libro de audio editado por 3 uves dobles punto lee eme pe tres punto com.. Rousseau, Jean Jacques (1712- 1778) Filósofo, literario, pedagogo y pensador político francés de origen suizo. Nació en Ginebra en 1712 en el seno de una familia hugonota de origen francés. Huérfano de madre desde muy niño, fue educado por su padre, que le trasmitió su gusto por las novelas y por las obras de Plutarco. A los dieciséis años se escapó de su puesto de aprendiz y cayó bajo la influencia de una mujer mucho mayor que él, Madame de Warens, que se convertiría en su madre adoptiva y en su amante, y en cuyas posesiones vivió durante varios años, primero en Chambéry y luego en Charmettes, donde se dedicó con pasión a la lectura y a los estudios musicales. En París, ciudad a la que se trasladó el año 1742, sufrió desengaños mundanos e intelectuales (la Academia rechazó su sistema de notación musical), conoció a los filósofos más importantes de entonces, como Diderot, y colaboró en la creación de la Enciclopedia. Tras su primer éxito literario en 1750 (por la publicación del Discurso sobre las ciencias y las letras), Rousseau vivió en varios lugares de Francia, entre ellos París, ayudado siempre por amigos y protectores nobles y ricos. Después regresó a Ginebra, donde adquirió el derecho de ciudadanía, regresó a la fe calvinista, tras unos años de profesión católica, a la que se había convertido por influencia de Madame de Warens, y más tarde se casó con una muchacha de origen sencillo. Tuvo problemas con las autoridades de Ginebra y se marchó a Inglaterra, llamado por David Hume (que llegó a considerarlo "el más curioso de todos los seres humanos"), pero tampoco allí duró mucho tiempo. Volvió a Francia, amenazado por sus enemigos, cuyas amenazas, no obstante, magnificaba el propio Rousseau con su manía persecutoria. En este país, en el pequeño pueblo de Ermenonville (departamento de Oise), murió Rousseau el año 1778, a los 66 años de edad. Jean - Jacques Rousseau fue una persona de trato difícil, un ser humano desgarrado y zarandeado por contradicciones, luchas internas y sentimientos pasionales, de carácter inestable, infeliz y de tendencias psicopáticas. Este carácter se refleja en su obra, íntimamente ligada a su vida. Incapaz de alcanzar la felicidad en una sociedad injusta, Rousseau creó un mundo hecho a su medida, partiendo de la idea de que todo es perfecto al salir de las manos de Dios y todo degenera en manos de los hombres. La primera obra importante de Rousseau, la que le lanzó a la fama literaria, fue el Discurso sobre las ciencias y las artes (1750), premiado en un concurso convocado por la Academia de Dijon sobre el tema de si las artes y las ciencias han contribuido a mejorar y elevar la moralidad. La respuesta de Rousseau es negativa. Las artes y las ciencias no son muestra de progreso, sino signo de decadencia; la filosofía, por ejemplo, no existiría si los hombres se hubieran mantenido en las virtudes simples y naturales, y el derecho sería innecesario si la injusticia social no hubiera prevalecido sobre la igualdad originaria entre todos los seres humanos. En 1753, como respuesta a un nuevo concurso de la Academia de Dijon, Rousseau publicó su obra más famosa, el Discurso sobre el origen de la desigualdad entre los hombres, que tanta influencia tendría en el desarrollo del pensamiento político posterior. Según Rousseau, en el estado de naturaleza original los seres humanos vivían libres e independientes, todos iguales, sin estar unos sometidos a los otros. Esta situación cambió por el establecimiento de la propiedad privada, lo cual trajo consigo crímenes, guerras, la esclavitud y el sometimiento de unos seres humanos por parte de otros más poderosos. Las ideas de Rousseau sobre la sociedad civil y política se desarrollan ulteriormente en El contrato social, obra publicada en 1762. Ante la situación de desigualdad y enajenación de libertad que viven los seres humanos, un poder y un dominio adecuado al derecho sólo pueden fundarse en un acuerdo entre los hombres, una especie de contrato social, por el que cada individuo cede parte de su independencia y la somete a la dirección suprema de una voluntad general. También en 1762 publica Rousseau su novela pedagógica Emilio, donde expone sus ideas sobre la educación. Si el ser humano es bueno por naturaleza y es corrompido por la influencia nefasta de la sociedad, el ideal de toda educación será intentar mantener a los jóvenes lejos de las influencias que puedan deformarlo y hacer madurar, de forma natural, las buenas disposiciones que, por principio, residen en todos los seres humanos. Ideas parecidas había ya expuesto Rousseau en su novela epistolar Julia o la nueva Eloísa, publicada en 1761, en la que exalta los valores del retorno a una vida natural. Entre 1765 y 1770, Rousseau redactó las Confesiones, y entre 1776 y el año de su muerte, las Ensoñaciones de un paseante solitario, obras autobiográficas, publicadas póstumamente, que revelan la personalidad compleja de su autor, cuyas “pasiones vivas e impetuosas” chocaron siempre con las imposiciones de la realidad y de la vida social. La influencia de Rousseau en el pensamiento y en la literatura posterior fue decisiva: afirmó la importancia del sentimiento frente a la razón, la necesidad de una toma de conciencia y la exaltación del “yo”, bases del romanticismo posterior, que le debe además su concepción de la religiosidad como relación directa entre el creyente y el ser supremo en el marco de la naturaleza. Con sus ideas sobre los males de la propiedad privada, Rousseau influyó también en el socialismo utópico de la primera época y en el socialismo revolucionario de Karl Marx. LAS CONFESIONES Jean-Jacques Rousseau LIBRO PRIMERO 1712 - 1719 Emprendo una obra de la que no hay ejemplo y que no tendrá imitadores. Quiero mostrar a mis semejantes un hombre en toda la verdad de la Naturaleza y ese hombre seré yo. Sólo yo. Conozco mis sentimientos y conozco a los hombres. No soy como ninguno de cuantos he visto, y me atrevo a creer que no soy como ninguno de cuantos existen. Si no soy mejor, a lo menos soy distinto de ellos. Si la Naturaleza ha obrado bien o mal rompiendo el molde en que me ha vaciado, sólo podrá juzgarse después de haberme leído. Que la trompeta del Juicio Final suene cuando quiera; yo, con este libro, me presentaré ante el Juez Supremo y le diré resueltamente: "He aquí lo que hice, lo que pensé y lo que fui. Con igual franqueza dije lo bueno y lo malo. Nada malo me callé ni me atribuí nada bueno; si me ha sucedido emplear algún adorno insignificante, lo hice sólo para llenar un vacío de mi memoria. Pude haber supuesto cierto lo que pudo haberlo sido, mas nunca lo que sabía que era falso. Me he mostrado como fui, despreciable y vil, o bueno, generoso y sublime cuando lo he sido. He descubierto mi alma tal como Tú la has visto, ¡oh Ser Supremo! Reúne en torno mío la innumerable multitud de mis semejantes para que escuchen mis confesiones, lamenten mis flaquezas, se avergüencen de mis miserias. Que cada cual luego descubra su corazón a los pies de tu trono con la misma sinceridad; y después que alguno se atreva a decir en tu presencia: "Yo fui mejor que ese hombre." Nací en Ginebra en 1712, Fueron mis padres los ciudadanos Isaac Rousseau y Susana Bernard. Mi padre no tenía más medio de subsistencia que su oficio de relojero, en el que era muy hábil, pues le correspondió muy poco, o casi nada, de una herencia pequeña a repartir entre quince hermanos. Mi madre, hija del reverendo Bernard, tenía más fortuna. Era bella y discreta. No sin trabajo pudo mi padre casarse con ella. Empezaron a quererse desde niños. Entre los ocho y los nueve años se paseaban juntos por la Treille; a los diez, ya no podían vivir separados. El sentimiento que había despertado en ellos la costumbre se afianzó por la simpatía y uniformidad de sus almas. Nacidos ambos tiernos y sensibles, sólo esperaban la ocasión de hallar igual disposición en otra alma, si es que esta ocasión no les esperaba a ellos mismos, que entregaron su corazón al primero que encontraron dispuesto a recibirlo. La suerte, que parecía contrariar su pasión, no hizo más que encenderla. El joven amante, no pudiendo obtener a su amada, se consumía de dolor. Le aconsejó ella que viajara para olvidar, y él viajó sin fruto y volvió más enamorado que nunca al lado de la que había continuado fiel y llena de ternura. Después de esta prueba no quedaba más que amarse toda la vida. Se lo juraron y el cielo bendijo su juramento. Gabriel Bernard, hermano de mi madre, se prendó de una de las hermanas de mi padre, la cual sólo consintió en dar su mano al joven si su hermana se casaba con mi padre, y he aquí cómo se encargó el mismo amor de componerlo todo, realizándose los dos matrimonios en un mismo día. Así, pues, mi tío carnal era el marido de mi tía carnal, y sus hijos fueron doblemente primos míos. Uno de cada matrimonio vino al mundo un año después; luego fué preciso separarse nuevamente. Mi tío Gabriel Bernard era ingeniero; sirvió en el Imperio y en Hungría bajo las órdenes del príncipe Eugenio, distinguiéndose en el sitio y batalla de Belgrado. Mi padre, después del nacimiento de mi único hermano, partió para Constantinopla, adonde fué llamado para ser relojero del Serrallo. Durante su ausencia, la belleza de mi madre, su entendimiento y sus méritos atraían la admiración de todos. El señor de la Closure, residente de Francia, fué uno de sus más entusiastas; debió amarla apasionadamente, pues hablándome de ella treinta años después, lo vi enternecerse. Pero mi madre tenía algo más que virtud para eludir sus homenajes: amaba tiernamente a su marido. Instóle a que volviese, y él lo hizo, dejándolo todo. Yo fuí el triste fruto de su regreso. Diez meses después nací débil y enfermo. Costé la vida a mi madre, y mi nacimiento fué el primero de mis infortunios. No sé cómo pudo mi padre soportar este golpe, pero sé que no logró consolarse nunca de él. Creía verla en mí, sin poder olvidar que yo había causado su muerte. Cada vez que me besaba, yo sentía que en sus suspiros y en sus convulsos abrazos iba mezclado un amargo recuerdo, haciéndolos más tiernos. Cuando me decía: "Hablemos de tu madre, Juan Jacobo", yo le respondía: "Bueno, padre; vamos a llorar", y estas palabras hacían brotar lágrimas de sus ojos. ¡Ah! -decía gimiendo-, devuélvemela, consuélame de su pérdida; llena el vacío que en mi corazón ha dejado. "¿Te amaría yo tanto, por ventura, si no fueses más que hijo mío?" Murió cuarenta años después de haberla perdido, en brazos de una segunda mujer, pero con el nombre de mi madre en los labios y su imagen grabada en el corazón. Tales fueron los autores de mis días. De cuantos dones les había concedido el cielo, sólo me legaron un corazón sensible, que, si a ellos los hizo dichosos, fué causa de todas las desgracias de mi vida. Nací casi moribundo. Había pocas esperanzas de salvarme. Vine al mundo con el germen de una dolencia que los años han reforzado y cuyos intervalos sólo me sirven para sufrir más cruelmente de otra manera. El cuidado extremo de una hermana de mi padre, amable y prudente mujer, me salvó tomándome a su cargo. En estos momentos vive aún, cuidando, a la edad de ochenta años, a un marido más joven que ella, pero consumido por el abuso de la bebida. ¡Tía querida, os perdono que me hayáis hecho vivir y siento no poder devolveros en vuestra vejez los desvelos que os costó mi infancia! Vive también mi buena Jaquelin, sana y robusta. Las manos que abrieron mis ojos al venir al mundo, podrán cerrarlos cuando lo deje. Sentí antes de pensar: tal es el destino común de la humanidad, que yo experimenté más que nadie. No sé lo que hice hasta los cinco o seis años, ni cómo aprendí a leer. Recuerdo sólo mis primeras lecturas y el efecto que me causaban; desde entonces juzgo que empiezo a tener conciencia de mí mismo, sin interrupción. Había dejado mi madre algunas novelas, que leíamos por las noches, después de cenar, mi padre y yo. AL principio lo hacíamos para que yo me adiestrara en la lectura con libros entretenidos; pero pronto creció el interés de tal manera, que nos pasábamos las noches de claro en claro, leyendo alternativamente, sin dejar el libro hasta su conclusión. A veces mi padre, al oír el canto matutino de las golondrinas, me decía como avergonzado: "Vamos, vamos a dormir. Soy más niño que tú". En poco tiempo adquirí, por tan peligroso método, no sólo una facilidad extraordinaria para leer y escucharme sino también un conocimiento, sin par a mi edad, de las pasiones humanas. Sin tener ninguna idea de las cosas, estaba yo familiarizado con todos los sentimientos. Cuando nada había concebido aún, ya lo había sentido todo. Estas confusas emociones que experimentaba sucesivamente no modificaron en nada mi razón, puesto que carecía de ella; pero la templaron de otra manera y me dieron ideas extrañas y novelescas acerca de la vida humana, de las que aún no han podido curarme por completo la experiencia y la reflexión. (1719-1720.) Con el verano de 1719 se concluyeron las novelas. Agotada la biblioteca de mi madre, tuvimos que acudir en ç 1 inmediato invierno a la parte que nos habla tocado de la biblioteca de mi abuelo. Se encontraban en ella muy buenos libros, por fortuna, como no podía menos de ser procediendo de un pastor verdaderamente sabio, según la moda de entonces, y hombre de talento y buen gusto. Fueron transportados al taller de mi padre la Historia de la Iglesia y del Imperio, por Le Sueur; el Discurso sobre la, Historia Universal, de Bossuet; las Vidas de varones ilustres, de Plutarco; la Historia de Venecia, de Nanís; Las metamorfosis, de Ovidio; Los caracteres, de La Bruyére; La pluralidad de los mundos y Los diálogos de los muertos, de Fontenelle, y algunos tomos de Moliére; y mientras él trabajaba, yo se los leía, tomándoles una afición rara, quizás única a mi edad. Plutarco fué, sobre todo, mi lectura favorita, curándome un poco de mi afición a las novelas el gusto que encontraba en releerlo. Bien pronto preferí Agelisao, Bruto, Arístides a Orondato, Artamenes y Juba. Estas interesantes lecturas y las conversaciones a que dieron lugar entre mi padre y yo, formaron ese espíritu libre y republicano, ese carácter indomable y altivo, enemigo de todo yugo y servidumbre, que siempre me ha torturado en las circunstancias menos oportunas para dejarle libre vuelo. Constantemente ocupado con Roma y Atenas, viviendo, como quien dice, con sus grandes hombres, nacido yo mismo ciudadano de una república e hijo de un padre cuya pasión dominante era el amor a la patria, me entusiasmaba a ejemplo suyo y me creía un griego o un romano: convertíame en el personaje cuya vida estaba leyendo, y el relato de los rasgos de constancia y de intrepidez que me hablan impresionado daba fuerza a mi voz y centelleo a mis miradas. Un día, que durante la comida hice el relato de Scévola, asusté a los circunstantes que me vieron poner la mano sobre un hornillo para representar su acción. Tenía un hermano que me llevaba siete años, dedicado al oficio de mi padre. El entrañable cariño que a mí me tenían hacia que le tratasen con algún desvío, hecho que no apruebo de ningún modo; su educación se resintió por ello. Entregóse al libertinaje antes de tener edad para ser un libertino. Pusiéronle de aprendiz en otra casa, de donde a menudo se escapaba, como lo había hecho de la casa paterna. Yo apenas lo vela, casi puedo decir que no lo conocía; pero no por esto dejaba de quererle tiernamente, y él me amaba como puede amar un pilluelo cualquier cosa. Recuerdo que un día en que mi padre, lleno de cólera, lo castigaba rudamente, yo me arrojé impetuosamente en medio de ellos y le abracé estrechamente, ocultándole así y recibiendo sobre mí los golpes que le iban dirigidos, y tal fué mi tenacidad en conservar aquella actitud, que fué preciso que mi padre lo dejara, ya fuese aplacado por mis ruegos y mis lágrimas, ya para no maltratarme más que a él. En fin, tanto se fue maleando, que desapareció de repente. Algún tiempo después supimos que estaba en Alemania, aunque no escribió una sola vez. Desde entonces nada se ha sabido de él, y he aquí cómo vine a quedar hijo único. Sí aquel pobre muchacho fué educado con descuido, no sucedió lo mismo con su hermano. Ni los hijos de los reyes podrán ser objeto de tanto esmero como lo Luí yo durante mis primeros años; y, por caso raro, idolatrado de cuantos me rodeaban, siempre fui tratado como hijo querido pero nunca como hijo mimado. Hasta que salí del hogar paterno nunca me permitieron ir solo por la calle con los otros chicos; nunca tuvieron que reprimir en mí ni permitirme ninguno de esos caprichos que se imputan a la naturaleza y que son efecto sólo de la educación. Tenía, sí, los defectos propios de aquella edad; era hablador, goloso, algunas veces embustero. Hubiera robado fruta, dulces, cosas de comer; pero nunca me agradó hacer mal, perjudicar ni acusar a nadie, como tampoco molestar a los pobres animales. Recuerdo, sin embargo, haberme orinado un día en el puchero de una vecina, llamada la señora Clot, mientras ella estaba en el sermón, y confieso que todavía me hace reír este recuerdo, porque la buena mujer era la más gruñona que he conocido en mi vida. He aquí la corta y verídica historia de mis diabluras infantiles. ¿Cómo habría podido yo ser un malvado, no teniendo sino ejemplos de dulzura que imitar y hallándome rodeado de las mejores gentes que puedan darse? Mi padre, mi tía, mi ama, mis parientes, nuestros amigos y vecinos, cuantas personas trataba, no me obedecían, pero todos me amaban y yo les quena también. Me vela tan poco excitado y tan sin contrariedades, que nunca se me ocurría ser exigente ni mostrarme voluntarioso. Puedo jurar que hasta yerme reducido a servir a un amo no supe lo que era un capricho. Salvo los ratos dedicados a la lectura con mi padre, y a pasear con mi ama, estaba siempre junto a mi tía mirándola bordar y escuchando sus canciones, de pie o sentado cerca de ella, y era dichoso de este modo; su buen humor, su dulzura, su rostro agradable se hallan tan impresos en mi memoria, que aún me parece que veo su expresión, su mirada y su ademán; recuerdo sus cariñosas advertencias; podría describir su traje y su tocado, sin olvidar los dos rizos de negro cabello que adornaban sus sienes según la moda de aquel tiempo. Seguro estoy de que a ella debo el gusto, o mejor, la pasión por la música, que no se desarrolló en mí basta mucho tiempo después. Poseía un prodigioso caudal de canciones que cantaba con una voz dulcísima. La serenidad de alma de esta excelente mujer disipaba toda tristeza a su alrededor. Tanto me cautivaban sus canciones, que no sólo he conservado en la memoria muchas de ellas sino que aún hoy día, que casi la be perdido, algunas que tenía completamente olvidadas desde la infancia reaparecen a medida que voy envejeciendo, con un encanto que trataría en vano de explicar. ¿Quién diría que yo, viejo caduco, roído por las preocupaciones y los sufrimientos, me he sorprendido algunas veces llorando como un chiquillo al murmurar aquellos cantos con voz ya trémula y cascada? La melodía de uno de ellos, sobre todo, se ha reproducido en mi memoria, habiendo sido vanos todos mis esfuerzos para recordar la mitad de la letra, aunque hallo confusamente las rimas. Ele aquí cómo empieza y todo lo que de ella recuerdo: Tirsis, fr n'ose Ecouter tan chalumeau Sous l'ormeau; Car on en cause Déjá dans notre hameau. .... un berger ... s'engager sans danger; Et tou/ours l'épine est sous la rose No puedo explicarme en qué consiste el conmovedor encanto que encuentro en esta canción; pero me es completamente imposible llegar al último verso sin derramar lágrimas. Me ha tentado mil veces el deseo de escribir a París para saber el resto de las palabras que no puedo recordar, por si hay quien las recuerde todavía. Pero estoy seguro de que gran parte del placer que me causa el recuerdo de esta canción desaparecería al tener la prueba de que la han cantado otras voces que la de mi tía Susana. Tales fueron las primeras emociones de mi vida: así empezó a formarse o darse a conocer mi corazón tan tierno a la vez y tan altivo, mi carácter afeminado y, sin embargo, indomable, que fluctuando siempre entre el valor y la flaqueza, entre la molicie y la virtud, me ha puesto siempre en oposición conmigo mismo: y por esta causa no he tenido abstinencia, ni la sensualidad me ha vencido; no he sido prudente ni disipado. Esta forma de educación fué interrumpida por un accidente cuyas consecuencias han influido en todo el resto de mi vida. Tuvo mi padre una riña con un capitán francés, llamado Gautier, que contaba con parientes en el Consejo. Este hombre, insolente y cobarde, echó sangre por la nariz, y para vengarse acusó a mi padre de haber usado la espada en la ciudad, obteniendo un auto de prisión contra el acusado. Mi padre se obstinaba en que se prendiese también al acusador con arreglo a la ley; mas, no pudiendo lograrlo, prefirió expatriarse para toda la vida, saliendo de Ginebra, a ceder en esta cuestión en que juzgó comprometidos la libertad y el honor. Quedé bajo la tutela de mi tío Bernard, a la sazón empleado en las fortificaciones de Ginebra. Había muerto su hija mayor, quedándole un hijo de la misma edad que la mía, y ambos fuimos enviados a Bossey, donde nos pusieron de internos en casa del pastor Lambercier para que aprendiésemos, juntamente con el latín, toda la hojarasca de que rodean su enseñanza y a la que dan el nombre de educación. Los dos años que permanecí en la aldea dulcificaron un tanto mi romana aspereza, restituyéndome a la infancia. Mientras había estado en Ginebra, donde a nada se me forzaba, hallé gratos el estudio y la lectura; casi no tenía otra diversión; pero en Bossey el trabajo hizo que me aficionase a los juegos que nos servían de descanso. Tan nuevo era el campo para mí, que no podía cansarme de él, y le tomé una afición que no se ha extinguido jamás. El recuerdo de los días felices que entonces transcurrieron me hizo echar de menos la vida del campo y sus placeres en todas las edades, hasta que pude satisfacer mi deseo. Era el señor Lambercier un hombre muy juicioso, que, sin descuidar nuestra instrucción, jamás nos recargaba con deberes excesivos. En prueba de ello diré que, a pesar de mi repugnancia a toda sujeción, nunca he recordado con disgusto aquellas horas de estudio y, aunque no fué gran cosa lo que me enseñó aquel hombre, eso poco lo aprendí bien y sin dificultad, no habiéndolo olvidado nunca. Es inapreciable el bien que debí a la sencillez de la vida del campo, abriendo mi corazón a la amistad. No había conocido yo hasta entonces más que sentimientos elevados, pero imaginarios; la costumbre de vivir juntos en apacible vida me unió a mí primo Bernardo tan íntimamente, que en poco tiempo sentí por él un afecto mucho más intenso del que me inspiraba mi hermano, afecto que nunca se ha amortiguado. Era un muchacho alto y flaco, muy delicado, tan dulce de corazón como débil de cuerpo, que no abusaba de la predilección que por él tenían, por ser hijo de mi tutor. Eran idénticos nuestros gustos, nuestros pasatiempos, nuestras ocupaciones; estábamos solos, teníamos la misma edad y cada cual necesitaba un compañero. Separarnos era, en cierto modo, anonadarnos. Nuestra amistad era extrema, aunque tuviésemos pocas ocasiones de ponerla a prueba, de suerte que no sólo no podíamos vivir un momento separados sino que tampoco concebíamos que pudiésemos estarlo nunca. Sensibles ambos al menor halago, serviciales cuando no se trataba de obligarnos, siempre estábamos de acuerdo. En presencia de nuestros preceptores, él era superior a mí por el favoritismo de que gozaba; pero en cambio, cuando quedábamos solos, tenía yo un ascendiente sobre él que restablecía el equilibrio. En el estudio le apuntaba la lección cuando él balbuceaba; concluido mi tema, le ayudaba a terminar el suyo, y en nuestros juegos siempre se dejaba llevar de mi gusto, más decidido que el suyo. Tal era, en fin, la armonía de nuestros caracteres, que en los cinco años que estuvimos juntos, así en Bossey como en Ginebra, debo confesar que nos pegamos muchas veces, pero nunca fué necesario que mediara nadie entre nosotros, nunca nuestras contiendas duraron más de un cuarto de hora, ni nos delatamos nunca uno a otro. Quizá todos estos detalles sean pueriles; pero resulta de ellos un hecho que tal vez no se haya repetido desde que hay niños en el mundo. Tanto me agradaba el género de vida que hacíamos en Rossey, que hubiera bastado prolongar mi permanencia allí para que del todo se fijara mi carácter. Formaban su base los sentimientos tiernos, afectuosos y tranquilos. No creo que haya habido otro individuo de nuestra especie con menos vanidad natural que yo. El entusiasmo me llevaba a veces a raptos de sublimidad, de que pronto descendía cayendo en mi habitual languidez. El más ardiente de mis deseos consistió en ser querido de cuantos me rodeaban. Mi primo, nuestros preceptores y yo éramos todos apacibles; durante dos años enteros no fuí víctima ni testigo de ninguna violencia; todo contribuía a fomentar las inclinaciones que mi corazón debía a la naturaleza; nada me parecía tan hermoso como tener contentas a cuantas personas trataban conmigo y verlas satisfechas. Siempre me acordaré de que al decir en el templo mi lección de catecismo, lo que más me conturbaba, en los momentos de vacilación, era la inquietud y pena que se dibujaban en el rostro de la señorita Lambercier. Más me dolía aun que la vergüenza de quedar mal públicamente, y esto, sin embargo, me daba una desazón extraordinaria; pues, aunque nunca la alabanza me ha movido, siempre me ha impresionado vivamente la vergüenza, pudiendo asegurar que el temor a una reprensión de la señorita Lambercier no me sobresaltaba tanto como la idea de haberla disgustado. No dejaba, con todo, de mostrarse severa cuando era preciso, lo mismo que su hermano; pero como nunca se conducían violentamente, su severidad, casi siempre justa, me afligía en extremo sin que me irritara jamás. Sentía más desagradar que ser castigado y era para mí más cruel una señal de descontento que cualquier pena aflictiva. Es menester que explique esto mejor, aunque me sea muy embarazoso. Si se viera bien cuán lejos se está de obtener el resultado apetecido se abandonaría el método que en la educación de la juventud se emplea, siempre indistintamente y a menudo indiscretamente. El hecho que voy a referir, tan común como funesto, ofrece una gran lección y por eso me decido a contarlo. El cariño, propio de una madre, que la señorita Lambercier nos profesaba, la revestía de la autoridad de tal, y algunas veces usaba de ella imponiéndonos castigos merecidos. Durante mucho tiempo se concretó a la amenaza, pareciéndome espantosa la prometida pena, nueva enteramente para mí; pero desde que la sufrí me pareció mucho menos terrible de lo imaginado. Y lo más particular es que aquel castigo aun me aficionó más a lo que me lo había impuesto, de modo que fué necesaria mi natural dulzura y toda la verdad del afecto que le profesaba para que no tratara de conocer la repetición del mismo, mereciéndolo, porque encontré una mezcla de sensualismo en el deber y en la vergüenza del castigo, que me hacía desear recibirlo otra vez de la misma mano. Es verdad que había en ello cierta precocidad instintiva de sexo y, por lo tanto, el mismo tratamiento practicado por su hermano no me habría parecido tan gustoso. Pero, atendido su carácter, no había que pensar en semejante sustitución: y me abstenía de merecer el correctivo por temor de disgustar a la señorita Lambercier; pues tal es el imperio 3ue sobre mí ejerce la benevolencia, aun aquella que debe su origen a mis sentidos, que siempre se sujetaron éstos a su ley en mi corazón. Mas, aunque yo procuraba evitarlo, sin temerlo, llegó un día la repetición del castigo, sin culpa mía, a la verdad o al menos sin que me la hubiese yo procurado deliberadamente, y debo en conciencia confesar que aproveché la ocasión. Pero fué por segunda y última vez, pues habiendo ella observado, sin duda por alguna señal, que no lograba el fin que se proponía. Declaró que renunciaba al procedimiento, añadiendo que se fatigaba demasiado. Hasta entonces habíamos dormido en su cuarto y a veces en su misma cama en las noches de mucho frío: dos días después se nos trasladó a otro cuarto y en adelante tuve el honor, que ninguna falta me hacía, de que me tratara como a un adolescente. ¿Quién creería que este castigo de chiquillo, recibido a la edad de ocho años, por mano de una mujer de treinta, fué lo que decidió mis inclinaciones, gustos y pasiones por todos los días de mi vida y precisamente en sentido contrario del que podría naturalmente imaginarse? Mientras por una parte se despertaron mis sentidos, tomaron tal giro mis deseos que se limitaron a lo que había experimentado: de modo que, dotado de una sensualidad ardiente desde la más tierna infancia, me conservé libre de toda impureza hasta la edad en que se desarrollan los temperamentos más lánguidos y tardíos. Hostigado largo tiempo sin saber por qué, devoraba con ardientes ojos las mujeres bellas que se presentaban a mi fantasía con insistencia, sin otro objeto que gozar a mí singular manera, convirtiéndolas en otras tantas señoritas Lambercier. Pero este gusto extraño, siempre vivo, llevado al extremo de la locura, aun después de la pubertad, fué causa de que conservara las costumbres honestas que parece debía haberme arrebatado. Difícilmente se hallaría otra persona cuya educación haya sido más modesta, más casta que la mía. Mis tres tías no sólo eran de una prudencia ejemplar, sino también de una reserva que las mujeres no conocen hace mucho tiempo. Mi padre, hombre jovial, pero galante a la moda antigua, no dijo nunca una frase, aun a las mujeres que más amó en su vida, que pudiese ruborizar a la más casta virgen, y es imposible mayor esmero en el respeto que se debe a los niños del que se observaba entre mi familia y en presencia mía. Había en este punto el mismo miramiento en casa del señor Lambercier, de suerte que una muy buena sirvienta fué despedida por una expresión algo libre que soltó en nuestra presencia. No solamente no tuve una idea ciara de la unión de sexos hasta la adolescencia, sino que esta idea confusa siempre se me representaba bajo una imagen odiosa y repugnante. Sentía por las mujeres públicas un horror que siempre se ha conservado vivo; no podía ver un libertino sin menosprecio, basta me inspiraba terror. Mi aversión por el libertinaje era grande desde que, yendo un día a Petit-Saconnex por un camino hondo, vi a ambos lados unas cavidades que me dijeron ser los lugares donde aquellas gentes se entregaban a la licencia. Además, siempre que pensaba en eso, recordaba los acoplamientos de los perros, y este solo recuerdo me producía el mayor asco. Estas preocupaciones, hijas de la educación, que bastaban por sí solas para retardar los primeros desbordamientos de un temperamento ardiente, fueron auxiliadas por la desviación que me produjo, como dejo dicho, el primer aguijón de la sensualidad. No imaginan sino lo que había sentido, a pesar de molestísimas efervescencias de la sangre, mis deseos se concretaban a la especie de sensualidad que me era conocida, no llegando nunca a la que me habían hecho aborrecible y que, sin que yo lo sospechara, estaba tan cerca de la otra. En mis necios antojos, en mis eróticos furores, en las acciones extravagantes a que a veces me conducían, valíame imaginariamente del sexo bello sin pensar que pudiese ofrecer otro concurso del que yo ardientemente deseaba. Así fué cómo dotado de un temperamento ardiente, lascivo, precocísimo, no sólo pasé la pubertad sin anhelar y sin conocer más placeres de los sentidos que aquel cuya idea me había inocentemente sugerido la señorita Lambercier sino que, cuando ya fui hombre, esto mismo que hubiera debido precipitarme, fué la causa de conservarme sin mancilla. En vez de desvanecerse con el tiempo mi antigua afición de niño, de tal suerte se asoció a la que me enseñaron los sentidos ya despiertos, que nunca pude separarlas. Esta locura, unida a mi natural timidez, me ha quitado toda osadía con las mujeres, privado de decirlo todo o de satisfacer mi pasión; no pudiendo la especie de goce, que para mí era un preliminar indispensable, ser adivinado por la persona que podía dispensármelo ni ser usurpado por el mismo que siente tan extraño deseo. Así he pasado mi vida, anhelante y callado, junto a las personas que más he amado. No atreviéndome a declarar mi afición, la entretenía por medio de conexiones que despertaban su recuerdo en mi alma: Estar a los pies de una mujer imperiosa, obedecer sus mandatos y tener que pedirle mil perdones, eran para mi placeres inefables, y cuanto mayor impulso comunicaba mi viva imaginación a mi sangre, tanto más parecía un amante tímido. Cualquiera concibe que semejante modo de enamorar debe producir exiguos resultados y es muy poco peligroso para la virtud del objeto amado. Por lo tanto, he alcanzado poca cosa, aunque no he dejado de gozar mucho a mi manera; esto es, imaginariamente. He aquí cómo mi carácter tímido, mis sentidos y mi imaginación novelesca se aunaron para conservarme intacta la honestidad y puros los sentimientos, por efecto precisamente de una pasión que tal vez me habría sumido en un abismo de torpes deleites de haber sido menos vergonzoso. He dado ya el paso primero y más difícil en el oscuro y cenagoso laberinto de mis confesiones. Ciertamente no cuesta tanto confesar lo criminal como lo vergonzoso y ridículo. Ahora no puedo temer que me falte resolución para decirlo todo. Calcúlense cuán penosas deben haber sido esas revelaciones cuando nunca pude atreverme a declarar mi locura a las mujeres que más he amado, ni aun en los momentos en que, arrebatado por la pasión, estaba sin sentido, poseído de un convulsivo temblor y privado de dominio sobre mí mismo, ni menos implorar el único favor que me faltaba obtener en las ocasiones de más íntima familiaridad. Una sola vez lo he obtenido, en la infancia, con una niña de mi edad, y aun no tomé yo la iniciativa. Así, remontándome a las primeras manifestaciones de mi personalidad sensible, hallo elementos que, pareciendo a veces incompatibles han contribuido enérgicamente a la formación de un todo simple y uniforme, y hallo también otros que podrían creerse idénticos y que, por efecto de las circunstancias, han formado combinaciones tan diversas, que nunca se hubiera sospechado que entre ellos existiese relación alguna. Por ejemplo: ¿quién creería que uno de los más varoniles móviles de mi alma estuviese templado en la misma corriente que introdujo en mi sangre la molicie y la lujuria? Sin que me aparte del asunto de que acabo de hablar, se verá surgir de él una impresión completamente distinta. Estaba un día estudiando la lección, solo, en el cuarto contiguo a la cocina. La criada había puesto a secar sobre la chimenea los peines de la señorita Lambercier, y cuando fué a cogerlos se halló con uno que tenía rotas todas las púas de un lado. ¿Quién podía haberlo hecho? Nadie más que yo había entrado en el cuarto. Me preguntan; niego haber tocado el peine. Júntanse mi preceptor y su hermana, me exhortan a que me confiese culpable, me apremian y amenazan; pero yo me sostengo firme. Su convicción era harto profunda y todas mis protestas fueron inútiles, aunque encontraron por vez primera tanta osadía en mi. Como el caso requería, fué tomado muy en serio, porque merecían castigo a la par la mentira y la terquedad. Pero esta vez no fué la señorita Lambercier quien se encargó de castigarme. Escribieron a mi tío Bernard, y éste vino. Mi pobre primo estaba acusado de otra falta no menos grave que la mía, y los dos recibimos el mismo tratamiento, que fué atroz. Si hubiesen querido ahogar para siempre mis instintos depravados buscando en el mal mismo su remedio, no habrían podido hacerlo mejor. Luego me dejaron tranquilo por mucho tiempo. No lograron de ningún modo arrancarme la confesión que querían. Acosado por todos lados, me mantuve, sin embargo, inconmovible, y ellos se cansaron de torturarme. Resistí siempre, y hasta la misma fuerza tuvo que ceder ante la diabólica terquedad de un chico. En fin, de esta prueba cruel salí destrozado, pero triunfante. Hace ya unos cincuenta años que pasó el hecho y no he de tener castigo por aquella culpa. Pues bien, declaro a la faz del mundo entero que era inocente, que no rompí ni toqué el peine, ni estuve cerca de él, ni lo pensé siquiera. No me pregunten cómo pudo romperse, porque no lo sé ni lo comprendo. Lo que me consta es mi inocencia. Imagínese ahora un carácter tímido y dócil en la vida corriente, pero altivo e indomable en sus pasiones; un niño dirigido siempre con la voz de la razón, tratado siempre con dulzura, equidad, benevolencia, extraño todavía a la idea de injusticia, víctima de ella por vez primera tan cruelmente y por parte de las personas que más respeta y quiere. ¡Qué cambio en las ideas, qué desorden en los sentimientos, qué trastorno tan grande en su corazón, en su cerebro, en todo su ser inteligente y moral! Digo que se imagine todo esto, si es posibles porque no me siento capaz de discernir y examinar el menor vestigio de cuanto pasó en mí por entonces. Aún no tenía suficiente conocimiento para comprender cuán en mi contra estaban las apariencias, ni para colocarme en el lugar de los demás. Manteníame en el mío y no sentía más que el rigor del espantoso castigo aplicado por un delito que no había cometido. Aunque intenso, el sufrimiento del cuerpo me era indiferente; lo que me torturaba era la indignación, la ira, la desesperación. Mi primo, que se encontraba en un caso análogo al mío, castigado por una falta involuntaria tenida por premeditada, se irritaba y enfurecía, poniéndose, por decirlo así, al unísono conmigo. Juntos en una misma cama, nos abrazábamos convulsos y sofocados, y cuando nuestros jóvenes corazones nos daban una tregua para desahogar la cólera que los despedazaba, nos incorporábamos, gritando con todas nuestras fuerzas repetidas veces: carnifex, carnifex, carnifex! Todavía al escribir esto siento bullir mi sangre; aquellos momentos, aunque viviese mil años, no se borrarían jamás de mi memoria. Tan profundamente grabada quedó en mi alma esta impresión de injusticia, que todas las ideas de este género me restituyen mi primera emoción, y este sentimiento, que en su origen a mí solo me atañía, tomó tal consistencia en sí mismo, desprendiéndose de todo interés personal, que mi corazón se inflama al ver o escuchar el relato de cualquier acto injusto, sea cual fuere su objeto y el lugar donde se cometa, como si a mi mismo me perjudicase. Cuando leo las crueldades de un tirano feroz, las sutiles falacias de un cura trapacero, volaría gustoso a hundir un puñal en su pecho miserable, aunque debiese costarme la vida una y mil veces. Frecuentemente he sudado a chorros persiguiendo a la carrera o a pedradas a un gallo, a una vaca, a un perro, a un animal cualquiera que atormenta a otro sólo por sentirse más fuerte. Quizá me sea natural este movimiento, y así lo creo también, pero tanto tiempo estuvo enlazado con el vivo recuerdo de la primera injusticia que he sufrido, que debe haber contribuido poderosamente a arraigarlo en mi alma. Allí se acabó la paz de mi niñez; allí el goce de una felicidad pura, y aún hoy día siento que allí está el límite de los gratos recuerdos de la infancia. Seguimos todavía en Bossey algunos meses. Estuvimos allí del modo que nos representan al primer hombre, aun en el paraíso terrenal, mas ya sin gozar en él: todo parecía seguir sin alteración, pero en el fondo había cambiado todo. El afecto, el respeto, la intimidad, la confianza; todos los lazos que unían a los discípulos con sus maestros estaban rotos; ya no veíamos en ellos a dos seres superiores que leían en nuestros corazones; ya no temíamos tanto el obrar mal como el ser descubiertos y ya empezábamos a disimular, a mentir y a rebelamos. Corrompían nuestra inocencia y afeaban nuestros juegos todos los vicios que pueden tenerse en aquella edad. Hasta el campo perdió para nosotros ese carácter de sencillez y dulzura que mueve el corazón; parecíanos desierto y sombrío, como cubierto por un velo que ocultaba a nuestros ojos toda su belleza. Dejamos de cultivar nuestras hierbas y nuestras flores. Ya no íbamos a escarbar levemente la tierra y lanzar al viento voces de contento al descubrir el germen de la semilla que habíamos sembrado. Esta vida nos disgustaba, y nosotros no dábamos más que enojos. Por fin, mi tío nos sacó de allí y nos separamos de los señores Lambercier hartos unos de otros y sin que lo sintiéramos. Transcurrieron cerca de treinta años desde que salimos de Bossey, sin que me haya sido grata, por una serie de recuerdos, la memoria del tiempo que allí estuvimos; pero cuando, pasada la edad madura, voy caminando hacia la ancianidad, renacen esos recuerdos a medida que se borran los demás y se fijan en mi memoria con caracteres cuya fuerza y encanto aumentan cada día; como si, al sentir que se me escapa la vida, quisiese recobrarla desde su principio. Me complace el recuerdo de hechos insignificantes de aquel tiempo, sólo por ser de aquel tiempo. Recuerdo todas las circunstancias de los lugares, de las personas, de las horas. Me parece ver a la muchacha y al criado andar de un lado a otro por el cuarto, una golondrina entrar por la ventana, una mosca posarse sobre mi mano al tiempo de estar yo diciendo la lección: veo todo el ajuar de nuestras habitaciones; a la derecha, el gabinete del señor Lambercier, en el que llamaban la atención una estampa con los retratos de los papas, un barómetro, un gran calendario, las frambuesas del jardín, que estaba más elevado que la casa y cuyas ramas daban sombra a la ventana y penetraban por ella algunas veces. Bien sé que todo esto poco importa al lector, pero yo tengo necesidad de contárselo. Contarla todas las minucias de aquella edad dichosa cuyo recuerdo me estremece de placer, si a tanto me atreviese, sobre todo cinco o seis anécdotas... Capitulemos, amable lector. Quiero dispensarte de cinco de ellas, con tal que me sea permitido gozar relatando una con toda la exactitud que me sea posible. Si ahora tuviese otra mira que distraer al lector podría escoger la del trasero de la señorita Lambercier, que a consecuencia de una desgraciada caída en lo hondo del prado, fué expuesto ante el rey de Cerdeña, al tiempo que éste pasaba; pero la del nogal del jardín es más entretenida, para mí que fui actor de ella, que la de la voltereta de que fui simple espectador, y aun debo añadir que aquel incidente, si bien cómico por sí mismo, me hizo muy poca gracia, al recaer sobre una persona a quien quería como a una madre, y tal vez más. ¡Oh lectores, que estáis impacientes por conocer la gran historia del nogal del patio, escuchad esa tragedia horrible y absteneos de temblar si os es posible! Fuera de la puerta del patio había, a mano izquierda, una terraza donde a menudo acudíamos a pasar un rato después de comer, aunque nada había que nos protegiera de los rayos del sol, hasta que el señor Lambercier se decidió a plantar allí un nogal. Esta operación se hizo con toda solemnidad: los dos pensionistas eran padrinos, y, mientras cubrían el hoyo, nosotros sosteníamos el árbol y entonábamos cantos de triunfo; con objeto de regarlo, se hizo una concavidad alrededor del tronco. Mi primo y yo, entusiastas espectadores de aquel riego, nos convencíamos cada día más de que era más hermoso plantar un árbol en la terraza que una bandera en la brecha del enemigo, y tomamos la resolución de procurarnos esta gloria sin participación de nadie. Cortamos con este objeto la rama de un sauce joven y la plantamos a ocho o diez pies del soberbio nogal, sin olvidarnos de cavar al pie del arbolillo su correspondiente socava para regarlo mejor. Pero, ¿cómo llenarla?, porque no había agua sino bastante lejos y no nos dejaban ir a buscarla. Sin embargo, nuestro sauce la necesitaba indispensablemente. Durante algunos días pudimos procurárnosla valiéndonos de un sinnúmero de ardides, obteniendo tan feliz resultado que en breve le vimos echar botones y pequeñas hojas, cuyo crecimiento medíamos y espiábamos a cada instante, convencidos de que no habíamos de tardar en cobijarnos bajo su sombra, aunque el arbolito apenas se levantaba un palmo sobre tierra. Como nuestro árbol nos preocupaba de tal modo que no estudiábamos nada, ni éramos capaces de la menor aplicación, y estábamos como locos, sin saber la causa de ello, nos acortaron las riendas. Así, viendo venir el momento en que no podríamos obtener el agua necesaria, nos afligió la idea de ver morir de sed a nuestro árbol. Por fin, la necesidad, madre de la industria, nos sugirió una invención para librarle a él y a nosotros de una muerte segura. Y fué construir un canal oculto que, partiendo del pie del nogal, llevara al nuestro una parte del agua que le regaba. La empresa, por lo pronto, no dió buen resultado, porque hablamos tomado mal el declive; el agua no corría, se desmoronaba la tierra y obstruía el canal. Se llenaba de lodo la entrada y todo se desbarataba. Pero no nos arredramos. Labor omnía vincit improbus. Ahondamos más el hoyo y la reguera, sacamos de unas cajas unas tablillas y, colocando unas horizontalmente y otras en ángulo, puestas encima, formamos un canal triangular. Plantamos en el orificio algunos palillos haciendo con ellos una especie de reja o emparrillado, para que detuviese el barro y dejara paso al agua. Después tapamos cuidadosamente nuestra obra con tierra bien apretada, y el día que tuvimos dispuesto todo esperamos el riego del nogal, llenos de ansiedad y de esperanza. Llegó esa hora, por fin, tras un siglo de impaciencia. Acudió el señor Lambercier, como de costumbre, a presenciar el acto, durante el cual permanecimos nosotros detrás de él, a fin de ocultarle nuestro árbol, al que, por fortuna, daba la espalda. Apenas hubieron echado en el hoyo del nogal el primer cubo de agua, cuando la vimos acudir al nuestro. En ese instante, perdiendo la serenidad, prorrumpimos en gritos de alegría que llamaron la atención del señor Lambercier. Fué una verdadera lástima, porque estaba celebrando él la buena calidad de la tierra, que absorbía tan pronto el agua. Sorprendido de verla dividirse en dos partes, exhala también exclamaciones, observa, descubre la picardía y, cogiendo bruscamente un azadón, revienta de un golpe nuestro canal, saltan dos o tres astillas, y gritando a voz en cuello: ¡un acueducto, un acueducto!, golpea allá y acullá sin piedad, y cada golpe iba a dar en nuestros corazones. En un instante fué desecho el conducto, y las tablillas, el hoyo, el sauce, todo fué a rodar, sin que se oyera durante tan horrible estrago más que esta exclamación que no cesaba de repetir: ¡un acueducto, un acueducto! Creerá alguno que esta aventura tuvo un fin desastroso para los infantiles arquitectos; nada de eso: todo acabó aquí. El señor Lambercier no nos riñó ni una sola vez, ni nos puso mal gesto, ni nos dijo una palabra más sobre el asunto y aun poco después hallándose con su hermana, le oímos reírse a carcajada tendida, pues su risa se oía desde lejos, y lo más particular es que, pasada la impresión primera, nosotros mismos no nos sentimos extremadamente desconsolados. Plantamos en otro sitio un nuevo árbol, y a menudo recordábamos la catástrofe del primero, repitiendo enfáticamente la exclamación: ¡un acueducto, un acueducto! Hasta entonces había tenido yo arrebatos de orgullo cuando me sentía un Arístides o un Bruto; pero en ese instante sentí el primer movimiento de vanidad bien determinada. Haber construido un acueducto con nuestras propias manos, haber puesto una rama en competencia con un grande árbol, me parecía el colmo de la gloria. A la edad de diez años juzgaba mejor en este punto que César a los treinta. Tan fija ha permanecido o vuelto a mi memoria la idea de aquel nogal y de la historieta que con él se relaciona, que uno de los más gratos motivos que me condujeron a Ginebra el año 1754 fué ir a Bossey para visitar los monumentos de mis juegos infantiles, y sobre todo el nogal querido, que a la sazón contaría ya un tercio de siglo. Pei3o me vi tan asediado, sin tener un momento mío, que no encontré oportunidad para lograr mi anhelo. Ya no es probable que tenga otra ocasión de ir allá; sin embargo, conservo todavía este deseo y no he perdido aún la esperanza; estoy casi seguro de que, si alguna vez lograse volver a esos sitios amados, regaría con lágrimas mi querido nogal si lo encontrase todavía. De vuelta a Ginebra, permanecí tres o cuatro años en casa de mi tío, mientras se resolviera lo que harían de mí. Como él trataba de que su hijo fuera ingeniero, hízole aprender nociones de dibujo y los Elementos de Euclides. Yo estudiaba lo mismo por acompañarle y me aficioné a ello, sobre todo al dibujo. Entre tanto deliberaban si me dedicarían a relojero, procurador o pastor. Yo prefería esto último, porque me parecía muy hermoso predicar; pero la parte que me tocaba de la exigua renta de mi madre, que debía compartir con mi hermano, era insuficiente para pagar mis estudios. Como mi corta edad no exigía una resolución pronta, continué en casa de mi tío, casi perdiendo el tiempo, sin que dejase de pagar una pensión bastante cara. Era mi tío jovial como mi padre, pero no poseía aquella cualidad tan bella de éste, que sabía complacerse en el cumplimiento de sus deberes, y se cuidaba muy poco de nosotros. Mi tía era una beata de austeridad algo afectada, que prefería cantar salmos a ocuparse de nuestra educación. Nos dejaban casi en completa libertad, de que jamás abusamos. Inseparables siempre, nos bastábamos mutuamente, y no teniendo el menor deseo de frecuentar el trato de los muchachos de nuestra edad, no adquirimos ninguno de los malos hábitos que nuestra ociosidad podía originar. Pero hago mal en suponernos ociosos, porque no lo fuimos, y lo más particular es que los varios entretenimientos de que sucesivamente nos apasionamos nos tenían ocupados dentro de casa, sin que tuviésemos siquiera la tentación de salir a la calle Hacíamos jaulas, flautas, volantes, tambores, casitas, tacos y ballestas. Echábamos a perder las herramientas de mi anciano abuelo para construir relojes imitándole. Lo que más nos complacía era embadurnar papel, dibujar, lavar, iluminar y hacer un despilfarro de colores. Un día fuimos a ver a un titiritero italiano llamado Gamba-Corta, que vino a ginebra; nos desagradó y no volvimos más, pero enseguida nos pusimos a imitar los títeres que llevaba; esos títeres representaban una especie de comedias, y nosotros también las compusimos para los nuestros. Faltos de práctica, imitábamos con la garganta la voz del Polichinela para dar aquellas deliciosas representaciones a que nuestros buenos parientes tenían la paciencia de asistir. Pero un día que mi tío Bernard leyó en casa un magnífico sermón suyo, quedaron arrinconados los muñecos, porque nos dedicamos a componer sermones. Indudablemente, todos estos detalles son escasamente interesantes; pero prueban claramente que nuestra primera educación debió llevar muy buen camino para que, casi enteramente dueños de nosotros mismos en edad tan temprana, nos sintiésemos poco inclinados al abuso. Tan poco nos importaba tener compañeros, que hasta evitábamos las ocasiones de adquirirlos. Siempre que íbamos de paseo veíamos sus juegos sin codicia, sin pensar en mezclarnos con ellos. Llenaba la amistad tan cumplidamente nuestros corazones, que nos bastaba estar juntos para hallar el colmo de la felicidad en los goces más insignificantes. El vernos siempre juntos empezó a llamar la atención, tanto más cuanto que mi primo, muy alto, yo muy pequeño, formábamos una pareja bastante cómica. Su rostro largo y estrecho, cara de manzana cocida, su ademán flojo y su andar negligente incitaban a los muchachos a burlarse de él. En el lenguaje provinciano del país le llamaban Barnd Bredanná, y cada vez que salíamos no se oía en derredor nuestro más que Barná Bredannd repetidas veces. Él lo sufría con paciencia; yo me incomodaba y quise pelearme. No buscaba otra cosa. Pegué y me pegaron; mi pobre primo quería ayudarme, más era harto endeble, y de un puñetazo le tumbaban; entonces me enfurecí yo hasta la exasperación. A pesar de que me llevé una buena ración de porrazos, a quien buscaban no era a mí sino a Barná Bredanná; pero empeoré yo tanto la cosa con mi embravecido coraje, que ya no nos atrevimos a salir más que durante las horas de clase, temerosos de ser silbados y perseguidos por los estudiantes. Heme aquí convertido en un deshacedor de entuertos. Para ser un paladín en toda regla, sólo me faltaba una dama, y tuve dos. Iba yo a ver a mi padre de cuando en cuando a Nyon, pequeña ciudad del territorio de Vaud, donde se había establecido. Era tenido allí en mucho aprecio, que también a su hijo se extendía; de modo que durante las cortas temporadas en que permanecí en Nyon, todos se desvivían por obsequiarme. Especialmente una tal señora Vulson me hacía mil caricias, y para colmar la medida me tomó su bija por galán. Ya se sabe lo que es un galán de once años para una muchacha de veintidós; pero a todas esas bribonzuelas, ¡les gusta tanto poner por delante pequeños muñecos para encubrir los grandes, o para excitarlos con un simulacro cuyos atractivos conocen tan a fondo! Yo tomé la cosa por lo serio, sin advertir la discordancia, y me abandoné con todo mi corazón, o mejor dicho, con toda mi cabeza, porque mi amor era de esta especie, aunque rayase en locura y aunque mis raptos, sobresaltos y delirios diesen lugar a las escenas más risibles. Dos modos bien diferentes de amar conozco, ambos verdaderos, entre los cuales nada de común existe, aunque son igualmente vehementes, y que en nada se parecen a la tierna amistad. Entre ambas clases de amores se ha deslizado mi vida, y aun las he sentido simultáneamente; así, por ejemplo, en esta época de que voy hablando, al tiempo que me enseñoreaba de la señorita de Vulson tan pública y tiránicamente que no sufría que ningún otro le hablase, tenía entrevistas con la linda señorita Goton, aunque cortas, bastante animadas, en que ésta se dignaba representar el papel de maestra de escuela, y nada más: pero este nada más, que para mi lo era todo, me parecía la mayor ventura, y presintiendo ya el valor de lo misterioso, aunque no sabía sacar de ello más que un partido pueril, sin que lo sospechase la señorita Vulson le pagaba la buena maña que empleaba en valerse de mi para encubrir sus otros amores. Mas, con grande sentimiento mío hubo de descubrirse el secreto, o quizá mi pequeña maestra de escuela no fué tan reservada como yo, porque a poco nos vimos separados. ¡Qué singular era aquella niña! Tenía, sin ser bella, un rostro que no podía olvidarse fácilmente. Todavía lo recuerdo, quizá harto a menudo para un viejo chocho. Ni su estatura, ni su porte, ni sobre todo sus ojos eran propios de su edad: tenía un ademán imperioso y altivo, muy adecuado a su papel, cuya idea nos había sugerido. Pero lo más raro era una mezcla incomprensible de audacia y de modestia. Permitiase conmigo las mayores libertades sin dejar que me tomara ninguna con ella; me trataba enteramente como un niño, lo cual me da a entender que había dejado ya de serlo ella, o que, por el contrario, todavía lo era bastante para no ver simplemente más que un juego en el peligro a que se exponía. Yo pertenecía enteramente a cada una de las dos; tanto, que nunca estando al lado de una se me ocurrió pensar en la otra. Por lo demás, el afecto que me inspiraban era del todo diferente. Habría pasado toda mi vida junto a la señorita Vulson, sin pensar nunca en dejarla; pero en su presencia sentía un placer tranquilo que jamás llegaba a la emoción. Donde la adoraba era en sociedad, a vista de todos; las bromas, los melindres y las mismas rivalidades me atraían, me interesaban; yo estaba radiante con mi victoria sobre los rivales mayores a quienes ella parecía dar celos. Estaba inquieto, pero me complacía este tormento. Los aplausos, las excitaciones y las bromas me enardecían y animaban en sociedad; tenía arranques y agudezas, estaba completamente arrebatado de amor. Los dos a solas, yo hubiera estado tímido, lánguido y hasta fastidiado. Sin embargo, me interesaba tiernamente por ella; cuando estaba enferma, yo sufría; hubiera dado mi salud para conservar la suya, y advertid que ya sabía por experiencia qué cosa era la salud y qué cosa la enfermedad. Lejos de ella me perseguía su memoria, la echaba de menos; en su compañía sus halagos conmovían mi corazón; no mis sentidos. Nuestra familiaridad no era peligrosa, pues mi fantasía no apetecía más de lo que buenamente me era concedido: con todo, no habría podido resistir verla conceder otro tanto a nadie más. La quería como un hermano, pero estaba celoso como un amante. De la señorita Goton lo habría estado como un turco, como un furioso, como un tigre, si hubiese siquiera imaginado que podía dispensar a otro el mismo favor que yo gozaba; porque aun era esto una gracia que debía implorar de rodillas. Presentábame a la señorita de Vulson lleno de placer, pero sin turbarme; mientras que tan sólo de ver a la señorita Goton, se me iba la cabeza, quedando todo mi ser desconcertado. Con la primera, tenía confianza sin familiaridades; en presencia de la segunda, estaba tan tembloroso como agitado hasta en los instantes de mayor familiaridad. Creo que si hubiese seguido con ella mucho tiempo, me habría muerto sin remedio, ahogado por mis palpitaciones. Temía igualmente disgustarlas, pero era más complaciente con una de ellas y más obediente con la otra. Por nada de este mundo habría querido incomodar a la señorita de Vulson; pero si la de Goton me hubiese ordenado que me arrojase al fuego, creo que inmediatamente la hubiera obedecido. Duraron poco tiempo mis amores, o mejor, mis entrevistas con esta última, felizmente para ella y para mí; y aunque mis relaciones con la de Vulson no fuesen temibles, tuvieron un fin catastrófico, después de haberse prolongado poco tiempo más. Era fácil prever que el desenlace de todo esto tendría un carácter algo romántico dando lugar a lamentaciones. Aunque mi trato con la señorita de Vulson fuese menos animado, tenía quizá más atractivo: cada vez que nos separábamos hablan de derramarse lágrimas, y es notable el vado insoportable que en mi corazón quedaba después de haberla dejado. Sólo de ella podía hablar y sólo en ella se ocupaba mi pensamiento. Era mi pesar muy verdadero, aunque creo que en el fondo, sin que de ello me hiciese cargo, buena parte de aquel heroico sentimiento provenía de las diversiones que su presencia animaba. Para templar el rigor de la ausencia, nos dirigíamos cartas tan patéticas que eran capaces de partir las piedras. Por fin tuve la gloria de que, no pudiendo resistir por más tiempo, viniese ella a Ginebra; yo acabé de volverme loco; ebrio estuve durante los días de su permanencia entre nosotros. Cuando partió quise lanzarme al agua en su seguimiento y atroné los aires con mis voces. Ocho días después me remitió dulces y unos guantes, lo cual me hubiera parecido una fina galantería, si al propio tiempo no hubiese sabido que había contraído matrimonio y que aquel viaje con que tuvo la amabilidad de honrarme había tenido por objeto la compra de sus vestidos de boda. No describiré aquí mi coraje: ya se puede concebir. Juré en mi noble despecho no ver más a la pérfida, no hallando mayor castigo para ella, que no se murió por ello, pues veinte años más tarde, paseándome por el lago con mi padre, a quien fuí a ver, pregunté quiénes eran unas señoras que se hallaban en otra barca no lejos de la nuestra. ¡Hombre!, replicó mi padre sonriendo, ¿no te lo dice el corazón?, son tus antiguos amores: la señora de Cristin, la señorita de Vulson". Estremecime al oír este nombre, ya casi olvidado, y di orden a los remeros de cambiar de rumbo, juzgando que, si bien sería oportunidad de tomar el desquite, no valía la pena de ser perjuro, renovando una querella de veinte años con una mujer de cuarenta. (1723 - 1728) Antes de que se decidiese cuál había de ser mi destino, se perdía el tiempo más precioso de mi infancia en esas frivolidades. Se celebraron prolongadas deliberaciones a fin de dedicarme a lo que en más armonía estuviese con mi disposición natural, y, decidiéndose finalmente por lo que menos me convenía, me colocaron en casa del señor Masseron, escribano de la ciudad, a fin de que aprendiese el útil arte de picapleitos, como decía el señor Bernard. Me repugnaba este nombre soberanamente. La esperanza de ganar dinero por medio de una ocupación innoble cuadraba mal a mi carácter altivo; aquella ocupación me parecía fastidiosa, insoportable; la asiduidad y la sujeción acabaron de desalentarme, y por eso no entré nunca en la oficina sin un sentimiento de repulsión profunda, cada día más creciente. El señor Masseron, además, descontento de mí, me trataba con desprecio, echándome en cara sin cesar mi indolencia y estolidez, repitiéndome a cada paso que mi tío le había asegurado que yo sabía, que yo sabía, siendo la verdad que no sabía nada; que le había prometido llevarle un muchacho listo y que le había metido allí un asno. En fin, fui echado ignominiosamente de la escribanía por inepto, y los amanuenses fallaron que yo sólo servia para manejar la lima. Resuelta así mi vocación, me pusieron de aprendiz, no de relojero, sino de grabador. De tal modo me había humillado el desdén del escribano, que obedecí sin murmurar. Mi amo, el señor Ducommun, era un joven tosco y violento que en poco tiempo logró empañar el brillante recuerdo de mi niñez, embrutecer mi carácter vivo y cariñoso, reduciéndome a mí verdadera condición de aprendiz, tanto en lo intelectual como en lo económico. Mi latín, mis antigüedades, mi historia, todo fué olvidado en poco tiempo. Ya no me acordaba de que hubiese habido romanos en el mundo. Cuando iba a ver a mi padre, éste no hallaba ya en mí a su ídolo; yo tampoco era ya para aquellas gentes el galante Juan Jacobo; y yo mismo, sintiendo que los señores de Lambercier no reconocerían en mí a su alumno, me avergonzaba de que me viesen, y desde entonces no les volví a ver. Los gustos más groseros y la más baja desvergüenza suplantaron a mis delicados entretenimientos, de los que no conservé ya memoria. Menester es que tuviese propensión a degenerar porque ese cambio se operó en breve tiempo. Jamás un César tan precoz pasó a convertirse en un Ladrón. No me disgustaba del todo aquel oficio, porque el dibujo me atraía muchísimo y encontré, además, muy entretenido el manejo del buril; y como el grabado para la relojería no es una cosa difícil, concebí la esperanza de perfeccionarme en él. Lo hubiera logrado, acaso, si la brutalidad del amo y la excesiva falta de recursos no me hubieran hecho aborrecer el trabajo. A hurtadillas me dedicaba a otros trabajos del mismo género, pero con el aliciente de la libertad, como grabar medallas para servirnos de orden de caballería, a mí y a mis compañeros, y en esta faena de contrabando fui cogido por el amo, que me molió a golpes diciendo que hacía moneda falsa porque las medallas tenían las armas de la República. Puedo jurar que no sólo no tenía idea alguna de la moneda falsa, sino que apenas la tenía de la corriente. Sabía mucho mejor cómo sé hacía un as romano que nuestras monedas de tres sueldos. La tiranía de aquel hombre acabó por hacerme insoportable un trabajo a que me habría aficionado y por llenarme de vicios que hubiera aborrecido: la mentira, la holgazanería, el robo. Nada me ha dado una idea tan clara de la diferencia que hay entre la dependencia filial y la esclavitud servil como el recuerdo de la metamorfosis que se verificó en mi. Naturalmente tímido y vergonzoso, de ningún defecto estaba tan lejos como de la desvergüenza; pero había gozado de una prudente libertad que hasta entonces se había ido restringiendo poco a poco y acabó por desvanecerse completamente. En el hogar paterno fuí atrevido; libre, en casa del señor Lambercier; discreto, en la de mi tío; en casa de mi amo me volví temeroso, y desde aquel momento fuí un perdido. Acostumbrado a una perfecta igualdad con mis superiores en cuanto al modo de vivir, a no ver una diversión que me fuese vedada, ni un manjar de que no participase; a no tener que ocultar ningún deseo; en fin, a tener el corazón en los labios, júzguese qué pude ser en una casa donde ni siquiera me atrevía a despegarlos; donde era preciso abandonar la mesa antes de concluirse la comida y salir del cuarto tan luego como nada tenía que hacerse en él; donde, amarrado al trabajo sin cesar, no veía más que satisfacciones para los demás y sólo privaciones para mí; donde la idea de la libertad del amo y de mis compañeros aumentaba el peso de mi servidumbre; donde no me atrevía a abrir la boca cuando se disputaba sobre cosas que sabía mejor que ellos; en fin, codiciaba todo cuanto veía sólo porque me veía privado de todo. Adiós, bienestar y alegría; adiós, felices ocurrencias que tan a menudo, en tiempos mejores, me habían valido el perdón de algún castigo. No puedo recordar sin reírme que un día, en casa de mi padre, habiendo sido condenado por alguna travesura a acostarme sin cenar, y pasando con un triste pedazo de pan por la cocina, oh y miré el asado dando vueltas al asador. Estaban todos alrededor del fuego, y tenía que acercarme a dar las buenas noches; cuando hube saludado a todos, mirando de soslayo el asado, que tan buen aspecto tenía y olía tan bien, no pude menos de inclinarme también ante él, diciendo con tono lastimoso: ¡Adiós, asado! Esta candorosa salida les hizo tanta gracia, que me hicieron quedar, levantándome el castigo. Tal vez habría obtenido el mismo éxito en casa de mi amo; pero es bien seguro que allí no se me hubiera ocurrido o, a lo menos, no me habría atrevido a hacer lo mismo. He aquí cómo aprendí a codiciar en silencio, a disimular y mentir, a ser solapado y hasta ratero, antojo que nunca había tenido y de que no pude librarme luego completamente. Siempre conducen a esto la codicia y la impotencia. Por esto son bribones todos los criados y lo deben ser los aprendices; pero estos últimos pierden más tarde las vergonzosas inclinaciones adquiridas porque llegan a un estado de igualdad tranquilo, donde todo cuanto ven está a su disposición. No habiendo tenido yo tanta fortuna, tampoco toqué aquel resultado. Casi siempre los buenos sentimientos mal dirigidos hacen dar a los niños el primer paso hacia el mal. A pesar de todas las privaciones y tentaciones continuas, hacía más de un año que estaba yo en casa de mi amo, sin que me resolviera a tomar nada, ni siquiera cosas de comer. Mi hurto primero fué asunto de complacencia; luego, introducción de muchos otros, cuyo objeto no era tan loable. Había en casa de mi amo un camarada llamado Verrat, cuya casa vecina tenía jardín, algo separado, en que se criaban magníficos espárragos. Verrat, que andaba muy escaso de dinero, entró en deseo de robar a su madre unos espárragos, a la sazón en que daban sus primicias, y venderlos para hacer algún almuerzo divertido; pero como no quería exponerse y tampoco era muy ligero, me escogió a mí para la empresa. Después de varias zalamerías preliminares, que me engañaron tanto mejor cuanto que no adivinaba su fin, me hizo la propuesta corno una ocurrencia del momento. Me negué, insistió él, y, como nunca supe resistir a las caricias, hube de rendirme al fin. Todos los días, por la mañana, iba a coger los mejores espárragos, que llevaba a Molard, donde alguna mujer, comprendiendo que acababa de robarlos, me lo echaba en cara para conseguirlos más baratos. Asustado, tomaba lo que querían darme por ellos y lo entregaba a Verrat, que lo convertía en un almuerzo enseguida, almuerzo que yo había procurado y que se zampaba con otro compañero, contentándome yo con algunas sobras, sin probar siquiera el vino. Este tejemaneje duró algunos días sin que se me ocurriera robar al ladrón, cobrando mi diezmo del producto. Ejecutaba fidelisimamente la picardía, no llevando otro objeto que agradar al que me lo hacía cometer, y, sin embargo, si me hubieran cogido, ¡cuántos golpes, cuántas injurias y cuántos malos tratos habría sufrido!, mientras que el miserable, desmintiéndome, habría sido creído por su palabra y héchome castigar rigurosamente por el atrevimiento de disculparme con él, siendo oficial y yo simple aprendiz. He aquí de qué modo, en todos los tiempos, el culpable poderoso escapa a expensas del débil inocente. Así llegué a comprender que el robo no era una cosa tan E temible como había imaginado, y pronto fué tal el partido que saqué de mi descubrimiento, que nada de cuanto codiciaba estaba seguro a mi alcance. En casa de mi amo no comía del todo mal, y la sobriedad no me era penosa sino al verla tan poco practicada por los demás. La costumbre de echar a los niños de la mesa, precisamente cuando se trae lo que más les tienta, me parece el mejor medio de hacerlos tan golosos como bribones. Ambas cosas fui yo al mismo tiempo. Me iba con frecuencia muy bien, pero muy mal cuando me sorprendían. Me hace temblar y reír a la vez el recuerdo de una caza de manzanas que me costó muy cara. Estaban guardadas en el fondo de una despensa que recibía la luz de la cocina por una reja bastante alta. Un día que estaba solo me encaré para ver, en aquel jardín de las Hespérides, el precioso fruto que no podía tocar. Fui a buscar el asador para ver si alcanzaría, pero era corto. Lo alargué añadiéndole otro más pequeño que servia para caza menuda, a la que mi amo tenía afición. Piqué varias veces sin provecho: pero, al fin, lleno de gozo, sentí que tenía una manzana. Voy tirando con cuidado, la manzana llega ya a la reja, ya está al alcance de mi mano; pero, ¡oh, dolor!, era tan grande que no pasaba por entre los hierros. ¡Cuántos medios puse en juego para cogerla! Tuve que buscar algo para sostener el asador, un cuchillo bastante largo para partirla y una pala para sostenerla. A fuerza de tiempo y de maña logré, por fin, partirla, para ir sacando los trozos uno por uno. Pero no había acabado de dividirla, cuando los trozos cayeron dentro de la despensa. ¡Oh, tú, compasivo lector, conduélete de mi aflicción! No me descorazoné por esto, pero había perdido demasiado tiempo, y, temeroso de yerme sorprendido, dejé para el día siguiente el probar nueva fortuna, volviendo a mi trabajo tan sereno como si nada hubiera hecho, sin pensar en los indiscretos testigos que habían quedado en la despensa y que me acusaban. Al día siguiente, hallando nueva oportunidad, traté un nuevo ensayo. Subo sobre mi caballete, alargo el asador y lo sujeto: ya estaba a punto de pillar una manzana... Por desgracia, el dragón no dormía. Se abre la despensa de repente: aparece mi amo, cruza los brazos, me mira y dice: "¡Adelante!..." Se me cae la pluma de las manos. A fuerza de sufrir malos tratos, pronto fuí menos sensible: me parecían una especie de compensaciones del robo, que me daban pie para continuar. En vez de mirar hacia atrás para ver el castigo, miraba hacia adelante para ver la venganza. Juzgaba que tratarme como a un pillo era autorizarme para serlo. Hallaba que iban juntos el robo y el castigo y constituían las cosas de tal modo que, llenando yo la parte que me correspondía, quedaba lo demás a cuidado de mi amo. Discurriendo así, me dediqué a robar más tranquilamente que antes. Decía yo para mí: ¿Qué puede suceder? Recibiré una paliza; bueno: yo he nacido para esto. Me gusta comer, sin ser comilón: soy sensual, pero no goloso. Bastantes otros gustos me distraen de éste; nunca me he ocupado de la boca sino cuando mi corazón ha estado ocioso y esto me ha sucedido tan raras veces durante toda mi vida, que me ha quedado muy escaso tiempo para pensar en los buenos bocados. Por esto mi rapacidad se limitó a las golosinas durante un tiempo muy breve, y pronto se extendió a cuanto me tentaba; y, si no llegué a ser un ladrón en toda regla, fué porque nunca me atrajo mucho el dinero. Dentro del taller común mi amo tenía otro reservado para sí, que cerraba con llave: yo encontré medio de abrir y cerrar la puerta sin que se conociera. Allí ponía a contribución sus buenas herramientas, sus mejores dibujos. Sus grabados, todo lo que parecía alejar de mí y yo codiciaba. En el fondo, esos robos eran inocentes, porque al fin los hacía para emplearlos en servicio suyo: yo saltaba de gozo con tener en mis manos aquellas bagatelas; me parecía apoderarme del talento al coger sus productos. Por lo demás, había en cajitas recortes de oro y de plata, dijes, objetos de valor y dinero. Tener cuatro o cinco sueldos en el bolsillo, ya era mucho para mí; con todo, lejos de tocar nada de aquello, no recuerdo que nunca hubiera dirigido allí una mirada codiciosa; al contrario, lo veía más con espanto que con gusto. Creo firmemente que este horror a robar dinero y a lo que podía valerlo, procedía en gran parte de mi educación, porque en él iban envueltas vagas ideas de infamia, de privación, de tormentos y del patíbulo, que a tener semejante tentación me habrían horrorizado; mientras que mis maldades me parecían travesuras y no eran otra cosa ciertamente. Todas ellas no merecían más que una buena paliza de mi amo y a ello me atenía desde luego. Pero, lo repito, no codiciaba lo bastante para tener que contenerme; no sentía en mí necesidad de dominarme; no tenía necesidad de luchar conmigo mismo para refrenar mi codicia. Un solo pliego de papel, bueno para dibujar, me tentaba más que el dinero para comprar una resma. Esta rareza es debida a una singularidad de mi carácter, que ha influido tanto en mi conducta, que no puedo por menos de explicarla. Son tan vehementes mis pasiones, que mientras estoy dominado por ellas, mi impetuosidad no tiene límites: no tengo miramientos, respeto, temor ni decoro. Me vuelvo cínico, atrevido, violento, intrépido. No hay escrúpulo que me detenga ni peligro que me espante. Fuera del objeto que me preocupa, para mí no existe el mundo. Pero esto es sólo en el momento; después, caigo inmediatamente anonadado. En los períodos de calma soy la indolencia y la timidez mismas. Todo me arredra, me desanima. El vuelo de una mosca me asusta. Alarma mi pereza tener que hacer un gesto o decir una palabra. El temor y la vergüenza me dominan basta el extremo de que quisiera hacerme invisible a todo el mundo. Si conviene obrar, no sé qué hacer; si hablar, no sé qué decir; si me miran, me turbo. Apasionado, doy a veces con lo que debo decir, pero, en la conversación ordinaria, no encuentro absolutamente nada que decir; me es insoportable por el mero techo de que me obliga a hablar. Añádase a esto que ninguno de mis gustos puede satisfacerse con dinero. Necesito goces puros, y el oro los envenena todos. Por ejemplo: me gustan los placeres de la mesa: pero no pudiendo sufrir las molestias de la etiqueta, ni la crápula de las tabernas, no puedo disfrutarlos sino con un amigo, porque solo, me es imposible. En este caso mi imaginación se ocupa en otras cosas y no hallo ningún goce en el comer. Si el ardor de la sangre me excita a los placeres sensuales, mi corazón conmovido exige también amor. Comprado, perdería a mis ojos su encanto, y dudo que pudiese aprovecharlo. Lo propio me sucede con todos los placeres que se hallan a mi alcance: pagados, son desabridos. Sólo me gusta lo que no pertenece más que al primero que sabe gozarlo. El oro nunca me ha parecido tan precioso como se supone. Hay más: nunca me ha parecido muy cómodo; por sí mismo para nada sirve; para gozar de su posesión es preciso transformarlo hay que comprar, regatear, verse engañado muchas veces, pagar bien para ser mal servido. Quisiera una cosa buena por su calidad: con mi dinero estoy seguro de obtenerla mala. Compro caro un huevo fresco y me lo dan pasado; una magnífica fruta, me resulta verde; me agrada una mujer, está deteriorada; me gusta el buen vino, pero ¿dónde lo encuentro? ¿En una taberna? Dondequiera que sea me darán veneno. ¿Quiero estar bien servido? ¡Cuántos apuros, cuántas dificultades! ¡Tener amigos, correspondencia, hacer encargos, escribir, ir y venir, esperar; y al fin, por lo común, verse engañado! ¡Cuánto embarazo con mi dinero! Es más de temer que de estimar el buen vino. Durante y después de mi aprendizaje, tuve mil veces el deseo de comprar alguna golosina. Me llegaba a una confitería, vela mujeres en el mostrador, ya me figuraba verlas reírse del golosillo. Pasando por una frutería, observo de reojo unas hermosas peras, que exhalan un perfume tentador; enseguida veo dos o tres mancebos que me miran, o se encuentra allí delante un conocido; o veo de lejos venir una muchacha, ¿no es la criada de casa? Mi vista corta me engaña a cada instante. Todos los que pasan me parecen conocidos: siempre intimidado, contenido por algún obstáculo; crece mi cortedad con mi deseo, y me vuelvo un estúpido, devorado por el ansia y sin haberme atrevido a comprar nada, teniendo con qué. Descendería a los más insulsos detalles si explicase el engorro, la vergüenza, la repugnancia, los inconvenientes y disgustos de todo género que siempre he experimentado en el empleo del dinero, ya fuese para mí, ya para otra persona. El lector lo irá comprendiendo sin que me tome la pena de decírselo, a medida que vaya conociendo mi carácter por el curso de mi vida. Esto entendido, se comprenderá fácilmente una de las pretendidas contradicciones de mi carácter: la de reunir una avaricia casi sórdida, al mayor desprecio del dinero. Es para mí un mueble tan molesto, que ni aun me atrevo a desear el que no tengo, y cuando lo poseo estoy mucho tiempo sin gastarlo por no saber emplearlo a mi gusto; pero cuando se presenta ocasión agradable y oportuna, la aprovecho de tal modo, que mi bolsa queda vacía sin que yo lo note. Pero no se hallará en mí ese defecto de los avaros que consiste en gastar por ostentación; al contrario, lo hago secretamente y para recrearme: en vez de gloriarme de ello, lo oculto. Estoy tan penetrado de que el dinero no se ha hecho para mi uso, que me avergüenzo de tenerlo, cuanto más de servirme de él. Si por ventura hubiese tenido una renta suficiente para vivir cómodamente, de seguro que jamás hubiese tenido la menor sombra de avaricia; disiparía mi renta por entero sin pensar en aumentarla: pero me tiene con temor mi situación precaria. Adoro la libertad, y aborrezco la molestia, la fatiga y la sujeción. Mientras me quede algún dinero no he de temer por mi independencia, y me dispensa de empeñarme en procurármelo nuevamente, necesidad que me pareció siempre horrible: así que, temeroso de verlo pronto agotado, lo sepulto. El oro que se tiene es instrumento de libertad; el que se busca lo es de servidumbre. He aquí por qué lo encierro y nada codicio, sin embargo. Mi desinterés, por tanto, no es sino pereza; el gusto de poseer no vale el trabajo de adquirir; mis disipaciones mismas no son más que efectos de la pereza; cuando se presenta oportunidad de gastar a satisfacción, no puede aprovecharse demasiado. Menos me importa el dinero que los objetos, porque entre aquél y la cosa deseada siempre se halla un intermediario; mientras que entre el objeto y el que lo desea no existe nada. Veo el objeto y me tienta; pero si no veo más que el medio de poseerlo, ya no lo deseo. Por consiguiente, he sido ratero, y aún hoy día lo soy alguna vez, de bagatelas que me tientan y que prefiero tomar a pedirlas; pero no recuerdo haber tomado nunca un ochavo de nadie, salvo una vez, no hace quince años, que hurté siete libras y diez sueldos. La aventura vale la pena de contarse porque encierra un conjunto imperdonable de estupidez y descaro que difícilmente creería si me lo contaran de otra persona. Ocurrió en París. Paseábame por el Palais - Royal con el señor de Francueil, a eso de las cinco de la tarde. Miró su reloj y me dijo: "Vamos a la Ópera. Convenido, vamos". Toma dos butacas de anfiteatro, me entrega una y sigue adelante; entra y yo le sigo. Encuentro ocupada la entrada, miro a uno y otro lado, veo que todo el mundo está todavía en pie; pienso que podría perderme entre tanta gente, o que, por lo menos. podría creerlo así el señor de Francueil, y, saliendo nuevamente, tomo el importe de mi billete y me largo, sin pensar que, apenas habría salido cuando estaría sentado todo el mundo y que entonces el señor Francueil vería claramente que yo habla desaparecido. Como nada estuvo más lejos de mi ánimo que un hecho semejante, lo consigno para demostrar que hay momentos de desvarío durante los cuales no puede juzgarse a los hombres por sus acciones. Esto no era precisamente robar dinero, sino desviarlo de su destino: cuanto menos tenía de robo tanto más tenía de infamia. Nunca acabaría, si quisiese seguir todas las sinuosidades por las cuales pasé, durante mi aprendizaje, de la sublimidad del héroe a la vileza de un bribón. Pero, aunque tomé todos los vicios propios de mi estado, siempre me fué imposible tomar sus aficiones. Las diversiones de mis compañeros me aburrían, y cuando la excesiva sujeción me hubo disgustado del trabajo, todo me fastidiaba; y esto me trajo nuevamente a la afición a la lectura, que había olvidado hacía mucho tiempo; para satisfacerla usurpaba el tiempo al trabajo, resultando un nuevo delito que me costó nuevos castigos. El gusto, exaltado por la contrariedad, se convirtió en pasión y a poco en frenesí. Una mujer llamada la Tribu, famosa alquiladora de libros, me los proporcionaba de todas clases. Bueno y malo, todo pasaba; yo no escogía nunca; todo lo leía con idéntica avidez. Leía en el taller, leía por el camino siempre que me enviaban; leía en el retrete horas enteras, olvidándome de todo; a fuerza de leer se me iba la cabeza, y no hacía más que leer continuamente. Mi amo me vigilaba, me atrapaba, me pegaba y me cogía los libros. ¡Cuántos volúmenes fueron rasgados, quemados o tirados por la ventana! ¡Cuántas obras quedaron truncadas en casa de la Tribu! Cuando no tenía con qué pagarle, le daba las camisas, las corbatas, los vestidos; cada domingo le entregaba sin falta los tres sueldos que me daban de regalo. Acaso se me dirá: he ahí el dinero hecho necesario. En efecto; pero eso fué cuando la lectura me hubo privado enteramente de la actividad. Entregado por completo a mi nuevo gusto, no hacía más que leer, ya no robaba nada. Y véase ahora otra de mis diferencias características. En los momentos en que más sujeto me tiene un hábito, la cosa más pequeña me distrae, me cambia, me domina, y por fin me apasiona; entonces todo queda olvidado; sólo pienso en el nuevo objeto que me preocupa. El corazón me latía de impaciencia por hojear el nuevo libro que llevaba en mi bolsillo; sacábalo tan pronto como quedaba sin testigos, y ya no me acordaba de registrar el gabinete de mi amo. Creo qué aun cuando mis pasiones hubieran sido más costosas, nunca hubiera robado. Por ejemplo, en el presente caso, estaba muy lejos de pensar valerme de semejante medio para lo sucesivo. La Tribu me fiaba, los anticipos eran muy escasos, y, cuando tenía el libro, ya no me acordaba de nada; pero asimismo pasaba a esta mujer todo el dinero que me venía naturalmente, y cuando me pedía con premura, nada tenía tanto a mano como mis efectos. Robar anticipadamente hubiera sido harta previsión, y lo que es hacerlo para pagar, ni tentación siquiera. A fuerza de altercados y de golpes, de lecturas a hurtadillas y mal escogidas, mí carácter se volvió taciturno y salvaje; empezaba a trastornarse mi cabeza, y vivía como un hurón. Con todo, si bien es verdad que mi gusto no me preservó de las lecturas insubstanciales y desabridas, tuve la fortuna de no entregarme a la de libros obscenos y licenciosos; no porque la Tribu, mujer en extremo tolerante bajo todos conceptos, tuviese escrúpulo en prestármelos, sino porque, a fin de darles importancia, me los nombraba con un aire de misterio que cabalmente me obligaba a rehusarlos, así por repulsión como por vergüenza; y la suerte fué tan favorable a mis púdicos instintos, que a los treinta años aún no había pasado los ojos por ninguno de esos peligrosos libros que una elegante mujer de mundo encuentra incómodos porque sólo pueden leerse con una mano. En menos de un año agoté el mezquino almacén de la Tribu, y entonces me hallaba en mis ocios extremadamente fastidiado. Curado de mis gustos de niño y de pilluelo por el de la lectura, y hasta por efecto de lo que leía, pues aunque fuese desordenado y muchas veces malo, elevaba mi corazón, sin embargo, a sentimientos más nobles que los adquiridos en mi estado; todo lo que a mi alcance habla me disgustaba y, viendo harto lejos cuanto pudiera tentarme, nada vela capaz de halagar mi corazón. Mis sentidos, alterados hacía ya mucho tiempo, me pedían un goce que ni siquiera imaginaba en qué pudiera consistir: tan ajeno estaba del verdadero objeto, como si hubiese carecido de sexo, y ya en la pubertad y lleno de sensibilidad, pensaba alguna vez en mis locuras, pero nada vela más allá. En tan extraña situación, mi inquieta fantasía tomó un partido que me salvó de mi mismo, calmando mi naciente sensualidad. Consistió en alimentarse de las situaciones que me habían interesado en mis lecturas, recordarlas, variarlas y combinarlas, apropiármelas de tal modo que me convertía en uno de los personajes que imaginaba, viéndome colocado en las situaciones más adecuadas a mi gusto; en fin, el estado ficticio en que lograba encontrarme me hizo olvidar el verdadero, de que tan pesaroso estaba. Este cariño por los objetos imaginarios y la facilidad de embeberme en ellos acabaron de disgustarme de cuanto me rodeaba y determinaron este amor a la soledad, que desde entonces jamás me ha abandonado. Más de una vez se verán, en lo que sigue, los particulares efectos de esta predisposición tan misantrópica y sombría al parecer, pero que, en realidad, es hija de un corazón por demás afectuoso, amante y tierno, que no hallando otros que se le parezcan, se ve precisado a alimentarse de ficciones. Me basta, por ahora, haber indicado el origen y primera causa de una inclinación que ha modificado todas mis pasiones, y que, conteniéndolas por medio de ellas mismas, siempre me ha hecho perezoso para obrar por excesivo ardor en el deseo. Así llegué a los dieciséis años, inquieto, cansado de todo y de mi mismo, fastidiado de mi situación, ajeno a los placeres propios de aquella edad, devorado por deseos cuyo objeto ignoraba, llorando sin motivo determinado, suspirando sin saber por qué; en fin, acariciando tiernamente mis quimeras, porque nada veía en derredor que les fuera equivalente. Venían todos los domingos mis compañeros a buscarme, al salir de la iglesia, para que fuera a divertirme con ellos. Si hubiese podido excusarme, lo habría hecho de muy buena gana; pero, una vez engolfado en sus juegos, me entusiasmaba más que todos ellos, y era muy difícil sosegarme ni detenerme. Por este tenor he sido constantemente: cuando íbamos a paseo fuera de la ciudad, seguía siempre adelante sin acordarme de la vuelta, a menos que los demás pensasen por mí. Dos veces llegué a la ciudad cuando estaban las puertas ya cerradas y tuve que quedarme fuera. Puede imaginarse cómo fui tratado al día siguiente, y me prometieron tal acogida para la tercera, que me propuse no exponerme a la prueba; sin embargo, esta temible reincidencia hubo de llegar un día. Mi vigilancia fué burlada por un maldito capitán, llamado Minutoli, que siempre cerraba la puerta donde estaba de guardia media hora antes que los otros. Volvía yo con dos compañeros, cuando a media legua de la ciudad oigo la retreta y redoblo el paso; suena el tambor y corro desalado; llego sin aliento y sudando a mares; el corazón me latía fuertemente; distingo de lejos a los soldados en sus puestos, corro, gritando con sofocada voz, pero ya era tarde. A veinte pasos de la avanzada veo levantar el primer puente y me estremezco ante el espectáculo de aquellas terribles astas en el aire, siniestro y fatal augurio de la desdichada suerte que entonces empezaba para mí. En el primer arrebato de dolor, me dejé caer en el glacis y mordí la tierra; mis compañeros, riéndose de su desgracia, tomaron, desde luego, su partido; yo tomé también el mío, pero muy distinto. Allí mismo juré no volver a casa de mi amo, y cuando, al abrirse las puertas, entraron en la ciudad, me despedí para siempre de ellos, encargándoles solamente que dijeran a mi primo Bernard la resolución que había tomado y el sitio donde podría yerme por última vez. Cuando entré de aprendiz, hallándonos más separados que antes, nos veíamos menos. Durante las primeras semanas, todavía nos juntábamos todos los domingos; pero cada uno fué adquiriendo insensiblemente hábitos distintos, y nos fuimos así alejando, a lo que contribuyó mucho seguramente su madre. Él era un muchacho del barrio alto, mientras que yo, pobre aprendiz, era del barrio de San Gervasio. No había entre nosotros igualdad, a pesar del nacimiento, y tratarse conmigo era rebajarse. No cesaron, sin embargo, nuestras relaciones completamente, pues, como tenía buenos sentimientos, se dejaba llevar a veces por el corazón, a pesar de las sugestiones de su madre. Tan pronto como supo mi resolución acudió, no para disuadirme de ella, sino para proporcionarme un alivio trayéndome algunos regalos, porque mis recursos no me permitían ir muy lejos. Entre otras cosas, me dió una espada pequeña, de la que estaba prendado, y que llevé hasta Turín, donde la necesidad me hizo venderla y comérmela, como vulgarmente se dice. Cuanto más he reflexionado después sobre la conducta que mi primo observó conmigo en tan crítico momento, más me be convencido de que obró por consejo de su madre y quizá también de su padre, porque es imposible que, siguiendo sus propias inspiraciones, no hubiese hecho ningún esfuerzo para detenerme o no hubiese tenido deseos de venirse conmigo; pero todo lo contrario: en vez de disuadirme, todavía me animó a llevar a cabo mi proyecto, y cuando me vió firmemente resuelto, se separó de mí sin muchas lágrimas. Nunca más nos hemos visto ni escrito, y es lástima, porque tenía un carácter esencialmente bueno y habíamos nacido para amarnos. Séame permitido, antes de abandonarme a la fatalidad de mi destino, volver un instante los ojos hacia el que me aguardaba naturalmente si hubiese caído en manos de mejor amo. Nada más conforme a mi carácter, ni más propio para hacerme dichoso, que la oscura y tranquila posición de un buen artesano, sobre todo en ciertas clases como es en Ginebra la de grabador. Este oficio, bastante lucrativo para proporcionar una subsistencia cómoda, y poco a propósito para enriquecerse con él, habría limitado para siempre mi ambición y, dejándome tiempo suficiente para entregarme a sencillos recreos, me habría encerrado dentro de mi esfera sin ofrecerme ocasión para salirme de ella. Dotado de una imaginación bastante rica para revestir con sus quimeras cualquier posición, capaz de transportarme, digámoslo así, de un estado a otro a medida de mi gusto, poco me importaba aquel en que realmente me hallase. La distancia que mediara entre mi situación real y cualquier castillo en el aire no podía ser tan grande que no me fuera facilísimo salvarla. De aquí se sigue que la situación que mejor me convenía era la que exigiese menos bullicio o cuidados, que me dejara el espíritu más libre, y ésta era cabalmente la mía. En el seno de mi religión, de mi patria, mi familia y mis amigos, habría vivido tranquila y dulcemente, cual convenía a mí carácter, en la monotonía de una ocupación grata y de una sociedad propia para mi corazón. Habría sido buen cristiano, buen ciudadano. Buen padre de familia, buen artesano; en resumen: un hombre de bien. Hubiera vivido satisfecho de mi profesión, quizá le hubiera hecho honor y, al final de una vida oscura y sencilla, pero dulce y uniforme, hubiera muerto en paz, rodeado de mis deudos y amigos, y, aunque olvidado al poco tiempo, a lo menos habría sido llorado mientras se hubiese conservado mi memoria. En lugar de todo esto... ¡Qué espectáculo voy a presentar! ¡Ah, no nos anticipemos en hablar de las miserias de mi vida! Harto tendré que ocupar con tan triste motivo la atención de mis lectores. LIBRO SEGUNDO 1728 - 1731 Cuanto más triste me pareció el primer momento en que el terror me sugirió el proyecto de la huida, más encantador me pareció el momento de ejecutarlo. Niño todavía, abandonar mi país, mis parientes, mis protectores y mis recursos; dejar una profesión sin haberla aprendido lo bastante para ganarme la vida con ella; entregarme a los horrores de la miseria sin medio alguno para combatirla; en la edad de la inocencia y la flaqueza, exponerme a todas las tentaciones de la desesperación y del vicio; ir al encuentro de los males, los errores, los engaños, la esclavitud y la muerte, bajo un yugo mucho más inflexible que el que no había podido soportar: a todo esto me lanzaba; ésta era la perspectiva que hubiera debido contemplar. ¡Cuán diferente era lo que yo me imaginaba! El sentimiento de la independencia que creía haber conquistado era lo único que me embargaba. Libre y dueño de mí mismo, creía poder hacerlo todo, lograrlo todo; no tenía más que lanzarme para elevarme y volar por los aires. Entraba con planta firme en el vasto espacio del mundo; mi mérito iba a llenarlo todo; iba a encontrar a cada paso festines, tesoros, aventuras, amigos dispuestos a servirme, mujeres ávidas de complacerme; el universo iba a llenarse con mi aparición; aunque no precisamente el universo todo: ya le dispensaba en parte de ello, no siéndome necesario tanto; contentábame con un círculo agradable; lo demás nada importaba. Mi moderación me inscribía en una esfera limitada, pero deliciosamente escogida, cuyo imperio tenía asegurado. Reducíase mi ambición a un solo palacio: ser el favorito de los señores, el amante de la hija, el amigo del hermano y el protector de los vecinos. Y ya estaba satisfecho; nada más necesitaba. Mientras llegaba este modesto porvenir, anduve algunos días errante no lejos de la ciudad, acogido por algunos campesinos conocidos, que me recibieron con más amabilidad que lo hubieran hecho personas urbanas. Me acogían dándome alimento y abrigo harto buenos para ser tan sólo una acción meritoria. Tampoco podía llamarse una limosna, pues no se daban aires de superioridad. A fuerza de viajar y recorrer el mundo, fui a parar a Confignon, país de Saboya, a dos leguas de Ginebra. El cura párroco se llamaba Pontverre. Este nombre, famoso en la historia de la República, me llamó sobremanera la atención. Tenía curiosidad de saber cómo eran los descendientes de los Caballeros de la Cuchara. Fuí, pues, a ver al señor de Pontverre, que me recibió muy bien: me habló de la herejía de Ginebra, de la autoridad de la santa madre Iglesia, y me dió de comer. Yo no sabía qué contestar a argumentos que acababan de tal manera, y juzgué que los párrocos que daban tan buena comida valían, por lo menos, tanto como nuestros ministros. Seguramente sabía yo mucho más que el cura, a pesar de su nobleza; pero no podía ser tan buen teólogo como buen convidado; y su vino de Frangi, que me pareció excelente, argumentaba con tanta fuerza en favor suyo que me hubiera avergonzado de hacer callar a tan buen huésped. Cedía, pues, o al menos no le resistía de frente. Cualquiera que hubiese visto mis rodeos me hubiera creído falso, equivocadamente; lo cierto es que no era más que agradecido. La lisonja, o, mejor dicho, la condescendencia no es siempre un vicio; frecuentemente es más bien un acto virtuoso, sobre todo en la juventud. La bondad con que nos trata una persona nos atrae a ella y no cedemos para engañarla sino para no entristecerla, para no devolverle mal por bien. ¿Qué interés más que el mío propio podía mover al señor de Pontverre a darme hospitalidad y buen tratamiento y a querer convencerme? Mi joven corazón me lo decía y estaba lleno de reconocimiento y respeto hacia el buen sacerdote. Conocía mi superioridad, pero no quería agobiarlo en pago de su hospitalidad. No había en esta conducta la menor hipocresía; no tenía intención alguna de cambiar de religión, y, lejos de familiarizarme rápidamente con esta idea, me causaba tal horror que debía alejarla de mi durante mucho tiempo; sólo quería no disgustar a los que me halagaban con esta mira; quería mantener su benevolencia y dejarlos en la esperanza de lograr su objeto, apareciendo peor armado de lo que realmente estaba. Mi falta en esto se parecía a la coquetería de las mujeres honradas, que a veces, para lograr sus fines, sin permitir ni prometer nada, saben hacer esperar más de lo que se proponen conceder. La razón, la piedad, el amor al orden, sin duda exigían que, lejos de favorecer mi locura, se me alejara de la perdición a que corría, volviéndome al seno de mi familia. Esto es lo que hubiera hecho o intentado cualquier hombre verdaderamente virtuoso; pero el señor de Pontverre estaba muy lejos de serlo, a pesar de ser un buen hombre; al contrario, era de éstos que no conocen otras virtudes que adorar los santos y rezar el rosario; una especie de misionero que no pensaba en nada mejor para el servicio de la fe que publicar folletos contra los pastores de Ginebra. Lejos de devolverme a mi casa, aprovechó mi deseo de alejarme de ella para imposibilitarme la vuelta, aun cuando yo lo hubiese deseado. Podía asegurarse que me ponía en camino de ser un granuja o de morir de miseria. Pero no reparó en ello. Él no vió más que un alma arrancada a la herejía y llevada a la Iglesia. ¿Qué le importaba que fuese yo un tunante o un hombre de bien, con tal de que fuese a misa? Pero no se crea que tal modo de pensar sea peculiar de los católicos; es propio de toda religión dogmática cuya esencia no comiste en obrar sino en creer. "El Señor os llama -me dijo-; id a Annecy; allí encontraréis a una buena señora, muy caritativa, a quien los beneficios que el rey le dispensa, le permiten apartar a otras almas del error en que ella misma se ha visto sumida". Referíase a la señora de Warens, recién conversa, a quien los curas obligaban a compartir una pensión que le tenía asignada el rey de Cerdeña con la gentuza que iba a vender su fe. La necesidad de recurrir a una buena señora muy caritativa me humillaba. Me agradaba, sí, que me diesen lo necesario, pero no que me hiciesen limosna, y una devota no tenía para mí atractivo alguno. Mas empujado por el cura,' por el hambre que me apretaba y por el deseo de emprender un viaje y de llevar un fin determinado, resolvíme, aunque con dolor, y partí a Annecy. Podía ir en un día fácilmente; pero no me apresuraba, y tardé tres. No divisaba castillo a derecha o izquierda del camino adonde no corriese en busca de las aventuras que estaba en la seguridad de que me esperaban en ellos. No me atrevía a entrar ni llamar a sus puertas porque mi timidez era extrema; pero cantaba al pie de la ventana que mejor me parecía, extrañándome sobremanera no ver asomarse, después de haberme desgañitado, damas ni doncellas atraídas por la belleza de mi voz o la gracia de las canciones, atendido que sabía algunas admirables, aprendidas de mis camaradas, y a que las cantaba divinamente. Llegué, en fin, y vi a la señora de Warens. Aquella época de mi vida determinó mi carácter; no puedo resolverme a pasar por ella a la ligera. Tenía yo dieciséis años. Sin ser lo que se llama un joven guapo, era, aunque de baja estatura, bien formado; tenía el pie pequeño, la pierna bien contorneada, la expresión despejada, el rostro animado, la boca chiquita, las cejas y el cabello negros, los ojos pequeños y un poco hundidos, pero que lanzaban con vigor el fuego en que yo ardía. Por desgracia, ignoraba todo esto, y en mi vida sólo se me ha ocurrido pensar en mi aspecto cuando ya no era tiempo de valerme de él. A la timidez natural de mi edad se reunía la de un carácter afectuoso, turbado siempre por el temor de disgustar. Por otra parte, aunque mi entendimiento estaba regularmente cultivado, como no conocía el mundo, carecía completamente de urbanidad, y, lejos de suplirla, mis conocimientos no hacían más que aumentar mi timidez, porque me hacían comprender cuántos me faltaban todavía por adquirir. Temiendo, por consiguiente, que mi presentación produjera mal efecto, me previne de otra suerte escribiendo una magnífica carta en estilo oratorio, en que, colocando frases que había encontrado en los libros, con locuciones de aprendiz, desplegué toda mi elocuencia para bienquistarme con la señora de Warens. En esta carta incluí la del señor cura, y me dirigí a la temible audiencia. Era el Domingo de Ramos del año 1728. Cuando llegué a la casa me dijeron que la señora acababa de salir y que se dirigía a la iglesia. Corro en su seguimiento, la diviso, la alcanzo, le hablo... Debo recordar aquel lugar venturoso que posteriormente he regado de lágrimas y cubierto de besos muchas veces. ¡ Que no pueda rodearlo con una balaustrada de oro y atraerle el homenaje del mundo entero! Todo aquel que sea aficionado a honrar los monumentos que han salvado a los hombres no debería llegar hasta allí sin postrarse de rodillas. Era un pasadizo que había detrás de su casa, entre un arroyo a la derecha que lo separaba del jardín y la pared del patio a la izquierda, y conducía a una puerta falsa de la iglesia de los franciscanos. Estaba ya junto a la puerta, cuando se volvió al oír mi voz. ¡Qué sorpresa la mía! Habíame figurado una beata vieja y ceñuda, pues no podía ser de otro modo la buena señora del señor de Pontverre. Pero vi un rostro lleno de gracias, bellos ojos azules llenos de dulzura, una tez deslumbradora, una garganta de contorno encantador. Nada se escapó a la rápida ojeada del joven prosélito, porque lo fuí suyo desde aquel instante, seguro de que una religión predicada por tales misioneros no podía por menos de conducir al Paraíso. Toma sonriendo la carta que, con mano trémula, le presenté; ábrela, pasa los ojos sobre la del cura y los vuelve a la mía, que lee toda, y que habría leído otra vez si un criado no le hubiera advertido que era hora de entrar. "¡ Tan joven, y errante ya por el mundo!", me dijo con un tono que me hizo estremecer. "! Es una verdadera lástima!" Luego añadió sin esperar mi respuesta: "Aguardadme en mi casa y decid que os den de almorzar, ya hablaremos cuando salgamos de misa», Luisa Leonor de Warens era una señorita de la Tour de Pil, antigua y noble familia de Vevey, ciudad del país de Vaud. Se habla casado muy joven con el señor de Warens, de la casa de Loys, hijo mayor del de Villardin, de Lausanne. Este matrimonio, que no tuvo sucesión, fué desgraciado. Un día la señorita de Warens, impulsada por algún pesar doméstico, aprovechó la ocasión de hallarse el rey Víctor Amadeo en Evian, y, atravesando el lago, fué a echarse a sus pies, abandonando así a su marido, su familia y país por una ligereza muy semejante a la mía, y que igualmente ha tenido ocasión de lamentar. El rey, amigo de mostrarse católico ferviente, la tomó bajo su amparo, señalándole una pensión de mil quinientas libras piamontesas, que para un príncipe tan poco pródigo era mucho, y, viendo que por esta acogida se lo juzgaba enamorado, la envió a Annecy con una escolta de guardias reales, donde, bajo la dirección de Miguel Gabriel de Bernex, obispo de Ginebra, abjuró en el convento de la Visitación. Seis años hacía entonces que allí estaba, y tenía veintiocho, habiendo nacido con el siglo. Era una de esas bellezas que se conservan, porque consisten más en la fisonomía que en los rasgos; así, la suya mantenía por completo su esplendor primero. Tenía el ademán cariñoso y tierno, muy dulce la mirada, la sonrisa angelical, la boca como la mía, los cabellos cenicientos de rara belleza, peinados con cierto descuido que le daba una expresión graciosísima. Era baja, muy baja, y un poco llena para su estatura, aunque sin deformidad; pero no puede darse una cabeza más hermosa, más bello seno, manos más delicadas y brazos mejor contorneados. Su educación habla sido muy variada; como yo, habla perdido su madre al venir al mundo, y, adquiriendo conocimientos sin método, según se presentaban, aprendió un poco de su aya, un poco de su padre, un poco de sus maestros y mucho de sus amantes, principalmente de un señor de Tavel, que comunicó a la que amaba parte del buen gusto y de los conocimientos que le adornaban. Pero la diversidad de géneros hizo que se dañaran entre si, y el orden incompleto que les impuso ella misma impidió que sus diferentes estudios alcanzaran el desarrollo que su capacidad permitía. Por esto, a pesar de conocer algunos principios de filosofía y de física, no pudo librarse de la afición de su padre a la medicina empírica y la alquimia; componía elixires, tinturas, bálsamos, magisterios, y pretendía poseer secretos. Los charlatanes, aprovechándose de su debilidad, la arruinaron, y, entre drogas y hornillos, consumieron su ingenio, su talento y sus gracias, que hubieran podido hacer las delicias de Ja sociedad más escogida. Pero si algunos malvados abusaron de su mal dirigida educación para oscurecer Ja luz de su inteligencia, su corazón excelente resistió a la prueba, conservándose siempre el mismo. Su carácter afectuoso y dulce, su compasión para los desgraciados, su bondad inagotable, su buen humor, franco y expansivo, no se alteraron jamás, y en las cercanías de la ancianidad, sumida en la indigencia, abrumada de males y calamidades, la serenidad de su alma le conservó, hasta el fin de su vida, la alegría de sus más hermosos días. Sus errores provenían de un fondo de actividad inagotable que exigía una ocupación constante. No le, convenían intrigas mujeriles, sino grandes empresas que combinar y dirigir. Había nacido para los grandes negocios. En su lugar, la señora de Longueville no hubiera pasado de ser una enredadora. Ella, en cambio, habría gobernado el Estado. Su capacidad no fué convenientemente empleada y lo que la habría hecho célebre, colocada en una posición más elevada, sirvió para perderla en la que tuvo. En lo que estaba a su alcance, siempre organizaba un plan en su interior, viendo engrandecido su objeto; y de ahí resultaba que, empleando medios más bien proporcionados a, sus miras que a sus fuerzas, fracasaba por culpa de los demás; y, una vez fracasados sus proyectos, quedaba arruinada donde otros no hubieran perdido sino muy poco. Este carácter emprendedor le proporcionó muchos males, haciéndole en cambio el gran bien de impedir que se recluyera para el resto de su vida en un convento, como tenía pensado hacerlo. La vida sencilla y monótona de las religiosas y su cháchara de locutorio no podían cautivar un carácter siempre inquieto que, trazando cada día planes nuevos, necesitaba libertad para entregarse a ellos. El buen obispo de Bernex, con menos inspiración, tenía muchos puntos de contacto con Francisco de Sales, y la señora de Warens, a quien llamaba su hija y que se parecía mucho a la señora de Chantal, hubiera podido parecérsele además en su retiro, si sus inclinaciones no la hubiesen desviado de la ociosidad del convento. Si aquella amable mujer no se dedicó a las minuciosas prácticas de devoción, que parecían convenir a una nueva convertida que vivía bajo la dirección de un prelado, no fué seguramente por falta de celo. Cualquiera que fuese el motivo que la indujo a cambiar de religión, fué sincera en la que había abrazado. Pudo haberse arrepentido de la falta cometida, pero no deseaba volver atrás; no solamente murió siendo buena católica, sino que vivió como tal, de buena fe, y yo, que creo haber leído en el fondo de su corazón, me atrevo a afirmar que si no se las echaba de devota en público era únicamente por aversión a las gazmoñerías. Poseía una piedad harto sólida para afectar devoción. Pero no es éste el momento oportuno para extenderme sobre sus principios; sobrarán ocasiones para tratar de ellos. Expliquen, si pueden, los que niegan la existencia de las simpatías entre dos almas, cómo desde la primera entrevista, desde la primera palabra, desde la primera mirada, no sólo me inspiró la señora de Warens un vivo afecto sino también una confianza completa que jamás se ha desmentido. Supongamos que mi afección por ella fuese verdadero amor, cosa que parecerá por lo menos dudosa a cualquiera que examine nuestras relaciones, ¿cómo pudo esta pasión ir, desde el primer instante, acompañada de los sentimientos que menos le convienen: la paz del corazón, la calma, la serenidad, la confianza, la seguridad? ¿Cómo, hallando por vez primera una mujer amable, fina, seductora, una señora de rango superior al mío, que no había conocido igual, de quien en parte dependía mi suerte según el mayor o menor interés que por mí tomase; cómo, digo con todo esto me encontré desde luego tan libre, tan tranquilo cual si hubiese estado segurísimo de caerle en gracia? ¿Cómo no tuve un momento de embarazo, de timidez, de turbación? Naturalmente vergonzoso, retraído, sin conocer el mundo, ¿cómo, tratando con ella, hallé desde el primer día, desde el primer instante, las maneras fáciles, el lenguaje afectuoso, el tono familiar que tenía diez años después cuando la intimidad entre nosotros o izo natural? ¿Puede tenerse amor, no digo sin deseo, porque yo lo tuve, pero sin inquietudes, sin celos? ¿No se quiere saber a lo menos si es uno correspondido del objeto amado? Es una pregunta que en la vida se me ocurrió hacerle ni una sola vez, como preguntarme a mí mismo si yo me amaba; y ella tampoco se mostró nunca más curiosa conmigo. Hubo, si, algo singular en mi cariño hacia aquella mujer encantadora, y en lo que sigue se hallarán extrañezas que no es fácil esperar. Húbose de tratar de mi suerte> y, para hacerlo más despacio> me hizo quedar a comer. Por vez primera faltóme el apetito; y su doncella, que nos servía, declaró asimismo que no había visto faltarle a ningún viajero de mí edad y condición. Esta observación, que en nada me rebajaba a los ojos de su señora, caía de lleno sobre un palurdo que comía con nosotros y que devoró él solo una ración que hubiera sido decente para seis personas. En cuanto a mí, me hallaba tan extasiado que no pensaba en comer. Mi corazón se alimentaba de un sentimiento nuevo que inundaba todo mi ser y no me dejaba libertad de espíritu para ninguna otra cosa. La señora de Warens quiso conocer los detalles de mi historia, en cuyo relato recobré todo el calor que había perdido en casa de mi amo. A medida que se interesaba en mi relación, más se lamentaba de la suerte a que iba a exponerme. Su tierna compasión se reflejaba en su semblante, en su ademán. No se atrevía a aconsejarme que volviese a mi casa; por su posición hubiera sido un crimen de leso catolicismo, y sabía muy bien cuán vigilada estaba y que todas sus palabras eran comentadas. Pero me habló de la aflicción que debió haber sufrido mi padre, en tono tan conmovedor, que bien claramente revelaba su aprobación a que fuera a consolarle. No sabía ella cómo, sin sospecharlo, abogaba en contra de sí misma. Aparte de que mi resolución, como creo haberlo dicho, era irrevocable, cuanto más elocuente, más persuasiva la encontraba, tanto más me interesaba y no podía resolverme a separarme de ella. Sabía que regresar a Ginebra era colocar entre los dos una barrera casi insuperable, a menos de volver a las andadas, y para esto más valía continuar adelante. A esto me atuve. La señora de Warens, viendo la inutilidad de sus esfuerzos, no llegó hasta comprometerse; pero, mirándome compasivamente, dijo: "Pobre niño, irás a donde Dios te llama; pero cuando seas hombre, te acordarás de mí. No creo yo que imaginase cuán cruelmente se cumpliría su predicción. Quedaba en pie la misma dificultad. ¿Cómo subsistir, tan joven, lejos de mi país? A la mitad apenas de mi aprendizaje, estaba muy lejos de poder ejercer mi profesión, y, aunque la hubiese conocido bastante, tampoco hubiera podido vivir en Saboya, país harto pobre para que en él prosperasen las artes. El patán que comía por nosotros, obligado a hacer un alto para dar descanso a sus mandíbulas, emitió un pensamiento que dijo inspirado por el cielo y que, a juzgar por sus consecuencias, debió venir del lado opuesto: consistía en que fuese yo a Turín, donde hallaría, en un hospicio establecido para la instrucción de los catecúmenos, el alimento del cuerpo y del espíritu hasta tanto que, admitido en el seno de la Iglesia, encontrase almas caritativas que me proporcionasen una colocación conveniente. "En cuanto a los gastos del viaje, prosiguió nuestro hombre, su eminencia monseñor el obispo no dejará de proveer caritativamente, si la señora le propone tan santa obra; y la señora baronesa, añadió inclinándose sobre los platos, se apresurará también a contribuir seguramente". Todas esas caridades las encontraba yo muy duras; tenía el corazón oprimido, no decía nada, y la señora de Warens, sin acoger este proyecto con tanto calor como fué expuesto, se contentó con responder que cada cual debía contribuir al bien según sus facultades, y que hablaría a monseñor; pero aquel hombre endemoniado, que tenía algún interés en el asunto, temiendo que ella no lo tomase con empeño, corrió a prevenir a los limosneros, y embaucó tan bien a aquellos buenos clérigos, que, al ir a ver al obispo, la señora de Warens, que temía por mí aquel viaje, todo lo encontró arreglado; de suerte que recibió de él desde luego el dinero destinado para mi pequeño viático. Ella no se atrevió a insistir para que me quedase; me iba acercando a una edad en que una mujer como ella no podía retenerme cerca de sí por decoro. Así dispuesto mi viaje por las personas que por mí se interesaban, fué necesario someterme, y lo hice sin gran repugnancia. Aunque Turín estaba más lejos de allí que Ginebra, pensé que, siendo la capital, tendría con Annecy más relaciones que una ciudad extranjera y de otra religión; además, yéndome para obedecer a la señora de Warens, me consideraba bajo su dirección, y esto era más aun que vivir a su lado. En fin, la idea de un viaje, de un gran viaje, halagaba mi espíritu ambulante que ya empezaba a declararse. Parecíame muy bello a mi edad atravesar los montes y elevarme sobre mis camaradas desde tod4 la altura de los Alpes. Visitar un país es un incentivo a que no hay ginebrino capaz de resistir; di, por tanto, mi consentimiento. Nuestro palurdo debía marchar con su mujer a los dos días y les fuí recomendado: les entregaron mi peculio aumentado por la señora de Warens; además, ésta me dió en secreto alguna cantidad que acompañó con amplias instrucciones, y partimos el Miércoles Santo. Al día siguiente de mi salida de Annecy, llegó allí mi padre siguiéndome los pasos con su amigo Rival, relojero también, hombre de ingenio y de singular talento, que componía mejores versos que La Motte y hablaba casi tan bien como éste; además, era hombre perfectamente honrado, pero cuya abandonada literatura no sirvió más que para hacer comediante a un hijo suyo. Estos señores vieron a la señora de Warens y lloraron con ella mi suerte, en vez de seguir y alcanzarme, como hubieran fácilmente logrado, ya que ellos iban a caballo y yo a pie. Lo mismo ocurrió con mi tío Bernard. Fué a Confignon, desde donde volvió a Ginebra, sabiendo que yo había salido para Annecy. Parecía que mis parientes conspiraban con mi estrella para entregarme al destino que me esperaba. Mi hermano se perdió por una negligencia parecida y tan de veras, que nunca se supo lo que fué de él. Era mi padre un hombre, no solamente de honor, sino de una probidad completa. Tenía una de esas almas fuertes que producen las grandes virtudes y. además, era un buen padre. sobre todo para mí. Me amaba tiernamente, pero amaba también sus placeres, y, desde que viví alejado de él, otros afectos entibiaron el afecto paternal. Se había casado en Nyon por segunda vez. Su mujer no estaba en edad de darle hijos, pero tenía padres, y de aquí resultó una nueva familia, nuevos objetas y una nueva casa que le impedía recordarme con tanta frecuencia. Mi padre envejecía y no podía contar con nada en su ancianidad; mi hermano y yo teníamos alguna cosa que nos había dejado mi madre, y, ausentes nosotros, para él quedaba nuestra renta. No es que le ocurriese esta idea y le impidiese cumplir con su deber; pero le movía ocultamente, sin que él mismo se percatase, y enfriaba algunas veces su celo, que sin esto hubiera sido más vivo. He aquí, según creo, por qué, siguiendo mis pasos hasta Annecy, no continuó hasta Chambéry, donde estaba moralmente seguro de alcanzarme. He aquí también por qué, habiendo ido a verle con frecuencia, después de mi huida, me prodigó siempre caricias paternales, pero sin hacer grandes esfuerzos para retenerme. Semejante conducta de mi padre, cuya virtud y cariño he conocido tan bien, me han sugerido, acerca de mí mismo, reflexiones que han contribuido no poco a mantenerme sano el corazón. He sacado de esto una gran máxima moral, quizá la única que puede adaptarse a la práctica: evitar las ocasiones que colocan nuestros deberes en oposición con nuestros intereses y que ponen nuestra conveniencia en el daño ajeno, seguro de que en tales situaciones, por muy sincero que sea nuestro afecto, tarde o temprano sucumbimos sin sentirlo, haciéndonos injustos y malvados de hecho sin haber dejado de ser justos y buenos en los sentimientos. Impresa profundamente esta máxima en mí alma y, aunque un poco tarde, puesta en práctica en la conducta, es una de las que me han hecho aparecer en público, y, sobre todo, al os ojos de mis conocidos, como extravagante y loco. Me han imputado querer ser original y obrar de modo distinto de los demás, cuando, en verdad, no pensaba en hacer lo que los otros, ni tampoco lo contrario. Deseaba sinceramente hacer lo que estuviese bien. Con todas mis fuerzas huía de cualquier situación en que mi interés estuviese en oposición con el de otra persona, y, por consecuencia, pudiese sentir un deseo secreto, aunque involuntario, del mal de esta persona. Hace dos años que milord Marechal quiso favorecerme en su testamento, a lo que me opuse con todas mis fuerzas. Hícele observar que por nada del mundo quisiera saber que estaba incluido en el testamento de quien quiera que fuese, y mucho menos en el suyo, y cedió a mis instancias. Ahora quiere señalarme una pensión vitalicia, a lo que no me opongo. Se dirá que me conviene el cambio: puede ser; pero, ¡oh, bienhechor y padre mío!, si tengo la desgracia de sobreviviros, sé que al perderos lo pierdo todo y nada podré ganar. Ésta es, a mi entender, la buena filosofía, la única verdaderamente conforme con el corazón humano. Cada día me convenzo más de su solidez, y la he desarrollado de mil modos en todos mis últimos escritos; pero el público, que es frívolo, no ha sabido reconocerla. Si sobrevivo al fin de este trabajo lo bastante para emprender otro, me propongo ofrecer en la continuación del Emilio un ejemplo tan notable y bello de esta misma máxima, que el lector se ve obligado a fijar su atención en ella. Mas para un viajero ya son muchas reflexiones y es tiempo de continuar nuestro camino. Lo encontré más agradable de lo que podía esperar, y el patán no fué tan áspero como parecía. Era un hombre de mediana edad que llevaba en forma de coleta sus cabellos negros medio encanecidos; tenía aspecto de granadero y voz recia; era bastante divertido, buen andador, mejor comedor, y desempeñaba todos los oficios por no conocer ninguno. Se había propuesto establecer no sé qué industria en Annecy, plan en que la señora de Warens no dejó de trabajar, y hacía aquel viaje a Turín, bien pagado, para procurar que el ministro lo aprobara. Tenía nuestro hombre talento de intrigante, colándose siempre entre los curas, y haciéndose el solícito en servirles; aprendió en su escuela una jerga devota que usaba constantemente, preciándose de gran predicador. Hasta sabía en latín algún pasaje de la Biblia, y le valía tanto como si hubiese sabido mil, porque lo repetía mil veces cada día. Por lo demás, raras veces carecía de dinero, mientras supiese quien lo tenía. Era, sin embargo, más que pícaro, ladino, y endilgando siempre sus ramplones discursos con tono de reclutador, parecía Pedro el Ermitaño predicando la Cruzada con el sable al cinto. En cuanto a la señora Sabran, su esposa, era una mujer bastante regular, más quieta de día que de noche. Como yo dormía siempre en su cuarto, frecuentemente me despertaban sus ruidosos insomnios, que más me habrían despertado al haber comprendido su causa. Pero ni siquiera la sospechaba, siendo tan ignorante sobre este capítulo, que mi instrucción quedó sólo al cuidado de la naturaleza. Caminé alegremente con mi devoto gula y su bulliciosa compañera. Ningún accidente perturbó el viaje; yo me hallaba en la mejor disposición física y moral que haya experimentado en mi vida. Joven, vigoroso, tranquilo, lleno de salud y de confianza en mi mismo y en los demás, me hallaba en este breve, pero precioso período de la vida, en que su plenitud expansiva extiende nuestro ser por todas nuestras sensaciones y embellece a nuestros ojos la Naturaleza entera con el encanto de nuestra existencia. Mi tierna zozobra tenía un objeto que la hacía menos errante y fijaba mi imaginación. Me consideraba como la obra, el discípulo, el amigo, casi el amante de la señora de Warens. Las cosas amables que me había dicho, sus caricias, sus atenciones, el interés tan tierno que pareció tomar por mí, sus hechiceras miradas, que me parecían llenas de amor, porque a mí me lo inspiraban, todo esto alimentaba mi mente durante el camino y me hacia soñar deliciosamente. Ningún temor ni duda de mi destino turbaban estos delirios. Enviarme a Turín era, a mi entender, obligarse a sostenerme allí, a colocarme convenientemente. No tenía cuidado por mí, otros se encargaban de ello. Así andaba yo ligero y libre de este peso; los deseos juveniles, la esperanza encantadora, los proyectos brillantes llenaban mi espíritu. Cuantos objetos veía me parecían fiadores de mi próxima felicidad. Imaginaba festines rústicos en las casas, en los prados bulliciosos juegos, paseos, baños, pescas en las riberas, sabrosa fruta en los árboles, voluptuosas entrevistas a su sombra, jarros de leche y de nata en las montañas, una agradable holganza, la paz, la sencillez, el placer de ir sin saber a dónde. En fin, cuanto se ofrecía a mis ojos llevaba a mi corazón algún motivo de gozo. La grandeza, la variedad, la belleza real del espectáculo que presenciaban lo hacían digno de la razón, la misma vanidad mezclaba en ello su partecita. Ir a Italia tan joven, haber visto ya tanto terreno, seguir a Aníbal atravesando montes, me perecía una gloria que estaba por encima de mi edad. Añádase a todo esto frecuentes y largas detenciones, mi buen apetito y tener con qué satisfacerlo, aunque a la verdad no valía la pena de hablar de ello, pues, comparado con el señor Sabran, lo que yo comía parecía nada. No recuerdo haber tenido en todo el curso de mi vida un intervalo más perfectamente exento de cuidados y penas que el de los siete u ocho días que echamos en aquel viaje, porque el paso de la mujer de Sabran, al cual teníamos que adaptar el nuestro, lo convirtió en un paseo. Este recuerdo me ha dejado una afición viva a todo lo que con él se relaciona, sobre todo por las montañas y los viajes pedestres. No he viajado a pie más que en mis días hermosos y siempre agradablemente. Pronto los deberes, los negocios, tener que llevar un equipaje, me obligaron a echármelas de caballero y tomar un coche, donde subían conmigo el roedor desasosiego, el engorro y la molestia, y desde entonces, en lugar del placer de andar que antes sentía en mis viajes, sólo he sentido el anhelo de llegar pronto. Durante mucho tiempo he buscado en París dos amigos de igual gusto que el mío que quisiesen consagrar cada uno cincuenta luises y un año a un viaje por Italia hecho así, juntos, sin más equipaje que un saco de noche llevado por un muchacho que viniese con nosotros. Muchos se manifestaron prendados de este proyecto, pero en el fondo lo consideraban como un castillo en el aire, cosa que se proyecta en la conversación, pero que nadie tiene el designio de llevar a cabo. Recuerdo que, hablando apasionadamente de este proyecto con Diderot y Grimm, logré que desearan hacerlo. Esta vez ya creí la cosa resuelta; pero todo se redujo a querer hacer un viaje por escrito, en el cual Grimm nada hallaba tan gracioso como hacer cometer muchas impiedades a Diderot y hacerme meter a mi en la Inquisición en lugar suyo. El disgusto que me causó llegar tan pronto a Turín fué templado por el placer de visitar una gran ciudad y la esperanza de desempeñar en ella un papel digno de mí, porque ya los humos de la ambición se me subían a la cabeza; ya me juzgaba infinitamente por encima de mi antigua posición de aprendiz; ¡cuán lejos estaba de prever que dentro de poco iba a estar muy por debajo! Antes de continuar debo dar al lector una excusa o, mejor dicho, justificar todos los pequeños detalles que acabo de enumerar y los que todavía relataré en adelante, y que a él poco le interesan. En la empresa a que me he lanzado de mostrarme enteramente al público, es preciso que no quede oscuro u oculto nada mío; es necesario que me ofrezca constantemente a sus ojos, que me siga en todas las vicisitudes de mi corazón, en todos los rincones de mi vida; que ni un solo instante me pierda de vista, temeroso de que, hallando en mi relato la menor laguna, el menor vacío, y preguntándose: ¿qué hizo en este tiempo?, Me acuse de no haber querido decirlo todo. Ya doy bastante materia de crítica a la malignidad de los hombres con lo que refiero, para darle más aun con mi silencio. Había desaparecido mi reducido peculio; charlé demasiado y mis guías no echaron la indiscreción en saco roto. La señora de Sabran encontró medio de arrancarme hasta una cinta guarnecida de plata que la señora de Warens me había dado para la espada; esta pérdida me dolía más que todo lo demás, y la misma espada hubiera quedado en sus garras si me hubiese resistido menos. Habían pagado fielmente mis gastos durante el camino, pero no me dejaron nada, y llegué a Turín sin vestidos, sin dinero, sin ropa blanca, quedándome enteramente el honor de la fortuna que iba a hacer por cuenta de mi solo mérito. Llevaba algunas cartas, que presenté, y enseguida fui conducido al hospicio de catecúmenos para instruirme en la religión, a precio de la cual me vendían la subsistencia. Vi al entrar una gruesa puerta con barras de hierro que se cerró tras de mí, y alguien echó doble vuelta a la llave. Este principio me pareció más imponente que agradable y comenzaba a darme que pensar, cuando me hicieron entrar en una sala bastante grande, donde no había más muebles que un altar de madera y encima un gran crucifijo en el fondo de la sala; alrededor, cuatro o cinco sillas que parecían haber sido barnizadas, pero que estaban lustrosas a fuerza de servir y ser frotadas. Se hallaban en aquella sala de juntas cuatro o cinco horribles bandidos, mis compañeros de instrucción, que más parecían ministros del diablo que aspirantes a ser hijos de Dios. Dos de aquellos ruines perillanes eran esclavones, que se decían judíos o moros, y, como ellos mismos me lo confesaron, vivían recorriendo España e Italia, abrazando el cristianismo y haciéndose bautizar donde quiera que hallaban con ello un producto que valiese la pena. Abrióse otra puerta de hierro que dividía en dos un gran balcón que daba al patio, y entraron por ella nuestras hermanas las catecúmenas, que venían, como yo, a regenerarse, no por medio del bautismo, sino por una abjuración solemne. Eran, sin duda, las más grandes prostitutas y las más repugnantes aventureras que han apestado jamás el aprisco del Señor. Sólo una me pareció bonita y algo interesante. Tenía poco más o menos mi edad, quizá uno o dos años más, y unos ojos ladinos que a veces se encontraban con los míos, lo que me inspiró el deseo de trabar conversación con ella; mas, durante los dos meses que todavía permaneció en aquella casa, donde estaba hacia ya otros tres, me fué absolutamente imposible acercarme a ella a causa de lo recomendada que estaba a nuestra vieja carcelera y lo asediada que la tenía el santo misionero, que trabajaba en convertirla con más celo que diligencia. Preciso es que fuese excesivamente estúpida, aunque no lo parecía, porque jamás se ha visto instrucción más larga. El santo hombre nunca la encontraba en estado de abjurar; pero ella se cansó de la clausura y declaró que se quería marchar, cristiana o no. Fué preciso cogerla por la palabra mientras aun consentía en serlo, por temor de que se rebelara y no quisiese. En honor del recién venido se juntó toda la pequeña comunidad, y nos hicieron una corta exhortación: a mí para excitarme a corresponder a la gracia que Dios me hacía; a los otros para que me recomendasen en sus preces y me edificasen con su ejemplo. Después de esto, nuestras vírgenes entraron de nuevo en su clausura, y me quedó tiempo para sorprenderme a mi sabor de aquella en que yo estaba metido. Al siguiente día por la mañana nos reunieron de nuevo para la conferencia, y entonces fué cuando empecé a reflexionar por primera vez en el paso que iba a dar y en las circunstancias que me habían arrastrado a ello. He dicho ya, y repetiré quizá otras veces, algo de que cada día estoy más convencido: que si alguna vez se dió a un niño una educación razonable y sana, fué precisamente a mi. Hijo de una familia que se distinguía del pueblo por sus costumbres, no había recibido de todos mis parientes más que lecciones de buena conducta y ejemplos de honradez. Aunque amigo de di