libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Las Comadres habían abandonado hacía algún tiempo su antigua estancia y se habían establecido en mi vecindad; de modo que desde su vivienda se oía cuanto se hablaba en la mía y en mi azotea, y desde su jardín podía escalarse muy fácilmente mi torrecilla. En ésta había yo establecido mi gabinete de estudio, de suerte que allí estaba mí mesa cubierta de pruebas y hojas del Emilio y del Contrato social; y cosiendo estas hojas a medida que me las remitían, tenía mis volúmenes mucho tiempo antes de su publicación. Mi indiscreción, mi dejadez, mi confianza en el señor Mathas, dentro de cuyo jardín me hallaba encerrado, hacía que, olvidándome con frecuencia de cerrar mi torrecilla, la hallase abierta por la mañana; cosa que no me hubiera inquietado si no hubiese creído notar trastorno en mis papeles. Después de haber hecho esta observación diferentes veces, tuve más cuidado en cerrar la torre, aunque el cerrojo era malo y no podía darse más que media vuelta a la llave. Parando mejor atención, hallé entonces aun más desarreglo que cuando lo dejaba todo abierto. En fin, uno de mis volúmenes quedó eclipsado durante un día y dos noches, sin que me fuese posible dar con él hasta la mañana del tercer día que lo hallé sobre mi mesa. Jamás he sospechado del señor Mathas, ni de su sobrino Dumolin, porque ambos me querían y tengo confianza completa en ellos. En cambio empezaba a tenerla menor en las Comadres. Sabia que, a pesar de ser jansenistas, estaban algo relacionadas con D'Alembert y vivían en la misma casa. Esto me inquietó y me obligó a estar más atento. Llevé los papeles a mi cuarto y cesé completamente de ver a aquella gente, porque supe que se vanagloriaban, en muchas casas, de tener el primer volumen del Emilio, que yo había cometido la imprudencia de prestarles; y, aunque continuaron siendo mis vecinos, hasta que yo me marché, desde entonces no he vuelto a tener comunicación con ellos. El Contrato social salió a luz uno o dos meses antes que el Emilio. Rey, de quien siempre había exigido que no introducirla furtivamente en Francia ninguno de sus libros, se dirigió al magistrado para obtener el permiso de introducir éste por Rouen, adonde hizo el envío por mar. No logró respuesta alguna, y sus fardos permanecieron en Rouen muchos meses, al cabo de los cuales se los devolvieron, después de haber intentado confiscarlos; pero metió Rey tanto ruido, que se los devolvieron. Algunos curiosos trajeron de Amsterdam unos cuantos ejemplares que circularon con poco ruido. Mauléon, que había oído hablar de este libro y que había leído alguna cosa, me habló de él con un tono tan misterioso, que me sorprendió, y basta me hubiera inspirado cuidado, si, seguro de estar en regla bajo todos conceptos y no tener que reprobarme nada, no me hubiese tranquilizado con mi gran máxima. Además, no dudaba de que el señor de Choiseul, ya dispuesto en favor mío, y agradecido al elogio que el aprecio que me merecía me había dictado al escribir esta obra, me sostendría en esta ocasión contra la malevolencia de la señora de Pompadour. A la sazón tenía motivos para contar más que nunca con la bondad del señor de Luxembourg, y en caso necesario con su apoyo, porque nunca me dió pruebas de amistad más frecuentes ni más afectuosas. En el viaje de Pascuas no me permitió ir al castillo el triste estado en que me hallaba; entonces él fué a yerme todos los días; y viéndome sufrir sin tregua, tanto se empeñó, que me determinó a ser visitado por el hermano Cóme le envió a buscar, lo trajo él mismo, y tuvo el valor, a la verdad raro y meritorio en un gran señor, de quedarse durante la operación, que fué cruel y larga. Sin embargo, no se trataba sino de sondar; pero jamás había podido serlo, ni aun por Morand, que lo probó muchas veces, siempre en vano. El hermano Cóme, que tenía una destreza y una ligereza de manos sin igual, logró al fin introducir una algalia muy pequeña, después de haberme hecho sufrir dos horas, durante las cuales me esforcé por retener las quejas, a fin de no desgarrar el compasivo corazón del buen mariscal. Al primer examen, el hermano Cóme creyó encontrar una gran piedra, y me lo dijo; al segundo no la encontró ya. Después de haber comenzado la operación por segunda y tercera vez, con un cuidado y una exactitud que me hicieron hallar más largo el tiempo, declaró que no había piedra, pero que la próstata era cirrosa y de un tamaño extraordinario; halló la vejiga grande y en buen estado, y acabó por declararme que yo sufriría mucho y que viviría largo tiempo. Si la segunda predicción se cumple como la primera, no está próximo el fin de mis males. Así es como, después de haber sido tratado sucesivamente durante tantos años por males que no tenía, supe al fin que mi enfermedad, incurable sin ser mortal, duraría tanto como yo. Mi imaginación, reprimida por este conocimiento, no me presentó ya la perspectiva de una muerte cruel en medio de los dolores del cálculo. Cesé de temer que un cabo de candelilla que hacía mucho tiempo se me había roto en la uretra, hubiese formado el núcleo de una piedra. Libre de los males imaginarios, para mí más crueles que los reales, sobrellevé mejor estos últimos. Desde entonces he sufrido constantemente mucho menos de mi enfermedad, y nunca puedo acordarme de que debo este alivio al señor de Luxembourg sin enternecerme nuevamente con su memoria. Vuelto, por decirlo así, a la vida, y más que nunca ocupado en el plan con arreglo al cual quería pasar el resto de ella, para ejecutarlo sólo esperaba la publicación del Emilio. Pensaba en la Turena, donde había estado ya, y que me agradaba mucho, tanto por la dulzura del clima, como por la de los habitantes. La terra molle e lieta e dilettosa Símili a se gli abitator produce. Yo había hablado ya de mi proyecto al señor de Luxembourg, que quiso hacerme desistir de él; mas otro día le volví a hablar del mismo, como de cosa resuelta. Entonces me propuso el castillo de Merlou, a quince leguas de París, como un asilo que podía convenirme, y en el cual él y la duquesa tendrían un placer en establecerme. Esta proposición me conmovió y no me desagradó. Ante todo era preciso ver el lugar y convinimos el día en que el señor mariscal había de enviar a su ayuda de cámara con un coche para llevarme allá. El día convenido me hallé muy incómodo; preciso fué aplazar el viaje, y los contratiempos que sobrevinieron me privaron de llevarlo a cabo. Posteriormente supe que Merlou no pertenecía al señor mariscal, sino a su señora, y esto me consoló más fácilmente de no haber ido. Al fin apareció el Emilio sin que oyese hablar más de cartones ni de ninguna otra dificultad. Antes de su publicación el señor mariscal me pidió todas las cartas de Malesherbes referentes a esta obra. La gran confianza que ambos me merecían y mi profunda tranquilidad de espíritu me impidieron reflexionar en lo que esto tenía de extraordinario y aun de alarmante. Anteriormente el señor de Malesherbes me había indicado que retiraría las cartas escritas por mí a Duchesne durante mi inquietud acerca de los jesuitas, y fuerza es confesar que vio hacían mucho honor a mi razón. Mas yo le dije que en ningún caso quería pasar por mejor de lo que era y que podía dejarle aquellas cartas. Ignoro lo que hizo. Este libro no fué recibido con aquel estrépito de aplausos que alcanzaban todos mis escritos. Jamás hubo publicación alguna que obtuviese tantos elogios particulares, ni tan poca aprobación del público. Lo que de ella me dijeron, lo que me escribieron las personas más capaces de juzgarla, me confirmaron en la creencia de que ésta era la mejor y más importante de mis obras. Mas todo esto fué dicho con las más singulares precauciones, como si hubiese importado conservar secreto lo bien que de ella se pensaba. La señora de I3oufflers, que me indicó que el autor de este libro merecía estatuas y el homenaje de todo el género humano, me rogó sin rodeos, al final de su carta, que se la devolviera. D'Alembert, el cual me escribió diciéndome que esta obra ponía fuera de duda mi superioridad, y había de colocarme a la cabeza de todos los literatos, no firmó su carta, aunque había firmado todas las que hasta entonces me había dirigido. Duclos, amigo seguro, hombre veraz, pero circunspecto, que apreciaba este libro, evitó hablarme de él por escrito. La Condamine se fijó en la Profesión de fe, y se escapó por la tangente. Clairant en su carta se limitó al mismo trozo: pero no temió expresar la emoción que le había causado; y textualmente me dijo que esta lectura había reanimado su viejo espíritu: de todas las personas a quienes remití mi libro fué el único que dijo alta y libremente a todo el mundo el buen concepto que le merecía. Mathas, a quien asimismo di un ejemplar antes de que se pusiese en venta, lo prestó al señor de Blaire, consejero del Parlamento, padre del intendente de Estrasburgo. Blaire tenía una quinta en Saint-Gratien, y Mathas, antiguo conocido suyo, iba a verle allí algunas veces cuando podía. Dióselo a leer antes de haber circulado, y Blaire, al devolvérselo, le dijo estas mismas palabras, que me fueron repetidas el mismo día: "He aquí un libro magnífico, señor Mathas, pero del cual se hablará en breve más de lo que desearía su autor". Cuando éste me lo dijo me eché a reír, no viendo en ello más que la importancia de un togado que hace de todo un misterio. Ninguna de las frases alarmantes que se me dirigieron me causó más impresión, y lejos de prever de ningún modo la catástrofe que tan cerca estaba, seguro de la utilidad y de la bondad de mi libro; seguro de haber obrado en toda regla bajo todos conceptos; seguro, como creía estarlo, de la influencia de la señora de Luxembourg, y hasta del favor del ministerio, yo mismo me aplaudía la resolución de retirarme en lo mejor de mis triunfos, y cuando acababa de aplastar a todos mis émulos. Sólo una cosa me inquietaba en la publicación de esta obra, y esto menos por mi seguridad que por descargo de mi corazón. En el Ermitage y en Montmorency, había visto de cerca y con indignación las vejaciones que un exceso de celo en favor de los placeres de los príncipes hace caer sobre los infelices labradores, obligados a sufrir los perjuicios que causa la caza en sus campos, sin osar defenderse a no ser a fuerza de ruido, y viéndose en la necesidad de pasar la noche junto a sus habas y guisantes, con calderos, tambores y cascabeles, para ahuyentar los jabalíes. Testigos de la bárbara crueldad con que el señor conde de Charolais hacía tratar a esas pobres gentes, habla dicho algo sobre esta crueldad hacia el fin del Emilio. Ésta fué otra infracción de mis máximas que no ha quedado impune. Supe que los servidores del señor príncipe de Conti no se portaban con mucha menos dureza en sus tierras; temí que este príncipe, a quien tenía un respeto y agradecimiento profundos, creyese dicho para él lo que me habla inspirado el sentimiento de humanidad irritado contra su tío y se ofendiese por ello. No obstante, como mi conciencia estaba completamente segura acerca de este punto, me tranquilicé apoyándome en ella e hice bien. A lo menos nunca he sabido que este gran príncipe se haya fijado en este pasaje, escrito mucho tiempo antes de que él me conociera. Pocos días antes o después de la publicación de mi libro, porque no recuerdo exactamente el tiempo, apareció otra obra sobre cl mismo tema, sacada, palabra por palabra, de mi primer tomo, a excepción de algunas vulgaridades que hablan mezclado en este extracto. Este libro llevaba el nombre de un ginebrino llamado Balexsert, y en la portada decía haber ganado el premio en la academia de Harlem. Fácilmente comprendí que esta academia y este premio eran una creación flamante para ocultar el plagio a los ojos del público; mas también vi que habla en esto alguna intriga previa de que no comprendí una palabra; ya porque se hubiese comunicado mi manuscrito, sin lo cual no hubiera podido hacerse este robo, ya con el objeto de inventar la historia de este pretendido premio, a la cual era preciso dar algún fundamento. Hasta muchos años después no penetré el misterio, y entreví lo que había puesto en juego el señor Balexsert por algunas palabras escapadas a Ivernois. Los sordos mugidos que preceden a la tempestad empezaban a dejarse oír, y todas las personas de alguna penetración vieron claramente que, con motivo de mi libro y de mí, se tramaba una conjuración que no tardaría en estallar. Por mi parte, tal fué mi confianza y mi estupidez, que, lejos de prever mi desdicha, ni siquiera sospechaba la causa después de haber sentido sus efectos. Empezaron por divulgar con bastante destreza, que pues había tal encono contra los jesuitas, no podía manifestarse una indulgencia parcial para con los libros y los autores que atacaban a la religión. Me echaban en cara haber puesto mi nombre en el Emilio, como si no hubiese hecho lo mismo con todos mis demás escritos, a lo que nada habían tenido que oponer. Parecían temer verse obligados a practicar algunas diligencias desagradables, pero que harían necesarias las circunstancias a que había dado lugar la imprudencia mía. Llegaron a mí estos rumores sin inquietarme en lo más mínimo; ni siquiera se me ocurrió la idea de que pudiese haber en todo esto nada tocante a mi persona, pues me sentía perfectamente irreprensible, apoyado en regla bajo todos conceptos, y no temía que la señora de Luxembourg me dejase en un atolladero, por una culpa que, si existía, era completamente suya. Pero sabiendo cómo van las cosas en semejantes ocasiones, y que es costumbre proceder contra los libreros, dejando a los' autores, estaba con cuidado por el pobre Duchesne, si el señor de Malesherbes le llegaba a abandonar. Yo seguí tranquilo. El ruido aumentó y pronto cambió de tono. El público, y sobre todo el Parlamento, parecían irritarse al ver mi tranquilidad. Al cabo de algunos días, la fermentación fué terrible; y cambiando de objeto las amenazas, se encaminaron directamente a mi. Oíase decir sin rebozo a los individuos del Parlamento, que de nada servía quemar los libros, y era necesario quemar a sus autores. En cuanto a los libreros, nadie se ocupaba de ellos. La primera vez que llegaron a mí estos propósitos, más dignos de un inquisidor de Goa que de un senador, creí firmemente que sería una invención de la jauría holbáquica que tendría por objeto asustarme para hacerme huir. Me reí de esta trama pueril, y me decía, burlándome de ellos, que si hubiesen sabido la verdad de las cosas, habrían buscado otro medio para infundirme miedo; mas tales llegaron a ser los rumores, que se vió claramente que la cosa iba de veras. Los señores de Luxembourg habían adelantado este año su segundo viaje a Montmorency, de suerte que ya estaban allí a principios de junio. Oí hablar muy poco de mis nuevos libros, a pesar del ruido que metían en París, y los dueños de la casa no me hablaron de ellos una sola palabra. Sin embargo, una mañana en que me hallaba solo con el señor de Luxembourg, éste me dijo: "¿Habéis hablado mal del señor de Choiseul en el Contrato social?" "¿Yo? -le dije, retrocediendo de sorpresa-; no, os lo juro; al contrario, con una pluma que no es lisonjera, he hecho de él el mejor elogio que ministro alguno haya recibido". Y en seguida le cité el pasaje. "~Y en el Emilio?" -volvió a preguntar.- "Ni una palabra -respondí yo-; allí no hay nada que a él se refiera?" "¡Ah! -dijo con más viveza que de ordinario-; era preciso hacer lo mismo en el otro libro, o ser más claro". "Yo he creído serlo -añadí-; le apreciaba bastante para ello". Iba a tomar de nuevo la palabra, le vi próximo a abrir los labios; pero se detuvo y calló. ¡Desdichada política de cortesano, que en los mejores corazones domina a la amistad misma! Esta conversación, aunque corta, me dió luz sobre mi situación, a lo menos, bajo cierto punto de vista, y me hizo comprender que, en efecto, era a mí a quien querían dañar. Deploré esta inaudita fatalidad que hacía redundar en perjuicio mío cuanto bien hacía o debía. Sin embargo, puesto que en este asunto la señora de Luxembourg y el señor de Malesherbes eran mi escudo, no comprendí cómo podían componérselas para descartarlos a ellos y venirse directamente a mí; porque conocí muy bien desde entonces que ya no se trataba de equidad ni de justicia, y que no se andarían con reparos para examinar si yo era o no culpable. Entre tanto la tempestad mugía más y más. No había nadie, hasta el mismo Néaulme, que en el exceso de su habladuría no manifestase arrepentimiento por haberse metido en nada tocante a esta obra, y la certeza en que parecía estar de la suerte que amenazaba al libro y a su autor. Había con todo una cosa que siempre me daba ánimo; veía a la señora de Luxembourg tan tranquila, tan contenta y hasta tan risueña, que era necesario estar muy satisfecha de su proceder para no tener la menor zozobra respecto a mí, para no dirigirme una sola palabra de conmiseración ni de excusa, para ver el giro que tomaba este asunto con la misma sangre fría que si no hubiese tomado en él parte alguna y como si nunca se hubiese interesado por mí. Lo asombroso es que no me decía nada absolutamente, cuando a mí me parecía que hubiera debido decirme alguna cosa. La señora de Boufflers parecía menos tranquila. Iba y venía con alterado semblante, se agitaba mucho y me aseguraba que el señor príncipe de Contí trabajaba mucho también con el objeto de parar el golpe que me preparaban, y que atribuía siempre a las circunstancias, en las cuales importaba mucho al Parlamento no dejarse acusar por los jesuitas de indiferencia en materia de religión. No obstante, parecía contar poco con el resultado de los pasos que daba él y de los suyos. Sus conversaciones, más alarmantes que tranquilizadoras, tendían todas a persuadirme a que me ocultara, y me aconsejaba siempre que fuese a Inglaterra, donde me ofrecía muchos amigos, entre ellos, el célebre Hume, que lo era suyo hacía mucho tiempo. Viendo que persistía en permanecer tranquilo, acudió a un medio más capaz de doblegarme, y fué darme a entender que si me prendían y me interrogaban, no podría menos de nombrar a la señora de Luxembourg, y que la amistad que me tenía la hacía acreedora a que no me expusiese yo por no comprometerla. Respondí que en tal caso podía estar tranquila, pues no la comprometería jamás. Ella replicó que era más fácil tomar que cumplir semejante resolución; y en esto tenía razón, sobre todo tratándose de mí, que estaba resuelto a no perjurar ni mentir jamás ante los jueces, cualquiera que fuese el riesgo que pudiese correr diciendo la verdad. Viendo que esta reflexión me había impresionado algún tanto, sin que, no obstante, pudiese resolverme a huir, me habló de pasar algunas semanas en la Bastilla, como medio de sustraerme a la jurisdicción del Parlamento, que no entiende de los prisioneros de Estado. Nada objeté a esta singular gracia, con tal que no fuese solicitada en mi nombre. Como no me habló más de esto, posteriormente pensé que sólo me había hecho esta proposición para sondearme, y que no habían querido emplear un medio que ponía término a todo. Pocos días después, el señor mariscal recibió del cura de Deuil, amigo de Grimm y de la señora de Épinay, una carta en que le decía saber por buen conducto que el Parlamento debía proceder contra mí con la mayor severidad, y que en tal día, que precisaba, se daría orden de prenderme. Este aviso me pareció venir de los holbáquicos; sabía que el Parlamento era muy afecto a los procedimientos legales y que era infringirlos todos el comenzar en este caso por un auto de prisión, antes de saber jurídicamente si yo admitía el libro y si realmente era su autor. Solamente, decía yo a la señora de Boufflers, los crímenes que envuelven una amenaza a la seguridad pública pueden motivar un decreto de prisión contra el acusado, por temor de que eluda el castigo. Mas cuando se quiere castigar un delito como el mío, que merece honores y recompensas, se procede contra el libro, evitando habérselas con el autor. A esto respondió haciendo una distinción sutil que he olvidado, encaminada a probarme que decretaban mi prisión para hacerme un favor, en vez de señalarme día para ser oído. Al día siguiente recibí una carta de Guy, que me participaba, que, habiéndose hallado aquel mismo día en casa del procurador general, habla visto en su despacho el borrador de una requisitoria contra el Emilio y su autor. Nótese que el expresado Guy era el socio de Duchesne, quien había impreso la obra; el cual, por su parte, perfectamente tranquilo, daba por caridad este aviso al autor. Puede juzgarse cuán poco digno de crédito juzgué todo esto. ¿Era tan sencillo, tan natural, que un librero, admitido en audiencia por el señor procurador general, leyese tranquilamente los manuscritos y los borradores esparcidos sobre el despacho de este magistrado? La señora de Boufflers y otros me confirmaban lo mismo. En vista de los absurdos con que me atronaban incesantemente los oídos, tentado estuve de creer que todos se habían vuelto locos. Conociendo perfectamente que había en todo esto algún misterio que no querían revelarme, esperaba tranquilamente los acontecimientos, descansando en mi rectitud y en mi inocencia, y teniéndome por harto afortunado, cualesquiera que fuesen las persecuciones que me esperasen, con ser llamado al honor de sufrir por la verdad. Lejos de temer y ocultarme, iba todos los días a palacio y todas las tardes daba el paseo de costumbre. El día 8 de junio, víspera del decreto, lo di en compañía de los dos profesores oratorianos, el padre Alamanni y el padre Mandard. Nos llevamos a los Champeaux una merienda, que saboreamos con muy buen apetito. Habíamos olvidado los vasos; suplimos su falta con pajas de centeno, con las cuales aspiramos el vino de la botella, jactándonos de elegir tubos muy anchos, para chupar a cual más. En mi vida he estado tan alegre. Ya dije cómo perdí el sueño en mi juventud. Desde entonces tenía la costumbre de leer por la noche en la cama, hasta que sentía cerrárseme los ojos. Entonces apagaba la luz y procuraba adormecerme algunos instantes que no eran muy largos. Mi lectura ordinaria de la noche era la Biblia, y de esta suerte la leí toda lo menos cinco o seis veces seguidas. Aquella noche, hallándome más desvelado que de ordinario, prolongué más mi lectura, y leí todo el libro que termina con el levita de Efraim, y que, si no me equivoco, es el Libro de los Jueces; pues desde entonces no he vuelto a verlo. Esta historia me impresionó vivamente y me hallaba preocupado por una especie de sueño cuando de repente fui distraído de él por el ruido, y la luz. Teresa, que la llevaba, alumbraba al señor La Roche, quien, viéndome incorporarme bruscamente, me dijo: "No os alarméis; vengo de parte de la señora maríscala, que os escribe y os envía una carta del señor príncipe de Conti". En efecto, en la carta de la señora de Luxembourg hallé la que un expreso del señor príncipe acababa de llevarle avisándole que, a pesar de todos sus esfuerzos, se había resuelto proceder contra mí con todo rigor. "La fermentación, le decía, es extrema; nada puede evitar el golpe; lo exige la corte y lo quiere el Parlamento: a las siete de la mañana se decretará su prisión e irán a prenderle en seguida. He logrado que si se aleja, no se le persiga; mas, si persiste en dejarse coger, se le prenderá". La Roche me instó, de parte de la señora maríscala, a que me levantase y fuese a conferenciar con ella. Eran las dos y acababa de acostarse. "Os espera -añadió La Roche-, y no quiere dormirse sin haberos visto". Yo me vestí aprisa y corrí hacia allá. Me pareció hallarla agitada, siendo la primera vez que así la vela. Su turbación me conmovió, y en este momento de sorpresa en medio de la noche, yo mismo no estaba exento de emoción; mas, al verla, me olvidé de mí mismo para no pensar sino en ella, y en el triste papel que iba a representar si yo me dejaba prender; porque, sintiéndome con bastante valor para no decir nunca más que la verdad, aunque debiese perjudicarme y perderme, no me sentía con bastante presencia de ánimo ni suficiente destreza, ni quizá con la firmeza necesaria para no comprometerla si me vela acosado. Esto me decidió a sacrificar mi gloria a su tranquilidad, a hacer en esta ocasión por ella lo que nada hubiera sido capaz de obligarme a hacer por mí. Desde el momento en que me hube resuelto, se lo declaré, no queriendo disminuir el precio de mi sacrificio, haciéndoselo comprar. Estoy seguro de que no pudo equivocarse acerca del motivo de mi determinación; sin embargo, ni una sola palabra me dijo que revelase agradecimiento. Esta indiferencia me chocó tanto que hasta tuve impulsos de retractarme: pero vino el señor mariscal y a poco llegó de París la señora de Boufflers. Ellos hicieron lo que hubiera debido hacer la señora de Luxembourg. Yo me dejé adular; me dio vergüenza el retractarme, y ya no se trató sino del lugar dónde me escondería, y de la ocasión de mi marcha. El señor de Luxembourg me propuso permanecer en su casa algunos días de incógnito para deliberar y tomar despacio las medidas necesarias; yo no consentí en ello, como tampoco en la proposición de ir secretamente al Temple, y me obstiné en querer partir aquel mismo día antes que permanecer oculto en parte alguna. Conociendo que tenía en el reino enemigos secretos y poderosos, juzgué que, a pesar de mi apego a Francia, debía salir de ella para mi tranquilidad. Mi primer impulso fué retirarme a Ginebra; pero un instante de reflexión bastó para disuadirme de cometer esa necedad. Sabía que el ministerio francés, más poderoso aun en Ginebra que en París, no me dejaría más tranquilo en una de estas ciudades que en la otra, si había resuelto atormentarme. Sabía que el Discurso sobre la desigualdad había excitado contra mí en el consejo un odio tanto más peligroso, cuanto que no osaba manifestarse. Y sabía, por último, que cuando apareció La nueva Eloísa, a instancias del doctor Tronchin, se había apresurado a prohibirla; pero viendo que nadie le imitaba, ni aun en París, se avergonzó de esta ligereza y levantó la prohibición: por consiguiente no me cabía duda de que, hallando ahora una ocasión más propicia, tendría buen cuidado de aprovecharla. Además no ignoraba que, a pesar de ponerme buena cara, en todos los corazones ginebrinos reinaba contra mí una secreta envidia, que no esperaba más que una ocasión oportuna para saciarse. Con todo, el amor a la patria me atraía hacia la mía, y si hubiese podido lisonjearme de vivir en paz en ella, ni un instante hubiera vacilado: mas no permitiéndome el honor ni la razón refugiarme allí como un fugitivo, resolví acercarme solamente a ella, e ir a esperar en Suiza la determinación que tomasen en Ginebra respecto a mí. Luego se verá que esta incertidumbre no duró mucho tiempo. La señora de Boufflers desaprobó grandemente este plan y se esforzó nuevamente para determinarme a pasar a Inglaterra; mas no pudo vencerme. Jamás he tenido simpatía ni por Inglaterra ni por los ingleses; y, sin que acertase a comprender la causa, lejos de vencer mi repugnancia, toda la elocuencia de la señora de Boufflers parecía aumentarla. Resuelto a partir en aquel mismo día, desde la mañana me marché para todo el mundo, y La Roche, a quien envié a buscar mis papeles, no quiso decir ni aun a Teresa si estaba o no ausente. Desde que me había resuelto a escribir algún día mis Memorias, había acumulado muchas cartas y otros papeles; de suerte que fueron necesarios varios viajes para transportarlos. Puse aparte un montón de esos papeles ya escogidos, y empleé el resto de la mañana en seguir escogiendo entre los demás, a fin de no llevarme sino lo que pudiese servirme y quemar lo demás. El señor de Luxembourg quiso ayudarme en este trabajo, el cual resultó tan largo que no pudimos concluirlo en toda la mañana, y no me quedó tiempo para quemar nada. El señor mariscal me ofreció encargarse de terminarlo, quemar él mismo lo que no sirviese, sin fiarse de nadie más, y remitirme todo lo que hubiera separado. Yo acepté la oferta, contento con poder librarme de este cuidado, para poder pasar las pocas horas que me quedaban con personas queridas que iba a dejar para siempre. Tomó la llave del cuarto donde dejé esos papeles, y, a ruego mío, envió a buscar a mi pobre Teresa, que se consumía en la mortal duda de lo que habría sido de mí y de lo que sería de ella, esperando a cada instante a los alguaciles, sin saber cómo conducirse ni qué responderles. La Roche la condujo al castillo sin decirle nada: ella me creía muy lejos ya, y al yerme llenó el aire con sus gritos y se precipitó en mis brazos. ¡ Oh amistad, correspondencia de los corazones, hábito, intimidad! En este dulce y cruel momento se compendiaron todos los días de felicidad, de ternura y de paz pasados juntos, para hacerme sentir mas lo desgarrador de la primera separación, después de haber vivido cerca de diecisiete años casi sin perdernos de vista ni un solo día. El mariscal, testigo de este abrazo, no pudo contener las lágrimas y nos dejó. Teresa no quería apartarse de mi lado; mas yo le hice comprender el inconveniente que había en seguirme en aquellos momentos, y la necesidad de que se quedara para liquidar mis efectos y recoger mi dinero. Cuando se de. creta la prisión de un hombre, es costumbre el apoderarse de sus papeles, sellar sus efectos, o inventariarlos y nombrar un depositario. Era, pues, necesario, que se quedase para observar lo que ocurriera, y sacar de todo el mejor partido posible. Le prometí que nos reuniríamos en breve; el señor mariscal confirmó mi promesa; mas nunca quise decirle a dónde iba, a fin de que, al ser interrogada por los que fueran a prenderme, pudiese alegar con verdad su ignorancia sobre este punto. Al abrazarla en el momento de separarnos, yo mismo experimenté una conmoción muy extraordinaria, y en un momento de transporte, ¡ay de mí!, harto profético, le dije: "Hija mía, es necesario que te armes de valor. Has compartido conmigo la prosperidad de mis días más felices; ahora sólo te queda compartir mis miserias, ya que lo quieres. No esperes más que afrentas y calamidades en mi compañía. La suerte que para mí empieza en este triste día me perseguirá hasta mi hora postrera." No tenía que hacer sino pensar en la marcha. Los alguaciles debían haber venido a las diez. Eran las cuatro de la tarde cuando partí, y aún no habían llegado. Se había resuelto que tomarla la posta. Como yo no tenía silla, el señor mariscal me dió un birlocho y me prestó caballos y un postillón hasta la primera posta, donde, en virtud de sus diligencias, no tuvieron dificultad en proporcionarme caballos. Como no había comido en la mesa, ni me había dejado ver en el castillo, las señoras vinieron a despedirse de mí en el entresuelo, donde había pasado el día. La señora maríscala me besó varias veces, con semblante asaz triste; pero ya no sentí en estos besos el calor que animaba los que me había prodigado dos o tres años antes. La señora de Boufflers me besó también y me dirigió muy lisonjeras frases. El beso que más me sorprendió fué el de la señora de Mirepoix; pues también estaba presente. La señora maríscala de Mirepoix tiene un temperamento extremadamente frío, es muy honesta y reservada, y me parece que no está completamente exenta de la altivez propia de la casa de Lorena. Nunca había hecho gran caso de mí. Sea porque me halagase este inesperado honor, y procurase aumentar su precio, o que este abrazo llevase de su parte algo de esa conmiseración que es natural en los corazones generosos, ello es que hallé en su acción y en su mirada no sé qué de enérgico que me llegó al alma. Pensando con frecuencia nuevamente en ello, he sospechado después que, no ignorando la suerte a que estaba condenado, no había podido evitar un momento de compasión por mi destino. El señor mariscal no decía una palabra; estaba pálido como un cadáver, y quiso acompañarme de todos modos hasta la silla que me esperaba en el abrevadero. Atravesamos todo el jardín sin desplegar los labios. Yo tenía una llave del par. que, de que me serví para abrir la puerta; hecho lo cual, en vez de guardármela, se la devolví sin decir nada, y él la tomó con sorprendente vivacidad, hecho en que no he podido menos de pensar a menudo desde entonces. Jamás he tenido un instante tan amargo como el de esta separación. El abrazo fué largo y mudo: uno y otro presentíamos que era nuestro último adiós. Entre la Barre y Montmorency hallé una carroza de alquiler donde iban cuatro hombres vestidos de negro que me saludaron sonriendo. Por lo que Teresa me ha dicho acerca del aspecto de los alguaciles, de la hora de su llegada y del modo cómo procedieron no me cabe duda de que eran ellos; sobre todo habiendo sabido posteriormente que en vez de darse a las siete la orden de prenderme, como me lo habían anunciado, no se había dado hasta mediodía. Fué preciso atravesar todo París. En un calesín completamente descubierto no se puede ir muy oculto, y en las calles vi a muchas personas que me saludaron como conocidas, mas no reconocí a ninguna. Por la noche me desvié del camino con el objeto de pasar por Villeroy. En Lyon los correos deben ser presentados al comandante, cosa que podía ser embarazosa para mí, que no quería mentir ni cambiar de nombre. Por tanto, fui con una carta de la señora de Luxembourg a suplicar al señor de Villeroy que hiciese de modo que se me exceptuase de esta obligación. El señor de Villeroy me dió una carta de que no hice uso porque no pasé por Lyon, y ha quedado cerrada aún entre mis papeles. El señor duque me instó grandemente a que pasase la noche en Vileroy; mas yo preferí volver a tomar el camino, y en el mismo día anduve dos postas. Mi silla era ruda, y yo me hallaba harto incómodo para poder hacer largas jornadas. Por otra parte mi aspecto era poco imponente para que me sirviesen bien; y es sabido que en Francia los caballos de posta no corren sino dando latigazos al postillón. Creí suplir el ademán y las palabras pagando con exceso; esto fué peor aun. Me tomaron por un patán que viajaba por encargo y que iba en posta por vez primera en su vida. Desde entonces no me dieron sino rocines, siendo juguete de los postillones, y acabé por donde hubiera debido empezar> teniendo paciencia y resignándome a callar e ir como mejor les pluguiese. Para no fastidiarme por el camino, tenía en qué ocuparme entregándome a las reflexiones que se me ocurrían sobre cuanto acababa de sucederme, pero ni mi cabeza ni la situación de mi corazón estaban para ello. La facilidad con que olvido el mal pasado, por muy reciente que sea, es extraordinaria. Cuanto más me asusta y me turba preverlo mientras está por venir, tanto más se debilita su recuerdo en mi memoria y se extingue fácilmente después de haberlo pasado. Mi cruel imaginación, que se atormenta sin cesar con los males no presentes todavía, divierte mi memoria y me impide recordar los que han pasado. Contra lo que ha pasado no es necesario precaverse, y es inútil ocuparse en ello. En cierto modo sufro de antemano mis desdichas; y cuanto más pesar me ha costado su perspectiva, tanto mayor facilidad hallo en olvidarlas; mientras que, por el contrario, constantemente preocupado por mi pasada felicidad, la recuerdo pensando y fijándome en ella, hasta el punto de poder gozarla nuevamente cuando quiero. A esta feliz disposición debo el no haber conocido nunca ese humor rencoroso que fermenta en un corazón vengativo por efecto del continuo recuerdo de las ofensas recibidas, y se atormenta a sí mismo con todo el daño que quisiera causar a su enemigo. Naturalmente colérico, he sentido la ira, y hasta el furor en los primeros impulsos; pero jamás se ha arraigado en mi corazón un deseo de venganza. Me acuerdo poco de la ofensa para que me preocupe mucho su autor. No pienso en el mal que me ha hecho, sino en el que puede causarme todavía, y si estuviese seguro de no recibir otro alguno, en el mismo instante olvidaría el que me hubiese inferido. Se nos predica mucho el perdón de las ofensas; indudablemente es una virtud muy hermosa, pero que yo no tengo. Ignoro si mi corazón sería capaz de sofocar su rencor, porque jamás lo ha sentido, y olvido demasiado a mis enemigos para tener el mérito de perdonarlos, y no diré cuánta molestia se dan ellos mismos para molestarme a mí. A su merced estoy: pueden hacer cuanto quieran, y hacer uso de esa facultad. Sólo una cosa está por encima de su poder, y en esto los desafío: y es que, atormentándose por mí, no pueden obligarme a que me atormente por causa suya. Al día siguiente de haberme puesto en camino, tan completamente había olvidado cuanto acababa de suceder al Parlamento, a la señora de Pompadour, al señor de Choiseul, Grim, D'Alembert y sus tramas, y a sus cómplices, que ni siquiera me habría vuelto a acordar de ellos durante todo el viaje, a no ser por las precauciones que me veía obligado a tomar. Lo que recordé en lugar de todo esto fué mi última lectura de la víspera de mi partida. Asimismo recordé los Idilios, de Gessner, que me había enviado su traductor Hubert, hacia algún tiempo. Estas dos ideas se refrescaron de tal modo en mi memoria, se mezclaron de tal suerte en mi mente, que probé a reunirlas tratando el tema del Levita de Efraim al estilo de Gessner. Ese estilo bucólico y candoroso parecía poco a propósito para un asunto tan atroz, y tampoco era de presumir que mi situación me sugiriese ideas muy risueñas para amenizarlo. Apenas lo hube ensayado, cuando me sorprendió lo florido de mis ideas y la facilidad con que las vertía. En tres días compuse los tres primeros cantos de este pequeño poema, que acabé posteriormente en Motiers; y estoy seguro de no haber hecho en mi vida otra obra en que reine una pureza de costumbres más tierna, tan colorido más fresco, pinturas más candorosas, mayor propiedad, una sencillez más al gusto antiguo en todo, y esto a pesar de lo horrible del asunto, que en el fondo es abominable; de suerte que además tuve el mérito de la dificultad vencida. Si el Levita de Efraim no es la mejor de mis obras, será siempre para mí la más querida. Jamás la he vuelto a leer, ni lo haré sin sentir el aplauso interno de un corazón sin hiel, que, lejos de agriarse por sus desdichas, se consuela consigo mismo, y en sí mismo encuentra medio de desquitarse. Que se junten todos esos grandes filósofos, tan superiores, según sus libros, en la adversidad que no sufrieron jamás; póngaseles en una situación semejante a la mía, y en los primeros momentos de la indignación del honor ultrajado, déseles a componer una obra de este género; veremos cómo salen del paso. Al partir de Montmorency para Suiza, había determinado pararme en Iverdun, en casa de mi antiguo y buen amigo el señor de Roguin, que se había retirado allí hacía algunos años y me había invitado a que fuese a verle. Por el camino supe que yendo por Lyon se daba un rodeo; esto me dispensó de pasar por él. Mas en cambio era preciso pasar por Besançon, plaza de guerra y, por consiguiente, sujeta al mismo inconveniente. Entonces se me ocurrió desviarme del camino y pasar por Salins, so pretexto de ir a ver al señor de Mayrand, sobrino de Dupin, que tenía un empleo en las salinas, y tiempo atrás me había instado vivamente a que le hiciese una visita. Este recurso me produjo buen efecto; no encontré al señor de Mayrand; satisfecho al yerme dispensado de detenerme, seguí mi camino sin que nadie me molestase. Al entrar en territorio de Berna, hice parar el calesín; bajé, me prosterné, abracé, besé la tierra y exclamé en un momento de arrebato: ¡Oh cielo, protector de la virtud, te doy gracias! ¡Estoy al fin en tierra de libertad! De esta suerte, confiado y ciego en mis esperanzas, siempre me he apasionado por lo que había de ser causa de mis desgracias. El postillón, sorprendido, me creyó loco; volví a subir en mi silla, y pocas horas después tuve el placer tan puro como vivo de hallarme en los brazos del respetable Roguin. ¡Ah, respiremos algunos instantes en casa de este digno huésped! Necesito cobrar valor y fuerzas; pronto hallaré en qué emplearlos. Si me he extendido en el relato que acabo de hacer, sobre todo en las circunstancias que he podido recordar, no ha sido sin motivo. Aunque no parezcan muy luminosas, cuando se tiene el hilo de la trama pueden arrojar luz sobre su curso, y, por ejemplo, sin dar la primera idea del problema que voy a proponer, facilitan mucho su resolución. Supongamos que para el buen éxito de la maquinación, cuyo objeto era yo, fuese absolutamente necesario mi aleja. miento; para lograrlo, todo debía pasar, poco más o menos, como pasó; pero si, no dejándome asustar por la embajada nocturna de la señora de Luxembourg y turbar por sus alarmas, hubiese continuado con la firmeza con que había empezado, y en vez de permanecer en palacio me hubiese vuelto a mi cama a dormir tranquilamente la fresca mañana, ¿se hubiera decretado igualmente mi prisión? Tesis magna de que depende la solución de muchas otras, y para el examen de la cual no es inútil tener presentes la hora del decreto conminatorio y la del decreto real. Ejemplo grosero, pero palpable, de la importancia de los menores detalles en la exposición de los hechos, cuyas secretas causas se buscan, para descubrirlas por inducción. LIBRO DUODÉCIMO (1762) Aquí empieza el cúmulo de tinieblas en que me hallo enterrado hace ocho años, sin que, por ninguno de los medios que he ensayado, me haya sido posible atravesar su espantosa oscuridad. En el abismo de males en que me hallo sumergido, siento las heridas de los golpes que se me asestan; vislumbro el instrumento inmediato, pero no puedo ver la mano que lo dirige ni los medios que pone en juego. El oprobio y las desgracias caen sobre mi como por sí mismos y sin dejar rastro. Cuando mi corazón desgarrado deja escapar algún gemido, parezco un hombre que se queja sin motivo; y los autores de mi ruina han encontrado el inconcebible arte de hacer al público cómplice de sus maquinaciones, sin que lo sospeche ni descubra el efecto. Al narrar, pues, los hechos que me conciernen, los malos tratos que be sufrido y cuanto me ha pasado, me es imposible remontarme a la mano directiva y lijar las causas al relatar los hechos. Estas causas primitivas se hallan indicadas en los tres libros precedentes; todos los intereses relativos a mi, todos los motivos secretos están indicados allí. Pero me es imposible explicar, ni aun por conjeturas, cómo se combinan estas diversas causas para producir los extraños acontecimientos de mi vida. Si entre mis lectores hay alguno bastante generoso que quiera profundizar estos misterios y descubrir la verdad, vuelva a leer con cuidado los tres libros precedentes, a cada hecho que lea en los siguientes, tome los informes que estén a su alcance, remóntese de intriga en intriga y de agente en agente hasta los primeros motores de todo; ya sé a punto fijo el término a que le conducirán sus pesquisas; mas yo me pierdo en la oscura y tortuosa senda de los subterráneos que a él le han de guiar. Durante mi permanencia en Iverdun, conocí a toda la familia del señor Roguin, y, por tanto, a su sobrina la señora Boy de la Tour y a sus hijas, cuyo padre conocí en otro tiempo en Lyon, según creo haber dicho. Esta señora había venido a Iverdun para ver a su tío y a sus hermanos; su hija mayor, de unos quince años de edad, me embelesó por su buen sentido y su excelente carácter, y trabé la más tierna amistad con madre e hija. Esta última estaba destinada por el señor Roguin a ser esposa de un coronel, sobrino suyo, ya de cierta edad, que también me manifestaba el mayor afecto; mas, aunque el tío estaba empeñado en este matrimonio, aunque el sobrino lo deseaba mucho también y yo me tomé un grande interés por la satisfacción de ambos, la gran desproporción de edades y la extremada repugnancia de la niña, me hicieron cooperar con la madre a estorbar este casamiento, que no se llevó a efecto. El coronel se casó después con la señora de Dillan, parienta suya, que poseía un carácter y una belleza muy gratos a mi corazón y que le ha hecho el más feliz de los maridos y de los padres. Con todo, el señor Roguin no ha podido olvidar que yo me opuse a sus deseos en esta ocasión. Me he consolado de ello con la certeza de haber llenado, así respecto de él como de su familia, los más santos deberes de la amistad, que no consisten en hacerse siempre agradable, sino en aconsejar siempre lo mejor. No estuve mucho tiempo en duda acerca de la acogida que me esperaba en Ginebra, en el caso de que me ocurriese volver allá. Quemaron mi libro, y decretaron mi prisión el día 18, esto es, nueve después de haberse hecho en París. Había en este segundo decreto tal cúmulo de increíbles absurdos, y en él estaba tan formalmente violado el edicto eclesiástico, que no quise dar crédito a los primeros que me lo dieron a conocer; y cuando lo vi bien confirmado, temí que una infracción tan manifiesta de las leyes, empezando por la del buen sentido, causaría un trastorno en Ginebra. Mas pude tranquilizarme, pues todo siguió como antes. Si algún rumor se levantó en el populacho, fué únicamente contra mí, y fuí tratado públicamente por todas las vocingleras y los pedantes como un escolar a quien se amenaza con el látigo por no haber sabido la lección de catecismo. Dichos decretos fueron la señal del grito de maldición que se levantó contra mí en toda Europa con un furor sin ejemplo. Todas las gacetas, todos los periódicos, todos los folletos levantaban contra mí el más terrible somatén. Sobre todos los franceses, ese pueblo tan dulce, tan cortés, tan generoso, que tanto se precia de benévolo y deferente con los desgraciados, olvidando repentinamente sus virtudes favoritas, se distinguió por el número y la violencia de los ultrajes con que me agobiaba a porfía. Yo era un impío, un ateo, un forajido, un furioso, una bestia feroz, un lobo. El continuador del Journal de Trévoux hizo una digresión sobre mi pretendida licantropía que revelaba la suya con bastante claridad. En fin: hubiérase dicho que las gentes de París temían tener que habérselas con la policía si al publicar algún escrito, cualquiera que fuese el asunto que tratase, se olvidaban meter en él algún insulto a mí encaminado. Buscando en vano la causa de esta unánime animosidad, estuve tentado por creer que todo el mundo se había vuelto loco. ¡Cómo!, el redactor de La paz perpetua alimenta la discordia; el editor de El vicario saboyano es un impío; el autor de La nueva Eloísa, un lobo; el del Emilio, un furioso. ¡Dios mío!, ¿qué hubiera sido a haber publicado el Libro del espíritu o cualquier otra obra semejante? Y sin embargo, en la tempestad que se movió contra el autor de este libro, el público, lejos de unir su voz a la de sus perseguidores, le vengó con sus elogios. Compárese su libro con los míos, la diferente acogida que han obtenido, el trato que han recibido ambos autores en los diversos Estados de Europa; hállense para estas diferencias causas que puedan satisfacer a una persona sensata: he ahí cuanto pido, y me doy por satisfecho. Tan bien me hallaba en Iverdun, que accedí a las reiteradas instancias de Roguin y de toda su familia para que me quedase. El señor de Moiry de Gingis, bailío de esta ciudad, también me animaba con su benevolencia a permanecer en el lugar de su mando. El coronel se empeñó de tal modo en que aceptara un pequeño pabellón que había en su casa, situado entre el patio y el jardín, que al fin lo admití, y en seguida se apresuró a prepararlo y amueblarlo con todo lo necesario a mi reducida estancia. El mensajero Roguin, uno de los más asiduos a mi lado, no me dejaba en todo el día. Yo estaba siempre agradecido a tantos halagos, mas a veces también m~ importunaban. Se había designado ya el día en que se desalojaría mi casa, y había escrito a Teresa que podía venir a reunirse conmigo, cuando supe de repente que se levantaba en Berna una tempestad contra mí, atribuida a los fanáticos, y cuya primera causa jamás he podido penetrar. El senado, movido sin saber por quién, no quería dejarme tranquilo en mi retiro. Al primer aviso que tuvo el señor bailío de esta fermentación, escribió en favor mío a varios miembros del gobierno, censurando su ciega intolerancia y avergonzándoles de que rehusasen a un hombre de mérito el asilo que tantos bandidos encontraban en sus Estados. Personas sensatas han presumido que el calor de estos reproches había contribuido a agriar más bien que a dulcificar los ánimos. Como quiera que sea, ni su influencia ni su elocuencia fueron bastantes a parar el golpe. Sabiendo la orden que debía darme de antemano, me previno, y por no esperar esta orden resolví partir al siguiente día. La dificultad estaba en saber a dónde ir, viendo que para mí estaban cerradas Ginebra y Francia, y previendo perfectamente que, en este asunto, cada cual se apresuraría a imitar a su vecino. La señora Boy de la Tour me ofreció una casa vacía, pero amueblada, que pertenecía a su hijo y estaba situada en la villa de Motiers, Val-de-Travers, condado de Neufchátel. Para llegar allá, sólo tenía que atravesar una montaña. La oferta venía tanto más a propósito, cuanto que en los Estados del rey de Prusia debía yo estar naturalmente al abrigo de las persecuciones, ya que a lo menos la religión no podía servir de pretexto. Mas había una secreta dificultad, que no me convenía revelar, y era bastante para hacerme vacilar. El innato amor a la justicia que siempre devoró mi corazón, unido a mi oculta inclinación a Francia, me había inspirado aversión hacia el rey de Prusia, quien, con sus máximas y su conducta, me parecía que hollaba todo respeto hacia la ley natural y a todos los deberes humanos. Entre los cuadros con estampas con que había adornado mi torrecilla de Montmorency, había un retrato de este príncipe que llevaba al pie un dístico que acababa así: Ji pense en philosophe, et se conduit en roi Este verso que, puesto por otra pluma hubiera sido un elogio, tenía en la mía un sentido nada equívoco, y que por otra parte aclaraba bastante el verso precedente 2 Cuantos habían venido a yerme, y no eran pocos, habían visto este dístico. El caballero de Lorenzi hasta lo había copiado para dárselo a D'Alembert, de quien yo no dudaba que habría tenido el buen cuidado de indisponerme, gracias a él, con el príncipe. Además había aumentado este primer agravio en un pasaje del Emilio, donde, bajo el nombre de Adrasto, rey de los daunios, se veía bastante a quién aludía, observación que no había escapado a los glosadores, puesto que la señora de Boufflers me había puesto en el caso de hablar de este asunto varias veces. Así, pues, tenía la seguridad de estar inscrito con tinta roja en los registros del rey de Prusia; y suponiendo además que sus principios eran los que osaba atribuirle, por esto sólo, ni mis escritos ni su autor podían serle agradables; porque es sabido que los malvados y los tiranos siempre me han aborrecido de muerte, aun sin conocerme, y sólo por la lectura de mis obras. No obstante, me atreví a entregarme en sus manos, y creí correr poco riesgo. Sabía que las pasiones bajas no subyugan sino a los hombres pequeños, y hacen poca mella en las almas de gran temple, tal como siempre había considerado la suya. Juzgué que en su arte de reinar entraba el de mostrarse magnánimo en semejantes ocasiones, y que no estaba fuera de su carácter el serlo en efecto. Juzgué que no titubearía un instante entre una vil y fácil venganza y el amor de la gloria: y, poniéndome en su lugar, creí muy posible que se valiese de las circunstancias para agobiar con el peso de su generosidad a un hombre que había pensado mal de él. Fuí, pues, a establecerme en Motiers, con una confianza cuyo valor le creí capaz de comprender, diciendo para mis adentros: Cuando Juan Jacobo se eleva hasta ponerse al lado de Coriolano, ¿no estará Federico a la altura del general de los volscos? El coronel Roguin quiso de todas maneras pasar la montaña conmigo y venir a instalarme en Motiers. Una cuñada de la señora Boy de la Tour, llamada Girardier, que se hallaba muy cómoda en la casa que yo iba a ocupar, no me vió con mucho gusto; pero me puso de buen grado en posesión de mi estancia, e ínterin venía Teresa, y mi pequeño ajuar quedaba instalado, comí con ella. Desde mi salida de Montmorency, conociendo muy bien que en adelante irla fugitivo sobre la tierra, vacilé en permitirle que viniese a juntarse conmigo y a participar de la vida errante a que me vela condenado. Presentía que por efecto de esta catástrofe iban a cambiar nuestras relaciones, y que cuanto hasta entonces había sido favor y buenas obras por mi parte, en lo sucesivo lo serían por la suya. Si su cariño era bastante para resistir la prueba de mis desgracias, su corazón habría de ser desgarrado, y su dolor aumentarla mis males. Si mi desgracia entibiaba su corazón. ella haría valer su constancia como un sacrificio; y, en vez de experimentar el placer con que yo partiría con ella el último pedazo de pan, no vería más que el mérito que contraía siguiéndome voluntariamente doquiera que me llevase la suerte. Fuerza es decirlo todo: no he disimulado los defectos de mi pobre madre, ni los míos; no debo hacer una excepción a favor de Teresa; y, por grande que sea el placer que encuentro en tributar el honor debido a una persona que me es tan cara, tampoco quiero ocultar sus faltas, aun suponiendo que un cambio involuntario en las afecciones del corazón sea verdaderamente un defecto. Hacía mucho tiempo que reparaba el enfriamiento del suyo. Conocía que yo no era ya para ella lo que fui en nuestros buenos años; y lo sentía tanto más cuanto que yo era para ella siempre el mismo. Volví a dar con el mismo inconveniente, cuyo efecto había experimentado cerca de mamá, y este efecto fué también el mismo con Teresa. No vayamos a buscar perfecciones que no ofrece la Naturaleza: lo mismo sucedería con otra mujer cualquiera. Por muy razonable que me hubiese parecido el partido que había tomado respecto de mis hijos, jamás me había dejado el corazón completamente tranquilo. Al meditar sobre mi Tratado de la educación, vi que había descuidado deberes de que nada podía dispensarme, y mis remordimientos fueron al fin tan vivos que casi me arrancaron la confesión pública de mi falta; al principio del Emilio se trasluce tan fácilmente que parece imposible que, en vista de este pasaje, haya habido quien tuviese valor de echármela en cara. Mi situación era entonces la misma, y aun peor por efecto de la animosidad de mis enemigos, que no deseaban otra cosa sino hallarme en falta. Temí la reincidencia, y, no queriendo correr este riesgo, preferí condenarme a la abstinencia a exponer a Teresa a verse de nuevo en el mismo caso. Por otra parte, había observado que el uso de las mujeres empeoraba sensiblemente mi estado. Este doble motivo me había hecho tomar determinaciones que alguna vez había infringido, pero en que persistía con mayor constancia hacía tres o cuatro años; de esta época data también el enfriamiento de Teresa. Me tenía la misma adhesión por deber, mas ya no me la tenía por amor. Necesariamente esto hacía menos agradables nuestras relaciones, y yo me imaginaba que, segura de la continuación de mis cuidados por ella, dondequiera que estuviese, tal vez prefería quedarse en París a errar conmigo. No obstante, había manifestado tanto dolor en el acto de nuestra separación, me había exigido tan formales promesas de que nos reuniríamos, tan vivamente manifestaba este deseo desde mi partida, así al señor príncipe de Conti como al señor de Luxembourg, que, lejos de tener valor para hablarle de separación, apenas lo tuve para pensarlo yo mismo, y habiendo sentido dentro de mi corazón cuán imposible me era prescindir de ella, no pensé más que en llamarla incesantemente. Así, pues, le escribí que se pusiese en camino, y así lo hizo. Apenas hacía dos meses que nos habíamos separado; pero en tantos años era la primera vez, y para ambos había sido muy cruel. ¡Qué conmoción al abrazarnos! ¡Cuán dulces son las lágrimas de ternura y de alegría! ¡Cuánto se sacia mi corazón con ellas! ¿Por qué me han hecho derramar tan pocas de esta especie? Al llegar a Motiers había escrito a milord Keith, mariscal de Escocia, gobernador de Neufchátel, para participarle mi retiro a los Estados de su majestad y pedirle su protección. Respondióme con la generosidad que era notoria en él y que de él esperaba. Invitóme a ir a verle, lo que verifiqué en compañía del señor Martinet, alcaide del castillo de Val-de-Travers, que gozaba de gran favor cerca de su excelencia. El venerable aspecto de este ilustre y virtuoso escocés me conmovió profundamente, y desde aquel mismo instante comenzó entre los dos este vivo afecto que por mi parte ha sido siempre el mismo, y que lo hubiera sido igualmente por la suya, si los traidores que me han arrebatado todos los consuelos de la vida no hubiesen aprovechado mi alejamiento para abusar de su ancianidad y desfigurarme a sus ojos. Jorge Keith, mariscal hereditario de Escocia, y hermano del célebre general Keith que vivió gloriosamente y murió en el campo del honor, había salido de su país cuando joven, y fué proscripto de él por haber sido adicto a la causa de los Estuardos, con quienes se disgustó en breve por causa del espíritu de injusticia y tiranía que en ellos descubrió y que fué siempre su carácter dominante. Permaneció largo tiempo en España, cuyo clima le agradaba mucho, y acabó, lo mismo que su hermano, por adherirse al rey de Prusia, quien sabía conocer a los hombres y les acogió como ellos merecían. Vió bien recompensada esta acogida con los servicios que le prestó el mariscal Keith, y con otra cosa mucho más preciosa todavía, la sincera amistad de milord mariscal. La grande alma de este hombre digno y enteramente republicano, sólo podía doblegarse bajo el yugo de la amistad; pero se le entregó tan completamente, que, teniendo principios muy diferentes, no vió más que a Federico desde el momento en que le tomó cariño. El rey le encomendó negocios importantes, le envió a París, a España; y al fin, viéndole ya viejo y que necesitaba descanso, le dió como retiro el gobierno de Neufchátel, con la deliciosa ocupación de hacer feli4 a esta pequeña comarca. Los neufchatelenses, que sólo gustan de oropeles y cosas que hagan ruido, que nada entienden en punto al fondo de las cosas y aguzan el ingenio para construir frases pomposas, viendo un hombre frío y poco ceremonioso, tomaron su sencillez por altanería, su franqueza por rusticidad, su laconismo por ignorancia; mostráronse ariscos a sus benévolos cuidados, por. que, queriendo ser útil y no mimador, no sabía acariciar a las personas que no estimaba. En el ridículo asunto del ministro Petitpierre, que fué echado por sus compañeros por no haber querido que se condenasen eternamente, habiéndose opuesto milord a las usurpaciones de los ministros, vió levantarse contra él todo el país, cuyo partido tomaba; cuando llegué yo, esa estúpida murmuración no había cesado aún. Cuando menos, pasaba por hombre que se dejaba imbuir; y de cuanto se le imputaba, tal vez era esto lo menos injusto. Al ver a este venerable anciano, mi primer impulso fué enternecerme al considerar lo flaco de su cuerpo, ya descarnado por los años; mas al lijar la vista en su animada fisonomía, franca y noble, me sentí embargado por un respeto mezclado de confianza que fué superior a cualquier otro sentimiento. Al corto cumplido que le dirigí al presentarme, respondió hablando de otra cosa como si hiciese ocho días que estuviese yo allí. Ni siquiera nos invitó a que nos sentásemos; el tieso castellano permaneció en pie, mas yo vi en la penetrante y fina mirada de milord cierto no sé qué tan cariñoso, que, hallándome desde luego sin encogimiento, fuí sin cumplidos a sentarme a su lado en el sofá. Por el tono familiar que tomó en seguida, conocí que esta libertad le agradaba y que él mismo se decía: éste sí que no es neufchatelense. ¡Singular efecto de la gran conexión de caracteres! En una edad en que el corazón ha perdido su natural calor, el de este buen viejo se reanimó para mí de un modo que sorprendió a todo el mundo: vino a yerme so pretexto de cazar codornices y pasó dos días conmigo sin tocar una escopeta; y entre ambos se estableció una amistad tal, porque ésta es la verdadera expresión, que no podíamos prescindir uno de otro. El castillo de Colombier, donde pasaba el verano, distaba seis leguas de Motiers; allá iba yo a pasar veinticuatro horas cada quince días por lo menos; luego volvía como había ido, esto es, como peregrino, y cada vez más prendado de él. La emoción que en otro tiempo experimentaba en mis excursiones desde el Ermitage a Eaubonne era muy diferente sin duda; pero no era más dulce que la que me embargaba al aproximarme a Colombier. ¡Cuántas lágrimas de ternura he derramado en el camino pensando en las paternales atenciones, en las amables virtudes y en la dulce filosofía de este respetable anciano! Yo le llamaba padre, él me daba el nombre de hijo. Estos dos nombres dan en parte una idea del afecto que nos unía, pero no la da enteramente de lo que nos necesitábamos uno a otro, y del continuo deseo de estar juntos. Él quería de todos modos darme habitación en el castillo de Colómbier, y me instó durante mucho tiempo a que tomase por vivienda el departamento que ocupaba cuando iba. Al fin le dije que en mi casa me hallaba con más libertad y que prefería pasar mi vida yendo a visitarle. Esta franqueza mereció su aprobación, y no me habló más del asunto. ¡Oh buen milord, oh digno padre mío! ¡Cuánto se enternece mi corazón al pensar en vos! ¡Ah, bárbaros, qué golpe me habéis asestado, apartándolo de mí! Pero no, no, grande hombre, vos sois y seréis siempre el mismo para mí, que soy constante. Os han engañado, pero no os han cambiado. Milord mariscal no carece de defectos; es un sabio, pero es un hombre. A pesar de su penetración, del más fino tacto que puede darse, del más profundo conocimiento de los hombres, a veces se deja engañar; y entonces no se desengaña jamás. Tiene un carácter singular, y en su modo de sentir hay algo de caprichoso y extravagante. Parece olvidar a las personas que ve todos los días, y cuando menos lo esperan se acuerda de ellas: sus finezas parecen inoportunas; sus regalos son de capricho y no de conveniencia. Da o envía repentinamente lo primero que se le ocurre, de gran precio o de ningún valor, indistintamente. Un joven ginebrino que deseaba entrar al servicio del rey de Prusia se presentó a él: milord, en vez de una carta, le dió un saquito de guisantes con encargo de presentarlo al rey, quien empleó inmediatamente al portador de tan extraña recomendación. Estos genios elevados tienen entre sí un lenguaje que las almas vulgares no comprenderán jamás. Estas pequeñas rarezas, semejantes a los caprichos de una mujer bonita, me hacían a milord mariscal más interesante. Estoy seguro, y lo he experimentado en lo sucesivo, de que ninguna influencia ejercían en sus sentimientos, ni en las atenciones que le prescribía la amistad en los casos formales. Asimismo, en su modo de favorecer, empleó la misma singularidad que en sus costumbres. No citaré más que un rasgo acerca de una bagatela. Como la jornada de Motiers a Colombier era muy larga para mí, yo la dividía ordinariamente en dos, partiendo después de comer y anocheciendo en Brot, a mitad del camino. El hostelero, llamado Sandoz, tenía que solicitar en Berlín una gracia que le importaba extraordinariamente, y me rogó que impetrara de Su Excelencia el pedirla por él. Yo le llevé conmigo de buen grado; le dejé en la antecámara y hablé del asunto a milord, que no me respondió palabra. Pasa la mañana, y al atravesar la sala para ir a comer, encuentro al pobre Sandoz que se consumía esperando. Yo, creyendo que milord lo había olvidado, le vuelvo a hablar de él antes de sentarnos a la mesa; tampoco me respondió nada. Este modo de darme a entender cuánto le importunaba, me pareció algo duro, y me callé compadeciendo por lo bajo al pobre Sandoz. Al día siguiente, cuando volvía, me sorprendió dándome las gracias por la buena acogida y la buena mesa que había hallado en casa de Su Excelencia, quien además había admitido su solicitud. Tres semanas después milord le envió el rescripto que había pedido, expedido por el ministro y firmado por el rey, y esto sin haberme querido decir jamás ni responder una sola palabra, ni tampoco a él, sobre este asunto, del cual creí no quería encargarse. Quisiera no cesar de hablar de Jorge Keith; a él debo mis últimos recuerdos felices; todo el resto de mi vida no ha sido más que aflicciones y opresiones de corazón. Su memoria es tan triste y tan confusa, que no me es posible establecer orden alguno en mis relatos: en adelante me veré obligado a coordinarlos al acaso y según se presenten. No estuve mucho tiempo inquieto acerca de mi asilo, pues me sacó de dudas la respuesta del rey a milord mariscal, en quien, como se comprende, hallé un buen abogado. No sólo su majestad aprobó lo que él había hecho, sino que le encargó (porque ha de decirse todo) que me diese doce luises. El buen mariscal, embarazado con semejante comisión, y no Sabiendo cómo cumplirla cortésmente, procuró atenuar el insulto transformando este dinero en provisiones e indicándome que tenía orden de proveerme de leña y de carbón para inaugurar mi pequeño menaje; y añadió, quizá de su cosecha, que el rey tendría un placer en hacerme construir una casa a gusto mío, si yo quería escoger terreno. Esta última oferta me conmovió mucho y me hizo olvidar la mezquindad de la otra. Sin aceptar ninguna de las dos, consideré a Federico como a bienhechor y protector mío, y me aficioné tan sinceramente a él, que me tomé desde entonces tanto interés por su gloria como había hallado injustos sus triunfos. En la paz que hizo poco tiempo después, manifesté mi alegría con una iluminación de muy buen gusto: era un cordón de guirnaldas, con que adorné la casa en que vivía, y donde, en verdad, tuve la vengativa altivez de gastar casi tanto dinero como él había querido darme. Hecha la paz, creí que habiendo llegado al colmo de su gloria militar y política, la adquiriría de otro género dando nueva vida a sus Estados, haciendo reinar en ellos el comercio y la agricultura, creando un nuevo suelo y cubriéndolo con un pueblo nuevo, manteniendo buenas relaciones con todos sus vecinos y constituyéndose en árbitro de Europa, después de haber sido su terror. Podía deponer la espada sin riesgo alguno, seguro de que nadie le obligaría a tomarla nuevamente. Viendo que no procedía al desarme, temí que hiciese mal uso de sus ventajas, y que no fuese grande sino a medias. Atrevíme a escribirle con este motivo, y tomando el tono familiar, adecuado a los hombres de su temple, elevé hasta él esta santa voz de la verdad, que tan pocos reyes pueden escuchar. Sólo en secreto, y entre los dos, me tomé esta libertad, sin hacer partícipe de ello ni al mismo milord mariscal, y remití mi carta al rey bien cerrada. Milord la remitió sin preguntar su contenido. El rey no respondió a ella; y algún tiempo después, habiendo ido milord mariscal a Berlín, le dijo únicamente que yo le había reñido mucho. Con esto comprendí que mi carta había sido mal recibida y que la franqueza de mi celo se había tomado por la rusticidad de un pedante. En el fondo, esto podía ser muy bien; tal vez no dije lo que convenía, y no tomé el tono que correspondía- No puedo responder sino del sentimiento que me puso la pluma en la mano. Poco tiempo después de haberme establecido en MotiersTravers, teniendo todas las seguridades posibles de que me dejarían tranquilo, adopté el traje armenio. No era esto una idea nueva: en el curso de mi vida se me ocurrió varias veces, y pensé en ello a menudo en Montmorency, donde el frecuente uso de las sondas, condenándome a permanecer mucho en mi cuarto, me hizo conocer mejor todas las ventajas del traje talar. La proporción de conocer a un sastre armenio que venía de cuando en cuando a ver a un pariente que tenía en Montmorency, me indujo a aprovecharla para adoptar este nuevo traje aun a riesgo del qué dirán, que me importaba muy poco. Con todo, antes de tomarlo, quise consultar a la señora de Luxembourg, a quien le pareció muy bien. Me pertreché, pues, de un pequeño equipo armenio; pero el huracán levantado contra mí fué causa de que difiriese su uso para más tranquilos tiempos, y sólo hasta algunos meses después, cuando me vi reducido a recurrir a las sondas por nuevos ataques, creí poder tomar en Motiers este nuevo traje sin riesgo alguno, sobre todo después de haber consultado con el pastor de la comarca, quien me dijo que podía llevarlo, aun en el mismo templo, sin escándalo. Adopté, pues, la chaqueta, el caftán, el gorro forrado y el cinturón; y, después de haber asistido así vestido al culto divino, no hallé inconveniente en llevarlo a casa de milord mariscal. Viéndome su excelencia vestido de este modo, por todo cumplimiento, me dijo: Salamaleki; después de esto no hablamos más del asunto y no llevé otro vestido. Habiendo abandonado completamente la literatura, no pensé más que en llevar una vida dulce y tranquila, en cuanto de mí dependiese. Hallándome solo jamás he conocido el fastidio, aun no teniendo absolutamente nada que hacer: mi imaginación, llenando todo vacío, es bastante por sí sola para ocuparme. Lo que jamás he podido soportar es la habladuría de las tertulias, donde están todos sentados unos enfrente de otros, sin tener más que afilar la lengua. Cuando se va de camino, cuando se pasea, vaya con Dios; a lo menos los pies y los ojos hacen alguna cosa; pero permanecer quieto, con los brazos cruzados, hablando del tiempo que hace y de las moscas que vuelan, o, lo que es peor, dirigirse mutuos cumplidos, es para mí un suplicio insoportable. Por no vivir como un salvaje, se me antojó aprender a fabricar cordoncillos; iba a hacer mis visitas con la almohadilla, o me colocaba, como las mujeres, a la puerta de la casa trabajando y hablando con los transeúntes. Esto me hacía soportar lo vacío de la charla y pasar cl tiempo sin fastidiarme en casa de mis vecinas, muchas de las cuales eran bastante amables y no carecían de ingenio. Una de ellas, llamada Isabel de Ivernois, hija del procurador general de Neufchátel, me pareció bastante apreciable para entablar con ella una amistad particular, que le ha sido grata por los provechosos consejos que le he dado y por las atenciones que le he devuelto en ocasiones importantes; de suerte que, al presente digna y virtuosa madre de familia, tal vez me debe su razón, su marido, su felicidad y su vida. Por mi parte yo le debo muy dulces consuelos, sobre todo durante un invierno muy triste, en que, en lo más recio de mis males y de mis penas, venía a pasar con Teresa y conmigo largas veladas que hallábamos muy cortas por efecto de su carácter alegre y del mutuo desahogo de nuestros corazones. Ella me llamaba su papá, yo la llamaba hija mía, y espero que estos nombres, que seguimos dándonos, no dejarán de serle tan queridos como a mí. A fin de que mis cordoncillos sirviesen de alguna utilidad, los regalaba a mis jóvenes amigas, cuando se casaban, a condición de que criarían ellas mismas a sus hijos. De este modo regalé uno a su hermana, y lo ha merecido; Isabel recibió también otro, que no ha merecido menos por su buen deseo; pero no ha tenido el gusto de ver cumplida su voluntad. Al enviarles estos cordones, escribí una carta a cada una; la primera de estas dos cartas ha sido divulgada; mas la segunda no estaba destinada a tanto ruido: la amistad no se aviene con la ostentación. Entre las relaciones que adquirí en la vecindad, en cuyo detalle no entraré, debo consignar la del coronel Pury, que tenía una casa en la montaña, adonde venía a pasar los veranos. Yo no tenía empeño alguno en conocerle, porque no ignoraba que no era bien visto en la corte, ni por milord mariscal, a quien no visitaba. Sin embargo, como vino a yerme y me prodigó finezas, me vi precisado a visitarle yo también; esto siguió, y alguna vez comíamos juntos. En su casa conocí al señor Du Peyrou, con quien trabé una amistad demasiado íntima para que pueda pasarla por alto. El señor Du Peyrou era americano, hijo de un comandante de Surinam, cuyo sucesor, el señor de Chambrier, de Neufchátel, se casó con la viuda. Habiendo quedado viuda por segunda vez, vino a establecerse en el país de su segundo marido. Du Peyrou, hijo único, muy rico, y tiernamente amado por su madre, había sido criado con bastante esmero, y habla sabido aprovechar la educación. Poseía, aunque someramente, muchos conocimientos, alguna afición a las artes, y sobre todo se preciaba de haber cultivado su inteligencia; su aire de holandés. frío y filosófico, su atezado rostro, su carácter silencioso y retraído, favorecían mucho esta opinión. Aunque joven todavía, era sordo y padecía de gota. De ahí resultaba que todos sus movimientos fuesen muy pausados, muy graves; y, aunque le agradaba disputar, alguna vez hasta largamente, en general hablaba poco, porque no oía. Este exterior me subyugó. Dije para mis adentros: "He ahí un hombre pensador, discreto; un hombre tal que ha de ser una felicidad tenerlo por amigo". Para acabar de preocuparme, dirigíame a menudo la palabra, sin decirme jamás el menor cumplimiento. Me hablaba poco de mí, poco de mis libros y muy poco de sí mismo; no carecía de ideas, y cuanto decía era bastante exacto. Esta exactitud y esta uniformidad me atrajeron. No tenía el ánimo elevado de milord mariscal, ni su finura, pero sí su naturalidad; esto siempre era parecérsele en algo. No me entusiasmé con él, pero le cobré aprecio; y poco a poco éste trajo la amistad. Con él olvidé completamente la objeción que había hecho al barón de Holbach de ser demasiado rico; y creo que hice mal. He aprendido a dudar de que a un hombre que goza de una gran fortuna, sea quien fuere, puedan agradarle sinceramente mis principios y mi persona. Durante bastante tiempo, vi con poca frecuencia a Du Peyrou, porque yo no iba a Neufchátel, y él no venía sino una vez al año a la montaña del coronel Pury. ¿Por qué no iba yo a Neufchátel? Es una puerilidad que no debo callar. Aunque protegido por el rey de Prusia y por milord mariscal, si al principio evité la persecución en mi asilo, no pude evitar las murmuraciones del público, de los magistrados municipales y de los ministros. A consecuencia del impulso dado por Francia, no era de buen tono dejar de inferirme a lo menos algún insulto; hubiérase temido parecer que desaprobaban a mis perseguidores, dejando de imitarles. Las personas de jerarquía de Neufchátel, esto es, los amigos de los ministros de esta ciudad, dieron el primer impulso, intentando excitar contra mí el consejo de Estado. No habiendo obtenido buen éxito en esta tentativa, los ministros se dirigieron al magistrado municipal, quien hizo prohibir mi libro incontinenti, y tratándome en todas ocasiones con poca mesura, daba a entender y aun decía que si yo hubiera querido fijarme en la ciudad, no lo habría permitido. Llenaron su Mercurio de impertinencias y de las más chabacanas gazmoñerías, que, haciendo reír a las personas sensatas, no dejaban de excitar al pueblo y animarle contra mí. Todo esto no impedía que, al decir de ellos, debiese estarles muy agradecido por la extraordinaria gracia que me dispensaban dejándome vivir en Motiers, donde ninguna autoridad tenían; de buena gana me habrían medido el aire por jarros, con tal que lo hubiese pagado bien caro. Querían que les agradeciese la protección que el rey me dispensaba a pesar de ellos, y sin cesar trabajaban para quitármela. En fin, no pudiendo lograrlo, después de haberme causado todo el daño que pudieron, y de haber empleado todas sus fuerzas en difamarme, haciendo de la necesidad virtud, se jactaron de la bondad que conmigo empleaban, tolerándome en su país. Yo hubiera debido reírme en sus barbas por toda respuesta; pero fuí tan tonto que me enfadé, y cometí la estupidez de no querer ir a Neufchátel; resolución que cumplí durante cerca de dos años, como si no fuese honrar demasiado a tales gentes el prestar atención a su manera de obrar, que, buena o mala, no puede atribuírseles, porque jamás obran de motu proprio. Por otra parte, los espíritus faltos de luz y de cultura, que no conocen otro objeto digno de su aprecio que la fama, el poder y el dinero, están bien lejos aun de sospechar que se deba algún respeto al talento y que se deshonra el que lo ultraja. Cierto alcalde de una aldea, que por- sus malversaciones había sido depuesto, decía al lugarteniente de Val-de-Travers, marido de mi Isabel: dicen que este Rousseau tiene tanto talento; traédmelo, y veremos si es verdad. Seguramente9 el descontento de un hombre que usa este tono debe importar poco a los que de él son objeto. En vista del modo como se me trataba en París, en Ginebra, en Berna y en Neufchátel mismo, no esperaba mayores miramientos del pastor del pueblo. No obstante, habiéndole sido recomendado por la señora Boy de la Tour, me había recibido muy bien; mas en este país donde se halaga igualmente a todo el mundo, las caricias no significan nada. Pero después de mi solemne reconciliación con la Iglesia reformada y viviendo en un país reformado, no podía, sin faltar a mi obligación y a mi deber de ciudadano, desatender la profesión pública del culto en que había vuelto a entrar; por consiguiente asistía al servicio divino. Por otra parte, presentándome a la mesa sagrada temía exponerme a la afrenta de una repulsa; y no era probable que, después del alboroto levantado en Ginebra por el consejo y en Neufchátel por cierta clase, quisiese administrarme tranquilamente la comunión en su iglesia. Viendo, pues, aproximarse la época, me resolví a escribir al señor de Montmollin (tal era el nombre del ministro), para dar testimonio de buena voluntad y participarme que seguía siempre unido de corazón a la Iglesia protestante, y al mismo tiempo para evitar cavilaciones acerca de los artículos de fe, le dije que no quería explicación ninguna especial sobre el dogma. Habiéndome así puesto en regla tocante a este punto, quedé tranquilo, en la persuasión de que el señor de Montmollin no rehusaría admitirme sin la discusión previa, en que yo no quería entrar, y que así quedaría hecho todo sin que pudiese achacárseme la menor falta. Nada de esto sucedió: en el momento en que menos lo esperaba, el señor de Montmollin vino a declararme que, no solamente me admitía a la comunión en la forma por mí propuesta, sino que además él y los ancianos se tendrían por muy honrados contándome en su rebaño. En mi vida recibí mayor ni más consoladora sorpresa. Vivir siempre aislado en la tierra me parecía un destino muy triste, sobre todo en la adversidad. En medio de tantas proscripciones y persecuciones hallaba un deleite inefable en poder decirme: "A lo menos estoy entre mis hermanos"; y fui a comulgar con tal emoción y lágrimas de ternura, que tal vez eran la preparación que más grata puede ser a Dios. Algún tiempo después, milord me envió una carta de la señora de Boufflers (venida, o a lo menos así lo presumo) por conducto de D'Alembert, que conocía a milord mariscal. En esta carta, la primera que esta señora me escribía desde mi salida de Montmorency, me reprendía vivamente por la que había escrito al señor de Montmollin, y sobre todo por haber comulgado. Comprendí tanto menos a qué venía su amonestación, cuanto que, después de mi viaje a Ginebra, siempre había declarado abiertamente ser protestante, y había ido muy públicamente al hotel de Holanda, sin que nadie encontrase en ello nada que decir. Me parecía chistoso que la señora condesa de Boufflers quisiese meterse a dirigir mi conciencia en materia de religión. No obstante, como no me cabía duda de que su intención (aunque no comprendía una palabra) era la mejor del mundo, no me ofendió esta singular reprimenda, y le respondí sin enojo, diciéndole mis motivos. Entre tanto las injurias impresas seguían su curso, y sus benignos autores vituperaban al poder público el que me tratara con harta suavidad. Este concurso de ladridos, que seguía, encubriéndose sus autores, tenía algo de siniestro y espantoso. Por mi parte dejaba decir sin inmutarme. Me aseguraron que la Sorbona había pronunciado contra mí una censura, a que no di crédito alguno. ¿Cómo podía la Sorbona inmiscuirse en este asunto? ¿Querría tal vez asegurar que yo no era católico? Todo el mundo lo sabía. ¿Querría probar que yo no era un buen calvinista? ¿Qué le importaba? Esto hubiera sido tomarse un cuidado muy extravagante, constituirse en sustituto de nuestros ministros. Antes de haber visto este escrito, creí que lo hacían pasar por emanado de la Sorbona, para mofarse de ella; después de haberlo visto, lo creí más todavía. En fin, cuando ya no pude dudar de su autenticidad, sólo me fué dado creer que la Sorbona debía ser encerrada en el manicomio. (1763.) Más me afectó otro escrito, porque procedía de un hombre a quien siempre aprecié y cuya constancia admiraba, lamentando su ceguedad. Me refiero a la pastoral del arzobispo de París contra mí. Creí deber responderle, lo que podía hacer sin rebajarme; éste era un caso poco más o menos como el del rey de Polonia. Nunca me han gustado las disputas brutales, a lo Voltaire; yo no sé batirme sino con dignidad; y quiero que el que me ataque no deshonre mis estocadas, para que me digne defenderme. No me cabía duda de que esta pastoral era debida a los jesuitas; y, aunque a la sazón también ellos estaban en desgracia, reconocía en esto su antigua máxima que consiste en aplastar a los desvalidos. Por consiguiente, yo también podía seguir mi antigua máxima, de honrar al autor titular y fulminar rayos contra la obra; y esto es lo que creo haber hecho con bastante éxito. La estancia en Motiers me era muy grata; y para resolverme a acabar allí mis días sólo me faltaba un medio seguro de subsistir; mas en este país se vive muy caro; y yo había visto deshacerse todos mis antiguos proyectos a causa de la disolución de mi casa, por tener que cambiar de residencia, por la venta o dispersión de todos mis muebles y por los gastos que había tenido que hacer desde mi salida de Montmorency. Veía disminuirse cada día el pequeño capital que me quedaba; bastaban dos o tres años para consumir el resto, sin que vislumbrase medio de sustituirlo, a menos de volver a escribir, tarea funesta a que había renunciado ya. Persuadido de que todo cambiaría en breve respecto a mí, y de que el público, repuesto de su frenesí, obligaría a los poderosos a avergonzarse del suyo, sólo procuraba prolongar mis recursos hasta que llegase este feliz cambio, que me dejaría más en estado de escoger entre los que pudieran ofrecerse. Al efecto, tomé de nuevo mi Diccionario musical, que con diez años de trabajo tenían muy adelantado, y al que solamente faltaba dar la última mano y ponerlo en limpio. Mis libros, que me habían sido remitidos hacía poco tiempo, me facilitaron los medios necesarios para concluir esta obra; con mis papeles, que recibí al propio tiempo, pude empezar la tarea de mis Memorias, única obra de que, en adelante, quería ocuparme; y comencé por copiar cartas en una colección que pudiese ayudar a mi memoria en el orden de los hechos y de las épocas. Tenía hecha ya la elección de las que a este efecto había querido conservar, y en cerca de diez años no había interrupción alguna. Mas, al disponerme a transcribirlas, hallé un vacío que me sorprendió. Comprendía cerca de seis meses, desde octubre de 1756 hasta el mes de marzo inmediato. Recordaba perfectamente haber hallado en el acto de escoger mis papeles cartas de Diderot, de Deleyre, de la señora de Épinay, de la de Chenonceaux, etc., que llenaban este vacío, y que luego no encontré en parte alguna. ¿Qué había sido de ellas? ¿Había puesto alguien la mano en mis papeles, durante los meses que estuvieron en el palacio de Luxembourg? Esto no era creíble, y yo había visto que el señor mariscal tenía la llave del cuarto donde habían sido depositados. Como muchas cartas de mujeres y todas las de Diderot estaban sin fechas, y me había visto obligado a suplirlas de memoria y por tanteo, para colocarlas por orden, creí al principio haber cometido errores al poner las fechas, y examiné todas las que carecían de ella, o que las llevaban puestas por mí, a fin de ver si encontraba las que faltaban. Nada conseguí con este ensayo; vi que el vacío era muy positivo, y no pude dudar de que las cartas habían sido sustraídas. ¿Por quién y para qué? He aquí lo que había: estas cartas, anteriores a mis grandes disputas correspondientes a la época de mi primer delirio por Julia, no podían interesar a nadie. En ellas se veían a lo más algunos chismes de Diderot, algunas bromas de Deleyre, muestras de amistad de la señora de Chenonceaux y aun de la de Épinay, con quien estaba en aquel entonces en el mejor acuerdo. ¿A quién podían interesar tales cartas? ¿Qué se proponían hacer con ellas? Hasta siete años más tarde no he sospechado el execrable objeto de este robo. El convencimiento de la realidad de este déficit me impulsó a revistar mis borradores para ver si descubriría algún otro, y encontré algunos que, vista mi falta de memoria, me hicieron suponer que habría otros entre la multitud de mis papeles. Los que noté fueron el borrador de la Moral sensitiva, y el del extracto de las Aventuras de milord Eduardo. Este último confieso que me hizo sospechar de la señora de Luxembourg. Quien me remitió esos papeles fué La Roche, su ayuda de cámara, y no creí que hubiese nadie más que ella en el mundo a quien pudiese importarla este mamotreto; mas ¿qué había en el otro que pudiese interesarle, ni en las cartas sustraídas, que, aun suponiendo malos designios, no podían servir para causarme daño alguno, a menos de falsificarlas? Del señor mariscal, cuya invariable rectitud y verdadero afecto por mí me eran conocidos, no pude sospechar ni un solo instante; ni aun me fué dado fijar durante mucho tiempo mis sospechas en la señora mariscala. Lo más razonable que se me ocurrió, después de haberme fatigado largamente buscando el autor de este robo, fué imputarlo a D'Alembert, quien, relacionado ya con la señora de Luxembourg, habría encontrado medio de escudriñar estos papeles y apoderarse de lo que le hubiese venido en voluntad, así en punto a manuscritos como entre las cartas, ya fuese para ver de jugarme alguna mala pasada, ya para apropiarse lo que pudiese convenirle. Supuse que, engañado por el título de la Moral sensitiva, había creído hallar el plan de un verdadero tratado de materialismo, del cual habría sacado contra mí el partido que es de suponer. En la seguridad de que pronto se desengañaría con el examen del borrador, y resuelto a abandonar completamente la literatura, estos hurtos me tuvieron sin cuidado, no siendo los primeros que había sufrido de la misma mano sin quejarme. A poco dejé de pensar en esta infidelidad como si no me hubiesen hecho ninguna, y me puse a reunir los materiales que me habían dejado, para trabajar en mis Confesiones. Durante mucho tiempo creí que en Ginebra el cuerpo de ministros, y por lo menos los ciudadanos y burgueses reclamarían contra la infracción del edicto en el decreto dictado contra mí. Mas yo estaba tranquilo, a lo menos en apariencia, pues había un descontento general que no esperaba más que una ocasión para manifestarse. Mis amigos, o los que se llamaban tales, me escribían carta tras carta exhortándome a que fuese a ponerme a su frente, asegurándome una reparación pública del consejo- El temor del desorden o de los disturbios que podía ocasionar mi presencia, me impidió ceder a sus instancias; y, fiel al juramento que había hecho en otro tiempo de no mezclarme jamás en ninguna discusión civil en mi país, preferí dejar subsistir el agravio y desterrarme para siempre de mi patria, antes que volver a entrar en ella por medios violentos y peligrosos. Verdad es que había llegado a esperar que la burguesía o clase media haría representaciones legales y pacíficas contra una infracción que le interesaba en extremo; pero no fué así; los que la dirigían buscaban menos la verdadera reparación de los agravios que la ocasión de hacerse necesarios. Se tramaban maquinaciones, pero se guardaba silencio dejando alzar la voz, digámoslo así, a las vocingleras y a los camanduleros que el consejo atizaba para hacerme odioso a los ojos del populacho, y atribuir su desafuero al celo por la religión. Habiendo esperado en vano más de un año que alguien reclamase contra un procedimiento ilegal, tomé al fin una resolución: viéndome abandonado de mis conciudadanos, resolví renunciar a mi ingrata patria, donde nunca había vivido, de la cual no había recibido favor ni servicio alguno, y que en premio de la honra que había procurado ofrecerle, me trataba tan indignamente con consentimiento unánime, puesto que aquellos que debían hablar nada dijeron. Por consiguiente, escribí al primer síndico, que en aquel año lo era, si no me equivoco, el señor Fabre, una carta en que abdicaba solemnemente mi derecho de ciudadanía, y en la cual, por lo demás, observé la decencia y la moderación que siempre he empleado en los actos de altivez que la crueldad de mis enemigos me ha arrancado a menudo en medio de mis desdichas. Este paso abrió al fin los ojos a los ciudadanos: conociendo que, por la cuenta que les tenía, habían hecho mal abandonando mi defensa, la tomaron cuando ya era tarde. Tenían otras quejas que añadir a ésta, e hicieron con ellas una serie de representaciones muy bien razonadas que ensancharon y reforzaron a medida que las duras y repugnantes denegaciones del consejo, que se veía sostenido por el ministerio de Francia, les hicieron comprender mejor la realidad del proyecto de someterlos. Estos altercados dieron origen a varios folletos que nada decidían, hasta que de repente. aparecieron las Cartas escritas desde el campo, obra compuesta en favor del consejo, con sumo arte, por efecto de la cual el partido de las representaciones, reducido al silencio, quedó por algún tiempo anonadado. Este trabajo, monumento imperecedero del raro talento de su autor, era del procurador general Tronchin, hombre capaz e ilustrado y muy conocedor de las leyes y del gobierno de la república. Siluit terra. (1764.) Repuestos de su primer abatimiento los autores de las representaciones emprendieron una respuesta, de que salieron medianamente airosos con el tiempo. Mas todos los ojos se dirigieron hacia mí, como hacia el único capaz de lidiar con tal adversario con probabilidad de confundirle. Confieso que pensaba lo mismo; e impelido por mis antiguos conciudadanos que me juzgaban obligado a ayudarles con mi pluma en un apuro que yo les había traído, puse manos a la obra de la refutación de las Cartas escritas desde el campo, y parodié este título con el de Cartas escritas desde la montaña, que puse a las mías. Concebí y realicé este proyecto tan secretamente que, en una entrevista que tuve en Thonon con los jefes del partido representador, para hablar de sus negocios, durante la cual me enseñaron el plan de su réplica, no les dije una palabra de la mía, que estaba ya terminada, temiendo que sobreviniese algún obstáculo a su impresión si llegaba la menor noticia de ella, ya fuese a los magistrados o a mis enemigos particulares. A pesar de esto no pude evitar que esta obra fuese conocida en Francia antes de su publicación; mas prefirieron dejarla aparecer a que pudiese yo averiguar demasiado cómo habían descubierto mi secreto. Acerca de este hecho diré lo que he sabido, que se reduce a muy poca cosa, y me callaré lo que he conjeturado. En Motiers recibía yo tantas visitas como en el Ermitage y Montmorency; pero la mayor parte eran de una especie muy diferente. Los que hasta entonces habían ido a yerme eran personas que, teniendo conexión conmigo por la clase de conocimientos, de gustos o de principios, los alegaban como causas de sus visitas, y me ponían desde luego en el caso de tratar de materias en que podía conversar con ellos. En Motiers ya no era así, sobre todo tratándose de Francia. Venían oficiales u otras personas que no tenían la menor afición a la literatura, que la mayor parte ni siquiera habían leído mis obras, y que, según ellos decían, no dejaban de haber andado treinta, cuarenta, sesenta, cien leguas para venir a yerme y admirar al hombre ilustre, célebre, muy célebre, al grande hombre, etc. Porque desde entonces no han cesado de echarme groseramente al rostro las más impudentes lisonjas, de que me había librado hasta la sazón la estima de los que me habían rodeado. Como la mayor parte de estas inesperadas visitas no se dignaban nombrarse ni decir su condición; como sus conocimientos y los míos eran muy diferentes, y no habían leído ni ojeado mis obras, no sabía de qué hablarles, y esperaba a que lo hiciesen ellos, puesto que debían saber y decirme a qué venían. Como se comprendes esto no me proporcionaba conversaciones muy interesantes, aunque pudiesen serlo para ellos, según lo que querían saber; pues como yo no desconfiaba de ellos, me expresaba sin reservas sobre todas las preguntas que tenían por conveniente hacerme; y comúnmente se iban casi tan enterados de mi situación como yo mismo. Fué a yerme, por ejemplo, un señor de Feins, escudero de la reina y capitán de caballería del regimiento de la Reina, quien tuvo la constancia de pasar muchos días en Motiers, y aun de seguirme a pie hasta Ferriére, llevando su caballo de las riendas, sin tener conmigo otro punto de contacto que el de ser ambos conocidos de la señorita Fiel, y saber, como yo, jugar al dominguillo. Antes y después del señor de Feins recibí otra visita mucho más extraordinaria. Llegaron dos hombres a pie conduciendo cada uno un mulo cargado con su pequeño equipaje, se alojaron en la posada, dieron ellos mismos el pienso a sus mulos, y preguntaron por mí. Por el traje de estos arrieros se creyó que eran contrabandistas; y en seguida corrió la voz de que unos contrabandistas venían a visitarme. Por su manera de presentarse conocí desde luego que eran gente de otra condición; pero sin ser contrabandistas podían muy bien ser aventureros, y esta duda me tuvo un tiempo en guardia No tardaron en tranquilizarme. Uno era el señor de Montauban, llamado el conde de la Tour du Pm, gentilhombre del Delfinado y el otro el señor Destier, de Carpentras, antiguo militar, que, no pudiendo ostentar su cruz de San Luis, se la había metido en el bolsillo. Estos señores, ambos muy amables, tenían mucho ingenio; su conversación era agradable e interesante; su manera de viajar, tan acomodada a mi gusto como ingrata para los gentileshombres franceses, despertó en mí una especie de afición a ellos que con nuestro trato no podía menos de consolidarse- No pararon aquí estas relaciones, pues todavía subsisten, y han venido a yerme varias veces, aunque ya no a pie; esto era bueno para la introducción; pero cuanto más les trataba, menos conexión hallaba entre sus gustos y los míos, entre sus máximas y las mías; mejor vela que no estaban familiarizados con mis escritos, que entre ellos y yo no existía una verdadera simpatía. ¿Qué buscaban, pues, en mí? ¿Por qué vinieron a yerme con semejante aparejo? ¿A qué permanecer varios días conmigo? ¿A qué venir tantas veces? ¿A qué desear tan vivamente ser mis huéspedes? En aquel entonces no se me ocurrieron estas preguntas; he pensado en ellas algunas veces posteriormente. Agradecido a su iniciativa, mi corazón se entregaba sin reflexión, sobre todo al señor Destier, cuyas maneras más espontáneas me agradaban más. Hasta llegué a estar en correspondencia con él, y cuando quise hacer imprimir las Cartas de la montaña, me valí de él para dar esquinazo a los que esperaban mi paquete por el camino de Holanda. Me había hablado mucho, y tal vez adrede, de la liberad de la prensa de Avignon, y me había ofrecido sus buenos oficios, para el caso de que me conviniese hacer imprimir allí alguna cosa. Aproveché este ofrecimiento, y sucesivamente le remití por el correo mis primeros cuadernos. Después de haberlos conservado durante bastante tiempo, me los devolvió manifestándome que ningún librero se había atrevido a tomarlos; y me vi obligado a volver a Rey, tomando la precaución de no remitir los cuadernos sino uno a uno, y no soltar los siguientes hasta tener aviso de la recepción de los anteriores. Antes de la publicación de la obra, supe que había sido vista en las secretarías de los ministros; y de Escherny, de Neufchátel, me habló de un libro Del hombre de la montaña, que de Holbach le había dicho ser mío. Yo le aseguré, como era la verdad, no haber escrito ningún libro que llevase ese título. Cuando aparecieron las cartas, se puso furioso y me acusó de mentiroso, aunque no le hubiese dicho más que la verdad. He aquí cómo tuve la seguridad de que mi libro era conocido. No dudando de la fidelidad de Rey, me vi obligado a encaminar por otro. lado mis conjeturas; y lo que me pareció más acertado fué que mis remesas habían sido abiertas en el correo. Otra de las relaciones adquiridas poco más o menos por aquel mismo tiempo, que al principio sólo consistió en cartas, fué la de cierto señor Laliaud, de Nimes, quien desde París me escribió rogándome que le remitiese el perfil de mi retrato sacado a la silueta, diciendo que lo necesitaba para mi busto en mármol, que hacía labrar por Le Moine, con el objeto de colocarlo en su biblioteca. Si lo hizo con el objeto de insinuarse en mi ánimo, fuerza es confesar que se salió con la suya. Yo creí que un hombre que deseaba tener mi busto en mármol en su biblioteca estaría prendado de mis obras, que, por consiguiente, sería partidario de mis principios, y que me amaría por tener un alma seria del temple de la mía. Era difícil que esta idea no me sedujese. Posteriormente vi al señor Laliaud, quien se ha mostrado muy atento en prestarme multitud de pequeños favores, para entrometerse mucho en mis ordinarios quehaceres. Por lo demás, dudo mucho que ninguna de mis obras forme parte del pequeño número de libros que ha leído en su vida. Ignoro si tiene biblioteca, y aun si es mueble de su uso; en cuanto al busto, se ha limitado a un mal boceto en barro, hecho por Le Moine, con arreglo al cual ha hecho grabar un retrato horrible, que no deja de correr con mi nombre, como si en algo se me pareciese. El único francés que pareció venir a yerme por predilección por mis sentimientos y mis obras, fué un joven oficial del regimiento de Limousin, llamado Séguier de Saint-Brisson, a quien se ha visto y tal vez se ve aún brillar en París y en el mundo por sus amables cualidades y por sus aspiraciones a la agudeza de ingenio. Había ido a yerme a Montmorency en el invierno que precedió a mi calamidad, y encontré en él una viveza de sentimiento que me agradó. Posteriormente me escribió a Motiers; y sea que quisiese halagarme, o que realmente se encaprichase con el Emilio, el caso es que me participó que abandonaba el servicio para vivir independiente, y que iba a aprender el oficio de carpintero. Tenía éste un hermano mayor, capitán en el mismo regimiento, que era el predilecto de la madre, devota exagerada, dirigida por no sé qué abate gazmoño y enemiga del menor, a quien acusaba de irreligioso, y hasta del irremisible crimen de mantener relaciones conmigo. He aquí los agravios por los cuales quiso romper con ella y tomar la resolución que dejo indicada, todo por echárselas de Emilito. Alarmado de ver esta petulancia, me apresuré a escribirle para hacerle cambiar de resolución empleando en mis exhortaciones toda la energía de que era yo capaz; y fueron escuchadas. Volvió a cumplir con su deber respecto de su madre, y retiró de las manos de su coronel la dimisión que le había presentado y de que éste tuvo la prudencia de no hacer uso alguno, para dejarle tiempo de reflexionarlo mejor. Vuelto en sí de sus manías, dió en otra algo menos chocante, pero que no me disgustaba menos: fué la de hacerse autor. Dió sin interrupción dos o tres folletos que revelaban algún talento, mas no tengo que arrepentirme de haberle dispensado elogios que le animasen a proseguir en esta senda. Algún tiempo después vino a yerme, e hicimos juntos la romería de la isla de San Pedro. En este viaje le hallé muy diferente de cuando vino a yerme a Montmorency: tenía un no sé qué de afectado, que al pronto no me chocó mucho, pero que después he recordado con frecuencia. Aun vino a yerme otra vez en el hotel de Saint-Simon, a mi paso por París para ir a Inglaterra. Allí supe (lo que él no me había dicho) que vivía en el gran mundo y que veía con bastante frecuencia a la señora de Luxembourg. En Trye, no dió señales de vida, ni me hizo decir nada por su parienta la señorita Séguier, que era vecina mía, y la que jamás me pareció serme favorable. En una palabra, el apasionamiento del señor de Saint-Brisson fué momentáneo, como la amistad del de Feins; pero éste nada me debía, y el primero me debía alguna cosa, a menos de que las locuras que yo le había ahorrado no hubiesen sido más que una comedia suya: lo que en el fondo podría ser muy bien. Otras y aun más visitas recibí procedentes de Ginebra. Los Deluc, padre e hijo, me tomaron sucesivamente por enfermero: el padre cayó enfermo por el camino; el hijo ya lo estaba al salir de Ginebra, y ambos vinieron a establecerse en mi casa. Ministros, parientes, santurrones, quídams de todos géneros venían de Ginebra y de Suiza, mas no como los de Francia, para admirarme y mofarse de mí, sino para reñirme y catequizarme. El único que me fué agradable fué Moultou, que vino a pasar tres o cuatro días conmigo, y hubiera querido retenerle más tiempo. De todos ellos el más constante, el más tenaz y que me dominó a fuerza de importunidades, fué un comerciante de Ginebra llamado Ivernois, francés refugiado, y pariente del procurador general de Neufchátel. Este señor de Ivernois de Ginebra venía dos veces al año a Motiers, sin otro objeto que el de visitarme, permanecía en mi casa de la mañana a la noche, durante una porción de días seguidos, se hacía mi acompañante en mis paseos, me traía innumerable variedad de regalitos, se insinuaba a pesar mío en mi confianza y se mezclaba en todos mis asuntos, sin que entre él y yo hubiese la menor conformidad de ideas, ni de inclinaciones, ni de sentimientos, ni de nociones. Dudo que en toda su vida haya leído un libro entero de ninguna especie, y que sepa siquiera de qué tratan los míos. Cuando empecé a herborizar me siguió en mis excursiones botánicas, sin ser aficionado a ello y sin tener nada que decirme, ni yo a él. Hasta tuvo el valor de pasar tres días conmigo en un figón de Goumoins, desde donde había esperado echarle a fuerza de fastidiarle y de hacerle comprender cuánto me fastidiaba; y todo esto sin que jamás me haya sido posible desanimar su increíble constancia, ni penetrar su fundamento. Entre todas las relaciones que adquirí y mantuve sólo por fuerza, no debo omitir la única que me fué grata y me inspiró un verdadero interés: es la de un joven húngaro que vino a establecerse a Neufchátel, y luego pasó a Motiers algunos meses después de mi llegada. En el país se le conocía con el nombre de barón de Sauttern, bajo el cual había sido recomendado desde Zurich. Era alto y bien formado, de simpático semblante y de un trato afable y dulce. Dijo a todo el mundo, y a mí mismo me dió a entender, que sólo había venido a Neufchátel por mí y para avezarse a la virtud con mi trato. Su fisonomía, su tono y sus maneras me parecieron conformes con sus palabras; y hubiera creído faltar a uno de los más sagrados deberes, despidiendo a un joven en quien nada veía que no fuese amable y que me buscaba con tan respetable motivo. Mi corazón no sabe entregarse a medias. En breve obtuvo toda mi amistad, toda mi confianza, y llegamos a ser inseparables. Formaba parte de todas mis correrías pedestres y se complacía en ellas. Le presenté a milord mariscal, quien le prodigó mil halagos. Como aún no podía expresarse bien en francés, no me hablaba ni me escribía sino en latín; yo respondía en francés, y esta mezcla de las dos lenguas en nada disminuía la facilidad y la viveza de nuestras conversaciones. Me habló de su familia, de sus negocios, de sus aventuras, de la corte de Viena, cuyos detalles íntimos parecía conocer muy bien. En fin, durante cerca de dos años que pasamos en la mayor intimidad, siempre hallé en él una dulzura de carácter a toda prueba, costumbres no sólo decorosas, sino hasta elegantes, gran pulcritud en su persona, una decencia extraordinaria en sus conversaciones, en fin, todas las señales de un hombre bien nacido, que me lo hicieron harto apreciable para que no me fuese caro. En lo más vivo de nuestras relaciones, Ivernois de Ginebra me escribió que estuviese alerta con el joven húngaro que había venido a establecerse cerca de mí, pues le habían asegurado ser un espía que el gobierno de Francia había puesto a mi lado. Este aviso podía parecer tanto más alarmante, en cuanto en el país donde me hallaba todo el mundo me advertía que anduviese con cuidado, que me espiaban y que procuraban hallar medio de atraerme hacia el territorio de Francia, para jugarme allí una mala pasada. Para cerrar de una vez para siempre la boca a estos impertinentes soplones, propuse a Sauttern, sin advertirle nada, un paseo pedestre a Pontarlier, que admitió. Cuando hubimos llegado allí, le di la carta de Ivernois para que la leyera, y luego, abrazándole con calor, le dije: "Sauttern no necesita que yo le dé pruebas de mi confianza, pero es necesario probar al público que sé ponerla en buena parte". Este abrazo fué muy placentero; fué uno de estos goces del alma que los perseguidores son incapaces de conocer y de arrebatar a los oprimidos. Jamás creeré que Sauttern fuese un espía, ni que me haya hecho traición; pero me ha engañado. Mientras yo desahogaba mi pecho sin reserva con él, tuvo valor para cerrarme constantemente el suyo y engañarme con mentiras. No sé qué historia hily~n6, que me hizo creer necesaria su presencia en su país, y le exhorté que partiese a la mayor brevedad. Partió, y cuando le juzgaba ya en Hungría, supe que se hallaba en Estrasburgo. No era ésta la vez primera. Anteriormente había causado allí disturbios entre un matrimonio, y el marido, sabiendo que Sauttern me visitaba, me había escrito. Nada omití yo para encaminar a la esposa a la virtud y para llamarle a él a su deber; mas cuando ya les creía perfectamente desprendidos uno de otro, se habían reunido de nuevo, y el marido tuvo la condescendencia de volver a acoger él mismo al joven en su casa; desde entonces no me quedó nada que hacer. Supe que el pretendido barón me había engañado con un cúmulo de mentiras. No se llamaba Sauttern, sino Sauttersheim. En cuanto al título de barón que se le daba en Suiza, yo no podía tacharle de farsante, porque jamás lo había tomado; mas no me cabe duda de que fuese por lo menos hidalgo; y milord mariscal, que era muy ducho en punto a conocer a los hombres, y que había estado en su país, siempre le consideró y trató como a tal. Tan luego como se hubo marchado, la sirvienta de la posada donde comía en Motiers se confesó embarazada de él. Era una mujer tan asquerosa, y Sauttern, generalmente estimado y considerado en todo el país por su conducta y sus buenas costumbres, se preciaba tanto de pulcro, que esta impudencia chocó a todo el mundo. Las más lindas jóvenes del país, que le habían prodigado inútilmente sus zalamerías, estaban furiosas: yo estaba lleno de indignación, hice cuanto pude para que se prendiese a esta 'desvergonzada, ofreciendo pagar todos los gastos y salir fiador de Sauttersheim, a quien escribí, en la firme persuasión de que no sólo este embarazo no era obra suya, sino que era fingido y que todo esto no era más que un enredo puesto en juego por sus enemigos y los míos. Yo quería que volviese para confundir a esta infame y a los que la impulsaban a hablar. La flojedad de su respuesta me sorprendió. Escribió al pastor de la parroquia a que pertenecía aquella desvergonzada, y procuró que se acallara el asunto; visto lo cual, dejé de mezclarme en ello, pasmado de ver que un hombre tan crapuloso hubiese podido ser bastante dueño de sí mismo para engañarme con su reserva en la más íntima familiaridad. Desde Estrasburgo, Sauttersheim fué a París a buscar fortuna, y no encontró más que miseria. Me escribió diciendo su peccavi; y me conmoví recordando nuestra antigua amistad, y le envié algún dinero. El año siguiente, a mi paso por París volví a verle poco más o menos en el mismo estado, pero grande amigo del señor Laliaud, sin que me fuese dable saber de dónde procedían sus relaciones, ni si eran antiguas o recientes. Dos años después, Sauttersheim volvió a Estrasburgo, desde donde me escribió, y donde ha muerto. He aquí en compendio la historia de nuestras relaciones, y lo que sé de sus aventuras; mas al deplorar la suerte de este desdichado joven, jamás dejaré de creer que era bien nacido y que todo el desorden de su conducta se debe a las circunstancias en que se encontró. Tales fueron las amistades y relaciones que adquirí en Motiers. Mas, ¡cuántas como éstas no hubieran sido necesarias para compensar las crueles pérdidas que sufrí al mismo tiempo! Fué la primera la del señor de Luxembourg, quien, después de haber sido atormentado durante mucho tiempo por los médicos, fué al fin su víctima, pues trataron su enfermedad, en que no quisieron reconocer la gota, como si pudiesen curarla. Si he de hacer caso de la relación que me hizo La Roche, criado de confianza de la señora mariscala, es indudable que por este ejemplo, tan crudo como memorable, se deben deplorar las miserias de la grandeza. La pérdida de este buen señor fué tanto más sensible para mí, cuanto que era el único amigo verdadero que yo tenía en Francia; y la afabilidad de su carácter era tal, que me había hecho olvidar completamente su jerarquía, de modo que me avisté con él como si fuese un igual mío. No cesaron nuestras relaciones con mi huida; siguió escribiéndome como antes; pero me pareció notar que la ausencia o mi desdicha había entibiado su afecto. Es muy difícil que un cortesano conserve su adhesión a quien sabe que está en desgracia con el Poder. Por otra parte conceptué que el notable ascendiente que sobre él ejercía la señora de Luxembourg no me había sido propicio, y que ésta habría aprovechado mi alejamiento para influir contra mí en su ánimo. En cuanto a ella, a pesar de alguna demostración afectada, y cada día más rara, fué progresivamente mostrando más a las claras el cambio que en ella se operó respecto a mí. Me escribió a Suiza de cuando en cuando hasta cuatro o cinco veces, después de lo cual no me volvió a escribir; y era necesaria toda mi preocupación, toda mi confianza, toda la ceguedad que aún me dominaba, para no ver en ella más que tibieza conmigo. El librero Guy, socio de Duchesne, quien después de mi partida frecuentaba mucho el palacio de Luxembourg, me escribió diciéndome que yo estaba comprendido en el testamento del señor mariscal. Nada había en esto que no fuese muy natural y muy creíble, así es que no lo dudé. Esto me hizo deliberar conmigo mismo acerca de mi conducta respecto del legado. Bien considerado todo, resolví admitirlo, cualquiera que pudiera ser, y hacer esta distinción por un hombre que, en una categoría donde la amistad penetra raras veces, me Ja había tenido verdadera. Pero me vi dispensado de cumplir con este deber, porque no oí hablar más de este legado, real o ficticio; y a la verdad me hubiera costado un pesar tener que infringir una de las grandes máximas de moral, lucrando con la muerte de alguien cuya existencia me hubiese sido querida. Durante la última enfermedad de nuestro amigo Mussard, Lenieps me propuso que aprovechara el agradecimiento que mostraba a nuestros cuidados, para insinuarle que hiciese algo en favor nuestro. "!Ah, amigo Lenieps -le dije-, no manchemos con pensamientos de interés los tristes, pero sagrados deberes que llenamos con nuestro moribundo amigo! Espero no ver nunca mi nombre en el testamento de nadie y, sobre todo, en el de ningún amigo mío". Poco más o menos por este mismo tiempo, milord mariscal me habló del suyo y de lo que se proponía hacer por mí, a que le respondí lo que dejo dicho en la primera parte. Mi segunda pérdida, aun más sensible, y mucho más irreparable, fué la de la mejor de las mujeres y de las madres, quien, ya cargada de años y agobiada de enfermedades y de miserias, abandonó este valle de lágrimas para ir a la mansión de los buenos, donde el grato recuerdo del bien que acá abajo se ha hecho constituye su eterna recompensa. ¡ Id, alma dulce y bien hechora, junto a los Fénelon, los Bernex, los Catinat y los que, en situación más humilde, han abierto, como ellos, sus corazones a la verdadera caridad! ¡Id a gozar el fruto de la vuestra y preparad para vuestro discípulo el lugar que espera ocupar algún día a vuestro lado! ¡Dichosa vos que en medio de vuestros infortunios, a los que puso término el cielo, no tuvisteis el cruel espectáculo de los suyos! Temiendo contristarla con el relato de mis primeros desastres, no le había escrito desde mi llegada a Suiza; pero escribí al señor de Conzíé preguntándole por ella, y él fué quien me participó que había dejado de consolar a los que sufrían y de sufrir también ella. Pronto dejaré asimismo de sufrir yo; pero si creyese no volver a verla en la otra vida, mi débil imaginación se vería privada de la idea de la felicidad perfecta que allí me prometo. Mi tercera pérdida y la última, porque desde entonces ya no me han quedado amigos que perder, fué la de milord mariscal. No murió; pero, cansado de servir a ingratos, abandonó Neufchâtel, y desde entonces no le he visto más. Vive aún y espero que me sobrevivirá: gracias a él no se han roto todas mis afecciones de la tierra: aún existe un hombre digno de mi amistad; porque su verdadero precio se halla aun más en la que se experimenta que en la que uno inspira; pero he perdido los consuelos que la suya me prodigaba, y solamente puedo colocarle en la categoría de aquellos a quienes amo todavía, mas con quienes no me liga vínculo alguno. Fué a Inglaterra a recibir su indulto del rey, y rescatar sus bienes anteriormente confiscados. No nos separamos sin hacer propósito de reunirnos, que parecían casi tan gratos para él como para mí. Pensaba establecerse en su castillo de Keith-Hall, inmediato a Aberdeen, y yo debía después ir allá; mas este proyecto me halagaba demasiado para poder esperar que se realizase. No permaneció en Escocia: la tierna solicitud del rey de Prusia le volvió a Berlín, donde luego se verá cómo me vi imposibilitado de reunírmele. Previendo la tormenta que empezaba a suscitarse contra mí, antes de marcharse, me envió espontáneamente cartas de naturaleza, que parecían ser una precaución muy segura para que no pudiesen echarme del país. La comunidad de Couvet en Val-de-Travers, imitando el ejemplo del gobernador, me dió cartas gratuitas de comulgar, como las primeras. Pasando así a ser de todo punto ciudadano del país, me hallaba al abrigo de toda expulsión legal, hasta para con el príncipe; pero jamás ha sido por las vías legales como han podido perseguir al hombre que mejor ha respetado siempre las leyes. No creo deber contar en el número de las pérdidas que sufrí por este tiempo la del abate de Mably. Habiendo vivido en casa de su hermano, me había relacionado un poco con él, pero jamás con tanta intimidad; y tengo algún motivo para creer que sus sentimientos para conmigo habían cambiado de naturaleza, desde el momento en que yo había adquirido más celebridad que él. Pero cuando la publicación de las Cartas de la montaña, vi la primera manifestación de su mala voluntad. Corrió por Ginebra una carta dirigida a la señora Saladin, que se atribuía a él, en la cual se hablaba de esa obra como se hablaría de los clamores sediciosos de un demagogo desenfrenado. El aprecio que me merecía el abate de Mably, y el caso que hacía de sus luces, no me permitió creer ni un solo instante que esta extravagante carta fuese suya. Por consiguiente, tomé la resolución que me inspiró mi franqueza de remitirle una copia de la carta, advirtiéndole que se la atribuían. No me respondió. Este silencio me dejó pasmado; pero considérese mi estupor cuando la señora de Chenonceaux me dijo saber que la carta era realmente del abate y que la mía le había dejado confundido en extremo. Porque, en fin, aun cuando hubiese tenido razón, ¿cómo podía excusar un paso ruidoso y público, dado voluntariamente, sin obligación, sin necesidad, con el único fin de abrumar en lo más recio de su desgracia a un hombre a quien siempre había manifestado benevolencia y que jamás le había faltado en nada? Algún tiempo después aparecieron los Diálogos de Foción, donde no vi mas que una compilación de mis escritos, hecha sin recato y sin vergüenza. Al leer este libro comprendí que su autor estaba decidido en cuanto al modo de portarse conmigo, y que en adelante no tendría peor enemigo que él. No creo que me haya perdonado el Contrato social, harto superior a sus fuerzas, ni la Paz perpetua, y estoy seguro de que sólo mostró empeño en que yo extractase las obras del abate de Saint-Pierre porque suponía que no saldría tan airoso del paso. Cuanto más avanzo en el curso de mi relato, menos orden y encadenamiento puedo guardar en él. La agitación del resto de mi vida no ha dejado a los acontecimientos tiempo suficiente para ordenarse en mí mente. Han sido demasiado numerosos, demasiado embrollados, demasiado desagradables para que se puedan narrar sin confusión. La única impresión viva que me han dejado es la del horrible misterio que cubre su origen y del estado deplorable a que me han reducido. Mi narración ya no puede continuar sino a la ventura y según como los hechos se presenten a mi espíritu. Recuerdo que en el tiempo en que vengo hablando, enteramente ocupado en mis Confesiones, hablaba muy imprudentemente de ellas a todo el mundo, no imaginando siquiera que nadie pudiese tener interés, ni voluntad, ni poder para oponer obstáculos a esta empresa; y aun cuando lo hubiese creído, no habría sido mucho más discreto, por la imposibilidad total en que me hallo, por efecto de mi carácter, de tener oculto nada de cuanto siento y pienso. Por lo que puedo colegir, el conocimiento de este mi propósito fijé la verdadera causa de la tormenta que levantaron para expulsarme de Suiza y ponerme a merced de quien me impidiese llevarlo a cabo. Otro proyecto tenía en cierne que no era visto con mejores ojos por los que temían el primero: era el de hacer una edición general de mis escritos. Ésta me parecía necesaria para hacer constar cuáles de los libros que llevaban mi nombre eran verdaderamente míos, y poner al público en el caso de poder distinguirlos de los escritos con nombres supuestos que mis enemigos me atribuían para desacreditarme y envilecerme. Fuera de esto, esta edición era un medio sencillo y decoroso de asegurarme el pan; y era el único, puesto que, habiendo renunciado a escribir, mis Memorias no podían aparecer mientras yo viviese, y no ganando un ochavo de ninguna otra manera y gastando siempre, veía acabarse mis recursos con el producto de mis últimos escritos. Esta razón me había obligado a dar mi Diccionario musical aún informe. Éste me había valido cien luises al contado y cien escudos de renta vitalicia; pero también había de ver en breve agotados los cien luises quien prefería más sesenta anuales; y cien escudos de reuní no eran nada para un hombre sobre quien llovían incesantemente, como estorninos, los prójimos y pordioseros. Presentóseme una compañía de negociantes de Neufchátel con el fin de emprender una edición general de mis obras; y un impresor o librero de Lyon, llamado Reguillat, vino no sé cómo a meterse entre ellos para dirigirlos. El trato se hizo bajo condiciones razonables y suficientes para llenar mi objeto. Entre obras impresas y manuscritos tenía que llenar seis volúmenes en cuarto; además me comprometí a corregir la edición; en pago debían darme una pensión vitalicia de mil seiscientas libras de Francia y mil escudos al contado. (1765.) Ya estaba concluido el trato, aunque no firmado, cuando aparecieron las Cartas escritas desde la montaña. El terrible escándalo que se levantó contra esta obra infernal y su abominable autor, espantó a la compañía y se deshizo el negocio. Yo podría comparar el efecto producido por esta última obra al de la Carta sobre la música francesa, si esta carta, atrayéndome el odio y exponiéndome a los peligros, no me hubiese dejado a lo menos la consideración y el aprecio. Pero, al ver esta última obra, pareció que en Ginebra y en Versalles extrañaban que se dejase respirar a un monstruo como yo. El consejo, excitado por el ministro residente de Francia y dirigido por el gobernador general, dió sobre mi obra una declaración en la cual, en medio de los más /atroces calificativos, declaraba que era indigna de ser quemada por el verdugo, añadiendo, con una maestría que tiene algo de burlesco, que no se puede replicar a ella ni mencionarla para nada sin deshonrarse. Quisiera poder copiar aquí este documento; pero desgraciadamente no lo tengo, y no recuerdo de él una sola palabra. Deseo ardientemente que alguno de mis lectores, animado por el amor a la verdad y a la equidad, tenga a bien leer por completo las Cartas escritas desde la montaña; y me atrevo a decir que conocerá la estoica moderación qué reina en ellas, recordando los sensibles y crueles ultrajes con que a porfía abrumaban a su autor. Mas no pudiendo responder a las injurias, porque no Y las había, ni a las razones, porque eran incontestables, tomaron el partido de parecer demasiado enfurecidos para querer replicarme; y lo cierto es que, si tomaban por injurias los argumentos irrefutables, debían darse por muy ofendidos. El partido de las representaciones, lejos de presentar queja alguna contra esta odiosa declaración, siguió la senda que aquélla le trazaba: y, en vez de valerse como de un trofeo de las Cartas de la montaña, que disfrazaron para escudarse con ella, cometieron la vileza de no honrar ni hacer justicia a esta obra escrita para su defensa y a ruego suyo, ni mencionarla, ni nombrarla, aunque tácitamente sacasen de ella todos sus argumentos, y a pesar de que la exactitud con que siguieron el consejo con que termina fué la única causa de su salvación y su victoria. Ellos me habían impuesto este deber: yo lo había llenado; había servido a mi patria y su causa hasta el fin. Les rogué que abandonasen la mía y que no se acordasen sino de sí mismos en sus desavenencias. Hiciéronlo al pie de la letra, y yo sólo me he mezclado en sus asuntos para exhortarles sin cesar a mantener la paz, no dudando que, si se obstinaban, se verían aplastados por Francia. Esto no ha sucedido; comprendo la razón, pero no es éste el lugar de decirla. El efecto producido por las Cartas de la montaña en Neufchátel fué al principio muy tranquilo. Remití un ejemplar al señor de Montmollin, quien lo recibió bien y lo leyó sin objeción. Estaba enfermo, lo mismo que yo; cuando estuvo restablecido vino a yerme amigablemente y no me habló de nada. No obstante, empezaban las murmuraciones, y quemaron el libro no sé dónde. Desde Ginebra, de Berna, y quizá de Versalles, el foco de la efervescencia pasó muy pronto a Neufchátel, y sobre todo a Val-de-Travers, donde aún antes de que las clases elevadas hubiesen hecho ningún movimiento aparente, habían empezado a concitar al pueblo por ocultos medios. Me atrevo a decir que yo debía ser querido del pueblo en aquel país, como lo he sido en todos aquéllos donde he morado, puesto que derramaba las limosnas a manos llenas, no dejaba que hubiese indigente alguno en derredor mío, no rehusaba a nadie ningún servicio que estuviese a mi alcance y fuese justo, y me familiarizaba tal vez demasiado con todo el mundo, evitando con todas mis fuerzas cualquier distinción que pudiese excitar la envidia. Todo esto no fué bastante para impedir que el populacho, levantado secretamente no sé por quién, se animase por grados contra mí hasta el furor y me insultase públicamente en pleno día, no sólo en el campo y en los caminos, sino en medio de la calle. Aquellos que más beneficios me debían eran los más encarnizados; y había gente a quien todavía continuaba dispensándolos que, no atreviéndose a mostrarse, excitaba a los otros, pareciendo querer vengarse así de la obligación en que estaban conmigo. Montmollin parecía no ver nada y no aparecía todavía; mas, como se acercaba la época de la comunión, vino a mi casa para aconsejarme que me abstuviese de presentarme, asegurándome, por lo demás, que no me quería causar daño alguno y me dejaría tranquilo. Este obsequio me pareció extravagante, y, recordando la carta de la señora de Boufflers, no podía concebir a quién importase tanto que yo comulgara o no. Como consideraba que acceder a ello hubiera sido una cobardía de mi parte, y además no quería dar al pueblo este nuevo pretexto de clamar contra el impío, me negué abiertamente a las pretensiones del ministro, quien se volvió a su casa descontento, diciéndome que me arrepentiría de ello. El no podía prohibirme la comunión por su sola autoridad: era preciso que lo hiciera el consistorio que me había admitido; y mientras éste no dijese nada, yo podría presentarme libremente sin temor de ser rechazado. Montmollin se hizo dar por la clase elevada la comisión de citarme ante el consistorio para que diese cuenta de mi fe y excomulgarme en caso de negativa. Esta excomunión sólo podía dictarla el consistorio y por mayoría de votos. Pero los labradores que, con el nombre de ancianos, componían esta asamblea, presididos y, como se comprende muy bien, dirigidos por su ministro, no debían ser naturalmente de un parecer contrario al suyo, principalmente en materias teológicas que aun entendían menos que él. Por consiguiente fuí citado, y resolví comparecer. ¡Qué feliz circunstancia y qué triunfo para mí si yo hubiese sabido hablar, y, por decirlo así, hubiese tenido mi pluma en la boca! Con qué superioridad, con qué facilidad hubiera aterrado a este pobre ministro en medio de sus seis patanes. Habiendo olvidado el clero protestante todos los principios de la reforma por la avidez de dominar, para recordárselos y reducirle al silencio, me bastaba comentar mis primeras Cartas de la montaña, que habla cometido la torpeza de censurarme. La materia estaba ya completa; no tenía que hacer sino desarrollarla, y nuestro hombre quedaba confundido. No habría sido yo tan tonto que me mantuviese a la defensiva; me era muy fácil convertirme en agresor aun sin que él lo notara, o sin que pudiese esquivarlo. Los cleriguillos de jerarquía, no menos atolondrados que ignorantes, me habían puesto ellos mismos en la posición más ventajosa que hubiera podido desear para aplastarlos a discreción. Mas era preciso hablar, y hablar de improviso, hallar las ideas, los giros, las palabras más oportunas en el momento, tener siempre presencia de ánimo, siempre una constante sangre fría y no turbarme jamás un solo instante. ¿Qué podía yo esperar de mí, conociendo mi ineptitud para expresarme de repente? Me había visto reducido al más humillante silencio en Ginebra, ante una asamblea dispuesta toda en favor mío, y de antemano resuelta a aprobarlo todo. Ahora sucedía todo lo contrario; tenía que habérmelas con un quisquilloso, que tenía la astucia en cambio del saber, que me tendería mil lazos antes de que yo descubriese ninguno, y que estaba resuelto a cogerme en falta a toda costa. Cuanto más examinaba esta situación, tanto más peligrosa me parecía, y conociendo la imposibilidad de salir airoso' de ella, imaginé otro recurso. Medité un discurso para pronunciarlo ante el consistorio, donde le recusé dispensándome de responder. Esto era muy sencillo: escribí el discurso y me puse a estudiarlo de memoria con sin igual ardor. Teresa se reía de mí oyéndome hablar entre dientes y repetir incesantemente las mismas frases para que me quedasen en la memoria. Esperaba que al fin retendría todo el discurso; sabía que el alcaide del castillo, como empleado del príncipe, asistirla al consistorio: que, a pesar de los manejos y de las botellas de Montmollin, la mayor parte de los ancianos estaban prevenidos en favor mío: tenía de mi parte la razón, la verdad, la justicia, la protección del rey, la autoridad del consejo de Estado, los votos de todos los buenos patricios a quienes interesaba el establecimiento de esta información: todo contribuía a animarme. La víspera del día señalado sabía todo el discurso de memoria,. y lo recitaba perfectamente. Lo repasé durante toda la noche mentalmente; mas al día siguiente ya no lo sabia; tartamudeaba a cada palabra, me creía ya en presencia de la ilustre asamblea, me turbaba, balbuceaba y se me iba la cabeza; en fin, casi al momento de marchar me faltó el valor completamente; me quedé en casa y me resolví a escribir al consistorio enumerando rápidamente mis motivos y pretextando mis achaques, que realmente, en el estado que a la sazón me hallaba, difícilmente me habrían permitido sostenerme durante la sesión entera. El ministro, turbado con mi carta, remitió la sesión a otro día. En el ínterin, por sí mismo y por medio de los suyos, dió mil pasos para seducir a aquellos de los ancianos que, siguiendo la inspiración de su conciencia antes que la de él, no opinaban a su gusto ni al de las personas de categoría. Por muy poderosos que para esta clase de gente debiesen ser sus argumentos sacados de la bodega, no pudo granjearse ninguno fuera de los dos o tres que ya le eran adictos y a quienes se daba el nombre de sus almas condenadas. El empleado del príncipe y el coronel Pury, que en esta ocasión se mostró muy activo, mantuvieron a los otros en su deber; y cuando ese Montmollin quiso proceder a la excomunión, su consistorio, por mayoría de votos, se la negó rotundamente. Reducido entonces al último recurso de amotinar al populacho, se puso a trabajar con sus cofrades y otr