libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Por esta razón la sentencia por sí sola exigía una explicación, y además la exigía mucho más de parte de un autor que, en el preciso momento de estamparla, tenía un amigo retirado a un lugar solitario. A mí me pareció chocante e indecoroso que al publicarla se hubiese olvidado de este amigo solitario, o, si de él se acordaba, que no hubiese hecho, a lo menos como máxima general, la honrosa y justa excepción que debía, no solamente a este amigo, sino también a tantos sabios respetados que en todo tiempo han buscado la calma y la paz en la soledad, y de quienes, por vez primera desde que existe el mundo, se le antojaba a un escritor formar otros tantos malvados indistintamente, de una sola plumada. Yo quería entrañablemente a Diderot, le tenía una estimación sincera, y estaba completamente persuadido de que me correspondía con iguales sentimientos. Pero cansado de su infatigable obstinación en contrariar eternamente todos mis gustos, mis inclinaciones, mi modo de vivir, sobre todo lo que sólo a mi me interesaba; irritado de ver un hombre más joven que yo querer gobernarme a la fuerza como a un niño; disgustado de su facilidad en prometer y su tardanza en cumplir; fastidiado de tantas citas dadas por él sin comparecer a ninguna, y de su capricho en repetirlas expresamente para faltar a ellas; aburrido de aguardarle inútilmente tres o cuatro veces al mes, los días señalados por él mismo, y comer sólo al anochecer, después de haber ido a su encuentro hasta Saint-Denis, y haberle esperado todo el día, tenía ya lleno mi corazón de agravios. Este último me pareció grave y me hirió más profundamente. Le escribí quejándome, pero con una dulzura y enternecimiento que me hizo inundar el papel de lágrimas; y mi carta era bastante conmovedora para hacérselas también derramar a él. Nadie es capaz de adivinar cuál fué su respuesta: hela aquí al pie de la letra (Legajo A, número 33): "Me alegro mucho de que mi obra os haya gustado y conmovido. Veo que en lo tocante a los eremitas no sois de mi parecer; enhorabuena, decid de ellos todo lo bueno que queráis, yo sólo pensaré así de vos y aun habría mucho que decir si se os pudiese hablar sin que os enfadaseis. ¡Una mujer de ochenta años!, etc. Me han dicho una frase de una carta del hijo de la señora de Épinay que ha debido apesadumbraros mucho, o yo conozco mal el fondo de vuestra alma". Preciso es explicar las dos últimas frases de esta carta. Al principio de mi estancia en el Ermitage, parecía que la señora Le Vasseur no estaba allí contenta y hallaba la casa harto solitaria. Habiendo recordado con este motivo sus indirectas, le ofrecí enviarla a París si esto le agradaba, pagar allí el alquiler de su habitación, y cuidar de ella lo mismo que si estuviese conmigo todavía. Ella rehusó, asegurando que estaba muy a gusto en el Ermitage, que el aire del campo le probaba: y claramente se veía cuán cierto era; pues, por decirlo así, se rejuvenecía y estaba mucho mejor que en París. Su hija me aseguró además que en el fondo aun le habría disgustado en extremo que abandonásemos el Ermitage, que realmente era un hermoso lugar, pues le gustaba mucho el cuidado del jardín y de la fruta, cuyo manejo estaba a su cargo, pero que había dicho lo que le habían hecho decir para impulsarme a volver, a París. No habiendo salido bien esta tentativa, probaron a obtener por medio del escrúpulo el efecto que no había producido la complacencia: me censuraron como un crimen el conservar allí esta anciana, lejos de los socorros y cuidados que podía necesitar a su edad, sin pensar que ella y muchas otras ancianas, cuya vida prolongan los excelentes aires del país, podían hallar cuanto le fuera necesario en Montmorency, que estaba a dos pasos; y como si no hubiese viejos sino en París, y no pudiesen vivir en ninguna otra parte. La señora Le Vasseur, que comía mucho y con una voracidad extraordinaria, sufría ataques de bilis y fuertes diarreas, que le duraban algunos días y le servían de remedio. En París nunca tomaba ninguno, y dejaba obrar a la Naturaleza. Lo mismo hacía en el Ermitage, sabiendo que nada podía hacer mejor. No importa: porque no había en la campiña médicos ni boticarios, dejarla allí era querer su muerte, por más que ella se encontrase perfectamente bien. Diderot hubiera debido determinar a qué edad no se puede permitir, so pena de homicidio, que los viejos vivan fuera de París. Ésta era una de las dos atroces acusaciones por las cuales no me exceptuaba en su sentencia, de que no está sólo más que el malvado; y esto es lo que significaba su exclamación patética y el etcétera que benignamente le había añadido: ¡ Una mujer de ochenta años, etcétera! A este reproche no creí poder responder mejor que remitiéndome a la misma señora Le Vasseur. Le rogué que escribiese su modo de sentir con toda verdad a la señora de Épinay y para dejarla con más libertad no quise ver su carta, y le enseñé la que voy a trascribir y dirigí yo a la misma, con motivo de una respuesta que yo había querido dar a otra carta de Diderot aun más dura, y que ella me había impedido enviar. Jueves. "La señora Le Vasseur os ha de escribir, mi buena amiga; yo le he suplicado que os diga sinceramente lo que piensa. Para dejarla en mayor libertad, le he dicho que no quería ver su carta, y a vos os ruego que no digáis nada de su contenido. "No enviaré mi carta puesto que no lo queréis; pero sintiéndome gravemente ofendido, si conviniese en que no tengo razón cometería una bajeza y una falsedad que no puedo permitirme. El Evangelio ordena al que recibe una bofetada que presente el otro carrillo, pero no que pida perdón. ¿Os acordáis de aquel hombre de la comedia, que grita dando palos: he aquí el oficio del filósofo? "No contéis con impedirle que venga a causa del mal tiempo. Su enojo le dará el tiempo y las fuerzas que le quita la amistad; será la primera vez de su vida que cumpla su promesa de venir. Hará un esfuerzo para venir a repetirme de palabra las injurias que me ha dicho en sus cartas; yo las sufriré con paciencia. Él se volverá a continuar enfermo en París; y yo, según es costumbre, seré un hombre muy odioso; pero, ¿qué hacer? Fuerza es sufrir. "Sin embargo, ¿no admiráis, señora, la cordura de este hombre que quería venir a buscarme en coche a Saint-Denis, comer allí y conducirme de nuevo a mi casa en coche; y a quien ocho días después (legajo A, número 34), su fortuna no le permite ir al Ermitage sino a pie? No es absolutamente imposible, para hablar a su modo, que éste sea el tono de la buena fe; pero en tal caso es necesario que en ocho días haya sufrido su fortuna extraños cambios. "Participo del sentimiento que os causa la enfermedad de vuestra madre: pero ya veis que vuestro pesar no llega con mucho al mío. Aún se sufre menos viendo enfermas a las personas a quienes se ama, que viéndolas mostrarse injustas y crueles. "Adiós, mi buena amiga: ésta será la última vez que os hable de este desgraciado asunto. Me habláis de ir a París con una sangre fría que en otras circunstancias me haría mucha gracia. Escribí a Diderot lo que había hecho respecto a la señora Le Vasseur, a propuesta de la misma señora de Épinay; y habiendo escogido aquélla, como es de suponer, quedarse en el Ermitage, donde se hallaba muy bien, donde siempre tenía compañía, y donde vivía muy satisfecha, Diderot ya no supo de qué echar mano para censurarme y buscó el pretexto en esta precaución mía, sin dejar de hallar también criminal por mi parte la estancia continuada de la señora Le Vasseur en el Ermitage, aunque esta continuación fuese por voluntad suya y aunque sólo de ella hubiera dependido y dependió siempre volver a París, con los mismos auxilios míos que recibía a mi lado. He aquí la explicación del reproche de la primera carta de Diderot, núm. 33. La del segundo se halla en su carta núm. 34: "El Letrado (era un sobrenombre dado por Grimm al hijo de la señora de Épinay), el Letrado debe haberos escrito que hay sobre la muralla veinte pobres que se mueren de hambre y de frío y esperan el ochavo que les dabais. Esto es una muestra de nuestras conversaciones.., y si oyeseis lo demás no os agradaría menos". He aquí mi respuesta a este terrible argumento, de que parecía tan satisfecho Diderot: "Creo haber respondido al Letrado, es decir, al hijo de un asentista general, que no compadecía a los pobres que él había visto en la muralla esperando mi ochavo, pues que probablemente él les habría resarcido con creces; que los pobres de París no podrían quejarse de este cambio y que yo no hallaría fácilmente uno tan bueno para los de Montmorency, que mucho más lo necesitaban. Aquí hay un respetable viejo que, después de haber pasado toda su vida trabajando, no pudiendo ya más, se muere de hambre en su ancianidad. Mi conciencia se siente más satisfecha con los dos sueldos que le doy cada lunes que con los cien ochavos que habría distribuido entre los mendigos de la muralla. Vosotros los filósofos sois muy divertidos, puesto que consideráis a los habitantes de las ciudades como los únicos con quienes tenéis deberes que cumplir. Donde se aprende a amar y a ser útil a la humanidad es en el campo; en las ciudades se aprende a despreciarla." Tales eran los singulares escrúpulos en virtud de los cuales un hombre de talento tenía la imbecilidad de considerar seriamente como un crimen mi alejamiento de París, y con mi propio ejemplo pretendía probarme que no se podía vivir fuera de la capital sin ser un malvado. Ahora no comprendo por qué cometí la tontería de responderle y de incomodarme, en vez de reírme en sus barbas por toda respuesta. Entre tanto, las decisiones de la señora de Épinay y los clamores del círculo holbáquico, de tal modo habían fascinado a la gente en favor suyo, que generalmente se le daba la razón a él en este asunto, y que la señora de Houdetot, gran admiradora de Diderot, quiso que yo fuese a verle en París y que hiciese todo lo posible para una reconciliación, que, a pesar de ser por mi parte sincera y completa, fué de corta duración. El argumento de que se valió y que ganó a mi corazón fué que, en aquellos momentos, Díderot era desgraciado. Además de la tempestad que se levantó contra la Enciclopedia, sufría a la sazón otra muy violenta con motivo de su obra, que, a pesar de la historieta que había puesto al principio, le acusaban de haber tomado por entero de Goldoni. Diderot, aun más sensible a la crítica que Voltaire, se hallaba abrumado. La señora de Grafigny había cometido la vileza de hacer correr el rumor de que yo había roto con él en esta ocasión. Juzgué que sería justo y generoso probar públicamente lo contrario; y fuí a pasar dos días, no solamente con él, sino hasta en su propia casa. Después de mi instalación en el Ermitage, éste fué el segundo viaje que hice a París. El primero lo había hecho para ir a auxiliar al pobre Gauffecourt, que tuvo un ataque de apoplejía, de que jamás se llegó a ver completamente restablecido y durante el cual no abandonó su lecho hasta que estuvo fuera de peligro. Diderot me recibió bien. ¡Cuántos agravios puede borrar el abrazo de un amigo! ¿Qué resentimiento puede quedar después en el corazón? Tuvimos pocas explicaciones. No se necesitan para recíprocas invectivas. No hay que hacer más que una cosa: a saber, olvidarlas. No había habido ocultos procederes, a lo menos que yo supiese; no era como con la señora de Épinay. Me mostró el plan del Padre de familia. "He aquí -le dije yo-, la mejor defensa del Hijo natural. Guardad silencio, trabajad con cuidado esta obra, y luego echádsela de repente al rostro a vuestros enemigos por toda respuesta" - Así lo hizo y le fué muy bien. Hacía cerca de seis meses que yo le había enviado las dos primeras partes de la Julia para que me diese su parecer, mas no la había leído todavía. Leímos un cuaderno juntos, y todo le pareció hojarasca; éste fué el término que usó; es decir, cargado de palabras y redundante. Yo mismo lo había percibido; pero era la verbosidad de la fiebre; nunca he podido corregirlo. Las últimas partes no son así. La cuarta, sobre todo, y la sexta, son modelos de dicción. El segundo día de mi llegada, se empeñó en llevarme a cenar en casa del señor de Holbach. Lejos estaba yo de semejante intento; pues hasta quería romper el convenio sobre el manuscrito de Química, que me indignaba deber a semejante hombre; pero Diderot logró arrastrarme. Jurome que el señor de Holbach me quería entrañablemente, que era preciso perdonarle un tono que empleaba con todo el mundo y que tenían que sufrirlo sus amigos más que nadie. Me hizo ver que rehusar el producto de aquel manuscrito, habiéndolo aceptado dos años antes, era afrentar al donador, que no lo merecía, y que no admitirlo podría interpretarse mal, como un tácito reproche por haber pasado tanto tiempo sin cerrar el trato. "Yo -añadió- veo todos los días a Holbach y conozco mejor que vos el estado de su alma. Si tuvieseis motivos para estar descontento de él, ¿creéis a vuestro amigo capaz de aconsejaros una bajeza?" En resumen, con mi ordinaria flaqueza, me dejé subyugar, y fuimos a cenar en casa del barón, que me recibió como de costumbre. Pero su mujer me trató con frialdad y casi son descortesía. Ya no era aquella amable Carolina que me manifestaba tanta benevolencia de soltera. Yo había creído experimentar desde mucho tiempo antes que, desde que Grimm frecuentaba la casa de Ame, no se me veía allí con tan buenos ojos. Mientras yo estaba en París, llegó Saint-Lambert del ejército; como lo ignoraba, no le vi hasta después de mi regreso al campo, primero en la Chevrette, y luego en el Ermitage, donde vino con la señora de Houdetot para quedarse a comer conmigo. Ya puede juzgarse con cuánto placer les recibiría, pero mucho más me complació todavía la buena inteligencia con que les vi. Satisfecho de no haber turbado su felicidad, yo mismo gozaba de ella, y puedo jurar que durante mi loca pasión, y sobre todo en aquel momento, aunque hubiese podido suplantarle cerca de la señora de Houdetot, no hubiera querido hacerlo ni siquiera pensarlo. Hallábala yo tan amable amando a Saint-Lambert, que difícilmente podía imaginar que hubiese podido serlo tanto amándome a mí mismo; y no queriendo turbar su intimidad, todo lo que verdaderamente deseaba de ella en mi delirio era que se dejase amar. En fin, por más violenta que fuese mi pasión por ella, hallaba tan grato ser el confidente como el objeto de sus amores, y jamás he mirado a su amante como mi rival, sino como mi amigo. Se dirá que esto no era aún amor; sea, pero entonces era más aun. Saint-Lambert se condujo como hombre discreto y juicioso; como yo era el único culpable, también fui el solo castigado, y aun con indulgencia. Me trató con dureza, pero amistosamente; vi que había perdido algo de su estimación, pero nada de su amistad. Me consolé, sabiendo que me sería más fácil recobrar la primera que la segunda, y que era él harto sensato para confundir una debilidad involuntaria y pasajera con un vicio de carácter. Si en cuanto había pasado había culpa de mi parte, era bien poca. ¿Era yo quien había ido en busca de su dama? ¿No me la había enviado él mismo? ¿No era acaso ella quien había venido a buscarme? ¿Podía dejar de recibirla? ¿Qué había yo de hacer? Sólo ellos habían hecho el mal y yo había sufrido sus consecuencias. En mi lugar él habría hecho lo mismo que yo, quizá peor; porque al fin, por más fiel, por más apreciable que fuese la señora de Houdetot, era mujer; él estaba ausente, las ocasiones eran frecuentes, las tentaciones vivas, y le hubiera sido muy difícil defenderse siempre con igual éxito contra un hombre más emprendedor. En semejante situación, era seguramente mucho para ella y para mí haber podido trazarnos límites que nunca nos permitiésemos pasar. Aunque en el fondo de mi alma tuviese yo un testimonio bastante honroso, estaban en contra mía tantas apariencias, que la invencible vergüenza que me dominó delante de él me daba el aspecto de un culpable, y él abusaba a menudo de mi situación para humillarme. Un solo caso bastará para describir nuestra posición respectiva. Estábale leyendo, después de comer, la carta que el año anterior había escrito a Voltaire, de la cual había oído hablar. Se durmió durante la lectura; y yo, en otro tiempo tan altivo, hoy tan apocado, nunca me atreví a interrumpir la lectura, y continué leyendo mientras él siguió roncando. Tales eran mis bajezas, y tales sus venganzas; pero su generosidad jamás le permitió cometer tales actos sino entre los tres. Cuando hubo partido nuevamente, hallé en la señora de Houdetot un cambio notable con respecto a mí. Me sorprendió tanto como si no hubiese debido esperarlo; lo sentí más de lo que hubiera debido, y esto me hizo mucho daño. Parecía que todo aquello de que yo esperaba mi curación no hacía sino hundir más en mi corazón el dardo que al fin he roto más bien que arrancado. Estaba firmemente resuelto a dominarme y a hacer todo lo posible para convertir mi loca pasión en una amistad pura y duradera. Había al efecto formado los más bellos proyectos> para cuya realización necesitaba el concurso de la señora de Houdetot. Cuando quise hablarle, la encontré distraída, cortada; sentí que habla dejado de agradarle mi trato, y vi claramente que había pasado algo que ella no quería decirme y que no he sabido nunca. Este cambio, del cual me fué imposible obtener una explicación, me hirió cruelmente. Me pidió sus cartas; yo se las devolví todas, con una fidelidad de que me hizo la injuria de dudar un momento. Esta sospecha fué otra herida inesperada para mi corazón, que tan bien debía ella conocer. Me hizo justicia, pero no fué en el primer momento; comprendí que el examen del paquete entregado por mí le había hecho conocer su falta; conocí que se arrepentía y esto me resarció algún tanto. No podía ella retirar sus cartas sin devolverme las mías, pero me dijo que las había quemado; yo me aventuré a dudarlo y confieso que lo dudo todavía. No; tales cartas no se arrojan al fuego. Se han juzgado ardientes las de Julia. ¡Oh Dios mío, qué se habría dicho entonces de aquéllas! No; la mujer capaz de inspirar un amor semejante jamás tendrá valor para quemar sus pruebas. Pero tampoco temo que haya abusado de ellas; no la creo capaz de hacerlo, y además estaba previsto. El inocente pero vivo temor de yerme burlado me llevó a empezar esta correspondencia en un tono que puso mis cartas al abrigo de las revelaciones. Llevé la familiaridad adquirida en mi embriaguez hasta el punto de tutearla; pero, ¡de qué modo! Era imposible que la ofendiese. Sin embargo, se quejó de ello varias veces, aunque inútilmente; sus quejas no hacían más que avivar mis temores; y, por otra parte, yo no podía resolverme a retroceder. Si estas cartas existen todavía y algún día se publican, se sabrá cómo he amado. El dolor que me causó la frialdad de la señora de Houdetot y la certeza de no haberla merecido me hicieron tomar el singular partido de quejarme de ello al mismo Saint-Lambert. Mientras esperaba el efecto de la carta que le escribí con este motivo, me entregué a distracciones que hubiera debido buscar más pronto. Compuse piezas musicales para las fiestas que hubo en la Chevrette. El placer de honrarme a los ojos de la señora de Houdetot con un talento a que era aficionada excitó mi numen; y contribuía a animarlo otro motivo, a saber: el deseo de manifestar que el autor de El adivino de la aldea, sabía música; pues notaba hacía mucho tiempo que alguien trabajaba en secreto para hacerlo dudar, a lo menos en cuanto a la composición. Mi estreno en París, las pruebas a que me habían sometido varias veces, así en casa del señor Dupin como en la del señor de la Popliniére; la cantidad de música que había compuesto durante catorce años en medio de los más célebres artistas y a sus propios ojos; en fin, la ópera Las musas galantes, esta misma de El adivino, un motete que había compuesto para la señorita Fel, que lo cantó en el concierto espiritual; tantas conferencias como había celebrado sobre este bello arte con los más grandes maestros, todo parecía deber evitar o disipar semejante sospecha. Sin embargo, existía, aun en la Chevrette, donde vi que el señor de Épinay tampoco estaba exento de duda. Sin dar a entender que lo notaba, me encargué de componer un motete para la dedicación de la capilla de la Chevrette, y le supliqué que él mismo me diese la letra a gusto suyo. Dió encargo de hacerla a Linant, ayo de su hijo, que la hizo a propósito para el caso, y ocho días después de haberme sido entregada estuvo compuesto el motete. Esta vez el despecho fué mi Apolo, y jamás salió de mis manos música más armoniosa. La letra empezaba con estas palabras: Ecce sedes hic Tonantis ~. La pompa de la introducción responde a las palabras, y todo el resto del motete es de una belleza de canto que sorprendió a todo el mundo. Lo había arreglado para gran orquesta. Épinay reunió los mejores sinfonistas. La señora Bruna, cantatriz italiana, lo cantó y fué bien acompañada. El motete tuvo un éxito tan grande, que posteriormente se ha cantado dos veces en el concierto espiritual, donde, a pesar de las ocultas cábalas, y la mala ejecucióii, por dos veces ha obtenido el mismo aplauso. Para el santo del señor de Épinay di la idea de una especie de melodrama, medio pantomima, que compuso su esposa, y para la cual también hice la música. Grimm, al llegar, oyó hablar de mis triunfos armónicos. Una hora después no se habló más de ellos, pero a lo menos no se puso más en duda, que yo sepa, si sabia de composición. Apenas estuvo Grimm en la Chevrette, donde yo no encontraba ya gran deleite, cuando acabó de hacerme insoportable mi estancia con una conducta tal como no la había visto en nadie, y de que ni siquiera tenía idea. La víspera de su llegada me desalojaron de la habitación de preferencia que ocupaba, contigua a la de la señora de Épinay; dispusiéronla para el señor Grimm, dándome otra más lejana. He aquí, dije yo riendo a la señora de Épinay, cómo los recién venidos desalojan a los antiguos, y me pareció cortarse. Aquella misma noche comprendí mejor la causa de ello, sabiendo que entre su cuarto y el que yo había ocupado existía una puerta oculta de comunicación, que ella había juzgado inútil mostrarme. Sus relaciones con Grimm no eran ignoradas de nadie, ni en su casa, ni del público, ni aun de su marido; con todo, lejos de confiármelo a mí, dueño de secretos que le importaban mucho más, y de quien estaba segura, me lo ocultó siempre con tenaz empeño. Comprendí que esta reserva provenía de Grimm, quien, siendo depositario de todos mis secretos, no quería que yo lo fuese de ninguno de los suyos. Por mucho que mis antiguos sentimientos aún no extinguidos y el mérito real de aquel hombre me inclinasen a favor suyo, no fueron bastantes a resistir el empeño con que él destruyó mi inclinación. Su modo de presentarse fué el del conde de Tuffiére; apenas se dignó devolverme el saludo; ni una sola vez me dirigió la palabra, y pronto me corrigió de dirigírsela yo, no respondiéndome. Siempre tomaba la delantera y se apoderaba del lugar preferente, sin fijarse nunca en mí. Y aun esto pase, sí no lo hubiese hecho con un tono afectado muy chocante, como podrá juzgarse por un rasgo entre mil. Una tarde en que la señora de Épinay se sentía algo molesta, dijo que la llevasen un bocado a su cuarto, y subió para cenar junto a la lumbre. Me propuso subir con ella y lo hice. En seguida vino Grimm. La mesita estaba ya puesta y no había más que dos cubiertos. Sirvieron: la señora de Épinay se colocó en uno de los dos sitios junto al fuego, y el señor Grimm tomó un sillón, se colocó en el otro extremo, colocó la mesita entre ellos dos, desplegó su servilleta y se preparó a comer sin decirme una palabra. La señora de Épinay se ruborizó, y, para obligarle a reparar su grosería, me ofreció su propio sitio. Él no dijo nada, ni me miró. Yo, no pudiendo aproximarme al fuego, tomé el partido de pasearme por el cuarto esperando que me trajesen un cubierto. Dejome cenar en un extremo de la mesa, lejos del fuego, sin dispensarme la menor atención, a mí a quien tenía incomodado, teniendo más edad que él, más antiguo en la casa, cuya entrada me debía, y a quien, además, hubiera debido obsequiar como favorecido por la dama. Todas sus maneras conmigo corresponden perfectamente a esta muestra. No me trataba precisamente como a un inferior, sino como inexistente. Gran trabajo me costaba reconocer en él al antiguo fámulo que, en casa del príncipe de Sajonia-Gotha, se honraba con mis miradas. Todavía hallaba más inconciliable el profundo silencio y la insultante presunción con la tierna amistad que hacía gala de tenerme, en presencia de aquellos que sabía eran amigos míos. Cierto es que casi no la revelaba sino lamentando mi mala fortuna, de que yo mismo no me quejaba, compadeciendo mi triste suerte, con la que yo estaba contento, y quejándose de yerme rehusar con dureza los benévolos cuidados que decía quererme dispensar. Con esta maña, hacía admirar su tierna generosidad, vituperaba mi ingrata misantropía e insensiblemente habituaba a todo el mundo a no imaginar, entre un protector como él y un infeliz como yo, sino relaciones de favor de una parte y obligaciones de la otra, sin suponer siquiera como posible una amistad de igual a igual. Yo buscaba inútilmente qué era lo que podía deber a este nuevo protector; le había prestado dinero, él no me lo prestó nunca; le había velado durante su enfermedad, él apenas vino a yerme cuando yo la tuve; le había hecho amigo de todos mis amigos, él nunca me puso en relación con ninguno de los suyos; lo había encomiado con todas mis fuerzas y él, si me ha encomiado, fué menos públicamente y de distinta manera. Jamás me dispensó, ni me ofreció siquiera ningún servicio de ninguna especie. ¿Cómo, pues, podía ser mi Mecenas? ¿Cómo ser yo su protegido? No obstante, esto me sucedía y me sucede aún. Cierto es que era arrogante con todo el mundo, desde el más alto al más bajo, pero con nadie tan brutalmente como conmigo. Acuérdome de que una vez Saint-Lambert estuvo a punto de tirarle un plato a la cabeza, a causa de una especie de mentís que aquél le dirigió en plena mesa, diciéndole groseramente: Eso no es verdad. A su tono naturalmente decisivo, añadió la suficiencia de los recién llegados, y se puso en ridículo a fuerza de impertinencias. El trato con los grandes le habla seducido hasta el punto de darse él mismo un tono que sólo emplean los menos sensatos de aquéllos. Nunca llamaba a su criado sino gritando ea, como si monseñor no supiese cuál de sus numerosos criados estaba de guardia. Cuando le hacia algún encargo, le echaba el dinero en el suelo en vez de entregárselo en la mano. En fin, olvidando enteramente que era hombre, le trataba con un menosprecio tan chocante, con un desdén tan crudo en todas circunstancias, que aquel pobre muchacho, un buen sujeto, que le había proporcionado la señora de Épinay, dejó de servirle por no poder sufrir semejantes tratamientos: era el La Flueur de este nuevo Glorieux. Tan fatuo como vanidoso, y a pesar de sus grandes ojos turbios y de su desmadejado semblante, tenía pretensiones de afortunado con las mujeres; y desde su pantomima con la señorita Fel, pasaba, para muchas de ellas, por hombre de grandes sentimientos. Esto lo había puesto de moda, y le había despertado la afición hacia los cuidados mujeriles; empezó a echárselas de elegante; su tocado vino a ser de grande importancia; todo el mundo supo que hacía uso de afeites, y yo, que no lo creía, empecé a creerlo, no solamente por el embellecimiento de su cutis, y por haberlos hallado en su tocador, sino porque una mañana, al entrar en su cuarto, le hallé cepillándose las uñas con una escobilla, fabricada expresamente; trabajo que continuó delante de mí sin la menor aprensión. Entonces juzgué que el hombre que emplea dos horas cada mañana para cepillarse las uñas podía muy bien emplear algunos instantes en llenar de color los hoyos de su piel. El bueno de Gauffecourt, que no tenía pelo de tonto, le había apellidado con bastante gracia Tirante el Blanco. Todo esto no eran más que ridiculeces, pero muy antipáticas a mi carácter, y así acabaron por hacerme el suyo sospechoso. Me costó trabajo creer que un hombre de cabeza tan yana pudiese tener un corazón recto. De nada se enorgullecía tanto como de su alma sensible y de la intensidad de su sentimiento. ¿Cómo podía esto concertarse con los defectos que son propios de las almas mezquinas? ¿Cómo pueden dejar a un corazón sensible ocuparse sin cesar de tantas puerilidades hacia su personita los vivos y continuos impulsos que le arrastran fuera de sí mismo? ¡Ah, Dios mío!, el que siente arder su corazón en este celeste fuego tiende a exhalarlo, y quiere manifestar su interior. Querría asomar el corazón al rostro, y sería incapaz de imaginar nunca ningún otro afeite. Entonces me acordé del sumario de su moral, que me habla expuesto la señora de Épinay, quien lo había adoptado. Este sumario consistía en un solo articulo; a saber: que el único deber del hombre es seguir las inclinaciones de su corazón. Cuando supe que tenía este principio, me dio mucho en qué pensar, pero en breve me convencí de que este principio era la regla de su conducta, y en lo sucesivo me dió de ello, desgraciadamente, hartas pruebas. Ésta es la doctrina interna de que tanto me ha hablado Diderot; pero que jamás me ha explicado. Recordé también los frecuentes avisos que me había dado, hacía muchos años, de que este hombre era falso, que sabía jugar con los sentimientos, y sobre todo, que no me quería. Me acordé de varias anécdotas que con este motivo me habían referido el señor de Francueil y la señora de Chenonceaux, que le tenían en poca estima, y debían conocerle, puesto que ésta era hija de la señora de Rochechouart, íntima amiga del difunto conde de Friése, y que aquél, entonces muy relacionado con el vizconde de Polignac, había frecuentado mucho el palacio real, precisamente cuando Grimm empezaba a introducirse en él. Todo París supo su desesperación después de la muerte del conde de Friése. Fuerza era sostener la reputación que se había granjeado con motivo de los rigores de la señorita Fel, cuya farsa hubiera visto yo mejor que nadie a no haber estado a la sazón tan ciego, y fué preciso llevarle al palacio de Castries, donde desempeñó dignamente su papel, entregado a la más cruel aflicción. Todas las mañanas iba allá a llorar copiosamente en el jardín, teniendo en los ojos su pañuelo bañado en lágrimas, mientras estaba a la vista del palacio; mas al volver por cierta calle del jardín, algunas personas, cuya presencia ignoraba, le vieron meterse al instante el pañuelo en la faltriquera, y sacar un libro. Esta observación repetida fué pronto divulgada por París y casi al mismo tiempo olvidada. Yo mismo la había olvidado, pero me la trajo nuevamente a la memoria lo que pasó conmigo. Me hallaba gravemente enfermo en la calle de Grenelle: él estaba en el campo, y una mañana vino sin aliento, diciendo que acababa de llegar en aquel momento; un instante después supe que había llegado la víspera, y que se le había visto en el teatro aquel mismo día. Recordé mil hechos de esta especie; pero lo que sobre todo me sorprendió fué una observación que extrañé haber tardado tanto en hacer. Había proporcionado a Grimm el conocimiento de todos mis amigos, y todos habían pasado a serlo suyos. Tanto me costaba separarme de él, que casi no hubiera querido conservar la entrada de una casa donde él no hubiese sido recibido. Sólo rehusó admitirlo la señora de Créqui, y así casi desde entonces dejé de visitarla. Por su parte Grimm se procuró otros amigos de su clase como de la del conde de Friése. De todos estos amigos jamás lo ha sido mío ni uno sólo; él nunca me dijo una sola palabra siquiera para dármelos a conocer; y de cuantos he encontrado alguna vez en su casa, ninguno me ha manifestado jamás la menor benevolencia, ni el mismo conde de Friése en cuya casa vivía Grimm, y con el cual por consiguiente me hubiera sido grato entrar en relaciones, ni con el conde de Schomberg, pariente suyo, con quien Grimm tenía más familiaridad. Más aún; mis propios amigos, que yo hice suyos y que todos me eran afectos antes de conocerle a él, cambiaron después visiblemente con respecto a mí. Nunca me ha puesto en contacto con ninguno de los suyos; yo le proporcioné todos los míos, y acabó por quitármelos todos. Si éstos son los efectos de la amistad, ¿cuáles serán, pues, los del odio? Al principio, el mismo Diderot me advirtió varias veces que Grimm, que tanta confianza me merecía, no era amigo mío. Posteriormente usó otro lenguaje cuando él mismo hubo de dejar de serlo. El modo como había dispuesto de mis hijos no me hacia necesario el concurso de nadie. Sin embargo, hícelo saber a mis amigos sólo para que lo supiesen, para no parecer a sus ojos mejor de lo que realmente era. Estos amigos eran tres; Diderot, Grimm y la señora de Épinay; y Duclos, el más digno de mi confianza, fué el único a quien no la hice. No obstante lo supo. ¿Por quién? Lo ignoro. No es muy probable que esta infidelidad procediese de la señora de Épinay, quien sabía que imitándola, si yo hubiese sido capaz de hacerlo, hubiera podido vengarme cruelmente de ella. Quedan Grimm y Diderot, a la sazón tan estrechamente unidos, sobre todo contra mí, que es por demás probable que este crimen lo cometieron en común. Apostaría que Duclos, a quien no confié mi secreto, y que, por tanto, era dueño de él, ha sido el único que me lo ha guardado. Grimm y Diderot, en su proyecto de enajenarme a Teresa y a su madre, habían hecho varios esfuerzos para arrastrarle con ellos; pero él les rechazó siempre con desdén. Hasta más tarde no me dijo lo que entre ellos había pasado con este motivo, pero desde luego supe por Teresa lo bastante para ver en todo esto algún secreto designio y que se quería disponer de mí, sino contra mi voluntad, a lo menos sin mi consentimiento; o bien que trataban de emplear a estas dos personas como instrumentos para algún fin misterioso. No era seguramente rectitud todo esto, y la prueba incontestable es que Duclos se oponía a ello. ¡Ahora que vengan y me digan que esto no era amistad! Esta pretendida amistad me era tan fatal en el interior de casa como fuera de ella. Las largas y frecuentes conversaciones con la señora Le Vasseur, durante muchos años, habían cambiado ostensiblemente a esta mujer con respecto a mí, y este cambio distaba mucho de serme favorable. ¿De qué trataban, pues, en estas singulares entrevistas? ¿A qué venía este profundo misterio? ¿Era bastante agradable la conversación de aquella vieja para que fuese tan afortunada y bastante importante para hacer de ella tan gran secreto? Durante los tres o cuatro años que duraron estos coloquios me habían parecido ridículos; mas, pensando nuevamente en ellos, empezaron a sorprenderme. Esta sorpresa hubiera llegado hasta la inquietud si hubiese sabido lo que esta mujer me preparaba. A pesar del pretendido celo por mí de que Grimm se vanagloriaba, difícil de conciliar con el tono que adoptaba conmigo, nada me venía de su parte que fuese ventajoso para mí, y la conmiseración que fingía tenerme tendía más bien a envilecerme que a servirme. Hasta me quitaba, cuando le era posible, el recurso del oficio que había escogido, desacreditándome como copista; y en este punto, convengo en que decía la verdad; pero no le tocaba decirla. Probaba que no lo decía en broma sirviéndose de otro copista y no dejándome nada de cuanto podía quitarme. Hubiérase dicho que su proyecto consistía en hacerme depender de él y de su influencia para mi subsistencia, y agotar mis recursos basta que me viese reducido a ello. Presumiendo todo esto, mi juicio hizo callar a mi corazón, que todavía hablaba en favor suyo. Juzgué su carácter por lo menos sospechoso; y en cuanto a su amistad la tuve por falsa. Luego, resuelto a no verle más, lo participé a la señora de Épinay apoyando mi resolución en varios hechos sin disculpa, que al presente tengo olvidados. Ella combatió vivamente esta resolución, aunque sin saber qué replicar a los motivos en que estaba fundada. No se había concertado todavía con él; pero al día siguiente, en vez de entenderse verbalmente conmigo, me envió una mañosa carta, que habían redactado juntos y en la cual, sin entrar en el detalle de los hechos, trataba de justificarle aduciéndome su carácter reconcentrado; y, recriminándome por haber sospechado en él perfidia para conmigo, me exhortaba a reconciliarme con él. Esta carta me hizo vacilar, y me acabó de vencer en una conversación que tuvimos después para la cual estaba mejor preparada que la vez primera; llegué a creer que podía haber juzgado mal, y que en este caso, tratándose de un amigo, tenía que reparar una ofensa grave. En una palabra, así como lo había hecho varias veces con Diderot y con el barón de Holbach, por inclinación y debilidad juntamente, di todas las satisfacciones que tenía derecho a exigir; fui a buscar a Grimm, como otro Jorge Dandin, a excusarme de los agravios que él me había inferido; siempre en la falsa persuasión, que me ha hecho cometer mil bajezas con mis fingidos amigos, de que no hay odio que no se desarme a fuerza de dulzura y buenos procederes; mientras que, por el contrario, el rencor de los perversos no hace más que acrecentarse con la imposibilidad de hallar motivo justificado; y el sentimiento de su propia injusticia es un nuevo perjuicio para el que es objeto de ella. Sin salir de mi propia historia, tengo una prueba evidente de esta máxima en Grimm y en Tronchin, que han venido a ser mis enemigos más implacables por gusto, por inclinación, por capricho; sin poder exponer el menor agravio de ninguna especie que de mi hayan recibido, y cuya ira crece de día en día, como la de los tigres, por la facilidad que tienen de satisfacerla. Yo esperaba que Grimm, confundido por mi condescendencia y por mi iniciativa, me recibiría con los brazos abiertos; pero me recibió a lo emperador romano, con un ceño nuevo para mi. Yo no me hallaba preparado para semejante acogida. Cuando, embarazado con un papel tan poco a propósito para mí, hube expuesto en pocas palabras y con aire tímido el objeto que llevaba, antes de perdonarme y con mucha majestad, pronunció una interminable arenga que tenía preparada y que contenía la larga enumeración de sus virtudes, sobre todo en materia de amistad. Insistió mucho en una idea que al principio me sorprendió vivamente; y fué que todo el mundo le veía conservar siempre los mismos amigos. Mientras él hablaba, yo para mis adentros me decía que sería muy cruel para mi ser yo excepción única de esta regla; mas tanto y con tanta afectación la repitió, que me hizo pensar que si no siguiese más que los sentimientos de su corazón estaría menos prendado de esta máxima y que se servía de ella como de un arma útil a sus miras en los medios de medrar. Hasta entonces me habla hallado en el mismo caso; siempre había conservado todos mis amigos; desde mi más tierna infancia ni uno solo habla perdido, a no ser por la muerte, y, no obstante, hasta entonces nunca me habla fijado en ello; no era efecto de una máxima que yo me hubiese prescrito. Y siendo una ventaja común a ambos, ¿a qué venía a jactarse de ella como de una superioridad sobre mí, si de antemano no trataba de quitármela? Enseguida trató de humillarme enumerando las pruebas de la preferencia que obtenía de nuestros comunes amigos. Yo lo veía tan bien como él; la cuestión estaba en saber cómo la había obtenido: si a fuerza de méritos o de astucia, si elevándose él o rebajándome a mí. En fin, cuando hubo marcado a su gusto toda la distancia que de él me separaba para realzar el valor de la gracia que iba a concederme, nos dimos el ósculo de paz en un ligero abrazo que pareció el que da el rey a los nuevos caballeros. Yo no sabía lo que me pasaba, estaba absorto; no sabía qué decir, ni acertaba a despegar los labios. Esta escena tuvo enteramente el carácter de la amonestación que dirige un preceptor a sus discípulos. No puedo recordarla sin pensar cuán engañosos son los juicios fundados en las apariencias, a que tanto crédito da el vulgo, y cuán frecuentemente la audacia y la altivez están de parte del culpable, mientras el inocente se halla confuso y avergonzado. Estábamos reconciliados, y siempre era esto un alivio para mi corazón, que tanto sufre con la discordia. Como se comprende, con semejante avenencia no cambió Grimm su modo de obrar; sólo sirvió para quitarme a mí el derecho de quejarme. Así, pues, tomé la resolución de sufrirlo todo, sin decir una palabra. Tantos sufrimientos repetidos me sumieron en una postración que me dejó casi sin fuerzas para recobrar el dominio sobre mí mismo. Sin tener contestación de Saint-Lambert, olvidado de la señora de Houdetot, sin osar franquearme con nadie, empecé a temer que, haciendo de la amistad el ídolo de mi corazón, había sacrificado mi vida a una quimera. Hecha la prueba de todas mis relaciones, sólo quedaban dos hombres que hubiesen conservado toda mi estimación, y en quienes podía confiar mi corazón: Duclos, a quien había perdido de vista desde mi retiro en el Ermitage, y Saint-Lambert. Respecto al segundo, creí no poder reparar bastante lo mal que había obrado con él sino abriendo a sus ojos mi corazón; y resolví hacerle mis confesiones sin reserva en cuanto no comprometiesen a su amada. No me cabe duda de que este camino era un nuevo lazo que mi pasión me tendía queriendo aproximarme a ella; pero lo cierto es que yo me habría echado sin reserva en los brazos de su amante, que me habría entregado completamente a su dirección, y que habría llevado la franqueza hasta donde podía llegar. Ya me resolvía a escribirle una segunda carta, a la cual estaba seguro de obtener contestación, cuando supe la triste causa de su silencio a la primera- No había podido resistir hasta el fin las fatigas de aquella campaña. La señora de Épinay me dijo que acababa de sufrir un ataque de parálisis; y la señora de Houdetot, que acabó por enfermar de aflicción, y no pudo escribirme desde luego, me participó desde París, donde se hallaba, dos o tres días después que se hacía conducir a tomar los baños de Aix-la-Chapelle. No diré que esta infausta nueva me afligiese tanto como a ella; pero dudo mucho que la opresión que me causó fuese menos dolorosa que su dolor y sus lágrimas. El sentimiento de que se hallase en tal estado, aumentado con el temor de que la inquietud hubiese contribuido a ello, me conmovió más que todo cuanto hasta entonces me habla sucedido; y sentí cruelmente que, en mi propia estimación, me faltaba la fuerza necesaria para soportar tanta pena. Por fortuna este generoso amigo no me dejó mucho tiempo en tal abatimiento; a pesar de su ataque no me olvidó, y no tardé en saber por él mismo que había juzgado harto mal de su estado y sentimientos. Pero ya es tiempo de entrar en la exposición de la gran revolución de mi destino, de la gran catástrofe que ha dividido mi vida en dos partes tan distintas, y que ha hecho que de una causa muy leve hayan resultado tan terribles efectos. Un día, cuando menos lo pensaba, la señora de Épinay me envió a buscar. Al entrar, noté en sus ojos y en todo su aspecto una turbación que me sorprendió tanto más cuanto que era en ella muy extraordinaria, pues nadie sabía ordenar mejor su semblante y todos sus movimientos. "Amigo mío -me dijo- parto para Ginebra, mi pecho se halla en mal estado, pierdo la salud de tal modo que es preciso abandonarlo todo e irme a consultar a Tronchin». Esta resolución, tan bruscamente tomada, y al comenzar la estación rigurosa, me sorprendió tanto más cuanto que la había dejado treinta y seis horas antes sin que se tratara de ello. Yo le pregunté quién la acompañaba, y me dijo que su hijo y el señor de Linant, añadiendo con cierto abandono: "Y ¿vos, oso mío, no vendréis también?". Como no creí que hablase con formalidad, sabiendo que, en la estación que iba a entrar, apenas me hallaba yo en estado de salir de casa, me chanceé con motivo de la utilidad que podría reportar a un enfermo la compañía de otro enfermo; ella pareció no haberme hecho de veras esta proposición, y no se habló más del asunto. Luego conversamos solamente de los preparativos de su viaje, de que se ocupaba con mucha diligencia, resuelta como estaba a partir dentro de quince días. No se necesitaba gran penetración para comprender que este viaje tenía un motivo secreto que se me ocultaba. Este secreto, que lo era también para todos los de la casa, fué descubierto el día siguiente por Teresa, a quien se lo reveló Teissier, el maestresala, quien lo supo de la doncella. Aunque no lo deba a la señora de Épinay, está harto enlazado con los que de ella poseo para que pueda separarlo; así, guardaré silencio sobre este punto. Mas estos secretos, que no han salido ni saldrán jamás de mis labios ni de mi pluma, han sido harto sabidos para que puedan ignorarlos todas las personas que rodeaban a la señora de Épinay. Conocido el motivo de este viaje, hubiera reconocido el secreto impulso de una mano enemiga, en la tentativa de hacerme ir como rodrigón de la señora de Épinay; pero ella insistió tan poco, que me hizo persistir en mi creencia de que esta tentativa no era formal, y me reí del magnífico papel que habría representado si hubiese cometido la tontería de aceptar. Por lo demás, ella ganó mucho con mi negativa, pues logró que su mismo marido la acompañara. Algunos días después, recibí de Diderot la carta que voy a transcribir. Este billete, doblado muy rudimentariamente de modo que pudiese leerse fácilmente sin abrirlo, me fué dirigido a casa de la señora de Épinay, y encargado al señor de Linant, ayo del hijo y confidente de su madre. BILLETE DE DIDEROT (Legajo A, núm. 52) "He nacido para amaros y causaros sinsabores. Acabo de saber que la señora de Épinay va a Ginebra y no se dice que vos la acompañéis. Amigo mío, si estáis contento de ella debéis iros con ella; si os tiene disgustado debéis iros mucho más aprisa. ¿Acaso os molesta el peso de las obligaciones que tenéis con ella? Pues he ahí una ocasión propicia para satisfacerlas en parte y quitaros algún peso de encima. Tal vez no hallaréis otra en vuestra vida en que podáis manifestarle vuestro agradecimiento. Va a un país donde se hallará como caída de las nubes. Se halla enferma y necesitará entretenimientos y distracciones. ¡Y en invierno, amigo mío! La objeción de vuestra salud es quizá más importante de lo que yo creo; pero, ¿estáis hoy peor que un mes atrás y de lo que lo estaréis al entrar la primavera? ¿Haréis mejor el viaje dentro de tres meses? En cuanto a mí> os aseguro que si no pudiese tolerar la silla de manos, tomaría un bastón y la seguiría a pie. Y luego, ¿no teméis que se interprete mal vuestra conducta? Se os tachará de ingrato o de que os retiene algún motivo secreto. Ya sé muy bien que como quiera que obréis siempre tendréis el sentimiento de la conciencia; pero, ¿es bastante acaso? ¿Se puede hasta cierto punto menospreciar el de los demás hombres? Por lo demás, amigo mío, yo os escribo esta carta para desquitarme con vos y conmigo mismo. Si os desagrada, arrojadla al fuego, y no nos acordemos de ella> como si no la hubiese escrito. Os saludo> os quiero y os abrazo. El temblor de la cólera, la turbación que me dominaban al leer esta carta, y que apenas me permitieron concluir, no me impidieron notar la destreza con que Diderot fingía en ella un tono más dulce, más cariñoso, más digno que en todas las demás suyas, en que me trataba a lo más de querido, sin dignarse darme el nombre de amigo. Fácilmente vi por qué venia indirectamente esta carta, cuyo sobrescrito, forma y marcha disimulaban bastante mal el rodeo que había dado; porque ordinariamente nos escribíamos por el correo, o por las mensajerías de Montmorency, siendo ésta la primera y única vez que se sirvió de aquel conducto Cuando el primer arrebato de indignación me permitió escribir, tracé precipitadamente la siguiente respuesta, que llevé enseguida del Ermitage, en donde a la sazón me hallaba, a la Chevrette, para mostrarla a la señora de Épinay, a quien en mi ciego enojo quise leerla yo mismo, así como la carta de Diderot. "Querido amigo: no podéis saber la importancia de las atenciones que debo a la señora de Épinay, ni hasta qué punto me sujetan, ni si realmente me necesita en su viaje, ni si desea que yo la acompañe, ni si me es posible hacerlo, ni las razones que pueda tener para abstenerme. No me niego a discutir con vos todos estos puntos; pero, entre tanto, convengamos en que prescribirme lo que debo hacer de un modo tan terminante, sin hallaros bien enterado, es, mi querido filósofo, obrar con ligereza. Lo peor que veo en todo esto es que el consejo no proviene de vos, y además de que no estoy dispuesto a dejarme conducir, a la sombra de vuestro nombre, por un tercero, ni por un cuarto; en todo esto hallo ciertos rodeos que no hablan muy alto en favor de vuestra franqueza y de que en obsequio vuestro y mío haréis muy bien de absteneros en adelante. "Teméis que se interprete mal mi conducta; mas yo apuesto a que un corazón como el vuestro es incapaz de pensar mal del mío. Otros tal vez hablarían mejor de mí si me pareciese más a ellos. ¡Líbreme Dios de merecer su aprobación! Que me espíen e interpreten los malvados. Rousseau no es hombre que los tema, ni Diderot es hombre para escucharlos. "Queréis que arroje al fuego vuestro billete si me desagrada, y que no se hable más del asunto: ¿creéis que así se olvida lo que de vos proviene? Amigo mío, tan poco os importan mis lágrimas, en los sinsabores que me dais, como mi vida y mi salud, por los cuidados que me exhortáis a tomar. Si pudieseis corregiros de esto, vuestra amistad me sería más grata, y yo sería menos digno de lástima." Al entrar en la habitación de la señora de Épinay, hallé a Grimm con ella, y me alegré de ello. Leíles en voz alta y clara ambas cartas con una intrepidez de que no me hubiera creído capaz, añadiendo al concluir algunas frases que no la desmentían. En vista de esta audacia inesperada en un hombre de ordinario tan tímido los vi a ambos aterrados y aturdidos, sin responder palabra; vi sobre todo a este hombre arrogante bajar los ojos, incapaz de sostener el fuego de mis miradas; mas en el instante mismo en el fondo de su alma juraba mi perdición, y estoy seguro de que la fraguaron antes de separarse. Poco más o menos por este tiempo fué cuando recibí al fin, por intermedio de la señora de Houdetot, la respuesta de Saint-Lambert (Legajo A, núm. 57), fechada aún en Wolfenbuttel, pocos días después de su accidente, a mi carta, que había estado mucho tiempo en el camino. Esta respuesta me proporcionó un gran consuelo, que mucho a la sazón necesitaba, por el testimonio de estima y amistad que contenía, y me dió valor y fuerzas para merecerlas. Desde este instante cumplí con mi deber; mas es indudable que si Saint-Lambert hubiese sido menos sensato, menos generoso, menos discreto, yo estaba perdido sin remedio. La estación iba siendo cruda y todo el mundo abandonaba el campo. La señora de Houdetot me indicó el día en que se proponía venir a despedirse de la campiña y me citó en Eaubonne. Casualmente este día fué el mismo en que la señora de Épinay salía de la Chevrette para ir a terminar en París los preparativos de su viaje. Afortunadamente partió por la mañana, y, al despedirla, aún tuve tiempo de ir a comer con su cuñada. Llevaba en el bolsillo la carta de Saint-Lambert, que leí varias veces durante el trayecto, y me sirvió de égida contra mi debilidad. Tomé y llevé a cabo la resolución de no ver en la señora de Houdetot más que a mi amiga y la amante de mi amigo; y pasé a solas con ella cuatro o cinco horas en deliciosa calma, infinitamente preferible, aun como goce, a esos accesos de ardiente fiebre que hasta entonces había experimentado junto a ella. Como sabía muy bien que mi corazón no habla cambiado, agradeció los esfuerzos que hice para dominarme, me apreció más, y tuve la satisfacción de ver que su amistad no se había extinguido. Hízome saber que Saint-Lambert estaba próximo a regresar; pues, aunque bastante restablecido de su ataque, ya no se hallaba en estado de soportar las fatigas de la guerra y abandonaba el servicio para venirse a vivir tranquilamente a su lado. Concebimos el bello proyecto de una estrecha unión entre los tres, y podíamos esperar que su realización seria duradera, puesto que formaban su base todos los sentimientos que pueden unir a corazones sensibles y rectos, y entre los tres reuníamos bastantes conocimientos para bastarnos a nosotros mismos sin necesidad de elementos ajenos. ¡Ay de mí! ¡Cuándo así me entregaba a la esperanza de tan dulce vida, lejos estaba de imaginar la que me esperaba! Enseguida hablamos de mi situación presente respecto a la señora de Épinay. Le enseñé la carta de Diderot y mi respuesta; hícele una relación detallada de cuanto había pasado y le manifesté mi resolución de marcharme del Ermitage. Ella se opuso vivamente y con razones poderosas para mi corazón; díjome cuánto le habría gustado que yo hubiese hecho el viaje de Ginebra, previendo que no dejarían de comprometerla tomando pie de mi negativa, que es lo que parecía indicar de antemano la carta de Diderot. Sin embargo, como sabía mis motivos tan bien como yo mismo, no insistió sobre este punto, pero me recomendó que evitase a cualquier precio todo rompimiento y paliase mi negativa con razones bastante plausibles para alejar la injusta sospecha de que ella pudiese tener parte en mi resolución. Le dije que no me imponía una tarea fácil; pero que, resuelto a expiar mis faltas, aun a trueque de mi reputación, quería anteponer la suya a la mía en cuanto el honor me lo permitiese. Luego se conocerá si he sabido cumplir mi palabra. Puedo jurar que, lejos de haber perdido mi desgraciada pasión nada de su fuerza, jamás amé a mi Sofía tan viva y tiernamente como aquel día. Mas fué tal la impresión que la carta de Saint-Lambert, el sentimiento del deber, y el horror de la perfidia me causaron, que, durante esta entrevista, mis sentidos me dejaron completamente en paz a su lado, y ni siquiera tuve la tentación de besarle la mano. Al despedirnos, ella me dió un beso en presencia de su servidumbre. Este beso, tan diferente de los que le había arrebatado bajo el follaje, me probó que había recobrado el imperio sobre mí mismo; estoy casi seguro de que si mi corazón hubiese podido fortalecerse en la calma, en menos de tres meses habría curado radicalmente. Aquí concluyen mis relaciones personales con la señora de Houdetot, relaciones de que cada cual puede haber juzgado por las apariencias según las inclinaciones de su propio corazón, pero durante las cuales la pasión que me inspiró esta amable mujer, pasión quizá la más viva que hombre alguno haya sentido, se elevará siempre a gran altura entre el cielo y nuestras almas, por los raros y penosos sacrificios que hicimos ambos en aras del deber, del honor, del amor y de la amistad. Nos habíamos elevado demasiado uno a los ojos de otro, para envilecernos fácilmente. Para resolverse a perder una estima de tanto precio hubiera sido necesario ser indignos de ella; y la misma energía de los sentimientos que nos podían hacer culpables fué lo que nos impidió llegar a serlo. Así es cómo, después de una amistad tan prolongada con una de estas dos mujeres, y un amor tan ardiente hacia la otra, me despedí separadamente de las dos en un mismo día, de la una para no volver a verla en mi vida, y de la otra para no verla más que dos veces en las ocasiones que diré luego. Después de su partida me hallé perplejo ante la perspectiva de tener que llenar deberes apremiantes y contradictorios, efecto de mis imprudencias. Si yo me hubiese hallado en situación normal, después de la proposición del viaje a Ginebra y de haberlo rehusado, no tenía que hacer sino quedarme tranquilo, y estaba dicho todo. Pero las cosas no podían quedar en el estado en que yo imprudentemente las había colocado, y no podía evitar ulteriores explicaciones sino dejando el Ermitage; precisamente lo que acababa de prometer a la señora de Houdetot que no haría, a lo menos por de pronto. Además me había exigido que diese a mis pretendidos amigos motivos que justificasen mi negativa a emprender el viaje, a fin de que no se la imputasen a ella. No obstante, yo no podía alegar la verdadera causa sin ofender a la señora de Épinay, a quien a la verdad debía estar agradecido después de cuanto había hecho por mi. Bien considerado todo, me hallaba en la dura pero inevitable alternativa de faltar a la señora de Épinay, a la señora de Houdetot, o a mí mismo, y me resolví por lo último. Tomé esta resolución con orgullo, plenamente, sin tergiversar y con una generosidad digna, seguramente, de borrar las faltas que me habían reducido a este extremo. Este sacrificio, de que mis enemigos han sabido sacar partido y que tal vez esperaban, ha sido la causa de la pérdida de mi reputación, y, por el buen cuidado que han puesto en ello, me ha enajenado la estimación pública; pero me ha devuelto la mía, y me ha consolado en mis aflicciones. Como se verá, no es la última vez que he hecho semejantes sacrificios, ni la última tampoco en que se hayan valido de ellos para agobiarme. El único que me pareció no haber tomado parte alguna en este enredo fué Grimm, y a él resolví dirigirme. Escribíle una larga carta, manifestando lo ridículo de querer que tuviese la obligación de hacer este viaje a Ginebra; la inutilidad y además el estorbo que hubiera proporcionado a la señora de Epinay, y los inconvenientes que habrían resultado para mí mismo. No pude resistir en esta carta a la tentación de dejarle entrever que yo estaba enterado de todo, y que me parecía singular la tentación de que fuese yo el acompañante, mientras él se creía dispensado de ello, y nadie hacía mención de él. Esta carta, en que no pudiendo exponer claramente mis razones, me vi obligado a salirme de la cuestión a menudo, a los ojos del público me habría hecho aparecer como culpable por varias causas; pero era un ejemplo de reserva y de discreción para las personas que, como Grimm, estaban enteradas de lo que en ella me callaba y que justificaban plenamente mi conducta. Tampoco temí poner un motivo más en contra mía, dando a conocer a mis demás amigos el parecer de Diderot, para insinuar que la señora de Houdetot había pensado del mismo modo, como era de verdad, pero callando que hubiese cambiado de parecer en vista de mis razones. De ningún otro modo podía destruir mejor la sospecha de connivencia conmigo, más que pareciendo descontento de ella en este asunto. Esta carta terminaba con un acto de confianza que a cualquiera habría conmovido; pues exhortando a Grimm a que pesara mis razones y a que me diese su parecer, le decía que, cualquiera que fuese, éste sería el que seguiría; y ésta era mi intención, aunque hubiese opinado por mi partida; porque habiendo sido el señor de Épinay acompañante de su mujer en este viaje, el mío tomaba entonces un carácter muy diferente; mientras que al principio quisieron darme a mí este empleo, y no se pensó en él sino después de mi negativa. La respuesta de Grimm se hizo esperar y fué extraña. Voy a transcribirla (Legajo A, núm. 59). "La marcha de la señora de Épinay se ha diferido; su hijo está enfermo y es preciso esperar a que se halle restablecido. Meditaré vuestra carta. Entre tanto, estad tranquilo en vuestro Ermitage, yo os haré avisar a tiempo. Como regularmente tardará algunos días en marchar, no hay que apresurarse. Si lo juzgáis conveniente, podéis mientras tanto ofreceros a ella, aunque esto además me parece inútil, pues conociendo vuestra posición tan bien como vos mismo, no dudo que responderá como debe a vuestro ofrecimiento; y lo que vais a ganar con todo esto es que podréis decir a los que os censuren que si no habéis ido, no es por no haberos brindado. Por lo demás, no sé por qué os empeñáis en que el filósofo sea el portavoz de todo el mundo; y por qué, siendo su consejo que partáis, creéis que todos vuestros amigos pretenden lo mismo. Si escribís a madame de Épinay, su respuesta puede serviros de réplica a todos sus amigos, puesto que tanto es vuestro anhelo replicarles. Adiós, saludad a la señora de Le Vasseur y al Criminal". Sorprendido con la lectura de esta carta, indagaba con inquietud lo que podía significar, y no encontraba nada. ¡Cómo! ¡En vez de responder simplemente a mí carta, se toma tiempo para pensar en ella, como si no le hubiese bastado el que había dejado transcurrir! Hasta me advierte la suspensión en que me quiere tener, como si se tratase de resolver un profundo problema, como si le conviniese quitarme todo medio de penetrar su modo de sentir hasta el momento en que quiera declarármelo. ¿Qué significan estas precauciones, retardos y misterios? ¿Es así cómo se responde a la confianza? ¿Es éste el comportamiento de la rectitud y de la buena fe? En vano buscaba alguna interpretación favorable a esta conducta. Cualquiera que fuese su designio, siéndome contrario, su posición le facilitaba el medio de ejecutarlo, sin que yo por la mía pudiese oponerle ningún obstáculo. Siendo favorito en casa de un alto príncipe conocido en el gran mundo, dando el tono a las reuniones y círculos que nos eran comunes y en los que era oráculo, podía con su ordinaria astucia, disponer de todos sus resortes; y a mí, solo en mi Ermitage, alejado de todo, sin ayuda de nadie, sin ninguna comunicación, no me quedaba más que esperar y estar tranquilo; sólo escribí a la señora de Epinay, con motivo de la enfermedad de su hijo, una carta tan cortés, cuanto era dable, pero sin caer en el lazo de ofrecerme a ir con ella. Después de un eterno esperar en la cruel incertidumbre en que este hombre bárbaro me había sumergido, supe, al cabo de ocho o diez días, que la señora de Épinay había partido, y aquél me dirigió una segunda carta. Constaba sólo de ocho o diez líneas, que no acabé de leer... Era un rompimiento, pero en términos tales, como puede dictarlos solamente el odio más infernal, y hasta eran estúpidos a fuerza de querer ser ofensivos. Me ordenaba que no compareciese más a su presencia, como el rey que destierra de sus estados a un vasallo. Para que su carta sirviese de risa no faltaba más que leerla con más sangre fría. Sin copiarla, aun sin acabar de leerla, se la devolví inmediatamente con la adjunta: "Yo me oponía a la justa desconfianza que inspirabais; acabo de conoceros demasiado tarde. "He aquí la carta que os habéis querido tomar tiempo para meditaros la devuelvo; no es para mí. Podéis mostrar la mía a todo el mundo, y aborrecerme abiertamente; siempre será, por vuestra parte, una falsedad menos." Lo que le decía sobre poder presentar mi carta anterior, se refería a una cláusula de la suya donde se puede conocer la refinada astucia que desplegó en todo este asunto. He dicho que para las personas que no estuviesen enteradas, mi carta podía hacerme juzgar mal. Él lo vió con placer; pero ¿cómo prevalerse de esta ventaja sin comprometerse? Mostrando esta carta se exponía a ser tachado de abusar de la confianza de su amigo. Para salir de apuros, imaginó romper conmigo del modo más ofensivo que le fuese posible; envaneciéndose en su carta del favor que me dispensaba no dando a conocer la mía. Bien seguro estaba él de que, llevado de la indignación, rehusaría su fingida discreción, y le permitiría manifestar mi carta a todo el mundo. Esto era precisamente lo que deseaba, y todo fué como lo había preparado. Hizo correr mi carta por todo París, acompañada de comentarios de su cosecha, que, no obstante, no lograron todo el éxito que él se había prometido. El permiso de enseñar mi carta, que había sabido arrancarme, no bastó para que dejase de vituperarse la facilidad con que me había cogido por la palabra para hacerme daño. A todos se les ocurría preguntar qué agravios personales le había inferido para autorizar un odio tan violento. En fin, resultaba que aun cuando yo hubiese cometido tales faltas que le hubiesen obligado a romper la amistad, aun después de extinguida, siempre conservaba derechos que él hubiera debido respetar. Pero desgraciadamente, París es frívolo; estas observaciones del momento se olvidan; el que está en auge se mantiene; el manejo de la intriga y la perversión se renueva, y su efecto, renaciendo sin cesar, pronto borra cuanto le ha precedido. He aquí de qué manera, después de haberme estado engañando durante tanto tiempo, al fin este hombre se quitó la máscara ante mí, persuadido de que, en el estado a que había llevado las cosas, dejaba de necesitar de ella. Yo, libre del temor de ser injusto con este miserable, le abandoné a su propia conciencia, y dejé de pensar en él. Ocho días después de haber recibido esta carta, obtuve la respuesta a la que había dirigido a la señora de Épinay, fechada en Ginebra (Legajo B, núm. 10). Por el tono que en ella empleaba por vez primera en su vida, comprendí que, contando con el buen resultado de sus medidas, obraban ambos de concierto, y que teniéndome por hombre perdido sin remedio, se abandonaban sin riesgo en adelante al placer de acabar de aplastarme. En efecto, mi situación era deplorable. Veíame abandonado de todos mis amigos, sin saber por qué ni cómo. Diderot, que se jactaba de continuar siéndome fiel él solo y que hacía tres meses que me estaba prometiendo una visita, no hallaba nunca el momento de hacerla. El invierno empezaba a dejarse sentir y con él los ataques de mis ordinarias dolencias. A pesar de ser vigoroso, mi temperamento no había podido soportar el combate de tan contrarias pasiones. Me hallaba en una postración tal, que no me dejaba fuerzas ni valor para resistir nada; aun cuando mis compromisos y las continuas observaciones de Diderot y de la señora de Houdetot me hubiesen permitido abandonar el Ermitage en esos momentos, no sabía a dónde ir ni cómo hacer el trayecto. Me hallaba inmóvil y estupefacto, sin poder obrar ni pensar. La sola idea de tener que dar un paso, que escribir una carta, que pronunciar una palabra, me hacía temblar. Con todo, no podía dejar de contestar a la señora de Épinay, a menos de confesarme digno de las calificaciones con que ella y su amigo me abrumaban. Determíneme a participarle mis sentimientos y resoluciones, no dudando un solo instante que por humanidad, por generosidad, por bien parecer y por los buenos sentimientos que había creído descubrir en ella, a pesar de los malvados, se apresuraría a acceder a ellos. He aquí mi carta: "En el ERMITAGE 23 de noviembre de 1757. "Si se muriese de dolor, no vivirla yo. Pero, en fin, he tomado una resolución. Se ha extinguido la amistad entré nosotros; pero la que ya no existe conserva derechos que se respetar. No he olvidado las mercedes que os debo y podéis estar segura de obtener de mí todo el agradecimiento que se debe a quien se tiene la obligación de dejar de amar. Cualquiera otra explicación sería inútil: yo tengo el testimonio de mi conciencia y os remito a la vuestra. "He querido salir del Ermitage, como era mi deber; pero pretenden que es necesario que permanezca en él hasta la primavera, y puesto que lo quieren mis amigos, esperaré aquella estación aquí, si consentís en ello". Una vez escrita y expedida esta carta, no pensé más que en tranquilizarme, cuidando de mi salud, procurando recobrar mis fuerzas y tomar las medidas oportunas para salir en la primavera sin ruido y sin publicar un rompimiento. Pero así no les salía la cuenta al señor Grimm y a la señora de Épinay, como se verá luego. Por fin, algunos días después tuve el placer de recibir de Diderot la visita tantas veces prometida y no cumplida. No podía venir más a propósito; era mi más antiguo amigo, casi el único que me quedaba; puede juzgarse cuánto placer tuve al verlo en esas circunstancias. Tenía el corazón oprimido y me desahogué en su seno. Le aclaré muchos hechos que le habían ocultado, disfrazado o supuesto; le referí cuanto me era permitido de lo que había pasado; no quise ocultarle lo que sabía demasiado, a saber, que un amor tan desgraciado como insensato había sido el instrumento de mi perdición; pero jamás convine en que la señora de Houdetot lo supiese, o a lo menos que supiese que yo se lo hubiese declarado. Le hablé de los indignos manejos de la señora de Épinay para sorprender las inocentes cartas que su cuñada me escribía. Quise que oyese estos detalles de la propia boca de las personas a quienes aquélla había tratado de seducir. Teresa hizo el relato exacto; pero, ¡cuál fué mi asombro cuando tocó el turno a la madre, y le oí declarar y sostener que no sabía palabra del asunto! Éstas fueron sus palabras, y jamás se contradijo. Aún no hacía cuatro días que me había repetido el relato a mí mismo, y ahora me desmentía a la faz de mi amigo. Este rasgo me pareció decisivo, y entonces sentí vivamente la imprudencia que había cometido conservando tanto tiempo a mi lado una mujer semejante. No me deshice en invectivas contra ella; apenas me digné dirigirle algunas palabras de desprecio, y conocí cuánto debía a la hija, cuya inquebrantable rectitud contrastaba con la indigna ruindad de la madre. Mas desde aquel momento tomé una resolución respecto de la vieja, y sólo esperé el momento oportuno para llevarla a cabo. Este momento llegó más pronto de lo que yo esperaba. El día 10 de diciembre recibí de la señora de Épinay la respuesta a mi carta precedente. He aquí su contenido: "GINEBRA, 1º de diciembre de 1757. Legajo B, núm. 11 - "Después de haberos dado, durante muchos años, todas las pruebas posibles de interés y de amistad, no me queda más que compadeceros. Sois muy desdichado. Deseo que vuestra conciencia esté tan tranquila como la mía; quizá sea esto necesario para el reposo de vuestra vida. "Puesto que queríais salir del Ermitage, y puesto que debíais hacerlo, extraño que vuestros amigos os hayan retenido. De mi sabré deciros que no consulto a los míos acerca de mis deberes; nada más tengo que deciros acerca de los vuestros". Una despedida tan imprevista, pero expresada con tanta precisión no me dejaba un instante que vacilar. Era forzoso salir inmediatamente, cualquiera que fuese el tiempo que hiciera, en cualquier estado que me hallara, aunque hubiera de acostarme en los bosques y sobre la nieve, de que estaba entonces cubierta la tierra, y a pesar de lo que pudiera decirme la señora de Houdetot; pues yo bien deseaba complacerla en todo, pero no hasta la infamia. Halléme en el mayor apuro de mi vida; pero estaba firmemente resuelto y juré estar a los ocho días fuera del Ermitage a todo evento. Me propuse sacar mis ropas y papeles, resuelto a abandonarlos en el campo si fuese necesario, con tal de devolver las llaves dentro de los ocho días, pues lo que principalmente quería era que estuviese hecho todo antes de que se pudiese escribir a Ginebra y recibir contestación. Me sentía con más valor que nunca y había recobrado todas mis fuerzas, que el honor y la indignación me devolvieron. La señora de Épinay había contado que éstas me faltarían, mas la fortuna ayudó mi audacia; el señor Mathas, procurador fiscal del príncipe de Conde, oyó hablar de mis apuros y me hizo ofrecer una pequeña casa que tenía en su jardín de Mont-Louis, en Montmorency, que acepté sin vacilar, con gratitud. Pronto nos convinimos en cuanto al precio; hice comprar apresuradamente algunos muebles; a fin de disponer con ellos y con los que teníamos un dormitorio para Teresa y para mí. Mandé trasladar mis baúles con gran trabajo y excesivo costo; mas, a pesar del hielo y de la nieve, en dos días desalojé el Ermitage y el día 15 de diciembre entregué las llaves, después de haber pagado los salarios del jardinero, puesto que no podía pagar el alquiler. En cuanto a la señora Le Vasseur, le declaré la necesidad de separarnos; su hija trató de disuadirme, pero fui inflexible. Hícela marchar a París en el coche de las mensajerías, con todos los muebles y objetos que eran comunes a la madre y a la hija. Entreguéle algún dinero y me obligué a pagar el alquiler de su habitación en casa de sus hijos o en otra parte, a proveer a su subsistencia mientras me fuese posible, y a no dejarla sin pan mientras lo tuviera para mi. En fin, a los dos días de mi llegada a Mont-Louis, escribí a la señora de Épinay la siguiente carta: "MONTMORENCY, 17 de diciembre de 1757. "Señora: Nada es más natural y necesario que salir de vuestra casa, puesto que no aprobáis mi permanencia en ella. En vista de haberos negado a consentir que pasase el resto del invierno en el Ermitage, salí de él el día 15. Era mi destino entrar y salir de él contra mi voluntad. Os agradezco el tiempo que me habéis inducido a permanecer allí, y os lo agradecería mucho más si no me hubiese costado tan caro. Por lo demás, razón tenéis en creerme desdichado; nadie mejor que vos sabe cuánto debo serlo. Si es una desgracia equivocarse en la elección de los amigos, también lo es, y no menos cruel, sufrir el desengaño de un error tan agradable." Tal es el relato fiel de mi permanencia en el Ermitage y de los motivos que me obligaron a salir de él. No me ha sido posible suspenderlo, y me importaba seguirlo con la mayor exactitud, porque esta época de mi vida ha tenido en lo sucesivo una influencia que se extenderá hasta mis últimas horas. LIBRO DÉCIMO 1758 La fuerza extraordinaria que para abandonar el Ermitage me había dado una efervescencia pasajera, me abandonó tan luego como hube realizado la mudanza. Apenas establecido en mi nueva vivienda, cuando me acometieron fuertes y vivos ataques de retención de orina, que se complicaron con la nueva molestia de una hernia que me atormentaba desde hacía tiempo, sin saber que lo fuese. A poco me vi presa de los más crueles accidentes. El médico Thierry, antiguo amigo mío, vino a yerme, y me hizo saber el estado en que me hallaba. Las sondas, las candelillas, los vendajes, todo el aparato de las enfermedades propias de la edad avanzada reunido en derredor mío, me dió a entender duramente que el corazón no puede continuar impunemente siendo joven cuando el cuerpo ha dejado de serlo. La estación bella no me devolvió las fuerzas, y pasé todo el año de 1758 en un estado de languidez tal que creí tocar al fin de mi vida, cuyo término veía con fruición aproximarse. Desengañado de las quimeras de la amistad, desprendido de cuanto me había hecho amar la vida, nada veía ya en ella que pudiese hacérmela agradable. No descubría sino males y miserias, que me impedían disponer de mí. Anhelaba el momento de quedar libre y escapar de mis enemigos. Pero reanudemos el hilo de los acontecimientos. Parece que mi retirada a Montmorency desconcertó a la señora de Épinay; probablemente no la había previsto. Mi triste estado, el rigor de la estación, el abandono general en que me hallaba, todo les hizo creer, a Grimm y a ella, que reduciéndome al último extremo, me obligarían a pedir merced, y a desatender a las últimas bajezas para no ser echado de un asilo de donde el honor me ordenaba salir. Me mudé tan bruscamente que no tuvieron tiempo de prevenir el golpe; y no les quedó otro camino sino echar el resto, y acabar de perderme o intentar apaciguarme. Grinun tomó el primer partido: mas yo creo que la señora de Épinay hubiera preferido el último; y lo creo por su respuesta a mi última carta, donde dulcificó mucho el tono que había tomado en las precedentes, y en donde parecía abrir la puerta a un arreglo. La mucha tardanza de esta respuesta, que se hizo aguardar un mes entero, indica bien a las claras la dificultad que encontraba para darle un giro conveniente, y las deliberaciones que la precedieron. No podía ir más allá sin exponerse; pero en vista de sus cartas precedentes, y después de mi brusca salida de su casa, no puede menos de llamar la atención el cuidado con que en esta carta evita toda aspereza. Voy a transcribirla íntegramente, a fin de que pueda juzgarse con conocimiento de causa. "GINEBRA, 17 de enero de 1758. (Legajo B. núm. 23.) "Hasta ayer no he recibido vuestra carta del 17 de diciembre. Hánmela enviado dentro de una caja llena de diferentes objetos, que ha estado todo este tiempo en camino. Sólo responderé a la posdata; en cuanto a la carta, no la entiendo bien; y, si estuviésemos en el caso de explicarnos, me parece que todo lo acaecido resultaría ser una mala inteligencia. Volvamos a la posdata; recordaréis que convinimos en que el salario del jardinero del Ermitage pasarla por vuestras manos, a fin de que mejor conociese que dependía de vos, y para evitaros escenas tan ridículas e impropias como las acaecidas con su predecesor. Prueba de ello es que se os ha remitido al efecto los primeros trimestres, y que yo había convenido con vos, poco días antes de mi partida, en reembolsaros vuestros adelantos. Ya sé que al principio pusisteis alguna dificultad, pero estos adelantos os habla rogado yo que los hicieseis; era muy fácil desquitarme, y así lo tratamos. Cahouet me ha participado que no habéis querido recibir este dinero; fuerza es que haya en esto algún quid pro quo. Doy nuevamente orden para que os lo entreguen, y no veo por qué habéis de querer pagar al jardinero, a pesar de nuestros convenios y aun más allá del tiempo que habéis vivido en el Ermitage. Por consiguiente, espero que, recordando cuanto acabo de deciros, no rehusaréis que se os reembolse de los adelantos que habéis tenido la bondad de hacer por mí." No pudiendo confiar en la señora de Épinay después de cuanto había pasado, no quise reanudar mis relaciones con ella; no respondí a esta carta, y nuestra correspondencia acabó aquí. Viendo que yo habla tomado una resolución, ella la tomó también; y entrando desde entonces de lleno en los planes de Grimm y del círculo del barón de Holbach, unió sus esfuerzos a los de éstos, para hundirme. Mientras ellos trabajaban en París, ella lo hacía en Ginebra. Acabó lo que ella habla empezado el mismo Grimm, que fué a reunirse con ella posteriormente. Tronchin, a quien ganaron sin trabajo, les secundó poderosamente, y vino a ser el más furioso de mis perseguidores. sin haber tenido jamás el menor motivo de queja en contra mía, lo mismo que Grimm. De acuerdo los tres, sembraron ocultamente en Ginebra el germen de la intriga que se desarrolló más adelante. Más trabajo les costó en París, donde yo era más conocido, y donde, menos dispuestos los corazones al odio, no recibieron tau fácilmente sus impresiones. Para asestar sus golpes con más destreza, empezaron por divulgar que era yo quien les había abandonado. (Véase la carta de Deleyre, legajo B, núm. 30.) Después de esto, siempre fingiéndose amigos míos, sembraban astutamente sus malignas acusaciones pareciendo quejarse de la injusticia de su amigo. De ahí resultaba que, no recelando nada, todo el mundo estaba más dispuesto a escucharlos y a vituperarme. Las sordas acusaciones de perfidia y de ingratitud se esparcían con más precaución, y por consiguiente con mejor éxito. Supe que me imputaban atroces delitos, sin que jamás me fuese imposible averiguar en qué los hacían consistir. Por lo que pude deducir de los públicos rumores, se reducían a estos cuatro crímenes capitales: primero, mi retirada al campo; segundo, mi amor por la señora de Houdetot; tercero, haberme negado a acompañar a Ginebra a la señora de Épinay; cuarto, mi salida del Ermitage. Si a esto añadieron otros motivos de queja, se precavieron tan bien, que me ha sido completamente imposible llegar a saber jamás en qué se fundaban. En este punto es donde creo poder fijar la formación de un sistema adoptado después por los que disponen de mí, con un progreso y un éxito tan rápidos que tendría el carácter de prodigio para los que ignorasen con cuánta facilidad se establece todo lo que tiende a favorecer la malignidad entre los hombres. Es necesario explicar ahora en pocas palabras lo que tiene de visible a mis ojos este oscuro y profundo sistema. Teniendo ya un nombre conocido y célebre en toda Europa, yo había conservado la sencillez de mis primitivos gustos. Mi mortal aversión a todo lo que se llamaba partido, facción. cábala, me había mantenido libre, independiente, sin otro yugo que las afecciones de mi corazón. Solo, extranjero, aislado, sin apoyo, sin familia, atento únicamente a mis principios y a mis deberes, seguía intrépidamente el camino de la rectitud, sin adular, sin lisonjear jamás a nadie contra la injusticia y la verdad. Además, retirado en la soledad hacía dos años, careciendo de noticias, sin relaciones con el mundo, sin que me enterasen ni yo tuviese curiosidad de saber cuanto pasaba, vivía a cuatro leguas de París, tan separado de esta ciudad por mi descuido como lo hubiera estado por los mares en la isla de Tinian. Grimm, Diderot, Holbach, hallándose, al contrario, en el centro del torbellino, vivían en medio del gran mundo, y entre los tres abrazaban casi todas las esferas: grandeza, hombres de talento, literatos, abogados y mujeres; de esta suerte, poniéndose de acuerdo, podían hacerse escuchar de todos. Ya se echa de ver la ventaja que esta posición debe dar a tres hombres perfectamente unidos contra uno solo, en la situación en que me hallaba. Cierto es que Diderot y Holbach no eran (a lo menos no puedo creer que lo fuesen) capaces de tramar maquinaciones infames; el uno no tenía bastante maldad', el otro carecía de suficiente habilidad; mas por esto mismo la coalición era más estrecha. Grimm concebía el plan él solo, y no revelaba a los otros dos más de lo que necesitaban saber para cooperar a su realización. Facilitaba este concurso el ascendiente que sobre ellos había adquirido, y el efecto del conjunto respondía a la superioridad de su talento. Con este superior talento fué cómo, conociendo la ventaja que podía sacar de nuestras situaciones respectivas, formó el proyecto de destruir completamente mi reputación, y formarme otra enteramente opuesta, sin comprometerse, empezando por elevar en torno mío una muralla de tinieblas que me fué imposible atravesar para descubrir sus manejos y quitarle la máscara. Esta empresa era difícil por cuanto era preciso paliar la iniquidad a los ojos de los que debían concurrir a cometerla. Preciso era engañar a las personas honradas, apartar de mí a todo el mundo y no dejarme un solo amigo, pequeño ni grande. ¡Qué digo! Era preciso no dejar llegar hasta mí una sola palabra de verdad. Si un solo hombre generoso hubiese venido diciéndome: "Os la echáis de virtuoso, y, sin embargo, ved cómo os tratan y de qué modo os juzgan: ¿qué respondéis a esto?" La verdad hubiera triunfado, y Grimm estaba perdido. Él lo sabía; pero ha sondeado su propio corazón, y ha estimado a los hombres en lo que valen. Siento mucho, por el honor de la humanidad, que calculase con tanto acierto. Yendo por tan subterráneas vías, sus pasos, para ser seguros, hablan de ser muy lentos. Doce años ha que sigue su plan, y todavía le queda que hacer Lo más difícil, que es engañar al público entero. Todavía hay en este público ojos que le han seguido más de cerca de lo que se figura, mas, temiéndolo, no se atreve aún a sacar a luz su trama ~. Pero ha encontrado el poco difícil medio de hacer entrar en su trama al poder, y éste dispone de mí. Sostenido con semejante apoyo, avanza con menos riesgo. Como los satélites del poder no tienen generalmente empacho de rectitud, y mucho menos de franqueza, no debe temer la indiscreción de ningún hombre de bien; porque lo que sobre todo necesita es que yo permanezca envuelto en impenetrables tinieblas, y que su trama esté siempre oculta a mis ojos, sabiendo muy bien que por mucho arte que haya desplegado en ella, jamás podría ocultarse a mis miradas. Su mayor destreza consistía en parecer lisonjearme mientras me calumniaba y aun dar a su perfidia el carácter de generosidad. Experimenté los primeros efectos de este sistema con las sordas acusaciones del círculo de Holbach, sin que me fuese posible saber ni aun conjeturar en qué consistían estas acusaciones. Deleyre me decía en sus cartas que se me imputaban ruindades; Diderot me decía lo mismo, aunque con menos claridad; y cuando entraba en explicaciones, todo se reducía a Los delitos capitales anteriormente citados. En las cartas de la señora de Houdetot notaba un enfriamiento gradual, que no podía atribuir a Saint-Lambert, por cuanto éste continuaba escribiéndome con la misma amistad y hasta vino a yerme después de su regreso. Tampoco podía echarme yo mismo la culpa, puesto que nos habíamos separado contentos uno de otro, y por mi parte nada había ocurrido desde entonces sino mi salida del Ermitage, de cuya necesidad ella misma se había convencido. No sabiendo a qué atribuir esta frialdad, que no quería ella confesar, pero acerca de la cual mi corazón no se engañaba, me sentía inquieto. Sabía que ella procuraba tener contentos a su cuñada y a Grimm, a causa de su amistad con Saint-Lambert, y temí sus manejos. Esta agitación abrió nuevamente mis llagas, y comunicó a mi correspondencia un aire borrascoso, hasta el punto de disgustarla completamente. Yo vislumbraba mil crueldades sin ver nada con claridad. Me hallaba en la situación más insoportable para un hombre cuya imaginación se enciende fácilmente. Si hubiese vivido de todo punto aislado, si no hubiese sabido nada, hubiera estado más tranquilo; pero mi corazón tendía aún a sentimientos por cuyo medio mis enemigos podían herirme mil veces; y los débiles rayos que llegaban hasta mi asilo sólo servían para dejarme ver la lobreguez de los misterios que se me ocultaban. Indudablemente habría sucumbido a tan cruel tormento, asaz insoportable para mi carácter abierto y franco, que, a causa de la imposibilidad de ocultar mis sentimientos, me hace temerlo todo de los que se ocultan de mí, si muy afortunadamente no se hubiesen presentado objetos que me interesasen lo bastante para servir de saludable distracción a los que a pesar mío me ocupaban. En la última visita que Diderot me había hecho en el Ermitage, me había hablado del artículo Ginebra, que d'Alembert había puesto en la Enciclopedia; me había dicho que este artículo, concertado con los ginebrinos de alta jerarquía, tenía por fin el establecer un teatro en Ginebra; que por consiguiente estaban tomadas todas las medidas y que no tardaría en realizarse. Como Diderot parecía hallar todo esto perfectamente, como no dudaba del resultado, y yo tenía con él sobrados debates para que además disputásemos acerca de este punto, no le dije nada; pero, indignado al ver estos manejos para seducir a mi patria, esperé con impaciencia el volumen de la Enciclopedia donde se hallaba este artículo, para ver si había medio de hacerle alguna réplica que pudiese evitar este malhadado golpe. Recibí el volumen poco después de haberme establecido en Mont-Louis, y hallé el artículo escrito con mucho arte y habilidad y digno de la pluma de que había salido. Sin embargo, esto no me hizo desistir de responderle; y a pesar del abatimiento en que me hallaba, a pesar de mis sufrimientos y de mis dolencias, del rigor de la estación y la incomodidad de mi nueva vivienda, que aún no había tenido tiempo de arreglar, puse manos a la obra con un celo que lo venció todo. Durante un invierno bastante rudo, en el mes de febrero, y en la situación que dejo descrita, iba a pasar dos horas cada mañana, y otras tantas cada tarde, en una torrecilla desabrigada, que había en el extremo del jardín en que se hallaba mi habitación. Esta torrecilla, que terminaba en forma de terrado, estaba situada sobre el valle y estanque de Montmorency, y me ofrecía por término de la perspectiva el sencillo pero respetable castillo de Saint-Gratien, retiro del virtuoso Catinat. En este lugar, entonces cubierto de hielo, fué donde sin abrigo contra el viento y la nieve, y sin otro fuego que el de mi corazón, en el espacio de tres semanas compuse mi Carta a D'Alembert acerca de los espectáculos. Éste es el primero de mis escritos (pues Julia estaba todavía en la mitad) en que he hallado un verdadero placer en el trabajo. Hasta entonces me habla inspirado la indignación de la virtud; mas esta vez me inspiraron la ternura y la dulzura del alma. Las injusticias de que no había sido más que espectador me habían irritado; aquellas de que fui objeto me entristecieron; y esta tristeza sin hiel era la de un corazón sobrado amante, sobrado tierno, que, engañado por los que había creído de su temple, se veía obligado a retraerse dentro de sí mismo. Preocupado con todo cuanto acababa de sucederme, conmovido aún por tan violentas agitaciones de mi corazón, mezclaba el sentimiento de sus pesares con las ideas que la meditación del asunto me habla sugerido, y mi trabajo se resintió de esta mezcla. Sin echarlo de ver, describí mi situación presente; pinté a Grimm, a la señora de Épinay, a la de Houdetot, a Saint-Lambert, y a mí mismo. Derramé escribiendo deliciosas lágrimas, ¡ay de mí! Harto se ve allí que el amor, este amor fatal de que me esforzaba en curar, aún no había salido de mi pecho. A todo esto se mezclaba cierto enternecimiento interno, pues sintiéndome morir, creía dar al público mi último adiós. Lejos de temer la muerte, la veía acercarse con placer: pero me dolía dejar a mis semejantes sin que conociesen lo que valía, sin que supiesen cuánto hubiera merecido ser amado por ellos si me hubiesen conocido mejor. He aquí las secretas causas del tono singular que domina en esta obra, y que contrasta tan notablemente con el de la anterior. Estaba retocando y poniendo en limpio esta carta, y me disponía a hacerla imprimir, cuando, después de un prolongado silencio, recibí una de la señora de Houdetot, que me sumergió en una aflicción nueva, la mayor que jamás haya experimentado. En esta carta (Legajo B, núm. 34), me decía que mi pasión por ella era conocida en todo París; que habiendo llegado este rumor a oídos de su amante, por poco le cuesta la vida; que al fin le hacia justicia y habían hecho las paces, pero que por él, por ella misma y para atender a su reputación, debía romper completamente conmigo; asegurábame, por lo demás, que ni uno ni otro dejarían nunca de interesarse por mí, que me defenderían públicamente, y que, de cuando en cuando, enviarían a saber de mí. ¡También tú, Diderot!, exclamé yo. ¡Indigno amigo!... Con todo, aun no pude resolverme a juzgarlo. Mi debilidad era conocida de otras personas a quienes podía la carta referirse. Quise dudar..:, pero en breve me fué imposible. Poco después Saint-Lambert hizo un acto digno de su generosidad. Conociendo bastante mi corazón, consideró el estado en que debía yo hallarme, vendido de una parte por mis amigos y desamparado de los otros, y vino a yerme. La primera vez, pudo detenerse poco tiempo; pero volvió otra en que, desgraciadamente, como no le esperaba, me hallé fuera de casa, y conversó con Teresa durante más de dos horas, en las cuales se dijeron mutuamente varias cosas que me convenía supiésemos él y yo. La sorpresa con que supe por él que nadie dudaba de que hubiese yo vivido con la señora de Épinay, del mismo modo que Grimm ahora, no puede compararse sino con la que experimentó él mismo al saber que este rumor era completamente falso. Con gran sentimiento de la dama, Saint-Lambert se hallaba en el mismo caso que yo, y toda la luz que resultó de esta conversación acabó de extinguir en mi corazón el menor escrúpulo de haber roto definitivamente con ella. Con respecto a la señora de Houdetot, refirió detalladamente a Teresa varias circunstancias que ella y aun la misma señora de Houdetot ignoraban, que no sabía nadie más que yo, que sólo había revelado a Diderot en el seno de la amistad, y precisamente fué Saint-Lambert a quien escogió para confiárselo. Este último rasgo me decidió, y resuelto a romper con Diderot para siempre, no deliberé sino en cuanto al modo; pues había observado que en los rompimientos secretos salía yo perjudicado, por cuanto dejaban la máscara de la amistad a mis enemigos más crueles. Las reglas de urbanidad, establecidas en el mundo sobre este punto, parecen dictadas por el espíritu de falsedad y de traición. Seguir pareciendo amigo de una persona, cuando se ha dejado de serlo, es reservarse medios de hacerle daño sorprendiendo a la gente honrada. Acordeme de que cuando el ilustre Montesquieu rompió con el padre de Tournemine, se apresuró a declararlo ~n alta voz, diciendo a la faz del mundo: "No se den oídos al padre de Tournemine ni a mí, cuando hable uno de otro; porque hemos dejado de ser amigos". Esta conducta fué muy aplaudida, y todo el mundo alabó su franqueza y generosidad. Yo me resolví a seguir este ejemplo con Diderot: pero, ¿cómo publicar este rompimiento, desde mi retiro, auténticamente, pero sin escándalo? Ocurrióme introducir en mí obra, en forma de nota, un pasaje del Eclesiástico, que revelaba este rompimiento, y aun su causa, con bastante claridad para todo el que estuviese al corriente, y nada significaba para el resto del mundo, cuidando además de no designar en mi obra el amigo a que renunciaba sino con la consideración que siempre se debe a la amistad, aun extinguida. Todo esto puede verse en la misma obra. Todo en el mundo es suerte o desgracia; y parece que todo acto de valor es un crimen en la adversidad. El mismo paso que se había admirado en Montesquieu, a mí solamente me valió reproches y vituperios. Tan luego como estuvo impreso mi escrito y tuve ejemplares, remití uno a Saint-Lambert, quien, la misma víspera me había escrito en nombre de la señora de Houdetot, y en el suyo propio, una carta impregnada de la amistad más tierna (Legajo B, núm. 37) - He aquí la que me escribió devolviéndome el ejemplar: "EAUBONNE, 10 de octubre de 1758. (Legajo B, núm. 38). "En verdad, señor, no puedo aceptar el presente que acabáis de hacerme. Al llegar al pasaje de vuestro prefacio donde, hablando de Diderot, citáis un texto del Eclesiastés (se equivoca, es el Eclesiástico), se me ha caído el libro de las manos. En las conversaciones de este verano, me habéis parecido convencido de la inocencia de Diderot en las pretendidas indiscreciones que le imputabais. Puede que os haya ofendido: yo lo ignoro; pero sé muy bien que no os ha dado derecho para insultarle en público Vos no ignoráis las persecuciones que sufre, y unís la voz de un antiguo amigo a los gritos de la envidia. No puedo disimularos cuánto me exaspera esta atrocidad. No vivo en intimidad con él, pero le respeto, y me duele mucho el pesar que causáis a un hombre de quien a lo menos delante de mí no habéis manifestado otra queja que la de tener alguna debilidad. Diferimos demasiado en cuanto a principios para que jamás podamos estar conformes. Olvidad mi existencia, lo que no os será muy difícil. Yo jamás he hecho a ningún hombre beneficio ni daño de los que se recuerdan largo tiempo. Por mi parte os prometo olvidar vuestra persona y no recordar sino vuestro talento." Esta carta me causó tanta indignación como dolor, y recobrando nuevamente mi altivez en el exceso de mi miseria, le respondí lo siguiente: "MONTMORENCY, 11 de octubre de 1758. "Señor: Al leer vuestra carta os he dispensado el honor de sorprenderme de ella y he cometido la tontería de trastornarme; pero la he juzgado indigna de contestación. "Os participo que no quiero continuar copiando para la señora de Houdetot. Si no le conviene conservar las copias mías que tiene, puede devolvérmelas; yo le devolveré su dinero. Si las conserva, de todos modos debe enviar por el resto del papel y del dinero. Al mismo tiempo le ruego que me devuelva el prospecto de que es depositaría. Adiós, señor." El valor en el infortunio irrita a los corazones cobardes, pero agrada a los generosos. Parece que este billete hizo entrar en razón a Saint-Lambert, y que se arrepintió de lo que había hecho; pero. a su vez sobrado orgulloso para confesarlo de plano, aprovechó, y preparó quizás el medio de amortiguar el golpe que me había asestado. Quince días después recibí del señor de Épinay la siguiente carta: "Jueves, 26. (Legajo IB, núm. lo.) "He recibido, señor, el libro que habéis tenido la amabilidad de remitirme y que leo con el mayor placer. Igual sentimiento he experimentado siempre con la lectura de todas las obras que han salido de vuestra pluma. Os doy las más cumplidas gracias. Hubiera ido a dároslas en persona, si mis negocios me hubiesen permitido quedarme algún tiempo en vuestra vecindad; pero este año he podido permanecer muy poco tiempo en la Chevrette. Los señores Dupin deben venir el domingo próximo a comer en casa. Creo que serán de la partida los señores de Saint-Lambert, de Francueil y la señora de Houdetot: os agradecería en el alma que quisieseis tomar parte en ella. Todas las personas que habrá en casa desean veros, y se alegrarán de compartir conmigo el placer de pasar con vos una parte del día. Tengo el honor de repetirme vuestro afectísimo, etc." Esta carta me hizo latir horriblemente el corazón. Después de haber sido durante un año el blanco de las conversaciones en París, la idea de dar un espectáculo frente a frente de la señora de Houdetot, me hacía temblar, y apenas me sentía con valor para sostener esta prueba. No obstante, puesto que ella y Saint-Lambert lo deseaban, puesto que Épinay hablaba en nombre de todos los convidados y que no nombraba a ninguno a quien yo no desease ver, creí que, después de todo, no me comprometía aceptando una comida, a la cual, hasta cierto punto, era invitado por todos. Prometí, pues, asistir. El domingo hizo mal tiempo; el señor de Épinay me envió su coche y fui. Mi llegada causó sensación. Jamás he recibido una acogida más halagüeña. Diríase que todos conocían cuánto necesitaba que me infundiesen confianza. Solamente los corazones franceses conocen esta clase de delicadezas. Sin embargo, hallé más gente de la que me esperaba; entre otros, el conde de Houdetot, que me era completamente desconocido, y su hermana la señora de Blainville, que no me hubiera hecho falta ninguna. El año anterior había venido varias veces a Eaubonne: su cuñada, en nuestros paseos solitarios, a menudo la había plantado, y a consecuencia de esto tenía contra mi un resentimiento que satisfizo a sus anchas en esta comida; pues ya se ve que la presencia del conde de Houdetot y de Saint-Lambert me ponía en una situación difícil, y que un hombre que sentía dificultad y molestia en las conversaciones más sencillas no haría un gran papel en seme1 ante ocasión. Jamás he sufrido tanto, ni me he hallado tan encogido, ni recibido ataques tan imprevistos. En fin, cuando nos levantamos de la mesa me alejé de esta arpía, y tuve el placer de ver acercarse a mi a Saint-Lambert y a la señora de Houdetot; hablamos juntos, una parte de la tarde, de cosas indiferentes a la verdad, pero con la misma familiaridad que antes de mi delirio. Este proceder me llegó hasta el alma, y si Saint-Lambert hubiese podido leer en ella, de seguro que hubiera quedado satisfecho de mi. Puedo jurar que, aunque al llegar, la vista de la señora de Houdetot me había causado una grande agitación, al volverme casi no pensaba en ella, y sólo me preocupaba Saint-Lambert. A pesar de los malignos sarcasmos de la señora de Blainville, esta comida me hizo mucho bien, y me felicité de no haberme negado a asistir a ella. Allí conocí que las intrigas de Grimm y de los tertulianos de Holbach no me habían enajenado los amigos antiguos; pero lo que más me halagó fué ver que los sentimientos de la señora de Houdetot y de Saint-Lambert estaban menos modificados de lo que yo había creído; y comprendí al fin que, al tenerla apartada de mí, era más bien por celos que por menosprecio. Esto me consoló y me tranquilizó. Seguro ya de no ser objeto de menosprecio para los que merecían mi estimación, me dediqué a modificar los movimientos de mi corazón con más valor y mejor éxito. Si no logré extinguir completamente en él una pasión culpable y desdichada, a lo menos sometí tan bien sus vestigios, que desde entonces no me han hecho cometer ninguna imprudencia. Las copias para la señora de Houdetot, que ella me hizo tomar de nuevo, mis obras, que continué remitiéndole a medida que se publicaban, aun me proporcionaron de cuando en cuando algunos recados y cartas suyas indiferentes, pero halagüeñas. Aun hizo más, como se verá en lo que sigue, y la conducta recíproca de los tres, cuando hubo cesado nuestro trato, puede servir de ejemplo para el modo de separarse los hombres de bien cuando no les conviene verse más. Otra ventaja me proporcionó esta comida, y fué la de que se hablase de ella en París, sirviendo de refutación incontestable al rumor que esparcían mis enemigos por todas partes, de que yo estaba reAido mortalmente con todos los comensales, y sobre todo con el señor de Épinay. Al salir del Ermitage, le había escrito una carta dándole las gracias con toda delicadeza, a la que respondió con no menos finura; y las mutuas atenciones no cesaron así con él como con su hermano, el señor de Lalive, que hasta vino a yerme a Montmorency, y me envió sus grabados. Exceptuando las dos cuñadas de la señora de Houdetot, jamás he estado mal con ninguno de la familia. Mi carta a D'Alembert tuvo un éxito extraordinario. Todas mis obras lo habían tenido, pero éste me fué más favorable. Enseñó al público a desconfiar de las insinuaciones del círculo de amigos de Holbach. Éste, con su ordinaria suficiencia, había predicho que yo no estaría tres meses en el Ermitage. Cuando vió que habla estado veinte, y que, obligado a salir de él, continuaba fijando mi residencia en el campo, sostuvo que era esto pura obstinación; que yo me aburría de gran manera en mi retiro; pero que, irritado por el orgullo, prefería morir allí víctima de mi tenacidad, a retractarme y volver a París. La carta a D'Alembert respiraba una dulzura de alma que claramente se veía no ser fingida; si yo hubiese vivido de mal humor, mi estilo se habría resentido de ello; así se notaba en los escritos que había hecho en París; en el primero que compuse en el campo, aquella sombra había desaparecido. Para los que saben observar, esta prueba era decisiva. Así se vió que yo estaba en mi elemento. A pesar de la dulzura que reinaba en ella, esta obra me granjeó un nuevo enemigo entre los literatos, por efecto de mi aturdimiento y de mi mala fortuna. Había conocido a Marmontel en casa del señor de la Popliniére, y posteriormente le había visto varias veces en casa del barón. A la sazón Marmontel publicaba El Mercurio de Francia. Como yo tenía el orgullo de no enviar mis obras a los periodistas, y, sin embargo, quería enviarle a él ésta, pero sin que se creyese que era a título de tal, ni para que hablase de ella en El Mercurio, escribí en su ejemplar que no la enviaba al director de El Mercurio, sino al señor Marmontel. Yo creí hacerle un bello cumplido; él creyó ver en esto una cruel ofensa, y se convirtió en enemigo mío irreconciliable. Escribió contra esta misma carta con urbanidad, pero con una hiel que se percibe fácilmente y desde entonces jamás ha perdido ocasión alguna de hacerme daño en la sociedad y de maltratarme indirectamente en sus obras: tan difícil es dejar de herir el muy irritable amor propio de los hombres de letras, y tal es el cuidado que debe ponerse en los obsequios que se les tributan para no dejar pasar nada que pueda tener siquiera la menor apariencia de equivoco. (1759.) Tranquilo ya por todos conceptos aproveché la calma e independencia que disfrutaba para trabajar de nuevo con más constancia. En ese invierno acabé Julia y se la remití a Rey, que la imprimió al año siguiente. Con todo, este trabajo lité interrumpido por una ligera diversión, bastante desagradable. Supe que se preparaba en la Ópera una nueva representación de El adivino, e incomodado al ver que esa gente disponía arrogantemente de lo mío, tomé de nuevo la memoria que había escrito el señor de Argenson y que había quedado sin respuesta; y habiéndola retocado, por medio del señor Sellon, ministro residente de Ginebra, que tuvo la amabilidad de encargarse de ello, la remití con una carta al señor conde de Saint-florentin, quien había reemplazado a de Argenson en el departamento de la Ópera. Saint-Florentin prometió responder, pero no lo hizo, Duclos, a quien escribí lo que pasaba, habló a los violines, quienes ofrecieron devolverme no mi ópera, sino las entradas, que de nada podían servirme. Viendo que de ningún lado podía esperar justicia, abandoné este asunto; y la dirección de la Ópera, sin atender a mis razones ni escucharlas, ha continuado disponiendo y aprovechándose como de cosa propia de El adivino de la aldea, que incontestablemente me pertenece a mí solo. Desde que había sacudido el yugo de mis tiranos, llevaba una vida bastante tranquila y apacible: privado del placer de ciertas amistades harto vivas, también estaba libre del peso de sus cadenas. Disgustado de amigos protectores, que querían disponer absolutamente de mi destino y a pesar mío esclavizarme a sus pretendidos beneficios, estaba resuelto a no apartarme en adelante de las relaciones de simple benevolencia, que, sin cercenar la libertad, hacen la vida grata, y cuyo fundamento estriba en un fondo de igualdad. De esta clase, tenía todas las que me eran necesarias para gozar de las delicias de la sociedad sin sufrir su tiranía; y tan luego como hube ensayado este género de vida comprendí que era el necesario a mi edad, para acabar mis días en calma, lejos de la tempestad, de las disensiones, y de los enredos en que acababa de yerme sumergido. Durante mi permanencia en el Ermitage, cuando estuve en Montmorency, había adquirido en la vecindad algunas relaciones que me eran gratas, y que a nada me sujetaban. Era la primera la del joven Loyseau de Mauléon, quien, empezando a la sazón la carrera del foro, ignoraba qué lugar le tocaría en ella. Yo no participaba de sus dudas: pronto le señalé la ilustre carrera que se le ve recorrer hoy día. Le vaticiné que, si era severo en la elección de las causas, y jamás defendía más que la justicia y la virtud, su genio, elevado por este sentimiento sublime, igualaría al de los más grandes oradores. Ha seguido mi consejo, y ha tocado sus resultados. Su defensa del señor de Portes es digna de Demóstenes. Todos los años venía a Saint-Brice, distante un cuarto de hora del Ermitage, a pasar las vacaciones en el feudo de Mauléon, que pertenecía a su madre, y donde había vivido en otro tiempo el gran Bossuet. He ahí un feudo cuya nobleza sería difícil de sostener a la altura a que la elevaría una sucesión de semejantes dueños. En el mismo pueblo de Saint-Brice tenía al librero Guerin, hombre de talento, instruido, amable y de los de más jerarquía en su clase. Éste me hizo conocer a Juan Néaulme, librero de Amsterdam, corresponsal y amigo suyo, quien posteriormente imprimió el Emilio. Más cerca aun tenía al señor Maltor, cura de Grosley, hombre nacido más bien para diplomático y ministro que para cura de aldea, y a quien hubiesen dado por lo menos una diócesis si para repartirlas se atendiese al mérito. Había sido secretario del conde de Luc, y había conocido mucho a Juan Bautista Rousseau. Estimando la memoria de este ilustre desterrado, y lleno de horror por la del trapacero Saurin, que causó su perdición, sabía de los dos anécdotas curiosas, que Séguy no había puesto en la historia de aquél, todavía manuscrita; y me aseguraba que el conde de Luc, lejos de tener nunca queja ninguna de él, hasta su muerte le había profesado la más ardiente amistad. El señor Maltor, a quien el de Vintimille había proporcionado este retiro, bastante agradable, después de la muerte de su protector, había estado en otro tiempo ocupado en varios negocios de que aún conservaba memoria, a pesar de su vejez, y acerca de los cuales razonaba muy bien. Su conversación, tan instructiva como amena, no se resentía de su curato; a los conocimientos propios del hombre retirado en su estudio, reunía el tono de un hombre de mundo. De todos mis vecinos permanentes fué el que más me hizo disfrutar con su compañía y de quien más me dolió apartarme. En Montmorency estaban los oratorianos, entre ellos el padre Berthier, profesor de física, a quien me aficioné a pesar de cierto barniz de pedantería a causa del aspecto de hombría de bien que tenía. Con todo, no me era fácil concertar esta gran sencillez con el arte y deseo que tenía de meterse en todas partes, en casa de los grandes, de las mujeres, de los filósofos y de los devotos. Sabía hacerse a todo. Yo me complacía con él, y hablaba del profesor a todo el mundo, lo que seguramente llegó a sus oídos. Un día me dió las gracias, chanceándose de que le tuviese por hombre de bien. Había en su sonrisa un no sé qué de sardónico, que, a mis ojos, cambió totalmente su fisonomía, y desde entonces la he recordado con frecuencia. No hallo mejor comparación para esta sonrisa que la del Panurgo comprando los carneros de Dindenaut. Nuestras relaciones databan desde el principio de mi llegada al Ermitage, donde venía a yerme muy a menudo. Ya me hallaba yo establecido en Montmorency cuando él partió para volver a vivir en París, donde veía con frecuencia a la señora Le Vasseur. Un día, cuando menos lo pensaba, me escribió, de parte de esta mujer. participándome que el señor Grimm se ofrecía a encargarse de su manutención, y pidiéndome permiso para aceptar la oferta. Supe que se trataba de una pensión de trescientas libras y que la señora Le Vasseur debía venir a vivir en Deuil, entre la Chevrette y Montmorency. No hablaré de la impresión que esta nueva me causó, que habría sido menos sorprendente si Grimm hubiese tenido diez mil libras de renta, o relaciones más comprensibles con esta mujer, y si no hubiesen hallado tan criminal el hecho de llevarla al campo, donde ahora le agradaba volver, como si desde entonces se hubiese vuelto joven. Yo comprendí que la buena vieja no me pedía este permiso, que no le hubiera hecho ninguna falta si yo se lo hubiese negado, sino a fin de no exponerse a perder lo que le daba yo por mi parte. Aunque esta caridad me pareció muy extraordinaria, no me sorprendió tanto entonces como me ha sorprendido después. Pero aun cuando hubiese sabido lo que después he penetrado, tampoco habría dejado de dar mi consentimiento, como lo hice, y como estaba obligado a hacerlo, a menos de sobrepujar la oferta del señor Grimm. Desde entonces el padre Berthier me curó un poco de la imputación de hombría de bien, que tan chocante le había parecido, y que tan ligeramente le habla yo echado a cuestas. Este mismo padre Berthier era conocido de dos hombres que procuraron trabar relaciones conmigo, y no sé por qué, pues sus gustos y los míos tenían poca afinidad. Eran hijos de Melquisédec, y nadie conocía su país, familia, y probablemente ni aun su verdadero nombre. Eran jansenistas, y pasaban por unos sacerdotes disfrazados, quizá a causa de su modo ridículo de llevar las tizonas que nunca olvidaban. El gran misterio de que siempre se rodeaban les daba un aire de cabecillas, y siempre he creído que hacían la Gaceta eclesiástica. El uno, alto, apacible y zalamero, se llamaba Ferraut; el otro, pequeño, rechoncho, fisgón, quisquilloso, se llamaba Minard. Se daban el nombre de primos; vivían en París con D'Alembert, en casa de su nodriza, llamada la señora Rousseau, y habían tomado una pequeña habitación de Montmorency para los veranos. Ellos mismos se hacían el gobierno de la casa, sin criado ni mandadero, encargándose alternativamente una semana cada uno de ir a la compra, hacer la cocina y barrer la casa. Por lo demás vivían muy bien, y algunas veces comíamos unos en casa de otros. No sé por qué se ocupaban de mí; pero yo no me cuidaba de ellos sino porque jugaban al ajedrez; y para hacer una mezquina partida, sufría cuatro horas de fastidio. Como se colaban en todas partes y querían meterse en todo, Teresa les llamaba las comadres, nombre que les ha quedado en Montmorency. Tales eran, con mi huésped el señor Mathas, que era un buen hombre, mis principales conocidos del campo. En París me quedaban bastantes para vivir allí agradablemente, cuando quisiera, fuera del círculo de los literatos, en que no tenía otro amigo que Duclos, pues Deleyre era todavía demasiado joven; y, aunque después de haber visto de cerca los manejos de la pandilla filosófica respecto a mí, se hubiese apartado completamente de ella, o a lo menos así lo había yo creído, no me era posible olvidar la facilidad con que había sido el comodín de aquella gente cerca de mí. En primer lugar tenía allí a mi anciano y respetable amigo el señor Roguin. Era un amigo de mis buenos tiempos, no debido a mis escritos, sino a mí mismo, que por esta razón lo he conservado siempre. El bueno de Lenieps, compatriota mío, y su hija, que a la sazón aún vivía, la señora Lambert. Un joven ginebrino llamado Coindet, al parecer buen muchacho, cuidadoso, oficioso, activo, pero ignorante, confiado, glotón, presumido, que había venido a yerme desde el principio de mi estancia en el Ermitage, y, sin otro introductor que él mismo, a poco y a pesar mío había establecido sus reales en mi casa. Tenía éste algún gusto por el dibujo y conocía los artistas, así es que me sirvió para las láminas de Julia; se encargó de la dirección de los dibujos y de las planchas, y salió bien de su empeño. Tenía allí también la casa del señor Dupin, la cual si bien brillaba menos que durante los buenos tiempos de la señora Dupm, seguía siendo todavía, por el mérito de sus dueños y lo escogido de las personas que en ella se reunían, una de las mejores casas de París. Como a nadie me había dedicado con preferencia a ellos, como no les había dejado sino para vivir libre, no cesaron de tenerme amistad, y yo estaba seguro de ser siempre bien recibido por la señora Dupin. Además podía contarla entre mis vecinas del campo, desde que al fin se había decidido a edificar una habitación en Clichy, donde a veces iba yo a pasar uno o dos días, y donde habría ido más si la señora Dupin y la de Chenonceaux hubiesen vivido mejor avenidas. Mas la dificultad de dividirme en una misma casa entre dos mujeres que no simpatizaban, me hacía hallar Clichy harto molesto. Unido a la señora de Chenonceaux con una amistad más familiar y más íntima, tenía el placer de verla más desahogadamente en Deuil, casi a la puerta de mi casa, donde ella había alquilado una casita, y aun en mi propia casa, adonde venía a yerme con bastante frecuencia. Tenía a la señora de Créqui, que habiéndose entregado a la devoción, había cesado de ver a los D'Alembert, los Marmontel, y la mayor parte de los literatos, exceptuando, si no me equivoco, el abate Trublet, quien era a la sazón una especie de zorro con quien ella misma estaba enojada. Había procurado conocerme, y no dejé perder su benevolencia ni su correspondencia. Me remitió pollas cebadas del Mans, como aguinaldo; y estaba dispuesta a venir a yerme el año siguiente, cuando se interpuso un viaje de la señora de Luxembourg. Le debo aquí un lugar señalado, y siempre lo ocupará en mis recuerdos. Contaba con otro hombre, a quien, a falta de Roguin, hubiera debido colocar en primer lugar: mi antiguo colega y amigo Carrió, antes secretario titular de la embajada española en Venecia, luego en Suecia, donde estuvo encargado por su corte de muchos negocios, y al fin, nombrado realmente, secretario de embajada en París. Vino a sorprenderme en Montmorency cuando menos lo esperaba. Pertenec4a a una orden de caballería, cuyo nombre he olvidado, y llevaba una hermosa cruz de pedrería. Al hacer las pruebas, se había visto obligado a añadir una letra a su nombre de Carrió y llevaba el de caballero de Carrión. Le hallé siempre el mismo, el mismo excelente corazón, y cada día más amable. Hubiera recobrado con él la intimidad de antes, si Coindet, interponiéndose, como de costumbre, no hubiese aprovechado mi alejamiento para insinuarse en lugar y nombre míos en su confianza y suplantarme a fuerza de celo en servirle. La memoria de Carrión me recuerda uno de mis vecinos del campo, y haría mal silo pasara en silencio en cuanto he de confesar mi proceder inexcusable con respecto a él. Era éste el honrado señor Le Blond, que me había hecho un favor en Venecia, y que habiendo venido a hacer un viaje por Francia con su familia, había alquilado una casa de campo en la Briche, no lejos de Montmorency. Tan luego como supe que era vecino mío, me alegré en el alma, y me hice un placer más bien que una obligación de visitarle. Al efecto, partí al día siguiente; pero encontré por el camino otras personas que venían a yerme a mí, y fué preciso volverse. Dos días después salí de nuevo al efecto, y encontré que había ido a París a comer con toda su familia. La tercera vez, estaba en su casa, mas oí voces de mujeres, y vi a la puerta un coche que me asustó. Yo quería, a lo menos por vez primera, verle con libertad, y hablar de nuestras antiguas relaciones. En fin, fuí dejando la visita un día para otro, de suerte que la vergüenza de llenar semejante deber tan tarde, hizo que lo dejase completamente. Después de haber osado esperar tanto, ya no me atrevía a presentarme. Esta dejadez, de que el señor Le Blond debe estar justamente indignado, dió a sus ojos el carácter de ingratitud a mi pereza, y, sin embargo, yo me sentía tan poco culpable que, si hubiese podido hacer algo que agradase a dicho señor, aun sin saberlo él, estoy bien seguro de que no me hubiera hallado perezoso. Pero la indolencia, el descuido y las dilaciones en los pequeños deberes que tenía que llenar, me han hecho más daño que los grandes vicios. Mis peores faltas han sido de omisión: raras veces he hecho lo que no debía hacer, y desgraciadamente aun he hecho menos veces lo que convenía. Puesto que he vuelto a mis conocidos de Venecia, no debo olvidar uno que con ellos se enlaza, y cuyas relaciones no había interrumpido, así como las otras, sino desde hacía mucho menos tiempo. Me refiero al señor de Joinville, quien había continuado dándome muestras de amistad, después de su vuelta a Génova. Le agradaba mucho yerme y hablar conmigo de los asuntos de Italia y de las locuras del señor de Montaigu, de quien, por su parte, sabía muchos rasgos, por las oficinas de relaciones exteriores, donde tenía numerosos conocidos. También tuve el gusto de ver nuevamente en su casa a mi antiguo camarada Dupont, que había comprado un destino en su provincia y cuyos negocios le llevaban algunas veces a París. El señor de Joinville fué mostrándose cada día más aficionado a mi trato, hasta que llegó a ser molesto, y aunque vivíamos en barrios muy apartados, había querellas entre nosotros cuando pasaba una semana entera sin ir a comer a su casa. Cuando iba a Joinville, quería siempre que yo fuese con él; mas habiendo pasado una vez ocho días allí, que me parecían muy largos, no quise volver otra vez. El señor de Joinville era ciertamente un hombre galante, y aun amable hasta cierto punto; pero de escaso ingenio: era buen mozo, un poco prendado de sí y medianamente fastidioso. Tenía una colección singular, quizá única en el mundo, de que se ocupaba mucho, y de la que hacía ocuparse a sus huéspedes. que a veces no hallaban la diversión tan agradable como él. Era una colección completa de vaudevilles de la corte y de París, desde hacia más de cincuenta años, donde se hallaban muchas anécdotas que inútilmente se buscarían en otra parte. He aquí unas memorias para la historia de Francia que no se hallarían en ninguna otra nación. Un día, en lo mejor de nuestra amistad, me recibió de un modo tan frío, tan glacial e inusitado por él, que, después de haberle dado ocasión de explicarse, y aun de haberle instado a ello, salí de su casa con la resolución, que he cumplido, de no volver a poner los pies en ella; pues yo no vuelvo a donde he sido mal recibido una vez, y aquí no había un Diderot que abogase por el señor de Joinville. Yo me devanaba en vano los sesos buscando qué agravio podía haberle hecho. Estaba seguro de no haber hablado de él ni de los suyos sino del modo más honroso; pues le quería sinceramente; y además de que no tenía que decir de él más que bien, mi máxima más inviolable ha sido siempre no hablar sino honrosamente de las casas que frecuentaba. He aquí lo que conjeturé a fuerza de pensar y repensar en ello. La última vez que nos habíamos visto, me había dado de cenar en casa de unas muchachas que él conocía, en compañía de dos o tres empleados de Relaciones Exteriores, gentes muy amables, que no parecían libertinos; y puedo jurar que por mi parte pasé la velada meditando tristemente sobre la desdichada suerte de esas criaturas. Yo no pagué mi escote, porque estábamos convidados a cenar por el señor de Joinville; tampoco di nada a las chicas, porque no les hice ganar, como a la paduana, lo que hubiera podido ofrecerles. Salimos todos bastante alegres, y muy amigos. Tres o cuatro días después, sin haber vuelto a aquella casa, fuí por la tarde a la de Joinville, a quien no había visto desde entonces, y me recibió como llevo dicho. No pudiendo atribuirlo a otra causa que a alguna mala inteligencia relativa a esta cena, y viendo que no quería explicarse, tomé mi resolución y dejé de verle; pero continué enviándole mis obras; a menudo me hizo dar parabienes; y habiéndole encontrado un día en el salón de descanso de la Comedia, me dijo cuánto sentía mi ausencia de su casa, instándome para que fuese a verle, pero no me dejé vencer. Así, pues, más bien parecía esto una querella que un rompimiento. Con todo eso, no habiéndole vuelto a ver, ni oído hablar de él desde entonces, hubiera sido tarde para reanudar nuestras relaciones después de una interrupción de años. He aquí por qué no entra el señor de Joinville aquí en lista, aunque hubiese frecuentado bastante tiempo su casa. No alargaré ahora esta misma lista con muchos otros conocidos menos familiares, o que, por mi ausencia, habían dejado de serlo, y que no dejé de ver alguna vez en el campo, así en mi casa como en las de la vecindad, tales como, por ejemplo, los abates de Condillac y de Mably, los señores de Mayrand, de Lalive, de Boisjelou, Watelet, Ancelet, y otros que sería largo enumerar. Tampoco insistiré sobre mis relaciones con el señor de Margency, gentilhombre del rey con ejercicio, antiguo miembro del círculo de Holbach, de que se había salido como yo, y antiguo amigo de la señora de Épinay, de quien como yo se había apartado; lo mismo haré acerca de las que me unían con su amigo Desmahis, autor célebre, pero efímero, de la comedia El impertinente. El primero era vecino mío de campo, pues Margency se hallaba cerca de Montmorency. Éramos antiguos conocidos; pero la vecindad y cierta conformidad de experiencias nos hacían más íntimos. El segundo murió poco después. Era hombre de mérito y de ingenio, mas también tenía un poco del tipo de su comedia; era un tanto fatuo con las mujeres, y no fué muy sentida su muerte. No obstante lo dicho, no puedo omitir una nueva correspondencia de aquel tiempo que ha influido demasiado sobre el resto de mi vida, para que deje de consignar su comienzo. Me refiero al señor de Lamoignon de Malesherbes, primer presidente de la Cour des aides, a la sazón encargado de la librería, que dirigía con tanta ilustración como afabilidad y contentamiento de los literatos. No había ido a verle en París ni una sola vez; sin embargo, siempre había encontrado en él la mayor benevolencia en cuanto a la censura; y yo sabía que más de una vez había dejado bastante mal parados a los que escribían contra mí. Con motivo de la impresión de Julia tuve nuevas manifestaciones de su bondad; las pruebas de una obra tan larga era muy costoso hacerlas venir de Amsterdam por el correo, y teniendo él franco el porte, permitió que le fuesen dirigidas para enviármelas a mí, igualmente francas de porte como lo hacía, gracias al sello del señor canciller, su padre. Cuando la obra estuvo impresa, no permitió su venta en el reino sino después que se hubo hecho una edición que él mandó hacer para mí, a pesar de mí mismo; como esta edición hubiera sido por mi parte un robo hecho a Rey, a quien había vendido el manuscrito, no sólo no quise aceptar el presente que me correspondía por esto sin su consentimiento, que dió muy generosamente, sino que quise partir con él las cien pistolas a que ascendió este presente y que no quiso admitir. Por estas cien pistolas tuve el disgusto de ver horriblemente mutilada mi obra, cosa de que Malesherbes no me había prevenido, y de impedir la venta de la edición buena hasta que la mala estuvo agotada. Siempre he tenido al señor de Malesherbes por hombre de una rectitud a toda prueba. Nunca me ha hecho dudar un momento de su probidad nada de lo que me ha ocurrido; pero tan débil como honrado, a veces daña a las personas por quienes se interesa a fuerza de quererlas preservar. No solamente hizo eliminar más de cien páginas en la edición de París, sino que hizo una eliminación que podía tener el carácter de infidelidad en un ejemplar de la edición buena que remitió a la señora de Pompadour. En alguna parte de esta obra he dicho que la mujer de un carbonero es más digna de respeto que la querida de un príncipe. Esta frase se me había ocurrido en el calor de la composición sin alusión a nadie, lo juro. Al releer la obra, vi a quien se aplicaría. Sin embargo, por efecto de la máxima muy imprudente de no quitar nada por temor de las aplicaciones que pudiesen hacerse, mientras en mi conciencia tuviese el testimonio de no haberlas hecho al escribir, no quise quitar esta frase, y me contenté con sustituir a la palabra rey que había puesto al principio, la de príncipe. Este paliativo no pareció al señor de Malesherbes suficiente: él la quitó toda, con un cartón que hizo imprimir expresamente y meter con tanta limpieza como fué posible en el ejemplar de la señora de Pompadour. Ella no ignoró esta sustitución; hubo alguna alma caritativa que se la comunicó. Pero yo no lo supe sino mucho tiempo después cuando empecé a experimentar las consecuencias. ¿No es también aquí donde tuvo origen el odio encubierto, pero implacable, de otra dama que se hallaba en un caso semejante, sin que yo supiese nada de ello, ni aun la conociese cuando escribía este pasaje? Cuando se publicó el libro yo la conocía ya, y esto me inquietó mucho. Así lo dije al caballero de Lorency, que se rió de mí, asegurándome que tampoco la había ofendido, que ni siquiera le había llamado la atención. Yo le creí quizá con harta ligereza; y me tranquilicé muy pronto. Al entrar el invierno recibí una nueva prueba de la benevolencia del señor de Malesherbes, que le agradecí en extremo, aunque no juzgase conveniente aprovecharla. Había en el Journal des Savants una plaza vacante. Margency me escribió proponiéndomela como cosa que salía de él mismo. Pero fácil me fué comprender por el giro de su carta (Legajo C, número 33), que estaba instruido y autorizado; y él mismo me dijo posteriormente (Legajo C, núm. 47) que había tenido el encargo de hacerme este ofrecimiento. El trabajo de esta plaza era poca cosa. No había que hacer sino dos extractos cada mes, para los que me traerían los libros, sin que tuviese necesidad de ir a París una sola vez; ni aun para hacer al magistrado una visita de gracias. Por ende entraba en una sociedad de literatos de primer orden, los señores de Mairan, Clairant, de Guignes y el abate Barthélemy, de los cuales conocía ya a los dos primeros y me hubiera gustado entrar en relaciones con los otros dos. En fin, por un trabajo tan poco penoso y que podía hacer tan cómodamente se me ofrecía un sueldo de ochocientos francos, anejos a esta plaza. Antes de resolverme, estuve deliberando algunas horas, y puedo jurar que sólo me hizo deliberar el temor de incomodar a Margency y de disgustar al señor de Malesherbes. Mas al fin, la molestia insoportable de no poder trabajar a mi antojo y de hallarme sujeto a trabajar en días determinados, y más aún la certeza de que llenaría mal las funciones de que había de encargarme, sobrepujó a todo y me resolvieron a rehusar un empleo para el cual tan poco a propósito me sentía. Yo sabía que todo mi talento consistía en cierto entusiasmo por las materias que había de tratar, y que solamente podía animar mi ingenio el amor de lo grande, de lo verdadero, de lo bello. ¿Y qué me hubieran importado la mayor parte de los asuntos que hubiera tenido que compilar de los libros y los libros mismos? Mi indiferencia hubiera helado mi pluma y empobrecido mi ingenio. Figurábanse que yo podía escribir por oficio, como los demás literatos, cuando jamás he sabido escribir sino movido por la pasión, y no era esto seguramente lo que necesitaba el Journal des Savants. Por tanto escribí a Margency una carta dándole las gracias, con toda la discreción posible, detallándole mis motivos de tal suerte que ni él ni el señor de Malesherbes pudieran atribuir a esquivez ni orgullo el hecho de rehusar su ofrecimiento. Así, pues, aprobaron ambos mi resolución, sin que me diesen la menor muestra de desagrado; y esta cuestión quedó tan secreta que el público jamás ha tenido de ella la menor noticia. Esta proposición no se me hizo en ocasión a propósito para que yo la aceptara; pues hacía algún tiempo ya que proyectaba abandonar completamente la literatura, y sobre todo la ocupación de autor. Cuanto acababa de sucederme me había disgustado en extremo de los literatos, y estaba convencido de que era imposible continuar la misma carrera sin tener alguna conexión con ellos. No lo estaba menos de la gente del gran mundo, y en general de la vida mixta que acababa de llevar, mitad para mí, y mitad para las sociedades para las que no servía. Conocía más que nunca, y por una experiencia constante, que toda asociación desigual es siempre desfavorable a la parte débil. Viviendo en medio de gentes