libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Bronte, Anne (1820-1849) Anne Brontë nació el 17 de enero de 1820 en Thorton en el seno de una familia eminentemente novelesca como la de los Brontë, y no sólo porque de ella salieran tres grandes escritoras, sino porque sus vidas y sus circunstancias, hermano Branwell incluido, sirvieron de puntal destacado a sus obras, ya que leer las novelas de las tres hermanas es adentrarse en sus biografías. Anne era la pequeña y creció junto a los demás, desenvolviéndose en el mundo mágico de esta singular familia en la que la presencia de la muerte de los seres queridos fue una constante desde la infancia -hermanas y madre fallecidas-, marcándolos con un sello indeleble que surge en sus páginas y a través de sus poemas. (En su niñez se inventaron dos mundos a los que denominaron Gondal y Angria y sobre ellos escribían). Anne cursó estudios en la escuela preparándose para ser una institutriz, única salida de la época para las mujeres que querían, o no tenían otro remedio, que trabajar si conseguir un marido no era su objetivo. A los 19 años, entró de institutriz con la familia Ingham en Blake Hall, pero se encontró con unos niños ingobernables y consentidos a los que no le permitían educar con la disciplina que precisaban, y se marchó por propia voluntad, un tanto frustrados sus ideales educadores. Mas esta decepcionante experiencia fue luego inspiración para su primera novela Agnes Grey. Después Anne entraría de nuevo como institutriz esta vez en casa del reverendo Edmund Robinson en Thorp cerca de York, repitiéndose, con las niñas, los mismos problemas que en el anterior desempeño de su labor docente, aunque en esta ocasión, pudo, no sólo domar a sus alumnas Bessy y Mary, sino que consiguió que éstas le cobraran verdadero afecto y no la llegaran a olvidar nunca. La corta vida de Anne Brontë, desprovista de todo elemento romántico amoroso, se desliza melancólica entre sus clases, sus novelas, sus paseos por la playa de Scarborough en vacaciones, y el cuidado obsesivo que tenían las tres hermanas, Emily, Charlotte y Anne, por Branwell el niño mimado de la familia a quien se le toleraba cualquier cosa. En el caso concreto de Anne, ella compartió con su hermano la enseñanza de los niños de la familia del reverendo Robinson, al introducirlo personalmente allí con objeto de que diera clases de música al pequeño Edmund con el resultado desastroso de que Branwell se enamoró de Lydia Robinson, la madre de su discípulo, pasión que duró dos años y medio, lo que ocasionó un verdadero drama familiar para los Brontë -por no hablar ya de los Robinson-, con el joven dado a la bebida y al opio y sin posibilidad de enmienda. (El alcoholismo del joven Branwell, serviría no obstante, para que Anne escribiese una novela El arrendatario de Wildfell Hall, criticada en su tiempo, incluso por la propia Charlotte, al considerarse que no era “apropiada” debido a la crudeza del tema, como literatura femenina). La unión entre las hermanas Brontë se evidencia en que juntas hicieron muchas cosas, planearon el montar una escuela, escribieron poemas que luego presentarían bajo seudónimo masculino de Currer, Ellis y Acton Bell, librito del que se vendieron escasos ejemplares, y publicaron sus novelas de las cuales, sólo Jane Eyre de Charlotte Brontë conoció las mieles de la popularidad, siendo prácticamente anatemizada Cumbres Borrascosas de Emily, aceptada Agnes Grey de Anne y muy mal vista El arrendatario de Wildfell Hall, de la que ahora, sin embargo, comienza a hablarse apreciativamente debido a la alta calidad descriptiva de una situación muy delicada y magistralmente escrita: la influencia del alcoholismo en las vidas de quienes directa o indirectamente, lo sufren. El 24 de septiembre de 1848 muere Branwell a los 31 años, Emily no tarda en seguirle a la tumba y Anne también abandona este mundo el 28 de mayo de 1849. Los tres murieron de tuberculosis, complicada con otras cosas en el caso de Branwell, éste, que no parece poseer vida propia sino es en colaboración con la de sus famosas hermanas quienes se sirvieron de él para inspirarse: un hombre caprichoso, violento, colérico, débil de carácter y apasionado, siempre egoísta y manipulador, y del cual han quedado unos cuantos retratos hechos a las Brontë, ya que también revelaba una cierta veta artística. Los postreros días de Anne Brontë fueron tan románticos y tristes como cabía de esperar; fue apagándose como una vela y sus últimas palabras, dedicadas a la superviviente, que no se separaba de su cabecera, son estas: -Ten valor, Charlotte, ten valor. Anne Brontë reposa enterrada en Scarborough, un bello lugar costero que ella amó intensamente por haber vivido en él los momentos más felices de su breve existencia. Agnes Grey Anne Brontë INTRODUCCIÓN A mi padre, por haber sido el último; a mi madre, por haber sido la primera. LA OTRA HERMANA CUALQUIER lector aficionado, no necesariamente experto en novela victoriana, habrá leído u oído hablar de obras como Jane Eyre o Wuthering Heights (Cumbres Borrascosas), así como de sus autoras, Charlotte y Emily Brontë, respectivamente. Sin embargo, cuando hablamos de Agnes Grey o de The Tenant of Wildfell Hall generalmente es necesario explicar que se trata de novelas de Anne Brontë, «la otra hermana»1. Ciertamente, Anne Brontë ha permanecido a la sombra de sus hermanas y en muchas ocasiones ha sido ocultada totalmente por ella. Aunque sus libros tuvieron un éxito notable cuando fueron publicados, parece ser que los escritores victorianos de biografías y memorias consideraron la vida de Anne de poco interés en comparación con la de sus hermanas: Charlotte, más apasionada -quizás como reflejo de su más famoso personaje, Jane Eyre-, y Emily, más enigmática, y no escribieron gran cosa sobre ella, por lo que ha permanecido bastante en el olvido como escritora y como persona. De hecho, muchas de las historias de la literatura o incluso de los libros especializados en novela victoriana la despachan en unas pocas líneas o ni siquiera la mencionan, en contraste con la atención dedicada a sus hermanas2. Algunos autores achacan este desconocimiento de la figura de Anne al hecho de haber sido la menor de los hermanos Brontë3 , de ofrecer una visión de la vida diferente de la presentada en la obra de sus hermanas4, o de haber intentado imitar el talento de éstas, sin conseguirlos5. En realidad, en opinión de George Moore, uno de los grandes defensores de Anne Brontë, lo que ha ocurrido es que a Anne le ha tocado hacer el papel de «Cenicienta literaria» al haber sido siempre juzgada en referencia a sus hermanas6. Algunos críticos7 culpan a Charlotte del desconocimiento, o del conocimiento parcial, existente en torno a Anne. Como escritora, la perjudicó al no permitir que The Tenant of Wildfell Hall se volviera a publicar tras la muerte de Anne mientras ella misma vivió; en una colección de poesías de Emily y Anne que publicó en 1850, en ocasiones dejó fuera estrofas significativas para entender la obra de Anne; y también se negó a publicar cualquier material literario inédito de sus hermanas. Como persona, anuló su identidad al quemar la mayoría de los documentos de cualquier tipo que sus hermanas hubieran dejado. Debido a esta quema, y también posiblemente a otras circunstancias, sólo quedan cuatro o cinco cartas de las muchas que debió de escribir y seis de los denominados «diary papers»8. Aunque existen algunos documentos originales y, en opinión de algunos autores9, su obra, tanto poética como novelística, es casi su mejor biografia, también es cierto que durante mucho tiempo la reputación póstuma de Anne estuvo dirigida por Charlotte a través de la nota biográfica que sobre sus hermanas escribió y que precedía a una nueva edición de 1850 de Wuthering Heights y Agnes Grey, de sus cartas y de lo que sobre Anne contó a Elizabeth Gaskell y luego ésta incorporó a su biografia de Charlotte Brontë10. Aquí Anne aparecía descrita como dócil, meditabunda y paciente, y ésta es la imagen que la mayoría de las biografias, meras réplicas de la de Gaskell11, dieron de Anne durante varias décadas. En estos años, Charlotte parecía ser el único miembro de la familia que suscitaba interés y sobre el que se escribía. La situación cambió algo cuando en 1890 Clement Short y T J. Wise decidieron fundar la Sociedad Brontë y recopilaron los manuscritos no publicados de la familia, lo que trajo como consecuencia la colección Shakespeare Head Brontë, que reeditó la obra ya conocida y sacó a la luz material inédito hasta entonces de y sobre la familia Brontë, y la Shakespeare Head Press se convirtió en una auténtica cantera de textos y material biográfico. Winifred Gérin fue la primera en intentar restablecer la reputación de Anne con su biografía escrita en 195912; para ello utilizó la biografía de Elizabeth Gaskell, las cartas editadas por Short y Wise y todo tipo de material que pudo encontrar, pero sobre todo la novela Agnes Grey y también parte de la poesía. Posteriormente otros autores han intentado dar una visión más escéptica, pero también más realista, de la vida de los Brontë. Tom Winnifrith con su The Brontës and their Background: Romance and Reality escrito en 197313 se podría considerar el iniciador de esta nueva tradición al poner en entredicho, por ejemplo, la validez del punto de vista dado por las cartas publicadas por Short y Wise y que no siempre coincidían en todos sus párrafos con los manuscritos originales14. También han contribuido a un mayor conocimiento de la autora y su obra la revisión crítica de sus novelas y poesía llevada a cabo por distintos estudiosos15. Anne Brontë nació el 17 de enero de 1820 fruto del matrimonio entre el Reverendo Patrick Brontë y su mujer, María Branwell, y fue la menor de una familia de seis hermanos: Maria, Elizabeth, Charlotte, Branwell, Emily y la propia Anne, de los cuales sólo los cuatro últimos llegaron a la edad adulta. Anne nació con problemas de asma y fue la más delicada de salud de todos los Brontë, sufriendo continuamente de resfriados o gripe, y esto puede haber influido en la imagen de debilidad intelectual y de carácter que a veces se ha creado alrededor de su figura16. La familia se había trasladado a Haworth en abril de 1820 y la madre murió de cáncer en septiembre de 1821, cuando Anne apenas contaba dieciocho meses. Elizabeth Branwell, hermana de la señora Brontë y siete años mayor que ella, había residido algunas temporadas con la familia desde el matrimonio de María y aquel año había llegado en mayo para ayudar a su hermana y a su familia durante la enfermedad de aquélla. La familia Branwell procedía de Penzance, en Comualles, y a Elizabeth no le gustaba el carácter de la gente del norte de Inglaterra, además deploraba la falta de entretenimientos de un lugar pequeño como Haworth. Disponía de dinero propio, lo cual le habría podido proporcionar un marido, pero nunca se casó. Tras la muerte de su esposa, Patrick Brontë quiso casarse de nuevo, buscando sobre todo una madre para sus hijos, pero sus distintos intentos resultaron fallidos y la consecuencia fue que a partir de 1824 Elizabeth Branwell, aparentemente bastante a su pesar, se quedó permanentemente en la casa para cuidar de la familia, lo que probablemente amargó no sólo su vida, sino también la de aquéllos a su alrededor. Marcharse de Penzance significaba abandonar la vida social y la religión metodista17, que eran los dos intereses alrededor de los cuales giraba su vida. Se preocupaba mucho por su apariencia y le gustaba rodearse de ciertas comodidades y cosas bonitas. Sin embargo, era de carácter melancólico y triste y nunca se le vio sonreír y mucho menos reír, irritándose con frecuencia18. Su carácter era probablemente melancólico por naturaleza, pero parece que también se veía afectado por la religión metodista. Al ser Anne la más pequeña de la casa y encontrarse con frecuencia enferma en la cama, la influencia de Elizabeth Branwell fue inmensa sobre su infancia y niñez, pero, por otra parte, le tomó un cariño instantáneo convirtiéndola claramente en su favorita, posiblemente porque era la que más se parecía a su madre y era una niña buena. Elizabeth Branwell confiaba en moldear el corazón y mente de Anne a su imagen y semejanza. Desde el primer momento rehusó hacerse cargo de la educación de las niñas19 y sólo aceptó enseñarles a coser y a darles conocimientos básicos de escritura. Así que fue Patrick Brontë el que se encargó de educar a sus hijos. Cuando las dos niñas mayores tuvieron la edad apropiada, decidió enviarlas a Cowan Bridge, un internado pensado especialmente para las hijas de clérigos, donde al poco tiempo les siguieron Charlotte y Emily. Sin embargo, estalló en el colegio una epidemia de tuberculosis a consecuencia de la cual murieron María y Elizabeth cuando contaban tan sólo doce y diez años, respectivamente, y Charlotte y Emily fueron sacadas inmediatamente de allí20. Es importante observar que, mientras sus hermanas estaban en Cowan Bridge y Branwell asistía a otra escuela, Anne tuvo por única compañía a su tía, con la consiguiente influencia que ésta pudo tener sobre la pequeña. Tras la debacle de Cowan Bridge, los niños fueron de nuevo educados en casa por su padre durante cinco años y medio. Todas las chicas tenían pequeñas tareas domésticas que realizar, pero después pasaban la mayor parte de la mañana dando clase de lengua, historia, geografía o aritmética con su padre. Por las tardes se dedicaban a pasear por los páramos y después del té a coser con su tía. A última hora se retiraban a jugar en un mundo inventado donde se reflejaban todos los aspectos de cualquier ciudad o país: el sistema político, militar, judicial y social. Esta actividad en parte había tenido su origen en una caja de soldados que su padre había regalado a Branwell. De aquí surgieron también sus primeras historias infantiles de los «Young Men». Los hermanos, a imitación de una de las revistas más populares de la época, B!ackwood's Magazine, crearon su propia revista, que escribían, ilustraban e incluso encuadernaban, eso sí, a pequeña escala, ya que las dimensiones eran de apenas unos centímetros21. Al mismo tiempo, el mundo imaginario de Angria iba tomando más fuerza y apareciendo cada vez más en sus escritos juveniles y, aunque los cuatro participaron en estos trabajos de creación, son atribuibles básicamente a Charlotte y Branwell. Charlotte, en parte por ser la mayor, en parte por su carácter autoritario, siempre había organizado las actividades de ocio de los cuatro hermanos. Sin embargo, cuando a los quince años fue enviada a un internado, Roe Head, la situación de la casa cambió: Emily, que había estado muy unida a Charlotte, se acercó más a Anne, y Branwell quedó un tanto al mar gen de esta nueva alianza. Las dos juntas disfrutaron de la naturaleza y en concreto de los páramos alrededor de la casa y crearon un nuevo mundo imaginario: el de Gondal y Gaaldine, habitado por reyes destronados, amantes, proscritos y fugitivos como Lady Geralda, Olivia Vernon, Alexandrina Zenobía o Alexander Hybernia. Para el regreso de Charlotte del colegio, Emily y Anne se dedicaron a escribir una lista con los lugares y otra con los personajes de sus historias, de modo que al no iniciado le fuera más fácil entender la vida de los reinos de Gondal y Gaaldine, y se puede comprobar que la mayoría de estos personajes aparecen en gran parte de su poesía posterior. Los hermanos Brontë: Charlotte, Anne, Branwell y Emily. Una vez en casa y durante tres años, Charlotte se dedicó a enseñar a sus hermanas lo que ella habían aprendido en el colegio, pero en 1835 hacía falta una maestra en Roe Head y el puesto fue ofrecido a Charlotte; a cambio, una de sus hermanas podía recibir clases gratuitamente en dicha institución. Por edad le correspondía a Emily, y Anne, con quince años, quedó sola en la casa con su padre y su tía. Sin embargo, Emlly no pudo adaptarse a la vida de la escuela y Anne tomó su puesto comenzando sus estudios en un colegio un año antes de lo previsto. La vida en Roe Head tampoco fue fácil para Anne y sufrió bastante tanto emocional como fisicamente, pero aguantó. Desde muy pequeña, Anne fue consciente de la necesidad que tendría en el futuro de mantenerse a sí misma y, decidida a que así fuera, puso todo su empeño en adaptarse a su nueva vida y prepararse tan bien como le fuera posible; así que aprendió música, canto, dibujo, francés, latín, alemán, historia, lengua, aritmética y geografia. Charlotte debería haber sido un apoyo para Anne; sin embargo, parece ser que ella misma estaba atravesando una crisis, probablemente provocada por el hecho de que se veía presa de un trabajo que no le gustaba demasiado, la enseñanza, y que además le impedía dedicarse a otra actividad que habría preferido: escribir22. En estos momentos, Anne se refugió en la escritura y en la recuperación del mundo de Gondal. Durante su segundo año en Roe Head tuvo una grave crisis emocional que la llenó de dudas y desánimo provocados por un sentimiento de poca valía y el temor a ser condenada eternamente. Todo esto trajo como consecuencia que Anne cayera gravemente enferma y pidió que la visitara el Reverendo James La Trobe, un obispo de la Iglesia Moravista23, que consiguió darle la tranquilidad que necesitaba y también que se recuperara. A finales de 1837 volvió a enfermar, esta vez sólo físicamente, ya que cogió un grave resfriado que empeoró rápidamente, y su padre hizo regresar a casa tanto a Charlotte como a Anne. Anne estuvo recuperándose, intelectual y físicamente, durante casi todo el año siguiente: escribió mucha poesía, recopiló algo de lo escrito en el internado y comenzó varias composiciones narrativas situadas en Gondal y protagonizadas por su heroína Alexandrina Zenobia24. Tras todo este año en la rectoría, se sintió con la obligación de contribuir a la economía de la casa y anunció a la familia su decisión de buscar trabajo. Su estancia en Roe Head no sólo la había preparado académicamente para un futuro puesto de institutriz, sino que también había formado su carácter y desarrollado su capacidad de resistencia. Anne siempre había sido un ser de salud delicada y en su casa era difícil que aceptaran esta nueva situación, pero al final cedieron. Anne consiguió su primer puesto como institutriz gracias a la señorita Wooler, la directora de su antigua escuela, Roe Head, y en abril de 1839 partió para Blake Hall, la residencia de la familia Ingham, compuesta por el matrimonio y cinco hijos de edades comprendidas entre los seis años y los siete meses; Anne tenía que hacerse cargo de los dos mayores: Joshua Cunliffe, de seis años, y Mary, de cinco, por un sueldo de veinticinco libras anuales. Aunque pertenecía a la clase terrateniente, el señor Ingham había hecho su fortuna comerciando con lana y carbón; con pocas dotes intelectuales o artísticas, su verdadera pasión era la caza y otras actividades de tipo fisico. Descendiente de una tradición puritana y patriarcal y de carácter un tanto tiránico, parece haber sido poco considerado con las mujeres y con la gente a su servicio. Era miembro de la Iglesia Anglicana y, como era habitual en la época, por su condición de terrateniente era el juez de Paz de la zona. El mayor problema al que tuvo que enfrentarse Anne fue la falta de autoridad que tenía sobre los niños, en parte como consecuencia de su inexperiencia y juventud -tenía tan sólo diecinueve años-, y en mayor parte todavía porque los padres le privaban de ella, ya que cuando Anne les ordenaba algo o les amenazaba con un castigo, tropezaba con la indulgencia de los padres. A pesar del duro esfuerzo fisico que su trabajo suponía, aparte de las vejaciones a las que era sometida por los niños y también por algunos adultos, Anne estaba decidida a seguir en su puesto; sin embargo, fue despedida en diciembre, apenas nueve meses después de haber sido contratada. Esto supuso una terrible decepción, tanto por el esfuerzo invertido como por el sentimiento de fracaso a los ojos de su propia familia. Durante su ausencia se había producido la llegada de William Weightman, el nuevo cura ayudante de su padre, a la rectoría. En opinión de Gérin25, Anne se enamoró de Weightman a primera vista, como demuestra el poema «Self Congratulation» escrito el 1 de enero de 1840, nada más regresar de Blake Hall. William Weightman parece haber sido una persona jovial y animosa que se ganó pronto el corazón de toda la familia, incluida Elizabeth Branwell; sin embargo, nunca se han llegado a aclarar los verdaderos sentimientos de Atine o las intenciones de Weightman26 Lo que está claro es que al cabo de unos meses Anne abandonó de nuevo la casa para indicios, como por ejemplo los poemas «de amor» que escribió, otros (E. Langland, op. cit., págs. 15-16) se resisten a ver algo más allá de una relación de amistad. Tampoco deberíamos perder de vista el hecho de que cuando Weightman llegó a la rectoría lo hizo como hombre comprometido con una joven con la que nunca llegó a casarse, así como el carácter voluble que Charlotte le atribuía trabajar como institutriz; era una persona tremendamente realista y, aun habiendo estado enamorada, era consciente de que Weightman era demasiado pobre para pensar en casarse todavía y ella demasiado joven, y tampoco podía quedarse en casa sin ganarse el sustento. Su nuevo puesto era en Thorp Green Hall, en la localidad de Little Ousebum, relativamente cerca de York y a unas setenta millas de Haworth, en la residencia de la familia Robinson. En esta ocasión su sueldo iba a ser de cincuenta libras anuales. Sus nuevos patronos eran gente de mayor nivel social que la anterior, por lo que Anne esperaba que sería tratada con consideración. Lo que encontró en la mayoría de los casos fue un trato distante y un vacío que la excluía del círculo familiar y sus amistades, y falta de respeto en los criados. También es cierto que, a lo largo de los cinco años que estuvo con la familia, se creó una creciente amistad con las hijas mayores de la familia y que en años posteriores, cuando Anne enfermó, fueron incluso a visitarla. En una de sus estancias por vacaciones en Haworth surgió el proyecto, nunca realizado posteriormente, de abrir una escuela entre las tres hermanas y, con el objetivo de prepararse mejor para ello, Charlotte y Emily viajaron a Bruselas para estudiar allí. En septiembre de 1842, William Weightman enfermó de cólera y murió a los pocos días. Poco después Elizabeth Branwell enfermó y murió en el plazo de dos semanas a causa de un problema intestinal. Estas dos muertes fueron un duro golpe para toda la familia, pero mucho más para Anne; para ella Elizabeth Branwell había hecho las funciones de madre y Anne siempre había sido la favorita de su tía y sobre la que había dejado mayor impronta moral. Tras la muerte de la tía, alguna de las hermanas debía quedarse en la casa para cuidar de su padre y fue Emily quien lo hizo, mientras que Anne decidió volver a Thorp Green. Su decisión pudo verse en parte influida por el hecho de que de este modo podía conseguir un puesto como tutor del hijo de la familia para su hermano Branwell, que había fracasado en todos sus intentos profesionales27 aunque Anne no había perdido la confianza en él. Branwell fue muy bien recibido por los Robinson, incluso mejor que Anne en su momento, y los dos hermanos prosperaron en la casa. Sin embargo, las cosas empezaron a torcerse cuando en algún momento de los dos años y medio que Branwell permaneció en la casa se enamoró perdidamente de la señora Robinson. No hay pruebas de que llegaran a ser amantes, pero Branwell contaba con casarse con ella cuando muriera su marido, que no gozaba entonces de buena salud. La situación debió de ser bastante insostenible para Anne, que decidió abandonar su puesto hacia mitad de 1845. A las pocas semanas, el señor Robinson despidió a Branwell, probablemente porque su misma esposa, cansada de la insistencia de éste, decidió informarle de lo que ocurría y pidió que lo despidiera. Durante varios años Emily se había dedicado a escribir y recopilar poemas propios en distintos cuadernos. En el otoño de 1845 uno de estos cuadernos cayó casualmente en las manos de Charlotte, que pensó que contenía material digno de publicarse. Cuando Anne le presentó otro cuaderno con algunos de sus poemas, ya no dudó en preparar un pequeño volumen con una selección de poesía de las tres hermanas: veintiún poemas de Emily, probablemente los mejores, otros tantos de Anne y diecinueve de Charlotte, quizás los menos atractivos. Tras varios intentos con algunas editoriales, al final fueron a parar a una pequeña editorial especializada en poesía, Aylott & Jones, que aceptaron publicar su obra, a costa de las propias autoras. El libro fue finalmente publicado como Poems of Currer Ellas and Acton Bell, ya que éstos fueron los seudónimos que las tres hermanas escogieron para ocultar su propia identidad28. Las iniciales correspondían a sus nombres y apellido reales y, aunque aceptados como masculinos, eran suficientemente ambiguos como para poder ser también femeninos. Algunas revistas se lucieron eco de la publicación con críticas favorables; sin embargo, fue un fracaso total de ventas. Antes de que este libro estuviera en la calle, Charlotte ya había escrito a los editores acerca de tres novelas en las que cada uno de los autores estaba trabajando y que podían ser publicadas juntas en una edición de tres volúmenes, bastante típica de la época, o por separado. Como la narrativa no era su especialidad, la editorial le envió una lista de compañías que podían estar interesadas. Wuthering Heights, escrita por Emily, Agnes Grey, de la propia Anne, y The Professor, obra de Charlotte, fueron enviadas a seis editoriales distintas hasta que finalmente las dos primeras fueron aceptadas por Thomas Cautley Newby. Sin embargo, también en esta ocasión las autoras debían invertir en la publicación de trescientos cincuenta ejemplares con la suma de 50 libras. A pesar de ser una suma de dinero elevada para sus posibilidades, decidieron aceptar las condiciones. Charlotte siguió enviando su novela a otras editoriales hasta que uno de los editores de la empresa Smith, Elder & Co., le escribió una amable carta rechazando esta obra al tiempo que la animaba a enviar otra historia que fuera lo suficientemente larga como para componer una novela de tres volúmenes. Casualmente, Charlotte había terminado el manuscrito de jane Eyre, que, una vez enviado, fue inmediatamente aceptado y publicado al cabo de unas semanas en octubre de 1847. Mientras tanto, las novelas de Emily y Anne aún no habían visto la luz. El éxito inmediato -a las pocas semanas ya había una segunda edición a la venta- de jane Eyre hizo que Newby quisiera aprovechar el tirón y ahora tuviera prisa por publicar las dos novelas: el resultado fue una descuidada edición de tres volúmenes, los dos primeros correspondían a Wuthering Heights y el tercero a Agnes Grey, en la que no se incluyeron las correcciones de las pruebas que las autoras habían hecho, por lo que estaban plagados de errores de ortografía y puntuación. En este mismo periodo la situación de Branwell había ido empeorando. Incapaz de superar el rechazo de la señora Robinson, se dio a la bebida, a la que no había sido ajeno en otros periodos de su vida, y posteriormente también empezó a tomar opio, lo cual degeneró su condición Física y psíquica hasta convertirse en una carga terrible de soportar para toda la familia. La mayoría de los críticos ven en la figura de Branwell el origen de la segunda novela de Anne, The Tenant of Wildfell Hall. En ella narra la historia de Helen Graham, que se ve obligada a abandonar a su marido por su tendencia a la bebida, la disipación y la infidelidad, pero con el que vuelve para cuidarlo en su lecho de muerte e intentar salvar su alma. Su objetivo, según ella misma declara en el prólogo a la segunda edición, era que los demás sacaran alguna enseñanza de este ejemplo. No suficientemente escarmentada de su aventura editorial con Newby, en vez de ofrecer su nueva novela a los editores de Charlotte, volvió a confiar en él. The Tenant of Wildfell Hall se publicó en julio de 1848 en formato de tres volúmenes y se convirtió en un éxito inmediato de tal manera que, en menos de un mes, hubo que sacar una segunda edición. A estas alturas, la verdadera identidad de las hermanas Brontë todavía no era conocida, aunque se había especulado mucho sobre el sexo que se escondía tras los autores Bell y si realmente eran tres autores distintos o uno solo que cada vez firmaba de una manera. El editor Newby intentó aprovecharse de la confusa situación y ofreció los derechos de publicación de The Tenant... a una editorial norteamericana, como si la novela fuera del mismo autor que había escrito Jane Eyre, que en aquellos momentos hacía furor en Estados Unidos. Esto creó una serie de malentendidos, ya que otra editorial había comprado a los británicos Smith, Elder & Co. los derechos de cualquier otra novela que Currer Bell, es decir, Charlotte Brontë, escribiera. La embarazosa situación que se creó entre las dos editoriales y las Brontë obligó a Charlotte y Anne a desvelar su verdadera identidad ante George Smith, el propietario de la editorial en Londres. A pesar del éxito de público, la crítica estaba claramente dividida y mientras unos admiraban su realismo, otros la acusaban de vulgaridad y brutalidad en las escenas más crudas. Todas estas críticas afectaban mucho a Anne, no tanto porque fueran negativas, sino porque no entendían cuál había sido su verdadera intención al escribir el libro. Branwell continuaba empeorando y murió a finales de septiembre de 1848, oficialmente de una bronquitis crónica, aunque lo que lo mató fue su vida disipada. En su funeral Emily cogió algo de frío y enfermó, desarrollándosele una tuberculosis, que se vio agravada por el hecho de que se negó a tomar cualquier tipo de medicación, y de la que murió en diciembre de 1848. Anne, cuya salud siempre había sido muy frágil, también cayó enferma de tuberculosis. A diferencia de su hermana, Anne hizo todo lo posible por mejorar y recibió el mejor tratamiento disponible en la época. Estaba convencida además de que el mar le sentaría bien y deseaba con todas sus fuerzas ir a Scarborough, una localidad costera del noreste de Inglaterra, adonde había acompañado a los Robinson en varias ocasiones durante sus vacaciones. Era un viaje lleno de dificultades, ya que el estado de salud de Anne era muy precario, pero el médico, finalmente, le dio permiso y Anne consiguió convencer a Charlotte y a su amiga Ellen Nussey para que la llevaran. El viaje incluía una parada en York para visitar la catedral y equiparse de la ropa adecuada para su estancia en Scarborough. Siguiendo los deseos de Anne, se alojaron en una casa que daba justo al mar, de modo que sentada junto a una ventana podía contemplarlo a sus anchas. Sin embargo, su felicidad fue breve, ya que a los pocos días de llegar a Scarborough murió. Era mayo de 1849 y tenía veintinueve años. Anne fue enterrada allí mismo, en el cementerio de la iglesia de St. Mary, en parte porque ése parece haber sido su deseo, en parte para evitar a su padre el tener que pasar por el entierro de otro de sus hijos en el plazo de menos de seis meses. A pesar de los temores que la invadieron durante una gran parte de su vida, Arme había muerto con entereza y sosiego y dando palabras de ánimo a su hermana: «Sé valiente, Charlotte, sé valiente»29. Adjetivos como «dulce», «amable» o «apacible» se han utilizado con mucha frecuencia para describir a Anne Brontë, adjetivos que a menudo se han interpretado como «débil». Su naturaleza enfermiza ha apoyado la idea de debilidad no sólo fisica, sino incluso intelectual y de carácter. Sin embargo, la escena que acabamos de comentar y otros aspectos de su biografía que hemos revisado30 nos demuestran que no fue en absoluto débil y mucho menos la más débil de las hermanas Brontë. Todo lo contrario, si hay algo que la caracterizó fue su tenacidad, su decisión y su valentía. Con mucha frecuencia se nos ha transmitido la imagen de las hermanas Brontë como tres seres viviendo apartados del mundo real y dentro de su particular universo de fantasías y, por irreal, sin fisuras y disensiones; sin embargo, la situación vivida fue bastante diferente. En su infancia Emily y Anne habían estado muy unidas, tanto que Ellen Nussey llegó a decir de ellas que eran «como gemelas -compañeras inseparables, y en la mayor de las armonías, que nunca tenía interrupción»31. Pero sus personalidades eran muy distintas: Emily era mística, inclinada al panteísmo, físicamente fuerte, excéntrica y solitaria; Anne era dulce, reservada, seria, Físicamente débil, profundamente cristiana y de una gran decisión moral; y las diversas experiencias que cada una de ellas tuvo que vivir aumentaron sus diferencias. Con Charlotte la relación siempre había sido más difícil, quizás porque las circunstancias familiares habían hecho que desde pequeñas tuvieran que adoptar papeles muy distintos: Charlotte era la mayor de una familia donde habían fallecido la madre y dos hermanas que la precedían, por lo que debió de sentirse obligada a asumir sus funciones; Anne era la más pequeña de la familia, además de la más delicada de salud, por lo que todos sentían la obligación de protegerla. Charlotte siempre mostró una actitud bastante ambivalente hacia Anne: aunque en todo momento fue solícita con su salud y le dedicó cuidados casi maternales, con frecuencia mostró menosprecio por su talento y nunca llegó a tratarla como una igual, como una compañera. Muestra de ello es, por ejemplo, el tono paternalista en una carta a Ellen Nussey en la que le comenta «Te quedarías atónita de leer la carta tan sensata e inteligente que [Anne] escribe»32, traicionando así sus verdaderos sentimientos hacia su hermana. Las disensiones ya eran muy patentes en la época en que empezaron a publicar sus trabajos y así lo refleja Anne en su poema «Domestic Peace»33, escrito en mayo de 1846 cuando se encontraban, por una parte, corrigiendo las pruebas de imprenta de los poemas, y por otra, preparando sus novelas. Aunque es seguro que Emily deseaba publicar sus obras tanto como sus hermanas, y de hecho estuvo de acuerdo en invertir dinero tanto en el caso de los poemas como en el de su novela, la violación de su intimidad por parte de Charlotte al tomar uno de sus cuadernos de poesía y querer sacarlo a la luz afectó con toda seguridad a sus relaciones, y Anne se vio implicada al tener que tomar partido por una o por otra. Las mayores diferencias llegaron, sin embargo, con la publicación de The Tenant... de Anne. Sobre esta novela, en la «Nota Biográfica» que acompañó a la reedición de Wuthering Heights y Agnes Grey de 1850, Charlotte dijo The Tenant of Wildfell Hall, de Acton Bell, tuvo ... una acogida poco favorable. No me extraña. La elección del tema fue un completo error. No puede concebirse nada menos congruente con la naturaleza del escritor34 y expresó esta misma opinión siempre que tuvo oportunidad de hacerlo35 además de impedir que se reeditara mientras ella vivió. Estaba claro que el tema de The Tenant... -la disipación de un hombre, el maltrato verbal a su mujer, la huida de ésta- y la franqueza con que Anne lo trató no eran demasiado del gusto victoriano, pero lo extraño es que produjera tanto rechazo en Charlotte -no hay testimonios de la reacción de Emily- cuando las dos hermanas habían escrito con tal pasión en novelas como jane Eyre o Wuthering Heights que habían sido acusadas de vulgares. Cuando las tres hermanas habían escrito sus primeras novelas, Anne escribió un breve ensayo llamado «The Three Guides» («Las Tres Guías»), que en opinión de Elizabeth Langland constituye una fuerte crítica a las perspectivas de sus hermanas; según la misma autora, con la publicación de The Tenant... Anne de nuevo estaba criticando a sus hermanas y estableciendo criterios alternativos a los de aquéllas36 y de aquí probablemente también el interés en marcar la distancia entre ella y sus hermanas en el prólogo a la segunda edición: «Respecto a la identidad del autor, querría dejar totalmente claro que Acton Bell no es ni Currer ni Ellis Bell»37. Ésta podría ser quizás una explicación para la reacción de Charlotte a la novela de Anne. La obra de Anne siempre se ha juzgado en comparación con la de sus hermanas, y ha salido perdiendo. En palabras de George Moore38, Anne fue el sacrificio necesario para hacer creíble el genio de Emily y Charlotte, ya que la circunstancia de tres hermanas, recluidas en algún lugar de los páramos de Yorkshire y todas ellas escribiendo novelas de primera clase, habría sido excesiva para la credulidad de los lectores de la época, y por ello Anne quedó siempre relegada a hacer el papel de la otra hermana. Anne, Emily y Charlotte pintadas por Branwell hacia 1834. ANÁLISIS DE « AGNES GREY» En todas las historias verdaderas hay alguna enseñanza En la «Nota Biográfica»39 sobre sus hermanas, Charlotte cuenta cómo, tras la publicación de los poemas, cada una de ellas se puso a trabajar en una narración en prosa: Wuthering Heights, Afines Grey y The Professor, la última no nombrada explícitamente. Sin embargo, según palabras de Winifred Gérin: Podemos atribuir al regreso de Anne a Thorp Green a comienzos de 1842 el inicio de una historia en prosa que marcaría un cambio total de todo su trabajo anterior, no sólo en forma sino en estilo y carácter, sustituyendo el realismo por el romance, los hechos por la ficción. Llamado «Pasajes en la vida de una persona» -el nuevo trabajo era un intento muy próximo a una autobiografía-, era una narración fiel y detallada de sus experiencias como institutriz primero en Blake Hall, y que seguía con una narración de sus años en Thorp Green [...] su nombre sería cambiado y finalmente dado a conocer al mundo como Agnes Grey40. En una nota escrita personalmente por Anne a finales de julio de 1845 cuenta que había empezado el tercer volumen de «Pasajes en la vida de una persona» y que desearía haberlo terminado ya. A pesar de la seguridad con que Gérin41 afirma que esta narración corresponde a Agnes Grey, otros críticos plantean algunas dudas al respecto. Edward Chitman, por ejemplo, considera la posibilidad de que «Pasajes...» tenga en realidad como protagonista a algún personaje de Gondal, ya que en una nota de Emily de la misma fecha que la de Anne, aquélla dice que su hermana está escribiendo un libro sobre Henry Sophona y por lo tanto la «persona» del título bien podría ser este héroe de la saga de Gondal42. Elizabeth Langland, por su parte, simplemente plantea la cuestión de que «Pasajes...» pueda ser el origen o no de la primera novela43. De lo que no parece haber duda es de que, sea «Pasajes...» la primera versión de Agnes Grey o no, la novela estaba totalmente escrita o muy avanzada uno o dos años antes de su publicación44. Afines Grey comienza con la frase «En todas las historias verdaderas hay alguna enseñanza», afirmación que va a marcar el tono del resto de la novela: su condición autobiográfica, su carácter realista y su intención didáctica, aspectos que nos gustaría ir analizando en este apartado. El argumento de la novela es el siguiente: Agnes Grey, la hija menor de un clérigo que pierde las pocas propiedades que tenia en una inversión fallida y de una dama de buena familia que fue repudiada por su padre al casarse con un hombre inferior a ella en posición y fortuna, decide convertirse en institutriz para mantenerse a sí misma y ayudar a la economía familiar. A pesar de la oposición del resto de la familia, que la considera demasiado joven e inexperta, consigue un trabajo con la familia Bloomfield. Allí se encuentra con la frialdad de la dueña de la casa y la crueldad e indisciplina de los niños a los que tiene que educar: Tom, de siete años, Mary Ann, de seis, y Fanny, de cuatro. Los padres exigen que Anne mantenga a los niños disciplinados cuando ellos mismos les han consentido todo lo que han querido y lo siguen haciendo. En parte por su inexperiencia y en mayor parte por la poco colaboradora actitud de los padres, Agnes es incapaz de cumplir con su misión y es despedida a los pocos meses. Este fracaso, aunque doloroso, no consigue apartarla del objetivo que se ha marcado de ser económicamente independiente. A través de un anuncio en el periódico consigue otro puesto de institutriz, esta vez con un sueldo de cincuenta libras, en la familia Murray, de mayor rango y mejor posición social que la anterior, lo que no redundará en un trato más adecuado. Los hijos de esta familia, aunque mayores, no tendrán mejor comportamiento o sentimientos. Rosalie, la mayor de las hijas, se dedicará a coquetear con todo joven que se ponga a su alcance, sea un barón, el hijo de un terrateniente o un hombre de iglesia, como Hatfield o Weston. Agnes nos narra con minuciosidad sus quehaceres diarios, la soledad y el ostracismo al que es sometida por la familia, ya que no la tratan como uno más de la familia ni entre ellos ni con sus conocidos, pero tampoco le dan la posibilidad de crear su propio círculo de amistades, y sus sufrimientos morales ante el comportamiento no siempre decoroso o moralmente aceptable de la familia. Sus únicos contactos fuera de la familia serán algunos de los pobres colonos que viven en las tierras de los Murray, principalmente Nancy Bronn, y al cabo de un tiempo también Edward Weston, el cura ayudante del vicario de la localidad, del que acaba enamorándose. Tras la muerte de su padre, y estando su hermana mayor ya casada, abandona su puesto de institutriz y su madre y ella deciden abrir una escuela para señoritas en un lugar de la costa norte de Inglaterra. Cuando la escuela lleva abierta varios meses y ha prosperado poco a poco, proporcionando a Agnes y a su madre una estabilidad económica, aparece de nuevo en su vida Edward Weston para casarse con ella. Winifred Gérin no tuvo ningún reparo en utilizar esta novela, y otras obras también, como base de su biografia45. La misma Anne insiste en la «verdad» de su historia y así, aparte de la frase con la que inicia la novela, en el primer párrafo dice ... protegida por mi obscuridad y por el transcurso de los años, no tengo miedo de arriesgarme y expondré cándidamente ante el público cosas que no revelaría al amigo más íntimo y prácticamente cierra el libro diciendo: Mi diario, de donde he recopilado estas páginas, no va mucho más allá. Al encerrar la historia entre estas dos declaraciones, la impronta autobiográfica de la novela es inevitable. Y en otro lugar vuelve a insistir sobre la verdad que encierra la historia de Agnes Grey: «Agnes Grey» fue acusada de exceso extravagante en aquellas partes que fueron cuidadosamente copiadas de la realidad, con una evitación escrupulosa de toda exageración46. Muchos autores, sin embargo, han mostrado cautela a la hora de tomar Agnes Grey como una simple autobiografía de la autora, lo que, por una parte, puede llevar a errores y presuposiciones falsas sobre la vida de Anne Brontë y, por otra, puede quitar mérito artístico a la novela, que quedaría como la mera transcripción de un diario. Bien es cierto que son muchos los puntos coincidentes entre la novela y la vida de la autora. Como su creadora, Agnes Grey es la hija de un clérigo asentado en el norte de Inglaterra. La diferencia radica en la ausencia de la madre, pero incluso aquí habrá algún punto en común: Alice Grey es presentada en la novela como «una mujer de carácter», poseedora de una «fuerte mente», características de las que hace gala a lo largo de toda la novela ante acontecimientos como la debacle económica de la familia, la muerte de su esposo y su intención de abrir una escuela o la decisión de rechazar toda ayuda procedente de su padre si eso significa renunciar a sus ideas y principios. De Maria Brontë, Winifred Gérin nos dice que era una mujer independiente y decidida y prueba de ello son las cartas escritas a su entonces prometido, Patrick Brontë47 Al igual que Anne, Agnes es también la menor de seis hermanos, aunque en este caso sólo dos han sobrevivido a la infancia. Y, por ser la menor, también Agnes ha sido siempre la «pequeña», con las consecuencias que esto tiene para su posición dentro de la familia: Al ser yo cinco o seis años más joven, siempre se me consideraba la niña, la mimada de la familia; padre, madre y hermana se ponían de acuerdo para consentirme todo, no con una necia indulgencia que me hiciera díscola e indisciplinada sino con una incesante amabilidad que me hizo desvalida y dependiente, inepta para soportar los golpes de las preocupaciones y tribulaciones de la vida. Ya vimos en la parte dedicada a la vida de la autora cómo su condición de menor de la familia influyó no sólo en la formación de su carácter, sino también en cómo era vista por el resto de los miembros de la familia: débil, insegura y, por lo tanto, también incapaz. No hay mucha diferencia entre los temores de Mary Grey ante la idea de que Agnes se convierta en institutriz -Pero piensa [...] en qué harás en una casa llena de extraños, sin que mamá o yo estemos para hablar y actuar por ti. y los temores expresados por Charlotte en una carta a su amiga Ellen Nussey ... es sólo la parte del habla la que temo. Pero sospecho seriamente que la Sra. Ingham a veces llegará a la conclusión de que tiene un defecto congénito del habla48. Anne debía de ser consciente de estas carencias en su personalidad y no dudó en reflejarlas en su personaje, que sabe que muchas jóvenes menores que ella estarían dotadas de «un porte más maduro, de mayor serenidad y aplomo» y que ante la situación de tener que conversar con su nueva patrona, la señora Bloomfield, es incapaz de hacerlo. Quizás por la edad -tanto Anne como Agnes apenas tienen diecinueve años cuando acceden a su primer trabajo como institutrices- en numerosas ocasiones en la novela Agnes reconoce su incapacidad para controlar a sus alumnos, aunque bien es cierto que no siempre la culpa es achacable a ella, y así se lo recriminan continuamente los Bloomfield y, en menor medida, los Murray, lo que traerá como consecuencia su despido de la primera casa, igual que ocurrió con los Ingham. Por lo que se refiere a las familias para las que Anne y Agnes trabajan, hay varias coincidencias también. Para empezar, respecto al tiempo que permanecieron con cada una de ellas: unos meses con la primera y varios años, unos cinco en el caso de Anne y alrededor de tres en el de Agnes, con la segunda. Similitud también en las diferencias de rango y riqueza de las dos familias: los Ingham-Bloomfield se encontraban en un nivel más bajo de la escala social, mientras que los Robinson Murray eran «hidalgos de pura cepa». Las características de las mansiones y los lugares donde se encontraban también parecen coincidir, sobre todo en el caso de Thorp Green-Horton Lodge, del que se nos da más información en la novela. Cuando Anne llegó a la familia Ingham, tenían ya cinco hijos de los trece que tendrían en total; en la novela, los Bloomfield tienen sólo cuatro hijos, pero éstos coinciden en sexo y prácticamente en edad y nombres con los modelos originales: John Cunliffe Ingham será Tom Bloomfield, Mary será Mary Ann, Martha se corresponde con Fanny y la pequeña Emily con Harriet49. Aunque Anne fue criticada por la crueldad que atribuía a estos niños en la novela, parece ser que en la realidad tuvo que sufrir muchos de los desaires y desmanes que en ella se reflejan. Se detectan más diferencias respecto a la segunda familia: los Robinson tenían tres hijas y un hijo, mientras que los Murray tenían dos hijas adolescentes, la mayor ya casi adulta, y dos hijos alrededor de los doce y diez años. De John y Charles Murray apenas se nos dice nada; sin embargo, los personajes de Rosalie y Matilda, basados en Lydia y Elizabeth Robinson respectivamente, son ampliamente desarrollados. Aunque Lydia parece haber sido tan testaruda y caprichosa como Rosalie, parece que era algo más romántica y menos interesada de lo que aparece en la novela, y Elizabeth, que también amaba cabalgar y parece que se pasaba horas en los establos, no echó en saco roto los consejos y las enseñanzas de su institutriz, posponiendo su boda hasta encontrar al compañero ideal. Aunque varios de los episodios ocurridos en Horton Lodge están con toda seguridad copiados de la realidad, hay muchos otros que difieren de ella. Varios autores hablan de Edward Weston, el cura ayudante de la iglesia que frecuentan los Murray como la réplica de William Weightman50; sin embargo, está claro que el jovial y alegre Weightman nada tiene que ver con el sobrio y comedido Weston. En nuestra opinión la conclusión más acertada es la de Edward Chitman, que considera que el ideal de clérigo que resulta ser Weston es la combinación de varios de los muchos que Anne debió de conocer51 Inevitable también la similitud entre los lugares donde se desarrolla la acción de la novela y aquellos donde Agnes vivió, empezando por las dos mansiones y siguiendo por el paisaje de Little Ouseburn y las playas y calles de Scarborough. La rotunda afirmación de la autora de que la suya es una historia verdadera es una convención que se remonta al origen mismo de la novela y que ya había sido utilizado por autores como Defoe en el siglo XVIII, pero en Anne Brontë esta declaración va más allá del mero formulismo y el elemento realista se convierte en un imperativo para ella y para su obra. Elizabeth Langland considera que las circunstancias de su vida crearon en Anne un fuerte sentimiento de culpabilidad52, así como un gran sentido de la responsabilidad y su de cisión de ser independiente. Aunque en su adolescencia y en sus primeros años fuera de casa siguió escribiendo sobre Gondal y poblando sus poemas de héroes byromanos y románticos, fueron precisamente sus experiencias lejos de la casa paterna, y por lo tanto de Emily, las que le llevaron a desromantizar a sus personajes y a dejar de lado su inclinación a escribir «dulces ñoñerías» y a reflejar la realidad tal cual, incluso en sus aspectos más crudos53 o más aburridos. No eran muchas las escritoras que se atrevían a contar sus propias historias, bien porque les parecieran demasiado cotidianas o muy simples y poco interesantes. Anne Brontë debe de haber sido una de las primeras en hacerlo54 y esto determinó también su técnica a la hora de escribir Agnes Grey; una técnica y un estilo absolutamente sencillos y simples. Para empezar, la estructura narrativa sigue una pauta fielmente cronológica empezando con una breve descripción de su familia y de los acontecimientos que la han llevado a la situación actual para seguir construyendo su historia poco a poco hasta llegar al momento de cerrar la narración; no utiliza ni cartas, ni diarios, ni narraciones de otros que la lleven al pasado55. La narración es en primera persona y, aunque el autor es supuestamente un hombre, Acton Bell, la narradora protagonista es una mujer, que se dirige con frecuencia al lector, acercándose de este modo más a él y añadiendo un elemento más de veracidad y de realismo. Las frases utilizadas son sencillas y directas, y la simplicidad del discurso hace que el uso de metáforas sea muy limitado y que los sentimientos sean calificados por un solo adjetivo o por ninguno. Las descripciones de los personajes son mínimas porque es su actitud lo que cuenta. Por ejemplo, de Mr. Bloomfield nos dice simplemente que Era un hombre de estatura normal, más por debajo que por encima, y más flaco que gordo, aparentemente de entre treinta y cuarenta años; tenía la boca grande, un cutis pálido y deslucido, los ojos de un azul lechoso y el cabello del color del cáñamo, y no comenta nada sobre su carácter, pero por su modo de actuar en el transcurso de la comida que Anne nos narra a continuación descubrimos su personalidad irascible, su poca consideración por el servicio, a los que trata de «salvajes», e incluso el poco respeto que siente por su mujer, lo que lleva a Agnes a decir que ... nunca en la vida me había sentido tan avergonzada e incómoda por una cosa que no fuera culpa mía. No se hacen comentarios explícitos sobre actitudes, acciones o comportamientos, sino que se presentan escenas o hechos sobre los que el lector fácilmente puede sacar sus propias conclusiones. El sentimentalismo está totalmente ausente de la novela. La escena en que su madre y su hermana le comunican a Anne que su padre ha muerto tiene apenas once líneas y la palabra «lloran> aparece una sola vez. Inmediatamente empieza un nuevo capítulo, <1a carta», y con un breve comentario Los restos mortales de mi padre yacían en la tumba y nosotras, con semblante triste y ropas sombrías, nos demoramos alrededor de la mesa del desayuno, haciendo planes para nuestra vida futura, queda zanjado el asunto, sin más lágrimas o más explosiones de emoción. Incluso las escenas más «románticas» son terriblemente contenidas y, aun sabiendo el amor que Agnes siente por Weston y presumiendo el que éste siente por ella, al despedirse por la partida de Agnes de Horton Lodge, la máxima expresión de amor que la autora permite a sus personajes es la siguiente -Es posible que nos volvamos a encontrar -dijo él¿Tiene importancia para usted que lo hagamos o no? -Sí, me gustaría mucho verlo de nuevo. No pude decir menos. Me apretó con amabilidad la mano y se fue. Y qué decir de la declaración de amor de Weston y la contestación de Agries: -¿Entonces me quieres? -preguntó, apretándome ferviente la mano. -Sí. Como dice Weston de sí mismo, no es propio de él «adular y decir dulces ñoñerías» y una sola palabra o mirada suya vale más que las «melifluas frases y fervientes protestas» de otros hombres, y como también Agnes dice de sí misma, está claro que no es nada «propensa a la histeria». En opinión de Inga-Stina Ewbank, la ventaja de esta técnica está en su funcionalidad, pues nada se interpone entre el lector y la novela: ni el patetismo, ni la emoción, ni las descripciones superfluas56. Sin embargo, también tiene sus peligros y es que la línea divisoria entre la sencillez y la insipidez es muy delgada y en su afán de reflejar una vida monótona puede llegar a aburrir al lector como ella misma reconoce en un pasaje del capítulo séptimo. Es cierto que describe con toda clase de detalles sus actividades diarias como institutriz y en varias ocasiones prolonga durante cinco o seis páginas la enumeración de sus actividades, de los desaires de sus alumnos o de su continua lucha con ellos57 o transcribe casi palabra por palabra y durante varias páginas también los diálogos, por ejemplo, entre la anciana Nancy Brown y Edward Weston o entre Rosalie y Hatfield, cuando éste se le declara. El estilo de Anne Brontë, su «habilidad para transmitir pequeños elementos de un trazo» , como dice P. J. M. Scott58, es lo que ha hecho que varios críticos la relacionaran con Jane Austen. Aunque en sentido negativo, ya una revista de la época describía Agnes Grey como «una especie de burda imitación de las encantadoras historias de la Señorita Austin [sic]»59. Pero fue George Moore el primero en apreciar y comparar positivamente las similitudes entre ambas autoras60. Ciertamente, uno de los rasgos más característicos de Agnes Grey es la aguda, y a menudo irónica, observación del comportamiento de la clase media y la sugerencia de sus valores y actitudes: la autocomplacencia, la afectación vulgar, su esnobismo y sus pretensiones sociales se ven vivamente reflejadas en la novela. Nos describe perfectamente cómo era la vida de una mujer victoriana ociosa: su vacío, su aburrimiento; así, por ejemplo, Rosalie Murray, una vez se ha deshecho de su pretendiente, el señor Hatfield, y se le ha acabado la diversión, se queja de que -Ya no hay estímulo para salir, ni hay ningún aliciente. Los días serán muy largos y aburridos cuando no haya fiestas para alegrarlos; y no hay ninguna esta semana ni tampoco la semana que viene, que yo sepa. Y Jane Austen, aunque quizás algo menos crítica, o deberíamos decir con menos amargura, reflejó con gran acierto la clase media alta de su época, convirtiéndose en una maestra de la novela de costumbres. Casi con toda seguridad, Anne Brontë no leyó a Jane Austen o al menos no lo hizo antes de escribir su primera novela; sin embargo, parece ser que ambas autoras pudieron inspirarse en los mismos modelos del siglo XVIII; en las dos autoras es típica la importancia que dan al equilibrio entre la razón y la pasión. En opinión de Elizabeth Langland, el énfasis de Anne Brontë sobre la educación de la mujer para desarrollar su capacidad de razonar es similar al de otras mujeres escritoras y enlaza con el feminismo de la ilustración de finales del XVIII, que definía la Razón como la guía suprema para la conducta61. También Jane Austen estaba preocupada por la educación de sus protagonistas; sin embargo, hay una gran diferencia entre las dos autoras y sus novelas: las protagonistas de Jane Austen aprenderán a discernir lo verdadero de lo falso, lo aparente de lo sustancial; las de Anne Brontë aprenderán a ser independientes; mientras Jane Austen pertenecía a una clase social superior y tenía una familia en la que apoyarse, lo cual hizo que nunca tuviera que trabajar, las Brontë eran mucho más pobres y Arme siempre fue consciente de la necesidad de buscar su propio sustento62. Inga-Stina Ewbank señala acertadamente que Anne Brontë reúne la habilidad del novelista realista y el escritor de las «morality plays» medievales en un solo artista63 pues todo el énfasis en el realismo y autenticidad de su novela tiene como principal y casi único objetivo instruir y reformar. Anne Brontë sentía que tenía la responsabilidad moral de desarrollar el talento que pudiera tener para el bien de sus semejantes; especie de teoría literaria que establece claramente en el prólogo a la segunda edición de The Tnant of Wildfell Hall: Talentos tan humildes como Dios me ha dado, dedicaré todos mis esfuerzos para darles la mayor utilidad 64. Estaba convencida de que sus propias experiencias eran un material que podía ser útil a los demás y, por lo tanto, darlas a conocer era también una responsabilidad moral65. Anne Brontë consideraba que una novela debería entretener e instruir al mismo tiempo, y en el primer párrafo de la novela ya comenta «a veces creo que puede resultar útil para algunos y entretenida para otros», y páginas más tarde añade: ... mi propósito al escribir las últimas páginas no ha sido entretener sino beneficiar a las personas a las que pudieran afectar [...] si de ellas algún padre ha recibido alguna indicación útil o si alguna infortunada institutriz ha sacado el más ligero beneficio, estaré bien recompensada por mi celo. Como hemos mencionado antes, ésta es una actitud que aprendió de los escritores del siglo XVIII y que se entronca en toda una tradición de novela didáctica66, pero Anne Brontë va un poco más allá, ya que su intención no es sólo decir cómo hay que hacer las cosas, sino que ella insiste en que la única instrucción viene de la representación de la verdad y por ello se concentra en reflejar con tanta minuciosidad los detalles cotidianos y sobre todo los detalles del trabajo de Agnes como institutriz. Por eso se puede decir que Agnes Grey es una novela que trata principalmente de la educación: la de Agnes, la de sus alumnos y la del lector67. Había padecido de melancolía religiosa En su experiencia con ambas familias, Agnes va descubriendo que el dinero y el poder social no se llevan necesariamente bien con un comportamiento moralmente adecuado, y da a entender que la verdadera felicidad está en cultivar la vida espiritual y en seguir los dictados de la religión68; por lo tanto, la intención didáctica de la novela es inseparable del tema de la religión, que adquiere gran importancia a lo largo de toda la historia. Sin embargo, para entender mejor esta cuestión, es importante que veamos primero el papel que la religión desempeñó en la vida de Anne Brontë. Ya vimos en la biografía de la autora que, debido a las distintas circunstancias familiares, desde muy pequeña estuvo bajo el cuidado y también la influencia de su tía Elizabeth Branwell. Antes de verse obligada a trasladarse a Haworth para cuidar de su cuñado y sus sobrinos, gran parte de la vida de Elizabeth giraba alrededor de las prácticas metodistas. El movimiento metodista había comenzado poco antes de mediados del siglo XVIII con los hermanos John y Charles Wesley y con George Whitefield, y su deseo de vivir el cristianismo a través del estudio metódico y la devoción fue lo que les proporcionó el nombre de «metodistas». En ningún momento rechazaron la iglesia de sus mayores y aceptaban sus principios y prácticas litúrgicas69; lo único que querían era darle vida nueva. Los metodistas se reunían en pequeños grupos locales, llamados «sociedades», que semanalmente, a horas que no interfirieran con los servicios religiosos de la Iglesia Anglicana, leían la Biblia, rezaban y escuchaban sermones. A pesar del rechazo inicial que el metodismo había tenido en Cornualles, en el último tercio del siglo XVIII se había convertido en uno de sus baluartes. Había recibido sobre todo el apoyo de profesionales y comerciantes, entre los que se encontraban los Branwell, conocidos por su espíritu público, y con numerosos representantes en las profesiones liberales, los servicios y la administración civil70. En concreto, los padres de Maria y Elizabeth Branwell habían sido miembros de la Sociedad de Metodistas en Penzance y tenían numerosos vínculos familiares con miembros de esta iglesia. Como hemos apuntado, en aquellos momentos los metodistas no habían roto con la Iglesia Anglicana, que incluso apoyaban a sus predicadores y admiraban su regreso a la piedad primitiva, así que la familia Branwell tenía su banco y asistía regularmente todos los domingos a la iglesia, mientras que durante la semana asistía a las reuniones de los metodistas. Al trasladarse a Haworth, Elizabeth Branwell tuvo, de alguna manera, que abandonar las prácticas metodistas y asistía regularmente a la iglesia de Patrick Brontë, pero en su corazón seguía siendo metodista. El tema de la salvación o la condena eterna se convirtió en una de las cuestiones de continuo debate en las sociedades metodistas y de hecho llevó a una división entre la rama wesleyana del metodismo, que propugnaba la doctrina de la redención para todos, y el metodismo calvinista, defendido por Whitefield, que creía en la salvación sólo para los elegidos. Este debate con frecuencia aparecía también reflejado en su órgano oficial de difusión que era la Methodist Magazine. Esta revista se publicaba cada mes y su contenido seguía un modelo regular: escenas de muerte contadas por testigos, narraciones de conversiones, descripciones de actividades misioneras, cartas de los lectores tratando distintos aspectos de la fe, textos de importantes sermones -con frecuencia los de Wesley-, reseñas de nuevos libros de teología y artículos especiales; en total cuarenta y ocho páginas71. La mortalidad era un tema en el que los metodistas eran especialmente elocuentes: las escenas de muerte por enfermedad eran un tema habitual en sus reuniones semanales y cuanto más horribles fueran los detalles, más edificantes se estimaban; las lecciones derivadas de las muertes de niños eran consideradas tan útiles como cualesquiera otras72. La Methodist Magazine se recibía regularmente en el hogar de los Brontë y parece ser que de ella tomó Anne en muchas ocasiones las primeras lecciones de lectura; y tampoco hay que olvidar el hecho de que sus hermanas Maria y Elizabeth murieron siendo niñas. No es de extrañar, por tanto, que desde muy joven a Anne le invadiera un profundo sentido del pecado y una gran inseguridad sobre su propia valía personal, lo que la llevó a debatirse continuamente y de manera angustiosa entre las doctrinas de la salvación y la condenación. Con frecuencia se ha culpado a su tía de esta melancolía religiosa que afligía a Anne; aunque es cierto que Elizabeth Branwell pertenecía a la rama wesleyana y no a la calvinista del metodismo, también lo es que su religión parece haber sido una religión del miedo, en la que para un niño era tan fácil caer dentro del fuego del hogar como del fuego del infierno. Mucho debió de influir también la lectura de autores como Cowper, cuyos poemas aparecían con frecuencia en la Methodist Magazine, y a quien la propia Anne dedicó un poema, «To Cowper» («A Cowper>). William Cowper, poeta de la segunda mitad del siglo XVIII, reflejó en toda su poesía el temor a la condena eterna, a la que se sentía predestinado y, por lo tanto, incapaz de hacer nada para salvarse; esta idea aparece reflejada en uno de sus poemas más conocidos «The Castaway» («El naúfrago»), que Anne había leído. Los temas que tratan tanto Cowper como Anne son muy parecidos, pero varían en intensidad: Cowper estaba destrozado por la idea de la predestinación; Anne, incluso en los poemas que reflejan mayor angustia, siempre deja ver un rayo de esperanza73, y es que, a pesar de sus dudas, Anne siempre defendió la salvación universal, es decir, la posibilidad de que cada uno se salvara por su fe y por sus obras. Una de las mayores crisis religiosas por las que pasó Anne tuvo lugar hacia 1837, cuando se encontraba en su segundo año en la escuela Roe Head, coincidiendo con una grave recaída física. La crisis de nuevo estaba provocada por las dudas sobre su poca valía y el temor a condenarse y, para que le ayudara a salir de ella, Anne hizo llamar al Reverendo James La Trobe, perteneciente a la Iglesia Moravista, lo que sorprende teniendo en cuenta que su padre era un clérigo anglicano con numerosos compañeros y amigos que también lo eran74 Posiblemente pensó que las ideas moravistas podían aproximarse más a la suyas. Anne encontró en La Trobe una persona a la que exponerle todos sus temores abiertamente y lo primero que hizo La Trobe, ante el profundo temor de la muerte y el juicio final que encontró en Anne, fue intentar convencerla de que Dios era piadoso. La religión moravista predicaba la salvación por la fe y admitía en el hombre una doble naturaleza que hace que incluso en el mejor de nosotros se albergue la posibilidad de pecar. En esta época Anne escribió numerosos poemas de carácter religioso, que constituyen una especie de conmovedora biografia. Anne salió vencedora de esta batalla, lo que no impidió que posteriormente cayera en nuevas crisis, como prueba, por ejemplo, el poema «Despondency» («Desaliento»), escrito cuando ya se encontraba en Thorp Green trabajando para los Robinson. Las muertes de William Weightman y Elizabeth Branwell, tan cercanas a su corazón y en el tiempo, debieron traerle nuevas dudas; sin embargo, fue capaz de escribir un duro poema contra la teoría de la predeterminación, «A Word to the Elect» («Unas Palabras para los Elegidos»), en el que arremete contra aquellos que se creen puros por haber sido elegidos y defiende el derecho a la salvación de todos los hombres. En muchas ocasiones Agnes Grey toma tintes religiosos: Cuando Agnes ya se sabe enamorada de Weston, y teniendo en cuenta que es en la iglesia donde tiene más oportunidades de verle, se reprocha a sí misma el amar más a la criatura, Weston, que al creador, Dios. Representativo es también uno de los últimos párrafos de la novela: Hemos tenido pruebas, [...] pero las soportamos bien juntos y procuramos fortalecernos mutuamente contra la separación final [...]; pero si no perdemos de vista el glorioso paraíso que está más allá, donde nos reuniremos de nuevo, y donde no se conocen el pecado ni las penas, también sabremos soportarla; y, mientras tanto, intentamos vivir en la gloria de Aquel que esparció tantas bendiciones en nuestro camino. Igualmente significativo es el hecho de que ella, como su hermana, acabe casándose con un clérigo, quizás el único tipo de hombre que podría reunir las características que Anne aprecia en un hombre y en cualquier persona, y que clérigo hubiera sido su padre también. A veces los aspectos religiosos se verán mezclados con cuestiones morales, poniendo énfasis en el desarrollo espiritual: las personas deben aprender a autocontrolarse para ser capaces de enfrentarse a las vicisitudes de la vida, de tal modo que en la novela se contrastan las personas disciplinadas con aquellas cuyas pasiones no son controladas. Así, por ejemplo, en su visita a Ashby Park, la nueva casa de la que fuera Rosalie Murray y ahora es Lady Ashby, ante las numerosas quejas de ésta sobre su actual vida, su marido, al que odia, su suegra, a la que odia aún más, e incluso su hija de semanas, de la que teme que cuando crezca eclipse su belleza, Agnes le aconseja: -La mejor forma de divertirse es hacer lo que es correcto, y no odiar a nadie. La finalidad de la Religión no es enseñarnos cómo morir sino cómo vivir; y cuanto más pronto uno se hace sabio y bueno, más felicidad consigue. Pero quizás dos de los aspectos más característicos de la cuestión religiosa en Agnes Grey sean la personificación de las dudas de la propia Anne en el personaje de Nancy Brown, la anciana campesina que vive en las tierras de los Murray, y las formas opuestas de ver y vivir la religión representadas por Hatfield, el vicario, y Weston, su ayudante. Nancy le cuenta ampliamente a Anne cuáles son las cuestiones que han hecho que últimamente hubiera «padecido de melancolía religiosa», y que, por mucho que leyera la Biblia, cada versículo le abría nuevas cuestiones, así que sentencias como «El que no ama, no conoce a Dios» le hacían dudar de su propia capacidad de amar; «Todo el que ha nacido de Dios no peca» le deja fuera de las criaturas de Dios, pues se sabe imperfecta y pecadora, y todas ellas la condenan cada vez más. La idea de que «muchos serán los llamados y pocos serán los elegidos» atormenta su espíritu. Cada uno de los temores de Nancy, toda la angustia por la que ella pasa es la misma que Anne sufrió durante casi toda su vida. Al igual que Anne encontró en James La Trobe la persona capaz de darle la confianza para superar sus miedos y vivir una cara de la religión y de Dios más amable y alegre, Nancy tiene a Weston, que con paciencia y buen tino le explica cada una de las palabras que antes la acusaban y la dejaban fuera del amor divino y que ahora la confortan cada vez que las recuerda y medita sobre ellas. Actitud la de Weston totalmente distinta a la que había mostrado Hatfield cuando Nancy le había hablado de sus dudas. Para empezar, la acusa de haberse mezclado con los metodistas, cosa que no es cierta, y le exige no sólo que ... debes venir a la iglesia, donde oirás las escrituras bien explicadas, en vez de quedarte estudiando la Biblia en casa, sino que lleve su libro de liturgia, lea en voz alta todas las plegarias, se levante, arrodille y siente cada vez que corresponda, que comulgue cada vez que pueda y que escuche sus sermones; de este modo, cumpliendo con su obligación, conseguirá la bendición divina. Nancy le expresa su temor de que aun haciendo todo esto no encuentre el consuelo que busca y a Hatfield sólo se le ocurre decirle como única respuesta que quizás pertenezca al grupo de los que quieren pasar por la puerta estrecha que da entrada al cielo y no lo consiguen, no aportando un ápice de tranquilidad, sino todo lo contrario, a la pobre anciana. Ante la insistencia de Nancy de que tiene necesidad de hablar con él, le dice que no tiene tiempo o la insulta llamándola vieja quejica y tonta. Diferente también la forma en que cada uno ejerce su ministerio: Weston escucha a las personas, se acerca a ellas con humildad y, si las encuentra en falta, les aconseja sobre la forma en que deben actuar; Hatfield da órdenes, es arrogante y critica todo aquello con lo que no está de acuerdo, y sólo trata con condescendencia a aquellos que están por encima de él, y por eso se permite ignorar y desairar a Agnes en varias ocasiones. Totalmente distinto también el contenido y la presentación de sus sermones: Lo oí [a Weston] predicar y me complació mucho la verdad evangélica de su doctrina así como la sincera sencillez de sus modales y la claridad y vigor de su estilo. Fue de verdad refrescante oír semejante sermón después de estar acostumbrada a oír las [...] arengas [...] del rector, que solía pasar por la nave central, o más bien avanzar como un torbellino con su rico hábito de seda ondulando a su espalda, crujiendo al rozar las puertas de los bancos, subir al púlpito como un conquistador ascendiendo al coche triunfal. Agnes prosigue la descripción de los sermones de Hatfield durante varias líneas más, contrastando también con su propio discurso la simplicidad del primero y el recargamiento del segundo. Aun más, Agnes añade la lista de temas de los sermones de Hatfield Sus temas preferidos eran la disciplina eclesiástica, los ritos y las ceremonias, la sucesión apostólica, la obligación de reverencias y obedecer a los clérigos, el atroz delito de la disidencia, la absoluta necesidad de observar todas las formas de piedad, la censurable presunción de los individuos que intentaban pensar por sí mismos en temas relacionados con la religión o seguían sus propias interpretaciones de las sagradas Escrituras, que de nuevo nos dan una idea de su posición dentro de la iglesia: le encanta todo lo que tenga que ver con lo ceremonial y ritualista y rechaza todo aquello que suponga libertad de pensamiento e interpretación personal. Por otra parte, tal como se nos dice unas líneas más abajo, se inclina más por las enseñanzas del Antiguo Testamento que por las del Nuevo, es decir, más por la imagen del Dios severo que del Dios padre. En el contraste de estos dos personajes se reflejan gran parte de las ideas religiosas de Anne Brontë, lo que deseaba o al menos pensaba que debía ser la religión y lo que rechazaba de ella. En opinión de P. J. M. Scott, Anne Bronté fue la primera y más importante escritora cristiana, y a ello achaca la dificultad de su éxito: a la poca aceptación que un escritor de estas características puede tener, en concreto, en una época como la nuestra75. También Elizabeth Langland76 opina que el énfasis moral o moralista de sus obras es lo que ha hecho que Anne Bronté haya tenido una menor aceptación que sus hermanas. No hay que olvidar que Agnes Grey es sólo una de sus obras y que en The Tenant of Wildfell Hall desarrolló en profundidad el tema de la elección o la salvación del hombre y que una parte importante de su producción poética está constituida por poemas netamente religiosos e himnos, que, curiosamente, solía escribir los domingos; y, desde luego, sus creencias religiosas impregnan prácticamente todo su trabajo. Podemos inventar mil maneras de ganarnos el pan En el siglo XIX en Gran Bretaña coincidieron una serie de circunstancias que hicieron que aumentara notablemente el número de mujeres solteras, en concreto dentro de la clase media. Para empezar, la proporción de mujeres existente era de 1.053 por cada 1.000 hombres77, lo cual ya dejaba a algunas de ellas sin ninguna posibilidad de casarse. Las razones de esta diferencia podían ser varias: en primer lugar, el índice de mortalidad parecía favorecer a las mujeres, por lo que el vivir más tiempo hacía aumentar su número. En segundo lugar, a principios de este siglo habían tenido lugar las guerras napoleónicas y, aunque Inglaterra no había sido invadida directamente, sí que había participado en distintas campañas con la consecuente pérdida de vidas humanas, es decir, de hombres. Por último, la revolución industrial que había empezado ya en el siglo anterior no evitó, incluso en algunos casos pudo acentuar, periódicas crisis económicas78 que llevaron a parte de la población a tener que emigrar a cualquiera de las muchas colonias que entonces poseía el país; aunque en algunas ocasiones eran familias enteras las que se arriesgaban a empezar una nueva vida en un lugar desconocido, lo más habitual era que emigraran hombres solos, entre otras razones por la dureza del trabajo y de la vida que allí les esperaba. Por si no era suficiente la desproporción en número de hombres y mujeres, durante esta época los hombres, sobre todo en las clases medias, no se casaban antes de los treinta años, edad a la que una mujer ya sería considerada una irremediable solterona. Además una mujer de la clase media necesariamente tenía que tener una dote mínima para poder casarse; el mismo señor Grey, ante la situación económica de la familia, exclama -¡Casadas ellas, pobres indigentes! [...] ¿Quién querrá casarse con ellas? Sabemos que la situación de la familia se debe a la inversión fallida que el padre había hecho con intención de aumentar su fortuna y dar más comodidades a su mujer e hijas. Por desgracia, bien por la incapacidad de los inversores o por los riesgos del mercado de la época79, la pérdida de fortunas era una circunstancia que se repetía con frecuencia y que dejaba a las hijas destituidas de la dote que les habría permitido casarse. Pero había también otros factores que podían contribuir a que una mujer no dispusiera de dote; por ejemplo, un número excesivo de hermanas o la muerte prematura del padre80. La gran tragedia de estas mujeres de clase media cuyos padres no tenían medios para mantenerlas y que tampoco habían conseguido casarse era que La teoría de «la vida civilizada» sostiene que a las mujeres de las clases altas y medias las mantienen o sus padres o sus maridos [...] Todas nuestras leyes están estrictamente establecidas de acuerdo con esta hipótesis; y todas nuestras costumbres sociales se adhieren a ella de manera más estricta todavía. No hay espacio en nuestro marco social para cualquier otra idea81. A pesar de las palabras de la señora Grey que, para tranquilizar a su marido, imaginamos, dice que sus hijas y ella misma en caso de quedarse viuda encontrarán mil maneras de ganarse el pan, fuera del matrimonio, de la dependencia paterna, o de la poco frecuente situación de que una mujer contara con recursos propios, las posibilidades para mantenerse una misma eran realmente escasas. Mientras que una mujer que no hubiera recibido una educación y perteneciente a una clase social inferior podía ganarse la vida lavando, cocinando, ordeñando o siendo sirvienta, una mujer de una clase superior no podía dedicarse a ninguna de estas profesiones, a no ser a costa de perder su posición y su respetabilidad, e incluso poniendo en juego la de su familia. Según Kathryn Hughes82 en épocas anteriores las mujeres de la clase media habían trabajado como peluqueras, comadronas o boticarias83 sin perder un ápice de su respetabilidad; sin embargo, un cambio en el concepto de lo que era pertenecer a la clase media alta84 había hecho que desde principios del siglo XIX una mujer que ejerciera cualquiera de estas profesiones se considerara «desclasada». Algunas mujeres encontraban refugio, más que un trabajo, en casa de algún familiar: un hermano o hermana casada de cuyos hijos pudiera cuidar, o un hermano soltero a quien pudiera hacer las funciones de ama de llaves. Otra posibilidad era hacer algún tipo de trabajo en su propia casa, por ejemplo, coser, escribir o pintar. La costura era una de las actividades menos valoradas y admisibles85, por lo que sería la última elegida. Respecto a la escritura, aparte de que no siempre proporcionaba los ingresos necesarios, la mayoría de las mujeres se veían obligadas a firmar con seudónimos o simplemente con la expresión «una dama», por una parte, para proteger su privacidad, por otra, para poder ser valoradas sin prejuicios86, por lo que tampoco era un trabajo reconocido. La señora Grey sugiere a su hija Mary que pinte algunos cuadros para contribuir a la economía doméstica, y cuando Helen Graham, la protagonista de la segunda novela de Anne Bronté, abandona a su marido, subsiste gracias a su trabajo como pintora, pero es improbable que una mujer pudiera encontrar su medio de vida en la pintura. Ya fuera de su propio hogar, pero dentro de los límites de una casa por lo que tampoco perdería la respetabilidad, otra posibilidad era la de cuidar de algún familiar enfermo, ya que se consideraba que una mujer tenía una predisposición natural al cuidado de otras personas, fueran niños o ancianos, hijos, maridos o padres incapacitados87. La otra ocupación para la que se consideraba que una mujer estaba naturalmente predispuesta era la enseñanza. Las oportunidades de trabajar en una escuela para señoritas eran relativamente pocas y enseñar en las escuelas elementales, dirigidas más bien a los hijos de las clases trabajadoras, no era considerado respetable para una mujer de clase media. Si se disponía de casa propia, existía la posibilidad de abrir una escuela o al menos de aceptar a algunos niños a los que dar clase. Por último quedaba la profesión de institutriz, que solía ser la elegida por la mayoría de las mujeres de clase media cuyo nacimiento y educación las definía como damas, pero cuyas familias no podían mantenerlas con holgura, ya que era la que implicaba el mínimo daño al rango social, lo que no significa que no sufrieran daños a otro niveles, como, por ejemplo, el emocional. Una tarea más ardua de lo que nadie se pueda imaginar La figura de la institutriz existía desde la Edad Media; cuando había sido un elemento habitual en los hogares de la aristocracia; sin embargo, su incorporación a los hogares de la clase media data de finales del siglo XVIII, principios del XIX, en que se convirtió en una prueba del poder económico de una familia de clase media, de la misma manera que podían serlo los sirvientes, los carruajes y el resto de la parafernalia de las clases altas. La institutriz, así como el resto de los sirvientes, era una muestra de hasta qué punto la dueña de la casa era una «dama de ocio», que a su vez era una muestra de hasta qué punto era rico el padre de familia. En las clases medias las madres se habían ocupado tradicionalmente de la educación de sus hijos, proporcionándoles los conocimientos básicos como leer y escribir; a partir de cierta edad, a los chicos se les enviaba a un colegio, de forma que pudieran prepararse para una futura ocupación que les permitiera ganarse la vida, y las chicas seguían su educación en casa aprendiendo de sus madres sus funciones como mujeres. Sin embargo, si se empleaban cada vez más sirvientes, ya no tenía mucho sentido enseñarles las labores del hogar y sí que lo tenía darles una educación que pudiera atraer a un marido rico, por lo que ahora las muchachas aprendían «música, canto, dibujo, francés, latín y alemán», que son las dotes que menciona Agnes en el anuncio que pone en el periódico en busca de su segundo trabajo como institutriz, y las únicas que, junto con las labores, parece necesitar una joven de la época. En muchas ocasiones las madres no estaban preparadas para enseñar estas actividades a sus hijas, y además tampoco debían, pues entonces habrían dejado de ser damas ociosas que empleaban su tiempo en visitar vecinos, recibir visitas o dedicarse a actividades filantrópicas88. Una solución era enviar a sus hijas a pequeños internados, que habían empezado a aparecer desde mediados del siglo anterior, pero los resultados no siempre eran satisfactorios, aparte de que al estar lejos de casa, no se podía controlar la educación moral de las hijas. La aristocracia había venido utilizando los servicios de algún familiar en una situación poco decorosa, económicamente hablando, o de la hija del clérigo de la localidad. Estas institutrices eran tratadas con consideración por sus patronos y tenían un salario y condiciones dignas. Para las familias de clase media ésta era una situación nueva a la que no siempre sabían enfrentarse y, de hecho, aparecieron numerosos manuales explicando cómo debía ser el trato entre patronos y empleada89. La demanda de institutrices fue creciendo a lo largo del siglo y se calcula que hacia 1850 había unas 25.000 mujeres desempeñando este trabajo, y la institutriz se convirtió en una figura muy familiar tanto en la sociedad como en la literatura británica del siglo XIX. Tal como hemos apuntado ya y como pasaremos a ver inmediatamente, la posición de la institutriz en la sociedad y dentro de las familias para las que trabajaba era bastante delicada, pues eran mujeres de buena educación y posición, que por circunstancias económicas se veían obligadas a trabajar para otros, poniendo en peligro su status social. En la década de los años cuarenta y cincuenta, la «situación» de las institutrices, básicamente los bajos salarios, las malas condiciones laborales y su incompleta preparación, se convirtió en uno de los temas favoritos de las revistas de la época, adquiriendo una importancia desmesurada y en muchas ocasiones tintes de excesiva dramatización. Por lo que respecta a la literatura, en opinión de Kathryn Hughes, no se puede hablar de un género propio que fuera la «novela de institutrices»; sin embargo, se ha calculado que entre 1814 y 1835 este personaje apareció en un papel más o menos relevante en unas ciento cuarenta novelas, las cuales pertenecían a toda la gama posible de las novelas de la época: melodramas, moralizantes, religiosas o las denominadas «silver-spoon», que reflejaban la alta sociedad90. La institutriz se convertía así en un personaje comodín que los novelistas podían utilizar para cubrir toda una serie de fines literarios. Por ejemplo, en Deerbrook (1839), escrita por Harriet Martineau, y en Amy Herbert (1844), de Elizabeth Missing Sewell, la institutriz no es la protagonista de la novela, sino que es más bien un elemento catalizador que sirve de contraste, en este caso moral, para otros personajes. En otras dos novelas, Caroline Mordaunt (1835), de la señora Sherwood, y The Governess (1839), de Lady Blessington, la institutriz sí es el personaje principal, al que seguimos de puesto en puesto. De este modo, la novela de Lady Blessington nos muestra los distintos ambientes, siempre de la alta sociedad, en los que la protagonista se mueve. Caroline Mordaunt es más bien una «novela religiosa», cuya protagonista recorre todo el camino desde la indiferencia hacia Dios hasta convertirse en la abnegada esposa de un clérigo, pasando por toda una serie de mortificaciones. Respecto a Jane Eyre (1847), la novela escrita por Charlotte Bronté, presenta una visión un tanto romántica de la vida de la institutriz ya que está al cargo de una dócil niña, es respetada por la servidumbre y además se enamora del dueño de la casa. Y en Afines Grey, aunque también hay contraste social, reflejado a través de las distintas casas en las que trabaja y los personajes con los que se relaciona, tal como ya hemos indicado en otro apartado, es en gran parte una novela didáctica y moralizante91. La institutriz recibida por la familia. Grabado. ¿Cuál era la «situación» de las institutrices para que creara tanto interés a nivel social y literario? Para empezar, debemos aclarar que si interesaba el tema era porque afectaba al sector de la población que tenía el poder económico, político, social y cultural. Si hemos hablado de 25.000 institutrices hacia 1850, habría que hablar de 750.000 criadas trabajando en casas, aparte de los muchos miles de otras mujeres que trabajaban en la industria y la minería92, cuya vida sería mucho más dura y dificil que la de cualquier institutriz y, sin embargo, nadie organizaba una cruzada por ellas ni protagonizaban decenas de novelas. Pero, claro, las penurias y problemas de estas trabajadoras quedaban fuera de la esfera de conocimiento y preocupación tanto de las escritoras como de las posibles lectoras de novelas. Reconocer esta situación no quiere decir que neguemos toda la problemática en la que la vida de una institutriz se veía envuelta. En primer lugar, estaba el problema de la pérdida de identidad social, es decir, una institutriz era una dama, nacida y educada como tal, pero que por cuestiones económicas tenía que ejercer una profesión retribuida económicamente y, por lo tanto, rebajar su estatus social. En palabras de Lady Elizabeth Eastlake, escritora contemporánea y experta en el tema, ... la verdadera definición de una institutriz, en el sentido inglés, es un ser que es nuestro igual en nacimiento, modales y educación, pero nuestro inferior en riqueza material. Toma a una dama, en todo el sentido de la palabra, por nacimiento y educación, y deja que su padre sufra la bancarrota, y no necesita nada más para cumplir con nuestro mayor beau idéal de guía e instructora para nuestros hijos93. Esto no sólo creaba un conflicto interno en la propia institutriz, sino también en la familia para la que trabajaba, que no sabía cómo tratarla: como un familiar, un invitado, un igual o un criado; aunque en la mayoría de los casos era tratada antes como un criado que como un igual94. Y, aunque no era conveniente que las institutrices se vieran demasiado rebajadas en el trato que se les daba -al fin y al cabo eran las personas de las que las hijas aprendían y cuanto más alto fuera su estatus, más lo sería también el de las muchachas-, el reconocer a una institutriz como un miembro pleno de la familia presentaba problemas, pues podía arrastrar a su nivel la posición de todas las mujeres de la familia95. En Agnes Grey Anne Bronté nos da numerosos ejemplos del trato desdeñoso que recibe: la señora Murray no la recibe hasta el día siguiente de su llegada, como si hubiera sido una simple criada; preocupada como está por el bienestar de sus hijos nunca se pregunta por la comodidad o la felicidad de la propia Agnes; en el carruaje para ir a la iglesia -si es que deciden que puede utilizarlo-, siempre le dejan el peor sitio, lo que hace que se maree, y rara vez olvidan su situación de inferior: ... con el tiempo [Rosalie] llegó a tenerme tanto afecto como le era posible a ella tenerle a alguien de mi carácter y posición; porque rara vez se olvidaba [...] de que yo era una empleada y la hija de un clérigo pobre. Una manera de evitar esta incómoda situación era contratar una institutriz extranjera que, al pertenecer a otra cultura, era más difícil de clasificar en la escala social y además en ocasiones contaba con una mejor preparación en distintas materias, pero sobre todo en la cuestión de los idiomas. Sin embargo, podía plantear otros problemas como la diferente religión que practicara o los recelos que las institutrices de origen francés levantaban en sus patronos96. En otras ocasiones eran las institutrices británicas las que decidían marcharse al extranjero, principalmente a las colonias, para evitar el conflicto social, pero esto obviamente requería una serie de importantes renuncias. Si la institutriz no era aceptada en el círculo de la familia, no tenía mejor suerte entre los criados, ya que, teniendo una situación de dependencia parecida a la de ellos, procedía de una escala social superior, lo que la alejaba de aquéllos. El resultado era dejadez en todo lo que tuviera que ver con el aula o las actividades de la institutriz. En los que más desconfianza despertaba era entre los criados de rango superior, pues un mayordomo no pensaba que fuera inferior a una institutriz, ni tampoco una doncella que, experta como era en moda, peinados y modales, se consideraba ella misma casi una dama: Con el aire de alguien que concede un favor excepcional, [la doncella de la señora] se dignó encargarse de hacer que me enviasen las cosas; [...] me trajeron el equipaje una doncella con aspecto tosco y un hombre, ninguno de los cuales reflejó en su comportamiento mucho respeto hacia mi persona. Al trato que los criados daban a las institutrices sin duda contribuía el ejemplo dado por los dueños de la casa, que, como hemos apuntado, era bastante desdeñoso, y los niños, que muchas veces reflejaban el comportamiento de los padres, desobedecían, se mostraban soberbios y en ocasiones incluso daban muestras de crueldad fisica hacia sus instructoras. El problema se veía agravado porque a las institutrices se les privaba de la autoridad necesaria para poder controlar a los niños, es decir, se les exigía que les enseñaran modales y ciertas normas de conducta, como si de sus propios hijos se hubiera tratado, pero no se les confería el poder necesario para llevar a cabo esta misión. Agnes, al regresar de nuevo a su trabajo con los Bloomfield tras unas breves vacaciones, le dice al lector: Volví, sin embargo, con vigor nada disminuido a mi trabajo: una tarea más ardua de lo que nadie se pueda imaginar si no ha sentido algo parecido a la tortura de estar al mando de un grupo de rebeldes traviesos y turbulentos a los que ni sus máximos esfuerzos logran hacer cumplir con el deber, mientras que, al mismo tiempo, es responsable de su conducta ante un poder mayor, que le exige algo que no puede conseguirse sin la ayuda de la más potente autoridad del superior, quien se niega a prestársela. Muchas institutrices se encontraban a merced de madres que, pasando apenas un rato de vez en cuando con sus hijos, en primer lugar, pensaban que éstos eran auténticos ángeles y, en segundo, no eran conscientes de las dificultades que suponía mantener cierta disciplina, por lo que con frecuencia prohibían a las institutrices que castigaran a los niños y, en cualquier caso, les pedían que les informaran de toda desobediencia, algo que las institutrices se cuidaban mucho de hacer, pues eran conscientes de que si la madre tenía que elegir entre creer a sus hijos o a la institutriz, ella sería siempre la más perjudicada. Con mucha culpa que tenían los padres, hay que reconocer que no siempre eran los únicos responsables del comportamiento de los niños. Uno de los principales problemas con los que se encontraban las institutrices era su escasa preparación, no tanto a nivel de conocimientos, sino más bien sobre cómo impartirlos y cómo mantener la disciplina. Se daba la contradicción entre la idea de la institutriz como alguien que no había recibido una preparación especial -eso habría supuesto que en algún momento había esperado tener que ponerse a trabajar e inmediatamente le habría privado de la categoría de dama- y la necesidad práctica de ser competente en su trabajo. La incapacidad de Agnes para manejar a sus pupilos es algo que sus respectivos patronos se encargan de recordarle con frecuencia, pero también algo que ella reconoce: Mis tareas de educación y vigilancia, en lugar de hacerse más fáciles al irnos acostumbrando yo y mis alumnos unos a otros, se me hicieron más trabajosas según iba descubriendo sus caracteres. El nombre de institutriz, descubrí enseguida, era una mera burla tal como me lo aplicaban ... o los niños eran tan incorregibles, los padres tan poco razonables o yo misma estaba tan equivocada en mis ideas o era tan incapaz de ponerlas en práctica, que mis mejores intenciones y mis esfuerzos más enérgicos no parecían producir mejor efecto que la diversión de los niños, la insatisfacción de sus padres y un tormento para mí. No sólo no eran aceptados en el círculo familiar o en el de los criados, sino que, por la falta de libertad de movimientos, además tenían serias dificultades para hacer amistades nuevas. Era difícil que pudieran trabar amistad con cualquiera de los invitados o conocidos de la casa, ya que si la familia les daba de lado, también lo hacían los que estaban a su alrededor: esto es lo que le ocurre a Agnes con los Green, los Meltham o el mismo Hatfield. Siempre que salían de casa lo hacían acompañando a sus discípulos, pero también bajo su atenta mirada; por ejemplo, a Rosalie no se le escapa el hecho de que Weston ha estado caminando y charlando un rato con Agnes a la salida de la iglesia. Agnes se queja con frecuencia de los desaires a que es sometida por los miembros de la familia Murray y sus amistades, y se lamenta, en conversación con Weston, de la imposibilidad de hacer amigos: -... ¿Es usted tan poco sociable que no sabe hacer amigos? -No, pero nunca he hecho ninguno hasta ahora; y en mi posición actual, no hay posibilidad de que los haga, ni siquiera de trabar una simple relación. Otro de los problemas a los que se enfrentaban eran los bajos salarios que percibían. En su primer trabajo Agnes recibe veinticinco libras al año, en el segundo le ofrecen las cincuenta que ella había exigido en su anuncio. Los sueldos que recibían podían ir desde las quince a las cien libras al año, pero la media estaba entre las veinte y las cuarenta y cinco97. Aunque no debían preocuparse por el alojamiento y la comida, sí que debían hacer frente a sus propios gastos de lavandería, viajes a casa y cuidados médicos. Además tenían que vestir con propiedad, lo que significaba que tenían que dedicar una cantidad relativamente importante a su ropa, y normalmente eran ellas las que compraban el material necesario para impartir las clases, por ejemplo, nuevos libros o partituras de música, y, en ocasiones, tenían que contribuir al mantenimiento de sus familias. Agnes hace sus propias cuentas con el sueldo que espera recibir de los Murray: ... debía tener ropa decente de acuerdo con mi posición; debía, parecía ser, mandar hacer la colada fuera de la casa, y también pagar los cuatro viajes anuales entre Horton Lodge y mi casa; pero, poniendo estricta atención en la economía, estaba segura de que veinte libras, o poco más, cubrirían estos gastos y quedarían treinta para el banco, o poco menos. La esperanza de muchas institutrices era, efectivamente, poder ahorrar algo de dinero, bien para poder abrir su propia escuela, lo que les evitaría tener que vivir bajo un techo que no era el suyo, o simplemente para intentar subsistir en caso de perder el empleo o cuando tuvieran que retirarse -que podía ser muy pronto, pues a los cuarenta años ya eran consideradas mayores para desempeñar el oficio-, que eran dos de los grandes temores que siempre acechaban su vida profesional. Como respuesta al interés social que la «situación» de las institutrices suscitaba surgieron distintas iniciativas para paliarla. La más importante fue la fundación a principios de la década de los cuarenta de la Governesses' Benevolent Institution (Institución de Ayuda para las Institutrices); uno de sus objetivos era proporcionar ayuda a las institutrices cuando fueran mayores o estuvieran enfermas, pero en muchas ocasiones también actuó como agencia de colocación e incluso como residencia temporal entre un puesto y otro. En 1848 se fundó en Londres el Queen's College para proporcionar una mayor formación a las institutrices de modo que, por una parte, pudieran aumentar su autoestima, y, por otra, su salario, al tener una educación más amplia. A partir de mitad de siglo hubo un movimiento para ampliar las oportunidades laborales de las mujeres98; sin embargo, en opinión de M. Jeanne Peterson99, el objetivo no era tanto dar nuevas oportunidades a las damas con necesidad de empleo, sino que aquellas que no lo eran, por ejemplo las hijas de comerciantes y fabricantes, tuvieran otras posibilidades y no les quitaran a las primeras puestos como institutrices. Posiblemente, una de las grandes diferencias entre Agnes Grey y otras novelas de institutrices sea la voluntad de la protagonista de convertirse en institutriz y de conseguir que esto sea un medio para su realización como persona, y esto es lo que hace que, a pesar de su primer fracaso y de todas las humillaciones por las que tiene que pasar persista en su empeño ... a pesar de lo molesta que era mi situación, quena encarecidamente conservarla [...] fue por mi propia voluntad que había conseguido el puesto, yo misma me había buscado toda esta congoja, y estaba empeñada en soportarlo. De esta manera, Anne está reclamando una identidad profesional y el derecho al trabajo de la mujer sin ser menospreciada por ello. Aunque al final de la novela se casa con Weston, cubriendo así sus necesidades económicas, en realidad Agnes, en compañía de su madre, otra mujer, ya había conseguido su independencia económica gracias a la escuela que habían abierto y esto también hace que Agnes Grey se diferencie de otros finales felices que salvan a la heroína de la desgracia en el último momento. Agnes, a pesar de su aparente fragilidad, ya había sido capaz de encontrar su propio lugar y de salvarse a sí misma. RECEPCIÓN CRITICA Agnes Grey fue terminada probablemente en la primavera-verano de 1846 y aceptada por Thomas Cautley Newby para su publicación junto a Wuthering Heights aproximadamente un año más tarde, pero no apareció realmente hasta diciembre de 1947, cuando Jane Eyre, la novela firmada por Currer Bell, ya había alcanzado el éxito y Newby aprovechó la circunstancia y se apresuró a publicar las novelas de los otros dos Bell, Acton y Ellis. El resultado fue una edición descuidada en tres tomos, siguiendo la moda prevalente en la época, de los cuales los dos primeros correspondían a Wuthering Heights y el último a Agnes Grey. Por muy distintas razones, esta edición compartida no benefició para nada a Agnes Grey, así como tampoco ayudó la publicación previa y éxito de Jane Eyre. Aunque el libro apenas recibió atención, el hecho de que también hubieran publicado sus poemas conjuntamente hizo que los críticos compararan con frecuencia a los tres autores y que incluso cuestionaran si eran uno o tres los escritores. De las dos novelas que aparecieron conjuntamente, la de Anne siempre recibió menos atención y menos alabanzas. La primera revista en ocuparse del libro fue The Spectator que, en su edición del 18 de diciembre, señalaba que Agnes Grey no era tan variada en personajes e incidentes como Wuthering Heights, advirtiendo también de algunos puntos en común con la obra de otro autor del mismo apellido, Bell100. Una semana más tarde The Athenaeum fue un poco más lejos sugiriendo que las tres novelas pudieran haber sido escritas por la misma mano; sin embargo, destacaba jane Eyre como la mejor, a Wuthering Heights la acusaba de desagradable, y de Agnes Grey decía que, aunque era más aceptable, carecía de la fuerza de las anteriores101. Otros críticos, sin embargo, no tuvieron dudas en determinar que ambos autores, Ellis y Acton, tenían «estilos totalmente diferentes de composición y dos modos completamente opuestos del tratamiento de la novela»102. Lo que también parece obvio es que el contundente realismo de Afines Grey quedaba eclipsado cuando se comparaba con la fuerza y la pasión de Wuthering Heights, sobre todo en una época en la que el gusto por las historias románticas no haría inclinarse a los lectores por una historia de las características de la novela de Anne Brontë. Otros críticos vieron en la joven institutriz una hermana pequeña de Jane Eyre, «pero inferior a ella en todos los sentidos»103. Es curioso el hecho de que algunos críticos contemporáneos piensen que la realidad es justo la contraria104. Debemos recordar que, aunque jane Eyre fue publicada antes, en realidad fue escrita mucho después que Agnes Grey. Es prácticamente seguro que antes de enviarlas a cualquier editor las tres hermanas compartieron y discutieron el contenido de sus respectivas novelas. Wuthering Heights, Agnes Grey y The Professor estuvieron dando tumbos durante todo un año de editorial en editorial y fue sólo después de que las dos primeras hubieran sido aceptadas por Newby y a raíz de que la última fuera rechazada por Smith & Elders cuando Charlotte presentó a estos últimos el texto de jane Eyre. La publicación de The Tenant of Wildfell Hall afectó no sólo a la reputación y la visión que hasta entonces se había tenido de la obra de Anne, sino también a la de sus hermanas. A las circunstancias que hemos apuntado más arriba hay que añadir que el mismo Newby, el editor de las novelas de Anne, aumentó la confusión que existía sobre la identidad de los Bell. La novela fue publicada en julio de 1848 y en octubre la North American Review lanzaba una de las más duras críticas contra las hermanas y sus obras: La verdad es que toda la empresa de Bell y Cía. parece tener un sentido de la depravación y la naturaleza humana peculiarmente propio. [...] Especialmente éste es el caso de Acton Bell, el autor de Wuthering Heights, The Tenant of Wildfell Hall, y, si no nos equivocamos, de ciertas partes ofensivas, pero poderosas de jane Eyre105. Y el firmante de la reseña, E. P. Whipple continúa detallando cuáles son, en su opinión, los aspectos más morbosos que se detectan en estas novelas. No todas las críticas fueron negativas y, aun sin estar de acuerdo con el tema de la novela, algunos señalaron «la fuerza y el efecto» de sus páginas106, y otros la calificaron como la mejor novela del mes o incluso colocaban a Anne por encima de Dickens107. Estas críticas positivas, junto con la buena aceptación por una buena parte del público lector, deberían haber colocado a The Tenant... y a su autora en un lugar más alto dentro de la literatura en lengua inglesa. George Moore acusó a Charlotte de que esto no fuera así, pues sus comentarios siempre fueron negativos hacia la obra y hacia su autora. En opinión de Elizabeth Langland108, podría haber varias razones por las que Charlotte minimizara el éxito de The Tenant...: para empezar, el personaje de Huntingdon podía recordar demasiado a Branwell; también culpaba a la novela (tanto por lo que se refería al esfuerzo de tratar un tema tan poco afín a la naturaleza de Anne como a las críticas negativas que cosechó) del deterioro de la salud de Anne, es posible también que en algunos aspectos viera críticas a su novela Jane Eyre109, y, por último, podía culpar a Anne de los ataques colaterales a su propia novela, acusada también de vulgaridad. Como única superviviente de las tres hermanas y heredera de su legado literario, es cierto que Charlotte pudo dirigir, cuando no manipular, la opinión pública sobre sus hermanas, ella misma y sus obras, y se considera que Charlotte inició la segunda etapa de crítica hacia la obra de las Brontë y la visión que de ellas tenemos. En la «Nota Biográfica» que precede a la reedición de Wuthering Heights y Agnes Grey de 1850 dice de Anne que ... [su] carácter era más apacible y sumiso; le faltaba la fuerza, el fuego, la originalidad de [Emily], pero estaba bien dotada de discretas virtudes propias. Sufrida, abnegada, reflexiva, e inteligente, su reserva y taciturnidad innatas la situaban y mantenían en la sombra, y cubrían su mente, y especialmente sus sentimientos, con una especie de velo monjil, que rara vez se levantaba110. La biografia que Elizabeth Gaskell publicó sobre la vida de Charlotte, basada en gran parte en las conversaciones que con ella mantuvo, reitera esta valoración de Anne. Además pone mucho énfasis en el carácter biográfico de sus novelas, lo cual, de algún modo, resta mérito a su valor artístico. La crítica del siglo XIX siguió básicamente estas pautas y, poco a poco, se fue creando el mito en el que Anne tiene el papel de la hermana discreta, que sirve de contraste para el genio de sus dos hermanas mayores. Sin embargo, no todas las críticas fueron en este sentido y W C. Roscoe en su reseña de junio de 1857 para The National Reviene señalaba que Anne tenía más facultades artísticas que cualquiera de sus hermanas. Sus historias son mucho más homogéneas en su estructura, sus personajes más consistentes, y, aunque menos originales y sorprendentes, dirigidos con una percepción más agradable de la propiedad dramática111. Y Émile Montégut en Revu des deux mondes de julio del mismo año valora positivamente el realismo detallista de Afines Grey. En el primer tercio del siglo xx el mayor valedor de Anne fue George Moore, que hizo una continua defensa de su obra tanto por sí misma como en comparación con la de sus hermanas. A partir de la segunda mitad ha habido un resurgir del interés por Anne y sus obras. Sin embargo, ninguno de estos esfuerzos, tal como ya vimos al principio de este estudio, han conseguido dar a Anne todo el mérito que merece. Por otra parte, de entre sus dos novelas, y a pesar de las duras críticas recibidas por su temática y el realismo de determinadas escenas, The Tenant... siempre ha sido más valorada artísticamente112; mientras que Afines Grey es considerada a menudo como una obra menor y permanece en la mente de muchos como un diario en forma de novela que escribió Anne Brontë. AGNES GREY CAPITULO PRI MERO LA RECTORÍA En todas las historias verdaderas hay enseñanzas, aunque puede que en algunas nos cueste encontrar el tesoro, o cuando lo encontramos es en cantidad tan exigua que el fruto tan seco y marchito apenas compensa el esfuerzo de romper la cáscara. Si éste es el caso de mi historia, no soy competente para juzgarlo; a veces creo que puede resultar útil para algunos y entretenida para otros, pero que la juzgue el mundo: protegida por mi oscuridad y por el transcurso de los años, no tengo miedo de arriesgarme y expondré cándidamente ante el público cosas que no revelaría al amigo más íntimo. Mi padre era un clérigo en el norte de Inglaterra, que se ganó el respeto de todos los que lo conocían, y en sus años de juventud vivió holgadamente de los emolumentos combinados de una pequeña prebenda y unos bienes propios. Mi madre, que se casó con él en contra de los deseos de los suyos, era la hija de un hacendado y una mujer de carácter. En vano le dijeron que, si se convertía en la esposa del pobre rector, debía renunciar a tener carruaje propio y doncella personal y todos los lujos y finuras que eran para ella algo menos que lo esencial de la vida. Un carruaje y una doncella personal eran grandes comodidades; pero, gracias a Dios, ella tenía pies para caminar y manos para atender a sus propias necesidades. No eran desdeñables una casa elegante y un amplio jardín, pero ella preferiría vivir en una casucha con Richard Grey que en un palacio con cualquier otro hombre del mundo. Viendo que sus argumentos no surtían ningún efecto, su padre finalmente dijo a los enamorados que se casaran si querían, pero que si lo hacían, su hija perdería cada penique de su fortuna. Confiaba en que esto enfriaría el entusiasmo de la pareja; pero se equivocaba. Mi padre conocía de sobra lo mucho que valía mi madre, hasta el punto de darse cuenta de que era una fortuna valiosa por sí misma; y si ella consentía en adornar su humilde hogar, él estaría encantado de aceptarla bajo cualquier concepto. Ella, por su parte, prefería trabajar con sus propias manos que separarse del hombre al que amaba, cuya felicidad le encantaría procurar y que ya se fundía con ella en corazón y alma. De modo que su fortuna fue a engrosar la dote de una hermana más sensata, que se había casado con un ricachón, mientras que ella acabó enterrándose en la sencilla rectoría aldeana, para sorpresa y pesadumbre de todos aquellos que la conocían. Y sin embargo, a pesar de todo esto, y a pesar del fuerte carácter de mi madre y los caprichos de mi padre, creo que no se encontraría una pareja más feliz aunque se buscase por toda Inglaterra. De seis hijos, mi hermana Mary y yo fuimos las únicas que sobrevivimos a los peligros de la infancia y la adolescencia. Al ser yo cinco o seis años más joven, siempre se me consideraba la niña, la mimada de la familia; padre, madre y hermana se ponían de acuerdo para consentirme todo, no con una necia indulgencia que me hiciera díscola e indisciplinada, sino con una incesante amabilidad que me hizo desvalida y dependiente, inepta para soportar los golpes de las preocupaciones y tribulaciones de la vida. A Mary y a mí nos educaron en el más absoluto aislamiento. Mi madre, que era una mujer a la vez de muchos talentos, bien educada y trabajadora, se hizo cargo ella sola de nuestra educación, con excepción del latín, que se encargaba de enseñarnos mi padre, de modo que ni siquiera íbamos al colegio; y como no había gente de nuestro rango en los alrededores, nuestro único contacto con el mundo consistía en una solemne merienda con los más importantes agricultores y comerciantes de la zona de vez en cuando, para evitar que nos tildaran de demasiado orgullosos para asociarnos con nuestros vecinos, y una visita anual a casa de nuestro abuelo paterno, donde las únicas personas que veíamos eran éste, nuestra querida abuela, una tía soltera y dos o tres damas y caballeros mayores. A veces nos entretenía nuestra madre con historias y anécdotas de su juventud, las cuales, aunque nos divertían muchísimo, frecuentemente despertaban, por lo menos en mí, un vago deseo secreto de ver algo más del mundo. Yo pensaba que ella había debido de ser muy feliz; pero nunca parecía echar de menos el pasado. Sin embargo, mi padre, cuyo temperamento no era tranquilo ni alegre por naturaleza, a menudo se angustiaba pensando en los sacrificios que había hecho por él su querida esposa y se devanaba los sesos ideando un sinfín de proyectos para aumentar su pequeña fortuna, por ella y por nosotras. Mi madre le aseguraba en vano que estaba totalmente satisfecha, y que si ahorraba un poco para las hijas, tendríamos todos más que suficiente, ahora y en el futuro. Pero ahorrar no era el fuerte de mi padre; no contraía deudas (por lo menos mi madre cuidaba mucho de que no lo hiciese), pero cuando tenía dinero, tenía que gastarlo; le gustaba tener comodidad en la casa y ver a su esposa y a sus hijas bien vestidas y bien atendidas; además, era de disposición caritativa y le gustaba dar a los pobres según sus posibilidades o, pensaban algunos, por encima de ellas. Finalmente, sin embargo, un amigo le sugirió un medio de duplicar su renta personal de un solo golpe; y de aumentarlo en adelante hasta una cantidad incalculable. Su amigo era comerciante, un hombre de espíritu emprendedor e inequívoco talento, que estaba algo limitado en sus actividades mercantiles por falta de capital, pero ofrecía generosamente a mi padre darle la parte alícuota de sus beneficios si se decidía a confiarle todo lo que se podía permitir, y pensaba que le podía prometer sin exagerar que, fuera cual fuese la suma que se dignaba poner en sus manos, le rendiría el ciento por ciento. Este vendió enseguida su pequeño patrimonio y el precio total fue encomendado en manos del comerciante amigo, que inmediatamente se puso a embarcar su cargamento y prepararse para el viaje. Mi padre estaba encantado, como lo estábamos todos, ante nuestras brillantes perspectivas: de momento, es verdad, estábamos reducidos a los escasos ingresos del curato, pero mi padre parecía creer que no hacía falta limitar nuestros gastos estrictamente a éstos. Así que con una cuenta pendiente en la tienda del señor Jackson, otra en la tienda de Smith y otra en la de Hobson, nos arreglábamos incluso con más holgura que antes, aunque mi madre afirmaba que debíamos restringirnos, pues nuestras perspectivas de riquezas eran precarias, y que si mi padre dejaba que ella lo administrase todo, no notaría las economías; pero esta vez fue incorregible. Qué horas tan felices pasamos Mary y yo, sentadas junto al fuego haciendo labores o paseando por las colinas cubiertas de brezo u holgazaneando bajo el sauce llorón (el único árbol grande del jardín), hablando de nuestra futura felicidad y la de nuestros padres, de las cosas que haríamos, veríamos y poseeríamos, sin base más firme para nuestra gran quimera que las riquezas que esperábamos nos llovieran como resultado del éxito de las especulaciones del buen comerciante. Nuestro padre estaba casi igual que nosotras; sólo que fingía no tomárselo tan en serio, expresando sus grandes esperanzas y expectativas optimistas por medio de chistes y festivas ocurrencias que siempre me parecieron el colmo del humor y el ingenio. Nuestra madre se reía encantada de verlo tan contento y feliz; pero aun así tenía miedo de que se ilusionara demasiado por el asunto. Una vez, al salir de la habitación, la oí susurrar: «¡Dios quiera que no se vea decepcionado! No sé cómo lo soportaría.» Pero se vio decepcionado, y mucho. Nos cayó a todos como un rayo la noticia que el navío que transportaba nuestra fortuna había naufragado y se había hundido con todo el cargamento, varios miembros de la tripulación y el mismo comerciante desafortunado. Lo sentí por él; lo sentí por el derrumbe de todos los castillos que habíamos construido en el aire, pero con la elasticidad de la juventud no tardé en recuperarme del golpe. Aunque las riquezas tenían su encanto, la pobreza no encerraba ningún terror para una joven sin experiencia como yo. Es más, y a decir verdad, había algo vivificante en la idea de vernos en apuros y tener que depender de nuestros propios recursos. Yo hubiera querido que papá, mamá y Mary pensaran todos como yo, en cuyo caso, en lugar de lamentarse por las calamidades pasadas, pondríamos manos a la obra de buena gana para remediarlas; y cuanto mayores las dificultades y más duras las privaciones actuales, con más buen humor soportaríamos éstas y con mayor vigor lucharíamos contra aquéllas. Mary no se lamentaba, pero rumiaba continuamente la desgracia y se hundió en un estado de abatimiento del que ningún esfuerzo mío lograba sacarla. No había manera de hacerle ver el lado positivo de las cosas que veía yo; y de hecho yo tenía tanto miedo de que me acusara de frivolidad infantil o de necia insensibilidad que tuve buen cuidado de guardar para mí la mayoría de mis brillantes ideas y ocurrencias optimistas, pues sabía que no las iba a apreciar. A mi madre lo único que le preocupaba era consolar a mi padre, pagar nuestras deudas y recortar nuestros gastos por todos los medios posibles; pero mi padre estaba totalmente abrumado por la calamidad: se le hundieron la salud, las fuerzas y los ánimos con el golpe, y nunca volvió a recuperarlos. Fue en vano que mi madre intentase animarle apelando a su religiosidad, a su valor, a su cariño por ella y nosotras. Ese mismo cariño era su mayor tormento: por nosotras había deseado tan ardientemente aumentar su fortuna; nuestro interés era lo que había llenado de tanto optimismo sus esperanzas y lo que ahora dotaba de tanta amargura su aflicción. Lo torturaban los remordimientos por no haber hecho caso de los consejos de mi madre, que le habrían librado por lo menos de la carga adicional de las deudas. Se reprochaba inútilmente por haberla sacado de la dignidad, la comodidad y el lujo de su posición anterior para que se afanara a su lado en las preocupaciones y las fatigas de la pobreza. Era una amargura y una mortificación para su alma ver a aquella espléndida mujer de talento, antaño tan adulada y admirada, convertida en ama de casa y administradora activa, con la cabeza y las manos ocupadas continuamente con las labores del hogar y la economía doméstica. Su genial autotortura corrompía el buen humor con el que ella llevaba a cabo todas estas obligaciones, la alegría con la que soportaba los infortunios y la amabilidad que le impedía imputarle a él la más mínima culpa, hasta convertirlos en una agravación de su sufrimiento. Y de esta forma la mente le oprimía el cuerpo y le trastornaba el sistema nervioso, que a su vez le aumentaban las perturbaciones de la mente, hasta que poco a poco se resintió gravemente su salud; y ninguna de nosotras logró convencerle de que nuestros asuntos no iban tan mal, que no estaban tan absolutamente desesperados como su mórbida imaginación los representaba. Vendimos el útil faetón junto con el rollizo caballito bien alimentado: un favorito de todos que habíamos decidido viviría sus últimos años en paz y nunca pasaría a otras manos que las nuestras; arrendamos la pequeña cochera y el establo, despedimos al mozo y a la más eficiente (y la más cara) de las dos doncellas. A nuestra ropa la remendaban, le daban la vuelta y zurcían hasta el mismo borde de la decencia; nuestros alimentos, siempre frugales, se simplificaron hasta un grado sin precedentes, con la excepción de los platos preferidos de mi padre; economizamos de manera dolorosa el carbón y las velas, siendo reducida la pareja de éstas a una, que se utilizaba parcamente, y el carbón cuidadosamente administrado en el hogar medio vacío, especialmente cuando mi padre se hallaba ausente cumpliendo sus obligaciones parroquiales o confinado en la cama por enfermedad; entonces nos sentábamos con los pies en el guardafuego, juntando de vez en cuando las ascuas agonizantes y echando cada tanto polvillo y fragmentos de carbón, simplemente para mantenerlas con vida. En cuanto a las alfombras, con el tiempo quedaron raídas, con más parches y zurcidos incluso que nuestra ropa. Para ahorrarnos el sueldo de un jardinero, Mary y yo nos comprometimos a mantener ordenado el jardín; y todo lo que de cocina y labores de la casa no podía realizar con facilidad una sola criada, lo hacían mi madre y mi hermana, con un poco de ayuda por mi parte de vez en cuando, pero sólo un poco, pues aunque yo ya me consideraba una mujer, ellas me veían como una niña. Mi madre, como la mayoría de las mujeres emprendedoras y activas, no se vio favorecida con hijas muy activas; por este motivo, siendo ella tan lista y diligente, no se sentía tentada a delegar sus asuntos sino al contrario, se encontraba dispuesta a actuar y a pensar por los demás y no sólo por sí misma; y fuera cual fuese el asunto que tenía entre manos, solía creer que nadie sabría hacerlo tan bien como ella, por lo que cuando yo me ofrecía a ayudarla, recibía una respuesta como: «No, querida, no puedes, de verdad. No hay nada que puedas hacer tú. Ve a ayudar a tu hermana, o dile que vaya a dar un paseo contigo -dile que no se pase tanto tiempo sentada ni se quede siempre en casa-, con razón está delgada y con aspecto abatido.» -Mary, dice mamá que te ayude, o que te diga que vengas a dar un paseo conmigo; dice que con razón estás delgada y con aspecto abatido, por estar siempre sentada dentro de casa. -No puedes ayudarme, Agnes, ni yo puedo salir contigo, porque tengo demasiado que hacer. -Entonces deja que te ayude. -No puedes, de verdad, querida. Ve a practicar música o a jugar con la gatita. Siempre había gran cantidad de costura que hacer, pero a mí no me habían enseñado a cortar ninguna prenda, y sabía hacer poco más que simples pespuntes o hilvanes, ya que ambas sostenían que les era más fácil hacer el trabajo personalmente que preparármelo a mí. Además preferían verme proseguir con mis estudios o divertirme; ya tendría tiempo de estar doblada sobre la labor como una solemne matrona cuando mi gatita preferida se convirtiera en una gata vieja y juiciosa. Bajo tales circunstancias, aunque era poco más útil que la gatita, mi ociosidad no estaba totalmente injustificada. En toda la época de nuestros infortunios, sólo una vez oí a mi madre quejarse por nuestra falta de dinero. Poco antes de llegar el verano, comentó a Mary y a mí: -Qué estupendo sería que vuestro padre pudiera pasar unas semanas en un balneario. Estoy convencida de que el aire del mar y el cambio de ambiente le harían un bien incalculable. Pero, veréis, no hay dinero -añadió con un suspiro. A las dos nos hubiese encantado que se pudiera hacer, y nos lamentamos mucho de que no fuera posible. -Bien, pues -dijo-, no sirve de nada quejarse. Quizás podamos hacer algo para poner en práctica el proyecto después de todo. Mary, eres una gran dibujante. ¿Qué te parece- ría hacer unos cuantos nuevos dibujos con tu mejor estilo, y mandarlos enmarcar junto con las acuarelas que ya tienes hechas, e intentar que se los quede algún generoso marchante con suficiente sentido para discernir sus méritos? -Mamá, me encantaría, si crees que podrían venderse por una cantidad que valga la pena. -Vale la pena intentarlo de todas formas, querida; tú haz los dibujos y yo procuraré encontrar a un comprador. -Ojaláyo pudiese hacer algo -dije. -¿Tú, Agnes? ¿Quién sabe? Tú también dibujas muy bien; si eliges una pieza sencilla como tema, estoy segura de que sabrás hacer algo que a todos nos enorgullecerá exhibir. -Pero tengo otro proyecto en la cabeza, mamá, desde hace tiempo... aunque no quería mencionarlo. -¿De veras? Dinos cuál es. -Quisiera ser institutriz. A mi madre se le escapó una exclamación de sorpresa, y luego se rió. A mi hermana se le cayó la labor con el asombro, y exclamó: -¡Tú, institutriz, Agnes! ¿En qué estás pensando? -Pues no veo que tenga nada de extraordinario. No pretendo ponerme a enseñar a muchachas mayores; pero creo que podría enseñar a unas pequeñas... y me gustaría tanto... me encantan los niños. ¡Déjame hacerlo, mamá! -Pero, cariño, aún no has aprendido a cuidar de ti misma; y manejar a los niños pequeños requiere de más juicio y experiencia que a los mayores. -Pero, mamá, tengo más de dieciocho años y soy totalmente capaz de cuidar de mí misma y de otros también. No sabes ni la mitad de la sabiduría y prudencia que poseo, porque nunca me has puesto a prueba. -Pero piensa -dijo Mary- en qué harás en una casa llena de extraños, sin que mamá o yo estemos para hablar y actuar por ti... con un montón de niños, además de ti misma, para atender, y nadie que te pueda aconsejar. No sabrías ni qué ropa ponerte. -Crees, porque siempre hago lo que me ordenas, que no tengo opinión propia; pero ponme a prueba -es lo único que pido-, y verás de lo que soy capaz. En aquel momento entró mi padre y le explicamos el tema de nuestra conversación. -¿Qué, mi pequeña Agnes institutriz? -gritó y, a pesar de su abatimiento, se rió ante la idea. -Sí, papá, tú no digas nada en contra. Me encantaría hacerlo, y estoy segura de que me saldría muy bien. -Pero, cariño, no podremos prescindir de ti -y brilló una lágrima en sus ojos cuando añadió-: ¡No, no!, por afligidos que estemos, no es posible que hayamos llegado a eso. -¡Oh, no! -dijo mi madre-. No hace falta en absoluto dar semejante paso; no es más que un capricho suyo. Así que debes callarte, niña traviesa, pues aunque tú estés dispuesta a dejarnos a nosotros, sabes bien que nosotros no podemos separarnos de ti. Me hicieron callar durante aquel día y muchos días después, pero no renuncié del todo a mi plan predilecto. Mary preparó los materiales de dibujo y puso manos a la obra. Yo también preparé los míos; pero mientras dibujaba, pensaba en otras cosas. ¡Qué delicioso ser institutriz! Salir al mundo; emprender una nueva vida; actuar por mí misma; ejercitar mis facultades aún sin utilizar; poner a prueba mis fuerzas desconocidas; ganar mi propia manutención y algo que consolara y ayudara a mi padre, mi madre y mi hermana, además de librarles de tener que proporcionarme comida y ropa; enseñarle a papá de lo que era capaz su pequeña Agnes; convencer a mamá y a Mary de que no era exactamente el ser desvalido y atolondrado que creían. Y además, ¡qué encantador que me encomendaran el cuidado y la educación de unos niños! Dijeran lo que dijeran los demás, yo me sentía perfectamente capacitada para la misión: el claro recuerdo de mis propios pensamientos y sentimientos de la primera infancia serían mejor guía que las instrucciones de un consejero más maduro. Sólo tenía que volver los ojos desde mis pequeños alumnos a mí misma a su edad para saber enseguida cómo hacerme con su confianza y afecto, cómo despertar la contrición de los descarriados y consolar a los afligidos, cómo hacer viable la Virtud, deseable la Educación y preciosa y comprensible la Religión. ¡Tarea encantadora, enseñar a brotar las ideas jóvenes!113. ¡Dirigir las tiernas plantas y mirar desplegarse día a día sus botones! Influenciada por tantos alicientes, decidí perseverar, aunque el temor de disgustar a mi madre o de herir los sentimientos de mi padre me impidieron sacar de nuevo el tema durante varios días. Finalmente, lo mencioné a mi madre en privado, y con alguna dificultad logré que prometiese ayudarme en mi empeño. Luego conseguí el consentimiento reacio de mi padre y luego, aunque Mary todavía suspiraba con desaprobación, mi querida madre comenzó a buscarme un puesto. Escribió a los familiares de mi padre y consultó los anuncios de los periódicos. Hacía tiempo que había dejado de comunicarse del todo con su propia familia; el intercambio formal de cartas de vez en cuando era lo único que los unía desde su boda, y nunca se le hubiera ocurrido acudir a ellos para un asunto de esta naturaleza. Pero el retiro de mis padres del mundo había sido tan completo y había durado tanto tiempo que pasaron muchas semanas antes de que encontráramos un puesto adecuado. Por fin, para gran alegría mía, se decidió que me ocupase de la joven familia de una tal señora Bloomfield, a la que había conocido de joven mi amable y estirada tía Grey, quien decía que era una señora muy simpática. Su marido era un comerciante retirado, que había ganado una bonita fortuna, pero a quien no podían persuadir de que pagase un sueldo mayor de veinticinco libras a la institutriz de sus hijos. No obstante, yo prefería aceptarlo que renunciar al puesto, aunque mis padres tendían a considerar que esto último sería el mejor plan. Pero aún tenía que dedicar unas semanas a los preparativos. ¡Qué largas y tediosas me parecieron aquellas semanas! Sin emba