libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. El error es que hoy hemos suprimido grandes trozos de la parte circense del programa y hemos envenenado a las masas con algo de educación. Cuando Clifford se excitaba realmente en sus opiniones sobre el pueblo bajo, Connie sentía miedo. Había algo demoledoramente cierto en lo que decía. Pero era una verdad que mataba. Al verla pálida y silenciosa, Clifford puso de nuevo la silla de ruedas en marcha. No volvieron a decir nada hasta detenerse ante la cancela frente al bosque para que ella abriera. -Lo único que tenemos que hacer ahora -dijo él- es utilizar el látigo en vez de la espada. Las masas han sido dominadas desde el principio de los tiempos y hasta que los tiempos se acaben tendrán que seguir siendo dominadas. Es una pura hipocresía y una farsa decir que se pueden gobernar por sí mismas. -¿Y tú, puedes dominarlas? -preguntó ella. -¿Yo? ¡Claro que sí! Ni mi cabeza ni mi voluntad están paralizadas y yo no mando con las piernas. Yo puedo desempeñar la parte que me corresponde en el mando: absolutamente la parte que me corresponde, y dame un hijo y él sabrá cargar con su parte después de mí. -Pero no sería tu propio hijo, no pertenecería a tu clase dirigente, o quizás sí -titubeó ella. -No me importa quién sea su padre, siempre que sea un hombre sano y con una inteligencia normal. Dame un hijo de cualquier hombre sano de inteligencia normal y yo le convertiré en un Chatterley perfecto. Lo importante no es quién nos haga, sino el lugar donde nos coloque el destino. Coloca cualquier niño entre las clases dominantes y crecerá para convertirse, dentro de su capacidad, en un dominador. Sitúa a los hijos de reyes y duques entre las masas y serán pequeños plebeyos, productos de la masa. Es la presión irresistible del medio. -Entonces la plebe no es una raza y los aristócratas no son una sangre -dijo ella. -¡No, hija mía! Todo eso es una ilusión romántica. La aristocracia es una función, una parte del destino. El individuo apenas tiene importancia. Es cuestión de a qué función nos dedican y para qué función nos adaptan. No son los individuos los que forman una aristocracia: es el funcionamiento del todo aristocrático. Y es el funcionamiento de la masa toda lo que convierte al plebeyo en lo que es. -¡Entonces no formamos todos una comunidad humana! -Como prefieras. Todos tenemos necesidad de llenar el estómago. Pero cuando se trata del funcionamiento expresivo o ejecutivo creo que hay un abismo, un abismo absoluto, entre las clases dominantes y las serviles. Ambas funciones son opuestas. Y la función determina al individuo. Connie le miraba estupefacta. -¿Te vas a quedar ahí? -dijo. Y él puso en marcha la silla. Había dicho lo que tenía que decir y volvió a caer en su apatía peculiar y un tanto ausente que a Connie le parecía tan molesta. En todo caso estaba dispuesta a no discutir en el bosque. Frente a ellos se abría el tajo del camino de herradura entre la espesura de los avellanos y los alegres árboles grises. La silla avanzaba renqueante, apareciendo lentamente entre los nomeolvides que se elevaban en el camino como una espuma de leche más allá de la sombra de los avellanos. Clifford conducía por el centro, donde el paso de pies humanos había mantenido un canal entre las flores. Pero Connie, detrás de él, había observado cómo las ruedas iban aplastando las aspérulas y la hierbabuena y destrozando las pequeñas flores amarillas entre la hierba. Ahora dejaban una estela entre los nomeolvides. Todas las flores estaban allí; las primeras campanillas formaban remansos azules como de agua estancada. -¡Tienes toda la razón al decir que es hermoso! -dijo Clifford-. Impresionantemente hermoso. ¿Qué cosa hay que tenga una hermosura comparable a la primavera inglesa? Connie pensó que parecía como si hasta la primavera floreciera por una ley del Parlamento. ¡Una primavera inglesa! ¿Por qué no irlandesa o judía? La silla avanzaba lentamente, entre macizos de vigorosas campanillas azules enhiestas como el trigo y sobre las hojas grises de la bardana. Cuando llegaron al claro donde se habían talado los árboles, cayó sobre ellos una luz intensa. Y las campanillas formaban sábanas de un azul brillante aquí y allá que pasaba a veces al lila y al púrpura. Y entre ellas levantaban los helechos sus cabezas marrones y rizadas como legiones de crías de serpiente con un nuevo secreto que susurrarle a Eva. Clifford siguió su marcha en la silla hasta el pico de la colina; Connie le seguía lentamente. Las yemas de los robles se abrían suaves y marrones. Todo despertaba tiernamente del viejo letargo. Incluso los robles, retorcidos y rugosos, dejaban brotar sus tiernas hojas nuevas, abriendo sus alas finas y marrones a la luz como crías de murciélago. ¿Por qué los hombres nunca presentaban al exterior nada nuevo, ninguna frescura que les rejuveneciera? ¡Hombres caducos! Clifford detuvo la silla en lo alto de la pendiente y miró hacia abajo. Las campanillas inundaban de azul el camino e iluminaban cálidamente el sendero. -Es un color muy bonito el natural, pero no puede utilizarse en un cuadro -dijo. -Tienes razón -dijo Connie. -No sé si arriesgarme a ir hasta el manantial -dijo Clifford. -¿Crees que la silla será capaz de seguir subiendo? -preguntó ella. -Lo intentaremos; el que no se arriesga no pasa la mar. Y la silla comenzó a avanzar, lentamente, traqueteando por el amplio y hermoso camino cubierto de jacintos azules que lo invadían. ¡Oh última de las naves sobre los fondos de jacintos! ¡Oh barca sobre las últimas aguas salvajes en el último viaje de nuestra civilización! ¿A dónde, oh siniestro bajel de ruedas, te lleva tu lento bogar? Silencioso y complaciente iba Clifford sentado al timón de la aventura: con su viejo sombrero negro y su chaqueta de cheviot, inmóvil y precavido. ¡Oh capitán, mi capitán, el gran viaje ha terminado! ¡No, aún no! Colina abajo, siguiendo la estela, venía Constance con su vestido gris, observando el traqueteo de la silla cuesta abajo. Pasaron el estrecho camino que llevaba a la choza. Afortunadamente no era bastante ancho para la silla de ruedas: apenas lo suficiente para una persona. La silla llegó al fondo de la pendiente y giró para desaparecer luego. Connie oyó un ligero silbido a sus espaldas. Miró ávidamente alrededor: el guarda bajaba la colina hacia ella seguido por su perra. -¿Va Sir Clifford hacia mi casa? -preguntó mirándola a los ojos. -No, sólo hasta el manantial. -¡Ah! ¡Bien! Entonces no tiene que verme. Pero te veré esta noche. Te esperaré en la valla hacia las diez. La volvió a mirar directamente a los ojos. -Sí -articuló ella. Oyeron el «¡Paa! ¡Paa!» de la bocina de Clifford llamando a Connie. Ella respondió con un « ¡Uuuh! ». La cara del guarda se arrugó con una pequeña mueca y con la mano acarició ligeramente su pecho de abajo arriba. Ella le miró asustada y comenzó a correr colina abajo volviendo a gritar « ¡Uuh! » en dirección a Clifford. El hombre la observaba desde arriba y luego siguió su camino con una mueca imperceptible. Descubrió a Clifford cuando ya ascendía lentamente hacia el manantial, que estaba a mitad de la pendiente del bosque de alerces. El estaba ya allí cuando ella le alcanzó. -No se ha portado mal -dijo, refiriéndose a la silla. Connie contempló las grandes hojas grises de bardana que crecían con aspecto espectral al borde del bosque de alerces. La gente la llamaba ruibarbo de Robín de los Bosques. ¡Qué silencioso y sombrío parecía todo en torno al manantial! Y sin embargo el agua cantaba con una maravillosa alegría. Y había plantas de eufrasia y consuelda... Y allí, en la orilla, se movía la tierra amarilla. ¡Un topo! Salió a la superficie escarbando con sus patas rosadas y agitando su carita ciega con la punta rosa de la nariz hacia arriba. -Parece como si viera con la punta de la nariz -dijo Connie. -¡Mejor que tú con los ojos! -dijo él-. ¿Quieres agua? -¿Y tú? Cogió una jarrita esmaltada de una rama de un árbol y se agachó a llenarla. El bebía a sorbos. Luego se agachó a llenarla de nuevo y bebió ella. -¡Está helada! -dijo sin aliento. -Muy buena, ¿no? ¿Has pensado en un deseo? -¿Y tú? -Yo sí, pero no lo digo. Advirtió el picoteo de un pájaro carpintero y luego el viento suave y misterioso entre los alerces. Levantó la mirada. Nubes blancas atravesaban el azul. -¡Nubes! -dijo. -Sólo son corderos blancos -dijo él. Una sombra cruzó el pequeño claro. El topo había salido al exterior sobre la tierra amarilla y suave. -Qué animal tan desagradable, deberíamos matarlo -dijo Clifford. -¡Mira! Es como un cura en un púlpito -dijo ella. Ella buscó algunos retoños de aspérula y se los llevó al animal. -¡Como el heno recién cortado! -dijo él-. ¿No crees que tiene el tufillo de las damas románticas del siglo pasado, que después de todo tenían la cabeza sobre los hombros? Ella observaba las nubes blancas. -Me pregunto si irá a llover -dijo Connie. -¡Lluvia! ¿Por qué? ¿Quieres que llueva? Se pusieron en camino de vuelta. Clifford avanzaba cuidadosamente a empellones cuesta abajo. Llegaron a la oscura base de la hondonada, volvieron a la derecha y, tras unos cientos de yardas, comenzaron la subida de la larga ladera donde las campanillas se bañaban al sol. -¡Adelante, muchacha! -dijo Clifford a su silla, poniendo el motor en marcha. Era una subida pronunciada y llena de rebotes. La silla se afanaba lentamente, entre esfuerzos y con desgana. Aun así se iba abriendo camino de forma desigual hasta llegar a un lugar donde los jacintos la rodeaban por todas partes, y allí se plantó, hizo esfuerzos, salió a trancas y barrancas de entre las flores y se paró. -Será mejor que toquemos la bocina para ver si aparece el guarda -dijo Connie-. Podría empujar un poco. O puedo empujar yo, de algo servirá. -Vamos a dejarla descansar un poco -dijo Clifford-. ¿Puedes ponerle un calzo a la rueda? Connie encontró una piedra y esperaron un poco. Poco después, Clifford volvió a poner el motor en marcha y la silla se puso en movimiento. Hacía esfuerzos y recaía como un ser enfermo, con un ruido muy raro. -¡Voy a empujar! -dijo Connie, acercándose al respaldo. -¡No! ¡No empujes! -dijo él enfadado-. ¿Para qué sirve esta puñetería si hay que empujarla! ¡Vuelve a poner la piedra! Hicieron otra pausa y otro intento de ponerla en marcha más inútil que el anterior. -Tienes que dejarme que empuje -dijo ella-. O toca la bocina para que venga el guarda. -¡Espera! Esperó; y él volvió a intentarlo sin que sirviera para nada. -Toca la bocina si no quieres que empuje yo -dijo Connie. -¡Leches! ¡Quédate tranquila un momento! Se quedó tranquila un momento; él hizo todo lo posible para poner el motor en marcha. -Sólo vas a conseguir estropearla del todo, Clifford -refunfuñó ella-, además de malgastar tus nervios. -¡Si pudiera bajarme y echarle un vistazo a esta mierda! -dijo desesperado. Y empezó a tocar estridentemente la bocina-. Quizás Mellors sea capaz de encontrar la avería. Esperaron entre las flores destrozadas, bajo un cielo que se iba cubriendo de nubes. En el silencio se empezó a oír el arrullo de una paloma torcaz. Clifford la hizo callar con un pitido de la bocina. El guarda apareció de forma directa, avanzando interrogante desde la curva. Hizo un saludo militar. -¿Entiende usted algo de motores? -preguntó Clifford abruptamente. -Me temo que no. ¿Se ha estropeado? -¡Eso parece! -gruñó Clifford. El hombre se agachó solícito junto a la rueda y observó el motorcito. -Siento no entender nada de estas cosas mecánicas, Sir Clifford -dijo con calma-. Si tiene bastante aceite y gasolina... -Eche un vistazo con atención y mire si ve algo roto -dijo Clifford cortante. El hombre dejó su escopeta contra un árbol, se quitó la chaqueta y la dejó al lado. La perra marrón hacía la guardia. Luego se acuclilló sobre los talones y miró bajo la silla metiendo el dedo entre las piezas del motor grasiento y fastidiado por las manchas de aceite que le caían sobre la camisa limpia de los domingos. -No parece que haya nada roto -dijo. Y se levantó echándose el sombrero hacia atrás y rascándose la frente, meditando en apariencia. -¿Ha mirado las varillas de abajo? -preguntó Clifford-. Mire a ver si están bien. El hombre se tumbó en tierra sobre el estómago, con la cabeza en alto, arrastrándose bajo el motor y tanteando con el dedo. Connie pensó que un hombre era una especie de cosa patética, débil e insignificante, tumbado así boca abajo sobre la faz de la tierra. -Por lo que se ve no parece que le pase nada -dijo su voz sofocada. -Supongo que no va a poder hacer usted nada -dijo Clifford. -¡Parece que no! -y se arrastró hacia afuera y se quedó en cuclillas sobre los talones a la manera de los mineros-. Desde luego no hay nada que parezca roto. Clifford puso en marcha el motor, luego le dio al acelerador. La máquina seguía inmóvil. -Déle a fondo -aconsejó el guarda. A Clifford no le gustó la intromisión, pero hizo zumbar al motor como un moscardón. La máquina tosió, gruñó y pareció empezar a funcionar. -Parece como si ya quisiera -dijo Mellors. Pero Clifford ya había metido la marcha; la silla pegó una leve sacudida enfermiza y avanzó un poquito, perdiendo impulso. -La empujaré a ver si va -dijo el guarda colocándose detrás. -¡Déjela! -gruñó Clifford-. Lo hará sola. -¡Pero Clifford! -intervino Connie desde más arriba-, sabes que es demasiado para ese motor. ¿Por qué eres tan testarudo? Clifford estaba ciego de ira, daba golpes en el manillar. La silla pegó una especie de brinco, avanzó algunas yardas más y se paró definitivamente entre un montón precioso de campanillas. -¡Se acabó! -dijo el guarda-. Le falta fuerza. -Ya ha subido otras veces hasta aquí -dijo Clifford fríamente. -Esta vez no -dijo el guarda. Clifford no contestó. Empezó a jugar con el motor, a hacerlo marchar rápido y lento, como si quisiera sacarle una melodía. El bosque repetía los ruidos en un extraño eco. Luego metió la marcha de repente, tras haber soltado el freno. -La va a destrozar -dijo el guarda. La silla pegó un brinco enfermizo hacia la zanja que había a un lado. -¡Clifford! -gritó Connie, corriendo hacia él. Pero el guarda agarró la silla por la barra. Sin embargo, Clifford, utilizando toda su fuerza, consiguió hacerla volver al camino, y con un extraño ruido la silla comenzó a luchar con la pendiente. Mellors empujaba firmemente por detrás y por fin el aparato se puso en marcha como para desquitarse. -¡Lo ve, puede! -dijo Clifford victorioso, mirando hacia atrás por encima del hombro. Entonces vio allí la cara del guarda. -¿Está usted empujando? -Si no, no podrá. -Suéltela. Yo no le he dicho que empuje. -No podrá sola. -¡Deje que lo intente! -gruñó Clifford con todas sus fuerzas. El guarda se quedó atrás. Luego se volvió para recoger su chaqueta y la escopeta. La silla pareció perder las fuerzas inmediatamente. Se quedó inmóvil. Clifford, sentado y prisionero, estaba blanco de humillación. Empezó a golpear el manillar con las manos, los pies no le servían para nada. Logró que el motor produjera ruidos extraños. Pero la silla no se movía. No, no se movía. Paró el motor y permaneció rígido de furor. Constance se sentó y se quedó mirando las campanillas destrozadas y aplastadas. «¡Nada es tan maravilloso como una primavera inglesa.» «Cargaré con mi responsabilidad en el mando.» «Lo que se necesitan ahora son látigos, no espadas.» «¡Las clases dominantes! » El guarda se acercó con el arma y la chaqueta en la mano; Flossie le seguía cautelosamente. Clifford le ordenó hacer no sé qué cosa en el motor. Connie, que no entendía nada en absoluto de los tecnicismos de los motores, y que ya había tenido alguna experiencia de lo que pasa con las averías, siguió sentada pacientemente como un cero a la izquierda. El guarda volvió a tumbarse de bruces. ¡Las clases dominantes y las clases dominadas! El se puso de nuevo en pie y dijo pacientemente: -Vuelva a intentarlo ahora. Hablaba con voz muy tranquila, como si estuviera dando consejos a un niño. Clifford hizo otro intento y Mellors se colocó rápidamente detrás y comenzó a empujar. Estaba en marcha, el motor hacía aproximadamente la mitad del esfuerzo, el hombre el resto. Clifford miró hacia atrás, amarillo de ira. -¿Quiere quitarse de ahí? El guarda soltó inmediatamente, y Clifford añadió: -¿Cómo voy a saber, si no, lo que está haciendo el motor? El guarda soltó la escopeta y empezó a ponerse la chaqueta. Para él bastaba. La silla empezó a ir marcha atrás lentamente. -¡Clifford, el freno! -gritó Connie. Ella, Mellors y Clifford se pusieron en acción inmediatamente. Connie y el guarda chocaron ligeramente. La silla se detuvo. Hubo un momento de un silencio mortal. -¡Está claro que tengo que depender de todo el mundo! -dijo Clifford. Estaba congestionado y furioso. Nadie respondió. Mellors se estaba echando la escopeta al hombro con cara extraña e inexpresiva, a excepción de un aire abstracto de paciencia. Flossie, casi en guardia entre las piernas de su dueño, se movía intranquila, mirando la silla con aire sospechoso y hostil, totalmente perpleja entre los tres seres humanos. El tableau vivant permaneció inmóvil entre las campanillas destrozadas sin que nadie dijera una palabra. -Supongo que habrá que empujarla -dijo Clifford por fin, fingiendo sangre fría. No hubo respuesta. La cara abstraída de Mellors parecía no haber oído nada. Connie le miró expectante. Clifford se volvió también a mirarle. -¿No le importa empujarla hasta casa, Mellors? -dijo con un tono frío y superior-. Espero no haber dicho nada que le ofenda -añadió disgustado. -¡Nada en absoluto, Sir Clifford! ¿Quiere que empuje la silla? -Por favor. El hombre se puso a ello, pero esta vez sin resultados. El freno se había atascado. Empujaron, tiraron y el guarda volvió a dejar el arma y quitarse la chaqueta. Clifford no volvió a decir una palabra. Al fin el guarda levantó en vilo la parte trasera de la silla y de una potente patada trató de desatascar las ruedas. Le falló el golpe y la silla se le fue de entre las manos. Clifford se aferraba a los reposabrazos. El hombre jadeaba bajo el peso. -¡No haga eso! -le gritó Connie. -¡Tire usted así de la rueda, hacia allí! -le dijo, mostrándole cómo hacerlo. -¡No! ¡No la levante! ¡Se va a hacer daño! -dijo ella entonces, roja de ira. Pero él la miró a los ojos con un gesto afirmativo. Y ella tuvo que ir a la rueda. Listos. El levantó la silla en volandas, ella tiró con fuerza y la silla se tambaleó. -¡Por el amor de Dios! -gritó Clifford aterrorizado. Pero la cosa funcionó, el freno se había desatascado. El guarda puso una piedra bajo la rueda y fue a sentarse a un lado, con el corazón acelerado y la cara blanca por el esfuerzo, a punto de perder el sentido. Connie le miró y estuvo a punto de gritar de ira. Se produjo una pausa y un silencio mortal. Vio que las manos de él temblaban apoyadas en los muslos. -¿Se ha hecho daño? -preguntó acercándose a él. -¡No, no! El se volvió al otro lado, casi enfadado. De nuevo un silencio total. La parte trasera de la clara cabeza de Clifford estaba inmóvil. Ni la perra osaba moverse. El cielo se había cubierto por completo. El suspiró por fin y se sonó la nariz con su pañuelo rojo. -Esa pulmonía me ha dejado sin fuerzas -dijo él. No contestó nadie. Connie calculaba el esfuerzo que debía haberle costado levantar la silla en el aire con el corpulento Clifford encima: ¡demasiado, excesivo! ¡Podía haberse matado! El se levantó y volvió a recoger su chaqueta, colgándola de la barra de la silla. -¿Está listo, Sir Clifford? -¡Cuando quiera! Se agachó y quitó el calzo, luego aplicó el peso de su cuerpo contra la silla. Connie no le había visto nunca tan pálido: ni tan ausente. Clifford era fornido y la pendiente inclinada. Connie se colocó al lado del guarda. -¡Le ayudaré a empujar! -dijo. Y empezó a empujar con la turbulenta energía de una mujer encolerizada. La silla avanzó con mayor rapidez. Clifford se volvió hacia atrás. -¿Es eso necesario? -dijo. -¡Mucho! ¿Quieres matar a este hombre? Si hubieras dejado funcionar al motor cuando aún podía... Pero no terminó la frase. Estaba jadeando. Aflojó un poco, era un esfuerzo sorprendentemente duro el que había que hacer. -¡Eh! ¡Más despacio! -dijo el hombre a su lado con una ligera sonrisa en los ojos. -¿Está seguro de no haberse hecho mal? -dijo ella impetuosamente. El movió la cabeza. Ella observó su mano pequeña, corta, viva, bronceada por la intemperie. Era la mano que la acariciaba. Ni siquiera se había fijado en ella antes. Parecía tan silenciosa como él, con una curiosa calma interior que despertaba en ella el deseo de agarrarla, como si estuviera fuera de su alcance. Toda su alma tendía de repente hacia él: ¡estaba tan silencioso, tan inaccesible! Y sintió que la vida volvía a sus miembros. Empujando con la mano izquierda, él puso la derecha sobre su muñeca redonda, envolviéndola suavemente en una caricia. Y una llama de vigor descendió por su espalda y sus caderas volviéndole a la vida. Ella se inclinó de repente y le besó la mano. Mientras tanto la nuca de Clifford permanecía rígida e inmóvil delante de ellos. En la cumbre de la colina descansaron un poco. Connie se alegró de soltar la silla. Había tenido sueños fugitivos de amistad entre aquellos dos hombres: uno su marido y el otro el padre de su hijo. Ahora se daba cuenta de la total falta de sentido de sus sueños. Los dos machos eran tan hostiles como el fuego y el agua. Se exterminaban mutuamente el uno al otro. Y se dio cuenta por primera vez de lo extraño y sutil que es el odio. Por primera vez había odiado a Clifford de forma clara y consciente, con un odio intenso: como si hubiera que eliminarlo de la faz de la tierra. Y era extraño lo libre y llena de vida que la hacía sentirse el odiarle y reconocerlo abiertamente ante sí misma. «Ahora que le he odiado no seré capaz de seguir viviendo con él»: el pensamiento le vino a la cabeza. En terreno llano el guarda pudo empujar la silla solo. Clifford se enfrascó en una conversación insignificante con ella para demostrar su completa compostura: habló sobre tía Eva, que estaba en Dieppe, y sobre Sir Malcolm, que había escrito para preguntar si Connie le acompañaría en su pequeño coche a Venecia o si ella y Hilda irían en tren. -Preferiría ir en tren -dijo Connie-. No me gustan los viajes largos en coche, especialmente cuando hay polvo. Pero le preguntaré a Hilda qué prefiere ella. -Querrá ir en su coche y que tú vayas con ella -dijo él. -¡Probablemente! Tendré que ayudar ahora. No tienes idea de lo que pesa esta silla. Volvió a la parte de atrás y avanzó al lado del guarda, empujando con él a lo largo del sendero rosa. No le importaba que la vieran. -¿Por qué no me dejáis aquí y vais a buscar a Field? El solo tiene fuerza para hacerlo -dijo Clifford. -Ya falta tan poco... -jadeó ella. Pero ella y Mellors tuvieron que secarse el sudor de la cara cuando llegaron a la parte de arriba. Era curioso, pero aquel trabajo común les había acercado mucho más de lo que habían estado antes. -Muchas gracias, Mellors -dijo Clifford cuando estuvieron ante la puerta de la casa-. Tendré que poner un motor diferente, eso es todo. ¿No quiere pasar a la cocina y comer algo? Debe ser aproximadamente la hora. -Gracias, Sir Clifford. Iba a cenar hoy con mi madre, es domingo. -Como prefiera. Mellors se puso la chaqueta, miró a Connie, hizo un saludo militar y se fue. Connie, furiosa, subió a su habitación. A la hora de la comida no pudo ocultar sus sentimientos. -¿Por qué eres tan abominablemente desconsiderado, Clifford? -le dijo. -¿Con quién? -¡Con el guarda! Si eso es lo que tú llamas las clases dominantes, lo siento por ti. -¿Por qué? -¡Un hombre que ha estado enfermo, al que faltan fuerzas! Te lo aseguro, si yo perteneciera a la clase servil, te haría esperar sentado mis servicios. Ya podías silbar todo lo que quisieras. -Te creo. -Si él hubiera estado sentado en una silla con las piernas paralíticas y se hubiera comportado como te has comportado tú, ¿qué habrías hecho por él? -Mi querida predicadora, tu forma de confundir las personas y las personalidades es de mal gusto. -Y tu sucia y estéril falta de la compasión normal es del peor gusto imaginable. ¡Noblesse oblige! ¡Tú y tu clase dominante! -¿Y a qué debiera obligarme? ¿A sentir un montón de emociones innecesarias sobre mi guardabosque? Me niego. Eso lo dejo para mi predicador. -¡Como si no fuera tan hombre como tú; lo que hay que oír! -Y además es mi guardabosque y le pago dos libras a la semana y le doy una casa. -¡Pagarle! ¿Qué es lo que crees que le pagas con dos libras a la semana y una casa? -Su servicio. -¡Bah! Yo te diría que te guardaras tus dos libras semanales y tu casa. -Probablemente a él le gustaría, pero no puede permitirse el lujo. -¡Tú y tu dominio! -dijo ella-. No dominas nada, no te engañes. Tienes más dinero del que te corresponde y haces que la gente trabaje para ti por dos libras a la semana o les amenazas con el hambre. ¡Dominio! ¿Qué es lo que sale de tu dominio si no tienes nada que dar? ¡Lo único que haces es darle a la gente en los morros con tu dinero, como un judío o un estraperlista! -¡Utiliza usted un lenguaje muy fino, Lady Chatterley! -Te aseguro que tú has sido el colmo de la elegancia allí en el bosque. Estaba completamente avergonzada de ti. ¡Pero mi padre es diez veces más humano que tú, tan caballero! Tocó la campanilla para llamar a la señora Bolton, pero estaba lívido. Ella subió furiosa a su habitación, diciéndose a sí misma: «¡El, comprando gente! Bueno, pues a mí no me compra, así que no hace falta que siga viviendo con él. ¡Mosca muerta de caballero con su alma de celuloide! Y cómo le envuelven a uno con su educación y su falso comedimiento y su cortesía. Tienen tanta sensibilidad como un pedazo de celuloide.» Hizo sus planes para la noche y decidió eliminar a Clifford de su mente. No quería odiarle. No quería estar íntimamente unida a él en ninguna clase de sentimiento. No quería que él supiera absolutamente nada sobre ella: y especialmente nada sobre sus sentimientos hacia el guardabosque. Aquella discusión sobre la actitud de ella hacia los sirvientes no era nueva. El la encontraba demasiado abierta, y a ella él le parecía estúpidamente insensible, rígido y acartonado para los demás. A la hora de la cena bajó más tranquila, con su compostura habitual. El estaba todavía con la bilis revuelta: a punto de tener uno de aquellos cólicos renales que le volvían realmente insoportable. Estaba leyendo un libro francés. -¿Has leído alguna vez a Proust? -preguntó. -Lo he intentado, pero me aburre. -Realmente es un escritor excepcional. -¡Puede ser! Pero me aburre con todo ese refinamiento. No hay emociones en él, es sólo un desfile de palabras sobre las emociones. Estoy harta de las mentalidades que se dan tanta importancia. -¿Preferirías animalidades que se den tanta importancia? -¡Quizás! Pero también pudiera descubrirse algo que no viva de darse importancia. -Bueno, a mí me gusta la sutileza de Proust y su anarquía bien educada. -Eso le convierte a uno en un muerto. -Ya está hablando mi pequeña predicadora. ¡Ya estaban empezando otra vez, otra vez! Pero ella no podía evitar atacarle. Parecía estar sentado allí como un esqueleto, utilizando contra ella una voluntad fría y deshilvanada de esqueleto. Casi podía sentir el esqueleto aferrándola y estrujándola contra la jaula de sus costillares. También él estaba en pie de guerra: y ella sentía un cierto miedo. Volvió a su habitación en cuanto pudo y se acostó muy temprano. Pero a las nueve y media volvió a levantarse y salió a escuchar al exterior. No se oía nada. Se deslizó en camisón y bajó. Clifford y la señora Bolton jugaban dinero a las cartas. Probablemente seguirían jugando hasta la medianoche. Connie volvió a su habitación, echó su camisón sobre la cama deshecha y se puso un fino vestido de tenis y por encima un vestido de lana. Se calzó unos zapatos de tenis y se echó por encima un abrigo ligero. Estaba lista. Si se encontraba con alguien diría que iba a salir un ratito. Y por la mañana, cuando volviera, diría que había ido a dar un corto paseo al amanecer, como hacía bastante a menudo antes del desayuno. Por lo demás, el único peligro era que alguien entrara en su habitación durante la noche. Pero aquello era poco probable: una posibilidad entre cien. Betts no había echado la llave todavía. Cerraba la casa a las diez y volvía a abrir a las siete de la mañana. Ella salió en silencio y sin que la viera nadie. Había una luz de media luna, lo suficientemente para iluminar el mundo a medias y no lo bastante para delatar su abrigo gris oscuro. Atravesó rápidamente el parque, no tanto con la esperanza de su destino como impulsada por la ira y rebeldía que ardían en su corazón. No era el mejor estado de ánimo para un encuentro amoroso. Pero á la guerre comme á la guerre. CAPITULO 14 Cuando llegó cerca de la cancela oyó el clic de la cerradura. ¡El estaba allí en la oscuridad del bosque y la había visto! -Qué bien, y a tiempo -dijo él desde la oscuridad-. ¿No ha pasado nada? -Nada, nada. Cerró la puerta en silencio tras ella e iluminó una mínima parcela del suelo descubriendo las pálidas flores, todavía abiertas en la noche. Avanzaron separados el uno del otro en silencio. -¿Seguro que no te has hecho mal esta mañana con la silla? -preguntó ella. -¡No, no! -¿Cómo quedaste después de la pulmonía? -Bien, con el corazón un poco más débil y los pulmones más encogidos. Lo normal. -Y no se deben hacer esfuerzos físicos violentos, ¿o sí? -Lo menos posible. Ella siguió avanzando en silencio y enfurecida. -¿Odiabas a Clifford? -dijo por fin. -¿Odiarle? ¡No! He conocido a demasiada gente como él para molestarme en odiarle. Sé de antemano que no me importa la gente de su clase y se acabó. -¿Cuál es su clase? -Eso lo sabes tú mejor que yo. Esa especie de aristócrata juvenil, casi como una niña y sin pelotas. -¿Qué pelotas? -¡Pelotas! ¡Las pelotas de un hombre! Ella lo pensó un poco. -¿Pero es cuestión de eso? -dijo un tanto desconcertada. -Se dice que un hombre no tiene cerebro cuando está loco, y que no tiene corazón cuando es un malvado, que no tiene estómago cuando es un cobarde. Y cuando no tiene ni rastro de ese nervio y ese empuje salvaje que tiene que tener un hombre se dice que no tiene pelotas. Cuando es un animal domesticado. Ella lo pensó un momento. -¿Y Clifford es un animal domesticado? -preguntó. -Domesticado y de mala leche: como la mayor parte de esa gente cuando se les lleva la contraria. -¿Y crees que tú no lo eres? -¡Quizás no del todo! Más tarde ella vio una luz amarilla a lo lejos. Se detuvo. -¡Allí hay luz! -dijo. -Siempre dejo una luz en casa -dijo él. Siguió andando a su lado, pero sin tocarle. Preguntándose por qué iba con él, después de todo. El abrió la puerta y entraron. Cerró la puerta con llave. ¡Como una cárcel! -pensó ella. El puchero cantaba al fuego y había tazas sobre la mesa. Ella se sentó en el sillón de madera, al lado de la chimenea. Se agradecía el calor tras el frío de la noche. -Voy a quitarme los zapatos, están húmedos -dijo Connie. Se quedó sentada con los pies desnudos sobre el guardafuegos de hierro. El fue a la despensa y volvió con algo de comida: pan, queso y fiambre de lengua. Ella tenía calor ahora: se quitó el abrigo y lo colgó tras la puerta. -¿Qué prefieres beber: café, té o chocolate? -preguntó él. -No, nada, gracias -dijo ella mirando hacia la mesa-. Pero come tú. -No, no tengo ganas. Voy a darle de comer a la perra. Recorría el piso de ladrillo con una tranquila determinación, echando la comida de la perra en un cacharro marrón. El spaniel le miraba inquieto. -¡Sí, aquí está la comida, no me mires como si te fuera a dejar morir de hambre! -dijo. Colocó el cacharro sobre la esterilla que había al pie de la escalera y se sentó en una silla junto a la pared para quitarse las polainas y las botas. La perra, en lugar de comer, se acercó a él de nuevo y se quedó mirándole desconcertada. El comenzó a desatarse lentamente los cordones de las polainas. La perra se le acercó algo más. -¿Qué es lo que te pasa ahora? ¿Te molesta que tengamos visita? ¡Eres una mujer, eso es lo que eres! Vete a comer. Le puso la mano en la cabeza y la perra la reclinó cariñosamente contra ella. El acarició la oreja sedosa, lenta y suavemente. -¡Vale! -dijo-. ¡Vale! ¡Ahora vete a comer! ¡Vete! Volvió su silla hacia el cacharro de la comida y la perra fue obedientemente y comenzó a comer. -¿Te gustan los perros? -preguntó Connie. -No, realmente no. Los encuentro demasiado obedientes y pegajosos. Se había quitado las polainas y estaba desatándose las pesadas botas. Connie se había vuelto de espaldas al fuego. ¡Qué vacía estaba la habitación! Pero sobre la cabeza de él había una horrorosa foto ampliada de un matrimonio joven. En apariencia eran él y una mujer de aspecto descarado, sin duda su esposa. -¿Ese eres tú? -preguntó Connie. El se volvió y miró a la ampliación que colgaba sobre su cabeza. -¡Sí! Nos la tomaron justo antes de casarnos, cuando tenía veintiún años. -¿Te gusta? -preguntó Connie. La miró imperturbable. -¿Gustarme? ¡No! Nunca me gustó. Fue ella quien la encargó -respondió, volviendo a ocuparse de sus botas. -Si no te gusta, ¿por qué la sigues teniendo colgada? Quizás a tu mujer le gustaría tenerla. La miró con una mueca burlona repentina. -Arrampló con todo lo que podía tener algún valor en la casa. ¡Y dejó eso! -¿Entonces por qué lo conservas? ¿Por razones sentimentales? -No, no lo miro nunca. Ya casi ni sabía que estaba ahí. Ha estado ahí colgado desde que vine a vivir aquí. -¿Por qué no lo quemas? -dijo ella. El se volvió de nuevo y volvió a observar la ampliación. Estaba enmarcada en marrón y oro, horrorosa. Mostraba a un hombre muy joven, recién afeitado y despierto, con un cuello de camisa más bien alto, y a una mujer joven, algo regordeta y descarada, con el pelo cardado y rizado y una blusa de raso. -¿No sería mala idea, verdad? -dijo él. Se había quitado las botas y se había puesto zapatillas. Se puso de pie en la silla y quitó la foto. Dejó un recuadro grande y desteñido sobre el papel verdoso de la pared. -No vale la pena quitar ahora el polvo -dijo, colocando el objeto contra la pared. Fue a la despensa y volvió con martillo y tenazas. Sentándose en la misma silla de antes, comenzó a rasgar el papel de atrás del gran marco y a arrancar las puntas que sujetaban el cartón trasero. Trabajaba con aquella concentración tranquila y absorta que era típica de él. Pronto logró sacar todas las puntas: luego tiró del cartón y por fin de la ampliación misma con su sólida montura blanca. Contempló la fotografía divertido. -Aquí estoy como era, un joven seminarista, y ella como era, una leona -dijo él-. ¡El mosca muerta y la leona! -¡Déjame ver! -dijo Connie. El tenía, desde luego, un aspecto afeitado y muy limpio, uno de aquellos jóvenes tan limpios de hacía veinte años. Pero incluso en la foto sus ojos eran despiertos y audaces. Y la mujer no era del todo lo que podía llamarse una leona, a pesar de la potencia de la mandíbula. Había un cierto atractivo en ella. -Nunca debieran guardarse estas cosas -dijo Connie. -¡Claro que no habría que guardarlas! ¡Ni siquiera habría que hacerlas! Rompió la foto de cartulina y la carpeta sobre la rodilla, y cuando los trozos fueron lo suficientemente pequeños, los echó al fuego. -Acabará con el fuego -dijo. Se llevó cuidadosamente arriba el cartón y el marco. A martillazos deshizo el marco haciendo saltar la escayola. Luego dejó las piezas en la despensa. -Lo quemaré mañana -dijo-. La moldura tiene demasiado yeso. Desembarazado de aquello, volvió a sentarse. -¿Querías a tu mujer? -preguntó ella. -¿Amor? -dijo él-. ¿Amabas tú a Sir Clifford? Pero ella no estaba dispuesta a quedarse sin contestación. -¿Pero le tenías apego? -insistió. -¿Apego? -hizo una mueca. -Quizás se lo tienes ahora -dijo ella. -¡Yo! -sus ojos se dilataron-. Ah no, no puedo ni pensar en ella -dijo con calma. -¿Por qué? Pero él sacudió la cabeza. -¿Entonces por qué no te divorcias? Un día volverá contigo -dijo Connie. El la miró agudamente. -No se acercaría ni a una milla de mí. Me odia mucho más que yo a ella. -Ya verás como vuelve contigo. -Eso no lo hará nunca. ¡Todo ha terminado! Me sacaría de quicio volver a verla. -La verás. Ni siquiera estáis legalmente separados, ¿no? -No. -Ah, entonces volverá, y tendrás que aceptarla. El miró a Connie fijamente. Luego sacudió extrañamente la cabeza. -Puede que tengas razón. Es una tontería que yo haya vuelto aquí. Pero me sentía perdido y tenía que ir a alguna parte. Un hombre no es más que un vagabundo insignificante que va a donde le lleva el viento. Pero tienes razón. Me divorciaré y asunto terminado. Me repugnan esas cosas como la peste, los funcionarios, los tribunales y los jueces. Pero habrá que aguantarse. Conseguiré el divorcio. Ella vio cómo apretaba la mandíbula y se sintió interiormente feliz. -Creo que ahora voy a tomar esa taza de té -dijo Connie. El se levantó a prepararlo. Su cara permanecía inmóvil. Cuando estuvieron sentados a la mesa, ella preguntó: -¿Por qué te casaste con ella? Era inferior a ti. La señora Bolton me ha hablado de ella. Dice que no ha entendido nunca por qué te casaste. La miró fijamente. -Te lo diré. Tuve la primera chica a los dieciséis años. Era la hija de un maestro de Ollerton, guapa, realmente hermosa. Yo tenía fama de ser un muchacho listo que había estudiado en la escuela de Sheffield, con algo de francés y alemán; en fin, me sentía superior. Ella era de ese tipo de chica romántica que desprecia la vulgaridad. Me llevó hacia la poesía y la lectura: de alguna forma me convirtió en un hombre. Leía y pensaba sin parar, todo por ella. Yo estaba empleado en las oficinas de Butterley, era delgado, pálido, vivía enfrascado en todas aquellas lecturas. Y hablaba con ella de todo aquello: absolutamente de todo. Nuestras charlas nos llevaban desde Persépolis a Tombuctú. Eramos la gente más culta y más entendida en literatura en diez condados a la redonda. Yo estaba deslumbrado por ella, absolutamente deslumbrado. Vivía en las nubes. Y ella me adoraba. Pero la serpiente oculta entre la hierba era el sexo. De alguna forma ella no tenía; por lo menos no donde se supone que debe estar. Yo me quedaba cada vez más delgado y más loco. Entonces le dije que teníamos que ser amantes. La convencí, como de costumbre. Así que me dejó hacerlo. Yo estaba muy excitado, pero ella no tenía ninguna gana. Ninguna en absoluto. Me adoraba, le encantaba que le hablara y la besara: en ese sentido sentía verdadera pasión por mí. Pero lo otro... nada, que no quería. Y hay montones de mujeres como ella. Y era justamente lo otro lo que yo quería. Por eso nos separamos. Fui cruel y la dejé. Entonces empecé con otra chica, una maestra que había organizado un escándalo por estar liada con un hombre casado y volverle casi loco. Era una mujer suave, de piel blanca, muy suave, mayor que yo, y tocaba el violín. Y era un demonio. Le gustaba todo del amor, excepto el sexo. Apretarse, acariciarse, saltar sobre ti de cualquier forma imaginable: pero si se la obligaba al sexo no hacía más que apretar los dientes y escupir odio. Yo la forcé a hacerlo y estuvo a punto de aniquilarme con su odio por ello. Así que otra vez en las mismas. Estaba hasta las narices de todo aquello. Yo buscaba una mujer que me deseara y que quisiera hacerlo. Entonces apareció Bertha Coutts. La familia vivía en la casa de al lado cuando yo era un niño, así que les conocía mucho. Eran gente vulgar. Bueno, pues Bertha se había ido a no sé qué sitio en Birmingham; ella decía que de dama de compañía de una señora, y alguien dijo que de camarera o de algo en un hotel. Sea como sea, cuando yo estaba más que harto de la otra chica, tenía veintiún años, vuelve Bertha de repente, dándose importancia, con buena ropa y una especie de exuberancia: una especie de despertar sensual que se nota enseguida, sea en una mujer o en un tranvía. Yo estaba que podía matar a alguien. Mandé a paseo el trabajo en Butterley porque pensé que iba a apolillarme si seguía allí de chupatintas: y me metí de maestro herrero en Tevershall: casi siempre herrando caballos. Había sido el trabajo de mi padre y yo siempre le había ayudado. Era un trabajo que me gustaba, andar entre caballos, y era algo natural para mí. Así que dejé de hablar en «fino», como dice la gente, de hablar el inglés correcto, y volví a hablar en dialecto vulgar. Seguía leyendo libros en casa: pero trabajaba de herrero, tenía un cochecito con un caballo y me sentía como el rey del mundo. Mi padre me dejó trescientas libras al morir. Conque me lié con Bertha y estaba feliz de que fuera vulgar. Yo quería que fuera vulgar. También yo quería ser vulgar. Bueno, nos casamos y la cosa no fue mal. Aquellas otras mujeres, las «puras», me habían dejado sin cojones, pero con ella no había problema. Ella quería guerra, le iba la marcha. Y yo estaba más contento que un potro. Aquello era lo que me hacía falta: una mujer que quería que la jodiera. Así que no paraba de echarle polvos. Yo creo que llegó a despreciarme por estar tan contento y por llevarle a veces el desayuno a la cama. Empezó a ocuparse menos de las cosas; ni siquiera me tenía una cena decente cuando llegaba a casa del trabajo, y si decía algo se enfurecía conmigo. Yo me defendía con uñas y dientes. Ella me tiraba una taza y yo la agarraba del cuello y casi la estrangulaba. ¡Así estaban las cosas! Pero me trataba con insolencia. Las cosas llegaron a tal punto que no quería acostarse conmigo cuando yo tenía ganas: nunca. Siempre me rechazaba de la manera más brutal. Luego, cuando me había enfriado y ya no tenía ganas, venía haciendo cucamonas para echarme un polvo. Y yo aceptaba. Pero cuando la tenía no se corría nunca al mismo tiempo que yo. ¡Nunca! Esperaba para tardar más. Si yo me contenía media hora, ella más. Y cuando yo me corría y terminaba de verdad, entonces empezaba ella por su cuenta y yo tenía que quedarme dentro hasta que se satisfacía ella dando gritos y meneándose, se agarraba y se apretaba allí abajo hasta correrse perdida en el éxtasis. Y luego decía: «¡ha sido maravilloso!». Poco a poco me fui hartando: y ella peor cada vez. De alguna manera era más y más difícil de satisfacer y me destrozaba aquí abajo, como si fuera un pico arrancándome trozos de carne. ¡Santo cielo, uno se imagina que ahí abajo una mujer es suave, como un higo! Pero te juro que esas cabronas tienen un pico entre las piernas y te desgarran hasta acabar contigo. ¡Yo! ¡Yo! ¡Yo! ¡No piensan más que en sí mismas y gritan y té sacan la piel a tiras! Hablan del egoísmo de los hombres, pero no es nada comparado con la picotería ciega de las mujeres una vez que empiezan. ¡Como una puta vieja! Y no lo podía evitar. Yo se lo dije, le dije que no lo soportaba. Y entonces hacía incluso un intento de mejorar. Trataba de quedarse quieta y dejarme a mí manejar el asunto. Lo intentaba. Pero no servía de nada. Mis esfuerzos no le producían ninguna sensación. Tenía que trabajar la cosa ella misma, moler su propio café. Y volvía a ella como una necesidad maníaca, tenía que lanzarse y romper, desgarrar, partir, como si no tuviera sensibilidad más que en la punta del pico, en la punta misma del pico que frotaba y desgarraba. Así es como solían ser las viejas putas, por lo menos eso es lo que decían los hombres. Era una obstinación infame en ella, una obstinación demencial: como la de una mujer que bebe. Al final no pude aguantarlo más. Dormíamos separados. Era ella quien había empezado, en sus ataques, cuando quería librarse de mí, cuando decía que yo la dominaba. Empezó por tener una habitación para ella sola. Pero llegó un momento en que yo ya no quería que viniera a mi habitación. No quería. No lo aguantaba. Y ella me odiaba. ¡Dios, cómo me odiaba antes de nacer la niña! A veces creo que la concibió por odio. De todas formas, después de nacer la niña, la dejé en paz. Luego vino la guerra y me alisté. Y ya no volví hasta saber que estaba con ese individuo de Stacks Gate. Dejó de hablar. Estaba muy pálido. -¿Y cómo es ese hombre de Stacks Gate?- preguntó Connie. -Una especie de hombre grande muy infantil y muy mal hablado. Ella le pega y beben los dos. -¡Mala cosa si volviera! -¡Puedes decirlo! Yo me iría, desaparecería de nuevo. -Así que cuando encontraste una mujer que te deseaba -dijo Connie-, descubriste que era demasiado. -¡Sí! ¡Eso parece! Pero aun así la prefería a ella a aquellas otras de no me toques: el amor blanco de mi juventud, aquel lirio envenenado y las demás. -¿Qué demás? -dijo Connie. -¿Las demás? No hay más. Sólo que en mi experiencia la gran masa de las mujeres es así: la mayor parte de ellas quiere tener un hombre, pero no quieren el sexo, lo que pasa es que lo aceptan como parte del precio. Las más anticuadas se tumban por las buenas sin hacer nada y dejan que tú te despaches. Luego les da igual, y te quieren. Pero la cosa misma no les importa nada y hasta la encuentran de un cierto mal gusto. Y a la mayor parte de los hombres les gusta también así. Yo no puedo aguantarlo. Pero cuando son astutas fingen no ser así aunque lo sean. Fingen ser apasionadas y excitarse, aunque es sólo una trampa. Mienten. Luego hay esas a las que les gusta todo, todas las sensaciones, todas las caricias, todas las formas de acabar, excepto la natural. Siempre te hacen terminar cuando no estás en el único sitio donde debieras estar, en caso de que termines. Luego están las duras, las que no consigues hacer que se corran y que se satisfacen a sí mismas, como mi mujer. Quieren ser la parte activa. Y hay también las que están muertas dentro, completamente muertas: y lo saben. Luego hay también las que te hacen salir antes de que te corras y siguen meneando las caderas hasta correrse ellas contra tus muslos. Pero son casi siempre lesbianas. Es impresionante lo lesbianas que son las mujeres, consciente o inconscientemente. ¡A mí me parece que son casi todas lesbianas! -¿Y te importa? -preguntó Connie. -Podría matarlas. Cuado estoy con una mujer que es realmente lesbiana me revuelvo por dentro y me dan ganas de matarla. -¿Y qué es lo que haces? -Correrme a toda prisa. -¿Pero crees que las lesbianas son peores que los homosexuales? -¡Lo creo! Porque me han hecho sufrir más. En abstracto, no tengo idea. Pero cuando estoy con una lesbiana, lo sepa ella o no, se me nublan los ojos de ira. ¡No, no! Yo no quería saber nada más de mujeres. Quería estar solo: mantener mi vida privada y mi compostura. Estaba pálido y sus cejas se curvaban sombríamente. -¿Y has lamentado que apareciera yo? -preguntó ella. -Lo sentía y me alegraba. -¿Y ahora? -Lo siento exteriormente: por todas las complicaciones, las cosas feas y las recriminaciones que tienen que venir antes o después. Es entonces cuando se me cae el alma a los pies y estoy deprimido. Pero cuando me hierve la sangre estoy contento. A veces incluso triunfante. En realidad estaba amargándome. Creía que ya no quedaba sexo del de verdad, que nunca encontraría a una mujer que se corriera de forma natural con un hombre, a no ser las negras, y de alguna manera, bueno, nosotros somos hombres blancos: y además son un poco como de barro. -¿Y ahora estás satisfecho de mí? -preguntó. -¡Sí! Cuando soy capaz de olvidar lo demás. Cuando no soy capaz de olvidarlo me gustaría esconderme bajo la mesa y morir. -¿Por qué bajo la mesa? -¿Por qué? -se rió-. ¡El escondite, supongo! ¡Cosas de bebé! -Parece que has tenido experiencias horribles con las mujeres -dijo ella. -Ya ves, no he sido capaz de engañarme a mí mismo, como hacen la mayor parte de los hombres. Adoptan una actitud y aceptan una mentira. Yo nunca he sido capaz de engañarme. Sabía lo que quería de una mujer y no era capaz de decir que me lo habían dado cuando no era verdad. -¿Y ahora? -Ahora parece que sí. -¿Por qué estás entonces tan pálido y tan deprimido? -Demasiados recuerdos. Y quizás estoy asustado de mí mismo. Ella se quedó en silencio. Se estaba haciendo tarde. -¿Y crees que es importante un hombre y una mujer? -le preguntó ella. -Para mí lo es. Para mí es lo más importante en la vida tener la relación que hace falta con una mujer. -¿Y si no la consiguieras? -Tendría que arreglarme sin ella. Volvió a cavilar antes de preguntarle: -¿Y crees que tú siempre has estado bien con las mujeres? -¡Claro que no! Yo dejé que mi mujer se fuera por ese camino: culpa mía en gran parte. Yo la estropeé. Y soy muy desconfiado. Eso tienes que esperarlo de mí. Me cuesta mucho llegar a fiarme de alguien interiormente. Quizás yo también sea un fraude. No me fío. Y la ternura no debe confundirse con otra cosa. Ella le miró. -No desconfías con tu cuerpo cuando te hierve la sangre -dijo ella-. No desconfías entonces, ¿no? -¡No, desde luego! Eso es lo que me ha causado todos los problemas. Y por eso es por lo que mi cabeza no se fía de nada. -Deja a tu cabeza seguir siendo desconfiada. ¿Qué importa eso? La perra gimió incómoda sobre la esterilla. Ahogado por la ceniza, el fuego se reducía. -Somos dos guerreros derrotados -dijo Connie. -¿Tú también? -rió él-. ¡Y aquí estamos dispuestos de nuevo a la batalla! -¡Sí! Realmente estoy asustada. -¡Sí! Se levantó y puso los zapatos de ella a secar, limpió su propio calzado y lo colocó junto al fuego. Por la mañana le daría grasa. Retiró lo más posible del fuego las cenizas de la foto. -¡Hasta quemada es sucia! -dijo. Luego trajo unos leños para reavivar el fuego por la mañana. A continuación salió un momento con la perra. Cuando volvió, Connie dijo: -Voy a salir también un minuto. Salió sola a la oscuridad. Había estrellas en el cielo. Podía oler el aroma de las flores en el aire de la noche. Y sus zapatos húmedos se humedecían más aún. Tenía ganas de alejarse, de huir de él y de todo el mundo. Hacía frío. Se estremeció y volvió a la casa. El estaba sentado frente al fuego, ya muy bajo. -¡Uff, qué frío! -se estremeció ella. El echó la leña al fuego y fue a por más hasta formar una hoguera chisporroteante que llenaba la chimenea. El ondular de las llamas les llenó a ambos de felicidad; calentaba sus caras y sus almas. -¡No te preocupes! -dijo ella, cogiéndole la mano en su silencio y en su ensimismamiento-. Cada uno hace lo que puede. -¡Sí! -contestó él con un esbozo de sonrisa. Ella se acercó a él y se echó en sus brazos frente al fuego. -¡Olvida entonces! -susurró-. ¡Olvida! El la apretó contra sí, al calor móvil del fuego. La llama misma era como un olvido. ¡Y su peso, suave, cálido, maduro! Su sangre se puso lentamente en movimiento y fue ascendiendo hasta devolverle la fuerza y el vigor irreflexivo. -Puede que esas mujeres quisieran de verdad estar allí y amarte como hay que amar, pero quizás no podían. Quizás no era sólo culpa suya -dijo ella. -Ya lo sé. ¿Crees que no sabía que yo mismo era como una serpiente a la que se ha pisado y se le ha roto el espinazo? Ella se apretó contra él de repente. No quería haber empezado aquella conversación de nuevo. Pero una especie de perversidad la había llevado a ello. -Pero ya no lo eres -dijo ella-. Ya no eres una serpiente a la que se ha roto el espinazo de un pisotón. -Ya no sé lo que soy. Nos esperan días muy negros. -¡No! -protestó ella apretándose contra él-. ¿Por qué? ¿Por qué? -Nos esperan días muy negros a nosotros y a todo el mundo -repitió él con un pesimismo profético. -¡No! ¡No debes decir eso! El estaba en silencio. Pero ella podía sentir aquel negro vacío de la desesperación en su interior. Era la muerte de todo deseo, la muerte de todo amor: aquella desesperación era la caverna sombría que hay dentro de los hombres, en la cual se pierde su espíritu. -Y hablas tan fríamente del sexo -dijo ella-. Hablas como si sólo hubieras buscado tu propio placer y satisfacción. Protestaba nerviosamente contra él. -¡No! -dijo él-. Yo quería sacar placer y satisfacción de una mujer y nunca lo conseguí: porque no podía llegar a mi placer y satisfacción de ella a no ser que ella los tuviera de mí al mismo tiempo. Y eso no sucedió nunca. Los dos tienen que estar de acuerdo. -Pero nunca creíste en tus mujeres. Ni siquiera crees de verdad en mí -dijo ella. -No sé lo que significa creer en una mujer. -¡Ahí lo tienes! ¿Lo ves? Estaba todavía acurrucada en su regazo. Pero su espíritu era gris y lejano, no estaba allí con ella. Y cada cosa que ella decía le iba alejando más. -¿Pero en qué es en lo que crees? -insistió ella. -No lo sé. -En nada, como todos los hombres que he conocido -dijo ella. Estaban los dos en silencio. Luego él pareció excitarse y dijo: -Sí, creo en algo. Creo en el cariño. Creo especialmente en el cariño en el amor, en joder con cariño. Creo que si los hombres fueran capaces de joder con cariño y las mujeres de aceptarlo con cariño, todo estaría bien. Es ese joder en frío lo que lleva a la muerte y no tiene sentido. -Pero tú no me jodes en frío -protestó ella. -No quiero joderte de ninguna manera. Ahora mismo tengo el corazón tan frío como las patatas frías. -¡Oh! -dijo ella besándole en broma-. Nos las tomaremos en ensalada. El rió y se sentó rígido en la silla. -¡Es cierto! -dijo él-. Todo por un poco de cariño. Pero eso a las mujeres no les gusta. Ni siquiera a ti te gusta en realidad. Te gusta un buen polvo, salvaje, brutal y frío, y luego fingir que todo es de caramelo. ¿Dónde está tu ternura hacia mí? Te parezco tan sospechoso como el perro al gato. Te aseguro que es necesario que dos personas estén de acuerdo para llegar a la ternura y al cariño. A ti te gusta joder y no poco, pero quieres que se le dé un nombre grande y misterioso, sólo para adular a tu amor propio. Tu amor propio significa más para ti, cincuenta veces más, que cualquier hombre o que la compañía de cualquier hombre. -Eso es exactamente lo que yo diría de ti. Tu amor propio lo es todo para ti. -¡Sí! ¡Muy bien entonces! -dijo, empezando a moverse como para ponerse en pie-. Separémonos entonces. Prefiero morirme a volver a joder con esa frialdad. Ella se apartó y él se puso en pie. -¿Y crees que yo lo quiero? -dijo ella. -Espero que no -contestó el-. De todas formas, vete a la cama y yo dormiré aquí. Le miró. Estaba pálido y sombrío, tan lejos de ella como el polo norte. Todos los hombres eran iguales. -No puedo volver a casa hasta por la mañana Connie. -¡No! Vete a la cama. Es la una menos cuarto. -Desde luego que no -dijo ella. El atravesó la habitación y cogió sus botas. -¡Entonces me iré fuera! -dijo él. Empezó a ponerse las botas. Ella le miró. -¡Espera! -balbuceó-. ¡Espera! ¿Qué nos ha pasado? Estaba inclinado, anudándose las botas, y no contestó. Pasaba el tiempo. Una especie de anonadamiento se apoderó de ella, creía desvanecerse. Toda su lucidez había muerto, y estaba allí, con los ojos muy abiertos, mirándole desde lo desconocido, sin consciencia alguna de nada. El silencio le hizo levantar la mirada y la vio con los ojos muy abiertos y perdida. Como si una ráfaga de viento le hubiera arrastrado, se incorporó y se acercó inseguro a ella, con un zapato puesto y el otro quitado, y la cogió en sus brazos apretándola contra su cuerpo, que de alguna forma estaba traspasado por el dolor. Allí la mantuvo y allí se quedó ella. Hasta que sus manos fueron bajando ciegamente, buscándola, tantearon bajo la ropa hasta dar con su suavidad y su calor. -¡Pequeña! -volvió al dialecto-. ¡Cariño! ¡No discutamos! ¡No volvamos a discutir nunca! ¡Te amo, quiero tocarte! ¡No discutas conmigo! ¡No! ¡No! ¡No! Vamos a estar juntos. Ella levantó la cara y le miró. -No te enfades -dijo ella con firmeza-. No sirve de nada enfadarse. ¿De verdad quieres estar conmigo? Le miró a la cara con ojos firmes y muy abiertos. El se detuvo y se quedó callado de repente, volviendo el rostro. Todo su cuerpo se quedó perfectamente inmóvil. Pero no se retiró. Luego levantó la cabeza y la miró a los ojos con aquella mueca extraña y ligeramente burlona, diciendo: -¡Sí, sí! Estemos juntos, pero jurando que lo estaremos. -¿Pero de verdad? -dijo ella con los ojos llenos de lágrimas. -¡Sí, de verdad! Con vientre, corazón y polla. Seguía sonriendo ligeramente hacia ella, con un brillo de ironía en los ojos y un algo de amargura. Ella lloraba en silencio y él se acostó con ella y la penetró allí mismo sobre la alfombra y así parecieron volver a una cierta calma. Luego fueron rápidamente a la cama porque empezaba a hacer frío y se habían agotado mutuamente. Ella se refugió en él, sintiéndose pequeña y hecha un ovillo. Los dos se durmieron inmediatamente, casi en un solo sueño. Así estuvieron acostados, sin moverse hasta que el sol se elevó sobre el bosque con el inicio del día. El se despertó y miró a la luz. Las cortinas estaban echadas. Escuchó la llamada salvaje de los mirlos y de los tordos en el bosque. Haría una mañana brillante; eran las cinco y media, su hora de levantarse. ¡Había dormido tan profundamente! ¡Era un día tan nuevo! La mujer estaba todavía acurrucada tiernamente en su sueño. Su mano se movió hacia ella y ella abrió sus ojos admirados y azules, sonriéndole inconscientemente. -¿Estás despierto? -le dijo ella. El la miraba a los ojos. Sonrió y la besó. De repente se incorporó y se quedó sentada. -¡Imaginarse que estoy aquí! -dijo ella. Miró a las paredes encaladas de la habitación, con el techo inclinado y la ventana de caballete con las cortinas blancas echadas. La habitación estaba vacía, a excepción de una pequeña cómoda pintada de amarillo y un silla, y la pequeña cama blanca donde ella estaba acostada con él. -¡Imaginarse que estamos aquí los dos! -dijo ella, mirándole. El estaba tumbado, mirándola, acariciando sus pechos con los dedos bajo el fino camisón. Cuando estaba tan caliente y descansado parecía joven y hermoso. Sus ojos podían ser tan tiernos... Y ella estaba fresca y joven como una flor. -¡Quiero quitármelo! -dijo, tirando del fino camisón de batista y sacándoselo por la cabeza. Se quedó sentada con los hombros desnudos y los pechos alargados, ligeramente dorados. A él le gustaba hacer oscilar suavemente sus senos, como campanas. -Quítate también tú el pijama -dijo ella. -¡Eh, no! -¡Sí, sí! -ordenó ella. Se quitó su vieja chaqueta de pijama de algodón y tiró de los pantalones hacia abajo. A excepción de las manos y muñecas, cara y cuello, estaba blanco como la leche, con una carne fina, esbelta y musculosa. Para Connie era de repente de una hermosura penetrante de nuevo, como cuando le había visto lavándose aquella tarde. El oro del sol caía sobre la cortina blanca. Ella sintió que quería entrar en la habitación. -¡Oh, vamos a correr las cortinas! ¡Cómo cantan los pájaros! Deja que entre el sol -dijo ella. El se deslizó de la cama de espaldas a ella, desnudo, blanco y delgado, y fue hacia la ventana, deteniéndose un momento, corriendo las cortinas y mirando al exterior un instante. La espalda era blanca y fina, las pequeñas nalgas hermosas, con una virilidad exquisita y delicada; la nuca rojiza, delicada y sin embargo fuerte. Había una fuerza interior, no exterior, en aquel cuerpo delicadamente fino. -¡Qué hermoso eres! -dijo ella-. ¡Tan puro, tan fino! ¡Ven! Y extendió los brazos hacia él. Le daba vergüenza volverse hacia ella a causa de su desnudez erecta. Cogió su camisa del suelo y se cubrió para acercarse a ella. -¡No! -dijo ella, extendiendo aún los brazos hermosos y esbeltos desde sus pechos descendentes-. ¡Déjame verte! El dejó caer la camisa y se quedó quieto frente a ella. El sol, a través de la ventana baja, emitía un rayo que iluminaba sus muslos, su esbelto vientre y el falo erecto, que se alzaba oscuro y caliente de entre la pequeña nube de pelo de un rojo vivo dorado. Ella estaba admirada y asustada. -¡Qué extraño! -dijo lentamente-. ¡Qué extraño parece! ¡Tan grande, tan oscuro, con su seguridad de polla! ¿Es de verdad así? El hombre echó una mirada hacia la parte baja de su cuerpo blanco y esbelto y se rió. Entre los hombros estrechos su pelo era oscuro, casi negro. Pero en la raíz del vientre, donde surgía el falo rígido y en arco, era de un dorado rojizo, formando una pequeña nube brillante. -¡Tan orgulloso! -murmuró ella inquieta-. ¡Y tan señorial! ¡Ahora sé por qué son los hombres tan jactanciosos! ¡Pero es realmente encantador! ¡Como un ser aparte! ¡Un tanto aterrador! ¡Pero encantador realmente! ¡Y viene a mí! Se mordió el labio inferior entre los dientes con miedo y excitación. El hombre miró en silencio al falo tenso, invariablemente erecto. -¡Sí! -dijo al fin con voz baja en el más cerrado dialecto-. ¡Sí, muchacho! Ahí estás muy bien. ¡Sí, puedes ir con la frente bien alta! Eres tu propio dueño, ¿eh?, y no debes nada a nadie. Eres mi jefe, John Thomas. ¿Jefe mío? Bueno, tienes más cojones que yo y hablas menos. ¡John Thomas! ¿La quieres para ti? ¿Te quieres quedar con mi Lady Jane? Eres tú quien me ha hecho caer de nuevo, tú. Ah, ¿y te ríes? ¡Cógela! ¡Coge a Lady Jane! Di: dejad libres los dinteles de vuestras puertas y que entre el rey de la gloria. ¡Ah, descarado! ¡Coño es lo que estás buscando! Dile a Lady Jane que quieres coño, John Thomas, el coño de Lady Jane. -Oh, no le tomes el pelo -dijo Connie, reptando de rodillas sobre la cama hacia él y echando los brazos 'en torno a sus tiernas caderas, atrayéndolo hacia sí de modo que sus pechos colgados y oscilantes tocaron la punta del falo vibrante y erecto y captaron la gota de humedad. Se apretó contra el hombre. -¡Échate! -dijo-. ¡Échate! ¡Quiero correrme! También él tenía prisa ahora. Y luego, tras el reposo de la pausa, la mujer tuvo que destapar de nuevo al hombre para observar el misterio del falo. -¡Y ahora es chiquitito y suave como un capullito de vida! -dijo, cogiendo en su mano el pene suave y pequeño-: ¿No es encantador? ¡Tan suyo, tan extraño! ¡Y tan inocente! ¡Y entra tanto dentro de mí! No debes insultarle nunca, ya lo sabes. Es mío también. No es sólo tuyo. ¡Es mío! ¡Y tan hermoso y tan inocente! Y mantenía delicadamente el pene en la mano. El reía. -Bendito el lazo que une nuestros corazones en un solo amor -dijo él. -¡Desde luego! -dijo ella-. Incluso cuando está suave y pequeño siento mi corazón unido sencillamente a él. ¡Y qué hermoso es aquí tu pelo! ¡Muy, muy diferente! -¡Ese es el pelo de John Thomas, no el mío! -dijo Mellors. -¡John Thomas! ¡John Thomas! -y besó rápidamente el suave pene, que comenzaba a excitarse de nuevo. -¡Sí! -dijo el hombre, estirándose casi con dolor-. Tiene sus raíces en mi alma este caballero. Hay momentos en que no sé qué hacer con él. Es testarudo y a veces es difícil de contentar, pero no me gustaría verle muerto. -¡No me extraña que los hombres siempre le hayan tenido miedo! -dijo ella-. Es un tanto terrible. Un estremecimiento recorría el cuerpo del hombre y el flujo de la consciencia volvió a cambiar de nuevo de dirección, dirigiéndose hacia abajo. Y él no podía hacer nada mientras el pene, con ondulaciones suaves y lentas, se iba llenando, emergía y se elevaba, endureciéndose y quedando en alto, duro y victorioso, de manera curiosamente dominante. La mujer temblaba también ligeramente al observarlo. -¡Ahora! ¡Tómalo ahora! ¡Es tuyo! -dijo el hombre. Y ella se estremeció y sintió cómo se diluía su mente. Olas cortantes y suaves de un placer indecible parecían recubrirla mientras él entraba en ella y comenzaba el curioso frote fundente que se ampliaba y ampliaba y la llevaba al último extremo con el empuje último y ciego. El oyó las sirenas distantes de Stacks Gate anunciando las siete. Era lunes por la mañana. Se estremeció ligeramente y apretó la cara entre sus tiernos pechos, tapándose con ellos los oídos para no seguir escuchando. Ella ni siquiera había oído las sirenas. Yacía en silencio, con el alma lavada y transparente. -Tienes que levantarte, ¿no? -murmuró él. -¿Qué hora es? -dijo su voz desvaída. -Acaban de dar las siete. -Me imagino que tendré que levantarme. Le molestaba como siempre la imposición venida de fuera. El se sentó y miró con expresión ausente por la ventana. -¿Me quieres o no me quieres? -preguntó ella tranquila. El la miró. -Ya sabes lo que ya sabes. ¿Por qué lo preguntas? -dijo él un tanto desganado. -Quiero que me tengas contigo, que no me dejes ir -dijo ella. Los ojos de él parecían llenos de una penumbra cálida y suave, incapaces de pensar. -¿Cuándo? ¿Ahora? -En tu corazón ahora. Más tarde quiero venir a vivir contigo para siempre; pronto. El estaba sentado desnudo sobre la cama, con la cabeza baja, incapaz de pensar. -¿No quieres tú? -preguntó ella. -¡Sí! -dijo él. Luego, con los mismos ojos oscurecidos por un nuevo impulso que casi se parecía al sueño, la miró. -No me preguntes nada ahora –dijo-. Déjame así. Te quiero. Te amo así acostada. Una mujer es una maravilla cuando se la puede joder entrando hasta muy dentro, cuando el coño es bueno. Te quiero, quiero a tus piernas, tu forma, tu manera de ser mujer. Quiero a la mujer que hay en ti. Te amo con todos los huevos y con todo el corazón. Pero no me preguntes ahora. No me hagas decir nada. Déjame así como estoy. Luego me lo preguntarás todo. ¡Ahora déjame así, déjame así! Y colocó suavemente la mano sobre su monte de Venus, sobre su delicado pelo castaño de doncella. Estaba sentado, callado y desnudo sobre la cama, la cara con la inmovilidad de la abstracción física, casi la cara de Buda. Inmóvil y con la llama invisible de otra consciencia, sentado con la mano sobre ella, esperando. Poco después alargó el brazo para coger la camisa y se la puso. Se vistió en silencio la miró otra vez, tranquila, desnuda y ligeramente dorada como una Gloire de Dijon; se levantó y se fue. Ella le oyó abrir la puerta abajo. Seguía allí ensimismada. Era difícil irse: dejar sus brazos. El gritó desde abajo: «¡Las siete y media!» Ella suspiró y salió de la cama. ¡La habitación desnuda! No había nada más que la pequeña cómoda y la cama estrecha. El piso de tablas estaba muy limpio. Y en el rincón, junto a la ventana, había un estante con varios libros, algunos de una biblioteca circulante. Miró. Había libros sobre la Rusia bolchevique, libros de viajes, uno sobre el átomo y el electrón, otro sobre la composición de la corteza terrestre y las causas de los terremotos, algunas novelas, tres libros sobre la India. ¡Vaya! Seguía siendo un lector después de todo. A través de la ventana el sol caía sobre sus miembros desnudos. En el exterior vio a la perra Flossie vagando. El seto de avellanos era de un verde borroso con mercuriales verde oscuro por debajo. Era una mañana clara y limpia, los pájaros revoloteaban y cantaban triunfalmente. ¡Si pudiera quedarse! ¡Si no existiera aquel otro mundo siniestro de hierro y humo! ¡Si él le hiciera un mundo! Bajó las escaleras, aquellas escaleras de madera estrechas y empinadas. Aun así estaría feliz si tuviera aquella casa con tal de que fuera un mundo suyo. El estaba fresco y lavado; el fuego ardía. -¿Quieres comer algo? -dijo él. -¡No! Déjame sólo un peine. Le siguió al fregadero y se peinó ante el minúsculo espejo colgado de la puerta trasera. Ahora estaba lista para irse. Se detuvo en el pequeño jardín de la fachada mirando las flores cubiertas de rocío, el macizo de clavellinas lleno ya de yemas. -Me gustaría que desapareciera el resto del mundo -dijo- y vivir contigo aquí. -No desaparecerá -dijo él. Recorrieron casi en silencio el maravilloso bosque bañado por el rocío. Pero estaban juntos en un mundo que sólo les pertenecía a los dos. Para ella fue amargo tener que seguir hasta Wragby. -Quiero venir pronto a vivir contigo -dijo ella al dejarle. El sonrió sin contestar. Ella llegó a casa en silencio y sin que nadie la viera y subió a su habitación. CAPITULO 15 Había una carta de Hilda sobre la bandeja del desayuno. «Papá saldrá para Londres esta semana y %lo iré a buscarte del jueves en siete días, el 17 de junio. Es mejor que estés preparada para que podamos salir enseguida. No quiero perder tiempo en Wragby, es un sitio horrible. Probablemente me quede a dormir en Retford con los Coleman, así que estaré ahí el jueves a la hora de comer. Podemos salir hacia la hora del té y dormir quizás en Grantham. No vale la pena que pasemos la noche con Clifford; no disfrutaría mucho, puesto que no le gusta que te vayas.» Una vez más la convertían en un peón de ajedrez. A Clifford no le gustaba que se fuera, pero era sólo porque no se sentía seguro en su ausencia. Su presencia, por alguna razón, le hacía sentirse seguro y libre para hacer las cosas a que se dedicaba. Pasaba mucho tiempo en la mina, luchando mentalmente con el problema casi desesperado de extraer su carbón de la manera más económica posible y de venderlo una vez que estuviera fuera. Sabía que tenía que descubrir alguna manera de utilizarlo o transformarlo para no tener la necesidad de venderlo o la decepción por no poderlo vender. Pero si lo transformaba en energía eléctrica, ¿podría venderlo o utilizarlo? Y transformarlo en combustible líquido era todavía demasiado caro y complicado. Para mantener viva la industria tenía que haber más industria, era una locura. Era una locura y hacía falta un loco para triunfar en aquello. Bueno, él estaba un poco loco. Connie lo creía así. La misma intensidad de su dedicación a los asuntos de la mina le parecía una manifestación de locura, sus inspiraciones mismas parecían inspiraciones producidas por la demencia. El le hablaba de todos sus proyectos serios y ella le escuchaba con una especie de asombro y le dejaba hablar. Luego cesaba el chorro de palabras, conectaba la radio y parecía quedarse absorto, mientras sus proyectos parecían replegarse a su interior como una especie de sueño. Y ahora jugaba todas las noches con la señora Bolton al pontoon, aquel juego típico de los soldados, y apostaban partidas de seis peniques. También en el juego parecía perderse en una especie de inconsciencia, o en una intoxicación vacía, o en el vacío de la intoxicación, o lo que fuera. Connie no soportaba verle. Pero cuando ella se iba a la cama, él y la señora Bolton seguían jugando hasta las dos o las tres de la madrugada, tranquilamente y con una extraña voluptuosidad. La señora Bolton estaba prendida en aquel placer tanto como Clifford: más aún, puesto que casi siempre perdía. Un día le dijo a Connie: -Anoche perdí veintitrés chelines con Sir Clifford. -¿Y aceptó el dinero de usted? -dijo Connie horrorizada. -¡Desde luego, excelencia! ¡Es una deuda de honor! Connie les amonestó abiertamente y se enfadó con los dos. El resultado fue que Sir Clifford subió el sueldo de la señora Bolton en cien libras al año y con aquello podía jugar. Mientras tanto, le parecía a Connie, Clifford estaba cada vez más muerto. Más adelante le dijo que se marcharía el 17. -¡El diecisiete! -dijo él-. ¿Y cuándo volverás? -El veinte de julio lo más tarde. -¡Sí!, el veinte de julio. La miró extrañamente y con expresión vacía, con la ambigüedad de un niño, pero con la astucia retorcida de un viejo. -¿No me abandonarás ahora, no? -dijo él. -¿Cómo? -Mientras estés fuera, quiero decir. ¿Estás segura de que volverás? -¡Sí! ¡Claro! ¡El veinte de julio! La miró de una forma muy extraña. Y sin embargo deseaba de verdad que ella se fuera. Era muy curioso. Quería realmente que ella se fuera, que tuviera sus escarceos y volviera quizás embarazada a casa y todo aquello. Y al mismo tiempo tenía miedo a su marcha. Ella temblaba esperando la oportunidad de abandonarle para siempre, esperando el momento en que ella o él estuvieran maduros para ello. Se sentó y comenzó a hablar con el guardabosque sobre su partida. -Cuando vuelva -dijo ella- podré decirle a Clifford que tengo que dejarle. Y podremos irnos juntos. Ni siquiera hace falta que sepan que se trata de ti. Podemos irnos a otro país, ¿no te parece? A África, o Australia. ¿No te parece? Estaba emocionada con su plan. -Nunca has estado en las colonias, ¿no? -preguntó él. -¡No! ¿Y tú? -He estado en la India, en África del Sur y en Egipto. -¿Y por qué no podemos ir a Sudáfrica? -¡Podríamos! -dijo él lentamente. -¿O no quieres ir? -preguntó ella. -No me importa. No me importa demasiado lo que haga. -¿No te parece bien? ¿Por qué no? No vamos a ser pobres. Tendremos unas seiscientas libras al año. He escrito para consultarlo. No es mucho, pero es bastante, ¿no? -Para mí es una fortuna. -¡Oh, será maravilloso! -Pero tendré que divorciarme, y tú también, si no queremos tener complicaciones. Había no pocas cosas en que pensar. Otra vez le preguntó por él mismo. Estaban en la choza un día de tormenta. -¿No eras feliz cuando eras teniente, un oficial, un caballero? -¿Feliz? Sí, lo era. Me gustaba mi coronel. -¿Le querías? -¡Sí! Le quería. -¿Y te quería él a ti? -¡Sí! En un sentido me quería. -Háblame de él. -¿Qué es lo que hay que contar? Había salido de soldado raso. Adoraba al ejército. Y no se había casado nunca. Tenía veinte años más que yo. Era muy inteligente y estaba solo en el ejército, como pasa siempre con la gente así. Era un hombre apasionado a su manera y muy buen oficial. Mientras estuve con él sólo veía por sus ojos; de alguna manera le dejaba organizar mi vida. Y nunca lo lamentaré. -¿Te afectó mucho su muerte? -Estuve a punto de morir yo mismo. Cuando me recuperé me di cuenta de que una parte de mí había muerto también. Aunque siempre había sabido que acabaría por morir. Pasa con todo, por otra parte. Ella seguía sentada cavilando. La tormenta retumbaba en el exterior. Era como si estuvieran en una minúscula arca en el Diluvio. -Pareces haber vivido tanto... -dijo ella. -¿Sí? A mí me parece que ya he muerto una o dos veces. Y, sin embargo, aquí estoy, saliendo adelante y dispuesto a caer otra vez. Ella pensaba intensamente, sin dejar de escuchar la tormenta. -¿Eras feliz como oficial y como caballero tras la muerte del coronel? -¡No! Eran una pandilla de gentuza -se rió de repente-. El coronel solía decir: «Muchacho, la clase media inglesa tiene que masticar treinta veces cada bocado, porque tienen un estómago tan pequeño que un guisante los dejaría estreñidos. Son el peor montón de majaderos amariconados que se ha inventado nunca: llenos de vanidad, asustados de no llevar el nudo bien hecho, podridos hasta la médula y siempre tienen razón. Eso es lo que no puedo aguantar. Pppp-pppp. Pppp-pppp. Lamiendo culos hasta que se les encallece la lengua: pero siempre tienen razón. Cursis hasta no poder más. ¡Cursis! Una generación de cursis afeminados y sin huevos. .. » Connie reía. Fuera diluviaba. -¡No lo aguantaba! -No -dijo él-. No le preocupaban. Simplemente le daban asco. Existe una diferencia. Porque, como él decía, hasta los soldados se estaban volviendo cursis, acojonados y sin nervio. Es el destino de la humanidad llegar a eso. -¿También de la gente normal, los obreros? -Todo el mundo. No tienen empuje. Los coches, el cine y los aviones les han sorbido lo último que les quedaba. Te lo aseguro, cada generación cría una generación más conejil, con horchata en las venas y piernas y caras de hojalata. ¡Gente de hojalata! Es como una especie de bolchevismo constante que va matando lo humano y despertando la adoración a lo mecánico. ¡Dinero, dinero, dinero! Todos estos modernos parecen divertirse matando el viejo sentimiento humano en el hombre, haciendo picadillo del viejo Adán y de la vieja Eva. Son todos iguales. El mundo todo es igual: eliminar la realidad humana, una libra por cada prepucio, dos libras por cada par de cojones. ¡El coño mismo no es más que una máquina de joder! Todo igual. Pagadles para que corten la polla del mundo. Pagar dinero, dinero y dinero a los que acaben con el coraje de la humanidad para no dejar más que maquinitas chirriantes. Estaba sentado en la choza con la cara retorcida en una expresión de ironía burlona. Pero aun entonces tenía un oído atento al ruido de la tormenta en el bosque. Le hacía sentirse muy solo. -¿Pero no se acabará alguna vez? -dijo ella. -Sí, claro, alcanzará su propia salvación. Cuando el último hombre de verdad haya muerto y estén todos domesticados: blanco, negro, amarillo, todos los colores domesticados, entonces estarán todos locos. Porque la raíz de la cordura está en los huevos. Y entonces estarán todos locos y harán su gran auto de fe, acto de la fe es lo que significa. Sí, harán su gran actito de fe. Se inmolarán el uno al otro. -¿Quieres decir que se matarán? -¡Eso es, patito! Si seguimos al ritmo actual, en cien años no quedarán mil personas en esta isla, quizás ni diez siquiera. Se habrán eliminado amorosamente el uno al otro. Los truenos se iban alejando. -¡Maravilloso! -dijo ella. -¡Bastante! Contemplar el exterminio de la especie humana y la larga pausa hasta el nacimiento de alguna . otra especie puede tranquilizarle a uno más que cualquier otra cosa. Y si seguimos así, con todo el mundo, intelectuales, artistas, gobierno, industriales y obreros, acabando todos frenéticamente con el último sentimiento humano, el último instinto intuitivo, el último instinto sano; si continúa todo en progresión algebraica como hasta ahora, entonces ¡tararí! a la especie humana. ¡Adiós, cariño! La serpiente se devora a sí misma y deja un vacío considerablemente revuelto pero no desesperado. ¡Maravilloso! ¡Cuando los perros salvajes ladren en Wragby y los caballos salvajes de las minas pateen el pozo de Tevershall, te deum laudamus! Connie reía, pero no muy feliz. -Entonces deberías estar contento de que sean todos bolcheviques -dijo-. Debería gustarte que vayan a toda prisa hacia el final. -Y me gusta. No voy a detenerles, porque no podría aunque quisiera. -¿Por qué estás tan amargado entonces? -¡No lo estoy! Si mi polla cacarea por última vez no me importa. -¿Pero y si tienes un hijo? -dijo ella. El bajó la cabeza. -¿Por qué? -dijo él-. Me parece una cosa amarga y equivocada traer un niño a este mundo. -¡No! ¡No digas eso! -suplicó ella-. Creo que yo voy a tener uno. Di que te gustará. Puso su mano sobre la de él. -Me gusta porque te gusta a ti -dijo él-. Pero a mí me parece una sucia traición a la criatura que tiene que nacer. -¡Ah, no! -dijo ella conmovida-. ¡No puedes desearme de verdad! ¡No puedes desearme si eso es lo que sientes! El permaneció de nuevo en silencio con expresión adusta. Fuera se oía sólo el azote de la lluvia. -¡No es verdad! -susurró ella-. ¡No es verdad del todo! Hay otra verdad. Se daba cuenta de que él estaba amargado en parte porque ella se iba, porque deliberadamente marchaba a Venecia. Y casi le gustaba su reacción. Abrió sus ropas, dejó al descubierto su vientre y le besó en el ombligo. Luego apoyó la mejilla en el vientre y estrechó sus brazos en torno a sus caderas calientes y silenciosas. Estaban solos en el diluvio. -¡Dime que quieres un hijo y que lo quieres con esperanza! -murmuró, apretando la cara contra su vientre-. ¡Dime que lo quieres! -¡Ya! -dijo él por fin, y ella sintió el curioso estremecimiento de una nueva idea en su mente y de su cuerpo calmándose-. ¡Ya! A veces he pensado que podría intentarse; incluso aquí entre los mineros. El trabajo no es bueno ahora y no ganan mucho. Si un hombre pudiera decirles: pensad en algo que no sea el dinero. Necesitar es poco lo que de verdad se necesita. Dejad de vivir para el dinero... Ella frotaba suavemente la mejilla contra su vientre y apretó sus huevos en la mano. El pene se henchía suavemente, con una extraña vida, pero sin llegar a levantarse. La lluvia batía ruidosamente. -Vivamos para otra cosa. Dejemos de vivir para ganar dinero, ni para nosotros ni para nadie. Ahora estamos forzados a hacerlo. Nos vemos forzados a ganar un poco para nosotros y un montón para los amos. ¡Acabemos con ello! Paso a paso, acabemos con ello. No es necesario matarse ni esforzarse. Paso a paso, acabemos con la vida industrial y volvamos atrás. Bastaría con una cantidad insignificante de dinero. Para todo el mundo, para mí y para vosotros, para los dueños y los amos e incluso para el rey. Casi no hace falta dinero. Basta con decidirlo y ya ha salido uno del callejón. Hizo una pausa y luego continuó: -Y les diría: ¡Mirad! ¡Mirad a Joe! ¡Es una maravilla cómo se mueve! ¡Mirad cómo se mueve, está vivo y despierto! ¡Es hermoso! ¡Y mirad a Jonah! Está apagado, es feo, porque no está dispuesto a alzarse. Les diría: ¡Mirad! ¡Miraos a vosotros mismos! ¡Un hombro más alto que el otro, las piernas retorcidas, los pies destrozados! ¿A dónde habéis llegado con la mierda del trabajo? Os habéis destrozado. No hace falta trabajar tanto. Quitaos la ropa y miraos a vosotros mismos. Deberíais estar vivos y ser hermosos, y sois feos y estáis medio muertos. Eso les diría. Y haría que vistieran ropa diferentes: quizás pantalones rojos ajustados, de un rojo brillante, y chaquetas blancas cortas. Si los hombres tuvieran piernas delgadas, y rojas, con sólo eso cambiarían en un mes. ¡Volverían a ser hombres otra vez, a ser hombres! Y las mujeres podrían vestirse como les diera la gana. Porque si los hombres pasearan con las piernas ajustadas en escarlata vivo, y con unas nalgas hermosas y rojas bajo una corta chaquetilla blanca, entonces las mujeres empezarían a ser mujeres. Es porque los hombres no son hombres por lo que las mujeres tienen que serlo... Y con el tiempo se arrasaría Tevershall y se construirían unos pocos edificios hermosos para albergarnos a todos. Y se volvería a limpiar el campo. Y no habría muchos hijos, porque el mundo está superpoblado. Pero no les predicaría a los hombres, sólo los desnudaría y les diría: «¡Miraos! ¡Eso es lo que significa trabajar por dinero! ¡Echaos un vistazo! Eso es trabajar por dinero. ¡Habéis estado trabajando por dinero! ¡Mirad Tevershall, es horrible! Y es porque se ha construido mientras vosotros trabajabais por dinero. ¡Mirad vuestras chicas! No les importáis, ni ellas a vosotros. Es porque habéis pasado el tiempo trabajando y con la preocupación del dinero. No sabéis hablar, ni moveros, ni vivir, no sabéis estar de verdad con una mujer. No estáis vivos. ¡Miraos! » Se produjo un silencio absoluto. Connie escuchaba a medias, mientras iba colocando en el pelo de la base de su vientre algunos nomeolvides que había recogido de camino a la choza. Fuera el mundo se había calmado y hacía algo de frío. -Tienes cuatro clases de pelo -le dijo-. En el pecho es casi negro, el de la cabeza no es oscuro, pero el bigote es duro y rojo oscuro, y el pelo de aquí, el pelo del amor, es como un cepillito de muérdago rojo, dorado y brillante. ¡Es el más bonito! El miró hacia abajo y vio los puntitos lechosos de los nomeolvides entre el pelo de su pubis. -¡Sí! Ahí es donde hay que colocar los nomeolvides, en el pelo del hombre o de la chica. ¿Pero no te preocupa el futuro? Ella le miró. -¡Y mucho! -dijo. -Porque yo creo que el universo humano está condenado, se ha condenado a sí mismo por su propia estupidez cicatera. Ni las colonias están lo bastante lejos. Ni la luna siquiera, porque desde allí se podría mirar y ver la tierra, sucia, bestial, insípida, entre todas las estrellas: podrida por los hombres. Me siento como si hubiera tragado mi propia bilis y me estuviera devorando por dentro y ningún sitio estuviera lo bastante lejos para escapar. Pero cuando encuentro algo que hacer vuelvo a olvidarme de todo. Aunque es una vergüenza lo que se ha hecho con la gente durante estos últimos siglos: se ha convertido a los hombres en hormiguitas trabajadoras, privándoles de toda su virilidad y de su vida real. Yo eliminaría otra vez las máquinas de la faz de la tierra y acabaría por completo con la era industrial como el peor de los errores. Pero como no puedo, nadie puede, lo mejor es quedarse en paz y tratar de vivir mi propia vida: si tengo una vida que vivir, cosa que dudo. Habían cesado fuera los truenos, pero la lluvia, que había cedido, volvió a batir de repente con un último fulgor de relámpagos y el murmullo de la tormenta que se alejaba. Connie estaba inquieta. Había hablado durante mucho tiempo y realmente hablaba para sí mismo, no para ella. Parecía estar completamente abatido por la desesperación y ella se sentía feliz, sin espacio para la desesperación. Ella sabía que su marcha, de la que él sólo ahora se daba plenamente cuenta en su interior, le había llevado a aquel estado de abatimiento. Y para Connie, aquélla era una pequeña victoria. Ella abrió la puerta y se quedó mirando la lluvia pesada y vertical, como una cortina de acero. Sintió un impulso repentino de correr hacia la lluvia, de huir. Se levantó y comenzó a quitarse rápidamente las medias y luego el vestido y la ropa interior, mientras él contenía el aliento. Sus pechos erectos y agudos de animal vibraban y oscilaban con sus movimientos. A la luz verdosa tenía un color de marfil. Volvió a calzarse sus zapatos de goma y salió corriendo con una pequeña risa salvaje, levantando los pechos a la espesa lluvia y abriendo los brazos, mientras corría desdibujada en el agua con los movimientos eurítmicos de danza que había aprendido en Dresde tantos años antes. Era una figura extraña y pálida, elevándose y descendiendo, curvándose de forma que la lluvia caía y brillaba sobre sus caderas plenas, alzándose de nuevo y atravesando la cortina de agua con el vientre avanzado, para volverse a parar con la oferta sólo del contorno de las caderas y las nalgas en una especie de homenaje a él, como una especie de acto salvaje de sumisión. El rió sin gracia y se quitó la ropa, tirándola. Era demasiado. Saltó al exterior, desnudo y blanco, penetrando en la lluvia espesa y oblicua con un pequeño estremecimiento. Flossie saltó, precediéndole con un ladrido apagado y frenético. Connie, con el pelo húmedo y pegado a la cabeza, volvió su cara caliente y le vio. Sus ojos azules brillaron excitados al volverse y salir corriendo en un desacostumbrado ademán de carga, dejando el claro y penetrando en el sendero mientras las ramas húmedas azotaban su cuerpo. Ella siguió corriendo y él sólo veía su cabeza húmeda y redonda, la espalda húmeda inclinada hacia adelante en la huida, el estremecimiento de las nalgas esféricas: el escape atemorizado de una maravillosa desnudez femenina. Casi había llegado al amplio camino de herradura cuando él la alcanzó y la enlazó con su brazo desnudo, rodeando la humedad y la desnudez de su cintura suave. Ella dejó escapar un grito, se puso derecha y la masa de su carne femenina, suave y fría, se acercó a su cuerpo. Comprimió salvajemente contra sí aquella masa de carne femenina suave y fría, que al contacto tomó rápidamente el calor de una llama. La lluvia siguió cayendo sobre ellos para deshacerse luego en vapor. El tomó sus cuartos traseros, magníficos y macizos, cada uno en una mano, y los apretó contra sí frenéticamente, estremeciéndose inmóvil en la lluvia. Luego, de repente, la levantó y cayó con ella sobre el sendero, en el rugiente silencio de la lluvia, y breve y cortante la poseyó; breve y cortante había terminado, como un animal. Se levantó inmediatamente, limpiándose la lluvia de los ojos. -Vamos dentro -dijo, y comenzaron a correr hacia la choza. El corría rápidamente y en línea recta: no le gustaba la lluvia. Pero ella caminaba lentamente, recogiendo nomeolvides, coronarias y campanillas, avanzando luego algunos pasos y observando su rápida huida. Cuando llegó con sus flores, jadeante, a la choza, él ya había encendido la chimenea y las ramas chisporroteaban. Sus pechos en punta subían y bajaban, su pelo se pegaba con la lluvia, su cara ruborizada y su cuerpo brillaba chorreante. Con los ojos muy abiertos, con la cabeza pequeña y húmeda, las caderas potentes y goteando, parecía otra criatura. El cogió la vieja sábana y comenzó a secarla. Ella permanecía de pie como una niña. Luego se secó él, tras haber cerrado la puerta de la choza. El fuego ardía con llama alta. Ella tomó el otro extremo de la sábana y se secó el pelo húmedo. -Nos estamos secando con la misma toalla, eso significa que habrá pelea -dijo él. Ella le miró un momento, con el pelo en un desorden total. -¡No! -dijo ella abriendo mucho los ojos-. ¡No es una toalla, es una sábana! Y siguió secándose diligentemente la cabeza, mientras él secaba diligentemente la suya. Agotados todavía por el ejercicio, envuelto cada uno en una manta del ejército, pero con la parte delantera del cuerpo expuesta al fuego, se sentaron uno al lado del otro sobre un tronco frente a la chimenea para recuperar el aliento. A Connie no le gustaba el contacto de la manta sobre su piel. Pero la sábana estaba empapada. Ella dejó caer la manta y se arrodilló sobre el hogar de arcilla, acercando la cabeza al fuego y ventilando su pelo para que se secara. El contemplaba la hermosa curva de sus caderas. Le fascinaba en aquel momento. ¡Qué hermosa curva la de aquella pendiente que terminaba en la sólida redondez de sus nalgas! ¡Y entremedias se plegaba el calor secreto de sus entradas secretas! Le acarició las posaderas con la mano, larga y suavemente, tomando aquellas curvas y aquella redondez esférica. -¡Qué culo tan rico tienes! -dijo en su dialecto gutural y acariciante-. Tienes un culo más hermoso que nadie. ¡Es el más hermoso, el más hermoso, culo de mujer que existe! Y cada pedacito de él es mujer, mujer como la leche. ¡No eres una de esas chicas con un culito de pitiminí que podrían ser chicos! Tienes un culo de verdad, suave y redondo, como le gusta de verdad a un hombre con pelotas. ¡Es un culo que podría servir de apoyo al mundo! Todo el tiempo, mientras hablaba, iba acariciando exquisitamente aquella hermosura redonda, hasta que una especie de fuego deslizante pareció transmitirse de allí a sus manos. Y las puntas de sus dedos tocaron las dos aperturas secretas de su cuerpo una y otra vez con una suave caricia de fuego. -Y si cagas y meas no me importa. No me gusta una mujer que ni cague ni mee. Connie no pudo contener un estallido repentino de risa asombrada, pero él continuó imperturbable. -¡Eres real, eres real! Eres real e incluso un poco puta. Por aquí cagas y por aquí meas: y pongo mi mano en los dos sitios y te quiero por eso. Te quiero por eso. Tienes de verdad un culo de mujer, orgulloso de sí mismo. No se avergüenza, no. Llevó su mano más cerca y más firmemente a los lugares secretos, en una especie de saludo íntimo. -Me gusta -dijo-. ¡Me gusta! Y si sólo viviera diez minutos y llegara a acariciar tu culo y a conocerlo, me parecería que había valido la pena vivir, míralo. ¡Con sistema industrial o sin él! Este es uno de los grandes momentos de mi vida. Ella se volvió y subió a su regazo. -¡Bésame! -susurró. Y se dio cuenta de que la idea de la separación estaba latente en la mente de ambos y acabó entristeciéndose. Se sentó en sus muslos, con la cabeza contra su pecho y sus brillantes piernas de marfil muy separadas. El fuego les iluminaba desigualmente. Sentado y con la cabeza baja, observaba él los pliegues de su cuerpo al resplandor de la hoguera y el vellón de suave pelo castaño que pendía puntiagudo entre los muslos abiertos. Extendió el brazo hasta la mesa que estaba detrás y cogió el ramo de flores, tan húmedo aún que algunas gotas de lluvia cayeron sobre ella. -Las flores se quedan fuera haga el tiempo que haga -dijo él-. No tienen casa. -¡Ni siquiera una choza! -murmuró ella. Con dedos tranquilos prendió algunos nomeolvides del suave vello de su monte de Venus. -¡Eso es! -dijo él-. Unos cuantos nomeolvides en el sitio justo. Ella miró las pequeñas flores lechosas entre el vello púbico de la parte inferior de su cuerpo. -¿No es bonito? -preguntó. -Hermoso como la vida -contestó él. Y colocó una coronaria rosa entre el pelo. -¡Vale! ¡Ahí no me olvidarás! Es como Moisés entre los juncos. -No te importa que me vaya, ¿no? -preguntó inquieta, mirándole a la cara. Pero su cara era inescrutable bajo las espesas cejas. No mostraba ninguna reacción. -Haz lo que te parezca. Ahora hablaba en correcto inglés. -Pero no me iré si tú no quieres -dijo ella, apretándose contra él. Un silencio. El se inclinó hacia adelante y echó otro leño al fuego. La llama iluminó su cara silenciosa y abstraída. Ella esperaba una respuesta, pero él no dijo nada. -Pensaba que podía ser una buena manera de empezar a apartarme de Clifford. Quiero tener un hijo. Y me daría la posibilidad de... de...-continuó ella. -De hacerles creer algunas mentiras -dijo él. -Sí, eso entre otras cosas. ¿Quieres que se imaginen la verdad? -No me importa lo que crean. -¡A mí, sí! No quiero que empiecen a juzgarme con sus cerebros fríos y repugnantes, por lo menos mientras esté en Wragby. Pueden pensar lo que les dé la gana cuando me haya ido definitivamente. El estaba en silencio. -¿Pero Sir Clifford espera que vuelvas con él? -Oh, tengo que volver -dijo ella, y de nuevo el silencio. -¿Y tendrías un hijo en Wragby? -preguntó él. Ella pasó el brazo en torno a su cuello. -Si no me llevas de allí tendré que hacerlo -dijo Connie. -¿Llevarte, a dónde? -¡No me importa a dónde! ¡Fuera! ¡Lejos de Wragby! -¿Cuándo? -¿Cuándo? Cuando vuelva. -¿Pero de qué te sirve volver, hacer las cosas dos veces, si ya te has ido? -dijo él. -¡Oh, tengo que volver, lo he prometido! Lo he prometido solemnemente. Y además en realidad vuelvo a ti. -¿Al guardabosque de tu marido? -No creo que eso importe -dijo ella. -¿No? -pensó un instante-. ¿Y entonces cuándo pensarías en marchar definitivamente? ¿Cuándo con exactitud? -Oh, no lo sé. Volveré de Venecia y entonces lo prepararemos todo. -¿Preparar qué? -Oh, decírselo a Clifford. Tengo que decírselo. -¡Ah, sí! Se quedó en silencio. Ella le echó los brazos al cuello. -No me lo pongas difícil -rogó. -¿Poner difícil qué? -El ir a Venecia y arreglar las cosas. Una pequeña sonrisa, casi una mueca, atravesó su cara. -No lo estoy poniendo difícil -dijo-. Lo único que quiero es averiguar qué es lo que estás planeando. Pero ni tú misma lo sabes. Quieres ganar tiempo: marcharte y darle vueltas. No te lo reprocho. Es inteligente por tu parte. Quizás prefieras seguir siendo dueña de Wragby. Y no te lo reprocho. Yo no tengo Wragbys que ofrecerte. Ya sabes lo que puedes sacar de mí. ¡No, no, creo que tienes razón! ¡De verdad lo creo! Y no me entusiasma la idea de vivir de ti, de que tengas que mantenerme. Eso además. De alguna forma ella tuvo la impresión de que le estaba devolviendo el golpe. -Pero me quieres, ¿no? -preguntó ella. -¿Me quieres tú a mí? -Ya sabes que sí. Eso es evidente. -¡Desde luego! ¿Y para cuándo me quieres? -Ya sabes que lo arreglaremos todo cuando vuelva. Ahora eres como una borrachera para mí. Tengo que sosegarme y aclararme. -¡Desde luego! ¡Sosiégate y aclárate! Estaba un poco ofendida. -Pero confías en mí, ¿no? -dijo ella. -¡Oh, absolutamente! Notó la burla en el tono de su voz. -Dime entonces -insistió ella cortante-, ¿crees que es mejor que no vaya a Venecia? -Estoy seguro de que es mejor que vayas a Venecia -contestó él con voz fría y ligeramente burlona. -¿Sabes que será el jueves que viene? -dijo ella. -¡Sí! Reflexionó un poco y por fin dijo: -Y lo tendremos todo mucho más claro cuando vuelva, ¿o no? -¡Sí, seguro! ¡Extraño vacío de silencio entre ellos! -He ido a ver al abogado para consultar sobre mi divorcio -dijo él un tanto forzadamente. Ella se estremeció levemente. -¡De verdad! -dijo ella-. ¿Y qué te ha dicho? -Dijo que debería haberlo hecho antes; ésa podría ser una dificultad. Pero como estaba en el ejército entonces, cree que podrá hacerse sin dificultades. ¡Siempre que ella no se me eche encima! -¿Tendrá que saberlo ella? -¡Sí! Tendrán que pasarle comunicación: y lo mismo al hombre que vive con ella, el «correspondiente». -¡Qué desagradables son todos esos formulismos! Supongo que yo tendré que pasar por todas esas cosas con Clifford. Hubo un silencio. -Y desde luego -dijo él-, tendré que llevar una vida ejemplar durante los próximos seis u ocho meses. Así que si te vas a Venecia habrá desaparecido la tentación, por lo menos durante una semana o dos. -¡Soy yo una tentación? --dijo acariciándole la cara-. ¡Me hace tan feliz ser una tentación para ti! ¡No pensemos en ello! Me asustas cuando empiezas a pensar: me abrumas. No pensemos en ello. Ya tendremos tiempo de pensar cuando estemos separados. ¡Eso es lo importante! He estado pensando que tengo que pasar otra noche contigo antes de marcharme. Tengo que volver a tu casa. ¿Quieres que venga el jueves por la noche? -¿No es ése el día en que tu hermana estará aquí? -¡Sí! Pero ha dicho que saldremos hacia la hora del té. Y podemos salir a la hora del té. Pero ella puede dormir en otra parte y yo puedo dormir contigo. -Pero entonces tendrá que saberlo. -Oh, voy a contárselo. Más o menos se lo he contado ya. Tengo que consultar con Hilda. Es una gran ayuda, tan sensible... Le daba vueltas al plan de ella. -Así que saldríais de Wragby a la hora del té como si salierais hacia Londres. ¿Cómo ibais a ir? -Por Nottingham y Grantham. -¿Entonces tu hermana te dejaría en alguna parte y tú volverías aquí a pie o en coche? Me parece muy arriesgado. -¿Sí? Bueno, entonces podría traerme Hilda. Ella podría dormir en Mansfield, traerme por la tarde y volver a recogerme por la mañana. Es muy fácil. -¿Y la gente que os vea? -Llevaré gafas y pañuelo. El lo pensó durante algún tiempo. -Bueno -dijo-. Haz lo que te parezca, como de costumbre. -¿Es que a ti no te parece? -¡Oh, sí! Me parece muy bien -dijo con una mueca extraña-. Es mejor forjar el hierro mientras está al rojo. -¿Sabes lo que he pensado? -dijo ella de repente-. Se me ha ocurrido por las buenas. ¡Tú eres el «Caballero del Mango de Almirez Ardiente»! -¡Sí! ¿Y tú? ¿Tú eres la «Dama del Almirez que Abrasa»? -¡Sí! -dijo ella-. ¡Sí! Tú eres Sir Mango y yo soy Lady Almirez. -Muy bien, ya estoy armado caballero. John Thomas es el Sir John de tu Lady Jane. -¡Sí! ¡John Thomas ha sido armado caballero! Yo soy la dama del pelo púbico y tú también debes llevar flores. 1 Sí! Trenzó dos coronarias rosa en el matojo de pelo rojizo dorado sobre su pene. -¡Mira! -dijo-. ¡Encantador! ¡Encantador! ¡Sir John! Y depositó algunos nomeolvides sobre el oscuro vello de su pecho. -No me olvidarás aquí, ¿no? Le besó en el pecho, colocando un nomeolvides sobre cada pezón y besándole de nuevo. -¡Conviérteme en un calendario! -dijo él, y, con la risa, las flores cayeron de su pecho. -¡Espera un momento! -dijo él. Se levantó y abrió la puerta de la choza. Flossie, tumbada en el porche, se levantó y le miró. -¡Sí, soy yo! -dijo él. La lluvia había cesado. Había una quietud húmeda, grave y perfumada. Se acercaba el atardecer. Salió y bajó por el sendero opuesto al camino de herradura. Connie observaba su figura delgada y blanca. Para ella era como un fantasma, una aparición que se alejaba. Cuando dejó de verle se estremeció su corazón. Se quedó de pie junto a la puerta, envuelta en una manta, inmóvil y atenta al silencio húmedo. Pero volvía ya con un extraño trote y llevando flores. Sentía un cierto miedo de él, como si no fuera del todo humano. Y cuando llegó junto a ella, sus ojos miraron a los suyos, pero ella no llegaba a comprender la intención de aquella mirada. Había traído aquileias y coronarias, tallos de heno, ramas de roble y madreselva a punto de florecer. Colocó ramitas aterciopeladas de roble en torno a sus senos, y encima de ellas ramilletes de campanillas y coronarias; una coronaria rosa en el ombligo, y en su pelo púbico había nomeolvides y aspérulas. -¡Esta eres tú en toda tu gloria! -dijo-. Lady Jane, el día de su boda con John Thomas. Y distribuyó flores sobre el pelo de su propio cuerpo, se colocó un tallo de acedera en torno al pene y un jacinto en el ombligo. Ella observaba divertida su extraño apasionamiento, y plantó en su bigote una coronaria que quedó colgando bajo la nariz. -Este es John Thomas en su boda con Lady Jane -dijo él-. Y tendremos que dejar que Constante y Oliver nos abandonen. Quizás... Extendió la mano con un gesto y entonces estornudó. El estornudo hizo caer las flores del bigote y el ombligo. Volvió a estornudar. -¿Quizás qué? -inquirió ella esperando que continuara. El la miró un poco desconcertado. -¿Eh? -dijo. -¿Quizás qué? Sigue lo que ibas a decir -insistió ella. -Sí. ¿Qué iba a decir? Lo había olvidado. Para ella fue una gran decepción que no acabara aquella frase. Un rayo amarillo de sol brilló sobre los árboles. -¡Sol! -dijo él-. Y hora de que te vayas. ¡La hora, excelencia, la hora! ¿Qué es lo que vuela y no tiene alas, excelencia? ¡El tiempo! ¡El tiempo! Cogió la camisa. -Dale las buenas noches a John Thomas -dijo mirándose el pene-. Está a salvo en los brazos de la acedera. Poco tiene ahora de mango ardiente. Y se puso la camisa de franela metiendo la cabeza por el agujero del cuello. -El momento más peligroso para un hombre -dijo al asomar de nuevo su cabeza- es cuando se está poniendo la camisa. Es como meter la cabeza en un saco. Por eso prefiero las camisas americanas, que se ponen como una chaqueta. Ella le seguía mirando. El se puso el calzoncillo y lo abotonó en la cintura. -¡Mira a Jane! -dijo-. ¡Con todos sus capullos! ¿Quién te pondrá flores al año que viene, Jinny? ¿Yo, o quizás otro? «¡Adiós, campanilla, me despido de ti!» No me gusta esa canción, me recuerda los primeros tiempos de la guerra. Luego se sentó y empezó a ponerse los calcetines. Ella seguía inmóvil. El puso la mano sobre la curva de sus nalgas. -¡Pequeña y hermosa Lady Jane! -dijo-. Quizás encuentres en Venecia un hombre que cubra tu pelo púbico de jazmines y ponga una flor de granado en tu ombligo. ¡Mi pobre Lady Jane! -¡No digas esas cosas! -dijo ella-. ¡Las dices sólo para herirme! El dejó caer la cabeza y dijo luego en dialecto: -¡Sí, quizás sí, quizás sí! Bueno, entonces no diré nada y ya está. Pero tienes que vestirte y volver a tu majestuosa mansión de Inglaterra, a tu hermosa morada. ¡El tiempo es ido! ¡Se ha agotado el tiempo de Sir John y la pequeña Lady Jane! ¡Poneos la túnica, Lady Chatterley! Podrías ser cualquiera así como estás, sin nada encima y con sólo algunos harapos de flores. Vamos, vamos, voy a desnudarte, pajarito sin cola. Y quitó las hojas de su pelo, besando sus cabellos húmedos, y las flores de sus pechos, y besó sus pechos, y besó su ombligo, y besó su pelo púbico, donde dejó las flores engarzadas. -Que sigan ahí mientras quieran -dijo-. ¡Eso es! Ahí estás, desnuda otra vez, sólo una muchacha desnuda con un ligero rastro de Lady Jane. Y ahora ponte la camisa o Lady Chatterley llegará tarde a cenar, y ¿dónde has estado, hermosa doncella? Nunca sabía qué contestarle cuando se pasaba así al dialecto. Se vistió y se preparó para volver ignominiosamente a Wragby. O por lo menos así era para ella: volver ignominiosamente a casa. Quiso acompañarla hasta el camino de herradura. Las crías de faisán estaban recogidas bajo el cobertizo. Cuando llegaron al camino se encontraron con la señora Bolton, que llegaba pálida y jadeante. -¡Oh, excelencia, nos temíamos que hubiera pasado algo! -¡No! No ha pasado nada. La señora Bolton observó la cara del hombre, tranquila y renovada por el amor. Se encontró con sus ojos entre la risa y la burla. Siempre sonreía ante las dificultades. Pero la miraba amablemente. -¡Buenas tardes, señora Bolton! Ya no hay peligro para su excelencia, así que puedo dejarla ahora. ¡Buenas tardes, excelencia! ¡Buenas tardes, señora Bolton! Hizo un saludo militar y se dio la vuelta. CAPITULO 16 Connie llegó a casa para sufrir un interrogatorio insoportable. Clifford había estado fuera a la hora del té, había vuelto justo antes de que empezara la tormenta, y ¿dónde estaba su excelencia? Nadie lo sabía. Sólo la señora Bolton apuntó que habría ido a dar un paseo al bosque. ¡Al bosque con una tormenta así! Excepcionalmente Clifford se dejó dominar por un estado de frenesí nervioso. Miraba cada relámpago y se sobresaltaba a cada trueno. Contemplaba el agua fría de la tormenta como si fuera el fin del mundo. Estaba cada vez más desquiciado. La señora Bolton trataba de calmarle. -Se habrá refugiado en la choza hasta que escampe. No se preocupe, su excelencia está bien. -¡No me gusta que esté en el bosque con una tormenta así! ¡No me gusta que esté en el bosque en ningún caso! Hace más de dos horas que se ha ido. ¿Cuándo salió? -Poco antes de que llegara usted. -No la vi en el parque. Dios sabe dónde estará y lo que le habrá pasado. -Oh, no le ha pasado nada. Verá como llega en cuanto pare la lluvia. Es sólo que no puede venir con tanta agua. Pero su excelencia no llegó a casa en cuanto cesó la lluvia. De hecho siguió pasando el tiempo, el sol salió de entre las nubes en un último reflejo amarillo y seguía sin haber rastro de ella. El sol se había puesto, oscurecía y se había tocado el primer gong para la cena. -¡Es inútil! -dijo Clifford fuera de sus casillas-. ¡Mandaré a Betts y a Field a buscarla! -¡Oh, no haga eso! -gritó la señora Bolton-. ¡Creerán que ha habido un suicidio o algo! Empezará a murmurar todo el mundo. Déjeme llegar hasta la choza y ver si está allí. Yo la encontraré. Tras insistir un poco, Clifford la dejó ir. Y así se la había encontrado Connie en el camino, pálida, jadeante y sola. -¡Perdóneme que haya venido a buscarla, excelencia! Pero no puede imaginarse cómo se ha puesto Sir Clifford. Estaba seguro de que la habría alcanzado un rayo o la habría matado la caída de un árbol. Y estaba dispuesto a mandar a Field y a Betts a buscar el cadáver en el bosque. Y pensé que era mejor que viniera yo y no poner a todos los criados en danza. Hablaba con nerviosismo. Podía ver aún la dulzura y el ensueño de la pasión en la cara de Connie, al mismo tiempo que su irritación por la interferencia. -¡Claro! -dijo Connie. Y no se le ocurrió nada más que decir. Las dos mujeres avanzaron a través de aquel universo húmedo en silencio, mientras las pesadas gotas reventaban como explosiones en el bosque. Al llegar al parque, Connie tomó la delantera. La señora Bolton jadeaba ligeramente: estaba engordando. -¡Qué tontería que Clifford haya organizado todo este jaleo! -dijo Connie por fin. Estaba enfadada. En realidad hablaba consigo misma. -¡Oh, ya sabe cómo son los hombres! Les gusta atormentarse. Pero se pondrá bien en cuanto vea a su excelencia. Connie estaba furiosa porque la señora Bolton hubiera descubierto su secreto: porque lo sabía con toda seguridad. De repente Constance se detuvo en medio del camino. -¡Es monstruoso que se me espíe! -dijo con los ojos en ascuas. -¡Oh! ¡No diga eso, excelencia! Desde luego él habría enviado a los dos hombres y habrían ido derechos a la choza. Yo ni siquiera sabía dónde estaba. Al oír aquello, Connie se puso roja de rabia. Sin embargo, dominada aún por su pasión amorosa, no era capaz de mentir. Ni siquiera podía fingir que no había nada entre ella y el guarda. Miró a la otra mujer, que disimulaba con la cabeza baja y que de alguna forma, en su femineidad, era un aliado. -¡Bueno! -dijo-. Siendo así, no me importa. -Claro, no ha pasado nada, excelencia. ¡No ha hecho más que refugiarse en la choza. No pasa absolutamente nada. Siguieron hacia la casa. Connie marchó directamente hacia la habitación de Clifford, furiosa contra él, contra su cara pálida y desencajada, contra sus ojos saltones. -Tengo que decir que no me parece que haga falta que pongas al servicio a perseguirme -explotó ella. -¡Santo Dios! -explotó él a su vez-. ¿Dónde has estado, mujer? ¡Desaparecida durante horas y horas con una tormenta como ésta! ¿Qué coños se te ha perdido en esa mierda de bosque? ¿Qué estabas haciendo? ¡Hace horas que dejó de llover, horas! ¿Sabes qué hora es? Eres capaz de volver loco a cualquiera. ¿Dónde has estado? ¿Qué coños has estado haciendo? -¿Y qué pasa si prefiero no decírtelo? Se quitó el sombrero y se sacudió el pelo. La miró con los ojos desencajados, la retina se iba tiñendo de amarillo. No le sentaba nada bien caer en la rabieta: la señora Bolton pagaba luego el pato durante algunos días. Connie echó marcha atrás. -¡Pero bueno! -dijo con un tono más suave-. ¡Cualquiera diría que he estado no sé dónde! Pues pasé el rato tranquilamente en la choza durante la tormenta, y encendí un fueguecillo y tan ricamente. Hablaba ahora sin esfuerzos. ¡Después de todo, por qué deprimirlo más aún! El la miró lleno de sospechas. -¡Y mira tu pelo -dijo-, mírate! -¡Sí! -contestó ella con parsimonia-. He estado corriendo desnuda en la lluvia. El la miró fijamente, perdida el habla. -¡Debes estar loca! -dijo. -¿Por qué? ¿Por ducharme en la lluvia? -¿Y cómo te has secado? -Con una toalla vieja y con el fuego. Seguía mirándola sin entender nada. -¿Y qué pasa si hubiera aparecido alguien? -dijo. -¿Quién iba a aparecer? -¿Quién? ¡Pues cualquiera! ¿Y Mellors? ¿Es que no va allí? Tiene que ir por las tardes. -Sí, llegó luego, cuando ya había escampado, a dar de comer a los faisanes. Hablaba con una asombrosa indiferencia. La señora Bolton, que estaba escuchando en la habitación de al lado, oía todo aquello con un asombro infinito. ¡Pensar que una mujer podía llevar las cosas con aquella naturalidad! -Imagínate que hubiera aparecido como un maníaco mientras andabas corriendo por allí sin nada encima. -Supongo que se habría llevado el susto más grande de su vida y se habría largado a toda prisa. Clifford la seguía mirando transfigurado. Lo que pensaba en su subconsciente no llegaría a saberlo nunca. Y estaba demasiado desconcertado para aclararse a nivel consciente. Aceptaba por las buenas lo que iba diciendo ella en una especie de vacío. Y la admiraba. No podía evitar admirarla. Parecía tan llena de color, tan hermosa, tan suave: suave de amor. -Por lo menos -dijo rindiéndose- habrás tenido suerte si te has librado de un buen catarro. -No, no he pillado un catarro -contestó ella. Estaba pensando en las palabras del otro hombre: «¡Tienes el culo más bonito que nadie!» Deseaba, deseaba con locura poderle contar a Clifford que le habían dicho aquello durante la famosa tormenta. Pero se comportó más bien como una reina ofendida y subió a su habitación a cambiarse de ropa. Más tarde Clifford intentaba ser amable con ella. Estaba leyendo uno de los últimos libros científicos sobre religión: sentía una vena de una especie de falsa religiosidad en su interior y se preocupaba de forma egoísta por el futuro de su personalidad. Era como su costumbre de entablar una conversación con Connie sobre algún libro, puesto que la conversación entre ellos había de crearse casi por procedimientos químicos. Era casi una precipitación química en sus cabezas. -Ah, de paso, ¿qué te parece esto? -dijo echando mano al libro-. No te haría falta refrescar tu cuerpo ardiente duchándote en la lluvia si tuviéramos algunos eones más de evolución tras de nosotros. ¡Ah, aquí está!: «El universo nos presenta dos aspectos: por un lado se desgasta físicamente y por otro asciende espiritualmente.» Connie le escuchaba, esperando la continuación. Pero Clifford parecía esperar. Ella le miró sorprendida. -Y si asciende espiritualmente -dijo-, ¿qué es lo que deja abajo, en el sitio donde solía tener el rabo? -¡Ah! -dijo él-. Hay que entender lo que quiere decir el hombre. Ascender es lo contrario de desgastarse, supongo yo. -¡Espiritualmente aniquilado, por decirlo así! -No, en serio, sin bromas: ¿crees que tiene profundidad? Ella volvió a mirarle. -¿Desgaste físico? -dijo--. Veo que tú engordas y yo no me estoy desgastando. ¿Crees que el sol es más pequeño que antes? Yo creo que no. Y supongo que la manzana que Adán ofreció a Eva no era mucho más grande, si es que le ofreció alguna, que cualquiera de nuestras hermosas manzanas injertadas. ¿Tú crees que sí? -Mira, escucha lo que dice luego: «Y así va pasando lentamente, con una lentitud inconcebible para nuestra medida del tiempo, a nuevas condiciones de creatividad, en las cuales el mundo físico, tal como lo conocemos hoy, estará representado por una ondulación apenas diferenciable de la nada.» Ella le escuchaba con un toque de ironía. Se le ocurrían montones de comentarios sarcásticos. Pero sólo dijo: -¡Qué idiotez de acertijo! Como si su conciencia llena de presunción fuera capaz de comprender algo que sucede con esa lentitud. Eso quiere decir simplemente que él es un fracaso físico sobre la tierra y quiere convertir al universo entero en un fracaso físico. ¡Es una impertinencia insignificante de pedantuelo! -¡Oh, pero escucha! ¡No interrumpas las opiniones solemnes de un gran hombre!: «El tipo de orden que actualmente impera en el mundo emerge de un pasado inimaginable y encontrará su tumba en un futuro igualmente inimaginable. Permanece, sin embargo, el reino infinito de las formas abstractas y de la creatividad, con su carácter variable siempre determinado de nuevo por sus propias criaturas y por Dios, de cuya sabiduría dependen todas las formas de orden.» Ahí está, así es como termina. Connie escuchaba con desprecio. -Está espiritualmente ido -dijo-. ¡Qué sarta de tonterías! Inimaginables, y tipos de orden en la tumba, y reinos de formas abstractas, y la creatividad con su carácter variable siempre determinado de nuevo, y Dios mezclado a formas de orden. ¡Pero si es de idiota! -Debo reconocer que es un conglomerado un tanto confuso, una mezcla gaseosa, por decirlo así -dijo Clifford-. Pero aun así me parece que no está del todo equivocado en la idea de que el universo se desgasta físicamente y asciende espiritualmente. -¿Te parece? Pues entonces que siga ascendiendo, siempre que me deje a mí físicamente sana y a salvo aquí abajo. -¿Te gusta tu físico? -preguntó él. -¡Me encanta! Y volvieron a su mente aquellas palabras: «¡Tienes el culo de mujer más hermoso que existe!» -Es realmente increíble, porque es evidente que lo físico no es más que una carga. Claro que supongo que una mujer no sabe el placer supremo que representa la vida mental. -¿Placer supremo? -dijo ella mirándole-. ¿Y es esa especie de majadería el placer supremo de la vida de la mente? ¡No, gracias! Prefiero el cuerpo. Creo que la vida del cuerpo es una realidad más grande que la vida de la mente: si el cuerpo está realmente abierto a la vida. Aunque hay tanta gente, como tu famosa máquina de viento, que sólo tienen un cerebro pegado a sus cadáveres físicos... El la miró desconcertado. -La vida del cuerpo -dijo- no es más que la vida de los animales. -Y eso es mejor que la vida de los cadáveres profesionales. ¡Pero no es cierto! El cuerpo humano está empezando a llegar ahora a la vida real. Con los griegos tuvo un relámpago maravilloso, luego Platón y Aristóteles lo mataron y Jesús le dio la puntilla. Pero ahora el cuerpo está volviendo realmente a la vida, surgiendo realmente de la tumba. Y llegaremos a una vida maravillosa, maravillosa, en un universo maravilloso, la vida del cuerpo humano. -Querida, hablas como si fueras tú la que tuvieras que llevarlo adelante. Cierto, te vas de vacaciones, pero no te lo tomes con ese entusiasmo indecente. Créeme, exista el Dios que exista, está eliminando lentamente los intestinos y el sistema alimenticio del ser humano para dar origen a un ser más elevado, más espiritual. -¿Por qué voy a creerte, Clifford, si yo siento que, exista el Dios que exista, ha despertado por fin en mis intestinos, como tú dices, y se mece allí con la felicidad de un amanecer? ¿Por qué había de creerte si yo siento exactamente lo contrario? -¡Oh, exactamente! ¿Y qué es lo que ha provocado ese cambio extraordinario en ti? ¿Correr desnuda por la lluvia y jugar a la bacante? ¿El deseo de sensaciones o un anticipo del viaje a Venecia? -¡Las dos cosas! ¿Crees que es horrible que me emocione tanto la idea de salir de aquí? -dijo. -Es un tanto horrible mostrarlo tan abiertamente. -Entonces lo ocultaré. -¡Oh, no te molestes! Casi consigues transmitirme a mí la emoción. Casi me siento como si fuera yo el que se va. -¿Y entonces por qué no vienes? -Ya lo hemos discutido. En realidad supongo que lo que más te entusiasma es poder despedirte temporalmente de todo esto. ¡Nada hay tan emocionante de momento como decirle adiós a todo! Pero cualquier despedida significa un encuentro en otra parte. Y cualquier nuevo encuentro es una nueva atadura. -Yo no voy a buscarme ninguna nueva atadura. -No presumas cuando los dioses te escuchan -dijo Clifford. -¡No! ¡No estoy presumiendo! -cortó ella en seco. Pero de todas formas sentía vivamente la emoción de la marcha, de la ruptura de los lazos. No podía evitarlo. Clifford, que no podía dormir, jugó toda la noche con la señora Bolton, hasta que ella estuvo casi muerta de sueño. Y amaneció el día en que tenía que llegar Hilda. Connie había acordado con Mellors que si todo se presentaba bien para que pudieran pasar la noche juntos, colgaría un chal verde de la ventana. Y si sus planes se veían frustrados, uno rojo. La señora Bolton ayudó a Connie a hacer las maletas. -Un cambio le sentará muy bien a su excelencia. -Creo que sí. ¿No le importa ocuparse sola de Sir Clifford durante una temporada, verdad? -¡Oh, no! Me las arreglo muy bien con él. Quiero decir que podré hacer todo lo que necesite. ¿No cree que ha mejorado bastante? -¡Oh, mucho! Hace usted maravillas con él. -¿Le parece? Pero todos los hombres son iguales: son como niños y hay que llevarles la corriente y adularles y dejarles creer que hacen lo que les da la gana. ¿No le parece a usted, excelencia? -Me temo que yo no tengo mucha experiencia. Connie interrumpió un momento su ocupación. -¿Incluso su marido, tenía que manejarle y mimarle como un niño? -preguntó mirando a la otra mujer. La señora Bolton se detuvo también. -¡Bueno! -dijo-. También tenía que hacerle un montón de cucamonas. Pero tengo que reconocer que casi siempre se daba cuenta de lo que yo andaba buscando. Pero generalmente decía que sí. -¿No se comportaba nunca como dueño y señor? -¡No! Por lo menos tenía a veces una expresión típica en los ojos y entonces ya sabía que era yo la que tenía que ceder. Pero era él el que cedía normalmente. No, nunca fue autoritario. Pero yo tampoco. Yo ya sabía cuándo no se podía seguir adelante con él y entonces cedía: aunque a veces me costaba hacerlo. -¿Y qué hubiera pasado si se hubiera resistido usted? -Oh, no lo sé, no lo hice nunca. Incluso cuando él no tenía razón, si le veía encabezonado, yo decía que sí. Mire, no quería arriesgarme a romper lo que había entre nosotros. Y si una quiere tener siempre razón frente a un hombre, se acabó. Si nos importa un hombre tenemos que aceptar lo que sea cuando le vemos que está decidido a algo; tengamos razón o no, hay que agachar la cabeza. Si no, mala cosa. Pero tengo que decir que Ted se plegaba a mí a veces cuando yo estaba empeñada en algo y equivocada. Así que supongo que vale para las dos partes. -Ah, ¿y eso es lo que hace con todos sus pacientes? -preguntó Connie. -Oh, eso es diferente. No me preocupo de la misma forma. Sé lo que es bueno para ellos, o intento saberlo, y me las arreglo para que lo hagan por su propio bien. No es como alguien a quien de verdad se quiere. Es muy diferente. Una vez que se ha querido de verdad a un hombre, se puede ser cariñosa casi con cualquier hombre si de verdad la necesita a una. Pero no es lo mismo. No es algo que la preocupe a una de verdad. Creo que si una ha querido de verdad alguna vez, ya no es capaz de volverlo a hacer de nuevo. Aquellas palabras asustaban a Connie. -¿Cree que sólo se puede querer una vez? -preguntó. -O nunca. La mayor parte de las mujeres no llegan a querer nunca, no empiezan nunca a querer. No saben lo que significa. Ni los hombres tampoco. Pero cuando veo una mujer que quiere, mi corazón se vuelca hacia ella. -¿Y cree que los hombres se ofenden fácilmente? -¡Sí! Si se hiere su orgullo. ¿Pero es que las mujeres no son lo mismo? Sólo que nuestros orgullos son un poco diferentes. Connie pensaba en aquello. Empezó a tener dudas de nuevo sobre su marcha. ¿No estaba, después de todo, dando el esquinazo a su hombre, aunque fuera por poco tiempo? Y él lo sabía. Por eso se comportaba de forma tan rara y sarcástica. ¡Y aun así ...! La existencia humana está en gran parte controlada por la maquinaria de las circunstancias externas. Ella estaba en manos de esa máquina. No podía desembarazarse por completo en cinco minutos. Ni siquiera quería hacerlo. Hilda llegó a la hora acordada el jueves por la mañana, en un ligero dos plazas, con la maleta fuertemente sujeta detrás. Parecía tan reservada y virginal como siempre, pero seguía siendo igual de obstinada. Era de una obstinación suprema, como había descubierto su marido. Pero el marido estaba ahora divorciándose de ella. Sí, y ella incluso le facilitaba la cosa, aunque no tenía ningún amante. De momento se mantenía al margen de los hombres. Estaba feliz de disponer de sí misma sin cortapisas: y de disponer de sus dos hijos, a los que iba a educar «como debe ser», signifique lo que signifique. Así que Connie estaba reducida también a una sola maleta. Pero le había enviado un baúl a su padre, que haría el viaje en tren. No valía la pena llevar un coche a Venecia. Y en Italia hacía demasiado calor para andar conduciendo en julio. Iría cómodamente en tren. Acababa de llegar de Escocia. Y así, como un mariscal de campo serio y bucólico, Hilda organizaba la parte material del viaje. Ella y Connie estaban sentadas en la habitación de arriba, charlando. -¡Pero Hilda -dijo Connie un tanto asustada-, quiero pasar esta noche cerca de aquí! ¡No aquí: cerca de aquí! Hilda miró fijamente a su hermana con sus ojos grises e inescrutables. Parecía tan tranquila: y se enfurecía tan a menudo. -¿Dónde cerca de aquí? -preguntó suavemente. -Bueno, ya sabes que quiero a alguien, ¿no? -Ya me imaginaba yo algo. -Vive cerca de aquí y quiero pasar con él la última noche. ¡Tengo que hacerlo! Lo he prometido. Connie insistía. Hilda inclinó en silencio su cabeza de Minerva. Luego levantó los ojos. -¿No quieres contarme quién es? -dijo. -Es nuestro guardabosque -musitó Connie, y se ruborizó vivamente, como una niña avergonzada. -¡Connie! -dijo Hilda, disgustada y levantando ligeramente la nariz: un movimiento que había heredado de su madre. -Lo sé: pero es realmente maravilloso. Sabe ser realmente tierno -dijo Connie, tratando de disculparle. Hilda, como una Atenea rubicunda y llena de color, inclinó la cabeza y se quedó pensando. Estaba violentamente enfurecida. Pero no se atrevía a mostrarlo, porque Connie, buena hija de su padre, se volvería desafiante e incontrolable de forma inmediata. Era cierto, a Hilda no le gustaba Clifford con su fría seguridad de creerse alguien. Pensaba que hacía uso de Connie de forma inaceptable y desvergonzada. Había esperado que su hermana le abandonara. Pero perteneciendo a la sólida burguesía escocesa, no podía aceptar ningún tipo de «rebajamiento» de uno mismo o de la familia. Por fin levantó la mirada. -Acabarás lamentándolo -dijo. -Claro que no -gritó Connie, enrojeciendo-. El es la excepción. Le quiero de verdad. Es maravilloso como amante. Hilda siguió cavilando. -Te cansarás de él pronto -dijo-. Y vivirás para avergonzarte de ti misma por él. -¡No lo haré! Espero tener un hijo suyo. -¡Connie! -dijo Hilda, dura como un martillo y pálida de ira. -Lo tendré si puedo. Me sentiría enormemente orgullosa si tuviera un hijo suyo. Era inútil hablar con ella. Hilda pensaba. -¿Y Clifford no sospecha nada? -dijo. -¡Oh, no! ¿Cómo iba a sospechar? -Estoy segura de que le has dado motivos suficientes para sospechar -dijo Hilda. -En absoluto. -Y ese asunto de esta noche parece una locura gratuita. ¿Dónde vive ese hombre? -En la casa que hay al otro lado del bosque. -¿Está soltero? -¡No! Su mujer le abandonó. -¿Cuántos años tiene? -No lo sé. Es mayor que yo. Hilda se iba enfadando más con cada respuesta, con el mismo tipo de enfado en que solía caer su madre, en una especie de paroxismo. Pero seguía ocultándolo. -Si yo fuera tú, me olvidaría de la aventura de esta noche -aconsejó con calma. -¡No puedo! Tengo que pasar esta noche con él o no podré ir a Venecia en absoluto. De ninguna manera. Para Hilda, aquélla era de nuevo la voz de su padre y cedió por pura diplomacia. Y consintió en que irían las dos a Mansfield a cenar; una vez oscurecido, llevaría a Connie al final del camino y la recogería de allí mismo a la mañana siguiente. Ella dormiría en Mansfield, que estaba sólo a media hora de allí si se conducía deprisa. Pero estaba furiosa. Aquel cambio en sus planes era algo que guardaría dentro contra su hermana. Connie colgó de la ventana un chal verde esmeralda. Con el enfado contra su hermana, Hilda se reconcilió un tanto con Clifford. Después de todo, él tenía un cerebro. Y si funcionalmente carecía de sexo, tanto mejor: ¡una cosa menos por la que enfadarse! Hilda estaba harta de aquel asunto del sexo que volvía a los hombres desagradables, monstruitos egoístas. Connie tenía que soportar menos cosas que la mayoría de las mujeres, pero no se daba cuenta. Y Clifford decidió que, después de todo, Hilda era una mujer decididamente inteligente y sería una compañera y una ayuda de primera clase para un hombre si ese hombre se dedicaba a la política, por ejemplo. Sí, estaba libre de las tonterías de Connie; Connie era más niña: había que disculparse en su nombre, porque no era de fiar del todo. Tomaron anticipadamente el té en el hall, donde las puertas estaban abiertas para dejar entrar el sol. Todo el mundo parecía un tanto jadeante. -¡Adiós, Connie, querida! Vuelve a mí sana y salva. -¡Adiós, Clifford! Sí, no estaré mucho tiempo fuera. Había casi ternura en Connie. -¡Adiós, Hilda! Me la cuidarás, ¿no? Échale un ojo. -¡Le echaré dos! -dijo Hilda-. No se descarriará muy lejos. -¡Prometido! -¡Adiós, señora Bolton! Sé que cuidará bien de Clifford. -Haré lo que pueda, excelencia. -Escríbame si hay novedades y hábleme de Sir Clifford, de cómo se encuentra. -Muy bien, excelencia, lo haré. Páselo bien. Nos dará una alegría cuando vuelva. Todo el mundo agitó la mano. El coche se puso en marcha. Connie se volvió a mirar hacia atrás y vio a Clifford sentado en la silla de ruedas en lo alto de la escalinata. Después de todo era su marido, Wragby era su casa: eran las circunstancias las que lo habían hecho así. La señora Chambers sujetaba la verja y deseó unas felices vacaciones a su excelencia. El coche dejó atrás los oscuros arbustos que ocultaban el parque y llegó a la carretera principal, donde los mineros volvían a casa. Hilda dobló hacia la carretera de Crosshill; no era una carretera principal, pero iba a Mansfield. Connie se puso las gafas oscuras. Avanzaban paralelas a la vía del tren, que estaba en un repecho a nivel inferior. La atravesaron más tarde por un puente. -¡Ese es el camino a la casa! -dijo Connie. Hilda lo miró impaciente. -¡Es una verdadera pena que no podamos seguir directamente -dijo-. Podríamos haber estado en Pall Mall a las nueve. -Lo siento por ti -dijo Connie desde detrás de sus gafas. Pronto estuvieron en Mansfield, aquel pueblo minero que había sido romántico en tiempos y ahora era deprimente. Hilda paró ante el hotel que venía en la guía automovilística y pidió habitación. Todo era muy aburrido y el enfado de Hilda casi le impedía hablar. Sin embargo, Connie se moría de ganas de contarle algo de la historia del hombre. -¡El! ¡El! ¿Cómo le llamas? No dices más que él -dijo Hilda. -Nunca le he llamado por ningún nombre, ni él a mí. Cosa curiosa si se piensa bien. O nos llamamos Lady Jane y John Thomas. Pero se llama Oliver Mellors. -¿Y qué te parecería ser la señora de Oliver Mellors en lugar de Lady Chatterley? -Me encantaría. No había nada que hacer con Connie. De todas formas, si aquel hombre había sido teniente del ejército en la India durante cuatro o cinco años, debía ser más o menos presentable. Aparentemente tenía personalidad. Hilda empezó a ablandarse un poco. -Pero te cansarás de él pronto -dijo-, y entonces te avergonzarás de haber tenido algo que ver con él. Una no puede andarse mezclando con los obreros. -¡Y tú eres tan socialista! Siempre al lado de la clase obrera. -Puedo estar a su lado en una crisis política, pero por estar a su lado me doy cuenta de la imposibilidad de mezclar nuestras vidas con las suyas. Y no por esnobismo, sino porque es un ritmo totalmente diferente. Hilda había vivido entre los verdaderos intelectuales políticos, así que no había manera de contradecirla. La monótona velada en el hotel avanzaba lentamente y al final pasaron una cena igualmente monótona. Luego Connie echó algunas cosas en una pequeña bolsa de seda y volvió a peinarse otra vez. -Después de todo, Hilda -dijo ella-, el amor puede ser maravilloso; cuando se siente se vive, se está en el centro mismo de la creación. Era una bravata por su parte. -Me imagino que todos los mosquitos piensan lo mismo -dijo Hilda. -¿Sí, lo crees? Pues qué suerte tienen. Era un atardecer maravillosamente claro y largo, incluso dentro del pueblo. Habría algo de luz durante toda la noche. Con la cara como una máscara, por el resentimiento, Hilda volvió a poner el coche en marcha y deshicieron lo andado tomando la otra carretera, por Bolsover. Connie llevaba las gafas y una gorra para enmascararse. Iba en silencio. La oposición de Hilda le había hecho tomar ferozmente la defensa del hombre, se mantendría a su lado contra viento y marea. Habían encendido los faros cuando pasaron por Crosshill, y el pequeño tren iluminado que se abría camino por