libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com,. Defoe, Daniel ((1660-1731)) Novelista y periodista inglés cuya obra refleja su variada experiencia en muchos países y en muchos aspectos de la vida. Además de ser un brillante periodista y novelista, Defoe fue un autor prolífico que escribió más de 500 libros, panfletos y opúsculos. Defoe nació en Londres alrededor de 1660, hijo de un pequeño comerciante llamado Foe, en una familia humilde y de bajos recursos. Fue el menor de tres hermanos y desde pequeño se familiarizó con los barrios bajos. Presenció dos grandes ctástrofes de la historia: La Gran Peste (1665) que dejó más de 100 mil muertos, y El Gran Incendio de Londres (1666), que en solo cuatro días destruyó 13 mil viviendas en los barrios pobres. Su madre murió cuando él tenía 8 años, quedando al cuidado de sus hermanas. Dos años más tarde fue enviado a Dorking para ser educado en una escuela puritana. De allí pasó a la Morton's Academy ( 1680) con el propósito de seguir allí la carrera eclesiástica, que abandonó al año siguiente. Todos estos sucesos dejarían huellas marcadas en Defoe. En su obra periodística estarían presentes, las experiencias trágicas de su niñez y el reflejo del mundo en que vivió, así como el pensamiento puritano y su condición de agitador al servicio de los intereses de la pujante burguesía. En realidad su vida giró siempre en torno de esta última cuestión. Defoe, enemigo de Jacobo II, participó activamente en 1685 en la fallida sublevación dirigida por el duque de Monmouth contra el rey conocida con el nombre de Revolución Gloriosa y propició la coronación de Guillermo III (Abril de 1869). Se casó con Mary Tuffley en 1684, con quien tubo ocho hijos. Al morir Guillermo III, lo sucedió la reina Ana, quién llevo a cabo una política antireformas. Defoe volvió entonces a la oposición, publicando su irónico libelo "El Camino mas Corto para con los Disidentes" (1702), que para él fue el camino a la picota. Allí se inspiro en su "Himno a la Picota" (1704), con el que ganó popularidad y una nueva condena. Al salir de la cárcel publicó "La Tempestad" (1705), sobre el desastroso vendaval que azotó a Inglaterra a fines de 1703, obra que inauguraría un estilo de reportaje retrospectivo y que culminaría en " Diario del Año de la Peste"(1722). Después del gran éxito de Robinson Crusoe su afición literaria se acentuó y dio lugar a obras memorables, entre las que se pueden destacar: Moll Flanders (1722); Lady Roxana (1724) y Memorias de un Caballero (1724), además del ya señalado Diario del año de la Peste. Murió el 26 de abril de 1731. Daniel De Foe, autor de obras ilustradas: "An Essay upon Projects", 1695. "The True-born Englishman", 1701. "The Shortest Way with the Dissenters", 1702. "History of the Union", 1709. "The Life and Strange Surprizing Adventures of Robinson Crusoe, of York, Mariner (Robinson Crusoe)", 1719. "Memoirs of a Cavalier", 1720. "Captain Singleton", 1720. "The Fortunes and Misfortunes of Moll Flanders (Moll Flanders)", 1722. "A Journal of the Plague Year", 1722. "Colonel Jack", 1722. "Roxana", 1724. "A Tour Through the Whole Island of Great Britain", 1724-1727. "A General History of the Pirates", 1724-1728. "The Complete English Tradesman", 1725-1727. "Robinson Crusoe", ill. de Newell Coners Wyeth, Cosmopolitan, 1920, 14 ill. Las obras ilustradas por Daniel De Foe: "Robinson Crusoe", ill. de Valdemar Andersen, s.d. DIARIO DEL AÑO DE LA PESTE Fue a principios de septiembre de 1664 cuando me enteré, al mismo tiempo que mis vecinos, de que la peste estaba de vuelta en Holanda. Ya se había mostrado muy violenta allí en 1663, sobre todo en Ámsterdam y Rótterdam, adonde había sido traída según unos de Italia, según otros de Levante, entre las mercancías transportadas por la flota turca; otros decían que la habían traído de Candia, y otros que de Chipre. Pero no importaba de dónde había venido; todo el mundo coincidía en que estaba otra vez en Holanda. En aquellos días carecíamos de periódicos impresos para divulgar rumores y noticias de los hechos, o para embellecerlos por obra de la imaginación humana, como hoy se ve hacer. Las informaciones de esa clase se recogían de las cartas de los comerciantes y de otras personas que tenían correspondencia con el extranjero, y sólo circulaban de boca en boca; de modo que no se difundían instantáneamente por toda la nación, como sucede ahora. Sin embargo, parece que el Gobierno estaba bien informado del asunto, y que se habían celebrado varias reuniones para estudiar los medios de evitar la reaparición de la enfermedad; pero todo se mantuvo muy secreto. Fue así que el rumor se desvaneció y la gente empezó a olvidarlo, como se olvida una cosa que nos incumbe muy poco, y cuya falsedad esperamos. Eso hasta fines de noviembre, o principios de diciembre de 1664, cuando dos hombres, franceses, según se dijo, murieron apestados en Long Acre, o más bien en el extremo superior de Drury Lane. Sus familiares trataron de ocultar el hecho tanto como les fue posible, pero el asunto se divulgó en boca de los vecinos, y los secretarios de Estado se enteraron y resolvieron averiguar la verdad: ordenaron a dos médicos y un cirujano visitar la casa e inspeccionarla. Así lo hicieron, y descubriendo en los cadáveres señales evidentes de la enfermedad, hicieron pública su opinión de que esos hombres habían muerto de la peste. A continuación se trasladó el caso al oficial de la parroquia, quien a su vez lo llevó a la Casa del Ayuntamiento; y se lo dio a publicidad en el boletín semanal de mortalidad del modo habitual, es decir: Apestados, 2. Parroquias infectadas, 1. Esto inquietó mucho a la población, y la alarma cundió por la ciudad; más aún cuando en la última semana de diciembre de 1664, otro hombre murió en la misma casa y de la misma enfermedad. Después volvimos a vivir tranquilos casi unas seis semanas durante las cuales, no habiendo muerto persona alguna con síntomas de la enfermedad, se dijo que el mal había desaparecido. Pero tras eso, creo que hacia el 12 de febrero, otro murió en otra casa, aunque en el mismo barrio y de la misma manera. Esto atrajo mucho la atención de la gente hacia ese extremo de la ciudad, y como los registros semanales mostraban un aumento de defunciones superior a lo normal en la parroquia de St. Giles, se empezó a sospechar que la peste estaba entre los habitantes de esa zona, y que muchos habían muerto de ella, aunque se trataba de ocultar el hecho al público. Esta idea se adueñó de las cabezas de la gente, y pocos se atrevían por Drury Lane o por las otras calles sospechosas, a menos que un asunto extraordinario les obligara a hacerlo. El aumento de la mortalidad se registró así: el número habitual de entierros semanales, en las parroquias de St. Giles-inthe-Fields y St. Andrew's, Holborn, variaba entre doce y diecisiete o diecinueve en cada una, poco más o menos; pero desde que la peste apareció por primera vez en St. Giles se observó que el número de entierros crecía en forma considerable. Por ejemplo: Del 27 de diciembre al 3 de enero St Giles 16 St Andrew 17 Del 3 de enero al 10 de enero St Giles 12 St Andrew 25 Del 10 de enero al 17 de enero St Giles 18 St Andrew 18 Del 17 de enero al 24 de enero St Giles 23 St Andrew 16 Del 24 de enero al 31 de enero St Giles 24 St Andrew 15 Del 31 de enero al 7 de febrero St Giles 21 St Andrew 23 Del 7 de febrero al 24 de febrero St Giles 24 St Andrew --- Entre ellos uno de la peste. Un aumento similar de los decesos se observó en los distritos de St. Bride (contiguo por un lado a la parroquia de Holborn) y de St. James, Clerkenwell (limítrofe con Holborn por el otro lado). En cada uno de estos barrios morían habitualmente, cada semana, entre cuatro y seis u ocho personas, cifra que aumentó durante esa época de esta manera: Del 20 de diciembre al 27 de diciembre St Giles 0 St Andrew 8 Del 27 de diciembre al 3 de enero St Giles 6 St Andrew 9 Del 3 de enero al 10 de enero St Giles 11 St Andrew 7 Del 10 de enero al 17 de enero St Giles 12 St Andrew 9 Del 17 de enero al 24 de enero St Giles 9 St Andrew 15 Del 24 de enero al 31 de enero St Giles 8 St Andrew 12 Del 31 de enero al 7 de febrero St Giles 13 St Andrew 5 Del 7 de febrero al 14 de febrero St Giles 12 St Andrew 6 Además la población observó con gran inquietud que el número general de muertes aumentó mucho durante esas semanas, aunque se trataba de una época del año en la cual las cifras suelen ser moderadas. Por lo común el total semanal de entierros variaba entre 240 y 300. Esta última ya era considerada una cifra bastante elevada; pero nos encontramos con que el número de muertes fue creciendo sucesivamente así: Entierros Aumento Del 20 de diciembre al 27 291 …. Del 27 de diciembre al 3 de enero 349 58 Del 3 de enero al 10 de enero 394 45 Del 10 de enero al 17 de enero 415 21 Del 17 de enero al 24 de enero 474 59 Este último informe era realmente terrorífico: se trataba de la mayor cantidad semanal de muertos que se hubiera conocido desde la anterior epidemia de 1656. Sin embargo, esta situación no se mantuvo así, y como el tiempo resultó frío y la helada, que había empezado en diciembre, persistió severamente hasta casi fines de febrero, acompañada de vientos ásperos, aunque moderados, las estadísticas volvieron a disminuir, la ciudad se recuperó, y todo el mundo comenzó a considerar pasado el peligro; sólo que los entierros en St. Giles todavía eran demasiados. Sobre todo a partir de principios de abril, cuando fueron veinticinco por semana, hasta la semana del 18 al 25, en la que hubo treinta muertos, entre ellos dos de la peste y ocho de tabardillo pintado, que era considerado la misma enfermedad. Por otra parte, el número de los que morían de tabardillo aumentó de ocho a doce de una semana a la otra. Esto volvió a alarmarnos, y terribles aprensiones surgieron entre la población, en especial porque el tiempo ya cambiaba y se volvía caluroso, y el verano estaba a la vista. Sin embargo, la semana siguiente hizo renacer algunas esperanzas: las cifras eran bajas: sólo murieron en total 388, ninguno de la peste, y apenas cuatro de tabardillo pintado. Pero en la semana siguiente la enfermedad volvió, esparciéndose en otras dos o tres parroquias: St. Andrew's, Holborn, St. Clement, Danes, y para gran aflicción de sus habitantes, uno murió dentro del recinto amurallado, en la parroquia de St. Mary Woolchurch, es decir, en Bearbinder Lane, cerca del Stocks Market. Hubo en total nueve casos de peste y seis de tabardillo. Sin embargo, una investigación demostró que el francés que murió en Bearbinder Lane había vivido en Long Acre, cerca de las casas infectadas, y que se había mudado por temor a la enfermedad, sin saber que ya estaba contagiado. Esto sucedió a principios de mayo, cuando el tiempo todavía era templado, variable, y bastante fresco, y la gente conservaba algunas esperanzas. Lo que les animaba era que la City seguía libre de enfermedades: en las noventa y siete parroquias del sector amurallado sólo habían muerto cincuenta y cuatro personas, y como el mal parecía radicado entre los habitantes de aquel extremo de la ciudad, empezamos a creer que no llegaría más lejos; especialmente teniendo en cuenta que la semana próxima (que fue la del 9 al 16 de mayo) no murieron más que tres, todos fuera de la City, y que en St. Andrew's sólo enterraron a quince, lo que era muy poco. Es cierto que en St. Giles enterraron a treinta y dos, pero como sólo uno estaba apestado, la gente empezó a sentirse aliviada. La cifra total también fue muy baja, ya que la semana anterior habían muerto 347 y la arriba mencionada apenas 343. Seguimos con esas esperanzas unos pocos días, pero nada más que unos pocos días, porque la gente ya no estaba para ser engañada de ese modo: inspeccionaron las casas y descubrieron que la peste estaba realmente diseminada por todos lados, y que muchos morían de ella cada día. De manera que todos nuestros consuelos sucumbieron, y no hubo más que ocultar. Rápidamente se comprendió que la infección se había extendido más allá de cualquier posibilidad de detenerla; que en la parroquia de St. Giles había tomado varias calles y que muchas familias enteras yacían enfermas. Por lo tanto, en el boletín siguiente el asunto empezó a revelarse. Es cierto que no registraba más que catorce abatidos por la peste, pero esto era todo trampa y confabulación, porque en el distrito de St. Giles enterraron un total de cuarenta, la mayoría de los cuales había muerto sin duda apestados, aunque en una lista les fueron atribuidas otras enfermedades. Y a pesar de que la suma de muertes no aumentó más que en treinta y dos, y la estadística total sólo señalaba 385 decesos, catorce por el tabardillo y catorce por la plaga, dimos como un hecho que esa semana hubo cincuenta muertos de peste. El informe siguiente fue el del 23 al 30 de mayo, lapso durante el cual el número de apestados habría sido diecisiete. Pero en St. Giles hubo cincuenta y tres entierros -¡una cifra alarmante!- de los que sólo nueve fueron atribuidos a la plaga; pero una investigación más minuciosa de los jueces de paz, solicitada por el Lord Mayor, demostró que había otras veinte muertes por peste en ese distrito, de las que se había culpado al tabardillo y a otras enfermedades. Pero esto resultó muy poca cosa frente a lo que vino inmediatamente después; porque entonces la temperatura aumentó, y a partir de la primera semana de junio la epidemia se extendió de modo terrorífico, las-cifras crecieron mucho y las menciones del tabardillo pintado, fiebre e infección de dientes empezaron a multiplicarse. Todos los que podían ocultar sus malestares lo hacían, para evitar que los vecinos rehuyeran su presencia y se negaran a conversar con ellos, y también para evitar que las autoridades clausuraran sus casas; amenaza que aunque todavía no era cumplida, pendía sobre la población, en extremo asustada ante la sola idea del asunto. En la segunda semana de junio, la parroquia de St. Giles, que aún soportaba el mayor peso de la epidemia, enterró a 120; aunque los boletines decían que sólo sesenta y ocho murieron apestados, todo el mundo afirmaba que habían sido por lo menos cien, calculando de acuerdo en el número habitual de funerales en esa parroquia. Hasta esta semana la City continuó libre; nadie murió en sus noventa y siete parroquias, excepto aquel francés que mencioné. Pero entonces murieron cuatro dentro del recinto amurallado, uno en Wood Street, otro en Fenchurch Street y dos en Crooked Lane. Mientras tanto, Southwark se mantenía indemne; nadie había muerto de ese lado del Támesis. Yo vivía más allá de Aldgate, a medio camino entre Aldgate Church y Whitechapel Bars, en la mano izquierda o lado norte de la calle; y como la enfermedad no había alcanzado ese lugar de la City, mi vecindad siguió muy tranquila. Pero en el otro lado de la ciudad la consternación era muy grande; y la gente rica, en particular la nobleza y la alta burguesía de la parte occidental de la City, abandonaba en masa la ciudad con sus familiares y sirvientes, de manera inusitada. Este espectáculo se observaba mejor en Whitechapel, es decir, en la calle Broad, donde yo vivía. En verdad, no había otra cosa para ver que coches y carretas cargadas de bienes, mujeres, sirvientes, niños, etc.; coches llenos de gente de la clase alta, y jinetes que los acompañaban, y todos huyendo. Luego aparecieron coches y carretas vacíos, y caballos de reserva con sirvientes, quienes -era evidente- volvían o eran enviados del campo para recoger más gente. Había, también, incontables jinetes, algunos solitarios, otros seguidos por criados; en general, todos cargados de equipaje y dispuestos para viajar, lo que cualquiera podía notar por su apariencia. Esta era una visión muy terrible y melancólica; y como se trataba de un espectáculo que yo no podía dejar de contemplar de la mañana a la noche (porque, en verdad, no había otra cosa que contemplar en ese momento), me llenaba de sombríos pensamientos acerca de la desgracia que estaba cayendo sobre la ciudad, y de la desdichada situación de quienes permanecerían en ella. Durante algunas semanas, la gente se precipitó de modo tal que resultaba imposible llegar a la puerta del Lord Mayor sin superar extraordinarias dificultades. La multitud se apiñaba para conseguir pases y certificados de salud como si viajaran al extranjero; porque sin esos documentos no se permitía a nadie atravesar las ciudades por los caminos, ni alojarse en ninguna posada. Ahora bien, como durante toda esa época nadie murió en la City, mi Lord Mayor no puso reparos en dar certificados de salud a los habitantes de las noventa y siete parroquias de la City y -durante un tiempo- a los residentes de las liberties. Esta precipitación duró -durante un tiempo- algunas semanas, es decir, los meses de mayo y junio; tanto más porque se murmuraba que el Gobierno estaba por expedir la orden de instalar barreras y vallas en la ruta para evitar que la gente viajara, y que las ciudades ubicadas sobre la ruta no tolerarían el paso de los londinenses por miedo a que llevaran la infección con ellos. Pero esos rumores carecían de fundamento salvo en la imaginación popular, especialmente al principio. Entonces comencé a considerar seriamente mi propio caso y cómo dispondría de mi persona; es decir, si decidiría permanecer en Londres o cerrar mi casa y volar, como tantos de mis vecinos habían hecho. He anotado este asunto tan, detalladamente, porque tal vez mi historia pueda resultar útil a quienes vengan detrás de mí, si alguna vez se vieran sometidos a la misma angustia y a la misma opción; por esta razón deseo que esta narración sea, más que una historia de mis actos, una guía para los de aquellos a quienes muy poco puede importar lo que fue de mí. Tenía ante mí dos importantes asuntos: uno era sostener mi tienda y mis negocios, que eran considerables, y en los que había embarcado todo lo que poseía en el mundo; el otro era la protección de mi vida ante una calamidad tan funesta como la que yo veía caer ostensiblemente sobre la ciudad entera, y cuya gravedad, como si no fuera bastante por sí misma, se veía tal vez muy aumentada por mis temores tanto como por los ajenos... La primera consideración era de gran importancia para mí: mi negocio era el de la talabartería y como yo no comerciaba con el público de paso, sino con los mercaderes que traficaban con las colonias inglesas en América, mis fondos estaban, en gran parte, en sus manos. Es cierto que yo era un hombre solo; pero tenía toda una familia de sirvientes trabajando para mí; tenía una casa, un negocio y depósitos llenos de mercadería; abandonarlos como se abandonan las cosas en casos semejantes (es decir, sin ningún encargado o persona de confianza que si no señalaban evidentemente que la voluntad del Cielo era que no me fuera. Inmediatamente pensé que si en verdad estaba de Dios que yo permaneciera, Él tenía la capacidad de guardarme en medio de la muerte y el peligro que me rodearían y que si yo intentaba prodigarme huyendo de mi morada y actuando contra esas intimaciones (que creía divinas), era como escapar de Dios, y Él ejercitaría Su justicia para alcanzarme cuando y donde Él lo creyera conveniente. Estos pensamientos volvieron a invertir mi decisión y cuando volví a discutir con mi hermano le dije que me inclinaba por quedarme y asumir mi destino en el puesto que Dios me había deparado, lo que, de acuerdo con lo que ya he dicho, parecía haberse transformado en un deber especial. Mi hermano, aunque era hombre muy religioso, rió ante todo lo que señalé como intimaciones del Cielo, y me contó varias historias de gente tan temeraria -así la denominó como yo. Afirmó qué en verdad yo debería considerar esos inconvenientes como provenientes del Cielo si estuviera de algún modo incapacitado por perturbaciones o enfermedades; entonces, no siendo capaz de viajar, debería aceptar las directivas de Él, que siendo mi Hacedor, tiene indiscutido derecho de soberanía para disponer de mí; así no habría dificultad alguna en determinar cuál era el llamado de Su Providencia y cuál no. Pero -dijo- resultaba ridículo que yo tomara como intimación del Cielo para no salir de la ciudad el no poder alquilar un caballo o la fuga del compañero que debía asistirme. Yo tenía salud, extremidades inferiores y otros sirvientes: fácilmente podía viajar a pie un día o dos y, contando con un buen certificado de salud, alquilar un caballo o tomar la posta en el camino si lo consideraba adecuado. Luego procedió a relatarme las consecuencias dañinas que acompañaron la presunción de los turcos y mahometanos en Asia y en otros lugares donde él estuvo (como ya señalé, siendo mercader, había estado hasta hacía unos años en el exterior, regresando por último de Lisboa). Presumiendo de sus profesadas nociones de predestinación y de que el fin de cada hombre está irremisiblemente decretado con anticipación, esos hombres concurrían displicentemente a lugares infectados y conversaban con personas apestadas, por lo que murieron a un promedio de diez o quince mil por semana, mientras que los europeos o los mercaderes cristianos, que se mantuvieron retirados, escaparon por lo general al contagio. Con estos argumentos, mi hermano volvió a alterar mis resoluciones y comencé a decidirme a viajar. En consecuencia, alisté todo; porque en resumidas cuentas la infección creció alrededor de mí, las cifras se elevaron a casi setecientos muertos por semana y mi hermano me dijo que no se aventuraría a quedarse más tiempo. Yo deseaba que él me permitiera pensarlo sólo hasta el día siguiente, en que me decidiría. Como ya había preparado todo de la mejor manera posible, en lo referente a mis negocios y a quién confiar mis asuntos, tenía poco que hacer, aunque mucho que decidir. Esa noche llegué a casa con la mente oprimida, irresoluto, sin saber qué hacer. Absolutamente apartado, dediqué la noche a una seria meditación; estuve solo, porque ya entonces, la gente, como por consenso general, había adoptado la costumbre de no ir más allá de sus puertas tras la puesta del sol. De tanto en tanto tendré ocasión de explicar sus razones. En el retiro de esa noche me empeñé en decidir, en primer lugar, cuál era mi deber. Expuse los argumentos mediante los cuales mi hermano me había impulsado a viajar al campo y les opuse las fuertes obsesiones que me impulsaban a quedarme: el visible llamado que creía descubrir en esas particulares circunstancias, el cuidado debido a la preservación de los bienes que constituían mi fortuna y también las intimaciones que yo consideraba provenientes del Cielo y que me indicaban una suerte de dirección a seguir. Y se me ocurrió que si contaba con lo que podría llamar una indicación de quedarme, debía suponer que ella contenía una promesa de protegerme, en caso de que la obedeciera. Esto resultaba muy claro para mí, y mi espíritu se inclinaba cada vez más a la idea de quedarme, sostenido por la secreta satisfacción de sentirme protegido. Agréguese a esto que, hojeando una Biblia que tenía ante mí, mientras mis pensamientos sobre la cuestión eran más graves que de ordinario, exclamé: -¡Bien, no sé qué hacer! ¡Dirígeme, Señor! En ese momento sucedió que mi mirada cayó sobre el segundo verso del Salmo 91; seguí leyendo hasta el verso sexto inclusive, y luego continué con el décimo, como sigue: Él dirá al Señor: Tú eres mi amparo y refugio; el Dios mío en quien esperaré /Porque él me ha librado del lazo de los cazadores y de terribles adversidades. / Con sus alas te hará sombra, y debajo de sus plumas estarás confiado. / Su verdad te cercará como escudo; no temerás terrores nocturnos, / ni la saeta disparada de día, ni al enemigo que anda entre tinieblas, ni los asaltos del demonio en medio del día. / Caerán a tu lado izquierdo mil saetas y diez mil a tu diestra; más ninguna te tocará a ti: / Tú lo estarás contemplando con tus propios ojos, y verás el pago que se da a los pecadores... /No llegará a ti el mal, ni el azote se acercará a tu morada, etcétera1 Casi no necesito decir al lector que en ese instante resolví permanecer en la ciudad, y que, entregándome enteramente a la bondad y la protección del Todopoderoso, no buscaría ninguna otra clase de refugio. Mis horas estuvieron en sus manos siempre, y era tan capaz de protegerme en época de epidemia como en época de salud. Y si Él no consideraba adecuado librarme, todavía estaba yo en sus manos y haría de mí lo que mejor le pareciera. Así decidido, me acosté. Mi resolución se afirmó más al día siguiente, cuando cayó enferma la mujer a quien había pensado confiar mi casa y todos mis asuntos. Y hubo más aún para obligarme a permanecer: porque al otro día yo mismo me sentí bastante mal, de manera que no hubiera podido viajar aun en caso de desearlo. Continué enfermo tres o cuatro días y esto me decidió por completo; así que me despedí de mi hermano, que partió hacia Dorking, en Surrey, y después fue todavía más lejos, hacia Buckinghamshire o Bedfordshire, a un retiro que había encontrado para su familia. Era muy mala época para estar enfermo, porque si alguien se quejaba, de inmediato se decía que estaba apestado. Yo, aunque no presentaba síntoma alguno de esa enfermedad, me sentía bastante mal de la cabeza y el estómago, y no dejaba de sentir alguna aprensión. Pero en unos tres días me puse mejor; la tercera noche descansé bien, sudé un poco y me sentí más animado. El temor a la infección se desvaneció al mismo tiempo que mi malestar, y volví a atender mis asuntos como de costumbre. Sin embargo esos episodios alejaron mis pensamientos del viaje al campo, y como mi hermano también se había alejado, no tuve ya nada que debatir, ni con él ni conmigo mismo, acerca del asunto. Estábamos entonces a mediados de julio; la plaga, que se había encarnizado preferentemente en el otro extremo de la ciudad y en los distritos de St. Giles, St. Androw's, Holborn y en el lado de Westminster, comenzó a desplalarse en dirección este, hacia la zona donde yo vivía. Hay que señalar, por cierto, que no se encaminaba directamente hacia nosotros, porque la City se conservaba aún medianamente sana. También había avanzado demasiado la peste sobre el agua hacia Southwark; porque aunque allí hubo aquella semana 1260 muertos de toda enfermedad (entre los cuales era posible adjudicar unos 900 a la peste), sólo veintiocho murieron entre los muros de la City, y diecinueve en Southwark (incluida la parroquia de Lambeth), mientras en los barrios de St. Giles y St. Martin-in-the-Fields, solamente, murieron cuatrocientos veintiuno. Advertimos entonces que la infección se fortificaba principalmente en los barrios de extramuros: como eran muy populosos y estaban llenos de pobres, la enfermedad los consideró mejor presa que la City. Notamos también que la peste se acercaba a nosotros por los distritos de Clarkewell, Cripplegate, Shoreditch y Bishopsgate, parroquias estas últimas unidas a las de Aldgate, Whitechapel y Stepney. Por último, la plaga vino a derramar su mayor cólera y violencia en esos lugares, aunque se moderó en los distritos occidentales, donde había comenzado. Durante el mes de julio, mientras -como he señalado nuestra parte de la ciudad parecía ser perdonada en comparación con la parte oeste, yo usualmente andaba por las calles, como mis negocios lo exigían. En particular iba una vez por día o cada dos días a la City, a casa de mi hermano, cuyo cuidado me había sido confiado, para ver si todo estaba a salvo. Como tenía la llave, solía entrar a la casa y a la mayoría de las habitaciones, con el fin de comprobar que todo andaba bien. Porque aunque resulte asombroso que en medio de tal calamidad existieran corazones tan duros como para robar y saquear, lo cierto es que se practicaron entonces toda clase de villanías y hasta de libertinajes, tan abiertamente como siempre; no diré que tan frecuentemente, porque el número de personas había disminuido bastante. Pero entonces la City misma comenzó a ser visitada. Sin embargo, su población se había reducido mucho, porque una enorme multitud había huido al campo y durante todo ese mes de julio continuaron escapando, aunque no en tan gran número como antes. En agosto, por cierto, huyeron de tal manera, que empecé a creer que en la City no quedarían, realmente, sino magistrados y sirvientes. El aspecto de Londres estaba ahora alterado de un modo extraño, a pesar de que la City no había sido todavía muy castigada. Pero el aspecto de las cosas estaba muy trastornado; la pena y la tristeza se instalaron en cada rostro, y aunque algunos barrios todavía no habían sido muy agobiados, todos se veían gravemente afectados; cada habitante cuidada de sí y de su familia como en situación de extremo peligro, que claramente se veía venir. Si fuera posible representar con exactitud aquellos tiempos para quienes no los vieron, y dar a los lectores una idea verdadera del horror que en todo se manifestaba, se dejaría profundos huellas en sus espíritus y se los llenaría de sorpresa. Bien puede decirse que Londres entero lloraba. Es cierto que no había enlutados en las calles, porque nadie se vestía de negro ni guardaba duelo formal ni siquiera por los amigos más íntimos; pero sin duda se oía en las calles la voz de los dolientes. Los gritos de mujeres y niños en las ventanas o puertas de las casas donde sus parientes más queridos estaban agonizando o ya muertos se escuchaban con tanta frecuencia que bastaban para traspasar el corazón más firme del mundo. Las lágrimas y los lamentos se oían casi en cada casa, en especial durante los primeros tiempos de la epidemia, porque durante los últimos los corazones estaban endurecidos y la muerte se había convertido en una visión tan habitual, que a nadie le importaba demasiado la pérdida de un amigo, ante la expectativa de correr idéntica suerte en cualquier momento. Pero debo volver al comienzo de esta época sorprendente. Cuando el temor de la gente aún era joven, se vio acrecentado de modo extraño por varios raros accidentes. Si se los considera en su conjunto, resulta pasmoso que todo el pueblo no se alzara como un solo hombre para abandonar su morada, dejando el lugar como a un espacio de tierra señalado por el Cielo para la radicación de un Aceldamá2 que sería borrado de la faz del planeta, y en el que todo lo que allí se encontrara perecería. Mencionaré sólo algunas de esas cosas, aunque fueron tantos los brujos y los bellacos que las propagaban, que con frecuencia me asombré de que existiera alguien (especialmente entre las mujeres) que no las tuviera en cuenta. . - En primer lugar, una estrella flamígera o cometa apareció varios meses antes de la epidemia, como había sucedido antes del año del fuego. Las viejas y los hipocondríacos flemáticos del sexo opuesto, a quienes casi podría llamar también viejas, señalaron (en particular después de los acontecimientos) que esos cometas pasaron directamente sobre la City y tan cerca de las casas, que claramente significaban algo que concernía a la City sola; que el cometa anterior a la pestilencia era lánguido, de desvaído color y movimiento muy pesado, solemne y lento, pero que el anterior al incendio era rutilante o, como dijeron otros, llameante, y su movimiento era furioso y veloz. De acuerdo con estos detalles -afirmaban- uno predecía una pesada sentencia, pausada pero severa, terrible y aterradora como la peste, mientras el otro predecía un golpe fulminante, súbito, veloz y frío como la conflagración. Más aun: algunas personas imaginaron que al mirar el cometa que precedió al fuego, no sólo lo vieron pasar rápida y furiosamente, y que podían percibir el movimiento con sus ojos, sino que hasta lo habían escuchado: hacía un ruido estrepitoso, feroz y terrible, aunque distante. Yo vi ambos astros y -debo confesarlo- tenía muchas de las ideas comunes sobre esos asuntos en mi cabeza, de modo que fui capaz de ver en ellas los presagios y advertencias del juicio de Dios. Especialmente cuando tras la catástrofe que siguió a la primera vi otra de la misma clase, no pude sino pensar que Dios todavía no había azotado bastante a la City. Sin embargo, yo no pude llevar las cosas tan lejos como otros, porque también sabía que los astrónomos asignan causas naturales a tales fenómenos y que sus movimientos y hasta sus revoluciones son calculados, o se los pretende calcular, de modo que no es posible llamarlos presagios o predicciones, y mucho menos procuradores de sucesos tales como la pestilencia, la guerra, el fuego y otras calamidades. Pero que mis pensamientos y los pensamientos de los filósofos sean, o hayan sido, lo que quieran. Lo cierto es que esas cosas ejercieron una influencia más que ordinaria sobre el ánimo de la gente común, poseída por una casi universal y melancólica aprensión acerca de alguna calamidad terrible que caería sobre la ciudad, a partir de la visión de ese cometa y de la pequeña alarma dada en_ diciembre por las dos personas que murieron en St. Giles, a las que ya me referí. Los recelos de la gente fueron estimulados, además, por el error de una época durante la cual -creo- el pueblo se mostró más adicto a las profecías, conjuros astrológicos, sueños y cuentos de comadres, de lo que se haya mostrado nunca antes o después. No sé si esta desgraciada disposición surgió originalmente de las tonterías de algunos que ganaron dinero gracias a ellas, imprimiendo predicciones y pronósticos; lo cierto es que el público se asustaba terriblemente con libros como el Almanaque de Lilly, las Predicciones Astrológicas de Gadbury, el Almanaque de Poor Robin y otros parecidos. También por varios libros que presumían de religiosos, uno titulado Salde Ella, mi Gente, si no eres Partícipe de sus Plagas; otro llamado Clara Advertencia, otro, Recordatorio Británico, y muchos más. Todos, o la mayor parte, predecían directa o encubiertamente la ruina de la ciudad. Más aun: había quienes eran tan descarados como para recorrer las calles con sus predicciones orales, pretendiendo que habían sido enviados a predicar. Uno, como Jonás en Nínive, gritaba. -¡Sólo cuarenta días, y Londres será destruida! Otro corría casi desnudo, con unos pantalones colgando de su cintura, aullando día y noche, como el hombre que menciona Josefo, que gritaba: « ¡Ay de Jerusalén!», poco antes de la destrucción de esta ciudad. Así, esta pobre criatura desnuda gritaba: « ¡Oh, el gran y terrible Dios!», y no decía otra cosa, sino que repetía incesantemente estas palabras con voz y semblante cargados de horror, a paso veloz. Según lo que sé, nunca nadie pudo verlo detenido o descansando o alimentándose. Yo encontré a este pobre hombre en las calles varias veces, y le hubiera hablado; pero él no quería entrar en conversación conmigo ni con ningún otro, y seguía con sus fúnebres gritos. Estas cosas aterrorizaban en extremo a la gente, especialmente en ocasiones como las que mencioné, cuando descubrieron uno o dos muertos de peste en los boletines de St. Giles. A esto se agregaban los sueños de las viejas o -debería decir- las interpretaciones que las viejas hacían de los sueños de otros. Esto puso a muchísima gente fuera de juicio. Algunos oían voces que les indicaban que se fueran, porque habría en Londres una peste tal que los vivos serían incapaces de enterrar a los muertos. Otros vieron apariciones en el aire. Se me debe permitir que diga (espero que sin faltar a la caridad) que escuchaban voces que nunca hablaron y vieron visiones que nunca aparecieron; sucedía que la imaginación popular estaba realmente descarriada y poseída. Y a no asombrarse si aquellos que encuadriñaban sin descanso las nubes veían formas y figuras, representaciones y apariencias, que no eran otra cosa sino aire y vapor. Aquí nos decían que habían visto una espada llameante sostenida por un brazo que surgía de una nube, apuntando directamente sobre la ciudad; allí veían coches fúnebres y ataúdes en el aire, camino del entierro; más allá, montones de cuerpos yaciendo sin sepultura, y cosas por el estilo, mientras la imaginación de la pobre gente aterrorizada les brindaba material de trabajo. Asilas imaginaciones hipocondríacas representan naves, ejércitos y batallas en el firmamento hasta que un ojo firme las exhalaciones disuelve, y todo en su principio, la nube, se resuelve. Podría colmar este relato con las extrañas narraciones que aquella gente ofrecía cada día de lo que había visto. Y cada uno se mostraba tan categórico acerca de ello, que resultaba imposible contradecirlos sin perder su amistad o ser considerado rudo y grosero, por un lado, y profano y cabeza dura por otro. Una vez, antes del comienzo de la epidemia, creo que hacia marzo, al ver una multitud en la calle me acerqué para satisfacer mi curiosidad y encontré que todos observaban el aire para ver lo que una mujer les decía que aparecía claramente para ella: un ángel vestido de blanco que blandía una espada en la mano, sobre su cabeza. Ella describía cada parte de la figura muy vivamente, señalando sus movimientos y formas, y esa pobre gente entró en el asunto seriamente y de buena fe. -Sí, lo veo todo claramente -dijo uno-. Allí está la espada. Otro vio el ángel. Uno hasta le vio el rostro y exclamó: -¡Qué criatura gloriosa! Uno vio una cosa, y otro otra. Yo miré con tanta ansiedad como los demás, pero tal vez con menos ganas de ser embaucado; dije que no veía otra cosa que una nube blanca. La mujer se esforzó en demostrarme la cosa, pero no pudo obligarme a confesar que la veía; en verdad, para hacerlo, yo hubiera tenido que mentir. Volviéndose hacia mí me miró la cara y creyó que yo reía; también en esto su imaginación la engañaba, porque en realidad yo no reía, sino que reflexionaba seriamente acerca de la manera en que la gente era aterrorizada por la fuerza de su propia imaginación. Sin embargo, me llamó impío y burlador; me dijo que era el tiempo de la ira de Dios, y que sentencias horribles se aproximaban, y que los escépticos como yo se extraviarían y perecerían. La gente que la rodeaba parecía tan disgustada como ella. No encontré modo de convencerlos de que no me reía de ellos y comprendí que se lanzarían sobre mí antes de que pudiera desengañarlos. De manera que los dejé; y esta aparición fue considerada tan real como la de la misma estrella llameante. Tuve otro encuentro en pleno día. Fue atravesando un pasaje angosto entre Petty France y Bishopsgate Churchyard, junto a una hilera de asilos. En la iglesia de Bishopsgate hay dos cementerios; uno al lado de la puerta; el otro a un costado del estrecho pasaje sobre cuya mano izquierda están los hospicios; sobre la derecha hay una pared baja con una empalizada, y más a la derecha, sobre el otro lado, está el muro de la City. En ese angosto pasaje había un hombre mirando a través de la tapia hacia el camposanto y a su alrededor tanta gente como la estrechez del lugar permitía. Él les hablaba muy seriamente, y señalando ya un lugar, ya otro, afirmaba que veía un fantasma caminando sobre las lápidas sepulcrales. Describió la forma, la postura y el movimiento con tanto detalle que lo embarazó mucho el hecho de que nadie lo viera tan bien como él. De pronto gritaba: « ¡Allí está, ahora viene para aquí!» Luego: « ¡Se da vuelta!», hasta que, al fin, convenció tanto a la gente que uno imaginó que lo veía y otros hicieron lo mismo. Miré hacia todos lados con ahínco, pero no pude ver nada; sin embargo, él se mostró tan seguro que sugestionó poderosamente a los circunstantes, y los dejó temblorosos y asustados. Al fin, poca gente, entre la que conocía la historia, se atrevía a atravesar ese pasaje de día, y difícilmente alguien lo hacía de noche, cualquiera fuese el asunto que lo llamara. Aquel espectro, afirmó el pobre hombre, señalaba las casas, el suelo y las personas, insinuando claramente que muchos serían enterrados en aquel cementerio, como en verdad sucedió. Pero debo confesar que nunca creí que el hombre lo hubiera visto, y tampoco lo vi yo, aunque para verlo miré todo lo posible. Estas cosas sirven para mostrar hasta qué punto era sojuzgada la gente por ilusiones engañosas. Como tenían idea de que la Visitación se acercaba, todas sus predicciones se referían a una terrorífica epidemia que caería sobre la ciudad entera, y aun sobre el reino, devastando y destruyendo casi toda la nación, tanto a los hombres como a las bestias. Como ya dije, los astrólogos sumaron a esto las historias sobre conjunciones malignas de planetas, de influencia dañina. Una de esas conjunciones debía ocurrir, y ocurrió, en octubre, y la otra en noviembre. Llenaron la cabeza de la gente con predicciones de estas señales celestes, insinuando que anunciaban sequía, hambre y pestilencia. Sin embargo se equivocaron totalmente en lo que se refiere a las dos primeras, pues no tuvimos estación seca: por el contrario, el año empezó con una fuerte helada que se prolongó de diciembre hasta marzo. Y luego el tiempo se mostró moderado, más bien templado que caluroso y con vientos frescos. En resumen, hubo el tiempo correspondiente a la estación, y también varias grandes lluvias. Se hicieron algunos intentos para suprimir la impresión de libros que aterrorizaran al pueblo, y para asustar a sus difusores, algunos de los cuales fueron prendidos. Pero estos intentos no fueron llevados hasta la última instancia porque, según se me informó, el Gobierno se mostraba renuente a exasperar a la gente, que ya estaba bastante fuera de sí. Tampoco puedo absolver a esos clérigos que con sus sermones contribuían más a hundir que a elevar los corazones de sus oyentes. Sin duda muchos de ellos lo hacían para fortalecer al público y para avivar el arrepentimiento, pero el medio no convenía a los fines, o por lo menos no alcanzaba a compensar el daño ocasionado. En verdad debo confesar que pensé que, así como Dios nos atrae hacia Él a través de las Escrituras, más mediante invitaciones y llamados que por el terror y el pasmo, los clérigos debían haber imitado a nuestro bendito Dueño y Señor, cuyo Evangelio entero está colmado de declaraciones del cielo sobre la merced de Dios, y su buena voluntad para recibir penitentes y perdonarlos, y por eso su Evangelio es llamado el Evangelio de la, Paz y el Evangelio de la Gracia. Fue en verdad una época de muy felices disensiones en materia de religión. Prevalecían entre el pueblo innumerables sectas y fracciones. Es cierto que la Iglesia de Inglaterra había sido restaurada con la monarquía unos cuatro años antes; pero los clérigos y predicadores presbiterianos, independientes y de toda clase de confesiones, habían comenzado a reunirse en sociedades separadas y a erigir altar contra altar. Cada una celebraba su culto por separado como lo hacen ahora, aunque entonces no eran tantas, porque el Gobierno se empeñaba en suprimir las congregaciones disidentes y evitar sus reuniones. Pero la Visitación los reconcilió, al menos por algún tiempo, y se toleró que muchos de los mejores clérigos y predicadores disidentes entraran en las iglesias. La gente se congregaba para escucharlos sin averiguar demasiado quiénes eran o qué opiniones tenían. Pero cuando la enfermedad pasó, también disminuyó este espíritu de caridad, y las cosas retornaron a su antiguo cauce. Un mal siempre trae otro. Esos terrores y aprensiones condujeron a la gente a mil actos débiles, tontos -y perversos que en realidad no deseaban, pero hacia los que eran impulsados por una clase de individuos verdaderamente malvados: corrían hacia los decidores de fortuna, charlatanes y astrólogos, para que les pronosticaran su destino mediante horóscopos y cosas parecidas. Esta tontería pronto hizo que en la ciudad pululara una perversa generación de presuntos practicantes de magia o arte negro, como lo llamaban ellos, no sé por qué. Este comercio creció tan abiertamente, que se volvió común tener en las puertas señales e inscripciones como éstas: «Aquí vive el decidor de fortuna»; «Aquí vive un astrólogo»; «Aquí puede usted hacer calcular su horóscopo», etc. Y la descarada cabeza del Fraile Bacon, símbolo usual en la vivienda de estos personajes, era vista casi en cada calle; o sino el signo de la Madre Shipton, o la cabeza de Merlín, y cosas parecidas. Realmente no sé mediante qué discursos ciegos, absurdos y ridículos satisfacían a la gente esos oráculos del demonio; lo cierto es que una clientela innumerable se apiñaba frente a sus puertas cada día. Y bastaba que un individuo solemne en chaqueta de terciopelo, faja y levita negra (hábito que por lo general vestían estos brujos charlatanes) fuera visto en la calle, para que la multitud lo siguiera haciéndole preguntas, mientras él continuaba su camino. No necesito decir qué horrible engaño fue éste, pero no hubo remedio contra él hasta que la misma peste puso fin a todo y -supongo- limpió la ciudad de la mayoría de esos especuladores. Lo malo era que cuando la pobre gente interrogaba a los falsos astrólogos sobre si habría o no plaga, ellos concordaban en responder que «Sí», porque de este modo conservaban la fuente de sus ganancias. Si no se hubiera mantenido al público asustado, pronto los brujos se habrían vuelto inútiles y su oficio habría muerto. Pero ellos pasaban el tiempo hablando de tales y tales influencias de las estrellas, de las conjunciones de tales y tales planetas que necesariamente debían traer enfermedad y perturbaciones, y en consecuencia la peste. Y hasta hubo algunos que se atrevieron a certificar que la epidemia había hecho su aparición; y aunque esto era muy cierto, quienes lo afirmaban nada sabían del asunto. Los clérigos y predicadores de distintas clases serios e inteligentes -hay que hacerles justicia- se pronunciaron contra estas y otras prácticas malvadas, exponiendo al mismo tiempo su tontería y su perversidad, y la gente más cuerda y sensata las despreció y aborreció. Pero resultó imposible iluminar a la gente ordinaria y a la clase laboriosa y pobre: su pasión predominante era el miedo, y despilfarraban con desaprensión el dinero en esas extravagancias. En especial la servidumbre, que constituía la clientela principal de los charlatanes. Después de la primera averiguación sobre si « ¿Habrá epidemia?», sus preguntas decían casi siempre: « ¡Oh, señor! ¡Por el amor de Dios! ¿Qué será de mí?» « ¿Mi ama me conservará a su servicio, o me despedirá?» « ¿Se quedará aquí o se irá al campo?» « ¿Y si se va al campo, me llevará con ella o me abandonará para que muera de hambre y me pierda?» La verdad es que la situación de los sirvientes resultaba muy triste, como tendré ocasión de expresar otras veces, porque era de prever que un número prodigioso de ellos sería despedido, como efectivamente sucedió. Y perecieron en abundancia, especialmente entre aquellos a quienes los falsos profetas habían ilusionado con la esperanza de que sus amos no los abandonarían y los llevarían al campo con ellos; y como no se había previsto ayuda pública para estas criaturas miserables, cuyo número era excesivamente grande (como fatalmente debe ser en casos de esta naturaleza), ellos estaban en peor condición que cualquiera. Pensamientos de esta clase agitaron la mente del vulgo durante varios meses, mientras las primeras aprensiones se cernían sobre la ciudad, cuando la peste aún no había irrumpido. Pero tampoco debo olvidar que los ciudadanos más serios se comportaron de otro modo. El Gobierno aumentó su devoción, y designó predicadores públicos y días de ayuno y humillación para confesar públicamente los pecados e implorar la misericordia de Dios, con el fin de conjurar la horrible sentencia que pendía sobre nuestras cabezas. Es imposible describir con cuánta presteza se aferró de esta oportunidad todo el mundo, sin distinción de creencias; cómo afluyeron a las iglesias y mítines, y cómo se apiñaron en muchedumbres tan apretadas que ni siquiera había forma de acercarse a las entradas de las iglesias más grandes. También se establecieron en varias iglesias predicadores que oraban por la mañana y por la tarde, y en otros lugares se señalaron días de ruego privado; a todo lo cual la gente asistía, lo repito, con devoción poco común. Muchas familias de distintos credos guardaban ayunos familiares, de los que sólo participaban sus parientes más cercanos. En una palabra, quienes eran verdaderamente serios y religiosos se aplicaban, de manera verdaderamente cristiana a un adecuado trabajo de arrepentimiento y humillación, tal como un cristiano debe hacerlo. Además, el público mostró que afrontaría su parte en el asunto; la misma Corte, que entonces era alegre y fastuosa, adoptó cierto aire de interés ante el peligro. Se prohibió la peste en escena de todas las obras y entremeses que, al estilo de la corte francesa, habían empezado a extenderse entre nosotros; fueron cerradas y suprimidas las casas de juego, salas de baile y casas de música que se estaban multiplicando y comenzaban a corromper las costumbres; y los payasos, bufones, títeres, volatines y los números similares que habían embrujado al público ordinario cerraron sus tiendas, en las que ya no había movimiento alguno, porque otras ideas agitaban las mentes, y una suerte de tristeza y horror ante esas ideas se instaló hasta en los semblantes de la gente común. Ante sus ojos estaba la muerte, y todos comenzaron a pensar en sus tumbas, no en regocijo ni diversiones. Pero aun aquellas sanas reflexiones -que, correctamente dirigidas, hubieran conducido a la gente a caer sobre sus rodillas, confesar sus pecados y elevar la vista hacia el misericordioso Salvador en busca de perdón, implorando su compasión en el tiempo de la angustia, con lo que hubiéramos podido resultar una segunda Nínive- tuvieron un efecto totalmente opuesto sobre el pueblo, ignorante y estúpido en sus deducciones. Así como antes se había mostrado inicuo y atolondrado, ahora fue arrastrado por el miedo a extremos de tontería. Antes, para saber qué sería de ellos, corrieron hacia nigromantes, conjuradores, brujos y toda clase de embaucadores (que alimentaban sus temores y los mantenían constantemente alarmados y desvelados con el propósito de engañarlos y saquear sus bolsillos); idéntica locura mostraron en sus corridas hacia los curanderos, charlatanes y toda vieja practicante, en busca de medicinas y remedios. Se aprovisionaron de tal cantidad de píldoras, pociones y preservativos -como se los llamaba- que no sólo desperdiciaban su dinero, sino que se envenenaban anticipadamente por miedo al veneno de la infección, y preparaban sus cuerpos para recibir la peste, en vez de protegerse contra ella. Por otra parte, los frentes de las casas y las esquinas de las calles fueron pegoteados de un modo increíble, y a duras penas imaginable, con afiches de doctores y anuncios de charlatanes ignorantes que se metían a médicos, e invitaban a acudir a ellos por remedios que generalmente eran adornados con floripondios como estos: «Infalibles píldoras preventivas contra la peste», «Preservativos contra la infección. Nunca fallan», «Cordial Soberano contra la corrupción del aire», «Exacta conducta a seguir con el organismo en caso de infección», «Píldoras Antipeste», «Incomparable poción contra la plaga, nunca descubierta hasta ahora», « Un remedio universal para la peste», «La única verdadera agua de peste», «Antídoto real contra toda clase de infecciones», y así en cantidad mayor de la que puedo enumerar, que si pudiera hacerlo llenaría un libro con estos anuncios. Otros colocaban avisos para atraer incautos hacia sus albergues, ofreciendo directivas y consejos para caso de infección. También tenían títulos especiosos, como éstos: «Eminente médico holandés, recién llegado de Holanda, donde residió durante toda la época de la gran peste del año último en Ámsterdam y curó a multitud de personas que estaban realmente apestadas.» «Dama italiana recién llegada de Nápoles, posee un raro secreto para evitar la infección, que descubrió gracias a su gran experiencia, y realizó allá maravillosas curaciones durante la última epidemia, en la que murieron 20.000 en un día.» «Anciana dama que ejercitó con gran éxito en la última plaga en esta ciudad, año 1636, da su consejo exclusivamente al sexo femenino. Dirigirse a...» «Médico experimentado, que estudió largamente la doctrina de los antídotos contra toda clase de veneno e infección, logró tras cuarenta años de práctica tal capacidad, que puede, con la bendición de Dios, enseñar los medios para evitar ser tocado por enfermedad contagiosa, cualquiera que ésta sea. A los pobres les enseña gratis.» Anoto éstos a título de muestra. Podría ofrecerles dos o tres docenas de parecido tenor, y aun así me quedaría una abundante reserva. Pero unos pocos bastan para informar a todos del estado de ánimo de aquellos tiempos, y de cómo un hato de ladrones y rateros no sólo robaba y trampeaba su dinero a los pobres, sino que envenenaba sus cuerpos con abominables y fatales preparados; algunos en base a mercurio y otros con sustancias igualmente malas, completamente alejadas del fin pretendido, y más dañinas que útiles para el cuerpo en caso de que la infección' sobreviniera. No puedo omitir una sutileza mediante la cual uno de esos charlatanes engañaba a la pobre gente que se amontonaba a su alrededor, sin hacer nada por ella sino a cambio de dinero. Había agregado a los volantes que distribuía en las calles, esta frase en mayúsculas: «Aconseja a los pobres por nada». En consecuencia, los pobres acudieron a él en abundancia. Les recitó cantidad de hermosos discursos, examinó el estado de su salud y la constitución de sus organismos, y les aconsejó hacer muchas cosas que no tenían gran importancia. Pero la ganancia y la conclusión de todo consistía en que él tenía un preparado, y que si ellos tomaban determinada cantidad todas las mañanas, él empeñaba su vida en garantía de que nunca padecerían la peste; no, aunque vivieran en una misma casa con gente infectada. Esto hizo que todo el mundo resolviera conseguir el brebaje; pero el precio era muy elevado, creo que media corona. -Pero, señor -dice una pobre mujer-, soy pordiosera, mantenida por la parroquia, y sus avisos dicen que usted ayuda a los pobres por nada... -Ay, buena mujer -dice el doctor-, eso es lo que hago, como lo anuncié. Doy mi consejo a los pobres por nada, pero no mi medicina. -¡Vaya, señor! -dice ella-. Esto es una trampa, entonces. Porque lo que usted aconseja gratis es comprar su droga con dinero. Eso es lo que hacen todos los comerciantes con su mercadería. Aquí la mujer empezó a decirle malas palabras, y se instaló ante su puerta todo el día, contando la historia a los que llegaban, hasta que el doctor, encontrando que ella espantaba a la clientela, se vio obligado a llamarla arriba otra vez y entregarle a cambio de nada la medicina que, sin duda, para nada sirvió, tampoco, cuando ella la tuvo. Pero volvamos al pueblo, cuya confusión lo disponía a dejarse someter por toda clase de hipócritas y por cualquier impostor. No hay duda de que estos curanderos se alzaron con grandes ganancias sobre la turba miserable, porque las multitudes que corrían tras ellos crecían diariamente, y sus puertas estaban más abarrotadas que las del doctor Brooks, el doctor Upton, el doctor Hodges, el doctor Berwick o cualquier otro doctor, aunque fueran los más famosos de su época. Se me dijo que algunos de aquellos embaucadores sacaban cinco libras por día de su medicina. Pero más allá de todo esto había aún otra locura, que puede servir para dar una idea del humor perturbado de la clase baja de la época; sucedió que seguían a una especie de mistificadores aún peor que los mencionados. Porque aquellos ladrones despreciables sólo les mentían para hurgarles los bolsillos y sacarles dinero, y en esos casos la maldad -cualquiera que fuese- se radicaba en el engañador, no en el engañado. Pero en los casos que voy a citar, la impiedad correspondía a la víctima, o a ambas partes por igual. El asunto consistía en usar talismanes, filtros, exorcismos, amuletos y yo no sé qué preparados, para fortificar con ellos el cuerpo contra la peste. Como si la plaga no viniera de la mano de Dios sino que fuese una especie de posesión por un espíritu maligno, que debía ser aventado con cruces, signos del zodíaco, papeles atados con cierto número de nudos, sobre los cuales se escribían ciertas palabras o se dibujaban ciertos signos, particularmente la palabra Abracadabra, dispuesta en forma de triángulo o pirámide, así: ABRACADABRA Otros ponían el signo ABR ACADABR Jesuita en una cruz: ABRACADAB ABRACADA I H ABRACAD S ABRACA ABRAC ABR AB Podría gastar mucho tiempo protestando contra la locura -y en verdad, la perversidad- de estas costumbres, en una época tan peligrosa y en asunto de tan graves consecuencias como una infección nacional. Pero mis apuntes prefieren informar del hecho y presentarlo tal como sucedió. Cómo la pobre gente descubrió la insuficiencia de esos métodos y cómo muchos de ellos fueron más tarde transportados en las carretas de la muerte y arrojados en la fosa común de cada parroquia con todos esos talismanes y cachivaches infernales colgando de sus cuellos, es un asunto que queda para conversarlo más adelante. Todo esto fue consecuencia de la confusión que se produjo cuando el pueblo notó que la epidemia estaba a la vista, que ya se había infiltrado. Se podría decir que esto sucedió hacia el día de San Miguel de 1664, o, particularmente, después que murieron los dos hombres en el distrito de St. Giles a comienzos de diciembre; y nuevamente, tras una alarma que hubo en febrero. Porque cuando la epidemia se diseminó ostensiblemente, pronto empezaron a ver la locura que era confiar en esos seres incapaces que los habían estafado. Entonces, sus miedos tomaron otros caminos: el del aturdimiento y la estupidez, sin que supieran qué derrotero seguir o qué hacer para ayudarse o aliviarse. Corrían de una casa a la otra, y aun por las calles, de una puerta a la otra repitiendo a los gritos: « ¡Señor, ten piedad de nosotros! ¿Qué haremos?» Es cierto que esa pobre gente merecía ser compadecida en un punto particular, en el que tenían poco o ningún alivio, y que deseo mencionar con serio y reflexivo respeto, aunque pueda no agradar a algunos de los lectores: sucede que la muerte no comenzó entonces, como se podría decir, a revolotear sobre la cabeza de cada uno individualmente, sino que la veían en sus casas y alcobas, y fijaba la mirada en sus caras. Aunque pudiera existir en algunos cierta estupidez y pesadez mental (y la hubo en cantidad), había también mucha alarma justa fondeada en la profundidad del alma de otros. Muchas conciencias fueron estimuladas; muchos corazones duros se deshicieron en lágrimas; se hizo mucha penitente confesión de crímenes largamente escondidos. Hubiera lastimado el alma de cualquier cristiano haber oído los quejidos mortales de tanta criatura desesperada, sin que nadie se atreviera a acercarse para consolarlas. Más de un robo, más de un asesinato fueron confesados entonces a viva voz, y nadie sobrevivió para recordar esos relatos. Aun cuando pasábamos por las calles, podíamos oír a la gente implorando misericordia a Dios, a través de Jesucristo, y diciendo: «He sido un ladrón», «He sido un adúltero», «He sido un asesino» y cosas por el estilo; nadie se atrevía a detenerse para hacer la menor inquisición o para administrar alivio a las pobres criaturas que así gritaban, con el alma tan angustiada como el cuerpo. Al principio, algunos clérigos visitaban brevemente a los enfermos, pero esto no debía hacerse. Entrar en ciertas casas hubiera significado la muerte. Hasta los enterradores, que eran los seres más endurecidos de la ciudad, se vieron a veces vencidos y tan aterrorizados, que no se atrevían a entrar en casas donde familias enteras habían sido barridas de una vez, y en las que las circunstancias imponían un horror más particular. Pero esto, en verdad, sucedió durante el primer ardor de la enfermedad. El paso del tiempo los acostumbró a todo, y más tarde se aventuraban en cualquier lugar sin vacilaciones, como tendré ocasión de contar con mayor detalle más adelante. Estamos en que, como he dicho, la peste se desató y los magistrados comenzaron a pensar seriamente en el estado de la población. Sobre qué hicieron por el bien de los habitantes y de las familias infectadas, dejaré que hablen los hechos mismos. Pero en lo que se refiere a la salud pública, conviene señalar aquí que, viendo la estupidez del populacho que corría hacia la locura detrás de curanderos, charlatanes, brujos y adivinos, el Lord Mayor, un caballero muy sobrio y religioso, designó médicos y cirujanos para aliviar a los pobres -quiero decir a los enfermos pobres-, y en especial ordenó al Colegio de Médicos la publicación de instrucciones acerca de remedios baratos para todas las instancias de la enfermedad. La verdad es que esta fue una de las cosas más caritativas y juiciosas que se pudieron hacer en aquel tiempo, pues contribuyó a que la gente no se agrupara frente a las puertas de los dispensadores de recetas, y a que no tomara ciegamente y sin consideración pócimas que daban purga y muerte en lugar de vida. Para dar a conocer estas directivas se consultó al Colegio en pleno; se las calculó especialmente para el uso de los pobres, se recomendaron medicinas baratas y se dieron copias gratis a todo el que las deseara. Pero como este es un hecho públicamente conocido, no necesito importunar con él al lector. No se supondrá que menoscabo la autoridad o la capacidad de los médicos, cuando digo que la violencia de la enfermedad, al llegar a su clímax, fue como la del fuego del año siguiente. El fuego, que consumió todo lo que la peste no había podido tocar, desafió a todos los remedios: las bombas de incendio se rompieron, los cubos fueron desechados, y el poder del hombre se vio desbaratado y arrojado a su fin. Del mismo modo, la peste desafió toda medicina; hasta los médicos fueron atrapados por ella, con sus protectores sobre la boca; deambulaban prescribiendo a otros e indicándoles qué hacer, hasta que las señales los alcanzaban y caían muertos, destruidos por el enemigo contra el que batallaban en los cuerpos de otros. Tal fue el caso de varios médicos, entre los que se contaran algunos de los más eminentes, y el de varios de los cirujanos más hábiles. También perecieron muchos curanderos que cometieron la tontería de confiar en sus propias recetas, cuya ineficacia necesariamente deberían conocer; como a otros ladrones, conscientes de su culpabilidad, les hubiera convenido más huir de la justicia, sabiendo que sólo podían esperar un castigo acorde con sus merecimientos. Tampoco menoscaba el trabajo o la diligencia de los médicos contar que cayeron en la calamidad común. Es más bien un elogio decir que aventuraron sus vidas tanto como para perderlas al servicio de la humanidad. Se esforzaron en hacer el bien y salvar la vida de otros. Pero no esperábamos que los médicos pudieran detener la sentencia de Dios o evitar que una enfermedad evidentemente armada por el cielo ejecutara el mandato que le fue encomendado. No hay duda de que los médicos, con su habilidad, prudencia y aplicación, ayudaron a muchos a salvar sus vidas y restaurar su salud. Pero, sin denigrarlos, hay que decir que fueron incapaces de curar a quienes tenían las señales o estaban infectados antes de pedir su ayuda, como fue caso frecuente. Falta mencionar las medidas oficiales tomadas por los magistrados en salvaguarda de la población y para evitar la propagación de la enfermedad. Tendré frecuente ocasión de hablar de la prudencia de los magistrados, de su caridad, de la protección de los pobres, de la conservación del orden y el suministro de provisiones durante el recrudecimiento de la peste. Pero ahora me dedico a las primeras disposiciones publicadas para el gobierno de las familias contagiadas. Ya mencioné la clausura de casas; es necesario detenerse más en este punto, porque es un aspecto de la epidemia más bien melancólico; pero hasta la historia más atroz debe ser relatada. Como ya dije, hacia el mes de junio el Lord Mayor de Londres y la Corte de Regidores comenzaron a ocuparse más concretamente del gobierno de la ciudad. Los jueces de paz de Middlesex, por orden del secretario de estado, habían empezado a cerrar casas en los distritos de St. Giles-in-the-Fields, St. Martin, St. Clement Danes y otros, con éxito, ya que mediante una estricta guardia de las casas infectadas y cuidando de enterrar inmediatamente a los muertos, se consiguió que la peste amainara en las distintas calles en que había estallado. También se observó que la enfermedad disminuía más en estas parroquias que en las de Bishopsgate, Shoreditch, Aldgate, Whitechapel, Stepney y otras: el cuidado precoz fue un excelente medio para dominarla. Creo que la clausura de casas fue un método utilizado por primera vez durante la epidemia que se produjo en 1603, cuando llegó al trono el rey Jaime I. El poder para encerrar a la gente en su propia casa fue acordado por un Acta del Parlamento titulada Acta para la Disposición, y el Caritativo Alivio de las Personas infectadas por la Peste. Fue en este acta que el Lord Mayor y los regidores de la ciudad de Londres fundamentaron la orden emitida el 1 de julio de 1665, cuando sólo había unos pocos infectados dentro de la City. En efecto, el último boletín señalaba cuatro en las noventa y dos parroquias. Gracias a los medios arbitrados -ya algunas casas habían sido cerradas y algunas personas recluidas en el hospital existente más allá de Bunhill Fields, camino a Islington- mientras morían cerca de mil por semana en total, el número de muertos sólo ascendía a veintiocho dentro de la City, que relativamente se conservó más saludable que cualquier otro lugar durante el tiempo que duró la infección. Como señalé, esas ordenanzas de mi Lord Mayor se publicaron a fines de junio, y entraron en vigencia a partir del 1 de julio. Eran las siguientes: ÓRDENES PREPARADAS Y PUBLICADAS POR EL LORD MAYOR Y LOS CONCEJALES DE LA CITY DE LONDRES CONCERNIENTES AL CONTACTO DE LA PESTE, 1665. «EN VISTA de que en el reinado de nuestro difunto soberano, el Rey Jaime, de feliz memoria, se levantó un Acta para la ayuda caritativa y la disposición de personas contagiadas de la peste, por la que se concedió autoridad a los jueces de paz, alcaldes, alguaciles y otros funcionarios superiores a nombrar dentro de sus varios límites examinadores, investigadores, guardias, cuidadores y enterradores para las personas y lugares contaminados y tomarles juramento para la ejecución de sus cargos. Y el mismo estatuto autorizaba también el otorgamiento de otras directivas que según ellos resultaran apropiadas para la actual necesidad. Después de otorgarle una consideración especial se piensa ahora muy urgente para prevenir y evitar el contagio de la enfermedad (si así pluguiera a Dios Todopoderoso) que fueran nombrados los siguientes funcionarios, y las órdenes emitidas a continuación fueran cuidadosamente observadas. Examinadores a designar en cada parroquia »En primer término se considera necesario y así se lo ordena, que en cada parroquia haya una, dos o más personas de buena condición y reputación elegidas y nombradas por el concejal, su comisario, y el concejo común de todo distrito, las que con el nombre de inspectores continúen en esa función por espacio de dos meses, por lo menos. Y si cualquier persona adecuada así nombrada se rehusara a aceptar el cargo, dichas partes serán enviadas a prisión hasta que se conformen con lo ordenado por la ley. La función de los inspectores »Que estos examinadores juren a los concejales inquirir y enterarse de cuando en cuando qué casas de las parroquias deben visitarse, para comprobar el número de personas enfermas y de qué enfermedades, y deben hacerlo con toda la exactitud posible; y en caso de duda ordenar la prohibición de la entrada a la casa hasta que se compruebe la enfermedad. Y si encuentran a cualquier persona enferma de la peste dar órdenes al alguacil para que se clausure la casa; y si se considerara al alguacil remiso o negligente notificar al concejal del distrito. Guardianes »Que para toda casa contaminada se nombren dos guardias, uno para el día y otro para la noche; y que estos guardias tengan especial cuidado en que ninguna persona entre o salga de las casas contaminadas, hecho por el que se los procesará, bajo pena de severo castigo. Y dichos guardias cumplirán con las obligaciones que necesiten y requieran las casas contaminadas; y si el guardia es enviado a efectuar una diligencia deberá cerrar la casa y llevar la llave con él; y el guardia diurno deberá estar en su puesto hasta las diez de la noche; y el nocturno hasta las seis de la mañana. Investigadoras »Que se tome especial cuidado en nombrar mujeres investigadoras en cada parroquia, de honesta reputación y las mejores que se puedan encontrar en su tipo; y que éstas juren efectuar una búsqueda adecuada y un verdadero informe aplicando el máximo de sus conocimientos en caso de que las personas cuyos cuerpos deban investigar hayan muerto de la peste u otras enfermedades, en la mejor forma posible. Y que los médicos que sean designados para cura y prevención de la peste citen a las antedichas investigadoras quienes son, y serán, nombradas para las distintas parroquias bajo sus respectivos cuidados, para que finalmente ellos puedan considerar si están adecuadamente calificadas para ese empleo, y que las censuren de cuando en cuando si creen que hay causa para ello, si ellas muestran defectos en el cumplimiento de sus deberes. »Que a ninguna investigadora, durante este período de contagio, se le permita ejercer cualquier trabajo o empleo público, o mantener cualquier negocio o puesto, o estar empleada como lavandera, o en cualquier empleo común. Cirujanos »Para mejor asistencia de las investigadoras, en vista de que ha habido gran abuso de informes erróneos sobre la enfermedad, ante el incremento y difusión de la peste, se ordena que se elijan y se nombren cirujanos discretos y capaces, además de los que ya pertenecen al lazareto, a los que la City y las franquicias confinarán en los lugares más aptos y convenientes; y cada uno de ellos se limitará a un barrio; y los mencionados cirujanos dentro de sus límites se unirán a las investigaciones para inspeccionar los cuerpos, con la finalidad de que pueda haber un verdadero informe sobre la enfermedad. »Y además que los mencionados cirujanos visitarán y buscarán a estas personas y las mandarán a buscar o serán designados y llevados ante ellas por las examinadoras de cada parroquia, y se informarán sobre la enfermedad de las susodichas personas. »Y en vista de que los mencionados cirujanos serán alejados de todo otro tratamiento, y se dedicarán solamente a esta enfermedad de la peste, se ordena que cada uno de los mencionados cirujanos reciba doce peniques por cada cuerpo revisado, pagaderos de los bienes de la parte investigada, si es posible, o de otro modo de los de la parroquia. Enfermeras »Si alguna enfermera se alejara de la casa contaminada antes de los veintiocho días después del deceso de alguna persona que hubiera muerto de la peste, la casa de la que la enfermera aludida se hubiera alejado será clausurada hasta que los antedichos veintiocho días hayan expirado.» ÓRDENES CONCERNIENTES A LAS CASA CONTAMINADAS Y PERSONAS ENFERMAS DE LA PESTE Notificación de la enfermedad »El dueño de toda casa, tan pronto como cualquier miembro de ella se queje, ya sea de ronchas o sarpullido, o de hinchazón en cualquier parte del cuerpo, o caiga peligrosamente enfermo, sin causa aparente de alguna otra enfermedad, informará de ello al examinador sanitario dentro de las dos horas después de que aparezca la mencionada señal. Aislamiento de los enfermos »Tan pronto como cualquier hombre encontrado por este examinador, cirujano o investigador esté enfermo de la peste, esa misma noche será aislado en la misma casa; y en el caso de que sea aislado de esta manera y luego no muera, la casa en que se haya enfermado se cerrará durante un mes, después del empleo de preventivos adecuados tomados por el resto de sus miembros. Ventilación de los objetos »Para el aislamiento de las pertenencias y objetos de los contagiados, sus ropas de cama, vestidos y cortinados de las habitaciones deben ser bien ventilados con fuego y los perfumes necesarios dentro de la casa contaminada antes de que se usen nuevamente. Esto se hará por orden del examinador. Clausura de la casa »Si cualquier persona visitara a cualquier hombre contagiado de la peste, o entrara por su voluntad en cualquier casa contaminada, no habiéndolo permitido, la casa en la que habitara será clausurada por un cierto número de días por orden del examinador. Prohibición de traslado fuera de las casas contaminadas y excepciones »Item, que nadie sea trasladado fuera de la casa donde cayó enfermo de la peste o de cualquier otra casa en la ciudad (excepción hecha del lazareto o un pabellón o alguna otra casa a la que el dueño de la casa mencionada mantenga como propia y esté ocupada por sus propios sirvientes); y de este modo se otorgue seguridad a la parroquia en la que se efectúe el traslado, que la atención y el cuidado de la mencionada persona contagiada sean observados y detallados cuidadosamente antes de ser expresados, sin ningún costo para la parroquia en la que se efectúe un traslado de ese tipo, y que este traslado se efectúe por la noche. Y será legal para cualquier persona que tenga dos casas trasladar a su familia ya sea sana o enferma a su segunda casa, según su elección, de manera que, si aleja en primer lugar a los sanos, no mande después a los enfermos al mismo lugar, ni tampoco a los sanos donde están los enfermos; y que los trasladados se alejen de las compañías y se encierren por lo menos durante una semana, por miedo de algún contagio que fuera aparente en un primer momento. Entierro de los muertos »Que el entierro de los muertos se efectúe a las horas más convenientes, ya sea antes de la salida del sol o después de la puesta de sol, con el informe reservado de los sacristanes y el condestable, y no de otra manera; y que a ningún vecino o amigo se le imponga la obligación de acompañar el cadáver a la iglesia, o entrar en la casa contaminada, bajo pena de clausurar su casa o enviarlo a prisión. »Y que ningún cadáver de un muerto de la peste se entierre, o permanezca en cualquier iglesia en el momento de la oración, el sermón o el adoctrinamiento. Y que ningún niño esté cerca del cadáver, el cajón o la tumba en cualquier iglesia, terreno perteneciente a la iglesia o cementerio. Y que todas las tumbas tengan como mínimo seis pies de profundidad. »Y además todas las reuniones públicas por otros entierros quedan prohibidas durante la vigencia de este contagio. Prohibición de retirar objetos contaminados »Que ninguna ropa, objeto, ropa de cama o prenda de vestir sea sacado o rescatado de algunas de las casas contaminadas, y que a los pregoneros y ropavejeros de ropa de cama o vestidos viejos para vender o empeñar se les prohíba ejercer su profesión, y que a ningún ropavejero ambulante se le permita exhibir su mercadería, ya sea colgada en sus puestos o colocada en mesas y vidrieras de negocios que bordeen cualquier calle, callejón, camino o pasaje, ni que vendan ropa de cama o vestidos viejos, bajo pena de prisión. Y que en caso de que cualquier ropavejero u otra persona comprara ropa de cama, vestidos u otros objetos en cualquier casa contaminada dos meses después de la enfermedad, la casa será clausurada como contaminada, y continuará clausurada veinte días como mínimo. Ninguna persona será rescatada de cualquier casa contaminada »Si cualquier persona contagiada por azar, negligencia en la vigilancia o cualquier otra causa, saliera o fuera rescatada de un lugar contaminado para ser trasladada a otro sitio, la parroquia de la que esa persona haya sido rescatada, después de comunicar la noticia, se ocupará de que dicha persona sea devuelta por la noche, y que las partes ofensoras en este caso sean castigadas por decisión del concejal del distrito, y la casa del que reciba a tal persona contagiada sea clausurada durante veinte días. Señalamiento de toda casa contaminada »Que toda casa contaminada se señale con una cruz roja de un pie de largo en el medio de la puerta, en forma evidente, y con las palabras usuales, es decir, Señor ten piedad de nosotros, colocadas arriba de la misma cruz para que continúen allí hasta la apertura legal de la misma casa. Vigilancia de toda casa contaminada »Que los condestables comprueben que toda casa sea clausurada, y sea asistida por guardias, los que mantendrán encerrados a sus ocupantes, y los asistirán en sus necesidades mediante previo pago, si disponen para ello, o 'por medio del presupuesto común, si no disponen; la clausura se mantendrá por espacio de cuatro semanas. »Que se den órdenes precisas para que los investigadores, cirujanos, cuidadores y enterradores no caminen por las calles sin sostener en sus manos un bastón o una vara rojos de tres pies de largo, para que se los distinga en forma evidente, y no deberán entrar a ninguna casa que no sea la suya, o al lugar al que se los envíe o del que se los haya llamado; pues tendrán que abstenerse y evitar toda compañía, especialmente cuando hayan estado recientemente ocupados en una asistencia de este tipo. »Que donde haya varios ocupantes en una misma casa, y cualquier persona de la casa resulte contagiada, ninguna otra persona o familia de dicha casa podrá salir de ella sin un certificado de los examinadores sanitarios de esa parroquia; o a falta de él, la casa de la que él o ellos saldrán será clausurada como en caso de inspección. Coches de alquiler »Que se advierta a los cocheros, que no pueden (como se ha observado que algunos de ellos hacen después de llevar personas contagiadas al lazareto y a otros sitios) seguir ejerciendo su profesión hasta que sus coches estén bien ventilados, y hayan permanecido en desuso por espacio de cinco o seis días después de tal servicio.» ÓRDENES PARA LA LIMPIEZA Y EL AGRADABLE MANTENIMIENTO DE LAS CALLES Las calles se mantendrán limpias »En primer lugar, se cree necesario, y así se lo ordena, que todo propietario se ocupe de que la calle sea barrida diariamente ante su puerta, y de la misma manera mantenerla barrida durante toda la semana. Los barrenderos retirarán la basura fuera de las casas »Que el polvo y. la basura de las casas sean retirados diariamente por los barrenderos, y que el barrendero anuncie su llegada por medio de un, cornetín, como se ha hecho hasta el momento. Traslado de los estercoleros lejos de la ciudad »Que los estercoleros sean trasladados tan lejos como sea posible de la ciudad y de los pasajes comunes, y que ningún sereno u otra persona vacíe una letrina en cualquier jardín de las inmediaciones. Cuidado de la carne o pescado en descomposición, y del maíz enmohecido »Que se tenga especial cuidado en que ni pescado podrido, ni carne en descomposición, ni maíz enmohecido, ni otros frutos podridos de cualquier tipo se vendan en la City o en cualquier parte de la misma. »Que se inspeccionen las cervecerías y tabernas para buscar los barriles enmohecidos o en mal estado. »Que ningún cerdo, perro, gato, paloma domesticada o conejo sea mantenido dentro de cualquier parte de la ciudad, o que cualquier cerdo que se halle perdido en las calles o callejones sea encerrado por el bedel o cualquier otro funcionario, y el propietario castigado de acuerdo al Acta del Ayuntamiento, y que los perros son eliminados por las personas nombradas para ese propósito.» ÓRDENES CONCERNIENTES A PERSONAS VAGABUNDAS Y GRUPOS DE OCIOSOS Mendigos »Puesto que nada provoca más quejas que la multitud de bribones y mendigos vagabundos que hormiguean por todos los rincones de la ciudad, siendo causa mayor del contagio de la enfermedad, y no será enviado, por más que se hayan emitido órdenes de lo contrario: Por lo tanto se ordena ahora que los condestables, u otras personas a las que este asunto pudiera concernir de algún modo, tomen precauciones especiales para evitar la presencia de mendigos vagabundos en las calles de esta ciudad o en cualquier otra circunstancia, bajo la pena prevista por la ley, que les será debida y severamente aplicada. Representaciones callejeras »Que todas las representaciones teatrales, juegos con osos encadenados, canto de baladas, lucha con escudos, o tales causantes de reuniones sean completamente prohibidas, y las partes ofensoras severamente castigadas por los concejales en su distrito. Festejos prohibidos »Que todo festejo público, y especialmente los de las sociedades de esta ciudad, y cenas en tabernas, cervecerías u otros lugares de diversión común, sean restringidos hasta nueva orden y permiso; y que el dinero allí gastado se ahorre y emplee para beneficio y alivio de los pobres atacados por la peste. Casas de bebida »Que el consumo desordenado de bebidas en tabernas, cervecerías, cafés y bodegas sea severamente controlado, como el pecado común de esta época y la mayor ocasión de propagar la peste. Y que a ninguna sociedad o persona se le permita permanecer o entrar en cualquier taberna, cervecería o café para beber después de las nueve en punto de la noche, según la antigua ley y costumbre de esta ciudad, quedando sujetos a las penalidades ordenadas al respecto. »Y para mejor ejecución de estas órdenes, y otras reglamentaciones y directivas que, según la siguiente consideración, se crean necesarias: Se ordena y advierte que los concejales, comisarios y miembros del Ayuntamiento se reúnan semanalmente, una, dos, tres o más veces (según lo requiera la causa), en algún lugar general acostumbrado en sus respectivos distritos (libre del contagio de la peste), para consultar cómo dichas órdenes deben ser puestas debidamente en ejecución; sin que cualquiera de ellos que habitara en un lugar cercano contaminado asistiera a la mencionada reunión si su asistencia resultara dudosa. Y los mencionados concejales, comisarios y miembros del Ayuntamiento en sus varios distritos puedan poner en ejecución cualquier otra ordenanza beneficiosa que fuera concebida o preparada por ellos en las mencionadas reuniones para evitar el contagio a los súbditos de su Majestad.» SIR JONH LAWRENCE, Lord Mayor SIR GEORGE WATTERMANN Alguaciles Mayores SIR CHARLES DOE No necesito decir que estas ordenanzas sólo regían dentro de la jurisdicción del Lord Mayor; hay que señalar, por lo tanto, que los jueces de paz de otras parroquias -los villorios y suburbios, como eran llamados- adoptaron idénticas medidas. Por lo que recuerdo, las órdenes de clausurar casas no aparecieron tan pronto de nuestro lado porque la epidemia no llegó a estos barrios orientales de la ciudad,' por lo menos, no comenzó a mostrarse muy violenta, hasta principios de agosto. Por ejemplo, aunque la lista general declaró 1761 muertos entre el 11 y el 18 de julio, sólo murieron apestadas 71 personas en el conjunto de parroquias que llamamos Tower Hamlets; la cosa fue así: La semana Y hasta el 1 siguiente de agosto Aldgate 14 34 65 Stepney 83 58 76 Whitechapel 21 48 79 St Catherin, Tower 2 4 4 Trinity, Minories 1 1 4 ------ ------- ------ 71 145 228 La verdad es que la peste avanzaba con todas sus fuerzas, porque esa misma semana los entierros en las parroquias vecinas fueros éstos: La semana siguiente Y hasta el 1 aumentaron asi de agosto St Leonard's, Shoreditch 64 84 110 St Botolph's, Bishopsgate 65 105 116 St Gile's, Cripplegate 213 421 554 -------- ------- ------ 342 610 780 La clausura de casas fue considerada en un primer momento una medida muy cruel y anticristiana, y la pobre gente así recluida se lamentaba amargamente. Todos los días se elevaban a mi Lord Mayor quejas por la severidad de la medida y por casas injustamente cerradas (y según algunos maliciosamente). De esto no sé qué decir. Pero las investigaciones demostraron que muchos que tan amargamente se quejaban merecían continuar encerrados. Es cierto que el cierre de las puertas y el establecimiento de un vigilante noche y día para evitar que alguien saliera o entrara, cuando tal vez la gente sana de la familia hubiera podido salvarse separándose del enfermo, parecía muy duro y cruel, y que muchos murieron en este confinamiento miserable, lo que -es razonable pensarlo- podría no haber sucedido si hubieran gozado de libertad, aun cuando la casa estuviera contaminada. Al principio la gente clamó y se agitó con referencia a este punto, y hasta se llegaron a cometer algunas violencias: varios vigilantes fueron heridos, y hubo quienes se liberaron por la fuerza, como contaré más adelante. Pero se trataba del bien público, que justifica el daño particular, y en esa época ninguna petición a los magistrados o al gobierno obtenía la menor mitigación de la pena, al menos que yo sepa. Esto llevó a la gente a inventar todo tipo de estratagema para evadirse de las casas clausuradas, y llenaría un pequeño volumen registrar las mañas empleadas para velar los ojos de los guardias, para engañarlos y para escapar, mañas de las que surgieron frecuentes reyertas y algún daño. Una mañana, alrededor de las ocho, mientras caminaba por Houndsditch, escuché un gran alboroto. La verdad es que no había ninguna multitud, pues la gente no estaba muy dispuesta a agruparse o a permanecer largo tiempo en ese lugar; tampoco yo me quedé mucho tiempo. Pero el alboroto fue lo bastante fuerte para incitar mi curiosidad, de modo que llamé a uno que se asomaba por una ventana y le pregunté qué sucedía. Al parecer, se había destacado un guardia frente a la puerta de una casa clausurada, que estaba infectada, o de la que se decía que lo estaba. El hombre había permanecido allí durante dos noches y el vigilante diurno, que había estado un día, ya debía venir a relevarlo. Durante todo ese tiempo no se oyó ruido ni se vio luz en la casa; nadie llamaba ni mandaba algún recado, lo que solía constituir el principal negocio de los guardianes. En realidad -decían- los ocupantes no habían ocasionado molestia alguna desde la tarde del lunes, cuando se oyeron en la casa fuertes gritos y llantos, presuntamente provocados por la muerte de algún miembro de la familia, acaecida en ese instante. La noche anterior el carro de la muerte se había detenido allí para recoger de la puerta una sirvienta muerta, que los camilleros pusieron en el vehículo envuelta apenas en una manta verde. Al escuchar ese ruido y llanto, el guardia habría golpeado la puerta durante largo rato sin obtener respuesta; hasta que al fin alguien se asomó, y con voz enojada, aunque llorosa, dijo: -¿Qué quiere para llamar de esa manera? -¡Soy el guardia! -respondió el otro-. ¿Cómo le va? ¿Qué pasa? -¿Qué le importa eso a usted? -dijo el hombre-. ¡Haga parar el carro de los muertos! Al parecer esto sucedió alrededor de la una. Poco después el guardia detuvo el carro y volvió a golpear la puerta, pero esta vez nadie respondió. Siguió golpeando, y el pregonero se le unió gritando varias veces: -¡Traigan su muerto! Pero nadie respondía, hasta que por último el conductor del carruaje, que era solicitado desde otras casas, no pudo esperar más y se fue. El guardián no supo qué hacer, de manera que los dejó tranquilos hasta que llegó su relevo, al que le dio cuenta de lo sucedido. Esta vez golpearon los dos sin que nadie diera respuesta alguna. Observaron que la ventana a la que se había asomado antes el hombre continuaba abierta. Movidos por la curiosidad, consiguieron una larga escalera y uno de ellos trepó hasta la ventana y miró dentro de la habitación. Vio el cadáver de una mujer que yacía en el piso de una manera lúgubre, sin otra ropa que un camisón. El guardia llamó fuerte y golpeó vigorosamente el suelo con su vara, pero nadie apareció ni respondió, ni se escuchó ruido alguno. Ante esto bajó e informó a su compañero, quien también subió y comprobó la situación; entonces decidieron hacérsela conocer al Lord Mayor o a algún otro magistrado, porque no quisieron entrar por la ventana. Parece que el magistrado, al conocer la información de estos hombres, ordenó allanar la casa, designando como testigos a un alguacil y otras personas, para que no fuera saqueada. Así se hizo, y sólo se encontró en el lugar a esa mujer joven que, apestada y desahuciada, había sido abandonada a su suerte por los otros ocupantes, que encontraron el modo de burlar al guardián, huyendo por alguna puerta trasera o por los altos de la casa, sin que él lo notara. En cuanto a los llantos y exclamaciones que se oyeron, se supuso que fueron los apasionados gritos de la familia antes de la amarga separación. Todos, el hombre de la casa, su mujer, varios niños y sirvientes, habían escapado. Si estaban enfermos o sanos, nunca lo pude saber; en realidad, no me ocupé demasiado en averiguarlo. Hubo muchas fugas como ésa en las casas infectadas, en especial mientras el guardia era enviado con algún mandado, ya que era su ocupación cumplir esta tarea; es decir, buscar comida y medicinas, médicos, cirujanos y enfermeras, llamar al carro de los muertos y cosas parecidas. Claro que con una condición: que cuando él partiera cerrara la puerta de calle y llevara la llave consigo. Para eludir este obstáculo y burlar al guardia, la gente conseguía otros juegos de llaves o encontraba maneras de forzar la cerradura. Así, mientras enviaban al celador al mercado o por alguna otra tontería, podían abrir la puerta y salir tantas veces como quisieran. Sin embargo, descubierto el asunto, los guardias tenían orden de echar candado a la puerta por el lado de afuera y de instalar pasadores si lo consideraban adecuado. Según se me informó, en otra casa ubicada en una calle cercana a Aldgate, una familia entera fue confinada bajo llave porque la sirvienta había caído enferma. El dueño se quejó por medio de amigos a un regidor y al Lord Mayor, diciendo que aceptaba que se llevara a la criada al lazareto. Pero no se hizo lugar al pedido; la puerta fue señalada con una cruz roja, se le puso un candado en el lado exterior, y un guardia se instaló frente a ella, de acuerdo con la ordenanza. Al descubrir que no le quedaba otro remedio que aceptar su encierro, el de su mujer y sus hijos con esta pobre sirvienta enferma, el dueño de casa llamó al guardián y le dijo que fuera en busca de una enfermera para atender a la muchacha, porque sería una muerte segura el verse obligado a hacerlo ellos mismos; llanamente le explicó al guardián que si no cumplía lo exigido, la joven moriría de peste o de hambre, porque él había resuelto que ninguno de la familia se le acercase; y la tenían en el desván del cuarto piso, desde donde no podía hacer oír sus reclamos de auxilio. El guardián consintió. Fue en busca de una enfermera, la consiguió, y la trajo esa misma tarde. Mientras tanto, el dueño de casa tuvo oportunidad de abrir un gran agujero a través de su tienda hacia una estancia donde antes estaba establecido un remendón. Como puede suponerse, el inquilino había muerto o huido, de manera que aquel hombre tenía la llave en su poder. Habiéndose abierto camino -cosa que no hubiera logrado estando presente el guardia, a causa del mucho ruido que tuvo que hacer- se sentó tranquilamente hasta que éste regresó con la enfermera, y así se mantuvo todo el día siguiente. Pero la otra noche, enviando al guardia con un recado intranscendente (creo que en busca de un emplasto para la criada, que había que esperar mientras se lo preparaba), escapó del lugar con toda su familia y dejó a la enfermera y al vigilante la tarea de cuidar la casa y enterrar a la muchacha, esto es, tirarla en el carro. Podría ofrecer gran cantidad de historias tan curiosas como ésta, de las que me enteré durante el lento curso de ese año funesto; historias que en general se acercaban a la verdad; digo en lo general, porque en aquella época nadie pudo enterarse de todos los detalles. Por otra parte, según me dijeron, se empleó la violencia contra los guardianes; y creo que desde el comienzo de la Visitación hasta su fin no hubo menos de dieciocho o veinte guardianes asesinados por los habitantes de las casas infectadas y clausuradas, que intentaban salir y encontraban oposición. Pero no se podía esperar menos, porque en la ciudad había tantas prisiones como casas cerradas, y como la gente encerrada no era culpable de otro crimen que el infortunio, el asunto se volvía más intolerable. Existía otra diferencia: cada prisión -como podemos llamarla- sólo contaba con un carcelero, y muchas casas tenían varias salidas, y algunas hacia varias calles, de modo que resultaba imposible para un hombre guardar todos los pasajes y evitar la fuga de la gente, desesperada por el miedo, por el resentimiento o por el furor de la enfermedad misma. Por ejemplo, en la calle Coleman -como todavía se ve abundan los pasajes. Una casa fue clausurada en lo que se llamaba entonces White's Alley. Esa casa tenía, no una puerta trasera, sino una ventana que daba a un patio por el que se salía a Bell Alley. El alguacil apostó un guardia frente a la puerta de aquella casa, y allí estuvieron, él o su compañero, noche y día; pero la familia se había ido esa misma tarde por la ventana que daba al patio, dejando a los pobres guardar y vigilar la casa durante casi una quincena. No lejos de allí se hizo saltar con pólvora a un guardián que quedó horriblemente quemado; mientras lanzaba gritos espantosos y nadie osaba aproximarse a socorrerlo, todos los miembros de la familia capaces de moverse huyeron por la ventana del primer piso, dejando tras ellos dos enfermos que pedían auxilio. Se enviaron enfermeras para cuidarlos, pero a los fugitivos no se los pudo encontrar hasta que regresaron, pasada la epidemia; como no había pruebas de sus actos, no se procedió contra ellos. Además, estas prisiones no tenían barrotes ni cerrojos como las prisiones ordinarias, y la gente se dejaba deslizar muy bien por sus ventanas, en la misma cara del guardián, blandiendo espadas o pistolas y amenazando herir al pobre diablo si se movía o pedía ayuda. Otras casas tenían jardines, muros medianeros o patios; y sus habitantes obtenían, por gracia de la amistad o de la insistencia, permiso para escalar las paredes con el fin de salir por la puerta de al lado, o compraban a los sirvientes con dinero y desaparecían durante la noche. En resumen, de ninguna manera podía uno fiarse de la clausura de las casas, que no respondía del todo al fin perseguido y contribuía a exasperar a la gente e impulsarla a huir a cualquier precio. Lo terrible era que escapando así, con sus desesperadas idas y venidas, los desdichados diseminaban mucho más la infección. Cualquiera que considere las circunstancias del caso debe reconocer que la severidad de la reclusión tenía que exasperar a la gente, incitándola a huir al azar, aun cuando se supieran portadores de la peste, ya que no sabían adónde ir o qué hacer, y ni siquiera lo que estaban haciendo. Muchos murieron en las calles o en el campo, derribados por la fiebre. Otros recorrían la campiña sin importarles su destino, guiados solamente por su desesperación. No sabían adónde iban, ni adónde querían ir; desfallecientes, exhaustos, no hallaban socorro alguno. Estuvieran enfermos o no, en las casas y en las villas se les negaba alojamiento; y así seguían hasta morir al borde de la ruta o en los pajares donde se refugiaban. Nadie se atrevía a ayudarlos aunque pudieran no estar infectados, porque nadie les creía. Pero vuelvo a las familias infectadas y confinadas por los magistrados. Su miseria era inexpresable; era de esas casas de donde surgían los peores clamores y gritos de angustia, lanzados por gente aterrorizada ante la vista de sus parientes más queridos reducidos a una condición tan espantosa y ante el horror de verse aprisionados con ellos. Recuerdo -y mientras relato su historia, escucho todavía sus gritos- a una dama que tenía una hija única de alrededor de diecinueve años. Era dueña de una gran fortuna, y vivían solas en la casa que ocupaban. En cierta ocasión madre e hija, y la criada, salieron por una razón cualquiera que ahora no recuerdo; apenas dos horas después del regreso, la niña se sintió enferma. Un cuarto de hora más tarde, tuvo vómitos y un violento dolor de cabeza. «Dios quiera -pedía angustiada la pobre madre que mi niña no tenga la enfermedad.» El dolor de cabeza aumentaba, y la madre decidió acostarla, y preparó lo necesario para hacerla transpirar, que era el remedio ordinario que se adoptaba ante los primeros temores del mal. Mientras se preparaba el lecho, la madre desvistió a la niña, y antes de llevarla a la cama, examinó su cuerpo y descubrió los síntomas fatales en los muslos. Incapaz de contenerse, la madre arrojó la vela al piso y lanzó gritos tan desesperados, que hubieran sumido en el horror al corazón más vigoroso. El miedo le hizo perder la razón; sólo fue capaz de sollozar y gritar; se desvaneció, después recuperó el conocimiento y se puso a correr de arriba a abajo como una loca (y verdaderamente lo estaba); continuó aullando o gritando sin cesar durante muchas horas, sin poder reencontrar el gobierno de su espíritu; me dijeron que nunca lo encontró del todo. En cuanto a la niña, prácticamente fue un cadáver a partir de aquel momento, porque la corrupción que había determinado las primeras manchas se expandía por todo el organismo y murió en menos de dos horas. Sin embargo, la madre continuaba gritando, sin ocuparse de su hija, muchas horas después de su muerte. Es un recuerdo muy lejano, de modo que no lo puedo asegurar: pero creo que la madre no se repuso jamás y murió dos o tres semanas después. Este fue un caso extraordinario. Si me obstino en detallarlo es porque lo conocí muy particularmente; pero hubo muchos semejantes y era raro que el informe semanal no mencionara dos o tres muertes causadas por el miedo. Y cuando el miedo no producía una muerte súbita, traía otras consecuencias: unos perdían el sentido, otros la memoria, otros el entendimiento. Pero vuelvo a la clausura de las casas. Mientras mucha gente se escapaba con astucia de las casas cerradas, otros corrompían al guardián dándole dinero para que les permitiera salir secretamente de noche. Debo confesar que esta me parecía, en aquella época, la corrupción más inocente con que un hombre pudiera volverse culpable; por eso cuando tres de esos guardianes fueron azotados públicamente por permitir fugas de casas clausuradas, no pude sino compadecer a los desgraciados y encontrar el castigo demasiado duro. Pero a pesar de esta severidad el dinero prevalecía, y fueron muchas las familias que encontraron en él el medio de escapar de las casas clausuradas. Pero por lo general los que huían eran quienes tenían un lugar donde refugiarse; y aunque a partir del primero de agosto no resultó nada fácil andar por los caminos en ninguna dirección, siempre se encontraba manera de huir. Algunos conseguían tiendas de campaña que ubicaban en los campos; llevaban camas o paja para dormir, provisiones, y vivían como ermitaños porque nadie se atrevía a acercarse a ellos. Circulaban muchas historias (unas cómicas, otras trágicas) sobre gente que vivía como nómadas en el desierto y escapaban de la muerte imponiéndose un destierro casi increíble, pero que, al mismo tiempo, gozaban de una libertad que no hubieran podido esperar en semejante condición. Voy a contar aquí la historia de dos hermanos y de uno de sus parientes, gente simple que habían permanecido demasiado tiempo en la ciudad como para poder viajar normalmente y que no sabían dónde refugiarse. Tampoco tenían dinero como para ir muy lejos, de modo que adoptaron una resolución a primera vista desesperada, pero en realidad tan razonable que asombra que no hayan sido más los que siguieron su ejemplo en aquella época. No eran ricos, pero tampoco eran tan pobres que no pudieran hacerse de las pequeñas provisiones necesarias para salvar a la vez su vida y su alma. Viendo de qué modo terrible se desarrollaba la epidemia, resolvieron huir de cualquier manera. Uno de ellos había sido soldado en las últimas guerras, y antes en los Países Bajos. Como no conocía otro oficio que el de las armas, y además una herida lo había vuelto incapaz de trabajar duro, se había empleado algún tiempo con un panadero de Wapping que hacía galleta marinera. El hermano de este hombre también era marino. Había sido herido en una pierna -no sé de qué manera-, lo que le impedía hacerse a la mar, pero ganaba su vida con una fabricante de velámenes en Wapping o sus alrededores. Muy ahorrativo, había conservado algún dinero y era el más rico de los tres. El tercero, carpintero de profesión, era un hombre hábil que no tenía otra fortuna que su caja de herramientas con la que podía ganarse la vida en cualquier lugar, salvo en una época como aquélla. Vivía cerca de Shadwell. Los tres estaban radicados en el barrio de Stepney que, ya lo he dicho, fue el último atacado por la peste, al menos con violencia. Se quedaron allí hasta que la epidemia, que disminuía visiblemente en la parte oeste de la ciudad, se dirigió hacia el este, donde ellos vivían. Si el lector me lo permite contaré a su debido tiempo la historia de estos hombres tan claramente como pueda, sin dar fe de todos los detalle ni responder de los errores Creo que esta historia puede resultar un buen ejemplo para todo hombre pobre, en el caso de que una calamidad pública como aquella reaparezca. Y si Dios, en su infinita misericordia, nos evita una prueba parecida, este relato podrá igualmente resultar útil de algún modo; sea como fuere, espero que nunca se diga que su relación no fue provechosa. El preámbulo ya está hecho, pero antes de seguir con la narración tengo mucho que decir por mi propia parte. Durante el primer período de la epidemia yo andaba libremente por las calles, cuidándome siempre de no correr grandes riesgos, salvo cuando se cavó la gran fosa en el cementerio de nuestra parroquia de Aldgate. Se trataba de una fosa terrible y no podía dominar mi curiosidad. La primera vez que la vi tenía unos cien pies de largo, quince o dieciséis de ancho y una profundidad de más o menos nueve pies. Pero más tarde se dijo que una de sus partes se había cavado hasta casi veinte pies de profundidad, y que el agua impedía llegar más lejos. Al parecer ya habían sido cavadas otras grandes fosas, pues aunque la peste tardó en llegar a nuestro barrio, una vez que llegó no hubo en Londres o sus alrededores parroquias tratadas con más violencia que las de Aldgate y Whitechapel. Decía que ya habían sido cavadas muchas fosas en otros lugares cuando la peste se extendió entre nosotros, y sobre todo cuando empezó a circular la carreta de los muertos, lo que no ocurrió en nuestra parroquia hasta el principio de agosto. En cada una de estas fosas habían sido arrojados cincuenta o sesenta cadáveres. Después cavaron fosas más grandes en las que se enterraba todo lo que el carro transportaba cada semana, que, desde mediados a fines de agosto, consistió de doscientos a cuatrocientos cadáveres por semana. Si no pudieron hacerlas más grandes fue debido a las ordenanzas de los magistrados, que exigían que los cadáveres yacieran por lo menos a una profundidad de seis pies y como a los dieciocho pies se encontraba el agua era imposible ubicar más gente en las fosas. Pero al comenzar septiembre la peste reinó con tal furor que el número de muertos en nuestra parroquia superó al de cualquier otra de Londres de su misma extensión. Fue entonces cuando se ordenó cavar ese espantoso abismo, porque era un abismo más que una fosa. Se suponía que aquella fosa bastaría durante un mes o más. Entonces se la cavó, y hubo quienes censuraron a los mayordomos de la iglesia por permitir una cosa tan terrible: les decían que se preparaban a enterrar a la parroquia entera y otras cosas por el estilo. Pero el tiempo demostró que los mayordomos conocían muy bien la situación de la parroquia, porque en la fosa terminada el 4 de septiembre, creo, se empezó a enterrar el día 6, y hacia el 20, es decir, justo a las dos semanas, habían arrojado en ella 1114 cuerpos y fue necesario cerrarla; ya los cadáveres llegaban a seis pies de la superficie. Sin duda quedarán todavía en la parroquia algunos ancianos sobrevivientes, capaces de dar testimonio del hecho y de señalar la ubicación de la fosa aún mejor que yo. Años después de esa época terrible se veían todavía sus señales sobre la superficie, paralelamente al pasaje que bordea el muro oeste del cementerio hacia Houndsditch y que vuelve a dirigirse al este hacia Whitechapel, desembocando cerca de la Posada de las Tres Monjas. Fue hacia el 10 de septiembre cuando mi curiosidad me condujo, o más bien me empujó, a ir a ver otra vez esa fosa, en la que ya habían sido enterradas cerca de 400 personas. Y no me contenté con verla de día como la vez anterior, porque entonces no encontraría otra cosa para ver que tierra removida; pues todos los cuerpos que allí se arrojaban eran inmediatamente cubiertos con tierra por aquellos a quienes ahora se llamaba enterradores y en otros tiempos habían sido llamados sepultureros. Decidí ir de noche y ver cómo arrojaban algunos cadáveres. Había orden estricta de impedir que la gente se acercara a esas fosas, orden que tenía el único fin de evitar el contagio. Pero después de algún tiempo esa orden se hizo más necesaria, porque algunos enfermos delirantes que veían cerca su fin corrían hacia las fosas, envueltos en mantas o frazadas, para arrojarse en ellas y -como decían- enterrarse por sí mismos. No quiero decir que los oficiales lo permitieran, pero escuché que en una gran fosa de Finsbury, en la parroquia de Cripplegate, que era campo libre porque todavía no estaba tapiada, algunos entraron, se arrojaron adentro y allá expiraron, sin que se los cubriera con tierra. Y cuando los enterradores llegaron para sepultar a otros y los encontraron allí, ya estaban muertos, aunque no fríos. Esto puede ayudar algo a describir el horror de esos días, aunque es imposible decir nada capaz de dar una idea verdadera de la cosa a quienes no la vieron. Sólo esto: que era verdaderamente tan, pero tan terrible, que ninguna lengua lo puede expresar. Conseguí ser admitido en el cementerio porque conocía al sepulturero de turno, quien, aunque no me rechazó, intentó ansiosamente convencerme de que no fuera, diciéndome con toda seriedad -porque era un hombre bueno, religioso y sensato- que sin duda era su negocio y deber aventurarse y correr todos los riesgos, y que por eso esperaba ser reservado, pero que a mí sólo me llamaba la curiosidad y yo no podía pretender -creía él- que eso fuera suficiente para justificar el peligro al que me exponía. Le respondí que mis pensamientos me obligaban a ir y que tal vez esa sería una observación instructiva, y no del todo inútil. -Vaya -dijo el buen hombre-, si usted quiere aventurarse por esas razones, entre, en nombre de Dios; esto será para usted un sermón, tal vez el mejor que haya escuchado en su vida. Es un espectáculo que habla -agregó-, que tiene una voz, y muy poderosa, para llamamos al arrepentimiento. Y con esto abrió la puerta y me dijo: -Entre, si quiere. Sus palabras conmovieron un poco mi resolución y me detuve un buen rato dudando, pero en ese intervalo observé dos luces que venían del lado de las Minoris, y escuché al campanero; entonces apareció el carro de los muertos, como lo llamaban, avanzando por las calles; de modo que no pude resistir más mi deseo de ver y entré. A primera vista no había nadie en el cementerio o entrando a él, con excepción de los enterradores y del conductor del carro; pero cuando se acercaron a la fosa vieron un hombre que iba y venía cubierto por una capa marrón y movía los brazos bajo esa capa, como si estuviera en terrible agonía. Los enterradores se lanzaron inmediatamente sobre él, suponiendo que se trataba de una de aquellas pobres criaturas delirantes o desesperadas que a veces pretendían -como ya dije- enterrarse a sí mismas. Se movía sin pronunciar palabra alguna, pero dos o tres veces gimió fuerte y profundamente y suspiró como si tuviera quebrado el corazón. Una vez que lo alcanzaron, los enterradores no tardaron en descubrir que no se trataba de una persona infectada y desesperada como las que mencioné antes, ni de alguien con la mente trastornada, sino de un hombre oprimido por el peso de una pena sin duda terrible, ya que tenía a su mujer y a varios de sus hijos en el carro que acababa de entrar, y que él seguía en una agonía y paroxismo de aflicción. Como era fácil ver, se lamentaba de todo corazón, pero con esa especie de dolor masculino que no se concede el desahogo de las lágrimas. Pidió serenamente a los enterradores que lo dejaran solo, diciendo que sólo quería ver arrojar los cuerpos e irse; de modo que dejaron de importunarlo. Pero apenas el carro giró y los cadáveres fueron tirados promiscuamente en la fosa, lo que le asombró, porque esperaba que por lo menos se los depositara en ella decentemente, aunque por cierto se convenció de que tal cosa era impracticable; apenas vio ese espectáculo, digo, se lanzó a llorar a lágrima viva, incapaz de contenerse. No pude oír lo que dijo, pero dio dos o tres pasos hacia atrás y perdió el sentido. Los enterradores corrieron a levantarlo, y en poco tiempo volvió en sí; lo llevaron afuera, a la Taberna Pie, que está al extremo de Houndsditch, donde el hombre era conocido y cuidaron de él. Mientras se iba volvió a mirar la fosa, pero los enterradores habían cubierto los cuerpos tan rápidamente con tierra, que aunque había luz (porque había linternas y candelas encendidas toda la noche alrededor de la fosa, sobre montículos de tierra, siete u ocho, o quizá más) nada pudo ver. Esta fue, por cierto, una escena lamentable que me afecta tanto como la otra, aunque la otra era horrenda y colmaba de terror. El carro transportaba dieciséis o diecisiete cuerpos; algunos envueltos en sábanas de lino, algunos en harapos, y unos pocos que estaban desnudos o se habían sacudido tanto que lo que los cubría cayó del carro durante la descarga y llegaron tan desnudos como el resto. Pero la indecencia del asunto no les importaba demasiado a ellos ni a cualquier otro, puesto que estaban muertos e iban a confundirse en la tumba común de la humanidad, como podemos llamarla, porque aquí no se hacían diferencias: pobres y ricos iban juntos. No había otra clase de entierros ni era posible que la hubiera, porque se carecía de ataúdes para el prodigioso número que sucumbió ante tal calamidad. Se comentó como un hecho escandaloso acerca de los enterradores que si algún cadáver era entregado a ellos decentemente envuelto en una mortaja atada sobre la cabeza y los pies, y que por lo general era de buena tela, se comentó, digo, que los enterradores eran tan viles como para desnudarlos en el carro y llevarlos completamente desnudos a la tierra. Pero como no puedo creer fácilmente que algo tan vil pasara entre cristianos, y más en una época tan llena de terrores como ésa, sólo puedo contarlo sin darlo por cierto. También circularon innumerables historias acerca de las crueles costumbres y prácticas de las enfermeras que cuidaban a los enfermos, y de cómo apuraban el destino de aquellos a quienes atendían en su enfermedad. Pero diré más de esto en su lugar. Fui verdaderamente sacudido por aquel espectáculo; casi me abatió. Salí con el corazón muy afligido y lleno de dolorosos pensamientos que soy incapaz de describir. Cuando salía de la iglesia y volvía por la calle que lleva a mi propia casa, vi acercarse otro carro con antorchas precedido de un campanero, que venía de Harrow Alley y desembocaba en Butcher Row, por el otro lado del camino, y que estaba, según noté, completamente lleno de cuerpos muertos. También cogió la calle que se dirigía a la iglesia, pero no tuve estómago para volver atrás y contemplar la misma fúnebre escena otra vez; de modo que fui directamente a casa, donde no pude sino considerar con agradecimiento el riesgo que había corrido, en la creencia de haberlo sorteado sin daño, como por cierto sucedió. Aquí volvió a mi cabeza el dolor del pobre y desdichado caballero y al pensar en él no pude contener las lágrimas; tal vez lloré más que él mismo. Pero su caso impresionó tanto mi mente que no pude conmigo y tuve que salir a la calle e ir a la Taberna Pie, resuelto a averiguar qué había sido de él. Era la una de la mañana y el pobre caballero todavía estaba allí. La verdad es que la gente de la casa, conociéndolo, lo había entretenido y cuidado toda la noche sin tener en cuenta el peligro de contagio, aunque el hombre parecía completamente sano. Recuerdo a esta taberna con pesadumbre. Su gente era amable, bien educada y bastante servicial; hasta aquella época habían mantenido la casa abierta y el negocio andando, aunque no tan públicamente como en tiempos pasados. Pero frecuentaba la casa un espantoso grupo de parroquianos que se encontraban todas las noches en medio de todo ese horror, para comportarse con la disoluta y gritona extravagancia que es común en esa gente en tiempos normales. Y la llevaban, por cierto, hasta un grado tan ofensivo que los mismos patrones de la casa se avergonzaron, primero, y se aterrorizaron, después, ante ellos. Se sentaban generalmente en una sala que daba a la calle. Y como permanecían allí hasta muy tarde, cuando la carreta de los muertos cruzaba el extremo de la calle para dirigirse a Houndsditch, lo que podía verse desde la taberna, solían abrir las ventanas apenas oían el tañido de la campana, y la miraban pasar. Era frecuente que su paso fuera acompañado por las tristes quejas de quienes se hallaban en la calle o asomados a las ventanas, y ellos respondían con burlas desvergonzadas y con bromas, sobre todo cuando algunos pobres imploraban la misericordia divina, lo que por entonces era cosa corriente. Aquellos señores, aunque un tanto perturbados por el alboroto que había causado en la casa la llegada del pobre hombre, se mostraron descontentos y le echaron en cara al patrón que soportara en su casa a semejante individuo, recién salido de la tumba. Cuando se les contestó que el hombre era un vecino absolutamente sano, pero agobiado por las calamidades que se habían desencadenado sobre su familia, su cólera se trocó en mofa; lo ridiculizaron al hombre y se rieron de la pena que sentía por la pérdida de su mujer y de sus hijos, reprochándole vivamente no haber tenido el coraje de saltar a la fosa para irse al cielo con ellos, como decían entre risas, y añadiendo otras expresiones profanas y hasta blasfemas. En esa vil tarea se hallaban cuando regresé a la taberna; por lo que pude advertir, el hombre, aunque siempre quieto, mudo y desconsolado, y aunque las afrentas no lograban distraerle de su dolor, se sentía afligido y ofendido por tales discursos. Entonces les reprendí suavemente, conociendo como conocía su carácter, pues yo no era un extraño para ellos. Inmediatamente cayeron sobre mí con palabras gruesas e insultos; me preguntaron por qué había salido de mi tumba, cuando tanta gente decente había sido llevada al cementerio, y por qué no me quedaba en mi casa rezando mis oraciones para que la carreta no viniese por mí, y otras cosas por el estilo. Me sentí verdaderamente asombrado por su desvergüenza, sin que por nada del mundo me afectara ese modo de tratarme. En todo caso, conservé la calma. Les dije, desafiándolos, que por mucho que ellos -o quienquiera en este mundo- me tratasen de indecente, reconocía por cierto que a raíz de ese terrible juicio de Dios muchos mejores que yo habían sido segados y llevados a la tumba; pero que, para responder directamente a sus preguntas, el hecho era que ese Dios contra el cual blasfemaban y cuyo nombre tomaban en vano al jurar e insultar de tan terrible manera me había protegido misericordiosamente, y que esto bien podía ser, puesto que me había protegido de un modo tan particular, uno de los fines de su bondad, para que yo pudiera sentir la audacia y la temeridad de la conducta de ellos, tal cual la experimentaba, en una época tan terrible como la nuestra. Y sobre todo les reproché sus bromas y su mofa para con un hombre decente y vecino suyo (porque muchos de ellos lo conocían) que se sentía visiblemente agobiado por el dolor debido al vacío que Dios había querido hacer en su familia. No puedo recordar con exactitud la abominable y diabólica befa con que respondieron a mi discurso; parecían ofendidos porque yo no temía hablarles libremente. De acordarme de aquellas burlas, no querría embellecer mi relato con ninguna de las palabras, de los horribles insultos, de las maldiciones, de las expresiones viles que emplearon, expresiones que por aquel entonces ni la peor y más ordinaria gente de la calle se atrevía a pronunciar, porque en aquella época, con excepción de unas pocas criaturas endurecidas como aquéllas, hasta los pillos más infames sentían en el alma cierto temor de la mano de ese Poder que podía destruirlos en un momento. Pero lo peor de su diabólico lenguaje consistía en que no temían para nada blasfemar contra Dios. Hablaban como ateos y se burlaban que yo llamara a la peste «la mano de Dios». Se chanceaban y hasta se reían de la palabra «juicio», como si la Divina Providencia no tuviera nada que ver con aquella desolación que nos había sido infligida y como si los que invocaban a Dios, viendo la carreta que se llevaba a los muertos, no pudieran ser otra cosa que iluminados, locos o desvergonzados. Respondí lo que me pareció prudente, pero ellos, lejos de ponerle un freno a su horrorosa manera de hablar, se entregaron con mayor violencia a sus injurias, hasta tal punto que, lo confieso, me sentí espantado y asaltado por una especie de furor. Salí, señalándoles mi temor de que aquel Juicio, que se había desencadenado sobre toda la ciudad, no se glorificara vengándose en ellos y en todos los de ellos. Recibieron mis reproches con el mayor desdén y se mofaron de mí cuanto pudieron. Me dirigieron las más infamantes e insolentes burlas que pudieron encontrar, porque yo, dijeron, les había echado un sermón. Y en verdad yo sentía por ellos más pena que cólera. Salí, bendiciendo mentalmente a Dios por el hecho de que no me había avenido a lisonjearlos a pesar de todos sus insultos. Durante tres o cuatro días continuaron aquella lastimosa vida, mofándose permanentemente y ridiculizando a todos los que se mostraban serios o piadosos, afectados de alguna manera por el sentido de aquel terrible juicio divino. También se me dijo que insultaban del mismo modo a las personas valerosas que, a pesar del contagio, se reunían en la iglesia para ayunar y suplicarle a Dios que apartara su Mano. Durante tres o cuatro días, repito, continuaron aquella lastimosa vida; no creo que fueran más. Luego uno de ellos, el mismo que le preguntara al pobre hombre por qué había salido de su tumba, fue castigado por el cielo con la peste y murió del modo más deplorable. En una palabra, todos fueron conducidos a la gran fosa a que ya me referí antes de que ésta se viese completamente llena, es decir, en el término de unos quince días. Aquellos hombres se habían hecho culpables de extravagancias tales, que la naturaleza humana debería temblar ante su sola idea en una época de terror general como aquella en la que nos encontrábamos, sobre todo cuando tomaban en broma y blasfemaban contra todo lo que tuviese para el pueblo un sentido religioso, particularmente la piadosa prisa que impulsaba a éste a los lugares de culto público a fin de implorar la misericordia divina en aquellos tiempos de aflicción. La taberna donde se reunían daba frente a la puerta de la iglesia, y en más de una ocasión habían dado libre curso a su profano regocijo de ateos. Pero las oportunidades de hacerlo habían disminuido un poco antes del incidente que acabo de relatar, pues por entonces la infección se apoderaba con tanta violencia de aquella parte de la ciudad, que el pueblo empezaba a tener miedo de ir a la iglesia; por lo menos ya no se veía un número tan grande de fieles. Muchos clérigos habían muerto, y otros se habían ido al campo; realmente se necesitaba mucho valor y una fe muy grande no sólo para arriesgarse a permanecer en la ciudad, sino además para ir a la iglesia y oficiar como ministro de una congregación, respecto de la cual había sobradas razones para pensar que muchos de sus miembros habían sido alcanzados por la peste, y hacer esto todos los días, e incluso dos veces por día, como ocurría entonces en ciertos sitios. Es cierto que la población mostraba un celo extraordinario por cumplir con los ejercicios religiosos. Y como las puertas de las iglesias estaban siempre abiertas, la gente entraba en éstas a cualquier momento del día, estuviera o no oficiando el ministro; cada uno se ubicaba en su sitio y rezaba con gran fervor y devoción. Otros se reunían en casas, guiados por su opinión sobre las cosas. Pero todos, indistintamente, eran objeto de las burlas de aquellos hombres, sobre todo en los comienzos de la epidemia. Al parecer, varias personas serias, de diversas creencias, los reprendieron al oírlos insultar tan abiertamente a la religión, y supongo que esto, sumado a la violencia de la epidemia, fue lo que terminó por derrotar su insolencia poco tiempo antes. Habían sido incitados por el espíritu de diversión y de ateísmo ante la algazara ocasionada por la llegada del pobre hombre; acaso el demonio mismo los agitó cuando tomé a mi cargo la tarea de reconvenirlos. Y sin embargo empleé toda la calma, la moderación y la urbanidad a mi alcance; por eso me insultaron más, pensando que su enojo me causaba miedo. Después pudieron convencerse de lo contrario. Regresé a casa dolorosamente consternado por la abominable maldad de aquellos hombres y muy seguro, sin embargo, de que serían terribles ejemplos de la justicia divina, pues consideraba aquellos días siniestros como una época particularmente reservada a la venganza celestial y durante la cual Dios elegiría los motivos de su disgusto de una manera más especial y notable que en otros tiempos. Reconocía que mucha gente decente caería, tocada por la común desgracia, y que no se podía juzgar respecto de la suerte eterna de hombre alguno por el hecho de que en tales tiempos de destrucción general hubiese sido herido o perdonado. No obstante, me parecía razonable creer que Dios no consideraría cosa buena perdonar, en su Misericordia, a enemigos tan abiertamente declarados, que insultaban su Nombre y su Ser, que desafiaban su venganza y que justamente en esa hora hacían befa de su culto y de sus adoradores. No, no era posible, aun cuando su Misericordia hubiese aprobado en otros tiempos soportarlos y perdonarlos. Pero aquellos eran días de Visitación, días de cólera de Dios, y a mi mente regresaban estas palabras: ¿No he de castigar yo estas cosas, dice el Señor, y no se vengará mi alma de una tal gente? (Jeremías, V, 9). Estas cosas, digo, ocupaban mi mente, y volví a mi casa muy afligido y agobiado por el horror que me causaban las perversidades de aquellos hombres y la idea de que fuera posible ser tan vil, tan duro, tan rematadamente criminal para insultar de semejante manera a Dios, a sus siervos y a su obra precisamente cuando Él había empuñado su espada para vengarse no sólo de ellos, sino de toda la nación. Cierto es que yo había mostrado algo mi cólera, causada, no por las afrentas personales que me habían infligido, sino por el horror con que me hartaban sus blasfemias. Pero, en mi fuero íntimo, temía en realidad que su enojo me hubiera alcanzado, debido al gran número de groserías que me habían propinado. Sin embargo, de regreso, al cabo de unos momentos me retiré a mi habitación, con el corazón grávido de pena. Aquella noche no dormí, agradeciéndole muy humildemente a Dios por haberme preservado del enorme peligro que había corrido, y tomé la firme resolución de rogarle por aquellos miserables, para que los perdonara, para que les abriera los ojos y los humillara. Al rogar por quienes me despreciaban no sólo cumplía con mi deber, sino que además me cercioraba de que mi corazón no había sido colmado por ningún resentimiento