libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Bronte, Emily (1818-1848) Escritora inglesa, nació en Thornton, Inglaterra el 30 de julio de 1818, sus obras transcendieron la época victoriana para convertirse en clásicas, pleno reflejo de su talento. Su padre, Patrick Brönte, de origen irlandés, fue nombrado rector de Haworth, un pueblo de los páramos de Yorkshire al que desde entonces quedó ligada la familia. Al morir la madre en 1824, Charlotte y Emily fueron enviadas con sus hermanas mayores, Maria y Elizabeth, al colegio de Clergy Daughters, en Cowan Bridge, donde cayeron enfermas de tuberculosis. Maria y Elizabeth volvieron enfermas a Haworth y murieron de tuberculosis en 1825. Por este motivo y por las pésimas condiciones del colegio la familia sacó a Charlotte y a Emily del internado. Para divertirse entre ellas en aquel pueblo aislado, transformaron en su imaginación unos soldados de madera en personajes de una serie de historias que escribieron sobre el reino imaginario de Anglia, propiedad de Charlotte y Branwell, y el de Gondal, que era el de Emily y Anne. Se conservan un centenar de cuadernos escritos a mano, iniciados en 1829, de las crónicas de Anglia, pero ninguno de la saga de Gondal, iniciados en 1834, a excepción de algunos poemas de Emily. La relación de estos relatos con las novelas que después escribieron sigue siendo de gran interés para los eruditos. En 1831, Charlotte volvió al colegio de Roe Head, del que regresó un año después para seguir estudiando y enseñar a sus hermanas. En 1835, regresó a Roe Head como maestra, llevando a Emily con ella. En 1842 quisieron abrir una escuela privada y, para mejorar su francés, Charlotte y Emily ingresaron en un internado privado de Bruselas, pero la muerte de su tía, que se encargaba de la casa de la familia, las obligó a volver. En otoño de 1845, el descubrimiento por Charlotte de los poemas de Emily las decidió a publicar un libro con las poesías de las tres hermanas, que se editó con el título Poemas por Currer, Ellis y Acton Bell (1846), empleando cada hermana las iniciales de su nombre en los seudónimos. Lo pagaron ellas, pero sólo se vendieron dos ejemplares. La poesía de Emily Brönte ha sido reconocida como una de las mejores de ese siglo, y sigue siendo admirada por su originalidad, su lírica y sus imaginativas referencias personales. Después, cada hermana se embarcó en una novela. La primera que se publicó fue Jane Eyre (1847), de Charlotte, que tuvo un éxito inmediato. Agnes Grey, de Anne, y Cumbres borrascosas, de Emily, aparecieron más adelante aquel mismo año. Durante mucho tiempo la crítica descalificó Cumbres borrascosas. La intensidad de su sentimiento y la brutalidad de los personajes, las energías primitivas de amor y odio que impregnan la novela fueron juzgadas como salvajes y burdas por los críticos del siglo XIX. La especulación sobre la identidad de las autoras se mantuvo hasta que visitaron Londres y se dieron a conocer a sus editores. A su regreso a Haworth encontraron a Branwell a punto de morir. Emily murió de tuberculosis el 19 de diciembre de 1848. Desde que murieron las hermanas Brönte, las circunstancias de sus vidas, sus muertes prematuras y sus sorprendentes logros han fascinado a las nuevas generaciones de lectores. La obra maestra trascendental de las Brönte es casi con toda seguridad la novela de Emily, Cumbres borrascosas, una historia de amor apasionado en la que los principios irreconciliables de la fuerza y la calma terminan por armonizarse. Emily Brönte fue una mística, como lo demuestra su poesía, y Cumbres borrascosas dramatiza su percepción intuitiva de la naturaleza de la vida. Emily Brontë Cumbres Borrascosas CAPÍTULO I He vuelto hace unos instantes de visitar a mi casero y ya se me figura que ese solitario vecino va a inquietarme por más de una causa. En este bello país, que ningún misántropo hubiese podido encontrar más agradable en toda Inglaterra, el señor Heathcliff y yo habríamos hecho una pareja ideal de compañeros. Porque ese hombre me ha parecido extraordinario. Y eso que no mostró reparar en la espontánea simpatía que me inspiró. Por el contrario, metió los dedos más profundamente en los bolsillos de su chaleco y sus ojos desaparecieron entre sus párpados cuando me oyó pronunciar mi nombre y preguntarle: ¿El señor Heathcliff? Él asintió con la cabeza. Soy Lockwood, su nuevo inquilino. Le visito para decirle que supongo que mi insistencia en alquilar la «Granja de los Tordos» no le habrá causado molestia. Puesto que la casa es mía respondió apartándose de mí no hubiese consentido que nadie me molestase sobre ella, si así se me antojaba. Pase. Rezongó aquel «pase» entre dientes, con aire tal como si quisiera mandarme al diablo. Ni tocó siquiera la puerta en confirmación de lo que decía. Esto bastó para que yo resolviese entrar, interesado por aquel sujeto, al parecer más reservado que yo mismo. Y como mi caballo empujase la barrera, él soltó la cadena de la puerta y me precedió, con torvo aspecto, hacia el patio, donde dijo a gritos: ¡José! ¡Llévate el caballo de este señor y danos vino! Puesto que ambas órdenes se dirigían a un solo criado, juzgué que toda la servidumbre se reducía a él. Por eso entre las baldosas del patio medraban hierbajos y los setos estaban sin recortar, sólo mordisqueadas sus hojas por el ganado. José era hombre entrado en años, aunque sano y fuerte. Lanzó un contrariado «¡Dios nos valga!» y, mientras se llevaba el caballo, me miró con tanta malignidad que preferí suponer que impetraba el socorro divino para digerir bien la comida y no con motivo de mi presencia. A la casa donde vivía el señor Heathcliff se la llamaba «Cumbres Borrascosas» en el dialecto local. El nombre traducía bien los rigores que allí desencadenaba el viento cuando había tempestad. Ventilación no faltaba sin duda. Se advertía lo mucho que azotaba el aire en la inclinación de unos pinos cercanos y en el hecho de que los matorrales se doblegaban en un solo sentido, como si se prosternasen ante el sol. El edificio era sólido, de espesos muros a juzgar por lo hondo de las ventanas, y protegidos por grandes guardacantones. Parándome, miré los ornamentos de la fachada. Sobre la puerta, una inscripción decía «Hareton Earnshaw, 15OO». Aves carniceras de formas extrañas y niños en posturas lascivas enmarcaban la inscripción. Aunque me hubiese gustado comentar todo aquello con el rudo dueño de la casa, no quise aumentar con esto la impaciencia que parecía evidenciar mientras me miraba desde la puerta como instándome a que entrase de una vez o me marchara. Por un pasillo llegamos al salón que en la comarca llaman siempre «la casa», y al que no preceden otras piezas. Esa sala suele abarcar comedor y cocina, pero yo no vi cocina, o mejor dicho no vi signos de que en el enorme larse guisase nada. Pero en un ángulo oscuro se percibía rumor de cacharros. De las paredes no pendían cazuelas ni utensilios de cocina. En un rincón se levantaba un aparador de roble con grandes pilas de platos, sin que faltasen jarras y tazas de plata. Encima del aparador había tortas de avena y perniles curados de vaca, cerdo y carnero. Colgaban sobre la chimenea escopetas viejas, de cañones herrumbrosos y unas pistolas de arzón. Se veían encima del mármol tres tarros de vivo colorido. El suelo era de piedra lisa y blanca. Había sillas de forma antigua, pintadas de verde, con altos respaldos. En los rincones se acurrucaban perros. Una hembra con sus cachorros se escondía bajo el aparador. Todo era muy propio de la morada de uno de los campesinos de la región, gente recia, tosca, con calzón corto y polainas. Esas salas y esos hombres sentados en ellas ante un jarro de cerveza espumeante abundan en el país, mas Heathcliff contrastaba mucho con el ambiente. Por lo moreno, parecía un gitano, pero tenía las maneras y la ropa de un hombre distinguido y, aunque algo descuidado en su indumentaria, su tipo era erguido y gallardo. Dijeme que muchos le tendrían por soberbio y grosero y que, sin embargo, no debía ser ninguna de ambas cosas. Por instinto imagine su reserva, hija del deseo de ocultar sus sentimientos. Debía saber disimular sus odios y simpatías y juzgar impertinente a quien se permitiera manifestarle los suyos. Es probable que yo me aventurase mucho al atribuir a mi casero mi propio carácter. Quizá él regateara su mano al amigo ocasional, por motivos muy diversos. Tal vez mi carácter sea único. Mi madre solía decirme que yo nunca tendría un hogar feliz y lo que me ocurrió el verano último parece dar la razón a mi progenitora, porque, hallándome en una playa donde pasaba un mes, conocí a una mujer bellísima, realmente hechicera. Aunque nada le dije, si es cierto que los ojos hablan, los míos debían delatar mi locura por ella. La joven lo notó y me correspondió con una mirada dulcísima. ¿Y qué hice? Declaro avergonzado que rectifiqué, que me hundí en mí mismo como un caracol en su concha y que cada mirada de la joven me hacía alejarme más, hasta que ella, probablemente desconcertada por mi actitud y suponiendo haber sufrido un error, persuadió a su madre de que se fuesen. Esas brusquedades y cambios me han valido fama de cruel, sin que nadie, no siendo yo mismo, sepa cuánto error hay en ello. Heathcliff y yo nos sentamos silenciosos ante la chimenea. La perra, separándose de sus cachorros, se acercó a mí, fruncido el hocico y enseñando sus blancos dientes. Cuando quise acariciarla emitió un gruñido gutural. -Déjela -dijo Heathcliff haciendo coro a la perra con otro gruñido y asestándole un puntapié-. No está hecha a caricias ni se la tiene para eso. Incorporóse, fue hacia una puerta lateral y gritó: -¡José! José masculló algo en el fondo de la bodega, mas no apareció. Entonces su amo acudió en su busca. Quedé solo con la perra y con otros dos mastines que me miraban atentamente. No me moví, temeroso de sus colmillos, pero pensé que la mímica no les molestaría y les hice unas cuantas muecas. Fue una ocurrencia muy desgraciada, porque la señora perra, ofendida sin duda por alguno de mis gestos, se precipitó sobre mis pantalones. La repelí y me di prisa a refugiarme tras de la mesa, acto que puso en acción a todo el ejérito caniño. Hasta seis demonios en cuatro patas confluyeron desde todos los rincones en el centro de la sala. Mis talones y los faldones de mi levita fueron los más atacados. Quise defenderme con el hurgón de la lurnbre, pero no bastó y tuve que pedir auxilio a voz en cuello. Heathcliff y José subían con desesperada calma. La sala era un infierno de ladridos y gritos, pero ellos no se apresuraban nada en absoluto. Por suerte, una rolliza criada acudió más deprisa, arremangadas las faldas, rojas las mejillas por la cercanía del fogón, desnudos los brazos y en la mano una sartén, merced a cuyos golpes, acompañados por varios denuestos, se calmó en el acto la tempestad. Al entrar Heathcliff, ella, agitada como el océano tras un huracán, campeaba en medio de la habitación. -¿Qué diablos ocurre? -preguntó mi casero con tono que juzgué intolerable tras tan inhospitalario acontecimiento. -De diablos es la culpa -respondí-. Los cerdos endemoniados de los Evangelios no debían encerrar más espíritus malos que sus perros, señor Heathcliff. Dejar a un forastero entre ellos es igual que dejarle entre un rebaño de tigres. -Nunca se meten con quien no les incomoda -dijo él-. La misión de los perros es vigilar. ¿Un vaso de vino? -No, gracias. -¿Le han mordido? -En ese caso lo habría conocido usted por lo que yo habría hecho al que me mordiera. -Vaya, vaya -repuso Heathcliff, con una mueca-. No se excite, señor Lockwood, y beba un poco de vino. En esta casa suele haber tan pocos visitantes que ni mis perros ni yo acertamos a recibirles como merecen. ¡Ea, a su salud! Comprendiendo que sería absurdo formalizarme por la agresión de unos perros feroces, me calmé y correspondí al brindis. Además se me figuró que mi casero se mofaba de mí y no quise darle más razones de irrisión. En cuanto a él, debió juzgar necio el tratar tan mal a un buen inquilino, y, mostrándose algo menos conciso, empezó a charlar de las ventajas e inconvenientes de la casa que me había arrendado, lo que sin duda le parecía interesante para mí. Opiné que hablaba con buen criterio y resolví decirle que repetiría mi visita al día siguiente. Y, aun cuando él no mostrara ningún entusiasmo al oírlo, he decidido volver. Me parece mentira comprobar lo amigo del trato social que soy, por comparación al dueño de mi casa. CAPÍTULO II Ayer por la tarde hizo frío y niebla. Primero dudé entre quedarme en casa, junto al fuego, o dirigirme, a través de cenagales y yermos, a «Cumbres Borrascosas». Pero después de comer (advirtiendo que como de una a dos, ya que el ama de llaves, a la que acepté al alquilar la casa como si fuese una de sus dependencias, no comprende, o no quiere comprender, que ¿eseo comer a las cinco), al subir a mi cuarto, hallé en él a una criada arrodillada ante la chimenea y esforzándose en extinguir las llamas mediante masas de ceniza con las que levantaba una polvareda infernal. Semejante espectáculo me desanimó. Cogí el sombrero y tras una caminata de cuatro millas llegué a casa de Heathcliff en el preciso instante en que comenzaban a caer los primeros copos de una nevada semilíquida. El suelo de aquellas solitarias alturas estaba cubierto de una capa de escarcha ennegrecida, y el viento estremecía de frío todos mis miembros. Al ver que mis esfuerzos para levantar la cadena que cerraba la puerta de la verja eran vanos, saltó la valla, avancé por el camino bordeado de groselleros, y golpeé con los nudillos la puerta de la casa, hasta que me dolieron los dedos. Se oía ladrar a los canes. «Vuestra imbécil inhospitalidad merecía ser castigada con el aislamiento perpetuo de vuestros semejantes, ¡bellacos! -murmuré mentalmente-. Lo menos que se puede hacer es tener abiertas las puertas durante el día. Pero no me importa. He de entrar.» Tomada esta decisión, sacudí con fuerza la aldaba. La cara de vinagre de José apareció en una ventana del granero. -¿Qué quiere usted? -preguntó-. El amo está en el corral. Dé la vuelta por el ángulo del establo. -¿No hay quien abra la puerta? -Nadie más que la señorita, y ella no le abriría aunque estuviese usted llamando hasta la noche. Sería inútil. -¿Por qué? ¿No puede usted decirle que soy yo? -¿Yo? ¡No! ¿Qué tengo yo que ver con eso? -replicó, mientras se retiraba. Espesábase la nieve. Yo empuñaba ya el aldabón para volver a llamar, cuando un joven sin chaqueta y llevando al hombro una horca de labranza apareció y me dijo que le siguiera. Atravesamos un lavadero y un patio embaldosado en el que había un pozo con bomba y un palomar, y llegamos a la habitación donde el día anterior fui introducido. Un inmenso fuego de carbón y leña la caldeaba, y, al lado de la mesa, en la que estaba servida una abundante merienda, tuve la satisfacción de ver a «la señorita», persona de cuya existencia no había tenido antes noticia alguna. La saludé y permanecí en pie, esperando que me invitara a sentarme. Ella me miró y no se movió de su silla ni pronunció una sola palabra. -¡Qué tiempo tan malo! -comenté-. Lamento, señora Heathcliff, que la puerta haya sufrido las consecuencias de la negligencia de sus criados. Me ha costado un trabajo tremendo hacerme oír. Ella no movió los labios. La miré atentamente, y ella me correspondió con otra mirada tan fría, que resultaba molesta y desagradable. -Siéntese -gruñó el joven-. Heathcliff vendrá enseguida. Obedecí, carraspeé y llamé a Juno, la malvada perra, que esta vez se dignó mover la cola en señal de que me reconocía. -¡Hermoso animal! -empecé-. ¿Piensa usted desprenderse de los cachorrillos, señora? -No son míos -dijo la amable joven con un tono aún más antipático que el que hubiera empleado el propio Heathcliff. -Entonces, ¿sus favoritos serán aquéllos? -continué, volviendo la mirada hacia lo que me pareció un cojín con gatitos. -Serían unos favoritos bastante extravagantes -contestó la joven desdeñosamente. Desgraciadamente, los supuestos gatitos eran, en realidad, un montón de conejos muertos. Volví a carraspear, me aproxime al fuego y repetí mis comentarios sobre lo desagradable de la tarde. -No debía usted haber salido -dijo ella, mientras se incorporaba y trataba de alcanzar dos de los tarros pintados que había en la chimenea. A la claridad de las llamas, pude distinguir por completo su figura. Era muy esbelta, y al parecer apenas había salido de la adolescencia. Estaba admirablemente formada y poseía la más linda carita que yo hubiese contemplado jamás. Tenía las facciones menudas, la tez muy blanca, dorados bucles que pendían sobre su delicada garganta, y unos ojos que hubieran sido irresistibles de haber ofrecido una expresión agradable. Por fortuna para mi sensible corazon, aquella mirada no manifestaba en aquel momento más que desdén y una especie de desesperación, que resultaba increíble en unos ojos tan hermosos. Como los tarros estaban fuera de su alcance, fui a ayudarla, pero se volvió hacia mí con la airada expresion de un avaro a quien alguien pretendiera ayudarle a contar su oro. -No necesito su ayuda -dijo-. Puedo cogerlos yo sola. -Dispense -me apresuré a contestar. -¿Está usted invitado a tomar el té? -me preguntó. Se puso un delantal sobre el vestido y se sentó. Sostenía en la mano una cucharada de hojas de té que había sacado del tarro. -Tomaré una taza con mucho gusto -repuse. -¿Está usted invitado? -repitió. -No -dije, sonriendo-; pero nadie más indicado que usted para invitarme. Echó el té, con cuchara y todo, en el bote, volvió a sentarse, frunció el entrecejo, e hizo un pucherito con los labios como un niño a punto de llorar. El joven, durante esta charla, se había puesto un andrajoso gabán, y en aquel momento me miró como si hubiese entre nosotros un resentimiento mortal. Yo dudaba de si aquel personaje era un criado o no. Hablaba y vestía toscamente, sin ninguno de los detalles que Heathcliff presentaba de pertenecer a una clase superior. Su cabellera castaña estaba desgreñadísima, su bigote crecía descuidadamente y sus manos eran tan toscas como las de un labrador. Pero, con todo, ni sus ademanes ni el modo que tenía de tratar a la señora eran los de un criado. En la duda, preferí no conjeturar nada sobre él. Cinco minutos después, la llegada de Heathcliff alivió un tanto la molesta situación en que me veía situado. -Como ve, he cumplido mi promesa -dije con acento fingidamente jovial- y temo que el mal tiempo me haga permanecer aquí media hora, si quiere usted albergarme durante ese rato... -¿Media hora? -repuso, mientras se sacudía los blancos copos que le cubrían la ropa-. ¡Me asombra que haya elegido usted el momento de una nevada para pasear! ¿No sabe que corre el peligro de perderse en los pantanos? Hasta quienes están familiarizados con ellos se extravían a veces. Y le aseguro que no es probable que el tiempo mejore. -Acaso uno de sus criados pudiera servirme de guía. Se quedaría en la «Grania» hasta mañana. ¿Puede proporcionarme uno? -No, no me es posible. -Pues entonces habré de confiar en mis propios medios... -¡Hum! -¿Qué? ¿Haces el té o no? -preguntó el joven del abrigo haraposo, separando su mirada de mí, para dirigirla a la mujer. -¿Le damos a ese señor? -preguntó ella a Heathcliff. -Vamos, termina, ¿no? Había hablado de una forma que delataba una naturaleza auténticamente perversa. No sentí desde aquel momento inclinación alguna a considerar a aquel hombre como un individuo extraordinario. Cuando el té estuvo preparado, Heathcliff dijo: -Acerque su silla, señor Lockwood. Todos nos sentamos a la mesa, incluso el burdo joven. Un silencio absoluto reinó mientras comíamos. Me pareció que, puesto que yo era el responsable de aquel nublado, debía ser también quien lo disipase. Aquella taciturnidad que mostraban no debía ser su modo habitual de comportarse. Por lo tanto, comenté: -Es curioso el considerar qué ideas tan equivocadas solemos formar a veces sobre el prójimo. Mucha gente no podría imaginar que fuese feliz una persona que llevara una vida tan apartada del mundo como la suya, señor Heathcliff. Y, sin embargo, usted es dichoso, rodeado de su familia, con su amable esposa, que, como un ángel tutelar, reina en su casa y en su corazón... -¿Mi amable esposa? -interrumpió con diabólica sonrisa-. ¿Y dónde está mi amable esposa, señor? -Hablo de la señora de Heathcliff --contesté, molesto. -¡Ah, ya! Quiere usted decir que su espíritu, después de desaparecido su cuerpo, se ha convertido en mi ángel de la guarda, y custodia «Cumbres Borrascosas». ¿No es eso? Me di cuenta de la necedad que había dicho y quise rectificarla. Debía haberme dado cuenta de la mucha edad que llevaba a la mujer, antes de suponer como cosa segura que fuera su esposa. Él contaba alrededor de cuarenta años, y en esa edad en que el vigor mental se mantiene incólume, no se supone nunca que las muchachas se casen con nosotros por amor. Semejante ilusión está reservada a la ancianidad. En cuanto a la joven, no representaba arriba de diecisiete años. De pronto, como un relámpago, surgió en mí esta idea: «El grosero personaje que se sienta a mi lado, bebiendo el té en un tazón y comiendo el pan con sus sucias manos, es tal vez su marido. Éstas son las consecuencias de vivir lejos del mundo: ella ha debido casarse con este patán creyendo que no hay otros que valgan más que él. Es lamentable. Y yo debo procurar que, por culpa mía, no vaya a arrepentirse de su elección.» Una ocurrencia tal podrá parecer vanidosa, pero era sincera. Mi vecino de mesa presentaba un aspecto casi repulsivo, mientras que me constaba por experiencia que yo era pasablemente agradable. -Esta joven es mi nuera -dijo Heathcliff, en confirmación de mis suposiciones. Y, al decirlo, la miro con expresión de odio. -Entonces, el feliz dueño de la hermosa hada, es usted -comenté, volviéndome hacia mi vecino. Con esto mis palabras acabaron de poner las cosas mal. El joven apretó los puños, con evidente intención de atacarme. Pero se contuvo, y desahogó su ira en una brutal maldición que me concernía, pero de la que tuve a bien no darme por aludido. -Anda usted muy desacertado -dijo Heathcliff-. Ninguno de los dos tenemos la suerte de ser dueños de la buena hada a quien usted se refiere. Su esposo ha muerto. Y, puesto que he dicho que era mi nuera, debe ser que estaba casada con mi hijo. -De modo que este joven, es... -Mi hijo, desde luego, no. Y Heathcliff sonrió, como si fuera un disparate atribuirle la paternidad de aquel oso. -Mi nombre es Hareton Earnshaw -gruñó el otro y le aconsejo que lo pronuncie con el máximo respeto. -Creo haberlo respetado -respondí, mientras me reía íntimamente de la dignidad con que había hecho su presentación aquel extraño sujeto. Él me miró durante tanto tiempo y con tal fijeza, que me hizo experimentar deseos de abofetearle o de echarme a reir en sus propias narices. Comenzaba a sentirme a disgusto en aquel agradable círculo familiar. Tan ingrato ambiente neutralizaba el confortable calor que físicamente me rodeaba, y resolví no volver en mi vida. Concluida la colación, y en vista de que nadie pronunciaba una palabra, me acerqué a la ventana para ver el tiempo que hacía. El espectáculo era muy desagradable: la noche caía prematuramente y torbellinos de viento y nieve barrían el paisaje. -Creo que sin alguien que me guíe, no voy a poder volver a casa -exclamé, incapaz de contenerme-. Los caminos deben estar borrados por la nieve, y aunque no lo estuvieran, es imposible ver a un pie de distancia. -Hareton -dijo Heathcliff-, lleva las ovejas a la entrada del granero, y pon un madero delante. Si pasan la noche en el corral, amanecerán cubiertas de nieve. -¿Cómo me arreglaré? continué, sintiendo que mi irritación aumentaba. Pero nadie contestó a esta pregunta. Paseé la mirada a mi alrededor y no vi más que a José, que traía comida para los perros, y a la señora Heathcliff que, inclinada sobre el fuego, se entretenía en quemar un paquete de fósforos que habían caído de la repisa de la chimenea al volver a poner el bote de té en su sitio. José, después de vaciar el recipiente en que traía la comida de los animales, gruñó: -Me maravilla que se quede usted ahí como un pasmarote cuando los demás se han ido... Pero con usted no valen palabras. Nunca se corregirá de sus malas costumbres, y acabará yéndose al infierno de cabeza, como su madre. Creí que aquel comentario iba dirigido a mí, y me adelanté hacia el viejo bribón con el firme propósito de darle de puntapiés y obligarle a que se callara. Pero la señora Heathcliff se me adelantó -¡Viejo hipócnta! ¿No temes que el diablo te lleve cuando pronuncias su nombre? Te advierto que se lo pediré al demonio como especial favor si no dejas de provocarme. ¡Y basta! Mira -agregó, sacando un libro de un estante-: Cada vez progreso más en la magia negra. Muy pronto seré maestra en la ciencia oculta. Y, para que te enteres, la vaca roja no murió por casualidad, y tu reumatismo no es una prueba de la bondad de la Providencia... -¡Cállese, perversa! -clamó el viejo-. ¡Dios nos libre de todo mal! -¡Estás condenado, réprobo! Sal de aquí si no quieres que te haga un mal de veras. Voy a modelar muñecos de barro o de cera que os reproduzcan a todos, y al primero que se extralimite .... ya verás lo que le haré... Se acordará de mí... Vete... ¡Que te estoy mirando! Y la linda bruja puso tal expresión de malignidad en sus ojos, que José salió precipitadamente, rezando y temblando, mientras murmuraba: -¡Malvada, malvada! Presumí que la joven había querido gastar al viejo una broma lúgubre y, en cuanto nos quedamos solos, quise interesarla en mi cuita. -Señora Heathcliff -dije con seriedad-: perdone que la moleste. Una mujer con una cara como la de usted tiene necesariamente que ser buena. Indíqueme alguna señal, algún jalón de límite de propiedades que me sirvan para conocer el camino de mi casa. Tengo tanta idea de por donde se va a ella como la que usted pueda tener de por donde se va a Londres. -Vuélvase por el mismo camino que vino -me contestó, sentándose en una silla, y poniendo ante sí el libro y una bujía-. El consejo es muy simple, pero no puedo darle otro mejor. -En ese caso, si mañana le dicen que me han hallado muerto en una ciénaga o en un hoyo lleno de nieve, ¿no le remorderá la conciencia? -¿Por qué había de remorderme? No puedo acompañarle. Ellos no me dejarían ni siquiera ir hasta la verja. -¡Oh! Yo no le pediría por nada del mundo que saliese, para conveniencia mía, en una noche como ésta. No le pido que me enseñe el camino, sino que me lo indique de palabra o que convenza al señor Heathcliff de que me proporcione un guía. -¿Un guía? En la casa no hay nadie más que él mismo, Hareton, Zillah, José y yo. ¿A quién elige usted? -¿No hay mozos en la granja? -No hay más gente que la que le digo. -Entonces me veré obligado a quedarme hasta mañana. -Eso es cosa de usted y de Heathcliff. Yo no tengo nada que ver con eso. -Confío en que esto le sirva de lección para hacerle desistir de dar paseos -gritó la voz de Heathcliff desde la cocina-. Yo no tengo alcobas para los visitantes. Si se queda, tendrá que dormir con Hareton o con José en la misma cama. -Puedo dormir en este cuarto en una silla -repuse. -¡Oh, no! Un forastero, rico o pobre, es siempre un forastero. No permitiré que nadie haga guardia en la plaza cuando yo no estoy de servicio -dijo el miserable. Mi paciencia llegó a su límite. Me precipité hacia el patio, lanzando un juramento, y al salir tropecé con Earnshaw. La oscuridad era tan profunda, que yo no atinaba con la salida, y mientras la buscaba, presencié una muestra del modo que tenían de tratarse entre sí los miembros de la familia. Parecía que el joven al principio se sentia inclinado a ayudarme, porque les dijo: -Le acompañaré hasta el parque. -Le acompañarás al diablo -exclamó su pariente, señor o lo que fuera-. ¿Quién va a cuidar entonces de los caballos? -La vida de un hombre vale más que el cuidado de los caballos... -dijo la señora Heathcliff con más amabilidad de la que yo esperaba-. Es necesariamente preciso que vaya alguien... -Pero no lo haré por orden tuya -se apresuró a responder Hareton-. Más valdrá que te calles. -Bueno, pues entonces, ¡así el espíritu de ese hombre te persiga hasta tu muerte, y así el señor Heathcliff no encuentre otro inquilino para su «Granja» hasta que ésta se caiga a pedazos! -dijo ella con malignidad. -¡Está echando maldiciones! -murmuró José, hacia quien yo me dirigía en aquel momento. El viejo estaba sentado y ordeñaba las vacas a la luz de una linterna. Se la quité y diciéndole que se la devolvería al día siguiente, me precipité hacia una de las puertas. -¡Señor, señor, me ha robado la linterna! -gritó el viejo corriendo detrás de mí-. ¡Gruñón, Lobo! ¡Duro con él! Cuando yo abría la puertecilla a la que me había dirigido, dos peludos monstruos se arrojaron a mi garganta, haciéndome caer. La luz se apagó. Mi humillación y mi ira llegaron al paroxismo. Afortunadamente, los animales se contentaban con arañar el suelo, abrir las fauces y mover las colas. Pero no me permitían levantarme, y hube de permanecer en el suelo hasta que a sus villanos dueños se les antojó. Cuando estuve de pie, conminé a aquellos miserables a que me dejasen salir, haciéndoles responsables de lo que sucediera si no me atendían, y lanzándoles apóstrofes que en su desordenada violencia evocaban los del rey Lear. En mi exaltación nerviosa, comencé a sangrar por la nariz. Heathcliff seguía riendo y yo gritando. No sé cómo hubiera terminado todo aquello, a no haber intervenido una persona más serena que yo y más bondadosa que Heathcliff. Zillah, la robusta ama de llaves, apareció para ver lo que sucedía. Y, suponiendo que alguien me había agredido, y no osando increpar a su amo, dirigió los tiros de su artillería verbal contra el mozo. -No comprendo, señor Earnshaw -exclamó-, qué resentimientos tiene usted contra ese semejante suyo. ¿Va usted a asesinar a las gentes en la propia puerta de su casa? ¡Nunca podré estar a gusto aquí! ¡Pobre muchacho! Está a punto de ahogarse. ¡Chist, chist! No puede usted irse en ese estado. Venga, que voy a curarle. Quieto, quieto... Mientras hablaba así, me vertió sobre la nuca un recipiente lleno de agua helada, y luego me hizo pasar a la cocina. El señor Heathcliff, vuelto a su habitual estado de mal humor después de su explosión de regocijo, nos seguía. El desmayo que yo sentía como secuela de todo lo sucedido me obligó a aceptar alojamiento entre aquellos muros. Heathcliff mandó a Zillah que me diese un vaso de aguardiente, y entró en una habitación interior. La criada, después de traerme la bebida, que me entonó mucho, me condujo a un dormitorio. CAPÍTULO III Cuando la sirvienta me precedía por las escaleras, me aconsejó que tapase la bujía y procurase no hacer ruido, porque su amo tenía ideas extrañas acerca del cuarto donde ella iba a instalarme, y no le agradaba que nadie durmiese en él. Le pregunté los motivos, pero me contestó que sólo llevaba en la casa dos años, y que había visto tantas cosas raras, que ya no le quedaban ganas de curiosidades. En lo que me concernía, la estupefacción no me dejaba lugar a la curiosidad. Cerré, pues, la puerta y busqué el lecho. Los muebles se reducían a una percha, una silla y una enorme caja de roble, con aberturas laterales a manera de ventanillas. Me aproximé a tan extraño mueble, y me cercioré de que se trataba de una especie de lecho antiguo, sin duda destinado a suplir la falta de una habitación separada para cada miembro de la familia. Formaba de por sí una pequeña habitación, y el alféizar de la ventana, contra cuya pared estaba arrimado el lecho, hacía las veces de mesilla. Hice correr una de las tablas laterales, entré llevando la luz, cerré y sentí la impresión de que me hallaba a cubierto de la vigilancia de Heathcliff o de otro cualquiera de los habitantes de la casa. Deposité la bujía en el alféizar de la ventana. Había allí, en un ángulo, varios libros polvorientos, y la pared estaba cubierta de escritos que habían sido trazados raspando la pintura. Aquellos escritos se reducían a un nombre: «Catalina Earnshaw», repetido una vez y otra en letras de toda clase de tamaños. Pero el apellido variaba a veces, y en vez de «Catalina Earnshaw», se leía en algunos sitios «Catalina Heathcliff » o «Catalina Linton». Sintiéndome muy cansado, apoyé la cabeza contra la ventana y empecé a murmurar: «Catalina Earnshaw, Heathcliff, Linton ... » Los ojos se me cerraron, y antes de cinco minutos creí ver alzarse en la oscuridad una multitud de letras blancas, como lívidos espectros. El aire parecía lleno de «Catalinas». Me incorporé, esperando alejar así aquel nombre que acudía a mi cerebro como un intruso, y entonces vi que el pabilo de la bujía había caído sobre uno de los viejos libros, cuya cubierta empezaba a chamuscarse saturando el ambiente de un fuerte olor a piel de becerro quemada. Me apresuré a apagarlo, y me senté. Sentía frío y un ligero mareo. Cogí el tomo chamuscado por la vela y lo hojeé. Era una vieja Biblia, que olía a apolillado, y sobre una de cuyas hojas, que estaba suelta, leí: «Este libro es de Catalina Earnshaw» y una fecha de veinticinco años atrás. Cerré el volumen, y cogí otro y luego varios más. La biblioteca de Catalina era escogida, y lo estropeados que estaban los tomos demostraba que habían sido muy usados, aunque no siempre para los fines propios de un libro. Los márgenes blancos de cada hoja estaban cubiertos de comentarios manuscritos, algunos de los cuales constituían sentencias aisladas. Otros eran, al parecer, retazos de un diario mal pergeñado por la torpe mano de un niño. Encabezando una página sin imprimir, descubrí, no sin regocijo, una magnífica caricatura de José, diseñada burdamente, pero con enérgicos trazos. Sentí un vivo interés hacia aquella desconocida Catalina, y traté de descifrar los jeroglíficos de su letra. «¡Qué domingo tan malo! -decía uno de los párrafos--. ¡Cuánto daría porque papá estuviera aquí ... ! Hindley le sustituye muy mal y se porta atrozmente con Heathcliff. H. y yo vamos a tener que rebelarnos: esta tarde comenzamos a hacerlo... »En todo el día no dejó de llover. No pudimos ir a la iglesia, y José nos reunió en el desván. Mientras Hindley y su mujer permanecian abajo sentados junto a la lumbre -estoy segura de que, aunque hiciesen algo más, no por ello dejarían de leer sus Biblias- a Heathcliff, a mí y al desdichado mozo de mulas nos ordenaron que cogiesemos los devocionarios y subiésemos. Nos hicieron sentar en un saco de trigo, y José inició su sermón, que yo esperaba que abreviase a causa del frío que se sentía allí. Pero mi esperanza resultó fallida. El sermón duró tres horas justas, y, sin embargo, mi hermano, al vernos bajar, aún tuvo la desfachatez de decir: “¿Cómo habéis terminado tan pronto?” Durante las tardes de los domingos nos dejan jugar pero cualquier pequeñez, una simple risa, es motivo para que nos pongan castigados en un rincon oscuro. » “Os olvidáis de que aquí hay un jefe -suele decir el tirano-. Al que me saque de mis casillas, le aplasto. Quiero seriedad y silencio absoluto. ¡Chico! ¿Has sido tú? Querida Francisca: tírale de los pelos; le he oído castañetear los dedos”. Francisca le tiró del pelo con todas sus fuerzas. Luego se sentó en las rodillas de su esposo, y los dos empezaron a hacer niñerías, besándose y diciéndose estupideces. Entonces nosotros nos acomodamos, como Dios nos dio a entender, en el hueco que forma el aparador. Colgué nuestros delantales ante nosotros como si fueran una cortina, pero apenas lo había hecho, cuando llegó José, deshizo mi obra, y pegándome una bofetada, sermoneó: » “El amo recién enterrado, domingo como es, y las palabras del Evangelio resonando todavía en vuestros oídos, ¡y ya os ponéis a jugar! ¿No os da vergüenza? Sentaos, niños malos, y leed libros piadosos, que os ayuden a pensar en la salvación de vuestras almas.” »Mientras nos hablaba, nos tiró sobre las rodillas unos viejos libros y nos obligó a sentarnos de manera que un rayo de la claridad del hogar nos alumbrase en nuestra lectura. Yo no pude soportar tal ocupación que querían darnos. Cogí el libro y lo arrojé donde estaban los perros, diciendo que tenía odio a los libros piadosos. Heathcliff hizo lo mismo con el suyo, y entonces empezó el jaleo. » “¡Señor Hindley, mire! -gritó José-. La señorita Catalina ha roto las tapas de La armadura de salvación y Heathcliff ha golpeado con el pie la primera parte de El camino de perdición. No es posible dejarles seguir siendo así. ¡Oh! El difunto señor les hubiera dado lo que se merecen. ¡Pero cómo nos falta!” »Hindley se lanzó sobre nosotros, nos cogió a uno por el cuello y a otro por el brazo, y nos echó a la cocina. Allí José nos aseguró que el diablo vendría a buscarnos con toda certeza y nos obligó a sentarnos en distintos lugares, donde hubimos de permanecer, separados, esperando el advenimiento del prometido personaje. Yo cogí este libro y un tintero que había en un estante, y abrí un poco la puerta para tener luz y poder escribir, pero mi compañero, al cabo de veinte minutos, sintió tanta impaciencia, que me propuso apoderarnos del mantón de la criada y, tapándonos con él, ir a dar una vuelta por los pantanos. ¡Qué buena idea! Así, si viene ese malvado viejo, creerá que su amenaza del diablo se ha realizado, y entretanto nosotros estaremos fuera, y creo que no peor que aquí, a pesar del viento y de la lluvia.» El plan de Catalina debió realizarse, porque el siguiente comentario variaba de tema, y adquiría tono de lamentación. «¡Qué poco podía yo suponer que Hindley me hiciera llorar tanto! Me duele la cabeza hasta el punto de que no puedo ni ponerla sobre la almohada. ¡Pobre Heathcliff! Hindley le llama vagabundo, y ya no le deja comer con nosotros ni siquiera sentarse a nuestro lado. Dice que no volveremos a jugar juntos, y le amenaza con echarle de casa si le desobedece. Hasta ha censurado a papá por haber tratado a Heathcliff demasiado bien, y jura que volverá a ponerle en el lugar que le corresponde.» Yo me sentía ya medio dormido, y mis ojos iban del manuscrito de Catalina al texto impreso. Percibí un título grabado en rojo con florituras, que decía: «Setenta veces siete y el primero de los Setenta y uno. Sermón predicado por el reverendo padre Jabes Branderham en la iglesia de Gimmerden Sough.» Y me dormí meditando maquínalmente en lo que diría el reverendo pastor sobre el tema. Pero la mala calidad del té y la destemplanza que tenía me hicieron pasar una noche horrible. Soñé que era ya por la mañana y que regresaba a mi casa guiado por José. El camino estaba cubierto de nieve, y cada vez que yo daba un tropezón, mi acompañante me amonestaba por no haber tomado un báculo de peregrino, afirmándome que sin tal adminículo nunca conseguirla regresar a mi casa, y enseñándome a la vez jactanciosamente un grueso garrote que él consideraba, al parecer, como báculo. Al principio, me parecía absurdo suponer que me fuera necesaria para entrar en casa semejante cosa. De improviso una idea me iluminó el cerebro. No íbamos a casa, sino que nos dirigíamos a escuchar el sermón del padre Branderham sobre los «Setenta veces siete», en cuyo curso no sé si José, el predicador o yo, debíamos ser sacados a pública vergüenza y privados de la comunión de los fieles. Llegamos a la iglesia, ante la que yo, en realidad, he pasado dos o tres veces. Está situada en una hondonada entre dos colinas, junto a un pantano, cuyo fango, según voz popular, tiene la propiedad de momificar los cadáveres. El tejado de la iglesia se ha conservado intacto hasta ahora, mas hay pocos clérigos que quieran encargarse de aquel curato, ya que el sueldo es sólo de veinte libras anuales, y la rectoral consiste únicamente en dos habitaciones, sin vislumbre alguno, por ende, de que los fieles contribuyan a las necesidades de su pastor con la adición de un solo penique. Mas en mi sueño una abundante concurrencia escuchaba a Jabes, quien predicaba un sermón dividido en cuatrocientas noventa partes, dedicada cada una a un pecado distinto. Lo que no puedo decir es de dónde había sacado tantos pecados el reverendo. Eran, por supuesto, de los géneros más extravagantes, y tales como yo no hubiera podido figurármelos jamás. ¡Oh, qué pesadilla! Yo me caía de sueño, bostezaba, daba cabezadas, y volvía a despejarme. Me pellizcaba, me frotaba los párpados, me levantaba y me volvía a sentar, y a veces tocaba a José para preguntarle cuándo iba a acabar aquel sermón. Pero tuve que escucharlo hasta el fin. Cuando llegó al «primero de los setenta y uno», acudió a mi cerebro una súbita idea: levantarme y acusar a Jabes Branderham como el cometedor del pecado imperdonable. «Padre -exclamé-: sentado entre estas cuatro paredes he aguantado y perdonado las cuatrocientas novena divisiones de su sermón. Setenta veces siete cogí el sombrero para marcharme, y setenta veces siete me ha obligado usted a volverme a sentar. Una vez más es excesiva. Hermanos de martirio: ¡duro con él! Arrastradle y despedazadle en partículas tan pequeñas, que no vuelvan a encontrarse ni indicios de su existencia!» «Tú eres el réprobo -gritó Jabes, después de un silencio solemne-: Setenta veces siete te he visto hacer gestos y bostezar. Setenta veces siete consulté mi conciencia y encontré que todo ello merecía perdón. Pero el primer pecado de los setenta y uno ha sido cometido ahora, y esto es imperdonable. Hermanos: ejecutad en él lo que está escrito. ¡Honor a todos los santos!» Emitida esta orden, los concurrentes enarbolaron sus báculas de peregrino y se arrojaron sobre mí. Al verme desarmado, entablé una lucha con José, que fue el primero en acometerme, para quitarle su garrote. Se cruzaron muchos palos, y algunos golpes destinados a mí cayeron sobre otras cabezas. Todos se apaleaban unos a otros y el templo retumbaba al son de los golpes. Branderham asestaba fuertes puñetazos en el borde del púlpito, y tan vehementes fueron, que acabaron por despertarme. Comprobé que lo que me había sugerido tal tumulto era la rama de un abeto que batía contra los cristales de la ventana cada vez que la agitaba el viento. Volví a dormirme, y soñé cosas todavía más odiosas. Recordé que descansaba en una caja de madera y que el viento y las ramas de un árbol golpeaban la ventana. Tanto me molestaba el ruido, que, en sueños, me levanté y traté de abrir el postigo. No lo conseguí, porque la falleba estaba soldada, y entonces rompí el cristal de un puñetazo y saqué la mano para separar la molesta rama. Mas, en lugar de ella, sentí el contacto de una manecíta helada. Me poseyó un intenso terror, y quise retirar el brazo, pero la manecita me aferraba mientras una voz insistía: -¡Déjame entrar, déjame entrar! -¿Quién eres? -pregunté pugnando por soltarme. -Catalina Linton -contestó, temblorosa-. Me había perdido en los pantanos y vuelvo ahora a casa. Sin saber por qué, me acordaba del apellido Linton, a pesar de que había leído veinte veces más el apellido Earnshaw. Miré, y divisé el rostro de una niña a través de la ventana. El horror me hizo obrar cruelmente, y al no lograr desasirme de la niña, apreté los puños contra el corte del cristal hasta que la sangre brotó y empapó las sábanas. Pero ella seguía gimiendo: «¡Déjame entrar!», y me oprimía la mano. Mi espanto llegaba al colmo. -¿Cómo voy a dejarte entrar -dije, por fin- si no me sueltas la mano? El fantasma aflojó su presión. Metí precipitadamente la mano por el hueco del vidrio roto, amontoné contra él una pila de libros, y me tapé los oídos para no escuchar la dolorosa súplica. Pasé así unos quince minutos, pero en cuanto volvía a atender, percibía idéntica súplica. -¡Vete! -exclamé-. ¡No te abriré aunque me lo estés pidiendo veinte años seguidos! -Veinte años han pasado -murmuró-. Veinte años han pasado desde que me perdí. Y empujó levemente desde fuera. El montón de libros vacilaba. Intenté moverme, pero mis músculos estaban como paralizados, y, en el colmo del horror, lancé un grito. Aquel grito no había sido soñado. Con gran turbación, sentí que unos pasos se acercaban a la puerta de la alcoba. Alguien la abrió, y por las aberturas del lecho percibí luz. Me senté en la cama, sudoroso, estremecido aún de miedo. El que había entrado murmuró algunas palabras como si hablase solo, y luego dijo en el tono de quien no espera recibir contestación: -¿Hay alguien ahí ? Reconocí la voz de Heathcliff, y comprendiendo que era necesario revelarle mi presencia, ya que, si no, buscaría y acabaría encontrándome, descorrí las tablas del lecho. Tardaré mucho en poder olvidar el efecto que mi acción produjo en él. Heathcliff se paró en la puerta. Llevaba la ropa de dormir, sostenía una vela en la mano y su cara estaba blanca como la pared. El ruido de las tablas al descorrerse le causó el efecto de una corriente eléctrica. La vela se deslizó de entre sus dedos, y su excitación era tal, que le costó mucho trabajo recogerla. -Soy Lockwood -dije, para evitar que continuase demostrándome su miedo-. He gritado sin darme cuenta mientras soñaba. Lamento haberle molestado. -¡Dios le confunda, señor Lockwood! ¡Váyase al... ---empezó él-. ¿Quién le ha traído a esta habitación? -continuó, hundiendo las uñas en las palmas de las manos y rechinando los dientes en su esfuerzo para dominar la excitación que le poseía-. ¿Quién le trajo aquí? Dígamelo para echarle de casa inmediatamente. -Su criada Zillah -contesté abandonando la cama y recogiendo mis ropas-. Haga con ella lo que le parezca, porque lo tiene merecido. Se me figura que quiso probar a expensas mías si este sitio en efecto está embrujado. Y le aseguro que, en realidad, está bien poblado de trasgos y duendes. Hace usted bien en tenerlo cerrado. Nadie le agradecerá a usted el dormir en esta habitación. -¿Qué quiere usted decir y qué está usted haciendo? -replicó Heathcliff-. Acuéstese y pase la noche; pero, en nombre de Dios, no repita el escándalo de antes. No tiene justificación posible, a no ser que le estuvieran desollando vivo. -Si aquella endemoniada brujita llega a entrar, a buen seguro que me hubiese estrangulado -le respondí-. No me siento con ganas de soportar más persecuciones de sus hospitalarios antepasados. El reverendo Jabes Branderham, ¿no sería tal vez pariente suyo por parte de madre? Y en cuanto a la Catalina Earnshaw, o Linton, o como se llamara, ¡buena pieza debía estar hecha! Según me dijo, ha andado errando durante veinte años, lo que sin duda es justo castigo de sus maldades... En aquel momento recordé que el apellido de Heathcliff estaba unido en el libro al de Catalina, lo que había olvidado hasta entonces. Me avergoncé de mi descortesía, pero, como si no me diese cuenta de haberla cometido, continué: -El caso es que a primera hora de la noche estuve... -iba a decir «hojeando esos librotes», pero me corregi, y continué-: repitiendo el nombre que hay escrito en esa ventana, para ver si me dormía. ¿Cómo se atreve a hablarme de este modo estando en mi casa? -barbotó Heathcliff-. ¿Se habrá vuelto loco cuando me habla así? Se golpeaba la frente con violencia. Yo no sabía si ofenderme o seguir explicándome, pero me pareció tan conmovido, que sentí compasión de él, y proseguí contándole mi sueño, y le aseguré que jamás había oído pronunciar hasta entonces el nombre de Catalina Linton, pero, que, a fuerza de verlo escrito allí, llegó a corporeizarse al dormirme. Entretanto que me explicaba así, Heathcliff, poco a poco, había ido retirándose de mi lado, hasta que acabó escondiéndose detrás del lecho. A juzgar por lo sofocado de su respiración, luchaba para reprimir sus emociones. Fingí no darme cuenta, continué vistiéndome, y dije: -No son todavía las tres. Yo creía que serían las seis lo menos. El tiempo aquí se hace interminable. Verdad es que sólo debían ser las ocho cuando nos acostamos. -En invierno nos retiramos siempre a las nueve y nos levantamos a las cuatro -replico mi casero, reprimiendo un gemido y limpiándose una lágrima, según conjeturé por un ademán de su brazo-. Acuéstese -añadió-, ya que si baja tan temprano no hará más que estorbar. Por mi parte, sus gritos han enviado al diablo mi sueño. -A mí me pasa lo mismo -contesté-. Bajaré al patio y estaré paseando por él hasta que amanezca, y después me iré. No tema una nueva intrusión de mi parte. La muestra de hoy me ha quitado las ganas de buscar amigos, ni en el campo ni en la ciudad. Un hombre sensato debe tener bastante compañía consigo mismo. -¡Magnífica compañía! -murmuró Heathcliff-. Coja la vela y váyase adonde quiera. Me reuniré con usted enseguida. No salga al patio, porque los perros están sueltos. Ni al salón porque Juno está allí de vigilancia. De modo que tiene que limitarse a andar por los pasillos y las escaleras. No obstante, váyase. Yo me reuniré con usted dentro de dos minutos. Obedecí, y me alejé de la habitación todo lo que pude, pero como no sabía adonde iban a parar los estrechos pasillos, me detuve, y entonces asistí a unas demostraciones supersticiosas que me extrañaron, tratándose de un hombre tan práctico al parecer como aquel personaje. Había entrado en el lecho, y de un tirón abrió la ventana, mientras rompía a llorar. -¡Oh, Catalina! -decía-, ¡ven! Te lo imploro una vez más. ¡Oh, amada de mi corazón, ven, ven al fin! Pero el fantasma, con uno de los caprichos comunes a todos los espectros, no se dignó aparecer. En cambio, el viento y la nieve entraron por la ventana y extinguieron la luz. Tan dolorosa congoja se traslucía en la crisis sufrida por aquel hombre, que me retiré, reprochándome el haberle escuchado, y el haberle relatado mi pesadilla, que le había afectado de tal manera, por razones a que no alcanzaba mi comprensión. Descendí al piso bajo y arribé a la cocina donde encendí la bujía en el rescoldo de la lumbre. No se veía allí ser viviente, excepto un gato que salió de entre las cenizas y me saludó con un quejumbroso maullido. Dos bancos semicirculares estaban arrimados al fogón. Me tendí en uno de ellos y el gato se instaló en el otro. Ya empezábamos ambos a dormirnos cuando un instruso invadió nuestro retiro. Era José, que bajaba por una escalera de madera que debía conducir a su desván. Lanzó una tétrica mirada a la llama, que yo había encendido, expulsó al gato de su lugar, se apoderó de él y se dedico a cargar de tabaco una pipa que medía tres pulgadas de longitud. Debía considerar mi presencia en su santuario como una desvergüenza tal que no merecía ni comentarios siquiera. En absoluto mutismo, se acercó la pipa a la boca, se cruzó de brazos y empezó a fumar. Yo no interrumpí su placer, y él, después de aspirar la última bocanada, se levanto, suspiro, y se fue tan gravemente como había llegado. Sonaron cerca de mí otras pisadas más elásticas, y apenas yo abría la boca para saludar, la cerré de nuevo, al oír que Hareton Earnshaw se dedicaba a recitar en voz contenida una salmodia compuesta de tantas maldiciones como objetos iba tocando, mientras se afanaba en un rincón en busca de una azada para quitar la nieve. Me miró, dilató las aletas de la nariz, y tanto se le ocurrió saludarme a mí, como al gato que me hacía compañía. Comprendiendo por sus preparativos que estaba disponiéndose a salir, abandoné mi duro lecho y me apresté a seguirle. Él lo notó y con el mango de la azada me señaló una puerta que comunicaba con el salón. Las mujeres estaban en él ya. Zillah atizaba el fuego con un fuelle colosal, y la señora Heathcliff, arrodillada ante la lumbre, leía un libro al resplandor de las llamas. Tenía puesta la mano entre el fuego y sus ojos, y permanecía embebida en la lectura, que sólo interrumpía de vez en cuando para reprender a la cocinera si hacía salir chispas sobre ella, o para separar a alguno de los perros que a veces la rozaba con el hocico. Me sorprendió ver también allí a Heathcliff, en pie junto al fuego y, al parecer, concluyendo entonces de soltar una rociada sobre la pobre Zillah, la cual, de cuando en cuando, suspendía su tarea y suspiraba. -En cuanto a ti, miserable... -y Heathcliff pronunció una palabra intranscribible dirigiéndose a su nuera- ya veo que continúas con tus odiosas mañas de siempre. Los demás trabajan para ganarse el pan que comen, y únicamente tú vives de mi caridad. ¡Fuera ese mamotreto, y haz algo útil! ¡Debías pagarme. por la desgracia de estar viéndote siempre ... ! ¿Me oyes, maldita bruta? -Dejaré mi mamotreto, porque me lo podría usted quitar, si no -respondió la joven cerrando el libro y tirándolo sobre una silla-. Pero aunque se le encienda a usted la boca injuriándome no haré nada, no siendo lo que me parezca bien. Heathcliff alzó la mano, pero su interlocutora, probando que tenía costumbre de aquellas escenas, se puso de un salto fuera de su alcance. Contrariado por tal episodio, me aproximé a la lumbre fingiendo no haber reparado en la disputa, y ellos tuvieron el decoro de disimular. Heathcliff, para no caer en la tentación de golpear a su nuera, se metió las manos en los bolsillos. La mujer se retiró a un rincón, y mientras estuve allí permaneció callada como una estatua. Pero yo no me quedé mucho tiempo. Renuncié a la invitación que me hicieron de que les acompañase a desayunar, y en cuanto apuntó la primera claridad de, la aurora, salí al aire libre, que estaba frío y despejado como el hielo. Heathcliff me llamó mientras yo cruzaba el jardín, y se brindó para acompañarme a través de los pantanos. Hizo bien, ya que la colina estaba convertida en un ondulante mar de nieve, que ocultaba todas las desigualdades del terreno. La impresion que yo guardaba de la contextura del suelo no respondía en nada a lo que ahora veíamos, porque los hoyos estaban llenos de nieve, y los montones de piedras -reliquias del trabajo de las canteras- que bordeaban el camino habían desaparecido bajo la bóveda. Yo había distinguido el día anterior una sucesión de piedras erguidas a lo largo del camino y blanqueadas con cal, para que sirviesen de referencia en la oscuridad, y también cuando las nevadas podían hacer confundir la tierra segura del camino con las movedizas charcas de sus márgenes. Pero a la sazón ni siquiera se percibían aquellos jalones. Mi acompañante tuvo que advertirme varias veces para impedir que yo saliese del camino sin notarlo. Hablamos muy poco. A la entrada del parque de la «Granja», Heathcliff se detuvo, me dijo que suponía que ya no me extraviaría, y con una simple inclinación de cabeza nos despedimos. En la portería no había nadie, y recorrer las dos millas que me quedaba por andar hasta la granja me costó dos horas, dadas las muchas veces que erré el camino, extraviándome en la arboleda, y hundiéndome en nieve hasta la cintura. Era mediodia cuando llegué a mi casa. El ama de llaves y sus satélites acudieron con alborozo a recibirme, y me aseguraron que me daban por muerto y que pensaban en ir a buscar mi cadáver entre la nieve. Les aconseje que se calmaran, puesto que al fin había regresado. Subí dificultosamente la escalera y entré en mi habitación. Estaba entumecido hasta los huesos. Me cambié de ropas y paseé por la estancia treinta o cuarenta minutos para entrar en calor, y luego me instalé en el despacho, tal vez apartado en exceso del buen fuego y el confortante café que el ama de llaves me preparo. CAPÍTULO IV El ser humano es tornadizo como una veleta. Yo, que había resuelto mantenerme al margen de toda sociedad humana y que agradecía a mi buena estrella el haber venido a parar a un sitio donde mis propósitos podían realizarse plenamente; yo, desdichado de mí, me vi obligado a arriar bandera después de aburrirme mortalmente durante toda la tarde, y, pretextando interés por conocer detalles relativos a mi alojamiento, pedí a la señora Dean, cuando me trajo la cena, que se sentase un momento con el propósito de entablar con ella una plática que me animase o me acabara de aburrir. -Usted vive aquí hace mucho tiempo -empecé-. Me dijo que dieciséis años, ¿no? -Dieciocho, señor. Vine al servicio de la señora, cuando se casó. Al faltar la señora, el señor me dejó de ama de llaves. -¡Ah! Hubo una pausa. Pensé que le gustaban los comadreos. Pero, al cabo de algunos instantes, exclamó poniendo las manos sobre las rodillas, mientras una expresión meditativa se pintaba en su rostro: -Los tiempos han cambiado mucho desde entonces. -Claro -dije-. Habrá asistido usted a muchas modificaciones... -Y a muchas tristezas. «Procuraremos que la conversación recaiga sobre la familia de mi casero -pensé-. ¡Debe ser un tema entretenido! Me gustaría saber la historia de aquella bonita viuda, averiguar si es del país o no, lo cual me parece lo más probable, ya que aquel grosero indígena no la reconoce como de su raza.» Y con esta intención, pregunté a la señora Dean si conocía los motivos por los cuales Heathcliff alquilaba la «Granja de los Tordos», reservándose una residencia mucho peor. -¿Acaso no es bastante rico? -Interrogué. -¡Rico! Nadie sabe cuánto capital posee, y, además, lo aumenta de año en año. Es lo bastante rico para vivir en una casa aún mejor que ésta, pero es... muy ahorrativo... En cuanto ha oído hablar de un buen inquilino para la «Granja», no ha querido desaprovechar la ocasión de hacerse con unos cuantos de cientos de libras más. No comprendo que se sea tan codicioso cuando se está solo en la vida. -¿No tuvo un hijo? -Sí, pero murió. -Y la señora Heathcliff, aquella muchacha, ¿es la viuda? -Sí. -¿De dónde es? -¡Es la hija de mi difunto amo ... ! De soltera se llamaba Catalina Linton. Yo la crié. Me hubiera gustado que el señor Heathcliff viniera a vivir aquí, para estar juntas otra vez. -¿Catalina Linton? -exclamé asombrado. Luego, al reflexionar, comprendí que no podía ser la Catalina Linton de la habitación en que dormí-. ¿Así que el antiguo habitante de esta casa se llamaba Linton? -Sí, señor. -¿Y quién es ese Hareton Eamshaw que vive con Heathcliff? ¿Son parientes? -Hareton es sobrino de la difunta Catalina Linton. -¿Primo de la joven, entonces. -Sí. El marido de ella era tambien primo suyo. Uno por parte de madre, otro por parte de padre. Heathcliff estuvo casado con la hermana del señor Linton. -En la puerta principal de «Cumbres Borrascosas» he visto una inscripcion que dice: «Earnshaw, 15OO». Así que supongo que se trata de una familia antigua... -Muy antigua, señor. Hareton es su último descendiente, y Catalina la última de nosotros... quiero decir, de los Linton... ¿Ha estado usted en «Cumbres Borrascosas»? Perdone la curiosidad, pero quisiera saber cómo ha encontrado a la señora. -La señora Heathcliff me pareció muy bonita, pero creo sinceramente que no vive muy contenta. -¡Oh, Dios mío, no es de extrañar! Y ¿que opina usted del amo? -Me parece un tipo bastante áspero, señora Dean. -Es áspero como el filo de una sierra, y duro como el pedernal. -Debe haber tenido una vida muy accidentada para haberse vuelto de ese modo... ¿Sabe usted su historia? -La conozco toda, excepto quienes fueran sus padres y dónde ganó su primer dinero. A Hareton le han dejado sin nada... El pobre chico es el único de la parroquia que ignora la estafa que ha sufrido. -Vaya, señora Dean, pues haría usted una buena obra si me contara algo sobre esos vecinos. Si me acuesto, no podré dormir. Así siéntese usted y charlaremos una hora... -¡Oh, sí, señorl Precisamente tengo unas cosas que coser. Me sentaré todo el tiempo que usted quiera. Pero está usted tiritando de frío y es necesario que le prepare algo para reaccionar. Y la buena señora salió apresuradamente. Me acomodé al lado de la lumbre. Tenía la cabeza ardiendo y el resto del cuerpo helado. Estaba excitado y sentía los nervios tensísimos. No dejaba de inquietarme el pensar en las consecuencias que pudieran tener para mi salud los incidentes de aquella visita a «Cumbres Borrascosas». El ama de llaves volvió enseguida, trayendo un tazón humeante y un costurero. Colocó la vasija en la repisa de la chimenea y se sentó, con aire de satisfacción, motivada sin duda por hallar un señor tan partidario de la confianza. Antes de instalarme aquí -comenzó, sin esperar que yo volviese a invitarla a contarme la historia-, residí casi siempre en «Cumbres Borrascosas». Mi madre había criado a Hindley Earnshaw, el padre de Hareton, y yo solía jugar con los niños. Andaba por toda la finca, ayudaba a las faenas y hacía los recados que me ordenaban. Una hermosa mañana de verano -recuerdo que era a punto de comenzar la siega- el señor Earnshaw, el amo antiguo, bajó la escalera con su ropa de viaje, dio instrucciones a José sobre las tareas del día, y dirigiéndose a Hindley, a Catalina y a mí, que desayunábamos juntos, preguntó a su hijo: -¿Qué quieres que te traiga de Liverpool, pequeño? Elige lo que quieras, con tal de que no abulte mucho, porque tengo que ir y volver a pie, y son sesenta millas de caminata... Hindley le pidió un violín, y Catalina, que aunque no tenía todavía seis años ya sabía montar todos los caballos de la cuadra, le pidió un látigo. A mí, el señor me prometió traerme peras y manzanas. Era bueno, aunque algo severo. Luego besó a los niños, y se fue. En los tres días de su ausencia, la pequeña Catalina no hacía más que preguntar por su padre. La noche del tercer día, la señora esperaba que su marido llegase a tiempo para la cena, y fue aplazándola horas y horas. Los niños acabaron cansándose de ir a la verja para ver si su padre venía. Oscureció, la señora quería acostar a los pequeños y ellos le rogaban que les dejara esperar. A las once, el señor aparecio por fin. Se dejo caer en una silla, diciendo entre risas y quejas, que no volvería a hacer una caminata así por todo cuanto había en los tres reinos de la Gran Bretaña. -Creí que reventaba -añadió, abriendo su gabán-. Mira lo que traigo aquí, mujer. No he llevado en mi vida peso más grande: acógelo como un don que nos envia Dios, aunque, por lo negro que es, parece más bien un enviado del demonio. Le rodeamos, y por encima de la cabeza de Catalina pude distinguir un sucio y andrajoso niño de cabellos negros. Aunque era lo bastante crecido para andar y hablar, ya que parecía mayor que Catalina, cuando le pusimos en pie en medio de todos, permaneció inmóvil mirándonos con turbación y hablando en una jerga ininteligible. Nos dio miedo, y la señora quería echarle de casa. Luego preguntó al amo que cómo se le había ocurrido traer a aquel gitanito, cuando ellos ya tenían hijos propios que cuidar. ¿Qué significaba aquello? ¿Se había vuelto loco? El señor intentó explicar lo sucedido, pero como estaba tan fatigado y ella no dejaba de reprenderle, yo no saqué en limpio sino que el amo había encontrado al chiquillo hambriento y sin hogar ni familia en las calles de Liverpool, y había resuelto recogerlo y traerlo consigo. La señora acabó calmándose y el señor Earnshaw me mandó lavarle, ponerle ropa limpia y acostarle en el cuarto de sus niños. Hindley y Catalina estuvieron escuchando hasta que la tranquilidad se restableció. Y entonces empezaron a buscar en los bolsillos de su padre los prometidos regalos. Hindley era ya un rapaz de catorce años, pero cuando encontró en uno de los bolsillos los restos de lo que había sido un violín, rompió a llorar, y Catalina, al oír que su padre había perdido el látigo que le traía por atender al intruso, demostró su contrariedad escupiendo al chiquillo y haciéndole burla. La ocurrencia le valió un bofetón de su padre. Los hermanos se negaron en absoluto a admitirle en sus lechos, y a mí no se me ocurrió cosa mejor que dejarle en el rellano de la escalera, esperando que se marchase al llegar la mañana. Bien porque oyese sonar la voz del señor, o por lo que fuera, el chico se dirigió a la habitación del amo, y éste, al averiguar cómo había llegado allí, y saber dónde yo le había dejado, castigó mi inhumanidad echándome a la calle. Así se introdujo Heathcliff en la familia. Yo volví a la casa días después, ya que mi expulsión no llegó a ser definitiva, y encontré que habían dado al intruso el nombre de Heathcliff, que era el de un niño de los amos que había muerto muy pequeño. Desde entonces, ese «Heathcliff» le sirvió de nombre y de apellido. Catalina y él hicieron muy buenas migas, pero Hindley le odiaba y yo también. Ambos le maltratábamos mucho, y la señora no intervino nunca para protegerle. Él se comportaba como un niño torvo y paciente. Quizá estuviera acostumbrado a sufrir malos tratos. Aguantaba sin parpadear los golpes de Hindley y no vertía ni una lágrima. Si yo le pellizcaba, no hacia mas que suspirar profundamente, como si se hubiese hecho daño él solo, por casualidad. Cuando descubrió el señor Earnshaw que su hijo maltrataba al pobre huérfano, como él le llamaba, se enfureció. Profesaba a Heathcliff un sorprendente afecto (más incluso que a Catalina, que era muy traviesa), y creía cuanto él le decía, aunque, desde luego, en lo referente a las persecuciones de que era objeto, no llegaba a contar todas las que sufría. De manera que, desde el principio, Heathcliff sembró en la casa semillas de discordia. Cuando dos años más tarde murió la señora, Hindley consideraba a su padre como un tirano y a Heathcliff como a un intruso que le había robado el afecto paternal y sus derechos de hijo. Yo compartía sus opiniones, pero cuando los niños enfermaron del sarampión, modifiqué mis sentimientos. Tuve que cuidar a todos los chiquillos, y Heathcliff, mientras estuvo grave, quería tenerme siempre a su lado. Debía pensar que yo era muy buena para él, sin comprender que no hacía más que cumplir con mi obligación. Hay que reconocer que era el niño más pacífico que haya atendido jamás una enfermera. Mientras Catalina y su hermano me importunaban continuamente, él era manso como un cordero, quizá ello se debía más a la costumbre de sufrir que a buenos instintos. Cuando se curó y el médico aseguró que ello en parte era consecuencia de mis cuidados, me sentí agradecida hacia quien me había hecho merecer tales alabanzas. Así perdió Hindley la aliada que tenía en mí. Sin embargo, mi afecto por Heathcliff no era ciego, y frecuentemente me preguntaba para mis adentros qué sería lo que el amo podría ver en aquel niño que, a lo que recuerdo, nunca recompensó a su protector con expresión alguna de gratitud. No es que obrase mal con el amo, sino que demostraba indiferencia, aunque bien sabía que bastaba una frase suya para que toda la casa hubiera de plegarse a sus deseos. Recuerdo, por ejemplo, una ocasión en que el señor Earnshaw compró dos potros en la feria del pueblo y regaló uno a cada muchacho. Heathcliff eligió el más hermoso, pero habiendo notado al poco tiempo que cojeaba, dijo a Hindley: -Tienes que cambiar de caballo conmigo, porque el mío no me agrada. Si no lo quieres hacer, le contaré a tu padre que me has dado esta semana tres palizas y le enseñaré mi brazo, que está amoratado hasta junto al hombro. Hindley se burló de él y le dio de bofetadas. -Lo mejor es que hagas enseguida lo que te digo -continuó Heathcliff, saliendo al portal desde la cuadra, donde estaban-. ¡Ya sabes que si hablo a tu padre, recibirás estos golpes y muchos más! -¡Largo de aquí, perro! -gritó Hindley amenazándole con una pesa de hierro que se empleaba para pesar patatas. -Atrévete a tirármela -le desafió Heathcliff deteniendose -. Ya diré que te has vanagloriado de que me echarías a la calle en cuanto tu padre se muera, y veremos si entonces no eres tú el que sales de esta casa hoy mismo. Hindley le tiró la pesa, que alcanzó a Heathcliff en el pecho. Cayó al suelo, pero se levantó enseguida, pálido y tambaleándose. A no habérselo yo impedido, hubiera ido enseguida a presentarse al amo, para acusar a Hindley. -Coge mi caballo, gitano -rugió entonces el joven Earnshaw-, y ¡ojalá te mates con él! ¡Tómalo y maldito seas, miserable intruso! Anda y arranca a mi padre cuanto tiene, y demuéstrale quién eres después de que lo hagas, engendro de Satanás. ¡Tómalo, y así te rompa la cabeza a patadas! Heathcliff se acercó al animal y se puso a desatarlo para cambiarlo de sitio. Hindley, al terminar de hablar, le derribó de un golpe entre las pezuñas del caballo, y sin detenerse a ver si sus maldiciones se cumplían, salió corriendo. Me asombró la serenidad con que el niño se levantó, y realizó sus intenciones, cambiando, antes que nada, los arreos de las caballerías, después de lo cual se sentó en un haz de heno, para dejar que le pasara el efecto del golpetazo recibido, antes de volver a entrar en la casa. No me fue difícil convencerle de que atribuyese al caballo la culpa de sus contusiones. Él había conseguido lo que deseaba, y lo demás le importaba poco. Como rara vez se quejaba de los malos tratos que sufría, yo pensaba que no era rencoroso, pero pronto verá usted que me engañaba. CAPÍTULO V Con el tiempo, el señor Earnshaw empezó a decaer. Había sido un hombre recio y sano, pero cuando sus fuerzas le abandonaron y se vio obligado a pasarse la vida al lado de la chimenea, se volvió suspicaz e irritable. -Se ofendia por una pequenez, y se enfurecía ante cualquier imaginaria falta de respeto. Ello podía apreciarse especialmente cuando alguien pretendía hacer a su favorito objeto de algún engaño o de algún intento de dominarle. Velaba celosamente para que no le ofendieran con palabra alguna, y parecía que tenía metida en la cabeza la idea de que el cariño con que distinguía a Heathcliff hacía que todos le odiasen y deseasen su mal. Esto iba en perjuicio del muchacho, porque como ninguno deseábamos enfadar al amo, nos plegábamos a todos los caprichos de su preferido, y con ello fomentábamos su soberbia y su mal carácter. En dos o tres ocasiones, los desprecios que Hindley hacía a Heathcliff en presencia de su padre excitaron la cólera del anciano, quien cogía su bastón para golpear a su hijo, y se estremecía de furor al no poder hacerlo por falta de fuerzas. Finalmente, el párroco (porque entonces había aquí un cura que se ganaba la vida dando lecciones a los niños de las familias Linton y Earnshaw y labrando él mismo su terreno) aconsejó que se enviara a Hindley al colegio, y el señor Earnshaw consintió en ello, aunque de mala gana; ya que decía que Hindley era un obtuso y no se podía sacar partido de él, hiciérase lo que se hiciera. Yo, dolida, viendo lo caros que el señor pagaba los resultados de su buena obra, esperé que así se restableciese la paz. Me parecía que los disgustos familiares estaban amargando su vejez. Por lo demás, hacía cuanto quería, y las cosas no hubieran ido tan mal a no ser por la señorita Catalina y por José, el criado. Supongo que usted le habrá visto... Era, y debe seguir siendo, el más odioso fariseo que se haya visto nunca, siempre pronto a creerse objeto de las bendiciones divinas y a lanzar maldiciones sobre su prójimo en nombre de Dios. Sus sermones producían mucha impresión al señor Earnshaw y a medida que éste se iba debilitando, crecía el dominio de José sobre él. No cesaba un momento de mortificarle con consideraciones sobre la salvación eterna y sobre la necesidad de educar bien y rígidamente sus hijos. Trataba de hacerle considerar a Hindley como un réprobo, y le contaba largos relatos de diabluras de Heathcliff y Catalina, sin perjuicio de acumular las mayores culpas sobre ésta, con lo que creía adular las inclinaciones del amo. Verdaderamente, Catalina era la niña más caprichosa y traviesa que yo haya visto jamás, y nos hacía perder la paciencia mil veces al día. Desde que se levantaba hasta que se acostaba, no nos dejaba estar un minuto tranquilos. Tenía siempre el genio pronto a la disputa y no daba nunca paz a la boca. Cantaba, reía y se burlaba de todo el que no hiciese lo mismo que ella. De todos modos, creo que no tenía malos sentimientos, porque cuando hacía sufrir a alguien mucho, se apresuraba a acudir a su lado para consolarle. Pero tenía hacia Heathcliff un excesivo afecto. No podía aplicársele castigo mayor que separarla de él, a pesar de que siempre estaban riñéndola por su culpa. Cuando jugaba, le gustaba hacer de señora, y usaba las manos más de la cuenta para imponer su autoridad. Quería hacer igual conmigo, pero yo le hice saber que no estaba dispuesta a soportar sus golpes ni sus órdenes. El señor Earnshaw no soportaba juegos. Siempre había sido severo con sus hijos y Catalina no acertaba a explicarse por qué en su ancianidad era más regañon que antes. Parecía sentir un perverso placer en provocarle. Era más feliz que nunca cuando todos la rodeábamos reprochándola, porque podía mirarnos replicándonos con mordacidad, haciendo burla de las piadosas invocaciones de José, buscándonos las vueltas y, en suma, haciendo lo que más desagradaba a su padre. Además, obraba como si estuviera interesada en demostrar que tenía más imperio sobre Heathcliff, a despecho de su insolencia, que su padre con todas sus bondades hacia él. Después de hacer durante el día todo el mal que le era posible, al llegar la noche acudía a su padre mimosamente, queriendo reconciliarse con él a fuerza de mimos. -Vete, vete, Catalina -decía el anciano-: no me es posible quererte. Eres todavía peor que tu hermano. Anda, vete a rezar y pide a Dios que te perdone. Mucho temo que haya de pesarnos a tu madre y a mí el haberte dado el ser. Al principio, estos razonamientos la hacían llorar, pero luego se habituó a ellos, y se echaba a reír cuando su padre le mandaba que pidiese perdón de sus maldades. Al fin llegó el momento de que terminasen los dolores del señor Earnshaw en la tierra. Murió una noche de octubre, plácidamente, estando sentado en su sillón al lado del fuego. Soplaba un fuerte viento en torno a la casa, y resonaba en el cañón de la chimenea. Era un aire violento y tempestuoso, pero no frío. Todos estábamos juntos; yo un poco apartada de la lumbre, haciendo calceta, y José leyendo la Biblia. Los criados, entonces, una vez que terminaban sus faenas, solían reunirse en el salón con los señores. La señorita Catalina estaba pacífica, porque había pasado una enfermedad recientemente y permanecía apoyada en las rodillas de su padre. Heathcliff se había tumbado en el suelo con la cabeza encima del regazo de Catalina. El amo, según recuerdo bien, antes de caer en el sopor de que no debía salir, acariciaba la hermosa cabellera de la muchacha, y, extrañado de verla tan juiciosa, decía: ¿Por qué no has de ser siempre buena? Ella le miró, y riendo, contestóle: ¿Y usted, padre, por qué no había de ser siempre bueno? Después, viendo que se disgustaba, le besó la mano y le dijo que iba a cantar para que se adormeciese. Empezó, en efecto, a cantar en voz baja. A1 cabo de un rato, los dedos del anciano abandonaron los cabellos de la niña, y reclinó la cabeza sobre el pecho. Mandé a Catalina que callara y que no se moviera para no despertar al amo. Durante más de media hora permanecimos en silencio, y aún hubiéramos seguido más tiempo así, a no haberse levantado José diciendo que era hora de despertar al señor para rezar y acostarse. Se adelantó, le llamó y le tocó en el hombro, mas, notando que no se movía, cogió la vela y le miró. Cuando apartó la luz, comprendí que pasaba algo anormal. Cogió a cada niño por un brazo y les dijo, en voz baja, que subiesen a su cuarto y rezasen solos, porque él tenía mucho que hacer aquella noche antes de retirarse. Voy primero a dar las buenas noches a papá dijo Catalina. Y le echó los brazos al cuello, antes de que pudiéramos evitarlo. Comprendió enseguida lo que pasaba, y exclamó: ¡Oh, ha muerto, Heathcliff! Padre, ha muerto... Y ambos empezaron a llorar de un modo que desgarraba el corazón. Empecé también a llorar; pero José nos interrumpió diciéndonos que por qué llorábamos tanto por un santo que se había ido al cielo. Después me mandó ponerme el abrigo y correr a Gimmerton a buscar al médico y al sacerdote. Yo no podía comprender de qué iban a servir ya uno ni otro, pero, no obstante, salí presurosamente, a pesar de que hacía una noche muy mala. El médico vino inmediatamente. Dejé a José explicándose con el doctor, y subí al cuarto de los niños. Habían dejado la puerta abierta y no parecían pensar en acostarse, aunque era más de medianoche, pero estaban más calmados y no necesitaban que les consolase yo. En su inocente conversación, sus almas pueriles se describían mutuamente las bellezas del cielo como ningún sacerdote hubiera sabido hacerlo. Yo les oía llorando y agradecía a Dios que estuviéramos allí los tres, reunidos, seguros... CAPÍTULO VI Cuando Hindley acudió a las exequias de su padre, traía una mujer con él, lo que asombró a todos los vecinos. Nunca nos dijo quién era su esposa ni dónde había nacido. Debía carecer de fortuna y de nombre distinguido, porque Hindley hubiese anunciado a su padre su casamiento en caso contrario. La recién llegada no causó muchas molestias en casa. Se mostraba encantada de cuanto veía allí, excepto lo atañente al entierro. Viéndola como obraba durante la ceremonia, juzgué que era medio tonta. Me hizo acompañarla a su habitación, a pesar de que yo tenía que vestir a los niños, y se sentó, temblando, y apretando los puños. No hacía más que repetir: ¿Se han ido ya? Y empezó a explicar como una histérica el efecto que le producía tanto luto. Viéndola estremecerse y llorar, le pregunté que qué le pasaba, y me contestó que temía morir. Me pareció que tan expuesta estaba a morir como yo. Era delgada, pero tenía la piel fresca y juvenil, y sus ojos brillaban como dos diamantes. Noté, sin embargo, que cualquier ruido inesperado la sobresaltaba, y que tosía de vez en cuando, pero yo no sabía lo que tales síntomas pronosticaban, y no sentía, además, simpatía alguna hacia ella. En esta tierra simpatizamos poco con los que vienen de fuera, a no ser que ellos nos muestren simpatía primero. Hindley parecía otro. Estaba más delgado y más pálido, y vestía y hablaba de un modo muy diferente. El mismo día que llegó, nos dijo a José y a mí que debíamos limitarnos a la cocina, dejándole el salón para su uso exclusivo. Al principio pensó en acomodar para saloncito una estancia interior, empapelándola y acondicionándola, pero tanto le gustó a su mujer el salón con su suelo blanco, su enorme chimenea, su aparador y sus platos, y tanto la satisfizo el desahogo de que se disfrutaba allí, que prefirieron utilizar aquella habitación como gabinete. Los primeros días, la mujer de Hindley se manifestó satisfecha de ver a su cuñada. Andaba con ella por la casa, jugaban juntas, la besaba y le hacía obsequios, pero pronto se cansó, y a medida que disminuía en sus muestras de cariño, Hindley se volvía más déspota. Cualquier palabra de su mujer que indicase desafecto hacia Heathcliff despertaba en él sus antiguos odios infantiles. Le hizo instalar en compañía de los criados y le mandó que se aplicase a las mismas faenas agrícolas que los otros mozos. Al principio, Heathcliff toleró bastante resignadamente su nuevo estado. Catalina le enseñaba lo que ella aprendía, trabajaba en el campo con él y jugaban juntos. Los dos iban creciendo en un abandono completo, y el joven amo no se preocupaba para nada de lo que hacían, con tal de que no le estorbaran. Ni siquiera se ocupaba de que fueran a la iglesia los domingos. Cada vez que los chicos se escapaban y José o el cura le censuraban su descuido, se limitaba a mandar que pegasen a Heathcliff y que castigasen sin comer a Catalina. Ellos no conocían mejor diversión que escaparse a los pantanos, y cuando se les castigaba por hacerlo lo tomaban a risa. Aunque el cura marcase a Catalina cuantos capítulos se le antojaran para que los aprendiera de memoria, y aunque José pegase a Heathcliff, hasta dolerle el brazo, los muchachos lo olvidaban todo en cuanto volvían a estar juntos. Yo lloré más de una vez a solas, viéndolos hacerse más traviesos cada día, pero no me atrevía a decirles nada, por temor a perder el poco influjo que aún conservaba sobre las pobres criaturas. Un domingo por la tarde, les hicieron salir del salón en virtud de alguna travesura que habían cometido, y cuando fui a buscarles no les encontré. Registramos la casa, el patio y el establo sin hallar huella de ellos. Finalmente, Hindley, indignado, mandó cerrar la puerta con cerrojo y prohibió que nadie les abriese si volvían por la noche. Todos se acostaron, menos yo, que me quedé en la ventana, aunque llovía, con objeto de abrirles, si llegaban, a pesar de la prohibición del amo. No tardé en oír pisadas y vi brillar una luz al otro lado de la verja. Me puse un pañuelo a la cabeza y me apresuré a salir, a fin de que no llamasen y despertaran al señor. El recién llegado era Heathcliff, y el corazón me dio un salto al verle solo. ¿Dónde está la señorita? grité con impaciencia. Espero que no le haya pasado nada. Está en la «Granja de los Tordos» repuso y allí estaría yo también si hubiesen tenido la atención de decirme que me quedase. Bueno le dije, pues ya pagarás las consecuencias. No pararás hasta que te echen de casa. ¿Qué teníais que hacer en la «Granja de los Tordos»? Déjame cambiarme de ropa, y ya te lo contaré, Elena. Le recomendé que procurara no despertar a Hindley y mientras yo esperaba a que se desnudase para apagar la vela, me explicó: Catalina y yo salimos del lavadero pensando en dar unas cuantas vueltas a nuestro gusto. Luego, vimos las luces de la «Granja», y se nos ocurrio ir a ver si los niños de los Linton se pasan los domingos escondidos en los rincones y temblando, mientras sus padres comen, beben, ríen, cantan y se queman las pestañas junto a la lumbre. ¿Tú crees que lo pasan así, o bien que el criado les dice sermones, les enseña catecismo y les manda aprenderse de memoria una lista de nombres de la Sagrada Escritura, si no contestan bien? No lo creo respondí, porque son niños buenos, y no merecen el trato que recibís vosotros por lo mal que os portáis. ¡Bah, bah! replicó. Fuimos corriendo desde las «Cumbres» hasta el parque, sin pararnos. Catalina llegó rendida, porque iba descalza. Tendrás que buscar mañana sus zapatos en el seto, subimos a tientas el sendero, y nos subimos a una maceta bajo la ventana del salón. No habían cerrado las maderas, las cortinas estaban sólo a medio echar, y una espléndida luz salía a través de los cristales. Nos pusimos en pie, y sujetándonos al antepecho de la ventana, vimos una magnífica habitación con una alfombra carmesí. El techo era blanco como la nieve, tenía una orla dorada y pendía de él un torrente de gotas de cristal, suspendidas de una cadena de plata, y brillando con la luz de muchas velas pequeñitas. Los viejos Linton no estaban allí, y Eduardo y su hermana disponían de todo aquel cuarto para ellos. ¿Cómo no iban a ser felices? A nosotros nos hubiera parecido estar en la gloria. Y ahora vamos a ver si adivinas lo que hacían esos niños buenos que tú dices. Isabel que me parece que tiene once años, uno menos que Catalina estaba en un rincón, gritando como si las brujas la pinchasen con alfileres calientes. Eduardo estaba junto a la chimenea llorando en silencio, y encima de la mesa vimos un perrito, al que casi habían partido en dos al pelearse por él, según comprendimos por los reproches que se dirigían uno a otro y por las quejas del animal. ¡Vaya unos tontos! ¡Pelearse por un montón de pelos tibios! Y en aquel momento lloraban porque, después de pegarse para cogerlo, ya no lo querían ninguno de los dos. Nosotros nos moríamos de risa viendo aquello. ¿Cuándo me has visto a mí querer lo que quiere Catalina? ¿Acaso alguna vez, cuando estamos solos, nos has visto chillar y llorar, y revolcarnos, cada uno en un extremo del salón? ¡No cambiaría la vida que hace Eduardo Linton en la «Granja de los Tordos» por la que hago yo aquí, ni aunque me diese la satisfacción de poder tirar a José desde lo alto del tejado y de pintar las paredes de la casa con la sangre de Hindley! ¡Cállate, cállate! le interrumpí. Y, ¿cómo se ha quedado allí Catalina? Como te he dicho, nos echamos a reír. Los Linton nos oyeron y se precipitaron a la puerta veloces como flechas. Hubo un momento de silencio y después gritaron: «¡Papá, mamá, venid! ¡Ay! ¡Ay!» Creo que era algo así lo que gritaban. Hicimos entonces un ruido espantoso para asustarles más aún, y luego nos soltamos de la ventana y echamos a correr, porque oímos que alguien procuraba abrirla. Yo llevaba a Catalina de la mano, y le decía que se apresurase, cuando de pronto cayó al suelo. «¡Corre, Heathcliff! me dijo. Han soltado al perro, y me ha agarrado.» El animal la había cogido por el tobillo. Le oí gruñir. Catalina no gritó. Le había parecido despreciable gritar aunque se hubiese visto entre los cuernos de un toro bravo. Pero yo sí grité. Lancé tantas maldiciones que habría bastante con ellas para espantar a todos los diablos del infierno. Luego cogí una piedra, y la metí en la boca del animal tratando furiosamente de introducírsela en la garganta. Salió un animal de criado con un farol y gritó: «¡Sujeta fuerte, Espía, sujeta fuerte!» Pero cuando vio en que situación se hallaba el perro, cambió de tono. El animal tenía un palmo de lengua fuera de la boca y sangraba a borbotones por el hocico. El hombre cogió a Catalina, que estaba medio desvanecida, no de miedo, sino de disgusto, y se la llevó, seguido por mí, que profería toda clase de insultos y amenazas de vengarme. »¿A quién habéis capturado, Roberto? preguntó Linton desde la puerta. »El perro ha cogido a una niña, señor repuso el criado y aquí hay también un rapaz que me parece que no tiene desperdicio añadió sujetándome. Seguramente los ladrones se proponian hacerles entrar por la ventana para que abriesen la puerta cuando estuviéramos dormidos, y poder así asesinarnos impunemente. ¡Calla la lengua, maldito ladronzuelo! Esta hazaña te costará la horca. No suelte la escopeta, señor Linton. »No la suelto, Roberto contestó el viejo mentecato. Los bandidos habrán logrado enterarse de que ayer fue día de cobro y les habrá parecido buena ocasión. ¡Entrad, entrad, que los recibiremos bien! Juan: echa la cadena. Eugenia: dale agua al perro. ¡Han venido a meterse en la boca del lobo! ¡Y en domingo nada menos! ¡Qué insolencia! Mira, querida María: es un niño, no temas. Pero tiene tan mala facha, que se haría un bien a la sociedad ahorcándole antes de que realice los crímenes que ha de cometer a juzgar por su jeta. »¡Qué horrible! Enciérrale en el sótano, papá. Se parece al hijo de la gitana que me robó mi faisancito domesticado. ¿Verdad, Eduardo? »Mientras me miraban, apareció Catalina, y se rió al oír a Isabel. Eduardo Linton, después de contemplarla fijamente, llegó un momento en que la reconoció. Algunas veces nos hemos encontrado en la iglesia. »¡Es Catalina Earnshaw! aseguró. Y mira cómo le sangra el pie, mamá. »No digas necedades. ¡Catalina Earnshaw en compañía de un gitano! ¡Oh, y sin embargo lleva luto! Pues es ella. ¡Y pensar que podría quedar coja para siempre! »¡Qué descuido tan increíble tiene su hermano! exclamó el señor Linton, volviéndose hacia Catalina. Verdad es que he sabido por el padre Shielder que no se ocupan para nada de su educación. ¿Y éste? ¿Quién es éste? ¡Ah, ya: es aquel chicuelo vagabundo que el difunto Earnshaw trajo de Liverpool! »De todos modos, es un niño malo, que no debía vivir en una casa distinguida afirmó la vieja-. ¿Oíste cómo hablaba, Linton? Me disgusta que mis hijos le hayan oído. »Volví a maldecirles cuanto pude no te enfades, Elena y entonces mandaron a Roberto que me echase fuera. No quise irme sin Catalina, pero él me llevó a la fuerza al jardín, me entregó un farol, me dijo que iba a hablar al señor Earnshaw de mi comportamiento, y, después de ordenarme que me marchara, atrancó la puerta. »Viendo que las cortinas seguían descorridas, volví adonde antes habíamos estado, proponiéndome romper todos los cristales de la ventana si Catalina quería irse y no se lo permitían. Pero ella estaba sentada tranquilamente en el sofá, y la señora Linton, que le había quitado el mantón de la criada, que habíamos cogido para hacer nuestra excursión, le hablaba, supongo que reprendiéndola. Como era una señorita la trataban de otra forma que a mí. La criada llevó una palangana de agua caliente y le lavaron el pie. Luego el señor Linton le ofreció un vasito de vino dulce, mientras Isabel le ponía en el regazo un plato con tortas y Eduardo permanecía silencioso a poca distancia. Después le secaron los pies, la peinaron, le pusieron unas zapatillas que le venían muy grandes y la sentaron junto al fuego. Así la he dejado, lo más alegre que te puedes imaginar, repartiendo los dulces con Espía y con el perro pequeño, y a veces haciéndoles cosquillas en el hocico. Todos estaban admirados de ella. Y no es extraño, porque vale mil veces más que ellos y que cualquier otra persona. ¿No es cierto? Ya verás como esto trae malos resultados, Heathcliff le contesté, abrigándole y apagando la luz. Eres incorregible. El señor Hindley tendrá que apelar a medidas rigurosas, no lo dudes. Mis palabras fueron más ciertas de lo que yo deseara. El lance enfureció a Earnshaw. Además, al día siguiente el señor Linton vino a hablar con el amo y le soltó tal chaparrón sobre su modo de educar a los niños, que Hindley se consideró obligado a poner a raya a Heathcliff. No dispuso que le pegaran, pero le comunicó que a la primera palabra que dirigiera a Catalina, le echarían a la calle. La señora Earnshaw aseguró que cuando Catalina volviese a casa la haría cambiar de modo de ser empleando la persuasión. De otra forma hubiera sido imposible. CAPÍTULO VII En Navidad, después de pasar cinco semanas con los Linton, Catalina volvió curada y con muchas mejores maneras. Mientras tanto, la señora la visitó frecuentemente, y puso en práctica su propósito de educación, procurando despertar la estimación de Catalina hacia su propia persona, y haciéndole valiosos regalos de vestidos y otras cosas. De modo que cuando Catalina volvió, en vez de aquella salvajita que saltaba por la casa con los cabellos revueltos, vimos apearse de una bonita jaca negra a una digna joven, cuyos rizos pendían bajo el velo de un sombrero con plumas, envuelta en un manto largo, que tenía que sostener con las manos para que no lo arrastrase por el suelo. Hindley le ayudó a apearse, y comentó de buen humor: Te has puesto muy guapa, Catalina. No te hubiera conocido. Ahora pareces una verdadera señorita. ¿No es cierto, Francisca, que Isabel Linton no puede compararse con mi hermana? Isabel Linton carece de la gracia natural de Catalina, pero es preciso que ésta se deje conducir y no vuelva a hacerse intratable repuso la esposa de Hindley. Elena: ayuda a desvestirse a la señorita Catalina. Espera, querida, no te desarregles el peinado. Voy a quitarte el sombrero. Cuando la despejó del manto, apareció bajo él un bonito traje de seda a rayas, pantalones blancos y brillantes polainas. Los canes acudieron a la joven, y aunque sus ojos resplandecían de júbilo, no se atrevió a tocar a los animales por no echarse a perder la ropa. A mí me besó, pero con precaución, pues yo estaba preparando el bollo de Navidad y me encontraba llena de harina. Después buscó con la mirada a Heathcliff. Los señores esperaban con ansia el momento de su encuentro con él, a fin de juzgar las posibilidades que tenían de separarla definitivamente de su compañero. Heathcliff no tardó en presentarse. Ya de por sí era muy dejado y nadie por su parte se cuidaba de él antes de la ausencia de Catalina, pero ahora ello sucedía, mucho más. Yo era la única que me preocupaba de hacer que se aseara una vez a la semana siquiera. Los muchachos de su edad no suelen ser amigos del agua. Así que, aparte de su traje, que estaba como puede suponerse después de andar tres meses por el barro y el polvo tenía el cabello desgreñado y la cara y las manos cubiertas de una capa de mugre. Permanecía escondido, mirando a la bonita joven que acababa de entrar, asombrado de verla tan bien ataviada y no hecha una desastrada como él. ¿Y Heathcliff? preguntó Catalina, quitándose los guantes y descubriendo unos dedos que de no hacer nada ni salir de casa nunca, se le habían puesto prodigiosamente blancos. Ven, Heathcliff gritó Hindley, congratulándose por anticipado del mal efecto que el muchacho, con su traza de pilluelo, iba a producir a la señorita. Ven a saludar a la señorita Catalina como los demás criados. Catalina, al ver a su amigo, corrió hacia él, le besó seis o siete veces en cada mejilla, y después, separándose un poco, le dijo entre risas: ¡Huy, qué negro estás y qué cara de enfado tienes! Claro: es que me he acostumbrado a ver a Eduardo y a Isabel. ¿Me has olvidado, Heathcliff? Dale la mano, Heathcliff dijo Hindley, con aire de condescendencia. Por una vez la cosa no importa que lo hagas. Nada de eso replicó el muchacho. No quiero que se burlen de mí. Y trató de alejarse, pero Catalina entonces le detuvo. No quise burlarme de ti. No pude contenerme al ver tu aspecto. Anda, dame la mano siquiera. Si te lavas la cara y te peinas, estarás muy bien. ¡Pero ahora vas muy sucio! Contempló los negros dedos que tenía entre los suyos y luego se miró el vestido, temiendo que con aquel contacto se le hubiese contagiado la mugre del rapaz. No tenías por qué tocarme dijo él, separando su mano de un tirón. Soy tan sucio como me da la gana, y me agrada estar sucio.  Y se lanzó fuera de la habitacion, con gran contento de los amos y gran turbación de Catalina que no acababa de comprender por qué sus comentarios le habían producido tal exasperación de mal humor. Después de haber ayudado a desvestirse a la recién llegada, de poner los bollos al horno y de encender la lumbre, me senté dispuesta a entretenerme cantando villancicos, sin hacer caso a José, que me aseguraba que el tono que yo empleaba era demasiado mundano. Él se marchó a su cuarto a rezar, y los señores Earnshaw distraían a la joven enseñándole unos obsequios que habían comprado para los Linton en prueba de agradecimiento por sus atenciones. Habían invitado a los Linton a pasar el siguiente día en «Cumbres Borrascosas» y ello había sido aceptado a condición de que los hijos de los Linton no tuvieran que tratar con aquel «terrible chicuelo que hablaba tan ma1». Me quedé sola. La cocina olía fuertemente a las especias de los guisos. Yo miraba la brillante batería de cocina, el reluciente reloj, los vasos de plata alineados en la bandeja y la impecable limpieza del suelo, de cuyo barrido y fregado me había preocupado con gran atención. Todo me pareció estar bien y merecer alabanza, y recordé una ocasión en que el amo anciano que solía revisarlo todo por sí mismo en casos como aquél, viendo lo bien que estaba todo, me había regalado un chelín, llamándome a la vez «buena moza». Luego pensé en el cariño que él había sentido hacia Heathcliff y en el temor que tenía de que fuera abandonado al faltar él, y pensando en la situación presente del muchacho, casi me dieron ganas de ponerme a llorar. Considerando, después, que mejor que lamentar sus desdichas sería procurar remediarlas, me levanté y fui al patio en su busca. Le encontré enseguida: estaba en la cuadra cepillando el lustroso pelo de la jaca nueva y dando el pienso a los demás animales. Date prisa le animé. La cocina está muy confortable, y José se ha ido a su cuarto. Procura acabar pronto, para vestirte decentemente antes de que salga la señorita Catalina. Así podréis estar juntos, y charlar al lado de la lumbre hasta la hora de retirarse. Él siguió haciendo su faena. Hacía todos los esfuerzos posibles para apartar los ojos. Anda, ven seguí. Necesitarás media hora para vestirte. Hay un pastel para cada uno de vosotros. Esperé otros cinco minutos, pero en vista de que no me contestaba, me fui. Catalina comió con sus hermanos. José y yo celebramos una cena muy poco cordial, amenizada con censuras suyas y malas contestaciones mías. El pastel y el queso de Heathcliff estuvieron toda la noche sobre la mesa para alimento de las hadas. Él estuvo trabajando hasta las nueve, y a esa hora se fue a su habitación, siempre taciturno y terco. Catalina estuvo hasta muy tarde preparándolo todo para recibir a sus nuevos amigos, y una vez que entró en la cocina para buscar a su antiguo camarada, viendo que no estaba se contentó con preguntar por él y marcharse. A la mañana siguiente, Heathcliff se levantó temprano, y como era día de fiesta, se fue malhumorado a los pantanos, y no volvió a aparecer hasta después de que la familia se hubo marchado a la iglesia. Pero el ayuno y la soledad debieron hacerle reflexionar y cuando regresó, después de estar un rato conmigo, me dijo, de súbito: Vísteme, Elena. Quiero ser bueno. Ya era hora, Heathcliff contesté. Has disgustado a Catalina. Cualquiera diría que la envidias porque la miman mas que a ti. La idea de sentir envidia hacia Catalina le resultó incomprensible, pero lo de disgustarla lo comprendió muy bien. Me preguntó, volviéndose grave: ¿Se ha enfadado? Se echó a llorar cuando le dije esta mañana que te habías ido. También yo he llorado esta noche respondió y con más motivos que Catalina. ¿Sí? ¿Qué motivos tenías para acostarte con el corazón lleno de soberbia y el estómago vacío? Los soberbios no hacen más que dañarse a sí mismos. Pero si estás arrepentido, debes pedirle perdón cuando vuelva. Vas arriba, le pides un beso y le dices... Bueno, ya sabes tú lo que le tienes que decir. Pero hazlo con naturalidad y no como si ella fuera una extraña por el hecho de que la hayas visto mejor ataviada. Ahora voy a arreglármelas para vestirte de un modo que Eduardo Linton parezca un muñeco a tu lado. ¡Y claro que lo parece! Aunque eres más joven que él, eres mucho más alto y doble de fuerte. Podrías tumbarle de un soplo, ¿no es cierto? La cara de Heathcliff se iluminó por un momento, pero su alegre expresión se apagó enseguida. Y suspiró: Sí, Elena, pero aunque yo le tumbara veinte veces, no dejaría de ser él mas guapo que yo. Quisiera tener el cabello rubio y la piel blanca como él, vestir bien y tener modales como los suyos, y ser tan rico como él llegará a serlo algun día. Sí. Y llamar a mamá constantemente, y asustarte siempre que un chico aldeano te amenazase con el puño y quedarte en casa cada vez que cayeran cuatro gotas. No seas pobre de espíritu, Heathcliff. Mírate al espejo, y atiende lo que tienes que hacer. ¿Ves esas arrugas que tienes entre los ojos y esas espesas cejas que siempre se contraen en lugar de arquearse, y esos dos negros demonios que jamás abren francamente sus ventanas, sino que centellean bajo ellas corridas, como si fueran espías de Satanás? Proponte y esfuérzate en suavizar esas arrugas, en levantar esos párpados sin temor, y en convertir esos dos demonios en dos ángeles que sean siempre amigos en donde quiera que no haya enemigos indudables. No adoptes ese aspecto de perro cerril que parece justificar la justicia de los puntapiés que recibe, y que odia a todos tanto como al que le apalea. Sí: debo proponerme adquirir los ojos y la frente de Eduardo Linton. Ya lo deseo, pero, ¿crees que haciendo lo que me dices conseguiré tenerlos así? Si eres bondadoso de corazón, serás agradable de cara, muchacho, aunque fueras un negro. Y un corazón perverso hace horrible la cara más agradable. Ahora que estás lavado y peinado y pareces más alegre, ¿no es verdad que te encuentras más guapo? Te aseguro que sí. Puedes pasar por un príncipe de incógnito. ¡Cualquiera sabe si tu padre no era emperador de la China y tu madre reina de la India, y si con sus rentas de una sola semana no podrían comprar «Cumbres Borrascosas» y la «Granja de los Tordos» reunidas! Quizá te robaran unos marineros y te trajeran a Inglaterna. Yo, si estuviera en tu caso, me haría figuraciones como esas, y con ellas iría soportando las miserias que tiene que sufrir el campesino. En tanto que yo hablaba así y conseguía que Heathcliff fuese poco a poco desarrugando el ceño, oímos un estrépito que al principio sonaba en la carretera y luego llegó al patio. Heathcliff acudió a la ventana y yo a la puerta, en el mismo momento en que los Linton se apeaban de su carruaje, muy arrebujados en abrigos de pieles, y los Earnshaw descendían de sus caballos. Catalina cogió a los niños de la mano, y los llevó a la chimenea, junto a la que se sentaron, y cuyo fuego enrojeció en breve sus blancos rostros. Alenté a Heathcliff para que acudiera y mostrara su buen porte, pero tuvo la desgracia de que, al abrir la puerta de la cocina, tropezara con Hindley, que la estaba abriendo por el otro lado. El amo, ya porque le incomodara verle tan animado y tan arreglado, o quizá por complacer a la señora Linton, le empujó con violencia y dijo a José: Hazle estar en el desván hasta después de que hayamos comido. De lo contrario, tocaría los dulces con los dedos y robaría las frutas si se le permitiera estar un solo minuto aquí. No hará nada de eso osé replicar. Y espero que participe de los dulces como nosotros. Participará de la paliza que le sacudiré si le veo por acá abajo antes de la noche gritó Hindley. Largo, vagabundo! ¿De modo que quieres lucirte, verdad? Como te eche mano a esos mechones ya verás si te los pongo más largos aún. Ya los tiene bastante largos observó Eduardo Linton, que acababa de aparecer en la puerta. Le caen sobre los ojos como la crin de un caballo. No sé cómo no le producen dolor de cabeza. Aunque hizo aquella observación sin deseo de molestarle, Heathcliff, cuyo rudo carácter no toleraba impertinencias, y mas viniendo de alguien a quien ya consideraba como su rival, cogió una fuente llena de compota caliente y se lo tiró en pleno rostro al muchacho. Éste lanzo un grito que hizo acudir enseguida a Catalina y a Isabel. El señor Earnshaw cogió a Heathcliff y se lo llevó a su habitación, donde sin duda le debió aplicar un energico correctivo, ya que cuando bajó estaba sofocado y rojo como la grana. Yo cogí un trapo de cocina, limpié la cara a Eduardo, y, no sin cierto enojo, le dije que se había merecido la lección por su inoportunidad. Su hermana se echó a llorar y quiso marcharse; Catalina, a su vez, estaba muy disgustada con todo aquello. No has debido hablarle dijo al joven Linton. Estaba de mal humor, ahora le pegarán, y has estropeado la fiesta... Yo ya no tengo apetito. ¿Por qué le hablaste, Eduardo? Yo no le hablé quejóse el muchacho, desprendiéndose de mis manos y terminando de limpiarse con su fino pañuelo. Prometí a mamá no hablarle, y lo he cumplido. Bueno dijo Catalina con desdén: cállate, que viene mi hermano. No te ha matado, después de todo. No pongas las cosas peor. Deja de llorar, Isabel. ¿Te ha hecho algo alguien? ¡A sentarse, niños! exclamó Hindley reapareciendo. Ese bruto de chico me ha hecho entrar en calor. La próxima vez, Eduardo, tómate la venganza con tus propios puños, y eso te abrirá el apetito. La gente menuda recobró su alegría al servirse los olorosos manjares. Todos sentían apetito después del paseo, y se consolaron fácilmente, ya que ninguno había sufrido daño grave. El señor Earnshaw trinchaba con jovialidad, y la señora animaba la mesa con su conversación. Yo atendía al servicio y me entristecía el ver que Catalina, con ojos enjutos y aire indiferente, partía en aquel momento un ala de pato que tenía ante sí. «¡Qué niña tan insensible! pensé: Nunca hubiera creído que la suerte de su antiguo compañero de juegos la preocupara tan poco.» Ella estaba llevándose en aquel momento un bocado a la boca, pero de pronto lo soltó, las mejillas se le sonrojaron y por su rostro corrieron las lágrimas. Dejó caer el tenedor y aprovechó la ocasión de inclinarse para disimular su emoción. Durante todo el día anduvo como un alma en pena buscando a Heathcliff`. Pero éste había sido encerrado por Hindley, lo que averigüé al querer llevarle a escondidas algo de comer. Hubo baile por la tarde y Catalina pidió que soltaran a Heathcliff, ya que, si no, Isabel no tendría pareja, pero no se la atendió y yo fui llamada a llenar la vacante. El baile nos puso de buen humor, y éste creció más cuando llegó la banda de música de Gimmerton, con sus quince musicos, entre los que había un trompeta, un trombón, clarinetes, flautas, oboes y un contrabajo, fuera de los cantantes. La banda suele recorrer en Navidad las casas ricas pidiendo alguinaldos, y su llegada es siempre acogida con alegría. Primero cantaron los villancicos de costumbre, pero después, como a la señora Earnshaw le gustaba extraordinariamente la música, les pedimos que tocasen algo más, y lo hicieron durante todo el tiempo que nos pareció bien. A pesar de que a Catalina le agradaba también la música, dijo que se oía mejor desde el rellano de la escalera, y con este pretexto salió seguida por mí. Cerraron la puerta de abajo. No parecían haber reparado en nuestra falta. Catalina subió hasta el desván donde estaba encerrado Heathcliff. Le llamo, y aunque él al principio no quiso contestar, acabaron manteniendo una conversación a través de la puerta. Les dejé que charlaran tranquilamente, y cuando comprendí que el concierto iba a terminar y que se iba a servir la cena a los músicos, volví al desván con objeto de avisar a Catalina. Pero no la hallé. Por una claraboya había subido al tejado, y por otra entrado en la buhardilla de Heathcliff`. Me costó mucho convencerla de que saliera. Al cabo lo hizo en compañía de Heathcliff, y se empeñó en que le llevara a la cocina conmigo, ya que José se había ido a casa de un vecino, para librarse de la «infernal salmodia», como llamaba a la música. Yo les advertí que no contaran conmigo para engañar al señor Hindley, pero que por esta vez lo haría, ya que el cautivo no había probado bocado desde el día antes. Él bajó, se sentó junto a la lumbre, y yo le ofrecí muchas golosinas. Pero Heathcliff se sentía mal y no comió apenas, sin que mis intentos de distraerle fuesen más afortunados. Había apoyado los codos en las rodillas y la barbilla en las manos, y callaba. Le pregunté qué pensaba, y me respondió con gravedad: En cómo hacerle pagar esto a Hindley. No sé cuanto habré de esperar, pero no me importa, si lo consigo al fin. ¡Con tal de que no reviente antes! ¡Qué vergüenza, Heathcliff! le dije. Sólo corresponde a Dios castigar a los malos. Nosotros hemos de saber perdonarles. No será Dios quien tenga esa satisfacción, que yo me reservo repuso. Lo único que necesito es saber cómo la alcanzaré. Pero ya acertaré con el plan conveniente. Este pensamiento me evita sufrir. Ahora reparo, señor Lockwood, en que estas historias no deben tener interés para usted. No sé cómo he hablado tanto. Está usted durmiéndose. ¡Hubiera podido contarle en una docena de palabras cuanto le interesara a usted saber sobre la vida de Heathcliff! Después de esta interrupción, el ama de llaves, incorporándose, guardó la labor. Yo no me moví de al lado del fuego. Estaba muy lejos de dormirme. . Siéntese, señora Dean le dije, y siga con su historia media horita más. Ha hecho bien en contarla a su manera. Me han interesado mucho sus descripciones. Son las once, señor. Es igual: yo no suelo acostarme hasta muy tarde. Levantándose a las diez, no importa acostarse a las dos o a la una. Es que no debía usted dormir hasta las diez. Pierde usted lo mejor del día. Cuando a esa hora no se ha hecho ya la mitad de la faena diaria, es muy probable que no se pueda hacer lo demás en el día. Da lo mismo, señora Dean... Ande, siéntese. Creo que tendré mañana que estarme acostado hasta después de cenar, pues parece que no me escaparé sin un buen catarro. Dios haga que no suceda así, señor. Bien, pues daré un salto de tres años, o sea hasta que la señora Earn-shaw... No, nada de saltos. ¿No sabe usted lo que siente el que se encuentra ocupado en mirar cómo una gata lava a sus gatitos, y se indigna cuando ve que deja de lamer una de las orejas de uno de ellos? Creo que quien haga eso no es más que un ocioso. No lo crea... Bueno: yo me encuentro en ese caso ahora. De modo que cuente usted la historia con todo detalle. En sitios como éste, las gentes adquieren ante el que las observa un valor que puede compararse con el de una araña a los ojos de quien la contempla en un calabozo. La araña en un calabozo tiene una importancia que no tendría para un hombre libre. Pero, de todos modos, el cambio no se debe sólo a la distinta situación del observador. Las gentes, aquí, viven más hondamente, más reconcentradas en sí mismas y menos atraídas por la parte superficial de las cosas. En un sitio así, yo sería capaz hasta de creer en un amor eterno, y eso que he creído siempre imposible que una pasión dure arriba de un año. Los que habitamos aquí, cuando se nos conoce, somos como los de cualquier otro sitio contestó la señora Dean. Disculpe, amiga mía repuse, pero usted misma es una negación viviente de lo que dice. Usted, aparte de algunos modismos locales muy secundarios, no suele hablar ni obrar como las personas de su clase. Tengo la evidencia de que ha pensado mucho más de lo que suelen hacerlo la mayoría de las personas de su profesión. Como no ha tenido usted que ocuparse de frivolidades, ha debido reflexionarse sobre asuntos serios. Claro que me tengo por una persona razonable dijo, pero no creo que sea por vivir recluida entre montañas y ver sólo un aspecto de las cosas, sino por haberme sometido a una severa disciplina que me hizo aprender a tener buen criterio. Además, señor Lockwood, he leído más de lo que usted se imagina. No hay un libro en la biblioteca que yo no haya hojeado, y del que no haya sacado alguna enseñanza, excepto los libros griegos y latinos, o los franceses... Y hasta éstos sé distinguirlos unos de otros... ¿Qué más puede usted pedir a la hija de un pobre? De todos modos, si se empeña en que le siga contando la historia como hasta ahora, lo mejor será que dé un salto, pero no de tres años, sino hasta el verano siguiente. El de 1778. Veintitrés años han pasado ya. CAPÍTULO VIII Una hermosa mañana de junio, vino al mundo el primer niño que yo había de criar y el último vástago de la antigua raza de los Earnshaw. Estábamos recogiendo heno en un campo apartado de la finca, cuando vimos llejar con una hora de anticipación a la chica que nos traía habitualmente el desayuno. ¡Qué niño tan hermoso! exclamó. Nunca se ha visto uno más guapo... Pero, según dice el médico, la señora vivirá muy poco. Al parecer se ha ido consumiendo durante los últimos meses. He oído cómo se lo decía al señor Hindley, y le ha asegurado que morirá antes del invierno. Venga a casa enseguida, Elena. Tiene que cuidar al niño, darle leche y azúcar. Me gustaría ser usted porque cuando la señora muera va usted a quedar completamente encargada del pequeño. ¿Tan enferma está? pregunté, soltando la horquilla y anudándome las cintas del sombrero. He oído que sí repuso la muchacha aunque está muy animada y habla como si fuese a vivir hasta ver al pequeño hecho un hombre. No cabe en sí de alegría. Verdaderamente, el niño es una hermosura. Si yo estuviera en su caso, no me moriría. Sólo con mirar al niño, me pondría buena. La señora Archer llevó el angelito al amo, y no había hecho más que presentárselo, cuando se adelanta el viejo gruñón de Kenneth y le dice: «Señor Earnshaw, es una fortuna que su mujer le haya dado un hijo. Cuando la vi por primera vez tuve la seguridad de que no viviria largo tiempo, y ahora puedo decirle que no pasará del invierno. No se aflija, porque la cosa es irremediable; pero debió haber buscado usted una mujer más sana.» ¿Y qué contestó el amo? pregunté a la muchacha. Creo que una blasfemia, pero no me fijé, porque estaba muy ocupada en mirar a la criatura. La moza empezó a describirme al bebé con entusiasmo. Yo me apresuré a correr a casa, ya que tenía tantos deseos de verlo como ella misma, pero me daba pena de Hindley. Sabía que en su corazón sólo había lugar para dos afectos: el de su mujer y el de sí mismo. A Francisca la adoraba, y me parecía imposible que pudiera soportar su muerte. Al llegar a «Cumbres Borrascosas», él se hallaba de pie ante la puerta. Le pregunté cómo estaba el recién nacido. A punto de echar a correr, Elena me replicó, sonriendo. ¿Y la señora? Creo que el médico dice... ¡Al demonio con el médico! contestó. Francisca está bien y la semana próxima se habrá restablecido del todo. Si subes, dile que ahora iré a verla, siempre que prometa no hablar. Me he ido de la habitación porque no quería callarse, y es preciso que guarde silencio. Adviértele que el señor Kenneth le prescribe quietud. Comuniqué aquella indicación a la señora, y ella, que parecía muy animada, respondió: Sólo hablé una palabra, Elena, y a pesar de ello salió dos veces orando de la habitación. Le prometo callarme, pero ello no me impedirá reírme de él. La pobre mujer no perdió el humor hasta una semana antes de morir. Su marido seguía obstinándose en que mejoraba constantemente. El día en que Kenneth le advirtió que ya no recetaba más medicinas, porque eran totalmente inútiles, dado el grado a que había llegado la enfermedad, Hindley le contestó: Bien sé que no las necesita, ni tampoco los cuidados médicos. Nunca ha estado enferma del pecho. Padeció una fiebre, sí, pero ya ha desaparecido. Su pulso es ahora tan normal como el mío y sus mejillas están muy frescas. A su esposa le decía lo mismo, y ella parecía creerlo. Pero una noche, mientras Francisca reclinaba la cabeza en el hombro de su esposo y le decía que pensaba levantarse al día siguiente, le acometió un leve ataque de tos. Él la abrazó, ella le echó las manos al cuello, palideció y entregó el alma. Hareton, el niño, fue entregado a mis cuidados. El señor Earnshaw se conformaba, respecto al pequeño, con saber que estaba bien y con no oirle llorar. Pero él, por su parte, estaba desesperado. Su dolor era de los que no se manifiestan con lamentaciones. No sollozaba ni rezaba, sino que maldecía de Dios y de los hombres, y se entregó a una vida de loco libertinaje. Ningún criado soportó largo tiempo el tiránico comportamiento que nos daba, y sólo nos quedamos a su lado José y yo. Yo había sido su hermana de leche, y me faltó valor para abandonarle. En cuanto a José, se quedó porque así podía mandar despóticamente a los jornaleros y arrendatarios, y también porque siempre se sentía a gusto donde quiera que hubiese cosas que censurar. Los malos hábitos y las malas compañías que había contraído el amo constituían un pésimo ejemplo para Catalina y Heathcliff. Este era tratado de tal manera, que aunque hubiera sido un santo, tenía que acabar convirtiéndose en un demonio. Y, en verdad, el muchacho parecía endemoniado en aquella época. La degradación de Hindley le colmaba de placer y su aspereza y tosquedad aumentaban. Nuestra vida era un infierno. El cura dejó de acudir a la casa, y terminaron imitándole todas las personas respetables. Nadie nos trataba, excepto Eduardo Linton, que a veces se presentaba a visitar a Catalina. A los quince años, la joven se transformó en la reina de la comarca. Ninguna podía igualarla, y se convirtió en un ser terco y caprichoso. Desde que había dejado de ser niña, yo no la quería, y procuraba humillar su soberbia a todo trance, pero ella no me hacía caso. Conservó un afecto constante hacia Heathcliff, y no quiso nunca a nadie como a él, ni siquiera al joven Linton. Este fue mi último señor: su retrato está ahí, sobre la chimenea. Antes, al lado, estaba colgado el de su mujer y es una pena que lo hayan quitado porque así podría usted haberse hecho una idea de lo que fue. Vamos a repasar eso y verá. La bujía iluminó un rostro de finas facciones, muy semejante al de la joven de las «Cumbres» pero más pensativo y menos adusto. Era un cuadro agradable. El cabello era rubio y levemente rizado en las sienes, los ojos grandes y reflexivos, y en conjunto una figura que resultaba incluso demasiado graciosa. No me maravillé de que Catalina le hubiese preferido a Heathcliff, pero pensando en que su espíritu debía corresponder a su aspecto, me asombró que él se hubiese sentido atraído hacia Catalina Earnshaw. Es un buen retrato dije. ¿Es parecido? Sí repuso el ama de llaves. En general era así. Cuando estaba animado, parecía más guapo aún. A raíz de pasar Catalina aquellas cinco semanas con los Linton, siguió manteniendo relaciones de amistad con ellos. Como disimulaba en su presencia su aspereza acostumbrada, logró cautivarles a todos, en especial a Isabel, que la admiraba, y a su hermano, que terminó por enamorarse de ella. Como esto la complacía, tenía que desarrollar un doble modo de ser, aunque no con mal deseo. Cuando oía comentar que Heathcliff era un rufián y peor que un bruto, se cuidaba mucho de no parecerse a él, pero cuando estaba en casa mostraba muy poca inclinación a los buenos modales, que, por otra parte, no la hubieran granjeado elogios de ninguno. Eduardo no se atrevía a frecuentar mucho «Cumbres Borrascosas», porque la mala fama que tenía Earnshaw le asustaba, y temía encontrarse con él. Le recibíamos con muchas atenciones, el amo procuraba también no ofenderle, adivinando la razón de sus asiduidades, y, ya que no le fuera posible mostrarse amable, a lo menos procuraba no dejarse ver. Aquellas visitas me parece que no complacían mucho a Catalina. A ésta le faltaba malicia y no sabía ser coqueta, de modo que no le agradaba que sus dos amigos se encontrasen, porque si Heathcliff mostraba desprecio hacia Linton, ella no podía mostrarse concorde con él, como lo hacía cuando Eduardo no estaba presente, y si Linton, a su vez, expresaba antipatía hacia Heathcliff, tampoco osaba llevarle la contraria. Yo me mofé muchas veces de sus indecisiones y de los disgustos que sufría por causa de ellas, y que trataba de ocultar. Me dirá usted que mi actitud era censurable, pero aquella joven era tan soberbia, que si se quería hacerla más humilde, era forzoso no compadecerla nunca. Al cabo, como no encontraba otro confidente mejor, tuvo que franquearse ante mí. Una tarde en que el señor Earnshaw había salido, Heathcliff resolvió hacer fiesta aquel día. Creo que tenía entonces dieciséis años, y aunque no era tonto ni feo, su aspecto general era desagradable. La educacion que en sus primeros tiempos recibiera se había disipado. Los trabajos a que le dedicaban habían extinguido en él todo amor al estudio y el sentimiento de superioridad que en su niñez le infundieran las atenciones del antiguo amo ya no existía. Largo tiempo se esforzó en mantenerse al nivel cultural de Catalina, pero al fin tuvo que ceder a la evidencia. Cuando se convenció de que ya no recobraría lo perdido, se abandonó del todo, y su aspecto reflejaba su rebajamiento moral. Tenía un aspecto innoble y grosero, del que actualmente no conserva nada, se hizo insociable en extremo y parecía complacerse en inspirar repulsión antes que simpatía a los pocos con quienes tenía relacion. Cuando no trabajaba, seguía siendo el eterno compañero de Catalina. Pero él no le expresaba nunca su afecto verbalmente, y recibía las afectuosas caricias de su amiga sin devolverlas. El día a que me refiero, entró en la habitación donde yo estaba ayudando a vestirse a la señorita Catalina, y anunció su decisión de no trabajar aquella tarde. Ella, que no esperaba tal ocurrencia, había citado a Eduardo, y estaba preparándose para recibirle. Tienes algo que hacer esta tarde, Catalina? le preguntó. ¿Piensas ir de paseo? No; porque está lloviendo. Entonces, ¿por qué te has puesto este vestido de seda? Supongo que no esperarás a nadie. No espero a nadie, que yo sepa repuso ella. Pero, ¿cómo no estás ya en el campo, Heathcliff? Hace más de una hora que hemos comido. Creía que te habrías marchado ya. Hindley no nos libra a menudo de su odiosa presencia replicó el muchacho. Hoy no pienso trabajar y me quedaré contigo. Más vale que te vayas le aconsejó la joven, no sea que José lo cuente. José está cargando tierra en Penninston y no volverá hasta la noche, así que no tiene por qué enterarse. Y Heathcliff se sentó al lado de la lumbre. Catalina frunció el entrecejo y reflexionó unos momentos. Al fin encontró una disculpa para preparar la llegada de su amigo, y dijo, tras un minuto de silencio: Isabel y Eduardo Linton avisaron de que acaso vendrían esta tarde. Claro que, como llueve, no espero que lo hagan, pero si se decidieran y te ven, corres el peligro de sufrir una reprensión. Que Elena les diga que estás ocupada insistió el muchacho. No me hagas irme por esos tontos de tus amigos. A veces me dan ganas de decirte que ellos... pero prefiero callar. ¿Qué tienes que decir? exclamó Catalina, turbada ¡Ay, Elena! agregó, desasiéndose de mis manos. Me has despeinado las ondas. ¡Basta, déjame ¿Qué estabas a punto de decir, Heathcliff? Fíjate en ese calendario que hay en la pared repuso él señalando uno que estaba colgado junto a la ventana. Las cruces marcan las tardes que has pasado con Linton y los puntos las que hemos pasado juntos tú y yo He marcado pacientemente todos los días. ¿Qué te parece? ¡Vaya, una bobada! repuso despectivamente Catalina . ¿A qué viene eso? A que te des cuenta de que reparo en ello dijo Heathcliff. ¿Y por qué he de estar siempre contigo? replicó ella, cada vez más irritada. ¿Para qué me vales? ¿De qué me hablas tú? Lo que haces para distraerme, un niño de pecho lo haría, y lo que dices lo diría un mudo. Antes no me decías eso, Catalina repuso Heathcliff, muy agitado. No me declarabas que te desagradase mi compañia. ¡Vaya una compañía la de una persona que no sabe nada ni dice nada! comentó la joven. Heathcliff se incorporó, pero antes de que tuviera tiempo de seguir hablando, sentimos un rumor de cascos de caballo, y el señorito Linton entró con la cara rebosando contento. Sin duda en aquel momento pudo Catalina comparar la diferencia que había entre los dos muchachos, porque era como pasar de una cuenca minera a un hermoso valle, y las voces y modos de ambos confirmaban la primera impresión. Linton sabía expresarse con dulzura y pronunciar las palabras como usted, es decir, de un modo mas suave que el que se emplea por estas tierras. ¿No me habré anticipado a la hora? preguntó el joven, mirándome. Yo estaba enjugando los platos y arreglando los cajones del aparador. No repuso Catalina. ¿Qué haces ahí, Elena? Trabajar, señorita repuse, sin irme, porque tenía orden del señor Hindley de asistir a las entrevistas de Linton con Catalina. Ella se me acercó y me dijo en un cuchicheo: Vete de aquí y llévate tus trapos. Cuando hay gente de fuera, los criados no están en las habitaciones de los señores. Puesto que el amo está fuera, debo trabajar le dije, ya que no le gusta verme hacerlo en presencia de él. Estoy segura de que él me disculparía. Tampoco a mí me gusta verte trabajar en presencia mía replicó Catalina imperiosamente. Estaba nerviosa a causa de la disputa que había sostenido con Heathcliff. Lo siento, señorita Catalina respondí, continuando en mi ocupación. Ella, creyendo que Eduardo no la veía, me arrancó el trapo de limpieza de las manos y me aplicó un pellizco soberbio. Ya he dicho que yo no le tenía afecto, y que me complacía en humillar su orgullo siempre que me era posible. Así que me incorporé porque estaba de rodillasy clamé a grito pelado: ¡Señorita, esto es un atropello, y no estoy dispuesta a consentirlo! No te he tocado, embustera me contestó, mientras sus dedos se aprestaban a repetir la acción.  La rabia le había encendido las mejillas, porque no sabía ocultar sus sentimientos, y siempre que se enfadaba, el rostro se le ponía encarnado como un pimiento. Entonces, ¿esto qué es? le contesté señalándole la señal que el pellizco me había producido en el brazo. Hirió el suelo con el pie, vaciló un segundo y después, sin poderse contener, me dio una bofetada. Los ojos se me llenaron de lágrimas. ¡Por Dios, Catalina! exclamó Eduardo, disgustado de su violencia y de su mentira, e interponiéndose entre nosotras. ¡Márchate, Elena! –ordenó ella, temblando de rabia. Hareton, que estaba siempre conmigo, comenzó también a llorar y a quejarse de la «mala tía Catalina». Entonces ella se desbordó contra el niño, le cogió por los hombros y le sacudió terriblemente, hasta que Eduardo intervino y le sujetó las manos. El niño quedó libre, pero en el mismo momento, el asombrado Eduardo recibió en sus propias mejillas una replica lo bastante contundente para no ser tomada a juego. Se apartó consternado. Cogí a Hareton en brazos y me fui a la cocina, dejando la puerta abierta para ver cómo terminaba aquel incidente. El visitante, ofendido, pálido y con los labios temblorosos, se dirigió a coger su sombrero. «Haces bien pensé para mí. Aprende, da gracias a Dios de que ella te haya mostrado su verdadero carácter, y no vuelvas.» Él quiso pasar, pero ella dijo con energía: ¡No quiero que te vayas! Debo irme. No contestó Catalina, sujetando el picaporte. No te vayas todavía, Eduardo. Siéntate, no me dejes en este estado de ánimo. Pasaría una noche horrible y no quiero sufrir por causa tuya. ¿Crees que debo quedarme después de haber sido ofendido? preguntó Linton. Catalina calló. Estoy avergonzado de ti continuó el joven. No volveré más. En los ojos de Catalina relucieron lágrimas. Además, has mentido dijo él. No, no repuso ella. Lo hice todo sin querer Anda, márchate si quieres... Ahora me pondré a llorar, y lloraré hasta que no pueda más... Desplomóse en una silla y rompió en sollozos. Eduardo llegó hasta el patio, y allí se paró. Resolví infundirle alientos. La señorita le dije es tan caprichosa como un niño mimado. Vale más que se vaya usted a casa, porque, si no, es capaz de ponerse enferma con tal de disgustarnos. Eduardo contempló la ventana. El pobrecillo era tan capaz de irse como un gato lo es de dejar a medio matar un ratón o a medio devorar un jilguero. «Estás perdido pensé. Te precipitas tú mismo hacia tu destino ... » No me engañé: se volvió bruscamente, entró en la casa, cerró la puerta, y cuando al cabo de un rato fui a advertirles de que el señor Earnshaw había vuelto beodo y con ganas de armar escándalo, pude comprobar que lo sucedido no había servido sino para aumentar su intimidad y para romper los diques de su timidez juvenil, hasta el punto de que habían comprendido que no sólo eran amigos, sino que se querían. Al oír que Hindley había llegado, Linton se fue rápidamente a buscar su caballo, y Catalina a su alcoba. Yo me ocupé de esconder al pequeño Hareton y de descargar la escopeta del señor, ya que él tenía la costumbre, cuando se hallaba en aquel estado, de andar con ella, con grave riesgo de la vida para cualquiera que le provocara o simplemente le hiciera alguna observación. Mi precaución impediría que Linton causase algún daño si disparaba. CAPÍTULO IX En el momento en que yo ocultaba a Hareton en la alacena, Hindley entró mascullando juramentos. A Hareton le espantaban tanto el afecto como la ira de su padre, porque en el primer caso corría el riesgo de que le ahogara con sus brutales abrazos, y en el segundo se exponía a que le estrellara contra un muro o le arrojara a la lumbre. Así que el niño permanecía siempre quieto en los sitios donde yo le ocultaba. ¡Al fin la hallo! clamó Hindley, sujetándome por la piel de la nuca como si fuese un perro. ¡Por el cielo, que os habéis conjurado para matar al niño! Ahora comprendo por qué le mantenéis siempre apartado de mí. Pero con la ayuda de Satanás, Elena, te voy ahora a hacer tragar el trinchante. No lo tomes a risa: acabo de echar a Kenneth, cabeza abajo, en el pantano del Caballo Negro, y ya tanto se me dan dos como uno. Tengo ganas de mataros a uno de vosotros, y he de conseguirlo. Vaya, señor Hindley contesté, déjeme en paz. No me gusta el sabor del trinchante: está de cortar arenques. Más vale que me pegue un tiro, si quiere. ¡Quiero que te vayas al diablo! contestó. Ninguna ley inglesa impide que un hombre tenga una casa decorosa, y la mía es detestable. ¡Abre esa boca! Intentó deslizarme el cuchillo entre los labios, pero yo, que nunca tuve miedo de sus locuras, insistí en que sabía muy mal y no lo tragaría. ¡Diablo! exclamó, soltándome de pronto. Ahora me doy cuenta de que aquel granuja no es Hareton. Perdona, Elena. Si lo fuera, merecería que le desollaran vivo por no venir a saludarme y estarse ahí chillando como si yo fuera un espectro. Ven aquí, desnaturalizado engendro. Yo te enseñaré a engañar a un padre crédulo y bondadoso. Oye, Elena: ¿no es cierto que este chico estaría mejor sin orejas? El cortárselas hace más feroces a los perros, y a mí me gusta la ferocidad. Dame las tijeras. Apreciar tanto las orejas, constituye una afectación diabólica. No por dejar de tenerlas dejaríamos de ser unos asnos. Cállate, niño... ¡Anda, pero si es mi nene! Sécate los ojos, y bésame, pequeño mío. ¿Cómo? ¿No quieres? ¡Bésame, Hareton; bésame, condenado! Señor, ¿cómo habré podido engendrar monstruo semejante? Le voy a romper el cráneo... Hareton se debatía entre los brazos de su padre, llorando y pataleando, y redobló sus gritos cuando Hindley se lo llevó a lo alto de la escalera y le suspendió en el aire. Le grité que iba a asustar al niño, y me apresuré a correr para salvarle. Al llegar arriba, Hindley se había asomado a la barandilla escuchando un rumor que sentía abajo, y casi había olvidado a Hareton. ¿Quién va? preguntó, sintiendo que alguien se acercaba al pie de la escalera. Reconocí las pisadas de Heathcllff, y me asomé para hacerle señas de que se detuviese. Pero en el mome