libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. QUINIENTOS MILLONES EDWIN G. S. BRICKILL Firmado con el seudónimo (Edwin G. S. Brickill), tras el cual, según todos los indicios, se ocultaba el omnipresente Oesterheld. Su nivel de calidad era bueno, sin duda superior a la media —se notaba la influencia de Oesterheld —, con unos finales tenebrosos nada convencionales que recordaban a los de los relatos publicados en la revista Más Allá. Oesterheld nació en la Ciudad de Buenos Aires el 23 de julio de 1919. De muy pequeño, como recordaría después, comenzó a leer autores como Stevenson o Salgari, que luego tendrían influencia en su obra. QUINIENTOS MILLONES EDWIN G. S. BRICKILL Los nombres de personas y de entidades comerciales, públicas o privadas citadas o descritas en el texto, pertenecen a la imaginación del autor, y en ningún caso podrán ser relacionadas con personas o entidades de la vida real. PRIMERA PARTE EL SOL NACE EN EL OESTE Cuatro autómatas estaban inmóviles como fantasmas en las cuatro esquinas del cuarto. -No..., no puede ser verdad... -musitó Muriel Curtis abrazándose, semidesvanecida, de Jonathan Fell-; todo esto... no puede ser más que una... horrible pesadilla... -Estamos despiertos, Muriel -contestó con tono firme el muchacho-; todo..., todo ha sucedido realmente... y continúa sucediendo... La muchacha cerró los ojos. Bella, con sus veinte años, era alta, esbelta y tenía dorados los ojos y el cabello. Las pupilas grises del capitán Jonathan Fell tenían una mirada vaga, como si estuvieran viendo algo aún más allá de donde alcanzaba su vista. Su fuerte quijada estaba enmarcada por dos profundas arrugas y tenía los labios apretados. Pocos momentos antes ambos jóvenes habían dejado la gigantesca nave sideral, en la cual habían viajado a través de la cuarta dimensión, dejando el resto de la tripulación rígidos, inertes, sin vida, con sus manos crispadas sobre los tableros, con sus ojos fríos clavados vidriosamente en puntos indeterminados del vacío... El capitán Jonathan Fell y su bella novia, hija del comandante de la nave, inexplicablemente vivos, se hallaron en un mundo desconocido. Lentamente y con precaución empezaron a marchar por un sendero solemne y agreste, que no podían describir. Las vastas cadenas de montañas abruptas que formaban su fondo, los valles intermedios con misteriosos pastos multicolores, el brillo de las corrientes de agua, muchas de las cuales parecían arroyos de llamas verdes, la serena claridad esparcida por lámparas invisibles, formaban un espectáculo alucinante cuyo efecto no se podía expresar con palabras; era espléndido en su sombría majestad, terrible, y sin embargo, delicioso. De pronto, como si se elevara del suelo formado por extrañas y refulgentes piedras preciosas, se había elevado una música jubilosa. Después, una forma alada cruzó por el espacio, otra se puso a seguirla y luego otra y otra, hasta que formaron una espesa e innumerable multitud silenciosa. ¿Pero cómo describir la gracia fantástica de esas formas en sus movimientos ondulosos?... Parecían entregarse a una especie de deporte o diversión, ya juntándose en escuadrones opuestos, ya dispersándose; luego cada grupo se lanzaba en persecución del otro, subiendo, bajando, cruzándose, separándose... y todo ello al ritmo de la música que parecía brotar del suelo... Muriel y Jonathan siguieron andando. Los seres alados parecían no reparar en ellos. Pero, sorpresivamente, de entre un matorral, que parecía un enorme montón de hierbas marinas, entre plantas parecidas a helechos, a aloes y cactus, saltó un extraño ser, colocándose frente a los sobrevivientes de la nave sideral. Sus ojos miraban sin vida, fijos y fríos, y sus movimientos eran blandos... como los de un cadáver que pudiera moverse. Jonathan advirtió enseguida que no se trataba de un ser viviente, sino de un autómata. El robot emitió un sonido análogo al que produce la risa contenida de un ser humano y apunto a los jóvenes con una varilla, en actitud de amenaza. Muriel y Jonathan tuvieron conciencia, por unos segundos, de que estaban perdiendo los sentidos... Cuando volvieron en sí se encontraron andando, amenazados por quince o veinte autómatas, a través de jardines que ostentaban flores extrañas y opulenta vegetación luminosa. -Hemos caminado de manera inconsciente... -dijo Muriel, aferrándose al brazo del muchacho. Siguieron andando, en silencio por entre el silencio. Por fin llegaron a un edificio en cuyos ángulos se alzaban unas altas torres de forma piramidal. Las puertas se abrieron mecánicamente, como si hubieran estado aguardando la llegada del grupo. Muriel y Jonathan vacilaron antes de entrar, pero los autómatas avanzaron tras ellos y no les quedó otra alternativa que atravesar la amplia entrada. Dentro, en una especie de patio, había una fuente circular de dimensiones colosales que lanzaba en un chorro deslumbrante un líquido que parecía ser fuego. Siguieron andando y penetraron por una abertura sin puerta. Allí los jóvenes viajeros del espacio se encontraron en un salón inmenso donde había varios grupos de autómatas, todos ocupados, aparentemente, en diversos trabajos como en una gran fábrica. Contra la pared había una enorme máquina en movimiento con sus ruedas y sus cilindros; se asemejaba a una máquina de vapor, con la diferencia de que estaba adornada de piedras preciosas y metales que parecía emitir una pálida atmósfera fosforescente de luz variable. Muchos de esos autómatas trabajaban en tareas misteriosas junto a la máquina; otros permanecían sentados ante unas mesas. Todos estaban tan indiferentes y serenos, como podrían estarlo unos espectros por entre los cuales pasaran, inadvertidas, las formas vivientes. Los autómatas condujeron luego a los jóvenes de la Tierra hasta una galería enorme cuyas paredes estaban pintadas con magnificencia; a sus colores se mezclaba el oro y las extrañas formas producían un efecto vago, confuso, inquietante. Y de allí a la habitación de dimensiones más reducidas, donde habían quedado como custodiados por cuatro robots inmóviles en las cuatro esquinas. * * * La puerta del fondo de la extraña habitación se abrió silenciosamente. Muriel Curtis soltó una exclamación: -¡Dios mío... un ser humano! ¿Era realmente un ser humano?... La figura avanzó hacia los dos astronautas sin producir ni el menor ruido. Era muy alta, de unos cinco metros, su cabeza comparativamente dos veces más grandes que una cabeza humana, los miembros extremadamente delgados, semejantes a retorcidas lianas; pero había belleza en los rasgos de su rostro de amplia frente y serenidad en sus grandes ojos amarillos. Jonathan Fell permaneció inmóvil, abrazando con fuerza a la muchacha. En el aspecto del ser que se acercaba a ellos había un algo, no obstante su dulce sonrisa, que despertaba el instinto de peligro que provoca la presencia de una serpiente. La figura levantó suavemente un brazo y los cuatro autómatas se pusieron en movimiento, deslizándose sin ruido y rozando el suelo. Unos segundos después habían desaparecido por una abertura sin puerta, medio oculta por las cortinas que había en un extremo de la sala. La elevada figura humana siguió avanzando. Muriel Curtis sintió un temblor glacial; cayó de rodillas y se cubrió la cara con las manos. Luego, súbitamente, cayó desvanecida sobre el piso. Jonathan se inclinó sobre ella y la levantó en sus brazos. En un rincón había una especie de cama, con soportes de hierro que se apoyaban sobre esferas de cristal. Jonathan depositó allí a la muchacha desvanecida, sobre un colchón blando y delicado que parecía nieve, pero tibio y humeante. Era una humareda de distintas tonalidades. La misteriosa forma humana llegó hasta la cama. Habló con tono suave y musical en un idioma que Jonathan no comprendió. Pero ello contribuyó, no obstante, a disipar en parte sus temores. Se puso de pie y lo miró a los ojos. El extraño ser lo examinó con una mirada que al muchacho le pareció que penetraba hasta el fondo de su corazón. Después colocó una de sus finas y retorcidas extremidades superiores, levemente, sobre el hombro de Jonathan. El efecto fue mágico. El capitán Jonathan Fell sintió que al terror le sucedía una sensación de placer, de júbilo, de confianza en sí mismo y en la figura que tenía ante él. -Me llamo Jonathan Fell -dijo, para averiguar si podía comunicarse con ese ser-; venimos de la Tierra... El ser escuchó con visible atención, pero sus ojos denotaban una ligera sorpresa; movió la cabeza como para decir que no entendía. Jonathan Fell suspiró profundamente. Se dio vuelta y se inclinó sobre su compañera desvanecida. El ser fantástico también se arrodilló a su lado. Tomó una de las manos de Muriel entre las suyas y aproximó sus labios a la frente de la muchacha, soplando con suavidad. Muriel Curtis abrió los ojos. Sus temores habían desaparecido y sintió una calma lánguida y deliciosa. -Gracias... -susurró-, ahora me siento bien. El muchacho la besó en la mejilla. -No podemos comunicarnos -dijo-, pero estamos entre seres bondadosos. El ser sonrió luminosamente. Luego trazó un signo en el aire e inmediatamente por la abertura del extremo de la sala entró un autómata con algo en sus manos, que entregó a su amo. El extraño ser se colocó un singular vestido hecho de un tejido fibroso. Luego se arrimó a Jonathan y le tomó una mano que hizo posar sobre su pecho. El capitán terráqueo sintió pasar a través de su cuerpo una leve conmoción eléctrica. Retrocedió aterrado. El otro sonrió y, lentamente, sus vestidos se inflaron como una vejiga que se llena de aire. Sobre sus espaldas se desplegaron grandes alas. Jonathan volvió a hincarse junto a la cama y tomó las manos nerviosas de Muriel. Los brazos del ser parecieron deslizarse por dentro de las alas y al cabo de un instante se elevó silenciosamente y quedó flotando inmóvil con las alas extendidas. Luego se dirigió hacia una de las paredes. Allí se detuvo un momento, como aguardando la próxima maniobra del autómata. Este oprimió un botón de un pequeño aparato que tenía entre sus manos y lo pared comenzó a subir, como el telón de un teatro. A lo lejos se veían las cadenas de montañas de un verde esmeralda y el valle con sus refulgentes pastos multicolores. El ser alado se lanzó al exterior y quedó un momento con las alas extendidas como un águila que se baña en los rayos del sol. Después se hundió, con la misma rapidez de un águila, hasta los grupos inferiores de otros seres voladores, flotando en medio de ellos o tornando a subir con idéntica facilidad. Jonathan y Muriel estaban absortos, sin poder decir palabra. Sus ojos, deslumbrados por la luz y por los movimientos de aquella multitud voladora, dejaron de distinguir los giros y evoluciones del ser que había estado con ellos. Pero pronto volvieron a localizarlo. Se apartó de los demás y volvió a posarse en la habitación. El autómata oprimió un botón del pequeño aparato y la pared bajó con lentitud. Entonces el ser volador, con una gentil sonrisa, que trataba de disipar la alarma de los terráqueos, dejó caer al suelo sus alas, como para demostrar que solo se trataba de un invento mecánico. De pronto, inesperadamente, Jonathan y Muriel quedaron sin sentido, como atravesados por un choque eléctrico. Las últimas imágenes confusas que vieron, antes de perder el conocimiento, fue la forma del fantástico ser arrodillado con las manos posadas sobre sus frentes, y sus grandes ojos amarillos, profundos e insondables. * * * Cuando Muriel y Jonathan recobraron el conocimiento, tres seres estaban junto a ellos. Uno de ellos habló en inglés, aunque con leve acento extranjero: -¿Cómo os encontráis?... -¿Conoce nuestro idioma?... ¿Cómo?... ¿Quiénes son ustedes?... -Jonathan disparó las preguntas agitadamente. El que había hablado sonrió e hizo una seña a uno de los otros dos. Este tomó de sobre una mesita varias delgadas hojas de metal en las cuales había trazadas diversas figuras: una casa, un árbol, un pájaro, un hombre... y muchos objetos de uso común. -¿Reconocéis estos dibujos... -inquirió con sonido musical el ser que hablaba inglés. Jonathan y Muriel reconocieron sus propios trazos. Debajo de cada figura estaba escrito su nombre, en inglés y con las letras de ambos jóvenes. -Hemos descifrado vuestro idioma -dijo el ser-. Fue muy sencillo... Han estado ustedes hipnotizados durante quince días... según vuestra manera de computar el tiempo. En estos días, han trazado ustedes millares de dibujos con su correspondiente designación debajo... Jonathan se pasó una mano por los cabellos y movió la cabeza: -Podíamos haber hecho lo mismo sin necesidad de estar hipnotizados... -Sí..., pero nosotros no sabíamos de dónde venían ustedes... Podríais ser peligrosos. El ser que había recibido a los terráqueos se dirigió a su compañero: -Y aún no nos lo habéis dicho... -dijo en un inglés muy defectuoso. -No... -el otro ser suspiró y miró a los jóvenes con ojos enigmáticos-. Es que... es algo muy sorprendente... ¡fantástico e increíble, diría!... Calló un instante. Dio unos pasos por la habitación y continuó, con un tono pleno de musicalidad: -Señor Fell..., señorita Curtis... Mi nombre es Ziel y pertenezco al Colegio de los Sabios... Los jóvenes extendieron sus manos para estrechar la del llamado Ziel. Pero él colocó con suavidad su mano sobre el corazón de ambos. Al cabo siguió: -Desde que nuestros autómatas los capturaron..., comenzamos a pensar de qué parte del mundo seríais... ¿Por qué éramos recíprocamente tan extraños?... Hemos visto individuos de casi todas las razas que difieren de la nuestra, con excepción de los salvajes primitivos, que habitan las regiones más desoladas y remotas del mundo, que no conocen más luz que la de los fuegos volcánicos y se conforman con vagar por la oscuridad como los animales que trepan, que se arrastran, que vuelan... Pero vosotros no podíais formar parte de una de esas tribus bárbaras y, por otro lado, tampoco parecíais pertenecer a ningún pueblo civilizado... Volvió a callar. Jonathan dijo: -Pertenecemos a una de las razas más civilizadas del cosmos... Nosotros venimos... -De la Tierra -anticipó Ziel. Los otros dos seres parecieron recibir un impacto. -¿Es una broma?... -preguntó uno de ellos. -No... -respondió el sabio-; y esto es lo sorprendente... lo fantástico, lo irreal... Miró fijamente al capitán Fell y agregó: -Amigos... están ustedes en la Tierra. Después de un fantástico vuelo sideral... han vuelto a casa. Jonathan y Muriel se miraron. ¿Qué quería decir ese extraño ser?... -Sí... Han vuelto a la Tierra, de donde partieron, aproximadamente en el año dos mil novecientos... -Dos mil novecientos veintinco -determinó Jonathan. Ziel sonrió: -Mis cálculos fueron, entonces, perfectos... Y bien, han vuelto ustedes al punto de partida... después de... ¡quinientos millones de siglos! Todos quedaron un instante como paralizados por la sorpresa. Al fin, Jonathan pudo inquirir: -¿Habla... seriamente? -Naturalmente. -El sabio sonrió dulcemente. -¿Quinientos millones de siglos?... -Sí... O sea, ¡cincuenta millones de años. Esto, por supuesto, según vuestro antiguo modo de medir el tiempo. Muriel se abalanzó a los brazos de Jonathan y lo besó con fuerza; nerviosamente: -¡Oh, Jonathan! -exclamó-. Si esto es verdad... ¡somos los seres más privilegiados del cosmos! -Es verdad -afirmó Ziel-. Hemos examinado vuestra nave espacial... ¡Oh, sí, por supuesto, hemos dado cristiana sepultura a vuestros compañeros!... Los jóvenes viajeros del espacio sintieron un escalofrío. -Han viajado ustedes a través de la cuarta dimensión... a través del Tiempo -siguió Ziel-. Han hecho un paseo por galaxias tan lejanas de la Vía Láctea... que ni la imaginación más descabellada podría medir con años luz... Algo absolutamente ilógico para vuestras mentes... pero así ocurrió. Y esto, vosotros debéis saberlo... ¿no? -Sí. Hemos viajado a través del Tiempo... Nuestra nave perdió todos los controles y hemos vivido la más fantástica de las aventuras del hombre..., pero este final no lo podíamos suponer. -Increíble, amigos. Y... ¿sabéis en qué lugar de la Tierra os encontráis?... -Imposible determinar eso. -Estáis en la ciudad que vosotros llamabais... Washington. * * * Doscientos seres de la posthistoria, como los llamaron Jonathan y Muriel, estaban en el Colegio de los Sabios escuchando las palabras, en inglés, que ahora ya todos entendían, que decía Zeil desde un estrado. -No todo ha ocurrido como lo vaticinaban los sabios de los siglos diecinueve y veinte... -empezó, dedicando una sonrisa a los increíbles viajeros del espacio-. Esos exploradores del futuro se atrevían a vaticinar la marcha del cosmos... hasta quinientos siglos después... Si esas predicciones hubieran resultado acertadas, nosotros no estaríamos aquí..., ni tampoco estaría la Tierra. ¡Estaría convertida en un puñado de guijarros bailando a velocidades fantásticas en el espacio!... Pero, amigos, aquí estamos y la Tierra sigue intacta... y lo seguirá estando hasta cien mil millones de años más. Pero ya el hombre de entonces sabrá, como hemos sabido hacerlo los que le hemos precedido, detener el estallido de la Luna y, en consecuencia, el de la Tierra... Como todos sabemos, la Luna gana el movimiento que pierde la Tierra. Por lo tanto, la Luna se desplaza siempre más rápido y también se aleja cada vez más. En la escala de las cronologías humanas, esas modificaciones resultan imperceptibles, pero son muy distintas las cronologías cósmicas. Actualmente, los días aumentan en un minuto cada ciento veinte mil años y la Luna se aleja en un metro y medio por siglo. Esa progresión fue mucho mayor antaño, pero continúa siendo suficiente para producir, a la larga, inmensos cambios... Ziel calló un instante. Señaló a Jonathan y Muriel y dijo, sonriente: -Cuando ellos partieron de aquí... la Luna se hallaba a trescientos ochenta y cuatro mil kilómetros de la Tierra... Actualmente, son cuatrocientos cincuenta mil kilómetros. Por eso hoy, los días equivalen a cuarenta y siete de los días solares antiguos... El Sol sale hoy nueve veces por año..., mientras que en el siglo Veinte, en las mismas latitudes, lo hacía trescientos sesenta y cinco veces... Antes, la Luna salía por el Este, y ahora lo hace por el Oeste. . . Volvió a hacer un silencio. Al cabo continuó, ante la atención expectante de todos: -Todo eso lo habían vaticinado los sabios de antaño... Pero, gracias a Dios, se equivocaron, en lo más dramático... Según ellos, al ocurrir todo lo expresado, se habría invertido el sistema de fuerzas que alejaba a la Luna de la Tierra. La Luna se acercaría. La Luna volvería nuevamente hacia nosotros... Hizo un silencio y dirigió su mirada a través del ventanal. Instintivamente Jonathan y Muriel hicieron lo mismo. La Luna tenía, en lo negro del cielo, el tamaño de un poroto... -Seguiría acercándose más y más... hasta pasar la distancia que tenía en aquellos tiempos -la voz de Ziel dejó de ser musical para ser temerosa-, y llenaría el cielo..., perdería su forma esférica y se asemejaría a un globo dirigible que vendría a posarse suavemente sobre la Tierra... Pero, ¡claro que no llegaría jamás!... Cuando se hallara a 2.86 radios terrestres, ¡la Luna estallaría de un solo golpe!... En el año mil ochocientos cincuenta un matemático, un tal Roche, calculó la fatalidad del estallido lunar... Resultado de las leyes de gravitación, la Tierra haría estallar a la Luna como un cohete de proximidad..., pero antes de ese estallido, la atracción lunar habría provocado mareas de varios centenares o millares de metros de altura y el diluvio que representaría habría reducido a aquel de Noé a las proporciones de un chaparrón... Hubo risas musicales en la sala. Zeil siguió: -Si todo hubiera marchado como lo calculaban los sabios antiguos..., el estallido de la Luna habría disgregado a la Tierra en un puñado de guijarros... Pero no ha sucedido nada de eso. Aquí estamos, a quinientos millones de siglos después de esos vaticinios, enteros y verticales!... ¿Qué es lo que ha sucedido para que los ilustres sabios del pasado se hayan equivocado?... Por dos factores: primero, la Luna aún continúa alejándose y su retorno debería comenzar dentro de unos dos o tres siglos... y luego demoraría unos cien mil millones de años para que llegara el momento grandioso del estallido... Segundo: hemos logrado, científicamente, controlar los paseos de la Luna... Jonathan se puso de pie, como movido por un un resorte: -¿Han logrado eso?... Ziel sonrió: -Sí, capitán Fell... En estos momentos estamos dejando que la Luna retorne hasta la distancia de unos trescientos mil kilómetros... que será la distancia ideal para tenerla como amiga... Cuando llegue a esa distancia, la detendremos allí para siempre. -¿Tienen pruebas de que lograrán eso?... -Naturalmente. Ya la Luna había comenzado su retorno, como bien lo habían calculado vuestros sabios... y nosotros hemos logrado que aún siguiera alejándose más. Luego la hemos frenado y, después, hecho que vuelva a nosotros... -¿Lo lograron ustedes... Quiero decir, los hombres de esta generación?... Ziel soltó una carcajada que fue coreada por los doscientos seres posthistóricos que estaban en la sala. -Capitán Fell -siguió el sabio cuando el silencio se hubo restablecido-; hemos olvidado decirle que nosotros... hemos logrado un promedio de vida de... seiscientos años. -¡Increíble... y maravilloso!... ¡Ya no cabe duda de que el Hombre pertenece a la especie humana más sobresaliente!... -¿Qué quiere decir con ello?... -Poca cosa... En nuestro tiempo teníamos serias dudas respecto a la supervivencia de la especie humana... Varias incógnitas se levantaban ante nuestros ojos... ¿Está el Hombre sobre la Tierra para quedarse? ¿Está destinada su breve historia a continuar en un amplio porvenir? ¿O será alcanzado muy pronto por la mortalidad de las especies? ¿Por el mecanismo despiadado que en el pasado condenó siempre parte de la Creación a una desaparición prematura?... Esas preguntas, amigos, nos preocupaban... Por suerte, por el Destino increíble de una aventura maravillosa, mi compañera yo somos los únicos privilegiados que hemos podido ver la fantástica respuesta... -No sabía eso -admitió Zeil, preocupado-. Creí que nunca había habido dudas al respecto... ¡Somos los reyes de la Creación!... -También pensábamos así... pero teníamos nuestros temores. En mi tiempo, apenas quinientos mil años nos separaban del pitecantropo y sabíamos que millares de especies, algunas de ellas muy sobresalientes, se habían extinguido brusca e inexplicablemente... Otras, en cambio, se habían mantenido intactas durante miles de siglos... Nuestra duda y nuestro temor era, ¿a cuál de las dos especies humanas pertenecía el Hombre? Un sabio, un tal Eiseley, para ver claro, distinguió a las especies especializadas de las especies no especializadas... Las primeras, eran las que desaparecían temprano, mientras que las segundas atravesaban las edades, como el tiburón y la zarigüeya... -El hombre sobrevivió -dijo solemnemente Zeis-, porque logró un dominio perfecto de su medio ambiente... Y creo, capitán Fell, que ahora voy a decirle algo que lo sorprenderá ... Jonathan Fell sonrió ampliamente: -Señor Zeil... ¡ya no puede existir nada que logre sorprenderme!... El sabio se pasó uno de sus delgados y retorcidos brazos por los ojos. Al cabo preguntó: -¿Qué le parecemos nosotros... como seres humanos? -Fantásticos. Seres positivamente superiores. -Lo admitimos... y ya sabrá usted por qué... Pero, no ha reparado usted en nosotros algo... muy elemental?.. . -¡Oh, sí!... No he visto una sola mujer. Zeil soltó una musical carcajada. -Se equivoca usted cien por ciento... ¡lo que no ha visto usted... son varones! Muriel se levantó, más sorprendida que su compañero: -¿Quiere decir... que todos ustedes son... mujeres?... Zeil hizo un gesto con la cabeza: -Sí... Aunque reconozco que más exacto sería decir... un derivado de la mujer. Los jóvenes viajeros permanecieron en silencio. Zeil siguió: -Somos derivados de la mujer..., pero en realidad somos frígidos y asexuados. El varón ha desaparecido de la Tierra... por haber llegado a ser absolutamente superfluo gracias a la ciencia. Desapareció hace ya cien mil años. -¿Ni un sólo varón?... ¿Ni siquiera ha conservado el modesto grado de supervivencia que... en nuestros tiempo, guardaban en las sociedades de abejas y hormigas? -Ni eso. El macho se ha extinguido totalmente. Jonathan Fell miró a Muriel. Sonrió y dijo: -Bueno..., no me sorprende demasiado la noticia... Ya en nuestros tiempos, Sir Arthur Keith, después de estudiar a la mujer, había llegado a la desoladora conclusión, para la vanidad del hombre, que ella representaba una adaptación biológica de quinientos millones de adelanto con respecto al hombre... Y afirmaba que la futura humanidad sería exclusivamente una humanidad de mujeres... Veo ahora que no estaba equivocado... -En nada, capitán Fell. Y ahora, oiga esto... En nuestra época han desaparecido por completo la conciencia y la inteligencia..., han dejado lugar a una perfección absoluta en la repetición automática de las mismas funciones. -Ya nada puede sorprenderme, señor Zeil... -sonrió Jonathan-, continúe usted... -Se perpetuará la humanidad porque ha detenido su progreso agotador. Ahora vivimos económicamente con nuestros reflejos adquiridos. Es lo que sucedió con las hormigas... -Perdone... ¿hay aún hormigas?... Zeil rió: -No, no se alarme usted... Ha desaparecido esa especie. Le decía que, con el hombre, ha ocurrido lo que sucedió con las hormigas... En su tiempo, amigo Jonathan, las hormigas cultivaban la tierra, practicaban la ganadería, construían ciudades, apagaban incendios, libraban guerras y organizaban migraciones... pero su intensa actividad era siempre una repetición escrupulosa e infalible. Habían dominado su medio ambiente. Vivieron, por consiguiente, sin modificaciones sensibles durante cien millones de años... Claro que las hormigas no tenían el cerebro humano... Pero con ello traté de explicarle nuestra evolución... Jonathan suspiró profundamente. Dijo: -Perdone otra vez, señor Ziel... pero no sabe usted los deseos que tengo de fumar... ¿Existe el tabaco?... -Existe -Ziel rió-. Pero, por favor, déjeme de llamarme señor... preferiría que me llamase señora... Una hora más se prolongó la sesión. Más tarde, sorpresas increíbles aguardaban aún al capitán Jonathan Fell y su bella compañera, Muriel Curtis... SEGUNDA PARTE VIAJE A TRAVÉS DE LA CUARTA DIMENSIÓN Era el 25 de octubre del año 2925. La gigantesca esfera de acero, de cien metros de diámetro, de propulsión fotónica, estaba especialmente construída para realizar vuelos de cincuenta años de duración a través del cosmos, llevando una tripulación de doscientos seres. El capitán Jonathan Fell consultó el reloj del tablero de instrumentos y preguntó al comandante Antony Curtis: -¿Todo en orden? -Todo muy bien, capitán. El comandante Curtis era alto y enjuto. Irradiaba una sensación de descanso por sus largos músculos laxos. A la luz verde del tablero, su cabello enmarañado ponía su cabeza un halo de mechones y las arrugas de su rostro se atenuaban. Sus ojos castaños brindaban el calor que él reservaba para los momentos felices. Jonathan suspiró profundamente y se hundió más en su sillón de espuma de caucho. El viaje iba a comenzar. El hombre se lanzaba a la aventura más fantástica de todos los siglos Diez años antes, con naves de propulsión iónica, había ya logrado traspasar los espacios interplanetarios para adentrarse en el espacio interestelar de nuestra galaxia. Había logrado llegar a la estrella más próxima de la Tierra, distante a cuatro años de luz, en un viaje que había durado cuatro años con una astronave que había alcanzado la velocidad de la luz... trescientos mil kilómetros por hora. Y ahora, en ese instante misterioso de ese amanecer del 25 de octubre de 2925, el hombre estaba ya preparado para iniciar la fase de la exploración y viaje hacia las lejanas estrellas de otras galaxias. La colosal nave, impulsada por la presión de la luz, podía desarrollar una velocidad de... ¡ochocientos mil kilómetros por segundo!... A través del cristal de la ventanilla lateral, Jonathan vio retirarse la gigantesca grúa de acero rodando silenciosamente sobre sus railes la Comunicación con la base estaba ya restablecida por radio. -¿En qué estrella piensan casarse, Jonathan?... -preguntó el comandante Curtis, sonriendo a través de su escafandra. -En una pequeña iglesia de Monticello -respondió el muchacho y sus ojos brillaron-. Allí nació su hija... y allí quiero proporcionarle el disgusto más grande de su vida... Antony Curtis iba a decir algo, pero se detuvo. En el tablero de instrumentos brilló la señal esperada: "X menos sesenta segundos" Las manos de los dos hombres se apoyaron en los brazos de sus sillones. -Un minuto -anunció gravemente el comandante y su voz surgió de los treinta pequeños televisores instalados en todos los compartimentos esféricos, donde la tripulación aguardaba silenciosa. También la voz del comandante llegaba, en ese mismo histórico momento, al mundo entero. Miles de millones de seres humanos estaban como alucinados ante sus aparatos receptores de televisión contemplando el rostro de esos hombres, sonrientes que partirían hacia el sueño más increíble. Los equipos automáticos de tele-traducción mundial, capaces de repetir las palabras una décima de segundo después, vertidas a los idiomas de cada país, vencían la barrera idiomática. La astronave estaba tripulada por astronautas norteamericanos, rusos, alemanes y franceses. Todo había sido obra de una unión mundial. El oficial encargado de efectuar el disparo, en la base de acero y cemento, a mil metros de distancia de la cosmonave, transpiraba copiosamente. -Cinco..., cuatro..., tres..., dos..., uno... -¡Fuego! -exclamó el oficial y apretó el botón de ignición. Un rugido pavoroso envolvió el lugar. -¡Allá vamos!... -exclamó el comandante Curtis. En el tablero de instrumentos, varias ráfagas de luz desfilaban a través de una pantalla oscura. Las luces de la cabina se atenuaron. Una vaga fluorescencia brilló en seguida. La rauda saeta de metal plateado se sumergió en el azul, dejando tras de sí una estela roja y verde de fuego y humo. * * * Los nervios de la tripulación de la cosmonave estaban tensos. -¿Alguna novedad, Curtis?... -la voz de Jonathan era patética. -Nada -contestó fríamente el comandante. Muriel soltó un suspiro de resignación. Jonathan la abrazó con fuerza: -¿Cómo te sientes?... -Estoy bien..., pero me agradaría que las cosas se tornaran normales. Jonathan sonrió: -Hay a bordo veinte psicólogos..., pero no temas, Muriel; están fuera de horas de trabajo y no te analizarán. -No tengo miedo... -la voz de la muchacha era tranquila-. ¿Cómo sentir miedo a tu lado?... -¡Eres una chica muy brava! Pero..., te confieso que yo siento pánico. -¡Oh, no te creo, Jonathan! -Debes creerlo. Es la primera vez en mi vida que siento algo así... Naturalmente, todo me parecería normal si hubiésemos sido atacados por hombres reptiles o algo así, bichos extraños de raros planetas... -¿Como los de las novelitas interplanetarias? -Pero lo que aquí sucede sobrepasa ilimitadamente la imaginación más tropical... Esto sí, me preocupa. Ella oprimió la mano de él. -Ven -dijo suavemente-; tomemos una copa. En el bar, junto al comedor, varios hombres conversaban animadamente. -¿Alguna novedad, Fell?... -inquirió el mayor von Stohrer. -Ninguna. El comandante está tan desorientado como todos. -¡Oh, Rama! -exclamó Abba, una muchacha hindú, morena, exótica, fascinante. -¿Cómo...? -preguntó el mayor alemán. -Dijo ¡Oh, Dios! -aclaró Jonathan sonriendo. -Todo esto es peor que un cuento de fantasmas -opinó, risueñamente, Abba. Jonathan Fell encaró a la bella muchacha: -Me alegro de verla contenta... ¿Brindamos por ello?... La muchacha le tomó una mano entre las suyas, dulcemente: -Preferiría bailar... -dijo suavemente. Muriel tomó a su novio por un hombro: -Jonathan -dijo con tono que pretendía simular seriedad-, te dije que sería yo quien eligiera tus amistades... Solo hay dos mujeres en este pequeño mundo... y yo quiero seguir siendo la única para ti... -Tienes razón, Muriel... -Jonathan clavó su mirada en la muchacha hindú-: Perdóneme Abba; no puedo bailar... estuve cortando el césped y el esfuerzo me cansó las piernas. Rieron. Muriel echó los brazos al cuello de su novio: -¿Has olvidado que teníamos una cita, querido mío?... El mayor von Stohrer se interpuso entre los dos: -Sujeten sus cinturones de seguridad -dijo, haciendo un guiño a la muchacha. De pronto se oyó una tenue música, una simple y juguetona melodía popular. -¿Bailamos, Muriel?... -invitó Jonathan a su novia, haciendo una ademán de exagerada caballerosidad. -Cualquier cosa..., con tal de alejarte de esta peligrosa vampiresa... -rió la muchacha, entornando sus bellos ojos dorados. Los jóvenes novios comenzaron a bailar, alegremente. Pocos momentos después las voces y la música crecían en intensidad. El mayor von Stohrer tomó la mano de Abba con majestuosa cortesía. -Todo va bien -susurró ella, sonriendo a varios oficiales sentados en los altos banquillos del bar-. Mande a Fell a mi cuarto..., con cualquier pretexto. -Pronto no necesitaremos pretextos -musitó el alemán y luego, en voz más alta-: ¿Bebemos un buen whisky, señorita Abba?... Se acercaron al mostrador y el alemán preparó dos vasos altos de whisky. El capitán Harold Wallace se acercó a ellos: -Nunca imaginé que las fiestas cósmicas fueran tan aburridas... -comentó. Abba entornó sus ojos negros: -Me gustan las fiestas, capitán. No me importa dónde se lleven a cabo... El otro suspiró: -Creo que... la verdadera fiesta puede empezar de un momento a otro. El mayor van Stohrer protestó: -No debemos mencionar nada respecto a lo que está ocurriendo... Creo que somos seres evolucionados. -Perdone, mayor, pero no puedo evitar el dejar de pensar en eso... -respondió Harold Wallace sin una sombra de sonrisa. La música cesó y Jonathan y Muriel se arrimaron al bar. -¿Qué pasa aquí?... -preguntó el joven capitán, al advertir los rostros serios. -¡Oh, nada! -dijo Abba-. Es que no podemos evitar el estar nerviosos... -¿Nervios?... ¿Qué es eso?... -el rostro de Jonathan denotaba una cómica sorpresa-. Creía que todos nosotros éramos el resultado de muchas generaciones de astronautas... adaptados a todo. Sospecho que yo, personalmente, podría seguir subsistiendo en el fondo del mar o dentro de una botella herméticamente cerrada... -Naturalmente que sí... afirmó Muriel, sonriente-. Yo podría entrar en órbita alrededor del sol... sin necesidad de ninguna clase de aparatos. Rieron. -No se trata de eso... -dijo, muy serio, el capitán Wallace-. Por supuesto que no me aterra la muerte... ¿No somos seres privilegiados?... Y entonces, ¿qué importancia puede ya tener para nosotros la vida o la muerte? -Ninguna. Nada, pues, debe preocuparnos -dijo secamente von Stohrer. -Es algo increíble. Creo que... -Wallace estaba realmente preocupado. Se detuvo. Bebió un largo sorbo de su whisky y concluyó: -Creo que... todo obedece a un plan. -¿Un plan?... -los ojos negros de Abba se desviaron hacia von Stohrer. -Es lo más lógico -aseveró Harold Wallace-. Esto es obra de seres de otro mundo... Se hizo un breve silencio. El capitán Wallace sacó nerviosamente un lápiz y bosquejó un mapa sobre la marquilla de sus cigarrillos: -Esto es evidente -dijo-. Si la temperatura de la fotosfera solar es de unos seis mil grados y... -No irá usted a darnos una clase de primero inferior, ¿no?... -interrumpió el mayor von Stohrer, algo molesto. -Claro que no... Pero... -El capitán Wallace tiene razón -dijo Jonathan-. Es un razonamiento sencillo, pero es lo que todos nosotros hemos estado pensando. -Naturalmente -terció Abba con voz muy suave-. Todo eso...; considerando que la estrella Rigel de la constelación de Orion tiene un resplandor unas veinte mil veces superior al del sol... -Elemental -interrumpió von Stohrer, como molesto-. Pero ello implica una remota posibilidad..., tan remota como... como... la proyección molecular a distancia... -No tan remota, mayor -la voz de Wallace parecía temblar-. Yo diría que las posibilidades que tenemos de que todo lo que nos está ocurriendo sea obra de un plan monstruoso de seres de otro mundo... es millones de veces más probable que las que tiene la Tierra de terminar por cualquier cuerpo celeste... -Admitido -rio el mayor von Stohrer-. Eso es tan poco probable como lo de la proyección molecular... -¿Le parece poco probable, mayor?... Sabemos que son cincuenta mil los pequeños planetas que bailan a la velocidad de sesenta y seis kilómetros por segundo alrededor del globo terráqueo... Un simple guijarro de esos, el más pequeño, de un kilómetro de lado, pesa cinco mil millones de toneladas y bastaría para enviar al otro mundo al mundo que habitamos... -Estamos hablando como colegiales chiquillos... -dijo Jonathan-. Pero lo que el capitán Wallace quiere decir está muy claro... Es un buen ejemplo de posibilidades. -Naturalmente -afirmó Harold Wallace-. En 1937 Hermes nos rozó a... ochocientos mil kilómetros... Y en 2128 volvió a amenazarnos pasando a unos quinientos mil... -O sea con un margen de doce minutos -razonó Jonathan. -¡Sólo doce minutos!... -Wallace está exaltado-. Sólo doce minutos... y la Tierra se hubiese aniquilado. El mayor von Stohrer suspiró ruidosamente. -Está bien -dijo-. Acepto que eso es un amplio margen de posibilidades..., pero de todos modos... ¡la Tierra sigue intacta desde su nacimiento, hace cinco mil millones de años!... ¡Caray, qué pocas posibilidades! -Suficientes como para tenerlas en cuenta... -Wallace había entornado sus ojos-. La ciencia no debe despreciar ningún cálculo. -De acuerdo, capitán... -Abba sonrió seductoramente-; pero nos hemos escapado del tema... ¿De veras cree usted en eso de un plan?... -Sí. Lo creo. No será muy lógico, pero no tenemos una explicación mejor. Muriel Curtis se estremeció. -Si así fuera... no podemos hacer otra cosa que esperar los acontecimientos. -Los héroes de las novelas interplanetarias no harían eso -se burló von Stohrer-. Seguramente sacarían el pasador de seguridad de la escotilla de escape y saldrían a flotar en mitad del espacio... -¿Lee muchas novelitas de aventuras siderales?... -preguntó el capitán Wallace, con un dejo irónico. -Claro. Me divierten mucho. Muriel Curtis suspiró. Dijo, alegremente: -Creo que debemos aguardar los acontecimientos... divirtiéndonos. Tenemos buena música y mejor whisky... -¡Viajamos algo más cómodos que la perra Laika del Sputnik II!... -comentó la bella hindú Abba. * * * En la penumbra de su habitación, Abba parecía una heroína del cine primitivo. Echada como estaba en el sillón de espuma roja, en bata, columpiando una chinela en la punta de su pie descalzo, su aspecto tenía algo de una estampa de revista pornográfica. -¿Un cigarrillo, capitán Fell?... -Sí. Gracias -Jonathan avanzó hacia ella. Abba le tendió un encendedor finamente cincelado y suspiró arqueando el pecho, lo cual hizo que se le abriera la bata. El muchacho echó una bocanada de humo y la observó serenamente. Experimentaba una extraña sensación premonitoria que oprimía su estómago y le circundaba el cuerpo. Esa mujer tenía un matiz poco común. Todos sus rasgos eran extraños... y, especialmente, sus ojos negros... Oscuros hasta no poder serlo más. Jonathan sintió que esos ojos le penetraban con un fulgor que provenía de muy adentro. -Creí que estaría aquí el mayor von Stohrer... -dijo. Ella sonrió dejando ver una dentadura magnífica. -Ya vendrá... -su voz era dulce-. Siéntese, por favor, capitán. El muchacho se sentó junto a ella. -¿Qué es lo que ocurre?... -preguntó. -Algo muy serio... ¿Cree usted, como el capitán Wallace, que todo lo extraño que nos está sucediendo obedece a causas... extraterrenales? -Estoy de acuerdo con lo que dijo... No será muy lógico, pero no tenemos una explicación mejor. -Claro. Abba se encogió de hombros con laxitud y cruzó las piernas. Hubo un corto silencio hasta que la hindú descruzó las piernas, se levantó, luciendo su esbelta figura y dijo: -¿Qué opina de la proyección molecular a distancia? -Bueno -Jonathan se revolvió en el asiento-; eso que mencionó von Stohrer realmente es algo de las novelitas que... -¿No cree que puede ser posible?... -interrumpió ella; la expresión de su rostro había variado de un modo muy extraño. -No. Absolutamente imposible. La bella hindú rio. -Se equivoca usted, capitán... Eso es imposible para ustedes, los terráqueos... Jonathan Fell se puso en pie de un salto: -¿Qué quiere usted decir?... No soy amigo de ciertas bromas y si usted... -No estoy bromeando, capitán... ¿No es verdad, mayor von Stohrer? Jonathan giró rápidamente. No había oído ni el menor suspiro... ¡y sin embargo, el mayor von Stohrer estaba allí, detrás suyo!... -No se alarme, amigo Fell -susurró el alemán, como una serpiente-. Es usted un hombre muy privilegiado... Va a enterarse de cosas realmente sorprendentes..., fantásticas, diría yo. Jonathan volvió a sentarse, hundiéndose en el sillón con mirada dura. Les ruego que se expliquen... -Naturalmente, capitán... Pero antes, permítame que nos presentemos... La señorita Abba tiene, realmente, otro nombre más encantador, más..., más acorde con su belleza y su inteligencia... Se llama Wint... y es nativa del pequeño planeta Juno... -Mayor..., no sé qué es lo que pretende, pero... -Calma, capitán... Mi nombre es Komtac... Se aproximó a Jonathan y se inclinó ceremoniosamente: -También del pequeño Juno... ¡Juno!.. Usted sabe, capitán... un insignificante planeta de doscientos diez kilómetros de diámetro... Somos hijos del estallido de un planeta de la familia solar... Como quien dice, hermanos de los terráqueos... Jonathan permaneció callado. Abba se arrodilló junto a él: -El capitán Wallace está en la verdad... existe un plan. Todo lo ocurrido es obra nuestra. Jonathan permaneció impasible. ¿Qué clase de broma era ésa? No podía entenderlo. -¡Oh, sí, mi querido capitán Fell! -exclamó el alemán-. ¡Los insignificantes autores de novelitas interplanetarias tienen excelente imaginación!... O, quizá, los científicos la posean muy pobre... Bueno, en verdad, la ciencia jamás reverenció a la imaginación y la fantasía!... Los pobrecitos científicos siempre se aferran a las matemáticas... y los números suelen hacer jugarretas muy divertidas... Todos los adelantos científicos de los terráqueos han sido siempre imaginados, antes, por los hombres de imaginación... Ya ese tipo, ¿cómo se llamaba?... ¡Oh, sí!, Julio Verne... Ese sorprendente Julio Verne... -No sé dónde quiere ir a parar, mayor, pero creo que está usted haciendo el ridículo. Me parece que... -el tono de Jonathan era seco. -Aguarde, capitán -lo detuvo von Stohrer-; todo esto es muy serio... tan serio como que le quedan a usted... muy pocos minutos de vida. Jonathan Fell se incorporó de un salto: -Cuando no esté bebido continuaremos esta conversación... ¡hasta luego! Giró y fue hasta la puerta. Estaba cerrada y no cedió a los golpes de Jonathan. -¿Quiere abrir?... ¡Oh, no creo que pueda!... -la voz del alemán era divertida. El muchacho probó con sus llaves magnéticas, pero la puerta no cedió. Se dio vuelta y encaró a los dos extraños personajes. Ni el mayor ni la mujer parecían estar bebidos. -No podrá salir, Jonathan... -aseguró Abba y rompió a reír con risa de niña. Durante unos segundos Jonathan Fell permaneció inmóvil, sin saber qué hacer. Pero de pronto hizo un rápido movimiento y en sus manos apareció su pequeña pistola térmica. -Está usted indefenso, mi querido Jonathan... Abba volvió a reír. Uno de sus hombros salióse de la bata. Aparecía realmente deslumbrante. El alemán avanzó sonriente hasta el joven capitán: -El calor de ese juguete -con la cabeza señaló la pistola térmica-, concentrado a altísimas temperaturas y presión... puede disgregar el acero como si fuera manteca... Pero no creo que funcione en estos momentos tan importantes para usted, capitán. . . Jonathan apretó el disparador apuntando sobre la puerta. Parpadeó con extrañeza. El arma no había funcionado. El proyectil no había salido. -Siéntese, Fell... -la voz de von Stohrer era ahora autoritaria. El muchacho suspiró profundamente. Se pasó la mano por la frente y dijo: -Está bien. Hablen. -Correcto, capitán -el mayor tomó asiento y encendió un cigarrillo con toda lentitud-. Basta de fantasías..., vamos a hablar científicamente. Por supuesto, tanto la bella señorita que usted tiene delante, para recreo de su vista..., como yo mismo, somos hijos de la Tierra... ¡Nada de Wint ni de Komtac... ni mucho menos Juno! Perdone la bromita... ¡Una pequeña debilidad mía!... Jonathan extrajo un cigarrillo y lo llevó a labios. ¿Estaba ante dos locos?... Sí; eso debía ser. Habían sucedido cosas muy extrañas y... La voz del mayor lo sacó de sus pensamientos: -¡Oh, Fell, debe usted perdonarme esa pequeña manía mía de leer esas estúpidas novelitas!... ¿Qué quiere usted?... Son mi pasatiempo, el descanso necesario para mi incansable cerebro... Y bien, capitán; seré concreto: todo lo que ha ocurrido es obra nuestra... -con un movimiento de cabeza señaló a la hindú-; la pérdida del contacto de esta poderosa cosmonave con la Tierra..., el rumbo desconocido que ha tomado..., la velocidad tres veces superior a la que llevaba... ¡todo, todo mi querido amigo Jonathan!... ¿Me permite que lo llame Jonathan?... Claro que sí; usted puede llamarme Eric... -Sea concreto, mayor... -dijo el muchacho, echando una bocanada de humo. -¿Es una exigencia, Jonathan?... En verdad, no creo que esté usted en condiciones de exigir..., ¿verdad, Abba?... La muchacha asintió con la cabeza. -Pero seré concreto..., como yo lo había dicho antes -siguió el alemán-. Pero le ruego que... ¡no, no le ruego, le exijo!, que me llame Eric... Soltó una potente carcajada. -Es muy alegre -comentó Abba, sentándose junto a Jonathan. -¡Hay que ser alegre!... -dijo von Stohrer-. De lo contrario estas cosas científicas terminarían por matarnos de aburrimiento... Pero vamos al grano. Sí, querido Jonathan; todos los problemas que se han presentado a bordo, fueron suscitados por nosotros. Y no por medios mágicos, sino por medio de la ciencia. ¿Y sabe por qué lo hemos hecho?... Hizo una pausa, como para lograr un efecto dramático: -¡Para probar un experimento!... Ahora que, ¡gracias a Dios!, hemos podido demostrar que nuestra teoría es practicable... ¡seremos los dueños del espacio! El muchacho frunció el ceño, pero sonrió levemente al preguntar: -¿Quiénes son ustedes?... Antes de responder, el mayor von Stohrer abrió un pequeño mueble, extrajo botellas y mezcló cuidadosamente algunas en dos copas. Jonathan lo miraba serenamente, aunque intrigado. Abba sonreía con gesto indiferente. -¿Quiénes somos nosotros?... -repitió el alemán y miró fijamente al muchacho. Después entregó una copa a la hindú y se sentó frente a Jonathan, sorbiendo la bebida con la mirada centelleante. -Somos ciudadanos del País de las Horas Silenciosas... -dijo-. Ese país se halla en las entrañas de la Tierra. Durante cinco generaciones hemos construido un mundo subterráneo... perfecto. -¿Vuelve a las fantasías, mayor?... Vertiginosamente, el alemán se puso en pie y arrojó el contenido de su copa en el rostro del capitán. Jonathan saltó, como movido por un resorte, pero antes de que pudiera abalanzarse sobre el alemán, oyó la voz de Abba: -Un mínimo movimiento más y... lo aniquilo, querido Jonathan... La hindú tenía en sus manos una extraña arma, desconocida para Jonathan. El mayor chilló, con el rostro congestionado: -¡Le he ordenado que me llamara Eric!... ¿Es que debo repetir las órdenes?... Volvió a sentarse, lentamente. Su respiración era rápida y entrecortada. Gritó: -¡Siéntese, Jonathan! La hindú seguía con su arma aferrada entre los dedos y sus ojos echaban chispas. El muchacho sintió que ella iba a disparar. Dio un paso atrás y se sentó. Entonces el dedo de ella presionó sobre el disparador. El muchacho volvió a incorporarse, ileso. -No... no es la muerte -explicó Abba-. ¿Cómo se siente ahora, amigo Jonathan?. . . Jonathan comenzó a sentirse mareado, como si hubiera bebido mucho. Sintió que sus músculos quedaban laxos. -Ahora está mejor -dijo el mayor-. Muy bien, Abba; eso es lo que debimos hacer desde el principio... La bella hindú sonrió y se acercó al muchacho: -Una pequeña dosis paralizadora -le dijo-. Lo suficiente para que todos estemos tranquilos... Ahora podremos hablar con tranquilidad... ¿no es así, Jonathan?... El muchacho asintió. El mayor soltó una carcajada: -Claro que morirá usted..., pero no antes de sernos útil. ¿Entiende usted? Jonathan volvió a asentir. No podía pensar; apenas podía oír y entender lo que le decían, como si todo lo demás, el resto del mundo, sus sentimientos, su conciencia, absolutamente todo, no existiera para él. Apenas una muy vaga idea de que se hallaba entre seres muy evolucionados, pero animados por el espíritu del mal... -Nuestro mundo subterráneo ha logrado la perfección total... Fue levantado clandestinamente, al margen del Gobierno General de la Tierra... ¡Cinco generaciones de arduos trabajos!... -la voz del alemán llegaba al cerebro de Jonathan como en sueños-. Es un mundo ideal... para los más fuertes. Educamos a nuestros niños hasta los cinco años... y permitimos que supervivan sólo si son fuertes, sanos, de lúcida mentalidad... De lo contrario, los eliminamos. Selección de razas, ¿comprende eso, Jonathan?... El joven capitán movió la cabeza afirmativamente. -Y bien -siguió el alemán-; científicamente, estamos mucho más adelantados que ustedes, los del mundo superior... Claro que utilizamos todos vuestros descubrimientos en provecho propio... ¡esto nos hace ganar mucho tiempo!... ¿Recuerda usted al profesor Bleichsteiner?... Desapareció como tragado por la tierra, dijeron... ¡Naturalmente que sí!... Ahora es de los nuestros... Y puedo asegurarle que se encuentra muy feliz... El mayor se detuvo un instante. Fue a sentarse junto al muchacho, lo tomó por los hombros y lo miró fijamente: -Ahora escuche bien lo que voy a decirle... Dentro de media hora, esta cosmonave llegará a un determinado punto donde nosotros seremos recogidos por otra nave.. . -No... navega esta... cosmonave sin... rumbo?... -pudo preguntar Jonathan haciendo un visible esfuerzo. -Para ustedes, sí -respondió con tono orgulloso el hombre del mundo sumergido-. Para nosotros, no. En realidad, desde aquí mismo, estamos conduciendo la nave... Vea, observe usted... El alemán hizo una seña con una mano y la hindú fue hasta un mueble y extrajo una pequeña caja. La abrió y Jonathan pudo ver, sin asombrarse ni sentir ningún sentimiento, que dentro de la caja había algo así como la réplica, en miniatura, del tablero de instrumentos de la cabina de comando. -Ya le dije que nosotros hemos logrado aumentar en tres veces la velocidad que llevaba la cosmonave..., como asimismo hemos hecho que perdiera su comunicación con la Tierra... Y bien, Jonathan; dentro de treinta minutos nosotros trasbordaremos a una de nuestras poderosas naves siderales y dejando a ésta librada a su propio destino... ¡Nuestros científicos ya tendrán, desde sus laboratorios en el fondo de la tierra, todos los datos que necesitábamos!... ¿Le parece bien, Jonathan?... -Sí... suspiró el muchacho débilmente. -Correcto, capitán. Supongo que nuestro experimento habrá llegado a feliz término... Nuestra misión ha concluido. Miró a la hindú: -Seremos condecorados por esta acción, mi querida Abba. Dios nos ha ayudado. Todo fue bien. La mujer pareció un tanto nerviosa. Fumaba con chupadas más breves, más densas y caminaba ondulante por la habitación: -Sí, Eric... -dijo; aplastó el cigarrillo en el cenicero de cristal-; todo ha ido como estaba previsto... Pero ahora que todo ha pasado... Calló. Suspiró y se corrigió: -Pero ahora que falta tan poco para que todo concluya..., pienso que nuestra misión era demasiado audaz, demasiado peligrosa..., ¿no? -Sí; sin duda, Abba -la voz del alemán era algo apagada. Luego pareció reanimarse y palmoteó a Jonathan: -Entienda, capitán... Vamos a hacerle una proposición... ¡una favorable proposición para usted!... Jonathan se removió en el sillón. Podía vislumbrar que esas personas eran temibles pero no alcanzaba a darse perfecta cuenta de lo que estaba ocurriendo. -¿Conoce usted ese adagio que dice... si no puedes vencerlo, alíate con él?... Jonathan movió la cabeza. El otro siguió: -Usted es un hombre muy inteligente, Jonathan... y muy valiente... ¡un ciudadano digno del País de las Horas Silenciosas!... Estoy seguro que usted llegará a mucho entre nosotros... -Sí... -¡Naturalmente que sí!... Nosotros necesitamos su cerebro y su coraje... Y bien, responda usted, Jonathan... ¿Quiere venir con nosotros... o prefiere la muerte?... El muchacho sintió que la vista se le nublaba. No podía coordinar bien las ideas... Como entre una niebla oyó la voz de la hindú: -No debí dispararle... Lo necesitábamos con toda su lucidez... Y, de veras, Eric, no quisiera eliminarlo... -No será necesario... -respondió el alemán; volvió a mirar fijamente al muchacho-: ¿No es cierto, amigo?... Diga que acepta. Nos quedan pocos instantes para aguardar su decisión... Debemos preparar todo para el trasbordo... Consultó su reloj y agregó: -Decídase, Jonathan... ¿Viene usted con nosotros o no? El muchacho se pasó una mano por los ojos. Balbuceó: -No entiendo... porque debo... decidirlo yo... ¿es que no pueden... arrastrarme por la fuerza?... ¿No es lo que hicieron con el profesor Bleichsteiner?... El alemán rió: -No... Nuestro Mundo es perfecto... ideal... Nadie puede estar con nosotros por la fuerza... Ese profesor aceptó la proposición que le hicimos..., como muchos, muchísimos otros... ¿Qué nos contesta, Jonathan?. El capitán sintió que las ideas se confundían en su cerebro... ¿Qué clase de seres humanos eran estos?... ¿Eran... malvados... o, por el contrario, seres que habían logrado un mundo ideal al margen del conocido, tan lleno de injusticias y errores?... No podía responder eso. Y..., ¿qué pasaba, mientras tanto, con los demás tripulantes?... ¿Por qué no venían?... ¿Dónde estaría Muriel?... ¿Es que nadie había notado su larga ausencia?... ¿O hacía apenas unos pocos minutos que se encontraba viviendo esa pesadilla?... ¡Pesadilla!... ¿No sería todo eso un sueño...? No podía precisar nada, absolutamente nada. -Decídase, Jonathan... -Acepte, amigo mío... -la voz de Abba llegaba a Jonathan desde muy lejos-: todo depende de usted. Nosotros no somos más que portavoces de un mundo maravilloso... Nuestra misión está por concluir... Sólo aguardamos su respuesta... Y yo, querido Jonathan, deseo con toda mi alma que acepte... ¡Oh, no, no quisiera perderlo! Las palabras de von Stohrer sonaron graves: -¿Sentimentalismos, Abba?... Le daremos quince segundos más... Si mueve la cabeza negativamente... ¡lo aniquilaremos en el instante! Abba se arrodilló súbitametne junto a Jonathan: -Nada podemos hacer contra su voluntad... Acepte y tendrá grandes compensaciones... ¿No comprende que le estamos ofreciendo no sólo la vida sino todo un mundo fabuloso? Le ofrecemos bienestar y poder a cambio de su cooperación... Jonathan hizo un esfuerzo sobrehumano. Sonrió y dijo: -Ustedes no... no esperarán que... acepte, ¿verdad?... -¡Jonathan!... -la voz de Abba tembló-. ¡Comprenda! ¡Acepte!... ¡Debería sentirse orgulloso por la oportunidad que le brindamos!... El muchacho cerró los ojos. No podía razonar, pero alcanzaba a comprender, vagamente, que esa mujer y ese hombre eran... enemigos de la humanidad... No podía ser de otro modo. ¿Por qué actuaban en la sombra, como criminales?... De pronto, Jonathan hizo otro poderoso esfuerzo. Se puso en pie, bamboleante, y se echó sobre el alemán tomándolo por el cuello con ambas manos... Pero en seguida sintió como un impacto en su cerebro y se desplomó de costado. -Mala suerte -dijo el mayor Eric von Stohrer-. Ahora debemos actuar con precisión, Abba. Vamos a prepararnos para el trasbordo. * * * -Creo que debemos empezar a cuidar las provisiones. El comandante Anthony Curtis parecía más alto y enjuto y las arrugas de su rostro más pronunciadas con su rojo uniforme espacial de gala. Vasily Petrovich sonrió levemente. Vestía un arrugado traje gris, de civil, y su aspecto era bondadoso..., pero en sus ojos había una chispa de terror. Su cabeza era redonda y sus negros y cortos cabellos brillaban como el pelo de un león marino. -Esto no puede durar... -dijo con voz ronca-. Algo tendrá que ocurrir... Curtis miró la pantalla del tablero de comando. La cosmonave surcaba los espacios por galaxias desconocidas. Extrañas constelaciones de estrellas fulguraban en el impalpable manto del macrocosmos y sus emisiones de luz poblaban de inconcebibles colores la negra proyección televisada. Nebulosas blancas, oscuras, estrellas gigantes verdes y rojas, cefeidas, estrellas múltiples, cúmulos globulares... todo ese mundo fantasmagórico se podía ver desde la cabina de mando. Su contemplación aturdía, por la inconcebible magnitud. ¡Millones y millones de puntitos de luz que correspondían a soles tan grandes como el que alumbraba el Universo que encerraba a los nuevos planetas y la abrumadora extensión galáctica!... -Sólo una cosa puede suceder... -musitó el comandante-; ¡la explosión de la nave de un momento a otro! El ruso se retorció las manos, intranquilo; al cabo soltó una carcajada y dijo: -No crea que me disgustaría mucho ser un cuerpo girando en torno del espacio en una órbita de satélite de... -calló; pero al instante siguió-: soy astrobiólogo y me encantará explorar el espacio. El comandante iba a responder algo, pero en ese momento se acercó su hija con el rostro preocupado: -Papá... ¿Has encargado a Jonathan alguna misión especial?... -Su misión específica es protegerte -contestó Curtis-. Si no lo está haciendo tendré que imponerle algún castigo. -Pues ya debes inventar un castigo.. . Hace un buen rato que lo estoy buscando... Calló de pronto. Tocó el traje rojo de su padre y preguntó: -¿Por qué... el uniforme de gala?... Antony Curtis hizo un ademán: -Tonteras, hija. El astrobiólogo ruso puso una mano sobre el hombro de Muriel: -Su padre... cree que estamos en los últimos instantes. La muchacha frunció los labios. -Es lo que todos pensamos... ¿A qué velocidad vamos? -Mil cien kilómetros por segundo..., aunque no podemos determinarlo exactamente. -¿Qué pasa con los controles? El comandante suspiró: -Seguimos igual. Como desde hace tres días. Estamos metidos dentro de una gran bola disparada hacia... -¡¿Pero qué es eso?!... -interrumpió Muriel, señalando el tablero de instrumentos. Un pequeño punto de luz ambarina brillaba sobre un cristal. El comandante achicó los ojos: -Es lo que nos tiene preocupados, hija -dijo-. Estamos estudiando eso... Helfer, el técnico radioelectrónico, Daniels, el ingeniero de propulsión fotónica y Babashkin, el profesor de parasicología, son los encargados del grupo de investigación de este fenómeno... Están trabajando intensamente en la cúpula de Estudios. -¿Efecto psicocinético?... -preguntó Muriel enarcando interrogadoramente las cejas. -Es lo que parece. -¡Pero estos aparatos no están preparados para tal recepción! -No. Pero... ¿sabemos si otros seres... más evolucionados que nosotros han logrado dominar la cibernética?... El ruso soltó una breve risa nerviosa: -¿Seres de otros planetas, comandante?... Conocemos a los habitantes de Júpiter, Venus, Marte y... -No me refiero a seres fantásticos -dijo Curtis, molesto-. Aunque no podemos descartar esa posibilidad... Si bien ya somos amigos de muchos seres de los planetas cercanos, y sabemos bien que son todos similares a nosotros y no como los imaginaban los antiguos autores de historietas y aun algunos sabios del pasado, todavía no nos hemos visto frente a frente con seres de las más lejanas galaxias... Pero, de todos modos, no me refería a seres extraterrenales. -¿Entonces...? ¿Es que aún no conocemos nuestro propio planeta?... ¿Es que...? -En nuestro propio planeta hay unos seres superiores a nosotros... -¿Cómo?... -exclamó Muriel y sus ojos dorados lanzaron destellos. -Era un secreto... un estricto secreto del Gobierno General..., pero dadas las circunstancias... Creo que debo informar a todos. Teniente Petrovich... haga reunir al personal superior en la sala de actos... No; mejor que se reúnan todos... hasta los cocineros. Vasily Petrovich hizo una leve reverencia y salió de la cabina de mando con paso ágil. Muriel volvió a observar las agujas de algunas esferas. -¿De veras crees que alguien comanda estos aparatos por la cibernética?... -¿Por qué no?... Nuestros biólogos, neurofisiólogos y especialistas en fotónica ya afirman que la cibernética será un hecho en poco tiempo... -Lo sé. Antes de transformarse en movimientos musculares la voluntad y el pensamiento se manifiestan como bicorrientes, esto es, impulsos eléctricos que, desde el cerebro, recorren los nervios... -Más aun, Muriel; han conseguido captar tales impulsos, amplificarlos, traducirlos a ondas radios y proyectarlos al tablero de comando de un mecanismo preparado naturalmente para tal recepción. La relación es directa entre cerebro y máquina... y ésta responde perfectamente a los deseos u órdenes mentales del hombre.. . Muriel Curtis bajó los ojos un instante. Luego miró a su padre y dijo: -Pero este tablero no está preparado.. . -No -interrumpió su padre-. Pero quizá eso no sea necesario... para sabios más avanzados que los que conocemos. Es posible que esta astronave esté obedeciendo al pensamiento de alguien... muy inteligente. -Y muy criminal -agregó Muriel, con la voz quebrada. * * * Toda la tripulación de la colosal cosmonave estaba reunida en la amplia y cómoda sala de actos. -¡Han desaparecido!... -exclamó el capitán Harold Wallace-. Ni el menor rastro de ellos. -No es posible... no puede ser. ¿Está seguro que ha revisado todo minuciosamente? -Todo, comandante. Un grupo de cincuenta hombres se ocupó de ello... Ni el menor rastro de Jonathan, von Stohrer y la muchacha hindú... Muriel entró corriendo en la sala. Agitada, se detuvo ante su padre: -Hemos violentado la puerta del compartimiento de Abba... no hay nadie allí. Antony Curtis dejó caer los brazos con desaliento y una expresión que parecía preguntarse ¿y ahora qué? Pero se repuso de inmediato y dijo con voz firme: -Sigan buscando... Tiene que estar a bordo... Giró sobre sus talones y se dirigió al estrado. Desde allí observó a todos durante unos segundos. Al cabo dijo: -Señores..., en muy pocas palabras voy a revelar un secreto de Estado... El Gobierno General se ha enterado que, en algún lugar de la tierra, se ha creado un nuevo estado... Un nuevo estado que viviría sumergido en las entrañas de la corteza terrestre, iniciado por algunos sabios rebeldes, disconformes con nuestros métodos de vida, y formado, a través de varias generaciones, por selección de individuos... Un estado donde sólo superviven los mejor dotados... Hizo un silencio y un sordo murmullo recorrió la sala. El comandante Curtis siguió: -Ya entraré en detalles en otros momentos... Ahora quiero notificarles las sospechas que tenemos los componentes de la plana mayor de esta cosmonave... Pensamos que la pérdida de la comunicación con la Tierra..., la fantástica velocidad que llevamos..., la pérdida del control de ruta y la inutilización de todos los aparatos técnicos, puede deberse a obra de seres de ese estado subterráneo... Helfer, Babashkin y Daniels, con un grupo de colaboradores que he seleccionado para la emergencia, están estudiando los fenómenos... Aún no tenemos conclusiones concretas, pero estamos convencidos que nuestra nave está guiada por fuerzas cibernéticas... Todos sabemos que ello no es imposible... Es muy probable que los sabios del estado oculto en algún lugar de la Tierra hayan creado cerebros electrónicos con capacidad de percepción y de reacción muchísimo más veloces que el cerebro humano... ¡Sí, señores!... Estoy firmemente convencido que se ha logrado convertir en realidad cerebros electrónicos que permitan accionar y controlar de cerca y de lejos los más complicados mecanismos valiéndose únicamente de los impulsos cerebrales del hombre!... La velocidad de la corriente nerviosa del hombre es, como sabemos, de aproximadamente setenta metros por segundo y... Un grito tétrico detuvo la palabra del comandante Curtis. * * * Todos parecían haber contenido el aliento. Las pantallas de televisión, al cabo de haber ofrecido algunos cúmulos galácticos de poco tamaño una nebulosa de gases oscuros, mostraban ahora algo realmente sobrenatural... ¡un extraño mundo de plantas coníferas y palmeras, en un suelo erizado de montañas y desconocidos reptiles!... -¡Hemos llegado a un planeta desconocido!... -se oyó la voz de alguien entre los murmullos y las exclamaciones de sorpresa de todos. Helechos gigantes y un bullicio de larvas, ciempiés, arañas y escorpiones se ofrecía a la mirada asombrada de los cosmonautas. -¿A qué distancia de la Tierra podremos estar?... -preguntó Muriel a su padre. El comandante Curtis demoró un largo instante en contestar. Al cabo dijo, en un susurro: -Parece... una visión de la era secundaria de la Tierra... Esos bípedos parecen ser ornitholestes y tecodontes... Fueron los primeros vertebrados que por primera vez en la historia de la vida... se irguieron sobre las patas posteriores... fueron los predecesores de la aparición del hombre... -¿Un planeta en el cual comienza a aparecer la vida? -Es lo más probable... Todo esto parece una alucinante visión... de cuando los reptiles surgieron de las tierras emergidas..., la primera conquista de la vida... -Parece que la nave se hubiera detenido... -No... Seguimos navegando lentamente... ¡y esto es muy superior a todos los misterios que nos han estado intrigando! El capitán Harold Wallace se acercó al comandante: -Jamás sabremos que es todo esto que estamos atravesando... -dijo, y sus dientes se entrechocaban al hablar-. Parece una visión de los principios de la Era secundaria de la Tierra... Es decir, ¡un paisaje de hace doscientos millones de años!... -Exactamente, capitán... un paisaje del período trásico... Creo que estamos ante un planeta que recién comienza su evolución. Los ojos de todos estaban como hipnotizados ante los paisajes que, lentamente, mostraban las pantallas. La cosmonave estaba sobrevolando, sin duda, un planeta de alguna lejana galaxia..., ¿pero de cuál?... ¿A cuántos años luz de la Tierra?... De pronto, con la misma rapidez que en un film cinematográfico cambian las escenas, las pantallas mostraron algo mucho más sorprendente aún... El comandante saltó al escenario, del cual había bajado, y gritó con todas sus fuerzas: -¡Calma, calma por favor o enloquecemos todos!... ¡El más sepulcral de los silencios!... ¡Nadie debe hacer el más mínimo ruido!... Todos callaron, como accionados por un resorte invisible. -Si alguno de ustedes... no está viendo nada sorprendente... ¡que hable!... -la voz de Curtis resonó como un trueno en la sala. Ni un suspiro contestó la pregunta. -Debemos estar seguros de que todos estamos viendo lo mismo... -siguió-. ¡Exijo calma!... ¡Necesitamos saber si estamos hipnotizados... o si hemos perdido el juicio! Nadie respondió. El capitán Harold Wallace montó al escenario y se colocó junto al comandante. Dijo, con voz baja y serena: -Comandante... estoy seguro que todos estamos viendo lo mismo... Y tengo una teoría, que explicaría, en alguna medida, este singular fenómeno... El comandante sonrió: -He pensado lo mismo, Wallace... ¿Se refiere usted a.... la cuarta dimensión?.. . -Sí, comandante. -Muy bien. Todo es posible. Lo primero..., mantener la calma y no sentirnos sorprendidos por nada... ¡Nada puede haber para nosotros, científicos del planeta más evolucionado que conocemos hasta la fecha, que nos haga perder el sentido del raciocinio!... Calló, sonrió calmosamente a Wallace y dijo en voz más alta: -Señores... Es muy posible que estemos viajando a través del Tiempo... Todos sabemos que existe la posibilidad, aunque remota y casi irreal, que el Tiempo no desaparezca... como desaparece en el humo un objeto quemado... El Tiempo permanece... en alguna parte... con sus días, sus horas, sus minutos, sus segundos... ¡sus partículas infinitesimales de segundos!... Calló y el silencio era absoluto. Luego el comandante siguió: -Señores... ¡ahora debemos creer en la cuarta dimensión... porque la estamos viendo! Ello no debe inspirarnos terror... sino admiración... Y hacernos sentir superiores..., porque ahora, aunque nosotros nos desintegremos en el espacio, somos los seres humanos elegidos por Dios para contemplar este enigma maravilloso... Bajó del escenario y abrazó a su hija. En las pantallas, como en una película cinematográfica, aunque con una imagen algo velada por nubes por momentos rojizas y por momentos amarillentas que la cubrían como una pátina de tiempo, se veía claramente a un grupo de hombres en una playa, enarbolando estandartes... ¡Era una escena que había tenido lugar un día preciso!... ¡El 12 de octubre de 1492!... Allí estaba Cristóbal Colón, alzando un estandarte, rodeado por todos sus compañeros de viaje!... ¡Un día y un momento fundamental en la historia de la Humanidad!... Esa era una de las islas del grupo de las Lucayas, que los indígenas llamaban Guanhaní... -Dos razas se encuentran por primera vez en la historia del mundo... -comentó, con voz emocionada el capitán Wallace desde el escenario. Desapareció la imagen y fue sucedida por otra de singular belleza: las ruinas de la sala hipóstila del templo de Amón, en Karnak, la antigua Tebas...; y en seguida varios artistas tebanos decorando una pared del vestíbulo de una tumba... -El antiguo Egipto... con su grandeza soberbia... -musitó Muriel. La sala seguía sumergida en el más hondo de los silencios. Todos los seres humanos que estaban allí parecían sin nervios, sin sensibilidad. Algunos estaban absortos, como petrificados ante las pantallas televisoras que mostraban el exterior; otros habían llegado hasta las ventanas y observaban directamente el singular enigma cósmico. De pronto la cosmonave pareció sobrevolar lentamente, casi detenida, como suspendida en el espacio negro, por sobre una multitud de la antigua civilización azteca postrados ante una imagen del dios Texcatlipoca, el que madura las mieses... Un hermoso mancebo subía con majestad las escaleras del templo... Subía rompiendo algunas flautas que llevaba..., ascendía con gracia y sonriente... Una vez arriba, varios sacerdotes lo acostaron sobre una piedra labrada, con movimientos solemnes... Luego un sacerdote, el que parecía más anciano, le abrió el pecho con un cuchillo de pedernal... y le sacó el corazón. Todo sucedió con rapidez... Después bajaron el cuerpo y, al pie de la escalinata, otro sacerdote le cortaba la cabeza... -Señores... -dijo Wallace, erguido en el escenario-; hemos visto el sacrificio de un hermoso mancebo... elegido por su belleza y su figura... Ese muchacho aceptó el sacrificio con gran orgullo... De pronto, surgió otra tremenda escena..., una mujer subía los escalones de la guillotina... iba bien erguida, alta la cabeza y, aunque con las manos atadas a la espalda, más reina que nunca... ¡Era María Antonieta!... Sonreía al ofrecer su cuello blanco a la guillotina... El verdugo dejó caer la cuchilla y después exhibió con gesto triunfal a la muchedumbre la bella cabeza ensangrentada... -Estamos ante el día 16 de octubre de 1793... exactamente a las cuatro de la mañana... -comentó con tono patético el capitán Wallace. En seguida el espacio pareció gasificarse... hasta convertirse en una nebulosa. Pero súbitamente todo se aclaró, como atravesado por un potente relámpago que hirió las pupilas de los cosmonautas y la calle de una ciudad, atestada de miles y miles de personas apareció con notable claridad..., una caravana de autos cruzaba una zona céntrica de una populosa ciudad... al frente marchaba una escolta policial... -Estamos en la ciudad de Dallas, en la antigua Estados Unidos de Norteamérica -informó Wallace-. En ese coche van... el presidente Kennedy, su esposa Jacqueline y el gobernador de Texas, Connally y su esposa... Los Kennedy, sonrientes, saludaban con amplios movimientos de sus brazos... y de pronto un ademán de saludo de Kennedy se convirtió en un gesto de dolor... llevó su mano a la garganta y cayó desplomado sobre el asiento... su cabeza se deslizaba sobre la falda de su esposa manchando con sangre su pollera... Luego otra nebulosa oscureció la alucinante visión... En la sala no se oía ni un suspiro. De pronto, como accionados por una invisible fuerza, todos los cosmonautas se arrodillaron en el mayor silencio... ¡La imagen de Jesús había aparecido!... Marchaba por el huerto de olivos, en Getsemaní, con sus discípulos Pedro, Santiago y Juan... A lo lejos, Judas guiaba a los que iban a detenerlo... Simultáneamente, todos los insólitos viajeros del Tiempo comenzaron a orar... Desapareció la visión y todo quedó a oscuras... Nada, absolutamente nada, se veía en el espacio. -Amigos... -se oyó una voz en el fondo de la sala-, creo que sobreviviremos y... podremos regresar a los espacios... conocidos... ¡muchos enigmas se han aclarado!... -¡Jonathan!... -gritó Muriel, y corrió a lanzarse en los brazos de su novio. * * * Fue como si un potente rayo luminoso hubiese atravesado de proa a popa la colosal cosmonave. Pareció explotar en mil fragmentos en medio de un chisporroteante globo de fuego verde-azulado. El cielo era azul y estaba despejado. Jonathan hurgó en su traje espacial y halló un paquete de cigarrillos. Extrajo uno y lo encendió. Apoyado de espaldas al muro metálico de la colosal cosmonave, miró los ojos dorados de Muriel y dijo en un murmullo ronco: -No puedo imaginar lo que ocurrió. La nave está intacta... y nosotros somos los únicos supervivientes. Muriel Curtis aún tenía los ojos enrojecidos por el llanto: -Todos... todos muertos... ¡Es horrible, horrible!... ¡No puedo soportar más nada, Jonathan!... Después de haber recobrado el sentido, ambos jóvenes habían permanecido en silencio, con una desoladora expresión de ausencia en el rostro. Luego habían recorrido la inmensa cosmonave. Ningún sobreviviente. Sólo cadáveres por todas partes. Cuerpos inertes, rígidos, con las manos crispadas sobre los bruñidos aparatos, aferrados a las ventanillas... Luego, habían empezado a tratar de razonar. Pero les era imposible hilvanar una idea consistente. Todo lo pasado parecía una fabulosa, tétrica, pesadilla. Por otra parte, no sabían dónde se hallaban. El panorama era alucinante, pero tranquilizador. Había árboles en flor y su efecto era agradable. Todo aparecía tapizado con un liquen suave y espeso de un tinte rojizo y luminoso... Había innumerables pájaros que cantaban... A lo lejos, las vastas cadenas de abruptas montañas formaban un fondo de país de ensueño. -¿Dónde estamos?... -preguntó Muriel. -Imposible saberlo... Pero, sin duda, éste es un lugar similar a la Tierra... La atmósfera es igual..., asombrosamente igual..., lo mismo que la vegetación... Hay pájaros, aunque desconocidos para nosotros, y hay vegetación..., flores... Un rápido enfriamiento aflojó los tensos músculos de Muriel Curtis, y serenó su corazón y el impulso de su sangre. Demasiado sorprendida para intrigarse por todo lo que había pasado, se desplomó en el piso. El muchacho se inclinó sobre ella: -Descansaremos y luego comeremos algo... Más tarde caminaremos para explorar este lugar. Es seguro que encontraremos seres... -¿Humanos?... Jonathan se quedó un instante pensativo: -Ya no importa lo que encontremos, Muriel... Creo que estamos preparados para todo, hasta para lo más inconcebiblemente ultrahumano... Debemos dar gracias a Dios por la aventura maravillosa que hemos vivido... y por estar juntos aún. Jonathan buscó los labios de su novia y los besó con fuerza. Después dijo: -Debo contarte mi pequeña aventura con von Stohrer y Abba... Ella apretó su cuerpo contra el de Jonathan. El muchacho dijo: -El alemán y Abba pertenecen a una raza superior..., según ellos creen. Habitaban un mundo extraño, en las entrañas de la tierra... Un mundo que... -Mi padre reveló ese secreto a todos... El joven capitán enarcó las cejas: -¿El... conocía la existencia de ese submundo? -Sí. Era un secreto del Gobierno General... Por algunas razones, sospechaban la existencia de ese lugar... Sigue, Jonathan. -Ellos dominaban la marcha de la cosmonave...; lo hacían por medio de una réplica del tablero de instrumentos de la cabina de mando... Creo que se trataba de cibernética. Sea como sea, eran los amos de nuestra cosmonave. Estaban probando un nuevo experimento... En un determinado momento debían trasbordar a una nave de ellos... -¿Cómo pudieron von Stohrer y Abba infiltrarse entre nosotros?... -No lo sé. Sabemos bien que todos los tripulantes hemos sido rigurosamente seleccionados entre miles de científicos... El alemán sugirió, muy por encima, la proyección molecular a distancia, pero... -¡Imposible! -¿Quién puede afirmarlo, Muriel?... La teoría existe. Se podrían descomponer las moléculas, sin variar su estructura primitiva al volver a componerlas. Y también se podría, una vez conseguido eso, la proyección molecular a distancia... En un punto científicamente fijado, las moléculas se despositarían nuevamente, una vez descompuesta la materia de un objeto o de un cuerpo vivo, con la misma forma original que tenían previamente... y con la misma naturaleza, vida y características anteriores, por supuesto. En otras palabras, Muriel, que una forma inanimada, lo mismo que un cuerpo animal o humano, podría ser enviado o trasmitido, igual que una imagen televisada, a una distancia infinita. Y allí volvería a reproducirse tal como era... -¿Quieres decir que esas... personas, Abba y von Stohrer, llegaron de esa manera a la cosmonave?... Imposible; nadie los conocería y... -No creo en esa posibilidad, pero, en tren de conjeturas, podríamos suponer que, una vez a bordo, utilizaron la cibernética para... hacernos pensar que eran nuestros amigos, a los cuales conocíamos de mucho tiempo... ¡La ciencia moderna ya no posee la facultad de sorprendernos! Calló un instante, sacudiendo la cabeza. Después siguió: -No creo en esa posibilidad. Debieron valerse de otros medios. Pero... allí estaban. -Siempre hubo espías muy hábiles, Jonathan. Pensemos de la manera más simple: von Stohrer y Abba eran espías... que, seguramente, trabajaron muchos años juntos a nosotros, hasta ganarse la confianza de todos... -No. Eso es menos probable. No olvides que la selección fue muy rigurosa... Nosotros mismos hemos sido notificados que perteneceríamos a la tripulación... sólo muy pocas horas antes. Sin contar que tú... eras la hija del comandante. No; no hubieran corrido el riesgo de perder años y años confiando sólo en el azar de resultar elegidos. De todos modos, lo cierto es que allí estaban... Tranquilamente, Jonathan narró todo lo sucedido en el compartimiento de la hindú, hasta el instante en que sintió el impacto en el cerebro y perdió el conocimiento. -Cuando recuperé los sentidos... von Stohrer estaba... muerto, con la cabeza destrozada. Abba lo había ultimado. Se acercó a mí con la botella que había utilizado para golpear al alemán y me dijo que había cambiado de modo de pensar respecto al Mundo extraordinario en que habitaba... Muriel silbó entre dientes. Dijo, con una triste sonrisa: -Yo había adivinado que ella... te amaba. -Sí... Me lo dijo. Por eso me salvó la vida. Me lo explicó todo. Así me enteré que von Stohrer fue quien me golpeó con la culata de su arma. Y, no obstante haber sacado fuerzas de lo más profundo de mi ser para lanzarme sobre él, no estaba lo suficiente lúcido para presentar combate..., al alemán le resultó fácil golpearme. -Pudo haberte matado. -Sí, pero no lo hizo porque estaba empecinado en llevarme vivo a su mundo... Esa era la misión que tenía y la quería cumplir hasta el último detalle. -¿Aun contra tu voluntad? -Sí; Abba me explicó que el alemán confiaba en que cuando yo conociera su mundo me sentiría satisfecho. No era un mal hombre. Sólo un fanático. -Quizá el mundo que habían creado... era realmente superior al nuestro. -No; la hindú me reveló... cosas espantosas. La libertad no existía allí. Era una selección de la raza, sí, pero la plana mayor eran los amos absolutos. Además, tenían planeado atacar y destruir nuestra civilización... Su ideal era construir sobre la tierra un mundo a la manera de ellos... Calló y Muriel suspiró profundamente. Se pusieron en pie y la muchacha preguntó: -¿Qué ocurrió después? -Lo que tú misma pudiste observar... ¡imágenes fantásticas de tiempos muy lejanos! Le dije a la hindú lo que pensaba de ello.... que estábamos en la cuarta dimensión... Entonces comprendió que la cosmonave estaba, realmente, navegando por tiempos perdidos y, por lo tanto, jamás sería hallada por sus aliados del mundo sumergido... Abrió la escotilla de escape, arrastró el cuerpo del alemán y lo arrojó al vacío; luego, se lanzó ella... Fue horrible, Muriel. ¡Vi sus cuerpos flotando en el espacio!... -¿No pudiste impedirlo?... -No. Antes de proceder, Abba me dejó semiinconsciente con su arma de rayos paralizadores... Pude ver todos sus movimientos, pero me sentía incapaz de realizar el más mínimo movimiento. Jonathan volvió a callar. Besó suavemente la mejilla de Muriel y agregó: -También debo decirte que... antes de arrojarse por la escotilla al negro espacio, me besó llorando... Quedaron ambos en silencio. Al cabo ella preguntó: -Hay algo confuso..., que no entiendo. Yo misma estuve en el compartimiento de Abba... antes del viaje por la cuarta dimensión... y allí no había nadie, absolutamente nadie. Revisamos todo y... -Estábamos. Cuando ustedes trataban de violentar la puerta, von Stohrer decidió, por medio de su extraño aparato, embotarles el cerebro... ¡ustedes estaban frente a nosotros, sólo que no podían vernos!... Lentamente y con precaución, Jonathan Fell y Muriel Curtis empezaron a marchar por un sendero solemne y agreste... Sorpresivamente, de entre un matorral, surgió un extraño ser..., sus ojos miraban sin vida, fijos y fríos y sus movimientos eran blandos, como los de un cadáver que pudiera moverse... EPILOGO EN LA CIMA DEL GRAN ÁRBOL Sobre los platos de oro los desconocidos manjares lucían como de refulgente plata. -Tres meses en... la Tierra y aún me sorprende la delicadeza y el sabor de todo esto -dijo Muriel Curtis. -Manjares para dioses -respondió Jonathan Fell, sonriente y feliz. Anochecía. Era una plácida tarde de noviembre. En el cielo, la luna aparecía como una pequeña moneda de plata. Pero, aunque pequeña, quinientos millones de siglos después, seguía manteniendo su misterioso encanto para los enamorados... ¡a pesar de que estaba ya poblada de terráqueos y llegar a ella era cuestión de pocas horas de viaje! -Bueno... ahora tendremos cuarenta y siete días de noche... comentó el muchacho. Jonathan y Muriel se habían casado -aproximadamente en el lugar que habían planeado hacerlo antes del fabuloso viaje a través del tiempo y su luna de miel había transcurrido, lógicamente, en la misma luna. -Todos los años..., es decir cada nueve meses, volveremos al Cráter de Aristarco, donde hemos pasado momentos tan felices -dijo Muriel-. Me gustaría, además, que nuestro niño naciera allí... ¡Oh, un niño selenita!... El muchacho sonrió: -Por suerte hemos salido bien de la revisación... ¡todavía no puedo hacerme a la idea de la edad que tenemos... quinientos millones de siglos! -No, Jonathan... seguimos teniendo, orgánicamente, la edad que teníamos al partir de... -¡De aquí mismo!... concluyó Jonathan y soltó una fuerte carcajada. -Y viviremos seiscientos años -agregó la muchacha. Siguieron comiendo en silencio. -No puedo hacerme a la idea de que todo esto no es un sueño... un hermoso sueño -rompió el silencio Muriel-. Este es un mundo maravilloso... Un mundo que no conoce la grosería... que desde los primeros años se enseña a los niños a despreciar toda manifestación vehemente de emoción... Un mundo con visiones fantásticas y tan bellas, tan puras, como nadie lo podía imaginar en nuestro tiempo. -Un mundo con un servicio de astronaves que, cada minuto, parten para todos los planetas... para todas las galaxias... Jonathan encendió un cigarrillo. Era una de las pocas cosas que se mantenían iguales al lejano pasado. -Pero creo que jamás me acostumbraré a esos sirvientes... esos autómatas horrorosos -musitó Muriel-. Son mil veces más eficientes que el mejor de los sabios del pasado, pero infunden terror. Terminaron de comer y fueron hasta la luminosa galería de aquella mansión inconcebible. El muchacho rozó una placa metálica y del techo bajó una plataforma. Montaron a ella y subieron hasta la habitación más alta de la torre. Entraron a una habitación de regular medida muy similar al de las habitaciones del pasado. Contra la pared había estantes que contenían libros encuadernados en preciosas láminas de metal. Los jóvenes del pasado fueron hasta la ventana, cuyas cortinas, hechas de un tejido fibroso, estaban recogidas. La ventana daba a un gran balcón. -Parece un paisaje surrealista -comentó Jonathan-; no me cansaré de repetirlo. Quedaron extasiados ante la hermosa inmensidad que se ofrecía ante ellos. -Me ha dicho Ziel que disponen de dos millones de naves espaciales... Las menores, como la que nos llevó a la Luna, tienen tres mil metros de diámetro... -dijo Jonathan-. Están conducidas por autómatas, controladas desde Tierra por radio y... -¡Oh, querido!... Siempre piensas en cosas científicas... ¡Piensa que nuestro cerebro no está conformado para entender, ni remotamente, todo esto!... Mira, ¿no prefieres captar las bellezas y olvidarte de todo lo demás?... Jonathan sonrió. Desde allí, el lugar favorito de su esposa, se divisaban claramente los lagos de verdes aguas y la tenue bruma producida por una leve evaporación, de extraordinarios y brillantes colores. Esa bruma estaba provocada para evitar toda clase de enfermedades y poder alcanzar el promedio de seiscientos años de vida. A lo lejos centelleaba como un ascua una populosa ciudad hecha enteramente de rascacielos de cristal. -¡Jamás iremos a vivir allí! -dijo Muriel-. Prefiero esta majestuosa soledad... Más cerca, un fantástico puente de cristal saltaba audazmente sobre un profundo cañón en donde espumareaba un riacho de tonos rojizos. -¿Qué te ha dicho Ziel?... -inquirió súbitamente Muriel. Jontahan la miró, sorprendido. Al cabo respondió: -¡Oh, sí!... Olvidé decírtelo... ¡Bueno, no debemos preocuparnos de nada! Pero esto no es ninguna novedad... Creo que por eso mismo es que había olvidado hablarte de ello... -¿Entonces...? -Nada. No les preocupa en lo más mínimo nuestra... conformación física. Podremos tener todos los hijos que se nos ocurra..., es decir, que Dios nos mande. -¡Vamos a volver a poblar al mundo de seres del pasado! El muchacho la miró con expresión divertida: -Yo no diría tanto... -¡No seas tonto!... Quiero decir que nosotros venimos a ser algo así como... unos nuevos Adán y Eva. -Claro que sí. Pero para estos hombres... ¡perdón, quise decir mujeres! -rió-, para estos extraordinarios seres nuestra especie no tendrá más importancia que la de los pájaros que pueblan este mundo... o cualquier otro animal. -¿No constituímos para ellos un problema racial?... -De ninguna manera. Además... nuestros descendientes futuros adquirirán las mismas características que ellos... Cada generación vivirá seiscientos años, no lo olvides. -¿Cuántos hijos podremos tener?... -Ziel ha dicho que los mismos que... podríamos haber tenido en el pasado. No hay razón biológica para que ello cambie. La muchacha suspiró y su rostro se iluminó con una amplia sonrisa. -Maravilloso..., todo maravilloso -dijo-. Ven, Jontahan... subamos allá arriba. Por una angosta escalera metálica subieron hasta la parte que servía de mirador en la Torre. Alcanzaron una puerta de resorte magnético y se instalaron en el mirador. -¿Cómo van tus ejercicios?... -Perfectos -respondió Jonathan-. Ya puedo volar pequeñas distancias y a baja altura. El mayor inconveniente es la atmósfera. Deberemos usar pequeñas máscaras... De pronto, el rostro sonriente del gigantesco Ziel apareció ante ellos. Flotaba en el espacio. -¿Os asusté?... -preguntó con su tono musical. -Claro que sí -dijo ella, riendo-. No olvide que voy a tener un bebé... -Pase, por favor -invitó Jonathan-. Quiero seguir ilustrándome... Tenemos un buen licor de la constelación del Can Mayor... -Con mucho gusto, amigo. Ziel entró, se despojó de sus alas y se sentó sobre un sillón de espuma. -Anda, linda... trae ese vino -dijo Jonathan a su esposa. La bella muchacha salió y el capitán preguntó a Ziel: -¿Qué es el Fixeliw?... El otro sonrió. Movió sus largos y finos brazos: -Bueno... no es fácil explicárselo. Usted podría llamarlo electricidad... -rió. -Naturalmente, es algo muy superior -continuó-. Es una unidad de los agentes naturales, unidad que muchos filósofos antiguos, de su época, sospechaban que existía... Creo que lo llamaban magnetismo atmosférico. Influye sobre las variaciones de la temperatura; que, por efectos análogos a los que se atribuían al mesmerismo, a la electro biología, a la fuerza ódica, pero aplicados científicamente por medios de conductores de Fixeliw, pueden influir sobre los espíritus y los cuerpos animales o vegetales en una forma que sobrepasa cuanto han imaginado sus soñadores... Nosotros producimos y hemos podido disciplinar ese fluido hasta servirnos de él como de un agente todopoderoso sobre todas las formas de la materia animada o inanimada. Destruye como el rayo; aplicado de otra manera, da a la vista más plenitud y vigor; cura y preserva; se usa ese fluido para ayudar a la organización física a que recobre el equilibrio de las fuerzas naturales. Por medio de este fluido abrimos caminos a través de las substancias más duras y se crean valles de cultivo en medio de las rocas... De ese fluido extraemos la luz, que es firme, suave y más sana que la luz producida por otras materias inflamables... Pero el descubrimiento de la terrible potencia del Fixeliw y el modo de emplearla fue lo que influyó sobre nuestra política social. Cuando sus efectos fueron más conocidos y mejor aplicados, cesó todo entre nuestros pueblos. Habíamos llevado el arte de destruir a tal perfección, que se anulaba toda superioridad de número, de disciplina y de talento militar. El fuego encerrado en una simple varita, manejado por un niño podía derribar la fortaleza más inexpugnable o abrir un camino de llamas... Si chocaban dos ejércitos que disponían del fluido, debían aniquilarse recíprocamente. La edad de la guerra, pues, concluyó. Y con el fin de las guerras no tardó en producirse una revolución no menos profunda en las relaciones sociales... El hombre se encontró tan enteramente a merced del hombre, que toda idea del gobierno por la fuerza desapareció poco a poco del sistema político y de la ley... :-En nuestros tiempos ya habíamos logrado instaurar un Gobierno General... y las guerras habían desaparecido... -¿Cree de veras eso, Jonathan?... -Naturalmente... Nosotros habíamos llegado al ideal. -No. El hombre siempre lucha contra el hombre y... -Tiene razón... -interrumpió suavemente el muchacho-. Había olvidado que existía un Estado sumergido, que aspiraba a ser el más perfecto, el ideal... -¿El más perfecto?... ¿Es que pueden los hombres diferenciarse?... ¡Tonterías! Jonathan quedó un instante pensativo. Ziel siguió: -Era menester algo que igualara realmente a todos espiritualmente... Algo que impidiera que alguien se sentiera superior... ¡todos los hombres son iguales! -Muchos años antes de mi Era... habían descubierto la fuerza atómica..., y sin embargo las guerras continuaron... Y si bien es cierto que esa fuerza había sido empleada solamente como fuerza destructura, más tarde fue utilizada para el bien... Sin embargo, ¡las luchas entre hombres continuaron! -Porque esa no era la fuerza esperada no era una fuerza como la del Fixeliw... que, además de física, lo es espiritual... ¿Comprende usted, amigo Jonathan?... -Sí. Algo... como Dios, entre los hombres. -Efectivamente. Creemos que la fuerza todopoderosa del Fixeliw fue enviada por Dios a la Tierra... para que la Tierra fuese, al fin, el Paraíso prometido... ¡El hombre ha llegado a la meta! -También lo creo -musitó Jonathan-. Aquí la felicidad es perfecta. Física y espiritual... La alegría de vivir es total, absoluta, sin la menor sombra... -Sí... Nuestro gobierno se funda en un principio que ya, en teoría, era admitido por las razas más antiguas... Todo sistema filosófico tiene por objeto llegar a la unidad y elevarse, a través del laberinto de los hechos, a la sencillez de una causa primera o un primer principio. Nosotros elegimos un sólo magistrado; está nominalmente investido de un poder vitalicio... aunque siempre renuncia al llegar a la vejez. No acordamos a tal magistrado nada que pueda hacerles codiciar el cargo: ni honras, ni insignias que manifiesten su rango superior... No se distinguen ni por su fortuna ni por su inteligencia... Ziel siguió hablando ante el maravillado Jonathan. Entonces el muchacho supo que en esa maravillosa Tierra no tenían que temer guerras ni mantener ejércitos; como el gobierno no se apoyaba en la fuerza, tampoco tenían que pagar ni administrar cuerpos de policías. Ignoraban por completo el crimen y no había tribunales de justicia. Los raros casos de diferencias civiles se entregaban al arbitraje de amigos elejidos por ambas partes, o eran resueltos por el Consejo de los Sabios. No había abogados de profesión; y sus leyes no eran sino amistosas convenciones. Pero la obediencia a las reglas adoptadas por la comunidad había llegado a ser en esos hombres un institnto tan poderoso como los de la Naturaleza. La pobreza era tan desconocida como el crimen; no porque la propiedad fuera común sino porque, no habiendo ninguna diferencia de rango ni de posición entre los diversos grados de riqueza o entre los oficios, cada uno obedecía a sus inclinaciones, sin inspirar ni sentir envidia. Unos preferían una manera de vivir más modesta, otros una manera de vivir más brillante; cada uno buscaba su felicidad tal como la entendía. Todos, pues, eran perfectamente felices. Cuando la conversación hubo terminado, después de rendir los correspondientes honores al vino, Ziel se marchó. Jonathan y Muriel oyeron el silencio de sus alas, y vieron los rayos de su diadema estrellada desaparecer en la oscuridad. * * * Jonathan se arrodilló junto al lecho y tomando entre sus brazos el cuerpo de su esposa, lo estrechó contra el corazón hundiendo el rostro entre su cabello. -Querida mía... -murmuró quedamente. Muriel entornó los ojos y lo besó. Ziel sonrió y salió, cerrando la puerta silenciosamente. Los jóvenes viajeros del espacio habían recibido un hijo. -Deseaba que nuestro hijo naciera en la Luna... -dijo ella-; ¡ahora sé que eso hubiera sido una tontera!... Aquí, en la Tierra, es mucho mejor. -El hombre es el rey de la creación... Dios así lo dispuso. -Y Dios ha premiado los esfuerzos de sus hijos... por alcanzar la cima. -Lo ha comprendido al cabo de millones de años... ¡y era tan sencillo todo! -La Verdad siempre es sencilla, Muriel... En nuestra época pensábamos que la ciencia traería la felicidad... Creíamos que el hombre del futuro sería una especie de superhombre, dotado de invencibles poderes sobrenaturales. ¡Qué equivocados estábamos!... -El único poder sobrenatural... Dios lo puso en manos de los hombres, el Fixeliw... -Fue el premio final. Nos había dado la electricidad... y no supimos hacer buen uso de ella..., luego la fuerza atómica..., luego... -¡Qué equivocados estábamos! -Pero el Hombre supo, gracias a los esfuerzos de la Bondad, y no de la técnica, vencer... Y Dios lo premió. ¡Y qué sencillo era todo! -Las incógnitas que pesaban en la conciencia del hombre de nuestros tiempos tenían respuestas simples... ¿Recuerdas, Muriel? ¿Está el hombre sobre la Tierra para quedarse? ¡Claro que sí, de lo contrario Dios no lo hubiese dotado de alma!... ¿Hacia dónde va el hombre? ¡Hacia la cima!... Ahora, vemos que ha sabido llegar. Está sonriente y feliz, con calma y paz, en la cima del gran árbol construido por Dios!... Muriel tenía iluminados sus ojos dorados: El Hombre nació invencible..., pero no lo sabía. Desde el principio fue el Rey del cosmos... Para demostrar su invencibilidad sólo debía conservar su naturaleza, permanecer como digno hijo de la Tierra, instintivo... Su misión era simple: ser feliz y esparcir como un sol radiante la felicidad a su alrededor. Esta felicidad está dentro de nosotros, formada por la combinación entre satisfacción y renuncia, entre placer y deber, entre vencer y ser vencido. -El secreto estaba en conocerse a uno mismo, aprender a dominarse y gozar del placer de vivir. Conquistar la voluntad de vivir, retenerla y profesarla siempre, en todo momento. Los hombres del futuro, entre los cuales estamos, conocen perfectamente el camino: una religión de alegría de vivir, de afirmación vital, de amor. Una religión que todo lo comprende, todo lo disculpa, que se resuelve en armonías, que obliga a ser buenos... Quedaron un instante en silencio, estrechamente abrazados y enteramente felices. De pronto ella preguntó: -¿Cómo llamaremos a nuestro hijo?... Jonathan dubitó con un gesto cómico: -¿Mi nombre?... No, no... ¿El de tu padre?... ¡Eso, sí, el de tu padre! Nuestro hijo se llamará Antony... Será un tierno homenaje al hombre que soñaba con un mundo mejor... al hombre que se vistió de gala para recibir a la muerte... ¡Aún veo su estupendo uniforme rojo! Muriel puso un dedo en los labios de su marido: -No. Mi padre fue un gran hombre..., pero pertenece a un pasado... Un pasado triste, porque se nutría de luchas absurdas para conquistar la felicidad... ¡Nosotros debemos mirar... el presente! Ya no podemos decir el futuro, porque... mañana, el mañana tan ansiado, tan esperado por todos los hombres de buena voluntad, tan soñado por millones y millones de madres..., ese mañana es hoy, por fin! -Entonces... ¿cómo llamaremos a nuestro hijo? Ella sonrió luminosamente: -Rey -dijo, como en un rezo. Ziel, el ser posthistórico, quiso entrar nuevamente al dormitorio y se detuvo en la puerta entreabierta; vio a Jonathan que sentado en el borde de la cama tenía estrechamente abrazada a su esposa, como si quisiera fundirse con ella para toda la eternidad. F I N Quinietos millones de siglos después Edwings S. Brickill libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,.