidamente. -¿Piensas que deberíamos romper con esta vida, sencillamente empezar y dejar volar? -preguntó. -Esta vida. Sí lo creo. Necesitamos hacerla estallar por completo o arrugarnos dentro de ella como si fuese una segunda piel. Porque no se expandirá más. Hubo una extraña sonrisita en los ojos de Gerald, una mirada de diversión, tranquila y furiosa. -¿Y cómo propones empezar? Supongo que hablas de una reforma de todo el orden de la sociedad -preguntó. Birkin tenía el ceño levemente fruncido y tenso. También él se impacientaba con la conversación. -No propongo para nada -repuso-. Cuando realmente deseemos buscar algo mejor, aplastaremos lo viejo. Hasta entonces, cualquier especie de propuesta, o el mero hecho de hacerla, no es más que un juego cansado para petulantes. La sonrisita empezó a desvanecerse de los ojos de Gerald, y mirando con ojos tranquilos dijo a Birkin: -Así, ¿piensas realmente que las cosas están muy mal? -Completamente mal. La sonrisa apareció de nuevo. -¿En qué sentido? -En todos los sentidos -dijo Birkin-. Somos tan condenadamente mentirosos. Nuestra única idea es mentirnos a nosotros mismos. Poseemos el ideal de un mundo perfecto, !impio, recto y suficiente. Así que cubrimos la Tierra con inmundicia; la vida es un grumo de trabajo, como insectos correteando en la basura, a fin de que nuestro minero pueda tener un pianoforte en su piso y que tú puedas tener un criado y un automóvil en tu modernizada casa, y que, como nación, podamos enseñar el Ritz o el Empire, Gaby Deslys y los periódicos del domingo. Es muy triste. A Gerald le tomó un poco de tiempo reajustarse tras esta tirada. -¿Te gustaría que viviésemos sin casas..., retornar a la naturaleza? -preguntó. -No me gustaría nada. La gente sólo hace lo que quiere hacer... y lo que es capaz de hacer. Si la gente fuera capaz de alguna otra cosa, habría alguna otra cosa. Gerald reflexionó nuevamente. No iba a ofenderse con Birkin. -¿No piensas que el pianoforte del minero, como lo llamas, es un símbolo de algo muy real, un verdadero deseo de algo más elevado en la vida del minero? -¡Más elevado! -exclamó-. Sí. Sorprendentes alturas de farisea grandeza. Lo hacen mucho más alto a los ojos de sus vecinos mineros. El se ve reflejado en la opinión de la vecindad, como en una niebla de Brocken, varios pies más arriba por la fuerza del pianoforte, y queda satisfecho. Vive por ese espectro de Brocken, su reflejo en la opinión humana. Tú haces lo mismo. Si tienes gran importancia para la humanidad, tienes gran importancia para ti. Por eso trabajas tanto en las minas. Si puedes producir carbón que permita cocinar cinco mil almuerzos cada día, eres cinco mil veces más importante que si sólo cocinases tu propio almuerzo. -Así lo supongo -rió Gerald. -¿No puedes ver -dijo Birkin- que ayudar a comer a mi vecino no es más que comer yo mismo? «Yo como, tú comes, él come, nosotros comemos, vosotros coméis, ellos comen», ¿y qué? ¿Por qué debe todo hombre declinar el verbo entero? A mí me basta con la primera persona del singular. -Debes empezar con cosas materiales -dijo Gerald. Birkin Ignoró esta afirmación. -Y hemos de vivir por algo, no somos sencillamente ganado que pueda pastar y sentirse satisfecho con eso -dijo Gerald. -Dime -dijo Birkin-, ¿para qué vives? El rostro de Gerald quedó sorprendido. -¿Que para qué vivo? -repitió-. Supongo que vivo para trabajar, para producir algo en la medida que soy un ser de propósitos. A partir de esto, vivo porque estoy vivo. -¿Y cuál es tu trabajo? Conseguir extraer tantas más toneladas de carbón de la tierra cada día. Y cuando tengamos todo el carbón que necesitamos, y todo el lujoso mobiliario, y los pianofortes, y cuando todos los conejos estén guisados y comidos, y cuando todos estemos calientes y con nuestros estómagos llenos escuchando a la damita tocar el pianoforte, entonces ¿qué? ¿Qué pasará entonces, cuando hayáis hecho un verdadero buen comienzo con vuestras cosas materiales? Gerald se sentaba riendo ante las palabras y el humor burlón del otro hombre. Pero estaba pensando tara bién. -No hemos llegado allí todavía -repuso-. Mucha gente está esperando todavía el conejo y el fuego donde guisarlo. -¿Así que, mientras consigues el carbón, deberé cazar el conejo? -dijo Birkin, mofándose. -Algo así -dijo Gerald. Birkin le contempló estrechamente. Vio la callosidad perfectamente bienhumorada, incluso una extraña y resplandeciente malicia en Gerald, brillando a través de la plausible ética productivista. -Gerald, más bien te odio. -Ya lo sé -dijo Gerald-. ¿Por qué? Birkin se quedó absorto inescrutablemente durante algunos minutos. -Me gustaría saber si eres consciente de odiarme -acabó diciendo-. ¿Me has detestado alguna vez conscientemente? ¿Me has odiado con odio místico? Hay momentos en que te odio estelarmente. Gerald quedó más bien apocado, incluso un poco desconcertado. No sabía del todo qué decir. -Naturalmente, puedo odiarte a veces -dijo-. Pero no soy consciente de ello..., quiero decir nunca agudamente consciente. -Tanto peor -dijo Birkin. Gerald le miró con ojos curiosos. No lograba entenderle del todo. Hubo entre los dos hombres silencio durante algún tiempo, mientras el tren avanzaba. En el rostro de Birkin había una pequeña tensión irritable, un nudo agudo del entrecejo, penetrante y difícil. Gerald le contemplaba cautelosa, cuidadosamente, más bien calculadoramente, porque no podía decidir a dónde iba. De repente, los ojos de Birkin miraron derechos e irresistibles a los del otro hombre. -¿Cuál es la meta y el objetivo de la vida según tú, Gerald? -preguntó. Gerald se apocó de nuevo. No podía imaginarse las intenciones de su amigo. ¿Estaría tomándole el pelo? ¿O no? -En este momento no me 'sería fácil improvisar una respuesta -repuso con humor levemente irónico. -¿Piensas que vivir es toda la realidad y la finalidad de la vida? -preguntó Birkin con una seriedad directa y atenta. -¿De mi propia vida? -dijo Gerald. -Sí. Hubo una pausa de verdadero desconcierto. -No lo sé -dijo Gerald-. No lo ha sido hasta ahora. -¿Qué ha sido tu vida hasta ahora? -Oh..., descubrir cosas por mí mismo... y conseguir experiencias... y hacer que las cosas marchen. Birkin frunció el ceño como acero finamente moldeado. -Encuentro -dijo- que uno necesita una actividad realmente singular... llamaría el amor una actividad singular pura. Pero realmente no amo a nadie..., no ahora. -¿Has amado realmente a alguien alguna vez? -preguntó Gerald. -Sí y no -repuso Birkin. -¿No finalmente? -dijo Gerald. -Finalmente..., finalmente, no -dijo Birkin. -Ni yo -dijo Gerald. -¿Y quieres? -dijo Birkin. Gerald miró los ojos del otro con una mirada larga, chispeante, casi burlona. -No sé -dijo. -Yo sí... Quiero amar -dijo Birkin. -¿De verdad? -Sí. Quiero la finalidad del amor. -La finalidad del amor -repitió Gerald. Y esperó un momento. -¿Sólo una mujer? -añadió. La luz de la tarde que inundaba de amarillo los campos encendió el rostro de Birkin con una resolución tensa, abstracta. Gerald seguía sin comprender. -Sí, una mujer -dijo Birkin. Pero a Gerald le sonó insistente más que confiado. -No creo que una mujer y sólo una mujer llegue a ser alguna vez mi vida -dijo Gerald. -¿No su centro y su núcleo..., el amor entre tú y una mujer? -preguntó Birkin. Los ojos de Gerald se estrecharon con una sonrisa rara y peligrosa mientras contemplaba al otro hombre. -Nunca me siento del todo así -dijo. -¿No? ¿Dónde está entonces el centro de la vida para ti? -No sé..., eso es lo que quiero que alguien me cuente. Por lo que puedo entender, no centra para nada. Es algo artificialmente «unido» por el mecanismo social. Birkin reflexionó como si quisiera romper algo. -Ya sé -dijo- que no centra. Los viejos ideales están más muertos que los clavos..., no hay nada allí. Me parece que sólo queda esa unión perfecta con una mujer, una especie de último matrimonio, y que no hay nada más. -¿Y quieres decir que si no hay la mujer no hay nada? -dijo Gerald. -Más bien eso..., viendo que no existe Dios. -Entonces estamos forzados a ello -dijo Gerald. Y se volvió para mirar por la ventana el paisaje dorado que iba desapareciendo. Birkin no podía dejar de percibir lo hermoso y militar que era su rostro, con cierto coraje para ser indiferente. -¿Piensas que tenemos pocas probabilidades? –dijo Birkin. -Si hemos de construir nuestra vida a partir de una mujer, una mujer y sólo una mujer, sí lo creo –dijo Gerald-. No creo que construya jamás mi vida así, a ese precio. Birkin le miró casi enfadado. -Eres un descreído nato -dijo. -Sólo siento lo que siento -dijo Gerald. Y miró de nuevo a Birkin casi burlonamente, con sus ojos azules, viriles e intensamente iluminados. Los ojos de Birkin estaban llenos de rabia en ese momento, pero pronto se tornaron preocupados, dubitativos, y luego llenos de risa y de un afecto cálido, rico. -Me preocupa mucho, Gerald -dijo frunciendo el ceño. -Ya lo veo -dijo Gerald descubriendo los dientes en una risa varonil, rápida, militar. Gerald era atraído inconscientemente por el otro hombre. Deseaba estar cerca de él, deseaba estar dentro de su esfera de influencia. En Birkin había algo muy afín a él. Sin embargo, más allá de esto no se daba mucha cuenta. Gerald se sentía en posesión de verdades más sólidas y duraderas que ninguna de las conocidas por el otro hombre. Se sentía mayor, más conocedor. Lo que amaba en su amigo era el calor y la vitalidad rápidamente cambiantes, la expresión brillantemente cálida. Lo que disfrutaba era el rico juego de palabras y el rápido intercambio de sentimientos. Nunca consideró el contenido real de las palabras: no necesitaba que le ayudasen a pensar. Birkin sabía esto. Sabía que Gerald quería apreciarle sin tomarle en serio. Y esto era la causa de su dureza y frialdad. Mientras el tren avanzaba él estaba sentado mirando los campos y Gerald desapareció, se convirtió en nada para él. Birkin miró el paisaje a última hora de la tarde e iba pensando: «Bueno, si la humanidad es destruida, si nuestra raza es destruida como Sodoma y hay esta hermosa tarde, con la tierra y los árboles luminosos, estoy satisfecho. Lo que informa todo está allí y jamás puede perderse. Después de todo, ¿qué es la humanidad sino simplemente una expresión de lo incomprensible? Y si la humanidad desaparece, eso sólo significará que esta específica expresión se ha completado y concluido. Lo que es expresado y lo que ha de ser expresado no pueden disminuirse. Allí está, en la tarde brillante. Que la humanidad desaparezca..., ya es hora. Las explosiones creativas no cesarán, sencillamente estarán allí. La humanidad no encarna ya la expresión de lo incomprensible. La humanidad es una carta sin destinatario. Habrá una nueva encarnación de un nuevo modo. Dejemos que la humanidad desaparezca lo antes posible.» Gerald le interrumpió preguntando: -¿Dónde vas a quedarte en Londres? Birkin levantó los ojos. -Con un amigo, en Soho. Pago parte de la renta de la casa y paro allí cuando me apetece. -Buena idea la de tener un lugar más o menos tuyo -dijo Gerald. -Sí. Pero no me preocupa mucho. Me cansa la gente que me veré obligado a encontrar allí. -¿Qué tipo de gente? -Arte..., música..., bohemia londinense la bohemia más mezquina y calculadora que jamás existió. Pero hay unas pocas personas decentes, en algunos aspectos. Son realmente individuos que rechazan concienzudamente el mundo..., quizás viven sólo en el gesto de rechazo y negación..., pero al menos se atienen negativamente a algo. -¿Qué son? ¿Pintores, músicos? -Pintores, músicos, escritores, modelos, gente joven avanzada, cualquiera abiertamente contrario a las convenciones y que no pertenezca específicamente a ninguna parte. Suelen ser tipos jóvenes provenientes de la Universidad y chicas que están viviendo sus propias vidas, como ellas dicen. -¿Todos libres? -dijo Gerald. Birkin vio que había despertado su curiosidad. -En un sentido. Muy atados en otro. Todos sobre la misma nota de escándalo. Miró a Gerald y vio que sus ojos azules se encendían con una llamita de deseo curioso. Vio también qué apuesto era. Gerald era atractivo, su sangre parecía fluida y eléctrica. Sus ojos azules ardían con una luz intensa aunque fría; había cierta belleza, una hermosa pasividad en todo su cuerpo, en su molde. -Podríamos vernos algo..., estaré en Londres dos o tres días -dijo Gerald. -Sí -dijo Birkin-, no quiero ir al teatro, ni al music-hall...; mejor sería que vinieses y vieses qué tal te va con Halliday y su gentío. -Gracias..., me gustaría -rió Gerald-. ¿Qué vas a hacer esta noche? -Prometí encontrarme con Halliday en el Pompadour. Es un mal sitio, pero no hay otro. -¿Dónde está? -preguntó Gerald. -Piccadilly Circus. -Oh, sí..., bueno, ¿debo aparecer por allí? -Desde luego, podría divertirte. Estaba cayendo la tarde. Habían cruzado Bedford. Birkin contempló el paisaje y quedó lleno de una especie de desesperación. Siempre sentía eso cuando se aproximaba a Londres. Su desagrado ante la humanidad, la masa de humanidad, equivalía casi a una enfermedad. «Donde e! tranquilo fin coloreado de la tarde ríe millas y millas... » iba murmurándole como un condenado a muerte. Gerald, que estaba muy sutilmente alerta, despiertos todos sus sentidos, se inclinó hacia adelante y preguntó sonriendo: -¿Qué estabas diciendo? Birkin le miró, sonrió y repitió: «Donde el tranquilo fin coloreado de la tarde sonríe millas y millas, sobre pastos donde el algo gregario yace medio dormido...» También Gerald miró el paisaje. Y Birkin, que por alguna razón se encontraba ahora cansado y desanimado, le dijo: -Siempre me siento condenado cuando el tren está entrando en Londres. Me noto tan desesperado y afligido como si fuese el fin del mundo. -¡Vaya! -dijo Gerald-. ¿Y te asusta el fin del mundo? Birkin se sacudió lentamente de hombros. -No sé -dijo-. Así es cuando cuelga inminente y no acaba de caer. Pero la gente me da un mal sentimiento..., muy malo. Hubo una forzada sonrisa en los ojos de Gerald. -¿Es así? -dijo. Y contempló al otro hombre críticamente. A los pocos minutos el tren estaba atravesando a la carrera la desgracia del desparramado Londres. Todos los del vagón estaban alerta, esperando escapar. Al fin estuvieron bajo el inmenso arco de la estación, en la tremenda sombra de la ciudad. Birkin se acorazó..., estaba dentro ahora. Los dos hombres fueron juntos en un taxi. -¿No te sientes uno de los condenados? -preguntó Birkin mientras se sentaban en una pequeña cápsula que corría velozmente, contemplando la repulsiva gran calle. -No -rió Gerald. -Es verdadera muerte -dijo Birkin. 6. "CREME DE MENTHE" Volvieron a encontrarse en el café varias horas después. Gerald penetró por la puerta giratoria al cuarto grande y de techo muy alto, donde los rostros y las cabezas de los bebedores aparecían vagamente a través de la niebla de humo, se reflejaban más vagamente aún y repetían ad infinitum en los grandes espejos de los muros, con lo cual uno parecía penetrar en un mundo difuso y vago de bebedores nebulosos murmurando dentro de una atmósfera de humo azulado de tabaco. Sin embargo, la felpa roja de los asientos proporcionaba sustancia dentro de la burbuja de placer. Gerald se movió con su paso lento, observador, reluciente-atento entre las mesas y las gentes, cuyos sombreados rostros se levantaban a su paso. Parecía estar entrando en algún extraño elemento, pasando a una nueva región iluminada entre un gentío de almas licenciosas. Se sentía complacido y entretenido. Miró sobre todos los rostros vagos, evanescentes, extrañamente iluminados que se inclinaban sobre las mesas. Entonces vio a Birkin levantarse y hacerle señas. En la mesa de Birkin hacía una muchacha de pelo rubio y corto peinado siguiendo la moda artista, colgando derecho y curvándose levemente para dentro hacia sus orejas. Era pequeña y estaba delicadamente hecha, con ojos azules grandes, inocentes, y la piel clara. Había una delicadeza casi floral en toda ella y, al mismo tiempo, cierta atractiva grosería de espíritu que encendió instantáneamente una pequeña chispa en los ojos de Gerald. Birkin, que parecía enmudecido, irreal, sin presencia, la presentó como señorita Darrington. Ella le dio la mano con un movimiento brusco, indeseado, mirando todo el tiempo a Gerald de modo oscuro, expuesto. Una incandescencia vino sobre él cuando se sentó. Apareció el camarero. Gerald miró los vasos de los otros dos. Birkin estaba bebiendo algo verde. La señorita Darrington tenía una pequeña copa de licor prácticamente vacía. -¿No querrá usted más...? -Brandy -dijo ella bebiéndose la última gota y des jando el vaso. El camarero desapareció. -No -dijo ella a Birkin-. El no sabe que he vuelto. Quedará aterrorizado cuando me vea aquí. Ella pronunciaba sus erres como uves dobles, ceceando, con una pronunciación levemente infantil que era al mismo tiempo afectada y sincera para con su carácter. Su voz era monótona y sin timbres. -¿Dónde está él entonces? -preguntó Birkin. -Está haciendo un show privado en casa de lady Snellgrove -dijo la muchacha-. Warens está allí también. Hubo una pausa. -Bueno, entonces -dijo Birkin de un modo desapasionadamente protector-, ¿qué piensas hacer? La muchacha se detuvo hoscamente. Odiaba la pregunta. -No pretendo hacer nada -repuso-. Buscaré algún alojamiento mañana. -¿A quién acudirás? -preguntó Birkin. -Iré primero donde Bentley. Pero creo que estará enfadado conmigo por escaparme. -¿Eso proviene de la Madonna? -Sí. Y si entonces él no me quiere, sé que puedo obtener trabajo con Carmarthen. -¿Carmarthen? -Frederick Carmarthen... hace fotografías. -Chiffon y hombros... -Sí. Pero es terriblemente decente. Hubo una pausa. -¿Y qué vas a hacer con Julius? -preguntó él. -Nada -dijo ella-. Simplemente lo ignoraré. -¿Has terminado del todo con él? Pero ella se volvió, apartó hoscamente el rostro y no respondió a la pregunta. Otro joven llegó con prisa hasta la mesa. -¡Hola, Birkin! Hola, Minette, ¿cuándo volviste? -dijo ávidamente. -Hoy. -¿Lo sabe, Halliday? -No lo sé. Tampoco me importa. -¡Ja! ¡Ja!, ¿verdad que hay viento todavía en ese rincón? ¿Os molesta si vengo a esta mesa? -Estoy hablando con Wupert, ¿te importa? -contestó ella tranquila pero apelante, como un niño. -Confesión abierta..., bueno para el alma, ¿eh? -dijo el joven-. Bien, hasta luego. Y el joven se alejó tras lanzar una aguda mirada a Birkin y a Gerald, con un movimiento de los faldones de su abrigo. Gerald había sido completamente ignorado todo este tiempo. Y, no obstante, sentía que la chica era físicamente consciente de su proximidad. Esperó, escuchó e intentó organizar los fragmentos de conversación. -¿Te quedas en la casa? -preguntó la chica a Birkin. -Durante tres días -repuso Birkin-. ¿Y tú? -No lo sé todavía. Siempre puedo ir a casa de Bertha. Hubo un silencio. De repente, la chica se volvió hacia Gerald y dijo en una voz más bien formal, educada, con los modales distantes de una mujer que acepta su posición socialmente inferior pero supone camaraderie íntima con el varón a quien se dirige: -¿Conoces Londres bien? -Es difícil de decir -rió él-. He estado muchas veces, pero nunca aquí antes. -¿No eres entonces un artista? -dijo ella en un tono que le situaba como un desplazado. -No -repuso él. -Es un militar y un explorador, y un Napoleón de la industria -dijo Birkin, dando a Gerald sus credenciales para la bohemia. -¿Eres militar? -preguntó la muchacha con una curiosidad fría aunque animada. -No, renuncié a mi puesto -dijo Gerald- hace algunos años. -Estuvo en la última guerra -dijo Birkin. -¿Estuviste de verdad? -Y luego exploró el Amazonas -dijo Birkin-, y ahora está reinando sobre minas de carbón. La muchacha miró a Gerald con curiosidad sostenida y tranquila. El rió al oírse descrito. También se sentía orgulloso, lleno de vigor varonil. Sus ojos azules, agudos, estaban encendidos de risa; su rostro rubicundo con el duro pelo rubio estaba lleno de satisfacción y brillante de vida. El la intrigaba. -¿Cuánto vas a quedarte? -le preguntó. -Un día o dos -repuso él-. Pero no hay prisa especial. Ella seguía contemplándole con esa mirada lenta y plena que resultaba tan curiosa y excitante para él. Gerald era aguda y deliciosamente consciente de sí, de su propio atractivo. Se sentía lleno de fuerza, capaz de emanar una especie de poder eléctrico. Y era consciente de los ojos azules y descarados de ella sobre él. Minette tenía ojos hermosos, como flores, plenamente abiertos, desnudados cuando le miraba. Y sobre ellos parecía flotar una iridiscencia curiosa, una especie de película de desintegración y hosquedad, como aceite sobre agua. Ella no llevaba sombrero en el caldeado café y llevaba una blusa suelta y simple cogida por una cinta alrededor del cuello. Pero estaba hecho de suntuoso crépe-de-chine amarillo, que colgaba pesada y suavemente desde su joven garganta y sus esbeltas muñecas. Su aspecto era sencillo y completo, realmente hermoso por su regularidad y formas; el pelo amarillo y brillante cayendo curvo y uniforme a cada lado de su cabeza; sus rasgos, correctos, pequeños, suavizados, provocantes en la leve plenitud de sus curvas; su cuello, esbelto, y la blusa, simple y de color intenso que colgaba de sus esbeltos hombros. Era de modales muy tranquilos, casi nula, apartada y observadora. Le gustaba mucho a Gerald. El sintió un poder terrible, gozoso, sobre ella; un amor instintivo muy próximo a la crueldad. Porque Minette era una víctima. Sintió que ella estaba en su poder, y él era generoso. La electricidad era turgente y voluptuosamente rica en los miembros de Gerald. Hubiera sido capaz de destruirla completamente con la fuerza de su descarga. Pero ella estaba esperando en su separación, entregada. Hablaron de banalidades durante algún tiempo. De repente, Birkin dijo: -¡Allí está Julius! -y medio se levantó, haciendo señas al recién llegado. La muchacha, con un movimiento de curiosidad casi maligna, miró por encima del hombro sin mover el cuerpo. Gerald miró el pelo corto y rubio ondear sobre sus orejas. Notó que observaba intensamente al hombre que se estaba aproximando, por lo cual miró él también. Vio a un joven moreno, esbelto, de pelo negro más bien largo y sólido colgando desde un sombrero negro, moviéndose incómodamente por la habitación, encendido el rostro con una sonrisa a la vez ingenua, cálida e insípida. Se aproximó hacia Birkin con las prisas de la bienvenida. No percibió a la chica hasta estar bastante cerca. Retrocedió, se puso verde y dijo con voz chillona: -¿Qué estás tú haciendo aquí, Minette? Los parroquianos del café levantaron los ojos cuando escucharon su grito. Halliday estaba allí inmóvil, con una sonrisa casi imbécil brillando pálidamente sobre el rostro. La muchacha se limitó a mirarle con frialdad de hielo donde ardía un insondable infierno de conocimiento y cierta impotencia. Ella estaba limitada por él. -¿Por qué volviste? -repitió Halliday en la misma voz alta, histérica-. Te dije que no volvieras. La muchacha no respondió, sólo le miró de frente, de la misma manera gélida, fría, grave, mientras él permanecía apoyado -momo buscando seguridad- sobre la mesa contigua. -Sabes que querías que ella volviese..., ven y siéntate -le dijo Birkin. -No, no quería que ella volviese, y le dije que no lo hiciera. ¿Para qué has venido, Minette? -Para nada que venga de ti -dijo con una voz densa de resentimiento. -¿Para qué has venido entonces? -gritó Halliday, elevando la voz hasta una especie de chillido. -Ella viene porque quiere -dijo Birkin-. ¿Vas a sentarte o no? -No, no me sentaré con Minette -exclamó Halliday. -No te haré daño; no necesitas temer -dijo ella muy secamente, pero con una especie de sentimiento protector en su voz. Halliday vino y se sentó en la mesa, poniéndose la mano sobre el corazón y gimoteando: -¡Oh, cómo me ha cambiado el humor! Minette, desearía que no hicieses estas cosas. ¿Por qué volviste? -No, por nada que dependa de ti -repitió ella. -Ya me lo has dicho -exclamó él con voz aguda. Ella se desentendió completamente de él y se puso a hablar con Gerald Crich, cuyos ojos brillaban al sentirse sutilmente divertido. -¿Tuviste alguna vez mucho miedo de los salvajes? -preguntó con su voz tranquila, monótona, infantil. -No..., nunca tuve mucho miedo. En conjunto son inofensivos...; no han nacido todavía, es imposible tenerles realmente miedo. Sabes que puedes controlarles. -¿De verdad? ¿No son muy feroces? -No mucho. No hay muchas cosas feroces, por otra parte. No hay muchas cosas, personas o animales que sean realmente peligrosas. -Excepto en manadas -interrumpió Birkin. -¿De verdad que no? -dijo ella-. Oh, pensé que los salvajes eran todos muy peligrosos, que te quitarían la vida al menor descuido. -¿Sí? -rió él-. Los salvajes están valorados demasiado alto. En realidad son demasiado parecidos a la otra gente, nada excitantes tras el primer contacto. -Oh, ¿entonces no es necesario un valor maravilloso para ser explorador? -No. Es más un asunto de penalidades que de terrores. -¡Oh! ¿Y nunca tuviste miedo? -¿En mi vida? No sé. Sí, tengo miedo de algunas cosas..., de ser encerrado, de quedar cogido en cualquier parte... o de ser atado. Tengo miedo de que me esposen de pies y manos. Ella le miraba continuamente con esos ojos ingenuos que descansaban sobre Gerald y le atraían tan profundamente como para dejar bastante tranquilo su yo superior. Era bastante delicioso sentirla extrayendo de él sus autorrevelaciones como si fuera del tuétano más interior y oscuro de su cuerpo. Ella quería saber. Y sus ojos parecían atravesarle hasta su organismo desnudo. El sintió que ella se veía impulsada hacia él, que estaba destinada a entrar en contacto con él, que necesitaba verle y conocerle. Y eso despertó un curioso júbilo. También sintió que ella debería abandonarse en sus manos y estarle sometida. Ella era tan profana, tan servil, cuando le contemplaba absorta. No es que estuviera interesada en lo que él decía; estaba absorbida por su autorrevelación, por él, quería su secreto, la experiencia de su ser masculino. Pero el rostro de Gerald estaba iluminado por una sonrisa misteriosa, llena de luz y animación, aunque inconsciente. Se sentaba con los brazos sobre la mesa, empujando hacia ella sus manos tostadas por el sol, más bien siniestras, que eran animales pero con mucha forma y atractivo. Y la fascinaban. Y ella lo sabía, contemplaba su propia fascinación. Habían llegado a la mesa otros hombres para hablar con Birkin y Halliday. Gerald dijo en voz baja, aparte, a Minette: -¿De dónde has venido? -Del campo -repuso Minette en voz muy baja pero llena de resonancia. Su rostro se cerró con dureza. Miraba continuamente hacia Halliday, y luego sus ojos fueron invadidos por un fulgor. El joven sólido y apuesto la ignoraba completamente; tenía realmente miedo de ella. Durante algunos momentos ella no fue consciente de Gerald. No la tenía conquistada todavía. -¿Y qué tiene que ver con ello Halliday? -preguntó él con la voz todavía alterada. Ella no respondió durante algunos segundos. Luego, con desgana, dijo: -Hizo que me fuese a vivir con él, y ahora quiere echarme. Y, sin embargo, no me deja ir a casa de nadie más. Quiere que viva escondida en el campo. Y luego dice que le persigo, que no puede librarse de mí. -No conoce su propia mente -dijo Gerald. -No tiene mente alguna, así que no puede conocerla -dijo ella-. Espera siempre que alguien le diga lo que debe hacer. Nunca hace algo que quiere hacer por sí mismo... porque no sabe lo que quiere. Es un perfecto bebé. Gerald miró a Halliday durante algunos momentos, contemplando el rostro suave y más bien degenerado del joven. Su misma suavidad era un atractivo; era naturaleza suave y cálida donde uno podría bucear con recompensa. -Pero él no puede retenerte, ¿verdad? -preguntó Gerald. -Mira, hizo que me fuese a vivir con él cuando yo no quería -repuso ella-. Vino y me lloró con lágrimas en los ojos, nunca habrás visto tantas, diciendo que no podía soportarlo si no volvía con él. Y no quería irse, se habría quedado para siempre. Hizo que volviese. Y entonces se comporta cada vez de esta manera. Y ahora que voy a tener un hijo quiere darme cien libras y mandarme al campo, para no volver a verme ni a oír hablar de mí jamás. Pero yo no voy a hacerlo, después... Una extraña mirada invadió el rostro de Gerald. -¿Vas a tener un hijo? -preguntó incrédulamente. Parecía imposible; era tan joven y estaba espiritualmente tan lejos de cualquier maternidad. Ella le miró de lleno a la cara, y sus ojos azules, inacabados, tenían ahora un gesto furtivo y la mirada de un conocimiento indomable de la maldad y la oscuridad. Una llama corrió secretamente hacia el corazón de él. -Sí -dijo ella-. ¿Verdad que es una animalada? -¿No lo quieres? -preguntó él. -No -repuso ella con énfasis. -Pero... -dijo- ¿cuánto hace que lo sabes? -Diez semanas -dijo ella. Mantenía todo el tiempo los ojos puestos de lleno sobre él. El quedó silencioso, pensando. Luego, desco- nectando y poniéndose frío, preguntó con una voz llena de amable consideración: -¿Hay algo aquí que podamos comer? ¿Hay algo que te gustaría? -Sí -dijo ella-, me encantarían unas ostras. -Muy bien -dijo él-. Tomaremos ostras -y llamó al camarero. Halliday no se dio cuenta hasta que el pequeño plato fue colocado delante de ella. Entonces exclamó súbitamente: -Minette, no puedes comer ostras bebiendo coñac. -¿Qué tiene eso que ver contigo? -preguntó ella. -Nada, na