LA DOCTRINA SECRETA H. P. BLAVATSKY libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com,.. Blavatsky, Helena Petrovna (1831-1891) Teósofa rusa. Fundó, con H.S. Olcott, la Sociedad Teosófica (1875). Viajó a la India, donde conoció el budismo esotérico. Entre sus obras, destacan Isis sin velo (1877) y La voz del silencio (1885-1889). Síntesis de la ciencia, la religión y la filosofía VOLUMEN II COSMOGÉNESIS (Partes II y III) SIMBOLISMO ARCAICO UNIVERSAL Traducción de varios miembros de la Rama de la S. T. E. Tercera Edición Argentina cotejada con la 4ª Edición Inglesa SATYÁT NÁSTI PARO DHARMAH “NO HAY RELIGIÓN MÁS ELEVADA QUE LA VERDAD” ÍNDICE TEMÁTICO VOLUMEN II COSMOGÉNESIS (Partes II y III) SIMBOLISMO ARCAICO UNIVERSAL PARTE II LA EVOLUCIÓN DEL SIMBOLISMO SECCIÓN I – SIMBOLISMO E IDEOGRAFÍA Las mitologías y las Tradiciones contienen verdades históricas – Hay una diferencia entre Emblema y Símbolo – El primero es una serie de Pinturas Gráficas explicadas alegóricamente – La Historia Esotérica se halla oculta bajo Símbolos – La Potencia Mágica del Sonido – El lenguaje del Misterio, ahora llamado Simbolismo. SECCIÓN II – EL LENGUAJE DEL MISTERIO Y SUS CLAVES Los Sabios han usado una vez la clave del Lenguaje Universal Antiguo – Anales Antiguos escritos en Lenguaje Universal – Los Rituales y Dogmas Egipcios conservan las Principales Enseñanzas de la DOCTRINA SECRETA – Los Sabios descubren el Sistema Geométrico y Numérico de las Medidas de la Gran Pirámide – La Cuadratura del Círculo – La Verdad debe prevalecer al fin – Moisés y el Arca de Juncos copiado de Sargón – Los Números Ocultos son Piedras Angulares de las Cosmogonías Esotéricas – La identidad de los Símbolos Antiguos – La Creación de varios Adanes – Las Razas “Satánicas”. SECCIÓN III – LA SUBSTANCIA PRIMORDIAL Y EL PENSAMIENTO DIVINO Los Metafísicos occidentales quedan lejos de la Verdad – El Pensamiento Divino no puede ser definido, excepto por las innumerables Manifestaciones de la Substancia Cósmica – La Ideación Cósmica es inexistente durante el Pralaya Universal – Todo el Universo es una Ilusión - ¿Qué es la Substancia Primordial? – El AEther es el Fuego Universal – La Cosmogénesis de Manas – Los siete Prakritis – Los Dioses del Génesis – Del Triple Uno emanó todo el Kosmos – El “Fuego Viviente” – El Éter de la Ciencia – Todo el Kosmos ha surgido del Pensamiento Divino – La Ciencia Oculta aún conserva la Clave de todos los Problemas del Mundo. SECCIÓN IV – CHAOS: THEOS: COSMOS El Espacio, el Recipiente y el Cuerpo del Universo en sus Siete Principios – El Caos se convirtió en el Alma del Mundo – El Primer Triángulo – El Nacimiento de la Mente – El Inefable Nombre – Los Cuatro Elementos Primarios – Cosmolatría. SECCIÓN V – SOBRE LA DEIDAD OCULTA, SUS SÍMBOLOS Y SIGNOS Prajâpatis y Patriarcas – El Macroprosopus y el Microprosopus – Las Siete Letras Secretas de que está compuesto el Nombre de Dios – El Alma Universal era considerada como la Mente del Creador Demiurgo – Significado de los Animales y Plantas Sagrados – Símbolos de los Poderes Activos – Los Siete y Diez Constructores - ¿Hubo una Revelación Universal Primordial? – El Cisne como un Símbolo del Espíritu – Simbología Antigua. SECCIÓN VI – EL HUEVO DEL MUNDO El Huevo es el Símbolo del Universo y sus Cuerpos Esféricos – El Huevo y el Arca – Diez, el Número sagrado del Universo – Simbolismo de las Deidades Lunares y Solares – Los Cuatro Animales Sagrados son los Símbolos de los Cuatro Principios Inferiores en el Hombre – Las Serpientes de Fuego . El Globo Alado – El Huevo da Nacimiento a los Cuatro Elementos – Todos los Dioses Egipcios eran Duales – La Cosmogonía Escandinava – Los Cuatro Ríos del Edén están simbolizados por el Cubo. SECCIÓN VII – LOS DÍAS Y NOCHES DE BRAHMÂ El Presente Kalpa es el Varâha (Bohar) – Los Avatares indican Ciclos Mayores y Menores – Tres Pralayas Principales – Una Clave Kabalística – Catorce Manus en el Término de un Mahâ Yuga – La llegada de la Noche Cósmica – El Satya Yuga es siempre el Primero de las Cuatro Edades y Kali el Último – La Vuelta de Moru y Devâpi. SECCIÓN VIII – EL LOTO COMO SÍMBOLO UNIVERSAL El Loto es el Símbolo de la Creación y Generación – La Ideación Divina pasa de lo Abstracto a lo Concreto – El Dios Creador es Pensamiento hecho Visible – Antropomorfismo Hebreo – El Significado Esotérico del Pecado y la Caída en el Génesis – El Significado Sagrado de la Letra “M”. SECCIÓN IX – LA LUNA; DEUS LUNUS, PHOEBE Personificación de la Luna – Dioses Solares y Lunares, Razas y Dinastías – La Clave Fisiológica del Símbolo de la Luna – El Número Doble, Masculino y Femenino – Una Alegoría del Zohar – La Complejidad del Símbolo Lunar, su Clave Fisiológica – El Aspecto Dual de la Luna – Ritos del Culto Lunar basados en el Conocimiento de la Fisiología – El Sol y la Luna, como Deidades Masculinas-Femeninas fructifican la Tierra – La Inmaculada Virgen-Madre y Diosas Paganas – El Culto de la Luna es tan Antiguo como el Mundo – La Luna, el símbolo aceptado de todas las Diosas Vírgenes-Madres. SECCIÓN X – EL CULTO DEL ÁRBOL, DE LA SERPIENTE Y DEL COCODRILO El Fruto del Árbol del Conocimiento – Serpientes y Dragones eran Nombres que daban a los Sabios los Adeptos Iniciados de los Tiempos Antiguos – La Serpiente, Símbolo de Iniciación – Los Ocultistas conocen los Significados Primitivos del Cielo - Las Serpientes y Dragones de Siete Cabezas de la Antigüedad simbolizan los Siete Principios en la Naturaleza y en el Hombre – El Cocodrilo es el Dragón Egipcio – El Significado de los Siete Fuegos, las Siete Vocales, etcétera, representados por las Siete Cabezas de la Serpiente de la Eternidad. SECCIÓN XI – DEMON EST DEUS INVERSUS El Bien y el Mal, ¿pueden existir dos Absolutos Eternos? – Cómo “Satán” fue antropomorfizado – No hay Vida sin Muerte – El Bien y el Mal son las Dos Caras de la Una y Misma Cosa – El Mal denota la Polaridad de la Materia y del Espíritu – La “Caída” es el Deseo de conocer – El Significado de la Rebelión y Caída de los Ángeles – Adeptos de la Mano Derecha y de la Mano Izquierda – La Guerra de los Dioses – Los Dos Aspectos de Vishnu – Las Fuerzas Creadoras son Entidades Vivientes y Conscientes – La Pirámide Negra y la Pirámide Blanca. SECCIÓN XII – LA TEOGONÍA DE LOS DIOSES CREADORES La Jerarquía de las Fuerzas – El Artífice del Universo no es el Dios más Elevado - El Punto es la Unidad de la cual parte el Sistema Numérico Entero – Las Creaciones en la Cosmogonía Hindú – El Logos es el Verbum – Sinónimos del Logos –Poderes Femeninos en la Naturaleza – El Misterio del Sonido – La Luz, el Sonido y el número son los Tres Factores de la Creación – La Doctrina Pitagórica de los Números – La Madre de los Dioses – La Antigüedad de las Pirámides – Ángeles, Arcángeles, Principados, Virtudes, Dominaciones, Tronos, Querubines y Serafines - Los Dioses Cósmicos – Grados de Manifestación – El Nombre Impronunciable – La Cosmogonía de Confucio – Los Siete y Catorce Ciclos de Existencia – Los Símbolos del Misterio de las Tinieblas – El Yo Supremo es el Único que es Divino y es Dios. SECCIÓN XIII – LAS SIETE CREACIONES Las Siete Creaciones de los Purânas – La Ogfdoada – El Primer Hombre “Pensador” y los Sonidos de Una, Tres y Siete Vocales – Las Creaciones Primarias y Secundarias – Mahat es la Mente Divina en Operación Activa – Muchas Versiones de la Verdad Única – Los Dhyân Chohans son el Agregado Colectivo de la Mente Primordial – Las Siete Creaciones: (1) Mahat-tattva, la Primordial Evolución en sí; (2) Principios Rudimentarios o Tanmâtras; (3) Ahamkâra, o el Concepto del “Yo”; (4) Las Series de Cuatro Reinos Rudimentarios o Elementales, Bases de los Sentidos; (5) Creación de los Animales Mudos; (6) Prototipos de la Primera Raza (humana); (7) El Hombre – Quiénes son los Kumâras – Los Ascetas Vírgenes que se negaron a crear al Hombre Material – La importancia del Número Siete. SECCIÓN XIV – LOS CUATRO ELEMENTOS Los Elementos son la Vestidura Visible de los Dioses Cósmicos – Elementos Corporales y Espirituales en las Fuerzas de la Naturaleza – Los Atlantes comprendían el Fenómeno de los Cuatro Elementos – San Pablo creía en los Dioses Cósmicos – Jehová, Dios de los Elementos – Astarté y la Virgen María – Cada Elemento es Dual en su Naturaleza – Las Fuerzas Físicas, vehículos de los Elementos. SECCIÓN XV – SOBRE KWAN-SHI-YIN Y KWAN-YIN El Alfa y la Omega de la Naturaleza Manifestada – Los Mantras originan un Efecto Mágico – Kwan-shi-yin es una Forma del Séptimo Principio Universal, o místicamente, el Logos – Kwan-yin es el Principio Femenino en la Naturaleza. Parte III - Addenda SOBRE CIENCIA OCULTA Y MODERNA SECCIÓN I – RAZONES PARA ESTA ADDENDA No puede haber conflicto entre la Ciencia Oculta y Exacta cuando las Conclusiones de la última son basadas sobre el Hecho Irrefutable – Las Fuerzas son Inteligentes y son Devas y Genios – El Sol es Materia y el Sol es Espíritu – El Sol es el Dador de Vida del Mundo Físico; el Sol Espiritual Oculto es el Dador de Vida y Luz en los Reinos Espirituales y Psíquicos. SECCIÓN II – LOS FÍSICOS MODERNOS ESTÁN JUGANDO A LA GALLINA CIEGA La Ciencia tiene que aprender qué son en realidad la Materia, el Átomo, el Éter y la Fuerza - ¿Es la Luz un Cuerpo o no? – Hipótesis contradictorias – Conceptos sobre la Constitución del Éter – Los Ocultistas dicen que el Autor de la Naturaleza es la Naturaleza misma. SECCIÓN III - ¿ES LA GRAVITACIÓN UNA LEY? Conceptos científicos sobre la Gravedad – Opiniones de Pitágoras y Platón sobre los Regentes Planetarios – Fohat, la Inteligencia animadora, es el Fluido Universal Eléctico y Vital – Las Fuerzas en la Naturaleza son Individualidades Inteligentes – Teoría de Newton sobre el Vacío Universal – Movimiento Perpetuo – Magnetismo Cósmico – Ideas de Kepler sobre Fuerzas Cósmicas – La Causa de la Rotación. SECCIÓN IV – LAS TEORÍAS CEINTÍFICAS DE LA ROTACIÓN Hipótesis acerca del Origen de la Rotación, de los Planetas y Cometas – Paradojas de la Ciencia – Las Fuerzas son Realidades. SECCIÓN V – LOS DISFRACES DE LA CIENCIA ¿Física o Metafísica? Doctrina Oculta y Principio en Spiller – Definiciones Científicas de la Fuerza – Fuerza y Substancia en el Ocultismo - ¿Qué es la Fuerza? – Los Ocultistas llaman a la Causa de la Luz, del Calor, del Sonido, de la Cohesión del Magnetismo, etc., una Substancia – Los Siete Rayos Místicos del Sol – Causas y sus Efectos - ¿Qué es un Átomo? – Los Cuarenta y Nueve Fuegos Originales personificados; su relación con las Facultades Psíquicas Humanas y Potencias Químicas y Físicas – El “Principio Indiscreto” del Sistema Filosófico Vishishtâdvaita. SECCIÓN VI – ATAQUE DE UN HOMBRE DE CIENCIA A LA TEORÍA CIENTÍFICA DE LA FUERZA Varios hombres de ciencia ingleses casi enseñan Doctrinas Ocultas – El Espíritu y el Alma del Cosmos. SECCIÓN VII – VIDA, FUERZA O GRAVEDAD La Atracción por sí sola no es suficiente para explicar el Movimiento Planetario – Los fluidos o Emanaciones del Sol imprimen todo movimiento y despiertan toda Vida en el Sistema Solar – El Sol es el Depósito de Fuerza Vital - ¿Panteísmo o Monoteísmo? - Los Siete Sentidos Físicos – El Árbol de la Vida - ¿Qué es el “Éter Nervioso”? – Una verdadera Escala Septenaria. SECCIÓN VIII – LA TEORÍA SOLAR Breve análisis de los elementos compuestos y simples de la ciencia en oposición a Las doctrinas ocultas. Hasta qué punto esta teoría, según se acepta generalmente, es científica. El Sol es el Corazón del Sistema Solar – Los Elementos que ahora conocemos no son los Elementos Primordiales – La Química se aproxima más que otras Ciencias al Reino de lo Oculto en la Naturaleza – Los descubrimientos del Profesor Crookes justifican las Enseñanzas Ocultas – Términos Químicos y el Génesis de los Dioses - El Poder que dirige al Átomo – El Significado del Caduceo de Mercurio – El Estado Laya y el Punto Cero – El Ocultismo afirma que la Materia es Eterna convirtiéndose en Atómica sólo periódicamente – Las “Atomicidades” dominantes – Las Mentes Inteligentes y Regentes de Mónadas y Átomos. SECCIÓN IX – LA FUERZA FUTURA Sus posibilidades e imposibilidades. La Causa y Efectos de la Electricidad Cósmica – El Sonido es un Poder Oculto – Keely, un Ocultista Inconsciente – El Significado Oculto de un Centro Laya – La Humanidad se halla relacionada psíquicamente con los Grupos de Dhyân Chohans - Por qué no pudo Keely llevar sus Descubrimientos hasta su fin lógico – No se permitirá que la Fuerza Etérica sirva para fines mercantiles – “Vril” es una Fuerza Real – Los prematuros descubrimientos de Keely. SECCIÓN X – SOBRE LOS ELEMENTOS Y LOS ÁTOMOS Cuando se emplea el Término Elemento en sentido metafísico, significa el Hombre Divino Incipiente – Átomos-Almas son Diferenciaciones de lo Uno – La Alegoría de la “Tierra Prometida” – La Mónada según las Enseñanzas de losAntiguos Iniciados - El Peregrino Eterno – Buddhas de los Tres Mundos – Dhyâni Buddhas y los Siete Hijos de la Luz – Personalidad e Individualidad – Mónadas Angélicas, Mónadas Humanas y Estrellas Padre – El lugar de Urano y Neptuno – El Origen Planetario de la Mónada fue enseñado por los Gnósticos – La Caída Cíclica de los Dioses – La Naturaleza de Jehovah. SECCIÓN XI – EL PENSAMIENTO ANTIGUO VESTIDO A LA MODERNA La Química y la Ciencia Ocutla – Roger Bacon tenía la Clave de la verdadera significación de la Magia y la Alquimia – El Átomo es inseparable del Espíritu – La Trinidad en Unidad – La Génesis de los Elementos – Purânas versus la Sociedad Real. SECCIÓN XII – EVIDENCIA CIENTÍFICA Y ESOTÉRICA DE LA TEORÍA NEBULAR MODERNA Y OBJECIONES A LA MISMA La Teoría Nebular es errónea – El Sol y los Planetas son Hermanos Couterinos – El Deber del Ocultista se refiere al Alma y Espíritu del Espacio Cósmico – La necesidad de estudiar todo el Sistema Cosmogénico Esotérico – Las Fuerzas son Aspectos de la Vida Una Universal- Las opiniones de un Maestro acerca de las Teorías Científicas - ¿Qué es la Nebulosa? – La Teoría Nebular y la DOCTRINA SECRETA – Nuestro Universo visible es el Sthûla Shariradel Séptuple Kosmos - ¿Qué es Materia Primitiva? - La Selección Natural y la Doctrina Oriental de Evolución. SECCIÓN XIII –LAS FUERZAS: ¿MODOS DE MOVIMIENTO O INTELIGENCIAS? Los Efectos de la Materia Primitiva sentidos a través de Inteligencias denominadas Dhyân Chohans – Estas Inteligencias deben ser admitidas por la Ciencia – La Mente Universal es la Luz Divina (Fohat) que emana del Logos – Los Fenómenos Terrestres son Aspectos de la Naturaleza Dual de los Dhyân Chohans Cósmicos – La Ley de Analogía es la Primera Clave para el Problema del Mundo – Diferentes clases de Humanidades – Distintos Sentidos en otros Mundos – Todo tiene su Período de Vida: la Tierra, la Humanidad, el Sol, la Luna, los Planetas, las Razas, etcétera. SECCIÓN XIV – DIOSES, MÓNADAS Y ÁTOMOS El Cosmos está lleno de Existencias Invisibles e Inteligentes – Sólo los Iniciados más elevados y Adeptos son capaces de asimilarse el Pleno Conocimiento de los Misterios de la Naturaleza – El que domina los Misterios de nuestra propia Tierra habrá dominado Todos los demás – El Punto Matemático – El Universo Absolutamente Ideal y el Kosmos Invisible pero Manifestado – La mónada es el Ápice del Triángulo Equilátero Manifestado, el “Padre” – El Espacio es el Mundo Real – Los Diez Puntos Pitagóricos – El Triángulo Ideal – La Mónada y la Duada – Almas Atómicas y su Peregrinación Individual – El Descenso y Ascenso de la Mónada Individualizada – La Química del futuro – La Ciencia Esotérica abarca todo el Plan de Evolución desde el Espíritu a la Materia – El Nóumeno del Oxígeno, Hidrógeno, y Nitrógeno – Las Teorías de Leibnitz – Naturaleza de la Mónada – Los “Dioses” son las Radiaciones de la Naturaleza Primordial – Los Átomos son el Movimiento que mantiene en perpetua marcha las Ruedas de la Vida. SECCIÓN XV – EVOLUCIÓN CÍCLICA Y KARMA Karma es la Ley Una que gobierna el Mundo del Ser – Los Ocultistas tienen el mismo respeto a la Vida Animal Externa del Hombre que a su Naturaleza Espiritual Interna – La Influencia Esotérica de los Ciclos Kármicos sobre la Ética Universal – Nadie puede escapar a su Destino Dominante – Karma, la Ley de Compensación – Los Grandes Cambios Geológicos no son más que Instrumentos para alcanzar ciertos fines actuando periódicamente – Los Grandes Ciclos y Ciclos Menores – Karma-Némesis – Profecías Antiguas y Modernas – La Astrología, una Ciencia. SECCIÓN XVI – EL ZODÍACO Y SU ANTIGÜEDAD El Zodíaco en la Biblia – La Antigüedad del Zodíaco – Mesías, Avatares y los Signos del Zodíaco – Dioses Caldeo-Judíos y Ciclos – La Antigüedad del Zodíaco de los Hindúes – Conclusión Científica – El principio del Kali Yuga – Los Métodos Astronómicos Hindúes y su vindicación. SECCIÓN XVII – RESUMEN DE LA SITUACIÓN ¿Qué es Éter, Materia, Energía? – Cuán poco se conoce del Universo Material – Las Enseñanzas Esotéricas eran idénticas en Egipto y en la India – Más allá de los límites del Sistema Solar hay otros Soles y el Misterioso Sol Central – Fohat es en el Ocultismo la Clave que abre y descifra los Símbolos y Alegorías de todas las Mitologías – Fohat bajo muchos Nombres – La Leyenda y la Historia. ------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------ PARTE II LA EVOLUCIÓN DEL SIMBOLISMO SECCIÓN I SIMBOLISMO E IDEOGRAFÍA ¿No es siempre un símbolo para quien sabe distinguir, una revelación más o menos clara, o confusa, de lo semejante a Dios?... Al través de todas las cosas... brilla débilmente algo de la Idea Divina. Más aún: la enseña más elevada que han encontrado jamás los hombres y que han abrazado, la cruz misma, no posee significación alguna, salvo una accidental y extrínseca. CARLYLE, Sartor Resarius El estudio del significado oculto en cada una de las leyendas religiosas y profanas de cualquiera nación, ya sea grande o pequeña, y especialmente en las tradiciones del Oriente, ha ocupado la mayor parte de la vida de la que estas líneas escribe. Ella es de los que poseen la convicción de que ninguna fábula mitológica, ningún suceso tradicional de las leyendas de un pueblo, ha sido en tiempo alguno pura ficción, sino que cada una de semejantes narraciones encierra algo de verdaderamente histórico. En esto difiere la autora de aquellos mitólogos, por grande que sea su reputación, que no ven en cada mito más que la confirmación de la tendencia supersticiosa de los antiguos, y que creen que todas las mitologías han tenido su origen en los mitos solares y se basan en los mismos. A semejantes pensadores superficiales les ha puesto admirablemente en el lugar que les corresponde el poeta y egiptólogo Mr. Gerald Massey, en una conferencia sobre “Luniolatría, Antigua y Moderna”. Su crítica acerada es digna de reproducirse en esta parte de nuestra obra, por ser eco fiel de nuestros propios sentimientos, tan abiertamente expresados desde 1875, cuando escribimos “Isis sin Velo”. Durante los últimos treinta años, el profesor Max Müller ha estado enseñando en sus libros y discursos, en el Times, Saturday Review y en varias revistas, desde la tribuna de la Royal Institution, en el púlpito de la Abadía de Westminster, y en su cátedra de Oxford, que la mitología es una enfermedad del lenguaje, y que el antiguo simbolismo era resultado de algo parecido a una aberración mental primitiva. “Sabemos -dice Renouf, repitiendo a Max Müller, en sus conferencias de Hibbert- que la mitología es la enfermedad que brota durante un estado peculiar de la cultura humana”. Tal es la trivial explicación de los no evolucionistas, y semejantes explicaciones son todavía aceptadas por el público inglés, que piensa por cerebros de otros. El profesor Max Müller, Cox, Gubernatis y otros tratadistas de mitos solares, nos han descrito al primitivo inventor de mitos como una especie de metafísico indo germanizado, proyectando su propia sombra sobre una niebla mental, y hablando ingeniosamente del humo, o por lo menos de las nubes; convirtiendo el cielo sobre su cabeza en la cúpula del país de los sueños, pintarrajeada con las imágenes de pesadillas aborígenes. Conciben al hombre primitivo a su semejanza, y le contemplan como irresistiblemente inclinado a la propia mixtificación, o como dice Fontenelle, “sujeto a contemplar cosas que no existen”. Ellos han presentado bajo un aspecto falso al hombre primitivo o arcaico, como inducido desde un principio y de un modo estúpido, por una imaginación activa y falta de dirección, a creer toda suerte de falsedades, que eran inmediata y constantemente contradichas por su propia experiencia diaria; como un necio fantástico en medio de aquellas feas realidades con que le agobiaba la experiencia, a manera de los iceberg aplastantes que dejan sus huellas en las rocas sumergidas en el mar. Quédame por decir, y algún día se reconocerá como cierto, que estos maestros, aceptados como tales, no se han aproximado más a los principios de la mitología y del lenguaje, que el poeta Willie de Burns a Pegaso. He aquí mi contestación: Es sólo un sueño del metafísico teórico, creer que la mitología fuese una enfermedad del lenguaje o de cualquier otra cosa que no sea su propio cerebro. El origen y el significado de la mitología ha sido totalmente equivocado por estos traficantes en mitos solares. La Mitología era un modo primitivo de objetivar el pensamiento primitivo. Estaba fundada en hechos naturales, y todavía puede comprobarse en los fenómenos. Nada hay de insano ni de irracional en ella, cuando se la considera a la luz de la evolución, y cuando se comprende por completo su manera de expresarse por el lenguaje de los signos. La locura consiste en tomarla por historia humana o por revelación Divina (1). La Mitología es el depósito de la ciencia más antigua del hombre, y lo que principalmente nos interesa, es lo siguiente: cuando sea de nuevo interpretada correctamente, está destinada a ocasionar la muerte de aquellas falsas teologías a que sin saberlo ha dado origen (2). En la fraseología moderna se dice algunas veces que una afirmación es mítica en proporción de su falsedad; pero la antigua mitología no era un sistema o modo de falsificación en ese sentido. Sus fábulas eran medios de comunicar hechos; no eran ni falsificaciones ni ficciones... Por ejemplo, cuando los egipcios representaban a la luna como un gato, no eran tan ignorantes que supusiesen que la luna era un gato; ni veían en su extraviada fantasía parecido alguno de la luna con un gato; ni tampoco era el mito-gato mera expansión de metáfora verbal, ni tenían ellos intención de crear embrollos y enigmas... Habían observado simplemente que el gato veía en la oscuridad, y que sus ojos aumentaban y se hacían más luminosos por la noche. La Luna era durante la noche el vidente en los cielos, y el gato era su equivalente en la tierra; y así el gato doméstico fue adoptado como un signo natural y representativo, como una pintura viviente del orbe lunar... Y de esto provino que el Sol, que en el mundo de abajo veía durante la noche, pudo también ser llamado el gato, como sucedió, porque también vela en las tinieblas. El nombre del gato es mau en egipcio, que significa vidente, de mau, ver. Un tratadista de mitología asegura que los egipcios “imaginaban un gran gato tras del sol, el cual era la pupila del ojo del gato”. Pero esta suposición es por completo moderna. es la mercancía de Max Müller en el mercado. La Luna, como gato, era el ojo del sol, porque reflejaba la luz solar, y porque el ojo refleja la imagen en su espejo. En la forma de la diosa Pashtr, el gato vigila por el sol, sujetando y destrozando con su garra la cabeza de la serpiente de las tinieblas, llamada su eterna enemiga. Ésta es una exposición muy correcta de los mitos lunares bajo su aspecto astronómico. Sin embargo, la Selenografía es la menos esotérica de las divisiones de la simbología lunar. Para dominar la Selenognosis -si se nos permite la invención de la palabra- es necesario llegar a conocer a fondo algo más que su significado astronómico. La Luna está íntimamente relacionada con la Tierra, como se ha mostrado en las Estancias; y está más directamente relacionada con todos los misterios de nuestro Globo, que el mismo Venus-Lucifer, hermano oculto y alter ego de la Tierra (3). Las infatigables investigaciones de los mitólogos occidentales, especialmente de los alemanes, durante el último siglo y en el presente, han hecho ver a las personas libres de prejuicios, y, por supuesto, a los ocultistas, que sin el auxilio de la simbología (con sus siete divisiones, por completo desconocidas de los modernos), ninguna escritura sagrada antigua puede ser comprendida correctamente. La simbología debe ser estudiada en cada uno de sus aspectos, pues cada nación tiene su método peculiar de expresión; en una palabra, ningún papiro egipcio, ninguna olla india, ningún ladrillo asirio ni ningún manuscrito hebreo, debe leerse y aceptarse literalmente. Esto lo saben los eruditos. Las sabias conferencias de Mr. Gerald Massey, bastan por sí solas para convencer a cualquier cristiano de recto criterio, que el aceptar la letra muerta de la Biblia, equivale a caer en un error más grosero y supersticioso que cualquiera de los que hasta el presente ha elaborado el cerebro de los salvajes insulares del mar del Sur. Pero el punto en que el orientalista -ya sea arianista o egiptólogo- que más ame la verdad, y que con más ahínco la busque, parece que continúa ciego, es el hecho de que cada uno de los símbolos en los papiros u ollas, es un diamante de muchas facetas, cada una de las cuales, no sólo encierra varias interpretaciones, sino que se relaciona igualmente con varias ciencias. De esto es un ejemplo la interpretación que se acaba de citar de la luna simbolizada por el gato, ejemplo de imagen sidéreo-terrestre; pues la luna encierra muchos otros significados además de éste, en otras naciones. Según ha sido demostrado por un sabio masón y teósofo, Mr. Kenneth Mackenzie, en su Royal Masonic Cyclopedia , hay una gran diferencia entre el emblema y el símbolo. El primero “comprende una serie mayor de pensamientos que el último, el cual, puede decirse más bien que encierra una sola idea especial”. De aquí que los símbolos -lunares o solares, por ejemplo- de varios países, comprendiendo cada uno una idea o series de ideas especiales, forman colectivamente un emblema esotérico. El último es “una pintura o signo concreto visible, que representa principios o una serie de principios, comprensibles para aquellos que han recibido ciertas instrucciones (Iniciados)”. Diciéndolo aún más claro, un emblema es generalmente una serie de pinturas gráficas, consideradas y explicadas alegóricamente, y que desarrollan una idea en vistas panorámicas, presentadas unas después de otras. De este modo los Purânas son emblemas escritos. Igualmente lo son el Antiguo o Mosaico y Nuevo o cristiano Testamentos, o la Biblia, y todas las demás Escrituras exotéricas. La misma citada autoridad dice: Todas las sociedades esotéricas han hecho uso de los emblemas y los símbolos, como sucede con la Sociedad Pitagórica, la de los eleusinos, la de los Hermanos Herméticos de Egipto, la de los Rosacruces y la de los Francmasones. Muchos de estos emblemas no son de conveniente divulgación, y una diferencia muy pequeña puede hacer que el emblema o símbolo difiera grandemente de su significado. Los sigilla mágicos, fundados en ciertos principios de los números, participan de su carácter; y aun cuando parecen monstruosos y ridículos a los ojos del ignorante, demuestran todo un cuerpo de doctrina a los que han aprendido a reconocerlos. Las sociedades antes mencionadas, son todas comparativamente modernas; pues ninguna de ellas se remonta más allá de la Edad Media. ¡Cuánto más conveniente no es, pues, que los estudiantes de las escuelas arcaicas más antiguas se abstengan de divulgar secretos de una importancia mucho más capital para la humanidad (por ser peligrosos en manos de ignorantes), que los llamados “secretos masónicos”, que se han convertido actualmente, como dicen los franceses, en los de Polichinela! Pero esta restricción puede tan sólo aplicarse al significado psicológico, o más bien al psicofisiológico y cósmico del símbolo y emblema, y aun así, sólo parcialmente. Un Adepto debe negarse a participar las condiciones y modos que conducen a una correlación de elementos (ya sean psíquicos o físicos), que pueden producir resultados perniciosos lo mismo que benéficos; pero siempre está pronto a comunicar al estudiante serio, el secreto del antiguo pensamiento en todo lo que se refiere a la historia que se halla oculta bajo símbolos mitológicos, suministrando así un horizonte mayor a la vista retrospectiva del pasado, que contenga datos útiles relacionados con el origen del hombre, la evolución de las Razas y la geognosia; y, sin embargo, esta es la queja del día, no sólo entre los teósofos, sino también entre los pocos profanos que se interesan en el asunto: ¿Por qué -dicen- no revelan los Adeptos lo que saben? A esto se les podría contestar: ¿Cómo han de hacerlo, toda vez que de antemano sabemos que ningún hombre científico aceptaría, ni siquiera como hipótesis, y mucho menos, por tanto, como teoría o axioma, los hechos que le comunicasen? ¿Habéis llegado vosotros siquiera a aceptar o creer en el abecé de la Filosofía Oculta que contiene el Teosophist, el Buddhismo Esotérico, y otras obras y revistas? ¿No ha sido, hasta lo poco que se ha dado, ridiculizado y escarnecido, y confrontado con la “teoría animal” y con la del “mono” de Huxley y de Haeckel por un lado, y con la costilla de Adán y la manzana por otro? A pesar de estas perspectivas tan poco envidiables, se da en la obra presente una multitud de hechos; y el origen del hombre, la evolución del Globo y de las Razas, humanas y animales, se tratan ahora con toda la extensión que la escritora puede hacerlo. Las pruebas que se han presentado en corroboración de las antiguas enseñanzas, se hallan esparcidas en todas las escrituras de las civilizaciones de la Antigüedad. Los Purânas, el Zend Avesta y los antiguos clásicos, están llenos de ellas; pero nadie se ha tomado la molestia de recopilar estos hechos y confrontarlos entre sí. La causa de ello es que todos estos hechos fueron registrados simbólicamente; y que los más expertos, las inteligencias más penetrantes entre nuestros arianistas y egiptólogos, han sido oscurecidas por conceptos preconcebidos, y aún con más frecuencia, por los puntos de vista parciales del significado secreto. Sin embargo, hasta una parábola es un símbolo hablado; según piensan algunos, no es más que una ficción o fábula; mientras que nosotros decimos que es una representación alegórica de realidades, de la vida, de sucesos y de hechos. Y así como de una parábola se deduce siempre una moral, siendo esta moral una verdad y un hecho real de la vida humana, del mismo modo se deducía un hecho histórico verdadero (por aquellos que estaban versados en las ciencias hieráticas), de ciertos emblemas y símbolos registrados en los antiguos archivos de los templos. La historia religiosa y esotérica de todas las naciones se encontraba embebida en los símbolos; nunca fue literalmente expresada en muchas palabras. Todos los pensamientos y emociones, toda la instrucción y conocimientos revelados y adquiridos de las primeras Razas, tenían su expresión pictórica en la alegoría y en la parábola. ¿Por qué? Porque las palabras habladas tienen una potencia no sólo desconocida, sino que no se sospecha siquiera, ni se cree naturalmente por los “sabios” modernos. Porque el sonido y el ritmo están estrechamente relacionados a los cuatro Elementos de los antiguos; y porque tal o cual vibración en el aire, es seguro que despierta los Poderes correspondientes, y la unión con los mismos produce resultados buenos o malos, según el caso. Nunca se permitió a ningún estudiante recitar narraciones de hechos históricos, religiosos, ni reales, con palabras que claramente los determinasen, para evitar que los Poderes relacionados con tales sucesos pudiesen ser atraídos nuevamente. Tales acontecimientos se narraban tan sólo durante la Iniciación, y todos los estudiantes tenían que registrarlos en los símbolos correspondientes, sacados de su propia mente y examinados después por su Maestro, antes de ser definitivamente aceptados. Así, paulatinamente, fue creado el Alfabeto Chino, del mismo modo que poco antes de éste habían sido determinados los símbolos hieráticos en el antiguo Egipto. En la lengua china, cuyos caracteres pueden leerse en cualquier otra lengua, y el cual, como acaba de decirse, es poco menos antiguo que el alfabeto egipcio de Thoth, todas las palabras tienen su símbolo correspondiente, en forma pictórica. Esta lengua posee muchos miles de tales símbolos, letras o logogramas, cada uno de los cuales significa toda una palabra; pues letras propiamente, o un alfabeto, como lo entendemos, no existen en el idioma chino, como tampoco existían en el egipcio, hasta una época mucho más cercana. De este modo, un japonés que no sepa una palabra de chino, al encontrarse con uno de esta nación que nunca haya oído la lengua del primero, se puede comunicar con él por escrito, y se comprenderán perfectamente, puesto que su escritura es simbólica. La explicación de los principales símbolos y emblemas, es lo que ahora se intenta; pues el Libro III, que trata de Antropogénesis, sería excesivamente difícil de comprender sin un conocimiento preparatorio, al menos de los símbolos metafísicos. Por otro lado, no sería justo entrar en la lectura esotérica del simbolismo, sin tributar el debido homenaje a quien ha hecho un grandísimo servicio en este siglo, descubriendo la clave principal de la antigua simbología hebrea, entretejida de modo acentuado con la metrología, una de las claves de lo que fue en otro tiempo Lenguaje del Misterio universal. Me refiero a Mr. Ralston Skinner, de Cincinnati, autor de The Key to the Hebrew-Egyptian Mystery in the Source of Measures (Clave del Misterio Hebreo-Egipcio en el Origen de las Medidas), a quien por este concepto damos las gracias. Místico y kabalista por naturaleza, trabajó durante muchos años en este sentido, y sus esfuerzos fueron verdaderamente coronados de gran éxito. Según él mismo dice: El que esto escribe está completamente seguro de que hubo un antiguo lenguaje que se ha perdido para los tiempos modernos hasta la época presente, pero cuyos vestigios, sin embargo, existen en abundancia... El autor descubrió que esta razón geométrica (la razón integral numérica del diámetro a la circunferencia del círculo) era el origen, muy antiguo y probablemente divino..., de las medidas lineales... Parece casi probado que el mismo sistema de geometría, de números, de razón y de medidas, era conocido y usado en el continente de la América del Norte, aun antes que lo conocieran los descendientes semitas... La particularidad de este lenguaje era que podía estar contenido dentro de otro, de un modo oculto, y que no podía ser percibido sino con la ayuda de ciertas instrucciones especiales; letras y signos silábicos poseían al mismo tiempo, los poderes o significado de los números, de las figuras geométricas, las pinturas, o la ideografía y símbolos, cuyo objeto dibujado era expresamente auxiliado por parábolas en forma de narraciones o porciones de narraciones; y a la vez podían ser expuestas separada, independientemente y de varios modos, por medio de pinturas, en trabajos en piedra o en construcciones de tierra. Para esclarecer una ambigüedad referente al término lenguaje, diré: primero, que esta palabra significa la expresión hablada de las ideas; y segundo, que puede significar la expresión de las ideas en otra forma. Este antiguo lenguaje está de tal modo compuesto en el texto hebreo que, por medio de los caracteres escritos, al ser pronunciados forman el lenguaje primeramente definido, puede comunicarse, intencionalmente, una serie de ideas muy distintas de las que se expresan por la lectura de los signos fonéticos. Este segundo idioma manifiesta veladamente series de ideas, copias en la imaginación de cosas sensibles, que pueden ser dibujadas, y de cosas que pueden clasificarse como reales sin ser sensibles; como, por ejemplo, el número 9 puede ser tomado como una realidad aun cuando no tiene existencia sensible; asimismo una revolución, puede tomarse como dando lugar, o produciendo una idea real, a pesar de que semejante revolución no tiene substancia. Este lenguaje de ideas puede consistir en símbolos que se hallen concretados en términos y signos arbitrarios, que tengan un campo muy limitado de conceptos sin importancia, o puede ser una lectura de la Naturaleza, en alguna de sus manifestaciones, de un valor casi inconmensurable, para la civilización humana. Una imagen de algo natural, puede dar origen a ideas de asuntos coordinados que radien en varias y hasta en opuestas direcciones, como los rayos de una rueda, dando lugar a realidades naturales que pertenezcan a un género de ideas muy distinto de la tendencia aparente de la lectura primera, por la que se principió. Una noción puede originar la noción relacionada; pero al tener esto efecto, todas las ideas resultantes, por muy incongruentes que en apariencia sean, tienen que brotar del símbolo original y estar armónicamente relacionadas unas a otras. Así pues, con una idea dibujada, lo suficientemente radical, puede llegarse a idear el cosmos mismo hasta en sus detalles de construcción. Semejante lenguaje común no se emplea ya; pero el que esto escribe se pregunta si en alguna época muy remota no era esta lengua, o una semejante, de uso universal en el mundo, y poseída, a medida que se moldeaba más y más en sus formas de arcano, por sólo una clase o casta selecta de la humanidad. Quiero decir con esto, que el lenguaje popular o nativo comenzó, aun en su origen, a ser usado como vehículo de este modo especial de comunicar las ideas. Sobre este punto los testimonios son de mucha fuerza; y verdaderamente, parece como si en la historia de la raza humana hubiese tenido lugar, por causas que no podemos averiguar, por lo menos en el presente, la desaparición o pérdida de un lenguaje primitivo perfecto, y de un sistema perfecto de ciencia. ¿Deberemos decir perfecto porque era de origen y de importancia divino? (4). “Origen divino” no quiere significar aquí una revelación de un Dios antropomórfico, en una montaña en medio de truenos y relámpagos; sino, según lo entendemos, un lenguaje y un sistema de ciencias comunicados a la primera humanidad por una humanidad más avanzada, tan elevada, que fuese divina a los ojos de aquella humanidad infantil; en una palabra, por una “humanidad” de otras esferas: Esta idea no contiene nada de sobrenatural, y el aceptarla o rechazarla, depende del grado de presunción y arrogancia, de la persona a quien se le exponga. Porque, si los profesores de la Ciencia moderna confesasen tan sólo que, aun cuando nada saben del destino del hombre desencarnado -o más bien, no quieren aceptar nada-, sin embargo este futuro puede estar preñado de sorpresas y de revelaciones inesperadas para ellos (cuando sus Egos se vean libres de sus cuerpos), entonces el escepticismo materialista tendría mucha menos fortuna que la que tiene. ¿Quién de ellos sabe, o puede decir, lo que sucederá cuando el Ciclo de Vida de este Globo toque a su fin, y hasta nuestra madre Tierra caiga en su último sueño? ¿Quién osará afirmar que los Egos divinos de nuestra humanidad -al menos los elegidos de entre las multitudes que pasan a otras esferas- no se convertirán a su vez en los instructores “divinos” de una nueva humanidad, por ellos generada, en un nuevo Globo, llamado a la vida y a la actividad por los “principios” desencarnados de nuestra Tierra? Todo esto puede haber sido la experiencia del Pasado, y estos extraños anales yacen embebidos en el “Lenguaje del Misterio” de las edades prehistóricas; el lenguaje ahora llamado SIMBOLISMO. SECCIÓN II EL LENGUAJE DEL MISTERIO Y SUS CLAVES Descubrimientos recientes hechos por grandes matemáticos y kabalistas, prueban de este modo, fuera hasta de sombra de duda, que todas las teologías, desde la más antigua hasta la última, han surgido, no sólo de un origen común de creencias abstractas, sino de un lenguaje esotérico universal o del Misterio. Estos sabios poseen la clave del lenguaje universal antiguo, y la han usado con éxito, aunque sólo una vez, para abrir la puerta herméticamente cerrada que conduce al Vestíbulo de los Misterios. El gran sistema arcaico conocido desde las edades prehistóricas como la Ciencia Sagrada de la Sabiduría, que está contenido y puede encontrarse en todas las religiones antiguas así como en las modernas, tenía, y tiene aún, su lenguaje universal -sospechado por el masón Ragón- la lengua de los Hierofantes, que tiene siete “dialectos”, por decirlo así, cada uno de los cuales se refiere y está particularmente apropiado a uno de los siete misterios de la Naturaleza. Cada uno de ellos tenía su simbolismo propio. La Naturaleza podía ser leída de este modo en su plenitud, o considerada bajo uno de sus aspectos especiales. La prueba de esto reside, hasta el presente, en la gran dificultad que los orientalistas en general, y especialmente los indianistas y egiptólogos, experimentan en la interpretación de los escritos alegóricos de los arios y de los anales hieráticos de Egipto. Esto sucede porque nunca quieren tener presente que todos los anales antiguos estaban escritos en una lengua que era universal y conocida igualmente por todas las naciones en los días de la antigüedad, pero que ahora sólo es inteligible para unos pocos. Así como los números arábigos son claros para cualquier hombre, sea cual fuere su nacionalidad; o así como la palabra inglesa and, que se convierte en et para los franceses, en und para los alemanes, en y para los españoles, y así sucesivamente, puede empero expresarse en todas las naciones civilizadas con el signo &, igualmente todas las palabras de esta Lengua del Misterio significaban la misma cosa para todos los hombres. Ha habido hombres notables que han tratado de restablecer un lenguaje filosófico y universal semejante: Delgarme, Wilkins, Leibnitz; pero Demaimieux, en su Pasigraphie, es el único que ha probado su posibilidad. El esquema de Valentín, llamado la “Kábala Griega”, basado en la combinación de letras griegas, puede servir de modelo. Los muchos aspectos del Lenguaje del Misterio han conducido a la adopción de dogmas y ritos variadísimos, en el exoterismo de los rituales de las Iglesias. Ellos son, también, los que están en el origen de la mayor parte de los dogmas de la Iglesia Cristiana; como por ejemplo, los siete Sacramentos, la Trinidad, la Resurrección, los siete Pecados Capitales y las siete Virtudes. Sin embargo, habiendo estado siempre las Siete Claves de la Lengua del Misterio bajo la custodia de los más elevados Hierofantes iniciados de la antigüedad, sólo el uso parcial de alguna de las siete pasó, por traición de algunos de los primeros Padres de la Iglesia -ex Iniciados de los Templos- a manos de la nueva secta de los nazarenos. Algunos de los primeros Papas fueron Iniciados; pero los últimos fragmentos de su saber han caído ahora en poder de los Jesuitas, que los han convertido en un sistema de hechicería. Se afirma que la India -no con sus actuales límites, sino incluyendo los antiguos- es el único país en el mundo que cuenta todavía, entre sus hijos, Adeptos que poseen el conocimiento de todos los siete subsistemas, y la clave del sistema completo. Desde la caída de Menfis, Egipto principió a perder todas estas claves, una a una, y la Caldea sólo conservaba tres en los días de Beroso. En cuanto a los hebreos, no demuestran en todos sus escritos más que un conocimiento completo de los sistemas astronómico, geométrico y numérico de simbolizar todas las funciones humanas y especialmente las fisiológicas. Nunca han poseído las claves superiores. Mr. Gaston Maspero, el gran egiptólogo francés y sucesor de Mariette Bey, dice: Cada vez que oigo hablar de la religión de Egipto, me siento impulsado a preguntar a qué religión egipcia se refieren. ¿Es a la religión de la Cuarta Dinastía, o a la religión del período de los Ptolomeos? ¿Es a la religión del vulgo, o a la de los sabios? ¿A aquella que se enseñaba en las escuelas de Heliópolis o a aquella otra que se hallaba en las mentes y en los conceptos de la clase sacerdotal de Tebas? Porque entre la primera tumba de Menfis, que lleva la inscripción de un rey de la tercera dinastía, y las últimas piedras grabadas en Esneh, bajo César-Filipo, el Árabe, hay un intervalo de cinco mil años por lo menos. Dejando a un lado la invasión de los Pastores, la dominación etíope y la de los Asirios; la conquista persa, la colonización de los griegos y las mil revoluciones de su vida política, el Egipto pasó, durante estos cinco mil años, por muchas vicisitudes morales e intelectuales. El cap. XVII del Libro de los Muertos, que parece contener la exposición del sistema del mundo, según era comprendido en Heliópolis durante la época de las primeras dinastías, sólo nos es conocido por unas cuantas copias de la undécima y duodécima dinastía. Cada uno de los versículos que lo componen era ya interpretado de tres o cuatro maneras distintas; tan diferentes, que según ésta o aquella escuela, el Demiurgo se convertía en el fuego del sol, Ra-shu o en el agua primordial. Quince siglos más tarde, el número de las interpretaciones había aumentado considerablemente. El tiempo, en su transcurso, había modificado las ideas sobre el Universo y las fuerzas que lo rigen. Durante los dieciocho siglos escasos que existe el Cristianismo, la mayoría de sus dogmas se han elaborado, desarrollado y cambiado; ¿cuántas veces, pues, no habrá podido alterar sus dogmas el clero egipcio, durante los cincuenta siglos que separan a Teodosio de los Reyes Constructores de las Pirámides? (1) Creemos que en este punto ha ido el eminente egiptólogo demasiado lejos. Los dogmas exotéricos pueden haber sido a menudo alterados, pero nunca los esotéricos. No ha tenido presente la sagrada inmutabilidad de las verdades primitivas, sólo reveladas en los misterios de la Iniciación. Los sacerdotes egipcios habían olvidado mucho, pero no alteraron nada. La pérdida de gran parte de las enseñanzas primitivas fue debida a las muertes repentinas de grandes Hierofantes, que fallecieron antes de haber tenido tiempo de revelar todo a sus sucesores, y principalmente a causa de la falta de herederos dignos del conocimiento. Sin embargo, han conservado en sus rituales y dogmas las principales enseñanzas de la Doctrina Secreta. Así, en el capítulo d el Libro de los Muertos, mencionado por Maspero, se encuentra: 1º A Osiris diciendo que es Tum (la fuerza creadora de la Naturaleza que da forma a todos los seres, espíritus y hombres, generado por sí mismo, y por sí mismo existente), salido de Nun, el río celestial, llamado la Madre-Paterna de los Dioses, la deidad primordial, que es el Caos o el Océano, impregnado por el Espíritu invisible; 2º Él encontró a Shu, la fuerza solar, en la Escalera de la Ciudad de los Ocho (los dos cuadrados del Bien y del Mal), y aniquiló los principios malos de Nun (el Caos), los Hijos de la Rebelión; 3º Él es el Fuego y el Agua, esto es, Nun, el Padre Primordial, y creó a los Dioses de sus miembros - catorce dioses (dos veces siete), siete oscuros y siete luminosos (los siete Espíritus de la Presencia de los cristianos y los Siete Espíritus malos); 4º Él es la Ley de la Existencia y del Ser, el Bennu o Fénix, el Ave de la Resurrección en la Eternidad, en quien la Noche sigue al Día y el Día a la Noche - alusión a los ciclos periódicos de resurrección cósmica y de reencarnación humana; ¿pues qué otra cosa puede significar? “El Viajero que cruza por millones de años, es el nombre de uno; y las Grandes Verdes (Aguas Primordiales o Caos), es el nombre del otro”: uno produciendo millones de años en sucesión, y el otro absorbiéndolos, para devolverlos; 5º Él habla de los Siete Luminosos que siguen a su señor, Osiris, que confiere la justicia, en Amenti. Todo esto se ha demostrado ahora que ha sido la fuente y el origen de los dogmas cristianos. Lo que los judíos tenían en Egipto, por Moisés y otros Iniciados, se tornó bastante confuso y desfigurado en épocas posteriores; pero lo que la Iglesia tomó de ambos, está todavía peor interpretado. Sin embargo, su sistema se ha probado actualmente que es idéntico en esta parte especial de la simbología -principalmente la clave de los misterios de la astronomía relacionados con los de la generación y concepción- a aquellas ideas de las antiguas religiones cuya teología ha desarrollado el elemento fálico. El sistema judío de medidas sagradas, aplicado a los símbolos religiosos, es el mismo, en lo que se refiere a las combinaciones geométricas y numéricas que los de Grecia, Caldea y Egipto; puesto que fue adoptado por los israelitas durante los siglos de su esclavitud y cautiverio en aquellas dos últimas naciones (2). ¿Cuál era este sistema? El autor de The Source of Measures tiene la íntima convicción de que “los Libros Mosaicos tenían por objeto, por medio de un lenguaje artificial, el establecer un sistema geométrico y numérico de ciencia exacta, que debía servir como origen de las medidas”. Piazzi Smyth cree lo mismo. Algunos eruditos deducen que este sistema y estas medidas sn idénticos a los usados en la construcción de la gran Pirámide; pero esto es tan solo en parte. “El fundamento de esas medidas era la razón de Parker”, dice Mr. Ralston Skinner en The Source of Measures. El autor de esta obra tan extraordinaria lo ha encontrado, dice, en el uso de la razón integral del diámetro a la circunferencia de círculo, descubierto por John A. Parker, de Nueva York. Esta razón es de 6561 para el diámetro, y 20612 para la circunferencia. Dice, además, que esta razón geométrica fue el origen antiquísimo y probablemente divino de lo que ahora se ha convertido, por uso exotérico y aplicación práctica, en las medidas lineales británicas, “cuya unidad fundamental, esto es, la pulgada, era igualmente la base de uno de los codos reales egipcios y del pie romano”. Descubrió también que había una forma modificada de la razón, a saber, 113 a 355; y que mientras la última razón señalaba por medio de su origen a la integral exacta pi, ó 6561 a 20612, servía también como base para cálculos astronómicos. El autor descubrió que un sistema de ciencia exacta, geométrica, numérica y astronómica, fundada en estas relaciones, y que se ha visto usado para la construcción de la gran pirámide egipcia, era en parte el contenido de este lenguaje que se halla contenido y oculto en la letra del texto hebreo de la Biblia. La pulgada y la regla de dos pies, 24 pulgadas, interpretada para el uso de los elementos del círculo, y las relaciones mencionadas, se vio que estaban en la base o fundamento de este sistema natural de ciencia egipcio, y hebreo; mientras que, por otra parte, parece evidente que el sistema mismo era considerado como de origen y revelación divinos. Pero veamos lo que dicen los adversarios de las medidas de la pirámide del profesor Piazzi Smyth. Mr. Petrie parece negarlas y echar por tierra los cálculos de Piazzi Smyth en sus relaciones bíblicas. Otro tanto ha estado haciendo Mr. Proctor, el campeón “coincidentalista”, durante muchos años, en todas las cuestiones de ciencias y artes antiguas. Al hablar de “la multitud de relaciones independientes de la Pirámide, que se han manifestado al tratar los piramidalistas de relacionar la Pirámide con el sistema solar”, dice: Estas coincidencias (las que “existirían aunque no existiese la Pirámide”) son mucho más curiosas que cualquier coincidencia entre la Pirámide y los números astronómicos; las primeras son tan exactas y notables como reales; las segundas, que son sólo imaginarias (?), han sido establecidas únicamente por el procedimiento que los chicos de escuela llaman “hinchar el perro”; y ahora las nuevas medidas tomadas harán que se rehaga el trabajo todo de nuevo (3). A esto contesta con razón Mr. C. Staniland Wake: Tienen que haber sido, sin embargo, más que meras coincidencias, si los constructores de la pirámide poseían el conocimiento astronómico desplegado en su perfecta orientación y en sus otras características astronómicas admitidas (4). Los poseían seguramente; y en este “conocimiento” estaba basado el programa de los Misterios y de la serie de Iniciaciones: de aquí la construcción de la Pirámide, registro perdurable y símbolo indestructible de estos Misterios e Iniciaciones en la Tierra, como lo son en el Cielo los cursos de las estrellas. El ciclo de la Iniciación era una reproducción en miniatura de aquella gran serie de cambios cósmicos a que los astrónomos han dado el nombre del año tropical o sideral. Lo mismo que a la conclusión del ciclo del año sideral (25.868 años), vuelven los cuerpos celestes a las mismas posiciones relativas que ocupaban al principio; así, al finalizar el ciclo de la Iniciación, el hombre interno recobra el estado prístino de pureza y conocimiento divinos, de donde partió al emprender su ciclo de encarnación terrestre. Moisés, Iniciado en la Mistagogía egipcia, basó los misterios religiosos de la nueva nación que creó, sobre la misma fórmula abstracta derivada de este ciclo sideral, que simbolizó bajo la forma y medidas del tabernáculo, que se supone construyó en el desierto. Sobre estos datos, construyeron los últimos Grandes Sacerdotes judíos la alegoría del Templo de Salomón - edificio que no ha tenido nunca existencia real, como tampoco el rey Salomón, que es simplemente un mito solar, como el de Hiram Abif de los masones, según Ragón tiene bien demostrado. Así pues, si las medidas de este templo alegórico, símbolo del ciclo de la Iniciación, coinciden con las de la Gran Pirámide, es debido al hecho de que las primeras se derivaron de las últimas, por medio del Tabernáculo de Moisés. Que nuestro autor ha descubierto de un modo innegable una y hasta dos de las claves se demuestra plenamente en la obra citada. No se necesita más que leerla para sentir una convicción creciente de que el significado oculto de las alegorías y parábolas de ambos Testamentos, se halla ahora de manifiesto. Pero que él debe este descubrimiento mucho más a su propio genio que a Parker y a Piazzi Smyth, es igualmente cierto. Pues, como se ha mostrado, no es tan seguro que las medidas de la Gran Pirámide, tomadas y adoptadas por los piramidistas bíblicos, estén fuera de toda duda. Una prueba de ello es la obra llamada The Pyramids and Temples of Gizeh (Las Pirámides y Templos de Gizeh), por Mr. F. Petrie, además de otras obras escritas muy recientemente para contradecir los mencionados cálculos que sus autores llaman “tendenciosos”. Colegimos que casi todas las medidas de Piazzi Smyth difieren de las hechas posteriormente con más cuidado por Mr. Petrie, quien termina la Introducción de su obra con el siguiente período: Respecto de los resultados de toda investigación, muchos de los teóricos estarán de acuerdo con un americano que era creyente entusiasta en las teorías de la Pirámide cuando vino a Gizeh. Tuve allí el gusto de disfrutar de su compañía durante un par de días, y la última vez que comimos juntos, me dijo en tono triste: “Tengo la misma impresión que si hubiera asistido a un funeral. Como quiera que sea, haced que las antiguas teorías tengan un entierro decente, pero teniendo cuidado de no enterrar vivas, en nuestra prisa, a las solamente heridas”. Respecto del cálculo, en general, del difunto J. A. Parker, y especialmente acerca de su tercera proposición, hemos consultado a algunos eminentes matemáticos, quienes en resumen han dicho que: El argumento de Mr. Parker se basa en consideraciones sentimentales más bien que en consideraciones matemáticas, y lógicamente carece de fuerza. La Proposición III, a saber que: El círculo es la base o principio natural de toda área, siendo artificial y arbitrario el haber hecho esto con el cuadrado, en la ciencia matemática es un ejemplo de proposición arbitraria, y no se puede tener confianza en ella en el razonamiento matemático. La misma observación es aún más aplicable a la Proposición VII, que declara que: Puesto que el círculo es la forma primitiva en la Naturaleza, y por ello la base del área; y puesto que el círculo es medido por el cuadrado e igual al mismo sólo en razón de la mitad de su circunferencia por el radio, por lo tanto, la circunferencia y el radio, y no el cuadrado del diámetro, son los únicos elementos naturales y legítimos del área, por los cuales todas las formas regulares se hacen iguales al cuadrado, e iguales al círculo. La Proposición IX es un ejemplo notable de falso razonamiento, aun cuando es en el que se basa principalmente la cuadratura de Mr. Parker. Afirma que: El círculo y el triángulo equilátero son opuestos uno al otro en todos los elementos de su construcción, y de aquí que el diámetro de un círculo, que es igual al diámetro fraccionario de un cuadrado, esté en razón duplicada e inversa al diámetro de un triángulo equilátero, cuya área sea uno, etc., etcétera. Admitiendo, en gracia del argumento, que se pueda decir que un triángulo tenga un radio en el sentido que le damos al radio de un círculo -pues lo que Parker llama el radio de un triángulo es el radio de un círculo inscrito en el triángulo, y por lo tanto, de ningún modo el radio del triángulo- y admitiendo por un momento las otras proposiciones matemáticas e imaginarias, unidas en sus premisas, ¿por qué hemos de deducir que si el triángulo y el círculo son opuestos en todos los elementos de construcción, el diámetro de cualquier círculo definido ha de estar en la razón duplicada e inversa del diámetro de un triángulo dado equivalente? ¿Qué relación necesaria hay entre las premisas y la deducción? El razonamiento es de una clase desconocida en geometría, y no sería aceptado por verdaderos matemáticos. Que el sistema arcaico esotérico haya o no originado la pulgada inglesa, es de poca importancia, sin embargo, para el metafísico estricto y verdadero. No es incorrecta la interpretación esotérica de la Biblia de Mr. Ralston Skinner, sólo porque las medidas de la Pirámide pueda verse que no concuerdan con las del Templo de Salomón, con las del Arca de Noé, etc., o porque la Cuadratura del Círculo de Mr. Parker sea rechazada por los matemáticos. Pues la interpretación de Mr. Skinner depende principalmente de los métodos kabalísticos y del valor rabínico de las letras hebreas. Sin embargo, es de mucha importancia comprobar si las medidas usadas en la evolución de la religión simbólica aria en la construcción de sus templos, en las cifras que se dan en los Purânas, especialmente en su cronología, sus símbolos astronómicos, la duración de los ciclos y otros cómputos, eran o no las mismas empleadas en las medidas y signos bíblicos. Pues esto probará que, a menos que los judíos tomasen su codo y medidas sagradas de los egipcios (Moisés siendo iniciado por sus Sacerdotes), tuvieron que adquirir estas nociones en la India. En todo caso, las transmitieron a los primeros cristianos. De aquí que los ocultistas y kabalistas son los verdaderos herederos del conocimiento o Sabiduría Secreta que se encuentra en la Biblia; pues ellos únicamente comprenden su verdadero significado, mientras que los judíos y cristianos profanos están atenidos a la corteza y a la letra muerta de la misma. Se ha demostrado ahora por el autor de The Source of Measure, que este sistema de medidas fue el que condujo a la invención de los nombres de Dios, Elohim y Jehovah, y a su adaptaciòn al falicismo; y que Jehovah es una copia, no muy lisonjera, de Osiris. Pero tanto este autor como Mr. Piazzi Smyth parecen estar bajo la impresión de que a) la prioridad del sistema pertenece a los israelitas, siendo la lengua hebrea el lenguaje divino, y b) que este lenguaje universal pertenece a la revelación directa. La última hipótesis es tan sólo correcta en el sentido mostrado en el último párrafo de la Sección precedente; salvo que no estamos todavía de acuerdo, respecto de la naturaleza y carácter del divino “Revelador”. La primera hipótesis respecto de la prioridad dependerá, por supuesto, para el profano, de a) el testimonio interno y externo de la revelación, y b) de las ideas preconcebidas de cada cual. Esto, en todo caso, no puede impedir que el kabalista deísta, o el ocultista panteísta, crean cada cual a su modo; sin que el uno convenza al otro. Los datos que la historia suministra, son muy pobres y demasiado poco satisfactorios para que ninguno de ellos pueda probar el escéptico cuál tiene razón. Por otro lado, las pruebas que la tradición proporciona, son rechazadas tan constantemente, que no da lugar a esperar que se resuelva la cuestión en la época presente. Mientras tanto, la ciencia materialista continuará riéndose tanto de los kabalistas como de los ocultistas; pero una vez descartada la enojosa cuestión de la prioridad, la ciencia, en las ramas de la filología y de la religión comparada, se verá últimamente precisada a pronunciarse, y obligada a admitir la aserción común. Uno a uno van siendo los asertos admitidos, a medida que los hombres científicos, uno después de otro, se ven obligados a reconocer los hechos que de la Doctrina Secreta se han dado, aun cuando raramente reconocen que se les han anticipado. Así ocurrió en los días en que gozaba de más autoridad la opinión de Mr. Piazzi Smyth respecto de la pirámide de Gizeh, siendo su teoría que el sarcófago de pórfido de la Cámara del Rey, que era “la unidad de la medida de las dos naciones más ilustradas de la tierra, Inglaterra y América”, no fue más que un “arcón de trigo”. Esto lo negamos rotundamente en Isis sin Velo, que precisamente se acababa de publicar. Entonces la prensa de Nueva York se levantó en armas (los periódicos el Sun y principalmente el World) contra nuestra presunción de corregir o demostrar errores a semejante estrella del saber. En esta obra habíamos dicho que Herodoto, al tratar de aquella pirámide: ... pudo haber añadido que exteriormente simbolizaba el principio creador de la Naturaleza, y también arrojaba luz sobre los principios de la geometría, matemáticas, astrología y astronomía. Interiormente, era un templo majestuoso, en cuyos sombríos retiros tenían lugar los Misterios, y cuyos muros habían presenciado a menudo las escenas de la iniciación de miembros de la familia real. El sarcófago de pórfido que el profesor Piazzi Smyth, astrónomo Real de Escocia, degrada convirtiéndolo en arcón de trigo, era la fuente bautismal al salir de la cual el neófito “nacía de nuevo” y se convertía en adepto (5). Entonces se rieron de nuestra afirmación. Fuimos acusados de haber tomado nuestras ideas del “iluso” Shaw, escritor inglés que había sostenido que el sarcófago había sido usado para celebrar los Misterios de Osiris, aunque no conocíamos la existencia de este autor. Y ahora, seis o siete años después (1882), he aquí lo que Mr. Staniland Wake escribe: La llamada Cámara del Rey, de la que dice un entusiasta piramidista: “Las paredes pulimentadas, los hermosos materiales, las grandes proporciones y el lugar preferente, hablan con elocuencia de futuras glorias”; si no era la “cámara de perfecciones” de la tumba de Cheops, era, probablemente, el lugar en donde el que se iniciaba era admitido después de haber pasado por el estrecho y empinado pasaje y por la gran galería, con su modesta terminación, que gradualmente le preparaban para la etapa final de los Sagrados Misterios (6). Si Mr. Staniland Wake hubiese sido un teósofo, hubiera podido añadir que el pasaje empinado y estrecho que conducía a la Cámara del Rey tenía una “puerta estrecha” en verdad; la misma “entrada angosta” que “conduce a la vida” o nuevo renacimiento espiritual a que alude Jesús en Mateo (7); y que era esta entrada en el Templo de la Iniciación, a la que se refería el escritor que registró las palabras que se suponen pronunciadas por un Iniciado. De este modo, las más grandes inteligencias científicas, en lugar de encogerse de hombros ante lo que suponen “fárrago de ficciones absurdas y supersticiones”, como se llama generalmente a la literatura brahmánica, tratarán de aprender el lenguaje universal simbólico, con sus claves numéricas y geométricas. Pero aun en esto fracasarán si participan de la creencia de que el sistema kabalístico judío contiene la clave de todo el misterio; pues no es así. Ni tampoco lo posee enteramente en la actualidad ninguna Escritura; pues ni aun los Vedas son completos. Cada religión antigua no es más que un capítulo o dos del volumen de los misterios arcaicos primitivos; sólo el Ocultismo oriental puede vanagloriarse de estar en posesión de todo el secreto, con sus siete claves. En esta obra se establecerán comparaciones y se explicarán tanto como sea posible, dejando el resto a la intuición personal del estudiante. Al decir que el Ocultismo oriental posee el secreto, no se quiere significar que la que escribe pretenda tener conocimiento “completo”, ni siquiera aproximado, porque sería absurdo. Lo que sé, lo digo; lo que no puedo explicar, tiene el estudiante que encontrarlo por sí mismo. Pero aun suponiendo que todo el ciclo del Lenguaje universal del Misterio sea dominado durante siglos, basta con lo que ha sido ya descubierto en la Biblia por algunos sabios, para que pueda demostrarse matemáticamente lo que se afirma. Como el judaísmo se sirvió de dos claves de las siete, y han sido descubiertas ahora estas dos claves, ya no se trata de especulaciones e hipótesis individuales, y mucho menos de “coincidencias”, sino de una interpretación correcta de los textos de la Biblia, del mismo modo que cualquiera que sepa aritmética, lee y comprueba una suma. De hecho, todo lo que hemos dicho en Isis sin Velo se encuentra ahora corroborado en Egyptian Mystery or The Source of Measures, con tales interpretaciones de la Biblia por medio de las claves numéricas y geométricas. Unos cuantos años más y este sistema destruirá la interpretación de la letra muerta de la Biblia del mismo modo que la de todas las demás creencias exotéricas, presentando los dogmas al desnudo, en su significado verdadero. Y entonces este significado innegable, por más completo que sea, quitará el velo del Misterio del Ser, y además cambiará por completo los sistemas modernos científicos de la Antropología, Etnología y especialmente de la Cronología. El elemento de Falicismo encontrado en todos los nombres de Dios y en las narraciones del Antiguo Testamento, y en parte en el Nuevo, podrá también con el tiempo hacer variar mucho las opiniones materialistas modernas, en Biología y Fisiología. Tales aspectos de la Naturaleza y del hombre (despojados de su repulsiva crudeza moderna), por la autoridad de los cuerpos celestes y de sus misterios, quitarán el velo que cubre las evoluciones de la mente humana, y mostrarán cuán natural era semejante curso del pensamiento. Los llamados símbolos fálicos se han hecho repulsivos sólo a causa del elemento animal y material introducido en ellos. En un principio estos símbolos eran sólo naturales; pues tuvieron su origen en las razas arcaicas, que procedían, según su conocimiento personal, de antepasados andróginos; y eran las primeras manifestaciones que presenciaron de los fenómenos de la separación de los sexos y del subsiguiente misterio de crear a su vez. Si las razas posteriores los han degradado, especialmente “el pueblo escogido”, esto no afecta al origen de los símbolos. La reducida tribu semítica -una de las más pequeñas ramificaciones de los cruzamientos de la cuarta y quinta subraza, las llamadas mogola-turania e indo-europea, después de la sumersión del gran Continente- sólo podía aceptar su simbología en el espíritu que se le daba por las naciones de donde procedía. Puede ser que, en las primeras épocas mosaicas, no fuese la simbología tan grosera como se hizo después bajo el manejo de Esdras, que reformó todo el Pentateuco. Pues el mito, por ejemplo, de la hija del Faraón (la mujer), el Nilo (el Gran Abismo y el Agua) y el niño encontrado flotando en la barquilla de juncos, no había sido compuesto primitivamente para Moisés, ni por él; sino que se ha descubierto su mayor antigüedad en los fragmentos de los ladrillos babilónicos, en la leyenda del rey Sargón, que vivió mucho antes que Moisés. Mr. George Smith, en su Assyrian Antiquities (8), dice: “En el palacio de Sennacherib, en Kuyunjik, encontré otro fragmento de la curiosa historia de Sargón... publicada en mi traducción en las Transactions of the Society of Biblical Archeology” (9). La capital de Sargón, el Moisés Babilónico, “era la gran ciudad de Agade, llamada Accad por los semíticos, mencionada en el Génesis (10) como la capital de Nimrod... Accad está situada cerca de la ciudad de Sippara en el Éufrates y al norte de Babilonia” (11). Otra “coincidencia” extraña se encuentra en el hecho de que el nombre de la vecina ciudad de Sippara es el mismo que el de la mujer de Moisés, Zipporah (12). Por supuesto que la leyenda es una hábil adición hecha por Esdras, quien no debía ignorar el original. Esta curiosa fábula se encuentra en fragmentos de tablillas de Kuyunjik, como sigue: 1. Sargina, el rey poderoso, el rey de Accad, soy yo. 2. Mi madre era una princesa, a mi padre no le conocí; un hermano de mi padre gobernaba en la comarca. 3. En la ciudad de Azupiran, situada en la proximidad del río Éufrates. 4. Mi madre, la princesa, me concibió; con sufrimientos me dio a luz. 5. Me colocó en un arca de juncos; con betún cerró mi salida. 6. Me lanzó al río, el cual no me ahogó. 7. El río me llevó a Akki, el conductor acuático, me llevó. 8. Akki, el conductor acuático, con ternura entrañable, me recogió (13). Y ahora comparemos la narración de la Biblia en el Éxodo: Y cuando ella (la madre de Moisés) no pudo ocultarlo por más tiempo, tomó un arca de juncos y la untó de barro y pez, puso al niño en ella y lo echó a flotar por la orilla del río (14). Mr. G. Smith continúa luego diciendo: Este suceso se cree que tuvo lugar cosa de 1600 años antes de Cristo, más bien antes de la supuesta época de Moisés; y como sabemos que la fama de Sargón llegó a Egipto, es muy probable que esta narración estuviese relacionada con el suceso relatado en el Éxodo II; pues toda acción, una vez ejecutada, tiene tendencia a repetirse. Pero ahora que el profesor Sayce ha tenido el valor de hacer retroceder las fechas de los reyes caldeos y asirios en 2000 años más, Sargón debió preceder a Moisés lo menos en 2000 años. La confesión es muy significativa, pero a las cantidades les faltan uno o dos ceros. Ahora bien; ¿cuál es la deducción lógica? Seguramente aquella que nos da derecho para decir que la fábula que cuenta Esdras de Moisés la había aprendido en Babilonia, y que aplicó la alegoría que se refería a Sargón, al legislador judío. En una palabra, que el Éxodo no fue escrito nunca por Moisés, sino reconstruido por Esdras con antiguos materiales. Y siendo así, ¿por qué no ha podido este hombre versado en el último culto fálico caldeo añadir otros símbolos y mitos, mucho más groseros en su elemento fálico? Se nos dice que la creencia primitiva de los israelitas era muy diferente de la que fue desarrollada, siglos más tarde, por los talmudistas, y antes que estos, por David y Ezequías. Todo esto, a pesar del elemento exotérico, tal como ahora se encuentra en los dos Testamentos, es lo suficiente para clasificar a la Biblia entre las obras esotéricas, y relacionar su sistema secreto con el simbolismo indo, caldeo y egipcio. Todos los símbolos y números bíblicos, sugeridos por observaciones astronómicas, pues la Astronomía y la Teología están estrechamente relacionadas, se encuentran en los sistemas indos, tanto exotéricos como esotéricos. Estos números y sus símbolos, los signos del Zodíaco, los planetas, sus aspectos y nodos -este último término habiendo pasado ahora a nuestra botánica moderna- son conocidos en la Astronomía como sextiles, cuartiles, etc., y han sido usado durante siglos y evos por las naciones arcaicas; y, en cierto sentido, tienen el mismo significado que los numerales hebreos. Las primeras formas de la Geometría elemental debieron, seguramente, ser sugeridas por la observación de los cuerpos celestes y sus agrupaciones. De aquí que los símbolos más arcaicos en el Esoterismo oriental sean un círculo, un punto, un triángulo, un cuadrado, un pentágono, un hexágono y otras figuras planas con varios lados y ángulos. Esto nos muestra que el conocimiento y el uso de la simbología geométrica son tan antiguos como el mundo. Partiendo de esta base, es fácil comprender cómo la misma Naturaleza pudo haber enseñado a la humanidad primitiva, aun sin la ayuda de sus divinos instructores, los primeros principios de un lenguaje de símbolos, numérico y geométrico (15). De aquí que encontremos números y figuras usados como expresión y anales del pensamiento en todas las Escrituras simbólicas arcaicas. Son siempre las mismas con sólo ciertas variaciones, resultantes de las primeras figuras. Así fue como la evolución y correlación de los misterios del Kosmos, de su crecimiento y desarrollo -espiritual y físico, abstracto y concreto- fueron primeramente registrados en cambios de forma geométrica. Cada Cosmogonía ha principiado con un círculo, un punto, un triángulo y un cuadrado hasta el número 9, todo luego sintetizado por la primera línea y un círculo, la Década pitagórica mística, la suma de todo, que abarcaba y expresaba los misterios de todo el Kosmos; misterios registrados de un modo cien veces más completo en el sistema indo que en otro, para aquel que pueda comprender su lenguaje místico. Los números 3 y 4 en su suma de 7, así como también 5, 6, 9 y 10, son las piedras angulares de las Cosmogonías Ocultas. Esta Década y sus mil combinaciones se encuentran en todas partes del mundo. Pueden ser reconocidas en las cavernas y en los templos abiertos en la roca del Indostán y del Asia Central; en las pirámides y monolitos de Egipto y América; en las catacumbas de Ozimandyas; en los baluartes de las fortalezas coronadas de nieve del Cáucaso; en las ruinas de Palenque; en la Isla de Pascua; en todas partes doquier el hombre antiguo ha sentado su planta. El 3 y 4, el triángulo y el cuadrado, o los signos universales masculino y femenino, que muestran el primer aspecto de la deidad que se desarrolla, se hallan para siempre estampados en la Cruz del Sur en los Cielos, lo mismo que en la Cruz Ansata egipcia, como lo ha expresado muy bien el autor de The Source of Measures: El Cubo desdoblado es al desplegarse una cruz de la Tau, o forma egipcia, o de la forma de la cruz cristiana... Un círculo unido a la primera, da la Cruz Ansata... los números 3 y 4 que se cuentan en la cruz, muestran una forma del candelabro (hebreo) de oro (en el Sanctasantórum) y los 3 + 4 = 7 y 6 + 1 = 7, días en el círculo de la semana, como las siete luces del sol. Igualmente, así como la semana de siete luces dio origen al mes y al año, así es también el indicador del tiempo del nacimiento... La forma de la cruz se muestra, pues, por el uso relacionado de la fórmula 113:355, y el símbolo se completa fijando un hombre en la cruz (16). Esta clase de medida fue hecha para concordar con la idea del origen de la vida humana, y de aquí la forma fálica. Las Estancias muestran la cruz y estos números como representando un papel muy importante en la Cosmogonía arcaica. Por otro lado, nos aprovecharemos de los testimonios recogidos por el mismo autor, en la sección que acertadamente llama “Vestigios Primordiales de estos Símbolos”, para mostrar la identidad de los símbolos y su significado esotérico en todo el mundo. Desde el punto de vista general tomado de la naturaleza de la forma de los números... es un asunto interesantísimo de investigación, el cuándo y dónde fueron primeramente conocidos su existencia y su uso. ¿Ha sido cuestión de revelación en lo que conocemos como época histórica, ciclo excesivamente moderno, comparado con la edad de la raza humana? Parece, efectivamente, que la fecha de su posesión por el hombre, está mucho más lejana en el pasado respecto de los antiguos egipcios, que estos respecto de nosotros. Las islas de Pascua, en el “medio del Pacífico”, presentan la apariencia de ser picos, restos de las montañas de un continente sumergido, por existir en estos picos multitud de estatuas ciclópeas, vestigios de la civilización de un pueblo numeroso e inteligente, que por necesidad debió de haber ocupado un área muy extensa. En la espalda de estas imágenes, se ve la “cruz ansata” y la misma modificada de conformidad con los contornos del cuerpo humano. La descripción completa con la representación del territorio y sus abundantes estatuas, así como también copias de las imágenes, se encuentran en el número de enero de 1870 del London Builder... En el Naturalist, que se publica en Salem, Massachusetts, en uno de los primeros números (sobre el 36), se encuentra una descripción de algunas figuras, esculpidas en las rocas de las crestas de las montañas de la América del Sur, mucho más antiguas, según se asegura, que las razas hoy existentes. Lo extraño de estos trazos consiste en que exhiben los contornos de un hombre extendido sobre una cruz (17), por medio de una serie de dibujos de los cuales resulta que de la forma de un hombre se desprende la de una cruz, pero hecho de tal modo, que la cruz puede ser tomada por el hombre, o el hombre por la cruz. Es sabido que la tradición ha conservado entre los aztecas una relación muy perfecta del diluvio... El barón Humboldt dice que debemos buscar el país de Aztalán, el país original de los aztecas, por lo menos tan alto como el paralelo 42 de latitud Norte, desde donde, viajando, llegaron por fin al valle de Méjico. En este valle, los montículos de tierra del lejano Norte se convierten en la elegante pirámide de piedra de oras estructuras, cuyos restos se están encontrando ahora. La relación entre los restos aztecas y los egipcios, es bien conocida... Atwater está convencido de que conocían la Astronomía, por el examen de cientos de aquéllas. Humboldt da, acerca de una de las construcciones piramidales más perfectas de los aztecas, la descripción siguiente: “La forma de esta pirámide (de Papantla), que tiene siete pisos, es más puntiaguda que la de ningún otro monumento de esta clase descubierto hasta el presente; pero su altura no es extraordinaria, pues sólo es de 57 pies, y su base de 25 por lado. Sin embargo, es notable en un sentido: está construida toda ella de piedras talladas de un tamaño extraordinario y de preciosa forma. Tres escalera conducen a la cima, cuyos escalones están adornados con esculturas jeroglíficas y pequeños nichos, presentados con gran simetría. El número de estos nichos parece hacer alusión a los 318 signos simples y compuestos de los días de su calendario civil”. 318 es el valor Gnóstico de Cristo, y el número famoso de los disciplinados o circuncidados servidores de Abraham. Cuando se considera que 318 es un valor abstracto y universal, que expresa el valor del diámetro tomando la circunferencia como unidad, se hace manifiesto su uso en la composición del calendario civil. Idénticos signos, números esotéricos y símbolos se encuentran en Egipto, el Perú, Méjico, la Isla de Pascua, India, Caldea y Asia Central -hombres crucificados, y símbolos de la evolución de las razas procedentes de Dioses-, y sin embargo, he aquí a la ciencia repudiando la idea de una raza humana que no sea hecha a nuestra imagen; a la Teología defendiendo sus 6.000 años desde la creación; a la Antropología enseñando nuestra descendencia del mono, y al clero derivándola de Adán, 4.004 años antes de Cristo!! ¿Debemos nosotros (por temor a incurrir en la pena de ser llamados necios, supersticiosos y hasta mentirosos) abstenernos de presentar pruebas, tan buenas como cualesquiera otras, sólo porque no haya aún alboreado el día en que se darán todas las Siete Claves a la Ciencia, o más bien a los hombres de saber que investigan el ramo de la simbología? ¿Debemos, frente a los abrumadores descubrimientos de la Geología y la Antropología respecto a la antigüedad del hombre, circunscribirnos a los 6.000 años y a la “creación especial”, o a aceptar con sumisa admiración nuestra genealogía y descendencia del mono, a fin de evitar la penalidad que comúnmente recae sobre todos los que se apartan de las trilladas sendas, tanto de la Teología como del Materialismo? No así, mientras se sepa que los anales secretos guardan las Siete Claves mencionadas sobre el misterio de la génesis del hombre. Por deficientes, materialistas y erróneas que sean las teorías científicas, están mil veces más cerca de la verdad que las vaguedades de la Teología. Éstas se hallan en las agonías de la muerte, para todos los que no sean incondicionalmente santurrones y fanáticos. Algunos de sus defensores podría decirse que han perdido la razón. Pues, ¿qué puede uno pensar cuando, frente a los absurdos de la letra muerta de la Biblia, son estos, sin embargo, sostenidos públicamente y con tanta fiereza como siempre; y cuando se ve a sus teólogos afirmar que aun cuando “las escrituras se abstienen cuidadosamente (?) de contribuir de un modo directo al conocimiento científico, ellos no han tropezado nunca con ninguna declaración que no pueda sostener la luz de la Ciencia Progresiva” (!!!) (18). De aquí que no tengamos otra alternativa que o aceptar ciegamente las deducciones de la Ciencia, o romper con ella, y hacerle frente sin temor, declarando lo que la Doctrina Secreta nos enseña, y estando por completo dispuestos a sufrir las consecuencias. Pero veamos si la Ciencia, con sus especulaciones materialistas, y hasta la Teología en el estertor de su agonía, y en su lucha suprema para reconciliar los 6.000 años desde Adán con las Geological Evidences of the Antiquity of Man (Evidencias Geológicas de la Antigüedad del Hombre), de Sir Charles Lyell, no nos ayudan inconscientemente ellas mismas. La Etnología, según confesión de algunos de sus más instruidos entusiastas, encuentra ya imposible explicar las variedades de la raza humana, a menos de no aceptar la hipótesis de la creación de varios Adanes. Hablan de “un Adán blanco y de otro negro; de un Adán rojo y de otro amarillo” (19). Si fuesen indos que enumerasen los renacimientos de Vâmadeva en el Linga Purâna, poco más podrían decir. Pues, hablando de los repetidos nacimientos de Shiva, dice aquella Escritura, que en un Kalpa era blanco, en otro negro y en otro de color rojo, después de lo cual el Kumâra se convierte en “cuatro jóvenes de tez amarilla”. Esta extraña coincidencia, como diría Mr. Proctor, habla en favor de la intuición científica; pues Shiva-Kumâra representa, alegóricamente, a las Razas humanas durante la génesis del hombre. Y también condujo a otro fenómeno de intuición, esta vez en las filas teológicas. El autor desconocido del Primeval Man (El Hombre Primitivo), en un desesperado esfuerzo para escudar la Revelación divina, de los inexorables y elocuentes descubrimientos de la Geología y Antropología, al hacer la observación de que “sería una desgracia que los defensores de la Biblia se viesen reducidos a la alternativa de abandonar la inspiración de la Escritura, o de negar las conclusiones de los geólogos”, encuentra una transacción. Aún más, dedica un voluminoso libro a probar el hecho de que “Adán no fue el primer hombre (20) creado en la tierra”. Las exhumadas reliquias del hombre preadámico, “en lugar de debilitar su fe en la Escritura, añaden más pruebas a la veracidad de la misma” (21). ¿Cómo es esto? De la manera más sencilla del mundo; pues el autor aduce que, en adelante, “nosotros” (el clero) “podemos dejar a los hombres científicos proseguir sus estudios, sin intentar refrenarlos con el temor de la herejía”. A la verdad, ¡esto debe de ser un consuelo para los Sres. Huxley, Tyndall y Sir C. Lyell! La narración de la Biblia no principia con la creación, como comúnmente se supone, sino con la formación de Adán y Eva, millones de años después de haber sido creado nuestro planeta. Su historia anterior, en lo que concierne a la Escritura, no se ha escrito aún... Pudo haber habido no una, sino veinte razas diferentes en la tierra antes del tiempo de Adán, lo mismo que puede haber veinte razas distintas de hombres en otros mundos (22). ¿Quiénes o qué eran esas razas, puesto que el autor persiste en sostener que Adán es el primer hombre de nuestra raza? ¡Eran la raza y las razas Satánicas! “Satán nunca (estuvo) en el cielo, (siendo) los ángeles y los hombres una especie”. La raza preadámica de “Ángeles fue la que pecó”. Satán fue “el primer Príncipe de este mundo”, leemos. Habiendo muerto a consecuencia de su rebelión, permaneció en la tierra como Espíritu desencarnado, y tentó a Adán y a Eva. Las primeras edades de la raza satánica, y especialmente durante la vida del mismo Satán (!!!), pueden haber constituido un período de civilización patriarcal y de relativo reposo (época de los Tubal-Caínes y de los Jubales, cuando tanto la Ciencia como las artes intentaron arraigarse en aquel suelo maldito)... ¡Qué asunto para un poema épico!... Hay incidentes inevitables que debieron haber ocurrido. Vemos ante nosotros... al alegre amante primitivo galanteando a su ruborosa novia en una noche húmeda de rocío, bajo los robles daneses, que entonces crecían en donde ahora ningún roble crece.... al anciano patriarca primitivo... a la prole primitiva inocente saltando alegremente a su lado... ¡Mil cuadros semejantes se despliegan a nuestra vista! (23). La mirada retrospectiva hacia esta “ruborizada novia” satánica, en los días de la inocencia de Satán, no pierde nada de su poesía al ganar en originalidad. Todo lo contrario. La novia cristiana moderna -que no se ruboriza a menudo en nuestros días delante de sus alegres amantes del día- pudiera hasta aprender una lección moral de esta hija de Satán, creada en la exuberante fantasía de su primer biógrafo humano. Estos cuadros -y para apreciarlos en todo su valor es necesario examinarlos en el libro que los describe- se han imaginado todos con el objeto de reconciliar la infalibilidad de la Escritura revelada con la Antiquity of Man (Antigüedad del Hombre) de Sir. C. Lyell, y otras obras científicas que la perjudican. Pero esto no impide que exista una verdad y un hecho en el fundamento de estas extravagancias, que el autor no ha querido nunca firmar ni con su nombre ni con otro alguno. Pues sus razas preadámicas (no satánicas, sino simplemente atlantes, y antes que estos los hermafroditas) se encuentran mencionadas en la Biblia, cuando se lee esotéricamente, así como se encuentran en la Doctrina Secreta. Las Siete Claves descubren los misterios, pasados y futuros, de las siete grandes Razas Raíces, y de los siete Kalpas. Aunque la génesis del hombre y hasta la geología esotérica serán seguramente rechazadas por la Ciencia (tanto como las razas satánicas y preadámicas), sin embargo, si, no teniendo otro camino para salir de apuros, los hombres científicos se ven en el caso de escoger entre las dos versiones, tenemos la seguridad, a pesar de la Escritura, y una vez que el Lenguaje del Misterio se halle casi dominado, de que optarán por las enseñanzas arcaicas. SECCIÓN III LA SUBSTANCIA PRIMORDIAL Y EL PENSAMIENTO DIVINO Como parecería irracional que conocemos ya todas las causas existentes, debe concedérsenos permiso para suponer, si fuese necesario, la existencia de un agente completamente nuevo. Suponiendo que la hipótesis ondulatoria explique todos los hechos, lo cual no es todavía perfectamen- te seguro, nos hallaremos en el caso de resolver si la existencia del éter ondulatorio queda así probada. No podemos asegurar de un modo positivo que nin- guna otra suposición pueda explicar los hechos. Se admite que la hipótesis corpuscular de Newton que- dó destruida por la de la ondulación, y al presente no existe rival. Sin embargo, sería mucho de desear que para todas las hipótesis semejantes se encontra- se alguna confirmaión colateral, alguna evidencia aliunde del supuesto Éter. Algunas hipótesis consis- ten en la suposición de la estructura diminuta de los cuerpos y sus operaciones. Dada la naturaleza del caso, estas presunciones no pueden ser nunca pro- badas por medios directos. Su único mérito consis- te en su adaptación para explicar los fenómenos. Son ficciones representativas. Logic, por ALEJANDRO BAINLL. D., parte II, página 133. El Éter, ese Proteo hipotético (una de las “ficciones representativas” de la ciencia moderna, que, sin embargo, ha sido aceptada hace tanto tiempo), es uno de los “principios” inferiores de lo que llamamos la Substancia Primordial (Âkâsha en sánscrito), uno de los sueños de los antiguos, que se ha convertido ahora en el sueño de la ciencia moderna. Es la mayor, así como la más atrevida, de las especulaciones que sobreviven de los antiguos filósofos. Para los ocultistas, empero, tanto el Éter como la Substancia Primordial son realidades. Para decirlo claro, el Éter es la Luz Astral, y la Substancia Primordial es el Âkâsha, el Upâdhi del Pensamiento Divino. En el lenguaje moderno, este último estaría mejor llamado Ideación Cósmica, espíritu; y el primero, Substancia Cósmica, Materia. Estos (el Alfa y la Omega del Ser) no son sino las dos facetas de la Existencia Absoluta. A ésta jamás se dirigieron ni la llamaron por ningún nombre en la antigüedad, excepto alegóricamente. En la raza aria más antigua, la inda, el culto de las clases intelectuales nunca consistió, como ente los griegos, en una adoración a la forma y al arte maravilloso, que llevó a los últimos al antropomorfismo. Pero mientras el filósofo griego adoraba la forma, y sólo el sabio indo “percibía la verdadera relación entre la hermosura terrestre y la verdad eterna”, las gentes incultas de todas las naciones nunca han comprendido ninguna de las dos cosas. Ni aun ahora las comprenden. La evolución de la idea de Dios va a la par que la propia evolución intelectual del hombre. Tan verdad es esto, que el ideal más noble a que el espíritu religioso de una época pueda remontarse, parecerá una caricatura grosera a la mente filosófica de una época posterior. Los mismos filósofos tenían que ser iniciados en los misterios perceptivos, antes de que pudieran asir la idea correcta de los antiguos con relación a este asunto, el más metafísico de todos. De otro modo -fuera de semejante Iniciación- para cada pensador habrá un “hasta aquí llegarás, pero no más allá”, limitado por su capacidad intelectual, de un modo tan claro e infalible, como lo está el progreso de cualquier nación o raza, en su ciclo, por la ley de Karma. Fuera de la Iniciación, los ideales del pensamiento religioso contemporáneo tendrán siempre las alas cortadas, sin poder remontar su vuelo; pues tanto los pensadores idealistas como los realistas, y hasta los librepensadores, no son sino la demostración y producto natural de su época y de todo lo que los rodea. Sus ideales son tan sólo el necesario resultado de sus temperamentos, y la expresión de aquella fase del progreso intelectual que ha alcanzado una nación, en su colectividad. De aquí, como ya se ha observado, que los más altos vuelos de los metafísicos occidentales modernos hayan quedado muy lejos de la verdad. Muchas de las especulaciones agnósticas corrientes sobre la existencia de la “Primera Causa” no son casi más que un materialismo velado; pues sólo es diferente la terminología. Hasta un pensador tan grande como Mr. Herbert Spencer, habla a veces de lo “Incognoscible” en términos que demuestran la influencia letal del pensamiento materialista, el cual, como el mortal Sirocco, ha secado y esterilizado toda corriente de especulación ontológica. Por ejemplo, cuando llama a la “Primera Causa” (lo “Incognoscible”) un “poder que se manifiesta por medio del fenómeno”, y “una energía infinita y eterna”, está bien claro que sólo ha concebido el aspecto físico del Misterio del Ser, o sea tan sólo las Energías de la Substancia Cósmica. El aspecto coeterno de la Realidad Una, la Ideación Cósmica, está en absoluto fuera de consideración; y en cuanto a su Nóumeno, parece no existir en la mente del gran pensador,. Sin duda alguna, este modo de tratar el problema sólo bajo un aspecto es debido, en gran parte, a la práctica perniciosa del Occidente de subordinar la Conciencia a la Materia, o considerarla como un “producto derivado” del movimiento molecular. Desde las primeras edades de la Cuarta Raza (cuando sólo al Espíritu se rendía culto, y cuando el Misterio estaba de manifiesto) hasta los últimos días gloriosos del arte griego, en la aurora del Cristianismo, sólo los helenos se habían atrevido a levantar públicamente un altar al “Dios Desconocido”. Sea lo que fuese lo que San Pablo pueda haber abrigado en su mente profunda, cuando declaró a los atenienses que este “Desconocido” a quien adoraban ignorantemente era el verdadero Dios anunciado por él, aquella Deidad no era “Jehovah”, ni era tampoco “el hacedor del mundo y de todas las cosas”. Pues no se trata del “Dios de Israel”, sino de lo “Desconocido” de los Panteístas antiguos y modernos, que “no mora en los templos construidos con las manos. El pensamiento Divino no puede ser definido, ni su significación explicarse, excepto por las innumerables manifestaciones de la Substancia Cósmica, en la que el primero es sentido espiritualmente por los que pueden. Decir esto, después de haberlo definido como la Deidad Desconocida, abstracta, impersonal, asexual, que tiene que colocarse en la raíz de todas las Cosmogonías y su evolución subsiguiente, equivale a no decir absolutamente nada. Es lo mismo que intentar resolver una ecuación trascendental de condición, teniendo a mano, para deducir el verdadero valor de sus términos, sólo cierto número de cantidades desconocidas. Su lugar se encuentra en las primitivas cartas simbólicas antiguas, en las cuales, como ya se ha mostrado, está representado por una oscuridad sin límites, en cuyo fondo aparece el primer punto central en blanco -simbolizando de este modo el Espíritu Materia coevo y coeterno, haciendo su aparición en el mundo fenomenal, antes de su primera diferenciación. Cuando “el Uno se convierte en Dos”, puede entonces nombrársele como Espíritu Materia. Al “Espíritu” pueden referirse todas las manifestaciones de la conciencia, reflejada o directa, y de la “intención inconsciente” -adoptando una expresión moderna usada en la llamada filosofía occidental-, como se evidencia en el Principio Vital, y en la sumisión de la Naturaleza al orden majestuoso de la Ley inmutable. “La Materia” debe ser considerada como lo objetivo en su más pura abstracción, la base existente por sí misma, cuyas manvantáricas diferenciaciones septenarias constituyen la realidad objetiva, base de los fenómenos de cada fase de la existencia consciente. Durante el período del Pralaya Universal, la Ideación Cósmica es inexistente; y los distintos estados diferenciales de la Substancia Cósmica se resuelven nuevamente en el estado primitivo de objetividad abstracta potencial. El impulso manvantárico principia con el redespertar de la Ideación Cósmica, la Mente Universal, simultánea y paralelamente con la primitiva emersión de la Substancia Cósmica -siendo esta última el vehículo manvantárico de la primera- de su estado praláyico indiferenciado. Entonces, la Sabiduría Absoluta se refleja en su Ideación; la cual, por un proceso trascendental, superior e incomprensible a la conciencia humana, se convierte en Energía Cósmica: Fohat. Vibrando en el seno de la Substancia inerte, Fohat la impulsa a la actividad y guía sus primarias diferenciaciones en todos los Siete planos de la Conciencia Cósmica. De este modo, hay Siete Protilos (como ahora se les llama, mientras que la antigüedad aria los llamaba los Siete Prakritis o Naturalezas), que diversamente sirven como base relativamente homogénea, que en el curso de la creciente heterogeneidad, en la evolución del Universo, se diferencian en los fenómenos maravillosamente complejos que se presentan en los planos de percepción. El término “relativamente” se ha empleado de propósito, porque resultando la existencia misma de semejante proceso de las segregaciones primarias de la Substancia Cósmica indiferenciada, dentro de sus bases septenarias de evolución, nos obliga a considerar el Protilo de cada plano sólo como una fase intermedia que asume la Substancia en su paso desde lo abstracto a la completa objetividad. El término Protilo se debe a Mr. Crookes, el químico eminente que ha dado este nombre a la premateria, si puede llamarse así a las substancias primordiales y puramente homogéneas, sospechadas, ya que no realmente encontradas por la Ciencia en la última composición del átomo. Pero la segregación incipiente de la materia primordial en átomos y moléculas sólo principia después de la evolución de nuestros Siete Protilos. El último de estos es el que Mr. Crookes se ocupa en buscar, por haber percibido recientemente la posibilidad de su existencia en nuestro plano. Se dice que la Ideación Cósmica es no existente durante los períodos praláyicos, por la sencilla razón de que no hay nadie ni nada que perciba sus efectos. No puede haber manifestación de conciencia, de semiconciencia ni siquiera “intención inconsciente”, excepto por medio del vehículo de la Materia; esto es, en este nuestro plan, en donde la conciencia humana, en su estado normal, no puede remontarse más allá de lo que se conoce como metafísica trascendental; pues sólo por medio de una agregación o construcción molecular surge el Espíritu como corriente de subjetividad individual o subconsciente. Y como la Materia que existe fuera de la percepción en una mera abstracción, los dos aspectos de lo Absoluto (Substancia Cósmica e Ideación Cósmica) son mutuamente interdependientes. Hablando con estricta exactitud, para evitar confusiones e interpretaciones erróneas, la palabra “Materia” debería ser aplicada al agregado de objetos de posible percepción, y la palabra “Substancia” a los Nóumenos; pues dado que los fenómenos de nuestro plano son la creación del Ego que percibe -las modificaciones de su propia subjetividad-, todos los “estados de materia que representan el agregado de los objetos percibidos” no pueden tener para los hijos de nuestro plano sino una existencia relativa y puramente fenomenal. Como dirían los modernos idealistas, la cooperación del Sujeto y del Objeto, resulta en el objeto de sensación o fenómeno. Pero esto no conduce necesariamente a la conclusión de que suceda lo mismo en todos los demás planos; de que la cooperación de ambos en los estados de su diferenciación septenaria, resulte en un agregado septenario de fenómenos, que son igualmente no existentes per se, aunque sean realidades concretas para las Entidades de cuya experiencia forman parte; del mismo modo que las rocas y ríos a nuestro alrededor, son reales desde el punto de vista del físico, aunque son ilusiones de los sentidos, sin realidad desde el del metafísico. Sería un error decir y hasta concebir semejante cosa. Desde el punto de la metafísica más elevada, todo el Universo, incluso los Dioses, es una Ilusión (Mâyâ). Pero la ilusión de aquel que es en sí mismo una ilusión difiere en cada plano de conciencia; y no tenemos más derecho a dogmatizar sobre la posible naturaleza de las facultades perceptivas de un Ego que se halla, por ejemplo, en el sexto plano, que el que tenemos para identificar nuestras percepciones con las de una hormiga en su modo de conciencia, o para convertirlas en modelo para la misma. La Ideación Cósmica, enfocada en su principio, o Upâdhi (Base), resulta como conciencia del Ego individual. Su manifestación varía según el grado de Upâdhi. Por ejemplo, por medio de lo conocido como Manas, surge como conciencia mental; y por medio de la construcción más finamente diferenciada de Buddhi, sexto estado de materia (teniendo como base la experiencia de Manas), como una corriente de Intuición Espiritual. El Objeto puro aparte de la conciencia nos es desconocido mientras vivimos en el plano de nuestro Mundo de tres dimensiones; pues sólo conocemos los estados mentales que excita en el Ego que percibe. Y en tanto que dure el contraste del Sujeto y el Objeto, esto es, mientras que no disfrutemos más que de nuestros cinco sentidos, y no sepamos el modo de divorciar nuestro Ego, que es todo percepción, de la esclavitud de estos sentidos, será imposible al Yo personal romper la barrera que le separa del conocimiento “ de las cosas en sí mismas”, o sea de la Substancia. Aquel Ego, progresando en un arco de subjetividad ascendente, tiene que agotar las experiencias de todos los planos. Pero hasta que la Unidad se sumerja en el Todo, ya sea en este o en cualquier otro plano, y que tanto el Sujeto como el Objeto se desvanezcan en la negación absoluta del Estado Nirvánico -negación repetimos, sólo desde nuestro plano-, no se llega a escalar aquel pináculo de Omnisciencia, el Conocimiento de las Cosas en sí mismas, y a aproximarse a la solución del enigma aun más importante, ante el cual, hasta el más elevado Dhyân Chohan, tiene que humillarse en el silencio y la ignorancia -el Inexplicable misterio de lo que los vedantinos llaman Parabrahman. Por lo tanto, siendo tal el caso, todos los que han tratado de dar un nombre al Principio Incognoscible, no han hecho más que degradarlo. Hasta el hablar de la Ideación Cósmica -salvo en su aspecto fenomenal- es lo mismo que tratar de embotellar el Caos primordial, o poner una etiqueta a la Eternidad. ¿Qué es, pues, la “Substancia Primordial”, ese objeto misterioso del que ha hablado siempre la Alquimia y que se ha convertido en tema de la especulación filosófica de todas las edades? ¿Qué puede ser, finalmente, aun en su prediferenciación fenomenal? Aun aquélla es el Todo de la Naturaleza manifestada, y nada para nuestros sentidos. Se la menciona bajo diferentes nombres en todas las cosmogonías; todas las filosofías se refieren a ella, y está demostrado ser, hasta el presente, el Proteo siempre incomprensible en la Naturaleza. Lo tocamos y no lo sentimos; lo miramos y no lo vemos; lo respiramos y no lo percibimos; lo oímos y lo olemos sin el menor conocimiento de su existencia; pues está en cada molécula de lo que en nuestra ilusión e ignorancia consideramos como Materia en cualquiera de sus estados, o en lo que concebimos como una sensación, un pensamiento, una emoción. En una palabra; es el Upâdhi o vehículo de todos los fenómenos posibles, ya sean físicos, mentales o psíquicos En las primeras frases del Génesis, lo mismo que en la Cosmogonía caldea; en los Purânas de la India y en el Libro de los Muertos de Egipto; en todas partes él abre el ciclo de la manifestación. Es llamado el “Caos” y la Faz de las Aguas incubadas por el Espíritu, procedente de lo desconocido, bajo cualquier nombre que se le dé a ese Espíritu. Los autores de las sagradas Escrituras de la India profundizan más el origen de las cosas evolucionadas que Thales o Job, pues dicen: “De Esto, de este mismo Yo, fue producido el Éter” -dice el Veda (2). Es, pues, evidente, que es este Éter (nacido del cuarto grado de una emanación de la “Inteligencia asociada con la Ignorancia”) el principio elevado, la Entidad deifica a que rendían culto los griegos y latinos, bajo el nombre de “Pater, Omnipotens AEther”, y “Magnus AEther”, en sus agregados colectivos. La gradación septenaria y las innumerables subdivisiones y diferencias hechas por los antiguos entre los poderes del Éter colectivamente (desde su borde externo de efectos, con el cual nuestra Ciencia está tan familiarizada, hasta la “Substancia Imponderable”, que se admitió como “Éter del Espacio”, y que ahora está a punto de ser rechazada), han constituido siempre un mortificante enigma para todos los ramos del conocimiento. De la Inteligencia (llamada Mahat en los Purânas) asociada con la Ignorania (Ishvara como deidad personal), acompañada de su poder proyectivo, en el cual la cualidad de la torpeza (tamas, insensibilidad) predomina, procede del Éter - del éter, el aire; del aire, el calor; del calor, el agua, y del agua, la tierra, con todo lo que hay en ella. Los mitólogos y simbologistas de nuestra época, confundios por esta incomprensible glorificación por un lado y degradación por otro, de la misma Entidad deificada y en los mismos sistemas religiosos, caen a menudo en las equivocaciones más ridículas. La Iglesia, firme como una roca en cada uno y en todos sus primeros errores de interpretación, ha hecho del Éter la morada de sus legiones satánicas. Toda la jerarquía de los Ángeles “Caídos” está allí; los Cosmocratores, los “Portadores del Mundo”, según Bossuet; Mundi Tenentes, los “Mantendedores del Mundo”, como los llama Tertuliano; Mundi Domini, “Dominaciones del Mundo”, o más bien Dominadores; los Curbati o “Encorvados”, etc., ¡convirtiendo de este modo a las estrellas y a los orbes celestiales en Demonios! De este modo ha interpretado la Iglesia el versículo: “Pues no luchamos contra la carne y la sangre, sino contra los principados, contra los poderes, contra los directores de las tinieblas de este mundo” (3). Más adelante menciona San Pablo las malicias espirituales (“wickedness” en los textos ingleses) diseminadas en el Aire -Spiritualia neuitiae coelestibus-; dando los textos latinos varios nombres a estas “malicias”, los “Elementales” inocentes. Pero esta vez tiene razón la Iglesia, aunque se equivoca al llamarlos demonios. La Luz Astral o Éter inferior está lleno de entidades conscientes, semiconscientes e inconscientes; sólo que la Iglesia tiene menos poder sobre ellos, que sobre los microbios invisibles o que sobre los mosquitos. La diferencia establecida entre los siete estados del Éter - que es uno de los Siete Principios Cósmicos, mientras que el AEther de los antiguos es el Fuego Universal- puede verse en los mandamientos de Zoroastro y de Pselo, respectivamente. El primero dijo: “Consultadlo tan sólo cuando esté sin forma o figura” -absque forma et figura -, lo que significa sin llamas o ascuas. “Cuando tenga una forma, no le hagáis caso”- enseña Pselo- “pero cuando no tiene forma, obedecedle, pues entonces es fuego sagrado, y todo lo que os revele será verdad” (4). Esto prueba que el Éter, que es en sí un aspecto del Âkâsha, tiene a su vez varios aspectos o “principios”. Todas las naciones antiguas deificaban al AEther en su aspecto y potencia imponderables. Virgilio llama a Júpiter Pater Ominipotens AEther, y “el gran AEther” (5). Los indos también lo han colocado entre sus deidades, bajo el nombre de Âkâsha, la síntesis del Éter. Y el autor del sistema homoemeriano de filosofía, Anaxágoras de Clasomene, creía firmemente que los prototipos espirituales de todas las cosas, lo mismo que sus elementos, se encontraban en el AEther sin límites, donde eran generados, de donde evolucionaban y adonde volvían: una enseñanza oculta. Es, pues, claro que del AEther, en su aspecto sintético más elevado, una vez antropomorfizado, surgió la primera idea de una deidad personal creadora. Entre los filósofos indos, los Elementos son tâmasa, esto es, “no iluminados por la inteligencia, a la cual obscurecen”. Tenemos que agotar el asunto del significado místico del Caos Primordial y del Principio Raíz, y mostrar cómo se hallaban relacionados en las filosofías antiguas con el Âkâsha (traducido erróneamente por Éter), y también con Mâyâ, la Ilusión, de la cual Ishvara es el aspecto masculino. Más adelante hablaremos del Principio Inteligente, o más bien de las propiedades inmateriales e invisibles, en los elementos materiales y visibles, que “brotaron del Caos Primordial”. Porque, “¿qué es el Caos primordial, sino el AEther?” -se pregunta en Isis sin Velo. No el éter moderno; no el que se reconoce ahora como tal, sino el AEther con todas sus propiedades misteriosas y ocultas, conteniendo en sí los gérmenes de la creación universal. El AEther Superior o Âkâsha es la Virgen Celestial, Madre de todas las formas y seres existentes, de cuyo seno, tan pronto como fue “incubado” por el Espíritu Divino, brotaron a la existencia la Materia y la Vida, la Fuerza y la Acción, AEther es el Aditi de los indos y es el Âkâsha. La electricidad, el magnetismo, el calor, la luz y la acción química son tan poco comprendidos aún hoy, que nuevos hechos vienen constantemente a ensanchar el horizonte de nuestro conocimiento. ¿Quién sabe dónde termina el poder de este gigante proteo, el AEther, o cuál es su origen misterioso? ¿Quién, decimos, puede negar el espíritu que obra en él, y despliega de su seno todas las formas visibles? Sería fácil tarea demostrar que las leyendas cosmogónicas de todo el mundo están basadas en el conocimiento por los antiguos de aquellas ciencias que se han aliado en nuestra época para apoyar la doctrina de la evolución; y que una investigación más profunda haría ver que estos antiguos conocían mucho mejor que nosotros hoy el hecho de la evolución misma, tanto en su aspecto físico como en el espiritual. Entre los antiguos filósofos, la evolución era un teorema universal, una doctrina que abarcaba el todo, y un principio establecido; mientras que nuestros modernos evolucionistas sólo pueden exponernos meras teorías especulativas; con teoremas particulares, si no completamente negativos. Es inútil que los representantes de nuestra moderna sabiduría cierren el debate y pretendan que es un asunto terminado, sólo porque la oscura fraseología de la relación mosaica... contradiga las explicaciones definidas de la “Ciencia Exacta” (6). Si nos dirigimos al “Libro de las Leyes de Manu”, encontramos el prototipo de todas estas ideas. Perdidas en gran parte en su forma original para el mundo de Occidente, desfiguradas por las interpolaciones y adiciones posteriores, han conservado, sin embargo, lo bastante de su antiguo espíritu para demostrar su carácter. “El Señor existente por Sí Mismo, desvaneciendo las tinieblas (Vishnu, Nârâyana, etc.), se hizo manifiesto, y deseando producir seres de su Esencia, creó, al principio, sólo el agua. En ella sembró semilla. Ésta se convirtió en un Huevo de Oro”. ¿De dónde proviene este Señor existente por Sí Mismo? Es llamado Esto, y se habla de él como siendo “Tinieblas imperceptibles, sin cualidades definidas, indescubrible, incognoscible, como totalmente dormido”. Habiendo morado en aquel Huevo durante todo un Año Divino, el principio “a quien el mundo llama Brahmâ, hace estallar este Huevo en dos, y de la porción superior forma el cielo, de la inferior la tierra, y del centro el firmamento y “el lugar perpetuo de las aguas” (7). Pero, inmediatamente después de estos versículos, hay algo más importante para nosotros, porque corrobora por completo nuestras enseñanzas esotéricas. En los versículos 14 a 36 se da la evolución en el orden descrito en la Filosofía Esotérica. Esto no puede contradecirse fácilmente. Hasta Medhâtithi, el hijo de Virasvâmin y autor del Comentario el Manubhâsya, cuya época, según los orientalistas occidentales, es de 1.000 (D. de C.), nos ayuda con sus observaciones a la aclaración de la verdad. No quiso decir más, porque sabía lo que tenía que ser reservado de los profanos, o bien estaba realmente confundido. Sin embargo, lo que dice muestra claramente el principio septenario en el hombre y en la Naturaleza. Principiemos con el capítulo 1 de las Ordenanzas o “Leyes”, después que el Señor existente por Sí Mismo, el Logos Inmanifestado de las “Tinieblas” Desconocidas, se manifiesta en el Huevo de Oro. De este “Huevo” de Brahmâ. 11. “Aquello que es la Causa indistinta (indiferenciada), eterna, que es y no es, de Ello salió aquel principio masculino llamado en el mundo Brahmâ”. Aquí encontramos, como en todos los sistemas filosóficos genuinos, el mismo “Huevo”, el Círculo o Cero, la Infinidad sin límites, mencionada como Ello (8), y Brahmâ, la primera Unidad sola, mencionada como el Dios “Masculino”, esto es, el Principio fructificador. Es ello o 10 (diez), la Década. Solamente en el plano de lo Septenario, o nuestro Mundo, es llamado Brahmâ. En el de la Década Unificada, en el reino de la Realidad, este Brahmâ masculino es una ilusión. 14. “Del Yo Supremo (Âtmanah) él creó la Mente, que es y no es; y de la Mente, el Ego-ísmo (la Conciencia-Propia), a) el dueño; b) el Señor”. a) La mente es Manas. Medhâtithi, el comentador, observa justamente sobre este punto, que es lo contrario de esto, y demuestra desde luego la interpolación y el arreglo, pues Manas es el que brota de Ahamkâra o Conciencia Propia (Universal), lo mismo que Manas en el microcosmo emana de Mahat, o Mahâ-Buddhi (Buddhi en el hombre). Porque Manas es dual. Como Celebrooke ha mostrado y traducido, “la Mente, sirviendo a la vez para el sentido y para la acción, es un órgano por afinidad, que está en estrecha unión con el resto” (9). “El resto” significa aquí que Manas, nuestro Quinto Principio (quinto, porque el cuerpo fue llamado el primero, lo cual es lo contrario del verdadero orden filosófico) , está en afinidad tanto con Âtmâ-Buddhi como con los cuatro Principios inferiores. De aquí nuestra enseñanza, a saber: que Manas sigue a Âtmâ-Buddhi al Devachan; y que el Manas inferior, esto es, las escorias o residuos inferiores de Manas, permanecen con el Kâma Rûpa en el Limbus o Kâma Loka, la mansión de las “cáscaras”. b) Medhâtithi traduce esto como “la conciencia una del Yo” o Ego, y no como el “dueño”, como hacen los orientalistas. También de este modo traducen la sloka siguiente: 16. “Habiendo él hecho también las partes sutiles de aquellos seis (el gran Yo y los cinco órganos de los sentidos), de brillantez inconmensurable, para entrar en los elementos del Yo (âtmamâtrâsu), creó todos los seres”. Mientras que, según Medhâtithi, debió leerse mâtrâbhih, en lugar de “âtmamâtrâsu”, y de este modo hubiera dicho: “Después de haber compenetrado las partes sutiles de aquellos seis, de brillantes inconmensurable, por los elementos del yo, creó todos los seres”. Esta última interpretación debe de ser la correcta, puesto que Él, el Yo, es lo que llamamos Âtmâ, y constituye así el séptimo principio, la síntesis de los “seis”. Tal es también la opinión del editor del Mânava Dharma Shâstra, quien parece haber penetrado de un modo intuitivo mucho más profundamente en el espíritu de la filosofía, que el traductor, el difunto doctor Burnell; pues vacila poco entre el texto de Kullûka Bhatta y el comentario de Medhâtithi. Rechaza los tanmâtra, o elementos sutiles, y el âtmamâtra de Kullûka Bhatta, y dice, aplicando los principios al Yo Cósmico: “Los seis parecen más bien ser el Manas, más los cinco principios del éter, el aire, el fuego, el agua y la tierra. Habiendo unido cinco porciones de estas seis con el elemento espiritual (el séptimo), él creo (así) todas las cosas existentes... Âtmamâtra es, por lo tanto, el átomo espiritual, opuesto a sus propios elementos elementales, no reflexivos”. Del siguiente modo corrige la traducción del versículo 17: “Como los elementos sutiles de las formas corporales de este Uno dependen de estos seis, el sabio llama a su forma Sharîra”. Y añade que “elementos” significan aquí porciones o partes (o principios), cuya interpretación está confirmada por el versículo 19, que dice: “Este (Universo) no eterno nace, pues, del Eterno, por medio de los elementos sutiles de las formas de aquellos siete gloriosísimos principios (Purusha)”. Comentando esta enmienda de Medhâtithi, el editor hace la observación de que “probablemente significan los cinco elementos, más la mente (Manas), y la conciencia propia (Ahamkâra) (10); “los elementos sutiles” (significando) como antes “delicadas porciones de forma” (o principios)”. Así lo demuestra el versículo 20, cuando dice de estos cinco elementos o “delicadas porciones de forma” (Rûpa más Manas y Conciencia Propia), que ellos constituyen los “Siete Purusha” o Principios, llamados en los Purânas los “Siete Prâkritis”. Además, estos “cinco elementos” o “cinco porciones” se mencionan en el versículo 27 como “las llamadas porciones atómicas destructibles”, siendo, por lo tanto, “distintas de los átomos del Nyâya”. Este Brahmâ creador que surge del Huevo del mundo o Huevo de Oro une en sí mismo ambos principios: femenino y masculino. Es, en una palabra, como todos los Protologos creadores. De Brahmâ, sin embargo, no se podría decir como de Dionisio, “ “ un Jehovah lunar, Baco verdaderamente, con David bailando desnudo ante su símbolo en el arca; pues ningunas Dionisias licenciosas han sido establecidas nunca en nombre y honor suyo. Todo el tal culto fálico era exotérico, y los grandes símbolos universales fueron desnaturalizados en todo el mundo, lo mismo que los de Krishna lo son ahora por los Vallabâchâras de Bombay, los partidarios del Dios “niño”. Pero ¿son estos dioses populares la verdadera Deidad? ¿Son ellos la cúspide y la síntesis de la creación séptuple, incluso el hombre? ¡Imposible! Cada uno y todos, tanto paganos como cristianos, son uno de los peldaños de la escala septenaria de la Conciencia Divina. Ain-Soph se dice también que se manifiesta por medio de las Siete Letras del nombre de Jehovah, a quien, habiendo usurpado el lugar de lo Ilimitado Desconocido, le dieron sus devotos sus Siete Ángeles de la Presencia -sus Siete Principios. Pero, verdaderamente, se les menciona en casi todas las escuelas. En la filosofía Sânkhya pura, Mahat, Ahamkâra y los cinco Tanmâtras, son llamados los siete Prakritis, o Naturalezas, y se cuentan desde Mahâ-Buddhi, o Mahat, hasta la Tierra (11). Sin embargo, por desfigurada que haya sido por Esdras, para propósitos rabínicos, la versión original elohística; por repulsivo que sea a veces hasta el significado esotérico en los pergaminos hebreos -que lo es mucho más que pueda serlo su velo o vestidura externa-, una vez eliminadas las porciones que versan sobre Jehovah, los Libros Mosaicos están llenos de conocimientos puramente ocultos de inestimable valor, especialmente los primeros seis capítulos. Leídos con la ayuda de la Kabalah, se encuentra un templo sin rival de verdades ocultas, un pozo de bellezas profundamente escondidas, bajo formas cuya estructura visible, a pesar de su aparente simetría, no puede resistir la crítica de la fría razón ni revelar su edad, pues pertenece a todas las edades. Hay más sabiduría en los Purânas y en la Biblia, oculta bajo sus fábulas exotéricas, que en toda la ciencia y hechos exotéricos de la literatura del mundo; y más verdadera Ciencia Oculta, que en el conocimiento exacto de todas las academias. O, hablando de un modo más claro y acentuado: hay tanta sabiduría esotérica en algunas partes de los Purânas y del Pentateuco exotéricos, como de tontería y de imaginación infantil intencionada, cuando se leen bajo el solo aspecto de la letra muerta y de las interpretaciones asesinas de las grandes religiones dogmáticas, y especialmente de sus sectas. Que lea cualquiera los primeros versículos del Génesis y que reflexione sobre ellos. Allí “Dios” ordena a otro “Dios”, quien obedece su orden. Así se lee hasta en la misma cuidada traducción protestante inglesa de la edición autorizada por el rey Jaime I. En el “principio” (la lengua hebrea no tiene palabra para expresar la idea de la Eternidad) (12), “Dios” hizo los Cielos y la Tierra; y esta última “estaba vacía y sin forma”, mientras que el primero no es de hecho tal Cielo, sino lo “Profundo”, el Caos, con las tinieblas sobre su faz (13). “Y el Espíritu de Dios se movía sobre la faz de las Aguas” o Gran Océano del Espacio Infinito. Y este Espíritu es Nârâyana o Vishnu. “Y Dios dijo: hágase el firmamento...” y “Dios”, el segundo, obedeció e “hizo el firmamento”. “Y Dios dijo: hágase la luz”, y “hubo la luz”. Ahora bien; la última no significa luz en modo alguno, sino el Adam Kadmon andrógino como en la Kabalah, o Sephira (la Luz Espiritual), pues los dos son uno; o los Ángeles secundarios, según el Libro de los Números caldeo, siendo los primeros los Elohim, que son el agregado de aquel Dios “formador”. ¿Pues a quién se dirige aquella orden? ¿Y quién es el que ordena? Lo que ordena es la Ley Eterna, y el que obedece los Elohim, la cantidad conocida operando en x y con x, o el coeficiente de la cantidad desconocida, las Fuerzas de la Fuerza Una. Todo esto es Ocultismo, y se encuentra en las Estancias arcaicas. No tiene importancia alguna el que llamemos a estas “Fuerzas” los Dhyân Chohans, o los Auphanim como lo hace Ezequiel. “La Luz una Universal, que es Tinieblas para el hombre, es por siempre existente” -dice el Libro de los Números caldeo-. De ella procede periódicamente la Energía, la cual se refleja en lo Profundo o Caos, depósito de los Mundos futuros, y que una vez despierta, agita y fructifica las Fuerzas latentes, que son sus siempre eternas y presentes potencialidades. Entonces despiertan de nuevo los Brahmâs y los Buddhas -las Fuerzas coeternas- y un nuevo Universo surge a la existencia. En el Sepher Yetzirab, el Libro Kabalístico de la Creación, el autor ha repetido evidentemente las palabras de Manu. En él se representa a la Substancia Divina como siendo lo único existente desde la eternidad absoluta y sin límites, y como habiendo emitido de sí misma el Espíritu (14). “Uno es el Espíritu del Dios vivo; ¡bendito sea Su nombre que por siempre vive! Voz, Espíritu y Verbo, esto es el Espíritu Santo” (15). Y ésta es la Trinidad abstracta kabalista, antropomorfizada por los Padres cristianos con tan poco escrúpulo. De este Triple Uno emanó todo el Kosmos. Primero, del Uno emanó el número Dos o Aire (el Padre), el Elemento creador; y luego el número Tres, Agua (la Madre), procedió del Aire; el Éter o Fuego completa el Cuatro Místico, el Arbo-al (16). “Cuando lo Escondido de lo Oculto quiso revelarse, hizo primero un Punto (el Punto Primordial o el Primer Sephira, Aire o Espíritu Santo) figurado en una Forma sagrada (los Diez Sephiroth o el Hombre Celeste), y lo cubrió con una Vestidura rica y espléndida: que es el Mundo” (17). “Hizo el Viento Su mensajero, al Fuego flamígero Su servidor” (18), dice el Yetzirab, mostrando el carácter cósmico de estos últimos Elementos euhemerizados (humanizados) (19), y que el Espíritu compenetra todos los átomos en el Kosmos. Pablo llama a los Seres Cósmicos invisibles los “Elementos”. Pero actualmente los Elementos han sido degradados y limitados a los átomos, de los cuales nada se sabe hasta ahora, y que son tan sólo “hijos de la necesidad”, como lo es también el Éter. Según decimos en Isis sin Velo: Los pobres Elementos primordiales han sido desterrados hace mucho tiempo, y nuestros ambiciosos físicos rivalizan en quién será el primero en añadir una substancia simple más a la nidada volátil de las setenta y tantas. Mientras tanto, existe una furiosa guerra en la química moderna sobre la cuestión de términos. Se nos niega el derecho de llamar a estas substancias “elementos químicos”; pues según Platón, no son ellas los “principios primordiales de las esencias por sí mismas existentes, de las cuales se formó el Universo”. Semejantes ideas, asociadas con la palabra “elemento”, eran bastante buenas para la antigua filosofía griega, pero la ciencia moderna las rechaza; pues, como dice el profesor Crookes, “son términos desgraciados”, y la ciencia experimental “no quiere nada con ninguna clase de esencias, excepto con aquellas que pueden verse, olerse o gustarse. Las demás las deja a los metafísicos...” ¡Debemos sentirnos agradecidos hasta por esto! Esta “Substancia Primordial” es llamada por algunos el Caos. Platón y los pitagóricos la denominaban el Alma del Mundo, después de haber sido impregnada por el Espíritu de aquello que incuba las Aguas Primitivas o Caos. Reflejándose en él -dicen los kabalistas-, el Principio incubador “creó” la fantasmagoría de un Universo visible manifestado. El Caos antes, y el Éter después de esa “reflexión”, es siempre la deidad que compenetra todo el Espacio y todas las cosas. Es el Espíritu invisible a imponderable de las cosas, y el fluido invisible aunque bien tangible, que radia de los dedos del magnetizador saludable; pues es la Electricidad Vital, la Vida misma. El Marqués de Mirville le daba, irrisoriamente, el nombre de “Todopoderoso nebuloso” y los teurgistas y ocultistas lo denominaban hasta el presente “Fuego Vivo”; y no hay un indo, entre los que practican cierta clase de meditación al amanecer, que no conozca sus efectos. Es el “Espíritu de Luz” y Magnes. Como lo expresó con verdad un adversario nuestro, Magus y Magnes son dos ramas que salen del mismo tronco, y que producen las mismas resultantes. Y en esta denominación de “Fuego Vivo” podemos descubrir también el significado de la confusa sentencia del Zend Avesta, que dice que hay “un Fuego que da el conocimiento del futuro, la ciencia y el lenguaje amable”; esto es, desarrolla una elocuencia extraordinaria en la sibila, en el sensitivo y hasta en algunos oradores. Escribiendo sobre este asunto, en Isis sin Velo dijimos que era: El Caos de los antiguos, el Fuego Sagrado de Zoroastro, o el Atash-Behram de los parsis; el fuego de Hermes, el fuego de Elmes de los antiguos alemanes; el Relámpago de Cibeles; la Antorcha encendida de Apolo; la Llama en el altar de Pan; el Fuego inextinguible del templo de la Acrópolis y del de Vesta; la Llama de fuego del yelmo de Plutón; las Chispas brillantes en los tocados de los Dióscuros, en la cabeza de la Gorgona, en el yelmo de Palasy en el báculo de Mercurio; el Ptah-Ra egipcio; el Zeus Cataibates griego (el descendiente) de Pausanias; las Lenguas de Fuego de Pentecostés; la Zarza ardiente de Moisés; el Pilar de Fuego del Éxodo y la Lámpara encendida de Abraham; el Fuego Eterno del “abismo sin fondo”; los vapores del oráculo de Delfos; la Luz Sideral de los rosacruces; el Âkâsha de los Adeptos indos; la Luz Astral de Eliphas Lévi; el Aura Nerviosa y el Fluido de los magnetizadores; el Od de Reichenbach; el Psychod y Fuerza Ecténica de Thury; la “Fuerza Psíquica” de Sergeant Cox, y el magnetismo atmosférico de algunos naturalistas; el galvanismo, y por último, la electricidad; todos estos no son sino nombres distintos para diferentes manifestaciones o efectos de la misma Causa misteriosa que todos lo compenetra, al Archaeus griego. Ahora añadimos: es todo esto y mucho más. Este “Fuego se menciona en todos los Libros Sagrados indos, así como también en las obras kabalísticas. El Zohar lo explica como el “Fuego Blanco Oculto, en el Risha Havurah”, la Cabeza Blanca, cuya Voluntad hace emanar el fluido ígneo en 370 corrientes en todas direcciones del Universo. Es idéntico a la “Serpiente que corre con 370 saltos”, del Siphra Dzenioutha, la cual, cuando el “Hombre Perfecto”, el Metraton, es elevado, esto es, cuando el Hombre Divino habita en el hombre animal, se convierte en tres Espíritus, o Âtmâ-Buddhi-Manas, en nuestra fraseología teosófica. Por tanto, el Espíritu o Ideación Cósmica, y la Substancia Cósmica -uno de cuyos principios es el Éter- son uno, e incluyen a los Elementos en el sentido que les atribuye San Pablo. Estos Elementos son la Síntesis velada que representa a los Dhyân Chohans, Devas, Sephiroth, Amshaspends, Arcángeles, etc., etc. El Éter de la Ciencia -el Ilus de Beroso o el Protilo de la Química- constituye, por decirlo así, el material relativamente tosco, del cual los Constructores mencionados, siguiendo el plan trazado eternamente para ellos en el Pensamiento Divino, forman los Sistemas en el Kosmos. Son “mitos”, se nos dice. No más mito que el Éter y los Átomos, contestamos nosotros. Estos últimos son necesidades absolutas de la Ciencia Física, y los Constructores son una absoluta necesidad de la Metafísica. “Nunca los habéis visto”, es la objeción que se nos echa en cara. Y preguntamos a los materialistas: ¿Habéis visto jamás al Éter o a vuestros Átomos, o tan siquiera a vuestra Fuerza? Además, uno de los más grandes evolucionistas occidentales de nuestros días, el co-”descubridor” con Darwin, míster A. R. Wallace, al discutir lo inadecuado de la Selección Natural para explicar por sí sola la forma física del Hombre, admite la acción directiva de “inteligencias superiores”, como “parte necesaria de las grandes leyes que rigen al Universo material” (20). Estas “inteligencias superiores” son los Dhyân Chohans de los ocultistas. Verdaderamente, hay pocos mitos en cualquiera de los sistemas religiosos dignos de tal nombre que no tengan un fundamento histórico, así como científico. Los “mitos” -dice con justicia Pococke- “se prueba ahora que son fábulas, en la precisa proporción en que dejamos de entenderlos; eran verdades en la proporción en que eran antes entendidos”. La idea prevaleciente más definida que se encuentra en todas las antiguas enseñanzas, con referencia a la Evolución Cósmica, y a la primera “creación” de nuestro Globo con todos sus productos orgánicos e inorgánicos -palabra extraña para usarla un ocultista- es que todo el Kosmos ha surgido del Pensamiento Divino. Este Pensamiento impregna la Materia, que es coeterna con la Realidad Única; y todo lo que vive y alienta se desenvuelve de las emanaciones del Uno Inmutable, Prabrahman-Mûlaprakriti, la Raíz Una Eterna. El primero de estos, en su aspecto del Punto Central vuelto hacia dentro, por decirlo así, en regiones por completo inaccesibles a la inteligencia humana, es la Abstracción Absoluta; mientras que en su aspecto de Mûlaprakriti, la Eterna Raíz del todo da a los menos una idea confusa del Misterio del Ser. Por lo tanto, se enseñaba en los templos internos que este Universo visible de Espíritu y Materia no es sino la Imagen concreta de la Abstracción ideal; él fue construido sobre el modelo de la primera Idea Divina. De este modo, nuestro Universo ha existido desde la Eternidad en estado latente. El Alma que anima este Universo puramente espiritual, es el Sol Central, la deidad misma más elevada. No fue el Uno quien construyó la forma concreta de la idea, sino el Primer Engendrado; y, como fue construido en la figura geométrica del dodecaedro (21), el Primer Engendrado “tuvo a bien emplear 12.000 años en su creación” Este número está expresado en la cosmogonía tyrrhenia (22), que muestra al hombre creado en el sexto milenium. Esto concuerda con la teoría egipcia de los 6.000 “años” (23), y con el cómputo hebreo. Pero ésta es su forma exotérica. El cómputo secreto explica que los “12.000 y los 6.000 años” son Años de Brahmâ, un día de Brahmâ, siendo igual a 4.320.000.000 de años. Sanchoniathon (24), en su Cosmogonía, declara que cuando el Viento (Espíritu) se enamoró de sus propios principios (el Caos), tuvo lugar una unión íntima, cuya conexión fue llamada Photos (........ ) y de ésta surgió la semilla de todo. Y el Caos no conoció su propia producción, pues era insensible; pero de su abrazo con el Viento fue generado Môt, o el Ilus (limo) (25). De éste procedieron los Esporos de la creación y la generación del Universo (26). Zeus-Zên (AEther), y Chthonia (la Tierra Caótica) y Metis (el Agua), sus esposas; Osiris -que también representa al AEther, la primera emanación de la Deidad Suprema, Amun, origen primitivo de la Luz- e Isis-Latona, la Diosa Tierra y el Agua otra vez; Mithras (27), el Dios nacido de la roca, símbolo del Fuego del Mundo masculino, o la Luz Primordial personificada; y Mithra, la Diosa del Fuego, su madre y su mujer a la vez -el elemento puro del Fueo, el principio activo o masculino, considerado como luz y calor en conjunción con la Tierra y el agua, o la materia, el elemento femenino o pasivo de la generación Cósmica-; Mithras, que es el hijo de Bordj, la montaña del mundo persa (28), de la cual fue él exhalado como un rayo radiante de luz. Brahmâ, el Dios del fuego y su prolífica consorte; y el Agni indo, la deidad refulgente, de cuyo cuerpo brotan mil corrientes de gloria y siete lenguas de fuego, y en cuyo honor ciertos brahmanes conservan hasta el presente un fuego perpetuo; Shiva, personificado por Meru, la montaña del mundo de los indos, el terrorífico Dios del Fuego, que dice la leyenda, ha descendido del cielo, como el Jehová judío, “en un pilar de fuego”; y una docena más de deidades arcaicas de doble sexo; todas proclaman claramente su significado oculto. ¿Y qué podrían significar estos mitos dobles, sino el principio psíquico químico de la creación primordial; la Primera Evolución en su triple manifestación de Espíritu, Fuerza y Materia; la correlación divina en su punto de partida, alegorizada por el matrimonio del Fuego y del Agua, productos del Espíritu electrizador (la unión del principio activo masculino con el elemento pasivo femenino), que se convierten en los padres de su hijo telúrico, la Materia Cósmica, la Materia Prima, cuya Alma es el AEther, y cuya sombra es la Luz Austral? (29). Pero los fragmentos de los sistemas cosmogónicos que han llegado hasta nosotros son ahora rechazados como fábulas absurdas. Sin embargo, la Ciencia Oculta, que ha sobrevivido hasta de la Gran Inundación que sumergió a los gigantes antediluvianos, y con ellos hasta su memoria misma (salvo los anales reservados en la Doctrina Secreta, la Biblia y otras Escrituras), aun conserva la Clave de todos los problemas del mundo. Apliquemos esta Clave a los raros fragmentos de Cosmogonías por largo tiempo olvidadas, y por medio de sus esparcidas parcelas, tratemos de restablecer la que una vez fue Cosmogonía Universal de la Doctrina Secreta. La Clave sirve para todas. Nadie puede estudiar seriamente las antiguas filosofías sin percibir que la semejanza sorprendente de conceptos entre todas, muy a menudo en su forma exotérica e invariablemente en su espíritu oculto, es el resultado, no de la mera coincidencia, sino de un designio marcado; y que durante la juventud de la humanidad hubo un solo lenguaje, un conocimiento y una religión universales, cuando no había iglesias, ni credos, ni sectas, sino cuando cada hombre era un sacerdote para sí mismo. Y si se demuestra que ya en aquellas edades, ocultas a nuestra vista por el crecimiento exuberante de la tradición, el pensamiento religioso humano se desarrollaba en simpatía uniforme en todas las partes del globo; entonces se hará evidente que, sea cual fuese la latitud en que haya nacido, ya sea en el frío Norte, o en el ardiente Mediodía, en Oriente o en Occidente, ese pensamiento fue inspirado por las mismas revelaciones, y el hombre fue criado bajo la sombra protectora del mismo Árbol del Conocimiento. SECCIÓN IV CHAOS: THEOS: KOSMOS Estos tres son el contenido del Espacio, o como lo ha definido un sabio kabalista: “El Espacio, el que todo lo contiene sin ser contenido, es la primitiva corporalidad de la Unidad simple... la extensión sin límites” (1). Pero, pregunta él de nuevo: “¿Extensión sin límites, de qué?”; y da la contestación correcta: “El Desconocido Contenedor de Todo, la Causa Primera Desconocida”. Ésta es una definición y una contestación que no puede ser más exacta, más esotérica y más verdadera, bajo todos los aspectos de la Enseñanza Oculta. El Espacio, que los sabios modernos, en su ignorancia y en su tendencia iconoclasta a destruir toda idea filosófica antigua, han proclamado ser “una idea abstracta” y un “vacío”, es, en realidad, el Contenedor y el Cuerpo del Universo con sus Siete Principios. Es un Cuerpo de extensión ilimitada, cuyos Principios, según la fraseología ocultista -cada uno de los cuales es a su vez un septenario-, sólo manifiestan en nuestro mundo fenomenal la estructura más densa de sus subdivisiones. “Nadie ha visto jamás los Elementos en su plenitud”, enseña la Doctrina. Tenemos que buscar nuestra Sabiduría en las expresiones originales y sinónimos de los pueblos primitivos. Hasta el último de entre ellos, el judío, muestra en sus enseñanzas kabalísticas la misma idea cuando habla de la Serpiente de siete cabezas del Espacio, llamado el “Gran Mar”. Al principio los Alhim crearon los Cielos y la Tierra; los Seis (Sephiroth)... Ellos crearon Seis, y en estos están basadas todas las cosas. Y estos (Seis) dependen de las siete formas del cráneo, hasta la Dignidad de todas las Dignidades (2). Ahora bien; Viento, Aire y Espíritu han sido siempre sinónimos en todas las naciones. Pneuma (Espíritu) y Anemos (Viento) entre los griegos, Spiritus y Ventus entre los latinos, eran términos convertibles hasta cuando no estaban asociados con la idea original del Aliento de Vida. En las “Fuerzas” de la Ciencia no vemos sino el efecto material del efecto espiritual de uno u otro de los cuatro Elementos primordiales, que nos transmitió la Cuarta Raza, del mismo modo que nosotros transmitiremos el AEther, o más bien la subdivisión densa del mismo, en su plenitud, a la Sexta Raza Raíz. El Caos era llamado sin sentido por los antiguos, porque representaba y contenía en sí mismo -Caos y Espacio siendo sinónimos- todos los Elementos en su estado rudimentario, indiferenciado. Hacían del AEther el quinto Elemento, la síntesis de los otros cuatro, pues el AEther de los filósofos griegos no es sus Residuos (el Éter), que ciertamente conocían mejor que la Ciencia hoy día, los cuales Residuos se supone acertadamente que actúan como agente de muchas Fuerzas que se manifiestan en la Tierra. Su AEther era el Âkâsha de los indos, mientras que el Éter aceptado por la física no es sino una de sus subdivisiones, en nuestro plano: la Luz Astral de los kabalistas, con todos sus efectos, tanto buenos como malos. Considerándose como divina a la Esencia del AEther, o el Espacio Invisible, a causa de suponérsele el velo de la Deidad, se la creía el Medio entre esta vida y la otra. Los antiguos creían que cuando las Inteligencias directoras activas, los Dioses, se retiraban de cualquier parte del AEther en nuestro espacio, o de los cuatro reinos que dirigen, entonces aquella región especial quedaba en la posesión del mal, llamado así a causa de la ausencia del bien en ella. La existencia del Espíritu en el Mediador común, el Éter, es negada por el materialismo; mientras que la teología hace de él un Dios personal. Los kabalistas sostienen que ambos se equivocan, y dicen que en el Éter, los elementos sólo representan a la materia, las fuerzas cósmicas ciegas de la Naturaleza; y que el Espíritu representa a la inteligencia que las dirige. Las doctrinas cosmogónicas arias, herméticas, órficas y pitagóricas, lo mismo que las de Sanchoniathon y de Beroso, están todas basadas en una fórmula irrefutable, a saber: que el AEther y el Caos, o en lenguaje platónico, la Mente y la Materia, fueron dos principios primitivos y eternos del Universo, independientes por completo de todo lo demás. El primero fue el principio intelectual que todo lo vivifica; y el Caos, un principio fluídico informe, sin “ forma ni sentido”; y de la unión de los dos surgió a la existencia el Universo, o más bien el Mundo Universal, la primera Deidad andrógina, convirtiéndose la Materia Caótica en su cuerpo, y el Éter en su Alma. Según la fraseología de un Fragmento de Hermeias: “El Caos, obteniendo el sentido de esta unión con el Espíritu, resplandeció de placer, y de este modo fue producido el Protogonos, la Luz (el Primogénito)” (3). Esta es la Trinidad universal, basada en los conceptos metafísicos de los antiguos, quienes, razonando por analogía, hicieron del hombre, que es un compuesto de Inteligencia y Materia, el Microcosmo del Macrocosmo, o Gran Universo (4). “La Naturaleza aborrece el Vacío”, decían los peripatéticos, quienes, aunque materialistas a su modo, comprendían quizás por qué Demócrito, con su instructor Leucipo, enseñaban que los primeros principios de todas las cosas contenidas en el Universo eran átomos y un Vacío. El último significa sencillamente la Fuerza o Deidad latente, la cual, antes de su primera manifestación -cuando se convirtió en Voluntad, comunicando el primer impulso a estos Átomos- era la gran Nada, Ain-Soph, o No-Cosa; y por lo tanto, en todos sentidos, un Vacío o Caos. Este Caos, sin embargo, según Platón y los pitagóricos, se convirtió en el “Alma del Mundo”. Según la enseñanza inda, la Deidad, en forma del AEther o Âkâsha, compenetra todas las cosas. Por lo tanto, los teurgistas la llamaban el “Fuego Viviente”, el “Espíritu de la Luz” y algunas veces “Magnes”. Según Platón, la Deidad más elevada misma fue la que construyó el Universo en la forma geométrica del dodecaedro; y su “Primogénito” nació del Caos y de la Luz Primordial, el Sol Central. Este “Primogénito”, sin embargo, era solamente el agregado de la Hueste de los Constructores, las primeras Fuerzas Constructoras, a quienes se llama en las antiguas Cosmogonías los Antepasados, nacidos de lo Profundo, o Caos, y el Primer Punto. Es el llamado Tetragrammaton, a la cabeza de los Siete Sephiroth inferiores. Esta era también la creencia de los caldeos. Filón, el judío, hablando con ligereza de los primeros instructores de sus antepasados, escribe lo siguiente: Estos caldeos opinaban que el Kosmos, entre las cosas que existen (?), es un solo Punto, bien siendo él mismo Dios (Theos), o teniendo a Dios en él, comprendiendo el Alma de todas las cosas (5). Chaos, Theos, Kosmos, no son sino los tres símbolos de sus síntesis: el Espacio. No se puede esperar resolver jamás el misterio de esta Tetraktis, ateniéndose a la letra muerta, ni aun de las antiguas filosofías, como ahora existen. Porque aun en éstas, Chaos, Theos, Kosmos y Espacio están identificados de toda Eternidad como Espacio Uno Desconocido, del cual nunca se conocerá quizás la última palabra antes de nuestra Séptima Ronda. Sin embargo, las alegorías y símbolos metafísicos sobre el cubo primitivo y perfecto son notables hasta en los Purânas exotéricos. En estos, Brahmâ es también Theos, que se desenvuelve del Caos o Gran “Mar”, las Aguas sobre las cuales el Espíritu o Espacio -el Espíritu moviéndose sobre la faz del Kosmos futuro e ilimitado- está silenciosamente revoloteando en la primera hora del redespertar. Es también Vishnu durmiendo sobre Ananta-Shesha, la gran Serpiente de la Eternidad, de la cual la teología occidental, ignorante de la Kabalah, única clave que descubre los secretos de la Biblia, ha hecho el Diablo. Es el primer Triángulo o la Tríada pitagórica, el “Dios de los tres Aspectos”, antes de transformarse, por medio de la cuadratura perfecta del círculo Infinito, en el Brahmâ de “cuatro caras”. “De aquel que es, y sin embargo no es, del No Ser, la Causa Eterna, ha nacido el Ser, Purusha” -dice Manu el legislador. En la mitología egipcia, a Knep, el Dios Eterno no revelado, se le representa por una serpiente, emblema de la Eternidad, cercando una vasija de agua, con su cabeza suspendida sobre las aguas, a las cuales incuba con su aliento. En este caso la serpiente es el Agathodaimón, el Buen Espíritu: en su aspecto opuesto es el Kakodaimón, el Mal Espíritu. En los Eddas escandinavos, el rocío de miel, fruto de los dioses y de las abejas creadoras Iggdrasill, cae durante las horas de la noche, cuando la atmósfera está impregnada de humedad; y en las mitologías del Norte tipifica, como principio pasivo de la creación, la formación del Universo de las Aguas. Este rocío es la Luz Astral en una de sus combinaciones, y posee propiedades creadoras, así como destructoras. En la leyenda caldea de Beroso, Oannes o Dagon, el hombre pez, al instruir a las gentes, les muestra el mundo en su infancia, creado del Agua, y a todos los seres teniendo origen en esta Materia Prima. Moisés enseña que sólo la Tierra y el Agua pueden producir un Alma Viviente; y en las Escrituras leemos que las hierbas no pudieron crecer hasta que el Eterno hizo llover sobre la Tierra. En el Popol Vuh mexicano, el hombre es creado del barro o arcilla (terre glaise), cogida debajo del agua. Brahmâ crea el gran Muni, o primer hombre, sentado en su loto; pero sólo después de haber llamado a la existencia a los espíritus, quienes de este modo gozaron de la vida antes que los mortales; y lo creó del Agua, del Aire y de la Tierra. Los alquimistas sostienen que la Tierra primordial o preadámica, cuando estaba reducida a su primera substancia, era en su segundo período de transformación, semejante a Agua clara, siendo el primero, propiamente, el Alkahest. Esta substancia primordial se dice que contiene en sí misma la esencia de todo lo que contribuye a formar al hombre; no sólo tiene todos los elementos de su ser físico, sino hasta el mismo “aliento de vida” en estado latente y pronto a ser despertado. Esto lo deriva de la “incubación” del “Espíritu de Dios” sobre la faz de las Aguas: el Caos. Realmente esta substancia es el Caos mismo. De ésta era de la que Paracelso pretendía que podía hacer su Homúnculo; he aquí por qué Tales, el gran filósofo natural, sostenía que el Agua era el principio de todas las cosas en la Naturaleza...(6). Job dice que las cosas muertas se forman debajo de las aguas, y de los habitantes que existen en ellas (7). En el texto original, en lugar de “cosas muertas”, está escrito los Rephaim muertos, los Gigantes u hombres poderosos primitivos, de quienes la Evolución podrá algún día derivar nuestra raza presente (8). “Cuando la creación se hallaba en estado primordial” -dice la Mythologie des Indous, de Polier- “el Universo rudimentario, sumergido en Agua, reposaba en el seno de Vishnu, Brahmâ, el Arquitecto del Mundo, surgido de este Caos y Tinieblas, flotaba (se movía) sobre las aguas, manteniéndose sobre una hoja de loto, sin poder distinguir más que agua y tinieblas”. Viendo un estado de cosas tan aciago, Brahmâ, lleno de consternación, habla consigo mismo así: “¿Quién soy yo? ¿De dónde vengo?” Entonces oye una voz (9): “Dirige tus pensamientos a Bhagavat”. Brahmâ levantándose de su posición natatoria, se sienta sobre la hoja del loto en actitud de contemplación, y reflexiona sobre el Eterno, quien satisfecho con esta prueba de piedad, dispersa la obscuridad primitiva y abre su entendimiento. “Después de esto, Brahmâ sale del Huevo Universal (el Caos Infinito) como Luz, pues su entendimiento está ahora abierto, y se pone a trabajar. Él se mueve sobre las Aguas eternas, con el Espíritu de Dios en él; y en su capacidad de Agitador de las aguas, él es Vishnu o Nârâyana”. Esto, por supuesto, es exotérico; pero, sin embargo, en su idea principal es lo más idéntico posible a la cosmogonía egipcia, que muestra en sus primeras sentencias a Athtor (10) o la Madre Noche, la cual representa a la Obscuridad Ilimitada, como Elemento Primitivo que cubría al Abismo Infinito, animada por el Agua y por el espíritu Universal del Eterno, morando sólo en el Caos. De un modo semejante, principia la historia de la creación en las Escrituras judías, con el espíritu de Dios y su Emanación creadora: otra Deidad (11). El Zohar enseña que los elementos primordiales -la trinidad de Fuego, Aire y Agua-, los Cuatro Puntos Cardinales y todas las Fuerzas de la Naturaleza, son los que forman colectivamente la Voz de la Voluntad, Memrab, o el Verbo, el Logos del TODO Absoluto Silencioso. “El Punto indivisible, ilimitado y desconocido”, se extiende sobre el espacio y forma de este modo un Velo, El Mûlaprakriti o Parabrahman, que oculta a este Punto Absoluto. En las cosmogonías de todas las naciones, los Arquitectos sintetizados por el Demiurgo (en la Biblia, los Elohim o Alhim) son los que forman el Kosmos del Caos, y son el Theos colectivo andrógino, Espíritu y Materia. “Por medio de una serie (yom) de fundamentos (hasoth), los Alhim trajeron a la existencia el cielo y la tierra” (12). En el Génesis lo primero es Alhim, luego Jahva-Alhim, y finalmente, Jehovah, después de la separación de los sexos en el cap. IV. Es de notar que en ninguna parte, excepto en ésta, o más bien la última, de las Cosmogonías de nuestra Quinta Raza, se usa el inefable e impronunciable NOMBRE (13) -símbolo de la Deidad Desconocida, que sólo se empleaba en los MISTERIOS- en relación con la “Creación” del Universo. Los Agitadores, los Corredores, los Theos (de ...., correr) son los que hacen la obra de formación; son los mensajeros de la Ley Manvantárica, que ahora se han convertido, dentro del Cristianismo, sencillamente en los “Mensajeros” (Malachim). Éste parece ser el caso también en el Hinduismo o primitivo Brâhamanismo. Pues en el Rig Veda no es Brahmâ quien crea, sino los Prajâpatis, los “Señores del Ser” que son también los Rishis; la palabra Rishi, según el profesor Mahadeo Kunte, está relacionada con la palabra mover, conducir, que se les aplica en su carácter terrestre cuando, como Patriarcas, conducen a sus huestes en los Siete Ríos. Además, la misma palabra “Dios” en singular, que abarca a todos los dioses, o Theoi, vino a las naciones civilizadas “superiores” de un origen extraño, tan completa y eminentemente fálico como el Lingham de la India, del que se habla allí de un modo tan sincero como abierto. El intento de derivar la palabra Dios del sinónimo anglosajón Good (Bueno), es una idea que se ha abandonado; pues en ninguna otra lengua, desde el Khoda persa hasta el Deus latino, se ha encontrado ejemplo de que un nombre de Dios sea derivado del atributo de Bondad (Goodness). A las razas latinas les viene del Dyaus ario (el Día); a las eslavas del Baco Griego (Bagh-bog), y a las razas sajonas, directamente del Yod, o Jod hebreo. Este último es ... la letra numeral 10, lo femenino y lo masculino, y Yod es el gancho fálico. De aquí el Godh sajón, el Gott alemán y el God inglés. Este término simbólico puede decirse que representa al creador de la Humanidad física en el plano terrestre; pero seguramente no tuvo nada que ver con la Formación o “Creación” del Espíritu, de los Dioses o del Kosmos. Chaos-Theos-Kosmos, la Triple Deidad, es todo en todo. Por lo tanto, se dice que es masculino y femenino, bueno y malo, positivo y negativo; toda la serie de cualidades opuestas. Cuando se halla en estado latente, en Pralaya, no es cognoscible, y se convierte en la Incognoscible Deidad. Sólo puede ser conocida en sus funciones activas; por tanto como Materia-Fuerza y Espíritu viviente, correlaciones y manifestación, o expresión, en el plano visible, de la Unidad última por siempre desconocida. A su vez, esta Triple Unidad es la productora de los Cuatro elementos Primitivos (14), que son conocidos, en nuestra Naturaleza terrestre visible, por los siete (hasta ahora los cinco) Elementos, cada uno divisible en cuarenta y nueve -siete veces siete- subelementos, de los cuales la química conoce unos setenta. Todos los Elementos Cósmicos, tales como el Fuego, el Aire, el Agua y la Tierra, participan de las cualidades y defectos de sus Primarios, y son, en su naturaleza, Bien y Mal, Fuerza o Espíritu, y Materia, etc.; y, por lo tanto, cada uno de ellos es a la vez Vida y Muerte, Salud y Enfermedad, Acción y Reacción. Están constantemente formando Materia bajo el impulso incesante del Elemento Uno, el Incognoscible, representado en el mundo de los fenómenos por el AEther. Ellos son los “Dioses inmortales que dan nacimiento y vida a todo”. En The Philosophical Writings of Solomon ben Yehudab Ibn Gebirol, tratando de la estructura del Universo, se dice: R. Yehudad principió, está escrito: “Elohim dijo: Hágase un firmamento en medio de las aguas”. ¡Venid, ved! Cuando el Santo... creó al Mundo, creó 7 cielos. Arriba. Creó 7 tierras Abajo, 7 mares, 7 días, 7 ríos, 7 semanas, 7 años, 7 tiempos, y 7.000 años que el Mundo ha sido. El Santo está en el séptimo de todo (15). Esto, además de demostrar una extraña identidad con la cosmogonía de los Purânas (16), corrobora, respecto al número siete, todas nuestras enseñanzas, tales como se dieron brevemente en el Esoteric Buddhism. Los indos tienen una serie interminable de alegorías para expresar esta idea. En el Caos Primordial, antes que se desarrollase en los Sapta Samudra o Siete Océanos -emblema de las Siete Gunas o Cualidades condicionadas, compuesta de Trigunas (Sattva, Rajas y Tamas)-, están latentes Amrita, o la Inmortalidad, y Visha o el Veneno, la Muerte, el Mal. Esto se encuentra en el alegórico mazar del Océano por los Dioses. Amrita está fuera de toda Guna, pues es incondicionado per se; pero una vez caído en la creación fenomenal, se mezcló con el Mal, el Caos, con el Theos latente en él, antes que el Kosmos fuera evolucionado. De aquí que veamos a Vishnu, personificación de la Ley eterna, llamando periódicamente al Kosmos a la actividad, o, en fraseología alegórica, produciendo por medio del mazar del Océano Primitivo o el Caos sin límites, la Amrita de la Eternidad, reservada tan sólo para los Dioses y Devas; teniendo que emplear en la labor a los Nâgas y Asuras, o los demonios del Indoísmo exotérico. Toda la alegoría es altamente filosófica, y la encontramos repetida en todos los sistemas antiguos de Filosofía. Así lo vemos en Platón, quien habiendo abrazado por completo las ideas que Pitágoras había traído de la India, las compiló y publicó en una forma más inteligible que los numerales misteriosos originales del Sabio griego. Así, según Platón, el Kosmos es el “Hijo”, teniendo por Padre y Madre, respectivamente, al Pensa miento Divino y la Materia (17). “Los egipcios”, dice Dunlap, “distinguen entre un Horus viejo y otro joven; el primero es el hermano de Osiris, y el segundo el hijo de Osiris e Isis” (18). El primero es la Idea del Mundo permaneciendo en la Mente del demiurgo, “nacida en las Tinieblas antes de la Creación del Mundo”. El segundo es esta Idea surgiendo del Logos, revistiéndose de materia, y tomando existencia real (19). Los Oráculos Caldeos hablan del “Dios del Mundo, eterno, sin límites, joven y viejo, de forma sinuosa” (20). Esta “forma sinuosa” es una figura para expresar la moción vibratoria de la Luz Astral, la cual conocían perfectamente los antiguos sacerdotes, bien que el nombre “Luz Astral” fuese inventado por los martinistas. La ciencia moderna señala con el dedo del desprecio las supersticiones de la Cosmolatría. La Ciencia, sin embargo, antes de reírse, debiera, siguiendo el consejo de un sabio francés, “reformar por completo su propio sistema de educación cosmo-neumatológica” - Satis eloquentiae sapientiae parum! A la Cosmolatría, lo mismo que al panteísmo, en su última expresión, se la puede definir con las mismas palabras con que el Purâna describe a Vishnu: Es únicamente la causa ideal de las potencias que han de crearse en la obra de la creación; y de él proceden las potencias que han de ser creadas, después que se han convertido en la causa real. Fuera de esta causa ideal, no hay ninguna otra a la que el mundo pueda ser referido... Por medio de la potencia de esta causa, todas las cosas creadas llegan a manifestarse por su propia naturaleza (21). SECCIÓN V SOBRE LA DEIDAD OCULTA, SUS SÍMBOLOS Y SIGNOS Para tratar del Logos o Deidad Creadora, el “Verbo hecho Carne” de todas las religiones, hay que remontarse hasta su último origen y esencia. En la India es un Proteo con 1.008 nombres y aspectos divinos en cada una de sus transformaciones personales, desde Brahmâ-Purusha, a través de los Siete Rishis Divinos y Diez Prajâpatis (también Rishis) Semidivinos, hasta los Avataras divinos-humanos. El mismo difícil problema del “Uno en los Muchos” y de la Multitud en Uno, se encuentra en otros Panteones; en el egipcio, en el griego y en el caldeo-judaico, habiendo este último aumentado la confusión por la presentación de sus Dioses como euhemerizaciones, en forma de Patriarcas. Y estos Patriarcas son aceptados actualmente por los que rechazan a Rómulo como un mito, y son representados como Entidades históricas vivientes. Verbum satis sapienti! En el Zohar, Ain-Soph es también el Uno, la Unidad Infinita. Esto era conocido de los muy pocos Padres instruidos de la Iglesia, que sabían que Jehovah no era más que una Potencia de tercer orden y no un Dios “superior”. Pero Ireneo, a la vez que se quejaba amargamente de los gnósticos y decía: “Nuestros herejes sostienen... que el Propatôr sólo es conocido por el Hijo Único concebido (1) (que es Brahmâ), esto es, por la mente (Nous)”, nunca mencionó que los judíos hiciesen lo mismo en sus libros verdaderamente secretos. Valentino, “el doctor más profundamente versado en la Gnosis”, sostenía que había un Aiôn perfecto que existió antes que Bythos (el primer Padre de la insondable Naturaleza, que es el Segundo Logos) llamado Propatôr. Este Aiôn es el que surge como un rayo de Ain-Soph, el cual no crea; y el que crea, o más bien por medio del cual todo es creado o evoluciona, es el Aiôn. Pues, según enseñaban los basilidianos, “había un Dios Supremo, Abrasax, por quien fue creada la Mente” (Mahat en sánscrito, Nous en griego). “De la Mente procedió el Verbo, el Logos; del Verbo la Providencia (más bien la Luz Divina); luego de ésta, la Virtud y la Sabiduría en los Principados, Poderes, Ángeles, etc.”. Por estos ángeles fueron creados los 365 AEones. “Entre los más inferiores, a la verdad, y entre los que hicieron este mundo, él (Basilides) coloca el último de todos al Dios de los judíos, y niega que sea Dios (y muy acertadamente), afirmando que es uno de los Ángeles”. Aquí encontramos, pues, el mismo sistema que en los Purânas, en donde el Incomprensible destila una semilla que se convierte en el Huevo de Oro, del cual fue producido Brahmâ. Brahmâ produce a Mahat, etc. La verdadera Filosofía Esotérica, sin embargo, no habla ni de “creación “ ni de “evolución”, en el sentido que lo hacen las religiones exotéricas. Todos estos Poderes personificados no son evoluciones unos de otros, sino otros tantos aspectos de la manifestación una y única del Todo Absoluto. El mismo sistema que el de las Emanaciones gnósticas prevalece en los aspectos Sephiróthicos de Ain-Soph; y como estos aspectos están en el Espacio y el Tiempo, se mantiene cierto orden en sus sucesivas apariencias. Por lo tanto, es imposible dejar de notar los grandes cambios que el Zohar ha sufrido bajo el manejo de generaciones de místicos cristianos. Pues, hasta en la metafísica del Talmud, “la Faz inferior”, el semblante Menor o Microprosopus, no podía ser colocado nunca en el mismo plano de ideales abstractos que el Semblante Mayor o Superior, el Macroprosopus. Este último es en la Kabalah caldea una pura abstracción, El Verbo, o Logos, o Dabar en hebreo; Verbo que, aunque se convierte de hecho en un número plural o en Verbos, D (a) B (a) R (i) M, cuando se refleja o toma el aspecto de una Hueste de Ángeles o Sephiroth -el “Número”- es, sin embargo, Uno colectivamente y cero, “No-cosa” en el plano ideal. No tiene forma, ni existencia, “ni parecido alguno con ninguna otra cosa” (2). Y hasta Filón llama al Creador, el Logos que está inmediatamente después de Dios, el “Segundo Dios”, cuando habla del “Segundo Dios, que es su SABIDURÍA (la del Dios más Elevado)” (3). La Deidad no es Dios. Es No-cosa y Tinieblas. No tiene nombre, y por tanto, es llamada Ain-Soph, la palabra “Ayin significando nada” (4). El “Dios Más elevado”, el Logos no manifestado, es su Hijo. Los sistemas gnósticos que han llegado a nosotros, mutilados como están por los Padres de la Iglesia, no son otra cosa que meros cascarones adulterados, de las especulaciones originales. Ni además han estado éstas a disposición del público o del lector en ningún tiempo; pues si su significado oculto o esotérico hubiese sido revelado, hubiera dejado de ser una enseñanza esotérica, y esto no podía ser. Marcos, el jefe de los marcosianos, que floreció a mediados del segundo siglo, y que enseñaba que la Deidad tenía que ser considerada bajo el símbolo de cuatro sílabas, dio más de las verdades esotéricas que ningún otro gnóstico. Pero ni aun él fue nunca bien comprendido. Pues sólo en la superficie o letra muerta de su Revelación es donde aparece que Dios es un Cuaternario, a saber: “El Inefable, el Silencio el Padre y la Verdad”; lo cual, en realidad, es completamente erróneo, y sólo divulga un enigma esotérico más. Esta enseñanza de Marcos fue la de los primeros kabalistas y la nuestra. Pues él hace de la Deidad el Número 30, en cuatro sílabas, lo que traducido esotéricamente, significa una Tríada o Triángulo y un Cuaternario o un Cuadrado, siete en total, lo cual, en el plano inferior, constituía las siete Letras divinas o secretas de que está compuesto el nombre de Dios. Esto necesita demostración. En su Revelación, al hablar de los misterios divinos expresados por medio de letras y números, Marcos refiere cómo la “Tétrada Suprema descendió” a él “de la región que no puede ser vista ni nombrada, en forma femenina, porque el mundo no hubiera podido sufrir su aparición bajo la figura masculina”, y le reveló “la generación del Universo, que no se había dicho antes ni a los Dioses ni a los hombres”. La primera frase contiene ya un doble significado. ¿Por qué había de sufrirse más fácilmente o ser más atendida por el mundo una figura femenina que una masculina? Esto parece una necedad; pero es muy sencillo y claro para el que conoce el Lenguaje del Misterio. La filosofía Esotérica o Sabiduría Secreta estaba simbolizada por una figura femenina, mientras que una masculina era el símbolo del Misterio sin velo. De aquí que, no estando el mundo preparado para recibirlo, no podía soportarlo, y la Revelación de Marcos tenía que ser dada alegóricamente. Así es que escribe: Cuando en un principio su Padre (sc. de la Tetrada)... el Inconcebible, el Sin Existencia y Sin Sexo (el Ain-Soph kabalístico) deseó que Su Inefable (el Primer Logos o AEon) naciese, y que Su Invisible se revistiese de forma, su boca se abrió y pronunció la Palabra semejante a Él mismo. Esta Palabra (Logos) permaneciendo cerca, le demostró lo que era, manifestándose en la forma del Uno Invisible. Ahora bien; la pronunciación del Nombre (Inefable) (por medio de la Palabra) tuvo lugar en esta forma. Él (el Supremo Logos) pronunció la primera Palabra de su Nombre... que era una combinación (sílaba) de cuatro elementos (letras). Luego fue añadida la segunda combinación, también de cuatro elementos. Después la tercera, compuesta de diez elementos, y seguida de ésta fue pronunciada la cuarta, que contiene doce elementos. Así pues, la pronunciación de todo el nombre consiste en treinta elementos y en cuatro combinaciones. Cada elemento tiene sus letras propias, su carácter y pronunciación, agrupación y semejanza peculiares; pero ninguno de ellos percibe la forma de aquello de que es el elemento, ni comprende la pronunciación de su vecino; pero el sonido que cada uno produce, pronuncia todo (lo que puede) lo que piensa que es bueno llamar al todo... Y estos sonidos son los que manifiestan en la forma al AEon Sin Existencia e Ingenerable, y éstas son las formas que se llaman los Ángeles, que perpetuamente contemplan la Faz del Padre (5) (el Logos, el “Segundo Dios”, que permanece próximo a Dios el “Inconcebible”, según Filón) (6). Esto es tan claro como podía serlo el antiguo secreto esotérico. Es tan kabalístico, pero menos velado que el Zohar, en el cual los nombres místicos o atributos son también de cuatro sílabas, teniendo palabras de doce, de cuarenta y dos y hasta de setenta y dos sílabas! La Tétrada muestra a Marcos la Verdad en la forma de una mujer desnuda, y deletrea todos los miembros de la figura llamando a la cabeza A , al cuello B , a los hombros y manos I’ y X, etc. En esto se reconoce fácilmente a Sephira; siendo la cabeza o Corona, Kether, numerada 1; el cerebro o Chochmah, 2; el Corazón o Inteligencia, Binah, 3; y los otros siete Sephiroth representando los miembros del cuerpo. El Árbol Sephirothal es el Universo, y Adam Kadmon lo personifica en Occidente, así como Brahmâ lo representa en la India. En todo ello, los Diez Sephiroth están representados como divididos en los Tres superiores o la Tríada espiritual, y el Septenario inferior. Al verdadero significado esotérico del número sagrado Siete, aunque hábilmente velado en el Zohar, le hace, sin embargo, traición el doble modo de escribir el término, “en el Principio” o Berasheeth, y Be-raishath, siendo este último la “Sabiduría Elevada o Superior”. Como se ha demostrado por S. L. MacGregor Mathers (7) e Issac Myer (8), quienes se hallan sostenidos por las opiniones antiguas más autorizadas, estas palabras tienen un significado doble y secreto. Braisheeth barah Elohim significa que los seis, sobre los cuales está el séptimo Sephira, pertenecen a la clase material inferior, o como dice el autor: “Siete... son aplicados a la creación Inferior, y Tres al Hombre Espiritual, el Prototipo Celeste o Primer Adán”. Cuando los teósofos y ocultistas dicen que Dios no es ningún Ser, porque es Nada, No-cosa, son más reverentes y más religiosamente respetuosos con la Deidad que los que llaman a Dios Él, y lo convierten de este modo en un Varón gigantesco. El que estudie la Kabalah encontrará pronto la misma idea en el pensamiento último de sus autores, los primeros y grandes Iniciados hebreos que obtuvieron esta Sabiduría Secreta en Babilonia, de los Hierofantes caldeos, así como Moisés obtuvo la suya en Egipto. El sistema del Zohar no puede ser juzgado por sus traducciones posteriores en latín y otras lenguas, porque todas sus ideas fueron suavizadas y arregladas a la conveniencia y sistema particular de sus manipuladores cristianos; pues sus ideas originales son idénticas a las de todos los demás sistemas religiosos. Las diferentes cosmogonías muestran que el Alma Universal era considerada por todas las naciones arcaicas, como la Mente del Creador Demiurgo; y que era llamada la Madre, Sophía, o la Sabiduría femenina, por los gnósticos; era Sephira para los judíos y Saraswati o Vâch para los indos; siendo también el Espíritu Santo un Principio femenino. De aquí que el Kurios o Logos, nacido de ella, fuese para los griegos el Dios, la Mente (Nous). “Ahora bien; Koros (Kurios)... significa la naturaleza pura y sin mezcla de la Inteligencia-Sabiduría” -dice Platón en Cratylus (9); y Kurios es Mercurio (Mercurius, Mar-Kurios), la Sabiduría Divina, y “Mercurio es Sol” (el Sol) (10), de quien Toth-Hermes recibió esta Sabuiduría Divina. Así, mientras los Logos de todos los países y religiones son correlativos, en sus aspectos sexuales, con el Alma femenina del Mundo o el Gran Abismo, la Deidad de la cual estos Dos en Uno derivan su ser, está siempre oculta y es llamada el Uno Oculto, relacionado sólo indirectamente con la Creación” (11); pues no puede actuar sino por medio de la Fuerza Dual que emana de la Esencia Eterna. Hasta AEsculapius, llamado el “Salvador de todo”, es idéntico, según los antiguos clásicos, el Ptah egipcio, la Inteligencia Creativa o Sabiduría Divina, y a Apolo, Baal, Adonis y Hércules (12); y Ptah es, en uno de sus aspectos, el Anima Mundi Univeral de Platón, el Espíritu Divino de los egipcios, el “Espíritu Santo” de los primeros cristianos y gnósticos, y el Âkâsha de los indos, y, hasta en su aspecto inferior, la Luz Astral. Pues Ptah era originalmente el Dios de los Muertos, aquel en cuyo seno eran estos recibidos; de aquí el Limbo de los cristianos griegos, o la Luz Astral. Mucho más tarde es cuando Ptah fue clasificado entre los Dioses del Sol; pues su nombre significa “aquel que abre”, y se le muestra como el primero que quita el velo del rostro de la momia, para llamar el alma a la vida en su seno. A Kneph, el Eterno No Revelado, se le representa por la serpiente emblema de la eternidad, cercando una vasija de agua, con su cabeza suspendida sobre las “Aguas” a las que incuba con su aliento: otra forma de la misma idea de las “Tinieblas”, con su Rayo moviéndose en las Aguas, etc. Como Logos-Alma, esta permutación es llamada Ptah; como Logos-Creador, se convierte en Imhotep, su Hijo, “el Dios de rostro hermoso”. En sus caracteres primitivos, estos dos fueron la primera Dualidad Cósmica: Nut, el Espacio o “Firmamento”, y Num, las “Aguas Primordiales”, la Unidad Andrógina, sobre la cual estaba el Aliento Oculto de Kneph. Y a todos ellos les eran consagrados los animales y plantas acuáticas, el ibis, el cisne, el ganso, el cocodrilo y el loto. Volviendo a la Deidad kabalística, esta Unidad Oculta es, pues, Ain-Soph (...........), Sin Fin, Ilimitado, no Existente (...), en tanto que el Absoluto esté dentro de Oulom (13), el Tiempo Ilimitado y sin fin; como tal, Ain Soph no puede ser el Creador ni siquiera el modelador del Universo, ni tampoco Aur (La Lux). Por lo tanto, Ain-Soph es también las tinieblas. Lo infinito inmutable y lo Ilimitado absoluto, no puede querer, pensar, ni actuar. Para hacer esto, tiene que convertirse en Finito, y lo verifica por medio de su Rayo, penetrando en el Huevo del Mundo o Espacio Infinito, y emanando de él como Dios Finito. Pero esto queda para el Rayo latente en el Uno. Cuando llega el período, la Voluntad Absoluta dilata naturalmente la Fuerza dentro de sí, de conformidad con la Ley, de la cual es la Esencia interna y última. Los hebreos no adoptaron el Huevo como símbolo, pero lo substituyeron con los “Cielos Duplicados”; pues traducida correctamente la sentencia, “Dios hizo los cielos y la tierra” diría: “Dentro y fuera de su propia esencia, creó Dios a los dos cielos, como una Matriz (el Huevo del Mundo)”. Los Cristianos eligieron, sin embargo, como símbolo de su Espíritu Santo, a la paloma, el ave, no el huevo. Cualquiera que llegue a conocer el Hud, la Mercabah y el Lagash (discurso secreto o encantamiento), aprenderá el secreto de los secretos”. Lahgash es casi idéntico en su significado a Vâch, el poder oculto de los Mantras. Cuando llega el período de actividad, Sephira, el Poder activo, llamado el Punto Primordial y la Corona, Kether, surge de dentro de la Esencia Eterna de Ain-Soph. Sólo por medio de ella, podía la “Sabiduría Ilimitada” dar una Forma Concreta al Pensamiento Abstracto. Dos lados del Triángulo Superior, el lado derecho y la base, que simbolizan la Esencia Inefable y su cuerpo manifestado el Universo, están compuestos de líneas no interrumpidas; el tercero, el lado izquierdo, está tildado. Por medio de este último emerge Sephira. Extendiéndose en todas direcciones, circuye finalmente todo el Triángulo. En esta emanación se forma la triple Tríada. Del Rocío invisible que cae de la Uni-tríada, la “Cabeza” -dejando así tan sólo 7 Sephiroth-, Sephira crea las Aguas Primordiales, o en otras palabras, el Caos toma forma. Es el primer paso hacia la solidificación del Espíritu, el cual, por medio de diferentes modificaciones, produce la Tierra. “Son necesarias Agua y Tierra para hacer un Alma Viviente”, dice Moisés. Se requiere la imagen de un ave acuática para relacionarla con el Agua, el elemento femenino de la procreación, con el huevo y el ave que lo fecunda. Cuando Sephira surge como un poder activo de dentro de la Deidad Latente, es femenino; cuando asume el cargo de Creador, se convierte en masculino; de aquí que sea andrógina. Es el “Padre y Madre Aditi” de la Cosmogonía inda y de la Doctrina Secreta. Si los pergaminos hebreos más antiguos hubiesen sido preservados, los que hoy rinden culto a Jehovah, verían que los símbolos del “Dios Creador” eran muchos y groseros. La rana en la luna, símbolo de su carácter generativo, era el más frecuente. Todas las aves y animales, llamados ahora en la Biblia “inmundos”, han sido símbolos de la Deidad en los tiempos antiguos. Siendo demasiado sagrados, se les puso esta máscara de inmundos para que no fuesen destruidos. La serpiente de bronce no es nada más poética que el ganso o el cisne, si es que los símbolos deben aceptarse a la letra. Según las palabras del Zohar: El Punto Indivisible, que no tiene límites y que no puede ser comprendido a causa de su pureza y brillantez, se extendió desde afuera, produciendo un resplandor que le servía de Velo; sin embargo, (a este último) tampoco se le podía mirar a causa de su Luz inconmensurable. También se extendía desde afuera, y esta expansión constituía su Vestidura. De este modo, por medio de una palpitación (movimiento) constante, el mundo fue finalmente originado (14). La Substancia Espiritual lanzada por la Luz Infinita es la Primera Sephira o Shekinah. Sephira contiene, exotéricamente, todos los otros nueve Sephiroth en ella; esotéricamente, sólo contiene dos, Chokmah o Sabiduría, “potencia masculina activa, cuyo nombre divino es Jah (...)” y Binah o Inteligencia, potencia femenina pasiva, representada por el nombre divino de Jehovah (...), cuyas dos potencias forman con Sephira la tercera, la Trinidad judía o la Corona, Kether. Estos dos Sephiroth, llamados Abba, Padre, y Amona, Madre, son la Dualidad o el Logos de doble sexo, del cual salieron los otros siete Sephiroth. De igual modo, la primera Tríada judía, Sephira, Chokmah y Binah, es la Trimûrti inda (15). Aunque velados hasta en el Zohar, y más todavía en el Panteón exotérico de la India, todos los particulares relacionados con uno, se encuentran en el otro. Los Prajâpati son los Sephiroth. Siendo diez en Brahmâ, quedan reducidos a siete cuando la Trimûrti, o la Tríada kabalística, se separan del resto. Los siete Constructores o “Creadores” se convierten en los siete Prajâpati, o los siete Rishis, en el mismo orden en que los Sephiroth se convierten en los Creadores, luego en los Patriarcas, etc. En ambos Sistemas Secretos, la Esencia Una Universal es incomprensible e inactiva en su Absolutividad, y sólo de un modo indirecto puede ser relacionada con la Construcción del Universo. En ambos, el Principio primitivo Masculino-Femenino, o Andrógino, y sus diez y sus siete Emanaciones -Brahmâ-Virâj y Aditi-Vâch de una parte, y los Elohim.-Jehovah o Adam-Adami (Adam Kadmon) y Sephira-Eva de la otra, con sus Prajâpati y Sephiroth- representan en su totalidad, en primer término, al Hombre Arquetipo, el Protologos; y sólo en su aspecto secundario se convierten en poderes cósmicos, y en cuerpos astronómicos o siderales. Si Aditi es la madre de los Dioses, Deva-Mâtri, Eva es la madre de todo lo que vive; ambas son el Shakti o Poder Generador, en su aspecto femenino, del Hombre Celeste, y los dos son creadores compuestos. Un Guptâ Vidyâ Sûtra, dice: En el principio, un Rayo, saliendo de Paramârthika (la Existencia Verdadera, una y única), se hizo manifiesto en Vyâvahârika (Existencia Convencional), que fue usada como un Vâhana para descender a la Madre Universal, y hacerla dilatar (henchirse). Y en el Zohar se declara: La Unidad Infinita, informe y sin semejanza, después que fue creada la Forma del Hombre Celeste, usó de ella. La Luz Desconocida (16) (Tinieblas) usó la Forma Celeste (... ..., Adam Oilah) como un Carro (... Mercaba) para descender por su medio, y deseó ser llamado por esta Forma, que es el nombre sagrado de Jehovah. Y como dice también el Zohar: En el principio, la Voluntad del rey fue anterior a toda otra existencia... Ella (la Voluntad) dibujó las formas de todas las cosas que habían estado ocultas, pero que ahora se presentaban a la vista. Y salió de la cabeza de Ain-Soph, como un secreto sellado, una chispa nebulosa de materia, sin contornos ni forma... La Vida es atraída de abajo, y de arriba se renueva la fuente; el mar siempre está lleno y extiende sus aguas por todas partes. De este modo la Deidad es comparada a un mar sin orillas, al Agua, que es “la fuente de la vida” (17). “El séptimo palacio, la fuente de la vida, es el primero en el orden desde arriba” (18). De aquí el principio kabalístico puesto en los labios del kabalístico Salomón, quien dice en los Proverbios: “La Sabiduría ha edificado su casa: ha tallado sus siete pilares” (19). ¿De dónde proviene, pues, toda esta identidad de ideas, si no hubo una Revelación Universal primordial? Los pocos puntos señalados son como unas cuantas pajas en un montón de heno, en comparación de lo que se descubrirá en la continuación de esta obra. Si nos volvemos a la más obscura de todas las cosmogonías, la china, hasta en ella encontraremos la misma idea. Tsitsai, el Existente por Sí Mismo, es Tinieblas Desconocidas, la Raíz del Wuliang-sheu; la Edad Ilimitada; Amitâbha y Tien, el Cielo, vienen después. El “Gran Extremo”, de Confucio, da la misma idea, a pesar de sus “inconsistencias”. Estas últimas son causa de gran diversión para los misioneros, quienes se ríen de todas las religiones “paganas”, desprecian y odian las de sus hermanos cristianos de otras denominaciones, y sin embargo, todos aceptan, al pie de la letra, su propio Génesis. Si consideramos la Cosmogonía caldea, encontramos en ella a Anu, la Deidad Oculta, el Uno, cuyo nombre, además, muestra su origen sánscrito, pues Anu significa Átomo en sánscrito, y Anîyâmsam-aniyasâm (el más pequeño de los pequeños) es un nombre de Parabrahman en la filosofía vedantina, en la cual Parabrahman está descrito como más pequeño que el átomo más diminuto, y mayor que la más grande esfera o universo: Anagrânîyas y Mahatoruvat. En los primeros versículos del Génesis accadiano, como se ha encontrado en los textos cuneiformes de los ladrillos babilónicos o Lateres Coctiles, y según ha sido traducido por George Smith, vemos a Anu, la Deidad Pasiva o Ain-Soph; Bel el Creador, el Espíritu de Dios o Sephira, moviéndose sobre la Faz de las Aguas, y por tanto, el Agua misma; y a Hea, el Alma Universal o la Sabiduría de los Tres combinados. Los primeros ocho versículos se expresan de este modo: 1. Cuando arriba no se habían elevado los cielos; 2. y abajo en la tierra no había crecido planta alguna; 3. el abismo no había traspasado sus límites. 4. El Caos (o Agua) Tiamat (el Mar), era la madre productora de todos ellos. (Ésta es el Aditi y Sephira Cósmicos). 5. Estas aguas fueron al principio ordenadas; pero 6. ni un árbol había crecido, ni una flor se había abierto. 7. Cuando los Dioses no habían surgido, ninguno de ellos; 8. ninguna planta había crecido, y el orden no existía (20). Éste era el período caótico o antegenésico, el doble Cisne, y el Cisne Negro que se vuelve blanco, cuando se crea la Luz (21). El símbolo elegido para el majestuoso ideal del Universal Principio parecerá poco a propósito para responder a su carácter sagrado. Un ganso, y aun un cisne, puede parecer sin duda fuera de lugar, para representar la grandeza del espíritu. Sin embargo, ha debido tener algún profundo y oculto significado, puesto que figura no sólo en todas las cosmogonías y religiones del mundo, sino que hasta fue elegido por los cristianos de la Edad Media, los cruzados, como Vehículo del Espíritu Santo, que se supuso conducía el ejército a Palestina, para arrancar la tumba del Salvador de las manos de los sarracenos. Si hemos de dar crédito a la declaración del profesor Draper en su Intelectual Development of Europe, los cruzados conducidos por Pedro el Ermitaño eran precedidos, a la cabeza del ejército, por el Espíritu Santo bajo la forma de un ánsar blanco en compañía de una cabra. Seb, el Dios del Tiempo egipcio, lleva un ganso sobre la cabeza: Júpiter toma la forma de un cisne, y lo mismo Brahmâ; y el fundamento de todo esto es aquel misterio de los misterios, el Huevo del Mundo. Hay que aprender la razón de un símbolo antes de despreciarlo. El elemento doble de Aire y Agua, es el del ibis, el del cisne, el del ganso y el del pelícano, el del cocodrilo y el de la rana, el de las flores del loto y el de los lirios de agua, etc.; y el resultado es la elección de los símbolos más impropios, tanto por los místicos modernos como por los antiguos. Pan, el gran Dios de la Naturaleza, era generalmente representado en compañía de aves acuáticas, especialmente de gansos, y lo mismo sucedía con otros Dioses. Si más tarde, con la degeneración gradual de la religión, los Dioses a quienes se consagraban gansos se convirtieron en deidades priápeas, no es una razón para que las aves acuáticas fuesen inviolables para Pan y otras deidades fálicas, como lo han querido interpretar algunos burlones hasta de la antigüedad (22), sino que el poder abstracto y divino de la Naturaleza Procreadora se había antropomorfizado groseramente. Ni tampoco muestra el cisne de Leda “hechos priápeos y los goces de ella con los mismos”, como lo expresa castamente Mr. Hargrave Jennings; pues este mito no es sino otra versión de la misma idea filosófica de la Cosmogonía. Los cisnes se hallan con frecuencia asociados con Apolo, por ser los emblemas del Agua y del Fuego, y también de la Luz del Sol, antes de la separación de los Elementos. Nuestros modernos simbologistas podrían aprovecharse de algunas observaciones hechas por una escritora muy conocida, Mrs. Lydia María Child, que dice: Desde tiempo inmemorial se ha rendido culto en el Indostán a un emblema como tipo de la creación, u origen de la vida... Shiva, o el Mahâdeva, no sólo es el reproductor de las formas humanas, sino también el principio fructificador, el poder generador que compenetra al Universo. El emblema maternal es igualmente un distintivo religioso. Esta reverencia a la producción de la vida introdujo en el Culto de Osiris los emblemas sexuales. ¿Es de extrañar que considerasen reverentemente el gran misterio del nacimiento humano? ¿Eran ellos impuros por considerarlo de tal modo, o lo somos nosotros por no considerarlo así? Pero ningún hombre pensador y puro podría juzgarlos de tal modo... Hemos andado mucho, e impuros han sido los senderos, desde que aquellos antiguos anacoretas hablaron por primera vez de Dios en las solemnes profundidades de sus primitivos santuarios. No nos sonriamos de su modo de buscar la causa incomprensible e infinita por medio de todos los misterios de la Naturaleza, pues al hacerlo así arrojaríamos la sombra de nuestra grosería sobre su patriarcal sencillez (23). SECCIÓN VI EL HUVO DEL MUNDO ¿De dónde procede este símbolo universal? El Huevo fue añadido como signo sagrado a la Cosmogonía de todos los pueblos de la tierra, y fue reverenciado tanto por su forma como por su misterio interno. Desde los primeros conceptos mentales del hombre, se reconocía que era lo que representaba más propiamente el origen y el secreto del Ser. El desarrollo gradual del germen imperceptible encerrado en la cáscara; el trabajo interno, sin ninguna intervención o fuerza externa notoria, que de una nada latente producía un algo activo, sin necesitar para ello más que del calor; y el que, habiéndose desenvuelto gradualmente una criatura viva concreta, rompía su cáscara apareciendo a los sentidos externos de todos, como un ser por sí mismo generado y por sí mismo creado; todo esto tiene que haber sido desde el principio un milagro permanente. La Enseñanza Secreta explica la razón de esta reverencia por el simbolismo de las razas prehistóricas. En el principio, la “Causa Primera” no tenía nombre. Más tarde la fantasía de los pensadores la figuró como un ave, siempre invisible y misteriosa, que hizo un Huevo en el Caos, cuyo Huevo se convirtió en el Universo. De aquí que Brahmâ fuese llamado Kâlahansa, “el Cisne en (el Espacio y en) el Tiempo”. Convirtiéndose Brahmâ en el “Cisne de la Eternidad”, pone al principio de cada Mahâmanvantara un Huevo de Oro, que simboliza el gran Círculo, ... ...., que a su vez es el símbolo del Universo y sus cuerpos esféricos. La segunda razón, para haber sido elegido el Huevo como representación simbólica del Universo, y de nuestra Tierra, fue su forma. Era un Círculo y una Esfera; y la figura oviforme de nuestro Globo debió de haber sido conocida desde el principio de la simbología, puesto que fue adoptado el Huevo tan universalmente. La primera manifestación del Kosmos en forma de un huevo era la creencia más difundida de la antigüedad. Como muestra Bryant (1), era un símbolo adoptado entre los griegos, los sirios, los persas y los egipcios. En el Ritual egipcio, Seb, el Dios del Tiempo y de la Tierra, se dice que puso un Huevo, o el Universo, “un Huevo concebido a la hora del Gran Uno de la Fuerza Doble” (2). Ra es representado, lo mismo que Brahmâ, en gestación en el Huevo del Universo. El Difunto “resplandece en el Huevo del País de los Misterios” (3). Pues éste es “el Huevo al que se le da Vida entre los Dioses” (4). “Es el Huevo de la gran Gallina clueca, el Huevo de Seb, que sale de él como un halcón” (5). Entre los griegos, el Huevo Órfico está descrito por Aristófanes, y era una parte de los misterios dionisíacos, y otros, durante los cuales era consagrado el Huevo del Mundo y explicaba su significación; Porfirio lo muestra como una representación de la palabra “... ... ... ...”. Faber y Bryant han tratado de demostrar que el Huevo simbolizaba el Arca de Noé, creencia extravagante, a menos que sea aceptada como puramente alegórica y simbólica. Puede haber sido símbolo del Arca, como sinónimo de la Luna, el Argha que lleva la semilla universal de vida; pero seguramente no ha tenido nada que ver con el Arca de la Biblia. Sea como fuere, la creencia de que el Universo existía en el principio en la forma de un Huevo, era general. Y como dice Wilson: En todos los Purânas se hace una relación semejante de la primera agregación de los Elementos en forma de un Huevo, con el epíteto usual de Haima o Hiranya “áureo”, como ocurre en Manu, 1, 9 (6). Hiranya, sin embargo, significa “resplandeciente”, “brillante”, más bien que “áureo”, como está probado por el gran erudito indo, el difunto Swâmi Dayanand Sarasvati, en sus polémicas, inéditas, con el profesor Max Müller. Como se dice en el Vishnu Purâna: La Inteligencia (Mahat)... los elementos (inmanifestados) groseros inclusive, formaron un Huevo... y el mismo Señor del Universo habitó en él, con el carácter de Brahmâ. En este Huevo, o Brâhman, estaban los continentes, los mares y las montañas, los planetas y las divisiones de los planetas, los dioses, los demonios y la humanidad (7). Tanto en Grecia como en la India, el primer Ser masculino visible, que reunía en sí mismo la naturaleza de los dos sexos, habitó en el Huevo y salió de él. Este “Primogénito del Mundo” es, según algunos griegos, Dionysus, el Dios que salió del Huevo del Mundo, y del que derivan los Mortales y los Inmortales. El Dios Ra, en el Libro de los Muertos, es representado radiante en su Huevo (el Sol), y emprende su marcha tan pronto como el Dios Shu (la Energía Solar), le despierta y le da impulso (8). “Él está en el Huevo Solar, el Huevo al que se le da Vida entre los Dioses” (9). El Dios Solar exclama: “Yo soy el Alma Creadora del Abismo Celestial. Nadie ve mi Nido, nadie puede romper mi Huevo; ¡yo soy el Señor !” (10). En vista de esta forma circular, el “...” saliendo del ... o Huevo, o el macho de la hembra en el andrógino, es extraño ver a un erudito decir, fundándose en que los manuscritos indos de mayor antigüedad no muestran rastro de ello, que los antiguos arios ignoraban la notación decimal. El 10, siendo el número sagrado del Universo, era secreto y esotérico, tanto como unidad que como cero, el Círculo. Además, el profesor Max Müller dice que “las dos palabras, cipher y cero (11), que no son sino una, bastan a probar que nuestros números fueron tomados de los árabes” (12). Cipher es el cifrón árabe, y significa “vacío”, traducción del sánscrito sunyan, “nada” -dice el citado profesor (13). Los árabes tomaron sus números del Indostán, y nunca pretendieron su descubrimiento. En cuanto a los pitagóricos, basta mirar los antiguos manuscritos del tratado de Boecio, De Arithmetica, compuesto en el siglo VI, para ver entre los números pitagóricos el “1” y el “0”, como la primera y última cifra (14). Y Porfirio, que cita del Moderatus pitagórico (15), dice que los números de Pitágoras eran “símbolos jeroglíficos, por cuyo medio explicaba las ideas concernientes a la naturaleza de las cosas”, o el origen del Universo. Ahora bien; si, por una parte, los manuscritos más antiguos de la India no muestran hasta el presente rastro alguno de notación decimal, y Max Müller afirma muy claramente que hasta ahora sólo ha encontrado nueve letras, iniciales de los numerales sánscritos; por otra parte, tenemos anales tan antiguos como aquéllos, que facilitan las pruebas necesarias. Nos referimos a los sepulcros y a las imágenes sagradas de los templos más antiguos del lejano Oriente. Pitágoras derivó su conocimiento de la India; y vemos al profesor Max Müller corroborando esta declaración, por lo menos hasta el punto de admitir que los neopitagóricos fueron los primeros en enseñar el “cálculo” entre los griegos y los romanos; que “en Alejandría o en Siria conocieron las cifras indas, y las adaptaron al Ábaco pitagórico”. Esta admisión cautelosa, implica que el mismo Pitágoras sólo conocía nueve cifras. Así pues, podríamos contestar con razón que, aun cuando no tengamos pruebas exotéricas de que la notación decimal era conocida por Pitágoras que vivió en el mismo fin de las edades arcaicas (16), sin embargo, tenemos trestimonios suficientes para demostrar que el completo de los números, tal como lo da Boecio, era conocido de Pitágoras aun antes de fundarse Alejandría (17). Este testimonio lo encontramos en Aristóteles, que dice que “algunos filósofos sostienen que las ideas y los números son de la misma naturaleza, y que en total suman diez” (18). Esto creemos que basta para demostrar que la notación decimal les era conocida, por lo menos, cuatro siglos antes de Cristo; pues Aristóteles no parece tratar el asunto como una innovación de los neopitagóricos. Pero nosotros sabemos algo más que esto; sabemos que el sistema decimal debe de haber sido usado por la humanidad de las primeras edades arcaicas puesto que toda la parte astronómica y geométrica de la lengua sacerdotal secreta estaba basada en el número 10, o la combinación de los principios masculino y femenino; y que la llamada “Pirámide de Cheops” está construida sobre medidas de esta notación decimal, o más bien sobre los dígitos y sus combinaciones con el cero. Sobre esto, sin embargo, se ha dicho bastante en Isis sin Velo, y es inútil repetirlo. El simbolismo de las Deidades lunares y solares está mezclado de un modo tan laberíntico, que es casi imposible separar unos de otros signos, tales como el Huevo, el Loto y los Animales “Sagrados”. El Ibis, por ejemplo, era muy venerado en Egipto. Estaba consagrado a Isis, que a menudo es representada con la cabeza de este pájaro, y también estaba consagrado a Mercurio o Thoth, que se dice tomó su forma cuando escapó de Tifón. Había dos clases de Ibis en Egipto -dice Herodoto (19)-; uno enteramente negro, y el otro negro y blanco. Del primero se decía que luchaba con las serpientes aladas, que venían de la Arabia en la primavera e infestaban el país, y las exterminaba; el otro estaba consagrado a la Luna, porque este planeta es blanco y brillante en su lado externo, y obscuro y negro en el lado que jamás muestra a la Tierra. Además, el Ibis mata las serpientes de tierra, y hace un terrible destrozo en los Huevos de los cocodrilos, salvando así a Egipto de tener el Nilo más que infestado por esos horribles saurios. Se dice que este pájaro ejecuta esto a la luz de la Luna, siendo así ayudado por Isis, cuyo símbolo sideral es la Luna. Pero la verdad esotérica más correcta que yace bajos estos mitos populares, es que Hermes, como lo demuestra Abenephius (20), cuidaba de los egipcios bajo la forma de aquel pájaro, y les enseñaba las artes y ciencias ocultas. Esto quiere decir sencillamente que el ibis religioso tenía, y tiene, propiedades “mágicas” en común con muchas otras aves, sobre todo el albatros y el cisne blanco simbólico, el Cisne de la Eternidad o Tiempo, el Kâlahansa. Si hubiera sido verdaderamente de otro modo, ¿por qué tenían todos aquellos antiguos, que no eran más necios que nosotros, semejante temor supersticioso a matar ciertas aves? En Egipto, el que mataba un Ibis, o el Halcón Dorado, símbolo del Sol y de Osiris, corría peligro de muerte y con mucho trabajo escapaba de la misma. La veneración de algunas naciones por las aves era tal, que Zoroastro, en sus preceptos, prohíbe su muerte como un crimen horrible. En nuestra época nos reímos de toda clase de adivinación. Sin embargo, muchas generaciones han creído en la adivinación por medio de las aves y hasta en la Zoomancía, que, según Suidas, fue comunicada por Orfeo, que enseñaba el modo, bajo ciertas condiciones, de percibir en la yema y clara de un huevo lo que el pájaro que hubiese salido de él hubiera visto a su alrededor durante su corta vida. Este arte oculto, que hace 3.000 años exigía el más profundo saber y los cálculos matemáticos más abstrusos, ha caído ahora en el abismo de la degradación; y hoy son los cocineros viejos y los que dicen la buenaventura quienes predicen el destino a las jóvenes sirvientas que buscan marido en la clara de un huevo puesto en un vaso. Sin embargo, hasta los cristianos tienen aún hoy sus aves sagradas; por ejemplo, la Paloma, símbolo del Espíritu Santo. Tampoco han olvidado los animales sagrados; y su zoolatría evangélica, con su Toro, Águila, León y Ángel (en realidad el Querubín o Serafín, la Serpiente de fuego alada), es tan pagana como la de los egipcios o la de los caldeos. estos cuatro animales son, realmente, los símbolos de los cuatro elementos, y de los cuatro principios inferiores en el hombre. Sin embargo, corresponden física o materialmente a las cuatro constelaciones que forman, por decirlo así, el séquito o cortejo del Dios Solar, y que, durante el solsticio de invierno, ocupan los cuatro puntos cardinales del círculo zodiacal. Estos cuatro “animales” se ven en muchos de los Nuevos Testamentos católico-romanos en que se hallan los “retratos” de los Evangelistas. Son los animales del Mercabah de Ezequiel. Como lo declara con verdad Ragón: Los antiguos Hierofantes han combinado tan hábilmente los dogmas y símbolos de sus filosfías religiosas, que sólo pueden ser explicados por completo por la combinación y el conocimiento de todas las claves. Sólo pueden ser interpretados aproximadamente, aun cuando se llegase a descubrir tres de los siete sistemas, a saber: el antropológico, el psíquico y el astronómico. Las dos principales interpretaciones, la más elevada y la más inferior, la espiritual y la fisiológica, fueron conservadas en el mayor secreto, hasta que la última cayó en poder de los profanos. Esto, en cuanto a los Hierofantes prehistóricos, entre quienes lo que se ha convertido ahora en lo pura, o impuramente, fálico, era una ciencia tan profunda y tan misteriosa como la Biología y Fisiología lo son ahora. Era propiedad suya exclusiva, el fruto de sus estudios y descubrimientos. Las otras dos eran las que trataban de los Dioses Creadores o Teogonía, y del hombre creador; esto es, de los Misterios ideales y prácticos. Estas interpretaciones fueron tan hábilmente veladas y combinadas, que han sido muchos los que, si bien han llegado a descubrir un significado, han fracasado en la comprensión de otros, no pudiendo nunca descifrarlos lo bastante para cometer indiscreciones peligrosas. Las más elevadas, la primera y la cuarta -la Teogonía en relación con la Antropología- eran casi imposibles de sondear. De esto tenemos pruebas en la “Sagrada Escritura” judía. La serpiente se convirtió en símbolo de la Sabiduría y emblema de los Logos, o los Nacidos por Sí Mismos, por ser ovípara. En el templo de Philae, en el Alto Egipto, se preparaba un huevo, artificialmente, con arcilla mezclada con varios inciensos. Era luego empollado por medio de un procedimiento particular, y se producía una cerasta, o víbora con cuernos. Lo mismo se hacía en los templos indos, en la antigüedad, respecto de la cobra. El Dios Creador emerge del Huevo que sale de la boca de Kneph, como una Serpiente alada; pues la Serpiente es el símbolo de Toda Sabiduría. Entre los hebreos, la misma Deidad se simboliza por las “Serpientes de Fuego” o Voladoras de Moisés en el desierto; y entre los místicos alejandrinos se convierte en el Orphio-Christos, el Logos de los gnósticos. Los protestantes tratan de demostrar que la alegoría de la Serpiente de Bronce y de las Serpientes de Fuego se refiere directamente al misterio del Cristo y de la Crucifixión, mientras que, en verdad, tiene mucha más relación con el misterio de la generación, cuando no está asociada al Huevo con el Germen Central o Círculo con su Punto central. Los teólogos protestantes nos hubieran querido hacer creer en su interpretación, ¡sólo porque la Serpiente de Bronce estaba izada en un palo! Pero esto se refería más bien al Huevo egipcio mantenido en alto apoyado por la Tau sagrada; puesto que el Huevo y la Serpiente son inseparables en el culto y simbología antiguos en Egipto, y que tanto la Serpiente de Bronce como la de Fuego eran Seraphs, los ardientes Mensajeros “Ígneos” o los Dioses Serpientes, los Nâgas de la India. Sin el Huevo era un símbolo puramente fálico, pero asociado a aquél, se refería a la creación cósmica. La Serpiente de Bronce no tenía un significado tan santo como los protestantes quieren atribuirle; ni era realmente glorificada con preferencia a las Serpientes de Fuego, para cuya mordedura era sólo un remedio natural; siendo el significado simbólico de la palabra “Bronce” el principio femenino, y el “Fuego” u “Oro” el principio masculino. Se dice en el Libro de los Números que los judíos se quejaban del Desierto en donde no había agua (21), después de lo cual, “el Señor envió serpientes de fuego” para que los mordiesen; y luego, para favorecer a Moisés, le dio como remedio la Serpiente de Bronce sobre un palo para que la mirasen; y entonces, “cualquiera que contemplaba la serpiente de bronce... vivía” (?). Después de esto, el “Señor” reunió a la gente en el pozo de Beer, les dio agua, y el pueblo de Israel, agradecido, entonó esta canción: “Surge ¡oh! pozo”. Cuando el lector cristiano, después de estudiar el simbolismo, llegue a conocer el significado interno de estos tres símbolos, el Agua, el Bronce y la Serpiente, y algunos más, en el sentido que les da la Santa Biblia, no le gustará relacionar el nombre sagrado de su Salvador con el incidente de la Serpiente de Bronce. Los Serafim (...) o Serpientes de Fuego Aladas están sin duda alguna relacionados con la idea, y son inseparables de la “Serpiente de la Eternidad, Dios”, como lo explica el Apocalypse de Kenealy; pero la palabra Querube significaba también Serpiente en un sentido, aunque su significación directa es diferente, pues los Querubines y los Grifos Alados de los persas (...), los guardianes de la Montaña de Oro, son una misma cosa; y el nombre compuesto de los primeros, muestra su carácter, puesto que está formado de kr (...) un círculo, y aub u ob (...) serpiente, y por tanto, significa una “serpiente en un círculo” Y esto establece el carácter fálico de la Serpiente de Bronce, y justifica que Ezequías la rompiese (22). Verbum satis sapienti! En el Libro de los Muertos, como se ha mostrado (23), se menciona a menudo el Huevo. Ra, el Poderoso, permanece en su Huevo, durante la lucha entre los “Hijos de la Rebelión” y Shu, la Energía Solar y el Dragón de las Tinieblas. El Difunto resplandece en su Huevo cuando cruza el País del Misterio. Él es el Huevo de Seb. El Huevo era el símbolo de la Vida en la Inmortalidad y en la Eternidad; y también el signo de la matriz generadora; mientras que la Tau, que estaba asociada con él, era sólo el símbolo de la vida y del nacimiento en la generación. El Huevo del Mundo estaba colocado en Khum, el Agua del Espacio o el Principio femenino abstracto; convirtiéndose Khum, con la “caída” de la humanidad en la generación y falicismo, en Ammon, el Dios Creador. Cuando Ptah, el “Dios Flamígero”, lleva el Huevo del Mundo en la mano, entonces el simbolismo viene a ser por completo terrestre y concreto en su significación. En conjunción con el Halcón, símbolo de Osiris-Sol, el símbolo es doble, y se refiere a ambas Vidas: la mortal y la inmortal. Los grabados de un papiro en el (Edipus Egyptiacus (24) de Kircher muestran un huevo flotando sobre la momia. Éste es el símbolo de la esperanza y la promesa de un Segundo Nacimiento para el Muerto Osirificado; su Alma, después de la debida purificación en el Amenti, tendrá su gestación en este Huevo de la Inmortalidad, para renacer de él en una nueva vida sobre la tierra. Pues este Huevo, en la Doctrina Esotérica, es el Devachán, la mansión de la Dicha; el Escarabajo Alado siendo también otro símbolo de lo mismo. El Globo Alado no es sino una forma del Huevo, y tiene el mismo significado que el Escarabajo, el Khopiru -de la raíz khopru, venir a ser, renacer-, el cual se relaciona con el renacimiento del hombre y con su regeneración espiritual. En la Theogony de Mochus vemos al AEther primero, y luego al Aire, los dos principios de los cuales Ulom, la Deidad (...) Inteligible, el Universo visible de la Materia, nació del Huevo del Mundo (25). En los Orphic Hymns, Eros-Phanes se despliega del Huevo Divino, al que impregnan los Vientos AEthéreos, siendo el Viento el “Espíritu de Dios”, o más bien el “Espíritu de la Obscuridad Desconocida” -la Idea Divina de Platón-, que se dice se mueve en el AEther (26). En el Katha-Upanishad indo, Purusha, el Espíritu Divino, ya está presente ante la Materia Original; “de cuya unión surge la Gran Alma del Mundo”. Mahâ-Âtmâ, Brahmâ, el Espíritu de Vida (27), etc.; todos estos últimos nombres son idénticos al Anima Mundi o “Alma Universal”, la Luz Astral de los kabalistas y ocultistas, o el “Huevo de las Tinieblas”. Además de ésta, hay muchas preciosas alegorías sobre el asunto, esparcidas en los Libros sagrados de los brahmanes. En uno de ellos, el creador femenino es primeramente un germen, luego una gota de rocío celeste, una perla y después un Huevo. En tales casos, demasiado numerosos para citarlos separadamente, el Huevo da nacimiento a los cuatro elementos dentro del quinto, el AEther, y está cubierto con siete envolturas que más adelante se convierten en los siete mundos superiores y siete inferiores. Rompiéndose en dos, la cáscara se convierte en el Cielo y los contenidos en la Tierra, formando la clara las Aguas Terrestres. Por otra parte, también Vishnu sale del Huevo con un Loto en la mano, Vinatâ, hija de Daksha, y esposa de Kashyapa, “el nacido de sí mismo, que surgió del Tiempo”, uno de los siete “Creadores” de nuestro Mundo, produjo un Huevo, del que nació Garuda, el Vehículo de Vishnu; la última alegoría teniendo relación con nuestra Tierra, pues Garuda es el Gran Ciclo. El Huevo estaba consagrado a Isis; por lo cual los sacerdotes de Egipto nunca comían huevos. A Isis casi siempre se la representa teniendo un Loto en una mano, y un Círculo y una Cruz (cruz ansata) en la otra. Diodoro de Sicilia declara que Osiris nació de un Huevo, lo mismo que Brahmâ. Del Huevo de Leda nacieron Apolo y Latona, y también Castor y Pólux, los Gemelos resplandecientes. Y aun cuando los buddhistas no atribuyen a su fundador el mismo origen, sin embargo, lo mismo que los antiguos egipcios y los modernos brahmanes, tampoco comen huevos, para no destruir el germen de vida latente en ellos, y no cometer pecado. Los chinos creen que su Primer Hombre nació de un Huevo que Tien dejó caer del Cielo a la Tierra en las Aguas (28). Este huevo-símbolo es todavía considerado por algunos como representando la idea del origen de la vida, lo cual es una verdad científica, aunque el ovum humano sea invisible a la simple vista. De aquí el respeto que vemos le demuestran, desde la más remota antigüedad, los griegos, los fenicios, los romanos, los japoneses y los siameses, las tribus de América, tanto del Norte como del Sur; y hasta los salvajes de las islas más remotas. Entre los egipcios, el Dios Oculto era Ammon o Mon, el “Oculto”, el Espíritu Supremo. Todos sus Dioses eran dobles (la Realidad científica para el santuario; su doble, la Entidad fabulosa y mística, para las masas). Por ejemplo, como se ha observado en la Sección “Chaos, Theos, Kosmos”, Horus el Mayor era la Idea del Mundo permaneciendo en la Mente del Demiurgo, “nacido en las Tinieblas antes de la Creación del Mundo”; el Segundo Horus era la misma Idea saliendo del Logos, revistiéndose de materia y entrando en la existencia positiva (29). Horus el “Mayor”, o Haroiri, es un aspecto antiguo del Dios Solar, contemporáneo de Ra y Shu; a Haroiri se le toma con frecuencia equivocadamente por Hor (Horsusi), Hijo de Osiris y de Isis. Los egipcios representan a menudo al Sol naciente bajo la forma de Hor, el Mayor, levantándose de un Loto completamente desarrollado, el Universo, y el disco solar se ve siempre en la cabeza del halcón de aquel Dios. Haroiri es Khnum. Lo mismo sucede con Khnum y Ammon, ambos representados con cabezas de morueco, y a menudo confundidos el uno con el otro, aunque sus funciones son diferentes. Khnum es el “modelador de hombres”, formando a los hombres y a las cosas, del Huevo del Mundo, con una rueda de alfarero; Ammon Ra, El Generador, es el Aspecto secundario de la Deidad Oculta. Khnum era adorado en Elefanta y Philae (30), y Ammon en Tebas. Pero Emepht, el Principio Uno Supremo Planetario, es el que hace surgir el Huevo de su boca, y es, por lo tanto, Bramhâ. La Sombra de la Deidad Kósmica y Universal, de aquello que cobija y compenetra al Huevo con su Espíritu vivificador, hasta que madura el germen contenido en él, era el Dios del Misterio, cuyo nombre era impronunciable. Sin embargo, Ptah es “el que abre” la Vida y la Muerte (31), el que procede del Huevo del mundo para comenzar su obra doble (32). Según los griegos, la forma espectral de los Chemis (Chemi, el antiguo Egipto), que flota sobre las Ondas Etéreas de la Esfera Empírea, fue llamada a la existencia por Horus-Apolo, el Sol Dios, que hizo que se desenvolviese del Huevo del Mundo. El Brahmânda Purâna contiene por completo el misterio sobre el Huevo Áureo de Brahmâ; y por esto es por lo que, quizás, es inaccesible a los orientalistas, quienes dicen que este Purâna, como el Skanda, “ya no puede obtenerse en un cuerpo colectivo”, sino “que está representado por una variedad de Khandas y Mâhâtmyas que pretenden derivarse de él”. Al Brahmânda Purâna se le describe como “el que ha declarado en 12.200 versos la magnificencia del Huevo de Brahmâ, y el que contiene una relación de los Kalpas futuros, como revelación de Brahmâ” (33). Así es, en efecto, y quizá sea mucho más. En la Cosmogonía escandinava, considerada por el profesor Max Müller como “muy anterior a los Vedas”, en el problema de Wöluspa, el Canto de la Profetisa, se descubre de nuevo el Huevo del Mundo en el Germen-fantasma del Universo, que está representado como recogido en el Cinnungagap, la Copa de la Ilusión, Mâyâ, el Abismo Ilimitado y Vacío. En esta Matriz del Mundo, antes región de oscuridad y de desolación, Nefelheim, el Lugar de la Niebla (el nebular, como ahora lo llaman), en la Luz Astral, cayó un Rayo de Luz Fría que hizo rebosar la copa, y se heló en ella. Entonces, el Invisible sopló Aguas (Caos), llamadas las Corrientes de Eliwagar, destilándose en gotas vivificantes, cayeron y crearon la Tierra y el Gigante Ymir, que sólo tenía la “semejanza del hombre” (el Hombre Celeste), y la Vaca, Audumla (la “Madre”, Luz Astral o Alma Cósmica), de cuya ubre fluyeron cuatro torrentes de leche; los cuatro puntos cardinales, los cuatro manantiales de los cuatro ríos del Edén, etc.; cuyos “cuatro” están simbolizados por el Cubo en todos sus diferentes significados místicos. Los cristianos (especialmente las Iglesias griega y latina) han adoptado por completo el símbolo, y ven en él una conmemoración de la vida eterna, de la salvación y de la resurrección. Esto se ve y está corroborado por la costumbre tradicional de cambiar los “Huevos de Pascua”. Desde el anguinum, el “Huevo” del Druida Pagano, cuyo solo nombre hacía temblar de miedo a Roma, hasta el Huevo rojo de Pascua del campesino eslavo, ha pasado un ciclo. Y, sin embargo, ya sea en la Europa civilizada o entre los salvajes abyectos de la América Central, encontramos el mismo pensamiento arcaico primitivo, si nos tomamos el trabajo de buscarlo, y si a consecuencia del orgullo de nuestra imaginada superioridad intelectual y física, no desfiguramos la idea original del símbolo. SECCIÓN VII LOS DÍAS Y NOCHES DE BRAHMÂ Éste es el nombre que se ha dado a los Períodos llamados Manvantara (Manu-antara o entre Manus) y Pralaya, o Disolución; el uno se refiere a los Períodos activos del Universo; el otro, a sus tiempos de Reposo relativos y completos, ya ocurran al final de un Día, o de una Edad, o Vida, de Brahmâ. Estos Períodos, que se siguen los unos a los otros en sucesión, se llaman también Kalpas Pequeños y Kalpas Grandes, el Kalpa Menor y el Mahâ Kalpa; aunque, propiamente hablando, el Mahâ Kalpa no es nunca un Día, sino toda una Vida o Edad de Brahmâ; pues como se dice en Brahma Vaivarta: “Los Cronólogos computan un Kalpa por la Vida de Brahmâ. Los Kalpas Menores, como Samvarta y los demáas, son numerosos”. A decir verdad, son infinitos, pues nunca han tenido principio; o, en otras palabras, nunca ha habido un primer Kalpa, ni nunca habrá un último, en la Eternidad. Un Parârdha, o la mitad de la existencia de Brahmâ, en la ordinaria aceptación de esta medida del tiempo, ha expirado ya en el presente Mahâ Kalpa; el anterior Kalpa fue el Padma o el del Loto de Oro; el presente es el Varâha (1), la Encarnación, o Avatâra, del “Verraco”. Una cosa debe ser tenida especialmente en cuenta por el hombre docto que estudie la religión inda en los Purânas. Nunca debe tomar literalmente, ni en un solo sentido, las declaraciones que allí encuentre; y principalmente las que se refieren a los Manvantaras o Kalpas, tienen que comprenderse en sus distintas referencias. Pues estas Edades, por ejemplo, se refieren, en el mismo lenguaje, tanto a los períodos grandes como a los pequeños, a Mahâ Kalpas y Ciclos Menores. El Matsya, o Pez Avatâra, tuvo lugar antes del Varâha o Verraco Avatâra, por lo cual las alegorías deben referirse tanto al Padma Manvantara como al presente, y también a los Cielos Menores que han tenido lugar desde la reaparición de nuestra Cadena de Mundos y la Tierra. Y como el Matsya Avatâra de Vishnu y el Diluvio de Vaivasvata están correctamente relacionados con un suceso que tuvo lugar en nuestra Tierra durante esta Ronda, es evidente que, aunque puede relacionarse con sucesos precósmicos -precósmicos en el sentido de nuestro Cosmos o Sistema Solar-, se refiere, en cuanto a nosotros, a un período geológico remoto. Ni aun la Filosofía Esotérica puede pretender conocer, excepto por deducciones de analogía, lo que tuvo lugar antes de la reaparición de nuestro Sistema Solar, y antes del último Mahâ Pralaya. Pero enseña claramente que, después del primer disturbio geológico del eje de la Tierra, que terminó con la sumersión en el fondo de los mares de todo el Segundo Continente con sus razas primitivas -de cuyos sucesivos Continentes o “Tierras” fue la Atlántida, el cuarto-, tuvo lugar otro disturbio ocasionado por la vuelta del eje a su anterior grado de inclinación de un modo tan rápido como lo había cambiado: cuando la Tierra fue verdaderamente de nuevo sacada de las aguas (abajo lo mismo que arriba, y viceversa). En aquellos días existían “Dioses” en la Tierra; Dioses y no hombres como los conocemos ahora, dice la tradición. Como se mostrará en el vol. III, el cómputo de los períodos en el Hinduismo exotérico se refiere tanto a los grandes sucesos cósmicos como a los sucesos y cataclismos terrestres pequeños; y lo mismo puede demostrarse con respecto a los nombres. Por ejemplo, el nombre Yudishthira (el primer rey de los sacae o shakas, que principió la Era del Kali Yuga, que debe durar 432.000 años, “rey que existió verdaderamente 3.102 años antes de J. C.”) se aplica también al gran Diluvio, cuando la primera sumersión de la Atlántida. Es el “Yudishthira (2) nacido en la montaña de las cien crestas, en la extremidad del mundo, más allá de la cual nadie puede ir”, e “inmediatamente después del diluvio” (3). No conocemos ningún “Diluvio” 3.102 años antes de J. C.; ni aun el de Noé, que según la cronología judeo-cristiana tuvo lugar 2.349 antes de J. C. Esto se relaciona con una división esotérica del tiempo y un misterio explicado en otra parte, y que, por tanto, puede dejarse a un lado por ahora. Baste decir sobre ese punto que todos los esfuerzos de imaginación de los Wilfords, Bentleys y otros Edipos de la Cronología Inda esotérica han fracasado lamentablemente. Ningún cómputo, ya sea de los Manvantaras o de las Cuatro Edades, ha sido descifrado todavía por nuestros muy sabios orientalistas, quienes, por lo tanto, han cortado el Nudo Gordiano proclamando que todo es “una invención del cerebro brahmánico”. Sea, pues, así, y que descansen en paz esos grandes sabios. Esta “invención” se da al final de los Comentarios de la Estancia II de la Antropogénesis, en el vol. III, con adiciones esotéricas. Veamos, sin embargo, lo que eran las tres clases de Pralayas, y cuál es la creencia popular respecto de los mismos. Por esta vez se halla de acuerdo con el Esoterismo. Sobre el Pralaya, antes del cual transcurren catorce Manvantaras, presididos por otros tantos Manus, y a cuya conclusión ocurre la Disolución Incidental, o de Brahmâ, se dice en el Vishnu Purâna en condensadas paráfrasis: Al final de mil Períodos de Cuatro Edades, que completan un día de Brahmâ, la tierra está casi exhausta. El Eterno (Avyaya) Vishnu asume entonces el carácter de Rudra, el Destructor (Shiva), y vuelve a reunir todas sus criaturas en sí mismo. Entra en los Siete Rayos del Sol, y absorbe todas las Aguas del Globo; hace evaporar la humedad, secando de este modo a toda la Tierra. Los océanos y los ríos, los torrentes y los arroyos, todos se vaporizan. Alimentados así con abundante humedad, los Siete Rayos Solares se convierten en Siete Soles, por dilatación, y finalmente prenden fuego al Mundo. Hari, el destructor de todas las cosas, que es la Llama del Tiempo, Kâlâgni, consume por último a la Tierra. Entonces Rudra, convirtiéndose en Junârdana, exhala nubes y lluvia (4). Hay muchas clases de Pralaya, pero en los antiguos libros indos se mencionan especialmente tres períodos principales. El primero, como lo muestra Wilson, se llama Naimittika (5), “Ocasional” o “Incidental”, causado por los intervalos entre los Días de Brahmâ; es la destrucción de las criaturas, de todo lo que vive y tiene forma, pero no de la substancia, que permanece en statu quo hasta la nueva Aurora que sigue a aquella Noche. El segundo es llamado Prâkritika y tiene lugar al fin de la edad o Vida de Brahmâ, cuando todo lo que existe se resuelve en el Elemento Primario, para ser modelado de nuevo al final de aquella larga Noche. El tercero, Âtyantika, no concierne a los Mundos ni al Universo, sino sólo a cierta clase de individualidades. Es, pues, el Pralaya Individual o Nirvâna, una vez alcanzado el cual, ya no hay más existencia futura posible, ningún renacimiento, hasta después del Mahâ Pralaya. Como esta última Noche dura 311.040.000.000.000 años, con la posibilidad de casi doblarlos como en el caso del afortunado Jîvanmukta que alcanza el Nirvâna en los principios de un Manvantara, es bastante larga para ser considerada como eterna, ya que no sin fin. El Bhâgavata Purâna (6) habla de una cuarta clase de Pralaya, el Nitya, o disolución Constante, y lo explica como el cambio incesante que tiene lugar imperceptiblemente en todas las cosas de este Universo, desde el globo hasta el átomo. Es el crecimiento y la decadencia - la vida y la muerte. Cuando el Mahâ Pralaya llega, los habitantes de Svar-loka, la Esfera Superior, perturbados por la conflagración, buscan refugio “con los Pitris, sus Progenitores, los Manus, los Siete Rishis, los diferentes órdenes de Espíritus Celestiales y los Dioses, en Mahar-loka”. Cuando este último es alcanzado, todos los seres mencionados emigran a su vez de Mahar-loka a Jana-loka, “en sus formas sutiles destinadas a volver a tomar cuerpo en estados semejantes a sus anteriores, cuando se renueve el mundo al principio del Kalpa siguiente” (7). Nubes gigantescas y de ruidosos truenos llenan todo el Espacio (Nabhastala). Descargando torrentes de agua, estas nubes apagan los fuegos tremendos... y entonces llueve sin interrupción durante cien Años (divinos) y se inunda el Mundo entero (el Sistema Solar). Estas lluvias cayendo en gotas tan grandes como dados, cubren la Tierra, llenan la Región Media (Bhuva-loka), e inundan el Cielo. El Mundo se encuentra entonces envuelto en la oscuridad; todas las cosas animadas o inanimadas, habiendo perecido, las nubes continúan vertiendo sus Aguas... y la noche de Brahmâ reina suprema sobre la escena de desolación (8). Esto es lo que llamamos en la Doctrina Esotérica un Pralaya Solar. Cuando las Aguas alcanzan la región de los Siete Rishis, y el Mundo, nuestro Sistema Solar, es un Océano, se detienen. El Hálito de Vishnu se convierte en Viento tempestuoso, que sopla durante otros cien años Divinos, hasta que todas las nubes son dispersadas. El viento es entonces reabsorbido: y Aquello De que todas las cosas son hechas, el Señor por quien todas las cosas existen, Aquel que es inconcebible, sin principio, que es el principio del Universo, reposa durmiendo en Shesha (la Serpiente del Infinito) en medio del Oéano. El Creador ( Âdikrit) Hari, duerme sobre el Océano (del espacio) en la forma de Brahmâ -glorificado por Sanaka (9) y los Santos (Siddhas) de Jana-loka, y contemplado por los santos habitantes de Brahma.-loka, deseosos de la liberación final-, envuelto en místico ensueño, personificación celestial de sus propias ilusiones... Esto es la Disolución ( Pratisanchara) denominada Incidental, porque Hari es su causa Incidental (Ideal) (10). Cuando el Espíritu Universal despierta, el Mundo revive; cuando cierra sus ojos, todas las cosas caen en el hecho del místico dormitar. Así como mil Grandes Edades constituyen un día de Brahmâ (en el original es Padmayoni, lo mismo que Abjayoni “nacido del Loto” no Brahmâ), así del mismo modo consiste su Noche en igual período... Despertando al fin de su Noche, el No Nacido... crea de nuevo el Universo (11). Este es el Pralaya “Incidental”; ¿cuál es la Disolución Elemental (Prâkrítica)? Parâshara la describe a Maitreya del modo siguiente: Cuando todos los Mundos y Pâtâlas (Infiernos) son desecados...(12), el proceso de la Disolución Elemental principia. Entonces, primeramente, las Aguas absorben la propiedad de la Tierra (que es el rudimento del Olfato), y la Tierra privada de esta propiedad principia a destruirse... y se convierte en una con el Agua... Cuando el Universo es compenetrado de este modo por las olas del acuoso Elemento, el Elemento del Fuego consume su sabor rudimentario y las Aguas mismas son destruidas... y se convierten en uno con el Fuego; y el Universo, por lo tanto, se llena con la Llama (etérea) que... gradualmente se extiende sobre todo el Mundo. Mientras que el Espacio es (una) Llama... el Elemento del Viento se apodera de la propiedad rudimentaria o forma, que es la Causa de la Luz, y ésta, habiendo sido retirada (pralîna), todo se convierte en la naturaleza del Aire. Habiendo sido destruido el rudimento de la forma, y hallándose el Fuego ( Vibhâvasu) privado de su rudimento, el Aire extingue al Fuego y se extiende... sobre el Espacio que es privado de Luz cuando el Fuego se sumerge en el Aire. El Aire, entonces, acompañado del Sonido, que es la fuente del Éter, se extiende por todas partes en las diez regiones... hasta que el Éter se apodera del Contacto ( Sparsha, Cohesión-Tacto?) su propiedad rudimentaria, por medio de cuya pérdida es destruido el Aire, y el Éter ( Kha) permanece sin modificación; privado de Forma, Gusto, Tacto (Sparsha) y Olfato, existe (in) corpóreo (mûrttimat) y vasto, y compenetra todo el Espacio. El Éter (Âkâsha), cuya propiedad característica y rudimento es el Sonido (la “Palabra”), existe solo, ocupando todo el vacío del Espacio (o más bien ocupando todo el contenido del Espacio). Entonces el Origen (Nóumeno?) de los Elementos (Bhûtâdi) devora al Sonido (los Demiurgos colectivos, y las huestes de Dhyân Chohans) y todos los elementos (existentes (13) son de una vez sumergidos en su Elemento original. Este Elemento Primario es la Conciencia combinada con la Propiedad de las Tinieblas (Tâmasa, más bien Tinieblas Espirituales) y, él mismo, es absorbido (desintegrado) por Mahat (Inteligencia Universal), cuya propiedad característica es la armonía (Buddhi), y la Tierra y Mahat son los límites interiores y exteriores del Universo. De esta manera como (en el Principio) fueron contadas las siete formas de la Naturaleza (Prakriti) desde Mahat a la Tierra, así... estas siete vuelven a entrar sucesivamente una en otra (14). El Huevo de Brahmâ (Sarva-mandala) se disuelve en las Aguas que le rodean, con sus siete zonas (dvipas), siete océanos, siete regiones, y sus montañas. La investidura del Agua es bebida por el Fuego; el (el estrato del Fuego es absorbido por (el del) Aire; el Aire se mezcla con el Éter (Âkâsha); el Elemento Primario (Bhûtâdi, el origen, o más bien la causa del Elemento Primario) devora al Éter, y es (él mismo) destruido por el Intelecto (Mahat, la Gran Mente, la Mente Universal), el cual, juntamente con todos estos, es arrebatada por la Naturaleza (Prakriti) y desaparece. Este Prakriti es esencialmente el mismo, ya sea desunido o compacto, sólo que lo que es desunido se pierde o absorbe finalmente en lo compacto. El espíritu (Pums) también, que es uno, puro, eterno, imperecedero, que todo lo compenetra, es una parte de aquel Espíritu Supremo que es todas las cosas. Este Espíritu (Sarvesha) que es otro que el Espíritu (encarnado), y en el cual no hay atributos de nombre, ni de especie, ni de nada por el estilo (nâman y jâti o rûpa, por tanto, cuerpo más bien que especie)... (permanece) como la (sola) Existencia (Sattà). La Naturaleza (Prakriti) y el Espíritu (Purusha) ambos se resuelven (finalmente) en el Espíritu Supremo (15). Éste es el Pralaya final (16) -la Muerte del Kosmos-; después del cual, su Espíritu reposa en el Nirvâna, o en Aquello para lo que no hay ni Día ni Noche. Todos los demás Pralayas son periódicos y siguen a los manvantaras en sucesión regular, como la noche sigue al día de cada ser humano, animal o planta. El Ciclo de la Creación de las Vidas del Kosmos se agota; pues la energía de la “Palabra” Manifestada tiene su crecimiento, su culminación y descenso, como todas las cosas temporales, por grande que sea su duración. La Fuerza Creadora es eterna como nóumeno; como manifestación fenomenal, tiene en sus aspectos un principio, y debe, por tanto, tener un fin. Durante este intervalo, tiene sus Períodos de Actividad y sus Períodos de Reposo. Y estos son los Días y las Noches de Brahmâ. Pero Brahman, el Nóumeno, jamás reposa; pues no cambia nunca, sino que siempre es, aun cuando no pueda decirse que está en alguna parte. Los kabalistas judíos sintieron lo necesario de esta inmutabilidad de una Deidad eterna e infinita, y aplicaron, por tanto, el mismo pensamiento al Dios antropomórfico. La idea es poética y muy apropiada en su aplicación. En el Zohar leemos lo siguiente: Cuando Moisés ayunaba en el Monte Sinaí, en compañía de la Deidad, que estaba oculta a su vista por una nube, sintió un gran temor, y repentinamente pregunto: “¿Señor, en dónde estás?... ¿duermes, ¡oh! Señor?...” Y el Espíritu le contestó: “Yo no duermo jamás: si me durmiera sólo un momento antes de mi hora, toda la creación caería al instante en la disolución”. “Antes de mi hora” es muy significativo. Ello muestra al Dios de Moisés como siendo sólo un sustitutivo temporal, lo mismo que Brahmâ, masculino, es un sustitutivo y un aspecto de AQUELLO que es inmutable, y que, por lo tanto, no puede tomar parte en los Días y Noches, ni tener ninguna clase de ingerencia en la reacción y disolución. Mientras los ocultistas orientales tienen siete modos de interpretación, los judíos sólo tienen cuatro; a saber: el místico verdadero, el alegórico, el moral y el literal o Pashut. Este último es la clave de las Iglesias exotéricas, y no merece la discusión. Hay algunas sentencias que, leídas por la clave mística o primera, muestran la identidad de los fundamentos de construcción en todas las Escrituras. Hállanse en el excelente libro de Isaac Myer sobre las obras kabalísticas, las que parece haber estudiado bien. Cito verbatim: “B’raisheeth barah elohim ath hashama’ yem v’ath haa retz”, esto es, “En el principio (los) Dios (es), creó los cielos y la tierra” (cuyo significado es); los seis (Sephiroth de Construcción) (17), sobre los cuales está B’raisheeth, pertenecen todos a Abajo. Creó seis (y) en estos están (existen) todas las Cosas. Y aquéllos dependen de las siete formas del Cráneo, hasta la Dignidad de todas las Dignidades. Y la segunda “Tierra” no entra en el cálculo, por lo tanto se ha dicho: “Y de ella (aquella Tierra) que sufrió la maldición, salió...” “Ella (la Tierra) no tenía forma y estaba vacía; y la oscuridad estaba sobre la faz del Abismo, y el Espíritu de Elohim... respiraba (me’racha’ pheth, esto es, amparando, cobijando, moviéndose...) sobre las aguas”. Trece dependen de trece (formas) de la más elevada dignidad. 6.000 años penden (tienen referencias a) en las seis primeras palabras. El séptimo (millar, el milenio) sobre ella (la Tierra maldita) es el que es fuerte por sí mismo. Y fue desolada por completo durante doce horas (un... día...). En la decimatercia, ella (la Deidad) los restablecerá... y todas las cosas se renovarán como antes; y todos aquellos seis continuarán” (18). Los “Sephiroth de Construcción” son los seis Dhyân Chohans, o Manus, o Prajâpatis, sintetizados por el séptimo “B’raisheeth”, la Primera Emanación, o Logos, y que, por tanto, son llamados los Constructores del Universo Inferior o Físico, todos pertenecientes a Abajo. Estos seis ........... cuya esencia es del Séptimo, son los Upâdhi, la Base o Piedra Fundamental sobre la que está construido el Universo Objetivo, los nóumenos de todas las cosas. Por tanto, son también al mismo tiempo, las Fuerzas de la Naturaleza; los Siete Ángeles de la Presencia; el Sexto y Séptimo Principio en el Hombre; las Esferas espiritu-písíquico-físicas de la Cadena Septenaria, las Razas Raíces, etc. Todas ellas “dependen de las Siete Formas del Cráneo”, hasta la más Elevada. La “Segunda “Tierra” no entra en el cálculo”, porque no es Tierra alguna, sino el Caos o Abismo del Espacio en el que reposaba el Universo Paradigmático, o Modelo, en la Ideación de la Superalma, cobijándola. El término “Maldición” induce aquí a error, pues significa sencillamente Determinación o Destino o aquella fatalidad que la lanzó al estado objetivo. Esto se halla demostrado por estar descrita aquella “Tierra”, bajo la “Maldición”, como “sin forma y vacía”, en cuyas profundidades abismales el “Hálito” de los Elohim o Logos colectivos producían, o por decirlo así fotografiaban, la primera Ideación Divina de las cosas que debían ser. Este proceso se repite después de cada Pralaya, antes de los principios de un nuevo Manvantara, o Período de Existencia senciente individual. “Trece dependen de Trece Formas”, se refiere a los trece Períodos personificados por los trece Manus, con Svâyambhuva, el decimocuarto -13 en lugar de 14 siendo un velo más- los catorce Manus que reinan en el término de un Mahâ Yuga, un día de Brahmâ. Estos trece-catorce del Universo objetivo dependen de las trece-catorce Formas paradigmáticas ideales. El significado de los “seis mil Años” que “penden en las seis primeras Palabras”, tiene que buscarse también en la Sabiduría Inda. Se refieren a los seis (siete) “Reyes de Edom” primordiales, que simbolizan a los Mundos, o Esferas de nuestra Cadena, durante la Primera Ronda, así como también a los hombres primordiales de esta Ronda. Son la Primera Raza-Raíz preadámica septenaria, o los que existieron antes de la Tercera Raza separada. Como eran espectros sin razón, pues aún no habían comido del fruto del Árbol del Conocimiento, no podían ver el Parzuphin, o la “Faz no podía ver la Faz”; esto es, los hombres primitivos eran “inconscientes”. “Por lo tanto, los (siete) Reyes primordiales murieron”; esto es fueron destruidos (19). Ahora bien: ¿quiénes son estos Reyes? Son los “Siete Rishis, ciertas divinidades (secundarias), Indra (Shakra), Manu y los Reyes sus Hijos (quienes) son creados y perecen en un período”, como nos dicen el Vishnu Purâna (20). Pues el séptimo “millar” que no es el milenio de la Cristiandad exotérica, sino el de las Antropogénesis, representa, según el Vishnu Purâna, tanto el “Séptimo período de la creación”, el del hombre físico, como el Séptimo Principio, tanto macrocósmico como microcósmico, y también el Pralaya después del Séptimo Período, la noche de Brahmâ que tiene la misma duración que el día. “Fue por completo desolada durante doce horas”. En la Decimatercia (dos veces seis y la síntesis) es cuando todo será restablecido, y los “seis continuarán”. Así el autor de la Qabbalah observa con mucha verdad que: Mucho antes de su tiempo (el de Ibn Gebirol)... muchos siglos antes de la Era Cristiana, había en el Asia Central una “religión de la Sabiduría”, de la cual subsistieron después fragmentos entre los sabios de los egipcios arcaicos, entre los antiguos chinos, indos, etc.... (Y que) la Qabbalah en su origen proviene, lo más seguramente, de fuentes arias, del Asia Central, Persia, India y Mesopotamia; pues de Ur y Haran vinieron Abraham y muchos otros a Palestina (21). Ésta era también la firme convicción de C. W. King, el autor de The Gnostics and Their Remains. Vâmadeva Modelyar describe de un modo muy poético la aproximación de la Noche. Aun cuando ya se ha descrito en Isis sin Velo, es digna de que la repitamos aquí: Óyense ruidos extraños procediendo de todas partes... Estos son los precursores de la Noche de Brahmâ; el crepúsculo asoma en el horizonte, y el Sol se oculta detrás del trigésimo grado de Makara (el décimo signo del Zodíaco) y no volverá a alcanzar más el signo de la Mina (el signo del Zodíaco Piscis, o el Pez). Los Gurus de las Pagodas nombrados para observar el Râshichakram (el Zodíaco), pueden ya romper su círculo y sus instrumentos, pues en adelante son inútiles. Gradualmente palidece la luz, el calor disminuye, los lugares inhabitados se multiplican en la tierra, el aire se rarifica más y más; las fuentes se secan, los grandes ríos ven sus ondas exhaustas, el Océano muestra su fondo arenoso, y las plantas mueren. Los hombres y los animales disminuyen diariamente de tamaño. La vida y el movimiento pierden su fuerza; los planetas apenas pueden gravitar en el espacio; uno por uno se extinguen, como una lámpara que la mano del Chokra (servidor) ha descuidado de llenar. Sûrya (el sol) fluctúa y se apaga, la materia entra en la Disolución (Pralaya) y Brahmâ se sumerge de nuevo en Dyaus, el Dios no revelado, y, habiendo cumplido su tarea, se duerme. Otro día ha pasado, se presenta la noche y continúa hasta la Aurora futura. Y ahora vuelven a entrar de nuevo los gérmenes de todo lo que existe en el Huevo áureo de su Pensamiento, como nos dice el divino Manu. Durante Su reposo apacible, los seres animados, dotados con los principios de acción, cesan sus funciones, y todo sentimiento (Manas) dormita. Cuando todos son absorbidos en el Alma Suprema, esta Alma de todos los seres duerme en completo reposo, hasta el nuevo Día en que vuelve a tomar su forma, y se despierta una vez más de su primitiva oscuridad (22). Así como el Satya Yuga es siempre el primero en la serie de las Cuatro Edades o Yugas, del mismo modo el Kali es siempre el último. El Kali Yuga reina ahora supremo en la India, y parece que coincide con el de la Edad de Occidente. De todos modos, es curioso ver cuán profético fue en casi todas las cosas el escritor del Vishnu Purâna, en la predicción a Maitreya de alguna de las sombrías influencias y pecados de este Kali Yuga. Pues después de decir que los “bárbaros” serían dueños de las orillas del Indus, de Chandrabhâgâ y Kâshmîra, añade: Habrá monarcas contemporáneos reinando sobre la tierra, reyes de ruin espíritu, genio violento y hasta aficionados a la mentira y a la perversidad. Harán dar muerte a las mujeres, a los niños y a las vacas; arrebatarán la propiedad de sus súbditos (o según otra traducción, se dirigirán a las esposas de otros); tendrán poder limitado... sus vidas serán cortas, sus deseos insaciables... Gentes de varios países, mezclándose con ellos, seguirán su ejemplo; y los bárbaros siendo poderosos (en la India) bajo la protección de los príncipes, mientras las tribus puras son descuidadas, el pueblo perecerá (o como lo refiere el Comentador: “Los Mlechchhas estarán en el centro y los Arios en el extremo”) (23). La riqueza y la piedad disminuirán de día en día, hasta que el mundo se depravará por completo... Tan sólo la propiedad conferirá el rango; la riqueza será la única fuente de devoción; la pasión será el único lazo de unión entre los sexos; la falsedad será el único medio de éxito en los litigios; y las mujeres serán objeto de satisfacción puramente sensual... Los tipos externos serán la única distinción de los varios órdenes de la vida; la falta de honradez (anyâya) los medios (universales) de subsistencia; la debilidad, causa de la dependencia; la amenaza y la presunción substituirán a la sabiduría; la liberalidad será devoción; si un hombre es rico, tendrá reputación de puro; el asentimiento mutuo será el matrimonio; ricas vestiduras serán dignidad... Aquel que sea más fuerte reinará... el pueblo, no pudiendo soportar las pesadas cargas (Khrabhâra, el peso de los impuestos), se refugiará en los valles... De este modo, en la Edad Kali, la decadencia continuará constantemente, hasta que la raza humana se aproxime a su extinción (pralaya). Cuando... el fin de la Edad Kali esté próximo, descenderá sobre la Tierra una parte de aquel Ser divino que existe, de su propia naturaleza espiritual (Kalki Avatâra)... dotado con las ocho facultades supremas... Él restablecerá la justicia sobre la tierra; y las mentes de los que vivan al fin del Kali Yuga se despertarán y serán tan diáfanas como el cristal. Los hombres así transformados... serán como las semillas de seres humanos, y producirán una raza que seguirá las leyes de la Edad Krita (o Edad de Pureza). Como se ha dicho: “Cuando el Sol y la Luna y (la Constelación Lunar) Tishya, y el planeta Júpiter estén en una mansión, la Edad Krita (o Satya) volverá... (24). Dos personas, Devâpi, de la raza de Kuru, y Maru (Moru), de la familia de Ikashvâku... continúan viviendo durante las Cuatro Edades, y residen en... Kapâla (25). Volverán aquí al principio de la Edad Krita (26)... Maru (Moru) (27) el hijo de Shîghra, vive todavía por el poder de la devoción (Yoga)... y será el restaurador de la raza Kshattriya de la Dinastía Solar (28). Haya o no razón respecto a la última profecía, las “dichas” del Kali Yuga están bien descritas, y se adaptan admirablemente hasta con lo que vemos y oímos en Europa y otras tierras civilizadas y cristianas, en la aurora del siglo XIX de nuestra gran “Era de Ilustración”. SECCIÓN VIII EL LOTO COMO SÍMBOLO UNIVERSAL No hay símbolo alguno antiguo que no tenga un significado profundo y filosófico, cuya importancia y significación aumentan con su antigüedad. Tal es el Loto. Es la flor consagrada a la Naturaleza y a sus Dioses, y representa al Universo en lo abstracto y en lo concreto, siendo el emblema de los poderes productivos, tanto de la Naturaleza Espiritual como de la Física. Fue tenido por sagrado desde la más remota antigüedad por los indos arios, por los egipcios y, después de ellos, por los buddhistas. Era reverenciado en China y en el Japón, y fue adoptado como emblema cristiano por las Iglesias griega y latina, que lo han reemplazado con el nenúfar (o la azucena). En la religión cristiana, en todos los cuadros de la Anunciación, el Arcángel Gabriel se aparece a la Virgen María con un vástago de nenúfares (o de azucenas) en la mano. Este vástago, como emblema del fuego y del agua, o la idea de la creación y la generación, simboliza precisamente la misma idea que el Loto en la mano del Bodhisattva que anuncia a Mahâ-Mayâ, madre de Gautama, el nacimiento del Buddha, el Salvador del mundo. De este modo también eran representados constantemente por los egipcios Osiris y Horus, asociados con la flor del Loto, siendo ambos Dioses del Sol o Dioses del Fuego; justamente lo mismo que el Espíritu Santo es aún simbolizado por “lenguas de fuego”, en los Hechos. Ello tenía, y tiene todavía, su significado místico, que es idéntico en todas las naciones de la tierra. Vea el lector Dissertations Relating to Asia, de Sir William Jones. Entre los indos, el Loto es emblema del poder productor de la Naturaleza, por medio de la agencia del Fuego y del Agua, o Espíritu y Materia. “¡Oh, Tú Eterno! ¡Veo a Brahmâ, el Creador, entronizado en ti sobre el Loto!” -dice un versículo del Bhagavad Gitâ-. Y Sir William Jones muestra, como ya se anotó en las Estancias, que las semillas del Loto contienen, aun antes de germinar, hojas perfectamente formadas, la figura en miniatura de lo que será algún día, como plantas perfectas. El Loto es, en la India, el símbolo de la tierra prolífica, y lo que es más, del Monte Meru. Los cuatro Ángeles o Genios de los cuatro cuadrantes del Cielo, los Mahârâjahs de las Estancias, permanecen cada uno sobre un Loto. El Loto es el símbolo doble del Hermafrodita Divino y del Humano, siendo por decirlo así, de doble sexo. Entre los indos, el Espíritu del Fuego o Calor -que excita, fructifica y desarrolla en forma concreta, de su prototipo ideal, todo lo que nace del Agua, o Tierra Primordial- desarrolló a Brahmâ. La flor del Loto, representado como brotando del ombligo de Vishnu (el Dios que reposa en las Aguas del Espacio sobre la Serpiente del Infinito), es el símbolo más gráfico que se ha hecho nunca. Es el Universo desenvolviéndose del Sol Central, el Punto, el Germen siempre oculto. Lakshmî, que es el aspecto femenino de Vishnu, y es llamada también Padma, el Loto, se muestra igualmente en el Râmâyana flotando sobre una flor de Loto, en la “Creación” y durante “el mazar del Océano” del Espacio, como también surgiendo del “Mar de Leche”, de igual modo que Venus Afrodita de la Espuma del Océano. ...Entonces, sentada sobre un loto La brillante Diosa de la Belleza, la Shrî sin par, se alzó En lo alto de las olas... como canta un orientalista y poeta inglés, Sir Monier Williams. La idea fundamental de este símbolo es muy hermosa, y demuestra, además, un origen idéntico en todos los sistemas religiosos. Ya sea como Loto, como nenúfar (o como azucena), significa una y la misma idea filosófica, a saber: la Emanación de lo Objetivo de lo Subjetivo, la Ideación Divina pasando de la forma abstracta a la concreta o visible. Pues, así que la Oscuridad, o más bien lo que es “Tinieblas” por la ignorancia, ha desaparecido en su propio reino de Eterna Luz, dejando tras sí tan sólo su Ideación Divina Manifestada, ábrese el entendimiento de los Logos Creadores, y ven en el Mundo Ideal, hasta entonces oculto en el Pensamiento Divino, las formas arquetipos de todo, y proceden a copiar y construir o dar forma, sobre estos modelos, a figuras efímeras y trascendentes. En este punto de la Acción, el Demiurgo no es todavía el Arquitecto. Nacido en el crepúsculo de la Acción, tiene aún que percibir el Plan para hacer efectivas las Formas Ideales, que permanecen sumidas en el Seno de la Ideación Eterna; precisamente lo mismo que las futuras hojas del Loto, pétalos inmaculados, se hallan ocultas en la semilla de esta planta. En la Filosofía Esotérica, el Demiurgo o Logos, considerado como el Creador, es sencillamente un término abstracto, una idea, como la palabra “ejército”. Del mismo modo que este último es un término que abarca todo lo referente a una corporación de fuerzas activas o de unidades operadoras (los soldados), así es el Demiurgo el compuesto cualitativo de una multitud de Creadores o Constructores. Burnouf, el gran orientalista, cogió perfectamente la idea cuando dijo que Brahmâ no crea la Tierra ni tampoco el resto del Universo. Habiéndose él desenvuelto del Alma del Mundo, y una vez separado de la Causa Primera, emana toda la Naturaleza de sí mismo y se evapora con ella. No permanece sobre ella, sino mezclado con ella; Brahmâ y el Universo forman un Ser, cada una de cuyas partículas es en su esencia Brahmâ mismo, que procedió de sí mismo. En un capítulo del Libro de los Muertos, llamado “Transformación en el Loto”, el Dios, que está representado como surgiendo de esta flor, exclama: Yo soy el Loto puro que emerge de Los Luminosos... Yo llevo los mensajes de Horus. Yo soy el Loto puro que viene de los Campos del Sol (1). La idea del Loto puede encontrarse hasta en el primer capítulo elohístico del Génesis, como se manifiesta en Isis Unveiled. Ésta es la idea que debemos considerar para el origen y explicación del versículo de la Cosmogonía Judaica, que dice así: “Y Dios dijo: que la tierra produzca... el árbol frutal que dé el fruto según su naturaleza, cuya semilla está en él mismo” (2). En todas las religiones primitivas, el Dios Creador es el “Hijo del Padre”, esto es, su Pensamiento hecho visible; y antes de la Era cristiana, desde la Trimûrti de los indos hasta los tres títulos kabalísticos de las escrituras, según las explican los judíos, el título Trino de Dios en cada nación, estaba por completo definido y substanciado, en sus alegorías. Tal es el significado cósmico e ideal de este gran símbolo en los pueblos orientales. Pero cuando fue aplicado al culto práctico y esotérico, que tenía también su simbología esotérica, el Loto se convirtió, con el tiempo, en el portador y contenedor de una idea más terrestre. Ninguna religión dogmática se ha librado de tener en sí el elemento sexual; y hasta el presente, él mancha la hermosura moral de la idea raíz de la simbología. Lo que sigue está tomado de los mismos manuscritos kabalísticos que hemos ya citado en varias ocasiones: Un significado semejante tenía el Loto que crecía en las aguas del Nilo. Su modo de crecer peculiar, lo hacía muy adecuado como símbolo de las actividades generadoras. La flor del Loto, que es la portadora de la semilla para la reproducción como resultado de su madurez, está relacionada, por su adherencia, semejante a la de la placenta, con la madre tierra o matriz de Isis, por medio de su tallo largo parecido a un cordón, el umbilical, pasando a través del agua de la matriz, que es el río Nilo. Nada hay más claro que este símbolo; para hacerlo perfecto en su significado, presentan algunas veces a un niño como sentado en la flor o como saliendo de la misma (3). Así Osiris e Isis, los hijos de Cronos, o el tiempo sin fin, en el desarrollo de sus fuerzas naturales, se convierten en esta figura en los padres del hombre bajo el nombre de Horus. No podemos insistir bastante sobre el uso de esta función generativa como base de un lenguaje simbólico y de un arte de hablar científico. El pensar sobre la idea nos conduce inmediatamente a reflexionar sobre el asunto de la causa creadora. Se ha observado que la Naturaleza en sus obras ha formado un maravilloso mecanismo vivo gobernado por un alma viviente que se ha unido a ella; cuya vida de desarrollo e historia, respecto de donde viene, su presente y a donde va, sobrepuja todos los esfuerzos del entendimiento humano (4). El recién nacido es un milagro constante, un testimonio de que dentro del taller de la matriz ha intervenido un poder inteligente creador, para unir un alma viviente a un mecanismo físico. La asombrosa maravilla del hecho da un carácter de santidad sagrada a todo lo que se relaciona con los órganos de la reproducción, como la morada y lugar de la intervención constructora evidente de la deidad. Ésta es una exposición correcta de las ideas fundamentales antiguas, de los conceptos puramente panteísticos, impersonales y reverentes, de los filósofos arcaicos de las edades prehistóricas. No sucede, sin embargo, lo mismo cuando se aplican a la humanidad pecadora, a las ideas groseras unidas a la personalidad. Por tanto, ningún filósofo panteísta dejaría de encontrar peligrosas las observaciones que siguen a lo anterior (y que representan el antropomorfismo de la simbología judaica), para la santidad de la verdadera religión, siendo propias tan sólo de nuestra edad materialista, que es el producto directo y el resultado de aquel carácter antropomórfico. Pues ésta es la nota fundamental de todo espíritu y esencia del Antiguo Testamento, como lo declaran los manuscritos al tratar del simbolismo del lenguaje de artificio de la Biblia: Por lo tanto, el lugar de la matriz debe mirarse como el Sitio Más Santo, el Sanctasantórum, y el Templo verdadero del Dios Vivo (5). Para el hombre, la posesión de la mujer ha sido siempre considerada como una parte esencial de sí mismo; hacer uno de dos, y guardarla celosamente como sagrada. Hasta la parte de la casa u hogar consagrada a morada de la esposa, se llamaba penetralia, lo secreto o sagrado; y de aquí la metáfora del Sanctasantórum, de las construcciones sagradas, derivadas de la idea de lo sagrado de los órganos de la generación. Esta parte de la casa, llevada su descripción al extremo (6) por la metáfora, se describe en los Libros Sagrados como el “entre muslos de la casa”, y algunas veces la idea se manifiesta en la construcción, en el gran portalón interior de las iglesias, sostenido a ambos lados por pilares. Ningún pensamiento semejante “llevado al extremo”, existió jamás entre los antiguos arios primitivos. Esto está probado por el hecho de que, en el período védico, sus mujeres no eran puestas aparte de los hombres en penetralia, o Zenanas. Esta reclusión principió cuando los mahometanos -herederos directos del simbolismo hebreo, después del clero cristiano- conquistaron el país, y gradual y forzosamente introdujeron su modo de ser y costumbres entre los indos. La mujer, antes y después de los Vedas, era tan libre como el hombre; y ningún pensamiento impuro terrestre se mezcló nunca con el simbolismo religioso de los primeros arios. La idea y aplicación son puramente semíticas. Esto está corroborado por el autor de la mencionada revelación kabalística, profundamente erudita, cuando concluye los pasajes arriba citados, añadiendo: Si a estos órganos, como símbolos de agentes creadores cósmicos, puede atribuirse la idea del origen de las medidas así como la de los períodos de tiempo, entonces, verdaderamente, en las construcciones de los Templos como Moradas de la Deidad, o de Jehovah, aquella parte designada como el Sanctasantórum, o Sitio Más Santo, debería tomar su nombre de la reconocida santidad de los órganos generadores, considerados como símbolo de las medidas, tanto como de la causa creadora. Entre los antiguos sabios no había ni nombre, ni idea, ni símbolo de una Causa Primera. Seguramente que no. Es preferible no concederle nunca un pensamiento ni nombrarla jamás, como hicieron los antiguos panteístas, antes que degradar la santidad de este Ideal de Ideales, rebajando sus símbolos a tales formas antropomórficas. En este punto se nota nuevamente el abismo inmenso entre el pensamiento religioso ario y el semítico, los dos polos opuestos, la Sinceridad y la Ocultación. Entre los brahmanes, que nunca han investido las funciones procreadoras naturales de la humanidad con un elemento de “pecado original”, es un deber religioso tener un hijo. Un brahman, en los tiempos antiguos, después de haber cumplido su misión de creador humano, se retiraba a los bosques y pasaba el resto de sus días entregado a la meditación religiosa. Había cumplido su deber para con la Naturaleza, como hombre mortal y como su cooperador, y en adelante dedicaba todos sus pensamientos a la parte espiritual e inmortal de sí mismo, considerando lo terrestre como mera ilusión, como un sueño pasajero -lo que es, verdaderamente. Con el semita no pasaba lo mismo. Inventó una tentación de la carne en un jardín del Edén, y presentó a su Dios -esotéricamente, el Tentador y el Regidor de la Naturaleza - maldiciendo para siempre un acto que estaba dentro del programa lógico de esta Naturaleza (7). Todo esto exotéricamente, lo mismo que en la vestimenta y en la letra muerta del Génesis y demás. Al mismo tiempo, esotéricamente, consideraba el supuesto pecado y caída como un acto tan sagrado, que escogió al órgano perpetrador del pecado original como el símbolo más a propósito y más sagrado para representar a ese Dios, ¡a quien se muestra condenando sus funciones como una desobediencia y un pecado perpetuo! ¿Quién podrá jamás sondear las profundidades paradójicas de la imaginación semítica? ¡Y este elemento paradójico, menos su significado más interno, ha pasado ahora por completo a la teología y dogma cristianos! Que los primeros Padres de la Iglesia conocieran el significado esotérico del Testamento hebreo, o que sólo unos pocos de entre ellos tuviesen conocimiento del mismo, mientras los demás siguieron ignorantes del secreto, es asunto que la posteridad decidirá. Una cosa es, en todo caso, cierta. Como el Esoterismo del Nuevo Testamento concuerda perfectamente con el de los Libros hebreos mosaicos; y puesto que, al mismo tiempo, cierto número de símbolos puramente egipcios y dogmas paganos en general -como, por ejemplo, la Trinidad- han sido copiados, e incorporados, a los sinópticos y a San Juan, es evidente que la identidad de estos símbolos era conocida por los escritores del Nuevo Testamento, quienquiera que haya sido. También debieron conocer la prioridad del esoterismo egipcio, puesto que han adoptado algunos símbolos que son tipos de conceptos y creencias puramente egipcios, en su significado externo e interno, y que no se encuentran en el Canon judío. Una de éstas es el nenúfar (o azucena) en las manos del Arcángel en las primeras representaciones de su aparición a la Virgen María; cuyas imágenes simbólicas se conservan hasta el día en la iconografía de las Iglesias griega y romana. Así pues, el Agua, el Fuego y la Cruz, así como la Paloma, el Cordero y otros animales sagrados, con todas sus combinaciones, dan esotéricamente un significado idéntico, y deben haber sido adoptados como una mejora sobre el judaísmo puro y simple. El Loto y el Agua son de los símbolos más antiguos y puramente arios en su origen, aun cuando fueron luego propiedad común, al subdividirse la Quinta Raza. Un ejemplo de ello es que las letras, lo mismo que los números, eran todos místicos, tanto en combinación como separados. La más sagrada de todas es la letra M. Es a la vez femenina y masculina, o sea andrógina, y está hecha para simbolizar el agua en su origen, el Gran Mar. Es una letra mística en todos los idiomas, orientales y occidentales, y es un signo que representa las ondas del agua, de este modo ...... Tanto en el esoterismo ario como en el semítico esta letra ha simbolizado siempre las aguas. En sánscrito, por ejemplo, Makara, el décimo signo del Zodíaco, significa un cocodrilo, o más bien un monstruo acuático, asociado siempre con el agua. La letra Ma es equivalente y corresponde con el número 5, que se compone de un Binario, símbolo de los dos sexos separados, y del Ternario, símbolo de la Tercera Vida, la progenie del Binario. Esto, además, es a menudo simbolizado por un Pentágono, que es un signo sagrado, un Monograma divino. Maitreya es el nombre secreto del Quinto Buddha y del Kalkî Avatâra de los brahmanes, el último Mesías que vendrá en la culminación del Gran Ciclo. Es también la letra inicial del Metis griego o Sabiduría Divina; de Mimra el Verbo, o Logos; y de Mithras, el Mihr, el Misterio de la Mónada. Todos estos nacen del y en el gran Abismo, y son hijos de Mâyâ, la “Madre”; Mut en Egipto; en Grecia Minerva, la Sabiduría Divina, de María o Miriam o Myrtha, etc., la Madre del Logos Cristiano; y de Mâyâ la Madre de Buddha. Mâdhava y Mâdhavî son los títulos de los Dioses y Diosas más importantes del Panteón indo. Por último, Mandala es, en sánscrito, un “Círculo” o un Orbe, y también las diez divisiones del Rig Veda. Los nombres más sagrados, en la India principian generalmente con esta letras, desde Mahat, el primer Intelecto manifestado, y Mandara, la gran montaña usado por los Dioses para mazar el Océano, hasta Mandâkimî, el Gangâ celeste o Ganges Manu, etcétera. ¿Será esto llamado una coincidencia? Muy extraña es entonces, por cierto, cuando vemos que hasta el mismo Moisés fue encontrado en el Agua del Nilo, con la consonante simbólica en su nombre. Y la hija de Faraón “lo llamó Moisés, y dijo: Porque lo saqué del Agua” (8). Además de esto, el nombre sagrado hebreo de Dios, aplicado a esta letra M, es Meborach, el “Santo” o el “Bendito”, y el nombre del Agua del Diluvio es Mbul. El recuerdo de las “Tres Marías” en la Crucifixión, y su relación con Mare, el Mar, o el Agua, puede terminar esta serie de ejemplos. Ésta es la razón por qué en el Judaísmo y en el Cristianismo, el Mesías está siempre relacionado con el Agua, el Bautismo, y también con los Peces, el signo del Zodíaco llamado Miham en sánscrito, y hasta con el Matsya (Pez) Avatâra, y el Loto, símbolo de la matriz o el nenúfar, que tiene el mismo significado. En las reliquias del antiguo Egipto, mientras mayor es la antigüedad de los símbolos y emblemas votivos de los objetos desenterrados, más a menudo se encuentran las flores de Loto y el agua en relación con los Dioses Solares. El Dios Khnum, el Poder Húmedo, o el Agua, como lo enseñaba Tales, siendo el principio de todas las cosas, se sienta en un trono encerrado en un Loto. El Dios Bes se halla sobre un Loto, pronto a devorar a su progenie. Thot, el Dios del Misterio y de la Sabiduría, el Escriba sagrado del Amenti, llevando el disco solar como tocado, está con una cabeza de toro -el toro sagrado de Mendes es una forma de Thot- y un cuerpo humano, sentado en un Loto completamente abierto. Finalmente, la Diosa Hiquit, bajo la figura de una rana, reposa sobre el Loto, mostrando así su relación con el agua. Y de la forma nada poética de este símbolo-rana, indudablemente el signo de la más antigua de las Deidades egipcias, es de donde los egiptólogos han tratado en vano de descubrir el misterio y las funciones de la Diosa. Su adopción en la Iglesia por los primeros cristianos demuestra que lo conocían mejor que nuestros modernos orientalistas. La “Diosa rana o sapo” era una de las principales Deidades cósmicas relacionadas con la Creación, por razón de la naturaleza anfibia de este animal, y sobre todo a causa de su resurrección aparente, después de largas edades de vida solitaria, encerrado en paredes antiguas, en rocas, etc. No sólo había ella tomado parte, juntamente con Khnum, en la organización del Mundo, sino que también estaba relacionado con el dogma de la resurrección (9). Debe de haber habido algún significado muy profundo y sagrado asignado a este símbolo, puesto que, a pesar del riesgo de ser acusados de zoolatría bajo una forma repugnante, los primeros cristianos egipcios lo adoptaron en sus Iglesias. Una rana o un sapo encerrado en una flor de Loto, o simplemente sin el último emblema, fue la forma elegida para las lámparas de las Iglesias, en que estaban grabadas las palabras “.........” -Yo soy la resurrección” (10). Estas Diosas-ranas se encuentran también en todas las momias. SECCIÓN IX LA LUNA; DEUS LUNUS, PHCEBE Este símbolo arcaico es el más poético de todos los símbolos, así como también el más filosófico. Los antiguos griegos lo hicieron notorio, y los poetas modernos lo han usado hasta la saciedad. La Reina de la Noche, cabalgando en la majestad de su luz sin par en el Cielo, dejando a todo, hasta a Héspero, en la sombra, y extendiendo su plateado manto sobre el Mundo Sideral desde Milton y Shakespeare, hasta el último de los versificadores. Pero la refulgente lámpara de la noche, con su séquito de estrellas innumerables, ha hablado tan sólo a la imaginación del profano. Hasta últimamente, la Religión y la Ciencia no han intervenido en este hermoso mito. Sin embargo, la fría y casta Luna, aquella que según las palabras de Shelley: ...hace hermoso todo aquello sobre lo que sonríe, Aquel santuario vagabundo de llama suave y helada Que siempre se transforma, mas es siempre la misma, Y no calienta, pero ilumina... está en relaciones más estrechas con la Tierra que ningún otro globo sideral. El Sol es la Fuente de Vida de todo el Sistema Planetario; la Luna es el Dador de Vida a nuestro Globo; y las primeras razas lo comprendían y sabían, aun en su infancia. Ella es la Reina y es el Rey. Era el Rey Soma antes de transformarse en Febo y en la casta Diana. Es, en modo preeminente, la Deidad de los cristianos por conducto de los judíos mosaicos y kabalísticos; y aun cuando el mundo civilizado haya permanecido por largas edades ignorante del hecho, es en realidad así, desde que murió el último Padre de la Iglesia iniciado, llevando consigo a la tumba los secretos de los Templos paganos. Para Padres tales como Orígenes y Clemente de Alejandría, la Luna era símbolo viviente de Jehovah; el Dador de la Vida y el Dador de la Muerte, el que dispone de la Existencia (en nuestro Mundo). Pues si Artemisa fue la Luna en el Cielo, y para los griegos, Diana en la Tierra, que presidía sobre el nacimiento y vida del niño; entre los egipcios fue Hekat (Hécate) en el Infierno, la Diosa de la Muerte, que mandaba sobre la magia y los encantamientos. Más aún: lo mismo que la Luna, cuyos fenómenos son triples, Diana-Hécate-Luna, es el tres en uno. Pues es Diva triformis, tergemina, triceps, tres cabezas en un cuello (1), como Brahmâ-Vishnu-Shiva. Por tanto, es el prototipo de nuestra Trinidad, la cual no ha sido siempre completamente masculina. El número siete, tan notorio en la Biblia y tan sagrado en el séptimo día o Sábado, vino a los judíos de la antigüedad, derivándose su origen del cuádruple número 7 contenido en los 28 días del mes lunar, cada uno de cuyos septenarios está representado por un cuarto de Luna. Vale la pena presentar en esta obra una relación a vista de pájaro del origen y desarrollo del mito y culto lunar, en la antigüedad histórica de nuestro lado del globo. Su origen primitivo no puede la Ciencia exacta averiguarlo, puesto que rechaza la tradición; a la vez que su historia arcaica es un libro cerrado para la Teología, que, bajo la dirección de los Papas astutos, ha impreso un estigma sobre todo fragmento de literatura que no lleve el imprimatur de la Iglesia de Roma. Poca importancia tiene en este particular que sea la filosofía religiosa egipcia o la inda aria, la más antigua -la Doctrina Secreta dice que es la última-, toda vez que los “cultos” Lunar y Solar son los más antiguos del mundo. Ambos han sobrevivido y prevalecen hasta el presente en toda la tierra; para algunos, abiertamente; para otros de un modo secreto, como por ejemplo, en la simbología cristiana. El gato, símbolo lunar, estaba consagrado a Isis, que en cierto sentido era la Luna, lo mismo que Osiris era el Sol, como se ve frecuentemente en la parte superior del Sistro que tiene la Diosa en la mano. Aquel animal era muy venerado en la ciudad de Bubaste, que vestía luto a la muerte de los gatos sagrados; pues a Isis, lo mismo que a la Luna, se le rendía culto especial en aquella ciudad de los misterios. Del simbolismo astronómico que con él se relaciona, ya se ha hablado en la Sección I, y nadie lo ha descrito mejor que Mr. Gerald Massey en sus Lectures y en The Natural Genesis. Se dice que los ojos del gato parecen seguir las fases lunares en su desarrollo y decrecimiento, y que sus órbitas brillan como dos estrellas en la oscuridad de la noche. De aquí se origina la alegoría mitológica que muestra a Diana ocultándose en la Luna, bajo la forma de gato, cuando trataba de escapar, en compañía de otras Deidades, a la persecución de Tifón, según se refiere en la Metamorfosis de Ovidio. En Egipto, la Luna era a la vez el “Ojo de Horus” y el “Ojo de Osiris”, el Sol. Lo mismo sucedía con el Cinocéfalo. El mono de cabeza de perro era un signo que simnbolizaba, por turno, el Sol y la Luna, aun cuando el Cinocéfalo es, en realidad, un símbolo hermético más que religioso. Éste es el jeroglífico del planeta Mercurio, y del Mercurio de los filósofos alquimistas, quienes decían que: Mercurio tiene que estar siempre cerca de Isis, como su ministro; pues sin Mercurio, ni Isis ni Osiris pueden llevar a cabo cosa alguna en la Gran Obra. El Cinocéfalo, siempre que está representado con el caduceo, con el creciente o con el loto, es un signo del Mercurio “filosófico”; pero cuando se le ve con una caña, o con un rollo de pergamino, representa a Hermes, el secretario y consejero de Isis, lo mismo que Hanumâna ejercía igual cargo acerca de Râma. Aun cuando los verdaderos adoradores del Sol, los parsis, son pocos, sin embargo, no sólo está la m ayor parte de la mitología e historia inda basada en aquellos dos cultos y entrelazada con ellos, sino que hasta en la religión cristiana pasa lo mismo. Desde su origen hasta nuestros días, ellos han matizado las teologías de las Iglesias Católica Romana y Protestante. Ciertamente, la diferencia entre las creencias indo aria y la aria europea es muy pequeña, si sólo se tienen en cuenta las ideas fundamentales de ambas. Los indos se enorgullecen de llamarse Sûryavanshas y Chandravanshas, de las Dinastías Solar y Lunar. Los cristianos pretenden considerar esto como idolatría, y sin embargo, su religión está por completo basada en el culto Solar y Lunar. Inútil es que los protestantes clamen contra los católicos romanos por su “Mariolatría”, basada en el antiguo culto de las Diosas lunares, puesto que ellos mismos adoran a Jehovah, que es sobre todo un Dios lunar; y cuando ambas Iglesias han aceptado en sus teologías el Cristo Solar y la Trinidad Lunar. Lo que se conoce del culto lunar caldeo, del Dios Babilónico, Sin, llamado Deus Lunus por los griegos, es muy poco; y este poco se presta a extraviar al estudiante profano que no puede asir el significado esotérico de los símbolos. Entre los filósofos y escritores profanos antiguos era popularmente conocido -pues los que estaban iniciados habían jurado guardar silencio- que los caldeos rendían culto a la Luna bajo sus diferentes nombres femeninos y masculinos, habiendo hecho lo mismo los judíos, que vinieron después de ellos. En los manuscritos no publicados del Lenguaje artificial de que ya se ha hecho mención, que dan una clave sobre la formación de la antigua lengua simbólica, se da una razón para este doble culto. Está escrito por un docto, místico profundamente versado en el particular, que lo describe en la forma comprensible de una hipótesis. Ésta, sin embargo, se convierte necesariamente en un hecho probado de la historia de la evolución religiosa del pensamiento humano, para cualquiera que haya vislumbrado algo del secreto de la antigua simbología. Dice así: Una de las primeras ocupaciones de los hombres, relacionadas con las de verdadera necesidad, debería ser la observación de los períodos de tiempo (2) marcados en la bóveda celeste, al surgir y levantarse sobre la llanura del horizonte o sobre la superficie del agua tranquila. Estos vendrían a determinarse como los del día y de la noche, las fases de la Luna, sus revoluciones estelares o sinódicas, los períodos del año solar con la vuelta de las estaciones, y con la aplicación a tales períodos de la medida natural del día o de la noche, o sea del día dividido en luz y sombra. También se descubriría que había un día solar más largo y otro más corto y dos días solares de igual duración el día que la noche, dentro del período del año solar; pudiéndose señalar con la mayor precisión sus puntos dentro del año en los estrellados grupos de los cielos, o en las constelaciones sujetas a ese movimiento retrógrado, que con el tiempo necesitaría una corrección por intercalación, como sucedió en la descripción del Diluvio, en donde se hizo una corrección de 150 días en un período de 600 años, durante el cual había aumentado la confusión de las señales... Esto llegaría naturalmente a suceder con todas las razas en todos los tiempos; y semejante conocimiento debe creerse que ha sido inherente en la especie humana, antes de lo que llamamos el período histórico y durante el mismo. Sobre esta base, busca el autor alguna función física natural, poseída en común por la especie humana, y relacionada con las manifestaciones periódicas, de tal modo, que “la relación entre las dos clases de fenómenos... se llegue a determinar en el uso popular”. Esta función la encuentra en: (a) El fenómeno fisiológico, cada mes lunar de 28 días, o 4 semanas de 7 días, de manera que tuviesen lugar 13 ocurrencias del período en 364 días, que es el año semanal del Sol de 52 semanas de 7 días. (b) La gestación del feto está marcada por un período de 126 días o 18 semanas de 7 días. (c) El período llamado “el período de viabilidad”, es de 200 días o 30 semanas de 7 días. (d) El período del parto se cumple en 280 días, o 40 semanas de 7 días, o 10 meses lunares de 28 días, o 9 meses del calendario de 31 días, contando sobre el arco real de los cielos la medida del período del paso desde la oscuridad de la matriz a la luz y gloria de la existencia consciente, ese misterio y milagro constante e inescrutable... De este modo, los períodos de tiempo observados, que marcan los trabajos de la obra del nacimiento, vendrían a ser naturalmente una base para cálculos astronómicos... Casi podemos asegurar... que ésta era la manera de contar en todas las naciones, ya sea de modo independiente o por medición e indirectamente, por la enseñanza. Éste era el método entre los hebreos, pues hasta hoy calculan el calendario por medio de los 354 y 355 del año lunar, y poseemos una prueba especial de que era el mismo método de los antiguos egipcios; cuya prueba es la siguiente: La idea fundamental que estaba en la raíz de la filosofía religiosa de los hebreos, era que Dios contenía todas las cosas en sí mismo (3), y que el hombre era su imagen; el hombre incluyendo a la mujer... El lugar del hombre y de la mujer entre los hebreos era ocupado entre los egipcios por el toro y la vaca, consagrados a Osiris e Isis (4), que estaban representados respectivamente por un hombre con cabeza de toro, y por una mujer con cabeza de vaca, a cuyos símbolos rendían culto. Osiris era de un modo notorio el Sol y el río Nilo, el año tropical de 365 días, cuyo número es el valor de la palabra Neilos y el toro, así como también era el principio del fuego y de la fuerza productora de la vida; mientras que Isis era la Luna, el lecho del río Nilo, o la Madre Tierra, para cuyas energías parturientas era el agua una necesidad; el año lunar, de 354-364 días, era el determinante del tiempo de los períodos de gestación, así como la vaca designada por, o con, la creciente luna nueva... Pero el uso de la vaca de los egipcios, en lugar de la mujer de los hebreos, no determinaba una diferencia radical de significación, sino una concurrencia en la enseñanza que tenía por objeto tan sólo la substitución de un símbolo de importancia común, que era el siguiente: el período de preñez en la vaca y en la mujer, se creía ser el mismo, o sea 280 días ó 10 meses lunares de 4 semanas. Y en este período consistía el valor esencial de este símbolo animal, cuyo signo era el de la luna creciente...(5). Estos períodos parturientos y naturales, se ha visto que son objeto de simbolismos en todo el mundo. Así eran usados por los indos, y se ha visto que fueron claramente expuestos por los antiguos americanos en las planchas de Richardson y de Gest, en la Cruz de Palenque y en otras partes, hallándose de un modo manifiesto en la base de la construcción de las formas del calendario de los Mayas del Yucatán, en las de los indos, en las de los asirios y en las de los antiguos babilonios, lo mismo que en las de los egipcios y antiguos hebreos. Los símbolos naturales... eran siempre el falo o el falo y el yoni... lo masculino y femenino. En efecto, las palabras traducidas por los términos generales varón y hembra, en el versículo 27 del primer capítulo del Génesis, son... sacr y n’cabvah, o, literalmente, falo y yoni (6). La representación de los emblemas fálicos, por sí sola, únicamente indicaría los miembros genitales del cuerpo humano, mientras que si se tienen en cuenta sus funciones y el desarrollo de las semillas que aquéllos producen, se llegaría a la determinación de un método de medidas de tiempo lunar, y, por medio de éstas, se tendrían las de tiempo solar. Ésta es la clave fisiológica o antropológica del símbolo de la Luna. La clave que descubre el misterio de la Teogonía o evolución de los Dioses manvantáricos es más complicada y no tiene nada de fálico. En ella todo es místico y divino. Pero los judíos, aparte de haber relacionado a Jehovah directamente con la Luna, como Dios generador, han preferido ignorar las Jerarquías superiores, y han convertido en sus Patriarcas a algunas constelaciones zodiacales y a Dioses planetarios, euhemerizando de este modo la idea puramente teosófica y rebajándola al nivel de la humanidad pecadora. El manuscrito de que se ha extractado lo anterior, explica de un modo muy evidente a qué Jerarquía de Dioses pertenecía Jehovah, y quién era este Dios judío; pues demuestra en claro lenguaje lo que la Escritura ha sostenido siempre, a saber: que el Dios con que los cristianos han cargado no era más que el símbolo lunar de la facultad reproductiva o generadora de la Naturaleza. Han ignorado siempre hasta el Dios secreto hebreo de los kabalistas, Ain-Soph, un concepto tan elevado como el de Parabrahman en las ideas primitivas místicas de los kabalistas. Pero no es la Kabalah de Rosenroth la que pueda dar nunca las enseñanzas originales verdaderas de Simeón Ben Yochaï, que eran tan metafísicas y filosóficas como cualesquiera. ¿Y cuántos son los estudiantes de la Kabalah que sepan algo de aquéllas excepto por medio de sus desnaturalizadas traducciones latinas? Echemos una mirada a la idea que indujo a los antiguos judíos a adoptar un sustituto del Siempre Incognoscible, y que extravió a los cristianos haciéndoles tomar el substituto por la realidad: Si a estos órganos (falo y yoni), considerados como símbolos de agencias creadoras cósmicas, se les puede atribuir la idea de... períodos de tiempo, entonces, verdaderamente, en la construcción de los templos, como Moradas de la Deidad, o de Jehovah, aquella parte designada como Sanctasantórum, o el Lugar Más Santo, debería tomar su título de la reconocida santidad de los órganos generadores considerados como símbolos de medidas lo mismo que de la causa creadora. Entre los Sabios antiguos no existía un nombre, ni una idea, ni un símbolo de una Causa Primera (7). Entre los hebreos, el concepto directo de tal se apoyaba en un término negativo de comprensión, esto es, Ain-Soph o el Sin Límites. Pero el símbolo de su primera manifestación comprensible era el concepto de un círculo con su línea diametral, para representar a la vez una idea geométrica, fálica y astronómica...; pues el uno nace del 0, o círculo, sin el cual no podría existir; y del 1, o unidad primordial, surgen los 9 dígitos, y, geométricamente, todas las formas planas. Así en la Kabalah este círculo, con su línea diametral, es la figura de los 10 Sephiroth, o emanaciones, que componen el Adam Kadmon, u Hombre Arquetipo, el origen creador de todas las cosas... Esta idea de relacionar la figura del círculo y su línea diametral, esto es, el número 10, con la significación de los órganos reproductivos, y con el Lugar Más Sagrado... fue llevada a cabo, como construcción, en la Cámara del Rey, o Sanctasantórum de la gran Pirámide, en el Tabernáculo de Moisés, y en el Sanctasantórum del Templo de Salomón... Es la figura de una matriz doble, pues en hebreo la letra He (...) es, al mismo tiempo, el número 5 y el símbolo de la matriz; y dos veces 5 son 10, o el número fálico. Esta “matriz doble” muestra también la dualidad de la idea llevada desde lo superior o espiritual, hasta lo inferior o terrestre; y limitada a este último por los judíos. Entre estos, sin embargo, el número siete ha adquirido el lugar más preeminente en su religión exotérica, culto de formas externas y de rituales sin sentido; como por ejemplo, su Sábado, el séptimo día consagrado a su Deidad, la Luna, símbolo del Jehovah generador. Pues, para otras naciones, el número siete era símbolo de la evolución teogónica, de los Cielos, de los Planos Cósmicos, y de las Siete Fuerzas y Poderes Ocultos del Kosmos, como un Todo Ilimitado, cuyo Triángulo superior era inalcanzable para el entendimiento finito del hombre. Por tanto, mientras otras naciones se ocupaban, en su forzosa limitación del Kosmos en el Espacio y el Tiempo, sólo del plano septenario manifestado, los judíos reconcentraron este número únicamente en la Luna, y basaron sobre ésta todos sus cálculos sagrados. Por eso vemos que el pensador autor del manuscrito citado observa lo siguiente respecto de la metrología de los judíos: Si se multiplica 20.612 por 4/3 el producto dará una base para la determinación de la revolución media de la Luna; y si este producto es multiplicado de nuevo por 4/3 el resultado proporcionará una base para encontrar el período exacto del año solar medio, esta fórmula... siendo de grandísima utilidad para hallar los períodos astronómicos del tiempo. Este número doble -macho y hembra- está también simbolizado por algunos ídolos muy conocidos; por ejemplo: Ardhanârï-Îshvara, la Isis de los indos, Eridanus o Ardan, o el Jordán hebreo o fuente de descendimiento. La presentan sobre una hoja de loto flotando en el agua. Pero la significación es, que es andrógina o hermafrodita, que es el falo y el yoni combinados, el número 10, la letra hebrea Yod (...) el contenido de Jehovah. Ella, o más bien ella-él, da los minutos del mismo círculo de 360 grados. “Jehovah”, en el mejor de sus aspectos, es Binah, “la Madre mediadora Superior, el Gran Mar o Espíritu Santo”, y por tanto, es más bien un sinónimo de María, la Madre de Jesús, que de su Padre; siendo esta “Madre, la Mare latina”, el Mar, significa también aquí Venus, la Stella del Mare o “Estrella del Mar”. Los antecesores de los misteriosos accadianos -los Chandravanshas o Indovanshas, los Reyes Lunares que la tradición muestra reinando en Prayâga (Allahabad) edades antes de nuestra Era- habían venido de la India y llevado consigo el culto de sus antepasados (de Soma y de su hijo Budha), que después fue el mismo de los caldeos. Sin embargo, semejante culto, aparte de la Astrolatría y Heliolatría populares, no era en modo alguno idolatría. En todo caso, no lo era más que el simbolismo católico romano moderno, que relaciona a la Virgen María, la Magna Mater de los sirios y griegos, con la Luna. Los católicos romanos más piadosos se sienten en extremo orgullosos de este culto, y lo confiesan clamorosamente. En un Mémoire a la Academia francesa, dice el Marqués de Mirville lo siguiente: Es natural que, como profecía inconsciente, Ammon-Ra sea el esposo de su madre, puesto que la Magna Mater de los cristianos es precisamente la esposa de aquel hijo que ella concibe... Nosotros (los cristianos) podemos comprender ahora por qué Neïth lanza resplandor sobre el Sol, mientras permanece siendo la Luna, puesto que la Virgen, que es la Reina de los Cielos, como lo era Neïth, viste al Cristo-Sol, como lo hace Neïth, y es vestida por él; “Tu vestis solem et te sol vestit” (como cantan los católicos romanos durante sus ceremonias). Nosotros (los cristianos) comprendemos también cómo es que la famosa inscripción en Saïs declaraba que “ninguno ha levantado nunca mi velo (peplum)”, considerando que esta frase, traducida literalmente, es el resumen de lo que se canta en la Iglesia en el Día de la Inmaculada Concepción (8). ¡Seguramente nada puede haber más sincero que esto! Ello justifica por completo lo que ha dicho Mr. Gerald Massey en su conferencia sobre el “Culto de la Luna, Antiguo y Moderno”: El hombre en la Luna (Osiris-Sut, Jehovah-Satán, Cristo-Judas y otros Gemelos Lunares), es acusado a menudo de mala conducta. En los fenómenos lunares, la Luna era una, como la Luna de doble sexo, y de carácter triple, como madre, hijo y varón adulto. ¡De este modo el hijo de la Luna fue el consorte de su propia madre! No se podía evitar, si es que había de haber alguna reproducción. ¡Se vio obligado a ser su propio padre! Estos parentescos fueron repudiados por la sociología posterior, y el hombre primitivo de la Luna fue suprimido. Sin embargo, en su última y más incomprensiva fase, se ha convertido en la doctrina fundamental de la superstición más grosera que se ha visto en el mundo, pues estos fenómenos lunares y sus parentescos humanos, inclusive el incestuoso, son las bases mismas de la Trinidad en la Unidad de los cristianos. Por causa de la ignorancia del simbolismo, la representación sencilla del tiempo primitivo se ha convertido en el misterio religioso más profundo del moderno culto lunar. La Iglesia Romana, sin avergonzarse ni poco ni mucho de lo que demuestra, pinta a la Virgen María adornada con el sol y teniendo a los pies la Luna con cuernos, y con el niño lunar en los brazos, como hijo y consorte de la madre Luna! La madre, el hijo, y el varón adulto, son fundamentales. De este modo puede probarse que nuestra Cristología es mitología momificada, y enseñanza legendaria, que de un modo engañoso se nos ha impuesto en el Antiguo y Nuevo Testamento, como revelación divina pronunciada por la voz misma de Dios (9). Hay en el Zohar una preciosa alegoría que revela perfectamente el carácter verdadero de Jehovah o YHVH en el concepto primitivo de los kabalistas hebreos. Puede verse en la Filosofía de la Kabalah de Ibn Gebirol, traducida por Isaac Myer: En la introducción escrita por R. ‘Hiz’qee-yah, que es muy antigua y forma parte de nuestra edición Brody del Zohar (I, 5b y sig.), hay una relación de un viaje hecho por R. El’azar, hijo de R. Shim-on b. Yo’haï, y R. Abbah... Encontraron a un hombre que llevaba una carga pesada... Hablaron con él... y las explicaciones que el hombre de la carga hizo del Thorah, eran tan maravillosas, que le preguntaron su nombre; y el hombre contestó: “No me preguntéis quién soy; pero continuemos con la explicación de la (Ley) Thorah”. Y ellos le preguntaron: “¿Quién te ha obligado a caminar de ese modo, llevando una carga tan pesada?” A lo cual contestó: “La letra (...) (Yod, que es = 10 y es la letra simbólica de Kether y la esencia y germen del Santo Nombre (.... YHVH) hizo la guerra, etc...” Ellos le dijeron: “Si nos quieres decir el nombre de tu padre, besaremos el polvo de tus pies”. Él contestó: “...Mi padre tenía su morada en el Gran Mar, y era allí un pez (lo mismo que Vishnu y Dagón u Oannes) que (primeramente) destruyó el Gran Mar... y era grande y poderoso y “Anciano de Días”, hasta que se tragó a todos los demás peces del (Gran) Mar...” R. El’azar escuchó sus palabras, y le dijo: “Tú eres el Hijo de la Santa Llama, eres el Hijo de Rab’Ham-nun-ah Sabah (el antiguo) (paz en aramaico o caldeo es nun), tú eres el Hijo de la luz del Thorah (Dharma), etc.” (10). Luego explica el autor que el Sephira femenino, Binah, es llamado el Gran Mar por los kabalistas; por lo tanto, Binah, cuyos nombres divinos son Jehovah, Yan y Elohim, es sencillamente el Tiamat caldeo, el Poder Femenino, el Thalatth de Beroso que preside sobre el Caos, y que la teología cristiana descubrió más tarde que era la Serpiente y el Diablo. Ella-Él (Yav-hovah) es el Hé celeste, y Eva. Este Yah-hovah o Jehovah es, pues, idéntico a nuestro Caos -Padre, Madre, Hijo- en el plano material, y en el Mundo puramente físico; Deus y Demon a la vez; el Sol y la Luna, el Bien y el Mal, Dios y Demonio. El magnetismo Lunar genera vida, la conserva y la destruye, tanto psíquica como físicamente. Y si se la considera astronómicamente, la Luna es uno de los siete planetas del Mundo Antiguo; en la Teogonía es uno de los Regentes de la misma, lo mismo entre los cristianos hoy día, que entre los Paganos; los primeros la mencionan con el nombre de uno de sus Arcángeles, y los últimos con el de uno de sus Dioses. Por lo tanto, la significación del “cuento de hadas”, traducido por Chwolsohn de la versión árabe de un antiguo manuscrito caldeo, de Qûtâmy instruido por el ídolo de la Luna, se comprende fácilmente. Seldenus nos dice el secreto, y lo mismo hace Maimónides en su Guide to the Perplexed (11). Los adoradores de los Teraphim, u Oráculos judíos, “grababan imágenes, y pretendían que la luz de las principales estrellas (planetas) las compenetraban totalmente, y las Virtudes angélicas ( o los Regentes de las estrellas y planetas) hablaban con ellos por su medio, enseñándoles artes y muchas cosas de la mayor utilidad”. Y Seldenus explica que los Teraphim fueron construidos y compuestos con arreglo a la posición de ciertos planetas, que los griegos llamaban ... y de acuerdo con las figuras que se hallaban en el firmamento, llamadas ... o los Dioses Tutelares. Aquellos que señalaban a los ... eran llamados ..., o adivinadores por medio de la ... (12). Estas sentencias del Nabathean Agriculture son, sin embargo, las que han asustado a los hombres de ciencia y les han hecho proclamar que la obra es “o bien apócrifa o un cuento de hadas, indigno de la atención de un académico”. Al mismo tiempo, como ya se ha mostrado, los católicos romanos y los protestantes celosos la hicieron pedazos metafóricamente; los primeros, porque “describía el culto de los demonios”, y los últimos, porque era “impía”. Todos se equivocan, nuevamente. No es un cuento de hadas, y en lo que se refiere a los piadosos sacerdotes, puede mostrárseles el mismos culto en sus escrituras, por más desfigurado que se halle en la traducción. El culto Solar y el Lunar, así como también el culto de las Estrellas y de los Elementos, figuran y pueden encontrarse en la Teología Cristiana. Ellos son defendidos por los papistas, y si los protestantes los niegan en redondo, es por su cuenta y riesgo. Pueden citarse dos ejemplos. Amiano Marcelino enseña que las antiguas adivinaciones se llevaban a cabo con la ayuda de los Espíritus de los Elementos (Spiritus Elementorum) y en griego ... (13). Pero ahora se ha visto que los Planetas, los Elementos y el Zodíaco no sólo figuraban en el Heliópolis por las doce piedras llamadas “Misterios de los Elementos” (Elementorum Arcana), sino también en el Templo de Salomón; y, como varios escritores lo han señalado, en algunas iglesias italianas antiguas, y hasta en Notre Dame de París, en donde pueden verse actualmente. Ningún símbolo, ni aun el del Sol, fue más complejo en sus múltiples significados que el símbolo lunar. El sexo, por supuesto, era doble. Para unos era varón, como por ejemplo, el “Rey Soma” indo y el Sin caldeo; para otras naciones era hembra, las hermosas Diosas Diana-Luna, Ilithyia, Lucina. Entre los tauri se sacrificaban víctimas humanas a Artemisa, una forma de la Diosa lunar; los cretenses la llamaban Dictynna, y los medos y los persas Ïtis, como muestra la inscripción de Coloe: ... ... Pero ahora nos referimos principalmente a la más casta y pura de las Diosas vírgenes, Luna-Artemisa, a quien Pamfos fue el primero en darle el sobrenombre de ..., y de quien Hipólito escribió ... ... ... (14). Esta Artemisa-Lochia, la Diosa que presidía a la concepción y nacimiento de las criaturas, en sus funciones y como triple Hécate, la Deidad órfica, el predecesor del Dios de los rabinos y de los kabalistas precristianos, y su tipo lunar. La Diosa ... era el símbolo personificado de los diferentes y sucesivos aspectos presentados por la Luna en cada una de sus tres fases; y esta interpretación era ya la de los estoicos (15), mientras que los órficos explicaban el epíteto ... por los tres reinos de la Naturaleza sobre los que ella reinaba. Hécate-Luna, celosa, ávida de sangre, vengativa y exigente, es el digno duplicado del “Dios celoso” de los profetas judíos. Todo el enigma del culto Solar y Lunar, tal como se señala ahora en las Iglesias, depende, a la verdad, de este antiguo misterio universal de los fenómenos lunares. Las fuerzas correlativas de la “Reina de la Noche”, que permanecen latentes para la Ciencia Moderna, pero que están en completa actividad para el conocimiento de los adeptos orientales, explican bien las mil y una imágenes bajo las cuales ha sido representada la Luna por los antiguos. También ello muestra cuánto más versados estaban los antiguos en los Misterios selenitas que nuestros modernos astrónomos. Todo el Panteón de las Diosas y Dioses lunares, Nephtys o Neïth, Proserpina, Melitta, Cibeles, Isis, Astarté, Venus y Hécate de un lado, y Apolo, Dionisio, Adonis, Baco, Osiris, Atys, Thammuz, etc. de otro, todos muestran en sus nombres y títulos -de “Hijos” y “Esposos” de sus “Madres”- su identidad con la Trinidad cristiana. En todos los sistemas religiosos se hacía a los Dioses fundir en una sus funciones de Padre, Hijo y Esposo; y las Diosas se fundían igualmente como Esposas, Madres y hermanas del Dios masculino; sintetizando los primeros los atributos humanos en el “Sol, el Dador de la Vida”, y fundiendo las últimas todos sus títulos en la gran síntesis conocida como Maia, Maya, María, etc., un nombre genérico Maia ha llegado a significar “madre” para los griegos, por derivación obligada de la raíz ma (nodriza), y hasta dio su nombre al mes de Mayo, que estaba consagrado a todas estas Diosas antes de serlo a María (16). Su origen primitivo, sin embargo, era Mâyâ, Durgâ, traducido por los orientalistas “inaccesible”, pero significando en verdad lo “inalcanzable”, en el sentido de ilusión y sin realidad, como siendo el origen y causa de los hechizos, la personificación de la ilusión. En los ritos religiosos, la Luna servía para un doble objeto. Era personificada como una Diosa femenina para fines exotéricos, o como un Dios varón en las alegorías y símbolos; y en la Filosofía Oculta nuestro satélite era considerado como una Potencia sin sexo que debía ser bien estudiada, porque había que temerla. Entre los Iniciados arios, caldeos, griegos y romanos, Soma, Sin, Artemisa, Soteita (el Apolo hermafrodita cuyo atributo es la lira, y la barbada Diana del arco y flecha), Deus Lunus, y especialmente Osiris-Lunus y Thot-Lunus (17), eran potencias ocultas en la Luna. Pero ya sea varón o hembra, Thot o Minerva, Soma o Astoreth, la Luna es el Misterio de los Misterios ocultos, y más un símbolo del mal que del bien. Sus siete fases, en la división original esotérica, están divididas en tres fenómenos astronómicos y cuatro fases puramente psíquicas. La Luna no ha sido siempre reverenciada, según se demuestra en los Misterios, en donde la muerte del Dios-Luna -las tres fases de desvanecimiento gradual y final desaparición- estaba alegorizada por la Luna en representación del Genio del Mal, que, por el momento, triunfa sobre el Dios productor de la Luz y de la Vida, el Sol; y era necesaria toda la habilidad y sabiduría de los antiguos Hierofantes en Magia para convertir en triunfo esta derrota. En el culto más antiguo de todos, en el de la Tercera Raza de nuestra Ronda, los Hermafroditas, la Luna macho se hizo sagrada cuando, después de la llamada Caída, los sexos se separaron. Deus-Lunus se convirtió entonces en Andrógino, macho y hembra por turno, hasta que finalmente sirvió para fines de brujería, como poder Dual para la Cuarta Raza-Raíz, los atlantes. En la Quinta, nuestra propia Raza, el culto Lunar-solar dividió a las naciones en dos distintos campos antagónicos, y produjo los sucesos descritos, aenes más tarde, en la guerra Mahâbhâratan, la lucha entre los Sûryavanshas y los Indovanshas que los europeos consideran fabulosa, y que es histórica para los indos y ocultistas. El culto a los principios macho y hembra se originó en el aspecto doble de la Luna, y terminó en los cultos distintos del Sol y de la Luna. Entre las razas semíticas, el Sol fue durante mucho tiempo femenino y la Luna masculina, procediendo esta última noción de las tradiciones atlantes. A la Luna la llamaron “el Señor del Sol”, Bel-Shemesh, antes del culto Shemesh. La ignorancia de las razones iniciales de semejante distinción condujo a las naciones al culto antropomórfico de los ídolos. Durante aquel período que no se encuentra en los libros Mosaicos, a saber, desde el destierro del Edén hasta el Diluvio alegórico, los judíos y los demás semitas adoraron a Dayanisi ..., el “Soberano de los Hombres”, el “Juez”, o el Sol. Aun cuando el Canon judío y el Cristianismo han convertido al Sol en el “Señor Dios” y en “Jehovah” en la Biblia, sin embargo la misma Biblia está llena de huellas indiscretas de la Deidad andrógina que era Jehovah, el Sol, y Astoreth, la Luna en su aspecto femenino, y libre enteramente del presente elemento metafórico que se le ha dado. Dios es un “fuego que consume”, aparece en el fuego y está circundado por él. No fue sólo en visión como Ezequiel vio a los judíos “adorando al Sol” (18). El Baal de los israelitas -el Shemesh de los moabitas y el Moloch de los amonitas- era el mismo “Sol-Jehovah”, y es hasta hoy el “Rey de la Hueste del Cielo”, el Sol, así como Astoreth era la “Reina del Cielo”, o la Luna. El “Sol de Justicia” sólo ahora se ha convertido en una expresión metafórica. Pero la religión de todas las naciones antiguas se basaba primitivamente en las manifestaciones ocultas de una Fuerza o Principio puramente abstracto, llamado actualmente “Dios”. El establecimiento mismo de tales cultos muestra en sus detalles y ritos que los filósofos que desarrollan semejantes sistemas de la Naturaleza, subjetiva y objetiva, poseían un conocimiento profundo, y conocían muchos hechos de naturaleza científica. Porque los ritos del culto Lunar, además de ser puramente ocultos, estaban basados, como se acaba de mostrar, en el conocimiento de la Fisiología --ciencia completamente moderna entre nosotros-, de la Psicología, las Matemáticas Sagradas, la Geometría y la Metrología en su verdadera aplicación a símbolos y figuras, que no son sino signos en donde se han registrado los hechos naturales y científicos observados. Como hemos dicho, el magnetismo lunar genera la vida, la preserva y la destruye; y Soma encarna el triple poder de la Trimûrti, aun cuando no sea reconocida para el profano hasta el presente. La alegoría que presenta a Soma, la Luna, como producida por la acción del mazar del Océano de Vida (Espacio) por los Dioses en otro Manvántara, esto es, en el día pregenésico de nuestro Sistema Planetario, y el mito que representa a “los Rishis ordeñando a la Tierra cuyo ternero era Soma, la Luna”, tienen un significado profundamente cosmográfico; pues ni es nuestra Tierra la ordeñada, ni la Luna que conocemos el ternero (19). Si nuestros hombres de ciencia hubieran sabido de los misterios de la Naturaleza tanto como sabían los antiguos arios, seguramente no hubieran imaginado nunca que la Luna fue proyectada desde la Tierra. Repito nuevamente que para poder comprender el lenguaje simbólico de los antiguos hay que tener presente y tomar en consideración las más antiguas permutaciones de la Teogonía: al Sol convirtiéndose en su propio Padre, y a la Madre generada por el Hijo. De otro modo, la mitología parecería siempre a los orientalistas simplemente “la enfermedad que aparece en cierto estado peculiar de la cultura humana!”, como ha dicho gravemente Renouf. Los antiguos enseñaban la autogeneración, por decirlo así, de los Dioses: la Esencia Divina Una, inmanifestada, concibiendo perpetuamente un Segundo-Yo manifestado, cuyo Segundo-Yo, andrógino en su naturaleza, da a luz, de modo inmaculado, a todo lo macrocósmico y microcósmico de este Universo. Esto ha sido mostrado algunas páginas antes, en el Círculo y el Diámetro, o el Diez (10) Sagrado. Pero nuestros orientalistas, a pesar de su gran deseo de descubrir un Elemento homogéneo en la Naturaleza, no lo verán. Paralizados en sus investigaciones por tal ignorancia, los arianistas y los egiptólogos se extravían constantemente en sus especulaciones. Así es como de Rougé no puede comprender, en el texto que traduce, el significado de cuando Ammon-Ra dice al Rey Amenofes que se supone sea Memmon: “Tú eres mi hijo, yo te he engendrado”. Y encontrando lo mismo en muchos textos y bajo diferentes formas, este orientalista, muy cristiano, se ve, por último, obligado a decir: Para que esta idea haya podido entrar en la mente de los hierográmatas, tiene que haber habido en su religión una doctrrina más o menos definida, que indique como un hecho posible, una encarnación divina e inmaculada bajo una forma humana. Precisamente. Pero ¿por qué ha de atribuirse la explicación a una profecía imposible, cuando todo el secreto queda aclarado por la última religión copiando a la primera? Esta doctrina era universal; no fue en la mente de ningún hierográmata donde se desarrolló; pues los Avatâras indos son una prueba de lo contrario. De Rougé, después de “comprender más claramente” (20) lo que significaba el “Padre Divino” y el “Hijo” entre los egipcios, no puede, sin embargo, percibir todavía cuáles eran las funciones que se atribuían al Principio femenino en aquella generación primordial. No lo encuentra en la Diosa Neïth, de Saïs. Sin embargo, cita la sentencia del Jefe a Cambises, cuando introdujo a este Rey en el templo saïtico: “Hago conocer a V. M. la dignidad de Saïs, que es la mansión de Neïth, el gran productor (femenino), generador del Sol, que es el primer nacido y que no es engendrado, sino sólo dado a luz” -y por lo tanto, fruto de una Madre Inmaculada. ¡Cuánto más grandioso, filosófico y poético -para cualquiera que lo pueda comprender y apreciar- es el verdadero concepto de los antiguos paganos sobre la Virgen Inmaculada, comparado con el concepto papal moderno! En el primero, la Madre Naturaleza siempre joven, el origen de sus prototipos, el Sol y la Luna, genera y da a luz a su Hijo “nacido de la mente”, el Universo. El Sol y la Luna, como deidades masculino-femeninas, fructifican la Tierra, la Madre microcósmica, y esta última concibe y da a luz, a su vez. En cambio, según los cristianos, el “Primer nacido” (primogenitus) es, en verdad, generado, esto es, engendrado (genitus, non factus), y positivamente concebido y dado a luz: “Virgo pariet” -explica la Iglesia latina-. De este modo arrastra a la tierra esta Iglesia el noble ideal espiritual de la Virgen María, y haciéndola “de barro terreno”, degrada el ideal que representa, rebajándola a la Diosa antropomórfica más inferior del populacho. Ciertamente, Neïth, Isis, Diana, etc., sea el que quiera el nombre por el que fuese designada, era “una Diosa demiurga, visible e invisible a la vez, que tenía su lugar en el Cielo, y que ayudaba en la generación de las especies” -la Luna, en una palabra-. Sus aspectos y poderes ocultos son innumerables, y, en uno de ellos, la Luna era para los egipcios Hathor, otro aspecto de Isis (21); y a ambas Diosas se las representa amamantando a Horus. Véase en el Salón Egipcio del Museo Británico a Hathor adorada por el Faraón Thotmes, que está de pie entre ella y el Señor de los Cielos. El monolito fue traído de Karnac. La misma Diosa tiene la leyenda siguiente, inscrita en su trono: “La Divina Madre y Señora, o Reina del Cielo”; y también la “Estrella de la Mañana”, y la “Luz del Mar” -Stella Matutina y Lux Maris. Todas las Diosas Lunares tenían un aspecto doble: uno divino, el otro infernal. Todas eran las Vírgenes Madres de un Hijo nacido de modo inmaculado, el Sol. Raoul Rochette muestra a la Diosa Luna de los atenienses, Palas, o Cibeles, Minerva, o también Diana, invocada en sus fiestas como ... ..., “la Madre única de Dios”, teniendo a su hijo-niño en su regazo, sentada sobre un león y rodeada de doce personajes; en quienes los ocultistas reconocen a los doce grandes Dioses, y el piadoso orientalista cristiano a los Apóstoles, o más bien a la profecía griega pagana de los mismos. Ambos tienen razón, pues la Diosa Inmaculada de la Iglesia latina es una copia fiel de la Diosa pagana más antigua; el número de los apóstoles es el de las doce Tribus, y éstas son la personificación de los doce grandes Dioses, y de los doce signos del Zodíaco. Casi todos los detalles del dogma cristiano están tomados de los paganos. Semele, la Esposa de Júpiter y Madre de Baco, el Sol, según Nonno es también “llevada” o se la hace ascender al Cielo después de su muerte, en donde preside, entre Marte y Venus, bajo el nombre de “Reina del Mundo” o del Universo, ...; “a cuyo nombre”, lo mismo que a los nombres de Hathor, Hécate y otras Diosas infernales, “todos los demonios tiemblan” (22). “... ... ...”. Según cuenta De Mirville, esta inscripción griega de un pequeño templo, reproducida en una piedra que Berger encontró, y copiada por Montfaucon, nos informa del hecho estupendo de que la Magna Mater del mundo antiguo fue un “plagio” descarado de la Inmaculada Virgen María de la Iglesia Católica, perpetrado por el Demonio. Ya sea así, o viceversa, no tiene importancia. Lo que interesa observar es la perfecta identidad entre la copia arcaica y el original moderno. Si el espacio de que disponemos nos lo permitiera, podríamos mostrar la inconcebible frialdad e indiferencia que han tenido algunos partidarios de la Iglesia Católica Romana al ser puestos frente a frente de las revelaciones del pasado. A la observación de Maury de que “la Virgen tomó posesión de todos los Santuarios de Ceres y Venus, y de que los ritos paganos, proclamados y practicados en honor de aquellas Diosas, fueron en gran parte transferidos a la Madre de Cristo” (23), el abogado de Roma contesta que tal es el caso, y que era justo y natural que así fuese. Como el dogma, la liturgia y los ritos profesados por la Iglesia Apostólica Romana en 1862 se encuentran grabados en monumentos, inscritos en papiros y rollos apenas posteriores al Diluvio, es imposible negar la existencia de un primero y prehistórico Cataclismo (Romano), del cual es el nuestro una continuación fiel... (Pero mientras el primero era el colmo, el “summum de la desvergüenza de los demonios y de la nigromancia goética” ...el segundo es divino). Si en nuestra Revelación (cristiana ) (el Apocalipsis), María, revestida con el Sol, y teniendo a la Luna bajo sus pies, no tiene ya nada en común con la humilde servidora (servante) del Nazareno (sic), es porque se ha convertido ahora en el mayor de los poderes teológicos y cosmológicos de nuestro Universo (24). Precisamente, puesto que Píndaro canta así sobre su asunción: “Se sienta a la derecha de su Padre (Júpiter)... y es más poderosa que todos los demás (Ángeles o) Dioses” (25) - himno que igualmente se ha aplicado a la Virgen. También San Bernardo, citado por Cornelio a Lapide, se dirige a la Virgen María de este modo: “El Sol-Cristo vive en ti, y tú vives en él” (26). También este santo hombre, nada sofístico, admite que la Virgen es la Luna. Siendo la Lucina de la Iglesia, le aplican en el parto el verso de Virgilio, “Casta fave Lucina, tuus jam regnat Apollo”. Y añade aquel santo inocente: “Lo mismo que la Luna, la Virgen es la Reina del Cielo” (27). Esto termina la cuestión. Según los escritores tales como De Mirville, mientras más semejanza existe entre los conceptos paganos y los dogmas cristianos, más divina aparece la religión cristiana, y más se ve que es la única verdaderamente inspirada, especialmente en su forma católico-romana. Los descreídos hombres de ciencia y académicos, que creen ver en la Iglesia latina precisamente todo lo contrario de la inspiración divina, y que no quieren admitir los maliciosos plagios anticipados de Satanás, son seriamente llamados a capítulo. Pero “no creen en nada y rechazan hasta el Nabathean Agriculture como una novela y una porción de absurdos supersticiosos”, gime el memorialista. - “Según su opinión pervertida, “el ídolo de la Luna” de “Qû-tâmy y la estatua de la Madona son una misma cosa”. Hace veinticinco años que un noble Marqués escribió seis enormes volúmenes, o como él los llama, “Memorias para la Academia Francesa”, con el solo objeto de probar que el Catolicismo Romano es una creencia inspirada y revelada. Como prueba de ello, cita hechos innumerables, tendiendo todos a mostrar que todo el mundo antiguo había estado, desde el Diluvio, con la ayuda del Demonio, plagiando sistemáticamente los ritos, ceremonias y dogmas de la futura Santa Iglesia, que debía nacer siglos más tarde. ¿Qué hubiese dicho este fiel hijo de Roma si hubiera oído a su correligionario M. Renouf, el distinguido egiptólogo del Museo Británico, declarar en una de sus sabias conferencias que ni “los hebreos ni los griegos tomaron ninguna de sus ideas de Egipto?” ¿Pero quizás quiso decir M. Renouf que los egipcios, los griegos y los arios fueron los que tomaron sus ideas de la Iglesia latina? Y si es así, ¿por qué, en nombre de la lógica, rechazan los papistas los nuevos datos que los ocultistas pueden proporcionarles sobre el culto de la Luna, puesto que todo tiende a mostrar que el culto de la Iglesia Católica Romana es tan antiguo como el mundo - del Sabeísmo y de la Astrolatría? La causa de la Astrolatría de los primitivos cristianos y más tarde de la católica romana, o el culto simbólico del Sol y de la Luna, culto idéntico al de los gnósticos, aunque menos filosófico y puro que el “culto del Sol” de los mazdeístas, es una consecuencia natural de su nacimiento y origen. La adopción por la Iglesia latina de símbolos como el Agua, el Fuego, el Sol, la Luna y las Estrellas, y muchos otros, es sencillamente la continuación por los primitivos cristianos del antiguo culto de las naciones paganas. Por ejemplo, Odín obtuvo su sabiduría, su poder y sus conocimientos sentándose a los pies de Mimir, el tres veces sabio Jotun, que pasó su vida en la fuente de la Sabiduría primordial, cuyas cristalinas Aguas aumentaban diariamente su conocimiento. “Mimir obtuvo el conocimiento superior, de la fuente, porque el Mundo había nacido del Agua; de aquí que la Sabiduría primordial se encontrase en aquel misterioso elemento”. El ojo que Odín tenía que comprometer para adquirir aquel conocimiento, puede ser “el Sol que ilumina y penetra todas las cosas; su otro ojo siendo la Luna, cuya reflexión mira desde el mar, y que por último, cuando se pone, se hunde en el Océano” (28). Pero es algo más que esto. Loki, el Dios del Fuego, se dice se ocultó en el Agua, como también en la Luna, la dadora de luz, cuya reflexión encontró en aquélla. Esta creencia de que el Fuego encuentra refugio en el Agua no se limitaba a los antiguos escandinavos. Participaban de ella todas las naciones, y fue por último adoptada por los primitivos cristianos que simbolizaron el Espíritu Santo bajo la figura del Fuego, “lenguas hendidas como de Fuego” -el hálito del Padre-Sol. Este Fuego desciende también dentro del Agua o el Mar- Mare, María. La Paloma era, entre algunas naciones, el símbolo del Alma; estaba consagrada a Venus, la Diosa nacida de la espuma del mar, y más tarde se convirtió en el símbolo del Ánima Mundi cristiano, o Espíritu Santo. Uno de los capítulos más ocultos del Libro de los Muertos es el titulado “La transformación en el Dios que da Luz al Sendero de Tinieblas”, en donde la “Mujer-Luz de la Sombra” sirve a Thot en su retiro en la Luna. Thot-Hermes se dice que se ocultó allí, porque es el representante de la Sabiduría Secreta. Él es el Logos manifestado de su lado luminoso; y la Deidad oculta o “Sabiduría Obscura”, cuando supone que se retira al otro hemisferio. Hablando de su poder, la Luna se llama repetidamente a sí misma: “La Luz que brilla en la Obscuridad”, la “Mujer-Luz”. De aquí que se convirtiese en el símbolo aceptado de todas las Diosas Vírgenes-Madres. Del mismo modo que los perversos “malos” Espíritus hicieron la guerra a la Luna en los tiempos antiguos, asimismo se supone que la hacen ahora, sin poder, sin embargo, triunfar de la actual Reina del Cielo, María, la Luna. De ahí que también estaba la Luna íntimamente relacionada, en todas las teogonías paganas, con el Dragón, su eterno enemigo. La Virgen, o Madona, está representada sobre el Satán mítico así simbolizado, que yace vencido e impotente bajo sus pies. Esto es así porque la cabeza y la cola del Dragón, que en la astronomía oriental representan, hasta hoy, los nodos ascendente y descendente de la Luna, estaban simbolizados en la antigua Grecia por dos serpientes. Hércules las mata en el día de su nacimiento, y lo mismo hace el niño en los brazos de su Madre-Virgen. Como observa atinadamente Mr. Gerald Massey respecto de estas relaciones: Todos estos símbolos representaron sus propios hechos desde un principio y no presuponían otros de un orden completamente distinto. La iconografía (y también los dogmas) había sobrevivido en Roma desde un período remoto antes del cristianismo. No hubo ni falsedad ni interpolación de tipos; no hubo más que una continuidad de imágenes con un significado desnaturalizado. SECCIÓN X EL CULTO DEL ÁRBOL, DE LA SERPIENTE Y DEL COCODRILO Objeto de horror o de adoración, los hombres tienen a la serpiente un odio implacable, o se postran ante su genio. La Mentira la llama, la Prudencia la recla- ma, la Envidia la lleva en su corazón, y la Elocuen- cia en su caduceo. En el Infierno arma el látigo de las Furias; en el Cielo la Eternidad hace de ella su símbolo. DE CHATEAUBRIAND Los ofitas aseguraban que había varias clases de Genios, desde Dios al hombre; que su relativa superioridad se determinaba por el grado de Luz que a cada uno se concedía; y sostenían que debía darse siempre gracias a la Serpiente, por el señalado servicio que había hecho a la humanidad. Porque ella enseñó a Adán que si comía del fruto del Árbol del Conocimiento del bien y del mal, elevaría inmensamente su Ser, por el conocimiento y la sabiduría que así adquiriría. Tal era la razón exotérica que se daba. Es fácil ver de dónde proviene la idea primitiva del carácter doble (semejante al de Jano) de la Serpiente - el bien y el mal. Este símbolo es uno de los más antiguos, porque el reptil precedió al ave y el ave al mamífero. De aquí proviene la creencia, o más bien la superstición, de las tribus salvajes, que se imaginan que las almas de sus antecesores viven bajo esta forma; y la general asociación de la Serpiente con el Árbol. Las leyendas sobre los varios significados que representa, son innumerables; pero, como en su mayor parte son alegóricas, han pasado ahora a la clase de fábulas basadas en la ignorancia y en la superstición. Por ejemplo, cuando Filostrato cuenta que los indígenas de la India y de Arabia se alimentaban del corazón y del hígado de las Serpientes para aprender el lenguaje de todos los animales, a causa de tener la Serpiente fama de tener esta facultad, seguramente que nunca pensó que sus palabras se tomasen literalmente (1). Según veremos más de una vez a medida que avancemos, la Serpiente y el Dragón eran nombres que se daban a los Sabios, los Adeptos Iniciados de los tiempos antiguos. Sus conocimientos y sabiduría eran lo que devoraban o se asimilaban sus partidarios, y de aquí la alegoría. Cuando se dice en la fábula que el Sigurd escandinavo asó el corazón de Fafnir, el Dragón, a quien había matado, convirtiéndose así en el más sabio de los hombres, el significado es el mismo. Sigurd se había hecho sabio en misterios y encantos mágicos; había recibido la “Palabra” de un Iniciado llamado Fafnir, o de un hechicero, después de lo cual éste murió, como sucede a muchos, después que “pasan la palabra”. Epifanio revela un secreto de los gnósticos al tratar de exponer sus “herejías”. Los gnósticos ofitas, dice, tenían una razón para honrar a la Serpiente: era ésta que enseñó los Misterios a los hombres primitivos (2). Ciertamente; pero no tenían en la imaginación a Adán y Eva en el Jardín, cuando enseñaban este dogma, sino simplemente lo que se ha expuesto. Los Nâgas de los Adeptos indos y tibetanos eran Nâgas humanos (Serpientes), no reptiles. Además, la Serpiente ha sido siempre el símbolo de la renovación, consecutiva o en serie, de la Inmortalidad y el Tiempo. Las numerosas y en extremo interesantes declaraciones, interpretaciones y hechos sobre el culto de la Serpiente que da Mr. Gerald Massey en su Natural Genesis son muy ingeniosas y científicamente correctas; pero están muy lejos de abarcar todos los significados que dicho culto encubre. Sólo divulgan los misterios astronómicos y fisiológicos, con la adición de algunos fenómenos cósmicos. En el plano inferior de la materia, la Serpiente era, a no dudarlo, el “gran emblema del Misterio de los Misterios”, y muy probablemente fue “adoptado como símbolo de la pubertad femenina, a causa de su cambio de piel, o camisa, y de su propia renovación”. Esto era, sin embargo, sólo con respecto a los misterios que se refieren a la vida terrestre animal; pues como símbolo del “revestirse de nuevo y renacer en los misterios (universales)”, su “fase final” (3) (o diremos más bien sus fases incipiente y culminante) no era de este plano. Estas fases fueron generales en el reino puro de la Luz Ideal, y después de haber terminado el círculo de todo el ciclo de adaptaciones y simbolismos, los Misterios volvieron al punto de donde habían partido, a la esencia de la causalidad inmaterial. Pertenecían ellos a la Gnosis más elevada. Y, seguramente, este símbolo no hubiera podido obtener su nombre y fama ¡tan sólo a causa de su intromisión en las funciones fisiológicas y especialmente en las femeninas! Como símbolo, la Serpiente tenía tantos aspectos y significados ocultos como el mismo Árbol; el “Árbol de la Vida”, con el cual estaba relacionada de un modo emblemático y casi indisoluble. Ya se considere como símbolo metafísico o físico, el Árbol y la Serpiente, unidos o separados, nunca han sido en la antigüedad tan degradados como lo son ahora, en esta nuestra edad en que se destruyen los ídolos, no en pro de la verdad, sino para glorificar más la materia grosera. Las revelaciones e interpretaciones de Rivers of Life del General Forlong hubieran asombrado a los adoradores del Árbol y de la Serpiente en los días de la sabiduría arcaica, caldea y egipcia; y hasta los primitivos shaivas se hubieran sobrecogido de horror ante las teorías y suposiciones del autor de dicha obra. “La idea de Payne Knight y de Inman, de que la Cruz o Tau es simplemente copia de los órganos masculinos en forma de tríada, es radicalmente falsa”, escribe Mr. G. Massey, quien prueba lo que dice. Pero ésta es una afirmación que puede aplicarse con la misma razón a casi todas las interpretaciones modernas de los antiguos símbolos. The Natural Genesis, obra monumental de investigación y pensamiento, la más completa de todas las que sobre el asunto se han publicado, abarcando un campo más amplio, y explicando mucho más que todos los simbologistas que hasta el presente han escrito, no va, sin embargo, más allá del aspecto “psicoteístico” del pensamiento antiguo. No estaban Payne Knight e Inman del todo equivocados; excepto cuando dejan de percibir por completo que sus interpretaciones del Árbol de la Vida, como la Cruz y el Falo, se ajustaban al símbolo sólo en el último y más inferior de los grados de desarrollo evolucionario de la idea del Dador de Vida. Era la última y la más grosera transformación física de la Naturaleza, en el animal, en el insecto, en el pájaro y hasta en la planta; pues el magnetismo creador dual, en la forma de atracción de los opuestos, o polarización sexual, actúa en la constitución del reptil y del pájaro lo mismo que en la del hombre. Además, los simbologistas y orientalistas modernos, desde el primero al último, al ignorar los verdaderos Misterios revelados por el Ocultismo, sólo no pueden ver, necesariamente, este último aspecto. Si se les dijese que este modo de procreación que todo el mundo de los seres tiene ahora en común en la Tierra, no es sino una fase pasajera, un medio físico de proporcionar las condiciones y producir los fenómenos de la vida, y que cambiará a la par de ésta y desaparecerá con la próxima Raza Raíz, se reirían de semejante idea supersticiosa y anticientífica. Pero los más sabios ocultistas aseguran esto porque lo saben. El universo de los seres vivos, de todos aquellos que procrean sus especies, es el testimonio viviente de los diferentes modos de procreación en la evolución de las especies y razas animales y humanas; y el naturalista debiera sentir intuitivamente esta verdad aun cuando no pueda todavía demostrarla. ¿Cómo podría hacerlo, a la verdad, dado el modo de pensar moderno? Los jalones de la historia arcaica del Pasado son pocos y raros; y aquellos que los hombres de ciencia encuentran, son tomados equivocadamente por postes indicadores de nuestra pequeña Era. Hasta la llamada “historia universal” (?) no abarca sino un reducidísimo campo en el espacio casi ilimitado de las regiones inexplotadas de nuestra última Quinta Raza Raíz. De aquí que cada nuevo poste indicador, cada símbolo que del remoto pasado se descubre, sea añadido al antiguo conjunto de datos para ser interpretado por la misma línea de conceptos preexistentes, y sin referencia alguna al ciclo especial de pensamiento a que pueda pertenecer aquel determinado símbolo. ¡Cómo podrá la Verdad salir a luz, si no se cambia nunca este método! Así pues, al principio de su unida existencia como símbolo del Ser Inmortal, el Árbol y la Serpiente eran, verdaderamente, imágenes divinas. El Árbol estaba invertido, y sus raíces nacían en el Cielo surgiendo de la Raíz sin Raíz del Ser-Todo. Su tronco creció y se desarrolló; al cruzar los planos del Plerôma, proyectó transversalmente sus ramas exuberantes, primero en el plano de la materia apenas diferenciada, y luego hacia abajo, hasta que tocaron el plano terrestre. Por esto se dice en el Bhagavad-Gitâ que el Árbol de la Vida y de la Existencia, Ashvattha, cuya destrucción es lo único que conduce a la inmortalidad, crece con sus raíces arriba y sus ramas abajo (4). Las raíces representan el Supremo Ser o Causa Primera, el Logos; pero hay que ir más allá de estas raíces para unirse uno mismo con Krishna, que, dice Arjuna, es “más grande que Brahmâ, y la Causa Primera... lo indestructible, lo que es, lo que no es y lo que está más allá de ellos” (5). Sus ramas principales son el Hiranyagarbha (Brahmâ o Brahman, en sus manifestaciones más elevadas, dice Shrîdhara Svâmin y Madhusûdana), los más elevados Dhyân Chohans o Devas. Los Vedas son sus hojas. Sólo aquél que va más allá de las raíces no volverá más; esto es, no reencarnará durante esta Edad de Brahmâ. Sólo cuando sus ramas puras tocaron el lodo terrestre del Jardín del Edén, de nuestra Raza Adámica, se manchó este Árbol con el contacto y perdió su prístina pureza; y la Serpiente de la Eternidad, el Logos Nacido del Cielo, se degradó finalmente. En los tiempos antiguos, en los días de las Dinastías Divinas en la Tierra, este reptil, ahora temido, era considerado como el primer rayo de luz que salió del abismo del Divino Misterio. Variadas fueron las formas que se le dieron, y numerosos los símbolos naturales que se le asignaron, a medida que cruzó los eones del Tiempo; pues desde el Tiempo Infinito mismo (Kâla), cayó dentro del espacio y del tiempo desenvueltos por la especulación humana. Estas formas eran cósmicas y astronómicas, deístas y panteístas, abstractas y concretas. Se convirtieron por turno en el Dragón Polar y en la Cruz, el Alfa Draconis de la Pirámide, y el Dragón indo-buddhista, que siempre amenaza, pero que nunca se traga al Sol durante sus eclipses. Hasta entonces, el Árbol permaneció siempre verde, pues era regado por las Aguas de la Vida; el Gran Dragón permaneció siempre divino, mientras se mantuvo dentro de los límites de los campos siderales. Pero el árbol creció, y sus ramas inferiores tocaron por fin las Regiones Infernales, nuestra Tierra. Entonces la Gran Serpiente Nidhögg -aquella que devora los cadáveres de los pecadores en la “Región de la Desdicha” (la vida humana), en el momento en que se hunden en el Hwergelmir, el rugiente hervidero (de pasiones humanas)- empezó a roer el Árbol del Mundo. Los gusanos de la materialidad cubrieron las raíces, antes saludables y poderosas, y ahora están ascendiendo más y más alto a lo largo del tronco; mientras que la Culebra Midgard, enroscada en el fondo de los Mares, rodea la Tierra y, con su aliento venenoso, la hace impotente para defenderse. Los Dragones y Serpientes de la antigüedad tienen todos siete cabezas, una cabeza por cada Raza, y “cada cabeza, con siete cabellos en ella”, según dice la alegoría. Siempre así, desde Ananta, la Serpiente de la Eternidad, que lleva a Vishnu por todo el Manvántara; desde el Shesha original, primordial, cuyas siete cabezas se convierten en “mil cabezas” en la fantasía puránica, hasta la Serpiente accadiana de siete cabezas. Esto simboliza los Siete Principios en toda la Naturaleza y en el hombre; siendo el séptimo la cabeza más elevada o la del medio. Filón no habla del Sábado judío mosaico en su Creación del Mundo, cuando dice que el mundo fue completado “con arreglo a la naturaleza perfecta del número 6”. Pues: Cuando aquella Razón (Nous) que es Santa de acuerdo con el número 7, ha entrado en el alma (más bien en el cuerpo vivo), el número se halla por ello prisionero, así como todas las cosas mortales que este número forma. Y también: El número 7 es el día festivo de toda la tierra, el día del nacimiento del mundo. No sé si alguien podrá celebrar como es debido el número 7 (6). El autor del Natural Genesis cree que: El septenario de estrellas que se ve en la Osa Mayor (la Saptarshis) y el dragón de siete cabezas proporcionan un origen visible del siete simbólico del tiempo en el firmamento. La Diosa de las siete estrellas, como Kep era la madre del tiempo; de donde Kepti y Sebti para los dos tiempos y el número. Así pues, ésta es la estrella del Siete por nombre. Sevekh (Kronous), el hijo de la diosa, tiene el nombre del siete o séptimo. también lo tiene Sefekh Abu, que construye su casa en lo alto, como la Sabiduría (Sophía) construyó la suya con siete pilares... Los tipos primitivos de Cronos eran siete, y por esto el principio del tiempo en el cielo está basado en el número y en el nombre del siete, a causa de los indicadores estelares. Las siete estrellas al dar la vuelta anual continuaban señalando, como si dijéramos con el dedo de la mano derecha, y describiendo un círculo en el cielo superior y en el inferior (7). El número 7 sugirió, naturalmente, la idea de una medida por siete, que condujo a lo que pudiera llamarse división en setenas, y a marcar y hacer el mapa del círculo en siete divisiones correspondientes, que se asignaron a las siete grandes constelaciones; y de este modo fue formada la heptánoma celestial de Egipto en el cielo. Cuando la heptánoma estelar se separó y dividió en cuatro cuartos, fue multiplicada por cuatro, y los veintiocho signos ocuparon el lugar de las siete constelaciones primordiales; siendo el zodíaco lunar de veintiocho signos, el resultado que se obtuvo al contar veintiocho días a la Luna, o un mes lunar (8). En el arreglo chino, los cuatro sietes se asignan a cuatro Genios que presiden sobre los cuatro puntos cardinales (9), o más bien las siete constelaciones del Norte constituyen el Guerrero Negro; las siete del Oriente (otoño chino) forman el Tigre Blanco; las siete del Sur son el Pájaro Bermejo; y las siete occidentales (llamadas vernales) son el Dragón Azulado. Cada uno de estos cuatro espíritus preside sobre su heptánoma durante una semana lunar. El generador de la primera heptánoma (Tifón, el de las siete estrellas) tomó entonces un carácter lunar... En esta fase vemos que la diosa Sefekh, cuyo nombre significa el número 7, es el Verbo femenino, a logos, en lugar de la madre del tiempo, que era el Verbo primitivo como diosa de las Siete Estrellas (10). El autor muestra que la Diosa de la Osa Mayor y Madre del Tiempo era en Egipto desde los tiempos primitivos el “Verbo Viviente, y que Sevekh-Kronus, cuyo símbolo era el Cocodrilo-Dragón, la forma preplanetaria de Saturno, fue llamado su hijo y consorte; era él su Verbo Logos” (11). Lo anterior está bien claro, pero no fue tan sólo el conocimiento de la astronomía el que condujo a los antiguos al procedimiento de dividir en setenas. La causa primitiva es mucho más profunda y será explicada oportunamente. Las anteriores citas no son digresiones. Se han expuesto para mostrar: a) la razón por la cual un Iniciado completo era llamado Dragón, Serpiente, Nâga; y b) que nuestra división septenaria era usada por los sacerdotes de las dinastías primitivas de Egipto, por la misma razón y con la misma base que nosotros. Esto, sin embargo, necesita mayor aclaración. Como se ha dicho ya, lo que Mr. Gerald Massey llama los cuatro Genios de los cuatro puntos cardinales, y los chinos el Guerrero Negro, el Tigre Blanco, el Pájaro Bermejo y el Dragón Azulado, se llaman en los Libros Sagrados los “Cuatro Dragones Ocultos de la Sabiduría” y los “Nâgas Celestiales”. Ahora bien: el Dragón-Logos, de siete cabezas o septenario, se muestra que en el transcurso del tiempo ha estallado, por decirlo así, en cuatro partes heptánomas de veintiocho porciones. Cada semana tiene un carácter oculto distinto en el mes lunar; cada día de los veintiocho tiene sus características especiales; pues cada una de las doce constelaciones, ya sea separadamente o en combinación con otros signos, tiene una influencia oculta para el bien o para el mal. Esto representa la suma de los conocimientos que los hombres pueden adquirir en la tierra; sin embargo, pocos son los que la adquieren, y todavía menos son los sabios que llegan a la raíz del conocimiento simbolizado por el gran Dragón-Raíz, el Logos Espiritual de estos signos visibles. Pero aquellos que la alcanzan reciben el nombre de Dragones, y son los “Arhats de las Cuatro Verdades o de las Veintiocho facultades” o atributos, y siempre han sido llamados así. Los neoplatónicos alejandrinos aseguran que para convertirse en un Caldeo o Mago verdadero hay que dominar la ciencia o conocimiento de los períodos de los siete Rectores del Mundo, en quienes reside toda la sabiduría. Y a Jámblico se le atribuye otra versión que, sin embargo, no altera el significado, pues dice: Los asirios no sólo conservaron los anales de las siete y veinte miríadas de años, como Hiparco dice que hicieron, sino que igualmente lo verificaron de todo el apocatástasis y períodos de los Siete Gobernadores del Mundo (12). Las leyendas de todas las naciones y tribus, ya sean civilizadas o salvajes, hablan de la creencia, en un tiempo universal, de la gran sabiduría y astucia de las Serpientes. Son “encantadoras”. Hipnotizan al pájaro con sus ojos, y hasta el hombre mismo no puede, a menudo, dominar su influencia fascinadora; por lo tanto, el símbolo es de los más apropiados. El Cocodrilo es el Dragón egipcio. Era el símbolo doble del Cielo y la Tierra, del Sol y la Luna, y fue consagrado a Osiris y a Isis a causa de su naturaleza anfibia. Según Eusebio, los egipcios representaban al Sol como un piloto en su barco; éste conducido por un cocodrilo para “mostrar el movimiento del Sol en el (Espacio) (13) Húmedo”. El Cocodrilo era, además, el símbolo del Bajo Egipto mismo, y éste era la más pantanosa de las dos regiones. Los alquimistas pretenden otra interpretación. Dicen ellos que el símbolo del Sol en el Barco sobre el Éter del Espacio significa que la Materia Hermética es el principio, o base, del Oro, y también el Sol filosófico; el Agua, en la que nada el cocodrilo, es aquella Agua, o Materia, hecha líquida; y el Barco, por último, representa la Nave de la Naturaleza, en que el sol, o el principio sulfúrico ígneo, hace de piloto, porque el Sol es el que dirige la obra por su acción sobre la Humedad o el Mercurio. Lo anterior se dirige sólo a los alquimistas. La Serpiente se convirtió en el tipo y símbolo del mal y del Demonio sólo durante la Edad Media. Los cristianos primitivos, así como los gnósticos ofitas, tenían su Logos dual: la Buena y la Mala Serpiente, el Agathodaemon y el Kakodaemon. Esto está demostrado en los escritos de Marcos, de Valentín y de muchos otros, y especialmente en Pistis-Sophia, que es, en verdad, un documento de los primeros siglos del Cristianismo. En el sarcófago de mármol de una tumba, descubierta en 1852 cerca de la Porta Pía, se ve la escena de la adoración de los Magos, “o bien”, observa el difunto C. W. King en The Gnostics and their Remains, “el prototipo de aquella escena”, el “Nacimiento del Nuevo Sol”. El suelo de mosaico exhibía un curioso dibujo que podía representar, bien a Isis dando de mamar al niño Harpócrates, o a la Madona criando al infante Jesús. En los sarcófagos pequeños que rodeaban al mayor, se encontraron muchas planchas de plomo enrolladas como si fueran pergamino, de las cuales pueden ser descifradas todavía once. El contenido de éstas debiera considerarse como una prueba decisiva sobre una cuestión muy enojosa, pues muestran que, o bien los cristianos primitivos, hasta el siglo VI, eran bona fide paganos, o que el Cristianismo dogmático fue una completa copia, que pasó toda entera a la Iglesia Cristiana: Sol, Árbol, Serpiente, Cocodrilo y todo. En el primero se ve a Anubis... teniendo en la mano un rollo; a sus pies están dos bustos de mujer; debajo de todo hay dos serpientes entrelazadas sobre... un cadáver fajado como una momia. En el segundo rollo... está Anubis, con una cruz en la mano, el “Signo de la Vida”. Bajo sus pies yace el cadáver envuelto por los numerosos anillos de una enorme serpiente, el Agathodaemon, guardián de los difuntos... En el tercer rollo... el mismo Anubis lleva en sus brazos un objeto oblongo... que sostiene de tal modo que convierte los contornos de la figura en una cruz latina completa... A los pies del Dios hay un romboide, el “Huevo del Mundo” egipcio, hacia el cual se arrastra una serpiente enroscada en un círculo... Bajo los... bustos... está la letra ... repetida siete veces en una línea, haciendo recordar los “Nombres”... También es muy notable la línea de caracteres, aparentemente palmiranios, que se ven en las piernas del primer Anubis. En cuanto a la figura de la serpiente, suponiendo que estos talismanes no provengan de la creencia Isíaca, sino de la Ofita más nueva, puede muy bien representar aquella “Serpiente verdadera y perfecta” que “conduce las almas de todos los que confían en ella fuera del Egipto del cuerpo, y a través del Mar Rojo de la Muerte a la Tierra de Promisión, salvándolos en el camino de la Serpiente del desierto, esto es, de los Soberanos de las Estrellas” (14). Y esta “Serpiente verdadera y perfecta” es el Dios de siete letras que ahora se cree que es Jehovah, y Jesús uno con él. En el “Primer Misterio”, en Pistis Sophia, obra anterior al Apocalipsis de San Juan, y evidentemente de la misma escuela, se envía al candidato para la Iniciación a este Dios de Siete vocales. “La (Serpiente) de los Siete Truenos pronuncia las siete sílabas”, pero “sella aquellas cosas que los Siete truenos pronuncian, y no las escribe” -dice el Apocalipsis-. “¿Buscáis estos misterios?” -pregunta Jesús en Pistis Sophia. “No hay ningún misterio mejor que ellas (las siete vocales), pues conducirán vuestras almas a la Luz de las Luces”-, o sea a la verdadera Sabiduría. “Nada es, por lo tanto, más excelente que los misterios que buscáis, excepto tan sólo el misterio de las Siete Vocales y sus cuarenta y nueve Poderes, y los números de los mismos”. En la India era esto el misterio de los Siete Fuegos y sus cuarenta y nueve Fuegos o aspectos, o “los números de los mismos”. Entre los “buddhistas” esotéricos de la India, en Egipto, en Caldea, etc., y entre los Iniciados de todos los países, las Siete Vocales están representadas por los signos Svastika sobre las coronas de las siete cabezas de la serpiente de la Eternidad. Son las Siete Zonas de la ascensión post mortem de los escritos herméticos, en cada una de las cuales el “Mortal deja una de sus Almas, o Principios; hasta que, llegado al plano sobre todas las Zonas, permanece allí como gran Serpiente Sin Forma de la Sabiduría Absoluta, o la Deidad misma. La Serpiente de siete cabezas tiene más de un significado en las enseñanzas arcanas. Es el Dragón de siete cabezas, cada una de las cuales es una estrella de la Osa Menor; pero era también, de un modo preeminente, la Serpiente de la Obscuridad, inconcebible e incomprensible, cuyas Siete cabezas eran los Siete Logos, los reflejos de la Luz una primeramente manifestada, el Logos Universal. SECCIÓN XI DEMON EST DEUS INVERSUS Esta frase simbólica, en sus múltiples formas, es ciertamente muy peligrosa e iconoclasta frente a todas las últimas religiones dualistas, o más bien teologías, y especialmente a la luz del cristianismo. Sin embargo, no sería justo ni exacto decir que el Cristianismo es el que ha concebido y dado luz a Satán. Como “Adversario”, como Poder opuesto requerido por el equilibrio y la armonía de las cosas en el Universo, así como es necesaria la sombra para hacer resaltar la Luz, la Noche para poner más de relieve al Día, y así como el Frío hace apreciar más la bondad del calor, así ha existido siempre Satán. La Homogeneidad es una e indivisible. Pero si el Uno y Absoluto homogéneo no es una mera figura del lenguaje; y si lo Heterogéneo, en su aspecto dual, es su producción, su sombra o reflejo bifurcado, entonces aquella Homogeneidad divina tiene que contener en sí misma tanto la esencia de lo bueno como de lo malo. Si “Dios” es Absoluto, Infinito y Raíz Universal de todas las cosas en la Naturaleza y en su Universo, ¿de dónde viene el Mal o el Demonio, sino de la misma Matriz áurea del Absoluto? Así pues, o tenemos que aceptar la emanación del bien y del mal, de Agathodaemon y de Kakodaemon, como ramas del mismo tronco del Árbol de la Existencia, o tenemos que resignarnos al absurdo de creer en dos Absolutos eternos. Teniendo que buscar el origen de la idea en los mismos principios de la mente humana, es de justicia entretanto conceder lo suyo hasta al Diablo proverbial. La antigüedad no conocía ningún “Dios del mal” aislado, completa y absolutamente malo. El pensamiento pagano representaba al bien y al mal como hermanos gemelos, nacidos de la misma madre, la Naturaleza; tan pronto como aquel pensamiento se perdió, haciéndose arcaico, la Sabiduría se convirtió en Filosofía. En el principio, los símbolos del bien y del mal eran meras abstracciones, Luz y Tinieblas; más tarde, sus tipos fueron elegidos entre los fenómenos cósmicos más naturales y siempre repetidos periódicamente, el Día y la Noche, o el Sol y la Luna. Luego fueron representados por las Huestes de las Deidades del Sol y de la Luna, y el Dragón de las Tinieblas fue el contraste del Dragón de la Luz. La Hueste de Satán es Hija de Dios, lo mismo que la Hueste de B’ne Alhim, los Hijos de Dios que fueron a “presentarse ante el Señor”, su Padre (1). “Los Hijos de Dios” se convirtieron en “Ángeles caídos” sólo cuando comprendieron que las hijas de los hombres “eran hermosas” (2). En la filosofía inda, los Suras estaban clasificados entre los dioses más primitivos y resplandecientes, y se convirtieron en Asuras sólo cuando fueron destronados por la fantasía brahmánica. Satán no tomó nunca la forma antropomórfica, individualizada, hasta que se completó la creación por el hombre, de “un Dios personal viviente”; y entonces sólo como una cosa de principal necesidad. Era necesaria una pantalla, un testaferro para explicar la crueldad, los errores y la injusticia demasiado evidentes, perpetrados por aquél a quien se atribuía la perfección, la misericordia y la bondad absolutas. Éste fue el primer efecto kármico de abandonar un Panteísmo filosófico y lógico, para construir, como apoyo para el hombre perezoso, “un Padre misericordioso en el Cielo”, cuyas acciones diarias y de cada momento, como Natura Naturans, la “Madre hermosa, pero fría como el mármol”, desmienten la suposición. Ésta condujo al concepto de los gemelos primitivos Osiris-Tifón, Ormazd-Ahriman, y por último Caín-Abel y el tutti quanti de los opuestos. Habiendo empezado “Dios”, el Creador, por ser sinónimo de Naturaleza, terminó por ser convertido en su autor. Pascal resuelve muy artificiosamente la dificultad, diciendo: La Naturaleza tiene perfecciones para mostrar que es la imagen de Dios; y defectos para indicar que es tan sólo su imagen. Mientras más se profundiza en la obscuridad de las edades prehistóricas, más filosófica aparece la figura prototípica del último Satán. El primer “Adversario”, en forma individual humana, que se encuentra en la antigua literatura puránica, es uno de sus más grandes Rishis y Yoguis - Nârada, llamado “el Productor de las contiendas”. Él es un Brahmaputra, un hijo de Brahmâ, el masculino. Pero más adelante nos ocuparemos de él. Quien sea en realidad el gran “Impostor”, se puede poner en claro, investigando el asunto, con los ojos abiertos y la mente libre de prejuicios, en todas las Cosmogonías y Escrituras antiguas. Es al Demiurgo antropomorfizado, al Creador de Cielos y Tierra, separado de la Hueste colectiva de sus Creadores Compañeros, a quien, por decirlo así, representa y sintetiza. Ahora es el Dios de las Teologías. “El deseo es padre del pensamiento”. Ocurrió una vez que un símbolo filosófico abandonó a la perversa imaginación humana; después tomó la forma de un Dios diabólico, engañador, astuto y celoso. Como los Dragones y otros Ángeles Caídos se describen en otras partes de esta obra, bastarán ahora unas cuantas palabras sobre el tan maltratado Satán. El estudiante debe tener presente que en todo el mundo, excepto en las naciones cristianas, el Diablo no es hasta hoy más que el aspecto opuesto, en la naturaleza dual del llamado Creador. Esto es natural. No puede pretenderse que Dios sea la síntesis de todo el Universo; que sea Omnipresente, Omnisciente e Infinito, y divorciarlo luego del Mal. Como hay mucho más Mal que Bien en el mundo, se deduce lógicamente que o bien Dios tiene que abarcar el Mal y ser causa directa del mismo, o de lo contrario abandonar toda pretensión a la Absolutividad. Los antiguos comprendían esto tan bien, que sus filósofos, a quienes siguen ahora los kabalistas, definían el Mal como el “revestimiento” de Dios, o el Bien; y Demon est Deus inversus es un adagio muy antiguo. Verdaderamente, el Mal no es sino una fuerza ciega competidora en la Naturaleza; es la reacción, la oposición y el contraste -el mal para unos, el bien para otros-. No hay malum in se, sino sólo la Sombra de la Luz, sin la cual ésta no podría tener existencia, ni aun para nuestra percepción. Si el Mal desapareciese, el Bien también desaparecería con él de la Tierra. El “Antiguo Dragón” era Espíritu puro antes de convertirse en Materia; era pasivo antes de ser activo. En la Magia sirio-caldea, tanto Ophis como Ophiomorphos, se juntan en el Zodíaco en el signo Andrógino Virgo Scorpio. Antes de su caída en la tierra, la Serpiente era Ophis-Christos; y después de su caída, se convirtió en Ophiomorphos-Chrestos. En todas partes las especulaciones de los kabalistas tratan al Mal como una Fuerza que es contraria, pero al mismo tiempo esencial para el Bien, dándole la vitalidad y existencia que, de otro modo, no podría tener. No habría Vida posible (en el sentido mayávico) sin la Muerte; ninguna regeneración ni reconstrucción sin destrucción. Las plantas perecerían bajo una luz solar eterna, y lo mismo le sucedería al hombre, que se convertiría en un autómata sin el ejercicio de su libre albedrío, y sin su aspiración hacia la luz, que perdería su ser y su valor para él si no hubiese otra cosa. El Bien es infinito y eterno tan sólo en lo eternamente oculto para nosotros, y por esto nos lo imaginamos eterno. En los planos manifestados, uno equilibra al otro. Pocos son los deístas creyentes en un Dios Personal que no hagan de Satán la sombra de Dios, o que, confundiendo a ambos, no crean tener derecho para rogar a su ídolo, pidiéndole su ayuda y protección para la ejecución e inmunidad de sus actos malos y crueles. “No nos hagas caer en la tentación”, es la oración que dirigen a “nuestro Padre en el Cielo”, y no al Diablo, millones de corazones cristianos. Esto lo hacen repitiendo las mismas palabras que ponen en la boca de su Salvador, y sin embargo no se les ocurre pensar en el hecho de que su significado lo contradice por completo Santiago, “el hermano del Señor”. Que no diga hombre alguno cuando siente la tentación, estoy tentado por Dios; pues Dios no puede ser tentado por el mal, ni tienta él a hombre alguno (3). ¿Por qué, pues, decir que el Diablo es quien nos tienta, cuando la Iglesia nos enseña, bajo la autoridad de Cristo, que es Dios quien lo hace? Abrid cualquier libro piadoso en donde se defina la palabra “tentación” en su sentido teológico, y encontraréis en seguida dos definiciones: (1ª) Aquellas aflicciones y penas con las cuales prueba Dios a los suyos. (2ª) Aquellos medios e incitaciones empleadas por el Demonio para engañar y alucinar a la Humanidad (4). Las enseñanzas de Cristo y de Santiago se contradicen al ser aceptadas literalmente; ¿y qué dogma puede reconciliar las dos si se rechaza el significado oculto? ¡Entre las alternativas seducciones, sabio será el filósofo que pueda decidir dónde Dios desaparece para ser reemplazado por el Diablo! Por lo tanto, cuando leemos que “el Demonio es un mentiroso y el padre de la mentira”, que es la mentira encarnada, y se nos dice al mismo tiempo que Satán, el Demonio, era un Hijo de Dios y el más hermoso de sus Arcángeles, antes que creer que el Padre y el Hijo son una Mentira gigantesca, personificada y eterna, preferimos dirigirnos a la filosofía pagana y a la panteísta, para informarnos. Desde el momento que poseemos la clave del Génesis, la kábala científica y simbólica nos revela el secreto. La Gran Serpiente del Jardín del Edén y el “Señor Dios” son idénticos; y lo mismo sucede con Jehovah y Caín (ese Caín que es mencionado en la Teología como “asesino”, y el que “mintió” a Dios). Jehovah tienta al Rey de Israel para que recuente a su pueblo, y Satán lo tienta para que haga lo mismo en otro sitio. Jehovah se convierte en Serpiente de Fuego, para morder a aquellos de quienes no está contento; y Jehovah anima a la Serpiente de Bronce, que los cura. Estas breves declaraciones aparentemente contradictorias del Antiguo Testamento -contradictorias porque los dos Poderes están separados, en lugar de ser considerados como dos fases de una sola y misma cosa- son los ecos adulterados por el exoterismo y la teología, hasta el punto de quedar desconocidos, de los dogmas universales y filosóficos de la Naturaleza, que tan bien comprendían los Sabios primitivos. Los mismos fundamentos encontramos en varias personificaciones de los Purânas, sólo que son mucho más amplias y filosóficamente significativas. Así, Pulastya, un “Hijo de Dios”, de la primera progenie, es representado como el progenitor de los Demonios, los Râkshasas, los tentadores y devoradores de los hombres. Pishâchâ, un demonio hembra, es hijo de Daksha, también “Hijo de Dios”, y un Dios, madre de todos los Pischâchas (5). Los Demonios, llamados así en los Purânas, son unos Diablos extraordinarios cuando se los juzga desde el punto de vista europeo y ortodoxo; pues a todos ellos, los Dânavas, los Daityas, los Pishâchas y los Râkshasas, se los presenta como en extremo piadoso, siguiendo los preceptos de los Vedas, y algunos siendo hasta grandes Yoguis. Pero se oponen al clero y al ritualismo, a los sacrificios y a las formas, lo mismo que lo hacen hasta el presente los Yoguis principales en la India, sin que por ello sean menos respetados aun cuando les es permitido no seguir ninguna casta ni ritual; y de aquí que todos aquellos Gigantes y Titanes puránicos, sean llamados Diablos. Los misioneros siempre alertas para demostrar, si pueden, que las tradiciones indas no son más que un reflejo de la Biblia judía, han compuesto toda una novela sobre la pretendida identidad de Pulastya con Caín, y de los Râkshasas con los Cainitas, los “Malditos”, la Causa del Diluvio “Noético” (véase la obra del Abate Gorresio, quien “etimologiza” el nombre de Pulastya como significando el “rechazado”, de donde Caín, si os parece bien). Pulastya mora en Kedara -dice-, lo que significa “sitio ahondado”, una “mina”; ¡y a Caín se le muestra, en la tradición y en la Biblia, como el primer trabajador en metales y, por tanto, un minero! A la vez que es muy probable que los Gibborim, o Gigantes de la Biblia, sean los Râkshasas de los indos, es seguro que unos y otros son los atlantes, y pertenecen a las razas sumergidas. Sea como fuese, ningún Satán sería más constante en maltratar a su enemigo, ni más rencoroso en su odio, que los teólogos cristianos lo son cuando lo maldicen como causante de todos los males. Comparad su modo de vituperar y sus opiniones sobre el demonio, con los puntos de vista filosóficos de los Sabios puránicos y su mansedumbre, semejante a la del Cristo. Cuando Parâshara, cuyo padre fue devorado por un Râkshasa, se preparaba a destruir, por artes mágicas, a toda la raza, su abuelo Vasishtha, después de mostrar al irritado Sabio, por propia confesión, que existen el Mal y el Karma, pero no “malos Espíritus”, dice las siguientes significativas palabras: Calma tu resentimiento: los Râkshasas no son culpables; la muerte de tu padre fue obra del Destino (Karma). La ira es la pasión de los necios; y no sienta bien a ningún sabio. ¿Quién es el que mata? -puede preguntarse-. Cada hombre recoge las consecuencias de sus propios actos. La cólera, hijo mío, es la destrucción de todo lo que el hombre obtiene... e impide alcanzar... la emancipación. Los... sabios evitan la cólera: no te dejes, hijo mío, influir por ella. No permitas sean consumidos esos inofensivos espíritus de la oscuridad; que tu sacrificio cese. La misericordia es el poder de los justos (6). De modo que todos los tales “sacrificios” u oraciones a Dios, pidiendo ayuda, no son otra cosa que actos de Magia Negra. Lo que Parâshara pedía, era la destrucción de los Espíritus de la Obscuridad, por venganza personal. Se le llama pagano, y como tal ha sido condenado por los cristianos, al Infierno Eterno. Sin embargo, en este respecto, ¿son por ventura mejores las plegarias de los reyes y generales, que ruegan antes de cada batalla por la destrucción de sus enemigos? Semejante oración es en todo los casos Magia Negra de la peor especia, oculta como el demonio “Mr. Hyde” bajo la santidad del “Dr. Jekyll”. En la naturaleza humana, el mal denota sólo la polaridad de la Materia y el Espíritu, la “lucha por la vida” entre los dos principios manifestados en el Espacio y en el Tiempo, cuyos principios son uno per se, puesto que tienen sus raíces en lo Absoluto. En el Cosmos, tiene que ser reservado el equilibrio. Las operaciones de los dos opuestos producen armonía, como las fuerzas centrípeta y centrífuga, que, siendo mutuamente interdependientes, son necesarias la una a la otra, “a fin de que ambas puedan existir”. Si una se detuviese, la acción de la otra se convertiría inmediatamente en destructora de sí misma. Puesto que la personificación llamada Satán ha sido analizada ampliamente desde su triple aspecto, en el Antiguo Testamento, en la Teología Cristiana y en la manera de pensar de los antiguos gentiles, los que quieran saber más sobre el asunto deben dirigirse a Isis sin Velo (7) y a la segunda parte del volumen IV de esta obra. El asunto se esboza ahora aquí, y existen muy buenas razones para tratar de dar más explicaciones. Antes de que podamos acercarnos a la evolución del Hombre Físico y Divino, tenemos primero que dominar la idea de la Evolución Cíclica, y conocer las filosofías y creencias de las cuatro Razas que precedieron a la nuestra, y saber qué ideas eran las de aquellos Titanes y Gigantes (Gigantes, en verdad, tanto mental como físicamente). Toda la antigüedad se hallaba impregnada con esa filosofía que enseña la involución del Espíritu en la Materia, el descenso progresivo cíclico; o la evolución activa, consciente de sí. Los gnósticos alejandrinos han divulgado bastante los secretos de la Iniciación, y sus anales están llenos de la “caída de los AEones”, en su doble calidad de Seres Angélicos y de Períodos; siendo los unos la evolución natural de los otros. Por otro lado, las tradiciones orientales en ambos lados del “Agua Negra”, los Océanos que separan los dos Orientes, están igualmente llenas de alegorías sobre la caída del Plerôma, o la de los Dioses y Devas. Todas ellas alegorizan y explican la Caída, como el deseo de aprender y de adquirir conocimiento: el deseo de saber. Ésta es la consecuencia natural de la evolución mental, lo Espiritual llegando a transmutarse en lo Material o Físico. La misma ley de descenso en la materialidad y de reascenso a la espiritualidad se afirmó durante la Era cristiana, habiéndose detenido la reacción precisamente ahora, en nuestra Subraza especial. Lo que fue una alegoría, de triple interpretación, en Pymander, hace quizás diez mil años, destinada a registrar un hecho astronómico, antropológico y hasta químico, a saber, la alegoría de los Siete Rectores abriéndose paso a través de los Siete Círculos de Fuego, quedó empequeñecida en una interpretación material y antropomórfica: la Rebelión y Caída de los Ángeles. La multivocal narración, profundamente filosófica bajo su forma poética, del “Casamiento del Cielo con la Tierra”. El amor de la Naturaleza por la Forma Divina, y el Hombre Celeste embelesado con su propia hermosura reflejada en la Naturaleza; esto es, el Espíritu atraído hacia la Materia, se ha convertido ahora, bajo la manipulación teológica, en los Siete Rectores desobedeciendo a Jehovah; engendrando la propia admiración el orgullo satánico, seguido de su Caída, pues Jehovah no permitía ningún culto que no le fuera dedicado. En una palabra, los hermosos Ángeles Planetarios, los AEones cíclicos gloriosos de los antiguos, se han sintetizado en su forma más ortodoxa en Samael, el Jefe de los Demonios en el Talmud, “esa Gran Serpiente con Doce Alas, que arrastra consigo, en su caída, al Sistema Solar o los Titanes”. Pero Schemal (alter ego y tipo sabeo de Samael) esotérica y filosóficamente significa el “Año” en su mal aspecto astrológico, con sus doce meses o “Alas” de males inevitables, en la Naturaleza. En la Teogonía Esotérica, tanto Schemal como Samael representaban una divinidad particular (8). Para los kabalistas son el “Espíritu de la Tierra”, el Dios Personal que la gobierna, y por tanto son defacto idénticos a Jehovah. Los mismos talmudistas admiten que Samael es un nombre divino de uno de los siete Elohim. Los kabalistas, además, muestran a los dos, Schemal y Samael, como forma simbólica de Saturno, Cronos; los “Doce Alas” significando los doce meses, y el símbolo en su colectividad representando un ciclo de raza. Jehovah y Saturno son también idénticos en sus símbolos. Esto conduce, a su vez, a una deducción muy curiosa de un dogma católico romano. Muchos renombrados escritores pertenecientes a la Iglesia Latina admiten una diferencia: que debe distinguirse entre los Titanes Uranos, los Gigantes antediluvianos, que eran también Titanes, y aquellos Gigantes posdiluvianos que los católicos romanos persisten en suponer descendientes del Ham mítico. Más claro: hay que hacer una diferencia entre las Fuerzas opuestas cósmicas primordiales, guiadas por la Ley Cíclica, los Gigantes atlantes humanos, y los grandes Adeptos posdiluvianos, ya sean de la mano Derecha o de la Izquierda. Al mismo tiempo muestran que Miguel, “el generalísimo de la Hueste Celestial combatiente, el Guardia de Corps de Jehovah”, es también, a lo que parece, según Mirville, un Titán, pero con el adjetivo de “divino” añadido al sobrenombre. Así, aquellos “Uranidas” que en todas partes se llaman “Titanes Divinos” -y que habiéndose rebelado contra Cronos, o Saturno, se muestra también, por tanto, que son los enemigos de Samael, que es igualmente uno de los Elohim y sinónimo de Jehovah en su colectividad- son idénticos a Miguel y su Hueste. En una palabra, los papeles están cambiados; todos los combatientes están confundidos, y ningún estudiante puede distinguir con claridad quién es quién. Las explicaciones esotéricas pueden, sin embargo, poner algún orden en esta confusión, en que Jehovah se convierte en Saturno, y Miguel y su ejército en Satán y los Ángeles Rebeldes, debido a los esfuerzos indiscretos, de los demasiado fanáticos creyentes, para ver un Diablo en cada Dios pagano. El verdadero significado es mucho más filosófico; y la leyenda de la primera “Caída” de los Ángeles toma un matiz científico cuando se comprende debidamente. Cronos significa la Duración ilimitada, y por tanto, inmutable, sin principio ni fin, más allá de la división del tiempo y más allá del espacio. Esos Ángeles, Genios o Devas, que nacieron para actuar dentro del espacio y del tiempo, esto es, para abrirse paso a través de los Siete Círculos de los planos superespirituales, a las regiones superterrestres, fenomenales o circunscritas, se dice alegóricamente que se rebelaron contra Cronos y combatieron al León, que era entonces el Dios viviente y más elevado. Cuando Cronos, a su vez, es representado mutilando a Urano, su padre, el significado de la alegoría es muy sencillo. El Tiempo Absoluto se ha convertido en finito y condicionado; una porción es substraída al todo, mostrando así que Saturno, el Padre de los Dioses, ha sido transformado de Duración Eterna en período limitado. Cronos con su guadaña echa abajo hasta los ciclos más largos, que para nosotros son como sin fin, pero que, después de todo, son limitados en la Eternidad; y con la misma guadaña destruye a los rebeldes más poderosos. ¡Sí; ni uno solo escapará a la guadaña del tiempo! Ya roguéis a Dios o a los Dioses, o ya os moféis de aquél o de estos, esa guadaña no vacilará una millonésima parte de segundo en su curso ascendente o descendente. Los Titanes de la Teogonía de Hesíodo fueron copiados en Grecia de los Suras y Asuras de la India. Estos Titanes hesiódicos, los Uranidas, que en un tiempo se contaban sólo como seis, se ha descubierto recientemente, en un antiguo fragmento que hace referencia al mito griego, que son siete, llamándose el séptimo Phoreg. Así pues, la identidad con los Siete Rectores se demuestra plenamente. El origen de la Guerra en los Cielos y de la Caída tiene, en nuestra opinión, que buscarse inevitablemente en la India, y en un tiempo quizás mucho más remoto que el que los relatos puránicos dicen sobre el particular. Pues el Târakâmaya fue de una época posterior; y en casi todas las cosmogonías se da cuenta de tres Guerras distintas. La primera Guerra tuvo lugar en la noche de los tiempos, entre los Dioses y los (A)-suras, y duró un Año Divino (9). En esta ocasión las Deidades fueron derrotadas por los Daityas, bajo el mando de Hrâda. Pero después, debido a un artificio de Vishnu, a quien acudieron en demanda de auxilio los Dioses vencidos, estos últimos derrotaron a los Asuras. En el Vishnu Purâna no se ve intervalo entre ambas guerras. Sin embargo, según la Doctrina Secreta, tiene lugar una Guerra antes de la construcción del Sistema Solar; otra, en la Tierra, cuando la “creación” del hombre; y una tercera Guerra tuvo lugar al final de la Cuarta Raza, entre sus Adeptos y los de la Quinta Raza, esto es, entre los Iniciados de la “Isla Sagrada” y los Brujos de los atlantes. Nos fijaremos en la primera guerra, según la refiere Parâshara, y trataremos de separar los dos relatos, que se hallan mezclados con intención. Se dice allí que como los Daityas y Asuras cumplían los deberes de sus órdenes (Varnas) respectivas, y seguían el sendero prescrito por la Sagrada escritura, practicando además penitencias religiosas -rara ocupación para Demonios si eran idénticos a nuestros Diablos, como se pretende-, los Dioses no podían destruirlos. Las oraciones dirigidas por los Dioses y Vishnu son curiosas; pues muestran las ideas implicadas en una Deidad antropomórfica. Habiendo huido, después de su derrota, “a las costas del Norte del Océano de Leche (Océano Atlántico)” (10), los vencidos Dioses dirigieron muchas súplicas “al primero de los Seres, el divino Vishnu”, y entre otras la siguiente: Gloria a ti, que eres uno con los Santos, cuya naturaleza perfecta es siempre bendecida, y atraviesa sin obstáculo todos los elementos permeables. Gloria a ti, que eres uno con la Raza-Serpiente, de doble lengua, impetuoso, cruel, insaciable de goces y colmado de riquezas... Gloria a ti... ¡oh Señor! que no tienes ni color ni extensión, ni tamaño (ghana), ni ninguna cualidad decible, y cuya esencia (rûpa), la más pura entre las puras, es sólo apreciable por los santos Paramarshis (los más grandes Sabios o Rishis). A ti nos humillamos en la naturaleza de Brahmâ, increado, sin decadencia (avyaya); que estás en nuestros cuerpos, y en todos los demás cuerpos, y en todas las criaturas vivientes, y fuera de quien nada existe. Glorificamos a ese Vâsudeva, el señor (de todo) que no tiene mancha, la semilla de todas las cosas, exento de disolución, no nacido, eterno; siendo, en esencia, Paramapadâtmavat (más allá de la condición del Espíritu), y en substancia (rûpa), todo este (Universo) (11). Se cita lo anterior como ejemplo del vasto campo que presentan los Purânas para la crítica contraria y errónea de todo fanático europeo, que forma su opinión sobre una religión que no sea la propia, por sólo la apariencia externa. Cualquier hombre acostumbrado a someter lo que lee a un detenido análisis, verá desde luego lo incongruente de dirigirse a lo aceptado como “Incognoscible”, al Absoluto sin forma y sin atributos, tal como los vedantinos definen a Brahman, como siendo “uno con la Raza-Serpiente, de doble lengua, cruel e insaciable”, asociando así lo abstracto con lo concreto, y poniendo adjetivos a lo que está libre de toda limitación y es incondicionado. Hasta el profesor Wilson, que después de haber vivido en la India rodeado de brahmanes y pandits tantos años, debía de haber sabido mejor a qué atenerse - hasta este mismo erudito no perdió ocasión para criticar en este particular a las Escrituras indas. He aquí cómo se expresa: ¡Los Purânas enseñan siempre doctrinas incompatibles! Según este pasaje (12), el Ser Supremo no es sólo la causa inerte de la creación, sino que ejerce también las funciones de una providencia activa. El Comendador cita un texto del Veda en apoyo de esta opinión: “El Alma Universal, penetrando en los hombres, gobierna su conducta”. Las incongruencias, sin embargo, son tan frecuentes en los Vedas como en los Purânas. Menos frecuentes, en estricta verdad, que en la Biblia Mosaica. Pero son grandes los prejuicios que abrigan los orientalistas, especialmente los doctos “reverendos”. El Alma Universal no es la Causa inerte de la Creación o (Para)Brahman, sino simplemente lo que nosotros llamamos el Sexto Principio del Kosmos Intelectual, en el plano manifestado del ser. Es Mahat o Mahâbuddhi, la Gran Alma, el Vehículo del Espíritu, la primera reflexión primordial de la CAUSA sin forma, y aquello que está aún más allá del Espíritu. Esto, por lo que respecta a la intempestiva burla del profesor Wilson sobre los Purânas. En cuanto al ruego, aparentemente incongruente a Vishnu, de los Dioses derrotados, si los orientalistas quisiesen tomarse el trabajo, encontrarían la explicación en el texto del Vishnu Purâna. La filosofía enseña que hay un Vishnu como Brahmâ, y un Vishnu en sus dos aspectos. Pero sólo hay un Brahman, “esencialmente Prakriti y Espíritu”. Esta ignorancia está expresada de un modo verdadero y hermoso en la alabanza de los Yogins a Brahmâ, “el sostenedor de la tierra”, cuando dicen: Aquellos que no han practicado la devoción conciben de una manera errónea la naturaleza del mundo. Los ignorantes, que no perciben que este Universo es de la Naturaleza de la Sabiduría, y lo juzgan sólo como un objeto de percepción, están perdidos en el Océano de la ignorancia espiritual. Pero aquellos que conocen la verdadera Sabiduría, y cuyas mentes son puras, contemplan todo este mundo como uno con el Conocimiento Divino, como uno contigo, ¡oh Dios! Sé favorable, ¡oh Espíritu universal! (13). Por lo tanto, no es Vishnu “la causa inerte de la creación”, que ejerce “las funciones de una Providencia Activa”; sino el Alma Universal, la que Eliphas Lévi llama, en su aspecto material, Luz Astral. Y esta Alma, en su aspecto doble de Espíritu y Materia, es el verdadero Dios antropomórfico de los deístas; pues este Dios es una personificación de ese Agente Creador Universal, a la vez puro e impuro, debido a su condición manifestada y a su diferenciación en este mundo Mâyâvico: Dios y el Diablo, verdaderamente. Pero el profesor Wilson no llegó a ver cómo Vishnu, bajo este aspecto, se parece estrechamente al Señor Dios de Israel, “especialmente en su conducta de engañador, tentador y astuto”. En el Vishnu Purâna, está esto del modo más claro posible; pues se dice allí que: A la conclusión de sus oraciones (stotra), los Dioses vieron a la Deidad Soberana Hari (Vishnu), armado con la concha, el disco y la maza, cabalgando sobre Garuda. Ahora bien; Garuda es el Ciclo Manvantárico, como se hará ver oportunamente. Vishnu, por lo tanto, es la Deidad en el Espacio y el Tiempo; el Dios peculiar de los Vaishnavas. Tales Dioses son llamados de tribu o de raza; esto es, uno de los varios Dhyânis, Dioses o Elohim, uno de los cuales era generalmente elegido por algún motivo especial, por una nación o por una tribu, y así se convertía gradualmente en “un Dios sobre todos los Dioses” (14), “el Dios más elevado”, como Jehovah, Osiris, Bel o cualquier otro de los Siete Regentes. “El árbol se conoce por su fruto”; la naturaleza de un Dios por sus acciones. Tenemos que juzgar estas acciones por la letra muerta de las narraciones, o aceptarlas alegóricamente. Si comparamos a los dos -a Vishnu como defensor y campeón de los derrotados Dioses; y a Jehovah, defensor y campeón del “pueblo escogido”, llamado así sin duda por antífrasis, puesto que fueron los judíos los que eligieron a este Dios “celoso”-, encontraremos que ambos usan del engaño y la astucia. Hacen esto basados en el principio de que “el fin justifica los medios”, a fin de poder vencer a sus respectivos adversarios y enemigos -los Demonios-. Así, mientras que, según los kabalistas, Jehovah asume la forma de la Serpiente tentadora en el Jardín del Edén, envía a Satán con la misión especial de tentar a Job, consume y cansa a Faraón con Saraï, la mujer de Abraham, y “endurece” el corazón de otro Faraón contra Moisés, a fin de que no faltase oportunidad para lanzar las “más grandes plagas sobre sus víctimas”; Vishnu aparece en su Purâna echando mano de una estratagema no menos indigna de un Dios respetable. Los Dioses derrotados se dirigen a Vishnu del modo siguiente: Ten compasión de nosotros, ¡oh Señor! y protégenos, pues a ti venimos a pedirte socorro contra los Daityas (Demonios). Ellos se han apoderado de los tres mundos y se han apropiado las ofrendas que constituyen nuestra parte, teniendo cuidado de no quebrantar los preceptos del Veda. Aun cuando nosotros, lo mismo que ellos, somos parte de ti mismo... (15) metidos (como están)... en los senderos prescritos por la santa escritura... es imposible para nosotros destruirlos. ¡Tú, cuya sabiduría es inmensurable (Ameyâtman), dinos alguna treta con la cual podamos llegar a exterminar a los enemigos de los Dioses! Cuando el poderoso Vishnu oyó este ruego, emitió de su cuerpo una forma ilusoria (Mâyâmoha, el “engañador por medio de la ilusión”) que dio a los Dioses diciéndoles: “Este Mâyâmoha seducirá por completo a los Daityas, de modo que, apartándose de la Senda de los Vedas, puedan ser destruidos... Id y no temáis. Que esta visión engañadora os preceda. Ella os hará este día un gran servicio, ¡oh Dioses!”. Después de esto, el gran Engaño (Mâyâmoha) marchó (a la Tierra) y vio a los Daityas ocupados en penitencias ascéticas y aproximándose a ellos, bajo la figura de un Digambara (mendicante desnudo) con la cabeza afeitada... les habló así, con suave acento: “Señores de la raza Daitya, ¿por qué practicáis esas penitencias?”, etcétera (16). Finalmente, los Daityas fueron seducidos por las astutas frases del Mâyâmoha, lo mismo que Eva lo fue con los consejos de la Serpiente. Se hicieron apóstatas de los Vedas. El Dr. Muir traduce el pasaje de este modo: El gran Engañador, empleando la ilusión, sedujo luego a otros Daityas por medio de diversas clases de herejía. En muy poco tiempo, estos Asuras (Daityas) inducidos al error por el Engañador (que era Vishnu), abandonaron todo el sistema fundado sobre los mandamientos del triple Veda. Algunos difamaron a los Vedas; otros al ceremonial del sacrificio; y otros a los brahmanes. Ésta (exclamaron) es una doctrina que no sufre la discusión; la matanza (de los animales en los sacrificios) no puede producir méritos religiosos. (El decir que) las oblaciones de manteca consumida por el fuego producen recompensas futuras, es cosa de niños... Si es un hecho que a un animal muerto en el sacrificio se le exalta a los cielos, ¿por qué no mata el devoto a su propio padre?... Las frases infantiles, grandes Asuras, no bajan del firmamento; sólo los asertos fundados en el razonamiento es lo que yo acepto y lo que aceptan las personas (inteligentes) como vosotros. De esta manera y de diferentes modos fueron perturbados los Daityas por el gran Engañador (la Razón)... Cuando los Daityas penetraron en la senda del error, las Deidades reunieron todas sus energías y se aproximaron para dar la batalla. Luego siguió un combate entre los Dioses y los Asuras; y estos últimos, que habían abandonado el buen camino, fueron destrozados por los primeros. En otro tiempo se hallaban defendidos con la armadura de la justicia que llevaban; pero cuando destruyeron a ésta, perecieron (17). Sea lo que fuese lo que se piense de los indos, ningún enemigo suyo puede considerarlos como necios. Un pueblo cuyos santos y sabios han dejado al mundo las filosofías más grandes y sublimes deben de haber conocido la diferencia entre lo justo y lo injusto. Hasta el salvaje puede distinguir lo blanco de lo negro, lo bueno de lo malo, y la sinceridad y la veracidad, del engaño y de la falsedad. Los que han narrado este suceso en la biografía de su Dios deben de haber visto que en este caso era Dios el Archiengañador; y que los Daityas, que “nunca violaron los preceptos de los Vedas”, eran los que tenían el lado luminoso en aquel caso, y eran los verdaderos “Dioses”. De aquí que debe de haber habido y exista un significado secreto oculto bajo esta alegoría. En ninguna clase de la sociedad, en ninguna nación, son considerados el engaño y la astucia como virtudes divinas -excepto quizás en las clases clericales de los teólogos y del Jesuitismo moderno. El Vishnu Purâna (18), como todas las demás obras de esta clase, pasó más tarde a manos de los brahmanes de los templos, y los antiguos manuscritos han sido, indudablemente, adulterados por los sectarios. Pero hubo un tiempo en que los Purânas eran obras esotéricas, y lo son todavía para los Iniciados que pueden leerlas con la clave que poseen. Que los brahmanes Iniciados den alguna vez a conocer todo el significado de estas alegorías es un asunto que no concierne a la escritora. El objeto que se propone es demostrar que, honrando a los Poderes Creadores en sus múltiples formas, ningún filósofo hubiera podido aceptar, ni ha aceptado nunca, lo externo de la alegoría como su verdadero espíritu, excepto, quizás, algunos filósofos pertenecientes a las razas cristianas “superiores y civilizadas” de nuestra época. Pues, como se ha mostrado, Jehovah no es en lo mínimo superior a Vishnu en punto de ética. Por esto los ocultistas, y hasta algunos kabalistas, ya consideren o no a estas Fuerzas creadoras como Entidades vivientes y conscientes -y no vemos por qué no han de ser aceptadas como tales-, no confundirán nunca la Causa con el Efecto, ni aceptarán el Espíritu de la Tierra por Parabrahman, o Ain Soph. De todos modos, ellos conocen bien la verdadera naturaleza de lo que los griegos llaman Padre AEther, Júpiter-Titán, etc. Saben que el Alma de la Luz Astral es divina, y que su cuerpo -las ondas de Luz en los planos inferiores- es infernal. Esta Luz está simbolizada en el Zohar por la “Cabeza-Mágica”, la Doble Cara sobre la Doble Pirámide; la Pirámide negra levantándose frente a un campo blanco puro, con una Cabeza y Cara blancas dentro de su Triángulo negro; la Pirámide Blanca, invertida -reflejo de la primera en las obscuras Aguas-, mostrando la reflexión negra de la cara Blanca. Ésta es la Luz Astral, o Demon est Deus inversus. SECCIÓN XII LA TEOGONÍA DE LOS DIOSES CREADORES Para comprender perfectamente la idea que forma la base de toda Cosmología antigua es necesario el estudio y análisis comparativo de todas las grandes religiones de la antigüedad; pues sólo con este método puede ponerse en claro la idea fundamental. La ciencia exacta, si pudiera remontarse a tal altura, al indagar las operaciones de la Naturaleza en sus fuentes últimas originales, llamaría a esta idea la Jerarquía de las Fuerzas. El concepto original, trascendental y filosófico era uno. Pero como los sistemas principiaron a reflejar más y más las idiosincrasias de las naciones, en el transcurso de los siglos, y como estas últimas, después de separarse, se establecieron en distintos grupos, evolucionando cada uno de ellos con arreglo a su tendencia nacional o de tribu, velóse gradualmente la idea fundamental con la exuberancia de la fantasía humana. Mientras que las Fuerzas, o mejor dicho, los Poderes inteligentes de la Naturaleza, eran objeto, en algunos países, de honores divinos que difícilmente les correspondían, en otros -como ahora en Europa y en las demás naciones civilizadas-, la sola idea de que tales Fuerzas estén dotadas de inteligencia parece absurda y es declarada anticientífica. Así es que nos sentimos satisfechos ante declaraciones como las que se encuentran en la introducción de Asgard and the Gods; “Cuentos y tradiciones de nuestros Antepasados Septentrionales”, editado por W. S. W. Anson, que dice: Si bien en el Asia Central o a orillas del Indo, en el país de las Pirámides, en las penínsulas griega e italiana, y hasta en el Norte, donde los celtas, teutones y eslavos vivieron errantes, los conceptos religiosos del pueblo asumieron distintas formas, sin embargo, su origen común puede todavía notarse. Señalamos esta relación entre las historias de los Dioses y el pensamiento profundo encerrado en ellas, y su importancia, para que vea el lector que no es un mundo mágico de fantasía divagadora el que se le presenta, sino que... la Vida y la Naturaleza formaban la base de la existencia y de la acción de esas divinidades (1). Y aunque para cualquier ocultista o estudiante de Esoterismo oriental sea imposible admitir la extraña idea de que “los conceptos religiosos de las naciones más célebres de la antigüedad están relacionados con los albores de la civilización entre las razas germánicas” (2), se alegra, sin embargo, de ver expresadas verdades como la siguiente: “Estos cuentos de hadas no son historias sin sentido, escritas para regocijar al ocioso; ellas encierran la profunda religión de nuestros antepasados” (3). Así es. No tan sólo su Religión, sino su Historia igualmente. Porque un mito, ... en griego, significa tradición oral, transmitida de boca en boca de una generación a otra; y hasta en la etimología moderna, el término envuelve la idea de alguna afirmación fabulosa que contiene una verdad importante; la historia de algún personaje extraordinario cuya biografía se ha exagerado, por efecto de la veneración de las generaciones sucesivas, con la fecunda imaginación popular; pero que no es del todo una fábula. Como nuestros antepasados los arios primitivos, creemos firmemente en la personalidad e inteligencia de más de una Fuerza productora de fenómenos en la Naturaleza. Con el transcurso del tiempo, la doctrina arcaica se fue velando; y las naciones perdieron más o menos de vista el Principio Superior y Único de todas las cosas, y empezaron a transferir los atributos abstractos de la Causa sin Causa, a los efectos, causados, que se convirtieron a su vez en causativos, en los Poderes creadores del Universo; las grandes naciones, por temor a profanar la Idea; las más pequeñas, sea porque no pudieron asirla, o porque carecían del poder de concepto filosófico necesario para conservarla en toda su pureza inmaculada. Pero todas ellas, excepción hecha de las de los últimos arios, convertidos hoy en europeos y cristianos, muestran aquella veneración en sus cosmogonías. Como lo expresa Tomás Taylor (4), el más intuitivo de todos los traductores de los fragmentos griegos, ninguna nación ha concebido jamás al Principio Único como creador inmediato del Universo visible; porque ningún hombre en su sano juicio creería que el arquitecto que proyectó el edificio que admira, lo haya construido con sus propias manos. Según testimonio de Damascius, en su obra Sobre los Primeros Principios (II... II...’ A...), se referían a aquél llamándolo la “Obscuridad Desconocida”. Los babilonios guardaron silencio respecto a este principio: “A ese Dios” -dice Porfirio en su Sobre la Abstinencia (II.. ... ... ...)- “que está sobre todas las cosas no se le debe dirigir lenguaje externo, ni tan siquiera interno...”. Hesíodo principia su Teogonía con las palabras: “De todas las cosas, el Caos fue la primera producida” (5), dando así a entender que su causa o Productor se debe pasar bajo reverente silencio. Homero en sus poemas no se remonta más allá de la Noche, y presenta a Zeus reverenciándola. Según todos los teólogos antiguos, y las doctrinas de Pitágoras y Platón, Zeus, o el Artífice inmediato del Universo, no es el Dios más elevado; como Sir Christopher Wren, en su aspecto físico humano, no es la Mente que en él produjo sus grandes obras de arte. Así es que no sólo Homero guarda silencio respecto al Principio Primero, sino también respecto a aquellos dos Principios inmediatamente posteriores al Primero, el AEther y el Caos de Orfeo y Hesíodo, y el Límite e Infinidad de Pitágoras y Platón (6). De este Principio Superior, dice Proclo que es... “la Unidad de Unidades, más allá del primer Adyta, más inefable que todo Silencio, y más oculto que toda Esencia... secreto entre los Dioses inteligibles” (7). Algo más podría añadirse a lo que escribió Tomás Taylor en 1797, a saber: que los “judíos no parecen haberse remontado más allá... del Artífice inmediato del Universo”, pues “Moisés” presenta una obscuridad sobre la faz del abismo, sin insinuar siquiera que hubiese causa alguna de su existencia” (8). Nunca han degradado los judíos en su Biblia -obra puramente esotérica, simbólica- a su deidad metafórica, tan profundamente como los cristianos lo han hecho al admitir a Jehovah por su Dios viviente y además personal. Ese Principio Primero o mejor dicho Único era llamado el “Círculo del Cielo”, simbolizado por el hierograma de un Punto dentro de un Círculo o Triángulo Equilátero, representando el Punto al Logos. Así, en el Rig Veda, donde ni siquiera se nombra a Brahmâ, comienza la Cosmogonía con el Hiranyagarbha, el “Huevo Áureo” y Prajâpati (el último sobre Brahmâ), de quien emanan todas las Jerarquías de “Creadores”. La Mónada o Punto, es el origen y la Unidad de que parte el sistema numérico entero. Este Punto es la Causa Primera, pero AQUELLO de que emana, o más bien de lo cual es la expresión o Logos, se deja en silencio. A su vez, el símbolo universal, el Punto dentro del Círculo, no era aún el Arquitecto, sino la Causa de aquel Arquitecto; y el último estaba precisamente en la misma relación con aquélla, como el Punto con respecto a la Circunferencia del Círculo, que, según Hermes Trismegisto, no puede definirse. Muestra Porfirio que la Mónada y la Dúada de Pitágoras son idénticas al Infinito y Finito de Platón en Philebus o lo que Platón llama ... y .... Sólo la última, la Madre, es la substancial; siendo la primera la “Causa de toda Unidad y medida de todas las cosas” (9); mostrándose así que la Dúada, Mûlaprakriti, el Velo de Parabrahman, es la Madre del Logos y, al mismo tiempo, su Hija -esto es, el objeto de su percepción-, el productor producido y la causa secundaria del mismo. Según Pitágoras, la Mónada vuelve al Silencio y a la Obscuridad en cuanto ha desplegado la Tríada, de la que emanan los 7 números restantes, de los 10 que son base del Universo Manifestado. En la Cosmogonía Escandinava se expone lo mismo: Al principio había un gran Abismo (Caos); ni el Día ni la Noche existían; el Abismo era Ginnungagap, la vorágine siempre abierta, sin principio ni fin. El Todo-Padre, el Increado, el No Visto, moraba en las profundidades del “Abismo” (Espacio) y quiso y lo que quiso vino a la existencia (10). Lo mismo que en la cosmogonía inda, la evolución del Universo está dividida en dos partes, que son las llamadas en la India las creaciones Prâkrita y Pâdma. Antes de que los cálidos rayos emanados de la Mansión del Resplandor despierten la vida en las Grandes Aguas del Espacio, aparecen los Elementos de la primera creación, y de ello es formado el Gigante Ymir, u Orgelmir (que significa al pie de la letra barro hirviente), la Materia Primordial diferenciada del Caos. Viene después la Vaca Audumla, la Nutridora (11), de la que nació Buri, el Productor, cuyo hijo Bör (Born, o el nacido), con Bestla, la hija de los Gigantes del Hielo (hijos de Ymir), tuvo tres hijos: Odín, Willi y We, o sea el Espíritu, la Voluntad y la Santidad. Esto era cuando aún reinaba la Obscuridad a través del espacio; cuando los Ases, los Poderes Creadores o Dhyân Chohans, aún no se habían desplegado, y cuando el Yggdrasil, el Árbol del Universo, del Tiempo y de la Vida, no había crecido todavía, y no existía aún ningún Walhalla o Recinto de los Héroes. Las leyendas escandinavas acerca de la Creación de nuestra Tierra y del Mundo principian con el Tiempo y la Vida humana. Todo lo que la precede, es para aquéllas la Obscuridad, en la que el Todo-Padre, la Causa de todo, habita. Según observa el editor de Asgard and the Gods, aunque esas leyes encierran la idea de aquel Todo-Padre, causa original de todo, “apenas si se le menciona en los poemas”, no porque, como él piensa, “no fuese capaz la idea de elevarse a conceptos claros acerca de lo Eterno” antes de la predicación del Evangelio, sino a causa de su carácter profundamente esotérico. Por consiguiente, todos los Dioses Creadores o Deidades Personales principian en el período secundario de la Evolución Cósmica. Zeus nace en y de Cronos -el Tiempo. De igual modo es Brahmâ el producto de emanación de Kâla, “la Eternidad y el Tiempo”, siendo Kâla uno de los nombres de Vishnu. De aquí que veamos a Odín como Padre de los Dioses y de los Ases, así como Brahmâ es el Padre de los Dioses y de los Asuras; y he ahí también el carácter andrógino de todos los principales Dioses Creadores, desde la segunda mónada de los griegos hasta el Sephira Adam Kadmon, el Brahmâ o Prajâpati-Vâch de los Vedas, y el andrógino de Platón, que no es sino otra versión del símbolo indo. La mejor definición metafísica de la Teogonía primitiva, en el espíritu de los vedantinos, puede hallarse en las “Notas sobre el Bhagavad-Gitâ”, por T. Subba Row. Parabrahman, lo desconocido y lo Incognoscible, como manifiesta el conferenciante a sus oyentes: No es el Ego, no es el No Yo, ni tampoco es la conciencia... no es Âtmâ siquiera... pero aunque no es en sí un objeto de conocimiento, es, sin embargo, capaz de sostener y dar lugar a toda cosa y a toda clase de existencia, que se convierta en un objeto de conocimiento... (Es) la esencia una, de la cual nace a la existencia un centro de energía... (al que él llama el Logos) (12). Este Logos es el Shabba Brahman de los Indos, al que ni siquiera llama Ishvara (el “Señor” Dios), por temor a la confusión que en el espíritu de las gentes pudiese crear ese término. Es el Avalokiteshvara de los buddhistas, el Verbum de los cristianos en su sentido esotérico verdadero, no en la alteración teológica. En el primer Jnâta o el Ego en el Kosmos, y todos los demás Egos... son tan sólo su reflejo y manifestación... Existe en condición latente en el seno de Parabrahman durante el Pralaya... (Durante el Manvántara) posee una conciencia y una individualidad propias... (Es un centro de energía, pero)... semejantes centros de energía son casi innumerables en el seno de Parabrahman. No debe suponerse que (ni siquiera) este Logos sea (el Creador, o que no sea) más que un solo centro de energía... El número de estos es casi infinito... (Éste) es el primer Ego que aparece en el Kosmos, y es el fin de toda evolución. (Es el Ego abstracto)... Ésta es la primera manifestación (o aspecto) de Parabrahman... Cuando entra en la existencia como ser consciente... se le aparece Parabrahman, desde su punto de vista objetivo, como Mûlaprakriti. Tened esto muy presente... porque aquí está el origen de toda la dificultad, respecto a Purusha y Prakriti, con que tropiezan los varios escritores sobre filosofía vedantina... Este Mûlaprakriti es material para él (el Logos), de igual modo que cualquier objeto material lo es para nosotros. Este Mûlaprakriti no es Parabrahman, como los atributos de una columna no son la columna misma; Parabrahman es una realidad incondicionada y absoluta, y Mûlaprakriti una especie de velo echado sobre ella. Parabrahman no puede ser visto tal cual es en sí mismo. Es visto por el Logos con un velo que lo encubre, y ese velo es la poderosa extensión de la Materia Cósmica... Después de haber aparecido Parabrahman como el Ego por una parte y como Mûlaprakriti por otra, obra como energía única por medio del Logos (13). Y el orador, por medio de un hermoso ejemplo, explica lo que entiende por esa acción de Algo que es Nada, siendo el TODO. Compara el Logos con el Sol, del que irradian la luz y el calor, pero cuya energía, luz y calor existen en un estado desconocido en el Espacio y se difunden en él sólo como luz y calor visibles, no siendo el Sol más que su agente. Ésta es la primera hipóstasis triádica. El cuaternario está formado por la luz vivificante vertida por el Logos. Los kabalistas hebreos presentaban la idea en una forma que esotéricamente es idéntica a la vedantina. Enseñaban que Ain-Soph, aunque es la Causa sin Causa de todo, no puede ser comprendido, localizado, ni nombrado. Por esto, su nombre, Ain - Soph, es un término de negación, “lo Inescrutable, lo Incognoscible y lo Innominable”. Por consiguiente, lo representaron por medio de un Círculo Ilimitado, una Esfera, de la cual la inteligencia humana, en su mayor alcance, sólo podría percibir la bóveda. Alguien que ha descifrado por completo gran parte del sistema kabalístico, en uno de sus significados, en su esoterismo numérico y geométrico, escribe: Cerrad los ojos, y con vuestra conciencia de percepción esforzaos en pensar exteriormente hasta los límites extremos en todas direcciones. Veréis que líneas o rayos iguales de percepción se extienden de la misma manera en todas las direcciones, de tal modo, que vuestro supremo esfuerzo para percibir terminará en la bóveda de una esfera. La limitación de esta esfera será, por fuerza, un Círculo máximo, y los rayos directos del pensamiento en cualquiera y en todas direcciones deben ser líneas rectas, radios del círculo. Éste debe ser, humanamente hablando, el concepto extremo que abarque el Ain-Soph manifiesto, el cual se formula como una figura geométrica, es decir, un círculo, con sus elementos de circunferencia, curva, y diámetro, línea recta, dividido en radios. Por lo tanto, una forma geométrica es el primer medio cognoscible de relación entre el Ain Soph y la inteligencia del hombre (14). Este Círculo Máximo, que el Esoterismo Oriental reduce al Punto en el Círculo Ilimitado, es el Avalokiteshvara, el Logos o Verbum, del que habla T. Subba Row. Mas este Círculo o Dios manifestado es tan desconocido para nosotros, excepto por medio de su universo manifestado, como lo es el UNO, aunque es más fácil, o mejor dicho, está más al alcance para nuestros conceptos más elevados. Este Logos que yace dormido en el seno de Parabrahman durante el Pralaya, del mismo modo que nuestro “Ego está latente (en nosotros) durante el Sushupti” o sueño; que no puede conocer a Parabrahman más que como Mûlaprakriti -siendo este último un velo cósmico que es la “potente expansión de la Materia Cósmica”-; es, por consiguiente, sólo un órgano en la creación Cósmica, por medio del cual irradian la Energía y Sabiduría de Parabrahman, desconocido para el Logos, como lo es para nosotros. Además, como el Logos es tan desconocido para nosotros como lo es en realidad Parabrahman para el Logos, tanto el Esoterismo Oriental como la Kábala, a fin de poner al Logos al alcance de nuestros conceptos, han resuelto la síntesis abstracta en imágenes concretas; esto es, en los reflejos o aspectos múltiples de aquel Logos, o Avalokiteshvara, Brahmâ, Ormazd, Osiris, Adam Kadmon, o cualquier otro nombre por el estilo que se le quiera asignar; cuyos aspectos o emanaciones manvantáricas son los Dhyân Chohans, los Elhim, los Devas, los Amshaspends, etc. Los metafísicos explican la raíz y el germen de estos últimos, según T. Subba Row, como la primera manifestación de Parabrahman, “la trinidad más elevada que somos capaces de comprender”, que es Mûlaprakriti, el Velo, el Logos, y la Energía Consciente del último, o su Poder y Luz, llamado en el Bhagavad Gitâ Daiviprakriti o “Materia, Fuerza y el Ego, o raíz única del Yo, del cual todas las demás clases de yo son tan sólo una manifestación o un reflejo”. Por lo tanto, únicamente a la Luz de esta Conciencia, de la percepción mental y física, es como puede el Ocultismo práctico hacer visible al Logos por medio de figuras geométricas, las que, estudiadas con atención, no sólo ofrecerán una explicación científica de la existencia verdadera, objetiva (15), de los “Siete hijos de la Sophia Divina, que es esta luz del Logos; sino que demostrarán también, por medio de otras claves no descubiertas aún, que, con respecto a la Humanidad, esos “Siete Hijos” y sus innumerables emanaciones, centros de energía personificada, son una necesidad absoluta. Suprímanse, y el Misterio del Ser y de la Humanidad jamás será descifrado, ni hecho accesible siquiera. Por medio de esta Luz son creadas todas las cosas. Esta Raíz del Yo mental es también la raíz del Yo físico, porque esta Luz es la permutación, en nuestro mundo manifestado, de Mûlaprakriti, llamado Aditi en los Vedas. En su tercer aspecto se convierte en Vâch (16) la Hija y la Madre del Logos, de igual modo que Isis es la Hija y la Madre de Osiris, que es Horus, y Moot la Hija, Esposa y Madre de Ammon, en el mito lunar egipcio. En la Kabalah, Sephira es igual a Shekinah, y es, otra síntesis, la Esposa, Hija y Madre del “hombre Celeste”, Adam Kadmon, y hasta es idéntica al mismo, como Vâch es idéntico a Brahmâ, y es llamado el Logos femenino. En el Rig Veda, Vâch es el “Lenguaje Místico”, por cuyo medio el Conocimiento Oculto y la Sabiduría son comunicados al hombre, y así dícese que Vâch “penetró en los Rishis”. Ella es “generada por los dioses”; es la Vâch Divina, la “Reina de los Dioses”, y está unida a los Prajâpatis en su obra de creación, como Sephira lo está a los Sephiroth. Es llamada, además, la “Madre de los Vedas”, “puesto que por sus poderes (como Lenguaje Místico) Brahmâ los reveló, y debido también al poder de ella, produjo el Universo”, es decir, por medio del Lenguaje, y palabras, sintetizadas por la “Palabra” y los números (17). Pero cuando se habla de Vâch como hija de Daksha, “el Dios que vive en todos los Kalpas”, se demuestra su carácter Mayávico; desaparece durante el Pralaya, absorbida en el Rayo Único, que todo lo devora. Pero existen dos aspectos distintos en el Esoterismo universal, oriental y occidental, en todas esas personificaciones del Poder femenino en la Naturaleza, o la Naturaleza noumenal y la fenomenal. Uno es su aspecto puramente metafísico, según lo describe el ilustrado orador en sus “Notas sobre el Bhagavad Gitâ”; el otro es terrestre y físico, y al mismo tiempo divino, desde el punto de vista del concepto práctico humano y del Ocultismo. Son todos ellos símbolos y personificaciones del Caos, el “Gran Mar” o las Aguas Primordiales del espacio, el Velo impenetrable entre lo INCOGNOSCIBLE y el Logos de la Creación. “Poniéndose por medio de su mente en relación con Vâch, Brahmâ (el Logos) creó las aguas Primordiales”. El Katha Upanishad se expone aun más claramente. Prajâpati era este Universo. Vâch era su inferior. Unióse a ella... ella produjo esos seres, y volvió a fundirse en Prajâpati. Esto relaciona a Vâch y a Sephira con la Diosa Kwan-Yin, “la Madre Misericordiosa”, la Voz Divina del Alma, hasta en el Buddhismo exotérico mismo; y con el aspecto femenino de Kwan-Shai-Yin, el Logos, el Verbo de la Creación, y al mismo tiempo con la Voz que es audible al Iniciado, según el Buddhismo Esotérico, Bath Kol, la Filia Vocis, la Hija de la voz Divina de los hebreos, que responde desde el Propiciatorio en el Velo del Templo, es un resultado. Y aquí podemos señalar incidentalmente una de las muchas calumnias lanzadas por los “piadosos y buenos” misioneros, en la India, contra la religión del país. La alegoría, en el Shatapatha Brâhmana, según la cual Brahmâ, como Padre de los Hombres, llevó a cabo la obra de procreación mediante contacto incestuoso con su propia hija Vâch, llamada también Sandhyâ, Crepúsculo, y Shatarûpâ, de cien formas, es constantemente echada en cara a los brahmanes, como condenación de su “detestable y falsa religión”. Aparte del hecho, oportunamente olvidado por los europeos, de que el Patriarca Lot resulta culpable del mismo crimen bajo la forma humana, mientras Brahmâ, o más bien Prajâpati, cometió el incesto bajo la forma de un gamo con su hija, que tenía la de una cierva (robit), la lectura esotérica del tercer capítulo del Génesis muestra lo mismo. Existe además, seguramente, un significado cósmico, y no fisiológico, unido a la alegoría inda, puesto que Vâch es una permutación de Aditi y Mûlaprakriti, o el Caos, y Brahmâ una permutación de Nârâyana, el Espíritu de Dios penetrando en la Naturaleza y fecundizándola; por lo tanto, el concepto nada tiene de fálico. Como ya se ha dicho, Aditi-Vâch es el Logos femenino, o Verbo, la Palabra; y en la Kabalah, Sephira es lo mismo. Estos Logos femeninos son todos ellos, en su aspecto noumenal, correlaciones de la Luz, del Sonido y del AEther, mostrando lo bien informados que estaban los antiguos, tanto en Ciencia física, según lo conocen hoy los modernos, como respecto al origen de aquella Ciencia en las esferas espirituales y astrales. Nuestros antiguos escritores decían que Vâch es de cuatro clases. Éstas son llamadas Parâ, Pashyantî, Madhyamâ, Vaikharî. Esta declaración se encuentra en el Rig Veda mismo, y en varios de los Upanishads, Vaikhari Vâch es lo que espresamos nosotros. El Sonido, el Lenguaje, es lo que se hace comprensible y objetivo a uno de nuestros sentidos físicos, y puede ser traído bajo las leyes de la percepción. Por lo tanto: Toda clase de Vaikharî Vâch existe en Madhyamâ... Pashyantî, y últimamente en su forma Parâ... La razón por la cual ese Pravana (18) es llamado Vâch consiste en que estos cuatro principios del gran Kosmos corresponden a estas cuatro formas del Vâch... El Kosmos entero, en su forma objetiva, es Vaikharî Vâch; la Luz del Logos es la forma Madhyamâ, y el Logos mismo la forma Pashyantî; mientras que Parabrahman es el aspecto Parâ (más allá del Nóumeno de todos los Nóumenos) de aquella Vâch (19). Así pues, Vâch, Shekinah, o la “Música de las Esferas” de Pitágoras, son una cosa, si tomamos como muestra los ejemplos que se encuentran en las tres filosofías religiosas más (aparentemente) distintas en el mundo: la india, la griega y la caldeo-hebrea. Esas personificaciones y alegorías pueden mirarse bajo cuatro aspectos principales y tres secundarios, o siete en total, como en el Esoterismo. La forma Parâ es la Luz y el Sonido, siempre subjetivos y latentes, que existen eternamente en el seno de INCOGNOSCIBLE; cuando se la considera como la ideación del Logos, o su Luz latente, es llamada Pashayantî; y cuando viene a ser aquella Luz expresada, es Madhyamâ. Ahora bien; la definición que nos da la Kabalah es la que sigue: Hay tres clases de Luz, y aquella (la cuarta) que compenetra a las demás: 1ª La clara y penetrante, la Luz objetiva; 2ª La luz reflejada; y 3ª La Luz abstracta. Los Diez Sephiroth, los Tres y los Siete, son llamados en la Kabalah las Diez Palabras, DBRIM (Debarim), los números y las Emanaciones de la Luz Celeste, que es a la vez Adam Kadmon y Sephira, Prajâpati-Vâch o Brahmâ. La Luz, el Sonido y el Número son los tres factores de la creación en la Kabalah. Parabrahman sólo puede ser conocido por medio del punto luminoso, el Logos, que no conoce a Parabrahman, sino sólo a Mûlaprakriti. De igual modo Adam Kadmon sólo conoció a Shekinah, aunque era el Vehículo de Ain - Soph. Y, como Adam Kadmon, es, en la interpretación esotérica, el total de Número Diez, los Sephiroth, siendo él mismo una Trinidad o los tres atributos de la Deidad Incognoscible en Uno (20). “Cuando el Hombre Celeste (o Logos) asumió al principio la forma de la Corona (21) (Kether), y se identificó con Sephira, hizo emanar de aquélla (la Corona) Siete luces espléndidas”, que formaban Diez en su totalidad; del mismo modo Brahmâ-Prajâpati, cuando se separó de Vâch, siendo, sin embargo, idéntico a ella, hizo aparecer de la Corona a los siete Rishis, los siete Manus o Prajâpati; en la versión esotérica, siempre 3 y 7, que también forman 10. Sólo cuando se dividen en 3 y 7, en la esfera manifestada, forma ... , el andrógino, y ... , o la figura X manifestada y diferenciada. Esto ayudará al estudiante a comprender por qué consideraba Pitágoras a la Deidad, el Logos, como el Centro de Unidad y el Manantial de la Armonía. Decimos que esta Deidad era el Logos, no la Mónada que mora en la Soledad y el Silencio, porque Pitágoras enseñó que, siendo la Unidad indivisible, no es número alguno. Y también es ésta la razón de que se exigiera al candidato, que aspiraba a la admisión en su escuela, el estudio previo como preparación preliminar de las ciencias de la Aritmética, la Astronomía, la Geometría y la Música, consideradas como las cuatro divisiones de la matemáticas (22). Esto explica igualmente por qué afirmaban los pitagóricos que la doctrina de los Números, la más importante en el Esoterismo, había sido revelada al hombre por las Deidades Celestes; que el Sonido, o la Armonía, había hecho surgir al Mundo del Caos, siendo construido según los principios de la proporción musical; que los siete planetas que rigen el destino de los mortales tienen un movimiento armonioso, y, como dice Censorino: Intervalos correspondientes a los diastemas musicales, dando varios sonidos tan perfectamente consonantes, que producen la más suave melodía, inaudible para nosotros, sólo a causa de la magnitud del sonido, que nuestro oído es incapaz de percibir. En la Teogonía Pitagórica, numerábanse, y expresábanse numéricamente, las Jerarquías de las Huestes Celestes y Dioses. Pitágoras había estudiado en la India la Ciencia Esotérica; y así vemos que sus discípulos dicen: La Mónada (la manifestada) es el principio de todas las cosas. De la Mónada y la Dúada indeterminada (Caos), los Números; de los Números, los Puntos; de los Puntos, las Líneas; de las Líneas, las Superficies; de las Superficies, los Sólidos; de estos, los Cuerpos Sólidos, cuyos elementos son cuatro: el Fuego, el Agua, el Aire, la Tierra; en todos los cuales, transformados (correlacionados) y totalmente cambiados, consiste el Mundo (23). Y si esto no resuelve el misterio por completo, puede levantar al menos una punta del velo de aquellas maravillosas alegorías que encubren a Vâch, la más misteriosa de todas las Diosas brahmánicas, llamada “la Vaca melodiosa que produce alimento y Agua” -la Tierra con todos sus poderes místicos; y también la “que nos proporciona el alimento y sustento”, la Tierra física. Isis es igualmente la Naturaleza mística y también la Tierra; y sus cuernos de vaca la identifican con Vâch, que después de haber sido reconocida como Parâ en su forma superior, se convierte, en el extremo inferior o material de la creación, en Vaikharî. Por consiguiente, es la Naturaleza mística, aunque física, con todas sus formas y propiedades mágicas. Como diosa del Lenguaje y del Sonido, y como permutación de Aditi, ella es el Caos, en cierto sentido. De todos modos, es la “Madre de los Dioses”; y de Brahmâ, Îshvara o el Logos, y de Vâch, así como de Adam Kadmon y de Sephira, ha de partir la verdadera teogonía manifestada. Más allá, todo es Obscuridad y especulación abstracta. Con los Dhyân Chohans o dioses, los Videntes, los Profetas los Adeptos en general, se hallan en terreno firme. Sea como Aditi o como la Sophia Divina de los gnósticos griegos, ella es la madre de los Siete Hijos, los Ángeles de la Faz, del Profundo, o el gran Ser Verde Único del Libro de los Muertos. Dice el Libro de Dzyan, o sea el Conocimiento Verdadero, obtenido por medio de la meditación: La Gran Madre se extiende con el ... , y el ... , y el ... el segundo ... y el ... (24), en su seno pronta a producirlos, los valientes Hijos de los ... ... ... (o 4.320.000, el Ciclo), cuyos dos Antecesores son el ... (círculo) y el ... (punto). Al principio de cada ciclo de 4.320.000, los Siete, o los Ocho Grandes Dioses según algunas naciones, descendieron para establecer el nuevo orden de cosas y dar impulso al nuevo ciclo. Aquel octavo Dios era el Círculo unificador, o Logos, separado y hecho distinto de su Hueste en el dogma exotérico, así como las tres hipótesis divinas de los antiguos griegos son consideradas ahora en las Iglesias como tres personas distintas. Según se expresa un Comentario: Los Poderosos, cada vez que penetran dentro de nuestro velo mayávico (atmósfera), ejecutan sus grandes obras y dejan tras de sí monumentos imperecederos para conmemorar su visita (25). Así nos enseñan que las grandes pirámides fueron edificadas bajo su inspección directa, “cuando Dhruva (la entonces Estrella polar) se hallaba en su culminación inferior, y las Krittikâs (Pléyades) la contemplaban de lo alto (se encontraban en el mismo meridiano, pero encima) para vigilar la obra de los Gigantes”. Así pues, como las primeras pirámides fueron construidas al principio de un Año Sideral, bajo Dhruva (Alpha Polaris), esto debe de haber acaecido hace 31.000 años (31.105). Bunsen tenía razón cuando admitía para Egipto una antigüedad superior a 21.000 años; pero esta concesión difícilmente satisface a la verdad y a los hechos en esta cuestión. Según dice Mr. Gerald Massey: Las historias referidas por los sacerdotes egipcios y otros, acerca del cómputo del tiempo en Egipto, empiezan ahora a parecer menos falsas, en opinión de todos los que han escapado a la esclavitud bíblica. Se han encontrado últimamente en Sakkarah inscripciones que mencionan dos ciclos sotiacos... registrados en aquella época, hace ahora unos 6.000 años. Así es que cuando Herodoto estuvo en Egipto, los egipcios habían observado -como es sabido ahora-, por lo menos, cinco diferentes ciclos sotiacos de 1.461 años. Los sacerdotes manifestaron al investigador griego que ellos computaban el tiempo desde una época tan remota, que el Sol había salido dos veces donde entonces se ponía, y se había puesto dos veces donde salía entonces. Esto... sólo puede comprenderse como una verdad en la Naturaleza, por efecto de dos ciclos de precesión, o un período de 51.736 años (26). Mor Isaac (27) indica que los antiguos sirios definían su Mundo de los “Regentes” y “Dioses Activos”, del mismo modo que los caldeos. El mundo inferior era el Sublunar -el nuestro-, vigilado por los Ángeles del orden primero o inferior; el inmediato en rango era Mercurio, regido por los Arcángeles; luego seguía Venus, cuyos Dioses eran los Principados; el cuarto era el del Sol, el dominio y región de los Dioses más elevados y poderosos de nuestro sistema, los Dioses solares de todas las naciones; el quinto era Marte, gobernado por las Virtudes; el sexto, el de Bel o Júpiter, regido por las Dominaciones; el séptimo, el Mundo de Saturno, por los Tronos. Estos son los Mundos de la Forma. Sobre estos vienen los Cuatro superiores, formando de nuevo siete, puesto que los Tres más elevados “no son mencionables ni pronunciables”. El octavo, compuesto de 1.122 estrellas, es el dominio de los Querubines; el noveno, perteneciente a las estrellas errantes e innumerables, a causa de su distancia, tiene a los Serafines; en cuanto al décimo, dice Kircher, citando a Mor Isaac, que está compuesto de “estrellas invisibles que, según dijeron, podrían tomarse por nubes, efecto de la masa tan compacta que forman en la zona que llamamos Vía Straminis, la Vía Láctea”; y se apresura a explicar que “éstas son las estrellas de Lucifer sumidas con él en su terrible naufragio”. Lo que viene después y más allá de los diez Mundos (nuestro Cuaternario), o el mundo Arûpa, no podían decirlo los sirios. “Sólo sabían que allí es donde principia el vasto e incomprensible Océano del Infinito, la mansión de la Verdadera Divinidad, sin límite ni fin”. Champollion muestra la misma creencia entre los egipcios. Habiendo hablado Hermes del Padre-Madre e Hijo, cuyo Espíritu -colectivamente el Fiat Divino- da forma al Universo, dice: “Siete Agentes (Medios) fueron también formados para contener a los Mundos Materiales (o manifestados), dentro de sus Círculos respectivos, y la acción de esos Agentes fue llamada Destino”. Luego enumera siete, diez y doce órdenes, cuya explicación detallada aquí exigiría demasiado tiempo. Como el Rig Vidhâna, de igual modo que el Brahmânda Purâna y todas las obras de esta índole, bien describen la eficacia mágica de los Mantras Rig-Védicos o los kalpas futuros, son según declaración del doctor Weber y otros, compilaciones modernas “pertenecientes probablemente sólo a la época de los Purânas”, es inútil señalar al lector sus explicaciones místicas; y tanto vale inspirarnos meramente en los libros arcaicos, por completo desconocidos de los orientalistas. Esas obras explican lo que tanto intriga a los estudiantes, a saber: que los Saptarshis, los “Hijos nacidos de la Mente” de Brahmâ, son citados en la Shatapatha Brâhmana bajo una serie de nombres; bajo otra en el Mahâbhârata; y que el Vâyu Purâna cuenta hasta nueve Rishis en vez de siete, agregando a la lista los nombres de Bhrigu y de Daksha. Mas lo mismo sucede en toda Escritura exotérica. La Doctrina Secreta presenta una larga genealogía de Rishis, pero los separa en muchas clases. Así como los Dioses de los egipcios estaban divididos en siete y hasta en doce Clases, también lo están los Rishis indos en su Jerarquías. Los tres primeros Grupos son: el Divino, el Cósmico y el Sublunar. Después vienen los Dioses Solares de nuestro Sietema, los Planetarios, los Submundanos y los puramente Humanos - los Héroes, y los Mânushi. Por ahora sin embargo, sólo nos ocupamos de los Dioses Precósmicos Divinos, los Prajâpatis o los Siete Constructores. Este Grupo encuéntrase infaliblemente en todas las Cosmogonías. Efecto de la pérdida de los documentos arcaicos egipcios, pues según M. Máspero, “los materiales y datos históricos que se poseen para el estudio de la historia de la evolución religiosa en Egipto no son completos ni muchas veces inteligibles”, y hay que apelar para ver corroboradas las declaraciones de la Doctrina Secreta, parcial e indirectamente, a los antiguos himnos e inscripciones sepulcrales. Una de éstas muestra que Osiris, como Brahmâ-Prajâpati, Adam Kadmon, Ormazd y tantos otros Logos, era el jefe y la síntesis del Grupo de “Creadores” o Constructores. Antes de que se convirtiese Osiris en el “Uno” y más elevado de Egipto, se le rendía culto en Abydos como Jefe o Guía de la Hueste Celestial de los Constructores pertenecientes al más elevado de los tres órdenes. El himno grabado en la estela votiva de una tumba de Abydos (tercer registro) se dirige a Osiris en estos términos: Yo te saludo, Osiris, hijo mayor de Seb; tú el más grande sobre los seis Dioses nacidos de la Diosa Nu (el Agua primordial); tú el gran favorito de tu padre Ra; Padre de Padres, Rey de la duración, Amo en la eternidad... que, en cuanto salieron estos del seno de tu Madre, reuniste todas las Coronas y ceñiste el Uraeus (serpiente o naja) (28) en tu cabeza; Dios multiforme, cuyo nombre es desconocido, y que tiene muchos nombres en ciudades y provincias. Saliendo Osiris del Agua Primordial, coronado con el Uraeus, que es el emblema serpentino del Fuego Cósmico, y siendo el séptimo sobre los seis Dioses Primarios nacidos de la Madre Paterna, Nu y Nut, el Cielo, ¡quién puede ser él, sino el primer Prajâpati, el primer Sephira, el primer Amshaspend, Ormazd! Es indudable que este último Dios solar y cósmico ocupaba, al principio de la evolución religiosa, la misma posición que el Arcángel, “cuyo nombre era secreto”. Este Arcángel era Miguel, el representante sobre la tierra del Dios Oculto judío, en una palabra, es su “Faz” la que, decían, precedía a los judíos cual “Columna de Fuego”. Burnouf dice: “Los siete Amshaspends, que seguramente son nuestros Arcángeles, también designan las personificaciones de las Virtudes Divinas” (29). Y esos Arcángeles, por lo tanto, son también ciertamente los Saptarshis de los indos, aunque es casi imposible clasificar a cada uno de ellos con su prototipo y paralelo pagano, puesto que, como sucede respecto a Osiris, todos tienen “muchos nombres en las ciudades y provincias”. Sin embargo, algunos de los más importantes se describirán en su orden. Un punto queda, pues, demostrado de manera indudable. Cuanto más se estudian sus Jerarquías y se descubre su identidad, más pruebas se adquieren de que no existe entre los Dioses personales pasados y presentes que nos son conocidos desde los albores de la historia, uno solo que no pertenezca al tercer período de la manifestación cósmica. Encontramos en todas las religiones a la Deidad Oculta formando la base fundamental; luego el Rayo de la misma que cae en la Materia Cósmica primordial, la primera manifestación; después el producto andrógino, la Fuerza dual abstracta Macho y Hembra personificada, el segundo período; ésta sepárase, finalmente, en el tercero, en Siete Fuerzas, llamadas los Poderes Creadores por todas las antiguas religiones, y las Virtudes de Dios por los cristianos. Las últimas explicaciones y calificaciones metafísicas abstractas no han impedido a las Iglesias romana y griega rendir culto a esas “Virtudes” bajo las personificaciones y nombres distintos de los siete Arcángeles. En el Libro de Druschim (30), en el Talmud, se hace una distinción entre esos grupos, que es la explicación kabalística correcta. Dice así: Hay tres Grupos (u órdenes) de Sephiroth: 1º Los Sephiroth llamados los “Atributos Divinos” (abstractos); 2º Los Sephiroth físicos o siderales (personales); un grupo de siete, el otro de diez; 3º Los Sephiroth metafísicos, o perífrasis de Jehovah, que son los tres primeros Sephiroth (Kether, Chochman y Binah), siendo los siete restantes los siete Espíritus (personales) de la Presencia (también de los planetas). La misma división tiene que aplicarse a la primaria, secundaria y terciaria evolución de Dioses en cada teogonía, si se desea traducir esotéricamente el significado. No debemos confundir las personificaciones puramente metafísicas de los atributos abstractos de la Deidad, con su reflejo: los Dioses Siderales. Este reflejo, sin embargo, es en realidad la expresión objetiva de la abstracción; Entidades vivientes y los modelos formados según aquel Prototipo divino. Además, los tres Sephiroth metafísicos, o la “perífrasis de Jehovah”, no son Jehovah; este último mismo, con los títulos adicionales de Adonai, Elohim, Sabbaoth y los numerosos nombres que se le prodigan, es quien es la perífrasis del Shaddai (...), el Omnipotente. El nombre, por cierto, es una circunlocución, una figura demasiado exagerada de retórica judía, y siempre ha sido denunciada por los ocultistas. Para los kabalistas judíos, y hasta para los alquimistas cristianos y rosacruces, Jehovah era un biombo conveniente, unificado por el repliegue de sus muchos tableros, y adoptado como substituto; el nombre de un Sephira individual, siendo tan bueno como otro cualquiera, para aquellos que estaban en el secreto. El Tetragrammaton, el Inefable, la “Suma Total” sideral, no fue inventado con otro propósito que el de extraviar al profano, y simbolizar la vida y la generación (31). El nombre secreto verdadero y que no puede pronunciarse -la “Palabra que no es palabra”- debe buscarse en los siete nombres de las Siete primerras Emanaciones, o los “Hijos del Fuego”, en las Escrituras secretas de todas las grandes naciones, y hasta en el Zohar, la doctrina kabalística de la más pequeña de todas ellas, la judía. Esa palabra, compuesta de siete letras en todas las lenguas, se encuentra envuelta en los restos arquitectónicos de todos los grandes edificios sagrados del mundo; desde los restos ciclópeos en la Isla de Pascua -parte de un continente sumergido en los mares, hace más bien cerca de 4.000.000 de años (32) que de 20.000- hasta las primeras pirámides egipcias. Más adelante trataremos más a fondo este asunto y ofreceremos datos prácticos para probar las afirmaciones hechas en el texto. Por ahora, basta indicar, con unos cuantos ejemplos, la verdad de lo que ha sido afirmado al principio de esta obra, o sea que ninguna Cosmogonía en todo el mundo, con la excepción única de la cristiana, ha atribuido jamás a la Causa Más Elevada y Única, al Principio Universal Deífico, la creación inmediata de nuestra Tierra, del hombre o de algo relacionado con estos. Lo mismo se aplica esta afirmación a la Kabalah hebrea o caldea que al Génesis, si este último hubiese sido alguna vez por completo comprendido, y, lo que es aún más importante, correctamente traducido (33). En todas partes, o bien existe un Logos -una “Luz que brilla en la Obscuridad”, verdaderamente-, o el Arquitecto de los Mundos, está esotéricamente en número plural. La Iglesia latina, como siempre paradójica, al aplicar sólo a Jehovah el epíteto de Creador, adopta una letanía completa de nombres para las Fuerzas activas de este último, nombres que revelan el secreto. Pues si dichas Fuerzas nada tenían que ver con la llamada “Creación”, ¿por qué darles los nombres de Elohim (Alhim), palabra plural, Obreros y Energías Divinas (...), piedras celestiales incandescentes (lapides igniti coelorum); y en particular, Sostenes del Mundo (K...), Gobernadores o Regentes del Mundo (Rectores Mundi), Ruedas del Mundo (Rotae), Auphanim, Llamas y Poderes, Hijos de Dios (B’ne Alhim), Consejeros Vigilantes, etc.? Se ha supuesto a menudo, y como siempre injustamente, que China, país casi tan antiguo como la India, no tenía Cosmogonía. Según dicen, era desconocida para Confucio, y se lamentan de que los buddhistas extendieron su Cosmogonía sin introducir en ella un Dios Personal (34). El Yi King, “la esencia misma del pensamiento antiguo y la obra combinada de los más venerados sabios”, no llega a exponer una Cosmogonía definida. Sin embargo, existe una, y muy clara. Sólo que como Confucio no admitía una vida futura (35), y los buddhistas chinos rechazan la idea de Un Creador, aceptando una Causa única y sus innumerables efectos, han sido mal comprendidos por los creyentes en un Dios Personal. El “Gran Extremo”, como principio “de los cambios” (transmigraciones), es la más corta (y quizás la más sugestiva de todas las Cosmogonías) para quienes, como los confucionistas, aman la virtud por sí misma, y se esfuerzan en hacer el bien desinteresadamente, sin aspirar perpetuamente a la recompensa y provecho. El “Gran Extremo” de Confucio produce “Dos Figuras”. Estas dos producen a su vez “las Cuatro Imágenes”; y éstas, a su turno, los “Ocho Símbolos”. Laméntase alguien de que aun cuando los confucionistas ven en ellos el “cielo, la tierra y el hombre en miniatura”, se puede ver todo cuanto se quiera. Sin duda alguna, y así sucede respecto de muchos símbolos, especialmente en los de las religiones más recientes. Mas los que saben algo acerca de los números ocultos, ven en estas “Figuras” el símbolo, aunque tosco, de una Evolución progresiva armoniosa del Kosmos y de sus Seres, tanto Celestiales como Terrestres. Y cualquiera que haya estudiado la evolución numérica en la cosmogonía primitiva de Pitágoras -contemporáneo de Confucio- jamás dejará de hallar en su Tríada, Tetractis y Década, surgiendo de la Mónada Única y solitaria, la misma idea. Confucio es objeto de burla por parte de su biógrafo cristiano, por “hablar de adivinación”, antes y después de este pasaje, y le representan diciendo: Los ocho símbolos determinan buena y mala suerte y conducen a grandes acciones. No hay imágenes imitables mayores que el cielo y la tierra. No hay cambios mayores que las cuatro estaciones (significando el Norte, Sur, Este y Oeste, etc.). No hay imágenes suspendidas más brillantes que el sol y la luna. En la preparación de cosas para uso, ninguna existe mayor que el sabio. Para determinar la buena y mala suerte, nada hay más grande que las pajas adivinatorias y la tortuga (36). Así pues, se ríen con desprecio de las “pajas adivinatorias” y de la “tortuga”, del “conjunto simbólico de líneas” y del gran sabio que las observa, cuando se convierten en una y dos, y dos se convierten en cuatro, y cuatro se convierten en ocho, y la otra serie de “tres y seis”, sólo porque sus luminosos símbolos no son comprendidos. Del mismo modo, sin duda alguna, el autor y sus colegas ridiculizarán las Estancias dadas en nuestro texto, porque representan precisamente la misma idea. El antiguo mapa arcaico de Cosmogonía está lleno de líneas al estilo de Confucio, de círculos concéntricos y puntos. Sin embargo, todos estos representan los conceptos más abstractos y filosóficos de la Cosmogonía de nuestro Universo. De todos modos, esto responderá mejor, quizá, a las necesidades y objetos científicos de nuestra época, que los ensayos cosmogónicos de San Agustín y del Venerable Beda, aunque estos fueron publicados más de mil años después de los de Confucio. Confucio, uno de los más grandes sabios del mundo antiguo, creía en la antigua magia y la practicaba él mismo, “si consideramos como verdaderas las afirmaciones de Kià-yü”, y “la ensalzaba hasta las nubes en el Yi-kin”, según su reverendo crítico nos dice. Sin embargo, aun en su época, es decir, 600 años antes de J. C., Confucio y su escuela enseñaban la esfericidad de la tierra y hasta el sistema heliocéntrico; mientras que, próximamente tres veces 600 años después del filósofo chino, los Papas de Roma amenazaban y hasta quemaban “herejes” por afirmar lo mismo. Ríense de él porque habla de la “Tortuga Sagrada”. Ninguna persona despreocupada puede hallar gran diferencia entre una Tortuga y un Cordero, como aspirantes a lo sagrado, puesto que ambos son símbolos y nada más. El Buey, el Águila (37), el León y a veces la Paloma son los “animales sagrados” de la Biblia de Occidente; los tres primeros se ven agrupados en derredor de los Evangelistas; y el cuarto, asociada con estos una faz humana, es un Seraph, es decir, una “serpiente de fuego”, el Agathodaemon gnóstico probablemente. La elección es curiosa, y muestra cuán paradójicos fueron los primeros cristianos en sus selecciones. Pues, ¿por qué eligieron esos símbolos del paganismo egipcio, cuando el águila nunca se menciona en el Nuevo Testamento, excepto una vez, al referirse Jesús a ella como comedora de carroña (38), y en el Antiguo Testamento se la llama impura; cuando es comparado el León con Satán, rugiendo ambos y buscando hombres a quienes devorar; y los bueyes son echados del Templo? Por otra parte, la Serpiente, presentada como ejemplo de sabiduría, es considerada ahora como el símbolo del Diablo. Bien puede decirse, en verdad, que la perla esotérica de la religión de Cristo, degradada en la teología cristiana, ha elegido una concha extraña e impropia en que nacer y desarrollarse. Como se ha explicado, los Animales Sagrados y las Llamas o Chispas, dentro del Santo Cuatro, se refieren a los Prototipos de todo cuanto se encuentra en el Universo en el Pensamiento Divino, en la Raíz, que es el Cubo Perfecto, o el fundamento del Kosmos, colectiva e individualmente. Todos ellos tienen una relación oculta con las Formas Cósmicas primordiales, y con las primeras concreciones, obra y evolución del Kosmos. En las primeras cosmogonías exotéricas indas, no es siquiera el Demiurgo quien crea. Pues en uno de los Purânas se dice: El gran Arquitecto del Mundo imprime el primer impulso al movimiento rotatorio de nuestro sistema planetario, pasando por turno por cada planeta y cuerpo. Esta acción es la que “hace girar a cada esfera sobre sí misma, y todas ellas en derredor del Sol. Después de esta acción, “los Brahmândica”, los Pitris Solares y Lunares, los Dhyân Chohans, “son quienes se encargan de sus esferas respectivas (tierras y planetas) hasta el fin del Kalpa”. Los Creadores son los Rishis, que en su mayoría son considerados como autores de los Mantras, o Himnos, del Rig Veda. Algunas veces son siete, otras veces diez, cuando se convierten en Prajâpati, el Señor de los Seres; luego vuelven a convertirse en los siete y en los catorce Manus, como representantes de los siete y catorce Ciclos de Existencia o Días de Brahmâ, respondiendo de este modo a los siete AEones, cuando, al fin del primer período de la Evolución, se transforman en los siete Rishis estelares, los Saptarshis; mientras que sus Dobles humanos aparecen en esta tierra como Héroes, Reyes y Sabios. Habiendo dado de este modo la Doctrina Esotérica del Oriente la nota fundamental que, como puede verse, es bajo su forma de alegoría, tan científica como filosófica y poética, todos los pueblos han seguido su dirección. Antes de ocuparnos de verdades esotéricas, hemos de desentrañar la idea fundamental que yace en el fondo de las religiones exotéricas, si queremos evitar que sean rechazadas las primeras. Además, todos los símbolos, en todas las religiones nacionales, pueden leerse esotéricamente; siendo una prueba de haber sido correctamente comprendidos, la concordancia extraordinaria de todos ellos, al ser traducidos en sus números y formas geométricas correspondientes, por mucho que los signos y símbolos puedan variar exteriormente entre sí. Porque en su origen todos aquellos símbolos son idénticos. Considerad, por ejemplo, las primeras frases en diferentes Cosmogonías; en todos los casos siempre se trata de un Círculo, un Huevo o una Cabeza. Siempre está asociada la Obscuridad con ese primer símbolo, y lo rodea, como se ha mostrado en los sistemas indo, egipcio, caldeo, hebreo y hasta escandinavo. De ahí los cuervos negros, las palomas negras, aguas negras y aun llamas negras; la séptima lengua de Agni, el Dios-Fuego, siendo llamado Kâli, el “Negro”, porque era una llama negra vacilante. Dos palomas “negras” huyeron de Egipto, y estableciéndose en las encinas de Dodona, dieron sus nombres a los Dioses griegos. Noé suelta un cuervo “negro” después del Diluvio, que es el símbolo del Pralaya Cósmico, después del cual empezó la verdadera creación o evolución de nuestra tierra y de la humanidad. Los cuervos “negros” de Odín revolotearon en derredor de la Diosa Saga, y “le hablaron en voz baja del pasado y del futuro”. Ahora bien; ¿cuál es el verdadero significado de todas estas aves negras? Es que todas ellas están relacionadas con la primitiva Sabiduría, que mana de la Fuente precósmica de Todo, simbolizada por la Cabeza, el Círculo o el Huevo; y todas tienen un significado idéntico y se refieren al Hombre primordial Arquetipo, Adam Kadmon, el origen creador de todas las cosas, que está compuesto de la Hueste de los Poderes Cósmicos, los Dhyân Chohans Creadores, más allá de los cuales todo es Tinieblas. Analicemos la sabiduría de la Kabalah, aunque velada y falseada como lo está hoy día, para explicar en su lenguaje numérico un significado aproximado, al menos respecto a la palabra “cuervo”. Éste es su valor numérico, según se encuentra en el Origen de las Medidas: El término Cuervo sólo es empleado una vez, y tomado como Eth-h’ orebv ... = 678, ó 113 x 6; mientras que la Paloma es mencionada cinco veces. su valor es 71, y 71 x 5 = 355. Seis diámetros, o el Cuervo, cruzándose, dividirían la circunferencia del círculo, de 355, en 12 partes o compartimientos; y 355 subdividido por cada unidad por 6, sería igual a 213-0, o la Cabeza (“principio”) del primer versículo del Génesis. Éste, dividido o subdividido del mismo modo por 2, o el 355 por 12, daría 213-2, o la palabra B’râsh, ... o la primera palabra del Génesis, con su prefijo prepositivo, significando, astronómicamente, la misma forma general concretada que aquí se ha determinado. Ahora bien; el sentido secreto del primer versículo del Génesis, siendo: “En Râsh (B’râsh) o Cabeza, se desarrollaron los Dioses, los Cielos y la Tierra”, fácil es comprender el significado esotérico del Cuervo, desde el momento en que semejante significado de la Inundación, o Diluvio de Noé, está comprobado. Cualesquiera que puedan ser los otros muchos significados de esta alegoría emblemática, el principal es el de un nuevo Ciclo y una nueva Ronda, nuestra Cuarta Ronda (39). El Cuervo o el Eth-h’ orebv, admite el mismo valor numérico que la Cabeza, y no volvió al Arca, mientras que la paloma volvió, llevando la rama de olivo; cuando Noé, el nuevo hombre de la nueva Raza (cuyo prototipo es Vaivasvata Manu), se preparaba a abandonar el Arca, la Matriz o Argha de la Naturaleza terrestre, es el símbolo del hombre puramente espiritual, sin sexo y andrógino de las tres primeras Razas, que desaparecieron de la tierra para siempre. Numéricamente, Jehovah, Adam, Noé, son uno en la Kabalah. A lo sumo, pues, es la Deidad descendiendo sobre el Ararat, y más tarde sobre el Sinaí, para encarnarse en el hombre, su imagen, por medio del procedimiento natural, la matriz de la madre, cuyos símbolos son el Arca, el Monte (Sinaí), etcétera, en el Génesis. La alegoría judía es astronómica y fisiológica, más bien que antropomórfica. Y aquí es donde radica el abismo entre los sistemas ario y semítico, aunque fundados ambos en la misma base. Según lo ha demostrado un expositor de la Kabalah: La idea fundamental en que está cimentada la filosofía de los hebreos era la de que Dios contenía todas las cosas en sí mismo, y que el hombre era su imagen; el hombre, incluyendo a la mujer (como Andróginos; y que) la geometría (y los números y medidas aplicables a la astronomía) están contenidos en los términos hombre y mujer; y la incongruencia aparente de semejante modo desaparecía, mostrando la relación del hombre y de la mujer con un sistema particular de números, medidas y geometría, por los períodos parturientos, que proporcionaban el lazo de unión entre los términos usados y los hechos mostrados, y perfeccionaban el modo empleado (40). Se arguye que, siendo la causa primera absolutamente incognoscible, “el símbolo de su primera manifestación comprensible era el concepto de un círculo con su línea de diámetro, de modo que a la vez presentase la idea de la geometría, del falicismo y de la astronomía”; y esto se aplicó finalmente a la “significación, sencillamente, de los órganos generadores humanos”. De aquí que el ciclo entero de acontecimientos, desde Adán y los Patriarcas hasta Noé, se haya aplicado a objetos fálicos y astronómicos, los unos rigiendo a los otros, como, por ejemplo, los períodos lunares. De aquí también que el Génesis de los hebreos principie después de su salida del Arca, al fin del diluvio, esto es, en la Cuarta Raza. Con el pueblo ario es distinto. Jamás ha rebajado el Esoterismo Oriental a la Deidad Única Infinita, la que contiene todas las cosas, hasta semejantes usos; y esto queda demostrado por la ausencia de Brahmâ en el Rig-Veda, y por las modestas posiciones que en él ocupan Rudra y Vishnu, que siglos después se convirtieron en los poderosos y grandes Dioses, los “Infinitos” de los credos exotéricos. Pero ni siquiera ellos, a pesar de ser “Creadores” los tres, son los “Creadores” y “antecesores directos de los hombres”. Vemos allí que estos antecesores ocupan un puesto aun inferior en la escala, y son llamados los Prajâpatis, los Pitris, nuestros Antepasados Lunares, etc., pero jamás el Dios Único Infinito. La Filosofía Esotérica presenta sólo al hombre físico como creado a imagen de la Deidad; la cual Deidad, sin embargo, no es más que los “Dioses Menores”. El Yo Supremo, el Ego verdadero, es el único que es divino y es Dios. SECCIÓN XIII LAS SIETE CREACIONES No existía día ni noche, ni cielo ni tierra, ni oscuridad ni luz, ni ninguna otra cosa excepto sólo Una, incomprensible para la inteligencia, o Aquello, que es Brahma y Pums (Espíritu) y Pradhâna (Materia (grosera)) (1). VISHNU PURÂNA (I. ii.) En el Vishnu Purâna, dice Parâshara a Maitreya, su discípulo: Os he explicado así, excelente Muni, seis creaciones... la creación de los seres Arvâksrota fue la séptima, y fue la del hombre (2). Luego prosigue hablando de dos creaciones adicionales muy misteriosas, interpretadas de varios modos por los comentadores. Orígenes, comentando acerca de los libros escritos por Celso, su adversario gnóstico -libros que fueron todos destruidos por los prudentes Padres de la Iglesia-, contesta evidentemente a las objeciones de su contradictor, y revela su sistema al mismo tiempo. Éste era claramente septenario. Pero la teogonía de Celso, la génesis de las estrellas o planetas y el del sonido y el color, tuvieron una contestación satírica y nada más. Celso, como se ve, “deseando hacer gala de su saber”, habla de una escala de la creación con siete puertas, y por cima de aquélla la octava, siempre cerrada. Los misterios del Mithras persa son explicados, y “además se agregan razones musicales”. Y a éstas se esfuerza también “en añadir una segunda explicación también relacionada con consideraciones musicales” (3) - es decir, con las siete notas de la escala, los Siete Espíritus de las Estrellas, etc. Valentín se extiende sobre el poder de los grandes Siete, que fueron llamados a producir este universo después que Ar(r)hetos, o el Inefable, cuyo nombre está compuesto de siete letras, hubo representado la primera Hebdómada. Este nombre (Ar(r)hetos) indica la naturaleza Septenaria del Uno, el Logos. “La diosa Rhea” -dice Proclo- “es una Mónada, Dúada y Héptada”, comprendiendo en sí misma a todos los Titanidae, “que son siete” (4). Las siete Creaciones se encuentran casi en todos los Purânas. Todas son precedidas por lo que Wilson traduce - el “Principio Continuo”, el Espíritu Absoluto independiente de toda relación con los objetos de los sentidos. Ellas son: 1º Mahat-tattva, el Alma Universal, la Inteligencia Infinita o Mente Divina; 2º Tanmâtras, Bhûta o Bhûtasarga, la Creación Elemental, la primera diferenciación de la Substancia Continua Universal; 3º Indriya o Aindriyaka, la Evolución Orgánica. “Estas tres fueron las Creaciones Prâkrita, los desarrollos de la naturaleza continua, precedidos por el Principio Continuo; 4º Mukhya, “la Creación Fundamental (de las cosas perceptibles) fue la de cuerpos inanimados” (5); 5º Tairyagyonya o Tiryaksrotas, fue la de los animales; 6º Ûrdhvasrotas, o la de las divinidades (?) (6); 7º Arvâksrotas fue la del hombre (7). Tal es el orden presentado en los textos exotéricos. Según la doctrina esotérica, hay siete “Creaciones” Primarias y siete Secundarias, siendo las primeras las Fuerzas que evolucionan por sí mismas procedentes de la FUERZA una sin causa; y mostrando las últimas el Universo manifestado emanado de los Elementos divinos ya diferenciados. Tanto esotérica como exotéricamente, todas las Creaciones arriba enumeradas representan los siete períodos de la Evolución, sea después de una Edad o de un “Día” de Brahmâ. Ésta es por excelencia la doctrina de la Filosofía Oculta, la cual, sin embargo, jamás emplea el término “Creación”, ni siquiera el de evolución, respecto a la “Creación “ Primaria; pero llama a todas esas Fuerzas los “aspectos de la Fuerza sin causa”. En la Biblia, los siete períodos son empequeñecidos en los seis Días de la Creación y el séptimo Día de Descanso, y los occidentales se atienen a la letra. En la filosofía inda, cuando el Creador activo ha producido al Mundo de los Dioses, los Gérmenes de todos los Elementos indiferenciados, y los Rudimentos de los Sentidos futuros -en una palabra, el Mundo del Nóumeno-, el Universo permanece inalterado durante un día de Brahmâ, un período de 4.320.000.000 de años. Éste es el séptimo Período pasivo o el “Sabbath” de la Filosofía Oriental, que sucede a los seis períodos de evolución activa. En la Satapatha Brâhmana, Brahma (neutro), la Causa Absoluta de todas las causas, irradia a los Dioses. Habiendo irradiado a los Dioses por medio de su naturaleza, inherente, la obra se interrumpe. En el Primer Libro de Manu se dice: A la expiración de cada noche (Pralaya), Brahma, habiendo dormido, despiértase, y por la energía sola del movimiento hace emanar de sí mismo al Espíritu (o mente), que en su esencia es, y sin embargo, no es. En el Sepher Yetzirab, el “Libro de la Creación” kabalístico, el autor evidentemente repitió el eco de las palabras de Manu. La Substancia Divina está representada en él, como habiendo existido sola desde la eternidad, ilimitada y absoluta, y como habiendo emitido al Espíritu de sí misma. ¡Uno es el Espíritu del Dios vivo, bendito sea su Nombre, que vive eternamente! Voz, Espíritu y Palabra: éste es el Espíritu Santo (8). Y ésta es la Trinidad kabalística abstracta, con tan poco respeto antropomorfizada por los Padres. De este Uno triple emanó el Kosmos entero. Primero del Uno emanó el número dos o Aire, el elemento creador; y luego el número tres, Agua, procedió del Aire; el Éter o Fuego completa el Cuatro místico, el Arba-il. En la doctrina oriental, el Fuego es el primer Elemento - el Éter, sintetizando al todo, puesto que los contiene a todos ellos. En el Vishnu Purâna se dan los siete períodos completos; y se muestra la Evolución progresiva del “Alma-Espíritu”, y de las siete Formas de la Materia, o Principios. Es imposible enumerarlos en esta obra. Se invita al lector a considerar con atención uno de los Purânas. R. Yehudah principió, está escrito: “Elohim dijo: que haya un firmamento en medio de las aguas”. ¡Ven, contempla! En el tiempo en que el Santo... creó al mundo, Él (ellos) creó 7 cielos Arriba. Creó 7 tierras Abajo, 7 mares, 7 días, 7 ríos, 7 semanas, 7 años, 7 veces y 7.000 años que el mundo ha existido... el séptimo de todos (los milenarios)... Así, hay 7 tierras Abajo; todas están habitadas excepto aquellas que están arriba, y aquellas que están abajo. Y... entre cada tierra extiéndese un cielo (firmamento) entre una y otra... y existen en ellas (en esas tierras) seres que aparecen distintos unos de otros... Mas si presentáis alguna objeción a esto, y decís que todos los hijos del mundo vinieron de Adam, no es así... Y las tierras inferiores, ¿de dónde vienen? Pertenecen a la cadena de la tierra, y de los Cielos arriba (9). Ireneo también atestigua -y bien a pesar suyo- que los gnósticos enseñaban el mismo sistema, velando muy cuidadosamente el verdadero significado esotérico. Ese “velo”, sin embargo, es idéntico al del Vishnu Purâna y otros. Así escribe Ireneo respecto a los marcosianos: Sostienen que antes que todo fueron producidos los cuatro elementos, el fuego, el agua, la tierra y el aire, según la imagen de la primera Tétrada arriba; y que si agregamos sus operaciones, o sea el calor, el frío, la humedad y la sequía, preséntase una semejanza exacta con la Ogdoada (10). Sólo que esa “semejanza” y la Ogdoada misma son un velo exactamente como en las siete creaciones del Vishnu Purâna, a las que se añaden dos más, entre las cuales la octava, llamada Anugraha, “posee a la vez las cualidades de bondad y tinieblas”, idea ésta más bien sâmkhiana que puránica. Pues también dice Ireneo que: Ellos (los gnósticos) tenían una octava creación semejante, que era buena y mala, divina y humana. Afirman que el hombre fue formado el octavo día. A veces declaran que fue hecho el sexto día, y otras el octavo; a no ser que acaso entiendan que su parte terrestre fue formada el sexto día, y su parte carnal (?) el octavo; haciendo una distinción entre estas dos (11). La “distinción” existía, pero no como la presenta Ireneo. Los gnósticos tenían una Hebdómada superior e inferior en el Ciclo; y una tercera Hebdómada terrestre, en el plano de la materia. Iaô, el Dios Misterio y el Regente de la Luna, según está presentado en la Carta de Orígenes, era el principal de esos “Siete Cielos” superiores (12), por lo tanto idéntico al jefe de los Pitris Lunares, siendo ese nombre el que ellos dan a los Dhyân Chohans Lunares. “Afirman -escribe el mismo Ireneo- que esos siete cielos son inteligentes, y hablan de ellos considerándolos como ángeles”; y añade que por este motivo ellos llamaban a Iaô Hebdomas, mientras que su madre era llamada Ogdoas; pues, según explica, “conservaba el número de la Ogdoada primogénita y primaria del Pleroma” (13). Esta “Ogdoada primogénita” era en Teogonía el Segundo Logos, el Manifestado, porque había nacido del Primer Logos Séptuple; por consiguiente, es la octava en este plano manifestado; y en Astrolatría era el Sol, Mârttânda, el octavo Hijo de Aditi, a quien ella rechaza mientras conserva a sus Siete Hijos, los planetas. Pues los antiguos jamás consideraron al Sol como un planeta, sino como una Estrella central y fija. Ésta, pues, es la segunda Hebdómada nacida del Uno de Siete rayos, Agni, el Sol y muchos más; pero no los siete planetas, que son Hermanos de Sûrya, no sus Hijos. Entre los gnósticos, esos Dioses Astrales eran los Hijos de Ildabaoth (14) (de ilda, niño, y baoth, huevo), el Hijo de Sophía Achamôt, la hija de Sophía o Sabiduría, cuya región es el Pleroma. Ildabaoth produce de sí mismo esos seis Espíritus estelares: Jove (Iaô) (Jeovah), Sabaôth, Adonai (Adoneus), Eloi (Eloaeus), Osraios (Oreus), Astaphaios (Astaphaeus) (15), y ellos son la Hebdómada segunda, o inferior. En cuanto a la tercera, está compuesta de los siete hombres primordiales, las sombras de los Dioses Lunares, proyectadas por la primera Hebdómada. En esto, como se ve, no se apartaron mucho los gnósticos de la Doctrina Esotérica, sólo que la velaban. En cuanto a los cargos hechos por Ireneo, que evidentemente ignoraba las verdaderas doctrinas de los “Herejes”, respecto a la creación del hombre el sexto día, y a la creación del mismo el octavo, estos se refieren a los misterios del hombre interno. Este punto sólo resultará inteligible para el lector después que haya leído los volúmenes III y IV, y comprendido bien la Antropogénesis de la Doctrina Esotérica. Ildabaoth es una copia de Manu, quien se alaba como sigue: ¡Oh tú, el mejor de los hombres dos veces nacidos! Sabe que yo (Manu) soy aquél, el creador de todo este mundo, a quien ese masculino Virâj... espontáneamente produjo (16). Él crea primeramente los diez Señores del Ser, los Prajâpatis, que, como nos dice el versículo 36, “producen otros siete Manus”. También se vanagloria Ildabaoth del mismo modo: “Soy Padre y Dios, y nadie está por encima de mí”, exclama. Por esta razón le humilla su Madre, diciendo con frialdad: “No mientas, Ildabaoth, porque el Padre de todo, el Primer Hombre (Anthreopos), es superior a ti, y así es Anthropos, el hijo de Anthropos” (17). Ésta es una buena prueba de que había tres Logos -además de los Siete nacidos del Primero-, siendo uno de ellos el Logos Solar. Por otra parte, ¿quién era ese Anthropos tan superior a Ildabaoth? Sólo los anales gnósticos pueden resolver este enigma. En Pistis-Sophia el nombre de cuatro vocales ieou va acompañado generalmente del epíteto “el Primitivo, o Primer Hombre”. Esto muestra nuevamente que la Gnôsis sólo era un eco de nuestra Doctrina Arcaica. Los nombres que corresponden a Parabrahman, a Brahmâ y a Manu, el primer Hombre pensador, están compuestos de sonidos de una, tres o siete vocales. Marcos, cuya filosofía era seguramente más pitagórica que otra cosa, habla de una revelación que tuvo acerca de los siete Cielos, cada uno de los cuales producía el sonido de una vocal, al pronunciar ellos los siete nombres de las siete jerarquías Angélicas. Cuando el Espíritu ha impregnado hasta el átomo más diminuto de los Siete Principios del Kosmos, entonces principia la Segunda Creación, después del período de reposo más arriba mencionado. “Los Creadores (Elohim) bosquejan durante la segunda “Hora” la forma del hombre”, dice el rabino Simeón en el Nuchthemeron of the Hebrews. “Hay doce horas en el día”, dice la Mishna, “y durante éstas es cuando tiene lugar la creación”. Las “doce horas del día” son también la copia empequeñecida de la Sabiduría primitiva, un eco débil, aunque fiel, de la misma. Son como los 12.000 Años Divinos de los Dioses, un velo cíclico. Cada Día de Brahmâ 14 Manus, a quienes los kabalistas hebreos, siguiendo en esto, sin embargo, el ejemplo de los caldeos, han disfrazado en 12 “Horas” (18). El Nuchthemeron de Apolonio de Tiana es lo mismo. “El Dodecaedro yace oculto en el Cubo perfecto”, dicen los kabalistas. El sentido místico de esto es que las doce grandes transformaciones del Espíritu en la Materia -los 12.000 Años Divinos- tienen lugar durante las cuatro grandes Edades, o primer Mahâyuga. Principiando con lo metafísico y sobrehumano, termina en las naturalezas físicas y puramente humanas del Kosmos y del Hombre. Si la Ciencia Occidental no lo consigue, en cambio la Filosofía Oriental puede dar el número de los años humanos que se suceden en la línea de las evoluciones espirituales y físicas de lo visible e invisible. La Creación Primaria es llamada la Creación de la Luz (Espíritu); y la Secundaria, la de las Tinieblas (Materia) (19). Ambas encuéntranse en el Génesis (20). La primera es la emanación de los Dioses (Elohim) nacidos por sí mismos; la segunda la de la naturaleza física. He aquí por qué está escrito en el Zohar: Oh, compañeros, compañeros, el hombre, como emanación, era a la vez hombre y mujer; tanto del lado del Padre como del de la Madre. Y esto es el sentido de las palabras: Y Elohim dijo: “¡Hágase la Luz! y la Luz fue...” Y éste es el “Hombre doble”. La Luz de nuestro plano es, sin embargo, obscuridad en las esferas superiores. “El hombre y la mujer... del lado del PADRE” (Espíritu) se refiere a la Creación Primaria; y del lado de la MADRE (Materia), a la Secundaria. El Hombre doble es Adam Kadmon, el prototipo abstracto masculino y femenino, y el Elohim diferenciado. El Hombre procede del Dhyân Chohan, y es un “Ángel Caído”, un Dios en el destierro, como se mostrará. Esas creaciones se describieron en la India como sigue (21): I. La Primera Creación: Creación Mahat-tattva, llamada así porque fue la primordial evolución en sí de lo que tenía que convertirse en Mahat, la “Mente Divina, consciente e inteligente”; esotéricamente, el “Espíritu del Alma Universal”. El más digno de los ascetas por medio de su poder (el poder de aquella causa), toda causa producida se presenta por su propia naturaleza. Y por otra parte: Dado que las potencias de todos los seres se comprenden solamente por medio del conocimiento de Aquello (Brahma) que se halla fuera del raciocinio, la creación, y lo semejante, tales potencias se pueden referir a Brahmâ. AQUELLO precede, por tanto, a la manifestación. “El primero fue Mahat”, dice el Linga Purâna; porque el Uno (Aquello) no es primero ni último, sino todo. Exotéricamente, sin embargo, esta manifestación es la obra del “Uno Supremo” (más bien un efecto natural de una Causa Eterna); o como dice el Comentador, puede haber sido concebido como significando que Brahmâ fue luego creado (?), identificándole con Mahat, la inteligencia activa, o la voluntad en acción de lo Supremo. La Filosofía Esotérica lo interpreta como la “Ley que actúa”. De la clara comprensión de esta doctrina en los Brâhmanas y Purânas pende, creemos, la manzana de la discordia entre las tres sectas vedantinas: la Advaita, Dvaita y la Vishishthadvaita. La primera arguye lógicamente que no teniendo Parabrahman relación, como TODO absoluto, con el Mundo manifestado, pues lo Infinito no tiene conexión con lo Finito, no puede ni querer ni crear; que, por lo tanto, Brahmâ, Mahat, Îshvara, o cualquier nombre bajo el cual pueda ser conocido el Poder Creador, los Dioses Creadores y todos, son simplemente un aspecto ilusorio de Parabrahman en el concepto de los que conciben; mientras que las otras sectas identifican a la causa Impersonal con el Creador o Îshvara. Mahat o Mahâ-Buddhi es, sin embargo, según los Vaishnavas, la Mente Divina, en operación activa, o como dice Anaxágoras, “una Mente directora y regularizadora, que fue la causa de todas las cosas”, ... . ... ... ... ... Wilson vio en seguida la sugestiva relación existente entre Mahat y la Mât fenicia, o Mut, que para los egipcios era hembra, la Diosa Mut, la Madre, “que, como Mahat”, dice él, “fue el primer producto de la mezcla (?) del Espíritu y la Materia, y el primer rudimento de la Creación”. “Ex connexione autem ejus Spiritus prodidit Môt... Hinc ... seminium omnis creaturoe et omnium rerum creatio”, dice Brucker (22), prestándole un color aún más materialista y antropomórfico. Sin embargo, en la superficie misma de los textos antiguos sánscritos que tratan de la Creación primordial, descúbrese, a través de cada sentencia exotérica, el sentido esotérico de la doctrina. El Alma Suprema, la Substancia del Mundo que todo lo penetra (Sarvaga), habiendo entrado (sido atraída) en la Materia (Prakriti) y el Espíritu (Purusha), agitó los principios mentales y los inmutables el período de Creación (Manvántara) habiendo llegado. El Nous de los griegos, que es la Mente (espiritual o divina) o Mens, Mahat, actúa sobre la Materia del mismo modo; “entra en ella” y la “agita”: Spiritus intus alit, totamque infusa per artus Mens agitat molem, et magno se corpore miscet. En la Cosmogonía Fenicia también “mezclándose el Espíritu con sus propios principios, da lugar a la creación” (23); la Tríada Órfica ofrece una doctrina idéntica; pues allí Phanes, o Eros, el Caos, conteniendo la Materia Cósmica confusa indiferenciada, y Cronos, el Tiempo, son los tres principios cooperadores, emanando del Punto Oculto e Incognoscible, que producen la obra de “Creación”. Y ellos son los indos Purusha (Phanes), Pradhâna (Caos) y Kâla (Cronos). Al buen profesor Wilson no le gusta la idea, como tampoco habría de agradar a sacerdote cristiano alguno, por liberal que fuese. Observa que: “la mezcla (del Espíritu supremo o Alma, con sus propios principios) no es mecánica; es una influencia o efecto ejercido sobre agentes intermediarios que produce efectos”. La frase del Vishnu Purâna: “así como el aroma afecta a la mente sólo a causa de su proximidad, y no por alguna operación inmediata sobre la mente misma, de igual modo el Ser Supremo influyó en los elementos de la creación”, la amplía el reverendo y erudito sanscritista correctamente de este modo: “así como los perfumes no deleitan a la mente por contacto real, sino por la impresión que causan sobre el sentido del olfato, que la comunica a la mente”; añadiendo, “la entrada del Supremo... en el Espíritu, así como en la Materia, es menos inteligible que el aspecto considerado de esto en otra parte, de la infusión del Espíritu, identificado con el Supremo, en Prakriti o la Materia sola”. Y él da la preferencia a este versículo del Pâdma Purâna: “El que es llamado el macho (espíritu) de Prakriti... ese mismo Vishnu divino entró en Prakriti”. Este aspecto está ciertamente más conforme con el carácter plástico de ciertos versículos de la Biblia que se refieren a los Patriarcas, como Lot y aun Adam (24), y otros de naturaleza todavía más antropomórfica. Mas esto es, precisamente, lo que condujo la Humanidad al Falicismo; estando la religión Cristiana llena del mismo, desde el primer capítulo del Génesis hasta el Apocalipsis. Enseña la Doctrina Esotérica que los Dhyân Chohans son el agregado colectivo de la Inteligencia Divina o Mente Primordial; y que los primeros Manus, las siete Inteligencias Espirituales “nacidas de la mente”, son idénticos a los primeros. Así es que el Kwan-Shi-Yin, el “Dragón Áureo en que están los Siete”, de la Estancia III, es el Logos Primordial o Brahmâ, el Primer Poder Creador manifestado; y las Energías Dhyánicas son los Manus, o Manu Svâyambhuva colectivamente. Además, la relación directa entre los Manus y Mahat es fácil de ver. Manu viene de la raíz man, pensar; y el pensamiento procede de la mente. Es, en Cosmogonía, el Período Prenebular. II. La Segunda Creación: Bhûta, fue la de los Principios Rudimentales o Tanmâtras; de ahí que se la llame la Creación Elemental o Bhûtasarga. Es el período del primer soplo de diferenciación de los elementos Precósmicos, o la Materia. Bhûtadi significa el “origen de los Elementos”, y precede a Bhûtasarga, “la Creación”, o diferenciación, de esos Elementos en el Âkâsha Primordial, el Caos o Vacuidad (25). En el Vishnu Purâna se dice que continúa por el triple aspecto de Ahamkâra, al que pertenece, siendo traducida esta palabra por Egoísmo, pero significando más bien ese término intraducible del “concepto de sí” (I-amness), lo que nace primeramente de Mahat o la Mente Divina; el primer bosquejo nebuloso de la personalidad, pues el Ahamkâra “puro” conviértese en “apasionado” y finalmente en “rudimentario” o inicial; él es “el origen de todo ser, tanto consciente como inconsciente”, si bien la escuela esotérica rechaza la idea de que haya algo que sea inconsciente, salvo en nuestro plano de ilusión e ignorancia. En este período de la Segunda Creación, aparece la Segunda Jerarquía de los Manus, los Dhyân Chohans o Devas, que son el origen de la Forma (Rûpa), los Chitrashikhandinas, “los de Brillante Corona” o Rikshas; esos Rishis que se han convertido en las Almas animadoras de las Siete Estrellas (de la Osa Mayor) (26). Esta Creación se refiere, en lenguaje astronómico y cósmico, al período de la Niebla de Fuego, el primer grado de la Vida Cósmica, después de su estado caótico (27), cuando los Átomos salen de Laya. III. La Tercera Creación: La Tercera Creación o creación Indriya, fue la forma modificada de Ahamkâra, el concepto del “YO” (de Aham, “YO”), llamada la Creación Orgánica o Creación de los Sentidos, Aindriyaka. “Estas tres fueron la Creación Prâkrita, los desarrollos (discretos) de la naturaleza continua precedidos por el principio continuo”. “Precedidos por” debiera reemplazarse aquí con “principiando por Buddhi”; pues el último no es una cantidad discreta ni continua, sino que participa de la naturaleza de ambas, en el hombre como en el Kosmos. Unidad o Mónada humana en el plano de la ilusión, una vez libre de las tres formas de Ahamkâra y libertado de su Manas terrestre, Buddhi, en verdad, se convierte en una cantidad continua, tanto en duración como en extensión, porque es eterno e inmortal. Anteriormente se declara que la Tercera Creación, “abundando en la cualidad de bondad”, llámase Ûrdhvasrotas; y una o dos páginas más adelante háblase de la Creación Ûrdhvasrotas como de la “sexta creación... o la de las divinidades”. Esto muestra claramente que tanto los Manvántaras anteriores como los posteriores han sido confundidos intencionalmente, a fin de impedir que el profano percibiese la verdad. A esto llaman los orientalistas “incongruencia y contradicciones”. “Las tres creaciones que principian con la Inteligencia son elementales; pero las seis creaciones que proceden de las series de las que el Intelecto es la primera, son la obra de Brahmâ (28). Aquí “creaciones” significan en todas partes períodos de evolución. Mahat, el “Intelecto” o Mente, que corresponde con Manas, hallándose el primero en el plano cósmico y el último en el humano, también se encuentra aquí por bajo de Buddhi o Inteligencia supradivina. Por consiguiente, cuando leemos en Linga Purâna que “la primera Creación fue la de Mahat, siendo el Intelecto el primero en la manifestación”, debemos aplicar esa creación (especificada) a la primera evolución de nuestro Sistema y hasta a nuestra Tierra, no discutiéndose en los Purânas ninguna de las precedentes, sino haciéndose tan sólo alusión accidentalmente a las mismas. Esta Creación de los primeros Inmortales, o Devasarga, es la última de la serie, y tiene un significado universal; refiérese, especialmente, a la evolución en general, y específicamente a nuestro Manvántara, que principia con la misma una y otra vez, mostrando así que se refiere a varios Kalpas distintos. Pues se dice que: “al final del pasado (Pâdma) Kalpa, el divino Brahmâ despertó de su noche de sueño, y contempló el Universo vacío”. Luego nos representan a Brahmâ, pasando de nuevo por las “Siete Creaciones”, en el período secundario de evolución, repitiendo las tres primeras en el plano objetivo. IV. La Cuarta Creación: La Mukhya o Primaria, porque empieza la serie de cuatro. Ni el término cuerpos “inanimados” ni el de cosas “inmóviles”, según traduce Wilson, dan una idea correcta de las palabras sánscritas empleadas. No es solamente la Filosofía Esotérica la que rechaza la idea de que haya átomos “inorgánicos”, pues también lo hace el Hinduismo ortodoxo. Además, Wilson mismo dice: “Todos los sistemas indos consideran a los cuerpos vegetales como dotados de vida” (29). Charâchara, o el sinónimo sthâvara y jangama, está, por lo tanto, inexactamente interpretado como “seres animados e inanimados”, “sencientes e inconscientes”, o “seres conscientes e inconscientes”, etcétera. “Móviles y fijos” sería mejor, “puesto que se atribuye alma a los árboles”. La Mukhya es la “creación”, o más bien evolución orgánica, del reino vegetal. En este Período Secundario, los tres grados de los reinos elementales o rudimentarios son desarrollados en este Mundo, correspondiendo, inversamente en orden, a las tres Creaciones Prakríticas, durante el Período Primario de la actividad de Brahmâ. Así como en aquel Período, según las palabras del Vishnu Purâna, “la primera creación fue la de Mahat o el Intelecto... La segunda fue la de los Principios Rudimentarios (Tanmâtras)... La tercera... la creación de los sentidos (Aindriyaka)”; así en éste, el orden de las Fuerzas Elementales es como sigue: 1º, los Centros de Fuerzas nacientes, intelectuales y físicos; 2º, los Principios Rudimentarios, la fuerza nervio, por decirlo así; y 3º, la Percepción naciente del conocimiento interior, que es el Mahat de los reinos inferiores, y está especialmente desarrollada en el tercer orden de Elementales; a estos sucede el reino objetivo de los minerales, en donde esa “percepción” es latente por completo, para desarrollarse de nuevo sólo en las plantas. La Creación Mukhya es, pues, el punto medio entre los tres reinos inferiores y los tres superiores, que representa los siete reinos esotéricos del Kosmos y de la Tierra. V. La Quinta Creación: La Creación (30) Tiryaksrotas o Tairyagyonya, la de los “animales (sagrados)”, que corresponde en la Tierra sólo a la creación de los animales mudos, Lo que se entiende por “animales” en la Creación primaria es el germen del despertar de la conciencia o de la “percepción del conocimiento interior”, lo que vagamente se observa en algunas plantas sensitivas sobre la Tierra, y más marcadamente en la Mónera protística (31). En nuestro Globo, durante la Primera Ronda, la “creación” animal precede a la del hombre, mientras que los animales mamíferos se desarrollan del hombre en nuestra Cuarta Ronda en el plano físico. En la Primera Ronda, los átomos animales son arrastrados hacia una cohesión de forma humana física; mientras que en la Cuarta ocurre lo contrario, de acuerdo con las condiciones magnéticas desarrolladas durante la vida. Y esto es la “Metempsicosis” (32). Este quinto Grado de Evolución, llamado exotéricamente “Creación”, puede considerarse, tanto en el Período Primario como en el Secundario, en el uno como lo espiritual y cósmico, y en el otro como lo material y terrestre. Es la archibiosis, u origen de la vida; “origen” tan sólo, por supuesto, en cuanto se refiere a la manifestación de la vida en todos los siete planos. En este período de la evolución es cuando el movimiento absolutamente eterno y universal, o vibración, lo que se llama “Gran Hálito” en lenguaje esotérico, se diferencia en el Átomo primordial, primero manifestado. A medida que las ciencias químicas y físicas progresa, este axioma oculto encuentra cada vez más su corroboración en el mundo del saber; la hipótesis científica, según la cual los elementos más simples de la materia son idénticos en su naturaleza, y sólo difieren unos de otros a consecuencia de las varias distribuciones de los átomos en la molécula o partícula de substancia, o a causa de los modos de su vibración atómica, gana cada día más terreno. Así, del mismo modo que la diferenciación del germen primordial de la vida tiene que preceder a la evolución del Dhyân Chohan del tercer Grupo o Jerarquía del Ser en la Creación Primaria, antes de que esos Dioses puedan revestirse en su primera forma etérea (rûpa), así también la creación animal tiene por la misma razón que preceder al “hombre divino” sobre la Tierra. Y he aquí por lo que vemos en los Purânas que “la quinta, la Creación Tairyagyonya, fue la de los animales”. VI. La Sexta Creación: La Creación Ûrdhvasrotas o la de las Divinidades. Mas esas Divinidades son simplemente los Prototipos de la Primera Raza, los Padres de su progenie de “huesos blandos”, “nacida de la mente”. Estos son los que se convirtieron en los Evolucionadores de los “Nacidos del Sudor”, expresión que se explica en los volúmenes V y VI. Los “Seres Creados” -explica el Vishnu Purâna-, “aun cuando son destruidos (en sus formas individuales) en los períodos de disolución, siendo afectados, sin embargo, por los actos buenos o malos de existencia anteriores, jamás quedan exentos de sus consecuencias. Y cuando Brahmâ produce de nuevo el mundo, son la progenie de su voluntad”. “Concentrando su mente en sí mismo (Voluntario-Yoga), Brahmâ crea los cuatro Órdenes de Seres denominados Dioses, Demonios, Progenitores y Hombres”; Progenitores significa aquí los Prototipos y Evolucionadores de la primera Raza Raíz de hombres. Los Progenitores son los Pitris, y son de Siete Clases. En la mitología exotérica se dice que han nacido del “costado de Brahmâ”, como Eva de la costilla de Adán. Finalmente, la “Creación Sexta” es seguida, y la “Creación “ en general se termina por: VII. La Séptima Creación: La evolución de los Seres Arvâksrotas, “que fue... la del hombre”. La “Octava Creación” mencionada no es Creación alguna; es un “velo”, pues se refiere a un proceso puramente mental, al conocimiento de la “Novena Creación”, la cual, a su vez, es un efecto que se manifiesta en la Secundaria, de lo que fue una “Creación” en la Creación Primaria (33) (Prâkrita). La Octava, pues, llamada Anugraha, la Creación Pratyayasarga o Intelectual de los Sânkhyas (34), es “la creación, de la cual tenemos una noción (en su aspecto esotérico), o a la cual prestamos consentimiento intelectual (Anugraha), en oposición a la creación orgánica”. Es la percepción correcta de nuestras relaciones con toda la serie de “Dioses”, y especialmente de aquellas que tenemos con los Kumâras, la llamada “Novena Creación”, que es en realidad un aspecto, o reflejo, de la Sexta en nuestro Manvántara (el Vaivasvata). “Existe una novena (creación), la Creación Kumâra, que es a la vez primaria y secundaria”, dice el Vishnu Purâna, el más antiguo de semejantes textos (35). Según explica un texto Esotérico: Los Kumâras son los Dhyânis, inmediatamente derivados del Principio Supremo, que reaparecen en el período de Vaivasvata Manu, para el progreso de la humanidad (36). El traductor del Vishnu Purâna lo corrobora, observando que “esos sabios... viven tanto tiempo como Brahmâ; y sólo son creados por él en el Primer Kalpa, aunque su generación es presentada muy comúnmente, pero no pertinentemente, en el Vârâha (Secundario) o Pâdma Kalpa”. Así los Kumâras son, exotéricamente, “la creación de Rudra o Nilalohita (una forma de Shiva) por Brahmâ... y de ciertos otros hijos nacidos de la mente de Brahmâ”. Pero, en la doctrina esotérica, son los progenitores del verdadero Yo espiritual en el hombre físico, los Prajâpatis superiores, mientras que los Pitris o Prajâpatis inferiores no son más que los Padres del modelo, o tipo de su forma física, hecho “a su imagen”. Cuatro (y a veces cinco) son mencionados libremente en los textos esotéricos, siendo secretos tres de los Kumâras. “Los cuatro Kumâras (son) los Hijos nacidos de la mente de Brahmâ. Algunos especifican siete” (37). Todos esos siete Vaisdhâtra, nombre patronímico de los Kumâras, “los Hijos del Hacedor”, son mencionados y descritos en el Sânkhya Kârikâ de Îshvara Krishna con el Comentario de Gaudapâdâchârya (Paraguru de Shankarâchârya) unido al mismo. Discute la naturaleza de los Kumâras, aunque se abstiene de mencionar por su nombre a todos los siete Kumâras; pero los llama, en cambio, “los siete hijos de Brahmâ”, lo que son, pues son creados por Brahmâ en Rudra. La lista de nombres que nos da es la siguiente: Sanaka, Sanandan, Sanâtana, Kapila, Ribhu y Panchashikha. Pero todos estos son también alias. Los cuatro exotéricos son Sanatkumâra, Sananda, Sanaka y Sanâtana; y los tres esotéricos Sana, Kapila y Sanatsujâta. Reclamamos de nuevo una atención especial a esta clase de Dhyân Chohans, porque aquí yace el misterio de la generación y herencia a que se hace alusión en el Comentario sobre la Estancia VII, al tratar de las Cuatro Órdenes de Seres Angélicos. El volumen III explica su situación en la Jerarquía Divina. Veamos, mientras tanto, lo que acerca de ellos dicen los textos exotéricos. Dicen poco; y para aquél que no acierta a leer entre líneas, nada. “Tenemos que recurrir aquí para la dilucidación de este término a otros Purânas”, observa Wilson, que ni por un momento sospecha que se halla en presencia de los “Ángeles de las Tinieblas”, el “gran enemigo” mítico de su Iglesia. Así pues, se esfuerza sólo en “dilucidar” que “aquellas (Divinidades) negándose a crear progenie (y rebelándose de este modo contra Brahmâ), permanecieron, como el nombre del primero (Sanatkumâra) implica, siempre niños, Kumâras; es decir, siempre puros e inocentes, por lo que llámase a su creación la Kaumâra”. Los Purânas, sin embargo, pueden quizás darnos un poco más de luz. “Siendo eternamente como cuando nació, es llamado aquí joven, y por consiguiente, es bien conocido su nombre como Sanatkumâra” (38). En los Shaiva Purânas, siempre se describe a los Kumâras como Yogins. El Kurma Purâna, después de enumerarlos, dice: “Aquellos cinco ¡oh Brahmanes! que lograron la completa exención de la pasión, eran Yogins”. Son cinco, porque dos de los Kumâras sucumben. Tan poco fieles son algunas traducciones de los orientalistas, que en la traducción francesa del Harivamsha se lee: “Los siete Prajâpati, Rudra, Skanda (su hijo) y Sanatkumâra procedieron a crear seres”. Mientras que, según muestra Wilson, el original dice: “Esos siete... crearon progenie; y así lo hizo Rudra, pero Skanda y Sanatkumâra, refrenando su poder, se abstuvieron (de crear)”. “Los cuatro órdenes de seres” son considerados algunas veces como refiriéndose a Ambhâmsi, que interpreta Wilson como “Aguas literalmente”, y cree que es un “término místico”. Sin duda alguna, así es; pero evidentemente no acertó a comprender el significado esotérico verdadero. Las “Aguas” y el “Agua” representan el símbolo de Âkâsha, el “Océano Primordial del Espacio” sobre el que Nârâyana, el Espíritu nacido en sí mismo, se mueve, reclinándose en la que es su progenie (39). “El Agua es el cuerpo de Nara; así hemos oído explicar el nombre del Agua. Como Brahmâ descansa sobre el Agua, por eso es apellidado Nârâyana” (40). “El puro, Purusha, creó las Aguas puras”. El Agua es al mismo tiempo el Tercer Principio en el Kosmos material, y el tercero en el reino de lo espiritual: el Espíritu del Fuego, la Llama, el Âkâsha, el Éter, el Agua, el Aire, la Tierra, son los principios cósmicos siderales, psíquicos, espirituales y místicos, preeminentemente ocultos, en cada plano del ser. “Dioses, Demonios, Pitris y Hombres” son los cuatro órdenes de seres a quienes se aplica el término Ambhâmsi, porque todos son el producto de las Aguas (místicamente), del Océano Akâshico, y del Tercer principio en la Naturaleza. En los Vedas es un sinónimo de Dioses. Los Pitris y los Hombres en la Tierra son las transformaciones o renacimientos de Dioses y Demonios (Espíritus) de un plano superior. El agua es, en otro sentido, el principio femenino. Venus Afrodita es el mar personificado y la Madre del Dios del Amor, la Generadora de todos los Dioses, de igual modo que la Virgen María cristiana es Mare, el Mar, la Madre del Dios occidental del Amor, de la Compasión y la Caridad. Si el estudiante de Filosofía Esotérica piensa profundamente sobre el asunto, verá seguramente cuán significativo es el término Ambhâmsi en sus múltiples relaciones con la Virgen del Cielo, con la Virgen Celestial de los alquimistas, y hasta con las “Aguas de la Gracia” de los bautistas modernos. Entre todas las siete grandes divisiones de Dhyân Chohans o Devas, no existe ninguna con la que se halle tan relacionada la humanidad como con los Kumâras. Imprudentes son los teólogos cristianos que los han rebajado a la categoría de Ángeles Caídos, y que ahora los llaman Satán y Demonios; pues entre esos moradores celestes que se “niegan a crear”, hay que señalar uno de los sitios más prominentes al Arcángel Miguel, el Santo patrón más grande de los Iglesias occidentales y orientales, bajo su nombre doble de San Miguel y su copia supuesta sobre la tierra, San Jorge venciendo al Dragón. Los Kumâras, los hijos nacidos de la Mente de Brahmâ-Rudra, o Shiva, en lenguaje místico el rugiente y terrorífico destructor de las pasiones humanas y de los sentidos físicos, que siempre marchan hacia el desarrollo de las percepciones espirituales superiores y hacia el crecimiento del hombre interno eterno, son la progenie de Shiva, el Mahâyogi, el gran patrón de todos los yoguis y místicos de la India. Shiva-Rudra es el Destructor, así como Vishnu es el Conservador; y ambos son los Regeneradores, tanto de la Naturaleza espiritual como de la física. Para vivir como planta, debe morir la semilla. Para vivir como una entidad consciente en la Eternidad, las pasiones y sentidos del hombre deben morir antes que su cuerpo. Que “vivir es morir y morir es vivir” se ha comprendido muy poco en Occidente. Shiva, el Destructor, es el Creador y Salvador del Hombre Espiritual, así como el buen jardinero de la Naturaleza. Escarda las plantas humanas y cósmicas, y mata las pasiones del hombre físico para llamar a la vida las percepciones del hombre espiritual. Los Kumâras mismos, siendo pues los “ascetas vírgenes”, se niegan a crear al ser material Hombre. Bien puede sospecharse que se relacionan directamente con el Arcángel cristiano Miguel, el “combatiente virgen” del Dragón Apophis, cuyas víctimas son todas las Almas demasiado vagamente unidas a su Espíritu inmortal, el Ángel que, como lo indican los gnósticos, se negó a crear, exactamente como lo hicieron los Kumâras. ¿Acaso no preside ese Ángel patrón de los judíos, sobre Saturno (Shiva o Rudra), y el Sabbath, el día de Saturno? ¿No le representan como de la misma esencia que su Padre (Saturno), y no es llamado el Hijo del Tiempo, Cronos o Kâla, una forma de Brahmâ (Vishnu y Shiva)? ¿Y acaso no es idéntico el Anciano tiempo de los griegos con su guadaña y reloj de arena, al Anciano de los Días de los Kabalistas, siendo este último “Anciano” el mismo Anciano de los Días indo, Brahmâ, en su forma trina, cuyo nombre también es Sanat, el Anciano? Cada Kumâra lleva el prefijo de Sanat y Sana. Y Shanaishchara es Saturno, el planeta Shani, el Rey Saturno, cuyo secretario entre los egipcios era Thot-Hermes, el primero. De este modo hállanse identificados tanto con el planeta como con el Dios (Shiva), los que a su vez se nos muestran ser los prototipos de Saturno, que es igual a Bel, Baal, Shiva y Jehovah Sabbaoth, el Ángel de la Faz de quien Mikael es ... “quien (es) como Dios”. Él es el patrón y Ángel Custodio de los judíos, como nos dice Daniel; y antes de que fuesen degradados los Kumâras, por aquellos que ignoraban su nombre mismo, a Demonios y Ángeles Caídos, los ofitas griegos, los ocultamente inclinados predecesores y precursores de la Iglesia Católica Romana, después de su escisión y separación de la Iglesia griega primitiva, ya habían identificado a Miguel con su Ophiomorphos, el espíritu rebelde y opuesto. Esto no significa otra cosa que el aspecto inverso, simbólicamente, de Ophis, la Sabiduría Divina o Christos. En el Talmud, Miguel es el “Príncipe del Agua” y el Jefe de los Siete Espíritus, por la misma razón que uno de sus muchos prototipos Sanatsujâta, el jefe de los Kumâras, es llamado Ambhâmsi, las “Aguas”, según el comentario sobre el Vishnu Purâna. ¿Por qué? Porque las Aguas es otro nombre del gran Profundo, las Aguas Primordiales del Espacio, o el Caos, y también significa la Madre, Ambâ, significando Aditi y Âkâsha, la Virgen-Madre Celestial del Universo visible. Además, las “Aguas del Diluvio “ también son llamadas el “Gran Dragón “ u Ophis, Ophiomorphos. En el volumen III se tratará de los Rudras en su carácter septenario de “Espíritus del Fuego”, en el “Simbolismo” relacionado con las estancias. Allí también consideraremos la Cruz ( 3 + 4) bajo sus formas primitivas y posteriores, y emplearemos, como medio de comparación, los números pitagóricos a la par de la metrología hebrea. De este modo resultará evidente la importancia inmensa del número siete, como número fundamental de la Naturaleza. Lo examinaremos desde el punto de vista de los Vedas y de las Escrituras caldeas; como existió en Egipto miles de años antes de Jesucristo, y según se halla tratado en los anales gnósticos; mostraremos que su importancia como número fundamental ha sido reconocida en la ciencia física; y trataremos de probar que la importancia prestada al número siete a través de toda la antigüedad no fue debida a fantásticas imaginaciones de sacerdotes incultos, sino a un conocimiento profundo de la Ley Natural. SECCIÓN XIV LOS CUATRO ELEMENTOS Metafísica y esotéricamente, sólo existe Un Elemento en la Naturaleza, y en la raíz de él está la Deidad. Los llamados siete Elementos, de los cuales cinco ya han manifestado y afirmado su existencia, son la vestidura, el velo de esa Deidad, de cuya esencia viene directamente el Hombre, bien se le considere física, psíquica, mental o espiritualmente. En tiempos no muy lejanos, sólo se hablaba generalmente de cuatro Elementos, mientras que en filosofía sólo se admiten cinco. Pues el cuerpo del Éter no está completamente manifestado aún, y su nóumeno es todavía el “Padre AEther Omnipotente”, la síntesis del resto. Pero ¿qué son los Elementos, cuyos cuerpos compuestos contienen, según han descubierto ahora la Química y la Física, subelementos innumerables que ya no pueden ser abarcados por los sesenta o setenta que se habían calculado? Sigamos su evolución, al menos desde su principio histórico. Los cuatro Elementos fueron plenamente caracterizados por Platón, cuando dijo que era aquello “que compone y descompone los cuerpos compuestos”. Por lo tanto, jamás fue la Cosmolatría, aun bajo su peor aspecto, el fetichismo que adora o rinde culto a la forma y materia pasiva externa de cualquier objeto, sino que siempre contemplaba en ellos al Nóumeno. El Fuego, el Aire, el Agua, la Tierra, eran tan sólo la vestidura visible, los símbolos de las Almas o Espíritus animadores invisibles; los Dioses Cósmicos, a quienes el hombre ignorante rendía culto, y el sabio sencillo, pero respetuoso, reconocimiento. A su vez, las subdivisiones fenomenales de los Elementos noumenales eran animadas por los llamados Elementales, los “Espíritus de la Naturaleza”, de grados inferiores. En la Teogonía de Môchus vemos primero al Éter, y después al Aire; los dos principios de los cuales nace Ulom, el Dios Inteligible (...), el Universo visible de la Materia (1). En los himnos órficos, el Erôs-Phanes se desenvuelve del Huevo Espiritual, que los Vientos AEthéreos impregnan, siendo el Viento el “Espíritu de Dios”, del que se dice que se mueve en el AEther, “que incuba al Caos”, la Idea Divina. En el Katha Upanishad indo, Purusha, el Espíritu Divino, hállase ya ante la Materia Original, y de la unión de ambos surge la Gran Alma del Mundo, “Mahâ-Âtmâ, Brahman, el Espíritu de Vida” (2); siendo también idénticas estas últimas denominaciones al Alma Universal o Ánima Mundi; constituyendo la Luz Astral de los Teurgistas y Kabalistas, su división última e inferior. Los Elementos (...) de Platón y Aristóteles eran, pues, los principios incorpóreos asignados a las cuatro grandes divisiones de nuestro Mundo cósmico, y con justicia define Creuzer esas creencias primitivas como “una especie de magismo, un paganismo psíquico, y una deificación de potencias; una espiritualización que colocaba a los creyentes en estrecha comunidad con esas potencias” (3). Tan estrecha, por cierto, que las Jerarquías de esas Potencias, o Fuerzas, han sido clasificadas en una escala graduada de siete, desde lo ponderable hasta lo imponderable. Son septenarias, no como un medio artificial para facilitar su comprensión, sino en su verdadera gradación cósmica, desde su composición química o física hasta la puramente espiritual. Dioses para las masas ignorantes; Dioses independientes y supremos; Demonios para los fanáticos, quienes, por intelectuales que sean, son incapaces de comprender el espíritu de la sentencia filosófica, in pluribus unum. Para el filósofo Hermético, son Fuerzas relativamente “ciegas” o “inteligentes”, según con cuál de sus principios trata. Miles de años transcurrieron antes de verse degradadas al fin, en nuestro culto siglo, a simples elementos químicos. De todos modos, los buenos cristianos, y especialmente los protestantes bíblicos, debieran tributar a los Cuatro Elementos mayor veneración, si es que quieren conservar alguna por Moisés. Pues la Biblia pone de manifiesto, en cada página del Pentateuco, la consideración y significado místico, en que ellos (los Cuatro Elementos) eran tenidos por el Legislador Hebreo. El pabellón que contenía al Sanctasantórum era un Símbolo Cósmico, consagrado, en uno de sus significados, a los Elementos, a los cuatro puntos cardinales, y al Éter. Josefo lo describe como de color blanco, el color del Éter. Y esto también explica por qué en los templos egipcios y hebreos, según Clemente de Alejandría (4), una cortina gigantesca, sostenida por cinco columnas, separaba al Sanctasantórum -representado ahora por el altar en las iglesias Cristianas-, en que sólo a los sacerdotes les era permitido penetrar, de la parte accesible a los profanos. Por sus cuatro colores, esa cortina simbolizaba los cuatro Elementos principales, y con las cinco columnas significaba el conocimiento de lo divino que el hombre es capaz de adquirir mediante los cinco sentidos, con ayuda de los cuatro Elementos. En Ancients Fragments, de Cory, uno de los “Oráculos caldeos” expresa ideas acerca de los elementos y el Éter, en lenguaje que se asemeja de modo extraño al del The Unseen Universe, escrito por dos sabios eminentes de nuestra época. Él afirma que del Éter han venido todas las cosas, y que al mismo volverán todas; que las imágenes de todas las cosas quedan impresas en él de una manera indeleble; y que es el depósito de los gérmenes, o de los restos de todas las formas visibles, y hasta de las ideas. Esto parece corroborar de sorprendente modo nuestra afirmación de que, cualesquiera sean los descubrimientos que puedan hacerse en nuestros días, siempre se encontrará que nuestros “sencillos antepasados” se han anticipado a nosotros en muchos miles de años. ¿De dónde vinieron los Cuatro Elementos y los Malachim de los hebreos? Por un teológico juego de manos de los rabinos y los Padres de la Iglesia posteriores, han sido fundidos en Jehovah; pero su origen es idéntico al de los Dioses Cósmicos de todas las demás naciones. Sus símbolos, ya hayan nacido estos a orillas del Oxus, en las ardientes arenas del Alto Egipto, o bien en los extraños y salvajes bosques glaciales que cubren las faldas y cumbres de las sagradas montañas nevadas de la Tesalia, o por fin en las pampas de América; sus símbolos, repetimos, cuando se remontan a su origen, son siempre uno y el mismo. Ya fuese egipcio o pelásgico, ario o semítico, el Genius Loci, el Dios local, abarcaba en su unidad a toda la Naturaleza; pero no especialmente a los cuatro elementos, como tampoco a una de sus creaciones, como los árboles, ríos, montañas o estrellas. El Genius Loci, pensamiento muy posterior de las últimas subrazas de la Quinta Raza Raíz, cuando el significado primitivo y grandioso húbose perdido casi por completo, fue siempre el representante, en sus acumulados títulos, de todos sus colegas. Era el Dios del Fuego, simbolizado por el trueno como Jove o Agni; el Dios del Agua, simbolizado por el toro fluvial, o cualquier río o fuente sagrados, como Varuna, Neptuno, etc.; el Dios del Aire, que se manifiesta en el huracán y la tempestad, como Vayu e Indra; y el Dios o Espíritu de la Tierra, que aparecía en los terremotos, como Plutón, Yama y tantos otros. Estos eran los Dioses Cósmicos, sintetizándose siempre todos en uno, como sucede en toda cosmogonía o mitología. Así, los griegos tenían a su Júpiter Dodóneo, que incluía en sí mismo a los cuatro Elementos y los cuatro puntos cardinales, y al que reconocía, por consiguiente, en la Roma antigua, bajo el título panteístico de Júpiter Mundus; el que ahora, en la Roma moderna, se ha convertido en el Deus Mundus, el Dios del Mundo, al que representan en la teología última, en virtud de la decisión arbitraria de sus ministros especiales, absorbiendo a todos los demás. Como Dioses del Fuego, del Aire y del Agua, eran Dioses Celestes; como Dioses de la Región Inferior, eran Deidades Infernales; este último adjetivo, aplicándose simplemente a la Tierra. Eran ellos “Espíritus de la Tierra” bajo sus respectivos nombres de Yama, Plutón, Osiris, el “Señor del Reino Inerior”, etc., y su carácter telúrico lo demuestra suficientemente. La mansión peor después de la muerte que los antiguos conocían, era el Kâma Loka, el Limbo sobre esta Tierra (5). Si se nos arguye que el Júpiter Dodóneo era identificado con Dis, o el Plutón romano con el Dionysus Chthonius, el Subterráneo, y con Aidoneus, el Rey del Mundo Subterráneo, donde, según Creuzer (6), se pronunciaban los oráculos, entonces tendrán los ocultistas el placer de probar que, tanto Aidoneus como Dionisio son las bases de Adonai, o Iurbo-Adonai, según llaman a Jehovah en el Codex Nazaroeus. “No debes rendir culto al Sol, que es llamado Adonai, cuyo nombre es también Kadush y El-El” (7), y también “Señor Baco”. El Baal-Adonis de los Sôds, o Misterios de los judíos prebabilónicos, se convirtió en el Adonai por la Massorah, el Jehovah posterior con vocales. Por lo tanto, los católicos romanos tienen razón. Todos esos Júpiter pertenecen a la misma familia; pero Jehovah tiene que ser incluido en ella para que resulte completa. El Júpiter Aërius o Pan, el Júpiter-Ammon y el Júpiter-Bel-Moloch, son todos correlaciones de Iurbo Adonai, y con él forman uno solo, porque todos ellos son una Naturaleza Cósmica. Esa Naturaleza y ese Poder que crea el símbolo específico terrestre, y el edificio físico y material de aquél, demuestran que la Energía se manifiesta por su medio como extrínseca. Pues la religión primitiva era algo más y mejor que una simple preocupación sobre los fenómenos físicos, como observó Schelling; y principios más elevados que los que nosotros, saduceos modernos, conocemos, “estaban ocultos bajo el transparente velo de divinidades puramente naturales, como el trueno, los vientos y la lluvia”. Los antiguos conocían y podían distinguir los Elementos corporales de los espirituales, en las Fuerzas de la Naturaleza. El cuádruple Júpiter, lo mismo que el Brahmâ de cuatro caras, el Dios aéreo, el fulgurante, el terrestre y el marino, el dueño y señor de los cuatro Elementos, puede indicarse como representante de los grandes Dioses Cósmicos de cada nación. Aunque encomendó el poder sobre el fuego a Hephaestus-Vulcano, sobre el mar a Poseidón-Neptuno, y sobre la Tierra a Plutón-Aidoneus, el Jove Aéreo siguió siendo todo esto; pues, desde el principio, el AEther tenía predominio sobre todos los Elementos, y era la síntesis de ellos. La tradición habla de una gruta, vasto subterráneo en los desiertos del Asia Central, en que penetra la luz a través de cuatro aberturas al parecer naturales, o grietas que cruzan los cuatro puntos cardinales. Desde el mediodía hasta una hora antes de la puesta del sol, la luz pasa por ellas, de cuatro colores distintos, que según se dice son el rojo, el azul, el naranja-dorado y el blanco, efecto de condiciones especiales de vegetación y suelo, bien sea naturales o artificialmente preparadas. La luz converge en el centro en derredor de un pilar de mármol blanco, con un globo sobre el mismo, que representa a nuestra tierra. Llámase la “Gruta de Zaratushtra”. La Cuarta Raza, los Atlantes, incluían en sus artes y ciencias la manifestación fenomenal de los Cuatro Elementos, que asumió así un carácter científico, y que atribuían con razón a la intervención inteligente de los Dioses Cósmicos. La Magia de los sacerdotes antiguos consistía, en aquellos tiempos, en dirigirse a sus Dioses en el propio lenguaje de estos. El lenguaje de los hombres de la Tierra no puede alcanzar a los Señores. A cada uno debe hablársele en el lenguaje de su Elemento respectivo. Así dice el Libro de las Reglas, en una sentencia que, como se verá, encierra un sentido profundo, añadiendo la siguiente explicación de la naturaleza de ese lenguaje del elemento: Está compuesto de SONIDOS, no de palabras; de sonidos, números y figuras. El que sepa combinar los tres, atraerá la respuesta del Poder director (el Dios-Regente del Elemento específico requerido). Así pues, ese “lenguaje” es el de los encantos o mantras, como los llaman en la India, siendo el sonido el agente mágico más potente y eficaz, y la primera de las claves que abren la puerta de comunicación entre los Mortales e Inmortales. El que cree en las palabras y enseñanzas de San Pablo, no tiene el derecho a escoger de entre ellas sólo aquellas sentencias que ha decidido aceptar, excluyendo las demás; y San Pablo enseña del modo más innegable la existencia de Dioses Cósmicos y su presencia entre nosotros. El Paganismo predicaba una evolución doble y simultánea, una “creación” spiritualem ac mundanum, según la llama la Iglesia Romana, edades antes del advenimiento de esa Iglesia. Poco ha cambiado la fraseología exotérica con respecto a las Jerarquías Divinas desde los días más gloriosos del Paganismo, o la “Idolatría”. Sólo han cambiado los nombres, unidos a pretensiones que se han convertido ahora en falsos pretextos. Porque cuando Platón, por ejemplo, pone en boca del Principio Superior (el Padre AEther o Júpiter) las palabras, “los Dioses de los Dioses de quienes soy el hacedor, así como soy el padre de todas sus obras”, conocía el espíritu de esta sentencia tan completamente, se nos figura, como San Pablo cuando dice: “Pues aunque haya algunos que son llamados Dioses, ya en el Cielo ya en la Tierra, y así se cuentan muchos Dioses y muchos Señores...” (8). Ambos conocían el sentido y el significado de lo que manifestaban en términos tan reservados. No pueden los protestantes atacarnos por interpretar el versículo de los Corintos como lo hacemos; pues, si la traducción de la Biblia inglesa resulta ambigua, no sucede así en los textos originales, y la Iglesia Católica Romana acepta las palabras del Apóstol en su verdadero sentido. Véase, como prueba de ello, lo que dice San Dionisio, el Areopagita, que fue “directamente inspirado por el Apóstol”, y “que escribió bajo su dictado”, como nos asegura el Marqués de Mirville, cuyas obras son aprobadas por Roma, y que comentando aquel versículo especial, dice: “Y aunque hay (de hecho) los llamados Dioses, porque parece que realmente hay varios Dioses, con todo, y a pesar de ello, el Dios Principio y el Dios Superior no deja de ser esencialmente uno e indivisible” (9). Así hablaron también los antiguos Iniciados, sabiendo que el culto de los Dioses menores jamás podría afectar el “Dios Principio” (10). Sir W. Grove, F. R. S., hablando de la correlación de fuerzas, dice: Cuando los antiguos eran testigos de un fenómeno natural que se apartaba de las analogías ordinarias y que ninguna acción mecánica de ellos conocida podría explicar lo atribuían a un alma, a un poder espiritual o sobrenatural... El aire y los gases también fueron considerados espirituales en un principio, pero posteriormente fueron investidos de un carácter más material; y las mismas palabras ..., espíritu, etc., se emplearon para significar el alma o un gas; la palabra misma gas, de geist, un fantasma o espíritu, nos ofrece un ejemplo de la transmutación gradual de un concepto espiritual, en concepto físico (11). El gran hombre de ciencia considera, en el prefacio a la sexta edición de su obra, que sólo en estos (fenómenos) debe entender la Ciencia exacta, la cual no tiene para qué mezclarse con las causas. Causa y efecto son, por consiguiente, en su relación abstracta con esas fuerzas, simples palabras de conveniencia. desconocemos totalmente el poder generador último de cada una y de todas ellas, y probablemente siempre seguiremos lo mismo; sólo podemos comprobar la norma de su acción; debemos atribuir humildemente su origen a una influencia omnipresente, y contentarnos con estudiar sus efectos y hacernos cargo, por el experimento, de sus relaciones mutuas (12). Una vez aceptada esta actitud, y virtualmente admitido el sistema en las palabras arriba citadas, principalmente la espiritualidad del “poder generador último”, sería ilógico en extremo negarse a reconocer esta cualidad (que es inherente en los elementos materiales, o más bien en sus compuestos), como presente en el fuego, en el aire, en el agua o en la tierra. Tan bien conocían los Antiguos esos poderes, que a la par que ocultaban su verdadera naturaleza bajo alegorías diversas, en beneficio, o detrimento, del populacho ignorante, nunca se apartaban del múltiple objeto propuesto cuando los confundían de intento. Resolvieron echar un espeso velo sobre el núcleo de verdad oculta por el símbolo; mas siempre se esforzaron en conservar éste como dato para las futuras generaciones, bastante transparente para permitir a sus sabios discernir la verdad tras la forma fabulosa del mito o de la alegoría. Esos antiguos sabios son acusados de superstición y credulidad; ¡y esto por las mismas naciones, que aun cuando instruidas en todas las artes y ciencias modernas, cultas y sabias en su generación, admiten hasta hoy día al antropomórfico “Jehovah” de los judíos, como su único Dios vivo e infinito! ¿Qué eran algunas de esas pretendidas “supersticiones”? Hesíodo, por ejemplo, creía que “los vientos eran los hijos del Gigante Typhoeus”, que eran encadenados y desencadenados a voluntad por Eolo; y los griegos politeístas lo aceptaban con Hesíodo. ¿Y por qué no, cuando los judíos monoteístas tenían las mismas creencias, con otros nombres para sus dramatis personae, y cuando los cristianos creen actualmente lo mismo? Los Eolo, Bóreas, etc., hesiódicos, eran llamados Kedem, Tzephum, Derum y Ruach Hayum, por el “pueblo elegido” de Israel. ¿Cuál es, pues, la diferencia fundamental? Mientras se enseñaba a los helenos que Eolo ataba y desataba los vientos, los judíos creían con el mismo fervor que su Señor Dios, “con ‘humo’ saliendo de sus narices, y fuego de su boca... cabalgaba sobre un querubín y volaba; y se lo veía en alas del viento” (13). Las expresiones de las dos naciones, o bien son ambas figuras de lenguaje, o supersticiones. Pensamos que no son lo uno ni lo otro; sino que nacieron sólo de un sentimiento profundo de unidad con la Naturaleza, y de una percepción de lo misterioso e inteligente tras de cada fenómeno natural, que los modernos ya no poseen. Ni tampoco era “superstición” por parte de los paganos griegos, escuchar al oráculo de Delfos, cuando, al acercarse la escuadra de Jerjes, les aconsejó aquel oráculo que “sacrificasen a los vientos”, si lo mismo debe considerarse como culto divino al tratarse de los israelitas, quienes con tanta frecuencia sacrificaban al viento y también al fuego en particular. ¿Acaso no dicen ellos que su “Dios es fuego abrasador” (14) que aparecía generalmente como fuego y “circundado por el fuego”? ¿Y no buscó Elías al “Señor” en el “gran viento y en el temblor de la tierra”? ¿No repiten los cristianos lo mismo a imitación de aquéllos? ¿No sacrifican, además, en la actualidad, al mismo “Dios del Viento y del Agua”? Lo hacen; porque actualmente existen oraciones especiales para la lluvia, el tiempo seco, los vientos favorables y la calma de las tempestades en los mares, en los devocionarios de las tres Iglesias cristianas; y los varios centenares de sectas pertenecientes a la religión protestante ofrecen aquéllas a su Dios en toda amenaza de calamidad. El que permanezcan tales oraciones sin respuesta por parte de Jehovah, como probablemente sucedía con Júpiter Pluvius, no altera el hecho de que esas oraciones se dirigen al Poder o Poderes que se supone rigen a los Elementos, o de que esos poderes son idénticos en el Paganismo y el Cristianismo; o ¿es que hemos de creer que semejantes oraciones son una grosera idolatría y una “superstición” absurda sólo cuando las dirija un pagano a su “ídolo”, y que la misma superstición se transforma repentinamente en “laudable piedad” y “religión” cuando cambia el nombre del destinatario celeste? Pero el árbol se conoce por su fruto. Y no siendo mejor el fruto del árbol cristiano que el del árbol del paganismo, ¿por qué habría de imponer el primero mayor respeto que el último? Así es que cuando el Caballero Drach, judío renegado, y el Marqués De Mirville, fanático católico Romano, perteneciente a la aristocracia francesa, nos dicen que “relámpago” en hebreo es un sinónimo de “ira”, y que siempre es manejado por el Espíritu “maligno”; que Júpiter Fulgur o Fulgurante también es llamado Elicio por los cristianos, y declarado ser el “alma del relámpago”, su Demonio (15); hemos de aplicar la misma explicación y definiciones al “Señor Dios de Israel”, bajo las mismas circunstancias, o renunciar a nuestro derecho de atacar a los Dioses y creencias de las otras naciones. Como las anteriores afirmaciones parten de dos católicos romanos ardientes e ilustrados, son, cuando menos, peligrosas, en presencia de la Biblia y sus profetas. Verdaderamente, si Júpiter, “el demonio principal de los griegos paganos”, lanzaba sus rayos y relámpagos mortíferos sobre los que excitaban su cólera, así también lo hacía el Señor Dios de Abraham y Jacob. Pues he aquí lo que leemos: Tronó el Señor desde el cielo. Al Altísimo hizo resonar su voz. Arrojó flechas (rayos), y los dispersó (a los ejércitos de Saúl); y los derrotó (16). Echan en cara a los atenienses el haber sacrificado a Bóreas; y este “Demonio” es acusado de haber sumergido y destruido 400 buques de la escuadra persa contra las rocas del Monte Pelion, y de haberse enfurecido de tal modo, que todos los magos de Jerjes difícilmente lograron contenerle, ofreciendo contrasacrificios a Thetis (17). Afortunadamente, no se encuentra ejemplo alguno auténtico, en los anales de las guerras cristianas, que refiera una catástrofe semejante sucediendo a una escuadra cristiana, debido a las “oraciones” de otra nación cristiana, su enemiga. Pero no es por culpa suya, porque cada cual reza tan fervorosamente a Jehovah pidiéndole la destrucción de la otra, como lo hacían los atenienses a Bóreas. Ambos recurrían a una evidente funcionilla de magia negra, con amore. No pudiendo fácilmente atribuirse semejante abstención de la intervención divina a falta de oraciones dirigidas a un Dios común. Todopoderoso para la destrucción mutua, ¿dónde, pues, hemos de trazar la línea divisoria entre paganos y cristianos? ¿Y quién puede dudar de que la protestante Inglaterra en masa se regocijaría y ofrecería gracias al Señor si durante alguna guerra futura 400 buques de la flota enemiga naufragasen debido a tales oraciones? ¿Cuál es, pues -preguntamos nuevamente-, la diferencia entre un Júpiter, un Bóreas y un Jehovah? Ninguna, salvo la siguiente: El crimen de un próximo pariente nuestro, por ejemplo, de nuestro padre, siempre encuentra excusa y a veces encomio, mientras que el crimen cometido por el pariente de nuestro vecino siempre es castigado a satisfacción con la horca. Sin embargo, el crimen es el mismo. En este punto, las “bendiciones del Cristianismo” no parecen haber hecho progresar de un modo apreciable la moral de los paganos convertidos. Lo que antecede no es una defensa de los Dioses paganos, ni un ataque a la Deidad cristiana, ni tampoco significa creencia en alguna de las dos. La escritora es completamente imparcial, y rechaza el testimonio en favor de uno y de otro, no rogando, ni creyendo, ni temiendo a ningún Dios “personal” y antropomórfico semejante. Sencillamente establece un paralelo, como exhibición muy curiosa del fanatismo ilógico y ciego del teólogo civilizado. Porque, hasta ahora, no se ve una gran diferencia entre las dos creencias, y no existe ninguna en sus respectivos efectos sobre la moralidad, o la naturaleza espiritual. La “luz de Cristo” resplandece ahora sobre los mismos repugnantes aspectos del hombre animal, que lo hacía la “luz de Lucifer” en la antigüedad. El misionero Lavoisier dice en el Journal des Colonies: ¡Aquellos desgraciados paganos consideran en su superstición hasta a los elementos mismos como algo dotado de inteligencia!... Aun tienen fe en su ídolo Vâyu, el Dios o más bien el Demonio del Viento y del Aire... creen firmemente en la eficacia de sus oraciones y en los poderes de sus brahmanes sobre los vientos y tempestades. En contestación a esto, podemos citar de Lucas: “Y él (Jesús) se levantó y amenazó al viento y a la tormenta, que cesaron luego, y siguióse la calma” (18). Y he aquí otra cita de un Libro de Oraciones: “¡Oh Virgen del Mar, bendita Madre y Señora de las aguas, calma tus olas!” Esta oración de los marineros napolitanos y provenzales está textualmente copiada de la de los marineros fenicios a su Diosa-Virgen Astarté. La conclusión lógica e inevitable que resulta de los paralelos que presentamos, y de lo que revela el misionero, es que, no siendo “ineficaces” las órdenes de los brahmanes a sus Dioses-Elementos, el poder de los brahmanes se encuentra colocado de este modo al mismo nivel que el de Jesús. Además, el poder de Astarté en nada cedía al de la “Virgen del Mar” de los marineros cristianos. No basta dar a un perro un nombre malo y ahorcarlo después; es preciso demostrar que el perro ha cometido una falta. Bóreas y Astarté podrán, en la imaginación teológica, ser “Diablos”; mas como acabamos de observar, por su fruto hemos de juzgar al árbol. Y desde el momento en que se demuestra que los cristianos son tan inmorales y perversos como pudieron serlo los paganos, ¿qué provecho ha sacado la Humanidad de su cambio de Dioses e Ídolos? Lo que Dios y los Santos cristianos pueden hacer justificadamente, conviértese, tratándose de simples mortales, en un crimen, si lo consiguen. La brujería y los encantos son considerados ahora como fábulas; sin embargo, desde las instituciones de Justiniano hasta las leyes de Inglaterra y América contra la brujería -anticuadas, pero no abolidas hoy día-, tales encantos, aun cuando sólo se sospechase su existencia, eran castigados como crímenes. ¿Por qué castigar una quimera? Y no obstante leemos que Constantino el Emperador sentenció a muerte al filósofo Sopatro por “desencadenar los vientos” e impedir de este modo que barcos cargados de granos llegasen a tiempo para poner término al hambre. Pausanias es objeto de burla cuando afirma que vio con sus propios ojos a “hombres que, por medio de simples oraciones y encantamientos”, contuvieron una violenta tempestad de granizo. Esto no impide a los escritores cristianos modernos aconsejar la oración durante la tempestad y el peligro, y creer en su eficacia. Hoppo y Stadlein, dos magos y brujos, fueron sentenciados a muerte apenas hace un siglo, por “hechizar fruta” y trasladar por arte mágico una cosecha de un campo a otro, si hemos de creer a Sprenger, el célebre escritor que lo testifica: “Qui fruges excantassent segetem pellicentes incantando”. Concluyamos recordando al lector que, sin la menor sombra de superstición, puede uno creer en la naturaleza dual de todo ob jeto sobre la Tierra, en la Naturaleza espiritual y material, visible e invisible; y que la Ciencia lo prueba virtualmente, al mismo tiempo que niega su propia demostración. Pues, si como Sir William Grove dice, la electricidad que manejamos es tan sólo el resultado de la materia común afectada por algo invisible, el “poder generador último” de toda Fuerza, la “influencia única omnipresente”, es natural entonces que creamos como los antiguos, a saber: que cada Elemento es dual en su naturaleza. “El Fuego Etéreo es la Emanación del Kabir mismo; el Aéreo es tan sólo la unión (correlación) del primero con el Fuego Terrestre, y su dirección y aplicación sobre nuestro plano terrestre pertenece a un Kabir de menor dignidad”, quizás a un Elemental, como lo llamaría un ocultista; y lo mismo puede decirse de todo Elemento Cósmico. Nadie negará que el ser humano posee varias fuerzas, magnética, simpática, antipática, nerviosa, dinámica, oculta, mecánica, mental; en una palabra, toda clase de fuerzas; y que las fuerzas físicas son todas biológicas en su esencia, puesto que se entremezclan y se funden con frecuencia con aquellas fuerzas que hemos llamado intelectuales y morales, siendo las primeras los vehículos, por decirlo así, los upâdhis, de las segundas. Nadie que no niegue el alma en el hombre dudará en decir que la presencia y mezcla de aquéllas son la esencia misma de nuestro ser; que ellas constituyen, de hecho, el Ego en el hombre. Esas potencias tienen sus fenómenos fisiológicos, físicos, mecánicos, así como nerviosos, extáticos, clariauditivos y clarividentes, que son considerados y reconocidos ahora como perfectamente naturales, aun por la Ciencia misma. ¿Por qué habría de ser el hombre la única excepción en la Naturaleza, y por qué no pueden tener hasta los mismos Elementos sus Vehículos, sus Vâhanas, en lo que llamamos las fuerzas Físicas? Y sobre todo, ¿por qué ha de llamarse “superstición” a tales creencias, así como a las religiones del pasado? SECCIÓN XV SOBRE KWAN-SHI-YIN Y KWAN-YIN Lo mismo que Avalokiteshvara, Kwan-Shi-Yin ha pasado por varias transformaciones; pero es un error decir de él que es una invención moderna de los buddhistas del Norte, pues ha sido conocido bajo otro nombre, desde los tiempos más remotos. enseña la Doctrina Secreta que: “Aquél que es el primero en aparecer en la Renovación, será el último en venir antes de la Reabsorción” (Pralaya). Así los Logos de todas las naciones, desde el Vishvakarman Védico de los Misterios, hasta el Salvador de las naciones civilizadas presentes, son el “Verbo” que existía en el “Principio”, o el nuevo despertar de los Poderes vivificadores de la Naturaleza, con el ABSOLUTO ÚNICO. Nacido del Fuego y del Agua, antes de que estos se convirtiesen en Elementos distintos, Él fue el “Hacedor”, el formador o modelador de todas las cosas. “Sin él nada hecho existía de lo que fue hecho. En él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres”, y finalmente puede llamarse lo que él siempre ha sido: el Alpha y la Omega de la Naturaleza Manifestada. “El gran Dragón de la Sabiduría ha nacido del Fuego y del Agua, y en el Fuego y el Agua todo será reabsorbido con él” (1). Aunque se dice de este Bodhisattva que “Asume cualquier forma a su antojo” desde el principio de un Manvántara hasta su terminación, aunque su aniversario particular o día conmemorativo se celebra según Kin-kwang-ming-King o “Sûtra Luminoso de la Luz Dorada”, durante el segundo mes en el día decimonono, y el de Maitreya Buddha durante el primer día del primer mes, no obstante, ambos son uno solo. En la Séptima Raza, él aparecerá como Maitreya Buddha, el último de los Avatâras y Buddhas. Esta creencia y expectación son universales en todo el Oriente. Sólo que durante el Kali Yuga, nuestra época actual de Obscuridad terriblemente materialista, la Edad Negra, no es cuando puede aparecer un nuevo Salvador de la Humanidad. Sólo en los escritos místicos de algunos seudoocultistas franceses, el Kali Yuga es “l’Age d’Or” (!) (2). Por esto, el ritual en el culto exotérico de esta Deidad fue fundado en la magia. Los Mantras se han sacado de todos los libros especiales, mantenidos secretos por los sacerdotes, y se dice que cada uno de ellos origina un efecto mágico; pues el que los recita o lee produce, con sólo cantarlos, causas secretas que se traducen en efectos inmediatos. Kwan-Shi-Yin es Avalokiteshvara, y ambos son formas del Séptimo principio universal; mientras que en su carácter metafísico más elevado, esta Deidad es la agregación sintética de todos los Espíritus Planetarios, los Dhyân Chohans. Él es el “Manifestado por Sí Mismo”; en una palabra, el “Hijo del Padre”. Coronado con siete dragones, aparece sobre su estatua la inscripción Pu-tsi-k’iun-ling, “el Salvador universal de todos los seres vivos”. El nombre dado en el volumen arcaico de las Estancias es, desde luego, enteramente distinto; pero Kwan-Yin es un equivalente perfecto. Es un templo de P’u-to, la isla sagrada de los buddhistas en China, está representado Kwan-Shi-Yin flotando sobre un ave acuática negra (Kâlahamsa), y vertiendo sobre las cabezas de los mortales el elixir de vida, que al fluir se transforma en uno de los principales Dhyâni-Buddhas, el Regente de una estrella llamada la “Estrella de Salvación”. En su tercera transformación, Kwan-Yin es el Espíritu vivificador o Genio del Agua. Créese en China que el Dalai-Lama es una encarnación de Kwan-Shi-Yin, que en su tercera aparición terrestre fue un Bodhisattva; mientras que el Teshu-Lama es una encarnación de Amitâbha, Buddha o Gautama. Podrá observarse de paso que, indudablemente, es necesario que un escritor tenga la imaginación enferma para descubrir en todas partes el culto fálico, como lo hacen McClatchey y Hargrave Jennings. El primero descubre “los antiguos dioses fálicos, representados bajo dos símbolos evidentes, el Kheen o Yang, que es el membrum virile, y el Kw-an o Yin, el pudendum muliebre” (3). Semejante versión resulta tanto más extraña cuanto que Kwan-Shi-Yin (Avalokiteshvara) y Kwan-Yin, además de ser ahora las Deidades protectoras de los ascetas buddhistas, los Yoguis del Tibet, son los Dioses de la castidad, y en su significado esotérico, ni aun siquiera son lo que se supone en la versión del Buddhism de Mr. Rhys Davids: “El nombre Avalokiteshvara... significa “el Señor que desde las alturas mira abajo” (4). Ni tampoco es Kwan-Shi-Yin el “Espíritu de los Buddhas presentes en la Iglesia”, sino que interpretado literalmente, significa “el Señor que es visto”; y en cierto sentido, “el Yo Divino percibido por el Yo” (el yo humano); esto es, el Âtman o Séptimo Principio, sumergido en lo Universal, percibido por Buddhi, u objeto de percepción de Buddhi, el Sexto Principio o Alma Divina en el hombre. En un sentido aún más elevado, Avalokiteshvara-Kwan-Shi-Yin, a que nos hemos referido como Séptimo Principio Universal, es el Logos percibido por el Buddhi o Alma Universal, como el agregado sintético de los Dhyâni-Buddhas; y no es el “Espíritu de Buddha presente en la Iglesia”, sino el Espíritu Universal Omnipresente manifestado en el templo del Kosmos o Naturaleza. Esta etimología orientalística de Kwan y de Yin corre pareja con la de Yoginîni, que, según nos dice Mr. Hargrave Jennings, es una palabra sánscrita, “pronunciada Jogi o Zogee (!) en los dialectos... equivalente a Sena, y exactamente igual a Duti o Dutica”, es decir, una prostituta sagrada del templo, a la que se rinde culto como Yoni o Shakti (5). “Los libros de moral (en la India) prescriben a una mujer fiel evitar la sociedad de las Yogini, o hembras que han sido adoradas como Shakti” (6). Después de esto, nada debe sorprendernos. Y, por esta razón, apenas sonreímos al ver otro descabellado absurdo acerca de “Budh”, interpretado como un nombre “que no sólo significa el sol como fuente de la generación, sino también el órgano masculino” (7). Dice Max Müller al tratar de las “Falsas Analogías”, que el sinólogo más célebre de su época, Abel Rémusat... sostiene que las tres sílabas I, Hi, Wei (en el capítulo XIV del Tao-te-king) se referían a Je-ho-vah” (8); y además que el Padre Amyot “estaba seguro de que las tres personas de la Trinidad podían ser reconocidas” en la misma obra. Y si esto dice Abel Rémusat, ¿por qué no ha de decir otro tanto Hargrave Jennings? Cualquier sabio versado en el asunto reconocerá lo absurdo de ver en Budh (el “iluminado” y el “despierto”) un “símbolo fálico”. Kwan-Shi-Yin es, pues, místicamente, el “Hijo idéntico a su Padre” o el Logos, el Verbo. En la Estancia III, es llamado el “Dragón de la Sabiduría”, porque los Logos de todos los sistemas religiosos antiguos están relacionados con las serpientes y simbolizados por ellas. En el antiguo Egipto, el Dios Nahbkun, “el que une los dobles”, era representado como una serpiente sobre piernas humanas, bien con brazos o sin ellos. Era la Luz Astral, reuniendo, por medio de su potencia dual fisiológica y espiritual, la Mónada Humano-Divina a su Mónada puramente Divina, el Prototipo en el “Cielo” o la Naturaleza. era el emblema de la resurrección en ésta; de Cristo para los ofitas; y de Jehovah en forma de la serpiente de bronce, que curaba a los que la miraban. También para los templarios, era la serpiente un emblema de Cristo, como se ve por el grado templario en la Masonería. El símbolo de Knuph (también Khum), o el Alma del Mundo, dice Champollion, “está representado entre otras formas bajo la de una enorme serpiente sobre piernas humanas; siendo este reptil el emblema del Buen Genio, y el verdadero Agathodaemon, es algunas veces barbudo” (9). Este animal sagrado es idéntico, pues, a las serpientes de los ofitas, y está representado en un gran número de piedras grabadas, llamadas joyas gnósticas o basilídeas. Aparece con varias cabezas humanas y animales, pero esas piedras siempre llevan inscripto el nombre de ... (Chnoubis). Este símbolo es idéntico a otro que, según Jámblico y Champollion, era llamado el “Primero de los Dioses Celestes”, el Dios Hermes, o Mercurio, para los griegos, a cuyo Dios atribuye Hermes Trimegisto la invención de la Magia y la primera iniciación de los hombres en la misma; y Mercurio es Budh, la Sabiduría, la Iluminación o “Nuevo Despertar” en la Ciencia divina. Para terminar, Kwan-Shi-Yin y Kwan-Yin son los dos aspectos, masculino y femenino, del mismo principio en el Kosmos, en la Naturaleza y el Hombre, de la Sabiduría e Inteligencia Divinas. Son el Christos-Sophía de los gnósticos místicos, el Logos y su Shakti. En su afán de que la expresión de algunos misterios no fuese jamás comprendida enteramente por el profano, los antiguos, sabiendo que nada podía conservarse en la memoria humana sin algún símbolo externo, han elegido las imágenes, que con frecuencia nos parecen ridículas, de los Kwan-Yins, para recordar al hombre su origen y naturaleza interna. Sin embargo, las Vírgenes o Madonas con miriñaque, y los Cristos con guantes blancos de cabritilla, deben parecer al hombre imparcial mucho más absurdos que los Kwan-Shi-Yin y Kwan-Yin vestidos de dragones. Lo subjetivo difícilmente puede expresarse por lo objetivo. Por lo tanto, puesto que la fórmula simbólica intenta caracterizar aquello que está sobre el razonamiento científico, y con frecuencia trasciende con mucho a nuestros intelectos, es necesario ir más allá de este intelecto en una forma u otra, o de lo contrario se borrará de la memoria humana. PARTE III ADDENDA SOBRE CIENCIA OCULTA Y MODERNA El conocimiento de este bajo mundo, Dime, amigo, qué es, ¿falso o verdadero? ¿Qué mortal se cuida de distinguir lo falso? ¿Qué mortal conoció jamás lo verdadero? SECCIÓN I RAZONES PARA ESTA ADDENDA Muchas de las doctinas contenidas en las siete Estancias y comentarios anteriores han sido estudiadas y críticamente examinadas por algunos teósofos occidentales, que han encontrado deficientes ciertas enseñanzas ocultistas, desde el punto de vista general del conocimiento científico moderno. Parecíales tropezar con dificultades insuperables para su aceptación, y necesitar un nuevo examen en vista de la crítica científica. Algunos amigos casi han llegado a lamentar la necesidad de poner tan a menudo en tela de juicio las afirmaciones de la ciencia moderna. Les parecía -y en esto me limito a repetir sus argumentos- que “chocar con las enseñanzas de sus representantes más eminentes era exponerse a un fracaso prematuro, a los ojos del mundo occidental”. Es conveniente, por tanto, definir de una vez para siempre la actitud que la escritora, en desacuerdo con sus amigos respecto a este punto, quiere mantener. Mientras que la Ciencia permanezca lo que, según las palabras del Profesor Huxley, ella es, a saber, “el sentido común organizado”; mientras sus deducciones estén sacadas de premisas exactas, y fundadas sus generalizaciones en una base puramente inductiva, todo teósofo y ocultista acogerá con respeto, y con la admiración debida, su tributo al dominio de la ley cosmológica. No puede haber conflicto posible entre las enseñanzas de la Ciencia Oculta y las de la llamada Ciencia exacta, cuando las conclusiones de la última descansen sobre el cimiento del hecho irrefutable. Sólo cuando sus más ardientes defensores, traspasando los límites de los fenómenos observados, a fin de penetrar en los arcanos del Ser, intentan arrebatar al Espíritu la formación del Kosmos y sus Fuerzas vivas, y atribuirlo todo a la Materia ciega, es cuando los ocultistas reclaman el derecho a discutir y examinar sus teorías. La Ciencia no puede, por efecto de la naturaleza misma de las cosas, descubrir el misterio del Universo que nos rodea. La Ciencia puede, es cierto, coleccionar, clasificar y generalizar sobre fenómenos; pero arguyendo el ocultista con principios metafísicos admitidos, declara que el explorador atrevido, deseoso de sondear los más recónditos secretos de la Naturaleza, debe traspasar los estrechos límites de los sentidos y transportar su conciencia a la región de los Nóumenos y a la esfera de las Causas Primeras. Para efectuar esto, tiene que desarrollar facultades que, salvo en unos cuantos casos raros y excepcionales, se hallan por completo dormidas en la constitución de los vástagos de nuestra actual Quinta Raza Raíz, en Europa y América. De otro modo no es posible que pueda reunir los hechos que le son necesarios para fundamentar sus especulaciones. ¿No es esto evidente, según los principios de la Lógica Inductiva y también de la Metafísica? Por otra parte, haga cuanto pueda la escritora, nunca será capaz de satisfacer a la vez a la Verdad y a la Ciencia. Ofrecer al lector una versión sistemática y no interrumpida de las Estancias Arcaicas, es imposible. Hay que omitir 45 versículos o slokas que se encuentran entre la 7ª ya publicada la 51ª, que forma el asunto de los Vol. III y IV, aunque las últimas aparezcan como partiendo de la 1ª en adelante, para mayor facilidad de lectura y referencia. Sólo la aparición del hombre sobre la tierra ocupa un número igual de Estancias, que describen minuciosamente su primera evolución desde los Dhyân Chohans humanos, el estado del Globo en aquel tiempo, etc., etc. Un gran número de nombres referentes a substancias químicas y otros compuestos, que ahora ya no se combinan entre sí, y son, por consiguiente, desconocidos por los últimos descendientes de nuestra Quinta Raza, ocupan un espacio considerable. Como son simplemente intraducibles, y de todos modos resultarían inexplicables, se han omitido, juntamente con aquellos que no pueden darse al público. Sin embargo, aun lo poco que ofrecemos, irritará a todo partidario y defensor de la ciencia materialista dogmática que llegue a leerlo. En vista de la crítica en perspectiva, nos proponemos, antes de proseguir con las Estancias restantes, defender las ya publicadas. Que no se hallan en perfecto acuerdo o armonía con la ciencia moderna, todos lo sabemos. Pero aunque hubiesen concordado con las teorías del conocimiento moderno tanto como un discurso de Sir William Thomson, hubieran sido rechazadas igualmente; pues ellas enseñan la creencia en Poderes y Entidades Espirituales conscientes, en Fuerzas terrestres semiinteligentes, y altamente intelectualese, de otros planos (1); y en seres que viven en derredor de nosotros, en esferas imperceptibles aun para el telescopio y el microscopio. De ahí la necesidad de examinar las creencias de la ciencia materialista, de comparar sus opiniones acerca de los “Elementos” con las de los antiguos, y de analizar las Fuerzas físicas según el concepto moderno de las mismas, antes de que los ocultistas puedan reconocer que están en el error. Tocaremos la constitución del Sol y de los planetas, y las características ocultas de los llamados Devas y Genios, que la Ciencia denomina actualmente Fuerzas o “modos de movimiento”, y veremos si la creencia esotérica es defendible o no. A pesar de los esfuerzos hechos en sentido contrario, un espíritu libre de prejuicios descubrirá que bajo el “agente, material o inmaterial”, de Newton (2), el agente que produce la gravedad, y en su Dios personal activo, existe precisamente tanto de los Devas y Genios metafísicos como en el Ángel Rector de Kepler que guía a cada planeta, y como en las species inmateriata por las que los cuerpos celestes eran llevados en su curso, según aquel astrónomo. En los volúmenes III y IV tendremos que afrontar abiertamente peligrosos asuntos. Debemos hacer frente sin temor a la Ciencia, y declarar a la faz del saber materialista, del Idealismo, del Hylo-Idealismo, del Positivismo y de la Psicología moderna que todo lo niega, que el verdadero ocultista cree en los “Señores de Luz”; que cree en un Sol que, lejos de ser meramente una “lámpara del día” moviéndose de acuerdo con la ley física, y lejos de ser tan sólo uno de aquellos Soles que, según Richter, “son heliantos de una luz superior”, es, como millones de otros Soles, la morada o el Vehículo de un Dios y de una hueste de Dioses. En esta discusión, por supuesto, tocará a los ocultistas la peor parte. Se les considerará bajo el aspecto prima facie de la cuestión, como unos ignorantes, y se les aplicará más de uno de esos epítetos que comúnmente se dan a los que el público, que juzga superficialmente e ignora las grandes verdades fundamentales de la Naturaleza, acusa de creer en supersticiones medievales. Sea así. Sometiéndose de antemano a toda crítica a fin de continuar su obra, sólo reclaman el privilegio de demostrar que los físicos están tan discordes entre sí en sus especulaciones, como éstas lo están con las enseñanzas del Ocultismo. El Sol es Materia y el Sol es Espíritu. Nuestros antepasados, los “paganos”, como sus sucesores modernos, los parsis, eran y son bastante sabios en su generación para ver en él el símbolo de la Divinidad, y al mismo tiempo sentir internamente, oculto por el símbolo físico, al Dios radiante de la Luz Espiritual y terrestre. Semejante creencia sólo puede ser considerada como una superstición por el materialismo extremo que niega la Deidad, el Espíritu y el Alma, y no admite inteligencia fuera de la mente del hombre. Mas si una superstición falsa exagerada engendrada por el “Eclesiasticismo”, como lo llama Laurence Oliphant, “vuelve al hombre tonto”, demasiado escepticismo le convierte en loco. Preferimos ser acusados de insensatez por creer demasiado, a serlo de la locura que lo niega todo, como lo hacen el Materialismo y el Hylo-Idealismo. Por consiguiente, los ocultistas están completamente preparados a recibir lo que les espera por parte del materialismo, y a sufrir la crítica desfavorable de que será objeto la autora de esta obra, no por haberla escrito, sino por creer en lo que contiene. Así pues, desde ahora, debemos anticipar y presentar los descubrimientos, hipótesis y objeciones inevitables que harán valer los críticos científicos. También ha de mostrarse hasta qué punto las Doctrinas Ocultistas se separan de la ciencia actual, y si las teorías antiguas o las modernas son lógica y filosóficamente correctas. La unidad y las relaciones mutuas de todas las partes del Kosmos eran conocidas de los antiguos antes de que se hiciesen evidentes a los astrónomos y filósofos modernos. Y aunque las partes externas y visibles del Universo, y sus mutuas relaciones, no puedan explicarse en la ciencia física por otros términos que los empleados por los partidarios de la teoría mecánica del Universo, no se sigue de aquí que el materialista, que niega la existencia del Alma del Kosmos (perteneciente a la Filosofía Metafísica) tenga derecho a invadir ese dominio metafísico. Que la ciencia física esté tratando, y actualmente lo haga, de usurparlo, es sólo una prueba más de que “la fuerza es el derecho”; pero no justifica la intrusión. Otra buena razón para esta Addenda es la siguiente: Puesto que sólo una parte determinada de las Enseñanzas Secretas pueden publicarse en la época actual, jamás serían las doctrinas comprendidas ni aun por los mismos teósofos, si se diesen sin explicaciones o comentarios. Por lo tanto, deben ser contrastadas con las especulaciones de la ciencia moderna. Los axiomas arcaicos han de colocarse en parangón con las hipótesis modernas, y la comparación de su mérito respectivo debe dejarse al sagaz lector. Sobre la cuestión de los “Siete Gobernadores” -como Hermes llama a los “Siete Constructores” a los Espíritus que dirigen las operaciones de la Naturaleza, cuyos átomos animados son las sombras en su propio mundo, de sus Primarios en los Reinos Astrales-, esta obra tendrá, por supuesto, en contra suya a todos los materialistas, así como a los hombres de ciencia. Pero esta oposición sólo puede ser, a lo sumo, temporal. Las gentes en un principio se han reído de todo lo que está fuera de lo usual, y han rehuido de toda idea impopular, para luego concluir por aceptarla. El materialismo y el escepticismo son males que han de seguir en el mundo hasta que el hombre no abandone su forma grosera actual, para revestir la que tenía durante la Primera y Segunda Raza de esta Ronda. A menos que el escepticismo y nuestra ignorancia natural presente sean equilibrados por la Intuición y una Espiritualidad natural, todo ser abrumado por tales sentimientos sólo verá en sí mismo un conjunto de carne, huesos y músculos, con una guardilla vacía al interior que sirve para almacenar sus sensaciones y sentimientos. Sir Humphrey Davy era un gran erudito, tan profundamente versado en física como cualquier teórico de nuestra época, aunque detestaba el materialismo. Él dice: Oía con repugnancia, en las salas de disección, la concepción del fisiólogo acerca de la secreción gradual de la materia, y cómo llega a verse dotada de irritabilidad, que se convierte en sensibilidad, adquiriendo los órganos que fueran necesarios, por sus propias fuerzas inherentes, y naciendo al fin a la existencia intelectual. No obstante, no son los fisiólogos quienes merecen mayores censuras por hablar de aquello que sólo pueden ver con sus sentidos físicos, y estimar por la evidencia de estos. Consideramos mucho más ilógicos a los astrónomos y físicos, en sus opiniones materialistas, que a los mismos fisiólogos, y esto se ha de demostrar. La... .........................................................................Luz Etérea, la primera de las cosas, quintaesencia pura, de Milton, se ha convertido para los materialistas en .............................................Principal animador, la luz, De todos los seres materiales, el primero y el mejor (3). Para los ocultistas ella es a la vez Espíritu y Materia. Tras el “modo de movimiento”, considerado ahora como “propiedad de la materia” y nada más, perciben ellos el Nóumeno radiante. Es el “Espíritu de la Luz”, el primogénito del Elemento Eterno puro, cuya energía o emanación está reunida en el Sol, el gran Dador de Vida del Mundo Físico, así como el Sol Espiritual oculto es el Dador de Luz y de Vida de los Reinos Espiritual y Psíquico. Bacon fue uno de los primeros en dar la nota del materialismo, no sólo por su método inductivo -renovado del mal digerido de Aristóteles-, sino por el espíritu general de sus escritos. Él invierte el orden de la Evolución mental cuando dice: La primera creación de Dios fue la luz de los sentidos; la última fue la luz de la razón; y su obra del Sabbath por siempre desde entonces es la iluminación del Espíritu (4). Es precisamente lo contrario. La luz del Espíritu es el eterno Sabbath del místico u ocultista, y él concede poca atención a la de los meros sentidos. La sentencia alegórica Fiat Lux significa, esotéricamente interpretada, “Sean los ”, o el Nóumeno de todos los fenómenos. Así pues, los católicos romanos interpretan correctamente el pasaje al decir que se refiere a los Ángeles, pero erróneamente en el sentido de que sean los poderes creados por un Dios antropomórfico, al que personifican en el Jehovah del trueno y castigo perpetuos. Esos seres son los “Hijos de la Luz”, porque emanan y se engendran en aquel Océano infinito de Luz del cual uno de los polos es el Espíritu puro perdido en lo absoluto del No-Ser, y el otro polo es la Materia en que él se condensa, “cristalizando”, a medida que desciende en la manifestación, en un tipo cada vez más grosero. La Materia, por consiguiente, aunque en cierto sentido no es otra cosa que los sedimentos ilusorios de esa Luz cuyos Rayos son las Fuerzas Creadoras, encierra, sin embargo, en sí la presencia completa de su Alma, de aquel Principio que nadie -ni siquiera los “Hijos de la Luz” surgidos de su OSCURIDAD ABSOLUTA- conocerá jamás. La idea está expresada por Milton, tan hermosa como acertadamente, al saludar a la Luz santa que es el ...Primogénito de la estirpe del Cielo, O el rayo coeterno del Eterno; Puesto que Dios es Luz, Y sólo en la Luz inaccesible Vive desde la Eternidad, vive por tanto en ti, Espléndida emanación de brillante esencia increada (5). SECCIÓN II LOS FÍSICOS MODERNOS ESTÁN JUGANDO A LA GALLINA CIEGA Y ahora dirige el Ocultismo a la Ciencia la pregunta siguiente: ¿Es la luz un cuerpo, o no? Sea cual fuese la respuesta, dispuesto está el primero a demostrar que hasta la fecha, los físicos más eminentes no poseen verdadero conocimiento respecto a este asunto. Para saber lo que es la luz, y si es una substancia real o bien una mera ondulación del “medio etéreo”, la Ciencia tiene que aprender primero lo que en realidad son la Materia, el Átomo, el Éter y la Fuerza. Ahora bien; la verdad es que nada sabe acerca de ninguna de estas cosas, y que admite su ignorancia. Ni siquiera ha convenido en lo que ha de creer; pues hay docenas de hipótesis acerca del mismo asunto, hijas todas de sabios eminentes, antagónicas entre sí y que a menudo se contradicen a sí mismas. Así es que sus doctas especulaciones pueden, con un esfuerzo de buena voluntad, aceptarse como “hipótesis en vigor” en una acepción secundaria, como lo declara Stallo. Mas siendo radicalmente incompatibles unas con otras, deben concluir al fin por destruirse mutuamente. Según declara el autor de Concepts of Modern Physics: No debe olvidarse que los diversos ramos de la ciencia son simplemente divisiones arbitrarias de la ciencia en conjunto. En esos diversos ramos, el mismo objeto físico puede considerarse bajo diferentes aspectos. Puede el físico estudiar sus relaciones moleculares, mientras el químico determina su constitución atómica. Pero cuando ambos se ocupan del mismo elemento o agente, no puede tener éste una serie de propiedades en física, y otra serie en contradicción con aquéllas en química. Si el físico y el químico a la vez presuponen la existencia de átomos últimos absolutamente invariables en volumen y peso, no puede el átomo ser un cubo o un esferoide aplastado para objetos físicos, y una esfera para fines químicos. Un grupo de átomos constantes no puede ser un agregado de masas continuas absolutamente inertes e impenetrables en un crisol o retorta, y un sistema de meros centros de fuerzas como parte de un imán o de una batería Clamond. El éter universal no puede ser blando y móvil para agradar al químico, y rígido y elástico para satisfacer al físico; no puede ser continuo por orden de Sir William Thomson, y discontinuo por virtud de las ideas de Cauchy o de Fresnel (1). De igual modo puede citarse al eminente físico G. A. Hirn, que dice lo mismo en el volumen 43 de las Mémoires de l’Académie Royale de Belgique, que traducimos del francés, como sigue: Cuando se ve la seguridad con que hoy se afirman doctrinas que atribuyen la colectividad, la universalidad de los fenómenos tan sólo a los movimientos del átomo, se tiene derecho a esperar ver la misma unanimidad en las cualidades asignadas a ese ser único, fundamento de todo cuanto existe. Ahora bien; desde el primer examen de los sistemas particulares propuestos, se tropieza con la más extraña decepción; se da uno cuenta de que el átomo del químico, el del físico, el del metafísico y el del matemático... ¡nada tienen absolutamente de común, fuera del nombre! El resultado inevitable es la subdivisión existente en nuestras ciencias, cada una de las cuales construye en su estrecha casilla un átomo que satisface las exigencias de los fenómenos que estudia, sin preocuparse en lo mínimo de las exigencias propias de los fenómenos de la casilla vecina. El metafísico repudia los principios de la atracción y repulsión, que considera como sueños, el matemático, que analiza las leyes de la elasticidad y las de la propagación de la luz, los acepta implícitamente, sin nombrarlos siquiera... El químico no puede explicar la agrupación de los átomos, en sus moléculas con frecuencia complicadas, sin atribuirles cualidades específicas distintivas; para el físico y para el metafísico, partidarios de las doctrinas modernas, el átomo es, por el contrario, siempre y en todas partes el mismo. ¿Qué digo? Ni siquiera existe conformidad en una misma ciencia en cuanto a las propiedades del átomo. Cada cual fabrica el átomo que conviene a su fantasía, para explicar algún fenómeno que le preocupa particularmente (2). Lo que antecede es la imagen fotográfica exacta de la ciencia y física modernas. El “requisito previo de esa labor incesante de la ”, que tan a menudo se encuentra en los elocuentes discursos del profesor Tyndall, es por cierto vívido, como lo muestra Stallo; y respecto a la variedad contradictoria, deja muy atrás a todas las “fantasías” del Ocultismo. Sea como fuese, si según se confiesa las teorías físicas son “meros artificios explicatorios, didácticos”, y si según las palabras de un crítico de Stallo, “el átomo mismo es sólo un sistema gráfico simbólico” (3); en este caso, difícilmente podrá considerarse que el Ocultismo va demasiado lejos al colocar frente a esos “artificios” y “sistemas simbólicos” de la ciencia moderna, los símbolos y artificios de las enseñanzas arcaicas. “AN LUMEN SIT CORPUS, NEC-NON?” “¿Es la Luz un Cuerpo, o no?” Se nos dice formalmente que la luz no es un cuerpo. Las ciencias físicas aseguran que la luz es una fuerza, una vibración, la ondulación del Éter. Es propiedad o cualidad de la materia, o hasta una afección de la misma, ¡jamás un cuerpo! Así es. De este descubrimiento, el conocimiento, sea cual fuese su valor, de que la luz o el calórico no es un movimiento de partículas materiales, la Ciencia es deudora principalmente, si no por completo, a Sir William Grove. Él fue el primero en mostrar, en una conferencia en el Instituto de Londres en 1842, que “e