libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.,. Le aseguré que Díos había querido protegerme, que vivía en Whitechapel y que, impaciente por estar tanto tiempo encerrado, me había aventurado hasta allí para tomar un poco de aire, y que en mi casa nadie se hallaba afectado. -Está bien, señor -respondió-; puesto que su caridad se ha apiadado de nosotros, de mí y de mi pobre familia, está claro que no podría usted tenerla crueldad de subir a mi barco si no estuviese completamente sano, porque lo contrario equivaldría a matarme y a arruinar a todos los míos. El pobre hombre me conmovía al hablar de su familia con tanta inteligente solicitud, con tal afecto, y vacilé en seguirlo. Me sentía dispuesto a abandonar mi curiosidad con tal de no incomodarlo, por mucho que yo estuviera seguro, absolutamente seguro, de hallarme tan enfermo como el hombre más sano del mundo. Pero él, por su parte, no quiso que yo renunciara y, para mostrarme la confianza que depositaba en mí, insistió en que partiera con él; de manera que cuando la marea a ' comenzó a subir, bajé a su barca y me llevó a Greenwich. En y tanto el hombre hacía las compras que le habían encargado, ascendí hasta lo alto de la colina que domina la ciudad, hacia el este, para tener una vista de conjunto del río. Era un espectáculo verdaderamente sorprendente el número de barcos fondeados en fila, de dos en dos; en algunos sitios había hasta dos o tres filas, a todo lo ancho del río, y la visión continuaba no sólo hasta los aledaños de la ciudad, entre los barrios de Ratcliff y Redriff, en lo que se llama el Pool, sino también descendiendo el río hasta Long Reach, que limitaba el horizonte de la colina. No puedo asentar el número de embarcaciones, pero lo calculo en varias centenas, y alabo sin reservas este recurso, pues más de diez mil personas retenidas por su preocupación en los barcos se hallaban protegidas de la violencia del mal y viviendo de modo fácil y seguro. Regresé a mi casa muy feliz de aquella jornada y, sobre todo, contento de haber conocido al pobre hombre. También me alegraba el hecho de que se hubieran proporcionado aquellos pequeños santuarios para tantas familias, en aquellos días de desolación. Pude observar, a medida que la peste aumentaba en violencia, que los barcos que tenían familias a bordo se desplazaban, alejándose, y que algunos de ellos, a juzgar por lo que se me dijo, se hicieron a la mar y buscaron abrigo en los puertos o en los pasos seguros que pudieron alcanzar con más facilidad, sobre la costa norte. Pero también es cierto que no todas las personas que huyeron de tierra firme para ir a vivir a bordo de los barcos se salvaron; varias murieron, alcanzadas por la infección, y sus cuerpos fueron arrojados al río, por la borda, unos en féretros y otros, se me dijo, sin ataúd. Y a veces los cadáveres flotaban en el agua, llevados por la marea. Pero creo poder asegurar que algunas de aquellas personas fueron infectadas porque recurrieron demasiado tarde a los barcos; huyeron cuando ya habían permanecido demasiado tiempo en tierra. Quizá sin suponerlo, ya llevaban el mal consigo: la enfermedad no fue a asaltarlas a los barcos; al contrario, ellas la trasportaron. O bien, además, se trataba de embarcaciones cuyos pobres marineros no habían tenido tiempo de aprovisionarse y se habían visto obligados a comprar en tierra lo que necesitaban, o a autorizar a las barcas de la ribera que se acercaran a ellos. Así les había sido trasmitida la enfermedad. Mientras los ricos se embarcaban en navíos, la clase pobre se refugiaba en embarcaciones costeras: chalanas, gabarras, pesqueros. Muchos tomaron sus propios barcos, sobre todo los pescadores, pero fue un mal negocio, porque al ir por aquí y por allá en busca de provisiones, a menudo incluso para ganarse la vida, la infección los azotó e hizo terribles estragos entre ellos. Gran número de marinos murieron a solas en sus barcas, por haber proseguido su ruta, tanto río abajo como río arriba del puerto de Londres; no pocos de ellos fueron hallados sólo mucho tiempo después, en un estado tal, que nadie pudo tocarlos ni aun acercarse a ellos. En verdad, la miseria era deplorable en los barrios de los marinos y digna de la mayor conmiseración. Pero, ¡ay!, en aquella época cada uno miraba demasiado por su propia seguridad para dar cabida a la piedad; todos veían llegar la muerte a su puerta, y muchos la veían llegar hasta su propia familia, sin saber qué hacer ni adónde ir. Todo sentimiento de compasión se desvanecía. El instinto de conservación parecía, en verdad, la ley primera. Algunos niños abandonaban a sus padres, que languidecían en la mayor aflicción. En otros sitios, aunque con menos frecuencia, los padres se comportaban de igual modo con sus hijos. Ejemplos terribles pudieron verse, particularmente dos en una misma semana: madres insensatas y delirantes que mataron a sus hijos. Una de ellas habitaba no lejos de mi casa; la pobre mujer no vivió lo suficientemente para darse cuenta del crimen que había cometido ni, con mayor razón, para recibir el condigno castigo. No hay que asombrarse. El peligro inminente de morir le arrancaba hasta sus entrañas al amor. Hablo en general, pues hubo muchos ejemplos de invariable afecto, de piedad, de deber, de algunos de los cuales logré enterarme. Pero sólo fueron rumores y no puedo asumir la responsabilidad de dar detalles. A manera de introducción, permítaseme mencionar ante todo que una de las situaciones más lamentables en aquella calamidad fue la de las mujeres encintas en el momento de las angustias y los sufrimientos, sin poder hallar ayuda ni, por otra parte, comadrona ni vecina que las socorrieran. La mayoría de las comadronas habían muerto, sobre todo las que cuidaban a los pobres, y si no todas por lo menos muchas de las que disfrutaban de cierta reputación habían huido al campo. Por cierto que a las desventuradas se les hacía poco menos que imposible pagar un precio exorbitante por una comadrona; y si llegaban a contar con una de éstas, generalmente era una criatura ignorante e incapaz. De modo, pues, que un número extraordinario, increíble, de mujeres se veían reducidas a la más profunda miseria. Muchas de ellas fueron aliviadas y mutiladas por la brutalidad y la ignorancia de las que pretendían entender de partos. Puedo decir que éstas ultimaron a una gran cantidad de niños, justificando su ignorancia con la excusa de que era preciso salvar a la madre aun a costa de la vida del hijo. Y en muchos casos murieron hijo y madre, sobre todo cuando ésta era alcanzada por la epidemia; nadie, entonces, quería acercarse. Se tendrá una idea al respecto gracias a las cifras inusitadas que podían verse en el registro semanal (aunque los datos no sean del todo exactos) bajo los rótulos: Muertos en el parto. Abortos y nacidos muertos. Recién nacidos bautizados. Tomemos la semana en que la peste fue mas violenta, y comparémosla con las semanas anteriores a la epidemia ese mismo año, por ejemplo Para comprender la disparidad de estas cifras hay que considerar que, conforme a la opinión común a todos cuantos nos hallábamos allí, durante los meses de agosto y septiembre no había en la ciudad ni la tercera parte de la población que se registraba durante enero y febrero. En una palabra, el año anterior la estadística de decesos para los tres casos recién mencionados había `sido: 1664 Muertos en el parto 189 Abortos y nacidos muertos 458 647 1665 Muertos en el parto 625 Abortos y nacidos muertos 617 1242 Esta diferencia aumenta de manera sensible, lo repito, si se considera el número de habitantes. No pretendo evaluar con exactitud la población de aquella época, pero formularé poco menos que una hipótesis. Cuanto he dicho hasta ahora ha sido para explicar la miseria de aquellas pobres criaturas, de las que en verdad podría haberse dicho, como en las Escrituras: « ¡Ay de las que fueren grávidas y amamantaren en aquellos tiempos!»; para éstas, la calamidad era aún peor. Yo no mantenía mayores relaciones por entonces, pero los gritos de las desdichadas se oían desde lejos. Tuvimos algunas estadísticas respecto de las mujeres encintas: en 9 semanas, 91 murieron durante el parto, en tanto que de ordinario sólo se contaban por aquella época 84 decesos debidos a la misma causa, pero para una población el triple de grande. Dejo por cuenta del lector la tarea de calcular la proporción. No hay razón alguna para dudar que la miseria de las madres que parían por entonces era realmente grande. Nuestros registros de mortalidad casi no echan luz sobre este asunto, pero lo aclaran un poco. Había más niños muertos de hambre, pero esto no era nada; la verdadera miseria empezaba cuando, muerta la madre y postrado todo el resto de la familia, los pequeños, faltos de nodriza, simplemente iban muriendo de inanición junto a los mayores. Si se me permite dar mi opinión, creo que varios centenares de pequeñuelos indefensos perecieron de esa manera. En otros casos no morían de hambre, sino que eran contaminados por la nodriza. Incluso cuando los criaban sus madres, éstas, si habían contraído la enfermedad, envenenaban, es decir, infectaban a los niños con su leche aun antes de saberse enfermas, y en tales casos los niños eran los primeros en morir. No puedo recordar esto sin que me asalte el deseo de aconsejar a toda mujer encinta y a toda nodriza que huyan, que se alejen, por el medio qué sea, si alguna vez una prueba tan terrible vuelve a abatirse sobre esta ciudad, porque su miseria, en caso de infección, superaría en mucho a cualquier otra, Podría narrar varias historias terribles de niños que eran encontrados vivos, todavía chupando el pecho de su madre o su nodriza, segada por la peste. Como ocurrió con una madre que vivía en mi parroquia, cuyo hijo parecía enfermo. Envió a buscar al boticario para que revisara al niño. Cuando el boticario llegó, ella estaba amamantando al pequeño; por las apariencias, la madre parecía en perfecto estado de salud. El boticario se aproximó y observó las marcas del mal en el pecho que ella daba al niño. Se sintió muy sorprendido, pero no quiso asustar a la pobre mujer y le rogó que le diera el bebé. Tomándolo, lo puso en una cunita que había en la habitación, lo desvistió y encontró los signos fatales en su cuerpecito. Madre e hijo murieron antes de que el padre, a quien se había puesto al corriente de la situación, hubiera tenido tiempo de regresar con los remedios. ¿El lactante infectó a la madre? Nunca se supo; lo más probable es que ella haya infectado al niño. También se presentó el caso, bastante parecido, de un niño que fue enviado de vuelta a casa de sus padres porque su nodriza había muerto apestada. La tierna madre no pudo evitar acunarlo en sus brazos y darle el pecho: fue contaminada y murió. La encontraron abrazada a su hijo, igualmente muerto. El corazón más duro se conmovería con los ejemplos tan frecuentes de madres que atendían y velaban a sus adorados retoños y que a veces morían antes que ellos, o bien con el de aquellas que eran contagiadas por sus hijos y sucumbían, mientras que los niños, a los que ellas se habían sacrificado, se reponían y salvaban. También está la historia del comerciante de East Smithfield, cuya mujer había quedado encinta por primera vez y comenzó con los síntomas del parto cuando ya había sido alcanzada por la peste. El pobre marido no pudo contar con una comadrona ni con una enfermera; además, dos sirvientas que tenía huyeron. Corrió de casa en casa como un loco, sin encontrar ayuda. Todo lo que pudo obtener fue la promesa del vigilante de una casa infectada y clausurada de enviarle a la mañana siguiente una cuidadora de enfermos. El pobre hombre, con el corazón partido, regresó para asistir a su mujer como pudiera y ofició de comadrona. Trajo al mundo un niño muerto: Y apenas una hora más tarde, también su mujer moría en sus brazos. Mantuvo al cadáver apretado contra su pecho, hasta la mañana siguiente, en que llegó el vigilante conduciendo a la cuidadora. Al subir la escalera, y como la puerta sólo tenía pestillo, sin estar cerrada, vieron al hombre sentado, abrazando a su mujer muerta; tanto lo había agobiado el dolor, que también él murió unas horas después, sin presentar signo alguno de infección: la pena excesiva se lo llevó. He oído hablar de ciertos desventurados a quienes la muerte de los miembros de su familia los idiotizó, tan grande fue su pena. Entre ellos, hubo uno que quedó de tal modo abatido por la impresión, que la cabeza comenzó a hundírsele gradualmente en el cuerpo, entre los hombros, hasta que el cráneo apenas le sobresalía de los hombros. Y poco a poco fue perdiendo la voz y la razón, y la cara, siempre inclinada hacia adelante, le tocó las clavículas. Era imposible enderezarle la cabeza sin tenérsela con las dos manos. El pobre hombre nunca volvió a sus cabales. Más o menos un año languideció en ese estado, hasta que murió. No podía levantar los ojos ni mirar rectamente cosa alguna. Aquí sólo puedo dar un resumen de semejantes episodios, ya que resultaba imposible obtener detalles: toda la familia en que habían sucedido esos hechos desaparecía, segada por el mal. Los innumerables casos de este tipo eran conocidos simplemente cuando ocurrían en la calle, según ya lo he destacado. Es difícil trazar la historia de tal o cual familia, pues nunca hubo dos que fueran iguales. Pero yo estaba hablando de la época en que la peste arreció en el extremo este de la ciudad, y de las personas que durante mucho tiempo se habían vanagloriado de haberse salvado y que tanto se asombraron cuando aquélla cayó sobre ellos. En verdad, los abatió como un guerrero. Esto me lleva, pues, a los tres pobres hombres, de los que hablaba hace un rato, que salieron de Wapping sin saber a dónde ir ni qué hacer. Uno fabricaba bizcochos, otros velámenes y el tercero era carpintero; todos eran de Wapping, o de los alrededores. La indolencia y la seguridad de aquella parte de la ciudad eran tales, que sus habitantes no sólo no evacuaban el lugar, como lo hacían los demás, sino que además llegaban a vanagloriarse de estar sanos y salvos y a pregonar la seguridad de vivir con ellos. Mucha gente de la parte céntrica o de los arrabales fue a refugiarse en Wapping, Ratcliff, Limehouse, Poplar, etc., como si fueran cabales abrigos. Y es probable que hayan contribuido a llevar la peste con más rapidez que la que ésta habría empleado por otros medios. Aun cuando yo sea partidario del éxodo y la evacuación de la ciudad a los primeros síntomas de un azote como aquél, y aunque estime necesario que todos los que puedan hallar asilo en otra parte se refugien a tiempo allí, pienso que, ya ocurrido el gran éxodo, los que se quedaron o debieron quedarse en la ciudad tienen la obligación de permanecer en donde están y no andar de un sitio a otro para volver, al cabo, al punto de partida, porque lo que esa gente trasporta en su ropa es la peste, el azote, la calamidad. De ahí que se nos ordenara matar perros y gatos y cuanto animal doméstico pudiera andar de casa en casa, de calle en calle, llevando en su piel o en su pelambre los efluvios de la enfermedad. Apenas comenzó la epidemia, el Lord Mayor y los Magistrados decretaron que, por opinión de los médicos, todos los perros y los gatos debían ser inmediatamente sacrificados; un oficial vigilaría el cumplimiento de la orden. Si hay que dar fe a los informes, el número de animales destruidos fue increíble. Llegó a hablarse de 40.000 perros y de 200.000 gatos, pues pocas eran las casas que no tuviesen un par de ellos, y a veces cinco o seis. También se hicieron todas las tentativas posibles para desembarazarse de ratas y ratones, sobre todo de estos últimos, y con tramperas y venenos se destruyó un número prodigioso. A menudo he pensado de qué modo, en los comienzos del azote, todo el mundo se hallaba desprevenido y cómo el desorden que siguió, y que habría de cobrarse tantas víctimas, provino, en parte, del hecho de no haber tomado a tiempo las medidas necesarias, tanto en el caso de la administración pública como en el de los particulares. Que las nuevas generaciones reflexionen; les servirá de advertencia y garantía, porque de haberse adoptado las medidas necesarias, y contando con la ayuda de la Providencia, muchas de las víctimas de aquel desastre habrían podido salvarse. He de insistir en este punto. Volvamos ahora a nuestros tres hombres. Su historia es una lección de moral, del principio al fin, y su conducta, así como la de quienes se les unieron, sería un modelo que debería seguir toda la pobre gente si semejantes tiempos volvieran a presentarse. Y aun cuando al contar esa historia no tenga yo otra finalidad, creo que mi relato podría encontrar en ella su justificación, aunque los hechos no hayan sido rigurosamente exactos. ' Se decía que dos de ellos eran hermanos: uno, antiguo soldado, se había convertido en panadero; el otro, marino lisiado, era ahora fabricante de velámenes. Y el tercer hombre era carpintero. Un día, John, el panadero, dijo a su hermano Thomas, el fabricante de velas: -Hermano Tom, ¿qué será de nosotros? La peste se agrava en la ciudad y está a punto de llegar aquí. ¿Qué vamos a hacer? -La verdad -dijo Thomas- es que estoy bien reventado. Si llega a Wapping, me veré obligado a dejar mi alojamiento. Y así fue cómo comenzaron a hablar. JOHN: ¡Tom, dejar tu alojamiento! ¿Y quién va a alquilarte nada entonces? La gente está tan asustada, tanto se asustan unos a otros, que en estos momentos no hay dónde meterse. THOMAS: ¡Oh!, mis patrones son buenos y decentes, y bastante amables conmigo; pero dicen que yo salgo todos los días para ir a mi trabajo y que esto puede ser peligroso. Hablan de encerrarse y de no permitir que se les acerque nadie. JOHN: ¡Y están en lo cierto! Siempre que deseen permanecer en la ciudad. THOMAS: Yo podría decidirme a encerrarme con ellos, porque aparte de unas velas que mi jefe tiene entre manos, y que ya estoy terminando, es probable que durante mucho tiempo no haya más trabajo. En estos momentos no hay nada que hacer. Los obreros y los domésticos han sido despedidos, y yo me consideraría muy dichoso de estar encerrado con ellos, pero no creo que lo consientan. JOHN: ¿Y qué piensas hacer entonces, hermano? ¿Y yo? ¿Qué voy a hacer yo? Porque estoy casi tan mal como tú. Toda la gente de la casa en que vivo se ha ido al campo, excepto una criada que se irá la semana entrante y que tiene orden de cerrar completamente la casa. Antes que tú me veré abandonado en este vasto mundo, y querría salir de la ciudad si supiera a dónde ir. THOMAS: Hemos sido unos locos en no habernos ido cuando esto empezaba. Habríamos podido irnos a cualquier parte, no importa a dónde. Ahora ya no hay en qué viajar. Moriremos de hambre si se nos ocurre abandonar la ciudad. Ni aun contra dinero se nos dará de comer, y no podremos entrar en ninguna otra ciudad, mucho menos en las casas. JOHN: Y para colmo de males, no tengo dinero para salir de apuros. THOMAS: En cuanto a eso, podríamos arreglarnos. Yo tengo un poco, aunque no mucho, pero ya te digo: no pasa un solo vehículo por los caminos. Conozco un par de personas decentes de nuestra calle que trataron de viajar. En Barnet o en Whetstone, o en los alrededores, los pobladores los amenazaron con fusilarlos por la espalda si daban un paso más, y debieron regresar, completamente desanimados. JOHN: Yo habría corrido el riesgo de un balazo. Si se hubieran negado a venderme alimentos, pese a mi dinero, se los habría sacado de sus propias narices, sin que pudieran hacerme perseguir por la ley, puesto que les habría ofrecido dinero. THOMAS: Hablas en tu lenguaje de viejo soldado, como si en este momento estuvieras en los Países Bajos. Pero el asunto es mucho más serio. La gente tiene muy buenas razones para mantener a distancia a todos aquellos de los que no está segura, sobre todo en un tiempo como éste, y no podemos recurrir al saqueo. Joxn: No, hermano, te equivocas en eso, y además te equivocas con respecto a mí. A nadie querría robarle. Pero aceptar que toda una ciudad me niegue, a todo lo largo del camino, atravesarla por el camino real, y además que me niegue víveres que quiero pagar con mi dinero, es convenir en que esa ciudad tiene el derecho de hacerme morir de hambre, lo que no es cierto. THOMAS: Te deja la libertad de regresar al sitio de donde vienes. Y por consiguiente no te hace morir de hambre. Joxn: Pero de acuerdo con esa ley la primera ciudad que haya dejado atrás me negará el permiso de regresar a ella, y entre ésa y la otra me matarán de hambre. Además, no hay ninguna ley que me prohíba viajar por los caminos a donde se me dé la gana. THOMAS: Pero serán tantas las dificultades, tantas las discusiones que hallaremos en cada ciudad a lo largo del camino, que no son unos pobres diablos como nosotros los que podrán emprender semejante viaje, sobre todo en estos momentos. JOHN: En tal caso, hermano, nuestra situación es peor que la de cualquiera, porque no podemos irnos ni quedarnos. Me siento como un leproso. Si nos quedamos aquí, tenemos la certeza de morir, considerando las circunstancias en que nos hallamos, sin alojamiento e imposibilitados de encontrar otro en ninguna casa. Y en un tiempo como éste ni qué pensar en dormir al aire libre: sería como subir ya mismo a la carreta de los muertos. Por eso te digo: si nos quedamos aquí, moriremos a punto fijo; y si partimos, corremos el riesgo de la muerte. Prefiero partir. THOMAS: ¿Quieres irte? ¿Y a dónde? Gustoso me iría contigo si supiera a dónde. Pero no tenemos amigos ni relaciones. Aquí hemos nacido y aquí debemos morir. JOHN: Tom, todo el imperio es mi país natal, tanto como esta ciudad. Es como si me dijeras que no debo abandonar mi casa ,cuando se está quemando. ¿Acaso no me dices que no debo abandonar la ciudad donde he nacido cuando ella ha sido infectada por la peste? En Inglaterra he nacido y en Inglaterra tengo el derecho de vivir, si puedo. THOMAS: Pero tú sabes bien que de acuerdo con la ley inglesa todo vagabundo puede ser detenido y llevado a su último domicilio legal. JOHN: ¿Y por qué habrían de tomarme por un vagabundo? Sólo pido viajar en las condiciones admitidas por la ley. THoMAS: ¿En qué condiciones admitidas por la ley pretendes viajar, o mejor dicho errar? Los condestables no se dejarán envolver con palabras. JOHN: ¿Acaso no es una excusa legal huir para salvar la vida? ¿Y acaso no están todos al tanto de la verdad? ¿Quién podría acusarnos de emplear subterfugios? THOMAS: Supongamos que nos dejen pasar: ¿a dónde iremos? JOHN: No importa a dónde con tal de salvar nuestra vida. Ya habrá tiempo de pensarlo una vez que hayamos salido de la ciudad. Si logro escapar de este sitio terrible, poco me preocupa saber a dónde iré. THOMAS: Nos veríamos obligados a cometer barbaridades. ¡No sé qué pensar! JOHN: Bueno Tom, piénsalo un poco. Esto ocurría a comienzos de julio, cuando la peste se propagaba hacia el oeste y el norte de la ciudad, y sin embargo Wapping, como ya he dicho, y Redriff, y Radcliff, y Limehouse, y Poplar -en resumen, Deptford, Greenwich, las dos márgenes del río desde Hermitage, y del otro lado hasta Blackwallpermanecían completamente a salvo. Ni uno solo de sus habitantes había sucumbido de peste en toda la parroquia de Stepney, ni en la parte sur de la ruta de Whitechapel, ni en otra parroquia alguna, y no obstante el boletín semanal hacía llegar el número de muertos a 1006. Una quincena transcurrió antes de que los dos hermanos volvieran a encontrarse. La situación había cambiado un poco. Como la peste había progresado sobremanera, el número de defunciones había aumentado considerablemente. El boletín declaraba 2785, aumento prodigioso, aunque las dos riberas continuasen manteniéndose bastante bien, como antes. Había habido algunos decesos en Redriff, y más o menos cinco o seis sobre el camino de Radcliff, cuando el fabricante de velas, asaltado por el temor, salió formalmente en busca de su hermano. Se le advirtió que no debía contar con más de una semana de alojamiento. John se hallaba, pues, muy malparado: puesto de patitas en la calle, hubo de rogar a su patrón que lo autorizara a alojarse en una dependencia de la fábrica, donde dormía sobre un poco de paja apenas cubierta con unas bolsas para bizcochos (o sacos para pan, como se las llamaba), tapándose con otras pocas bolsas. Entonces, viendo que todos los trabajos se daban por concluidos, y puesto que ya no podían contar con ocupación alguna ni, por supuesto, con un salario, resolvieron huir de la terrible epidemia y convertirse en buenos ecónomos, a fin de vivir con lo que poseían el mayor tiempo posible; además, resolvieron trabajar en lo que pudieran hallar. Buscaron los medios mejores de llevar a la práctica su resolución, y el tercer personaje, muy vinculado al fabricante de velas y sabedor ya de los proyectos de los hermanos, logró unirse a éstos. Dieron comienzo a los preparativos de su partida. Sus aportes pecuniarios no eran iguales; pero el fabricante de velas, que fue quien aportó la suma mayor, era, su lesión aparte, el menos apto para conseguir trabajo en el campo, y aceptó el fondo común, con la condición de que las ganancias, si alguno de ellos llegaba a ganar más que los otros, irían a parar sin vacilación a la bolsa de los tres. Resolvieron cargar con el menor bagaje posible a fin de recorrer a pie, si podían, un trayecto lo suficientemente grande para sentirse realmente a resguardo. Tuvieron no pocos conciliábulos acerca de la dirección que debían tomar, y tantos fueron sus desacuerdos, que en la mañana misma de su partida aún no habían adoptado una decisión. Por fin, el marino hizo una sugerencia que los decidió: -En primer lugar -dijo-, hace mucho calor, de manera que soy de opinión de caminar hacia el norte, para evitar que el sol nos castigue el, rostro y el pecho, lo cual nos sofocaría y podría insolarnos. He oído decir -añadió- que no es bueno andar con la sangre caliente en momentos en que, por lo que sabemos, la epidemia está en el aire. Por otra parte, me parece discreto tomar una dirección opuesta a la del viento que podría soplar cuando nos pusiéramos en camino, para que no tengamos a nuestras espaldas el aire de la ciudad. . Ambos consejos fueron aprobados, con la condición de que pudieran ponerse de acuerdo y de que el viento no soplara del sur cuando se pusieran en camino hacia el norte. John, el panadero, el ex soldado, emitió entonces su opinión: -Ante todo -dijo-, ninguno de nosotros espera hallar un albergue en el camino, y sería un poco duro acostarse bajo las estrellas. Por más que el tiempo sea caluroso, puede volverse húmedo y lluvioso. En este momento tenemos una razón de más para cuidar de nuestra salud. Por lo tanto, el hermano Tom, que sabe fabricar velas, fácilmente podrá hacernos una tienda de campaña, que yo me encargo de armar todas las noches y de desarmar por la mañana, ¡y al diablo con todas las posadas en Inglaterra! Con una buena tienda, ya podemos irnos. El carpintero intervino y les dijo que dejaran eso por su cuenta, que cada noche les construiría una casa con su hacha y su martillo, sin necesidad de otras herramientas, y que ésta los satisfaría por completo, tanto o más que una tienda de campaña. El soldado y el carpintero discutieron este punto durante un rato, y al final el soldado salió con la suya: sería una tienda. La única objeción estribaba en su transporte, que aumentaría considerablemente el equipaje, con el agravante de que hacía mucho calor. Pero al marino le ocurrió una cosa muy afortunada, que hizo fácil el problema: su patrón, que además de la fábrica de velas tenía una cordelería, era dueño de un caballito al que por entonces no ocupaba en nada, y deseoso de ayudar a los tres hombres, porque eran decentes, les regaló el caballo para que transportaran el equipaje. Luego, en pago de un pequeño trabajo de tres días que su obrero había realizado para él antes de decidirse a partir, les obsequió una vieja vela de gavia que, aunque gastada, era más que suficiente para hacer una bonísima tienda de campaña. El soldado les enseñó a cortarla, lo que hicieron bajo su dirección, y la fijaron a estacas. Ya se hallaban listos para emprender el viaje: tres hombres, una tienda de campaña, un caballo y un fusil, porque el soldado no quería partir sin armas, diciendo que había dejado de ser panadero para volver a convertirse en militar. . El carpintero llevaba unas cuantas herramientas que podían resultarle útiles, si llegaban a encontrar trabajo en alguna parte, para su subsistencia y la de sus compañeros. Pusieron su dinero en una bolsa común y echaron a andar. En la mañana de su partida el viento soplaba del noroeste, al decir del marino, que había consultado su brújula de bolsillo. De manera que se dirigieron, mejor dicho, decidieron dirigirse hacia el noroeste. Pero ahí se toparon con una dificultad. Se dirigían hacia la parte cercana a Wapping, cerca del Hermitage, y allí la peste arreciaba con violencia, sobre todo en el norte de la ciudad, como en las parroquias de Shoreditch y Cripplegate. No juzgando prudente aproximarse a aquellos barrios, tomaron hacia el este, por Ratcliff Highway, hasta la cruz de Ratcliff, dejando a la izquierda la iglesia de Stepney para evitar ir de la cruz de Ratcliff a MileEnd, ya que esto los habría llevado a pasar frente al cementerio, y también a causa del viento, que parecía soplar más hacia el oeste, pero que venía directamente del costado de la ciudad donde la peste adquiría mayor violencia. Por tanto, dejando Stepney, dieron un largo rodeo por Poplar y Bromley, y fueron a parar al camino real, justamente en Bow. Debido a que la guardia apostada en el puente de Bow podía presentarles problemas, dejaron el camino y tomaron una senda que llevaba de Bow a Old Ford, en donde más se acercan ambas ciudades; de este modo soslayaron las averiguaciones y se pusieron en camino hacia Old Ford. Los oficiales de policía abundaban por doquier, no tanto, al parecer, para detener a la gente que pasaba, sino para impedir que nadie fuera a radicarse en su ciudad y esto debido a un informe que circulaba desde hacía cierto tiempo (lo que en verdad no parece improbable) sobre la gente pobre de Londres, la cual, hambrienta y reducida a la mayor miseria por el desempleo y la escasez, se había vuelto revoltosa y parecía dispuesta a irrumpir en todas las ciudades vecinas, para saquearlas. Un simple rumor, al fin y al cabo, y demos gracias de que no haya sido más que eso. Pero aquel rumor no estaba tan lejos de la realidad como podría pensarse, ya que algunas semanas más tarde fue preciso impedir, claro que al precio de las mayores dificultades, que la gente, desesperada por la calamidad que soportaba, invadiese los campos y las ciudades para arrasar con cuanto encontrara. Pero fue la violencia de la peste lo que en rigor la contuvo. La peste se desencadenó sobre aquellos hombres y mujeres con tal violencia, con tal encarnizamiento, que fueron a parar por millares a la tumba antes que -sublevados- a los campos. En los barrios vecinos a las parroquias de St. Sepulcre, Clerckenwell, Cripplegate, Bishopsgate y Shoreditch, esto es, en aquellos cuyo populacho comenzaba a hacerse peligroso, la epidemia azotó con tanta furia, que en esas pocas parroquias, aun antes de que la peste hubiera alcanzado su apogeo, murieron no menos de 5361 personas durante las tres primeras semanas de agosto, mientras que por esa misma fecha los alrededores de Wapping, Ratcliff y Rotherhite apenas fueron, según ya dije, ligeramente afectados. En resumen, si es verdad que la buena administración del Lord Mayor y sus oficiales hizo mucho por impedir que el furor y la desesperación del pueblo desencadenasen la confusión, el desquiciamiento y, en una palabra, el saqueo de los ricos por los pobres, no menos cierto es que la carreta de la muerte hizo mucho más. Ya he dicho, en efecto, que sólo en aquellas cinco parroquias se contaron más de 5000 muertos en veinte días, lo que probablemente representa el triple de contagiados, sólo que algunos de éstos sanaron y muchos otros fueron cayendo enfermos poco a poco y murieron bastante después. Debo añadir que si el registro obituario denunciaba 5000, en realidad debía de haber dos o tres veces. No era posible creer en la exactitud de las cifras, porque aquella situación no era la más indicada para llevar un registro estricto en medio de la confusión reinante. Regresemos a mis viajeros. Fueron simplemente examinados, y como parecían provenir más bien del campo que de la ciudad, tanto mejor dispuestos para con ellos encontraron a los habitantes. Estos charlaron con ellos y los hicieron pasar a un albergue en donde se encontraban el condestable y sus guardias, quienes les dieron de beber y de comer, lo cual les devolvió fuerza y ánimo. Entonces se les pasó por la mente la idea de que, si más adelante volvían a ser interrogados, dirían que venían de Essex y no de Londres. Para consumar este pequeño fraude, se conquistaron la simpatía del condestable de Old Ford, hasta el punto de que éste les extendió un certificado que atestiguaba que los viajeros habían pasado por su aldea provenientes de Essex, sin haber estado en Londres, lo que, aunque falso en la acepción común de la palabra Londres, era literalmente exacto, ya que Wapping y Ratcliff no formaban parte de la ciudad misma ni de la zona franca. El certificado, presentado ante el condestable de Homerton -uno de los jueces de la parroquia de Hackney-, les rindió tan buenos frutos, que obtuvieron de esa autoridad no sólo el derecho de tránsito, sino además un certificado de salud en debida forma del juez de paz, quien, bajo la palabra del condestable, se los extendió sin la menor dificultad. Atravesaron, pues, la muy dividida ciudad de Hackney (porque en aquella época la formaban varias villas separadas) y continuaron su viaje hasta alcanzar el camino real del norte, en la cumbre de la colina de Stampfold. Entonces comenzaron a sentirse fatigados y resolvieron armar su tienda de campaña y acampar esa noche en el camino que da la espalda a Hackney, poco antes del sitio en donde desemboca en el camino real. Pusieron manos a la obra, procurando armar la tienda frente a un granero o cosa parecida que habían encontrado allí y después de haberse cerciorado, tanto como les fue posible, que adentro no había nadie. Procedieron de ese modo, igualmente, a causa del viento, que soplaba con mucha fuerza, y porque eran novicios en esa forma de alojarse: apenas sabían armar su tienda. Se acostaron. Pero el carpintero, hombre grave y sensato, no se sentía tranquilo con acostarse así, tan despreocupadamente, esa primera noche. No podía dormir; después de haberlo intentado en vano, resolvió salir y hacer de centinela, con el fusil al hombro, montando guardia por sus compañeros. Comenzó a pasearse por delante del granero que se alzaba en aquel campo, junto al camino, del que estaba separado por un seto. Hacía apenas un rato que montaba guardia, cuando oyó ruido de gente que se acercaba. Parecían muchos y se dirigían, creyó él, hacia el granero. No despertó aún a sus compañeros, pero minutos después, y debido a que el ruido aumentaba, el panadero lo llamó, preguntándole qué ocurría y levantándose con rapidez; el tercero, el velero lisiado, que era el más fatigado, permaneció acostado en la tienda. Tal como pensaban, la gente fue directamente hacia el granero. Uno de nuestros viajeros interpeló a los intrusos como todo un soldado de guardia: -¿Quién va? Los intrusos no respondieron en seguida; luego uno de ellos, dirigiéndose a otro que venía detrás, dijo: -¡Ay, ay, ay! ¡Qué desilusión! ¡Se nos han adelantado! ¡El granero ya ha sido tomado! Y se detuvieron sorprendidos. Eran más o menos trece, contando algunas mujeres. Se consultaron sin saber qué hacer; por sus palabras, pronto nuestros viajeros se dieron cuenta de que era gente tan pobre como ellos que buscaba un refugio seguro. Además, no tenían que temer que se les acercaran, pues al oír el « ¿Quién va?» las mujeres, despavoridas, habían exclamado: « ¡No se les acerquen! ¡No sabemos si tienen la peste!» Y cuando uno de los hombres dijo: «Al menos déjennos que les hablemos», las mujeres contestaron: « ¡No, bajo ningún pretexto! Hasta ahora hemos escapado gracias a la bondad de Dios. No nos hagan correr otros peligros, se lo suplicamos.» Nuestros viajeros comprendieron entonces que se hallaban ante gente seria, ante gente que huía para tratar de salvar su vida, como ellos mismos. Y recuperado el ánimo, John dijo a su camarada carpintero: -Tranquilicémoslos como mejor podamos. Y el carpintero les habló: -Atiendan, buena gente. Por su conversación hemos comprendido que huyen del mismo terrible enemigo que nosotros. No teman; sólo somos tres hombres pobres. Si la epidemia no los ha afectado, ningún mal les haremos. Hemos acampado en este granero, pero en nuestra tienda de campaña, que ahora mismo vamos a quitar por ustedes; podemos volver a armarla en cualquier otro sitio. Tras estas palabras comenzaron los tratos entre el carpintero, que se llamaba Richard, y uno de aquellos hombres, que dijo llamarse Ford. FORD: ¿Nos aseguran estar en perfecto estado de salud? RICHARD: Claro que sí, no se inquieten. No corren el menor peligro. Ya les digo, no hemos hecho uso de este granero, y ahora mismo vamos a mudarnos para que todos nos sintamos tranquilos. FORD: Es muy amable y muy caritativo. Pero desde el momento en que nos basta con saber que están ustedes sanos y a salvo de la enfermedad, ¿por qué iríamos a incomodarlos, ahora que ya están instalados y probablemente a punto de entregarse al reposo? Si les parece bien, vamos a entrar en el granero para descansar un poco, sin necesidad de incomodarlos. RICHARD: Bien, pero ustedes son muchos. Desearíamos tener la plena seguridad de que todos están sanos, ya que tanto peligro hay de ustedes a nosotros como de nosotros a ustedes. FORD: ¡Dios sea loado si unos pocos se salvan, aunque sólo sea una minoría! Qué será de nosotros, lo ignoramos; pero hasta ahora hemos sido protegidos. RICHARD: ¿De qué parte de la ciudad vienen? ¿Ya la peste había llegado al sitio en donde vivían? FORD: ¡Oh, oh, y de qué manera, terrible, espantosa! De no ser así, no habríamos huido. Pensamos que de los que han quedado atrás muy pocos escaparán. RICHARD: ¿De qué barrio vienen? FORD: La mayoría de nosotros, de la parroquia de Cripplegate, y solamente dos o tres de Cleckenwell, pero de la parte exterior. RICHARD: ¿Y cómo se explica entonces que no se hayan marchado antes? FORD: Hace ya algún tiempo que salimos, y vivíamos lo mejor que podíamos, todos juntos, de este lado de Islington. Se nos había permitido ocupar una vieja casa deshabitada; allí teníamos camas y algunos objetos de primera necesidad, que nosotros mismos habíamos llevado. Pero también en Islington se declaró la peste; y cuando vimos que la casa contigua a la nuestra era clausurada, tuvimos miedo y huimos. RICHARD: ¿En qué dirección van? FORD. ¡A donde la suerte nos lleve! No lo sabemos. Dios guiará los pasos de los que se miran en Él. Y no hablaron más. Pero todos entraron en el granero y se acomodaron en él, aunque con algunas dificultades. Allí no había más que heno, pero en gran cantidad. Se acomodaron lo mejor que pudieron y se echaron a descansar. Pero nuestros viajeros observaron que, antes de acostarse, un anciano, que parecía ser el padre de una de las mujeres, oró con toda la compañía y se encomendó a la Providencia, para que Ella los bendijera y guiara. Por entonces amanecía muy temprano. Como Richard, el carpintero, había montado guardia durante la primera parte de la noche, John, el soldado, lo relevó y ocupó su lugar por la mañana. Así comenzaron a trabar conocimiento unos con otros. Parecía que al abandonar Islington habían tenido la intención de ir más al norte de Highgate, pero fueron detenidos en Holloway y no los dejaron pasar. Entonces se dirigieron a campo traviesa hacia el este y llegaron a Boarded River, soslayando los poblados y dejando a Homey a la izquierda y a Newington a la derecha, para desembocar en el camino real hacia la colina de Stampford, por el lado opuesto a aquel de donde venían nuestros tres peregrinos. Y ahora tenían la idea de cruzar el río y dirigirse a Epping Forest, donde esperaban que les permitiesen descansar. No parecían pobres, o por lo menos no tanto que pasasen necesidades. Tenían de sobra con qué subsistir durante unos dos o tres meses y esperaban que para entonces el tiempo frío pondría coto a la epidemia, o al menos que la violencia de ésta menguaría, acaso por falta de nuevas víctimas a las cuales infectar. Era casi la misma suerte de nuestros tres viajeros, salvo que parecían mejor equipados para el viaje y tenían la intención de ir más lejos. Con todo, su primer propósito consistía en no alejarse más de veinticuatro horas del camino, a fin de tener cada dos o tres días noticias de lo que ocurría en Londres. Pero he aquí que nuestros tres viajeros encontraron una dificultad imprevista en su caballo, ya que éste, que cargaba sus equipajes, los obligaba a mantener su ruta, en tanto que la gente del otro bando atravesaba campos y collados hubiera o no caminos, hubiera o no senderos, como mejor les venía en gana, sin pasar por los sitios poblados, o acercándose a éstos no más que para comprar aquello que necesitaban para su subsistencia. Nuestros viajeros no podían abandonar el camino, por miedo a causar daños en aquella región al echar abajo empalizadas o vallas para atravesar los campos cercados, lo que no deseaban hacer siempre que pudieran evitarlo. Sin embargo, sentían verdaderas ganas de unirse a aquel grupo y hacer suerte común con sus componentes. Después de algunas discusiones, renunciaron a su primer proyecto, que los llevaba hacia el norte, y se resolvieron a seguir a los otros hacia Essex. Esa mañana desarmaron su tienda, acomodaron las cargas en el caballo y se pusieron en camino todos juntos. No pocas molestias tuvieron para tomar la barca a fin de cruzar el río: el barquero se asustó, y debieron parlamentar con él guardando cierta distancia. Aquel lobo de río se resignó al fin a llevar su embarcación a un lugar apartado del derrotero habitual y dejarla allí para que los peregrinos pudieran valerse de ella. Les ordenó que se la dejaran atracada en la otra orilla, con la explicación de que él contaba con otra para ir en su busca. Pero parece que no lo hizo antes de ocho días. Una vez recibido el dinero, el barquero trajo y depositó para ellos en la embarcación una reserva de víveres y bebidas, no sin haberse hecho pagar por adelantado. Pero los viajeros se vieron en serios apuros para embarcar el caballo, pues la barca era muy pequeña y absolutamente inadecuada para semejante carga. Por fin decidieron hacerlo cruzar el rio a nado. Al abandonar la ribera se dirigieron hacia el bosque, pero al llegar a Walthamstow los habitantes de la ciudad se negaron a recibirlos, tal cual ocurría en todas partes. Los condestables y guardias los mantuvieron a distancia mientras hablaban con ellos. Narraron su historia de la misma manera que antes, pero ocurría que ya habían pasado por allí dos o tres grupos de peregrinos con el mismo discurso, lo que no había impedido la contaminación de varias personas en las ciudades por donde habían pasado. Y estos grupos habían sido más tarde muy mal tratados, tanto en la campiña (lo que era justicia) como en los alrededores de Brentwood, o por lo menos en la región: varias personas habían sucumbido en el campo, sin que pudiera decirse si debido a la peste, a la miseria o simplemente a la privación. De modo que los habitantes de Walthamstow tenían buenas razones para ser prudentes y no recibir a nadie que no les ofreciera una cabal seguridad. Por eso, como dijo el carpintero Richard y uno de los otros hombres que parlamentaron con aquéllos, no era motivo para bloquear los caminos y negar el derecho de tránsito a personas que sólo pedían atravesar la ciudad. Si la población les temía, con entrar en sus casas y cerrar las puertas; asunto arreglado: ellos no andarían ni con cumplidos ni con impertinencias, sino que se limitarían a continuar su viaje. El condestable y sus asistentes, sin dejarse persuadir por ningún razonamiento, se obstinaban en su idea y no atendían nada de nada, hasta que los dos hombres destacados para parlamentar regresaron hacia sus compañeros a fin de discutir lo que había que hacer. El panorama era, en conjunto, decepcionante, y aquella gente vaciló durante un largo rato. Pero por fin John, el soldado panadero, después de reflexionar unos instantes dijo: -¡Vaya! Déjenme que yo termine este asunto. Era su primera aparición. Hizo cortar unas cuantas ramas largas y les dio, lo más que pudo, forma de fusil. De allí a un rato se encontró ante cinco o seis mosquetes, que a cierta distancia no se podían reconocer. Envolvió con unos trapos la parte que representaba el gatillo, como hacen los soldados para resguardar del moho sus armas cuando hay mucha humedad. El resto fue disimulado con el barro o la arcilla que pudieron encontrar. Entretanto los otros, siguiendo sus instrucciones, se sentaron bajo los árboles en grupos de dos o tres y encendieron fogatas a cierta distancia uno de otros. Dos o tres de ellos se adelantaron y armaron la tienda de campaña en el camino, a la vista de la barrera levantada por los habitantes de la ciudad. Apostaron delante de ella a un centinela con el fusil verdadero, el único que poseían. El centinela iba y venía, con el fusil al hombro, para que la gente de la ciudad lo viera bien. También ataron el caballo a un seto cercano, recogieron trozos de madera seca y encendieron una fogata del otro lado de la tienda, de manera que los pobladores vieran el fuego y el humo sin poder distinguir lo que ocurría alrededor. La gente del lugar los observaba con suma atención; por lo que veían, no podían dejar de suponer que se trataba de muchos. Y comenzaron a sentirse molestos al ver que los viajeros no se movían de allí. Comprendieron, sobre todo que éstos contaban con caballos y armas, pues habían visto un fusil y un caballo junto a la tienda y que algunos hombres cruzaban el campo del otro lado del seto, a lo largo del camino, con su mosquete al hombro (al menos, eso era lo que creían). Ante semejante visión, se alarmaron y el pánico se apoderó de ellos. Es indudable que partieron en busca del juez de paz, para saber qué debían hacer. Ignoro lo que aquel juez les aconsejó, pero al caer la noche llamaron desde la barrera al centinela apostado frente a la tienda de campaña. -¿Qué quieren? -dijo John3 -¡Vamos a ver! -preguntó el condestable-. ¿Qué piensan hacer? -¿Qué pensamos hacer? ¿Y qué quieren que hagamos? CONDESTABLE: ¿Por qué no se han marchado? ¿Por qué se quedan aquí? JOHN: ¿Por qué nos cortan el paso por el camino real y pretenden negarnos el derecho de seguir nuestro camino? CONDESTABLE: No tenemos que rendirles cuenta, y además ya les hemos dicho que es debido a la peste. JOHN: Y nosotros ya les hemos respondido que estamos sanos y a salvo de la peste. Lo que no teníamos la obligación de decirles, y encima pretenden detenernos. CONDESTABLE: Tenemos el derecho de hacerlo; nuestra propia seguridad nos obliga a ello. Además, este no es el camino real; es un camino vecinal. ¿Ven esa puerta? Cuando permitimos que la gente la atraviese, le cobramos un derecho de peaje. JOHN: Tenemos tanto derecho a buscar nuestra seguridad como ustedes a buscar la suya, y ya están viendo que huimos para salvar nuestra vida. No es cristiano ni justo detenernos aquí. CONDESTABLE: Pueden regresar al lugar de donde vienen, no se lo impedimos. JOHN: No. Un enemigo mucho más fuerte que ustedes nos lo impide, sin lo cual no habríamos venido a parar aquí. CONDESTABLE: Entonces pueden tomar cualquier otro camino. JOHN: ¡No y no! Pienso que ya se habrán dado cuenta de que podríamos mandarlos a pasear, a usted y a toda la gente de esta parroquia, y atravesar la ciudad cuando se nos diera la gana; pero ya que nos detienen en este sitio, conformes, estamos satisfechos. Ya lo ve: hemos armado nuestro vivac y deseamos quedarnos aquí. Esperamos que ustedes nos abastezcan. CONDESTABLE: ¿Abastecerlos? ¿Pero cómo se le ocurre? JOHN: ¡Vaya!, no querrán dejarnos morir de hambre, ¿no? Puesto que nos detienen acá, deben alimentarnos. CONDESTABLE: Les aseguro que si su subsistencia corre por cuenta nuestra, se verán muy mal atendidos. JOHN: Si nos ponen a ración, sabremos qué partido tomar. CONDESTABLE: ¡Cómo! ¿Acaso pretenden acuartelarse aquí por la fuerza? JOHN: Nadie ha mencionado aún la fuerza. ¿Por qué quiere obligarnos a hacerlo? Yo soy un viejo soldado y no he de morir de hambre. Si cree que nos forzará a volver sobre nuestros pasos por falta de víveres, se equivoca. CONDESTABLE: Puesto que nos amenaza, procuraremos tomar las medidas más severas posibles. Tengo orden de sublevar a todos los habitantes de esta región contra ustedes. JOHN: Usted es quien amenaza, no nosotros. Y ya que le gusta discutir, permítame decirle que no le daremos tiempo de arrestarnos. Vamos a ponernos en marcha dentro de unos minutos.4 CONDESTABLE: ¿Qué quieren de nosotros? JOHN: Antes que nada, autorización para atravesar la ciudad. No haremos daño a ningún habitante. Nadie tendrá de qué quejarse, nadie sufrirá la menor pérdida por el hecho de nuestro paso. No somos ladrones; sólo somos una pobre gente afligida que huye de la terrible peste de Londres, la que cada semana devora millares y millares de víctimas. Nos preguntamos cómo pueden ser ustedes tan despiadados. CONDESTABLE: El instinto de conservación nos obliga a serlo. JOHN: ¡Cómo! ¿Los obliga a cerrar el corazón ante semejante miseria? CONDESTABLE: Veamos. Si aceptan pasar a campo traviesa por la izquierda de donde se encuentran ahora, detrás de esta parte de la ciudad, trataré de que les abran las puertas. JOHN: Nuestra caballerías5 no puede pasar por ahí con todo su bastimento. Y además nos aparta de la ruta que llevamos. ¿Por qué quiere forzarnos a tomar otro camino? Por otra parte, hemos permanecido aquí toda la jornada sin más provisiones que las que traíamos. Considero que deberían enviarnos víveres para reanimarnos. CONDESTABLE: Si toman otro camino, les enviaremos víveres. JOHN: Es el mejor medio que tienen todas las ciudades del condado para cerrarnos los caminos. CONDESTABLE: Pero si todas los abastecen, no será tan malo. Estoy viendo que cuentan con tiendas de campaña, de manera que no necesitan alojamiento. JOHN: Bien. ¿Y qué cantidad de víveres están dispuestos a enviarnos? CONDESTABLE: ¿Cuántos son? JOHN: No pedimos víveres para todos. Somos tres compañías. Si aceptan enviarnos pan para veinte hombres y unas seis o siete mujeres, para tres días, y mostrarnos el camino a campo traviesa que me ha mencionado, no tenemos la intención de seguir asustando a toda esa gente. Y para demostrarles nuestro reconocimiento, nos apartaremos de nuestra ruta, aunque estemos tan sanos como ustedes.6 CONDESTABLE: ¿Me da la seguridad de que ninguno de sus compañeros volverá a provocarnos molestia alguna? JOHN: Por supuesto. Puede creerme. Condestable: Debe además vigilar para que no traspasen ni un solo paso el sitio en donde dejaremos las provisiones que les daremos. JOHN: Respondo de ello. El condestable y su gente enviaron, pues, al campamento, veinte hogazas de pan y tres o cuatro cuartos de buey y abrieron las puertas para que pasaran los viajeros. Pero ninguno de los pobladores tuvo el coraje de mirarlos desfilar; y como era de noche, por mucho que los hubieran mirado habría sido imposible, pese a todo, advertir qué pocos eran. Así salió John de aquel aprieto. Pero tanto cundió la alarma en el condado, que aunque el número de aquella gente hubiera en verdad llegado a doscientos o trescientos, toda la población, sublevada contra ellos, los hubiera aprisionado. Habría sido un fracaso total. De lo que se dieron cuenta dos o tres días más tarde, pues de camino dieron con varios grupos de a pie y de a caballo que perseguían a tres compañías de hombres armados de mosquetes que, alcanzados por la peste, habían escapado de Londres y no sólo propagaban la epidemia en el pueblo, sino que además saqueaban la región. Viendo las consecuencias de su aventura, se dieron rápida cuenta del peligro que corrían y resolvieron, siempre por consejo del viejo soldado, volver a separarse. John y sus dos compañeros hicieron como que se dirigían a Waltham con el caballo, y los demás, separados en dos grupos, tomaron el camino de Epping. Todos acamparon la primera noche en el bosque, a poca distancia unos de otros, pero sin armar la tienda de campaña, por miedo de que los descubrieran. Richard echó mano a su martillo y su hacha y se entregó activamente al trabajo. Cortó varias ramas para construir tres pequeñas chozas, en las que se instalaron con tanta comodidad como era dable esperar. Las provisiones de Walthamstow fueron ampliamente suficientes para aquella noche. En cuanto al día siguiente, Dios proveería. Tan bien había transcurrido el viaje bajo la conducción del viejo soldado, que éste fue designado jefe, y su dirección pareció tener un excelente augurio. Les dijo que ahora se encontraban a una conveniente distancia de Londres y que, no teniendo necesidad inmediata de buscar ayuda, debían adoptar todas las precauciones del caso para no ser contaminados ni contaminar; que, visto el poco dinero con que contaban, tendrían que observar la mayor sobriedad posible, puesto que, no admitiendo siquiera la idea de recurrir a la violencia, debían esforzarse por ir lo más lejos que pudiesen. Se alinearon, pues, bajo su dirección, dejaron en pie las tres chozas y a la mañana siguiente se dirigieron hacia Epping. El capitán -desde entonces se lo llamó así- y sus dos compañeros abandonaron el proyecto de ir a Waltham, y todos partieron juntos. Llegados cerca de Epping, hicieron alto y eligieron un sitio conveniente en pleno bosque, no demasiado cerca del camino, pero tampoco demasiado lejos, hacia el norte, en un bosquecillo de árboles desmochados. Allí establecieron su campamento, consistente en tres anchas cabañas sostenidas con estacas, que el carpintero y sus ayudantes cortaron y fijaron en círculo. Los extremos fueron atados en su parte superior, y los costados fueron apuntalados con otras ramas; con haces de leña terminaron de cerrarlas y protegerlas. Tenían, además, una choza en la que vivían las mujeres, y una barraca para albergar el caballo. Ocurrió que al día siguiente, o subsiguiente, era día de feria en Epping. Allá fue el capitán John con un hombre y compró provisiones: pan, cordero y buey. Por su parte, dos de las mujeres fueron también, como si no pertenecieran al mismo grupo, y compraron otras cosas. John fue con el caballo para transportar sus compras y puso éstas en la bolsa de las herramientas del carpintero. El carpintero, a su vez, trabajó: hizo bancos y taburetes para sentarse, para lo cual empleó la madera que le ofrecía el bosque, y una especie de mesa para sentarse a comer. Durante dos o tres días nadie reparó en ellos; pero de allí a poco un gran número de gente de la ciudad acudió a verlos, y toda la región se alarmó con su presencia. El pueblo temía acercárseles, y ellos a su vez querían mantener al pueblo a distancia, porque corría el rumor de que en Waltham y Epping había peste desde hacía unos dos o tres días. De modo que John les gritó que no pasaran adelante, diciéndoles: -Aquí estamos sanos y salvos, y no queremos que vengan a contagiarnos la peste ni que salgan después a decir que nosotros se la hemos contagiado. Llegados cerca de Eppulg, hicieron alto y eligieron un sitio conveniente en pleno bosque, no demasiado cerca del camino, pero tampoco demasiado lejos, hacia el norte, en un bosquecillo de árboles desmochados. Allí establecieron su campamento, consistente en tres anchas cabañas sostenidas con estacas, que el carpintero y sus ayudantes cortaron y fijaron en círculo. Los extremos fueron atados en su parte superior, y los costados fueron apuntalados con otras ramas; con haces de leña terminaron de cerrarlas y protegerlas. Tenían, además, una choza en la que vivían las mujeres, y una barraca para albergar el caballo. Ocurrió que al día siguiente, o subsiguiente, era día de feria en Epping. Allá fue el capitán John con un hombre y compró provisiones: pan, cordero y buey. Por su parte, dos de las mujeres fueron también, como si no pertenecieran al mismo grupo, y compraron otras cosas. John fue con el caballo para transportar sus compras y puso éstas en la bolsa de las herramientas del carpintero. El carpintero, a su vez, trabajó: hizo bancos y taburetes para sentarse, para lo cual empleó la madera que le ofrecía el bosque, y una especie de mesa para sentarse a comer. Durante dos o tres días nadie reparó en ellos; pero de allí a poco un gran número de gente de la ciudad acudió a verlos, y toda la región se alarmó con su presencia. El pueblo temía acercárseles, y ellos a su vez querían mantener al pueblo a distancia, porque corría el rumor de que en Waltham y Epping había peste desde hacía unos dos o tres días. De modo que John les gritó que no pasaran adelante, diciéndoles: -Aquí estamos sanos y salvos, y no queremos que vengan a contagiarnos la peste ni que salgan después a decir que nosotros se la hemos contagiado. Llegados cerca de Epping, hicieron alto y eligieron un sitio conveniente en pleno bosque, no demasiado cerca del camino, pero tampoco demasiado lejos, hacia el norte, en un bosquecillo de árboles desmochados. Allí establecieron su campamento, consistente en tres anchas cabañas sostenidas con estacas, que el carpintero y sus ayudantes cortaron y fijaron en círculo. Los extremos fueron atados en su parte superior, y los costados fueron apuntalados con otras ramas; con haces de leña terminaron de cerrarlas y protegerlas. Tenían, además, una choza en la que vivían las mujeres, y una barraca para albergar el caballo. Ocurrió que al día siguiente, o subsiguiente, era día de feria en Epping. Allá fue el capitán John con un hombre y compró provisiones: pan, cordero y buey. Por su parte, dos de las mujeres fueron también, como si no pertenecieran al mismo grupo, y compraron otras cosas. John fue con el caballo para transportar sus compras y puso éstas en la bolsa de las herramientas del carpintero. El carpintero, a su vez, trabajó: hizo bancos y taburetes para sentarse, para lo cual empleó la madera que le ofrecía el bosque, y una especie de mesa para sentarse a comer. Durante dos o tres días nadie reparó en ellos; pero de allí a poco un gran número de gente de la ciudad acudió a verlos, y toda la región se alarmó con su presencia. El pueblo temía acercárseles, y ellos a su vez querían mantener al pueblo a distancia, porque corría el rumor de que en Waltham y Epping había peste desde hacía unos dos o tres días. De modo que John les gritó que no pasaran adelante, diciéndoles: -Aquí estamos sanos y salvos, y no queremos que vengan a contagiarnos la peste ni que salgan después a decir que nosotros se la hemos contagiado. Tras lo cual aparecieron los oficiales y, a distancia, los interrogaron. Deseaban saber quiénes eran y. con qué derecho pretendían radicarse allí. John respondió con toda franqueza que eran gente pobre de Londres impulsada por la aflicción y que, previendo la miseria a que quedarían reducidos si la peste se extendía por toda la ciudad, habían huido a tiempo para salvar sus vidas; que no contaban con relaciones ni influencias que pudieran proporcionarles un refugio, y que primeramente se habían detenido en Islington, pero que, como también esa ciudad había caído bajo la peste, habían huido más lejos aún. Temerosos de que los habitantes de Epping les negaran la entrada a la ciudad, habían alzado sus tiendas al aire libre, en el bosque, decididos a soportar los rigores de tan triste alojamiento antes que atemorizar a nadie con la idea de que ellos podían traer el mal. En un primer momento, los habitantes de Epping les hablaron con rudeza y les ordenaron marcharse de aquel lugar porque, dijeron, no era para ellos, y que si se consideraban sanos y salvos podían, pese a todo, hallarse enfermos sin saberlo y contaminar a toda la región y, por último, que allí no los tolerarían. John discutió con calma durante un buen rato, diciendo que ellos, los pobladores de Epping y de toda la comarca circundante, sólo subsistían gracias a Londres, ciudad a la que vendían el producto de sus tierras y de la que obtenían sus rentas. Grandes eran su dureza y su crueldad para con los londinenses, para con aquellos que tanto les habían hecho ganar. Seguramente no querrían que más tarde les fueran echadas en cara su barbarie, su inhospitalidad y su maldad para con la pobre gente de Londres que huía del terrible enemigo. La crueldad haría odioso el nombre de los habitantes de Epping en toda la capital y sería causa de que los lapidaran en medio de la calle cuando se aventuraran a ir al mercado. ¿Estaban seguros de que la epidemia no los alcanzaría también a ellos, tal como se decía que había alcanzado a los de Waltham? Y entonces, si algunos de ellos lograban huir antes de ser afectados, les parecería muy duro ver que se les negaba hasta la libertad de tenderse a descansar en pleno campo. La gente de Epping les repitió que en verdad, si se decían sanos y salvos, ellos no tenían la misma certeza, y que por Walthamstow acababa de pasar, según se decía, una muchedumbre de personas que habían declarado estar sanas, como ellos, pero con la amenaza de saquear la ciudad y de proseguir su camino por la fuerza, con o sin autorización de los oficiales de la parroquia; que eran más de doscientos, armados y provistos j de tiendas de campaña, como los soldados de los Países Bajos; que habían extorsionado a la población de aquella ciudad, arrancándole provisiones con la amenaza de quedarse a vivir allí a sus expensas, y que mostraban sus armas y hablaban en un lenguaje de soldados. Varios de ellos habían partido en dirección de Romford y Brentwood, para contaminar toda la región y llevar la peste a las dos grandes ciudades, aun cuando ya nadie se atrevía a ir al mercado como de costumbre. En cuanto a ellos, no cabía duda de que formaban parte de aquel grupo; de ser así, merecerían ser arrojados al calabozo en reparación de los daños causados y por el temor y el terror en que habían hundido a la región. John respondió que las acciones ajenas no eran de su incumbencia. Les aseguró que todos cuantos se encontraban allí formaban un mismo grupo y nunca habían sido más de los que eran en ese momento (lo cual, entre paréntesis, era la pura verdad), y que si al principio habían constituido dos grupos separados, el camino los había juntado por la similitud de sus casos. Estaban dispuestos a proporcionar acerca de ellos todos los informes que quienquiera deseara conocer, inclusive sus nombres y apellidos y sus lugares de residencia, para que se los responsabilizara de todos los desórdenes que pudieran cometer. Los ciudadanos podían ver que se contentaban con una vida ruda y que sólo deseaban respirar un poco de aire puro en aquel bosque, porque ya no podían estar en donde el aire no lo fuera y levantarían campamento si advertían que el de allí no lo era. -Pero -respondieron los ciudadanos- ya cargamos con demasiados pobres y debemos velar por que su número no crezca. Está claro que ustedes no pueden asegurarnos que no representarán una carga para nuestra parroquia, tanto como no pueden afirmar que son inofensivos respecto de la infección. -¡Oh, perdón! -exclamó John-. ¡En cuanto a ser una carga, espero que no lo seamos! Si nos procuran los víveres necesarios, sabremos recompensarlos. Como ninguno de nosotros vivía de limosnas cuando nos hallábamos en nuestro hogar, nos comprometemos a pagarles íntegramente, si Dios quiere devolverle a Londres su salud y restituirnos sanos y salvos a nuestras familias y a nuestros hogares. Si alguno de nosotros muriera aquí, los sobrevivientes lo enterrarán, y de este modo no les causaremos el menor gasto, a no ser que muramos todos, porque en tal caso, en verdad, el último no podría enterrarse a sí mismo; este sería el único gasto que les causaríamos y que también sería cubierto, estoy convencido de ello -añadió John-, con lo que habría de dejar tras de él. Y, por otra parte, si prefieren cerrar sus corazones a toda comprensión y no ayudarnos, no tomaremos nada por la violencia y a ninguno de ustedes robaremos nada; pero si ya gastado lo poco que tenemos morimos de hambre, entonces, ¡hágase la voluntad de Dios! Tan bien predispuso John el ánimo de los ciudadanos al hablarles pausada y racionalmente, que éstos se marcharon y, aunque no llegaron a darles el beneplácito, no los molestaron ya más. Durante tres o cuatro días, aquella pobre gente continuó viviendo en paz. Entonces descubrieron una casa de provisiones bastante apartada, en las afueras de la ciudad. Y ordenaban de lejos lo que necesitaban; les dejaban las cosas a cierta distancia, y ellos siempre, con toda decencia, les pagaban. Ya la gente joven de la ciudad solía acercárseles; los observaban y a veces, a distancia, les hablaban. Pudo sobre todo advertirse, el primer sábado, que aquella pobre gente tuvo un verdadero acto de recogimiento: adoraron, juntos, a Dios, y se les oyó cantar algunos salmos. Su conducta pacífica e inofensiva comenzó a granjearles la simpatía de los habitantes de la región, quienes dieron en compadecerlos y en hablar de ellos en términos muy favorables. Consecuencia de lo cual fue que una noche, más que húmeda, lluviosa, cierto señor que vivía en las inmediaciones les envió un pequeño cartón con doce haces de paja, para que tuvieran en qué acostarse y con qué recubrir sus barracas, de modo que no sufrieran la humedad. El pastor de la parroquia, ignorante de aquel gesto de altruismo, envió dos sacos de centeno y medio saco de guisantes. Ellos se sintieron muy agradecidos; la paja, sobre todo, les proporcionó un precioso auxilio, ya que, aun cuando el ingenioso carpintero les había hecho, para que se acostaran, unos catres que más bien parecían artesas y había llenado éstos con hojas y cuanto había podido encontrar, y por mucho que la tela de la tienda de campaña había sido cortada a guisa de cobertores, todos seguían durmiendo sobre superficies muy duras y en la humedad, hasta que llegó aquella paja, que causó el efecto de lechos de pluma y que, decía John, fue mejor recibida que lo que en verdad lo habrían sido verdaderas camas mullidas en una época común. Así fue como el caritativo señor y el pastor del lugar dieron el ejemplo; otros los siguieron rápidamente, y todos los días les llevaban un nuevo regalo. Pero el más generoso siguió siendo su vecino. Algunos les enviaron sillas, taburetes, mesas y tal o cual objeto casero de que carecían. Otros les regalaron cobertores, tapices, cubrecamas, o bien loza, o utensilios de cocina para que prepararan sus comidas. Animado, el carpintero construyó en un par de días un amplio albergue, una especie de cobertizo o casa con vigas, techado y con un piso en el que podían alojarse bien reparados, pues con la llegada de septiembre comenzaba el tiempo húmedo y frío. Aquella casa, bien resguardada con paja y con su techo y sus paredes bien firmes y cerradas, los protegía bastante bien. En uno de los extremos de la habitación, el carpintero hizo asimismo un muro de tierra con un hogar, y otro del grupo, después de muchos contratiempos y mucho esfuerzo, armó una chimenea para el escape del humo. Y allí vivieron, cómoda aunque frugalmente, hasta comienzos de septiembre. Entonces recibieron una mala noticia: la peste, que arreciaba en Waltham Abbey por un lado y en Romford y Brentwood por el otro, ya había llegado a Epping y Woodford y a la mayoría de las poblaciones del bosque, llevada principalmente por los buhoneros, por la gente que iba y venía, entre Londres y aquellos pueblos, con sus víveres. Aquello estaba por cierto en evidente contradicción con el informe que más tarde hubo de recorrer toda Inglaterra y que, como ya dije, no confirma mis opiniones personales, a saber, que la gente de las ferias, la que llevaba las provisiones a la ciudad, nunca contrajo la peste y nunca la llevó a la campiña, dos cosas realmente falsas. Estoy seguro. Acaso todas esas personas hayan sido preservadas más allá de cualquier expectativa, pero no hasta el milagro. Muchas de ellas fueron y vinieron, en gran número, sin ser afectadas, para bien de los pobres londinenses, que se habrían visto en la más absoluta miseria si aquella gente, que surtía los mercados, no hubiese sido tantas veces protegida, o por lo menos más de lo que razonablemente podían esperar. Entonces nuestros refugiados comenzaron a inquietarse, porque las poblaciones que los rodeaban se hallaban realmente contaminadas, y ya no se atrevían a confiar en otros para que les adquirieran las cosas que necesitaban. Y ello fue tanto más lamentable cuanto que ya nada les quedaba, o casi nada, al margen de lo que les procuraba aquel caritativo señor. Pero para tranquilidad suya ocurrió que otras personas del campo, que todavía no les habían regalado nada, oyeron hablar de ellos y les enviaron, uno, un puerco, el otro dos cameros y un tercero una ternera. En resumen, que tenían suficiente carne y hasta leche y queso y cosas de ese tipo. Pero estaban muy cortos de pan, pues sus benefactores les habían regalado trigo, pero no tenían con qué molerlo ni nada en qué cocerlo. Se vieron obligados a comer en grano los cuatro cuartillos de centeno, como antaño los israelitas, sin molerlo ni transformarlo en pan. Por fin dieron con el medio de trasportar el trigo a un molino de viento, situado cerca de Woodford, de donde el grano regresó molido. En seguida de lo cual, el panadero construyó un hoyo bastante profundo y seco para cocer la galleta de un modo aceptable. Así se hallaron en condiciones de vivir sin el socorro ni el aprovisionamiento de las ciudades. Por suerte, porque poco tiempo después toda la región se vio completamente infectada y, a juzgar por lo que se dijo, cerca de ciento veinte personas murieron de la epidemia en las aldeas de los alrededores, lo que para ellos representó algo terrible. Entonces sostuvieron un nuevo consejo; ahora las ciudades no necesitaban temer su cercanía. Al contrario, cierto número de familias pobres abandonaron sus casas y construyeron chozas en el bosque, como ellos. Pero varios de aquellos infelices fugitivos contrajeron la enfermedad en su propia choza, o en su tienda de campaña. La causa fue clara. No se debió al hecho de haberse instalado al aire libre, sino: 1°) porque no lo hicieron a tiempo, es decir, antes de haber contraído la enfermedad por haber hablado desaprensivamente con sus vecinos, o, casi podríamos decir, antes de que la enfermedad los cercara, y llevaron ésta por doquier fueron; 2°) porque no tuvieron la prudencia, después de haberse alejado sanos y salvos de la ciudad, de no regresar a ésta y de no mezclarse con los enfermos. Pero fuese cual hubiere sido la causa, cuando nuestros viajeros advirtieron que la peste campaba no sólo en las ciudades, sino también en las tiendas de campaña y en las chozas del bosque, cerca de ellos, comenzaron a sentir pánico y pensaron en levantar campamento, en alejarse, porque de permanecer allí habrían corrido un indudable peligro. Nada asombroso tiene el hecho de que se sintieran muy afligidos ante la obligación de abandonar aquel sitio, en donde habían sido tan bien recibidos y tratados con tanta humanidad y tanta calidad. Pero la necesidad, el riesgo que corría su vida, en procura de cuya salvación habían llegado hasta allí, prevaleció, y no vieron ningún otro remedio. Sin embargo, John pensó en recurrir, en su nuevo infortunio, a su principal bienhechor, para darle a saber su aflicción y solicitarle consejo y asistencia. Aquel hombre, bueno, caritativo, los instó a abandonar el lugar, por temor de que la violencia de la epidemia les cortara toda retirada. Ahora, en cuanto a la dirección que debían tomar, halló muy difícil indicarla. Por fin John le pidió -ya que el caballero era juez de paz- que les diera un certificado de buena salud para presentarlo ante los otros jueces con que pudieran tropezar, a fin de que, cualquiera fuera su suerte, no se los rechazara, después de tanto tiempo de haber salido de Londres. Su protector se los concedió inmediatamente: todos recibieron verdaderos certificados de salud, legalizados, y de allí en adelante se vieron en libertad de ir a donde se les antojara. Poseían, pues, un certificado de salud extendido en debida forma, en el que se aclaraba que habían residido en una aldea del condado de Essex el tiempo suficiente para que, después de un examen concienzudo y una cuarentena respecto de todo comercio con el mundo, y visto que no revelaban el menor síntoma de peste, se los consideraba como personas sanas y se los acogiera sin temor en cualquier parte. Efectivamente, su última partida había sido motivada por la aparición de la peste en aquella ciudad, y no por síntoma alguno de infección entre ellos. Provistos de su certificado, se fueron, con mucha pena; y como John opinó en el sentido de no alejarse demasiado, se dirigieron hacia los pantanos del lado de Waltham. Pero allí encontraron a un hombre que cuidaba, al parecer, una presa o especie de esclusa para aumentar el agua al paso de las chalanas que suben y bajan el río. Y este hombre los aterrorizó con unas historias espeluznantes acerca de la enfermedad, que se había extendido por todas las ciudades ribereñas, por los aledaños de Middlesex y Hartfordshire, es decir, por Waltham, Waltham Cross, Enfield y Ware, y por todas las ciudades de la ruta que ellos llevaban. No se atrevieron, luego, a seguir su dirección, aunque el hombre había en realidad exagerado, pues aquellas cosas no eran ciertas. De cualquier modo, se sintieron espantados y resolvieron marchar por el bosque en dirección de Romford y Brentwood. Pero se enteraron de que gran número de personas de Londres habían huido hacia ese lado y acampaban por aquí y por allá, en los bosques llamados de Hainault, justamente cerca de Romford; y que como no tenían refugio ni medios de subsistencia, vivían de un modo extraño y se veían reducidos a los últimos extremos en los bosques y los campos, por falta de socorro. Se decía que tan desesperados estaban por la miseria, que cometían muchos actos de violencia en la región, robando, saqueando, matando ganado, etc. Y que otros habían construido chozas y cabañas a la vera del camino y mendigaban con insistencia tal, que casi equivalía a exigir ayuda por la fuerza, pese a que aquella región se hallaba muy mal y pese, también, a que los pobladores se habían visto obligados a detener a algunos de aquellos hombres. Esto les dio a entender a nuestros viajeros que en aquella comarca no encontrarían la caridad ni la benevolencia que habían hallado en el distrito de donde venían, sino corazones endurecidos y prevenidos en contra de ellos. Además, se les averiguaría acerca del lugar que habían abandonado, y se verían expuestos a actos de violencia por parte de quienes se hallasen en su caso. Ante tales consideraciones, John, el capitán, regresó en nombre de todos a casa de su amigo y benefactor, el que antes los había protegido, expuso su caso con toda franqueza y humildemente pidió consejo. Siempre con su misma bondad, el hombre les pidió que regresaran a su antigua morada, o, si no, que no se alejaran del camino, y les señaló un sitio que podría convenirles. Como realmente necesitaban una casa en la cual refugiarse en aquella época del año (se acercaba el invierno, dieron con un viejo, decrépito edificio -antigua casa de recreo o pequeña residencia- que se hallaba en tan mal estado, que parecía casi inhabitable; y gracias al beneplácito del granjero al que pertenecía, obtuvieron permiso para usarla como quisieran. Todos se pusieron a trabajar, bajo la dirección del ingenioso carpintero, y en pocos días contaron con un buen refugio. Había además una vieja estufa en ruinas, que, reparada, sirvió para calentarlos. Con toques y retoques por aquí y por allá, la casa quedó transformada y fue capaz de acoger a todos. Les faltaba madera para arreglar los marcos de las ventanas, el suelo, las puertas; pero como se habían granjeado la simpatía de todos los pobladores de la región debido al favor que les dispensaba el caballero que ya he mencionado, y como se los sabía en cabal estado de salud, todos los ayudaron con lo que pudieron. En una palabra, se instalaron allí decididos a no moverse más, y vieron que en todas partes la campiña se alarmaba ante la presencia de quienquiera que viniese de Londres, y que en ninguna parte se dejaba entrar a los viajeros, a no ser con las mayores objeciones, en lugar de la amistosa acogida y del socorro que ellos habían encontrado. Pese, no obstante, a la asistencia material y moral que recibían de su benefactor y de la gente de las inmediaciones, debieron sufrir grandes pruebas. En octubre y noviembre el tiempo se hizo frío y húmedo; y como ellos no estaban acostumbrados a semejantes rigores, comenzaron a dolerles los miembros y contrajeron diversos males, pero nunca la peste. A mediados de diciembre, regresaron a la ciudad y a sus respectivos hogares. He contado esta historia, de cabo a rabo, sobre todo para dar una idea de lo que les ocurrió a muchas personas que volvieron a Londres tan pronto como la peste se calmó. Según ya he dicho, no pocos de los que tenían una casa de recreo en el campo corrieron a refugiarse en ella. Pero cuando la enfermedad alcanzó su violencia extrema, la gente de la clase media que carecía de relaciones huyó al campo, a cualquier sitio en donde pudiera hallar un refugio, tanto los que tenían dinero como los que carecían de él. Los que tenían dinero huyeron lo más lejos posible, ya que podían subvenir a sus necesidades. Pero aquellos cuya bolsa estaba vacía tuvieron que sufrir (acabo de mostrarlo) grandes privaciones, y a menudo la necesidad los empujó a satisfacer sus necesidades a expensas de los aldeanos, lo cual predispuso muy mal a todo el campo para con ellos. A veces se les detuvo, pero sin saber qué hacer con ellos, pues se vacilaba en castigarlos. Y a menudo, también, se les acosó de ciudad en ciudad, hasta que se vieron obligados a regresar a Londres. Después de haberme enterado de la historia de John y su hermano, supe de un elevado número de pobre gente afligida, miserable, que había huido al campo. Algunos lograron vivir en pequeños albergues, en graneros, en buhardillas, y recibieron una acogida benevolente, sobre todo cuando podían dar de sí mismos alguna información satisfactoria, siquiera mínima, y principalmente cuando a firmaban no haber salido demasiado tarde de Londres. Pero otros, muchos otros, se construyeron pequeñas chozas en el bosque o en pleno campo y vivieron como ermitaños, en agujeros, en grutas, en cualquier lugar donde podían sentirse seguros, pero en los que la única seguridad fue la de quedar reducidos a la última miseria. A tal punto, que muchos de ellos se vieron obligados a regresar, pese al peligro. Y con frecuencia aquellos refugios fueron hallados vacíos; los campesinos suponían que sus moradores habían muerto allí, tocados por la peste, y que allí descansaban: durante mucho tiempo el temor les impidió acercarse. Y no es improbable que algunos de aquellos desventurados peregrinos hayan muerto de ese modo, solos, completamente solos, por falta de socorro. Por ejemplo, no recuerdo si en una tienda de campaña o en una choza se halló a un hombre muerto, y en el cerco de un campo vecino, en letras irregulares y grabadas con un cuchillo, estas palabras, que dejaban suponer que otro hombre había escapado a la muerte, a no ser que uno de ellos hubiera enterrado al otro lo mejor que pudo: ¡OH mIsErla! AmBOS MoRiReMOS DoLoR, DoLoR Durante esa época debí sufrir una prueba que en un primer momento me perturbó sobremanera, aun cuando no me expusiese a desastre alguno, como después hube de saberlo. El regidor de Portsoken Ward me designó inspector de las casas del distrito en que yo vivía. La parroquia era grande y tenía no menos de dieciocho inspectores, como nos llamaba la ordenanza. El pueblo, por su parte, nos decía visitadores. Traté de rehuir semejante empleo y usé muchísimos argumentos para excusarme ante el delegado del regidor. Expuse, en particular, mi oposición a la clausura de las casas y lo duro que era para mí convertirme en el i instrumento de una medida que coisideraba contraria a los fines para los cuales había sido adoptada. Todo lo que conseguí fue que se me hiciera ejercer el cargo solamente por dos semanas en vez de dos meses, como a los demás oficiales designados por el ' Lord Mayor, con la condición, no obstante, de encontrar un i buen remplazante por el resto del tiempo. Era, al fin y al cabo, un ínfimo favor, pues había grandes dificultades para dar con un hombre de confianza que quisiera aceptar el empleo. Es verdad que la clausura tuvo, en su momento, un efecto cuya utilidad reconozco. Confinaba a los enfermos que habrían resultado peligrosos, de haber andado por las calles con su mal a cuestas; delirantes, lo habrían hecho del modo más espantoso. Y en un principio, por lo demás, habían comenzado a deambular -hasta que aquella medida los contuvo- tan abiertamente, que los pobres mendigaban de puerta en puerta diciendo que se hallaban apestados y pidiendo trapos para sus llagas o cualquier otra cosa: el delirio los impulsaba a hacerlo. Una pobre, desventurada dama, esposa de un conocido ciudadano -si se da crédito a la historia-, fue asesinada en la calle Aldersgate, o en las inmediaciones, por uno de aquellos enfermos. Pasaba éste por la calle, delirando y cantando; la gente creía que había bebido, pero él, por su parte, decía que tenía la peste. Todo lo cual parece cierto. Al encontrar a la dama, quiso darle un beso. Ella se sintió horriblemente asustada y huyó de él, pero había muy poca gente en la calle, y nadie lo bastante próximo para socorrerla. Al comprender que el hombre quería sorprenderla, se volvió y le asestó un golpe tan fuerte, que dio en tierra con él, de débil que éste estaba. Pero por desgracia no alcanzó a huir. El hombre se apoderó de ella, la arrojó al suelo y la besó. Y lo peor de todo, después de haberla abrazado y besado, fue que le dijo hallarse apestado y que no veía ninguna razón para que ella no lo estuviera como él. La dama se encontraba encinta desde hacía un par de meses; grande había sido su espanto. Y al oírle decir que estaba apestado, lanzó un grito y sufrió un síncope, o una crisis, que la llevó a la muerte al cabo de pocos días, por mucho que durante el intervalo alcanzó a sentirse mejor. No sé si contrajo o no la peste. - Otro enfermo acudió a golpear a la puerta de un ciudadano que lo conocía. El doméstico le permitió entrar y le dijo que el dueño de casa estaba en el piso alto. El enfermo subió a la carrera y entró en el comedor, donde toda la familia se hallaba almorzando. Comenzaron por levantarse de un salto, sorprendidos, sin saber qué ocurría. El hombre les rogó tomar asiento: sólo venía a despedirse. «Pero, señor -le preguntaron-, ¿a dónde se va?» « ¿A dónde me voy? -respondió-. He contraído el mal y mañana a la noche ya estaré muerto.» Es fácil imaginar, mucho más que describir, la consternación en que todos se sintieron sumidos. La señora y las niñas fueron sobrecogidas por un mortal espanto; presas del pánico, corrieron desatentadas, sin saber a dónde, hasta que atinaron a encerrarse en sus habitaciones y comenzaron a pedir socorro por la ventana, como si el miedo les hubiese hecho perder la razón. El dueño de casa, más calmo aunque también asustado y enojado, estuvo a punto de tomar al hombre por los fondillos y arrojarlo escaleras abajo; pero considerando un tanto la triste condición de éste y el peligro que se corría en tocarlo, permaneció impasible, como aterrorizado, presa también del horror. El pobre enfermo -y enfermo tanto del cuerpo como de la mente- se quedó todo aquel tiempo de pie, sin chistar, como quien ha perdido la razón. Por fin, volviéndose: « ¡Oh! -exclamó con toda la calma que sea dable imaginar-, ¿con que ésas tenemos? ¿Por qué mi visita los perturba tanto? Entonces voy a volver a mi casa a morir.» Dicho lo cual bajó. El doméstico le siguió, con un candelabro en la mano; pero, temeroso de pasar adelante para abrirle la puerta, permaneció de pie en la escalera, aguardando a ver qué hacía el hombre. Éste abrió la puerta y salió, cerrando con fuerza tras de sí. La familia tardó un buen rato en reponerse de su espanto. Pero como la historia no tuvo consecuencias funestas, pueden ustedes creerme que más tarde solían hablar de ella con bastante frecuencia y con satisfacción. Sin embargo, después que el hombre se hubo marchado, necesitaron varios días para librarse de la angustia en que se hallaban. No se atrevieron a ir y venir en paz j por la casa hasta que la sahumaron con una buena variedad de perfumes, pez, pólvora de fusil y azufre, habitación por habitación, y hasta que hubieron lavado toda su ropa, etc. En cuanto, al pobre hombre, no sé si murió. Es cierto que si la clausura de las casas no hubiera aislado a los enfermos, se habrían visto multitudes de éstos correr de continuo por las calles, inmersos en el delirio y la locura por la violencia de la fiebre. E incluso un alto número lo hizo, no obstante las precauciones adoptadas, y cometían actos de violencia con quienes se cruzaban, tal cual el perro rabioso se precipita y muerde al primero que ve. Estoy convencido de que cualquiera de aquellos seres contaminados, llevados por el frenesí que provocaba la enfermedad, habría podido morder a un transeúnte e infectarlo a tal punto, que también éste habría enfermado como cualquier otro apestado incurable. Se me ha contado la historia de un enfermo que, en la angustia y la agonía de sus bubones -tenía tres enormes-, saltó de su cama, en camisa de dormir, y se puso los zapatos; ya se aprestaba a vestirse, cuando la enfermera, que en ese momento llegaba, se lo impidió. Él la echó al suelo, pasó sobre ella, descendió la escalera a grandes saltos y corrió en camisa por la calle, directamente hacia el Támesis. La enfermera lo seguía y llamaba a gritos al guardián, para que lo detuviese. Pero éste, aterrorizado a la vista del hombre y temeroso de tocarlo, le dejó pasar. El enfermo corrió hasta las gradas de Still Yard, se sacó la camisa y se arrojó al Támesis; buen nadador, atravesó el río. La marea llegaba, como suele decirse, esto es, era la hora en que el agua es rechazada hacia el oeste. No tocó tierra sino en las gradas de Falcon. Y no viendo a nadie, pues era de noche, corrió por las calles, desnudo, durante un buen rato; luego, con la marea en su punto máximo, volvió a arrojarse al río, nadó hasta Still Yard, echó pie a tierra y atravesó las calles, corriendo, hasta llegar a su casa. Golpeó a la puerta, subió la escalera y se metió nuevamente en cama. Ahora bien: esta terrible experiencia le sanó de la peste. El violento ejercicio a que había sometido sus brazos y sus piernas había hecho madurar y estallar los bubones de sus axilas y sus ingles. Por otra parte, el agua fría le hizo bajar la Fiebre. Sólo me resta añadir que esta historia, al igual que las otras, no la he conocido por mí mismo; no puedo, pues, proponerme como garante de su veracidad, sobre todo respecto de la cura de aquel hombre debida a su extraordinaria aventura, que, lo confieso, me parece apenas verídica. Pero acaso sirva para confirmar varias de las locuras que cometieron aquellas personas delirantes o alucinadas, como solemos llamarlas, y para mostrar cuántas más habrían podido cometerse si los enfermos no hubiesen sido confinados en sus casas mediante la clausura de éstas. Considero que este fue el mejor resultado, si no el único apreciable, obtenido gracias a ese cruel método. Por otra parte, quejas y amargas murmuraciones se alzaban contra él. Los infelices a quienes la violencia del mal y el calor de su sangre ponían fuera de sí, y que se hallaban encerrados, o, incluso, atados a sus camas o a sus asientos para evitar que hicieran daño, lanzaban unos gritos lastimeros y unos terribles alaridos, que partían el corazón de quienes los oían, ante la idea de que habían sido encerrados y no tenían siquiera el derecho de morir en libertad, decían, como habrían pedido hacerlo antes. El espectáculo de aquellos enfermos que corrían por las calles se había vuelto horroroso, y los magistrados hicieron cuanto fue posible por evitarlo. Pero generalmente ocurría por la noche, súbitamente, y no siempre los oficiales estaban allí para impedirlo. Y hasta cuando algunos enfermos se escapaban en pleno día, los oficiales no tenían por qué interponerse: era por cierto necesario que los desventurados se hallasen muy graves para llegar a tal extremo. De modo que eran más contagiosos que nunca, y tocarlos se convertía en algo sumamente peligroso. Además, solían continuar su carrera sin saber lo que hacían, hasta que caían rígidos, muertos, o hasta que su sobrexcitación los hacía expirar al cabo de una media hora o, quizá, de una hora. Lo más terrible consistía en que siempre recuperaban el conocimiento durante esa hora o esa media hora, y lanzaban unos lamentos y unos gritos desgarradores a la vista de la profunda aflicción en que se hallaban sumidos. Hubo muchas de tales escenas antes de que la ordenanza acerca del cierre de las casas fuera estrictamente cumplida, pues en un primer momento los guardianes no empleaban mayor rigor ni severidad para contener a los enfermos. Quiero decir, antes de que algunos de ellos hubiesen sido severamente castigados por su negligencia o por no haber cumplido con su deber y permitido que personas puestas bajo su cuidado se evadieran, o por haber estado en connivencia con éstas con el propósito de facilitar su evasión. Pero cuando vieron que los oficiales encargados de examinar su conducta estaban resueltos a castigarlos si no cumplían con su deber, entonces se volvieron disciplinados, y la gente enferma fue mejor vigilada, cosa que tomaron muy a mal y toleraron con harta impaciencia. Apenas es posible dar una idea de su disconformidad. Pero aquello era de una necesidad absoluta, preciso es confesarlo, a menos que otras decisiones hubiesen sido tomadas a tiempo. Pero ya era demasiado tarde. De no haberse puesto en vigor la medida del confinamiento de los enfermos, Londres se habría convertido en el sitio más terrible del mundo. Por lo que yo sé, habría habido en las calles tantos moribundos como en las casas, pues la enfermedad, cuando llegaba al paroxismo, hacía divagar y delirar a sus víctimas, y en tal estado nada mejor que la fuerza para persuadir a los apestados de que permanecieran en su casa. Hasta se dio el caso de que muchos de ellos, que no habían sido atados, se arrojaban por la ventana al no ver medio alguno de pasar por la puerta. Durante aquella calamidad, las personas habían dejado de hablarse. A un simple particular le resultaba imposible estar al corriente de todos los casos extraordinarios sucedidos en las distintas familias. Y creo, especialmente, que hasta el día de hoy nunca se ha sabido cuántas personas delirantes se ahogaron en el Támesis, o en el río que corre entre los pantanos hacia Hacklley y que generalmente llamamos Ware o río de Hackney. Por lo que compete a aquellos que figuraban en el obituario, su número era reducido, y además no podía saberse si se habían ahogado accidentalmente o no. Pero a la luz de mis observaciones, y por lo que he llegado a saber, creo que ese año pueden contarse muchos más ahogados que los que indican todas las nóminas juntas. Muchos cuerpos perdidos no fueron hallados, y otro tanto ocurrió respecto de las demás formas de suicidio. Hubo en la calle Whitecross, o en las inmediaciones, un hombre que se quemó vivo en su cama. Unos dicen que lo hizo solo, pero otros imputan la perfidia a una enfermera que le atendía; todos, sin embargo, concuerdan en decir que tenía la peste. Gracias a un favor de la Providencia -tantas veces pensé en ello-, ese año no hubo en la ciudad un solo incendio, al menos que fuera considerable; de haberlo habido, hubiera resultado horroroso. Habría sido necesario que se lo dejara sin extinguir lo, o bien acudir a él en multitud, sin cuidarse del peligro de contagio, ni reparar en las casas en las que había que entrar, ni en los objetos que había que tocar, ni en las personas con las que uno debía mezclarse. Pero gracias a Dios, excepción hecha de un fuego en la parroquia de Cripplegate y de dos o tres pequeños incendios que fueron inmediatamente extinguidos, aquel año no hubo desastres de este tipo. Se nos ha contado la historia de una casa situada en un lugar llamado Swan Alley, que va desde la calle Goswell, cerca de donde termina Old Street, hasta la calle St. John, en la que una familia fue tan terriblemente azotada, que todos sus miembros sucumbieron. La última persona fue j hallada muerta tirada sobre el suelo; se supone que quiso tenderse allí para morir justo frente al fuego. Era un fuego de leña. Los trozos de madera caídos habían, al parecer, inflamado y quemado el suelo y las viguetas que lo sostenían, hasta el cadáver, pero sin consumirlo, aunque éste sólo llevaba puesta una camisa. El fuego se había extinguido solo, sin tocar el resto de la casa, que era simplemente una pequeña construcción de madera. No puedo afirmar la veracidad de esta historia. Al año siguiente, la ciudad fue cruelmente castigada por el fuego; pero el año de la peste sufrió muy poco esta calamidad. En honor a la verdad, si se consideran los casos tan frecuentes de personas que caían en el delirio en el momento de su agonía, así como los actos de desesperación a que se entregaban en su locura o en su soledad, me asombro de que no haya habido más desastres de este tipo. Pero todavía debo hablar de la peste en su apogeo, cuando esparcía la desolación y hundía al pueblo en el más terrible abatimiento y hasta, como ya dije, en la desesperación. En aquel período de la epidemia, los hombres fueron inducidos por sus pasiones a excesos apenas creíbles. Pienso que estas cosas son tan conmovedoras como todo lo demás. ¿Qué podría afectar más a un ser en plena posesión de sus facultades y qué podría causar mayor impresión en un alma que la vista de un hombre casi desnudo que sale de su casa, o acaso de su lecho, y desemboca en Harrow Alley, en la populosa encrucijada donde se entrecruzan cantidades de avenidas, callejones y, pasajes, en Butcher Row, en Whitechapel? ¿Qué podría ser más impresionante, digo, que ver a ese pobre hombre en plena calle, bailando y cantando, haciendo extraños gestos, mientras cinco o seis mujeres y otros tantos niños corren tras él, suplicándole por amor de Dios que regrese, e imploran auxilio a los espectadores, pero en vano, porque nadie se atreve a ponerle la mano encima ni siquiera a acercársele? Para mí, que lo veía desde mi ventana, era algo doloroso y lastimoso, pues entretanto el infeliz sufría atrozmente: tenía dos abscesos que no lograban reventar ni supurar. Al parecer, los médicos habían tenido la esperanza de atravesarlos con cáusticos muy violentos, y éstos todavía estaban en su lugar, quemándole la carne como un hierro al rojo. No sé qué fue de aquel hombre, pero pienso que continuó deambulando así hasta que cayó y murió. Nada asombroso hay en decir que el aspecto mismo de la ciudad se había vuelto horroroso. La multitud de todos los días por las calles, proveniente de nuestro barrio, ya no existía. La banca no había cerrado, es cierto; pero nadie concurría a ella. Las fogatas habían cesado de arder. Pocos días antes una lluvia violentísima las había extinguido. Y algunos médicos resolvieron que eran, además de inútiles, nocivas para la salud de la población, e hicieron un gran escándalo a este propósito y se quejaron ante el Lord Mayor. Otros médicos, igualmente eminentes, se opusieron a esa opinión y sostuvieron con razones que las fogatas eran y debían ser útiles para calmar la violencia de la epidemia. No me es posible dar una relación completa de los argumentos de ambos bandos; solo recuerdo que porfiaron a brazo partido. Unos estaban por las fogatas, con la condición de que se hicieran con madera y no con carbón, y hasta con madera especial, como el abeto o el cedro, debido a las fuertes emanaciones de trementina; otros estaban por el carbón y no por la madera, a causa del azufre y el betún, y otros eran contrarios a ambas cosas. Al fin, el Lord Mayor ordenó apagar las fogatas, sobre todo por la razón de que la peste era tan violenta, que resultaba evidente que desafiaba todos los remedios y más bien parecía aumentar que menguar, a pesar de todos los procedimientos empleados para sofocarla o calmarla. La decisión de los magistrados provino, pues, de su incapacidad para encontrar algún método útil antes que de su mala voluntad para exponerse ellos mismos y hacerse cargo de los cuidados y gastos del asunto. Para hacerles justicia, sea dicho que nunca escatimaron ni su esfuerzo ni su persona. Pero tampoco esto surtió efecto. La epidemia arreciaba, y la gente había llegado al último grado del terror y el espanto, y hasta podía decirse que había abandonado la partida y se dejaba llevar por la desesperación, como ya he dicho. Pero en este punto debo observar que, al hablar de desesperación, no quiero decir falta de esperanza en la religión o en la vida eterna. Sólo quiero decir que desesperaban de poder escapar a la epidemia y de sobrevivir a la peste, la cual azotaba con una fuerza tan irresistible que muy pocos escaparon cuando alcanzó su apogeo, entre agosto y septiembre. Y se produjo un hecho muy singular: en junio y julio y a comienzos de agosto, muchos de los afectados siguieron viviendo durante largos días, y se fueron sólo después de haber tenido durante largo tiempo el veneno en la sangre; en cambio, la mayoría de los que fueron alcanzados durante las dos últimas semanas de agosto y las tres primeras de septiembre murieron, por lo general, al cabo de dos o tres días cuando mucho, y no pocos, incluso, el día mismo en que enfermaron. ¿Fueron los días estivales o, como pretendían nuestros astrólogos, la influencia de Sirio lo que produjo ese efecto maligno? ¿O bien los transmisores de gérmenes habían llegado juntos al mismo grado de madurez? No lo sé. Pero aquel fue el momento en que se anunciaron más de 3000 muertos en una noche, y algunos, que desearon pasar por observadores exactísimos, dijeron que todos murieron en dos horas, esto es, entre la una y las tres de la mañana. Innumerables ejemplos muestran, en efecto, que en aquella época hubo súbitamente un número enorme de defunciones, y yo podría citar varios de los que sobrevinieron en mi vecindario. Una familia de diez personas que vivía no lejos de mi casa estaba completamente bien el lunes. Esa noche, una doméstica y un mozo cayeron enfermos y murieron a la mañana siguiente. Entonces se sintieron alcanzados un segundo mozo y dos niños. Uno de ellos murió esa misma noche y los otros dos murieron el miércoles. Por fin, el sábado a mediodía el dueño de casa, cuatro niños y cuatro domésticos habían sucumbido. La casa habría quedado del todo vacía si no hubiera llegado una anciana, la criada del hermano del dueño de casa, para hacerse cargo de los bienes; no vivió mucho tiempo, pero tampoco cayó enferma. Muchas casas quedaron íntegramente vacías, ya que todos sus moradores murieron, y principalmente en una avenida algo alejada, por el mismo lado, más allá de Bars, yendo hacia las insignias de Moisés y Aarón, había un grupo de casas, decían, en las que ya no quedaba una sola persona viva, y en algunas de ellas los últimos en morir fueron dejados demasiado tiempo antes de que se acudiera en su busca para enterrarlos. La razón de ello no era, como impropiamente han escrito algunos, que no alcanzaban los vivos para enterrar a los muertos, sino que la mortalidad era tan grande en aquel barrio o avenida, que ya no quedaba nadie para avisar a los sepultureros o sacristanes que fueran a recoger los cuerpos. Se ha contado -pero no sé hasta qué punto esto es cierto- que algunos de aquellos cuerpos se hallaban tan descompuestos, en tal estado de putrefacción, que fue un verdadero sacrificio recogerlos, tanto más cuanto que las carretas no podían ir más allá de Alley Gabe, en High Street. Desconozco el número de cuerpos que fueron dejados en esa situación, pero puedo asegurar que, por lo común, las cosas no ocurrían así. Como ya he dicho, la población había llegado a desesperar se y a abandonarse. Este estado de ánimo produjo un extraño efecto en nosotros durante dos o tres semanas. Nos sentíamos audaces, aventureros, no asustados unos de otros ni confinados en nuestras respectivas casas; andábamos por todas partes y recomenzábamos a hablar. Se encaraba a la gente con estas palabras: «No le pregunto cómo está usted. Tampoco le digo cómo me va. Porque es seguro que todos partiremos. Poco importa, pues, estar enfermo o sano». Y así andaba la gente, desesperada, hacia cualquier lugar y en cualquier compañía. La gente buscaba estar en compañía, y era sorprendente verla ir en multitud a las iglesias. Ya nadie se preocupaba por quién se sentaba al lado, ni por alguna emanación desagradable ni por el estado de su vecino. Todos se consideraban cadáveres y acudían a los templos sin la menor inquietud y se sentaban juntos, como si su vida no tuviera valor alguno en comparación con el deber con que debían cumplir allí. En verdad, el celo de que daban prueba y la seriedad y la emoción que mostraban al escuchar lo que se les decía patentizaban el valor que todo el pueblo ponía en la adoración de Dios: cada uno pensaba que iba a la iglesia por última vez. Y esto no dejó de producir algunos efectos extraños, como que se dejó a un lado todo escrúpulo respecto de quién subía al púlpito. Es muy cierto que muchos ministros fueron alcanzados por aquella calamidad que de un modo tan terrible azotaba por doquier; otros no tuvieron el coraje de soportarla y se retiraron al campo no bien hallaron el medio de escapar. De lo cual se siguió que varias iglesias quedaron completamente abandonadas, y la gente no tuvo el menor escrúpulo en llamar a los pastores disidentes, que algunos años antes habían sido privados de sus medios de subsistencia por un acta del Parlamento, llamada Acta de Uniformidad, que les prohibía predicar en los templos. Y los ministros mismos de las iglesias no ofrecieron ninguna dificultad para aceptar su asistencia, aunque algunos, llamados ministros silenciados, en esa ocasión abrieron la boca y pecaron públicamente. Y aquí voy a observar, y espero que no sea inútil detenerse en ello un instante, que los hombres, si supiesen que su muerte está cerca, rápidamente se reconciliarían. Es nuestra seguridad en la vida lo que nos induce a rechazar lejos de nosotros tales cosas, y a ella hay que atribuir las disensiones, los rencores obstinados, los prejuicios, la falta de caridad y la falta de unión cristiana. Otro año más de peste pondría fin a todos los desacuerdos. La visión de una muerte próxima, o de un mal que lleva en sí la amenaza de muerte, libraría a nuestro humor de los malos gérmenes, borraría las animosidades que existen entre nosotros y nos llevaría a ver las cosas con otros ojos. Y así fue como los que formaban parte de la Iglesia se reconciliaron con los disidentes y los animaron a predicar, y los disidentes, por su parte, que habían roto con la comunión de la Iglesia de Inglaterra, causándole un enorme perjuicio, se sintieron dichosos de volver a entrar en sus parroquias y de hacerse al culto que antes habían desaprobado. Pero cuando el terror de la epidemia disminuyó, las cosas volvieron a su curso ordinario, tan poco deseable. Estas cosas las menciono desde el punto de vista histórico. De ningún modo tengo la idea de exagerar los hechos para impulsar a uno y otro partido a una actitud más caritativa. No creo probable que semejante discurso pueda convenir a ello y ser coronado por el éxito. Las disensiones parecen desarrollarse y tienden más bien a acrecer que a disminuir, ¿y quién soy yo para presumirme de capaz de influir en uno u otro partido? Pero puedo repetir esto: es evidente que la muerte nos reconcilia 'a todos. Del otro lado de la tumba seremos nuevamente hermanos. En el cielo, donde espero que lleguemos a algún partido y a alguna doctrina que nos pertenezcan, ya no sentiremos los errores ni los escrúpulos. Allí todos seremos de un solo principio y de una misma opinión. ¿Por qué no podríamos ir de la mano hacia el sitio donde nos uniremos de todo corazón, sin vacilación alguna, en la armonía y el afecto más cabales? Y en verdad, ¿por qué no lo hacemos aquí? No encuentro qué decir y no añadiré nada más, salvo que es lamentable que las cosas ocurran como ocurren. Podría detenerme largamente en las calamidades de aquellos días terribles y continuar describiendo lo que veíamos a diario: las horrorosas extravagancias a las que los enfermos eran arrastrados por el delirio, las calles ahítas de cosas pavorosas, las familias que se convertían para ellas mismas en un objeto de terror. Pero después de haber contado que un hombre atado a su cama, al no hallar medio alguno de librarse, le puso fuego a ésta con una bujía que había por desgracia al alcance de su mano y se quemó vivo, y que otro hombre bailó y cantó desnudo por las calles, como en éxtasis, de insoportables que eran sus tormentos, ¿qué puedo agregar? ¿Qué puede decirse para representarle al lector, de una manera viva, las miserias de aquellas horas, o para darle una idea más cabal de un infortunio que llegó al paroxismo? Debo confesar que aquellos días fueron terribles y que a veces estuve a punto de abandonar todas mis resoluciones, porque ya no tenía el mismo coraje que al principio. Mientras el peligro impulsaba a los demás lejos, a mí me retenía en mi casa. Excepción hecha del viaje que hice a Blackwell y Greenwich, de que ya he hablado, y que fue una simple excursión, prácticamente estaba siempre en mi casa, tal como antes lo había hecho durante una quincena. Ya he dicho que a menudo me arrepentí de haberme aventurado a permanecer en la ciudad en lugar de partir con mi hermano y su familia. Pero para entonces era demasiado tarde. En seguida, después de haberme confinado en mi hogar y de haberme encerrado durante cierto tiempo, y antes de que mi impaciencia me hiciera salir, se me encargó, como también he dicho, un horroroso y peligroso servicio que nuevamente me obligó a deambular. Mis funciones expiraron cuando la epidemia se hallaba aún en su apogeo; me retiré, por tanto, una vez más y permanecí encerrado diez o doce días, durante los cuales se ofrecieron a mi vista, por mis propias ventanas, en mi propia calle, unos espectáculos pavorosos; entre otros, el de Harrow Alley; una pobre criatura afligida que bailaba y cantaba en su agonía. Casi no había día ni noche en que no sucediera algún horror al final de Harrow Alley, que es un sitio muy populoso, poblado sobre todo por carniceros o por otras personas que trabajan en oficios dependientes de la carne. A veces, grandes grupos de personas desembocaban por la alameda, mujeres en su mayoría, haciendo un ruido terrible, una mezcla de chillidos, llantos y alaridos, interpelándose mutuamente, a tal punto que no sabíamos qué hacer. Durante casi toda la noche la carreta mortuoria se detenía al cabo de aquella alameda; no entraba, porque no habría podido girar ni aun avanzar más de unos pocos metros. Allí se quedaba, pues, aguardando los cuerpos. Y como el cementerio quedaba cerca, partía colmada y regresaba vacía. Es imposible describir los gritos horrorosos y el estrépito que hacía la pobre gente al traer los despojos de sus hijos o de sus amigos a la carreta; se habría pensado, a juzgar por el número, que a sus espaldas no quedaba nadie y que allí había suficiente gente para poblar todo el barrio. A veces se oía: «¡Fuego!»; otras, « ¡Al asesino!», pero uno se daba rápida cuenta de que se trataba de gente extraviada, que sólo eran lamentaciones de desdichados sumidos en el abatimiento, ya ausente el sentido. Creo que en todas partes ocurría lo mismo por entonces, pues durante seis o siete semanas la peste arreció con una violencia superior a la que ya he mencionado y alcanzó un punto tal, que, reducido a semejante extremo, todo el mundo comenzó a infringir la ordenanza a que ya me he referido, esto es, que ningún cuerpo sería transportado por las calles o enterrado durante el día. Durante cierto tiempo se hizo necesario proceder de otra manera. Hay algo que no puedo omitir aquí, y que en verdad fue extraordinario, o por lo menos pareció una manifestación del brazo de la Justicia Divina: todos cuantos predecían el porvenir -los astrólogos, los dicientes de la buena ventura, los inspirados, los conjuradores, etc., los eruditos del horóscopo, los tiradores de cartas, los quirománticos, los visionarios y otros habían desaparecido, se habían desvanecido. Era imposible encontrar uno solo de ellos. En verdad, estoy convencido de que un elevado porcentaje de ellos cayeron víctimas de la violencia de la calamidad por haberse arriesgado a permanecer en la ciudad en pos de un buen provecho. Sus ganancias, alimentadas por la locura del pueblo, fueron inmensas en determinado momento. Pero luego se volvieron silenciosos. Muchos partieron a su última morada sin haber sido capaces de predecir su propia suerte o de leer su propio horóscopo. Otros llegaron a asegurar que todos morirían. No me atrevo a afirmarlo, pero hasta ahora no he oído decir que uno solo de ellos haya reaparecido después de la calamidad. Regresemos a mis observaciones durante aquel horroroso período de la epidemia. Llegamos, pues, al mes de septiembre, que fue, creo, el momento más terrible que haya conocido Londres. En todas las estadísticas que he examinado acerca de las epidemias que hayan azotado a Londres, no se encuentra nada parecido. El número de muertos declarado por el boletín llegaba a casi 40.000, del 22 de agosto al 26 de septiembre, es decir, en sólo cinco semanas. He aquí el detalle: Del 22 de agosto al 29 de agosto …………….7.496 Del 29 de agosto al 5 de septiembre …………….8.252 Del 5 de septiembre al 12 de septiembre 7.690 Del 12 de septiembre al 19 de septiembre 8.297 Del 19 de septiembre al 26 de septiembre 6.460 38.195 Este número es, en sí mismo, prodigioso; pero si añado las buenas razones que tengo para creerlo por abajo de la verdad (¡y cuánto!) todos ustedes llegarán, como he llegado yo, a no objetar en nada la idea de que hubo más de 10.000 muertos por semana durante aquellas semanas, término medio, y proporcionalmente durante varias semanas antes y después. El enloquecimiento del pueblo, sobre todo en la ciudad, fue inexpresable durante ese período. Tal fue el terror, que hasta a los encargados de enterrar a los muertos comenzó a flaquearles el ánimo. Muchos de ellos murieron, aun algunos de los que, habiendo contraído la enfermedad, se habían restablecido. Hubo otros que cayeron cuando ya habían llegado conduciendo los cuerpos al borde mismo de la fosa y se aprestaban a arrojarlos dentro. Y la confusión fue mayor aun en la ciudad, pues sus habitantes ya se felicitaban ante la esperanza de haber escapado al azote y creían superado el mortal peligro. Me contaron que un coche que iba a Shoreditch fue abandonado por sus conductores y quedó con uno solo. Éste murió en la calle, y los caballos, que continuaron la ruta, volcaron el carruaje y dejaron los cuerpos tirados por aquí y por allá, de una manera pavorosa. También he oído decir que otra carreta fue hallada en la fosa de Finsbury Fields; el conductor había muerto o la había abandonado, y los caballos se acercaron demasiado al borde de aquélla, por cuyo motivo se precipitaron y quedaron enterrados con el vehículo. Ha solido decirse, asimismo, que el conductor cayó con la carreta sobre él, pues encontraron su látigo en la fosa, en medio de los cuerpos; pero nada cierto hay en ello. En nuestra parroquia de Aidgate pudo verse en repetidas oportunidades la carreta mortuoria colmada de cuerpos, a la puerta del cementerio, pero ni el sacristán, ni el conductor ni nadie la acompañaba. Los sepultureros jamás sabían a qué muertos transportaban en sus carretas. Éstos solían ser bajados por medio de cuerdas desde los balcones o las ventanas, y los transportadores y otras personas los ponían en las carretas. Pero, tal cual decían los hombres, no se tomaban el trabajo de contarlos. Los médicos y, sobre todo los farmacéuticos y los cirujanos, se vieron a menudo en aprietos para distinguir a los enfermos de las personas sanas. Todos coincidían en decir que realmente mucha gente llevaba la peste en su sangre, que la peste se apoderaba de su espíritu y que sólo eran, en suma, caparazones putrefactos que aún caminaban -con un aliento infeccioso y un sudor emponzoñado-, conservando, sin embargo, cierta apariencia de salud e ignorantes de su propio estado. Todos estaban de acuerdo respecto de los hechos, pero no sabían cómo explicarlos. Mi amigo el doctor Heath opinaba que a los enfermos podía reconocérseles por el aliento. Pero añadía: ¿quien se atreverá a tomarle el aliento a nadie para informarse? Ya que, para saber, habría que aspirar la hediondez de la peste con suficiente fuerza para que ella penetrara en nuestro propio cerebro, a fin de distinguir su olor. He oído hablar de otra opinión, según la cual al sujeto presuntamente enfermo podía hacérselo respirar en un vaso; la condensación del aliento permitiría distinguir al microscopio las criaturas vivas de las formas extrañas, monstruosas, horribles, tales como dragones, serpientes o demonios espeluznantes. Pero tengo mis dudas sobre la veracidad de este medio, pues por aquella época carecíamos de microscopio para llevar a cabo la experiencia, al menos por lo que recuerdo. Otro sabio opinaba que el aliento de la gente enferma podía envenenar y matar, de un solo golpe, a un ave, y no solamente a un pajarillo, sino a un gallo, a una gallina; y si éstos no caían muertos inmediatamente, tendrían la pepita, como suele decirse, y los huevos que pondrían entonces las gallinas saldrían podridos. Pero son opiniones que nunca he visto demostradas, ni por mis demostraciones ni, que yo sepa, por las de ningún otro. De manera que las doy como me las dieron, subrayando, simplemente, que quizá tengan grandes posibilidades. Otros propusieron que las personas afectadas respiraran con fuerza sobre agua caliente, en la que entonces se formaría una espuma anormal, o sobre varios otros objetos, especialmente sustancias gelatinosas, susceptibles de recibir y tolerar la espuma. Pero encontré, en suma, que la naturaleza del contagio era tal, que resultaba imposible descubrir éste y evitar su propagación por medios humanos. Aquí se presenta una dificultad que nunca he podido terminar de esclarecer y para la que no veo más que una manera de proceder. Fue el 20 de diciembre de 1664, poco más o menos, cuando murió de peste en Long Acre, o en las inmediaciones, la primera persona. Cosa corriente es limitarse a decir que esa persona contrajo la enfermedad de un fardo de sedas importado de Holanda, que fue abierto en su casa. Hasta el 9 de febrero, época en que fue enterrada otra víctima de la misma casa, no volvió a hablarse de caso mortal alguno, no se dijo que la epidemia hubiera comenzado a reinar. Lo que supone unas siete semanas, más o menos. Luego se hizo silencio, y el público se tranquilizó por completo durante un período bastante largo, ya que no encontró en el registro semanal la noticia de ninguna muerte debida a la peste, hasta el 22 de abril, día en que se enterró a otras dos víctimas, no de la misma casa, pero sí de la misma calle y sobre todo, me acuerdo, de la casa más próxima a la primera en ser contaminada. Había habido un intervalo de nueve semanas; después, durante una quincena, no tuvimos más novedades. Luego la peste se declaró en varias calles y se propagó por doquier. De modo que el problema parece reducirse a esto: ¿dónde estuvieron los gérmenes de la infección durante todo ese tiempo? ¿Por qué hubo una interrupción tan prolongada? ¿Y por qué no se prolongó más? O bien la enfermedad no tenía por causa el contagio directo de un hombre a otro, o bien, si no, un cuerpo podía permanecer infectado, sin que la enfermedad se declarara, durante muchos días, aun durante semanas; ya no una cuarentena, sino una sesentena. Y más. Es verdad -yo mismo lo he observado, y el hecho es conocido por muchos sobrevivientes- que el invierno fue muy frío y que una feroz helada se prolongó por tres meses; los doctores dijeron que había logrado detener el contagio. Pero en tal caso los sabios me permitirán señalar que si la enfermedad, de acuerdo con sus observaciones, estaba tan sólo, digamos, helada, entonces habría debido, lo mismo que un río, recuperar su fuerza y retomar su curso habitual en el momento del deshielo, cuando en realidad el primer apaciguamiento del mal tuvo lugar de febrero a abril, en momentos en que se rompía el hielo y el tiempo era dulce y tibio. Pero hay otro medio de resolver la dificultad; mis recuerdos personales habrán de ayudarme a hacerlo... Nada prueba que nadie haya muerto en los largos intervalos del 20 de diciembre al 9 de febrero y luego al 22 de abril. El único testimonio estriba en la hoja semanal, y no es posible tener confianza en este tipo de boletines (yo, por lo menos, no la tengo) hasta el punto de construir con ellos una hipótesis y decidir respecto de un problema de semejante importancia. La opinión admitida en aquella época, y basada, creo, en hechos serios, era que los oficiales de las parroquias, los investigadores y las personas designadas para rendir cuenta del número de muertos y de las enfermedades causantes de la muerte se valían de fraudes. Debido a que a la gente le repugnaba el hecho de que la casa de sus vecinos pudiese estar infectada, pagaban, o mejor dicho, sobornaban a los empleados públicos para que señalasen las muertes bajo rótulos inofensivos. Y sé que más tarde esto se practicó en muchos lugares. Hasta puedo decir: allí -en donde la peste se puso de manifiesto- según puede verse por el enorme aumento registrado en el obituario- se la atribuyó a otras enfermedades mientras duró la epidemia. Por ejemplo, durante los meses de julio y agosto, cuando la peste había alcanzado su punto culminante, era cosa corriente ver de 1000 a 1200 y hasta 1500 muertos por semana atribuidos a otras enfermedades. No quiere decir que el número de éstas no haya realmente aumentado, sino que un elevado número de familias y casas, realmente infectadas, obtuvieron el favor de hacer inscribir sus muertos bajo el nombre de otras enfermedades, para evitar la clausura de sus casas. Por ejemplo: Muertos de otras enfermedades además de la peste: Del 18 de julio al 25 de julio 942 Del 25 de julio al 1 de agosto 1004 Del 1 de agosto al 8 de agosto 1213 Del 8 de agosto al 15 de agosto 1439 Del 15 de agosto al 22 de agosto 1331 Del 22 de agosto al 29 de agoto 1394 Del 29 de agosto al 5 dé septiembre 1264 Del 5 de septiembre al 12 de septiembre 1056 Del 12 de septiembre al 19 de septiembre 1132 Del 19 de septiembre al 26 de septiembre 927 Es indudable que el mayor número, o por lo menos un número elevado, había muerto de peste, pero se había logrado convencer a los oficiales para que declararan los decesos conforme acabamos de señalarlo. Veamos ahora las cifras de ciertos tipos de enfermedades, así descubiertas: Había varias otras enfermedades colaterales que aumentaron por las mismas razones, como fácilmente puede verse: senilidad, consunción, vómitos, abscesos, cólicos, etc., muchas de las cuales afectaron a personas a las que no se consideraba infectadas. Pero como para las familias resultaba de suma importancia ocultar, tanto como fuera posible, su contaminación, cada cual tomaba todas las medidas imaginables para que no se fuera a pensar en la peste y para que, si alguien moría en la casa, el deceso fuera declarado a los investigadores e inspectores como debido a otra enfermedad. Lo cual se aplica a los largos intervalos que, como ya dije, se extendieron entre el deceso de las primeras personas oficialmente declaradas muertas por la peste y el momento en que la enfermedad se extendió a la lista y paciencia de todos, sin poder ya ocultársela. En ese momento, además, los registros semanales expusieron con evidencia la verdad; en realidad, si no mencionaron la peste ni señalaron aumento alguno de decesos, hubo, no obstante, un agravamiento de las enfermedades. Por ejemplo, había ocho, doce, diecisiete muertos de fiebre eruptiva en una semana, cuando casi no había uno solo de peste; pero en tiempos comunes ese tipo de muertes era de tres o cuatro. Asimismo, como ya he observado, el número de entierros semanales aumentó en la mencionada parroquia, así como en las parroquias vecinas, más que en cualquier otra parte, aun cuando ninguna muerte se la atribuyó a la peste. Todo lo cual nos muestra con nitidez que la infección se mantenía y que la enfermedad continuaba propagándose, por mucho que en ese momento nos haya parecido haber cesado para regresar más tarde de una manera sorprendente. También es posible que los gérmenes hayan permanecido en otros recovecos del fardo causante, que tal vez no fueron hurgados en un primer momento, al menos por completo, o en la ropa de la primera persona infectada. Me cuesta creer que alguien haya podido ser azotado en un grado fatal y mortal y durante nueve semanas haya conservado tal apariencia saludable, que ni él mismo se dio cuenta de su contaminación. De ser ello así, sin embargo, el argumento no haría más que reforzar lo que digo: la infección se conservó en seres aparentemente sanos y fue transmitida a otros con los que los primeros mantuvieron relaciones, sin que ni unos ni otros lo advirtieran. Grande fue el enloquecimiento que causó esta revelación. Y la gente, cuando se convenció de que la infección se propagaba de tan sorprendente manera por personas que parecían sanas, comenzó a volverse miedosa y a asustarse de todos cuantos se le acercaban. Un día, en una ceremonia pública -ya no recuerdo si era o no domingo- en la iglesia de Aldgate, el coro se hallaba colmado de fieles y una asistente creyó de pronto sentir el olor de la enfermedad. De inmediato se figuró que la peste estaba en su banco; le susurró su idea o su sospecha a su vecina, se levantó y se fue. La sugestión se posesionó de la segunda persona, y en seguida de la tercera, y muy luego de todo el mundo. Y todos se levantaron y salieron del templo. Los bancos iban quedando vacíos. Nadie sabía qué había podido ocurrir ni por qué. E inmediatamente las bocas se llenaron de diversas preparaciones, de remedios fabricados por curanderas, o quizá de preparados farmacéuticos, para evitar el contagio por el aliento de los demás. Cuando uno entraba en una iglesia, por poco público que hubiera en ella, sentía una mezcla tal de olores, que la impresión era mucho más fuerte, aunque tal vez menos salutífera, que al entrar en la botica de un farmacéutica o en una droguería. En una palabra, la iglesia íntegra parecía un frasco de olores. En un rincón había todo tipo de perfumes, en otro una serie de hierbas aromáticas o balsámicas, y por doquiera una variedad de drogas. Aquí y allá había sales y esencias de las que todos se proveían para su preservación personal. Sin embargo, observé que, una vez que la gente estuvo firmemente convencida o, más bien, segura de que la infección también se propagaba por personas aparentemente sanas, las iglesias y demás lugares de reunión ya no fueron tan frecuentados como en la época en que no existía esa convicción, porque hay que decir que nunca las iglesias y demás sitios de reunión de Londres fueron del todo cerrados, y que la gente nunca se negó al culto público de Dios, excepción hecha de algunas parroquias, cuando la enfermedad desencadenó en ellas su violencia, durante cierto tiempo, que tampoco fue largo. En verdad, nada tan sorprendente como ver con qué valentía la gente se entregaba al culto divino, justamente en esos momentos, cuando sentían horror de salir de sus casas por cualquier motivo. Hablo, por supuesto, del período anterior al de la desesperación. Y esta es una prueba más del exceso de población de la ciudad a la llegada de la epidemia, pese al gran número de los que habían huido al campo a la primera alarma y que habían logrado ponerse a salvo en los bosques. Realmente nos sentíamos sorprendidos de ver cómo la multitud se hacía presente en las iglesias los sábados, sobre todo en las partes de la ciudad donde la peste decrecía o en las que no había alcanzado aún su punto máximo. Pronto hablaré de ello. Vuelvo, entretanto, al capítulo de la contaminación mutua, antes de que la gente supiera que se hallaba contagiada y podía infectar a los demás. Verdadero espanto causaban quienes llevaban un cubrecabeza o un pañuelo al cuello, según es de uso entre los que sufren de abscesos en tales sitios. Pero un señor bien vestido, con su corbata, sus guantes, su sombrero bien puesto y sus cabellos esmeradamente peinados, no provocaba aprensión alguna; la gente le hablaba con entera libertad, sobre todo si era un vecino o alguien de su conocimiento. Pero cuando los médicos aseguraron que las personas sanas, es decir, aquellas que parecían estarlo, eran tan peligrosas como las enfermas, y que quienes se creían indemnes eran a menudo los más temibles; cuando, de una manera general, se hubieron comprendido estas cosas y la gente terminó por tomarlas en cuenta, así como sus causas, entonces, digo, todo el mundo suscitó pavor. Muchos se encerraron para no mezclarse con ningún grupo ni permitir que quienes habían estado en peligrosas promiscuidades entraran en su casa y se les aproximaran, al menos que se les aproximaran lo bastante como para ser alcanzados por su aliento o por algún pestilente olor. Y cada vez que se veían obligados a hablar con algún extraño, aun cuando a la distancia, siempre se ponían en la boca y sobre el traje algo que les sirviera de protección y que rechazara y mantuviera lejos el contagio. Hay que reconocer que la gente comenzó a emplear tales precauciones cuando ya estaba menos expuesta al peligro; la infección no se declaró en sus casas con tanta violencia como lo había hecho en otras. Millares de familias fueron preservadas (teniendo en cuenta a la Divina Providencia) por esos medios. Imposible hacer entrar nada en la cabeza de los pobres. Continuaron dando libre curso a la habitual impetuosidad de su temperamento, lanzando gritos y lamentos si ya habían sido afectados, pero alocadamente despreocupados, temerarios y obstinados mientras se sentían bien. Cuando encontraban algún trabajo, se arrojaban de cabeza en la tarea que fuese, la más peligrosa, la más susceptible de infectarlos. Si se les advertía, contestaban: «Debo tener confianza en Dios. Si me enfermo, Dios proveerá, y será el fin de mi miseria.» Y así por el estilo. O bien: « ¡Y qué! ¿Qué debo hacer? No puedo morirme de hambre. Tanto da morir de peste como de privaciones. No tengo trabajo. ¿Qué puedo hacer? Tomar esto o mendigar.» Y se trataba de enterrar muertos, de atender enfermos o de vigilar casas infectadas, ¡ocupaciones terriblemente arriesgadas! Su historia era siempre idéntica. La necesidad alegaba ampliamente en su favor, es cierto, y ninguna otra excusa podía ser mejor. Pero hablaban igual cuando las necesidades cambiaban. A causa de esa aventurada conducta, la peste azotó a los pobres de una manera terriblemente violenta, y esto, sumado a la miseria de su situación, fue la razón por la que murieron en masa. No puedo decir, en verdad, que haya observado entre los obreros pobres un solo átomo de mejor organización de sus hogares cuando se hallaban sanos y ganaban dinero; eran, como antes, igualmente pródigos, extravagantes y despreocupados del mañana. Hasta que, una vez enfermos, llegaron inmediatamente a la peor miseria, por la necesidad y por la enfermedad, porque carecían tanto de alimento como de salud. Muchísimas veces he sido testigo de la miseria de los pobres y algunas veces, también, de la caritativa asistencia que ciertas personas piadosas les prestaban día tras día, enviándoles auxilios y proporcionándoles, además de alimentos y medicamentos, una serie de cositas que podían