libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. El comendador de Nonant, galán de todas las muchachas de la Ópera, traía todos los días las últimas noticias de la misma. Los señores Duplessis, teniente coronel retirado, anciano bondadoso y prudente, y Ancelet, oficial de mosqueteros, mantenían un poco de orden en medio de estas gentes. También iban allí comerciantes, arrendadores y proveedores; pero corteses, probos, y de esos que se distinguen en su clase; el señor de Besse, el de Forcade, y otros cuyos nombres he olvidado. En fin, allí se veían personas de buen porte pertenecientes a todos los estados, excepto abates y magistrados, gentes que jamás vi en aquella casa, pues estaba convenido no introducir ninguno. Esta mesa bastante numerosa, era muy divertida sin ser ruidosa; se bromeaba mucho en ella sin grosería. El anciano comendador, en todos sus cuentos de un color algo subido en el fondo, jamás perdía sus formas de antiguo cortesano, y nunca pronunciaba una palabra obscena que no fuese con tanta gracia que hasta las mujeres lo hubieran perdonado. Él daba el tono en la mesa: todos los jóvenes referían sus aventuras galantes con tanta licencia como donaire, y los cuentos de muchachas estaban tanto más en boga cuanto que teníamos el manantial a la puerta, pues la calle que conducía a casa de la señora La Selle era la misma donde estaba la tienda Duchapt, célebre modista, que tenía a la sazón muy lindas muchachas, y nuestros comensales iban a requebrarlas antes o después de comer. Yo me habría divertido como los demás a ser más atrevido, pues no sabía qué hacer sino entrar como ellos; pero jamás supe atreverme. En cuanto a la señora La Selle, continué yendo a comer con frecuencia a su casa, después de la salida de Altuna. Allí aprendí multitud de anécdotas muy divertidas, y poco a poco también adquirí, a Dios gracias, no las costumbres, pero sí las máximas que estaban en boga. Personas de reconocida integridad colocadas en situaciones difíciles, maridos engañados> mujeres seducidas, partos clandestinos, he aquí los asuntos más comunes; y el que más enriquecía la Casa de Expósitos era siempre el más aplaudido. Esto me sedujo; formé mi modo de pensar conforme a lo que veía ser corriente entre personas tan amables, y muy buenos sujetos en el fondo, diciéndome: "Ya que son éstas las costumbres del país, cuando se vive en él bien pueden seguirse". He aquí la salida que yo necesitaba, y me resolví a seguirla gallardamente sin el menor escrúpulo; y el único que tuve que vencer fué el de Teresa, por quien me vi en los mayores apuros para hacerle adoptar este medio, único de salvar su honor. Su madre, que temía además una nueva invasión de chiquillos, vino a apoyarme, y entonces se dejó convencer. Buscóse una comadrona prudente y segura, llamada la señorita Gouin, que vivía en la esquina de San Eustaquio, para confiarle este secreto, y, llegada la ocasión, Teresa fué acompañada por su madre a casa de la Gouin para dar a luz. Yo fuí varias veces a verla. Le llevé una cifra que hice por duplicado en dos tarjetas, y se puso una en las mantillas del niño, que fué depositado por la comadrona en la Casa de Expósitos, del modo acostumbrado- Al año siguiente, vuelta a lo mismo, menos la señal, que fué olvidada. Ya no fué preciso ninguna reflexión de mi parte, ni el asentimiento de su madre: Teresa obedecía, si bien con dolor. Sucesivamente se verán todas las vicisitudes que esta conducta fatal ha producido en mi modo de pensar, así como en mi destino. Entre tanto atengámonos a esta primera época, pues sus consecuencias, tan crueles como imprevistas, me obligarán a recordarlos nuevamente. De esta época data mi conocimiento con la señora de Épinay, cuyo nombre aparecerá con frecuencia en estas Memorias; se llamaba señorita de Esclavelles, y acababa de casarse con el señor de Épinay, hijo del señor de Lalive de Bellegarde, asentista general. Su marido era músico, así como Francueil. Ella lo era también, y la pasión por este arte estableció una gran intimidad entre estas tres personas- De Francueil me introdujo en casa de la señora de Épinay, donde ambos cenábamos a veces. Era una mujer amable, de talento e instruida, y por consiguiente una buena relación. Pero tenía una amiga, llamada la señorita de Ette, que tenía fama de mujer malévola y que vivía con el caballero de Valory, quien tampoco gozaba de una reputación envidiable. Estoy persuadido de que el trato de estas dos personas hizo daño a la señora de Épinay, a quien la Naturaleza, al darle un temperamento muy exigente, había dotado de cualidades excelentes para moderar sus extravíos o a lo menos hacerlos disimulables. El señor de Francueil le comunicó una parte de la amistad que a mí me tenía, y me confesó las relaciones que le unían con ella, por cuya razón yo no lo diría aquí sí no se hubiesen hecho públicas hasta el punto de no ignorarlas el mismo señor de Épinay. De Francueil me confió bien singulares cosas sobre esta señora, de las cuales jamás me habló ella ni sospechó que las supiese, pues nunca dije una palabra ni la diré jamás en este punto a nadie. Estas mutuas confianzas me colocaban en una situación por demás embarazosa, sobre todo con respecto a la señora de Francueil, que me conocía lo bastante para no desconfiar de mí, aunque sabía que estaba relacionado con su rival. Yo hacía cuanto me era dable para consolar a esta pobre mujer, a quien su marido no pagaba seguramente todo el amor que ella le profesaba. Tenía que escuchar por separado a estas tres personas; guardaba sus secretos con la mayor fidelidad, sin que ninguna de las tres me arrancase jamás ninguno perteneciente a los otros dos, y sin disimular a ninguna de las dos el afecto que me unía a su rival. La señora de Francueil, que quería valerse de mí para muchas cosas, tuvo negativas formales, y la señora de Épinay, que había querido encargarme un día una carta para Francueil, no solamente recibió una respuesta, sino también una explícita declaración de que, si quería que no volviese a su casa, no tenía más que proponerme otra vez una cosa semejante. Debo hacer justicia a la señora de Épinay; lejos de desagradarle este proceder, habló de él a Francueil con elogio y siguió recibiéndome con el mismo agrado. Así es cómo, en medio de relaciones tempestuosas entre tres personas a quienes apreciaba, conservé hasta el fin su amistad, su estimación y su confianza, conduciéndome con dulzura y complacencia, pero siempre con rectitud y firmeza. A pesar de mi estupidez y mi nulidad, la señora de Épinay quiso hacerme tomar parte en las diversiones de la Chevrette, castillo inmediato a San Denis, propiedad del señor de Bellegarde. Había allí un teatro donde a menudo se daban algunas representaciones. Diéronme un papel que me estuve estudiando durante seis meses sin descanso, y al fin hubieron de apuntármelo de cabo a rabo. Después de esta prueba no me propusieron más papeles. Al trabar relaciones con la señora de Épinay, conocí también a su cuñada, la señorita de Bellegarde, que fué a poco condesa de Houdetot. La primera vez que la vi era la víspera de su casamiento; estuvo hablándome largo rato con esa encantadora familiaridad que le es natural. Yo la encontré muy amable; pero estaba bien lejos de prever que esta joven sería algún día el árbitro de mi destino, y me arrastraría, aunque inocentemente, al abismo donde yazgo ahora. Aunque no haya hablado de Diderot desde mi regreso de Venecia, así como de mi amigo Roguin; no obstante, no había descuidado a uno ni otro, y cada día me había ido ligando con ellos más íntimamente, sobre todo con el primero. Él tenía una Naneta, así como yo una Teresa: era un punto más de contacto entre los dos. Mas la diferencia estaba en que mi Teresa, tan bonita como su Naneta, tenía un carácter dulce y amable, a propósito para enamorar a un hombre de bien; mientras que la suya, de genio áspero y desapacible, nada revelaba que disimulase su mala educación. Sin embargo, él se casó con ella, en lo que hizo muy bien sí lo había prometido. Pero yo que no había prometido nada, no me apresuré a imitarle. También me había ligado con el abate de Condillac, que no era nada, como yo mismo, en literatura, pero que debía ser en el porvenir lo que es hoy día. Yo soy quizá el primero que ha conocido su capacidad y la ha apreciado en lo que valía. Él parecía complacerse también en mí compañía; y mientras que encerrado en mi cuarto de la calle Jean-Saint Denis, cerca de la Ópera, componía mi acto de Hesiodo; venía algunas veces a comer a escote conmigo. Entonces se ocupaba en el Ensayo sobre el origen de los conocimientos humanos, que es su primera obra. Cuando la tuvo concluida, la dificultad estuvo en encontrar un librero que quisiese tomarla. Los de París son arrogantes y duros para todos los principiantes; y la metafísica, entonces muy poco de moda, ofrecía escaso atractivo. Yo hablé a Diderot de Condillac y de su obra, y los puse en relaciones. Eran a propósito para simpatizar y simpatizaron. Diderot comprometió al librero Durant a tomar el manuscrito del abate, y este gran metafísico cobró de su primer libro, y casi por favor, cien escudos, que quizá sin mí no habría encontrado. Como vivíamos en barrios muy separados, nos reuníamos los tres una vez por semana en el Palais-Royal, e íbamos a comer juntos en la fonda de la Cesta Florida. Fuerza es que estas comidas semanales agradasen sobre manera a Diderot, porque él, que faltaba casi siempre a todas las citas, jamás faltó a ninguna de ellas. De aquí vino que yo concibiese el proyecto de escribir una hoja periódica titulada El burlón, que debíamos hacer alternativamente Diderot y yo. Borroneé la primera hoja, y esto me hizo conocer a D'Alembert, a quien Diderot había hablado de ello. Pero acontecimientos imprevistos nos atajaron y este proyecto quedó así. Estos dos autores acababan de emprender el Diccionario enciclopédico, que al principio no debía ser más que una especie de traducción de Chambers, poco más o menos como la del Diccionario de Medicina de James, que Diderot habla concluido por entonces. Éste quiso que tomase parte en la nueva empresa, y me propuso la parte de música, que acepté y escribí aprisa y mal en tres meses, plazo que me habla dado, como a todos los autores que debían cooperar en esta empresa. Mas yo fui el único que estuve a punto el día fijado. Remitíle mi manuscrito, que había hecho poner en limpio por un criado del señor de Francueil, llamado Dupont, que tenía muy buena letra, y a quien pagué su trabajo en diez escudos, sacados de mi bolsillo y que no me han reembolsado jamás. Diderot me había prometido por parte de los libreros una retribución de que nunca más hemos vuelto a hablar. Esta empresa de la Enciclopedia fué suspendida a causa de su prisión. Los Pensamientos filosóficos le causaron algunos disgustos sin ulteriores consecuencias. No sucedió así con la Carta sobre los ciegos, que no tenía de reprensible sino algunas sátiras personales de que se ofendieron la señora Dupré de Saint-Maur y el señor de Réaumur y por las cuales fué detenido en la torre de Vincennes. Nada es capaz de describir la angustia que me causó la desdicha de mi amigo. Mi funesta imaginación, que siempre se pone en lo peor, se espantó; creí que quedaría allí el resto de su vida, y por poco me vuelvo loco. Escribí a la señora de Pompadour para rogarle encarecidamente que lo hiciese poner en libertad, o que se me permitiese encerrarme con él. Ninguna respuesta recibí a esta carta, que era poco razonable para ser eficaz; y no me lisonjeo de que haya contribuido a los paliativos que algún tiempo después suavizaron la cautividad del pobre Diderot. Pero si hubiese durado con el mismo rigor, creo que habría muerto de desesperación al pie de aquel abominable castillo. Por lo demás, si mi carta produjo poco efecto, tampoco me he jactado de haberla escrito; pues he hablado de ella a muy pocas personas, y nunca al mismo Díderot. LIBRO OCTAVO 1719 He debido hacer una pausa al finalizar el libro anterior. Con éste empieza, en su primitivo origen, la larga cadena de mis desgracias. Habiendo vivido en dos de las casas más brillantes de París, a pesar de mi poca experiencia, no había dejado de adquirir algunas relaciones, entre ellas, en casa de la señora Dupin, la del joven heredero de Sajonia-Gotha, y del barón de Thun, su preceptor; en casa del señor de la Popliniére, la del señor de Seguy, amigo del referido barón y conocido en la república de las letras por su bella edición de Rousseau. El barón nos convidó, a Seguy y a mí, a ir a pasar uno o dos días en Fontenay-sous-bois, donde tenía el príncipe una casa. Fuimos allá, y al pasar por delante de Vincennes, a la vista de la torre, se me desgarró de tal modo el corazón, que el barón notó un cambio en mi rostro. Durante la cena, el príncipe habló de la prisión de Diderot, a quien, con el objeto de hacerme hablar, acusó el barón de imprudente, y lo fui yo por la manera impetuosa de defenderle. Perdonáronme este exceso de celo inspirado por la desdicha de un amigo, y se habló de otra cosa. Estaban allí presentes dos alemanes adictos al príncipe: uno llamado Klupffell, hombre de mucho ingenio, que era su canciller y luego fué su preceptor, después de haber suplantado al barón; era el otro un joven llamado Grimm, que le servía de lector mientras hallaba alguna colocación, y cuyo reducido equipaje anunciaba la premura que tenía por encontrarla. Desde esa misma tarde Klupffell y yo entablamos relaciones que pronto se convirtieron en amistad. Con el señor Grimm no fué la cosa tan aprisa; apenas se atrevía a nada, hallándose muy lejos de tomar el tono altanero que adquirió en lo sucesivo con la prosperidad. Al día siguiente se habló de música, y lo hizo con acierto. Yo tuve una gran satisfacción al saber que acompañaba en el clavicordio. Después de comer, trajeron piezas de música. Pasamos todo el día tocando en el clavicordio del príncipe, y así empezó esta amistad, que al principio me fué tan dulce y al fin tan funesta, y de que tanto tendré que hablar en adelante. Al volver a París, recibí la agradable noticia de que Diderot había salido de la torre, y de que le habían dado por prisión todo el castillo y el parque de Vincennes bajo su palabra de honor, con permiso de ser visitado por sus amigos. Cuán doloroso me fué no poder volar a verle enseguida; mas, retenidos dos o tres días en casa de la señora Dupin por obligaciones ineludibles, después de tres o cuatro siglos de impaciencia corrí, a estrecharle en mis brazos... ¡Momento inexplicable! No se hallaba solo; estaban con él D'Alembert y el tesorero de la Santa Capilla. Al entrar, sólo vi a mi amigo; di un salto y un grito y me precipité a él, abrazándole estrechamente sin expresarme mas que con lágrimas y suspiros, ahogados por la ternura y la alegría. Su primer movimiento al salir de mis brazos fué dirigirse al eclesiástico, diciéndole: "Ya veis cómo me quieren mis amigos". Dominado completamente por la emoción, no reflexioné entonces en este modo de sacar partido de las circunstancias; mas pensando posteriormente en ello, siempre he creído que a mí, puesto en lugar de Diderot, no hubiera sido ésta la primera idea que se me habría ocurrido. Hallé que la prisión le había afectado mucho. La torre le habla causado una impresión terrible; y, aunque en el castillo estaba muy bien y tenía facultad de pasearse por el parque, que ni siquiera está cercado de paredes, tenía necesidad de la compañía de sus amigos para no entregarse a su negro humor. Como seguramente yo era el que más le compadecía, creí también que mi presencia le seria más consoladora que la de ningún otro; a pesar de ocupaciones muy perentorias, iba a verle por lo menos cada dos días, ya sólo, ya acompañado de su mujer, pasando con él la tarde. En el verano de 1749 hizo un calor excesivo. De París a Vincennes hay dos leguas, y yo, que no me hallaba en estado de pagar coches, me iba a pie a las dos de la tarde cuando me hallaba solo, y andaba a prisa con objeto de llegar más pronto. Los árboles del camino siempre podados, al estilo del país, apenas daban sombra, y a menudo, rendido de calor y de fatiga, me dejaba caer en tierra no pudiendo más. Para moderar mi paso, me llevaba siempre algún libro. Un día tomé el Mercurio de Francia, y andando y leyendo encontré este tema propuesto por la Academia de Dijon para el premio del siguiente año: El progreso de las ciencias y de las artes ¿ha contribuido a corromper o a purificar las costumbres? Así que hube leído esto se abrieron a mis ojos nuevos horizontes y me volví otro hombre. Aunque tengo un vivo recuerdo de la impresión que me causó, se me han olvidado los pormenores después que los inserté en una de las cuatro cartas dirigidas al señor de Malesherbes; es una de las singularidades de mi memoria más digna de notarse. Me sirve la memoria mientras de ella me fío, pero, desde el momento en que confío el recuerdo al papel, me abandona, y cuando escribo una cosa no la recuerdo ya más. Esto me sucede también con la música. Antes de aprenderla, sabía de memoria innumerables canciones, mas tan luego como supe cantar con el papel delante, no he podido retener ninguna; y dudo mucho que pudiese recitar una completa aun de las que más me han gustado. Lo que recuerdo muy claramente en el caso presente es que, al llegar a Vincennes, me hallaba presa de una agitación que parecía un delirio. Diderot lo notó: le expliqué la causa y le leí la Prosopopeya de Fabricio, escrita con lápiz debajo de una encina. Me exhortó a dar libre vuelo a mis ideas y a concurrir al certamen. Así lo hice, y desde ese momento me perdí. Todo el resto de mí vida y de mis desdichas fué el inevitable efecto de este momento de extravío. Mis sentimientos se acomodaron con una rapidez inconcebible al tono de mis ideas. El entusiasmo por la verdad, la libertad y la virtud ahogó todas mis pequeñas pasiones; y lo mas sorprendente es que esta efervescencia subsistió en mi corazón durante más de cuatro o cinco años, llegando a tan alto grado como jamás haya existido en otro corazón humano. Escribí este discurso de modo muy singular, que casi siempre be seguido en todas mis demás obras. Le consagraba los insomnios de mis noches. Meditaba en el lecho con los ojos cerrados, y volvía y revolvía los períodos en mí mente con inexplicable dificultad; luego, cuando quedaba satisfecho de ellos, los conservaba en mi memoria hasta que pudiese trasladarlos al papel; pero al tiempo de levantarme y vestirme, todo se me olvidaba y, cuando me había colocado frente al papel, no recordaba nada de lo que había compuesto. Ocurrióseme tomar por secretario a la señora Le Vasseur. La había alojado con su hija y su marido más cerca de mí, y venía a mi casa todas las mañanas, para ahorrarme un criado, a encender lumbre y hacerme la comida. A su llegada, desde la cama le dictaba el trabajo de la noche; y este sistema, que he seguido durante mucho tiempo, me ha evitado muchos descuidos. Cuando estuvo concluido este discurso, se lo mostré a Diderot, a quien le agradó, indicándome algunas correcciones. Sin embargo, esta obra, llena de calor y de energía, carece absolutamente de método y de orden; de cuantas han salido de mi pluma es la más débil de raciocinio, y la más pobre en cuanto a número y armonía; pues, aunque nazca uno con algún talento, el arte de escribir no se aprende repentinamente. Remití este trabajo sin hablar de él a nadie más, a no ser, a lo que recuerdo, a Grimm, con quien, desde su entrada en casa del conde de Friése, empecé a vivir en la mayor intimidad. Tenía él un clavicordio que nos servía de pretexto o como punto de reunión, donde pasábamos todos los momentos que nos quedaban libres cantando motivos italianos y barcarolas, sin tregua ni descanso, de la mañana a la noche, o mejor, de la noche a la mañana; y cuando no se me hallaba en casa de la señora Dupin, era seguro que se me encontraba en la de Grimm, o a lo menos con él, ya de paseo, ya en el teatro. Dejé de asistir a la Comedia italiana, donde tenía entrada, porque a él no le gustaba, para ir, pagando, a la Comedia francesa, a la que él era apasionado. En fin, me ligaba a este joven tan poderoso atractivo y fuimos tan inseparables, que hasta la pobre tía quedaba olvidada; es decir, que la veía menos, porque jamás se ha entibiado ni un momento el afecto que le profesaba. Esta imposibilidad de dividir el poco tiempo que tenía libre para satisfacer mis inclinaciones, renovó con más fuerza que nunca el deseo que tenía desde hacía largo tiempo de no formar más que una casa con Teresa, pero la incomodidad de su numerosa familia y, sobre todo, la falta de dinero para comprar muebles, me lo habían impedido hasta entonces. Presentóse la ocasión de hacer un esfuerzo, y no la dejé escapar. El señor de Francueil y la señora Dupin, conociendo perfectamente que ochocientos o novecientos francos al año no podían bastarme, elevaron espontáneamente mis honorarios anuales hasta cincuenta luises; y además la señora Dupin, sabiendo que deseaba poner casa, me ayudó un tanto al efecto. Con los muebles que ya tenía Teresa, lo reunimos todo, y, habiendo alquilado una pequeña habitación en la fonda de Languedoc, sita en la calle de Grenelle-Saint-Honoré, perteneciente a unas buenas gentes, nos arreglamos como pudimos, y allí vivimos apacible y agradablemente durante siete años, hasta que salí de allí para ir al Ermitage. El padre de Teresa era un anciano, buen hombre, muy amable, que temía extremadamente a su mujer, por cuyo motivo le daba el sobrenombre de Lugarteniente criminal, nombre que Grimm transmitió posteriormente, por broma, a la niña. La señora Le Vasseur no carecía de talento, es decir, de destreza; hasta se preciaba de tener urbanidad y modales de gran mundo, pero tenía un embeleco misterioso que era insoportable, pues daba consejos bastante malos a su hija, procurando hacerla disimulada con respecto a mí, y halagaba separadamente a mis amigos a expensas de todos ellos y de mí mismo; por lo demás, era bastante buena madre, pues le convenía serlo, y encubría los defectos de su hija en cuanto redundaban en provecho propio. Esta mujer, a quien yo colmaba de atenciones, de cuidados, de regalitos, y cuyo aprecio buscaba de todas veras, era, por la imposibilidad que experimentaba en lograrlo, la única causa de pesar que tenía en mi reducido círculo doméstico; y fuera de esto, puedo decir que he gozado, durante esos seis o siete años, el más perfecto bienestar doméstico que puede ofrecer la flaqueza humana. Mi Teresa tenía un corazón de ángel; con la intimidad crecía nuestro mutuo aprecio, y cada día conocíamos más cuán cierto era que habíamos nacido el uno para el otro. Si nuestros placeres pudiesen escribirse, su sencillez causaría risa; nuestros paseos a solas fuera de la ciudad, donde yo gastaba con la mayor magnificencia ocho o diez sueldos en algún ventorrillo; nuestras pequeñas cenas junto a la ventana, sentados uno enfrente de otro en dos pequeñas sillas colocadas sobre una maleta que tenía la longitud de la abertura, sirviéndonos de mesa la misma ventana; allí respirábamos el aire libre, podíamos ver los alrededores y los transeúntes; y, aunque nos hallábamos en el cuarto piso, estábamos como comiendo en la calle. ¿Quién sería capaz de describir ni aun de apreciar lo delicioso de esas cenas, que por todo manjar se reducían a un pedazo de pan moreno, algunas cerezas, un poco de queso y medio cuartillo de vino para los dos? Amistad, confianza, intimidad, dulzura de alma, ¡ cuán deliciosamente lo sazonáis todo! A veces permanecíamos allí sin darnos cuenta de ello hasta medianoche, y no hubiéramos imaginado que fuese tan tarde si la vieja mamá no nos lo hubiese advertido. Pero dejemos estos detalles que parecerán insípidos o risibles; siempre lo he dicho y lo he experimentado: el verdadero goce es indescriptible. Poco más o menos por este tiempo obtuve uno de género más grosero, el último que tengo que echarme en cara. Dije ya que el ministro Klupffell era un sujeto amable; mi trato con él no era menos íntimo que el que me unía a Grimm, y fué asimismo familiar. Ambos comían algunas veces en mi casa, y estas comidas, algo más que sencillas, eran amenizadas por las libres ocurrencias de Klupffell y por los chistosos germanismos de Grimm, que aun no se había vuelto purista. En nuestras pequeñas orgías no campeaba la sensualidad; mas era suplida por la alegría, y nos hallábamos tan a gusto reunidos que no podíamos separarnos. Klupffell habla puesto casa a una muchacha joven que no dejaba de pertenecer a todo el mundo, porque él solo no podía mantenerla. Una noche, al entrar en un café, le encontramos que salía para irse a cenar con ella. Nosotros le hicimos burla, y él se vengó galantemente obligándonos a tomar parte con ellos, riéndose de nosotros a su vez. Esta pobre criatura me pareció ser de bastante buen carácter, muy dulce, poco a propósito para su destino, para el que estaba educada y amaestrada por una bruja que vivía con ella. Los chistes y el vino nos alegraron hasta el punto de hacernos perder la cabeza. El buen Klupffell no quiso agasajarnos a medias, y sucesivamente pasamos los tres al cuarto contiguo con la pobre muchacha, que no sabía si debía reír o llorar. Grimm ha sostenido siempre que no la había tocado; por consiguiente sería por querer divertirse impacientándonos por lo que permaneció con ella largo tiempo; y si se abstuvo, es poco probable que fuese por escrúpulo, puesto que, antes de entrar en casa del conde de Friése, vivió en casa de muchachas algo peores en el mismo barrio de San Roque. Salí de la calle de Moineaux, donde vivía esta chica, casi tan corrido como Saint-Preux salió de la casa donde le habían embriagado, y recordé muy bien mi historia al escribir la suya. Por algo que notó Teresa, y sobre todo por mi aire confuso, conoció que tenía algún pecado sobre la conciencia; me aligeré de este peso por medio de una franca y espontánea confesión. Hice muy bien, pues al siguiente día vino Grimm con aire de triunfo a relatarle mi delito con circunstancias agravantes, y desde entonces jamás ha cesado de recordarle maliciosamente este hecho; y era en este punto tanto más culpable cuanto que, habiéndome franqueado con él libre y voluntariamente, tenía derecho a esperar que no me haría arrepentir de ello. Jamás tuve ocasión de conocer tan bien la bondad de Teresa; porque más le disgustó el proceder de Grimm que mi misma infidelidad, y no escuché de su boca sino reproches tiernos y conmovedores, en los que jamás noté la más leve sombra de despecho. La sencillez de alma de esta excelente joven igualaba la bondad de su corazón, que es cuanto puede decirse; a este propósito vale la pena de ser referido un ejemplo que recuerdo. Le había dicho que Klupffell era ministro y capellán del príncipe de Sajonia-Gotha. Un ministro era para ella un hombre tan singular que, confundiendo cómicamente las ideas más diversas, se le ocurrió tomar a Klupffell por el Papa. La primera vez que, al entrar en casa, me dijo que habla venido a yerme el Papa, creí que se había vuelto loca. Hícela explicarse, y ya me faltó tiempo para referir la anécdota a Grimm y a Klupffell, a quien desde entonces dimos el sobrenombre de Papa y a la muchacha de la calle de Moineaux el de la papisa Juana. Esto daba ocasión a una risa interminable; momentos había en que nos desternillábamos. Los que, en una carta que han querido atribuirme, me han hecho decir que no había reído más que dos veces en mi vida, no me conocieron en aquel tiempo, ni en mi juventud; pues seguramente no se les hubiera ocurrido semejante idea. (1750.1752.) Al año siguiente, 1750, cuando ya no me acordaba de mi discurso, supe que había sido premiado en Dijon. Esta noticia despertó en mi alma todas las ideas que me lo habían sugerido; les comunicó nueva fuerza, y acabó de fermentar en mi corazón esta primera levadura de heroísmo y de virtud que mi padre, mi patria y Plutarco habían depositado en él. Nada me pareció tan grande y bello como el ser libre, virtuoso, superior a la fortuna y a la opinión, y bastarse a sí mismo. Aunque la funesta vergüenza y el temor de yerme silbado me impidieron al principio conducirme de conformidad con estos principios y romper bruscamente con el espíritu de las máximas de mi siglo, desde entonces me decidí resueltamente, y no tardé en ejecutarlo más tiempo que el necesario para que la oposición lo irritase y lo hiciese salir triunfante. Mientras filosofaba sobre los deberes del hombre, ocurrió un acontecimiento que me hizo reflexionar mejor sobre los míos. Teresa se halló por tercera vez embarazada. Harto sincero conmigo mismo, demasiado altivo en mi interior para desmentir mis propios principios con mis obras, me dediqué a estudiar el destino de mis hijos y mis relaciones con su madre, bajo las leyes de la Naturaleza, de la justicia y de la razón, y también bajo aquellas de esa religión pura, santa, eterna como su autor, que los hombres han manchado fingiendo querer purificar, y que con sus fórmulas han convertido en una religión de palabras, puesto que es muy fácil prescribir lo imposible cuando se dispensa uno de practicarlo. Si me equivoqué en los resultados, no hay nada más sorprendente que la confianza con que obré. Si yo fuese uno de esos hombres mal nacidos, sordos a la voz de la naturaleza, en el interior de los cuales nunca germinó ningún verdadero sentimiento de justicia y de humanidad, esta dureza hubiera sido muy natural; mas este fuego de corazón, esta sensibilidad tan viva, esta facilidad de tomar cariño a las personas, la fuerza con que me subyuga, el profundo dolor que me causa la necesidad de retirarlo, la benevolencia hacia mis semejantes, el amor ardiente de lo grande, lo verdadero, lo bello y lo justo, este horror al mal de cualquier género que sea, esta imposibilidad de odiar y de hacer mal a nadie ni aun de quererlo, esta ternura, esta emoción dulce y pura que siento en presencia de todo lo que es virtuoso, generoso, amable, ¿pueden confundirse en una misma alma con la depravación que hace hollar sin escrúpulo los más dulces deberes? No; lo siento así y lo digo abiertamente; no es posible. Jamás, ni un solo instante de su vida ha podido ser Juan Jacobo un hombre sin sentimientos, sin entrañas, un padre desnaturalizado. Habré podido engañarme, mas no endurecerme. Si dijera mis motivos, diría demasiado, puesto que, si han podido seducirme a mi, también seducirían a muchos otros, y no quiero exponer a los jóvenes que podrían leerme a que se dejen engañar por el mismo error. Me contentaré con decir que fué tal, que entregando mis hijos a la educación pública por serme imposible educarlos por mí mismo, al destinarlos a ser obreros y campesinos mejor que aventureros y caballeros andantes de la fortuna, creía hacer un acto de ciudadano y de padre, y me consideré como un miembro de la república de Platón. Desde entonces, más de una vez el pesar me ha indicado que me equivoqué; pero mi razón, lejos de decirme lo mismo, a menudo ha bendecido al cielo por haberles librado así de la suerte de su padre y de la que les amenazaba cuando me viese obligado a abandonarles. Si hubiese dejado a las señoras de Épinay o de Luxetnbourg, que, ya sea por amistad, ya por generosidad, ya por cualquier otro motivo, quisieron encargarse de ellos posteriormente, ¿habrían sido más dichosos, o a lo menos habrían sido educados como hombres honrados? Lo ignoro; pero estoy seguro que les hubieran enseñado a odiar, y quizás a traicionar a sus padres; es mil veces preferible que no los hayan conocido. Mi tercer hijo fué también entregado a la inclusa, así como los dos siguientes, pues en total fueron cinco los que tuve. Este proceder me pareció tan bueno, tan sensato, tan legítimo, que, si no me jactaba de ello, sólo fué por respeto a la madre; pero lo dije a todos los que conocían nuestras relaciones; se lo revelé a Diderot, a Grimm, posteriormente a la señora de Épinay, a la de Luxembourg, y esto libre y francamente, sin ninguna necesidad y pudiendo ocultarlo fácilmente, a todo el mundo; pues la Gouin era una buena mujer muy discreta y con la cual podía contar con toda confianza. El único amigo con quien tuve interés en franquearme fué el médico Thierry, que cuidó a mi pobre tía en uno de sus partos, que fué muy dificultoso; en una palabra, mi conducta nunca fué misteriosa, no solamente porque nunca he sabido ocultar nada a mis amigos, sino porque efectivamente no veía en ello ningún mal. Bien considerado todo, escogí para mis hijos lo mejor o lo que creí ser mejor. Yo hubiera querido y quisiera todavía haber sido criado y educado como lo han sido ellos. Mientras hacía de esta suerte mis confidencias, la señora Le Vasseur las hacía también por su parte, pero con miras menos desinteresadas. Yo las había presentado, a ella y a su bija, a la señora Dupin, que por deferencia a mí tenía con ellas mil bondades. La madre le comunicó el secreto de su hija. La señora Dupin, que es buena y generosa, y a quien ella distaba mucho de participar todo lo que yo hacía a pesar de lo reducido de mis recursos, procuraba proveer a todo, y lo hacía por su parte con una liberalidad que por orden de la madre me ocultó la hija durante mi permanencia en París y no me confesó hasta que estuvimos en el Ermitage después de varios otros desahogos del corazón. Yo ignoraba que la señora Dupin, que jamás me lo dió a entender en lo más mínimo, estuviese tan bien enterada; todavía ignoro si su nuera, la señora de Chenonceaux, lo estuvo también; pero su otra nuera, la señora de Francueil, estaba al corriente de todo, y no pudo callárselo. Hablóme de ello al año siguiente cuando ya no seguía en su casa. Esto me indujo a escribirle acerca de este punto una carta, que se hallará entre mis documentos, y en la cual expongo aquellas razones que podía alegar sin comprometer a la señora Le Vasseur y a su familia, pues las más importantes se referían a ellos, y me las callé. Estoy seguro de la discreción de la señora Dupin y de la amistad de la de Chenonceaux; lo estaba de la señora de Francueil, que además murió mucho tiempo antes de que mi secreto fuese divulgado. Jamás pudo serlo sino por las personas a quienes yo lo había confiado, y solamente lo ha sido después de mi rompimiento con ellos. Sólo por este hecho quedan juzgados; sin querer disculpar la reprobación que merezco, todavía prefiero esta culpa a su ruindad. Mi falta es grande, pero es un error; he olvidado mis deberes, pero no ha entrado en mi corazón el deseo de dañar, y las entrañas de padre pueden no haberme hablado con bastante fuerza para hijos jamás vistos; pero hacer traición a la confianza de la amistad, violar el más santo de todos los pactos, publicar los secretos depositados en nuestro seno, complacerse en deshonrar al amigo a quien se ha engañado y que al separarse de nosotros nos respeta todavía, esto no son faltas sino bajezas enormes. He prometido mi confesión, mas no mi justificación, por lo tanto, me detengo aquí. A mí me toca ser exacto, al lector ser justo. Nunca le pediré más. El casamiento del señor de Chenonceaux hizo que la casa de su madre me fuese todavía más agradable por el mérito y el talento de la recién casada, joven muy amable, y que pareció distinguirme entre los escribientes del señor Dupin. Era hija única de la señora vizcondesa de Rochechouart, íntima amiga del conde de Friése, y por ende, de Grimm, que le era muy adicto. Sin embargo, fuí yo quien lo introdujo en casa de su hija. Mas como sus caracteres no se avenían, esta relación no siguió; y Grimm, que estaba ya sólo por lo positivo, prefirió la madre, mujer de gran mundo, a la hija, que deseaba amigos seguros que le agradasen sin mezclarse en ninguna intriga, ni desear un nombre entre los grandes. La señora Dupin, no hallando en madama de Chenonceaux toda la docilidad que esperaba, le proporcionó mil disgustos; y la de Chenonceaux, ufana con su mérito o quizás a causa de su nacimiento, prefirió renunciar a los placeres de la sociedad y quedarse casi sola en su habitación a soportar un yugo para el cual se sentía poco a propósito. Esta especie de destierro aumentó mi cariño hacia ella, efecto de esta tendencia natural que me inclina hacia los desgraciados. Hallé en ella un espíritu metafísico y pensador, aunque a veces algo sofístico. Su conversación, que distaba mucho de ser la de una niña que sale del convento, me era sumamente agradable. Sin embargo, apenas contaba veinte años; su cutis tenía una blancura deslumbradora; su talle hubiera sido alto y bello, si se hubiese erguido mejor; su cabello, de un rubio ceniciento y de una belleza poco común, me recordaba el de mi buena mamá en sus mejores tiempos y me agitaba vivamente el corazón. Mas los severos principios que acababa de imponerme, y que estaba resuelto a seguir a toda costa, me pusieron a cubierto de ella y de sus gracias. He pasado durante todo un verano tres o cuatro horas diarias a solas con ella, enseñándole gravemente aritmética y fastidiándola con mis eternas cifras, sin dirigirle jamás una galantería, ni una mirada. Cinco o seis años más tarde, no habría sido tan prudente o tan loco; pero estaba escrito que no había de tener más que un amor en mi vida, y que seria otra la que obtendría los primeros y los últimos suspiros de mi corazón. Desde que vivía en casa de la señora Dupin, siempre me había contentado con mi suerte, sin dar señales del menor deseo de mejorarla. El aumento que de acuerdo con el señor de Francueil había introducido en mis honorarios, había sido espontáneamente cosa suya. Ese año el señor de Francueil, que cada día me quería más, pensó colocarme en situación más desahogada y menos precaria. Él era recaudador general de rentas. El señor Dudoyer, cajero suyo, era ya anciano, rico y quería retirarse. Francueil me ofreció esta plaza; y para ponerme en estado de desempeñarla, fui durante algunas semanas a recibir las instrucciones necesarias en casa de Dudoyer. Pero ya sea que yo tuviese poco talento para este empleo, ya que el señor Dudoyer, que me pareció ser favorable a otra persona, no me enseñase de buena fe, el caso es que adquirí lentamente y mal los conocimientos que necesitaba, y todo ese orden de cuentas, embrolladas a propósito, nunca pudo entrar en mi cabeza. Sin embargo, sin conocer a fondo la materia, no dejé de comprender la marcha lo bastante para poder desempeñar mi empleo con desembarazo. Así, hasta empecé a desempeñarlo. Tenía a mi cargo los registros y la caja; daba y recibía dinero y recibos; y, aunque tuviese tan poco talento como gusto para este cargo, como empezaba a hacerme reposado la madurez de los años, estaba resuelto a vencer mi repugnancia para entregarme por completo a mi empleo. Desgraciadamente, cuando ya iba estando al corriente, el señor de Francueil hizo un pequeño viaje durante el cual quedé encargado de su caja, donde, sin embargo, no había en aquel entonces más que veinticinco a treinta mil francos. Los cuidados y la zozobra que me dió este depósito me hicieron reconocer que yo no había nacido para ser cajero; y no me cabe la menor duda de que el disgusto interior que tuve durante esta ausencia contribuyó a causarme la enfermedad que padecí después de su regreso. He dicho en la primera parte que había nacido moribundo. Un vicio de organismo en la vejiga me hizo experimentar durante los primeros años de mi vida una retención de orina casi continua; y mi tía Susana, que me tomó a su cargo, pasó increíbles trabajos para conservarme. Sin embargo, pudo lograrlo al fin; mi robusta constitución tomó el desquite, y mi salud se afirmó de tal modo durante mi juventud, que, exceptuando la enfermedad de languidez, cuya historia he referido, la necesidad de orinar frecuentemente, que el menor acaloramiento me hace siempre incómoda, llegué a la edad de treinta años sin sentir casi mi primera enfermedad. La primera vez que me resentí de ella fué cuando llegué a Venecia. La fatiga del viaje y los terribles calores que había sufrido me dieron un ardor de orina y dolor de riñones que me molestaron hasta la entrada del invierno. Después de haber estado con la paduana, me creí muerto, y, sin embargo, no experimenté la menor incomodidad. Después de haber agotado mis fuerzas más con la imaginación que con el cuerpo, en compañía de mi Zulietta, me sentí mejor que nunca. Sólo después de la detención de Diderot, y con motivo del acaloramiento contraído en mis correrías a Vincennes, durante los terribles calores de aquel verano, me dió una violenta nefritis, y en lo sucesivo jamás he recobrado completamente la salud. En la época a que me refiero, habiéndome fatigado un poco, tal vez, con el pesado trabajo de aquella maldita caja, tuve una recaída más grave que antes y estuve en cama durante cinco o seis semanas en el más triste estado que imaginarse puede. La señora Dupin me envió el célebre Morand, quien, a pesar de su habilidad y de la destreza de su mano, me hizo sufrir cruelmente sin que lograra sondearme nunca. Me aconsejó que acudiese a Daran, cuyas candelillas más flexibles lograron en efecto insinuarse: pero Morand, al dar cuenta de mi estado a la señora Dupin, le declaró que no me quedaban más que unos seis meses de vida. Este dictamen, de que yo tuve noticia, me hizo reflexionar seriamente acerca de mi estado, y en la tontería de sacrificar el reposo y el bienestar de los pocos días que me quedaban de vida a la sujeción de un empleo que no me agradaba. Por otra parte, ¿cómo concertar los severos principios que acababa de adoptar con un estado tan poco a propósito para ello? ¿Y no sería chocante que yo, cajero de un recaudador general de rentas, predicara el desinterés y la pobreza? Estas ideas fermentaron en mi cabeza tan completamente con la fiebre, se combinaron con tanta fuerza, que desde entonces nada ha sido capaz de arrancármelas; y durante mi convalecencia me confirmé a sangre fría en las resoluciones tomadas durante mi delirio. Renuncié para siempre a todo proyecto de fortuna y de prosperidad. Resuelto a pasar en la independencia y la pobreza el poco tiempo que me restaba de vida, empleé todas las fuerzas de mi alma en romper las cadenas de la opinión, y en hacer con valor todo lo que me parecía bien, sin preocuparme para nada del juicio de los hombres. Son increíbles los obstáculos con que tuve que combatir y los esfuerzos que hice para triunfar. Salí triunfante en cuanto era posible, y más aun de lo que yo mismo había esperado. Si hubiese sabido desprenderme del yugo de la amistad, como del de la opinión, hubiera logrado completamente mi objeto, quizá el más grande, o a lo menos el más útil para la virtud, que jamás mortal alguno haya concebido; pero mientras combatía y reducía a la nada los insensatos juicios de la turba vulgar de los llamados grandes y de los que se titulan sabios, me dejaba subyugar y conducir como un niño por fingidos amigos, que, celosos de yerme marchar solo por un nuevo camino, haciendo como que se interesaban mucho por mi felicidad, no procuraban en efecto sino ponerme en ridículo, y empezaron por desprestigiarme para difamarme después. Más que mi celebridad literaria, fué mi reforma personal, que data de esa época, lo que me atrajo sus celos; tal vez me habrían perdonado que brillara en el arte de escribir; mas no pudieron perdonarme que diera con mi conducta un ejemplo que parecía importunarles. Yo había nacido para la amistad; mi carácter comunicativo y dulce la mantenía sin trabajo. Mientras viví ignorado del público, fui querido de cuantos me conocieron, y no tuve un solo enemigo; mas tan luego como tuve un nombre, perdí todos los amigos. Fué un gran infortunio; pero mucho más grande fué todavía el yerme rodeado de gentes que tomaban este nombre, y que no emplearon el derecho que les daba sino para arrastrarme a mi perdición. La continuación de estas Memorias desenvolverá esta odiosa trama; aquí no manifiesto más que su origen; pronto se verá formarse el primer nudo. En medio de la independencia dentro de la cual quería vivir, era preciso pensar en mi subsistencia, e imaginé al efecto un medio muy sencillo que consistió en copiar música a tanto por página. Si hubiese podido conseguir el mismo objeto por medio de alguna ocupación más importante, la habría tomado; mas siendo de mi gusto este conocimiento, y el único que, sin sujeción personal, me podía dar el pan diario, me atuve a él creyendo no tener necesidad de prever nada, y acallando la voz de la vanidad, de cajero de un asentista pasé a ser copista de música. Creí haber ganado mucho con esta elección; y tan cierto es que no me he arrepentido, que no la he dejado sino por necesidad y con el propósito de volver a ella en cuanto pueda. El éxito de mi primer discurso me facilitó la realización de este propósito. Cuando hube obtenido el premio, Diderot se encargó de hacerlo imprimir. Mientras yo permanecía clavado en el lecho, él me escribió un billete participándome la publicación y su resultado. Se apodera, me decía, de cuanto existe debajo de la bóveda celeste; no hay ejemplo de un éxito semejante. Este favor del público, de ningún modo buscado, y para un autor desconocido, me inspiró la primera confianza verdadera en mi capacidad, de que había dudado hasta entonces, a pesar del sentimiento interno. Comprendí todas las ventajas que de ello podía sacar para la resolución que estaba próximo a tomar, y juzgué que un copista que gozase de alguna celebridad en la república de las letras, probablemente no carecería de trabajo. Así que hube tomado y me hube afirmado en esta resolución, escribí un billete al señor de Francueil para participárselo y manifestarle mi agradecimiento a él y a la señora Dupin por todas sus bondades, y para pedirle su parecer. No pudiendo comprenderlo Francueil, creyó que me hallaba todavía en el arrebato de la fiebre, y corrió a yerme; pero me halló tan resuelto que me creyó loco y así lo participó a todo el mundo; mas yo dejé que hablasen cuanto quisiesen y seguí mi camino. Empecé la reforma por mi traje; me quité el oropel y las medias blancas; adopté una peluca sencilla; dejé la espada; vendí mi reloj, diciendo para mis adentros con increíble satisfacción: gracias al cielo, ya no tendré necesidad de saber qué hora es. El señor de Francueil tuvo la amabilidad de esperar todavía mucho tiempo antes de nombrar a otro cajero; mas al fin, viendo que mi resolución era irrevocable, puso en mi lugar al señor de Alibard, antiguo preceptor del joven Chenonceaux, y conocido en la Botánica por su Flora parísiensis. Por muy austera que fuese mi reforma suntuaria, de momento no la extendí a mi ropa blanca, que era magnífica y numerosa, resto de mi equipaje de Venecia, al cual tenía un cariño particular. A fuerza de considerarlo como un objeto de limpieza, lo convertí en uno de lujo, que no dejaba de serme costoso. Alguien me hizo el buen servicio de librarme de esta servidumbre. La víspera de Navidad, mientras las mujeres estaban en vísperas y yo me hallaba en el concierto espiritual, forzaron la puerta de un granero, donde estaba tendida toda nuestra ropa blanca, después de una colada que se acababa de hacer. Todo lo robaron, y, entre otras, cuarenta y dos camisas mías de hilo muy fino que constituían lo mejor de mi ropa blanca. Por la descripción que hicieron los vecinos de un hombre que había salido de la casa llevando unos paquetes, contestes todos en la misma hora, Teresa y yo sospechamos de su hermano, que ya era tenido por perverso. La madre rechazó enérgicamente esta sospecha; pero la confirmaban tantos indicios, que a pesar suyo nos quedamos con la sospecha. Yo no me atreví a practicar diligencias, por temor de hallar más de lo que hubiera querido. Este hermano no se presentó más en mi casa, y al fin desapareció completamente. Yo deploré la suerte de Teresa y la mía propia, que nos obligaba al trato de una familia tan mezclada, y la exhorté más que nunca a que rompiésemos tan peligroso yugo. Esta aventura me curó de mi pasión por la ropa blanca lujosa, y desde entonces la he usado siempre muy común, adecuada a mi porte. Habiendo completado así mi reforma, no pensé más que en consolidarla y hacerla durable, esforzándome en arrancar de mi corazón toda preocupación por el qué dirán y todo lo que podía desviarme, por miedo de la censura, de lo que fuese bueno y razonable en sí. A causa del ruido que levantó mi obra, también fué sonada mi resolución, y me facilitó clientela; de suerte que empecé con bastante éxito. Sin embargo, diversos motivos contribuyeron a impedir que lograse los resultados que hubiese obtenido en otras circunstancias. En primer lugar, mi poca salud; el ataque que acababa de sufrir me dejó de tal modo que nunca me he restablecido por completo; y creo que los médicos me hicieron tanto daño como la misma enfermedad. Sucesivamente me visitaron Morand, Daran, Helvecio, Malouin, Thierry, todos muy sabios, todos amigos míos, que me trataron cada cual a su manera, que no me aliviaron en lo más mínimo y me debilitaron considerablemente. Cuanto más me atenía a sus prescripciones, tanto más pálido, flaco y débil me ponía. Mi imaginación, que ellos llenaban de espanto, midiendo mi estado por el efecto de sus medicinas, no me representaba más que una cadena de sufrimientos, las retenciones, el mal de piedra y por término la muerte. Las tisanas, los baños, las sangrías, todo lo que alivia a los demás, empeoraba mis males. Habiendo notado que las sondas de Daran, únicas que me producían algún efecto y sin las cuales no creía poder vivir, no me daban más que un lenitivo momentáneo, me propuse reunir, gastando bárbaramente, una gran provisión de sondas a fin de tenerlas para toda la vida aun en el caso de que faltase Daran. Durante los ocho o diez años que las he empleado con tanta frecuencia, debo haber gastado con las que me quedan cincuenta luises. Como se comprende, un tratamiento tan caro, tan doloroso y tan penoso no me dejaba trabajar seguidamente, y por otra parte un moribundo no pone gran ardor en ganar el pan de cada día. Las ocupaciones literarias causaban una distracción no menos perjudicial a mi trabajo diario. Apenas hubo aparecido mi discurso, cuando los defensores de las letras arremetieron contra mí. Indignado de ver tal número de pequeños Josse ~, que sin entender siquiera la cuestión, querían decidirla a guisa de maestros, tome la pluma y la emprendí con ellos de suerte que no les quedaron ganas de reír. Cierto señor Gautier, de Nancy, el primero que cayó bajo mi pluma, fué rudamente tratado en una carta dirigida a Grimm. El segundo fué el mismo rey Estanislao, que no desdeñó entrar en discusión conmigo. El honor que me dispensó me obligó a cambiar de tono para responderle; fui más grave, pero no menos enérgico; y, sin faltar al respeto debido al autor, refuté completamente su trabajo. Sabía que había puesto manos en él un jesuita, llamado el padre Menou, y para discernir lo que era del príncipe y lo que del cura, me fié de mi tacto; ataqué sin reparo todas las frases jesuíticas y cogía de paso un anacronismo que creí no podía venir sino del reverendo. Este escrito, que no sé por qué razón ha metido menos ruido que los otros míos, es hasta el presente una obra única en su género. En ella aproveché la ocasión que se me ofrecía de enseñar al público cómo podía un particular defender la causa de la verdad aun contra un soberano. Es difícil usar un tono más respetuoso y más firme al mismo tiempo que el que adopté para responderle. Tuve la suerte de habérmelas con un adversario a quien apreciaba cordialmente y podía manifestárselo sin adulación, y esto lo hice con bastante éxito, pero siempre con dignidad. Mis amigos, asustados por mí, ya creían yerme en la Bastilla. Yo no lo temí ni un solo instante, y tuve razón. Este buen príncipe, después de haber visto mi respuesta, dijo: Me lo tengo bien merecido, no me meto más en estas cosas. Desde entonces me dió bastantes pruebas de estimación y de benevolencia, de que tendré que citar algunas; y mi opúsculo corrió tranquilamente por Francia y por Europa sin que nadie hallase en él nada que vituperar. Poco tiempo después, tuve otro adversario que nunca me hubiera esperado: el mismo señor Bordes de Lyon, que diez años antes me había hecho muchos obsequios y prestado varios servicios. Era una amistad que yo no había olvidado, aunque sí descuidado por pereza; y no le había comunicado mis escritos, por carecer absolutamente de ocasión propicia para remitírselos. Por consiguiente, era culpable; y, sin embargo, me atacó con decoro, yo respondí en el mismo tono; pero replicó con más viveza, y esto dió lugar a mi última respuesta, después de la cual nada más dijo; sin embargo, se convirtió en mi más acérrimo enemigo, aprovechó la época de mis desdichas para disparar contra mi horrendos libelos, e hizo un viaje a Londres expresamente para hacerme daño. Todas estas polémicas me preocupaban mucho, haciéndome perder el tiempo, con poco fruto para el descubrimiento de la verdad y poco provecho para mi bolsillo. Pissot, mi librero entonces, me daba muy poco y a menudo nada por mis folletos; así, por ejemplo, no saqué un maravedí de mi primer discurso: Diderot se lo dió gratuitamente. Era forzoso esperar mucho tiempo e ir sacando sueldo a sueldo lo poco que me daba. Entre tanto, no copiaba; hacía dos oficios, lo cual era el medio más a propósito para que ambos salieran mal. Además, se contrariaban mutuamente en otro sentido, pues cada uno me obligaba a hacer una vida distinta. El éxito de mis primeros escritos me había puesto de moda; mi posición había excitado la curiosidad y el deseo de conocer a un hombre tan extraño que no buscaba a nadie y no quería otra cosa que vivir libre y feliz a su manera. Era lo bastante para que no pudiese lograrlo. Mi casa no dejaba de estar un momento llena de gente que bajo diversos pretextos venían a distraerme; las mujeres empleaban mil ardides para tenerme a su mesa. Cuanto más huía del trato de las gentes y más brusco me mostraba, tanto más se obstinaban; no podía rechazar a todo el mundo; y, a pesar de atraerme con mi esquivez mil enemigos, incesantemente me veía subyugado por mi complacencia; de cualquier modo que me manejase apenas me quedaba más de una hora mía. Entonces conocí que no siempre es tan fácil como parece el ser pobre e independiente; quería vivir de mi trabajo, y el público no quería. Imaginaban mil medios para resarcirme del tiempo que me hacían perder, y al paso que iba, pronto hubiera sido preciso enseñarme como polichinela, a tanto por persona. No conozco sujeción más envilecedora que ésta. No vi mejor remedio que rehusar los regalos grandes y pequeños, sin excepción de personas, pero no logré más que atraer a los dadivosos, que querían tener la gloria de vencer mi resistencia, forzándome a quedarles agradecido a pesar mío. Tal había que no me hubiese prestado un escudo si se lo hubiera pedido, y no cesaba de importunarme con sus ofrecimientos, y al verlos rehusados tachaba mi modo de obrar, para vengarse, de arrogancia y ostentación. Como se comprenderá, la resolución que había tomado y el sistema que quería seguir agradaban muy poco a la señora de Le Vasseur, y en cuanto a la hija, todo su desinterés no la impedía seguir las sugestiones de su madre; de suerte que las amas, como las llamaba Gauffecourt, no siempre tenían tanta entereza como yo al rehusar los regalos. Aunque me ocultaban muchas cosas, vi lo bastante para conocer que no lo veía todo; y esto me atormentó, menos por la tacha de connivencia que era fácil que me achacaran, como por la idea cruel de no poder jamás ser dueño de mi casa, ni de mí mismo. Suplicaba, exigía, me incomodaba, y todo era inútil; la madre me hacía pasar por un eterno gruñón y por un caprichoso; cuchicheaba continuamente con mis amigos, todo eran misterios y secretos para mí en el interior; y para no exponerme a incesantes tempestades, no me atrevía a enterarme de lo que pasaba, pues para salir de todo ese trabajo se necesitaba una firmeza de que yo no era capaz: sabía gritar, pero no obrar; me dejaban hablar y seguían haciendo lo mismo. Esta situación penosa, y las importunidades diarias a que me hallaba sujeto acabaron por hacerme desagradables mi habitación y mi estancia en París. Cuando los importunos me permitían salir y yo no me dejaba arrastrar a una u otra parte por mis conocidos, iba a pasearme solo; meditaba acerca de mi gran sistema y escribía con lápiz algo de él en un libro en blanco. He aquí cómo los inconvenientes imprevistos de un estado escogido por mi mismo me metieron para distraerme en la literatura; y he aquí cómo en todas mis primeras obras derramé la bilis y el mal humor que me inducían a escribirlas. Aun hubo otra cosa que contribuyó a ello. Lanzado a pesar mío en el mundo sin tener el trato social y sin hallarme en estado de adquirirlo y de poder sujetarme a él, traté de formármelo a mi manera a fin de hallarme dispensado de aprenderlo. Como mi estúpida y loca timidez, que me era imposible vencer, reconocía por causa el temor de faltar al buen parecer, tomé para alentarme la resolución de no hacer caso de él. Me volví cínico y cáustico por vergüenza; afectaba menospreciar la galantería que no sabía practicar. Cierto es que esta aspereza, conforme con mis nuevos principios, se ennoblecía en mi espíritu; adquiriendo la intrepidez de la virtud; y me atrevo a decir que sobre esta augusta base se ha sostenido mucho más tiempo y mejor de lo que hubiera debido esperarse de un esfuerzo tan contrario a mi carácter. Sin embargo, a pesar de la reputación de misantropía que mi exterior y algunas frases afortunadas me dieron en opinión del mundo, lo cierto es que, en este punto, sostuve mal mi papel; mis amigos y conocidos convertían en cordero a este lobo tan feroz, y limitando mis sarcasmos a verdades amargas, pero generales, jamás he sabido dirigir una mala palabra a quienquiera que fuese. El adivino de la aldea acabó de ponerme en boga, y a poco no hubo en todo París otro hombre más solicitado que yo. La historia de este escrito, que hizo época, se relaciona con mis amistades de entonces. Éste es un detalle que no debo pasar por alto para la inteligencia de lo que va a seguir. Contaba yo con un numero bastante considerable de conocidos, pero sólo con dos amigos: Diderot y Grimm. Por un efecto de mi deseo de reunir todo lo que es caro, era demasiado amigo de ambos, para que pronto no lo fuesen entre sí. Los vinculé y ellos se unieron todavía más estrechamente entre sí que conmigo. Diderot contaba con innumerables relaciones, mientras Grimm, extranjero y recién venido, necesitaba adquirirlas. Yo no deseaba otra cosa que procurárselas; le había presentado a Diderot y le hice conocer a Gauffecourt; le llevé a casa de las señoras de Chenonceaux y de Épinay, y del barón de Holbach, con quien me hallaba relacionado casi a pesar mío. Todos mis amigos lo fueron suyos, cosa muy natural, mas ninguno de los suyos lo fué mío, y esto no lo es tanto. Mientras vivió en casa del conde de Friése, a menudo nos daba de comer en su casa; pero jamás he recibido el menor testimonio de amistad ni de benevolencia del conde de Schomberch, muy amigo de Grimm, ni de ninguna de las personas, hombres o mujeres, con quienes por su intermedio estuvo Grimm relacionado. Solamente debo hacer excepción del abate Raynal, quien, a pesar de ser amigo suyo, manifestó serlo mío, y me ofreció oportunamente su bolsillo con una generosidad poco común. Mas yo conocía al abate Raynal mucho tiempo antes que le conociese Grimm, y siempre le había sido afecto desde una ocasión en que procedió conmigo con mucha delicadeza y probidad, si bien en asunto de poca importancia, pero que no olvidé jamás. Este abate Raynal era a la verdad un amigo ardiente. Tuve una prueba de ello poco más o menos por el tiempo a que me refiero, en lo que hizo por Grimm, con el cual estaba estrechamente unido. Éste, después de haber estado algún tiempo en buena amistad con la señorita Fel, vino de repente a enamorarse perdidamente de ella y quiso suplantar a Cahusac. La hermosa, preciándose de constante, dió calabazas al nuevo pretendiente. Éste tomó la cosa por lo trágico y se le antojó morir. Súbitamente se apoderó de él una de las enfermedades más extrañas que jamás se hayan oído nombrar. Pasaba los días y las noches en un continuo letargo, con los ojos abiertos, el pulso precipitado, pero sin hablar, ni comer, ni moverse; a veces parecía oír, aunque sin responder nunca ni aun por signos; y, a pesar de todo, no estaba agitado, ni sufría dolores, ni tenía fiebre, permaneciendo como si estuviese muerto. El abate Raynal y yo nos repartíamos el trabajo de velarle; el abate, más robusto y con más salud, pasaba allí las noches, sin que dejase de haber siempre a su lado uno de los dos. El conde de Friése, alarmado, le proporcionó el médico Senac, quien, después de haberlo examinado bien, dijo que aquello no sería nada, y se fué sin recetar. El espanto que me causaba el estado de mi amigo hizo que observara atentamente el semblante del médico, y le vi sonreírse al salir. Sin embargo, el enfermo permaneció muchos días inmóvil, sin tomar caldo ni nada más que algunas cerezas enconfitadas que yo le colocaba de cuando en cuando en la boca, y él tragaba sin la menor dificultad. En la mañana de un hermoso día, se levantó, se vistió, y siguió de nuevo su modo ordinario de vivir, sin que me haya hablado jamás ni tampoco a Raynal, que yo sepa, ni a nadie, de este singular letargo, ni de los cuidados que le prodigamos mientras le duró. Esta aventura no dejó de hacer ruido; y realmente hubiera sido una anécdota maravillosa que la dureza de una muchacha de la Ópera hiciera morir de desesperación a un hombre. Esta singular pasión hizo que Grimm estuviese de moda; a poco pasó por un prodigio de amor, de amistad y de afecto bajo todos conceptos. Esta opinión hizo que fuese solicitado y festejado en el gran mundo, y esto le alejó de mí, que no había sido nunca para él más que un compañero que tenía a falta de otro mejor. Vi que estaba próximo a dejarme completamente. Esto me afligió, porque todos los vivos sentimientos que afectaba' tener para conmigo eran los que con menos ostentación sentía yo por él. A mí me agradaba que él fuese bien recibido en sociedad; pero no hubiera querido que olvidase a su amigo. Un día le dije: "Grimm, vos me olvidáis, mas os lo perdono; cuando la primera efervescencia de vuestro brillante éxito haya producido su efecto, sentiréis su vacío, espero que volveréis a mí y me hallaréis como siempre; entre tanto no os molestéis por mí; os dejo libre y espero". Respondióme que tenía razón y obró en consecuencia de ello tan sin reparo que ya no le vi sino con nuestros comunes amigos. Nuestro punto principal de reunión, antes que él tuviese tanta intimidad con la señora de Épinay, como tuvo en lo sucesivo, era la casa del barón de Holbach. Este barón era hijo de un noble de nuevo cuño, que disfrutaba de una fortuna bastante considerable, que empleaba recibiendo en su casa a literatos y personas de mérito, entre las que ocupaba él un buen lugar por su inteligencia y sus luces. Relacionado hacía mucho tiempo con Diderot, me había buscado por su mediación aún antes de que mi nombre fuese conocido. Una repugnancia natural me impidió corresponderle durante largo tiempo; un día en que me preguntó la razón, le dije: "Porque sois demasiado rico". Él se obstinó y venció al fin: mi mayor desdicha fué siempre no poder resistirme a los halagos, y jamás he dejado de tener que arrepentirme de haber cedido. Otro conocimiento, que se convirtió en amistad tan luego como tuve título para pretenderlo, fué el del señor Duclos. Hacía muchos años que le había visto por vez primera en la Chevrette, en casa de la señora de Epinay, con la cual estaba él muy bien. No hicimos más que comer juntos, y partió el mismo día; pero estuvimos hablando después de comer algunos instantes. La señora de Épinay le había hablado de mí y de mi ópera de Las musas galantes. Duclos, dotado de harto talento para que no apreciase a los que tenían algún mérito, había concebido de mí una idea favorable y me invitó a verle. A pesar de mi antigua inclinación aumentada con la circunstancia de conocerle, mi timidez y mi pereza me retuvieron mientras no tuve más motivo de tratar con él que su complacencia; pero, envalentonado por el primer éxito que obtuve y por sus elogios, de que me llegó noticia, fuí a verle, vino él, y así empezó entre nosotros una correspondencia que siempre me lo harán querido: le debo el saber, fuera del testimonio de mi propio corazón, que la rectitud y la probidad pueden juntarse alguna vez con el cultivo de las letras. Otras muchas relaciones menos sólidas y que no mencionaré aquí, fueron efecto del éxito de mis primeras obras, y duraron todo el tiempo que tardó en quedar satisfecha la curiosidad. Era yo un hombre a quien se podía conocer en tan breve tiempo, que nada quedaba que ver de nuevo pasados los primeros momentos. Sin embargo, una mujer que buscó mi amistad por aquel tiempo fué más constante que todas las demás. Ésta fué la marquesa de Créqui, sobrina del señor bailío de Froulay, embajador de Malta, cuyo hermano había precedido al señor de Montaigu en la embajada de Venecia, y a quien había ido yo a visitar a mi vuelta de aquel país. La señora de Créqui me escribió; yo fuí a su casa, nos hicimos amigos. Allí comía varias veces; allí vi a muchos literatos, y entre ellos al señor Saurin, autor de Spartacus, de Barnevelt, etc., que fué posteriormente mi más encarnizado enemigo, sin que yo pueda imaginar otra causa para ello que el llevar el nombre de una persona a quien su padre persiguió villanamente. Como se ve, para un copista a quien su trabajo debía ocupar desde la mañana a la noche, tenía sobradas distracciones que impedían que la tarea me fuese muy lucrativa, y no me permitían toda la atención necesaria para que hiciese bien mí trabajo; así es que perdía la mitad del tiempo que me dejaban, borrando o raspando mis faltas, o empezando de nuevo la hoja. Esta importunidad hacía que París me fuese cada día más insoportable y me hacía desear ardientemente el campo. Fui varias veces a pasar algunos días en Marcoussis, cuyo vicario era conocido de la señora Le Vasseur, y en cuya casa nos arreglamos todos, de modo que él no estaba descontento. Grimm fué alguna vez allá con nosotros. El vicario tenía buena voz; cantaba bien, y, aunque no sabía música, aprendía su parte con bastante precisión y facilidad. Nos entreteníamos en cantar mis tríos de Chenonceaux. Compuse dos o tres nuevos, con la letra que Grimm y el vicario compusieron medianamente. Me es imposible no echar de menos esos tríos compuestos y cantados en momentos de un goce puro, y que dejé en Vooton con toda mi música. Tal vez la señorita Devenport los haya hecho servir para rizos; pero merecían ser conservados y están en su mayor parte en muy buen contrapunto. Después de alguno de estos pequeños viajes, en que tenía el placer de ver a la tía, enteramente libre, muy alegre, y en que yo también me divertía mucho, fué cuando escribí al vicario, aunque muy de prisa y mal, una epístola en verso que se hallará entre mis papeles. Más cerca de París tenía otro sitio donde podía ir a pasar algún tiempo muy a gusto, en casa del señor Mussard, compatriota, pariente y amigo mío, que se había formado un retiro encantador en Passy, donde he pasado momentos deliciosos. Mussard era joyero, hombre de buen sentido, que, después de haber adquirido con su comercio una fortuna regular, y haber casado su única hija con el señor de Valmalette, hijo de un agente de cambio y maestresala del rey, tomó la prudente resolución de abandonar a su edad proyecta los negocios, e introducir un intervalo de reposo y de goce entre el bullicio de la vida y la muerte. El bueno de Mussard, verdadero filósofo práctico, vivía tranquilamente en una casa muy agradable que se había hecho construir, donde tenía un jardín plantado por sus propias manos. Cavando a destajo los terraplenes de este jardín, halló conchas fósiles, y en tan grande cantidad, que su exaltada imaginación no vió más que conchas en la Naturaleza y al fin creyó de veras que el Universo no era más que un conjunto de conchas, trozos de conchas, y que toda tierra no era más que un conjunto de conchas desmenuzadas. Ocupado constantemente en este objeto y en sus singulares descubrimientos, se apoderaron de tal manera de su espíritu estas ideas, que al fin se habrían convertido en sistema en su cabeza; es decir, en locura, si, por gran fortuna para su razón, aunque por desgracia para sus amigos, que le querían mucho y que hallaban en su casa el más grato asilo, no hubiese venido la muerte a arrebatarlo por medio de la más cruel y extraña enfermedad, que fué un tumor en el estómago, cada vez mayor, que le impedía comer, sin que durante mucho tiempo pudiese darse con la causa, y que, después de muchos años de sufrimientos, acabó por hacerle morir de hambre. No puedo recordar sin que se me oprima el corazón los últimos momentos de este pobre y digno hombre, que recibiéndonos siempre con tanto gusto a Lenieps y a mí, que éramos los únicos amigos a quienes el espectáculo de sus sufrimientos no nos apartó de su lado hasta que exhaló el último aliento, y que, como digo, se veía reducido a devorar con la vista los manjares que nos hacía servir, sin poder sorber casi otra cosa que algunas gotas de un té muy ligero, que mandaba tirar al momento. Mas antes de estos tristes tiempos, ¡cuántos no he pasado en su casa muy agradables con los amigos escogidos que había juntado! En primera línea he de citar al abate Prevost, hombre muy amable y sencillo, cuyo corazón vivificaba sus escritos, dignos de inmortalidad, y cuyo carácter en sociedad no tenía nada del sombrío colorido que comunicaba a sus obras; el médico Procope, nuevo Esopo, que tenía mucho partido con las damas; Boulanger, el célebre autor póstumo del Despotismo oriental y que, según creo, desarrollaba los sistemas de Mussard sobre la duración del mundo; en cuanto a mujeres, la señora Denis, sobrina de Voltaire, la cual, no siendo a la sazón más que una buena señora, no se jactaba aún de ser literata; la señora Vanloo, no hermosa a la verdad, pero muy hechicera, que cantaba como un ángel, y la misma señora de Valmalette, que, aunque muy flaca, hubiera sido muy amable si hubiese tenido menos pretensiones. Tal era, poco más o menos, la sociedad del señor Mussard, que me habría complacido mucho, si no hubiese preferido sus conferencias sobre su conquiomanía; y puedo decir que durante seis meses trabajé en su gabinete con tanto placer como él mismo. Mucho tiempo hacía que se empeñaba en persuadirme de que las aguas de Passy me serían provechosas, exhortándome a ir a tomarlas en su casa. Para apartarme un poco de la urbana baraúnda, al fin me rendí, y fuí a pasar a Passy ocho o diez días, que me probaron muy bien, más por hallarme en el campo que por efecto de las aguas. Mussard tocaba el violoncelo, y era apasionado por la música italiana. Una noche hablamos largamente de ella antes de acostarnos, y sobre todo de las óperas bufas, que ambos habíamos visto en Italia y nos tenían entusiasmados. Durante la noche, no pudiendo dormir, se me ocurrió pensar cómo podría darse en Francia idea de este género, porque Les amours de Ragonde' no daban de él la menor idea. Por la mañana, mientras me paseaba y tomaba las aguas, compuse de corrido una especie de versos, adaptándoles algunos cantos que recordé mientras los hacía. Tarareé todo esto en una especie de salón abovedado que había en el jardín; y a la hora de tomar el té, no pude menos de mostrar estos trozos a Mussard y a la señorita Duvernois, su ama de llaves, que era a la verdad una muchacha muy buena y muy amable. Los tres trozos que había bosquejado eran el primer monólogo: He perdido a mi servidor, el aria de El adivino, El amor aumenta cuando está inquieto, y el último dúo, Nunca, Colin, te comprometas, etc. Tan no me parecía que esto valiese la pena de concluirse, que, sin los aplausos y el aliento que me daban varios, iba a echar al fuego mis papeles sin pensar más en ellos, como be hecho tantas veces con otras cosas tan buenas como aquélla; pero tanto me excitaron que en seis días escribí el drama, menos algunos versos y bosquejé toda la música, de suerte que al llegar a París no tuve que hacer más que un recitado y todas las partes accesorias; y lo acabé todo con tal rapidez, que en tres semanas estuvo en limpio y en estado de representarse. No faltaba más que un bailable que no se hizo hasta mucho tiempo después. (1752.) Enardecido con la composición de esta obra, deseaba ardientemente oírla y hubiera dado cualquier cosa para verla representar a mi gusto, a puerta cerrada, como se dice que Lulli hizo representar una vez Armida para él solo. Como no me era posible tener ese gusto sino en compañía del público, para oír mi obra era indispensable presentarla a la Ópera. Desgraciadamente era un género enteramente nuevo, a que no estaban acostumbrados los oídos; y, por otra parte, la mala fortuna de Las musas galantes me hacía prever la de El adivino si se presentaba con mi nombre. Duclos me sacó de apuros encargándose de hacer ensayar la obra y dejando ignorado el autor. A fin de no darme a conocer, yo no presencié el ensayo y los mismos "Violinillos", que la dirigían ignoraban quién era el autor hasta que una aclamación general hubo atestiguado la bondad de la obra. Cuantos la oyeron se prendaron de ella, hasta el punto que desde el día siguiente no se hablaba de otra cosa en círculos y en reuniones. El señor de Cury, intendente de los gastos menores, que había asistido al ensayo, pidió la obra para representarla en la corte, pero Duclos, que sabía mis intenciones, juzgando que yo sería menos dueño de ella en la corte que en París, la rehusó. Cury la reclamó como autoridad; Duclos se mantuvo firme, y el debate entre los dos fué tan vivo que un día iban a salir desafiados de la Ópera, si no les hubiesen separado. Se dirigieron a mí, yo dejé el asunto a Duclos, y fué preciso que volvieran a él. El señor duque de Aumont tomó cartas en el asunto, y al fin Duclos creyó deber ceder a la autoridad, y fué entregada la pieza para ponerse en escena en Fontainebleau. La parte a que me había dedicado con preferencia y en que más me aparta a e a ordinaria rutina, era el recitado. El mío estaba acentuado de una manera enteramente nueva y seguía naturalmente el curso de la palabra. No quisieron dejar esta horrible innovación, pues temían que se sublevasen los oídos rutinarios. Yo consentía en que Francueil y Jelyotte hiciesen otro recitado, pero no quise meterme en nada. Cuando todo estuvo dispuesto y el día de la representación fijado, me propusieron que fuera a Fontainebleau, a fin de presenciar a lo menos el último ensayo. Estuve con la señorita Fel, con Grimm y me parece que con el abate Raynal, en un coche de la corte. El ensayo fué regular, y nos satisfizo más de lo que había esperado. La orquesta era numerosa, compuesta de la de la Ópera y la música del rey, juntas. Jelyotte hacía de Colin; la señorita Fel, Colette, y Cuvillier de Adivino; los coros eran los de la Ópera. Yo dije muy poca cosa: Jelyotte fué quien lo dirigió todo; no quise inspeccionar nada de lo que él había hecho; y, a pesar de mi tono romano, estaba avergonzado como un escolar en medio de todo el mundo. El día de la representación luí a desayunarme en el café del Grand-Cornmun. Allí había mucha gente. Se hablaba del ensayo de la víspera y de las dificultades que había habido para entrar en él. Un oficial que estaba allí dijo que él había entrado sin dificultad, refirió extensamente lo que habla pasado. hizo una descripción del autor y relató lo que éste había hecho y dicho; pero lo que más me sorprendió de todo este largo relato, hecho con tanto aplomo como espontaneidad, fué que no había en todo él una sola palabra de verdad. No me era posible dudar de que quien tan sabiamente hablaba de este ensayo no lo había presenciado, puesto que tenía sin reconocerle ante su vista al autor que decía haber visto tanto. Lo más singular de esta escena fué el efecto que en mi ánimo produjo. Aquel hombre era ya de cierta edad, no tenía aire de presumido ni de fatuo; su rostro anunciaba un hombre de mérito y su cruz de San Luis acusaba un antiguo oficial. A pesar de su insolencia y a pesar mío, se me hacía interesante; a medida que iba vomitando sus mentiras, yo me sonrojaba, bajaba los ojos, me hallaba sobre espinas, y a veces buscaba allá en mi interior si habría algún medio de creer que estaba en un error y obraba de buena fe. En fin, temiendo que alguno me reconociese y afrentase al narrador, me apresuré a tomar mi chocolate sin decir una palabra y, bajando la cabeza al pasar por delante de él, salí lo más pronto que me fué posible, mientras los circunstantes hacían comentarios sobre su relato- Cuando llegué a la calle, me encontré sudando a chorros; y estoy seguro que si alguien me hubiese reconocido y llamado antes de salir, me hubiera visto avergonzado y corrido como un culpable, sólo por el sentimiento del pesar que hubiera tenido que sufrir aquel pobre hombre si se hubiese descubierto su mentira. Heme aquí llegado a uno de esos momentos críticos de mi vida, donde es difícil concretarme sencillamente a narrar, porque es casi imposible que la narración misma no lleve impreso un carácter de censura o de apología. Con todo, procuraré referir cómo obré y en virtud de qué motivos, sin añadir alabanzas ni vituperios. Aquel día iba yo con el mismo traje descuidado de ordinario, la barba larga y la peluca mal peinada. Tomando esta falta de decencia por un acto de valor, entré con esta compostura en la misma sala en que poco después debían presentarse el rey, la reina, la familia real y toda la corte. Fui a situarme en el palco adonde me condujo el señor de Cury, y que era el suyo: era un gran palco de escenario, frente de otro pequeño mas elevado, donde se situó el rey con la señora de Pompadour. Rodeado de damas y siendo el único hombre que ocupaba un lugar en la parte preferente del palco, no me cabía duda de que se me había colocado allí para ser visto. Cuando se hubo iluminado el teatro, viéndome yo en tal atavío en medio de gentes todas excesivamente adornadas, comencé a encontrarme mal; pregunte a mí mismo si estaba en mi lugar, si me hallaba allí de un modo conveniente; y, después de algunos minutos de inquietud, me respondí que sí, con una intrepidez más bien hija de la imposibilidad de volver atrás que de la fuerza de mis razones. Dije para mis adentros: "Estoy en mi lugar, puesto que veo representar mi obra, puesto que he sido invitado para ello, y con este fin la he compuesto; además, después de todo, nadie tiene más derecho que yo a gozar del fruto de mi trabajo y de mis estudios. Estoy vestido según es mi costumbre, ni mejor ni peor; si empiezo a dejarme esclavizar de nuevo en algo por la opinión, pronto me hallaré sojuzgado otra vez en todo. Para ser siempre el mismo no debo avergonzarme de presentarme dondequiera que sea en conformidad con la clase a que pertenezco; mi exterior es sencillo y sin aliño, pero no sucio e indecoroso; ni lo es tampoco la barba, puesto que nos la da la Naturaleza y que según los tiempos y las modas es a veces un objeto de adorno. Se dirá que estoy ridículo e impertinente, ¿qué me importa? Es preciso que sepa sufrir el ridículo y el vituperio, con tal que no sean merecidos". Después de este corto soliloquio me fortalecí de tal modo en mi resolución, que hasta hubiera sido intrépido en caso necesario. Pero, ya fuese por efecto de la presencia del maestro, ya fuese por natural disposición de los corazones, sólo observé deferencia y consideración en la curiosidad de que era objeto, y esto me conmovió de suerte que volví a sentirme incómodo y temí por la suerte del melodrama, juzgando que iba a quedar defraudada tan favorable opinión, que parecía no desear sino aplaudirme. Yo me hallaba preparado contra la burla, pero aquel aspecto cariñoso, que no había esperado, me subyugó de tal modo, que al empezarse la representación estaba temblando como un niño. Pronto, sin embargo, tuve ocasión de serenarme. Los actores desempeñaron muy mal sus papeles, mas en cuanto a la música y el canto fué muy bien. Desde la primera escena, que realmente es de una candidez encantadora, vi levantarse en los palcos un murmullo de sorpresa y de aplauso, hasta entonces inaudito en este género de composiciones. La fermentación fué creciendo hasta el punto de extenderse en breve a toda la concurrencia, y, para hablar a lo Montesquieu, de aumentar su efecto por su efecto mismo. En la escena de los dos mocitos, este efecto llegó a su colmo. En presencia del rey no se aplaude; esto hizo que se oyera todo, con lo que ganaron la obra y el autor. Ola yo alrededor de mí el cuchicheo de las mujeres, que me parecían hermosas como ángeles, y que se decían a media voz. Esto es bello, encantador; aquí no hay un solo sonido que no hable al corazón" - El placer de conmover a tantas personas amables me conmovió a mí mismo hasta asomárseme las lágrimas a los ojos, y no pude contenerlas en el primer dúo viendo que no era yo solo el que lloraba. Tuve un momento de pesar recordando el concierto del señor de Treitorens. Esta reminiscencia me produjo el efecto del esclavo que sostenía la corona sobre la cabeza de los vencedores; pero fué corto, y luego me entregué plenamente al placer de saborear mi gloria. Sin embargo, no me cabe duda de que en este momento la voluptuosidad del sexo entraba por mucho en lo que sentía más que la vanidad de autor; y seguramente si no hubiese habido allí más que hombres, no me hubiera sentido devorado, como lo estaba sin cesar, por el deseo de recoger con mis labios las deliciosas lágrimas que hacía derramar. He visto otras obras excitar arranques de admiración más vivos, pero jamás he visto reinar una embriaguez tan completa, tan dulce, tan conmovedora dominar durante todo el espectáculo, y sobre todo en la corte, un día de primera representación. Los que la vieron deben acordarse, porque el efecto que produjo no tiene igual. Aquella misma noche el señor duque de Aumont me hizo decir que me hallase en palacio al día siguiente a eso de las once, que me presentaría al rey. El señor de Cury, que me trajo este mensaje, añadió que creía que era para darme una pensión, y que el rey quería participármelo él mismo. ¿Se creerá que la noche que siguió a tan brillante jornada fué angustiosa y llena de perplejidad para mí? Mi primera idea después de esta representación, fué recordar la frecuente necesidad que sentía de salir, que me habla hecho sufrir mucho la noche misma de la representación, y podía atormentarme al día siguiente cuando me hallase en las habitaciones reales, en medio de todos los grandes, esperando el paso de Su Majestad. Esta enfermedad era la principal causa que me tenía apartado de los círculos, y que me impedía encerrarme en casas donde hubiese damas. La sola idea del estado a que podía reducirme esta necesidad era capaz de excitarla hasta el punto de ponerme malo, a menos de un escándalo al cual hubiera preferido la muerte. Sólo las personas que conocen esta situación pueden comprender el temor que debe causar arriesgarse a ello. Luego imaginaba hallarme delante del rey, presentado a Su Majestad, que se dignaba detenerse para dirigirme la palabra. Allí se necesitaba precisión y presencia de ánimo para responder. Mi maldita timidez, que me hace turbar ante el menor desconocido, ¿no se habría apoderado de mí en presencia del rey de Francia, o me habría permitido escoger lo mejor en el preciso momento de hablar? Sin abandonar el semblante y el tono severo que habla adoptado, quería mostrarme agradecido al honor que me dispensaba tan gran monarca. Era forzoso envolver alguna verdad grande y útil en una alabanza delicada y merecida. Para preparar de antemano una feliz respuesta, hubiera sido necesario prever exactamente lo que habla de decirme; y aun con eso, estaba seguro de que en su presencia no recordaría una sola palabra de lo que hubiera meditado. ¿Qué papel haría yo en este momento a los ojos de toda la corte si en mi turbación se me escapase una de mis ordinarias tonterías? Este peligro me alarmó, me aterró, me hizo estremecer hasta el punto de resolver decididamente no exponerme a ello. Verdad es que perdía la pensión que, basta cierto punto, se me había ofrecido; mas también así me libraba del yugo que me hubiera impuesto. Adiós, verdad, libertad y valor. En adelante, ¿cómo atreverme a hablar de independencia y desinterés? Desde el momento en que recibiese esta pensión ya no podía hacer más que alabar o callarme, y aun, ¿quién me aseguraba que sería satisfecha? ¡Cuántos pasos tendría que dar para ello, a cuántas personas importunar! Me costaría más trabajos conservarla que pasar sin ella. Por consiguiente, al renunciarla creí tomar una resolución muy conforme con mis principios, y sacrificar la apariencia a la realidad. Revelé mi determinación a Grimm, que no objetó nada. A los otros alegué mi salud y partí aquella misma mañana. Mi marcha fué un hecho ruidoso y generalmente vituperado. Mis motivos no podían ser comprendidos por todo el mundo; acusarme de estúpido orgullo era mucho más breve, y satisfacía mejor los celos de los que conocían en su interior que no hubieran obrado de igual modo. Al día siguiente, Jelyotte me escribió un billete detallándome los efectos de la representación y de lo prendado que de la obra habla quedado el mismo rey. Durante todo el día, me decía, Su Majestad no deja de cantar con la peor voz del reino: J'ai perdu rnon serviteur; al perdu tout mon bonheur. Añadía a esto que durante la quincena debía darse una segunda representación de El adivino, lo cual atestiguaría a los ojos del público el completo buen éxito de la primera. Dos días después, en el momento de entrar a eso de las nueve de la noche en casa de la señora de Épinay, donde iba a cenar, me hallé interceptado el paso por un coche que estaba a la puerta. Alguien que estaba dentro me indicó que subiera; subo, y me encuentro con Diderot. Me habló de la pensión con un calor que no habría esperado nunca de un filósofo, tratándose de semejante asunto. No me recriminó el no haber querido presentarme al rey, pero se desencadenó contra mi indiferencia por la pensión. Díjome que sí yo era desinteresado para mi, no me era permitido serlo por cuenta de la señora Le Vasseur y de su hija; que no debía omitir ningún medio posible y honrado de darles pan; y como después de todo no se podía decir que hubiese rehusado esta pensión> sostuvo que puesto que se había manifestado voluntad de concedérmela, debía solicitarla y obtenerla a cualquier precio que fuere. Aunque agradeciese su cariñoso celo, no pude admitir sus máximas, y con este motivo tuvimos una disputa acalorada, la primera que he tenido con él; y no las hemos tenido nunca sino de este género; prescribiéndome él lo que yo debía hacer, y negándome yo a ello creía cumplir con mi deber. Ya era tarde cuando nos separamos. Intenté llevarle a cenar en casa de la señora de Épinay, mas no quiso de ningún modo; y todos los esfuerzos que en diferentes ocasiones he hecho para que se vieran, deseoso yo de relacionar a todas las personas que me son queridas, hasta presentarme con ella a la puerta de su casa, cuya puerta nos tuvo cerrada, siempre se negó a ello, y no hablaba de esta señora sino con desprecio. Pero, después de mi desavenencia con ella, se relacionaron, y entonces él habló de ella de manera muy distinta. Diderot y Grimm se empeñaron desde entonces en enajenarme la voluntad de mis amas, dándoles a entender que si no estaban mejor era por mala voluntad mía y que a mi lado nunca adelantarían nada. Trataban de inducirlas a abandonarme, prometiéndoles un estanquillo de sal o de tabaco y no sé qué más, por influencia de la señora de Épinay. Hasta quisieron arrastrar al complot a Duclos y a Holbach, pero el primero se negó siempre. Entonces tuve algún indicio de estos manejos, pero no lo supe claramente hasta mucho tiempo después y tuve que deplorar con frecuencia el ciego e indiscreto celo de mis amigos que, procurando reducirme a la más triste soledad, estando molestado de una dolencia crónica como lo estaba, a su entender trataban de hacerme dichoso, valiéndose de los medios más propios para hundirme en la miseria. (1753.) En el siguiente Carnaval, en 1753, se representó El adivino en París. Durante este intervalo tuve tiempo para componer la introducción y el intermedio. Éste, tal como está grabado, debía ejecutarse seguidamente y con una acción unida que a mi juicio ofrecía cuadros muy agradables. Mas cuando propuse esta idea a la Ópera, no me escucharon siquiera, y fué preciso hilvanar cantos y danzas siguiendo la costumbre; de aquí que este divertimento, aunque lleno de ideas bellas, que no deslucen la obra, obtuviese una acogida muy mediana. Quité el recitado de Jelyotte, restableciendo el mío, tal como lo había compuesto al principio y se ha grabado; y este recitado algo afrancesado a la verdad, es decir, arrastrado, por los actores, lejos de chocar a nadie, no agradó menos que las arias, y aun al mismo público le pareció por lo menos tan bueno como aquéllas. Dediqué mi trabajo al señor Duclos, que lo había protegido, declarando que sería mi única dedicatoria; sin embargo, he hecho otra con su consentimiento, pero todavía debe haberse tenido por más honrado con esta excepción que si no hubiese hecho ninguna. Sobre esta obra podría referir muchas anécdotas, pero he de decir otras cosas más importantes que no me dejan espacio para extenderme en este punto. Tal vez algún día volveré a hablar de esto en el suplemento. Sin embargo, no puedo resolverme a omitir una, que tal vez tenga relación con todo lo que sigue. Un día, examinando las piezas de música que el barón de Holbach tenía en su gabinete, después que había ojeado música de todos los géneros, me mostró una colección de piezas de clavicordio, diciéndome: "He aquí unas piezas que he compuesto yo; son de buen gusto, muy cantables; nadie las conoce ni las verá nadie más que yo. Deberíais escoger alguna para ponerla en el intermedio de vuestra ópera". Yo, como tenía la cabeza llena de sinfonías y arias, más de las que podía emplear, me fijé muy poco en las suyas. Sin embargo, tanto se empeñó, que por complacencia escogí una pastorela que abrevié, y puse en trío para la entrada de las compañeras de Colette. Algunos meses después, y cuando se representaba El adivino, entrando un día en casa de Grimm, hallé todo el mundo sentado alrededor de su clavicordio, de donde se levantó él bruscamente a mi llegada. Mirando maquinalmente a su pupitre, vi en él aquella colección del barón de Holbach, abierta precisamente por la página de aquella pastorela que me había obligado a tomar, asegurándome que no saldría de sus manos. Algún tiempo después vi esta misma colección abierta en el clavicordio de la señora de Epinay, un día que había música en su casa. Ni Grimm ni nadie me ha hablado jamás de ella, y yo no hablo aquí sino porque algún tiempo después corrió el rumor de que El adivino de la aldea no era mío. Como yo jamás fui un gran cantor, estoy persuadido de que, a no ser por mi Diccionario musical, se habría dicho al fin que ni la conocía . Poco tiempo antes de que se representase El adivino de la aldea, habían llegado a París bufos italianos a quienes hicieron trabajar en el teatro de la Ópera sin saber el efecto que iban a causar. Aunque eran detestables, y aunque la orquesta. entonces muy ignorante, estropeaba a discreción las obras que ponían en escena, no dejaron éstos de causar a la ópera francesa un daño que jamás se ha reparado. La comparación de estos dos géneros de música oídos el mismo día y en el mismo teatro abrió los oídos franceses: no hubo nadie que pudiese sufrir la pesadez de su música al lado del acento vivo y marcado de la italiana; tan pronto como habían concluido los bufos, todo el mundo se marchaba, y se vieron obligados a cambiar el orden de la función poniendo los bufos al final. Se representaron Eglé, Pigmalion, El silfo; nada se sostenía. Sólo El adivino pudo sostener la competencia y agradó más aun después de La serva padrona. Cuando compuse el intermedio, estaba preocupado con todas aquellas obras; ellas fueron las que me sugirieron su idea, y estaba yo bien lejos de prever que lo examinarían comparándolo con todas ellas. Si yo hubiera sido un plagiario, ¡cuántas usurpaciones se habrían puesto de manifiesto, y entonces, qué prisa se habrían dado para divulgarlas! Pero, por más que hayan hecho, no se ha podido encontrar en mi música la menor reminiscencia de otra alguna; y todos mis cantos, comparados con los pretendidos originales, se han hallado tan nuevos como el carácter de la música que yo había creado. Si hubiesen puesto a Mondonville o a Rameau a semejante prueba, habrían quedado en camisa. Los bufos crearon a la música italiana ardientes partidarios. París se dividió en dos bandos más enardecidos que si se tratara de una cuestión de política o de religión. Uno, el más poderoso y numeroso, compuesto de los grandes, de los ricos y de las mujeres, sostenía la música francesa; el otro, más activo, más audaz, más entusiasta, estaba compuesto de los verdaderos inteligentes, de las personas instruidas, de los hombres de genio. Este pequeño grupo se reunía en la Ópera debajo del palco de la reina. El otro partido llenaba todo el resto del patio y de la sala; pero su foco principal estaba debajo del palco del rey. He aquí el origen de los nombres de estos partidos, célebres en aquel tiempo, de Rincón del rey y Rincón de la reina. Habiendo tomado grandes proporciones, la disputa dió origen a libelos. El Rincón del rey quiso mofarse, y fué chasqueado por El pequeño profeta; quiso meterse a razonar, y fué aplastado por la Carta sobre la música francesa. Estos dos folletos, de Grimm el uno, y mío el otro, son los únicos que sobreviven a esta disputa, por haber desaparecido los demás. Mas El pequeño profeta, que durante mucho tiempo se obstinaron en atribuirme a pesar mío, fué tomado a broma y no causó el menor disgusto a su autor, mientras que la Carta sobre la música fué tomada por lo serio y se levantó contra mi la nación entera, que se creyó ofendida en su música. La descripción del increíble efecto que produjo este folleto sería digna de la pluma de Tácito. Era la época de la gran disputa entre el parlamento y el clero. El parlamento acababa de ser desterrado; la fermentación llegaba a su colmo y todo amenazaba una próxima sublevación. Apareció el folleto y todas las demás cuestiones quedaron olvidadas: na4ie pensó sino en el peligro que corría la música francesa, y ya no hubo sublevación sino contra mi. Fué tal, que la nación jamás se ha apaciguado completamente. En la corte se vacilaba entre la Bastilla y el destierro; la orden del rey iba ya a ser expedida, pero el señor De Voyer hizo comprender la ridiculez de este paso. Cuando se lea que quizá este folleto evitó una revolución en el Estado, se creerá un sueño, y, sin embargo, es una verdad que todo París puede atestiguar aún, pues no han pasado todavía quince años desde que ocurrió esta singular anécdota. Si no se atentó a mi libertad, a lo menos no escasearon los insultos, y hasta peligró mi vida. La orquesta de la Ópera formó el honrado complot de asesinarme a la salida del teatro. Yo lo supe y asistí a la Ópera con más frecuencia, y hasta mucho tiempo después no supe que el señor Ancelet, oficial de mosqueteros, que era amigo mío, habla cortado el efecto del complot, haciéndome escoltar, sin que yo lo supiera, a la salida del coliseo. La villa acababa de tomar la dirección de la Ópera. El primer acto del preboste de los mercaderes fué quitarme la entrada, y esto del modo más indigno que le fué posible; es decir, rechazándome públicamente en el momento de entrar; de suerte que me vi obligado a tomar un billete de anfiteatro, para no sufrir la afrenta de tener que volverme. La injusticia era tanto más grande cuanto que el único precio que había puesto a mi obra al cedérsela era una entrada perpetua; pues, aunque esto era ya un derecho de todos los autores y yo lo tenía por dos motivos, no dejé de estipularlo expresamente en presencia del señor Duclos. Es cierto que me enviaron por mis honorarios y por conducto del cajero de la Ópera cincuenta luises que yo no había pedido; pero, además de que esto no llegaba a la cantidad que me correspondía según las reglas, este pago no tenía nada de común con el derecho de entrada, estipulado formalmente y del que era enteramente independiente. Había, pues, en este procedimiento tal complicación de iniquidad y de brutalidad, que el público, a la sazón dominado por la mayor animosidad contra mí, no dejó de indignarse unánimemente; y tal persona hubo que, habiéndome insultado la víspera, al día siguiente gritaba a voz en cuello en la sala que era escandaloso quitar así la entrada a un autor que tan merecida la tenía y podía reclamarla doblemente. Tan cierto es el proverbio italiano que ognun ama la giustizia in casa d'altrui. En este caso no me quedaba más que un camino y era reclamar mi obra, puesto que me quitaban el precio convenido. Al efecto escribí al señor de Argenson, que tenía a su cargo el departamento de la Ópera; y añadí a la carta una nota que no tenía réplica y que quedó sin respuesta y sin efecto lo mismo que la carta. El silencio de este hombre injusto me afectó sobre manera, y ciertamente contribuyó a aumentar el poco aprecio con que miré siempre su carácter y su capacidad. Así es cómo quedó en la Ópera mi trabajo sin que se me pagase el precio por el que lo había cedido. Tratándose del débil contra el fuerte, esto hubiera sido un robo; mas siendo el fuerte contra el débil, no es más que apoderarse de lo ajeno. En cuanto al producto pecuniario de esta obra, aunque no me hubiese producido la cuarta parte de lo que habría producido a cualquiera otro, no dejó de ser lo bastante para poder vivir con ella algunos años, y ayudar a lo que ganaba copiando, lo que siempre era muy poca cosa. Recibí cien luises del rey, cincuenta de la señora de Pompadour por la representación de Belle-Vue, donde hizo ella misma el papel de Colin, cincuenta de la Ópera, y quinientos francos de Pissot por editarla; de suerte que este entretenimiento, que no me costó más que cinco o seis semanas de trabajo, me produjo casi tanto, a pesar de mi desgracia y mi tontería, como después el Emilio, que me había costado veinte años de meditación y tres de trabajo. Mas la holgura pecuniaria que me proporcionó esta obra musical me salió muy cara por los infinitos disgustos que me trajo; porque fué el origen de la secreta envidia que no estalló hasta mucho después. Desde que obtuve ese éxito, ya no vi en Grimm, ni en Diderot, ni en casi ninguno de los literatos conocidos míos, aquella cordialidad, aquella franqueza, aquel placer de yerme que hasta entonces me parecía encontrar en ellos. Así que entraba en casa del señor barón, la conversación dejaba de ser general, formábanse pequeños grupos, hablándose en voz baja, y yo me quedaba solo sin saber con quién hablar. Durante mucho tiempo sufrí este extraño abandono; y viendo que la señora de Holbach, que era amable y dulce, me recibía siempre bien, soporté las groserías de su marido mientras fueron soportables; mas un día empezó a atacarme sin motivo, sin pretexto y con tal brutalidad en presencia de Diderot, que no desplegó los labios, y de Margency, quien frecuentemente me ha dicho después que habían admirado la dulzura y moderación de mis respuestas, que al fin, echado de su casa por efecto de este indigno proceder, salí resuelto a no poner los pies más en ella. Esto no impidió que yo hablase siempre honrosamente de él y de su casa, mientras que él jamás hablaba de mí sino en términos ultrajantes, despectivos, y sin darme otro nombre que el de este pedantuelo y, sin embargo, no podía citar el menor daño de ninguna especie que hubiesen recibido de mí, ni él ni persona alguna por quien se hubiese interesado. He aquí cómo acabaron por realizarse mis predicciones y mis temores. Yo creo que mis citados amigos me hubieran perdonado que escribiese libros, aunque fuesen buenos, porque esta gloria no les estaba vedada; mas no pudieron perdonarme que hubiese compuesto una ópera, ni su brillante éxito, porque ninguno de ellos era capaz de seguir el mismo camino, ni de aspirar al mismo honor. Sólo Duclos, que se hallaba por encima de esta envidia, pareció hasta aumentar la amistad que me profesaba, y me introdujo en casa de la señorita Quinault, donde fui objeto de tantas atenciones, deferencias y obsequios como habían dejado de prodigarme en casa del señor de Holbach. Mientras en la Ópera se representaba El adivino de la aldea, también se trataba de su autor en la Comedia francesa, aunque con menor éxito. No habiendo podido conseguir durante seis o siete años que los italianos pusiesen en escena mi Narciso, me había disgustado con este teatro, por lo mal que sus actores representaban en francés, y de buena gana hubiera dado mi comedia a los franceses con preferencia a ellos. Manifesté este deseo al comediante La None, con quien había trabado amistad, y que, como es sabido, era hombre de mérito y autor. Le agradó Narciso y se encargó de hacerlo representar anónimamente, e ínterin me procuró la entrada, que me fué muy grata, pues siempre he preferido el teatro francés a los otros dos. EJ drama fué recibido con aplauso, y se representó sin dar a conocer el nombre de su autor, mas tengo motivos para creer que los comediantes y muchas otras personas no lo ignoraban. Las señoritas Gaussin y Grand-Val desempeñaban el papel de enamoradas, y, aunque no se comprendió bien el conjunto, a mi entender, no podía decirse que fuese un drama mal representado del todo; no obstante, me sorprendió y conmovió la indulgencia del público, que tuvo la paciencia de oírlo tranquilamente hasta el fin, y hasta sufrir una segunda representación sin dar la menor señal de impaciencia. En cuanto a mí, en la primera me fastidié de tal modo que, no pudiendo aguantar más, salí del teatro antes de concluirse la función y entré en el café de Procope, donde hallé a Boissy y a algunos otros, que probablemente se habían fastidiado como yo mismo. Allí dije en alta voz mi peccavi, confesándome humilde o altivamente autor de la comedia, y hablando de ella del modo que pensaba todo el mundo. Esta confesión pública del autor de una mala comedia que cae fué muy admirada, y a mí me pareció muy poco penosa. Hasta encontré un desquite del amor propio en el valor con que la hice; y creo que en esta ocasión hubo más orgullo en hablar que hubiera habido en la estúpida vergüenza de callar. Sin embargo, como era evidente que la comedia, aunque fría en la representación, era de amena lectura, la hice imprimir, y en el prefacio, que es uno de mis mejores escritos, empecé a descubrir mis principios algo más de lo que había hecho hasta entonces. Pronto tuve ocasión de desenvolverlos completamente en una obra de mayor importancia; pues me parece que fué en este año de 1753 cuando apareció el programa de la Academia de Dijon acerca del origen de la desigualdad entre los hombres. Sorprendido por este gran tema, me extrañó que esta Academia se hubiese atrevido a proponerlo; mas, puesto que ella tenia aquel valor, bien podía yo tener el de tratarlo, y así lo hice. Para meditar despacio tan grande asunto, hice un viaje de seis o siete días a Saint-Germain con Teresa, con nuestra pupilera, que era una buena mujer, y una amiga suya. Cuento este paseo entre los más gratos de mi vida. Hacía un tiempo magnífico; estas buenas mujeres cuidaron del gasto y de todo; Teresa se entretenía con ellas y yo, sin cuidarme de nada, iba a divertirme en las horas de comer. Todo el resto del día, internado en el bosque, inquiría y buscaba la imagen de los tiempos primitivos, cuya historia tracé con valentía; atacaba sin piedad todas las intrigas de los hombres; allí osaba poner al desnudo su naturaleza; seguí el curso del tiempo y de las cosas que lo han desfigurado, y, comparando al hombre, obra del hombre, con el hombre de la Naturaleza, me atrevía a mostrarle en su pretendido perfeccionamiento el verdadero manantial de sus miserias. Mi alma, exaltada por estas contemplaciones sublimes, se elevaba a la Divinidad; y viendo desde allí a mis semejantes seguir por la ciega senda de sus preocupaciones, de sus errores, de sus desgracias, de sus crímenes, les gritaba con una voz tan débil que no podían oírla: insensatos que sin cesar os quejáis de la Naturaleza, aprended a conocer que vuestros males dependen de vosotros mismos!" De estas meditaciones resultó el Discurso sobre la desigualdad, obra que agradó a Diderot más que todos mis demás escritos, y para la cual me sirvieron mucho sus consejos ~, pero que halló muy pocos lectores que lo entendiesen en toda Europa, y ninguno que quisiera hablar de ella. Había sido escrito para optar al premio: así, pues, lo remití, aunque estaba seguro de antemano de que no lo obtendría, y sabía muy bien que los premios de las academias no fueron fundados para obras de este género. Este paseo y ocupación fueron saludables a mi cuerpo y a mi espíritu. Hacía muchos años ya que, atormentado por mi retención de orina, me había entregado por completo a los médicos, que sin aliviarme agotaron mis fuerzas y destruyeron mi temperamento. Al volver de Saint-Germain me hallé más vigoroso y me sentí mucho mejor. Seguí esta indicación y resolví curar o morir sin médicos ni remedios; me despedí de ellos para siempre y me puse a vivir al día, estándome quieto cuando no podía andar y andando en cuanto tenía fuerzas para ello. La vida en París en medio de las gentes presuntuosas era tan poco de mi gusto; las cábalas de los literatos; sus odiosas disputas; la falta de buena fe en sus libros; el tono decisivo que emplean en la sociedad me eran tan antipáticos; hallaba allí tan poca dulzura, tan poca cordialidad, tan poca franqueza hasta en el seno de la amistad, que, disgustado de esta vida tumultuosa. empezaba a desear ardientemente la del campo; y pareciéndome que mi ocupación no me permitía vivir en él, iba a pasar algunas horas a lo menos cuando podía. Durante muchos meses, después de comer iba a pasearme solo por el Bosque de Bolonia, meditando asuntos para obras, y no volvía hasta la noche. (1754-1756.) Gauffecourt, que por entonces era íntimo amigo mío, teniendo que ir a Ginebra, me propuso este viaje. Yo lo admití. No me hallaba bastante bien para no necesitar los cuidados de Teresa; resolvióse que ella vendría con nosotros y su madre guardaría la casa; y, habiendo hecho todos los preparativos, partimos juntos los tres, el primero de junio de 1754. Debo consignar este viaje como época memorable. Hasta la edad de cuarenta y dos años, que a la sazón tenía, fué ésta la primera ocasión en que tuve que arrepentirme del carácter por demás confiado con que había nacido y del que me había dejado llevar hasta entonces sin obstáculo ni reserva. Íbamos en un coche particular, que nos conducía con los mismos caballos a pequeñas jornadas. Yo bajaba a menudo y andaba a pie. Apenas estábamos a la mitad del camino, cuando Teresa manifestó repugnarle altamente quedarse sola en el coche con Gauffecourt, y cuando, a pesar de sus ruegos, quería yo bajar, ella hacia lo mismo y seguía andando. Yo la reñía por este capricho, y hasta me opuse al fin a que siguiera haciéndolo, de modo que acabó por verse obligada a declararme el motivo. Yo creí delirar, me pareció cosa del otro mundo, cuando supe que mi amigo el señor de Gauffecourt, que tenía más de sesenta años, gotoso, impotente, gastado por los placeres, desde nuestra salida se afanaba en corromper a una mujer que ya no era joven ni hermosa y pertenecía a su amigo, y esto por los medios más bajos y vergonzosos, hasta el extremo de presentarle su bolsillo, de procurar tentarla con la lectura de un libro abominable y con las figuras infames de que estaba lleno. Teresa, indignada, le tiró el libro por la portezuela; y supe que habiendo tenido que acostarme el primer día sin cenar a causa de una violenta jaqueca, él había empleado todo el tiempo que estuvieron solos en tentativas y manejos más dignos de un sátiro y de un mico que de un hombre honrado a quien había fiado mi compañera y me confiaba yo mismo. ¡Qué sorpresa! ¡Qué opresión de corazón para mí enteramente nueva! Yo, que hasta entonces habla creído que la amistad era inseparable de todos los sentimientos buenos y nobles, que constituyen todo su encanto, me vela por primera vez en la vida obligado a hermanarla con el desdén, a retirar la confianza y la estimación a un hombre a quien apreciaba y de quien me creía apreciado. El desdichado me ocultaba su torpeza, y yo me vi obligado a ocultarle mi desprecio, a fin de no exponer a Teresa, y a guardar en el fondo de mi corazón sentimientos que debía ignorar. ¡Oh, dulce y santa ilusión de la amistad! Gauffecourt fué el primero que ante mis ojos levantó su velo. ¡Cuántas manos crueles han acudido posteriormente para no dejarlo caer! En Lyon dejé a Gauffecourt, para tomar el camino de Saboya, no pudiendo resolverme a pasar de nuevo tan cerca de mamá sin volver a verla. La vi; mas, ¡en qué estado, Dios mío! ¡Cuánta miseria! De su primitiva virtud, ¿qué le quedaba? ¿Era la misma señora de Warens, tan brillante en otro tiempo, a quien el cura Pontverre me había dirigido? ¡Cuán lastimado quedó mi corazón! No vi otro recurso para ella que cambiar de país. Le reiteré vivamente, aunque en vano, mis instancias, tantas veces repetidas en mis cartas, de que viniese a vivir tranquilamente conmigo, pues quería consagrar mi vida y la de Teresa a hacer dichosa la suya. Pero ella, asida a su pensión, de que, sin embargo, a pesar de serle pagada con exactitud, no cobraba un céntimo hacía mucho tiempo, no quiso escucharme. Todavía le di alguna cantidad, aunque no tanto como hubiera debido y como le hubiera dado si no hubiese estado completamente seguro de que no había de servirle para nada. Durante mi permanencia en Ginebra, hizo un viaje a Chablais, y vino a yerme a Granje-Canal, donde se encontró con que le faltaba dinero para continuar el viaje; yo no llevaba conmigo el necesario para el caso y se lo remití una hora después por medio de Teresa. ¡Pobre mamá! Séame permitido citar aquí un nuevo rasgo de su corazón. La última alhaja que le quedaba era una pequeña sortija, y se la quitó del dedo para ponérsela a Teresa, que se la devolvió en el mismo instante, besando y regando con lágrimas aquella noble mano. ¡Ah, entonces era el momento oportuno de pagarle cuanto por mí había hecho! Yo hubiera debido dejarlo todo para seguirla, entregarme a ella hasta su última hora y compartir su suerte cualquiera que fuese. Nada de esto hice. Distraído por otro afecto, sentí entibiarse el que por ella sentía, por no tener la esperanza de poder serle útil. Me condolí de su suerte, mas no la seguí. De cuantos remordimientos he experimentado en mi vida, éste es el más vivo y más permanente. Por esto merecí el terrible castigo que desde entonces no ha cesado de agobiarme. Ojalá que esto haya bastado para expiar mi ingratitud, porque la hubo en mi conducta; mas también ha destrozado demasiado mi corazón para que pueda decirse que es el de un ingrato. Antes de salir de París, había borroneado la dedicatoria de mi Discurso sobre la desigualdad. Concluíla en Chambéry, fechándola en este punto, juzgando que sería mejor para evitar chismes, que no fecharla en Francia ni en Ginebra. Cuando llegué a esta ciudad me abandoné al entusiasmo republicano que a ella me había conducido, entusiasmo que creció de punto por efecto de la acogida que me dispensaron. Festejado, obsequiado en todos los estados, me entregué por completo al celo patriótico, y, avergonzado de yerme excluido de mis derechos de ciudadano por haber abrazado otro culto que el de mis padres, me decidí a tomar este último nuevamente. Pensé que siendo el Evangelio el mismo para todos los cristianos, y no difiriendo el dogma en el fondo, sino en cuanto se quería explicar lo incomprensible, en cada país sólo tocaba al soberano fijar el culto y este dogma ininteligible, y que, por consiguiente, al ciudadano le tocaba admitir el dogma y seguir el culto prescrito por la ley. Mi frecuente trato con los enciclopedistas, lejos de debilitar mi fe, había contribuido a robustecerla por efecto de mi natural aversión por los debates y los partidos. El estudio del hombre y de la Naturaleza me había enseñado a ver en todas partes las causas finales y la inteligencia que las dirigía La lectura de la Biblia, y sobre todo del Evangelio, a que me dedicaba hacía algunos años, me había enseñado a despreciar modo bajo y estúpido de interpretar a Jesucristo que tenían las personas menos dignas de comprenderle. En una palabra, la filosofía, descubriéndome lo esencial de la religión; me había librado de esa hojarasca de fórmulas con que los hombres la han ofuscado Juzgando que para un hombre razonable no había dos modo distintos de ser cristiano, creí también que todo lo que es formación y disciplina dependía en cada país de la iniciativa de las leyes. De este principio tan sensato, tan social, tan pacífico, y que tan crueles persecuciones me ha costado, se deducía que, queriendo ser ciudadano, debía ser protestante y entrar en el culto establecido en mi país. Me resolví y hasta me sometí a las instrucciones del pastor de la parroquia en que yo vivía, situada fuera de la ciudad. No deseé más sino no yerme obligado a comparecer ante el consistorio; mas en este punto el edicto eclesiástico era terminante. Bien quisieron hacer una excepción en favor mío, y se nombró una comisión de cinco o seis miembros, que oyese privadamente mi profesión de fe; pero desgraciadamente el ministro Perdriau, hombre amable y dulce, que era amigo mío, me dijo que aquella pequeña asamblea tendría gusto en oírme. Este contratiempo me sobrecogió de tal modo que, habiendo pasado tres semanas estudiando día y noche un pequeño discurso, que tenía preparado, me turbé en el acto de pronunciarlo hasta el punto de no poder decir una palabra, e hice en esta conferencia el papel del escolar más estúpido. Los maestros de ceremonias hablaron por mí, y yo respondía tontamente si o no; en seguida fui admitido en la comunión, y recobré mis derechos de ciudadano; fui como tal inscrito en el padrón de los ciudadanos y de la clase media, y asistí al consejo general extraordinario, para recibir el juramento del síndico Mussard. Tanto me conmovieron las bondades que en esta ocasión me dispensaron el consejo y el consistorio, y el trato afable y fino de todos los magistrados, ministros y ciudadanos, que, instado por el buen Deluc, que me apremiaba sin cesar, y aun más por mi propia inclinación, pensé no volver a París, sino para levantar la casa, poner en orden mis asuntos, colocar a la señora Le Vasseur y a su marido o proveer a su subsistencia, y volver con Teresa a establecerme en Ginebra para el resto de mi vida. Tomada esta resolución, di tregua a los negocios formales con objeto de pasar el tiempo divirtiéndome con mis amigos hasta el día de mi partida. De todos esos recreos el que más me halagó fué un paseo por el lago que hice con Deluc padre, su nuera, sus dos hijas y mi Teresa. Dimos la vuelta completa empleando en ella siete días, con un tiempo hermosísimo, y conservé vivo el recuerdo de los lugares que me sorprendieron en el otro extremo del lago, cuya descripción hice algunos años después en La nueva Eloísa. Las principales relaciones que adquirí en Ginebra, además de los Deluc, ya citados, fueron el joven ministro Vernes, a quien habla ya conocido en París y de quien auguré más de lo que ha probado valer en lo sucesivo; el señor Perdriau, entonces pastor de una aldea, hoy profesor de literatura, cuyo dulce y ameno trato siempre echaré de menos, aunque él haya creído conveniente desprenderse de mí; el señor Jalabert, entonces profesor de física y después consejero y síndico, a quien leí mi Discurso sobre la desigualdad, pero no su dedicatoria, y a quien pareció agradarle sobre manera; el profesor Lullin, con quien he estado en correspondencia hasta su muerte, y que hasta había dejado a mi cargo la compra de libros para la biblioteca; el profesor Vernet, que me volvió la espalda, como todo el mundo, después que le había dado pruebas de cariño, que hubieran debido conmoverle, si hay algo capaz de conmover a un teólogo; Chappuis, dependiente y sucesor de Gauffecourt, a quien quiso suplantar y que a su vez fué bien pronto suplantado también; Marcet de Meciéres, antiguo amigo de mi padre, y que había manifestado serlo mío, pero que habiendo sido digno en otro tiempo de su patria, al meterse a autor dramático y aspirar a tomar asiento en el Consejo de los Doscientos, cambió de máximas y cayó en ridículo después de su muerte. Pero de quien más esperaba fué de Moutou, joven de gran porvenir por su talento y por su imaginación fogosa, y a quien siempre he querido, aunque su conducta hacia mí haya sido frecuentemente equívoca y esté relacionado con mis enemigos más encarnizados; no obstante ello, no puedo menos de mirarle como llamado a ser algún día el defensor de mi memoria y el vengador de su amigo. En medio de todas esas distracciones no perdí el gusto ni la costumbre de pasearme solo, y así a menudo daba paseos bastante largos por las orillas del lago, durante los cuales mi entendimiento, acostumbrado al trabajo, no permanecía ocioso. Maduraba el plan ya formado de mis Instituciones políticas, de que en breve tendré que hablar; meditaba una historia del Valais, el de una tragedia en prosa, cuyo asunto, que era nada menos que Lucrecia, me hacía esperar que aterraría a los burlones de oficio, aunque me atreviese a hacer aparecer aún a esta infortunada, cuando ya no podía presentarse en ningún teatro francés. Al mismo tiempo me ejercitaba en el estudio de Tácito, y traduje el primer libro de su historia, que se hallará entre mis papeles. Después de cuatro meses de permanencia en Ginebra, volví a París en el mes de octubre, sin pasar por Lyon, para evitar hallarme en el camino con Gauffecourt. Como me proponía no volver a Ginebra hasta la próxima primavera, durante el invierno tomé de nuevo mis costumbres y ocupaciones, de las cuales fué la principal corregir las pruebas de mi Discurso sobre la desigualdad, que me imprimía en Holanda el librero Rey, a quien había conocido en Ginebra. Como dediqué esta obra a la República, y esta dedicatoria podía no agradar al consejo, quise saber antes de volver a Ginebra el efecto que allí produciría. Éste no me fué favorable; y aquella dedicatoria, dictada por el más acendrado patriotismo, no me valió sino enemigos en el consejo y envidias en la clase media. El señor Chouet, a la sazón primer síndico, me escribió una carta atenta, pero fría, que se hallará en mis papeles, legajo A, núm. 3. Recibí algunas felicitaciones de particulares, entre éstos de Deluc y de Jalabert, y esto fué todo; pero no vi en ningún ginebrino una verdadera gratitud por el celo que respiraba esta obra. Tamaña indiferencia escandalizó a cuantos la leyeron. Me acuerdo de que un día, comiendo en Clichy en casa de la señora Dupin con Crommeliu, ministro residente de la República, y con el señor de Mayron, éste dijo en plena mesa que el consejo debía hacerme un presente y me debía honores públicos por esta obra y que se deshonraba si no lo hacia. Crommelin, que era un miserable hombrecillo, no se atrevió a responder en mi presencia, pero hizo una horrible mueca que hizo sonreír a la señora Dupin. La única ventaja que obtuve de esta obra, además de la de haber satisfecho a mi corazón, fué el título de ciudadano, que me dieron mis amigos y luego el público a ejemplo suyo, titulo que he perdido más tarde por haberlo merecido demasiado. No obstante este mal resultado no hubiera dejado de realizar mi plan de retirarme a Ginebra, si no hubiesen concurrido a disuadirme otros motivos más poderosos. La señora de Épinay, deseando construir un ala que faltaba en el castillo de la Chevrette, gastaba enormes sumas para concluirlo. Un día, habiendo yo ido a ver las obras con esta señora, prolongamos un cuarto de legua nuestro paseo, hasta donde se halla el estanque de las aguas del parque, contiguo al bosque de Montmorency, donde había una deliciosa huerta, con una casita muy destrozada, conocida con el nombre de Ermitage. Este lugar agradable y solitario me había llamado ya la atención cuando le vi por vez primera antes de mi viaje a Ginebra. En un rato de expansión se me había escapado decir: "¡Ah, señora, qué sitio tan delicioso para vivir en él! He aquí un asilo ex profeso para mí". La señora de Épinay no había parecido fijarse en mis palabras, mas en esta segunda excursión me sorprendió grandemente hallar, en vez de aquella casucha, una casita casi enteramente nueva, muy bien distribuida, y perfectamente a propósito para tres personas. La señora de Epinay habíala hecho construir en silencio y' sin gran costo, destinando para ello una parte de los materiales y de los obreros del castillo. Al ver mi sorpresa me dijo: "He aquí vuestro asilo, señor misántropo; vos la habéis escogido, y os lo ofrece la amistad; espero que os quitará la cruel idea de alejaros de mí". En mi vida creo haberme conmovido tanto ni tan dulcemente; bañé con lágrimas la bienhechora mano de mi amiga; y si desde aquel mismo instante no fuí vencido, a lo menos mí resistencia quedó muy debilitada. La señora de Epinay, que no quería sufrir un desaire, me apremió tanto, puso tantos medios en juego, se valió de tantas personas, hasta el punto de ganar a la señora Le Vasseur y a su hija, que al fin salió con la suya. Resolví, pues, y prometí vivir en el Ermitage, renunciando a ir a mi patria; y mientras esperaba que la construcción se secase, ella se cuidó de preparar el ajuar, de suerte que todo estuvo dispuesto en la próxima primavera. Una cosa contribuyó mucho a resolverme, y fué el haberse fijado Voltaire cerca de Ginebra. Conocí que este hombre causaría allí una revolución; que yo hallaría en mi patria el tono, el carácter y las costumbres que me hacían huir de los parisienses; que me vería obligado a batallar sin tregua y no tenía otra alternativa que parecer por mi conducta un pedante insoportable o un cobarde y un mal ciudadano. La carta que me escribió Voltaire sobre mi última obra me permitió insinuar estos temores en mi respuesta, temores que confirmó el efecto que produjo. Desde entonces tuve a Ginebra por perdida y no me equivoqué. Quizá hubiera debido ir a desafiar de frente la tempestad, si me hubiese sentido bastante fuerte. Pero ¿qué habría hecho yo solo, tímido, sin saber hablar, contra un hombre arrogante, opulento, sustentado con el apoyo de los grandes, dotado de una brillante locuacidad, y siendo ya el ídolo de las mujeres y de los jóvenes? Temía exponer inútilmente mi valor y sólo escuché mi natural pacífico y mi amor por la tranquilidad, que si me engañó entonces, hoy día en este punto me engaña todavía. Retirándome a Ginebra hubiera podido evitarme grandes desdichas, pero mucho dudo que con todo mi ardiente y patriótico celo hubiese podido hacer nada útil y grande para mi país. Tronchín, que por aquel tiempo fué a establecerse en Ginebra, volvió poco después a París, haciendo el charlatán y llevándose mucho oro. A su llegada vino a yerme con el caballero Jaucourt. La señora de Épinay deseaba ardientemente consultarle en privado, pero era difícil conseguirlo; acudió a mí; conseguí que Tronchin fuese a verla, y así, bajo mis auspicios, comenzaron una amistad que estrecharon a expensas mías. Tal ha sido siempre mi destino: tan pronto como he puesto en relaciones a dos amigos que lo fuesen míos separadamente, no han dejado nunca de unirse en contra mía. Aunque en el complot que formaron desde entonces los Tronchín para esclavizar a su patria, debían todos aborrecerme mortalmente, sin embargo el doctor continuó manifestándome benevolencia durante mucho tiempo, de modo que después de su regreso a Ginebra me escribía proponiéndome el empleo de bibliotecario honorario. Mas yo estaba ya resuelto, y esta oferta no me hizo vacilar. Por este tiempo volví a entrar en casa del barón de Holbach con motivo de la muerte de su mujer, acaecida, así como la de la señora de Francueil, durante mi estancia en Ginebra. Al particípármela Diderot me habló de la aflicción del marido; su dolor conmovió mi corazón, yo mismo lo experimenté por la pérdida de aquella amable mujer, y con este motivo escribí una carta al señor de Holbach. Este triste acontecimiento me hizo olvidar todos los motivos de queja que tenía contra él, y cuando hube vuelto de Ginebra, y él de una excursión que hizo por Francia con objeto de distraerse, con Grimm y otros amigos, fuí a verle y continué haciéndolo hasta mi salida para el Ermitage. Cuando en su círculo se supo que la señora de Épinay, a quien el barón de Holbach no visitaba aún, me preparaba una habitación, cayeron sobre mí los sarcasmos como granizo, fundados en que, necesitando el incienso y las diversiones de la ciudad, no podría permanecer allí quince días. Conociendo yo lo que valía todo esto, dejé decir y seguí mi camino. No dejó Holbach de serme útil para colocar al bueno de Le Vasseur, que tenía más de ochenta años, y cuya mujer no cesaba de suplicarme le colocara, porque le estorbaba. Se le metió en una casa de ¿andad, donde la edad y el pesar de verse lejos de su familia le llevaron al sepulcro al poco tiempo. Su mujer y sus hijos apenas le lloraron, excepto Teresa, que le amaba tiernamente, y jamás ha podido consolarse de su pérdida y de haber permitido que, estando tan próximo su fin, fuese lejos de su lado a acabar sus días. Poco más o menos por este tiempo recibí una visita inesperada, aunque era de un amigo antiguo. Hablo de mi amigo Ventura, que vino a sorprenderme una mañana cuando nada estaba tan lejos de mi pensamiento, en compañía de otro. ¡Cuán cambiado me pareció! En lugar de sus antiguas gracias, no revelaba más que la crápula, lo que me impidió ser expansivo con él. Mis ojos no eran ya los mismos o la corrupción había embrutecido su espíritu, o todo su primer brillo dependía del de la juventud, que ya no tenía. Le recibí casi con indiferencia, y nos despedimos con bastante frialdad; mas, cuando hubo partido, el recuerdo de nuestros antiguos lazos me representó tan vivamente el de mi juventud, tan dulcemente, tan discretamente consagrada a esa mujer angelical, que al presente estaba tan cambiada casi como él, las pequeñas anécdotas de aquel feliz tiempo, la novelesca jornada de Toune, pasada con tanta inocencia como placer con aquellas encantadoras niñas, cuyo único favor había sido el dejarse besar la mano y de quienes, sin embargo, conservaba recuerdos tan vivos, tan conmovedores y duraderos: todos esos maravillosos delirios de un corazón joven, que había sentido entonces con toda su fuerza y cuya época había creído perdida para siempre; todas esas tiernas reminiscencias me hicieron derramar lágrimas por mi pendida juventud y esos delirios perdidos para siempre. ¡Ah, cuánto más hubiera llorado su tardía y funesta vuelta si hubiese previsto los sufrimientos que me había de costar! Antes de abandonar a París, durante el invierno que precedió a mi retiro, tuve un placer muy conforme con mis sentimientos, y lo gocé en toda su pureza. Palissot, académico de Nancy, conocido por algunos dramas, acababa de presentar uno en Luneville ante el rey de Polonia y, creyendo probablemente hacer la corte por medio de la comedia, puso en este drama un hombre que había osado medirse con el rey con la pluma en la mano. Estanislao, que era un hombre generoso y no le gustaba la sátira, se indignó de que se atreviese a personalizar así en presencia suya. El señor conde de Tressan, por orden del príncipe, escribió a D'Alembert y a mí participándonos que Su Majestad tenía el intento de que Palissot fuese echado de su academia. Mi respuesta fué rogar vivamente al señor de Tressan que intercediera con el rey de Polonia a fin de obtener gracia para el señor Palissot. Se le concedió la gracia, y al participármelo en nombre del rey, me dijo que este hecho se consignaría en los registros de la Academia. Yo repliqué entonces que esto era más bien perpetuar un castigo que conceder una gracia. En fin, a fuerza de instancias, obtuve que no se mencionara nada en los registros. ni quedara rastro alguno público de este asunto. Todo ello fué acompañado así por parte del rey como del señor de Tressan de testimonios de aprecio y de consideración que me halagaron en extremo; y en esta ocasión observé que el aprecio de los hombres que lo merecen produce un sentimiento mucho más noble y dulce que el de la vanidad. En la colección he incluido copias de las cartas del señor de Tressan con mis respuestas y los originales se encontrarán en el legajo A, números 9, l0 y 11. Bien comprendo que si algún día estas Memorias salen a luz, yo mismo perpetúo aquí el recuerdo de un hecho del cual hubiera querido no quedase rastro alguno; pero muchos otros refiero bien a mi pesar. El gran objeto de mi tarea, siempre presente a mi entendimiento, el indispensable deber de llenarlo en toda su extensión, no me dejarán desistir por otras consideraciones menores que me apartarían del fin que me propongo. En la singular situación en que me encuentro, debo demasiado a la verdad para que pueda deber más a otro cualquiera. Para conocerme bien es necesario yerme en todas las fases de mi vida, buenas y malas. Mis confesiones están necesariamente enlazadas con las de muchas personas; yo hago unas y otras con igual franqueza en todo lo que se refiere a mi, no creyendo deber a nadie más atenciones que las que guardo a mí mismo, y, sin embargo, todavía guardo muchas más. Quiero ser siempre justo y verídico, decir de los demás lo bueno en cuanto me sea posible, no decir jamás lo malo sino en cuanto a mí me atañe, y me vea obligado a ello. ¿Quién tiene derecho a exigir otra cosa de mí en el estado a que me han reducido? N