libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. No pude soportar la leche, y me vi obligado a dejarla. Entonces estaba de moda el aplicar el agua para todo remedio; me dediqué al agua con tan poca discreción que por poco me cura, no de mis dolencias, sino de la vida. Cada mañana al levantarme me iba a la fuente con una gran copa y bebía sucesivamente, paseándome, hasta un par de botellas. Dejé enteramente el vino en mis comidas. El agua que bebía era algo cruda y de difícil digestión, como lo son la mayor parte de las aguas de montaña. En una palabra, lo hice tan bien, que en menos de dos meses me eché a perder completamente el estómago, que había conservado muy bueno hasta entonces. No pudiendo digerir, comprendí que no había ya que esperar mi curación. Por este mismo tiempo, me ocurrió un accidente tan singular por sí mismo como por sus consecuencias, que durarán mientras viva. Una mañana, sin estar más enfermo que de costumbre, levantando una pequeña mesa sobre su pie, experimenté en todo mi cuerpo una revolución súbita y casi inconcebible; con nada puedo compararla mejor que con una especie de tempestad que se levantó en mi sangre y recorrió en un solo instante todos mis miembros. Mis arterias latían con tanta fuerza, que no solamente sentía sus sacudidas sino que hasta las oía, sobre todo las de las carótidas. A esto se unió un gran ruido en los oídos, ruido que era triple o mejor cuádruple, a saber: un zumbido grave y sordo; un murmullo más claro, como de agua corriente; un silbido muy agudo, y la agitación arriba mencionada, cuyas pulsaciones podía contar fácilmente sin tocarme el pulso ni el cuerpo con las manos. Este ruido interior era tan grande que me quitó la delicadeza de oído que antes tenía y me dejó, no enteramente sordo, pero sí con una dureza que la conservo desde aquel entonces. Júzguese de mi sorpresa y mi espanto. Me creía muerto: me metí en cama; se llamó al médico; le referí el hecho estremeciéndome, y pensando que no tenía cura. Yo creo que él fué de igual parecer; no obstante desempeñó su papel. Me endilgó una serie de razonamientos, de que no entendí palabra; luego, en consecuencia de su sublime teoría, empezó in anima vili la cura experimental que le plugo ensayar. Pero era tan penosa, tan desagradable, y obraba tan poco, que me cansé pronto, y al cabo de algunas semanas, viendo que no mejoraba ni empeoraba, abandoné el lecho, volviendo a la vida ordinaria con la agitación de mis arterias y mis zumbidos, que desde aquella fecha, es decir, desde hace treinta años, no me han dejado un solo instante. Hasta entonces había sido muy dormilón. La completa privación del sueño, que se agregó a todos aquellos síntomas y que hasta ahora los ha acompañado constantemente, acabó de persuadirme de que me quedaba poco tiempo que vivir y esta persuasión me tranquilizó por algún tiempo respecto al cuidado de curarme. No pudiendo prolongar mi existencia, resolví sacar todo el partido posible de la poca vida que me quedaba, lo que, por un singular favor de la Naturaleza, me era posible, y, a pesar de hallarme en tan fatal estado, no sufría los dolores que parece debía acarrearme. Me sentí importuno y molestado por este ruido: no iba acompañado de ninguna otra incomodidad habitual más que del insomnio y a todas horas de una respiración corta que no llegaba al asma y no se dejaba sentir sino cuando yo corría o me agitaba demasiado. Este accidente, que debía matar mi cuerpo, no mató más que mis pasiones y cada día bendigo al Cielo por el efecto excelente que en mi espíritu produjo. Puede decirse muy bien que no empecé a vivir hasta que me tuve por muerto. Dando a las cosas, que iba a dejar, su verdadero valor, comencé a ocuparme de otras más elevadas como anticipándome a las que habrían de ocuparme enseguida y que hasta entonces había descuidado. Con frecuencia había disfrazado la religión a mi manera, pero sin dejar de tener alguna; así, me costó menos volver a esta materia, tan triste para mucha gente, como dulce para el que hace de ella un objeto de esperanza y de consuelo. Mamá en esta ocasión me fué mucho más útil que todos los teólogos. Ella, que nunca dejaba de sistematizar, no había dejado de hacerlo con la religión, y su sistema estaba compuesto de ideas incoherentes, unas sanísimas, otras muy locas, y de sentimientos relativos a su carácter y preocupaciones hijas de su educación. En general los creyentes se hacen un Dios a su imagen y semejanza; los buenos, bueno; los malos, malo; los beatos, rencorosos y biliosos; como ellos quisieran condenar a todo el mundo, no ven más que el infierno, en que apenas creen las almas dulces y amantes; y una de las cosas que menos puedo explicarme es ver al bondadoso Fenelón hablar de él en su Telémaco, cual si creyera de veras; pero confío en que mintió entonces, porque al fin, por muy verídico que uno sea, siendo obispo, es necesario que mienta alguna vez. Mamá no mentía conmigo, y aquella alma sin hiel que era incapaz de concebir un Dios vengativo y siempre airado, sólo veía clemencia y misericordia donde los devotos no descubren más que justicia y castigo. A menudo decía que Dios no sería justo, si obrara justamente con nosotros; pues, no habiéndonos dado lo necesario para serlo, exigiría que le devolviésemos más de lo que nos había dado. Lo más singular es que, sin creer en el infierno, no dejaba de creer en el purgatorio. Esto procedía de que no sabía qué hacerse de las almas de los malos, no pudiendo condenarlas ni colocarlas entre las de los buenos hasta que lo fuesen; preciso es convenir en que efectivamente, así en este mundo como en el otro, los malos son siempre un gran estorbo. Otra rareza: como se ve, toda la doctrina del pecado original y de la redención queda destruida con este sistema; conmueve la base del cristianismo vulgar, y por lo menos con ella el catolicismo no puede subsistir. Sin embargo, mamá era buena católica o pretendía serlo, y es bien seguro que lo pretendía de buena fe. Le parecía que se interpretaban las Escrituras demasiado literal y duramente. Todo lo que en ellas se lee de los tormentos eternos le parecía conminatorio o figurado. La muerte de Jesucristo era para ella un ejemplo de caridad, verdaderamente divino, para enseñar a los hombres a amar a Dios y a sus semejantes. En una palabra, fiel a la religión que había abrazado, admitía de ella sinceramente toda la profesión de fe; mas, descendiendo a pormenores, se descubría que sus creencias divergían mucho de las de la Iglesia, a la que, sin embargo, se sometía. En esta materia tenía una sencillez de corazón, una franqueza más elocuente que todos los ergotismos y que frecuentemente ponía en aprietos a su confesor; pues ella nada le ocultaba. "Yo soy, le decía, buena católica y quiero serlo siempre; adopto con todas mis fuerzas las decisiones de la Santa Madre Iglesia; no soy dueña de mi fe, pero lo soy de mi voluntad; la someto sin reserva y quiero creerlo todo; ¿qué más exigís de mí?" Aunque no hubiese habido moral cristiana, opino que ella la habría seguido; de tal modo se acomodaba ésta a su carácter. Practicaba cuanto estaba prescrito, pero, caso que no lo hubiese estado, su conducta habría sido la misma. En las cosas indiferentes le era agradable obedecer; y, si no le hubiera estado permitido y hasta prescrito comer carne, habría ayunado a solas con Dios y su conciencia sin que la prudencia hubiese intervenido para nada. Mas toda esta moral estaba subordinada a los principios del señor de Tavel, o más bien, ella pretendía no ver en la suya nada contradictorio. Se hubiera acostado con veinte hombres cada día con la conciencia tranquila, y sin sentir más escrúpulo que deseos. Sé perfectamente que muchas devotas tampoco son en esto muy escrupulosas; mas la diferencia está en que a éstas las seducen las pasiones, y a ella sus sofismas. En las conversaciones más patéticas, y me atrevo a decir más edificantes, tocó este punto sin cambiar de tono ni de expresión y sin creer contradecirse ella misma. En caso necesario, hubiera dejado la conversación para pasar al hecho, y luego la hubiera seguido con la serenidad de antes; tan íntimamente estaba convencida de que todo eso no era más que máxima de buen orden social, que toda persona sensata podía interpretar y aplicar o no, según las circunstancias, sin el menor riesgo de ofender a Dios. Aunque en este punto yo no era a buen seguro de su parecer, confieso que no me atrevía a replicarle, porque me avergonzaba el papel poco galante que hubiera debido hacer para ello. Hubiera procurado con gusto establecer la regla para los demás, procurando descartarme; pero, además de que su temperamento era bastante para evitar el abuso de sus principios, sé muy bien que no era mujer a propósito para admitir la permuta, y que reclamar la excepción para mí era dejársela para todos los que quisiesen. Por otra parte, cuento aquí accidentalmente esta inconsecuencia entre las demás, aunque produjo poco efecto en su conducta y entonces no produjo ninguno; mas he prometido exponer fielmente sus principios, y quiero cumplir esta promesa. Volvamos de nuevo a mí. Hallando en ella todas las máximas que necesitaba para poner mi alma a cubierto de los terrores de la muerte y de sus efectos, me sumergía con seguridad en este piélago de confianza. Me entregaba a ella más que nunca; hubiera querido trasladarle toda mi vida, que sentía próxima a abandonarme. De esta superabundancia de afecto hacia ella, de la persuasión de que me quedaba poco tiempo de vida, de la profunda seguridad en mi futura suerte, resultaba un estado habitual muy tranquilo y hasta sensual; pues, apagando todas las pasiones que prolongan nuestros temores y nuestras esperanzas, me permitía gozar, sin inquietudes ni recelos, de los escasos días que me quedaban. Una cosa contribuía a hacerlos más agradables, y era el deseo de alimentar su gusto por el campo por medio de todas las diversiones que me era posible acumular. Haciéndole amar su jardín, sus crías de animales domésticos, sus palomas, sus vacas, yo mismo me aficionaba a todo esto; y estas ligeras ocupaciones, que me entretenían todo el día sin turbar mi tranquilidad me valieron más que la leche y más que todos los remedios para conservar mi pobre máquina y aun restablecerla en lo posible. Las vendimias, la recolección de los frutos, nos divirtieron el resto de ese año y nos aficionaron más y más a la vida rústica en medio de las buenas gentes que nos rodeaban- Vimos con dolor aproximarse el invierno y regresamos a la ciudad, como si fuera un destierro; y más aún, como aquel que, no esperando ver la primavera, creía despedirse de las Charmettes para siempre, las abandoné no sin besar la tierra y los árboles y sin volverme varias veces al marcharnos. Habiendo dejado mis alumnas desde mucho tiempo, y perdido el gusto de las diversiones y reuniones de la ciudad, ya no salía de casa, ni veía a nadie, exceptuando a mamá y al señor Salomón, que desde hacía poco era su médico y el mío; hombre honrado y de ingenio, gran cartesiano, que hablaba bastante bien del sistema del mundo y cuyas gratas e instructivas conversaciones me fueron más provechosas que todas sus recetas. Jamás he podido tolerar ese cúmulo insignificante y tonto de las conversaciones ordinarias; mas las útiles y sólidas siempre me han causado un gran placer y nunca las he rehusado. Me aficioné a las del señor Salomón; me parecía que hablando con él me anticipaba a los profundos conocimientos que iba a adquirir mi espíritu cuando hubiese roto sus trabas. El placer que me proporcionaba se hizo extensivo a los asuntos de que trataba, y empecé a buscar los libros que podían ayudarme a comprenderle mejor. Los que unían la devoción a la ciencia eran los que más me convenían: tales eran particularmente los del Oratorio y de Port-Royal. Me entregué a su lectura con inaudito afán. Vínome a las manos uno del padre Lamy intitulado Conversaciones sobre las ciencias, que era una especie de introducción al estudio de los libros que tratan de ellas; lo leí y releí muchas veces, resolviendo tomarlo por mi guía. En fin, me sentí arrastrado poco a poco a pesar de mi estado, o mejor, a causa de mi estado, al estudio con una fuerza irresistible; y, creyendo que cada día era el último de mi vida, estudiaba con tanto ardor como si me hubiese creído inmortal. Decían que esto me dañaba; yo creo que me hizo bien, y no solamente a mi espíritu sino también a mi cuerpo; porque esta aplicación, que degeneró en pasión, me fué tan deliciosa que, no pensando más en mis males, me torturaban mucho menos. Es, sin embargo, muy cierto que nada me producía un alivio real; pero, no sintiendo dolores vivos, me acostumbré a languidecer, a no dormir, a meditar en vez de obrar y, en fin, a ver la decadencia sucesiva y lenta de mi organismo, que sólo podía contener la muerte. Esta opinión no sólo me libró de todos los vanos cuidados de la vida sino de la molestia de los remedios a que hasta entonces me habían sometido a mi pesar. Salomón, convencido de que sus drogas eran ineficaces para salvarme, me ahorró la obligación de tragarlas y se contentó con mitigar el dolor de mi pobre mamá dándome algunas de esas recetas indiferentes que engañan la esperanza del enfermo, manteniendo el crédito del médico. Abandoné el estrecho régimen; volví a usar el vino y todo el método de vida de un hombre lleno de salud, según la medida de mis fuerzas, sobrio en todo, mas sin abstenerme de nada. Hasta salí de casa y reanudé mis relaciones, sobre todo las que me unían con el señor de Conzié, cuyo trato hallaba sumamente agradable. En fin, sea que me pareciese conveniente estudiar hasta mi última hora, sea que se ocultase en el fondo de mi corazón un resto de esperanza de vivir, la perspectiva de la muerte, lejos de entibiar mi afición al estudio, parecía animarlo; y me apresuraba a adquirir algunos conocimientos para el otro mundo, como si hubiese creído que no tendría en él más que lo que de éste me hubiese llevado. Me aficioné a la tienda de un librero llamado Bouchard, en que se reunían algunos literatos, y al aproximarse la primavera, que no creía volver a ver, me proveí de algunos libros para leer en las Charmettes, en el caso de que tuviese la dicha de pasar allí otra temporada. Se realizó este deseo y lo aproveché cuanto pude. El placer con que vi apuntar las primeras yemas es inexplicable: ver la nueva primavera era para mi resucitar en el paraíso. No bien comenzaron a fundirse las nieves, abandonamos nuestro calabozo y llegamos a las Charmettes a tiempo para gozar las primicias del ruiseñor. Desde aquel momento ya no pensé en morir; y realmente es muy extraño que jamás haya sufrido enfermedades graves en el campo. He padecido mucho en él, pero nunca me he visto obligado a guardar cama. Con frecuencia, sintiéndome más enfermo que de ordinario, he dicho: "Cuando me veáis próximo a la muerte, llevadme a la sombra de una encina; os prometo revivir". Aunque me hallaba débil, desempeñé de nuevo mis funciones campestres, pero en proporción a mis fuerzas. Sentí vivamente no poder cuidar el jardín yo solo; mas cuando había dado seis golpes con la azada, quedaba sin aliento, me inundaba el sudor y no podía más. Cuando me inclinaba, las pulsaciones de mi sangre se redoblaban y me subían a la cabeza con tanta violencia, que me obligaba a enderezarme rápidamente. Limitado a cuidados menos fatigosos, me dediqué, entre otros, al del palomar, y me encariñé con él de tal suerte, que hubo días que me entretuvo largas horas sin sentirlo. La paloma es muy tímida y difícil de domesticar; sin embargo, logré inspirar a las mías una confianza tan grande, que me seguían por todas partes y se dejaban coger sin ningún temor. Lo mismo era salir al jardín o al corral, que volaban a posárseme das o tres en los brazos y en la cabeza, llegando al extremo de que, a pesar de lo mucho que me divertía este cortejo, me llegó a ser tan molesto que me vi obligado a enfriar esa familiaridad. Siempre he gustado en gran manera de amansar a los animales, especialmente los tímidos y salvajes. Me parecía encantador infundirles una confianza, que no fué burlada por mí. Quería que me amasen con libertad. Dije que me había llevado algunos libros; me serví de ellos, pero de tal suerte que antes contribuían a anonadarme que a instruirme. La errónea idea que tenía de las cosas me inducía a creer que, para leer un libro con provecho, era necesario poseer todos los conocimientos que el mismo suponía, bien lejos de sospechar que con frecuencia carecía de ellos el mismo autor, quien iba a buscarlos en otros libros a medida que los necesitaba. Con esta falsa idea, me veía obligado a detenerme a cada instante para recorrer incesantemente uno y otro libro; y a veces, antes de llegar a las diez páginas del que quería estudiar, hubiera tenido que apurar bibliotecas enteras. Sin embargo, me obstiné de tal modo en seguir este extravagante método, que perdí en ello mucho tiempo, y por poco me embrollo de tal suerte, que me inutilizara para comprender ni saber nada. Afortunadamente eché de ver que andaba por mal camino y que me extraviaba en un laberinto inmenso, de donde me salí antes de perderme por completo. Por poco apego que se tenga a las ciencias, lo primero que se experimenta al dedicarse a ellas es su enlace, que hace que se atraigan mutuamente, se ayuden y se aclaren, y que una no pueda subsistir sin la otra. Aunque la inteligencia humana no baste para abarcarlas todas y sea siempre preciso dedicarse a una con preferencia a las demás, si se carece de nociones de las otras, aun en la preferida se halla uno con frecuencia a oscuras. Yo conocía que lo que había emprendido era bueno y útil en sí mismo y que sólo debía cambiar de método. Tomando por de pronto la Enciclopedia, la iba distribuyendo por sus distintas ramas; y vi que era mejor hacer todo lo contrario; esto es, tomarlas por separado y elevarse en cada una separadamente hasta el punto de concurrencia. Así vine a parar a la síntesis común; mas como hombre que sabe lo que hace. La meditación en este punto reemplazaba en mí los conocimientos, y una reflexión muy natural me ayudaba a encaminarme bien. Sea que viviese o que muriese, no tenía tiempo que perder. No saber nada a la edad cercana a los veinticinco años, y querer aprenderlo todo, es obligarse a aprovechar mucho el tiempo. Ignorando en qué punto podía detener mi celo la suerte o la muerte, me proponía a todo trance adquirir ideas sobre todas las cosas, así para sondear mis inclinaciones naturales, como para juzgar por mí mismo cuál de ellas merecía mejor ser cultivada. De la ejecución de este plan saqué otra ventaja que no había esperado, y fué la de aprovechar mucho el tiempo. Preciso es que yo no haya nacido para el estudio, porque una atención continuada me fatiga de tal modo, que me es imposible ocuparme con actividad durante media hora sin interrupción de una misma cosa, sobre todo siguiendo ideas ajenas; pues algunas veces me ha sucedido que, a pesar de detenerme mayor tiempo en las mías, he logrado un resultado favorable. Cuando me he fijado en algunas páginas de un autor que debe ser leído con atención, mi espíritu le abandona y se cierne en los espacios. Si me obstino, me fatigo inútilmente, se agotan mis fuerzas y nada veo; pero cuando se suceden asuntos diferentes, aun sin interrupción, uno me hace descansar del otro, y sin necesidad de descanso sigo más fácilmente. En mi plan de estudio me valí de esta observación, y lo varié de tal manera, que trabajaba todo el día sin fatigarme jamás. Cierto es que los cuidados domésticos y campestres hacían el papel de muy útiles diversiones; mas en mi creciente fervor, hallé en breve el medio de cercenar el tiempo de éstas para aumentar el del estudio y ocuparme en dos cosas a la vez sin pensar que se perjudicaban mutuamente. En el relato de tantos detalles que a mí me halagan y con los que frecuentemente canso al lector, uso, sin embargo, una discreción que éste no sospecharía si yo no cuidara de advertirle de ella. Ahora, por ejemplo, me acuerdo con fruición de todos los diferentes ensayos que hice para distribuir el tiempo de modo que me produjese a la vez tanta utilidad como deleite; y bien puede decirse que aquel tiempo en que viví retirado y siempre enfermo, ha sido aquel en que estuve menos ocioso y menos aburrido. Dos o tres meses pasaron así tanteando la inclinación de mi espíritu y gozando, en la mejor estación del año y en un lugar que la primavera convertía en un jardín encantado, de las delicias de la vida, cuyo valor tan bien experimentaba, de las de una compañía tan libre como dulce, si puede darse semejante nombre a una unión tan perfecta, y del placer de los bellos conocimientos que me proponía adquirir; pues para mi era como si ya los poseyese, o mejor dicho, era más todavía, porque el gusto de aprender entraba por mucho en mi felicidad. Es necesario pasar por alto todos estos ensayos, que para mí eran goces, pero harto simples para poder explicarse. Hay más: el verdadero placer no se describe; sólo se siente, y tanto más cuanto menos puede describirse, porque no resulta de un conjunto de hechos sino de un estado permanente. Incurro en frecuentes repeticiones, pero incurriría en muchas más si dijera una cosa tantas veces como se me ocurre. He aquí poco más o menos la distribución del tiempo, cuando por fin mí método de vida, a menudo modificado, comenzó a seguir un curso uniforme. Todos los días me levantaba al amanecer; por un vergel vecino subía a un hermoso camino, que se extendía por encima de la viña y seguía la cuesta hasta Chambéry. Allí, mientras me paseaba, hacia mi oración, que no consistía en balbucear algunas vanas palabras sino en una sincera elevación de espíritu hacia el autor de esa admirable Naturaleza, cuyas bellezas se desplegaban ante mis ojos. Nunca me ha gustado hacer mis oraciones en una habitación; me parece que las paredes y todas esas pequeñas obras del hombre se interponen entre Dios y yo. Me gusta contemplarle en sus obras, mientras mi corazón se eleva hasta Él, Mis preces eran puras y por lo tanto dignas de ser escuchadas; no pedía9 para mí y para aquella de quien en mis aspiraciones jamás me separaba, más que una vida inocente y tranquila, exenta de vicio, de dolores, de penosas necesidades; la muerte de los justos y su suerte en la posteridad. Por lo demás, este acto consistía más en admiración y contemplación que en súplicas; y no ignoraba que el mejor medio de obtener del Dispensador de los verdaderos bienes los que nos son necesarios es, más que pedirlos, merecerlos. Al volver, daba un rodeo bastante largo, embebido en considerar con interés y voluptuosidad los objetos campestres que me rodeaban, únicos que jamás fatigan los ojos ni el corazón. De lejos observaba si mamá estaba levantada; cuando vela abiertas las maderas de su ventana, me estremecía de gozo y acudía volando; si estaba cerrada, entraba en el jardín, esperando que despertase. Entreteniéndome en repasar lo que había aprendido la víspera o bien trabajando en el jardín. Así que se abría la ventana, iba a abrazarla en su lecho, a menudo medio dormida; y este abrazo, tan puro como tierno, hacía brotar de su misma inocencia un encanto que nunca va unido a la voluptuosidad de los sentidos. Nos desayunábamos de ordinario tomando café con leche. Era la hora del día en que estábamos más tranquilos, en que hablábamos con más desahogo. Estas conferencias, por lo regular largas, me han dejado una viva afición a los desayunos; y prefiero infinitamente la costumbre de Inglaterra y de Suiza, en que se reúnen todos para el desayuno, a la de Francia, en donde cada cual se desayuna solo en su cuarto y aun con más frecuencia no se desayuna. Después de una o dos horas de conversación, me iba a mis libros hasta la hora de comer. Empezaba por alguno de filosofía, como la Lógica de Port-Royal, el Ensayo de Locke, Malebranche, Leibnitz, Descartes, etc. Pronto eché de ver que todos estos autores estaban en perpetua contradicción entre sí y formé el quimérico proyecto de concertarlos, proyecto que me fatigó mucho y me hizo perder bastante tiempo. Me llenaba de confusión la cabeza y no adelantaba nada. También renuncié a este método y adopté otro infinitamente mejor, al que atribuyo cuantos progresos puedo haber hecho, a pesar de mi escasa capacidad; porque es muy cierto que siempre he tenido muy poca para el estudio. Al leer cada autor, me impuse la obligación de seguir el curso de sus ideas sin mezclar en ello las mías ni las de otro alguno y sin discutir con él. Decía para mi: Empecemos por formar un almacén de ideas, verdaderas o falsas, pero claras, hasta tanto que mi cabeza posea datos suficientes para comparar y escoger. Ya sé que este método no está exento de defectos, pero me ha producido buen resultado para mi objeto que era instruirme. Al cabo de algunos años empleados en no pensar más que en amoldarme a las ideas de otros sin reflexionar, por decirlo así, y casi sin raciocinar, me encontré con un fondo de conocimientos harto considerable para bastarme a mí mismo y meditar sin auxilio ajeno. Desde entonces, cuando los viajes y los quehaceres me han quitado los medios de consultar los libros, me he entretenido en repasar y comparar lo que había leído, en pesar cada cosa con la balanza de la razón y a veces en juzgar a mis maestros. Por haber comenzado tarde a ejercitar mi raciocinio, no he notado que hubiese perdido su vigor; y cuando he dado a luz mis propias ideas, nadie me ha acusado de senil discípulo y de jurar in verba magistri. De aquí pasé a la geometría elemental, porque nunca he ido más allá, obstinándome en vencer mi falta de memoria a fuerza de volver cien y cien veces atrás y empezar de nuevo sin cesar la misma marcha. No me gustó la de Euclides, quien más bien busca el encadenamiento de las demostraciones que la trabazón de las ideas; preferí la del padre Lamy, que desde entonces fué uno de mis autores favoritos y cuyas obras siempre leo con gusto. Siguió el álgebra y continuó siendo mi guía el padre Lamy; cuando me hallé más adelantado tomé La ciencia del cálculo del padre Reynault, luego su Análisis demostrado, que no hice más que hojear. Nunca he estado a bastante altura para conocer en toda su extensión la aplicación del álgebra a la geometría. Era poco amigo de ese método que tienen algunos de operar sin ver lo que se hace; y me parecía que resolver un problema de geometría por medio de ecuaciones era tocar una sonata dando vueltas a un manubrio. La primera vez que encontré por medio del cálculo que el cuadrado de un binomio estaba compuesto del cuadrado de cada una de sus partes y del doble producto de la una por la otra, a pesar de la exactitud de la multiplicación, no quise creerlo hasta que hube construido la figura. Y no es que me agradase en extremo el álgebra, que no considera más que la cantidad en abstracto; mas, una vez aplicada a la extensión, quería ver las operaciones en los cuerpos, y no siendo así nada comprendía. Después de esto venía el latín. Éste era mi estudio más penoso y en el cual jamás he adelantado mucho. Al principio seguí el Método latino de Port-Royal, pero sin fruto. Aquellos versos ostrogodos me daban calentura y no podían pegarse a mi oído. Me perdía en aquel cúmulo de reglas, y al aprender la última olvidaba todo lo que le precedía. Un estudio de palabras no es conveniente para un hombre sin memoria, y precisamente para obligar la mía a desarrollarse, me empeñaba en este ejercicio: mas al fin hube de abandonarlo. Comprendía la construcción lo bastante para entender un autor fácil con ayuda del diccionario y seguí este camino, que me fué mucho mejor. Dediquéme a la traducción, no escrita sino mental, y no pasé le aquí. A fuerza de práctica he logrado leer con bastante facilidad los autores latinos, pero jamás he podido hablar ni escribir en esta lengua; cosa que me ha puesto en apuros con frecuencia cuando, sin saber cómo, me he hallado afiliado entre los literatos. Otro inconveniente, consecuencia de este modo de estudiar, es que nunca he sabido la prosodia y menos aun las reglas de la versificación; sin embargo, deseando conocer la armonía de la lengua en verso y en prosa me he esforzado en lograrlo, mas estoy convencido de que sin aquello es casi imposible. Habiendo aprendido la composición del más fácil de los versos, que es el hexámetro, tuve la paciencia de medir casi todos los pies y la cantidad; luego, cuando dudaba de sí una sílaba era larga o breve, consultaba mi Virgilio. Como se comprende, esto me hacía cometer muchos errores a causa de las licencias consentidas por las reglas de la versificación. Mas si el estudiar solo tiene sus ventajas, tiene también grandes inconvenientes y sobre todo produce un trabajo increíble. Yo sé esto mejor que nadie. Antes de mediodía dejaba los libros, y, si la comida no estaba pronta, hacía una visita a mis palomas o me entretenía en el jardín aguardando la hora. Cuando me llamaban, acudía enseguida muy contento y con gran apetito, pues es otra cosa digna de anotarse que éste nunca me falta por más enfermo que me halle. Comíamos apaciblemente, hablando de nuestros asuntos, mientras llegaba el momento que mamá pudiese empezar a comer. Dos o tres días a la semana, cuando hacia buen tiempo, íbamos a tomar el café detrás de la casa en una deliciosa glorieta cubierta de árboles, y que yo había adornado con lúpulo, donde nos recreábamos durante el calor; allí permanecíamos una hora escasa visitando nuestras legumbres, nuestras flores, y conversando sobre nuestro modo de vivir, lo cual nos hacía saborear mejor su dulzura. En el extremo del jardín tenía yo otra pequeña familia; eran las abejas. No me descuidaba, y mamá conmigo muchas veces, en ir a visitarlas; tomaba gran interés por su trabajo; me divertía grandemente viéndolas volver a la pecorea, tan hartas de néctar que apenas podían andar. Al principio, la curiosidad me hizo indiscreto y me picaron dos o tres veces, pero luego hicimos buenas relaciones y por más que me acercase no me molestaban. Cuando las colmenas estaban tan repletas que casi no quedaba espacio para los enjambres, éstos me rodeaban a veces y tenía abejas en las manos y en la cara, sin que jamás me picase ninguna. Todos los animales desconfían del hombre, no sin razón; pero, desde el momento en que tienen la seguridad de que no quiere dañarles, cobran una confianza tan grande que es preciso ser más que bárbaro para abusar de ella. Volvía luego a mis libros; pero mis ocupaciones de la tarde, más que verdadero estudio, eran pasatiempo. Jamás he podido sobrellevar un trabajo atento y sedentario después de haber comido, y en general ninguna clase de faena durante las horas de calor. Por consiguiente, me ocupaba, sin orden ni molestia, en leer sin estudiar. Lo que seguía con más exactitud era la Historia y la Geografía; y como éstas no exigían ningún esfuerzo, adelantaba cuanto lo permitía mi falta de memoria. Quise estudiar el padre Pétau, y me sumergí en las tinieblas de la cronología pero me cansé de la parte crítica, que no tiene fondo ni orillas, y me aficioné preferentemente a la exacta medida de los tiempos y al curso de los cuerpos celestes. También me habría apasionado por la Astronomía, si hubiese tenido instrumentos; pero tenía que contentarme con algunos elementos hallados en los libros y algunas observaciones verificadas con un anteojo de larga vista para conocer solamente la situación general del cielo; pues mi cortedad de vista no me permitía distinguir con bastante claridad los astros. Sobre esto me viene a las mientes una aventura, cuyo recuerdo me ha proporcionado alegres ratos. Había comprado un planisferio para estudiar las constelaciones; lo puse en un marco, y durante las noches en que el cielo estaba sereno lo colocaba sobre cuatro piquetes de mi altura de modo que el planisferio mirase hacia abajo, y, para iluminarle sin que el viento apagase la bujía, la coloqué en un cubo, en tierra entre las cuatro estacas; luego, examinando alternativamente el planisferio que tenía a la vista y los astros con el anteojo, me ejercitaba en conocer los astros y las constelaciones. Creo haber dicho que el jardín del señor Noiret tenía forma de terraza; de modo que desde el camino se veía todo lo que allí acontecía. Una noche, pasando algunos campesinos en hora algo avanzada, me vieron en un traje extraño ocupado en mi operación. La luz que se reflejaba en mi planisferio, cuyo origen quedaba oculto a sus ojos por los bordes del cubo, los cuatro palos, aquel gran papel manchado con figuras, aquel marco y el movimiento de mi anteojo que veían ir y venir, daba a todo esto un aspecto fantasmagórico que les espantó. Mi apariencia no era muy a propósito para tranquilizarles; un sombrero alicaído puesto sobre mi gorra y una bata acolchada de mamá, que ésta me obligó a ponerme, ofrecía a sus ojos la imagen de un verdadero brujo; y, como era cerca de medianoche, se figuraron que comenzaba el aquelarre. No queriendo ver más, huyeron despavoridos despertando a los vecinos para contarles su visión; y la historia se divulgó tanto, que desde el día siguiente supo todo el vecindario que en casa del señor Noiret tenía lugar un aquelarre. Ignoro lo que hubiera podido resultar de este rumor, si uno de los campesinos, testigo de mis conjuros, no hubiese ido el mismo día a lamentarse con los jesuitas, que nos visitaban, y que, sin saber de qué se trataba, por de pronto les desengañaron. Nos refirieron la historia; yo les revelé la causa y nos reímos grandemente. Sin embargo, por temor de reincidencia, resolvimos que en adelante haría mis observaciones sin luz, yendo luego a consultar el planisferio en la casa. Los que hayan leído mi magia de Venecia en las Cartas de la montaña, no me cabe duda que verán que tenía desde hacía largo tiempo gran vocación para ser hechicero. Tal era mi método de vida en las Charmettes cuando no me ocupaba de los cuidados domésticos, pues éstos eran siempre preferidos, y en los que no eran superiores a mis fuerzas trabajaba como un patán; si bien es verdad que mi extrema debilidad me dejaba en este punto casi únicamente el mérito de la buena voluntad. Por otra parte quería hacer dos cosas a la vez, y por esta razón no salía bien con ninguna. Se me puso en la cabeza adquirir memoria a la fuerza y me obstinaba en retener mucho; al efecto siempre me llevaba algún libro, que con increíble trabajo estudiaba y repasaba trabajando. No sé cómo mi tenacidad en continuar tan vanos esfuerzos no acabó por atontarme. Lo menos he aprendido veinte veces las églogas de Virgilio, de las que no sé una palabra. He perdido o truncado una multitud de libros por la costumbre que tenía de llevarme algún volumen a todas partes, al palomar, al jardín, al huerto, a la viña. Cuando algo me distraía, colocaba mi libro al pie de un árbol o sobre la cerca; luego me olvidaba de recogerlo, y me sucedió muchas veces hallarlo al cabo de quince días podrido o bien estropeado por las hormigas y los caracoles. Este furor de aprender se convirtió en una manía que me dejaba como entontecido, estando sin cesar ocupado en murmurar entre dientes alguna cosa. Leyendo con más frecuencia las obras de Port-Royal y del Oratorio me había vuelto medio jansenista, y, a pesar de toda mi confianza, su dura teología a veces me espantaba. El terror del infierno, que hasta entonces había temido muy poco, turbaba lentamente mi serenidad, y si mamá no hubiese tranquilizado mi alma, esta horrible doctrina hubiera acabado por trastornarme completamente. Mi confesor, que lo era también suyo, contribuía por su parte a mantenerme en debido lugar. Era éste el padre Hemet, jesuita, bueno y sabio anciano, cuya memoria veneraré siempre; a pesar de ser jesuita, era sencillo como un niño, y su moral, menos austera que dulce, era cabalmente la que me convenía para contrarrestar la influencia del jansenismo. Este buen hombre y su compañero, el padre Coppier, venían a menudo a visitarnos en las Charmettes, no obstante ser muy áspero el camino y asaz largo para personas de su edad. Sus visitas me hacían mucho bien, así Dios se lo premie a sus almas, pues ya eran entonces harto viejos para presumir que vivan todavía. Yo iba igualmente a verles en Chambéry; me familiaricé poco a poco con su casa, y su biblioteca estuvo a mi disposición. El recuerdo de este dichoso tiempo se enlaza con el de los jesuitas hasta el punto de hacerme amar el uno por el otro, y, aunque su doctrina me haya parecido siempre peligrosa, jamás he podido aborrecerles de corazón. Yo quisiera saber si por los corazones de los demás pasan puerilidades semejantes a las que a veces pasan por el mío. En medio de mis estudios y de la vida más inocente que darse pueda, y a pesar de cuanto me hubiesen dicho, aún me agitaba frecuentemente la idea del infierno. Preguntábame de cuando en cuando: "¿En qué estado me hallo? Si muriese en este momento, ¿sería condenado?". Según mis jansenistas no había que dudarlo; pero según mi conciencia me parecía que no. Siempre temeroso y fluctuando en esta cruel incertidumbre, para librarme de ella acudía a los medios más ridículos y por los cuales de buena gana haría encerrar a un hombre a quien viese hacer otro tanto. Un día, pensando en este triste asunto, me entretenía maquinalmente en tirar piedras a los troncos de los árboles, y esto con mi habitual destreza, es decir, sin acertar casi ninguna vez. En medio de este lindo ejercicio, tuve la feliz ocurrencia de hacerme una especie de pronóstico para calmar mis inquietudes. Dije para mí: "Voy a tirar esta piedra contra el árbol situado enfrente de mí: si le toco, será señal de salvación; si yerro, signo de condenación". Al decir esto lanzo la piedra con trémula mano y estremeciéndose horriblemente mi corazón, mas con tan buena fortuna, que di de lleno en medio del tronco, lo que ciertamente no era muy difícil, pues había tenido buen cuidado de escogerlo cercano y muy grueso. Desde entonces no he dudado más de mi salvación. No sé si al recordar este rasgo he de reírme o compadecerme a mí mismo. Felicitaos, grandes hombres, vosotros que seguramente os reís; pero no insultéis mi miseria, pues os juro que la siento perfectamente. Por lo demás, estas turbaciones, estas alarmas, quizá inseparables de las creencias religiosas, no constituían un estado permanente. Por lo común estaba bastante tranquilo, y la impresión que en mi alma producía la idea de una muerte próxima no era tanto de tristeza como de una apacible languidez, que hasta encerraba sus dulzuras. No ha mucho que he encontrado entre mis papeles viejos una especie de exhortación que yo me hacia a mí mismo, donde me felicitaba por morir a la edad en que se siente uno con bastante valor para arrostrar la muerte, y sin haber padecido grandes males de cuerpo ni de espíritu durante mi vida. ¡Cuánta razón tenía! Un presentimiento me impulsaba a temer que viviría para sufrir; parecía prever la suerte que esperaba a mi vejez. Jamás he estado tan cerca de la sabiduría como en esta feliz etapa. Sin grandes remordimientos por mi pasado, libre de cuidados por el porvenir, el sentimiento siempre dominante en mi espíritu era gozar del presente. Los devotos tienen comúnmente una pequeña sensualidad muy viva, que les consiente saborear con delicia los inocentes placeres que les son permitidos. Los mundanos se lo achacan a crimen, ignoro porqué razón; o mejor, la sé muy bien: es porque envidian a los demás el goce de los placeres sencillos, para los cuales han perdido el gusto. Éste lo tenía yo y me encantaba poder satisfacerlo con la conciencia tranquila. Mi corazón, joven todavía, se abandonaba con la alegría de un niño, o más bien, sí se me permite la frase, con una sensualidad de ángel; porque, a la verdad, esos tranquilos goces envuelven la serenidad de los del Paraíso. Comidas hechas sobre la hierba en Montañola, cenas debajo del empanado, la recolección de los frutos, las vendimias, las veladas en que agramábamos con nuestros labradores, todo esto constituía para nosotros otras tantas diversiones en que mamá disfrutaba tanto como yo mismo. Los paseos solitarios tenían un atractivo mayor todavía, porque el corazón se esparcía con más holgura. Realizamos, entre otros, uno que ha hecho época en mi memoria; un día de San Luis (nombre de mamá), salimos juntos y solos, muy temprano, después de la misa que había venido a celebrar un carmelita al amanecer en una capilla de la casa. Yo había hecho la proposición de ir a recorrer la falda de la montaña opuesta a la nuestra y que no habíamos visitado todavía. Enviamos provisiones de antemano, porque la excursión debía durar todo el día. Aunque algo gruesa y pesada, mamá no andaba con dificultad; íbamos de colina en colina y de bosque en bosque, ya expuestos a los rayos del sol, ya cobijados por la sombra, reposando de cuando en cuando y olvidándonos así horas enteras; hablando de nosotros, de nuestra unión, de la dulzura de nuestra apacible suerte y haciendo por su duración votos, que no fueron escuchados. Todo parecía coadyuvar a la felicidad de esta jornada; poco antes había llovido; no se levantaba polvo alguno y corrían los arroyos; el céfiro ligero agitaba las hojas blandamente, el aire era puro, limpio el horizonte; reinaba la serenidad en el cielo como en nuestros corazones. Comimos en casa de un campesino, acompañándonos toda su familia, que nos bendecía de corazón. ¡Cuán buenos son esos pobres saboyanos! Acabada la comida, nos colocamos a la sombra de unos frondosos árboles, donde, mientras yo recogía algunas ramas secas para hacernos el café, mamá se entretenía en herborizar entre la maleza; y con las flores del ramillete, que andando el camino había compuesto para ella, me hizo observar en su estructura mil cosas curiosas que me complacieron mucho y que debían infundirme gusto por la botánica; mas no era llegado el momento de dedicarme a ella todavía; me distraían sobrados estudios. Vino a distraerme de las flores y de las plantas una idea que me sorprendió. La disposición de espíritu en que me hallaba, cuanto habíamos dicho y hecho aquel día, cuantos objetos me habían admirado, trajeron a mí memoria la especie de sueño que había tenido en Annecy estando despierto, siete u ocho años antes, y que referí en su lugar. La conexión entre éste y la realidad era tan singular, que al pensar en ello me conmoví hasta saltárseme las lágrimas. En un rapto de ternura abracé a esta querida amiga. "Mamá-le dije apasionadamente-, este día me fué prometido mucho tiempo hace y nada veo superior a él. Gracias a vos, mi felicidad llega a su colmo; ¡ojalá no decaiga en adelante! ¡Ojalá tarde tanto en acabar como en dejar de agradarme, pues entonces no concluiría sino con mi vida". Así corrieron mis días felices y tanto más dichosos cuanto no vislumbrando nada que pudiese turbarlos, me figuraba que en efecto no habían de tener fin sino con los míos. Y no es que la causa de mis recelos hubiese cesado por completo; pero la veía tomar otro curso que yo encaminaba lo mejor que podía a objetos útiles, a fin de que en si misma encerrase su remedio. Mamá tenía una inclinación natural al campo, gusto que seguramente no se entibiaba conmigo. Poco a poco lo halló en los entretenimientos campestres; le agradaba cuidar de las tierras, y en esta materia poseía conocimientos de que hacía uso con placer. No contenta con lo que estaba anejo a la casa que habla tomado, ya arrendaba un campo, ya un prado, y en fin, aplicando su carácter emprendedor a los objetos de agricultura, en ver de permanecer ociosa en su casa, se encaminaba a ser en breve una gran agricultora. No me agradaba mucho el verla tomar tanto vuelo y me oponía cuanto me era dable, seguro de que ella siempre se vería engañada y de que su carácter liberal y pródigo conduciría a que constantemente fuera mayor el gasto que el provecho. Sin embargo, me consolaba con la idea de que éste no sería nulo y que por lo menos ayudaría a vivir. De cuanto estaba en su mano emprender, esto me parecía lo menos ruinoso, y sin esperar resultados como ella, consideraba que tenía una ocupación continua que la libraba de los negocios malos y de los estafadores. Con esta idea deseaba recobrar ardientemente toda la fuerza y la salud que me eran necesarias, a fin de velar por sus intereses, para ser el sobrestante de sus trabajadores, o su primer jornalero, y el ejercicio que esto me imponía, distrayéndome naturalmente de mis libros y de mi estado, debía mejorarlo. (1737-1 741.) Al volver Barillot de Italia, el invierno siguiente, me trajo algunos libros, entre ellos el Bontempi y la Cancha per música del padre Banchieri, que me aficionaron a la historia de la música y a las investigaciones teóricas sobre este bello arte. Barillot permaneció varios días con nosotros y, como hacía algunos meses que yo había entrado en la mayor edad, convinimos en que a la primavera siguiente me iría a Ginebra a reclamar la herencia de mi madre o por lo menos la parte que me correspondía, hasta saber qué había sido de mi hermano. Y así fué; pasé a Ginebra, adonde por su parte acudió mi padre, quien iba allí, hacía mucho tiempo, sin que nadie le molestara a pesar de no haber cumplido nunca la pena que le impusieron; mas como se apreciaba su valor y se le respetaba por su probidad, hicieron como que se había olvidado; y los magistrados, que se ocupaban del gran proyecto que salió a luz después, no querían asustar a la clase media recordándole inoportunamente su antigua parcialidad. Yo temía que se me opusieran dificultades por haber cambiado de religión, mas no fué así. Las leyes de Ginebra son en este punto menos duras que las de Berna, donde el que cambia de religión pierde, no solamente su estado, sino también sus bienes. Los míos, por tanto, no me fueron disputados, pero se encontró, no sé cómo, que quedaban reducidos a muy poca cosa. Aun cuando tuviesen la casi seguridad de que mi hermano había muerto, no existía prueba alguna jurídica; me faltaban títulos suficientes para reclamar su parte, y la dejé con gusto para ayudar a vivir a mi padre, que disfrutó de ella hasta el fin de su vida. Tan luego como fueron cumplidas las formalidades judiciales y hube recibido mi dinero, empleé una parte en libros y volé a depositar el resto a los pies de mamá. El corazón me latía de gozo durante el camino, y el momento en que le entregué este dinero me fué mil veces más grato que aquel en que lo recibí. Ella lo tomó con esa sencillez de las almas nobles que, haciendo esas cosas sin esfuerzo, las ven sin admiración. Casi todo se empleó para mi, y esto con un desprendimiento igual, empleo que hubiera sido exactamente el mismo si ella lo hubiese recibido por otro conducto. Con todo eso, mi salud no se restablecía; al contrario, decaía visiblemente; estaba pálido como un muerto y flaco como un esqueleto; la agitación de mis arterias era terrible, más frecuentes mis palpitaciones; me sentía constantemente oprimido, y en fin, caía en tanta debilidad que me costaba trabajo moverme; no podía apurar el paso sin que me dieran vértigos, era incapaz de levantar el peso más mínimo; me hallaba reducido a la inacción más atormentadora para un hombre tan inquieto como yo. Cierto es que en todo esto se mezclaba mucho flato, que es la enfermedad de las personas felices; ésta era la mía: las lágrimas que derramaba a menudo sin razón de llorar, los sobresaltos que me causaba el ruido de una hoja o de un pájaro, la falta de fijeza viviendo en la calma de la más dulce vida; todo indicaba este fastidio del bienestar, que hace, por decirlo así, desbarrar a la sensibilidad. Es tan cierto que no hemos sido hechos para ser felices acá abajo, que es fuerza que sufra el alma o el cuerpo cuando no padecen los dos y que el buen estado del uno casi siempre dañe al otro. Cuando hubiera podido gozar deliciosamente de la vida, la decadencia de mi organismo lo impedía, sin que fuese fácil acertar dónde estaba la causa de ello. En lo sucesivo, no obstante el declinar de los años y a pesar de males muy reales y muy graves, parece que mi cuerpo ha recobrado fuerzas para sentir mejor mis desgracias; y a la hora en que esto escribo, doliente y casi sexagenario, encorvado por sufrimientos de todo género, me siento para sufrir con más vigor y más vida que tuve para gozar en la flor de mi edad y en el seno de la más verdadera felicidad. Para concluir conmigo, habiendo enlazado con mis lecturas un poco de fisiología, me había entregado al estudio de la anatomía; y examinando la multitud y el juego de las piezas que componían mí máquina, se me figuraba que todo esto se me había de descomponer veinte veces cada día; lejos de extrañar hallarme moribundo, me sorprendía que viviese aún, y no podía leer la descripción de una enfermedad que no creyese ser la mía. Estoy seguro de que si no hubiese estado enfermo, hubiera enfermado con este fatal estudio. Hallando en cada enfermedad síntomas de la mía, creía tenerlas todas y contraje una más cruel de que me conceptuaba libre: el anhelo de curar; y es una enfermedad difícil de evitar cuando se leen libros de medicina. A vueltas de buscar, de reflexionar y de comparar, vine a creer que la base de mi mal era un pólipo en el corazón, y Salomón mismo pareció impresionado por semejante idea. Razonablemente, yo debía partir de esta opinión para confirmarme en mí precedente resolución. Lejos de hacerlo así, puse en juego todas las fuerzas de mi espíritu para averiguar cómo podía curarse un pólipo en el corazón, resuelto a emprender esta maravillosa cura. En un viaje que Anet había hecho a Montpellier para visitar el jardín de plantas y a su encargado, el señor Sauvages, le dijeron que el señor Fizes había curado un pólipo semejante. Mamá se acordó y me habló de ello. No necesité más para alentar el deseo de ir a consultar al señor Fizes. La esperanza de curar me infundió valor y fuerzas para emprender este viaje, para lo cual nos sirvió el dinero de Ginebra. Mamá, lejos de disuadirme, me animó; y heme aquí en camino a Montpellier. No tuve necesidad de ir tan lejos para encontrar el médico que me interesaba. El caballo me fatigaba demasiado y había tomado una silla en Grenoble. En Moirans llegaron detrás de mi cinco o seis sillas más. Esto era verdaderamente la aventura de las angarillas. La mayor parte de esas sillas eran el cortejo de una recién casada llamada la señora de Colombier. Iba con ella otra mujer llamada de Larnage, menos joven y bella, pero no menos amable, y que desde Romans, donde ésta se detenía, debía proseguir su camino hasta la villa de Saint-Andiol, junto a Pont-Saint-Esprit. Con mi timidez, ya se deja comprender que no trabé enseguida conocimiento con mujeres de distinción y con el séquito que las rodeaba; pero fuí siguiendo el mismo camino, parando en las mismas posadas, y, como so pena de sentar plaza de hurón, estaba obligado a presentarme en la misma mesa, era forzoso que trabásemos relaciones. Así sucedió, y aun más pronto de lo que hubiera querido; porque aquel barullo convenía poco a un enfermo, y sobre todo a un enfermo de mi genio. Mas la curiosidad hace a esas picaras tan insinuantes, que para conocer a un hombre comienzan por encapricharle. Así me sucedió. La señora de Colombier, por demás asediada de sus mequetrefes, apenas tenía tiempo para dedicarme su atención, y por otra parte tampoco valía la pena, puesto que íbamos a separarnos; mas la de Larnage, menos importunada, debía procurarse compañía para el resto del camino; he aquí que me toma por su cuenta y, adiós, pobre Juan Jacobo, o mejor, adiós fiebre, flato y pólipo; a su lado desapareció todo, a excepción de ciertas palpitaciones que me quedaron y de que seguramente no quería curarme. El mal estado de mi salud fué el primer motivo de nuestro conocimiento. Bien se echaba de ver que estaba enfermo; era sabido que me dirigía a Montpellier; preciso es que mi semblante y mis maneras no anunciasen un disoluto, pues claramente se echó luego de ver que no se había sospechado que fuese allá con el objeto de tomar las fumigaciones. Aunque el estado de enfermedad no sea para un hombre una gran recomendación para con las mujeres, me hizo, sin embargo, interesante a los ojos de éstas. Por la mañana enviaban a preguntar por mi salud y se informaban de cómo había pasado la noche. Una vez, según mi loable costumbre de hablar sin pensar, respondí que no lo sabía. Esta respuesta les hizo creer que estaba loco, y me examinaron más, examen que no me dañó seguramente. En una ocasión oí que la señora de Colombier decía a su amiga: "Le falta mundo, pero es amable". Esto me tranquilizó mucho y me hizo serlo en efecto. Familiarizándose, preciso era hablar de mi mismo, decir de dónde venía, quién era. Esto me molestaba, pues conocía muy bien que entre personas distinguidas, como entre meretrices, la palabra neófito iba a aplastarme. No sé por qué extravagancia se me ocurrió pasar por inglés; me di por jacobita; y me tomaron por tal; me llamé Dudding, y me llamaron señor Dudding. Un maldito marqués de Torignan, que estaba enfermo como yo, viejo por añadidura, y de bastante mal humor, se le antojó trabar conversación con el señor Dudding. Me habló del rey Jacobo, del pretendiente, de la antigua corte de Saint-Germain. Yo estaba sobre ascuas; no sabía de todo esto más que lo poco que habla leído en Hamilton y en las gacetas; sin embargo, utilicé tan bien este poco, que salí del paso; por fortuna no se le ocurrió hacerme preguntas acerca de la lengua inglesa, de que no sabía una palabra. Toda la compañía fraternizaba y veía con sentimiento el instante de separarse, así es que hicimos jornadas de tortuga. Hallándonos un domingo en San Marcelino, la señora de Larnage quiso ir a misa, yo fui con ella, y esto por poco me pone en un conflicto. Yo me conduje como siempre, y por mi continente modesto y recogido, me creyó devoto, y formó de mí la peor opinión del mundo, según me lo confesó dos días después. Mucha galantería hube de usar después para borrar esta mala impresión; o más bien la señora de Larnage, como mujer de experiencia y que no se desalentaba fácilmente, quiso correr el riesgo de ser la primera en insinuarme para ver cómo saldría yo del paso. De tal modo se insinuó, que, bien lejos de presumir por mi figura, creí que se burlaba de mí. Con esta loca idea no hubo tontería que no hiciese; era peor que el marqués du Legs. Aquella señora supo aguantarse, me agasajó tanto y me dijo cosas tan tiernas, que un hombre mucho menos tonto con trabajo hubiera podido tomarlo seriamente. Cuanto más hacía, más me confirmaba en mi idea; y lo que más me atormentaba era que entre tanto me enamoraba de ella de veras. Yo me decía y le decía suspirando: "¡Ah!, todo esto no es verdad!, yo sería el más feliz de los hombres". Creo que mi sencillez de novicio no hizo más que avivar su fantasía, y no quiso verse desairada. En Romans habíamos dejado a la señora de Colombier y su séquito. Nosotros continuamos nuestra ruta del modo más pausado y agradable, la señora de Larnage, el marqués de Torignan y yo. El marqués, aunque enfermo y regañón, era bastante buen hombre, pero no le gustaba comer su pan seco al olor de un buen asado. La de Larnage disimulaba tan poco la preferencia que yo le merecía, que él lo notó antes que yo mismo; y sus malignos sarcasmos hubieran debido inducirme a la confianza que no me atrevía a adquirir en vista de las bondades de la dama, si por una singularidad de carácter, de que yo sólo era susceptible, no hubiera imaginado que estaban de común acuerdo para burlarse conmigo. Tamaña estupidez acabó de trastornarme la cabeza y me hizo representar el papel más ridículo en una situación en que, estando mi corazón realmente cautivado, me lo podía inspirar asaz brillante. No concibo cómo no se desanimó con mi grosería y no me despidió con el más solemne chasco. Mas era una mujer de ingenio que conocía con quién se las había, y veía perfectamente que en mi proceder había más inocencia que tibieza. Por fin logró darse a entender, aunque no sin trabajo. Habíamos arribado a Valence a la hora de comer, y, según nuestra laudable costumbre, continuamos allí el resto del día. Nos albergamos en Saint-Jacques, fuera de la ciudad; siempre me acordaré de esta posada, así como de la habitación que en ella ocupaba la señora de Larnage. Después de comer, quiso dar un paseo; sabía que el marqués no se hallaba en estado de andar, y éste era el medio más a propósito para facilitar una entrevista a solas, de la cual estaba resuelta a sacar partido; pues no había ocasiones que desperdiciar. Nos paseamos alrededor de la ciudad y a lo largo de los fosos. Allí volví a empezar la larga historia de mis querellas, a que respondía con un tono tan tierno y apretando a veces mi brazo contra su corazón, que era necesaria toda mi estupidez para no averiguar si hablaba con formalidad. Lo chocante era que yo mismo me hallaba excesivamente conmovido. He dicho que era amable: el amor la hacía encantadora; le devolvía todo el atractivo de la juventud, y sabía comunicar a sus halagos tanto arte, que hubiera seducido a un hombre de mármol. Por tanto yo me hallaba cortado y siempre con impulsos de soltar la rienda; mas el temor de ofender o de disgustar, el miedo mayor todavía de yerme burlado, silbado y objeto de zumba, de dar motivo para un cuento de sobremesa y de ser felicitado por mis empresas por el implacable marqués, me retuvieron basta el punto de que yo mismo me indignaba por mi estólida vergüenza y por no poder vencerla, aun echándomela en cara. Me hallaba en un potro; había ya abandonado mi propósito de hacer el amor por lo fino, cuyo completo ridículo conocía; no sabiendo qué papel tomar, ni qué decir, me callaba; parecía mohíno, en fin, hacía todo lo indispensable para que me aplicaran el trato que merecía. Por fortuna la señora de Larnage tomó una resolución más humana; interrumpo bruscamente este silencio, pasando el brazo alrededor de mi cuello y de improviso su boca se expresó con harta claridad sobre la mía, para dejarme en mi error. La crisis no podía venir más oportunamente y me volví amable; ya era tiempo. Me había dado esta prueba de confianza, cuya falta casi siempre me ha privado de demostrarme como soy. Entonces lo logré. Mis ojos, mis sentidos, mi corazón y mi boca jamás se han expresado tan bien; jamás he reparado tan completamente mi torpeza, y, si esta pequeña conquista había costado tanto trabajo a esta señora, tuve motivos para creer que no le dolía. Aunque viviese cien años, siempre me sería grato el recuerdo de aquella encantadora mujer. Digo encantadora, aunque no fuese joven y hermosa; mas, no siendo tampoco fea ni vieja, no había nada en su figura que impidiese producir el mejor efecto a su ingenio y a su donaire. Al contrario de las demás mujeres, lo menos fresco que tenía era la cara, sin duda a la que había perjudicado el colorete. No dejaba de tener sus motivos para mostrarse asequible, pues era el mejor medio de hacer conocer cuánto valía. Se la podía ver sin amarla, mas no poseerla sin adorarla. Y esto prueba, a mi entender, que no prodigaba siempre sus favores, como lo hizo conmigo. Se había aficionado demasiado pronto y con harta viveza para ser disculpable; mas era un afecto en que el corazón entraba por lo menos tanto como los sentidos; y durante el corto y delicioso espacio que permanecí a su lado, tuve ocasión de convencerme, por las limitaciones que me imponía, de que, a pesar de ser sensual y voluptuosa, anteponía mi salud a su placer. Al marqués no le pasó inadvertida nuestra familiaridad, mas no por esto dejó de atormentarme; al contrario, más que nunca me trataba como a un pobre amante tímido, mártir de los rigores de su dama. Jamás se le escapó una palabra, ni una sonrisa, ni una mirada que pudiese inducirme a sospechar que hubiese adivinado nuestra intimidad; y yo le hubiera creído engañado si la señora de Larnage, que veía más que yo, no me hubiera dicho que no lo estaba, pero que era un hombre galante, y en efecto no pueden darse más finas atenciones, ni comportamiento más urbano que el que usó constantemente, hasta conmigo, salvo sus sátiras, sobre todo después de mi triunfo. Quizá me atribuía el honor de haberlo logrado, y me suponía menos estúpido de lo que antes le había parecido. Sé equivocaba, como se ha visto; mas no importa; yo me aproveché de su error, y lo cierto es que entonces las ventajas estaban de mi parte; por esta razón no me importaba servir de blanco de buena voluntad a sus epigramas; algunas veces le pagaba con la misma moneda y con acierto, orgulloso de hacer gala al lado de la señora de Larnage del valor que me había infundido. Ya no era yo el mismo hombre. Nos hallábamos en un país y en una estación en que se comía espléndidamente, lo que habíamos hecho en todo el viaje, gracias al buen cuidado del marqués. Sin embargo, le hubiera agradecido que no lo extendiera a las habitaciones, pues enviaba por delante a su lacayo para tomarlas; y el tunante, ya fuese por inspiración propia, ya por mandato de su amo, le colocaba siempre al lado de la de Larnage, y a mí me arrinconaba al otro extremo de la casa. Mas esto me ofrecía poca dificultad, y dió nuevo estímulo a nuestras entrevistas. Esta deliciosa vida duró cuatro o cinco días, durante los cuales me embriagué en la más dulce voluptuosidad. La gocé pura, viva, sin la más ligera sombra de pesar; fué la primera y la única que be gozado; y puedo afirmar que debo a la señora de Larnage no morir sin haber conocido el placer. Si lo que por ella sentía no era precisamente amor, por lo menos era una correspondencia tan afectuosa por el que ella me manifestaba, con una sensualidad tan ardiente en el placer, y una intimidad tan dulce en la conversación, que tenía todo el embeleso de la pasión sin contener su frenesí, que hace perder la cabeza y arrebata el verdadero goce. No he sentido el verdadero amor más que una vez en mi vida, y seguramente no fué hacia ella. Tampoco la quería como había amado y amaba aún a la señora de Warens; mas por esto mismo la poseía cien veces mejor. Con mamá, mi sensualidad estaba siempre turbada por un sentimiento de tristeza, por una secreta opresión de espíritu, que no podía vencer sin trabajo; en vez de felicitarme de que fuese mía, me hacía un cargo de ello porque la envilecía. En cambio, con la señora de Larnage, satisfecho de ser hombre y afortunado me entregaba a mis sentidos con gusto, con confianza; la satisfacción de ambos era de igual intensidad, tenía bastante dominio sobre mi mismo para contemplar mi triunfo con tanta vanidad como voluptuosidad y para conseguir de este modo aumentarlo. No recuerdo bien dónde nos dejó el marqués, que era hijo del país; pero nos encontramos solos antes de llegar a Montélimart, y desde aquel momento la señora de Larnage mandó a su doncella a mi silla, y yo pasé a la suya con ella, y de esta manera no nos fastidiaba el camino; me verla apurado para decir cómo era el país que recorrimos. En Montélimart algunos negocios la detuvieron tres días, durante los cuales no me abandonó más de un cuarto de hora para recibir una visita, que le trajo desoladoras importunidades e invitaciones, que tuvo buen cuidado de no aceptar. Pretextó molestias, que, sin embargo, no impedían que fuésemos a pasear juntos todos los días por el más bello país y bajo el cielo más hermoso del mundo. ¡Oh, qué tres días! Alguna vez be tenido que echarlos de menos; no han vuelto a presentarse jamás otros semejantes. Los amores de viaje se olvidan fácilmente; fué preciso separarnos, y confieso que ya era tiempo, no porque me sintiese saciado ni próximo a ello: cada día me aficionaba más, pero, a pesar de toda la discreción de la dama, casi no me quedaba más que la voluntad. Nos consolamos del sentimiento que experimentábamos alejándonos, formando proyectos para volver a vernos. Se decidió que, pues me convenía aquel régimen, me sometería a él, yendo a pasar el invierno en la villa de Saint-Andiol, bajo la dirección de la señora de Larnage. Sólo debía permanecer en Montpellier cinco o seis semanas para que ella tuviese tiempo de preparar las cosas de manera que se cubriesen las apariencias. Dióme amplias instrucciones acerca de lo que debía decir y de mi conducta. Entre tanto habíamos de escribirnos; me habló detenidamente y con mucha formalidad de mi salud, me exhortó a consultar a gente entendida, que tuviese cuidado con lo que me prescribiesen, y se encargó de hacerme ejecutar sus órdenes, por más severas que fuesen, mientras permaneciese a su lado. Yo creo que hablaba sinceramente, porque me quería; mil pruebas me dió de ello más elocuentes que sus favores. Por mi equipaje conoció que yo no nadaba en la opulencia; aunque tampoco ella fuese rica, al separarnos quiso obligarme a partir su bolsillo, que de Grenoble traía bien repleto; y me vi apurado para rehusárselo. En fin, me separé de ella llevando su imagen en el corazón, dejándole, a lo que me parece, un verdadero afecto hacia mí. Concluí mi camino, repasándolo en mi memoria, y entre tanto satisfecho de ir en buena silla para soñar más ampliamente en los placeres que había gozado y los que me aguardaban. No pensaba más que en la villa de Saint-Andiol y en la venturosa vida que en ella me esperaba; no veía más que a la señora de Larnage y sus allegados; el resto del Universo nada era para mí; hasta mamá quedaba olvidada. Me ocupaba en combinar en mi fantasía todos los detalles en que entraba la señora de Larnage para formarme una idea de su vivienda, de su vecindad, de su sociedad y de todo su modo de vivir. Tenía una hija, de que repetidas veces me habló como madre cariñosa. Esta hija contaba quince años cumplidos; era vivaracha, graciosa y de un carácter amable. Se me había prometido que la hallaría cariñosa; yo no había olvidado esta promesa y tenía gran empeño en imaginar cómo trataría la señorita de Larnage al buen amigo de su madre. Tales fueron los motivos de mis delirios desde Pont-Saint-Esprit hasta Remoulin. Me habían dicho que fuese a ver el puente del Gard y no dejé de hacerlo. Después de haberme desayunado con excelentes higos, tomé un guía y fuí a visitar el puente del Gard. Era éste el primer monumento romano que veía; yo esperaba encontrar una obra digna de sus constructores, y por esta vez, única en mi vida, la realidad sobrepujó mis esperanzas. Sólo a los romanos era dado obtener tal resultado. El aspecto de esa sencilla y admirable obra me llamó la atención, tanto más cuanto que se halla situada en medio de un desierto, donde el silencio y la soledad hacen el objeto más admirable y la impresión más viva; el pretendido puente no era más que un acueducto. Uno se pregunta cómo piedras tan enormes se trasladaron a aquel lugar tan alejado de toda cantera y cómo se reunieron millares de hombres para trabajar en un punto tan desierto. Recorrí los tres pisos de este soberbio edificio, que el respeto casi me impedía hollar con mis plantas. El eco de mis pisadas bajo aquellas inmensas bóvedas me hacía imaginar la potente voz de los que las habían levantado. Me perdía como un insecto en su inmensidad. Al considerarme pequeño, sentía un no sé qué que elevaba mi alma, y suspirando me decía: "¿Por qué no nací romano?" Allí permanecí largas horas en una contemplación arrobadora. Volvíme pensativo y delirante, y este delirio fué muy poco favorable para la señora de Larnage. Ella había pensado en precaverme de las mujeres de Montpellier, mas no del puente del Gard. Nunca se piensa en todo. En Nimes fuí a visitar el anfiteatro; es una obra muy superior al puente del Gard y que me impresionó mucho menos, sea que mi admiración se hubiese agotado con el primer objeto, sea que la situación del otro en medio de una ciudad fuese menos propia para excitarla. Este vasto y magnífico circo está rodeado de casas pequeñas y feas, y otras más pequeñas y más feas llenan su arena; de suerte que el conjunto no produce más que un efecto chocante y confuso, donde el sentimiento y la indignación ahogan el placer y la sorpresa. Posteriormente, he visto el circo de Verona, mucho más pequeño y menos hermoso que el de Nimes, pero cuidado y conservado con toda la decencia y propiedad posibles, y que por esto mismo me causó una impresión más viva y agradable. Los franceses no tienen cuidado de nada y no respetan ningún monumento. Son todo fuego para emprender y no saben concluir ni conservar nada. De tal modo cambié, y mi sensualidad puesta en ejercicio tan bien se había despertado, que un día me detuve en el Pont de Lunet, para comer en alegre compañía de los que en él se encontraban. Esta fonda, la más acreditada de Europa entonces, merecía serlo. Los que la tenían habían sabido sacar partido de su favorable situación, para mantenerla escogida y abundantemente provista. Realmente era una cosa curiosa hallar en una casa sola y aislada en medio del campo una mesa donde aparecían pescados de mar y de agua dulce, excelente caza, vinos delicados, servidos con esa finura y diligencia que sólo se encuentra en las casas de los grandes y de los ricos, y todo por treinta y cinco sueldos. Mas no permaneció mucho tiempo bajo este pie el Pont de Lunet, y, a fuerza de extenderse su reputación, al fin la perdió completamente. Durante el camino me había olvidado de que estaba enfermo, y me acordé de ello al llegar a Montpellier. Mi flato se había curado, pero los otros males me quedaban todos; y aunque la costumbre hizo que no los sintiera tanto, eran lo bastante para que cualquiera que se sintiese atacado por ellos repentinamente se creyese muerto. En efecto, eran menos dolorosos que terribles, y hacían sufrir más en el espíritu que en el cuerpo, cuya destrucción parecían anunciar. De ahí provenía que al distraerme vivas pasiones, ya no pensaba en mi estado; mas como no era imaginario, lo conocía tan pronto como recobraba mi sangre fría. Por lo tanto, pensaba seriamente en los consejos de la señora de Larnage, y en el objeto de mi viaje. Fuí a consultar a los más famosos prácticos, sobre todo al señor Fizes, y por exceso de precaución me interné en casa de un señor médico. Era éste un inglés llamado Fítz-Moris, que tenía una mesa bastante numerosa de estudiantes de medicina; el enfermo hallaba en su casa la ventaja de que Fitz-Moris se contentaba con una módica pensión por la manutención y no llevaba nada a sus pensionistas por sus cuidados como médico. Se encargó de ejecutar las prescripciones de Fizes y velar por mi salud. Pronto se cobró su trabajo por medio del régimen; en aquella pensión estaba uno seguro de no padecer nunca indigestiones; y, aunque no doy gran importancia a esa dase de privaciones, los términos de comparación estaban tan cercanos, que no pude menos de convenir conmigo mismo que el señor de Torignan era mejor proveedor que Fitz-Moris. Sin embargo, como tampoco se moría uno de hambre, y todos aquellos jóvenes eran muy divertidos, este modo de vivir me fué realmente provechoso, evitándome caer de nuevo en mi languidez. Empleaba la mañana en tomar medicinas, sobre todo no sé qué aguas, creo que las de Vals, y escribiendo a la señora de Larnage; pues la correspondencia era activa, y Rousseau se encargaba de retirar la correspondencia de su amigo Dudding; a medio día iba a dar un paseo por la Canourgue con algunos de nuestros jóvenes comensales, que eran todos muy buenos muchachos; luego nos reuníamos para ir a comer. Después de comer, la mayor parte de nosotros se ocupaba en un asunto importante, cual era jugar la merienda en dos o tres partidas de mallo. Yo no jugaba, pues me faltaban fuerzas y destreza, pero apostaba, y, siguiendo con el interés de la apuesta a los jugadores y sus bolas a través de caminos ásperos y pedregosos, hacía un ejercicio grato y saludable que me era conveniente. Merendábamos en una fonda fuera de la dudad. No necesito decir que estas meriendas eran alegres; y debo añadir bastante decentes, a pesar de que las muchachas de la fonda eran lindas. Fitz-Moris, gran jugador de mallo, era nuestro presidente; y, no obstante la mala reputación de los estudiantes, puedo decir que hallé mejores costumbres y honradez en aquella juventud de las que hubiera podido encontrar entre hombres formales. Eran más bullangueros que crapulosos, más divertidos que libertinos; y yo me adapto tan fácilmente a un método de vida, cuando es voluntario, que sólo hubiera deseado que éste durase siempre. Entre aquellos estudiantes habla algunos irlandeses, con los cuales procuré aprender algunas palabras inglesas por precaución, previniéndome para ir a Saint-Andiol, época que ya se acercaba. La señora de Larnage me apremiaba a cada correo, y yo me disponía a obedecerla. Era evidente que mis médicos, que no habían entendido nada de mis dolencias, me tomaban por un enfermo imaginario, y me trataban en consecuencia con su quina, aguas y suero. Enteramente al revés de los teólogos, los médicos y los filósofos no admiten como verdadero sino lo que pueden explicar, y hacen de su inteligencia la medida de lo posible. Estos señores no entendían nada de mi enfermedad; luego yo no estaba enfermo; pues, ¿cómo suponer que unos doctores no lo supiesen todo? Vi que no buscaban más que entretenerme y hacerme perder el dinero; y juzgando que su sustituto de Saint-Andiol obtendría igual resultado que ellos, pero más agradablemente, resolví darle la preferencia, y con esta sana intención larguéme de Montpellier. Partí a fines de noviembre, después de haber permanecido mes y medio o dos en esta dudad, donde dejé una docena de luises sin provecho alguno para mi salud ni para mi instrucción, fuera de un curso de anatomía que habla comenzado con Fitz-Moris y que me vi obligado a abandonar a causa de la horrible hediondez de los cadáveres que se disecaban y que me fué imposible soportar. Mal satisfecho de mí mismo por mi resolución, iba reflexionando camino de Pont-Saint-Esprit, que lo era igualmente de Saint-Andiol y de Chambéry. El recuerdo de mamá y sus cartas, aunque menos frecuentes que las de la señora de Larnage, despertaban en mi alma el remordimiento que había ahogado al principio de mi marcha, y a la vuelta llegó a ser tan vivo que, equilibrando el amor con el gusto, me pusieron en situación de oír la razón sola. Desde luego, en el papel de aventurero que iba a tomar nuevamente, podía ser menos afortunado que la vez primera; bastaba que hubiese en toda la villa de Saint-Andiol una sola persona que hubiese estado en Inglaterra, que conociese a los ingleses o su lengua, para desenmascararme. La familia de la señora de Larnage podía mirarme y tratarme con poco miramiento. También me inquietaba su hija, en quien pensaba, a pesar mío, más de lo que era menester; temblaba de enamorarme de ella, y este miedo hacía por sí sólo la mitad del trabajo. ¿Iba yo a ir a corromper a la hija, a trabar las más detestables relaciones, introducir las disensiones, la deshonra, el escándalo y el infierno en su casa, en premio a las bondades de la madre? Esta idea me causó horror, tomé la firme resolución de combatirme y vencerme a mí mismo, si desgraciadamente se apoderaba de mí esta inclinación. Mas, ¿para qué exponerme a este debate? ¡Qué modo de vivir tan miserable con la madre, que al fin me saciaría; ardiendo por la hija sin poder abrirle mi corazón! ¿Qué necesidad tenía yo de ir en busca de semejante estado, y exponerme a los disgustos, a las afrentas, a los remordimientos, en cambio de placeres cuyo mayor encanto había gozado ya de antemano? Porque es muy cierto que mi fantasía había perdido su primer fuego. El gusto del placer existía todavía, mas la pasión había desaparecido. A todo esto se agregaban reflexiones referentes a mi situación, a mis deberes, a aquella mamá tan buena, tan generosa, que, agobiada ya de deudas todavía lo estaba más con mis insensatos dispendios, que se arruinaba por mí mientras yo la engañaba tan vilmente. Este reproche creció tanto, que al fin ganó la partida. Próximo a Saint-Esprit, tomé la determinación de no pararme en Saint-Andiol y pasar de largo. Lo ejecuté valerosamente, no sin algunos suspiros, lo confieso; mas también con la satisfacción interior, que experimentaba por vez primera, de poder decirme: "Merezco mi propia estimación; sé preferir mi deber a mi placer". He aquí lo primero que debo verdaderamente al estudio; por él había aprendido a reflexionar y comparar. Con la pureza de principios que había adoptado hacía poco tiempo, con las reglas de prudencia y de virtud que me había formado y que tan satisfecho estaba de seguir, la vergüenza de ser tan poco consecuente conmigo mismo, de desmentir tan pronto y tan escandalosamente mis propias máximas, triunfó sobre la voluptuosidad. Quizá tomó tanta parte en mi resolución el orgullo como la virtud; mas si este orgullo no es la virtud misma produce efectos tan semejantes que es disculpable confundirlos. Una de las ventajas de las acciones buenas es elevar el alma y disponerla a otras mejores; porque tal es la flaqueza humana que hay que colocar en el número de las buenas acciones la abstinencia de un mal que se ha tenido tentaciones de cometer. Así que hube tomado esta resolución, me convertí en otro hombre, o mejor, volví a ser el de antes y que había desaparecido en un momento de embriaguez. Henchido de buenos sentimientos y de buenas resoluciones, continué mi camino con el buen intento de expiar mi falta, proponiéndome arreglar en adelante mi conducta a las leyes de la virtud, consagrarme sin reserva a la mejor de las madres, a ofrecerle tanta fidelidad como cariño le profesaba y no escuchar otro amor que el de mis deberes. ¡Ay de mí! La sinceridad con que me restituí al bien parecía prometerme otro destino, mas el mío estaba ya escrito y comenzado; y cuando mi corazón, lleno de amor por el bien y la pureza, no veía en la vida más que inocencia y ventura, tocaba ya al funesto momento que debía inaugurar la larga cadena de mis desdichas. La prisa de llegar me hizo ser más diligente de lo que había pensado. Desde Valence, le había anunciado el día y la hora de mi llegada, y, habiendo adelantado media jornada sobre mi cálculo, permanecí igual tiempo en Chaparillan con el fin de llegar exactamente a la hora que le había indicado. Quería gozar con todo su atractivo el placer de volver a verla, prefiriendo diferir lo un poco, para aumentarlo con el de ser esperado. Esta precaución siempre me había dado buen resultado, siempre había visto señalarse mi llegada por medio de una especie de fiesta; no esperaba menos esta vez, y su ansiedad, que tanto me halagaba, valía muy bien el trabajo de procurarla. Llegué, pues, exactamente a la hora indicada. De lejos iba mirando si la vería aparecer en el camino, y el corazón me latía más fuertemente a medida que me aproximaba. Llego jadeante, pues había dejado el coche en la ciudad; a nadie veo en el patio, la puerta ni la ventana. Empecé a turbarme temiendo algún accidente. Entro, la más completa tranquilidad; los trabajadores comían en la cocina, y no se notaba preparativo alguno. La criada se sorprendió de yerme; ignoraba mi llegada. Subo, y veo al fin a esta querida mamá tan tierna, tan pura, tan vivamente amada; corro, me precipito a sus plantas. "Hola, hijo mío -dijo abrazándome-: ¿has tenido buen viaje? ¿Cómo estás?" Este recibimiento me cortó un poco. Le pregunté si no había recibido mi carta; me contestó que sí. "Yo hubiera creído que no", repliqué; y aquí acabaron las explicaciones. Estaba con ella un joven a quien conocía yo por haberle visto en la casa antes de mi partida; mas esta vez parecía establecido en ella, y lo estaba en efecto. En una palabra, hallé mi puesto ocupado. Este joven era del país de Vaud, hijo de un tal Vintzenried, conserje, por más que él se llamaba capitán, del castillo de Chillon. El hijo del señor capitán era un oficial peluquero, y recorría el mundo en calidad de tal cuando se presentó a la señora de Warens, quien le acogió bien, como hacía con todos los transeúntes, y sobre todo con los de su país. Era hombre muy insulso, pelirrubio, bastante bien formado, de fisonomía y alma vulgares, que hablaba como el bello Leandro; confundía todos los tonos, todas las aficiones de su profesión con la larga historia de sus conquistas; no nombraba más que a la mitad de las marquesas con quienes había tenido relaciones íntimas, y pretendía no haber peinado mujer bonita cuyo marido no hubiese quedado igualmente peinado; vano, estúpido, ignorante e insolente, aunque por lo demás era un buen muchacho. Tal fué el que me sustituyó en mi ausencia y el asociado que se me ofreció a mi regreso. ¡Ah, si las almas desprendidas de las terrestres trabas ven aún desde el seno de la luz eterna lo que pasa entre los mortales, perdonad, sombra querida y respetable, sí no encubro más vuestras faltas que las mías y si levanto igualmente el velo que cubre unas y otras a los ojos de los lectores! Debo, quiero ser veraz por vos, como por mí mismo; siempre perderéis en ello mucho menos que yo. Además, ¡ cuán bien no compensan y expían vuestro carácter amable y dulce, la inagotable bondad de vuestro corazón, vuestra sencillez y todas vuestras relevantes virtudes, vuestras flaquezas, si tales pueden llamarse los extravíos de vuestra razón! Tuvisteis errores, pero no vicios; vuestra conducta fué reprensible, pero vuestro corazón se conservó siempre puro. El advenedizo se habla mostrado celoso, diligente, exacto en todas sus pequeñas comisiones, que eran siempre en gran número, y se había convertido en capataz de sus trabajadores. Tan activo como yo quieto, se hacía ver y sobre todo oír a la vez en el arado, en los henos, en el bosque, en la cuadra y en el corral. No descuidaba más que el jardín, porque era un trabajo harto apacible y en el cual no podía meterse ruido. Su mayor placer consistía en cargar y acarrear, en aserrar o partir leña; siempre se le veía empuñando el hacha o el azadón; se le oía correr, golpear y gritar a voz en cuello. No sé de cuántos hombres hacía el trabajo, pero metía ruido por diez o doce. Esa algazara subyugó a mi pobre mamá, que creyó hallar en él una alhaja para sus intereses, y, queriendo granjeárselo, empleó todos los medios que le parecieron conducentes, sin olvidar aquel en que más confiaba. Ya debe conocerse mi corazón, sus sentimientos más constantes, más verdaderos, sobre todo los que a la sazón me conducían al lado de ella. ¡Qué rápido trastorno en todo mi ser! Póngase cada cual en mi lugar para juzgarlo. En un instante vi desvanecerse para siempre todo el porvenir de ventura que yo me había imaginado: todas las ideas placenteras, que tan afectuosamente acariciaba, huyeron; y yo, que desde mi infancia no podía concebir mi existencia separada de la suya, me encontré solo por primera vez; este momento fué espantoso, los que le siguieron fueron siempre sombríos. Yo era joven todavía, mas la dulzura de las ilusiones y de las esperanzas que vivifican la juventud me abandonó para siempre. Desde entonces el ser sensible permaneció medio muerto. Ya no vi para lo porvenir más que los tristes restos de una vida insípida; y si alguna vez todavía dió algún aliento a mis deseos una imagen de felicidad, no era ésta la que me convenía; presentía que, aun obteniéndola, no seria realmente dichoso. Era yo tan simple y mi confianza tan completa que, a pesar de que el advenedizo usaba un tono familiar que me parecía efecto de la franqueza de mamá, que atraía hacia si a todo el mundo, nunca se me hubiera ocurrido sospechar la verdadera causa a no habérmela revelado ella misma; mas se apresuró a hacerme esta confesión con una franqueza capaz de aumentar mi coraje, sí éste hubiese podido entrar en mi corazón, hallando ella por su parte la cosa muy sencilla, echándome en cara mi negligencia en la casa, y alegando mis frecuentes ausencias, como si su temperamento la hubiese inducido a llenar el vacío que yo con mis viajes dejaba."; Oh, mamá -le dije con el corazón oprimido por el dolor-, cómo tenéis valor de decirme eso! ¡Qué pago para un afecto semejante al mío! ¡Me habéis conservado la vida mil veces sólo para quitarme lo que me la hacía estimable! Moriré, pero vos me echaréis de menos"- Ella me respondió, con tono tranquilo capaz de volverme loco, que yo era un niño, y que nadie se moría por esto; que nada perdería con ello; que no dejaríamos por eso de ser tan buenos amigos y tan íntimos en todo sentido; que su tierno afecto hacia mí no podía cesar sino con su vida. En una palabra me dió a entender que todos mis derechos permanecían los mismos, y que no se me privaba de ellos, aunque los compartiera con otro. Jamás la pureza, la verdad, la fuerza de mi cariño hacia ella, la sinceridad, la honestidad de mi alma y la fuerza de mis sentimientos se revelaron mejor ante mí mismo que en ese momento. Me precipité a sus pies y abracé sus rodillas deshecho en lágrimas. "No> mamá -le dije con efusión-; os amo demasiado para envileceros; vuestra posesión me es demasiado querida para compartirla; el pesar que acompañó su adquisición ha crecido con mi amor; no, no puedo conservarla al mismo precio. Siempre os adoraré; haceos digna de ella; todavía me es más necesario honraros que poseeros. Os cedo a vos misma, ¡oh mamá!; sacrifico todos mis placeres a la unión de nuestros corazones. ¡ Muera yo mil veces antes de permitir nada que degrade al objeto de mi amor!" Cumplí esta resolución, me atrevo a decirlo, con una constancia digna del sentimiento que me indujo a tomarla. Desde este momento ya no vi a esta mamá tan querida sino con los ojos de un verdadero hijo; y es de notar que, aunque en su interior no aprobaba mi resolución, como tuve ocasión de observarlo, jamás empleó, para hacerme renunciar a ella, insinuaciones, ni caricias, ni ninguna de esas diestras zalamerías que tan bien manejan las mujeres sin comprometerse y que raras veces dejan de salirles bien. Reducido a procurarme una posición independiente de ella, y no pudiendo siquiera imaginarla, pronto pasé al extremo opuesto y la busqué en ella exclusivamente. Y tanto me empeñé en lograrlo, que casi llegué a olvidarme de mí mismo. El deseo ardiente de verla feliz a toda costa, absorbía todas mis afecciones; por más que ella separase de la mía su felicidad, yo consideraba la suya como mía a despecho suyo. Así con mis desgracias comenzaron a germinar mis virtudes, cuya semilla estaba en el fondo de mi alma; el estudio las habla cultivado, y para desarrollarse no esperaba más que el fermento de la adversidad. El primer fruto de esta disposición tan desinteresada fué alejar de mi corazón todo sentimiento de odio y de envidia contra el que me había suplantado; al contrario, quise con sinceridad bienquistarme con ese joven, dedicarme a formarle, a educarle, darle a conocer todo el precio de su fortuna, convertirlo en digno de ella, si posible fuese, y en una palabra, hacer por él todo lo que Anet hizo por mi en ocasión semejante. Mas faltaba la paridad entre las personas. Teniendo yo mayor dulzura y más luces, carecía de la sangre fría y firmeza de Anet, así como de aquella entereza de carácter que imponía y que tanto hubiera necesitado para salir adelante en mi empresa. Además tampoco hallé en aquel joven las cualidades que Anet había encontrado en mí: la docilidad, el afecto, la gratitud, sobre todo el sentimiento que a mí me animaba de la necesidad de sus cuidados y el deseo ardiente de procurar que me fuesen de utilidad. Ahora faltaba todo esto. Aquel a quien yo quería formar no veía en mí más que un pedante que sólo tenía cháchara. Es más: hasta se admiraba a sí mismo como a un hombre importante en la casa, y, midiendo los servicios que creía prestar por el ruido que metía, consideraba sus hachas y azadones como infinitamente más útiles que todos mis librotes. Hasta cierto punto no le faltaba razón, mas lleno de esta idea se daba una importancia capaz de hacer reventar de risa. Se las echaba con los labradores de hidalgo lugareño; a poco hizo lo mismo conmigo y al fin hasta con mamá. Pareciéndole poco noble su nombre de Vintzenried, lo cambió por el de señor de Courtilles, y bajo este último fué conocido después en Chambéry y en Maurienne, donde se ha casado. En fin, tanto las echó de ilustre personaje, que acabó por ser el todo de la casa, y yo nada. Como cuando yo tenía la desdicha de disgustarle, era a mamá a quien regañaba y no a mí, el temor de exponerla a sus brutalidades me hacía dócil a sus exigencias y cada vez que partía leña, empleo que desempeñaba con singular altanería, preciso era que yo permaneciese allí como espectador ocioso y como tranquilo admirador de su proeza. Sin embargo, este muchacho no carecía enteramente de buen fondo; quería a mamá, porque era imposible no quererla; a mí mismo no me tenía aversión; y cuando los intervalos de su impetuosidad permitían hablarle, a veces nos escuchaba con bastante docilidad y convenía francamente en que era un mentecato; después de lo cual, no dejaba de cometer nuevas tonterías. Por otra parte, su inteligencia era tan limitada y sus gustos tan bajos, que difícilmente se podía razonar con él y era casi imposible complacerse en su trato. A la posesión de una mujer llena de encantos añadió la salsa de una doncella vieja, de pelo rojo y desdentada, cuyo desagradable servicio mamá tenía la paciencia de soportar, aunque le revolvía el estómago. Yo eché de ver este nuevo manejo, que me exasperé de indignación; pero observé también otra cosa que me afectó más vivamente todavía y me hundió en un profundo abatimiento más que todo cuanto hasta entonces habla sucedido, y fué la frialdad de mamá conmigo. La privación que yo me había impuesto, y que ella había hecho como que aprobaba, es una de las cosas que las mujeres no perdonan nunca, aunque no lo demuestren, no tanto por la privación que para ellas resulta, cuanto por la indiferencia con que se mira su posesión. Supóngase la mujer más filosófica, menos afecta al goce de los sentidos: el crimen más imperdonable que el hombre que menos le interese puede cometer con ella es que, pudiendo poseerla, no lo haga. Forzoso es que esta regla no tenga excepción, pues una abstinencia que no reconocía más causa que virtud, estimación y afecto alteró una simpatía tan natural y tan fuerte. Desde entonces cesé de encontrar en ella esa afinidad de los corazones que fué siempre la mayor dulzura para el mío. - Ya no se desahogaba conmigo sino cuando tenía que lamentarse del recién venido; cuando estaban en armonía, me daba muy poca parte de sus confidencias. En fin, poco a poco fué haciéndose a un modo de vivir en el cual yo no tomaba ya parte alguna. Mi presencia la complacía aún, mas ya no le era indispensable; y, aunque hubiese pasado días enteros sin yerme, no se hubiera hecho cargo de ello. Insensiblemente me hallé aislado y solo en esta casa de la cual antes había sido el alma y donde, por decirlo así, estaba ahora como un suplente. Poco a poco me acostumbré a separarme de cuanto en ella se hacía, como también de los que la habitaban; y, para ahorrarme continuas amarguras, me encerraba con mis libros, o me iba a suspirar o llorar en la soledad de los bosques. Pronto me fué esta vida del todo insoportable. Comprendía que la presencia personal y el alejamiento de corazón de una mujer que tanto amaba, irritaba mi dolor, y que cesando de verla sentiría menos cruelmente la separación. Formé el proyecto de abandonar la casa, se lo dije, y, lejos de oponerse, convino en ello, Tenía en Grenoble una amiga, llamada la señora de Ibens, cuyo marido estaba relacionado con el señor de Mably, gran preboste de Lyon. El señor de Ibais me propuso el cargo de maestro de los hijos del señor de Mably, yo acepté y partí para Lyon sin dejar tras de mí, ni casi sentir, el menor pesar por una separación cuya sola idea nos hubiera costado en otro tiempo las angustias de la muerte. Poseía casi todos los conocimientos necesarios para un preceptor y creía tener la disposición indispensable para serlo; mas durante el año que permanecí en casa del señor de Mably, tuve ocasión de desengañarme. La dulzura de mí carácter me hubiera hecho muy a propósito para el caso, si el arrebato no hubiese dado lugar a tempestades. Mientras todo iba bien y vela que mis cuidados y fatigas producían resultado, ningún trabajo me dolía y era un ángel; mas era un diablo cuando iban mal. Cuando mis alumnos no me entendían me exasperaba; y cuando manifestaban indocilidad, les habría matado; esto no era por cierto el mejor medio de hacerlos sabios y prudentes. Tenía dos de genio diferentes. Uno de ocho a nueve años, llamado Saint-Marie; era de buena figura, de inteligencia bastante despejada, vivo, bullicioso y muy tarambana, pero divertido y alegre en su malignidad. El menor, llamado Condillac parecía casi estúpido, huraño, más testarudo que un borrico, e incapaz de aprender nada. Como puede suponerse, con este par de cabezas de nada servia mi trabajo. A fuerza de paciencia y sangre fría, tal vez habría salido del paso, mas faltándome una y otra, no hice nada que valiese la pena, y mis alumnos no adelantaban. No me faltaba asiduidad, pero sí entereza y sobre todo prudencia. No sabía emplear con ellos más que tres medios inútiles siempre y frecuentemente perniciosos con los niños: el sentimiento, los razonamientos y el enojo. Ya me enternecía con Saint-Marie hasta derramar lágrimas; quería enternecerle, como si el muchacho hubiese sido capaz de una emoción verdadera, ya me fatigaba haciéndole discursos, como si hubiese podido entenderme; y como a veces me contestaba con mucha sutileza, le tomaba de veras por razonable, porque era razonador. El pequeño Condillac era todavía más embarazoso, pues sin entender nada, ni responder nada, ni conmoverse por nada y obstinado a toda prueba, nunca triunfaba mejor de mí como cuando me había encolerizado; entonces él era el juicioso, y yo el niño. Yo veía todas mis faltas y me dolían; estudiaba el carácter de mis alumnos, penetraba perfectamente en su interior y no creo que ni una sola vez me viese engañado por sus mañas. Mas, ¿de qué me servía el mal sin saber aplicar el remedio? Conociéndolo todo, nada evitaba, nada lograba, y hacía todo lo que no debía hacer. No obtenía casi mejor resultado para mí que para mis discípulos. La señora de Ibens me había recomendado a la de Mably. Aquélla había rogado a ésta que procurase formar mis maneras y enseñarme el tono de sociedad. Ésta hizo algo para conseguirlo, y quiso que yo aprendiese a hacer los honores de su casa; pero los hice tan mal, era tan tímido, tan simple, que pronto se disgustó y me dejó plantado. Esto no impidió que, según mi costumbre, me enamorase de ella, lo que dejé traslucir lo bastante para que se hiciese cargo de ello, mas nunca osé declararme. No la encontré dispuesta a tomar la iniciativa y me quedé con mis miradas y mis suspiros, de que luego me cansé yo mismo viendo que a nada conducían. En casa de mamá había perdido enteramente mi afición a robar bagatelas, porque perteneciéndome todo, nada tenía que robar. Además, los elevados principios que me había formado debían hacerme en lo sucesivo superior a tales bajezas, y es muy cierto que desde entonces generalmente lo he sido; pero no es tanto por haber cortado la raíz como por haber aprendido a vencer mis tentaciones; y temería mucho volver a robar, como en mi infancia, si me viese sujeto a iguales deseos. Se me ofreció una prueba de esto en casa del señor de Mably. Rodeado allí de varias chucherías, que ni siquiera miraba, se me antojó codiciar cierto vinillo blanco de Arboix, muy agradable, a que me habían aficionado algunos vasos que de vez en cuando bebía en la mesa. Estaba algo espeso; yo creía saber clarificarlo; me lo confiaron y lo clarifiqué deteriorándolo, aunque sólo a la vista; pues fué siempre sabroso, y esto hizo que me apoderase de algunas botellas de cuando en cuando, para beberlo a mis anchas particularmente. Desgraciadamente, nunca he podido beber sin comer; mas, ¿cómo componérmelas para tener pan? Guardarlo era imposible; mandarlo comprar por los lacayos era descubrirme y casi insultar al amo de la casa, y no me atreví a comprarlo yo mismo; todo un caballero con espada al cinto, ¿podía ir a buscar un pedazo de pan en casa de un tahonero? Me acordé entonces de lo que contestó una princesa a quien dijeron que los labradores no tenían pan, y ella dijo: "Que coman tortas". ¡Cuántas dificultades tuve para lograrlas! Saliendo sólo para este objeto recorría a veces toda la ciudad y pasaba por delante de treinta pastelerías antes de entrar en ninguna. Preciso era que no hubiese en la tienda más que una persona y que su fisonomía me inspirase mucha confianza para que me atreviese a pisar el umbral. Mas una vez dueño de mi cara torta y encerrado en mi cuarto, iba a sacar mi botella del fondo de un armario. ¡Qué deliciosas comidillas hacía allí solo, leyendo algunas páginas de novela! Porque leer comiendo fué siempre mi mayor capricho, a falta de mejor compañía: es el suplemento de la sociedad que me falta. Alternativamente devoro una página y un bocado; es como si mi libro comiese conmigo. Jamás he sido disoluto ni crapuloso, ni me he embriagado en la vida. Así, pues, mis pequeños robos no eran muy indiscretos: sin embargo, fueron descubiertos; las botellas me vendieron. No me lo dieron a entender, pero me quitaron el encargo de la bodega. En todo esto el señor de Mably se conducía con discreción y prudencia. Era un hombre muy galante, que bajo un aspecto tan duro como su empleo, poseía un carácter verdaderamente dulce y una rara bondad de sentimientos; era juicioso, equitativo y, lo que no podría esperarse de un oficial de la prebostería, basta muy humano. Agradeciendo su indulgencia, le cobré mayor afecto, y esto fué causa de que prolongase mi estancia en su casa más de lo que de otra suerte lo hubiera hecho. Mas, al fin, disgustado de un empleo para el cual no servía, y de una situación muy embarazosa que nada tenía de agradable para mí, después de un año de prueba, durante el cual no escaseé mis cuidados, me resolví a dejar a mis discípulos, profundamente convencido de que jamás lograrla educarlos bien. El mismo señor de Mably lo veía tan bien como yo; sin embargo creo que nunca se hubiera resuelto a despedirme, si yo no le hubiese ahorrado este trabajo, exceso de condescendencia que yo no apruebo seguramente en semejante caso. Lo que me hacía más insoportable mi estado era la continua comparación que establecía entre él y el que anteriormente tenía; el recuerdo de mi querida casa de las Charmettes, de mi jardín, de mis árboles, de mi fuente, de mi vergel, y sobre todo, de aquella para quien yo había nacido, que daba vida a todo esto. Volviendo a pensar en ella, en mis placeres, en nuestra inocente vida, se me oprimía el corazón, y el ahogo me dejaba sin aliento para hacer nada. Cien veces me acometió el deseo de partir repentinamente y a pie para volar a su lado; con tal que la viese una vez siquiera, hubiera muerto contento en seguida. Al fin no pude resistir tan tiernos recuerdos que me impelían hacia ella a toda costa. Yo me decía que no había sabido tener suficiente paciencia, que no había sido bastante complaciente y cariñoso; que todavía podía vivir feliz en el seno de una amistad tan dulce, poniendo algo más de mi parte. Formé los más bellos proyectos del mundo y estaba frenético por ejecutarlos. Entonces lo dejé todo, renuncié a todo, partí, volé, llegué con todo el arrebato de mi juventud primera, y me encontré de nuevo a sus pies. ¡Ah, hubiera muerto allí de gozo, si hubiese vuelto a encontrar en su acogida, en sus ojos, en sus caricias, en su corazón, en fin, la cuarta parte de lo que en ella encontraba en otro tiempo y de lo que yo le llevaba todavía! ¡Horrible ilusión de las cosas humanas! Me recibió con aquella excelencia de corazón que no podía acabar sino con ella, mas yo iba en busca de un pasado que ya no existía y cuyo renacimiento era imposible. Apenas transcurrida media hora, cuando sentí muerta para siempre mi antigua felicidad. Nuevamente me hallé en la misma situación desoladora que me había visto forzado a abandonar, y esto sin que pudiese achacarlo a nadie; porque en el fondo Coutilles no era malo y pareció verme con más gusto que desagrado. Mas, ¿cómo sufrir yerme de supernumerario cerca de aquella para quien lo había sido todo y que no podía dejar de serlo todo para mí? ¿Cómo vivir cual extraño en la casa donde había sido el hijo? El aspecto de los objetos de mi pasada felicidad me representaban la comparación más cruel. En otra vivienda no hubiera sufrido tanto, pero ver incesantemente seres que me recordaban momentos tan dulces, era irritar el dolor de mi pérdida. Consumido por vanos pesares, sumergido en la más negra melancolía, volví a tomar la costumbre de permanecer solo, fuera de las horas de comen Encerrado con mis libros, buscaba en ellos distracción provechosa; y sintiendo el peligro inminente que antes tanto había temido, me mortificaba con el fin de hallar en mí mismo los medios de remediarlo cuando mamá quedase exhausta de recursos. Yo había dispuesto en su casa las cosas de modo que marchase todo sin empeorar; pero después de mi salida, todo había cambiado. Su mayordomo era un disipador; quería brillar, lucir buen caballo y buen tren; le gustaba presentarse a lo noble a los ojos de los vecinos; acometía sin cesar empresas de que no entendía palabra; la pensión, de la cual le retenían la cuarta parte, se gastaba por adelantado, los alquileres estaban atrasados y las deudas iban siguiendo. Yo preveía que esta pensión seria embargada en breve y quizá suprimida. En fin, no vislumbraba más que ruina y desastres, y me parecía tan cercano el momento, que experimentaba con anticipación todos sus horrores. Mi querido gabinete era mi única distracción. A fuerza de buscar en él remedios contra la turbación de mi espíritu, me apliqué a buscarlos contra los males que presentía y, volviendo a mis antiguas ideas, me llené la cabeza de nuevos planes utópicos para sacar a mamá de la fatal estrechez en que la veía próxima a caer. No me sentía con bastantes conocimientos ni bastante ingenio para figurar en la república de las letras y adquirir una fortuna por este camino, y una nueva idea que se me presentó me inspiró la confianza que no podía darme la medianía de mi capacidad. No había abandonado la música, aunque hubiese dejado de enseñarla; al contrario, había estudiado la teoría lo bastante para considerarme perito en esa parte. Reflexionando sobre el trabajo que me había costado aprender y descifrar las notas musicales, y en el que me costaba todavía cantar de repente, pensé que esta dificultad podía muy bien provenir tanto de la cosa como de mí, sobre todo sabiendo que en general el aprender música no es para nadie cosa fácil. Examinando la combinación de los signos, a menudo me parecían mal inventados. Muy anteriormente, había pensado en anotar la escala por medio de cifras, a fin de evitar tener que trazar siempre líneas y pentagramas cuando se había de escribir la más pequeña cantata. Pero me había detenido la dificultad de las octavas y la del compás y de los valores de las notas. Esta antigua idea se reprodujo en mi mente, y, discurriendo de nuevo sobre ella, vi que estas dificultades no eran insuperables. Medité acerca del asunto con buen éxito y logré anotar alguna pieza de música por medio de mis cifras con la mayor exactitud y puedo añadir que con la mayor sencillez. Desde este momento, di por hecha mi fortuna; y con el ardiente deseo de compartirla con aquella a quien todo lo debía, no tuve otro deseo que marchar a París, convencido de que, presentando mi innovación a la Academia, causaría una revolución. Me había traído de Lyon algún dinero, vendí mis libros, y en quince días mi resolución quedó tomada y ejecutada. En fin, lleno de las magníficas ideas que me la habían inspirado, y siendo siempre el mismo en todos los tiempos, partí de Saboya con mi sistema de música, como partí en otro tiempo de Turín con mi fuente de Herón. Tales han sido los errores y las faltas de mi juventud. He narrado su historia con una fidelidad de que mi corazón se siente satisfecho. Si en lo sucesivo he honrado mi edad madura con algunas virtudes, con igual franqueza lo hubiera referido, y éste era mi designio; mas es preciso detenerme aquí. El tiempo puede levantar muchos velos. Si mi memoria llega a la posteridad, quizá sepa ésta algún día lo que tenía que decir. Entonces se sabrá por qué me callo. SEGUNDA PARTE LIBRO SÉPTIMO 1741 Después de dos años de silencio y de paciencia, a despecho de mi resolución, vuelvo a tomar la pluma. Lector: suspende tu juicio acerca de los motivos que me obligan a ello, porque no puedes juzgar hasta después de haberme leído. Se ha visto deslizarse mí apacible juventud en una vida tranquila, bastante dulce, sin grandes reveses ni grandes prosperidades. Esta medianía fué, en gran parte, efecto de mi naturaleza ardiente pero endeble, más propia para descorazonarme que para emprender; la cual, saliendo del reposo por medio de sacudidas violentas, pero volviendo a él por cansancio y por gusto, conduciéndome siempre lejos de las grandes virtudes y más aun de los grandes vicios, a la vida ociosa y tranquila para la cual me sentía nacido, no me permitió nunca en bien ni en mal, lanzarme a nada grande. ¡Qué cuadro tan diferente tendré que trazar dentro de poco! La suerte, que durante treinta años favoreció mis inclinaciones, las contrarió durante otros treinta, y de esta oposición continuada entre mi situación y mis inclinaciones se verán nacer faltas enormes, inauditas desventuras y. excepto la fuerza, todas las virtudes que pueden honrar a la adversidad. La primera parte de mi vida ha sido escrita toda de memoria y por lo tanto he debido cometer muchos errores. Obligado a escribir la segunda de memoria también, probablemente cometeré muchos más. Los dulces recuerdos de mis bellos años, pasados con tanta tranquilidad como inocencia, me han dejado mil gratas impresiones, que me halaga de continuo recordar. Pronto se verá cuán diferentes son los del resto de mi existencia. Recordarlos es renovar su amargura. Lejos de agriar la de mi situación con estos tristes recuerdos los evito cuanto puedo; y a veces lo he logrado hasta el punto de no poder hacerlos revivir cuando me ha convenido. Esta facilidad de olvidar los males es un consuelo que el cielo me ha concedido en medio de los que un día la suerte debía acumular sobre mi. Mi memoria, que únicamente me recuerda los objetos agradables es el feliz contrapeso de mi espantada fantasía, que sólo me hace prever desdichas en el porvenir. Todos los papeles que había juntado para suplir a mi memoria y guiarme en esta empresa han pasado a otras manos y jamás volverán a las mías. Sólo me queda un guía fiel con que poder contar: es la cadena de sentimientos que han señalado la sucesión de mi ser y, por ellos, la de los acontecimientos que han sido sus causas o sus efectos. Fácilmente olvido mis pesares, mas nunca mis faltas, y menos aun mis buenos sentimientos. Me es harto grato su recuerdo para que se borre de mi corazón. Puedo cometer omisiones en los hechos, transposiciones, errores de fechas, mas no puedo equivocarme acerca de lo que he sentido, ni acerca de lo que mis sentimientos me han inducido a ejecutar; y he aquí de lo que se trata principalmente. El verdadero objeto de mis confesiones es hacer comprender exactamente mi interior en todas las situaciones. He prometido la historia de mi alma; y para escribirla con fidelidad, no necesito otros recuerdos: me basta, como lo he hecho hasta aquí, entrar dentro de mi mismo. Hay felizmente, sin embargo, un intervalo de seis a siete años del cual tengo datos seguros en una colección de copias de cartas, cuyos originales obran en poder del señor Du Peyrou. Esta colección, que acaba en el año 1760, comprende todo el tiempo de mi permanencia en el Ermitage, y de mi gran rompimiento con los que se llamaban amigos míos; época memorable de mi vida que fué el manantial de todas mis desdichas. Con respecto a las cartas originales más recientes que pueden quedarme, y que son en número muy reducido, en vez de transcribirlas al final de la colección, harto voluminosa para que pueda esperar sustraerla a la vigilancia de mis Argos, las copiaré en este mismo escrito, cuando me parezca que pueden derramar alguna claridad, ya sea en favor, ya en contra mía; pues no temo que el lector olvide jamás que escribo mis confesiones creyendo que hago mi apología; mas tampoco debe esperarse que me calle la verdad cuando ésta me enaltezca. Por lo demás, esta segunda parte no tiene de común con la primera más que la verdad, ni tiene sobre ella más ventaja que la importancia de los hechos. Fuera de esto, no puede menos de serle inferior en todo. Escribía la primera con placer, con complacencia, a mi satisfacción, en Wooton o en el castillo de Trye, todos los recuerdos que tenía que renovar eran otros tantos goces. Los refrescaba sin cesar con nueva fruición y podía dar vueltas a mis descripciones sin dificultad hasta que me satisficiesen. Hoy mi memoria y mi cabeza, debilitadas, me reducen a la incapacidad para todo trabajo; me ocupo en éste casi por fuerza, y con el corazón oprimido por la angustia. No me ofrece más que desventuras, traiciones, perfidias, recuerdos tristes y desgarradores. Quisiera por todo en el mundo encerrar en la noche de los tiempos lo que tengo que decir; y, obligado a hablar contra mi voluntad, me veo reducido también a ocultarme, a valerme de astucias, a procurar engaños, a envilecerme con las cosas menos adecuadas a mi naturaleza. El suelo que piso tiene ojos, las paredes que me rodean tienen oídos; cercado de espías y vigilantes malévolos que me celan, inquieto y perturbado echo presuroso sobre el papel algunas palabras interrumpidas, que apenas tengo tiempo de releer, y menos aún de corregir. Sé que, a pesar de las inmensas barreras que amontonan en derredor mío, siempre temen que la verdad se escape por alguna hendidura. ¿Cómo saltarlas? Lo intento con escasa esperanza. Júzguese si así pueden trazarse agradables cuadros y comunicarles un colorido halagüeño. Advierto, pues, a los que quieran emprender esta lectura, que al proseguirla nada puede distraer su fastidio, si ya no es el deseo de acabar de conocer a un hombre y el amor sincero de la justicia y de la verdad. Dejé la primera parte cuando, partiendo con pesar, depositando mi corazón en las Charmettes, y forjándome mi última ilusión, proyecté llevar allá algún día a los pies de mamá los tesoros que hubiese adquirido, y contando con mi sistema musical como con una fortuna segura. Me detuve algún tiempo en Lyon con objeto de visitar allí a mis conocidos, para hacerme con algunas recomendaciones para París y vender los libros de geometría que me había llevado. Todos me dispensaron buena acogida. Los señores de Mably manifestaron el placer que les causaba mi visita y me dieron de comer por algunos días. En su casa trabé conocimiento con el abate de Mably, así como lo había hecho ya con el abate Condillac, los cuales habían venido a visitar a su hermano. El de Mably me dió algunas cartas para París, entre ellas una para Fontenelle y otra para el conde de Caylus. Ambas relaciones me fueron muy gratas, sobre todo la primera; Fontenelle no ha cesado de manifestarme amistad hasta su último instante y de darme en nuestras entrevistas consejos que hubiera debido aprovechar mejor. Volví a ver al señor de Bordes, que conocía de mucho antes y que a menudo me había favorecido gustoso y con verdadera satisfacción. En este momento lo encontré como siempre. Por mediación suya pude vender mis libros y me dió o me procuró recomendaciones para París. Vi de nuevo también al señor intendente, cuyo conocimiento debí a Bordes y a quien debí también una recomendación al duque de Richelieu, que fué a Lyon por entonces. Fuile presentado por el señor Pallu: me recibió bien y me dijo que fuese a verle en París, lo que hice varias veces, y, no obstante el conocimiento de tan elevado personaje, de quien hablaré con frecuencia, nunca me fué útil para nada. Vi de nuevo al músico David, que me habla ayudado en la estrechez que pasé durante uno de mis viajes precedentes. Me habla dado o prestado un gorro y unas medias, que no le he devuelto más ni me ha pedido nunca, a pesar de haberle visto varias veces desde entonces. Posteriormente, sin embargo, le hice un regalo, equivalente poco más o menos, y aún diría de más valor, si se tratara de lo que he adeudado; mas se trata de lo que he hecho y desgraciadamente no es lo mismo. También vi nuevamente al noble y generoso Perrichon, quien me dió pruebas de su ordinaria magnificencia, pues me dispensó el mismo obsequio que antes habla hecho al gentil Bernard, pagándome el puesto de la diligencia. Volví a ver al cirujano Parisot, el mejor y más bondadoso de los hombres; volví a ver a su querida Godefroy, a quien sustentaba hacía diez años y cuya dulzura de carácter y bondad de corazón constituían casi todo su mérito, mas a quien no se podía tratar sin interés ni dejar sin enternecerse, pues se hallaba en el último grado de una tisis que la mató al poco tiempo. Nada manifiesta tanto las verdaderas inclinaciones de un hombre como las clases de relaciones que contrae '. El que vela a la dulce Godefroy conocía al buen Parisot. Yo estaba obligado a todas esas gentes. En lo sucesivo, de todos me olvidé, no por ingratitud a buen seguro, sino a causa de esa pereza invencible que con frecuencia me ha hecho parecer ingrato; jamás se ha borrado de mi corazón la gratitud que les debo; pero me hubiera costado menos darles de ello una prueba evidente que manifestárselo con mi asiduidad. La exactitud en escribir a esta o siempre por encima de mis fuerzas; cuando empiezo a dejar pasar tiempo, la vergüenza y la dificultad de reparar mi falta me la hacen agravar, y ya no escribo. Por lo tanto he guardado silencio y ha parecido que les olvidaba. Parisot y Perrichon ni siquiera se han fijado en ello, y siempre han sido lo mismo para mí; mas en cuanto a Bordes, se verá veinte años después, hasta dónde llega la venganza del amor propio de un hombre presumido, que se cree menospreciado. Antes de salir de Lyon no debo olvidar a una amable persona, que volví a ver con más placer que nunca, y que dejó en mi corazón tiernos recuerdos: es la señorita de Serte, de quien he hablado en la primera parte, y con quien habla trabado nuevas relaciones mientras estuve en casa del señor de Mably. Teniendo más espacio en este viaje, la vi más a menudo; mi corazón se prendó grandemente de ella y tuve motivos para creer que el suyo no me era hostil; pero me hizo una revelación que me quitó todo deseo de abusar de su amor. Ella no tenía nada, yo tampoco; nuestras situaciones eran harto semejantes para unirnos, y, con las miras que yo llevaba, estaba muy lejos de pensar en el matrimonio. Me hizo saber que un joven comerciante, llamado Geneve, parecía querer casarse con ella. Le vi en su casa una o dos veces, me pareció hombre de bien, y por tal pasaba. Persuadido de que con él sería dichosa, deseé que se unieran, como se efectuó posteriormente; y, para no turbar sus inocentes amores, me apresuré a partir, haciendo votos por la felicidad de esta encantadora joven, votos que no han sido oídos aquí abajo, sino por breve tiempo; pues supe que había muerto al cabo de dos o tres años de casada. Ocupado durante todo el camino con el recuerdo de mi dulce pesar, sentí y he sentido posteriormente a menudo, pensando de nuevo en ello, que si los sacrificios que se hacen en aras del deber y de la virtud exigen un esfuerzo, queda éste bien recompensado por los recuerdos dulces que deja en el fondo de nuestro corazón. Así como en mi primer viaje habla visto a París por su lado feo, en el presente lo vi por su lado brillante; no me refiero ciertamente a mí morada; pues, gracias a unas señas que me había dado el señor Bordes, fui a parar a la fonda de San Quintín, calle des Cordeliers, cerca de la Sorbona, fea calle, lea fonda y feo cuarto, pero donde, sin embargo, se habían albergado hombres de mérito tales como Gresset, Bordes, los abates de Mably, de Condillac, y muchos otros de los que por desdicha no encontré a ninguno; mas hallé a un cierto señor de Bonnefond, hidalgüelo cojo, litigante, que se las echaba de purista, a quien debí el conocimiento del señor Roguín, decano ahora de mis amigos, y por su conducto el del filósofo Diderot, de quien tendré que hablar mucho en lo sucesivo. Llegué a París por el otoño de 1741 con quince luises de moneda corriente, mi comedía Narciso y mi proyecto de música por todo recurso, teniendo, por consecuencia, poco tiempo que perder para sacar de él algún provecho. Me apresuré a presentar mis recomendaciones. Un joven que llega a París, teniendo una regular figura, y que se anuncia con cierto talento, está siempre seguro de hallar buena acogida. Tal fué la mía, y esto me proporcionó buenos ratos sin conducirme a gran cosa. De todas las personas a quienes fui recomendado, sólo tres me sirvieron: el señor Damesin, gentilhombre saboyano, entonces caballerizo y creo que favorito de la señora princesa de Carignan; el señor de Boze, secretario de la Academia de las Inscripciones y conservador de las medallas del gabinete del rey, y el padre Castel, jesuita, autor del clave ocular. Todas esas recomendaciones, excepto la del señor Damesin, me provenían del abate de Mably. El señor Damesin proveyó lo más necesario por medio de dos relaciones que me procuró: la una del señor de Case, presidente con birrete en el parlamento de Burdeos, y que tocaba perfectamente el violín; la otra del señor de León, que a la sazón vivía en la Sorbona, joven caballero muy amable, que murió en la flor de su edad, después de haber brillado breve tiempo en el mundo bajo el nombre de Rohan. Uno y otro tuvieron la humorada de aprender la composición. Les di lección algunos meses, y esto contribuyó a sostener un poco mi moribundo bolsillo. El abate de León me cobró amistad y quiso tomarme por su secretario, mas, como no era rico, no pudo ofrecerme más que ochocientos francos, que rehusé con pesar, ya que no eran suficientes para mi vivienda, mi alimentación y demás atenciones. El señor de Boze me recibió muy bien; apreciaba los conocimientos y los tenía también, mas era un poco pedante. Su señora hubiera podido ser su hija; era brillante y petimetra. Yo comía algunas veces en su casa y no puede darse un aspecto más soso ni más estúpido que el que yo tenía, colocado enfrente de ella. Me intimidaba su desenfado, poniendo más de relieve mi cortedad. Cuando me presentaban un plato, yo adelantaba mi tenedor para tomar modestamente un cachito de lo que me ofrecían; de suerte que ella daba a su lacayo el plato que me había destinado, volviéndose para ocultar su risa. No sospechaba siquiera que en la cabeza de un lugareño como yo hubiese capacidad alguna. El señor de Boze me presentó al de Réaumur, amigo suyo que iba a comer a su casa todos los viernes, día de sesión en la Academia de Ciencias. Le habló de mi proyecto y de mi deseo de someterlo al examen de la Academia. El señor de Réaumur se encargó de la proposición, que fué atendida. El día señalado fué introducida y presentada por él en persona, y el mismo día 22 de agosto de 1742 tuve el honor de leer a la Academia la Memoria que al efecto tenía preparada. Aunque esta ilustre Academia fuese en verdad muy imponente, me encontré ante ella menos tímido que ante la señora de Boze y quedé regularmente con mis lecturas y respuestas. La Memoria produjo buen efecto y me granjeó felicitaciones que me sorprendieron tanto como me halagaron, imaginando apenas que, ante una Academia, cualquiera que a ella no pertenezca puede tener sentido común. Los comisionados examinadores fueron los señores Mayan, Hellot y Fouchi, personas seguramente de mérito, pero que ninguna sabía música, al menos lo bastante para hallarse en aptitud necesaria de apreciar mi proyecto. (1742.) Durante mis conferencias con esos señores, me convencí con tanta seguridad como sorpresa que, si a veces los sabios tienen menos preocupaciones que los demás hombres, en cambio están más aferrados a las suyas. Por débiles y falsas que fueran la mayor parte de sus objeciones, y aunque yo respondiese con mucha timidez, como lo confieso, y me explicase mal, pero por razones perentorias, ni una sola vez logré hacerme entender y satisfacerles. A mí me tenían siempre absorto al ver con qué facilidad por medio de algunas frases sonoras me refutaban sin haberme comprendido. No sé de dónde desenterraron que un monje llamado el padre Soubaitti había ideado mucho tiempo antes el pentagrama con cifras, y con esto tuvieron bastante para pretender que mi sistema no era nuevo. Y esto aún puede pasar, pues -aunque yo jamás hubiese oído hablar del padre Soubaitti y aunque su modo de escribir las siete notas del canto, llano, sin soñar siquiera en las octavas, de ningún modo mereciese compararse con mi sencilla y cómoda invención para anotar cualquier música imaginable, llaves, pausas, octavas, compases, tiempos y valores de las notas, cosas en que ni siquiera había pensado el padre Soubaitti- venía por lo menos muy a propósito para decir que en cuanto a la expresión elemental de las siete notas era él el primer inventor. Pero, además de haber dado a esta invención primera más importancia de la que merecía, no se contentaron con sólo esto; y tan luego como quisieron hablar del fondo del sistema, no hicieron más que desbarrar. La ventaja mayor del mío era suprimir las transposiciones y las llaves, de suerte que el mismo trozo se hallaba anotado y transpuesto a voluntad, en cualquier tono que se quisiese, con el cambio de una letra inicial al principio de la composición. Aquellos señores habían oído a los musiquillos de París que el método de ejecutar la música por transposición no valía nada; en esto se apoyaron para formular una invencible objeción contra la más notable ventaja de mi sistema, y resolvieron que mi anotación era buena para la parte vocal y mala para la instrumental, cuando hubieran debido juzgarla buena para la vocal y mejor para la instrumental. Con semejante dictamen, la Academia me concedió un certificado lleno de halagüeñas frases, en cuyo fondo se traslucía que no consideraba mi sistema útil ni nuevo. No creí, por consiguiente, deber acompañar con semejante documento la obra titulada Disertación sobre la música moderna, por medio de la cual apelé del fallo de la Academia al público. Con esta ocasión pude ver cómo aun con escaso talento, el conocimiento único, pero profundo, de una materia es preferible para juzgar bien de ella a todas las luces que da la cultura de las ciencias, cuando no se agrega a la misma el estudio particular de la materia que se trata. La única objeción sólida que podía oponerse a mi sistema la hizo Rameau. Apenas se lo hube explicado, cuando vió su lado flaco. "Vuestros signos -me dijo- son muy buenos en cuanto determinan sencilla y claramente los valores, en cuanto representan visiblemente los intervalos y muestran siempre lo simple en lo complicado, cosas todas que no tiene la anotación ordinaria; pero son malos por cuanto exigen una operación de la inteligencia que no siempre permite seguir la rapidez de la ejecución. La posición de nuestras notas -continuó- se manifiesta a la vista sin el concurso de este trabajo. Si dos notas, una muy alta y otra muy baja, se hallan enlazadas por una serie de notas intermedias, desde la primera ojeada veo la progresión de una a otra por grados continuos; mas, para estar seguro de esta progresión con vuestro sistema, es indispensable deletrear todas las cifras una a una; la primera ojeada no sirve para nada". Esta objeción me pareció que no tenía réplica y convine en ello al instante mismo; aunque sea natural y salte a la vista, sólo una dilatada práctica del arte puede sugerirla, y nada tiene de extraño que no se le hubiese ocurrido a ningún académico; pero sí lo es que todos esos grandes sabios, que saben tantas cosas, ignoren que no deberían juzgar de lo que no entienden. Mis frecuentes visitas a los comisionados y a otros académicos me permitieron trabar relaciones con lo mejor de París en cuanto a literatura; y de ahí resultó que estas relaciones estaban ya contraídas cuando me vi inscrito de repente entre ellos. Concretándome al caso presente, concentrado en mi sistema de música, me obstiné en querer causar por su medio una revolución en el arte, y lograr así una celebridad que, tratándose de bellas artes, en París va siempre unida con la fortuna. Me encerré en mi cuarto y me estuve trabajando dos o tres meses con inexplicable afán refundiendo en una obra destinada para el público la Memoria que había leído a la Academia. La dificultad estuvo en encontrar un librero que quisiese tomar mi manuscrito, atendiendo a que había que hacer algunos gastos para los caracteres nuevos, que los libreros no prodigan su dinero para las obras de los escritores noveles, y que, sin embargo, me parecía muy justo que mi obra me valiese el pan que había comido escribiéndola. Bonnefond me puso en relaciones con Quillau padre, que hizo conmigo un tratado estipulando que los beneficios serían por mitad, sin contar el privilegio, que pagué yo. Tan bien se manejó el citado Quillau, que perdí lo que me costó el privilegio y jamás he sacado un ochavo de esta edición, que probablemente obtuvo una venta mediana, aunque el abate Desfontaines me había prometido hacerla correr y aunque los otros periodistas la recomendaron. El mayor obstáculo con que tropezaba mi sistema era el temor de que si no se extendía era perdido el tiempo que se emplease en aprenderlo. A esto decía yo que la práctica de mi anotación aclaraba de tal modo las ideas, que, aun para aprender la música con los caracteres ordinarios, todavía se ganaba tiempo empezando por los míos. Para ofrecer una prueba de ello enseñé gratis música a una joven americana, la señorita de Roulins, que me había hecho conocer el señor Roguin. En tres meses se halló en estado de descifrar con mi anotación cualquier pieza de música que se le presentase, y aun de cantar repentinamente mejor que yo mismo cualquiera que no estuviese erizada de dificultades. Este resultado fué sorprendente, pero ignorado. Otro que no hubiese sido yo, lo hubiera pregonado por medio de los diarios; mas, con alguna capacidad para encontrar cosas útiles, siempre fuí nulo para hacerlas valer. He aquí cómo se rompió mi nueva fuente de Herón; mas a la sazón contaba treinta años y me hallaba en París, donde no puede vivirse sin contar con algo. La resolución que adopté en esa extremidad no parecerá extraña a los que hayan leído la primera parte de estas Memorias. Acababa de darme un trabajo tan grande como inútil y necesitaba tomar aliento. En vez de abandonarme a la desesperación me eché tranquilamente en brazos de mi pereza y de la Providencia; y, para darle tiempo de obrar, me comí sin precipitación algunos luises que me restaban todavía, arreglando el gasto de mis indolentes placeres, pero sin suprimirlos, no yendo al café más que un día sí y otro no, y al teatro sólo dos veces a la semana. En cuanto a muchachas, no tuve que reformar nada, pues en mi vida be empleado un sueldo en comprar sus favores, esto exceptuando una sola vez, de que hablaré en breve. La seguridad, la voluptuosidad, la confianza con que me entregaba a esta vida indolente y solitaria, careciendo de medios para subsistir así tres meses, es una de las particularidades de mi vida y una de las rarezas de mi carácter. La extrema necesidad en que me hallaba de que alguien me protegiese, era precisamente lo que me quitaba el valor de presentarme, y la necesidad de hacer visitas me las hizo insoportables, hasta el punto de cesar de ver a los académicos y otros literatos con quienes me hallaba ya relacionado. Marivaux, el abate de Mably, Fontenelle fueron casi los únicos a quienes continué viendo. Al primero hasta le mostré mi comedia Narciso, que le agradó y tuvo la complacencia de revisar. Más joven que ellos, Diderot, poco más o menos de mi edad, era aficionado a la música, cuya teoría conocía, y hablábamos los dos sobre la materia; también me hablaba de los proyectos de sus obras, de donde en breve resultó una mayor intimidad que ha durado quince años y probablemente no se hubiera extinguido si, desgraciadamente y sólo por su culpa, yo no me hubiese entregado a trabajos del mismo género que los suyos. Difícilmente se adivinaría en qué empleé el corto y precioso intervalo que me quedaba todavía antes de yerme reducido a mendigar el pan; me dediqué a estudiar de memoria pasajes de poetas, que había aprendido y olvidado cien veces. Cada mañana, a eso de las diez, iba a pasearme por el Luxemburgo con un Virgilio o un Rousseau en la faltriquera; y allí, hasta la hora de comer, recordaba ya una oda sagrada, ya una bucólica, sin disgustarme porque, repasando la del día, no dejaba de olvidar la de la víspera. Me acordaba de que, después de la derrota de Nicias en Siracusa, los atenienses cautivos se ganaban la vida recitando los poemas de Homero. El partido que saqué de este rasgo de erudición para precaverme de la miseria fué ejercitar mi feliz memoria en retener todos los poetas. Otro medio tenía no menos sólido en el ajedrez, al que consagraba regularmente en casa de Maugis todas las tardes que no iba al teatro. Allí conocí al señor de Legal, a Husson, a Philidor, y demás grandes jugadores de ajedrez de aquel tiempo, lo cual no fué bastante para que yo adelantara mucho. No dudaba, sin embargo, de que al fin sería más fuerte que todos ellos; esto bastaba, a mi entender, para servirme de recurso; cualquier locura que me entusiasmase siempre me daba ocasión para razonar del mismo modo. Yo me decía: "El que sobresale en alguna cosa, siempre se ve solicitado. Estemos, pues, en primera línea, no importa en qué fuere; seré buscado, se ofrecerán ocasiones, y lo demás depende de mi mérito". Esta niñada no era un sofisma de mi razón, sino de mi indolencia. Asustado de los grandes y rápidos esfuerzos que hubiera tenido que hacer para animarme, procuraba halagar mi pereza ocultando la vergüenza por medio de argumentos dignos de ella. Así esperaba tranquilamente que se acabase mi dinero; y creo que hubiera llegado a